The Project Gutenberg eBook of La campaña del Maestrazgo
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Title: La campaña del Maestrazgo
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: May 28, 2026 [eBook #78775]
Language: Spanish
Original publication: Madrid: Perlado, Páez y Compañía (Sucesores de Hernando), 1906
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/78775
Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by The Internet Archive/University of Toronto - Robarts Library.)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO ***
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
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* Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos
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EPISODIOS NACIONALES
LA CAMPAÑA
DEL MAESTRAZGO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
TERCERA SERIE
LA CAMPAÑA
DEL
MAESTRAZGO
14.000
[Ilustración]
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
ARENAL, 11
1906
MADRID. — Imp. de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO
I
En la derecha margen del Ebro y a cinco leguas de la por tantos títulos
esclarecida Zaragoza, existe la villa de _Julióbriga_, fundación de
romanos, según dicen libros y rezan lápidas desenterradas, la cual,
en tiempos remotos, mudó aquel nombre sonoro por el de _Fuentes de
Ebro_, con que la designaron cien generaciones aragonesas. No por los
hechos históricos que ilustran esta villa (pues en lo antiguo dicen
que fue _lugar de moros_, y algún chinazo le tocó en la guerra de la
Independencia y en los dos inmortales _sitios_); no por la fertilidad
de su término, regado por el Canal Imperial; no por las estameñas que
fabrican sus tejedores, ni por las excelentes lechugas que crían sus
huertas, ni tampoco por su gótica iglesia parroquial, donde yacen, en
desmoronados sepulcros, multitud de Condes de Fuentes que rabiaron
o hicieron rabiar al pueblo, aparece este en la primera página de
la presente relación, sino por la fama del _parador de Viscarrués_,
situado en la plaza junto a la llamada _casa del rey_, el cual
gozaba de gran crédito y favor entre los arrieros y trajinantes que
comunicaban a Zaragoza con el reino de Valencia. Asimismo confluían
allí los trayectos peoniles y carromateros de la parte de Alcañiz, del
Maestrazgo y Vinaroz, de la tierra baja de Teruel, Híjar y la cuenca
del río Martín. Los barqueros del Canal Imperial, así como todo el
personal de fontanería, eran también fieles parroquianos de Viscarrués,
el cual daba excelente trato a las caballerías primero, a las personas
después, y poseía un amplio local con cuadras extensas, donde podían
acomodarse, entre animales y arrieros, como unos treinta pares. En
el piso alto no faltaban aposentos _para señores_, algunos hasta con
camas, otros bien acondicionados de mullidos jergones. Era la cocina
monumental, con el hogar guarnecido de poyos, y por uno y otro lado
mesas largas, donde podían tomar el pienso hasta veinte parroquianos.
Servía Viscarrués un Cariñena superior, sin competencia en cuatro
leguas a la redonda, y para todo pasto un tintillo de Contamina que en
lo de alegrar corazones y cabezas parecía hermano de la jota. Uno y
otra procedían de la misma cepa.
Los más de los días Viscarrués y su familia no tenían manos para
servir a la mucha y diversa gente que en el parador se juntaba. Uno de
los criados, llamado _Guasa_ (verdadero apellido, no apodo), natural
de Jaca, y más vivo que el azogue, hacía milagros de ubicuidad y
diligencia. Pero llegó un día; mejor dicho, llegaron tres días, en
que ni el ventero con sus hijas y su mujer, ni Guasa con toda su
agilidad ratonil, pudieron atender al golpe de personas y acémilas
que se metieron por aquellas puertas con hambre y sed, pidiendo vino,
cebada, carne y un montón de paja para dormir. Furioso Viscarrués por
no disponer de cuádruple local, se tiraba de los pelos, y su mujer
del moño; Guasa andaba de coronilla; la _parroquia_ se impacientaba;
todos pedían a un tiempo su remedio. Con gran trabajo y a puñados les
iban acomodando aquí y allí, metiendo ocho en cada cuarto de arriba,
estibando a otros en las cuadras, por grupos, por series, por manadas:
y para dar de comer se ponían los platos en el suelo, por no haber
ya mesas, los jarros de vino pasaban de boca en boca, sin vasos; los
guisados iban a la rueda en grandes fuentes, chorreando salsa, y no se
oían más que voces airadas del que pedía su parte, del que, no contento
con la primera ración, pedía la segunda. Aquí esgrimían cucharas,
allá repicaban en los vasos con toque de cuchillos. El vino abundante
suplía las escaseces del comer, y si en una parte echaban maldiciones
a Viscarrués, en otra le vitoreaban como al primer posadero del mundo.
«Hay que dispensar en días como este», decía él, rascándose la cabeza,
luego los brazos, levantándose después la faja que se le caía. A Guasa
colmábanle de injurias, que le excitaban a un enojo risueño; y era tal
su sofocación, que regaba con honrado sudor los manjares que servía.
Fue causa de tan desmedida aglomeración la coincidencia de dos
caravanas de pasajeros, la una que venía de oriente huyendo de la
guerra, la otra de occidente que hacia la guerra iba. Componían la
primera familias neutrales o que querían serlo, algunos lisiados y
enfermos; la segunda constaba, principalmente, de la oficialidad y
clases de una columna enviada del norte para incorporarse a la brigada
de Borso di Carminati. La guerra mata y resucita; destruye y crea. La
sangre que no se derrama en los combates, circula con más vigor, y
nutre partes desmedradas del organismo social, mientras otras perecen.
Viscarrués, que se estableció sin un cuarto en 1830, se retiró el 46
con el riñón bien cubierto. Sus hijos siguieron carrera en Zaragoza.
Traspasado el parador a Guasa, este se hizo también rico, y en 1860
poseía casas en la Almunia, un café en Cariñena, y suyos eran los
coches de la estación de Calatayud, y los que hacían el servicio a
Paracuellos de Jiloca. Volviendo a lo que se refiere, debe decirse
que aquel tumulto del parador de Fuentes de Ebro pertenece a las
cronologías del año 37, que hasta en los mesones había de ser año de
confusión y trapisondas: el mes era _febrerillo loco_. Un solo dato
pudo arrancar el historiógrafo a la empedernida memoria de Mateo Guasa:
era que aquel día fue el primero del año en que se agregaron al cocido
las habas verdes.
Y que estaban muy buenas, como declararon todos, con excepción de una
señora, ribereña de Navarra, que sostuvo la superioridad de las habas
de tierra de Cintruénigo... A esto observó uno, después de empinar
el codo, que mejor que las habas le sabían a él las hembras de la
Ribera, y buena muestra del género era _lo presente_, cuya gentileza
y hermosura a todos cautivaban... Replicó ella con donaire que no era
ensalada más que para un solo y único dueño, el cual no admitía bromas.
Pronto se corrió entre los individuos de aquel jovial grupo que la
tal moza era casada, y que iba a la guerra con su marido, sargento
recientemente ascendido a alférez, el cual se alojaba también allí,
y había salido a ocupaciones del servicio. Entrando en conversación
la hermosa mujer, en quien habrá reconocido el lector a Salomé
Ulibarri, les dio cuenta, con abundosa y pintoresca verbosidad, de
los prodigios de Luchana y Banderas, y de las proezas que allí había
realizado Baldomero Galán, su esposo, secundando las disposiciones
del otro Baldomero. El empleo de alférez era recompensa mezquina para
servicios tan eminentes... Despertada en el auditorio la curiosidad, se
prolongó el relato de lo de Bilbao bastante tiempo, tan gustosos ellos
de oír a la historiadora, como esta de pregonar tan lucidas hazañas.
Emprendieron después los otros historia fresca de lo del Maestrazgo,
que habían visto; pero a lo mejor de ella, solicitada de otra parte
la atención de Saloma, se apartó de la mesa. Mirando casualmente
hacia la escalera del parador, vio que por ella descendía un caballero
anciano en compañía de dos mozos, al parecer de su servidumbre, el
cual, renegando con agrias voces de no encontrar alojamiento adecuado
a su categoría, avanzó hacia la calle cogido al brazo de un criado.
Tanto el flácido rostro del noble señor, como su desmayado cuerpo y
su deslucida y polvorienta ropa, declaraban el cansancio de un largo
camino. Fue tras él Saloma, y viéndole parado en medio del portal, se
le puso delante en actitud de quien intenta dar una sorpresa; mas no
hizo el buen señor ademán de conocerla. Impaciente y desconcertada la
moza, además movida de grande compasión hacia el caballero, le tocó
suavemente en el brazo, diciéndole:
—¿Pero es posible que no me conozca o no quiera conocerme el señor don
Beltrán de Urdaneta?
—¡Saloma..., hija..., chica! —exclamó el prócer abriendo los brazos—.
¿Tú por aquí?... _Maña_, te he conocido por la voz... ¿No sabes? ¡Ay,
me estoy quedando ciego!... Salgamos un poquito afuera, para que con la
luz de la calle pueda ver tu hermosura.
—¿Pero a dónde va por aquí tan descarriadico, señor?
—Hija..., es largo de contar —replicó don Beltrán, sacando un pesado
suspiro de las honduras de su pecho—. Me muero de fatiga, de hambre...,
y ese bruto de posadero no quiere alojarme... No puedo ya con mi
cuerpo..., ni con mi alma.
—Todo lo de arriba está lleno... En cada aposento siete personas...,
como sardinas. Tampoco yo tengo cuarto.
—Déjame, déjame que te mire... —dijo el prócer acercando su rostro al
de ella, embobado, sobreponiendo su afición estética a las tristezas
del desamparo en que se veía—. Sí, sí: te reconozco... ¡Qué linda eres!
Si no fuera sacrilegio suponer que Dios se equivoca, le preguntaría por
qué no te hizo nacer en posición elevada. Habrías sido una gran mujer,
una gran dama, una...
Más atenta a proporcionar al noble señor el reparo que necesitaba que
a sus delicados galanteos, le dijo que urgía disponerle al instante la
mejor comida que se pudiese. Enganchándole del brazo, le condujo hacia
la cocina, dando voces al paso, en requerimiento de Guasa y de los
demás servidores de la posada.
—¡Qué desconsiderados sois! —dijo al propio Viscarrués—. ¿Pero no
conocéis al señor, el primer noble de Aragón? No sabéis tratar más que
con animales.
Disculpose el ventero, alegando que no había conocido al señor don
Beltrán, y se apresuraron amo y criados a ofrecerle cuanto tenían. A
ratos ayudando a servirle, a ratos sentada frente a él viéndole comer y
beber con gana, nuevamente le interrogó Saloma sobre su viaje, movida
no tan solo de la mujeril curiosidad, sino del interés afectuoso y
desinteresado que el ilustre viejo le inspiraba.
—¿Va el señor a Zaragoza, o viene de allí?
—Vengo, hija, vengo... He salido de Cintruénigo con ánimo de no volver
más allá. Un rapto de cólera, de orgullo, de dignidad más bien...
Yo soy así: no tolero que nadie me humille; y las impertinencias y
groserías de Rodrigo y de _doña Urraca_ han sido tales, que no he
tenido alma para tolerarlas más tiempo. Salí del caserón de Idiáquez
como un colegial que se escapa. A la falta de libertad, al despotismo
de _doña Urraca_ y de su hijo prefiero la vagancia, la miseria, la
muerte misma... No más, no más...
—Supe que el señor había ido a Medina de Pomar.
—Y no encontré, ¡ay de mí!, la acogida que esperaba... Ya no hay
hijos, quiero decir, hijos buenos. Esa raza concluyó. Con estas
malditas guerras entre hermanos, parece que ha venido al suelo toda
ley de humanidad, y hasta los sagrados fueros del parentesco y de la
sangre... Al hablar de estas cosas, se me atraviesa aquí en el pecho un
bulto, una cosa dura y lacerante que no me deja comer ni respirar...
Espérate a que pase... Ya pasa... Te contaré en dos palabras que al
volver de Mena, donde, lo repito, encontré más egoísmo que piedad,
desconsideraciones que me han llegado al alma, recibiéronme los
Idiáquez de un modo muy desapacible. Los morros de _doña Urraca_
se extendían cuarta y media fuera de las líneas borriquiles de su
rostro, y mi esclarecido nieto no hacía más que contrariar mis
hábitos y rodearme de estrecheces indecorosas. ¿La causa de esto? Es
muy sencilla. Sabrás que entre mi nuera y doña María Tirgo habían
concertado la boda de Rodrigo con una rica heredera de La Guardia.
Celebráronse vistas. No sé lo que pasó, pues yo me hallaba en Mena;
solo supe, antes de salir de allí, que de improviso y con algo de
estruendo se vino a tierra todo aquel tinglado de la boda.
—¿Y le echaron al señor la culpa?
—Naturalmente: yo soy el gato, el niño enredador causante de todas las
roturas de platos y demás averías que ocurren en la casa. No hay quien
le quite de la cabeza a Juana Teresa que por intrigas mías se deshizo
el bodorrio. Y yo te aseguro que no he tenido arte ni parte en ello.
Declaro ingenuamente, eso sí, que me alegré y me alegro del percance,
festejándolo como justicia de Dios y castigo de la conducta inhumana de
los Idiáquez con este pobre viejo. Pero nada más, nada más... Cansado
al fin de la reglamentación de colegio a que pretendían sujetarme,
me vi en el duro caso de preferir la miseria a la esclavitud, y
la libertad al vivir triste, al régimen conventual de la casa de
Cintruénigo. La imagen de _doña Urraca_ se me ha hecho tan odiosa, que
por no verla me iría descalzo y pidiendo limosna a la más lejana región
del mundo. Créelo, chica. Soy noble: no tolero la humillación. En
cualquier estado sabré conservar mi dignidad.
Con pena y lástima muy vivas oyó Saloma el relato de don Beltrán,
no atreviéndose a contradecirle ni a proponerle la vuelta al hogar
abandonado, porque el respeto a tan gran caballero y a su desgracia
la cohibía. Atenta al alivio de su necesidad, le dijo que, pues era
totalmente imposible recabar de Viscarrués un buen aposento, no
había más remedio que acomodar al señor en la cuadra. Ella respondía
de arreglarle en aquel humilde lugar un lecho abrigado y cómodo,
combinando los haces de paja y las buenas mantas que ella traía, de
tal modo que no echara de menos los infames camastros de la posada.
Accedió a esto don Beltrán con expresiones de gratitud, muy conmovido,
sonándose fuerte, y añadió que pues Jesucristo Nuestro Señor nos
había dado ejemplo de humildad naciendo en un pesebre, bien podía sin
desdoro un noble, que nada tenía de divino, dormir y hasta terminar
su existencia en montones de paja, al abrigo de gentes sencillas y de
rústicos animales.
II
—Ya sé —dijo después el prócer a la guapa moza, plegando los ojos para
verla mejor— que, al fin, te has casado con Baldomero. No ha sido poca
suerte para ese bruto. ¡Vaya una hembra que se lleva!
—Sí, señor... ¿Pero usía no sabe que es alférez?
—¡Qué me dices!... ¡Alférez! ¡Hola, hola!... ¡Todo un oficial del
ejército! Siempre fue arrojadísimo, con una cabeza más dura que el
mármol, y un corazón insensible al miedo... Vaya: ¿y está aquí, en la
columna que ha llegado del norte?
—¡Y que no se alegrará poco de ver a vuecencia! No tardará en venir.
A uno de los mozos de Urdaneta, que en otra mesa comían, ordenó Saloma
que saliese a buscar a Galán por las calles del pueblo, y a darle
conocimiento de la presencia de su antiguo amo. Nacido en Fuenmayor y
recriado en Cintruénigo, Baldomero había servido a don Beltrán antes
de entrar en el militar servicio. Seis años comió el pan de Idiáquez
y Urdaneta, ya en el empleo de ayuda de cámara, ya en el ejercicio de
montería, o en otros menesteres de la casa. Bien quisto de sus amos,
dejó en la familia memoria de leal y honrado, aunque muy duro de
mollera. Andando el tiempo, ya soldado distinguido, sargento después,
siempre que su batallón pasaba por Cintruénigo, visitaba a los señores.
Allí conoció a Saloma, que, rodando de aquí para allá con borrascosa
y turbada vida, después del fusilamiento de su padre en Miranda de
Arga, fue a parar a casa de una tía materna, que tenía en arrendamiento
tierras de Idiáquez y vivía en una torre próxima al palacio señorial.
Toda esta parte de la historia de Galán y Saloma es algo oscura, y
no ofrece bastante interés para que se emprendan, por esclarecerla,
investigaciones muy minuciosas.
Volviendo al relato, se dirá que don Beltrán manifestó a su amiga que
no iba, no, a la ventura por aquellos derroteros, pues le guiaba un
fin concerniente a sus intereses y al remedio inmediato de su actual
posición lastimosa.
—Ya te lo explicaré cuando esté más sosegado —agregó recobrando algo
de su animación—, pues supongo que iremos juntos largo trecho. Por
de pronto, solo te digo que salí de Cintruénigo con recursos muy
inferiores a lo que exige mi categoría, que tendré que resignarme a
ciertas privaciones... Mi principal inquietud es que me corten el paso
las tropas de Cabrera o las partidas que sueltas y desmandadas infestan
toda la tierra de Teruel. Otro temor me quita el sueño, y es que los
dos únicos chicos que he podido traerme, Tomé, el de _la Chata_, y
Francisquillo Maestre, no puedan seguir en mi compañía más allá de
Híjar, por el peligro de que les coja la facción. Tú les conoces: dos
chicarrones de diecinueve años, que no manejarían mal el chopo, y de
uno de ellos sospecho que lo cogería de buena gana, por dar gusto al
dedo. En fin, si les pierdo, ya sea por medrosos, ya por atrevidos,
tendré que ir solo, encomendándome a Dios y a la Virgen, pues no puedo
abandonar mi empresa, única solución decorosa para los pocos días que
me restan de vida.
En esto entró Baldomero, que derechamente, morrión en mano, se fue a
besar la de don Beltrán, y poco le faltó para hincar una rodilla en
tierra. Sincero, nacido del corazón era su acatamiento, pues amaba al
anciano; y cuando este abrió sus brazos para expresarle con un buen
apretón su enhorabuena y el regocijo de verle oficial, Galán hizo
pucheros, y algunas lágrimas bajaron a humedecer su bigote de moco,
imitación del de Espartero.
—Bien, hijo, bien, adelante... Capitán, será ya como tenerlo en la
mano. Date prisa a ganar empleos, porque antes de morirme quisiera ver
a Saloma hecha una señora coronela.
Era Baldomero Galán un mocetón en quien la estampa no desmerecía del
apellido, alto, garboso, mejor formado de cuerpo que de facciones,
pues su nariz excedía un tanto de la medida proporcional, y sus ojos,
hermosos y grandes, bizcaban un poco, resultando una desmedida fiereza
de expresión. Indomable en la guerra, fiel a sus deberes cual ninguno,
pronto a dar la vida cien veces por el honor de su bandera, en la vida
doméstica era un angelón, y su esposa no tenía que hacer el menor
esfuerzo para dominarle. Hízole sentar don Beltrán a su izquierda:
le sirvió vino, después de obsequiarle con un puro. Fumando los dos,
el pobre viejo, gozoso de tener a quien contar sus infortunios, hizo
segunda edición de lo que ya había referido a Saloma, recargando
amargura en las acusaciones contra su nieto y nuera. Suspiraba Galán al
compás de los suspiros de su antiguo señor; y no acertando con la mejor
fórmula de consuelo, se ofreció a prestarle en su viaje toda la ayuda
que el servicio le permitiera.
—Tanto Saloma como yo, señor don Beltrán, estamos a la disposición de
usía para lo que guste mandarnos, y le cuidaremos y asistiremos como a
un padre.
Urdaneta le apeó el tratamiento, pues del chicarrón que tuvo a su
servicio al señor alférez que delante veía, había distancia social muy
grande: agradeciendo al matrimonio sus ofrecimientos, manifestó que
deseaba recogerse.
—Véase —dijo a Galán, mientras corría Saloma en busca de las mantas—
cómo Dios no abandona a los buenos. Solo y triste venía yo por esos
caminos, agobiado del peso de mis desdichas, afligido al propio tiempo
por mi ceguera que crece de día en día, y cuando menos lo esperaba,
me salen al encuentro dos amigos cariñosos, dos almas caritativas que
me consuelan, que me alientan... ¡Que hermoso es encontrar en nuestro
camino la gratitud! Tú y tu mujer me debéis algunos beneficios; también
los prodigué yo al buen Adrián Ulibarri, padre de Saloma, y ahora me
veo recompensado por vosotros... ¡Ah!, si me pierdo, que me busquen
entre los humildes, que son siempre los agradecidos y generosos.
Irguiéndose, como si al restaurar las fuerzas de su cuerpo recobrase
también vigor y esperanza su espíritu, emprendió, asido del brazo de
Galán, el camino de la cuadra. Parándose a cada instante, decía:
—No, no: Urdaneta no puede ni debe terminar sus días en la humillación.
Oye, _Mero_: ¿será fácil penetrar en tierra de Teruel hasta Mora de
Rubielos, siquiera hasta los montes de Gúdar?
—Señor, _las hordas de Cabrera_ son dueñas de casi todo el país
—replicó Galán, que hablando de guerra solía emplear las fórmulas
usuales de la prensa patriótica, de las proclamas y órdenes generales
en campaña—; y mientras no consigamos limpiar de _enemigos fratricidas_
todo el territorio de esta Comandancia general, no le aconsejo a nadie
que penetre, señor... a menos que lleve un salvoconducto en regla,
expedido por el _obcecado Pretendiente_.
—Ya, ya lo pensaremos, pues entre los cabecillas facciosos no me faltan
amigos.
En esto, Saloma escogía el rincón más abrigado de la cuadra, el mejor
defendido contra las corrientes de aire y las patadas de los mulos,
para armar en él un mullido nidal donde descansase el noble viejo.
Fue robando puñaditos de paja en este y el otro montón; apartó toda
la basura; hizo mudar de sitio a un gallo con varias gallinas, y la
obra quedó terminada pronto a satisfacción del que debía disfrutarla.
Todas las mantas que tenía las aplicó a la comodidad de don Beltrán,
unas debajo, otras encima de su cuerpo. Mientras _Mero_ le quitaba las
botas, envolviéndole los pies en la manta de Tomé, Saloma le liaba a
la cabeza un ancho pañuelo de seda, despojándole antes de su levitón
y dejándole en mangas de camisa. Ofrecía el aristócrata una extraña
figura, de la que él mismo se reía, cuando se tendió de largo a largo
sobre la paja. Con refajos y ropa suya improvisó Saloma una almohada,
y no pareciéndole bastante, propuso que ella se acomodaría sentada
junto a la pared, formando como cabecera del improvisado lecho, y sobre
sus rodillas se apoyaría la almohada, sosteniéndola en alto de modo
que no se hundiese la cabeza de don Beltrán. Para completar la obra,
se convino en que Galán pasaría la noche a los pies del señor, para
contener el frío por aquella parte, mientras por la otra sostenía la
calor el gentil cuerpo de Saloma. Hallábase Urdaneta algo acatarrado,
y estornudaba constantemente; mas no sintiendo otra molestia real que
el frío, procuraba agazaparse bien, y en medio de las mantas recobró
su buen temple y jovialidad, dando por excelente tal situación y
creyéndola un especialísimo favor de Dios en aquellos tristes días.
—Paréceme, hijos míos, que no debo quejarme —les dijo risueño—, ¿pues
qué más puedo ambicionar que este tranquilo reposo, este abrigo que
me habéis dado, y, sobre todo, el calor de vuestra compañía cariñosa?
Os veo como a dos ángeles que Dios me envía para asistirme. Y es como
si con vuestra presencia me dijera: «Ya ves, Beltrán mío, que no te
abandono». En verdad os aseguro, que no cambiaría este lecho por el del
Papa o el Emperador de Rusia. Aquí se está muy bien, con un guardián
y calentador por la cabeza y otro por los pies..., y esta sencillez,
y esta libertad... Vamos, que estoy contentísimo, y ahora me permito
despreciar todos los cuartos de fonda, con sus camas frías y sucias, y
su soledad triste... Bien, bien: _Mero_ y Saloma, mis buenos amigos,
sed caritativos hasta el fin; y pues el sueño se ha declarado mi
enemigo, contadme alguna cosita para engañar el tiempo.
Reclinado a los pies del señor, Galán habló largamente de la campaña
del Centro, a la cual se daría gran impulso para exterminar de golpe
a _los satélites del oscurantismo_. No lejos de ellos había otros
grupos; y a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en la
cuadra más huéspedes, y se formaron entre paja y dornajos montones de
humanidad que producían extraños ruidos: aquí conversaciones y disputas
vehementes, allá un roncar estruendoso.
—_Mero_, hijo mío —dijo al alférez don Beltrán, de cuya persona no
asomaba entre las mantas más que la nariz—, por alguna palabra que
llega a mis oídos de lo que hablan esos tres hombres que están a tus
pies, entiendo que son de Rubielos. Acércate y pregúntales si conocen a
Juan Luco, rico propietario en término de Mora, alcalde que era de esta
villa hace dos años.
Poco después se aproximó un hombre, de estatura más que alta,
gigantesca, vestido a estilo aragonés neto, con su pañizuelo en la
cabeza, faja morada y muy caída, mal envuelto en una manta, como herido
o enfermo, un brazo en cabestrillo, la faz atezada, ruda, huraña. De
su andar no debía decirse que era cojo, sino que cojeaba, y uno de
sus pies, envuelto en un lío de trapos, abultaba como la pata de un
elefante. Sus primeras palabras, al acercarse al grupo, fueron torpes,
balbucientes:
—El señor alférez me manda... que le diga... Gran señor, yo no veo
dónde está Su Ilustrísima, ni sé quién dimonios es... ¡Otra!... Ya le
veo como enterrao en el panizo...
—Siéntate... tú eres de Teruel: no puedes negarlo —dijo don Beltrán sin
moverse, no enseñando de su persona más que los ojos sin vista y la
nariz sin olfato—. Descansa, que por las trazas, bien lo necesitas.
Con lentitud y ayes de dolor fue doblando su corpachón el aragonés
hasta hundir la paja con sus asentaderas, no lejos del puesto de Galán,
y cuando halló postura cómoda, dijo que de Teruel mismamente no era,
sino de Cuatro Dineros, barrio de Montalbán, y que conocía todo el país
entre Ademuz y Puerto de Beceite como la palma de su mano.
—¡Ah —exclamó Saloma prontamente—, si ya te conocemos! Yo bien decía:
conozco a este bruto. Tú eres Joreas, el que hace dos años trajinaba
con mulas desde Vinaroz a Tudela... Y después te fuiste a la facción, y
de la facción vienes ahora, puerco.
—Con perdón de la señá tinienta y de la compañía, digo que lo de puerco
no es razón, y sí lo es que me llamo Tanasio Joreas. Como hombre
honrado y cabal, no niego haber estuvido en la faición a las órdenes
del _Serrador_ primero, del _Royo de Nogueruelas_ dispués, porque
sentía de mi natural que debíamos ensalzar los divinos derechos del
rey don Carlos... Pero aquí me tienen harto de desengaños, con más
balazos en mi cuerpo que pelos en la cabeza, muerto de hambre, con
mi casa y familia perdidas, porque una de mis masadas la arrasó el
liberal, otra el legítimo... mis hijos muertos, todo hecho cenizas, y
yo poco menos que cadavérico. Lo que no me ha quitado el neto, me lo ha
quitado la usurpadora; y al fin, cansado de pelear, y de sufrir, y de
ver espantos, y de pisar tripas de cristianos, dije: «No más derechos
legítimos ni no legítimos, no más, no más», y me escapé, y huyendo de
la tremolina vengo por trochas y atajos en busca de un terreno donde
haiga paz, donde los hombres sean cristianos, no carniceros... Yo he
sido malo; yo he sido, como tantos, lo que dice la señora, faicioso
y peleador y verdugo de mi natural; pero ya le he tomado asco al
matadero. Me llamo _Joreas el escarmentado_, y voy a Zaragoza en busca
de un pedazo de pan que yo pueda meter en la boca sin que, al mascarlo,
me parezca que lo han amasado con sangre.
Callaban todos los oyentes, entristecidos por las lúgubres palabras del
escarmentado, y al fin rompió el silencio don Beltrán, diciendo:
—Pobre Joreas, tu arrepentimiento es de celebrar, y ojalá se
convencieran todos como tú y siguieran tu camino... Pero vamos a lo que
me importa. Conocerás a Juan Luco.
—De los mejores hombres de Aragón..., sí, señor..., gran presona...
Y con muchas talegas. Suyas eran las dos masadas de Rubielos, y en
Mosqueruela y Forniche Bajo tenía más de mil cabezas..., hombre cabal,
buen amigo y padre del pobre...
—Hablas como si Luco no existiera. Explícate: ¿ha muerto?
—Señor, no se enfade conmigo, que yo no he sido más que destrumento.
A la vuelta de Manzanera nos salió con catorce hombres armados de
escopetas... Le cogió la partida de Peinado, donde yo iba, y no tuvimos
más remedio que afusilarle... Señor, puede creérmelo: como Dios es
mi padre le digo que le digo la verdad... Fue que cuando me mandaron
tirarle y le tiré, las lágrimas me corrían... Yo decía para mí:
perdóneme, don Juan, que no soy más que destrumento...
III
—¡Qué horror! —exclamó don Beltrán, haciendo sonar la paja con el
estremecimiento de todo su cuerpo—. Bandido, quítate de mi presencia...
No, no te vayas: da más explicaciones...
—Bandido no, señor... Yo lloraba... Es la guerra, señor, la guerra.
Aluego que le enterramos fuimos a quemarle la masada de Cabra de Mora.
—¿Y la incendiasteis?
—No pudo ser, señor, porque... la habían quemado ya los cristinos el
día antes, llevándose dos yeguas. Fue la columna del coronel Buil, uno
muy perro, que fusiló en Concud a mi hijo Agustín.
—Ojo por ojo y diente por diente. Los hijos de Luco vengarán a su padre.
—No, señor. ¿Les conoce _vocencia_?
—Sí, y sé que son valientes.
—Eran.
—¿También han muerto?
—No me eche a mí la culpa, sino al Nogueras, el más bruto que hay en la
Usurpación.
—¿Luego eran carlistas?
—Bruno sí, señor: desde el tiempo de Carnicer se alistó en las sacras
banderas. Luego andaba con el _Fraile Esperanza_ y con el _Organista de
Teruel_. No tenía trato con su padre ni con su hermano Cinto, el cual
seguía la bandera puerca de Isabel... Por esto dicen que esta guerra se
ha vuelto tan farisea o faricida.
—Fratricida, que quiere decir guerra entre hermanos.
—Y entre padres e hijos, y maridos y mujeres. Cinto Luco, casado en
Aliaga con la hija mayor de Crescencio Marlofa, salió con los urbanos
de la villa y un destacamento de tropa. Don Ramón, el propio don Ramón,
les deshizo... Escapó Cinto con su mujer y el chico menor de Marlofa,
y se escondieron los tres en una cueva de Peñarroya de los Pinares,
donde, descubiertos por el cura Lorente...
—¿También fusilados? ¡Qué villanía!
—No, señor... les pusieron en cueros, sin distinguir... vamos, que a la
chica le quitaron hasta la camisa, y luego les alancearon...
—Cállate, por Dios... Vete, vete a expiar tus delitos.
—Es la guerra, señor. Yo no tuve culpa, ni estuve en eso... Me lo
contaron.
Habíanse agregado otros dos al grupo, recostándose junto a Joreas. Por
las trazas eran sus compañeros, como él, escarmentados o arrepentidos.
—Yo lo vi —dijo uno de ellos, joven y de palabra fácil y correcta,
revelando mejor educación y origen social que sus compañeros—, y desde
aquel día me escapé con otros seis de la partida de Lorente, y nos
agregamos a Forcadell. Nos teníamos por guerrilleros, no por bandidos.
—No sigáis —dijo don Beltrán, que no sentía ya frío, sino un calor
sofocante, y sacó los brazos fuera de las mantas—; no sigáis, por Dios,
pues también vais a decirme que el hijo menor de mi queridísimo Juan
Luco, el pequeño, mi ahijado, Francisquín, ha perecido también en esa
guerra de cafres.
—Francisquín fue pasado por las armas en la acción de Liria —afirmó
Joreas.
—Tú no sabes de eso —dijo prontamente el segundo escarmentado—. Yo
estuve en Liria, y puedo contarlo.
—Mi parecer —dijo _Mero_— es que todas esas historias fratricidas deben
quedarse para mañana.
—Lo mismo pienso —manifestó Saloma—. El señor necesita descanso, y no
se le han de contar tragedias, sino chascarrillos y donaires.
—Gracias, hijos míos; pero la ocasión es trágica: no podemos
sustraernos a estos horrores... Que sigan: usted, joven, infórmeme de
lo de Liria y de la suerte de mi ahijado Francisco Luco. ¿Es usted de
este país?
—Eustaquio de la Pertusa, natural de Binéfar, en tierra baja de Huesca,
para servir a usted; estudiante de Teología y Cánones hasta febrero del
35; después ayudante de Cabañero, alférez en la columna de Pertegaz,
y, al fin, escarmentado y desengañado. Pues el 29 de marzo...,
recuerdo bien la fecha porque eran mis días: San Eustaquio, obispo...,
sorprendimos la plaza de Liria. Don Ramón recorría el llano de Valencia
recogiendo mozos, dinero y caballos. Pertegaz fue el encargado de la
sorpresa. Antes de romper el día nos llegamos callandito a las puertas
de la ciudad, defendida por nacionales. Abrieron ellos confiados, sin
tener noticia de que estábamos en acecho, y fácil nos fue entrar,
despachando en la primera embestida siete, después nueve, y cogiendo
veintisiete prisioneros, con algunos vecinos del pueblo. Saqueamos
no más que dos horas; y al salir, don Ramón, que acampado estaba en
Puebla de Balbona, nos mandó ir a Chiva con los prisioneros.
—¿Y entre ellos estaba el pobre Francisquín?... ¡Ay!
—Sí señor. Yo le conocía del Seminario de Huesca, donde juntos
estudiábamos Teología, y por el camino de Chiva hablamos, y le dije que
tuviera paciencia, que de fusilarles, lo haríamos previa confesión,
según costumbre y ley de nuestro ejército, con lo que, si se perdía el
cuerpo, se ganaba el alma, que es lo principal.
—Grandísimo perro..., la hipocresía de tu ferocidad me causa horror
—exclamó don Beltrán sin poder contenerse—. ¡Pobre Francisquín! Sigue,
sigue.
—Pues en Chiva se mandó confesar a los prisioneros, que para estos
casos lleva cada partida, por pequeña que sea, su capellán..., y...
—Basta. ¿Tendrás valor para referir que hiciste fuego sobre tu pobre
amigo, tu compañero de estudios teológicos?... ¡Bonita Teología
aprendiste, mal hombre, mal subdiácono, si lo eres, mal español!...
Si vives tranquilo será porque no tienes conciencia, porque no sabes
lo que es Dios, aunque mil veces le hayas nombrado estudiando cosas
que no has entendido... No me levanto —agregó el señor, excitadísimo,
retirando su abrigo y removiéndose sobre la paja—, no me levanto y
te doy un par de pescozones, porque creería deshonradas mis manos de
caballero poniéndolas en la cara de un bandido.
—¡Eh! Sepa el vejete —dijo el otro levantándose de un brinco— que mi
cara no han de tocarla manos nobles y plebeyas. Y si es usted una
senectud y no puede hacer la prueba, destaque alguno de estos, y
salgamos afuera.
—El que sale afuera bailando, con una patada que voy yo a darte ahora
mismo, eres tú, so deslenguado —dijo con fosca serenidad Baldomero,
disponiéndose a ejecutar lo que decía, como la cosa más natural del
mundo.
Don Eustaquio se engalló también; pero Joreas y el otro le contuvieron
diciéndole:
—Guarda, hijo, que es tiniente.
—Y sepan —añadió Galán— que si los señores escarmentados no guardan el
respeto debido a las personas, aquí no faltará quien les dé la última
mano del escarmiento.
—También aquí fusilamos —dijo Saloma iracunda—. ¿Pues qué creen estos?
¿Que somos de manteca?
El tercero, que aún no había dicho nada, y era inclinado a la paz y
enemigo de pendencias en tal sitio, tiró del brazo del teólogo don
Eustaquio para apartarle, ayudándole también Joreas, que venía de la
guerra con el cansancio y aborrecimiento de toda querella homicida.
Terminó el lance de buena manera; alejáronse los dos más levantiscos;
solo quedó en el corrillo de don Beltrán el tercero, que se declaró
escarmentado incondicionalmente, con propósito firme de no volver a las
andadas; y aproximándose, como deseoso de ganar confianza, hizo la
siguiente manifestación:
—Yo soy de Ablitas, señor don Beltrán de Urdaneta, y con nombrarle ya
está dicho que le conocí desde que le vi meterse en la paja. Conozco
también a Saloma Ulibarri y a Baldomero Galán, y a todos me recomiendo
para que no me estimen en menos de lo que soy por esta locura de haber
ido a la facción.
Maravilláronse todos de aquel encuentro, y el primero que rompió a
reconocerle fue Baldomero, que le dijo:
—¡Ajo! ¿No eres tú Vicente Sancho, hijo de José Sancho? Desde que te vi
me chocó el cariz tuyo, y dije: «Yo conozco a este pícaro».
—El mismo soy. A todos les conocí; pero no quería dar la cara, por
vergüenza.
—¡Vaya con Sanchico! —dijo Urdaneta—. Hombre, me alegro de que seas
tú de allá... Oye: ¿no era tu abuelo Bartolomé Sancho, albéitar en
Monteagudo?
—Sí, señor... Pues verán... Son estos dos amigos el uno muy bruto, y el
otro, el _Epístola_, que así le llamamos aunque no tiene las órdenes,
muy vivo de sangre... No quisieron ofender al señor don Beltrán; y como
les pidió que refirieran, empezaron a contar, poniendo las cosas como
fueron, que harto malas son ellas, sin que tenga la culpa el que cuenta
con natural.
—Cierto: yo me acaloré —dijo el prócer—. Si a ellos se les ha pasado el
enfado, que vuelvan y acaben de contarme lo de Chiva.
—Yo le enteraré mejor que ellos —dijo Sanchico—. Yo estuve también
en Liria y Chiva; formé en el cuadro de los fusilamientos, y puedo
asegurar que no matamos a Francisquín. En el camino de Chiva se nos
perdió, bien porque lograra escapar, bien porque algún amigo le
amparase. Matamos a los prisioneros en el patio de un convento, después
de desnudarles. Luego, los que tenían gusto para estas cosas y mala
entraña, se entretenían en quemarles los bigotes cadavéricos y en
pegarles cuchilladas...
—¡Qué espanto! ¡No puedo oír esto! —murmuró don Beltrán—... ¿De modo
que el pobre Francisquín...?
—Bien pudo ser que estuviera entre los que quedaron para otro día.
Nosotros seguimos con don Ramón, que dio una batalla al general
Palarea, en la cual no salimos bien. Nos retiramos ordenadamente hacia
Liria. Sé que en Villar del Arzobispo fusilaron _el sobrante_ de Chiva,
menos unos cuantos que fueron llevados prisioneros a Beceite y de allí
a Cantavieja. Tengo por muy probable que entre esos esté Francisquín
Luco.
—Dime, Sanchico —preguntó Baldomero—. ¿Estuviste tú en lo de Alcotas?
Porque allí pasaron por las armas a un primo mío, cabo primero en el
regimiento de Ceuta.
—Aquel día estaba yo en Torrijas, adonde se nos mandó para pegar fuego
al pueblo, después de fusilar al alcalde porque no suministró las
raciones que se le pidieron. Al volver al cuartel general supe lo de
Alcotas. Fue que a don Ramón le llevaron el soplo de que estaban allí
los de Ceuta... Corre allá: los de Ceuta habían salido del pueblo; les
sigue, les alcanza, les envuelve.
—Capitularon cuando se les concluyeron los cartuchos... Así lo oí... Y
el tigre les dio palabra de respetar las vidas.
—Pues el no cumplir fue porque el padre Escorihuela llevó el cuento
de que los de Ceuta habían hecho el entierro de Cabrera, en chanza,
cantándole responsos por las calles de Alcotas, y que en la iglesia
hicieron burla de los santos. Como don Ramón tenía el alma requemada
por lo de su madre, les mandó fusilar. Eran ciento cuarenta y cinco.
—Les confesarían antes —dijo Urdaneta, que había recobrado su actitud
de momia egipcia, y adormecía su pensamiento en una resignación
filosófica no exenta de humorismo.
—El mismo padre Escorihuela que le contó al general las picardías de
los capitulados, se puso a confesarles de prisa y corriendo. Pero como
don Ramón quería llegar de día a Manzanera y no sobraba el tiempo, no
confesaron más que los oficiales... los soldados, no.
—Dime tú, Sanchico —preguntó don Beltrán inmóvil—. Cuando pasaban esas
cosas, ¿no caían del cielo rayos y centellas que hicieran polvo a ese
padre Estercolera, o como quiera que se llame?
—De eso de caer rayos nada sé: yo no estaba presente, señor. Mi partida
se incorporó a Quílez, que nos llevó a tierra de Monreal, cerca de
Daroca, donde derrotamos a los Voluntarios de Soria, mandados por
Valdés.
—¿Y a cuántos fusilasteis?
—Cayeron treinta y tres oficiales y diez miñones.
—Bien, hijo, bien. ¿Y hay todavía humanidad, género humano quiero
decir, en esa condenada tierra?
—Fuera de los que combaten, señor, por ver quién reina, hombres,
ninguno hay; mujeres y caballerías, pocas.
—Ahora que hablamos de mujeres: mi amigo y protegido Juan Luco, además
de sus tres hijos varones, tenía una hija.
—Que es monja penitente; no sé... De esto le noticiará Joreas, que,
como de Rubielos, conoce a toda la familia...
Diciendo esto, Sanchico miraba con recelo a un hombre que entró a
dar pienso a dos caballerías. A la mortecina luz del candilejo que
alumbraba la anchurosa cuadra de negro techo festoneado de telarañas,
apenas se distinguía el rostro del tal sujeto; pero el chico debía
de conocerle y temerle, porque al verle pasar cerca, en dirección de
una de las puertas, se tiró boca abajo sobre la paja, haciéndose el
dormido. Pasado el susto, el muchacho se incorporó diciendo:
—Es mi padre, José Sancho, que anda al servicio de un señor italiano,
muy rico y principal. Llegó esta mañana, y cuando le vi no supe
dónde meterme, de la vergüenza que me daba... y del miedo, porque mi
padre, al saber que yo me había ido a la facción, dijo que si no me
mataban en la guerra, me mataría él cuando me encontrase, por haberle
deshonrado... que a deshonra le sabe el ver a un hijo suyo debajo de la
bandera de Carlos V.
IV
Ya tenía don Beltrán la palabra en la boca para pedir más referencias
de aquel señor extranjero, cuyo nombre y diplomático carácter no le
eran desconocidos, cuando se armó un gran tumulto al otro lado de la
cuadra. Empezaron peleándose dos, se enredaron luego cuatro, dándose
morradas y coces; la querella habría pasado quizás a mayores, si no
intervinieran Baldomero Galán y dos sargentos que a la sazón entraron,
los cuales, sacudiendo de plano, y deshaciendo a tirones el racimo
que formaban los contendientes, restablecieron el orden. A unos les
hicieron salir, a otros arrojáronles sobre la paja, y ya no se oyó más
que el resoplido de las cóleras sojuzgadas.
—Es la de todos los días —dijo Baldomero volviendo al lado de don
Beltrán—, la cuestión entre _cabreristas_ y _nogueristas_. Unos dicen
y sostienen que la madre de Cabrera estuvo bien fusilada, como castigo
de ese tigre sanguinario, y otros que no, que el haberla matado sin
culpa de ella ha traído esta situación tan _fratricida_. Ya les hemos
aplacado los humos; y como repitan, se mandará dar un recorrido de
palos, para que callen y nos dejen en paz.
—Y ahora, señor, que tenemos algún sosiego —dijo Saloma—, haga por
dormirse, que ya es tarde, y todos necesitamos cobrar fuerzas para el
ajetreo de mañana.
—Procuraré seguir tu sabio consejo —replicó el anciano, tomando postura
cómoda y cubriéndose bien de nariz para abajo—. Pero dudo que pueda
coger un buen sueño, pues ahora me doy a cavilar si ese señor italiano
será o no será quien yo me figuro: uno que de Madrid y Nápoles fue
comisionado al cuartel de don Carlos para tratar de un arreglo que
pusiese fin a estos horrores. No me acuerdo del apellido de ese sujeto,
pues ya no hay nombre que quiera guardarse en la jaula deshecha de mi
memoria; pero me da el corazón que es el mismo de quien tuve noticia
por cierto caballerito que conocí y traté caminando hacia Villarcayo.
Lo primero que has de hacer mañana es llegarte a Sancho y sonsacarle
todo lo que de su señor quiera decirte: te informas de si va para
Zaragoza, o para Levante, pues en este caso me convendría su amistad,
que de seguro irá el hombre bien pertrechado de pasaportes. Y no sería
malo que tú, tan despabilada y francota, te fueras a él, metiéndote en
su cuarto, si es que lo tiene, con el pretexto de saber cuándo se va
para ocuparlo yo, y una vez metida le dijeses quién soy, y cómo me veo
en estas estrechuras impropias de mi nobleza...
Prometiole la hermosa navarra conquistarle al italiano, y a toda la
Italia si fuese menester; y en aquel punto, Galán, que había salido a
recorrer los alojamientos de los soldados, volvió diciendo que corría
por el pueblo el notición de la muerte de Cabrera. Sobre esto hicieron
los tres comentarios prolijos, conviniendo en que si resultaba cierto,
sería gran merced de Dios, apiadado al fin de la pobre España. Y ya
no pensaron más que en dormir lo que pudiesen, cosa no fácil, por los
ruidos que a cada instante en el ancho local se levantaban, así de
inquietudes de animales como de personas, y por los feroces ronquidos
de algunos durmientes. Pudo vencer don Beltrán la molestia que estos le
causaban; y cuando ya iba cogiendo el sueño, le despabilaron las voces
de un condenado hombre que, sentado en el suelo, en postura turquesca,
junto a la pared, solo, parecía rezar en alta voz con plañidera
monotonía desesperante.
—¿No podríamos conseguir —dijo don Beltrán entre suspiros—, que ese
demonio de hombre se fuese a rezar a la calle? Si se va por una peseta,
dásela, Saloma.
—Es el pobre Muel —dijo condolido Galán—, que de ver morir a tres de
sus hijos, fusilados en Alventosa, se ha vuelto loco, y se pasa la vida
predicando por estos caminos en canto llano.
—Alventosa..., ya sé..., es en tierra de Rubielos. Alguna de las
propiedades que vendí a Luco allí están... Creo que fue un espanto la
matanza que ordenó y ejecutó ese bribón del cura Lorente.
—Fusiló setenta y siete hombres y un niño de diez años, hijo de un
capitán. Eran del regimiento de Extremadura, donde yo he servido. Les
cogieron el Royo y Peinado en Arcos; les llevaban prisioneros, y el
capellán Lorente propuso fusilarlos. Los dos cabecillas no querían;
el clérigo, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que mataran
veintidós. Al siguiente día, en ese pueblo de Alventosa, volvieron
a cuestionar sobre si mataban o no a los demás: Lorente, que sí;
Peinado y Royo, que no. En un descanso, el capellán mandó destapar un
barrilito de aguardiente que llevaba. Bebieron, y con la borrachera,
el Royo se puso de parte de Lorente. Salieron los vecinos del pueblo
con su párroco a la cabeza, y de rodillas imploraron la vida de los
desgraciados prisioneros. Lorente le dijo al párroco: «Confiéselos
ahora mismo; y para acabar más pronto, yo empiezo a confesar por una
punta y usted por otra». Negose el cura de Alventosa, y se echó a
llorar... El capitán pidió entonces a los cabecillas que no matasen
al niño; pero para más crueldad, fusilaron primero a la criatura, por
que el padre lo viese, y luego a este y a todos los demás después
de desnudarlos... Al ponerse en marcha, Lorente dijo al cura de
Alventosa que, so pena de la vida, dejara los cuerpos insepultos para
escarmiento de las tropas cristinas que pasasen...
—¿Y no ha habido un hombre honrado, valiente y justiciero —dijo don
Beltrán, dando un salto en su lecho—; no ha habido un hombre, un
aragonés, que haya cogido a ese vil clérigo, a ese sacrílego, y le haya
colgado vivo, por las patas, de la más alta rama de un alcornoque, o
del campanario de una iglesia, para que se lo comieran los buitres?...
Desconozco a mi raza... esto no es Aragón. Si yo fuera mozo, créanlo,
iría a esa guerra, no para defender ambiciones y derechos de reyes
más o menos legítimos, sino para perseguir y castigar tan salvajes
crímenes, para vengar a Dios de los ultrajes que unos y otros le
infieren; sería implacable con los cobardes asesinos de uno y otro
bando, llamáranse Nogueras, llamáranse Cabrera, y vengaría a la
madre de este, y a la esposa de Fontiveros, y a todos esos infelices
sacrificados con barbarie tan horrenda y estúpida.
—Está muy bien, señor —le dijo Saloma, cogiéndole de los brazos para
hacerle acostar—; pero sosiéguese y no se desabrigue, que puede coger
una pulmonía.
No había medio de aplacarle; de rodillas sobre la paja, apoyaba con
enérgico ademán su ardiente protesta:
—No, no puedo sosegarme oyendo estas cosas. Esto no es Aragón, esto
no es mi raza, la raza justiciera por excelencia, fuerte y benigna,
guerrera y cristiana, iracunda y generosa... ¡Y ese pobre hombre es
víctima de este furor de matanzas! ¡Y ha perdido la razón viendo cómo
los hombres se vuelven maestros de las fieras en la crueldad!... Ven
acá tú, buen amigo, y hallarás aquí un corazón aragonés compasivo, no
más que compasivo, pues que la vejez no permite otra cosa... Ven acá,
y nos consolaremos todos los buenos, abominando de los que pisotean la
justicia humana y remitiéndolos a la divina.
El otro infeliz, oyéndose llamado, acudió allá con paso lento. Era
un hombre de aventajada estatura, flaco, de tez tan morena, que a la
escasa luz de la cuadra parecía negra; el pañizuelo liado a la cabeza;
el cuerpo cubierto de un luengo camisón, sin faja; los pies desnudos,
negros también, como la cara, como las manos, semejantes a manojos de
sarmientos; todo él perfecto plagio de un santón árabe. Al aproximarse,
venía rezando en alta voz, y una vez junto al grupo soltó esta
terrorífica declamación con duro y ronco acento:
—No te salvas, no te escapas, malvado Lorente, aunque te escondas entre
pajas, teniendo por guardianes, por los pies a tu rey y señor, y por la
cabeza a la reina de tu iglesia maldita... No te escapas ya, clérigo de
Satanás, serpiente, que mis ejércitos rodean ya toda esta fortaleza,
y no hallarás puerta ni hendidura ni resquicio por donde puedas
escabullirte... No morirás, no... Con el zumo de unas hierbas que hay
en la torre de Pepo, nada más que allí, se te untará todo el cuerpo,
y vivirás mil años, ¡mil años!, infame Lorente; y en todas las partes
de tu persona, pecho, espalda, muslos, barriga y lo demás, te nacerán,
por la virtud de aquella hierba, ojos, ¡ojos como los de la cara!, que
vean, y delante de cada uno de estos ojos se te pondrá un fusilado para
que lo estés viendo día y noche... Y horrorizado de lo que ves con
tantos ojos, querrás descansar y dormir; pero no podrás, no podrás,
porque esos ojos no duermen, ni pestañean, ni lloran, y los tendrás
siempre bien abiertos y despabilados, mirando con cada uno de ellos a
un fusilado por ti..., y así estarás mil años, trescientos sesenta y
cinco mil noches y días... Luego se te dejará otros mil años ciego y
sordo, para que veas dentro de tu conciencia, y se te quitará la razón
para que no puedas arrepentirte ni confesarte..., y se te pondrá una
lengua venenosa para que blasfemes a todas horas, y se te secará el
agua de lágrimas para que no puedas llorar ni afligirte...
—Basta, basta ya... —dijo don Beltrán horrorizado—. No tanto, pobre
Muel... Es demasiado castigo, infinitamente mayor que la culpa...
Perdóname ya.
—Todavía no, todavía no... Otros mil años disparándote a cada minuto
por el oído izquierdo un tiro de fusil con bala, la cual, después
de retumbar dentro de tu calavera, saldrá por el oído derecho sin
matarte...
—No más, no más, Muel... Perdón, perdón.
—Otros mil años...
—No, no... Baldomero, quítame de aquí a ese hombre... Por Dios te lo
pido.
Suavemente le cogió de un brazo Galán y se lo llevó sin que hiciera
resistencia, pues su locura era pacífica; inocente en las acciones,
desbordada en las palabras. Día y noche se le oía la perorata
cadenciosa y lúgubre: arengaba a sus imaginarias tropas, vencía y
aprisionaba a Lorente; llevábale arrastrando por valles y montes hasta
la torre de Pepo; encerrado allí el vencido monstruo, le imponía los
sutiles castigos por series de mil años, hasta que, cansado de inventar
horrores, volvía a los de la realidad y a la tragedia de Alventosa.
Había sido maestro de escuela y diestro pendolista; no pedía limosna,
comía lo que le daban; dormía en despoblado, o bajo techo si se lo
permitían, y vagaba en un radio de cinco leguas alrededor de Quinto,
su patria. Echado al corral por Galán, volvió este al lado del señor,
a punto que Saloma, vencida del cansancio, cerraba los ojos y hacía
reverencias. Durmiose al fin, apoyada la cabeza en la pared, y el
prócer y Baldomero siguieron charlando en voz baja de cosas de guerra
y política hasta que oyeron el diligente estridor de la diana, que
avisando a todos el fin del sueño, fue principio del de don Beltrán, el
cual, por añeja costumbre, dormía las mañanas.
V
Cuando el pobre anciano despertó, después de dar a sus huesos algunas
horas de plácido reposo, contáronle sus amigos las novedades ocurridas
en el parador durante su sueño. Había conseguido Galán reconciliar a
Sanchico con su padre Sancho, no sin que este se mostrara largo rato
rebelde a las paces, haciéndose el inflexible con desmedida afectación,
hasta que, desahogando su severidad en una descarga de bofetadas, lloró
el chico, se aplacó el padre, y todo quedó perdonado, a condición de
que el joven partiese aquel mismo día para Ablitas y no volviese a
separarse de sus tíos. En la ruidosa querella de hijo y padre, salió a
relucir que Sanchico se había largado a la facción por contrariedades
lastimosas de amor. Entre tirarse al Ebro y hacerse faccioso para que
una bala le matase, prefirió esto último. El cuento fue que las balas
no se metieron con él, y que el trajín de la guerra le curó de la
morriña que le enfermaba el alma. Volvía, pues, mejor de lo que fue,
saludable, fuerte, aleccionado del mundo, y habiendo visto sucesos
mil, lisonjeros o desgraciados, que servían de grande enseñanza. Por
lo demás, su afecto a la causa de don Carlos había sido puramente
circunstancial, y lo mismo le importaban a él los derechos del rey
legítimo que la carabina de Ambrosio. Cuando Urdaneta supo que Sancho
iba para la Ribera, ordenó que se fuese con él uno de sus criados: se
arreglaría solo con Tomé; que los tiempos eran apretados, y había que
mirar por la economía.
Pero la gran novedad de aquella mañana fue que la gentil y desenvuelta
Saloma logró avistarse con el italiano, sorprendiéndole en su cuarto
cuando daba la última mano en su retoque personal. Desempeñado había
con extraordinaria agudeza el encargo que le confirió don Beltrán,
ganando, si no la confianza, las atenciones de aquel señor. Por las
referencias de Saloma y el nombre del criado, se afirmó Urdaneta en
que el tal no era otro que el siciliano de que Fernando Calpena le
habló, intermediario clandestino entre las dos ramas borbónicas que
se disputaban el trono. Toda la madrugada, hasta que se durmió, había
estado el prócer devanándose los sesos por recordar la gracia de aquel
sujeto. Su memoria era ya para los nombres un verdadero caos. Mas
cuando Saloma le contaba su entrevista, se le metió súbitamente en el
cerebro a don Beltrán el perdido nombre, y gritó:
—¡Rapella, Rapella! Ya me acuerdo. En la punta de la lengua lo tenía.
Díjole por fin la navarra que el señor extranjero se alegró mucho al
saber que en el propio parador se hallaba persona de tan alta alcurnia,
a quien conocía de fama por sus amigos de Madrid, y que deseando el
honor de tratarle, le invitaba a almorzar.
—¿Ves? —dijo Urdaneta con alborozo, dando pataditas en el portal para
entrar en calor—. Tú me has traído la suerte, pues yo venía con mala
pata, y desde que te encontré, todas las cartas me salen buenas.
Antes de la hora del almuerzo juntáronse el viejo aristócrata y el
pintado diplomático en la calle, y cambiando mil finuras, hablaron
después cuanto les dio la gana, sin parar hasta que terminó el
comistraje. Hizo gala Rapella de su cortesanía, y derrochó sin tasa
el énfasis de su especial oratoria familiar. Aseguró a don Beltrán
que le conocía por lo que de él le habían hablado sus grandes amigos
Bernardino Frías, Luis Córdova, Paco Malpica, Martínez de la Rosa,
Quintana y otros. Hablaron luego de Fernando Calpena, mostrándose
Rapella muy gozoso de saber que vivía, pues ya le consideraba muerto;
y por fin se eternizaron en el comentario de las cosas políticas y
militares, la revolución de la Granja, las nuevas Cortes, la situación
política en Madrid y en la corte carlista, las intrigas de una y otra
parte, Espartero, Cabrera, las expediciones de Gómez, don Basilio y
Batanero... el buen giro de la guerra en el norte, el mal cariz de la
misma en el Maestrazgo.
Por más empeño que en ello puso, no pudo el viejo conseguir que Rapella
se clareara en lo de las misiones y recados que traía y llevaba de
corte en corte. Se escabullía gallardamente de todas las trampas que
el otro le armaba con capciosas preguntas. A veces la agudeza de don
Beltrán le cogía en contradicción. Dijo primero que iba hacia Vinaroz,
donde le aguardaba un barco que debía llevarle a Nápoles; después
indicó que el objeto de su viaje en tal dirección era solo avistarse
con su íntimo amigo Borso di Carminati, para darle un abrazo y pasar
unos días con él. Tenía en el ejército del Centro excelentes amigos,
entre ellos su paisano Cialdini, muchacho de gran porvenir, ayudante de
Borso. Inútil fue también el empeño que puso don Beltrán en sonsacarle
noticias y cuentos de las interioridades del cuartel de don Carlos...
Nada: el siciliano no daba lumbres. Y si no su locuacidad, perdía un
poco de su finura cuando el otro quería llevarle a cierto terreno,
apartándole de los temas que él elegía, siempre vagos, de generalidades
y lugares comunes. Por fin llevó la conversación a la persona y
hechos de Cabrera, de quien se mostró admirador, sosteniendo que era
ya vulgaridad insigne tenerle por uno de tantos cabecillas, notable
solo por su inquietud y ferocidad. Desde que apareció en la guerra,
conmoviendo y abrasando el país como fuego del cielo, mostrose gran
caudillo, tan buen conocedor del suelo como de los hombres, táctico y
estratégico de primera, audaz, incansable, heroico; y por entre estas
cualidades apuntaba ya un gran político.
—¡Oh, no tanto! ¿Ya quiere usted hacer de él un Napoleón?
—Un Napoleón de montaña, amigo mío.
Respecto a las tan cacareadas crueldades del jefe carlista, dijo
Rapella que habían sido estrictamente de carácter disciplinario militar
hasta que los cristinos derramaron con bárbara torpeza la sangre de
María Griñó. El asesinato de una mujer, sin más delito que ser madre
de Cabrera, creó nueva ordenanza militar, dando una infernal lógica
las horrendas carnicerías consumadas por uno y otro ejército. Fuera
de esto, para abrirse camino el travieso bigardón de Tortosa, y pasar
en breve tiempo de seminarista pendenciero a caudillo y gobernador
de hombres en los campos de batalla, no podía menos de emplear, como
resorte de dominio, el terror, la fiereza y la brutalidad. No se había
formado dentro de un organismo, sino que tenía que sacar el organismo
del caos social, y esto no se hace sino desplegando desde los primeros
momentos un genio implacable, aterrador, extraordinaria viveza para
aplicar justicias rápidas, de moral severa y primitiva, haciendo sentir
el peso de su mano antes de que pudiera discutirse el derecho con que
la levantaba. En las guerras civiles los hombres culminantes nacen así,
o no nacen nunca.
No le parecieron mal a Urdaneta estas razones, y como sacara a relucir
la especie, muy corriente en aquellos días, de la muerte del famoso
guerrero, negola el siciliano, sosteniendo que había, sí, corrido
grandísimo peligro en los últimos días de diciembre; pero que estaba
vivo, aunque al parecer no muy sano. En septiembre del año anterior
habíase unido Cabrera en Utiel a la expedición de Gómez. Juntos
recorrieron Cuenca, Albacete, la Mancha, Andalucía y Extremadura...
Si las tropas cristinas que les perseguían no pudieron deshacerles,
tampoco ellos lograron su intento de sublevar las comarcas que
invadían. Un correr continuo; exacciones y rapiñas en ciudades y
aldeas; aislados lances de guerra sin plan ni concierto, gloriosos unos
para los liberales, como el de Villarrobredo, ventajosos otros para los
carlistas, pero sin que de ninguno resultara el aniquilamiento de la
expedición, ni tampoco su triunfo; tal fue la obra combinada de Cabrera
y Gómez, caracteres antitéticos, de cuya unión no podía resultar nada
eficaz. La falta de engranaje entre uno y otro temperamento militar fue
marcándose en desavenencias, luego en discordias, y los dos cabecillas,
que juntos no podían formar una cabeza, riñeron al fin, a la vuelta de
Cáceres, campando cada uno por sus respetos. Cabrera se escabulló fugaz
y resbaladizo por el caminito que creyó más seguro para volver a sus
riscos y barranqueras del Maestrazgo, donde en su ausencia las cosas de
la guerra no iban muy prósperas, y amenazaba desbaratarse lo que él con
paciencia, rigor y firme mano organizado había.
Lo primero que intentó al pisar su terreno fue pasar al cuartel
general de don Carlos en el norte, para dar cuenta a este de la
desavenencia con Gómez y proponerle un nuevo plan de campaña en el
Centro. Llegose al Ebro, eligiendo el vado de Rincón de Soto como el
único que en aquella estación cruda era practicable; pero le salió mal
la cuenta, porque fue sorprendido por la columna de Iribarren, que le
deshizo, matándole muchos hombres y dispersándole los que quedaron con
vida. La suya estuvo en gran peligro. Acribillado de balazos, quedó
al amparo de la oscuridad junto a una pared, donde le recogió uno de
los suyos, el cabecilla que llamaban _La Diosa_, y le llevó atravesado
en una caballería, como un saco, pues montar no podía. Perseguido por
las tropas de Iribarren, debió su salvación a un cura que le escondió
en el sótano de su casa; allí pasó largos días y noches entre la vida
y la muerte, hasta que, mejorado de sus heridas, le trasladaron a un
abrupto monte, espesura más propia de lobos que de seres humanos, donde
permaneció en escondite, recobrando poco a poco la sangre perdida, y
con ella el brío y a ferocidad. De este apartamiento provino la noticia
de su muerte, que corrió por toda España descorazonando a los suyos
y llenando de tristeza y confusión a todo el carlismo de aquende y
allende el Ebro; pero ya en los últimos de enero (como unos quince
antes de la fecha en que esto se relata) se supo a ciencia cierta que
vivía, y que, sin reponerse de sus heridas y enfermedades, preparaba
nuevas correrías por la Plana de Castellón y riberas del Turia: que en
tal hombre la ociosidad era imposible, mientras alguna vida le quedase.
Cuando esto narraba el señor Rapella, no podía decir fijamente dónde se
hallaba el famoso caudillo; presumía que, medio muerto o medio vivo,
recogía sus fuerzas, las reorganizaba, lanzándose al terreno que la
naturaleza parecía haber amoldado a la hechura intelectual y física del
que bien podía llamarse, si no el león, el gato montés de la guerra.
—A fe mía —dijo don Beltrán—, que está usted bien informado. Ya cuidará
de decir a su amigo Borso que se ande con tiento, pues este mozo no es
de los que fácilmente se dejan destruir y aniquilar.
Por lo que a renglón seguido hablaron, comprendió el buen Urdaneta
que en los cálculos de su flamante amigo no entraba el llevarle en su
compañía, aunque en ello tuviera gusto, como se dejaba traslucir de lo
que manifestó con exquisita urbanidad y palabras equívocas. Delicado en
extremo, y muy ducho en artes mundanas, dio a entender don Beltrán que
los fines de su viaje exigíanle también ir solo, sin más acompañamiento
que el de sus criados; manifestación que puso en gran cuidado al otro,
recelando que llevase también misión diplomática, quizás como apoderado
o mensajero del patriciado aragonés. Pero no atreviéndose a entrar
en explicaciones, cada cual, como de zorro a zorro, se encerró en su
discreción, preparándose para continuar su caminata. Don Beltrán
partiría con la columna que a la sazón estaba en Fuentes, y a que
pertenecía Baldomero; don Aníbal aguardaba otra fuerza que llegaría por
la tarde, mandada por un coronel, íntimo amigo suyo. Apercibiéndose
para la partida, preguntó Galán a su antiguo señor que de dónde había
sacado el hermoso caballo que traía, el cual, mientras Tomé lo limpiaba
en el corral, era objeto de la admiración y curiosidad de todos los
allí presentes. Replicó don Beltrán que había ganado aquella joya en
una donosa y feliz apuesta; sin dar pormenores del caso, mandó venir
a su presencia a los dos escarmentados Joreas y el _Epístola_ y en un
poyo del portalón les interrogó acerca de los hijos supervivientes del
desgraciado Juan Luco. De Francisquín nada sabían a ciencia cierta; de
su hermana, monja profesa en el Monasterio de Sijena, a cuatro leguas
de Sariñena, dio el _Epístola_ informes más concretos. Había despuntado
Marcela, desde su entrada en religión, por su ciencia grave y su lucido
ingenio; sabía latín, y dándose a la lectura, lo mismo platicaba
de teología que enjaretaba versos y prosas en loor de los sagrados
misterios.
—Hace tiempo —dijo don Beltrán— que a mí llegó la fama, no solo de su
santidad, sino de su vivo entendimiento.
VI
—Me contaron —añadió Joreas— que otra más leída y escrebida no la
hubo nunca en aquel sacro monasterio, más antiguo que las Tablas de
la Ley, pues lo hicieron en cuantico que empezó la cristiandad, hace
unas docenas de miles de años. Oí que sor Marcela pasmaba a todos con
su latines hablados por gramática, y que a verla iban el arcipreste de
Mequinenza, el abad de Veruela y muchos calonges y prestes de Huesca,
Tarragona y hasta de Aviñón, que es la Roma de esta parte de Francia.
—Me consta —dijo el _Epístola_—, porque lo he visto y leído en parte,
que escribió un lindo poema sobre el milagro de los Corporales de
Daroca, y también conozco unas quintillas a la Transfiguración del
Señor. Sé que de diversas partes iban personas eruditas a consultar
con ella puntos graves de moral, de filosofía o de religión, y que
el meollo de sus sentencias era el asombro de cuantos la oían. En el
monasterio, con ser ella de las monjas más jóvenes, considerábanla
como autoridad, y como a vieja la respetaban. En los principios de
la guerra, dicen que llamó a don Ramón para incitarle a no emplear
medios de crueldad, y lo mismo hizo con Nogueras. El general Mina la
visitó, y también fueron a platicar con ella en el locutorio Masgoret
y Tristany. Pero el año que acaba de pasar, allá por septiembre, si no
recuerdo mal, cuando Maroto vino a mandar en Cataluña, que más valía
que no viniera, la partida de Llarch de Copons y la de otro cabecilla
que llaman _Camas-Crúas_ bajaron huidas de la parte de Lérida, donde
Gurrea les pegó de firme; tomaron la vuelta de Benabarre y Albalate
para pasar el Cinca, y con el furor que traían cometieron mil desmanes,
saqueando las aldeas y arrasando cuanto encontraban. Incendiados por
estos bárbaros el claustro alto y aposentos capitulares de Sijena,
salieron dispersas las señoras monjas, como las abejas cuando les
ahúman la colmena. Cada religiosa tiró por su lado, buscando el amparo
de otros conventos o de casas honestas; y sor Marcela, a quien se
creyó muerta o extraviada, apareció en una ermita solitaria de la
sierra de los Monegros, vestida con un saco al modo de penitente, el
cabello suelto, como pintan a la Magdalena, solo que más corto, los
pies descalzos, una cuerda a la cintura; y diz que iba predicando a los
pastores y gente rústica para que se apercibiesen a la guerra en nombre
de Cristo, peleando contra los dos ejércitos, cristino y carlino, según
ella legiones de Satanás, que quieren dominar la tierra y establecer el
imperio de la injusticia.
—¡Vaya con la sabia!... —dijo don Beltrán—. Pues no me parece
descaminada su locura, o más bien, creo que debajo de ese desvarío se
esconde la misma discreción... Y díganme ahora, señores escarmentados:
¿qué tal cariz tiene la monjita? ¿Es su rostro de buen ver? ¿Su facha y
apostura responden a la hermosa raza de los Lucos?
—Señor —dijo el _Epístola_ con extremos de admiración—, es mujer de
tanta gallardía y belleza, que aun con aquel desavío de penitente,
da quince y raya a las señoras más bien aderezadas. Y no diré yo que
el empaque de santidad a lo anacoreta, como figura de retablo, la
desfavorezca, que más bien me inclino a creer que su traje, al modo
de mujer de la Biblia, hace lucir más todo aquel contorno de cuerpo
que no tiene semejante, pues no ha visto usted escultura que pueda
comparársele.
En esto se alejó el _Epístola_, llamado por sus amigos, y Joreas hubo
de completar las informaciones con un dato, que apuntó en la forma más
descarnada y picante:
—Este bribón de _Epístola_ se calla lo mejor del cuento, señor, y es
que habiendo encontrado sola a la Marcela en un camino junto al Pueyo,
la requebró de amores, uniendo a las palabras de solicitación las
acciones atrevidas. Pero no contaba con el geniecico de la que él llama
estatua de bulto. Arreole doña Marcela tan fuerte bofetada que le tiró
al suelo, y cuando pataleaba para levantarse, con un madero, que unos
dicen era cruz y otros una tranca, le dio tales golpes en la cabeza
que, si no acuden a la defensa del chico los compañeros que por allí
cerca andaban, la santa habría dado cuenta del _Epístola_ y del mismo
_Evangelio_, si así se llamara este pillo.
—¿Qué me cuentas? ¡Sobre la sabiduría, ese tesón, ese poder!... Vamos,
que ya rabio por conocer a ese prodigio; y si no tuviera precisión
de verla para que me informe de ciertos asuntos de su padre que me
interesan como los míos, solo por apreciar sus méritos, y admirarlos en
lo que mi corta vista me lo permita, iría en su busca.
Lo último que dijeron Joreas y el _Epístola_, al despedirse para
continuar hacia Zaragoza, fue que la Marcela penitente andaba por
aquellos meses en el desierto de Calanda o en tierra de Alcañiz.
Observó don Beltrán, al quedarse solo reflexionando en lo que veía y
oía, que desde que llegó a Fuentes de Ebro todo le anunciaba la entrada
en el reino de lo excepcional y maravilloso. Nada era ya común ni
vulgar. Personas y cosas traían la impresión de un mundo trágico, el
cuño de una poesía ruda y libre, emancipada de toda regla. No sentía
más el buen señor que ser tan viejo y andar tan mal de la vista: que si
él tuviera treinta años menos y sus ojos bien listos, había de serle
muy grato el ver y tocar de cerca un mundo que de modo tan peregrino
quebrantaba las rutinas sociales. También le contrariaba mucho su
escasez de dineros; mas como los fines de su viaje no eran otros que
proveerse del precioso metal, a quien amaba más que a las niñas de sus
perdidos ojos, la esperanza de alcanzarlo y poseerlo le alentaba.
Salió en su hermoso caballo, marchando a retaguardia de la columna, y
gran parte del camino fue al estribo, si así puede decirse, del carro
en que con una señora capitana y otras dos mujeres iba Salomé Ulibarri;
y por no desmentir su índole caballeresca y hábitos de sociedad,
no cesó de entretener a las cuatro hembras con frases galantes, de
refinada gracia sin faltar a la decencia, y a todas festejaba por igual
llamándolas hermosas, sin distinguir entre la belleza de la mujer
de _Mero_ y la fealdad repulsiva de la capitana, entre la desabrida
juventud de la tercera y la vejez de la cuarta. Pero como él no veía
bien, todas le parecían iguales, y por no haber allí género más noble
y elegante, tratábalas como a damas de alta educación. Por dicha, la
columna no encontró facciosos en el camino, y el viaje fue de los más
felices, fuera de las molestias, del hambre, polvo y frío, que alguna
tarde y mañana se dejó sentir, llegando el buen señor bastante molido a
la ciudad del _Compromiso_, la noble Caspe.
Constante la fortuna en favorecer al caballero, encontró este en la
histórica ciudad a su antiguo amigo don Blas de La Codoñera, que allí
era de los más pudientes, propietario de tierras y montes, padre de
numerosa familia. Llevole a su casa, y le aposentó como a tan insigne
caballero correspondía, tratándole a cuerpo de rey. Mucho agradecieron
los asendereados huesos del buen Urdaneta la blandura de aquella
cama, tan grande como la Colegiata, y las suculentas comidas y cenas
con que le regalaron. Aún estaba la familia de luto por la muerte
del hijo mayor, uno de los urbanos que fusiló Cabrera cuando entró a
saco la ciudad en mayo del 35. La señora y señoritas de Codoñera no
se hallaban exentas de la rudeza baturra: su habla carecía de finura;
su educación, perfecta en lo moral y religioso, era muy rudimentaria
en lo social. Con todo, don Beltrán se hallaba en tal compañía muy a
gusto, y se desvivía por corresponder con su exquisita urbanidad a los
obsequios de la hidalga familia. Había sido el don Blas constitucional
templado hasta el día funesto de la entrada de Cabrera; pero desde
tal fecha se trocó en furibundo _patriota_, enemigo acérrimo del
oscurantismo y de las antiguallas que quería traernos don Carlos. En
la exacerbación de su sentimiento liberal, que ya era insano, llegaba
hasta la impiedad y el volterianismo, abominando de la hipocresía, de
la piedad extremada y hasta de las prácticas religiosas, con excepción
del culto de la Virgen del Pilar. No pensaba abandonar a Caspe, pues ni
él ni su familia tenían miedo; y como volviera Cabrera con su patulea
de ladrones y asesinos, don Blas se batiría en la muralla rodeado de
sus hijos de ambos sexos, los chicos bien armados de fusiles, las niñas
y la señora bien preparadas con piedras y ollas de agua hirviendo. Eran
los hijos guapos, aunque abrutados, y tan _liberalicos_ como su padre.
A todos ellos pidió don Beltrán noticias de la monja de Sijena, y los
muchachos, que la habían visto y oído, se dividían en sus opiniones,
pues mientras Rafael sostenía que era una mujer estrafalaria y medio
loca, que ocultaba con las formas de penitencia sus ganas de corretear
por el mundo, Pepe la tenía por hembra superior y de pasmosa virtud,
que la distinguía de todas las gentes de nuestra edad, y a los mismos
santos la equiparaba. Como expresara Urdaneta el firme propósito de ir
en su busca, hízole presente don Blas el gran peligro a que se exponía
viajando por aquellas tierras; expuso el otro lo inexcusable de su
determinación, y hallándose en estas conferencias, trajo uno de los
chicos la noticia de que la monja Marcela se hallaba cerca de Alcañiz
asistiendo a su hermano Francisco en una grave enfermedad, con lo
cual se le avivaron al anciano las ganas de ir a donde su interés le
llamaba. De nuevo le pintó el señor de La Codoñera lo arriesgado de tal
expedición, maravillándose de que don Beltrán hallase gusto en el trato
de una monja _retrógrada_ y oscurantista.
—A mí no me hable usted de gente _levítica_ —dijo, recalcando esta
palabra, que recientemente había adquirido en la tertulia de la botica
de Cornejo—. Tengo declarada la guerra a esas ideas rancias, tan
contrarias al _espíritu del siglo_.
Tampoco le gustaba a don Beltrán la gente levítica; pero sus
necesidades le obligaban a emprender aquel viaje, que felizmente no
se alargaría más allá de Alcañiz. Todo se presentaba favorable al
ilustre aristócrata, pues Borso de Carminati, desde Maella, ordenó que
la columna recién venida se incorporase a las fuerzas acantonadas en
Alcañiz. Disponiéndose Saloma para seguir a su esposo, se lamentaba de
no poder acompañarle en las operaciones, pues había orden de que la
impedimenta _faldamentaria_ no saliese de los puntos de guarnición.
Despidiose a la mañana siguiente don Beltrán de su generoso amigo.
Tanto este como su esposa e hijos de ambos sexos vieron salir con
pena y lástima al noble anciano; y sospechando que tales calaveradas
revelaban falta de seso y desvaríos de la senectud, presagiaban una
desgracia. Las señoras le encomendaron a Dios, y lo mismo hizo don
Blas, pues su aborrecimiento de lo levítico no le quitaba el ser buen
cristiano.
Muertas de miedo iban Saloma y las otras militaras, y a cada rato
creían oír tiros y ver un nublado de boinas aparecer por los cerros
lejanos, lo que no era absurdo, pues días antes había pasado por
allí el Royo de Nogueruela en dirección a Graus y Benabarre; tampoco
andaban lejos Cabañero, Tena y Maestre. Contrastando con las señoras,
don Beltrán era todo intrepidez y desprecio del peligro; y en su
imaginación de viejo, reverdecida en la puerilidad, no veía más que
bienandanzas. Habiéndole manifestado Saloma la inquietud con que le
veía entrar en el teatro de tan bárbara guerra, le dijo:
—Cuando lleguemos a la gran Alcañiz que, entre paréntesis, es patria de
mi abuelo materno, don Diego de Paternoy, almirante de Aragón, señor
de las casas y encomiendas de Isún de Basa y Usé, _etcétera_..., te
contaré por qué voy a donde voy, y por qué busco a quien busco. Y si
ahora supones en mi conducta un desarreglo del sentido, verás luego
en ella la misma cordura... Es para mí cuestión de vida o muerte, de
dignidad o vilipendio... No creo que nos salgan partidas; y si salen,
ya les sacudiremos. También te digo que si es Cabañero el que nos
acomete, no temo nada. Le cuento entre mis mejores amigos, y no había
de consentir que me tocaran al pelo de la ropa.
A la caída de la tarde entraron en la noble Alcañiz, que desde
Roma viene fatigando a la historia, ciudad vieja, como un libro de
antigüedades de Aragón y un muestrario de piedras elocuentes. A la luz
crepuscular, los esquinazos góticos y mudéjares parecían bastidores de
teatro, dispuestos ya, con las candilejas a media luz, para empezar el
drama. Resonaban las herraduras de los caballos en el pedernal de las
calles levantando chispas, y el ruido de tambores jugaba al escondite,
sonando aquí, apagándose allá, en los dobleces de la edificación, y
volviendo a retumbar a retaguardia de la tropa. Las plazuelas se unían
por pasadizos, y las calles se retorcían unas sobre otras, oscuras,
ondulantes. Soldados y algunos viejos se veían discurriendo por las
calles; mujeres en algunas puertas... Triste y belicosa parecía la
ciudad, como un guerrero herido que se ve forzado a combatir con la
mano que le queda.
VII
Metieron a don Beltrán en una casona llamada _Corte_ que hace esquina
con el Ayuntamiento, gótica, de ojivales porches al exterior,
interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy
holgadas. Allí se alojaban oficiales de distintas graduaciones. Al
pasar por un gran aposento abovedado, donde había gran chimenea
encendida con troncos de encina, a cuyo calorcillo se arrimaban
ateridos todos los que entraban de la calle, vio don Beltrán, agrupados
en torno a una mesa, a varios oficiales y urbanos de tropa que se
engolfaban en el juego, atentos con alma y vida a las manos del
banquero y a las cartas que lentamente pasaba. Fuéronsele a Urdaneta
los ojos hacia la timba, y subió con ánimo de volver luego, pues vio
también que cubrían de manteles las mesas, como si aquella pieza fuese
comedor. El cuarto en que le pusieron, juntamente con las militaras, no
tenía camas; cada cual se arreglaría con las mantas, alforjas o sacos
que llevase. Seis personas debían repartirse el suelo, que venía como
a la medida, sin que sobrase ni una cuarta.
El cenar fue más difícil operación; y si no se plantan Saloma y la
capitana en la cocina, no les tocara nada de las judías y gachas, que
era lo único que había, con pan moreno y algunas raciones de cecina.
Pero al fin aplacaron su hambre las afligidas damas; don Beltrán,
gozoso y dicharachero, tratando de alegrarlas con sus galanterías y
con enfáticos elogios de las miserables viandas que comieron. Observó
Saloma que al viejo aristócrata se le iban los ojos a la mesa de los
jugadores, y como ya tomaba confianza con él, se permitió decirle:
—Señor don Beltrán, noto que mira vuecencia para el vicio, como si más
en él que en nosotros y nuestra conversación tuviera toda el alma. Pues
yo le digo que sería muy feo que con sus años y su respetabilidad diera
el mal ejemplo de ponerse a tallar o apuntar entre aquellos perdidos.
Si así lo hiciera y se dejara vencer de la tentación del juego, que ha
sido la causa de su ruina, sepa que me enfado, y no le quiero, ni le
cuido, ni le mimo, ni nada.
Dicho esto a hurtadillas, sin que los demás se enterasen, contestó
Urdaneta en la misma forma, reconociendo el buen juicio que tal
advertencia revelaba, y ofreció no discrepar ni un punto de lo que
su decoro y años le imponían. Si miraba era por observar las caras y
ver quién perdía y ganaba. Antes de levantarse de las flacas mesas
hizo conocimiento, por mediación de Galán, con dos oficiales muy
simpáticos, uno de los cuales se había separado poco antes de la
mesa de juego con los bolsillos totalmente vacíos. Informados de
que el señor deseaba ver y tratar a la monja Marcela, brindáronse a
llevarle hasta su presencia, en el cerro de Santa Lucía, donde a la
sazón moraba; ambos la conocían y habían tenido más de una entrevista
con tan extraña mujer, platicando de cosas de guerra, filosofía y
religión, permitiéndose bromear con ella y echarle requiebros; que
Marcela, en la multiplicidad pasmosa de su disposición y en la riqueza
de su entendimiento, para todo tenía una palabra feliz y oportuna.
No se le cocía el pan a Urdaneta hasta que no llegase la hora de la
mañana que los oficiales fijaron para la visita, y pensando en ella se
pasó la noche de claro en claro. Un poquito durmió el viejo después
de amanecer, levantándose con los huesos doloridos de la dureza de
aquellas mal cubiertas tablas. Saloma le preparó un aceptable desayuno,
con huevos y chorizo que afanó como pudo en la cocina, y a las nueve ya
estaba mi hombre junto a la chimenea esperando a sus flamantes amigos.
Solo uno se presentó, por tener el otro servicio extraordinario en el
castillo, y sin más espera condujo al anciano hacia la puerta de la
ciudad que da al río Guadalope y al grandioso puente. Fría estaba la
mañana, los campos escarchados, el aire empañado por una niebla que
borraba toda visión a regular distancia. Iba don Beltrán asido al
brazo de su criado, necesaria precaución por la cortedad de su vista,
que con la niebla era casi ceguera total. Pasado el puente, avanzaron
buen trecho por una alameda interminable; y como levantara la bruma,
el teniente hizo notar la gallardía de los desnudos álamos del paseo,
y mirando hacia atrás, la hermosa vista de la ciudad, coronada por el
castillo y ceñida por el Guadalope. Sin enterarse bien, manifestó don
Beltrán su admiración, pues no gustaba de dar a entender que veía poco.
—¿Conque es usted aragonés?... Repítame su apellido, pues ya no me
acuerdo.
—Estercuel.
—¡Hombre, Estercuel!... ¿Es usted de Ayerbe?
—Sí, señor. Mi padre, don Celestino Estercuel, administraba los estados
de Ayerbe y de Boltaña; mi tío, don Bernardino Estercuel, canónigo de
Jaca...
—Ya, ya... ¿Y usted por dónde me conoce a mí?
—No hay en todo Aragón persona más nombrada y famosa que don Beltrán de
Urdaneta, a quien pobres y ricos señalan como el tipo de la grandeza,
de la caballerosidad... Era yo muy niño y oía contar casos muy
singulares de esplendidez...
—A ver, a ver..., ¿qué casos? —dijo don Beltrán risueño y malicioso,
deteniéndose.
—Pues que usted, poseedor de una riqueza incalculable, había mandado
traer de París seis perros de caza, los cuales vinieron cuidados y
asistidos por cuatro monteros y un mayordomo... Y un día, siendo yo
muchacho, vi pasar unos trenes magníficos que iban para Canfranc. ¡Qué
sillas de postas, qué caballos, qué galera con provisiones de cama y
boca!... Pues mi tío, que entonces era capellán en la casa de Ayerbe,
dijo: «Ahí va don Beltrán el Grande con los duques de tal y de cuál...».
—¡Ay, hijo mío! —exclamó Urdaneta melancólico, acelerando el paso—.
Aquellos eran otros tiempos. ¡Lo que va de ayer a hoy!...
—Y decía mi padre que solo en Mora de Rubielos y en la sierra de
Mosqueruela poseía usted más de diez mil cabezas.
—Sí, sí: muchas cabezas tenía entonces, y ahora creo que ninguna,
ni aun la mía propia. Pues en Mora de Rubielos me resta algo, y aun
algos, que intento recobrar... Pero hablar de mí es mirar a lo pasado,
visión triste: alegremos nuestro espíritu hablando de lo presente, de
la juventud, de usted... ¿Qué tal, vamos adelantando en la carrera
militar? ¿Siente usted ambición de gloria?...
—No mucha, señor... Un año llevo en esta vida, y le aseguro a usted que
deseo la paz, aunque me quede en el grado que tengo. Y esta campaña del
Centro no es para despertar verdaderas aficiones a la milicia regular.
Aquí todo es cuestión de picardía, astucia y agilidad; todo cuestión
de geografía... andada, ciencia de los pies. Además, el carácter de
cacería feroz que va tomando esta guerra no es para mi genio. He sido
poco afortunado, pues desde que salí a campaña no he visto más que
horrores, y desgracias de nuestras armas. Para tener mala pata en todo,
me estrené con un acto militar que ha dejado en mi espíritu una sombra
lúgubre, algo como una mancha que no puedo borrar: el fusilamiento de
la madre de Cabrera.
—¡Qué dolor!... ¡Barbarie inútil, impolítica!
—Empecé mi carrera destinado al regimiento de Bailén, 5.º de Ligeros,
que daba guarnición en Tortosa, y mandé el piquete que dio muerte a la
infeliz mujer. Cuando al amanecer del 16 de febrero del año pasado se
nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María Griñó, no lo creíamos.
Los nacionales negábanse a cumplir la sentencia. Nosotros no podíamos
menos de obedecer; pero aún esperábamos que tal atrocidad se aplazara
indefinidamente, y aplazarla era como un indulto disimulado. Entre
nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, don Miguel de Córdova,
protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al gobernador, general
don Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era
cosa de Nogueras, que ofició al general Mina, y de los allegados de
este... Reconocía el gobernador que disponer tal muerte no era propio
de caballeros, y que si en algún caso procedía la desobediencia, había
llegado la hora de poner en el oficio la fórmula: _se acata, pero no
se cumple_. Mas el hombre no se atrevió, y su desmayada voluntad y su
corazón vacilante nos dieron aquel terrible ultraje de la justicia.
Dicen que al resistirse a los ruegos del alcalde y de otras personas
calificadas de la población, se echó a llorar... Sus lágrimas fueron
de esas que no producen ningún bien ni evitan los males... Ello es que
metimos a doña María en el calabozo, y la cargamos de grillos, y le
llevamos al cura don José María Trench, hombre bueno y compasivo, que
también, llorando a moco y baba, fue a interceder con el gobernador,
sin conseguir ablandarle. Confesada, mas no comulgada, pues para esto
no le dimos tiempo, la llevamos a la barbacana. Por el camino, al
paso de la pobre víctima, se agolpaba poca gente, pues la mayoría de
los vecinos no se había enterado todavía; de los que vio, se despedía
con palabras sencillas y cariñosas, como si para un viaje saliera. No
puedo olvidar su figura modesta ni su traje, el mismo que tenía en la
prisión: saya de cotolina azul, ya muy usada, jubón de pana verde.
Llevaba al cuello un pañuelo oscuro con fleco, y a la cabeza otro,
blanco, sin atar las puntas. Era delgada, de mediana estatura, rostro
moreno y curtido con arrugas en la frente, el mirar dulce, expresión
candorosa. En sus manos atadas llevaba una cruz. Su resignación, la
paz de su alma, su tranquilidad sin artificio, nos maravillaban; el
no pronunciar palabra ofensiva para nadie, nos colmaba de pena,
oprimiéndonos el corazón. La fortaleza con que afrontaba el suplicio
hacía más vergonzosa la innoble cobardía con que nosotros, con tanto
aparato de fuerza, destruíamos aquella vida que no había hecho daño a
nadie. «¿Qué resulta contra ella?», nos preguntábamos, o lo pensábamos,
por no atrevernos a decirlo. No resultaba más sino que había dado el
ser a Cabrera... Llegados a la barbacana, la hicimos avanzar como
a veinte pasos del baluarte... El cura que la asistía, don Joaquín
Curto, no se separaba de su lado tan pronto como convenía. La mirada
que nos echó María Griñó al entrar en el cuadro no se me olvidará si
mil años vivo. ¿Fue de menosprecio, de compasión? De cólera no era, ni
tampoco suplicante..., no nos pedía que la perdonásemos. Tal vez quiso
decirnos que ansiaba terminar pronto, concordando en esto fatalmente
con las órdenes que habíamos recibido. Se le vendaron los ojos. Fue
preciso, para abreviar, tirarle suavemente del manteo al cura para que
se retirara. El pobre señor estaba turbadísimo: le dijo de cerca que
rezara el Credo, y luego en voz más alta, alejándose, le anunció que
iba a gozar de Dios... Yo tenía que dar la orden de fuego agitando un
pañuelo. Me pasó por la mente la idea de no darla, sublevándome en
nombre de Cristo. Pero la fuerza de la disciplina, de que no nos damos
cuenta, se impuso. Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al
suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un
colgajo de trapos que cae de una percha...
—¡Horrible... y estúpido! —exclamó don Beltrán—. Si tiene usted más
hazañas de estas en su hoja de servicios, no me las cuente. Mi pobre
corazón viejo no resiste esas emociones ni aun contadas.
—Tres días estuve enfermo, sin poder apartar de mí la mirada de
María Griñó, ni aquel modo de caer al suelo, como un vestido que se
desprende de un clavo... El vecindario de Tortosa quiso alborotarse,
y tuvimos que contenerle. Los nacionales trinaban y creían que se
habían deshonrado por formar en el cuadro media compañía. Aseguraban
que si se les hubiera mandado formar el piquete del fuego, no habrían
obedecido... Desde aquel día es para mí esta guerra una nube de plomo
posada sobre mis ojos, como un telón a medio echar. Ni sube, ni
baja..., ni veo bien la guerra, ni veo la paz... No habrá ya paz en
la tierra de España. ¿Sabe usted lo que dijo Cabrera cuando supo la
muerte de su madre? Mirando a las cumbres que cercan a Valderrobres,
dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas. Y va subiendo, va
subiendo... Para no cansar a usted, señor don Beltrán, le diré que mis
campañas desde entonces no han sido más que una cacería infatigable.
En multitud de encuentros me he visto, todos encarnizados: estuve en
las acciones de La Jana y de Toga, al mando de Buil; allí tuvimos la
suerte de derrotar al _Serrador_. En Ulldecona, cuando Iriarte dio una
tremenda paliza al _Organista_ y a Llangostera, también tuve la honra
de encontrarme. Marchas penosas, hambres y trabajos mil he pasado;
peleando sin cesar, no veo que el aspecto de la guerra cambie. Siempre
es lo mismo: las ventajas de hoy son el descalabro de mañana. Si una
columna vence aquí, otra sucumbe dos leguas más allá. Se les echa de
un valle, y aparecen en otro. Creyérase que salen de debajo de las
piedras, y que la sangre de tantas víctimas, caliente y rabiosa, aun
después de derramada, engendra facciosos en los bosques, en los charcos
de los barrancos, en los escombros de las masadas destruidas. Esto
no es guerra, digo yo: es un duelo feroz, nunca suspendido. Nogueras
conoce el terreno, pero le falta cabeza. Borso tiene intención, pero
no domina el suelo. Sin darse de ello cuenta, conduce sus tropas por
el camino más largo. No encuentra nunca al cabecilla que busca, sino a
otro que le sale inesperadamente por retaguardia, cuando no le salen
dos. Así no acabamos nunca. Si no traen un ejército muy grande para
ocupar todas las posiciones y pueblos de importancia, a la defensiva,
tapándoles los boquetes y pasadizos para sus correrías, matándoles
de hambre y provocándoles a que se enzarcen unos con otros, tenemos
guerra para un siglo. Yo me doy a pensar en esto, y digo: «¿Por qué
combatimos?». Ahondando en el asunto, encuentro que no hay razón para
esta carnicería. ¡La libertad, la religión!... ¡Si de una y otra
tenemos dosis sobrada! ¿No le parece a usted?... ¡Los derechos de la
reina, los de don Carlos! Cuando me pongo a desentrañar la filosofía
de esta guerra, no puedo menos de echarme a reír..., y riéndome y
pensando, acabo por convencerme de que todos estamos locos. ¿Cree usted
que a Cabrera le importan algo los derechos de Su Majestad varón? ¿Y a
los de acá los derechos de Su Majestad hembra?... Creo que se lucha por
la dominación, y nada más, por el mando, por el mangoneo, por ver quién
reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de
vino que corresponden a cada español... ¿No opina usted lo mismo?
—Lo mismo, querido Estercuel, lo mismo. Es usted un sabio. ¡Tan joven,
y ya profundiza!
VIII
En esto llegaban al término de la extensísima olmeda, de donde a
los ojos se ofrecía un hermoso espectáculo: la cascada que forma el
río Alto al precipitarse en el Guadalope. Cerros enhiestos formaban
el marco de tan bello paisaje, que don Beltrán pudo gozar, porque
despejada la niebla, daba el sol relieve y colorido a todos los objetos.
—Si es este el lugar que esa sierva de Dios ha elegido para sus
penitencias —dijo el anciano—, a fe mía que ha tenido buen gusto.
—En aquella casucha que ve usted junto a dos peñas muy grandes,
sombreada por una encina que parece partida por un rayo, moraba estos
días la que llamaré ermitaña trashumante.
Aunque no estaba seguro don Beltrán de ver lo que su amigo le indicaba,
allá se encaminó a buen paso; y antes de llegar al sitio designado,
vieron que hacia ellos venían dos vejetes con trazas de pastores, por
sus vestiduras de pieles más parecidos a osos que a personas, uno de
los cuales, al llegar a donde pudo ser oído, les dijo:
—Si van en busca de la maestra, vuélvanse, que no la encontrarán.
—¿Pues dónde ha ido mi señora y capellana? —preguntole Estercuel,
sospechando que no le decía la verdad.
—¡Por vida de...! —exclamó Urdaneta, golpeando airado el suelo con su
bastón—. No creí que la buena estrella que me guía en este viaje se
eclipsara tan pronto. ¿Sabéis, buenos amigos, si ha ido muy lejos?
Porque si supiera que no estaba distante, iría en su busca, que con mis
setenta y tantos años, no me arredran un par de leguas.
—Ayer de mañana —dijo el viejo— fue a la Ginebrosa con mi sobrino, y
nos mandó que por hoy al mediodía la esperáramos en Castelserás, para
ir juntos a donde ella disponga.
—Entre paréntesis: ¿sabéis si vive y dónde está Francisquín Luco,
hermano de Marcela?
—Vive, gracias a Dios..., pero del paradero no le diré, señor —replicó
el anciano receloso, después de pensar lo que decía—. No sé...
—Sí sabes, tunante; pero no quieres decirlo. ¿No estaba gravemente
enfermo? ¿No le asistía su hermana?
—Así parece, señor...
—Está bien... Por ventura, ¿no tendríais en vuestra covacha algo de
comer? Porque con el fresco de la mañana y el paseo me siento un tanto
desfallecido.
—Cuando les vimos venir estábamos cortando el pan para hacer unas
pobres migas. Si los señores quieren participar de esta humildad, el
gusto será nuestro, y la penitencia de los señores.
—Discreto eres... Ea, preparad esas migas con prontitud, y allá va con
vosotros mi criado para que nos avise cuándo podemos ir a matar el
hambre.
Al quedarse solos don Beltrán y Estercuel, sentaditos en una piedra,
dijo el militar al prócer:
—Se me había olvidado informar a usted de lo que en el país se cuenta
de las idas y venidas de la monja suelta, y de la prontitud, al modo
teatral, con que aparece y se oculta, sin que nadie pueda saber de
dónde viene ni por dónde se escabulle. Es una conseja, y a título de
tal se lo cuento, advirtiéndole que esta guerra ha resucitado en el
país la Edad Media, tan bien acomodada a su naturaleza bravía, a la
rudeza de sus habitantes y a la muchedumbre de castillos, monasterios y
santuarios que por todas partes se ven.
—Ya había pensado yo eso de que por ensalmo nos encontramos en siglo de
feudalismo. Cuente, cuente pronto esa leyendita, que quizás no lo sea.
—Pues se dice, y hay quien lo jura, que el padre de esta señora
ermitaña o peregrina era hombre muy rico.
—¿Y a eso llama usted conseja? Puedo dar fe de las propiedades que
poseía Juan Luco, las cuales fueron mías...
—Y a más de la propiedad, dicen que poseía grandes cantidades de dinero
metálico...
—Naturalmente: era hombre que apenas gastaba el tercio de sus rentas...
¿Y qué más?
—Que antes de lanzarse a pelear por Isabel, Juan Luco puso en un lugar
seguro una olla de onzas...
—Precaución muy acertada...
—Y en otro lugar seguro, a bastantes leguas del primer sitio, otra olla
de onzas.
—Tenía propiedades en Rubielos...
—Y en Valderrobres, y en Calanda, y en Morella... sus hijos hicieron lo
propio. El primogénito sepultaba ollas en este monte, y el segundo en
aquel barranco... De modo, señor mío, que por todas estas tierras y por
parte de las del Maestrazgo, están esparcidas las riquezas de Luco.
—Pues, amigo mío —dijo don Beltrán grandemente excitado, levantándose
y haciendo rápidos molinetes con su bastón—, no veo la conseja..., no
veo más que un caso muy natural, la pura lógica, señor mío, el puro
sentido común.
—Ollas en los montes de Gúdar, ollas en el desfiladero de Vallivana,
ollas en Mosqueruela, ollas en Beceite, ollas en Calanda, en
Peñagolosa..., y quién sabe si aquí mismo, bajo nuestros pies, habrá un
puñadito de oro...
—Hijo, podrán ser más, podrán ser menos —dijo don Beltrán con grande
animación, iluminado el rostro, brillantes los ojos, revelando una
credulidad infantil—. El número de ollas no lo sé..., pero que las
hay..., ¡ah!, lo creo y lo creo, como si las hubiera enterrado yo
mismo... Y no me contradiga usted, porque cuando afirmo verdades como
esta, no es prudente contradecirme...
—No, si no me parece absurdo... Pero falta lo mejor de la conseja.
Dice el pueblo, y cuando el pueblo lo dice es porque lo cree como el
evangelio, que esta señora monja ha tomado ese empaque ermitañesco y
peregrino para recorrer y vigilar los lugares donde yacen escondidas
las preciosas tinajas... Sin duda conoce los sitios por inspiración del
cielo, o por topografías milagrosas que le ha comunicado el Espíritu
Santo...
—No se burle usted, amigo mío, que estas cosas no son para tratadas con
genio maleante... Y le advierto que me desagrada oír chanzas aplicadas
a cosas y objetos de la mayor seriedad.
—Serio, profundamente serio es cuanto digo, si aceptamos la ficción de
hallarnos en plena Edad Media. Prepárese usted, si persiste en penetrar
en el país, a ver milagros y hazañas, casos inauditos de santidad o
sortilegio, brujas, duendes, apariciones; subterráneos que empiezan
en un castillo y acaban en un monasterio a siete leguas de distancia;
verá usted hombres feroces, hombres heroicos, mujeres endemoniadas
o angelicadas; verá usted, en fin, a la hermosa y andante Marcela,
con aliento guerrero y olorcillo de santidad, corriendo por montes
y barrancos para tomar nota de las mil y quinientas ollas de Luco,
y trasladar a lugar seguro y profundísimo las que fueron escondidas
a flor de tierra en parajes muy transitados; prepárese usted a ver
todo esto, y si algo descubriese contante y sonante, avise, señor don
Beltrán, que no ha de faltarle un buen amigo que, armado de pala y
azadón, le preste ayuda.
—¡Tunante! —dijo el anciano, que gozoso se lanzaba a la confianza
paternal—, si tuviera usted la suerte de encontrar uno de esos nidos,
ya sé que le faltaría tiempo para ponerlo a un maldito caballo, o a
un as indecente... No quiero dejar pasar esta ocasión sin echarle un
réspice..., mi ancianidad me da derecho a ello... Yo le vi a usted
anoche encenagado en el feo vicio. Paréceme que era usted el que
tallaba...
—Sí, señor, por mi desgracia. No sé si advertiría usted que me
desplumaron.
—Tanto como eso no reparé... Y ¿qué tal? ¿Eran atrevidos aquellos
puntos? ¿Se traían alguna martingala?... Sea lo que quiera, un joven
de sus méritos no debe dejarse dominar por la pasión del azar... Todo
el dinero que caiga en sus manos guárdelo usted, hijo, guárdelo para
sus necesidades de mañana. Piense en la vejez, que si en todo caso
es triste y desabrida, sin dinero es suplicio grande. Pero, si no me
engaño, oigo la voz de Tomé que nos llama, señal de que esas benditas
migas nos esperan.
No tardaron en llegar a la choza; y tan grande apetito se le había
despertado al buen señor por causa de la frescura matinal, del paseíto,
o quizás por la risueña visión de las ollas auríferas, que empezó a
tragar migas, todavía calientes, a riesgo de abrasarse el gaznate; y
comiendo decía:
—Pues de tal modo me interesa avistarme hoy mismo con la venerable
madre Marcela, para tratar con ella de un grave punto de religión,
que si estos señores van en su busca, les acompaño... No, no puedo
detenerme... No trate usted de disuadirme, amigo Estercuel. Ni a mí
ni a mi criado nos arredran ladrones ni carlistas. Si usted los teme,
vuélvase tranquilo a Alcañiz.
—No por miedo, señor don Beltrán, sino porque mis deberes militares al
pueblo me llaman, me veo precisado a dejarle partir solo.
—¡Ah! La obligación es antes que la devoción. El buen militar no se
pertenece... Pues iré con Tomé y estos ancianitos. ¿Qué distancia me
ha dicho? ¿Legua y media? A pie mejor que a caballo. Me conviene un
poco de ejercicio..., sí... Aún tengo bríos para andar largo trecho. Si
he de decir la verdad, me siento... así como rejuvenecido... Sin duda
es el aire de esta tierra, no sé qué gozo del ánimo... Hasta parece
que veo mejor... Sí, sí..., distingo perfectamente las pieles de estos
hombres, la sartén, todo... No hay duda, no hay duda: veo mejor, amigo
Estercuel... Y apostaría que después de un paseo de dos leguas, se me
aclarará la vista notablemente... ¿Y qué tal? ¿Se conserva bien la
hermana Marcela? No la he visto desde que era muy niña...
Atacado de una locuacidad que no podía contener, enjaretaba cláusulas
sin el debido enlace entre unas y otras. Como los ancianos no decían
una palabra ni comían, pidioles cuenta don Beltrán así de su silencio
como de su falta de apetito, y el uno de ellos respondió que delante de
tan gran señor no era decente que ellos, infelices mendigos, hablasen
ni comiesen. Replicó a esto el afable aristócrata que ante Dios, padre
común del género humano, todos los hombres eran iguales, y que, pues
allí les reunía el acaso, no se acordasen de vanas categorías. Si ellos
eran pastores, ¿qué oficio y estado superaba en nobleza y antigüedad
al de conducir rebaños? Pastores fueron los patriarcas en aquel pueblo
que Dios llamó suyo; pastores fueron los primeros que adoraron y
reconocieron al Redentor del mundo en Belén, y este había representado
su misión debajo del simbolismo de un pastor del gran rebaño de la
humanidad. A esto replicaron los vejetes que no eran ellos pastores, y
que usaban aquellos pellejos, y los peales y zurrón por ser el traje
más adecuado a la frialdad del tiempo y a la fragosidad del país.
—¿Pues qué sois? —dijo el prócer, suspenso, preparándose a probar de un
queso que le ofrecían.
—Nuestro oficio es el de sepultureros; solo que ya hemos dejado aquel
empleo tan humilde por acompañar y seguir a la divina Marcela.
—¡Hombre, hombre..., sepultureros, enterradores! —exclamó Urdaneta con
asombro—. Pues también es ocupación noble, antiquísima como el mundo,
pues desde que hubo vida, hubo muerte. Y oficio santo además, que en
él se cifra una de las obras de misericordia. Muy bien, muy bien,
pobrecitos. Me agrada vuestra compañía. Enterrar los muertos es noble
misión. Dios manda que después de recoger Él el alma, se dé a la tierra
lo que le pertenece. ¿Y quién sabe si revivirá algo de lo que habéis
soterrado? No todo lo que entra en la tumba es muerte. La fosa recoge
también la vida, para sustraerla a la codicia y al latrocinio... Y
difuntos aparentes habréis sepultado, que volverán a la vida y... Pero
de estas filosofías no entendéis vosotros... Y dime otra cosa: desde
que os encontré, tú solo hablas. ¿Por qué no hemos oído la palabra de
tu compañero?
—Porque se le traba la lengua, y no quiere que le oigan...
—Es tartamudo..., mudo quizás. Ya sabe Marcela lo que hace, rodeándose
de hombres callados, silenciosos, y cuando no, discretos como tú...
Pero no perdamos más tiempo y pongámonos en camino.
Levantose ágil, sin esfuerzo, con sorpresa de todos, y emprendiendo la
bajada al camino, al llegar a este se despidió del amable militar que,
deseándole un regreso pronto y feliz, le dijo:
—Ya ve el señor don Beltrán cómo va resultando lo que anunció. Edad
Media, pura Edad Media... Supongo que le veremos esta noche por
Alcañiz, y ya nos contará, ya nos contará... Quiera Dios que no tenga
un mal encuentro... Es posible que pueda ir y volver felizmente, porque
no hay noticias de que ahora anden por aquí partidas. Abur. A sor
Marcela le da usted expresiones de mi parte, y que se deje ver... De
buena gana me ajustaría yo en su cuadrilla de sepultureros, si supiera
que tocaban a desenterrar... lo que usted sabe. Adiós.
Internándose a buen paso en la olmeda que conduce a la ciudad, decía
para su sayo el bueno de Estercuel:
—El pobre señor, reverdecido en la niñez, está ya en su elemento: la
conseja.
IX
Anduvo larguísimo trecho don Beltrán por la margen izquierda del
Guadalope, sin encontrar alma viviente, pues los caseríos estaban
desamparados, los ganados dispersos, hombres y animales del campo
huidos; y tan presuroso iba por el estímulo de su deseo, que al
llegar a las primeras casas de una aldea desierta, que debía de ser
Castelserás, faltáronle súbitamente al anciano los alientos, y,
dejándose caer en un montón de tierra, cercano a un edificio en ruinas,
dijo a sus acompañantes:
—Amigos míos, la costumbre de andar en coche y a caballo ha quitado
vigor a mis piernas para la marcha peonil. Vosotros andáis sin
fatigaros muchas leguas; yo no puedo. Me rindo, me entrego, y pues ya
no estamos lejos del punto en que os habíais citado con la maestra, os
ruego que os adelantéis y le digáis que la espero aquí. Recordad bien
mi nombre: don Beltrán de Urdaneta..., el grande amigo y en otro tiempo
protector de su padre...
Obedecieron sin chistar los dos viejos, y don Beltrán se quedó solo con
su criado Tomé, el cual no hacía más que mirar a los cerros cercanos,
pues en todos veía fusiles y boinas su medrosa fantasía. Por indicación
suya, se pusieron al abrigo y sombra de aquellas derrumbadas paredes,
de donde vigilarían quién viniera, y podrían esconderse si alguien se
acercaba con malas intenciones. Allí se aguantaron como unas dos horas,
y ya se impacientaba Urdaneta, cuando Tomé, encaramado en lo más alto,
avisó la presencia de cuatro personas por el camino que habían seguido
los viejos al partir.
—¿Ves a los enterradores? —preguntó don Beltrán ansioso—. ¿Viene con
ellos una señora vestida de monja o penitente?
—A los dos abuelicos les veo —dijo Tomé cuando las cuatro figuras se
aproximaron—; pero no viene ninguna monja, sino dos chicarrones, uno de
ellos con sotana.
—¿Estás bien seguro del sexo?
—¿Qué dice, señor? Si llama sexo a lo de distinguir de machos y
hembras, apuesto lo que quiera a que los cuatro son hombres naturales,
aunque al uno no le veo piernas por bajo, y por arriba le veo melenicas
como las de una imagen.
—¿Luego, viene uno con faldas?
—Mas no son faldas ni andares de mujer, sino al modo de las túnicas de
los santos, que siempre usaban sayos o camisones.
Y cuando ya cerca estaban, y amo y criado salían de las ruinas para
recibirles, gritaba Tomé:
—Señor, señor, déjeme que me santigüe, pues esto no es cosa buena.
El de los pelos largos y caídos es un muchacho amujerado, o mujer
hombruna. No he visto otra...
—Cállate, simple, y ponte a un lado, que ya veo los bultos, y me
adelanto a saludar a Marcela.
Del grupo que venía se adelantó una figura híbrida, tal y como Tomé la
había descrito, para mozuelo, de regular talla, para mujer, de elevada
estatura, con gallarda medida y proporción. Era el rostro moreno, tan
tostado del sol que semejaba al de una efigie secular, cuyo barniz el
tiempo ha oscurecido dándole una dulce pátina con vislumbre sienoso.
Los ojos grandes, negros y de profundo mirar, parecían de hombre; de
la nariz para abajo representaba cara fina y graciosa de hembra, con
hoyuelos en la barbilla, y un poco de vello sobre el labio superior.
El cabello caía en guedejas que parecían plumas de un gallo negro, y
le llegaba hasta mitad del pescuezo, no menos tostado que el rostro,
partiéndose en la frente en dos ramales espesos, ásperos, que a veces
nublaban los ojos. Era el cuerpo de rara perfección, más de hombre que
de mujer, pues no se le notaba elevación de seno, el cual era poco más
alto que el de un mocetón de anatomía lozana; bien sentidas la cintura
y cadera, sin ofrecer curvas muy acentuadas; el pie desnudo, de color
de antigua caoba, de mediano tamaño tirando a grande, y admirable
forma. El sayal que vestía, de parda estameña, remedaba un hábito
franciscano de varón; pero sin cuello ni capucha, sencillísimo en su
traza y corte, ceñido a la cintura por una cuerda. Llevaba el rosario
en un bolsillo interior del hábito, que se manifestaba en una abertura
vertical al costado derecho, por donde asomaba la cruz de bronce. Mayor
bulto que el de un rosario se veía por aquella parte; señal de que
guardaba otros objetos, pañuelo quizás, o sabe Dios qué. La voz, que
hirió con sonoro timbre los oídos de don Beltrán en el primer saludo,
era como de muchachón tierno, engrosada por la constante vida al aire
libre en país tan frío.
—Aunque estos pobrecitos —dijo Marcela— equivocaron el nombre... _don
Jordán de la Beltraneta_, ya comprendí, señor, ya comprendí que era
usted... el que me hacía el honor de venir en mi busca...
—El honor es mío —replicó don Beltrán descubriéndose y besándole
la mano—, y me considero feliz de ver en opinión de santa a la que
conocí muy niña... Ya, ya se anunciaba en ti la mujer superior,
extraordinaria, eminente...
—Mi padre le apreciaba a usted de veras —dijo Marcela, cortando
el elogio—. Diez días antes de morir, estuvo a verme, y hablamos
largamente del señor don Beltrán...
—Siempre tuve a Luco —afirmó el prócer, gozoso de lo que la ermitaña
relataba— por uno de mis mejores amigos. De cuantas personas he tratado
en mi larga vida, Juan fue la única en quien vi siempre la flor de la
gratitud... Sabrás que a mi protección decidida debía tu padre los
adelantos de su fortuna.
—Lo sé..., y a gala tenía el recordarlo... A mis hermanos y a mí,
cuando éramos niños, nos enseñó a pronunciar con el mayor respeto
el nombre para él sagrado de Urdaneta... Pero si el señor gusta de
que hablemos, no piense en volverse hoy a Alcañiz, y véngase conmigo
despacito hacia Calanda, que allí tengo un alojamiento regular, y podré
darle algo de comer, siempre dentro de la suma pobreza.
Tan grata impresión habían hecho en el viejo las primeras palabras de
la santa mujer, que a todo se prestó gozoso, diciendo:
—Vamos a donde tu quieras, hija mía, y no creas que me asusta
la pobreza, pues he llegado a una situación en que mi gloria es
confundirme con los humildes.
—Vivimos en el reino de la desventura —dijo la ermitaña con
austeridad—. El azote de Dios nos ha reducido a todos, ricos y pobres,
hombres y mujeres, a las extremidades de la miseria, y a no contemplar
más que espectáculos de tristeza y dolor. El Señor nos ha castigado,
nos somete a prueba durísima, desatando a la muerte para que a ninguno
perdone. Convenzámonos de que solo breves instantes nos faltan para
morir, que no hemos muerto ya por cansancio de la misma muerte, la cual
apenas tiene aliento para cortar tantas vidas, y preparémonos...
—¡Oh!, sí, bien preparado estoy para cuando el Señor lo disponga...
—Y en tanto, fortifiquemos nuestras almas con la paciencia, con el
gusto de las adversidades, y celebremos las miserias y trabajos que
Dios nos envía.
—Sí, hija mía, sí..., celebrémoslo..., ya lo creo que debemos
celebrarlo...
—«Que los trabajos bien recibidos y padecidos son, no solo útiles y
provechosos, sino gustosos y sabrosos...». Esto lo dijo Nicéforo,
famoso historiador de la Iglesia, y añade que «son las adversidades
satisfactorias por los pecados, y que los trabajos nos son útiles por
la fortaleza que con ellos se gana». Tengamos fortaleza, señor don
Beltrán, esta soberana virtud con que se vencen y encadenan todos los
males.
—Sí, hija mía, sí —murmuraba don Beltrán—: seamos fuertes; yo busco la
fortaleza.
—Dice el bienaventurado san Juan Crisóstomo que «aunque los trabajos no
tuvieran otro bien sino el que el hombre recibe con su paz y quietud
cuando le faltan, fueran de muy grande codicia».
—Paz y quietud anhelo yo, hija mía, y por Cristo, que a mis años,
después de tantas luchas y fatigas, bien merezco el reposo. Y bien
podría el Señor concedérmelo en premio de la valentía con que me lanzo
por estos caminos infestados de facciosos. Cierto que cuando Dios nos
manda trabajos y adversidades, ya se sabrá por qué lo hace; pero yo te
digo ahora, con perdón de san Nicéforo y san Crisóstomo, que maldita
gracia me hará que nos salga una partida carlista y nos deje en cueros,
o nos apalee o nos fusile...
—El verdadero cristiano —dijo la beata peregrina con acento firme,
sin afectación— no solo no teme la muerte, sino que la desea. Cuenta
Eusebio en sus _Anales_ que, «hallándose los mártires presos, se
alegraban creyendo habían de ser los primeros que sacasen a martirizar,
y cuando no lo eran, quedaban desconsolados».
—Pues perdóneme el señor Eusebio...
—Y testifica san Jerónimo que el bienaventurado mártir San Ignacio
escribía a Siria desde Roma, poco antes de su martirio: «Plegue a Dios
dejarme gozar de las bestias que me esperan, las cuales ruego a Dios
no sean perezosas en acabarme...». Donde dice bestias ponga usted
facciosos, y digamos: «Que vengan cuando quieran y nos despedacen».
—Todo eso es muy bonito para dicho; pero como no soy santo, quiero
guardar de esos los pocos días que me restan.
Si en los comienzos del diálogo le encantaba a Urdaneta la firmeza de
convicciones de la peregrina y el severo estilo con que la manifestaba,
en cuanto empezó a largar citas se le hizo un poquito indigesta tanta
sabiduría. Preguntole que cómo podía repetir sin equivocarse tantos
textos de sagradas escrituras, y ella lo explicó por su prodigiosa
retentiva... Lo que una vez leía, no se le olvidaba nunca, y su mente
era una copiosa biblioteca, que usaba sin compulsar libros. Por todo el
camino fue soltando citas de Santos Padres y de Aristóteles y Cicerón;
que también éranle familiares los filósofos profanos; y ya un tanto
mareado don Beltrán con aquella erudición fastidiosa, diputó a Marcela
por un papagayo con más memoria que discernimiento. Aún era muy pronto,
dice el narrador, para formar juicio tan terminante.
Al caer de la tarde, llegaron a un barrio de Calanda, y metiéronse en
una casa mísera, donde había tres mujeres. Ningún hombre se veía en
todo el lugarejo ni en sus contornos. Impaciente por hablar largo y
tendido con la santa, hizo propósito don Beltrán de plantear el magno
asunto en cuanto despacharan la frugal cena de alubias, habas secas, y
algunos huevos con que fue regalado el huésped. Como si le leyese en
el rostro los pensamientos, Marcela se apartó con él a un rincón de la
estancia donde comieron, que era un establo de cabras, sin cabras, y le
dijo:
—Señor don Beltrán, antes que empiece yo mis rezos y ejercicios de la
noche, y antes que usted se acueste..., que para su nobleza se prepara
en esta humildad un mediano lecho..., quiero que me diga la razón de
venir a buscarme.
—Precisamente, ya se me hacía tarde el hablarte de ello, hija mía. Bien
comprenderás que si a los riesgos de este viaje expongo mi ancianidad,
es porque me lo exige mi decoro, el honor de mi nombre.
—Fuertes razones habrá sin duda. Recordando lo que del señor don
Beltrán me dijo mi padre días antes de morir, lo que después oí a mis
hermanos, y agregando lo que yo con mi pobre entendimiento adivino,
creo conocer los motivos que acá le traen.
—Si lo has adivinado, me libras del enojo de decírtelo, que nunca es
grato en un hombre de mi condición declarar sus necesidades. Pero
algo debo referirte como antecedente necesario, y es el hecho de las
desavenencias graves con mi familia, y mi resolución de abandonar la
casa de Idiáquez para no volver más a ella.
—También sé algo de esto —indicó la monja con un dejo de severidad—,
y creo que no es toda la culpa de su familia, que buena parte de esa
culpa debe recaer sobre usted.
—Puede..., sí..., no digo que no... —murmuró desconcertado el
aristócrata.
—Porque las opiniones están conformes en que ha sido usted un pródigo
incorregible... Ha derramado su caudal, y ahora se encuentra escaso y
pobre. _Effusus es sicut aqua; non cresces_. «Derramado has como agua,
y ahora no creces, no tienes», como Jacob dijo a su hijo Rubén.
—Sí, es cierto..., sí... Pero yo, por mi condición generosa y mis
hábitos de gran señor, desprecié siempre las cosas menudas, pequeñas...
—¡Ah!, señor mío. El _Eclesiástico_ lo ha dicho: _qui spernit modica,
paulatim decidet_. ¿Lo entiende usted?
—Hija mía, se me ha olvidado el poco latín que aprendí en mi niñez.
Háblame castellano. En castellano neto te digo yo que si es cierto que
con mi conducta he creado mis daños, ya no estoy en edad de corregirme.
—Bueno, señor. Pues mi padre...
—Tu padre era, el primer año del siglo, un triste labrador que llevaba
en arrendamiento algunas de mis tierras de Rubielos. Gran trabajador,
gran economizador, el año 6 y 7 quiso comprarme las piezas de Alventosa
y el prado grande de Alcalá de la Selva. Aunque otros compradores me
ofrecían mayores ventajas, preferí a Luco, atento a su honradez y
puntualidad... Además, siempre me ha gustado dar la mano al pobre.
Quedose tu padre con aquellas tierras, luego con otras, y me pagaba
cuando quería, a su comodidad y desahogo. ¿Es esto cierto?
—Usted lo ha dicho.
—Siempre se mostró tu padre agradecido, y andando los años recibí
pruebas de la estimación en que me tenía.
—Y jamás le apremió usted por los pagos; lo sé.
—Ni le cobré intereses por las demoras. Al fin, todo fue suyo; todo no:
quedábanme el monte de Mosqueruela y la encomienda de Forniche Bajo.
El 22, hallándose ya Luco en gran prosperidad, por las buenas cosechas
y el gran incremento que tomó el comercio de lanas, propúsele yo que
me comprase la Mosqueruela para que redondeara sus estados, y accedió
a ello, abonándome, desde aquella fecha hasta el 30, los plazos en que
estipulamos la venta. El año 33, hallándome yo algo escaso de fondos,
y necesitando reunir una cantidad para atenciones ineludibles, pedí a
Luco dos mil duros, que me mandó al instante. Le cedí las rentas de la
encomienda por todo el tiempo que fuese preciso hasta la extinción
de la deuda, y al año siguiente le propuse que me comprase también
esta finca por la valoración que estimara justa. Todo se hizo conforme
a la voluntad de tu padre, pues ni yo regateaba con un hombre de
tanta rectitud y conciencia, ni me hallaba en aquellos días, por el
aturdimiento que me causaban mis afanes, en disposición de apreciar
mil duros más o menos en mis negocios. Siempre he sido lo mismo. Pasó
tiempo; y hace unos meses, hallándome yo en Villarcayo, recibo una
carta de tu padre en que me decía: «Sé, mi noble señor, que por ruindad
de los tiempos y caídas de grandezas humanas, se halla vuecencia
en escasez de posibles. Si con el caudal no ha perdido la memoria,
recuerde que está en el mundo Juan Luco, y no olvide que Juan Luco no
consentirá jamás que padezca necesidades el primer caballero de Aragón».
—Así es —dijo la venerable, afirmando además con una fuerte cabezada.
—Y hay más, hay más, mi bendita señora —dijo don Beltrán, animándose
con el buen giro que, a su parecer, llevaba el asunto—. En la misma
carta decía: «Recuerde también el señor, y medite y repare que lo de
la encomienda fue más ventajoso para un servidor que para usía; y pues
Juan Luco ha sido siempre nombre de conciencia, hoy, ante la verdad
clara de sus adelantos de fortuna, quiere serlo en mayor grado, y más
que condenarse por egoísta, le gustará salvarse por generoso. Dígame,
pues, el señor lo que necesita, y no será él tan presuroso en decírmelo
como yo en acudir a su alivio y remedio...». Esto decía; y si lo dudas,
angélica mujer, aquí tengo la carta...
—No, no ha de mostrármela, señor, pues lo que me dijo pocos días antes
de morir mi honrado padre es en todo conforme con el tenor de su carta.
X
Echó don Beltrán de su pecho, al oír tan consoladoras palabras, un
suspiro muy grande, con el cual pareció que se descargaba de la
pesadumbre de sus desdichas. Miró a la santa mujer, que al suelo
inclinaba sus ojos sin expresar nada inteligible en su rostro de
imagen. Pasado un ratito, la penitente miró al anciano, diciéndole:
—Hora es ya de que descanse, señor. Por lo que hemos hablado, bien se
ve que sus deseos son recoger ahora lo que le ofreció mi buen padre,
cosa en verdad fácil en mi voluntad, pero dificultosa en la de Dios,
que es quien dispone las cosas... No puedo darle tan pronto respuesta
terminante, pues ello ha de ser muy pensado... Recójase ya, duerma
tranquilo, y persuádase de que, puesto su negocio en mis manos, de la
hija de Juan Luco no ha de recibir usted ningún mal, sino todos los
bienes posibles...
Aunque estas vaguedades no satisfacían por entero las aspiraciones
de Urdaneta, que quería solución clara y pronta, fuese el hombre al
camastro esperanzado de lograr sus deseos, y confiando en la rectitud
de la piadosa mujer. Pasó la noche intranquilo, febril, y en los breves
ratos de sueño creíase transportado a subterráneos de castillos o
criptas de iglesias, donde entre tumbas aparecían ánforas llenas de
plata y oro. Despabilado desde el alba, llamó a su criado para que le
vistiera, y Tomé se apresuró a comunicarle lo que pensaba de la monja y
de su compañía.
—Señor, debe de ser santa, porque la vi de rodillas más de cuatro
horas, y a ratos echábase de cara contra el suelo, y parecía que
lloraba con ansias y congojas... Las otras dos mujeres también
rezaban, aunque con menos figuraciones; para mí son, como ella, monjas
desperdigadas y salidas... Yo no pude dormir del frío que hacía en
aquella cuadra, y viendo tanto rezar, me puse a hacer lo mesmo... Los
viejos y el muchacho, arrimaícos a la pared, roncaban como _tocinos_.
Algo más hablaron, comunicándose uno a otro sus impresiones. Sirvieron
a don Beltrán las mujeres, muy de mañana, unas sopas que le supieron
a gloria; y mientras las comía, díjole Marcela que habían de ponerse
en camino inmediatamente, tomando ella con los viejos la vuelta de
Alcañiz, por el vado de Torrevelilla, pues tenían que hacer en La
Codoñera. Irían juntos, y por el camino sabría don Beltrán lo que
ella durante la noche había pensado del asunto que al señor tanto
interesaba. Para resolverlo del modo más equitativo había pedido luces
a la divina ciencia, recogiendo su espíritu en oración muy fervorosa,
a fin de que Dios la iluminase en el fallo que tenía que dar sobre
cosas temporales. Ya empezaba el caballero a inquietarse con estos
requilorios, y se dispuso a seguir a la santa, ansioso de escuchar
pronto su resolución o sentencia.
Salieron por un caminejo de herradura en busca del Guadalope, que por
aquella parte corre encajonado entre cerros de mediana elevación.
Marcela echó por delante a Tomé y a los dos viejos sepultureros, y
abordó con don Beltrán el magno asunto:
—Ante todo, hija mía —le preguntó el prócer—, ¿por qué tus viejos, a
quienes no sé si llamas discípulos o hermanos, llevan el uno una pala y
el otro un azadón?
—Se han impuesto por penitencia dar sepultura a todos los muertos que
dejan tras de sí, en sus horribles batallas, liberales y absolutos.
Por mi cuenta han enterrado ya como tres centenares de cristianos
sacrificados a la ambición de los poderosos del mundo.
—Dios les reciba en su santo seno... Pues satisfecha esta curiosidad,
dime ahora si debo esperar que des cumplimiento a la voluntad de tu
padre con respecto a mí; voluntad bien manifiesta...
Con el estilo severo y elegante, aunque algo duro, que en la lectura
de autores místicos se había asimilado, interpolando a cada instante
citas de Santos Padres, o de Aristóteles, Longinos, Teofrasto
Paracelso y otros sabios, como si con la erudición quisiera dilatar
la sentencia, Marcela manifestó a don Beltrán que ella y su hermano
Francisco ignoraban dónde yacían soterrados los dineros que Juan Luco
poseía en sus últimos años, salvo una pequeña parte, cuyo paradero,
por declaración de su difunto hermano Cinto, conocían; que si lograban
descubrirlo y asegurarlo todo, cosa en extremo difícil en medio de
guerra tan desaforada, lo destinarían a una obra de gran piedad,
como desagravio al Señor por las iniquidades que las dos catervas de
combatientes cometían. Ambos hermanos estimaban, en su acendrada fe,
que dar tal destino a las riquezas de su buen padre sería muy grato
al alma de este, ya se hallara purgando sus pecados en el fuego del
purgatorio, ya estuviese gozando de Dios, purificada y limpia por su
martirio. Francisco Luco, el menor de los tres hermanos varones, había
hecho en Huesca sus estudios eclesiásticos y disponíase a recibir
las sagradas órdenes, cuando el maldito clarín de guerra, hiriendo
sus oídos y despertando en él ideas de bandería política y militar
soberbia, le indujo a tomar parte por Isabel en la querella. Breves
y no felices habían sido sus hazañas. En Liria fue verdadero milagro
que no le fusilaran. Dolorosos meses de cautiverio pasó en Cantavieja.
Libre al fin, al tomar la plaza el general San Miguel, volvió a sus
anhelos pacíficos y religiosos, horrorizado de la guerra y de sus
desmanes. Ante su hermana, y cuando esta le asistía en la penosísima
enfermedad contraída en el cautiverio, hizo voto solemne de consagrar a
Dios su vida, su alma y sus pensamientos todos, sin esperar a ponerlo
por obra más que el tiempo que se tardase en preparar las cosas
materiales para tal objeto...
—Según eso —dijo don Beltrán, a quien con tales santidades se le había
puesto un nudo en el tragadero, sin poder pasarlo para arriba ni para
abajo—, tu hermano entra en religión..., cantará misa, profesará en
alguna orden. ¿Dónde está? Yo quiero verle.
—Espérese usted... Francisco abrazará la vida religiosa; pero antes de
abandonar el siglo, tratará de descubrir y reconocer dónde se hallan
los bienes en especie que padre trató de sustraer a manos rapaces.
Y con decir yo esto, y usted con oírlo, queda manifestado, y por
usted comprendido, que hemos de destinar íntegro todo el caudal a una
fundación santa para religiosos de la orden que abrace mi hermano, y a
restaurar mi glorioso convento de Sijena.
—Si, hija mía, sí..., comprendido. Pero dime: tu hermano, ¿dónde está?
—Hállase actualmente no muy lejos de nosotros, atento a lo que a él
y a mí tanto nos importa; mas para poder efectuar sus pesquisas en
materia tan delicada, ha sido menester que se agregase a una columna
cristina, so color de prestar en ella servicio hospitalario, que otro
servicio más guerrero no podría, por causa del grave detrimento de su
naturaleza...
—No dudo —dijo don Beltrán, cuya vista se nublaba, como si su pena
fuera una oscurísima visera que le caía sobre los ojos— que si yo
hablara con Francisco Luco en tu presencia, ambos me darían prueba
inequívoca de su piedad y rectitud declarándome poseedor de aquello que
vuestro padre determinó que había de ser mío.
—Si he de hablar al señor de Urdaneta con la plenitud de verdad que
se desborda de mi corazón —dijo la monja endulzando la voz—, le
manifestaré que me parece impropio de sus años ese insano apetito de
las riquezas. En la declinación de la vida, y cuando Dios ha decretado
ya para usted el acabamiento de todas las vanidades, ¿para qué quiere
lo que no puede disfrutar, ni tiempo tiene para ello?
—Hija mía, es que...
—Padre y señor mío, la verdad sale de mis labios sin que mi respeto
pueda contenerla. Debiera usted despreciar las riquezas, y alegrarse
de haberlas perdido, renegar de que quieran dárselas..., y apartarlas
de sí como se aparta la podredumbre pestilente... Sí, don Beltrán. Le
recordaré, por si lo ha olvidado, lo que dijo san Pablo a los hebreos:
«Con alegría recibisteis el robo que os hicieron de vuestros bienes».
Sí, sí, noble señor: alégrese de que le hayan despojado de sus tesoros,
y no ansíe volver a poseerlos...
—Pero...
No siguió el desgraciado anciano porque tanto se le apretaba el nudo en
su gaznate, que no pudo articular palabra.
—Llénese, señor —continuó la santa con inspirado acento—, llénese de
aquella virtud de la paciencia, que todas las demás virtudes compendia
y resume; ame la pobreza, bendiga el no tener...
—¡Pero..., hija mía... —pudo decir al fin don Beltrán—, si a paciencia
nadie me gana!... Verás... Yo...
—Tertuliano dijo: «Donde Dios se halla, allí está con Él su amiga la
paciencia».
—Estamos conformes... Tertuliano y yo...
—Y no olvide, señor don Beltrán, que la divina sabiduría dice en los
_Proverbios_: _O viri, ad vos clamito, et vox mea ad filios hominum...
Mecum sunt divitiæ_... fíjese don Beltrán... _mecum sunt divitiæ, et
gloria, opes superbæ, et justitia_.
—_Oh, la mère latiniste!... Je n’aime pas les gens qu’à tout propos
crachent du grec et du latin_.
—Señor don Beltrán, yo no sé francés.
—Señora doña Marcela, yo no sé latín. Hablemos en la lengua común.
—Pues en ella digo a usted que ya estamos en el Guadalope, y que
callemos ahora, pues juntamente con Tomé y con los ancianos que allí
nos esperan, emprenderemos el paso del río por aquel vado.
Efectuado sin contratiempo alguno el tránsito de una orilla a otra,
siguió don Beltrán por aquellos vericuetos, taciturno y suspirante;
a su lado iba la peregrina, rosario en mano, rezando al compás de la
marcha lenta y fatigosa, al través de montes solitarios, en un día
destemplado y brumoso. En las agrias pendientes solía don Beltrán
pedir descanso, para dar paz a sus viejos pulmones; y en una de estas
paradas, sor Marcela, terminando presurosa entre dientes una oración,
dijo a su aburrido acompañante:
—No se aparta de mi pensamiento, noble señor mío, su malestar, y me
duele mucho la desazón que yo, sin quererlo, haya podido causarle.
Pensando vengo en ello todo el camino y pidiendo a Dios que me ilumine
con nuevas ideas. De Dios debe de venir, pues, esta que ahora me asalta
y que voy a manifestarle.
—Sí, sí, de Dios tiene que ser, si es idea benéfica y compasiva. Dímela
pronto.
—Pues he venido pensando por el camino que usted, en su vejez, triste
occidente de una vida de prodigalidad y disipación, habrá contraído
deudas, compromisos que afectan al honor y buena fama, y que desea,
como caballero cristiano, darles cumplimiento antes de morir.
—Hija de mi alma, hablas ahora como la misma sabiduría —dijo don
Beltrán casi llorando, con ganas de arrodillarse y besarle la orla del
sayal.
—Bien, señor: se le dará lo que necesite para ese objeto, siempre que
adopte vida religiosa consagrando a la oración y penitencia el resto de
sus días. No tiene usted que inquietarse de cosa alguna, tocante a la
providencia de pagar sus deudas y demás negocios mundanos. Mi hermano,
o persona que él designe, se encargará de dejar bien puesto el nombre
de Urdaneta, pagando lo que usted debe a los hombres. Usted no vivirá
ya más que para pagar a Dios lo que a Dios debe...
—Pero... entendámonos... La idea no es mala... Explícate mejor...
¿Antes de que me arregléis mis asuntillos, tengo yo que meterme
fraile?...
—Parece como que le espanta la idea.
—No, hija, no... Es que..., verás...
—¿Se tiene acaso por persona más alta que el emperador y rey Carlos V?
—No, no... ¡Si estamos conformes! Yo deseo el descanso, la abdicación
—dijo don Beltrán, pensando que le sería forzoso dar su asentimiento,
a fin de obtener después, por concesiones graduales, sentencia más
conforme con sus deseos—. No tengo inconveniente... La idea es muy
acertada... Pero hazte cargo de la urgencia de mis compromisos.
—Sobre toda urgencia está la de dar a las riquezas de Juan Luco la
aplicación santísima que hemos determinado.
—Aprobado, hija, aprobado... La idea es grandiosa, ea...
—En obsequio al amigo y protector de mi padre, hacemos una sola
excepción, consagrando parte de aquel caudal a poner en salvo la buena
fama de un noble caballero aragonés. Pero esto no ha de hacerse sino
consagrando usted previamente los días que le restan de vida a la
oración y a la austeridad. Hágase cuenta de que Dios le da el miserable
puñado de metal que necesita para cumplir con el mundo; pero no se
lo da por su linda cara, sino a cambio de su alma, en lo cual se ve
patente la bondad infinita.
No pudo dar por de pronto el pobre viejo más respuesta que un suspiro
hondísimo, y afilando luego su entendimiento, trató de acomodarse
al deseo y planes de la monja con eufemismos delicados y vaguedades
ingeniosas. En esto se les pasó una parte del camino, y cuando ya
avistaban la villa que lleva el nombre de La Codoñera, situada en
escarpado y agreste sitio, vieron venir por el sendero abajo a Tomé
despavorido y dando voces. Detrás de él venían los ancianos con menos
veloz carrera. Diole a don Beltrán un vuelco el corazón, viéndose
cercano a un gran peligro, y así era ciertamente, pues Tomó gritaba:
—¡Los facciosos, los facciosos!
No pasaron dos minutos sin que se viera justificado el pánico del
chico: a la revuelta del sendero aparecieron seis hombres, luego más de
veinte, y por fin un tropel de ellos, que a don Beltrán se le antojó
un grande ejército. Todos traían boina y fusil, vestidos con un
abigarrado desorden enteramente contrario a la uniformidad.
Suspenso y aterrado, Urdaneta apretó los dientes, mascullando palabras
airadas y blasfemantes; los ancianos temblaban; Marcela, impávida, se
plantó en medio del sendero, mirándoles con sosegado rostro, en que no
pudo advertirse la menor alteración.
XI
Llegó de los primeros al grupo de los peregrinos un mocetón con
zamarra, chaleco rojo y polaina de cazador, blandiendo una espada,
único signo de su jerarquía de oficial en aquella desalmada tropa, y
encarándose con Marcela, descompuesto y groserote, le gritó con acento
valenciano:
—En Mas Nuevo, la semana pasada, te dije que si te volvía a encontrar,
te fusilaba. ¿A dónde vas ahora? ¿Quién es este vejete?
—Voy a donde quiero, y este señor es quien es.
—No eches roncas... Mira, Marcela, que me tienes frita la sangre, y si
te desmandas, cumplo lo que te ofrecí.
—¡Salvaje, mátanos cuando quieras! —exclamó Marcela con tanto desdén
como energía, lanzando un rayo de sus ojos—. Delante de las bocas
de tus fusiles, yo y estos santos varones te decimos: ministro de
Satanás, toma nuestras vidas, que Dios recogerá nuestras almas. ¿Ves
estos hombres humildes; ves este anciano, de la primera nobleza de
Aragón, que abandona su casa y honores por amor a la penitencia y
los trabajos? Pues ni él, ni yo, ni los demás, tememos la muerte.
Moriremos, ¿verdad don Beltrán? Moriremos alegres, pidiendo a Dios que
perdone a nuestros verdugos.
Tales manifestaciones de santidad heroica, y la tosquedad siniestra
que vio impresa en el rostro del cabecilla, persuadieron a don Beltrán
de que había llegado su última hora. Miró en derredor suyo buscando
a Tomé. Lamentaba que la vida juvenil de su escudero fuese también
sacrificada en aquel lance. Pero el despabilado chico, al dar aviso
a su amo de la presencia de los facciosos, y antes de que estos se
acercaran, desapareció como un ave en la cercana espesura.
El bárbaro capitán contestó a las provocaciones de Marcela con estas
palabras:
—Pues te juro que habremos de daros gusto. Solo que como no tenemos
aquí capellán que os confiese, forzoso será llevaros al pueblo. Y
puesto que todos sois santos, preparaos unos con otros... Ea, en marcha.
—¿A dónde nos lleváis? —preguntó don Beltrán, que con el ejemplo de la
monja procuraba reforzarse de serenidad y entereza.
—A La Codoñera.
—¡Pues a La Codoñera! Y ojalá estuviéramos, a cuatro pasos de ese
pueblo donde hay capellán, que ya nos pesa el cuerpo, ya nos pesa la
vida, como hay Dios.
Era el capitán un hombracho hermoso, atezado de rostro, gallardo de
postura, vestido con cierta bárbara elegancia de buen ver. Mandó a los
prisioneros que se pusieran en camino, los dos enterradores delante,
entre la tropa de vanguardia; detrás, junto a él, Marcela y don
Beltrán. No debía de ser hombre tan fiero como Urdaneta creyó en los
primeros momentos, porque aproximándose a la peregrina por la izquierda
de esta, le dijo:
—Todo esto te pasa porque quieres. Sabes que te estimo. Marcela,
quédate conmigo, que más has de valer señora sentada que de monja
andariega.
—Monstruo, prefiero que me maten de un tiro a morirme de asco...
—replicó la religiosa sin mirarle—. No te acerques a mí.
—Me da la gana de acercarme, y te digo que si haces lo que te
propuse la semana pasada en Mas Nuevo, serás feliz; vamos, que no te
arrepentirás de ser mía, y se te quitarán de la cabeza esas murrias del
misticismo.
—En verdad te digo, Nelet, que los escarabajos, salamanquesas y
cucarachas que adornan el trono de inmundicia de Satanás, son menos
asquerosos que tú.
—Y yo digo que los ángeles negros, que negros los hay también, son
menos bonitos y menos salados que tú... ¿Qué ojos hay como los tuyos?
¿Qué boca se iguala con ese panal de santa miel? ¿Pues y ese cuerpo que
debajo de las estameñas se cimbrea como un junco con carne? Marcela,
si has olvidado que eres mujer, yo haré que lo recuerdes y te alegres
de recordarlo.
—¡A matar pronto! Abra el dragón sus fauces, y tráguenos. Extienda el
buitre su garra, y destrócenos. Somos de Dios, y a Él van nuestras
almas.
—Si no me das la satisfacción de tenerte a mi lado, me consolaré con el
goce de fusilarte... Es un gusto, créelo, un gusto fusilar a quien se
ama; así sabe uno que no ha de ser para otro... y ver ese lindo cuerpo
retorciéndose... y luego cogerlo uno, y meterlo en el hoyo y agasajarlo
con tierra...
—¡A matar, a matar pronto! —repitió Marcela, iluminado el rostro, la
boca seca—. Morir por Dios, morir en la pureza, viendo cómo el alma se
aparta de tanta inmundicia, es la mayor gloria...
—Bueno es que el señor capitán entienda que no somos espías —dijo don
Beltrán, que al ver los afectos amorosos del cabecilla empezó a cobrar
esperanzas—. Nosotros íbamos por aquí a nuestros asuntos de penitencia
y a practicar las obras de misericordia.
—¡Por Dios, no sea usted cobarde, don Beltrán! —dijo Marcela viva y
colérica, dándole tan fuerte pellizco que le hizo ver las estrellas.
—¡Hija!..., ¡ay! Pues bien valiente que soy, ya lo ves... ¡Ay!, tus
dedos son tenazas. Me has arrancado un pedazo de carne. ¡Si yo también
quiero que me fusilen!... Pero, francamente, si hemos de morir,
suprimamos los pellizcos.
Antes de llegar a La Codoñera, se les unió el grueso de la partida. El
jefe, que debía de ser de graduación equivalente a la de comandante o
más, examinó a los prisioneros.
—¿Es usted Peinado? —le preguntó don Beltrán plegando los ojos y
aproximándose—. Si es Peinado, no extrañe que por causa de mi corta
vista no le reconozca. Fuimos amigos hace años.
—No señor, no soy Peinado: soy Tena —dijo el cabecilla, hombre pequeño
y vivo que no carecía de formas corteses—. Peinado está con el general
en jefe.
Y volviéndose luego a Nelet, le dio órdenes:
—Llévales contigo, pero no entres en La Codoñera. Por el atajo te
corres esta tarde hacia Belmonte, y de allí, sin parar, a Valderrobres,
donde me juntaré contigo mañana temprano. Yo tomaré la vuelta de
Torrecilla, a ver si cojo la columna del marqués del Palacio... A estos
cuatro simples no se les fusila. Si ella no fuera hembra, y ellos unos
vejestorios, les daríamos cincuenta palos... Eso les vale. Llévales a
Valderrobres, y yo les recogeré allí. Ya sabes que me dijo don Ramón
que si otra vez cogíamos a esta saltamontes, se la lleváramos. Quiere
conocerla.
No se habló más, y en marcha todo el mundo. Muy entrada la noche,
llegaron los prisioneros de Nelet a Valderrobres; y aunque en el
camino se les había dado algún reparo de alimento, don Beltrán no
podía tenerse de hambre y fatiga; los huesos le dolían como si se los
hubieran machacado; pero más que la molestia física le agobiaba la
desesperación, resultante del tristísimo fin de su loca aventura.
«Tenía razón Estercuel —decía desplomando su humanidad sobre el suelo
de un establo vacío en que les encerraron—. En plena Edad Media.
¡Maldita sea la tal Edad Media y el perro que la inventó!... Esto es
horrible, Dios mío... A tal desastre me ha traído una vana ilusión,
más propia de niño inexperto que de anciano sesudo... ¿Y cómo salgo
yo ahora de esta cisterna en que me ha precipitado mi desatino? ¿Cómo
me libro de estos cafres?... ¡Para que me fíe otra vez de santos y de
peregrinas, de monjas milagreras que entierran ollas! Esta tarasca me
ha perdido, y ahora no será ella quien me salve... Merezco, sí, lo
que me pasa, por codicioso, por crédulo, por niño... chocho... ¡Ay de
mí! ¡Vaya una vejez, vaya un fin de la existencia! ¡Yo que vine por
proveerme del pan de la vida, y ahora me veo prisionero, amenazado de
muerte, envilecido entre esta canalla, y teniendo que aguantar sus
groserías...! Me pegaría si no estuviera en tal estado, que no caben ya
más dolores en mi cuerpo miserable...».
Esto se dijo, procurando el descanso. Por suerte suya, aproximáronse
a él los otros viejos, y acumulado el calor de todos, hallaron alguna
defensa contra el frío. Por el opuesto lado se arrimó después Marcela,
que sentadita rezaba en alta voz, hasta que don Beltrán, incomodado
del sonsonete, le dijo:
—Rece para sí, hermana, que los viejos necesitamos dormir. Sabe Dios
qué mañana nos espera.
Y a la madrugada, sintiendo el prócer un gran peso que le oprimía, y
comprendiendo que era el cuerpo de la santa mujer, que en el abandono
del sueño se caía de aquel lado, le dijo:
—Suspéndase un poco, hermana, que me agobia todo el lado izquierdo y no
puedo respirar.
Retirose la monja lamentándose de haberse dormido, pues su ánimo era
velar la noche entera, y se aprovechó del empujón de don Beltrán para
despabilarse y continuar sus rezos.
Lleváronles al otro día muy de mañana por el desfiladero de Beceite a
salir a la Cenia, camino endemoniado, propio de cabras y guerrilleros.
Intenciones tuvo don Beltrán de pedir que le arrojaran en el camino
para que se lo comieran los buitres, o que le fusilaran de una vez,
pues así se acababan sus martirios. Compadecido el capitán Nelet, que
no era mal hombre, aunque de genio harto arrebatado, le dio de comer,
socorriole además con un trago de aguardiente, y por fin, le atravesó
sobre la carga de una mula que llevaba sacos de forraje. Marcela
continuaba a pie, y a ratos se aproximaba al anciano para dirigirle
estos o parecidos consuelos:
—En opinión del beato padre san Juan de la Cruz, tratándose de
trabajos, cuanto mayores y más graves son, tanto mejor es la suerte del
que los padece.
—Déjame a mí de padres beatos de la Cruz —le contestó Urdaneta—, que la
que tengo sobre mí pesa bastante... ¿Cómo quieres que me alegre de esta
situación? Dime que me resigne y hablarás con seso...
Al cansancio y tristeza de tal viaje, uníase el temor de que la columna
carlista encontrase otra de la reina, y rompieran el fuego cogiendo en
medio a los infelices que no habían hecho armas ni por Carlos ni por
Isabel. Dos días pasaron en esta ansiedad sin que nada de particular
ocurriese; y al ver que descendían con precaución por ásperas
pendientes, don Beltrán, sin poder apreciar por sí mismo el territorio,
entendió que iban hacia la Plana. En una aldehuela poco distante de
Albocácer, se agregaron a una numerosa tropa carlista, que más que
columna era ya división, y allí tuvo el pobre anciano la suerte de
encontrar un alma compasiva, un capellán que sin conocerle, o más bien
reconociéndole por su traza y modo de hablar caballero de nacimiento,
le prodigó atenciones y cuidados, acomodándole al fin en un carro de
provisiones, donde el pobre señor se creía transportado del infierno a
la gloria.
«Dios no desampara a los buenos —se dijo—, y yo soy bueno, aunque
otra cosa crea esa bigardona volandera que ahora se empeña en meterme
monje del Císter. Yo no hice nunca mal a nadie, como no fuera a mí
mismo... ¡Fraile yo! ¡Y me da a escoger entre la cogulla y una miseria
deshonrosa!... ¡Vive Dios!, que puesto en tan horrible dilema, no sé a
qué carta quedarme».
Completó el capellán sus atenciones con la constante compañía, de que
sobrevino una real amistad. Llamábase Mosén Putxet, y era tortosino, un
sí es no es ilustrado y muy corriente en todo. Contole que en aquellos
días habían trabado pelea, en los campos de Torreblanca, Cabrera y
Borso, llevando este la mejor parte. No cerradas aún las graves heridas
que en Torre de Arévalo le pusieron a la muerte, Cabrera recibió
un balazo en el muslo. A su serenidad y arrojo debió la salvación.
Retirada su gente a Cuevas de Vinromá, el caudillo se ocultó en la casa
del cura de La Jana, donde permaneció algunos días en lastimoso estado,
febril, exangüe. La suerte suya y de sus tropas fue que Borso no supo
aprovecharse de la victoria, y con su inacción dio tiempo a que Cabrera
se curase, como él lo hacía siempre, de prisa y corriendo; a que en el
lecho dictara disposiciones para rehacer su ejército; a que este, con
ligereza inaudita, le secundase, marchando de nuevo en busca de nuevos
triunfos, con su general a la cabeza, llevado en parihuelas.
—Por lo que usted me dice, nos encontramos en el cráter de un volcán
—observó Urdaneta—, y estoy a punto de presenciar sangrientas batallas.
Sea lo que Dios quiera. Sin duda es su voluntad que acabe yo mis días
en medio de estos horrores.
—A todo se acostumbra uno —le dijo Putxet—. Mire: los primeros días
no podía yo habituarme a la guerra; pero ya me voy haciendo a tales
crueldades, y pienso que Dios las consiente para que venga pronto el
triunfo de su religión santísima.
No se atrevió el ladino viejo a manifestar al capellán lo que sobre
esto pensaba, temeroso de perder su amistad, que en aquella triste
aventura érale tan provechosa. Pasaba don Beltrán en vela las noches,
y gran parte del día durmiendo, sin que supiera por qué adquirió en
la molicie del carro esta costumbre. Una tarde, hallándose en letargo
dulcísimo, después de comido y bebido con cierto regalo, soñó con
terremotos, incendios, erupciones de volcanes. Despertando de súbito,
hirió sus oídos horrísono estruendo de tiros, y echando la cabeza fuera
del toldo, vio que en una loma cercana estaban batiéndose facciosos y
cristinos. Ellos debían de ser; mas no distinguía el pobre señor las
boinas y morriones. Vio, sí, los fogonazos, y oía el murmullo de la
pelea, como la reventazón contra peñascos de las olas embravecidas.
Parado su carro junto a otros, poca gente vio Urdaneta en su derredor.
Tras el pánico primero, una esperanza risueña animó el afligido
corazón del anciano. ¡Si resultaba que la división o columna cristina
que allí peleaba era la brigada de Borso, y obtenía la victoria; si
resultaba que en dicha columna venía _Mero_, y _Mero_ quedaba ileso,
qué felicidad! Muy hermosas eran estas ideas para que la realidad las
confirmase. Al ponerse el carro en movimiento, creyó Urdaneta que los
carlistas se pronunciaban en retirada. Mas, ¡ay!, era lo contrario. Los
cristinos abandonaban sus posiciones, y los facciosos iban sobre ellos
ebrios de furor. Así lo comprendió por las voces que de lejos venían,
por la alegría que en derredor suyo estallaba... El carro avanzó a
retaguardia de los batallones victoriosos, y a poco vino la noche.
Pararon. Urdaneta preguntó:
—¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama el lugar donde se ha dado esta batalla?
Respondiéronle con una retahíla valenciana, de la cual no sacó nada
en limpio. A poco de la parada, y cuando repartían el rancho, oyó
entre ásperas voces del dialecto alguna castellana que anunciaba el
fusilamiento de los prisioneros del ejército vencido. A don Beltrán
se le erizó el cabello, y recostándose sobre los sacos, se hizo un
ovillo... «Que me fusilen también a mí, Señor, y así acabarán mis
sufrimientos». Pasado un rato, un extraño ruido le hizo abrir los
ojos. Vio a lo lejos fulgor de antorchas; sonaron luego disparos, una
descarga... después otra y otras, a las que siguió un lúgubre silencio.
«¡Pobre _Mero_! —murmuró el anciano—: que Dios te acoja en su santo
seno».
Al poco llegó Mosén Putxet, y subiendo al carro, donde tenía las
alforjas, dijo a su amigo:
—Estoy rendido; no puedo más. Cada lance de estos es para mí una
enfermedad grave.
Y sacando de las alforjas el buen repuesto que llevaba, invitó a su
compañero a participar de la cena. Excusose el prócer con su falta
de apetito, y el otro, declarándose también inapetente, afirmó que
sin gana tenía que alimentarse, so pena de hallarse al día siguiente
desfallecido.
—¡A dieciséis he tenido que confesar! —dijo con dolorido acento—. Esto
es muy triste. Las leyes de la guerra, implacables, lo conceptúan
necesario... para asegurar el triunfo del trono legítimo y de la
religión veneranda... Hace usted mal, amigo mío, en no tomar algo. No
se puede abandonar la nutrición del cuerpo. Verdad que usted, si ahora
no tiene gana, a cualquier hora de la noche tomará lo que guste. Yo,
pasadas las doce, no puedo, porque tengo que decir misa. Mañana es
domingo: por eso se ha determinado que la _aplicación de los castigos_
se efectuara esta noche... ¡Cruento sacrificio! ¡Maldita guerra! ¡Que
sea necesaria la destrucción de vidas para llegar a la paz, y la
injusticia para llegar a la justicia, y la crueldad para llegar a la
benignidad!... Como usted ve, tengo que alimentarme. Son muchas horas
desde las doce de la noche a las diez de la mañana, hora de la misa de
campaña...
Terminada la cena, no tardó el capellán en dormirse. Don Beltrán
velaba; veló hasta el amanecer, engolfado en severas reflexiones. En
tan triste noche, precursora de días más tristes, el viejo aristócrata,
despreciando a su amigo, se sintió religioso, profundamente religioso.
XII
Al amanecer, cuando empezaba a conciliar el sueño, le llamaron... Creyó
al pronto que iban a fusilarle, y dijo:
—Vamos, estoy pronto. Acabemos de una vez.
No tardó en enterarse de que le mandaban a desempeñar una obligación
harto triste: enterrar los muertos de la hecatombe de la noche
anterior; y si el primer impulso de su orgullo y dignidad fue rechazar
colérico un cometido tan impropio de su categoría, luego dejó lugar el
orgullo a la conformidad cristiana que había criado en su alma con las
meditaciones del pasado insomnio, y dando un gran suspiro, dijo:
—Vamos a donde ustedes quieran. Merezco esto y mucho más: seré
sepulturero.
La idea de que entre los cadáveres podía encontrar el de Baldomero
Galán, hizo flaquear un momento su entereza; pero logró rehacerse con
estas consideraciones: «Si está, ¡qué puedo hacer más que llorarle!
Contra los hechos, dispuestos o consentidos por Dios, nada podemos.
Enterraré al pobrecito _Mero_, alférez y mártir».
Terrible duelo y consternación produjo a don Beltrán la vista de los
dieciséis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones;
y como no podía reconocer al que buscaba sino acercándose mucho, a
todos les fue observando uno por uno, y tocaba los fríos rostros. Eran
jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del
vigor.
«No está _Mero_ —pensó, sintiéndose aliviado de un gran peso—. ¡Pobres
muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra,
España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en
su propia tierra...».
Cogió el azadón que le destinaron, y se puso a cavar tan tranquilo. La
resignación, con este humilde trabajo, fue ganando más y más espacio
en su alma, y con ella la certidumbre de que sus desdichas venían
del cielo y eran el contrapeso lógico de una vida de disipación y
goces. Junto a él vio que cavaban los dos sepultureros de la compañía
de Marcela; pero ni ellos le hablaron, ni don Beltrán les dijo una
palabra. Abiertos tres hoyos de gran capacidad, fueron cogiendo muertos
y arrojándolos dentro, unos sobre otros, y después rellenaron y
apisonaron.
«Yo creí —pensó Urdaneta cuando concluían— que esto me impresionaría
horriblemente. Pero a todo se acostumbra uno. Me desayunaría yo ahora
mismo, si me dieran con qué...».
A su carro se dirigía con esperanza de encontrar las alforjas de Mosén
Putxet, cuando le mandaron al campo donde se diría pronto la misa.
«Pues a misa», murmuró, declarándose pasivo, dispuesto a cuanto le
mandasen.
En el campo habían puesto el altar, al pie de un soberbio algarrobo,
vestido de espléndido follaje. El sol relumbraba esparciendo claridad
y alegría, y picaba más de la cuenta. Del Mediterráneo, que no se
veía, pero se adivinaba, venía una brisa suave y consoladora. Las
tropas formaban para oír misa; los jefes, a caballo, ocuparon su
puesto delante de los cuerpos. Allí vio don Beltrán al cabecilla
Forcadell, uno de los lugartenientes de Cabrera, y general de una
potente división. Su rostro inflado, risueño y de hombría de bien,
lo mismo podía ser de canónigo que de mayoral de diligencias. Pesaba
sobre un poderoso alazán; vestía zamarra peluda, chaleco blanco
abotonado hasta el cuello; la boina era de gran vuelo, blanca con fleco
dorado. De una tienda de campaña salió Mosén Putxet revestido: eran
acólitos dos granaderos del 1.º de Tortosa. Oyó la misa don Beltrán
con recogimiento, en el sitio que le designaron, y no lejos de sí, por
delante, vio a Marcela de rodillas y a los dos sepultureros. Cuando
alzaban, entre el estrépito de cornetas y tambores, el recuerdo de los
pobrecitos que había enterrado le distrajo un poco de su devoción.
Mas rehaciéndose, a punto que se santiguaba, decía para sus adentros:
«Diablos de la guerra, mucho tenéis que llorar por vuestros crímenes
para que _Ese_ os perdone».
De vuelta a su carro, Urdaneta preguntaba:
—¿Pero dónde estamos? ¿Es esta la Plana de Castellón?
Y sin enterarse de la respuesta, tendiose de largo a largo, y comiendo
de lo que le dio el buen Putxet, pronto se quedó dormido. Por la
noche, el zarandeo del carro era fuerte y molesto, señal de que iba
de prisa por ásperos declives... A la madrugada vadearon un río de
escaso caudal. La división, dotada de extraordinaria presteza de pies
y pezuñas, avanzaba tragándose las leguas. Al día siguiente, vio
don Beltrán un pueblo que llamaban Olla; después otro que nombraban
Chestalgar o cosa así. A la siguiente media noche pararon. Creyó
notar Urdaneta que se juntaba más tropa; no cesaban de sonar tambores
y clarines. Salió a estirar las piernas y dar un paseo... Putxet,
cuando se retiró a dormir, díjole que estaban cerca de Buñol o cerca
de Siete Aguas, no lo sabía con certeza, y que don Ramón, acompañado
de Llangostera, había venido a conferenciar con Forcadell. Al amanecer
oyose tiroteo por la parte que el noble cautivo, mirando las estrellas,
estimó como Levante. Por allí avanzaba una división cristina. Serían
las ocho cuando, no don Beltrán, que apenas veía, sino Putxet y otro
clérigo que con él estaba, observaron que las tropas de la reina,
vigorosamente atacadas en terreno desfavorable, se desbandaban;
que luego se rehacían reforzadas por su caballería... El tiroteo
se generalizó, llegando a ser continuo por la zona del sur... Dos
batallones carlistas salieron corriendo como demonios a embestirles por
el flanco.
—¿Qué pasa, qué pasa, amigo Putxet? —preguntaba don Beltrán.
Y el clérigo le dijo gozoso:
—La caballería no les vale esta vez... Allá va como deshecha y
desmoralizada... ¡Qué victoria, ¡_pacho_!, qué victoria!...
Sobrevino luego un incidente que determinó cierta indecisión... Fuerzas
carlistas retrocedieron. Los carros tuvieron que alejarse. De la otra
parte empujaban con furia.
De pronto vieron venir un gran tumulto, muchos jinetes que no corrían,
volaban, los ágiles corceles saltando zanjas y cercas, desmandados,
locos. Frente a ellos, en un caballo blanco, venía un hombre vestido
de colorines. Al pasar el jinete junto a la impedimenta, vieron
los que allí estaban su rostro, harto parecido al de un gato, los
ojos flamígeros, la color verdosa, henchida la nariz, como si las
ventanillas de ella quisieran rasgarse para dar paso al aliento. Su
capa blanca con vueltas rojas sujeta al cuello, ondeaba como una
bandera. En la mano blandía la espada; se le oía claramente gritar:
—_Per asi, fills meus... Seguidme... Els destrosarem... ¡Viva Carlos V!
¡Mueran eixos pillos, cobards!..._
La tromba, que tal parecía, de innúmeros caballos seguidos de tropel de
infantería, describió un vasto círculo por la llanura. Cuando se alejó,
la nube de polvo que levantaba impidió ver dónde había caído. Oyose un
chasquido formidable, como un desgarrón de masas enormes... Los carros
hubieron de alejarse más, metiéndose en una hondura desde donde poco se
distinguía.
—Este don Ramón es tremendo —gritaba Putxet alzando los brazos al
cielo, ebrio de gozo—: menuda paliza les está dando. No quedará uno
para contarlo. ¡Viva el trono legítimo, señores! Esta brillante
jornada nos abrirá las puertas de la hermosa Valencia, de la reina del
Turia... Vean... ya se disipa el polvo: por allí van desbandados los
de Isabel... distingo perfectamente los morriones... ¡Hola, hola! La
caballería parece que quiere volver grupas y hacernos cara... Ya es
tarde, ¡_pacho_!..., ya es tarde. Don Ramón, que es el dios Marte en
persona, les da una carga horrorosa, y se deja caer sobre el propio
Buñol... Adelante, valientes. ¡Viva la Virgen de los Desamparados,
nuestra Madre!
Con estas exclamaciones, de un entusiasmo pueril, iba señalando el
clérigo las peripecias del combate que desde allí podían apreciarse.
Hacia el mediodía todo el ejército carlista iba sobre Buñol,
persiguiendo a los liberales fugitivos.
—Me estoy temiendo —dijo Putxet a su amigo tomando un piscolabis en la
carreta en marcha— que tendremos función esta tarde... Sería yo muy
dichoso si, variadas las condiciones en que hoy se hace la guerra,
diéramos cuartel. Es ciertamente más humano perdonar al vencido,
¿verdad?
Llegados a la Venta de Buñol, se procedió con método, parsimonia
y naturalidad a fusilar a veintisiete oficiales y sargentos.
Afortunadamente para Urdaneta, no le mandaron a enterrar. Oyó los
tiros, vio llegar a su amigo desconcertado y melancólico, y nada más.
Dos días después, sabedor Cabrera de que una columna cristina andaba
por Alcanar, mandó contra ella a Llangostera, que la deshizo y fusiló
victorioso todo lo que quiso. Enterado también el fiero caudillo de
que el capitán general de Valencia había salido hacia Castellón con
fuerzas para relevar las guarniciones del Maestrazgo, mandó a la Plana
al _Serrador_, y desplegando una actividad increíble, prodigiosa,
organizó al propio tiempo la expedición de Forcadell a Orihuela. No
satisfecho aún con la victoria de Buñol, y habiendo recogido armas y
caballos, amén del fruto de las depredaciones en país tan rico, se fue
hacia Requena, simulando un amago a esta ciudad; mas no se detuvo hasta
Utiel: establecido allí su cuartel general, apresurose a fortificar la
posición.
Estaba de Dios que en aquella parte de su cautiverio se agravaran las
desdichas del noble don Beltrán, obligándole Dios con esto a mayor
acopio de paciencia; su amigo, el buen Putxet, se separó de él antes de
llegar a Requena, agregado a la expedición que invadir debía la tierra
de Alicante, y ya no disfrutó el pobre viejo el beneficio del carro
sino en contadas ocasiones, viéndose obligado a llevar peonilmente la
carga de sus añosos huesos. Sacando fuerzas de flaqueza pudo llegar a
Utiel, el calzado roto, los pies llagados, molido y hambriento, harto
de trabajos, incomodidades y miserias. Pero le bastaba considerar que
más había padecido Cristo por nosotros, para sacar alientos de su
propio desmayo y prepararse a mayores infortunios.
Metiéronle en un zaguán húmedo, y de allí le pasaron a una bodega, con
salida a un jardinillo petiseco, cercado de tapias; le acompañaban los
dos enterradores. De Marcela, ni estos ni don Beltrán sabían dónde
había ido a parar. En el piso alto de la misma casa se alojaba, con
otros oficiales, el capitán Nelet, que viendo desde el balcón a los
viejos sentados en el jardinillo, tomando el sol, dijo a sus amigotes:
—No sé para qué nos traen acá tales estafermos. Son tres bocas y ningún
hombre. O fusilarles, en el caso de que se compruebe que son espías, o
echarles a un camino para que se mantengan de limosna.
Como don Beltrán mirase para arriba, y con lastimero acento dijese que
lo mismo le daba a él la muerte que la mendicidad, mandole Nelet que
subiera; obediente el anciano subió la escalera con paso lento, tomando
resuello a cada cuatro peldaños, pues no podía de otro modo, y fue
recibido en una sala por el dicho Nelet y otros dos tagarotes. Entró
Urdaneta con digno continente, descubriéndose, y permaneció en pie
esperando las órdenes de aquellos bárbaros. Nelet, apoltronado en un
sillón, y rascándose las pantorrillas, le dijo:
—¿Es cierto que es usted de la aristocracia?
—Si, señor: me honro de pertenecer a la primera nobleza de Aragón.
—¿Es usted marqués?
—Mis títulos son los señoríos de la Torre de Albalate, de Olid, con
grandeza, de...
—Acabe usted, hombre, con esa letanía... Pues mire: de algún modo ha
de ganar el pan que le damos.
Diciendo esto, se quitó las botas llenas de cuajarones de barro, y
alargándolas al prócer, le dijo:
—En aquel cajón hallará usted cepillo y betún. Me las pondrá como un
espejo.
Permaneció un instante don Beltrán con su mano extendida hacia las
botas, inmóvil y rígido, empeñada su voluntad en terrible lucha
entre dos movimientos: o coger las botas y estamparlas en la cabeza
del grosero y estúpido capitán, o resignarse a tanta humillación
y aceptarla por los méritos de Jesucristo. Prevaleció este último
intento, y recibió con noble pausa las botas, recogiendo luego los
adminículos de embetunar.
—¿Fuma usted? —le preguntó Nelet, haciéndole retroceder desde la puerta.
—Sí, señor.
Le ofreció un cigarrillo, y pareciéndole poco, le dijo:
—Tome usted más, para sí y sus compañeros, que la vejez entretiene sus
tristezas con el tabaco.
—Gracias.
Y bajó el anciano tan gravemente como había subido, escalón por
escalón, sin decir nada, casi sin pensar nada...
XIII
Ya por despistar a los cristinos, ya por otras razones o ardides
estratégicos, determinó Cabrera fortificar a Utiel, y lo primero en
que puso mano fue el convento o colegio de Escolapios y la iglesia
parroquial, gótica, de buena y sólida fábrica. Para despejar las
inmediaciones del primero de aquellos edificios, mandó demoler varias
casas y cortar todos los árboles de una alameda que al camino salía.
Empleáronse en tales obras noche y día multitud de hombres, y no hay
que decir que el señor de Albalate y los dos ancianos fueron aplicados
a este trabajo. Vierais allí al primer noble de Aragón descargando
hachazos en los añejos troncos. Por primera vez en su vida era
leñador, oficio que le pareció menos innoble que el de sepulturero
y limpiabotas. El sargento que les mandaba y dirigía era por demás
insolente y grosero, de estos que se envalentonan con los humildes.
Grande era la resignación de Urdaneta, que se había propuesto tomar
por modelo al patriarca Job; mas hubo ocasiones en que se vio a dos
dedos de perder su pasiva actitud, por la fuerza explosiva de la
dignidad aristocrática, que romper quería sus cadenas, atropellando
paciencia, humildad y cristianismo. Viendo que aquel bruto abofeteaba
inhumanamente a dos infelices que no habían entendido sus órdenes,
o que por exceso de fatiga se mostraban perezosos, sintió el prócer
vibración en todo su ser, efecto de la honda crisis o lucha de
opuestos sentimientos, y se dijo: «Haré un esfuerzo sobrehumano por
contenerme si ese gandul pone sus manos en mi cara; pero dudo que pueda
conseguirlo, pues antes de que el corazón se humille, el estallido de
mi dignidad hará que le parta la cabeza de un hachazo».
Felizmente, con él no se desmandó el bárbaro sargento; no hacía más que
rezongar, dar voces y decir a los viejos:
—_El que no traballa no menja; que aquí no estem para mantindre vagos._
Terribles hambres pasaban los tres al volver rendidos a la bodega y
patinillo en que tenían su alojamiento. Nadie se cuidaba de darles de
comer. El enterrador que hablaba, y que tenía por nombre Pedro Zaida,
salía en demanda de alimentos; no hiciera lo propio don Beltrán,
prefiriendo perecer de necesidad a pedir su ración; el otro, nombrado
Alfajar, tampoco pedía, por carecer de palabra. Así pasaron algunos
días, manteniéndose de mendrugos de pan y de sobras de rancho, que
Zaida recogía en los vecinos alojamientos, hasta que Nelet y los
oficiales del piso alto se apiadaron de la miseria de los prisioneros,
y les mandaban los restos de su comida. En un caldero bajaban la
bazofia; de ella comían los infelices viejos, siendo tan atentos
Zaida y Alfajar que escogían para el señor los huesos vestidos aún de
hilachas de carne, los trozos de comida menos deshechos, y las que
podrían llamarse golosinas, reservándose para sí lo peor. «Hasta en
esta región de miseria bochornosa se encuentran seres delicados, se
encuentran caballeros», decía para sí Urdaneta, renunciando a tales
preferencias, e imponiendo el reparto equitativo de piltrafas. A
menudo, en estas u otras escenas semejantes, rodaban lagrimones por su
cara. Una tarde salieron los oficiales al balcón para verles comer. A
poco llegó el asistente con un pedazo de pastel en un plato y restos de
bizcocho borracho, y entregándolo a los cautivos, díjoles que aquello
mandaban para el señor marqués. Luego volvió el chico con tres puros
y el braserillo para encenderlos. Fumaron, y dieron las gracias a los
señores, que riendo les miraban. Uno de los de arriba decía:
—Ese marqués del Cuerno paréceme un grandísimo pillastre...
Don Beltrán calló, no haciendo al deslenguado ni el honor de mirarle.
Luego, a una insinuación de Nelet, que parecía dicha en defensa del
anciano, se retiraron del balcón los oficiales. Volvieron los viejos
al trabajo, que aquel día consistió en arrastrar los troncos hacia
las entradas y puertas de la villa, para armar con ellos estacadas o
parapetos. Cuando Urdaneta llegaba por las noches a su alojamiento y
se tendía en el frío suelo junto a sus amigos, sin más abrigo que las
pellizas de estos; cuando, después de cenar lo que Zaida trajese o de
arriba les mandasen, procuraba embriagar con el sueño sus infortunios,
se le iba el pensamiento a la gran casa de Cintruénigo, la casa de
Idiáquez, y hacía revivir en su mente el edificio y las personas,
la vida toda de aquella señoril residencia. ¡Ay!, lo que allá tuvo
por humillación, era ya como una broma inocente. Modificadas por las
enseñanzas de la realidad sus ideas y opiniones, lo que en Cintruénigo
conceptuaba contrario a su decoro, ¿qué era? Nada en comparación de
la presente ignominia y miseria. Las estrecheces que allá estimó
intolerables, eran abundancias y delicias en parangón de lo de Utiel.
Recordaba con desconsuelo el orden de aquella noble casa, donde todo
estaba a punto, donde nada faltaba para comodidad y regalo de sus
habitantes.
Y pensando en esto, se le representaba su nieto: le veía niño, tan
cariñoso, tan dulce, tan formalito, tan amante de su abuelo... Era
su propia sangre, encarnación de su nombre y nobleza... ¿Qué haría
Rodrigo si le viese en tan extremada desdicha? La misma _doña Urraca_,
si viese a su suegro, el noble Urdaneta, sufriendo tanta vileza y
oprobio, comiendo sobras y migajas de la mesa de los oficiales, ¿qué
pensaría?... Frente a su conciencia, que severa se encaraba con él,
reconocía el grave error de no tolerar las asperezas o defectos de los
convivientes, para que estos toleraran los suyos. Bien claro veía que
todas sus querellas con la familia eran por motivos que ya se le hacían
vanos, pueriles. Veía también toda la fealdad de su soberbia, causante
principal del malhadado viaje a tierra de Teruel; veía su codicia,
su afán de atesorar dineros, que en su edad provecta casi no le eran
necesarios. Pero amaba el rumbo y quería ser siempre amo y señor,
dispensador de mercedes. ¡Bien le castigaba Dios, y cuán gallardamente
le aplicaba su justicia severa!... Y mirándolo bien, no era Rodriguito
tan digno de menosprecio y rencor. Poseía todas las cualidades que a
su abuelo le faltaban. Actos de verdadera maldad, nadie podía señalar
en él. Y en cuanto a la impertinente, mandona y atrabiliaria _doña
Urraca_, sus defectos no eran motivo para aborrecerla, Señor.
Estas reflexiones, en que se confundía la turbación de la conciencia
con la dulzura de las memorias de familia, le habrían llevado al sueño
reparador, si no lo estorbaran las picazones de su cuerpo, el sentirse
acribillado por atroces punzadas que parecían mordidas. Daba vueltas a
un lado y otro, y rascándose contra las durezas del suelo, volvían sus
reflexiones a distraerle del acerbo picor.
«¡Vaya, que si Juana Teresa conociera la cama en que duerme el padre
de su difunto esposo, lloraría de lástima; sí que lloraría!... ¡Ella
que cifra su orgullo en la limpieza ideal de las camas, ella, en quien
más que gusto es manía el tenerlas pulcras, inmaculadas, como las
vestiduras de los ángeles!... No hay en el mundo sábanas y almohadas
como las de mi casa de Cintruénigo: huelen a manzanas, a violetas, a
algo más oloroso que las flores, el aseo... Si Juana Teresa y mi nieto
me vieran en esta inmundicia, llorarían... ¡pobrecitos de mi alma!... y
no solo llorarían de compasión, sino de rabia por no poder remediarlo».
Salía Cabrera con mil o dos mil hombres, los más de los días, como en
diversión militar, para hostilizar a Requena y figurar su propósito
de ponerle sitio. En una de estas excursiones, al regresar del campo
entrando por la puerta de Caudete, donde se trabajaba para hacerla
infranqueable, apeose del caballo y examinó las obras. Con seca frase
autoritaria hizo la crítica de lo que no le parecía bien; indicó los
defectos y el modo de subsanarlos con el menor trabajo posible. Viendo
avanzar a don Beltrán, que a duras penas sustentaba una espuerta de
tierra, dio algunos pasos hacia él y le preguntó si era el caballero
Urdaneta.
—Para servir a usted, general —dijo el anciano, mirándole atento y sin
descargarse la espuerta.
—Lleva usted mucho peso... _Eh, tú, Lleuiset, no carregues masa a eixe
pobre home, qu’es un señor poch acostumat a traballs. Sous molt brutos,
y no teniu ni pizca de criteri ni talent, ¡caramba! Es precis que
sapian distinguir entre un home y un señor. A atres que son burros de
veritat, els traten como si foren señorets, y no teniu llástima d’este
pobre vell, acostumat a anar sobre alfombres_.
Comprendió el anciano que hablaba en su favor; y como al propio
tiempo le quitaran la pesada carga que llevaba, murmuró una frase de
gratitud. Cabrera no se hartaba de mirarle, fijándose últimamente en
sus pies y en las destrozadas botas. También don Beltrán contempló a
sus anchas al afamado guerrillero, a quien vio por primera vez en el
campo de Buñol, pasando como un rayo al frente de infernal cabalgata.
Reconoció en él la cara de soberbio gato, que ya había visto y quedó
grabada en su memoria: cara triangular, de pómulos salientes, ojos
grandísimos y negros con la ceja corrida, la nariz de mala forma con
las ventanillas siempre palpitantes. Vestía con elegancia y cierta
presunción de originalidad, no escaseando en su ropa los dorados y
relumbrones; la capa blanca con forro encarnado completaba su típica
figura. Con militar saludo se despidió para entrar en el pueblo. Por
la noche, hallándose los tres viejos en el patinillo, comiendo de las
sobras enviadas por Nelet, llegó un ordenanza que se puso a gritar en
la puerta:
—¿Quién es aquí el marqués?... ¡Eh, marqués!
—Yo soy, buen amigo —dijo Urdaneta, que respondía por aquel título—.
¿Qué se ofrece?
—Pues aquí me manda el general con estas botas —dijo el chico mostrando
un par no muy nuevo, pero en buen estado.
—¡Ah..., ya!..., para que se las limpie... Bien: déjalas ahí.
—No es para que se las limpie, jinojo, sino para que se las ponga... Ya
veo que le hacen falta. El general le manda estas, que no se pone ya,
y para usted están que ni pintadas; todavía en buen uso. Ya le miró a
usted la pata, y sabe que le vendrán bien.
—¡Oh!..., ¡Dios! —exclamó el aristócrata, decidiéndose a recoger el
regalo—. ¿Y el general se acuerda de este infeliz?... Dile que estoy
muy agradecido... ¡Oh, botas de la paciencia, de la humillación, venid
a mis pies!
Y cuatro días después, hallándose en Cheste, emprendida la marcha
sigilosa de todo el ejército hacia el llano de Valencia, fue
sorprendido don Beltrán por un recado del general llamándole a su
presencia en la casa ayuntamiento, donde se alojaba. Allá se fue el
noble viejo, y encontró a don Ramón en una estancia del piso bajo
con trazas de escuela pública, por los cartelones de letras gordas
que colgaban de las paredes. Estaba el caudillo de sobremesa con dos
mujeres guapísimas, de nacarada tez y ojos hechiceros, ataviadas a
estilo popular. Los _caragols_ sobre las sienes, cruzados por ganchos
de oro; el moño de trenzas, atravesado por las agujas, ofrecían el
clásico modelo del peinado valenciano. En sus orejas llevaban los
arcaicos _polques_ de oro con esmeraldas y perlas barrocas, joyas
de apariencia bizantina, y en el cuello hilos de aljófar. Toda la
vestimenta, de tisú, era lujosa y elegante dentro de la más escrupulosa
propiedad. Sin verlas más que como imágenes borrosas, o como bocetos
de admirables pinturas, don Beltrán, olfateando belleza con su
especial nariz de perito en mujeres, las diputó por grandes señoras
disfrazadas de campesinas ricas. Sentábanse a izquierda y derecha
del general, muy arrimaditas; luego seguía un capellán, que parecía
granadero, y al otro lado un cabecilla, en quien, por la facha y rostro
de clérigo afligido, creyó reconocer don Beltrán a Llangostera.
Sospechó el noble aragonés, no sin fundamento, que Cabrera le llamaba
para mostrarle a sus amigos como un objeto de curiosidad, como un ente
raro, consistente la rareza en el vivo contraste entre tanta nobleza y
miseria tanta. Mas no era este el único móvil del llamamiento: había
otro, que el general expresó después de contestar al cortés saludo del
caballero:
—Pues le he mandado venir para advertirle que... esté preparado...
—¿Preparado a qué, general?
—Haría usted mal en creer que le tenemos aquí por gusto de su
co...mpañía —dijo Cabrera, que hablando familiarmente tartamudeaba un
poco: su lengua, disparándose en articulaciones rapidísimas, tropezaba
a cada instante.
—¿Para qué debo prepararme, general?
—El sistema de represalias, que, como usted sabe, es obra de esos
infames cristinos, me obliga a la crueldad, con... contra los
sentimientos de mi corazón.
—Ya entiendo. Es para fusilarme. Bien preparado estoy. Esta vida que
arrastro, señor, vale tan poco para mí, que el quitármela, más que de
cruel, le acreditará a usted de piadoso.
—Yo lo siento..., sabe Dios que lo siento. Co...mpadezco a los que me
veo precisado a sacrificar... Me duele, aunque mis enemigos crean otra
cosa y me llamen tigre... Pero yo digo: todas las inocencias del mundo
juntas no valen la inocencia de mi madre.
—Aunque no temo la muerte, mi conciencia, mi respeto a la verdad, me
obligan a declarar que ni soy espía, ni he venido a esta tierra con
ningún fin político ni militar.
—Sé que no es usted espía. Me lo ha dicho la monja Marcela, que me
merece crédito... Pero aquí cobramos vidas por vidas, y pagamos muertes
con muertes. ¿No se ha enterado usted de que la división de Iriarte ha
cogido prisionero al hermano del conde de Catí, vocal del Consejo de Su
Majestad en este reino?... Pues en cuanto sepa yo que le han fusilado,
ya está usted de más en el mundo. ¿No le parece que esto es natural,
justo y equitativo? Noble por noble, caballero por ca...ballero.
Mientras esto decía el implacable soldado, no se oyó una voz, ni un
murmullo, que indicaran protesta contra tanta barbarie, siquiera
compasión. O la costumbre de tales horrores embotaba en hombres y
mujeres todo sentimiento humanitario, o no se atrevían a manifestarlos.
—¿Puedo retirarme ya? —dijo el viejo sin hacer comentario a la
terrible conminación.
—Espere un poquito..., y sáquenos de una duda. ¿Es usted marqués de
Sariñán?
—No, señor: el marqués de Sariñán es mi nieto, por enlace de mi hijo
don Federico con una dama de la casa de Idiáquez.
—¿Ven como yo acertaba? —dijo una de las mujeres o damas disfrazadas,
por lo que comprendió Urdaneta que habían tenido discusión sobre su
personalidad.
—Y los títulos de usted ¿cuáles son? —preguntole el clérigo.
—Soy señor de la Torre y Casa-Fuerte de Albalate, señor de Rubielos,
merino mayor de Monzón, poseedor de varios lugares, fortalezas,
vasallos y pechos en el antiguo reino de Sobrarbe; señor también de
la Puebla de Olid, con grandeza de España, caballero del hábito de
Montesa, maestrante de Zaragoza..., y no sigo por no ser enfadoso a los
que me escuchan...
—¿No es usted pariente de los Cárceres? —preguntó la otra hembra bonita.
—Si, señora —replicó don Beltrán, gozoso de oír la dulce voz, cuyo
timbre le sonó a nobleza y elegancia—. Ramón Cárcer, cuarto marqués
de Castelbell, es mi sobrino, y primos de mi esposa son los Borrás y
Mezquita, así como Marianito Zagarriga, marqués de Creixel.
—Otra cosa —dijo Cabrera, a quien ya parecía enojoso hablar tanto de
nobleza—. ¿Qué tal le tratan a usted en mi cuartel general? ¿Le dan
bien de comer?
—Señor, un ejército en campaña no puede cuidar del pobre cautivo
inútil, cuya vida no importa a nadie.
—Yo quiero que sea usted tratado con la co...nsideración que merece por
su categoría... Y si alguno le faltase al respeto, lo que tarde yo en
saberlo tardaré en ordenar que le den cincuenta palos.
—No vale hoy esta pobre vida que por ella se machaquen los huesos de un
cristiano.
—_¡Pobre señor! Em dona molta llástima. ¡Y en quina dignitat porta la
seua miseria!_
Algo pudo entender el prisionero de lo que la compasiva dama decía, y
su piedad le llegó al alma. En tanto Cabrera le ofreció un cigarro,
que rehusó, porque no solía fumar a tales horas... Instó el general;
insistió la dama, que de manos de su amigo tomó el puro para
alargárselo a don Beltrán. Cuando este salió del aposento, iba como
fascinado por la voz claramente oída y el rostro turbiamente visto de
la beldad, y echaba de menos sus verdes años para corresponder a la
compasión de ella con un amor grande, solitario y sin esperanza, como
aquel inmenso infortunio de su vejez.
XIV
Mejor tratado desde aquel día, el prisionero vio urbanidad y
benevolencia en algunos rostros; pero nada lo maravilló como la
radical mudanza del capitán Santapau, a quien conocía por el familiar
nombre de Nelet. Empezando por mostrarse con él menos esquivo, se
humanizó en un día, en otro se trocaron sus asperezas en afabilidad
cariñosa, y acabó por declarar a don Beltrán su sentimiento de haberle
ofendido y su deseo de trabar con él amistad. Aceptó gustoso este
cambio de actitud el buen viejo, y sospechando que alguna recóndita
intención se traía su flamante amigo, esperó a conocerle mejor para
juzgarle. Respecto al paradero de Marcela, a quien había perdido de
vista desde antes de la acción de Buñol, díjole Nelet que Cabrera la
había mandado encerrar en un convento de monjas, hasta que decidiera
el Vicario general por don Carlos, que actualmente se hallaba en
Navarra. A juicio de Cabrera, no era decoroso ni ejemplar que una
señora religiosa anduviese al zancajo por los caminos, suelta de
toda disciplina; pero Santapau no participaba de esta opinión,
pues las benedictinas de Sijena estaban exentas de clausura, como
había declarado nada menos que el concilio de Trento. Conocedor del
monasterio y de su poética historia, el capitán había estudiado
el asunto, y podía demostrar a su jefe la razón y derecho con que
peregrinaba la santa señora y esposa de Cristo, Marcela Luco.
—Bien, hijo, bien —dijo don Beltrán, barruntando a dónde iba a parar
el guapo Nelet—. También yo veo con simpatía la libertad monjil, y
en este caso la creo muy acepta a los ojos de Dios, pues, si no me
engaño, Marcela corretea en seguimiento de intereses que quiere aplicar
a grandiosas fundaciones pías, para mayor esplendor de la fe y de la
Iglesia.
Decían esto camino de Valencia, como a tres leguas de Chiva, donde
habían pernoctado. Las intenciones de Caín llevaba Cabrera en
aquella marcha, pues informado por sus espías de que los restos de
la división de Crehuet, derrotada tres días antes en Buñol, andaban
por aquel término, iba en su seguimiento, bien afiladas las uñas para
destrozarlos. ¡Espléndido país aquel, hermoso cielo, alegres campiñas,
que aun en invierno dan testimonio de su fecundidad! Aspiraba don
Beltrán el templado aire que por el aliento metía en los cuerpos la
vida, la esperanza, el contento del vivir; que duplicaba el vigor de
los jóvenes, y a los viejos les aliviaba el peso de los años. Pensaba
que aun para despedirse de la existencia es bueno un suelo feraz, un
ambiente templado, una tierra pródiga en flores y frutos.
Los mil doscientos cristinos de infantería y el escuadrón de Lanceros,
que, con los milicianos de Valencia y Liria, habían recibido órdenes
de concentrarse en la capital, marchaban confiados, mal dirigidos,
desconociendo con angelical inocencia el país que pisaban y el enemigo
que tan cerca tenían. Como unos borregos de Dios se entregaron al
descanso en un pueblo llamado Pla del Pou... Cuando más descuidados
estaban, vieron encima la caballería carlista. No les dio tiempo ni
para tomar posiciones, ni siquiera para escapar con algún orden. No fue
batalla, fue una carnicería sañuda: desordenada la caballería cristina,
se enredó en ella la infantería, como una deshecha madeja en las patas
de un animal que da vueltas sobre sí mismo. Los carlistas no combatían;
mataban a su gusto y satisfacción. Los liberales no eran soldados,
sino reses. Algunos de a caballo pudieron escapar; los pistolos que
no perecieron en la matanza, entregáronse a discreción, para que los
matarifes hicieran de ellos lo que quisiesen. Por de pronto, allá iban
todos, prisioneros y vencedores, hacia Valencia, y ya que para embestir
a esta grande y fuerte ciudad no tenía Cabrera poder bastante, se
plantó en Burjasot, lugar cercano, para verla al menos y que ella le
viese. Aunque de escaso relieve, la eminencia en que está fundado aquel
pueblo es como atalaya que domina la huerta feracísima, y a lo lejos
el apretado caserío de la ciudad, guarnecida del verdor perenne de los
naranjos, y destacando sus torres y chapiteles sobre una espléndida
faja de mar azul.
Tan contentos llegaron a Burjasot los soldados del absolutismo, que
no pensaron más que en celebrar su triunfo con la vena de abundancia
que aquella lozana tierra les ofrecía. Guerreros infatigables que
devoraban leguas y corrían de una comarca a otra con presteza gatuna,
traían hambre atrasada. El país donde comúnmente operaban, Maestrazgo,
desierto de las Palmas, riberas del Palancia y Mijares, riberas del
Guadalope y Río Martín, puertos de Beceite y de Ademuz, estaban ya
esquilmados. Valencia era el oasis, la frescura, el descanso, la vida
plácida con regalos mil. No fue de iniciativa de Cabrera, como se ha
creído, el festín de Burjasot; fue idea de algunos jefes, y de la
oficialidad y subalternos, que ya anhelaban comer y beber sin tasa
para reponer el cuerpo de tantas fatigas. Bien se lo habían ganado:
lo menos que podían hacer era consagrar un día, unas horas a dar a
sus cuerpos algún goce de gula, pues todo no había de ser marchas,
hambres y sofoquinas. Pedido permiso al general, este lo dio de buena
gana, porque si sabía utilizar hasta la última tira de pellejo de sus
soldados, también gustaba de que se divirtiesen y solazaran cuando la
ocasión lo permitía.
Parte del vecindario invadió el campamento, metiéndose entre la tropa.
Iban unos por afecto a la causa carlista; otros por curiosidad; muchos
por ofrecer y colocar hortalizas, carne, peces, patos, frutas y hasta
flores, que ya abundaban en aquel despuntar de la primavera. Habían
dispuesto celebrar la comilona en aquella parte culminante del pueblo,
formada de terreno calizo, bajo el cual se extienden los famosos silos
o graneros subterráneos para depósito de cosechas. La iglesia de San
Roque, objeto de gran devoción, situada también en la eminencia y no
lejos del pueblo, encara su frontis hacia Valencia y el mar, como
recreándose en tan bello panorama.
Pronto se vio la vasta planicie llena de cuanto Dios crió, viandas
regaladas, viandas adquiridas. Se nombró una comisión que cuidase de
allegar cucharas y tenedores, algo de mantelería y vasos para los
jefes, y el obsequioso vecindario facilitó al instante todo cuanto se
deseaba. Por aquí se encendían hogueras; por allá preparaban peroles y
sartenes; en un grupo de soldados desplumaban patos; en otro desollaban
corderos. Subían el pueblo en hombros zafras de aceite y pellejos de
vino, cestos de naranjas, rimeros de lechugas. Soldado había que en
estos acarreos se atracaba de forraje, como aperitivo. El vino empezó
a correr desde el primer momento, vaciando los pellejos en jarros,
estos en los pocos vasos que había para tantas bocas. Los carlistas más
señalados en la localidad por su fanatismo subieron sobre sus duros
cráneos grandísimas mesas, y montones de sillas, enganchadas traviesa
con pata. Manteles también vinieron, aunque no tantos como habrían sido
menester. Toda escasez se podía perdonar menos la del vino, que se
remedió duplicando la provisión de hinchadas corambres.
A las tres y media el aspecto de la bacanal era imponente: comían,
devoraban sin orden ni medida, la tropa en el suelo, diseminada en
grupos a los bordes de la meseta; los sargentos sentados también en
tierra, formando cuadros con relativa corrección; más allá oficiales,
unos de rodillas, otros _ensillados_, algunos tendidos a la romana.
Frente a la ermita había mesas, donde se veía la figura clerical de
Llangostera y la cara de corcho de Tallada, en la cual se confundían la
picaresca malicia y la ferocidad. Otras personas calificadas se veían
por allí: el subdelegado castrense, del cual podían ser retrato los
odres de vino que acababan de traer; intendentes, cirujanos, mariscales
mayores. Los capellanes se señalaban por su ausencia, pues una grave
ocupación les retenía en el pueblo. Cabrera, mal humorado, sintiendo
algún recrudecimiento de sus achaques, y molestia en sus mal cerradas
heridas, se sentó un rato en la primera mesa; después iba de una parte
a otra, hablando con todos, recibiendo felicitaciones. Las miradas se
le iban hacia Valencia; apretaba las mandíbulas cuando sus íntimos le
decían:
—Don Ramón, estamos a las puertas del cielo... Haga una de las suyas, y
llévenos allá.
En las clases inferiores reinaba una jovialidad frenética. Grupo
hubo en que empezaron por los postres, las dulces algarrobas; luego
descuartizaban un pato, tirando en cruz de las patas y alones. Aquí
comían las lechugas sin aliñar, en rama; allí naranjas a bocados
mordiendo la cáscara, y encima pescado frito, o a medio freír; vino
sin tasa; después bollos de aceite, y lonjas de tocino con azúcar. En
las mesas o tenderetes de preferencia hubo arroces quemados, arroces
crudos, anguilas, pajeles, pájaros y hasta morcillas; en otros comían
el cordero a medio asar, chorreando sangre, partiéndolo con las
espadas, por no abundar los cuchillos. El regimiento 1.º de Tortosa
tenía una murga militar de una docena de instrumentos, trombones
abollados, bombo, platillos y chinesco. Agregados a ella algunos
músicos cogidos a las tropas de la reina, compusieron una mediana
banda, la cual, desde los comienzos del banquete tocaba _escogidos
trágalas_, la jota y otras piezas de baile. Su discorde ruido hacía
juego con los manjares a medio condimentar y con la desafinada alegría
del festín. Aquí y allí gritaban: «¡Que se callen esos perros!» y
tenían razón, pues los de la banda eran verdaderos sicarios del arte
musical.
Casi a la fuerza fue llevado don Beltrán por Nelet a uno de los grupos
que comían en el suelo; y apenas se había sentado, viendo que el
capitán se retiraba, le dijo:
—¿Pero usted, Santapau, no come?
A lo que contestó Nelet, condolido de sí mismo:
—Ahora no puedo: tengo que fusilar.
—¿Pero qué?... ¡Ahora!... —exclamó aterrado el viejo, levantándose de
un brinco, inverosímil para su edad.
—¿Pues qué creías tú, abuelo? —dijo un teniente, que desde el principio
de la comida estaba entre dos luces—. ¿Creías que les íbamos a
perdonar..., y a convidarles encima?
Antes de que pudiera contestarles, resonó el estruendo de una
descarga... Corrió don Beltrán hacia donde la humareda se veía, y
distinguiendo los desnudos bultos de cadáveres junto al tapial del
cementerio contiguo a la iglesia, lanzó una exclamación de horror y
se llevó las manos a la cara. Veinte infelices habían caído ya. A
poco trajeron otra cuerda: eran veinticinco, entre ellos los cadetes
valencianos que acababan de ingresar en el ejército, y se estrenaban
en aquella tragedia. Venían en cueros, resignados, los menos con pocos
ánimos, tropezando en el camino; los más, altaneros, provocativos.
Algunos de ellos, alargando sus brazos hacia la embriagada turbamulta
del festín, gritaron frenéticos... «¡Viva Isabel II!»... La descarga
les cortó la palabra y el fervor de sus exclamaciones; luego, los
tiros sueltos para rematarles sonaban a cacería. Excitados con los
vivas insolentes de las víctimas, la soldadesca entregada a la gula
prorrumpió en gran vocerío aclamando a los suyos, escarneciendo a
los vencidos, que no tenían bastante con la muerte. Mientras traían
otra cuerda del cercano corral donde les desnudaban, en la explanada
vaciaron más pellejos. Los vacíos yacían en el suelo como cuerpos
despanzurrados, sanguinolentos. En algunos grupos, donde con la
borrachera se había perdido hasta el último destello de razón,
gritaban: «Más, más». ¿Qué pedían? ¿Más bebida o más muertes? Las dos
cosas: vino bautizado con sangre.
Soldados del _Serrador_ y de Tallada cogían entre dos los muertos,
por pies y cabeza, y los iban arrojando a un lado, formando montón.
Las gentes del pueblo, que al principio de la matanza se aproximaron
con instintiva curiosidad y querencia insana del terror, huían ya
despavoridas. La musiquilla seguía lanzando su chillar bufonesco en
medio de la melopea espantosa de tal tragedia, declamada por los
fusiles de una parte, de otra por los ayes lastimeros o los arrogantes
apóstrofes de las víctimas. Si pavoroso era el estruendo de las
descargas, no lo era menos el graznido lúgubre de la banda o murga, y
el coro desenfrenado y soez de los que comían, bebían y pateaban sobre
el propio Calvario... Movido de inmensa compasión, de un sentimiento de
protesta contra tanta barbarie, se fue don Beltrán con paso torpe hacia
donde fusilaban... Le entró el delirio de unir un grito suyo al de los
que gritando morían. No sabía por dónde andaba... Una mano vigorosa le
apartó diciéndole:
—¿A dónde va, buen hombre? Atrás, o le coge una bala...
Retirose, metiendo los pies en un charco de sangre... Vio los cuerpos
desnudos retorciéndose en el suelo, y la presteza con que los
remataban, como quien extermina una plaga de animales dañinos. Huyó el
pobre señor horrorizado, sin saber a dónde iba a parar; y más abatido
por efecto del pavor que del cansancio, se dejó caer en tierra. Una
nueva descarga, alaridos, vivas y mueras, y el coro de los bebedores,
que ya era ronco, con voces arrastradas, grotescas, llevaron al colmo
su espanto. Se tapaba los oídos: sus miradas buscaban en el movimiento
de los grupos algo que indicase la terminación de la matanza; pero
nada veía. El humo cubría la hecatombe. Volviendo sus ojos al cielo,
ansiando ver algo que borrase de su espíritu la impresión de tales
horrores, contempló un instante la inmensidad azul, calmosa y pura.
XV
No había concluido la función. Despachados los sargentos y oficiales,
empezaron a exterminar soldados... De arriba gritaban:
—¡Más, más..., todos!
Y los que se acercaron a Cabrera intentando convencerle de que el
escarmiento no debía pasar de allí, oyeron de él la fría respuesta:
—Hoy no les niego nada.
El general, molestado por horrible acedía, y con su boca llena de
un amargor insano, el rostro lívido, la mirada menos brillante que
de ordinario, no había tomado más que un poco de vino con agua. Su
inapetencia habría necesitado quizás, para remediarse, espectáculos
menos terribles; o era que ni aun con los triunfos recientes se hallaba
satisfecho, y su insaciable ambición pedía más al adusto genio que le
protegía. En medio de las alegrías del festín y de los horrores de
la matazón, más que matanza, su espíritu se distraía de la realidad
presente, para volar hacia la ciudad cercana, bella y rica. Los ojos
se le iban hacia allá, como si contar quisiera las torres y cimborrios
de la que solemos llamar _ciudad del Cid_. ¡Qué no daría aquel nuevo
dominador de pueblos por poderla llamar suya! Mirándola con ojos de
codicia más que de amor, parecía decirle: «Ya ves cómo trato a mis
enemigos. Permito a mis soldados que hagan esta pira de cadáveres, para
que en ella veas a Cabrera. Aquí estoy; mírame; quiero que tiembles
mirándome, quiero que toda España tiemble ante mí».
Terminados los fusilamientos, un amigo de Nelet recogió a don Beltrán,
atontado de la fuerza del susto, y le llevó a su alojamiento. A prima
noche, Nelet le hizo acostar, dándole vino caliente, y el pobre señor,
con los cuidados que su amigo, antes enemigo, le prodigaba, descansó
del molimiento y de la pavorosa impresión, despertándose al toque de
diana con regular apetito y el espíritu fortificado de resignación, así
cristiana como filosófica. Vivía en los dominios del terror trágico
y en las fronteras de la muerte: cuando llegara para él la hora del
martirio, sabría, pues, afrontarlo con valor y dignidad.
Desayunándose con los restos del banquete, las tropas se pusieron en
marcha muy temprano, dejando intacta la pila de muertos para que los
enterraran los vecinos de Burjasot, si querían; algunos batallones
se aproximaron a Valencia simulando un ataque. El amago, sin más
objeto que amedrentar al vecindario, significaba un ¡_si voy..._!
Pero no iba: para tal empresa no bastaban la audacia y la agilidad.
Contentábase Cabrera con aumentar su hueste, con organizarla y darle
hábitos y educación de ejército poderoso; sus crueldades no eran el
nefando goce del mal, como en el depravado cura Lorente: eran los
resortes de una infernal política, pues en su conocimiento del país
y de los hombres, el _leopardo_ no veía más camino que la fascinación
terrorífica para domar a los pueblos. Destruyendo media España,
aseguraba el imperio sobre la otra media.
Hecha la demostración ante los muros de Valencia, emprendió Cabrera
con su ejército la marcha hacia la Plana de Castellón, sin decir a
nadie a dónde iba ni qué planes llevaba. Santapau, recién ascendido a
comandante, mandaba el 3.º de Tortosa, y en su estreno de plaza montada
brindó a don Beltrán con la participación de su cabalgadura, llevándole
a la grupa en todo aquel caminar, que no fue de los más acelerados.
Dispuso el jefe una marcha por la margen derecha del Palancia, como
si quisiera embestir a Segorbe; descendió inopinadamente hasta Sot de
Ferrer; pasó el río, y a los dos días de lo de Burjasot, pernoctaba
en Alfandeguilla. Afirmose en tan larga correría la amistad entre don
Beltrán y Nelet, ganando este con delicadas confianzas el corazón
del anciano. A poco de emprender la primer jornada, y observándole
taciturno y receloso, díjole que el general había manifestado, respecto
a su noble cautivo, sentimientos de benevolencia y estimación. La
verdad de esto demostráronla los hechos, pues en la parada que hicieron
en Rafelbuñol, presentándose la noche lluviosa y fría, Cabrera mandó a
don Beltrán un capote suyo en buen uso para que se abrigase. Cuidaba en
tanto Nelet de apartar para él la mejor comida, y en los alojamientos
le agenciaba toda la comodidad posible. Tanta era en Urdaneta la
gratitud como la confusión, y llegó a sospechar que tales obsequios
significaban un refinamiento de crueldad, y que le regalaban como a los
condenados a muerte antes de quitarles la vida. Descansando y comiendo
al pie de unos robustos algarrobos, después de pasar el Palancia, Nelet
intentó quitarle de la cabeza los temores de fusilamiento, diciéndole
que tal vez Cabrera le retenía con fines muy distintos de los que
supone la prisión por rehenes. No comprendía el viejo qué fines podían
ser aquellos, dada su inutilidad, y ambos estimaron que el noble señor
debía esperar los acontecimientos, tomando lo que le dieran, comiendo
de lo mejor que hubiese, y abriendo su espíritu a la confianza.
—Dispuesto estoy —dijo Urdaneta— a comer todo lo que me traigan, y a
ponerme la ropa del general, si continúa mandándome algunas piezas
útiles. Pero mi espíritu no puede estar sereno, pues no se aparta de mi
mente la matanza de Burjasot. Soy cristiano; protesto en silencio de
estos horrores, y pido a Dios que los castigue.
—Lo de Burjasot —replicó Nelet con fría naturalidad— no es otra cosa
que una hilada más de la pirámide de justicia que juró construir don
Ramón, hallándose en Valderrobres, en febrero del año pasado. Esa
pirámide no es aún bastante alta para que pueda lucir en su cima la
imagen de aquella santa mujer, María Griñó... Pero ya tocan marcha.
Andando, señor mío. Vamos a Nules, que es plaza nuestra. Yo le aseguro
a usted que allí tendremos ocasión... y además motivos de hablar
largamente.
A las diez de la mañana del siguiente día fue recibido Cabrera en Nules
con arcos de triunfo, cortinas, músicas y danzas populares. Salieron
a felicitarle y a ofrecerle ramitos de flores las chicas guapas del
pueblo; huelgas y merendonas tenían dispuestas los calificados, y por
la tarde corrida de toros en la plaza. En buena casa fue alojado don
Beltrán, y tanto él como Santapau tratados a cuerpo de rey. Salió el
comandante a obligaciones del servicio y a diligencias privadas, de que
su amigo no tuvo conocimiento hasta la tarde, en la ocasión y sitio que
pronto se sabrá. Comieron opíparamente, y cuando toda la oficialidad y
el Estado Mayor a la plaza se encaminaban para ver la función de toros,
Nelet propuso al anciano que, pues ellos no eran aficionados al barullo
y tenían algo que platicar, se fueran a dar un paseo por donde menos
ruido hubiese de festejo y de muchedumbre. Conforme en ello Urdaneta,
se metieron por calles y travesías buscando la soledad, que fácilmente
encontraron, por estar todo el golpe del vecindario en la corrida.
La villa, de construcción arábiga, blanca, de suelo plano y fácil,
les engañó con la tortuosa red de sus calles; y cuando creían haber
andado poco, halláronse lejos, en un arrabal separado del pueblo por
anchas acequias. Metiéndose por entre dos tapias, fueron a dar frente
a una iglesia de frontispicio blanqueado con excepción de la puerta
de piedra, barroca, de columnas salomónicas, de retorcidos follajes y
garambainas.
—Como está usted cansado —dijo Nelet— y esta iglesita nos brinda con
su soledad y silencio, tan a punto para el descanso como para la buena
conversación, entremos, señor don Beltrán, y aquí hablaremos todo lo
que nos dé la gana.
—Dígame, compañero —indicó el viejo cuando Nelet, llevándole de la
mano, le metió en la iglesia, y se sentaron los dos en un banco—. ¿Es
que yo me he quedado completamente ciego, o que está esto más oscuro
que boca de lobo?
—No tema por su vista. Yo tampoco veo nada. Venimos deslumbrados de la
calle. Aquí nadie nos molesta ni nos oye. Voy a mi cuento, empezando
por decir a usted que el hombre más desgraciado del mundo, el más digno
de lástima, es el que con usted habla en este momento. Pensará usted
quizás que mis penas son obra de la imaginación, a lo que contesto
que, aun admitiendo esa idea, no dejan de ser efectivos, terribles,
insoportables los sufrimientos de su servidor. ¡Con decirle que en
Burjasot, cuando mandaba los fusilamientos, envidiaba a los pobres que
allí matábamos como moscas...!
—Pasión de ánimo se llama esa enfermedad; y ella debe de ser motivada
por una mala impresión, por un vivo querer no satisfecho.
—Ya pone su dedo en mi llaga... ¡y cómo me duele! No me equivoqué al
pensar que usted, hombre muy corrido, que ha vivido en esas sociedades
de tono, buen conocedor de hombres y mujeres y de todo el tinglado
social, es el único para confidente, quizás para médico de mis males.
—¡Yo!... Tate..., tate... Amigo Nelet, o soy un niño inocente, o es
causa de sus desdichas ese trastorno del alma, a veces del cuerpo,
que llaman amor. Entre paréntesis... Ya principio a distinguir los
altares... ¿No hay allí dos viejas?
—No, señor: son dos sillas.
—Me da en la nariz, Nelet amigo, que esto es convento de monjas. He
sentido a mi espalda como un murmullo, como un roce de faldas..., y un
cierto olor de incienso de monja..., que es un olor eclesiástico muy
particular... ¿Me equivoco?
—No, señor.
—¿Está aquí detrás el coro?
—Y al través de la verja parece que veo un par de bultos blancos...
—Bueno, siga usted... ¿Conque amor? Y admito, sí señor, que pueda yo
ser médico de tal achaque por mi consumada experiencia, por lo que han
visto estos ojos, por los innumerables afectos de diferentes clases que
han turbado este viejo corazón. Adelante, y abreviemos: ¿quién es ella?
—Antes de saber quién es ella, sabrá usted quién es él. Manuel
Santapau, nacido en un _mas_ próximo a Gandesa, de padres labradores
ricos, no debió a estos una crianza perfecta. Hijo único, sus padres
no supieron enderezarle desde niño por los buenos caminos, y en vez
de contener su natural voluntarioso, le dejaron tomar vuelo; sus
travesuras hacían gracia, y sus sinrazones eran alabadas antes que
reprendidas, resultando que cuando unas y otras, con la edad, empezaron
a ser maliciosas, ya no había autoridad que las contuviera. En fin,
señor: yo, desde los dieciséis años, escandalicé la villa en que
vivíamos, que era entonces Gandesa, y más tarde hice campo de mis
abominaciones a Reus, a Vendrell y a Cambrils. Ausente de la casa de mi
padre, salvo en las épocas en que iba a reponer mi bolsa, me lanzaba
yo con otros amigos no menos inclinados a la vagancia, de pueblo en
pueblo, cometiendo tropelías sin fin. Mis estudios, que no pasaron de
leer y escribir y algo de cuentas, se completaron después en el libro
del mundo, donde aprendíamos toda la ciencia del mal. Era vasto nuestro
terreno, y en él ejercíamos diferentes artes malignas; pero la peor
de estas, y en que yo principalmente despuntaba, era la de seducir
doncellas con mil engaños para abandonarlas luego miserablemente.
Si robábamos alguna vez en ciudades o despoblados, era por modo de
travesura; nuestro botín consistía siempre en jamones y morcillas,
aves y otros comestibles, y jamás tomamos dinero de nadie. Esta es la
verdad; y así como digo lo malo, digo lo bueno o lo menos malo. Alguna
muerte tuvimos sobre nuestras conciencias, todas en riña, a veces
por defendernos de padres burlados, a veces por pendencias de esas
que, sin saber cómo, salen del vino... porque, eso sí, a borrachos y
camorristas, nadie nos ganaba. Aunque me esté mal el decirlo, mi buena
figura era la mejor ayuda de mi perversidad en la campaña de conquistar
mujeres, embobarlas y perderlas sin ninguna compasión. El demonio, que
no Dios, me había dado el rostro para enamorar y las palabras dulces y
mentirosas; y con tales medios, cada día era yo más terrible acosador
del sexo femenino, llegando a no respetar ya soltera ni casada,
seduciendo también por depravación a las que no eran bonitas, y a las
religiosas, a las altas, y a las bajas y a las medianas...
—Perdone usted, Nelet —dijo don Beltrán, que no podía contener las
ganas de interrumpirle—. El tipo de don Juan, que existe desde el
principio del mundo y es de todas épocas, tiene en la nuestra, por lo
muy reglamentada que está la sociedad, poco terreno para sus audacias.
Se lo dice quien ha visto mucho mundo; quien, si se pusiera a contar
lances y aventuras donjuanescas, no acabaría en siete meses. Y yo
pregunto: ¿cómo pudo usted ejercer tan largo tiempo de caballero
seductor, sin tropezar con la justicia que le metiera en la cárcel, con
un padre que le descalabrara, o un marido que le partiera por la mitad?
—Lo encontré, sí señor: tuve mi castigo. Un marido, de Tortosa, me
cogió desprevenido una noche, y con una barra me abrió la cabeza.
Después agarrome por una pata y me tiró a una acequia, donde me habría
ahogado si esta llevara más de medio palmo de agua.
—Acabáramos... Reconozca usted que ya era tiempo, querido Santapau.
XVI
—Sí, era tiempo... Yo me lo tenía muy bien merecido. Por poco no lo
cuento, señor don Beltrán. Me recogió el santero de una ermita que hay
en Roquetas, y a su caridad y a la de su mujer debo la vida. No sé
cuántos días me tuvieron en aquella cueva, debajo de la iglesia, donde
había unos santos viejos tirados en el suelo, con las caras comidas de
polilla, y toda la pintura y la estofa de sus trajes descascaradas por
la humedad. Uno de ellos, que era por las trazas san Antonio de Padua,
pero sin niño, pues este y las manos se le habían quemado en un fuego
de los altares, se puso en pie una noche, y llegándose a mí, me habló...
—¡Nelet!...
—Le veía y le oía, señor don Beltrán, como a usted le oigo y le veo.
Díjome que Dios estaba muy enojado conmigo por mis grandes pecados,
y que en castigo de haber yo perjudicado a tantas pobres mujeres
fingiéndoles un cariño mentiroso, me pondría en el alma un amor
violentísimo y verdadero hacia persona que nunca me había de querer, y
con esta pasión no satisfecha, y con este fuego no apagado, padecería
todo lo que hice padecer a las mujeres que engañé.
—Soñó usted, en verdad, un ejemplo precioso de justicia y expiación.
—Verdadero o soñado, fue un aviso del cielo, según me dijo el fraile
mínimo con quien me confesé al siguiente día, porque yo estaba
arrepentido, sentía como un pestilente sabor de boca, la suciedad de
mi conciencia, y quería limpiarla. Meses después, el mismo fraile de
Roquetas (ya exclaustrado), que miraba por mi salvación espiritual y
corporal, me aconsejó que me alistase en la facción y peleara por los
derechos santísimos del altar y del trono. Así lo hice a fines del 35;
presentome a Cabrera, que me recibió muy bien, y para que me fogueara
me mandó a la partida de Quílez, después a la de Tena. Gracias a mi
arrojo en los combates, a mi puntualidad en el servicio, adelanté
bastante en mi carrera. Era ya alférez y me hallaba en Valderrobres, en
febrero del año pasado, cuando los monstruos liberales dieron muerte
a la madre de Cabrera; teníamos en rehenes en el dicho Valderrobres
a cuatro señoras: la esposa del coronel Fontiveros; Mariana Guardia,
hermana de un urbano de Beceite; Paca Urquiza y Cinta Foz, hermana
y madre de otro urbano. Don Ramón las trataba con mucho miramiento,
convidándolas a su mesa algunos días, y cortejaba a la Paquita: se
corría la voz de que era su novio por lo fino y que se casaría con
ella. Pero cuando supo la muerte de María Griñó, el furor de aquel
hombre fue tal, que juró al cielo derramar sangre inocente hasta anegar
los valles y volver rojos los pequeños y los grandes ríos. A mí me tocó
el paso amargo de fusilar a las cuatro mujeres. La Mariana Guardia me
gustaba, y bromeando le había dicho yo cuatro cuchufletas de tentación,
picado de mi antiguo vicio... Al ponerlas de rodillas en el cuadro,
después de confesadas por el padre Vallés, el mismo frailecico que a
mí me auxilió en Roquetas, las pobres, llorando como Magdalenas, me
pidieron por Dios que no las matase. Pero yo, ¿qué había de hacer? La
disciplina, que es más fuerte que la conciencia, me hizo de hierro el
corazón... Murieron... A Mariana tuvimos que rematarla, porque con los
tiros primeros no quería morirse, y sus ojos se cuajaron, echándome una
mirada que me traspasó... Ello fue que sentí luego un frío mortal,
y al poco rato caí con tremenda pataleta y convulsiones, blasfemando
y clavándome las uñas en el rostro... Por la noche, hallándome en un
catre, donde me pusieron con los brazos atados para que no me golpeara,
vino el demonio, y cogiéndome por los cabellos, me llevó a un alto
monte que llaman Cretas, y allí...
—Alto, amigo —dijo don Beltrán—, esa no cuela...
—Porque no cree en ello. Pero yo sí, y sostengo todo lo que he dicho.
Tan cierto como que estamos aquí, lo es que me vi en el picacho de
Cretas, entre una caterva de demonios que allí estaban congregados; y
después de zarandearme jugando conmigo a la pelota, me mandaron que les
adorase, a lo que yo no accedí, y pusiéronme delante toda mi historia,
representada en las figuras de las mujeres que perdí y ultrajé, las
cuales iban pasando como las estampas de un libro... Ni por esas me
conquistaron; y cuando el demonio mayor, o capitán de ellos, me volvió
a mi catre, arrojándome en él medio muerto, llamé al padre Vallés, que
me consoló, haciéndome aprender de memoria oraciones que bien rezadas
ahuyentarían los espíritus malignos.
—¿Pero cree usted eso, pobre Nelet?
—¡Que si lo creo! —exclamó el guerrero con una convicción tan profunda
y tenaz que don Beltrán juzgó inútil emplear contra ella las armas de
la razón—. ¡Pues si fuera tan cierto que he de salvarme!
—Siga, y lleguemos pronto al punto principal: ¿quién es ella?
—Ahora sale... Restablecido de aquel mal demoníaco, de cuando en
cuando venía por mí el diablo que quería ser mi amigo, y me llevaba
por los aires, o al fondo de las cuevas que hay en la Portillada, o a
los breñales espesos del río Nonaspe, en lugares a donde ni los búhos
penetran. Era el mes de agosto, y me hallaba con el _Fraile Esperanza_
en Calaceite, de vuelta del Mas del Hortal, donde nos habíamos batido
con Nogueras, cuando me encontré, sin saber cómo, frente a una caverna,
en noche cerrada, y oí una música preciosísima, que no puedo comparar a
ninguna música de este mundo.
—Sobre todo a la de la banda de Tortosa.
—De la gruta salió una luz azul, muy suave..., y por fin, de en medio
de esta luz una mujer... No puedo dar idea ni de la luz ni de la
hermosura de la señora, ni sé cuál de las dos cegaba y confundía más.
—Sería rubia...
—No, señor; morena, de ojos negros, el pelo suelto y corto, caído
sobre los hombros con infinita gracia, la mirada como de los santos
en oración, los pies desnudos, el cuerpo vestido de un sayal de
penitente...
—Verde y con asa... Marcela... Ya me figuraba yo que en esto habían de
venir a parar todas esas jugarretas diabólicas... Bueno, ¿y le dijo
usted algo?... ¿Ella le habló?
—No, señor; palabras no hubo; nada más que el quedarme yo extático,
como sin sangre en las venas, la voluntad sobrecogida, y sentir que
toda la vida la tenía en el corazón, y que en él se me metió un amor
muy vivo y abrasador que de aquí no ha querido salir más.
—Pero se me ocurre una grave objeción. Fíjese usted en las fechas antes
de lanzarse a referir sus leyendas, Nelet. Ha dicho que en agosto fue
la maravillosa visión. Pues en agosto, según mi cuenta, Marcela no
había salido aún de Sijena, ni podía presentársele en esa traza de
penitente...
—Pues ahí está lo maravilloso, lo sobrenatural, que confunde a los que
solo creen y testifican las cosas ordenadas conforme al tiempo y a la
verdad que se toca. Yo vi a Marcela antes de que ella adoptase la vida
y hábitos de peregrina. Y en esta anticipación de las cosas advierto
que es ella la destinada por Dios a la obra del terrible castigo que
quiere imponerme, condenándome a una sed no saciada, y a un afecto no
correspondido.
—Bueno; concretemos. ¿Dónde vio usted a Marcela en realidad... de ella
misma?
—En la Ginebrosa, y no me sorprendió el verla, pues ya la conocía por
su aparición, que he referido.
—¿Le habló usted?
—Le pedí amores, y me contestó muy esquiva, huyendo de mí. El segundo
encuentro fue en Nuestra Señora del Pueyo. Le habló con galantería fina
y discreta que salía del corazón, y me dijo que no sentía por mí más
que asco y desprecio. Yo iba mandando una partida; en mi desesperación
se me ocurrió fusilarla, para matar con ella mi tormento... Pero no me
atreví. Despidiéndola, le dije: «Vete, hechura de Lucifer, adonde yo
no te vea más, que si otra vez te cruzas en mi camino, te fusilo sin
compasión...». Parecíame que sacrificándola me libraba de mi suplicio,
y que después podía seguir queriéndola hasta que me muriese o me
matasen... Darle muerte no me parecía crueldad, sino una forma de amar,
a mi manera, estilo de gran pecador y visionario de cosas grandes...
—¿El tercer encuentro...?
—De él fue usted testigo.
—¡Ah!... En la maldita Codoñera. Tiemblo de recordarlo... De lo que
sigue tengo noticia, y la última es que Cabrera la mandó a un convento,
porque no gusta de monjitas correntonas.
—Sí, señor..., y el convento donde está encerrada es este.
—¡Este! ¡Valiente pillo! —dijo don Beltrán levantándose y dando algunos
pasos hacia el coro.
—Cuidado, señor..., que no nos conviene llamar la atención.
—Como si lo viera. Los tratos de usted con los demonios ya sé yo en
qué vendrán a parar, caballero Nelet —indicó el prócer, volviendo
al banco—. Estamos preparando una hazaña donjuanesca: violación de
clausura, rapto de virgen del Señor... Pero entendámonos: ¿trata usted
de sacarla por su gusto, por el orgullo de robar una monja, o porque
ella le ha dicho: «Nelet, ¿cuándo tocan a robar?».
—Ella no me ha dicho eso; pero constándome que le agrada la libertad,
hace días, por un propio muy listo que mandé a Nules, le propuse
abrirle las puertas de su encierro, y me contestó que en ello no había
pecado, sino observancia de las disposiciones del Concilio de Trento.
El capellán del 3.º, hombre muy leído, me ha prestado unos librotes
en que están la fundación e historia de Sijena, y con esa lectura mi
conciencia no se escandaliza del hecho de libertar a Marcela. Estoy
tranquilo; he tomado mis medidas...
—Todo esto, mi querido Nelet —dijo don Beltrán reverdecido—, es
hermoso, es poético y dramático. De la esencia de estas aventuras de
amor vive el alma.... Por tales emociones y otras semejantes, no es el
mundo un presidio. Dígame usted...
—Ahora, mi ilustre amigo, no puedo decir más, porque tenemos que
separarnos. Es la hora precisa de ver a la demandadera, la cual ha de
darme de palabra o por escrito una razón, por donde sabré si la empresa
se acomete esta noche o se deja para la de mañana. Aguárdeme aquí, que
no estará solo más que el tiempo que yo tarde en esta diligencia.
Mientras estuvo solo, Urdaneta se dio a reflexionar en el extraño
caso, que a su parecer justificaba el dicho del teniente Estercuel. La
guerra, el país, la raza, renovaban en todo los tiempos medievales.
La vida tomaba esplendores poéticos y risueñas tintas que se mezclaban
con el rojizo siniestro de la sangre, tan sin medida derramada. Exceso
de vida era quizás, plétora de sentimientos y pasiones. El fondo, por
añadidura, ofrecía característica decoración natural y el teatro más
adecuado a tal desbordamiento de vida. La mezquina civilización _a la
moderna_ se desvanecía, se borraba como un afeite mal aplicado, dejando
solo las querellas feudales, el ardor místico, la superstición, las
crueldades horrendas y eminentes virtudes, el heroísmo, la poesía, la
intervención de ángeles y demonios, que andaban sueltos y desmandados
por el mundo.
Volvió Nelet gozoso al cuarto de hora, y cogiendo del brazo a su amigo,
le llevó fuera, a punto que un monaguillo a cerrar se disponía.
—Y qué, ¿será esta noche? —preguntó el anciano, taconeando fuerte por
el puentecillo de la acequia.
—Aún no he leído su carta —replicó Nelet, que de la fuerza del contento
temblaba.
—¡Ha escrito!...
—Y además me manda unos versos. Vámonos a prisa, que por el ruido que
se oye y la gente que se ve venir hacia estos barrios, paréceme que
ha terminado la corrida. Esta noche, después que yo lea la carta,
seguiremos hablando... Aún me queda lo mejor. Porque yo no le he
contado a usted a humo de pajas mis desgracias y aspiraciones. Yo he
visto en el señor don Beltrán de Urdaneta, noble de antiguo cuño,
caballero muy corrido y de grandísima ciencia en cosas mujeriles,
la única persona del mundo que puede guiarme al fin que deseo tanto
como mi salvación: que Marcela me ame, que pueda yo, triunfando de su
esquivez, dar al traste con la leyenda de mi castigo, que me espetó san
Antonio en la ermita de Roquetas.
—Yo tendré un placer inmenso —dijo el aragonés, parándose para hacerse
oír mejor— en ilustrar a usted con mis conocimientos en materia tan
grave. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí: ciencia
dolorosa, amigo mío, porque los maestros no llegamos a este doctorado
sino a fuerza de amarguras y sufrimientos. En mí tendrá usted un asesor
desinteresado; pero deje aparte toda consulta referente a espíritus
más o menos diabólicos, pues yo no los he visto en mi vida, ni sé
nada de esos caballeros. Eliminadas las potencias infernales, yo le
aconsejaré lo más eficaz para conquistar el corazón y la voluntad de
esa doncella... ¡Y que no es floja bestiecilla la que hay que domar!...
Santa y arisca, filósofa y hombruna... Pero ya veremos, ya veremos...
Llegaban al centro de la calle Mayor, donde se aposentaban, y ya no
pudieron hablar más de su asunto, porque Nelet se vio rodeado de
compañeros y amigos. Todos ellos, y don Beltrán no de los últimos,
pensaron en matar el hambre, lo que no era difícil entre un vecindario
casi totalmente afecto a la Causa, y que se desvivía por obsequiar a
sus defensores. En los bajos del ayuntamiento, las estancias habían
sido convertidas en comedores, donde se agolpaban oficialidad,
capellanes y calificados vecinos del pueblo, mientras en el piso alto
se hacían regios honores al general y a su Estado Mayor. Los compañeros
de Nelet se acomodaron en una salita próxima a la escalera, donde
se les dispuso espléndido comistraje, con mariscos y pescado, arroz
exquisito y otros manjares de grande estimación. Con no poca estrechez
se fueron acomodando, no sin designar un puesto al noble cautivo. Mas
no había tomado la primera cucharada de sopa, cuando entró un ayudante
del general con este mensaje:
—El señor de Urdaneta, que suba. El general le convida a comer.
—¡A mí!... ¿Está usted seguro de que...?
—Vamos, dese prisa. Están aguardando por usted.
XVII
La entrada de don Beltrán en la sala del festín, donde ya ocupaban sus
asientos los comensales; el despejo y cortesía con que, adelantándose
hacia el general, compendió en una sola frase el saludo y las gracias
por el honor que se le dispensaba, cautivaron a todos los allí
presentes: bien se veía al aristócrata de raza, maestro en arte
social. Con raras excepciones, los jefes carlistas que se sentaban
a la mesa del general eran unos pobres gaznápiros, elevados por sus
prendas militares a posiciones de las cuales desdecía su educación. Tal
coronel había sido arriero, el otro pescador; sacristán, uno de los
intendentes; contrabandista de mar y bandido de tierra el jefe de la
caballería, sin que ninguno de ellos poseyese el genial instinto con
que Cabrera supo borrar de sus modales la humildad de su origen. Mal
vestido y roto, don Beltrán descollaba entre aquella gente, que aun en
el modo de mirarle revelaba la conciencia de su inferioridad. Hubo uno,
vecino de Nules, que, menos avisado que los demás, se permitió decir al
prócer:
—Vamos, abuelo, que no estará usted poco _inflao_. En toda su vida ha
tenido honor como este... ¡comer con nuestro general ilustrísimo!
—Honor grande, que agradezco mucho —replicó don Beltrán—; pero que no
es nuevo para mí. Yo he comido con Napoleón.
Esto de comer con tan grande celebridad produjo estupor, que se fue
trocando en admiración. A lo largo de la mesa sonó un murmullo.
Cabrera, hombre muy desahogado en toda circunstancia, mandó a Cala y
Valcárcel, sentado a su izquierda, que desocupase el puesto, y haciendo
una seña al caballero aragonés, le dijo:
—¡Con Napoleón!... ¿Luego era usted su amigo? Véngase a mi lado para
que me cuente...
Trocados los asientos, ocupó Urdaneta la izquierda del general, y
accediendo a sus deseos, prosiguió así:
—No debí decir Napoleón, sino Bonaparte, porque ello fue antes de la
primera campaña de Italia. Él tenía entonces menos edad que tiene usted
ahora; era delgado, melenudo...
—Sí, sí —dijo Cabrera con admiración infantil—, poseo su retrato en la
_Vida de Napoleón_ con láminas, que he leído cien veces, pues no ha
existido hom...bre en el mundo que yo admire más.
Refirió don Beltrán escenas y pasajes interesantísimos de 1795 y 96,
años IV y V de la República (¡ya había llovido!), por él presenciados,
y añadió anécdotas graciosas, más atractivas que la historia misma; y
con tal agrado Cabrera lo oía, que hasta se le olvidaba el comer por no
perder concepto ni palabra.
Y entre cuento y cuento, viéndose el aristócrata tan obsequiado, se
decía, comiendo tranquilamente: «Tanta finura me da muy mala espina,
pues de este tío no hay que esperar compasión: cuando se le hinchan las
narices, ni hay para él amigos, ni tienen valor alguno sus atenciones
y arrumacos. No puedo olvidar lo que me ha contado Nelet. A las cuatro
desdichadas mujeres que en rehenes tenía en Valderrobres, las sentaba
a su mesa, prodigándoles obsequios mil. A la de Fontiveros le permitía
dar paseítos en una jaca, que aparejaron para ella, y a la chica de
Urquiza le hacía el amor por lo fino con tanta insistencia, que hasta
corrió la voz de que se casaban. Todo lo cual, ¡Dios mío!, no impidió
que las mandara fusilar al saber la muerte de la Griñó. ¡Vaya un nene!
Y no hay que hablar de arrebato, pues Cabrera supo lo de su madre el
20, si no estoy equivocado, y la matanza de las rehenes fue el 27.
Sentenciadas días antes, no las mandó ejecutar hasta que no supo que
sus dos hermanas, presas en Tortosa, se habían escapado... No me fío,
_leopardo_, no me fío de tus halagos, y aunque me pases por el lomo la
pata blanda, con las uñas escondidas, sé que las tienes muy afiladas,
y que el mejor día, cuando más tranquilo esté el pobre don Beltrán...,
¡pum!, al otro mundo...».
—¿Por qué suspira usted? —le preguntó Cabrera—. ¿Está descontento del
trato que le damos?
—¡Oh!, no, señor. Estoy muy satisfecho y muy agradecido. Encuentro
simpatías en su ejército, y en él he podido hacer algunas amistades
gratísimas. Pero bien sabe usted que la privación de la libertad
difícilmente halla consuelo.
—Es muy sensible —le dijo el _leopardo_ hacia el fin de la comida o cena—
que la ley de guerra, que no puedo eludir, no puedo..., me obligue a
tenerle a usted bien trinca...ado en mi ejército, para que su vida me
garantice la de otro aristócrata que tiene en su poder Iriarte... Pero
usted podría ahorrarme a mí el disgusto..., ya me entiende, y al propio
tiempo salir de esta situación molesta... Sí, señor, comprendo que es
car...gante eso de estar un hombre con la idea de que le van a pegar
cuatro tiros... Sí, señor, usted podría...
«Te veo venir», pensó el anciano, antes de preguntarle cuál era el
remedio de su angustiosa incertidumbre.
—¿Por qué el señor don Beltrán de Urdaneta, de la primera nobleza de
Aragón, no se presta a reconocer al único rey legítimo de España? Para
Su Majestad sería muy grato; y a mi entender, si usted se decidiese,
le seguirían otros nobles de Aragón y de Castilla. Fírmeme usted una
declaración en el sentido que le propongo, y yo la co...municaré al
instante a mi rey...
—Señor general —dijo el noble caballero después de toser y limpiar
el gaznate para expresarse con toda claridad—, estimo en lo que vale
la excelente intención con que usted me propone ese reconocimiento
de los derechos del infante, y espero que usted estimará del mismo
modo la lealtad con que me veo precisado a evadir todo compromiso con
la causa carlista. En conciencia, y estudiado el asunto, creo que la
sucesión a la corona pertenece a la hija de Fernando VII, y habiéndolo
declarado así solemnemente como prócer del reino, no es decoroso para
mí deponer ahora en favor del augusto príncipe, a quien reverencio como
a tío carnal de nuestra reina. Fácilmente comprenderá usted, ilustre
soldado, que en mi clase y en mi raza, la religión del honor y de la
consecuencia no nos obliga menos que la otra religión con sus dogmas
santísimos. Ni por cuantos bienes hay en el mundo, ni por la vida, que
es el primero de los bienes, mancillaría yo con una traición el nombre
que llevo... Y dicho esto con toda la entereza de que soy capaz, y todo
el respeto que a usted debo, he de manifestarle también que aunque
partidario de Isabel, y convencido de la legalidad de sus derechos,
no he tomado parte a su favor en esta contienda ni con armas, ni con
escritos, ni en ninguna otra forma. Soy hombre de paz, y acato las
leyes de la nación, vengan como vinieren. Ni guerrero he sido nunca, ni
tampoco político. La pelea y la conspiración me son desconocidas. Soy
un hombre honrado, isabelino en la intención, neutral en la conducta.
No desconozco la convicción y lealtad con que tremola usted la bandera
del infante. Pero yo no la seguiré nunca; ni puede usted catequizarme
ofreciéndome la vida mía, que hoy tiene en su mano. Y si en vez de
tener usted en rehenes este cabo de vida, ya caduca, triste y de ningún
valor, tuviera usted una vida robusta; si yo fuera joven y mirase ante
mí un porvenir de treinta, cuarenta o cincuenta años, lo mismo que
ahora le digo le diría..., siempre con la consideración que debo a un
hombre de su valer y de su inteligencia.
Oyó con atención y agrado el soldado del absolutismo esta declaración,
dicha con cierto énfasis oratorio, y estimó delicadas las razones del
caballero.
—Basta, señor mío, y no hablemos más del asunto —le dijo—. Yo lo
siento por usted..., y también por la Causa, que, digan lo que quieran,
no se ve muy apoyada por la grandeza de sangre... Pero ya vendrán, ya
vendrán todos... Solo que llegarán tarde, y les pondremos en última
fila. Para entonces ya habremos creado nosotros, digo, el rey, una
aristocracia nueva, sacada de las filas de la lealtad... ¿Qué hizo
Napoleón cuando se vio sin nobleza de abolengo? Pues fabricarla. De
sus generales hizo duques y príncipes, y hasta reyes... Traemos entre
manos la fundación de una sociedad nueva, pueblo nuevo, ejército
flamante, aristocracia acabadita de salir... Y ustedes, los de la
corte isabelina, se irán a cuidar cabras, o a destripar terrones...
Sí, señor; si yo lo dispusiera, así sería. A todos los marqueses y
archipámpanos que no han reconocido a Carlos V, les pondría yo una
azada en la mano, y... ¡hala!, a labrarme las tierras del común...
Terminó la cuestión de un modo festivo, y con ella la comida. Retirose
don Beltrán, expresando nuevamente al _leopardo_ su estimación, _quand
même_, y se fue a dar con Nelet, que ansioso le esperaba. En una sala
del mismo edificio, y en las propias mesas donde habían comido, los
oficiales jugaban al ajedrez o las damas. Cabrera, una vez alzados los
manteles, se puso a trabajar con dos secretarios, dictando oficios
y comunicaciones para el gobierno de lo que con visos de Estado
tenía bajo su mano. No solo había creado un ejército, sino una
administración civil, tal como esta podría existir en aquella vida de
constante inquietud, de movilidad epiléptica.
Y en verdad que el Estado en esbozo y su terreno inseguro le venían
corto a don Ramón Cabrera, hombre que por su inteligencia comprensiva,
su voluntad potente y sus dotes de organización, había nacido para más
altas empresas. Su inquietud continua, la palidez de su rostro, el
estado nervioso y febril en que de ordinario se encontraba, no eran más
que la impaciencia loca para llegar a donde quería ir, el sentimiento
de la desproporción entre sus facultades y la poca materia gobernable
que cogía entre las manos. Lo que había creado con esfuerzo monstruoso,
con los golpes fulminantes de su coraje guerrero, con su nativo
conocimiento de los hombres y del país era mezquino para quien se
sentía capaz de manejar un imperio... Algo de esto pensó don Beltrán,
recordando lo que hablaron durante la comida, y el rostro siempre
melancólico de Cabrera: «Es un hombre que, con tener mucho entre las
manos, aún tiene más en la cabeza, y de este desequilibrio proviene
su aspecto de gato triste..., dormilón, cuando sus ojos no despiden
rayos. Su crueldad es la irritación contra el género humano porque no
se le somete de golpe. Si este hombre triunfara y pudiera manifestar
tranquilo y seguro lo que lleva en su corazón y en su cabeza, sería un
dictador severo y paternal, rigorista y clemente, próvido para todo, y
hasta liberal dentro de su poder soberano indiscutible».
No le dejó Nelet hablar de nada que no fuera su asunto, y en cuanto
tuvieron ocasión de arrinconarse, lejos del barullo de los jugadores,
reanudaron el sabroso tema.
—No puede ser hasta mañana por la noche —dijo el militar—... Ahora
sobreviene una dificultad que trato de vencer esta noche misma.
Dícese que el general vuelve mañana hacia Liria: no sé qué planes
tiene. Llangostera se queda aquí para ir sobre San Mateo, y después
no sé a dónde. Yo he pedido que me destinen a su división, pues deseo
aproximarme a mi pueblo, donde necesito proveerme de ropa y dar un
vistazo a mis intereses.
—Y en tal caso, ¡ay de mí!, habremos de separarnos...
—Creo que no. He hablado a Llangostera, que es grande amigo mío y
paisano, y espero conseguir que se quede usted con nosotros. Daremos
al general esta noche una razón que no tiene réplica. A Llangostera
corresponde fusilarle a usted, en caso de que maten al hermano del
conde de Catí, porque el tal estaba en su división cuando le cogieron.
La cosa es de clavo pasado...
—¡Y tan pasado! No sabía que entre carlistas hubiera tales etiquetas.
—¡Anda..., y que se cumplen con todo rigor! En fin, que vendrá usted
con nosotros.
—Mucho me place; y en cuanto a mi fusilamiento, lo mismo me da que sea
Pedro que sea Juan el que me mande a mejor vida... Me alegraré, sí,
de que sea usted el encargado de darme los tiros, pues no dudo que
usted mandará que me apunten bien al corazón, para que mi muerte sea
instantánea, y no esté yo pataleando como un buey a medio degollar...
Con que vamos a nuestro negocio.
—Dígame sinceramente, echando mano de todo su saber mundano, si una vez
libre Marcela, debo ir tras ella y emprender su conquista por asalto...
¿Cree que es mejor poner paralelas?
—Hijo, sí: el asalto no es prudente hasta que la plaza no esté bien
castigada y con ganas de rendirse. No haga usted la tontería de
embestirla con violencia... Al contrario, es muy hábil aparentar
desgana de entrar en el recinto, afectar que se desean los
procedimientos del asedio galante, colmarla de atenciones, sin mostrar
al principio una ansiedad viva de amor... Mujer que vive en el
idealismo, fíjese usted bien, con el idealismo debe ser atacada.
—¡Oh, qué talento tiene usted —dijo Nelet, abrazándole gozoso—, y cómo
conoce el corazón humano! Ha sido gran suerte para mí encontrar tal
amigo.
—Y para mí también. Entre paréntesis, si quieres que yo hable con
el desahogo que facilita la comunicación entre maestro y discípulo,
permíteme que te tutee... Pues, sí: como ella tira a lo espiritual,
conviene que aprendas tú algo de fraseología mística y hojarasca de
librillos devotos. Nada de violencias. Paralelas, hijo, paralelas y
fuegos parabólicos... por elevación. Según dices, no eres en este caso
un seductor vulgar; solicitas el alma, el amor...
—El amor, sí, grande, abrasador como el mío —dijo Nelet con acento
teatral.
Movido de compasión y de un paternal interés, quiso el buen Urdaneta
que sus consejos le llevaran por el camino menos aventurado y
escabroso. Díjole que de los infinitos casos y ejemplos que atesoraba
el archivo de su experiencia, escogía los de color más honrado y puro.
Antes que atacar a la hermosa Marcela con asechanzas o artificios de
mala ley, debía esperar a que ella se rindiera, poniendo en ejecución
para esto los ardides de un hombre lealmente enamorado. Bueno sería
empezar con la estratagema de los desdenes, la fingida frialdad o
indiferencia, que en multitud de casos subyugan más pronto que los
extremos de cariño; bueno sería también mostrarse rival de ella
en lo de suspirar por este o el otro santo, o por misterios de la
religión; y si esto no resultaba eficaz, se emplearía el galanteo
fino y respetuoso, el anhelo de sacrificarse por la persona amada, el
propósito de emprender trabajos no menos grandes que los de Hércules,
para obtener por recompensa una mirada dulce, una leve ternura, un
favor sencillo. Tampoco vendría mal manifestarse caballero amador
sin esperanza, por el gusto y la satisfacción espiritual, sin ningún
melindre de los sentidos, haciendo gala de constancia a prueba de
desprecios, de una adoración pura, en que el alma del galán fuera como
esas sustancias puestas al fuego que nunca se derriten ni consumen.
Alcanzado el primer éxito, se intentaría curar a la beata mujer de su
místico arrebato, sacándola de aquel soñar continuo en una perfección
imposible; y atraída al terreno de la vida corriente, se le propondría
el matrimonio cristiano, bendecido por Dios: la unión honrada de dos
almas y dos cuerpos por toda la vida.
—Este y no otro es el camino, querido Nelet —concluyó don Beltrán con
serena entonación—, que puede aconsejarte un hombre cargado de años y
de experiencia. Creo que si vas resueltamente por él, Dios te ayudará,
indultándote del castigo que mereciste por tus pecados de libertinaje.
Sí, sí, hijo mío: pues amas a Marcela, hazla tuya honradamente, y
constituye con ella una familia, y ten hijos que criarás en la virtud y
en el santo temor de Dios.
Tan grande entusiasmo despertó en el apasionado joven esta elocuente
exhortación de su amigo, que se le saltaron las lágrimas, y hubo de
dominar con vivo esfuerzo su emoción, para no manifestarla ruidosamente
ante la muchedumbre de jugadores que llenaba la sala.
XVIII
—¡Jesús, qué delicia! —exclamó Nelet, después de una corta pausa—.
¡Casarme con ella!... ¡Marcela mi mujer! ¡Y retirarnos a una vida
pacífica, laboriosa y agradable!... ¡Y tener hijos, muchos hijos!...
Sepa usted, don Beltrán, que hacienda no me falta. Conservo parte de
las heredades de la familia..., entre ellas un _mas_ que es la gloria,
cerca de Cambrils.
—Rico tú, más rica ella, el matrimonio se impone —dijo el anciano con
tal gravedad que a Nelet pareciole que hablaba por su boca el Concilio
de Trento—. Has de saber que Juan Luco, padre de esa extraordinaria
hembra, poseía grandes caudales, que yacen sepultados bajo tierra en
diferentes puntos: me consta.
—Algo de esto oí; mas no le daba crédito.
—¡Si serás tú simple! Crees en los demonios, y pones en duda los hechos
más naturales y corrientes... De acuerdo con su hermano Francisco,
que también ha dado en la flor de que le canonicen, Marcela se
propone consagrar todo ese metálico que hoy yace bajo tierra a una
grande obra de fundación religiosa... Figúrate qué desatino... ¡Como
si no tuviéramos en España bastantes conventos! ¡Y en qué ocasión
se le ocurre emplear dinero en albergues para frailes y monjas...
cuando Mendizábal, de una plumada, ha echado por tierra las órdenes
monásticas...! Pero poniéndonos en lo razonable, y a fin de no
contrariar abiertamente la voluntad de la monjita, la dejaremos que
consagre parte del tesoro a satisfacer aquel deseo santo, reservando un
buen pico para las obligaciones sacratísimas que dejó pendientes Juan
Luco. ¿No te parece?
—Si he de hablar claro, señor don Beltrán, amo a Marcela con amor
del alma y fuego de todo mi ser, sin que esta pasión sea turbada ni
envilecida por ninguna ambición tocante a intereses... Por mi vida, que
más la quiero pobre; que a mis brazos venga sin otra propiedad que la
estameña que cubre la hermosura de su cuerpo; estameña que yo trocaré
gustoso por las sedas más ricas.
—Pero, hijo, lo que abunda no daña. Tú no tienes culpa de que la
santa sea una ricachona. La mejor demostración que puedes dar de tu
delicadeza es permitir que Marcela funde o restaure algún conventito
no muy grande, y que dedique luego una parte no floja de sus especies
metálicas a dar cumplimiento a la voluntad de su padre..., a
restituciones que son sagradas, hijo, sagradas...
—Con todo estoy conforme, pues cuanto usted me dice parece dictado de
la misma razón y del perfecto conocimiento de la vida humana. No ha
sido poca suerte para mí encontrar tal amigo y asesor.
—A buen árbol te has arrimado, hijo... Lo que yo no hiciere en este
negocio, cuenta que nadie lo haría... Y si te parece, yo iré a
recogerme, que me siento cansado y soñoliento... Alguien habrá que me
diga dónde voy a tender esta noche mis pobres huesos.
Llevole Nelet muy solícito a la cama que a él le habían destinado, y se
determinó, con insomnio y desasosiego de amante, a pasar toda la noche
en pie. Las solitarias calles de Nules le vieron rondar, al pálido
fulgor de las estrellas, y disparar suspiros contra los blancos muros
de las _mónicas_, santuario y prisión de la bella teóloga.
Habiendo partido Cabrera al día siguiente en dirección al Júcar, por
la noche se efectuó con facilidad y sin ningún tropiezo la evasión
de Marcela, facilidad en parte debida a las ingeniosas disposiciones
de Nelet, en parte a las ganas que tenían las señoras Mónicas de que
la prófuga de Sijena se fuera a otra parte con sus filosofías y sus
latines. Mucho sintió Urdaneta no haber sido testigo de un caso que
tenía por interesante y teatral. Contole el galán que Marcela había
salido con su empaque de penitente, tal como en libertad la habían
conocido, y que él, atento a seguir los sabios dictámenes de su amigo,
se había mostrado atentísimo y caballerescamente cortesano, pero con
cierta frialdad parecida al desdén, según el programa trazado. Habiendo
dicho a la monja que no le había movido a libertarla más que su amor
a la religión y su respeto a las decisiones del concilio de Trento,
replicó ella que agradecía su libertad; mas para que el favor fuese
completo, había de buscar Nelet a los dos viejos enterradores que la
acompañaban comúnmente, y llevárseles para que la guiaran en su camino.
No le fue difícil al enamorado dar con Zaida y Alfajar, y aquel día
muy temprano la monja y sus servidores o discípulos habían partido
juntos hacia Villavieja. Tuvo buen cuidado Santapau de advertir a su
ídolo que no se alejase de la tropa que él mandaba, pues de otro modo
podría topar con quien de nuevo la cogiese y encerrara, obedeciendo las
órdenes de Cabrera.
—En todo, hijo mío querido —dijo don Beltrán satisfecho—, has
procedido con tanto tacto como previsión. Atento, y al propio tiempo
desdeñoso..., solícito en buscar a los viejos, que sin peligro de su
virtud la acompañan..., y por último, precavido para tenerla siempre a
la mano y que no se nos escabulla.
—Trato de inspirarme en usted, que todo lo sabe, pues aunque yo he sido
hombre muy corrido de mujeres, hacía mis conquistas al modo de pueblo,
y con la rudeza y malos modos de mi educación aldeana. ¿Cómo dice usted
que llaman a los que se dedican a engañar mujeres y hacen de esto un
oficio?
—Donjuanes.
—Pues si yo he sido un donjuanillo de pueblo bajo, sin finura, sin
retóricas, basto y llanote, usted ha sido un señor donjuán cortesano.
Echose a reír Urdaneta, y no tuvieron tiempo de más explicaciones,
porque tocaron marcha, y el regimiento de Nelet, componiendo con otros
dos una brigada, al mando de Pertegaz, fue al socorro del _Serrador_,
que apretado se veía en el sitio de Burriana. Cuando llegaron ya era
tarde, porque el _Serrador_ venía en retirada por causa de la gran
resistencia que opusieron los valientes urbanos, socorridos por una
columna de Castellón. Pocos días después, los urbanos, por orden de
Borso, abandonaron la plaza, y entró en ella el cabecilla faccioso
con el sentimiento de no encontrar a ningún jefe de la Milicia ni de
tropa a quien fusilar. Pertegaz tomó la vuelta de Cantavieja para
unirse a Cabañero, y Nelet volvió a incorporarse a la división de
Llangostera, que marchó hacia Lucena y de aquí a Albocácer, recogiendo
cuanto encontraba, hombres y caballerías, víveres y forrajes,
animales y personas. En todas estas marchas y contramarchas, don
Beltrán se aburría de lo lindo, y Nelet no tuvo el gusto de encontrar
a Marcela más que dos veces: la una, en la rambla de la Viuda; la
otra, en Nuestra Señora de Hortiseda. Apenas pudo hablarle en el
primer encuentro; pero en el segundo si platicaron, y por consejo de
su noble maestro se lanzó a demostraciones más expresivas, después
de haber empleado los desdenes sin resultado práctico. No debió de
quedar satisfecho el comandante, porque cuando partió con sus tropas
en auxilio de Cabañero, que sitiaba a Cantavieja, iba muy temeroso de
que le cogieran por su cuenta los demonios que atormentarle solían.
Rendida Cantavieja por traición, quedáronse las fuerzas de Nelet a
mitad del camino, en Iglesuela del Cid, donde recibieron orden de
Cabrera para marchar a la Cenia, punto fortificado por los carlistas a
la subida de los puertos de Beceite. Allí se enteraron de que Oráa era
general en jefe del ejército del Centro, y que, decidido a dar impulso
a las operaciones, había dividido su hueste en tres cuerpos, que
mandaban los brigadieres Nogueras, Corral y Sequera; supieron asimismo
que el infatigable y diabólico don Ramón se aprestaba a defenderse
contra enemigo tan poderoso como _Lobo Cano_, que así llamaban a don
Marcelino, y seguramente, si con él no podía, había de _marearle_ con
sus audaces movimientos y prodigiosos brincos de un extremo al otro
del país. Por de pronto, apresuraba la expugnación de la histórica
villa de San Mateo, para no dar tiempo a que en su auxilio fuesen los
de la reina. Grandes acontecimientos se preparaban: don Beltrán, que
era amigo de Oráa, confiaba mucho en su pericia; mas conociendo ya el
fragoso terreno de aquella guerra, y la fiereza y dura condición de los
que en él peleaban por el absolutismo, no veía cerca ni lejos el menor
vislumbre de paz. La naturaleza era allí tan guerrera como el hombre.
Estaba de Dios que antes de salir de la Cenia presenciaran Nelet y don
Beltrán espectáculo tan lastimoso como el de Burjasot, pues conducidos
allí los prisioneros de San Mateo (que se rindió como Cantavieja, por
flaqueza o deslealtad de algunos de sus defensores), se procedió con
toda tranquilidad a exterminarlos por un procedimiento fácil y barato.
Apenas llegaron, metiéronles en diferentes mazmorras; algunos fueron
recluidos dentro de un horno de pan. Y si por economía de víveres se
les mataba de hambre, por ahorrar cartuchos se determinó concluirles
a bayonetazos. Edificado el pueblo en eminencia rocosa, presenta
por uno de sus costados un tajo formidable, vertiginosa caída a la
profundidad aterradora de un barranco, donde brama un torrente entre
peñas y zarzales. Al borde de este precipicio fueron conducidos de dos
en dos los prisioneros, después de confesados por el padre Chambó, cura
párroco de la Cenia. Unos cuantos _números_ hacían de matachines; otros
tantos arrojaban los cuerpos a la hondura tenebrosa y fría. Treinta
y ocho oficiales y sargentos perecieron de este modo, sin contar un
cadete de doce años, que fue al matadero emparejado con su padre,
comandante del fuerte rendido de San Mateo. La última res sacrificada
fue una cantinera portuguesa.
No tuvo papel Santapau en esta tragedia, pues habiéndose trocado, por
la virtud de su amorosa llama, de feroz en benigno y humanitario,
siempre que le daba en la nariz olor de degollina, se ponía malo;
y realmente lo estuvo de la cabeza y del corazón. Sin quejarse
tanto como su amigo, don Beltrán no gozaba de buena salud. Ambos se
alegraron cuando se dio la orden de que Nelet marchase con la mitad
de su regimiento a relevar la guarnición de Benifazá, lugar que
también tenían toscamente fortificado en el centro de aquel núcleo
de montes elevadísimos que llaman la Tinenza. Por los desfiladeros
del río de la Cenia, faldeando la Peña del Águila, pasaron de la zona
de Rosell a Benifazá, y a la célebre abadía cisterciense fundada por
don Jaime, edificio devastado sucesivamente por tres guerras, la de
las Germanías, la de Sucesión y la que ahora se relata. Daba pena
ver su noble arquitectura mutilada por bárbaras manos: aquí señales
de incendios, allá desplomados muros, la iglesia con medio techo de
menos, la torre melancólica y sin campanas, con sus espadañas ciegas
y mudas, las junturas pobladas de jaramagos y ortigas, y el claustro,
en fin, con solo tres costados, más triste que todo lo demás, y más
poético y ensoñador. Aposentaron a don Beltrán en un pasadizo entre el
claustro y la iglesia, donde gozaba de la hermosa vista del despedazado
monumento, que apreciar podía en su esbeltez de conjunto, no en sus
riquísimos detalles. No era lego en arqueología el buen aragonés, y
sentía verdadera pasión por el estilo llamado románico y su elegante
austeridad: en tiempos más felices había visitado con entusiasmo de
artista los monasterios de Veruela y San Juan de Peña; conocía el de
Rueda como su propia casa, y todo lo románico y gótico del siglo XIII
que encierran las ilustres villas y ciudades de Aragón. Se extasiaba
recorriendo los venerables restos de la construcción medieval, los tres
ábsides semicirculares, el claustro, la sala del capítulo, el palacio
abacial; y tan dulce encanto encontró en aquella paz y en el poético
lenguaje de las nobles y tristes piedras, que habría deseado permanecer
allí todo el tiempo que su prisión durase.
También Nelet se sentía muy a gusto en el monasterio, que perfectamente
cuadraba a su espíritu en aquella ocasión, como estuche ajustado a
la joya que guarda. La dolencia que trajo de la Cenia se le calmó
el primer día; mas repuntó al segundo con sus murrias negras y sus
vibraciones nerviosas, anunciándole la visita de los entes infernales
que con él se divertían. Los ratos libres de servicio pasábalos con
don Beltrán, sentaditos en un rincón del claustro, hablando cada
cual de sus tristezas. Como el présbita que se hace leer un libro de
letra menuda, Urdaneta rogaba a su amigo que _le leyese_ el claustro,
esto es, que examinara uno por uno los capiteles y el simbolismo que
representaban, para poder él juzgar de obra tan bella, como si con sus
propios ojos la deletreara. Después de describir varias esculturas en
que no halló ningún interés, dijo Nelet con estupor:
—¡Ay, aquí veo mi propia historia!... No, no se ría: es mi historia,
que aquí representaron aquellos artífices algunos siglos antes de que
yo viniera al mundo.
—¿Qué ves, hijo?
—En este capitel del ángulo, por la parte de dentro, veo un guerrero
que adora a una penitente. Él está de rodillas; ella, en la tosquedad
de estos relieves, ofrece gran semejanza con Marcela, los pies
desnudos, suelto el cabello... En el capitel de fuera se ve la misma
peregrina, con una cruz... Yo no estoy aquí..., parece como si me
hubiera ido... Debo de estar más allá... Déjeme ver... Aquí no estoy;
forman el adorno unos como perritos o leoncitos, y luego sigue otro
con cabezuelas de ángeles, entre las púas retorcidas de cardos
borriqueros... ¡Ah!, ya parecí..., aquí estoy, en este otro capitel, y
me tiene cogido por el pescuezo el demonio que se permite conmigo sus
bromas cargantes... Sigue otro en que hay muchas mujeres chiquitas,
desnudas, entre llamas, que son las hembras que deshonré y perdí, y por
mi culpa están en el purgatorio o en el infierno...
—Hombre, no saques las cosas de quicio. Será otra leyenda que nada
tiene que ver contigo... ¿Qué hay más allá?
—Pues un caballero con cruz en el pecho, como de templario, con un
cuerno de caza en el cinto, en la una mano una pica y en la otra un
halcón.
—Caballero noble... Ese soy yo... No me niegues que puedo ser yo.
—¿Cómo he de negarlo, si hasta se le parece en lo airoso de la
figura?..., pues en el rostro tiene un cierto aire...
—Dime otra cosa..., fíjate bien. ¿No estoy hablando con alguna dama de
alta alcurnia, reina o princesa?
—No señor... Está usted solo.
—No puede ser. Puede que el tiempo haya desgastado la otra figura. Dama
ilustre debe de haber, que me acompaña en el noble ejercicio de la
caza; y si no es así, no soy yo el que miras, Nelet.
—Créalo usted o no lo crea, yo sostengo, amigo mío, que vivimos en
estos pedruscos. Esto que aquí nos rodea no es cosa muerta; esto
tiene alma, como la tienen los montes, el viento, las cavernas, y los
torrentes que cantan y rezan en las profundidades...
XIX
—Más poeta eres de lo que yo creía —dijo don Beltrán, cogiéndole del
brazo para pasear por el claustro—. Por cierto que una queja tengo de
ti, y es que, habiéndote escrito Marcela, según me has dicho, más de
una carta, acompañada de versos, aún no me los has enseñado.
—No solo he de mostrárselos, sino que quiero que ponga su mano de
maestro en los que yo, en respuesta de los suyos, estoy inventando...
Rompió don Beltrán en una risa placentera; mas no pudieron seguir
ocupándose en aquel ameno asunto, porque se acercó el ayudante
del batallón, llamando a Santapau para urgentes resoluciones del
servicio. Toda la tarde y parte de la noche estuvo atareadísimo, dando
cumplimiento a órdenes de Cabrera para proveer a una corta de árboles,
con objeto de proteger el camino cubierto entre la casa del abad y un
_mas_ situado a tiro de fusil, dominando el río y el sendero. Al día
siguiente contó el comandante a su maestro que, no pudiendo dormir
después de su trabajo, había visto a Marcela, o más bien una parte no
más de su persona...
—Pero tan claramente, amigo Urdaneta, como le estoy viendo a usted
ahora.
—¡Demonio! ¿Y qué parte de su persona veías? ¿Se puede saber?
—Los dientes... Mire usted que es raro. No hay, créalo, en todo el
mundo dientes como los suyos, blancos como la leche, y tan iguales y
bonitos que se emboba uno mirándolos... Por arriba y por abajo de las
dos hiladas, veía yo un poco de los labios... y nada más.
—Eso es que sonreía. Buena señal. ¿Y una sola vez lo viste?
—Más de veinte, y hoy también como unas ocho veces.
—Aunque aquí estamos muy bien, es lástima que las obligaciones
militares nos separen de la divina Marcela.
Díjole Nelet que desde antes de ir a la Cenia, era tal su anhelo de
verla y hablarle, que había discurrido establecer comunicación con
ella. Tanto tiempo ausente del ser que adoraba, era peor desgracia
que la muerte. Habiendo tenido la suerte de encontrar a un pastor
viejo, muy conocedor de aquellos montes y cañadas, devoto de Marcela,
a quien como santa miraba, le dio el encargo de rastrearla y descubrir
sus guaridas. Al segundo día de estar en Benifazá, le había traído el
pastor razones satisfactorias. Marcela habitaba con preferencia en
las alturas, como las águilas, y en los santuarios de más devoción
del país. Había morado algún tiempo en la Muela de Ares, después pasó
a la cueva de la Balma, de allí a la Virgen de los Ángeles, cerca
de San Mateo, y en aquellos días se hallaba en el santuario de la
Traiguera, entre Chert y Vinaroz. Como preguntara don Beltrán sí había
recibido carta en prosa o verso, replicó que las razones de que había
sido mensajero el pastor eran verbales. Marcela enviaba un cordial
saludo a sus dos amigos, asegurando que en todas sus oraciones pedía
al Señor y a la Virgen que les diera salud y buenas ideas. A Nelet,
particularmente, le enviaba nuevas expresiones de su agradecimiento,
y la promesa de acudir al punto que él designara, si algo tenía que
decirle.
—¡Oh! Magnífico... No repugna acudir a la cita. Vamos bien, querido
Nelet, pero muy bien... ¡Ay!, es triste cosa que ni yo por prisionero,
ni tú por militar, esclavo de la ordenanza, podamos trasladarnos a
donde nos llama nuestro deseo.
—En eso pienso, señor mío —dijo Santapau caviloso—. Y harto ya de
la esclavitud del servicio, estoy decidido a pedir mi licencia por
enfermo, instalándome donde ella esté, aunque para esto tenga que hacer
vida de penitente.
Aseguró Urdaneta, suspirando y casi lloroso, que él haría lo mismo
si pudiese, agregándose a los enterradores que escoltaban a la
divina mujer, y dedicándose con ellos al manejo de la pala y azadón
donde fuese menester remover la tierra. Añadió Nelet que para la
comunicación con la monja había encontrado mensajero más rápido que
el pastor, y era una mujercita del barranco de Vallivana, a quien
llamaban _Malaena_, también con cariz de penitente o mendiga errante,
envejecida por los trabajos, la miseria y los sufrimientos. Madre
fue de dos hijos que andaban en la partida de Pertegaz, y cogido por
Nogueras uno de ellos con un parte del _Serrador_, le fusilaron; al
otro le aplicó Boil la misma pena en Concud, cerca de Teruel. Sin
parientes ni habientes, viviendo de arrancar leña y vender teas,
era _Malaena_ un puro espíritu, pues entre sus huesos y su piel no
encontrara el escalpelo más diligente una hebra de carne. Frecuentaba
los bosques; sabía escoger hierbas oficinales; comía raíces y mendrugos
de pan, reblandecidos en el agua. En ligereza para pasar de un valle
a otro, salvando las más altas muelas, y los puertos pedregosos,
no la igualaban más que los pájaros. Aunque en algunos caseríos de
Salvasoria la tenían por bruja y la recibían a pedradas, era una pobre
y santa mujer, sencilla, inocente y fiel. Al escogerla Santapau para
embajadora, vio en ella un ave discreta y solícita; y para tenerla
en su gracia, empezó por regalarle una saya nueva, pañuelos, y todas
las alpargatas que para sus montaraces correrías necesitase. Estas
fueron inauguradas por un mensaje amoroso, en que puso Nelet sus cinco
sentidos, consultándolo con don Beltrán, el cual hizo varias enmiendas,
más para templar que para encender el ardor pasional del desgraciado
joven.
Si la guerra vino de improviso a perturbar estos planes, tan distintos
de la contienda entre Isabel y Carlos, luego los favoreció, como se
verá más adelante. El 4 de mayo avanzó el general Oráa desde Vinaroz
contra Cabrera y el _Serrador_, que ocupaban la Cenia y Rosell. En
una y otra parte les atacó con brío, desalojándoles después de reñido
combate. La fuerza de Benifazá acudió en apoyo del _Serrador_, y tanto
este como Cabrera hubieron de buscar refugio en la sierra de Bel. Dos
días estuvieron tiroteándose en aquellas alturas las guerrillas de uno
y otro bando, hasta que Oráa, falto de provisiones, hubo de retirarse
a Vinaroz, y Cabrera y el _Serrador_ volvieron a ocupar la Cenia y
Rosell. Tal era la guerra del Maestrazgo, un tomar y dejar posiciones
y un perseguirse y sorprenderse, sin ventaja de los liberales, que no
podían abandonar largo tiempo su base de operaciones; el juego solo
aprovechaba a los carlistas, que estaban en su casa, y desalojados de
la sala, se metían en la cocina; perseguidos en esta, se escabullían
por el cañón de la chimenea, y desde el tejado seguían combatiendo.
El ejército cristino, como se ha dicho, tuvo que bajar a Vinaroz: comió
y volvió a subir, custodiando un convoy de víveres para socorrer a
Morella, algo apurada de bucólica en aquellos días. Queriendo cortarle
el paso, apostó Cabrera su gente en Chert; pero el _lobo cano_ anduvo
más listo; conocida la jugada, dispuso sus tropas con arte y burló la
astucia del _leopardo_. Trabose batalla, en que el _lobo_ llevó la
mejor parte, ganando sin dificultad el paso de Vallivana y entrando
en Morella sin grave tropiezo. Repitiose a la vuelta la jugada,
con mayor gasto de cartuchos y algunas bajas; pero el _lobo_ pasó,
rodeando las alturas de Catí, mientras su rival, desconcertado por este
hábil movimiento, bajó a esperarle en el valle de San Mateo, donde
la caballería cristina le hizo frente, obligándole a volverse a las
alturas. Poco afortunado Cabrera en aquellos lances, dividió de nuevo
su ejército, y dejando a Llangostera en el Maestrazgo, se corrió con
el _Serrador_ y el _Fraile Esperanza_ hacia Murviedro, donde esperó
inútilmente sorprender a Nogueras, y de allí le veremos volver pronto
hacia el norte con la celeridad del rayo, para sitiar a Gandesa.
En el tiempo invertido en estas operaciones, que solo por el cansancio
que producían al enemigo eran al carlismo provechosas, pasó el buen
Urdaneta días de ansiedad amarguísima, confinado primero en Chert,
luego en La Jana, deplorando la ausencia de su amigo, de quien nada
sabía; oyendo sin cesar el vivo tiroteo que por esta y la otra
encañada, de este y el otro monte venía; ignorante de quién perdiera
o ganara en aquellos combates, a su parecer fantásticos y aéreos,
sostenidos en las alturas o en los desfiladeros por bandadas de aves,
más que por hombres. Eran las guerras de fábula, entre animales de
pluma o pelo, veloces, y que prontamente corrían de un punto a otro,
sin dejar rastro. Recluido en la impedimenta de Llangostera, que
escoltaban pocos infantes y caballos, sufrió el hombre tristezas,
hambres y tratos groseros, hasta que puestas en marcha las acémilas,
cuando ya toda la rambla de Cervera y pasos de Vallivana estaban libres
de cristinos, tuvo la satisfacción de ver a Nelet, que al frente de un
corto destacamento de soldados venía de San Mateo, y lo primero que
hizo el joven guerrero fue correr a abrazarle cariñoso. Poco le faltó
a don Beltrán para echarse a llorar del gusto que aquel encuentro le
daba, y antes que pudieran comunicarse sus afectos, hubo de notar
Urdaneta que el rostro de su amigo, demacrado y macilento, revelaba
enfermedad honda o turbaciones del ánimo. No quiso el comandante
entretenerse en explicaciones, dejándolas para cuando llegasen al
poblacho donde habían de dormir. Solo dijo que sintiéndose mal de
salud, había pedido permiso a Cabrera para reponerse con algunos
días de descanso, y para cumplir un voto a la Santísima Virgen de
Vallivana. Como se condoliera el maestro de no poder acompañarle ni
en el descanso ni en la piadosa peregrinación, díjole Nelet que pues
en Catí encontrarían a Cabañero, bien se podía esperar que el bravo
aragonés, deudor de don Beltrán por beneficios recibidos, le mostraría
su gratitud en aquella ocasión sin faltar a sus deberes militares.
Consolado con esta idea, recobró el noble señor su tranquilidad, ya que
no su alegría, y charlando de los sucesos recientes, se encaminaron uno
y otro a Catí, venciendo trabajosamente la subida asperísima que a tan
enriscada posición conduce.
Lo primero de que se ocupó en el pueblo Santapau fue de ver a Cabañero,
que con su legión zaragozana y oscense allí estaba desde el día
anterior, y hablarle del desgraciado prócer a cuya generosidad debía
el jefe aragonés los primeros zapatos que se puso en su vida. Así lo
reconoció el tal, manifestándose muy sorprendido de que en pasos tan
desdichados se viera el noble señor de Albalate y Olid. Corrió a verle,
y besándole afectuoso las manos, oyó de don Beltrán las explicaciones
que este quiso darle de los motivos por que había venido a ser cautivo
de Cabrera, y de hallarse en rehenes, la más aflictiva situación de
un hombre, ¡ay!, en tiempos tan calamitosos. Compadecido Cabañero, y
expresando su voluntad sincera de influir con el jefe para libertarle,
le convidó a su mesa, harto pobre en verdad; pero aceptable en tales
circunstancias. Tocado por Nelet el punto delicado de la escapadita a
Vallivana para cumplir el voto que _los dos habían hecho_ de visitar a
la Santísima Virgen, accedió Cabañero a que el prisionero se ausentase
del ejército por dos días no más, dejándole una garantía más valiosa
que todos los rehenes o _prendas vivas_.
—Mi palabra de honor, ¿no es eso? —dijo don Beltrán alargando su mano
flaca—. Pues la tienes.
Respondió el aragonés con gallarda confianza que la palabra de
tan insigne caballero le bastaba para tener bien cubierta su
responsabilidad, y no se habló más del asunto.
Vierais, pues, a la mañanita siguiente, a Manuel Santapau y al señor de
Urdaneta salir de Catí, solos, a pie, cada cual amparado de un nudoso
garrote: el uno inerme, el otro armado de pistolas y un cuchillo de
monte. Llevaba de añadidura Nelet provisión de pan y otras cosillas
de sustancia liadas en un pañuelo. En el descenso de la montaña, por
senderos de ovejas que sorteaban la pendiente con ángulos y curvas
dilatadas, pudieron apreciar el grandioso panorama que a su vista se
ofrecía; belleza incomparable de que también gozó don Beltrán, pues
si no apreciaba las menudencias y tonos medios del paisaje, percibía
claramente las grandes masas rocosas, que por su coronamiento romo
y achatado, en aquella formación geológica, son llamadas _muelas_.
Las vertientes cubiertas de verde espesura son en algunos puntos
suaves; en otros caen rápidamente, querenciosas de la vertical: todas
de imponente majestad y hermosura. En una de las revueltas vieron el
alto de la Virgen de la Salud, cerca de San Mateo, coronado por el
santuario eminente; en otra revuelta, hacia el oeste, la Muela de Ares,
cima chata en la sierra de la Higuera. Hacia el norte distinguían el
oscuro monte de Vallivana cubierto de verdor, y más allá asomaban el
Castell de Cabres, la Moleta del Cid y los montes de la Cenia. Ningún
ser humano encontraron en el camino. Llegado que hubieron a un ameno
grupo de alisos entre peñas, se sentaron a descansar y a reponerse con
un frugal almuerzo, y tumbados allí, en medio de la paz y quietud más
deliciosas, Nelet empezó a desembuchar las noticias y peregrinos hechos
que ansiaba someter al consejo de su amigo.
XX
Sin ociosos preámbulos refirió que había pasado noches horribles de
insomnio y terror, pues al llegar a Calig, después de haberse batido
en guerrillas un día entero con las guerrillas de Oráa, le cogieron
por su cuenta como media docena de espíritus, a quienes primero tuvo
por ángeles, y luego hubo de reconocerlos por demonios efectivos, de
la familia o casta de bellacos y maleantes, pues se le presentaron
en un puesto de cantina, y convidándole a beber copas, invitáronle a
dar un paseo. Vestían de paño colorado, como oficiales de un ejército
extranjero; y cuando ya se hallaron solos con él en lugar apartado,
trocáronse por ensalmo en clérigos, y le dijeron que le casarían al
instante con la hermosa Marcela. Quiso huir Nelet; mas le cogieron, y
de un vuelo rapidísimo fue llevado al castillo de San Mateo, entrando
por la plataforma de la torre más alta.
—Nelet, si es sueño —dijo don Beltrán bondadoso—, cuéntamelo como
sueño, y con la importancia que a tales figuraciones de nuestro cerebro
debemos dar.
—Lo cuento como me pasó y como lo sentí. Preste usted atención, y
verá si es sueño o qué es. Pues, señor... El que parecía jefe de la
infernal comparsa me cogió por el brazo y me dio un rápido paseo por
el interior del castillo, arrastrados él y yo de un furioso ventarrón
que por todos los huecos entraba y salía, llevando consigo alimañas mil
volanderas y un polvo que cegaba. Y con las propias voces del aire y
los chillidos de las alimañas, mi demonio me hablaba. De todo lo que me
dijo, solo saqué en limpio que el amor que Marcela tenía a las cosas
divinas se le había trocado, por arte maléfica, en afición a hombre, a
mí, en una palabra; que en aquel momento hallábase en el santuario de
Traiguera engañando a la Virgen para que la relevara de la obligación
de sus votos. Debí manifestar al maldito diablo mi afán de trasladarme
a Traiguera..., no estoy seguro de ello..., solo sé que llevándome a
un gran sótano que hay bajo la sala de armas del castillo, me mostró
un agujero al modo de escotillón, de donde arrancan escalones hacia lo
profundo... Como polvo, como humo se desvaneció mi acompañante, dejando
tras sí un olor muy malo, y yo, precipitándome por aquella abertura,
me vi dentro de un angosto callejón labrado en la roca, y por él me
lancé, en la seguridad de salir a Traiguera. Una luz tristísima, que
yo no sabía de dónde demonios podía venir, me alumbraba en tan feo
camino. Seguí, seguí toda la noche andando; toda la noche, señor, y al
ser de día, o cuando a mí me parecía que alumbraba el sol en la región
externa de la tierra, oí ruido de aguas que manaban de aquellas peñas
y corrían por grietas y sumideros, haciendo unas como gárgaras muy
imponentes... Halleme por fin en una caverna, cuyo techo parecía la
bóveda de una catedral; en el fondo de ella varios hombres cavaban la
tierra... Acerqueme, y les vi sacar del suelo un objeto largo y pesado
de color de tierra. «¿Es eso una momia, amigos?», les pregunté. Y ellos
respondieron: «Mojama es de un muerto de metales, que agora sacamos y
resucitamos por orden de la sacra señora, para mayor grandeza de Dios
e de su religión». Sin parar mientes en lo que hacían, les pregunté por
dónde saldría más pronto a Traiguera, y su respuesta fue señalarme uno
de los conductos que desde allí partían, abiertos en la roca. Por él me
metí, y a las seis horas de camino, por mi cuenta, salí a la luz, y me
encontré, no en Traiguera, sino en el castillo de Cervera del Maestre.
—Para, querido Nelet, para —le dijo Don Beltrán—, y reconoce que todo
eso es un desatinado sueño.
—Lo reconoceré si usted se empeña en ello. Pero hay algo aquí que no
comprenderé si usted con su universal conocimiento de las cosas no
me lo explica, y es que al salir a Cervera del Maestre, encontreme
tan molido como si me hubieran dado carreras de baqueta; mis pies
sangraban; en mi cuerpo no cabían ya más cardenales... Y otra duda; si
ello fue sueño y me dormí en Calig, ¿cómo desperté en Cervera?
—¿Estás bien seguro de no haber ido a Cervera... por tu pie?
—Segurísimo. ¿Y cómo, sin creer en los poderes ocultos, se explica que
al bajar yo del castillo al pueblo de Cervera me encontré a _Malaena_,
que muy sentadita en una piedra me esperaba? ¿Cómo sabía ella que allí
estaba yo, habiéndole advertido que fuera a buscarme a Calig?
—Pues será bruja, como dicen... Y en suma, ¿qué recado te traía la
mensajera?
—Que había visto a Marcela en el castillo de San Jorge, más abajo
de Traiguera, ocupada con dos viejos en apisonar la tierra de una
sepultura recién abierta y cerrada. Apisonaban dando pataditas encima
los tres, marcando el compás, como de baile, con una oración entre
rezada y cantada. Luego que acabaron, Marcela dijo a mi embajadora que
si yo quería verla pasase el jueves (por hoy) a Vallivana.
—Y por eso estamos aquí, y por eso vamos allá. Muy bien.
—La despaché en seguida con nuevo mensaje escrito, y hoy ha de traerme
la contestación. Me espera en Salvasoria, que es aquella aldeíta que
blanquea allá lejos, en el fondo de este valle, y que desde aquí parece
un hato de ovejas sesteando entre los matorros verdes.
Siguieron; y como don Beltrán intentara quitarle de la cabeza la
pueril creencia de los caminos subterráneos, obra de la edad feudal,
dijo Nelet que a la tradición debía tal creencia y otras análogas,
como la parte fundamental que toman en nuestra vida las potencias
invisibles, ora sean ángeles, ora demonios. Replicó el anciano que la
tradición era una vieja loca, que había sido poetisa; pero que ya con
la edad chocheaba; y Santapau contó que su madre, natural de Ares del
Maestre, el riñón del Maestrazgo, hablaba de las galerías secretas
entre los castillos de la orden de Montesa y los monasterios de frailes
y monjas, como si las hubiera visto y reconocido de punta a punta.
Tomó la palabra Urdaneta para denegar tales absurdos, asegurando que
si había pasadizos bajo tierra, eran cortos, y solo servían para unir
los castillos con algún reducto cercano, caminos naturales del arte
antiguo de la fortificación. Respecto a la orden de Montesa, de quien
fue propiedad aquel territorio que veían, y otros mayores en grandísima
extensión por todo el reino alto de Valencia, dijo que él era caballero
de dicho hábito; pero que ya tales caballerías eran una ficción de
vanidad, porque todo lo sustancial de ellas se lo había tragado el
tiempo insaciable, que va devorando, devorando, y no siempre crea
cosas nuevas con que sustituir a las pasadas. En la antigua ciudad de
Olite, patria de su madre, y en la casa solar de Urdaneta, en las Cinco
Villas, subsistían no pocos retratos de esclarecidos caballeros de San
Jorge de Alfama, orden que se refundió en la de Montesa. Esta trocó su
cruz negra flordelisada por la roja y sencilla de San Jorge, que es la
que aún dura. Uno de sus remotos abuelos, según constaba en pergaminos
de la casa, don Gilaberto de Monsoria, fue Gran Maestre de Montesa, y
con esta dignidad murió en la villa de San Mateo, donde seguramente se
conservaría su sepulcro.
—Otro ascendiente mío por la línea materna, frey don Pedro Luis de
Garcerán de Borja, fue Comendador mayor, y poseía por tal dignidad las
villas y pueblos de Cuevas de Vinromá, Albocácer, Tirig, Torre den
Dumenje, y otras más que no recuerdo ahora. Clavero fue el hermano
del fundador de mi señorío de Albalate, frey don Guillén de Corbera,
almirante... Pues si las mudanzas de los tiempos y las revoluciones
no hubieran hecho escombros de todo aquel orden social, tu amigo don
Beltrán de Urdaneta sería hoy quizás Gran Maestre, y dueño, por tanto,
de las villas y lugares de San Mateo, Traiguera, Chert, La Jana y
algunos más. Figúrate... Nadie nos tosía en estos valles y montes;
con mi gente armada y esta red de castillos y fortalezas, haríamos
aquí lo que nos diera la gana: a ti te nombraría bailío para que me
gobernaras todo mi territorio; elegiríamos prior a un clérigo sumiso
que a nuestro gusto nos gobernara todo lo espiritual; a las monjas
de nuestra jurisdicción las obligaríamos a proporcionarnos todos los
milagros que fueran menester; haríamos excavaciones para sacar tesoros
escondidos y... Pero despertemos a la realidad, y caigamos innoblemente
en este lodazal de miseria, de esclavitud y vulgaridad. Veamos nuestros
castillos en ruinas, poblados de lagartos y murciélagos; nuestro poder
desvanecido como el humo; veámonos tan impotentes que sobre nadie
tenemos autoridad, y a nosotros nos mandan cuatro canallas groseros y
estúpidos. ¿Qué somos? Unos pobres peregrinos que van tras de una monja
suelta, de quien esperamos, tú una limosna de amor, yo una limosna
de pan... Ya ves... ¡Qué triste despertar!... ¡Oh tiempos, oh fin de
fines!...
Callaron largo trecho: antes de llegar a Salvasoria, se les apareció
_Malaena_ saliendo de un matojo, y Nelet se detuvo un instante con
ella para recibir razones de su embajada. Don Beltrán distinguía de la
mensajera una figurilla delgada y ágil, brazos y manos ennegrecidos,
con rostro muy semejante en color y arrugas a una pasa, con ojos
ratoniles. No hablaba más que valenciano, dulce y lacónico, apoyando
con sus flacas manos los dichos, cual si quisiera estamparlos en el
aire.
—_Pos hara_ —le dijo Nelet—, _adelantat y espéranos en la font, al peu
del mont. Allí pasaren la nit. Arreplega lleña y fes una bona fogata.
Pren estas provisions, y si pots conseguir unes criailles, fetnos un
bon guisado_.
En breve desapareció delante de los peregrinos la diligente pájara, y
ellos siguieron taciturnos: Nelet mirando al suelo, recitando entre
dientes algo que no se sabía si era oración o algún conjuro contra
diablos entrometidos y enredadores; don Beltrán mirando al monte,
recreándose en aquella plácida soledad de sagrado bosque propicio a los
misterios. Sentíase el noble viejo a mil leguas de la sociedad y de
sus afanes; diríase que ni la guerra, ni la política, ni ninguna lucha
de humanos, habían de extender hasta allí su tumulto y vocerío. Por no
ver seres vivos, ni aun cabras veían. Era la soledad de los lugares
no estrenados aún por la historia y la leyenda... La imaginación del
primer habitante los poblaba de seres invisibles, escondidos en el
silencio.
Oyendo suspirar a Nelet, su maestro le dijo:
—Muy caviloso te veo. ¿Eso que entre dientes hablas, es rezo o un
ensayo de lo que quieres decir a tu amada en la entrevista de esta
tarde?
—No la veré esta tarde, sino mañana al amanecer, que así acaba de
anunciármelo _Malaena_; y en cuanto a lo que mascullo, sepa usted que
es la contestación que debo dar a unos versos que hace días me envió
Marcela... Mi plan es glosarlos estrofa por estrofa, devolviéndole el
discurso y dándole un giro peregrino, que al propio tiempo que exprese
mis afectos, sea muestra gallarda de un buen razonar... Compongo de
memoria algunas de mis estrofas para que usted me las corrija, y en eso
vengo trabajando con los sesos bien afinados y calientes.
—Ante todo, léeme o recita los versos de esa prodigiosa mujer, pues sin
conocer la proposición poética, mal podré yo juzgar si la conclusión
rivaliza tu ingenio con el suyo.
XXI
—Recitaré a usted las primeras estrofas de ella, que estampadas con
letras de fuego, como todas las demás, llevo en mi memoria. Dicen así:
_Es Dios la original circunferencia_
_De todas las esféricas figuras,_
_Pues cercos, orbes, círculos y alturas_
_En el centro se incluyen de su esencia._
_De este infinito centro de la ciencia_
_Salen inmensas líneas de criaturas,_
_Centellas vivas de las luces puras_
_De aquella inaccesible omnipotencia._
—Enrevesadillo es..., pero no está mal. Yo que tú, me limitaría a
contestarle en prosa llana que la quieres, que ahorque el sayo de
peregrina, y se deje de ensueños y se case contigo, para que deis a
Dios y a la sociedad, ella robusta, tú también, una _inmensa línea
de criaturas_... Pero sin perjuicio de este consejo, veamos cómo se
compone tu cacumen para devolver esas estrofas.
—Pues verá usted... Yo le digo:
_¡Oh, Marcela! Si es Dios circunferencia_
_De la divina esencia,_
_Explana de los orbes el abismo_
_En líneas, cercos, círculos y..._
Al llegar aquí, la ley del maldito consonante me obliga a buscar
el modo de meter la palabra _profundas_, para poder rematar con el
concepto:
_Tú que de amor y gloria te circundas,_
_Eres centro del centro de Dios mismo._
Apretándose los ijares, rompió don Beltrán en una tan fuerte risa, que
el bueno de Nelet, desconcertado, cortó la vena poética.
—¿Qué, señor? —le dijo—, ¿es que no están bien hilvanados, o que no hay
bastante sutileza y delgadez de razonamiento?
—Por San Jorge de Alfama y por el nombre que llevo —replicó don Beltrán
llorando de risa—, te juro que desde que hay poesía no se han compuesto
versos peores... Pues los de ella también son malos adrede... Hijo
mío, vuelve en ti; acógete a la opinión leal y a la experiencia del
viejo Urdaneta, y abandona un camino por donde vas, no a la conquista,
sino a la total perdición de la plaza que quieres sitiar. Ven acá, y
en un abrazo de amigo te comunicaré las ideas que deben curarte de esa
enfermedad que padeces. Los demonios y los versitos son dos síntomas de
un mismo mal: el mal de tontería, Nelet...
—Por Dios, que voy creyendo que tiene razón —dijo el discípulo
dejándose abrazar.
—¡Que si tengo razón!... Como que a no cambiar de sistema, Marcela
se reirá de ti y acabarás por volverte loco. De un mal semejante al
tuyo padece ella, y no has de curárselo sino con la aplicación de
la medicina que produzca humor contrario a esas simplezas. Vuelve
en ti; levántate de ese terreno, verdadero corral de pavos, en que
te has caído. Ten presente que Marcela no ha de quererte por pavo,
sino por hombre. No seas con ella poeta huero; sé gallardo, fuerte,
enamorado, siempre varonil; antes que ñoño y quejumbroso, sé atrevido
y jovial. No hagas caso de duendes, que son muy mala compañía, ni te
calientes los cascos componiendo endechas, que aun siendo superiores,
no agradarían a tu señora tanto como un buen poema de amor, sentido y
expresado en los hechos, no en las palabras.
—¡Es verdad, sí, sí! ¡Viva don Beltrán! —exclamó Nelet entusiasmado,
abrazándole más fuerte—. Lo veo claro... Hay que ser hombre, galán,
fuerte, apasionado, dispuesto para todo...
—Sí, que vea y entienda la grandeza y el ardor de tu pasión; que en
ti admire el tipo del caballero amante, de corazón fogoso y voluntad
firme; que te tema un poco, pues es bueno una chispita de miedo para
encender amor; vea también que a todos infundes respeto; que eres
bravo, verdadero gallo en guerras y amores. Esta es mi opinión. Si no
haces esto, no cuentes conmigo... Que te aconsejen los demonios y te
amparen los versitos.
—No; no hay consejero como usted, ni quien sepa más de cosas de mundo y
mujeres. A mi don Beltrán me atengo... Fuera demonios, fuera ensueños,
fuera poesía, que no es tal poesía, sino lo que usted dice..., cosa de
pavos... Fuera los quejiditos y el no comer, y el miedo ridículo...
El cuento es que cuando yo enamoraba a tantas sin quererlas, sabía
cumplir de palabra y obra; y a lo bruto..., porque yo era un bruto...,
me desenvolvía muy bien... Pero con esta no soy lo que fui, ni
acierto a enamorarla... Y es que me tiene prendada toda el alma, y el
seso completamente sorbido... y todo mi ser como derretido en ella y
transformado...
—Acógete a mi doctrina, hijo, y adelante. Ganarás, ganaremos la
partida, porque algo me ha de tocar a mí como maestro: la satisfacción
de ver coronados tus deseos, de verte feliz, contento, padre de
familia... ¡Y que no se alegrará poco este viejo de ver en ti y en
Marcela florecer nueva rama de la honradísima familia de Luco! Así se
redondeará todo, y evitaremos que el caudal de mi amigo vaya a parar
a manos muertas... Con él constituiremos una gran familia tronco
de numerosa prole; y en esa familia prosperará la agricultura, la
industria, y resplandecerá la moral, la... Ya ves, ya ves cómo discurro
y voy atando cabos. Hay que estar en todo, hijo mío.
—Venga otro abrazo —dijo Nelet con efusión, sintiendo que al mágico
influjo de aquella palabra persuasiva, el alma se lo vigorizaba, y se
le inundaba el entendimiento de vivísima luz—; ya lo veo, ya lo veo.
¡Vaya un talento macho!... Adelante: soy hombre; no creo en duendes;
quédense les versitos para barberos y estudiantes... Apresurémonos ya,
que aún estamos distantes del sitio en que hemos de pasar la noche.
Grandemente excitado, don Beltrán fue charlando todo el camino, y el
otro escuchaba gozoso las explanaciones que hizo de su pensamiento, y
los ejemplos admirables que refirió en corroboración de sus teorías.
Con esto se les pasó la tarde, y ya anochecía cuando llegaron al borde
de la barranquera que les separaba del monte de Vallivana. Para dar
descanso al viejo pararon allí, recreándose los dos en el paisaje que
a sus ojos se ofrecía: soledad en lo hondo, quietud en las alturas,
la majestad de la naturaleza campando en su silencio augusto. Con
precaución descendieron hacia el río profundo, que fácilmente se
vadeaba, y paso a paso emprendieron la subida de la vertiente opuesta,
guiados por _Malaena_; que sin este auxilio no habrían podido encontrar
el escalonado sendero entre la peña cubierta de vegetación. Llegaron
por fin a la meseta, donde había una fuente de agua cristalina dentro
de un nicho de variadas florecillas. En una gruta cercana descansaron.
La noche se les pasó en coloquios muy entretenidos y en ratos de
tranquilo sueño, después de una cena frugal. Al amanecer, previo
lavatorio de cara y manos en la fuente, emprendieron la marcha hacia el
santuario. Según los informes de la vieja, allí encontrarían a Marcela,
que había llegado la noche anterior traspasando la sierra de Bel.
En efecto, serían las siete cuando, vencida ya gran parte del fragoso
camino, vieron descender por entre matojos la figura mística de la
monja Luco, seguida de los viejos. Estos se quedaron atrás, y avanzó
sola entre el verdor de los jarales con lento paso de procesión: traía
en la mano una rama de espino florecido. Cuando estuvo casi al habla
saludó a sus amigos con grave sonrisa y un movimiento de la mano en
que tenía el ramo, y se sentó en una peña. No lejos de ella, otra peña
baja y extensa parecía puesta allí para que se sentaran los caballeros.
Esmerádose había la naturaleza en la hechura de aquel estrado, para
pláticas de novios o para honestas reuniones. Se miraron los tres un
instante. Rompió el silencio Marcela con palabras de relleno:
—¿Verdad, señor don Beltrán, que es agria la subidita? Siéntese aquí, a
este lado mío. Tú, Nelet, enfrente.
—La más penosa cuesta —dijo el anciano con refinada galantería— se
vuelve ligera y fácil cuando al término de ella estás tú.
—Es lisonja, señor... No le quiero tan lisonjero.
—Es la verdad —afirmó Nelet, que ya se enojaba de permanecer mudo—. Por
ti, Marcela, subo yo a este monte y a otros más altos; y cuanto más te
subas tú, más gozo yo elevándome hasta donde estés: que es obligación
de lo humano remontarse a lo divino.
—¡Jesús mío! —exclamó la monja risueña, santiguándose—. ¡Cuán
desatinados vienen hoy los dos!
—Alto ahí —dijo don Beltrán, tomando pie de las últimas palabras de
Nelet—: si divina es Marcela, y como a tal la adoramos, no ocultemos
que ahora la quisiéramos humana, sin menoscabo de su divinidad, pues a
mi entender, lo divino y lo humano deben compenetrarse, constituyendo
el mejor estado dentro de la naturaleza...
—Alto ahí, digo yo ahora, y a fe de Marcela sostengo que no soy
divina, aunque a la divinidad aspira mi pobre humanidad baja, y la
compenetración de lo humano y lo divino ha de ser por el modo que la
propia divinidad señala cuando quiere hacer suyo lo humano.
Si Marcela gozaba en este torneo conceptuoso, Nelet sufría de verse en
tales laberintos, donde se perdía su _intellectus_. Así, con gallardo
arranque llevó la cuestión al terreno de la sinceridad y llaneza:
—No sé si es humano o es divino el sentimiento que aquí me trae,
Marcela, sentimiento por el cual iría yo tras de ti hasta el fin del
mundo. Lo que te he dicho en mis cartas, ahora lo repito con el apoyo
de mi buen amigo; y es que te quiero. Dios encendió en mí una llama que
me devora y consume. Si me niegas el amor que te pido, creeré que este
fuego es un pedazo del infierno metido en mí.
—¡Oh!, eso no —dijo Marcela prontamente—, que el amor viene siempre de
Dios. Fuego del cielo es lo que te quema el alma, Nelet; mas no has de
pretender que yo rompa mis votos para darte la tranquilidad. El amor,
nacido en el alma, puede en ella tener su remedio, pues como divino,
con divinos medios se modera y aplaca.
—Eso no —dijo el anciano—, con perdón de la ciencia, el amor como
sentimiento de pura humanidad, solo en la esfera humana encuentra su
remedio.
—Perdóneme el señor don Beltrán; déjeme concluir. Ha dicho Séneca que
el afecto de amor no se rige por la razón. Es sabido que el demasiado
amor es muy peligroso y acarrea desastres y muertes. Y así, yo repito
ahora el dicho de Quilón Lacedemonio: «No amarás ni desearás nada
demasiadamente». Y de que el amor no se rige por la razón, tenemos en
la antigüedad ejemplos mil. Pigmalión y Álcidas Rodio amaron estatuas;
Pasifae Reina amó a un toro; Semíramis a un caballo; Jerjes Rey a un
árbol plátano; Hortensio Orador amó a una murena pescado; Cipariso a
una cierva, y muerta la cierva, murió él también de pesar...
—Pero yo no amo a una estatua, ni a un pez, ni a un árbol —dijo Nelet
con viveza—, sino a una mujer, a un ser vivo y hermoso, en quien Dios
puso todas las perfecciones...
—Déjame acabar mi argumento.
—Dejarla... sí, dejarla —indicó don Beltrán, que notaba en Marcela un
gran gusto de hablar de amor, y el empeño de disimularlo con frialdades
eruditas.
—Hemos sentado que el amor no se rige por la razón —prosiguió la
santa—. Y ahora, tratando de penetrar en la esencia de ese sentimiento,
digo que lo que mueve el amor del hombre es toda perfección de
naturaleza...
—Muy bien.
—Admirable.
—No lo digo yo: lo dice Aristóteles. Las cosas que incitan y mueven
el amor en el hombre son: sapiencia, hermosura, eutrapelia, que es
como decir buena conversación... Pues apartando el alma de estas
perfecciones de naturaleza, a que llamo perfecciones imperfectas, y
embebiéndola en la única perfección perfecta, que es Dios, el amor
humano se extingue, y el alma se ve purificada, gozosa y satisfecha en
el verdadero amor.
—Todo eso es muy sabio —dijo Nelet en pie, impaciente, decidido a
llevar las cosas por lo humano, pues tanta divinidad y sutileza de
palabra le enfadaban—, pero a mí no me traigas ese cuento de que el
amor de Dios quita el amor de mujer... No: a Dios se le quiere como
Dios y a la mujer como mujer. Hombre soy, mujer tú. ¿Por qué no hemos
de amarnos y ser felices? ¿Para qué nos ha criado Dios? ¿Para que nos
aborrezcamos uno a otro y le queramos a Él? No, Marcela... Eso es un
disparate, aunque lo digan Séneca, Aristóteles o san Simplicio. En
cuestión de amor sé yo tanto como esos y más, más... Si quieres darme
una razón para no amarme, deja a Dios y a los santos en el cielo, y
háblame como se habla entre criatura y criatura. Dime que no te agrado,
que no soy de tu gusto, y ante este argumento, que no es sabio ni está
en latín, no tendré más remedio que callarme y devorar mi amargura y
morirme de pena... Sí, Marcela, porque tu desprecio es mi sentencia de
muerte...
—Bien, muy bien, Nelet —gritó don Beltrán radiante de satisfacción—.
Así habla un hombre, y así te quiero, hijo mío.
—Hemos venido a pedirte una contestación a lo que de palabra y por
escrito te he dicho. Yo estoy loco por ti. Desde antes de conocerte te
amaba, y antes de verte te veía, y tan llena de ti tengo mi alma, que
no hay en ella intención ni pensamiento que no sean tuyos..., de lo
que se sigue que has de escoger entre quererme y que yo acabe mi vida.
Esto es quererte a ti y querer también a Dios. Pero no me pidas, ¡ay!,
que quiera a Dios solo sin dejar nada para lo humano, porque eso es
imposible.
Marcela mordía un palito de la rama del espino, sin fijar los ojos en
ninguno de los caballeros, perdida su mirada en vagos espacios. Don
Beltrán se aproximó a ella para observar su rostro, en el cual creía
notar cierta turbación o pugna de sentimientos, y aprovechando estado
tan ventajoso, hizo seña a Nelet de que callase, dejándola un rato en
aquel solemne careo consigo misma.
XXII
—No me negarás —dijo don Beltrán, poniendo suavemente su mano en la
rodilla de la santa— que el hombre en cuyo corazón has encendido
fuego de amor tan grande es merecedor de tu cariño. Caballero leal en
todas sus acciones, será para ti el mejor compañero que Dios podría
depararte. ¿Lo niegas?...
—No señor —replicó Marcela mirando al suelo—; no puedo negar lo que es
verdad: reconozco sus buenas partes, y por su rendimiento y constancia
me veo precisada a tenerle estimación; la estimación que permiten mis
estrechos votos...
—Por algo se empieza, hija mía. Y ahora te digo que a Dios no podría
ofenderle que trocaras la vida religiosa por la que llamamos mundana.
Dios hizo el mundo, hizo la humanidad para que en él viviese y de él
gozara, y creó el amor para que la humanidad se prolongase hasta lo
infinito, de padres a hijos...
—Y no sé yo —dijo Nelet con bárbara lógica— que hiciera Dios conventos,
ni mandase a hombres y mujeres que se apartaran de la existencia
material..., porque la existencia material es el fundamento de toda
vida y hasta del amor de Dios; porque para amar a Dios tenemos que
vivir, y para vivir tenemos que nacer, y para nacer...
—Aunque me ven ustedes silenciosa —indicó la penitente dando un
suspiro—, no crean que me faltan razones para contestar a lo que uno y
otro me dicen.
—¡Oh! Ya sabemos que silogismos y citas sagradas y profanas, no han de
faltarte... Pero ahora nos harás el favor de guardar a todos los sabios
en el archivo de tu memoria, y no consultar más texto que el de tu
corazón. ¿Qué te dice este? ¿Que desprecies a Nelet?
—No me dice que le desprecie —replicó la monja sin mirar al
interesado—, pero me persuade a no cambiar la vida de penitencia por
otra vida.
—Pues yo he leído en no sé qué autor —dijo Nelet altanero— que la
primera penitencia es el matrimonio, y la mayor gloria humana criar una
familia. Y si te decides a permanecer en el siglo, donde me encontrarás
amante, esclavo fiel, no te pesará, Marcela, y verás como Dios te
quiere más y te bendice..., pues la vida que llevas no es vida de
persona racional, ni Dios nuestro Criador puede querer eso.
—No creáis —repitió Marcela, inquieta y como azorada, sin mirarles,
mascando el palito— que porque callo me faltan razones... Mas no
quisiera que las razones que se me ocurren las tomara Nelet a
desprecio... No, no; desprecio no es... Y... no sé cómo decirlo... Es
que aunque yo me propusiera arrancar de mi el amor de la vida religiosa
y el gusto grandísimo de cumplir mis votos, no podría, no podría...
Es más fuerte que yo mi devoción... Pero el afianzarme en ella no
significa desprecio..., no... Considero lo que Nelet merece..., y
yo pediría al Señor que le concediese, en criatura mejor que yo, la
satisfación de su fina voluntad... Que las hay mejores, sí, mejores que
yo, de superior mérito físico y moral, así por la presencia como por
las virtudes...
—No, no hay quien te supere —exclamó Nelet levantándose con furor
de abrazarla—, ni siquiera quien te iguale. Marcela, en dos letras
pronunciadas por tu boca está la ventura y la salvación de un hombre.
Pronúncialas. Fácil, como el respirar, es decir _sí_... El _no_ es
sentencia de muerte, y tus labios divinos no me condenarán.
Levantose Marcela, y poniendo en su rostro y en su acento una severidad
que el menos lince habría tenido por afectada, dijo a los caballeros:
—Con su venia subiremos a la iglesia, que yo tengo que rezar, y ustedes
también, pues han venido a cumplir una promesa.
Sin esperar respuesta echó a andar hacia arriba con grave paso,
echándose al hombro la rama de espino que decoraba graciosamente
su gallardo busto. Quiso Nelet avanzar tras ella para proseguir el
coloquio interrumpido; pero don Beltrán le detuvo vigorosamente por un
brazo, y aguardando a que la santa se alejara, le dijo:
—Tonto, ¿no has comprendido? Es nuestra, es tuya.
—Me ha parecido que su espíritu no es insensible al amor de hombre.
—Calla, hijo... Desde que comenzó a soltar filosofías y citas de
autores, observé que viene transformada. ¿Qué eran aquellas sutilezas
más que un coqueteo de arte mayor? Es mujer, es mujer; hemos triunfado.
—¡Mujer! —repitió Nelet como en éxtasis.
—¿Pero no ves esos andares?... ¿No ves cómo se recoge la saya para
andar cuesta arriba? ¿Y esa manera de llevar la rama florecida?... No
es mala sofoquina la que le hemos dado con nuestro razonar irrebatible.
Mírala, hombre, y dime si eso no es una mujer disfrazada de santa... El
cuento es que está guapa de veras... La he visto muy de cerca; me he
fijado bien. Los dientes son ideales; no extraño que hayas soñado con
ellos. ¡Y qué perfil el de su cara! ¿Pues y los ojos?... Nelet, dame un
abrazo... Estás de enhorabuena... Yo no la distingo ya más que como un
bulto. ¿Va muy lejos? ¿No mira para atrás?
—Todavía no ha mirado.
—Ya, ya la veo. Allá va. Pues bien, Nelet, yo te apuesto lo que quieras
a que antes de llegar a aquel peñasco negro... ¿No hay allí un peñasco?
—Es una encina.
—Pues te apuesto a que antes de llegar a la encina, se para y nos
mira... a ver si la seguimos. No, no te muevas.
Resultó, en efecto, lo que el ladino viejo decía. Parose la penitente,
y agitó la rama como diciendo con ella: «¿Pero qué hacen que no suben?».
Como el tardo paso de don Beltrán no permitía la ascensión rápida,
Marcela se adelantó largo trecho. De rato en rato miraba, y Nelet
le hacía señas de que se detuviese; mas no hacía caso, y cuando los
caballeros llegaron al santuario, ya la monja y sus viejos rezaban ante
el altar con gran recogimiento. Arrodilláronse no lejos de la puerta, a
distancia de Marcela, para poder hablar a su gusto.
—Trastornadita y blanda la tienes ya —decía Urdaneta—. Y no debes
atribuir esta mudanza a la constancia de tus manifestaciones amorosas.
Obra es del contacto continuo con la naturaleza, de la vida al aire
libre, de la libertad, el campo, las montañas, los bosques sombríos y
las fuentes cristalinas. Ya conocían el paño los que establecieron para
penitencia de hombres y mujeres los recintos cerrados. La sociedad es
gran conductora de amor; lo es también la naturaleza... Por más que aún
se defiende con sus sabidurías acartonadas, se ve que está vencida,
tocada del mal de amor. En los andares lo conozco, en el metal de voz.
A mí no me engaña queriendo hacer papeles de teóloga. Para rendir por
completo su voluntad, y que nos largue un _sí_ tan grande como esta
iglesia, hemos de proceder con tino. Mucho cuidado, Nelet, con lo que
ahora le digas...
Nelet rezaba; el prócer hizo lo mismo, pidiendo a la Virgen que le
mejorara la vista y que le sacara del cautiverio que tan injustamente
sufría. Examinaron luego la iglesia, conducidos por la santera, pues
allí no había sacristán ni hombre alguno; vieron también el camarín y
la imagen, y se salieron al atrio a pasearse y fumar un cigarrito...
Marcela, terminados los rezos, apareció al fin, tras larga espera, y
tomando de la mano a don Beltrán, guio a los dos caballeros a un lugar
abrigado junto a la hospedería, al pie de copudos robles. Sentados los
tres sobre la hierba, continuaron su coloquio, siendo ella la que
rompió con estas palabras:
—He pedido a Dios y a la Virgen con todo fervor que me iluminen. No
siento aún desgana de mis votos benditos, ni sombra de afición a otra
vida. También he pedido al Señor que derrame alguna frialdad sobre ese
fogoso afecto de Nelet, y espero que...
—Esto no lo enfría Dios —dijo el enamorado—. Lo que hace es avivar la
lumbre, y cuanto más te miro, más me enciendo, Marcela. Yo he pedido
a Dios que de este fuego que a mí me sobra te dé a ti algunas ascuas,
infundiéndote el gusto de familia, de vida doméstica...
—Sí, hija mía: si te incitara Nelet a cosas impuras y pecaminosas, tus
escrúpulos serían muy justificados; pero te propone, y yo con él, la
unión bendita y santa ante el altar. ¿Qué sacas de esta vida errante?
¿A quién haces feliz con tus penitencias? ¿No es más cristiano y
caritativo que libres de la muerte a un hombre honrado, y trueques sus
martirios en dulzura, su infierno en cielo?
—¡Vive Dios —exclamó Nelet con insana vehemencia— que lo ha expresado
don Beltrán como el mismo evangelio! Quisiera yo ver a Dios, como os
estoy viendo a vosotros, para preguntarle delante de ti: «Dios, ¿no es
verdad que tengo razón y ella no la tiene?».
—Cálmate, Manuel —dijo don Beltrán, alarmado de tanto ardor—. Yo veo
en el mirar dulce de este ángel que nuestras razones han ganado su
entendimiento, que Dios pone el dedo en su voluntad y le dice: «Hija
bendita, levántate y sigue a tu esposo».
Pausa. Nelet, pálido como un difunto, miraba al suelo, y con su
temblorosa mano se agarraba los mechones menos cortos de su cabello.
Marcela tenía el rostro encendido, la respiración anhelante. Dejando
caer a un lado su cabeza en actitud de Dolorosa, arqueando las cejas y
bajando los párpados, pronunció estas palabras, sin autorizarlas con
sentencias de santos ni de filósofos:
—Uno y otro, despiadados, me ponen en grande suplicio. Yo quiero ver
a mi lado el bien y veo el mal; por causa mía inocente, enferma Nelet
de la peor dolencia, de aquella para que no hay consuelo ni medicina,
como no sea ella misma y las punzadas de su propio dolor; esto veo y no
puedo remediarlo, que si en mi mano estuviera, pronto lo haría. Así,
les ruego que no me atormenten más y me dejen partir.
—¡Partir! —exclamó Nelet suspenso, echando de sus ojos un siniestro
rayo—. ¡Partir y dejarme en esta ansiedad! ¿Partir tú y no conmigo? ¿Es
que no quieres verme más? Marcela, por Dios, no me lo digas; no quieras
verme trocado de hombre en fiera..., no ofendas a Dios, convirtiendo
en monstruo a una de sus criaturas... Si por otra causa o razón no te
decides a quererme, hazlo por la santa obra de salvar un alma... ¿No te
convenzo al fin?
—Si con que yo te vea y te hable, tu alma se sostiene en Dios —dijo la
santa, bondadosa—, te veré siempre que gustes y haya buena ocasión de
ello. Al decir que me dejarais partir, no quería, no, alejarme de ti
para siempre..., decía que es hora de que por hoy nos separemos. Y en
esta ausencia, ofrezco yo a Nelet con toda lealtad que seguiré pensando
en el grave caso, y pidiendo a Dios fervorosamente que me ilumine para
resolverlo.
—Yo te aseguro —declaró Santapau con acento en que se revelaba el
propósito de una resuelta acción— que si al decir que partías lo
hubieras hecho en son de despedida para siempre, antes de que te fueras
me habrías visto arrojarme por aquel despeñadero que da al barranco de
Vallivana.
—Hijo mío, Marcela te promete volver, y volverá —indicó Urdaneta
conciliando voluntades con frase cariñosa—. Yo quedo de fiador.
Tendremos otra entrevista dentro de pocos días, en el sitio que
designaremos...
—Y no solo he de consultar con Dios —agregó la beata—, sino con mi
hermano Francisco; que es bien le dé cuenta de esta terrible novedad...
De aquí me iré en busca de un confesor, a quien manifestaré las
turbaciones hondísimas que han levantado en mí las palabras tentadoras
de uno y otro; luego iré en busca de mi hermano, y hecho todo esto, les
avisaré por _Malaena_ para que nos reunamos.
—Y me des respuesta de vida o muerte —dijo el galán—. Está bien. Si me
matas, mátame de un solo golpe. Si he de vivir, sépalo también pronto,
para no vivir muriendo...
Levantose Marcela, diciendo con gracia mujeril, que don Beltrán apreció
como síntoma felicísimo:
—¿Me dan permiso para retirarme?
—¿Tan pronto? —murmuró Nelet.
—Me equivoqué, señores míos —añadió ella con nueva emisión de gracia,
acompañada de sonrisa un tanto picaresca—. No debí pedirles permiso
para retirarme, sino para suplicarles que se retiren... Perdónenme. Y
para que nadie se ofenda, ustedes y yo nos retiraremos al mismo tiempo,
por distintos lados... Yo me voy monte arriba, a salir a Bel.
—Y nosotros barranco abajo a salir a donde Dios quiera —replicó don
Beltrán—. ¿Ves?... Nelet no se conforma con que nos prives tan pronto
de tu divina presencia... Pero yo le persuadiré a la resignación;
descuida. Tiene en mí un aliviador de sus males de ánimo, y un
atemperante de sus nervios.
—Me conformo, sí —dijo Nelet con noble ademán—. Propuesta por ti la
separación con ese modo gracioso y... de mujer, la acepto... Más te
quiero mujer que santa, y entre santa de todos y mujer mía, prefiero
esto..., porque la santidad no llega tan adentro del alma como el
querer entre criaturas...
—Yo celebro verte en esa conformidad —afirmó ella, dando los primeros
pasos hacia el sendero que había de seguir—. De las diferencias entre
santicio y mujericio, mucho podría decirte; mas ahora no puede ser.
—¿Tardarás mucho en decírmelas?
—Dios es quien ha de fijar el cuándo. Él solo es el marcador de las
ocasiones.
—Bueno: también me conformo. Esta mansedumbre que en mí ves no tiene
otra causa que el haberte visto benigna... Has sonreído, Marcela, y
solo con eso me desconozco, me siento mejor de lo que fui.
—Ahora..., como si lo viera... —dijo la penitente, sonriendo con
más gracia y viveza que antes—, irán ustedes caminando despacito, y
parándose a cada instante para mirar hacia atrás.
—¿Y tú no harás lo mismo? —observó Nelet más vivo que la pólvora.
—Si alguna vez vuelvo la cara —replicó ella conteniendo la risa—,
será por observar la tontería de los hombres, y porque no crean que
es desprecio el no mirar alguna vez... Vaya, en marcha. Nelet, don
Beltrán, el Señor les acompañe.
Se separaron lentamente, y como a diez pasos gritó don Beltrán:
—Conste que no soy yo el que mira, sino este truhan, vicioso del mirar.
—Adiós —repitió la divina mujer.
A bastante distancia, hablaban así los dos caballeros:
—¿Qué?... ¿Se detiene a mirarnos?
—Ahora... ¡Y que no haya tenido yo valor para darle un abrazo!
—Calma, hijo. Tiempo tienes. Y ahora, ¿vuelve la cara?
—Va despacito..., alza los ojos al cielo. Ya no la veo. Pasa detrás de
un grupo de árboles... ¡Qué figura, qué aparición celestial!... Yo
estoy loco.
—Calma... Repito que tiempo tienes. A punto de completa madurez la
verás pronto.
—Ahora reaparece otra vez.
—¿Y mira?
—Sí señor... Se ha puesto en la boca una ramita de hinojo. ¡Ay, qué
delicia de hinojo!...
—Tiempo tienes... Anda, anda...
—No, no es de este mundo esa mujer.
—De este mundo o del otro... tuya es.
XXIII
Muy consolado el uno en sus fatigas amorosas, satisfecho el otro del
buen giro que a su parecer tomaba el asunto en que como consejero
intervenía, llegaron los dos caballeros a Catí. De lo que hablaron
por el camino no se hace mención. Baste decir que a los recelos que
manifestaba Nelet, como amante que con menos que la definitiva victoria
no se satisface, oponía Urdaneta las seguridades optimistas, fundado
en su conocimiento y larga práctica de negocios mujeriles. Para el
anciano prócer era como tenerlo en la mano. De allí a las bendiciones
matrimoniales poco trecho había que recorrer.
Hallaron en Catí la novedad de que Cabañero había salido con dos
batallones, por orden del general, y en su lugar quedaba Llangostera,
pronto también a partir con fuerza considerable hacia la frontera de
Cataluña. A la mañana del siguiente día, pasó por allí Cabrera con su
ejército en veloz marcha. Venía de cerca de Murviedro, donde se había
batido con las tropas de Oráa, y a Gandesa se dirigía llevando algunos
cañones para poner formal sitio a esta plaza. Grande fue la desazón del
pobre Urdaneta cuando le despertó Santapau para decirle:
—Mi querido viejo, la fatalidad, y en su nombre don Ramón Cabrera,
ha decretado que nos separemos. Desde Salvasoria mandó aviso de
que se incorporen sin dilación a su ejército el 3.º de Tortosa y
tres compañías del 1.º de Valencia. Parece que vamos a sitiar a mi
pueblo... No puedo, ni con pretexto de enfermedad ni con otra artimaña,
librarme de la maldita obediencia al superior... Pero ya me canso,
ya me canso de la esclavitud, y a la primera oportunidad pediré la
absoluta. Imposible repicar y andar en la procesión que usted sabe.
Amor y ordenanza no casan bien... Y no más, amigo mío. Le dejo bien
recomendado a Llangostera, que se ha de situar en Rosell, para cortar
el paso del Pla a las tropas que vayan en auxilio de Gandesa... Conque
adiós... No siento más sino que venga _Malaena_ y no me encuentre. Pero
ya le advertí que en este caso se vea con usted... Con decirle dónde
estoy, basta. Es buen sabueso; dará conmigo... No puedo detenerme ni
un segundo más. Adiós.
Muy triste se quedó el pobre caballero, señor de tantas torres; y su
único consuelo fue que a poco de despedirse de Santapau le deparó Dios
una antigua amistad, el capellán mosén Putxet, que dos días antes había
llegado con destino al 1.º de Tortosa, de la división de Llangostera.
Aunque no podía sustituir el clérigo la franca y ya entrañable amistad
de Nelet, al menos le entretenía con su charla, y le prodigó no pocas
atenciones, entre ellas el agenciarle una buena mula para el paso desde
Catí a Rosell, que Llangostera, con seis batallones, efectuó en la
noche del 15 de mayo y parte de la mañana del 16. Llegó don Beltrán
molido y displicente por el duro trotar de la condenada bestia, y lo
primero que solicitó de la bondad de su amigo fue que le metieran en
cualquier mechinal, para poder estirar su esqueleto y darse algún
descanso. En un aposento de la sacristía de la iglesia mayor le colocó
Putxet, con gran satisfacción del noble, que no esperaba tan buen
hospedaje. Lo que deseaba era que le dejasen allí, previo juramento
solemne de no quebrantar su esclavitud y estar siempre a disposición
de la autoridad carlista que le reclamase. Pero, ¡ay!, que si el cielo
le concedió la quietud material que por el momento deseaba, no fue
benigno con él en aquellos tristes días. El 18 muy temprano, cuando las
claridades del alba despuntaban por oriente, despertó el caballero con
sobresalto, sin que nadie le llamase, por efecto de un súbito golpetazo
de su corazón.
—¿Quién está ahí? —dijo sin moverse, viendo avanzar hacia su lecho un
bulto negro.
—Soy yo, querido don Beltrán —respondió al poco rato Putxet, pues no
era otro, acercándose más—. No venía a despertarle, sino a ver si
dormía... Pero es temprano... Duerma una hora más..., aunque sean dos
horas..., todo lo que quiera.
—¿Qué sucede? ¿Tenemos que partir?
—No, no... Por ahora no... Es que... Sentiría mucho que usted se
alterase... Calma, ilustre señor. Me voy, para que duerma otro poquito.
—Ya no podré dormir, caramba, pues esta entrada de usted a hora tan
intempestiva, la turbación que noto en su acento, son para despabilar
al sueño mismo. Me dice el corazón que tiene usted algo que...
comunicarme.
—No es tiempo aún... ¿Quiere usted que se le haga café?...
—¡Demonio! Tan pronto me dice que duerma como me ofrece café. Ea, señor
Putxet, ¿qué le trae acá? No valen melindres conmigo.
—Pues sí —dijo el capellán, que en su tristeza y azoramiento, cuanto
más hábil quería ser, más torpemente procedía—. Mejor será que se
despabile y se levante... No se altere, señor, no pierda su aplomo y
serenidad... A un hombre como usted, tan entero y... y que se hace
cargo de las cosas..., se le puede decir... Nada, no es nada, señor; es
que... ha ocurrido una gran desgracia.
—Acabe usted, acabe, hombre pusilánime, hombre enclenque, hombre
femenino...
—Pues sepa el hombre fuerte, sepa el hombre valeroso y grande, que
ayer, en un pueblecito llamado Belén, más allá de Tortosa, los infames
cristinos fusilaron a don Alonso de Almela, hermano del conde de Catí.
—Y en represalias de esta barbarie, los infames carlistas harán
lo mismo con el noble don Beltrán de Urdaneta —gritó el anciano,
poniéndose en pie, medio desnudo, sobre el camastro—. Bien, bien: aquí
me tenéis, asesinos; aquí estoy dispuesto a morir. Noble por noble,
como me dijo en Cheste el jefe de los matachines, Ramón Cabrera... ¡Y
para anunciarme esto, señor Putxet, ha estado ahí tartamudeando y poco
menos que haciendo pucheros!... Aguarde a que me vista; dispense que
tarde en ello algún tiempo, pues acostumbrado a valerme de ayuda de
cámara, soy algo torpe en estas operaciones matutinas... Pero si tienen
mucha prisa por despacharme, ¡demonio!, llévenme a medio vestir, que
la muerte no ha de poner reparo. Por falta de ropa, ni he de ser menos
animoso, ni vosotros menos viles y cobardes.
—Si no hay prisa, señor —dijo el capellán abrazándole—. De aquí a
las nueve nos sobra tiempo... Y pues tiene la costumbre del ayuda de
cámara, yo soy bastante humilde para prestarle ese servicio.
—Gracias, no pretendía yo tanto —replicó don Beltrán sentándose en el
lecho, mientras el otro le traía las botas, el pantalón, disponiéndose
a vestirle—. Y pues con tanta generosidad mis verdugos me conceden
estas horas, sepa que no renuncio al café que me ha ofrecido...
—Al momento mandaré que se lo preparen. ¡Pues no faltaba más! Sería una
desconsideración imperdonable privarle de alimento.
—Bien, hijo, bien: se agradece... ¡Con qué destreza me ayuda a
vestirme! Parece que en toda su vida no ha hecho usted otra cosa.
—Fui paje del ilustrísimo señor don Víctor Sáez, obispo de Tortosa.
—¡Sáez, el ministro del absolutismo! ¡El que ayudó a Fernando VII en
su tarea de ahorcar a medio mundo! Bien, hombre, bien. Pues ya que
usted tiene la bondad de ser por un instante mi criado, no vacilará,
si es tan humilde, en prestarme todos los servicios que necesita un
hombre como yo... Adelante... Tenga usted cuidado con esta pierna.
Trátela con miramiento, que está reumática... Ahora el chaleco... Este
me lo dio don Ramón, y me ha hecho un gran servicio. Bueno, bueno...
No corra usted tanto... Le recordaré el dicho de nuestro gran tirano,
el ahorcador de gentes, Fernando el Deseado..., contra una esquina...
Ya sabe usted que él fue quien dijo: «Vísteme despacio, que estoy de
prisa». Ahora, hágame el favor de pedir el café...
—Lo tendrá usted a punto. Sabe Dios cuánta pena me causa tener que
notificarle... Anoche me llamó Llangostera, que, entre paréntesis, está
muy afligido por verse en el duro trance de...
—¡Pobrecito! Si está tan afligido, le compadezco...
—Pero el deber...
—Claro, el deber... En estas guerras salvajes, trastornadas las
conciencias, aplicáis a los crímenes palabras santas que se inventaron
para expresar la virtud, y asesináis en nombre de la justicia, que es
como poner al diablo en los altares... Bien..., que sea pronto.
—Suplicome el señor Llangostera que me encargase..., y con gran
sentimiento acepté comisión tan triste... Era yo el más significado
para este paso, por la amistad... de que me honro.
—La honra es mía. No sea usted tan modesto...
—Y encargome al propio tiempo que le preparase..., si usted se dignaba
elegirme entre los cuatro señores capellanes que estamos hoy en Rosell.
—Hijo, sí, por elegido... Lo mismo me da.
—Mi amistad atribulada —dijo el capellán buscando una bonita expresión
retórica—, me consuela con esta preferencia que el noble caballero se
digna concederme.
—Mi confesión no será larga —indicó don Beltrán paseándose por la
habitación—, y si usted quiere, ahora mismo...
—Antes haré que se le sirva el café... No hay en ello inconveniente,
pues no tendremos comunión..., y no por culpa mía. El párroco del
pueblo nos ha hecho la jugada de abandonar su iglesia para unirse a la
partida del _Organista_. Está el hombre furioso desde que los liberales
le mataron al sobrino...
No necesitó el capellán separarse de su amigo para la diligencia del
café, pues el oficial de guardia en la estancia próxima, interesado
también por don Beltrán, y de su desgracia compadecido, había dado
las órdenes para que se le llevase pronto aquella tónica bebida. Dio
el anciano las gracias a los que se la sirvieron, mostrándose con
todos muy afable. Tomado el café, que por singular merced no estaba
mal hecho, volvió al capítulo de su confesión, diciendo con animado
lenguaje:
—Pues sí: mi conciencia ve su luz y su sombra perfectamente
deslindadas, y no vacila al señalarlas... No hay en mí casos dudosos,
enigmáticos, oscuros. Soy claro y bien definido... En esta crítica
hora, mi memoria se aviva, y no habrá nada que se me quede en el
tintero, llamando tintero al antro del olvido. Lo que Dios sabe, yo
lo digo sin rebozo y con facilidad al sacerdote que me auxilia, a
cuantos quieran oírlo, pues la vida de Beltrán de Urdaneta es pública,
su carácter bien diáfano, y sería en mí ridículo melindre el hacer un
misterio de lo que sabe todo el mundo, todo Aragón... Soy público en
Aragón, soy popular, mejor dicho...
Y observando que oficiales y soldados, de guardia en la estancia
próxima, se asomaban a la puerta movidos de curiosidad, les dijo:
—Entren si gustan, y oigan; que los pecados que declara mi boca no son
tales que produzcan espanto, y refiriendo mis maldades, puedo decir
que el que se encuentre limpio de ellas, tire la primera piedra. No es
que yo deje de creerlas vituperables: al contrario, en esta hora clara
de la conciencia, veo y reconozco cuánto he ofendido al Señor, y qué
mal uso hice de las cualidades que se dignó poner en mi alma. Siempre
fui religioso, creyente ciego de cuanto su Iglesia nos enseña, aunque
muy perezoso y descuidado en cumplir los preceptos que se nos dieron
para conservar y enaltecer el nombre de cristianos. He faltado en esto
gravemente, más que por desamor de Dios, por la continua distracción en
que me tenía el bullicio vano del mundo, y las frivolidades con que la
sociedad noble embelesa nuestros sentidos. Siempre fui más devoto de
los placeres que de las abstinencias, y más gustoso de la buena vida
que de las mortificaciones, sin llegar nunca a la embriaguez ni a la
glotonería, y no porque ambos excesos son pecados, sino por que siempre
los creí de mal gusto... He sido vanidoso, amante de la ostentación y
de la lisonja, mirando siempre a que lo mío fuese superior a lo ajeno,
a que ninguno me igualara en grandeza y lujo; y cuando veía por alguna
parte algo que me oscureciese, sufría mal de tristeza, y me lo curaba
con nuevos esfuerzos para extremar la presunción y humillar a los
demás... Pero también digo que jamás cometí vileza contra nadie, y que
conservé la dignidad que mi raza y mi nombre me imponían, mostrándome
siempre caballero noble, con los iguales cortés, afable y cariñoso con
los inferiores... Mi pecado mayor, manantial inagotable, en vida tan
larga, de innumerables errores, ha sido mi locura, que así la llamo,
de galantear y ser grato al bello sexo. Mi goce más vivo fue en todo
tiempo el trato de damas altas, bajas o medianas, y llamo damas a
cuanto se comprende dentro de la muchedumbre femenina. Mi desatino ha
sido tal, que todo lo he pospuesto a la satisfacción de mis gustos.
Verdad que dentro del fuero del amor no he cometido vilezas; pero sepan
que ese fuero es puro artificio inventado para nuestro uso por los
galanteadores, y que no vale ante la ordenanza del decálogo. Yo, pues,
he pecado gravísimamente, y al declararlo, reconozco sin atenuaciones
ni disculpas todo el mal que hice, añadiendo que mis infamias no
tuvieron término por severidad de mi conciencia, sino porque el desmayo
de la naturaleza les puso freno, contraviniendo mi liviandad y hábitos
viciosos. De esto me acuso, y reconociendo mi error, me encomiendo a la
misericordia divina.
»También es pecado grave el poco o ningún cuidado que puse en el manejo
de mi hacienda; que la riqueza, Dios nos la da para que la usemos con
templanza y la transmitamos a nuestros hijos. Yo he sido una mano
verdaderamente horadada. Ciertamente que algo atenúa este pecado mi
generosidad sin límites, pues todo se ha de decir: yo hacía partícipes
de mi bien a cuantos me rodeaban o se me acercaban en demanda de
auxilio. Yo he remediado muchas miserias, enjugado no pocas lágrimas.
Ningún colono ni sirviente mío puede decir que le oprimí; y si esto se
lleva como litigio a tribunal divino para fallar sobre mi alma, tengo
por cierto que innumerables seres depondrán en favor mío. Váyase lo
uno por lo otro, que si largamente derroché, con no menor largueza di
mi mano a los miserables para que se agarraran... Defecto capital mío
ha sido el amor a ese resorte de vida material que llamamos dinero,
despreciado por los filósofos, vilipendiado por la religión, pero del
cual no podemos prescindir dentro de la sociedad a que pertenecemos,
porque su empleo y distribución se ha hecho ley que a todos nos sujeta,
so pena de volvernos salvajes o ermitaños, lo que no digo que sea
peor ni mejor que el estado social. Solo afirmo que mis apetitos, mi
presunción, me han espoleado siempre para proveerme de ese metal,
que no llamaré precioso ni vil, dejándole en esta ocasión sin ningún
título ni apodo. Pero bien sabe Dios que en las situaciones aflictivas
a que me condujo el afán de prolongar mis goces y conservar mi fama
de rumboso y señoril, jamás tomé nada que no viniese a mí por caminos
legítimos, aunque ruinosos. Sobre mi conciencia pesan muchos pecados,
muchos; pero no pesa ni un solo maravedí que pueda llamarse ajeno. Si
alguna vez me rebajé al empleo de resortes que humillaban un tanto mi
dignidad, nunca me movió el intento de traer a mí lo perteneciente a
otro... eso nunca. Limpio estoy de esa clase de manchas... No puedo
decir, ¡ay de mí!, que de todas esté limpio, pues pecador fui, por
pecador me tengo, y como pecador empedernido me confieso en la hora
de mi muerte. Ya lo habéis oído; ya veis, señores, la conciencia de
don Beltrán de Urdaneta, a quien todo Aragón llamó en otro tiempo _don
Beltrán el Grande_. Ni cosa mala he callado, ni cosa buena hay fuera de
lo manifiesto. Si algo se me olvida, quiera Dios ordenar mi memoria de
modo que los olvidos sean de cosas y hechos favorables, y que nada de
lo malo se me quede escondido en la mente. Creo que no... Tal como fui
y como soy, a vosotros, a mi confesor y amigo me presento; y sumiso,
pesaroso de haber menospreciado la divina ley, entrego mi alma a Dios,
infinitamente justiciero, infinitamente misericordioso.
XXIV
Cuantos vieron y oyeron al infortunado caballero aragonés, quedaron
maravillados de su sinceridad y presencia de ánimo. Del grupo de
oficiales y soldados que en la puerta se arremolinaban, se destacó uno,
al parecer teniente, que adelantándose hacia el prócer y besándole la
mano, le dijo:
—Señor, cuando esté usted en el cielo, acuérdese de un servidor,
Nicasio Pulpis, que tiene sobre su conciencia los mismos pecados de
usted y no sus virtudes.
—Bien, hijo —replicó don Beltrán abrazándole—. Que mis desgracias y
fin desastroso te sirvan de espejo para que en él te mires y procures
enmendarte.
Putxet, en tanto, inconsolable, expresaba su consternación en estos o
parecidos términos:
—Una y otra vez he dicho al señor Llangostera que hoy no es día hábil
para ejecuciones. Figúrese usted: domingo, y por añadidura Pascua
de Pentecostés... ¡Cuando la Iglesia conmemora nada menos que el
grandiosísimo misterio de la venida del Espíritu Santo en forma de
lenguas de fuego sobre las cabezas de los Apóstoles, para infundirles
la divina ciencia!... ¡cuando tal festividad augusta y solemne
celebramos, tener que consumar un cruento sacrificio, por más que las
leyes de guerra, ¡malditas leyes!, lo autoricen y sancionen!... No, no
puede ser: protesto..., y he de insistir, pidiendo que se deje para
mañana. Me parece que corriendo a mi cargo la dirección espiritual
del regimiento, tengo derecho a que se me oiga... No estamos aquí
los capellanes solo para confesar de prisa y corriendo... Vea usted,
por no hacerme caso, hoy no puedo celebrar: no tenemos formas... Es
inconcebible este descuido... ¡Pues cartuchos no faltarán! Todo lo de
guerra está corriente, eso sí..., y lo espiritual, nada... Así anda
ello.
—No se sulfure, amigo Putxet —le dijo don Beltrán, que se había
sentado y quería meditar—. Y no se apure por el aplazamiento de mi...
sacrificio. ¿Qué más da un día que otro? Si el día es solemne, no
importa. Bien sabe Dios que andan ustedes algo atropellados, y no
pueden acomodar sus acciones al almanaque. En la guerra, ya se sabe,
todo es permitido. Como si se presentara hoy buena coyuntura para una
batalla..., ¿iban ustedes a dejar de aprovecharla, por ser Pentecostés?
No, y en Pentecostés matarían unos y otros gran número de cristianos.
Si admitimos como lógico y razonable el dar a nuestro Padre Celestial
el nombre de _Dios de las Batallas_, que usan los capellanes en sus
sermones y los generales en sus proclamas a la tropa; si Dios es,
como dicen ustedes, capitán general o generalísimo, ya pueden contar
con su indulgencia por aplicar leyes de guerra en días de solemnidad
litúrgica... Por mí, no deseo el aplazamiento, pues aunque me encuentro
tranquilo y resignado, no respondo de que en esas veinticuatro horas se
me conserve la resignación y tranquilidad. Somos hombres, y el morir
violentamente, en acto preparado y ceremonioso, agobia..., sí, señor...
Mátenme de una vez, y no pongan a prueba mi fortaleza.
No se dio por convencido el terco capellán, y perseverando en su idea,
dijo al infeliz prócer:
—Quiero dar un nuevo ataque al jefe. En seguida vuelvo; de paso mandaré
que le sirvan a usted un par de huevos fritos... He visto que hay
tomate... y si usted quiere...
—Bien, hijo, bien; lo mismo da... Gracias por todo... Haga usted lo que
quiera. Yo no tengo voluntad... Quiero convencerme de que ya no vivo.
En el rato que estuvo solo, el pobre condenado cayó en reflexiones
tristísimas, buscando el porqué de su tragedia; que en tales trances
y en otros menos lastimosos propendemos a escudriñar los orígenes
o el móvil inicial de todo suceso que nos afecta. «Ello es de toda
evidencia —pensaba— que Dios me envía mi muerte en forma tan terrible
para castigarme de mi enormísimo pecado de estos días. He prestado a
Nelet ayuda insidiosa para la seducción de la monja Marcela; y aunque
desde el primer momento le señaló forma y fines de matrimonio, cosa es
muy grave, y si se quiere sacrílega, el inducir a una esposa de Cristo
al rompimiento de sus votos. Y lo peor es que con malicia instruí al
enamorado y le aconsejé, dándole por norma las inicuas reglas que yo
he ido sacando de la experiencia de mi vida libertina... ¡Ah, bien
merecido me está lo que ahora me pasa! ¡En ello veo tu mano, Dios de
justicia!... Hice muy mal en tomar a mi cuidado las desazones del pobre
Nelet. ¿Quién me mete a mí a zurcidor de voluntades guerrilleras y
monjiles? ¿Qué voy yo ganando con que una tarasca y un endemoniado se
casen o dejen de casarse? ¡Ah, en el fondo oscuro de mis intenciones
veo la maldita codicia y el afán de allegar recursos! No fue otra la
causa de mi metimiento en tan feo negocio. Y que la monja andariega,
por las reglas infames que di a Nelet, se ha trastornado y siente el
veneno de amor en su sangre no puede ponerse en duda. Por culpa mía
y de mi sabiduría pérfida, romperá sus votos y ofenderá a Dios... Me
ha movido el villano interés, la idea de que, casándose, me habían
de entregar lo que para mí designó Juan Luco... Mal pensé, mal hice,
y Dios, en pago de mi perversidad, permite que estos bribones me den
cuatro tiros... ¡Ay de mí!».
Interrumpiole Putxet con la noticia de que, oídas las razones
canónicas expuestas por el capellán, que amenazó con poner el caso en
conocimiento del Vicario General, había decretado Llangostera aplazar
el acto hasta el día próximo de madrugada. No supo Urdaneta si la
resolución del jefe le causaba tristeza o alegría. Si fue esto último,
era una alegría triste. Almorzó con mediano apetito, departiendo con
el capellán y el teniente Pulpis, que le custodiaba en la capilla.
Por la tarde, su tristeza se exacerbó en grado sumo, y la compañía de
aquellos señores le causaba enojos. Y pues no le dejaban solo, echose
en un camastro como intentando dormir; mas lo que hacía era sumergirse
en la contemplación de lo pasado, y en traer al pensamiento su familia,
su casa de Cintruénigo... «¡Ah!, si Rodrigo y Juana Teresa me vieran
en esta horrenda situación, qué amargo llanto derramarían... Sí, sí:
porque me quieren, aunque riñamos y nos enemistemos por tonterías
que, vistas desde aquí, son de una insignificancia que mueve a risa y
desprecio. ¡Dios mío, qué lección me das al fin de mi vida! Paréceme
que estoy ya en la eternidad, donde presumo que hemos de ver todas las
cosas del mundo en su natural pequeñez. Me quieren, sí, me quieren,
y yo también quiero a mi nieto y a la madre de mi nieto, que es la
esposa de mi hijo... Las contrariedades, que en mi necedad estimé
graves ofensas, ahora las perdono de todo corazón. Y cuando ellos
sepan, ¡ay de mí!, cómo ha concluido don Beltrán _el Grande_, también
me perdonarán los agravios que les hice, mis malas palabras, mis actos
rencorosos. ¡Pues poco que se condolerán de mi suerte! Rezarán por
mí, pedirán a Dios que me acoja en su seno, y harán sufragios por
mi alma. Ya estoy viendo a todo el clero de Cintruénigo atareado
por largo espacio de días en misas, funerales y responsos... Confío
sobre todo en la eficacia de mi arrepentimiento. Pésame, Señor, de
todo corazón el haberte ultrajado sistemáticamente, empleando tan
mal la vida larguísima que me has dado. Pésame también el rencor que
sentí hacia los míos, y el regocijo que tuve al ver descompuesta la
proyectada boda de mi nieto con la mayorazga de Castro-Amézaga. Pésanme
mis bravatas, mi orgullo, mi disipación, mi ansia de coger dinero para
presumir y disimular mi ruina... Pésame todo el daño que hice, y esta
última travesura de querer arrancar a Marcela de la vida religiosa
para satisfacer el liviano amor de Nelet...». Consagró también tristes
pensamientos a su hija y yerno de Villarcayo, perdonándoles sus últimos
desaires; besó mentalmente a sus nietos, y de todos se despidió con
efusión de lágrimas y suspiros. Sus amigos fueron pasando después por
su mente, uno tras otro, en melancólica y pausada procesión, siendo
de los últimos Fernando Calpena, por quien sentía paternal cariño.
Condolíase de que en Bilbao le hubieran birlado la novia. Si hablarle
pudiera en aquel instante, ya no se atrevería, no, a inducirle a
solicitar bodas con Demetria... No, no: guarda, Pablo. Demetria debía
ser para el marqués de Sariñán. Que doña María Tirgo y Juana Teresa
rehicieran los descompuestos planes. Buscara Calpena otra mayorazga,
que buenos partidos no habían de faltarle... Hasta del pobre _Mero_
se acordó y de Saloma, deseándoles vida, salud, felicidades y rápidos
ascensos... ¿Y qué sería de Tomé?... ¿Y del caballo ganado a Calpena,
qué se habría hecho? En Alcañiz habían quedado también su breve
equipaje y el reloj, magnífica repetición que no llevó consigo al
salir en busca de Marcela, porque roto el espiral a poco de partir
de Cintruénigo, para nada le servía. Guardado con unos pocos duros y
pesetas quedó en una bolsa de vejiga que antes usara para el tabaco...
La primera parte de la noche la pasó inquietísimo, hablando sin
fatigarse horas enteras, y ya refería sucesos de su vida, ya dictaba
disposiciones para que Putxet recogiera en Alcañiz su equipaje y
caballo, remitiéndolo todo, con la noticia y relato de su muerte, a
la villa de Cintruénigo. Hizo intención de escribir a su nieto y a su
hija; mas sintiendo muy desvanecida la cabeza y el pulso tembloroso,
no trazó más que unas seis líneas con la declaración de su inocencia y
de su trágico fin. Moría como caballero cristiano dolorido del mal que
había hecho, y a todos perdonaba, sin excluir a los que inicuamente le
quitaban la vida. Esmerose en la firma, trazándola con todo el vigor y
claridad que le fue posible. Después dijo:
—Quisiera que ahora mismo acabáramos. Las horas que faltan pesan sobre
mí como siglos futuros que se convirtieran en presentes.
Repetida y ampliada la confesión con piadoso recogimiento, incitole
Putxet a dormir. Negose a ello don Beltrán, y estuvieron departiendo
hasta la madrugada. Viendo cercana la hora, llamó el reo a los
oficiales del piquete para despedirse de ellos. Formando rueda en torno
a la mesa, oyeron esta manifestación tan sencilla como sustanciosa:
—Amigos, les agradezco la simpatía y delicadeza que en esta ocasión
me han manifestado. Son ustedes caballeros; yo también lo soy. Como
tal quiero morir; como tales se conducirán ustedes en el trance
final, acabando mi vida con rapidez y sin martirizarme inútilmente.
Yo les perdono de todo corazón. Y si me es permitido, por el fuero de
ancianidad, dirigirles algunos consejos, allá voy; y esto que ahora
les diga, sea para ustedes de autoridad, como expresión postrera del
pensamiento de un moribundo. Condenado sin culpa, no diré palabra
injuriosa ni vengativa contra el bando político que me arranca la
vida, ni contra vuestro ejército... Todas estas cosas quedan para
mí en un término lejano. Sin vituperar esta causa ni la otra, sin
enaltecer a ninguna de las dos, os digo que no derraméis más sangre
de españoles. Guardad esta sangre para mejores y más altas empresas.
No defendáis con tesón tan extraordinario derechos de príncipes o
princesas, pues voy entendiendo yo que tanto valen unos como otros,
y que cuando la cuestión se dilucide y haya un vencedor definitivo,
habréis desgarrado a vuestra patria, que es la legítima poseedora de
todos los derechos. Mientras ponéis en claro, a tiros, cuál es el
verídico dueño de la corona, negáis a la nación su derecho a la vida,
porque le estáis matando todos sus hijos, y le destruís sus ciudades
y le arrasáis sus campos. Será muy triste que cuando de vuestras
querellas salgan triunfantes un trono y un altar, no tengáis suelo
firme en que ponerlos. ¿Para qué queréis altar y trono, si luego han
de cojear como esos muebles a que falta una pata? Allanad y afirmad
el suelo ante todo, y esto lo haréis con las artes de la paz, no con
guerras y trapisondas. Haced un país donde haya todo lo contrario de
lo que unos y otros, a quienes no sé si llamar guerreros o bandidos,
representáis; haced un país donde sea verdad la justicia, donde sea
efectiva la propiedad, eficaz el mérito, fecundo el trabajo, y dejaos
de quitar y poner tronos... Lo que va a resultar es que, cualquiera
que sea el resultado, estáis fabricando una nación de bandolerismo,
que en mucho tiempo, gane quien ganare, ha de seguir siendo bandolera,
es decir, que tendrá por leyes la violencia, la injusticia, el favor,
la holgazanería, el pillaje y la desvergüenza. En un pueblo a que dais
tal educación, cualquier trono que pongáis será un trono figurado, de
cuatro tablas frágiles y cuatro mal pintados lienzos.
»Quizás vosotros, llenos de vida y de ilusiones, no veáis esto como
lo veo yo, viejo y moribundo. Creéis que toda la vida vais a estar
guerreando, con miras de gloria y ascensos; creéis que España ha de
ser patrimonio y casa de guerreros, los cuales en la paz tendrían que
ser empleados. ¿Empleados de qué? ¿Guerreros para qué? Sois muchos
a comer rancho; sois muchos a vivir de distinciones, de cintajos
y signos categóricos. Y yo os pregunto: ¿quién trabaja? ¿De dónde
sale el rancho, el sueldo, la ropita con galones? Esto es absurdo:
estáis matando el país y haciendo de él un magnífico cementerio
poblado por maniquís, que ostentarán su presunción paseándose entre
las sepulturas... Y ahora, puesto que me oís con tanta atención, me
permitiré daros consejos de otro orden. No es tan gran autoridad el
virtuoso que nunca ha pecado como el pecador que reconoce, aunque
tarde, sus yerros. Y puesto que conocéis mi vida, os incito a no
imitarme en la parte corrompida de ella. No seáis pródigos; adoptad
con discreta medida las prácticas de los miserables, llevando cuenta y
razón de lo que tenéis y consumís, para que nunca os salga la necesidad
más larga que su remedio, ni la sábana más corta que la pierna. Entre
la sordidez y la excesiva largueza, preferid lo primero, que os hará
antipáticos, pero no infelices. La generosidad practicada sin medida
puede ser viciosa, porque muchas veces la dicta la presunción antes que
el verdadero espíritu de caridad... Y tocando, por fin, el punto más
sensible, no me atrevo a deciros que no seáis enamorados, porque esto
sería contravenir una gran ley de naturaleza; pero sí os recomiendo
que lo seáis sin apartaros de las leyes eternas, y que evitéis
toda empresa de amor en que veáis probable daño de tercero. Esto es
muy malo, hijos míos, y os lo asegura quien, por seguir la regla
contraria, ha tocado en la experiencia sus perniciosos efectos. En todo
caso, sed respetuosos y veraces con las mujeres. Es más conforme a
naturaleza dejarles a ellas el uso del engaño, arma con que compensan
su debilidad, y tomar el hombre para sí el uso continuo de la lealtad,
que es la fuerza; y los riesgos que de esto se ocasionen, cada cual
los sortee como pueda, buscando siempre el bien. Que las alabéis y
las obsequiéis con flores del ingenio, no es cosa mala, pues muchas
con esto solo quedan satisfechas, y vosotros nada perdéis en ello.
Los que sean casados, harán bien en guardar la fidelidad matrimonial,
aunque les haya tocado un culebrón... Por eso, conviene mirarlo
despacio, y enterarse antes de contraer esos vínculos que duran toda
la vida. Sostened siempre la paz dentro de la familia que os resulte
del nacimiento y de las uniones, y si hay en ella caracteres ásperos,
procurad haceros a sus asperezas para que los demás contemporicen con
las vuestras, que de seguro las tendréis. Espinas sufrimos, espinas
tenemos, y el que crea que no las tiene y se duela de que le pinchen,
es tonto de remate. Y ya no me queda que deciros sino que seáis
trabajadores, que os procuréis un modo de vivir independiente del
Estado, ya en la labranza de tanta tierra inculta, ya en cualquiera
ocupación de artes liberales, oficios o comercio, pues si así no lo
hacéis y os dedicáis todos a _figurar_, no formaréis una nación, sino
una plaga, y acabaréis por tener que devoraros los unos a los otros
en guerras y revoluciones sin fin... Sed cultos, bien educados, y
emplead las buenas formas así en el lenguaje como en las acciones, que
la grosería es causante de terribles males privados y públicos. La
rudeza y los procederes ordinarios han sido aquí, bien lo veis, semilla
de discordias entre los pueblos, y por esa falta de formas se hacen
interminables las guerras, pues la grosería engendra el odio, y el odio
nos lleva al salvajismo y a la barbarie... Y basta ya: no lloréis por
mí, ni tengáis demasiada lástima de mi muerte, pues soy muy viejo y no
sirvo ya para nada. A nadie soy útil, a nadie hago falta; mis días son
de absoluta esterilidad; ya he vivido bastante, y al quitarme de en
medio, casi casi no cometéis crueldad, pues no hacéis más que arrancar
un tronco añoso y seco, que estorba el nacimiento de nuevos árboles...
A todos ruego que me perdonen, y yo en los presentes perdono a cuantas
personas de este y el otro bando hayan podido causarme algún agravio...
Entereza no me falta, ya lo veis: confío en la misericordia divina, a
quien entrego mi alma, abominando de mis culpas, sin pedir un galardón
que no merezco, y deseando solo la indulgencia que Dios no niega al
último pecador. Les ruego, además, que entierren mi cuerpo en lugar
decoroso, designando mi sepultura con una cruz y alguna inscripción,
pues mi familia pretenderá seguramente transportar estos tristes
despojos al panteón de Cintruénigo... Por mí, los dejaría en cualquier
parte; pero los Idiáquez no lo consentirán... Ea: ya he concluido,
y perdonen que haya sido hablador prolijo en este trance. Acabemos
pronto, y cumplan ustedes su deber, que es matarme, como yo cumplo el
mío muriendo en paz con Dios y con los hombres.
XXV
Uno tras otro le fueron abrazando, admirados no solo de su entereza,
sino de su talento y gracia. Algunos minutos habían pasado ya de la
hora designada para el suplicio, y don Beltrán, impaciente, dijo con
buena sombra:
—¿Pero qué hacemos, señores? Estamos perdiendo un tiempo precioso...
El sol entraba por la ventana anunciando un esplendente día primaveral.
Suspiró Urdaneta próximo a la ventana, y dirigiendo miradas de tristeza
hacia el campo verde y risueño, vio en primer término unas cabras;
junto a ellas un burro viejo, amarrado por las patas.
—¡Pobre animal!... Le harían ustedes un gran favor sacrificándole
conmigo... Pero él no querrá, naturalmente. Aunque viejo y con los
dientes gastados, aún le gusta la hierba... ¡Goloso!... ¿Conque
vamos... o qué?
Entró Pulpis a decir que el jefe había mandado un recado urgente...
¡Que aguardaran...! Sin duda querría despedirse del señor don Beltrán...
—Pues, hombre —dijo este, suspenso y ansioso—, que venga de una vez...
¿Viene ya?
Dos minutos de cruel expectación transcurrieron hasta la entrada de
Llangostera en la estancia. Su rostro de clérigo afligido si algo
expresaba, era la premura y el diligente afán del puntual servicio.
—Siéntese, señor —dijo al reo, sin más saludo—. No tenemos prisa. ¿Qué
tal le han dado de comer?
—¡Comer yo! ¿Para qué?... No como nunca tan temprano.
—Que le traigan algo... Hay cordero asado, que quedó de anoche.
—Gracias; no tomo nada entre horas.
—Pues ocurre... Nada, que tenemos otro aplazamiento. Perdone usted:
bien sé que es molestísimo...
—Sí, señor: eso digo... De modo que... un día más —murmuró don Beltrán
mirando al campo y al sol.
—¿Un día?... ¡Qué sé yo cuántos días serán!... Este Ramón ni descansa,
ni deja descansar a nadie. Hace una hora que ha llegado de Gandesa la
partida del _Arcipreste_. Recibo por ella este parte (_mostrándolo_) en
que se me dice, entre varias cosas que no son del caso, que...
—Que me atormenten un poco más.
—No, señor: que antes de fusilarle..., naturalmente... Vamos, que no le
fusilemos, y que hoy mismo se le mande a Gandesa. Quiere interrogarle
sobre cosas que solo usted puede saber.
—¡Yo!... ¡Cosas!... ¿Estoy soñando?
—Presumo lo que será... No es que él me lo haya dicho. Pero el que más
y el que menos, todos aquí sabemos por dónde va el agua... No se devane
el caletre. A Gandesa hoy mismo, dentro de dos horas, con dos compañías
del 3.º y los pocos caballos que aquí tengo. Lo que Ramón le preguntará
es cosa de política..., de lo que pasa por allá... en la corte...
—¿En la corte celestial?
—O en otras de más abajo... En fin, allá ustedes.
—Pues, señor —dijo don Beltrán levantándose como un niño entumecido que
quiere correr—, vamos a Gandesa, y hablemos de cortes y cortijos o de
lo que quiera don Ramón. Yo no sé una palabra..., o tal vez lo sepa sin
saberlo, sin enterarme de que lo sé... Sí, sí..., algo podré decirle
de grandísimo interés... Señor de Llangostera, si esto es una forma de
indulto, Dios se lo pague, que alguna parte habrá usted tenido en ello.
—Yo no; si no viene esta orden, ya estaría usted gozando de Dios...
Conque... sea enhorabuena.
—Gracias... Viva usted mil años, señor Casadevall, _alias_
Llangostera... Y acordándome ahora de su gallardo ofrecimiento, que me
traigan el cordero asado. Se me despierta un apetito horroroso.
—Pues que aproveche... No descuidarse: a las ocho, en marcha.
Apenas traspasó la puerta el cabecilla, arrancose Putxet a dar a su
amigo un abrazo tan fuerte, que a poco más le ahoga.
—A mí, a mí me debe usted su salvación, nobilísimo señor, pues sin la
tremenda batalla que ayer di, por ser Pentecostés, la orden de don
Ramón le habría alcanzado a usted en la sepultura... Y lo hice, puede
creérmelo, más que por ser Pentecostés, ¡_pacho_!, porque me dio la
corazonada de que ganando un día, salvábamos al hombre. Acerté... Ya
sabía yo que anda Cabrera muy caviloso estos días con chismes que le
han traído del Cuartel Real...
—¡Pero si yo estoy tan enterado de las cosas del Cuartel Real como de
lo que pasa en la luna!
—Quiá..., eso no puede ser... Por algo se fija don Ramón en usted, y
espera que le aclare lo que ignora...
—Juro que...
—Y en todo caso, si usted no lo sabe, invéntelo, ¡_pacho_!... Para mi,
ya está usted indultado, y puede que muy pronto libre...
—Sea lo que Dios quiera, amigo Putxet. He visto la muerte tan de cerca,
que no podré desechar la idea de que vivo de milagro. Cúmplase la
voluntad de Dios. Pronto estoy a todo, a vivir y a morir.
A la hora designada salió de Rosell el gran aristócrata con las tropas
que marchaban a Gandesa, y todo le fue lisonjero aquel día: se le
facilitó un buen caballo, y para colmo de felicidad, iban con él
Putxet, capellán del 3.º, y el teniente Pulpis, que en el corto tiempo
de conocimiento mostraba hacia el aragonés gran simpatía y cordialidad.
Por montes y laderas departían los tres de diversas cosas humanas
y divinas, hallándose don Beltrán tan inspirado aquel día y con su
inteligencia tan despierta, que los otros no se hartaban de oírle.
Refirió sucesos interesantísimos de su vida y de la vida general, o
sea historia, con sin igual donaire y expresión justa, ingeniosa,
contestando sin fatiga a cuanto le preguntaban. Y entre párrafo y
párrafo introducía, a guisa de estribillo, ponderaciones de los
espectáculos de la naturaleza que contemplaba. Todo le parecía bello,
aun lo que no lo era.
—¿Y no saben ustedes una cosa, amigos míos? Pues estoy asombrado de
ver... que veo mejor que antes... No sé a qué atribuirlo. Pero no
hay duda: se me aclara considerablemente la vista. No sé si será
porque..., ¡_pacho_!, como estuve casi dentro del reino de la muerte,
mis ojos se preparaban para ver lo que aquí tenemos por invisible, y se
afinaron..., aprendieron algo nuevo en el arte de la visión..., no sé...
Todo el día y parte de la noche emplearon en el paso de los puertos de
Beceite, pernoctando en la bajada de Monte Caro. Al amanecer se les
agregaron varias partidas, y avanzando cautelosos con buenos guías
y precavidos de espionaje, evitaron el encuentro con las fuerzas
cristinas que operaban en aquella zona. Al caer de la tarde supieron
que don Ramón, atacado por Nogueras ante los muros de Gandesa, había
tenido que levantar el sitio de esta plaza retirándose a Bot. A este
punto se dirigieron a marchas forzadas, y a media noche encontraron a
sus compañeros, acampados al raso, en árida y polvorosa colina junto
al río Seco. La temperatura era ardiente; la tierra, caldeada por el
sol, apenas se refrescaba en la segunda mitad de la noche. Escaseaba
el agua, y los soldados abrían pozos buscando con qué aplacar su sed.
En una mala tienda hallábase Cabrera, desvelado, inquieto, en un grado
de biliosa displicencia que hacía temblar a cuantos para asuntos del
servicio se le acercaban. No bien se enteró de que habían llegado las
fuerzas pedidas a Rosell, mandó llamar al viejo Urdaneta, sin darle
punto de reposo: tal era su avidez de interrogarle. Muerto de cansancio
y de sueño, llegó a la tienda el buen aragonés, y con el saludo pidió
al _leopardo_ que le permitiese echarse en el suelo, pues ya no podía
tenerse en pie: antes de obtener la venia, se desplomó. Dos sillas de
tijera había en la tienda: en una se sentaba el general, envuelto en su
capa blanca, pues tenía frío a pesar del tiempo bochornoso; en la otra,
convertida en mesa, había papeles, un tintero de cuerno y un farol. El
secretario se sentaba en el suelo en postura turquesca.
—Póngase usted a su comodidad —dijo Cabrera al prócer—. Aquí no
guardamos etiquetas... Yo voy a hacer lo mismo, pues el dolor de
riñones no me deja estar sentado.
Hizo una seña al secretario para que se largara, y se tendió frente
a don Beltrán, apoyando la cabeza en un rollo de mantas. No era
hombre que se resignaba a perder el tiempo: los minutos eran para él
preciosos, y aborrecía las vanas palabras. Sin preguntar al prisionero
cosa alguna referente a su viaje ni a su interrumpido suplicio en
Rosell, abordó el asunto, que sin duda le inquietaba hondamente.
—Conque... va usted a responderme con claridad, con precisión, y sobre
todo con verdad a lo que le pregunte, señor de Urdaneta. No piense
usted en engañarme, porque a Ramón Ca...brera nadie le ha engañado
todavía, ni guarde reserva sobre punto alguno de mi interrogación...,
porque se arrepentirá de ello. Lo que me oculte, yo he de saberlo
después..., y le pediré cuenta de su silencio; lo que me diga con
falsedad, lo descubriré al oírlo, porque Dios me ha dado el don de
distinguir lo falso de lo verdadero en lo que me dicen... Y si algo de
lo que me manifieste es de carácter delicado, quedará entre los dos; yo
sé callar como nadie..., pero como nadie sé oír y aprender.
—Sepa yo pronto de qué se trata, general —replicó don Beltrán—, que,
por Dios, ni aun sospecho cuál puede ser el asunto de mi conocimiento
que a usted interese.
—Ahora lo veremos. Prepárese a responder con cla...ridad, y sobre todo
con exactitud. En febrero de este año pasó usted por Fuentes de Ebro,
camino hacia Caspe y Alcañiz. En el parador de Viscarrués comió usted y
habló largamente con un sujeto italiano, su amigo, llamado Rapella, que
iba en seguimiento de Borso, y venía del Cuartel Real del norte.
Después de asentir con la cabeza a los primeros conceptos del
_leopardo_, manifestole don Beltrán con acento sincero que, en efecto,
había hablado con Rapella; pero que no era amigo suyo, y en Fuentes
de Ebro le vio y trató por primera vez. Por cierto que, movido de la
curiosidad y sin ningún interés positivo en ello, había intentado
tirarle de la lengua, para sorprender la clave de sus continuas
viajatas diplomáticas entre cortes borbónicas; mas nada pudo obtener,
como no fuera la certidumbre de la cerrada discreción del siciliano.
Mostrose Cabrera incrédulo de esta declaración, y en tono agrio le dijo:
—Veo que es usted de la misma escuela. No me sirven los diplomáticos, y
usted tampoco quiere servirme...
—He dicho a usted, mi general, que ni una palabra pude sacarle... Pero
no he dicho que ignore los líos que se trae ese señor...
—Pues si lo sabe...
—Es que usted, general, debió empezar por decirme: «Urdaneta, ¿qué sabe
usted de esto?», y no interrogarme al modo capcioso, como se hace con
los espías enemigos.
—Tiene usted razón —dijo Cabrera, rindiéndose a la noble actitud del
aragonés—. Perdóneme; no supe distinguir. ¡La costumbre de tratar
con canallas...! Es usted un caballero, y lo que sepa acerca de este
asunto, me lo dirá... como de amigo a amigo.
—A ello voy. No sirvo a ninguna causa; no vendo ningún secreto;
referiré lo que sepa, para mí falto de interés, para usted quizás no...
Minucioso y elegante narrador, maestro en el arte de dar interés al
relato más sencillo, don Beltrán expuso gallardamente lo que sabía
y opinaba; que no todo fue relación de hechos, pues hubo también un
disertar gracioso sobre cosas políticas hondas, de las que rara vez
salen a la superficie. Habiendo trabado amistad, en su viaje desde
Laguardia a Villarcayo, con un joven madrileño muy simpático que
el verano anterior había visitado la corte de Oñate en compañía de
Rapella, pudo conocer el carácter de este, sin más datos que las
referencias de aquel joven. Era el siciliano muy astuto, corrido en
intrigas de mujeres y en diplomacia menuda de gabinetes secretos, de
combinaciones políticas a hurtadillas de los ministros o cancilleres.
Pintó Urdaneta la corte de don Carlos, repitiendo lo que le había
contado su amigo, y por cierto que no escatimó las tintas burlescas
en la pintura, sin que por ello se escandalizara el que le oía. Diole
noticias de la amistad del siciliano con el infante don Sebastián, con
quien al parecer no se había entendido en las negociaciones o enredos
que llevaba. Lo que resultó de las conferencias del tal embajador
con don Carlos en Durango, su amigo no lo sabía, pues un accidente
inesperado le separó de él el día mismo de la evacuación de Oñate a
consecuencia de la toma de Arlabán. Presumía que la base del proyectado
convenio para poner fin a la guerra era la reconciliación de las dos
ramas borbónicas por medio de un casamiento; mas como este no había de
efectuarse hasta que la reina Isabel y el hijo de don Carlos llegasen a
edad de matrimonio, tal proyecto era un sueño; y para celebrar la paz
y que se abrazaran los dos ejércitos, se buscaban otras fórmulas de
transacción y avenencia.
Levantose Cabrera de un salto, nervioso y colérico, exclamando:
—Yo no me abrazo con nadie... ¡Abrazos a mí!... ¡Transacción!...
Juro que no... No saben quién es Cabrera... Ni por un puñado de oro,
ni por grados y ventajas en la carrera, me cubro yo de vilipendio
entregándome a los cristinos. Si don Carlos cede, allá se las haya...
Él en su casa y yo en la mía... ¡No quiero, no quiero!... ¡Matrimonios
de príncipes!... ¿Se casa la luz con las tinieblas?... ¿Se casa la
justicia con la injusticia, la razón con la sinrazón? Pues si se casan,
con su pan se lo coman. Yo no me caso con nadie. Ramón Cabrera no se
casa.
XXVI
Volviendo a ocupar su silla, acarició con movimiento maquinal los
papeles que en la otra tenía, alumbrados por el mustio farol. Don
Beltrán, sin cambiar de postura, flemático y perezoso, siguió
manifestando al caudillo apreciaciones que creía interesantes. Por lo
que había oído en Medina y Villarcayo, por algo que pudo descubrir
conversando con su grande amigo don Baldomero Espartero, los tratos
para buscar fórmula de paz no habían cesado desde el principio de a
guerra. Proposiciones se hicieron a Zumalacárregui, proposiciones a
Maroto, y el mismo Cabrera no habría estado libre de que en su oído se
murmuraran palabras tentadoras...
—A mí no, a mí no —dijo prontamente el _leopardo_—. Ya saben que
mandaría fusilar al que me trajera recaditos de doña Cristina o del rey
napolitano.
—Del rey de Nápoles, a quien entiendo yo que no debemos la invención de
la pólvora, es agente oficioso el tal Rapella. Anda también en estos
tratos y trotes un legitimista francés, marqués de no sé cuántos.
—No es marqués, sino barón..., y ha entrado en España con el supuesto
apellido de Neuillet. Me da en la nariz que el nombre de Rapella es
también falso, y que bajo él se esconde un correveidile de Cristina,
maestro en intrigas, que en Madrid era conocido por marqués de Lagrua.
Insistió Urdaneta en que no podía dar ninguna luz sobre esto, pues
no se había echado a la cara al tal don Aníbal hasta su paso por
Fuentes de Ebro, y de él no tenía más noticias que las anteriormente
comunicadas. Asimismo ignoraba si el siciliano se había visto con
Borso; pero Cabrera le sacó de dudas, afirmando que tres días
permaneció aquel en Castellón en compañía del general y de un italiano
llamado Cialdini, embarcándose después para Marsella.
—Le tengo a usted por un caballero —añadió don Ramón con cierta
solemnidad, después de larga meditación—, y estoy con...vencido de que
me ha dicho todo lo que sabe. Sus opiniones parécenme muy bien fundadas.
Algo más dijo el _leopardo_; pero don Beltrán, que ya venía dando
fuertes cabezadas, hundió al fin la barba en el pecho, y cogió un sueño
profundo, que por causa de la mala postura había de ser breve.
—Sí, sí: duérmase usted, amigo mío —murmuró el general con lástima—,
que bien necesitado está de descanso. Le envidio su facilidad para el
sueño.
Y cogió de la mesa-silla, ávido de nueva lectura, la carta que desde
Sangüesa le había escrito Arias Teijeiro. De aquellas apretadas
líneas de menuda letra española, provenían sus inquietudes y
desvelos. Informábale con prolijas referencias su amigo, principal
figura en la camarilla del pretendiente, de que la magna expedición
al mando del propio rey había partido de Navarra el 17 con dieciséis
batallones, nueve escuadrones, el estandarte de la Generalísima y su
lucida escolta, y un inmenso bagaje, como correspondía al sinnúmero de
funcionarios de corte y administración que acompañar debían a la Real
persona.
—Le tengo por un gran farsante —dijo don Beltrán despertando
súbitamente—. ¡Ah... mi general! ¿No me preguntaba usted su opinión
sobre ese Rapella? Opino que el ir a Marsella es para ganar más
fácilmente la frontera de Navarra y agregarse al llamado Cuartel Real.
—Así es, en efecto. Viene en la expedición magna.
—Pero ¿qué es eso? ¿Se lanza don Carlos a una correría como las de
Gómez, Batanero y don Basilio?
—No sé... Eso se dice... Allá veremos.
Siguió pensando el _leopardo_ en lo que la carta decía, y comentando
con interno juicio las noticias de ella. Traducida con la posible
fidelidad la expresión muda de su pensamiento en valenciano, resulta
_mutatis mutandis_:
—¡_Pacho_, con la impedimenta que nos traen! La caterva de
empleaduchos, la taifa de gente allegadiza que quiere comer a costa
nuestra! ¡Vaya una plaga, ¡_pacho_! Aquí nos vemos y nos deseamos
para poder vivir... En país esquilmado..., apenas hay raciones para
mal comer... y ahora nos viene encima esa nube. Tenemos un rey que
sabe tanto de guerra como yo de afeitar ranas. ¿Por qué no se estará
quietecito en su corte esperando a que le hagamos rey de todas las
Españas?... ¡Y que se trae unos consejeros y unos ministros que no
tienen precio para ayudar a misa, para pegar botones o cepillar la
ropa! Vendrán de generales el tontaina de don Sebastián, el buey
cansino de González Moreno y el bribón de Gómez, a quien yo pondría de
capataz de un presidio, que es lo único para que sirve... Duérmase de
una vez, don Beltrán, que aquí no gastamos etiquetas. Me da pena verle
luchar con el sueño.
—Es que..., verá usted..., decía yo que indudablemente hay tratos
y contubernios entre _Palacio_ y ese..., ¿cómo le llaman? Ya no
me acuerdo... El rey, hombre..., Felipe V..., digo, Carlos... La
reina, que no perdona lo de La Granja, parece que no quiere nada con
liberales... Luis Felipe desea que se acabe la guerra de cualquier
modo, por creerla un peligro..., y la cuádruple alianza..., sí, señor,
la cuádruple...
—A dormir... Tenga usted este lío de mantas para que descanse la cabeza.
—Muchas gracias, querido Nelet.... digo, no, señor don Ramón V... El
sueño me rinde, me trastorna... Gracias.
Sin poder apartar de su mente las ideas que le atormentaban, Cabrera
se paseó en el estrecho espacio de la tienda, embozado en su capa
blanca. No se conformaba con que el Ejército Real, mal organizado y
pésimamente dirigido, viniese a compartir con él el dominio en la
región valenciana. Recordaba sus desavenencias con Gómez, por cuál
mandaba más. Cierto que al rey no podía disputársele la supremacía.
Aunque incapaz para la guerra y para el gobierno, era el rey, por
divino mandato, la sacra bandera, el símbolo de la Causa; y de la
regia persona, absolutamente inepta para todo, provenía la fuerza
moral de las cohortes del absolutismo. No había, pues, más remedio que
cargar con el ídolo, aunque este fuera una de las obras más burdas
del fetichismo dominante. ¡Y por semejante figurón, hecho al modo
de las imágenes vestidas, que por dentro no son más que una armazón
de madera tosca, se peleaban tantos hombres valientes, y se vertían
ríos de noble sangre!... Claro que todo se hacía por _la idea_. El
grosero ídolo era una idea. Por ella combatían fieramente los de acá,
mientras los defensores de la idea contraria cifraban su valor en
la adoración de una linda muñeca... En suma: lo que ponía en grande
irritación al caudillo del Maestrazgo era que se había de convertir
en auxiliar y mequetrefe del Ejército Real en cuanto este pasase el
Ebro. Las operaciones ya no serían suyas: tendría que subordinarlas a
lo que dispusiese cualquiera de los reverendos sacristanes que venían
agregados al santón del absolutismo...
Verdad que la carta de Arias Teijeiro no escatimaba las lisonjas
al héroe del Maestrazgo. En el Cuartel Real se le tenía por un
estratégico de primer orden, firme columna de la Causa, y el soberano
deseaba ocasión de mostrarle personalmente su real aprecio. Pero tras
estos inciensos venían anuncios de resoluciones que desagradaban
al _leopardo_. La expedición real, a la que se uniría Cabrera para
engrosarla y fortalecerla, llegaría con la ayuda de Dios hasta el
propio Madrid, y entraría en la capital de la monarquía _sin disparar
un tiro_.
Esto de rematar la campaña sin combatir sacaba de quicio al ardiente
Cabrera. Todo lo que no fuese ganar a sangre y fuego el triunfo de la
Causa, pugnaba con su temperamento batallador, con su corazón fiero y,
¿por qué no decirlo?, noble. Los arreglos por concesiones recíprocas de
mercedes, o por casorios y pactos de familia, le olían a podredumbre.
Tan viles eran los unos como los otros si a ello se prestaban. Uno de
los dos rivales debía perecer: eso de que vivieran y triunfaran los
dos, partiéndose la torta disputada, no se acomodaba a su lógica ruda,
ni a su primitivo y elemental criterio de cosas políticas. ¡Entrar en
Madrid unos y otros con _sus manos lavadas_! ¡Ah, _pacho_, y reconocer
a doña Cristina y a don Carlos como _reyes padres_, los dos en igual
categoría dinástica... y ver a los nenes asistidos de un consejo mixto,
y apoyados por un ejército mixto o mestizo!... Y en tanto, ¿qué se
haría de las ideas? Pues juntarlas todas en una redoma para sacar otra
mezcla indecente, que no serviría para nada. ¡Libertad y absolutismo
desleídos en agua, _según arte_! ¡Rey y pueblo abrazaditos!...
¡Religión y ateísmo en una pieza, _pacho_!
Colmaba la indignación del general esta frasecilla de la carta: «Aún
no puedo ser muy explícito, mi querido don Ramón. Solo me permitiré
anticiparle que las bases de un arreglo decoroso están sentadas por
manos muy peritas, y que no veo lejano el día glorioso en que podamos
descansar de nuestra ruda campaña, viendo triunfante lo más esencial
de nuestra doctrina». ¡Descansar! ¡Si él no quería más descanso que
reventar combatiendo!... La gentuza civil, la patulea de holgazanes y
vividores que acudían a la Causa como las moscas al panal, era la que
anhelaba el descanso de la paz, para chupar a sus anchas, repartiéndose
el momio de los destinos. Ese descanso de lo civil era el militar
vilipendio, y él no..., él no quería descanso sin honra, sino honra con
cansancio.
A esto llegaba, cuando despertó el noble caballero sobresaltado, con
ahogos de pesadilla. Soñó que le sacaban al cuadro para fusilarle, que
le ponían de rodillas y le vendaban los ojos... «¡Al corazón, hijos
míos, al corazón! No me hagáis padecer», murmuraba sin abrir los ojos;
y cuando los abrió, reconociéndose despierto, pidió perdón al general:
—No me haga usted caso. Estoy fatigadísimo, y si aquí molesto, me
saldré a dormir en campo raso.
—No, no; quédese aquí. Le diré, para su tranquilidad, que ya está libre
de la sentencia de rehenes. Aunque allá fusilen media aristocracia, la
vida de usted en mi poder no corre peligro. Rehenes por gente civil, no
me convienen.
—No sé con qué palabras expresar a usted mi agradecimiento por su
magnanimidad —dijo Urdaneta conmovido—. ¿De modo que estoy libre...?
—Libre no. Aún será usted mi prisionero por una temporada. Puede que le
necesite, por su gran conocimiento de cortesanías y politiquerías de
Madrid... y de toda la morralla civil. Tenga un poco de paciencia, y
por de pronto duerma en mi tienda todo lo que el cuerpo le pida.
—Me pide mucho, general... Traigo un atraso horroroso en el dormir. Lo
menos me debe a mí el sueño cuatro noches. Figúrese..., a mi edad.
Ayudado de aquel sosiego que las últimas palabras de Cabrera dieron a
su espíritu, cogió don Beltrán el sueño, quedándose en él con profunda
quietud hasta muy avanzado el día; pero cuando ya su cuerpo hubo
recibido la reparación de que estaba tan necesitado, el cerebro se
soliviantó, dándose a los sueños extravagantes. Después de mil visiones
vagas, indefinibles, viose atormentado por seres malignos y traviesos
que le traían y llevaban sin ningún respeto a su nobleza y ancianidad.
Eran, sin duda, los familiares demonios de Nelet, que, por contagio
de la amistad, pasado se habían del joven al viejo, del creyente
al incrédulo. En medio de la turbación del soñar, su razón siempre
vigilante le decía: «De esto tiene la culpa Santapau, por contarte
sus diabólicas aventuras con tantos pelos y señales». Ello es que la
infernal cuadrilla cogió por su cuenta al señor de Albalate, y de un
vuelo me le transportó a Cintruénigo, donde vio a doña Juana Teresa
ahechando trigo, y a Rodriguito con la pluma tras de la oreja contando
los garbanzos que se habían de echar al puchero. Visto esto, volvieron
los diablillos a cogerle por los sobacos o por el cogote (no estaba
bien seguro) y le llevaron a la cima del Moncayo; de allí a Veruela, y
metiéndole por un subterráneo, le arrastraron hasta salir al castillo
de Loarre en tierra de Huesca. Entretuviéronse en jugar con él a la
pelota, lanzándole de un torreón a otro, y después le llevaron, cogido
por las orejas, a la sierra de Guara, desde cuyas cumbres le mostraron
todo el territorio del antiguo reino de Sobrarbe, diciéndole... Pero de
lo que decían no pudo enterarse bien. Despertó con el cuello dolorido,
y viendo la necedad de su ilusión, requirió nuevamente el sueño,
tomando mejor postura.
No debía despertar el noble señor sin que su turbado cerebro se lanzara
a mayores travesuras, sucediendo a las imágenes de un orden bufonesco
otras de carácter lúgubre y penoso. Tan claramente como se ven cosas
y personas en la realidad, vio a Nelet, que, asistido de unos cuantos
facciosos con rabo (por donde se colegía su calidad demoniaca),
crucificaba a un hombre, clavándole en un largo madero. El hombre, que
debía de ser un bendito, se dejaba crucificar risueño, diciendo a su
verdugo: «¡_Pacho_!, no sabes lo que haces». Largo tiempo, si es que la
lentitud o rapidez de este son apreciables en una pesadilla, atormentó
al soñador la visión espantosa, que terminaba y se reproducía como el
ensayo de una escena teatral. El propio don Beltrán, angustiado, quiso
más de una vez gritar a su discípulo: «¡_Pacho_!, no sabes lo que
haces». Pero no podía... ¡Vive Dios, que no podía!... Las palabras se
le pegaban al cielo de la boca cual si fueran obleas.
XXVII
Horrorizado y tembloroso despertó el anciano, y lo primero que vio
fue a Cabrera durmiendo, tendido en el suelo boca arriba sobre una
manta, envuelto en su capa blanca y roja, la boina sobre los ojos para
resguardarlos de la luz. El secretario, con violenta postura, escribía
en la silla de tijera, y un ayudante que hacía cigarrillos sentado
en tierra, indicó a don Beltrán con un signo que evitase el ruido,
para no turbar el descanso del general, que se había dormido después
de salir el sol. A poco entró un ordenanza, y en voz muy baja dijo al
prócer que fuera le esperaba desde el amanecer un señor comandante
amigo suyo. Echose de la tienda don Beltrán, andando poco menos que a
gatas por la gran debilidad que sentía, y encontrose a Nelet sentadito
en una piedra, la cabeza entre las manos, el espinazo en violenta
curva, imagen de la melancolía negra o de la desesperación. Después
de tocarle en el hombro, el desmayado viejo encaminose a una cercana
tienda, de donde un penetrante olor de fritangas le llamaba con reclamo
irresistible. Tuvo la suerte de tropezarse allí con el teniente Pulpis,
que inspeccionaba las sartenes; pidió que le dieran de comer, aunque
solo fuera pan y cebolla, y obtenido algo más confortativo y suculento,
se puso a devorarlo mientras hablaba con Santapau, que se le arrimó al
instante con apetito de conversación.
—Hijo mío, te encuentro muy desmedrado. ¿Estás herido? ¿Has perdido tu
preciosa sangre en las acciones de estos días frente a los muros de
Gandesa?... ¿O es que te sobrevino algún disgusto, quizás otra jarana
con los _chicos de Lucifer_?
—No... a esos no les temo ya. Curado estoy del mal de demonios —replicó
Nelet suspirando, agobiado de tristeza—. Un saludador de mi pueblo me
ha dejado las cámaras interiores bien limpias de esas alimañas, con un
bebedizo que, por lo amargo, debe de estar hecho con la hiel de Judas.
Al decir de ese médico, los diablos huyen ahora de mí y se albergan en
los cuerpos de mis amigos.
—Cierto debe de ser eso —dijo Urdaneta haciendo por la vida con ansia
fisiológica—, porque anoche se han dignado visitarme esos mequetrefes,
y en ellos reconocí a los que contigo se divertían. Pues que ya
desalojaron tu interior, haz que abandonen también el de tu maestro,
que no gusto de tales inquilinos... Entiendo, por la murria que noto en
ti, que el desahucio no ha sido completo, y que algún intruso se quedó
trasconejado dentro de tu pobre humanidad.
—No es murria de diablura la que tengo, sino de conciencia, y tan grave
y honda, que anoche faltó poco para que pusiera fin a mi vida. Suspendí
el dispararme por esperar a consulta con usted acerca del caso que me
anonada, caso tremendo de los que no tienen solución.
—¿Qué sabes tú si yo la encontraré? Déjame que coma un poco más de
este guisado de cabra que me da la vida, y me fortalece el magín
para evacuar consultas... Come algo, hijo, que del alimento corpóreo
se nutre también y conforta lo más espiritual de nuestro ser: la
conciencia.
—Las hambres de la conciencia no se aplacan sino echándole la propia
carne para que se la coma...
—Cuéntame, cuéntame pronto, y veré la causa de tu aflicción.
—Acabe usted y salgamos de aquí. Vámonos a donde no haya personas que
vean y oigan. El oído y el ver humanos me dan tanto enojo, que a todo
el mundo dejaría ciego y mudo. Solo Dios debe ver, y solo deben sonar
las tempestades, que son su voz.
—Hijo, poético estás y lúgubremente metafórico... solo que tus imágenes
son de un cuño que está ya mandado recoger por anticuado y candoroso.
Ea, terminó mi almuerzo, que por el hambre que tenía me ha resultado
opíparo. Vamos a donde quieras.
Llevole Nelet a un ejido donde estaban herrando caballos, y allí,
entre relinchos, aún mejor sonantes que las palabrotas de mariscales y
soldados, refirió el caso que tan hondamente le perturbaba.
—La malhadada acción de Gandesa —dijo— la perdimos porque, en lo mejor
del combate, muchos de nuestros hombres fueron atacados repentinamente
de un mal de estómago, por haber bebido en charcos corruptos, y con
fieros retortijones caían muertos. Mi regimiento fue de los que más
sufrieron de este maleficio. Creían mis soldados que el enemigo había
envenenado las aguas..., les entró el pánico... Entre el físico y
yo quisimos convencerles de que la ponzoña era natural en aquellas
estancadas lagunas... Para abreviar: enfermos y desalentados nos
batimos en guerrillas en todo el flanco derecho. Nogueras embistió
el centro. Vi que flaqueaban; apretamos más y más, perdiendo gente y
ganando terreno; hice lo que pude, más de lo que podíamos y debíamos,
hasta que Cabrera nos mandó retirar. Hícelo yo con un orden perfecto,
pues conozco como los dedos de mis manos todos los caminos, atajos y
veredas que rodean al pueblo donde nací. Ninguna fuerza cristina me
atacó en mi retirada, que hice vadeando el río y tomando la vuelta
de Algás. No habíamos andado legua y media, cuando sorprendimos y
copamos unos veinte hombres cristinos que al parecer habían salido
de descubierta. Tan torpes andaban y tan ignorantes del terreno, que
se nos vinieron a la mano en sitio donde no podían escapar. Algunos,
arrojando las armas, emprendieron la fuga con pies ligeros; pero mis
tiradores no tardaron en cazarles: solo dos piezas perdimos. Los otros
se nos entregaron como borregos atontados, pidiéndonos misericordia.
«¿Qué hacemos, mi comandante? ¿Les fusilamos, o qué? Nos da el corazón
que estos andaban por aquí envenenando todo el río...». Respondí que
bueno... Yo me sentía un poco emponzoñado... Estaba furioso..., echaba
fuego de todo mi cuerpo... Por ahorrar cartuchos, mi gente les iba
despachando a bayonetazos... Yo no sé, amigo don Beltrán, por qué
me entró aquel día tal furor de matanza. Demonios no llevaba dentro
de mí; pero sí un amargor que me irritaba, que me volvía feroz. Por
la mañana había tomado el brebaje de que antes hablé... me escocía
horriblemente el cuerpo. Las moscas que se cebaban en mi pobre caballo,
me tenían loco con sus furiosas picaduras. Y además, yo sudaba...,
¿cómo diré?, a mares, un sudor amargo y venenoso, según creo, y mosca
que me picaba, moría. Mas eran tantas, que hube de apearme por huir de
ellas... Mientras mis soldados exterminaban hombres, yo daba vueltas
a pie por entre vivos, muertos y a medio morir; y en esto vi a un
cristino tumbado contra un árbol, herido ya... No sé por qué me dio el
arrechucho de atravesarle con mi espada... le tomé por una mosca, o por
el padre de todas las moscas... Apenas retiraba de su costado izquierdo
mi espada, me asaltó una idea... si, era una idea. ¿Qué vi yo en la
cara y en los ojos de aquel hombre? ¿Qué vi para lanzar un alarido,
pues alarido de rabia y dolor fue la pregunta que le hice? «¿Eres tú
Francisco Luco?». Lo pregunté dos veces, y él respondió que sí con la
cabeza, moviéndola de golpe..., así... Con la cabeza dijo que sí, y
también con los ojos al mirarme; mas con la boca no dijo nada, porque
entre el intento y la palabra se metió la muerte.
—¡Dios nos tenga de su mano! —exclamó Urdaneta, desahogando su pena con
un gran suspiro.
—Dígame usted ahora si habiendo dado muerte con tan estúpida crueldad
al hermano de la que adoro, puede haber consuelo para mí. ¿No debo
desear que se abra la tierra y me trague? ¿Para qué está ya Manuel
Santapau en el mundo?
—Poco a poco..., no hay que perder la serenidad. Primero, pudo haber
error. Al dar el hombre esa fuerte cabezada, como dices, quizás no fue
su ánimo responder a tu pregunta... Aquel movimiento debió de ser la
tensión de músculos, propia del morir...
—¿Y la semejanza con su hermana? ¡Si era su propio rostro! Los ojos, en
la mirada que me echó, pareciéronme los ojos de Marcela.
—Tampoco eso prueba nada. O pudo ser un parecido casual, o no había
tal semejanza más que en tu imaginación excitada por el combate, por
las preocupaciones, por el brebaje, y... por las moscas. ¡Y quién
sabe, quién sabe, querido Nelet, si en esa tragedia habrán tenido
alguna parte _los chicos de Luzbel_, valiéndose de un cubileteo, de una
simulación de rostros para trastornarte! Aquí donde me ves, influido
sin duda por el ambiente que respiro, por el aspecto romántico del
país, voy creyendo en la realidad de las travesuras diabólicas, de que
antes me reía... Y, ¡qué diantre!, atenúa mucho tu responsabilidad
el haber sido cosa repentina, imprevista, como accidente de una
batalla... La ocasión, la ley de represalias, que no puedes eludir como
subordinado de Cabrera, te disculpa en cierto modo...
—No, no: mi conciencia no lo cree así... Mi conciencia se ha vuelto
muy rígida, muy exigente y escrupulosa... Natural es que el amigo y
maestro quiera consolarme... Pero no hay consuelo para mí. He cometido
un verdadero parricidio. El querer matarme ahora, ¿qué es, señor mío,
más que el afán de huir de mí, por el horror que me causo?
—Calma, juicio, reflexión... —dijo el maestro desalentado, mas
queriendo disimular su pesadumbre—. Repentino y fulminante parece tu
mal de conciencia; pero no faltará remedio para él: yo te lo fío, yo te
lo aseguro... Has de prometerme no tomar ninguna resolución airada, y
oírme y consultarme en todo, que si experto soy en amores, no me faltan
luces ni conocimientos para los casos más graves de conciencia turbada.
Déjalo a mi cargo. Descansa en mi autoridad, triste ciencia de los
años...
Como a continuación expresara el ladino viejo la idea de que bien podía
Marcela ignorar siempre quién había sido el matador de su hermano, se
remontó Nelet de la tristeza lúgubre a la ira, diciendo:
—¿Cree usted que con esta cara puedo yo presentarme a ella y guardar
el secreto de mi crimen? En el estado de mi conciencia, es imposible
el disimulo, porque mi cara, mis ojos llevan retratado el crimen que
cometí. En mis pupilas verá Marcela la imagen de su hermano moribundo,
respondiéndome _sí_ con la cabeza. Si usted me aconseja que le oculte
la verdad, no es usted tan completo caballero como creí: no, no lo es.
—Te perdono tus dudas acerca de mi caballerosidad. Tú no estás
bueno, querido Nelet... En cuanto a que declares, a que confieses tu
crimen, admito y apruebo que lo hagas; pero solo en el tribunal de la
penitencia. No veo por qué motivo ha de ser Marcela tu confesor...
—Sí lo es..., debe serlo, y yo quiero que lo sea —gritó Nelet.
—No grites, por Dios...
—O me mato para callar, o vivo para confesarme con ella.
—Pues colocada la cuestión entre los términos de ese terrible dilema,
decido, ea, que vivas y confieses.
—¡A ella! Este fuego que ahora prende en mi conciencia y que me está
quemando cuerpo y alma, no se aplaca más que con la verdad... Luego,
que sea de mí lo que Dios quiera.
Con la idea de calmarle, fingió don Beltrán asentir a lo que Santapau
decía: confiaba que el descanso, el sueño, las obligaciones militares,
el roce con sus compañeros, le traerían pronto a la vida normal y al
equilibrio de su mente. Procuró distraerle, hablándole de diversos
asuntos, y después de contarle con pintoresco estilo, no exento de
gracejo, la escena de su interrumpido suplicio en Rosell, le notificó
que Cabrera, con benignidad increíble, le había levantado la sentencia
de rehenes, y que confiaba obtener pronto su libertad.
Tuvo esta palabra la virtud de animar un poco al atribulado Nelet.
—¡Libertad! —exclamó—. Yo también quiero ser libre... ¡Muerte y
libertad! ¿No es cierto que la conciencia oprime? Pues hay que matar al
déspota, como dicen los patriotas y jacobinos..., matar al tirano para
ser libre. Por eso digo yo: «Muramos, libertémonos».
XXVIII
Con sutil ingenio trató de hacerle ver don Beltrán lo disparatado de
aquel conceptismo, dando su verdadero valor a las ideas de libertad y
muerte, harto graves ambas para ser tratadas en estilo de madrigal,
y en estas y otras charlas llegó la hora de partida, dispuesta
repentinamente por Cabrera cuando con más descuido saboreaban todos el
descanso después de tantas fatigas. ¡En marcha! ¡A correr, a combatir!
¿A dónde iban? Cabrera no acostumbraba decirlo, y marchando al frente
de sus tropas les señalaba el camino. Agregose don Beltrán en un
caballejo que le proporcionó su amigo Putxet, y entre este, que hablaba
por los codos, y Santapau, que parecía privado del don de la palabra,
emprendió la caminata por un sendero ingrato y polvoroso. Y por Dios,
que ya se cansaba el buen señor de tanto ajetreo; sus huesos le pedían
descanso; quizás en el nuevo estilo de Nelet, le decían: «Libertad,
muerte». Gracias a su vigorosa fibra, a su carácter jovial y un tanto
aventurero, podía resistir los molimientos y privaciones inherentes a
la vida militar; y cuando el cansancio físico parecía irresistible,
su imaginación, reverdecida en lo juvenil, le deparaba algún nuevo
estímulo para proseguir en la carrera. Por dicha suya, o por desgracia,
que esto es dudoso, ante su vejez declinante no se cerraban nunca los
horizontes.
Grande fue el disgusto del prócer en aquel camino, viendo que Nelet,
sin mejorar de su desazón espiritual, decaía visiblemente, como
atacado de un mal físico grave. A media tarde observó su amigo en
él fiebre intensísima; al anochecer, entrando en Arenys de Lledó,
cayose el comandante del caballo. Recogiéronle como cuerpo muerto y le
arrimaron a una pared, en tanto que Urdaneta, consternado de ver a su
discípulo en tan mala disposición, se determinó a manifestar al general
la imposibilidad en que aquel se hallaba de continuar su marcha.
En la casa del cura, donde tenía su alojamiento, recibiole Cabrera
malhumorado, revelando en su ceñudo rostro que no se había podido
escoger peor ocasión para pedirle favores. Mas el intrépido aragonés, a
quien no acobardaban entrecejos, no solo pidió que Santapau fuera dado
de baja por enfermo grave, y quedase hasta su restablecimiento en aquel
pueblo, donde tenía familia, sino que se arrancó a solicitar que a él
se le permitiese también permanecer allí para asistirle. Observando en
Cabrera el centelleo de los ojos, el bilioso color tirando a verde, y
la inquietud _leopardina_ con que se paseaba de un ángulo a otro de
la jaula, creyó que a cajas destempladas le despediría, sin acceder a
sus peticiones. Mas no fue así: como un hombre afanado que aparta su
atención de las cosas menudas para aplicarla por entero a las grandes,
Cabrera le manifestó que tanto él (don Beltrán) como Santapau se
fueran... a cualquier parte, o _mucho con Dios_, pues ninguno de los
dos le hacía falta para nada.
—Usted, señor de Urdaneta —le dijo, plantándose ante él—, está libre,
y puede volverse a sus estados de Aragón. Para rehenes no me dan juego
los aristócratas, y para prisioneros me convienen los que trabajan
y toman las armas. No es desprecio, señor... En cuanto a Santapau,
que se me presente así que esté curado, y si no cura y se muere,
Dios le perdone... Puede usted retirarse. Quizás no nos veamos más,
porque usted es muy viejo, y yo, aunque joven, moriré pronto... de un
berrinche... Adiós.
Retirose agradecido el señor de Albalate, y Cabrera celebró consejo
para someter a la deliberación de unos cuantos individuos, clérigos la
mayor parte, el asunto que revestir quería de autoridad consultiva,
conforme a las fórmulas de gobierno impuestas por don Carlos. No
estorbaba tal trámite al caudillo del Maestrazgo, que sabía cubrir
el expediente de _oír_ a los señores, y, afectando respeto a sus
dictámenes, hacía después lo que le daba la gana. Los consejeros
quedaban muy satisfechos, creyéndose ruedas indispensables de la
máquina administrativa, y si algunos pudieron entrever que en el
gobierno de aquella región no eran más que figuras de adorno,
churrigueresco por añadidura, se consolaban con la risueña esperanza
de obtener plaza en _la audiencia de ministros_ de Valencia, o en el
Consejo y Cámara de Castilla, el día del triunfo. Al salir de la visita
al general, se cruzó don Beltrán con los consejeros que entraban, y sin
dársele un ardite de aquella farsa, no pensó más que en la obligación
de alojar a su amigo enfermo, para lo cual lo primero que hizo fue
buscar a los parientes que tenía Nelet en Lledó; pero como estos no
parecían ni nadie daba razón de dónde habían ido a parar, no hubo más
remedio que acomodarse en alguna de las casas donde, mediante pago,
se les brindaba regular albergue. Eligió don Beltrán, por despejado y
saludable, un _mas_ a la entrada del pueblo, con casa vieja y grandona
entre arboledas. El _masovero_ era un viejo catalán, asistido de dos
nietas guapas, la una más que la otra, y ambas obsequiosas, atentas,
un poquito redichas y algo coquetas, razón por la cual la tal familia
se le entró a don Beltrán por el ojo derecho. Dieron al enfermo un
cuarto alto de la casa, con mediano lecho, y al caballero anciano otro
contiguo, donde había simientes y colgaderos de hierbas en manojos
puestas a secar. No le pareció mal su residencia, a pesar de la dureza
de la cama que a las piedras igualaba, y habría vivido allí muy gozoso
si el mal cariz de la dolencia de su amigo no le tuviera en tan grande
sobresalto.
Pasó Nelet la primera noche en un estado que a su maestro le pareció
gravísimo, con fiebre muy alta, delirio y agotamiento de fuerzas.
Al día siguiente amaneció con una fuerte erupción en toda la cara y
parte del cuerpo, como si le hubieran picado abejas. Don Beltrán no
se apartaba de su lecho ni de día ni de noche, atento a cuidarle con
ayuda del _masovero_, hombre tan bondadoso como amañado, y de sus
nietas, más amañadas aún para todo lo doméstico. Como en el pueblo no
había médico, ni siquiera albéitar, entre don Beltrán y _Chimeta_ (que
así se llamaba la mayor de las muchachas, y al propio tiempo la más
bonita y dispuesta), celebrando frecuentes consultas, diagnosticaron
y prescribieron lo que les dio la gana, determinándose por el sistema
expectante, el más fácil y barato, y tal vez el más científico.
Quietud, limpieza y frecuentes tomas de agua bien endulzada, fueron la
única terapéutica en los ocho días que duró la gravedad de Nelet, y
en que los brotes de la cara tomaron un aspecto por demás alarmante.
Según el _masovero_, no era caso de viruelas, que él conocía muy
bien por haberlas visto más de una vez en su familia; era tan solo
un hervor de sangre motivado de _berrinche suspenso_, es decir, de
una sofoquina que por prudencia no había salido del cuerpo. Decía que
no hay cosa más mala que enfadarse en día de calor y no desfogar la
rabia con palos o bofetones. El que tal hace, lo paga con la salud y
a veces con la vida. Sucedieron a los ocho días de gravedad otros
ocho en que cedió la erupción, resolviéndose en muda de la epidermis;
desapareció la fiebre, y el enfermo pudo tomar alimento, aunque
siempre con repugnancia. Su inteligencia, completamente oscurecida
en aquel período, revelaba una honda crisis: su palabra era torpe,
cansada, regañona. Tanto don Beltrán como _Chimeta_, persistiendo en
la puntual asistencia, se confirmaron en la superioridad incontestable
del tratamiento acuático, sin mezcla de ninguna droga, y proclamáronse
curanderos de primer orden, capaces de ejercer el arte con no poca
fama y provecho. Era _Chimeta_ muy graciosa, y a don Beltrán se le
caía la baba oyéndola bromear y reír por cualquier fútil motivo. En
su aturdimiento senil, olvidado ya del trance terrible de Rosell y de
los actos de arrepentimiento con que allí limpió su conciencia, se le
reverdecieron las aficiones de toda la vida, y su habitual culto del
bello sexo encontraba ante aquella sencilla y tosca ninfa ocasiones de
gran lucimiento. Para ella era un deleite novísimo oír los galanteos
refinados, y hasta cierto punto paternales, del señor de Urdaneta, y
a él se le refrescaba el alma, se le avispaba el entendimiento, se
le aliviaba el peso de los años. Todo era inocente, madrigalesco,
puro juego de frases agudas untaditas de miel: sobresalían en él las
buenas maneras y el propósito, casi siempre logrado, de no caer en lo
ridículo; en ella se veía la mujercita exuberante de vida que quiere
adquirir soltura en la esgrima y en el lenguaje de la lucha pasional.
Mas, ¡ay!, cuando _Chimeta_, llamada de sus obligaciones, dejaba de
acudir al enfermo, y con este se encontraba solo don Beltrán, ya no
podía el hombre librarse de la tristeza. Cierto que había recobrado la
libertad, inapreciable don; pero el asunto que le trajo a tierra de
Teruel continuaba sin resolver. No creía ofender a Dios deseando que
viniera a sus manos lo que estimaba de su legítima pertenencia; y sin
apartarse del orden de sentimientos que el angustioso paso de Rosell
despertara en su alma, se condolía de tener que volver a Cintruénigo
en situación desairada y con las manos vacías. Las esperanzas de
remedio que había concebido se disipaban ya, pues Nelet tenía trazas
de quedarse idiota: no razonaba; sus conceptos eran incoherentes o de
una simplicidad rayana en la estupidez. Para mayor desdicha, nada se
sabía de la monja vagabunda y enterradora de caudales. No aportaba por
allí _Malaena_ ni para traer ni para llevar sus velocísimas embajadas,
sin que esta ausencia pudiera achacarse a ignorancia del lugar donde
los caballeros residían, pues por los oficiales del 3.º de Tortosa, a
quienes se dejaron instrucciones muy precisas, debía tener conocimiento
de la enfermedad de Nelet y de su forzosa estancia en Lledó. «Aunque
no sea más que para decirnos que nada sabe de la hija de Luco —pensaba
don Beltrán en sus soledades tristes—, la mensajera tiene que venir».
Y tanto deseó a la mujercilla ratonil, y con tanta fuerza la reclamaba
su voluntad, repitiendo el _vendrá, tiene que venir_, que una mañana,
como por virtud de conjuro, apareció la vieja. ¡_Hosannah_! Veinte
días llevaba ya de enfermedad el pobre Santapau, y su entendimiento
despertaba perezoso, tratando de cobrar con lenta cacería las ideas
dispersas, fugitivas, descarriadas.
En la huerta del _mas_ recibió don Beltrán a la embajadora loco de
contento, y este subió de punto al saber que Marcela no andaba lejos de
allí, pues sabedora de la muerte de su hermano, se encaminaba con los
viejos a Gandesa por el Monte Caro, con el fin de recoger el cadáver y
darle sepultura. No quiso el buen caballero que _Malaena_ se presentase
a Nelet, pues aún no estaba este en disposición de recibir emociones
vivas que podrían retrasarle en su penosa convalecencia; y dando de
comer a la mensajera, y aposentándola en la cuadra con comodidades para
ella desconocidas, la interrogó prolijamente, tratando de indagar, no
solo los propósitos, sino el estado de ánimo de la santa mujer. Poco
pudo informarle _Malaena_ de estos particulares. La última vez que vio
a Marcela fue cerca de un castillo que hay a la bajada de Monte Caro
para ir hacia Pauls. Iban ella y los viejos cuesta arriba, llevando una
olla muy pesada, tan pesada, que se relevaban para cargarla.
—¿Les viste saliendo del castillo o entrando en él? —preguntó don
Beltrán con afectada indiferencia.
—Hacia él iban, señor —replicó la vieja en valenciano, que el caballero
tradujo fácilmente—; mas no sé si llegaron o siguieron de largo, pues
la sacra señora, dándome pan y queso, me mandó que me retirara, y yo me
retiré comiendo, sin mirar para atrás.
Eran estas referencias como una mano blanda y tentadora que en el alma
del noble anciano revolvía, y con sus halagos despertaba la codicia,
sierpe aletargada desde las efusiones cristianas del terrible día de
Pentecostés. Se argumentaba para calmar su conciencia, diciéndose que
desear lo suyo y perseguirlo no era desatino grave, sino intención
equitativa; pero entre el desear y el temer, ello es que perdía el
sueño, y su espíritu se distrajo de las alegrías que el trato de
_Chimeta_ le daba, alegrías tras de las cuales se ocultaba con senil
rubor una honesta adoración, un sentimiento que casi no era más que
estético goce.
XXIX
Viendo muy mejorado a Nelet, diole cuenta de la reaparición de
_Malaena_ y de lo que habían hablado; excitose el enfermo, recobrando
de golpe su locuacidad, y a las primeras palabras hubo de comprender
don Beltrán que se renovaba en toda su intensidad el enfadoso mal de
conciencia; no vaciló el maestro en atacarlo con brío diciendo:
—Entrégate a mí, pues no estás en disposición de resolver por ti mismo
cosa tan grave. Yo lo arreglaré con tan buena maña como pura honradez.
Tus escrúpulos se disiparán, y Marcela será tu esposa. Tu delicadeza
es ya locura. Conviene que moderemos hasta nuestras virtudes... Y si
te encuentras en disposición de caminar, no será malo que salgamos en
seguimiento de la divina mujer.
Accedió Santapau, y se convino en esperar dos días para mayor acopio de
fuerzas, pues no teniendo caballos ni posibilidad de adquirirlos, era
forzoso emprender a pie la dura caminata.
Llegado el día de la marcha, salieron, y fue un paso triste para don
Beltrán el separarse de la linda _Chimeta_, que con sus donaires y
risotadas se le había metido en el hueco preferente del viejo corazón.
No digamos que le turbaban pretensiones absurdas respecto a la
muchacha: no era sino que le dolía separarse de ella, como duele el
arrancarnos cualquiera raicilla que penetra en el alma, y la de don
Beltrán tenía un terruño muy propicio al arraigo de toda hierba. ¡Nunca
más, ¡ay!, volvería a ver a la ninfa tosca de Lledó! Era un adiós
en la puerta de la eternidad, adiós dado al bello sexo, a la humana
belleza, a las únicas flores que alegran este valle de lágrimas. Casi
con ellas en los ojos, realmente conmovido, se despidió el señor de
tantas Torres, besando la mano áspera y gordezuela de _Chimeta_. Le
deseó un buen novio para hacer de él un buen marido, y le recordó los
consejos que le había dado para dominar a los hombres y hacerse querer
locamente de ellos. Agradecida la ninfa, así como su hermana y abuelo,
a las bondades de los dos señores, les vieron partir con pena, pidiendo
a Dios para ellos salud y prosperidades.
Acompañado de _Malaena_ se metieron por los atajos y recodos que
conducen a Horta, donde pensaban terminar su primera jornada. Parecían
dos pobres titiriteros, seguidos de un perrillo con faldas, o mejor, de
un cuadrúmano con cuyas monadas y brincos pedirían limosna de pueblo
en pueblo. Iba Nelet vestido como en la facción, sin insignias, armado
de cuchillo y pistolas; mas en la traza total de la cuadrilla, las
armas, a primera vista, parecían trebejos para el arte de volatines
o prestidigitación. Muy mal de ropa estaba el primer noble aragonés;
pero aun así no se despintaba su empaque de persona principal.
Andaban despacio, guardando silencio en largos trayectos, charlando a
veces con lánguida conversación. Temerosos del encuentro con alguna
columna cristina, mandaban a _Malaena_ por delante, a la descubierta,
para que ojeara toda emergencia de gente sospechosa en aquellos
horizontes. En el descanso de Horta, albergados en una paridera a la
entrada del pueblo, explayose Nelet a contar a su maestro _las cosas
que le andaban por dentro del espíritu_, en verdad muy extrañas, y
las visiones que desde los comienzos de su enfermedad le acosaban,
alguna de las cuales tuvo poder bastante para oscurecer a las demás y
resplandecer sola y continua en el campo luminoso de la óptica interna.
—Esto que voy a contarle —dijo Santapau, recostándose en el suelo junto
a su amigo después de mal cenados—, lo vi muy claro la primera noche
de mi enfermedad en Lledó; después se me fue apagando..., lo veía
turbio, desvanecido, mezclado con otras imágenes; pero al entrar en
convalecencia, volví a verlo claro, cada noche más, y más..., llegando
a tanto su claridad, que ya lo veo también de día y con los ojos
abiertos.
—Cuéntamelo pronto, que ya estoy ardiendo en curiosidad. No dudo que
ello tendrá relación con el fin y empresa que mueven tu vida, y que la
imagen de Marcela será centro de todas esas esferas y círculos de tu
soñar loco...
—Pues oiga usted. Desde que _me entra_, ya me tiene usted corriendo a
caballo tras de la monja de Sijena.
—¡Y ella..., a patita! Poca ventaja te llevará.
—No puedo decir cómo va, pues no la ven mis ojos... Sé que va delante,
la siento, la olfateo. Yo grito; ella no me oye.
—Y sigues, sigues... arrimando espuela.
—No espoleo porque voy desnudo de arreos, de ropa y hasta de carne.
Soy un esqueleto. Mi caballo es también esqueleto... de caballo, se
entiende..., y ni yo tengo más espuela que el hueso del calcañal, ni
él tiene barriga en que yo pueda espolearlo... Mas no es preciso,
porque corre, corre sin que yo le diga nada, haciendo con sus cuatro
cascos un compás de música que no se aparta ya de mi oído. _Pataplás,
parrataplás_..., siempre así.
—Sufrirás mucho corriendo tras un fantasma sin alcanzarlo nunca.
—Más que la persecución del fantasma, me hace padecer el _pataplás_ de
mi cabalgadura y los estragos que causa al sentar alternadamente los
cuatro cascos como mazas de hierro... ¿Por dónde voy en esta carrera?
Por un campo que parece árido y no lo es. Lo parece, porque en él no
nace ningún árbol, ni mata, ni hierba; no lo es, porque está todo lleno
de seres vivos, chiquitos, que nacen en él y por entero lo cubren... No
se ve el suelo: no hay dónde poner una pieza de dos cuartos. ¿Qué son?,
dirá usted, ¿qué vidas son aquellas? Pues son niños, señor don Beltrán,
no ángeles, que alas no tienen, sino criaturas como las de acá, como
las del mundo, como nosotros cuando teníamos un año, dos años...
—Hombre, sí que es rara, estupenda visión... ¿Pero esos niños...?
—Nada, señor, niños. ¿No sabe usted lo que son niños, criaturas, o
como dicen los gitanos, _churumbeles_? El campo absolutamente lleno de
ellos. ¡Y qué lindos, qué graciosos! Gorjean, ríen con esa carcajada
del chiquillo que se embelesa mirando una luz. ¿De dónde salen? De la
tierra, pienso yo, apretados unos contra otros, como los tallos de la
hierba..., desnuditos, rollizos, ligeros... Bueno: pues por este campo
de niños paso yo a la carrera. Mi caballo les va destruyendo con sus
patadas, y ellos vuelven a salir, vuelven a nacer, y a gorjear y a
reír... siempre chiquitos y monos; ya digo, de año y medio o dos años,
y en número incalculable. En todo lo que alcanza mi vista, no se ve más
que el campo lleno de nenes. Se agita el sin fin de cabecitas haciendo
ondas, como un campo de trigo, y las ondas traen y llevan el gorjeo.
Mi caballo recorre como el viento leguas y leguas, y siempre lo mismo,
machacando criaturas, que vuelven a salir vivitas, alegres... Si le
digo a usted que son cuatro mil cuatrillones, no digo nada, pues son
más, más...
—¿Y su única voz es el gorjeo? ¿No has reparado si dicen _papá y mamá_?
—No lo dicen; pero es como si quisieran decirlo.
—Está bien. ¿Y qué hace mi señora beata en el campo de niños?
—No sé..., allá lejos va..., yo no la veo. Se me antoja que al golpe de
sus pisadas brotan las criaturas.
—Hijo, visión más peregrina no atormentó jamás a ningún cristiano. Lo
que no alcanzo es qué relación pueda tener ese campo infantil con tus
cuitas, Nelet.
—Yo tampoco lo alcanzo... Pero ello es que la visión no me deja. Hasta
de día y muy despierto la tengo ya. Los gorjeos también se agarran
a mi oído. Y no miento si le digo a usted que a toda esa inmensa
chiquillería la quiero ya..., ni más ni menos que si fueran mis
hijos... ¿Lo serán?, pienso yo. ¿Serán los que tuve o debí tener en
cuatro mil cuatrillones de siglos que viví antes de esta vida?
—¡Demonio, echa siglos y generaciones!... ¿Sabes que tu fantástico
sueño es para marear y confundir la cabeza más firme?
—La mía no puede ya con más confusión.
—Y eso es contagioso... Temo que me pegues tu mal. Cállate ya, por
Dios, que yo voy a soñar también lo mismo..., pisoteando nenes...,
quita allá... ¡Qué atrocidad!... Cállate, que no quiero yo soñar eso,
no quiero.
Guardaron silencio, y a poco dormían ambos; mas se ignora lo que
soñaron, y si fue un hecho el contagio que don Beltrán temía. A la
mañana siguiente, que se presentó lluviosa, continuaron andando con no
poca molestia, amparándose bajo los árboles cuando el llover arreciaba.
El suelo arcilloso, lleno de charcos, les causaba grande enojo, y tan
pronto se detenían ateridos al abrigo de un paredón, como aceleraban
su andadura, afanosos de llegar pronto a poblado. Renegando de tales
contratiempos y de las perversas condiciones en que viajaban, dijo
Santapau a su amigo, guarecidos en una aldea mísera:
—Ni usted ni yo nos resignamos a andar de camino como unos miserables
titiriteros, careciendo de todo, mal vestidos, perdiendo la paciencia,
el tiempo y la salud. Necesitamos caballos, vestidos, dinero. Puesto
que estamos tan cerca de Cherta, donde tengo familia, amigos, y un
_mas_, cuya renta de doscientos ducados no he cobrado este año, nos
llegaremos allá, o me llegaré yo solo, si usted no se halla muy
dispuesto. Solo estaré el tiempo preciso para recoger todo el dinero
que pueda y proporcionarme un par de caballos o mulas, o aunque sean
borricos...
Pareciole de perlas a Don Beltrán este propósito; mas se declaró
perezoso de acompañarle, pues se hallaba rendido, aspeado, lleno el
cuerpo de dolores y con ganas de guardar sus huesos en abrigo media
semana para repararlos de los efectos del último remojo. Convinieron en
que iría solo Santapau al romper el día: conocía perfectamente todos
los senderos y atajos, y no contaba emplear, andando sin sofocarse,
arriba de tres horas. Don Beltrán se quedaría en la aldea, que era
el barrio más lejano de Prat de Compte, al cuidado de _Malaena_,
reponiéndose del quebranto producido por la caminata y la mojadura.
Partió Nelet tempranito, agregado a una cuadrilla de mujeres que iban
a Cherta con haces de leña, y el ilustre señor se quedó en un blando
lecho de paja, arreglado por la que había venido a ser su camarera.
En la memoria del buen viejo se reprodujo la noche pasada en Fuentes
de Ebro, bien apañadito en montones de paja. ¡Pero qué diferencia
entre la bella Saloma, tan graciosa y diligente, y aquella desmañada
viejecilla de Vallivana, que no servía más que para correr de monte en
monte. La compañía de la navarra, su excelente disposición y cháchara
festiva, trocaban en palacios las cuadras de los mesones, mientras que
_Malaena_ todo lo afeaba y envilecía. Encargole don Beltrán unas sopas
de ajo, y tan mal las hizo que solo a fuerza de hambre pudo pasarlas
el pobrecito viejo. Por su ineptitud para todo lo doméstico, por su
salvajismo y suciedad, se le había hecho antipática, y le azoraba
con su prurito de confianza y de palique cuando más deseaba él estar
solo, callado y libre; el brillo y la continua vigilancia de sus
ratoniles ojos le ponía nervioso; sus familiaridades llegaron a ser de
una pesadez impertinente, como si desconociera el respeto que a tan
alta persona debía guardarse. Creyérase que le tomaba por titiritero
arruinado en el oficio. Sentadita frente a él sobre la paja, le dijo en
dulce valenciano, que es forzoso traducir:
—¿Qué hace ahí tan metido en su magín, cavilando maldades? _Vosté_ no
está ya más que para ponerse en paz con Dios.
—Pienso lo que me da la gana —replicó don Beltrán, esquivando la mirada
de las cuentas de azabache que _Malaena_ tenía por ojos—. ¿Quién te
manda a ti meterte...? ¡Vaya!
—Me meto por llamarle a Dios, que ya es tiempo. Más vejestorio es
_vosté_ que yo. Me da lástima de que la muerte le coja descuidado.
—¡La muerte! ¿Acaso estoy yo para morir?
—Yo no sé leer escrituras, pero leo la muerte en la cara de la persona.
—Vete al demonio... Te encargó Nelet que me acompañaras, no que me
faltaras al respeto.
—No falto al respeto diciéndole a _vosté_ que se muere. No me equivoco.
—¡Embustera, quítate de ahí! Aunque algo cansadito, me siento fuerte, y
paréceme que aún tengo años por delante.
—Días tiene, y los dedos de una mano le sobran para contarlos.
—¡Lárgate pronto, condenada! —gritó don Beltrán estirando violentamente
una pierna contra la paja.
La vieja se fue. Y en su imperfecta vista creyó el pobre caballero que
desaparecía como un ratón por entre los informes y oscuros objetos
que llenaban la cuadra, revestidos de telarañas y polvo... Solo ya,
meditaba. ¡Si tendría razón la maldita vieja! No, no: él no hacía caso.
¿Qué podría saber de vidas y muertes una pobre rústica, salvaje, casi
idiota? ¡Vaya que estaba divertido! ¡Después de una mala noche, soñando
con el campo de niños y oyendo sus gorjeos, un día de prisión junto a
semejante sabandija, que no era, no, que no podía ser cosa buena...!
Sintió un ruidillo de dientes sobre cosa dura, y a poco se le apareció
_Malaena_ royendo algo que llevaba de la mano a la boca con movimiento
jimioso. Acercose a él y le observó, aproximando su rostro de pasa. Al
verse mirado por los ojos ratoniles, don Beltrán sintió frío, miedo.
—Vete —le dijo—. Me molestas.
Y ella:
—Ya me voy. ¿Quiere estar solito para calentarse los cascos con sus
malas ideas?... Diviértese _vosté_ jugando con el pecado de la codicia,
y piensa que le van a dar ollas de dinero...
—¡Calla, vete pronto! —gritó Urdaneta ronco, fuera de sí.
Y tan sobresaltado quedó el hombre para todo el día, que cuando
_Malaena_ se acercaba al lecho de paja, sentía el hombre verdadero
pánico. Tomó el partido de cerrar los ojos y rodearse la cabeza con los
brazos como para llamar el sueño; pero este no le favoreció, ni tampoco
Nelet, regresando aquella tarde como había prometido. ¡Qué soledad, qué
triste abandono! Pasó la noche agitadísimo, sintiendo que _Malaena_
le tiraba de los pies para llevársele... ¿Era bruja, era un diablo
humanizado en la forma más odiosa? No hacía el pobre más que dar golpes
en la paja, al modo de coces, murmurando: «Vete, demonio, vete; déjame».
Pero ¡ay!, mientras Santapau no volviese, ¿qué remedio tenía más que
vivir resignado bajo el poder de la infernal bestezuela de Vallivana?
Dejábase cuidar de ella, y probaba con repugnancia los bodrios que
le servía... Pasó todo el día entregado a las absurdas creencias.
Él, que nunca fue supersticioso, ya creía en demonios aviesos, en
asquerosas brujas y en trasgos maleantes. Y como a la segunda noche
tampoco pareciese el bueno de Nelet, viose el señor de Albalate tan
desamparado, que hubo de volver los ojos a Dios. Solo con esto se
le fue del alma la superstición, y abominando de tales torpezas, se
sintió profundamente religioso, como lo había sido en algunas ocasiones
aflictivas de su cautiverio, y singularmente en el tremendo paso del
día de la Pentecostés. Sobrevino, pues, el estado de arrepentimiento y
contrición, dolor de haber ofendido a Dios con una vida de libertinaje;
sobrevino el desprecio de las riquezas, el espanto de las malas
acciones, así pasadas como presentes. Al amanecer del tercer día
llamó a su ratonil guardiana, y con buen modo le dijo que hablase a
los dueños de la casa antes que salieran al campo, concertando con
ellos que le llevaran un sacerdote, pues sentía vivísimo anhelo de
confesarse. Cumplió la vieja el encargo con toda diligencia; mas como
no había en el lugar ni en sus contornos clérigo alguno, hubo de
quedarse el noble señor sin el consuelo y descanso que deseaba.
Enojosas fueron para él las horas de aquel día, pues sin que se
calmara el infantil terror que la seca viejecita le inspiraba, le
atormentó el tumulto de su alborotada conciencia. Veía muy clara su
abominación, pues cuando Dios le conservó la vida en Rosell, en vez
de mostrar gratitud conservando su alma en la pureza y descargo de
su arrepentimiento, lo que hizo fue reincidir en sus antiguos vicios.
No fue cosa grave el encandilarse un poquito con la gentil _Chimeta_;
pero sí lo era el incurrir de nuevo en la fea codicia, afanándose por
el legado de Juan Luco, y más aún la persistencia en agenciar con
móvil egoísta el casorio de Nelet y Marcela. La situación moral había
empeorado, pues al pecado antiguo de querer secularizar a una esposa de
Cristo, se unía el propósito de engañarla, ocultándole que su galán o
pretendiente era el matador de Francisco Luco. ¡Oh qué grande malicia,
Señor! ¡Y de este modo y con intenciones tan protervas, pagaba la
inmensa benignidad de Dios, que le había concedido la vida cuando ya
casi apuntaban a su pecho los fusiles facciosos!
Encendida su alma en fuego de contrición, gritó llamando a su guardiana.
—_Malaena_, ven. Ya no me inspiras miedo. ¿Verdad que no eres demonio
ni bruja? Yo veía en ti el daño y corrupción que en mí propio llevaba.
Perdóname. Eras para mí lo que para los niños el coco. Pero ¡ay!, ya he
visto que el coco dentro de mí lo tenía yo: era mi conciencia... Pues
te digo que Dios me ha iluminado, y vuelvo al bien y a la virtud. Si me
muero, que me muera. No más, no más pecar, no más pensamientos infames.
Corra quien quiera tras un puñado de oro; yo no. No más supercherías
con Marcela... Gobierne la santísima verdad los días que me restan,
pocos o muchos. Quiero salvar mi alma. Mi alma merece salvarse...
En esto sintieron ruido de gente y caballerías. Era Nelet que llegaba
de Cherta.
XXX
No fue el gozo de don Beltrán, al abrazar a su amigo, proporcionado
a una ausencia de tres días: fue como por ausencia de tres años, y
de la fuerza del contento se le trastornó el sentido, viendo a Nelet
más fuerte, más gallardo, restablecido de su reciente mal, la cara
limpia del rojizo color de quemadura. Era ilusión del pobre viejo que
veía lo que deseaba. Por su parte, Santapau encontró a su maestro
más caduco, encorvado, jadeante, algo ido del cerebro, progreso de
senectud excesivo para tres días. Mostrole muy satisfecho lo que
traía: dos soberbios burros, pues caballos no los encontrara ni a
peso de oro. Eran excelentes piezas, de cómoda andadura, y muy bien
enjaezados. Traía también ropa para los dos, y un repuesto copioso de
vituallas en una cesta barriguda. Despedido el criado del _masovero_
que había venido en el segundo pollino con la cesta y equipaje, los dos
caballeros pusiéronse a cenar. Tiempo hacía que Urdaneta no probaba
cosas tan ricas: butifarras, diversas clases de suculentos embutidos,
pollos asados, frutas escarchadas, chocolate, bollos de sartén... Más
que en saborear aquellas viandas, gozaba don Beltrán viendo a _Malaena_
devorar, con atrasadas hambres, comidas tan finas en increíbles dosis.
—Pues he tardado tres días —dijo Nelet— porque las grandes novedades
que encontré en Cherta, y el barullo de gente y amigos, me
imposibilitaron el despacho de mis diligencias en el tiempo que yo creí.
—Oí que estos días ha pasado hacia allá mucha tropa de uno y otro
ejército. ¿Qué ocurre?
—Sí..., tropas de Isabel, tropas de don Carlos. Se ha batido bien el
cobre... Vámonos pronto de aquí, antes que nos coja el paso de los
míos, que ahora son en número mayor que antes. En una palabra: ya
tenemos la expedición real del lado acá del Ebro, en Cherta, gracias
al talento militar de Ramón Cabrera y a su arrojo y prontitud. Está
el hombre que no cabe en su pellejo de puro orgulloso... Sí, sí: no
se asombre usted. Don Carlos ha pasado el Ebro. Yo le he visto...,
he visto al rey, a nuestro ídolo, y le aseguro que me quedé como si
hubiese visto a cualquiera que no fuese ídolo de nadie. Yo me figuraba
otra cosa, otro empaque, otra representación de gran monarca, hijo
de reyes y ungido de Dios. De esta hecha, nuestro _leopardo_, como
usted dice, ha puesto una pica en Flandes, porque gracias a su buen
tino para ordenar las cosas, ha podido don Carlos librarse de Borso y
Nogueras, que le perseguían. Junto a Cherta dio Cabrera una batalla
al señor de Borso, obligándole a retirarse. Nogueras cometió la mayor
pifia que se puede cometer en la guerra, que es no llegar a tiempo.
La guerra no es más que el arte de la oportunidad, y este lo posee
don Ramón como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento
del terreno. Pasó Carlos V tranquilamente el gran río de España,
en lanchas al caso preparadas, y los gritos de entusiasmo de las
tropas competían en estruendo con el instrumental de las músicas.
Enronquecieron gargantas y trombones. Ayer, la Sacra Majestad y todo su
séquito mataron el hambre en Cherta, que la traían atrasadilla, porque
la batalla que ganaron en Huesca les dio más prisioneros que bucólica.
El comistrajo que se les preparó era de lo más opíparo, y para que
hubiera de todo, hasta helados hubo... Cabrera, el día del paso, que
fue anteayer, estaba como loco, demacrado, los ojos del tamaño de
toda la cara, echando rayos y centellas. Daba sus disposiciones ronco
de tanto gritar, vestido con su peor ropa, pues ni para engalanarse
como acostumbra tuvo tiempo. Cuando se presentó al rey en la orilla
izquierda para pasarle acá, no le conocían, y los cortesanos se
preguntaban asombrados: «¿Pero ese es Cabrera?... ¿ese?» El soberano le
manifestó su real agrado. No serán flojas envidias las que van a salir
ahora, pues corre la voz de que S. M. quiere nombrarle generalísimo, y
poner bajo su mando todos los reales ejércitos.
—Así tiene que ser, pues según tengo entendido, de los figurones que
rodean al infante, poco debe esperar este... Y dime otra cosa: ¿oíste
o viste si con el rey viene un italiano llamado Rapella, que es el
correveidile entre cortes verdaderas y falsas para tratar de un arreglo
por bodorrio?
—Creo haber oído algo de un italiano de campanillas, y de otros
extranjeros que en la comitiva del rey vienen, entre la turbamulta
de empleados y gentileshombres. Pero como yo, por el estado de mi
espíritu, no podía prestar a lo que allí veía una gran atención, no
puedo asegurar nada de italianos ni correveidiles.
—¿Y qué se dice? ¿La expedición, con su rey a cuestas, dirígese a
Castilla o a Valencia? Puede que reforzada con Cabrera, y quizás
mandada por este, no se detenga hasta Madrid. ¿Oíste algo?
—Oí, oí..., no sé lo que oí —dijo Nelet aturdido—. ¿A usted le interesa
saberlo?
—Absolutamente nada.
—Lo mismo que a mí. Que vayan, que vengan, que suban, que bajen. No me
interesa ya más que un reino, el mío. Cada cual se arregle en su reino
como pueda.
—Muy bien dicho. Peleáis por poner en el trono a un buen hombre, cuya
incapacidad es bien manifiesta. Si tus amigos triunfan, estableceréis
un imperio caedizo, pues en los tronos disputados, el vencedor no lo
será definitivamente si no posee estas cualidades: bravura, don de
mando, ciencia militar. Gane quien ganare en este pleito, querido
Nelet, la monarquía carecerá de fuerza y vivirá con vilipendio,
entregada a las facciones. Ten presente que no se hace nada de provecho
sin fuerza, entendiendo por esto, no el poder de las armas, sino una
virtud eficaz y activa, que a veces reside en una persona, a veces
en las leyes. Ni las leyes tienen aquí fuerza, o llámese energía
gobernante, ni hay rey o príncipe que tal posea. Puede que nazca algún
día; mas yo te aseguro que a la fecha no ha nacido. De modo que paz, lo
que se llama paz, no la veréis en mucho tiempo los que sois jóvenes, ni
quizás lo vean vuestros hijos y nietos... Con que lo que tú dices: cada
cual a su reino... y en el reino chico de cada uno, que no falte una
ventanita para ver pasar la historia.
No prestaba Nelet a estos profundos juicios la debida atención, ni se
extendió tampoco en pormenores de lo que presenciara en Cherta, porque
sus impresiones eran confusas, como de quien ve muchas y abigarradas
cosas en corto tiempo, sin interés ni recreo alguno de su ánimo.
Mirando no más que a su reino, propuso que partieran a la mañana
siguiente en busca de Marcela, pues por fidedignos informes que en
Cherta adquirió, venía ya de vuelta de Gandesa, después de recoger el
cuerpo de su desgraciado hermano y darle sepultura. Al capellán del
1.º de Tortosa, que la encontró una mañana junto al río Seco, dijo la
monja que pensaba detenerse un día en el santuario de San Salvador
y encaminarse luego a Arenys de Lledó a visitar a un enfermo. Iba,
pues, en busca de sus amigos, los cuales se apresurarían a salirle
al encuentro. Para mayor seguridad, dispuso Nelet que partiera la
embajadora aquella misma noche, con instrucción precisa de las etapas
que los caballeros seguirían y puntos de descanso, y la consigna de que
esperasen en Lledó los que primero llegaran.
Conforme con tan acertado plan, y admirando el tino con que Nelet lo
concertaba, creyó don Beltrán llegada la oportunidad de manifestar al
discípulo el estado de su ánimo, y sin más exordio le dijo:
—Durante tu ausencia, hijo mío, no he cesado de reflexionar en el
caso de Marcela, complicado ahora con la desastrosa muerte del pobre
Francisco, y discurriendo la solución que debemos darle, me sentí
acometido del mal tuyo reciente, el mal de conciencia. Dios ha entrado
en mí. Como avisos o presagios de la naturaleza flaca, precedieron a
mi mal miedos supersticiosos, la idea de una muerte próxima. Era Dios
que llamaba a la puerta de mi alma: no entendía yo su llamamiento,
hasta que le vi entrar y me iluminó con su divina gracia. ¡Ay!, querido
Nelet, no quiero en mis postrimerías comprometer mi alma. ¿Amo a Dios,
le temo? Amor y temor por igual me consuelan y sobrecogen; amor y
temor me infunden el anhelo de ser bueno en lo que resta de vida, de
sostener con una conducta ejemplar la paz, mejor será decir la salud
de mi conciencia... Reniego ya de aquel propósito y consejo mío de
ocultar a Marcela la verdad de tu culpa, pues si con ese artificio
ganaríamos bienes terrenales, perderíamos seguramente los eternos. No,
no, Nelet: tú estabas en lo cierto y yo en lo errado; tú en la verdad,
yo en la mentira; tú procedías como cristiano caballero, yo como un
hombre vil... Pero ya no... Ahora te digo que la ocultación, o siquiera
disfraz de la verdad, es gran pecado; me paso a tu partido, y en él te
fortalezco.
—Pienso, amigo mío —dijo Nelet con gravedad—, que esta concordancia
de la voluntad de usted con la mía es cosa muy feliz. No hay duda:
Dios o los ángeles han andado en ello. Hoy como ayer considero felonía
el negar a Marcela mi culpa; mas no teniendo yo valor ni cara para
confesarla ante ella, convendría que usted le hablase antes, y de la
sentencia que se sirva dar depende mi destino.
—Muy juicioso me parece lo que has discurrido. Yo le hablaré antes, yo
le diré... ¡Oh, si te perdonara reconociendo que fuiste víctima de un
arrebato!..., ¡qué triunfo, hijo! Me da el corazón que así será, pues
los caminos de la verdad siempre llevan al bien.
—¡Perdonarme! —exclamó Nelet clavando sus miradas en el suelo—. ¡Pues
si así fuera...! Pero lo dudo... Ya veo la cabeza de Francisco Luco
diciendo que sí con aquel movimiento fuertísimo..., la veo diciendo que
no..., así..., así..., que es decirme: no hay perdón.
—Basta ya de visiones, hijo. Tus desvaríos me contagian, y estas noches
he soñado que también yo cabalgaba por el campo de niños..., solo que
mis nenes, los nenes que yo destruía, no volvían a nacer.
—Pues los míos..., en las noches últimas..., ya no reían, sino
lloraban... Vi a Marcela cogiéndoles a puñados y metiéndoseles en el
seno... Pero, lo que usted dice: basta ya... No duermo, no quiero
dormir: pasaré la noche pensando en que ella viene en nuestra busca y
en que le salimos al encuentro. Descanse usted, y yo le llamaré cuando
sea hora de partir. Voy a despachar a _Malaena_ y a dar un pienso a
nuestros burros.
Cumpliose con toda puntualidad lo que Santapau disponía, y antes del
alba salieron ambos caballeros oprimiendo los lomos asnales, don
Beltrán algo remediado de ropa, Nelet bien provisto de armas, pues
ignoraban qué clase de gente encontrarían. Anduvieron toda la mañana
sin ver alma viviente, entreteniendo las lentas horas con el inagotable
y pavoroso tema: «¿Me perdonará?». Llegados al caer de la tarde a una
ermita en la derecha margen del río Seco, que era el punto de cita
con la embajadora, recibieron de boca de esta las deseadas noticias.
Había dejado a Marcela con sus viejos en el convento abandonado de
San Salvador, y allí pasaría la noche en rezos y meditaciones; al
amanecer recalaría en el castillo de Horta, donde los señores podían
reunirse con ella para seguir juntos a Lledó, o al punto que de acuerdo
fijaran. Aumentose hasta lo increíble la ansiedad de Nelet. ¡Ya estaba
cerca! Solo una noche y un breve espacio de terreno le separaban de la
solución del temido enigma: «¿Me perdonará?». Incapaz de todo sosiego,
acordó seguir hasta Horta, y en ello emplearon las primeras horas
de la noche. Con no poco trabajo pudieron hallar albergue y pienso
para los burros y _Malaena_ en una reducida cuadra; descansó en el
mismo recinto don Beltrán algunas horas, mientras Nelet se paseaba
suspirando, a la luz de la luna, en un próximo corral, como caballero
que vela sus armas; y antes que fuera de día salieron los dos a pie
hacia el castillo, distante solo del pueblo veinte minutos de marcha
cómoda, y situado en un mogote de mediana elevación entre el río y el
camino de Bot. Esqueleto de muros despedazados, recompuestos y vueltos
a despedazar por sucesivas guerras, era el tal castillo, festoneado
de hiedras y jaramagos, y conservando en algunas de sus gastadas
piedras cruces y escudos de San Jorge de Alfama. Ponían el pie los dos
caballeros en el primer cerco de ruinas, cuando Nelet, asaltado de
súbito terror, se paró y dijo a su amigo:
—Pienso, señor don Beltrán, que Marcela se nos habrá anticipado,
llegando aquí por alguna galería subterránea que comunica esta
fortaleza con el monasterio de San Salvador. La encontraremos más
adentro, y es tal mi miedo de verla, o de que ella vea mi cara y mis
ojos, que me clavo en tierra sin poder dar un paso hacia adelante.
Trató Urdaneta de devolverle la tranquilidad, negando que hubiese tales
conductos por donde pudiera la monja presentarse, al modo teatral y
fantástico, y le indujo a no ser temeroso y afrontar con varonil aplomo
la entrevista. Mas advirtiendo en él señales de mayor pánico, antes que
de entereza, le dijo:
—Y en suma, si no puedes vencer tu aprensión, y persistes en que le
hable yo primero y explore su ánimo, manifestándole la verdad que tanto
temes, retírate a Horta y déjame aquí en espera de la señora penitente
y de los viejos Zaida y Alfajar. Pero ten la bondad de conducirme a un
sitio donde pueda yo sentarme, que apenas veo, y no acierto a llevar
mis pobres huesos por entre tanto pedrusco.
Condújole Nelet, evitando tropezones, a un lugar despejado con buen
asiento, y más medroso cuanto más avanzaba, le faltó tiempo para
escabullirse diciendo a su amigo:
—Parece que la siento ya..., como si subiera por un pozo... Me voy al
pueblo. Allí espero mi sentencia... Adiós.
XXXI
Quedose don Beltrán solito en las ruinas, lo que no era muy divertido
para el pobre señor, pues el frío de la mañana le obligaba a requerir
su abrigo, envolviéndose bien en el capote que le había traído Nelet.
No menos de una hora estuvo rezando, atacado también de vagos temores,
semejantes a los de Santapau, y a cada instante creía sentir blandos
ruidos que le parecían el roce del sayal de la monja contra las
piedras. «No —se decía—, no sentiré roce de vestidos ni de pisadas.
Veré aparecer primero la cabeza, después los hombros, y sin hacer ruido
alguno se me pondrá delante...». No veía nada el buen caballero; pero
vio amanecer, y distinguió los telones de piedra desgarrados, en el
centro de los cuales se encontraba; y cuando reconocía con su menguada
vista la decoración, oyó voces efectivas, sílabas vibrantes de mujer
y catarrosas de hombres, y... era ella, sí, Marcela, seguida de los
enterradores, que aparecían por un hueco de los muros...
—Aquí estoy, hija mía —gritó el anciano gozoso, sin miedo ya.
Ligera como una corza saltó la beata por entre las piedras, y fue a
besarle la mano al prócer, que besó también la de ella. Entre beso y
beso dijo la penitente:
—¿Y Nelet?
—Hija mía, no te asustes —replicó don Beltrán, pesaroso de la mentira
venial a que le obligaban las circunstancias—. Está bueno; pero tan
delicado en su convalecencia, que no le he permitido abandonar el lecho
antes del día. En Horta le dejé, y allá nos vamos en cuanto tú y yo
descansemos. Como se fijó este lugar para nuestro encuentro, he venido
yo solito para que no creyeras que faltábamos a la cita.
—Pudo usted mandar a _Malaena_ y evitarse este madrugón, que no le
sentará bien. A su edad, señor mío, no hay que jugar con la salud.
—Verdad, sí..., pero... no mandamos a la vieja..., porque..., verás
—dijo Urdaneta tartamudeando, pues se le atragantaba la nueva mentira
venial que le exigía la situación—... _Malaena_ se nos puso anoche
mala de un cólico..., de tanta butifarra como comió la pobre... Pues
descansemos y hablemos un poquito antes de bajar al pueblo... Siéntate
a mi lado... Más cerca..., así. Desde Vallivana no te hemos visto. Hora
es ya de que resuelvas. El pobre Nelet espera tu determinación. ¿Has
pesado bien el pro y el contra?
—Se asombrará usted —dijo Marcela, vacilando en las primeras
declaraciones—, y quizás me tache de ligera..., pero no es ligereza,
no, señor..., cuando me oiga..., no sé como expresarlo... Pues bien:
sabrá que han ahondado en mi ánimo las razones de mis dos amigos y el
rendimiento y constancia del pobre Nelet.
—¡Ah, qué felicidad!... Yo esperaba..., en efecto...
—Y a esta mudanza de mi voluntad, creo firmemente que no es extraña
la voluntad de Dios... Divina es a mi parecer la voz que me incita a
querer a Nelet, y a cambiar de vida y vocación... Por santo tengo el
matrimonio..., sus votos severos y sus obligaciones nos llevan a una
vida eficaz...
—Es cierto. ¿Y has consultado el caso con tu confesor?
—Sí, señor, y me ha dicho que dedicando a una fundación religiosa
parte del caudal de mi padre, si sentía honrada inclinación a la vida
secular, la adoptase, previas las dispensas de Roma, teniendo en cuenta
el trastorno que nos traen estas guerras y revoluciones.
—¿Y consultaste con tu hermano Francisco? Ante todo, sabrás
que la noticia de su muerte me ha llegado al alma. Eres ya la
única descendiente de Juan Luco, y este hecho debe pesar en tus
resoluciones... ¿Tuviste tiempo de consultar con tu hermano el caso
extrañísimo de tu cambio de vida?
—¡Ay!, sí, señor..., y mi pobre hermano, que sabía desentrañar lo
presente y lo futuro, me aconsejó que abrazase el nuevo estado, pues
si grave es el quebrantamiento del voto, debíamos mirar también a
la conservación de los bienes de nuestro padre, así raíces como en
especie, recogiendo los que aún están esparcidos, y librándolos de
la perdición. Díjome que él en las propias circunstancias que yo se
encontraba, pues habiendo topado en término de Falset con una honesta,
discretísima y bella joven, nacida de noble familia, y prendádose
de ella, creía que este suceso era como aviso de Dios, con que le
mandaba trocar una vocación por otra; y así, era su propósito no pensar
más en vida de claustro, y adoptar las penitencias y dura regla de
matrimonio con aquella bendita niña de Falset. Largamente hablamos de
nuestro negocio, y él expuso ideas tan juiciosas, que parecen dictadas
de la misma sabiduría. Pensaba que debíamos apartar un tercio del
caudal específico de nuestro querido padre para consagrarlo a una
fundación pía, y que con los otros dos tercios y los bienes raíces,
equitativamente partidos, podríamos constituir dos familias cristianas,
dedicadas a servir a Dios y a perpetuar el nombre y patrimonio de
Luco. Declaró también que de estos dos tercios metálicos debíamos,
en conciencia, retirar una suma para dar cumplimiento a la moral
obligación contraída por mi padre con su grande amigo y protector don
Beltrán de Urdaneta, fijando, de acuerdo con este, la cifra prudencial
para tan sagrado objeto...
—¿Eso dijo?... ¡Oh Providencia, oh divina equidad! —exclamó el viejo,
sintiendo que un rayo penetraba en su alma, trastornándola—. Bien,
hija, bien... Pero dime otra cosa: ¿tenía Francisco conocimiento de la
pasión que has inspirado a Nelet?
—Ya lo sabía, pues en los comienzos de nuestra conversación se lo
dije. Su parecer fue que si yo gustaba de Nelet, le aceptase, pues
tiene fama de valiente y leal, aunque algo arrebatado, y posee bastante
hacienda en Cherta y Cambrils.
—¡Eso te dijo!... ¿Estás segura de que tal era su pensamiento?
A las manifestaciones afirmativas de la monja, contestó el anciano con
nuevas alabanzas del poder de Dios. El pobre señor veía más claro;
recobraba la vista, y en su turbación no sabía por qué caminos llevar
la interesante conferencia. Por fin, salió del paso con esta pregunta:
—¿Cuántos días antes de morir te dijo tu hermano lo que acabas de
manifestarme?
—Dos días. Después, el pobrecito siguió a su ejército, y la tarde misma
de la batalla de Gandesa, volviendo con otros veinte de cumplir una
orden del general, fue sorprendido por una partida de facciosos en
retirada, y le asesinaron con saña, vileza y cobardía.
—¡Oh, qué desgracia!... Y sabiendo su triste fin, sin duda por los
compañeros suyos que lograron escapar, ¿cómo no supiste quién dispuso y
consumó hazaña tan inicua?
—Dijéronme que un capitán o no sé qué, cabeza de aquellos sayones,
traspasó a mi hermano con su espada.
—¿De modo que no sabes...?
—No, señor: no lo sé.
—Y si conocieras al matador, ¿le perdonarías?
—¡Oh!, como cristiana tendría que perdonarle; como cristiana, señor...
¿Acaso lo que yo ignoro lo sabe mi don Beltrán...?
Como anillo al dedo venía en aquel punto de la entrevista la temida,
pavorosa revelación; mas el noble caballero, señor de tantas torres, no
se atrevió a sacarla del pensamiento a los labios. Era hombre: careció
del valor necesario para un acto que requería verdadera santidad.
Habíase propuesto ser bueno, purificar sus últimos días con virtuosas
acciones; mas no era santo, no: no lo era.
—¿Lo sabe usted? —repitió Marcela espantada de su silencio.
Y don Beltrán, sintiéndose a cien mil leguas de la cristiana
perfección, dijo en un grave suspiro:
—Hija mía, no sé nada.
Apareció en aquel instante Santapau por entre el hueco de unas altas
piedras, y bajando de un brinco, como sillar desplomado con estruendo,
gritó:
—Sí lo sabe; mas no tiene valor para decirlo.
Marcela se levantó bruscamente como un ave que quiere emprender el
vuelo, y saltando sobre piedras, se alejó despavorida.
—Ven, Marcela, ven..., no huyas —dijo Nelet.
—¿Cómo vienes aquí?... —balbució la penitente con sílabas
entrecortadas—. ¿Por qué vienes así, en esa forma, que más que de
hombre es de demonio?
—Porque lo soy. Demonio del infierno es quien dio villana muerte a
Francisco Luco. Nuestro amigo no tiene valor para decirlo: lo tengo yo.
Horrorizada, Marcela se llevó las manos a las sienes, volviendo la
cabeza. Luego cayó de rodillas.
—Levántate —dijo Nelet acudiendo a ella—. Yo soy el que debe
humillarse. Humillado te diré que aunque no merezco tu perdón, lo
solicito, lo quiero... Fue una ceguera, embriaguez de sangre..., el
maldito hábito de esta guerra, el matar por matar..., por destruir
vidas contrarias...
—¡Perdón, perdón! —exclamó don Beltrán, también de rodillas, llorando
como un niño.
—¡Monstruo —dijo Marcela encorvada, las manos en la cabeza, mirando de
soslayo torvamente al infortunado guerrero—, monstruo de maldad!...
Como cristiana te perdono... Pero huye, vete al fin de la tierra, o
adonde yo no te vea más... Condenado, no quiero condenarme contigo...,
tus miradas corrompen... Yo no quiero verte ni respirar el aire que
respiras.
—¡Paz, paz!... —repetía el buen Urdaneta alargando sus flacos brazos—.
Hijos míos..., sed cristianos... No habléis de condenaros. Salvaos,
salvémonos todos.
Huyó Marcela, y tras ella, saltando de piedra en piedra, corrió Nelet,
como anhelante cazador.
—No te acerques a mí —gritaba la monja—. Condénate tú solo; yo no.
Poseído de insano furor, Nelet dijo:
—Solo no. No más soledad. Tú conmigo...
Y viendo a la desdichada mujer buscar refugio tras unas altas piedras,
como res acosada que se esconde, allí la persiguió, y allí, antes que
los atontados viejos pudieran acudir en defensa de su maestra y señora,
le dio bárbara y pronta muerte. Retumbó el pistoletazo en la tristísima
cavidad del castillo como si todas sus piedras de golpe se derrumbaran.
Sobrecogido, exánime, el rostro contra el suelo, don Beltrán dijo:
—Nelet, ¿qué haces?...
Pasados algunos segundos de pavoroso silencio, oyó el anciano la
respuesta, que fue otro tiro no menos estruendoso y lúgubre que el
primero.
Los pobres sepultureros, a quienes el estupor y su propia debilidad
senil paralizaron en la fugaz duración de la tragedia, no supieron
ni aun requerir sus azadones para impedirla. Al primer tiro, cayó
Alfajar de espaldas con temblor epiléptico. Zaida, más animoso, blandió
su herramienta de sepultar, abalanzándose hacia Nelet con móvil de
venganza o justicia; mas no pudo anticiparse al criminal, que la hizo
rápida y eficaz con su propia mano.
Transcurrido un lapso de tiempo, que ninguno de los tres ancianos
apreciar podía, Zaida se llegó a don Beltrán, y tocándole en el hombro,
con angustiada voz le dijo:
—Señor, señor, ¿vivimos o morimos?
—No sé, amigo —replicó el caballero, despegando del suelo su rostro—.
¿Vives tú? ¿Qué es esto?... Dame la mano: probaré a levantarme...
¡Ay!, la juventud perece... a sí misma se destruye. Nosotros, tristes
despojos de la vida, aún respiramos... ¿Y para qué? El siglo no quiere
soltarnos, ¡ay de mí!
—Señor, nuestro deber ahora no es otro que abrir dos hermosas
sepulturas...
—Amigo, no: abramos una sola, hermosísima, y enterrémosles juntos.
Todo el día permanecieron los tres ancianos en el lugar de la tragedia;
y cuando se retiraban, al caer de la tarde, consternados y llorosos,
oyeron lejano bullicio de clarines y tambores. A medida que iban
venciendo con lento andar el camino de Lledó, arreciaba el marcial
rumor. A la puesta del sol, Zaida, que era de los tres el que gozaba
de mejor vista, distinguió por oriente, en las áridas colinas de la
margen del río Seco, líneas de gente armada, las cuales avanzaban
ondulando como serpientes en las curvas del terreno, mitad en sombra,
mitad en luz. Eran las mesnadas de vanguardia de la expedición real que
marchaban hacia la frontera de Aragón.
FIN DE «LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO»
Santander (San Quintín), abril-mayo de 1899.
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO ***
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Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
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