El Caballero de la Virgen : Alonso de Ojeda

By Vicente Blasco Ibáñez

The Project Gutenberg eBook of El Caballero de la Virgen
    
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Title: El Caballero de la Virgen
        Alonso de Ojeda

Author: Vicente Blasco Ibáñez


        
Release date: August 8, 2026 [eBook #79315]

Language: Spanish

Original publication: Valencia: Prometeo, 1929

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CABALLERO DE LA VIRGEN ***




                       EL CABALLERO DE LA VIRGEN




                       OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


     TERRES MAUDITES.--Traducción de G. Hérelle. París.

     FLEUR DE MAI.--Traducción de G. Hérelle. París.

     BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de Maurice Bixio. París.

     DANS L’OMBRE DE LA CATHÉDRALE.--Traducción de G. Hérelle. París.

     TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleão Toscano. Lisboa.

     A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa.
     Lisboa.

     FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy Priems. Zurich.

     DIE KATHEDRALE.--Traducción de Josy Prieins. Zurich.

     ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.

     SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.

     DER EINDRINGLING.--Traducción de J. Broutá. Berlín.

     DE VLOEK.--Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.

     WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN.--Traducción del doctor A. A. Fokker.
     Amsterdam.

     CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.

     MARNÁ CHLOUDA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.

     AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini. Palermo.

     HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

     VINNYI SKLAD.-Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     BODEDA.--Traducción de K. G. Petersburgo.

     GELEZNODOROGNOY ZAIAZ.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     PKOKLIATAC POLE.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

     LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle. París.

     ARENES SANGLANTES.--Traducción de G. Hérelle. París.

     A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes
     Rosa. Lisboa.

     O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.

     MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.

     L’INTRUS.--Traducción de Renée Lafont. París.

     A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Río Janeiro.

     LES MORTS COMMANDENT.--Traducción de B. Delaunay. París.

     SUR LES ORANGERS.--Traducción de G. Menetrier. París.

     THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción de F. Douglas. Chicago.

     SONNICA.--Traducción de F. Douglas. Edición de Nueva York y edición
     de Londres.

     THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción de W. A. Gillespie.
     Londres.

     BLOOD AND SAND.--Traducción de W. A. Gillespie. Londres.

     OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 vol., con
     un retrato del autor.--Traducción de Taitiana Horzenstein y otros.
     Moscou.

     SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida Mango. Nápoles.

     ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.

     BLOED EN ZAND.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

     DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción de W. Leydhecker. Berlín.

     LES QUATRE CAVALIERS DE L’APOCALYPSE.--Traducción de G. Hérelle.
     París.

     THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson. Londres.

     WEIN EN LIEFDE.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

     I QUATTRO CAVALIERI DELL’APOCALIPSE.--Traducción de Ida Mango.
     Milán.

     THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.--Traducción de Charlotte
     Brewster Jordan (384 edic). Edición de Nueva York y edición de
     Londres.

     THE CABIN.--Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva
     York.

     LUNA BENAMOR.--Traducción del doctor Isaac Goldberg. Boston.

     BLOOD AND SAND.--Introduction by doctor I. Goldberg. Edición de
     Nueva York y edición de Londres.

     THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction by William Dean Howells.
     Edición de Nueva York y edición de Londres.

     OUR SEA (_Mare nostrum_).--Traducción de C. Brewster Jordan.
     Edición de Nueva York y edición de Londres.

     THE DEAD COMMAND.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.

     THE FRUIT OF THE VINE (_La bodega_).--Traducción del doctor Isaac
     Goldberg. Edición de Nueva York y edición de Londres.

     DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción de Van Raalte.
     Gravenhage (Holanda).

     WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.

     LA RÉVOLUTION MEXICAINE.--Traducción de Louis Fonges. París.

     THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción de Arthur Livingston. Edición de
     Nueva York y edición de Londres.

     MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción de J. Padin y Arthur Livingston.
     Nueva York.

     MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.

     FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano. Milán.

     DE DOWLER BEVELER.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

     LA TRAGÉDIE SUR LE LAC.--Traducción de Renée Lafont. París.

     THE MAYFLOWER.--Traducción de Arthur Livingston. Edición de Nueva
     York y edición de Londres.

     LES ENNEMIS DE LA FEMME.--Traducción de A. de Bengoechea. París.

     THE TORRENT (_Entre naranjos_).--Traducción de Isaac Goldberg y
     Arthur Livingston. Edición de Nueva York y edición de Londres.

     FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.

     PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.

     CONTES ESPAGNOLS D’AMOUR ET DE MORT.--Traducción de F. Menetrier.
     París.

     VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff. Estocolmo.

     DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

     FYREFAEGTEREN.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

     DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

     OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.

     BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojer.
     Cristianía.

     LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée Lafont. París.

     DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción de E. Koert. Berlín.

     VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth Andras. Budapest.

     MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.

     KREV Á PÍSEK.--Traducción de María Votrubová-Haunerova. Praga.

     APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción de Alberto Bonnier.
     Estocolmo.

     CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec
     Woolf. Editor G. Harrap. Londres.

     EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción holandesa de P. M. Wink.
     Zalt Bommel.

     VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para los estudiantes de español, con
     notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.

     PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para los estudiantes de español, con
     notas del profesor Federico de Onis. Heath y C.ª, Editores. Nueva
     York.

     GENSKI RAY (_El paraíso de las mujeres_).--Traducción rusa de
     Taitiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.

     A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth Andras. Budapest.

     LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción de A. de Bengoechea. París.

     LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción de Renée Lafont. París.

     THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.

     KATEDRÁLA.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción checoeslovaca de
     Karel Weith. Ilustraciones de K. Relink. Praga.

     BLOD OCH SAND.--Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo.

     FÖRBANNAD JORD.--Traducción de Adolf Hillman. Estocolmo.

     LA TENTATRICE.--Traducción de Jean Carayon. París.

     MARE NOSTRUM.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     LA TENTATRICE.--Traducción de Sante Bargellini. Turin.

     IN THE LAND OF ART.--Traducción de Francés Douglas. Nueva York.

     KVET CERNE REKY.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     I MORTI COMANDANO.--Traducción de Gilberto Beccari y Giulio de
     Medici. Florencia.

     MOKUCHI NO SHIKISHI.--Traducción japonesa de Kanzo Miura. Tokío.

     CHI TO TSUNA.--Traducción japonesa de Atsuchi Sudzuki. Tokío.

     GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Soichi Okabé. Tokío.

     GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Katsuo Urazawa. Tokío.

     ARENES SANGLANTES.--Traducción francesa de G. Hérelle. Edición
     Nelson. Edimburgo (Escocia).

     SHIOKI NI NARU ONNA.--Traducción japonesa de Hirosada Nagata.
     Tokío.

     RAKUCHITSU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.

     SEPPUN.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.

     HIKIGAERU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.

     IBAÑEZ KESSAKUSHIU.--Traducción japonesa de la señora Nakagawa.
     Tokío.

     RODNOE MORE.--Traducción de M. Watson. Leningrado.

     ZEMLIA DISEA.--Traducción de M. Watson. Moscou.

     KOROLAWA CALAFIA.--Traducción de M. B. Batcoh. Leningrado.

     NEPRATELEZEN.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     A MULHER NÚA.--Traducción de Agostinho Fortes. Lisboa.

     SAGUNTO (_Sónnica la cortesana_).--Traducción del coronel Pier
     Emilio Bosi. Florencia.

     I VINETS BYGD.--Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo.

     KRÁLOVNA CALAFIA.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     VINNÉ SKLEPY.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     RÁJ ZEN.--Traducción de Karel Weith. Praga.

     CHOSEI NO TEKI.--Traducción japonesa de Tatsu Yaguchi. Tokío.

     DIE BLUTIGE ARENA.--Traducción del Dr. Stefan Hofer. Viena.

     LA REGINA CALAFIA.--Traducción de María Clara Barlotti. Milán.

     OS QUATRO CAVALEIROS DO APOCALIPSE.--Traducción de Raul Proença.
     Lisboa.

     I NEMICI DELLA DONNA.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.

     KREW NA ARENIE.--Traducción de Edmundo Tyminsky. Varsovia.

     KPOBO U NECOK.--Traducción de O. D. Strok. Riga.

     VOKROUG SWETA.--Traducción de María Watson. Leningrado.

     A TERRA DE TODOS.--Traducción de Agostinho Fortes. Lisboa.

     LES QUATRE FILS D’EVE.--Traducción de Renée Lafont. París.

     TANDIS QUE SOLEIL SE COUCHE...--Traducción de J. Carayon. París.

     SONNICA LA COURTISAINE.--Traducción de J. Carayon. París.

     RAJ KOBIECY.--Traducción de F. Baturewicza. Varsovia.

     A NOVELIST’S TOUR OF THE WORLD.--Traducción de Arthur Livingston.
     Nueva York.

     MARE NOSTRUM.--Traducción de Stanislaw Poraj. Varsovia.

     TAUCERKA IZPIEG.--Traducción de Stanislaw Poraj. Varsovia.

     L’ALLEGRA ANDALUSIA.--Traducción de G. Beccari. Florencia.

     LA MAJA NUDA.--Traducción de G. Beccari. Milán.

     LA CATTEDRALE.--Traducción de G. Beccari. Roma.

     IL MULATTIERE DELLE ANDE.--Traducción de G. Beccari. Florencia.

     LUNA BENAMOR.--Traducción de G. Beccari. Aquila.

     THE POPE OF THE SEA.--Traducción de Arthur Livingston. Nueva York.

     NEPRIATELITE NA JÉNATA.--Traducción al búlgaro de Nicola
     Atanassoff. Sofía.

     KRÖV Y ARENA.--Traducción al búlgaro de J. Tzakoff. Sofía.

     O PARAISO DAS MULHERES.--Traducción de Acacio Antunes. Lisboa.

     IL PAPA DEL MARE.--Traducción de Carlo Boselli. Milán.




OBRAS DEL AUTOR


_NOVELAS_

     ARROZ Y TARTANA.
     FLOR DE MAYO.
     LA BARRACA.
     ENTRE NARANJOS.
     SÓNNICA LA CORTESANA.
     CAÑAS Y BARRO.
     LA CATEDRAL.
     EL INTRUSO.
     LA BODEGA.
     LA HORDA.
     LA MAJA DESNUDA.
     SANGRE Y ARENA.
     LOS MUERTOS MANDAN.
     LUNA BENAMOR.
     LOS ARGONAUTAS (2 tomos).
     MARE NOSTRUM.
     LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS.
     LOS ENEMIGOS DE LA MUJER.
     EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA.
     EL PARAÍSO DE LAS MUJERES.
     LA TIERRA DE TODOS.
     LA REINA CALAFIA.
     NOVELAS DE LA COSTA AZUL.
     EL PAPA DEL MAR.
     A LOS PIES DE VENUS.
     NOVELAS DE AMOR Y DE MUERTE.
     EN BUSCA DEL GRAN KAN (Cristóbal Colón).
     EL CABALLERO DE LA VIRGEN (Alonso de Ojeda).


_CUENTOS_

     CUENTOS VALENCIANOS.
     LA CONDENADA.


_VIAJES_

     EN EL PAÍS DEL ARTE. (TRES MESES EN ITALIA).
     ORIENTE.
     LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA (3 tomos).


_ARTÍCULOS_

EL MILITARISMO MEJICANO.


_PRÓXIMA Á PUBLICARSE_

EL FANTASMA DE LAS ALAS DE ORO (novela).

                   *       *       *       *       *


                         VICENTE BLASCO IBAÑEZ

                              EL CABALLERO
                              DE LA VIRGEN

                           (ALONSO DE OJEDA)

                                (NOVELA)

                                PROMETEO
                        Germanías, 33.--VALENCIA
                          (Published in Spain)
                                  1929


                    ES PROPIEDAD.--Reservados todos
                los derechos de reproducción, traducción
                             y adaptación.

                    Copyright 1929, by Herederos de
                           V. Blasco Ibáñez.




EL CABALLERO DE LA VIRGEN

PARTE PRIMERA

LA REINA FLOR DE ORO




I

Escuchando la voz del cielo


El aire parecía transmitir con estremecimientos de inquietud y extrañeza
las ondas sonoras surgidas del volteo de la campana. Era la primera vez
que esta atmósfera de una tierra cuyos habitantes nunca habían conocido
el uso de los metales repetía tales sonidos.

Fernando Cuevas hasta se imaginaba ver cómo los árboles de la selva
inmediata adquirían nueva vida, moviendo sus copas con el mismo ritmo de
esta voz de argentino timbre. Y los habitantes de la frondosidad
secular, monos y loros, saltaban asustados de rama en rama, luego de oir
largo rato, con una curiosidad silenciosa, esta nueva voz atmosférica,
más potente que todas las voces animales y vegetales de la arboleda
tropical.

El antiguo paje Andújar tenía ahora casa propia y estaba erguido ante la
puerta de ella, escuchando el campaneo que saludaba por primera vez la
salida del sol. Esta casa era un simple bohío, igual al de los
indígenas, con paredes de estacas y barro y techo cónico de hojas de
palmera. A corta distancia de tal edificio rústico se levantaban otros y
otros, en doble fila, formando una ancha calle, semejante á las de los
campamentos. El terreno no costaba nada, y todas las vías de la
población naciente eran exageradamente amplias y de horizonte despejado.

Al final de su propia calle veía alzarse Cuevas un muro de piedra. Era
la muralla recién construída de Isabela, la primera ciudad fundada por
los españoles en las islas inmediatas al Imperio del Gran Kan.

El almirante don Cristóbal Colón, predispuesto á la hipérbole, llamaba
gravemente «ciudad» á este agrupamiento de chozas, con una cerca de
piedra para defenderse de los indios bravos del interior de la isla de
Haití, ó isla Española, y le había dado el nombre de Isabela, en honor
de la reina de España.

Cuevas admiraba la prontitud maravillosa con que iba surgiendo del
suelo. Estaban en Enero de 1494. Sólo hacía cuatro meses que habían
salido de España y ya existía esta población, elevándose sobre sus
cónicos techos de paja ó de hojas la iglesia, recién construída, con una
espadaña de piedra, en la que daba vueltas la única campana traída del
otro lado del Océano.

El padre Boil, fraile catalán, nombrado vicario apostólico de las nuevas
tierras por Alejandro VI (el segundo papa Borgia), y los doce
eclesiásticos que habían hecho el viaje con él, iban á consagrar aquella
misma mañana el nuevo templo con una misa solemne.

Pensaba Fernando en otra ceremonia menos aparatosa, pero más importante
para él, que se desarrollaría á continuación: el bautizo de su hijo
Alonsico, primer blanco nacido en estas islas asiáticas, vecinas á las
Indias y á la boca del Ganges. Dentro del bohío que tenía á sus
espaldas, y que apreciaba tanto como un palacio por ser suyo, dormía
Lucero, que era madre desde unas semanas antes, y agarrado á su pecho
lloriqueaba el recién nacido, siendo su llanto para Cuevas una música
grata, comparable á la de la campana.

Pasaban rápidamente por su memoria todos los sucesos ocurridos en los
últimos meses al otro lado del Océano.

El doctor Acosta había hecho en Córdoba lo necesario para facilitar su
matrimonio con Lucero después del bautizo de ésta. Despedíase de su
mujer, que ya estaba encinta, para dirigirse á Sevilla, en busca de su
amigo y protector don Alonso de Ojeda. Lucero, que había recobrado sus
ropas femeniles, se abstenía de llantos y gestos desesperados al
despedirse de su joven esposo.

«Es una verdadera mujer de soldado», se había dicho con orgullo Cuevas,
admirando su serenidad.

En Sevilla preparaban Fonseca y el Almirante la segunda expedición para
ir en busca del Gran Kan, pero ésta debía salir del puerto de Cádiz. De
los diez y ocho buques que formaban la flota, catorce eran carabelas y
los demás carracas--los buques de mayor tonelaje de entonces--, y esto
la impedía anclar en el río Guadalquivir, esperando la orden de partida
en el puerto de Cádiz.

Se instaló Cuevas en una de las carracas, mandada por don Alonso de
Ojeda. El joven capitán no era marino, se embarcaba por primera vez,
pero tenía el mando supremo de la nave, cuidándose de dirigir su
navegación dos pilotos que estaban á sus órdenes. En este buque iban los
veinte caballos de la expedición, animales de combate que habían estado
en el asedio de Granada, y sus jinetes eran antiguos soldados de dicha
guerra.

Cuevas lamentó no poseer una de estas bestias y tener que seguir á su
admirado don Alonso como escudero de confianza, pero á pie.

--No tengas pena--dijo el joven capitán--. La guerra es para que mueran
los hombres, y apenas caiga uno de los hidalgos que están á mi mandar,
juro darte su caballo.

Dos días antes de que zarpase la flota, al volver Cuevas á su carraca,
luego de haber cumplido en Cádiz unas comisiones de su nuevo amo, tuvo
la más inesperada de las sorpresas. Vió sobre la cubierta de la nave á
una mujer joven, arrebujada en un manto para ocultar el volumen anormal
de su vientre. Era Lucero, que hablaba con don Alonso. Predispuesto éste
á aceptar todo lo que fuese audaz y extraordinario, acogía con sonrisas
y gestos aprobativos las palabras de la joven.

Se extrañó Lucero de la credulidad de su esposo al despedirse de ella en
Córdoba.

--¿Pero creíste de veras que yo podía dejar que se fuese mi hombre sin
seguirlo?

Había fingido conformidad para evitarse la oposición de su madre y del
doctor Acosta, arreglando en secreto su fuga á Cádiz. Un «cristiano
nuevo», arriero de profesión, la había acompañado hasta aquí. Además, su
próxima maternidad imponía respeto, suprimiendo las tentaciones que
podía inspirar su juventud. Y en Cádiz estaba para atravesar por segunda
vez el Océano, pero ahora vestida de mujer.

Inútilmente protestó Cuevas. A don Alonso le parecía bien lo hecho por
Lucero, y como dependía de su voluntad que ésta fuese ó no fuese en la
nave, acabó el joven por callarse. En la flota no iban legalmente mas
que hombres. Los reyes sólo habían autorizado el embarque de mil
doscientos individuos; pero teniendo en cuenta los que recibieron
autorización á última hora y los que se ocultaron en las naves para
mostrarse luego en alta mar, pasaban de mil seiscientos. También se
instalaron en los buques, con más ó menos secreto, algunas hembras de
baja extracción, que seguían disfrazadas á sus amantes, marineros ó
soldados. La única mujer de condición legítima que iba en la flota era
Lucero, con la aprobación del jefe de la nave, pero sin que lo supiera
el Almirante antes de la partida.

El 25 de Septiembre de 1493 salían los expedicionarios de Cádiz antes de
que surgiese el sol. En las Canarias habían comprado terneras, cabras y
ovejas, para aclimatar dichos animales en la isla Española, así como
gallinas y otras aves domésticas.

La carraca de Ojeda, que tenía su cubierta transformada en establo para
los caballos, embarcó ocho cerdos, que después habían de reproducirse
portentosamente en las nuevas tierras, huyendo á los montes para formar
manadas silvestres. Los físicos y herbolarios de la expedición tomaban
igualmente en las Canarias semillas de naranjas, de limones y otros
frutos, para reproducir en las nuevas islas los mismos jardines que
habían dado á las Canarias, en la antigüedad, su nombre de Hespérides.

Cuevas iba inquieto por el estado de su mujer. Sólo le faltaban contados
meses para el parto, y temía las terribles consecuencias de esta
navegación y sus privaciones. Pero el viaje fué mostrándose tan fácil y
dulce como el primero. Navegaban siempre con viento favorable; el mar
era tranquilo. Además, Ojeda los había instalado en el alcázar de popa,
cerca de él.

Vieron, como la otra vez, bancos de hierbas flotantes sobre el quieto
Océano y grandes bandas de loros y otras aves de los trópicos. La tierra
ya estaba cerca.

Como Fernando y Lucero eran los únicos en este buque que habían figurado
en el viaje anterior, se expresaban con una seguridad de expertos
navegantes, y don Alonso, así como los dos pilotos de la carraca, les
oían atentamente.

Había modificado el Almirante su rumbo del primer viaje, poniendo la
proa más al Sur. Quería ver aquellas islas pobladas de caribes de las
que hablaban con asombro los tímidos habitantes de las costas de la
Española. Así fué encontrando las pequeñas Antillas, que forman casi un
semicírculo desde el extremo oriental de Puerto Rico á la costa de
Paria, en la América del Sur, barrera de islas entre el llamado mar
Caribe y el resto del Océano.

La primera isla que surgió ante sus ojos la llamó Colón la Dominica, por
ser domingo; á la segunda le puso el nombre de Marigalante, como se
llamaba la nave en que iba, y á la tercera, mucho más grande, la bautizó
Guadalupe, por haber prometido á los religiosos del monasterio de la
Virgen de Guadalupe, en Extremadura, convento el más famoso de España
entonces, dar este título á alguna de las primeras tierras que
descubriese.

Todas estas islas de montañas volcánicas, cubiertas de esplendorosa
vegetación, que surgían del mar azul como altísimas pirámides de
verdura, estaban pobladas de gentes belicosas que recibían á los
expedicionarios á flechazos ó huían al interior para preparar emboscadas
y sorpresas.

Ojeda desembarcó varias veces por encargo del Almirante para combatir á
estos indígenas bravos, pero nunca quiso permitir que Cuevas le siguiese
en sus cortas expediciones. Debía atender á su esposa.

A la vuelta, él y sus hombres hablaban de los restos humanos encontrados
en las chozas de estos antropófagos. Cadáveres hechos cuartos colgaban
de los techos de las viviendas para curarse al aire, convirtiéndose en
cecina. Habían encontrado en una olla pedazos del cuerpo de un hombre
joven, mezclados con carne de gansos y de loros, asándose al fuego. Y al
mismo tiempo Ojeda describía con un entusiasmo desbordante, propio de su
carácter apasionado, las bellezas del trópico, que conocía por primera
vez, la fragancia de las flores y las gomas, los colores de los pájaros
de sedoso plumaje, los revuelos de tórtolas y palomas silvestres.

En otras islas del mar Caribe fueron sosteniendo batallas con los
naturales, asombrándose de que las mujeres indígenas peleasen lo mismo
que los hombres. Eran éstas indudablemente las amazonas de que les
habían hablado á los españoles en su primer viaje. Sus flechas
resultaban tan vigorosamente disparadas, que hirieron á varios
cristianos, atravesando las rodelas con que se cubrían.

Algunas de estas hembras, bien formadas de cuerpo y con facciones menos
irregulares que otras indígenas, fueron hechas prisioneras, y Colón, que
tan severo se había mostrado para evitar el embarque en España de
mujeres blancas, distribuyó las indias cautivas entre los capitanes de
nave que le eran más queridos. Uno de ellos, llamado Cuneo, italiano de
nación, ataba á su india con cuerdas porque se resistía á sus deseos,
declarando después de consumada la violación que la beldad cobriza se
había entregado á él con tal entusiasmo que podía dar lecciones á las
cortesanas más expertas de Europa.

Las costumbres de entonces no veían nada de extraordinario en estas
violencias. La guerra lo justificaba todo. Además, Colón, y con él la
mayoría de sus contemporáneos, consideraba á estos indígenas como
pertenecientes á una humanidad inferior, indigna de los miramientos
habituales entre los blancos.

Deseaban los expedicionarios dar pronto término á su viaje, pues los más
de ellos se habían embarcado por primera vez. El Almirante, por su
parte, sentíase agitado por la inquietud al pensar en el puñado de
hombres que había dejado guarneciendo la «ciudad de Navidad», como él
llamaba al pequeño fuerte de tablas levantado en las tierras de su amigo
el cacique Guanacarí.

Los que habían ido en el primer viaje recordaban como una época feliz
los días pasados en las costas de Haití, y los demás, creyendo sus
palabras, se impacientaban por llegar á una tierra de bosques
paradisíacos, abundante en oro.

Cuevas iba recordando todas las sorpresas dolorosas sufridas por los del
primer viaje al seguir ahora las costas de la Española en esta segunda
expedición. En el llamado golfo de las Flechas, donde había ocurrido la
pelea con un grupo de indios bravos, dando él una cuchillada al más
audaz de dichos indígenas, el Almirante hizo desembarcar á uno de los
mancebos indios que se había llevado á España y que devolvía á su país
cristianizado y vestido á la española, para que sirviese de intérprete.
Este indígena, cargado de regalos, bajó á tierra y ya no lo vieron más.
Sólo quedaba en la flota como traductor un joven de Guanahaní, que se
había bautizado en Barcelona, tomando el nombre de Diego Colón, el
hermano menor del Almirante, y que se mantuvo siempre fiel á los
españoles.

El 25 de Noviembre anclaban ante Montecristi, cerca de la corriente
acuática que Colón había llamado Río de Oro. Un grupo de marineros, al
explorar la costa, encontraba dos cadáveres, uno de ellos con una cuerda
de esparto español atada al cuello; pero estaban tan desfigurados, que
resultaba imposible adivinar si eran indios ó blancos.

Las dudas que empezaban á sentir muchos sobre el destino de los hombres
que se habían quedado en la Navidad se hacían cada vez más siniestras.
Cuevas, que había bajado á la playa, descubrió otros dos cadáveres ya en
descomposición, pero uno de ellos tenía barba, signo indudable de que
era el cuerpo de un blanco.

Al mismo tiempo el Almirante y otros personajes dudaban de que los
indígenas hubieran podido atacar á la guarnición de la Navidad, en vista
de la franqueza y el desembarazo con que llegaban en sus canoas hasta la
flota y subían á los buques para hacer cambios con las tripulaciones. El
27 llegaron al anochecer frente al puerto de la Navidad, manteniéndose á
una legua de tierra por miedo á las rocas en las que había naufragado la
_Santa María_ durante el primer viaje.

Como empezaba á cerrar la noche con la rapidez de los crepúsculos
tropicales, nadie pudo ver el aspecto de la costa. Impaciente Colón por
salir de dudas, mandó disparar dos cañonazos. Había dejado en el fuerte
de Navidad varias piezas de artillería, y era indudable que iban á
contestar á dicha señal. Repitió el eco á lo largo de la costa las dos
detonaciones. Luego se restableció el silencio. En vano avanzaron la
cabeza, capitanes y pilotos, en todos los buques, esperando oir algún
grito de respuesta. Ni luces, ni voces.

Cuevas y Lucero mostráronse inquietos al encontrarse frente al lugar
donde habían creído ver morir á su enemigo Pero Gutiérrez. ¡Si viviese
aún, por un capricho de la suerte, y los denunciase al Almirante!...

Lamentaban al mismo tiempo este mortal silencio de la noche tenebrosa,
indicador de que no quedaba ya ningún vestigio de la pequeña población
que habían visto nacer.

Pasaron muchas horas para las gentes de la flota, fluctuando entre la
credulidad y el desaliento. A medianoche una canoa se acercó al buque
almirante, preguntando los indios desde lejos si Colón venía en él. Y se
negaron á subir, hasta que un grumete puso una antorcha junto al rostro
del Almirante para que lo reconociesen.

Un pariente del cacique Guanacarí entró en el buque, entregando á don
Cristóbal dos máscaras con adornos de oro semejantes á las del primer
viaje. Sus declaraciones sobre la suerte de los españoles que habían
quedado en el fuerte resultaban confusas, pues el indio Diego Colón,
único intérprete, era de las Lucayas y su lengua se diferenciaba de la
de Haití. Entendió Colón que muchos de los españoles habían muerto, pero
otros estaban en el interior de la isla con sus mujeres indias, y
también que Caonabo, terrible cacique de Cibao, el «país de las montañas
de oro», había atacado á Guanacarí por ser amigo de los españoles, y
éste había sido herido en una pierna, y todavía se hallaba
convaleciente, por lo cual le había sido imposible venir en persona á
saludar al Almirante.

Colón, que tenía gran confianza en su amigo el «rey virtuoso», se mostró
casi alegre. Era indudable que muchos de los suyos habían muerto, pero
otros vivían establecidos en el interior, tal vez para estar más cerca
de las minas de oro, y debían guardar grandes cantidades de dicho metal.

La gente de todos los buques esperó la llegada de la aurora con más
ánimo. Al enterarse de que los indios habían traído regalos, creían que
á la mañana siguiente iban á renovarse todas las escenas agradables
relatadas por los del primer viaje.

Cuevas y su mujer se mostraban menos optimistas. Presentían que los
indios iban dando al Almirante, en pequeñas porciones, una terrible
noticia, y que al amanecer contemplarían los restos de una gran
catástrofe. Volvieron á su memoria las protestas de Pinzón y los amigos
de éste por haber abandonado el Almirante aquel grupo de hombres entre
inmensas muchedumbres de dudosa fidelidad y carácter tornadizo.

Salió el sol, iluminando una costa completamente desierta. Cuevas la
recordó como la había visto meses antes, con numerosos grupos de indios
en la playa, otros grupos nadando hacia las carabelas y enjambres de
canoas deslizándose incesantemente entre la flotilla y la costa.

--Ahora ni una barca, ni un hombre, ni un poco de humo entre los árboles
que revele la existencia de un bohío--dijo á Ojeda, señalando la costa
desierta.

Inquieto el Almirante por esta soledad, envió una barca á tierra, y don
Alonso, no menos ansioso de conocer este misterio, hizo lo mismo en el
batel de su nave, acompañándole Fernando como experto en el país.

Del antiguo fuerte sólo quedaban ruinas ennegrecidas por el incendio,
cajones y toneles rotos, vestidos europeos hechos harapos, últimos
vestigios de un saqueo destructor. Algunos indios que los espiaban á
través de los árboles huyeron al verse descubiertos por los españoles.

Bajó Colón á tierra al día siguiente con la esperanza de que viviesen
aún algunos de la guarnición y estuvieran ocultos en las cercanías. Hizo
disparar cañones y arcabuces para que acudiesen los fugitivos, pero un
triste silencio volvió á restablecerse después de las detonaciones.

Recordando que había dado orden á su pariente Diego de Arana para que en
caso de peligro enterrase las cantidades de oro que seguramente iba á
juntar, dispuso que se hiciesen excavaciones en las ruinas del fuerte y
se desaguase su pozo. Pero los toneles llenos de oro hasta los bordes
con que había soñado Colón no se encontraron por ninguna parte. Mientras
tanto, otros grupos de españoles, al explorar las inmediaciones,
encontraban los cadáveres de once hombres ya corrompidos, que por sus
trajes y barbas mostraban ser europeos.

Al fin se dejaron ver algunos indios que conocían contadas palabras de
español, así como los nombres de todos los que habían quedado á las
órdenes de Diego de Arana, y con la ayuda del único intérprete pudo
rehacerse la historia de la catástrofe, entre dudas, contradicciones y
vacíos inexplicables.

Cuevas se asombró al oir el nombre de Pero Gutiérrez. Unos indios lo
omitían en sus relatos; otros hablaban de él como principal causante de
lo ocurrido. ¡No había muerto del flechazo en el cuello!...

A juzgar por lo que algunos indígenas contaban de él, dicha herida no
había resultado mortal. Su soberbia le ponía en pugna con Diego de
Arana, y él y Escobedo, el otro lugarteniente, se negaban á reconocer su
autoridad superior. Poseían numerosas mujeres, pero esto no evitaba que
se sintiesen tentados por las de los otros, robándolas á padres y
esposos. Los dos abandonaban finalmente el fuerte con algunos de sus
partidarios, y atraídos por las maravillosas descripciones de las minas
de Cibao, iban en busca del rey de dicha tierra, el famoso Caonabo.

Este soberano indio, que era caribe de raza, daba muerte á Gutiérrez y á
Escobado, así como á sus acompañantes, y juntando un ejército caía
sobre el fuerte de Navidad. Sólo vivían dentro de él diez hombres, con
el gobernador Arana, en lamentable descuido, sin vigilancia alguna. Los
demás se habían instalado en los alrededores con sus mujeres. Todos
ignoraban que Gutiérrez y Escobedo, por avaricia y soberbia, habían ido
en busca de Caonabo, despertando con tal visita la agresividad del
terrible cacique. Los europeos eran exterminados antes de que pudieran
defenderse. Sólo ocho tuvieron tiempo para huir y se ahogaron en el mar.
Guanacarí y sus gentes habían intentado defender á sus huéspedes, pero
no eran hombres de guerra y con facilidad los hizo huir Caonabo.
Guanacarí quedaba herido en el combate y su ciudad reducida á cenizas.

Al día siguiente de escuchar este relato, supo Colón que Guanacarí
estaba enfermo en una aldea cercana. Uno de los capitanes españoles lo
había descubierto tendido en una hamaca y rodeado de siete de sus
mujeres. Fué en persona el Almirante á visitarlo, seguido de los
principales personajes de su flota, ricamente vestidos de sedas y
brocados ó cubiertos de armaduras de acero.

Derramó, como siempre, el «rey virtuoso» abundantes lágrimas mientras
hacía el relato de lo ocurrido en la Navidad y sus esfuerzos por
defender á los españoles. Como estaba cojo y se quejaba de agudos
dolores, ordenó Colón que lo examinase un cirujano de su flota, y al
quitarle éste las vendas no halló signos de herida, á pesar de lo cual
el cacique prorrumpía en gritos de dolor cuando le manoseaban la
pierna.

Algunos de los blancos presentían en todo esto una falsedad, teniendo á
Guanacarí por cómplice de Caonabo. El padre Boil, fraile de carácter
rudo, exhortó al Almirante para que no se dejase engañar más por este
indio embaucador. Pero Colón daba como pruebas de su lealtad el estar
quemada y en ruinas su población principal. Además, un castigo del
cacique por su perfidia podía aumentar el recelo y la fuga de los
indígenas, que trataban ahora á los «hijos del cielo» con menos
reverencia que en el primer viaje.

Guanacarí visitó al Almirante en su nao, encontrando en ella diez
mujeres indígenas que habían sido libertadas de los caribes en una de
las islas recién descubiertas. Una de ellas, que ya había sido
bautizada, tomando el nombre de Catalina, gustó mucho al cacique, que
siempre tenía un harén abundante, y, según afirmaban sus enemigos, lo
sometía muchas veces á caprichos antinaturales.

Después de esta visita se estableció una inteligencia secreta entre el
cacique, que permanecía en tierra, y las mujeres indias. Una noche, la
intrépida Catalina, cuando toda la tripulación estaba en su primer
sueño, despertó á sus compañeras, y aunque la nave almirante estaba á
tres millas de la playa y era grande el oleaje, las diez isleñas,
acostumbradas desde niñas á una diaria natación, se arrojaron al agua,
dirigiéndose hacia la obscura costa con vigoroso braceo. Dieron el grito
de alarma los vigías, salieron varios botes en persecución de las
nadadoras, bogando en dirección á una luz que brillaba en la costa y las
servía de norte, pero sólo pudieron alcanzar á cuatro de ellas,
escapando la valerosa Catalina con las cinco restantes para ocultarse en
los bosques inmediatos á la playa.

Al amanecer el día siguiente envió Colón una orden á Guanacarí para que
devolviese las fugitivas; pero sus emisarios hallaron abandonada la casa
del cacique y no encontraron un solo indio. Después de esta fuga general
todos consideraron las desiertas cercanías de la Navidad como un lugar
de mal agüero. Las negras ruinas de la fortaleza y las tumbas rústicas
que habían erigido á los cadáveres de sus compatriotas ensombrecían la
belleza de los bosques inmediatos. Cuevas y Lucero se acordaban con
frecuencia del pobre Garvey, su amigo irlandés.

Un lugar situado cerca de Montecristi, con puerto espacioso, tupidas
florestas y dos ríos abundantes en peces, fué acogido como solar
favorable para la fundación de una ciudad. Además, Colón sintióse
atraído por ciertas noticias de los indios, según las cuales, el Cibao,
tan abundoso en oro, estaba á corta distancia, extendiéndose sus
montanas casi paralelas al nuevo puerto.

Al fin pudieron desembarcar las tropas con los trabajadores y artesanos
que iban á edificar la primera ciudad. Echáronse á tierra las mercancías
que debían servir para el comercio con los naturales, los cañones y
municiones, las herramientas agrícolas, los cuadrúpedos y las aves que
habían padecido mucho durante el viaje y la caballada estabulada en la
carraca de Ojeda.

Todos se mostraban alegres al verse libres de la penosa estrechez de los
barcos, sufrida durante meses y meses, al no respirar la hediondez del
amontonamiento y percibir la fragancia de las florestas tropicales.

Cuevas había visto surgir en pocas semanas las calles y plazas de
Isabela. El templo, el almacén de provisiones y la vivienda del
Almirante eran de piedra. Las casas de los particulares, unas de madera,
otras de cañas y de tierra apisonada.

Trabajaron todos con entusiasmo en los primeros días, pensando que el
oro les esperaba más allá de los bosques, en aquellas montañas que
asomaban sus cúspides sobre la arboleda. Lo urgente era crear la ciudad.
Después irían á hacerse ricos en unas cuantas horas, ya que estaban en
Cipango.

A los pocos días se desvanecieron estos entusiasmos. Las enfermedades
propias de una violenta aclimatación y de una tierra virgen, no domada
aún por el hombre, se ensañaron en los colonizadores. No acostumbrados á
la vida del mar los más de ellos, habían padecido mucho al vivir
encerrados en los buques, alimentándose con provisiones saladas y en mal
estado por los accidentes de la navegación. Además, el clima húmedo y
cálido, la continua evaporación de los ríos, la atmósfera estancada por
las espesas arboledas, empezaron á enfermar á unos hombres acostumbrados
á moverse en otro ambiente.

Muchos de ellos habían vivido hasta entonces de hacer la guerra, sin
conocer un trabajo regular. Los de profesión manual se veían obligados á
edificar una ciudad, desmontando la tierra á toda prisa, cuando
necesitaban reposo y descanso, después de tan penoso viaje. Caían
enfermos los más, y á sus dolencias físicas iba unida la desilusión.
Tenían que llevar una existencia casi salvaje, cuando habían soñado,
hasta pocos días antes, con las ricas ciudades de Catay, viéndose
alojados en sus palacios de mármol ó cobijándose bajo las techumbres
áureas de Cipango.

Los indios de los alrededores traían oro para trocarlo, pero en pequeñas
cantidades, y era ya indudable que este metal sólo podía adquirirse con
perseverante y fatigoso trabajo.

Hasta Colón, el más optimista de todos, caía enfermo, pasando varias
semanas en cama. Y en tal situación fué cuando Lucero tuvo á su hijo,
asistida por el doctor Chanca, famoso médico de Sevilla, que había
pedido voluntariamente figurar en este segundo viaje, seducido por la
novedad del descubrimiento y por las seguridades que daba el Almirante
de topar ahora con el Imperio del Gran Kan.

Fernando Cuevas, siempre de pie á la puerta de su bohío, fluctuaba entre
la decepción y el entusiasmo, como la mayor parte de los blancos que
habían venido á establecerse en este lugar, hermoso é insalubre,
embellecido por los mayores esplendores de la Naturaleza y hostil al
mismo tiempo para los hombres no nacidos en él.

La abundancia de insectos sanguinarios hacía un infierno de sus noches.
La nigua y otros parásitos se ensañaban, con la furia de la novedad, en
los cuerpos de blanca epidermis. El joven pensaba inquieto en aquel
pequeño ser, carne de su carne, que respiraba y empezaba á abrir sus
ojos á pocos pasos de él. Necesitaba defenderlo, con precauciones
paternales, de los peligros de este ambiente hermoso y poco propicio
para los que aún no se habían adaptado á él. Igualmente debía
preocuparse de Lucero, muy animosa durante el viaje, pero quebrantada
por la maternidad al pisar la nueva tierra.

Un misterio inquietante se abría ante la imaginación de Fernando al
mirar la naciente ciudad. ¿Morirían allí todos, exterminados por el
clima adverso, ó sorprendidos, como los de la guarnición de la Navidad,
por el inesperado ataque de aquellos guerreros cobrizos que vivían
misteriosamente más allá de los bosques, en montañas lejanas, rojas como
la sangre á la salida del sol, azules á la hora del crepúsculo?...

Luego, la confianza que mostraba el invulnerable don Alonso, «el
Caballero de la Virgen», enardecía á Cuevas. Indudablemente, ya que
estaban en Cipango, según decía el Almirante, debían existir en el
interior de la isla, cerca de sus minas de oro, ricas ciudades donde un
hombre valeroso podía adquirir, gracias á su valor, considerables
riquezas.

No podía quejarse aún de su destino. Uno de aquellos veinte caballos que
admiraban y espantaban á los indígenas, como animales fabulosos, sería
suyo muy pronto. El soldado de Ojeda á quien pertenecía iba á morir de
un momento á otro, á consecuencia de un flechazo «con hierba» recibido
en una de las islas Caribes. Él iba á ser uno de los primeros que
penetraría en el interior misterioso de Cipango. ¿Qué más podía
desear?...

Seguía sonando la campana sobre su cabeza. Volaban asustadas las bandas
de loros, volviendo poco después atraídas por la curiosidad. Repetía la
atmósfera el canto de esta voz metálica con la vibración de un armonioso
y claro cristal. Sonreía la mañana con entusiasmo ingenuo y pueril,
seducida por esta nueva música.

En lo alto de los árboles se entreabrían las hojas, dejando visibles
centenares de cabezas de monos que escuchaban con grotesca gravedad.
Abajo, entre lianas y troncos, surgían otras cabezas más grandes. Eran
de indígenas del interior que llegaban arrastrándose para escuchar la
voz de esta divinidad de bronce, traída por los blancos del cielo, y que
podía hablar á enormes distancias.

Y algunos de estos indios eran de luengos cabellos y altos plumajes, con
la cara y el cuerpo pintados, llevando arco, flechas y un palo duro á
guisa de espada. Lo mismo que aquellos otros que al final del primer
viaje habían intentado cautivar al paje Andújar y á un grupo de
marineros.




II

Donde el Caballero de la Virgen descubre oro y lucha heroicamente con el
hambre


Una tarde, Alonso de Ojeda, que estaba alojado en la misma casa de
piedra ocupada por el Almirante, fué en busca de Fernando.

Don Cristóbal, todavía en cama, enfermo de fiebres y con el ánimo muy
decaído, había llamado á su joven capitán. Los buques de la flota tenían
ya echados en tierra sus cargamentos y debían volverse á España. Había
esperado el Almirante disponer de enormes cantidades de oro y especias,
acumuladas por la guarnición de la Navidad, y sólo encontró ruinas y
cadáveres. ¿Qué dirían en España los reyes y todos los que habían
acogido con júbilo la noticia de sus descubrimientos?...

--Es necesario--resolvió Colón--enviar allá algo. Estamos en Cipango y
deben existir en el interior de la isla populosas ciudades, en alguna
región más cultivada, allende las montañas elevadísimas que desde aquí
vemos. Todos los indios hablan de Cibao como lugar de oro, y el nombre
de Caonabo, que significa en nuestro romance «Señor de la casa dorada»,
demuestra la riqueza inmensa de sus Estados. Creo que sus minas no están
mas que á tres ó cuatro días de viaje, marchando hacia el interior. Id,
hijo, con algunos de vuestros hombres á explorar la tierra, antes de que
zarpen los buques, y si Dios quiere que se confirmen mis esperanzas, la
flota podrá llevar á España las nuevas de que hemos descubierto al fin
las montañas de oro de Cipango.

Y Ojeda venía á dar aviso á su protegido para que fuese de tal
expedición. Se despidió Cuevas de Lucero, asegurando que su ausencia
sólo duraría una semana. La joven estaba ya repuesta de su parto,
lánguida aún por el cansancio, pero al mismo tiempo animada por el
orgullo de su maternidad. Don Alonso había sido el padrino de su hijo,
dándole su propio nombre. Los señores más importantes de la nueva
colonia se preocupaban de ella y de su niño, por ser éste el primer
nacido en Isabela. El encargado de los víveres la hacía frecuentes
regalos. Las contadas mujerzuelas que habían seguido ocultamente á los
expedicionarios, conmovidas por una solidaridad de sexo, acudían á la
casa de la parturienta para servirla como criadas voluntarias. Luego
continuaban sus visitas, por la tolerancia bondadosa con que las acogía
Lucero, no obstante la desigualdad de sus respectivos estados sociales.
Esta vida incierta de aventuras en un mundo completamente nuevo borraba
las diferencias jerárquicas que habían subsistido hasta el momento de
desembarcar.

También Fernando notaba una transformación importante de su persona en
esta nueva existencia. Todos los jinetes mandados por Ojeda habían sido
en España jóvenes hidalgos, orgullosos de su linaje y de haber vencido á
los moros, mostrando cierta vanidad al hablar de sus parientes ricos ó
de los personajes nobles emparentados con sus familias.

En España hubiese sido Fernando Cuevas para ellos un mísero paje, hijo
de un escudero olvidado. En este mundo nuevo sentíase el joven
ensoberbecido por una tendencia igualitaria. Era hijo de un hombre de
armas que había muerto en la guerra, como los ascendientes de los otros;
no de un menestral de profesión villana, y sentíase tan hidalgo como los
demás. Únicamente la simpatía y la admiración le hacían respetar á Ojeda
como superior.

Partió á la mañana siguiente con su audaz capitán y seis de aquellos
nobles mancebos que eran ahora sus camaradas. Todos iban montados en
caballos andaluces, grandes, carnudos, de colas y crines largas, los
jaeces adornados con cascabeles, y este continuo tintineo, así como el
roce metálico de sus armaduras, daba á los ocho hombres y á sus corceles
un aspecto imponente para los indígenas. Iban á creerlos divinos
centauros, descendidos del cielo, bestias humanas, mezcla de animal y de
hombre, que unas veces se partían y otras avanzaban formando una sola
pieza.

Emprendía Ojeda alegremente esta exploración peligrosa y aventurada.
Desde muchos días antes sentíase agitado por un sentimiento agresivo de
rivalidad y celos, la molestia que siente todo hombre corajudo cuando
oye hablar con frecuencia de otro igualmente valeroso.

--Harto estoy--decía--de ese Caonabo, cacique de las montañas. Los
indios sólo hablan de él como si fuera á comérsenos. Hagamos una
algarada en sus tierras y á ver qué nos pasa.

Marcharon directamente hacia el interior, perdiendo de vista el mar. En
los dos primeros días las jornadas fueron penosas y lentas. Tuvieron que
atravesar tupidos bosques siguiendo los senderos casi borrosos que los
indios abrían con el roce de sus pies desnudos.

No encontraban á nadie. Los indígenas que osaban vivir cerca de la
colonia de los blancos huían al ver de lejos á estos hombres de hierro,
montados sobre unas bestias quiméricas que sonaban al trotar y conmovían
de vez en cuando el silencio de la arboleda con sus agudos relinchos.

En la tarde del segundo día llegaron al pie de una sierra elevada, y á
través de angostos desfiladeros alcanzaron la meseta, pasando en ella la
noche. Al salir el sol vieron á sus pies una extensa y hermosa llanura,
con grupos de árboles y abundantes pueblos, atravesada por el curso
serpenteante del río Yagui, el mismo que Colón había bautizado Río de
Oro al encontrar su desembocadura en Montecristi.

Al bajar á la planicie, penetrando en pueblos de enorme vecindario,
Ojeda y sus jinetes se vieron acogidos con una respetuosa y admirativa
hospitalidad, cual si fuesen dioses. Tuvieron que vadear muchas veces
el mismo río y otros que afluían á él, llegando á las montañas que
estaban enfrente, después de varios días de marcha por la llanura.

Ya estaban en las regiones doradas de Cibao. El temible Caonabo debía
hallarse ausente, en alguna expedición guerrera, pues no se presentó á
cortarles el paso.

Los habitantes del país iban desnudos como los otros y se hallaban en el
mismo estado de vida primitiva. En ninguna parte encontraron vestigios
de aquellas ciudades ricas y enormes que suponía Colón en el interior de
la isla. Ojeda no se desalentó al ver desmentidas de un modo tan
completo las suposiciones del Almirante.

--Ignoro si esto es Cipango ó no lo es--dijo á Cuevas--, pero oro lo hay
á manta.

La ilusión y la realidad se mezclaba ante sus ojos con deslumbrantes
espejismos. Veían relumbrar la tierra de las montañas á causa de las
partículas de oro. Los indios separaban con destreza estos pequeñísimos
granos para ofrecerlos á los temibles centauros. Otras veces las piedras
jaspeadas de metal sin ningún valor les parecían de puro oro, como le
había ocurrido al Almirante en el río inmediato á Montecristi.

De todos modos el oro verdadero resultaba abundante. Como los indios no
sentían por él gran aprecio, las corrientes acuáticas, al descender de
las montañas, habían ido depositándolo, durante siglos y siglos, en el
lecho de ríos y barrancos, y este puñado de centauros audaces eran los
primeros en explorar, aunque fuese al galope, tales yacimientos.

Encontró Ojeda en uno de los arroyos un pedazo de oro en bruto que
pesaba nueve onzas.

--Todo esto no son mas que barreduras del suelo--dijo el hidalgo,
entusiasmado--. Lo más importante está oculto en las grietas y entrañas
de la sierra, y lo iremos sacando cuando volvamos con más calma.

Como el Almirante le aguardaba impaciente para despachar los buques, y
las noticias que llevaba Ojeda eran muy gratas, se apresuró á volver á
Isabela con su gente.

Dispuesto Colón á creer las más exageradas magnificencias de aquella
tierra, se reanimó con los informes del joven capitán, tan imaginativo y
entusiasta como él. Todos los de la ciudad se enardecieron igualmente
con los relatos que iban haciendo de grupo en grupo Cuevas y los otros
jinetes.

La estación era propicia para la vuelta á España, y Colón se apresuró á
aprovecharla, quedándose sólo con cinco buques para el servicio de la
colonia y despachando los otros con rumbo á Cádiz.

Envió muestras del oro encontrado por Ojeda, así como de frutos y
plantas curiosas, y lo menguado y pobre del cargamento lo remedió con
largos escritos describiendo la hermosura de la isla y dando seguridades
de poder enviar en otro viaje buques llenos de oro y de especias. En
cambio, pedía con angustia que le remitieran cuanto antes nuevos
cargamentos de víveres.

Existían en Isabela más de mil personas no acostumbradas aún á los
manjares indios, y empezaban á escasear los alimentos procedentes de
Europa. Una gran cantidad de vino se había perdido durante el viaje por
no estar los toneles bien preparados para las altas temperaturas del
trópico. Necesitaban alimentos, medicinas, ropas, armas, y también mayor
cantidad de caballos. Y como por el momento no podía enviar Colón mucho
oro con que adquirir lo que necesitaba la colonia, propuso en su carta á
los reyes que le autorizasen para cazar indios caníbales y llevarlos á
España, donde serían vendidos como esclavos, bautizándolos antes. De
esta manera, el Tesoro real recibiría enormes ingresos, los isleños se
verían libres de sus terribles vecinos los caribes, y adquiriría la
religión grandes multitudes de adeptos, salvando sus almas á la fuerza.

La partida de la flota para España produjo en Isabela tristeza y
desaliento. Centenares de seres vieron alejarse la mayor parte de los
buques con rumbo á España, mientras ellos se quedaban en una tierra
hermosa, pero inclemente, roídos por las enfermedades, sometidos á
ración, como en una nave falta de víveres, teniendo que trabajar en
labores que los más de ellos no habían hecho nunca, improvisándose
albañiles ó labriegos, cuando habían venido como hombres de espada, con
la esperanza de conquistarse tal vez un pequeño reino.

Algunos habían vendido ó malbaratado las tierras que poseían en España
para venir á este nuevo viaje de los argonautas, creyendo asunto de
unas semanas nada más el hacerse rico en las tierras del Gran Kan... Y
empezaban á ver ante ellos un porvenir de miseria, en medio de
poblaciones desnudas y sobrias, acostumbradas á una vida sin
comodidades.

Se fué generalizando la duda sobre las afirmaciones del Almirante.
Volvían muchos á considerarlo un hablador imaginativo, como en los
tiempos que era apodado «el hombre de la capa raída». ¿Dónde estaban las
ricas ciudades de Asia, todas de mármol, con sus cortejos vestidos de
oro y sus filas de elefantes?... ¡Y pensar que muchos de ellos habían
buscado influencias en la corte para que los admitiesen en esta
expedición, y otros se ocultaron en los buques, arrostrando terribles
penalidades, para poder asistir al fabuloso reparto de riquezas que iba
á realizarse al otro lado del Océano!...

Colón se excusaba diciendo que bien había advertido en Sevilla y Cádiz,
antes de partir la flota, que la empresa no iba á ser tan cómoda como se
imaginaban las gentes, y el oro, aunque existía, costaba muchas fatigas
el adquirirlo. Esto era cierto; pero el temible imaginativo olvidaba que
meses antes, al volver de su primer viaje, había exaltado á todos con
exageradas descripciones de las inauditas riquezas que le esperaban
allá, y las muchedumbres se aferran siempre á las afirmaciones
optimistas del primer momento, olvidando las prudentes rectificaciones
llegadas después.

Cuevas empezó á darse cuenta de la animadversión creciente de los
españoles contra Colón. Él y Lucero mostraban un respeto admirativo por
el Almirante, reconociendo la exactitud de muchas de sus quejas. Pero al
mismo tiempo encontraban justas las lamentaciones de una muchedumbre
enferma, fatigada y sin ilusiones, afirmando, cada vez en tono más
fuerte, que el Almirante los había engañado.

Uno de los personajes más importantes de la colonia era Bernal Díaz de
Pisa, hombre bien visto en la corte, y que venía de contador en la
expedición. Había perdido su empleo en España creyendo de buena fe que
iba á manejar grandes riquezas en las tierras del Gran Kan, como los
tesoreros de los cuentos orientales, y su desilusión al encontrarse en
una isla salvaje se iba trocando en odio contra el Almirante.

Otro de los descontentos era un ensayador y purificador de metales
llamado Fermín Cado. También había venido con la esperanza de que iba á
examinar montañas enteras de oro, y al ver este metal solamente en
pequeñas cantidades traídas por los indios, y muchas veces de baja ley,
negaba públicamente que existiesen en la isla grandes yacimientos
auríferos.

Los descontentos formaron el plan de apoderarse de los cinco buques
anclados frente á Isabela é irse con ellos á España, llevando á los
reyes un memorial, escrito por Bernal Díaz de Pisa, en el que se
relataban todas las tristezas de la naciente colonia, exagerándolas para
que contrastasen más aún con las fantasías de Colón.

El miedo á los hombres de guerra adictos al Almirante, y la imprudencia
de los conjurados, hicieron abortar el plan. Colón metió preso á Díaz de
Pisa en uno de los buques, para enviarlo oportunamente á España, y
castigó á los demás comprometidos en una rebelión que tantas veces iba á
reproducirse durante su mando.

Como ya estaba restablecido de su enfermedad y necesitaba reanimar á su
gente, preparó una gran expedición á las montañas de Cibao. Durante su
ausencia le reemplazaría como gobernador su hermano Diego. Cuevas
apreciaba su carácter pacífico y suave, reconociendo al mismo tiempo la
imprudencia en muchas ocasiones de sus palabras, más sinceras que
oportunas. Era el menos inteligente de los Colones; iba vestido con
hábitos casi sacerdotales, y su ambición secreta era que su poderoso
hermano el Almirante consiguiese de los reyes que lo hicieran obispo.

La mayor parte de la población de Isabela marchó en esta expedición al
interior. Como Colón tenía el propósito de levantar una fortaleza cerca
de las minas, llevó con él á todos los artífices y trabajadores de la
ciudad. Sólo quedaron en ésta los hombres necesarios para guardar su
muralla de piedra.

Don Pedro Margarit, noble catalán que había ido en este segundo viaje
como jefe de las tropas, cabalgaba al lado del Almirante. Eran
cuatrocientos hombres los que formaban el grueso de la expedición,
ejército enorme en aquella tierra, dada la superioridad de sus armas.
Salieron de Isabela con las banderas desplegadas, al son de trompetas y
tambores, seguidos de una muchedumbre de indígenas que habían acudido á
presenciar este maravilloso espectáculo. En la vanguardia iba Ojeda con
todos sus jinetes.

Al llegar á la montaña, la aspereza del terreno trastornó el aspecto
bizarro de las tropas. Hubo que avanzar por estrechos desfiladeros que
impedían el paso á las cargas de municiones, víveres, herramientas y
armas. Ya no era la expedición á la ligera hecha por don Alonso y sus
compañeros. Éstos y otros que habían hecho la guerra á los moros en las
montañas de Granada se lanzaron animosamente á abrir un camino, el
primero del nuevo mundo, y Colón bautizó este paso con el título de
Puerto de los Hidalgos, para honrar á los caballeros que lo habían
hecho.

Al ver desde lo alto la hermosa llanura, la llamó Vega Real, y descendió
á sus numerosos pueblos, entrando en ellos con el mismo aparato bélico
que había salido de Isabela.

Nuevamente los indígenas volvieron á asombrarse viendo los caballos, que
eran en esta segunda irrupción más numerosos, no pudiendo contener sus
gritos cada vez que el fabuloso animal se partía, apeándose el jinete,
para volver á rehacerse en una sola pieza poco después.

Al pie de las montañas de Cibao tuvieron los españoles que enviar su
recua de mulas á Isabela, por haber consumido ya el pan y el vino. No
estaban acostumbrados aún á los alimentos de los indios, que después
fueron encontrando nutritivos y agradables.

Las montañas de Cibao eran yermas, de lúgubre aspecto, como ocurre casi
siempre en los países ricos en minas; los árboles pocos y débiles, y el
agua, muy abundante en algunos lugares, faltaba completamente en otros.
Pero los expedicionarios se consolaban encontrando abundantes granos de
oro. Los indios montañeses, viendo cómo los blancos apreciaban este
metal, se apresuraban á regalarles pequeños fragmentos que iban á buscar
en los lechos secos de los torrentes.

No quiso seguir Colón más adelante. Estaban á diez y ocho leguas de su
ciudad, y la comunicación era difícil, por tener que salvar dos cadenas
de montañas. Lo prudente era hacer un fuerte en el punto á que había
llegado, con guarnición que labrase las minas inmediatas y explorase el
resto de Cibao. Este fuerte fué construido de madera, sobre una colina
rodeada casi enteramente por un río, y con profundo foso en el lado no
resguardado por aquél.

Colón, acordándose de sus enemigos de Isabela, le dió festivamente el
nombre de Santo Tomás, porque dicho apóstol sólo podía creer lo que
viese y tocase. Ya habían visto sus gentes el oro de Cibao y lo tocaban
con sus manos.

Llegaban á bandadas los indígenas trayendo oro en polvo ó en pepitas
menudas, para darlo á cambio de un cascabel. Y como todos los cobrizos
eran naturalmente imaginativos y embelecadores, al verse escuchados con
tanta atención por estos seres de origen celeste, exageraban á porfía
sus informes, afirmando que á pocas jornadas de camino se hallaban
pedazos de oro grandes como naranjas, y otros añadían que como cabezas
de muchacho. Pero tales riquezas siempre estaban más lejos... ¡más
lejos!

Cuando Colón y su tropa volvieron á Isabela, semanas después,
encontraron á los habitantes más abatidos y enfermos que antes de su
partida. El calor y la humedad obraban prodigios en la fecundación de
los campos. A fines de Marzo, un labrador presentó ya al Almirante
espigas de trigo sembrado á fines de Enero. Prosperaban rápidamente la
caña de azúcar, traída de España, la viña y numerosas hortalizas. Pero
el sol abrasador y el suelo vaporoso desarrollaban las fiebres. Todos
estaban enfermos ó postrados. Las construcciones se paralizaban y los
cultivos quedaban interrumpidos. Los víveres traídos de España se
pudrían, y era necesario acortar las ya mermadas raciones.

Caballeros que no habían trabajado nunca é iban vestidos con lujosos
trajes tenían que suplir á los menestrales y agricultores enfermos.
Muchos de ellos no buscaban riquezas. Habían hecho el viaje á las
tierras del Gran Kan para realizar hazañas en países orientales, como
los paladines de las novelas caballerescas... ¡Y cuando soñaban con ser
héroes de epopeya, se veían convertidos en trabajadores manuales,
semejantes á los que habían considerado siempre en Europa como de un
rango inferior!...

Al mismo tiempo Colón deseaba continuar sus viajes marítimos. Se hallaba
cerca de Cuba, que era, según él, la punta avanzada de Asia. Lo mejor
para sacar á la colonia de su incierta situación era que él fuera
animosamente en busca del Gran Kan, navegando hacia Poniente. Tal vez
sólo le separaban unas cuantas singladuras de los grandes puertos de
Asia. Y dejando otra vez la ciudad bajo el gobierno de su hermano Diego,
se embarcó el 24 de Abril, llevando con él á Juan de la Cosa, el célebre
piloto, que le había seguido igualmente en este segundo viaje. Costeando
la península llamada Cuba daría indudablemente con el famoso Catay.

Para evitar las enfermedades de Isabela, asegurando al mismo tiempo su
dominio sobre la isla, ordenó que se esparciesen por el interior todas
las tropas. Alonso de Ojeda, con cincuenta hombres, debía guarnecer el
fuerte de Santo Tomás. El resto del ejército, mandado por don Pedro
Margarit, correría la provincia de Cibao y luego toda la Española. Y se
lanzó á navegar, dejando en Isabela á su hermano, que no obstante ser
extremadamente devoto, vivía en guerra abierta con el padre Boil.
Margarit, por su parte, consideró inútil el paseo militar por la isla,
prefiriendo instalarse en los pueblos de la dulce Vega Real, donde los
soldados empezaron á desmoralizarse, llevando una vida de
voluptuosidades y violencias. Hasta dejaron de formar un cuerpo compacto
y se dividieron en partidas, que corrían á su gusto el país en busca de
oro.

No podía consentir Margarit que don Diego Colón interviniese en todos
los asuntos, no obstante su reconocida impericia. En ausencia del
Almirante, él, por ser jefe de las tropas, se consideraba único
gobernador. El padre Boil, vicario apostólico, también se creía rebajado
por las intromisiones de este Colón, aprendiz de clérigo, y un día, él y
Margarit, con muchos descontentos, resolvieron volverse á España para
acusar al Almirante, demostrando á los reyes la falsedad de sus
descripciones y la poca valía de las tierras descubiertas, que nada
tenían que ver con el rico Imperio del Gran Kan.

Colón se había llevado tres carabelas: la _Niña_, que en este segundo
viaje había tomado el nombre de _Santa Clara_, y las llamadas _San Juan_
y la _Cordera_. Dejó en Isabela dos buques mayores, por ser demasiado
grandes para explorar costas y ríos, y de ellos se apoderaron los
conjurados, haciéndose á la vela para España. El primer general y el
primer nuncio apostólico en el nuevo mundo desertaban sin pensar en las
consecuencias.

Cuevas y Lucero no presenciaron las agitaciones y desórdenes que produjo
todo esto en Isabela. Estaban en el fuerte de Santo Tomás con don
Alonso, y durante un mes ignoraron lo ocurrido en la colonia.

Había accedido Ojeda á los ruegos de su protegido, que deseaba vivir
cerca de las minas. En Isabela nada tenía que hacer, y ahora que era
padre veía acrecentados sus anhelos de riqueza. Estando en Santo Tomás
exploraría las montañas de Cibao con la esperanza de adquirir mucho oro.
También Lucero, con Alonsico pegado á sus pechos, emprendió el viaje al
interior de la isla.

Esta tropa de Ojeda era la única que se mantenía disciplinada y
obediente á su jefe. Los soldados dispersos de Margarit habían esparcido
el terror con sus fechorías. Huían de ellos los indígenas cuando eran
numerosos, ó los atacaban al encontrarlos solos. Caonabo, el más temible
de los caciques de la isla, que hasta entonces se había mantenido en una
actitud defensiva, sin dejarse ver, creyó llegado el momento de
exterminar á los blancos, como había hecho con la guarnición de la
Navidad.

Ojeda seguía pensando en este enemigo, digno de medirse con él. Había
ido conociendo su historia en fuerza de preguntar á los indígenas más
importantes de las tierras sometidas.

Este aventurero caribe había venido á Haití en una expedición guerrera,
quedándose en la isla para siempre. De cuerpo atlético, irresistible en
la pelea y dotado de un instinto estratégico, se había abierto paso
inmediatamente, haciéndose proclamar reyezuelo de Cibao é inspirando
miedo á los cuatro caciques que gobernaban el resto de la isla. Sus
hombres eran los más belicosos, diferenciándose de los otros haitianos,
que amaban la paz y la vida dulce.

--Tiene muchas mujeres--dijo Ojeda á Cuevas--, lo mismo que Guanacarí y
los demás reyezuelos, pero su esposa principal, la verdadera reina, se
llama Anacaona, y dicen que es mujer hermosa, muy blanca para su raza y
de gran entendimiento. No quería casarse con este bárbaro de gustos tan
diferentes á los suyos. A ella le place la música, compone canciones de
esas que los indios llaman «aeritos»; sus gentes conocen por dónde ha
pasado á causa de los perfumes que deja su cuerpo, y dicen que no gusta
de guerras... Pero su hermano, el cacique Behechio, rey de otra parte de
esta isla, tuvo que darla como esposa á Caonabo para evitarse una
invasión de sus tierras.

Muchas veces, en la soledad de las montañas de Cibao, paseando siempre á
la vista del fuerte, olvidaba don Alonso las ambiciones que le habían
traído á estas tierras nuevas, para volver su pensamiento á España.

--¿Qué estará haciendo mi doña Isabel en estos momentos?--decía á
Cuevas.

Poco después agregaba, con una ironía amarga:

--Bien puede ser que me crea en un salón inmenso del palacio del Gran
Kan, vestido de oro y perlas, y se sienta celosa, imaginándose que el
«rey de los reyes» pretende casarme con una princesa de su familia...
¡Si ella viese la verdad!

Y volviendo su espalda al río y á la vasta pradera descubierta que se
extendía ante la fortaleza, miraba el desolado paisaje de las montañas
de Cibao.

Sus preocupaciones de hombre de guerra le hacían olvidar luego el país
lejano donde estaba doña Isabel. Le inspiraba inquietud ver cada vez más
escasos los indios que venían á hacer trueques con la guarnición.

--¡Ese Caonabo!--dijo una tarde á Cuevas--. No lo conozco, y lo veo
rondando en torno á nuestra fortaleza. Tal vez está detrás de esas
colinas esperando la noche. Va á caer sobre nosotros. Alguien me lo
avisa. Tal vez es la Virgen que tengo junto á mi cama y á la que me
encomiendo todas las noches. Acordémonos del pobre Arana y del fuerte de
Navidad. Necio es poner confianza en esta gente desnuda. Hasta los más
buenos, que vierten lágrimas á cada momento, cambian con facilidad de
opinión.

Y como si el supersticioso caballero estuviese verdaderamente avisado
por la pequeña imagen que llevaba á todas partes, aquella misma noche
cayó Caonabo sobre el fuerte.

Fué á modo de una inundación de carne cobriza, desnuda, pintarrajeada,
vociferante, que se extendió por toda la llanura inmediata al fuerte.
Había juntado el «Señor de la casa dorada» diez mil guerreros, armados
de mazas, flechas y lanzas de madera dura templada al fuego. Muchas de
estas gentes eran suyas, y el resto, de los demás reyezuelos de la isla,
á los que había coligado secretamente contra los blancos.

Habían marchado silenciosamente á través de las selvas, para caer en
plena noche sobre el fuerte de Santo Tomás, aislado en el interior de la
isla. Esperaba sorprender á su guarnición, creyéndola en completo
abandono, como los otros grupos de españoles que andaban dispersos; pero
tenía enfrente á un caudillo tan indomable como él, igualmente
despreciador de la muerte y más astuto.

Velaban los del fuerte, y al llegar la invasión de guerreros pintados y
empenachados cerca del río y el foso, surgieron de su torre de madera
los relámpagos de varios arcabuces y de un falconete, huyendo todos ante
estos truenos mortíferos.

Caonabo no podía intentar el asalto del fuerte con sus desnudos
guerreros estando advertida la guarnición. Imposible arrostrar las armas
de fuego, ni salvar bajo sus disparos el profundo foso. Se propuso tomar
la fortaleza por hambre, y desplegó su ejército en los bosques cercanos,
ocupando todos los desfiladeros para interceptar las provisiones que,
por afán de ganancia, llevaban al fuerte algunos indios.

Este asedio, que iba á durar treinta días, hizo desplegar á Ojeda toda
su actividad valerosa y su ingenio para burlar las artes del caudillo
caribe.

Fernando Cuevas sintió cierta flojedad de ánimo en los primeros días, al
pensar en Lucero y su pequeño hijo. Pero la animosa joven aceptaba, con
una adaptación propia de su raza, todos los episodios de esta vida de
aventuras, favorables ó adversos.

Muchas veces la vió Cuevas á su lado, en lo alto de la torre de madera,
vigilando la línea obscura de los bosques que ocultaban á los
sitiadores. Mientras dormía el pequeño Alonso en una habitación de
abajo, Lucero intentaba ejercitarse en el manejo de las armas de su
marido.

Reía Ojeda al escuchar cómo la joven manifestaba su voluntad de morir
matando, antes de caer en manos de aquella gente, si es que se perdía el
fuerte.

En realidad, vivía mejor que todos los defensores de Santo Tomás,
incluso el jefe. Una parte de las provisiones saladas, procedentes de la
colonia, que Ojeda iba repartiendo parcamente, era para ella, en
consideración á su calidad de madre dedicada á la lactancia.

Cuando estas provisiones empezaron á agotarse, Ojeda hizo frecuentes
salidas, combatiendo á campo raso. Cuevas, que iba siempre cerca de él,
empezó á creer que realmente era invulnerable, por obra de un poder
misterioso. Este hombre de pequeña estatura, desconocedor de la muerte,
atacaba siempre el primero, y valido de su asombrosa agilidad, combatía
contra numerosos guerreros á la vez, hiriendo ó matando sin descanso.

En algunas ocasiones eran tan terribles los golpes de clava que le
asestaban sus enemigos, que al pararlos con su escudo, la violencia del
choque le obligaba á doblar las rodillas. Pero impulsado por el resorte
de su indomable voluntad, volvía á erguirse inmediatamente, continuando
el ataque.

Casi todos los que tomaban parte en estas salidas tornaban heridos
aunque fuese de poca importancia. Alonso de Ojeda no traía nunca el
menor rasguño. Nadie lograba sacarle sangre.

Gracias á estas salidas conseguían víveres, arrebatando cuanto
encontraban en los bohíos cercanos ó en los techos de ramaje bajo los
cuales vivían los sitiadores. Caonabo, á pesar de su renombre de
guerrero invencible, procuraba no salir al paso de este héroe blanco,
cuya cabeza apenas llegaba á uno de sus hombros y que avanzaba ileso
entre espesas lluvias de flechas. Veía en él á un ser extraordinario
protegido por los espíritus.

Los más atrevidos guerreros de Caonabo fueron pereciendo en este asedio
de abundantes combates. Las fuerzas sitiadoras disminuían diariamente,
pues los indios, no acostumbrados á operaciones lentas de guerra, se
cansaban del asedio, dispersándose para volver á sus pueblos. Y al fin,
el «Señor de la casa dorada» se retiró igualmente, asombrado de las
hazañas del que él llamaba «Pequeño jefe blanco».

Cuevas aún admiró más á su protector después de las penalidades sufridas
durante el sitio.

Un indio pacífico, con la esperanza de que le regalasen alguno de los
objetos maravillosos traídos por los blancos (cascabel, pedazo de espejo
ó gorro colorado), llegó un día arrastrándose hasta el fuerte, pidiendo
ver á su jefe.

Traía dos palomas silvestres para que las comiese el valeroso «hijo del
cielo». Ojeda quiso regalarlas á la esposa de Cuevas. Esta comida fresca
reanimaría á la madre, dando un alimento más nutritivo á su pequeño.

Protestó la joven, rechazando el regalo. Ella había comido, gracias á
las últimas provisiones que le reservó don Alonso. Tal vez era la única
que había podido hacerlo en todo el fuerte, y no iba ahora, por ser
mujer, á reservarse igualmente un manjar inesperado. Bien merecía don
Alonso comer las palomas después de tantas penalidades.

Estaban en un cuarto de la torre, y varios soldados, íntimos de Ojeda,
presenciaban la disputa cortés. Observó el jefe las miradas ávidas de
sus compañeros, y acabó por decir gravemente:

--Es lástima que estos animalejos no puedan saciarnos á todos... Yo no
debo regalarme mientras los demás sufren hambre. Seamos todos iguales.

Y abriendo una ventana, dió suelta á las dos palomas, que se alejaron
con rápido vuelo.




III

     De qué modo el «Pequeño jefe blanco» llegó á apoderarse del «Señor
     de la casa dorada», admirándole el salvaje por su osadía y su
     astucia.


Volvió el Almirante á Isabela después de varios meses de ausencia,
cuando muchos le creían ya muerto en el mar. Su hermano Bartolomé, al
que no había visto desde mucho antes de su primer viaje, ó sea cuando se
separaron en Portugal, le esperaba en la nueva ciudad.

Este hermano, de carácter enérgico, cuerpo vigoroso y muy dado á imponer
su autoridad, le iba á ser más útil que el devoto y poco inteligente don
Diego. En su fondo, Cristóbal y Bartolomé eran semejantes, pero el
primero sabía disimular la brusquedad y egoísmo de su verdadero carácter
con una dulzura estudiada, mientras el otro sólo podía expresarse
secamente y con arrogancia.

Al saber Ojeda la vuelta del Almirante, dejó el fuerte de Santo Tomás
confiado á uno de sus tenientes, y acompañado de Cuevas y su mujer
volvió á Isabela.

Ocuparon otra vez su antigua casa Fernando y Lucero, y un nuevo amigo
los visitó con frecuencia. Era el señor Juan de la Cosa, el célebre
piloto, que por tener su familia en España, como la mayor parte de los
navegantes, buscaba el trato de este matrimonio joven, comiendo muchas
veces en su vivienda.

Las provisiones venidas de España eran cada vez más escasas y malas;
pero Lucero, con su ágil adaptación al ambiente, había aprendido de
algunas mujeres indias el modo de preparar los alimentos del país.

Ella y Cuevas estaban habituados al pan de cazabe y al maíz tostado.
Eran también los primeros de la colonia que habían comido iguana,
lagarto que causaba horror á los españoles y se veía muy buscado y
apreciado por los indígenas ricos. Algunos pequeños cuadrúpedos de la
escasa fauna del país eran también utilizados al modo indígena por
Lucero y una vieja india que la ayudaba á guisotear.

Juan de la Cosa, en su calidad de primer piloto, conseguía traer del
depósito de víveres algún botellón de madera lleno de vino, lo más
buscado y precioso de la colonia. Y al final de estas comidas al aire
libre, en un terreno á espaldas del bohío, que servía de corral,
relataba los incidentes de su última navegación con el Almirante.

Sólo habían hecho un descubrimiento, el de una isla que más adelante fué
llamada Jamaica.

--Hemos pasado la mayor parte de la navegación--dijo--explorando las
costas de Cuba por el Sur, y el Almirante se muestra convencido, cada
vez más, de que es tierra firme, una punta avanzada de Asia, en cuyo
arranque espera encontrar el estrecho del Quersoneso Áureo[A]. Hasta
promete, si es que encuentra dicho estrecho al final de Cuba, seguir
adelante, dando la vuelta á la tierra, y los reyes de España tendrán la
sorpresa de verlo llegar por Oriente, luego de haber dado la vuelta al
Africa.

Iba preguntando con ansiedad á todos los indígenas de Cuba, valiéndose
de su intérprete, si tenían noticias del Gran Kan. Unos no lo entendían;
otros, con el deseo que muestra el indio de saberlo todo, pero
colocándolo siempre á gran distancia, señalaban al Occidente, hablando
de hombres que iban vestidos con largas túnicas blancas y tenían barcos.
(Se referían sin duda á los indígenas del Yucatán y de Méjico, que
conocían de fama.)

Todo esto mantenía á Colón en la quimera de que se iba aproximando á las
grandes ciudades asiáticas gobernadas por el «rey de los reyes».
Empezaban á hablar los indígenas de un rico distrito del interior
llamado Mangon, y este nombre llenaba de gozo al Almirante. Era
indudablemente Mangui, la provincia más rica de los reinos del Gran Kan.

Sus quimeras llegaban á obsesionar á sus propios marineros. Uno de éstos
volvía despavorido á las naves, dando gritos, después de una exploración
por la selva cubana. En lo más tupido de la arboleda había visto una
procesión de hombres vestidos de blanco hasta los pies, á modo de
frailes.

Ver hombres vestidos equivalía á encontrarse con apariciones fantásticas
en este mundo de gentes desnudas. En vano exploraba el Almirante la
selva tropical, esperando toparse con un grupo de enviados del poderoso
monarca asiático. Juan de la Cosa tenía la sospecha de que el crédulo
marinero, engañado por la luz difusa y el ambiente misterioso de la
selva, había tomado por frailes blancos á una especie de grullas enormes
que caminaban entre la arboleda buscando alimento.

--Nuestros tres pequeños buques--continuaba el piloto--estaban fatigados
y hacían agua. Era prudente regresar á la Española. Pero antes de volver
atrás creyó necesaria el Almirante una declaración solemne de todos
nosotros, para exhibirla luego, cuando regrese á España, combatiendo de
este modo la opinión de los navegantes y hombres de estudio que
empezaban á poner en duda su descubrimiento del Asia oriental, y hacen
la temeraria suposición de que lo encontrado por él era un mundo
enteramente nuevo.

A partir de aquí, Juan de la Cosa continuaba su relato con cierta
ironía.

Llevaba navegadas trescientas treinta y cinco leguas á lo largo de Cuba,
y le parecía imposible al Almirante que tan enorme longitud fuese de una
isla.

--Envió á los tres buques al escribano de la flota, acompañado de cuatro
testigos, para que preguntase á cuantas personas había en ellos, desde
capitanes hasta grumetes y pajes, si tenían alguna duda de que la
tierra de Cuba es continente y no isla, y que en ella empiezan las
verdaderas Indias, llegándose por sus costas á países de gentes
civilizadas, ó sea á los dominios del Gran Kan... Y todos, hasta los
pajes de escoba, hemos declarado solemnemente que Cuba no es isla y que
pertenece al Asia.

Juan de la Cosa, al decir esto, sonreía ligeramente. Cinco años después,
cuando trazó cerca de Cádiz su célebre mapa--el primero de la futura
América--, hacía figurar á Cuba como isla, mientras Colón y sus
allegados seguían creyéndola una punta oriental de Asia.

--El escribano--continuó--hizo firmar á todos los de la armada,
declarando al pie del documento que todo el que se desdiga luego,
afirmando que Cuba es isla, pagará una multa de diez mil maravedises si
es capitán ó piloto, y caso de ser marinero, grumete ó paje, recibirá
cien azotes y se le pasará un hierro ardiendo á través de la lengua.

Eran las penas corrientes entonces para los perjuros.

Lo que no sabía Juan de la Cosa era que si un grumete hubiese subido á
las gavias en el momento que el escribano iba de buque en buque pidiendo
tal declaración, habría visto el extremo occidental de Cuba, y más allá
el mar libre. Precisamente el Almirante exigía dicho testimonio cuando
le faltaban menos de un par de días de navegación para dar vuelta á la
punta terminal de la isla. Y había de vivir luego convencido hasta el
momento de su muerte de que Cuba era principio y fin del continente
asiático.

Describía Juan de la Cosa la hermosura de un enjambre de pequeñas islas,
á las que había dado Colón el nombre de Jardín de la Reina.

--Yo pedí al Almirante que continuásemos navegando, siempre al
Occidente, hasta dar con algún puerto rico y famoso de los muchos que
debe tener el Imperio del Gran Kan, pero de pronto don Cristóbal
sintióse acometido de una enfermedad que le privó de la memoria y la
vista, sumiéndolo en profundo letargo, semejante á la muerte.

El célebre piloto había tomado entonces el mando de la flotilla,
volviendo á Isabela, donde bajaron de su buque á Colón tendido en una
camilla, absolutamente insensible. Y cuando al fin había abierto los
ojos y recobrado el conocimiento, lo primero que vió junto á su lecho
fué la cara de su hermano Bartolomé. Las relativas comodidades de su
casa de piedra y el trato con este hermano, que parecía infundirle una
parte de su carácter áspero y enérgico, fueron devolviéndole su perdido
vigor.

La resistencia de Caonabo era lo que más le preocupaba. Guanacarí había
venido á ver á Colón, no obstante su inexplicable huída, para hacerle
saber que los otros caciques lo hostilizaban porque no entraba en su
confederación contra los blancos. En realidad, no quería comprometerse
con unos ni con otros, hasta ver quién vencía.

Consideraba necesario el Almirante apoderarse de Caonabo, medio seguro
de restablecer la paz en la isla, pero reconocía al mismo tiempo lo
quimérico de tal empresa. Reinaba en la parte central y montañosa de la
isla, sobre regiones de difícil acceso á causa de sus fragosos caminos,
ríos anchísimos é intrincadas selvas. Combatir á este caudillo astuto en
su propio país, donde podía armar continuas celadas, era de éxito
incierto y equivalía á buscar la derrota. Y el Almirante, retrasado en
su convalecencia por esta preocupación tenaz, hablaba continuamente de
Caonabo á sus íntimos.

Alonso de Ojeda, que ahora vivía en una casa inmediata á la de Colón y
visitaba á éste con frecuencia, mostrábase igualmente preocupado por el
belicoso cacique. Mas en él las dudas eran siempre cortas, pasando
inmediatamente del pensamiento á la acción.

Un día lo vió Cuevas á la puerta de su vivienda, hablando con cierto
misterio á Juan de la Cosa, del que se había hecho gran amigo. El
navegante de carácter reposado, poco hablador y lento en sus acciones,
admiraba con un afecto casi paternal á este héroe impetuoso, para el
cual no tenía sentido alguno la palabra «imposible» é ignoraba
completamente el miedo á la muerte.

A pesar de su parquedad verbal, no pudo contener el piloto varias
exclamaciones de asombro mientras escuchaba al audaz hidalgo. Luego don
Alonso dió una orden á Cuevas.

--Prepara el caballo y las armas para mañana. Vamos unos cuantos amigos
á hacer una visita á Caonabo.

Como Fernando era el compañero que le inspiraba mayor confianza, le
expuso su plan. Acababa de prometer al Almirante traerle al «Señor de la
casa dorada» vivo ó muerto. No sabía aún cómo podría conseguirlo, pero
había invocado, según costumbre, la protección de su dama la Virgen, y
ella arreglaría las cosas en el último instante de modo que saliera con
bien de su atrevida empresa.

--Lo primero es ir á las tierras de Caonabo, buscarlo en su misma casa.
Luego la Virgen dirá.

Al día siguiente salió el pelotón de jinetes hacia el centro de la isla.
Eran diez, jóvenes y vigorosos, con casco, armadura y fuertes lanzas.

No había olvidado Ojeda á su Virgen, y la llevaba colgando del arzón de
su silla de montar, considerándola la mejor de sus armas. Ella le
infundiría valor ó astucia, según fuese oportuno. Marcharon sesenta
leguas á través de bosques y bejucales, hasta llegar á una gran
población de bohíos donde residía Caonabo.

Los había dejado llegar hasta allí el belicoso cacique, convencido de
que tan escaso número de enemigos no podían venir en son de guerra. El
Caballero de la Virgen puso á última hora sobre su casco un vistoso
penacho y encima de su armadura una sobrevesta bordada de oro para
presentarse al cacique.

Seguido de Cuevas y dos compañeros más, avanzó hacia un sombrajo de
hojas de palmera, donde le esperaba sentado el jefe indio, tratándolo
con grandes muestras de respeto, cual si hablase á un soberano de
Europa. Valiéndose de un indígena que sabía algunas palabras de español
por haber estado en tratos con la guarnición de Santo Tomás y usando
también las breves frases de la lengua del país que había aprendido,
dijo á Caonabo que venía en amistosa embajada de parte del Almirante,
que era el _Guamiquina_ ó jefe de todos los blancos, y le traía un
regalo de incomparable valor.

Mientras tanto, Cuevas observaba al famoso cacique sentado en una
especie de trono hecho de un tronco. Era de gran estatura y con los
miembros atléticos. Llevaba pecho, brazos y piernas pintarrajeados con
dibujos de varios colores, el pelo largo, atado sobre el cogote en forma
de cola de caballo, y numerosas ristras de dientes y piedras de colores
sobre los anchos y robustos pectorales. Sus ojos oblicuos, de astuta
mirada, fingían no ver al embajador, por ser esta su costumbre. De
pronto, olvidando todo disimulo, volvía sus pupilas hacia Ojeda con
irresistible interés.

Lo había visto en los combates, alrededor del fuerte de Santo Tomás, y
admiraba sus proezas guerreras. Sentía asombro ante la destreza y
agilidad de este blanco, cualidades preciosas para un hombre como él, y
lo creía además protegido por misteriosos y omnipotentes espíritus.

Habló el cacique, manifestando á su modo, con una caballerosidad de
guerrero primitivo, que Ojeda y los suyos recibirían una cordial
hospitalidad, pudiendo vivir seguros mientras estuviesen en sus
dominios. Y los alojó á todos en uno de los bohíos principales que se
alzaban alrededor de una pradera.

Cuevas y don Alonso, desde su rústico alojamiento, seguían el ir y venir
de los personajes cobrizos que formaban la corte de Caonabo. Tres de
éstos eran hermanos del cacique, guerreros tan membrudos y fuertes como
él. Veían igualmente las deambulaciones de numerosas mujeres entre los
rústicos edificios ocupados por el cacique y su séquito. Las que eran
esposas ó concubinas distinguíanse por sus plumajes y collares, así como
por las pinturas que adornaban las redondeces de su cuerpo. Otras, menos
jóvenes y compuestas, acarreaban leña y agua ó encendían fuego,
preparando la comida.

--¿Dónde estará la hermosa Anacaona?--dijo don Alonso.

A él y á Fernando les interesaba la esposa principal de Caonabo, famosa
en toda la isla por su belleza, la dulzura y elegancia de sus gustos y
su talento natural para la música y los versos. El encanto de su persona
parecía crecer, por obra del contraste, viviendo al lado del guerrero
más bárbaro del país. Pero en todo aquel día y en los siguientes los
cristianos no vieron rastro alguno de la que ellos llamaban la «reina
india», llegando á sospechar que tal vez estaba por algún tiempo en los
dominios de su hermano, el cacique Behechio.

A la mañana siguiente, luego de haber descansado de un viaje de tres
días, habló Ojeda otra vez con este enemigo que tanto le admiraba,
empleando su influjo para persuadirlo de que debía hacer un viaje con
él á la ciudad de Isabela.

--Dile á Caonabo--ordenó al indio que le servía de traductor--que le
conviene hacerse amigo de los españoles. Dile también que si viene
conmigo, nuestro _Guamiquina_ le regalará la campana de la iglesia de
Isabela. Yo prometo que así será.

Sabía Ojeda la inmensa admiración que todos sentían en la isla por dicha
campana. Los indios realizaban viajes de días y días, desde los extremos
más lejanos de la isla, para escuchar, ocultos en los bosques, los
repiques y volteos de este vaso de metal. Y como á continuación de tales
campaneos veían á los españoles dirigirse á la iglesia, tenían la
certeza de que la campana hablaba y los blancos obedecían sus palabras.

Todo lo que en opinión de los indígenas era venido del cielo recibía el
nombre de _turey_, y la campana, por ser algo sobrenatural, era llamada
así, lo mismo que los hombres blancos.

--_Turey_, campana--decía Ojeda á Caonabo con sonrisa invitadora,
uniendo á sus palabras expresivos gestos--. Si vienes conmigo,
_Guamiquina_ te la dará.

Brillaban los ojos del caribe con una expresión de codicia y alegría.
Muchas veces había oído la campana durante sus correrías ocultas por
cerca de la ciudad de los blancos con la esperanza de sorprenderla, pero
nunca había llegado á verla. Y al enterarse de que este héroe pequeño de
cuerpo é invencible ofrecía regalársela como signo de paz, aceptó la
proposición con grandes muestras de regocijo. El intérprete, al traducir
su respuesta, causó no menos gozo á Ojeda, aunque éste procuró
disimularlo.

--El «Señor de la casa dorada» dice que mañana, al salir el sol,
partiréis juntos para visitar á tu _Guamiquina_ en su ciudad á orillas
del mar.

Al apuntar el día siguiente, Ojeda y sus nueve compañeros montaron á
caballo para escoltar al cacique y su cortejo. Poco después, vieron con
asombro formarse frente á ellos varios miles de hombres como si fuesen á
emprender una expedición guerrera, todos con arcos, flechas y espadas de
palo duro.

Preguntó Ojeda inquieto, valiéndose del intérprete, por qué Caonabo
llevaba tan gran ejército en una visita amistosa, á lo que contestó el
cacique con cierto aire altanero, repitiendo sus palabras el traductor.

--Dice Caonabo que un príncipe tan grande como él no puede ir á parte
alguna con escasa comitiva.

Don Alonso disimuló su inquietud, hablando en voz muy queda á Fernando,
que estaba junto á él.

--La astucia es la principal arma de estas gentes. ¿Quién sabe si se
está riendo de nosotros y nos acompaña para sorprender mejor á Isabela,
apoderándose del Almirante y todos los nuestros?...

Ya no podía retroceder ni retirar su promesa. Era preciso seguir el
viaje. Una parte de los escuadrones indígenas habían emprendido ya la
marcha, sirviendo de avanzada al ejército de Caonabo. El cacique, con su
astucia india, hizo señas á los centauros de hierro para que marchasen
delante, temiendo que pudiesen acometer por la espalda á él y sus
principales guerreros.

--Vamos adelante--continuó diciendo don Alonso en voz baja--, y que mi
Virgen no nos abandone. Ella me dirá, antes de que se ponga el sol, lo
que conviene hacer.

Mientras caminaban á trote corto, para mantenerse al nivel de aquellos
miles de hombres que iban á pie, siguió manifestando el hidalgo en voz
baja sus dudas y sus inquietudes. Volvíase sobre la silla para que le
oyese mejor Cuevas, que iba detrás de él.

--Se lo llevo al Almirante... pero con todo un ejército. En vez de
suprimir el peligro, lo hago aún mayor. Estaba en el centro de la isla y
lo acompaño ahora á la ciudad... Don Cristóbal desea apoderarse de su
persona, pero sin recurrir á una guerra abierta... ¿Qué haré, mi
Virgen?... ¿Qué estratagema á lo indio podré emplear?...

Acamparon al anochecer cerca del gran río que atravesaba más abajo la
Vega Real, y á la mañana siguiente, antes de reanudar la marcha, fué
Ojeda á ver á Caonabo, llevándole un juego de esposas de acero, tan
perfectamente bruñidas que parecían de plata.

--Son _turey_--dijo--, _turey_ venido de un cielo que se llama Vizcaya.

Y Cuevas, que le seguía de cerca como siempre, tuvo que esforzarse para
sofocar su risa al oir que el hidalgo, en momentos tan críticos, se
permitía bromear aludiendo al hierro de Vizcaya de que estaban hechas
las esposas.

Luego, don Alonso siguió hablando por medio del intérprete, para
explicar que estas pulseras de metal brillante las usaban los monarcas
de España en las grandes ceremonias, y por eso las había traído con él
para regalarlas á tan poderoso cacique. De tal importancia eran estos
adornos celestiales, que los reyes nunca se los ponían sin purificarse
antes; y propuso á Caonabo que fuera á bañarse en el río, y al salir del
agua lo engalanaría con ellos, dejándolo luego montar en las ancas de su
caballo. Así podría volver del río con la misma pompa de un rey de
España, á sorprender y admirar á sus súbditos.

Se mostró entusiasmado el guerrero salvaje por el brillo de dichos
adornos. Su audacia y su orgullo sintiéronse halagados además por el
hecho de cabalgar en uno de aquellos animales que sus compatriotas tanto
respetaban y temían, y que ningún indígena había montado nunca. Sin
tomar precauciones acompañó á Ojeda y sus nueve jinetes hasta la orilla
del río, llevando con él únicamente los hombres más íntimos de su
cortejo. Nada podía temer de estos diez extranjeros estando rodeado de
todo un ejército.

Cuevas, al que había hablado Ojeda antes de amanecer, asistía trémulo de
inquietud al desarrollo de esta estratagema ideada por el atrevido
hidalgo. Le parecía imposible que tanta audacia pudiese tener buen
remate. Seguramente, antes de una hora, él, don Alonso y los demás
habrían sido hechos pedazos por la muchedumbre cobriza.

Después que el cacique terminó su baño en el río, el mismo Cuevas, que
se había desmontado, lo ayudó á subir, detrás de don Alonso, á
horcajadas sobre las ancas de su corcel.

--Ahora, las esposas--ordenó brevemente Ojeda.

Y Fernando colocó las dos anillas de brillante acero en las poderosas
muñecas del atleta indio, el cual recibió como un honor esta presión
metálica que inmovilizaba sus manos.

Terminada tal operación, salió Ojeda al galope por entre los hombres
cobrizos, que veían admirados á su reyezuelo con los resplandecientes
adornos de un monarca blanco y montado en una de aquellas temibles
bestias. Cuevas había vuelto á saltar sobre la silla y galopaba con los
otros ocho, formando á modo de una escolta detrás de Caonabo, grave y
altanero por tanto honor.

Gritaban los indios de entusiasmo al ver pasar á su jefe, y al mismo
tiempo se echaban atrás, amedrentados por el trote de los corceles y
evitando su roce. El pelotón ecuestre siguió dando vueltas, cada vez más
abiertas, como si estuviesen realizando un juego, viéndose admirado en
sus evoluciones por el asombro de varios miles de guerreros.

En una de tales evoluciones se metieron en el bosque inmediato, y cuando
los ocultaron bien los árboles, don Alonso dió un grito:

--¡A mí todos!... Fernandillo, las cuerdas.

Mientras unos jinetes amenazaban al sorprendido Caonabo con las puntas
de lanzas y espadas, dispuestos á matarlo si oponía resistencia, Cuevas,
el más ligero de todos, echó pie á tierra, con varias cuerdas que le
había dado por la mañana don Alonso. El temible indio no podía mover las
manos, sujetas por las esposas, y Cuevas le ató con prontitud las
piernas por debajo del vientre del caballo, echándole además otro lazo
por la cintura, que lo unió estrechamente al cuerpo de Ojeda.

Inmediatamente espoleó éste su corcel; los demás hicieron lo mismo, y
Fernando, al verse solo, se apresuró á volver á montar, siguiéndoles en
su carrera por una pista abierta en el bosque.

Estaba asombrado de la facilidad con que se había cumplido el audaz plan
de su jefe. Pero aún tenían que vencer el mayor obstáculo, un camino de
sesenta leguas, unas veces por desiertos, otras por llanuras demasiado
habitadas, atravesando grandes poblaciones indias. Caonabo no podía
escapar, ni el sorprendido ejército que dejaban á sus espaldas tenía
medios para alcanzarlos, pero iban á atravesar los territorios de otros
caciques que podían atacarles.

Recordó siempre Cuevas, como una de las aventuras más extraordinarias de
su existencia, la vuelta á Isabela, viaje largo y trabajoso en el que
tuvieron que sufrir durante una semana mucha hambre, muchas fatigas é
insomnios, vadeando numerosos ríos, evitando los senderos más fáciles
para no entrar en las poblaciones, atravesando éstas á todo galope con
la lanza por delante cuando era inevitable pasar por ellas, prefiriendo
siempre, en caso de duda, la marcha por las selvas ó entre rocas para no
ser advertidos.

Al fin entraba el osado hidalgo triunfante en Isabela, llevando á sus
espaldas, bien atado, como si fuese un cuerpo gemelo del suyo, al
temible caudillo indígena. Se mostró asombrado Colón de la hazaña del
Caballero de la Virgen, mirando con curioso interés á este enemigo que
se mantenía sereno é impávido, cual si no pudiesen impresionarle los
accidentes de su vida, buenos ó malos.

El héroe caribe se mostró orgulloso con el Almirante, rehuyendo toda
sumisión, contestando con desdeñoso silencio á sus amenazas por haber
matado á los españoles del fuerte de Navidad. Hasta se jactó finalmente
de la destrucción de dicho fuerte y el exterminio de su guarnición,
asegurando que lo mismo habría acabado por hacer en Isabela, de no
engañarle con tanta habilidad el «Pequeño jefe blanco».

No mostraba el menor rencor á Ojeda por la estratagema que había
empleado para cautivarlo. Lo ingenioso y audaz de tal hazaña parecía
aumentar su admiración, pues en las guerras de la isla las principales
operaciones eran siempre astucias bien preparadas y ejecutadas. El
hombre que había conseguido con sólo nueve compañeros arrancarlo de en
medio de todo un ejército, llevándoselo encadenado, era un héroe.

Como el Almirante temía que se pudiese fugar un cautivo de tal
importancia, lo alojó en un cuarto de su propia casa, con las manos
sujetas por las mismas esposas deslumbrantes que habían servido para
hacerle caer en el engaño. La casa no era espaciosa, y todos podían ver
desde la puerta al cacique prisionero, teniendo que pasar forzosamente
ante él cuantos deseaban visitar al Almirante.

Cuevas tenía el encargo de estar durante el día cerca del cautivo. En
ausencia del traductor Diego Colón, él podía servir de intérprete,
gracias á su caudal de palabras indígenas que iba aumentando lentamente.

Durante esta vigilancia se veía acompañado por hombres de la colonia
faltos de ocupación urgente, que gustaban de escuchar de boca de Cuevas
los detalles de la aprehensión del cacique, mientras el héroe cobrizo
permanecía en desdeñoso silencio, las manos aherrojadas, sentado en un
pedazo de tronco que le servía de escabel.

Algunas veces, al entrar ó salir el Almirante, pasaba ante el cuarto
donde estaba preso Caonabo. Todos los españoles se levantaban en señal
de reverencia, pues don Cristóbal tenía en mucho sus dignidades y
títulos, exigiendo un escrupuloso respeto. Al pasar él, debían todos
ponerse de pie, quitándose la gorra, y así lo hacían.

Caonabo, al ver al Almirante, seguía inmóvil, y si alguna vez fijaba sus
ojos en su persona, era con expresión de menosprecio.

Un día entró Ojeda, que venía á visitar á Colón. Como era pequeño de
cuerpo é iba vestido á la ligera, sin armas ni adornos, Fernando no lo
reconoció, continuando su plática con los otros españoles; pero atrajo
su atención inmediatamente el ver que Caonabo se levantaba, haciendo una
reverencia á su modo y sonriendo al recién llegado.

--El Almirante es nuestro _Guamiquina_--le dijo Cuevas--, es el gran
jefe de todos nosotros, y don Alonso tiene que obedecerle.

Entonces el silencioso Caonabo se dignó hablar, y lo hizo con tal
expresión de orgullo heroico, que todos acabaron por comprender sus
palabras.

Nunca se habría atrevido el Almirante á ir en persona á hacerlo
prisionero en sus propias tierras. Únicamente por el valor del
_Guamiquina_ pequeño, que tenía ahora delante, y que admiraba tanto, se
veía allí cautivo.

Era Ojeda, y no Colón, quien merecía su saludo.




IV

Donde se cuenta lo que hicieron Cuevas y don Alonso en una visita á la
bella reina Flor de Oro


La prisión de Caonabo generalizó en toda la isla la hostilidad contra
los españoles.

Uno de los hermanos de dicho cacique, llamado Manicaotex, igualmente
osado en las operaciones de guerra, se entendió con los demás reyezuelos
de Haití, organizando un ataque general contra los blancos. La hermosa
Anacaona (nombre que en lengua del país significaba Flor de Oro), esposa
del prisionero, influyó con su hermano Behechio, soberano de los ricos
territorios de Jaragua, los más poblados de la isla, para que entrase en
dicha coalición. El astuto y flojo Guanacarí fué el único que se mantuvo
amigo de los españoles, informando á Colón de los preparativos de los
otros caciques y ofreciéndose como aliado, aunque sus servicios no
podían ser de gran importancia en caso de guerra.

Durante la enfermedad del Almirante cuidó Alonso de la defensa de
Isabela y del fuerte de Santo Tomás, por conocer el terreno y el
carácter de los enemigos mejor que don Bartolomé, el hermano de Colón.

Cuatro buques habían llegado de España cargados de provisiones,
volviéndose allá al poco tiempo con una remesa de esclavos indios,
enviada por el Almirante para que los vendiesen en el mercado de
Sevilla. Los víveres de refresco vigorizaron á los habitantes de la
ciudad, haciendo recobrar la salud á muchos enfermos. También Colón se
sintió restablecido, y como recibía continuas noticias de que los
caciques aliados estaban aglomerando fuerzas enormes en la Vega Real, á
dos días de marcha de Isabela, con la intención de asaltar la ciudad,
resolvió tomar la ofensiva, combatiendo á los enemigos en sus propios
territorios.

Sólo pudo reunir unos doscientos infantes, marchando como vanguardia los
veinte jinetes capitaneados por Ojeda. Sus armas de fuego consistían en
las llamadas espingardas, especie de cañones de mano que se apoyaban en
una horquilla de hierro ó eran montados sobre ruedas. Tenían los blancos
la ventaja de sus corazas y sus escudos, que compensaba lo exiguo de su
número; pero de todos modos, la victoria no era fácil--caso de tener los
enemigos el coraje y el tesón de Caonabo--, por resultar su número
enormísimo.

Otra nueva arma, usada algunas veces en Europa, había sido organizada
por Colón. Los cristianos llevaban con ellos una jauría de perros
amaestrados para la guerra, mastines feroces, comprados á los pastores
de las montañas de Andalucía, que resultaban para los indios tan
asombrosos como los caballos. En su isla, lo mismo que en Cuba, sólo
existían unos gozques, pequeños y mansos, con la particularidad de ser
mudos, animales que en breve iban á escasear y desaparecer, pues los
españoles, en sus hambres continuas, acabaron por comérselos todos,
reputándolos como manjar exquisito. Los perros de presa atacaban
ferozmente á los indios, cuyos cuerpos no ofrecían ningún obstáculo á
sus dentelladas. Al ver á un hombre desnudo, lanzábanse sobre él,
derribándolo para despedazarlo con sus colmillos.

Salió el pequeño ejército de Isabela en Marzo de 1495, avanzando hacia
el interior en una marcha lenta de diez leguas diarias, pues los
obstáculos del terreno no permitían mayor celeridad. Otra vez subieron
el llamado Paso de los Hidalgos, viendo á sus pies la vasta llanura de
la Vega Real. Pero ahora todas sus poblaciones eran á modo de
campamentos enemigos, y al son de bocinas y caracolas se iban juntando
huestes de hombres desnudos, llegados de todos los extremos de la isla.

La imaginación hiperbólica de algunos españoles aumentaba todavía el
número de los enemigos.

--Muchos aseguran que pasan de cien mil--dijo Cuevas, que cabalgaba al
lado de don Alonso, á la vanguardia del pequeño ejército.

El belicoso hidalgo alzó los hombros.

--Aunque sean más de un cuento[B], monta lo mismo.

Para él, ya no representaban peligro alguno estas muchedumbres desnudas
que arrojaban sus flechas y dardos con gran vocerío, avanzando
osadamente, y al sentir el primer empuje de los cristianos abandonaban
sus armas, huyendo despavoridas.

Era imposible, en realidad, calcular su número. Se mostraban por todas
partes, dando alaridos y disparando sus armas arrojadizas, para
ocultarse inmediatamente en las arboledas próximas. Parecían
entusiasmados por la enormidad numérica de sus tropas. Creían llegado el
momento de exterminar á los blancos con esta alianza general,
imaginándose que después ya no llegarían nuevas expediciones.

También se veían, por su parte, en la imposibilidad de calcular la
cantidad de invasores. Su aritmética sólo llegaba al número 10, y á
partir de aquí colocaban aparte un grano de maíz por cada guerrero,
juzgando la importancia de un ejército por el montón que formaban los
granos.

Una nube de espías iba siguiendo á través de las espesuras ó de roca en
roca el avance del ejército de Colón, y estos informadores volvían á
presencia del hermano de Caonabo y los reyezuelos aliados, presentando
nada más que un puñadito de maíz que representaba la suma total de los
enemigos. Esto era motivo de risa para los jefes indios, que no podían
comprender la osadía de los blancos, dispuestos á arrostrar en tan
escaso número una multitud innumerable.

Atacó Colón á los indígenas en las inmediaciones del lugar donde se
edificó después la ciudad de Santiago de los Caballeros. La infantería,
al mando de don Bartolomé Colón, avanzó en diversas direcciones, siempre
al amparo de las arboledas, con mucho estruendo de trompetas y tambores,
descargando sus armas de fuego. Estos relámpagos y truenos que esparcían
la muerte iniciaron la confusión en la muchedumbre cobriza.
Inmediatamente Alonso de Ojeda y sus jinetes cargaron á todo galope,
penetrando con la lanza horizontal en la masa de hombres, que empezaron
á desbandarse y á huir.

Corrían los perros de presa entre los caballos, saltando á las gargantas
de los indígenas para arrastrarlos por el suelo, haciéndolos pedazos.
Hasta se imaginaban los indios en su ignorancia que los caballos eran
igualmente mordedores y ávidos de sangre humana.

Lanzando lamentos se refugiaron muchos grupos de guerreros cobrizos en
las alturas inmediatas, y desde allí daban alaridos, pidiendo perdón y
achacando su rebeldía á los caciques. La confederación de éstos quedaba
disuelta. Cada uno de ellos huyó á su territorio, seguido del resto de
sus gentes, procurando por separado restablecer sus buenas relaciones
con los invasores.

Aprovechó Colón este desaliento general para organizar la tributación de
los vencidos, preocupado siempre de encontrar oro. Muchos de los
caciques se ofrecían á darle algodón ó maíz, sometiendo para esto á
cultivo extensos territorios, yermos hasta entonces; pero lo que deseaba
el Almirante era verles trabajar las minas y los lavaderos de oro en los
ríos.

Ojeda, con unos cuantos jinetes nada más, iba audazmente por el interior
de la isla, imponiendo á los caciques las exigencias de su jefe. Estos
áureos tributos no eran, en realidad, de enorme importancia, pero la
producción de oro resultaba escasa en aquella tierra por la flojedad de
los indígenas para el trabajo. Las cantidades recogidas por los blancos
en el primer momento procedían de los depósitos que se habían ido
formando en las familias. Los reyezuelos importantes tuvieron que
entregar cada tres meses una calabaza llena de granos de oro. Los jefes
de familia debían dar el polvo áureo que cupiera en un cascabel.

Reía Ojeda de estas medidas al hablar con sus compañeros.

--Los cascabeles que buscaban tanto, cuando llegamos aquí, son ahora la
medida de su servidumbre.

El atrevido hidalgo recibió un día á una mensajera de Anacaona, india
algo vieja que había vivido en Isabela con los blancos al fundarse dicha
ciudad, aprendiendo cierto número de sus palabras. Tal vez había servido
de espía á Caonabo, volviendo después al servicio de su esposa favorita.

Anacaona, que residía aún en los dominios de su marido, deseaba servir
de intermediaria para restablecer la paz entre su cuñado Manicaotex y
los blancos. Luego--según dijo la india intérprete--pensaba retirarse á
las hermosas tierras de Jaragua, donde había nacido, y que eran
gobernadas por su hermano Behechio. Explicó la vieja por qué razón su
señora había preferido dirigirse al «Pequeño jefe blanco», mejor que al
viejo _Guamiquina_ que gobernaba en Isabela. Sentía una admiración de
mujer vehemente ante las hazañas de este joven señor de los centauros,
siempre vestido de luz, que brillaba como las aguas de ríos y lagunas
bajo el sol, y unas veces era hombre, marchando con sus pies como los
demás, y otras se acoplaba á su caballo, formando una sola bestia
divina.

No le guardaba rencor por la prisión de Caonabo. Admiraba su astucia con
un entusiasmo de soberana india. Además, la vieja mensajera daba á
entender con gestos, más que con sus palabras, que la bella Anacaona tal
vez se consideraba más dichosa en su nueva situación, libre para siempre
del caribe Caonabo, al que había tenido que entregarse á la fuerza. Era
bárbaro, predispuesto á la violencia, interesándose frecuentemente por
las hembras que robaba á los otros caciques. Ella gustaba de tratarse
con músicos é improvisadores de aquellas canciones de la isla llamadas
«aeritos», y estaba convencida de que el aislamiento respetuoso en que
la dejaba Caonabo lo debía únicamente al hecho de ser hermana del
reyezuelo de Jaragua, que podía vengarla en caso de ofensa.

Esperaba Anacaona al grupo de guerreros blancos en uno de los mejores
pueblos de los dominios de su esposo. Su cuñado estaba lejos, después de
la derrota sufrida en la Vega Real. El «Pequeño jefe blanco» sólo
hablaría con ella. Según dejó entrever la enviada, sentía un ansia
femenil por contemplar de cerca á estos guerreros venidos del cielo, de
los que todos hablaban y que ella sólo había entrevisto de lejos y
fugazmente.

Algunos de los compañeros de don Alonso temieron que tal invitación
fuese una estratagema inventada por la esposa y el cuñado de Caonabo
para vengar la prisión de éste, apoderándose de Ojeda; pero el joven
capitán, siempre atraído por el peligro, mostró aún más empeño en acudir
á dicho llamamiento desde que los otros supusieron que ocultaba una
celada.

Los jinetes no eran mas que ocho, por andar los otros corriendo la Vega
Real para la cobranza de los primeros tributos, y en tan escaso número
emprendieron el viaje, guiados por la vieja india y un pelotón de
hombres cobrizos venidos con ella.

En dos jornadas llegaron al pueblo donde les esperaba Anacaona, ocupando
sus mejores bohíos. Ojeda se alojó en uno de ellos, al borde de una
explanada que servía de plaza, y Cuevas fué á vivir con él, en su
calidad de escudero y confidente.

No tardaron en convencerse de que ningún peligro inmediato les
amenazaba. La mayoría de los habitantes de aquel pueblo eran mujeres y
niños. Los hombres debían estar con el hermano de Caonabo ó temían
presentarse á los guerreros celestiales, después del desastroso combate
en la Vega Real, donde tantos de su raza habían perecido.

Fué al día siguiente de su llegada cuando Anacaona vino á verles,
procurando rodearse de toda la pompa bárbara é ingenua usada por los
reyezuelos de la isla, y que ella había modificado con arreglo á sus
gustos suaves.

Alonso de Ojeda ya no tuvo que hacer vanos esfuerzos para conocerla,
como le había ocurrido meses antes, al ir á la población donde residía
Caonabo. Ahora era Anacaona la que venía en su busca, como una de
aquellas reinas de países salvajes enamoradas de paladines andantes, tal
como él lo había leído en novelas caballerescas.

Ojeda y Fernando, de pie bajo el sombrajo de su bohío y teniendo en
torno á los otros seis camaradas, la vieron acercarse llevada en andas
por varios indígenas. Abrían la marcha cuatro músicos bárbaros soplando
en caracolas nacaradas ó en bocinas de una especie de papiro, de las que
colgaban cuerdecitas de colores rematadas por conchas. Venían después
más hombres, agitando ramas de palmera y otras hojas largas á guisa de
abanicos, para alejar á los insectos de la persona de la reina.

Cuatro indígenas forzudos traían á hombros unas andas cubiertas de
hierbas olorosas, y sobre ellas iba sentada Anacaona, moviendo
lentamente una especie de abanico hecho de plumas de colores, insignia
de su alto rango. Cerraba el séquito un grupo de mujeres de Jaragua, las
más famosas de la isla por su hermosura, las cuales seguían siempre á
esta soberana, nacida en su mismo país.

Los blancos, vestidos con calzas de diversos colores y el pecho
acorazado despidiendo luz, contemplaron con cierta emoción á todas estas
hembras de epidermis menos obscura que las otras mujeres de la isla, y
que en este momento les parecían tan blancas como las de España. Todas
iban adornadas con pinturas y tatuajes, incluso la misma reina. En torno
á la redondez de sus muslos, pechos y brazos se extendían dibujos
circulares. No llevaban mas que un corto delantal de algodón teñido, que
ocultaba su sexo por delante, dejando completamente desnudo el lado
opuesto.

Ostentaba Anacaona su cabellera negra, partida en dos crenchas y
brillante de olorosos jugos vegetales, una corona de flores rojas y
blancas, é igualmente traía arrolladas á sus brazos y piernas ajorcas y
brazaletes floridos, que le envolvían en una atmósfera de fresco
perfume. Las mujeres de su cortejo llevaban sobre platos de fibras
tejidas montoncitos de granos de oro ó hutías muertas, adornadas con
flores, maíz tostado y todas las raíces empleadas por los indígenas en
su alimentación, presentes que iban á utilizarse después en el banquete
con que la reina obsequiaba á sus huéspedes.

Cuevas miró con admiración á Anacaona, de la que tanto había oído
hablar. Semejante á la mayoría de los españoles desembarcados en las
nuevas tierras, sentía un respeto instintivo hacia los indígenas que las
gobernaban. Todos, al otro lado del mar, habían sido educados en un
respeto supersticioso á los reyes, considerándolos seres distintos por
su esencia á los demás hombres, y esta veneración perduraba en el mundo
nuevo, transmitiéndose parte de ella á los soberanos indios. Eran
capaces de atropellarlos y matarlos si les estorbaban, pero esto no
impedía que normalmente los respetasen, viendo en todo cacique un
reyezuelo.

Anacaona era para Cuevas «la reina», y sus compañeros de armas pensaban
como él. El mismo Ojeda sintióse impresionado por el porte majestuoso de
la bella salvaje. Los ojos de estos europeos, acostumbrados ya á los
rasgos fisonómicos de las indígenas y á su epidermis cobriza, admiraron
de buena fe la hermosura de Anacaona y de las mujeres de su cortejo. Uno
de los jinetes españoles, que había sido estudiante en Salamanca antes
de dedicarse á las armas, las comparó con las ninfas que surgían de los
bosques para recibir á los héroes de los poemas antiguos. Anacaona le
parecía la majestuosa Juno, bajada del Olimpo para saludar a ciertos
paladines de los relatos homéricos.

Sintió una gran turbación Cuevas al notar que los ojos de la reina,
después de ir pasando sobre Ojeda y sus compañeros, venían á inmovilizar
en él una mirada insistente. Eran de cejas oblicuas, párpados largos y
demasiado juntos, córneas húmedas y obscuras pupilas. Su mirar suave
recordaba la expresión de algunos animales mansos.

La desnudez de la reina, que en otras hembras indígenas le parecía
bestial y repugnante, despertó en su interior una inquietud excitadora
de los sentidos. Se ruborizó ligeramente el mancebo y apartó su vista de
Anacaona, pareciéndole insolente seguir cruzando sus miradas con las de
una reina.

Ojeda y los otros jinetes, aunque muy jóvenes, eran mayores que Cuevas.
Esta diferencia de pocos años marcaba la importante separación que
existe entre una juventud casi adolescente y otras juventudes ya
sazonadas. La vida colonial, con sus rudezas y faltas de reposo, había
hecho que estos mancebos españoles olvidasen en las nuevas tierras las
costumbres observadas en su patria, dejándose crecer las barbas y el
cabello. Además, se iba difundiendo entonces en Europa la moda de no
rasurarse, implantada por los humanistas, admiradores de la antigüedad
griega.

Don Alonso, que sólo tenia veintiún años, llevaba cubierto parte del
rostro por una barba rizosa. Los otros jinetes eran igualmente barbudos.
Sólo Fernando Cuevas tenía el rostro lampiño, con un ligerísimo bozo
sobre el labio superior, semejante al aterciopelamiento de las frutas
que empiezan á madurar.

Había crecido mucho desde que estaba en la isla, como si esta tierra
virgen, pletórica de energías concentradas, que reproducía agigantados
todos los frutos en plazos cortísimos, influyese también en el
desarrollo de su estatura. Con la coraza cubriendo su pecho, la gola
férrea, que le obligaba á mantener erguida su enérgica cabeza, y las dos
manos apoyadas en la cruz de su espada, aquel compañero de armas
aficionado á las Letras lo había comparado muchas veces con un San Jorge
muy joven que había visto en la vidriera de una catedral, descansando
después de haber dado muerte al dragón, tendido á sus pies.

Se detuvo el séquito regio ante el grupo de europeos, y Anacaona bajó
de sus andas para ver de más cerca al «Pequeño jefe blanco», hablándole
con lentitud, sin dejar de mover aquel abanico de plumas colorinescas
que Cuevas comparaba con un cetro.

El obstáculo del lenguaje se interpuso entre estas mujeres desnudas,
adornadas con aros de flores, y los ocho españoles vestidos de hierro.
La vieja intérprete, con sus palabras balbuceantes, llegó á explicar lo
que decía Anacaona. Deseaba vivir en paz con el _Guamiquina_ y todos los
blancos de la nueva ciudad crecida junto al mar. Daría lo que pidiesen
en nombre de Caonabo y del hermano de éste, que iba á sucederle en el
gobierno. Ella quería retirase á Jaragua, al lado de su hermano el
reyezuelo de estas tierras lejanas, situadas en el extremo occidental de
la isla, y procuraría que Behechio se sometiese igualmente á los
españoles, á pesar de que ninguno de éstos había pisado todavía dicha
región. Los invencibles guerreros venidos de _Turey_ podían disponer de
todo lo del pueblo como si fuese suyo.

--Anacaona... reina... quiere... estéis contentos.

La vieja india calló después de estas palabras finales, preocupándose de
vigilar cómo los portadores de las andas, en las que había vuelto á
sentarse la desnuda reina, las levantaban en alto suavemente, y el
cortejo se alejó con iguales sones de trompas y caracolas, agitándose en
lo alto las hojas y ramas que servían de abanicos, y moviéndose
lentamente, como un ave multicolor, el manojo de plumas con que se
refrescaba el rostro la beldad coronada de flores.

La comida de los ocho españoles fué muy abundante en pescados de río,
hutías asadas, raíces nutritivas y frutas gustosas. Además, Cuevas y los
pocos que ya estaban acostumbrados á los alimentos del país, comieron
los lomos de una iguana, reptil con patas, de aspecto repugnante, cuya
carne blanca comparaban con la de la gallina, encontrándola algunos
superior.

Fuéronse á dormir la siesta en sus chozas una parte de estos compañeros
de armas; otros á vigilar los caballos que estaban pastando en unas
praderas inmediatas al río, y don Alonso quedó solo con Fernando.

El joven capitán estaba aún conmovido por la aparición de Anacaona, y
hablaba de ella continuamente, llamándola Flor de Oro, y recordando todo
lo que había averiguado sobre su persona.

Resultaba difícil conocer la edad de esta belleza indígena, pues los
indios contaban mal, enredándose siempre en sus cálculos. Ojeda opinaba
que no debía tener más allá de veintiocho años. Caonabo la había hecho
su esposa cuando aún era considerada como una tierna virgen en este país
donde las mujeres llegaban á la nubilidad tras breve niñez. De su
matrimonio tenía una hija única que sólo debía contar unos diez años.

Anacaona era joven, y los enemigos de Caonabo contaban infidelidades
maritales de ella para vengarse así de la brutalidad del heroico caribe.
Bien mirado, dichas infidelidades, de ser ciertas, no tenían el mismo
valor que entre los cristianos. Los caciques vivían en incesante
poligamia, renovando á cada guerra el personal de su harén, y las
mujeres, por su parte, no conocían otro obstáculo moral que el del
miedo, siendo de otros hombres con voluntaria sumisión apenas tenían
oportunidad para entregarse. Aquellas gentes no parecían dar valor á la
fidelidad matrimonial ni considerar el adulterio delito extraordinario.

--Todos son ladrones--siguió diciendo Ojeda--. Tú sabes que para evitar
robos le corté las orejas á un cacique poco después que llegamos á la
Española, pero el ejemplo ha resultado huero. Necesitan robar, y lo
mismo se hurtan las hembras que las cosas.

Luego hacía elogios del carácter de Anacaona, absteniéndose de mencionar
sus cualidades físicas, por lo mismo que aún tenía presente en su
memoria todos los detalles plásticos de aquella beldad desnuda. Alababa
sus gustos delicados, su predilección por las flores y los perfumes, su
voz melancólica para entonar «aeritos» compuestos por ella, y una
afición á lo maravilloso, que le hacía admirar á los guerreros blancos,
aun reconociendo que iban á ser los opresores de su raza.

Esta tarde no habló á Cuevas, como otras veces, melancólicamente, de la
lejana doña Isabelita y de sus esperanzas de casarse con ella al volver
á España. Sólo pensó en Anacaona, dándole el nombre de «reina»
voluntariamente, como galante homenaje.

Hallábanse los dos tendidos en sus hamacas, y Ojeda hablaba con
creciente lentitud, soñoliento por la influencia de aquella hora,
silenciosa y cálida.

--Muy bella la reina india--siguió diciendo con los ojos ya
entornados--. Y no me mira mal después de lo que yo hice con Caonabo...
Tendré que devolverle la visita, tal vez hoy mismo, cuando caiga el sol,
y entonces... entonces...

Cuevas notó que se había dormido, y él cerró igualmente los ojos,
dejándose rodar por la blanda y obscura pendiente del sueño.

Despertó de pronto, no pudiendo atinar si sólo habían transcurrido unos
momentos ó una hora entera. El rectángulo de luz solar que entraba por
la puerta de la choza había oblicuado un poco sobre el suelo.

Una cabeza asomaba cautelosamente al borde de dicha puerta, invitándole
á salir con sus movimientos oscilantes y maliciosos guiños de ojos.
Reconoció á la vieja indígena que les había servido de intérprete.

Sin saber por qué, bajó de su hamaca con precaución, procurando no hacer
ruido. Don Alonso seguía durmiendo, y él llegó hasta la entrada de
puntillas, para no turbar su sueño.

Sintió en una oreja el aliento de la indígena y sus palabras semejantes
á un susurro entrecortado.

--Reina quiere verte... Tiré piedrecita para despertarte... ¡Ven!

Y Cuevas, con la misma inconsciencia que le había hecho saltar de la
hamaca, volvió al interior del bohío, tomando su espada y su casco para
seguir á la indígena. Era una precaución instintiva de soldado en país
inseguro. Además, su respeto natural á las jerarquías le hacía
preocuparse de su buen aspecto. Anacaona era de raza inferior é
ignorante de las verdades del cristianismo, mas no por esto dejaba de
creerla una soberana.

Siguió á la indígena por veredas turtuosas que eran las calles de esta
población, donde chozas y empalizadas se habían levantado al capricho de
sus constructores. El sol se mantenía alto, el calor era bochornoso, y
sólo rasgaba el silencio de aquella hora soñolienta el continuo zumbido
de los insectos. Celebró Cuevas haberse despojado de su coraza antes de
comer, dejándola en el bohío lo mismo que su rodela. La soledad en que
estaba el pueblo á dicha hora alejaba de él toda sospecha de peligro.

Lo entró la india por la abertura de una empalizada, atravesaron otras
que limitaban varios terrenos á modo de corrales, y penetraron
finalmente en uno de aquellos bohíos enormes, redondos y de techo
cónico, semejantes á los alfanaques ó grandes tiendas de los campamentos
cristianos.

Parpadeó Fernando para acostumbrar sus ojos á la penumbra de una
habitación cerrada. Un fuerte perfume de flores saturó su olfato, unido
á otro más suave de carne femenil ungida de bálsamos silvestres y
refrescada por frecuentes baños.

Al mirar en torno de él vió que había desaparecido la vieja, y fué
distinguiendo á corta distancia un cuerpo blanco tendido en el suelo.
Habituados sus ojos á la luz verdosa que penetraba por dos aberturas de
la techumbre, después de filtrarse entre el ramaje de un árbol
gigantesco, fué reconociendo que este cuerpo era el de una mujer, con un
codo hundido en un lecho de plantas odoríferas y la cabeza apoyada en
una mano.

Los ojos de la reina Anacaona estaban fijos en él con la misma expresión
de horas antes. Quiso decir algo y desistió de ello inmediatamente. Era
inútil. La vieja ya no estaba allí para servir de intérprete. A pesar de
esto, la reina empezó á hablarle, empleando al mismo tiempo los
expresivos gestos de los indígenas de clase elevada, caciques ó
hechiceros, asombrosamente expertos en el lenguaje mímico.

Le indicó que se sentase en el suelo cerca de ella, y el joven, que se
había quitado el casco para saludarla, se apresuró á obedecer.

¿Qué podía desear la famosa Anacaona?... ¿Dudaría del «Pequeño jefe
blanco», queriendo emplearlo á él como intermediario para entenderse con
el Almirante?... ¿Por qué se había ausentado aquella mujer que podía
servirles de intérprete?... Estas suposiciones y dudas de Fernando se
disolvieron apenas nacidas.

Estaba sentado en el suelo, á corta distancia de la beldad india. Ésta
había renovado sus adornos de flores; todas sus guirnaldas eran frescas,
pero los perfumes vegetales quedaron anulados repentinamente para él.
Era otro el olor que le envolvía, con un mareo semejante al de la
embriaguez. ¡Aquella carne de suave color de canela, que parecía
respirar como un jardín y era más blanca en la penumbra tentadora de
este lugar cerrado y misterioso!... Por los orificios del techo, junto
con la luz verde y temblona filtrada por el follaje, descendía el
voluptuoso arrullo de unas tórtolas silvestres que se acariciaban en la
copa del árbol coloso.

Fernando creyó ver una nueva Anacaona. Los ojos de ella le miraban lo
mismo que en la mañana, fijos y dominadores, con una seguridad femenil
que se creía irresistible; pero eran menos majestuosos, más humildes y
tiernos. Además, la reina sonreía. Sus labios abultados, de un rojo
obscuro, habitualmente unidos por un gesto de majestad salvaje, se
abrían ahora ingenuamente, como la boca de cualquiera de aquellas ninfas
de Jaragua que formaban su cortejo, dejando brillar en la sombra el
resplandor nacarado de una dentadura sana y fuerte.

Al mismo tiempo que Anacaona sonreía, notábase en ella cierta
preocupación, como si se esforzase mentalmente por recordar algo que
escapaba á su memoria. Luego se aclaró su rostro con una expresión
infantil y triunfante. Ya había alcanzado al rebelde y fugitivo
recuerdo.

--Beso... beso...--repitió entre risas de niña.

Era la palabra que le había enseñado la vieja, conocedora de los usos de
los hombres blancos.

Como todos los de su raza, ignoraba este uso de las gentes venidas del
cielo, que necesitan juntar sus bocas como gesto preliminar de las
mayores voluptuosidades que guarda la vida.

Había reído de dicha caricia, nueva para ella, aprendiendo la palabra
que la expresaba. Quería repetirla con aquel joven _turey_ que horas
antes había surgido ante sus ojos como una aparición celeste, entre sus
compañeros más rudos y de aspecto temible.

--Beso... beso...

Y uniendo ella la acción á la palabra, sintió Fernando sobre su boca los
labios carnosos y frescos de Flor de Oro.

En su sorpresa creyóse el mancebo casi absorbido por la succión de una
bestia feroz, acariciante y perfumada, propia de aquel mundo nuevo y
misterioso. Para completar esta ilusión, dos tentáculos se arrollaron en
torno á su cuello, pero eran redondos, tibios, de satinada epidermis y
olían á intensos jazmines nunca vistos por los hombres de su raza.

Los brazos de la reina lo apretaban, al mismo tiempo que las gruesas
valvas de su boca, sensual y fresca, insistían en sus caricias
absorbentes, como si pretendiesen sacar sangre de los labios de él.

Intentó defenderse, respetuoso y desesperado al mismo tiempo, pero sus
manos, al repeler el busto femenil medio levantado sobre el lecho de
hierbas floridas, se posaron en dos globos cuyo contacto hizo estremecer
al mancebo de la cabeza al centro de su organismo.

En esta penumbra no se veían los adornos pintados de la beldad indígena.
Toda ella era blanca, y había prescindido del corto delantal de algodón
con que se mostraba en público.

El pobre mancebo la reconocía en aquel momento muy superior á las
mujeres del viejo mundo. No había en ella el menor rastro de los lejanos
hedores animales que flotaban en muchas ocasiones tras el revoloteo de
las luengas faldas cristianas. Este cuerpo desnudo se sumía diariamente
tres veces en cristalinos arroyos, lo mismo que las mujeres de su
séquito. Una simple vestidura de flores incensantemente renovada había
acabado por saturar su piel, como si todo su cuerpo fuese un jardín
hecho carne.

Los diez y ocho años del mancebo levantáronse pujantes, con pasional
agresividad. Se encabritó como un caballo salvaje herido por el látigo,
olvidando lo que le rodeaba y quién era. Su deseo tomó un carácter
ofensivo. Apretó las firmes redondeces que tenía entre sus dedos como si
quisiera estrujarlas, casi mordió aquella boca que pretendía absorberle
con sus caricias. Su pasión tenía algo de la cólera belicosa con que
repartía furiosos golpes en los combates. Necesitaba luchar con aquel
cuerpo que se enroscaba al suyo hasta llegar á vencerlo, y esto le hizo
sentir la necesidad de librarse del estorbo de su espada, ceñida aún á
su costado.

Ella, como si adivinase sus deseos, aflojó los anillos del doble
enroscamiento de sus brazos y sus piernas, y el mancebo, al incorporarse
y no respirar de tan cerca aquel perfume carnal, olvidó repentinamente á
la hermosa reina.

Vió en cambio con su imaginación el interior de un bohío pequeño y
pobre, con la luz del sol entrando libremente por las aberturas de sus
puertas y ventanucos. Una mujer menos alta que Anacaona, sin perfumes,
con cierta palidez enfermiza, rastro de pasadas enfermedades y
alimentaciones incompletas, tenía sus ojos vagos puestos en el infinito,
como si no pudiera hacer otra cosa que seguir con su pensamiento á un
ausente.

Tenía uno de sus pechos al aire, y con sus dos manecitas puestas en el
hinchado globo, un pequeñuelo chupaba y chupaba, adormeciéndose en esta
glotonería plácida que había cortado sus llantos caprichosos. ¡Su
Lucero!... ¡Su Alonsico!... Tal vez á aquellas horas su mujer temblaba y
rezaba, suponiéndolo en peligro de muerte. ¡Y él...!

Casi trató á la perfumada beldad como á uno de aquellos guerreros
cobrizos con los que se había batido en diversos encuentros. Repelió el
desnudo cuerpo con un brutal empujón que lo hizo rodar sobre el lecho
florido hasta la pared. Y recogiendo su casco del suelo, huyó á tientas,
hasta salir de la casa por una puerta distinta, encontrada casualmente.

Fué vagando por el pueblo, que aún estaba solitario, como media hora
antes. No encontró quien pudiera servirle de guía. Luego de marchar
inútilmente hasta salir fuera de la población, volvió sobre sus pasos,
hallando al fin, después de nuevas desorientaciones, el bohío que les
servía de alojamiento á don Alonso y á él.

Encontró vacía la hamaca de su capitán, é inútilmente lo buscó por las
inmediaciones de la casa. Tal vez el ardiente deseo que Anacaona le
había inspirado aquella mañana era la causa de su ausencia. El atrevido
hidalgo procedía en su vida osadamente, lo mismo que en sus operaciones
de guerra.

Pasó la tarde el joven á la puerta del bohío, sin ver llegar á su
capitán. Los otros camaradas, que vagaban por el pueblo en busca tal vez
de aquellas mujeres compañeras de Anacaona, preguntaban por Ojeda al
pasar ante Fernando. Nadie lo había visto.

La frescura del atardecer impulsó al pensativo mancebo á salir de su
casa. Ya se sentía tranquilo, después de una calma reflexiva de varias
horas. Mostrábase orgulloso de su sacrificio, de la energía brutal con
que había rechazado la tentación.

Dirigió sus pasos hacia el río inmediato, atraído por su frescura, pero
cerca de él volvió atrás, internándose de nuevo en el pueblo. Había
reconocido marchando lentamente por una pradera á don Alonso y á la
reina Anacaona. También vió cómo se besaban. La beldad india repetía con
Ojeda este gesto, cuyas primicias habían sido para él. Detrás de los
dos, y á cierta distancia, iba la vieja india con cierto aire protector.

Entrada ya la noche, volvió Ojeda á su bohío. A la luz de una antorcha
atada á uno de los postes del sombrajo vió su rostro ojeroso, pálido,
con un estiramiento en las facciones que denotaba cansancio.

Estando ya Cuevas acostado en su hamaca, don Alonso, de espaldas á él,
juntó las manos é inclinó la cabeza ante el pequeño cuadro de la Virgen
que había colgado del poste central sostenedor de la techumbre del
bohío.

Rezaba en voz queda, con una expresión humilde. Adivinó Fernando que
imploraba perdón por lo que había hecho aquella tarde: perdón á la
Virgen, su protectora; perdón á la mujer amada, en la que había dejado
de pensar algún tiempo, y que le esperaba siempre al otro lado del
Océano.

Su oración era sincera. En su alma compleja amalgamábase la osadía cruel
del hombre de guerra con una credulidad religiosa igual á la de un niño.

Cuevas tuvo la certeza de que había poseído á la mujer de Caonabo con la
violencia de un conquistador, sin consultar su voluntad,
sorprendiéndola, lo mismo que en una población tomada por asalto. Y la
esposa del guerrero indio había acabado por aceptar con entusiasmo á
este otro guerrero, más poderoso é invencible, que saciaba su femenil
curiosidad, ansiosa de conocer cómo eran las caricias de los hijos del
cielo.

Ahora el hidalgo, siguiendo las complicaciones de su fanatismo heroico,
pedía perdón á su Virgen y á su dama por tan monstruosa infidelidad. El
cansancio de la hartura hacía aún mayor su arrepentimiento.

Antes de dormirse, su alma religiosa encontró una excusa á su pecado.
Anacaona no era una criatura de Dios. Nunca había sido bautizada. La
Virgen y doña Isabelita debían perdonarle. Su falta era leve, por
haberla cometido con una criatura irracional, ignorante de las verdades
divinas.




V

     Donde se cuenta el descubrimiento de las minas del rey Salomón, la
     vuelta á España del Caballero de la Virgen, y cómo lloró en una
     iglesia escuchando al sacristán.


Cuatro naves procedentes de España fondearon ante Isabela con admirable
oportunidad. Traían nuevos cargamentos de víveres para la colonia y otra
vez reinaba en ésta el hambre, produciendo numerosas víctimas.

Obligados á trabajar para los extranjeros, los indígenas del interior
habían adoptado la más desesperada de las resoluciones. Flojos é
indolentes por naturaleza para toda labor continua y eficaz,
consideraban la peor de las esclavitudes tener que trabajar unos cuantos
días cada tres meses para pagar el tributo impuesto por el _Guamiquina_
de la ciudad vecina al mar. Habían buscado voluntariamente granos de oro
para los blancos al ver con qué satisfacción acogían este regalo los
hijos del cielo; pero desde el momento que dicha busca se convertía en
obligación, la consideraron intolerable.

Parcos en la comida, acostumbrados á conseguirla con rápidas y
superficiales labores del suelo, empezaron á quejarse en sus lamentosos
cánticos de tener que cultivar la tierra de un modo regular para las
cosechas periódicas que les exigían sus nuevos amos. Muchos de ellos
preguntaban á los españoles cuándo pensaban volverse á _Turey_,
esperando ver todos los días los bosques flotantes que los habían
traído, extender otra vez al viento su blanco follaje, alejándose para
siempre. Pero en lugar de esto, nuevos bosques flotantes y más hijos de
_Turey_ iban llegando á la isla, y en señal de posesión interminable,
creyendo de poca duración los bohíos, arrancaban piedras á las montañas
para construirse sólidas cavernas, pues esto les parecían las casas y
también los fortines, cada vez más numerosos en el interior de la isla.

Convencidos de que los blancos nunca se volverían á _Turey_
voluntariamente, decidieron expulsarlos valiéndose del hambre. Huyeron
de los valles fértiles para refugiarse en los montes, después de talar
los campos y quemar las cosechas almacenadas. Así los blancos no
tendrían maíz y las raíces alimenticias de aquella tierra que habían
adoptado para su nutrición.

Reapareció otra vez el hambre en Isabela y los fuertes, pero de todos
modos los europeos conseguían mantenerse, gracias á la cruel limitación
de las raciones y á los aportes de algunos buques españoles que iban
llegando de tarde en tarde.

El piloto Juan de la Cosa, buen conocedor de personas y cosas, movía la
cabeza negativamente al comentar esta decisión de los indios,
inútilmente heroica.

--No conocen--decía--la propiedad de los españoles, que cuanto más
hambrientos mayor tesón tienen y más duros se muestran para sufrir ellos
y hacer sufrir á los demás.

Eran los indígenas quienes experimentaban los efectos más desastrosos de
su propia conducta. Para no ser alcanzados por las guarniciones del
interior, que cazaban á los indios con el propósito de obligarles á
trabajar los campos, se habían refugiado en los lugares más áridos y
desiertos de la isla, donde sólo se encontraba alimento, en épocas
ordinarias, para pequeños grupos errantes. Las muchedumbres fugitivas
morían de inanición en su aislamiento. Enfermedades contagiosas,
engendradas por el hambre, aumentaban el estrago general, y al fin los
supervivientes descendieron á los valles, á pescar en sus ríos, á cazar
en sus arboledas y á cultivar la tierra, aceptando humildemente la nueva
servidumbre.

Después de esta cruel experiencia, tan escarmentados quedaban de su
intento de rebelión, que un cristiano completamente solo podía viajar
por toda la isla sin peligro alguno, llevándole los mismos indios á
cuestas, de un lugar á otro, para que no se fatigase.

En medio de la miseria provocada por la fuga de los indios, habían
llegado las cuatro carabelas, siendo acogidas con entusiasmo por los
famélicos españoles. Algo más que víveres traía esta flota. Venía en
ella, como enviado regio, un antiguo caballerizo de los reyes, Juan
Aguado, para examinar sobre el terreno si eran ciertas las quejas
formuladas ante la corte por el padre Boil, el caudillo Margarit y otros
fugitivos de la colonia.

En Isabela habían quedado muchísimos que pensaban de igual modo,
quejándose de la absorbente autoridad de Colón, el duro carácter de su
hermano don Bartolomé y el fervor excesivo por la grandeza de su familia
que mostraba el ignaro don Diego. Protestaban del mal reparto de
comestibles que hacían los Colones todas las quincenas, favoreciendo á
los que se mostraban ciegamente partidarios de ellos y castigando con
mermas ó una supresión absoluta de raciones á los que se permitían
criticar los actos del gobernador.

--Los reyes--clamaban estos descontentos--envían comestibles de España
para todos. Son Sus Altezas quienes los pagan, cuidándose de nuestra
salud, y los Colones no deben hacernos morir lentamente de hambre,
disponiendo de lo que no es suyo.

El Almirante, que estaba en el interior de la isla, volvió sin prisas á
Isabela. Deseaba hablar con Aguado y temía al mismo tiempo avistarse con
él. Todos los descontentos de la colonia mostrábanse enardecidos por la
presencia del enviado real.

Había venido Aguado solamente con el encargo de adquirir informes, mas
el ambiente hostil para Colón le hizo extralimitarse en sus funciones,
tomando aires de juez. También los jefes indígenas se reunían en casa
del hermano de Caonabo, enviando desde allí una queja contra Colón, al
que atribuían lo que era resultado de sus defectos, y también la obra
aparte de sus subordinados.

Cuando Aguado hablaba ya de volverse á España y sus cuatro naves estaban
listas para zarpar, descargó sobre Haití un ciclón propio de los
trópicos, arrasando gran parte de la isla. Los indígenas no recordaban
haber visto nada semejante. Bosques enteros fueron descuajados por el
huracán. Los naturales corrían á refugiarse en las cavernas viendo
desaparecer sus chozas en un instante. Tres de los buques anclados en
Isabela se fueron á pique instantáneamente, perdiéndose con ellos todos
sus tripulantes. Otros se hicieron pedazos, ó llevados por las olas,
penetraron á enormes distancias tierra adentro.

Esta horrible tempestad aterró á los indígenas tanto como á los blancos.
Unos creían que la habían enviado sus propios dioses ó espíritus
protectores para indicar á los hijos de _Turey_ que debían marcharse.
Otros imaginaban que eran los mismos blancos quienes habían ordenado al
aire, al agua y á la tierra que se agitasen con tan horrorosas
perturbaciones para alterar la vida apacible de la isla, exterminando á
sus antiguos habitantes.

El único buque que se mantuvo á flote fué la carabela _Santa Clara_, ó
sea la antigua _Niña_ del primer viaje de descubrimiento, buque pequeño,
de vida durísima, que había de realizar aún numerosos viajes á las
nuevas tierras, mientras otros barcos más flamantes y poderosos
naufragaban, y que acabó muchos años después en una de sus travesías
del Océano por hundirse de puro viejo, haciendo agua á través de los
numerosos remiendos de su casco.

Dió órdenes el Almirante de que se reparasen las averías de la _Niña_ y
se construyese otra carabela con los restos de las destrozadas, á la que
puso el nombre de _Santa Cruz_. Deseaba volver á España con Aguado,
temiendo los informes que daría éste á la corte. Necesitaba defenderse
con su elocuencia imaginativa, hablando una vez más de la proximidad de
las tierras del Gran Kan que no había llegado á ver, pero que
indudablemente estaban muy cerca. Lo temible para Colón era no poder
llevar más muestras de la riqueza asiática que unos cuantos adornos
áureos tomados á los caciques de la isla y las eternas carátulas de
huesecillos de pescado con orejas y narices de chapa delgadísima de oro.

Afortunadamente para él, mientras esperaba que las dos naves estuviesen
reparadas, fueron descubiertas las minas más importantes de la Española.

Fernando Cuevas conocía el origen de este descubrimiento, tan
interesante como un relato novelesco. Un joven aragonés llamado Miguel
Díaz era gran amigo suyo desde que vinieron juntos en la carraca mandada
por don Alonso de Ojeda. Figuraba entre los de á pie, combatiendo en la
hueste mandada por don Bartolomé Colón. Gustaba de ruidos y pendencias,
y Cuevas evitó por esto un trato frecuente con él, pues en su calidad de
hombre casado prefería vivir pacíficamente. Una noche se peleó Miguel
Díaz con otro grupo de españoles en Isabela, hiriendo gravemente á uno
de ellos, y seguido de cinco amigos suyos, igualmente comprometidos,
huyó de la colonia. Vagando por la isla llegaron á un pueblecito indio
en la costa Sur, cerca de la desembocadura del río Ozama, donde había de
levantarse luego la ciudad de Santo Domingo.

Dicho territorio estaba gobernado por una cacica, que al poco tiempo se
enamoró de Díaz, llevándolo á vivir con ella públicamente y haciéndole
compartir su autoridad sobre la tribu. Pero el joven aragonés sentía la
nostalgia de su lengua y sus compatriotas, deseando volver á la colonia
y temiendo al mismo tiempo el castigo que le impondrían por su delito.
La enamorada india, para evitar que se marchase y atraer á los españoles
á la parte Sur de la isla, dió conocimiento á Díaz de ciertas minas muy
ricas existentes en la vecindad.

Después de convencerse el mancebo de la existencia del oro y observar la
fertilidad del país, la hermosura del río y la seguridad del puerto
natural en que desembocaba, volvió á Isabela, distante unas cincuenta
leguas. Al llegar supo que su adversario estaba ya restablecido de su
herida, y animado por ello se presentó á Colón, relatando sus
descubrimientos.

Vió el Almirante en todo esto una influencia providencial para que
pudiera justificarse al volver á España. Su hermano don Bartolomé,
guiado por Díaz y al frente de una partida de españoles, atravesó la
isla en busca del pequeño territorio gobernado por la apasionada
cacica. Encontraron oro más profusamente que en ninguna otra parte de
Haití, incluso la famosa provincia de Cibao. Las corrientes de agua
abundaban en granos auríferos. En las montañas observaron profundas
excavaciones, siendo interpretadas como indicios de que se habían
explotado las minas en otros tiempos. Además, el lugar era más sano para
la fundación de una ciudad que el suelo de Isabela, siempre húmedo y
favorable á las fiebres.

Miguel Díaz quedó perdonado, pasando á ser favorito de los Colones.
Cuevas iba á conocerle algún tiempo después alcaide de la fortaleza de
Santo Domingo, cuando don Bartolomé Colón fundó dicha ciudad, y casado
con la cacica, de la que tuvo varios hijos, bautizándola antes con el
nombre de Catalina.

Al oir Colón el relato de su hermano y enterarse de que las minas
abundaban en antiguas excavaciones, su geografía delirante resucitó,
encontrando nuevos puntos de apoyo. No se había equivocado al afirmar
que esta isla, llamada por él Española, era el antiguo Ofir.

--Creo, hermano--dijo--, que hemos descubierto las minas de donde sacaba
oro el rey Salomón para edificar el templo de Jerusalén. Sus buques,
pasando por el golfo de Persia y Taprobana, llegaban á esta isla, que se
halla enfrente de la punta de Asia, ó sea el promontorio que las gentes
de aquí llaman Cuba.

Como ya estaban reparadas las dos carabelas, se apresuró Colón á
embarcarse. Le era necesario perder de vista á Juan Aguado, que le
trataba con petulancia. Cada uno ocuparía distinto buque. Además, debía
sacar de la colonia todos los descontentos que deseaban marcharse de
ella.

Sólo iban á quedar en Isabela quinientos blancos. Doscientos veinte se
volvían á España. El resto, varios centenares, había perecido en pocos
meses.

Entregó el gobierno de la isla á don Bartolomé, al que había conferido
el título de Adelantado, ordenando que en caso de morir le sucediese su
hermano don Diego.

Ojeda también se volvía á España, desengañado como los otros, habiendo
perdido su fe en el Almirante.

--Donde estén los Colones--decía--todo es para ellos y nada queda para
los demás. Les ofende tener amigos; sólo admiten servidores. Si vuelvo á
estas tierras de Asia, será por mi cuenta.

Cuevas y Lucero no quisieron seguirle. ¿Qué podían hacer en el viejo
mundo?... Los más de sus amigos, al embarcarse, huían del hambre
próxima, de las enfermedades. Veían en la patria lejana la abundancia y
la felicidad, por mísera que fuera allá su existencia, mientras que
ellos dos se verían siempre favorecidos en la colonia, dentro de la
escasez general.

Como habían figurado en el primer viaje, esto les daba cierta jerarquía
sobre los otros. El Almirante no olvidaba á su antiguo paje Lucero, de
tan novelesca historia, y los demás Colones los favorecían á los dos,
como protegidos de su familia. Cuevas sentíase además impresionado por
la buena suerte de su amigo Díaz. Él había venido á las islas asiáticas
en busca de un éxito semejante. ¿Por qué iba á tener menos ventura que
su camarada?...

--Mi gusto sería seguir á vuesa merced, don Alonso--dijo á su capitán--,
pero tengo mujer y un hijo y creo preferible quedarme; sobre todo, ahora
que se han descubierto las minas del rey Salomón. Además, espero que
pronto volveremos á verle por aquí.

Ojeda asintió. Nunca había pensado desistir de su empresa en las tierras
del Gran Kan. Pero cuando regresase á ellas sería por su cuenta, sin que
nadie le mandase, capitaneando gente propia, por creerse con más
cualidades para ello que el Adelantado don Bartolomé, el cual los
trataba á todos como subalternos.

Salieron el 10 de Marzo las dos carabelas para España, cargadísimas de
gente. Esta pareja de buques pequeños llevaba, además de sus
tripulaciones y numerosos cautivos indios, más de doscientos pasajeros
fugitivos de la colonia. La miseria y desaliento de tales gentes sólo
era comparable con las exageradas ilusiones que les habían acompañado al
emprender el viaje, dos años antes, á las ricas Indias, vecinas al
Ganges, que Colón creía haber descubierto.

Para exacerbar aún más sus males, esta navegación de vuelta resultó
larguísima. Duró tres meses, por haberse empeñado el Almirante en poner
desde el principio su rumbo á Oriente, en vez de tomar el rumbo Norte,
como á la vuelta de su primer viaje, teniendo que sufrir continuamente
vientos contrarios ó las calmas del trópico.

Llegaron á escasear de tal modo las provisiones, que muchos hablaban ya
de la conveniencia de dar muerte á los cautivos indios, para mantenerse
con su carne. Otros menos feroces se limitaban á proponer que los
arrojasen al agua, para librarse de bocas inútiles.

En el curso de esta penosa travesía murió Caonabo, el «Señor de la casa
dorada», que el Almirante quería mostrar á los reyes españoles. Una
profunda melancolía se había apoderado de él al verse humillado, siendo
esto la principal causa de su muerte. El poderoso guerrero, del que
hablaban los blancos con admiración en los primeros tiempos creyéndole
rey de Cipango «la de los tejados de oro», acabó siendo arrojado al mar
como un animal muerto.

Cuando las dos carabelas fondearon en la bahía de Cádiz, después de tan
duro viaje, vió inmediatamente Colón que la impopularidad salía á su
encuentro.

Recordaban todos sus estupendas promesas al emprender el segundo viaje
en busca del Gran Kan. Iba á traer sus buques repletos hasta las
escotillas de oro y especias preciosas. Y los españoles sólo vieron un
desfile de gente miserable, marineros y colonos extenuados por las
enfermedades, amarillentos por el hambre, color que recordaba de un modo
trágico el resplandor igualmente amarillo de un oro quimérico que nunca
habían logrado encontrar.

Habló mucho Colón, intentando por medio de su oratoria vehemente
reanimar aquel entusiasmo que lo había saludado á la vuelta de su primer
viaje, pero los oyentes sonreían, mirándose entre ellos, ó movían sus
cabezas con expresión incrédula. Ya no le escuchaban como en Barcelona
al explicar su primera expedición. El nombre del Gran Kan era acogido
con risas.

Inútilmente relató su exploración de las costas de Cuba, diciendo que
esta tierra firme se hallaba cerca del Quersoneso Áureo de los antiguos
y era el límite avanzado de las más ricas comarcas de Asia. En vano se
jactó de haber descubierto las ricas minas del rey Salomón en la isla
Española, que era el antiguo Ofir. Todos escuchaban los esplendores de
su geografía fantástica con incrédulo sarcasmo.

Como era naturalmente elocuente y poseía un raro arte para comunicar sus
ilusiones á los demás, lograba algunas veces fascinar, como en otros
tiempos, á sus oyentes; pero bastaba que éstos viesen ó escuchasen
después á cualquiera de los hombres vueltos de allá, para considerar
ilusorias todas las afirmaciones del Almirante.

Los reyes no le abandonaban. Había recibido de ellos, al llegar á Cádiz,
una carta invitándolo á ir á verlos luego que descansase. Mas la opinión
pública mostrábase enemiga, ó lo que el Almirante consideraba peor,
indiferente é incrédula para sus empresas. Se había extinguido el
interés por el Gran Kan.

Hombre de gran vehemencia en la expresión de sus alegrías y sus
decepciones, reflejaba Colón exteriormente el estado de su ánimo. En vez
de mostrarse con ropas de almirante y espada de oro, como á la vuelta de
su primer viaje, iba vestido á modo de fraile, con una especie de hábito
franciscano y una cuerda de nudos pendiente de la cintura y se había
dejado crecer la barba.

Deseaba desarmar con estas muestras de humildad y abatimiento á las
gentes que, bajo la influencia de los que volvían de allá, mostrábanse
hostiles á su persona. Buscando nuevos amparos pasó una temporada en el
monasterio de Guadalupe, el más famoso de entonces, cuya comunidad vivía
en frecuente trato con los reyes. Allí bautizó á algunos de sus indios y
cumplió los votos que había hecho á la mencionada Virgen.

Al mismo tiempo, el navegante, que se había vestido de fraile para
excitar la conmiseración pública, mostraba los mismos gustos teatrales
de antes, igual afición á organizar pompas, para deslumbramiento de las
multitudes.

Al ir camino de Burgos, donde estaban los reyes, hacía formar en
procesión á todos sus acompañantes, indios y blancos, para que se viese,
exageradamente agrandado, el oro traído de allá.

Ponía al frente de su comitiva á todos los indios prisioneros, ataviados
con sus galas de guerra, y detrás á un hermano menor de Caonabo que
tenía treinta años y á un sobrino de aquél que no pasaba de diez. Al
entrar en los pueblos hacía que le colocasen al hermano de Caonabo un
collar y una cadena maciza de oro, presentándolo como el legítimo rey
del aurífero país de Cibao. Esta cadena, que pesaba unos seiscientos
castellanos (cantidad equivalente á 3.200 dólares actuales), era lo
mejor que había traído de su expedición. A causa de esto, apenas salían
de un pueblo se apresuraba el Almirante á quitar la cadena al hermano de
Caonabo, guardándola en su propio equipaje. El resto de la comitiva
mostraba máscaras indias ó imágenes de algodón y madera con rostros
fantásticos de animales, que la muchedumbre tomaba por representaciones
del demonio.

Don Alonso de Ojeda se había separado fríamente del Almirante al llegar
á Cádiz. También él empezaba á dudar de la exactitud de sus afirmaciones
geográficas, y aun en el caso de que encontrase finalmente al Gran Kan,
los resultados de tan magnífica aventura serían para los Colones, gente
ávida, capaz de disputar hasta las migajas á cuantos les siguiesen. Y se
despidieron para no verse más.

El valeroso hidalgo se fué á Sevilla á saludar á su protector el
arcediano Fonseca, que ya era obispo y seguía ocupándose en la
organización de las expediciones á las nuevas tierras.

Fonseca, que siempre había vivido en malas relaciones con Colón, oyó con
interés lo que Ojeda fué contando de allá, aunque el joven capitán no se
mostraba tan extremadamente hostil contra el Almirante como los otros
que habían vuelto desesperados de la remota colonia.

Le fué imposible á don Alonso permanecer más de dos días en Sevilla y se
marchó, asegurando á su protector una pronta vuelta así que arreglase
ciertos asuntos que le esperaban en Córdoba.

Desde su desembarco había buscado inútilmente noticias de doña Isabel.
Encontró quien le hablase del licenciado Herboso, por ser jurisconsulto
de fama, al servicio de los reyes. Seguía viviendo en Córdoba, y los que
le habían visto últimamente comentaban su prematura vejez, atribuyéndola
á una enfermedad misteriosa que lo iba royendo interiormente. De su hija
doña Isabel únicamente sabían que estaba recluída por su padre en un
convento. Esto era frecuente en aquellos tiempos de extremada devoción y
no excitaba la curiosidad de nadie.

Al llegar á Córdoba, como necesitaba pasar inadvertido, evitó el dar
aviso de su presencia á los amigos que le quedaban en la ciudad. Un
soldado enfermizo le servía de escudero desde que salió de la isla
Española, y con él fué á alojarse en el Mesón de los Tres Reyes Magos.

Mostróse contrariado al saber que su dueño Buenosvinos había muerto un
año antes. El mesón pertenecía ahora á otras gentes desconocidas para
él, á las que no quiso dar su nombre.

Empezaba á atardecer, y don Alonso juzgó oportuno aguardar la llegada de
la noche para ir en busca de sus amigos. Pero como nadie conocía aún su
presencia en Córdoba, aprovechó esta circunstancia para pasear un poco
por las callejuelas inmediatas al gran convento donde vivía desde dos
años antes doña Isabel Herboso.

Este paseo significaba una decisión absurda, digna de un enamorado. De
nada podía servirle. Isabel estaba encerrada en un edificio enorme, con
numerosos claustros y extenso huerto.

La vida monástica era entonces de disciplina floja y más libre que en
épocas posteriores. Monjas y novicias se asomaban á las rejas para
hablar por señas con galanes que paseaban la calle ó cambiar cartas con
ellos por medio de un hilo; pero no era fácil que el azar le deparase la
fortuna de que la hermosa novicia estuviese detrás de la celosía de una
de las ventanas, esperándolo, como si una voz misteriosa le hubiese
avisado su llegada.

Inútilmente paseó por las diversas callejuelas que circundaban la enorme
masa del convento. No alcanzó á ver en las esquinas á ninguno de
aquellos hidalgos desocupados y platónicos á los que apodaba la gente
«galanes de monjas», ni columbró silueta alguna detrás de las celosías.

Se le ocurrió meterse en la iglesia del convento con la esperanza de
encontrar un sacristán locuaz al que iría arrancando informes sobre la
novicia. ¿Quién sabe si hasta podría servirle de intermediario?...

Regresaba pobre de su viaje, con arreglo á las ilusiones que había
concebido antes de emprenderlo, pero su fortuna era mayor que cuando
vagaba ante las rejas del caserón de Herboso.

Un mercader genovés establecido en Sevilla le había dado una bolsa llena
de monedas de oro llamadas «castellanos», á cambio de varias pepitas
auríferas de las que había recogido en sus expediciones por el interior
de la Española, y aún dejaba guardados en poder de dicho comerciante más
pedazos del precioso metal. Naturalmente generoso en sus dádivas, estaba
convencido de que acabaría por encontrar un amigo dentro del convento.

Al entrar en la iglesia de las monjas, la sorpresa casi le hizo dar un
paso atrás, llevando instintivamente su diestra á la empuñadura de su
espada. Un hombre había tropezado con él al salir del templo, y este
hombre era el licenciado Herboso, el mayor de sus enemigos.

Luego experimentó una emoción no menor al fijarse en el aspecto humilde
y desalentado del gran legista. Apenas si mostró asombro el áspero
Herboso al reconocer á Ojeda, y eso que ignoraba completamente su
llegada á Córdoba.

Le miró con ojos tristes, enrojecidos, lacrimosos. Pareció vacilar sobre
sus pies por obra de un instinto que le impulsaba hacia el joven, como
si quisiera caer en sus brazos y apoyar su cabeza en uno de sus hombros.
Pero en el duro jurisconsulto no podían durar mucho estas efusiones de
su dolor y siguió adelante, lanzando á Ojeda una última mirada, triste,
fraternal, que parecía quedar entre los dos como un hilo unidor de sus
destinos.

Un criado viejo y otro joven acompañaban al licenciado Herboso con la
atenta solicitud que inspira un enfermo. Mientras uno empujaba la
cancela de la iglesia, su compañero ofrecía el apoyo de uno de sus
brazos al avejentado personaje, para evitar que sus pies vacilantes
tropezaran en el umbral.

Tan miserable era su aspecto, que acabó por inspirar compasión á Ojeda,
mientras lo seguía con sus ojos.

Luego, en el interior de la iglesia encontró el informador que venía
buscando.

Un castellano de oro deslizado en la diestra de un sacristán hizo que
éste hablase con rápida verbosidad, dando noticias que obligaron al
intrépido Ojeda á apoyar su espalda en una pilastra del templo, mientras
se llevaba las manos á la frente y le temblaban las piernas.

El licenciado venía de visitar á su hija. Ninguna tarde dejaba de
hacerlo.

Doña Isabel Herboso estaba ahora en la iglesia. Un mes antes había
bajado de las celdas del convento á una de las capillas, quedando en
ella para siempre.

Y don Alonso se dió cuenta de que aquel cuerpo adorado se hallaba á
pocos pasos de él y empezaba á consumirse bajo una losa blanca adornada
con una breve inscripción, que no pudieron descifrar sus ojos, turbios y
cegados por el agolpamiento de las lágrimas.




PARTE SEGUNDA

EL ORO DEL REY SALOMÓN




I

     Donde Colón descubre el Paraíso terrenal, es llevado con cadenas á
     España, y muere en la horca la reina Flor de Oro.


Seis años transcurrieron antes de que Fernando y Lucero volviesen á ver
á don Alonso de Ojeda.

Fué este período de su vida el más abundante en cambios de domicilio y
de oficio, y al mismo tiempo el de menos provecho. El Adelantado don
Bartolomé Colón los protegía algunas veces, recordando que habían
acompañado á su hermano en el primer viaje; pero tal apoyo sólo servía
para que el antiguo paje Andújar y su mujer viviesen un poco más
desahogadamente que muchos otros recién llegados á la isla.

La ansiada riqueza revoloteaba diariamente ante sus ojos, sin dejarse
nunca capturar. Cuevas veía cada vez más oro, pero no era para él. La
juventud de los dos parecía relegarlos á una situación secundaria,
teniendo siempre delante otros más favorecidos.

Habían acabado los españoles de abandonar la malsana ciudad de Isabela,
dejando enterrados en sus alrededores muchos centenares de compatriotas.
Surgía á orillas del río Ozama, en las tierras de la cacica, que era
ahora esposa de Miguel Díaz, la ciudad de Santo Domingo. Cuevas, por ser
de los primeros pobladores de la isla, obtenía un solar cerca del río y
levantaba en él una casa indígena, semejante á la de Isabela. Varios
indios mansos «encomendados» á él, por obra de una esclavitud
disimulada, trabajaban en provecho suyo, constituyendo lo más importante
de su naciente riqueza. Poseía igualmente unos campos en las
inmediaciones de la ciudad, que le proporcionaban el cazabe y otras
raíces del país para su alimentación.

Vivían con más desahogo que en Isabela. Los cereales y las legumbres de
Europa se desarrollaban rápidamente en este suelo opulento. Había ya en
las praderas caballos y vacas. En los montes formaban manadas los cerdos
descendientes de aquellas ocho puercas que Cuevas había visto embarcar
en Canarias pocos años antes. Una prosperidad material, grosera y
primitiva, hermoseaba la existencia de los colonos.

Ya no sufrían las terribles hambres de Isabela, teniendo que alimentarse
solamente con aquella especie de conejillos llamados hutías y con
perrillos mudos. Estos gozques, privados de ladrido, empezaban á
extinguirse. Los mismos que los habían devorado por primera vez con
repugnancia los buscaban ahora tenazmente, atraídos por su escasez.

Años adelante, Cuevas, como otros de los primeros colonos, al verse ya
viejo, recordó muchas veces á los españoles nuevos en la isla este
animal, completamente desaparecido. Vacas, cerdos, pavos y pollos,
engordados suculentamente en las ricas praderas, parecían sin valor para
ellos. El recuerdo de los perrillos mudos les hacía expresarse con
goloso entusiasmo. «Aquello era lo bueno. Lástima que ya no quede ni
rastro.» Los tales perrillos, asados sobre las ascuas de una hoguera en
pleno bosque, representaban la juventud.

Fernando tuvo que ausentarse largas temporadas de su nueva casa de Santo
Domingo para trabajar en las minas. El Adelantado necesitaba allá
hombres de confianza que evitasen los robos de los blancos y la pereza
de los trabajadores indígenas. Habían venido de España gentes
experimentadas en el laboreo de las minas, y los indios tenían que
someterse á un trabajo regular.

Cuevas pasó mucho tiempo como veedor de las minas del rey Salomón,
tomando nota de las cantidades de metal que se extraían, custodiando
éstas en el bohío que le servía de vivienda, y llevándolas hasta el
depósito real, establecido en Santo Domingo.

Cuando muchos años después oyó hablar de las enormes cantidades de oro
obtenidas en Méjico y el Perú, dióse cuenta de que la producción
aurífera de la Española era poca cosa; pero en el tiempo de su juventud
las minas del rey Salomón merecían su título por ser la primera riqueza
positiva encontrada en las tierras del Gran Kan, y justificaban el
título bíblico de Ofir que el Almirante había dado á la isla.

La prodigiosa fuerza de aquella tierra, transmitida á plantas y
animales, parecía haber acelerado igualmente el desarrollo de los dos
jóvenes. Cuevas era ahora un hombrón vigoroso, grande de estatura. Una
barba luenga empezaba á esparcirse sobre su pecho, dando á su juventud
una serenidad autoritaria de hombre madurado en toda clase de aventuras.
Lucero se había robustecido igualmente. Manteníase esbelta, mas con el
cuerpo duro y fuerte, notándose bajo la delicadeza femenina de su piel
el vigoroso andamiaje de un esqueleto revestido de músculos enjutos,
pronto á vibrar con ágil dinamismo.

Como había conseguido librarse de las mortandades del primer momento de
la colonización, su facilidad racial para toda clase de adaptaciones
hizo de ella, en pocos años, una mujer fuerte. Al verla, Fernando apenas
si lograba acordarse del paje Lucero, tímido y delicado. Era una
verdadera compañera de conquistador.

Algunas veces volvía á vestir ropas varoniles para acompañar á su
marido, como si fuese un soldado más, en las excursiones por el
interior. Sólo al volver á su bohío y su huerta en Santo Domingo
recobraba las sayas mujeriles. En las minas gustaba de vestir á lo
hombre, compartiendo las preocupaciones de su marido. Únicamente se
acordaba de que era madre cuando Alonsico, que ya tenía varios años,
cometía alguna diablura capitaneando á los chicuelos indios, que le
obedecían en todo, por su condición de blanco.

Aunque no conocían aún la deseada riqueza, su existencia era tranquila y
abundante. Por desgracia, sus plácidos goces los veían perturbados
frecuentemente á causa de las rivalidades que dividían á los españoles.
Cuevas procuraba mantenerse alejado de unos y de otros, mas esto no
impedía que sufriese en muchas ocasiones las consecuencias de la guerra
civil.

El Almirante había salido de España en un tercer viaje, y al llegar á
los mares antillanos enviaba una parte de su flota á Santo Domingo,
siguiendo él la navegación con los buques restantes hasta dar con el
Imperio del Gran Kan y el estrecho del Quersoneso Áureo.

En Santo Domingo surgía la rebelión contra su hermano. Un protegido del
Almirante, llamado Roldán, hombre iletrado pero enérgico y con más
condiciones de mando que los Colones, se sublevaba contra don Bartolomé,
poniéndolo repetidas veces en una situación angustiosa. Al mismo tiempo,
el Adelantado tenía que hacer guerra á los caciques del interior, que
habían vuelto á sublevarse, consiguiendo al fin dominarlos.

Llegaba el Almirante á la isla en Agosto de 1498, y ambos hermanos se
abrazaban después de una separación que había durado dos años y medio.
Cuevas y su mujer, al ver desembarcar á don Cristóbal, notaron los
estragos que empezaban á causar en su organismo la edad y las
enfermedades.

Agravábase en él aquella manía mística que había hecho creer á Lucero,
durante el primer viaje, que su amo hablaba á solas con Dios.

En este tercer viaje había tenido frecuentes visiones. Se le aparecían
en el alcázar de su barco personajes celestiales, ó el mismo Dios, para
darle consejos é infundirle ánimo en las horas de desaliento.

Había explorado las costas de Asia en una extensión de muchas leguas,
encontrando el golfo de Paria, abundante en perlas, de las que traía
varias libras. Tan considerable era tal riqueza, que á una de las islas
vecina á la costa la había dado el título de Margarita, por ser este
nombre sinónimo de perla.

No hallaba por ninguna parte vestigios que demostrasen la vecindad del
Gran Kan, pero en cambio había encontrado el emplazamiento exacto del
Paraíso terrenal y hecho el descubrimiento de que la tierra «no es
redonda, como creen muchos, sino en forma de pera ó de pecho de mujer»,
estando en su cúspide ó pezón el jardín edénico donde vivieron Adán y
Eva.

Las grandes corrientes del golfo de Paria le hacían creer que el mar era
pendiente en dicho sitio y había que remontar su cuesta, viendo en ello
una demostración de que la tierra no es exactamente redonda, sino con
una enorme altura terminal.

También había observado que el mar era dulce en un espacio de muchas
leguas: la corriente del río Orinoco, que penetra considerablemente en
el Océano. Y Colón reconoció en este río enorme uno de los cuatro que
bajan de la cúspide del Paraíso para regar toda la tierra... Esta
convicción de hallarse próximo á la montaña en cuya cumbre florece el
Edén de nuestros primeros padres le afirmó una vez más en su certeza de
que estaba costeando una parte de Asia, ya que para todos los autores el
Paraíso está en dicha parte del mundo.

El mal estado de sus buques y la escasez de víveres le obligaron
finalmente á tornar á la Española. Deseaba conocer la nueva ciudad de
Santo Domingo, estaba satisfecho de los descubrimientos que llevaba
realizados, y tenía prisa en describirlos con su pluma á los reyes.

Su presencia en la Española sirvió para restablecer las buenas
relaciones entre el Adelantado y Roldán, pasando este último á ser otra
vez defensor de Colón, luego de haber capitaneado á todos los españoles
descontentos de él, que eran los más.

Algunos meses después, Fernando Cuevas se enteró con gran contento, lo
mismo que muchos amigos suyos, de que don Alonso de Ojeda, mandando
cuatro buques, había anclado al Occidente de la isla.

Por obra del relativo aislamiento en que vivía la colonia, los más de
sus habitantes sólo se enteraban de lo ocurrido en su país con enorme
retraso. Los reyes habían comprendido que era absurdo conservar á Colón
el monopolio de hacer viajes de descubrimiento. Muchos navegantes
españoles, inferiores á él en imaginación pero con un sentido más
práctico para observar la realidad, solicitaban incesantemente el
permiso real para realizar á su costa nuevos viajes.

Ninguno creía ya en el Gran Kan, ni tampoco que las nuevas tierras
fuesen de Asia. Colón era el único que se mantenía aferrado á su
geografía fantástica. Este hombre, que ocho años antes pasaba por un
innovador, era ahora el más atrasado y tenaz en los viejos errores.

Los aspirantes á descubrir sólo pedían una licencia y no dinero,
mientras que Colón hacía siempre sus viajes á costa de los reyes. Éstos,
por espíritu de economía y por satisfacer á los solicitantes, habían
resuelto al fin dejar libre el Océano á los que quisiesen buscar nuevas
tierras, suprimiendo el egoísta y absurdo privilegio.

Cuevas y Lucero se enteraron de que el primero en partir había sido
Ojeda, llevando como piloto mayor á su amigo Juan de la Cosa, y como
navegante teórico, que hacía su aprendizaje, á aquel empleado florentino
del rico mercader de Sevilla Juanoto Berardi, al que llamaban todos
Américo Vespucio, españolizando su nombre de Amerigo Vespucci. Los
cuatro navíos habían fondeado en el Occidente de la Española sólo para
cortar palo campeche, llamado palo de brasa ó «brasil» por su color
rojo, y llevarlo á España, siendo este cargamento el único resultado
comercial del viaje.

Circulaban por Santo Domingo cuantas noticias habían dado sus
tripulaciones al desembarcar, poniéndose en relación con los contados
españoles que habitaban dicha costa.

Su viaje había sido agitado é interesante, pero sin ganancias. Sostenían
grandes combates en las islas pobladas de caribes y en las mismas costas
de Tierra Firme, frente á las cuales había pasado semanas antes el
almirante don Cristóbal.

Sonreía Cuevas al escuchar tales noticias. Mandando don Alonso la
expedición, era natural que hubiese abundado en batallas.

Cruzaban el mar dulce formado por el desagüe del Orinoco, y ni Juan de
la Cosa ni su discípulo Vespucio eran capaces de descubrir que procedía
del Paraíso. Luego Ojeda, navegando siempre hacia Occidente, entraba en
una especie de golfo cerrado, mar interior, en el que iba encontrando
poblaciones con calles de agua y grupos de edificios sobre pilotes, lo
que les hacía recordar á Venecia. Y don Alonso daba á este país el
nombre de pequeña Venecia ó Venezuela, que años adelante había de
ensancharse, siendo el de toda una nación.

Se alarmó Colón al saber la llegada á su isla de este nuevo navegante.
Conocía la audacia de su antiguo capitán y los nuevos sentimientos de
éste hacia él. Todos los descontentos de la isla, abandonados por
Roldán, se enardecieron al conocer la llegada de don Alonso, viendo en
él á su futuro caudillo.

Ojeda, por su parte, al hablar con los pocos españoles que encontró en
la costa, se fué expresando con animosidad contra don Cristóbal,
haciendo saber su descrédito en España, cada vez más grande, y
mostrándose dispuesto á apoyar con sus hombres toda empresa que tuviese
por objeto arrojar á los Colones de la Española.

Corrió Roldán con la gente que pudo reunir á aquella costa lejana para
evitar el desembarco de Ojeda. Éste, después de varias semanas de
maliciosas relaciones con Roldán, en las que cada uno procuraba engañar
al otro, acabó por levar anclas y se volvió á España, pues el estado de
sus buques y la escasez de provisiones le aconsejaron de pronto tal
determinación.

Luego que se alejó don Alonso vió Cuevas completamente perturbada otra
vez la tranquilidad de la isla. Fué ahora el amor quien dió al traste
con la paz que había creado el Almirante entendiéndose con Roldán.

Fernando volvió á oir á todas horas el nombre de la bella Anacaona, la
reina Flor de Oro, que vivía desde años antes en Jaragua, al lado de su
hermano el cacique Behechio.

La hija de Anacaona, habida con su difunto esposo Caonabo, estaba en
todo el desarrollo de una pubertad que es siempre temprana en las
hembras indígenas. Muy admirada por su belleza, tenía las mismas
aficiones de su madre por músicas y «aeritos», mostrándose siempre en
público vestida de flores.

Un hidalgo joven de ilustre familia, llamado don Hernando de Guevara,
buen mozo y de modales distinguidos, fué á vivir en Jaragua, desterrado
de Santo Domingo por Colón á causa de sus pendencias de espadachín y su
conducta disoluta de mujeriego. Su propósito era embarcarse en los
buques de Ojeda, pero llegó á la costa lejana cuando éstos ya habían
partido, quedándose en los dominios de Anacaona, que lo recibió con
mucha afabilidad, como á todos los blancos.

Guevara y la hija de la reina Flor de Oro se amaron inmediatamente y el
hidalgo quiso casarse con ella. Pero el astuto y violento Roldán también
estaba enamorado de la virgen india y empezó á molestar á Guevara,
ordenándole que se marchase de allí cuanto antes. Era pariente el joven
español de Adrián de Mujica, uno de los tenientes más activos de Roldán,
y los dos antiguos camaradas empezaron á tratarse con creciente
enemistad.

Roldán despojó á Guevara de sus perros y halcones para la caza y acabó
por arrestarlo dentro de la mansión de Anacaona, en presencia de su
futura esposa. Mujica se sublevó entonces contra Roldán, y todos los
antiguos partidarios de éste tomaron las armas.

Reprodújose la antigua rebelión de Roldán, ahora contra él; mas como era
hombre acostumbrado á conspiraciones, supo estorbar á tiempo la de sus
antiguos camaradas ayudado por Colón y por su hermano, que aprovecharon
esta circunstancia para vengarse de sus enemigos personales.

Mujica, con sus principales amigos, fué sorprendido y llevado preso al
fuerte de la Concepción. El Almirante, para aterrar á los otros
conspiradores, dispuso su muerte inmediata, ordenando que lo colgasen
del asta de la bandera del fuerte, después de confesarlo. Y como Mujica
dilatase mucho su confesión, pidiendo hacer nuevas declaraciones, para
ganar tiempo, mandó Colón que lo matasen arrojándolo de las murallas
abajo.

El Adelantado don Bartolomé rivalizaba con su hermano en actividad para
el castigo. Llevaba un sacerdote con él, para que confesase sin perder
tiempo á muchos de los españoles que prendía, ahorcándolos luego en el
lugar mismo. Otros los metía en la fortaleza de Santo Domingo, llegando
á tener diez y siete de ellos en una mazmorra subterránea, á modo de
pozo, en espera de la horca.

Cuevas manteníase aparte de esta lucha, reconociendo en su interior que,
como ocurre muchas veces, los dos bandos tenían razón y los dos
igualmente eran culpables.

Los españoles se resistían á obedecer á estos Colones, imperiosos,
faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna y con una
rapacidad que acababa por alejar de ellos á las gentes. Muchos de los
rebeldes habían cometido faltas, pero los Colones agravaban la mala
situación atormentándolos por medio del hambre, quitándoles las raciones
de víveres que les correspondían, por haberlos enviado los reyes para
todos, sin hacer ninguna excepción.

Además, el Almirante y su hermano se guardaban el oro de las minas hacía
ya dos años, negándose á repartir á los colonos la parte á que tenían
derecho por su trabajo. Y no había que olvidar su calidad de
extranjeros, aunque no se sabía en realidad de dónde eran, pues las
gentes diferían al hablar de su origen.

En esta situación, cuando los Colones, guiados por Roldán, despeñaban ó
ahorcaban á los españoles enemigos suyos, y otros de la misma clase
huían viendo abortada su conspiración, Cuevas, que estaba entonces en
Santo Domingo, vió anclar en la desembocadura del Ozama dos carabelas,
procedentes de España.

Venía en una de ellas, como enviado de los reyes, don Francisco de
Bobadilla, comendador de una de las órdenes militares y funcionario
importante de la casa real.

En los últimos tiempos la impopularidad de Colón y su familia había
tomado en España tales proporciones, que los reyes consideraban
necesario enviar un funcionario de su corte á la isla Española, con
plenos poderes, para averiguar lo ocurrido é impedir la continuación de
los abusos. Todo buque que regresaba de las nuevas tierras sólo traía
enfermos y desesperados, con la cara «color de oro», como se decía
irónicamente aludiendo á su enfermiza amarillez. Gritaban contra Colón y
los de su familia, contando las medidas arbitrarias y violentas que
habían tomado contra los españoles, más propias de un buque que de una
colonia.

Hasta los mayores amigos del Almirante empezaban á reconocer que éste
era de excelentes condiciones para el mar, pero no debía descender del
alcázar de su buque, pues en tierra resultaba el más inoportuno y
desorientado de los gobernantes. Su condición de extranjero servía
igualmente para que supusieran en él deseos de proclamarse soberano
independiente ó de vender á otra nación unas tierras que tanta sangre y
dinero costaban á España.

Un día, estando los reyes en Granada, viéronse rodeados al salir de la
Alhambra de muchos hombres que acababan de llegar de las Indias, todos
enfermos y quejumbrosos, profiriendo denuestos contra el Almirante. Los
dos hijos de Colón, Diego y Fernando, que por ser pajes de los reyes
estaban presentes, tuvieron que ocultarse, tales eran los gritos y
amenazas de estas gentes llegadas de los dominios de su padre. Apodaban
á los dos muchachos «los mosquitillos», por ser hijos del hombre que
había chupado su sangre como un insecto insaciable, según ellos decían
en sus pintorescas y desesperadas expresiones.

Venía Bobadilla predispuesto contra los Colones, y su llegada á Santo
Domingo no pudo resultar más fatal para éstos. Al entrar en el río las
carabelas del comendador, vió éste en cada orilla una horca con dos
españoles recientemente ejecutados. Siete más habían sido ahorcados
aquella misma semana, y otros, en número mayor, aguardaban sumidos en un
pozo que el Almirante ó el Adelantado decretasen su última hora.

Al enterarse de la llegada de este enviado real, todos los enemigos de
los Colones cobraron ánimos, mostrándose agresivos. Muchos partidarios
del Almirante declararon ahora á gritos que nunca habían creído en él.
Otros, incapaces de imitar tal felonía, se preparaban á huir.

Colón estaba ausente, velando por la tranquilidad de la Vega Real
después de la ejecución de Mujica. Su hermano don Bartolomé andaba por
Jaragua con Roldán ahorcando españoles. Para mayor desgracia de don
Cristóbal, había quedado de gobernador en Santo Domingo el clerical don
Diego, quien con una torpeza propia de su menguado entendimiento intentó
no reconocer á Bobadilla, poniendo reparos á los documentos de los reyes
que presentaba acreditando su misión. Hasta intentó resistirse con las
armas, haciendo un llamamiento secreto á los protegidos de su hermano
para atacar todos juntos á Bobadilla.

Cuevas fué de los solicitados por él, pero todos se mostraban flojos y
cohibidos por el entusiástico movimiento de opinión que había despertado
Bobadilla con su presencia. Miguel Díaz, esposo de la cacica Catalina,
que era gobernador de la fortaleza, se negó á entregar ésta al enviado
de los reyes, mas no encontró quien se pusiera á sus órdenes para
defenderla. Y el comendador, al frente del vecindario de Santo Domingo,
penetró sin resistencia en la fortaleza, poniendo en libertad á los
presos que esperaban el momento de ser ahorcados.

Volvió Colón lentamente á Santo Domingo, lo mismo que años antes al
llegar Juan Aguado, el otro emisario de los reyes. Circulaba por la
ciudad la noticia de que había pedido el Almirante á los caciques de la
Vega Real que armasen á su gente y le ayudasen para expulsar á
Bobadilla, rebelándose de este modo contra las órdenes de los reyes.

A medida que los Colones tardaban á someterse montaba en cólera
Bobadilla, extremando sus procedimientos dictatoriales. Durante los dos
años que estuvo luego gobernando á Santo Domingo, pudo apreciar Cuevas
el carácter de este personaje. Era hombre de honradas costumbres,
propenso á equivocarse por la violencia de su temperamento, pero incapaz
de dejarse sobornar, íntegro en sus resoluciones y poco apegado al
dinero. Su carácter altivo no permitía que nadie pusiera en duda la
autoridad ejercida por él.

Al ignaro don Diego Colón, que intentó acogerlo con desprecio, le puso
grillos en los pies, primera medida que se empleaba entonces con todo
preso, fuese quien fuese, para tenerlo más seguro. Aherrojar á un
detenido era la primera disposición de los jueces, y bastaba ser llevado
en Europa á una cárcel, aunque sólo fuera por pocos días, para sentir
inmediatamente en manos y pies las argollas de hierro.

Cuando al fin se presentó Colón en la ciudad, Bobadilla dió orden
también de que le pusieran cadenas y lo llevasen á una carabela, y lo
mismo hizo, pasados algunos días, con su hermano don Bartolomé,
instalándolo en otro buque.

Nadie protestó de estas resoluciones del nuevo gobernador. El pueblo las
aplaudía. Los vecinos de más importancia, que por haber navegado con
don Cristóbal estaban acostumbrados á reverenciar su persona, vieron
todo esto con un sentimiento de compasión, pero silenciosamente. Uno que
había sido cocinero del Almirante le remachó los hierros de los pies con
verdadera alegría.

Dentro de las carabelas se vió tratado Colón con respeto. Al partir los
buques, la muchedumbre aglomerada en la orilla del río le despidió con
insultos y maldiciones, expresando su deseo de no verle más.

Andrés Martín, capitán de la carabela que le llevaba, apenas salida ésta
al mar intentó quitarle los hierros de los pies, pero Colón, extremado
en sus resoluciones, quiso guardar los grillos, viendo en ellos una
prueba material de la ingratitud de los reyes con él.

Cuevas había sabido después que, á pesar de tal jactancia, se presentaba
á la reina Isabel humilde como un reo que pide indulto, y no con la
altivez del que se considera víctima de una injusticia. Muchas
acusaciones de sus enemigos eran apasionadas y falsas, pero le era
imposible explicar sus violencias como gobernante, sus crueldades en el
reparto de víveres, y sobre todo por qué razón él y sus hermanos
guardaban tanto tiempo almacenado el oro de las minas, sin dar su parte
á los que trabajaban en ellas.

Los reyes le perdonaban públicamente, diciendo que «más bien querían
verle enmendado que castigado», y para que se justificase y recobrara su
prestigio, le costeaban un cuarto y último viaje en busca del Imperio
del Gran Kan, pues se mostraba ahora más seguro que nunca de encontrar
el estrecho del Quersoneso Áureo, llegando hasta las bocas del Ganges.

El gobierno de Bobadilla era para Cuevas un período de recuerdo poco
grato. Veíase alejado de las minas del rey Salomón. Ya no le protegían
los Colones, si es que merecía tal nombre el leve apoyo que le
dispensaba el Adelantado. Su juventud, su carácter prudente y los buenos
consejos de Lucero, que le mantenían alejado de las contiendas de la
colonia, fueron librándole de las persecuciones sufridas por otros
amigos fieles del Almirante.

Se limitó á vivir en su casa de Santo Domingo del producto de sus
tierras. Estaba seguro de que Colón y sus hermanos no volverían más á la
colonia.

Pensaba con frecuencia en don Alonso, su amigable protector y el más
admirado de sus señores. Esperaba algunas veces verle llegar á la isla.
En otras ocasiones dudaba de ello.

Llegaban hasta Santo Domingo los ecos de viajes emprendidos por nuevos
descubridores. Tal vez Ojeda navegaba en aquel momento por tierras
lejanas, realizando fabulosas ganancias. ¡Y él, hombre de espada, se
veía trabajando como labriego en las afueras de una ciudad naciente!...

Bobadilla, que sólo gobernaba con título provisional, se vió reemplazado
por otro gobernador en propiedad, don Nicolás de Ovando, personaje
importante que llegó á Santo Domingo con la flota mayor que hasta
entonces se había visto en aquellos mares.

Se componía de treinta navíos que llevaban más de mil quinientas
personas. Muchos de los pasajeros eran caballeros principales y traían
con ellos á sus familias. Por primera vez desembarcaban en la colonia
mujeres casadas, con autorización pública del gobierno. Iba á empezar la
verdadera vida de la pequeña ciudad, que hasta entonces había sido á
modo de un campamento.

Ovando, semejante á Bobadilla y á muchos hombres de su época, era noble
de carácter, pero orgulloso y altivo en sus resoluciones, mostrando una
generosidad caballeresca con los de raza blanca y tratando como seres
inferiores é irracionales á los indígenas.

Los abusos y crueldades de los españoles acababan por impulsar á la
guerra á los naturales del país que aún eran capaces de oponer
resistencia. Para prevenir la sublevación invitaba Ovando traidoramente
á una fiesta en el campo á los principales caciques, y los exterminaba á
todos.

Anacaona, acusada de haber intervenido en los preparativos de una
sublevación general, era cargada de cadenas y conducida á Santo Domingo.
El gobernador la condenaba finalmente á morir en la horca, y los
habitantes de la ciudad acudían en masa á presenciar el suplicio de la
reina Flor de Oro.

Todos los llegados con Ovando, que eran ahora la mayoría del vecindario,
sólo sabían de la fiereza de Caonabo y la hermosura de Anacaona por los
relatos de los colonos antiguos. Fernando era de los pocos que conocía
á la famosa reina.

Lucero no la había visto nunca, y con femenil curiosidad quiso
presenciar sus últimos momentos. Una ejecución equivalía en aquellos
tiempos á una fiesta pública, aun en las naciones más civilizadas.
Fernando tuvo que acompañarla, evocando en su memoria la escena de
aquella tarde, con su voluptuosa tentación y su valeroso sacrificio, que
Lucero no conocería nunca.

Vió pasar á la soberana india con las manos esposadas como Caonabo, casi
desnuda, sin guirnaldas de flores, llevando un simple delantal de
algodón arrollado á sus caderas. Parecía joven á pesar de los años
transcurridos, con una juventud incesantemente renovada, sin inviernos,
sin hojas secas, como los jardines eternamente primaverales del trópico.

Iba á la muerte sin la serenidad estoica de los de su raza, mas no por
eso con miedo. Avanzaba ligeramente, con pie seguro, sin deseo de
prolongar su existencia algunos instantes más... pero no ocultaba su
tristeza. Sus ojos de animal dulce tenían el brillo cristalino de las
lágrimas.

¡Morir ella, que amaba tanto las cosas hermosas de la vida!... ¡Y morir
por voluntad de aquellos hombres blancos á los que había admirado
siempre!...

Tal vez pensaba, frente á la horca, en aquel joven señor de los
centauros, vestido de luz, cuyo pecho brillaba como los ríos y los lagos
á las horas de sol. De estar él presente, no la habría dejado morir.

Y no podía imaginarse que el héroe luminoso como un astro estaba á pocos
pasos de ella, perdido en la muchedumbre que presenciaba su muerte.

Su aspecto era ahora distinto; algo avejentado por la amargura de las
decepciones, sin su arrogancia de «jefe blanco».

Minutos después, Cuevas la vió en alto, por encima de las cabezas del
populacho, con la mandíbula inferior clavada en el pecho, la luenga
cabellera caída sobre el rostro, balanceándose al final de una soga que
la unía al extremo de un madero saliente cruzado sobre otro madero
vertical.

¡Pobre reina Flor de Oro!




II

Donde aparece la india Isabel, y Lucero se entera al fin cuál es la
verdadera riqueza del Nuevo Mundo


A fines del año 1500, cuando aún era Bobadilla gobernador de Santo
Domingo, vieron Cuevas y Lucero entrar en su casa al señor Juan de la
Cosa.

Tenía el mal aspecto de un hombre que acaba de sufrir grandes
penalidades. Fernando, al escuchar sus primeras palabras, recordó
inmediatamente algo que se venía diciendo en la ciudad desde días antes.

Tres pequeñas partidas de aventureros avanzaban á través de la Española
comerciando con los naturales sin permiso del gobernador, y se añadía
que cada uno de estos grupos llevaba un cofre lleno de oro y perlas. El
célebre navegante era jefe de uno de estos grupos, y los tres estaban
compuestos de náufragos que habían perdido sus buques en una costa
lejana de la isla, viéndose obligados á comerciar con los indios para
obtener de este modo víveres y seguir su marcha hasta Santo Domingo.

Después de su viaje como piloto mayor con Alonso de Ojeda, llevando á
sus órdenes á Américo Vespucio, habíase dejado tentar La Cosa por las
proposiciones de un escribano del barrio de Triana, en Sevilla, llamado
Rodrigo de Bastidas, el cual deseaba meterse á descubridor, enardecido
por los relatos de cuantos volvían de las nuevas tierras. Este escribano
no era un hombre sedentario, entrado en edad y de gustos pacíficos, como
parecía indicarlo su profesión. Estaba en plena juventud, y allá en su
barrio de Sevilla veíase celebrado como muy diestro en el manejo de la
espada, gran guitarrista y aficionado á los amoríos.

Sus astucias y agudezas profesionales sabía adaptarlas á su nueva vida
de descubridor. Empezaba buscando como consejero al más prestigioso de
los pilotos de entonces, el señor Juan de la Cosa, que, después del
viaje improductivo de Ojeda, vivía cerca de Cádiz, en Puerto de Santa
María, trazando el primer mapa del Nuevo Mundo.

Una asombrosa buena suerte acompañaba al gallardo tabelión metido á
navegante. Su viaje era el primero que producía riquezas. Navegaban él y
La Cosa frente á Tierra Firme desde el cabo de la Vela, adonde había
llegado Ojeda, hasta el puerto de Nombre de Dios.

Bastidas se distinguía de Colón y de los demás exploradores por sus
buenas maneras, su carácter acomodaticio y el modo discreto con que
sabía tratar á los naturales. Esto le permitió comerciar pacíficamente,
adquiriendo una cantidad considerable de oro y perlas. Era
verdaderamente la primera expedición comercial, dirigida por un marino
reposado y pacífico como Juan de la Cosa y un capitalista acostumbrado
á tratar los negocios con un gracejo andaluz, allá en su notaría del
barrio de Triana.

Cuando ya tenían tres cofres llenos de oro y perlas, y veían en
lontananza nuevos provechos, que harían de ellos los mayores ricos de
las nuevas tierras, su asombrosa prosperidad se derrumbó de golpe. El
fondo de sus buques estaba agujereado por la terrible «broma», roedor
abundante en las aguas del trópico, del que los navegantes españoles
sólo empezaban á tener una ligera idea.

Juan de la Cosa, á costa de muchas dificultades, conseguía llevar los
dos buques desde Tierra Firme á la isla Española; pero una vez en ésta,
los cascos acababan por abrirse y se iban á pique, luego que Bastidas y
su gente consiguieron salvar lo más precioso que llevaban á bordo.

Para no morir de hambre se distribuían los náufragos en tres partidas, y
por senderos distintos dirigíanse á Santo Domingo, pues el país no
ofrecía víveres para viajar tanta gente junta. Bastidas, al llegar el
día antes á Santo Domingo, había explicado al gobernador Bobadilla la
necesidad de comerciar con los naturales para proporcionarse alimentos y
guías; pero tal justificación le valió de poco, pues le formaron
proceso, quedando bajo embargo los tres cofres llenos de materias
preciosas.

El intrépido piloto no conocía á la mayor parte del vecindario de Santo
Domingo, y había ido en busca de aquel matrimonio joven, cuya casa
frecuentó tanto en la ahora abandonada ciudad de Isabela.

Cerca de año y medio permanecieron Bastidas y su piloto mayor en Santo
Domingo, esperando que los enviasen á España con el tesoro embargado
para defender su causa ante los reyes, y en este tiempo Cuevas y su
mujer se fueron enterando de todo lo que el navegante sabía de Ojeda.

Guardaba mal recuerdo del viaje hecho con él por ser el más improductivo
de cuantos llevaba realizados. Habían descubierto la tierra titulada
Venezuela y otra más al Noroeste, siguiendo la costa de la llamada
Tierra Firme, pero siempre entre combates, pues allá donde iba don
Alonso abundaban los golpes y corría sangre.

Tal era su humor guerrero, que apenas recibía en las naves la visita de
los indígenas, necesitaba disparar su artillería para que se
convenciesen de su poder, y toda la gente cobriza, hombres y mujeres, al
escuchar los truenos de las bombardas, se echaban de cabeza al mar «como
las ranas de un estanque cuando cae una piedra», según expresión de
Américo Vespucio.

Unos comerciantes de Sevilla habían facilitado á Ojeda los cuatro buques
y hecho todos los gastos necesarios, imaginándose que el intrépido
capitán traería grandes riquezas; pero éste había navegado sin encontrar
otra cosa que guanines de oro de escaso valor, semejantes á los traídos
por Colón en el primer viaje.

Desesperado don Alonso y queriendo llevar á sus consocios algo de
provecho, anclaba en la parte occidental de la Española para cortar palo
campeche; pero Roldán, enviado por el Almirante, le impedía realizar
dicho acopio. Quedaba reducido á vagar por las islas contiguas cazando
caribes para venderlos como esclavos en Sevilla, pero no obstante este
negocio cruel, que en aquel entonces parecía corriente, el resultado
económico de la expedición resultaba tan mezquino, que luego de
cubiertos los gastos sólo quedaban quinientos ducados para repartir
entre más de cincuenta hombres.

El sesudo piloto ya no sabía más de Ojeda. Al verlo por última vez en
Sevilla preparaba otra expedición, apoyado por algunos particulares de
dicha ciudad, los cuales deseaban ir con él aprovechando su intrepidez y
la experiencia adquirida en anteriores viajes, pero reservándose la
parte comercial para obtener mayores provechos.

La Cosa había encontrado poco agradable la compañía de estos asociados,
prefiriendo seguir con el escribano Bastidas, de carácter alegre y
siempre respetuoso ante sus indicaciones náuticas.

Un detalle de la vida de don Alonso, sin importancia para el respetable
piloto, interesó mucho á Cuevas. Su antiguo capitán iba ahora á todas
partes con una india de Venezuela.

Se acordaba La Cosa de las mujeres de una de aquellas poblaciones
lacustres que había conocido en su viaje con don Alonso. Eran altas,
esbeltas, de color más claro que las hembras de otras tribus. Algunas
habían querido quedarse por su propia voluntad en los buques de los
hombres blancos, y una de ellas se interesaba especialmente por el jefe
de la expedición. Ojeda se la había llevado finalmente á España, aunque
al principio no mostraba por ella gran interés.

--Era su manceba--continuó el piloto--. La trataba lo mismo que los
otros camaradas á sus indias; pero la última vez que le vi en España
parecía agradecido al interés que ella le demostró, siguiéndole á todas
partes, obediente y fiel como un animalejo. En Sevilla hizo que la
bautizasen, dándole el nombre de Isabel.

Cuevas y Lucero se acordaron inmediatamente de doña Isabel Herboso, cuya
muerte les había contado igualmente Juan de la Cosa. Ojeda, á pesar del
tiempo transcurrido, no olvidaba esta desgracia.

--Antes, cuando el Almirante nos hablaba de los vastos Estados del Gran
Kan--dijo el marino con una expresión ligeramente irónica--, Ojeda
quería conquistar tesoros y hasta un reino. Muerta doña Isabelita, yo
creo que sólo desea emprender viajes para que éstos le entretengan,
haciéndole pensar en los otros más que en sí propio. Le gusta mandar,
que todos le obedezcan, y cuando llega la hora de repartir las
ganancias, cede lo suyo á los camaradas. Se disputa por todo, menos por
el dinero. Todavía lleva con él su cuadrito de la Virgen, pero afirma
que esta imagen no hace mas que guardarle la vida. Era doña Isabelita la
que, según él, le proporcionaba la fortuna, y empieza á creer que
siempre será pobre. Indudablemente dice esto porque, desaparecida la
joven dama, el oro no tiene para él otra utilidad que el derramarlo á
manos llenas entre la gente inferior.

Cuando Bobadilla emprendió su viaje de regreso, luego de entregar á
Ovando el gobierno de la isla, Bastidas y Juan de la Cosa fueron metidos
en un buque, casi como presos, para que respondiesen en España de las
inculpaciones que les hacían.

Presenció Cuevas la repentina tempestad que echó á pique, frente á Santo
Domingo, la mayor parte de la flota próxima á partir. Un día antes había
llegado Colón con cuatro buques, para realizar su cuarto y último viaje
de descubrimiento. Los reyes le habían ordenado que no tocara en Santo
Domingo, queriendo evitar de este modo nuevos motines, por saber que la
gente de allá le era adversa; mas el Almirante, con una agresividad
senil, pretextó averías sufridas en su viaje desde España, para fondear
frente á Santo Domingo.

Quería que le viesen sus enemigos mandando una nueva flota costeada por
los reyes, luego de haber salido de allí, dos años antes, con grillos en
los pies. El nuevo gobernador Ovando le prohibió enérgicamente que
entrase en el puerto, conociendo la intención provocativa del Almirante
y el odio que aún sentían contra él gran parte de los vecinos de la
ciudad.

Experto en los mares tropicales más que la mayoría de los capitanes de
los buques que hacían su primer viaje á las nuevas tierras, avisó Colón
á Ovando, de acuerdo con sus observaciones del mar y del cielo, la
proximidad de uno de aquellos ciclones que azotaban de tarde en tarde la
isla. Su consejo fué desoído, y horas después la tormenta hizo naufragar
la mayor parte de la flota.

Sólo se salvaban los barcos de Colón, que habían buscado oportunamente
un refugio, y los del gobernador, mandados por navegantes que llevaban
ya efectuados varios viajes. La carabela en que iban Bastidas y Juan de
la Cosa, con el tesoro embargado, se salvaba sin ninguna avería, gracias
á las indicaciones del famoso piloto.

El buque del comendador Bobadilla naufragó casi instantáneamente,
pereciendo éste y todos sus compañeros. Perdíase para siempre el proceso
de Colón que Bobadilla llevaba á bordo, en el que se consignaban todos
los abusos y delitos que motivaron su prisión. Desaparecía igualmente en
dicho naufragio la mayor pepita de oro que se había encontrado hasta
entonces en las nuevas tierras, la cual pesaba muchas libras y era del
tamaño de un pan de Castilla.

Cuevas, con algunos de los españoles que trabajaban en las minas del rey
Salomón, había bajado al puerto para acompañar esta muestra de riqueza
enviada á España.

Empezaban á sentir todos ellos cierto orgullo patriótico, considerando
la isla como si fuese su tierra natal, celebrando como propias las
riquezas de este suelo que acababan por disfrutar otros. Recordaba aún
el banquete celebrado en las minas para despedir á este pedazo de oro,
antes de entregarlo al gobernador. Había sido invitado por sus antiguos
camaradas los mineros, comiendo todos un cerdo asado, servido en platos
de oro.

Estos españoles de las minas retrogradaban, sin darse cuenta, hacia la
vida primitiva, sin más traje que una camiseta y unos calzoncillos de
algodón, distinguiéndose únicamente de los indios por tener una espada y
una rodela. Intentaban embellecer instintivamente su vida casi salvaje
con inesperadas y groseras suntuosidades. La parte de oro que les tocaba
como remuneración de su trabajo la empleaban en hacerse platos y jarros
semejantes á los de los reyes de Europa. Con ellos comían y bebían,
echando migajas ó huesos á los servidores indígenas acurrucados á sus
pies, lo mismo que animales domésticos.

En el mes de Septiembre de 1502, después de partir Juan de la Cosa,
experimentaron Cuevas y Lucero una sorpresa aún mayor que al ver entrar
en su casa al célebre piloto.

Un español de los que habían vivido en Isabela dió noticia á Fernando de
que su antiguo capitán don Alonso se hallaba en Santo Domingo desde el
día anterior, pero en la cárcel.

Corrió á verle Cuevas, seguido de un servidor indio que llevaba sobre su
cabeza un cesto con los mejores víveres que Lucero había podido reunir.
Lo vió encerrado en el casucho que servía de prisión, y sus guardianes
más bien parecían criados suyos, por el respeto con que hablaban á este
héroe, célebre por su intrepidez.

Tenía el mismo aspecto que años antes, pequeño de cuerpo, bien
proporcionado, ágil en sus movimientos, con cierta vibración en los
ademanes que revelaba una fuerza reprimida pugnando por expandirse. Ya
tenía treinta años, pero guardaba la ligereza y la inconsciencia audaz
de su mocedad heroica.

Volvía de su segundo viaje de descubrimiento, aprisionado y robado por
sus consocios. A los pocos días, el juez principal de la isla lo dejaba
en libertad, pero sometido á su vigilancia y á las consecuencias del
proceso.

Fué enterándose Cuevas, en sus continuas conversaciones con él, de los
episodios de este segundo viaje, más desgraciado aún que el anterior.

El obispo Fonseca le había protegido en España una vez más. Sus hazañas
le hacían popular en los puertos españoles, especialmente en Sevilla,
donde se juntaban todos los aventureros ganosos de ir á las nuevas
tierras.

En consideración á sus servicios pasados y á los que podía prestar, le
daban los reyes seis leguas de terreno en la parte Sur de la isla
Española y el gobierno de la provincia de Coquibacoa, que había
descubierto en Tierra Firme durante su primer viaje, autorizándole para
equipar á sus expensas una flota que no pasase de diez buques. Falto de
capital y temeroso de la usura de los comerciantes que tanto había
pesado sobre él en su viaje anterior, buscó el apoyo de particulares,
siendo sus socios cierto Vergara, mayordomo de un canónigo rico de
Sevilla, y otro llamado Ocampo. Estos copartícipes sólo aportaban á
última hora lo preciso para armar cuatro carabelas, embarcándose en
éstas la gente más brava y aventurera que había entonces en Sevilla.
Muchos de sus hombres habían figurado en anteriores viajes á las nuevas
tierras.

Una expedición con estas gentes acostumbradas á maltratar al indio y con
capitalistas mediocres ansiosos de adquirir riquezas, fuese como fuese,
sólo podía originar batallas y robos allá donde tocase, teniendo como
final la insubordinación y el desorden. Al desembarcar en Cumaná
saqueaban las aldeas indígenas, y contraviniendo las órdenes de Ojeda,
mataban á varios habitantes, llevándose cautivos á otros. Vergara y
Ocampo se reservaban las mujeres, dando libertad á las viejas y las
feas, y exigían rescate por las jóvenes que reclamaban sus maridos.

Ojeda no tomaba de este saqueo mas que una simple hamaca de algodón. La
india Isabel le seguía. Habiendo recogido un poco de oro continuaron
adelante, hasta encontrar en la provincia de Citarme á un español de la
expedición de Bastidas que había desertado tres meses antes, quedándose
allí entre los indios, cuyo idioma acababa de aprender.

Sostenía Ojeda frecuentes combates con los naturales, emprendía la
construcción de un pueblo y de una fortaleza, pero la falta de víveres y
la pobreza del país hacían que su gente fuese perdiendo la disciplina.

El oro recogido en las correrías estaba depositado en una caja fuerte,
cuyas dos llaves guardaba Ojeda, con gran disgusto de sus socios. Éstos
sublevaban á la gente contra él y acabaron por sorprenderle mientras
dormía, cargándolo de cadenas antes de conducirle á bordo de uno de los
buques.

Así salió don Alonso de la provincia que debía gobernar y de la primera
población fundada por él con el nombre de Santa Cruz.

En la misma carabela en que iba el gobernador preso se embarcaban
igualmente sus dos consocios con la caja origen del litigio. Su plan era
acusarle ante las autoridades de Santo Domingo, ya que el estado del
buque no les permitía continuar hasta España.

Llegaron á la parte occidental de la isla Española, anclando á cierta
distancia de la costa. Ojeda, confiando en su fuerza y su agilidad, se
escurrió por un costado del buque, durante la noche, hasta hundirse en
el agua, y trató de nadar hacia la orilla. Los brazos los tenía libres,
pero sus pies estaban sujetos con grillos y cadenas, y el peso de tanto
hierro le iba sumergiendo.

Tuvo que pedir socorro, al mismo tiempo que la india Isabel daba gritos
adivinando su peligro. Los enemigos echaron un bote al agua, y el
intrépido gobernador tuvo que pasar por la vergüenza de volver medio
ahogado al poder de sus desleales compañeros. Lo desembarcaban
finalmente, poniéndolo á disposición del gobernador de Santo Domingo, y
ellos, mientras tanto, abrían la caja fuerte, objeto de tantas
querellas, repartiéndose su contenido.

Cuevas vió á la india Isabel en la prisión, al lado de su amante. Iba
vestida á usanza española, con mantilla y amplias faldas. Estas ricas
galas habían sido compradas en Sevilla al organizarse la expedición.
Cuando Ojeda podía disponer de dinero, lo gastaba descuidadamente, con
arreglo á su pródigo carácter. Las ropas de rica calidad ya estaban muy
ajadas por los azares de aquel viaje aventurero.

Al verse ahora en una tierra semejante á la suya, la india iba
prescindiendo paulatinamente de las diversas prendas de su vestimenta
europea, y un año después la veía Lucero semejante á las otras indígenas
del país, casadas ó amancebadas con españoles, que sólo llevaban sobre
su desnudez tradicional alguna saya vieja que denotase su clase,
superior á la de las otras indias sin trato con blancos.

Encontraba Cuevas en Isabel cierta semejanza con la reina Flor de Oro.
Era una Anacaona más joven, menos lánguida y sin su porte majestuoso;
una compañera de aventurero heroico, dispuesta á atravesar las selvas
sirviendo á su hombre de guía, lo mismo que á guisotear y limpiar sus
armas durante las horas larguísimas y monótonas pasadas en el alcázar de
popa de una carabela.

Como todas las hembras de pueblos primitivos, empezaba á marchitarse en
plena juventud. No debía estar más allá de los veinte años y tenía ya un
aspecto matronil, anunciador de rápido y prematuro agotamiento.

Ojeda fué á instalarse con su concubina india en una casucha de las
afueras de Santo Domingo que le proporcionaron Cuevas y otros camaradas
de su vida trabajosa en Isabela.

Mostrábase insensible á los sucesos que se desarrollaban en Santo
Domingo. No le importaba la vida de esta colonia, en la que sólo podía
figurar como simple habitante. Él era de los que fundaban ciudades;
había nacido para mandar y no para obedecer. Si vivía allí, era en
espera de que le hiciesen justicia, sosteniendo un pleito larguísimo
para que le devolviesen lo suyo.

Mostrábase preocupado por los incidentes de este pleito, como si se
moviese entre las mallas de una red interminable. En Santo Domingo,
jueces, abogados y escribanos empezaban á ser los personajes más
importantes.

--Media ciudad--decía Cuevas--pleitea con la otra media.

Minero, poseedor de la tierra ó navegante, no había blanco que no se
creyese despojado é iniciase un pleito contra otro compatriota.

Ojeda, que era pobre, tenía muchos envidiosos de su fama heroica y se
había hecho muchos enemigos por las arrogancias de su carácter
pendenciero. De pronto se vió condenado por el juez mayor de la isla á
perder todo lo adquirido en su viaje y además lo declaraba deudor á la
corona, por afirmar sus adversarios que se había quedado con la parte
correspondiente á los reyes.

Apeló á los tribunales de España, pidiendo al mismo tiempo apoyo á su
protector Fonseca, y gracias á este último pudo conseguir que le
hicieran justicia. Mas las costas que debió pagar por el proceso fueron
tan enormes, que consumían todo lo que le adeudaban sus socios y el
contenido de la caja de caudales.

Quedó su nombre limpio de toda acusación, pero se consideraba más pobre
que antes de emprender su primer viaje, dudando ya de poder salir de
Santo Domingo al frente de una nueva expedición. Surgía de manos de la
justicia triunfante, pero completamente arruinado.

Cuando aún esperaba que el Consejo real le hiciese justicia, se detuvo
casualmente una mañana en la plaza mayor de Santo Domingo, atraído por
la presencia de una multitud.

Vió pasar á la reina Anacaona camino de la horca, y él, que estaba
avezado á matanzas, no pudo presenciar esta ejecución, abominando
interiormente de las crueldades inútiles de Ovando y la muerte
innecesaria de esta mujer.

No había en su protesta compasiva nada de amor. Los días pasados con
Flor de Oro eran un vago recuerdo en su memoria.

El amor había retrocedido á último término en el tumulto de sus deseos.
Quería riqueza para repartirla á manos llenas, y sobre todo autoridad,
por el áspero deleite que proporciona el poder. Lo único que le
preocupaba en su situación actual era verse desconocido ú olvidado en
aquella isla cuyo interior había sido el primero en explorar.

Se habituó Cuevas á la presencia de su antiguo capitán. Sin dejar de
admirarle, lo veía como si fuese otro desde que le inspiraba compasión.
Estaba acostumbrado á sus hazañas heroicas, no á sus desgracias.

Sus propios asuntos empezaron á mantenerle algo alejado de Ojeda. La
riqueza parecía venir ahora hacia él y Lucero, no rápida y deslumbrante
como surgía de las minas para otros, sino lenta, modesta, con un avance
monótono pero firme, como la iban conociendo los españoles de gustos
pacíficos dedicados al cultivo de la tierra.

Una vieja india, viuda de un pequeño cacique del interior, había
conocido á Lucero cuando vivían los dos en las minas, mostrando por ella
una admiración semejante á la que sienten los esclavos por un dueño de
origen superior. Su fortuna significaba poca cosa en un país donde los
blancos recibían mercedes reales de terreno calculadas por días de
marcha. Lo que había heredado del cacique sólo eran dos leguas, pero á
orillas de un río y de tierra feracísima. El bachiller Enciso, abogado
de Santo Domingo, al que conocía Cuevas por su amistad con Ojeda, se
encargó de legalizar los títulos de propiedad de la vieja cacica,
convertida al cristianismo.

Lucero sabía que el deseo de la indígena era dejar su fortuna á ellos
dos y á su hijo Alonsico, por el que mostraba un afecto comparable al de
una vieja nodriza. El bachiller Enciso había arreglado ya todo lo
referente á la herencia, y Fernando miraba dichas tierras como suyas,
lamentando tener que cultivarlas poco á poco, por la escasez de sus
medios.

Había conseguido que el nuevo gobernador Ovando y luego los frailes de
San Jerónimo, que sucedieron á éste en el gobierno de la isla, le
entregasen cierto número de indios, tratándolos con bondad para que le
ayudasen en sus trabajos. Pero el indígena resultaba flojo en las
labores, y sólo por obra del miedo podía conseguirse que diese un mayor
rendimiento.

Empezaban á establecerse en la isla los primeros trapiches de azúcar,
venerables antecesores de los que después fueron llamados «ingenios».
Los conquistadores trasladaban á este mundo nuevo la caña azucarada de
origen asiático que siglos antes habían aclimatado los moros en España.

Un fraile, al desembarcar en Santo Domingo, buscó á Cuevas para
entregarle una carta que le habían dado en Córdoba y una pequeña bolsa
llena de monedas de oro. El doctor Acosta se acordaba de Lucero y de su
hijo.

Este dinero sirvió á Cuevas para el desarrollo de su empresa agrícola, y
ocupado en ella dejó de ver meses y meses á su antiguo capitán.

Vivía éste malhumorado en su casucha con la india Isabel, de la que ya
tenía dos hijos. Algunas veces obtenía dinero tomándolo á préstamo sobre
aquellas leguas de tierra que le habían dado los reyes; otras jugando
con los aventureros que volvían de las minas del interior ó de algún
viaje clandestino de descubrimiento.

Se mostraba constantemente descuidado y manirroto, volviendo en seguida
á ser pobre. Altivo y orgulloso en su trato con los espadachines,
siempre abundantes en la colonia, sostenía con ellos frecuentes
pendencias, y como siempre, era él quien hacía sangre y salía ileso.

Fernando dejó de verle mucho tiempo, y le dijeron que había salido con
un grupo de desesperados tan intrépidos como él, en un barco viejo y con
escasos víveres, para intentar por segunda vez la fundación de Santa
Cruz en aquella provincia de Tierra Firme cuyo gobierno le habían dado
los reyes.

Al poco tiempo volvió derrotado y triste, con sólo unos pocos de sus
compañeros. Todos los demás habían perecido en las tierras de su ingrata
gobernación.

Lucero, con el espíritu conservador innato en la mujer, mostrábase cada
vez más enemiga de aventuras y heroísmos.

--Que vayan otros--decía á su marido--en busca del oro. Nosotros
procuremos que la tierra mantenga nuestros cerdos, nuestras vacas, y nos
dé maíz y cazabe. Que don Alonso y los de su especie busquen nuevas
minas. Les venderemos la comida para sus viajes, y Dios hará que al
final trabajen para nosotros, sin que nos movamos de nuestra casa.

Aprobaba el marido la cordura de estas palabras, haciendo callar al
héroe ansioso de aventuras, peligros y grandezas que llevaba dentro de
él. Su diario y pacífico combate con la tierra parecía adormecerle.

Admiró finalmente la sabiduría de su esposa. Ojeda continuaba
inspirándole respeto, mas ahora le parecía perteneciente á otra clase de
hombres, dignos de ser admirados desde lejos, sin seguirlos nunca.

Y viviendo los dos esposos en tan pacíficas y mansas aspiraciones llegó
á Santo Domingo la noticia de que, meses antes, el 20 de Mayo de 1506,
había muerto en Valladolid el Almirante don Cristóbal Colón.




III

     De las verdaderas minas del rey Salomón encontradas por don
     Cristóbal en Panamá, cerca del Ganges, y cómo Fernando Cuevas fué á
     España enviado por Ojeda, solicitando el permiso para
     conquistarlas.


Antes de que el Almirante muriese en España, lo vieron Cuevas y Lucero
por última vez en Santo Domingo.

El gobernador de la isla tuvo que enviar una carabela para recogerlo en
Jamaica, donde permanecía aislado varios meses, con sus buques podridos
y una gran parte de sus tripulaciones sublevadas.

Su cuarto viaje de descubrimiento, pagado por los reyes después de
muchos titubeos y demoras con el deseo de que Colón se rehabilitase del
fracaso de su viaje anterior, resultaba una continua desdicha. Después
de haber estado frente á Santo Domingo, sin que Ovando le dejase
desembarcar, ponía su proa al Oeste, en busca del estrecho que iba á
darle acceso á las verdaderas tierras del Gran Kan y á las bocas del
Ganges.

Los elementos de la Naturaleza y sus propias dolencias se conjuraban
contra él para hacer aún más triste su última aventura de navegante
visionario. Abundaban las tempestades en su viaje; le atormentaban los
reumatismos, tenía que vivir acostado, para lo cual hizo que le
construyeran una camareta de tablas sobre la popa del navío, siguiendo
así su rumbo sin abandonar el lecho.

Cada vez se hacía más visible la perturbación de sus facultades
mentales. Hablaba con seres fantásticos que le visitaban durante la
noche para darle consejos é infundirle ánimo. Navegó de tal modo frente
al litoral de los países llamados luego Panamá, Costa Rica y Honduras, y
que él comprendía bajo el nombre general de Veragua.

Esta Veragua iba á ser la última quimera de su vida, el postrer sueño
dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza. Los naturales de
la costa, al dar informes á los enviados de Colón, hablaban de países
distantes solamente unos cuantos soles de marcha, donde los hombres iban
vestidos con largas túnicas, llevando adornos de oro en la cabeza y en
los brazos. Se referían sin duda al Yucatán y á Méjico. Tales relatos
servían para exacerbar aún más las quimeras geográficas del Almirante,
haciéndole creer que estaba en la vecindad de los países descritos por
Marco Polo. Hasta afirmó, según sus cálculos, que caminando diez
jornadas por el interior de Veragua llegaría á las riberas del Ganges y
á sus más famosas ciudades.

Las breves correrías de los suyos por las aldeas vecinas á la costa no
representaban ninguna exploración seria del país, pero como muchos
indígenas principales llevaban sobre el pecho grandes patenas de oro
que Colón llamaba «espejos», creyó ciegamente que había tropezado con
las mayores minas del mundo.

Dejó de afirmar que las de la isla Española fuesen las del rey Salomón.
Donde estas minas se hallaban verdaderamente era en el territorio de
Veragua.

Apresó cerca de la costa una canoa enorme, la más grande que había visto
hasta entonces, cubierta con una techumbre de paja tejida, muy abundante
en marineros y pasajeros y llevando un cargamento de objetos curiosos
reveladores de cierta civilización. Esta especie de nave comercial que
venía del Norte, donde vivían los hombres vestidos y con adornos de oro,
la apreció el Almirante como una primera muestra de la marina asiática
que navegaba por los estrechos y archipiélagos de las costas vastísimas
del Gran Kan.

Intentó establecer una colonia á orillas de un río que llamó Belén, pero
tuvo que abandonarla ante el empuje de los naturales, más temibles que
los indígenas de la Española, pues tiraban siempre con flechas
envenenadas. El mal estado de sus buques le obligó á retroceder,
fondeando en Jamaica, y allí se abrieron, acribillados por la «broma»,
quedando encallados en la playa como edificios de madera.

Vivió algunos meses dependiendo él y los suyos de los víveres que
quisieran proporcionarles los indígenas á cambio de chucherías, y que al
final llegaron á escasear. Llevaba con él á su bastardo Fernando, el
hijo de Beatriz Enríquez, el cual empezaba á ser adolescente, y la
presencia de este tierno compañero de aventuras aumentaba más la
angustia de su situación.

Como le había ocurrido varias veces en su vida de gobernante, la mayor
parte de su gente acabó por sublevarse contra él. Su hermano don
Bartolomé, á la cabeza de los que se mantenían fieles, sostuvo batallas
con los rebeldes, contemplando los indígenas con regocijo estas luchas
sangrientas de los blancos.

Un hombre adicto al Almirante, Diego Méndez, realizaba la más inaudita
de las hazañas para sacar á todos de este aislamiento en el que iban á
sucumbir. Embarcado en una canoa india, sin más acompañamiento que otro
blanco y varios remeros jamaicanos, navegaba leguas y leguas hasta la
isla Española, consiguiendo llegar á ella después de varias tentativas
inútiles. Iba en busca del gobernador Ovando para contarle la angustiosa
situación del Almirante, y una carabela enviada desde Santo Domingo
trajo á la capital á todos los supervivientes del cuarto viaje,
terriblemente enemistados y repitiendo en las calles de la ciudad las
querellas que los habían dividido en la costa de Jamaica.

El vecindario de Santo Domingo, que años antes había despedido á Colón
encadenado con griterías hostiles y deseos de muerte, lo respetó y hasta
lo agasajó, al verlo enfermo, con aire de vencido para siempre. Le
faltaba ya el apoyo de la quimera, que había sido siempre su mayor
fuerza. Ovando lo alojó en su propia casa, y los que años antes habían
sido sus enemigos le miraron con la conmiseración que inspira la
desgracia.

Fernando y Lucero fueron á visitarle, y el anciano, que pasaba parte del
día en la cama, atormentado por el reuma, pareció alegrarse al reconocer
á los dos antiguos pajes que le habían acompañado en su primera y más
gloriosa aventura marítima.

Otro amigo, igualmente venerable para ellos, llegó en este tiempo á
Santo Domingo, el señor Juan de la Cosa, que había andado ocupado hasta
entonces en otras navegaciones. Hablaba con franqueza de algunas de
ellas. Otras las mantenía en prudente silencio, ó las revelaba contra su
voluntad con palabras sueltas.

Cuevas, desde Santo Domingo, estaba enterado de algunas navegaciones
clandestinas, emprendidas sin permiso de los reyes. Era indispensable
para armar una expedición en los puertos de España que sus capitanes
obtuviesen una cédula real. Y como para conseguir tal privilegio eran
precisas recomendaciones y largas esperas, algunos se lanzaban al
misterio de los mares inexplorados por su cuenta y riesgo, sin decir
adónde iban, guardando después en secreto las tierras descubiertas.

Juan de la Cosa aludía con aire misterioso á ciertos viajes que no eran
los de Alonso de Ojeda, ni el suyo con el escribano Bastidas, ni tampoco
el de Alonso Niño de Moguer al país de las perlas, ni el reciente de
Vicente Yáñez Pinzón. Este hermano de Martín Alonso, que mandaba la
_Niña_ á la vuelta del primer viaje, se había lanzado otra vez al mar.
No había pensado en viajes mientras Colón tuvo el monopolio de ellos.
Los de su familia no podían oir hablar de tal hombre. Luego, al ver
abiertas las puertas del Océano, se lanzaba á él mandando una
escuadrilla de cuatro barcos que le proporcionaron rapaces usureros. Le
atraía más la gloria de descubrir tierras que la riqueza. Era el primero
en ver la constelación llamada Cruz del Sur y otras estrellas del cielo
austral, completamente nuevas para los europeos. Igualmente era el
primero en descubrir el Norte del Brasil y el mar dulce formado por el
desagüe de un gran río titulado después de las Amazonas.

Más desgraciado que Bastidas y otros que traían perlas, sólo lograba
embarcar palo campeche, y al llegar á España sus acreedores se lo
embargaban todo.

Juan de la Cosa procuraba también no mencionar cierto viaje secreto que
llevaba hecho con Américo Vespucio, más al Norte de aquella Veragua de
la que tanto hablaba Colón; pero Cuevas lo sospechó por ciertas
expresiones que se le escaparon al célebre piloto.

Otras navegaciones clandestinas debía haber realizado, á juzgar por el
estado de su fortuna.

Al hacerles justicia en España á él y á Bastidas, les habían devuelto
gran parte de lo adquirido en dicho viaje, pero indudablemente llevaban
ganado más oro en navegaciones posteriores, mantenidas en secreto.
También hacía sospechar esto el conocimiento de nuevas tierras que
figuraban en su mapa con exactitud, sin que hubiesen sido vistas hasta
entonces por ninguna de las expediciones autorizadas. Y él era un
navegante sin imaginación, atenido á la realidad de los hechos, incapaz
de edificar sobre ellos conjeturas fantásticas.

Este positivismo sereno de navegante práctico le hacía sonreir con
lástima de las fantasías del Almirante. Lo consideraba ya muy á la zaga
de todos los que iban buscando tierras en el misterio de los mares
desiertos.

--Ni ha aprendido ni ha olvidado--dijo una vez hablando con Ojeda y
Cuevas.

Y quería expresar con esto que los descubrimientos hechos por él y por
otros no habían enseñado nada nuevo á Colón, empeñado en no olvidar
aquella geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville, que le
hacía creerse siempre en Asia. Los que se limitaban á observar sin
ningún capricho imaginativo, tenían una noción más exacta de las nuevas
tierras.

Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el
exacerbamiento de sus fantasías, empezaba á saber menos que muchos
pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más
numerosos los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las
quimeras asiáticas del Almirante, afirmando que las tierras descubiertas
eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado á su ilusión,
declarando ignorantes á cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él
solamente podía conocer la verdad.

Juan de la Cosa sonreía igualmente al oir mencionar la superioridad
náutica del Almirante. Éste, en su inmenso orgullo, iba por el mar
creyendo ser el único que poseía el secreto de sus rumbos.

--Se imagina que sólo él tiene ojos, y todos los que le acompañan son
ciegos ó niños de la escuela.

Hablando don Cristóbal en casa de Ovando con Juan de la Cosa--pues éste
era el único piloto que él consideraba digno de atención--, se había
jactado de guardar secreto el rumbo á la riquísima Veragua. Nadie mas
que él sabría volver allá. Para ello había decomisado y roto todos los
apuntes y papeles de diversas especies que había visto en manos de
pilotos ó marineros. Y La Cosa sabía que Porras y otros compañeros de
dicha navegación habían ido escribiendo con toda facilidad rumbos
iguales al del Almirante.

De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y
triunfadora, siendo siempre la última la mejor.

--Al volver á España del primer viaje--seguía diciendo el célebre
piloto--veníamos de descubrir Cipango la de los «tejados de oro». El
segundo viaje sirvió para descubrir que Cuba era tierra firme, la punta
donde empieza ó acaba Asia, según vamos á ella ó venimos. En el tercero
no fuí, pero según cuenta don Cristóbal, anduvo cerca del Paraíso
terrenal, vió uno de los ríos que bajan de él, y ahora, en el cuarto,
descubre las verdaderas minas del rey Salomón y sólo se detiene á unas
cuantas jornadas del Ganges. Todo puede resultar cierto, si tal es la
voluntad de Dios; pero yo me contento con que resulten tan abundantes
como él dice los espejos de oro que llevan las gentes de su Veragua, y
con que las minas de aquella tierra den más metal que las de aquí, sin
importarme un ardite que sean ó no sean las de Salomón.

Partía el Almirante para España reanimado físicamente por el descanso en
Santo Domingo, y su imaginación volvía á recobrar la misma pujanza de
antes, al sentirse menos enfermo.

Este sembrador de doradas quimeras, al marcharse de la isla, dejaba á
sus espaldas un desdoble del fantasma brillante de Veragua, último
compañero de los contados días que le quedaban por vivir. Todos en Santo
Domingo empezaron á hablar del «país de los espejos de oro», inmediato á
las naciones de la India, donde los hombres iban vestidos y tenían
buques. Hasta los más recelosos ó prudentes comenzaban á sentirse
arrastrados por el encanto de Veragua, el antiguo Quersoneso Áureo,
donde el oro podía encontrarse á montones, sin necesidad de trabajo para
recogerlo. Era la ilusión del primer viaje, que el visionario volvía á
reproducir antes de su muerte.

Cuando llegó á Santo Domingo la noticia de su defunción, Ojeda andaba
preocupado mucho tiempo por el deseo de ir á Veragua. Alguien debía
conquistar esta tierra de oro, y él sabía, como muchos, que el rey don
Fernando no miraba bien á los ambiciosos é inquietos Colones,
especialmente después de su atrevida conducta en el gobierno de la
Española.

Un sentimiento de vanidad herida y de celos hacía más penosa la mala
situación de Ojeda en Santo Domingo. Con el gobernador Ovando había
llegado á la isla su camarada de juventud Diego de Nicuesa. Era, como
él, pequeño de cuerpo pero ágil y forzudo, maestro en toda clase de
suertes de equitación y de esgrima, y muy osado en sus empresas, aunque
más prudente y lento en prepararlas que el Caballero de la Virgen.

Tenía sobre éste la ventaja de ser gran tañedor de vihuela y cantar con
voz excelente toda clase de romances, lo que le valía en ciertas
ocasiones el verse preferido por las damas. Rico además por su familia,
esto le daba una gran superioridad sobre su amigo, simple aventurero
heroico.

Tales divergencias habían acabado por enemistarlos. Ojeda, en su retiro
de Santo Domingo, era muy considerado entre los hombres de espada á
causa de sus aventuras, pero los ricos le menospreciaban por ser pobre,
y sufría el tormento de ver á Nicuesa figurando entre los próceres más
importantes de la colonia, amigo del gobernador y recibiendo de éste
toda clase de mercedes.

Acaudalado en su tierra, Nicuesa, al llegar á Santo Domingo, se había
enriquecido aún más en pocos años, pues su dinero y el apoyo de Ovando
le permitían realizar fructíferas adquisiciones. Tal era el prestigio de
su nombre y su fortuna, que los vecinos de Santo Domingo lo enviaban á
España como diputado suyo, para que gestionase la resolución favorable
de varios asuntos de la colonia.

Ojeda visitaba con frecuencia á Juan de la Cosa, instalado en la mejor
calle de Santo Domingo, en una de las casas de piedra edificadas por su
antiguo camarada el piloto Roldán. Vivía como rico, no pensando por el
momento en nuevos viajes. Además, estaba seguro--mostrando en ello
cierta vanidad profesional--de que todos los que intentasen nuevas
expediciones se verían obligados á buscar la colaboración de Juan de la
Cosa.

El vehemente Ojeda tenía un poder irresistible de persuasión sobre este
personaje sesudo, y no tardó en sacarlo de su dulce quietismo. Quería el
Caballero de la Virgen ir á la conquista de Veragua, pasando de ella á
los otros países donde iban los indios vestidos.

La reina doña Isabel había muerto poco antes que Colón, y el rey don
Fernando, preocupado con sus guerras en Nápoles y en la frontera
francesa, dejaba los asuntos de los nuevos países en manos de Fonseca,
ahora obispo de Burgos. Este severo personaje, monopolizador de las
cosas del mar, había protegido siempre á don Alonso, sonriendo con
expresión paternal al oir el relato de sus osadías heroicas. Juan de la
Cosa, que era rico, podía ir á España en su nombre para hablar al
célebre obispo y que éste consiguiese del rey, para ellos dos, el
privilegio de conquistar Veragua y otros países de Tierra Firme. El
prestigio marino de La Cosa ayudaría también á conseguir este favor
real.

Acabó por sentir el piloto las mismas ansias é inquietudes de su amigo,
procurando acelerar su viaje á España. Los amigos que Nicuesa tenía en
la isla daban por seguro que éste aprovecharía su estancia allá para
solicitar la misma merced, y su influencia era grande en la corte por
haberse educado en casa del Almirante de Castilla, tío del rey.

Le pareció á Ojeda que no era bastante el apoyo de su protector el
obispo y la gestión personal del célebre piloto cántabro.

Cuevas se mostraba igualmente deslumbrado por la visión de Veragua.
Despertaban en él sus antiguos entusiasmos de conquistador. En aquella
tierra de oro podía encontrar una fortuna más enorme y rápida que la de
un agricultor colonial luchando monótonamente con el suelo. Y por una
reversión de sentimiento á la que se ven expuestos muchas veces los
seres nerviosos é imaginativos, Lucero, que se expresaba siempre con tan
prudentes razones al abominar de la riqueza buscada en las minas,
prefiriendo la tranquila y modesta prosperidad de la agricultura, sintió
de pronto el deslumbramiento de Veragua. Le fué imposible escapar á una
obsesión sentida por casi todos los habitantes de la colonia.

En alguna parte debían encontrarse aquellas riquezas tan anunciadas y
buscadas desde doce años antes. ¿Cómo podía equivocarse don Cristóbal,
tan venerado por ella?...

El Caballero de la Virgen, rápido siempre en la concepción y
ensanchamiento de sus planes, dió un compañero á Juan de la Cosa.
Fernando Cuevas debía ir con él á España.

Se acordó del doctor Acosta, tantas veces nombrado por este matrimonio
joven que recibía de él cartas y hasta dinero. Había salvado al rey
cuando le hirieron mortalmente en Barcelona, y era tenido por éste como
uno de los hombres de su reino más dignos de ser escuchados á la hora
del consejo. Su palabra, después de la del obispo Fonseca, resultaría
decisiva.

Ojeda tenía además al físico Acosta por muy rico y esperaba hacer de él
uno de los socios mercantiles de su futura empresa, por imaginarse que
allá en España el descubrimiento de Veragua habría causado igual emoción
que en Santo Domingo.

Consiguió Cuevas sin dificultad que su mujer aceptara el viaje. Duraría
un año cuando más. Sus protectores de allá iban á conseguir fácilmente
la licencia real. Durante este tiempo dejaría abandonados sus trabajos
en las tierras de la cacica, y Lucero, con Alonsico, viviría en su
chacra inmediata á Santo Domingo.

Para ella, que había pasado por tan arriesgados trances, tenía poca
importancia quedar sola en esta ciudad de aventureros y mujeres de
costumbres libres. La vida se había regularizado últimamente con la
llegada de familias enteras, que iban imponiendo sanas costumbres.
Además, quedaba en Santo Domingo don Alonso con su india Isabel, y el
valeroso hidalgo resultaba un protector temible para la gente mala.

Cuando meses después desembarcaron en Cádiz el señor Juan de la Cosa y
Fernando Cuevas, diéronse cuenta de la enorme disparidad entre el
ambiente que les había rodeado hasta entonces y el de la metrópoli en
que se iban adentrando. Todos se acordaban de la reina Isabel,
lamentando su fallecimiento. De Colón no se acordaba nadie.

Sólo al llegar á Sevilla y pasar luego á Córdoba, encontraron algunos
que hacían memoria del difunto Almirante. Todo lo del descubrimiento de
Veragua, «la tierra de los espejos de oro» y las minas inagotables de
Salomón, había hecho reir una vez más á la gente. Eran tres los fracasos
sucesivos, después de aquellas absurdas ilusiones que había hecho nacer
á la vuelta de su primer viaje. Iban de un lado á otro, por todo el
país, con aspecto de náufragos, los que habían vuelto de allá, enfermos
y descorazonados.

Hombres de estudio y otros expertos en la vida marítima se ocupaban de
Colón, pero era para comentar incrédulamente su quimera asiática y su
geografía delirante que le habían acompañado hasta el último momento,
como si le fuese imposible vivir sin ellas.

El rey Fernando, ya viudo, lo había recibido en sus últimos días con la
conmiseración respetuosa que inspira un hombre de genio perturbado,
quimerático y en plena decadencia. El monarca sonreía finamente para
ocultar su asombro cuando Colón le pedía buques por quinta vez para ir
en busca del Gran Kan y del Ganges. ¿No había perdido aún bastantes?...
Esta exigencia costosa llegaba en el momento que más preocupado se
sentía por la próxima llegada á España de su yerno el flamenco don
Felipe, enemigo suyo, y de su hija doña Juana, loca de amor, que sólo
hacía lo que le mandaba su esposo. Además, debía pensar en sus guerras
diplomáticas y militares, para las que no tenía nunca suficiente dinero.

En medio de la indiferencia pública, era el rey el único que trataba con
atención al viejo Almirante, en memoria de su esposa, y porque todo
hombre que se considera desgraciado en sus asuntos trata instintivamente
con benevolencia á otro más infeliz y más viejo.

Prometíale don Fernando ocuparse más adelante de su quinta expedición,
cuando tuviese dinero, y para regalo de su persona le proporcionaba
todas las comodidades que podía darle.

Estaba prohibido en aquel tiempo, con severísimas penas, que ningún
hombre viajase en mula, pues el suave paso de esta montura era motivo de
que los varones olvidasen el cabalgar en caballos. Las mulas sólo podían
emplearlas las mujeres y los clérigos, y el rey dió un decreto
autorizando á don Cristóbal Colón para que fuese el único hombre que
ciñendo espada pudiese viajar montado en dicho animal.

No era rico el Almirante, porque las minas de la isla Española, que él
había reputado en los primeros momentos como del rey Salomón, no daban
aún considerables productos, y resultaba por tanto poco cuantiosa la
parte que le correspondía á él. Unos años con otros, el valor del oro
enviado á España sólo representaba unos cuarenta mil duros de la moneda
actual. Pero no obstante la relativa mediocridad de su fortuna, vivía
como un prócer de los de entonces, demostrando su alta posición con el
número de domésticos que le acompañaban á todas partes.

La muerte le sorprendía en Valladolid, con un séquito de siete criados,
cuando iba en busca del rey don Fernando, cada vez más triste por las
inquietudes domésticas que le daban su yerno y su hija, así como por la
animadversión de la nobleza castellana, que le iba á hacer abandonar la
corona de Castilla, volviéndose á su reino de Aragón.

Al hablar Cuevas con el doctor Acosta, le contó éste algunos detalles de
la muerte de Maestre Cristóbal, su antiguo protegido.

En su último testamento se acordaba al fin de Beatriz Enríquez,
mostrando arrepentimiento por su ingratitud con ella, pero se limitaba á
encargar á sus hijos que no la olvidasen, sin darle ninguna otra cosa de
provecho.

Recordó Cuevas muchas veces, en el resto de su vida, lo que dijo Acosta
sobre la ingratitud característica de todos los Colones. Sólo les
merecían atención los que eran de su tribu y de su sangre.

Años después había de encontrar en Santo Domingo á Diego Méndez, el que
realizó el estupendo viaje en una débil canoa de Jamaica á Santo Domingo
para salvar al Almirante. Fué también uno de los siete que acompañaban á
don Cristóbal al morir en Valladolid, y lo recomendó igualmente á sus
hijos. Cuando el mayor de éstos, don Diego Colón, gobernó como virrey en
Santo Domingo, no pudo conseguir Méndez de él ningún empleo mediano.

Con Juan de la Cosa, que acompañó varias veces á Cuevas en sus visitas
al doctor Acosta, hablaba éste de la geografía delirante de Colón y sus
enormes errores científicos.

Había muerto en la creencia de haber descubierto Asia por el Occidente.
En sus últimos días había escrito al Papa, jactándose de haber explorado
trescientas leguas de costas asiáticas y muchas islas, entre las cuales
estaba Cipango.

--Creía el mundo--continuó Acosta--mucho más pequeño que es, y que los
mares sólo ocupan una séptima parte de su superficie. Para él era
ignorante todo el que pusiera en duda que esas tierras de las que vienen
vuesas mercedes pertenecen á Asia... Los que sabemos, por Ptolomeo y
otros, el verdadero volumen de nuestro mundo y que los mares ocupan la
mayor parte de su esfera, nos opusimos siempre á sus delirios. Pero han
surgido inesperadamente esas tierras nuevas, que todavía no sabemos lo
que son, tierras que él ignoraba... y nosotros también.

Se interrumpió un momento Acosta, y después de mover la cabeza con
cierto desaliento, continuó:

--¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas
letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de
su época, y á nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más
aproximado á la realidad, nos presentarán como unos asnos!...

Siguió hablando á Juan de la Cosa de la opinión de las gentes doctas de
Europa sobre los últimos descubrimientos del Almirante fallecido.

Sólo su primer viaje había interesado. Los otros eran seguidos de
relatos tan llenos de inexactitudes fantásticas, que el mundo docto los
consideraba cada vez con menos atención. No describía los países vistos
por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando á los libros
que llevaba leídos y á su geografía quimérica de Asia.

Así podía explicarse su muerte en medio de la general indiferencia y el
olvido que empezaba á gravitar sobre su memoria.

Acosta no creía en las riquezas de Veragua, como tampoco que Cuba fuese
la punta extrema de Asia y el gran río visto por Colón bajase del
Paraíso. Se extrañaba de que un cosmógrafo práctico como Juan de la Cosa
arriesgase su fortuna en redescubrir las minas del rey Salomón,
encontradas por el Almirante en Veragua: las mismas que, según
testimonio hecho de Colón, «dieron al rey David tres mil quintales de
oro de las Indias, dejándolos éste en herencia á Salomón para ayuda de
las obras del Templo».

El célebre piloto iba á perder su fortuna en tal negocio.

--Yo--continuó el doctor--no pienso arriesgar un maravedí en él, á pesar
de mi interés por Fernandillo y su mujer. Me limitaré á hablar al rey
para conseguir la licencia necesaria. Allá vuesas mercedes, que por ser
de oficio marineros ó soldados gustan de tales aventuras.

Cambiando el curso de su conversación habló de Américo Vespucio, á quien
llamaban en Sevilla Mérigo Vespuche, y que vagaba por dicha ciudad
después de sus viajes, habiendo escrito un relato de ellos.

Era para el doctor un imaginativo, semejante á Colón, como una copia
puede parecerse al original.

--Se atribuye en sus conversaciones las hazañas de los demás--siguió
diciendo--. Habla como si hubiese ido de capitán en viajes donde sólo
figuró como aprendiz de piloto. Vuesa merced, señor Juan de la Cosa, que
fué maestro suyo y le llevó por primera vez al mar, debe saber algo de
esto.

Como si tuviese el don de profecía, volvió el doctor á mover la cabeza,
lo mismo que al hablar de la suerte futura de Colón, y dijo con acento
triste:

--¡Quién puede saber la suerte que tendrán esas relaciones de Vespuche
cuando las dé á la estampa!...

Pero estaba lejos de imaginarse que los relatos del discípulo de Juan de
la Cosa, tan disparatados geográficamente como las epístolas de Colón,
aunque faltos de la poesía ingenua y natural de éste, al ser impresos
por una pequeña sociedad académica en Saint-Dié, cerca de los Vosgos,
como prefacio de una nueva edición de Ptolomeo, servirían para que á
las nuevas tierras, que el Almirante don Cristóbal creyó siempre Asia,
les diesen el nombre de Vespucio, aceptando el mundo con facilidad el
título de América.

Tan olvidado estaba ya el hombre que había muerto en Valladolid,
buscando inútilmente al Gran Kan.




IV

     En el que se habla de los héroes de las Cuatro Calles y de cómo la
     animosa Lucero acometió espada en mano al intrépido Ojeda,
     haciéndole derramar sangre y lágrimas.


En Santo Domingo, el lugar más frecuentado por el vecindario era uno que
recibía el nombre de las Cuatro Calles, por servir de cruce á las dos
arterias más importantes de la ciudad. El gobernador Ovando se había
preocupado mucho de las obras de ensanche y embellecimiento, y al
sucederle en 1508 el segundo Almirante don Diego Colón, que había
heredado de su padre don Cristóbal el virreinato de las Indias, empezó
Santo Domingo á adquirir mayor importancia.

Sus habitantes afirmaban orgullosos que no había ningún pueblo en España
mejor construído, á excepción de la muy noble ciudad de Barcelona, y que
su catedral, todavía sin acabar, iba á ser tan magnífica como las de
Europa. Abundaban los veneros de hermosa piedra en las cercanías. Las
construcciones del primer momento habían sido de adobes ó de madera, con
techos de ramaje. Luego, la gran abundancia de materiales y el haber
aprendido los indios á dar ayuda á los albañiles venidos de Europa
aumentó rápidamente las casas de piedra.

El río, navegable y muy hondo, tenía á un lado la ciudad y al otro
campos de labranza y jardines, con muchos naranjos, cañafístulas y
grupos de frutales, traídos de Europa. Las calles, bien ordenadas y
anchas, daban por uno de sus extremos al río y por el otro á hermosas
praderas.

Anclaban las naves junto á las casas construídas á orilla del río. Los
buques más grandes, llamados de dos gavias, podían fondear tan cerca,
que muchas veces no necesitaban de barcas para su descarga, y por una
plancha de madera iban echando fardos y toneles. Una fortaleza defendía
el puerto.

Dentro de la ciudad algunos colonos enriquecidos construían vastos
edificios, diciendo vanidosamente que el rey de España, cuando viajaba
por sus Estados, se contentaría con encontrar un alojamiento semejante.

Las vacas traídas por los españoles se habían reproducido tan
prolíficamente, que algunas naves empezaban á cargar cueros para
llevarlos á España. También las primeras yeguas procedentes de Andalucía
multiplicaron prodigiosamente la tropa caballar. Una parte del ganado
vacuno y de cerda se había hecho salvaje, perdiéndose en los bosques.
Muchos perros y gatos llegados de España en estado doméstico corrían ya
los montes como animales bravos.

El vecindario de Santo Domingo iba resultando demasiado grande para la
vida tranquila de la colonia, no por su número, sino por la calidad
especial de sus individuos. Ovando había traído con él una cantidad
considerable de hombres de guerra, hidalgos sin otra fortuna que su
espada, ansiosos de aventuras y riquezas. Cada flota aportaba nuevos
soldados, y toda esta corriente de energía iba quedándose estancada en
la capital, no sabiendo el gobernador cómo dar expansión á una gente tan
levantisca.

Ya habían terminado las guerras en el interior de la isla. Todos los
caciques estaban sometidos. Los hidalgos de Santo Domingo faltos de
bienes deseaban que se emprendiesen nuevas expediciones de
descubrimiento, pero escaseaba el dinero para organizarlas. Además, el
virrey don Diego Colón ponía obstáculos á la iniciativa de los
conquistadores, exigiendo que todo lo que descubrieran fuese para él,
por ser hijo y heredero de Colón. Los que acudían á España necesitaban
años enteros y poderosos apoyos para obtener licencia de unos reyes
preocupados especialmente por el curso de su política en Europa.

Abundaban en la isla Española segundones de familias nobles, así como
caballeros de las Órdenes militares de Calatrava y Alcántara, viviendo
confundidos con otros hidalgos pobres que se consideraban no menos
nobles, aunque se veían más necesitados que ellos.

La única diferencia verdadera entre esta gente orgullosa, poco sufrida,
pronta á sacar la espada y que se creía tan noble como el rey, no
reconociendo á éste otra superioridad que la de tener más dinero que
ellos, consistía en la separación natural que se establece siempre entre
ricos y pobres.

Los que habían hecho fortuna en la isla procuraban vivir en sus tierras
ó se mantenían en altivo aislamiento, dentro de su casa de piedra, en
Santo Domingo, tratándose únicamente con sus iguales y con el virrey.
Los pobres se juntaban en las Cuatro Calles para hablar de sus lances de
guerra en Europa ó de sus viajes con don Cristóbal Colón, al que
llamaban el Almirante viejo para distinguirlo de su hijo, el Almirante
mozo. También recordaban sus viajes guerreros ó puramente comerciales
con Ojeda y con Bastidas.

Muchos de estos futuros conquistadores iban á cuerpo gentil, con una
mano en la empuñadura de la espada y sin capa, á pesar de que esta
prenda era inevitable en aquellos tiempos, lo mismo en invierno que en
verano, para ocultar roeduras y remiendos en el jubón y las calzas.
Todos estos respetables hidalgos «se habían comido las capas», como
ellos decían para expresar que las empeñaron ó vendieron, necesitados de
obtener algún dinero para mantenerse. Otros más francos, al recordar sus
perdidas capas, confesaban que «se las habían bebido».

El osado capitán don Alonso de Ojeda se mostraba todos los días en las
Cuatro Calles, hablando á esta gente crédula, vanidosa y temible con una
familiaridad que los enorgullecía. Era casi tan pobre como ellos, y sin
embargo, siempre encontraba el medio de favorecerles con pequeños
préstamos. Se sabía además con qué prodigalidad derramaba el oro, en sus
momentos prósperos.

Era el héroe de las nuevas tierras. Todos recitaban de memoria sus
aventuras, agrandadas por el entusiasmo. Su astucia para aprisionar á
Caonabo era contada como una hazaña de romance.

Comentaban sus habilidades de esgrimidor, la agilidad y la fuerza de su
pequeño cuerpo, en el que parecía imposible que cupiese un vigor tan
incansable. Aquel jinete, antiguo estudiante en Salamanca, que le había
acompañado en su visita á la reina Anacaona, al ponderar sus cualidades
se valía de un lenguaje homérico, y aplicándole un apodo, como lo llevan
todos los personajes de la _Ilíada_ y la _Odisea_, le llamaba siempre
don Alonso «el de los pies ligeros».

Esta popularidad sincera y desinteresada aún se hizo más intensa cuando
circuló por Santo Domingo la noticia de que el señor Juan de la Cosa y
Fernando Cuevas estaban en España gestionando para Ojeda una licencia
real que le permitiría emprender la conquista de Veragua, «la tierra de
los espejos de oro».

Sabían que era asunto largo de conseguir, mas para estos hombres
acostumbrados á moverse en un mundo desconocido y misterioso, el tiempo
y la distancia no tenían el mismo valor que para las gentes del viejo
mundo. Esperarían, y mientras llegaba el momento de que don Alonso
levantase bandera, todos le rodeaban, saludándole como futuro capitán,
procurando cada uno conseguir por su parte que le hiciese su teniente.

Entre estos soldados audaces, destinados en su mayor parte á una muerte
obscura, y de cuya masa surgieron igualmente conquistadores afortunados
de vastísimos Imperios, unos pocos merecían la especial predilección de
Ojeda, el cual, teniendo solamente treinta años, era mirado como maestro
por otros que le superaban en edad.

Trataba amigablemente á Diego Velázquez, buen soldado, aunque
corpulento en demasía, y á otro campanudo en el hablar y de aparatosos
ademanes llamado Pánfilo de Narváez. Los dos admiraban á Ojeda
desinteresadamente, pues el virrey Colón el mozo proyectaba enviarlos á
la conquista de Cuba, todavía inexplorada.

Un joven de tez blanca, ojos alegres y barba rubia, extremeño, nacido en
Medellín, placía especialmente á don Alonso por su facilidad para
improvisar versos, su propensión á hablar de amoríos, y una prontitud de
ingenio que le permitía salir de las situaciones más difíciles. Había
estudiado en Salamanca, teniendo que marcharse de España por haberle
sorprendido las gentes de Medellín cuando iba á visitar de noche á una
mujer casada, cayéndose de la tapia por cuyo filo iba avanzando. Este
estudiante poeta era tan hábil en tañer la vihuela como en el manejo de
la espada. Le llamaban Fernando Cortés, y sus amigos desfiguraban su
nombre de pila diciéndole unas veces Hernando y otras Hernán.

Había venido á la Española en la misma flota que trajo al comendador
Ovando, y como éste también era de Extremadura, le había protegido,
dándole algunas tierras y varios indios. Ahora, con la llegada del
virrey Colón, la suerte de Hernán Cortés había cambiado, y no veía otro
protector que aquel don Alonso, maestro de todos ellos.

--Señor capitán--decía--, cuente con este soldado para su entrada en la
Veragua. No allá, sino al infierno iré gustoso con su señoría.

Otro extremeño, algo más viejo, taciturno y de menos palabras, era
mirado con igual simpatía por Ojeda. Llamábase Francisco Pizarro y había
venido á la Española en una expedición posterior á la de Ovando.

Tenía cinco ó seis años más que don Alonso, y esto le hacía figurar
entre los más viejos de aquella juventud aventurera, ávida de gloria.
Ello no impedía que la admiración le hiciese respetar á don Alonso como
si fuese su padre ó un hermano mayor. Dicho sentimiento le impulsó á
revelar toda su historia, desde sus primeras conversaciones con el
Caballero de la Virgen.

Se creía tan noble como el que más, pero su nacimiento era ilegítimo, lo
cual, en aquellos tiempos de bastardos encumbrados á las más altas
situaciones no constituía un defecto irremediable. Su padre, que se
había negado siempre á legitimarlo, era hombre de guerra, el capitán
Gonzalo Pizarro, al que sus convecinos de Trujillo apodaban «el Romano»,
á causa de haber pasado la mayor parte de su vida peleando en Italia á
las órdenes del Gran Capitán, luego de militar igualmente bajo las
banderas de César Borgia, hijo del último Papa. Su madre, una mujer
humilde, llamada Catalina, había sido criada de un convento de monjas de
Trujillo, y el capitán la hizo suya en una de sus rápidas visitas á la
tierra natal.

Huérfano de madre y abandonado de su padre, había guardado cerdos en los
campos de Extremadura. No sabía leer ni escribir á causa de este
abandono, pero mostraba un gran talento natural para las cosas de la
guerra y el mando de los hombres. Había hecho á pie un viaje á Italia
para ser soldado cerca de su padre y guardaba prudente silencio sobre su
vida allá. Tal vez «el Romano», al que otros apodaban también «el Largo»
por su alta estatura, había rechazado á este hijo que se presentaba
inoportunamente.

--Y aquí estoy, don Alonso--terminaba diciendo con grave sencillez--; y
si su señoría necesita gente leal, sin voces ni bravatas, que no conozca
el miedo ni eche el pie atrás nunca, yo soy su hombre.

Fuera de este mundo de aventureros, altivos de carácter, bravos y
quisquillosos, malhallados con su pobreza, atraídos por el peligro y la
muerte, que ya se habían comido y bebido sus capas, Ojeda tenía un
admirador, con el que hablaba frecuentemente.

Era el licenciado Martín Fernández de Enciso, que ocupaba una de las
nuevas casas de piedra, pasando por ser el abogado más hábil y opulento
de Santo Domingo. En pocos años había ganado dos mil castellanos de
oro, ó sea unos doce mil duros, cantidad considerable para aquel tiempo
de dinero escaso. Tal era la afición de los españoles á pleitear entre
ellos, en una colonia naciente, donde todavía faltaban muchas cosas
elementales para la vida.

Este abogado joven y de carácter intrépido mostrábase tan aficionado á
la espada como la mayoría de sus clientes. Un descontento de su posición
actual, enfermedad secreta de la mayoría de los hombres, amargaba su
bienestar. Influenciado por el ambiente de la ciudad, soñaba con ser
conquistador de tierras misteriosas, abundantes en oro. Por eso gustaba
de un frecuente trato con Ojeda, escuchando admirativamente sus osadas
aventuras.

Don Alonso, por su parte, cuidábase de ir excitando los heroicos anhelos
del legista. Pronto á utilizar, como todos los capitanes de guerra,
cuantos recursos encontrase á su alcance, pensaba en los dos mil
castellanos de oro del abogado, para emplearlos en su futura empresa.

Aparte de su tertulia bulliciosa en las Cuatro Calles y de sus pláticas
con el licenciado Enciso, procuraba el heroico hidalgo visitar con
alguna frecuencia á la esposa de Fernando Cuevas en su huerta de las
afueras de la ciudad.

Las costumbres habían empezado á transformarse en Santo Domingo con la
llegada de un gran número de damas procedentes de España. La esposa del
virrey don Diego Colón era doña María Enríquez, sobrina del duque de
Alba y parienta igualmente del rey don Fernando el Católico. El antiguo
«hombre de la capa raída» había conseguido que su hijo se casase con una
doncella de la más alta nobleza española, perteneciente á la familia
real, sin cesar por esto de quejarse, hasta la hora de su muerte, de
ingratitud y abandono.

La virreina empezó á establecer en Santo Domingo una pequeña corte.
Había traído con ella varias doncellas, nobles y pobres, para casarlas
con los colonos de mejor fortuna. Santo Domingo, que había sido hasta
entonces una especie de campamento, adoptó las costumbres de Sevilla y
otras ciudades españolas. Los hombres se cuidaban ahora más de sus
trajes, y hacían memoria de los saludos y otros gestos de urbanidad
usados años antes en la lejana patria, cuando aún no los habían
rustificado la guerra y las navegaciones en este mundo hostil al blanco.

De día, los hidalgos más acomodados, llevando la capa al brazo y una
mano en la empuñadura de la espada, quitábanse con la diestra la gorra
adornada de plumas para saludar en las orillas del río á las damitas
venidas con la virreina. De noche, las vihuelas sonaban en las calles, y
estas serenatas amorosas poblaban de susurros y risas las rejas de las
casas, terminadas por una cruz de hierro.

Don Alonso sólo permanecía en su pobre vivienda á las horas de dormir y
de comer, como si evitase la presencia de la fiel india Isabel y de los
pequeños mestizos que le había dado.

Siempre que le era posible, se dirigía á la casa de Lucero para hacer
acto de presencia en ella, deseoso de que la esposa de su fiel amigo se
diese cuenta de que no vivía olvidada y podía contar con su protección.

En realidad, Lucero se bastaba á sí misma, acostumbrada desde diez y
seis años antes á los peligros é incertidumbres de una vida de aventuras
en las tierras nuevas.

Sin más compañía que la de su hijo, que ya empezaba á ser un mancebillo
audaz y valeroso como su padre, vivía fuera de la ciudad tan segura como
si estuviese alojada en las Cuatro Calles.

Al irse Fernando, le había dejado su broquel, su espada de guerra, su
lanza y una ballesta, con la que se amaestraba como tirador el inquieto
Alonsico. Además, Lucero guardaba un puñal de los tiempos en que había
vivido en las minas, entre frecuentes alarmas causadas por la
aproximación de indios sublevados. Por eso sonreía cuando don Alonso, al
visitarla por las tardes, intentaba hacerla confesar que su relativa
soledad le inspiraba miedo algunas veces.

No había conocido un solo momento de pavor. Dirigía las labores de su
huerta, ejecutadas por cuatro indios «encomendados» á Cuevas. Los
mandaba con voces y ademanes varoniles. Algunas veces, para mayor
comodidad en sus trabajos é imponer más respeto á los indígenas,
vestíase de hombre, con las mismas ropas que había usado cuando
acompañaba á su marido por el interior de la isla. Era una hembra de los
primeros tiempos de la colonización, una habitante de la ciudad de
Isabela, de fúnebre memoria, donde morían los españoles á centenares.

Se ruborizó instintivamente el primer día que don Alonso la sorprendió
vestida de este modo, marchando por su huerta. Luego le recibió muchas
veces en traje de hombre, sin emoción alguna, recordando que otros
muchos la habían visto así. Como la vida de la colonia empezaba á
modificarse con la llegada de las damitas de la virreina, ella tenía
cierto orgullo en recordar que era de los tiempos duros y heroicos y
había vivido sitiada por hambre en el fuerte de Santo Tomás.

El intrépido Ojeda apenas alcanzaba con su cabeza á los hombros de esta
amazona joven. Su cuerpo esbelto, no muy vigoroso en apariencia, poseía
una fuerza nerviosa, puesta á prueba muchas veces.

En los últimos años, Lucero y don Alonso sólo se habían visto de tarde
en tarde, en presencia de Cuevas y otros amigos. El asedio que les había
hecho sufrir Caonabo, cuando ella daba aún su pecho á Alonsico, era el
período en que se vieron con más frecuencia.

Ojeda mostraba cada vez mayor afición á sus conversaciones vespertinas
con la esposa de su amigo. Finalmente acabó por visitarla todos los
días, haciendo de esto una obligación que parecía dar á su existencia
nuevo interés.

Hablaban en la huerta, sentados al pie de un árbol, de los dos emisarios
que habían ido á España para gestionar la magna empresa de la conquista
de Veragua, haciendo comentarios, incesantemente renovados, sobre varias
cartas que habían llegado de allá, en dos carabelas diferentes, hablando
Juan de la Cosa y Fernando Cuevas de sus grandes esperanzas.

Otras veces se ocupaban de los progresos de la colonia, de las nuevas
plantaciones de caña de azúcar traída de Andalucía ó Canarias, y de los
molinos para triturarla que iban estableciendo los vecinos ricos.
Conversaban igualmente sobre el desarrollo prodigioso de los ganados y
el desenvolvimiento de las plantas traídas de Europa, unas agrandadas
considerablemente en poco tiempo, otras macilentas ó muertas por no
poder adaptarse al nuevo medio.

Invariablemente, tales conversaciones acababan por orientarse hacia el
oro y los lugares misteriosos en que se amontonaba, lejos de aquella
isla. ¿Qué podían importarles animales y plantas como base de riqueza en
un mundo donde, según las ideas que el Almirante viejo había sostenido
hasta el momento de su muerte, existían las minas del rey Salomón y el
estrecho del Quersoneso Áureo, camino abierto para llegar en pocas
jornadas á las verdaderas tierras del Gran Kan?...

Mientras su madre y su padrino hablaban de esto bajo la sombra azulada y
movediza de un árbol, en la tarde calurosa, cargada de perfumes
vegetales y zumbidos de insectos, Alonsico, aburrido del grave diálogo y
ansioso de acción, corría por la huerta disparando pedradas á los
pájaros ó conversaba con los trabajadores indios, cuyo lenguaje estaba
más en armonía con su inteligencia naciente.

Don Alonso parecía influenciado, cada vez más, por las conversaciones á
solas con esta mujer de hermosura enérgica y miembros femeniles por sus
contornos, y varoniles por su fortaleza. Unas veces le recibía con
sayas, como las señoras de la ciudad, otras con calza y coleto de ante,
á lo soldado, teniendo aún las manos húmedas por las faenas domésticas.

Empezó Ojeda á lamentarse de la soledad en que estaba, dando al olvido
por el momento sus empresas y sus ambiciones. Reconocía de pronto el
gran fracaso de su existencia. Había ido de un lado á otro, empujado por
su energía exuberante, como uno de aquellos huracanes que caían de vez
en cuando sobre la isla trastornándolo todo. Era el famoso Alonso de
Ojeda conocido en el nuevo mundo y en el viejo por todos los que
admiraban las hazañas intrépidas; pero no había sabido crearse una casa
y un amor, ni encontrar una mujer que le sirviese de apoyo y consuelo,
como Fernando Cuevas.

Lucero, al oir esto, habló inmediatamente de la india Isabel, y Ojeda
pareció indignarse, acogiendo tal recuerdo casi como una burla.

El duro hombre de guerra era sincero al formular su quejumbrosa
protesta. Su voz tenía un lejano temblor de emoción, y sus ojos de
pájaro de combate brillaban amortiguados por un empañamiento
lacrimoso...

Verse tan celebrado por sus hazañas, haber empezado su renombre en la
guerra de Granada cuando aún era adolescente, llevar hechos tantos
viajes atrevidos á las nuevas tierras, ser el primero que empezó á
navegar por su cuenta en busca del Gran Kan, rivalizando con el
Almirante viejo, y por todo resultado encontrarse pobre en una ciudad
naciente, ocupando un bohío como un cacique sin importancia, teniendo
por único amor el de una india recién cristianizada, que de pronto, con
inesperadas reversiones, volvía á mostrar los gustos bárbaros de sus
salvajes ascendientes. ¡Qué miseria!...

Como si necesitase comunicar á Lucero todas las angustias secretas de su
alma para inspirarle mayor interés, siguió hablando de su vida con esta
Isabel que le seguía á todas partes, mostrando una lealtad más de animal
domesticado que de hembra enamorada.

Muchas veces sentía la necesidad de engañarse á sí mismo, embelleciendo
su vida íntima. Después de sus placeres voluptuosos, puramente
bestiales, Isabel gustaba de permanecer tendida en el suelo, sin el
estorbo de las ropas europeas, con la cabeza en las rodillas de Ojeda,
contemplándolo de abajo arriba con la veneración del devoto que adora á
un ídolo omnipotente. Y él dejaba caer su mirada sobre este rostro,
entornando sus párpados para que su visión fuese más interior que
exterior.

«Isabel... Isabel...», decía con voz muy queda; y este nombre que él le
había impuesto en el bautismo, como si fuese una palabra mágica, iba
cambiando el rostro de la india.

La veía rubia, con los ojos azules. Una sonrisa tranquila y majestuosa
dilataba su boca, que parecía respirar bondad. Era la reina doña Isabel,
su primer amor de adolescente, un amor respetuoso, caballeresco, que
había sido el ideal común de muchos de los paladines sitiadores de
Granada, ansiosos de distinguirse ante la regia señora de sus ilusiones.

«Isabel... Isabel...», volvía á repetir, y la cabeza rubia cambiaba de
color. Ahora la cabellera de oro ceniciento tomaba una tonalidad más
obscura. Los ojos azules pasaban á ser negros. El rostro majestuoso de
la gran señora, algo maduro, tornábase extremadamente juvenil, con la
ácida frescura de los frutos primaverales y las flores en capullo.

Veía ahora á Isabel Herboso lo mismo que cuando la tuvo en sus brazos al
fugarse juntos á Sevilla, antes de que un padre áspero la llevase á la
muerte sin saberlo encerrándola en un convento.

Inclinábase para besarla con una ternura melancólica. Era su segundo
amor que resucitaba para acompañarle en este mundo nuevo. Mas al poner
su rostro junto al de la aparición borrábanse las facciones adoradas,
triunfando la realidad. No podía ocultar entonces su desaliento,
acabando por repeler á la india Isabel, que le sonreía con una
supeditación animal, mostrando sus dientes agudos; y ésta lloraba
finalmente al verse maltratada sin motivo.

Su vida era trágica. Parecía existir en torno á él algo misterioso que
iba entenebreciéndola en sus avances. La suerte le había dotado de
mejores condiciones que á la mayoría de los hombres. Otros, con menos
motivo, llegaban á ser reyes. Y él, en sus momentos de pesimismo, se
imaginaba destinado á morir pobre, tal vez de hambre, como le había
predicho cierta gitana, allá en Andalucía, cuando aún era mancebo.

La creencia en la fatalidad de su destino le hacía acordarse de
Anacaona, la hermosa reina Flor de Oro. Había pasado por su vida
rápidamente; sus amores con ella habían durado breves días; sólo
representaban un agradable y vago recuerdo; pero el Destino le había
deparado el tormento moral de ver á este cuerpo adorable marchando hacia
la horca, sin que él pudiese hacer nada para salvarle.

Lucero, siempre que don Alonso exponía las tristezas de su situación,
tomaba aires de madre de familia, de matrona que vive al margen de los
apasionamientos juveniles, y ha renunciado al amor para dedicarse en
absoluto á su hogar.

--No piense más en eso, don Alonso--decía--. Que Dios le ayude en lo de
Veragua y recoja el oro á montones. Luego verá cómo las señoronas más
altas de España lo buscan para casarse. Mire, si no, cómo el Almirante
mozo, por ser hijo del otro con el que vinimos á esta isla, es marido de
doña María, parienta del rey.

Pero esta serenidad de hembra fuerte que mostraba Lucero, atrevida en el
habla y prudente y fiel en sus afectos maritales, no impedía la
existencia dentro de ella de una inquietud creciente.

Empezó á desear que don Alonso repitiese con menos frecuencia sus
visitas. Veía en sus ojos una expresión inquietante. No ignoraba la
violencia con que sentía los deseos este hombre intrépido y acometedor.

Su astucia femenil fué adivinando en torno á ella los cercos, cada vez
más estrechos, de una voluntad que pretendía envolverla.

En cada una de sus visitas Ojeda hablaba menos, quedando en largo
silencio, que á ella le parecía amenazante, mientras el héroe bajaba los
ojos, como si riñesen en su interior interminable batalla los escrúpulos
y los apetitos.

Se presentaba á horas inesperadas, cual si buscase sorprenderla á solas.
Sentíase tranquila cuando su hijo estaba en la casa, pero Alonsico
mostrábase entusiasmado por las lecciones de un viejo colono, amigo de
su padre, que le llevaba todos los días á un bosque algo lejano para
darle lecciones en el manejo de la ballesta, tirando contra loros y
monos.

La animosa Lucero creyó ver en esto una maquinación oculta de don
Alonso; pero como su hijo se negaba á obedecerla, siguiendo siempre á su
viejo maestro, se resignó á hacer frente al peligro ella sola.

Procuraba no recibir á su visitante en plena huerta, lejos de la casa,
como si la sombra de los árboles, el río, el lejano mar, el canto de los
pájaros y el murmullo de las hojas fuesen favorables á los malos
pensamientos de Ojeda. Le hacía sentarse siempre á la entrada de su
modesta vivienda, en un lugar desde el cual eran visibles un crucifijo
colgado en la pared, así como la espada, el escudo y otras armas del
ausente. Todo esto devolvería la razón al caballero, extraviado por sus
malas pasiones.

Lo que temía la esposa de Cuevas, dudando al mismo tiempo de que pudiera
ser, ocurrió una tarde con rapidez brutal, lo mismo que el choque,
cuerpo á cuerpo, en una riña que surge inesperadamente.

Don Alonso habló con desesperación. Se daba cuenta ahora de que había
amado siempre á Lucero, desde que la vió llegar á su carraca en el
puerto de Cádiz, desde que se privó muchas veces de comer, en el fuerte
de Santo Tomás, para que ella no sufriese hambre. Ahora era cuando se
convencía de dicho amor. La había mirado en aquel tiempo ya lejano con
equivocada indiferencia, como si fuese un muchacho aventurero. Además,
su próxima maternidad le infundía respeto.

La única mujer digna de un caudillo como él era Lucero, con ánimo fuerte
para seguirle en sus más arriesgadas aventuras, con un cuerpo de amazona
que podía dar al amor la áspera voluptuosidad del choque entre dos
grandes fuerzas encontradas.

Y de pronto se arrojó sobre ella con una pasión agresiva, los ojos
extraviados por el deseo, los brazos y manos temblorosos de pasión.

Lucero, con su agilidad varonil, saltó hacia el interior de la casa,
librándose de la acometida. Le brillaban los ojos de cólera. Se
enronqueció su voz, lo mismo que le había ocurrido cierta vez, al lado
de Cuevas, defendiéndose ambos de una turba de indígenas armados.

--¡Una villanía!... ¡Una acción de indio salvaje!--dijo con palabras
entrecortadas por la emoción--. ¿Y es vuesa merced, don Alonso, quien
hace eso?...

Había tirado con mano rápida de la espada de su esposo, colgada del
muro, sacándola de su vaina con tal violencia, que todas las armas
inmediatas se bambolearon y vinieron al suelo.

Sin importarle herir á Ojeda, deseándolo tal vez en la ceguedad de su
cólera, extendió el brazo, apoyando la punta de su arma en el pecho de
aquel hombre que la acosaba.

Quedaron los dos inmóviles un instante. Ella parecía mucho más alta,
erguida á impulsos de su cólera, empezando á mirar con cierta
superioridad á este macho enfurecido, que era de menos estatura y al que
pretendía dominar con su espada.

La asombrosa agilidad del héroe «de los pies ligeros» cambió la
situación.

La mujer dejó de verle frente á ella, y casi en el mismo momento, la
presión de una mano semejante á una esposa de acero sobre la muñeca de
su diestra la obligó á soltar su arma.

Inmediatamente se sintió estrechada por unos brazos varoniles, duros,
envolventes, inquietos, como si fuesen de metal vivo.

Resistióse desesperada á esta presión doblegante. Reconoció su próximo
vencimiento, y la convicción de que iba á caer contra su voluntad
aumentó aún más su cólera.

Recibió en su boca un beso de Ojeda, y ella contestó á la caricia
mordiéndole el rostro hasta hacerle sangre. Esta herida aumentó la
agresividad del asaltante, zarandeándola como si fuese un enemigo, hasta
doblegarla bajo el peso de su cuerpo.

Iba á caer al suelo, y comprendiendo la inutilidad de su defensa contra
un enemigo ágil y vigoroso que acabaría por dominarla, apeló á la voz.

Era inútil gritar pidiendo socorro; nadie la oiría. Sus indios estaban
muy lejos, trabajando en la huerta, y sus dos criadas indígenas lavaban
ropa en un arroyo de las inmediaciones. Pero habló por instinto,
presintiendo que la palabra podía ser su única arma en aquel momento.

Entre los estertores angustiados de su defensa llamó al respetable Juan
de la Cosa, pidió protección á su Fernando, como si pudiesen presentarse
á su voz.

Estos dos nombres, repetidos varias veces, tuvieron la virtud de aflojar
las ligaduras musculosas que inmovilizaban á la joven madre, y al fin se
incorporó, repeliendo aquel cuerpo hostil que empezaba á gravitar sobre
ella con menos pesadumbre.

Después de erguirse, continuó hablando:

--¿Y vuesa señoría se cree caballero?... ¡Venir á robarle su mujer, por
la fuerza, á un amigo que siempre estuvo pronto á dar su vida por la
amistad, y que ha ido allá lejos para trabajar por su grandeza!... ¿No
se afrenta al pensar qué dirá de tan mala acción la Virgen que le
protege?...

Quedaron los dos inmóviles, frente á frente, separados por breves pasos.
Ojeda tenía ahora los brazos caídos y la cabeza inclinada sobre el
pecho, mirando al suelo, mientras corría por su rostro un hilillo de
sangre. Los nombres de sus amigos ausentes y la evocación de aquella
Virgen de la que se titulaba caballero le habían devuelto una
tranquilidad avergonzada y tímida. Parecía un beodo recién despertado de
su delirio alcohólico por un medicamento enérgico.

Tal era su aspecto, que Lucero, olvidando su cólera, le miró finalmente
con una conmiseración simpática.

--Váyase, don Alonso--dijo--. Por suerte estamos solos y creeré siempre
que lo que acaba de pasar no ha ocurrido nunca. Por mí ya está olvidado.

El Caballero de la Virgen fué retrocediendo poco á poco hacia la puerta.
Luego volvió con una rapidez impulsiva, cual si fuese á repetir su
agresión.

Lucero no se movió. Sentíase tranquilizada, como si adivinase sus
pensamientos.

Vió cómo don Alonso se inclinaba ante ella, acabando por poner una
rodilla en el suelo, al mismo tiempo que buscaba una de sus manos.

La besó tres veces, mojándola al mismo tiempo con la sangre que brotaba
de su rostro y con lágrimas.

No dijo nada, pero Lucero adivinó el significado de estos besos, que
resonaban en sus oídos cual si fuesen palabras:

--¡Gracias! ¡gracias!...

El intrépido hidalgo, vehemente y tornadizo en sus pasiones, agradecía
ahora la resistencia desesperada de ella, sus llamamientos, que le
habían impedido cometer una acción infame contra su mejor hermano de
armas.




V

     El desafío de los dos gobernadores, y cómo Ojeda partió finalmente
     á la conquista de las tierras de oro en Asia, no sin prometer antes
     á gritos que cortaría la cabeza á sus rivales.


Casi anclaron á un mismo tiempo en el puerto de Santo Domingo las dos
pequeñas flotas--llamadas «armadillas» por los españoles--que iban á la
conquista de las famosas tierras del oro cerca del Ganges.

El primero en llegar fué Juan de la Cosa con dos carabelas nada más.
Había tenido que hacer verdaderos milagros de economía para adquirir en
Portugal estos dos buques, por ser él hasta el presente único
capitalista importante de tal empresa.

--Mi bolsa--decía el honrado marino--no está repleta, y Ojeda, mi
asociado, tiene la suya completamente vacía.

En el primer momento, don Alonso no pudo ocultar su decepción escuchando
á Juan de la Cosa y Fernando Cuevas, recién desembarcados. Luego se dijo
que otras veces había acometido empresas de igual riesgo con medios más
escasos, y acabó por aceptar entusiasmado lo que él llamaba «mi
armada».

En los dos buques venían doscientos aventureros, entusiasmados por los
relatos de la prodigiosa Veragua, cuyas riquezas empezaban á ser
propaladas exageradamente en las ciudades españolas. Eran gente novel en
la vida colonial, no habituados aún á sus alimentos y sus enfermedades,
pero bravos todos ellos, habiendo peleado los más en las guerras del
viejo mundo, lo que les valió el ser acogidos con simpatía por su futuro
jefe. Estos bisoños servirían de acompañamiento al grupo de guerreros
veteranos de la colonia entre los cuales figuraban Pizarro y Cortés.

Su entusiasmo volvió á decaer cuando sus dos representantes en España
fueron contando el resultado de sus gestiones y lo mucho que habían
tenido que luchar con Diego de Nicuesa, rico por su familia, con amigos
adinerados, y protegido por un tío del rey, que le había educado en su
casa.

Don Fernando el Católico, acosado por las recomendaciones de sus
cortesanos á favor de uno y otro solicitante, se resolvía al final por
favorecer á los dos á la vez, repartiendo entre Ojeda y Nicuesa la
llamada Tierra Firme, que habían explorado casi á un mismo tiempo
Bastidas, Colón y Juan de la Cosa.

Daba á los dos caudillos toda clase de dignidades, poderes y honores,
pero ni buques ni dinero. Todo el apoyo real consistía en despachos y
títulos. Dividía Tierra Firme, á lo largo del llamado Darién--años
después istmo de Panamá--, en dos provincias, con una línea de
demarcación que atravesaba el golfo de Urabá. A la parte del Este, que
se extendía hasta el cabo de la Vela, dábale el rey el nombre de Nueva
Andalucía--costas actuales de Colombia--, confiándola á Alonso de Ojeda.
Su adversario Nicuesa recibía la gobernación de Castilla del
Oro--modernas repúblicas de Panamá, Costa Rica y una parte de
Honduras--, ó sea lo que Colón había comprendido bajo el título general
de Veragua. Cada uno de los gobernadores debía levantar dos fortalezas
en su distrito, y por espacio de diez años disfrutaría los productos de
las minas que descubriese.

Mostró Ojeda mayor desaliento al ver que Nicuesa se había llevado la
famosa Veragua; pero La Cosa, primer explorador de Urabá y otras costas
de la flamante Nueva Andalucía supo reanimarlo infundiéndole la certeza
de que también en dicha gobernación abundaba el oro. No le fué esto
difícil, pues el heroico aventurero estaba pronto siempre á la ilusión y
la esperanza, contando además con meterse en las tierras de su vecino,
si es que las suyas no resultaban bastante productivas.

Fué más durable y honda su mala impresión cuando la flota de Nicuesa
entró pocos días después en el puerto. Traía cuatro naves grandes y dos
bergantines, provistos en abundancia de víveres y con todos los útiles
necesarios para un viaje de descubrimiento.

Nicuesa había podido alistar en España mucha más gente que los enviados
de Ojeda, y para colmo de su fortuna, mientras las dos carabelas de La
Cosa venían directamente á Santo Domingo, deteníase él en una de las
islas Caribes, aprisionando cien indígenas, que esperaba vender en el
mercado de Santo Domingo á muy buen precio, por ser los indios caribes
más duros para el trabajo que los flojos é indolentes de Haití.

Hizo esfuerzos el Caballero de la Virgen para ocultar su ira al ver el
diferente aspecto que ofrecían ambas armadillas: la de Nicuesa,
compuesta de seis buques, meciéndose con cierta majestad ante las
curiosas miradas de los vecinos de Santo Domingo, mientras que sus dos
carabelas aún parecían más inferiores comparadas con las naves vecinas.

Pronto se dió cuenta de que la gente aventurera de las Cuatro Calles se
apartaba de él para ir en busca de Nicuesa. Los más vocingleros y
propensos á la insubordinación se apresuraron á ofrecerse al gobernador
de Castilla del Oro, que podía pagar con largueza á sus hombres.

Sin embargo, los más valerosos soldados de la colonia permanecían fieles
á don Alonso. El grave Francisco Pizarro saludaba siempre al gobernador
de Nueva Andalucía con palabras de ruda lealtad.

--No olvide vuestra señoría que soy su hombre y le seguiré hasta el
infierno si es preciso.

El alegre y galanteador Hernando Cortés no creía necesario hacer nuevas
declaraciones. Continuaba siendo amigo del valeroso Caballero de la
Virgen y sólo quería ir con él.

Llegaron á ser unos cien los aventureros residentes en Santo Domingo que
preferían seguir á Ojeda pobre, que buscar la protección de Nicuesa el
rico. Hasta se permitió don Alonso no aceptar en su expedición á hombres
útiles pero que le eran antipáticos. En vano Juan de la Cosa, que había
recibido en España el título de Alguacil mayor de la Nueva Andalucía é
iba á ser vicegobernador de dicha provincia, instó á su amigo para que
admitiese á cierto hidalgo que conocía desde años antes, por haber
figurado en la expedición organizada por Bastidas.

Llamábase Vasco Núñez de Balboa y era de Jerez de los Caballeros en
Extremadura. Sus amigos le apodaban «el Esgrimidor», por su habilidad en
el manejo de la espada y tal vez por haberse mantenido en ciertos
momentos de su existencia azarosa dando lecciones de esgrima.

Al naufragar la expedición de Bastidas en las costas de la isla
Española, dividiéndose los tripulantes en tres partidas para correr las
setenta leguas que les separaban de la ciudad de Santo Domingo, había
ido Balboa en el grupo mandado por Juan de la Cosa, apreciando éste sus
habilidades para improvisar recursos y su raro don de animar á las
gentes con un optimismo heroico.

Luego se había quedado en Santo Domingo dedicándose á la agricultura,
pues este esgrimidor, tan propenso á las aventuras belicosas, sentía al
mismo tiempo la atracción de la tierra virgen y las delicias triunfantes
del que realiza los primeros cultivos.

Sus empresas de labriego resultaban aún más desgraciadas que sus
primeras aventuras como marinero y soldado. Los ciclones, muy frecuentes
en los últimos años, y el mal éxito de ciertas cosechas intentadas con
semillas de Europa, rebeldes al nuevo ambiente, arruinaban á Balboa, que
había tomado unos pequeños campos en el naciente pueblo de Salvatierra,
cerca de Santo Domingo.

Los usureros le perseguían por deudas, y desalentado de su lucha con la
tierra, quería volver otra vez á las aventuras del descubrimiento. Como
prefería á los capitanes por sus hazañas y no por su riqueza, tenía
empeño en ir con don Alonso de Ojeda á la Nueva Andalucía.

El gobernador hizo un gesto negativo apenas oyó el nombre de Balboa. Lo
había visto algunas veces en las Cuatro Calles cuando venía á la ciudad,
buscando el trato con sus antiguos compañeros de armas. Se mostraba
cortés y pronto á la admiración con el antiguo raptor de Caonabo, pero
Ojeda correspondía mal á tales muestras de afecto. Adivinaba en «el
Esgrimidor» un carácter igual al suyo. Allá donde fuese acabaría por ser
el primero, ó moriría si no llegaba á conseguirlo.

--Su apadrinado no me place--dijo con un tono de resolución que hizo
desistir á Juan de la Cosa--. No quiero en mi compañía hombres de su
laya.

Y ya no hablaron más de Balboa.

El dinero era lo que preocupaba más á Ojeda en aquellos momentos.
Necesitaba fingir que lo tenía en abundancia, para que no riesen de él
sus enemigos, y al mismo tiempo debía buscarlo secretamente. Sin un
nuevo aporte de capital resultaba imposible la salida de la expedición.

Marchó ahora decididamente en busca del bachiller Martín Fernández de
Enciso, y le propuso que fuese asociado suyo en esta expedición
invirtiendo en ella sus dos mil castellanos de oro. Él le entregaría una
parte de lo que produjesen las minas, y usando los poderes que le había
conferido el rey, estaba dispuesto igualmente á darle el título de
Alcalde mayor de la Nueva Andalucía.

El abogado, que siempre había tenido que luchar con jueces, sintióse
envanecido por la posibilidad de ser el primer juez de un vastísimo
territorio, viendo blancos y cobrizos sometidos á sus fallos. Todavía le
halagaban más las aventuras de la exploración por países vírgenes, el
estudio directo de mares y tierras nunca vistas hasta entonces por los
europeos. Tan aficionado al estudio como á las aventuras belicosas,
pocos años después, al volver á España, fué el primero que escribió una
Geografía de la América conocida entonces, é igualmente el primer _Arte
de navegar_ entre los dos mundos, á través del Océano.

Aceptó el bachiller Enciso su asociación con Ojeda y Juan de la Cosa,
entregándoles todo el dinero que había ganado defendiendo pleitos; pero
aun después de recibir este auxilio, sintióse don Alonso molestado por
la preponderancia de Nicuesa; y como ambos eran de carácter altanero, y
al mismo tiempo muy activos é inquietos, sostenían frecuentes
discusiones sobre la interpretación de los privilegios dados por el rey
comprendiéndolos en el mismo decreto.

Fernando Cuevas esperaba todos los días una reyerta de estos dos
capitanes que habían sido amigos en su primera juventud.

--Hombres de su condición--decía Cuevas--, y que además son rivales, no
pueden vivir mucho tiempo en una ciudad tan reducida como Santo Domingo
sin que acaben por pelearse.

El rey les había concedido la isla de Jamaica como posesión común en la
que podrían abastecerse, pero ambos gobernadores empezaron á disputar,
queriendo la mejor parte de dicha isla. Además, la demarcación de sus
dos gobernaciones era vaga y cada uno quería incluir la provincia de
Darién en sus dominios.

Nicuesa, que había sido cortesano, tenía el don de la palabra. Sagaz y
ceremonioso, pudiendo dominar en todo momento la violencia de su
carácter, procedía de tal modo en las discusiones, que dejaba perplejo á
Ojeda ante sus argumentos y conseguía finalmente que las gentes riesen
de éste. Viéndose vencido de antemano don Alonso en dicho terreno, pensó
que él sabía manejar el acero mejor que la lengua, acabando por adoptar,
como solución lógica, un desafío á espada con Nicuesa.

Buscó á Fernando Cuevas y á Francisco Pizarro para que fuesen en su
nombre á retar al gobernador de Castilla del Oro.

--Es mejor que nos matemos--dijo á sus enviados--, y el que quede con
vida que se lo lleve todo.

Antes de que fuesen á ver á Nicuesa les recomendó mucho que de ningún
modo se enterase el señor Juan de la Cosa, por ser hombre demasiado
razonable, aficionado á las soluciones pacíficas y enemigo de duelos.

Don Diego de Nicuesa sintió cierto asombro ante la inesperada
proposición de su rival. Era tan valiente como Ojeda, pero tenía una
noción más aproximada de la oportunidad en palabras y actos, y reconoció
la locura que significaba el tal desafío.

Burlándose en sus adentros de la impetuosidad de su adversario, propuso
públicamente á los enviados de Ojeda que, como preliminar del duelo y
para que ambos luchasen por algo positivo, debía cada uno depositar
cinco mil castellanos de oro, que servirían de premio al que venciese.

Como la mayoría de los aventureros en Santo Domingo era favorable á
Nicuesa, encontró muy oportuna tal proposición, apoyándola en los
corrillos de las Cuatro Calles, y tal como esperaba Nicuesa, resultó un
golpe anonadador para su orgulloso antagonista.

Cinco mil castellanos de oro representaban más de treinta mil duros, una
fortuna considerable para aquellos tiempos, y Ojeda, que ya no tenía
dinero y era demasiado vanidoso para confesarlo, no supo qué contestar.

Al fin optó por una resolución propia de su carácter.

--Yo lo buscaré personalmente--dijo á Pizarro y á Cuevas--y le daré de
pescozones como á un villano, hasta que saque su espada.

Por suerte, el sesudo La Cosa se había enterado del reto. Aunque era
hombre tan valeroso como los otros, había perdido la temeridad de la
juventud y creyó oportuna su mediación entre los dos exaltados
gobernadores.

Yendo de uno á otro, consiguió al fin el marino que ambos se conformasen
con que el río Darién ó Atrato fuese la línea divisoria de sus
respectivos gobiernos.

La partición de la isla de Jamaica no pudo arreglarla igualmente, por
haberse inmiscuído en el asunto el Almirante don Diego Colón. Se
mostraba resentido éste á causa de las distribuciones hechas por el rey
de las tierras de Veragua, que él creía pertenecientes á su familia por
los privilegios heredados de su padre don Cristóbal.

Seguía creyendo, con arreglo á las capitulaciones hechas en Santa Fe,
que nadie más que los Colones, ó los que ellos delegasen, podían ir en
busca de las tierras del Gran Kan. Además, don Fernando el Católico,
caso de querer hacer una expedición á Tierra Firme, debía confiarla á su
tío don Bartolomé Colón, que había estado allá é intentado fundar la
colonia de Belén, durante el cuarto viaje del Almirante viejo.

Mas el rey de España no deseaba nuevos tratos con la familia Colón,
recordando que el primer Almirante había intentado, según dijeron
muchos, declararse independiente en Santo Domingo con el auxilio de los
genoveses. Igualmente existía una poderosa razón económica para su
negativa. Los Colones exigían constantemente que la corona pagase los
gastos de sus viajes, y Fernando el Católico, siempre apurado de dinero
por sus guerras en Nápoles y en la frontera francesa, prefería dar
privilegios y títulos, que nada le costaban, á capitanes y marinos
prontos á intentar los descubrimientos por su propia cuenta.

Como la isla de Jamaica estaba cerca, el joven Almirante empezó por
apoderarse de ella, mientras enviaba á España una carta explicando la
razón de tal acto. Rebelándose contra las disposiciones del privilegio
real á favor de Ojeda y Nicuesa, envió al más valiente de sus capitanes,
llamado Juan de Esquivel, para que con setenta hombres tomase posesión
de Jamaica y la conservase sometida al gobierno de Santo Domingo.

Ojeda sólo tuvo conocimiento de esta decisión del Almirante en el
momento de embarcarse. Diego Colón temía su impetuosidad mucho más que
la diplomacia de Nicuesa, y deseaba verle cuanto antes lejos de Santo
Domingo. Por esto dió toda clase de facilidades para la salida de la
modesta armadilla mandada por Juan de la Cosa.

Iban en ella las dos carabelas traídas de España y un par de pequeños
bergantines, adquiridos en Santo Domingo, llevando en junto unos
trescientos hombres.

Francisco Pizarro era uno de los tenientes de don Alonso. Cuevas, sin
ningún cargo fijo, iba al lado del gobernador, como amigo de confianza.

Hernán Cortés no había podido embarcarse en el último momento. Semanas
antes, yendo de caza por la isla, había rodado una piedra sobre él,
hiriéndole en una rodilla, y la hinchazón le privaba de moverse.
Prometió reunirse con Ojeda cuando saliese de Santo Domingo, algún
tiempo después, el refuerzo que estaba organizando el bachiller Enciso.

El prudente La Cosa había creído mejor escalonar la expedición en dos
partes, para recibir víveres frescos y gente nueva cuando ya tuviesen su
colonia establecida en un sitio favorable del golfo de Urabá.

Sin su herida, Hernán Cortés hubiese partido en una expedición donde
murieron los más de los hombres, y caso de salvarse, como Pizarro,
habría permanecido, lo mismo que éste, largos años en el Darién y en
Panamá, retrasándose varios lustros la conquista de Méjico ó siendo
otros capitanes los que la realizasen.

Lucero se quedó en su huerta, y por estar más habituada á las cosas de
la isla, parecía ejercer cierta autoridad sobre las familias de los que
habían partido en la expedición. La esposa y las hijas de Juan de la
Cosa, recién instaladas en Santo Domingo, buscaban el apoyo y consejo de
esta animosa compatriota.

La india Isabel dejó sus bastardos mestizos en la huerta de Cuevas;
Lucero cuidaría de mantenerlos mientras ella seguía á su hombre en esta
peligrosa cacería del oro á lo largo de las costas de Tierra Firme.

El gobernador de Nueva Andalucía, al enterarse en el muelle de madera de
Santo Domingo, cuando iba á saltar en su batel, de que el Almirante
mozo había quitado el dominio de Jamaica á él y á Nicuesa, montó en
cólera de tal modo que empezó á dar gritos, desafiando el poder del
virrey, prometiendo que iría á dicha isla para posesionarse de ella tan
pronto hubiese arreglado lo más urgente de su gobernación.

--Juro por la Virgen--dijo dentro ya de su barca y extendiendo una mano
para apoyar su juramento--que si llego á encontrar en Jamaica al capitán
Juan de Esquivel, le cortaré la cabeza.

Los que le oían, conociendo su carácter, no dudaron de la realización de
tal bravata.

--Y así lo hará--decían todos.

La armadilla, bajo la dirección de Juan de la Cosa, se alejó con rumbo á
Occidente, todas sus velas desplegadas.

La de Nicuesa tardó algunos días en zarpar. El gobernador de Castilla
del Oro mostrábase más tranquilo después de haberse alejado su rival.

El haberle tocado la famosa Veragua en el reparto de las dos
gobernaciones hacía que los más quisieran ir con él, resultando tan
considerable el número de los que se alistaban, que hubo de comprar otro
buque para transportarlos.

Generoso y dilapidador como su rival Ojeda, había gastado tanto, que se
encontraba ya envuelto en deudas, no obstante su riqueza. Y como muchos
de sus acreedores conocían la mala voluntad del Almirante para esta
expedición, procuraron captarse su benevolencia oponiendo obstáculos á
Nicuesa.

Todos quisieron cobrar antes de que partiese. Mientras tanto, iba
embarcándose su gente, más de setecientos hombres, bien escogidos y bien
armados.

Llevaba varias yeguas de vientre, lo mismo que había hecho Ojeda, por
ser el ganado caballar el que se reproducía con más rapidez en las
nuevas tierras. Su teniente era Lope de Olano, designación inoportuna,
por haber sido este hombre uno de los más bullangueros y desleales en
las revueltas ocurridas en la isla.

Toda la armada de Nicuesa zarpó del río de Santo Domingo saliendo al
mar, menos un buque que esperaba en la boca del puerto á que el
gobernador resolviese los obstáculos que le creaban á última hora
ciertos personajes de la ciudad, movidos ocultamente por don Diego
Colón.

En el momento que iba á saltar á su barca para ir á juntarse con su
armada, se vió arrestado por varios alguaciles, que le llevaron ante el
Alcalde mayor, á instancias de cierto vecino que exigía la devolución de
un préstamo de quinientos ducados. Debía pagar al contado ó ir á la
cárcel.

En vano el desgraciado caballero protestó diciendo que le era imposible
pagar con tal urgencia, y que le arruinaban, estorbando al mismo tiempo
el servicio del rey al impedirle que se uniese á su expedición.

El Alcalde mayor permaneció sordo é inflexible, sabiendo que con su
crueldad daba gusto al Almirante; pero un hombre de ley modesto fué más
generoso que el alto magistrado, y mostró al mismo tiempo mayor interés
por los descubrimientos españoles.

Fué éste un escribano público que presenciaba la escena, sintiéndose
conmovido por el noble de Nicuesa. Al verle derramar lágrimas de varonil
desesperación, el escribano se levantó, avanzando hacia el juez.

--No puedo ver--dijo--á un caballero tan completo reducido á tal estado.
Yo pagaré su deuda.

El gobernador de Castilla del Oro le miró sorprendido, creyendo haber
oído mal. Desapareció el escribano, volviendo poco después con una
taleguilla repleta de monedas para pagar por él.

Al verse libre Nicuesa, abrazó á su inesperado salvador, prometiendo
resarcirle con creces de este préstamo desinteresado. Iba á la
prodigiosa Veragua, al Quersoneso Áureo de los antiguos. Él le daría
cuanto oro desease.

Y corrió á embarcarse, antes de que Colón el mozo le disparase otro
acreedor pidiendo el arresto de su persona.




VI

     De cómo salvó su vida el Caballero de la Virgen en la más
     portentosa de sus aventuras, y cómo murió hinchado de veneno el
     mayor de sus amigos.


Llegó en pocos días la armadilla cerca del golfo de Urabá, fondeando en
un puerto natural donde años después fué establecida la ciudad de
Cartagena.

Juan de la Cosa conocía este puerto por haber estado en él ocho años
antes, en 1501, cuando lo descubrió Rodrigo de Bastidas, al que
acompañaba como piloto mayor.

Con una prudencia que era el resultado de atentas observaciones,
aconsejó á Ojeda que no se confiase en los indígenas de esta tierra, muy
distintos á los débiles habitantes de la mayor parte de las islas
antillanas.

--Son gente caribe y brava--siguió diciendo--; usan grandes espadas de
palo de palmera, se defienden con escudos de mimbre y cuero, y mojan las
puntas de sus flechas en un veneno muy sutil que mata casi
instantáneamente. Las hembras pelean lo mismo que los varones, siendo
diestras en disparar el arco y arrojar la azagaya.

El prudente marino no sabía que estos indios sentíanse además irritados
en aquel momento por los robos de otros navegantes blancos que habían
pasado por aquella costa, y así que vieron aproximarse los buques de la
expedición, tomaron sus armas.

El consejo de Juan de la Cosa era que Ojeda, al que amaba como si fuese
hijo suyo, abandonase tan peligrosa vecindad y fuese más lejos á fundar
su establecimiento en el golfo de Urabá, donde, según él, las gentes
eran menos feroces y no usaban flechas con «hierba». Pero el Caballero
de la Virgen no podía admitir que unos guerreros desnudos trastornasen
sus proyectos. Necesitaba además hacer esclavos cuanto antes para
mandarlos á la Española y que su venta sirviese de pago á sus
acreedores.

Éstos le habían dejado partir sin crearle obstáculos, por convenirle así
al Almirante; pero él había de pagarles para que su consocio el
bachiller Enciso pudiese completar los preparativos de la segunda
expedición.

Saltó á tierra con gran parte de sus hombres. Sólo quedaron en los
buques las gentes de mar. Juan de la Cosa era piloto y no hombre de
guerra, mas no quiso separarse del impetuoso don Alonso, y desembarcó
también para prestarle ayuda.

Cuevas, que iba al lado de su temerario protector, vió al saltar en la
playa grupos compactos de indios, de aspecto más fiero que los de las
islas, pintados de rojo y negro. Llevaban espadas de palo muy pesadas,
como las había descrito La Cosa, escudos de fibras vegetales y unas
pequeñas lanzas arrojadizas, cuya punta era un diente ó una gruesa
espina de pescado.

Miraban desde lejos, con silenciosa hostilidad, á estos hombres
extraordinarios que iban desembarcando, con el pecho y la cabeza
cubiertos de brillante acero. No huían de ellos medrosamente. Los
miraban seguros de su propio poder, y dejaron que el principal grupo se
fuese aproximando, mientras permanecían en un silencio amenazador.

Iban en la expedición tres frailes, que debían catequizar á los infieles
de la Nueva Andalucía, y uno de ellos fué el designado por el gobernador
para que leyese la fórmula.

Esta fórmula era reciente invención de los legistas que dominaban la
corte de Fernando el Católico y ciertos obispos y superiores de
monasterio, no menos influyentes.

Jurisconsultos y eclesiásticos habían sentido escrúpulos al pensar en
los pueblos desnudos y salvajes que los descubridores españoles iban
encontrando en las nuevas tierras. Estas pobres gentes, faltas de
verdadera religión, vivían en el mismo suelo de sus antepasados, y no
era legítimo someterlas á la autoridad de los reyes de España sin
explicarles antes las razones legales de ello y el indiscutible derecho
que tenían para imponerles el cristianismo.

Desorientados por la enorme distancia y el desconocimiento de la vida en
tales países, habían redactado dichos teorizantes un larguísimo
documento, ordenando que todo descubridor lo leyese á los indígenas al
tomar posesión de sus tierras, y prohibiéndoles entrar en combate sin
cumplir antes dicha ceremonia preliminar.

Don Alonso, tan respetuoso con las cosas de la religión como violento en
los actos de su vida, avanzó confiadamente hacia la muchedumbre de
indios llevando la espada envainada, como hombre de paz. Los frailes le
siguieron, y á continuación fueron avanzando Juan de la Cosa, cada vez
más inquieto, Fernando Cuevas mirando con curiosidad á todas partes, y
Pizarro con un grupo de soldados, á los que por desconfianza y previsión
había ordenado que tuviesen las armas prontas.

--Lea su reverencia la fórmula--dijo Ojeda á uno de los frailes.

Y en el amenazante silencio empezó á sonar la voz del religioso, leyendo
esta obra de juristas y teólogos con gran fervor, como si los indígenas
pudiesen entenderle.

--Yo, Alonso de Ojeda--decía--, criado de los muy altos y muy poderosos
soberanos de Castilla y de León, conquistadores de bárbaros, su
mensajero y capitán, os notifico y hago saber, del mejor modo posible,
que Dios nuestro señor, único y eterno, ha creado cielo y tierra, así
como el primer hombre y la primera mujer, de los cuales vosotros y
nosotros descendemos...

Y así seguía la fórmula, explicando los fundamentos de la fe católica,
el supremo poder de San Pedro y de sus sucesores los Papas sobre toda la
especie humana, la donación que había hecho el Pontífice romano á los
reyes de España de toda esta parte del mundo, tierras y habitantes,
intimando á cuantos oyesen el presente documento á instruirse en las
verdades de la doctrina cristiana y á reconocer la supremacía del Papa y
la soberanía del rey católico, amenazándolos, de no hacerlo así, con
todos los horrores de la guerra, la destrucción de sus viviendas y sus
campos, la esclavitud de sus mujeres é hijos.

El documento era muy largo y el fraile lo leía con solemne lentitud.
Cuevas, aunque no lo conocía, empezó á encontrarlo pesadísimo,
entreteniéndose en mirar los grupos de indígenas, que estaban á unos
cincuenta pasos.

Parecían maravillados los salvajes de esta monótona ceremonia,
presintiendo en ella algo mágico. Del interior de las arboledas vecinas
surgían gritos y bramidos de caracolas. Acallábase este estrépito cuando
las gentes cobrizas que lo causaban salían de la selva á la costa, y al
verse en terreno descubierto quedábanse en silencio, lo mismo que sus
compañeros, mientras el mago de ropa talar y cabeza medio afeitada
seguía hablando y hablando con una hoja blanca ante sus ojos.

Algunas veces el ruido que venía de los bosques era tan enorme, que el
fraile cesaba en su lectura, poniendo el gesto hosco de un predicador
que ve interrumpido su sermón.

--Siga leyendo su reverencia--ordenaba en voz baja el gobernador.

--Tanto monta que griten ó que callen; ¡para lo que entienden!--dijo
entre dientes Juan de la Cosa.

Empezó Cuevas á darse cuenta de que esta situación resultaba
insostenible, y llevó por instinto su diestra á la empuñadura de la
espada.

Nuevamente interrumpió el fraile la lectura del larguísimo documento.
Una piedra había rozado el extremo de su papel, doblándolo.
Inmediatamente varias azagayas y flechas cayeron en torno del grupo más
avanzado de los blancos, clavándose cimbreantes en la arena.

--¡No lea más, padre!--gritó el gobernador, temblando de cólera.

Y en el mismo instante estalló frente á él un fiero toque de caracolas
de guerra y el ensordecedor vocerío con que los indios acompañaban sus
acometidas.

Sintióse Ojeda dominado por la fiera voluptuosidad que experimentaba
siempre al entrar en batalla. Había desembarcado llevando pendiente del
talle el cuadrito de la Virgen, y lo miró con una ojeada rápida que
equivalía á una oración.

--¡Santiago, á ellos!

El gobernador había dado este grito con la espada en alto, corriendo
solo hacia el enemigo con osada ligereza y cubriéndose al mismo tiempo
con su escudo. El veterano Juan de la Cosa fué el primero en seguirle
con el mismo denuedo, como si hubiese deseado esta batalla.

Los demás soldados cargaron con igual furia sobre los salvajes,
arrollándolos y obligándoles á huir, después de un choque que hizo
rodar á muchos enemigos por el suelo, enrojeciendo con su sangre la
arena de la playa. Otros quedaron prisioneros, y sobre los cuerpos de
vivos y muertos se encontraron numerosas planchas de oro, aunque de
inferior calidad.

Entusiasmado por este triunfo, quiso Ojeda seguir tierra adentro,
obligando á que le sirviesen de guías algunos prisioneros. Juan de la
Cosa repitió sus consejos prudentes. Ya había visto su amigo con qué
denuedo se batían estos bárbaros. Ir á buscarles en medio de los bosques
representaba una imprudencia mortal. Pero el gobernador, desoyéndole,
había empezado su marcha arboleda adentro, y el leal navegante, que no
le abandonaba nunca, le siguió espada en mano, aunque con gesto triste,
presintiendo que tal vez marchaban todos hacia la muerte.

Después de avanzar largo tiempo por la selva llegaron á una planicie con
abundantes chozas, donde les esperaba nueva muchedumbre de indígenas,
con clavas, lanzas, arcos flecheros y escudos.

Otra vez dió don Alonso su grito de guerra, y cargaron los españoles,
dispersándose los indígenas después del choque sangriento. Ocho de estos
salvajes se guarecían en una gran choza y como héroes de epopeya
deseaban morir antes que volver la espalda á tan poderosos enemigos.

Eran hábiles arqueros, y como tiraban con flechas envenenadas, los
españoles no se atrevían á acercarse á la temible vivienda.

Gritó indignado Ojeda, insultando á sus hombres:

--¿No os da vergüenza que ocho salvajes desnudos os mantengan á raya?

Uno de los más veteranos, excitado por tales invectivas, se lanzó por
entre las flechas para romper la puerta de la choza, pero una de estas
saetas ponzoñosas le atravesó el pecho, cayendo muerto instantáneamente.

Furioso don Alonso, hizo echar leños encendidos sobre el techo del
bohío, todo él de hierbas secas, y las llamas consumieron en poco tiempo
la rústica vivienda y los ocho héroes cobrizos.

Setenta indígenas habían quedado prisioneros en el combate, excelente
mercancía para ser vendida en Santo Domingo, por ser los naturales de
este país grandes de cuerpo, duros de miembros y sufridos para toda
clase de trabajos. Servirían para alivio de gastos al bachiller Enciso.

Y como la guarda de este botín de carne humana era importante, la confió
á Cuevas, volviéndose éste con Pizarro y unos cuantos hombres adonde
aguardaban las naves. La india Isabel también regresó á la playa con la
tropa de esclavos. Llegado el momento de pelear, nadie consideraba
necesarios sus servicios como intérprete. Además, la india parecía
asombrada y medrosa, como un animal dulce que olfatea el peligro.

Después de registrar el grupo de cabañas, Juan de la Cosa, que no quería
separarse un momento de Ojeda, le dió otra vez el consejo de que
volviesen á los buques. Empezaba á caer la tarde. Él conocía las
costumbres de los indios, y estaba seguro de que iban á aprovechar la
llegada de la noche y las fragosidades del terreno para concentrarse y
atacarles con mayor éxito.

No quiso oirlo don Alonso, tentado por la esperanza de hacer más
esclavos y conseguir nuevos objetos de oro, aunque fuesen de baja ley, y
siguió su encarnizada persecución de los fugitivos, siempre bosque
adentro. Persistía en él la excitación de un combate terminado demasiado
pronto, deseando reanudar la lucha con el enemigo.

Empezaba á obscurecer cuando llegaron á un pueblo llamado Yurbaco,
completamente abandonado. Sus habitantes habían huido á las espesuras,
llevándose todo lo de sus casas.

Confiados los españoles en el terror que debían sentir los indígenas
después de los dos choques tan mortales para ellos, se diseminaron para
registrar las viviendas, muchas de ellas esparcidas en el bosque,
separadas unas de otras por espesas arboledas.

Juan de la Cosa se mostraba cada vez más inquieto, presintiendo la
proximidad del peligro, y repentinamente vió realizados sus temores.

Cayó sobre ellos una masa de indios armados y vociferantes, más densa y
numerosa que las que habían visto en los anteriores encuentros. Surgían
por todas partes grupos de guerreros indígenas, aullando sus gritos de
guerra, haciendo sonar caracolas y bocinas, y los dispersos españoles
trataron inútilmente de juntarse para una resistencia común.

Los sorprendieron y rodearon en pequeños grupos, unos en el interior de
las casas, otros en el campo libre, pero teniendo en torno macizos de
árboles á cuyas copas trepaban los indígenas para flecharlos desde lo
alto. Tuvieron los invasores que pelear á la defensiva, con el valor de
la desesperación, sin que les valieran ya sus cascos y corazas. Mataban
sin descanso, y sobre los enemigos caídos avanzaban otros y otros con la
audacia de una segura victoria.

El acero de sus armas defensivas se abollaba ó rompía bajo el golpe
brutal de las clavas y las espadas de madera dura. Silbaban en torno de
ellos nubes de flechas con puntas y coronillas de hierba empapadas en
mortal veneno.

No obstante su obcecada confianza, Ojeda había sido el primero en
percatarse de la gravedad del ataque, reuniendo con su habitual
prontitud unos cuantos soldados para defenderse al abrigo de una
empalizada. Las flechas iban disminuyendo rápidamente el número de sus
hombres, y Ojeda sólo se libraba de ellas gracias á su agilidad y su
astuta inventiva para combatir. La pequeñez de su cuerpo le permitía
ofrecer menos blanco que los otros á la flecha envenenada de los
enemigos, y él extremaba aún la exigüidad de su estatura marchando sobre
las rodillas, cubierto con su escudo.

Así iba de un lado á otro, asombrosamente ligero, destripando con su
espada á todos los combatientes indios que se ponían á su alcance.
Mientras tanto, sus compañeros caían para morir, retorciéndose como
reptiles partidos, á causa de las horrorosas convulsiones producidas por
el veneno de las flechas.

Cuando don Alonso se veía ya casi solo, llegó Juan de la Cosa con
algunos españoles que había conseguido reunir. El destino del valeroso y
prudente navegante era ayudar á Ojeda con un afecto paternal hasta en
sus últimos momentos.

Se situó junto á la puerta de la empalizada, haciendo retroceder con sus
golpes á los guerreros más audaces. En la lucha cuerpo á cuerpo, el
célebre piloto, que era muy forzudo á pesar de sus años, llevaba ventaja
sobre los salvajes, pero las flechas envenenadas hicieron caer á muchos
de sus hombres y él mismo empezó á recibir mortales heridas.

No obstante su temeridad, se dió cuenta don Alonso de que esta situación
resultaba insostenible y era preciso salir de ella. Gritó á su amigo La
Cosa para hacerle saber que debían abrirse paso, fuese como fuese, é
inició la salida arrojándose con una agilidad de felino en medio de los
combatientes, repartiendo cuchilladas á un lado y á otro con tal
rapidez, que los indios le dejaron paso franco, desapareciendo en un
instante.

Juan de la Cosa quiso seguirle, pero no tenía su agilidad juvenil y
estaba además acribillado de heridas. Con el resto de los españoles se
refugió en una choza é hizo que arrancasen la techumbre para que los de
fuera no pudieran prenderle fuego. De este modo pudo defenderse hasta
bien entrada la noche, cuando todos sus compañeros habían perecido,
menos uno.

Empezó á sentir el efecto del veneno de sus numerosas heridas. La espada
se le caía de las manos, sus rodillas se doblaban. Iba á morir, y
llamando á su lado al único de los españoles que aún vivía, le dijo con
voz desfalleciente:

--Hermano, ya que Dios os ha protegido hasta ahora, salid y corred, y si
encontráis á Alonso de Ojeda, contadle mi muerte.

Este español fué el único que consiguió escapar con vida de los setenta
que habían seguido al Caballero de la Virgen en su temeraria expedición;
y cuando, un día después, avanzando á rastras por el interior de los
bosques, con largas esperas y ocultamientos, consiguió llegar á la
playa, encontrándose con una partida de exploradores españoles, éstos
quedaron aterrados por las noticias del desastre.

Cuevas y los otros amigos de Ojeda habían empezado á sentirse inquietos
desde la mañana siguiente al avance de su jefe tierra adentro. Nada
sabían de él ni de sus compañeros. Algunos grupos que intentaban
internarse en el bosque retrocedían al oir los aullidos de los salvajes
acompañados por sus caracolas y tambores de madera.

Los trompeteros de las naves hacían sonar sus instrumentos en los
linderos del bosque, pero tales llamamientos se perdían en un silencio
inquietante ó eran contestados por la gritería triunfal de los
indígenas.

Otros grupos de tripulantes corrían la costa en barcas, disparando sus
armas de fuego, mas dicho estrépito era absorbido por una calma
silenciosa que á los expedicionarios, ya desalentados, les parecía
fúnebre.

Después de escuchar el relato del único fugitivo, todos dieron por
muerto á don Alonso. Indudablemente había caído en medio del bosque,
envenenado por las flechas, lo mismo que Juan de la Cosa. Les parecía
imposible que, de vivir este caudillo extraordinario, no hubiese llegado
ya adonde le aguardaban las naves.

La india Isabel era la única que se negaba á creerle muerto. Seguía á
las pequeñas partidas que registraban la costa y los linderos del
bosque, con rostro impasible, procurando ocultar sus emociones. Cuando
los portadores de trompetas se cansaban de hacer sonar sus instrumentos
y los arcabuceros creían innecesario consumir más pólvora, Isabel
lanzaba un grito estridente, semejante á los aullidos que se oían
lejísimos, en el interior del bosque. Era un grito aprendido de niña en
su tribu, que le había servido muchas veces, durante el segundo viaje de
Ojeda, para reunirse con éste en sus exploraciones tierra adentro.

--Si vive me conocerá al oirme--dijo á Cuevas, que marchaba á su lado.

Dos días después, como si no confiase ya en su llamamiento, gritaba
poco. En cambio se detenía muchas veces para husmear el aire, cual si
encontrase en él algo que le sirviese de rastro.

Cuevas, con seis españoles y la india, se había alejado, siguiendo la
costa, y un pequeño cabo ocultaba á sus espaldas los cuatro buques al
ancla.

Era una playa salvaje, teniendo enfrente un mar solitario.

--¡Allí, allí!--gritó la india, señalando el bosque acuático que cubría
una marisma.

Esta arboleda era de mangles, que crecen en el agua y cuyas raíces
buscan el aire, entrelazándose sobre la líquida superficie.

Avanzó Isabel resueltamente sobre la maraña de las raíces, separando las
ramas entrecruzadas. Iba delante con la seguridad y el ímpetu de un
perro de caza, y de pronto gritó con expresión de triunfo, al mismo
tiempo que Cuevas y los otros veían una especie de sombra tendida entre
dos mangles, en la penumbra húmeda y verdosa.

El espectro llevaba vestimenta á la española, y todos gritaron también
de asombro y alegría al reconocer á don Alonso de Ojeda.

Parecía un cadáver lívido tendido sobre la raigambre superacuática,
conservando el escudo pendiente de un hombro, la espada en una mano y el
cuadrito de la Virgen fijo en la cintura, tal como le había rendido el
cansancio.

Abrió los ojos al sentir las caricias de Isabel y las voces de sus
amigos. Luego volvió á cerrarlos sin poder articular una palabra, pues
el hambre y la fatiga le tenían como muerto.

Hizo Cuevas que lo transportasen á la playa y buscó leña seca para
encender una fogata. Era preciso ante todo calentarlo, pues el frío y
la humedad de su escondite lo tenían yerto. Mientras tanto, algunos de
los hombres examinaban la rodela, que habían descolgado de su espalda,
encontrando en ella señales de unos trescientos flechazos.

Cuando tomó algún alimento y pudo beber vino, empezó á hablar.

Nunca sintió Cuevas una admiración tan grande por el vigor de su
capitán.

--Si no fuese tan robusto, aunque chico de cuerpo--dijo á sus hombres--,
ya habría perecido hace dos días.

Se había abierto paso por en medio de sus enemigos, lanzándose á través
de los bosques, primeramente en dirección opuesta al mar, sabiendo que
los indios no le buscarían por esta parte.

Así había pasado la primera noche, y luego cambiaba de dirección, dando
un rodeo para salir al mar. No era empresa fácil guiarse en el
enmarañamiento de la selva, teniendo sobre su cabeza bóvedas de ramaje
apretado que le impedían ver las estrellas, sirviéndole únicamente de
norte el oir ó no oir los aullidos de los salvajes celebrando su
victoria.

Se ocultaba durante el día, reanudando su camino al cerrar la noche.
Marchaba á ciegas junto á los precipicios, abriéndose paso á cuchilladas
entre las lianas.

Gritaban sobre su cabeza monos y loros, asustados por la presencia de un
hombre que no olía como los del país. Entre sus piernas se deslizaban
grandes serpientes á las que había despertado, y tenía que defenderse
de ellas partiéndolas de un revés de su espada.

Con frecuencia se creía próximo á morir, y en su desesperación
atormentábale el recuerdo de su paternal amigo Juan de la Cosa y el
aturdimiento con que había desoído sus consejos. El único sostén de su
férrea voluntad era conservar el cuadrito de la Virgen pendiente de su
cinturón. Nuestra Señora haría un milagro para salvarle, como otras
veces.

Al salir finalmente al mar sólo encontró una extensión oceánica
completamente desierta, como si nunca hubiesen pasado por ella las naves
de los blancos.

Los altozanos de un promontorio próximo le impedían ver sus buques, y le
era imposible ir más allá de dicho obstáculo, que ocultaba parte del
horizonte marítimo.

No podía caminar más; sus piernas se doblaban, el suelo parecía tirar de
él. Y necesitando tenderse, buscó con instintiva precaución el refugio
de aquel manglar, para que los salvajes no le sorprendieran durante el
sueño.

Presintió que este sueño iba á ser el de la muerte. El hambre había
agotado sus fuerzas; el frío inmovilizaba sus miembros. Empezó á perder
la noción de lo que le rodeaba, pidiendo mentalmente por última vez
auxilio á la Virgen.

Un recuerdo tenaz de su primera juventud surgió varias veces en esta
silenciosa agonía. Se acordó de aquella gitana de España que,
examinando su mano, había hecho la predicción de que moriría de hambre.
Iba á llegar este final de su existencia que tantas veces le hizo reir
por lo ilógico.

--Pero gracias á la protección de la Virgen--terminó diciendo--, he
salido ileso de esta tremenda aventura.

Y todos los que le escuchaban consideraron indiscutible dicha
protección, mientras volvían sus miradas al escudo del héroe,
acribillado por las huellas de tantos flechazos, todos ellos venenosos.

Momentos después se convenció Fernando Cuevas de que la vida real, casi
siempre monótona y de aventuras lentas y muy espaciadas, ofrece de
pronto coincidencias é inesperados encuentros que tan sólo se ven en los
relatos novelescos.

Estaban él y sus hombres conversando con el heroico capitán y
ofreciéndole nuevos alimentos y tragos de vino para que se reanimase con
más rapidez, cuando vieron poblarse aquel océano solitario de varios
buques que venían siguiendo la costa y avanzaban hacia la anclada
armadilla de don Alonso, visible para ellos por navegar mar afuera y no
ocultársela el pequeño promontorio.

La vista de esta flota hizo recobrar sus fuerzas á Ojeda más aún que lo
que llevaba comido y bebido. Sus ojos reconocieron inmediatamente las
naves de Nicuesa, y esto le afectó de tal modo, que estuvo á punto de
derramar lágrimas, pero eran de cólera, viéndose desarmado y á merced de
un rival á quien tanto había ofendido.

Recordó el duelo que había propuesto á Nicuesa y las muchas amenazas que
llevaba proferidas contra él.

--Me busca--dijo--, quiere vengarse de mí, y lleva razón en ello. Lo
malo es que yo no puedo defenderme.

Inmediatamente sus inventivas de caudillo le sugirieron el modo de salir
de este peligro, y dió orden á Cuevas para que volviese con los otros á
bordo de sus naves y le dejase solo en la playa, sin revelar á nadie, ni
aun á los amigos más íntimos, dónde se hallaba oculto.

Él seguiría allí hasta que Nicuesa se marchase. Estaba dispuesto á hacer
frente á todas las partidas de indios que apareciesen en este lado de la
costa. Isabel podría traerle ocultamente algún alimento, si es que su
adversario tardaba en irse.

Así que ancló la armadilla de Nicuesa al lado de los barcos de Ojeda, lo
primero que hizo dicho caballero fué pasar á la nave capitana para
enterarse de la suerte del gobernador de Nueva Andalucía.

Pizarro y otros allegados á Ojeda dijeron de buena fe que ignoraban lo
que le había ocurrido á éste y que hasta le creían muerto, por haberse
abstenido Cuevas de comunicarle su descubrimiento en el manglar.

Al ver que Nicuesa lamentaba con verdadera sinceridad la desgracia de su
antiguo amigo, Cuevas llamó aparte al gobernador de Castilla del Oro,
pidiéndole que le diese su palabra de no atacar á Ojeda si vivía aún,
ni aprovechar sus desgracias para vengarse de las disputas en Santo
Domingo.

Nicuesa, que era de carácter noble y generoso, casi se irritó al oir tal
súplica.

--Busque vuesa merced á su jefe y tráigamelo, si aún vive--dijo--, que
yo empeño mi palabra no sólo de olvidar lo que ya pasó, sino también de
ayudarle como á un hermano.

Y cuando Ojeda, dolorido aún por su fuga á través de los bosques y los
desfallecimientos del hambre, volvió á su buque, presentándose á
Nicuesa, éste abrió los brazos para estrechar en ellos á su amigo de la
mocedad y á su enemigo de los últimos años.

--No es de caballeros--dijo--, sino de almas bajas, recordar pasadas
desavenencias cuando nos necesitamos el uno al otro. Disponga vuesa
señoría de mí como si fuese vuestro hermano. Yo y mi gente le seguiremos
dondequiera, hasta que la muerte de Juan de la Cosa y demás compañeros
quede vengada.

Cuevas admiró en silencio la caballerosidad de Nicuesa y la mansedumbre
cristiana con que sabía dar olvido á las ofensas.

A pesar de que era igual en sentimientos á los dos caudillos, tuvo, por
breves instantes, una vislumbre de la dualidad inexplicable de carácter
de todos los hombres férreos que durante medio siglo iban á conquistar
las nuevas tierras. Mostrábanse siempre entre ellos caballerescos y
generosos. Eran crueles en sus rencores, y luego, de una mansedumbre
cristiana para perdonarse si es que no se habían matado antes. Sus
durezas las reservaban para los indios, humanidad inferior y falta de
«razón», según las ideas de la época, que sólo merecía interés por parte
de algunos frailes de espíritu evangélico.

Dos hombres de guerra como Ojeda y Nicuesa consideraban imprescindible
una pronta venganza, é inmediatamente desembarcaron con cuatrocientos
hombres de á pie y unos cuantos jinetes.

Nada les importaba que empezase á anochecer. Las sombras favorecerían la
sorpresa del enemigo.

Ojeda recordaba el camino seguido días antes en su imprudente avance, y
cerca de medianoche llegaron al pueblecito de Yurbaco, de infausta
memoria.

La expedición se dividió en dos columnas, extendiéndose ambas en un
movimiento envolvente para que nadie pudiese escapar.

Dormían los indígenas vencedores con un descuido impropio de la astucia
de su raza. Habían matado á los blancos más valerosos, y los otros,
refugiados en los buques, no se atrevían en sus desembarcos á penetrar
en el bosque. Nadie podía venir á sorprenderles.

En vano las numerosas bandas de loros que poblaban los árboles,
asustados por el avance nocturno de tantos hombres extraños, empezaron á
gritar con estrépito ensordecedor. Los indios que despertaban volvían á
reanudar su sueño, sin salirse de sus hamacas.

De pronto, los que aún estaban despiertos vieron ensangrentarse la noche
con los resplandores de un vasto incendio. Sus casas empezaban á arder.
Intentaron los guerreros cobrizos, envanecidos por su triunfo hasta poco
antes, lanzarse fuera de sus viviendas, armados á toda prisa, pero
encontraban en la puerta á los blancos vengativos, que relucían como
divinidades infernales al reflejarse en sus corazas y cascos el rojo
inquieto de las llamas.

Los que pretendían salir eran hechos pedazos, y los que retrocedían al
interior de su vivienda se abrasaban. Las mujeres y los niños, viendo
por primera vez caballos y á la luz de un incendio, los creían monstruos
peores que los hombres blancos, y huían dando alaridos para caer en las
llamas.

No pensaron los invasores en hacer prisioneros por ganancia, ni menos en
dar cuartel por piedad. Se acordaban de la muerte de sus setenta
compañeros, y su indignación aún subió de punto cuando encontraron el
cadáver del señor Juan de la Cosa atado á un árbol, desnudo, y tan
hinchado y negruzco, por efecto del veneno, que costó gran trabajo
reconocerlo.

Numerosas flechas temblaban aún hundidas entre sus costillas. Tal vez
había servido de blanco á los tiradores de la tribu, después de muerto.

Mientras unos soldados registraban las ruinas humeantes en busca de
objetos de valor, otros descubrían entre los árboles nuevos cadáveres de
compañeros atados á postes é hinchados por las flechas envenenadas.

Tal era el horror que sintieron todos ellos de permanecer allí, que se
negaron á descansar en aquel sitio, apresurando el momento de volverse á
las naves.

Nicuesa ganó en esta expedición más que Ojeda, pues sus gentes reunieron
durante el saqueo del pueblo mucho oro y otros objetos de valor.

Los dos gobernadores de Tierra Firme se despidieron al día siguiente,
continuando Nicuesa su viaje á Veragua «la de los espejos de oro».

Ambos se abrazaron como hermanos, para no verse más. Ellos y la mayor
parte de sus hombres estaban ya marcados por la muerte como presa
inmediata.




PARTE TERCERA

EL OCASO DEL HÉROE




I

     Los suplicios de San Sebastián, y cómo los indios flecheros se
     convencieron de que «el pequeño jefe blanco» no era invulnerable.


Sintióse Ojeda desorientado al perder á Juan de la Cosa.

Cuevas era su confidente íntimo y contaba con la lealtad de Francisco
Pizarro para las empresas de guerra; pero le faltaba el consejo y la
dirección de aquel amigo paternal, sabio y prudente.

Creyó llegado el momento de seguir sus prudentes indicaciones
desistiendo de todo proyecto de colonización en esta parte de Tierra
Firme, donde sólo había conocido desastres, y puso su rumbo al golfo de
Urabá. Allí buscó el río Darién, del que tanto hablaban los indígenas
por su abundancia de oro. Este era el lugar, según La Cosa, más adecuado
para la fundación de una colonia. Además, dicho río servía de límite
entre su gobernación y la de Nicuesa. Pero, falto de la pericia del
célebre piloto, no pudo dar con la desembocadura del Darién,
desembarcando en distintos puntos del golfo, siempre en busca de un
lugar favorable para establecer su ciudad.

Cada desembarco aumentaba el desaliento de la gente, quebrantada por el
desastre sufrido en Yurbaco. Hasta la exuberancia de la vegetación
contribuía á aumentar sus inquietudes. Apenas intentaban los españoles
avanzar selva adentro, perdiendo de vista el Océano, caían en emboscadas
preparadas por los indios, todos ellos flecheros «con hierba», ó sea con
las saetas empapadas de mortal veneno.

La fuerza de sus arcos era tal, que conseguían atravesar con sus flechas
corazas y escudos. La ventaja del blanco sobre el cobrizo, debida á sus
armas defensivas, iba desapareciendo en los frecuentes combates.
Únicamente á campo abierto conseguían vencer al indígena, gracias á la
audacia agresiva de Ojeda y al valor desesperado con que le seguían
todos ellos.

La abundante y feroz fauna del país se oponía también á sus avances.
Oían en la selva aullidos de panteras y tigres. No había roca ni
matorral que no vomitase ante sus pasos enormes y venenosas serpientes.
Al avanzar Cuevas, con varios exploradores, río arriba, un enorme caimán
cogió de una pata á uno de sus caballos, arrastrándolo al fondo de las
aguas.

Todos sentían la necesidad de descansar, estableciéndose cuanto antes
en un punto del golfo de Urabá, fuese cual fuese. Apremiado Ojeda por
ellos, escogió una altura situada al Este, desembarcando en dicho lugar
todo lo que llevaban las dos naves para el establecimiento de una
población; y empezaron á levantarse los primeros edificios.

Esta colonia, la primera ciudad construída en Tierra Firme después de la
fugaz colonia de Belén fundada por Colón, recibió el nombre de San
Sebastián.

--Ya que el santo mártir--dijo Ojeda--murió atravesado de flechas, que
su nombre nos proteja á todos de las saetas ponzoñosas de los salvajes.

El principal trabajo consistió en edificar una fortaleza de madera y una
alta empalizada que defendiese la pequeña ciudad.

Después del desastre en el que había perecido Juan de la Cosa la
expedición estaba mermada reconociendo. Ojeda que le sería muy difícil
defenderse con tan poca gente de las numerosas tribus que empezaban á
hostilizarle.

Como los víveres escaseaban, pensó además en la conveniencia de librarse
de los cautivos que había hecho en Yurbaco, enviándolos á Santo Domingo.
Necesitaba también dar prisa á su socio Enciso para que viniese cuanto
antes con más hombres, armas y provisiones.

Quiso enviar á Fernando Cuevas para que acelerase la llegada del
bachiller, pero se negó á aceptar tal proposición.

--Quiero quedarme al lado de vuestra señoría--dijo á Ojeda--,
sirviéndole como soldado y no como mensajero.

El gobernador hizo salir á la india Isabel para Santo Domingo en el
mismo buque que sus enviados, desoyendo las quejas de ella. No la
necesitaba como intérprete, por negarse los fieros indígenas del país á
recibir heraldos, y era preciso reducir estrictamente, en la nueva
ciudad de San Sebastián, el número de bocas, quedando únicamente las
personas que estuviesen en disposición de combatir. La compañera de
Ojeda fué portadora de una carta para Enciso y en el mismo buque se
enviaron los esclavos y el oro cogidos en el saqueo de Yurbaco. Con esta
remesa, que no dejaba de ser valiosa, podría Enciso acelerar sus
preparativos.

Cuando la colonia de San Sebastián tuvo terminado el fuerte y la
empalizada, inició Ojeda el reconocimiento de los terrenos inmediatos,
cubiertos de espesas selvas y poblados de tribus hostiles.

Salió al frente de un numeroso destacamento para visitar á cierto
cacique de las inmediaciones que tenía fama de ser rico en oro, pero
este avance, que el gobernador de Nueva Andalucía había anunciado como
una visita amistosa, no pudo ir muy lejos. Apenas penetraron los
españoles en una garganta entre montañas de espesa vegetación, viéronse
envueltos por una nube de flecheros que disparaban sus saetas
envenenadas ocultos en las frondosidades. Unos cayeron muertos
instantáneamente, otros se retorcieron en el suelo entre horribles
convulsiones.

La flecha ponzoñosa, de un efecto casi instantáneo, acabó por sembrar el
pavor entre estos hombres que espada en mano retaban á gritos á los
enemigos é iban de un lado á otro sin verlos siquiera. Y mientras tanto,
las saetas venenosas llovían sobre ellos, obligándolos finalmente á
volver las espaldas, retirándose con el mayor desorden á la fortaleza.

Si no se vieron perseguidos por los indígenas y rematados á golpes de
maza fué porque Ojeda, junto con Pizarro, Cuevas y algunos más,
retrocedieron dando siempre el rostro, cargando á cuchilladas contra los
indígenas que osaban mostrarse.

Tan enorme resultó la desmoralización de los soldados después de tal
emboscada, que transcurrieron muchos días antes de que Ojeda pudiese
convencerlos de que debían salir al campo otra vez.

Como las provisiones empezaban á escasear, el hambre fué más convincente
para ellos que las alocuciones de su jefe, y se aventuraron á salir de
nuevo, en pequeñas partidas, por los alrededores de San Sebastián,
buscando alimentos más que oro.

En una de estas expediciones, un grupo de españoles volvió á caer en una
emboscada de los indígenas, y fué tal su derrota, que los enemigos los
persiguieron con ensordecedora gritería hasta corta distancia de las
empalizadas de San Sebastián. Muchos quedaron muertos en el bosque y los
más de los heridos perecieron dentro de la pequeña ciudad entre
horribles convulsiones. Muy pocos conseguían sanar de los flechazos por
más que empleaban en su curación diversos remedios, y únicamente se
salvaban cuando la saeta recibida había perdido una parte de sus hierbas
venenosas. Los que estaban sanos y en disposición de combatir no se
atrevían a hacer salidas en busca de víveres, influenciados por el
espectáculo de la horrible agonía de sus compatriotas muertos.

Envalentonados los indígenas, se mostraban ya audazmente en el lindero
de los bosques inmediatos á San Sebastián. Estos bosques parecían hervir
de enemigos que gritaban día y noche, insultando y desafiando á los
guerreros blancos con estrepitoso acompañamiento de atabales de madera,
caracolas y bocinas. Los más de los blancos sólo podían comer raíces y
hierbas recogidas en los campos próximos á la ciudad, bajo el amparo de
las armas de fuego de los centinelas, y aun así, no se veían libres del
flechazo ponzoñoso.

La mala alimentación y el hambre empezaron á favorecer las enfermedades.
Dentro de la ciudad fallecían todos los días algunos de sus defensores.
En dos ocasiones, al vigilar Cuevas por las noches las empalizadas,
encontró á varios centinelas muertos de debibidad.

Una resignación fúnebre empezaba á apoderarse de los menos enérgicos.
Deseaban morir, viendo en la muerte el único medio de librarse de esta
situación desesperada. Solamente Ojeda y sus más íntimos conservaban una
férrea voluntad para hacer frente á los enemigos.

Era el mismo gobernador de Nueva Andalucía quien se encargaba de salir
á forrajear al frente de un grupo, lo mismo que un subalterno, peleando
todos los días con los indios para la conquista de un puñado de
alimentos. Cuevas se acordaba del asedio sufrido años antes en el fuerte
de Santo Tomás; pero estos tiradores de flechas envenenadas resultaban
más terribles que los guerreros de Caonabo, hábiles únicamente para
batirse cuerpo á cuerpo.

Empezó á difundirse entre las tribus vecinas á San Sebastián el
prestigio heroico del «pequeño jefe blanco», dotado de una agilidad y
una fuerza sorprendentes. Él solo mataba, durante las salidas, más
enemigos que todos sus soldados. Pasaba á través de las flechas sin que
ninguna le alcanzase. Encontraban siempre el obstáculo de su movedizo
escudo, clavándose en él como si las atrajese. Todo esto creaba en torno
á su figura un ambiente maravilloso.

Algunos indios llevados como prisioneros á la ciudad y luego fugados de
ella habían referido á sus compatriotas lo que contaban los soldados de
don Alonso, convencidos todos de que su jefe gozaba de una protección
sobrenatural. La Virgen que llevaba con él le había hecho invulnerable,
y los indios empezaron á creer en la influencia milagrosa de este ídolo
de los blancos.

Concentraban los caciques enemigos toda su atención en el ágil é
intrépido adversario, olvidando á los otros invasores. Querían
convencerse de que verdaderamente era un ser extraordinario, protegido
por los dioses, y emboscaron á cuatro de sus mejores arqueros en el
límite de la selva, frente á la ciudad, con orden de no apuntar mas que
al «pequeño jefe blanco», mientras un grupo numeroso salía á campo
abierto con ruidosa gritería y gran estrépito de caracolas y atabales,
desafiando á los españoles.

Cuevas, que estaba en lo alto de la fortaleza, presintió lo anormal de
este reto á pecho descubierto en una gente que prefería siempre la
emboscada. Ojeda, furioso por esta nueva insolencia de los enemigos, se
puso media armadura y tiró de su espada, llamando á gritos á todos los
que estuviesen prontos para seguirle.

--Téngase vuestra señoría--gritó Cuevas--. Me da en la nariz que todo
esto es añagaza para llevarle adonde tienen preparada su muerte. Quédese
y yo iré á buscarlos con la gente.

El intrépido Caballero de la Virgen no consentía, en momentos de
peligro, oir á sus subordinados ni superiores, y poco después estaba ya
en campo raso, corriendo con la espada en alto contra los enemigos.

Huyeron los indígenas hacia el lugar donde estaban emboscados los
arqueros, y Ojeda los persiguió con el encarnizamiento de siempre,
adelantándose á los demás blancos, valido de su sorprendente ligereza.

Así llegó cerca del escondrijo de los cuatro flecheros, y éstos
dispararon. Tres de las saetas las paró su escudo, clavándose en éste,
pero la cuarta le atravesó un muslo, haciéndole doblar la rodilla.

Por primera vez en toda su vida el guerrero invulnerable supo lo que era
sentirse herido, y sus ojos conocieron el color de la propia sangre
saliendo de un profundo desgarrón de su cuerpo.

Orgullosos y alegres los guerreros salvajes al verle herido, huyeron
lanzando gritos de triunfo. Celebraban la doble derrota del temible
adversario y de su ídolo protector.

Cuevas, que había visto todo esto desde la ciudad, corrió al encuentro
del grupo que traía á don Alonso sentado en dos lanzas cruzadas.

Estaba pálido y parecía sufrir una gran angustia. Fernando creyó ver un
don Alonso de Ojeda completamente nuevo. No era efecto del dolor
material de la herida, ni tampoco que por primera vez en su existencia
temiese á la muerte. Su desaliento era un reflejo de la gran decepción
moral que acababa de sufrir. El hechizo que hasta entonces le había
hecho invulnerable quedaba deshecho para siempre.

No podía dudar del poder de aquella Nuestra Señora que le acompañaba á
todas partes. Si le habían herido por primera vez, era simplemente
porque ella le retiraba para siempre su protección á causa de sus
pecados.

Apenas se vió en el fuerte, tendido en el lecho, volvió á recobrar su
fiera energía. Recordó la muerte horrible de muchos de sus compañeros,
ocasionada por la ponzoña de las flechas. Un caballero como él no podía
morir lo mismo que un perro rabioso.

El síntoma principal del envenenamiento era un frío agudísimo en la
herida que atravesaba las carnes como un taladro. Ojeda empezaba á
sentirlo, y siguiendo una inspiración tan brutal como lógica, ordenó un
remedio que sólo él podía soportar. Cuevas, que estaba junto á su lecho,
se hizo atrás, sorprendido y aterrado, al escuchar sus órdenes.

El Caballero de la Virgen exigía que enrojeciesen inmediatamente en una
hoguera dos planchas de acero de una armadura y se las aplicasen á ambas
bocas de la herida. La flecha la había extraído de su muslo el esforzado
caballero en el mismo lugar del combate, sin que su rostro reflejase el
menor dolor.

Cuevas se mostró por primera vez reacio á obedecer á su jefe. El
cirujano de la expedición apoyó á Fernando en sus protestas.

--Amo demasiado--dijo--al señor gobernador para ser su asesino.

--Y yo os juro--contestó Ojeda con furia--que si no me obedecéis
inmediatamente os haré ahorcar.

Fué Cuevas, bien enterado de la terrible voluntad de su protector, quien
ayudó al aturdido cirujano en la tarea de calentar hasta el rojo blanco
las dos piezas de acero. El mismo herido dirigía la operación, sin
permitir que Cuevas y Pizarro le mantuviesen sujeto para evitar las
convulsiones y saltos de este achicharramiento voluntario.

No profirió un grito, ni hizo el más leve gesto, cuando las planchas
candentes, sostenidas con tenazas, le fueron aplicadas en el muslo á las
dos bocas de la herida. Un olor de carne tostada se esparció por la
habitación, haciendo volver á muchos el rostro, mientras Ojeda
continuaba impasible, no permitiendo que retirasen el terrible cauterio
hasta que él lo dispuso.

Tal fué después la angustia causada por dicho suplicio, que él mismo
pidió que lo envolviesen en una sábana empapada continuamente en
vinagre, para templar con su frescura el ardor que la cura brutal había
esparcido por su cuerpo. Todo un barril de vinagre fué consumido en esta
operación bárbara, inventada por el duro soldado.

Movía los hombros el cirujano con expresión de incredulidad, al mismo
tiempo que admiraba el coraje de su jefe. Cuevas también dudaba del
éxito de esta original curación. Y todos fueron viendo con asombro, en
días sucesivos, cómo Ojeda empezaba á reponerse.

Fernando explicaba á su modo la invención de su protector.

--Es el fuego--dijo--quien consumió el veneno, haciendo desaparecer su
frialdad mortal. Pero sólo un don Alonso de Ojeda puede curarse así.

Francisco Pizarro mostraba menos credulidad. Tal vez el caballero,
siempre amparado por la Virgen en su diaria batalla con la muerte, había
tenido la fortuna de que la flecha llevase perdida gran parte de su
ponzoña antes de tocarle.

Los defensores de San Sebastián permanecieron inactivos durante la
enfermedad de su jefe. Luego le vieron fuera de peligro, pero muy débil,
incapaz de tomar las armas, lo que aumentaba el desaliento general. Era
el único que sabía infundir valor á los débiles y sostener la voluntad
de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verle,
creía seguir á un poderosísimo ejército.

Oculto durante muchos días é imposibilitado de moverse, la ciudad
parecía un cuerpo muerto. No quedaba ya quien pensase en avanzar tierra
adentro. Su única esperanza la ponían todos en el mar, esperando el
socorro que debía traerles el bachiller Enciso. Pero el Océano
manteníase siempre desierto, sin que la más pequeña vela asomase, como
la punta de un ala, sobre la línea monótona del horizonte.

Una mañana, cuando más general parecía el desaliento, un vigía colocado
en lo alto del torreón de madera de la fortaleza llegó corriendo en
busca de Cuevas, encargado de la defensa de San Sebastián durante la
enfermedad del gobernador.

--¡Nave á la vista!--dijo jadeando de emoción--. El Alcalde mayor, que
viene de Santo Domingo con el socorro.

Cuevas pensó lo mismo. Este buque sólo podía ser fletado por el
bachiller Enciso.

Cuando después de haber anclado frente á la colonia su capitán y
tripulantes bajaron á tierra, éstos declararon que venían de la Española
con cargamento de víveres, pero Enciso no había intervenido para nada en
su viaje.

Conocía Cuevas á todos los habitantes blancos de Santo Domingo. Como él
y Lucero figuraban entre los más antiguos pobladores de la isla, su
memoria era á modo de un registro de nombres y fisonomías,
comprendiendo en él á cuantos habían llegado á la Española, con todas
sus cualidades y defectos.

Inmediatamente reconoció al capitán de la nave, un tal Bernardino de
Talavera, que figuraba entre los más desvergonzados aventureros, siendo
mal visto, á causa de sus disolutas costumbres, hasta por las gentes que
se reunían en las Cuatro Calles.

--¿Cómo puede este mal hombre--dijo á Pizarro--mandar un navío de su
propiedad? Siempre le conocí lleno de trampas y dispuesto á apoderarse
de la hacienda de los otros.

A pesar de su mala opinión, lo condujo adonde estaba Ojeda, por negarse
Talavera á tratar con otro que no fuese el gobernador.

La vida de azares y aventuras en esta tierra, lejos del núcleo de
civilización creado en Santo Domingo, parecía dar mayor audacia á los
malvados y una tolerancia forzosa á los que se veían obligados por las
circunstancias á recibir su auxilio. Talavera y los hombres que venían
con él relataron á las pocas horas, con un cinismo tranquilo, el
deshonroso origen de su viaje, oportuno y criminal á la vez.

Bernardino de Talavera iba á ser llevado á la cárcel en la isla
Española, por su conducta desordenada y por sus deudas, cuando llegó al
puerto de Santo Domingo el buque cargado de esclavos y con gran
provisión de oro que Ojeda enviaba á Enciso, después de establecerse en
San Sebastián. Como ocurría siempre en todas las expediciones, los del
buque, al verse en Santo Domingo, daban al olvido las penalidades
sufridas, haciendo exageradas descripciones de la riqueza de la nueva
ciudad fundada por el gobernador de Nueva Andalucía. El bachiller Enciso
y también la india Isabel procuraron fomentar estos informes engañosos,
para el mejor éxito de la expedición de socorro cuyos preparativos
estaban terminando. El número de esclavos y la cantidad de oro se
multiplicaron ante los ojos absortos de los aventureros que no habían
querido ir allá.

Hombre audaz, Bernardino de Talavera formó inmediatamente el proyecto de
huir de sus acreedores, yéndose á la nueva colonia. Faltaban recursos á
Ojeda, y él pensaba llevárselos, seguro de que tal servicio lo acogería
afablemente don Alonso. Éste, como todos los hombres de combate,
apreciaba á los osados, sin pararse mucho á considerar sus condiciones
morales.

Comunicando sus proyectos á otros desesperados como él, llegó á reunir
setenta aventureros de la peor especie, todos perseguidos por la
justicia á causa de sus fechorías, sin dinero, sin crédito, con tanto
valor y astucia como falta de conciencia. Se enteraba Talavera de que un
buque propiedad de un mercader genovés estaba al ancla frente al cabo
Tiburón, al Este de la isla Española, cargado de tocino y pan de cazabe
para Santo Domingo. La ocasión no podía ser más oportuna para el viaje á
San Sebastián. Ya tenían preparado el buque, con abundante cargamento de
víveres; sólo les faltaba apoderarse de él.

Talavera y sus setenta hombres salieron en distintas partidas para
despistar á la autoridad, reuniéndose después de varias jornadas de
marcha en las inmediaciones del cabo Tiburón, y les fué fácil sorprender
á los escasos tripulantes de la nave del genovés, apoderándose de ella,
levando anclas y soltando el velamen.

Ninguno de ellos era hombre de mar, y Talavera, improvisado capitán,
resultaba el más ignorante de los pilotos.

Ojeda, que gustaba por instinto de todo lo que representase peligro y
aventura, escuchó complacido el relato de este pirata.

--Le tengo por grandísimo pícaro--dijo al quedar solo con Cuevas--, pero
esto no impide que vea yo en su viaje la mano de la Providencia. Sólo
así puede comprenderse que unos hombres que ignoran las cosas de la
navegación hayan podido venir en derechura hacia nosotros. Debe ser mi
Virgen quien ha conducido derechamente á San Sebastián tan flojos y
malos marineros.

Y sus ojos, que hasta entonces habían mirado al cuadrito de la Virgen
con una expresión de humildad y de extrañeza á la vez, cual si se
considerara abandonado de ella para siempre después de su herida,
volvieron á fijarse en la milagrosa imagen con una expresión de
agradecimiento.

Se mostraron ásperos y discutidores Talavera y su gente en la venta del
cargamento, como si éste les hubiese costado mucho. Al fin, convencidos
de que Ojeda no tenía más oro que el ofrecido por Cuevas, accedieron á
desembarcar las provisiones.

El reparto de los víveres produjo un trastorno en San Sebastián. Los
mismos que se habían mostrado sumisos y modestos en días de hambre
protestaron del reparto que hacía el gobernador, encontrándolo
excesivamente parco. Comentaban audazmente los más quisquillosos las
explicaciones dadas por Cuevas, alegando que don Alonso hacía esto por
previsión, deseoso de que los víveres durasen más tiempo, hasta que
llegase el bachiller Enciso.

--El gobernador quiere guardar la mejor parte de alimentos para
él--decían los más inquietos--. Desde que le dieron el flechazo parece
otro hombre. Se acuerda de que le predijeron, siendo mancebo, que
moriría de hambre, y guarda provisiones para ponerse á seguro de tal
peligro.

El contacto con la mala gente de Talavera quebrantó la disciplina.
Muchos empezaban á hablar de volverse á la Española en el buque de los
piratas.

En vano los amigos del gobernador anunciaban todos los días la próxima
llegada de Enciso, como si tuviesen avisos misteriosos de ella. Los
soldados pasaban las horas mirando al mar, sin ver nunca el buque
prometido. Empezaban á agotarse las provisiones traídas por Talavera, no
obstante las economías del gobernador. Volvió á reanudarse la mortalidad
diaria por las enfermedades que originaba el hambre. Unas veces Cuevas y
otras Pizarro, hacían saber al gobernador los avances de un complot de
sus gentes para escaparse á la Española en el buque de Talavera.

Don Alonso, que ya paseaba por la ciudad, procuró alentar con sus
palabras y su presencia á todos los que le habían seguido desde Santo
Domingo, intentando hacer revivir en ellos el entusiasmo admirativo y el
respeto supersticioso que antes sentían por su persona.

Se consideraba en el momento decisivo de su vida. Una noche, hablando á
solas con su fiel Cuevas, le dijo en dolorosa confidencia:

--Si el bachiller no viene á socorrernos, es segura nuestra pérdida;
pero ni aun así me resolveré á abandonar la empresa. En esta tierra está
nuestra esperanza de hacernos ricos y de mandar. Si nos vamos de aquí
pobres y derrotados, ¿cómo obtener otro mando y encontrar crédito para
nuevos viajes?...

Al hablar con sus gentes hacía esfuerzos para transmitirles su férrea
voluntad.

--Es locura, hermanos--decía--, dejar esta tierra cuya posesión tanto
nos cuesta. Sólo necesitamos que llegue el refuerzo del bachiller para
dominar los países circunvecinos y adueñarnos de sus riquezas.

Viendo, á pesar de tales razones, crecer en torno suyo la desconfianza y
la indisciplina, apaciguó á sus hombres con una inesperada proposición.

--Yo mismo iré á Santo Domingo--dijo--en busca del socorro. ¿Os place
así?...

Todos aceptaron con entusiasmo. Confiaban en su energía, su influencia y
su habilidad. La llegada de los auxilios resultaba indudable si era
Ojeda en persona quien iba á buscarlos. Y los defensores de San
Sebastián hicieron un convenio público con su jefe, siguiendo un régimen
democrático que en la vida de estos conquistadores de un mundo nuevo
volvió á reaparecer siempre que las operaciones militares no exigían el
despotismo de una autoridad única.

Francisco Pizarro quedaría mandando la colonia como teniente de Ojeda,
hasta que llegase el abogado Enciso, superior á aquél por tener el cargo
de Alcalde mayor. Pizarro y su gente permanecerían en San Sebastián
cincuenta días, y si concluído dicho plazo no recibían noticias de
Ojeda, ni llegaba Enciso, quedaban en libertad para abandonar la colonia
y volverse á la isla Española.

Dejó Ojeda dos bergantines, último resto de su armadilla. En ellos
podían trasladarse á Santo Domingo los habitantes de San Sebastián
cuando el plazo fijado terminase. Él haría el viaje en el barco genovés
robado por los piratas.

Bernardino Talavera y su banda deseaban marcharse cuanto antes de San
Sebastián, donde morían tantos hombres. Habían venido con la esperanza
de grandes riquezas, y hallaban solamente hambre y enfermedades. No
podían salir de las empalizadas por la parte de tierra sin oir el
silbido de las terribles flechas venenosas.

Les parecía preferible volver á Santo Domingo, aunque allá les esperase
la cárcel. Pensaban ya con nostalgia en las miserias sufridas entre los
hombres de su raza, más llevaderas que las mortales carestías en esta
costa salvaje.

Como Talavera y muchos de los suyos admiraban á don Alonso,
atribuyéndole una poderosa influencia en Santo Domingo, tenían la
confianza de que éste conseguiría su perdón de las autoridades de la
isla Española, haciendo valer que gracias á ellos había podido salvarse
la colonia de San Sebastián de ser totalmente destruída por el hambre.

Mostró empeño Cuevas en seguir á su capitán. Pizarro se bastaba para
gobernar á la gente y él sería una boca más en la ciudad hambrienta. Le
inspiraba también inquietud que un caballero activo y de carácter
arrebatado como don Alonso hiciese solo tal viaje en un buque de
bandidos.

--Mejor es que seamos dos--dijo--, y vuestra señoría debe no olvidar la
mala laya de nuestros compañeros de travesía, procurando tener paciencia
para sufrirlos.

Consejo inútil. El Caballero de la Virgen, pálido, débil y cojeando á
consecuencia de su herida, volvió á mostrar la misma arrogancia de otros
tiempos.

Entró en la nave robada como si tomase posesión de ella, dando órdenes á
su tripulación de pícaros para que levasen anclas y desplegasen el
velamen, con el acento imperioso de un jefe que no duda de verse
obedecido.

Presenció Cuevas cómo estando don Alonso en lo alto de la popa, se
volvía imperiosamente hacia Bernardino de Talavera, que acababa de
colocarse junto á él, cual si pretendiese compartir su autoridad,
mezclando sus órdenes con las del otro.

Como en todos los momentos culminantes de la vida de Ojeda, le pareció á
Cuevas que «el pequeño jefe blanco» crecía extraordinariamente,
dominando con su mirada autoritaria al hombre que tenía al lado.

--Talavera, ¡abajo con los otros!--ordenó, señalando los grupos de
hombres que estaban en torno del palo mayor--. Donde está don Alonso de
Ojeda no puede haber otro capitán.




II

     Donde Ojeda es á la fuerza capitán de piratas, abandona para
     siempre á su Virgen, y pasan sus compañeros por las más horrendas
     aventuras, para acabar en la horca.


Obedeció Talavera, intimidado por la autoridad natural de aquel hombre
acostumbrado al mando, y bajó de la popa para confundirse con sus
camaradas.

Aquel día no pasó nada más, por mostrarse todos interesados en que don
Alonso, que era á bordo el único enterado del arte de navegar, colocase
bien el velamen y enderezase el rumbo; pero á la mañana siguiente
ocurrió lo que esperaba Cuevas.

Bernardino de Talavera, soliviantado por los suyos, subió al alcázar de
popa que Ojeda se había reservado como vivienda propia. Quería mandar en
la nave lo mismo que don Alonso, ó tal vez más, por ser él quien la
había traído. No pudo, sin embargo, continuar, quedando cortada su
reclamación por el impetuoso gobernador de Nueva Andalucía.

--Lo que tú has hecho es robarla--gritó tuteándole--; pero hay un medio
de zanjar el pleito inmediatamente. Desenvaina, y el que quede con vida
que sea el jefe.

Desnudó en seguida su espada, marchando contra Talavera, que hizo lo
mismo. Pero el pirata sabía que estaban á sus espaldas los setenta
hombres compañeros de su criminal aventura.

En un momento don Alonso y Cuevas se vieron envueltos por esta manga de
enemigos, sin espacio para moverse, abrumados por el número, y tuvieron
que ceder, perdiendo sus espadas.

Inmediatamente les pusieron cadenas á los dos y los encerraron debajo de
las habitaciones del alcázar de popa, en una obscura camareta cuyo único
respiradero era la reja que servía de puerta.

No perdió Ojeda su agresivo orgullo al verse encerrado y á merced de
aquella gente; antes al contrario, sus voces subieron de punto, y cada
vez que se aproximaba á la reja alguno de los tripulantes, lo acogía con
insultos.

--¡Traidores! ¡ladrones!--gritaba--. A todos vosotros os desafío, uno á
uno, ó dos, ó cuatro á la vez, como queráis. Decidle á Talaverilla que
venga. Seguramente no osará ponerse ante mis ojos.

Y no se equivocaba don Alonso. Tal era su renombre de valiente, que
todos aquellos forajidos se alejaban en seguida de la reja,
influenciados por la admiración que siempre les había inspirado el
héroe. Talavera, objeto de sus continuos insultos, había tomado el
partido de callar y permanecer invisible, conservando encerrado al
temible caballero mientras durase el viaje.

Don Alonso y Cuevas no conversaban con otra persona que el encargado del
fogón de la nave, quien les traía su comida, igual á la de los otros.

Pasados cuatro días, esta tranquila navegación se vió cortada por una
gran tempestad. Talavera y su gente, que no eran marinos é ignoraban
absolutamente los peligros de los mares tropicales, perdieron en seguida
su arrogancia, no sabiendo qué hacer. Sólo se les ocurrió amainar la
mayor parte de las velas, dejando la nave casi á palo seco; pero las
corrientes eran impetuosas y temían ser llevados por ellas contra
ocultos escollos.

Muchos de los forajidos, recordando lo experto que era don Alonso en las
cosas del mar, é impulsados por el pánico, fueron á suplicarle en su
encierro que tomase el mando del buque, poniéndole en el acto en
libertad. Lo mismo hicieron con Cuevas, considerado igualmente como
hábil nauta, por haber figurado en el primer viaje de descubrimiento.

Ojeda y su protegido se encargaron de la dirección de la nave,
convenciéndose poco después de que sus esfuerzos iban á resultar
inútiles para llegar á la isla Española. Durante su prisión, la
impericia de sus enemigos, las corrientes encontradas y el huracán
habían inclinado el rumbo hacia Occidente, y les sería imposible, en
medio de la tormenta, enderezarle otra vez á Santo Domingo.

Flotó muchos días la nave, como un tapón de corcho, á merced de las
corrientes del golfo, siendo continuo el peligro de irse á pique á causa
del mal estado del casco. Cuba era la tierra más próxima, y Ojeda
dirigió finalmente su rumbo á la parte Sur de dicha isla.

Al tocar el buque en una playa desierta se abrió, no pudiendo resistir
más golpes la trabazón de sus maderos, y los tripulantes tuvieron que
abandonarlo, trasladando á tierra cuantos víveres pudieron llevarse á
cuestas.

Cuba estaba aún en estado salvaje. Sólo dos años antes habían bojado
completamente sus costas los marinos españoles, demostrando para siempre
que era una isla, como marcaba Juan de la Cosa en su mapa y como lo
habían asegurado los indígenas desde el primer momento, no la punta
oriental de Asia, como afirmaba Colón. Su interior permanecía
inexplorado, y para este grupo de náufragos, faltos de recursos,
representaba la más peligrosa de las empresas meterse isla adentro, á
través de los bosques, hasta las montañas que veían desde la playa.

En el primer momento, al pisar tierra, todos aquellos bandoleros se
resistieron á obedecer á don Alonso. Ya no era indispensable para que
dirigiese la nave. Talavera intentó recobrar su autoridad de jefe de
partida. Ojeda y Cuevas iban á verse otra vez presos y maltratados. Mas
no tardaron en convencerse de que los peligros que les esperaban en esta
tierra salvaje eran tan grandes como los riesgos del mar, y necesitaban
un jefe intrépido y experimentado como el famoso Caballero de la Virgen.

Muchas de las tribus cubanas eran pacíficas, sin otra preocupación que
el cultivo de los campos; pero numerosos indígenas de Haití, huyendo de
la esclavitud que les imponían los blancos en su isla, se habían
refugiado en Cuba, y apenas veían desembarcar algún grupo de marineros
españoles para hacer agua ó leña, se apresuraban á atacarlo, creyendo
que venían para darles caza y llevarles cautivos adonde estaban sus
antiguos amos. Su odio á los blancos lo habían transmitido á los
habitantes de Cuba, y apenas intentaron los de Talavera una marcha
tierra adentro, viéronse recibidos á flechazos.

Después de aquel fracaso se apresuraron á devolver sus armas á Ojeda y
Cuevas, reconociendo á don Alonso por jefe, y le siguieron en su marcha
hacia el Este.

Tenía Ojeda la inaudita pretensión de caminar toda la isla hasta su
extremo oriental para ir desde ella en canoa á la inmediata isla
Española, atravesando á continuación gran parte de esta última hasta
entrar en la ciudad de Santo Domingo. Menos don Alonso y Cuevas, todos
sabían que al final de tal viaje de meses y meses, lleno de peligros,
les esperaba la horca, y sin embargo, lo emprendieron como si fuesen en
busca de la felicidad. Tanto era su deseo de volver á la vida
civilizada.

El hábil capitán se dió cuenta de que con aquellos hombres no podía
atacar á ninguna tribu de costumbres guerreras, y se propuso evitar la
entrada en las poblaciones. Los guió siempre por el litoral, atravesando
anchas y desiertas llanuras, llamadas sabanas, y bosques que llegaban
hasta el mar. Esta marcha por la costa Sur de Cuba, completamente
desconocida de todos ellos, sin más víveres que los que podían llevar á
cuestas, se desenvolvió bien durante los primeros días. Luego fué
notando Ojeda con inquietud que los bosques se retiraban del mar, y las
sabanas cubiertas de hierbas y plantas trepadoras perdían dureza bajo
sus pies, transformándose gradualmente en pantanos.

El suelo, cada vez más blando y resbaladizo, parecía huir de sus pies,
hundiéndose los caminantes hasta la rodilla en un lodo infecto.

--Esto no puede ser muy largo--gritaba Ojeda para animar á su gente--.
¡Adelante, por Santiago!... Ya veo la tierra firme.

Creía de buena fe ver á lo lejos praderas de suelo duro, iguales á las
que habían dejado atrás, pero su verde engañoso sólo cubría un barro
temblón y profundo.

Después de ocho días de marcha se convencieron de que estaban metidos en
una interminable marisma, marchando siempre con agua hasta la cintura.
Para que su situación fuese más angustiosa, el agua era salobre, lo que
les hacía sentir con mayor intensidad el rabioso tormento de la sed.

De tarde en tarde el líquido parecía menos salado, bebiéndolo todos con
avidez. Era que un río descendía desde las alturas del interior,
perdiéndose en la ciénaga, sin desembocadura directa al mar. Su
corriente abría en el barro un cauce profundísimo, los caminantes
perdían pie instantáneamente, y los que no sabían nadar se ahogaban, sin
que sus compañeros pudiesen auxiliarles.

Cada jornada iba marcando la desaparición de varios hombres.
Economizaban las raciones sacadas del buque--pan de cazabe y queso--,
aprovechando las raíces que podían encontrar; pero esta alimentación,
deficiente en el curso de una marcha siempre por el agua, iba aumentando
el número de las víctimas.

Cuando les acometía el sueño ó sentíanse abrumados por la fatiga, se
acostaban en las raíces entrelazadas de los manglares, sobre la
superficie acuática. Durante estos descansos, Ojeda y Cuevas contaban
silenciosamente el número de hombres que les rodeaba, cada vez menor. El
continuo peligro y la proximidad de la muerte hacían á todos cruelmente
egoístas.

--¡Hermanos, á mí! ¡La Virgen me proteja!--gritaba á sus espaldas una
voz angustiosa.

Era un hombre que se hundía repentinamente en el cieno. Poco después ya
no podía gritar, por llenársele de agua la boca. A continuación su
cabellera flotaba sobre la líquida superficie como una planta
acuática... Y desaparecía para siempre.

Todos eran sordos; nadie volvía la cabeza. Los más fuertes sólo conocían
un deseo: marchar y marchar, cuanto les fuese posible, para salir de
esta marisma en la que llevaban avanzando quince días, siendo ya locura
el pensar en retroceder.

Cada día el agua era más profunda y el suelo menos firme. Las raíces
comestibles escaseaban y el pan de cazabe lo había corrompido la
humedad.

El jefe era el único que conservaba su energía, marchando el primero
para indicar el camino. Ágil nadador, librábase todos los días de la
muerte, y conseguía con sus indicaciones que se fuese salvando de los
peores pasos aquella expedición, cada vez más mermada y miserable.

Admiró Cuevas como nunca las energías de este hombre extraordinario.
Algunas veces, entregándose á la desesperación, se negaba á seguir
adelante. Quería morir. Pero la voz del jefe reanimaba su voluntad.

--¡Acuérdate de tu mujer y de Alonsico!... Un hombre, mientras vive, no
debe desesperar del auxilio de Dios.

Habían perdido casi todas sus armas en esta marcha por el agua y el
fango. Sólo unos cuantos conservaban las espadas, empleándolas como
bastones.

Ojeda llevaba en su mochila la pequeña imagen de la Virgen, y cuando
hacían alto en algún bosque acuático de manglares, sacaba el cuadrito,
lo colocaba entre las ramas y se inclinaba ante él, rezando en voz alta
para implorar el auxilio de su protectora. Cuevas hacía lo mismo; y
terminadas las oraciones, le decía don Alonso con acento de excusa:

--¡En qué mal paso te metiste, Fernando, por tu empeño en seguir mi
suerte!...

Como imploraba con frecuencia el amparo de la Virgen, aquella mala gente
que le seguía, obedeciéndole á la fuerza, lo imitó por impulso
supersticioso, rezando todos finalmente con verdadera devoción ante la
tablita pintada en Flandes y comprada por un obispo español.

Propenso don Alonso al misticismo y á las intervenciones sobrenaturales,
buscó una explicación de esta dura prueba á que le sometía su
protectora. Llevaban ya veinticinco días marchando por el agua y el
barro, siempre hundidos hasta el pecho, ó teniendo que nadar y agarrarse
á los mangles para no verse sorbidos por el légamo. Esta marisma no iba
á terminar nunca. La desesperación sugirió á Ojeda que todo ello era
advertencia de la Virgen, fatigada de que él la llevase de un lado á
otro, por tierras extrañas y á través de los mayores peligros.

--Yo os prometo, Señora--dijo á gritos el héroe--, que si nos sacáis con
vida de tanta agua y tanta tembladera, os erigiremos una capilla en el
primer pueblo de indios adonde lleguemos, y allí os dejaré para que
seáis adorada por los gentiles.

Cuevas, que murió de viejo, nunca pudo borrar de su memoria este largo y
horrible viaje á través de las ciénagas de Cuba. Hablando años después
en Santo Domingo con fray Bartolomé de las Casas, el célebre obispo,
defensor de los indios, que se ocupaba en escribir la historia de la
conquista de las nuevas tierras, éste le dijo así:

--Los padecimientos de los españoles en el Nuevo Mundo exceden á los que
han sufrido los hombres de todas las naciones; pero los de Ojeda y las
gentes que ibais con él superan á los demás.

Emplearon treinta días para atravesar esta marisma, de unas treinta
leguas de extensión. Los bejucos, raíces y lianas eran á veces tan
espesos, que necesitaban un día para hacer menos de una legua de camino,
pero los mismos obstáculos les servían para mantenerse sobre el agua y
el suelo movedizo.

En los últimos días de marcha la mortandad fué aumentando. Era tal el
hambre y la fatiga, que muchos se dejaban caer para ahogarse
voluntariamente. Otros, no pudiendo avanzar más, sentábanse sobre las
raíces de un manglar cerrando los ojos:

--¡Dejadme, hermanos! No os ocupéis de mí.

Y esperaban inmóviles la llegada de la muerte. Su recomendación era
inútil. Nadie pensaba en ellos.

Ojeda, con los más ágiles y vigorosos, continuaba avanzando á través de
los obstáculos, hasta que al fin, pasados treinta días, sintieron bajo
sus pies una tierra cada vez más firme. Luego marcharon por un sendero
seco, llegando finalmente á una aldea india, en cuyas inmediaciones se
tumbaron, no pudiendo ir más adelante, como si su energía les hubiese
abandonado al verse en lugar seguro.

El cacique, llamado Cueybas, era hombre de paz, lo mismo que sus
súbditos, mostrando asombro todos al saber que estos hombres blancos
habían atravesado de un extremo á otro aquella marisma donde sólo se
aventuraban ellos en casos de inevitable necesidad.

Los destrozados viajeros fueron conducidos á las cabañas, dándoles
abundantemente de comer y beber, mientras el cacique ordenaba que otros
de su tribu registrasen las marismas para traer á hombros á los
españoles que encontrasen aún con vida.

Cuando repuesta su energía hizo Ojeda recuento de su gente, vió que de
setenta y dos hombres que habían desembarcado un mes antes, sólo
quedaban treinta y cinco, figurando entre éstos Bernardino de Talavera.

Al restablecerse completamente de sus fatigas, quiso don Alonso cumplir
su voto á la Virgen. Le causaba honda pena separarse del milagroso
cuadro, pues atribuía al mencionado voto el que la imagen le hubiese
sacado finalmente de tantos peligros.

Tuvo varias entrevistas con el cacique, explicándole como pudo, gracias
á las palabras aprendidas en Haití y á la intervención de Cuevas, más
ducho en la lengua indígena, los misterios de la religión católica y lo
que era la madre de Dios.

El indio lo acogía todo con movimientos respetuosos de cabeza. Lo que
más le entusiasmaba era lo belleza del ídolo de los blancos y los
brillantes colores que el pintor flamenco había fijado para siempre
sobre la pequeña tabla.

Con unas mantas de algodón tejido arregló Ojeda una capilla en la choza
del cacique, colocando la imagen sobre una mesa, á guisa de altar.

Pasaron dos semanas más, durante las cuales fueron recobrando fuerzas
los tristes expedicionarios, pudiendo al fin reanudar su marcha.

Cuando el Caballero de la Virgen se arrodilló por última vez ante su
imagen, empezó á sollozar. Iba á separarse para siempre de su protectora
de tantos años. ¡Quién podía saber lo que le reservaba el porvenir al
alejarse de esta imagen que le había mantenido incólume á través de
tantos desafíos y guerras!...

Cuevas tuvo que infundirle ánimos y tirar de él para que se decidiese á
abandonar su Virgen.

Mucho tiempo después, el padre Las Casas, al viajar por Cuba, encontraba
aún en el pueblecito del cacique Cueybas la capilla hecha por Ojeda y su
cuadro de la Virgen. El célebre religioso decía misa ante ella, é
inquieto el cacique al ver que deseaba apropiarse la imagen del «pequeño
jefe blanco», sustituyéndola con otra mejor, la ocultaba en el bosque y
nadie volvía á verla.

Una partida de indios proporcionada por Cueybas guió ahora á Ojeda á
través de los desiertos, llevando además todos los de la expedición
abundantes víveres en sus mochilas.

Así llegaron á un lugar de la costa Sur de Cuba, que era el más próximo
á la isla de Jamaica. En este territorio, llamado Macaca, el cacique, al
que había sido recomendado por Cueybas, dió la noticia á don Alonso de
que una partida de españoles se había establecido en dicha isla al mando
de un capitán llamado Juan de Esquivel.

Resucitó en la memoria de don Alonso su vida y sus rivalidades en Santo
Domingo. Este Esquivel era el capitán que había enviado el virrey don
Diego Colón para que se posesionase de Jamaica á viva fuerza, y al que
juró él cortarle la cabeza.

--Veo, Fernando--dijo con melancolía, al recibir tal noticia--, que mi
destino es tener que humillarme ante las personas que ofendí.

Recordó su desafío á Nicuesa, que meses después lo salvaba de la muerte
en la terrible jornada donde pereció Juan de la Cosa. Ahora tenía que
pedir auxilio al hombre que había jurado decapitar si se posesionaba de
Jamaica. Gracias á dicha toma de posesión, él y sus acompañantes iban á
salir de Cuba, que ya les iba pareciendo un encierro del que nunca
podrían salvarse.

El cacique de Macaca proporcionó una canoa con algunos indios, y en tan
débil é inestable embarcación fué Fernando Cuevas, acompañado de un tal
Pedro de Ordaz, para avisar á Esquivel.

Esta peligrosa travesía de veinte leguas, en una embarcación rústica, á
través del Océano solitario, casi era comparable á la que algunos años
antes había hecho Diego Méndez, yendo en canoa desde Jamaica á Santo
Domingo, para sacar á Colón del desgraciado final de su cuarto y último
viaje.

Apenas se enteró el capitán Esquivel de la triste suerte de Ojeda, al
que se imaginaba rico y victorioso en su gobernación de Nueva Andalucía,
despachó una carabela á la costa Sur de Cuba para que trajese al
desgraciado héroe y sus forzosos compañeros.

La entrevista de los dos enemigos fué cordial. Ojeda, que había jurado
de buena fe cortar la cabeza á Esquivel, lo saludó con naturalidad--como
si hubiesen sido siempre grandes amigos--al poner sus pies en tierra de
Jamaica.

--Juan de Esquivel, mis remos ya no reman--dijo después de saludarlo--.
Haga vuesa merced de mí lo que quiera.

Y Esquivel le abrazó, llevándole á su casa y ofreciéndole cuanto tenía.

--Los dos somos caballeros--dijo á Ojeda--y nos hemos visto en mejor
situación que aquí. Los hombres bien nacidos sabemos entendernos
noblemente, olvidando todo resentimiento anterior.

Admiró Cuevas la generosidad de ambos hidalgos, reconociendo una vez más
que sus compañeros de armas rivalizaban en grandeza de alma y
sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles
cuando trataban con otros que no fuesen de su raza.

Como tenía prisa Ojeda en volver á Santo Domingo para enviar socorro á
Pizarro y la guarnición de San Sebastián, aceptó inmediatamente la
carabela que Juan de Esquivel puso á su disposición.

Bernardino de Talavera y los restos de su cuadrilla se quedaban en
Jamaica, retardando la vuelta á Santo Domingo. Ahora que estaban en
tierra de españoles pensaban con miedo en el Juez mayor de la isla
Española y en el proceso abierto por el robo de la nave del genovés.

Temían igualmente que, al recobrar Ojeda su prestigio de gobernador de
Nueva Andalucía, les exigiese cuentas por los atrevimientos que se
habían permitido con él. Pero este último cuidado lo perdieron cuando
don Alonso se embarcó con Cuevas para ir á Santo Domingo.

--¡Que Dios te proteja, Talaverilla!--dijo al pirata--. No creas que
olvido tus injurias, pero soy incapaz de vengarlas traidoramente
denunciándote á la justicia. Si sales con bien de lo del robo del buque
y yo estoy menos ocupado que ahora con lo de mi gobierno, ya nos veremos
unos minutos á solas y harás conocimiento con mi espada.

Apenas llegó la carabela á Santo Domingo, el primer cuidado de don
Alonso fué preguntar por el bachiller Enciso. Le contestaron que pocos
días antes había salido con rumbo á la colonia de San Sebastián,
llevando abundantes provisiones, armas y hombres.

Había persistido entre la gente de Santo Domingo el deslumbramiento
causado por aquel envío de oro y de esclavos, que dió origen á la
expedición pirática de Talavera. Todos los hombres de espada ansiosos de
aventuras y riquezas querían alistarse para ir con Enciso al gobierno
del que era Alcalde mayor.

El virrey don Diego Colón tenía que intervenir para limitar el número de
los expedicionarios. Todos los que estaban procesados por deudas y
amenazados de prisión buscaban escapar de la isla y reunirse con Ojeda.

Una guardia puesta por el virrey en la nave de Enciso iba examinando la
identidad de cada uno de los expedicionarios. Cuando dicho buque salió á
alta mar, fué acompañado á gran distancia por una carabela armada, para
impedir que se embarcasen algunos de dichos fugitivos valiéndose de
lanchas.

Quedó inactivo Ojeda muchos días, esperando noticias de su asociado el
bachiller. Indudablemente, así que llegase Enciso á San Sebastián
enviaría su buque á Santo Domingo para que el gobernador de Nueva
Andalucía pudiese volver á sus tierras. Pero como transcurriesen semanas
y semanas sin que la nave volviese ni llegase á Santo Domingo la menor
noticia de Enciso, empezó la gente á afirmar que la expedición había
naufragado á consecuencia de uno de los varios temporales recientes.

Fernando Cuevas volvió á su huerta, siendo acogido por las exclamaciones
de asombro y lástima que lanzaron Lucero y su hijo.

Las penalidades sufridas en la defensa de San Sebastián y en las
ciénagas de Cuba lo habían aviejado. Al verse entre su familia y en la
comodidad de su vivienda, se percató por primera vez de lo mucho que
había sufrido.

Su mujer y Alonsico escucharon en reflexivo silencio el largo relato de
tantas aventuras intrépidas y desgraciadas. El buen sentido de la judía
conversa resumió esta historia heroica en un comentario de carácter
práctico.

--Si don Alonso vuelve allá--dijo--, no le sigas. Quédese eso del oro
para los que no tienen mujer como tú, ni tierras que labrar. Pongamos
ahinco en el cultivo de nuestros campos. Acabemos el desmonte de las
tierras vecinas al río, que tenemos olvidadas. Nuestra verdadera mina es
fabricar pan y carne para los que van á Tierra Firme en busca de oro, y
los que marcharán luego, ya que cada vez llegan de España más ilusos.

Deseaba que su marido se fuese apartando de aquellos hombres aficionados
á la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más
arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador.

Luego contó á Fernando todo lo que ella había hecho para favorecer á un
amigo de éste, mal mirado, no sabía con qué motivo, por don Alonso de
Ojeda.

Como dicho hombre estaba perseguido á causa de sus deudas, le había sido
imposible conseguir que Enciso lo alistase en su expedición. Por miedo á
indisponerse con el virrey no admitía el bachiller deudores ni sometidos
á proceso. Además, estaba enterado de que su consocio el gobernador de
Nueva Andalucía miraba mal á este solicitante.

--Entonces el pobre acudió á mí--siguió diciendo Lucero--, y como es
amigo tuyo, aunque don Alonso no lo aprecia, quise ayudarle.

El hombre se había encerrado en un tonel, y para hacer más creíble su
estratagema, rociaba de vez en cuando las paredes interiores con un poco
de su provisión de agua. De este modo, las gotas que salían por entre
las duelas no dejaban duda alguna de que era un tonel lleno de agua
destinado al barco de Enciso. Así había podido salir de Santo Domingo, á
pesar de las precauciones del virrey.

Cuando la nave estuviese en alta mar, este viajero ignorado de todos se
proponía saltar una tapa del tonel, ofreciendo de nuevo sus servicios
al asociado de Ojeda.

Rió Cuevas la historia, y al ver al día siguiente á su heroico
protector, le dijo con cierta timidez, por tratarse de un hombre mal
visto por don Alonso:

--¿Se acuerda su señoría de aquel á quien apodaban en las Cuatro Calles
«el Esgrimidor», un tal Vasco Núñez de Balboa, que cultivaba tierras en
el pueblecito de Durango, estaba entrampado hasta los ojos y no sabía
cómo librarse de sus acreedores, que iban á encerrarle en la cárcel?...
Pues se ha ido con el bachiller, sin que éste lo supiera, metido en un
tonel.




III

     En el que se ve la creciente miseria del olvidado gobernador de
     Nueva Andalucía, y cómo se fué enterando de las aventuras de sus
     discípulos y los progresos de un tal Balboa, salido de un tonel.


Empezó á notar don Alonso en torno á su persona el apartamiento y la
desconfianza que acompañan á todos los héroes considerados en
decadencia.

Quiso comprar un barco y alistar gente para ir á su ciudad de San
Sebastián, mas todos sus esfuerzos resultaron infructuosos. La gente
huía de él como de un hombre marcado por la mala suerte.

Las desgracias de su colonia eran ya sabidas por los vecinos de Santo
Domingo y las exageraban en sus comentarios. Don Diego Colón parecía
aprobar la creciente impopularidad del héroe. Había sido enemigo de su
padre, el primer Almirante, durante los últimos años de la vida de éste,
y se expresaba con crudeza contra todos los de la familia Colón. Acaso
esperaba que don Alonso le visitase para implorar su apoyo y ser capitán
á sus órdenes, pero Ojeda, cada vez más altivo, según se aceleraba su
decadencia, era incapaz de pedir amparo ni de servir á nadie. Durante el
resto de su existencia sólo podía ser un heroico jefe de aventureros
valerosos, y de no conseguirlo, prefería morir.

La creciente ingratitud de los hombres le atormentaba, agriando su
carácter. Se había visto admirado por todos al aprisionar á Caonabo y al
mandar luego armadillas que descubrían nuevas tierras, en rivalidad con
Colón el viejo. Un año antes sentíase capaz de desafiar al virrey en
pleno muelle de Santo Domingo y amenazar á Esquivel, uno de sus
capitanes, con el descabezamiento. Y todos celebraban sus arrogancias,
creyendo que la fortuna le acompañaría siempre y no existía obstáculo
capaz de cortar sus avances. Ahora, con los bruscos saltos de la opinión
popular, le creían un desgraciado, sin porvenir alguno, perseguido por
una constante fatalidad.

Todo lo que decía, por racional que fuese, lo consideraban quimérico.
Los ricos de Santo Domingo huían de él, temiendo que les pidiese dinero
para sus empresas. Se acordaban del bachiller Enciso, al que todos
creían perdido para siempre. El gobierno de Nueva Andalucía empezaba á
provocar risas cuando alguien hablaba de él en los corrillos de las
Cuatro Calles.

Algunas veces, don Alonso, enfurecido contra el ambiente hostil que le
rodeaba, pretendía salir de la isla Española, fuese como fuese. Su
compañerismo le impulsaba igualmente á reunirse con Enciso y el fiel
Pizarro. Tal vez su presencia salvaría, como en otras ocasiones, la
colonia de San Sebastián. Pero por más que descendía al puerto de Santo
Domingo en busca de capitanes y maestres de naves que se dejasen
convencer por sus razonamientos, no encontraba uno que arrostrase la
aventura de tomar á bordo al gobernador de Nueva Andalucía, llevándole
gratuitamente á sus dominios.

La superstición de aquel pequeño mundo de aventureros contribuía también
al descrédito de Ojeda. Marinos y soldados daban por seguro que Enciso
había muerto en el mar y no quedaba ya vivo un español en aquella tierra
de San Sebastián, donde los indios tiraban con flechas «de hierba».
Igualmente debían haber perecido Nicuesa y los ochocientos hombres que
fueron con él á la conquista de la prodigiosa Veragua, tan alabada por
Colón, y cuyo nuevo título de Castilla del Oro resultaba para muchos de
una ironía lúgubre.

Empezaba á comentarse en Santo Domingo la profecía de un fraile que
aconsejó á muchos que no se embarcasen con Nicuesa por haber
pronosticado el cielo claramente la pérdida de dicho capitán. Todos se
acordaban de que días antes de salir la expedición de Ojeda y poco
después la de Nicuesa, había aparecido en el cielo un cometa en forma de
espada, signo de muerte indudable, según los astrólogos de entonces.

--Pero yo--decía don Alonso, indignado por tales patrañas--me di á la
vela casi al mismo tiempo que Nicuesa, y sin embargo, he vuelto á Santo
Domingo. ¿Por qué razón no puede volver el gobernador de Castilla del
Oro?...

Callaban las gentes, por ser cosa peligrosa entablar discusiones con
don Alonso, pronto siempre á tirar de la espada, pero sonreían con una
expresión cuyo significado adivinaba el héroe. Estas sonrisas
significaban que si Ojeda había vuelto nadie sabía aún cuál iba á ser el
final de su existencia y si dicho final estaba próximo.

Acabó por evitar el trato con sus antiguos conocidos. Sólo de tarde en
tarde se le veía en el centro de la ciudad, envuelto orgullosamente en
su capa--para ocultar tal vez los desperfectos de su traje--, la espada
rabitiesa, los ojos retadores, la nariz afilada como el pico de un ave
de presa, no decidiéndose á saludar á las gentes hasta que éstas lo
habían saludado antes con reverente apresuramiento.

Seguía hablando con desprecio del joven virrey, y esto aumentaba la
deserción de sus antiguos amigos, deseosos de mantenerse en buenas
relaciones con la suprema autoridad.

Hasta Fernando Cuevas parecía apartarse de él un poco. Continuaba
admirándolo; pero su esposa, con el egoísmo clarividente de toda dueña
de casa, temía que esta veneración por el héroe redundase en perjuicio
de la familia.

--Tu don Alonso--dijo Lucero--va á dejarnos pobres como las ratas si le
atiendes. Ya te he dicho que no hay más oro seguro que el que se saca
vendiendo tocinos y pan, quietos en nuestros campos.

No se equivocaba la esposa prudente. Ojeda, en su desesperación, había
insinuado á Cuevas varias veces la conveniencia de vender sus huertas y
aquellas tierras del interior, en las cuales cifraba tantas esperanzas.
También podían empeñarlas, pues no eran prestamistas lo que faltaba en
Santo Domingo. Todos los vecinos ricos ejercían dicha industria.

Con el dinero que él sacase podrían comprar un pequeño bergantín, el más
barato que encontrasen en el puerto. Después de la navegación con
Talavera y su cuadrilla, él y Fernando podían embarcarse, sin reparo
alguno, en cualquier buque, y así volverían á las tierras de su
gobierno, donde tal vez Enciso y sus antiguos compañeros arrostraban la
flecha envenenada, pero conseguían reunir enormes cantidades de oro.

Balbuceó Cuevas, no atreviéndose á contestar negativamente á su antiguo
protector y deseando al mismo tiempo obedecer á su esposa.

Cuando don Alonso se dió cuenta de que era Lucero quien le había
aconsejado que no aceptase, ya no insistió más. Siempre se mostraba algo
cohibido en presencia de ella, como si sus recuerdos le avergonzasen...
Y durante algunos meses Cuevas dejó de ver al héroe desgraciado.

Empezaban él y su esposa á ocuparse seriamente del desmonte de las
tierras heredadas de la cacica y pasaban los más de los días alejados de
la ciudad. Cuevas no podía olvidar, sin embargo, á los compañeros que
había dejado á la otra banda del mar Caribe, á un lado y á otro del río
Darién, en las dos gobernaciones de Ojeda y Nicuesa.

Tardó mucho tiempo en conocer, con todos sus detalles, la trágica
historia de esta colonización. Las noticias iban llegando á Santo
Domingo fragmentariamente, cuando alguna carabela volvía de allá, casi
deshecha, trayendo restos de las dos expediciones.

Otras noticias circulaban, gracias á una transmisión misteriosa, sin que
nadie supiese ciertamente quién las había traído.

Siendo ya de edad madura, el rico colono Fernando Cuevas contaba á los
aventureros jóvenes que partían para las guerras de Méjico y el Perú la
trágica crónica de las dos primeras expediciones á Tierra Firme.

Nicuesa, al separarse de Ojeda, navegaba hacia el Oeste, en busca de su
aurífera Veragua. Para explorar mejor las costas de su gobierno
embarcábase con setenta hombres en una pequeña carabela, ordenando que
su segundo, Lope de Olano, le siguiese con dos bergantines, igualmente
ligeros, mientras las naves de mayor calado navegaban mar adentro,
evitando bancos y escollos. Una tempestad obligaba á Nicuesa á apartarse
de tierra para que su barco no encallase, suponiendo que le seguiría su
segundo Olano, por ser una maniobra lógica. Pero Olano se había
mantenido toda la noche cerca de tierra, al abrigo de una pequeña isla,
y al amanecer, en vez de seguir el rumbo de su jefe, retrocedió para
fondear en la boca del río Lagarto, llamado después Chagres--el río del
istmo de Panamá--, donde se le incorporaron todos los buques grandes.

Allí hizo circular entre las tripulaciones la noticia del naufragio de
Nicuesa, proclamándose á sí mismo gobernador, como lugarteniente del
difunto.

Mientras tanto, Nicuesa, que había pasado dos días en alta mar capeando
la tempestad, volvió á la costa en busca de Olano, y para aguardar á
éste y el resto de su flota, ancló en la desembocadura de un río,
crecido enormemente por las lluvias torrenciales. Al bajar las aguas
rápidamente á su nivel, la nave encalló con tal violencia, que su casco
se deshizo, salvándose á nado los tripulantes.

Esto les obligó á seguir marchando por tierra, siempre al Occidente, en
busca de las riquezas de aquella Veragua tan ensalzadas por Colón.
Atravesaron pantanos de légamo y playas cuya arena quemaba á las horas
del sol. Tuvieron que alimentarse de raíces y moluscos. Los ríos eran
numerosos y con las aguas muy crecidas por la lluvia. Habían salvado un
bote de la carabela naufragada, y gracias á él pudieron atravesar estas
corrientes caudalosas. Los indígenas de Veragua los iban siguiendo por
el lindero de los bosques inmediatos á la costa. Admirables flecheros,
se entretenían en tomarlos de blanco, cazándolos desde lejos.

Esta expedición de Nicuesa, en la que tanto dinero se había gastado, era
la más ostentosa, la mejor armada y bien vestida de todas las conocidas
hasta entonces. El gobernador tenía un paje favorito, uniformado con
gran lujo. Su sombrero blanco y los alegres colores de su traje daban á
este doncel el aspecto de un hermoso pájaro. Un exterior tan brillante
atrajo la atención de los indios, y uno de ellos le disparó un flechazo
tan certero, que el pobre adolescente quedó muerto á los pies de
Nicuesa.

Al llegar á la punta de una bahía que se internaba tierra adentro,
creyeron preferible no seguir su contorno y que la gente se embarcase
por turno en el batel para ir por mar á la punta opuesta. Así se
evitaban una marcha inútil, despistando á los arqueros que venían
acosándolos. Al cerrar la noche, el grupo de náufragos se encontró
instalado en la punta opuesta, y como habían alternado todos en el
manejo del remo, era tal su fatiga, que determinaron pasar allí mismo la
noche.

Dos terribles sorpresas les aguardaban al despertar. El bote, su única
esperanza, había desaparecido y con él cuatro hombres de la expedición.
Empezaron á correr los náufragos de un lado á otro, dando voces,
creyendo ser escuchados por los desaparecidos. Y estas correrías les
hicieron saber que lo que ellos creían punta de bahía era una isla.

Subiéndose á las rocas más altas vieron mar por todas partes. Una vasta
extensión de agua les separaba de la tierra firme. Nicuesa y sus
compañeros se habían encerrado sin saberlo en una isla desierta, sobre
un mar siempre solitario.

Cuatro de sus hombres habían cometido la inaudita traición de huir con
el único bote. Iban todos á morir sin que nadie conociese su esfuerzo.
Tal vez pasados muchos años otra expedición de españoles, atraída por la
casualidad á esta isla sin importancia, descubriría varias docenas de
esqueletos, quedando en la duda de si eran restos de indígenas ó
blancos.

La desesperación hizo aullar como fieras á algunos, mientras otros se
hincaban de rodillas y elevaban las manos al cielo pidiendo auxilio á
Dios. El hambre y la sed les obligó finalmente á moverse. Sólo
encontraron algunos mariscos en las rocas y tuvieron que beber agua
salobre en los charcos de las marismas.

Nicuesa, tan enérgico como Ojeda, aunque de carácter más reposado y
dulce, alentó á sus hombres para salir de tal situación. Sin más
instrumentos que sus cuchillos y espadas, consiguió que construyesen una
balsa con troncos de árboles para cruzar el amplio estrecho que les
separaba de la costa. Como no tenían remos, algunos que eran diestros en
la natación se propusieron empujarla nadando, pero tal era su debilidad
después de tantas privaciones y tan violentas las corrientes, que
tuvieron que abandonar la balsa, arrastrada por las olas, volviendo á la
isla.

El tenaz Nicuesa mandó hacer nuevas balsas, pero siempre con mal
resultado. Y así pasaron semanas y semanas, muriendo todos los días
varios de ellos: unos de hambre y sed, otros de tristeza y
desesperación.

Los cuatro marineros que habían huido en el bote para evitarse el hambre
retrocedieron á remo hacia el lugar donde se imaginaban que estaría la
flota, y después de muchas penalidades conseguían encontrarla en el río
Belén, donde Colón había pretendido establecer la primera colonia de
Tierra Firme y Olano intentaba ahora fundar un pueblo y un fuerte.

Los relatos de los cuatro desertores conmovieron á las tripulaciones, y
Olano, contra su voluntad, tuvo que enviar un bergantín á la isla donde
estaba Nicuesa, abrazándose llorando los náufragos que habían seguido al
gobernador y los marineros de este buque que venía en su auxilio.

Llevaba el bergantín una buena provisión de dátiles de coco y otros
frutos recogidos á lo largo de la costa, y Nicuesa tuvo que imponer su
autoridad para que sus compañeros no muriesen de un atracón; con tal
ansia famélica se arrojaron sobre dichos frutos. Igualmente bebieron con
deleite el agua dulce del buque, y abandonaron la isla, dejando en ella
numerosas tumbas.

Llegó Nicuesa á Belén, mostrando una justa indignación contra Olano,
queriendo juzgarle como traidor, así como á otros que consideraba sus
cómplices; pero al fin tuvo que atender las súplicas de sus gentes,
deseosas de clemencia y olvido en un estado angustioso, y decidió dejar
para más adelante el castigarlos.

Se hallaba el grueso de la expedición casi tan mal en su reciente
colonia de Belén como Nicuesa con sus náufragos en la isla desierta. Los
indígenas de los alrededores, que tanto habían hecho sufrir á Colón y á
su hermano don Bartolomé durante la breve existencia del primer
establecimiento, atacaban con mortífera tenacidad á la nueva expedición
de blancos. El hambre hacía estragos, y cada salida de la guarnición en
busca de víveres costaba la vida á varios españoles. De los ochocientos
hombres que se habían embarcado en Santo Domingo meses antes, sólo
quedaban cuatrocientos, y la mayor parte de ellos tan demacrados por las
privaciones que parecían cadáveres que se moviesen.

El hambre hizo retrogradar á estos hombres de raza blanca y cristianos
al canibalismo de los tiempos prehistóricos. Treinta españoles, al
alejarse un poco de Belén para buscar víveres, encontraban el cadáver de
un indio en estado casi de putrefacción y se lo comían, pereciendo horas
después de haber devorado tan horrible alimento. Nicuesa se veía
obligado á ahorcar á otros de sus soldados que habían rematado á un
compañero agonizante para comérselo más pronto.

Tuvo que huir del triste río de Belén, y siguiendo las indicaciones de
un marinero que había acompañado á Colón en su cuarto y último viaje,
buscaron en la costa del istmo un puerto tan hermoso y seguro, que el
Almirante lo había titulado Puerto Bello. Dicho marinero daba como señas
la existencia de una fuente de agua muy fresca al pie de un árbol
corpulento y la de un ancla medio enterrada en la arena. El árbol, la
fuente y el ancla de Puerto Bello fueron encontrados al saltar á tierra,
pero los indios de los alrededores los acosaron á flechazos y tuvieron
que reembarcarse, dejando algunos muertos.

Buscaron entonces otro lugar á siete leguas de allí, indicado por el
marinero que había ido en el último viaje de Colón, y que éste llamó
Puerto de los Bastimentos á causa de que los indios le proporcionaron
víveres.

Al saltar á tierra y no ver enemigos, Nicuesa dijo con satisfacción:

--Detengámonos aquí, en nombre de Dios.

Y sus acompañantes, con la superstición que inspiran siempre
contrariedades y desgracias, tomaron las últimas palabras como un
augurio favorable, dando á dicho lugar el título de Nombre de Dios.

Tomó posesión de la tierra el gobernador de Castilla del Oro con todas
las ceremonias propias del caso, sacando la espada para cortar hierbas y
trazando cruces en la corteza de los árboles. Luego, sin hacer caso de
la debilidad de su mermada gente, levantó una fortaleza de estacas para
resistir los ataques de los indígenas, pues lo mismo que en Belén, todos
los indios de las inmediaciones empezaron á hostilizarles.

Al poco tiempo la situación de Nombre de Dios resultaba tan insostenible
como lo había sido la de la abandonada colonia de Belén. El hambre era
también semejante. Los salvajes destruían los cultivos plantados por los
españoles.

Agotadas las provisiones de Santo Domingo, se consideraba gran ventura
encontrar una serpiente para comérsela. También servían de alimento
pedazos de caimán chamuscados en las brasas.

Envió Nicuesa una carabela á la Española para que trajese pan y tocino,
y no volvió nunca. Tantos eran los enfermos y de tal modo la muerte
mermaba las filas, que algunas noches no había gente disponible para
velar en las estacadas de Nombre de Dios. Todas las heridas resultaban
mortales, por la miseria y la falta de medicamentos.

Necesitaba Nicuesa mostrarse cruel para sostener la disciplina de su
gente. Un día, al pasar revista á los defensores de Nombre de Dios, vió
que de los ochocientos hombres salidos de Santo Domingo, no había mas
que cien espectros humanos. Ellos y el gobernador de Castilla del Oro,
heredero de la quimera dorada de Colón, no tenían ya esperanza alguna.
Sólo les quedaba el deseo de que la muerte llegase cuanto antes.

Fernando Cuevas recordaba como una segunda historia paralela lo que
estaba ocurriendo al mismo tiempo en Tierra Firme á otro grupo de
españoles, situados á una distancia de pocas leguas, é ignorando
mutuamente, unos y otros, sus miserias.

El bachiller Enciso, al salir de Santo Domingo para socorrer á Ojeda,
había experimentado la sorpresa que Cuevas y su mujer supusieron tantas
veces en sus comentarios nocturnos.

Cuando el buque perdió de vista la ciudad de Santo Domingo, tuvo el
bachiller la sorpresa y la admiración de ver surgir de un tonel, como si
fuese un aparecido, á Balboa «el Esgrimidor». Se indignó al darse cuenta
de este engaño, que consideraba una ofensa á su perspicacia, é insultó
al fugitivo, anunciándole que iba á dejarlo abandonado en la primera
isla desierta que encontrase. Pero el aspecto de Balboa, sus palabras
animosas y el hecho de conocer, como ninguno de los que iban en el
buque, las particularidades de las costas hacia donde navegaban, por
haber figurado nueve años antes en el viaje de Bastidas y Juan de la
Cosa, acabaron por amansar á Enciso, aceptando á este hombre, agregado á
la expedición de tan extraña manera.

Fondeaba el buque en la bahía donde habían muerto á Juan de la Cosa. La
terrible venganza con que Ojeda y Nicuesa habían castigado á los
indígenas hizo que éstos, después de algunos intentos de hostilidad,
acabaran por entenderse con la nueva expedición de blancos. El bachiller
Enciso era hábil para tratar á las gentes, y valiéndose de uno de sus
hombres que conocía la lengua de los indígenas, acabó por vivir en paz
con éstos.

Iba ya á zarpar de este puerto que había resultado tan terrible para
Ojeda cuando vió con asombro cómo llegaba un bergantín tripulado por
blancos. Era caso rarísimo y digno de admiración encontrar un buque en
estos mares siempre desiertos.

Al entrar el bergantín reconoció Enciso inmediatamente á sus tripulantes
como gentes de la expedición de Ojeda. Dado á las sospechas, como hombre
ducho en actuaciones de justicia, los supuso en seguida desertores que
habían abandonado á don Alonso, del cual no tenía noticia alguna desde
que lo despidió en Santo Domingo. Luego tuvo que tratar á los recién
llegados con menos severidad, y puso término á sus expresiones
amenazantes cuando el jefe del bergantín le enseñó sus papeles, entre
ellos un nombramiento hecho por Ojeda á favor de Francisco Pizarro,
dejándole como teniente gobernador en San Sebastián durante su ausencia.

El pequeño bergantín contenía los restos de la abandonada ciudad, y el
hombre que mostraba los papeles era el mismo Pizarro.

Después de salir Ojeda de su colonia en el buque de los piratas, el
tenaz Pizarro continuó la defensa de la población durante cincuenta
días, como lo había estipulado con su jefe. Transcurrido dicho plazo, y
considerando imposible prolongar la defensa, dispuso el embarque de la
gente.

Aún quedaban setenta hombres de los varios centenares que salieron de
Santo Domingo con Ojeda, y como los dos bergantines eran pequeños para
contener tanta gente, Pizarro adoptó la más dura de las resoluciones á
impulsos de la necesidad. Esperaría para embarcarse que el hambre, las
enfermedades y las flechas envenenadas de los indígenas fueran
disminuyendo el número de sus compatriotas, lo que consiguió en pocos
días, pues la mortandad iba en aumento.

Habían conservado cuatro yeguas, con la esperanza de que diesen crías, y
porque era necesario tener alguna caballería para asustar y desbandar á
los indios en casos de gran aprieto. Mataron y salaron las cuatro
yeguas, llevándose además cuanto podía servirles de alimento.

Un bergantín lo mandaba Pizarro, otro un compañero suyo llamado
Valenzuela. Apenas salidas las dos pequeñas embarcaciones del puerto de
San Sebastián, estalló una espantosa borrasca. Los del bergantín de
Pizarro vieron de pronto cómo se iba á pique el de Valenzuela con toda
su tripulación, oyendo los gritos mortales de sus camaradas, sin poder
socorrerlos. Algunos marineros afirmaban haber visto una ballena enorme
ú otro monstruo marino elevando su lomo sobre las olas y dando un
coletazo tan formidable, que el pobre barco se deshacía, sumergiéndose
en pocos minutos.

Después de correr el temporal, Francisco Pizarro, que se preparaba para
más altos destinos en esta terrible aventura de hambres y matanzas,
conseguía llegar al puerto de la futura Cartagena, en busca de
provisiones, encontrándose allí con la nave del bachiller Enciso.

El deseo de Pizarro y su gente era continuar el viaje á Santo Domingo en
aquella débil embarcación. Preferían los riesgos del mar á volver á San
Sebastián, de tan horrible recuerdo. No lo entendía así el bachiller
Enciso. Por algo había sido nombrado Alcalde mayor de Nueva Andalucía y
arrostraba su fortuna en aquella empresa. Necesitaba ejercer su
autoridad, y declaró que si el gobernador Ojeda se había ido á Santo
Domingo, él haría sus veces mientras no regresase, obligando á Pizarro á
retroceder al sitio de sus recientes desgracias con todos sus
destrozados compañeros.

Al llegar frente á San Sebastián, el infortunio salió al encuentro de
Enciso, lo mismo que había buscado á Ojeda. Su nave chocó con una roca,
y él y su tripulación, á costa de grandes fatigas, consiguieron
refugiarse en el pequeño bergantín de Pizarro.

Sólo pudieron salvar un poco de galletas y de queso, con algunas armas.
El bachiller había comprado para la colonia caballos, yeguas, cerdos y
otros muchos víveres. Todo desapareció bajo las olas, perdiéndose en
pocos minutos cuanto el abogado había adquirido en largos años de
pleitear.

Para colmo de desgracias, cuando saltaron á tierra, sólo vieron las
ruinas carbonizadas de la ciudad de San Sebastián. Los indios, al
marcharse los últimos españoles, habían incendiado casas y fortalezas.

Hubo que guerrear diariamente con los arqueros de flecha envenenada para
avanzar tierra adentro, recolectando raíces comestibles y dando caza á
ciertos animales parecidos al jabalí.

Las emboscadas de los salvajes y los efectos de las flechas ponzoñosas
desalentaron de nuevo á los expedicionarios. El mismo Enciso, tan
ansioso de gobernar, no sabía qué hacer, mostrándose predispuesto al
abandono de esta Nueva Andalucía, que hasta entonces sólo había sido un
cementerio de blancos.

En este momento angustioso intervenía Vasco Núñez de Balboa, el deudor
fugitivo que Enciso quería abandonar en una isla desierta.

Conocía todos los lugares de esta costa por haberlos visto nueve años
antes con Rodrigo de Bastidas. Se acordaba de que al otro lado del golfo
de Urabá, á orillas del río que los naturales llamaban Darién, había un
pueblo indio cuyos habitantes poseían grandes cantidades de oro y
provisiones abundantísimas. Eran tan guerreros como los de San
Sebastián, pero ignoraban el arte de envenenar sus flechas. Él guiaría á
sus compañeros hasta esta tierra de promisión. Y en el pequeño bergantín
de Pizarro volvieron á embarcarse los más vigorosos, haciendo vela hacia
el río Darién para apoderarse de la mencionada población india que
Enciso pensaba hacer capital de su gobierno.

El cacique del país, llamado Cemaco, lo recibió al frente de más de
quinientos guerreros, y el bachiller convertido en capitán se dió cuenta
de que el combate iba á resultar empeñado y de éxito incierto.

El pequeño bergantín no podía realizar nuevos viajes para traer de Santo
Domingo más hombres. Cerrado el camino del mar, era necesario
establecerse á orillas del Darién ó morir. Como Enciso y muchos de sus
soldados eran andaluces, y los más habían vivido en Sevilla, ofrecieron
á Nuestra Señora de la Antigua, cuya imagen es adorada en dicha ciudad,
el dar su nombre á la futura colonia. Y creyéndose protegidos por la
mencionada Virgen, arremetieron con tal empuje contra la gente de
Cemaco, que ésta, después de una lucha tenaz, huyó, dejando muchos
muertos.

Enciso, abogado y autor de estudios geográficos, se vió convertido en
general victorioso, apoderándose del pueblo, cuyas casas registró y
saqueó, recogiendo muchos víveres, mucho algodón y gran cantidad de
brazaletes y otras joyas de oro, cuyo valor fué calculado en diez mil
castellanos, ó sea más de sesenta y cinco mil duros.

Jamás el infortunado Ojeda consiguió un botín de tanta importancia. Sus
compañeros tampoco habían conocido nunca tal golpe de fortuna en una
tierra de miserias y desastres. El pueblo fué llamado desde entonces
Santa María de la Antigua del Darién, y luego concretamente Darién,
primera ciudad verdaderamente estable que iba á existir en Tierra Firme.

Empezó Enciso á titularse Alcalde mayor de Nueva Andalucía y
lugarteniente del gobernador Ojeda, pero un prestigio popular fué
levantándose frente á él.

Balboa, llamado simplemente Vasco Núñez por sus compañeros de armas,
gozaba de un aprecio general por sus cualidades de soldado y por
haberlos conducido á este lugar donde acababan de obtener su primera
victoria fructífera.

Era tan atrevido como Ojeda, inteligente y asombrosamente pródigo, dando
con facilidad á sus compañeros cuanto poseía. Guardaba rencor al
bachiller por los castigos que había querido imponerle cuando salió del
tonel, y tanto por ambición como por el antiguo odio, se propuso
sucederle en el mando.

Ágil de entendimiento y abundante y convincente en sus palabras, supo
atacar al abogado convertido en gobernador en su propio terreno,
valiéndose de leyes y añagazas de curial.

Según el convenio entre Ojeda y Nicuesa, sus gobernaciones quedaban
separadas en el golfo de Urabá por el río Darién, y por estar el pueblo
de Darién al Oeste de dicho río, pertenecía á Nicuesa. Balboa hizo ver
con esto que Enciso, titulándose Alcalde mayor y lugarteniente de Ojeda,
no era mas que un intruso, pues la ciudad de Darién quedaba fuera de
Nueva Andalucía. Y como la mayor parte de los españoles sentíanse
descontentos de Enciso á causa de su excesiva autoridad, Balboa lo hizo
deponer por los más osados, constituyéndose la nueva colonia, con
arreglo al régimen municipal de la Edad Media española, en una pequeña
república, obediente al lejanísimo rey de España, pero con gobierno
autónomo.

Votaron todos los soldados, eligiendo á tres de sus compañeros con el
nombre de alcaldes. El que obtuvo más votos fué Vasco Núñez de Balboa, y
después otros dos, Zamudio y Valdivia.

Luego, las necesidades militares aconsejaron que hubiese un solo jefe.
Unos aclamaban á Balboa, y los envidiosos de su naciente gloria, así
como los escasos partidarios de Enciso, hablaban de Nicuesa, ya que
estaban en su territorio.

En medio de estas luchas llegó á Santa María de la Antigua una armadilla
mandada por Rodrigo de Colmenares, que exploraba la costa en busca de
Nicuesa.

Como este Colmenares era gran amigo del gobernador de Castilla del Oro,
convenció á los colonos de que debían someterse á la autoridad de
Nicuesa por estar en su territorio, y se brindó á conducir en sus
buques á dos enviados de la naciente ciudad, para que ofreciesen el
mando al desgraciado caballero.

Estaba Nicuesa con los restos de su gente casi próximo á morir en su
ciudad de Nombre de Dios, cuando se presentó inesperadamente la flotilla
de Colmenares. Éste le traía la noticia de que los restos de la
expedición de Ojeda habían fundado, en el territorio de Castilla del
Oro, una ciudad importante, pues tal les parecía á todos Santa María de
la Antigua, á causa de la abundancia encontrada en ella.

Diego de Nicuesa se parecía á Ojeda en su gran facilidad para olvidar
las desgracias y recobrar su altivo orgullo de jefe. Con los víveres de
la flotilla improvisó un banquete en aquel fuerte de Nombre de Dios,
testigo de tantas miserias. Quería obsequiar como un príncipe á los
enviados del municipio de Darién.

Excitado por los buenos manjares, se expresó como en los tiempos que
pertenecía á la corte de España. Prometió su protección á los que le
escuchaban y los alarmó al mismo tiempo, anunciando despojos y castigos
cuando tomase posesión de la ciudad de Darién. Además--y esto fué lo
peor--, al enterarse de que el oro del cacique Cemaco había sido
repartido entre los conquistadores de la ciudad, afirmó que al llegar él
exigiría que le entregasen dicho oro, para hacer nuevo reparto.

Al mismo tiempo, Lope de Olano y otros, á quienes Nicuesa tenía presos
por haberle abandonado en la costa de Veragua, hablaban secretamente á
los dos comisionados de Darién, convenciéndoles del error que cometían
al llevarlo á su nueva ciudad. Era, según ellos, avaro y cruel y pensaba
arrebatarles el bienestar de que gozaban.

Los dos enviados procuraron volverse á Darién antes que Nicuesa, y así
pudieron informar á sus convecinos de lo que se proponía el nuevo
gobernador, levantando una gritería de impopularidad contra él.

Balboa, hábil político, que había fingido conformarse, poco antes, con
el movimiento de opinión favorable á Nicuesa, aprovechó esta
circunstancia favorable para él excitando á todos contra el gobernador,
y cuando éste llegó ante la ciudad, la muchedumbre se opuso á que
desembarcase, exigiendo que se volviera á Nombre de Dios.

Tal miedo sentía Nicuesa de volver á su colonia, que suplicó ser
recibido en la próspera Santa María de la Antigua, si no de jefe, como
simple soldado; mas sus ruegos resultaron inútiles, y cuando se atrevió
á saltar á tierra, vióse perseguido, prisionero y juzgado por un
tribunal popular.

Balboa, que iba á sucederle como jefe por el voto de todos, apiadado de
su desgracia, intentó salvarle, pero la muchedumbre mostróse inexorable
en el cumplimiento de la sentencia. Según ésta, podía el infortunado
Nicuesa volverse á Santo Domingo, pero en el peor de los buques de la
colonia, mísero bergantín carcomido por la broma, y con escasos
víveres.

Diez y siete partidarios fieles se prestaron á seguirle en su desgracia.
El 1.º de Marzo de 1511, el gobernador de Castilla del Oro se lanzaba á
los peligros del Océano en el más inaceptable de los barcos. Y nadie
supo más de él. Tragóse el mar Caribe la destartalada nave, guardando
para siempre el misterio de cómo ocurrió tal desgracia.

En la ciudad de Santo Domingo se dió por cierto el naufragio de Nicuesa
al llegar, meses después, la noticia de su embarque forzoso.

Don Alonso de Ojeda habló de este trágico suceso á sus amigos, cada vez
más escasos, con una expresión fríamente resignada.

--Siendo mozos los dos--dijo--y viviendo en España, á él le anunciaron
que iba á morir en el mar y á mí que moriría de hambre.

Pronto olvidó dicho suceso. ¿Qué podía importarle una muerte más?... Él
había vivido siempre en familiaridad con la muerte.

Otros episodios de la vida colonial ocupaban su atención.

Al enterarse el virrey de que vivían en Jamaica el pirata Talavera y los
restos de su cuadrilla, enviaba un buque con un destacamento de soldados
para que los trajesen á Santo Domingo. Iban á juzgarlos por el robo del
buque del genovés y la muerte de algunos de sus tripulantes.

El Juez mayor de la isla hizo comparecer á don Alonso de Ojeda como
testigo de las fechorías de Bernardino de Talavera, primer pirata que se
había conocido en el Nuevo Mundo.

Se abstuvo el desgraciado caballero de relatar lo que estos forajidos le
habían hecho sufrir.

--De todos modos--dijo á sus amigos--, que hable yo ó no hable contra
ellos, recibirán el castigo que merecen. Me inspiran compasión, pensando
en lo mucho que sufrieron para salvarse de aquella ciénaga de Cuba.
Nunca se verá en el mundo padecer tanto unos hombres para acabar
muriendo en la horca.

Talavera y los suyos fueron ajusticiados. Quedaban aún en la ciudad
amigos de ellos, aventureros de la peor especie, que con el deseo de
rehabilitar su memoria los describían como unos inocentes, atribuyendo
su sentencia á las acusaciones de Ojeda. Algunos de éstos sentíanse
ofendidos por la altivez con que don Alonso repelía sus aproximaciones é
intentos de familiaridad en las Cuatro Calles. Además le veían cada vez
más enfermo, arrastrando un poco la pierna herida, minado interiormente
por el veneno de aquel flechazo tan bárbaramente curado. ¿Por qué no
matar á este hombre famoso en otros tiempos por su valor y su ligereza
de manos?...

Ya no le creían el combatiente ágil que hería siempre y al que nadie
había podido hacer sangre. Después del flechazo y de verse abandonado
por aquella protección sobrenatural que le sacaba incólume de los
combates, todos podían atreverse con él... Y una noche, cuando volvía
desde el centro de la ciudad al bohío que habitaba con la india Isabel y
sus tres pequeños mestizos, se vió atacado por más de una docena de
dichos individuos.

Aún guardaba su antigua agilidad, y antes de que le rodeasen, hiriéndole
á la vez de frente y por la espalda, dió un salto para apoyarse en una
tapia y tiró de su espada.

La chusma traidora creyó que el triste y desalentado héroe se desdoblaba
como en los tiempos de su juventud. Se imaginaron todos ellos tener
enfrente á varios don Alonso de Ojeda: cuatro, ocho, doce enemigos... Y
cuando empezaron á retroceder, heridos ó apaleados por aquella espada
múltiple, don Alonso siguió tras ellos un gran trecho, acuchillando por
detrás á los menos ligeros.

Esta fué la última victoria del Caballero de la Virgen.

Limpiando luego su espada, sucia de sangre, en las hojas de un árbol,
siguió adelante hasta su bohío, se quitó la capa, encendió una lámpara
rústica, cuya mecha estaba empapada en aceite de coco, y tomando una
pluma de ave empezó á escribir en un gran cuaderno de papel, la mitad de
cuyas páginas estaban ya cubiertas de rojizas líneas.

Don Alonso, para entretener sus soledades, se había hecho escritor.




IV

     Donde el orgulloso héroe escribe un libro que no se publicó nunca,
     y toma sus disposiciones para que le pisen eternamente todos los
     habitantes de Santo Domingo.


Amaba Ojeda con preferencia las horas de la noche, por ser las de mayor
soledad, aislándose durante ellas del trato con los hombres. Cada día
iba en aumento su aversión hacia los antiguos compañeros de aventuras,
odiándolos igualmente por su indiferencia ó por las conmiseraciones que
tenían con él.

La necesidad de buscar dinero le obligaba en las horas diurnas á ir á
Santo Domingo, tomando una actitud altiva y algunas veces provocadora al
ver de lejos á sus amigos de otro tiempo que venían hacia él.

La noche representaba el descanso en fresca soledad, el momento propicio
para la mágica evocación del pasado. Y en el pobre bohío, que era toda
su fortuna, escribía horas y horas, relatando las hazañas de su pasado:
sus duelos, sus navegaciones, sus guerras, primero con los moros, luego
con los indios de esta parte del Asia, cuya verdadera identidad no
habían determinado aún cosmógrafos y navegantes.

Aunque no fuese de grandes letras, había leído en su mocedad muchos
libros de historia, prestados por su primo el inquisidor y otros hombres
doctos. Conocía los _Comentarios_ de César y otras obras de famosos
capitanes que al retirarse de sus guerras procuraron describirlas con la
pluma.

Su infortunado compañero Juan de la Cosa y otros nautas españoles se
habían dejado absorber enteramente por la acción, realizando grandes
hechos, sin cuidarse de fijarlos por medio de la escritura, dejando al
azar el que otros los relatasen. Sólo aquel mercader florentino de
Sevilla, Américo Vespucio, que él había llevado en su primer viaje como
aprendiz de piloto, se preocupaba de escribir cuanto tenía visto y
cuanto le contaban, dándolo por visto igualmente, y su nombre empezaba á
sonar en el viejo mundo.

Hacía esfuerzos el infortunado Caballero de la Virgen para reunir y
coordinar los recuerdos de su corta y tumultuosa vida, quedando con la
frente en alto, fija su mirada de águila en el techo de paja de su
vivienda, del cual caían muchas veces sanguinarios insectos tropicales.
Al mismo tiempo mordía distraídamente las barbas de su pluma, una de las
plumas de ave que le proporcionaban sus amigos los frailes del convento
de San Francisco, recién construído en la ciudad.

Su familia cobriza contemplaba en silencio las meditaciones y escrituras
del temible «jefe blanco».

Isabel, después de haber preparado la mísera cena, sentábase en el suelo
de tierra apisonada, con los codos en las rodillas y la mandíbula
inferior apoyada en ambas manos, fijos sus ojos de brasa en este
guerrero cuya audacia había admirado tantas veces desde lejos, durante
los combates, y que era á la vez su amante y su amo.

Tres muchachos de diversa estatura, sentados también en el suelo,
abarcando sus rodillas con ambos brazos, le miraban igualmente con un
silencio admirativo.

Iban medio desnudos; sus carnes parecían brillar en la penumbra con
cierta fosforescencia; sus ojos enigmáticos y misteriosos tenían la
dulce fijeza de las bestezuelas tímidas.

Una india y tres cachorros mestizos era todo lo que poseía, al final de
una existencia tan abundante en altibajos de la fortuna, el famoso
hidalgo don Alonso de Ojeda. ¡Y á los veinte años creíase destinado á
ser en las nuevas tierras descubiertas uno de los reyes feudatarios del
Gran Kan!

Su familia cobriza le rodeaba á todas horas, pronta á servirle y
obedecerle. Gracias á esta mujer de otra raza, conseguía comer los más
de los días. Y sin embargo, ¡se consideraba tan lejos de todos ellos!...

En los primeros años de su amancebamiento, estos hijos mestizos, carne
de su carne, le habían interesado por el encanto de animalillo humilde y
gracioso que posee todo niño de las razas que el blanco considera
inferiores. Al crecer, sus retoños cobrizos parecían apartarse de él.
Se mostraban cada vez menos comunicativos, más supeditados y obedientes,
con un respeto excesivo por este padre de origen superior, más temido
que amado.

Su pobreza creciente parecía afear á Isabel. Ya no era la india de
miembros redondos y frescos, piel suave y sonrisa de brillante marfil.
Nada quedaba en ella de la esclava amorosa que había recogido en un
puerto de aquel país bautizado por él con el nombre de Venezuela. El
trabajo y las penalidades la habían hecho seca, musculosa, con un aire
hombruno de bestia de trabajo.

Su nombre y su presencia entristecían muchas veces á don Alonso. Veía á
la otra Isabel, fantasma de luminosa transparencia que se paseaba por
las lejanas avenidas del jardín de su juventud.

El apartamiento medroso y el excesivo respeto que mostraba su familia
ilegítima servía para que la olvidase completamente teniéndola muchas
veces á pocos pasos de él, sentada en el suelo, en torno á su rústica
mesa. Y la madre y los hijos, mientras el héroe movía su pluma con los
ojos fijos en el papel, iba siguiendo su obra desde lejos, en religioso
silencio.

Admiraban tal vez la misteriosa operación de trazar signos negros sobre
una hoja blanca. Consideraban esto, á pesar de haberlo visto tantas
veces, como un arte mágico de profundo misterio.

Cuando el hidalgo estaba ausente, su concubina, al dedicarse á la
limpieza del interior del bohío, cuidaba de no tocar este manojo de
papeles escritos por su temible señor. El cuaderno parecía reinar sobre
la mesa como un fetiche que esparcía en torno efluvios irresistibles. Y
su veneración se la transmitía con gritos y golpes á los tres hijos,
cuando en la ignorancia de sus pocos años pretendían manosear el grueso
cuaderno.

En sus excursiones por la ciudad, encontró varias veces don Alonso á su
antiguo protegido Cuevas. No había hecho éste contra él otra cosa que
negarse, por indicación de su mujer, á arriesgar la propia fortuna en un
nuevo viaje á Tierra Firme. Los hechos venían demostrando la oportunidad
de dicha negativa; pero Ojeda era incapaz de admitir una opinión
contraria á la suya, y esto hizo que mirase á Cuevas poco menos que como
un enemigo.

La desgracia agriaba su carácter, haciéndole injusto en sus juicios. No
amaba á nadie; no podía creer ya en la gratitud y la amistad. Cierta
envidia inconsciente le impulsaba á odiar á cuantos parecían felices.

Algunas veces, olvidando la negativa de Cuevas, mostraba animadversión
contra él, simplemente porque parecía satisfecho de su modesta fortuna,
porque estaba rodeado de una familia de su propia raza, muy distinta á
la otra que él encontraba todas las noches al volver á su bohío.

Cuando Fernando, enterado de la situación cada vez más mísera del héroe,
insinuaba tímidamente generosas ofertas para socorrerle ó le proponía
que fuese á vivir con ellos en el campo, don Alonso tornaba á ser el
altivo caballero, gobernador por el rey de la provincia de Nueva
Andalucía.

--Mis negocios van cada vez mejor--contestaba con arrogancia--. Mis
amigos, en la corte, trabajan para que se me haga justicia, y no tardará
en llegar una cédula real exigiendo que se me den barcos y hombres para
volver á mi gobierno.

Le irritaban las noticias que de tarde en tarde iban llegando á Santo
Domingo sobre los progresos de aquel Balboa «el Esgrimidor», al que él
no había querido admitir en su expedición.

El voto particular le había hecho jefe de Castilla del Oro. Ahora la
gobernación de Ojeda y la de Nicuesa formaban una sola, y los esfuerzos
de ambos sólo iban á servir, finalmente, para la prosperidad de este
aventurero que había salido al encuentro de la gloria oculto en un
tonel.

Otras veces aceptaba don Alonso, con una resignación pesimista, su
tremendo fracaso. Había venido á países de la extrema Asia demasiado
pronto, á la hora de los navegantes, de los descubridores, cuando aún no
había llegado el momento oportuno para las conquistas tierra adentro, y
él era un hombre de espada y no de mar.

A sus amigos de rango inferior, que él consideraba como discípulos, iba
á tocarles el instante propicio á la gloria y la riqueza. Balboa, tan
menospreciado por él, se engrandecía en unas tierras que eran suyas y
del no menos desgraciado Nicuesa. Tal vez algunos de sus admiradores de
otro tiempo, aquel Hernando Cortés, que estaba ahora en la conquista de
Cuba con Diego Velázquez, ó aquel Francisco Pizarro, su teniente en San
Sebastián, que se había quedado allá siguiendo á Balboa, acabarían por
obtener el oro y la fama que él había soñado á los veinte años, hablando
con Colón el viejo sobre las tierras del Gran Kan.

Al verle Cuevas, de tarde en tarde, se daba cuenta de los estragos que
causaban en su organismo la miseria y las enfermedades. El veneno del
flechazo tan bárbaramente curado iba emponzoñando su sangre. Cada vez
cojeaba más al andar. Su rostro enjuto tenía una amarillez cadavérica.
Su mirada, siempre imperiosa, parecía aún más arrogante por el brillo de
la fiebre.

Después de sus rápidos encuentros con él, se acordaba Fernando de los
leones que los reyes de España se hacían traer de África para tenerlos
enjaulados en sus jardines. Algunos de estos animales, majestuosos y
fieros, enfermaban de tristeza, y avergonzados de su esclavitud, se
dejaban morir, pero de espaldas á los hombres, rechazando alimentos y
cuidados, mirando obstinadamente al rincón más obscuro de su encierro,
hasta que una mañana los encontraban sin vida... Así iba á terminar el
famoso Caballero de la Virgen.

No admitía auxilios de los hombres de espada. Respondía con sarcasmo á
los que le aconsejaban que fuese á impetrar el apoyo de Colón el mozo,
gobernador de la isla. Con tranquila petulancia hablaba de próximas
rehabilitaciones, que hacían sonreir á sus oyentes. Pero estas sonrisas
sólo eran á espaldas del antiguo gobernador de Nueva Andalucía, más
agriado y peleador que nunca, pronto á desenvainar su espada sin tener
en cuenta el número de los enemigos, como si desease morir matando.

La única amistad tranquila y duradera que aún quedaba en su existencia
era la de los frailes del convento de San Francisco. Algunos de ellos
habían ido en sus expediciones. Otros guardaban memoria de sus hazañas,
desde el tiempo de Caonabo, recuerdo verdaderamente extraordinario en
una colonia adonde llegaban con tanta frecuencia noticias de atrevidas
navegaciones y heroicas aventuras.

Conociendo su orgullo y enterados al mismo tiempo de su miseria, los
frailes le invitaban con diversos pretextos á que compartiese la comida
de ellos, dándole unas veces alimentos del país, convidándole otras á un
banquete extraordinario cuando llegaban naves de España trayendo víveres
de allá.

De repente, el altivo caballero parecía adivinar la limosna disimulada
de los frailes y dejaba de frecuentar el convento, necesitando éstos ir
en su busca ó inventar nuevos pretextos para que reanudase sus visitas.

La alegre paz del monasterio recién construído, la fresca soledad de su
huerto en el que crecían los primeros naranjos traídos de Europa, el
trato afable de estos franciscanos, héroes á su modo, que seguían á los
conquistadores en sus avances para predicar el cristianismo, muriendo
como los otros bajo el golpe de la macana ó atravesados por la flecha
«con hierba», fueron ejerciendo una seductora atracción en el fatigado
caudillo.

Sintió de pronto el ansia mística de muchos hombres de aquella época,
osados pecadores y duros guerreros, que acababan haciéndose frailes.

Su concubina india y sus bastardos cobrizos no representaban ningún
obstáculo para él. Las exigencias de la religión sólo le parecían
válidas para los blancos. Podía dejar sin ningún remordimiento á esta
familia ocasional. Dios no le exigiría cuentas por tal acto.

Pasaba el día entero en el convento, unas veces rezando en la iglesia,
paseando otras por el claustro al lado de estos frailes que parecían
haber adivinado sus intenciones, y con palabras insinuantes y sonrisas
de dulce confraternidad le impulsaban á continuar avanzando por el mismo
sendero que habían seguido ellos años antes.

Con un brusco cambio de opinión reconoció el desgraciado caudillo la
imposibilidad en que estaba de ser fraile. Para dedicarse completamente
á Dios, debía abandonar algo más precioso y ligado á su existencia que
esta familia exótica. Tendría que abandonar su espada, aquella espada
que pendía de uno de sus flancos desde los primeros tiempos de su
mocedad, la espada que le seguía á todas partes, desde la guerra contra
los moros granadinos.

Era un sacrificio más allá de su abnegación. Después de tantos
infortunios, renunciar á su espada le parecía el más grande é
irresistible que podía caer sobre él. ¡Antes morir!...

Y como si le asustase la posibilidad de que un Alonso de Ojeda pudiese
vivir sin llevar un acero al costado, tomó su espada, que estaba
pendiente de la rústica silla en que escribía, y la besó repetidas
veces. Parecía pedir perdón á su fiel compañera. La besaba como el
enamorado extrema sus caricias á la amante, viendo en ello una
penitencia por fugitivos propósitos de infidelidad.

Cada vez pensaba más en la muerte, presintiéndola cerca. La miraba de
frente como á una antigua amiga, inoportuna, pero familiar, incapaz de
infundirle espanto.

Sus desgracias las apreciaba ahora con orgullo, creyéndose más grande
cuanto mayor fuese la incomprensión y la ingratitud de las gentes. Ya
que no podía servir á Dios como religioso, acataría sus designios con
una resignación y una humildad semejantes á la de los santos.

En vano sus amigos los frailes intentaban animar al caballero, cuando
éste les hablaba de su próxima muerte:

--Vuestra señoría va á vivir aún muchos años, señor gobernador.

Era una satisfacción para el olvidado héroe oirse llamar gobernador y
señoría por estos hombres de Dios, cuidadosos de proporcionarle dicho
consuelo moral.

No creyendo en palabras halagadoras para su salud, seguía hablando de su
próxima muerte. Deseaba que le enterrasen en la iglesia del convento,
colocando sobre su féretro una losa de piedra con una inscripción que
dijese: «Aquí yace Alonso de Ojeda, el Desgraciado».

Luego pensó que la póstuma afirmación de sus desventuras era un alarde
de vanidad, una protesta orgullosa contra el Destino, perpetuándose á
través de los siglos. Dios no podía ver con buenos ojos tal soberbia.
Era necesario humillarse más, mucho más, ante el misterio de sus
designios.

No pudo seguir sus visitas al convento de San Francisco. Una mañana le
fué imposible abandonar su mísero lecho. La pierna herida se había
paralizado. Sus fuerzas le abandonaban rápidamente. Esta debilidad se
agrandó todavía más por una manía del héroe infortunado.

No quiso comer. La alimentación de él y de los suyos había sido precaria
en los últimos tiempos. Muchos días, la india Isabel trabajaba en las
casas ricas de Santo Domingo para que don Alonso, al volver á su bohío,
hallase algo que comer. Cuando le faltaba trabajo iba en busca de los
contadísimos amigos que aún le quedaban á Ojeda, á pesar de su altivez y
su carácter agriado, pidiéndoles secretamente unos puñados de maíz, un
cesto de cazabe, con el que se mantenían su señor, sus hijos y ella en
último término.

--Que no lo sepa «el jefe blanco»--decía la india con expresión medrosa.

El infortunado capitán sólo podía admitir á sabiendas la caridad de los
frailes, y aun ésta le impulsaba á huir muchas veces, cuando la
consideraba demasiado franca.

Otras veces Isabel buscaba á Lucero y á su esposo, cuando éstos vivían
en la huerta próxima á la ciudad, y una extraordinaria abundancia
alegraba por varios días el bohío del olvidado conquistador.

Al quedar ahora inmóvil en su lecho, los frailes de San Francisco le
enviaban diariamente un cesto de vituallas, alegando la circunstancia de
su enfermedad; pero el doliente caballero se negaba á comer.

--Debo morir de hambre--le oyó decir Isabel en uno de los delirios de su
fiebre--, lo mismo que Nicuesa murió en el mar. ¡Que nuestro destino se
cumpla!

Había dado orden á su manceba india de no recibir la visita de ninguno
de sus antiguos compañeros, y Cuevas, conocedor de dicha voluntad, se
abstuvo de entrar en el bohío.

Unas veces quedaba fuera de él, esperando noticias. Otros días, uno de
los pequeños mestizos de Ojeda iba hasta la huerta, en busca de Lucero,
para dar noticias de su padre «el jefe blanco» y llevarse al mismo
tiempo un cesto de hortalizas.

Cuevas y su esposa adivinaron que don Alonso había muerto al ver entrar
una mañana en su casa á la india Isabel. Lo había hallado, una hora
antes, frío é inmóvil en su casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

--Lo mismo que un león--pensó Fernando.

En la vivienda del muerto encontró á los frailes de San Francisco que
amortajaban el cadáver del héroe para llevarlo á su iglesia. Entre los
papeles escritos por don Alonso acababan de descubrir uno referente á su
enterramiento, y los franciscanos pensaban cumplir con exactitud sus
disposiciones.

Había encontrado la verdadera fórmula de humildad para su sepultura.
Nada de nombres, de títulos, ni de alardes de su infortunio. Llamarse
desgraciado era una vanidad. Resultaba mejor irse de la vida en modesto
silencio, olvidando el propio nombre, sumiéndose en la nada. Una losa de
piedra sin ninguna inscripción cubriría su cadáver.

Y el hidalgo provocativo y reñidor, que tantas veces había derramado la
sangre ajena, incapaz de sufrir el más remoto propósito de ofensa,
jactancioso y amenazante hasta en las peores horas de desgracia,
disponía que su cuerpo fuese enterrado en la puerta de la iglesia de San
Francisco, como una humilde expiación de su pasado orgullo.

«Para que todos--decía el papel--los que entren en la iglesia, grandes ó
pequeños, se vean obligados á pisar los restos de este gran pecador.»




V

     Del pavoroso encuentro que tuvo Fernando Cuevas un anochecer en las
     ruinas de Isabela, y lo que profetizó viendo la prosperidad de sus
     trabajos y la vigorosa audacia de su hijo.


Quiso tomar Cuevas bajo su protección á la familia de don Alonso, y los
tres pequeños mestizos empezaron á pasar días enteros en su huerta,
siguiendo al vigoroso Alonsico en sus juegos belicosos y obedeciéndole
cual si fuesen servidores suyos.

La india Isabel veía con agradecimiento esta protección á sus hijos. Le
gustaba además tenerlos fuera de su vivienda, á causa de sus audacias y
gritos. Desde que había desaparecido «el jefe blanco», los tres
mostraban un atrevimiento ruidoso de esclavos en libertad. Ya no temían
á nadie dentro del bohío. Y para convencerse de su triunfo habían roto
en menudos pedazos aquel cuaderno de su padre en el que trazaba signos
misteriosos todas las noches.

Así acababan los _Comentarios_ de los primeros descubrimientos del Nuevo
Mundo, las Memorias del infortunado héroe. Cuevas aún pudo ver algunos
pedacitos de papel revoloteando cerca del bohío.

La india se negó á abandonar aquella vivienda donde había pasado los
últimos años con su admirado señor. Le parecía que el héroe aún estaba
vivo si ella continuaba habitando la casa. Sólo al salir de allí se
convencía de que el guerrero invencible había muerto verdaderamente.

Con un estoicismo propio de su raza, no había llorado ante el cadáver de
don Alonso. Sus ojos, agrandados por el asombro, mantuviéronse secos de
lágrimas. Lo único que su impasibilidad misteriosa dejaba adivinar era
un asombro inmenso, cual si hubiese creído hasta entonces que el
caudillo cristiano era invulnerable para la muerte.

En vano Lucero, con una curiosidad femenil, pretendía hacerla hablar
para darse cuenta de hasta dónde llegaban los afectos de esta mujer
perteneciente á otra raza. Mostrábase la india parca en palabras. Movía
la cabeza tristemente, y al fin, acosada por las preguntas de la
española, se limitaba á decir en su lenguaje conciso:

--Jefe blanco está en el cielo con su Virgen. Yo iré á buscarle
pronto... Tú cuidarás de mis hijos.

No necesitaba Cuevas esta última recomendación para preocuparse de la
compañera de su famoso capitán, así como de su prole cobriza.

Se había dedicado á desenmarañar la herencia del héroe infortunado,
tratando para ello con todos los abogados y escribanos venidos á Santo
Domingo, desde el otro lado del mar, como una banda de aves de presa.
También había visitado al joven Almirante, aunque él y Lucero sentíanse
dolidos por la falta de memoria y la indiferencia de este personaje, al
que conocieron niño y pobre en el convento de la Rábida. Nunca había
hecho nada por ellos. No gustaba de que le recordasen las miserias de su
niñez.

Gracias á su tenacidad, consiguió Fernando conocer la fortuna dejada por
don Alonso con más exactitud que éste, siempre endeudado, y que tan
imprudentemente esparcía las riquezas cuando llegaban á sus manos.

No había que contar con el producto de las seis leguas de terreno en la
costa Sur de la isla Española que le habían concedido los reyes. Estas
tierras hacía años que las habían embargado sus acreedores por
cantidades de poca importancia, y resultaba inútil el intento de
arrancarlas á los usureros que las poseían.

En sus averiguaciones incesantes llegó á conocer la existencia de otras
tierras en la costa Norte de la isla, cerca de la antigua ciudad de
Isabela, que le habían sido dadas á Ojeda cuando era capitán á las
órdenes de don Cristóbal Colón, y cuya propiedad olvidó poco después.

Creyó necesario Cuevas emprender un viaje al Norte de la isla. Eran
ochenta leguas las que debía hacer por malos caminos y alojándose en
aldeas indígenas. Pero toda la isla estaba en paz después de la dureza
con que el comendador Ovando había castigado las últimas insurrecciones
de los caciques, y un español podía ir de un lado á otro completamente
solo, con sus armas y su perro, sin temor á sufrir agresiones de los
naturales.

Emprendió el viaje Fernando con un compatriota que le ayudaba en sus
cultivos. Iban montados en caballejos ágiles y sobrios, nacidos en la
isla, hijos de los corceles españoles, que se habían multiplicado en las
fértiles llanuras con asombrosa prolificidad, por ser menor el consumo
de estas bestias de trabajo que el de los animales destinados á la
alimentación.

Llevaban ambos buenas ballestas para dedicarse á la caza durante su
viaje. Las armas de fuego portátiles eran todavía pesadas é inseguras.
Estos cañones de mano, cuyo tiro era muy lento y costoso, no podían
compararse con la rápida y segura ballesta.

Se alojaron en las aldeas de varios caciques pacíficos, quienes les
recibieron con exageradas muestras de sumisión, llegando finalmente á la
provincia del antiguo reyezuelo Guanacarí, en cuyas costas había visto
Cuevas fundarse el trágico pueblo de Navidad, durante el primer viaje de
Colón, y un año después la ciudad de Isabela.

Más de quince años habían transcurrido desde que él y Lucero abandonaron
esta parte de la isla para trasladarse á la nueva ciudad de Santo
Domingo. Recordaba aún las particularidades topográficas de esta costa,
en la que se habían creado los dos primeros centros de población
europea, y guiándose por datos copiados de una escritura de Santo
Domingo, pudo encontrar los terrenos pertenecientes á don Alonso de
Ojeda por donación del rey de España.

No eran gran cosa: campos pantanosos en las inmediaciones de un río, y
sus partes más altas estaban cubiertas de bosque bravo, de un descuaje
largo y costoso. ¿Qué blancos podían venir á cultivar estos terrenos,
tan lejanos de la nueva capital de la isla?...

Una soledad fúnebre pesaba sobre la misma región que los primeros
navegantes españoles habían considerado como un paraíso. Hasta los
indios parecían haber huído de las antiguas tierras gobernadas por
Guanacarí. Cuevas, en sus correrías por ellas, sólo encontró unos
cuantos españoles, que tenían sin duda especial interés en mantenerse
lejos de las autoridades de Santo Domingo, y vivían lo mismo que los
indígenas, cultivando el suelo allí donde lo encontraban limpio de
árboles y malezas. También eran contadísimos los indios que aún
permanecían fieles á esta tierra, labrada por sus ascendientes.

Tan limitada población manteníase siempre á distancia de las ruinas de
Isabela, creyéndolas pobladas de pavorosos fantasmas.

Afirmaban algunos haber escuchado alaridos horrorosos de muchedumbres
invisibles. Otros juraban haber visto de noche «luces del otro mundo»,
indudablemente las almas de los muchos cientos de españoles muertos de
hambre y de enfermedades en la infortunada ciudad.

No dando oído Cuevas á tales supersticiones, cruzó varias veces el
recinto de aquella Isabela que había visto surgir del suelo y en la que
fué su hijo el primero de los nacidos.

Aún existía la muralla rústica para librarse de los ataques de Caonabo,
pero desportillada por el desplome de sus bloques en algunos sitios,
cubierta en otros lugares de plantas parásitas, que le daban el aspecto
de una alta cerca vegetal.

La fecundidad silvestre del Trópico había cubierto igualmente de follaje
las ruinas de los edificios. Mantenían aún las casas de piedra sus
paredes verticales, limpias de techo ó simplemente con los travesaños de
sus vigas rústicas. Los bohíos desaparecidos revelaban su antigua
existencia por haberse trocado sus soportes en árboles de raras formas
al enroscarse á su maderaje el serpenteo verde y florido de las lianas.
El trazado de las calles era visible. Todas se habían convertido en
prados de líneas regulares, caminándose por ellas con hierba hasta las
rodillas.

Reconoció Cuevas el solar de su antigua vivienda é igualmente las ruinas
de las casas del Almirante y otros personajes de la colonia, pero
procuró no pisar su interior, cubierto de escombros. La serpiente, de
instintos domésticos, prefiere siempre para alojarse las ruinas de las
viviendas humanas á los escondrijos de la selva.

En esta soledad de pueblo abandonado, los gritos de los papagayos y
otras aves refugiadas en las ruinas, y el correteo bullicioso de las
bandas de monos, explicaron á Cuevas aquellos gritos horripilantes que
se imaginaban oir los supersticiosos vecinos de las cercanías.

Un interés de cazador impulsó al español á visitar con frecuencia las
ruinas de Isabela, más aún que su curiosidad de evocar el pasado.
Abundaban los cerdos salvajes en estas tierras solitarias, descendientes
de los que habían traído los españoles en su segundo viaje, y que la
vida libre de la selva multiplicaba asombrosamente.

Todos los días, Cuevas y su camarada disparaban sus ballestas en las
cercanías de Isabela, trayendo á hombros, pendiente de un palo, uno de
estos animales silvestres, de los que sólo comían las partes más
apreciadas, dejando abandonado el resto á los indígenas.

Esta cacería segura y abundante, que ya no era posible realizar en el
Sur de la isla, donde se había aglomerado el núcleo de la colonización,
hacía que Cuevas, muy aficionado á esta clase de montería, fuese
retardando la vuelta á su casa.

Un atardecer, cuando ya había decidido irse á la mañana siguiente á
Santo Domingo, en el camino sintió el deseo de contemplar por última vez
las muertas calles de Isabela.

El miedo á caer enfermo de fiebres le impulsaba igualmente á abandonar
cuanto antes estas tierras. Lo mismo que la mayor parte de los españoles
que habían muerto en aquella ciudad, empezaba á sentir el escalofrío de
la terciana, dolencia esparcida en la atmósfera por los encharcamientos
del río inmediato y por el ambiente pesado y sin renovación dentro de un
anillo de bosques.

Su fiebre naciente le hizo recordar á todos los compatriotas que había
conocido allí, diez y seis años antes, y cuyos huesos estaban bajo
aquella tierra que iba pisando, vestida por exuberante capa vegetal.

Se había quedado el compañero en el mísero pueblecito donde se alojaban,
vigilando, junto á una hoguera, el voltear del último cerdo cazado
aquella mañana. Uno de los perros de Cuevas marchó tras él, creyendo que
iba de nuevo á la caza, pero á la vista del muro de piedra de Isabela
quedó inmóvil, con las orejas erguidas, dejando pasar adelante á su amo,
y empezó á aullar lúgubremente.

Fernando, con la ballesta al hombro, atravesó una brecha de la muralla
que en otro tiempo había servido de puerta, continuando su avance por lo
que fué en sus mocedades calle Mayor. Apenas anduvo por ella lo
necesario para distinguir las ruinas de la iglesia, sintióse asombrado
viendo cómo venían hacia él dos hileras de hombres, á modo de los
frailes cuando van del convento á cantar en la iglesia, marchando uno
tras otro.

Parecían gente noble, hidalgos de «capa prieta», como llamaban en la
colonia á los españoles que habían sido de la corte y, abandonando su
bienestar en la tierra natal, pasaban al Nuevo Mundo, en busca de
mayores riquezas. Todos iban bien vestidos, ceñidas sus espadas,
rebozados en ricas capas y con tocas de viaje de las que se habían usado
en España en tiempo de los difuntos Reyes Católicos. Ahora sabía Cuevas,
por los recién llegados á la isla, que las modas habían cambiado en el
viejo mundo, dejándose crecer la barba los señores, no llevando ya
rasurado el rostro, como sus padres y como estos desconocidos que venían
hacia él.

Quedó absorto Cuevas ante las dos filas de gente inesperada, no
ocurriéndosele ni una sola vez echar mano á su ballesta. Indudablemente
eran españoles que habían desembarcado en la bahía inmediata, donde
anclaron los buques de la segunda flota de Colón. Además, aunque no
llegaba á distinguir bien los rostros de ellos, medio ocultos por el
rebozo de sus capas y el ala de sus tocas, tenía el presentimiento de
que eran gente amiga, vista por él otras veces.

Lo extraño del caso fué que los primeros de la procesión habían llegado
ya junto á él, y seguían luego adelante, como si no le viesen,
descortesía que le obligó á hablar.

--¿Cómo ha podido aportar aquí--dijo--gente tan nueva y ataviada, sin
que nadie lo haya sabido en la isla?... ¡Dios guarde á vuesas mercedes,
señores hidalgos de las dos ringleras!

Y se quitó cortésmente su gorra para saludar, sin que la procesión de
desconocidos respondiese verbalmente á su saludo. Pero todos á un mismo
tiempo se llevaron la diestra á sus birretes y sombreros para contestar
á su cortesía, y Cuevas vió con terror que al descubrirse llevaban
dentro de las tocas sus cráneos completamente blancos, quedando
descabezados y desapareciendo después instantáneamente.

Esta desaparición apenas llegó á presenciarla Cuevas, pues, tembloroso é
invocando á la Virgen, echó á correr, viéndose al poco rato fuera de la
ciudad, al lado de su perro, que seguía aullando con las orejas
enhiestas y los ojos fijos en las ruinas.

Aquella noche, mientras se negaba á tomar los bocados que le ofrecía su
compañero, reflexionó sobre esta visión, temblándole el cuerpo, no
obstante el calor de la fogata que había servido para preparar la cena.

No dudaba de lo que había visto. Sus antiguos convecinos de la Isabela
habían salido de sus tumbas para saludarle. En aquel país completamente
nuevo, habitado hasta poco antes por una humanidad sin historia,
empezaba á crearse la leyenda. La muerte daba nacimiento á la tradición.

Aquella tierra era ya tan española, después de diez y seis años, como la
península situada al otro lado del Océano. Los que estaban enterrados en
Isabela y otros lugares de la isla resultaban más numerosos que los
españoles vivientes... Y Cuevas, que--como todos sus contemporáneos--no
poseía ideas precisas sobre las tierras descubiertas y dudaba aún de si
eran Asia ó pertenecían á un mundo nuevo, tuvo sin embargo un justo
presentimiento del porvenir.

La procesión de espectros de esta ciudad en ruinas iba á repetirse en
toda una cara de nuestro planeta, á ambos lados de la línea ecuatorial,
desde las frías alturas donde crece el abeto á las colinas templadas
donde florece el naranjo y las llanuras tórridas cubiertas de bananos.

Las nevadas cúspides de la más larga de las cordilleras de la tierra,
las costas del Atlántico y del Pacífico, los ríos que no tienen límites
á la vista, cual si fuesen mares, las selvas nacidas en los primeros
tiempos de la vida vegetal, los valles paradisíacos del Trópico, los
lagos de hierba de las sabanas, los desiertos pintarrajeados por las
tintas minerales, todo un mundo iba á quedar completamente descubierto
en menos de medio siglo y á obtener una nueva personalidad histórica,
gracias á los miles y miles de esqueletos, semejantes á los de esta
procesión crepuscular, que fecundarían sus entrañas. No iba á existir un
rincón de las nuevas tierras, alto ó bajo, húmedo ó seco, yermo ó
selvático, que no guardase, como marca heráldica, una osamenta española.

Al volver Cuevas á su casa de Santo Domingo, enfermo de fiebre, vió en
ella á los tres hijos de Ojeda con el aire reposado y tranquilo del que
se halla en vivienda propia.

Lucero se apresuró á contarle la muerte de la india Isabel. Una tarde la
había visto llegar á la huerta con la misma tranquilidad enigmática que
en los días anteriores.

--El jefe blanco me llama--dijo--, y debo obedecerle. Guarda á mis
pequeños. No deben seguirme en el gran viaje.

Como Lucero la creía algo loca después de la muerte de don Alonso, la
dejó partir sin ninguna inquietud. Todos los indios eran dados á
embelecos y gustaban de atraer el interés hacia sus personas con
invenciones y cuentos.

A la mañana siguiente, cuando iban á su iglesia los frailes de San
Francisco, encontraron á una mujer tendida de bruces sobre la losa sin
nombre que cubría la sepultura de don Alonso. Al reconocer á su manceba
india, la ordenaron en vano repetidas veces que se levantase y no
profanara la casa de Dios con alardes de dolor antirreligioso. Cuando al
fin tocaron su cuerpo frío, se convencieron de que estaba muerta. Nadie
podía saber cómo había logrado entrar de noche en la iglesia y qué
veneno sutil le sirvió para morir sobre la sepultura de su señor «el
jefe blanco».

Después de este episodio, la vida siguió transcurriendo pacíficamente
para Lucero y su esposo.

Se enriquecían con lentitud, pero sin altibajos de la suerte, ignorando
los retrocesos violentos que sufrían en su existencia los aventureros
heroicos al ir en busca del oro.

El buen sentido comercial de la judía conversa puso freno muchas veces á
las ambiciones repentinas de su esposo.

Al mirar Cuevas su espada colgada de la pared, sentíase avergonzado de
su prosperidad de colono. Creíase semejante á las vacas y caballos que
engordaban en las fértiles praderas, con una pelambre lustrosa,
reveladora de su perfecto bienestar animal.

Llegaban noticias exageradas y asombrosas de Tierra Firme, de aquella
colonia de Darién gobernada por Balboa. El oro se cogía con redes, según
afirmación de los que venían de allá.

--Déjalos que pesquen--decía Lucero--. Si verdaderamente cogen el oro
con redes, una parte será para nosotros. Fabriquemos pan de maíz y carne
de tocino para los que van en busca del oro. Lo más seguro y ganancioso
en estas nuevas tierras es cultivarlas. El oro se agotará alguna vez, y
este nuevo mundo en que estamos dará siempre pan y carne. Sólo serán
verdaderamente ricos los que trabajen la tierra.

Y Cuevas pasó la edad madura y llegó á viejo, oyendo hablar de las
hazañas de Hernán Cortés en el Imperio de Méjico y la extraordinaria
aventura de Francisco Pizarro en la tierra del oro, llamada Perú.

Los había conocido lo mismo que él, simples protegidos de su capitán don
Alonso de Ojeda, y eran ahora marqueses por el rey, gobernando además
como verdaderos monarcas la herencia de los emperadores vencidos por
ellos: Estados más grandes que España. ¡Y él no era mas que un labrador
colonial, abundante en bienes materiales y pobre en dinero, como ocurre
siempre en las sociedades primitivas, agrícolas y pastoriles!...

Su orgullo y su nobleza se cifraban en ser él y Lucero los únicos que
habían quedado en la isla, del primer viaje de descubrimiento.

Ambos esposos admiraban la audacia de su hijo Alonso, en el que parecían
revivir las condiciones heroicas de su infortunado padrino. Su
independencia de carácter resultaba algunas veces insolente.

--Yo soy nacido en esta tierra--dijo una vez á sus padres--, y vosotros
vinisteis de muy lejos para apoderaros de lo que no era vuestro.

Era el criollo que empezaba á erguirse frente á sus progenitores
europeos.

Los tres hijos de Ojeda le obedecían con más facilidad que á los dueños
de la casa. Alonso los incitaba en sus juegos contra los otros hijos de
blanco venidos de España.

--Nosotros valemos más--decía con orgullo á los tres Ojeda mestizos--.
Nacimos aquí, y estos hambrientos vienen á quitarnos lo nuestro.

Sonreía el padre tristemente al comentar con su esposa la independencia
agresiva de su hijo.

--Así lo quiere Dios--dijo un día con aire profético--. El amor en la
familia va siempre hacia abajo, como el agua de los ríos. Los padres se
sacrifican por los hijos, y éstos, á su vez, hacen lo mismo con los
hijos que tienen. De España vinimos para trabajar, para construir un
mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que
hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los
hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que
levantamos para ellos á costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre...


«Fontana Rosa»
Mentón (Alpes Marítimos)




ÍNDICE


                                  _Págs._

PARTE PRIMERA

LA REINA FLOR DE ORO

I.--Escuchando la voz del cielo.                                       9

II.--Donde el Caballero de la Virgen descubre oro y
lucha heroicamente con el hambre.                                     30

III.--De qué modo «el pequeño jefe blanco» llegó á
apoderarse del «señor de la casa dorada», admirándole
el salvaje por su osadía y su astucia.                                52

IV.--Donde se cuenta lo que hicieron Cuevas y don
Alonso en una visita á la bella reina Flor
de Oro.                                                               71

V.--Donde se cuenta el descubrimiento de las minas
del rey Salomón, la vuelta á España del Caballero
de la Virgen, y cómo lloró en una iglesia
escuchando al sacristán.                                              95


PARTE SEGUNDA

EL ORO DEL REY SALOMÓN

I.--Donde Colón descubre el Paraíso terrenal, es llevado
con cadenas á España, y muere en la horca
la reina Flor de Oro.                                                113

II.--Donde aparece la india Isabel, y Lucero se entera
al fin cuál es la verdadera riqueza del Nuevo
Mundo.                                                               134

III.--De las verdaderas minas del rey Salomón encontradas
por don Cristóbal en Panamá, cerca del
Ganges, y cómo Fernando Cuevas fué á España
enviado por Ojeda, solicitando el permiso
para conquistarlas.                                                  153

IV.--En el que se habla de los héroes de las Cuatro
Calles y de cómo la animosa Lucero acometió
espada en mano al intrépido Ojeda, haciéndole
derramar sangre y lágrimas.                                          173

V.--El desafío de los dos gobernadores, y cómo Ojeda
partió finalmente á la conquista de las tierras
de oro en Asia, no sin prometer antes á gritos
que cortaría la cabeza á sus rivales.                                196

VI.--De cómo salvó su vida el Caballero de la Virgen
en la más portentosa de sus aventuras, y cómo
murió hinchado de veneno el mayor de sus
amigos.                                                              211


PARTE TERCERA

EL OCASO DEL HÉROE

I.--Los suplicios de San Sebastián, y cómo los indios
flecheros se convencieron de que «el pequeño
jefe blanco» no era invulnerable.                                    233

II.--Donde Ojeda es á la fuerza capitán de piratas,
abandona para siempre á su Virgen, y pasan
sus compañeros por las más horrendas aventuras,
para acabar en la horca.                                             253

III.--En el que se ve la creciente miseria del olvidado
gobernador de Nueva Andalucía, y cómo se fué
enterando de las aventuras de sus discípulos y
los progresos de un tal Balboa, salido de un
tonel.                                                               271

IV.--Donde el orgulloso héroe escribe un libro que no
se publicó nunca, y toma sus disposiciones para
que le pisen eternamente todos los habitantes
de Santo Domingo.                                                    296

V.--Del pavoroso encuentro que tuvo Fernando Cuevas
un anochecer en las ruinas de Isabela, y
lo que profetizó viendo la prosperidad de sus
trabajos y la vigorosa audacia de su hijo.                           309


Esta primera edición de «El Caballero de la Virgen» se acabó de imprimir
en los talleres de la Editorial Prometeo, de Valencia, el día 2 de
Noviembre de 1929.


NOTAS:

[A] Colón esperaba encontrar al final de Cuba lo que ahora se llama
estrecho de Malaca y su gran puerto de Singapore.

[B] Un millón.




*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CABALLERO DE LA VIRGEN ***


    

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or any Project Gutenberg work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg

Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza #516,
Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our website which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org.

This website includes information about Project Gutenberg,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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