The Project Gutenberg eBook of Andanzas y visiones españolas
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Title: Andanzas y visiones españolas
Author: Miguel de Unamuno
Release date: February 27, 2026 [eBook #78052]
Language: Spanish
Original publication: Madrid: Renacimiento, 1922
Credits: Andrés V. Galia, Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS ***
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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* * * * *
ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS
OBRAS DEL AUTOR
PAZ EN LA GUERRA (novela).--Madrid. Fernando Fé,
1897. (Agotada.)
AMOR Y PEDAGOGÍA (novela).--Madrid. Fernando Fé.--Barcelona.
Antonio López, 1902.
PAISAJES.--«Colección Calón». Salamanca, 1902.
DE MI PAÍS.--Descripciones, relatos y artículos de costumbres.
Madrid. Fernando Fé, 1903.
POESÍAS.--Fernando Fé, Victoriano Suárez. Madrid, 1907.
RECUERDOS DE NIÑEZ Y DE MOCEDAD.--Fernando
Fé, V. Suárez 1908.
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS--«Biblioteca Renacimiento».
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1911. (Agotada.)
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y DE ESPAÑA.--«Biblioteca
Renacimiento». V. Prieto y Compañía. Madrid, 1911.
ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS.--Madrid. Fernando Fé,
Victoriano Suárez, 1911.
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES.--«Biblioteca Renacimiento».--V.
Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
CONTRA ESTO Y AQUELLO.--«Biblioteca Renacimiento».
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
EL ESPEJO DE LA MUERTE (cuentos).--«Biblioteca Renacimiento».
V. Prieto y Compañía. Madrid, 1913.
VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO.--«Renacimiento».
Madrid, Buenos Aires, 1914. (Agotada.)
DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA.--«Renacimiento».
Madrid.
NIEBLA (NIVOLA) (novela).--«Renacimiento». Madrid, Buenos
Aires, 1914.
ABEL SÁNCHEZ: UNA HISTORIA DE PASIÓN (novela).
«Renacimiento». 1917.
ENSAYOS.--«Residencia de Estudiantes». Madrid, 1916-18.
(Siete volúmenes.)
LA TÍA TULA (novela).
EL CRISTO DE VELÁZQUEZ (poema).
TRES NOVELAS EJEMPLARES Y UN PRÓLOGO.
ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS.
* * * * *
Están traducidas al italiano, al francés y al inglés _Del sentimiento
trágico de la vida_, y al italiano la _Vida de Don Quijote y
Sancho_ y _El Espejo de la muerte_ y en preparación otras.
MIGUEL DE UNAMUNO
ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS
[Ilustración]
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
1922
Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito
que marca la ley.
Copyright, 1922, by Miguel
de Unamuno.
Imp. J. Pueyo. Luna, 29.
Teléf. 14-30.--MADRID
_Quiero aquí, a modo de dedicatoria, consagrar
un recuerdo a mis compañeros en las excursiones
de que hablo, los señores Maurice Legendre, Jacques
Chevalier, J. E. Crawford Flitch, Eudoxio de Castro,
Francisco Antón, Tomás Elorrieta, Gumersindo
y Jesús Solís, Juan Sureda y Pilar M. de Sureda,
Gabriel Alomar, Enrique Nogueras, Agustín del
Cañizo y Antonio Trías._
ÍNDICE
Pág.
PRÓLOGO 7
Recuerdo de la Granja de Moreruela 9
De vuelta de la cumbre 14
El silencio de la cima 22
Ciudad, campo, paisajes y recuerdos 30
Hacia El Escorial 40
En El Escorial 48
Santiago de Compostela 58
Junto a las rías bajas de Galicia 67
León 76
En la quietud de la pequeña vieja ciudad 84
Por capitales de provincia 93
En la Peña de Francia 101
Las Hurdes 107
Salamanca 125
Coimbra 134
Frente a los negrillos 142
De Salamanca a Barcelona 147
En la calma de Mallorca 158
En la isla dorada 172
Los olivos de Valldemosa 194
La torre de Monterrey a la luz de la helada 200
Al pie del Maladeta 207
La frontera lingüística 214
Camino de Yuste 220
En Yuste 225
En Palencia 230
En Aguilar de Campóo 235
Frente a Ávila 239
Una obra de romanos 242
Paisaje teresiano 246
Extramuros de Ávila 252
Visiones rítmicas 256
Las estradas de Albia 259
Al Nervión 262
Galicia 267
En un cementerio de lugar castellano 270
En Gredos 273
Atardecer de estío en Salamanca 278
El Cristo yacente de Santa Clara (iglesia de la Cruz)
de Palencia 280
Junto a la vieja Colegiata 284
PRÓLOGO
_En 1911 publiqué en esta misma biblioteca_ Renacimiento _un
tomo titulado: «Por tierras de Portugal y de España». Constituíanlo
veintiséis relatos de excursiones por ciudades y campos de la Península
Ibérica y las Islas Canarias. Y ahora recojo, lector amigo--¿pues
qué más fina amistad que leerle a uno?--en este volumen que tienes
entre manos--o sobre la mesa--y a la vista, relatos de otras nuevas
excursiones por ciudades y campos también de España._
_Los he ordenado por orden cronológico, ya que estos relatos fueron
apareciendo en diarios de América--en_ La Nación, _de Buenos
Aires, casi todos--o de España--en_ El Imparcial, _de Madrid--a
medida que hacia las excursiones y recibía las visiones de que en ellos
se habla_.
_El que siguiendo mi producción literaria se haya fijado en mis
novelas, excepción hecha de la primera de ellas en tiempo, de_
Paz en la guerra, _habrá podido observar que rehuyo en ellas las
descripciones de paisajes y hasta el situarlas en época y lugar
determinados, en darles color temporal y local. Ni en_ Amor y
Pedagogía, _ni en_ Niebla, _ni en_ Abel Sánchez, _ni en
mis_ Tres novelas ejemplares, _ni en_ La tía Tula _hay apenas
paisajes ni indicaciones geográficas y cronológicas. Y ello obedece al
propósito de dar a mis novelas la mayor intensidad y el mayor carácter
dramáticos posibles, reduciéndolas, en cuanto quepa, a diálogos y
relato de acción y de sentimientos--en forma de monólogos esto--y
ahorrando lo que en la dramaturgia se llama acotaciones._
_Fácil me hubiera sido distribuir entre mis novelas las descripciones
de tierras y de villas, de montañas, valles y poblados, que aquí
recojo, pero no lo he hecho por darles ligereza. El que lee una novela,
como el que presencia la representación de un drama, está pendiente
del progreso del argumento, del juego de las acciones y pasiones de
los personajes y se halla muy propenso a saltar las descripciones de
paisajes por muy hermosos que en sí sean, y como no sea que el campo
llegue a ser un verdadero personaje de la acción o de la pasión, lo que
ocurre pocas veces. Y en cambio el que gusta del paisaje literario, va
a buscarlo en sí y por sí. Y a esta demanda de la afición estética es a
lo que quiere responder la oferta de este libro, lector amigo._
MIGUEL DE UNAMUNO
Salamanca, noviembre de 1920.
RECUERDO DE LA GRANJA DE MORERUELA
No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora,
resisten acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de
Cistercienses en España. Allá me fuí el último Domingo de Resurrección,
y allí recordé una vez más el virgiliano _etiam ruinae periere_:
¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata
de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué
encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella
nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo
ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por
venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.
Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas
cubiertas de la blanca floración de las hierbas acuáticas, y al llamar
yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: «¡Hasta
el agua estancada cría flores!» A lo que pensé calladamente: no; sólo
el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace
andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente,
pero a la poesía le basta la que está quieta.
Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de Cistercienses de la
Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:
En una celda solo, como en arca
de paz, libre de menester y cargo,
el poema escribir largo, muy largo,
que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca
la vista apacentar; sin el amargo
pasto del mundo, a la hora del letargo
ver cómo visten la dormida charca
en flor las ovas. Lejos del torrente
raudo del caz que hace rodar la rueda
que muele el trigo, soñar lentamente
vida eternal en la que el alma pueda
ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente;
florece sólo el agua que está queda!
¡Soñar así; lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada
en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un
poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y
apacible _Historia de la Orden de San Jerónimo_, que en el Real
Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo
fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de
poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por
habérnosla vuelto a dar.) ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda
y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar,
profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en
el manicordio y cantando el salmo _Super flumina Babilonis_? «No
parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento
que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize:
_Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena_. Dixolo una
vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al
cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos
en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar
del Señor en la tierra de los vivientes». (Libro IV, cap. XXVII.)
¿Encierro el del monasterio? Sí; «encerravase cada uno en su celdilla
o covachuela--nos dice el padre Sigüenza--y desde aquel lugar tan
estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo». Y
yo me digo del que otra vida lleva:
Alza al correr tan grande polvareda
que le ciega los ojos, ni le cabe
pararse en firme hasta que al cabo acabe
donde nunca pensara, pues la rueda
de la fortuna es la que le envereda,
no a ella él; desque perdió la llave
del gobierno de sí mismo no sabe
a dónde corre a ir a dar de queda.
¡Cuánto mejor desde abrigado encierro
libre de polvo y sin temor de yerro
irreparable pasëar la cumbre
de la alta serranía de los astros
a busca en ella de divinos rastros
de la increada y creadora lumbre!
Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece
el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice
que «andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como çabullidas en
Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega
turbación de malicia». Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan
de Carrión, llamado el Simple. Y me digo:
Déjame que en tu seno me zambulla
donde no hay tempestades; como esponja
habrá en Ti de empaparse mi alma, monja
que en el cuerpo, su celda, se encapulla.
Mientras Satán sobre esta mar aúlla
al husmo de almas con que henchir su lonja,
más dulce aquí que jugo de toronja
me es tu agua, Señor. Ni me aturulla
el vaivén de su mundo, ya que dentro
vivo de mí viviendo en tu bautismo;
sólo perdido en Ti es como me encuentro;
no me poseo sino aquí, en tu abismo,
que envolviéndome todo, eres mi centro,
pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me
muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando
andamos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda
Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le
encontraste.
«Si me buscas es porque me encontraste
--mi Dios me dice--. Yo soy tu vacío;
mientras no llegue al mar no para el río
ni hay otra muerte que a su afán le baste.
Aunque esa busca tu razón desgaste,
ni un punto la abandones, hijo mío,
pues que soy Yo quien con mi mano guío
tus pasos en el coso por que entraste.
Detrás de ti te llevo a darme cara,
y eres tú quien te tapas para verme;
pero sigue, que el río al cabo para;
cuando te vuelvas, ya de vida inerme,
hacia lo que antes de ser tú pasara,
descubrirás lo que en tu vela hoy duerme».
Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que
nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia
sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios
empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la
cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta
nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.
¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena
mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos
consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a
San Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética
Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde
florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los
pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le
buscan y le encuentran.
Salamanca-VI-11.
DE VUELTA DE LA CUMBRE
Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía de cuyo nombre no quiero
ahora aquí hacer mención, solía empezar su curso con esta pregunta:
¿qué venimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus
discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habían hecho algo.
Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero
de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer?
La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la
sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos
mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo;
he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor,
he descansado al pie de un ventisquero contemplando el imponente
espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y
viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla,
he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al
bajar, las tierras teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre
los nogales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa--a
Santa Teresa de Jesús, ¡claro está!--una curandera. Traigo el alma
llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y,
sin embargo, nada se me ocurre, lector, decirte de ello.
Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de
dejar tal vez en el silencio en que los recogí los sentimientos más
hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No
he escrito ni creo escribiré jamás mis impresiones de Granada, y en
Granada pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mientras viva
reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las
impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del
dulce mes de setiembre gocé en el Albaicín, todo blanco de recuerdos.
Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a los ojos y
no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida
silenciosa y oculta.
Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas
concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la
información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos
allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no recibir
cartas. Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un
ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos
rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía
hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por
la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros,
le interrogamos y resultó que se refería al atentado de que dicho señor
fué objeto en Barcelona hace más de un año. «Hace tres días que lo
he leído en un periódico»--añadió el pastor. Y al despedirnos de él
para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres,
encontramos la explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en
que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que leía, y la
noticia del atentado a Maura le llegó por un número de periódico que
dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había
de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase.
El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas
y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático
de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio
de las cumbres. ¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie
del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro
rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las
soledades.
Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que
viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y,
sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y
me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo
Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano.
Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde
1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años.
¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez
humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués satisfecho de sí
mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan
con manteca, se informa de las noticias de la víspera! Él y Máximo
Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor
inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, y
se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que
pasaban o algún círculo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir
el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si
había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre,
en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable
tontería humana, acabó escribiendo aquel inmenso libro que se llama
_Bouvard et Pecuchet_, la más amarga rechifla del progresismo.
¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? Un buen señor
que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se
consuela pensando--¿pero es que piensa?--que el progreso traerá la
felicidad... ¿a quién? Y luego es tan vulgar... ¡tan vulgar!...
¡Oh, en aquellas cumbres de Gredos, viendo la puesta del sol, la última
novedad, la verdadera última novedad! «Nada hay nuevo bajo el sol»,
dijo Salomón, una especie de catedrático coronado y harto de leer
libros. Pero el pastor de Gredos, si supiese expresarse, diría: «todo
es nuevo bajo el sol». Todo es nuevo, sí, y cada sol es un sol nuevo.
En aquellas cumbres no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones,
reproches. ¡Qué lejos allí del buen señor que no quiere que le digan
sino lo que él piensa! ¡Qué lejos, lector amigo, de esos lectores
irritables y descontentadizos, que burlándose acaso de los dogmas
llevan enquistado en su mollera un dogma formidable!
¿Cómo podría uno soportar esta terca lucha de un día tras otro y un
mes y otro mes y uno y otro año, si no hiciera de cuando en cuando una
escapada a las cumbres libres o a los abiertos campos? ¿Cómo aguantar
a todos esos señores que se nos vienen dando consejos o disparándonos
insultos, si no se recrease uno charlando con cabreros, mendigos,
gañanes y toda laya de gente sencilla y a la buena de Dios?
Y luego en estas ascensiones a las cumbres, en estas escapadas por los
campos, se desnuda uno del _decorum_, de ese horrendo y estúpido
_decorum_, y se pone uno el alma en mangas de camisa. Hace años
ya, en un estudio que me dedicó C. O. Bunge, decía que flaqueo en
el sentimiento del _decorum_. Y así es, me carga eso que los
antiguos romanos llamaban _decorum_ y que no se traduce del todo
por nuestro correspondiente decoro. Nada hay más revolucionario que el
ponerse el más alto magistrado de una nación a bailar el bolero tocando
las castañuelas. Mi mayor odio es al frac y al sombrero de copa, y no
sé cómo Sarmiento, a quien le valió el dictado de loco su poco respeto
al decoro convencional, sentía tal superstición por aquella prenda. El
decoro es la seriedad de los que están vacíos por dentro.
Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo
sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno
a hacer y decir chiquilladas! Se cuenta cuentos ambiguos o grotescos
o simplemente sin sentido, se chapuza uno en la infancia. ¡Oh, estas
sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no
lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo
ya publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno,
el de mis _Recuerdos de niñez y de mocedad_, donde en días de
serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el
alma de la niñez. Acaso si a su título sencillo le hubiese añadido
esto: «ensayo de psicología de la infancia», habría tenido algún mayor
éxito ese mi pobre y más desventurado libro. Pero eso era profanarlo.
Nada de psicologiquerías; nada de sociologiquerías, y eso que hay allí
hasta asomos de sociología infantil.
¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso
que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco»,
que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progreseras, todos los
lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante
sociología. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de
Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del
valle del Tiétar, Madrigal, Villanueva de la Vera... Unas montañas nos
tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro
emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros.
Y heteme otra vez aquí después de haberme dado cuerda al corazón con
el aire libre de las cumbres, heteme otra vez aquí, en la ciudad, en
el vaho de la ramplonería humana, teniendo que soportar el que al lado
mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de
Marruecos o de las cogidas de Vicente Pastor. Otra vez a oir comentar
durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a
Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo
efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y no lo será ya
mañana».
¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedante, y
añadió: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!». Y yo me
quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las
distinguirá de las ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo
que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es lo que me
decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro porque alguna frase,
algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso
cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se
me pega la música...». Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto,
pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector,
me complazco en creer que no me pides noticias. Hay otros que te
informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto,
acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna
vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti mismo, me doy por
pagado.
Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre
diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días
al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto
de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y
que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de cultura encierre.
Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el
_water-closet_ y llévate la cultura en el alma. La civilización
no es más que una cáscara para proteger las pulpas, el meollo, que es
la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba
en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería
moderna puede muy bien hundirse ésta.
Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos
sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espíritu, la
ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. El señor
que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio
a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los
pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la
ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel.
Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con agua
cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le
ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría
encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña
es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido
inventar el hombre enamorado del progreso. Y si el que brinda lo hace
estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto,
lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera
reluciente y acaso un anillo en un dedo, con una copa de champaña en la
diestra y brindando?
A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, claro está, la
fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más
sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo que llaman
ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías.
Figúrate, lector, que esta divagación fuese ilustrada con vistas de
Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almanzor,
el Ameal de Pablo, la choza de un pastor, la laguna vista desde arriba,
etc. ¡Cuánto no ganaría esto para los que quieren cosas! Y el recurso
es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes
ni los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una
colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida,
ante todo, del menú, y se pone, con una guía al lado, a escribir su
viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en
que vivo, lucho y rabio.
Basta ya. Dentro de unos días me voy con unos amigos franceses a pasar
algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este
nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida
libre.
Salamanca, agosto 1911.
EL SILENCIO DE LA CIMA
Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora
de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada
de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de
verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las
abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura.
Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre
castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo
su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los
enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador.
Silencio sobre todo.
He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar
de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre
todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas
muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro
del santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel
verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.
Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta
nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones
adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva
en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y
sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allí arriba, en el seno
del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres
puedan de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan
entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre,
entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis
que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco
del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política
candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora,
en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un
vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este
grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).
¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de
ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos todo
lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para
aturdirnos con ellas y no oir la voz del silencio divino. Porque los
hombres gritan para no oirse, para no oirse cada uno a sí mismo, para
no oirse los unos a los otros.
Y el silencio casaba con la majestad de la montaña, una montaña
desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra,
despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido,
para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano,
como la vestidura de que se despoja un mártir para mejor gozar de su
martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca
desnuda y silenciosa.
Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres
de aquélla a las cumbres de mi alma y de las llanuras que a nuestros
pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente
un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más
escondidos repliegues del corazón. Había subido, además, con una
recogida angustia, con una punzante preocupación de origen familiar;
sobre mis esperanzas de padre se cernía una nubecilla que mi aprensión
convirtiera en nubarrón.
¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por
qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un
largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso
descubrir simpatías que hoy se me escapan? ¿Por qué este hablar--o
escribir, que es lo mismo--continuo y precipitado, al correr de la
pluma, sin filtrar mis palabras, dejando que salgan todas, así las más
limpias como las más turbias? ¿Por qué este pensar escribiendo, y, lo
que es peor, este pensar para escribir?
Y no es, no, Dios me libre, no es temor a los puntos flacos que puede
uno así mostrar a los despechados o doloridos, a los que buscan
por dónde zaherir a quien alguna vez les hirió con sus juicios.
He aprendido a llevar como trofeos, más aún que las simpatías que
en algunos haya podido despertar, las antipatías que en otros he
provocado. Encuentro justo que haya quienes finjan desdén hacia quien
tanto ha desdeñado y desdeña. No olvido--y tampoco pido perdón por la
arrogancia--lo que el iracundo florentino Filippo Argenti dijo al Dante
cuando le encontró en el infierno, y fué que ciñéndole con los brazos
le besó en la cara y le dijo:
«Alma sdegnosa, benedetta colei che in te s'incinse»: alma desdeñosa,
bendita la que de ti quedó encinta. Y acaso un día, cuando visite yo a
mi vez el infierno, me encuentre allí con más de un Filippo Argenti que
me bendiga por el desdén.
Recogerse una temporada, sí, y callar, callar, envolviéndose como en
mortaja de resurrección en el silencio, pero no por mezquinos móviles
de defensa y de ataque, no, sino a busca de alguno de nuestros otros
yos, de alguno de aquéllos que he ido dejando en las encrucijadas del
camino de la vida. Pues a cada cruce de caminos que en la vida se nos
presenta, cuando tenemos que escoger entre una u otra resolución que
ha de afectar a nuestro porvenir todo, renunciamos a uno para ser
otro. Llevamos cada uno varios hombres posibles, una multiplicidad
de destinos, y según realizamos algo perdemos posibilidades. Y luego
suspiramos exclamando: «¡Oh, si entonces hubiera hecho otra cosa!».
Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que
habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en
todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil
atracción al claustro y luego, antes de llegar a los veinte, aquella
propuesta de ser llevado lejos, muy lejos de la patria, allende el mar,
a trabajar en luengas tierras. Empieza el silencio rodeándole a uno
de remordimientos que de él brotan, pero acaba corroborándole en el
inevitable destino. Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la
fuente de la vida.
Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace
veinte. Es la imagen viva de lo inalterable. A lo sumo se ve un momento
allá, a lo lejos, sobre el vasto piélago de tierra, el penacho de humo
de la locomotora, y se piensa un instante, quieto sobre la cima, en los
que van y vienen por los valles de agitación y de ruido. ¿Y todo ello
para qué?
Porque la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se
siente con más íntima fuerza que en estas cimas del silencio. Es como
contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella.
En el interior del convento y en el del santuario de la Peña de
Francia están los muros, ya cerca del techo, y los techos llenos de
manchas negras, unas más espesas, otras más claras. Son apelmazadas
muchedumbres de mosquitos--no cínifes, sino pequeñitas moscas--por
cientos, por miles, y en conjunto por millones, que se están allí,
quietos, inmóviles, sin buscar alimento, haciendo... ¿qué? Se diría
que, desengañados de la vanidad del mundo, se reúnen a dormir su vida
en vez de suicidarse. Y aunque no se les ve alimentarse ni cabe tomen
alimento de los pelados muros, crían sangre, según los novicios nos
dijeron. ¿Qué hacen, pues, allí? ¿Cuál es la utilidad de esos pequeños
insectos ociosos? He aquí algo en que no nos habríamos fijado en el
valle, entre el barullo, y sobre que disertamos allí arriba, en la
cima, entre el silencio.
Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas
acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía.
Este de aquí, de la derecha, este _testudo_ de rojos tejados, como
la _testudo_ que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban
los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la
iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca.
Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia.
Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre
que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del
Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre
el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más
escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie
del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su
cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar,
mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña,
los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España
inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección
de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí
mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro
o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación
de una paz perpetua.
Es un acontecimiento cuanto rompe la solemne monotonía de la quietud y
del silencio. Uno que sube por el pedregoso y empinado sendero. Y es el
cabrero que viene a traer leche, o uno que viene en busca de la nieve
aquí durante el invierno almacenada para que refresquen sus bebidas los
hijos del llano, o es el que trae el correo; acaso uno que viene de
promesa o en busca de unos días de paz y de salud. Si acaso se tocó a
misa en el santuario, se aguarda al que sube. Y el que sube trae ecos
del mundo; trae acaso noticias de los afanes y los fracasos, de las
venturas y desventuras de los de abajo. Y se le aguarda viéndole subir.
Otras veces es otra aparición, pero aérea y silenciosa. La de algún
buitre o algún águila que con sus vastas alas extendidas parece bogar,
sin esfuerzo alguno, por los azules espacios. ¡Qué diferencia de este
solemne vuelo a los turbulentos afanes de nuestros aviadores humanos!
Mis amigos, los franceses, recitaban aquella imponente poesía de
Leconte de Lisle al cóndor, y yo me acordaba de mi _Obermann_, de
mi íntimo _Obermann_, de este libro formidable, casi único en la
literatura francesa, que fué el alimento de las profundas nostalgias
de mi juventud y aun de mi edad madura; de este _Obermann_, de
aquel desdichado y oscuro Senancour, de que he hecho casi un breviario.
En este libro sin par se nos revela toda la tragedia de la montaña. Y
recorría con la memoria sus pasajes más trágicos, aquel en que en la
paz de la noche y en la cima interrogaba a su destino incierto, a su
corazón agitado, y a esta naturaleza inconcebible que, conteniéndolo
todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos buscan.
«¿Qué soy, pues?»--se preguntaba Obermann, y se decía:--«¡qué triste
mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos
de la vida positiva!». Contemplando al buitre recordé cuando Obermann
vió aparecer un punto negro en los abismos, a sus pies, que se elevó
rápidamente, «vino derecho a mí--nos dice--; era la poderosa águila de
los Alpes; sus alas estaban húmedas y feroces sus ojos; buscaba una
presa, pero a la vista de un hombre echó a huir con un grito siniestro,
desapareció precisamente en las nubes. Repitióse veinte veces el grito,
pero en sonidos secos, sin prolongamiento alguno, semejantes a otros
tantos gritos aislados en el silencio universal. Después volvió a
entrar todo en una calma absoluta, como si hubiese dejado de existir
el sonido mismo y se hubiera borrado del universo la propiedad de
los cuerpos sonoros». Y agrega en seguida Obermann aquellas palabras
insustituíbles, donde dice: «Jamás ha sido conocido el silencio en los
valles tumultuosos; no es sino en las cimas frías donde reina esta
inmovilidad, esta solemne permanencia que no expresará lengua alguna,
que la imaginación no ha de alcanzar. Sin los recuerdos traídos de las
llanuras no podría creer el hombre que hubiese fuera de él movimiento
alguno en la naturaleza; seríale inexplicable el curso de los astros, y
todo, hasta las variaciones de los vapores, pareceríale subsistir en el
cambio mismo. Pareciéndole continuo cada momento presente, tendría la
seguridad, sin tener el sentimiento, de la sucesión de las cosas, y las
perpetuas mudanzas del universo serían para su pensamiento un misterio
impenetrable». Lo he sentido, lo he sentido así en la cima de la Peña
de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en
medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el
fondo del mar de la vida.
¿Pero lo veis? ¿cómo hasta en la cima, en el sacro imperio del silencio
santo, no he olvidado los libros que me persiguen adonde quiera que
vaya? Porque el _Obermann_ no es sino un libro, aunque a mi sentir
uno de los más grandes que se hayan jamás escrito. Aunque no, no, no,
el _Obermann_ no es un libro; es un alma, un alma vasta y eterna
como la de la montaña. El _Obermann_ se puede leer en la cima del
silencio, donde no hay tratado alguno de sociología que resista la
lectura.
Se lleva a las alturas el corazón y la cabeza hechos en los valles
y llanos, y allí arriba, en la cumbre, hablamos de nuestras
preocupaciones, de literatura, de filosofía, de poesía, de religión,
del inmortal anhelo de inmortalidad sobre todo, pero no de sociología.
Hablamos también de esa América y de la suerte singular que en ella
corre la literatura francesa, siendo admirados ciertos escritores que
apenas cuentan en su propia patria y pasando inadvertidos no pocos de
más hondo valer. Y aquí, en España, ocurre con la literatura francesa
algo parecido.
Pero no es de esto de lo que debo ahora tratar. Se despega de la cima.
Salamanca, agosto de 1911.
CIUDAD, CAMPO, PAISAJES Y RECUERDOS
Así es, Rebechi amigo--pues a darle este titulo su carta me autoriza--,
así es: el recuerdo del campo y la esperanza de volver a él es una de
las cosas que más y mejor nos sostienen en medio del tráfago de las
ciudades. ¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de
invierno junto a la leña que arde y zumba en la chimenea, soñar en un
paisaje favorito? ¿Hay algo como, viendo el fuego de las lenguas de
llama, recordar el de las lenguas de agua en la rompiente de las olas?
Las dos cosas que más se parecen son el juego de las crestas de la ola
marina, empenachadas de espuma, y el fuego de las crestas de la llama
del hogar.
Lo comprendo, ¿que lo comprendo? No, lo he sentido; he sentido al
retirarme al reposo y silencio del lecho, después de un día de duro
trabajo y de agitación ciudadana, y allí, en el silencio y el reposo,
entre cobijas, soñar, con un libro de viajes en la mano, montañas,
valles, ríos, mares y cielos libres.
Aun hay más, y es que durante el verano y en las siempre breves
vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto
de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de
llanura, de sierra o de marina para irme luego de ellas nutriendo en mi
retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas
visiones de esta dorada ciudad de Salamanca, cantada por mí hace
algunos años.
El follaje de estas pardas encinas de Castilla, de estos árboles
solemnes que brotan de la roca misma, de las entrañas de la tierra,
es inmoble al viento, es apretado y denso, y es perenne. No cae en
invierno como cae el follaje más blando y más movedizo de los robles.
La encina parece un árbol férreo, ni el vendaval la dobla o la sacude,
como hace estremecer al chopo la más ligera brisa. Y denso, inmoble
y perenne es también el follaje de piedra de estos viejos monumentos
salmantinos. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra
catedral, de nuestro templo de San Esteban, de nuestra Universidad, son
como el follaje de las encinas. Y así, al contemplar los pináculos de
la catedral, sueño en las encinas de las anchas navas, y al apacentar
mi vista y mi corazón en éstas me corre por dentro, en curso soterraño
del alma, el recuerdo de las piedras hojosas de nuestros monumentos de
arenisca.
Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la
ciudad que es a su vez también campo, la ciudad hecha naturaleza
serena, impasible y noble. Una catedral es también un bosque, y hay
paisajes, verdaderos paisajes ciudadanos, sobre todo en las viejas
ciudades, en aquéllas sobre cuyos monumentos y viviendas han pasado
los siglos que sobre un bosque pasan. Cuando una casa ha abrigado
generaciones de hombres acaba por hacerse algo campestre.
Pero hay otra ciudad que ni llevo ni quiero llevar al campo, hay otra
ciudad que gozosamente dejo aquí cuando voy a retemplar entre valles
y montañas mi fibra, cuando voy a remontarme al hombre primitivo. Y
es la ciudad odiable y odiosa del trajín social, de los cafés, de los
casinos y los clubs, de los teatros, de los parlamentos, la odiosa
ciudad de las vanidades y las envidias. Huyo de esta ciudad, en cuanto
puedo. El campo es una liberación.
Triste tarea, amigo, la de tener que pasarse el día haciendo números,
sobre todo si son de numerario ajeno. Allá en mis mocedades bilbaínas
la mayor parte de mis amigos de excursiones y correrías monteses eran
escribientes encargados de la correspondencia o tenedores de libros de
casas de comercio, y el campo les servía preferentemente para maldecir
del escritorio. Y eso que todos ellos servían leal y concienzudamente
a las casas que los ocupaban dándoles de ganar. Comprendo muy bien,
pues, que usted, amigo, en los descansos de su labor, y cuando cruce
las anchas y largas avenidas de esa gran capital del sur de América, se
acuerde de aquel su nativo «huraño villorrio» italiano que se esconde
como perseguido entre una cima complicada del generoso Apenino, según
me dice en muy castizo castellano.
¡Me mienta usted en su carta al Apenino! ¡Dulce recuerdo! Hace ya
de esto veintidós años, no teniendo yo todavía entonces más que
veinticinco, en el verano de 1889, cuando lleno de mi tierra vasca
atravesaba ese generoso Apenino en uno de cuyos repliegues se esconde
el lugarejo en que usted nació. Y al atravesarlo y contemplar sus
valles, sus encañadas y sus pueblecitos, recordaba a mi Vizcaya.
Todas las notas de aquel mi viaje de mocedad, que asentaba noche a
noche, al correr de la pluma, en un cuarto de hotel, están llenas de
mi tierra nativa. Al entrar en Italia empezaron a desfilar a mis ojos
los clásicos pinos italianos, en parasol, que me traían el recuerdo de
uno hermosísimo que hay a la entrada de Guernica, de donde es y donde
vivía entonces y me esperaba la que dos años más tarde había de hacerse
mi mujer. Los Apeninos vistos desde Florencia, desde esta ciudad para
mi encantada que llevo en el fondo de mi alma a partir de entonces,
los Apeninos aquéllos me recordaban la cordillera de Archanda, a
cuya sombra se cernieron los ensueños de mi juventud. Al subir el
Reno, yendo de Pistoya a Bolonia, me invadió el recuerdo de la subida
de Orduña, según se pasa de los valles del país vasco a la llanura
castellana, esta subida que traspuse la primera vez cuando a mis diez
y seis años fuí a Madrid a empezar mi carrera, cantando el _Agur,
nere biotzeko_, un zortzico de Iparraguirre, y con lágrimas en los
ojos que iban a empezar a no ver su tierra. En aquella misma Florencia,
en esa Florencia de mi deslumbramiento juvenil y que consideraría
una desgracia de mi vida no poder volver a verla, escribí una noche:
«¡Mi Florencia! Hace un tiempo bilbaíno, a ratos sol y a ratos nubes.
Las calles, tan tranquilas; el aspecto de mi Bilbao». Hoy no les
encontraría esta semejanza, pues no la tienen. Y hasta las oposiciones
suscitaban el recuerdo de mi tierra, ya que hay una asociación de ideas
por desemejanza. Los bueyes blancos de su tierra de usted, amigo,
me recordaban a los bueyes rojos--_aidá! gorri!_--de color de
barquillo, de la mía. Servíame la ajena para reencender la ternura por
la mía propia. Y por esto le cobré tanto cariño.
Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas
montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando
aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el
meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su
esqueleto, excepto en aquellos desgraciados que la tienen mucilaginosa,
invertebrada, a modo de pulpo o de esponja o de limaco. Pero para
quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y
mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho
con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.
Viajar, sí, viajar, pero no sólo para poder contarlo luego y decir
en el sosiego de la casa a los hijos, a los amigos: «¡También yo
estuve ahí!», que esto las más de las veces no pasa de vanidad, de esa
vanidad de _parvenu_ norteamericano, de especiero neoyorquino o
de salchichero chicaguense, sino además, y sobre todo, para recordarlo
y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a
ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se
nació o en que se vive en nido propio.
Pero ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más
azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de
quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o
para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible
e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en
las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de éste.
Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar
distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas
de espectáculos, que son en todas partes lo mismo y en todas igualmente
infectos y horrendos. Y hay quien viaja, lo he dicho antes de ahora,
por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va,
sino escapándose de aquel de donde parte.
Y hay también, sí, hay la tristeza de los viajes. Como escribía desde
Atenas a Luisa Colet aquella estupenda naturaleza de artista y de
soñador que fué Gustavo Flaubert, «por mucho que se viaje y se vean
paisajes y pedazos de columnas, eso no alegra. Se vive--añadía--en un
entumecimiento perfumado, en una especie de soñolencia, en que pasan
bajo los ojos cambios de decoraciones y junto al oído melodías súbitas:
ruidos de viento, rodar de torrentes, esquilar de rebaños. Pero no
se está alegre, se sueña demasiado para estarlo». Y aquel mismo año,
desde Roma, a Ernesto Chevalier, su amigo, diciéndole: «De todas las
orgías posibles es el viajar la mayor que conozco; es ésta la que se ha
inventado al llegar la fatiga de las otras. La creo más perniciosa a
la tranquilidad del espíritu y a la bolsa que pueda serlo el vicio del
vino o el del juego».
Mas hay que tener en cuenta que estos últimos conceptos y sentimientos
acerca de los viajes proceden de Flaubert, de un voluptuoso
imaginativo, de un hombre que idealizó la voluptuosidad, de uno que
dijo de sí mismo (en otra carta a la Colet):
«He nacido con un montón de vicios que jamás se han asomado a la
ventana. Me gusta el vino; no bebo. Soy jugador y nunca he tocado un
naipe; me agrada la crápula (acaso sería mejor traducir _débauche_
por juerga o por farra) y vivo como un monje. Soy místico en el fondo
y no creo en nada». El hombre que tan bien se definía con esas frases,
el estupendo esteta y artista que llevó al último grado de perfección
el sugerirnos sensaciones, es enteramente natural que encontrase
tristes los viajes. Su poderosa imaginación soñaba en ellos demasiado
para poder él estar alegre. Y en los viajes buscaba sensaciones, y
sensaciones violentas y fuertes. Quien haya leído _Salambó_
comprenderá al hombre; al hombre enamorado de lo monstruoso, del
Oriente enorme de los elefantes y las pagodas.
Pero no es lo mismo para aquel que encuentra en el campo un Evangelio
y absorbe en la montaña, tanto más que efluvios estéticos, efluvios
éticos. Porque el campo libre es una lección de moral, de piedad, de
serenidad, de humildad, de resignación, de amor. El campo nos ama, pero
nos ama sin fiebre ni frenesí, sin violencia. Y en el campo se ahogan
nuestras dos semillas ciudadanas o sociales más malignas, que son la de
la vanidad y la de la envidia. ¿Quién puede envidiar a otro cuando le
adivina allí, a lo lejos, perdido en un repliegue de lontananza, visto
desde la cima de una montaña? ¿Quién se siente envanecido y pagado de
sí a la orilla del mar, frente a la inmensa sábana ondulante?
¡Desdichado del hombre que se aburre si tiene que permanecer solo unos
días en medio de la campiña libre! ¡Desdichado del hombre que no puede
prescindir del ruido y el trajín de sus prójimos!, porque este tal no
se ha encontrado a sí mismo, ni ha sabido siquiera buscarse, ni se ve
sino reflejado en los demás.
La más sublime lección de moral que han oído los siglos y las tierras
es el sermón llamado de la montaña, aquel en que nos introduce el
capítulo V del Evangelio según Mateo, con estas sencillas pero excelsas
palabras: «Y viendo a las turbas subióse al monte, y habiéndose sentado
él acercáronsele sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba
diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, etc». Y sigue todo el
sublime código de la perfección cristiana. Desde una montaña, el Sinaí,
envuelta de collar continuo en fragor de tormentas, de relámpagos,
fué promulgado por Moisés el Decálogo a su pueblo y desde un monte
sereno de Palestina, un olivar acaso, dulce y perfumado de sol, se
vertió sobre los hombres las más santas enseñanzas. Subido en el monte,
sentado en él como en un trono, y en su derredor, recostados en el
suelo, al toque de la santa madre tierra, sus discípulos, abrió Jesús
la boca para dejar fluir de ella, como río que brota de una laguna
montañesa inagotable, el manantial de su doctrina.
La prueba más grande por que puede pasar un orador es conmover a una
muchedumbre iluminada por el sol libre, dando en campo abierto, al aire
libre, sus palabras. Y hay quien funda su opinión de que el más grande
orador popular que en lo humano se haya conocido es O'Connell, porque
arrebataba a las muchedumbres de campesinos irlandeses hablándoles así,
al aire libre de la patria, y haciendo intervenir hasta al trueno en
sus arrebatadas arengas. Y Demóstenes hablaba en el ágora, en la plaza
pública, no dentro del salón de un parlamento.
Vengamos al teatro, y es seguro que dramas aplaudidos en nuestros
salones de representación, en aquel ambiente confinado, a la luz
artificial, recibiendo actores y actrices el reflejo de las candilejas,
que produce en el rostro sombras anómalas--de luz que viene de abajo
arriba--, entre árboles y rocas pintados en lienzo, esos mismos dramas
resultarían ridículos y hasta grotescos al aire libre, representados
en el claro de un bosque o en un teatro antiguo. Este mismo verano vi
en un pueblo de la sierra de Francia, en la Alberca, un drama moderno
miserable y pésimamente escogido, _Los dos virreyes_, representado
al aire libre, en la plaza del pueblo, delante de la iglesia, sobre
un tablado y bajo un toldo que defendía a público y actores del sol.
Y en aquel escenario, en que habrían no ya conservado, sino realzado
su grandeza el _Prometeo_, el _Edipo_, la _Fedra_, el
_Rey Lear_, el _Hamlet_, _La vida es sueño_, el _Don
Álvaro_, resultaba profundamente grotesco aquel desdichado drama
que tan mal se escogiera. Y no digo nada si en vez de ser en la plaza
del pueblo, que al fin algo tiene de teatro en el mal sentido de esta
palabra, hubiese sido en el repliegue de una montaña, allí cerca, en un
castañar al pie de la Peña.
Tiene usted, amigo, que leer ciertos libros en el silencio y
recogimiento de su cuarto, acostado en su cama, entre cobijas, para
soñar allí en el campo. ¡Oh, si pudiese usted leerlos en el campo
mismo! Aunque no, al campo se debe llevar un libro; pero es para
dejarlo junto a sí, sobre la verde hierba, y quedarse mirando al cielo,
teniendo conciencia de que se le tiene al libro allí junto, pero que se
le tiene cerrado y silencioso. Y en el campo no se deben leer libros en
que se describa el campo mismo, libros de viajes o de paisajes.
La mejor lectura en el campo es la de los evangelios de todas clases
o la de una tragedia humana. Tuve, sin embargo, yo un pobre amigo--y
le llamo pobre porque se murió joven--que se subía a Archanda, a una
pequeña cordillera que no se levanta más de 400 ó 500 metros sobre
Bilbao, y sentado allí, contemplando la otra, más alta cordillera (el
doble), de la otra orilla de la ría poníase a leer las descripciones
que de los Alpes hiciera Rousseau. Y me aseguraba que la ilusión era
completa. Y yo, que le conocía, creíaselo. Además de que el efecto y
la sensación que las montañas nos producen, no crece, ni con mucho,
a medida de su altura. Porque así como desde un globo que se eleva a
2.000 metros sobre el suelo no se abarca con la vista doble extensión
de terreno que se abarcaba cuando sólo había subido 1.000, ni muchísimo
menos, así el efecto de las montañas no crece con su altura. Habiendo
de tenerse además en cuenta su altura, no sobre el nivel del mar,
sino sobre el campo circundante que las rodea. Y de aquí que no sean
las montañas más elevadas del mundo las que producen efectos más
emocionantes a los que suben a unas y a otras. Son muchos los que
prefieren los Pirineos a los Alpes y los Alpes a otras cordilleras más
altas.
El Ganecogorta, que junto a Bilbao se eleva a escasamente 1.000
metros, me ha parecido siempre tan imponente como cimas de 2.500 a que
he ascendido aquí, en Castilla. Y estoy seguro de que cimas de 5.000 a
6.000 metros no me producirían no ya doble impresión, si esto pudiese
medirse, que otras de 2.500 y 3.000 me han producido, pero ni siquiera
tan grande. La altura geométrica es de una importancia secundaria en el
respecto estético. Y una cosa parecida ocurre con los lagos y con los
ríos.
Y sobre todo, ¿qué puede competir con el arroyuelo de nuestra aldea
natal, con aquél que bajaba cantando junto a nuestra cuna y brezó
nuestros sueños de la infancia? Yo no nací en aldea, ni por mi pueblo
natal cruza un arroyo, sino una ría, una ría apretada entre pretiles,
que es hoy un canal, una ría de reflejos metálicos, sucia de ordinario
con escurrajas negras de carbón y rojas de mena de hierro, una ría
que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano, y
luego, en bajamar, se convierte casi en una cloaca; una ría que parece
arteria de enfermo, cubierta por el cordaje de los buques, y en el rizo
de cuyas leves ondas cabrillea el reflejo de estos buques mismos; pero
esta ría, este melancólico Nervión, ¡qué de remembranzas no agolpa a mi
mente! ¡Cómo recuerdo los días de mi fugitiva infancia, en que subido
con otros amigos sobre un banco, a la orilla de la ría, cuando entraba
en ésta aquel vapor de ruedas prorrumpíamos a coro a canturrear su
nombre, exclamando: ¡El pri-me-ró d'España! ¡El pri-me-ró d'España! ¡El
pri-me-ró d'España!» Que así, _El primero de España_, se llamaba
aquel vapor. ¡Oh felices días! ¿Dónde volveremos a encontraros sino en
el nativo campo?
Salamanca, octubre de 1911.
HACIA EL ESCORIAL
Vacaciones de Semana Santa, siete días de asueto; a correr y a ver
tierras, a orear los pulmones, la vista y el ánimo, a seguir conociendo
España, abrazando su cuerpo. Fin de la salida El Escorial, pero por
camino largo, tomándolo a sorbos, poco a poco, a modo de quien lo
saborea.
Primera parada en Medina la del Campo, la ya antigua conocida, la de
la famosa feria secular, aquélla en que dió su último suspiro la reina
católica, Isabel la Grande.
Allí se alza la ruina del castillo de la Mota, donde entregó aquella
mujer extraordinaria su alma magnánima a Dios. Se alza el torreón hecho
jirones y a la caída de la tarde remontaba desde él al cielo de ocaso
su vuelo una bandada de grajos. Los baluartes se van desnudando de su
recubrimiento de ladrillo. Y aquella masa ingente donde se dictó aquel
famoso testamento de Isabel la Católica, aquél en que dícese se habla
de nuestra misión en África, mira al cielo con una inmensa resignación.
Y una inmensa resignación desciende del castillo y se esparce por la
llanura toda donde apunta el verde de las mieses.
Lugar el más santo para meditar en lo que pasa y en lo que queda, en
la España temporal y en la España eterna, allí, junto al castillo de
donde voló desde la España terrena a la celestial aquella alma de mujer
fuerte. Alma de mujer, pero de mujer entera y varonil, como el alma de
la patria que hizo, alma también de varona. Y otra varona, Teresa de
Jesús, expresó un siglo después sus eternas ansias.
Érame una antigua obsesión la de visitar la ciudad de Olmedo.
Atraíame a ella aquella parte de muralla, vestida de saúcos y plantas
trepadoras, que al correr el tren se divisa. ¡Porque eso de ver al
pasar un viejo pueblo, relicario de recuerdos, que duerme al sol
guardado por sus murallas!... ¿Qué habrá allí dentro? ¡Y luego el
prestigio histórico! Veníamos de Medina la del Campo, de junto a aquel
castillo en que la gran Isabel muriera: íbamos a Olmedo, donde se dió
la batalla a que debiera el trono.
A mediados del siglo XV subió al trono de Castilla, por muerte
de D. Juan II, aquel pobre rey Enrique IV, por sobrenombre--nada
halagüeño ciertamente--_el Impotente_. Era un pobre varón--si es
que lo era--de cuerpo amasado con linfa y alma hecha de poquedad, lo
que necesitaban aquellos turbulentos nobles que le habían enfrentado a
su padre. Miserable fué el reinado de este infeliz. El P. Sigüenza, uno
de nuestros más castizos escritores sin duda, en su _Historia de la
Orden de San Jerónimo_, dice que «como el rey don Henrique quarto
no tenia hijos herederos y en su gobierno procedía con tanta blandura,
que todos imprimían en él lo que querían, estaba el Reyno y los grandes
desgustados, todo lleno de inquietud, alborotos, divisiones; vivían
unos como querían y otros como podían o los dexavan». Y así levantaron
algunos frente a D. Enrique al infante don Alonso, hermano del rey y
de doña Isabel. Entre los nobles más turbulentos del partido adverso
al rey, estaba aquel D. Juan de Pacheco, «hombre de grandes mañas,
de quien se decía públicamente que tenía tanta arte en traer a su
voluntad las de los que con él tratavan, que ponía sospecha si era más
que ingenio humano»--dice de él nuestro P. Sigüenza--. «Era el pobre
rey--dice este mismo escritor--de claro entendimiento, mas de una
voluntad remisa, ineficaz, sin irascible, y digámoslo así, apocada, de
donde nacían tantos males».
¡Y tan sin irascible el pobre Impotente! Como que divorciado de su
primera mujer, la infortunada Blanca de Navarra, volvió a casarse en
1462 con la princesa Juana de Portugal, de quien fué amigo D. Beltrán
de la Cueva, gran maestre de Santiago por obra y gracia del rey, ya
que por obra y gracia de D. Beltrán llegó el rey don Enrique a ser
padre, siquiera putativo, de la princesa doña Juana, a quien dió la
malicia en apodar la Beltraneja. Y aquel D. Juan Pacheco, el del
ingenio más que humano, esto es, diabólico, púsose frente al valido y
cirineo del matrimonio del rey, y protestó del reconocimiento de la
Beltraneja, adoptando como heredero al trono al infante D. Alfonso,
hermano del rey. Los descontentos nobles destronaron al rey en efigie
en las afueras de Ávila de los Caballeros, y vino la lucha entre don
Beltrán, que apoyaba a la Beltraneja, y los acaudillados por Pacheco.
Y fué cerca de Olmedo, al pie de unos pelados cerros blancos, donde
ambos ejércitos se encontraron, guiado uno por D. Beltrán y el otro por
el belicoso arzobispo de Toledo, Carrillo. A esta batalla, que quedó
indecisa, se siguió un período de anarquía, y la muerte del infante D.
Alfonso, envenenado, trajo a la historia a Isabel la Grande, hermana de
padre del pobre Impotente. La voluntad que a éste le faltaba teníala
ella, la varona. Y he aquí cómo entra Olmedo en los recuerdos de la
gran reina.
El camino de Medina del Campo a Olmedo, más de veinte kilómetros, lo
hicimos casi todo él a pie, parte en un carro de unos trajinantes en
vino. Dejábamos atrás, destacándose sobre el cielo de la tarde, la
mole del castillo de la Mota. A un lado y otro tierras de pan llevar,
luego un pinar que atravesamos, una pequeña revuelta del camino para
atravesar un río, el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una
rinconada de melancólico recogimiento, y al trasponer una cuesta las
murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.
Por una puerta de la muralla entramos en el pueblo. Uno de esos
espaciosos pueblos castellanos, abiertos, claros, llenos de luz, llenos
de anchura, con vastas plazas al pie de una iglesia de ladrillo que
abriga tal vez a un álamo centenario, con su gran plaza de arquillos,
donde toman el sol y comentan las últimas noticias de los diarios de
la tarde los desocupados del pueblo. El vaho por dondequiera de una
vida de sosiego, tal vez de modorra, turbada tan sólo de vez en cuando
por unas elecciones o por alguna cacicada. Y en la plaza de junto a
la iglesia mayor, al otro día de nuestra llegada, el de Jueves Santo,
cuando la procesión va a sacar a la luz y el aire libres los viejos
pasos, el trágico nazareno de manto morado y amoratado rostro, con
su cruz a cuestas, en esa hora de tradición católica el grupo de las
señoritas del pueblo y el grupo de los cinco o seis estudiantes que
hay en él y que tienen a aquéllas por novias. De un lado las imágenes
de la pasión y aquellos graves varones, de larga capa, con sus largas
varas y sus birretes--casi parecían doctores--y de otro lado, haciendo
como que miran al Cristo azotado, pero mirándose a los ojos, los novios
del pueblo. Pasarán estas vacaciones de Semana Santa, se volverá el
estudiante a Valladolid o a Madrid a proseguir sus estudios, y no
olvidará aquella tarde de Jueves Santo, en que la plaza de su niñez
vió a la novia, toda de negro, al pie del Nazareno, que murió por amor
a los hombres.
La Semana Santa es una de las épocas del año que más suele ir unida a
la historia de los recogidos y apacibles noviazgos de los pueblos, y
ese trágico Nazareno que pasea en esos días lo morado de su manto y de
su rostro por las abiertas plazas de los pueblos, ha sido y es uno de
los más eficaces casamenteros. ¿Quién que sepa el portugués no conoce
aquella tiernísima poesía de João de Deus, titulada _Encanto_? Es
aquélla que empieza:
_Passavas como rainha_
pasabas como una reina. Y anduvo con ella el poeta por Semana Santa de
templo en templo, y ella en su traje austero y grave, toda de negro,
que era un gusto ver no sé qué suave luz bañarle las manos, el rostro,
una luz como la que baña a los ángeles del cielo.
Días solemnes éstos de Semana Santa en los pueblos. Es el día en que
se les ve al juez y al alcalde vestidos de levita y con su sombrero
de copa alta, seguidos de la Guardia Civil--ésta de gala--que haya en
el pueblo recorrer las estaciones. Y al verlo sienten los niños la
singular solemnidad del día.
El posadero de la posada en que nos alojamos, un posadero típico del
linaje de los cervantinos. Cocinero a la vez y que se jactaba de guisar
cualquier plato sin echarse la menor mancha a la inmaculada blusa
corta. Y su hija, una muchachuela, decía al servirnos en aquel Jueves
Santo unas rosquillas fritas con manteca de cerdo: «¡Ay, por Dios, que
van ustedes a pecar! ¡Ay, por Dios!». ¡Y Él haga que no llegue nunca la
cándida muchacha a otra comprensión del pecado!
Desde Olmedo fuímonos a Arévalo, otra ciudad isabelina de las que
recorría y en que administraba justicia aquella reina andariega. Y
este Arévalo fué de los más prontos, dicen, en acudir al llamado del
rey de Navarra para batir a los moros en las Navas de Tolosa, por lo
que figura en su escudo de armas un caballero saliendo de un castillo,
tal como se ve, entre otras tallas, en piedra, en una graciosísima de
la antigua alhóndiga. Y este Arévalo fué de las ciudades que cuando la
guerra de Comunidades de Castilla peleó contra los comuneros al lado
del emperador, y de Arévalo fué el famoso alcalde Ronquillo.
Se tiende al sol de Castilla Arévalo, y a su cielo eleva las torres
de sus iglesias y conventos en la lengua de tierra que forman la
confluencia del Adaja con el Arevalillo. Es como en un promontorio, con
escarpes pintorescos a los ríos. Y en la punta misma de esa lengua,
en la altura que domina el emboque de ambos ríos y los dos puentes,
álzanse las ruinas del viejo castillo. Un macizo torreón de piedra que
habla de viejos enconos y de los días de la trabajosa fragua de la
nacionalidad. Y dentro de las ruinas del castillo, en el recinto de sus
desgastados muros, las ruinas de un cementerio en que ya no se entierra.
¿Habéis visto algo más melancólico y más lleno de sentido trágico que
un camposanto abandonado, que las ruinas de un cementerio? Penetrantes
son las ruinas de la vida, pero mucho más las ruinas de la muerte, las
ruinas de la ruina. Un viejo cementerio abandonado, una sola tumba
vacía, es acaso lo más hondo de sentir que puede encontrarse en el
peregrinaje de la vida. Recordé el «Dios mío, qué solos se quedan
los muertos», de Becquer, y aquella inmortal elegía de Tomás Gray al
cementerio de aldea. Más de una vez los pintores han tratado el asunto
a que suele titularse «la cuna vacía», pero es más hondamente trágico
el de la tumba vacía. Y recordé también--¿por qué no ha de serme
permitido citarme a mí mismo?--aquel final de uno de mis sonetos:
¡Hasta los muertos morirán un día!
Parecía aquel cementerio abandonado en las ruinas de un castillo una
colmena sin abejas. Los nichos abiertos nos miraban.
La ciudad misma todo recuerda menos la muerte. El tópico ése de
lo sombrío de los pueblos de Castilla es un embuste. Anchas y muy
despejadas plazuelas en que niños, ancianos y adultos toman el sol, la
gran plaza del mercado con sus soportales, mucho cielo arriba y mucha
luz en el cielo. Y en derredor una vasta campiña de pan llevar, con acá
y allá las manchas verdinegras de los pinares, y en el fondo, uniendo
la tierra al cielo, la sierra coronada de nieve. Y sube de la tierra
una gran serenidad a juntarse con la serenidad grandísima que baja del
cielo.
Y vive en estos pueblos una casta a la que se le está calumniando de
continuo, una casta serena y cauta que no avanza un pie hasta que tiene
bien asentado el otro, una casta sin impaciencias, que progresa paso
a paso, sin fiebre progresista, porque no quiere tener que dar pasos
atrás, recelosa si queréis, pero segura. Una casta que ha sido víctima
de la leyenda y de la contra-leyenda, cuya historia de hoy, de lo que
hace, piensa y siente, está tan por rectificar como la historia de su
antes de ayer, de lo que hizo, pensó y sintió.
No tenéis, en efecto, sino ver cómo las preocupaciones políticas del
pasado siglo, enturbiaron la clara visión de la lucha de los comuneros,
empeñándose en ver en estos nobles turbulentos y sus secuaces a los
precursores de los liberales y demócratas de hoy, y en el emperador,
que era acaso el verdadero demócrata, una especie de tirano que iba a
ahogar libertades populares. Y así ha sido casi toda la historia que
se hizo en España bajo la preocupación de las luchas políticas del
momento: una traducción, las más de las veces infiel, del pasado al
presente del historiador. Y luego fueron los historiadores protestantes
los que lograron imponernos en gran parte su tendenciosa y falsificada
interpretación de la contra-reforma española, que era una reforma
también.
Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan
espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esta tierra
serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el
espíritu se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.
Salamanca, abril de 1912.
EN EL ESCORIAL
Llegamos a El Escorial el día de Viernes Santo por la tarde y a punto
aún de ver, puesto el día, la entrada de la procesión en la soberbia
iglesia del Real Monasterio. Iglesia en que he entrado por vez primera
al recordarse en ella la muerte de Cristo.
Porque aunque a alguien pueda parecerle mentira habiendo pasado tantas
y tan largas temporadas en Madrid, jamás me había llegado antes a
esa llamada octava maravilla, a ese monasterio que no debería haber
español alguno españolizante--esto es, dotado de conciencia histórica
de su españolidad--que no visitase alguna vez en su vida, como los
piadosos musulmanes la Meca, y ello, aparte de sus ideas, ya sea para
bendecirlo, ya para execrarlo.
Pues lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial
con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra
de arte, a gozar con el goce más refinado y más raro, cual es el de
la contemplación del desnudo arquitectónico. Casi todos los que a ver
El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos o
religiosos, ya en un sentido, ya en el contrario; van, más que como
peregrinos del arte, como progresistas o como tradicionalistas, como
católicos o como librepensadores. Van a buscar la sombra de Felipe II,
mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la
fingen.
En el tomo de las guías Baedeker dedicado a España y Portugal--y sabido
es hasta qué punto estos tomos representan la ortodoxia del turismo--o
como si dijésemos su escritor alemán Justi--tan conocido por su obra
sobre Velázquez--hay un pasaje en que al hablar de El Escorial nos
dice que es un ejemplo de lo que puede la voluntad y de lo que no
puede. «La voluntad es todopoderosa, se dice--añade--; lo es en ciertos
terrenos de la realidad, pero es incapaz de crear una sola obra de
genio. Y es esta chispa divina lo que faltó a la empresa de Felipe II.
Tuvo la desgracia de pertenecer a una época que no brillaba ni por
la fuerza creadora ni por el gusto. No era, sobre todo, a propósito
para crear un monumento del más elevado arte religioso. Se le impuso,
pues, al conjunto, un dibujo geométrico riguroso y a la ejecución un
estilo, del que exaltaron sus contemporáneos la noble sencillez y sus
admiradores la majestad, pero al cual no se le reconoce hoy sino una
aridez repulsiva. El procedimiento seguido por el regio director que
lo prescribía todo, hasta el último detalle, su disposición sombría
a quitar de los proyectos las formas que le parecían demasiado ricas
o demasiado presuntuosas; todo esto y muchas otras circunstancias
debieron paralizar el entusiasmo creador... Sin libertad, no hay ni
belleza ni verdad.
«El espíritu de severa etiqueta que Felipe impuso a la corte de
España y que tan deplorablemente obró sobre las fuerzas mentales de
sus sucesores, revélase en su obra que parece mirarnos con un poder
de fascinación casi petrificante. El único encanto de El Escorial es
formar como una parte integrante del paisaje de que está rodeado, lo
cual no había sido previsto por sus constructores».
Este tan típico pasaje de Justi, en que se calumnia al Real Monasterio
de San Lorenzo de El Escorial, no menos que a su fundador, al prudente
rey Don Felipe II, se le ha calumniado, es un modelo de juicio que
quiere ser estético y no es sino político.
He dicho ya que nada hay tan difícil como gustar el encanto del
desnudo arquitectónico. El desnudo escultórico y el pictórico,
como suelen ser desnudo humano, están mucho más al alcance que el
desnudo arquitectónico, y más si éste es de un templo. A mí por mi
parte me ocurre que cuando veo en un edificio un adorno cuya función
arquitectónica no comprendo, se me antoja que está allí para tapar una
grieta o un defecto de construcción. Y al llegar a El Escorial, desde
esta plateresca y en gran medida churrigueresca Salamanca, la mayor
parte de cuyos edificios no pecan, ciertamente, por su sencillez y
severidad, sino que están recargados de follaje, mi vista descansaba
en las líneas puras y severísimas del monasterio de El Escorial, en
aquella imponente masa todo proporción y todo grandeza sin afanosidad.
Cree Justi que la época de Felipe II no fué una época de gusto, mas
habría que preguntarle de qué gusto. Ciertamente que no del suyo. Pero
esto del gusto es de lo más superfluo y variable que hay. Añade que no
fué una época a propósito para crear un monumento del más elevado arte
religioso, mas aquí habría que conocer no tanto el sentimiento estético
cuanto el sentimiento religioso de Justi y de los que como él o detrás
de él piensan. Lo de la aridez repulsiva merece un párrafo aparte.
Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo
sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta
probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos. Áridas son
las pirámides de Egipto, árido es el desierto, mas yo no sé que pueda
negarse inmensa hermosura a las unas y al otro. El desierto es, a su
modo, tan hermoso como un bosque.
Es como cuando se habla del campo de Castilla, de los solemnes páramos
de la Mancha y se dice que son áridos y tristes, queriendo decir con
eso que son feos. Y debo confesar que a mí me produce una más honda y
más fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a
la hora de la puesta del sol, cuando lo enciende el ocaso, que uno de
esos vallecitos verdes que parecen de Nacimiento de cartón. Pero en el
paisaje ocurre lo que en la arquitectura: el desnudo es lo último de
que se llega a gozar. Hay quien prefiere una colinita verde, llena de
arbolitos de jardín, a la imponente masa de uno de los grandes gigantes
rocosos de la tierra.
Saca en seguida a relucir Justi lo del carácter sombrío de Felipe
II--este ya tradicional lugar común--y lo de que proscribiera lo
demasiado rico y presuntuoso. Y luego viene lo consabido: lo de la
libertad, la severa etiqueta de la corte de España, etc. Todo lo cual
delata que en vez de un juicio estético se trata de un juicio político.
Y no se olvide que Justi pertenece a la nación de Lutero, a aquellas
tierras en que se llegó a llamar a Felipe II el Demonio del Mediodía.
Tomad, en cambio, la estupenda _Historia de la Orden de San
Jerónimo_, del P. F. José de Sigüenza, que la escribió en El
Escorial y mientras éste se construía, y que asistió a los últimos
momentos de Felipe II. Los libros tercero y cuarto de la tercera parte
de esta obra están dedicados a describir El Escorial. Y a fe que
apenas se encontrará en castellano estilo que mejor convenga al del
monasterio que el estilo literario de la obra del P. Sigüenza, obra
que es una especie de Escorial de nuestra literatura clásica--modelo
de sencillez, de sobriedad, de majestad y de limpieza. También la
obra del P. Sigüenza puede a primera vista producir un cierto efecto
de monotonía y desnudez, ya que en ella se suceden los relatos de las
vidas de aquellos recogidos varones jerónimos, no de otro modo que en
el monasterio se suceden las ventanas de sus celdas, todas unas a otras
iguales. Pero ¡qué descanso en la lectura de esas vidas! Soy de los
que han leído las 1.240 páginas en folio y de apretada letra de los
dos tomos de esa historia en su edición de la _Nueva biblioteca de
autores españoles_, que bajo la dirección de D. Marcelino Menéndez
y Pelayo publica la casa Bailly Baillière, y es continuación del
Rivadeneyra, y aseguro que esa prolija lectura fué para mi espíritu un
descanso tan grande como el de contemplar la masa del monasterio desde
un prado de la Herrería en que tendí mi cuerpo. ¡Raro placer en tiempos
de agitación febril! Porque ni la obra del P. Sigüenza es para hojeada
de prisa o leída de viaje, acaso en un tren, ni El Escorial para
contemplado de ligero y de paso. El desnudo necesita siempre tiempo,
mientras que la hojarasca impresiona desde luego, aunque luego esa
impresión vaya amortiguándose.
Hay que leer en el P. Sigüenza el breve relato de la batalla de San
Quintín, ganada a Felipe II por el duque de Saboya contra el duque
de Guisa y los franceses el día de San Lorenzo de 1554, y que fué el
motivo de fundarse para la Orden de San Jerónimo el real monasterio
de El Escorial. «El hazimiento de gracias de Filipo por todos estos
favores--dice el historiador jerónimo--no fué para que se rematase
en un día ni siete, ni parasse en solo el hombre; propuso con mucha
resolución edificar un illustrísimo templo al martyr español, que
fuesse tan famoso en todo el mundo como su glorioso nombre, donde de
día y de noche se celebrasse su memoria y se hiziessen y diessen a
Dios para siempre bendición y gracias». Y sigue la descripción del
monasterio, la única que haya digna de él, y acaba con su comparación
con otros edificios famosos, principalmente con el templo de Salomón,
que ni el P. Sigüenza ni ninguno de su tiempo ni de muchos siglos antes
vió.
¡Y qué bien entendía el buen jerónimo, el del estilo severo y desnudo,
la severidad y desnudez del edificio en que trabajaba! Era el estilo
de la verdad, porque «la verdad--nos dice en otra parte--ama mucho
la claridad y la desnudez, y la que no es assi, no es verdad». Y él,
el buen monje, gustaba de la casta desnudez, pues al hablarnos de un
cuadro del Ticiano que representaba a Santa Margarita, nos dice que
era «valiente figura, aunque algo corrompida una singular parte della,
por el zelo indiscreto de la honestidad; echáronle una ropa falsa
en un desnudo de una pierna, que fué grosera consideración». Y cosa
grosera debía de parecerle echar falsos adornos sobre el desnudo de
los edificios, ya que «no consiste la architectura en que sea deste
orden o aquél--nos dice en otro lugar--sino que sea un cuerpo bien
proporcionado, que sus partes se ayuden y respondan, aunque no sea sino
unas piedras cortadas de la cantera, assentadas con arte, una encima o
enfrente de otra, que vengan a hacer un todo de buenas medidas y partes
que se respondan».
Alguien se ha atrevido a llamar el Escorial portugués a aquel
monasterio, también de jerónimos, de Belén, cercano a Lisboa, prototipo
del más hojarascoso estilo manuelino. Fué el mismo rey D. Manuel el que
ha dado nombre al estilo, el que a fines del siglo XV fundó
esa casa con las riquezas que del extremo oriente afluían a Portugal. Y
no cabe, en verdad, oposición mayor al arte escorialense. ¡Eso sí que
no es árido! Pero es hojarascoso y no de más fruto estético. Pues en
arte como en naturaleza no da más fruto de permanente belleza lo que
más hoja cría.
Hablando del cual monasterio de Belén el P. Sigüenza en otra parte
de su obra nos dice así: «Y como la arquitectura moderna está
siempre adornada de follajes y de figuras y molduras y mil visajes
impertinentes, y la materia era tan fuerte, labrávase mal y costaría
infinito tiempo y dinero: lo que agora está hecho muestra bien lo
que digo. Tiene esta fachada del medio día mucho desto ansí en la
iglesia como en el antecoro y dormitorio, que es todo mármol, y lleno
de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil
moharrachos que no sé cómo se llaman ni el que los hazía tampoco». Y
él, el buen jerónimo, acostumbrado a cantar dentro de aquel templo
del Escorial, todo robustez maciza, al hablar del templo de los
Jerónimos de Belén nos dice que «es de una sola nave... y el cruzero es
admirable de mucha grandeza, sustentado sobre unos pilares muy flacos
y delgados puestos por gentileza más que por necesidad: cosa que a
cualquier hombre de buen juyzio en esto ha de ofender en viéndolo». Y
añade el siguiente razonamiento de una gran profundidad en estética
arquitectónica diciendo así: «Fióse el arquitecto en la fortaleza de
las paredes que avían de ser poderosas a sufrir y sustentar el peso y
la fuerça de la bóbeda. Y quiso espantar a los que entrassen viendo
como en el ayre una máquina tan grande: locura e indiscreción en buena
arquitectura, porque el edificio es para asegurarme, y no que viva en
él con miedo de si se me viene encima». ¡Y que a seguro y sin miedo
de que se le viniese el templo encima, cantaría en el coro de aquel
formidable templo de su Escorial, que siendo tan grande parece se nos
achica y ciñe por gracia de sus proporciones!
Es como aquellas «pieças de mucho desenfado de que el mismo P.
Sigüenza nos habla--alegres, claras y de grandeza que aunque algunos
se les ensangosta, a otros se les ensancha el alma viéndose en ellas».
Y el alma se ensancha al entrar en aquella iglesia, de columnas como
torres, donde nos sentimos a seguro, y donde está la grandeza tan
templada y como humanizada por la proporción, que sin perderla parece
la fábrica ensangostarse para ceñirse a nuestra seguridad y abrigo.
Grandeza proporcionada y desnudez, y nada de florones, morteretes,
resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos, cuyos nombres ni
los que los hacen saben, pues no son cosas definidas y con función
propia, tal es el carácter de ese edificio que repugna por su aridez
a los que no se detienen lo bastante a dejarse empapar de su austero
encanto.
Entra por mucho en juicios como el de Justi, lo repito, la preocupación
política o religiosa. Porque no son muchos los que piensen como
pensaren y aun siendo muy progresistas y muy literatos, saben ver
todo lo que de intensa pasión, puesta al servicio de su causa,
había en aquel Don Quijote de covachuela que fué Felipe II. Este
hombre singular, preocupado de la salvación de las almas de sus
súbditos, fué, como dice muy bien Martin A. S. Hume en su excelente
historia de España (_The Spanish people, their origin, growth, and
influence_) en su sombrío orgullo, su mística devoción, su poderosa
individualidad, la personificación del espíritu de su pueblo», fué «el
primer rey verdaderamente español de toda España», identificóse con la
obsesión nacional que era «una creencia en la misión especial de los
españoles para extirpar la herejía». Llegaron a constituir nuestros
abuelos--añade Hume--«una nación de místicos, en que cada persona
sentía su propia comunión con Dios y era capaz, en consecuencia, de
cualquier sacrificio, de cualquier heroísmo, de cualquier sufrimiento
por esta causa». Y ese espíritu severo, desnudo y fuerte habla en las
piedras de El Escorial a quien quiere oirlo, piense éste como pensare.
Leed en el mismo P. Sigüenza el relato de la última enfermedad y muerte
de aquel Don Quijote de despacho u oficina, cuya arma fué la pluma de
mandar. Oídle cuando al recibir el sacramento quédase luego con su hijo
a solas y le dice: «He querido que os halléis presente a este acto,
para que veáis en qué pára todo. Como en todo fué tan rey y de tan alto
ánimo este príncipe parece que aun quiso reynar y enseñorearse sobre
la muerte», nos dice el jerónimo. Murió con el crucifijo mismo que
su padre el emperador entre las manos. Mandó al arzobispo le leyese
la pasión de San Juan. Cerca de la una de la noche fué a hablarle
su confesor, y él dijo a los jerónimos que le rodeaban: «Padres,
decidme más que quanto más se allegava a la fuente tanto crecía más
la sed». Cuando D. Fernando de Toledo fué a darle una de las velas de
nuestra señora de Monserrat, el rey le dijo: «Guardadla, que aun no es
tiempo», y a las tres de la mañana, al presentársela de nuevo «le miró
riéndosele y tomándosela de la mano dixo: Dadla acá, que ya es hora».
«Las últimas palabras que pronunció y con que partió deste mundo, fué
dezir como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la
santa iglesia romana; y besando mil vezes su crucifixo (teníale en la
una mano y en la otra la candela y delante la reliquia de San Albano
por la indulgencia), se fué acabando poco a poco, de suerte que con
un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella
santa alma y se fué, según lo dizen tantas pruevas, a gozar del reyno
soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe segundo, hijo del emperador
Carlos quinto, en la misma casa y templo de San Lorenzo, que avía
edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la
mañana, quando el alva rompía por el Oriente trayendo el sol la luz
del domingo, día de luz y del Señor de la luz; y estando cantando la
missa del alva los niños del seminario, la postrera que se dixo por su
vida y la primera de su muerte, a treze de setiembre, en las octavas
de la Natividad de nuestra señora Vigilia de la Exaltación de la Cruz,
el año MDXCVIII, en el mismo día que catorce años antes avía puesto la
postrera piedra de todo el quadro y fábrica de esta casa». Allí fué
escrita en el real monasterio de San Lorenzo del Escorial la muerte de
su fundador, por el padre fray José de Sigüenza, de la Orden de San
Jerónimo, hoy extinguida, que fué de esa muerte testigo.
Salamanca, mayo de 1912.
SANTIAGO DE COMPOSTELA
Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia, donde en los siglos
de más ingenua y más sencilla fe cristiana se creía estaba el cuerpo
del apóstol Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, fué en aquellos
siglos un lugar de romerías casi al igual de Roma y de Jerusalén. En
cartas geográficas alemanas de la Edad Media se le llama a España
«Jacobsland», la tierra de Santiago.
Los piadosos peregrinos que venían del centro de Europa a ese corazón
de Galicia traían consigo leyendas, relatos, cuentos y cantares,
y fueron sus romerías uno de los vehículos de la cultura europea
de entonces. La poesía trovadoresca galaico-portuguesa, la primera
manifestación culta del lirismo en lengua romance en la Península,
prendió al contacto de chispas traídas de Provenza por los devotos
romeros de Santiago.
Camino de Santiago se le llamó a la vía láctea, nebulosa de estrellas
que guiaba a los peregrinos al término de sus anhelos, como a los
magos su estrella, y la ruta toda hallábase sembrada de santuarios y
hospederías.
Está por escribir la historia de la influencia que esas romerías
tuvieron en el desarrollo cultural de España, en literatura y en
arte, y hasta en su historia política, pues no poco influyeron en el
nacimiento del reino de Portugal.
Y hoy, quien desee conocer bien España y respirar lo que aún queda de
su viejo ambiente tradicional, no puede dispensarse de una piadosa
romería artística a Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia.
Allá me fuí, pues, desde Pontevedra.
Bordea el tren la espléndida ría de Arosa y pasa luego junto a Padrón,
la antigua Iria Flavia, donde dicen que moró más tiempo el apóstol. Y
hasta llegan a asegurar--bienaventurados los que así creen--que una
piedra que se conserva en la iglesia de Santiago fué la piedra a que se
amarró la barca que conducía el cuerpo del apóstol. Pero Padrón, que se
alza a orillas del Sar, en una riente vega, nos trae otros recuerdos;
recuerdos de poesía. De Padrón fué aquel Juan Rodríguez de la Cámara
o del Padrón, poeta cortesano de mediados del siglo XV, que
escribió en castellano prosa y versos, y sobre todo _El siervo
libre de amor_. «Su prosa vale más que sus versos y su biografía y
su leyenda, todavía muy obscuras, interesan más que sus versos y su
prosa», escribe Menéndez y Pelayo, el cual añade que la novela de Juan
Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda
precisión topográfica. La novela es el relato de unos desgraciados
amores de aquel paisano del doncel Macías el enamorado, gallego también.
Y en Padrón vivió, sufrió y murió también Rosalía de Castro y su viudo,
Manuel Murguía, llega a afirmar que fué en la casa solariega de los
Castro donde nació Juan Rodríguez, el siervo de amor. Al paso del
tren se ve la modesta casita llena de recuerdos, con su balconcillo
cubierto por enredaderas, con su huertecito delante. Y no lejos de
allí corre sumiso y humilde el Sar, casi un arroyo, escondiéndose
entre dos filas de árboles, recatándose a miradas indiscretas y como
huyendo toda ostentación. En sus orillas escribió Rosalía lo más de
aquel libro peregrino, al que apenas si se empieza a hacer justicia, en
rimas castellanas, que se titula _En las orillas del Sar_. «¡Cuán
hermosa es tu vega, oh Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!--mas el calor, la vida
juvenil y la savia--que extraje de tu seno--como el sediento niño el
dulce jugo extrae--del pecho blanco y lleno--de mi existencia oscura
en el torrente amargo--pasaron, cual barridas por la inconstancia
ciega,--una visión de armiño, una ilusión querida,--un suspiro de
amor». Así cantaba. Y otra vez: «¡Padrón! ¡Padrón! Santa María...
Lestrove... ¡Adiós! ¡Adiós!».
En estas palabras que parecen baladíes, en este mero nombrar lugares
queridos, ¡cuánta ternura! Y su saludo al cementerio de Adina, con sus
olivos oscuros y el suelo de hierbas y flores, con sus canónigos viejos
que en él se sientan al sol, y los niños que allí juegan bulliciosos,
y las losas blancas, y los húmedos montones de tierra, donde al
amanecer se enterró a algún pobre. Pero ella, la pobre Rosalía, no
duerme su eterno sueño en el cementerio de Adina, de Padrón, en
aquel cementerio encantador que tanto quiso; duerme en un mausoleo,
a mano izquierda, o sea al lado del Evangelio del altar mayor de la
iglesia de Santo Domingo, en Santiago, que se quiere hacer panteón de
gallegos ilustres. Por cierto que al otro lado, al de la Epístola,
descansa en otro mausoleo el más frágil ídolo de un día, producto de
veleidades regionalistas, y sobre su estatua una leyenda en un gallego
presuntuoso, artificioso y falso, que denuncia la pueril preocupación
de distanciarlo lo más posible, con arcaísmos y aun barbarismos, del
romance castellano.
Cuando pasada ya la vega de Padrón se me presentaron a la vista las
torres de Santiago me acordé de esta mi Salamanca, pues son, sin duda,
las dos ciudades españolas, episcopales y universitarias ambas, que
más parecido guardan entre sí. Sólo que esta Salamanca es más abierta,
más alegre, más soleada, y peor empedrada también. La arenisca de esta
plateresca Salamanca se dora al sol y admite una profusión de follajes
ornamentales difíciles de labrar en el duro granito de Santiago, que
bajo aquel cielo plúmbeo y lluvioso se ennegrece pronto, dando a la
ciudad compostelana el aire austero y hasta sombrío que la distingue.
Pero cuenta que lo sombrío no es feo; es más bien hermosísimo. Aquellas
rúas compostelanas, llenas de soportales, por donde pasean estudiantes
y canónigos, nos hablan de una ciudad hecha para el estudio y el rezo,
pero donde hallan también campo las lides del amor. Y no sé por qué
me acordaba de Brujas la muerta y de tantas otras muertas ciudades, y
pensaba en amores furtivos, en tragedias ocultas, en dramas de misterio
entre amantes de negro bajo la negrura lluviosa de la ciudad, en citas
que alguien creería sacrílegas, en las oscuras naves románicas de la
catedral.
La catedral lo corona y como que lo absorbe todo. Alza su fachada
principal, la del poniente o la del Obradoiro, en la mayor y más
abierta caja de piedra de Santiago, quiero decir en su gran plaza
flanqueada por cuatro solemnes edificios: la catedral misma, el
gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron construir para
los peregrinos--y que recuerda nuestro actual colegio de irlandeses
salmantino--, el seminario de confesores--algo muy parecido al colegio
viejo de San Bartolomé de Salamanca--y el antiguo colegio de San
Jerónimo.
Detrás de la fachada del Obradoiro se abre, al entrar por ella en la
catedral, el estupendo pórtico de la Gloria, la maravilla icónica de
España, que mereció ser vaciado para figurar en el museo de Kensington
de Londres. Cuanto se diga de ese poema en piedra en que se respiran
el arte y la piedad medioevales, será poco. La eterna juventud de
la piedra nos habla allí de una fe juvenil, virgen madre de las más
consoladoras visiones. En torno a la figura de Nuestro Señor, que
nos muestra sus llagas, escoltado por los cuatro evangelistas, los
ancianos apocalípticos, con sus instrumentos músicos en las manos,
están absortos en un éxtasis que nunca acaba. Los profetas y los
apóstoles sonríen más abajo. Y la piedra, policromada, habla o más bien
canta. Al pie del pórtico, de hinojos y mirando al altar donde está el
sepulcro del apóstol, el maestro Mateo, el autor de semejante maravilla
arquitectónica, ora en piedra. El pueblo le llama el santo _dos
croques_, el santo de los cosques o pescozones; y dícese que algunas
madres van a dar a sus hijos de cabeza contra aquella cabeza de piedra
para que se les despierte la inteligencia.
Digna entrada de nuestra gran catedral románica aquel pórtico de la
Gloria. El románico, severo y sobrio, resiste la cursilería en que
fácilmente cae el gótico. La religiosa gravedad del románico no se
presta a las sentimentalerías literarias del gótico. No se comprende
a Chateaubriand en las naves severas de un templo románico. El de
Santiago sugiere, desde luego, la idea de un sepulcro, casi de una
catacumba. Estamos muy lejos del pintoresco irisado de la catedral de
León. Allí, en la catedral de Santiago, hay que rezar de un modo o
de otro; no cabe hacer literatura. Su galería alta nos habla de las
bandadas de anhelantes romeros que en ellas dormían. Y fué para sahumar
la catedral, matando el hedor que aquellos peregrinos allí dejaban,
para lo que se hizo el famoso «botafumeiro», el gran incensario que,
pendiente del cimborrio, recorre las naves del crucero.
La catedral domina con sus torres a Santiago, pero en torno de ellas se
levantan otras muchas, y vista la ciudad desde el paseo de la Herradura
semeja un gran bosque oscuro de piedra destacándose sobre la verdura
riente de la campiña. Cerca de la basílica se alza San Martín Pinario,
hoy seminario pontificio, antiguo monasterio de benedictinos, solemne
y espacioso y desnudo. Su templo da una singular sensación de reposo y
de sobriedad que habría encantado a aquel nuestro ya conocido jerónimo
P. Sigüenza, el que sintió tan hondamente lo desnudo arquitectónico. Y
desnudo y sencillo como vivió el pobrecito de Asís, se alza también el
templo de San Francisco. El austero granítico compostelano rechaza los
floreos de la arenisca salmantina.
Bajamos a la Colegiata del Sar, con sus torcidas columnas y el resto
que de su viejo claustro románico queda.
Y a vagar luego por aquellas rúas santiaguesas, por sus recodos y
esguinces, entre las pétreas plazas, por donde un tiempo llenarían los
soportales rezos de romeros, y hoy, en noches tibias, volarán susurros
de enamorados. Porque, más que en las alegres ciudades abiertas al sol,
más que en las campiñas libres, se piensa en el amor, siquiera como un
recurso y un consuelo, en estas viejas ciudades sombrías, levíticas y
académicas, sobre que gravita la pesadumbre de los siglos. En el largo
invierno de largas noches, bajo la llovizna terca, al son pastoso de
las campanas, ¿qué se va a hacer?
Oíd a Rosalía en su poema _Santa Escolástica_, de la que hay una
magnífica escultura en Santiago. Dice: "Una tarde de abril en que
la tenue--llovizna triste humedecía en silencio--de las desiertas
calles las baldosas,--mientras en los espacios resonaban--las
campanas con lentas vibraciones,--dime a marchar, huyendo de mi
sombra...--Soplo mortal creyérase que había dejado al mundo sin piedad
desierto,--convirtiendo en sepulcro a Compostela;--que en la santa
ciudad, grave y vetusta--no hay rumores que turben importunos--la paz
ansiada en la apacible siesta.--¡Cementerio de vivos! murmuraba--yo
al cruzar por las plazas silenciosas--que otros días de gloria nos
recuerdan...--Después la catedral, palacio místico--de atrevidas
románicas arcadas,--y con su gloria de bellezas llena,--me pareció
al mirarla que quería--sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,--de
sus torres la mole gigantesca...--Atrás quedaba aquella calle
adusta,--camino de los frailes y los muertos,--siempre vacía y
misteriosa siempre,--con sus manchas de sombras gigantescas--y sus
claros de luz, que hacen más triste--su soledad y que los ojos
hieren.--Y en tanto la llovizna, como todo--lo manso, terca, sin cesar
regaba--campos y plazas, calles y conventos--que iluminaba el sol con
rayo oblicuo--a través de los húmedos vapores--blanquecinos a veces,
otras negros".
¿Podría yo, con mi prosa seca y dura, daros una más viva impresión
de Santiago que esas estrofas sombrías de Rosalía? ¡Cementerio de
vivos! exclamó la pobre y atormentada poetisa que cantara al riente
cementerio de muertos de Adina, a orillas del Sar. Aquella pobre
aldeana--pues siempre lo fué Rosalía--llevando la vega de Padrón en el
alma, sentíase entenebrecer en las calles adustas, caminos de frailes
y de muertos, bajo la llovizna, terca como todo lo manso, y bajo una
llovizna que no caía sobre verde y mullida hierba, sobre lozanos
maíces, sino que "humedecía en silencio de las desiertas calles las
baldosas" estériles. Y la pobre exclama: "Ciudad extraña, hermosa y
fea a un tiempo,--a un tiempo apetecida y detestada,--cual ser que nos
atrae y nos desdeña,--algo hay en ti que apaga el entusiasmo,--y del
mundo feliz de los ensueños--a la aridez de la verdad nos lleva". Y
luego grita: "¡Y yo quería morir!". Y sólo encuentra refugio y consuelo
en el templo. "Majestad de los templos, mi alma femenina--te siente,
como siente las maternas dulzuras--las inquietudes vagas, las ternuras
secretas--y el temor a lo oculto tras la inmensa altura". Y corre la
pobre aldeana al templo, se postra ante la imagen de Santa Escolástica,
dobla la rodilla, inclina la frente y exclama: "¡Hay arte!... ¡Hay
poesía!... Debe de haber cielo: ¡hay Dios!".
A la aldeana de Padrón, enamorada de su vega, le repugnaban por
igual las llanuras castellanas--¡llanura, siempre llanura! decía--y
las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, cuyas baldosas
humedecía en silencio la llovizna terca. Hermosa y fea a un tiempo
declaraba a la ciudad compostelana, apetecida y detestada. De haber
vivido algún tiempo en comunión con la llanura castellana, ¿no habría
llegado también a sentirla hermosa y fea a la vez, apetecida y
detestada? Su pobre alma temblaba de frío, de miedo, lo mismo en la
adusta y grave meseta de Castilla que en las adustas y graves calles de
Santiago de Compostela. Y es que hay una estrecha hermandad entre una y
otras. Santiago es lo más castellano que hay en Galicia; es, en rigor,
una ciudad profundamente castellana, de una Castilla de cielo plúmbeo y
lluvioso. En las rúas compostelanas siéntese uno lejos, muy lejos, de
las rientes islas bajas de Pontevedra, lejos, muy lejos de las vegas
del Miño. Santiago, corazón de Galicia, es uno de los corazones de
España; lo específico y diferencial galaico parece se borra en él y
resurge el alma común española, base castellana, e alma nacional.
No en vano fué Santiago durante siglos centro de romerías
internacionales. Lo internacional ahoga todos los regionalismos
estrechos y robustece lo nacional. Los devotos peregrinos venían,
al venir a Santiago, a España, y cruzando España, y no a Galicia;
venían a visitar el sepulcro del patrón de España y no de Galicia
sólo. "¡Santiago, y cierra España!" fué nuestra divisa medioeval
española; pero al cerrar Santiago a España abría y rompía sus barreras
interiores, fundía a sus pueblos todos en la lucha común contra la
morisma.
El sepulcro de Santiago es un sepulcro de España toda. El sepulcro de
Galicia acaso sea el de Prisciliano, el gnóstico gallego, obispo de
Ávila, que en el siglo IV mezcló el paganismo galaico con las doctrinas
cristianas. Así, bautizando las supersticiones célticas, trató de
cristianizar a su pueblo. Fué decapitado en Tréveris, parece que su
cuerpo fué traído a Galicia, su patria, y acaso su sepulcro fué lugar
de piadosas romerías. ¿No se aprovecharía esto más tarde y, así como él
bautizó las supersticiones célticas, se trató acaso de hacer ortodoxas
esas romerías con una leyenda nueva? Porque un hombre moderno, de
espíritu critico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo
de Santiago el Mayor esté en Compostela. ¿Qué cuerpo es, pues, el que
allí se venera y cómo y por qué se inició ese culto?
Salamanca, agosto 1912.
JUNTO A LAS RÍAS BAJAS DE GALICIA
Desde que hace ocho años visité una parte de Galicia--Orense y
Coruña--ansiaba conocer el resto, y sobre todo la encantadora comarca
de las rías bajas, de que se hacen lenguas cuantos la visitan. Y allá
he tenido ocasión de ir en romería este verano.
Fué atravesando mi bien conocido Portugal, por las orillas del Duero
asceta que corre en lecho de rocas y yendo a buscar luego las del Miño
manso, que como una caricia lenta baja al mar, restregándose en la
verdura de sus vegas.
La tierra toda del Miño, de un lado y otro de la ría, por España y por
Portugal, se abre a los ojos como una visión de ensueño que nos ata a
la tierra. La he visto entre llovizna, recibiendo resignada el jugo
fecundante de las nubes, y es como mejor sentimos su significación
íntima toda. Es un paisaje carnal y crepuscular a la vez, y, si me es
permitido decirlo, más musical que pictórico. Los montes del horizonte
languidecen entre neblinas. Por dondequiera el verdor vela al esqueleto
rocoso de la tierra, que acá, en esta ósea Castilla, asoma por
dondequiera sus juanetes.
Recordaba aquella magnífica descripción de la tierra y el hombre del
Miño que Oliveira Martins nos dejó en la descripción de Portugal con
que su _Historia de Portugal_ se abre.
Allí nos habla de esa tierra donde pulula el hombre, donde el cultivo
es más hortícola que agrícola, de aquellos «campos pequeñitos,
circundados por pequeñitos valles, orlado de robles pigmeos,
recortados, de donde cuelgan los racimos de las uvas verdes». Y añade:
«Bajo un cielo nublado casi siempre, pisando un suelo casi siempre
encharcado, encerrado en un valle repleto de maíz, dominado en torno
por florestas de pinos sombríos, sin aire vivificante, ni abundante
luz, ni largos horizontes, el hormiguero de los miñotos, no pudiendo
despegarse de la tierra, como que se confunde con ella, y con sus
bueyes, sus arados y sus azadas, forma un todo de donde no se yergue
una voz de independencia moral, aunque a menudo se levante el grito de
la resistencia utilitaria».
Pero esto que dice Oliveira Martins se aplica al Miño portugués
mucho mejor que al gallego. Porque un poco más arriba de él se abren
las rías. Y vista la campiña desde Tuy mismo, desde la torre de su
catedral-fortaleza, que es un espléndido balcón abierto a un paraíso
terrenal, no puede decirse que el valle sea pequeño ni que falten
largos horizontes, aunque no, ¡claro está!, los de Castilla. Los
canónigos de Tuy, atravesando el paseo de acacias, se van a sentar en
unos bancos que dan a la vega, y mientras reposan la vista, no sé si
fatigada de leer salmos, en el verdor de la campiña, comentarán chismes
de cabildo o murmurarán del obispo, como es la regla.
Dejando a los buenos tudenses en su nido y recordando a un fantástico
hijo de esa ciudad que me amenizó no pocas horas con sus ocurrencias y
murió de cónsul de España en Casablanca, empecé a cruzar la provincia,
camino a su capital. La provincia de Pontevedra es, en rigor, la de
mayor densidad de población de toda España, pues si Vizcaya le supera
en las estadísticas, se debe a su capital, Bilbao, y a los pueblos
fabriles de ambas márgenes del Nervión. Pero el campo en ninguna parte
está más poblado que en esta provincia de Pontevedra, marítima y
agrícola.
Viven como las ranas, casi encharcados, respirando humedad. Y cuando
quieren secarse los huesos--condición para que el gallego haga carrera
en el mundo--o suben a secárselos a la meseta castellana, o cruzan el
mar en busca de fortuna a América. En un caso suele llegar a ministro y
cacique máximo, en el otro a millonario.
Pero lo característico, lo casi privativo de esta provincia de
Pontevedra, lo que le ha dado la fama de hermosa de que goza, son sus
rías bajas.
Son las rías bajas brazos, o más bien lenguas de mar, que formando
repliegues y meandros se meten por la tierra, entre colinas de verdor,
y brazos o lenguas de tierra que avanzan a refrescarse en el mar.
Tierra y océano se abrazan estrechamente y como que se mezclan, a lo
que concurre la frecuente lluvia.
Dan las rías bajas la impresión de lagos sembrados de islas. Una faja
de tierra cubre por todas partes el horizonte de estos tranquilos
remansos del océano. Los innumerables pueblecitos de sus márgenes se
reflejan en el agua y en días claros es como si las colinas y montañas
revestidas de verdura estuviesen suspendidas en el cielo mismo, que en
el seno del agua se reproduce. Duerme el mar, y acaso sueña, en brazos
de la tierra.
Los hijos del país comparan las bellezas de estas rías bajas, de
estos verdaderos lagos, entre sí, y establecen parangones entre la de
Vigo, la de Marín o Pontevedra, la de Arosa... (Aún hay otras). Yo las
encuentro muy hermanas. La de Marín, la más recogida, la más intima; la
de Arosa, que es la mayor, la más solemne. Por sus revueltas y golfos
interiores recuerda el lago de los Cuatro Cantones, aunque no esté
flanqueada por tan bravos montes. Y todas ellas invitan a dejarse en
su seno mecer a merced de las aguas, y no digo de las olas porque el
oleaje del mar libre se rompe y amansa en ellas.
Pero yo, que aunque nacido y criado muy cerca del mar y en pueblo
adonde llegan la marea y el agua salada, gusto más que de él de la
montaña y del campo, gocé de las horas más gratas internándome rías de
Pontevedra arriba, donde deja ya de ser ría para ser río, en las aguas
que vienen de las cimas, no en las que vienen del mar con la marea. Fué
río Lérez arriba.
Un río para soñar en él lejos de la batalla de la vida. A una piedra
que hay en su orilla, en un lugar que con el Tempe de Tesalia, descrito
por Herodoto, comparaba aquel copioso benedictino P. Sarmiento, erudito
que no dió paz a la mano, a esa piedra bajaba a descansar el buen
fraile. Y allí, encima del Lérez, está el monasterio de benedictinos
donde el infatigable Feijóo hizo sus estudios. Lugar de descanso; lugar
de estudio por lo mismo.
Bajan los árboles hasta las aguas mismas del Lérez para formarle abrigo
de verdes cortinas y enverdecer sus aguas. Y el río, enamorado de la
verdura, va enroscándose por ella, formando meandros que llaman allí
salones, y fingen pequeños lagos, como en recuerdo de los grandes lagos
aparentes de las rías bajas. Y hace suspirar suspiro de liberación
al espíritu el verse uno encerrado en un recinto de follaje sobre la
tranquilidad de las aguas límpidas. ¡Aguas límpidas! He aquí algo
que vamos perdiendo en mi Vizcaya, que van perdiendo en Asturias.
El Nervión, el río de Bilbao, tan hermoso tierra adentro, antes
que empiecen las fábricas y antes, sobre todo, que los pretiles lo
aprisionen, se ve sucio del rojo de la vena del hierro, y el Nalón,
hermoso río asturiano, llega negro de hulla al mar. Pero este Lérez
virginal, no manchado aún por las deyecciones de la industria, convida
al idilio, al amor y al recogimiento, al estudio.
Fué cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una
tarde oí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas
de la gaita gallega. Tocábala don Perfecto Feijóo, un perfecto gallego,
farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la
medicina confortativa de los aires musicales de la tierra. Formó un
coro--el coro «aires de terra»--y con él restaura la música popular,
impidiendo que se pierda, o lo que es peor, degenere al contagio de
las tonadas de la zarzuela de moda. Con los trajes de la tierra se
me aparecieron don Perfecto y sus compañeros, entonando «alaláas»,
«muiñeiras», todos esos cantos que templan la morriña céltica. Las
notas, verdes como el campo, parecen surgir de su verdura y se alargan
en ondulaciones suaves como las colinas, como las lenguas del mar que
acaricia a la tierra.
El gaitero ha dado ocasión a toda una literatura. Ventura Ruiz
Aguilera, el poeta salmantino mucho menos leído y gustado hoy de lo
que merece serlo, escribió en 1860 aquel «eco nacional» titulado
_La gaita gallega_, que empieza: "Cuando la gaita gallega--el
pobre gaitero toca,--no sé lo que me sucede--que el llanto a mis
ojos brota.--Ver me figuro a Galicia--bella, pensativa y sola,--como
amada sin su amado,--como reina sin corona...--A mi alma revela
tantas--desdichas, penas tan hondas,--que no sé deciros--si canta o
si llora". Estos dos últimos versos son el estribillo de sus cinco
estrofas: "Recuérdame aquellos cielos,--y aquellas dulces auroras,--y
aquellas verdes campiñas,--y el arrullo de sus tórtolas;--y aquellos
lagos y aquellas--montañas, que al cielo tocan...". Esos lagos no
pueden ser sino las rías bajas. A la poesía de Ventura Ruiz Aguilera,
el salmantino, respondió en gallego la dulce Rosalía de Castro y
su estribillo fué: «qu'eu podo decirche--non canta, que chora». En
esta poesía es donde se encuentran unos versos muy sentidos, sí,
pero deplorables por su injusticia, unos versos que brotaron de la
irreductible suspicacia galaica, de la manía que los buenos, honrados
y laboriosos hijos de esa tierra abrigan de ver en todo desdenes y
burlas y desprecios. Una susceptibilidad femenina, casi morbosa, les
hace fantasear yo no sé qué intenciones en el modo seco y algo rudo del
castellano, que no nació para prodigar mimos y caricias.
Pero hay en las poesías de Rosalía, en sus _Cantares gallegos_,
un poema, aquél que empieza: «Un repoludo gaitero--de paño sedán
vestido--com'un príncipe cumprido,--cariñoso e falangueiro...», que
es un primor. De esta bella poesía son aquellos versos: «sempre pó la
vila entraba--con aquel de señorío» que sirvieron de lema a Curros
Enríquez para su famosa poesía _O gueiteiro_, en cuyo principio
recuerda al Lérez y al Miño. La poesía de Curros, tendenciosa como casi
todas las suyas, empieza descriptiva, animada, alegre, como la segunda
de las citadas de Rosalía, y acaba con esos tópicos de quejumbrosidad
hablándonos de Galicia como de un Prometeo amarrado a una roca y nada
menos que con un puñal clavado al seno: «crabad'un puñal n'o seo».
¡Lamentable, verdaderamente lamentable! Y nada que no sea verdad puede
ser de veras poético.
Sólo esa suspicacia, esa susceptibilidad de que os decía, y de que
padece el gallego lo mismo que el portugués--me dicen que el irlandés
en esto es lo mismo--explica esas quejas. Ni de la humedad del cielo,
ni de la pobreza de la tierra, ni de su apartamiento geográfico, tiene
la culpa el resto de España, o si se quiere Castilla, y en cuanto a
protección del Estado, pocas regiones españolas se aprovechan más
de ella. El dinero de la nación se vierte en obras públicas de todo
género, unas indispensables y otras no, y algunas de puro lujo, en
Galicia, y no puede decirse que sea por su parte esta región, donde
siempre se está el paisano quejando de las contribuciones, la que mejor
las paga, pues en esto, en puntualidad en contribuir a la hacienda
común, lo mismo que en no quejarse aunque se la desatienda, la palma se
lleva Castilla.
Pero hay que quejarse; Galicia, donde el cielo llora sin cesar,
invita a la queja. A la queja y a la zumba. Apenas si su literatura
regional tiene otras notas que la elegíaca y la satírica; le falta el
largo huelgo épico, el recio ímpetu dramático. De la verdura misma
de su campiña, riente y halagüeña a primera intención, parece que se
desprende, como acorde de acompañamiento, una resignada queja. Estas
extremas tierras occidentales de Europa, habitadas por esos pueblos
a que se llama célticos, mirando siempre al mar donde acaso se les
perdió algo--¿la Atlántida tal vez?--estas tierras de Irlanda, Bretaña,
Galicia, se están siempre quejando, con gaita o sin ella.
Ese mar mismo, que se refugia allí, en las rías bajas de Galicia, entre
los verdes brazos de la tierra, ¿no es que busca en ellos algo que
ha perdido o acaso el olvido de sus tormentos? Allí, al arrimo de su
eterna esposa, duerme y tal vez sueña. Y acaso ansía volver a ser río,
río humilde, río recogido; acaso sueña con su infancia. ¡Quién sabe!
tal vez la vasta ría de Arosa está sonando en el Ulla que le rinde sus
aguas, en el pobre Sar a que cantó la pobre Rosalía. Y es todo ello
una sed--el mar tiene sed, sed del agua dulce de los ríos que bajan
de las cimas--una sed inextinguible, aquella sed que le hizo decir a
Rosalía: «¡oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!--viendo
cuán triste brilla nuestra fatal estrella--del Sar cabe la orilla,--al
acabarme siento la sed devoradora--y jamás apagada que ahoga el
sentimiento,--y el hambre de justicia que abate y que anonada--cuando
nuestros clamores los arrebata el viento--de tempestad airada».
En el verde rincón en que oí la gaita, sobre el Lérez ensoñador, a la
vista de la ría de Marín, que venía a buscar olvido en brazos de la
verdura, en una aldehuela se recogía un camposanto. ¡Un camposanto de
aldea! Recordamos--éramos literatos ¡Dios mío! los que nos juntamos
allí--la elegía de Gray--y recordamos también, ¿cómo no?, aquello de
Rosalía: «De Galicia os cimiterios--c'os seus alcipreses altos,--c'os
seus olivos escuros--y os seus homildes osarios--todos de frores
cobertos,--frescos com'os nosos campos,--pol as mañans meancónicos--y
nas tardes solitarios,--cand'o sol poniente os baña--c'o seu resplandor
dourado,--cheos d'un gran desosego--parés que nos din: ¡durmamos!».
Y así es; estos dulces cementerios parecen decir: ¡durmamos! Son
otros los que dicen: ¡soñemos! y son otros, muy otros, los que dicen:
¡resucitemos! Fluye allí por todas partes la invitación al dulce sueño
sin ensueños, a dormir en el seno de la tierra, sin más acaso que la
oscura sensación de recibir sobre la yerba que cubra nuestros huesos la
lluvia que baja desde el cielo a consolarnos. Y esa lluvia calará hasta
los huesos mismos.
Y de todo ello se desprende un cierto vaho que languidece a la
voluntad, que la enerva, que convierte sus impulsos en quejas o en
zumbas, en llantos o en risas, en mimos y en recelos. Es un panteísmo
de absorción.
Y los hijos de esa tierra veneran a las benditas ánimas del Purgatorio,
creen en fantasmas, agüeros y brujerías, se acuerdan de sus muertos
que vagan por las selvas y veneran a los árboles. El paganismo, que
en ninguna parte murió, sino que se hizo bautizar cristianándose más
o menos, late aquí más vivo que en otras regiones españolas, tal
vez porque el antepasado del gallego, un celta, tenía una mitología
naturalista de que carecía el beduino, abuelo del castellano, el íbero
recio. Todo el fondo pagano del pueblo gallego levantó cabeza en el
gnosticismo de Prisciliano, el hereje galaico--el único gran hereje
español de los primeros siglos cristianos--gnosticismo que duró unos
tres siglos, si es que del todo ha muerto. Este Prisciliano, cuyas
obras se encontraron no ha mucho, ha de darnos con el tiempo la clave
de no pocos problemas que suscita el estudio del alma galaica. Y de
Prisciliano puede decirse que aún no ha muerto, y quién sabe si su
sepultura, disfrazada por la ortodoxia, no sigue siendo lugar de
atracción de peregrinos.
Salamanca, octubre de 1912.
LEÓN
Hace pocos días he visitado por quinta vez la regia ciudad de León,
cabeza del reino que unido al de Castilla formaron el esqueleto de
España. Por algo dice el pareado:
A Castilla y a León
nuevo mundo dió Colón.
Y tan íntima y fuerte fué la unión de ambos reinos, que los leoneses
no tienen empacho alguno en llamarse y dejarse llamar castellanos.
Esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al reino de
León, y leonesas son las particularidades de su habla popular, que del
castellano literario se apartan algo. O más bien por esta provincia
cruzaba la frontera entre ambos reinos, por poblados que aún hoy llevan
el apelativo de la Frontera, como Zorita de la Frontera, por ejemplo.
Y en el lenguaje popular mismo se conoce esta división, pues si en la
parte castellana dicen del pan cuando fermenta que está «lludo»--el
_diccionario de la Academia_ dice «leudo»--, en la parte leonesa
dicen que está «yeldo».
Es el león leonés león de Castilla, y en el escudo abreviado de España,
en el más usual, figuran los dos leones junto a los dos castillos. Y
es el tal león un símbolo de origen lingüístico, como tantos otros lo
son. (¿Quién no recuerda los estudios de Max Müller sobre el origen
puramente lingüístico de tantos mitos? ¿Quién ignora que la Osa Mayor o
Carro del Cielo no es tal osa sino por confusión de nombres?). Llamóse
León con este nombre, del acusativo latino _legionem_, porque
fué poblada por la sétima legión romana; _legio septima gemina pia,
felix_. Y coincidiendo luego el nombre León, de legión, con el del
león, tomóse la figura de éste por símbolo de aquél. Y a tal punto,
que en un conocido dístico latino, de que os hablaré, se llamaba
a la catedral de León _pulchra leonina_, con un adjetivo de
_leo-onis_, el león, y no _legionensis_.
Desde que por vez primera la visité me atrajo esta vieja y regia
ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una
verde llanada llena de álamos, que bañan el Bernesga y el Torío al ir
a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje un paisaje
aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni
exuberancia.
La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan
los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos.
Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más,
pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer de la capital
un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de esas
nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En
ella puede verse a la paisanería con sus pintorescos trajes.
Pero las joyas de León, aquello por lo que merece visitarlo, son la
catedral, lo más famoso de la ciudad, San Marcos y San Isidoro, lo más
interesante acaso este último y lo más genuino, aunque no ciertamente
lo que más atrae, desde luego, las miradas del peregrino, ni lo más
famoso. Lo más famoso es la catedral.
Hay un dístico latino que refiriéndose a cuatro de nuestras viejas
catedrales españolas reza así:
_Sancta ovetensis, pulchra leonina,
dives toletana, fortis salmantina_;
es decir: Santa la de Oviedo, por sus muchas reliquias; bella la de
León, rica la de Toledo, fuerte la de Salamanca, la vieja, la románica,
no la nueva, la que en el siglo XVI se empezó. Y he traducido
_pulchra_ por bella, como pude traducir elegante o bonita. Y lo
es más, sin duda, que no hermosa. Porque esta elegantísima y bella
catedral gótica leonesa no tiene ni lo pintoresco y variado de la de
Burgos, ni la magnificencia de la de Toledo, ni la solemnidad de la
románica sede de Santiago de Compostela, ni el misterio que tienen las
de Ávila y Barcelona, menos celebrada esta última que merece serlo.
La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al
punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema
elegancia. Podría decirse que en ella se ha resuelto el problema
arquitectónico, a la vez de ingeniería y de arte, de cubrir el mayor
espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y
aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones
policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos
colores.
Lo cual me sugirió una reflexión traslaticia o metafórica aplicada al
arte de la poesía y en general a la literatura. Y es que así como en
este genuino arte gótico de arquitectura se llegó a cubrir grandes
espacios con poca piedra, sin más que tallarla y agruparla bien, así en
la poesía ha de cubrirse o encerrarse el mayor espacio ideal, se ha de
expresar el mayor contenido posible representativo, con el menor número
de palabras, sin más que tallarlas o agruparlas bien. ¡Y cuán lejos de
ello estamos en España! Nuestra poesía y nuestra literatura en general
nada tienen de góticas en este sentido; son más bien platerescas y aun
barrocas, por el exceso de su ornamentación nada constructiva, y bajo
la cual se pierde la línea. Pensamiento poético que puesto en prosa
exija menos palabras que aquéllas con que en verso lo expresó un poeta,
podéis asegurar que éste lo expresó mal.
No voy a describiros, claro está, la catedral de León. El que quiera
verla descrita puede leer lo que de ella escribió D. José M. Quadrado
en el tomo que a Asturias y León dedicó en la obra _España; sus
monumentos y artes, su naturaleza e historia_.
Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir,
tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de
piedra, y que el peso todo de las bóvedas se echa hacia afuera,
sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes. De aquí que a la
ligereza y esbeltez del interior corresponda una robusta y complicada
fábrica exterior. Y así ocurre con la de León. Pero por dentro a esta
catedral, que podríamos llamar modelo de gótico, tan pura, tan aérea
y tan clara, le encuentro que le falta recogimiento y misterio. No es
fácil esconderse y aislarse en ella. Hase dicho también, no sé con
qué fundamento, que es poco española. Verdad es que se le ha negado
casticidad a nuestro arte arquitectónico, de importación lo más de él,
sobre todo el gótico. Lo nuestro parece ser una parte del románico,
el llamado visigodo, y el plateresco. Pero las catedrales góticas nos
vinieron de Francia. Sus maravillas en el género, las de París, Reims,
Chartres y Bourges, decidieron su introducción en España; Fernando el
Santo parece haber sido gran admirador del estilo gótico francés, y en
su reinado se alzaron las tres grandes catedrales góticas españolas,
las de Burgos, Toledo y León.
Si la catedral representa en León el arte gótico del siglo XIII, en la
iglesia y convento de San Marcos, residencia principal que fué de la
Orden de Santiago en los reinos de León, y hoy depósito de sementales
para la Caballería del Ejército (!!!), se nos ofrece un ejemplar de
la Escuela del Renacimiento del siglo XVI. Me recordaba este
edificio a mi Salamanca, ciudad renaciente si las hay. Paseándome
con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda que
delante de San Marcos corre a lo largo del Bernesga, no me hartaba de
contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio.
Estos bordados de la piedra, destacándose sobre un cielo limpio de
ocaso, son uno de los espectáculos más hermosos de que se puede gozar,
sobre todo cuando, cerca ya del anochecer, parece como que la piedra
pierde su materialidad tangible.
Me han asegurado que S. M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado
ya más de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura
plateresca siga dedicada a depósito de sementales.
Mas lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo
cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde
está el formidable panteón de los reyes de León. «Su maciza y adusta
mole--dice Quadrado--nos traslada a la monarquía semiheroica y
semibárbara del siglo XI; austeros monjes o duros guerreros
son los únicos adoradores análogos al carácter de su arquitectura; su
panteón compendia la historia de dos centurias y de diez generaciones
de monarcas».
San Isidoro es, sin duda, una de las más severas y a la par más
elocuentes páginas de piedra de la historia de España. Su maciza torre
cuadrada nos habla de tiempos macizos también, y cuadrados, de los
recios tiempos de la Reconquista.
Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando
entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los
reyes leoneses. Sólo recuerdo otras dos impresiones análogas, y es las
que sentí al bajar, en la Real Capilla de la Catedral de Granada, a la
cripta en que se guardan, en sencillísimas cajas, los restos de los
Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y D.ª Isabel de Castilla, dejando
arriba los suntuosos pero vacíos túmulos que en imágenes yacentes nos
les muestran, y la que recibí en Alcobaça, al entrar en la capilla
en que descansan su eterno sueño de amor y de tragedia D. Pedro y su
infortunada amante Inés de Castro. ¡Cuán diferente el efecto que me
produjo el panteón de los reyes de España en el Escorial! Este panteón
escurialense es de lo más frío, de lo más ordenancista que puede verse.
Los cuerpos de los reyes de las casas de Austria y de Borbón están
almacenados en él, en sus urnas, como las piezas de género en una
pañería. ¡Qué otro lo de León! Al entrar en el solemne recinto, bajo
de techo, con sus robustas columnas románicas, en que los reyes del
antiguo reino de León duermen en el eterno olvido, se siente el ánimo
sobrecogido. «Doce túmulos lisos--dice Quadrado--, de más de treinta
que anteriormente había sin efigie, sin labores de ningún género, sin
inscripción, excepto el de Alfonso V y algunos trozos que se leen en el
de Sancha, hermana del emperador, dejaron allí únicamente los soldados
de Napoleón, después de profanar aquel venerable recinto y de buscar
inútilmente entre los huesos y la podredumbre los imaginados tesoros
que tentaban su codicia». Y esta profanación ha añadido acaso, creo yo,
a la solemnidad del espectáculo. Una tumba profanada es como una tumba
intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte pasa sobre
la muerte, redobla su trágico interés.
No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un
cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía
cuna. Y aquel asolado panteón de los guerreros reyes leoneses, sobre el
que pasó la guerra, es algo que difícilmente olvida el que una vez lo
ha visto con los ojos del alma en que duermen recuerdos de historia.
Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne
recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, D.
Genaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de
San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar
algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la
mandíbula del Bautista y en mis demonios, y no sé si para regocijo de
los espíritus volterianos.
Fuera de esos tres monumentos, la catedral de San Marcos y San Isidoro,
aún queda algo que ver en León arquitectónico. La iglesia del Mercado,
por ejemplo, muestra aún señales de lo que en un tiempo fué, y es un
caso típico de cómo puede desfigurarse un templo haciéndole perder su
primitiva personalidad. Que la tienen los edificios y a las veces más
que las personas. El trozo del primitivo ábside románico, bellísimo
por fuerte, que hoy está allí encerrado en la sacristía y cubierto,
para los ojos que ven la iglesia desde fuera, por una superestructura
posterior, es algo que se presta a no pocas reflexiones metafóricas.
Hase conservado mucho mejor que si hubiera quedado al exterior,
expuesto a la intemperie y a las injurias de los chiquillos y aun de
los adultos. Y así nos sucede que tal idea o sentimiento de nuestra
infancia, tal trozo del ábside de nuestra niñez, se nos conserva en
el fondo del alma, en la cerrada sacristía, en el relicario de los
recuerdos, fuera del alcance de las burlas y desdenes de aquéllos con
quienes tenemos que tratar, mucho mejor que se nos habría conservado
expuesto a la intemperie del mundo social. Había que oirle al párroco
de la iglesia aquella del Mercado, un hombre admirable que en restaurar
y mantener su iglesiuca pone sus amores y sus haberes, explicarnos
el singular fervor que le inspira el celebrar misa en una reducida
capillita del lado de la Epístola del altar mayor, en una especie
de concha románica que parece una gruta. «Cuando celebro aquí--nos
decía--me parece estar muy lejos del mundo; en una cueva del desierto,
solo con Dios». Aquel cura siente su iglesia y ha hecho de ésta como
un segundo cuerpo de su alma. ¡Y dichoso de aquél que logra hacer de
su casa o de la morada en que su oficio cumple otro cuerpo más para
su espíritu! Y si no ya de su casa tan sólo, sino del lugar, villa o
ciudad en que vive, ¿qué mayor bendición de Dios? No hay para vivir
como una de estas viejas ciudades rebosantes de seculares recuerdos
cuando se logra encarnar o, si queréis, «empedrar» en ellas, hacerlas
cuerpo de nuestra alma. Se nos hace también secular ésta.
Salamanca, julio de 1913.
EN LA QUIETUD DE LA PEQUEÑA VIEJA CIUDAD
Ahora, de mis veraniegas excursiones vuelto a este mi hogar ciudadano,
de pequeña ciudad, tranquila por de fuera, y mientras me apercibo a las
tareas del próximo curso académico, púsome a leer las cartas del poeta
inglés Tomás Gray, el autor de aquella famosísima elegía escrita en un
cementerio de aldea. Y en una de las primeras cartas de la colección,
la que el 8 de mayo de 1736 escribió desde Cambridge, pequeña ciudad
académica, Gray a West, leí esto: «Cuando has visto uno de mis días,
has visto el año entero de mi vida; van dando vueltas como el caballo
ciego en el molino, sólo que éste tiene la satisfacción de imaginarse
que avanza algo y que cobra suelo; pero mis ojos están lo bastante
abiertos para ver la misma triste perspectiva y para saber que habiendo
dado veinticuatro pasos más, estaré precisamente donde estaba...». ¿A
qué seguir?
Sí, me dije, dando vueltas a la noria como un caballo vendado; pero,
¿no sale de esa noria agua? ¿y esa agua no riega un huerto? ¿y ese
huerto no da frutos? ¿y esos frutos no mantienen a hombres que corren
el mundo de un extremo a otro, y que por recorrerlo así creen vivir
más intensamente que el pobre caballo vendado que saca de la noria el
agua que riega el huerto que da los frutos de que se mantienen ellos?
¿Quién vive más su vida?
Y fuí a leer en la inmortal _Elegía_ del mismo Gray aquella
estrofa que dice:
«Some village Hampden, that, with dauntless breast
The little tyrant of his fields withstood,
Some mute inglorious Milton here may rest,
Some Cromwell guiltless of his country's blood».
Allí, en el solitario cementerio de aldea, descansa algún Hampden
aldeano que con pecho indómito resistió al tirano de sus campos, algún
mudo Milton sin gloria, algún Cromwell sin culpa de haber derramado la
sangre de su patria. Pero, ¿es que los Milton y los Cromwell no surgen
sino de las populosas y ruidosas ciudades? ¿es que no salen, como en
Francia salió Juana de Arco, de algún ignorado rincón durmiente? ¿Es
que no se fraguan alguna vez los héroes _far from the madding crowd's
ignoble strife_, lejos de las innobles luchas de la enloquecedora
muchedumbre?
Y recordé a Descartes filosofando en la soledad de su estufa, a Spinoza
encerrado en su cuarto de soltero de Amsterdam, a Kant cumpliendo
su vida ordinaria con la regularidad de un caballo de noria en su
académica Koenigsberg.
Sí, sí; yo sé que no viaja mucho el que todos los días da treinta o
cuarenta vueltas al jardín de su casa; yo sé que la ardilla que se
revuelve en una jaula no sale de ésta; pero también sé que se está
quieto y no se mueve por sí aquél a quien su automóvil lo lleva a cien
kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera del camino por el
que va.
¡Pueblos progresivos...! ¡pueblos progresivos...! ¿Y qué es un pueblo
progresivo?
Un pueblo que cambia rápidamente... por de fuera. Acaso un pueblo que
crece.
No sé si alguno de mis lectores conocerá un librito admirable de G.
Lowes Dickinson. Se titula _A Modern Symposium_. (Un simposión--o
sea banquete--moderno), inspirado en el inmortal diálogo de Platón. En
este nuevo Simposión del profesor inglés, hablan de política un tory,
un liberal, un conservador, un socialista, un anarquista, un profesor,
un hombre de ciencia, un periodista, un hombre de negocios, un poeta,
un caballero bien acomodado, un cuáquero y un hombre de letras. Y al
tocarle su turno a Arturo Ellis, el periodista, nos hace una pintura
muy brillante--del parecido no respondo--de la vida norteamericana,
prototipo del progreso.
Hay en este discurso del periodista de Dickinson cosas admirables,
como aquello de que «gracias a Europa, América jamás ha sido impotente
frente a la Naturaleza; no ha sentido, por lo tanto, temor; por esto
nunca ha conocido la reverencia, lo que la ha llevado a no experimentar
religión». Pero vamos a otra cosa, y es cuando Ellis dice:
«¿Qué es lo que reconocen como fin? He aquí un punto importante en
que he reflexionado mucho en el curso de mis viajes. A las veces he
creído que era la riqueza, otras veces el poder, otras la actividad.
Pero un poema, o por lo menos una producción métrica con que me topé
en los Estados Unidos, me dió una nueva idea sobre el objeto. En este
punto hablo con gran desconfianza, pero me inclino a creer que mi
autor estaba en lo cierto, que el fin real que los norteamericanos se
proponen es la Aceleración. Estar siempre moviéndose, y cada vez más de
prisa, es lo que creen ser la vida beatífica, y con su feliz despego
a la filosofía y la especulación no se preocupan por la cuestión de:
¿adónde? Si europeos u otros les preguntan cuál es el punto a que van
tan de prisa, su único sentimiento es el de un genuino asombro. ¡Eh,
replican, date prisa! ¿Y qué más puede decirse? De aquí su desprecio
por el ocio tan apreciado de los europeos. El ocio (leisure), sienten
que es una especie de parada, el pecado imperdonable. De aquí también
su aversión a jugar, a la conversación, a todo lo que no sea trabajo».
Repito que no sé si la pintura es o no exacta, pero que conozco muchos
que se llaman progresistas porque sienten así.
Más adelante añade el periodista de Dickinson: «Es verdad--dice el
hombre del porvenir--, no tenemos religión, literatura o arte; no
sabemos de dónde venimos o adónde vamos, pero lo que más importa,
no nos cuidamos de ello. Lo que sabemos es que nos estamos moviendo
más de prisa que se movió nadie antes, y que es lo probable que nos
moveremos más y más de prisa cada vez. El inquirir ¿adónde? es algo
que consideramos blasfemo. El principio del universo es la Aceleración
y nosotros somos sus exponentes; lo que no se acelera se extinguirá,
y si no podemos responder a las últimas preguntas, es tanto menos de
lamentarlo cuanto que dentro de unos pocos siglos no quedará nadie para
responderlas».
Confrontad ahora con esto estas otras palabras admirabilísimas que el
mismo G. Lowes Dickinson, en este su mismo preñado librito, pone en
boca del profesor Henry Martin, cuando dice: «Las gentes creen que la
vida de la razón es fina. ¡Cuán poco saben lo que es responder a cada
llamarada, ser solicitado por cada impulso, pero siempre quieto, como
el imán, vibrando siempre hacia el norte, nunca tan tenso, nunca tan
consciente del esfuerzo como cuando se está más irremoviblemente fijo
hacia aquella meta. La intensidad de la vida no hay que medirla por el
grado de oscilación. Es en el punto más quieto donde las más tremendas
energías se encuentran».
Al leer esto me acordé al punto de aquel famoso discurso sobre la
vida intensa--_the strenuous life_--que el inquieto y oscilante
Teodoro Roosevelt, cazador de rinocerontes en África y apóstol de la
Aceleración, pronunció en Chicago en abril de 1899. Hay allí cosas
admirables, de un elevado idealismo--de espiritualismo, que es mejor,
más bien--pero hay también demasiada... aceleración. Que se confunde
con la precipitación. Acelerarse suele ser no pocas veces precipitarse.
Y es un grandísimo acierto el de que en el moderno banquete que nos
presenta Dickinson, sea precisamente el hombre de negocios, Philip
Audubon, el que exponga el punto de vista más desolador y pesimista.
He leído pocas cosas tan amargas, tan tristes, tan desoladas, como
el discurso de ese hombre de negocios. Y no lo dudéis: pueblo en que
apenas se hable sino de negocios--de voladas y de pichinchas, pongo por
caso--y de placeres, es pueblo donde no tardará en brotar y arraigar un
triste pesimismo. Y no el del hambre, no, sino el otro, el peor, el de
la hartura. De la hartura y del vacío.
Yo, por mi parte, no corro cuando puedo ir al paso, a pie, y
enterándome del camino. ¿Que recorro poco espacio? ¿Y qué? Todo pedazo
de espacio es infinito dentro de sí. Y lo mismo digo del tiempo. «¿Pero
cómo encuentra usted tiempo para hacer tantas cosas?»--me preguntaba un
amigo. Y le respondí sonriendo: «Es que mis horas son cuadradas y a las
veces cúbicas...». «¿Cómo?», añadió. Y yo: «Usted sabe que si un metro
lineal tiene 10 decímetros, un metro cuadrado tiene 100 decímetros
cuadrados y no 10, y un metro cúbico 1.000 decímetros cúbicos. Así mi
hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica 216.000
minutos cúbicos».
Hay que buscar el tiempo de dos y de tres dimensiones, ancho y profundo
a la vez que largo. Y esto se logra mejor encerrándose en estos retiros
de las viejas y pequeñas ciudades que parece que no se mueven ni
progresan.
Y luego, junto a la superstición de la aceleración, del cambio
por el cambio mismo, la otra, la superstición de lo vasto, de las
grandes ciudades, v. gr. Estoy leyendo la obra de James Bryce, sobre
Suramérica--_South America, observations and impressions_--, y al
llegar al capítulo que al Uruguay dedica, me encontré con este pasaje
humorístico: «Es un país alegre, con un escenario construido, por así
decirlo, en pequeña escala, como cuadra a una pequeña república». Es
decir, que en una nación pequeña las montañas deben ser pequeñas,
pequeños los ríos y los hombres pequeños.
Claro está que Mr. Bryce dice eso irónicamente y por broma, pero hay
muchos que en serio piensan así, y que creen tener más alma por haber
nacido en una ciudad mayor. Conozco pobre diablo sin una peseta ni
sobre qué caerse muerto, que está muy orgulloso de que en su pueblo hay
varios multimillonarios. Esta soberbia, así, colectiva, es una de las
cosas más cómicas que la humanidad nos ofrece. Como que no hay tipos
más divertidos que los del pueblo bajo de las grandes ciudades, los
satisfechos de recibir el barro con que les salpican las ruedas de los
automóviles de sus poderosos vecinos.
Pero este mismo Mr. Bryce, un poco más adelante y hablándonos también
del Uruguay, nos dice: «El país es, sin duda, relativamente pequeño,
y está hoy en moda adorar la magnitud y despreciar a las pequeñas
naciones. Y, sin embargo, son las pequeñas comunidades ciudadanas
independientes, o las pequeñas naciones--tales como fueron Inglaterra y
Holanda en el siglo XVII--las que han producido no solamente
lo más de la mejor literatura y del arte, sino lo más de los grandes
hombres y los grandes hechos que la historia recuerda. La vida nacional
está más apta para hacerse más intensa y más interesante donde se
concentra en un área no tan extensa que impida a las gentes conocerse
los unos a los otros y conocer a sus conductores». Pasaje que no
quisiera comentar porque siempre he sentido un cierto desvío hacia las
grandes ciudades, hacia las aglomeraciones demasiado numerosas. Una
ciudad desde el centro de la cual no se pueda llegar a pie en cosa de
un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis
más íntimas necesidades espirituales.
Hace ya cinco años que este mismo diario, en su número del 22 de julio
de 1908, me publicó un ensayo sobre las grandes y pequeñas ciudades,
comentando ideas de Guillermo Ferrero, y ese ensayo figura en mi libro
_Por tierras de Portugal y España_. No es cosa, pues, de que
repita aquí lo que entonces aquí mismo dije, aunque sea yo no poco
machacón. Sólo os diré que desde entonces acá me he corroborado más
y más en mi creencia de que las pequeñas ciudades tranquilas, donde
la historia, que es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo
social, se remansa, son las más a propósito para una íntima vida de
concentración espiritual, es donde mejor puede mantenerse el ánimo fijo
hacia el norte, sin oscilaciones, aunque no sin íntimo esfuerzo, es
donde se puede cuadrar y cubicar las horas.
Eso de que la historia es el sentimiento de la continuidad en el
cuerpo social, lo acabo de leer en un artículo de Gabriel Hanotaux,
«De l'histoire et des historiens», que trae el número de la _Revue
des Deux Mondes_ de trasantier, 15 de este mes. Y quiero también
comentar ese artículo. Al choque del pensamiento ajeno, que puedo oir
merced al bendito silencio que me rodea en mis horas cúbicas de trabajo
solitario, brota mi propio pensamiento y se afirma y crece. Crece, no
se acelera; medra, no se precipita.
Pero antes de acabar con esto no quiero dejar de recordaros aquel
famoso sorites de Cyrano de Bergerac: Yo soy el mejor estudiante de...
de tal colegio (no me acuerdo el nombre), este colegio es el mejor de
París, París es la mejor capital de Francia, Francia es la mejor nación
del mundo, luego yo soy el mejor estudiante del mundo. ¿No habéis oído
nunca discurrir así?
* * * * *
Y ahora, mi señor don M. B. L., ¿qué quiere usted que conteste a
sus felinas e insidiosas insinuaciones sobre el hecho de que yo
escriba desde esta vieja, pequeña y no pocas veces calumniada ciudad
de Salamanca, que usted no conoce? Para usted la Salamanca no es,
me figuro, sino una especie de cueva donde las brujas y hechiceras
celebran sus nocturnos aquelarres, o acaso lo que usted cree saber de
esta leyendaria--¡y tan leyendaria!--Universidad, es lo que ha leído
respecto a cómo fué aquí recibido y juzgado Cristóbal Colón. Pero le
advierto que lo más de lo que atañedero a esto de Colón en Salamanca
ha leído es pura patraña, y además, que dada la ciencia de entonces no
andaban los doctores aquellos más descaminados que Colón, quien yendo
en busca de una cosa se encontró con otra que no buscaba y se murió
sin saber a ciencia cierta lo que había encontrado. ¡Pero ya ve usted,
señor mío, el éxito!
Y es muy lógico que usted juzgue por el resultado externo. Y hasta
presumo más, y es que sea usted de los que aprecien el valor de una
obra de espíritu por lo que económicamente rinde y el de una persona
por lo que gana en dinero, o en plata si usted quiere. Y no quiero sino
recordarle lo que más de una vez he dicho, y es que hay que saber ser
pobre. Nosotros somos pobres en dinero, usted me resulta pobre en otras
riquezas. Y váyase lo uno por lo otro.
No se envanezca, señor, de vivir al pie de la más alta montaña o al
borde del más caudaloso río del mundo, que si usted no lleva una
montaña de pensamientos en la cabeza o un río de sentimientos en el
corazón, de poco habrá de servirle, si es que de algo le sirve aquello.
Y si tiene usted razón, tengo la franqueza, si lo es, de ser un
encendido patriota de mi patria. No me duele que la juzguen; lo que no
me duele, sino me produce grima, es que se metan a echarnos chinitas
los que como usted no la conocen sino de oídas. ¡Y de qué oídas! Porque
con oídos sucios de cerilla recibe usted referencias de bocas sucias. Y
nada más.
Salamanca, setiembre de 1913.
POR CAPITALES DE PROVINCIA
A mí, que tanto me duele España, mi patria, como podía dolerme el
corazón, o la cabeza o el vientre, cada uno de estos viajes que hago
por nuestras capitales de provincia me llena de cierto pesar no exento
de hondas inquietudes. En cuanto llego a una de esas capitales voy a
buscar a los jóvenes a que se llama hoy, no sin cierta sorna de parte
de los maliciosos, intelectuales; voy a buscar a los que me han dicho
que se preocupan de algo que trasciende de la materialidad inmediata de
la vida: de arte, de literatura, de ciencia, de filosofía, de ideal en
fin. Es decir, no soy yo el que suele ir a buscarles, sino que son más
bien ellos los que me vienen a buscar a mí.
No sé si debo o no callar aquí una cosa triste; pero, en fin, he dicho
ya tantas cosas que acaso debí callarme, que por una más... Pues
bien: el caso es que cuando en una de esas sosegadas y a las veces
modorrientas capitales de provincia--si es que la baja politiquilla
no las sacude--encontráis un hombre que se interesa por el arte, la
literatura, la ciencia o la filosofía, podéis asegurar que rara vez
será uno de los que por su profesión debería interesarse por ellas. En
todas nuestras 49 capitales de provincia y en seis u ocho poblaciones
más hay institutos de segunda enseñanza, lo que en Francia se llama
liceos. Parecía lo natural que cuando en una de esas ciudades se
despierta algún deseo de cultura fuesen los profesores de esos centros
los que se pusiesen al frente del movimiento cultural. Pero no suele
ser así. Es más fácil encontrar de principal agente de esos movimientos
de curiosidad y despertar espiritual a cualquier intrépido varón
extraño al profesorado. Eso cuando éste no labora, en todo o en parte,
y bajo cuerda contra semejantes despertamientos. Y es que es cosa
terrible, lo sé muy bien, este oficio de la enseñanza, y no andaba tan
lejos de la verdad Schopenhauer al decir que enseñando se olvida. Por
lo menos he visto muchos que enseñando para ganarse el pan acaban por
aborrecer aquello que enseñan y todo lo que a arte o ciencia huela.
Cuando llego, pues, a una de esas capitales de provincia procuro
encontrarme no tanto con los encargados de administrar oficialmente
arte, literatura, ciencia o filosofía, como con los que de estas cosas
se preocupen. Y así que con ellos me avisto y les dirijo las preguntas
de rigor, de si allí se lee, si interesan esos altísimos intereses
humanos, si hay algún joven que empiece a descollar en su cultivo,
etc., etc., al punto empiezo a oir las consabidas lamentaciones. «Esto
está muerto; aquí a nadie le interesa nada; esto es un desierto; esto
es un dolor; aquí no se puede vivir; hay que marcharse; aquí no hay
sino baja politiquilla; aquí nadie lee nada...». ¿A qué continuar?
¿Es esto verdad? No, no suele serlo. Cuando me informo más despacio,
más de cerca y más directamente, veo que el intelectual casi siempre
exagera, cuando no miente. Es por una parte--permitidme que en esto me
ponga pesado--es la manía lamentabilísima que aqueja a casi todos los
españoles; la manía de quejarse. Os lo repito, permitidme que insista
y me ponga pesado. Yo creo que es una secuela de aquella pordiosería
que nuestra literatura picaresca tan bien retrata. La pordiosería, la
mendicancia, va poco a poco curándosenos, aunque no con la rapidez
que es de desear, pero la manía de quejarse persiste. Si al mendigo
le cae el premio gordo y se hace rico acabará por dejar de mendigar,
aunque no de pronto, pero seguirá lamentándose de su suerte, en el tono
quejumbroso en que pedía limosna. Y es que hay la voluptuosidad de la
queja. Y a esa manía se une la manía de calumniarnos.
Os lo he dicho cien veces, y os lo diré otras cien o mil más: cuando
oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis
mucho caso.
Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo
mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado. La inmensa
mayoría de las patrañas y embustes que respecto al estado de España
circulan por el extranjero proceden de españoles. Somos nosotros
mismos los que a las veces, no más que por hacernos los interesantes,
propagamos esas novelerías. Un pobre diablo que salió emigrado de su
aldea, Robleda de Arriba, y que nunca vió sino esa aldea, va contando
todo género de desatinos respecto a lo que nunca vió.
Pero aun quitando de lo que aquel intelectual provinciano nos dijo lo
que se debe a nuestra manía de queja, y acaso a despecho personal,
¿no hay algo de verdad en ello? Sin duda. Sólo que eso lo mismo
puede decirse en una capital de provincia española que de otro país
cualquiera.
La cultura, la alta cultura desinteresada, artística, literaria,
científica, filosófica, es planta muy delicada y que exige heroicos
sacrificios de parte de los que la cultivan. Los más de los hombres
viven absortos en la consecución del pan de cada día, y cuando
han satisfecho sus necesidades inmediatas, si no les coge la
concupiscencia del vicio les coge la pereza, que es acaso peor. En esos
ámbitos tranquilos y soñolientos de provincia, el que no necesitando
trabajar demasiado no se da al juego, a la bebida o la lujuria, se da a
ver pasar estúpidamente las horas. Y es empresa terrible la de agitar
esas ciudades y mantenerlas despiertas. Lo sé muy bien.
Los que se interesan por esos altísimos intereses, de ordinario emigran
y se reúnen en las grandes capitales. Los artistas, literatos, hombres
de ciencia, filósofos, etc., se van, aquí, en España, a Madrid. No
todos, por supuesto. Y los que se quedan en provincias, o por necesidad
o por su gusto, suelen verse aislados. Y teniendo que luchar con un
ambiente naturalmente hostil, y más por pereza que por otra cosa, a su
acción. Lo que Platón llamaba _misología_, el odio a la cultura,
no es más que pereza espiritual. Pereza que puede darse en gentes muy
activas para otras cosas.
El intelectual provinciano de ordinario se cansa pronto; tiene poco
aguante para los desdenes, más fingidos que reales, de los que le
rodean. Quiere ser reconocido y acatado muy pronto.
Hay, además, otro mal grave, y es que nuestra vida interprovincial
es muy escasa. Casi todos los que trabajamos desparramados por la
cultura patria nos comunicamos, cuando lo hacemos, a través del centro.
Figuraos una bola de la cual penden por otros tantos hilos diez, doce,
veinte o cien bolas más y que siendo los hilos de igual longitud
aparecen éstas agrupadas; algo a modo de una borla. Así es nuestra
unión.
Una de las cosas que da una fisonomía más especial a la cultura
italiana es que aparezca diseminada por toda Italia. Culturalmente
Italia es un país federativo. Cuando me pongo a hacer recuento de los
hombres eminentes que cultivan hoy en Italia el arte, la literatura,
las ciencias o la filosofía, me encuentro con que los más de ellos
viven fuera de Roma; en Nápoles, en Florencia, en Turín, en Bolonia,
en Padua..., etc., etc. Mucho menos de esto sucede en Francia, cuya
centralización cultural es enorme. Y muy poco en España, donde acaso
apenas se exceptúa, fuera de algún que otro islote--como éste de
Salamanca--Cataluña, en que la diversidad de lengua produce una cierta
autonomía cultural.
A todos los jóvenes intelectuales provincianos suelo aconsejarles
que no se dejen ganar por Madrid, y no por aversión a la villa y
corte, no, sino porque estoy convencido de que el porvenir cultural
de España depende en gran parte de que logremos descentralizar la
cultura. Diez universidades son, sin duda, desde el punto de vista
económico y de hacienda pública, demasiadas universidades para una
población de 20.000.000 de habitantes, y donde no son tantos como
se dice, ni mucho menos, los que cursan carreras; pero si esas diez
universidades fuesen no sólo diez fábricas de licenciados en facultades
literarias y científicas, sino diez focos de cultura artística,
literaria, científica y filosófica, aún me parecerían pocas, y habría
que sostenerlas y no con más empeño a la que costase menos o produjese
económicamente más. Y que son tales focos, aunque no en la medida en
que debieran serlo, no cabe negarlo.
Soy uno de los españoles--de entre los que escribimos para el público,
se entiende--que más capitales de provincia conozco, pues es uno de
mis mayores placeres recorrer ciudades, villas, villorrios, lugarejos
y aldeas de España. Y en casi todas las capitales de provincia que he
visitado, mejor dicho, en todas, he encontrado algún hombre o algunos
hombres que podrían hacer mucho por la cultura del rincón de mundo en
que Dios les puso, si no se dejaran ganar de ese desaliento previo, de
antemano, que se expresa en nuestra quejumbrosidad. Es falta de temple
moral.
Y es falta de educación. De una fuerte, recia y sólida educación
clásica y filosófica. El joven intelectual provinciano cae fácilmente
en literatismo, en diletantismo. Los grandes y eternos problemas
humanos se le escapan. Le ha faltado disciplina. Ha leído acaso a
Nietzsche en alguna detestable traducción de cualquier biblioteca
barata de vulgarización, pero no se ha puesto a aprender alemán,
pongo por caso, para leer y releer y meditar a Kant. Y esto no es
tan difícil como a primera vista parece. Estudió en el instituto la
asignatura--¡qué nombre tan feo es este asignatura!--de psicología,
lógica y ética, y acaso le dieron premio y matrícula de honor en ella,
pero con eso tal vez cobró odio a la psicología, a la lógica y a la
ética, sin saber lo que son.
Son muchos los españoles, y españoles muy cultos, que creen que
somos un pueblo refractario a la alta y desinteresada especulación
filosófica, un pueblo afilosófico. Nuestro realismo tan pegado a
tierra parece darles razón. Séneca, el moralista, no fué en rigor un
metafísico. Pero yo creo más bien que nuestra filosofía, la que anda
difusa y esparcida en nuestra literatura y no en obras estrictamente
filosóficas, está por formular; yo creo que nuestro realismo, lo que yo
llamaría, con una expresión que a muchos parecerá paradójica, nuestro
espiritualismo materialista, esto de tomar el espíritu a lo material,
no ha encontrado aún quien lo sistematice. Tomando la palabra idealismo
en su sentido más estricto y técnico, en aquél en que lo toma, v. gr.,
Cohen en su _Lógica del conocimiento puro_ (_Logik der reinen
Erkenntnis_) cuando dice que la historia nos muestra una notable
oposición entre los espiritualistas, que representan al Logos, y los
críticistas, que pelean por las ideas y ante todo por la idea, creo
poder afirmar que el español no pelea por la idea, no es idealista. No
somos de los que sacrificamos los hombres a las ideas, sino al revés,
las ideas a los hombres. Y en este sentido técnico y preciso puede y
debe decirse que Don Quijote, tan idealista en la acepción vulgar y
ambigua de esta denominación, era en rigor un anti-idealista. Pero este
nuestro anti-idealismo espiritualista, pragmatista y realista no ha
sido, que yo sepa, íntegramente formulado.
¿Y cómo estos problemas, los más altos a que una inteligencia
pueda dedicarse, despiertan entre nosotros tan poco interés? Sigo
creyendo que no es sino defecto de educación. Y que ese mismo nuestro
pragmaticismo nos lleva a desdeñarlos. Y es natural: una ciudad en
que apenas si hay más preocupaciones que las de ganarse el pan, hacer
dinero y divertirse, acaba por ser un ámbito tristísimo para ciertos
espíritus de selección.
Hay una cierta ciudad populosa donde no escasea el dinero, donde hay
actividad y hasta fiebre de negocios, donde las calles ofrecen el
aspecto de una población próspera, donde las diversiones--teatros,
ópera, cines, carreras de caballos, etc., etc.--abundan y donde no
escasean las gentes de ingenio y viveza. Pues bien: un amigo mío se
vió arrastrado por vicisitudes de la vida a esa gran capital, y me
escribía diciéndome que la encontraba triste, muy triste. Y conociendo
como conozco a mi amigo, y conociendo también algo a esa gran capital,
aunque jamás he estado en ella, me explico muy bien la tristeza de mi
amigo. Él sueña con Oxford, con Gotinga, con Bolonia, con...
Y menos mal cuando el inadaptado, y acaso inadaptable, no cae en
cualquiera de esos desesperados remedios contra el aburrimiento. Por
ejemplo, en el juego, ese feroz azote, no tanto del bienestar de las
familias, como de la inteligencia. Porque estoy convencido de que el
juego estropea la inteligencia aún más que el alcohol. Prefiero tratar
y conversar con un alcohólico a tratar y conversar con un jugador. Y
éste del juego es el terrible castigo de las capitales de provincia
donde la vida espiritual dormita; es el abismo en que caen las
sociedades a que no inquietan las eternas inquietudes de una conciencia
de veras despierta.
Salamanca, setiembre de 1913.
EN LA PEÑA DE FRANCIA
Para descansar de las visiones de miserias de los barrancos hurdanos,
para digerirlas más bien, ¿qué mejor sino la cumbre de la Peña
de Francia, al abrigo del venerado santuario? Allá arriba, pues,
ascendiendo paso a paso y huelgo a huelgo el pedregoso sendero; allá
arriba, a hacer provisión de sol y de aire y de reposo.
Allí, en la cumbre, allí sí que parece la vida un sueño y un soplo.
Pero un sueño restaurador de la vela. «Tal cosa es la vida--dijo
Leopardi--, que para soportarla hase menester de tiempo en tiempo,
deponiéndola, recoger un poco de aliento y restaurarse con un gusto y
como una partecilla de muerte».
Allí arriba, en la cumbre de la Peña de Francia, sentía caer las horas,
hilo a hilo, gota a gota, en la eternidad, como lluvia en el mar. Mejor
que gota a gota diría copo a copo, pues que caían silenciosas, como cae
la nieve, y blancas. Es del silencio sobre todo de lo que allí se goza.
No se oye a la alondra que, elevándose desde los surcos del sembrado de
las llanuras, siembra su canto desde el cielo, sino que se ve al buitre
cernerse sin ruido sobre nuestras cabezas, o tal vez a nuestros pies.
Porque hay aire debajo, como le hay encima y en derredor de nosotros.
¿Distracciones? ¿Diversiones? ¡No; a Dios gracias, no! Ni dis-tracción,
ni di-versión, sino más bien in-tracción e in-versión. Al perderse así
en aquel ámbito de aire hay que meterse en sí mismo. Pero en lo mejor
de sí. Meditar, esto es, vagabundear con el espíritu por los campos de
lo indefinido, mientras se contempla aquellas negras masas de mosquitas
al abrigo de los muros interiores del santuario, en la iglesia y en las
celdas, o mientras se espera qué hará al llegar al extremo de la varita
aquella vaquita de San Antón--tan redondita, roja y con sus pintitas
negras--que la pusimos en la cucaña para matar en algo el tiempo, o
mientras oímos perderse en el aire de la cumbre los sones de la salve
del rosario, que brotan del coro al despedirse el día.
En la vida de sosiego cualquier accidente cobra relieve. Hay que ir a
despedir, escoltándolo un trecho, al que baja al llano y se va; hay que
salir al encuentro del que sube. ¿Quién será ése que viene?
Y luego horas y más horas en ver tenderse a nuestros pies, como un mapa
que sobre una mesa se despliega, el llano.
De la parte sur, por detrás de la intrincada malla de los montes de
las Hurdes, el llano de Extremadura brillando al sol, la principal
incubadora que fué de nuestros viejos conquistadores. Y del lado del
norte, este mi campo de Salamanca, este dorado campo de mis ensueños de
otoño.
Me pongo de cara a la ciudad, que está allí, por sobre aquel piquito
oscuro. A mi derecha, al naciente, el macizo de la sierra de Béjar,
el Calvitero, en forma de gigantesca parva. Brillan algunas casas de
Béjar. Saludo a la cima hermana, más alta que ésta en que estoy, y
donde una vez, antes de rayar el alba, acostado en tierra y sin más
techo que el cielo, me vi envuelto en una nube de tormenta. Y fué
entonces cuando comprendí al Dios del Sinaí.
Más acá de Béjar, y a mi derecha también, la región de la sierra de
Francia. El río Francia va allá, por dentro de esa mancha que marca
su tajo. Allí abajo está San Martín del Castañar, con las ruinas de
su castillo, cubiertas en parte por el manto verde de la yedra, y
más allá, después de pasado Sequeros, Miranda, del Castañar también,
y también con su castillo. A cada uno de esos pueblecitos se podría
bajar en un vuelo desde esta altura, sin más que dejarse planear, con
las alas quietas. En esos castillos habitaron acaso señores cuando los
señores vivían en el campo, allá, qué sé yo... en los viejos tiempos de
Maricastaña, en los días aquellos en que las hijas de los reyes
iban a lavar sus paños al agua,
según canta la canción infantil. Y todo ello son hoy canciones de
niños. Los castillos de Castilla están vacíos, y los nietos de los que
los levantaron no es que no los habiten, es que los dejan arruinarse y
abatirse a tierra. A lo mejor sirven sus piedras para hacer cercas.
Aquí, más cerca, diríase que a un tiro, otras ruinas, las ruinas del
convento de abajo, junto al Maíllo. Era el convento de invierno que
tenían los dominicos que veraneaban en este convento alto de la cima
de la Peña. Pocas cosas más melancólicas que una colmena silenciosa y
desierta. Y entre este convento abandonado y aquel otro pobre convento
de Franciscas, el del Zarzoso, que se ve allí blanquear en la cuesta,
ese manchón de verdura por donde se guarecen los corzos y adonde a las
veces baja el jabalí.
A la izquierda, en aquel tapiz de tan variados matices y cambiantes,
donde predomina el oro, brilla a las veces, a la caída de la tarde, y
como un ojo celeste en la tierra, la laguna del Cristo de la Laguna.
Y me sube del fondo de los recuerdos uno que allí se me grabó para
siempre: el de una tarde, puesto ya el sol, en que al trasponer un
pliegue del terreno vi de pronto a las encinas como mirándose en un
cielo que se extendiera a sus pies.
Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los
tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos
pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que
se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y
cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes
de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en
el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la
fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de
un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el
agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la
sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al
cielo, por si llueve sobre la tierra.
¿Y si no llueve? Si no llueve, los frutos abortan en leche, y a otros
les ataca el tizón. Cuando el fruto de la encina, y aun el de otros
árboles, enfermándose, se mela, destila a tierra mangla, que cosechan
las abejas, pues es la mangla dulcísimo tributo para la miel de la
colmena. Destila miel el pobre árbol enfermo.
Una mañana, al levantarme antes que el sol y salir a saludar al campo,
cubría la llanada un mar de nieblas sobre que se destacaban, como
islotes, algunas colinas. Por desgarrones del mar veíase a ratos su
fondo verde. Es una visión que recuerdo siempre que en el fondo de
estas ciudades del llano en que vivimos amanece un día sin sol, por
velarlo la niebla baja. Esta baja niebla, que retiene y arrastra sobre
los plantíos los gérmenes del añublo. A la cumbre, donde no llegan
las nieblas, tampoco llega el añublo del espíritu. Se añubla el alma,
como el trigo, bajo la niebla que forma el vaho de nuestras mismas
concupiscencias.
Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen
las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles,
sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor
continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no
oirlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que
se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.
Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes
de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos
versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen:
Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría,
columnas de la tierra castellana...
Columnas, sí, pero truncas. ¿Qué sostienen? ¿Acaso el cielo? ¿O no son
más bien lo que nos resta de un vasto templo que cobijó a un dios, hoy
muerto, en algún tiempo? ¿O no son torres babélicas de la naturaleza,
de cuando ésta quiso escalar el cielo? Aquí, bajo mis pies, dentro de
esta Peña de Francia, ¿no sufre y espera algún Encélado, algún titán
preso? Todo este reposo ¿no está preñado acaso de inquietudes? ¿No es
éste el punto de equilibrio en que se encuentran enormes fuerzas que se
contrapesan?
Algo así debe de ser, porque del seno de este reposo siento que me
invaden el alma aluviones de energía y un tumulto de pensamientos
informes, de larvas de ideas, que, formando nebulosa, buscan
liberación. El silencio está preñado de rumores. Y de las visiones de
esos pueblecillos tendidos a mis pies parece subir la llamada de la
patria. Esta alfombra que se despliega aquí, debajo mío, es un pedazo
del cuerpo de España.
Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre
ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.
LAS HURDES
I
Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda,
y cuantos van a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a
corroborar y aun exagerar la tal leyenda o a rectificarla. Y no creo
haber estado libre de este sentimiento.
Hace ya años, lo menos diez y ocho, que me llegué desde la Alberca
hasta el famosísimo valle de las Batuecas, y desde entonces quedé
deseoso de visitar las Hurdes; mas aunque después he andado por la
sierra de Francia, nunca, hasta este verano, se me cumplió el deseo.
El lector que desee noticia detallada de la región de las Hurdes, de
sus tierras y sus gentes búsquela en otra parte. Desde M. Vide se han
escrito diferentes relaciones. La última de que tengo noticia, la del
viaje del señor Blanco Belmonte, es excelente. Lo que va a seguir son
notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar
de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez
algo arbitrarias.
Nos dispusimos a entrar en Las Hurdes mis dos compañeros de excursión
y yo por el Casar de Palomero, desde Extremadura. Mis dos compañeros
eran M. Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyón, y M. Maurice
Legendre, este puro francés tan amante y tan buen conocedor de nuestra
España. Legendre conocía ya las Hurdes. En el número de julio de
este año de _La España Moderna_ puede verse la traducción de
un trabajo suyo, «El Corazón de España», publicado antes en _Le
Correspondant_. Es algo que debe leerse en España y hacer votos por
que todos nuestros amigos franceses sean como Legendre. Nos acompañaba
el tío Ignacio, de la Alberca, de quien Legendre da noticia en su
escrito. Íbamos, pues, dos españoles y dos franceses.
Partimos de Aldeanueva del Camino a pie, y por Abadía y Granadilla nos
dirigimos al Casar de Palomero. Tierras extremeñas, las que cantó como
una alondra Gabriel y Galán; tierras solemnes. Hay algo de religioso
en la majestad de ciertos alcornoques--_honni soit qui mal y
pense_--, y nunca he podido verlos desollados, como San Sebastianes
vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me
sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol.
La vista de Granadilla a la distancia, con su recinto de murallas y
su torreón de entrada, nos quita algunos siglos de encima. ¡Y pesan
tanto! Pero más pesa aún la paz plúmbea, bajo un cielo de implacable
limpidez, de que se ve uno ceñido dentro de la villa. Y por dondequiera
el recuerdo de Galán, del poeta. Y esos hombres de siempre, fuera de
época, que parecen arrancados de una novela picaresca, y con que uno se
encuentra en las posadas de los pueblos donde no hay ferrocarril; esos
hombres como el sastre aquel ambulante y aficionado al zumo de la vid.
Después de Granadilla, unas soledades henchidas de luz del cielo. La
jara, como pebetero del desierto, las perfuma. Por allí, el torbisco,
amargo como la vida de quien tiene que trabajar esa tierra; madroños,
romero, lentisco y aquella retama, _contenta dei deserti_, que
cantó Leopardi.
Al empezar a ver sobre Moedas, en el puerto del Gamo, castaños y olivos
mezclados en no sé si amigable compañía, recordé haber visto en no sé
qué Atlas geográfico separadas por una línea la región del olivo y la
del castaño. Debíamos estar en la línea misma. Y de hecho casi siempre
se vive en líneas así, divisorias.
¡Y qué largo se me hizo el camino al Casar! En una gran ermita empezó
a anochecernos, y aquello no acababa. Silenciosos, sin decirnos nada,
uno tras otro, sobre el pedregal del sendero montañés. Y al llegar
al Casar, de noche ya, qué tragos de agua, de agua de Sierra, del
cántaro de una buena samaritana--es un decir--de la fuente que hay a
la entrada del pueblo. Mientras bebía, al levantar con la cabeza los
ojos, encontraron éstos en una estancia de la casa frontera, iluminada
a luz eléctrica, dos novios sentados a una camilla. Me informé luego de
ellos. Es una vieja debilidad.
El Casar de Palomero puede llamarse la corte de las Hurdes, y sus dos
capitales, Pinofranqueado y Nuñomoral. Es decir, las Hurdes tienen dos
especies de cortes: el Casar del lado de Cáceres y la Alberca del lado
de Salamanca.
Buen pueblo el Casar, atractivo para quien ama la paz del retiro y
el retiro de la paz. Pueblo con dos médicos, y esto no es ninguna
bendición cuando basta y acaso sobra uno, y esa dualidad es fuente de
disensiones y partidos, y pueblo con dos fábricas de luz eléctrica,
lo que les permite alumbrarse casi de balde. Y no deja de estar
relacionado lo de los médicos con lo de la luz.
Excelente remanso de sosiego este Casar de Palomero, con su fisonomía
serrana, sus grandes balcones de madera para tomar el fresco. Cuando
entramos, anochecido ya, parejas de enamorados, bien arrimaditos, en
los bancos de las casas. ¡Estos amoríos lentos de los pueblos recogidos
y aislados!
Topé con conocidos, con estudiantes, y pronto tuvimos en torno nuestro
en la posada a los notables del pueblo. Y gusta charlar así. Nos
informaban de las Hurdes y de los hurdanos, y pude observar que la
leyenda empezaba ya allí. Y además, que suele suceder que aquéllos que
viven junto a una región famosa y de que se habla mucho suelen ser con
frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla por
sí. El maestro del Casar, D. Feliciano Abad, sí que conoce las Hurdes.
Un pequeño croquis que de ellas nos hizo nos fué utilísimo.
Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero
sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche
fué una lamentable sinfonía--es un decir también--de ladridos. A ratos
estuve por asomarme al balcón a gritar: «¡Que maten a ese perro!». Pero
no era uno solo, no. Parecía alejarse, perderse en el otro extremo del
pueblo; pero volvía al punto.
Sólo al romper la mañana, cuando los gallos cantan, callaron los
perros. Había ya otros voceadores que nos desvelaran.
Y a la mañana, después de haber visitado la iglesia y aquella cruz
que los judíos apedrearon antaño, emprendimos, montaña abajo, junto
al río Ángeles, que corre entre piedras limpísimo, el camino de
Pinofranqueado, de las Hurdes. El maestro nos escoltaba.
Estábamos ya en las Hurdes, lejos del mundo bullanguero, siguiendo lo
que dice el agua que canta al pie de las montanas peladas, vestidas
no más que de brezo, helecho y matorrales bajos; montañas de perfiles
suaves, redondeadas, que bajan, al parecer, mansamente a bañar sus pies
en el agua; pero montañas recias y ásperas, madrigueras de bestias
más que cunas de hombres. Pero ¡qué sensación de recogimiento! ¡Y el
bañarse allí, en la claridad del agua que canta entre canchales y
secarse al sol, desnudo como el cuerpo que se le entrega!
¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no
habríamos de saber nada de él.
Los tesos, collados y montañas se entrebrazaban unos con otros. En
su disposición general forman las Hurdes tres hondos valles casi
paralelos: el del río Esperabán, el del Fragosa y el del río Hurdano,
sin contar el del río Ángeles; pero, dentro de esta traza, ¡qué
intrincamiento de repliegues! Difícilmente se encontrará otra comarca
más a propósito para estudiar geografía viva, dinámica, la acción
erosiva de las aguas, la formación de los arribes, hoces y encañadas. Y
una maravilla de espectáculo a la vista, ya desde los altos se dominen
las hondonadas y el vasto oleaje petrificado de las líneas de cumbres,
ya desde los barrancos se cree uno encerrado lejos del mundo de los
vivos que leen y escriben.
Y así llegamos a Pinofranqueado, la capital de las Hurdes bajas. Un
buen pueblo, sin nada de la ridícula leyenda del salvajismo hurdano.
¡Y con impaciencia de entrar de una vez en las verdaderas Hurdes, es
decir, en aquéllas de que se nos ha dicho tantas veces que los hombres
casi ladran, que se visten de pieles y huyen de los... civilizados!
Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la
vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de
razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡hay
que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos
para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata! «Ni los
holandeses contra el mar», me decía, y no le faltaba razón.
Pero de esto más adelante.
II
En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar
un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el
secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado
hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino
a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las
provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido
apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes
que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería
cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo.
"Sí; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque
sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede
comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...
Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya,
encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción
y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores
informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo
lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino
D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente
benemérita.
Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los
tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas,
la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa
de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de
entrada. Empezaba la visión de la miseria.
Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar
nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar
el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas
callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos
caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de
los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de
la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó:
niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo
serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura
tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien
se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es.
Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más
desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante.
Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó,
no el que obtuvo mejor éxito.
Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y
apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me
decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por sí,
sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza,
cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los
abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de
contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid;
canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a
cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de
juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal,
su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una
pobre mujeruca de las Mestas.
Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí sí que
encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo
hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las
piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por
senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de
helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero
en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al
casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando
apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno;
es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el
poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el
novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama
nupcial, la del _rejollijo_.
Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro
diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.
En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la
alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de
Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos
que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica
y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.
Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir
cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre
la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las
cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!
La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me
entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que
han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de
nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable
manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y
la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la
voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran,
y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya
os diré lo que de ello creo.
Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar
a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann,
de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una
lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la
encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las
Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo
ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de
mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas
viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del
Supremo Cazador.
En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve
a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada
en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí
apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos,
cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de
luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de
las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la
pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas,
casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo
sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el
crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación,
que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también
los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales
ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo
espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.
¡Pobres hurdanos! Pero... ¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es
una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España;
son, sí, uno de los honores de nuestra patria.
III
Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las
Erías me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las
casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde
a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al
entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y
arrullándolos con maternales caricias.
Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la
gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos,
que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el
miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias
de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto
a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones
quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas,
prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.
Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle--o, mejor que valle,
barranca--, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente
cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el
aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las
Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho
muy bien de esto.
Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo
más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que
el Gasco, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gasco por aquellas
infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me
asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y
brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y
sucia negrura de aquella zahurda.
Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que
comemos»--decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo
en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco
menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no
huyen de los visitantes. Al contrario, acércanse a ellos a pedirles
cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.
Por fragosísimo sendero, desde el Gasco a Fragosa. Y aquí a bajar al
río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas
por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua
como la de aquí!»--decían con orgullo. Y esto lo oímos en las Hurdes
por dondequiera. La tierra es mísera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas?
¡No las hay mejores en el mundo! Esto mismo dirán, me figuro, aquellos
pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la
cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal
alguna, dicen: ¡No hay ideas como las nuestras, como las ideas puras!
Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del
canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo,
mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy
halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como
escribiendo!». Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y
un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos
mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba
conocer las lenguas de los distintos reinos--nos oyó hablar francés--,
correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabía
que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro
que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan
heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus
pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?
De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin
entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en una más
de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el
espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni
menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas
un sociólogo.
Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos
de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que
acabábamos de atravesar. Hay, sí, en Nuñomoral viviendas deplorables;
pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas. La de D.
Patricio Segur, de cuya hospitalidad cordial y franca gozamos, es una
muy buena casa hasta para fuera de las Hurdes.
Y es así como va transforma aquella región, partiendo el cambio
de ciertos centros tales como Pinofranqueado y Nuñomoral, y aun
Las Mestas, especie de capitales. Siempre la civilización ha sido
de irradiación urbana. Y se consigue, sin duda, más, mejorando
esas capitales y que de ellas irradie la mejora, que pretendiendo
levantar homogéneamente el nivel civil del campo. Mas veo que caigo
en sociólogo, y esto es peor que verse obligado a no beber sino agua
purísima de las cumbres, agua destilada del cielo.
De Nuñomoral, en un principio por el nuevo camino vecinal que se está
haciendo, a Casares, pasando por La Segur. Esta alquería de La Segur
es tan mala como cualquiera de las del valle de Fragosa. Me asomé a
la vivienda de uno que me dijeron era uno de los ricos del pueblo, y
aquella visión cortaba el respiro.
Por todas aquellas abruptas faldas había grandes manchones de quemado,
para que el brezo retoñe más lozano. Pero queman también los pinares,
los persiguen. Es decir, cuando son del común, cuando el Concejo
los hubo plantado, no cuando son de particulares. Hay lo de que
los cabreros son los enemigos más acérrimos del arbolado; pero hay
también la guerra a la propiedad comunal. El hurdano es radical y
fundamentalmente individualista. Como que por eso brega y pena allí y
apenas emigra, y si emigra vuelve.
En Casares, un buen refrigerio, gracias a D. Santiago Pascual, y un
buen reposo, una siesta restaurada. Y desde allí a trasponer un alto
para dar vista al otro valle, o mejor barranca, al de las Hurdes Altas.
Y una vez más volví a gozar la emoción, tan familiar a mis mocedades,
de estas ascensiones lentas, en rodeos y vueltas, abriendo más cada vez
el pecho, ganando más horizonte cada vez, viendo achicarse lo que abajo
queda y mirando de rato en rato a la nítida línea en que la cumbre
corta al cielo e imaginándose uno cómo será el otro mundo--porque es
un mundo también--que del otro lado se extiende. El macho se detiene
a las veces a comer un poco de carqueja y uno se impacienta. Es mejor
ir a pie, llevarse a sí mismo, que llevar un macho. «¡Qué brutos
animales!»--repetía, como un estribillo, el tío Ignacio.
Y por fin en la cumbre, habiendo domeñado al coloso, puéstole los
pies en la cabeza, y contemplando, mientras se toma huelgo, cuál será
la mejor bajada. Allá en el fondo la entrada de la tercera barranca,
la del río Hurdano, que se hurta a la vista en el intrincamiento de
los montes, cuyos perfiles se cruzan como en el corte que llaman los
carpinteros cola de milano. Y al pie de nosotros, en la hondonada,
la testudo de tejados pizarreños de Ríomalo de Arriba. Al acercarnos
al cual una chicuela que estaba en un huertecillo, salió disparada,
saltando de risco en risco, como una cervatilla a la que se sorprende.
Y subían cantares del fondo. Y no la primera vez, pues ya otras, al
acercarnos a estos misérrimos pueblecitos, oímos algún cantar humano
subir barranca arriba, hacia los cielos.
IV
Las Hurdes Altas, desde Ríomalo de Arriba a Las Mestas, es, en
conjunto, lo menos malo de toda la región hurdana. Las parras que
sombrean de un lado a otro la callejuela principal de Ríomalo,
al despedazar la luz que en ella entra, como que la viste de un
abigarrado traje. Al salir del pueblecillo, sus habitantes casi todos
habíanse congregado a vernos marchar. «¿Qué serán? ¿Los del camino?
¿Ingenieros? ¿Acaso algunos que vuelven de América?».
Junto al río, entre las piedras, la moza que estaba a macerar el lino,
se lavaba las ágiles piernas. Y era un espectáculo de paz y de sosiego.
Una moza esbelta, firme como un arbolillo silvestre que no conoce la
poda. Me acordaba de Rousseau y de sus teorías, tan en boga en un
tiempo, sobre el estado de naturaleza.
Un alto en el Ladrillar, a tomar huelgo y agua, esa agua como no la hay
otra. Y reunión de comadres y las lamentaciones de rigor. Hasta que
un recio mocetón, curtido del sol, que llevaba a un niño en brazos,
exclamó que estaba ya harto de oir tanto repetir que era aquella la
peor tierra; que esto no era así, ni mucho menos; que él había corrido
mundo, habiendo estado en el Canal--el de Panamá--, en el Brasil, en
la Martinica, en Jamaica... y que había visto muchas tierras peores
que la que ellos habitaban. «¿Pero esas tierras están habitadas?»--le
pregunté; y él:--«No, señor, porque no las cultivan»--me contestó--.
«Ésa es la diferencia--le dije--; que allí no se empeñan en habitar y
cultivar lo que no lo merece».
¿Tuve razón? Porque ved por qué esos pobres heroicos hurdanos se
apegan a su tierra: porque es «suya». Es suya en propiedad; casi todos
son propietarios. Cada cual tiene lo suyo: cuatro olivos, dos cepas
de vid, un huertecillo como un pañuelo moquero (y no es que usen de
estos últimos). Y prefieren mal vivir, penar, arrastrar una miserable
existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas
teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya la
tierra porque la han hecho ellos, es su tierra hija, una tierra de
cultivo que han arrancado, entre sudores heroicos, a las garras de la
madrastra naturaleza. Ellos la han hecho, cada uno la suya, apoyando
un olivo, construyendo un bancal para una cepa, rehaciendo la cerca que
destrozó la avenida de aguas o el jabalí.
No ha faltado filántropo hurdanófilo--todas estas palabras, cuyo
primer componente es un nombre étnico y el segundo componente es
«filo», ¿no os huelen un poco a sociología?--no ha faltado filántropo
hurdanófilo--y son dos filos--que haya propuesto como remedio al que
llamaremos problema de las Hurdes despoblarlas, sacar a sus habitantes
y darles modo de vivir en otra parte. Pero si un padre tuviese una
hija enferma, enferma de una enfermedad crónica que la sujeta y
clava a su lecho de dolor, de donde no se puede moverla, y ese padre
hubiese luchado un día y otro, y meses y años por arrancar a su hija
de la muerte, y en esta lucha se hubiese extenuado, ¿le diríais que
abandonase a su hija, que la dejara morir y salvase su vida? Pues la
pobre tierra cultivada de las Hurdes es la hija de dolores, de afanes,
de sudores, de angustias sin cuento, de esos heroicos españoles a
quienes se llama salvajes. Ellos la han hecho.
Fueron allá, Dios sabe cómo, huyendo acaso de persecuciones de
raza--¡quién sabe si hasta de religión!...--, fugitivos tal vez, o
bien, vagueando, y allí, donde ni el amo ni el fisco les perseguían,
empezaron a crearse una tierruca. Salen algunos, sí, pero en cuanto
hacen unos puñados de pesetas vuelven a comprar. Hace unos años lo más
de Las Mestas era de albercanos--casi todas las Hurdes pertenecieron
antaño a la Alberca--, mas hoy han comprado ya los que la habitan
sus propias tierras, y aún alguno empieza a comprar su terreno de la
Alberca.
Del Ladrillar fuimos a hacer noche al Cabezo. Noche en una buena cama,
por mi parte, pues mis compañeros durmieron al sereno, en el porche
de la iglesia. Yo en una buena cama, en un cuarto amplio, decorado
con cuadros hechos con portadas en colores de novelas por entregas,
junto a estampas de la Virgen, San Antonio y el Corazón de Jesús.
Allí, la portada de _El Barquero de Cantillana_, por D. Rafael
Benítez Caballero, que editó D. Felipe González Rojas; allí, un retrato
del marqués de la Habana; allí, el rey Amadeo, yendo, apenas llegó a
Madrid, a ver el cadáver de Prim.
En el Cabezo nos ofrecieron si queríamos comprar un loro, y vino un
pobre hombre a que le tradujese una carta en inglés, que había recibido
de la Compañía del Canal de Panamá, en que trabajó. Sin duda el tío
Ignacio le había dicho que yo sé las lenguas de todos los reinos. Y
esto da tanto prestigio como el saber dibujar un poco.
Entre el Cabezo y Las Mestas, en un repliegue del camino, ciertos
restos o despojos humanos con unos pedazos de periódicos al lado. ¡Y
luego dirán que es un país salvaje! Y no es que me escandalice yo mucho
de la porquería, no. Hasta he pensado escribir un ensayo sobre la
voluptuosidad del pringue. Ensayo lo menos sociológico posible.
Dimos vista a los cipreses de Las Mestas. Pueblecillo encantador a la
distancia, que ni pintado para un pintor. Aquel río limpísimo, aquel
puentecillo, aquellos remansos a la sombra, entre piedras redondeadas
de apariencia mórbida, aquellas cuestas por fondo y la corona del
cielo. Y dentro ya del pueblecillo, aquella callejuela cubierta de
la fronda de las vides. Y todo ello engastado entre frescas y verdes
arboledas.
Desde Las Mestas, al famosísimo y ya leyendario valle de las Batuecas,
donde estuvo el convento carmelitano en un tiempo. El camino de Las
Mestas a Batuecas es de lo más frondoso que se puede encontrar. Después
de la desolada aridez de las cuestas hurdanas, probremente vestidas de
brezo, helecho y jara, viene aquel camino sombreado por prietas frondas.
Las Batuecas, como obra en gran parte de los frailes que poblaron su
soledad, como obra de solitarios contemplativos, ofrece una riquísima
variedad de especies arbóreas. Diríase un jardín botánico abandonado. Y
en esto me recordaba el valle de Guadalupe--éste mucho más extenso--,
obra de aquellos jerónimos de que nos ha dejado perenne recuerdo
el padre Sigüenza. Alcornoques, encinas, robles, tejos, avellanos,
cipreses, madroños, olivos... y luego frutales de varias clases. Y
allá, por los riscos, la ruina de una ermita junto a un ciprés.
Pero no voy a descubriros las Batuecas. Sentíame embargado por esa
extraña sensación de la reminiscencia, de ir despertando a la vista
de la realidad presente mi viejo recuerdo de la visita que hice a las
Batuecas hace diez y seis o diez y ocho años.
Las Batuecas tienen su valor proverbial en nuestra literatura. Y
Legendre me dijo que madame de Genlis escribió una novela, _Les
Battuecas_, donde una batueca, que vive arcádicamente y en estado
de naturaleza rousseauniana en ese feliz valle del corazón de nuestra
España, sale a correr mundo y a enterarse de su degeneración. Y Jorge
Sand dice que esa novela, que siendo niña le leyeron, influyó en su
vida toda.
De las Batuecas salimos a la Alberca. Y luego a nuestra querida Peña
de Francia, a tomar aire, sol y paz en aquella cumbre de silencio y de
sosiego.
Salamanca, agosto de 1914.
SALAMANCA
Sí, ya sé que un publicista se debe a su público, un escritor a sus
lectores, y hasta a cada uno de ellos. Pero esto tiene, como es
natural, sus límites. No puede llegar a que se escriban artículos,
crónicas o correspondencias criptográficas, quiero decir con clave,
cuyo último sentido sólo un lector o un pequeño grupo de lectores
comprenda, y tampoco se puede llegar a ponerse el escritor a merced de
uno cualquiera de sus lectores que le diga: «Escriba usted sobre esto o
lo otro».
Traigo esto a cuento de las cartas que de vez en cuando recibo, en que
éste o aquél de mis lectores me invita y ruega a que escriba sobre tal
o cual asunto que a él le interesa, sin considerar si me interesa a mí
o ha de interesar a otros lectores. Esas cartas suelen serme preciosas,
en cuanto me dan de ordinario interesantes datos y noticias, que
aprovecho cuando la ocasión se me presenta; pero no creo que los que me
las escriben pretendan dictarme los argumentos de mis correspondencias.
«Sí, usted mucho de alardear de independencia de criterio y de
franqueza--venía a decirme en una segunda carta uno de esos espontáneos
corresponsales--, ¡pero qué poco ha dicho usted, nada, de lo que le
indiqué que dijera!». Pues bien: sepa, señor mío, que no me gusta
sacar a otros las castañas del fuego, como suele decirse, y que si he
dicho y repetido cien veces aquellas palabras de San Pablo, de que hay
que decir la verdad oportuna e inoportunamente, de la oportunidad o
de la inoportunidad de decirla he de juzgar yo y no los demás. Cierto
que debe decirse la verdad, pero hay muchas más verdades que decir que
tiempo para decirlas, y si digo las verdades _a_, _b_, _c_ y _d_, que
usted quiere que diga, dejaré de decir las verdades _x_, _y_ y _z_, que
son las que quiero decir. Y no cabe decir dos cosas a un tiempo, ya que
la palabra se desarrolla en tiempo y no en espacio. No es, pues, que yo
tema decir lo que usted quiere que diga; es que tengo que decir otras
cosas que me parecen de más momento o por ahora me interesan más.
Y voy ahora a lo que otro me dice, y es cómo, habiendo escrito aquí de
tantos pueblos como en mis correrías por España y Portugal he visitado,
no he dedicado una sola correspondencia a describir a mis lectores esta
Salamanca en que vivo y trabajo.
La cosa me parece sencilla. En primer lugar, los otros pueblos los
visito y los describo como turista o viajero curioso, y éste, en
que vivo, no lo visito; éste es mi hogar. Además, ¿no están mis
correspondencias todas llenas de esta Salamanca en que vivo y escribo
y trabajo? ¿No vibra en ellas su ambiente todo? Porque si no es así,
os declaro que estas mis correspondencias no valen nada, absolutamente
nada.
Más de uno me ha reprochado la personalidad de mis escritos; el que
me pongo en ellos; el que siempre se me ve allí; el que yo, el yo que
unos llaman impertinente y otros satánico, se mueve y agita en sus
líneas todas. Confieso, en efecto, que no profeso las doctrinas de
Flaubert respecto a la impersonalidad en el arte; es más, que creo que
esas doctrinas no son sinceras y que si gusto tanto de los escritos
de Flaubert, de sus novelas, es porque veo en ellas a Flaubert mismo
y mucho más desde que leí su extraordinaria correspondencia privada.
Los únicos escritores perfectamente impersonales son los que carecen
de toda personalidad, y entre ellos los puros eruditos y los meros
informadores.
No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que
el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos
somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierte
a ponerse en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas. Y
yo os digo que quienes sigan con alguna atención mis escritos conocen
esta mi Salamanca mucho mejor que cuantas ciudades haya descrito en
ellos. Permitidme una comparación aunque a alguien pueda parecerle
presuntuosa. Hay cuadros de Velázquez y del Greco en que apenas hay
fondo de paisaje, pero a través de aquellas figuras de hombres, de
hombres solos que llenan todo el cuadro, se ve el paisaje castellano,
se ve su celaje. Recuerdo un cuadro moderno, de pintor vivo, que
representaba un viejo marino mirando desde una atalaya al mar. En el
cuadro no se veía ni el más pequeño retazo de mar, pero a los que
conocemos a éste os aseguro que el mar se nos presentaba allí mucho más
vivo que pintado. En los ojos del viejo marino, en su mirada, veímos el
mar.
Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor
virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta
ciudad de Salamanca, asentada en un llano, orillas del Tormes, es
una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Como el sol, que sobre
ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, sus templos y sus
palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera
se corta como el queso, a cuchillo, y luego oxidándose toma ese color
caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta
para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo
en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse,
desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido
en el espacio, algo de magia y de leyenda.
Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas, de la riquísima
ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el
plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto
como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a
la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les
invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero
otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su
entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura
y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas--Abraham,
Salomón, David, Daniel--que cierran las nervaturas de las bóvedas.
Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un
consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están
cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo
en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con
su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un
eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno
y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su
silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de
ferrocarriles ni de vana agitación humana.
Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano,
y casi diré doméstico bullicio como aquél con que los niños llenan un
hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor,
una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto
alemán Jürgens. Una plaza cuadrada--es decir, un cuadrilátero, no
un cuadrado--con sus soportales y toda llena de aire y de luz. Una
tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta
peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza
porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en
efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos
filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el
sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y
hay algo de litúrgico en este circular--mejor sería decir «cuadrar»--de
las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse
que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su
principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.
Fué el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que
vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin
temor a que le rompan a uno el sueño». Y así es. Hay viejas calles,
como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por
los soles de los siglos, en que puede uno ir soñando en una España
celestial, colgada para siempre de las estrellas. Y hay un rincón,
junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en
la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas
nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la
eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de
sol que se confunde con el alba.
Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria,
sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces
perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así,
limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía
eglógica. Aquí se inspiró fray Luis de León. Y los que hablan de la
fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista
vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.
Y como los frescos sotos de las márgenes del río, son los sotos de
columnas de estas iglesias y estas catedrales--pues aquí hay dos.
También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de
capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de
ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena
se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral
vieja, la románica--ya a comienzos del gótico la medioeval, entre sus
fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se
sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord,
el _coronado_ que vino de la parte de Oriente, según reza el
viejo Cantar de Mio Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en
su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras
acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y
cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca.
Y cerca de donde descansa el viejo y negro crucifijo que el Cid llevaba
en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese
Cristo de las batallas, que tantas _arrancadas_ presenciara!
De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que
ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en
apartados rincones de esa tierra americana--¡la Salamanca!--de esa,
¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas
cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y
encantamientos.
¿Y qué de la Salamanca de la Celestina y de la del estudiante de
Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro
nombre? Estudiantes, aunque no como aquél, aún quedan, y Celestinas me
parece que también.
Y no creáis que con todo eso sea ésta una ciudad muerta que sólo vive
de su pasado y de sus recuerdos de gloria, no. Es una ciudad que crece,
aunque lentamente; una ciudad que extiende su comercio, y aunque en
menor escala, también su industria y su agricultura. Crece sin ruido y
sin fantasía. Y una ciudad alegre, íntimamente alegre. No juzguéis por
mí, ni atribuyáis a Salamanca eso que algunos llaman, no sé bien por
qué, mi misantropía. Aquí la gente murmura, como en todas las ciudades
pequeñas y también en las grandes, pero murmura de todo, unas veces de
lo chico, otras de lo grande, unas de lo humano y otras hasta de lo
divino.
Porque eso de que ésta sea una ciudad levítica y conventual es una
de las más infundadas y ridículas leyendas. No hay nada de eso. A
fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se educó aquí el
general Belgrano, era esta universidad un foco de enciclopedistas y
afrancesados. Aquí profesaba entonces un D. Toribio Núñez, asiduo
corresponsal de Bentham, que en alguna de sus cartas deseaba para
Oxford la libertad de espíritu que aquí entonces reinaba. Más adelante,
desde 1814 a la época de nuestra revolución de septiembre, en 1868,
esta ciudad y su universidad corrieron la general suerte, bien triste,
de la nación toda. En la época de la Revolución y de la República
esta ciudad fué de las más cantonales, y durante la Restauración los
republicanos dominaron en ella y siempre que supieron unirse, en su
concejo. Cuando yo vine acá, en 1891, los republicanos dominaban y hoy,
aunque acaso todavía sean la mayoría, si no dominan es porque en toda
España están derritiéndose y fundiéndose en no sé qué otras categorías
políticas que apenas si alborean y en que la cuestión de la forma de
gobierno significa poco.
Pero... ¿levítica? ¿Levítica Salamanca? Conozco pocas ciudades de mayor
tolerancia y amplitud de espíritu. Cierto es que aquí hay procesiones
a cada momento, pero eso es algo estético, ornamental. La Plaza Mayor
parece haberse hecho para celebrar en ella procesiones, sean religiosas
o cívicas, sobre todo a la caída de la tarde, al anochecer, y con
cirios y velas. Los balcones se cuelgan y es una verdadera fiesta
para los ojos. La gente gusta del espectáculo. Y si la procesión va
nutrida de ella, sobre todo de mujeres, he visto entierros civiles
concurridísimos. Y nunca, jamás, he sido testigo de esas violencias de
palabra y de obra que en otras poblaciones--en la mía natal, Bilbao,
por ejemplo--ocurren en estos casos.
Me diréis que es porque aquí a nadie le importa nada, porque la gente
es indiferente a esas luchas. No, no es eso precisamente. Es que
en este ambiente, bajo este cielo, al pie del oro secular de estos
monumentos, esos motines callejeros serían une discordancia. En esta
plaza, en que la muchedumbre discurre rítmicamente, una refriega sería
algo estridente y atópico. (Atópico, acaso tenga que decirlo, dice en
la relación de espacio lo que anacrónico en la de tiempo). Y no es que
alguna vez no las haya habido.
Y por debajo de todo esto, subterráneamente por así decirlo, fluye una
cierta vida espiritual en esta ciudad, una vida espiritual mucho más
intensa que en otras ciudades españolas de mayor población y de más
activo movimiento mercantil e industrial. No creo que en los tiempos
famosos de esta universidad interesaran aquí las eternas cuestiones más
que hoy interesan.
Cierto es que, en el respecto de la cultura, tiene esta ciudad la
desventaja de su lejanía del mar. Aunque me parezcan exageradas
expresiones como aquéllas de que la civilización no llega sino hasta
donde llega la marea, y la de que sólo tienen sal en el espíritu los
que se han criado oliendo la sal marina, creo, sí, que el mar ha sido
el gran elemento civilizador. Pero civilización es una cosa y cultura
otra, y acaso la vida intelectual de un puerto tenga más de bambolla
y de apariencia que de realidad íntima. Los fenicios, el gran pueblo
navegante y comercial, transporta ideas más bien que las creó, las puso
en circulación. Fué un pueblo hierático, sacerdotal, el Egipto, el que
realmente inventó el alfabeto, y fué un pueblo mercantil Fenicia, el
que para utilidad de sus letras de cambio, desamortizó y civilizó--esto
es, hizo civil--ese secreto sacerdotal.
Nací, me crié, me eduqué y viví hasta mis veintisiete años en un
puerto y después me vine a esta ciudad interior, de la meseta, por
donde corre un río que no trae ni lleva más que sus aguas; pero puedo
aseguraros que si allí, en mi nativo Bilbao, se me despertó y aguzó el
sentido de la curiosidad universal, de la inquisitividad--páseseme la
palabra--aquí no me ha faltado materia en que ejercerlo. Y acaso con
ventaja.
¿Pero a qué he de hablaros más de esta ciudad? Siempre que os hablo de
mí, de mi España, de cualquier otra cosa, os estoy hablando de ella.
No la juzguéis por mí sólo, pero creed que si hay algo en mí y en mis
escritos que os satisfaga, a esta ciudad de Salamanca se debe ello en
mucha parte.
Salamanca, abril de 1914.
COIMBRA
Mientras arde e incendia la guerra por esa Europa dentro, ¡qué encanto
el de vivir en el remanso de paz de este rincón del pequeñito Portugal,
lejos de horrores y junto al mar suspirante! Y desde aquí, desde esta
playa de Figueira da Foz, esto es, de la hoz del Mondego, a ver una vez
más la ciudad de encanto, cuyos pies bañan las lágrimas del Mondego,
henchidas de recuerdos de la tragedia de Inés de Castro.
Cuando al acercarme en tren se me apareció la visión panorámica de
Coimbra, trepando sus casas por la colina en que se asienta y dominada
por la Universidad a que hace cabeza su torre, la saludé como a una
vieja conocida. Es una torre académica, no una torre eclesiástica, la
que corona a la ciudad, académica también, de Coimbra. Ninguna de sus
dos catedrales, ni la vieja ni la nueva, se destaca para lo lejos.
La catedral nueva de Coimbra, iglesia del antiguo colegio de jesuitas,
debido a la munificencia de D. Juan III, es un templo... jesuítico.
Nada tiene que admirar. Mas en cambio la antigua--_a sé velha_--,
que recuerda nuestra catedral vieja de Salamanca, es una especie de
fortaleza románica del siglo XII, que produce en el inteligente que se
alberga en la robusta solemnidad de sus naves un sentimiento como de
rejuvenecer nuestra vieja alma cristiana colectiva. Una dulce penumbra
de edad media invade al espíritu, que se siente asentado sobre sí mismo
al ver la poderosa fábrica asentarse como si arraigara en tierra. Es
una fuerza que desciende y posa, y no una que se levanta como en las
catedrales góticas. Y en el altar mayor un espléndido retablo de madera
tallada, obra de flamencos y de principios del siglo XVI; una verdadera
maravilla. Ya en otro viaje me pasé ante él, dibujando algunos de sus
detalles, buena parte de una mañana.
Y de la catedral, al ver una vez más la iglesia de Santa Cruz, típico
ejemplo de lo que se llama aquí el estilo manuelino. Como que fué
el propio rey D. Manuel, el que dió nombre al estilo, quien la hizo
reconstruir. Era de un monasterio de canónigos regulares de San
Agustín, donde lo fué algún tiempo el gran taumaturgo San Antonio, de
Lisboa, conocido por San Antonio de Padua. (En cambio la Santa Isabel
de Portugal era aragonesa).
Este manuelino portugués--de que acaso el más genuino ejemplar es el
templo de los Jerónimos, en Belem, cerca de Lisboa--es un estilo...
«tirabuzonesco». Todo está en rizos. Diríase a las veces que son
piezas de ropa blanca cuando después de lavadas se las retuerce para
enjugarles o calabrotes y cordajes de barcos. ¿Tomaron de la jarcia
acaso la inspiración de esos trenzados de piedra?
Allí, en Santa Cruz, y en un magnífico túmulo, duerme, sin oir ahora el
fragor de la conflagración europea, don Alfonso Enríquez, el fundador
de la monarquía lusitana.
En este viaje no crucé el río para ir a ver la sepultura de la reina
santa, Isabel de Portugal, la aragonesa. Y lo sentí.
Deseaba volver a ver la hermosísima imagen en talla de madera y
policromada de la santa reina, obra de este maravilloso escultor,
Teixeira Lopes, que aún puede producir nuevas obras maestras. Recuerdo
que esa imagen, cuando la vi por primera vez, hace unos años, me
hizo la impresión de algo aéreo, de algo sólo línea y color, sin
tangibilidad, de algo que se elevaba como una llama dulce.
Y como no pasé el puente, tampoco volví a ver la Quinta de las
Lágrimas, la de la leyenda de Inés de Castro, la que inmortalizó con
una estrofa eterna Camoens, la que Mauricio Barrés no quiere morirse
sin haber visitado.
Visité, en cambio, el monasterio de Cellas, cuya última monja,
benedictina, murió en 1883. En aquel recogido claustro, hoy
desierto, todo luz y reposo, entre aquellos historiados capiteles
del siglo XIV, ¡cuán lejos nos encontrábamos de la brutal
tragedia que está asolando a Europa! Pero en medio de una silenciosa
tragedia también, de una tragedia mansa e idílica, a la portuguesa.
Acompañábanme mis tres hijos mayores y el gran poeta portugués Eugenio
de Castro, con el mayor de los suyos. Y yo espero algo de la pluma de
Castro sobre ese humilde claustro benedictino de pobres monjas.
Mas en Coimbra lo que hay que ver, ante todo y sobre todo, es su
universidad, aunque no sea, como monumento arquitectónico, lo mejor, ni
mucho menos, que la ciudad tiene. Pero es la verdadera razón de ser de
ésta, su hogar.
Lo mejor del edificio de la universidad es su emplazamiento, en lo
alto de la ciudad, dominando _os saudosos campos do Mondego_, que
dijo Camoens. El paisaje que de allí se abarca es de lo más hermoso
que en paisaje he visto en parte alguna. Al fondo el Mondego, el río
portugués, la gran cuerda de la inmensa lira que es este pequeño pueblo
que suspira y canta a la vera del mar tenebroso. (Así le llamaron
ellos a este tan luminoso mar). Ahora, en pleno estío, medio seco,
parecía, como dijo de él Eugenio de Castro, un camino de gigantes. Y
allende el río _saudoso_, allende el río de lágrimas suspirantes,
mansas colinas vestidas de olivos y de pinos, rebaños de colinas
ondulantes, un mar de verdura. Y a lo lejos el cabo Mondego, perdido
entre la bruma.
No hay modo de penetrar en el alma elegíaca de la poesía portuguesa--y
en Portugal toda la literatura es poesía--, no habiéndose dejado ganar
del hechizo, un poco triste, de su paisaje mimoso.
Coimbra cabe decir que concentra la historia toda leyendaria y
poética de Portugal; Coimbra ha sido la iniciadora de sus movimientos
espirituales. Hasta la reciente implantación de la república no hubo
otra universidad portuguesa. Lisboa y Oporto, puertos ambos, ciudades
mercantiles, vivían otra vida, y Braga, la ciudad archiepiscopal,
dormitaba. En Coimbra quemaron sus mocedades, y tal vez se iniciaron en
el amor--ésta, la casi única tragedia portuguesa--los más celebrados
ingenios lusitanos. Allí despertaron Camoens, Ferreira, Sá de Miranda,
Almeida Garrett, Feliciano Castilho, y allí, en tiempos más modernos,
cantó la muerte de Raquel, cuya casa se muestra aún, el mayor lírico
portugués, João de Deus; allí empezó a profetizar victorhuguescamente
Guerra Junqueiro; allí se ensombreció, tal vez meditando la muerte en
el Penedo da Saudade (la Peña de la Morriña), Antero; por allí pasó Eça
de Queiroz. La renovación literaria de Portugal, después de la época
romántica, se debe a la llamada escuela de Coimbra.
Visitando la universidad ahora en verano, a principios de agosto,
cuando aún arrastran los primeros exámenes de prueba de curso y los
bedeles, con sus ociosos espadines al cinto, bostezan en los bancos
del patio, no cabe darse cuenta de lo que este hogar intelectual de
Portugal es en tiempo de estudios, cuando pululan por las rúas y cruzan
con las «tricanas» de ojos cazadores los estudiantes en pelo, con
sus negras levitas, alborotada la melena al aire y su flotante capa,
llevando en la mano la «seventa», los apuntes o una carta de amor.
En una papelería de la parte baja de la ciudad se vende una postal
ilustrada con el retrato de Diego Polonio, el decano de los estudiantes
en algún tiempo, uno que alcanzó a tener por condiscípulos,
dicen--aunque lo creo exagerado--, a los hijos de los que con él
empezaron a estudiar. ¡Polonio era una celebridad coimbricense!--o
mejor, coimbrana--y hasta portuguesa. Fué el Sócrates de los
estudiantes, verdadero filósofo, amante del saber, y como tal,
convencido de que no sabia nada.
Líbreme Dios de negar que los estudiantes portugueses hayan estudiado
y estudien; pero así como a este pueblo no se le conoce por sus
filósofos, sabios, técnicos o eruditos--y eso a pesar del formidable
comtista Teófilo Braga, a quien he visto hace poco apodado, y no
sin gracia, _homo sapiens lusitanus_--y sí por sus grandes
descubridores, por los heroicos marinos que abrieron las islas
orientales y buena parte de las occidentales, y por algunos de sus
poetas--aunque éstos menos conocidos que merecen--; así creo puede
asegurarse que en el genuino estudiante de Coimbra el amor era más que
el estudio. El amor a mujer, quiero decir, no el amor a la ciencia.
Aunque, ¿es que en el fondo son cosas tan distintas? ¿No serán más bien
una sola? ¿No habrá algo de más profundo que algunos creemos en aquello
de identificar la tentación del conocimiento, de probar la fruta del
árbol de la ciencia del bien y del mal, con la tentación de la carne...
de mujer? He protestado más de una vez de esta identificación y del
sentido grosero que por lo común se da a la profundísima leyenda de la
caída paradisíaca y del pecado original, pero ¿no habrá en ello algo
más sabio de lo que creemos los que contra ello nos revolvemos?
En la ciencia, en el conocimiento de las razones de las cosas, de la
ley de los movimientos, en la matemática, en fin, buscan unos hombres y
unos pueblos el secreto del universo, de la vida y de la muerte. Otros
le buscan en la religión y rogando a Dios que nos lo revele, rogándole
tal vez--¡tremenda paradoja!--que nos diga si existe y es algo más que
nuestro anhelo de divinización, pidiéndole, como los judíos, señales.
Y hay quien busca en el amor el secreto de la vida, de la muerte y del
universo, y su razón de ser. Tal creo, aquí, en Portugal.
Quien haya leído en los poetas portugueses, y sobre todo a su gran
lírico erótico y elegíaco--¿pero es que cabe ser lo uno sin lo
otro?--João de Deus, sabrá bien que no hay otra literatura alguna en
que el amor haya hablado una lengua tan directa, tan sencilla, tan
pura, tan libre de pedantería. Como que aquí apenas hay otra pedantería
que la del amor.
Y el amor hermano de la muerte, el que cantó Leopardi, el que cantó
también Aniero, el portugués, el poeta suicida, en aquel admirable
soneto _Mors-Amor_.
En un negro corcel, tenebroso y sublime, a quien le estremece no
se sabe qué horror en las agitadas crines, cabalga un caballero
de expresión potente, formidable, pero de porte plácido, vestido
de reluciente armadura, y el negro corcel dice ser la muerte y el
caballero responde que es el amor. Amando se suicida Portugal, buscando
en el amor, en el amor a la mujer, el secreto de la vida. Ahora,
deslumbrados por lo que oyen de la gran tragedia de la guerra europea,
y para hombrear con su alianza con Inglaterra, hablan a las veces de
dar a ésta tantos o cuantos miles de hombres--¡hay que ver estos
soldados!--pero eso es para pasar el rato. Lo mismo en república que en
monarquía el gran problema portugués es _o namoro_, el amorío. ¿La
guerra? Todos pueden decir aquí lo que Antero en aquel soneto: _Em
quanto outros combatem_:
Ya nao vería dessipar-se a aurora
de meus inuteis annos, sem umha hora
viver mais que de sonhos e anciedade!
Ya nao vería com minhas maos piedosas
desfolhar-se, umha a umha, as tristes rosas
d'esta pallida e esteril mocidade!
Esto no es decir, claro está, que aquí no interesen a nadie los grandes
problemas filosóficos, religiosos, científicos y artísticos. Es más,
la escasa producción intelectual portuguesa hace que les sea aquí
necesario conocer otras lenguas, y entre los estudiantes hay aquí
muchos más que en España que conozcan bien el francés y aun el inglés,
aunque en esto se haya adelantado enormemente en estos últimos años
en mi patria. Coimbra tiene menos población que Salamanca, aunque el
contingente académico sea en aquélla mucho mayor que en ésta. Coimbra
es una ciudad predominante y casi exclusivamente académica, de comercio
e industria parasitarias, mientras que en Salamanca, centro agrícola
y pecuario, hay un comercio activo y hasta alguna industria. Pues
bien, Coimbra, siendo menos populosa que Salamanca, se encuentra mejor
surtida de librería. Ahora sí, en las dos o tres grandes librerías de
Coimbra se encuentran libros franceses, ingleses--españoles muy pocos,
poquísimos, y ellos malos, de esas infames bibliotecas económicas y
la mayor parte malas traducciones de libros malos--y, fuera de los de
texto, pocos, poquísimos libros portugueses.
Y es que el libro portugués tiene una circulación limitadísima, sobre
todo si es clásico. Los grandes clásicos portugueses, sus cronistas,
sus historiadores de Indias, sus poetas renacentistas, apenas si
se los lee. Un editor tiene aquí que contar con el Brasil, y en
el Brasil no interesan las cosas clásicas; en el Brasil--me dicen
aquí--apenas se lee sino superficialidades frívolas o esas _cosas_
científicas hediendo a pedantería positivista, noveluchas bulevarderas
o elucubraciones sociológicas. Y yo no sé qué es peor, si la bagatela o
la sociología.
Estuve un rato oyendo las quejas del benemérito editor coimbrano
França Amado. Me regaló, entre otras cosas, la vieja crónica del
condestable Nunalvares Pereira, y la estoy leyendo. Pero ¿cuántos
habrá que lean estas cosas, y más en estos días? Y, sin embargo, para
limpiarse la vista y los oídos de lo que se lee y se oye de esta
guerra, ¿hay algo mejor que leer cosas así? ¿Cabe mayor descanso de
la baraúnda periodística acerca del combate de Lieja que leer la
_Peregrinaçam_, de Fernán Mendes Pinto, aquel aventurero portugués
que anduvo por el Extremo Oriente cuando eran aquellas tierras un
misterio todavía?
No, no, nada de vivir al día; hay que vivir a los siglos.
Coimbra, Coimbra, tierra de encanto, ciudad bautizada por las lágrimas
de Inés, vivero de la poesía de un pueblo que vive por el amor y por
el amor muere, Coimbra posada como una paloma junto al Mondego, ¡qué
remanso en la corriente!
Hay algo de dulce y sosegador, y sobre todo de sabio, de muy sabio, en
eso que los hombres de mundo llaman aburrirse. Y el que quiera saber lo
que es la dulzura del aburrimiento, la miel de la modorra, que se venga
a Portugal.
Figueira da Foz, agosto de 1914.
FRENTE A LOS NEGRILLOS
Conoces, lector, aquella media docena de cuartetas que dedicó a un
árbol Vicente Wenceslao Querol, el entrañado poeta, y figuran en sus
_Rimas_. Fué a un árbol que su padre plantara el día mismo en que
el poeta vió la primera luz. Luego
Yo abandoné, buscando horas felices,
mi pobre hogar por la mansión extraña,
y él, inmutable, ahondaba sus raíces
junto al arroyo que sus plantas baña.
Hoy, rugosa la frente y seca el alma,
cuando hasta el eco de mi voz me asombra,
vengo a encontrar la apetecida calma
del tronco amigo a la propicia sombra.
Y evoco las memorias indecisas
de la edad juvenil, sueños perdidos,
mientras juegan sus ramas con las brisas
y al alegre rumor cantan los nidos.
Mi vida agosta ese dolor interno
con que los ojos y la frente enluto;
él abre en mayo su capullo tierno
y da en octubre el aromado fruto.
¿Por qué a este dulcísimo y tan jugoso Querol se le tiene como
arrinconado, cuando se asenderea tanto a otros que no hicieron sino
canturrear manidos estribillos? Yo gusto a las veces, en horas de
languidez y desgana de estudio, ramonear en sus _Rimas_, y siempre
encuentro en ellas, a más del viejo arregosto, un dejo nuevo de dulzura.
Hoy lo abrí a remembrar ese árbol, mientras veo cubrirse de verdor a
esos negrillos que se amparan ahí enfrente, al abrigo del convento. En
esa verdura se sosiega mi magín y paran en ella mis mientes. Sobre esa
verdura pasan las nubes. Fuera del bullicio de calles y plazuelas, ese
verdor es como un reclamo al silencio y al aquietamiento interiores.
A las veces me figuro que el árbol me mira y que tiene una clara, dulce
y ancha mirada con sus mil ojos verdes, que se abren a mamar la lumbre
del sol, y que me adiestra, no más que mirándome, en la lección de la
paciencia. Nada de querer saltar los días para que llegue lo más pronto
posible la noticia que haga por un momento estremecer al corazón. En
balde tener puesto el ahinco todo en que corra la cinta de la Historia.
En horas de sequedad íntima, cuando uno se desespera y entristece al
dar en pensar que se le haya agostado el manantial de la fantasía,
es confortamiento contemplar al árbol que cada primavera como si
resucitase.
Viajero incansable de los campos del espíritu, cuyos más escarpados
vericuetos he trepado por pura ansia de columbrar las lontananzas
del misterio desde una nueva atalaya, me place asentar mi mente en
la ramada de ese árbol y percatar la tierra de entrañas negras y
silenciosas, la tierra de donde saca su jugo el verdor de la copa del
negrillo.
Podría decir con Séneca que cuantas veces me entrometí con los hombres
volví de ellos a mí mismo más inhumano. En cambio, nunca he sentido
rebullir más reciamente dentro de mí a la patria, y con ella a sus
hijos de todos los tiempos a quien la muerte dió vida más honda, como
cuando me he dejado olvidar en medio de un monte de encinas o siquiera
de un soto de álamos. Los pensamientos y los sentires, todo esto que
me proviene de ella y de ellos, parece como si se me envencijasen,
corroborándose así en gavilla, cuando lejos de mis vecinos de hoy me
entrego a mi quimera en la soledad del campo.
Porque los hombres que bregan y luchan en esta vida y en su historia,
no hacen sino trillarnos las ideas y aventárnoslas luego con sus
arremetidas. En la conversación misma, por muy apaciguada y amistosa
que sea, las ideas se derriten más que se cuajan, y los sentimientos se
disuelven y no se condensan. Hay que aprender a conocer y querer a los
prójimos en el recato del aislamiento, dentro de sí mismo y fuera de
ellos.
Es el trato social lo que le hace a uno descontentadizo y mal
esperanzado, y es sumergirse en el paisaje lo que nos hace recobrar
fe en un dichoso porvenir de la patria. Viendo desde una cumbre de
una de las sierras de Castilla desplegarse a mis pies como alfombra
en el cielo, desprendida de todo grosero peso de materialidad, un
vasto retazo del cuerpo de España, me surgía del corazón la confianza
de que el sol que lo curte ha de alumbrar todavía grandes glorias y
perdurables proezas. No es posible que por un escenario así no pasen
los más excelsos personajes de la tragedia de la Historia.
La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra
cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria,
después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre
éste y elevarlo a idea. Muy cierto que la comarca hace a la casta,
el paisaje--y el celaje con él--al paisanaje; pero no tan sólo en un
sentido terreno y corpóreo, material, y como de tierra a cuerpo--todo
barro--, sino además, y acaso muy principalmente, en otro sentido más
íntimo, especulativo y espiritual, de visión a espíritu todo barro.
Quiero decir que no es sólo como alimento de estómago, y por su gea y
clima y fauna y flora, como nuestra tierra nos moldea y hiere el alma,
sino como visión, entrándonos por los sentidos. Si varios hombres
persisten viendo mucho tiempo la misma vista, acabarán por acordar y
aunar mucho de su ideación, estribándola en el espectáculo aquél. Ante
un mismo árbol, toman a la postre un mismo cauce las figuraciones de
los que lo contemplan. Y es que nos devanamos los sesos sirviéndonos de
urgandillos los objetos a la vista.
Así, esos negrillos que aquí, a mi frente, se están cubriendo de
verdor, me sirven como devanadera de errabundas cavilaciones. En ellos
voy poniendo mis pensamientos, que se prenden de sus ramas. Y siempre,
en adelante, mientras los mire, evocarán en mí los ratos de intensa
vida mental que mirándolos he sorbido. Y esto, aunque ya no llegue a
darme clara cuenta de ello. En los muy recónditos recovecos del paisaje
en cuyo regazo se nos crió el alma, en escondrijos de él ocultos a un
extraño, como que dormitan callados pensamientos nuestros que al volar
dejaron allí algo de su vuelo. «Al pasar junto a este escaramujo, por
este mismo sendero, años ha, y en vena de poesía, se me ocurrió aquel
verso feliz que fué el arranque de todo un poema que, como de una
bellota una copuda encina, brotó de él». Y la vista del escaramujo, en
que acaso rojean las silvestres rositas de agavanzo, me recuerda el más
dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si ésta es de
poesía: el de su parto.
Es que nuestras mejores y más propias ideas, molla de nuestro
espíritu, nos vienen, como de fruta alimenticia, de la visión del
mundo que tenemos delante, aunque luego, con los jugos de la lógica,
la transformemos en quimo ideal, de que sacamos el quilo que nos
sustenta. Y que es el que se suda al trabajar. Y estas nuestras ideas,
ya transformadas, especies hechas carne y sangre, y hasta hueso, de
nuestro espíritu, se agarran como con zarcillos de vid a las visiones,
sus madres. Tal rocosa montaña, que alza sus tormos, como almenas de un
castillo, al cielo, llega a ser el esqueleto del cuerpo de pensamientos
de los que al pie de ella rompen la tierra mirando a la cima por si de
allí baja la nube que regará su labranza.
Es que la Naturaleza está humanizada por el hombre que la habita y
la trabaja. Los árboles son ya, como los animales domésticos, algo
nuestro, obra nuestra. Y son, por ello, espejo de nuestra vida y de
nuestro pensar.
En horas de soledad íntima, y hasta de resquemores, descansé este
invierno mis ojos y mis reconcomios en las ramas peladas y escuetas de
esos negrillos, entonces escuálidos y desnudos, y ahora, al verdecer
ellos con los soles abrileños y poner yo en su verdura mi vista, siento
como que ese verdor primaveral me acaricia zalamero los ojos y me los
limpia, y me roza quedamente, como para cerrármelas, las heridas del
corazón. Y me corroboro en mi ya viejo empeño de aprender bien la
lección del paisaje de nuestra tierra.
DE SALAMANCA A BARCELONA
Cuando salí de Salamanca para venirme al descanso de esta isla de
Mallorca, empezaba a volverse a agitar el problema de Cataluña, y
en general, el regionalista. La guerra europea, en que se pelea por
y contra el derecho de las pequeñas nacionalidades, por y contra la
personalidad colectiva de los pueblos, ha vuelto a encender ese viejo
problema, que es el mismo del federalismo contra el unitarismo. Sin
que esto quiera decir que los federales sean más respetuosos que los
unitarios para con esas personalidades colectivas.
Cambó, el leader del catalanismo, ha vuelto a suscitar ese viejo
problema español al discutirse el mensaje de la Corona y lo ha
suscitado a favor del ambiente político-moral creado por la guerra.
Y ahora se ve a no pocos de los que en España se pronuncian por
los derechos a la personalidad más plena posible de las pequeñas
naciones... extranjeras, revolverse contra las aspiraciones
catalanistas. Conozco rabioso germanófilo que no hace sino despotricar
contra Inglaterra por la tiranía que, según él dice, ejerce ella contra
Irlanda--tiranía que no sabe decir en qué consiste, y es natural que no
lo sepa--y ese mismo sujeto despotrica igualmente contra Cataluña y los
catalanes. «¡Ahora se les iba a ocurrir suscitar esto, cuando debemos
estar todos más unidos!». «Pero, ¿con qué unión?», se le pregunta,
y entonces pasa a hablar del supuesto martirio de Irlanda. Y si se
le recuerda a tal propósito Cataluña, no más tiranizada por España
que lo está Irlanda por el imperio británico, exclama que el caso no
es el mismo. Indudablemente, no hay dos casos que sean lo mismo. Y
Cataluña no es una nacionalidad oprimida, como no lo es hoy Irlanda.
Y la personalidad a que aspira no es nada que se la pueda dar España
ni es de orden político ni legal. Como que en rigor lo que pide no es
libertad, sino protección del Estado para defender esa personalidad
regional, a expensas de otra más alta y más noble y más fecunda.
Pasé por Madrid rápidamente, haciendo allí no más que una noche. No
me place la Corte y menos cuando no tengo nada definido y concreto
que hacer en ella. ¡Vive allí la gente tan aislada! ¡Es tan difícil
encontrar reunidas a aquella media docena de personas con quienes
uno desea conversar! ¡Hiede tanto por dondequiera a emanaciones de
politiquería picaresca!
Tomé el tren a Barcelona, adonde hacía ocho años que fuí la última
vez. Atravesamos las tierras trágicas de la sobremeseta aragonesa, las
tierras de hacia Medinaceli, de las que me decía un francés que parecen
de un paisaje planetario, lunar. Hacia Sigüenza hay unas tierras
tristes, pero bellas. Verdad es que yo no he encontrado todavía paisaje
feo ni comprendo cómo hay quien lo encuentre. Como no comprendo que
se confunda lo triste con lo feo. Hay tierras tristes, tristísimas,
desoladas, saháricas, esteparias, pero muy hermosas, solemnemente
hermosas. Y esas tierras trágicas de hacia Sigüenza, esas tierras
que parecen leprosas, son bellas también. Se ven barrancas con una
vegetación bravía. Y mucho más adelante las hoces del Jalón, ya en
tierra aragonesa. Esta región, entre las provincias de Soria, Zaragoza
y Guadalajara, es la tierra del viejo poema del Cid, del Romanz de
Mio Cid, y de ella, como de nuestro mar, antiguo documento poético de
lengua castellana, se exhala olor de antigüedad remotísima. Encuéntrase
uno entre el corazón de la patria unificada.
El paisaje del bajo Aragón, del Aragón ribereño, es más robusto y más
seco que el de Castilla, y es más desolado. El color de la tierra es
más hosco. Se ponía el sol cuando entrábamos en Cataluña, orillas del
río Ebro. Y era solemne, al anochecer, el cristal plateado del río
padre reflejando el plata del cielo del día moribundo. Una inmensa paz
se exhalaba del ámbito.
Ha sido la quinta vez que he pasado por Zaragoza, viendo desde el tren
destacarse sus torres. Una de esas cinco veces llegué a hacer noche en
la fonda de la estación de la capital aragonesa, pero sin bajar a la
ciudad. Y no sé bien por qué a mí, que he recorrido casi toda España,
he visitado 30 de las 49 capitales de sus provincias y muchas otras
ciudades y villas, algunas--como Mérida, Alcalá de Henares, Balaguer y
Cartagena--de provincias cuyas capitales no conozco, no me ha tentado
nunca el detenerme en Aragón y menos el visitar Zaragoza. Algún día
intentaré darme cuenta de esta indiferencia. Por hoy me basta saber que
me molesta tanto en que se quiera simbolizar a España en un baturro
aragonés como el que se quiera simbolizarla en un majo andaluz.
Y es, sin embargo, curioso que siendo Aragón el eslabón entre Castilla
y Cataluña, habiendo formado con ésta una unidad política y tenido
ambos pueblos, el aragonés y el catalán, una larga historia común cuya
principal hazaña fué la expedición a Grecia, sea hoy tan frecuente
observar que los castellanos oponen los aragoneses a los catalanes y
que sea en gran parte Zaragoza el antemural del anticatalanismo en
España. Y es muy frecuente que se presente a Zaragoza como el hogar y
algo así a modo del corazón del unitarismo patriótico español.
Ya en tierra catalana, empiezo a oir hablar catalán en el tren, pero no
el catalán literario que vengo leyendo hace ya bastantes años. Es el
catalán vulgar, conversacional o coloquial, el vivo, todo él salpicado
de ¡buenos!--como interjección, o más bien, como muletilla ilativa, el
catalán dice: ¡bueno! y no «bó»--que a las veces se parece no poco al
que en Barcelona llaman «parlá municipal» o «parlá chanchez».
Eso de que los catalanes se complazcan en hablar en su lengua cuando
hay delante castellanos que no la entienden, por molestar a éstos, es
una de tantas tonterías como ha inventado la quisquillosidad recelosa
del castellano. De todo se le puede culpar al catalán menos de tales
descortesías premeditadas y malintencionadas. Lo insoportable suele
ser la presunción del castellano que se empeña en que hasta los
desconocidos hablen delante de él de manera que lo entienda, y que al
punto sale con la grosería aquella de: «¡Hable usted en cristiano,
hombre de Dios!». Y cuidado que no soy sospechoso por ser de los que
creen que al fin y al cabo se unificará el lenguaje en toda España y
que no se debe dar validez oficial a otro que no sea el idioma nacional
castellano. Los demás que se defiendan como puedan, pero sin protección
oficial alguna del Estado. Cuando, hace pocos años, se dirigió el
alcalde de Barcelona en catalán a S. M. el Rey, saludándole en nombre
de los naturales de la ciudad, fuí quien más alto y fuerte protestó
contra ello, sosteniendo que el alcalde representa a los vecinos y
no a los naturales, que aquéllos pueden no ser catalanes ni saber el
catalán, y que el alcalde mismo puede no saberlo, pero que no hay
vecino alguno de Barcelona que ignore el castellano. La distinción
entre vecinos naturales y vecinos no naturales, siendo unos y otros
ciudadanos españoles, es un principio de incivilidad.
Pero el problema catalán de la lengua está maleado y envenenado por
la obstinación de los castellanos de no enterarse bien de él. Los
catalanes transigirían con que se les negase lo que piden si se
hiciese sabiéndose lo que se hace, si los castellanos partidarios de
la unificación de la lengua se enterasen bien de lo que la lengua y la
literatura catalanas son y significan. Soy de los que creen, y más de
una vez lo he dicho, que ningún español culto debe tener que acudir a
traducciones del catalán y del portugués.
Ved lo que ocurre con eso del término «dialecto». Técnica y
estrictamente, la voz dialecto nada tiene de despectivo. Dialecto es
una lengua conversacional, de diálogo, hablada y sin cultivo literario
escrito. El catalán mismo, lengua literaria del siglo XV, pasó a ser
dialecto en los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta el renacimiento del
siglo XIX. Y el provenzal, que tuvo una riquísima literatura, no es
hoy más que un conjunto de dialectos, y eso a pesar de la lengua
de Mistral, aquella en que escribió _Mireyo_, que es, más aún que
literaria, erudita. Pero hay quienes al llamar al catalán dialecto, lo
hacen como queriendo hacerle de menos y, sobre todo, dando a entender
que sea un dialecto del idioma castellano. Y hasta he encontrado
castellanos para creer que el catalán es una mezcla, una especie de
híbrido de castellano y francés, disparate tan mayúsculo como sería el
de creer que el murciélago es un híbrido de ave y de ratón.
Llegué a Barcelona, donde me quedé un día, hasta tomar el vapor que
había de traerme a Mallorca.
Visité en Barcelona la catedral, a la que tengo una especial devoción
artística. Tiene algo de misterioso aquella catedral que parece hecha
de sombras espesadas. Y en una ciudad tan abierta, tan riente, tan
luminosa como es Barcelona, su catedral ofrece un singular rincón de
sosiego y retiro a la sombra.
Lleváronme mis amigos a ver el Institut d'Etudis Catalans, principal
obra de la Mancomunidad Catalana. La cual ha enderezado sus esfuerzos,
más que a obras de utilidad práctica inmediata, a lo que podríamos
llamar obra de ingeniería, a obras de cultura. Es siempre la
preocupación de sostener y acrecentar la personalidad espiritual del
pueblo catalán. Y en ello se ve cuán errados andaban los que aquí, en
España, no veían en el catalanismo otra cosa que cuestión de negocio,
de aranceles de aduana y de hegemonía industrial. No; había más, mucho
más que eso y más íntimo. Es un gravísimo error el de creer que los que
se distinguen en el negocio sólo piensan en él, y creo poder decir que
hoy es acaso Castilla mucho más practicista o, si se quiere, mucho más
materialista que Cataluña. La idealidad castellana es hoy, en su mayor
parte, un mito. Hase refugiado en una especie de patriotería palabrera,
vacía de todo contenido fecundo y eficaz. A los esfuerzos de Cataluña
por crearse una cultura propia no ha sabido responder el resto de
España con una cultura española. Y ello se ve, entre otras cosas, en el
escaso o más bien nulo interés que en la España central despiertan las
cosas catalanas, las portuguesas y las hispano-americanas. Quieren, sí,
esos españoles que podríamos llamar centrales, que se les estudie para
conocerlos y que no se les desfigure; pero ellos, por su parte, no se
mueven a conocer a los demás.
El Instituto de Estudios Catalanes, establecido en el palacio de la
Diputación de Barcelona, es, sin duda, una institución benemérita y
sostenida con largueza y hasta con lujo. Su biblioteca es excelente y
en ella está el catálogo a disposición de los lectores, que pueden,
además, coger por sí mismos los libros--y hasta cuatro, creo, de una
vez--para volverlos luego a dejar en su sitio. El caudal de libros
es escogido. Acaso demasiado escogido. Y al decir esto quiero decir
que se ha atendido a que el visitante, sobre todo si es forastero,
se encuentre con que no faltan ciertas obras de mérito, pero muy
especiales, a expensas, seguramente, de otras más corrientes y de uso
más frecuente. Hay allí no poco de pedantería aristocrática.
Es el defecto general de casi todo lo que se hace en Barcelona. Hácese,
en gran parte, para la galería, para asombrar al forastero, para dar
muestras, siquiera aparentes, de cultura. Ante todo la fachada, aunque
la solidez del edificio se resienta. No es sólo que las publicaciones
del Instituto de Estudios Catalanes carezcan de popularidad, es que se
ve en ellas un prurito de establecer comparaciones. Hay una traducción
de un poema griego muy de segundo orden. _Hero y Leandro_, con
cuatro, ¡nada menos que cuatro! traducciones catalanas, una en prosa y
tres en verso. Es como para decirnos: «¡vean ustedes si hay helenistas
en Cataluña!». ¡Y si las cuatro traducciones fueran buenas!... Hay una
edición de las _Vidas_, de Cornelio Nepote, con tres traducciones:
en catalán, en portugués y castellano, y esto sí que es el colmo de la
pedantería y de una pedantería ridículamente infantil. ¿A qué conduce
poner una traducción portuguesa junto a una castellana y ésta junto a
una catalana? Como no sea a querer mostrar que se pone al catalán al
igual de las dos lenguas oficiales de la Península, no veo bien a qué
más.
El empeño es hacernos ver que la obra cultural de la Mancomunidad
Catalana empieza por lo que se llama los altos estudios--como si los
otros fuesen bajos--y que desdeña la labor de popularizar las ciencias
y las artes más elementales. Hay en la obra cultural de la Mancomunidad
Catalana un cierto dejo a señoritismo, a aristocratismo pedantesco y en
el fondo a artificio y a insinceridad.
El Consejo de Pedagogía de la Diputación de Barcelona ha empezado a
publicar, bajo el titulo de _Minerva_, una que llama colección
popular de los conocimientos indispensables. Van publicados tres
volúmenes, a 35 céntimos cada uno, y son, además de un resumen de
geografía de Europa, un tratadito de oceanografía y unas nociones de
liturgia cristiana. Y a cualquiera se le ocurre pensar que la liturgia
católica--no precisamente cristiana como reza el librito--no entra
entre los conocimientos indispensables. En Cataluña, lo mismo que en
el resto del mundo, puede un hombre culto dispensarse muy bien de
conocer la liturgia de la iglesia católica apostólica romana. ¿Será
ello por concesión al elemento católico, ya que la obra del catalanismo
se guarda muy mucho de cualquier veleidad heterodoxa? Algo habrá de
esto, pero creo que hay también no poco de afición a la liturgia por
la liturgia misma. Y más bien que afición, afectación a ella. Es la
pedantería del formalismo.
Todo lo formal, lo puramente formal, lo litúrgico, adquiere un gran
valor en Barcelona. En la Barcelona catalana, por supuesto. Porque
hay otra, la de los que llaman algunos ahora allí los «metecos», la
del elemento forastero. Al cual se unen no pocas veces, y ello es muy
lógico, aquellos elementos indígenas populares, genuinamente catalanes,
a los que les interesan otras cosas que no son la liturgia ni la
oceanografía y luchan por reivindicaciones sociales. Y estos elementos
han de percatarse de que la obra cultural de la Mancomunidad, por muy
litúrgica y muy europea que sea, es una obra, no ya conservadora, sino
reaccionaria. Y algo peor, una obra de señoritismo y de afectación
aristocrática.
Hay que confesar que en la obra cultural del catalanismo se sacrifica
la realidad a la apariencia y la solidez a la brillantez. Y en el fondo
hay aquello de querer hacerlo mejor que en Madrid. A pesar de lo cual
me parece que los trabajos de los centros de investigación científica
dependientes de la Junta de Ampliación de Estudios de Madrid son mucho
más sólidos que los del Instituto de Estudios Catalanes. El pequeño
grupo de espíritus abnegados que se dedica en Madrid a la investigación
científica, hace las cosas con más modestia, con más sencillez, con
más recogimiento que lo hace el pequeño grupo de Barcelona, pero las
hace mejor. Se cuida más de hacer que de hacer que hace. Y es que el
castellano, o si se quiere, el español central, no es tan fachendoso
como el catalán. No tiene delante el famoso mar latino como un enorme
espejo que le mueva a acicalarse. Al castellano le ha preocupado
siempre la mística más que la liturgia.
Siento un profundo cariño por Cataluña y lo he demostrado estudiando
sus cosas, y sobre todo, su lengua y su literatura, pero no puedo menos
que confesar que el barcelonismo--más bien que catalanismo--tiene un
muy marcado sello de infantilidad. Nadie acaso ha caracterizado mejor
a Barcelona que uno de sus más ilustres hijos, uno de los que mejor
la conocieron y amaron, un hombre singular, Juan Maragall. Los que
conozcáis el catalán no tenéis sino leer en sus poesías la _Oda
nova a Barcelona_. Allí está retratada de mano maestra la ciudad
fachendosa y «fachadosa», alegre y voluble, ligera y pomposa.
Lo que hay es que, afortunadamente, la Ciudad, así, con letra
mayúscula, o sea Barcelona, no es toda Cataluña; lo que hay es que
junto a esa Cataluña costera, que se mira en el mar latino, a la
que unos tienen por griega y otros por fenicia de espíritu, hay la
Cataluña montañesa, pirenaica, almogávar, y la de las tierras de pan
llevar o de vides y olivos, hermana de Aragón y no muy diferente de
Castilla. Porque no hay nada más engañoso que la unidad espiritual de
Cataluña. Ni siquiera la lengua, el catalán, está unificado ni mucho
menos. Y hay formidables regionalismos internos dentro del regionalismo
catalán. Cataluña es menos una que lo son Galicia o Vasconia. Hay más
diferencias íntimas, y hasta disensiones, entre los catalanes que entre
los gallegos o los vascongados.
Lo peor de la dirección que se le va dando a la obra cultural de
estudios catalanes es que, no sé si por señoritismo o por algo aún más
turbio, parece como si se quisiera apartar la vista de los problemas
más útiles en Cataluña, que son los económico-sociales. Ese Instituto
debería ser algo como el Instituto de Reformas Sociales de Madrid. En
la colección «Minerva», donde se ha publicado el tratadito de liturgia,
se anuncia un resumen de arqueología cristiana, una historia de la
música, una introducción a la filosofía, pero de estudios económicos,
que son conocimientos más indispensables que el de la liturgia, no
se ve anunciado más que un libro sobre las doctrinas socialistas
contemporáneas, libro que podrá muy bien ser tendencioso y de carácter
defensivo. Defensivo del tremendo conservadurismo, muchas veces
reaccionarismo burgués, que palpita en el fondo del barcelonismo del
Instituto.
Diríase que el pueblo que sufrió la semana trágica se apercibe a
domesticar a la fiera. ¿El pueblo? Pero es que el pueblo no sufrió
entonces, fueron ciertas clases señoriles. ¿Sufrieron? Tampoco, en
rigor no sufrieron nada. Aquello, como tantas otras cosas de Barcelona,
fué más ruido que otra cosa. Ruido y carnavalada. Y tuvo más, mucho
más de cómico que no de trágico. Fué acaso en el fondo una liturgia,
liturgia plebeya que se vengaba de otra. Una liturgia que quemó
conventos contra otra que quema incienso, ya que hoy no puede quemar
herejes.
Mucho puede y debe aprender de Cataluña el resto de España, y hasta de
lo que aquélla tiene de aparencialidad, de fachenda, de exterioridad,
y, más hondamente, de sentido artístico. Es acaso en estética en lo
que Cataluña sobrepuja a lo demás de España, en estética más que en
industriosidad. Y eso a pesar de habernos dado esas fiestas de los
Juegos florales, que es lo más antiestético que conozco, y ello por
abuso de liturgia. Aunque en Galicia pretendan que fueron ellos los
iniciadores de tales fiestas. Y es muy posible, porque a festivos ganan
los gallegos a los catalanes, con serlo éstos tanto. Mucho puede y debe
aprender de Cataluña el resto de España, pero también de ésta puede y
debe aprender mucho Cataluña. Y lo saben los catalanes, que conocen la
verdadera Castilla, esa tierra seria y grave, siempre compuesta y tan
poco preocupada del aparentar.
Es nuestro problema político nacional éste de la concordia entre las
diversas índoles de los pueblos que integran a España.
Manacor (Mallorca), junio de 1916.
EN LA CALMA DE MALLORCA
Apenas terminadas las tareas del curso, me vine a esta bendita tierra
de Mallorca--una de las pocas de España que no conocía--a descansar
un poco. La «roqueta», que es el término de cariño con que llaman a
la isla sus naturales, siempre añoradizos de ella cuando ausentes,
parece el rincón de mundo más apropiado para el descanso. No sin razón
Santiago Rusiñol, que le profesa especialísimo amor, la llamó «la isla
de la calma». En esta isla, en efecto, que es una roca pulverizada en
su sobrehaz--los caminos están todos cubiertos de un polvo blanco, así
como el de la Gran Canaria, otra isla polvorienta, es negro--en esta
isla, que se alza como un retiro en medio del mar latino, se respira
calma.
¡Hermosa tierra para envejecer despacio!; y es de hecho la parte de
España, esta España insular, en que a más altas edades se llega.
Es donde más viejos sanos y bien conservados se ve. Anteayer, día
de Corpus, estuve un rato contemplando en la plaza de esta ciudad
de Manacor a un grupo de ancianos que, sentados frente a un café,
esperaban el paso de la procesión. Y era algo para apegarle a uno a la
vida que pasa, a la vida de todos los días, a una vida pacifica, y, por
decirlo así, insular, la visión de aquel pequeño senado de ancianos que
esperaban lo que durante tantos años han visto y siempre igual. Porque
esa procesión es la misma de que formaron parte, acaso llevando en
andas uno de los pequeños santos--las imágenes son muy pequeñas--hace
cuarenta o cincuenta o más años.
¿Pasa la vida en esta isla de la calma? ¿No es más bien que se queda?
¿Viven de veras estos tranquilos payeses que a tan alta vejez llegan?
Las costumbres son dulcísimas y patriarcales. Es acaso la región de
España que da menos contingente a la criminalidad. Hay familias que al
salir el lunes de casa para irse al campo y no volver hasta el sábado,
dejan la puerta abierta, seguros de que nadie intentará robarles. Los
crímenes de sangre son rarísimos. Me ha dicho el jefe de la Guardia
Civil que en ninguna parte es más querido y estimado el benemérito
instituto. Y a la vez, que ninguna otra región española da tanto
contingente a la Guardia Civil. Pero para el mallorquín que ingresa en
el benemérito instituto, la aspiración es ir a servir en Mallorca, en
su roqueta. Ello le da, aparte de un sueldo seguro, como son todos los
del Estado, autoridad entre los suyos.
Es, pues, el prestigio de la autoridad lo que aquí priva. Si hay tan
pocos crímenes, si las costumbres son tan morigeradas y la seguridad
pública tan grande, la Guardia Civil hace mucha menos falta que en
otras partes. Y a falta de otras funciones tiene que ejercer a las
veces algo que se parece a la cura de las almas. El susodicho jefe me
ha contado que alguna vez ha acudido a él una mujer a quien su marido
descuidaba por irse tras de otra, pretendiendo que le ayudase a volver
el carnero descarriado al redil conyugal. (Aunque esto del carnero,
traído aquí por la tan conocida metáfora de la oveja, viene mal, pues
el carnero es polígamo).
No hay payés que al encontrarle a uno en el campo no le salude,
y si es persona de alguna calidad, con un respetuoso: «¡tenga!».
La cortesía, flor de las buenas costumbres pacíficas, florece aquí
como los almendros, por dondequiera. Ayer fuimos en automóvil a
la orilla del mar, a ver una de las bellísimas costas de la isla,
pasando por Son Servera. Más de una vez se encontró el automóvil con
pequeños carros--abundan aquí muchísimo, pues apenas hay quien no lo
tenga--tirados por alguna caballería espantadiza. En tales coyunturas
ocurren pequeños trastornos, la caballería se encabrita o tesa y hay
que parar el automóvil; otras veces se mete la mula por un sembrado
o hay que dar al carruaje media vuelta. En casos tales, el campesino
castellano se pone hosco, se incomoda y maldice del automóvil y de
los que van en él, cuando no los insulta o aun llega a mayores. Aquí
no sólo acudían los payeses a dominar a su caballería y dejar paso
franco al automóvil, sino que después, por la despedida, se quitaban
el sombrero, saludando con la exquisita cortesía. ¿Servilismo? No, no
puede ser ello servilismo en un país en que reina un bien distribuido
bienestar, una _áurea mediocritas_, en que puede decirse que no
hay pobres.
Porque aquí no se ve ni un borracho, ni un mendigo profesional, y con
esto queda dicho todo.
A ese prestigio de la autoridad y a esa morigeración y cortesía
acompaña un vivo sentimiento de las categorías sociales. Lo cual se
refleja en los tratamientos.
A la primera clase pertenecen los nobles, a los que aquí se llama
los «butifarras», como corrupción de «butiflers», que fueron los que
durante la guerra de sucesión, cuando España toda, y principalmente
Cataluña, estaba dividida, se pronunciaron por Felipe V el Borbón, en
contra de la opinión general de este país, que estaba por el archiduque
de Austria. Entre estos nobles o caballeros habla en la isla otra
superior nobleza formada por los de las nueve casas--_ses nou
cases_--. Los de las nueve casas, que ni siquiera querían títulos,
estimando más sus apellidos, y que acaso descendían de aquellos
caudillos entre los que repartió la isla su conquistador cristiano,
Jaime I, formaban la soberbia grandeza de Mallorca. Hoy puede decirse
que han desaparecido y aun alguna de esas nueve casas ha llegado a la
pobreza. Pues bien: a estos nobles o butifarras se les trata de vuestra
merced, _vosa mercé_.
Sigue otra clase, que podríamos llamar la alta clase media, la
de los hombres de carrera y empleados, a los que se les trata de
usted--_vosté_--. En esta clase son señor y señora. Y para los
abogados hay otro tratamiento, que es _missé_.
Una tercera categoría forman los colonos y labradores ricos. Él es
el amo--_l'amo_--y ella es _madona_. Entre éstos hay otro
título de más preeminencia, que es: _el honor_. El honor Fulano
de Tal. La cuarta clase son los artesanos, el _mestre_, y ella
_mestressa_, y la quinta está formada por los jornaleros de campo,
llamándosele a él, luego que se casa, _sen_--sen Fulano--y a ella
_madó_.
Y no haya cuidado de que entre esta buena gente, cortés y morigerada,
apacible y calmosa, respetuosa y litúrgica, se alteren y confundan los
tratamientos. Y no es sólo que una _señora_ corrija suavemente
y rectifique cuando se le llame _madona_ o ésta lo haga si se
le trata de _mestressa_, sino que se dan casos en que al verse
tratada ésta, la _mestressa_, de _madona_, haga observar que
no es tal, sino sólo _mestressa_. ¿Humildad? No, sino sentido de
la jerarquía, que es muy otra cosa. Pues donde hay esta separación
ritual de clases o de castas se observa que cada una de ellas está
orgullosa de sí misma, y que no son los que pasan por últimos menos
celosos que los primeros en mantener su categoría. Más de un
_amo_ habrá que, afirmado en su fortuna, mirará con desdén al
_señor_, que tiene que vivir de un empleo, y aun al butifarra,
sobre todo si éste se halla arruinado. ¿Quién no recuerda aquella
arrogante respuesta de un poeta castellano a quien, siendo un mozo, al
decirle un noble: «¡Le advierto a usted que a mí hay que tratarme de
_su excelencia_!», le respondió: «¡Pues a mi tiene que tratarme de
_tú_!»?
A esta isla del polvo quieto y de la calma, del bienestar y de la
cortesía, he venido a descansar un poco y a huir de la excitación
que me producían las inevitables discusiones sobre la marcha de la
guerra y sus causas. Pero es inútil huir del mundo si uno se lleva el
mundo en sí; de poco o de nada sirve refugiarse en un claustro--y un
claustro henchido de luz es esta roca ceñida de mar y hecha un jardín
de almendros, higueras, algarrobos, olivos, albaricoqueros, pinos,
encinas, vides--si se lleva el siglo dentro de sí al claustro. No traje
conmigo arriba de media docena de libros; entre ellos mi _Lucano_;
pero bastan los sonoros exámetros latinos de su _Farsalia_ para
despertarme, en esta isla de paz del mar latino, sentimientos de guerra.
Hace unos días visitaba en el puerto de esta ciudad de Manacor las
famosas cuevas del Drach, aquel maravilloso laberinto subterráneo
de fantásticas salas con artesonados de estalactitas y pavimento
de estalagmitas, que a las veces, juntándose, forman caprichosas
columnas, en que el juego de las concentraciones calcáreas finge
monstruos que trepan por la fusta. Es un regalo para los ojos y para la
fantasía subir y bajar por aquellas cavernas tenebrosas, llevado por
el guía, que a ratos enciende una bengala para proporcionaros el más
extraordinario espectáculo de un escenario--de hadas o de gnomos--. Y
llegáis al saloncillo en que se os cuenta cómo hace años se perdieron,
guiados por un mal guía que no encontró la salida, dos catalanes, y
habiéndoseles apagado la lumbre que llevaban se pasaban los tres,
de uno a otro, el cigarrillo--y dicen de uno que no había fumado
antes--para ver siquiera aquella roja lucecita mientras aguardaban a
la muerte, y así hasta que echándoles de menos fuera, y al ver llegar
solo un caballo que habían llevado, los buscaron y encontraron al
cabo de treinta horas mortales. Desde entonces quedó abierto para los
visitantes ese nuevo salón, al que se le arregló la entrada--y que es a
la vez salida--antes disimulada, y al que se le llama de los catalanes.
Pero lo extraordinario de las cuevas del Drach son las aguas
subterráneas, las aguas tenebrosas y quietas que allí dentro descansan.
Es tal su quietud y su trasparencia que no se las ve. El guía tiene que
advertiros de que no deis un paso en tal dirección si no queréis meter
el pie en el agua, y aun advertido uno se hace imposible descubrir la
línea de la sobrehaz donde toca las piedras. Es menester agitar un poco
el agua, echar en ella una chinita, para descubrirla. Sólo de tarde en
tarde una gota desprendida de alguna estalactita rompe levemente la
quietud del agua y el silencio absoluto de aquellas tinieblas. Y allí
dentro hay una laguna, una verdadera laguna, ahora con un bote para
pasearse por ella, una laguna bajo bóveda de estalactitas y de cuyo
fondo emergen estalagmitas. La gota de agua cargada de cal que cae del
techo, atraviesa el agua muerta e inmóvil y va a depositarle bajo de
ella, en la estalagmita que desde hace siglos aguarda fundirse un día,
en columna, con su compañera. No estorba el agua inmoble sus seculares
amores, ese anhelo milenario por juntarse. La tal laguna es, sin duda,
una de las mayores maravillas que puede verse en el mundo.
Llámanle el lago de la Gran Duquesa de Toscana, en honor a la madre
del archiduque Salvador, que tanto hizo por esta isla de Mallorca.
Mr. Martel, explorador de las cuevas del Drach, dice que no conoce
estanque alguno subterráneo mayor. Su longitud es desde el pie de la
ventana por la que antes se le veía, hasta el recodo que forma hacia
el oeste de 177 metros, su anchura media de 30 y profundidad de cinco
a ocho, llegando a nueve. Es tan pura el agua que se ve el fondo y
todo y parece al recorrerlo en bote que se navega entre dos bosques de
agujas de escarcha, _largas lágrimas de diamante_, que dice Mr.
Martel. De trecho en trecho hay isletas de carbonato de cal, a modo de
blancos corales. Algunas de éstas han logrado juntarse con su compañera
del techo, cerrando columnas acanaladas. Parece cosa de las _Mil
y una noches_. ¡Si me hubiese sido posible quedarme allí solo, a
oscuras, en absolutas tinieblas, en el infinito silencio, en el bote
flotante que habría quedado, a falta de viento y de corriente, inmóvil!
Situación semejante no se puede ni concebir en otra parte alguna.
Pero con ser éste del lago de la Gran Duquesa de Toscana, o de
Miramar--que con los dos nombres se le conoce--espectáculo único en
el mundo, hay otra cosa que hirió más mi fantasía. Y es que en una de
las cavernas vimos como una cuerda de guitarra, bien tensa y a plomo,
que iba del techo al suelo. Diríase que era la cuerda del arpa del
silencio. Junto a ella otras dos o tres cuerdas colgaban del techo, mas
sin llegar al suelo. Nos aproximamos, proyectó sobre ella el guía la
luz de su lámpara de acetileno y vimos las diminutas radículas que se
pegaban a la cuerda. Era una raíz de lentisco. La mata--acaso árbol,
porque al lentisco aquí le dejan hacerse árbol--nace arriba, en la
luz del sol, sobre el suelo de la roqueta, a cinco o seis metros por
encima del techo de la caverna--que tal será allí el espesor de la
bóveda de ésta--lanza sus raíces a tomar jugos de la roca, luchando con
ella--llegan las raíces a unas tinieblas de aire preso, a un vacío de
donde no se saca jugo, y siguen hundiéndose hasta volver a encontrar
otra vez, otros cinco metros más abajo, nueva tierra, nueva roca.
En esta encantada isla de Mallorca, en su paz y su quietud humanas y
corteses, creí encontrar ese aireado vacío de tinieblas para las raíces
belicosas de mi espíritu, pero éstas han seguido hundiéndose hasta
encontrar nuevo suelo en que luchar con la roca y para sacarle jugo.
Lucano me ayuda a ello. Voy después de comer a un casino, de gente
muy cortés y muy apacible, donde no he oído hablar de la guerra, y
hago allí lo que hace años dejé de hacer, y es jugar al ajedrez. Y por
cierto mi adversario y compañero de juego, el Sr. Nadal, es un jugador
belicoso, siempre a la ofensiva, pero en el ajedrez. ¿Es el juego acaso
el que me vuelve a mis preocupaciones de guerra?
Y en esta dulce y noble tierra de las categorías y los rangos de
tan buen grado aceptados, siento crecer mi aversión a ciertas
especializaciones. Me siento aquí más belicoso, más religioso
y más intelectual, pero a la vez más antimilitarista, más
antieclesiasticista--no me gusta el término anticlerical, que ha tomado
un cierto sentido ambiguo--y más antipedagogista. Siento aquí con más
fuerza mi sentimiento de que todo hombre debe ser guerrero, sacerdote
y maestro y que no hay cosa peor que delegar estas tres funciones--la
guerra, el culto religioso y la enseñanza general de los conocimientos
indispensables para todo hombre--de todo buen ciudadano. Porque cada
vez siento mayor repugnancia a la llamada ciencia militar--estrategia,
táctica, etc.--, a la teología y a la pedagogía como disciplinas
privativas, y casi secretas, de militares, de sacerdotes y de maestros
de escuela. No necesito decir a mis lectores que no soy lo que se
llama pacifista, que no creo que la guerra--la guerra cruenta--ha
de desaparecer ni estimo que deba desaparecer, sino que la creo un
elemento de civilización y de cultura; tampoco necesito decir a mis
lectores que no soy de los que creen que han de desaparecer las
religiones positivas y que ha de suceder una era científica a la
teológica, sino que, por el contrario, estimo que ha de teologizarse
aún más la ciencia y que el problema religioso de nuestro final destino
humano, el de ultratumba, ha de ser el cardinal siempre; y es inútil
que diga cuánto me preocupa la difusión de la cultura y la instrucción.
Pero creo que los mayores enemigos del buen belicosismo, del sano
sentimiento guerrero, de la guerra noble, son los profesionales de la
guerra, los militares; creo que los peores enemigos de la religiosidad
son los sacerdotes y los más peligrosos enemigos de la cultura son los
pedagogos. No pueden ser funciones especializadas y delegadas. Todo
ciudadano tiene que ser caudillo, sacerdote y maestro. Un pueblo no
es pueblo completo y perfecto mientras no sea un pueblo de caudillos,
sacerdotes y maestros.
¿Podría vivir mucho tiempo en este apacible, respetuoso y no demasiado
curioso pueblo mallorquín? Si un día la batalla de la vida me rinde,
si mi coraje flaquea, si siento en el corazón del alma la vejez, me
acordaré, estoy de ello seguro, de este pueblo tranquilo y feliz; me
acordaré de su luz espléndida y también de su lago subterráneo de aguas
tenebrosas y quietas; me acordaré de sus quietas legiones de almendros
y de higueras, todos bien alineados; me acordaré de sus patriarcales
molinos de viento volteando sus velas sobre los arreboles que deja el
sol al ponerse en la sierra de la costa brava; me acordaré de esta paz;
¿pero hoy? Hoy no he hecho sino empezar a gustar este sosiego, y ya el
amor a la inquietud se me enciende.
Y, sin embargo, ¡qué grato es esto! ¿Quién acierta?
Sólo se echa aquí de menos una cosa, como la echaba de menos en otra
isla, en la Gran Canaria, y es el agua dulce corriente. En Mallorca
no hay, en rigor, ríos ni arroyos, ni más lago que aquel subterráneo.
Alguna vez se ve una rambla, una torrentera seca, llena de pedruscos,
donde unos pocos días, después de tormenta, corre el agua al mar.
Yendo por esos innumerables caminos polvorientos--la isla está toda
entretejida de caminos--se echa de menos un regato de corrientes aguas
dulces. «¡Lo mejor, el agua!»--exclamó Píndaro, y el vicario general
de Mallorca, mosén Antoni Ma. Alcover, un formidable catalanista--más
bien que mallorquinista--que cree que en Barcelona no se puede vivir
sin saber catalán, en su diario de una salida que hizo a Alemania
y otras naciones en el año del Señor 1907, al pasar el Ródano por
Aviñón, donde todo es verde, exclamó en mallorquín: «¡Quina gran cosa
qu'es l'aygo!»: ¡Qué gran cosa es el agua! Esta ingenua expresión,
casi pindárica, puede encontrarla el lector curioso en la nota del
día 4 de julio de dicho diario (_Dietari de l'exida de Mn. Antoni
Ma. Alcover a Alemania y altres nacions l'any del Senyor 1907_),
en el tomo V («extraordinari») del _Bolletí del Diccionari de la
Llengua catalana_, impreso en la «Ciutat de Mallorca»--que debe
de ser Palma--en 1908. «¡Quina gran cosa qu'es l'aygo!», digámoslo
pindarizando un poco en mallorquín, con el formidable germanófilo y
catalanista mosén Alcover, vicario general de Mallorca.
Ya ve el lector que leo algo más que la media docena de libros que me
traje, pero lo demás que leo es en mallorquín. Curiosidad de filólogo.
Adondequiera que voy me gusta leer en la lengua de aquel país. En
Portugal apenas leo sino portugués y ahora aquí leo mallorquín. Pero
cuidando que lo sea y no catalán. No es que haya una gran diferencia
entre ellos, pues son hermanos gemelos, pero me gusta apreciar las
diferencias más bien que las semejanzas. En las lenguas como en los
hombres, persigo la individualidad personal. O si se prefiere, la
personalidad individual.
Los literatos mallorquines propenden a escribir, no en el dialecto vivo
de su tierra--llamo dialecto a toda lengua conversacional, aunque no
dependa de otra--, sino en catalán literario. Los literatos aquí y los
intelectuales en general son catalanistas más bien que mallorquinistas.
El gran poeta Juan Alcover, después de haber estado mucho tiempo
haciendo versos--y muy excelentes--en castellano, se puso a hacerlos
en catalán literario y no en la lengua que se habla en su ciudad natal
de Palma. Él me lo explicó hace ocho años, diciendo que escribía en
castellano en la edad en que hay avaricia de lágrimas, cuando la poesía
es de cosas externas; pero que cuando con los años se le ablandó el
corazón y sintió la necesidad de expresar sentimientos más íntimos y
más cordiales, tuvo que acudir a su lengua propia. Pero no acudió a
la de su cuna, a la de su hogar, a la de su ciudad nativa, sino al
catalán literario, a una lengua que no tiene menos convenciones que
el castellano oficial. Por donde se ve el verdadero origen del cambio
de medio de expresión. Y es ello natural: escritores mallorquines que
no hallaron escribiendo en castellano todo el público que buscaban--y
algunos de ellos, como Juan Alcover, no todo el que merecían ni
mucho menos--al corroborarse y extenderse el renacimiento literario
catalanista se pusieron a escribir en catalán de Cataluña y tal vez en
un catalán que nadie hoy habla.
Pero yo me he puesto a leer mallorquín empezando por las tan típicas
y graciosas _Aygoforts_ (_Aguafuertes_), de Gabriel Maura,
muerto ya y hermano mayor que fué de don Antonio, el tan conocido
político, publicadas en 1892 con un prólogo... ¡en castellano! de Juan
Alcover.
Lo más de la producción literaria, estrictamente mallorquina, en lengua
vulgar de la isla, es de carácter religioso. La Iglesia tiene que
dirigirse a los fieles en la lengua que éstos hablan, sea la que fuere.
La predicación no debe hacerse aquí ni en castellano ni en catalán,
y el catecismo de la doctrina cristiana se enseña en cada país en la
lengua vulgar y conversacional propia de él. Como esfuerzo y a modo de
gallardía, un presbítero mallorquín, don Ildefonso Rullán, licenciado
en Filosofía y Letras, dió a luz en los años de 1905 y 1906 en una
imprenta de Felanitx la primera traducción del _Quijote_ a lengua
mallorquina. «T'o conterem tot sense solfas ni pretensions de cap casta
ab un llenguatje tan clar y tan corrent com mos sía posible...»: te
lo contaremos todo sin solfas ni pretensiones de ninguna clase, con
un lenguaje tan claro y tan corriente como nos sea posible, decía,
y se esforzó en verter los refranes de Sancho a refranes populares
mallorquines.
Más de esto de la lengua y de la literatura mallorquinas, de tan noble
ascendencia y gloriosa tradición, desde los tiempos del Beato Lulio, he
de deciros otra vez.
Esta parte de la isla en que desde hace once días me encuentro pasa,
no sé bien por qué, por ser la menos pintoresca de ella. Acaso por ser
la más llana. Llámanla la llanura. Me escribe desde Barcelona un amigo
que los suyos de Palma se sienten aterrados--tal es su expresión--de
que vaya yo a juzgar a todo Mallorca por esta parte en que estoy
ahora descansando. Ignoran que las llanuras me encantan tanto como
las montañas, y que si éstas me tientan a treparlas para descubrir
desde su cumbre más amplios horizontes gozo de éstos sosegadamente
desde el llano. ¡Y que es hermoso aquí ver ponerse el sol tras de
la sierra del norte, la más elevada de la isla, que se alza allá, a
lo lejos, destacándose sobre las verdes ondulaciones del terreno!
Porque la llamada llanura no es una pampa o una estepa, no es como la
llanura de la Mancha o el páramo de entre León y Palencia, sino que
es un terreno ondulado cubierto todo él de árboles de cultivo. Desde
el castillete de la roca--«es castellot de sa roca»--o desde la roca
del castillete--«sa roca des castellot»--que es un peñasco a modo de
torreón que se alza aquí cerca sobre una dulce colina, ¡qué grato es
contemplar tumbado allí arriba los quietos rebaños de almendros, de
higueras, de algarrobos, de vides, de pinos, que arraigan en las mansas
oleadas petrificadas de la tierra de la roqueta! Y a lo lejos el mar.
Cuenta que este peñasco, este castillo rocoso, es una guija que se sacó
del zapato y dejó sobre esta colina un gigante que venía de Felanitx a
Manacor.
Todo da una sensación de bienestar más que de abundancia, de discreta
fortuna. El otro día me acerqué a una familia de payeses que tomaban
el aire y acariciaban los campos con la mirada, y me acerqué a ellos
para pedirles un vaso de agua, pero a la vez para beber aquella visión
bíblica de paz y de dicha. La mujer, con su trenza a la espalda y un
niño en brazos, de soleado rostro, me miraba con sus azules ojos como
mira el cielo. La vida como que irradia de estas mujeres mallorquinas,
de trenza tendida y brazos desnudos hasta el codo, que pisan con amor
el suelo de la roqueta.
Pero tengo que ir a las maravillas, por así decirlo, oficiales de la
isla, a lo que se ofrece a los turistas; a Valldemosa, en cuya cartuja
de un tiempo reposó Rubén Darío sus turbulencias del alma; a Miramar,
a Sóller y subir al Puig Mayor. La excursión es el modo mejor de no
dejarse ganar demasiado por esta calma.
Manacor (Mallorca), junio de 1916.
EN LA ISLA DORADA
I
En Mallorca son algo injustos con el llano en punto a su belleza. El
deslumbramiento que produce la hermosura de la costa montañosa del
norte, de sus espléndidas calas, de sus valles y sus barrancas, de sus
rocas encendidas que avanzan a bañar su fulgor en el añil del mar,
que es como una sangre, todo eso hace que no se aprecie lo debido la
copiosa apacibilidad del riente llano de higueras, olivos, almendros y
algarrobos.
Mallorca, la isla de oro, debe su fama de hermosa a la montaña costera.
La brava sierra que forma la costa brava es como un gran contrafuerte
que corre de noroeste a sureste, cubriendo la llanura. Va desde el
cabo de Formentor, donde se alzaba el pino que cantó Costa y Llobera,
el que al viento sacudía su verde cabellera sobre el rompiente de las
olas surgiendo de la roca, sin tierra a sus pies, en el cabo Nordeste
de la isla, hasta la península de Andraitx, en el cabo suroeste, donde
se alzan los ceñudos acantilados sin fronda ni verdura alguna, que
primero le saludan al que llega embarcado desde Barcelona. Y toda esa
costa es una maravilla luminosa. Diríase una isla de piedras preciosas,
de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de amatistas, bañándose al sol
en su propia sangre. Pues es el mar como sangre de piedras preciosas.
Es el mar homérico, el de la Odisea, el mar de color de vino, el que
parece haberse derramado desde las entrañas de las rocas, no es el mar
tenebroso que cantara Camoens.
Recorrí buena parte de esa fulgurante cornisa, que es una verdadera
obra maestra de Dios, o si se quiere una obra de arte de la naturaleza.
Parece hecha aposta para que el hombre aprenda a soñar. Y aquí no es,
como en la Castilla de Calderón, la vida sueño; aquí el sueño es lo
que se tiene ante los ojos, aquí la naturaleza es sueño. Pero sueño de
mediodía de verano, palpable y firme, donde la luz del cielo se adensa
y cuaja en formas claras y precisas. Es un paisaje--aunque este término
de paisaje resulte aquí flojo y desvaído--es un paisaje intelectual,
contemplativo, seguro de sí mismo. Gea y flora y hasta fauna se abrazan
y como que se mezclan y hasta confunden.
Se hacen los árboles como rocas y otras veces fingen--¡oh los olivos
de Valldemosa!--monstruos prehistóricos y las rocas se hacen como
troncos gigantescos o como enigmáticos gigantescos dragones. No, no
son fantásticos delirios aquéllos que pintó el gran poeta de la luz de
Mallorca, el pintor Mir, que embriagado de sol, como suelen estarlo las
cigarras, pintó como éstas cantan en los pinos, brezando la modorrienta
siesta del mar, con un estremecimiento de las entrañas. El pobre Mir
acabó en que se le desvaneciera la razón--que me dicen ha recobrado
ya--en su lucha por volver al arte lo que a éste arrebató la naturaleza.
Mi primera excursión a la montaña y la costa fué yendo desde Inca al
santuario de Lluch y de éste, cruzando sierra, a las bahías de Pollensa
y de Alcudia. De Inca a Lluch se sube, siempre al pie del imponente
pico--o puig--de la Massanella, el segundo gigante pétreo de la isla,
por un verdadero cinematógrafo de hoces y barrancas. Surge algún
pueblecillo de esos que parecen eflorescencia de las rocas vestidas de
verdura, con su iglesia en lo alto, como un halcón de cetrería en su
percha. Así Caimari. Y luego el salto de la Belladona, un derrumbadero
tajado a pico y abierto al apacible llano, y donde brotó, como en flor
espiritual, una leyenda, la de la dama que arrojó su marido por el
despeñadero, y al llegar al altar de Nuestra Señora, la encontró allí
sana y salva arrodillada.
Lluch, el santuario, es el Montserrat de Mallorca. Allí, en el corazón
espiritual de la isla, y que es como el centro del espinazo rocoso de
ella, forma el ceñidor de las montañas, con sus picachos por almenas,
como otra isla, un reposadero de calma y de ensueño. No cabe espaciarse
sino hacia el cielo, pero se barrunta el mar tras las montañas. El
cielo mismo refleja el esplendor del mar encendido. ¡Y aquel valle
profundo de Aubarca, mirando al cual siente uno que se le anega todo
recuerdo de la historia!
De Lluch emprendimos una caminata a pie, a Pollensa, por senderos
pedregosos franqueando la sierra. Y era el placer de embarcarse entre
los árboles hijos de la roca y de beber agua de roca, labios al
cauce, y de sentirse lejos de la mentira. Pero los kilómetros se nos
alargaban bajo los pies. Consuelo y premio grandes al columbrar allá a
lo lejos el mar dibujando montañas. Bajábamos al espléndido valle de
March, un jardín donde nos saludaban naranjos y albaricoqueros, y más
cerca, a nuestro lado, en un seto, un mirto florido con sus modestas
florecillas payesas, blancas, de cinco pétalos--como otros rebosillos
que es el tocado de las campesinas--y su plumerillo de estambres a modo
de trenza. Y granados en flor.
Ya tarde pusimos pie en Pollensa, donde pernoctamos. No sin que algún
viajante insomne o nocherniego nos diese la tabarra cantando, mientras
aporreaba el piano, esa infame cancioncilla del: ¡bacalao! ¡bacalao!
¡bacalao! ¿Por qué, Dios santo, se extenderán y arraigarán tan pronto
esas cancioncillas absurdas? En Mallorca misma, donde apenas se oye
música popular indígena, con su letra mallorquina, óyese alguna vez
disparatadas coplas castellanas. ¡Y tan disparatadas! Sirvan dos de
ejemplo. Una:
Disen que no ma queres
porque no llevo quelsones,
mañana me empondré unos
que se disen pantalones.
Y otra:
Que es de dichosa una madre
que tiene un hijo soldado,
que si muere en el servisio
tiene el entierro pagado.
Mas pasó la noche con su bacalao a la pollensina y subimos al calvario,
cuyos cipreses se esmaltan sobre el cielo esplendoroso, uno de estos
calvarios de levante donde el recuerdo mismo de la muerte canta vida
o más bien inmortalidad, uno de estos calvarios en que se siente la
comunión de los vivos con los muertos en el estremecimiento luminoso de
la tierra que comulga con el cielo. Y la vista de que se goza desde el
calvario de Pollensa, estupendo mirador--o «miranda», como por allí se
dice--es una hostia de comunión con la naturaleza.
Entra por los ojos la vida universal. En el fondo, colindando con
el cielo o meciéndose con él en nacaradas lontananzas, las bahías
de Pollensa y de Alcudia, y ciñéndolas un intrincamiento de oscuros
peñascos, de promontorios, al modo de islotes o de una tropa de enormes
cetáceos fosilizados. El cabo Formentor hiende el mar. Y se ve cómo la
isla de oro es una perla entre las dos conchas azules del cielo y del
mar.
Alcudia, la ciudad de abolengo romano, duerme o más bien sueña entre
las dos bahías. De sus calles silenciosas se exhala paz. La llena
un silencio que parece oprimido por el cielo. El mar mismo es allí
silencioso. Y sus aguas parecen metálicas. A la distancia finge el mar
ése latino una barrera de zafiro, un cercado del cielo. El color del
agua es increíble; a trechos casi negro, pero negro de luz.
De Alcudia volvimos a Manacor pasando por la Puebla--o mejor la
Pobla--, la parte más fértil de la isla, aunque no la más pintoresca.
Hay allí una albufera y el mar empapa a la tierra. Un ejército de
molinos de viento le sacan a ésta su agua; pero de estos molinos
modernos, de rueda y pequeñas aspas de madera. Aunque no son esos
familiares viejos molinos de viento, los de velas, los de Don Quijote,
los que os saludan como con la mano, estos otros molinos en tan gran
tropa no dejan de animar al paisaje con una nueva vida. Se ve a la
tierra trabajando.
Mi segunda excursión fué a Sóller, en donde hay un ferrocarril desde
Palma hecho por los sollerines. Cierto es que en esa isla afortunada
todo es de sus propios hijos.
Sóller es como otra isla dentro de la isla. Pósase el pueblo en un
valle hondo abierto hacia el mar, sedimentado de naranjos y sobre el
cual se alzan imponentes picachos y presidiéndolos el primer gigante
pétreo de Mallorca, el Puig Mayor de Torrellas, que sepulta su cresta
en el cielo. Es difícil el rebaño de casas de Sóller, asentadas entre
la verdura al abrigo de los peñascales. Y luego aquel puertecito
apacible y soñador, al que apechugan las montañas, que desde lo más
alto de sus márgenes parece cerrada a la vista su entrada, un lago.
Los barcos allí deben olvidarse que tienen que salir, pues es como un
retiro.
Cerrado Sóller al resto de la isla por su ceñidor de rocas y abierto al
mar, los sollerines buscaron más allá de éste sus destinos. Se fueron
más allá, sobre todo al Mediodía de Francia, a toda Europa, a vender
sus naranjas, después las de otros, a comerciar en fruta. Y así se
enriquecieron. Aspírase un aliento de bienestar por dondequiera. La
_aurea mediocritas_, la discreta fortuna, se ha ido colando por
entre aquellos naranjales. Es un pueblo donde la gente se retira a
paladear lentamente el fruto del trabajo.
Y en el mismo valle de Sóller hay al pie mismo del Puig Mayor, otra
isla dentro de esta isla de la isla de Mallorca. Es Fornalutx.
Fornalutx, un pueblecito colgado en la falda del gran peñasco, con sus
calles en cuesta, de gradería las más de ellas, escondido del mundo
todo. Desde él no se ve ni aun Sóller, sino tan sólo rocas revestidas
de fronda y el cielo sostenido sobre las cuchillas de las cumbres
rocosas, y una inmensa sensación de anacoresis.
Llegamos a Fornalutx fatigados y sudorosos, y en busca de reposo y
de frescura entramos en la iglesia. ¿Dónde más calma y más fresco?
Y estando allí sentados salieron unas monjitas a arreglar y orear y
limpiar unos velludos. Eran como camareras del Señor o su Virgen
Madre, sencillas payesas sacristanas. Acompañábanles unas niñas. Y
allí, sin cuidarse de nuestra importuna presencia, extendían sus paños,
los medía una de ellas, a palmos, con su mano bien abierta, y atendían
a su pausado menester doméstico. La iglesita era su casa.
Mallorca está llena de estas monjas de una orden diocesana, isleña y
aislada, dicen por decir algo que franciscana; pero dicen bien, porque
da la más profunda impresión de franciscanismo. Son las maestras de
estos pueblecillos rodeados de masías, son también las enfermeras.
Ingenuas payesas de la casta de aquella beata Catalina Tomás, la
valldemosina que hablaba con los ángeles del cielo mallorquín, con los
espíritus cristianos de las rocas, de los árboles, de las calas, de las
cuevas de Mallorca. Porque allí los genios tutelares de la naturaleza
se dejaron bautizar. Y el cristianismo mallorquín y franciscano,
campesino, tiene a la vez algo del encendido orientalismo de Ramón Lull.
Al volver de Fornalutx, en Beniaratx, al vernos detenidos, nos dijo
una viejecita que había desde allí _una mirada molt maca_, una
vista muy bonita. Y acaso la viejecita de Beniaratx ha llegado serena
y contenta, henchida del infinito de su propia limitación, hasta su
edad--podría tener más de ochenta años--apacentándose del aire puro de
aquel cielo y de vistas hermosas. Acaso no ha salido nunca, no ya de la
isla de oro, mas ni del valle de Sóller y toda la pureza del universo
ha pasado por su alma. ¿Es que no ha visto en las noches serenas como
su alma palpitar en el cielo las estrellas y otras noches a la luna
que remoloneaba contemplando la roqueta? Y allá en sus mocedades se
estremecería esta viejecita de hoy como se estremecen cantando al sol
las cigarras.
Al retirarnos de Sóller, al volver al llano, miraba con mordiente
avidez, con mirada de presa, a aquel Fornalutx agazapado en un
repliegue de la falda del mayor gigante pétreo de la isla de oro,
queriendo llevarme para siempre en el alma su visión. Vendrán días
en que necesite del recuerdo de la paz del rincón de Sóller, de su
puertecito retirado.
Allí debe experimentar el que viva un profundo sentimiento de
seguridad, de que nada ni nadie le amenaza, de que el mar que le
comunica con el mundo todo a la vez le protege de él. Antaño, en los
siglos en que aún duraba la lucha entre el moro y el cristiano, hasta
no hace aún siglo y medio los corsarios berberiscos asolaban de tiempo
en tiempo las costas de Mallorca. Iban a la caza de cautivos a que
hubiese luego que rescatar. Y estaban las costas llenas de atalayas y
de torres de defensa contra la piratería del moro. Hoy esas torres son
miradores. Y en la isla toda se percibe la tranquilidad de la seguridad.
Es espléndido el camino de Sóller a Palma, sembrado de esas hermosas
masías mallorquinas que os llaman al pasar y os hablan, con sus
ventanas y sus galerías, de la vanidad de correr el mundo. ¿Pero podría
uno ya vivir en un Sóller, en una de aquellas casitas que miran al
torrente seco, junto a un naranjal, viendo pasar los días y quedarse
la vida y apacentando la vista ya con la cumbre que se sepulta en el
cielo, ya con el mar que lo sepulta?
Antes de que los sollerines hubiesen hecho--y con sus propios
capitales--el ferrocarril de Palma a Sóller, íbase de una a otra
población por una carretera que es un cinematógrafo de paisaje y con
más de cincuenta rápidas revueltas para bajar al valle de Sóller. El
tren lleva más pronto, es claro, pero en cambio tiene aquel túnel, uno
de los más largos de España, con todo su cortejo de humo.
He escrito de España y así es, porque Sóller, como toda Mallorca, es
desde luego tierra española, ni quiere ser otra cosa. Pero yo no sé qué
sutil sugestión se le infiltra a uno en el ánimo haciéndole pensar que
cuando allí se halla está lejos de todas las patrias oficiales, de los
hombres que luchan y de los que contemplan interesadamente la lucha
buscando el modo de aprovecharse de ella.
En la isla dorada sentíame más que extranjero de todas las tierras
ciudadano del mundo, pero del mundo de la naturaleza y de la paz.
Creo que mientras estuve en la iglesia de Fornalutx, viendo a las
monjas--llámanlas, me parece, las de la Pureza--arreglar los paños de
la casa de Nuestra Señora, camareras de la Virgen, se me desvaneció
hasta lo subconsciente de la obsesión de la guerra.
Allí, al lado de Sóller, posa junto al mar un pueblecillo que vi en
otra excursión y que es Deyá. Hase de él dicho que es como uno de
esos pueblecillos de nacimiento de cartón, y cabría pensar que lo ha
ideado y ejecutado a posta una sociedad para el fomento del turismo.
Es en su género, el pintoresco, un modelo. No comprendo cómo no se ha
popularizado ya como esos otros pueblecillos de los bordes de los lagos
suizos o italianos o de la cornisa francesa o de los alrededores de
Nápoles, cuyos retratos, más o menos fantaseados y con una romántica
luna entre nubes no pocas veces, figuran en tantos comedores de
posadas. Porque Deyá está pidiendo el cromo, así como sus calas piden
el cuadro fuerte que haga presa en la naturaleza.
En Deyá, lo mismo que en Sóller, vese un pueblo de encendido
mediterráneo, al pie de unas rocas que parecen alpinas. No es
métricamente ninguna gran cumbre la del Puig Mayor, no llega a los
1.500 metros y, sin embargo, nos hace la impresión de un gran gigante
alpino. Es, en parte, que le vemos elevarse desde el nivel del mar
cuando a otras grandes montañas las contemplamos desde llanos a una
grande altura; mas es también que el ámbito fulgurante de luz parece
que los sublima. Y todo, a la vez, es moderado y todo definido y claro.
Todo es clásico.
Roqueta de Mallorca, isla dorada donde cantan, ebrias de sol,
las cigarras de oro, invitas a vivir en ti una vida de cigarra,
alimentándose de aire purísimo cernido por los pinos, olivos, almendros
y algarrobos, de luz del cielo y de canto y a dejar a las hormigas el
cuidado de atesorar briznas. Allí hay el derecho a la holganza. Pero
aquellos hombres, lentos y calmosos, trabajan y trabajan bien. Trabajan
lenta y calmosamente, pero con toda la perfección posible, recreándose
en su trabajo, en su obra. Los artífices o artesanos son excelentes.
Y es que acaso toda obra es para ellos obra de arte. No es el hacer
que se hace y como para salir del paso. Lo hacen todo bien, hasta los
versos, los que los hacen. Tendrán más o menos poesía, les faltará
acaso brío y hondura o emoción, pero estarán mimosamente cincelados,
con una ferviente devoción a la forma. Me enseñaron cerca de Santa
María un almendral que era un modelo. Todos los almendros en perfecta
formación y todos perfectamente uniformados y equipados. La ordenanza
era modelo. Y así el sol les penetraba por entero. Apenas había en
ninguno de ellos hoja a que no le diese el sol.
Es Mallorca una tierra bendita para vivir despacio y moderadamente y
para trabajar también despacio y moderadamente. Hay quien les llama
a los mallorquines holgazanes, mas es sin duda porque no padecen la
febril ansia del trabajo que podríamos llamar económico, del que es
castigo, del de concurrencia, del padre de las guerras, pero basta
ver sus campos y las obras de sus artífices para percatarse de que
trabajan, y trabajan bien. Trabajan con un trabajo que se podría decir
estético. Más que trabajadores son artesanos, en el más noble y puro
sentido de esta palabra, que empieza a desusarse. En aquel espléndido
escenario ese bárbaro trabajo que tiende a producir al más bajo precio,
ese trabajo servil que está embruteciendo a nuestras generaciones,
no puede prender. Creo que los mallorquines sean más industriosos
que industriales. Grandes industrias, de ésas de fábrica, de las que
encierran como en un redil a grandes masas de trabajadores, no las
hay. No hay esas chimeneas que en otras tierras ensucian de trecho en
trecho el cielo y la tierra. Una de las industrias más desarrolladas en
la isla es la de la zapatería de calzado fino, de obra prima y hacen
labores primorosas en calzado de señoras. Pero eso lo hacen artesanos
más que obreros o si se quiere artistas, y lo hacen individualmente,
cada uno en su casa. Y por cierto que la guerra ha venido a trastornar
un poco este sano régimen. En Alaró, pueblo de zapateros, al pie del
castillo, último baluarte de la independencia del fugaz reino de
Mallorca, me dijeron que esos artistas emigraban a Francia, a hacer de
prisa y al desbarate calzado de munición para los combatientes. ¡Dios
quiera que no vuelvan maleados para su arte!
De vuelta de Sóller me preparé a ir a Valldemosa.
II
Valldemosa es lo más célebre que como paisaje y lugar de retiro y de
goce apacible de la naturaleza tiene Mallorca. Tiene ya su tradición
y hasta su leyenda literarias. Le prestigió la Jorge Sand, que pasó
allí un invierno con el pobre Chopin enfermo de tisis y enfermo de la
Sand y de música, que fué a buscar alivio y recreación en aquel aire
alimenticio y aquella luz vivificante. La maternal escritora que no
logró allí chocar como quisiera, aunque chocó de otro modo, se desahogó
en su libro _Un hiver à Majorque_. La _menagère_ se encontró
fuera de su centro. Acaso el enfermo mismo le estorbaba, visto que
no apreciaban allí su literaria abnegación. Y es curioso leer que se
quejaba de falta de caminos en un país que está hoy entretejido de
ellos. Pues será difícil encontrar otra región con más y mejores medios
de comunicación.
También Rubén Darío pasó en Valldemosa una temporada en sus últimos
tristes y torturados años, acaso la última temporada en que gozó de
alguna paz. La pasó en la casa misma en que yo estuve alojado diez
días, en casa de D. Juan Sureda, cuya mallorquina hospitalidad es
una honra para la isla. Con D. Juan Sureda y con su mujer, Pilar,
excelente y emocionada pintora, las horas parece que se van sin
sentir y es que se quedan dentro de uno. Habita Sureda en lo que fué
morada del prior de los cartujos en la cartuja de Valldemosa y es un
espléndido mirador. Allí el pobre Rubén se refugió, maltrecho y ya
definitivamente vencido por el diablo amarillo, a emprender la última
lucha, la desesperada. Allí escribió algunos de sus últimos cantos,
entre ellos el de la cartuja, después de haber leído una vida de san
Bruno. Allí tuvo sin duda la última ilusión de poder vencer al nepente,
al licor que haciéndonos olvidar el fondo de la vida nos precipita por
él hasta la muerte. Allí pidió, en una de sus crisis, que le llevasen
un teólogo, un confesor, o muy sabio o muy sencillo. Allí visitó a un
viejo ermitaño que desde un hospital de Palma se fué a la ermita de la
Trinidad de Valldemosa a acostarse a morir entre la fronda que vive
de brisa marina perfumada. Al arrancarse Rubén de Valldemosa, cuando
le llamaban el mundo y la muerte, llegó por la carretera de Palma a
un punto en que describió la airosa fábrica de la catedral y entonces
hizo parar el carretón, descubrióse, pidió a su cordial amigo Sureda
que le rezase un padrenuestro, contestóle devotamente, se santiguó e
hizo luego un gesto de trágica resignación que era una despedida y
como el último saludo de quien se dispone a arrojarse al abismo. La
cartuja de Valldemosa está henchida de recuerdos del pobre Rubén y yo
sentía el remordimiento de lo que pude haberle dicho y esperó él que
le dijese--me consta--y no le dije, cuando cada día, mañana y noche,
pasaba por el cuarto en que el pobre forcejeó espiritualmente contra la
nube que le iba ciñendo y ahogando el alma.
Allí abajo, en la Foradada, junto al mar vimos la señal que aún queda
del humo de cuando Rubén, ataviado de cocinero, preparó un arroz
haciendo fuego entre unas piedras.
Allí, en Valldemosa, brotó aquella espiritual flor campesina que fué
la payesita Catalina Tomás, que debía ser la patrona de las criadas
de servicio, la santa mucama. Vivía como una criatura inocente entre
ángeles y demonios y éstos le hacían víctima, no de sus tentaciones,
sino de sus travesuras. Porque los demonios de la pobre payesita
valldemosina no pasaban de ser unos mozuelos mal educados que
se divertían a costa de la pobrecilla. Ella no supo lo que eran
tentaciones. Y es que acaso los demonios en Valldemosa no tientan, sino
que fastidian con bromas carnavalescas. Tal vez por ello fué Rubén a
buscarlos, huyendo de los otros, de los demonios serios y formales, de
los demonios burgueses y de honorabilidad y peso.
La maravilla máxima que para los ojos del alma y para el alma de los
ojos ofrece Mallorca está aquí, en Valldemosa, y es la soberbia cornisa
de Miramar. Figuraos--si es que estas cosas cabe figurárselas--una
abrupta pendiente que baja desde cerca de mil metros hasta el mar, toda
ella revestida de fronda, de pinos y olivos y encinas y algarrobos y
matas, con salientes por dondequiera para mejor avizorar el mar, con
repliegues amorosos, con escotaduras que viste la yedra y abajo, en la
costa, acantilados deslumbrantes de luz a cuyo pie duermen aguas de
esmeralda, de topacio, de zafiro, y luego el mar nacarado espejando al
cielo. Siempre creéis tener el mar a la mano y que bastará dar un salto
para bañarse en él y vais bajando y parece que el mar baja también.
El archiduque de Austria Luis Salvador, hijo del último duque reinante
en Toscana y hermano de aquel Juan Orth de quien no volvió a saberse
luego que se hizo al mar, llegó a Mallorca, empezó a comprar fincas en
Miramar y allí se afincó propiamente. Llenó aquella espléndida cornisa
de caminos y de miradores y de reposaderos y en las alturas de las
cumbres hizo refugios. Prohibía que se derribase ni un solo árbol y así
el bosque tiende a trechos a convertirse en manigua. Cerca de Deyá hay
junto a la carretera un magnífico pino de parasol y lo compró nada más
que para que no lo derribaran. Y el buen archiduque, una especie de
Diógenes aristocrático, vivía allí, entre los payeses y los pescadores,
sin cuidarse mucho del aliño de su persona, lejos del mundo de la
etiqueta, matando acaso la última enfermedad espiritual de su linaje.
Cuentan que cuando fué a visitar Miramar la emperatriz de Austria, la
de la trágica muerte, el archiduque estaba preocupado e inquieto porque
nada le decía de la hermosura de aquellos predios, hasta que después
de despedirla se volvió alborozado diciendo: «Me ha dicho que ya no le
gustará Corfú».
Su amor a los árboles y a los animales era acaso excesivo. No permitía
que se les tocase. Cuando se pensó hacer el ferrocarril de Palma
a Sóller por la costa, dando un rodeo, de manera que pasase por
Valldemosa y Deyá--una línea de turismo--se le pidieron los terrenos
suyos por donde había de pasar, y él, que era generosísimo y que cuanto
compraba era para que de ello disfrutasen todos, dijo que los daría
gratis, pero que por cada árbol que derribasen habrían de darle dos
pesetas y media. «Así--decía--harán la línea derribando el menor número
posible de árboles».
Con las cosas que allí, en Valldemosa, se cuentan del archiduque podría
hacerse un libro, pero no quiero omitir una. Y es que una vez que iba
por uno de aquellos vericuetos, a pie y en la traza y atavío en que
solía andar, se encontró con un payés a quien se le había caído una
carga de un carro. El payés al verle creyóle algún vagabundo, acaso un
buhonero, y le pidió que le ayudase a volver a cargar el carro, a lo
que el archiduque accedió de muy buen grado. Al concluir la faena, el
carretero, no pudiendo acompañarle a echar un trago allí cerca, le dió
una pieza de diez céntimos, para que con ella, como propina, se echase
la copa, y el archiduque se la tomó y la puso luego en un cuadro,
mostrando al cual solía decir: «Es el único dinero que me he ganado
con mi trabajo personal».
Pues este hombre generoso ha salvado para los piadosos peregrinos de
la belleza las maravillas de Miramar; y no sólo las ha salvado, sino
que las ha realzado. A su archiducal despego del gran mundo se debe la
obra que ha puesto a Miramar al alcance de los más flacos de arrestos,
de los que no quieren fatigarse para gozar de la naturaleza. Sin
molestias, cómodamente pueden disfrutar de un espectáculo como hay muy
pocos. Y hasta para los más arrestados y arriesgados, para los que no
se arredran de trepar a las cumbres, les ha facilitado la tarea.
Subí con Sureda un día caluroso del mes de julio a las crestas del
Teix, a poco más de mil metros, pero que se alzan escarpadamente sobre
el mar y desde donde se domina un doble espléndido panorama. El mar,
visto desde allí arriba, parece colgado del cielo. Según se sube,
trabajosamente, ziszagueando por la serpentina vereda pedregosa, bajo
las copas de los olivos, oíamos a la cigarra, que nos animaba con su
chirrido. Y yo, pensando en la mala fama que el malicioso fabulista le
ha dado al insecto que tanto amaron los griegos, pensé si su chirrido,
que parece un estremecimiento de la luz en el follaje, no será un
trabajo o si no ayudará a que las aceitunas maduren antes y mejor.
¿Quién sabe de estas cosas?
Cuando se sale de las barbas de la montañas y se entra en su rocosa
calva cambia el tono de la vida. Allí ya la flora de otras regiones.
La romaguera parece un erizo submarino que ha trepado a la cima. Las
plantas son pinchudas. Y en los vallecitos de las cumbres, pequeños
campos de trigo o de centeno que me recordaban a Castilla. Son aquellas
pequeñas, diminutas mesetas trasunto de las mesetas castellanas y a la
misma altura que éstas. Y luego en la cresta, entre los canchales, se
alivia uno de ropas el cuerpo y pone brazos, pechos y espaldas a que
se atecen al sol. Parece como que el sol os penetra en los pulmones,
y es un sol desbordante de luz, pero en aquellas alturas fresco. Y
luego para la vista a un lado la congregación de los calvos gigantes de
Mallorca, el consistorio de sus picos, presididos por los Puigs mayores
de Torrellas y de la Massanella, en el fondo Sóller y en un rinconcito,
asomando las cabezas de sus casas por un repliegue, Fornalutx, más
cerca Deyá y el abismo del mar dormido, que parece otro cielo posado, y
de la otra parte la espléndida bahía de Palma y la llanura mallorquina,
como un mar de esmeralda. En el fondo, a nuestros pies, la Foradada
parecía un negro dragón que se metiese, serpenteando, en el mar. El
agujero que atraviesa la roca de parte a parte, y a que debe su nombre
el promontorio, lucía como el ojo tímido de un dragón que huye vencido
a sepultarse en el mar.
Esto de ascender a las cimas de las montañas, y más si son rocosas,
es un placer que tiene tanto de sensual como de estético, es una
voluptuosidad de la fatiga. Y cada cumbre tiene su sabor, tiene su
gusto. No cabe decir en qué tal cima es distinta de la otra, como no
cabe expresar en qué se diferencia el gusto de un manjar del de otro
manjar cualquiera. Pero así como cada manjar debe de dar, a través de
la economía animal, un tono distinto a nuestro espíritu y sugerirle
por tal modo distintas formas de ideas, así cada cumbre es como otra
música que nos pide otra distinta letra. Y yo espero que con el tiempo
me brote en la fantasía la planta de la semilla que me dejó en ella el
haber puesto el pie en la cumbre del Teix y el haber respirado en ella
el aire que como entre sus dos manos batió el Señor entre el cielo y
el mar henchidos de luz de aquella isla de oro.
Y la bajada del Teix, ya de noche, a través de la luna que se filtraba
por las copas de los olivos y algarrobos, viendo en el fondo, como
rojas estrellas, las luces humanas de Valldemosa. Rompí a cantar,
aunque sin arte alguno. Y esto de cantar lo hago en rarísimos momentos
de mi vida y en la soledad. Sobre todo para que no me lo oigan.
Al día siguiente de la ascensión al Teix fuimos a visitar la ermita de
la Trinidad. Los ermitaños es una de las cosas más típicas de Mallorca.
Ellos pretenden conservar la más pura tradición de los primitivos
ermitaños. Dijéronme que eran de la orden de San Antonio Abad, orden
que no sé que hoy exista, reconocida como tal. Son legos y hacen votos
perpetuos, pero simples. Tienen en Mallorca una organización, si tal
puede llamarse, puramente insular. Carecen de todo lazo ordenancista
con los ermitaños de Córdoba, por ejemplo, de cuya existencia han oído.
Son gente sencillísima, payeses o campesinos los más, que se retiran
a orar y a vivir una vida de extrema pobreza, pero en medio de una
naturaleza espléndida que por sí sola enriquece. Allí, en la Trinidad
de Valldemosa, se puede muy bien vivir con unas sopas escaldadas y
aceitunas, pues el aire cernido por la fronda y la visión del mar que
allí abajo tapiza el cielo basta para alimentar no ya sólo el espíritu,
sino también el cuerpo. No son más que cinco ermitaños.
A la puerta de cada una de sus celdas hay una pequeña inscripción que
dice entre otras cosas que: «el consuelo de morir sin pena--bien vale
la pena de vivir sin consuelo». Mas esto de que vivan sin consuelo
me parece que no pasa allí de ser un tópico retórico. De todo tenía
aire y traza menos de desconsolado el ermitaño que nos atendió, un
joven moreno, de cerrada barba negra, con aspecto de «sufí» moro.
Al verle, algo remangadas las anchas mangas del hábito, tirar de la
cadena del pozo para sacar el balde de agua, en medio de aquel soberbio
escenario, de todo menos de desconsuelo y de tristeza. ¡Y aquel pequeño
cementerio, colgado sobre el bosque que cuelga sobre el mar, donde
duermen, bajo un cielo todo luz y al arrullo de las olas los ermitaños
que fueron! Allí la anacoresis, el retiro, es una voluptuosidad; es
acaso la manera que tienen de satisfacer una vocación estética los
pobres payeses. ¿Quién sabe si en el fondo aquella vida ermitaña no es
la más sutil bohemia para aquellos hombres sin literatura?
Blanquerna, el personaje de la novela ascética de Ramón Lull, el
filósofo iluminado, el más alto espíritu de Mallorca a quien allí le
llaman el beato Ramón Lull, aunque la Iglesia no lo haya beatificado,
Blanquerna, después de haber sido papa, renuncia al papado para hacerse
ermitaño. Es la vida suprema. Y concibió aquella novela Lull en el
retiro de Miramar. Aquel hombre de alma encendida, loco de Dios según
él mismo se llamaba, especie de cigarra espiritual ebria del sol de las
almas--para él Dios era ante todo luz--cantaba estremecido y la larga
oración de sus obras místicas y filosóficas, rosarios de aspiraciones,
son como el canto de la cigarra de Miramar. Y fué merced a él la
lengua catalana la primera lengua vulgar en que habló la especulación
filosófica, a principios del XIV, como hizo notar Menéndez y
Pelayo.
Blanquerna, el hijo de Aloma y Evast, después de recorrer estados,
viene a quedar como en supremo grado en ermitaño, en cigarra de Dios.
Va a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles,
de los pájaros y de las bestias, y en rigor no hace más penitencia
que los árboles, los pájaros y las bestias. ¿Qué le importa a la
cigarra ayunar y que el sol la escalde si tiene el canto? Quería estar
y contemplar al Dios de gloria. «Una fuente y muy bella, una capilla
antigua y una celda muy bella», nos dice Lull. Y hasta la calavera que
hay allí, en la celda, en su caja--nos la mostró el ermitaño y sabía
quién era--resulta un objeto bello; debe resplandecer al sol como una
joya el hueso desnudo. Pierde allí su horror la muerte. «De noche abría
Blanquerna--nos dice Lull--las ventanas de la celda para ver el cielo
y las estrellas y comenzaba su oración como más devotamente podía para
que toda su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros».
Pero no lágrimas ni lloros de dolor, sino de derretimiento, de devoción
y amor y de gratitud al ver la obra de Dios. Esto no lo dice Lull,
pero lo digo yo. El texto litúrgico que allí, en Miramar, mejor encaja
es aquél que dice en el _Gloria in excelsis_ lo de: _gratias
agimus tibi propter magnam gloriam tuam_: te damos gracias, Señor,
por la grandeza de tu gloria. Es lo que hay que cantar en toda Mallorca
y singularmente en el Miramar de Valldemosa. Allí hay que dar gracias
a Dios por su obra, sin pedirle nada más. Y se comprende que allí
donde los cielos y los montes y los mares narran la gloria del Señor
pretendiera Lull racionalizar toda teología, porque allí el arte se
hace razón y la razón arte. La fantasía ha tomado cuerpo terrestre y
visible, ha cuajado en la roqueta florecida de Mallorca.
Termina el Blanquerna con el encendido _Libro del amigo y del
amado_, que son jaculatorias místicas para cada día del año. Libro,
dice el mismo Lull, compuesto al modo de los de los «sufíes», que
tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran
devoción. Se ve el abolengo más que oriental, africano, líbico, del
encendido chirrido de la cigarra espiritual mallorquina. La inspiración
se la trajo viento del mediodía o leveche--_'lleveitx_--, esto es,
líbico, acaso el encendido _xaloc_, el viento del suroeste. «Tú
que llenas el sol de resplandores, llena mi corazón de amor», le dice
el amigo al amado, le dice la cigarra espiritual de Miramar al sol de
las almas que bruñe el mar nacarado. Le decía el amigo al pájaro que
cantaba en el vergel del amado: «Si no nos entendemos por lenguaje
entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos a
mi amado». El vergel del amado en que canta el pájaro es Mallorca, una
gran ermita ceñida por el mar de Cristo.
Para digerir y asimilarse el divino regalo de la visión de la isla de
oro donde todo narra la gloria del sol, no creo que haya mejor que
recogerse en la ermita de la Trinidad de Valldemosa, a vivir unos días
nutriéndose de los frutos de la tierra que se pisa y del aire del cielo
y el mar cernido por los olivos y leer el Blanquerna mientras se oye
el febril chirrido de las cigarras. Y pasearse luego, no caminar, sino
pasearse, entre aquellos olivos centenarios de contorsionados troncos
que fingen monstruos y vestiglos. Es el árbol que aspira a vida animal,
acaso para poder cobrar una voz cualquiera con que decir, aunque
inarticuladamente, la gloria del Señor. Aquellos olivos, como aquellas
rocas, parecen aspirar a otra vida más alta. Son olivos ermitaños, y
tal vez hacen, a su modo, penitencia. Son olivos que tienen fisonomía,
personalidad, porque tienen historia, esto es: alma. ¿Quién sabe si
no oyeron los suspiros de gracias de Blanquerna? Sólo conociendo algo
la obra encendida de Ramón Lull, del juglar de Mallorca, del loco de
Dios, de la cigarra del Cristo latino, se puede penetrar en la belleza
espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía
divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de
esmeraldas y de topacios y de nácares irisados; pero sólo conociendo
la isla de oro y habiendo sorbido con los ojos su esplendor fulgurante
y habiendo visto sus rocas y sus olivos, que aspiren a más alta vida,
se puede comprender la obra de aquel singular espíritu iluminado que
peregrinó en el puente del siglo XIII al XIV, «siglo epiléptico en que
todas las pasiones buenas y malas llegaron a su mayor grado de furia y
extremosidad, hirviendo toda sangre y toda carne en sed de deleites o
en sed de maceraciones infinitas». (Menéndez y Pelayo).
Al volverme de la isla de oro a esta Barcelona venía en el buque
diciéndome: «_Gratias ago tibi, Domine, propter magnam gloriam
tuam!_»: ¡Gracias, Señor, por haber dado a España esa ermita
abrazada por tu cielo y tu mar latinos!
Barcelona, octubre de 1916.
LOS OLIVOS DE VALLDEMOSA
RECUERDO DE MALLORCA
_A Pilar Montaner de Sureda._
Esa montaña costera de Mallorca, esa brava sierra florecida con que se
yergue la roqueta para mirarse en el mar en que parece mezclarse su
sangre, sangre de zafiro, con la sangre nacarada del cielo, es como una
ermita en que rocas y árboles hacen la sabrosa penitencia de aspirar,
retorciéndose, a Dios. Las cigarras, ebrias de sol, estremecen el cielo
y la tierra con su chirrido, brezando la siesta ensoñadora del mar.
Blanquerna renunció el pasado para ir ahí, a Miramar de Valldemosa, a
hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de
los pájaros y de las bestias, contemplando la gloria de Dios junto a
una capilla antigua y a una bella fuente en una celda bella. De noche
abría las ventanas de ésta--así nos lo dice el iluminado Ramón Lull,
la cigarra loca del dios del Mediterráneo--para ver el cielo y las
estrellas, y comenzaba su oración como más devotamente podía para que
su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros. Lágrimas
que le brotaban con la pureza con que brota de la roca el agua de
manantial; lágrimas que eran lluvia del cielo, del alma. Y Blanquerna
entonó allí, al modo de los sufíes que tienen palabras de amor y
ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción, el canto del
_Amigo y del Amado_. Y le pedía a Dios que, así como llena al sol
de resplandores, le llenase de amor el corazón.
Los penitentes olivos de Valldemosa, los olivos ermitaños de Miramar,
se acuerdan de Blanquerna, cuyos suspiros cernieron con su follaje
antes de que fuesen a acostarse y anegarse en el mar de zafiro. Y
si alguna vez, vencidos por la pesadumbre de los años, los olvidan,
recuérdanselos las cigarras, que narran la gloria del Señor. Las
cigarras chirrían estremecidas en la ermita de Mallorca, diciendo:
_Gratias agimus tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam._
Las rocas y los árboles aspiran allí a una vida más alta, a una vida de
conciencia contemplativa. Aquellas rocas de las encantadas calas, las
que con el canto estremecido de sus colores enloquecieron al pobre Mir,
fingen extraños monstruos que no son sino la aspiración a un cuerpo en
que encarne un alma contemplativa. Aquellos acantilados que cuelgan
sobre el mar y que parecen carnes desolladas al vivo, desgarradas por
el cilicio y las disciplinas, hacen la sabrosa penitencia de buscar a
Dios. Hanse desollado así para que el sol les penetre en las entrañas.
Y esas entrañas rocosas de la roqueta de Mallorca están llenas de
ventrículos, de recónditas celdas donde el agua sueña y forja también
cuerpos que aspiran a la conciencia.
Aquel olivo que lleva su copa como una enorme cornamenta enramada
y se tiene en el suelo con sus cuatro patas; aquel olivo como un
monstruo paleontológico, ¿es que se agarra a la roca o es que quiere
desprenderse de ella?
Esos olivos han vivido, y como todo lo que ha vivido y no sólo
vegetado, tienen su historia. Y como todo lo que ha vivido y tiene
historia son yos, son personas, cada una de ellas con su fisonomía,
con su carácter, con su alma. Ancianos ermitaños, cobran esos olivos
toda su alma como los hombres la cobran, cuando las arrugas les surcan
la frente, cuando las mejillas se les retuercen, cuando las barbas les
blanquean, cuando tiene cada uno sus pliegues. Que no sin honda razón
estética siempre que se representa a un hombre que vivió en la historia
y llegó a viejo, represéntasele en su vejez más que en su mocedad. El
retrato de mocedad sólo tiene valor para el amor que no entiende de
historias y que en vez de vivir vegeta.
Junto a Santa María, en el llano de esa roqueta de Mallorca, vi
un almendral que es para el arboricultor una maravilla. Están los
almendros en correctísima formación, como un regimiento bien instruido
y disciplinado, guardando escrupulosamente la fila. Y todos son
iguales, exactamente iguales, aquellos reclutas de la arboricultura.
Cada uno con sus tres grandes ramas; todos bien esponjados para que
el sol llene sus copas. Puesto uno en una fila y enfilándolos con la
mirada sólo ve al primero, que cubre por entero a los demás de la
fila. Y dan sus almendras, que no son las aceitunas amargas de los
viejos olivos ermitaños de Valldemosa. Y aquellos almendros reclutas,
disciplinados, uniformes, alineados, de Santa María, no aspiran a la
conciencia. Verdad es que tampoco ven al mar, espejo de los ojos del
Señor.
Decía Rusiñol de esos olivos que son como ciertos poetas que se
retuercen y atormentan y contorsionan el magín para parir un soneto, y
así ellos se retuercen, atormentan y contorsionan para dar aceitunas.
Pero es que en una amarga aceituna se sabe más a la conciencia de una
vida más alta que no en una dulce almendra. Y en un soneto puede ir
toda una alma torturada.
¿Pero sufren al retorcerse así? No, no sufren. Esos retorcimientos son
como las penitencias de Blanquerna en los altos montes y en compañía de
los árboles, de los pájaros y de las bestias; esos retorcimientos son
como la queja del chirrido de las cigarras. Es el amor al sol, que toma
formas de penitencia y de maceraciones.
Como aquellos ermitaños envejecidos en buscar a Dios, no les queda a
los olivos más que los huesos, la piel y la cabellera. Y tampoco la
roqueta, la gran ermita ermitaña que es Mallorca, tiene sino huesos,
huesos de roca, atezada piel y frondosa cabellera de árboles. Olivos,
almendros, higueras, algarrobos, pinos, encinas... nacen de la roca. Y
es la roca como rayos de sol en largos siglos cristalizados. Sorbiendo,
embebecido, por los ojos la fulgurante hermosura de las rocas costeñas
de Mallorca, ocurrióseme fantasear si no serán esas rocas estalagmitas
de la lluvia de rayos de sol que de continuo gotea sobre el mar de la
isla de oro.
Aquel enorme dragón de la Foradada, que retorciéndose se vuelve a mirar
a tierra cuando va a sumergirse en el mar y así se queda, espiando,
receloso, el bosque de Miramar, deja ver en el fondo de su ojo al
cielo tocando al nacarado océano. Y nos habla de los monstruos de la
_Odisea_. Porque aquél es el mar homérico, el mar de color de
vino, el de Escila y Caribdis, no el mar tenebroso de Camoens, el de
Adamastor.
Aquellos viejos olivos cenobitas, cartujanos, oyeron los suspiros
de Blanquerna y habían oído también los alaridos de las huestes de
Jaime el Conquistador. Y oyeron los gritos que lanzaban Cabrit y Basa
en el castillo de Alaró cuando a manos de Alfonso de Aragón pereció
la breve independencia del fugitivo reino de Mallorca. Aquellos
olivos saben Historia. Y no la saben los almendros disciplinados del
regimiento arbóreo de Santa María. Los unos son cenobitas, los otros
son mercenarios.
¿Se acuerda usted, amiga mía, cuando tendidos allí, sobre la roca, al
pie de un árbol, entre aquellos cenobitas vegetales, usted, su marido,
Gabriel Alomar y yo veíamos al sol acostarse entre los nácares de
la lontananza del mar latino? _¡Mediterráneo!_ Es ya de por sí
un verso adónico para cerrar tres sáficos endecasílabos, como decía
Alomar. Y un momento parecía como si el último asomo del sol, su
coronilla, fuese la cumbre de una roca que se alzase allá, a lo lejos,
donde el mar coge por fin y sujeta al cielo y le pone pecho sobre pecho
domeñándole. Desde allí, desde donde se oculta a nuestros ojos el Sol,
puede parecer, al ocaso, la isla de oro, la roqueta de las cigarras y
los olivos, otro sol que se acuesta en su sangre azul.
Dejándose embriagar por la luz del cielo de Mallorca, del cielo más que
del Sol--que es un cuajaron de aquella luz--, como de él se embriagan
las estremecidas cigarras, ermitañas de los olivos, se comprende que
Blanquerna renunciase al papado para darse a la vida de ermitaño.
«Que el consuelo de morir sin pena
bien vale la pena de vivir sin consuelo».
Así reza un cartelito a las puertas de las celdas de los ermitaños de
la Trinidad en Miramar de Valldemosa. Pero eso no es sino expresión
litúrgica ermitaña, porque allí no se vive sin consuelo ni en pena.
Allí el alma se retuerce poco a poco, sin retortijones ni dolores,
soñando en la muerte, en Dios, en el sueño inacabable.
El pobre Rubén Darío, en acaso su última temporada de alguna paz y
de ilusión de enmienda, en la que pasó en la que fué Cartuja de
Valldemosa, huésped del generoso Juan Sureda, visitó en la ermita de
la Trinidad a un anciano ermitaño que se había ido allí a acostarse,
a morir. Y el poeta que tan exquisitas olivas, llenas de óleo de
consuelo, nos ha dejado en sus amargos cantos, pensó en lo que pudo
haber sido y no fué. Y allí más abajo, junto al mar, en los lomos
de la Foradada, queda aún entre unas piedras el humo del fuego que
encendió el poeta para cocinar un arroz, ataviado él en tanto de
cocinero. El humo ése acabará por borrarse y acabará por desaparecer
toda la cocinería del gran poeta, y cuando nadie pruebe de sus arroces
literarios, quedarán las generosas aceitunas poéticas, henchidas
de óleo de consuelo, que nos ha dejado en cantos como aquél que en
Valldemosa, en la que fué morada del abad de la Cartuja, dedicó a ésta.
Sólo el que con el alma recogida ha oído en silencio el chirriar de
las cigarras estremecidas de sol en las copas de los viejos olivos
cenobitas de Valldemosa, puede aprovechar la lección espiritual de la
roqueta de Mallorca, vasta estalagmita de la lluvia de luz del cielo
sobre el mar latino.
LA TORRE DE MONTERREY A LA LUZ DE LA HELADA
Hiela, corre un cierzo que corta el respiro; pero desde el azul acerado
vierte un sol desleído una luz clarísima que corta también las sombras
y dibuja los relieves del campo como si fuesen de arquitectura.
Porque esa luz limpidísima, clara como el hielo, sin brumas, diríase
que, no ya luminiza, sino civiliza a la naturaleza; hácela civil, que
es hacerla más que humana. Que humanizar es ya mucho; pero civilizar
es más. Civilizar, hacer civil--o si queréis, ciudadanizar--, es
sobrehumanizar. Humanidad nos parece para el hombre todo; pero
civilidad es para él más; es más que todo, porque es el porvenir que
jamás acaba de cumplirse, es el ideal. Todo es lo que hay, y lo que hay
de permanente; pero más que todo es lo que sobre lo que ha habido y hay
habrá. Todo es el pasado que se condensa en el presente; más que todo
es la eternidad, que abarca el pasado, el presente y el futuro. Todo es
el universo, y más que todo es el pensamiento. Porque el pensamiento
sobrepuja a todo lo pensado y a todo lo pensable, y rebasa de ellos.
También la ciudad es naturaleza; también sus calles, y sus plazas, y
sus torres enhiestas de chapiteles son paisaje. Y sus líneas son como
las líneas de estos campos. Algunos dicen que barrocas. No todas.
Los escarpes de esos arribes que del vasto tablazo de la Armuña bajan
a las riberas del Tormes son como contrafuertes de una gigantesca seo,
son arquitectónicos. Hay lugarejos que parecen esculpidos en la tierra
del páramo, en la roca más bien. Y tal negrillo junto a la espadaña de
una iglesiuca lugareña, que a mucho mirar acabaríase por dudar cuál
es el árbol y cuál la torre. Y ahora que los árboles en esqueleto, en
mondos huesos negruzcos, parecen columnas de templo arruinado al que se
le hundió la bóveda.
Corriendo tierras ibéricas, de estas desnudas, de roca, ¿no se os ha
ocurrido imaginaros a lontananza que aquel teso es una catedral barroca?
Y aquí, en cambio, en la ciudad, créese uno en vasta formación
geológica. Los hombres, como madréporas, levantaron estos pardos
corales o estos corales de oro que reverberan al sol desnudo del
invierno.
Cada una de estas fábricas de piedra de estos edificios, diríase una
inmensa frase arquitectónica, un aforismo de líneas. En una frase
culmina y se condensa todo un sistema de ideas, de pensamientos. En el
título del drama inmortal de Calderón, de la pareja del _Quijote_,
en _La vida es sueño_, está «condensada--acabo de leer que dice
justamente Farinelli (en su obra _La vita è un Sogno_)--la
sustancia de todas las filosofías mundiales». Por una frase perduraba
en la memoria de los suyos, de los de su casta, cada uno de los
siete sabios de Grecia; pues estos siete sabios eternizáronse en el
pensamiento de su pueblo como padres de siete sendas sentencias. Y
una frase, una sentencia civil, civil más que humana, es un edificio
de pensamiento, en que la economía de material y de esfuerzo bruto
se llevó al colmo del triunfo. Las pirámides son inmensas frases de
piedra que se alzan de las arenas del desierto; una inmensa frase, como
un período demosteniano, o mejor como un período pericleano, tal y
como Tucídides nos los ha legado para siempre, es el Partenón. Y estas
torres son frases también, frases civiles, sentencias de civilidad
hecha naturaleza.
Yo no sabré traduciros en palabras sonoras, y que aun siendo aladas
queden--se queden volando y cerniéndose--, lo que esta armónica frase
de piedra tallada que es la torre de Monterrey me dice, nos dice, a la
luz cortante y fina de estas mañanas arrecidas de invierno, cuando la
helada duerme en vano en las cresterías de su pingorota; pero sé que es
una frase cuando se destaca sobre la azulez del cielo. Y si los hombres
pasan y quedan, estas piedras quedarán diciéndole a la naturaleza que
hubo humanidad, hubo civilidad, hubo pensamiento; quedarán hablándole
de plan, y de orden, y de proporción al universo.
¿Y por qué no han de saber geometría, matemática, esos planetas que
recorren el espacio según las leyes que ellos mismos le enseñaron
a Kepler? ¿No es una gran ciudad, la ciudad de Dios, el Supremo
Arquitecto y habitador de ella, esta máquina única del universo mundo?
Todo esto es un sueño, ¡conformes! Pero este sueño de piedra, a la
luz cernida por la helada, nos dice que el sueño es lo que queda,
lo duradero, lo permanente, lo sustancial, y que sobre él, sobre el
sueño, como sobre el mar las olas, pasan rodando nuestros dolores y
nuestros goces, nuestros odios y nuestros amores, nuestros recuerdos
y nuestras esperanzas. Las olas son del mar; pero las olas pasan y el
mar se queda; los dolores y los goces, los odios y los amores, los
recuerdos y las esperanzas, son del sueño, del sueño de la vida; pero
ellos, dolores, goces, odios, amores, recuerdos, esperanzas, pasan
y el sueño se queda. Y se queda así, hecho piedra, piedra terrena,
pero civilizada, piedra civil, o piedra espiritual, frase acuñada para
siempre, monumento _aere perennius_, más duradero que el bronce.
Este sueño de piedra entra al alma y cae en ella, dentro de ella, más
dentro de ella: en el alma del alma, en lo que está más dentro del alma
misma, y arrastra a ésta, a nuestra alma, al cimiento de las almas
todas, como las olas, pasajeras, al mar de las almas. ¿Es un mar? ¿Es
líquido? ¿No es más bien un páramo, una llanada, un cimiento pétreo
de toda laya de edificios para albergar el pensamiento humano civil?
¿Y no es cada una de nuestras almas un sillar que la vida talla--la
talla a golpes, con dolor y goce, con odio y amor, con recuerdo y
esperanza--para que forme en la gran seo humana, civil, en el templo y
casa de nuestro Dios civil y humano?
Fué ayer, fué hace un momento; es decir, fué hace más de veinticinco
años--el tercio de una vida bien cumplida--cuando te vi por vez
primera, torre de Monterrey, y me llevas más allá, mucho más
allá de esos veinticinco años, a cuando, sin haber nacido, te
contemplaba--¿dónde?--, y con ello me llevas de aquí a dentro de
veinticinco años, más allá, mucho más allá, a cuando, después de muerto
y bien muerto, te siga contemplando, siga yaciendo y posando en el
fondo del mar de las almas esta mi visión de ti que se me acuña en el
alma en estas montañas de rayos de sol cernidos por la helada. El sueño
queda. Es lo único que queda: la visión queda.
El espíritu, cuando sufre o goza, cuando odia o ama, cuando recuerda
o espera, se hace tierra, se hace agua, se hace fuego o se hace aire;
y la piedra, cuando piensa y piensa civilmente, se hace espíritu
permanente, cuajado, cristalizado, sustantivado. Esta torre es un
diamante de espíritu.
¿Y qué dice? No dice nada que no sea ella misma; se dice a sí misma,
se proclama inmortal, se afirma. No importa que un terremoto o un
bombardeo de guerra humana--que es otro terremoto--u otro accidente
traído por el odio de la naturaleza o el de los hombres, abatiéndote a
tierra te derrumbe, esparciendo sin orden ni concierto tus sillares,
torre de Monterrey, porque tu visión quedará. Quedará hecha cimiento de
las almas que te contemplen.
Y al alma que te contempla le dices, torre de Monterrey, que dice
cuanto decir cabe quien se dice a sí mismo, quien acierta a expresar
su persona, quien logra ponerse desnudo de espíritu a la luz de helada
del mundo civil y se convierte así, para los otros, en estatua. Lo sumo
que pueden ver los hombres es a otro hombre, y si una vez le vieran del
todo se lo llevarían consigo para siempre.
Y esta torre y otras torres nos meten al ánimo el ansia tormentosa de
decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y
pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda.
Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que
se oye: he aquí todo el secreto del arte. El arte hace ver a los
ciegos--y lo son muchos que espejan con los ojos en la mente lo que
tienen delante--, y les hace ver con la palabra; el arte hace oir a los
sordos--y lo son muchos que resuenan con los oídos lo que les suena en
su derredor--, y les hace oir con la visión reproducida. Un poema da
vista al ciego; un cuadro da oído al sordo. El arte funde los sentidos,
descendiendo a lo que les une a su común cimiento, y ascendiendo a lo
que los une también coronándolos.
Mi torre de Monterrey, no ésta que tengo ante los ojos al salir de
casa en estas mañanas arrecidas y de sol acendrado, cuando voy a leer
con ellos, con mis alumnos--¡lástima de hermosa palabra, degradada
por el abuso oficial!--, al divino Platón; mi torre, la que llevo en
el cristal de la mente como una visión que, espejada en un lago, al
cristalizarse éste, quedase por encantada magia en él para siempre,
ésta mi torre me dice que quien se dice queda para siempre también. No
te importe, alma mía, lo que digas si te dices. ¿Es que eres más que
una frase del pensamiento de Dios?
El pensamiento de Dios es la historia: la historia humana, la historia
civil, la historia de esta humanidad civil en que Dios se hizo hombre,
y habitó entre los hombres, y proclamó que su reino, el reino de
Dios, esto es, el reino del hombre, el reino del Dios-hombre, no es
de este mundo de dolores y goces, de odios y de amores, de recuerdos
y de esperanzas. Porque el reino de Dios, el reino del hombre, es del
pensamiento, que está sobre dolor y goce, sobre odio y amor, sobre
recuerdo y esperanza, aunque con ellos se haga, como con piedras se
hacen las torres que en la historia quedan. El pensamiento de Dios es
la historia; la historia es lo que Dios piensa, lo que va pensando. Y
el que vive, de un modo o de otro, más o menos visible y audible, por
dentro de ella que sea, en la historia, vive en el pensamiento de Dios
y en él se queda, y se queda con el pensamiento en Dios. Y vive en la
historia todo el que, queriéndolo o sin quererlo, a sabiendas o no,
contribuye a hacerla; todo el que tiene, por oscura y vacilante que
sea, conciencia civil. La muerte absoluta es la inconsciencia.
Y ésta mi torre de Monterrey me habla de nuestro Renacimiento, del
renacimiento español, de la españolidad eterna, hecha piedra de visión,
y me dice que me diga español y que afirme que si la vida es sueño,
el sueño es lo único que queda, y lo otro, lo que no es sueño, no es
más que digestión que pasa, como pasan el dolor y el goce, el odio y el
amor, el recuerdo y la esperanza. Sí; la vela sin sueño no es más que
digestión y respiración, aliento que se va. Soplo, aliento, _pneuma_,
_anima_, _spiritus_, llamaron a lo que sobre nuestro cuerpo no es
sueño; y el soplo pasa, pero el sueño queda.
«¡La vida es sueño!», afirmó el hombre español que creía en lo eterno
y lo sustancial, y los que no creen en ello dicen en la necedad de su
corazón diciendo: «¡la vida es un soplo!». Y la torre de Monterrey,
mi torre de Monterrey, mi torre del renacimiento español, de la
españolidad renaciente, me dice que la vida no es soplo que pasa y se
pierde, sino sueño que queda y se gana.
Cuando al salir por las mañanas la torre me dice: «¡aquí estoy!», yo,
mirándola, le digo: «¡aquí estoy!».
Salamanca, 28-XI-1916.
AL PIE DEL MALADETA
En estos seis meses en que nada os he dicho, lectores míos de _La
Nación_, he recorrido tierras del Alto Aragón, al pie del Maladeta,
el gigante del Pirineo; y luego, bastante después, restregué mi vista
con la visión del mar latino, en Valencia la de los naranjos.
Apenas empiezan a sentárseme en la conciencia de la memoria y a la vez
en la memoria de la conciencia, las impresiones de aquellos valles del
Alto Aragón, de la provincia de Huesca, al pie del contrafuerte de los
Pirineos.
Hace poco he leído un librito francés, de un M. Laborde, casi español,
hijo de española--de vasca española--y criado en gran parte en España,
que se titula _Il y a toujours des Pyrénées_ (_Todavía hay
Pirineos_). El empeño del autor es estudiar el hecho y las causas de
la incomprensión mutua--siquiera parcial--entre españoles y franceses.
Y si aún hay Pirineos en este sentido espiritual, en el otro, en el
material, basta llegarse a su pie para percatarse de cuán formidable
barrera ponen entre ambos pueblos.
Desde la cumbre del Salvaguardia, encima del portillón de Benasque, y
teniendo a un lado el gigante Maladeta, contemplábamos a nuestros pies
la llanura de la dulce Francia bearnesa. Debajo de nosotros, casi
a plomo, unas lagunas a que bordea el sendero que lleva de Benasque
a Bañeras de Luchón; más allá, tras unos macizos de arboleda, este
pueblecillo veraniego, y más lejos, esfumada en el llano que se pierde
y en lontananza se confunde, brumoso, con el cielo de horizonte,
Tarbes, la patria de Foch. Y todo ello tendido dulcemente, acariciador,
blando y respirando neblina. A otro lado la procesión solemne de los
gigantes de los Pirineos, la escuadra de las peladas cumbres. Y más
acá, a nuestros pies también, las tierras ásperas y bravías del Alto
Aragón, el valle de Benasque. La vertiente francesa del Pirineo es más
risueña, más cultivada, más civilizada, pero mucho menos grandiosa que
la española, aunque ésta se halle más calva y despoblada.
La subida al portillón de Benasque, desde esta villa a través de
la encañada de su valle, es una inmersión en tierras y tiempos de
braveza primitiva. Aquellas cascadas, que no han sido aún presas para
menesteres de industria, para saltos de agua negociables, le mueven a
uno dentro del espíritu la turbina de los inquietadores pensamientos
eternos. Dejaba a mi cabalgadura, rienda al cuello, que fuese a su
talante, ya que ella conocía el camino mejor que yo, y lo prudente era
que me guiara en vez de yo guiarla, y por entre pinos, abetos, sauces,
bojes, frambuesos y avellanos iba, leyendo entre las cumbres y en los
desfiladeros la lección eterna de la naturaleza. No lección alegre, no.
El campo, y sobre todo la montaña, sólo le alegra al que no tiene la
conciencia de la responsabilidad de la vida.
En uno de aquellos vallecitos altos unos pobres hombres segaban, a
fines de agosto, centeno, que allí llamaban _blau_. Lo trillarán
después acaso a látigo. Y los hombrecitos, abrumados por las montañas,
que les quitan luz de sol, parecían hormigas. La montaña achica
al hombre, porque se agazapa a vivir a su pie o en sus rinconadas
y repliegues. Sólo se engrandece cuando pisa su cumbre; ¿pero qué
montañés gusta de subir a ella? El montañés no es hombre de las
cumbres, sino el hombre de los repliegues del pie de la montaña; no es
el que domina a ésta, sino el que es dominado por ella.
Y seguíamos entre pinabetes, árboles tronchados al borde de las
cascadas, que fueron torrenciales, junto al enebro enano. Y llegamos al
pie del gigante Maladeta, y en su falda hicimos noche en la Resclusa,
a 2.133 metros de altura, donde el Centre excursionista català ha
levantado un refugio.
Los catalanes empiezan a rendir una especie de culto al Maladeta o
Maleida, a la montaña maldita, que cantó en su poema _Canigó_
su gran poeta mosén Jacinto Verdaguer. Verdaguer, en su poema _La
Maleida_, poema pomposo, más elocuente que íntimo, dice que los
extranjeros, al verlo de lejos,
Aquell gegant--exclaman--es un gegant d'Espanya,
d'Espanya y català.
Los aragoneses, sin embargo, protestan contra eso de que el Maladeta
sea montaña catalana. Una de sus vertientes está en Aragón, en la
provincia de Huesca, y los que a su pie viven hablan aragonés y no
catalán.
El poema que Verdaguer dedicó al Maladeta y que forma parte del
_Canigó_, no es, ni con mucho, de lo más exquisito, poético e
íntimo del gran poeta. Parece más bien una composición académica,
brillante, sí, muy brillante y muy imaginativa, pero compuesta,
teniendo presentes preceptos clásicos de retórica, y sobre notas de
turista y de erudito y de filólogo. Víctor Hugo y Zorrilla andan en
él. Abunda, es cierto, en rasgos de feliz elocuencia, como decir
que podría servir de esqueleto a continentes más amplios y al ángel
de gradería para volverse al cielo, a Jehová, de trono; que es el
Pirineo un cedro de portentosa alzada en que, como las aves, hacen los
pueblos en su enramada un nido de que ningún buitre de razas los podrá
desalojar; que su yelmo es de dos horas de ancho y de cuatro o cinco
de largo, etc., etc. Es, ciertamente, de una poderosa inspiración,
pero más oratoria que poética, lo repito, aquello de: «¡Qué gritos
más horrorosos debió lanzar la tierra al parir en sus años juveniles
esa sierra! ¡Qué días de pataleo! ¡Qué noches de gemir para sacar a
la luz pura del sol esas montañas del centro de sus cráteres, de lo
hondo de sus entrañas, como olas de la mar!». Y luego nos cuenta,
más que nos canta, aunque en verso muy sonoro y acompasado, cómo
un día el terremoto resquebrajó su corteza, surgió un río de aguas
hirvientes de espumas de granito que, al beso helado de los aires,
se fijó en la tempestad. Pero a todo ello, como a lo de que ni las
águilas ni las nubes llegan a su cumbre, le falta intimidad lírica.
Verdaguer no se metió el Maladeta en el corazón. Ni podía metérsele
en él recorriéndole. Para esto era menester verle desde fuera, frente
a frente, de donde se le abarcase entero. Y ver a aquel gigantesco
diamante como algo espiritual.
Íbamos subiendo, al paso de nuestras caballerías, al Salvaguardia,
frente al Maladeta, de noche aún, cuando empezaba a blanquear el alba
en el alto cielo. Apareció la aurora, aquella aurora de dedos de
rosa--«rododáctilos»--, de que hablaba Homero, y la metáfora sigue
tan fresca. Pero la aurora, antes de abrir la puerta del sol con sus
dedos de rosa, refrescó éstos en las eternas nieves de la cumbre del
Maladeta, acariciándole con ellos. Se «enrosaron» también las nieves. Y
empezó a bajar la luz del cielo.
Porque allí, en la alta montaña, entre las cumbres, la luz nos bajaba
del cielo y no como aquí, en la grandiosa paramera de Castilla, que es
toda ella cumbre, donde el alba brota con el sol, de tierra. Aquí la
luz nace del suelo, y el sol, como inmensa amapola encendida, estalla
del suelo, en el horizonte. Y todo el campo queda de pronto, y de una
vez, iluminado. Se ve nacer la sombra pálida y larga del toro que pasta
junto a una encina y la de la encina. Allí, en la montaña, al pie del
Maladeta, encendía ya el sol las cumbres y todavía quedaban sumidos en
sombra los valles y los hombres que en ellos se afanan por vivir de lo
que la montaña les da.
Vimos de una mirada toda el Maladeta, como una inmensa pirámide, como
un gigantesco diamante más bien. Pero no se me ocurrió decir: «¡cuánta
tierra!», como se me ocurre al descubrir el páramo inmenso que sostiene
en redondo al cielo. El mar nos da más la impresión de la grandeza que
la más formidable catarata. La llanura, como el mar, es estática; la
montaña, como la catarata, dinámica.
Aquel hombre nacido y criado allí, entre montañas--y el que esto os
dice nació y se crió también entre ellas, aunque no tan grandiosas
como las del Pirineo aragonés--agazapado al pie de ellas, es bravo,
pero de una bravura defensiva. Los montañeses aman su independencia,
pero una independencia negativa, defensiva. Los grandes conquistadores
se formaron en la llanura, fueron hombres del llano, aquí, en España,
extremeños. Y esto lo sentí el día en que desde Yuste, donde murió
Carlos I de España y V de Alemania, el hijo de la Loca de Castilla y
del Hermoso de Flandes, el nieto de los reyes católicos de Castilla y
Aragón y de los emperadores del Sacro Romano Imperio Germánico, desde
Yuste, al pie de Gredos, espinazo de España, contemplé, bruñida al sol,
la recia paramera de Extremadura. Entonces, en agosto de 1911, dije:
Del piélago de tierra que entre brumas
tiende a tus pies, aquí, sus parameros,
con leras por espumas,
volaron del Dorado a la conquista
buitres aventureros,
mientras hastiado del perenne embuste
de la gloria, enterraba aquí a tu vista,
su majestad en Yuste,
Carlos, Emperador.
Así le decía a Gredos, hace más de ocho años, y en la vanidad de la
gloria y en la vida eremítica pensaba hace seis meses, al pie del
Maladeta. Y sólo al tocar otra vez el llano, el ancho y redondo llano
de Castilla, que es, repito, todo él cumbre, volví a encontrarme el
hombre de lucha y de conquista. Pero traía en el corazón, apretada en
él, la visión de la gran montaña. De la gran montaña de que nace el
Garona. Porque el Garona, el río de la Aquitania, el de los Girondinos,
toma sus primeras aguas, las de su raíz más larga, en España, y de una
montaña española.
Allí cerca, el valle de Arán, que siendo español, cae por completo en
la vertiente francesa o septentrional de los Pirineos. Es un valle
en cierto modo cuatrilingüe. La lengua natural de ellos, la casera
y familiar, es un patuá bearnés o gascón; entienden y aun hablan,
además, el catalán, pues están enclavados en la provincia de Lérida; el
español, que es su lenguaje oficial administrativo, y el francés, ya
que es con Francia con la que principalmente se comunican, quedando en
los meses de invierno incomunicados, por las nieves, con España.
Pero de esta otra barrera, de la barrera lingüística entre España y
Francia, y conexionado con ello, de mis observaciones lingüísticas
meses después en Valencia, quiero ahora deciros algo.
Salamanca, febrero de 1919.
LA FRONTERA LINGÜÍSTICA
Apenas hay a lo largo de la barrera toda del Pirineo, que separa a
España de Francia, un punto en que las lenguas española y francesa
vengan en mutuo contacto, y por lo tanto, en conflicto, pero también en
cambio recíproco. Lo mismo de un lado que de otro, se hablan patuás,
dialectos y lenguas regionales.
Acaso donde más se pueden mezclar o entreverar, por lo menos el español
y el francés, es en el extremo occidental de la frontera, en el país
vasco, ya que tanto en España como en Francia el vascuence declina,
languidece y hasta agoniza. En San Sebastián se oye más español y
en Bayona más francés que vascuence, y aun en Irún y en Hendaya,
poblaciones fronterizas de un lado y de otro, es más fácil hacerse
entender en español o en francés que no en vascuence. En la parte
francesa hay comarcas en que el vascuence se ha defendido mejor que
en España, lo que se debe a que allí donde acababa el vascuence o
eusquera, empezaba el bearnés, que servía así como de cojinete entre
aquél y la lengua oficial, que es la invasora, mientras que en España
el eusquera se pone en contacto y conflicto inmediato con el español
oficial.
Siguiendo el Pirineo de occidente a oriente, vienen de un lado y de
otro dialectos no oficiales: de este lado español el cheso, hablado
en Echo, valle de Ansó, y luego el benasqués y otros dialectos
alto-aragoneses, para entrar en seguida en la región del catalán, hasta
el otro extremo de la frontera, y del lado francés háblanse también
dialectos: bearnés, gascón y por último catalán, en el Rosellón. Y por
cierto que mientras aquí, en España, piden los catalanes-españoles
la oficialidad y la obligatoriedad para todo funcionario público que
allí ejerza, de su lengua catalana, jamás se les ha ocurrido, que
sepamos, pedir una cosa análoga a los catalanes-franceses. A los
voluntarios catalanes que han luchado por Francia, no por Cataluña, en
las trincheras, se les ha hecho firmar un documento en que piden la
soberanía de su Cataluña, en que va como esencial y primordial atributo
el de dar la enseñanza pública en catalán; pero si al mariscal Joffre,
que es de Rivesaltes, en el Rosellón, donde se habla catalán, se le
pidiese que firmara un documento pidiendo a la República Francesa que
en su ciudad natal se enseñe en las escuelas en catalán, y el francés
como accesorio, ¿qué diría?
El Pirineo es, sin duda, una barrera entre España y Francia, pero lo
es mucho mayor esa zona de lenguajes regionales que los separa. Y
donde ella se ha adelgazado o debilitado más, la comprensión mutua y
la semejanza son mayores. San Sebastián tiene mucho más de francés
que Gerona, y Bayona tiene mucho más de español que Perpiñán. Sin que
esto quiera decir que Gerona sea más española que San Sebastián o que
Perpiñán ser más francés que Bayona.
¿Conseguirán los catalanes, si logran la absoluta autonomía integral,
la soberanía de Cataluña que ahora exigen a España, suscitar, llevados
de un imperialismo lingüístico, el renacimiento del catalán en el
Rosellón francés? Porque en el Rosellón, en la Cataluña francesa, no
se siente esas ansias de personalidad colectiva diferencial, a base
de una lengua privativa que se siente en la Cataluña española. El
catalán francés, como el provenzal y el languedociano, sabe expresar y
verter su personalidad toda y la de su región en el más puro francés
de Francia. No es Mistral más provenzal que Daudet, por ejemplo. Y es
que la revolución, sacudida liberal, si es que no también democrática,
unificó los espíritus. La democracia podrá alguna vez despertar y
mantener esas diferencias, pero el liberalismo y la libertad misma las
borran. Y la democracia no es necesariamente liberal. Puede muy bien
ser reaccionaría y esclavista. ¿No eran acaso los secesionistas de los
estados del sur de Norte América tan demócratas como los del norte?
No les faltan, en efecto, a nuestros catalanes pujos imperialistas
en cuanto al idioma. Pretenden algunos de ellos reconquistar para el
catalán los pueblos que está perdiendo o que ha perdido ya. Entre ellos
el de Valencia.
El valenciano de hoy es al catalán algo así como el gallego al
portugués. (La lengua, quiero decir). El valenciano es un catalán
despotencializado y pronunciado bastante a la castellana, así como el
gallego ha perdido casi toda la fonética portuguesa para acercarse a la
castellana.
En Valencia se habló antaño catalán lo mismo que en Barcelona. El
empeño de algunos valencianistas de distinguir el antiguo lemosín de
Valencia del catalán es una puerilidad. La lengua en que escribieron en
Valencia el libro de caballerías _Tirant lo Blanch_ mosén Johanot
Martorell y mosén Martí Johan de Galba, valencianos, es la misma que la
de la _Crónica_, de Ramón Muntaner, que era, por cierto, ciudadano
de Valencia--nos lo dice él mismo--y la lengua de las torturadoras
poesías de Ausías March, valenciano, es la misma que la de Jordi de
Sanjordi, poeta catalán. Hasta el siglo XV nadie distinguirá
el valenciano del catalán.
Luego el valenciano fué haciéndose un dialecto rural y de artesanos
de la ciudad y no le alcanzó el renacimiento literario catalán de
hace casi un siglo. Y hoy la prosa literaria de Valencia es la de las
novelas de Blasco Ibáñez y su lenguaje poético es el del dulcísimo
Vicente Wenceslao Querol. En las _Rimas_ de éste, que son de lo
más exquisito, íntimo, sentido, puro y noble que produjo la lírica
castellana, en general tan pobre, árida y verbosa, en el siglo
XIX, hay unas pocas, muy pocas, en catalán. En catalán, ¿eh?,
no en valenciano; en el catalán literario que restauraron Aribau y
Rubio y Ors, no en el valenciano que se habla en la Valencia de Querol,
no en la lengua de la casa de éste, no en aquella lengua de que el
mismo poeta, en una de sus mejores poesías--¡en castellano claro!--la
titulada _Ausente_, en que canta a su Valencia, decía:
Canción de amor en el materno idioma
por los senderos, cuando el alba asoma...
Cuando Querol quiso cantar al amor, al amor a novia--en sus _Cartas
a María_--, al amor a sus hermanas--_A la memoria de mi
hermana Adela, Cartas a mis hermanas_--, al amor filial--_La
Nochebuena_--, lo hizo en castellano y no en valenciano, y mucho
menos en catalán.
La literatura actual valenciana, en el valenciano que se habla y a las
veces en bilingüe, es la de los fresquísimos y saladísimos sainetes de
Eduardo Escalante, escritos desde 1861 a 1889. En estos sainetes es
donde hay que ir a buscar el valenciano que habla y entiende el pueblo.
Los personajes hablan ya valenciano, ya español, ya un chapurrado
de ambos, ya pretenden hablar español para darse lustre, pero
estropeándole, de donde el autor saca efectos cómicos.
En el sainete _Fuchint les bombes_ (Huyendo de las bombas),
«Seledonio» tiene con «Martínez» este diálogo: S. ¡Y usté, qu'es
de Locairente!--M. ¿Qué quiere desir con eso?--S. Que para darse
de lustre--nos habla aquí en extranjero.--M. Yo lo que hablo es
l'español--qu'es lengua que da respecto--y estuví pa ser marqués...»,
y «Seledonio» acaba diciendo: «Y a parlar en valensiá--la lengua
dels meus agüelos». Martínez se queja otra vez de que su mujer,
Genoveva, esté hablando siempre «valensiano» y a Manuela, que llama
a un chico Estanislaro, le corrige: «Pero, ¡qué valensianota!--dí...
Estanislado». En otro sainete--_Les chiques del entresuelo_ (que
no hay que traducir), Ramona dice a Pura, su hermana: «Parlenli en
castellá; may se donen importancia». En _Cheroni y Riteta_ a un
pedantuelo que dice de una que no se muestra «artica» a su amor, le
dice Miguel: «Con el valensiá--no'l usa molt, la paraula--la té mes
espeletiva--en castellano». Es decir, que usan del valenciano «en us
de la otoromia...» o autonomía, como dice Mariano en _La Chala_,
y por ser su lengua propia, pero así como Escalante escribió en él
sus sainetes, a ningún valenciano se le ha ocurrido aún, que yo sepa,
escribir tragedia o drama en él. Y es que si pariera un drama en
valenciano, el público estaría esperando cuándo salía el chiste y no
acabaría por tomarlo en serio. Hasta que no le eduquen a ello...
Por todo esto, cuando Cambó, el «leader catalanista», fué a Valencia a
una sociedad popular y se puso a hablar en ella en catalán, le silbaron
sin dejarle continuar. No les hablaba en valenciano, sino en catalán, y
los valencianos de hoy, del pueblo, no entienden mejor el catalán que
el castellano o español. Y es que el acto aquel de Cambó les pareció
un acto de imperialismo; iba a reconquistarlos. Y en Valencia, que
es más mercantil que industrial, saben que si se puede producir en
valenciano o en catalán, no se puede vender en ellos, sino en español o
en francés.
¿Tendrán por esto los valencianos menos personalidad nacional que
los catalanes? ¿Tiene cualquier novelista catalán más acusada su
personalidad de casta que la tiene Blasco Ibáñez? ¿Sería _La
Barraca_ más valenciana si estuviese escrita en la lengua que
hablan los huertanos de Valencia? ¿O es que en Aragón, para recobrar
su personalidad, suponiendo que la hayan perdido, van a restaurar el
cheso o el benasqués o el grausino o el estadillano? No escribió en
grausino Joaquín Costa siendo de Graus. Y es que la personalidad, más
que en un lenguaje, se manifiesta en el modo de manejar el que sea y de
servirse de él. La personalidad espiritual de mi nativo país vasco no
hay que ir a buscarla en ningún escritor en vascuence, sino en vascos
que hayan escrito en español o en francés. Y el mismo Sabino de Arana,
el padre del nacionalismo vasco, del llamado bizkaitarrismo más bien,
hizo su labor toda en español, que fué su lengua materna, aquélla que
aprendió en la cuna, aquélla en que rezaba y pensaba y sentía. Porque
en vascuence, que lo aprendió siendo ya adulto, y por un esfuerzo de
voluntad rebelde, no logró nunca llegar a pensar ni sentir. Y de aquí
que inició esa fatídica tarea de forjar una lengua artificial, de
alambique y gabinete, a base de vascuence, una jerga política de que
han salido tan donosos disparates como llamarle _Euzkadi_ a lo que
siempre se le llamó en vascuence Euscalerria y en español Vasconia.
Salamanca, febrero de 1919.
CAMINO DE YUSTE
Hace ya cerca de doce años, en junio de 1908, había visitado las
ruinas del monasterio de Yuste, donde pasó los últimos años de su
vida--y donde estuvo trece más su cuerpo--Carlos de Habsburgo,
emperador, quinto de su nombre, de Alemania, y primero de él como rey
de España, hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Alemania,
nieto de nuestros reyes católicos, Fernando e Isabel, y del emperador
Maximiliano de Austria. Con él empezó en España la casa de los Austria,
de los Habsburgo más bien, que torció el fruto del descubrimiento de
Colón y de las conquistas de Cortés y de Pizarro, ligándonos a la
política imperial austríaca y a la obra de la contra-reforma.
Recordaba muy bien mi primera visita a la fragosa soledad de Yuste, en
las estribaciones de Gredos, espinazo de Iberia, y el sentimiento de
eternidad, de serena eternidad, hecha de roca y de cielo desnudos, que
me invadió cuando estuve sentado en la misma terraza donde recibió el
gran césar hispano-germánico la última llamada. Esa visita fué antes de
esta gran guerra, y quería, devoto peregrino de la historia, volver a
verme ceñido del silencio serrano, todo él repleto de recuerdos, ahora
en que parece que, por la gracia de Dios, los Habsburgos se han apeado
para siempre de su trono.
Atraíanme la desnudez misma y la pobreza de Yuste, que siempre, hasta
cuando en él se refugió el emperador, fué uno de los más pobres
monasterios de los jerónimos, que los tenían suntuosos y magníficos
y no muy lejos de allí el de Guadalupe. Pero Carlos quiso retiro,
verdadero retiro, y Yuste lo es. ¿O acaso se lo escogió su hijo para
tenerle allí más a seguro de cualesquiera veleidades de volver a la
gobernación de sus estados?
Esta vez fuí a Yuste por otro camino que hace doce años. Fuí desde
la ciudad de Plasencia, que guarda en su recinto un aire espiritual
de tiempos imperiales. Era día de carnaval y de concentración de
mozos para ir al servicio militar. Las calles y callejas, a las que
a trechos se abre el portón de una vieja casona solariega, resonaban
de cantos forzados, de una alegría de disfraz. Era la máscara de la
alegría, no sin algo de vino. Y la ciudad, ceñida en gran parte por sus
murallas, con sus redondos torreones, que hoy son miradores al campo,
se nos ofreció al sol de un invierno primaveral. Y en la amplia media
catedral--porque la de Plasencia no es más que una mitad de la que
debió haber sido--resonaba el viejo culto. Y aún se acurruca un resto
de la primitiva, un cimborrio bizantino, testigo de lo más antiguo de
la ciudad.
Salimos en coche de ella, y cruzando el Jerte emprendimos viaje a
Jaraiz, ya en la Vera de Plasencia, en las soleadas faldas meridionales
de la gran sierra de Gredos. Esta Vera de Plasencia ha estado siempre
muy apartada de las grandes rutas de España, y últimamente más aún
que en los tiempos en que fué Carlos I a esconder en ella el ocaso de
su majestad imperial. Porque a ciertas regiones, y más de sierra, las
carreteras primero, con sus diligencias y postas, los ferrocarriles
después, las han aislado más que estaban. Cuando casi todos eran
caminos de herradura, a través de fragosidades serranas, no pocos
trechos o calzadas, tal vez romanas, que seguían los más a pie, algunos
a caballo o con mula, y tal cual en silla de manos, como el emperador
fué llevado a Yuste, no había diferencia de recorrer unos u otros. Y
así, en aquella bendita Edad Media, la gente viajaba más que ahora
viaja y pasaba por sitios que hoy nos resultan retirados, remotos y
casi inaccesibles.
En cierto sentido entonces, cuando era más lento el viajar, se
viajaba más de verdad, se recorría más de veras el camino. El romero
o peregrino medioeval conocía mucho mejor el país porque viajaba más
que un turista moderno. Hoy cabe atravesar toda una nación dormido y
sin conocer ni una sola palabra de la lengua que en ella se hable.
Hoy el camino es un puro medio y se va a devorarlo o suprimirlo en
lo posible, atento al fin del viaje. Fin que tampoco suele importar
mucho. Entonces, lo interesante, lo vivo, era el camino. La vida misma
era un camino que se recorría a pie y gozándose en cada posada. Los
reyes mismos eran reyes andariegos. Y nunca ha habido acaso una edad
más universal, de más activo comercio de espíritu entre los diferentes
pueblos que lo fué la Edad Media. Las leyendas recorrían, a pie y
de boca en boca, Europa entera. Y la civilización, una civilización
eclesiástica y clerical, se colaba por todas partes. Han sido las
grandes rutas, los caminos que han suprimido las distancias, y con las
distancias el goce reposado de los pasos comedidos y contemplativos,
los que han aislado a ciertas regiones y hasta las han vuelto salvajes.
Una leyenda como aquella terrible de la Serrana de la Vera--tan
tratada por nuestros dramaturgos clásicos, y de la que hizo su famoso
drama Vélez de Guevara--, una leyenda, como la de aquella brava
moza deshonrada que capitanea una banda de forajidos, se guarece
en una cueva, no lejos de Yuste, sorprende a ricos caminantes, goza
de ellos y luego los mata; una leyenda así sólo pudo nacer cuando
estas fragosidades, por el drenaje de las grandes rutas, perdieron su
sociabilidad primitiva y algo paradisíaca. Han sido los caminos los que
han hecho no pocos desiertos.
Es Jaraiz el poblado mayor de la Vera de Plasencia, una villa serrana
de unos 4.000 habitantes. Su caserío presenta el aspecto pintoresco
de las poblaciones de sierra en el interior de España. Las casas,
de trabazón de madera, con sus aleros voladizos, sus salientes y
entrantes, las líneas y contornos que a cada paso rompen el perfil de
la calleja, dan la sensación de algo orgánico y no mecánico, de algo
que se ha hecho por sí, no que lo haya hecho el hombre. La calleja
se retuerce y no se ve de un extremo a otro. No es un canal de curso
recto: es más bien como el cauce de un río que fuera culebreando. Y se
siente la intimidad de la sombra. De una casa pueden cuchichear con los
de la casa de enfrente. Diríase una sola vivienda.
La vida de la villa discurre también lenta y retirada. No se celebran
elecciones municipales, sino que reuniéndose los ex alcaldes sortean,
de un número de vecinos de cada clase social, el alcalde y dos
tenientes de alcalde, que a su vez nombran los concejales. Y como es
una carga, una verdadera carga, nadie la busca, pero nadie la puede
rehusar. Y siendo un municipio pobre jamás se entrampa, porque el
vecindario no es pobre y anticipa a aquél cuanto necesite. En estos
años se han enriquecido bastante con la venta del pimentón.
Hay pocos, muy pocos, poquísimos jornaleros en Jaraiz; los más de
los que trabajan el campo son o pequeños propietarios o aparceros. A
éstos el dueño de la tierra les presta ésta y las semillas y abonos y
aperos y el capital previo que necesitan, y parten luego por mitades el
fruto. Y como el aparcero aspira a ahorrar para comprarse una pequeña
propiedad, un pegujal, y el pegujalero aspira a ensanchar el suyo, de
aquí el profundo sentir anti socialista de esa gente.
Porque nuestra gente de campo podrá soñar en el reparto de las
tierras, en su despedazamiento, pero no en cultivo colectivo, ni menos
en régimen comunista. El campesino es radicalmente individualista.
Y el pequeño propietario o el aparcero o colono que aspira a serlo
defiende el régimen de la propiedad privada, del coto, del cercado,
con más ahinco aún que el gran propietario. Antes transigirá con el
colectivismo agrario un gran latifundiario, que no el dueño de una
pequeña cortina, a la que le saca lo que un bracero saca al trabajo
asalariado de sus brazos. Y es que en el campo los pobres son mucho más
conservadores que los ricos. El socialismo colectivista y el comunismo
nacieron en las ciudades y sólo pueden prender en el campo cuando
se industrializa el cultivo de éste, cuando se hace del campo una
dependencia de la ciudad. Y allí, en aquella región extremeña, surgen
movimientos agrarios con sentido, aunque muy vago, socialista, donde
hay grandes dehesas, propiedades latifundiarias, jornaleros. Y aun
allí, más con vista al reparto que no al comunismo.
El lunes de carnaval salimos de Jaraiz para Yuste, haciendo a caballo
esta parte del viaje. En el carnaval callejero de Jaraiz se conocía que
el dinero no escasea por allí.
Salamanca, marzo de 1920.
EN YUSTE
Uno de los más grandes escritores con que cuenta España--y en el
respecto de la lengua si otros le igualan no se puede decir que haya
quien le supere--es el P. Fr. José de Sigüenza, de la orden, hoy en
España extinguida, de los Jerónimos, que en el año último del siglo
XVI publicó, estando en El Escorial, su _Historia de la
orden de San Jerónimo_, libre de las pedanterías estilísticas y
lingüísticas del siglo XVII, y que es una de las obras en que
más sereno, más llano, más comedido, más recogido y más grave y más
castizo discurre nuestro romance castellano. Los capítulos 37, 38, 39 y
40 de la tercera parte son los que tratan de la vida y muerte que hizo
en Yuste el emperador Carlos V, y a ellos hay que acudir.
La lengua y el estilo de este relato casan a maravilla con el paisaje
que hoy nos ofrece la comarca de Yuste. En aquellas fragosidades
pedregosas donde se dan los más dulces frutos, donde el tomillo y la
jara aroman a los berruecos, donde parece que el campo es música de
armonio monacal y que vuela sobre los pliegues de la sierra, alas al
suelo, el canto solemne y litúrgico de los salmos penitenciales, se
respira aire del siglo XVI español. El campo nos habla en la
misma lengua grave, reposada y purísima del P. Sigüenza. Difícil seria
encontrar en España un paisaje más castizamente español y español
quincentista. Oscuros pensamientos de eternidad parecen brotar de la
tierra...
El P. Sigüenza nos cuenta cómo se le dispusieron al emperador los
aposentos que había de habitar en Yuste, según la traza que había
enviado desde Flandes, todo ello muy pobre, como se ve hoy en lo que
queda.
«Está plantado al medio medio--dice el historiador jeronimiano--en
respeto de la Iglesia que le haze espaldas al Norte y a la parte de
la huerta, donde se descubre una larga y hermosa vista. Lo principal
de toda la fábrica son ocho pieças, o quadras de a veynte pies poco
más o menos en ancho y veynte y cinco en largo. Las quatro pieças
están a la huella y casi al mismo andar del claustro baxo y las otras
quatro responden puntualmente debaxo dellas, porque como la casa está
levantada en la ladera de una cuesta muy alta, el edificio va cayendo
como por sus poyos. Estas quatro pieças ansí altas como baxas, las
dividen dos tránsitos o callejones que van de Oriente a Poniente: el
alto sale a una plaça con un colgadizo grande al Poniente, adornado de
muchas flores y diversidad de naranjos, cidros, limones y una fuente
bien labrada. El baxo a la huerta y a lo que cae debaxo desta plaça,
o colgadizo que se substenta sobre columnas de piedra, y pilares de
ladrillo. Las pieças tienen sus chimeneas en buena proporción puestas,
y sin esto una estufa a la parte de Oriente donde también ay otro
jardín y fuente, de mucha veriedad de flores y plantas singulares
buscadas con cuydado. Escaleras para subir al Coro y baxar a los
aposentos, bien traçadas; y al fin rodeado de naranjos y cidros, que se
lançan por las mismas ventanas de las quadras, alegrándolo con olor,
color y verdura. Esta es la celda de aquel gran monarca Carlos quinto,
para religioso harto espaciosa, para quien tanto abarcara pequeña».
No ya pequeña, mezquina era, por lo que hoy se ve de ella, la que el
P. Sigüenza llama celda del emperador. El cuarto en que dormía, y en
el que se abre una puertecilla al altar mayor de la iglesia, para que
pudiese oir misa desde la cama, es sombrío. No recibe luz más que de
un pequeño balcón. Hay otro aposento cuyo balconcillo da cerca de un
estanque, del que se dice llegaba entonces hasta el pie mismo del
balconcillo y que desde éste podía el emperador pescar en aquél, es de
suponer que no más que tencas, como no le llevaran otros peces para que
los pescase.
Lo más hermoso es el colgadizo, o terraza, sentado en el cual fundía el
césar hispano germánico sus recuerdos de conquistas--y conquistas de
todas clases--en la solemne paz sedante de aquel campo que habla de paz
y de reposo. Aún se alza, allí cerca, abrigado al arrimo de la iglesia,
uno de los naranjos. Mientras yo me sumía, sentado en el colgadizo, en
los recuerdos de aquella España imperial y monástica, la lluvia cantaba
en el floraje de los naranjos y lavaba con agua del cielo sus pomas de
oro. Cuchicheaba también en el estanque. Y como siempre encontraba yo
no sé qué misterio, qué místico agüero, en el gotear de la lluvia en la
sobre haz de las aguas sosegadas. ¡Sentir llover sobre una laguna!
Llovían los recuerdos de gloria y de infamia, de lucha y de paz,
de vida y de muerte, sobre el lago del pensamiento de la eternidad
quieta. Una docena de años más de los tres siglos y medio hace desde
que, valiéndonos de palabras del P. Sigüenza: «diziendo Jesús a la
tercera salió aquella alma tan pía y tan catholica del cuerpo a las
dos y poco más de la noche, miércoles día de San Matheo, año de mil
quinientos y cincuenta y ocho, aviendo estado dos años menos quinze
días aparejándose para este punto, retirado del mundo, renunciados los
estados y todo género de negocios terrenos, tratando sólo los de su
alma», y en los últimos seis años de estos poco más que tres siglos y
medio, después que visité la otra vez el retiro de Yuste, hase hundido
el imperio de los Austrias. Acaso no queda ya de él, como la ruina del
monasterio de Yuste, más que el trono de España, que aunque de Borbón
titular, ha vuelto a ser de Habsburgo y en espíritu más que Borbón.
La corona de España, de esta España de Juana la Loca, es ya lo único
habsburgiano que queda entren los dinastas de la tierra.
Del colgadizo o terraza se baja por una gran rampa. Por ésta podía
bajar y subir a caballo el emperador, que apenas si se paseaba a pie en
los dos años últimos de su vida.
Cerca de Yuste está el pueblecito de Cuacos, un lugarejo cercano, que
se ha hecho famoso por las molestias que dicen proporcionaron sus
vecinos al emperador. «El lugar de Quacos--escribe el P. Sigüenza--que
es el más cercano al convento participava más destos favores como más
vezino a la fuente y ellos sabían conocerlo harto mal, porque es gente
alguna de ella de baxos respetos, desagradecida, interessada, bruta,
maliciosa». Y más adelante agrega: «Podranse alabar los de Quacos que
vencieron ellos la paciencia y clemencia del César, lo que no pudieron
hazer muy valientes y fuertes enemigos, tanto fué su descomedimiento».
Por nuestra parte cuando hace doce años visitamos por primera vez Yuste
hicimos noche en Quacos, gozando de una sencilla pero muy cordial
hospitalidad lugareña y en esta vez ni nos apeamos del caballo el breve
rato que en los soportales de su plaza aguardamos al guía que hubo de
acompañarnos al monasterio. Pero la mala fama de Cuacos sigue en toda
la comarca.
¡Qué regreso, al dejar, con la pena de aquél a quien le despiertan
de un sueño sosegado, el reposadero imperial! Allí quedaba la caja de
madera, hoy vacía, en que estuvo el cuerpo del césar hispano-germánico
hasta que lo llevaron al feísimo y protocolario panteón del Escorial, a
aquella especie de archivo de cuerpos de reyes, guardados éstos, como
en un almacén, en una especie de cofres que parecen grandes soperas.
Mientras volvíamos de Yuste a caballo, silenciosos todos, iba cayendo
el día en la noche y la lluvia nos envolvía y nos aislaba a cada uno de
los peregrinos. Cubierto con la capucha de mi impermeable, protegido
por las perneras, dejaba a mi caballería que se buscase un sendero y no
podía apartar mi imaginación de aquella caja de madera, hoy vacía, en
que el cuerpo de Carlos V de Alemania y I de España empezó a hacerse
polvo mientras su espíritu acaso caía como una gota de lluvia en la
inmensa laguna sin fondo y sin orillas de la eternidad de la historia.
Salamanca, marzo de 1920.
EN PALENCIA
¡Pasando estos días de bochorno del aire--¡qué charca, y no ola, de
calor!--y de bochorno del alma nacional--aquí otra charca--en esta
antigua pero no vieja ciudad de Palencia, la «Pallantia» de los
romanos, que dicen los eruditos, porque váyase a saber...! Dicen por
aquí que con frecuencia aparecen en excavaciones restos romanos e
ibéricos, pero no queda edificio alguno entero de aquella época. A lo
más, algunos cimientos. Pero los cimientos romanos se encuentran por
dondequiera en España, cuya lengua es tan romana como la de Italia y en
el léxico más. En el vocabulario italiano hay, en efecto, más elemento
extrarromano que en el español.
Nombres, sí, quedan más que piedras. Se llama los «hornagones» en las
laderas de estos cerros donde empieza el páramo, a los restos de termas
de patricios romanos: hay el pago de Santa María de las Vestales y hay
el pago del Bosque en un terrible descampado donde hubo un «lucus»,
un bosque sagrado romano. Y como han vuelto a traer agua, a alumbrar
acequias, vuelve a verdear en árboles y hierbas el desierto de siglos,
vuelve la vida.
Es como un oasis el contorno de esta ciudad de Palencia, un oasis en
medio del trágico desierto de la Tierra de Campos, de los Campos
Góticos. Las aguas del Carrión, del dulce río claro que abriéndose en
dos brazos abraza aquí, junto a Palencia, a una isla; las aguas del
Carrión y las del canal han hecho estas huertas íntimas y frescas,
donde aflora la dulce ternura castellana, esa ternura que suele brotar
de las rocas. ¿No saca acaso la sandía su dulce jugo y refrescante de
las abrasadas tierras de secano? Y en estos días de terrible bochorno...
Allá, en aquella línea derecha que corona esos calizos escarpes,
empieza el páramo, el terrible páramo, el que se ve, como un mar
trágico y petrificado, desde la calva cima del Cristo del Otero.
¡El páramo! En él se ha vendido una hectárea de terreno por seis
duros--¡treinta pesetas!--y para aprovechar no más que una cosecha. El
milagro de Sara, la mujer de Abraham. ¡El páramo! ¡Y qué áspera poesía
la que inspira! Leed los libros de Julio Senador Gómez, notario de
Frómista, hoy vecino de esta ciudad de Palencia--¡y qué rato el que
el otro día pasamos en su casa, donde le retienen sus achaques!--;
leed _Castilla en escombros_, _La ciudad castellana_, _La
canción del Duero_, y veréis cuánto de áspera poesía profética,
jeremíaca, apocalíptica, contiene la obra de este hombre trágico y
vasto y lisiado como el páramo. Al borde del desierto han brotado los
más jugosos, los más fuertes cantos de la eternidad del alma. Ni hay
agua como el agua profunda, soterraña, del desierto.
Hay frescura y ternura en estas huertas que bordean el Carrión, al pie
del páramo trágico, y hay frescura y ternura a la sombra de la catedral
gótica de esta ciudad palentina. Respiré el otro día al entrar en ella.
Era un islote de frescor. Y frescor y ternura de siglos se exhalaba de
aquellas tablas pintadas por flamencos en nuestro tiempo del oro. La
catedral toda, el trascoro en especial, es de una frescura sencilla
y tierna y clara. Aquellas manos de Nuestra Señora de la Compasión
y de San Juan, que la protege, son frutos de frescura también. Traen
invisible agua del cielo a quien las contempla.
La catedral, manadero de frescura del espíritu, fué el alma de esta
ciudad episcopal y condal de consuno. Y lo decimos porque el obispo de
Palencia es, por serlo, conde de Pernia; a la mitra va aneja, como en
Coimbra, una corona condal. El caudillo eclesiástico lo era a la vez
civil o más bien feudal. Lo que quiere decir que la Iglesia se había
civilizado. Y ello arranca de fondo romano.
Y ved qué cosa más fresca y más clara la torre de la iglesia de San
Miguel, con sus grandes ventanales góticos que dejan ver el cielo a
través de ella. Una verdadera aguja gigantesca, con su ojo abierto a
un cielo claro, el ojo de la aguja por donde pasa el camello que ha
peregrinado por el páramo muerto de sed. Más muerto de sed el páramo
mismo que él, que el camello.
Pero vayamos a la iglesia de Santa Clara, a la del trágico Cristo
de tierra. Es la iglesia de la leyenda de Margarita la Tornera, que
conocéis siquiera por el poema de Zorrilla, donde la Virgen hizo de
tornera, mientras la que lo era del convento se fué a correr tierras
en brazos de un tenorio. Y al volver las monjas, sus compañeras, no
se habían percatado de su ausencia. Y allí está, amado por las pobres
clarisas del legendario convento de la tornera, el «Cristo formidable
de esta tierra», como le llamamos en un poema hace siete años, cuando
nuestra otra visita a esta ciudad.
Aquí se dice por muchos que el Cristo yacente de Santa Clara es una
momia, pero parece ser más bien un maniquí de madera, articulado,
recubierto de piel y pintado. Con pelo natural y grumos de almazarrón
en el que fingen cuajarones de sangre. La boca entreabierta, negra por
dentro y no todos los dientes. Los pies con los dedos encorvados.
Y ahora permitidme que reproduzca aquí una parte de mi poema de la
parte descriptiva:
«Cierra los dulces ojos con que el otro--desnudó el corazón a
Magdalena,--y hacia dentro de sí mirando ciego--ve las negruras de su
gusanera...--No es este Cristo el verbo--que se encarnara en carne
vividera,--este Cristo es la gana, la real gana--que se ha enterrado en
tierra,--una escurraja de hombre troglodítico--con la desnuda voluntad,
que ciega--volviéndose a la nada,--se ha vuelto tierra...--Este Cristo
español que no ha vivido,--negro cual el mantillo de la tierra--yace,
cual la llanura, horizontal, tendido,--sin alma y sin espera,--con los
ojos cerrados cara al cielo,--avaro en lluvia y que los panes quema;--y
aun con sus negros pies de garra de águila--querer parece aprisionar
la tierra». Y acababa el poema: «Porque este Cristo de mi tierra
es tierra,--carne que no palpita,--tierra, tierra, tierra;--mojama
recostrada con la sangre,--tierra, tierra, tierra, tierra...». Y fué
cierto remordimiento de haber hecho aquel feroz poema--lo hice en esta
misma ciudad de Palencia, y en dos días--lo que me hizo emprender la
obra más humana de mi poema _El Cristo de Velázquez_, el que
publiqué este año.
El Cristo de Santa Clara, el que muchos creen momia, el que ha venido a
descansar en manos de las pobres clarisas del convento de Margarita la
tornera--la que huyó por sed de maternidad--en este oasis de Palencia,
en las frescas riberas del riente Carrión, es el Cristo del Páramo. El
Páramo es una escombrera: escombrera del cielo. En días de terrible
bochorno, como estos que estamos pasando, las piedras de encima del
cielo han ido dejando caer su polvo a que se pose en este suelo. Y no
el agua.
Piedras de rayo llaman por todas estas tierras a las hachas
prehistóricas, del hombre pre-humano, que a las veces se encuentran
en su suelo. Y aquí cerca, en las faldas del Otero, se han encontrado
restos paleontológicos, entre ellos una gran tortuga fósil.
Sobre tortugas fósiles de otro género están cimentadas nuestras
ciudades cuando ellas mismas no son ya tortugas fósiles. Pero por entre
los tapiales de adobes o de barro de los corralillos de las casucas
polvorientas y desde su origen ruinosas--hay ruinas de nacimiento--de
sus arrabales asoman arbolillos como enjaulados, las hojas empolvadas
de alguna higuera doméstica o alguna flor. Y una flor castellana es
algo de que no hay idea en los pueblos de ubérrimos jardines. Es la
flor del desierto.
Aquí, en Palencia, empezaron los estudios que, trasladados después a
Salamanca, de las orillas del Carrión a las del Tormes, llegaron a ser
la universidad más célebre, en su tiempo, de España, la de los teólogos
y canonistas. Queda en esta ciudad un nombre, el de la calle de los
Estudios. El contorno de Salamanca, tierra de dehesas, de encinares,
de terreno ondulado, no es tan trágico como el de esta ciudad. Allí no
hay páramo cerca. La Armuña--en árabe «almunia» es jardín o huerto--es
llanura que en primavera ríe de verdor y en verano se dora con las
espigas. ¡Pero la grandeza solemne de estos trágicos campos góticos!
Palencia, agosto de 1921.
EN AGUILAR DE CAMPÓO
En la antigua villa de Aguilar de Campóo, entre ruinas, en esta
Castilla en escombros que dijo Senador Gómez, como peregrinos de la
historia y de la patria. Hace muchos años, recorriendo con unos amigos
alderredores de nuestro Bilbao, un aldeano decía a otro señalándonos:
«Éstos, ¿de minas o de aguas...?» y el interpelado, que nos conocía,
contestó: «¿Éstos? ¡no! a ver «náa» más; «inosentes». Y así en Aguilar
de Campóo, inocentemente, a ver nada más. A ver, a vivir, a morir,
a revivir y también a remorir. A apacentar nuestras desesperadas
esperanzas entre ruinas.
Por dondequiera escudos heráldicos, muchos en ruinas, de casas y
ruinas de nobleza. Aquí, como empresa del escudo: «Qui la sierpe mató
con la infanta casó» y un águila sobre un árbol mirando la matanza de
la sierpe. Pero la mataron matándole el pasto, matando la tierra y
ahora ¡pobre de la infanta! Allí: «Ceballos para vencellos ardid es de
caballeros». Sí, se ha cebado de dinero a los moros peligrosos, ¿pero
«vencellos»? Más allá: «Belar se deve la vida de tal suerte que quede
vida en la muerte». Si en nuestra muerte de hoy, si en esta trágica
modorra, si en este acorchamiento del ánimo patrio quedase alguna
vida... ¿Pero dónde está?
En los soportales de la plaza de Aguilar de Campóo se lee: «Café siglo
XX». Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero eso es de siglo? Todo
un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el
Pisuerga allí cerca, la historia. Cuando resbala... Allí, al socallo,
se duerme la vida y alguna vez se la sueña. Pero es el sueño de
siempre, el mismo cada vez. ¿Vez? No hay más que una, el rato inmóvil.
«Es un sosiego hediondo, como el del agua corrompida», dice en uno de
sus libros Senador Gómez.
Las ruinas del castillo de Aguilar, entre ruinas de montes. Y no se
distinguen las unas de las otras. Diríase que son ruinas de castillos,
de castillos de esta Castilla leonesa, aquellos atormentados monolitos,
que remedan fábricas arquitectónicas, de la cumbre de las Tuerces,
donde un tiempo ramoneaba el ganado entre matorrales y hoy el tasugo
(tejón) pasta macucas hozándolas. Del pelo del tasugo se hace brochas
para enjabonar la cara al que se afeita y de su piel colleras de lujo
para colgar esquilones al ganado... ¡una industria!
¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fué de
premostratenses! ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones,
piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre
sobre verdura el agua clara que baja de los riscos calizos. Y las
ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al
Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia. ¿Ciencia? Y del
mismo modo va yendo España toda al museo. Y un museo es el más terrible
de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto. Y
luego ruinas de cementerio, ruinas de tumba.
Allí, junto a las ruinas de Santa María la Real, carretera por medio,
en las escarpadas laderas del risco una cueva y en ella una laude, la
tapadera de un sepulcro, donde dice: «Aquí yace sepultado el noble
y esforzado caballero Bernardo del Carpio», etc. Probablemente una
superchería. Que es otra forma de ruinas. Porque las supercherías y las
leyendas en piedra, suelen ser ruinas; ruinas de historia, piezas de
museo.
Casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los
falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico
Santiago--embuste de Compostela--en cuyo día se esperó este año...
¡otra superchería!--. Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras,
señor, de mentiras. Y a lo mejor--que es lo peor--cree en ellas
alguien, señor, las cree... ¡el muy frívolo! Y esto no tiene remedio...
Sentados al socallo, allá en lo alto de las Tuerces, al abrigo de una
roca saliente, a este rico sol, henchíamos nuestra mirada con aquella
desolación que nos ceñía en redondo--golpes de verdura al borde del
agua que corre en el fondo del valle--y entre aquellas ronchas de lo
que fué monte y es hoy desierto veíamos a la patria rezumando pus y
sangraza por entre agrietadas costras de cicatrices.
¿Quedan entre estas ruinas hombres? ¿Queda en los arruinados hombres
hombría? Y pensábamos en esa simbólica sandía, fruto de secano, que
saca dulce jugo, frescor de agua entrañada, de la reseca roca. Hay agua
en el fondo, en el cogollo del corazón rocoso. Y hasta una ruina puede
ser una esperanza.
Pero hay que libertarse del museo; hay que sacudirse del ensalmo de
las piezas del museo. Como el testamento de Isabel la Católica, por
ejemplo. Nuestras leyendas mismas ya no viven, no hay en ellas vida en
la muerte; son ruinas de leyendas, piezas de museo. El troglodítico
tradicionalismo español huele a museo donde no entra ni el sol ni el
aire. La guerra de África que hizo don Pedro Antonio de Alarcón, v.
gr., no es ya ni leyenda; es cosa de erudición literaria, pronto cosa
de archivo.
Y esta España arruinada, entre ruinas de leyendas, mandada recoger para
el museo, ¿va a arruinarse más aún, arruinando a Marruecos? ¿Pretenderá
luego conquistar el Sahara? ¿Fundar allí un imperio sin hombres?
«Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte», dice
Aguilar de Campóo.
FRENTE A ÁVILA
En esto se nos apareció Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Santa
Teresa de Jesús, la ciudad murada. (Nuestros lectores argentinos
la conocerán, si no por otra cosa, por la novela de E. Rodríguez
Larreta _La gloria de D. Ramiro_ y acaso por alguna reproducción
del retrato que de él hizo Zuloaga y en que aparece como fondo la
maravillosa ciudad castellana, la de los castillos que son los
torreones o cubos de sus murallas). Se nos apareció Ávila, según a ella
íbamos por la carretera que la une con Salamanca, y se nos apareció
encendida por el rojo fulgor del ocaso del sol que abermejaba sus
murallas, en una rotura de un día aborrascado.
El ceñidor de las murallas de la ciudad subía a nuestros ojos; a un
lado de él, fuera del recinto de la urbe la severa fábrica de la
basílica de San Vicente, y en lo alto, dominando a Ávila, la torre
cuadrada y mocha de la catedral. Y todo ello parecía una casa, una sola
casa, Ávila la Casa.
Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa
Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante.
Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de
siglos y por siglos de soles. ¿Cuántos?
«¿De qué época datan estas murallas?»--nos preguntó uno de los que nos
acompañaba en el auto cuando surgió a nuestra vista la claridad de
Ávila.
No supimos contestarle. Además esas murallas datan de muchas épocas. ¡Y
no queríamos pensar en tiempo; queríamos, más bien, olvidar el tiempo;
íbamos a Ávila a olvidar el tiempo, o mejor dicho, a matarlo! Y matar
el tiempo es resucitarlo.
No hace mucho leíamos en una revista argentina esta pregunta que se
les hacía a algunas personas: «¿En qué época quisiera usted haber
vivido?». Cada cual respondía según sus aficiones y alguno contestó que
de aquí a diez años. Nosotros contestaríamos que en todas las épocas. Y
mirando a Ávila ceñida por sus murallas, pensábamos vivir en todas las
épocas, fuera de tiempo, desde la edad troglodítica hasta la otra edad
troglodítica, la que ha de volver para el linaje humano.
¿Conoce el lector el terrible canto de Carducci _Sobre el Monte
Mario_ y aquella su visión final del fin del linaje humano? Pero...
dejemos esto y volvamos a Ávila.
Una ciudad así, murada y articulada, es una ciudad. Tiene unidad, tiene
fisonomía, tiene alma. Londres, en cambio, o Nueva York, no puede ser
una ciudad nunca. El que en Londres tenga alma de ciudadano tiene que
albergarla en un barrio. Londres no puede ser una casa.
El que esto os dice se sentiría solo y solitario, aislado, en una urbe
como la de Londres y aun mucho menor. Hasta en Madrid experimenta la
tristeza de la urbe extensa. Es como si se me mandase escribir sobre
una mesa puesta en medio de la Galería de Máquinas de París o de la
iglesia de San Pedro de Roma. Mejor en medio del campo. En medio del
campo, al aire libre, sí, pero no en un tan vasto recinto cubierto. En
una choza sí, sintiendo cerca el recinto, bien ceñido.
Abarcábamos toda Ávila de una sola mirada y comprendimos lo que se
puede querer a una ciudad así y cómo puede ser patria. Atenas fué
patria y no lo fué Babilonia. Y Ávila es, además, un convento. Y aun
casi la celda de un convento.
Se entra en la ciudad por puertas, pasando bajo un dintel de piedra,
como se entra en una casa. A la puerta principal de entrada le
flanquean dos robustos torreones, dos cubos de la muralla. Y cuando
dentro del recinto murado, en el centro de la ciudad, se encuentra
alguna plaza parece que ésta se ensancha en su pequeñez. ¡Esas
plazuelas apacibles y sosegadas que se abren dentro del recinto
conventual de una eterna--no ya vieja--ciudad castellana! ¡Esas
plazuelas por las que han resbalado siglos de instantaneidad cotidiana!
¡Lo cotidiano! Lo de todos los días, lo que fué de los trogloditas
prehistóricos y será de los trogloditas posthistóricos, lo de todos los
tiempos, eso sólo se gusta y se paladea en estas viejas ciudades. Y
veis al mismo mendigo que pintó Velázquez.
¿En qué época quisiera haber vivido? ¡En todas! Cierto que siento
predilección por la Edad Media y por la época de la Revolución
Francesa, pero todas las edades son medias y en todas hay revolución.
Cuando se nos apareció de pronto Ávila de los Caballeros, hace pocos
días, surgiendo de las berroqueñas tierras de Castilla, íbamos
meditando en la revolución que está pasando ahora por España. Y en
Ávila, como en un espejo histórico, queríamos descubrir nuestro
porvenir revolucionario. Sus murallas eran un símbolo.
Nos acercábamos a Ávila y al día 25 de este mes de octubre de 1921.
¿Qué es esta fecha? Nada; una superstición.
UNA OBRA DE ROMANOS
Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de
romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de
sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor
del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se
le dió a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia
y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes
a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro
no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya
forma vulgar es _aguaducho_. Pero _aguaducho_ se le llama a
una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el
Mediodía, a un puesto de venta de agua.
Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia,
aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus
arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus
piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin
argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos,
conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos
soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de
Segovia tiene algo de un az (no haz) romano armado de todas armas. Y
para llevar agua al campamento o a la ciudad.
Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su
función--¡lástima!--para mejor conservarlo como monumento. Pero es
fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas
de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. El
agua, transportar la cual era su función, ha debido preservarle de la
ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado
a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros
suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado,
sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.
Aquel formidable panfletista que fué Pablo Luis Courier, en su Carta
V, escrita en Veretz (Turena) a 12 de noviembre de 1819, escribía:
«Los monumentos se conservan donde los hombres han perecido, en
Balbek, en Palmira y bajo la ceniza del Vesubio; pero en otras partes
la industria, que lo renueva todo, les hace una guerra continua. Roma
misma ha destruido sus antiguos edificios y se queja de los bárbaros.
Los Godos y los Vándalos querían conservarlo todo. No ha estado en
sus manos el que ella quedara y no sea hoy tal como la encontraron.
Pero a pesar de sus edictos condenando a muerte a quien estropeara las
estatuas y los monumentos, todo ha desaparecido, todo ha tomado una
forma nueva».
Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y
airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra
en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia,
obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de
ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se
acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua!
El mismo día en que llegué a Segovia había pasado--y era la segunda
vez--por Madrigal de las Altas Torres, «nombre alto, sonoro y
significativo», que diría Cervantes. Pero, ¡ay!, que las altas torres
de Madrigal de las Altas Torres--las de los cubos de sus murallas--no
son ya ni altas ni muchas de ellas torres. Como no defienden nada, como
no soportan nada--salvo algún nido de cigüeñas--las han ido dejando
aterrarse. Su falta de función las ha arruinado. Que hasta una tumba
se mantiene mientras guarda los huesos de su habitante de queda y
reposo--¡y no siempre!--, pero si hasta el muerto emigra de ella la
tumba se hace ruina. Y la ruina de una tumba es lo más trágico que hay.
Y otras veces se la quiere convertir en cuna. Que si al Cristo recién
nacido le acostó su madre en un pesebre, en el comedero de un asno,
amigo del pobre y amigo del Redentor, que caballero en él metió en
Jerusalén su gloria, a nosotros nos acuestan al nacer no pocas veces en
algo como tumbas para brizarnos en ellas el espíritu al eco de leyendas
de muertos.
El camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo
de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas
sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua _vía argéntea_,
camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de
Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del
puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua
que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el
agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le
ha preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo
rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género
de agua. Como en el derecho mismo.
Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por
arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los
oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de
ideas, y sobre todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran
más que aquéllas. La _Ilíada_ de Roma es el Código de Justiniano
o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia,
obra de romanos, es, a su vez, un código.
PAISAJE TERESIANO
EL CAMPO ES UNA METÁFORA
I
Era en un pueblecito de los consagrados por Santa Teresa de Jesús, en
un pueblecito serrano de la provincia de Ávila donde ella pasó, en
sus mocedades, una temporada en casa de unos parientes y donde leyó
algún libro de edificación piadosa, lectura que le sirvió después, con
otras, de cimiento para el edificio de su doctrina. Pero como lo leyó
en aquel campo, alternando en su visión las letras del texto con las
letras también con que Dios había escrito en el que llamamos libro de
la naturaleza, aquel paisaje llegó a formar parte de los cimientos del
edificio de su doctrina.
¿Libro de la naturaleza? ¿Libro? No, sino más bien cuadro. Y un cuadro
enseña como un libro y aún más y mejor. Desde luego, un cuadro bueno
más que un libro malo. ¡Y no por su literatura, no! Los cuadros no son
mejores o peores por su literatura, y con razón hablan los pintores con
desdén de la pintura literaria. Como la excelencia de una caricatura no
está en la leyenda y aun la mejor caricatura es la muda, lo que es como
una romanza gráfica sin palabras. No, no, no es lo que llamamos asunto
lo que hace el cuadro. Lo que no quiere decir ¡claro! que la pintura
no inspire literatura. La inspira la de Velázquez, y Velázquez es un
puro pintor. Y aquí mismo veréis cómo un cuadro de Dios, un paisaje
castellano, nos ha inspirado, buena o mala, literatura.
Los cerros pedregosos que contemplaba desde Becedas--que está al pie
de una elevada sierra--parecíanme escombros caídos del cielo y por
donde trepaban verdes rebaños, grupos de encinas y de robles. Y en
derredor de aquellos picos de Neila y de Gilbuena era un campo robusto
y sonriente. A la hora aquélla y en aquel día el paisaje perdía
materialidad pareciendo como un mero revestimiento del espacio. O más
bien que era una pintura, pero más al fresco que al óleo, y de todos
modos sin barnizado, en que se ve la tela y su trama, el tejido sobre
que se había pintado el cuadro, acaso la túnica misma del Señor, que se
entretuvo en adornarla con aquellos paisajes. Y se veía los brochazos
del Señor, se notaba la huella de su pincel. ¡No era una oleografía, no!
Velaba al cielo como una brumilla de platino. Diríase que el cielo era
un lago, el de las aguas de arriba de que habla el primer capítulo del
_Génesis_, y que ese lago tenía reflejos de la tierra sobre que se
redondeaba.
Al recogerme un momento como para rumiar el pasto de aquella visión,
fijéme en un helecho que crecía--¡bien pobremente por cierto!--a mis
pies y me imaginé una hormiga al pie de aquel helecho y que éste le
pareciera como a nosotros una gigantesca palmera. Aunque esto acaso no
sea así, ya que una hormiga puede subir y pasearse por un helecho como
nosotros no podemos hacerlo por una palmera. Para un macaco trepador,
un árbol colosal ha de ser muy otra cosa que es para nosotros.
Miré a Becadas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme
tortuga roja--del color de sus tejados--con un cuerno, que era la torre
de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire
el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos
de flores en las galerías de madera y aquellas grandes piedras que
sostienen estas galerías, piedras vivas, casi vegetales, que guardan
el aire de la cantera. Que en esta tierra de encinas pétreas la piedra
suele tomar ternuras de madera.
Se ha dicho que en la literatura castellana apenas hay paisajes, pero
sin demasiada paradoja cabría retrucar que apenas hay en ella más que
paisaje, que los hombres del «Poema del Cid» o los del «Romancero» son
como encinas o como rocas, de recio leño o de piedra tierna. Y de un
paisaje sin agua. Pues el agua es como la conciencia del paisaje; las
alamedas de la orilla del río, las alisedas, los saucedales, se ven
a sí mismos en el agua y se reconocen, y hasta un mogote de roca, un
berrueco de granito, se ve y adquiere conciencia de sí en una charca
que duerme a su pie. Pero en las tierras sin agua hasta los hombres no
son más que paisajes, pintura de Dios. ¡Pero qué pintura!
Mas allí, en Becedas, al pie de la sierra, cerca de las fuentes del
Tormes, hay agua. ¡Agua! «¡Mar! ¡mar!», clamaron los diez mil griegos
de la famosa retirada que inmortalizó Jenofonte cuando, después de
terrible peregrinación por agostados páramos del Asia Menor, divisaron
la azul línea serena del Ponto Euxino o Mar Negro. Pero aquí no se
trata ya del agua del mar.
En el viejo «Poema del Cid» se habla de las veces que el héroe
castellano, enjuto y seco, atravesó el Duero: se nos dice de unos
moros muertos en batalla junto a un río que bebían agua _amidos_,
es decir, contra su voluntad, y se nos cuenta de cuando a las hijas
del Cid, maltratadas por sus maridos que las dejaron atadas a unos
árboles, les llevó agua su primo en el sombrero. ¡Agua de beber! Agua
no para mirarse en ella, sino para beberla. En estos campos, de ríos no
navegables--algunos se secan en el estío--el agua no une a los pueblos,
sino que los separa. Y esto cuando no se pelean por su aprovechamiento.
Y viniendo a otra cosa, ¿es que no hay paisaje en Santa Teresa?
Interior y exterior.
II
Muchas veces se ha hecho notar, y especificándolo con ejemplos, cómo
el campo, el paisaje castellano en que se crió y con que se crió
entra en la obra de la doctora mística. El castillo de las «Moradas»
es la ciudad de Ávila, con sus murallas y los cubos de éstas, es la
maravillosa ciudad que tiene que mirar al cielo. Y las metáforas de que
suele servirse la santa son metáforas de pequeño campo doméstico, de
huerta familiar, no de panorama.
Ningún gran paisajista lo ha sido de vastos panoramas. Quiero decir
ningún gran paisajista pintor. Que entre literatos Rousseau y Senancour
nos dieron la impresión de los Alpes y Chateaubriand la de las vastas
riberas de los grandes ríos de la América del Norte. Pero el genuino
paisaje es de pequeños rincones. Allí es donde se coge el alma del
campo. Un solo árbol mirándose en una charca en medio de un solemne
desierto es algo de lo más grande con que se puede encontrar un hombre
que lo sea de veras por dentro. Lo que no le diga aquel ermitaño de
leño florido no le dirá ninguno de carne y hueso. Aunque el árbol
es de hueso--de leño--y de carne, o sea de hoja, de carne verde y
palpitante.
El pequeño campo doméstico y familiar, la huerta casera, le sirvió a
Santa Teresa de Jesús para metáforas en que dió carne a su doctrina
mística. ¿Pero es que el campo mismo, la pintura de Dios, es más que un
ramillete de metáforas o toda una metáfora? El universo visible es una
metáfora del invisible, del alma, aunque nos parezca al revés.
Santa Teresa de Jesús se servía de metáforas caseras y de huerto
familiar como Jesús mismo, educado en casa de un maestro de obras, de
un constructor de casas--que esto y no carpintero tan sólo es lo que de
José dice el Evangelio--se sirvió de metáforas del arte de edificar,
como lo de la piedra angular y otras. En la obra de la santa de Ávila
se ven esas dulces huertas interiores de esta tierra grave y tan llena
de roca, de hueso. Aquí, en esta tierra, se comprende lo que es eso del
jardín interior del alma, del jardín cercado y con su humilde noria.
¡Esos jardincillos enjaulados en medio de una ciudad polvorienta y en
ruinas! ¡Esos arbolillos presos, domesticados, que alzan su copa por
sobre tapias medio derruidas! Y todo ello es metáfora.
«¡Pinta de memoria!»--me dijeron de un pintor, y repliqué: «todo pintor
pinta de memoria». Todo pintor pinta de memoria, hasta lo que está
viendo; pinta un recuerdo. Lo que hay que ver no es la visión presente;
lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen. A las veces su recuerdo
presente. El artista ve recuerdos y por eso ve anticipaciones y es un
profeta. Vamos al museo a recordar el campo, pero vamos al campo a
recordar el museo. Todo artista pinta de memoria. Quien no lo hace es
una cámara obscura, una máquina fotográfica, pero no lo hace porque no
teniendo alma no tiene memoria. Y aun ésta...
Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo
que pasa de que mira al modelo a que tiene que mirar al papel o lienzo
en que traza su imagen, ¡no! Éste es un aspecto demasiado primario y
superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe
del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando
ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta todo conocer--lo
sabía ya Platón--es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora.
Los pueblos salvajes que no han dibujado nunca, que no han hecho
dibujos, no ven nada en los dibujos. Se les da una fotografía y no
saben por dónde mirarla. Y es dudoso que un gato que mire la pintura
de un gato, su propio retrato, vea nada en él. Y no ve nada en él
porque no es capaz de metaforizar. La metáfora es el fundamento de
la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia
de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y
metafórica.
Y hay paisajes que conviene mirarlos a menudo en ayunas y aun con algo
de sed. Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se
tienden al pie de la Peña de Francia, en la provincia de Salamanca,
y aunque la angustia--¡y era grande!--me privara de mirarlas con el
sosiego que la contemplación estética exige, nunca comprendí mejor su
metáfora. Porque hubo momentos en que creí que se me iba a parar el
corazón o a estallárseme o a cuajárseme la sangre. Y a la angustia
física se me unió la angustia moral, la angustia religiosa, más aún, la
angustia metafísica.
El campo es una metáfora.
EXTRAMUROS DE ÁVILA
Aparecióseme una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros,
Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En aquel campo rocoso,
entre los berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla,
toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre
que es fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo
de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una
calavera viva--la gloria mayor del rosario--, en lo alto la fábrica
de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior,
allí, entre las bermejas columnas. Ciudad, como el alma castellana,
dermatoesquelética, crustácea, con la osamenta--coraza--por de fuera, y
dentro la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de
las moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el
cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.
Fuera, sin embargo, del redondo espinazo ciudadano alza San Vicente
su severidad románica; fuera, Santo Tomás su recogimiento, donde
duerme--¿sueña?--el príncipe D. Juan, el que se llevó a la tumba una
dinastía que pudo haber sido un porvenir que nunca fué, una realeza
entrañadamente española, de roca, que no de cepa castiza. Y fuera de
aquellas murallas, un miércoles, 5 de junio de 1465, vióse un acto para
siempre memorable. Mas oigamos a nuestro Padre Mariana, el jesuita
bravo, nuestro Tácito:
«Los alborotados en Ávila--dice--acordaron de acometer una cosa
memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de
nuestra nación; pero bien será se relate para que los reyes, por
este ejemplo, aprendan a gobernar primero a sí mismos, y después a
sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre
alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza más
consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el rey (si le
miramos de cerca) es otra cosa que un hombre con los deleites flaco;
sus arreos y la escarlata, ¿de qué sirven sino de cubrir como parche
las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan
los criados, tanto más miserable, que con la ociosidad y deleites más
sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó
desta manera: Fuera de los muros de Ávila levantaron un cadalso de
madera, en que pusieron la estatua del rey D. Enrique con su vestidura
real y las demás insignias de rey: trono, cetro, corona; juntáronse
los señores; acudió una infinidad de pueblo. En esto, un pregonero, a
grandes voces, publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en
que relataron maldades y casos abominables que decían tenía cometidos.
Leíase la sentencia y desnudaban la estatua poco a poco, y a ciertos
pasos, de todas las insignias reales; últimamente, con grandes
baldones, le echaron del tablado abajo».
Así, mediado el siglo XV, en las afueras de Ávila de los
Caballeros. Las recias murallas, calentándose al sol desnudo de
Castilla, se estremecieron acaso en su meollo viendo ese ejemplo de
caballerosidad altanera. Pero antes nos cuenta el padre Mariana
también que «despertado el rey de su grave sueño, a solas y las
rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, según
se dice, desta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey
por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu
ayuda, a Ti encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que
el castigo (que confieso ser menor que mis maldades) me sea a mí en
particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrille y haz que
la gente en común no reciba por mi causa algún grave daño». Dicho esto,
muy depriesa se volvió a Salamanca».
Desde esta Salamanca, plateresco rosal de otoño, con la encendida
amarillez de la tarde del Renacimiento en las hojas; desde esta
Salamanca sigo viendo, cerrados los ojos de la carne, el grave sueño
de la berroqueña Ávila, de Ávila de granito. Y veo a Castilla, «las
rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo», pidiendo piedad a
Dios. Resquebrajada de sed de justicia el alma. Y es su vida sueño,
pero grave sueño de piedra. Un toro de piedra guarda, dentro de Ávila,
los callados remotos recuerdos de la noche que precedió al alba romana
de su historia.
«¡Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia, porque ellos
se hartarán!», suspiró el Cristo (Mateo V. 6). ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Se hartarán, sí, de consuelo celeste, acaso de sagrada indignación. Los
malaventurados los que, faltos de justicia, no sienten ni hambre ni
sed de ella, porque están muertos civilmente, duermen grave sueño de
piedra, como el del toro de la plazuela de Ávila. El sol le chupa el
rocío y no cría ni musgo en sus costillas.
Libertad fué a buscar al claustro Teresa de Jesús, consuelo de
deleitarse en aquel castillo interior «pues sin licencia de los
superiores--dice--podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora».
Dentro del cincho de piedra de las murallas de su ciudad nativa soñó la
santa, reinando Carlos I, el César flamenco, santa libertad. Seis años
tenía la santa de Ávila cuando, cincuenta y seis después de la afrenta
que hacía temblar las carnes sólo de pensarla, rendían sus cabezas
en Villalar los comuneros de Castilla. Y cayó sobre ésta un grave
sueño imperial. Segismundo rezongaba remusgándose dentro de un seto
berroqueño. «Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad?», clamaba.
A mil varas sobre el ras del mar, cuna de libertad, y todo él sendero,
sobre los huesos de esta tierra crustácea de Castilla, duerme y sueña
sus recuerdos, dentro del rosario de sus murallas--gloria final la
catedral gótica--, Ávila de los Caballeros, de los caballeros que
desnudaron la estatua del rey D. Enrique.
VISIONES RÍTMICAS
Vaya, pues, dibujemos y modelemos con la palabra al llamado Tempe
tesálico»--decía un genuino griego. Y se dice que los antiguos no
tenían el sentimiento del paisaje. Mas en esa expresión se expresa
el sentido gráfico y pictórico, o mejor, escultórico del paisaje y
no su sentido musical. Que lo moderno es acaso la musicalidad del
paisaje, del campo, el sentimiento musical de la naturaleza. Y no en
vano Spengler ve en la música la expresión del espíritu actual, del
occidental, así como en la escultura la expresión del espíritu clásico
helénico.
En música acaso se expresa lo más íntimo del paisaje, su sentimiento
rítmico. Y hasta el silencio del campo. Pero yo, lector, aunque pueda
tener algo de poeta y de loco, de músico menos que poco tengo. Y, sin
embargo...
Sin embargo, mi sentimiento rítmico, en cierto modo musical, del campo
y de las cosas de viso, no me ha cabido siempre en prosa y he tenido
alguna vez que verterlo en versos. De una música, si acaso la tienen,
esquínuda y rígida, angulosa y dura. Pero no todo ritmo se desenvuelve
en curvas.
Decía fray Luis de León en _Los nombres de Cristo_ que «algunos
hay a quien la vista del campo los enmudece; mas yo, como los pájaros,
en viendo lo verde deseo o cantar o hablar». Y una especie de canto
hablado, de recitación, de rezo más bien, es el verso. Y al ciego
Salinas le habló fray Luis de música y de paisaje, o mejor, de celaje,
en versos muy firmes.
En el primero de los escritos de esta colección--o libro--viste,
lector, que al hablarte de la granja de Moreruela, pasé de la prosa
a versos de unos sonetos que te habrán parecido prosaicos. Prosaicos
por su construcción y más por el esqueleto conceptual de ellos.
Pensamientos concebidos en prosa y puestos en catorce endecasílabos
rimados. Pero otras veces ha sido de primera intención, y desde luego,
antes de pensarlo primero en prosa, como me brotó en verso la expresión
de un paisaje o de algo que lo valga.
Me decía una vez Vicente Colorado, vuelto ya tierra hace años, que por
qué no escribí en verso el final de mi novela _Paz en la Guerra_.
Y acaso tenía razón. En prosa ritmoide va a dar a las veces.
Y ahora aquí, lector, quiero darte al cabo de este ramillete de relatos
de mis andanzas y visiones de España unas cuantas poesías que de esas
andanzas y de esas visiones brotaron. ¿Música? Si se trata de la
cantable y bailable, no. Porque hay quien necesita llevar el compás de
los versos con los pies.
Al evocar mi recuerdo, dormido en el hondón de mi memoria, de lo que
era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de Bilbao, brotóme
él a flor de alma en forma rítmica, en versos de meditación poética, de
eso que los lakistas ingleses llamaban _musings_. Como en versos
vertí mi visión íntima del Nervión. Y en verso la espléndida visión de
un atardecer de estío en Salamanca, y en verso la de la Colegiata de
Castañeda, a la salida del valle Pas, y en verso el sentimiento que me
produjo la contemplación de un solitario camposanto en la paramera
castellana, y en verso mi visión de Galicia. En esta poesía dedicada a
Galicia creo haber vertido más concentrada y más depuradamente lo que
de ella he dicho en otros escritos en prosa.
Incluyo aquí también los versos que hice al Cristo yacente de Santa
Clara, o iglesia de la Cruz, en Palencia, ese Cristo que es como un
símbolo y resumen del paisaje trágico castellano.
Respecto a la forma externa o tipográfica de estos escritos he
respetado en algunos la que al publicarlos por vez primera los di y
es ponerlos como si fueran prosa, sin hacer un renglón aparte de cada
verso. Lo que por un lado obliga al lector a estar más alerta en su
lectura y no dejarse guiar del artificio tipográfico--que a las veces
simula versos donde no los hay--y por otra lleva más papel. Y digo
esto, porque he podido advertir que si los libros de verso se venden
menos que los de prosa, es en buena parte porque el lector se llama
a engaño de que le den en igual masa de papel y páginas, y al mismo
precio, menor caudal de lectura y de letras. Que no ha desaparecido el
criterio con que antaño se hacía la tasa de los libros, por pliegos.
A otras de estas poesías--o visiones en versos--les he conservado, en
cambio, la tradicional manera de presentar los escritos medidos en
cadencia acompasada.
LAS ESTRADAS DE ALBIA
Aquí, donde hoy esta plazuela, antaño se alzaba el Árbol Gordo, y las
que hoy son cuajadas calles eran huerta y verdura. Mi pueblo me es
extraño; mi Bilbao ya no existe; por donde un día fueron sus afueras
hoy me paseo triste.
Ya en las dulces mañanas sosegadas del amarillo octubre, al que un
cielo de plata abriga y cubre, no brindarán su calma las estradas, ni
sus setos las verdes zarzamoras; rechinan los tranvías y automóviles,
más henchidas transcurren hoy las horas; pero ¿dónde te fuiste,
recogimiento? ¿Dónde el fluir aquel de nuestra vida, tan manso y lento,
con su marcha tan suave y tan seguida?
Ya tus raíces, mocedad, no encuentro, y cuanto más me adentro, más
lejos dejo esta que fué mi cuna.
He traspuesto la cumbre, y están rojos de otoño mis recuerdos, y ya
la pesadumbre siento de un porvenir de cuesta abajo; ¡Dios mío, qué
trabajo el trabajo sin fin de resignarse!
Van cayendo las hojas, por el otoño rojas, del árbol una a una; bien
sé que volverá la primavera, pero no la que fué, no aquella mía que
endoseló mi cuna con flores de flexible enredadera.
Llegará acaso un día en que cubran también las zarzamoras este suelo
que hoy son plazas y calles; pero no aquéllas; otro todo será sobre mis
valles, sólo serán las mismas las estrellas.
Y un día también tú, Carro del cielo, enseña secular de peregrinos,
te romperás, y... ¿entonces? ¿Cuando salten los gonces del rincón que
llamamos universo?
Tal vez...--sin el _tal vez_ la vida es sombra de pesadilla--tal
vez aún más allá del más allá remoto, en el espacio ignoto de tras las
más lejanas nebulosas, un día acaso la Tierra vuelva a florecer, la
misma, la de espinas y rosas, la ungida con el crisma de Isis y Brama y
Júpiter y Cristo. Y allí, en aquella tierra, volverá a ser Vizcaya, sus
aguas el Nervión dará de nuevo, resurgirá la Villa y volveré a vivir lo
que viviera... ¡Absurda maravilla!
¡Absurda, sí! Sólo tal vez lo absurdo, y el que estiméis más burdo, nos
libra de la peste de la lógica, de la rueda del tiempo con que el hado
inhumano, poniendo en ella su broncínea mano, nos trilla el corazón y
la cabeza.
¿No he de volver a verte, campa de Albia? ¿No ha de arrollarse, al
fin, en rollo espeso el tapiz del camino de mi vida? ¿Todo ha de ser
progreso? ¿No ha de juntarse, al cabo, todo en uno?
* * * * *
¡Oh, qué dulce el correr días iguales; repetición, sustancia de la
dicha, lenta fusión de bienes y de males, santa costumbre, de eternidad
espejo; ahora, desde la cumbre, cuando siento, por fin, que voy a viejo
y empieza ya a agostarse mi verdura, comprendo la locura de anhelar
novedades y mañanas, y cómo fueron vanas mis juveniles ilusiones
muertas! ¡Ay, mis queridas huertas, abrumadas al peso de estas casas,
en que el afán y la carcoma habitan!
* * * * *
Aún queda algún islote de la antigua campiña perdido entre solares,
algún rincón no hollado aún por el trote del corcel del progreso,
alguna vieja viña del agridulce chacolí, que borra de los cerebros
tardos la terca murria de estos cielos pardos. Quedan de lo que fué
siempre escurrajas, y estas hurtadas fajas de un verdor que agoniza,
simiente son de ensueños de esperanza. Mientras lo nuevo avanza, busca
lo viejo en otro cielo abrigo, donde se hace otro mundo para dormir
libre del recio hostigo del granizar del tiempo nauseabundo.
¿Acaso esta mi villa no ha de ser la semilla de un mundo eterno de
quietud y calma? ¡Ay, pobre de mi alma, desfondándote así en este
trasiego de apariencias, visiones y escenarios, sin dar ancla en
sosiego, juguete de contrarios vientos que soplan al azar del sino,
falta de tino, falta de rumbo, de tumbo en tumbo, qué ha de ser,
infeliz, de lo que fuiste? Y así caminas triste, sin poder detenerte en
tu carrera, de invierno a primavera, de primavera a invierno, soñando
siempre en el descanso eterno.
Cuanto se mueve hacia lo inmoble tiende, y lo único de inmóvil es la
idea, la que ilusiones sin reposo crea, y la idea es recuerdo; imagen
es de lo que fué; lo cuerdo no es sino recordar, y así, mi alma,
recuerda lo que fué. Sea tu gloria, mientras te quede aliento, la
memoria.
AL NERVIÓN
A la mejor memoria de Leopoldo
Gutiérrez, a quien leí este
poema, a raíz de compuesto, delante
de la iglesia de Begoña.
Una vez más, Bilbao, sobre tu seno
maternal descansando mi cabeza
vuelvo a soñar la vida de esperanzas
y ensueños juveniles
que me conservas.
Esas nubes que embozan las montañas,
seto de mi primer visión del mundo,
las nubes son en que atisbé visiones
de allende el valle humano...
¿Serán de lágrimas?
En las sombrías hoces de tus calles,
da la lluvia al reflejo ojos humanos
con mis ojos mejieron sus miradas,
ansiosas de alimento
de formas vivas.
¡Oh, mis calles de sombra y de recuerdos,
encañadas henchidas de rumores
de abismos de la vida; el río humano
de que sois hondo cauce
tajado a siglos,
se lleva derretidos en su curso
mis goces y mis penas; vuestras aguas
bajo el agua del cielo adormecieron
aquella sed eterna,
desapagable,
único lazo de las horas todas
desde el nacer hasta el morir; hoy vuelvo
a aquel mañana de mi ayer perdido,
a aquella mi otra suerte
que con vosotras,
nubes de mi niñez y mis montañas,
fué a perderse en los cielos del oriente!
¡Oh, mis nubes de ensueños no cumplidos,
cómo en lenta llovizna
regáis mi alma!
¡Ay, mi triste Nervión, preso entre muros,
pobre arteria de enfermo; cada día
del corazón desnudo de la tierra,
del mar, en ti sentimos
el pulso rítmico!
También tú fuiste niño, jugueteando
al pie de alisos, álamos y mimbres,
con vueltas y revueltas indecisas
entre los fuertes brazos
de las montañas,
como ensaya sus pasos vagarosos
flanqueado por los brazos de su madre
el pequeñuelo que se lanza al mundo
con pureza en los ojos
sin buscar hito.
Gozaste bajo el cielo la verdura
del valle en el sosiego, ¡quién me diera
ver tu niñez, Nervión, ver estos campos
cuando aún no eran la villa,
cual Dios los hizo!
Cortáronnos el curso, río mío,
nos apresaron entre recios muros,
os robaron verduras de la orilla,
¡juguetear por el valle
ya no nos dejan!
Dulces mimbres y sauces que en mis aguas
de alborada el follaje retratasteis,
¡cuántas llevé de vuestras hojas verdes,
juguete en mis espumas,
al mar perdidas!
Cual tú, preso entre muros, hoy transporta
cargas de pensamientos en mis aguas
y en vez de nubes blancas o de rosa
reflejo, canal triste,
¡negrura de humos!
Son, mi Bilbao, tu corazón los puentes;
en ellos, sobre el agua, bate el ritmo
de tu trabajo y es donde se te abre
de montaña a montaña
más ancho el cielo.
Tú eres, Nervión, la historia de la Villa,
tú, su pasado y su futuro, tú eres
recuerdo siempre haciéndote esperanza
y sobre cauce fijo
caudal que huye.
Lengua de mar que subes por el valle
a la Villa los pies hasta lamerla,
tú nos traes con la sal de la marina
sales de las entrañas
del mundo todo.
En pleamar rizan tu henchido pecho
brisas del valle y sobre los metálicos
reflejos de tus rizos retorciéndose
tus barcos en imagen
se descoyuntan.
Bosques movibles de enjarciados mastes,
cordajes empapados en salina
de luengos mares; velas que han vibrado,
bajo todos los cielos,
a vientos libres;
leños a que los témpanos del polo
fregaron, y mojaron los chubascos
del trópico, descansan en tu seno;
del sudor de mil gentes
la sal recoges.
Y sufres la presión, Nervión sufrido,
del recio ceñidor de los pretiles
para ser padre de la fuerte villa
la de los mercaderes
hija del agua.
Oh, mi Nervión, tú de mi pueblo el alma,
tú que guardas sus dichas y sus penas,
los siglos por tu cauce resbalaron
llevándose la historia
hacia el olvido;
hacia el olvido, mar de nuestras vidas,
mas, dejando la villa, monumento
que durará por siglos de los siglos,
colmena de las almas
que en ti libaron.
Nervión, Nervión de palpitante pecho,
fuente de vida de mi pueblo, dame
la mansedumbre de tus lentas aguas
que al mar indiferente
rinden su vida.
Dame, Nervión, resignación activa,
lava de tu hijo la inquietud ardiente,
embalsama en la sal de tu marea
para el viaje sin vuelta
mi pobre espíritu.
GALICIA
A mis amigos de Pontevedra
Torcuato Ulloa, Víctor Said Armesto
e Isidro Buceta dedico
este poema que ellos vieron nacer.
Tierra y mar abrazados bajo el cielo mejen sus lenguas, mientras él
entre montes de pinares tranquilo sueña, y Dios por velo del abrazo
corre sobre sus hijos un cendal de niebla.
Ondea palpitando el seno azul del novio, y a su aliento la verde
cabellera de la novia se mece; de castaños, de pinos y de robles,
de nogueras, y rubio vello del maíz dorado que a la brisa marina se
cimbrea.
Frunce el ceño la novia en Finisterre, que broncos mocetones alimenta;
yergue desnudo el cuello en el naciente, espalda a espalda con Asturias
recia, y alza la frente blanca, cimas de rocas que las nubes besan y
que por ver el seno del amante hacia el cielo se elevan.
Vuelto él en nubes hasta el cielo se alza, derrítese de amor, su jugo
suelta, y lenta la llovizna va empapando a la tierra, y corre por los
ríos fecundantes, ceñidos de alisedas, nuevamente del mar al seno
siempre joven, henchido siempre de pujanza nueva.
Por un resquicio azul desde la altura se ríe el sol de fiesta, e irisa
con sus rayos la llovizna, y la obra le completa.
El mar que duerme en las tranquilas rías buscando acaso olvido a sus
tormentas, se consume de sed del agua dulce que de las cimas llega, y
mira al Ulla, al Lérez, y en las fuentes que el bosque esconde sueña.
Sed es de la dulzura que su amargor consuela; sed de los besos húmedos
que ella le manda de sus hondas selvas, sed de las fuentes que entre
los castaños, de la roca revientan.
Como lenta caricia el Miño manso desciende restregándose en sus vegas,
y el Lérez, demorándose en «salones», en lecho de verdura se recuesta.
El Sar humilde, tras cortinas de árboles sus aguas cela, cantando de la
dulce Rosalía cantos de amor y queja, y en honda cama de granito pasa
el Sil asceta.
Desde un verde rincón de la robleda la verde melodía de la gaita como
un arrullo avivador se eleva, y al reclamo de amor languidecidos,
Tierra y Océano más y más se aprietan. Susurra gravemente a sus oídos
siempre la misma cántiga, la eterna, para que olvide de sus duros
partos las repetidas pruebas, y el dolor de vivir con su canturía poco
a poco le breza.
Hormiguean los hijos de este abrazo por valles, costas, montes y
laderas, y de sus nidos hacia el cielo sube el humo del hogar como una
ofrenda.
Mozas con ojos que la vida encienden, a la espalda mellizas rubias
trenzas, con las plantas desnudas tibio calor prestándole a la tierra,
enhiestos senos que al andar trepidan, firmes cual moldes y anchas las
caderas, y unos brazos rollizos, que con la misma ciencia ciñen el
cuello a su hombre, cunan al niño entre canciones tiernas, o en los
campos desiertos de varones el azadón manejan. Una raza de madres,
varonas que a sus hijos alimentan, y a las veces, de colmo, amamantan
ideas, o al lado de sus hombres ofician de contienda. Rinden culto a la
vida, y entrambos mundos pueblan.
Esta raza los árboles, las ánimas, con pánico fervor venera, y palpitan
druídicos misterios bajo sus oraciones evangélicas. Pasan en estantigua
los que fueron, en larga noche negra, y obedecen los santos a conjuros
de brujas y hechiceras.
Trabajan rudamente y zumban consolándose en las penas; ríen y
lloran a la vez, burlándose por modo de defensa; o acaso afilan de
los «hermandiños», en silencio y con trágica paciencia, las hoces
vengadoras.
Allende el padre mar, más que pobreza codicia o hambre de oro les lanza
a las Américas, y como un dedo la herculina torre un trabajoso «más
allá» les muestra. Por cima de la tumba de la Atlántida, do acaso sus
abuelos les esperan, pasan soñando y brezando con aires de la tierra,
mimosos, verdes, la morriña céltica. Se funden sus canciones con el
canto del mar, de que salieran, y al mar de olas celestes sus almas van
con ellas.
Y al mar, para consuelo, su terriña apretada aguardándoles se queda.
Desde su altar, ceñido de altas torres de granítica piedra, que
ennegrecieron lluvias seculares, fomento de leyendas, Santiago
peregrino, penate de esta tierra, con sus conchas marinas revestido,
sonriendo contempla ese abrazo de amor que nunca acaba, mientras en él
se mezclan de la madre de Cristo, su madre, a los recuerdos, los de
la madre Venus, y remembra su romería, cuando Pan y Cristo, guiones a
su vera, por la vía de leche que cruza las estrellas, desde la Tierra
Santa le trajo Prisciliano de la diestra.
EN UN CEMENTERIO DE LUGAR CASTELLANO
Corral de muertos, entre pobres tapias
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en junio
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa yerba
donde la hoz no corta,
de tu rincón ¡pobre corral de muertos!
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda como un guardián que nunca duerme
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes
recuenta las ovejas del rebaño!
Pobre corral de muertos entre tapias,
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
Salamanca, 11-1913.
EN GREDOS
Escribí esta poesía en agosto de
1911, al bajar de Gredos, adonde
había subido con mi fraternal amigo
Marcelino Cagigal, compañero
de otras de mis andanzas por tierras
castellanas y leonesas, y con
mi otro amigo Eudoxio de Castro.
Lo de Sirio es una licencia poética,
ya que en el mes de agosto no se
le ve en nuestras latitudes ni aun
desde Gredos.
Solo aquí en la montaña,
solo aquí con mi España
--la de mi ensueño--,
cara al rocoso gigantesco Anial,
aquí mientras doy huelgo a Clavileño,
con mi España inmortal!
Es la mía, la mía, sí, la de granito
que alza al cielo infinito,
ceñido en virgen nieve de los cielos,
su fuerte corazón,
un corazón de roca viva
que arrancaron de tierra los anhelos
de la eterna visión.
Aquí a la soledad rocosa de la cumbre,
no de tu historia, sino de tu vida,
toca la lumbre;
aquí a tu corazón, patria querida,
oh mi España inmortal!
Las brumas quedan de la falsa gloria
que brota de la historia
aquí, a mitad de falda,
ciñéndote en guirnalda,
mientras el sol, el de la verdadera,
tu frente escalda
y te da en primavera,
tanto más dulce cuanto que es más breve,
flores de cumbre,
criadas en invierno bajo el manto
protector de la nieve,
manto sin podredumbre,
templo de nuestro Dios, el español!
Este es tu corazón de firme roca
--¡altar del templo santo!--
de nuestra tierra entraña,
este es tu corazón que al cielo toca,
tu corazón desnudo,
mi eterna España,
que busca al sol!
No es tu reino, oh mi patria, de este mundo:
juguete del destino,
tu reino en lo profundo
del azul que te cubre has de buscar;
esta peña gigante es un camino
de Juan el de la Cruz pétrea escala
la eterna soledad para escalar!
Del piélago de tierra que entre brumas
tiende a tus pies, aquí, sus parameros,
con leras por espumas,
volaron del Dorado a la conquista
buitres aventureros,
mientras hastiado del perenne embuste
de la gloria, enterraba aquí, a tu vista,
su majestad en Yuste
Carlos Emperador.
Aquel vuelo de buitres fué la historia,
tu pesadilla,
y este entierro imperial fué la victoria
sin mancilla,
la que orea la frente a tu Almanzor.
Ésta es mi España, un corazón desnudo
de viva roca
del granito más rudo
que con sus crestas en el cielo toca
buscando al sol en mutua soledad;
ésta es mi España,
patria ermitaña,
que como al nido torna siempre a la verdad.
Tu historia ¡qué naufragio en mar profundo!
Pero no importa,
porque ella es corta,
pasa, y la muerte es larga,
¡larga como el amor!
Respiras tempestades
y baja a consolar tus soledades
el rayo del Señor,
mientras en trasverberación tempestuosa,
tu corazón, sobre que el cielo posa,
hieren flechas del fuego de su amor.
De los sudarios que a tu frente envuelven
y en agua se resuelven
bajan cantando ríos de frescor
y visten luego
la zahorra, escurraja que a tu cumbre
royó la herrumbre,
con capa de verdor.
De noche temblorosas las estrellas
te ciñen con su ensueño
y edades ha que en ellas
sueñas cual vuelve siempre igual mudanza
trayendo un mismo sino,
y este volver es cauce de esperanza,
que no muda,
de un reposo final;
para mi corazón, que angustia suda
bajo el yugo sin fin del infinito,
eres tú solo propio pedestal.
Que es en tu cima donde al fin me encuentro,
siéntome soberano,
y en mi España me adentro,
tocándome persona,
hijo de siglos de pasión, cristiano,
y cristiano español;
aquí, en la vasta soledad serrana
renaciendo al romper de la mañana
cuando renace solitario el sol.
Aquí me trago a Dios, soy Dios, mi roca;
sorbo aquí de su boca con mi boca
la sangre de este sol, su corazón,
de rodillas aquí, sobre la cima,
¡mientras mi frente con su lumbre anima,
al cielo abierto, en santa comunión!
Aquí le siento palpitar a mi alma
de noche frente a Sirio
que palpita en la negra inmensidad,
y aquí al tocarme así siento la palma
de este largo martirio
de no morir de sed de eternidad.
Alma de mi carne, sol de mi tierra,
Dios de mi España, que sois lo único que hay, lo que pasó,
no la eterna mentira del mañana,
aquí, en el regazo de la sierra,
¡aquí, entre vosotros, aquí me siento yo!
ATARDECER DE ESTÍO EN SALAMANCA
Del color de la espiga triguera
ya madura
son las piedras que tu alma revisten,
Salamanca,
y en las tardes doradas de junio
semejan tus torres
del sol a la puesta
gigantescas columnas de mieses
orgullo del campo
que ciñe tu solio.
Desde lo alto derrama su sangre,
lluvia de oro,
sobre ti el regio sol de Castilla,
pelícano ardiente,
y en tus piedras anidan palomas
que arrullan en ellas
eternos amores
al acorde de bronces sagrados
que lanzan al aire
seculares quejas
de los siglos.
Los vencejos tu cielo repasan
poblando su calma
con hosanas de vida ligera,
jubilosa,
las tardes de estío,
y este cielo, tu prez y tu dicha,
Salamanca,
es el cielo que esmalta tus piedras
con oro de siglos.
Como poso del cielo en la tierra
resplende tu pompa,
Salamanca,
del cielo platónico
que en la tarde del Renacimiento
cabe el Tormes Fray Luis meditando
soñara.
Sobre ti se detienen las horas,
de reveza,
soltando su jugo,
su savia de eterno,
y en tus aguas se miran los siglos
dejando a la historia
colmar tu regazo
con frutos de otoño.
Cuando puesto ya el Sol, de tu seno
rebotan tus piedras
el toque de queda
me parecen los siglos mejerse,
que el tiempo se anega,
y vivir una vida celeste
--¡quietud y visiones!--
¡Salamanca!
EL CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA
(IGLESIA DE LA CRUZ) DE PALENCIA
Éste es aquel convento de Franciscas, de la antigua leyenda; aquí es
donde la Virgen toda cielo hizo por largos años de tornera, cuando la
pobre Margarita, loca, de eterno amor sedienta, lo iba a buscar donde
el amor no vive, en el seco destierro de esta tierra. Éste es aquel
convento de las Claras, las hijas de la dulce compañera del Serafín
de Asís, que desde Italia sembró estas flores en la España nuestra,
blancos lirios del páramo sediento que en aroma conviértennos la queja.
Las pobres en el claustro que un tenorio deslumbró con la luz de la
tragedia, llevándose a la pobre Margarita, con su sed de ser madre,
la tornera, mientras la dulce lámpara brillaba que ante la Madre
Virgen encendiera, cunan, vírgenes madres, como a un niño, al Cristo
formidable de esta tierra.
Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué?, no
espera sino la muerte misma. De su boca entreabierta, negra como el
misterio indescifrable, fluye hacia la nada, a la que nunca llega,
disolvimiento. Porque este Cristo de mi tierra es tierra.
Dormir, dormir, dormir... es el descanso de la fatiga eterna, y del
trabajo de vivir que mata es la trágica siesta. No la quietud de paz en
el ensueño, sino profunda inercia, y cual doliente humanidá, en la sima
de sus entrañas negras, en silencio montones de gusanos le verbenean.
Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto; Cristo que, pues que
duerme, nada espera. Del polvo pre-humano con que luego nuestro Padre
del cielo a Adán hiciera se nos formó este Cristo tras-humano, sin más
cruz que la tierra; del polvo eterno de antes de la vida se hizo este
Cristo, tierra de después de la muerte; porque este Cristo de mi tierra
es tierra.
"¡No hay nada más eterno que la muerte; todo se acaba!--dice a nuestras
penas;--¡no es ni sueño la vida; todo no es más que tierra; todo no es
sino nada, nada, nada... y hedionda nada que al soñarla, apesta!" Es lo
que dice el Cristo pesadilla; porque este Cristo de mi tierra es tierra.
Cierra los dulces ojos con que el otro desnudó el corazón a Magdalena,
y hacia dentro de sí mirando, ciego, ve las negruras de su gusanera.
Este Cristo cadáver, que como tal no piensa, libre está del dolor del
pensamiento, de la congoja atroz que allá en la huerta del olivar al
otro--con el alma colmada de tristeza--le hizo pedir al Padre que
le ahorrara el cáliz de la pena. Cuajarones de sangre sus cabellos
prenden, cuajada sangre negra, que en el Calvario le regó la carne,
pero esa sangre no es ya sino tierra. ¡Grumos de sangre del dolor del
cuerpo, grumos de sangre seca! ¡Mas del sudor los densos goterones--de
aquel sudor de angustia de la recia batalla del espíritu, de aquel
sudor con que la seca tierra regó,--de aquellos densos goterones,
rastro alguno le queda! Evaporóse aquel sudor llevando el dolor de
pensar a las esferas en que sufriendo el pobre pensamiento, buscando a
Dios sin encontrarlo, vuela. ¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento si
es sólo carne muerta, mojama recostrada con la sangre, cuajada sangre
negra? Ese dolor espíritu no habita en carne, sangre y tierra.
No es este Cristo el Verbo que se encarnara en carne vividera; este
Cristo es la Gana, la real Gana, que se ha enterrado en tierra; la
pura voluntad que se destruye muriendo en la materia; una escurraja de
hombre troglodítico con la desnuda voluntad que, ciega, escapando a la
vida, se eterniza hecha tierra.
Este Cristo español que no ha vivido, negro como el mantillo de la
tierra, yace cual la llanura, horizontal, tendido, sin alma y sin
espera, con los ojos cerrados cara al cielo avaro en lluvia y que los
panes quema. Y aun con sus negros pies de garra de águila querer parece
aprisionar la tierra.
¿O es que Dios penitente acaso quiso para purgar de culpa su conciencia
por haber hecho al hombre, y con el hombre la maldad y la pena, vestido
de este andrajo miserable gustar muerte terrena?
La piedad popular ve que las uñas y el cabello le medran, de la vida lo
córneo, lo duro, supersticiones secas, lo que araña y aquello de que se
ase la segada cabeza.
La piedad maternal de aquellas pobres hijas de Santa Clara le cubriera
con faldillas de blanca seda y oro las hediondas vergüenzas, aunque el
zurrón de huesos y de podre no es ni varón ni hembra; que este Cristo
español sin sexo alguno, más allá yace de esa diferencia que es el
trágico nudo de la historia, pues este Cristo de mi tierra es tierra.
Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano, Cristo todo materia, Cristo
árida carroña recostrada con cuajarones de la sangre seca, el Cristo
de mi pueblo es este Cristo carne y sangre hechos tierra, tierra,
tierra.
Y las pobres Franciscas del convento en que la Virgen Madre fué
tornera--la Virgen toda cielo y toda vida, sin pasar por la muerte al
cielo vuelta--cunan la muerte del terrible Cristo que no despertará
sobre la tierra, porque él, el Cristo de mi tierra es sólo tierra,
tierra, tierra, tierra... carne que no palpita, tierra, tierra, tierra,
tierra... cuajarones de sangre que no fluye, tierra, tierra, tierra,
tierra...
¡Y tú, Cristo del Cielo, redímenos del Cristo de la tierra!
JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA
A vuelo un murciélago rondaba la cúpula de aquel templo románico,
donde ya no brotaban plegarias ni cirios ardían. Solitario en oscuro
rincón Cristo lívido sin las almas hallábase que postradas antaño a
sus plantas perdón le pedían; y del cielo cerrado del templo--las
bóvedas--parecían gotear por las tardes leyendas remotas, hijas de la
negra congoja apocalíptica de los siglos más bárbaros, cuando el alma
temblaba en el cuerpo, con las alas rotas, en la cárcel de carne, con
tortura mística a la muerte esperándole, para verse así libre del mundo
de odiosas historias; y en la paz de sepulcro del recinto tétrico--de
una fe muerta túmulo--un silencio de piedra envolvía las viejas
memorias.
Por defuera del templo, bajo el sol vivífico, redondéase el ábside,
y cubriéndole manto de yedra los nidos ampara donde ponen cada año
golondrinas ágiles su cría y marchándose, se la llevan a alguna
mezquita rayana al Sahara. En la ruina de torre cigüeña hierática, con
los ojos sonámbulos, sesteando de pino al cojuelo el campo avizora y al
caer de la tarde, con su vuelo eurítmico, de a charca a las márgenes el
botín va a buscar que en el nido su cría devora.
Y el Cristo solitario, preso en aquel lúgubre interior aburriéndose,
oye de fuera el alegre pío de las golondrinas y el castañeteo, como un
rezo litúrgico, con que cuentan del éxodo las cigüeñas los días que
faltan ¡aves peregrinas!
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