Recuerdos de un anciano

By Antonio Alcalá Galiano

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Title: Recuerdos de un anciano

Author: Antonio Alcalá Galiano

Release date: January 16, 2026 [eBook #77703]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, 1878

Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by Junta de Andalucía / Biblioteca Digital de Andalucía, Spain.)


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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
    convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos.

  * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
    las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. La
    puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
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  * Así mismo la ortografía de los nombres propios de persona y de
    lugar ha sido modernizada.

  * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
    del párrafo en que se las llama.

  * Se han incorporado al texto las correcciones y erratas declaradas
    al final del libro.

  * Las páginas en blanco han sido eliminadas.




RECUERDOS DE UN ANCIANO.




  BIBLIOTECA CLÁSICA.

  RECUERDOS
  DE
  UN ANCIANO

  POR EL EXCMO. SEÑOR
  D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO

  MADRID
  Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz
  Colegiata, núm. 6.
  1878




AL LECTOR.


Al dar a luz, coleccionados y en forma de libro, los artículos que
con el título de _Recuerdos de un anciano_, hace años y en vida de su
autor se publicaron en la acreditada revista titulada _La América_, que
a la sazón dirigía con sumo acierto el señor don Eduardo Asquerino,
cedo al deseo manifestado repetidamente por muchas personas de valía
de recorrer de nuevo las interesantes páginas que contienen, y que,
aparte de su mérito literario, encierran una suma de noticias tan
curiosas como ignoradas, y de cuya veracidad son garantía suficiente
la prodigiosa memoria del escritor y la entera buena fe, que si
resplandeció en su carácter cuando vivo, según es notorio, hoy se
refleja fielmente en sus escritos.

El haber publicado el periódico _Las Novedades_ el 11 de junio de
1862, tomada del _Diario_, la sesión de las Cortes en Sevilla de igual
fecha de 1823, en que se adoptó la resolución de suspender al Rey para
verificar la traslación del Gobierno a Cádiz, movió al autor, tanto de
aquella célebre medida como de la presente obra, a escribir el primer
artículo de sus recuerdos en _La América_, declarando entonces en un
preámbulo al relato, que hoy se suprime por aparecer este hecho en el
lugar que cronológicamente le corresponde y resultar allí innecesario
y aun ocioso, que «como es sabido, las relaciones de oficio solo dan
una idea imperfecta, o cuando menos no cabal, de los sucesos que
conmemoran, y quizás no fuese inoportuno añadir al compendioso relato
de lo que se dijo y se resolvió en aquella ocasión, lo que entretanto
ocurría en el salón y en sus inmediaciones».

Este fue el propósito que realizó al narrar aquel episodio
interesantísimo de nuestra historia moderna, y sin duda, animado por el
éxito que obtuvo y puesto en vena de hablar de los principales sucesos
de aquel primer tercio del siglo actual en que le tocó ser espectador
interesado y aun autor principal más de una vez, empezaron a brotar de
su pluma, sacadas del inmenso arsenal de sus recuerdos, las singulares
escenas que describe en esta venida a ser hoy obra, de cuyo precio y
tasa me vedan ocuparme el amor que profesé al padre queridísimo, el
respeto que a su gloriosa memoria dedico en todas las horas de mi vida,
y que aun así y todo, apenas creo que me hace digno de llamarme su
hijo y de llevar, si orgulloso, a la par con temor de no merecerle, el
nombre ilustre que, cualquier que sea el juicio de los críticos, logró
aquel varón singular consignar de un modo indeleble en la historia y
literatura patrias.

Páginas nacidas de tan castiza pluma, hechos interesantes como los
relatados, bien merecen que el público fije en ellos su atención con
preferencia; algunos para recordar lo que entonces leyeron; los más
para leer lo que, conviniendo que se sepa, a la par que instruye,
deleita.

Más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, verá la luz la obra
póstuma del autor, que es como la fuente y origen de donde proceden
estos episodios; sus memorias inéditas, en que se presentará al público
el personaje en la vida política y privada, desnudo de todo atavío, tal
como fue en sus propósitos y en sus hechos, y derramando cual brillante
antorcha la más viva luz sobre los sucesos de los dos primeros períodos
de la revolución española.

Al entregar de nuevo esta producción al juicio del público, sírvame de
excusa para confiar en su éxito el que ya alcanzó en otro tiempo, y
que, no tratándose ni mucho menos de una obra de circunstancias, es de
esperar consiga ahora como entonces.

  ANTONIO ALCALÁ GALIANO.




RECUERDOS DE UN ANCIANO.

I.

CÁDIZ EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO PRESENTE.


Cádiz, donde residía yo, poco después de empezado el presente siglo,
era a la sazón un pueblo floreciente. La guerra con la Gran Bretaña,
seguida desde 1796 a 1802, le había sido funesta, sin causarle con
todo males a que no pudiese y debiese poner término la renovación de
la paz, a la cual habría de acompañar abrirse las comunicaciones con
nuestras extensas y en cierto modo ricas provincias de América, fuente
principal por entonces de la riqueza de España, y señaladamente de la
del puerto y plaza de comercio que, si no monopolizaba, conservaba
para sí en su mayor parle los provechos del tráfico con aquellas
apartadas regiones. La paz de Amiens, ajustada al entrar 1802, dejó
sentir su benéfico influjo en Cádiz de un modo prodigioso. Empezaron
a venir en abundancia buques de varios puntos de América, todos con
buenos cargamentos de producciones preciosas y de gran valor en el
comercio, y, sobre todo, de plata. De esta última recibía gran
porción el gobierno, no escasa los particulares, una parte crecida el
vecindario gaditano. Notábase gran movimiento; poblada de buques la
bahía; transitando por las calles numerosos carros cargados de efectos,
o procedentes del puerto, o llevando a los muelles los venidos del
interior, y cruzando por entre la concurrencia de paseantes, allí muy
numerosa, robustos gallegos en cuyo cuello, doblado por el peso, como
que relucía al través de la grosera tela de las talegas el metal de
los pesos duros. En tanto se levantaban casas nuevas, no recomendables
por su belleza arquitectónica, pero sí por su solidez y primor, todas
de sillares, cuya piedra fea y de color oscuro cubría una capa de
blanquísima cal que daba al total de la ciudad el carácter de blancura
que la distinguía, mientras las rejas, entonces en lo general de España
dejadas en su negrura primitiva, aparecían cuidadosamente pintadas, las
más de ellas de color verde, y las vidrieras, en vez de compuestas de
vidrios feos y pequeños, lo estaban de cristales o vidrio finísimo y
transparente. Era extremado el aseo del piso, siendo allí desconocido
el lodo, aun en los días en que aquel cielo, generalmente despejado,
aparecía cubierto de espesas nubes, que, empujadas por el vendaval,
descargaban torrentes de agua mientras azotaba el mar las murallas con
espantoso bramido, derribándolas a trechos, dejando abiertos los allí
conocidos con el nombre de agujeros, y amenazando ruina a los edificios
vecinos. Era en cierto grado el lujo grande, pero no parecido al de
los días presentes, en que conocemos comodidad y regalos ignorados
de nuestros padres. No existían sino para muy pocos en España las
alfombras, si bien no faltaban enteramente en Madrid, en las casas
más principales, y aun de ellas había algunas en provincia. Suplían
su falta en invierno las esteras; pero las de Valencia, casi únicas
en Madrid, en Cádiz eran tenidas en corta estima, usando los ricos
de unas hechas en Chiclana, de buena labor para ser esteras, y cuyo
precio no era bajo, aunque no fuese alto. La madera de caoba, escasa
en lo interior de la Península, abundaba en Cádiz. Así los muebles de
la gente de la clase media hacían notable ventaja a los usados por
personas de la misma calidad y de iguales o mayores bienes de fortuna
avecindadas en la corte. Una particularidad de la cultura gaditana en
el ramo de adorno interior era el cuidado con que se amueblaban las
habitaciones interiores, cuando en Madrid el escaso lujo solía ceñirse
a las salas y gabinetes de recibo. Los comedores gaditanos ostentaban,
por lo común, mesas de caoba, allí entonces siempre maciza, teniéndose
en menos el trabajo del enchapado. El servicio de cristal era curioso,
y el agua servida a la mesa en botella blanca, en vez de echarla el
criado en los vasos desde un jarro de loza basta, siendo la de los
platos y fuentes toda inglesa de la llamada de pedernal, nombre que en
nuestros días casi ha perdido. Así es que, trasladados a Madrid, los
gaditanos hacíamos ascos, y no sin alguna razón, a varias cosas de la
capital, lo cual hubo de durar aún hasta después de la guerra de la
Independencia.

En el vestir era también esmerada la gente de Cádiz, pero había
diferencia notable entre la del uno y la del otro sexo. Porque el traje
de los hombres era, en la clase alta y media, el de los extranjeros,
y particularmente el de los ingleses, y la clase baja, aunque usaba
chaqueta, no vestía a la andaluza, y al revés, las mujeres, aun cuando
no fuesen de majas (lo cual era diferente del vestir ordinario y no
estaba en uso común), solo salían a la calle, necesitando para ello
mudarse de ropa, con basquiña (cuyo nombre era el de saya), mantilla y
jubón (conocido este último con la palabra corpiño), todo lo cual hacía
de las gaditanas criaturas (como diríamos ahora) especiales, a las
cuales daba realce el pie pequeño, calzado con zapato corto y bajo, y,
al andar por las llanas y bien empedradas calles y plazas, el airoso
talle y el gracioso contoneo.[1]

        [1] Del andar y meneo de los gaditanos dice lord Byron en su
        poema _Don Juan_, canto segundo:

            I cannot describe it; so much it strike.
            Nor liken it: I never saw the like.

        Que mal traducido, dice:

            Tanto admira, que mal puede pintarse.
            Ni a compararle acierto; que en mi vida
            Cosa no vi a que pueda compararse.

Eran los gaditanos finos en sus modales, no al par con la gente
cortesana, sino de una finura cual es la de las personas del alto
comercio en pueblos donde el trato con los extranjeros de las naciones
más adelantadas en civilización y cultura es frecuente. Algo y aun no
poco tenían, con todo, de gente de provincia. Lo notable en Cádiz era
que las clases bajas en su tono y modos apenas se diferenciaban de las
altas, siendo corteses, y sobre todo cariñosas, y no manifestando en el
trato con sus superiores ni humildad ni soberbia, como si un espíritu
y práctica de igualdad social no dejase lugar ni a la sumisión ni a la
envidia, o al odio por ella engendrado contra los favorecidos por la
fortuna, a quienes tampoco consentía el uso que fuesen desdeñosos.

En cambio de tan ventajoso estado de cultura material, el cultivo del
entendimiento estaba en Cádiz descuidado. Verdad es que se enseñaban
allí las lenguas francesa e inglesa, abundando quienes las aprendiesen
hasta llegar a hablarlas con la fluidez y corrección necesarias
para la conversación y el despacho de los negocios mercantiles. Dos
establecimientos con el título de academias, a los que hoy diríamos
colegios, se habían distinguido allí desde los últimos años del siglo
próximo pasado. Para señoritas había una academia dirigida por una
francesa llamada madama Bienvenú, a la cual siguió otra no inferior
en reputación, puesta a cargo de una española llamada doña Rita N.
Aunque en estas, así como en las dos antes citadas, destinadas a niños,
de ellos ya muchos crecidos, había clase de francés, no salían las
discípulas muy aventajadas, porque o la genial pereza era impedimento
al estudio, o las costumbres de la juventud, nada favorables a él,
borraban en breve de la cabeza, como cosa no de uso, el corto y
superficial saber adquirido de no buena gana.

Aunque no habían por entonces llegado los días del _periodismo_,
palabra todavía desconocida, aunque ya existiese la de periódicos,
hacia 1804 apareció uno en Cádiz. Privaba en aquellos días entre los
lectores andaluces _El Correo de Sevilla_, de que era editor don J.
Matute, médico y literato, y donde salían a luz versos de Blanco,
Lista, Reinoso, Arjona, Roldán y Mármol, con algunos de González
Carvajal, y también artículos en prosa sobre crítica, en los cuales _El
Diario Sevillano_ había medido sus fuerzas con un periódico madrileño
en que figuraba Quintana, y salido de la contienda triunfante en alguna
ocasión y siempre airoso. Mal podía Cádiz, falto de jóvenes aficionados
a las letras y de hombres de edad madura dados a su cultivo, producir
o sostener una obra semejante. El novel periódico gaditano dado a luz
con el título de _Correo de las Damas_ era de lo más pobre en mérito
que en ocasión alguna ha salido de las prensas. Le escribía, o hablando
con propiedad, le publicaba un buen señor, oficial francés emigrado,
entrado en años, corto en saber, y no sobrado en luces, honrado
caballero, cuyos títulos algo pomposos de barón de Bruere y vizconde
de Brié cuadraban mal con su pobreza. Retazos comúnmente mal zurcidos
de varios escritos componían los números de aquel periódico (no me
acuerdo si semanal, pero no diario), siendo la mayor parte de lo en él
publicado traducciones del francés, todas ellas harto mal hechas, si
bien es justo decir que en punto a pureza de dicción castellana, con
tener poquísima, todavía podrían competir con las que hoy leemos en
días de muy superior ilustración, y en compañía con buenos escritos, y
quedar victoriosas en la competencia.

En tanto, unos pocos jóvenes de Cádiz tuvimos el atrevimiento de
pretender fundar no menos que un cuerpo literario, al cual dimos por
dictado el de Academia de Bellas Letras, remedando a la de Buenas
Letras que por algunos años había existido en Sevilla, y que a la
sazón, si no había muerto, estaba moribunda. Eran nuestras fuerzas
desigualísimas a tanta empresa, no habiendo en nosotros para llevarla
a ejecución apenas otra calidad que la del buen deseo. Nuestras tareas
se reducían a tener juntas literarias semanales, en las cuales se leían
dos disertaciones escritas por uno de los académicos al cual tocaba por
turno, debiendo versar una sobre elementos de retórica, y otra sobre
los de poética, y sirviendo de texto para comentarle un capítulo de
la obra del abate Batteux, traducida por Arrieta, aunque también se
tenía a la vista las lecciones de Hugo Blair puestas en castellano por
Munarriz, obra de más valor que la del crítico francés, y cuya versión,
siendo mala, lo era menos. Seguíase a esto leerse algunas composiciones
ligeras, las más de ellas en verso y de escasísimo mérito, bien
que en algunas no faltase algo digno de alabanza conforme al gusto
pseudo-clásico de aquellos días. Teníamos dos concursos anuales a
premios, y para el acto de adjudicarlos sesiones públicas de tal cual
solemnidad, en las cuales, después de leerse las obrillas premiadas,
era común añadir a su lectura la de otra composición, si no poética,
metrificada a lo menos. Pero a diferencia de las academias antiguas
y autorizadas, éramos en la nuestra los académicos competidores y no
jueces, pues habría sido arrogancia indigna de perdón la idea de juzgar
obras ajenas, y, al revés, merecía disculpa competir por un premio,
ejercitando en ello el ingenio, para someter nuestro trabajo al fallo
de tribunal competente. Así es que de los académicos, no todos, sino
una parte por acto voluntario, después de discurrir dos programas,
uno de verso y otro de prosa, escribíamos nuestras composiciones, y,
nombrados de antemano tres jueces, que eran escogidos de entre los
hombres de más concepto por su entendimiento y ciencia así de Cádiz
como de Sevilla, a estos las remitíamos sin nombre de autor y con un
lema, acompañando un pliego cerrado con el mismo lema en el sobrescrito
y la firma del escritor adentro, abriéndose solo el que declaraba cúya
era la obrilla por la mayoría o unanimidad de los jueces preferida.
La apertura del pliego era en la sesión pública para dar al triunfo
del vencedor mayor realce. Todo ello, valiendo poco, no dejaba de ser
ocupación un tanto provechosa, si bien, libertándonos de más graves
culpas, nos hacía tal vez incurrir en la de presumidos y pedantes.

La Academia, después de algunas ridículas tentativas anteriores,
comenzó formalmente con el año de 1805 y se prolongó hasta entrar 1808.
La protegió bastante el capitán general de Andalucía y gobernador
militar y político de Cádiz don Francisco Solano, marqués del Socorro,
y antes de la Solana, persona de buenas prendas, cuyo nombre ha
perpetuado más que otra cosa su trágica muerte. Poco más adelante y en
este mismo artículo habré de hablar de este digno general, a quien yo
particularmente debí consideraciones excesivas para una persona que,
como yo, contaba entonces pocos años. Pero si logramos tan estimables
aprobaciones, éramos en compensación objeto de burla para la mayor
parte de los gaditanos, por quienes estábamos considerados como
ridículos copleros.

De los que compusimos aquella Academia pocos vivimos, y casi todos han
dejado de sí corta memoria. No porque en ella faltasen jóvenes que
algo y aun bastante prometían; pero casi ninguno de los académicos
había seguido la carrera dicha literaria, y, dedicados después a sus
respectivas profesiones, olvidaron los entretenimientos de su mocedad,
o solo volvieron a ellos rara vez el pensamiento. Vive, sin embargo, en
edad muy dilatada allende los términos ordinarios de la vida humana, y
vive con la cabeza firme y el ingenio despierto, laborioso, habiendo
alcanzado merecido renombre en las letras, y conservándolo aún por sus
presentes trabajos en su ancianidad, don José Joaquín de Mora, con la
singularidad de ser compañero en este periódico del autor del presente
artículo, como lo era en trabajos académicos ha ya cincuenta y nueve
años. Ocioso sería y de poco interés para los lectores mentar otros
nombres, no por ser de personas de corto valer, porque declararlos
tales sería injusticia y casi acción villana, sino porque la suerte no
les ha dado renombre, aunque tal vez en compensación les haya dado en
su tranquila y meritoria vida felicidad superior a la de los que han
cobrado fama a precio muy subido. Debe, con todo, aquí hacerse mención
del sujeto en cuya casa celebraba la pobre Academia sus sesiones, sin
tener que pagar por ello suma alguna, lo cual no nos habría sido fácil:
de don José de Rojas, después conde de Casa-Rojas, que en aquellos días
aún no había heredado su título.

Si la literatura daba poca ocupación a los ánimos de los gaditanos,
tampoco los embebía mucho la atención la política; pero en este último
punto no era Cádiz una de las poblaciones de España en que nada se
pensaba sobre los negocios del Estado. Siendo puerto de mar y plaza de
comercio a la sazón de primer orden, por fuerza había de resentirse
de la guerra, la cual estaba continuamente poniendo a la vista la
escuadra inglesa, que a la vela y aun a veces anclada se descubría
desde sus torres. Si se leía la _Gaceta de Madrid_, que dos veces
por semana llegaba al sexto día de publicada, también eran leídos,
aunque por pocas personas, los periódicos extranjeros, inclusos los
ingleses, no obstante estar prohibida su lectura. Como en toda España,
abundaban o componían la parte más crecida los parciales de la Francia
y admiradores de Napoleón, pero no faltaban los mamelucos, cuyo gremio
constaba de gentes de opiniones muy diferentes: de los odiadores de la
revolución desde su principio hasta su fin, y de los que veían en el
emperador francés un destructor de la libertad, siendo muy de notar
que, andando el tiempo, los más considerables entre los mamelucos
fueron ardorosos liberales.

En punto a la política interior, daba poco que pensar, salvo en su
relación con las cuestiones de la paz o de la guerra. Solo había
conformidad en odiar y despreciar al Gobierno, conviniéndose en punto
tal por muy diferentes motivos. A Carlos IV era común suponerle bueno,
pero débil y necio; a la reina considerarla como mala mujer, y al
príncipe de la Paz como a un monstruo. Pero Madrid estaba lejos, y de
mudar la forma existente de gobierno nadie tenía la menor esperanza,
a punto de no consentir la desesperación el deseo. Lo importante para
los gaditanos era el carácter y hechos de su gobernador, cargo que
desempeñaba un teniente general que a menudo era asimismo capitán
general de Andalucía.

Los ancianos hablaban del gobierno del conde de O’Reilly, a quien
tantas mejoras materiales había debido Cádiz, y que era citado con
extremos de alabanza, no obstante achacársele, con razón o sin ella,
poca limpieza, pero suponiendo que empleaba en común provecho buena
parte, si no el total, de lo que sacaba por medios ilícitos a los
particulares. Después de él había habido varios gobernadores, de
quienes no se hacía particular recordación: Fonsdeviela, el conde
de Cumbrehermosa, Iturrigaray, quizá algún otro. Pero en 1800 fue
conferido el gobierno de Cádiz a un sujeto notable por su carácter
personal, que se granjeó parciales acalorados y no menos ardientes
enemigos: el general de artillería don Tomás de Morla.

Este general, de familia poco conocida de Jerez, pues la antigua y
aristocrática casa de los López de Morla de aquella ciudad no le
reconocía por pariente, no obstante tratarle como amigo, aunque sin
duda de alguna oscura nobleza, pues había entrado en un Real cuerpo
para ser cadete, del cual era necesario probar que se era noble;
de claro y agudo entendimiento; de instrucción en su ramo, según
acreditan sus obras tenidas en estima; con pretensiones hasta de
escritor poco justificadas, si bien no del todo absurdas; de condición
violenta y despótica, pero adulador en la corte, así como tirano
en el mando, grosero con afectación de serlo, bufón a veces en sus
providencias,[2] recto en medio de esto y desinteresado como pocos,
con mala reputación de soldado, pues la voz común le suponía falto
de la calidad primera del guerrero, y sin embargo, arrostrando toda
oposición con valentía, era temido, y juntamente querido del vulgo, y
dividía en opuestos pareceres respecto a su conducta a las gentes de
las clases superiores.[3]

        [2] Morla gustaba mucho de remedar a Federico II de Prusia,
        objeto de la atención y admiración universal en los días en
        que el general español comenzó su carrera. Esta imitación se
        notaba en singularidades de sus decretos. Por ejemplo, se quejó
        un vecino de que una academia de baile le era molesta, y Morla
        puso por decreto en el memorial del querellante:

              Siga la danza,
            Baile el danzante
            Y tenga paciencia el suplicante.

        De su caprichosa y despótica justicia, citaba con admiración el
        vulgo el siguiente rasgo: Por cierto favor hecho a una persona
        de condición humilde, regaló el favorecido al gobernador, su
        favorecedor, media docena de gallinas. Este, para castigar un
        acto de gratitud que parecía cohecho, mandó meter en la cárcel
        al que había hecho el presente, y tenerle allí seis días,
        sirviéndole en cada uno de ellos una de las gallinas que le
        había regalado.

        [3] No se haría, ni aun se apuntaría cargo tan grave y feo como
        es el de falta de valor en un militar, si no hubiese sido hecho
        a Morla delante del rey Carlos IV y hablando a Su Majestad
        mismo por el duque de San Carlos, padre del general conde de
        la Unión, muerto gloriosamente en la campaña en 1794, mientras
        Morla se retiraba si no vergonzosamente, poco menos.

Habiendo llegado a Cádiz en los días de lo llamado la _epidemia_
grande, o sea la invasión de la fiebre amarilla en 1800, una de las
cosas en que se señaló durante su gobierno, fue en providencias
durísimas para atajar todo contagio, circunstancia digna de
recordación, porque trasladado el mismo general a Granada en 1804,
y apareciendo allí la misma cruel enfermedad, por lo que hizo a fin
de atajarla vino a ser objeto de odio para los granadinos, lloviendo
sobre él sátiras de versos casi todos malos, pero no sin chiste, y
respondiendo él en prosa con algún folleto impreso en el cual presumía
de médico, así como de literato.[4]

        [4] Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo
        pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o
        transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas
        a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y
        calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían.
        Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre
        amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos
        medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros
        granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del
        anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:

              La fiebre amarilla
            Que reina en Granada
            Se pasea en coche,
            Anda por las plazas.
            . . . . . . . . . . .
            . . . . . . . . . . .
            Aparta, que viene,
            Mírale a la cara,
            ¡Qué gesto tan feo!
            ¡Qué zancas tan largas!
            Huid, granadinos,
            No os lleve a la zanja.

        Ya otro glosando la anterior, decía:

              Estimado amigo:
            En esta letrilla
            Voy a retratarte,
            ¡_La fiebre amarilla_!
            No la verdadera,
            De esa no hablo nada.
            Sí solo de aquella
            Que reina en Granada.
            Es más horrorosa
            Que una mala noche,
            Y todos los días
            _Se pasea en coche._

        Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.

        Otra composición era una colección de epitafios para el
        cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En
        uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y,
        por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la
        fiebre amarilla, se decía:

              Aquí, pecador cristiano,
            Reposan cuarenta y dos
            Pidiendo justicia a Dios
            Contra el médico Solano.

        Y terminaba:

              Del contagio imaginado
            Que tanto nos da que hablar,
            Ninguno en este lugar
            Todavía se ha enterrado.

        Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que
        (según cuentan) hicieron versos contra Morla.

Aunque privaba mucho Morla con el príncipe de la Paz, no conservó por
entonces largos años el gobierno de Cádiz. Le sucedió en él, siendo
asimismo capitán general de Andalucía, el aquí mismo poco ha citado don
Francisco Solano.

No se parecía a su antecesor el gobernador nuevo. Era hombre de
gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la literatura amena,
aunque no escritor, activo aun más que lo necesario, y de valor
extremado, acreditado después en su fortaleza al morir asesinado entre
tormentos. Había servido, si bien por breve tiempo, en un ejército
francés y había tomado de los guerreros de aquella nación el porte
y aire marcial, si bien no los malos hábitos de crueldad y rapiña,
en aquellos, aunque con excepciones, tan comunes; propia falta de
conquistadores.

Solano entró a gobernar en tiempo de paz; pero a poco de haberse hecho
cargo del gobierno rompió la guerra con la Gran Bretaña en 1804. Había
por aquellos días venido a Cádiz el famoso general francés Moreau de
camino para el destierro a que le había condenado el cónsul Bonaparte,
ascendido cabalmente en aquellos momentos al trono imperial, y Solano,
aunque tenía bastante de cortesano, y aunque sabía la sumisión de
nuestro Gobierno al francés, acordándose de que había conocido en una
campaña en Alemania al ilustre proscrito, entonces glorioso general
republicano, se esmeró en agasajarle. Recién rotas las hostilidades,
Solano, con su huésped francés al lado, cuidaba de que se armasen
baterías, recorría las ya hechas, se afanaba y daba aparato teatral
a todos sus movimientos, mientras el francés, cuya apariencia era
modesta, y cuyo aspecto y modos fríos y harto diferentes de los
generales sus compatricios, parecía como que miraba con sonrisa
benévola, pero sarcástica, tales alardes, cotejándolos con las reñidas
y sangrientas lides en que él había adquirido inmortal fama.

No fue solo en hacerle ver preparativos militares en lo que entretuvo
el general español al francés durante la estancia de este en Cádiz, la
cual hubo de prolongarse algunos meses, no sin disgusto de Napoleón,
que miraba a Moreau con odio, aunque afectase despreciarle. Duraba aún
la paz entre España e Inglaterra, cuando llegó el famoso desterrado
a Cádiz, rica entonces y dada al placer y al lujo, y su gobernador,
aficionado a fiestas, gustaba de que se diesen bailes públicos en el
teatro, cosa no usada en Madrid, y que un Gobierno y una corte recelosa
y oscura habría mirado como criminal por ver en ello un peligro.
Obsequió, pues, Solano a Moreau con un baile, a que asistió numerosa
concurrencia. La mujer del general francés, riquísima americana de las
Antillas francesas, no bella, pero agraciada, se presentó con un lindo
traje blanco muy ajustado al cuerpo, como era uso entonces llevarlos, y
de arriba a abajo rodeado como cadena en roscas con hilos de brillantes
ensartados, que al dar las vueltas del vals, baile que empezaba a estar
en moda en España, brillaban y como que chispeaban reflejando las luces
del bien alumbrado salón de baile en que estaba convertido el teatro.
Así, mientras los hombres contemplaban a aquel personaje que tanto
ruido había hecho en el mundo, y veían en él una figura cuya traza nada
declaraba ni prometía, las mujeres admiraban y tal vez envidiaban la
riqueza de aquella señora, riqueza al lado de la cual era poca cosa el
lujo gaditano.

No era solo para obsequiar a un huésped ilustre para lo que disponía
Solano fiestas, pues sin motivo alguno especial las multiplicaba.
El modo de cubrir su costo demuestra cuáles eran las costumbres de
aquellos días. Mandó el general descontar de las pagas de los oficiales
de la guarnición un tanto razonable, o bien podría decirse contra toda
razón, y destinó el producto de esta exacción a los bailes, mientras a
los comerciantes ricos de Cádiz, con insinuación que era precepto, sacó
mucha mayor cantidad, no siendo corta la necesaria para tales fiestas.
Llegada la Cuaresma, en vez de quitarse el tablado que hacía del teatro
un salón para los bailes de Carnaval, como entonces no se consintiesen
representaciones teatrales desde el miércoles de Ceniza hasta el
domingo de Pascua, fue destinado aquel lugar a funciones calificadas
de tertulias y conciertos, cuyo gasto se cubría del mismo modo que el
de los bailes.

Una aventura chistosa interrumpió esta práctica. Se acercaba el día
de año nuevo, no me acuerdo si de 1807 o 1808, día que celebraba como
el de su santo el omnipotente don Manuel Godoy. No era Solano un
adulador rastrero, pero no negaba el culto al ídolo por todos adorado
aunque entre maldiciones ahogadas. Así es que convocó a los generales
y oficiales superiores de la guarnición de Cádiz para que se celebrase
el día del privado con el lucimiento propio de obsequio hecho a tan
encumbrado personaje. Concurrió entre los generales uno célebre en
los fastos de Cádiz por ser una de las figuras más raras que paseaban
las calles de aquella ciudad, correspondiendo en rareza su carácter
a su figura. Su nombre era don N. Ugalde, pero nadie le conocía (y
no había chico ni grande que no le conociese) sino como el general
Chafarote. Parecía una momia de puro pegado que tenía el pellejo a los
huesos, tenía una nariz enorme y encorvadísima, la barba puntiaguda, y
por consiguiente la boca hundida por extremo entre las dos facciones
salientes. Jamás vistió frac, ni pantalones, ni abandonó en el peinado
los rizos y la coleta. Sombrero de picos puesto de frente; casaca
redonda, casi siempre de seda de color; chupa o igual a la casaca, o
blanca con bordado; calzón corto, medias de seda, zapato con hebilla y
el espadín recto, o, como decían entonces, atravesado por los riñones,
componían su vestidura, sin que de general llevase más que la faja
sobre la chupa. Con traje tan insólito añadido a su figura, sostenida
en piernas que parecían cañas delgadas, era objeto de admiración a
quienes le veían por la vez primera, y como de diversión para todos,
aunque de burlas mal podía ser, porque el tal general nada tenía de
sufrido, y no era lícito entonces ofender a personas de su clase. Pero
los chiquillos, y aun los grandes, solían con pluma o lápiz dibujar un
perfil de su persona, siendo ella tal, que era imposible no dar al más
torpe bosquejo mucha semejanza. Era tan extraño personaje maldiciente
por demás, y siendo rico y anciano, nada temía; por lo cual siempre
que se desataba en vituperios del Gobierno, decía que «él por sus
años estaba _fuera de cuenta_», no siéndole posible recibir ya grave
daño. Asistió, pues, Chafarote en clase de general a la junta en que
propuso Solano costear el obsequio al Príncipe de la Paz; y como todos
al oír la propuesta callasen, aceptando con el silencio la carga que
a pocos debía de ser grata, llegada la vez al estrafalario anciano,
dijo, con gran sorpresa de todos, «que él no tenía trato ni relaciones
de amistad con el caballero a quien se trataba de hacer el obsequio,
y que si tales relaciones tuviese, medios tenía y voluntad de hacerle
un obsequio a su costa particular y no en compañía; pero siendo como
era, no veía para qué contribuir él con suma alguna». Turbáronse los
circunstantes, y aun el mismo Solano, al oír frases tan atrevidas
en que se hablaba como de un caballero cualquiera del príncipe
generalísimo, y se disolvió la junta sin tomarse resolución alguna, de
que resultó no darse el baile.

No dejó de atender Solano a objetos de más utilidad que la de tales
diversiones. Si desde los días del gobierno de O’Reilly había sido
Cádiz una ciudad notable por su aseo, gobernando Solano llegó la
limpieza, o puede decirse la pulcritud de las calles, al punto más
subido. El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido
de los gaditanos, le debió mucho, haciéndose para él un camino de
carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que
le atravesaba, una excelente barca. Vivimos en días en que en este ramo
se ha adelantado infinito, y bien puede mover a risa ver celebradas
hoy las pobres mejoras de pasados y no muy antiguos tiempos; pero todo
es comparativo, y Solano era, para sus días, un gobernador celoso y
entendido, Así es que gozaba de favor con el pueblo de todas clases,
y si había quien censurase en él ligerezas, actos teatrales y afán
superior a la importancia de lo a que se dedicaba, todos perdonaban
estas faltas, tanto por las buenas providencias que las compensaban,
cuanto porque agradaba a un pueblo ansioso de diversiones y deleite un
gobernador que se complacía, entre otras cosas, en divertirle.

Así, en medio de la decadencia de aquella ciudad, a la cual privaba
la guerra de su comercio, fuente única de su prosperidad, seguía
siendo Cádiz una residencia agradable. Sin duda en los recuerdos de
una juventud ya muy lejana hay mucho de ilusión, y al representarse
en la mente las cosas de la primavera de la vida, aparecen frescas y
brillantes como lo son los cuadros de una estación deliciosa. Pero
no es ilusión el recuerdo de que los paseos estaban concurridos
diariamente, y lleno el teatro; de que vivir bien y comer bien era allí
cosa común, y que en la Pascua de Pentecostés en Chiclana, y en las
ferias del Puerto se presentaba gran gentío que alegremente gastaba
sumas, si no crecidas, no despreciables.

Y nótese que aun en los días de más prosperidad de Cádiz, si había
buenos caudales, no se hablaba de cosa igual a la suma que para ser
rico se cree necesaria en la hora presente. Un millón de pesos fuertes
(allí no se solía contar por reales) era lo que se atribuía a tres
o cuatro de las personas más acaudaladas. Tener cien mil pesos se
reputaba estar muy bien. Y esto que, salvo el lujo de coches, apenas
necesario en aquel pueblo llano y pequeño, no se escaseaban los regalos
de la vida.

Vino al cabo la guerra de la Independencia, y con ella la pérdida
de nuestra América Continental, y entonces recibió Cádiz la herida
mortal de que hoy está convalecida, pero sin poder volver a su ser
antiguo. El lustre y animación que tuvo en los días de la guerra de
la Independencia, fueron hijos de la circunstancia de estar allí el
Gobierno supremo de la nación, y las principales personas de esta,
viniéndose a formar una España reducida a corto recinto. De ello va
dada razón en _La América_ en recuerdos anteriores a estos en la fecha
de la publicación, si bien posteriores en punto a la época de que
tratan.

El autor del presente artículo se acuerda ahora de que vio a Cádiz en
1844, en días para él no felices, y que admiró con extremo de dolor la
decadencia de una ciudad antes tan floreciente, decadencia mayor aún
que la de su propia persona y fortuna, aunque entre estas y aquellas
hubiese consonancia. Pero Cádiz va recobrándose, porque para los
pueblos no hay muerte, mientras que quien esto escribe camina para
el sepulcro, que no puede estar lejano, y en su cansada vejez vuelve
mentalmente la vista a los lugares que tanto amó, y desea cuantas
prosperidades sean compatibles con el curso de las cosas humanas a la
población que fue su cuna, y donde pasó algunos de los dulces años en
que, a pesar de los inconvenientes que toda edad y toda situación trae
consigo, es una felicidad la vida.




II.

CÁDIZ EN LOS DÍAS DEL COMBATE DE TRAFALGAR.


En el año 1805, España había vuelto a entrar en guerra con la Gran
Bretaña, gracias al atentado en plena paz cometido contra cuatro
fragatas españolas. Aun los poco adictos a la alianza francesa, que
eran, y aun puedo decir, éramos a la sazón muy pocos, aprobamos una
guerra venida a ser inevitable, si bien censurábamos la desacertada
conducta que había dado, si ya no razón, motivo al insulto hecho a
nuestra bandera.

Cádiz fue uno de los puntos en que más se sentía la guerra, limitada a
los mares y costas, aunque sus efectos aun en lo interior se sintiesen,
pero siendo casi nada conocidos. En el mar vecino, a vista de los
gaditanos, solía ondear orgullosa la bandera enemiga, a la cual, rara
vez las aliadas marinas francesa y española se resolvían a hacer
frente, reconociendo en ella superior poder, debido a circunstancias
favorables a una nación, por necesidad y por afición nacida de la
necesidad, en alto grado marinera. No se contentaban los ingleses con
insultar en cierto modo a Cádiz con su presencia, sino que trataban
de dar un duro golpe a las escuadras surtas en su puerto. Las que en
septiembre y octubre llenaban la entonces espaciosa bahía, eran un
tanto numerosas, pero estaban nada bien pertrechadas y mal tripuladas.
Sin embargo, reinaba confianza en que si los ingleses intentaban caer
sobre ellas forzando la entrada del puerto, saldrían de su empresa
desairados y mal parados. Si en los días lejanos del reinado de Felipe
II el conde de Essex había ganado a Cádiz y saqueádola, en tiempo de
harto menos poder para la monarquía española los esfuerzos de las armas
británicas contra tan importante punto habían salido vanos. En la
decaída España de principios del siglo XVIII, las fuerzas inglesas de
mar y tierra, después de ocupar las poblaciones abiertas de Rota y el
Puerto de Santa María, se habían estrellado contra el fuertecillo de
Matagorda, y embarcádose, no sin mengua, los que saltaron en tierra,
retirándose en seguida sus navíos. En 1797, un bombardeo, cuyo objeto
más era, al parecer, contra la escuadra que contra la plaza, había
tenido poco efecto, reduciéndose a combates en que salieron con honra
y ventaja nuestras lanchas cañoneras, siendo de notar que mandaba en
esta ocasión las fuerzas agresoras Nelson, cuya fama estaba en sus
comienzos, pero cuyo arrojo, ya probado en el combate del Cabo de San
Vicente, era fianza y seguro vaticinio de su futura gloria. En 1805
el mismo Nelson, ya con la dignidad de Lord y con el crédito que le
daban su gran victoria de Aboukir o el Nilo, y su menos claro triunfo
en Copenhague, del cual, sin embargo, sacó partido no inferior al
que si hubiese sido vencedor podía haber alcanzado; aguijado por una
ambición noble, pero excesiva, por un patriotismo mezclado con odio
rencoroso a Francia, y por un orgullo nunca enfrenado por la prudencia
de que carecía, y despechado de no haber acertado con las escuadras
de sus contrarios, a los cuales había perseguido con actividad
pasmosa, pero no con feliz fortuna, venía a ponerse sobre Cádiz con el
proyecto declarado de buscar dentro del puerto a sus enemigos, y allí
combatirlos a todo trance. Por nuestra parte, nos preparábamos a la
resistencia con igual ardor, ayudando a la defensa de los navíos las
baterías de la costa y ciudad de Cádiz, y numerosas cañoneras.

Gobernaba a la sazón a Cádiz y Andalucía[5] el general don Francisco
Solano, marqués de la Solana por su mujer y que después heredó de
su padre el título de marqués del Socorro, que llevaba en el día
de su trágica muerte, en que se hizo notable por su extraordinaria
fortaleza.

        [5] La capitanía general, impropiamente llamada de los cuatro
        reinos de Andalucía, pues había otra en Granada, si bien con
        el título de la costa, no solía estar unida con el gobierno
        militar y político de Cádiz, el cual, por sí solo, era un
        puesto de lustre y alta importancia, confiado a un teniente
        general. La residencia del capitán general de Andalucía fue,
        por algunos años, en el Puerto de Santa María, desempeñándola
        un general con el título de príncipe italiano (creo que de
        Monforte), o nacido en la Italia inferior, u oriundo de
        ella. Pero siendo los capitanes generales presidentes de las
        Audiencias, cosa que tan mal les convenía, se determinó que
        fuesen a establecerse en Sevilla a presidir la de aquella
        capital. Sin embargo, juntos en una persona aquel alto cargo
        con el gobierno de Cádiz, y viva a la sazón la guerra con los
        ingleses, con sumo acierto se dispuso que el general revestido
        de ambas dignidades residiese en la plaza fuerte, expuesta a
        los ataques del enemigo.

Era Solana un general por otro estilo que los que entonces contaba
España, de alta y aventajada estatura, lleno de carnes, de expresiva
figura, de presencia marcial, sediento de gloria, no corto en
instrucción y aun con algo de literato; finísimo en modales, donde
aparecían sus pensamientos de caballero vestidos con la cultura
moderna; bastante teatral en sus actos, así militares como civiles;
más de militar francés que de español; activo a menudo con exceso, lo
cual le movía a obrar en todo más de lo necesario, frecuentemente con
alguna precipitación y no siempre con tino; hombre, en suma, digno de
aprecio, y dueño de él y de buen afecto, sobre todo entre las personas
ilustradas y de alta y mediana esfera. Había militado por breve plazo
en los ejércitos republicanos franceses, y si no me es infiel mi
memoria, al lado del célebre general Moreau. Así es que cuando este
afamado guerrero vino a Cádiz, de paso para los Estados Unidos, a donde
le enviaba desterrado el recién coronado Napoleón, Solano, a pesar de
no ser contrario del novel emperador francés, se esmeró en obsequiar al
ilustre proscrito, traspasando tal vez en sus atenciones los límites de
la prudencia. Solano había sucedido al no menos nombrado don Tomás de
Morla[6] sujeto muy de otra clase, y en sus singularidades muy distante
de estar falto de talento.

        [6] Quizá, en articulillos posteriores se entretendrá el
        escritor del presente en traer al conocimiento y vista de sus
        contemporáneos personajes o tipos de la generación pasada.
        Faltan y hacen falta en nuestra España noticias de esta clase,
        de lo cual tienen muy errados juicios. Aun hablando de hombres
        no de alta estatura intelectual o política, se da a conocer
        lo que eran ciertos tiempos que fueron; por ejemplo, don
        Tomás de Morla fue hombre singular, muy notado en su época,
        y que hoy está olvidado, salvo en el cuerpo de Artillería,
        donde es venerada su memoria, y con razón, mirándolo como
        ilustrado artillero, aunque por otro aspecto, si es digno de
        conmemoración en alguna parte honrosa, también lo es de no
        blanda censura.

Pero aunque Morla era militar instruido, y oficial facultativo de la
mejor nota, era su sucesor más soldado, siendo además el mérito de
este último el entusiasmo de que el otro carecía. Diose, pues, Solano
a multiplicar y ensayar medios de defensa, así de la plaza de Cádiz
y la vecina costa, como de las escuadras de que las fortalezas de
tierra eran amparo, en adición al que les daban sus cañones. Volvíase
todo revistas, simulacros (voz hasta entonces no oída en España, si no
es tratándose de templos y aras de falsos dioses), y probar cañones
para cerciorarse del alcance de los fuegos. A todo acudía solícito el
general, fastuoso en sus alardes, sin descuidar por esto el gobierno
civil, pues, al revés, era amigo de fiestas y de mejoras materiales.

Entretanto, las escuadras seguían en su fondeadero, si amenazadas, con
harta probabilidad de rechazar a un agresor temerario. Más de treinta
navíos de línea, ondeando en unos la bandera tricolor, en otros la
amarilla y encarnada, poblaban la bahía gaditana, dilatándose su línea
desde la boca del puerto, en el lugar llamado el Berreadero, hasta las
inmediaciones del arsenal de la Carraca. Allí apareció por última vez
una numerosa escuadra de nuestra entonces ya decaída marina, pocos años
antes tan floreciente, a lo menos a primera vista y por el indudable
mérito de muchos de nuestros oficiales, si bien cuerpo de más viso que
robustez por faltarle el elemento de una buena y numerosa marinería, y
estar fuera de proporción con la marina mercante.

Mandaba, como es sabido, la escuadra combinada el almirante francés
Villeneuve; valiente en la pelea, tímido e irresoluto en el consejo,
no sin razón persuadido de la ventaja que a los suyos y a los nuestros
llevaban los ingleses, y desaprobador de los planes de su Emperador,
por lo cual tenía como general el grave inconveniente de ser ejecutor
de lo que desaprobaba.

Menudeaban los consejos de generales a bordo. La escuadra inglesa
estaba a la vista como desafiando a sus contrarios. Aún no había
llegado a tomar de nuevo el mando de ella Nelson, quien no mucho antes
había pasado a Inglaterra por pocos días; pero su llegada era dada
por varios como hecho ya ocurrido, y por los demás como cercano. Se
sabía o se suponía que Napoleón ansiaba porque sus marinos probasen sus
fuerzas con la de los odiados isleños en un combate.

A un consejo de guerra celebrado para decidir si habría o no de salirse
a la mar en busca del enemigo, fueron convocados dos brigadieres, uno
de los cuales era mi padre don Dionisio, a la sazón próximo a recibir
la faja de jefe de escuadra por haber sido novísimamente nombrado
comandante general de pilotos, así como por sus antiguos, señalados y
mal premiados servicios; hombre, en fin, a quien me es lícito calificar
de varón ilustre, pues tal le juzgaban sus contemporáneos. En el
consejo de guerra quedó resuelto que las escuadras no saliesen, y a tal
resolución contribuyó como quien más mi padre, cuya opinión era, y en
aquel caso fue, que empeñándose un combate general era probabilísimo
fuese de los enemigos la victoria, siendo grande la probabilidad
contraria si se arrojaba Nelson a embestir con los nuestros en el
puerto.

Estando así las cosas, en el 18 de octubre hube yo de salir para
Chiclana con mi familia, siendo el objeto de nuestro viaje mirar por la
salud de mi madre, a quien aconsejaban los médicos pasar una temporada
en el campo por estar convaleciente de una grave enfermedad, sobre
sus achaques y padecimientos grandes y continuos. Hicimos el viaje
por agua, llevándonos mi padre en su bote, y llegados, se despidió
asegurando que volvería dentro de tres o cuatro días, pues era seguro
que no saldría la escuadra. Despedida fue, que apenas lo era, por
ser separación por breve plazo y a corta distancia, pero que vino a
serlo de aquellas que solo en mejor vida terminan, si es que las almas
igualmente felices pueden renovar los lazos que las unieron en el mundo.

Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana
hacia el mediodía del 20 de octubre, cuando un hombre del pueblo,
encontrándome y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de
poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en
la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana
a ver salir la escuadra. Sorprendiome la noticia, y puse en duda su
certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando
que decía lo que había visto. Corrí entonces desalado a la altura, y
vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero
en aquellas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas
en la suerte de aquellos marinos: el mar poblado de numerosos buques
de gran porte, navegando a toda vela, ciñendo el viento, largas las
banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.

Volví apresurado a mi casa, di la fatal noticia, y no estando mi
madre para moverse, determinó que con una hermana suya, soltera, y
que siempre vivió a su lado, y después al mío hasta morir en edad muy
avanzada, pasase yo a Cádiz a averiguar noticias y a cuidar de nuestra
casa, dejada, por la súbita e inesperada partida de mi padre, en
completo abandono.

Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de
aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy
San Fernando) a Cádiz, era uso de los carruajes, cuando estaba baja la
marea, dejar el piso duro de la carretera por el blando de la playa,
por el cual iban pegados al límite del agua, atravesando con frecuencia
las olas por debajo de las ruedas. Desde allí se descubre largo espacio
de mar, y cabalmente el lugar donde entonces mismo estaba dándose la
acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa.

Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de
la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la
mar sin gran movimiento, y el sol, ya declinando, pero todavía distante
del ocaso, ni brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes.
Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia
era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.

Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y
no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin
reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía
ha hecho señal de _combate a la vista_». Inútil era el disimulo, porque
yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre,
siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas
entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a
la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.

Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales
algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de esta
gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común
en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que
le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si
bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De
la escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarla, una
espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío
desarbolado, dando claro indicio de haber sido recio el combate, pues
el viento, hasta entonces manso, y la mar, poco o nada picada, no
podían haber causado tales averías. De súbito una vivísima llamarada
iluminó el mar próximo al horizonte; viose entre la luz como la figura
de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un
tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había
volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande
efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural;
y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la
torre.

Cerró la noche, que lo fue de horrorosa incertidumbre, y no solo para
los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la
escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda
clase de buenos y nobles afectos, entrando en estos el del patriotismo.

Amaneció el día 22 con horroroso aspecto, cubierto el cielo de nubes
negras y apiñadas, en cuanto permitía ver lo cerrado del horizonte,
cayendo con violencia copiosa lluvia, bramando desatado el viento
del SO, allí denominado vendaval, levantándose olas como montes que,
según suele suceder en Cádiz en las grandes borrascas, rompían en
la muralla con espantoso ruido, rociaban con su espuma los lugares
vecinos, y hasta amenazaban con no leve peligro a la tierra y edificios
contiguos a la orilla. Consonaba el horror y tristeza que causaba tal
espectáculo con el efecto que producía en los ánimos la consideración
de desventuras recién ocurridas. Porque, al asomar las gentes a ver
la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea
españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido
el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en
suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente
anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés.
A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la
espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí
más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera,
luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni
cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la
comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada,
pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse
los pasados sucesos. El combate había sido terrible. Al principio no
se suponía haber sido de éxito enteramente contrario a las naciones
aliadas. Dábase por obra del temporal, sobrevenido de pronto, la
vuelta al puerto de los navíos presentes en su boca. En ellos (en el
_Príncipe de Asturias_) venía el general Gravina herido gravemente;
pero, según afirmaban, no de peligro sumo, a lo menos no de peligro
inmediato. En el navío _Neptuno_ (otro de los allí presentes) yacía sin
conocimiento su comandante el brigadier don Cayetano Valdés, heroico
no menos que lo había sido en el combate de 14 de febrero, ocho años
antes, y ahora, sobre herido, atolondrado por haberle caído una pieza
gruesa del aparejo sobre la cabeza. De otro navío, también de los
venidos del combate, se supo haber muerto su comandante Alcedo. En
cuanto a lo demás de la escuadra, no a la vista, se ignoraba la suerte
de cada navío, y la de las personas que llevaban. Hay que añadir que
esta incertidumbre duró días, pues hasta el 31 de octubre no supe yo la
muerte de mi glorioso, aunque desdichado padre.

Numerosísimo gentío poblaba el muelle. Ni la inclemencia del tiempo
impedía que personas aun de las clases superiores y acomodadas, y
de ambos sexos, acudiesen a ofrecerse a los heridos, solicitando a
competencia llevárselos a sus casas para su cura y regalo. Fue aquella
la primera ocasión en España durante dilatados años en que se notó
lo llamado espíritu público, o digamos tomar parte y aun empeño los
individuos privados en un suceso público, e interés por personas con
quienes no tenían relaciones de clase alguna. Ni se descuidaba el
gobierno. Activo como siempre Solano, había acumulado en el muelle
todos cuantos medios de transportar heridos o enfermos tenía Cádiz, en
este punto no muy rico: sillas de manos, que eran entonces allí más
que los coches, calesines incómodos, parihuelas. Manifestábanse los
gaditanos, si no arrepentidos de anteriores injusticias, deseosos de
repararlas, porque el mal éxito del combate del cabo de San Vicente (el
del 14 de febrero de 1797), los había movido a juicios de desatinada
severidad contra nuestros marinos, víctimas en aquel caso de la
impericia y rivalidad necia de dos generales, cuando en la ocasión de
que voy ahora aquí hablando, venidos a mejores pensamientos, honraban
el valor y sacrificios de aquellos mismos a quienes había sido adversa
la fortuna.

Veíanse espectáculos horribles, sabíanse rasgos de valor y sufrimiento
en el padecer, y también heroicas impaciencias en los que, víctimas
del recién terminado combate, venían, o a perder al cabo la vida de
resultas de sus heridas, o a recobrar la salud después de una cura
penosa. Llegó entre otros el guardia marino don N. Briones, de quien
se contaba que, habiéndole llevado el pie una bala, pero dejándosele
unido a lo restante de la pierna por un tendoncillo o nervio, como le
hubiese dicho a un marinero que le llevase a curarse, y no se viese
obedecido pronto, con la mano acabó de desprenderse del pie dando un
tirón, y arrojó el miembro perdido a la cara al marinero mal obediente,
quedando vivo después de tal acto, pero no por largo tiempo, pues murió
recién llegado a Cádiz. Mejor suerte cupo al capitán de fragata Somoza,
segundo comandante del navío _Montañés_, y cuya herida era de lo más
singular posible; pues una bala, pasándole de refilón por el vientre,
le había llevado toda la parte carnosa con la piel exterior, y dejádole
sana una película de las que cubren los intestinos, casi transparente,
lo cual no estorbó que conservase la vida hasta convalecer del todo,
siendo curado en el hospital, a donde quiso ir, desechando numerosas
ofertas de señoras y caballeros que pretendían llevársele a sus casas.
Gravina padeció largo tiempo, y aun acaso si se hubiese amputado el
brazo herido, no habría muerto; pero por culpa o suya o ajena, no fue
llevada a efecto la operación de muchos aconsejada. Salvó a Valdés
el arrojo de un oficial subalterno o guardia marina, pues habiendo
quedado abandonado sin conocimiento en el navío de su mando, próximo
a perderse en la costa, como de hecho se perdió, y no habiendo quien
se atreviese a ir a bordo del buque puesto en peligro, alrededor del
cual hervía la mar embravecida, logró el animoso joven persuadir a unos
pocos valientes marineros a que le siguiesen, y, favorecido por la
suerte, llegó al navío y sacó de él al digno comandante, quien llegado
con felicidad a Cádiz, y trasladado a casa de unas señoras sus amigas,
cuando volvió en sí, se encontró libre de peligro, y vivió después
largos años para contraer nuevos méritos y pasar nuevos trabajos,
siendo notable ejemplo de los vaivenes de la fortuna. Dolores hubo y
desdichas menos conocidos, aunque no de menos lástima, pero quedaron
ocultos entre las tinieblas en que suelen hechos notables ser desde
luego envueltos y seguir siempre ignorados.

En cuanto a mí, pues forzoso me es hablar de mí en estos recuerdos, el
día 22, recién aparecidos delante de Cádiz los navíos que bien merecen
ser dichos despojos del combate, traté de restituirme a Chiclana a dar
a mi madre algún consuelo en sus congojas y dudas, que todavía no eran,
como dejo dicho, dolor por una pérdida temida solo, pero no conocida.
Difícil nos era el viaje, porque por agua no consentía el tiempo
hacerle, y por tierra faltaban medios de ponerse en camino, estando
embargado todo carruaje. Vencí este inconveniente yendo yo a ver a
Solano, el cual me distinguía notablemente, y que además hubo de tomar
en consideración las circunstancias en que me hallaba. Concedióseme
un calesín, y pasé a Chiclana por tierra; pero siendo a la sazón el
camino que lleva a aquel lindo pueblecito, desde el de la isla de León,
largo y malísimo, hicimos harto incómoda jornada, calándonos el agua,
azotándonos el viento en el desabrigado vehículo, traqueteándonos
horriblemente el movimiento, amenazados mil veces de volcar, y
agregándose estas incomodidades a la agitación mental, bien que para
distraer en parte el ánimo de la pena o del cuidado.

No teniendo noticias en Chiclana, resolvimos venir a Cádiz a buscarlas.
Seguía, como no suele suceder, aun sin intermisión, o con algunas
breves en duración y no grandes en fuerzas, la borrasca. Hicimos el
viaje en un coche bastante cómodo; pero salidos de la isla de León, y
pasada Torregorda, al acercarnos a Cádiz, presenciamos un espectáculo
espantoso. Estando la marea baja, echamos por la playa. Pero aquel
camino siempre cómodo dejaba de serlo, porque le cubrían a cada paso
despojos de naves, pedazos de jarcias, de arboladura, aun de cascos
de buques, y con particularidad de botes, no faltando entre ellos de
trecho en trecho algún cadáver, todo lo cual arrojaban a la tierra las
olas encrespadas, que sin amansar su furia seguían apareciendo en el
mar a modo de montes y estrellándose con ímpetu y tremendo ruido en la
arena. Cerraba los ojos mi afligida madre como temerosa de encontrar
entre los muertos el cuerpo de la persona querida, cuya pérdida, si
no era para nosotros cierta, estaba muy dentro de los límites de lo
probable.

Una vez en Cádiz, la incertidumbre seguía. Pero no es de la de mi
familia y persona de la que me toca ahora aquí hablar, o a lo menos no
de la que debo tratar, sino como de una parte accesoria de la situación
de las cosas. En efecto, no mejorando el tiempo, casi todos los buques
escapados del combate fueron a dar en la costa. Uno francés se fue a
pique a la boca del puerto, pereciendo todos cuantos le tripulaban. A
otro, que estaba anclado fuera, tuvo la osadía de acercarse un navío
inglés hasta dispararle una andanada, a que él respondió con otra, pero
con poco efecto por ambas partes, retirándose el agresor por respeto a
la artillería de la plaza que comenzó a disparar, protegiendo a nuestro
aliado en su apuro. De los diecisiete navíos que habían arriado bandera
al terminar el combate, la mayor parte, corriendo varias fortunas en
pocos días, o pocas horas, ya volvían a ser de su nación, sublevada
la tripulación contra los pocos ingleses que marinaban el buque, ya
recaían en poder de los que le habían ganado y ocupado, ya iban a
perderse en la costa. Fue de los más afortunados el navío _Santa Ana_,
de tres puentes, que ya rendido, combatiéndole el mar y viento, hubo
de entrarse en Cádiz, cayendo prisioneros los ingleses ya dueños de
él y rescatándose el teniente general don Ignacio de Álava, que en
él estaba y venía herido. Así poco a poco iban llegando noticias de
casos particulares. Hubo también algún parlamento, siendo recibidos
en Cádiz los oficiales parlamentarios con cortesía, y hospedándose en
casa de Mr. James Duff (llamado en Cádiz don Diego Duff), cónsul que
había sido de su nación en la misma plaza, muy querido y respetado
allí, y que seguía haciendo parte del oficio de cónsul, y llevaba el
nombre de serlo en boca de lo común de las gentes, no obstante el
estado de guerra. De un parlamento fue objeto el reclamar los ingleses
como su prisionero a Álava, porque lo había sido por dos o tres días;
pero su pretensión fue desatendida, como debía serlo, pues el favor
de la suerte le había traído la libertad. A la casa de Duff era común
acudir a averiguar el paradero de una u otra persona de las de la
escuadra, cuyo fin o existencia aún eran ignorados; pero poco o nada se
averiguaba, no cuidándose los ingleses de otras vidas que las de los
suyos, y en quienes el dolor por la pérdida de la de Nelson no dejaba
lugar a otros dolores.

El 31, según más arriba dejo dicho, cesaron mis dudas y las de mi
familia, poniéndoles término el dolor más vivo y acerbo, dolor no
para contado a indiferentes, y del que basta hacer esta leve mención,
quizás, aun así, inoportuna.

Como todo pasa en el mundo, pasó la imagen de los sucesos que aquí
acabo de recordar, yendo borrándose poco a poco de la memoria. Por lo
pronto, dio motivo a los poetas para sentidos cantos, de ellos algunos
de gran valor, pues que aún bastante conservan. _La sombra de Nelson_,
obra de Moratín, hasta ha desaparecido de las más de las colecciones de
sus obras, no tanto por el vicio de oscuridad que la afea, pero el cual
está rescatado por grandísimas perfecciones, cuanto por las adulaciones
en él prodigadas, no solo a Napoleón, sino al Príncipe de la Paz, a
quienes prometen triunfos navales que no vinieron ni era de esperar que
viniesen. La oda de Quintana vive con gloria; y si no con tanta, no ha
muerto una de Arriaza.

También el púlpito, en oraciones fúnebres, ensalzó las glorias de aquel
día. Se distinguió entre los sermones con esta ocasión predicados, uno
que corrió impreso y aplaudido, pronunciado en el Ferrol por el señor
Varela, célebre después, siendo comisario de Cruzada, como aficionado y
protector de las letras y de las artes.

La guerra a Napoleón en defensa y sustento de nuestra independencia y
gloria, como llena de grandísimos acontecimientos, oscureció la de un
periodo más antiguo. Además, a la moribunda marina fue no menos funesta
la paz y alianza con Inglaterra, que lo había sido la imprudente y poco
feliz guerra sustentada contra aquel gobierno. Porque, siendo forzoso
atender a lo presente y no más, convertida la atención a los ejércitos,
y pareciendo como inútil la marina de guerra, perecieron carcomidos los
navíos, y no se pensó en sustituirlos con otros.

Hoy ha cesado esta situación, y va resucitando, o aun puede decirse ha
resucitado, nuestra marina de guerra.[7] Aún las reliquias vivas de
Trafalgar no han sido olvidadas, y al cabo de 56 años sus servicios han
tenido una remuneración, si no grande, sin duda decente, y lo que vale
más, honrosa. Y si los sucesivos gobiernos atienden a este ramo del
servicio público, la opinión general en este punto los ayuda y estimula.

        [7] Aquí merece particular mención y muy honorífica el librito
        que, con el título de _Trafalgar_, escribió en 1850 don Manuel
        Marliani. Verdad es que su objeto fue vindicar nuestra marina
        de los agravios, a veces calumniosos, de M. Thiers; pero
        cumpliendo el autor su propósito del modo más satisfactorio
        posible, hizo un servicio señalado a su patria, así como a la
        Armada española. Al marqués de Molins, cuyo celo del honor
        del cuerpo a cuyo frente estaba era y es vivísimo, se debe
        haber patrocinado la obra del señor Marliani, suministrándole
        datos, y por todos los demás medios posibles, y haciéndose así
        acreedor a no corta parte del elogio que es debido y se tributa
        aquí con singular placer al autor y a la obra, y al ministro
        que les dio su patrocinio.




III.

MADRID EN LOS DÍAS DEL REINADO DE CARLOS IV.


Notan algunos, y entre ellos quien esto escribe, que más de una vez lo
ha repetido, cuán poco sabe la generación presente de lo que eran sus
padres e inmediatos abuelos, mientras la diligencia de los eruditos
ha llegado a enterarse bien y a poner con algún acierto a la vista
del público lo que fueron sus antepasados absoluta o relativamente
remotos. Últimamente algo se ha dicho de la época de Carlos III, pero
de la de Carlos IV se habla poco o nada. Bien está, pues, en las
tristes y escasas reliquias que aún quedamos de los últimos días de
reinado tan deplorable, que alguna memoria dejemos y transmitamos a
las generaciones futuras de la imagen política, literaria y social
de un periodo casi envuelto en niebla, por lo mismo que no tuvo ni
pudo despedir luz que le diese brillo, y con él a nuestra entonces
malaventurada patria.

No se suponga en los borrones que siguen, y que están unidos con
otros iguales o parecidos destinados a pintar usos y costumbres, y
sucesos de leve monta de época de superior interés, la loca pretensión
de suplir una falta o de llenar un hueco que han menester esfuerzos
mayores y más detenimiento para ser suplidos o cubiertos de un modo
satisfactorio. Cuento (pues justo es usar de la primera persona en
trabajo de tan corto valor) lo que vi, y lo que otros han callado:
lo cuento como viejo; pero, si no me engaña (como es posible que me
engañe) una pasión natural, sin necio apego a lo pasado, si bien no
con la amarga censura, no siempre justa, de unas escenas lastimosas.
Escribo tirando a ser imparcial, y sin esperanza de conseguirlo del
todo; pues, si aun las mejores cabezas y las más nobles almas no están
exentas de las miserias de la flaqueza humana, cual podría estarlo
quien no presume de hombre sabio o de varón justo.

Me ciño a traer a la vista de mis lectores solo escenas de la capital
de la monarquía, y de uno u otro año, porque no pretendo hacer un
cuadro acabado de la España de mi niñez y de los primeros años de mis
mocedades. De meros rasgos puede sacarse algo y bastante para hacer
pinturas, haciendo el ingenio y buen discurso lo que han hecho grandes
anatomistas al construir con huesos de animales muertos esqueletos, y
aun cuerpos, con fundada pretensión de ser reproducciones fieles de las
que fueron criaturas vivas.

En los primeros años del presente siglo, era Madrid un pueblo feísimo,
con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío, y, aunque
ya un tanto limpio desde que, con harto trabajo y suma repugnancia de
una parte crecida del vecindario, le hizo despojar de la inmundicia
que afeaba sus calles Carlos III, todavía distantísimo de verdadero
aseo, como el de que entonces con razón blasonaba Cádiz. Los hierros
del balconaje estaban tales cuales habían salido de la herrería; las
vidrieras compuestas de vidrios pequeños, azulados, por los cuales
penetraba trabajosamente la luz, y no pasaba menos dificultosamente la
vista de dentro afuera; las fachadas de los edificios sucias, con las
puertas y ventanas mal pintadas, y renovada en ellas la pintura tan de
tarde en tarde que tal vez habría presentado mejor aspecto la madera
dejada en su color primitivo. Era pésimo el empedrado. Verdad es que
había aceras, de lo cual entonces carecía París y siguió careciendo por
largos años; pero las aceras madrileñas, de las que hoy duran algunas,
servían con imperfección al fin a que están destinadas. En los zaguanes
o portales de casi todas las casas estaba el basurero, y al traer a él
los sucios materiales que le llenaban, buena parte de ellos se quedaba
esparcida por las escaleras. Eran estas, en general, oscuras y hechas
de mala manera, atendiéndose poco o nada a mantenerlas en buen estado.

Bien es cierto que, adelantando el presente siglo, otras capitales
de Europa han venido a ser muy otras de lo que eran. Londres ha
visto desaparecer a millares sus horribles casas y angostas calles
y callejuelas, sustituyéndolas con casas, si no hermosas, limpias y
con pretensiones de adorno, y con calles bellísimas por su anchura y
traza, sin contar con que en aquella capital se han construido palacios
y edificios públicos de que antes carecía. París, que, no obstante
contar un buen número de bellos edificios, era, en su mayor parte,
una población de mal aspecto, empezó, imperando Napoleón, y siguió,
reinando las dos ramas de los Borbones, una carrera de notabilísimas
mejoras e innovaciones, hasta que en el reinado de Napoleón III, con
verdadero exceso, atendiendo a doctrinas económicas, ha venido a
convertirse en nueva ciudad de señalada hermosura. Dista infinito de
haberse hecho tanto en Madrid, y, sin embargo, es mayor la diferencia
que hay en nuestra capital, tal cual es y tal cual era, que entre otras
ciudades mucho más enriquecidas con monumentos soberbios, pero no tan
cambiadas.

Si de lo exterior pasamos a lo interior de las casas, la mudanza o
mejora es más notable. Quien ve las habitaciones modernas, no puede
enterarse de lo que eran las antiguas. No porque, según piensan
algunos, llevando las cosas a extremos y equivocando épocas, hubiese en
1806, por ejemplo, en las salas decentes de Madrid sillas de Vitoria.
En la fecha a que me refiero, en la cual vine yo a esta capital, de
donde había salido muchos años antes en mi niñez todavía, he aquí lo
que era la casa de un consejero de Hacienda, cuya mujer pasaba por
elegante. Había por delante de las paredes, en la sala principal, una
banqueta de pino pintado imitando caobo, con florones de metal dorado
en las esquinas, muy alta de pies, con asiento durísimo, y cubierta
de seda en lo poco que no era de madera. Entre las ventanas había una
mesa de las hoy llamadas _consolas_, y en la pared, delante de esta,
un espejo, entonces dicho _tremor_ del francés _trumeau_,[8] cuya
pequeñísima luna se componía de dos pedazos, siendo el marco grandísimo
a proporción, aunque no grande en absoluto, y de pino pintado, con dos
columnitas delgadas, cuyos chapiteles eran de metal dorado, mientras
sobre la luna o lunas, en el espacioso friso o cornisa, había un ramo
de flores mal pintadas.

        [8] Ya los franceses usan poco o nada de la voz _trumeau_, y
        llaman a los espejos de sala _glaces_.

Al adorno de la pieza principal correspondía el de las demás. Pero se
distinguía por lo pobre el comedor, incluyendo el servicio de mesa. Las
botellas blancas, de uso general en Cádiz, no se veían en Madrid sino
en alguna muy rara mesa, sirviendo el vino en su fea botella de vidrio
negro u oscuro, y el agua en un jarro que tenía el criado para llenar
los vasos. Los platos y fuentes solían ser de loza de la fábrica de
la Moncloa; loza blanca, no de mala apariencia. La de Valencia servía
para casas más humildes. Al mismo tiempo había más vajillas de plata
que hay hoy; y las empleaba en el servicio diario la gente de más alta
esfera y superior riqueza; pero esta última era escasa a la sazón, si
se exceptúa a los grandes señores, porque la capital carecía de los
hoy llamados capitalistas; y algunos comerciantes ricos, vivían, si no
pobremente, sin lujo alguno.

Las alfombras eran para pocos, siendo a la sazón su valor muy subido.
En cambio, en punto a alumbrado se hacía buen gasto de cera. Los
llamados quinqués, por el nombre de su inventor, eran entonces
todos de los que se ponen en la pared. Las lámparas para aceite no
eran conocidas: los antiguos velones estaban ya desterrados de las
habitaciones de mediana decencia.

Una cosa muy de notar para los que hoy vivimos, es lo distante que
estaba el lujo que entonces había de la medianía, siendo en ciertos
ramos de cultura, o digamos en lo perteneciente a las comodidades y
cortos regalos de la vida, a manera de un precipicio o tajo lo que hoy
merece llamarse declive suave con varios puntos intermedios. Y aun
en las casas de los principales señores y superiores empleados, como
eran los ministros, a la sazón dotados con pingües sueldos, el lujo
mismo carecía de ciertos ribetes o perfiles, hoy parte principal de
quienes viven con tal cual desahogo. Había, además, riquísimos señores,
aun de la grandeza, cuyos gastos eran enormes, llegando a punto de
ser derroche de cuantiosísimas rentas, y que, sin embargo, en punto
al servicio de mesa, vivían como hoy viven personas de muy reducidos
haberes.

En el lujo de fuera de casa hay ahora, sin duda, notable aumento, pero
no tanto cuanto algunos se figuran. Es idea corriente que ha crecido
de un modo pasmoso el número de carruajes, y esto es muy cierto; pero
no en el punto que no pocos dicen y creen. Nace esta equivocación de
que comparan muchos el Madrid actual con el Madrid de 1815, o 1824,
o 1836, recién terminadas las guerras de la Independencia o la
revolución de 1820 a 1823, o pendiente la guerra civil; épocas todas
de grandes calamidades, juntas con glorias mayores o menores, tanto
cuanto con lástimas no gloriosas. En Madrid, aun en 1795 y 1796, solía
llegar la doble fila de coches en el Prado, por una parte, a las
inmediaciones del convento de Atocha, y por el otro extremo, a las
del de Recoletos. Esto nacía de ser entonces indecoroso en ciertos
empleados no tener coche. No podía un consejero ir a pie al Consejo
sin rebajarse. Tenían coche los más entre los oficiales de secretaría,
personajes de más cuenta que lo son los actuales, si no por su cuna
o su talento o instrucción, por su poder o por la esfera en que los
ponían las preocupaciones de la sociedad existente. Tenían, pues, coche
gentes que vivían con estrechez en lo demás. Los coches eran pobres y
feos, con rarísima excepción, tirados por mulas. Algunos llevaban el
cochero montado; pero había muchos que cocheaban desde el pescante.[9]

        [9] En 1795 y 96 teníamos un coche a medias entre mis padres y
        mi tío, a la sazón oficial de la secretaría de Hacienda, con
        una hermana de este y de mi padre. Mi tío, hombre instruidísimo
        y de talento, y no mal escritor (don Vicente Alcalá Galiano),
        era persona de poquísimo mundo, y solo conocía a Madrid y sus
        cercanías, donde había venido siendo niño y seguido viviendo.
        Como empezaban ya entonces a usarse los pescantes y los coches
        colgados de muelles, mi madre y tía querían estar al uso
        nuevo. «Niñas, niñas (decía mi tío, mozo aún, pero viejo en
        sus modos), esas cosas son para esas capitales extranjeras
        (que él conocía por los libros solo); pero no sirven en Madrid
        con su mal empedrado y sus cuestas». Resta decir que en punto
        al pescante ganaron las señoras, y que desde uno altísimo,
        como eran los de entonces, fueron gobernadas las mulas sin que
        sucediese mal alguno. En lo de los muelles nada consiguieron,
        conservándose las sopandas. De caballos no se habló, pues casi
        nadie los gastaba entonces. De los españoles se decía que no
        servían para el tiro, y los extranjeros no venían a España.
        Además, pasaban por no poder resistir el clima.

        En 1807 ya había algunos coches tirados por caballos, pero
        pocos. Entonces brillaba sobre todos el de la marquesa de
        Tavares, recién venida de París; carruaje de los llamados
        bombés, y cuya figura era una esferoide o como un inmenso huevo
        de avestruz.

Los coches colgados de muelles se habían multiplicado en 1806: no así
en 1796, en que casi todos estaban sobre sopandas. Algunos grandes
tenían lindísimos trenes que lucían, sobre todo en las procesiones de
administración del Viático a los enfermos por Pascua, y de Minerva
después del Corpus, en que solían verse varios carruajes de una sola
casa. En punto a coches de alquiler, denominados _simones_, los que
había eran pocos y pésimos. Los de número o de plaza, es sabido que no
han empezado hasta 1847.

El paseo solía estar concurrido, como hoy lo está, y nada menos si se
toma en cuenta que la población era harto menos numerosa que la de
nuestros días.

Dos eran los teatros abiertos, estando cerrado a fines de 1806 el de
los Caños del Peral, que, destinado a óperas italianas, mientras se
reedificaba el teatro del Príncipe, que se había quemado, servía a la
compañía cómica de que era ornamento el justamente célebre _Máiquez_.
Pero, mediando 1806, fue abierto el nuevo teatro del Príncipe, pasando
a él los actores que representaban en el de los Caños. El recién
abierto teatro, si menos indecente que el antiguo, era poco digno
de un pueblo culto, siendo pequeño, como es hoy todavía, incómodo
y sucio. Faltaba en él, es verdad, casi del todo el patio, donde
estaban los espectadores de pie. El teatro de la Cruz conservaba su
fealdad vetusta, de que apenas pudo recobrarse hasta su final caída
en días novísimos, después de haberse afanado en balde para mejorarle
y sustentarle. Brillaba en él hasta 1807, en que hubo de retirarse,
la afamadísima _Rita Luna_, y a la par con ella el célebre gracioso
Querol, de quienes hablaré después al tratar de lo que eran el arte
dramático y los actores. Ciñéndome por ahora a la parte material
del edificio, repetiré que era horrible, y que el espacioso patio,
cuando estaba lleno, causaba a la vista y al oído un efecto por demás
desagradable, viéndose en él lo llamado con propiedad oleadas, porque
imitaba la gente empujándose el movimiento del mar, y aun podía mirarse
como remedo de sus bramidos la gritería que era consecuencia del
atropellarse y estrujarse de los concurrentes, en un lugar así como de
diversión, de tormento. Los pocos asientos que había entre el patio
y las tablas, así como los más numerosos del teatro del Príncipe,
asientos entonces conocidos con el nombre de _lunetas_, novísimamente
trocado por el americano de _butacas_, eran estrechos, duros, con forro
de mala badana, casi siempre con desgarrones, y nunca limpia. Alumbraba
los teatros una araña, que ya en 1806 era de _quinqués_, y en los días
de iluminación además velas puestas en candeleros, que, formando lo
llamado brazos, salían de los palcos.

La concurrencia a los teatros era regular. Publicaba entonces el
_Diario_, juntamente con el anuncio de la función del día, la suma de
lo recibido en la próxima pasada. Las entradas de lleno eran de 6000
reales[10] poco más, pero rara vez llegaban a tanto. Bien es cierto que
los precios eran bajos. No se cobraba entrada más que para el patio,
y a los palcos de amigos iban de balde los convidados o los que se
convidaban a sí propios.

        [10] Temo que me sea infiel la memoria, y que las entradas de
        lleno fuesen de 8000 reales.

Poco más tengo que añadir en cuanto a la parte material de la capital
de nuestra pobre España en aquellos días de decadencia y abatimiento.
Bien vendría, con todo, hablar algo aún de los vestidos entonces de
uso, hoy tan ignorados, que su ignorancia ha desfigurado con el vicio
de anacrónica una muy buena pintura, destinada a recordar un hecho
memorable de nuestra historia.[11]

        [11] La reunión de las Cortes de Cádiz en 1810, cuadro que
        existe en el Congreso de los Diputados.

Los hombres solían vestir entonces frac, y también levitas. Ni unos ni
otros eran muy desemejantes de los del día presente, si bien tampoco
se les parecían del todo. El cuello cuadrado que llevan en el citado
cuadro los diputados de las Cortes en 1810, había ya desaparecido en
1806 y mucho antes. Llevábanse pantalones ajustados con media bota
encima, y estas con una borla delante, calzado a que dio nombre el
general ruso Souvarow. También los elegantes usaban calzón corto con
cinta en vez de hebillas en la parte superior de la pierna, donde se
unía con las botas de campana, que con él eran indispensables. Rarísima
vez se veía en Madrid un sombrero redondo o de copa alta, y al ver
un hombre que le llevaba, se suponía que era procedente de un puerto
de mar, y particularmente de Cádiz. En los sombreros de picos (que
así eran llamados) llevaban escarapela negra los que no tenían fuero
militar: los militares la roja, aun vistiendo traje de paisano. El uso
de los uniformes para visita, o aun para paseo, era también muy común.
Las señoras solo gastaban sombrero para ir al teatro, y esto solo las
de elevada clase. Alternaban las mantillas blancas con las negras. Las
basquiñas negras, si aún vivían, tenían que compartir su existencia con
las de color, y en invierno con lo llamado _dulletas_.

El traje del pueblo era diferente del de las personas de alta y
mediana clase. Con el sombrero de picos cubrían su cabeza los hombres,
prenda que disonaba de la chaqueta; pero desde el famoso motín de los
días de Carlos III estaba prohibido el uso del sombrero gacho, cuya
supresión fue origen de aquel exceso, y vino a ser obligatorio el de
picos. Así, los señores que por capricho imitaban en su traje y modos
a la plebe, entre los cuales se distinguían el marqués de Perales y
el de Torrecuéllar, llevaban con vestidos casi de majos un sombrero
propio para el traje más de ceremonia. En cuanto a las mujeres, las
llamadas manolas vestían más o menos según están pintadas en los lindos
versos, tan populares un día, y dignos de su fama, con que en época muy
posterior las ha inmortalizado Bretón de los Herreros.

Excusado parece, pero con todo no será fuera de propósito decir que
las capas, las cuales en España nunca mueren, pues, si por más o
menos largo plazo un tanto se eclipsan, vuelven a aparecer, estaban
en uso corriente en los días de que voy aquí ahora hablando. Pero las
de grana, que privaban en mi niñez, habían desaparecido enteramente,
destronadas y hasta extirpadas por las blancas. Compartían, sin
embargo, el favor con ellas unos sobretodos llamados robs o carricks
con muchos cuellos, poco diferentes de los que hoy llevan los cocheros.

Entre el aspecto puramente externo, y el estado intelectual del pueblo,
puede decirse que media el trato ordinario, porque los modales tienen
de ambas cosas. Era por aquellos días la poca sociedad de Madrid culta
más que lo es hoy, aunque mucho menos instruida. La obscenidad en el
lenguaje no faltaba, siendo este vicio de los pueblos del Mediodía,
pero no había llegado al repugnante extremo en que hoy la oímos;
cosa singular, porque en otros pueblos, con la cultura, si ya no con
la religión, decrece esta fea práctica que entre nosotros ha tenido
aumento.

En cambio, el juego de puro azar, que en días novísimos ha sido
desterrado de las casas más decentes, entonces era la ocupación de las
poquísimas tertulias de la gente de superior esfera.

La razón de ser tan pocas las tertulias consistía en que era peligroso
recibir mucha gente en una casa. El Gobierno, recogido en los sitios
Reales, desde ellos miraba a Madrid con ceño y miedo, y parecía como
que se declaraba enemigo público, pagando y recibiendo odio por odio.
Es verdad que el mal que se temía no pasaba de ser el destierro de
Madrid, pero el destierro no es pena leve en muchos casos, por más que
a los españoles ni pena parezca, pues le vemos en uso bajo gobiernos
llamados constitucionales. Pero el peligro de ser desterrado, si no
grave, era grande, por ser fácil incurrir en culpa que le motivase,
porque lo era el estar en los sitios Reales sin objeto conocido, o el
dar un baile en Madrid o cosa parecida.[12]

        [12] En el Carnaval de 1808, varios jóvenes de esta capital,
        de los más elegantes de ella, resolvimos dar un baile por
        suscripción. No estaba entonces esto en uso en Madrid, y la
        cosa pareció, aun más que novedad, atrevimiento. En efecto,
        la señora que se prestó a recibir salió desterrada. Varios
        temimos igual suerte. Por fortuna, a pocos días (en marzo de
        1808), sucesos de la mayor gravedad dieron al olvido pecados
        tan leves, pues dieron en tierra con la monarquía antigua.

No dejaba de ir gente a los cafés. Estos no eran lujosos, y los había
de suma pobreza; pero en uno u otro no faltaba adorno ni aun asomos de
elegancia, mereciendo tal calificación la Fontana de Oro, que tenía
una sala espaciosísima; el del Ángel, que ha vivido hasta 1848, si
bien mejorando, y hoy pasado a ser del Iris, y el de la Cruz de Malta
en la calle del Caballero de Gracia. Aunque inferior a estos, no era
indecente el de San Luis, que novísimamente ha sido cerrado, merced a
la dureza del casero, y que había tenido pocas, aunque algunas mejoras.
A este último concurrían bastantes guardias de Corps, o de la Real
persona; cuerpo que representaba muy notable papel en Madrid, y más en
el pueblo en sus varias clases que en lo llamado alta sociedad, de la
cual, si embargo, eran, y a que concurrían algunos de ellos, bien que
no muchos. Aunque ya servían helados en varios cafés, subsistían las
botillerías, destinadas solo a bebidas frescas. La de Canosa, situada
en la Carrera de San Jerónimo, era, si no la decana, la que había
gozado de no disputada primacía entre todas; pero en 1806 estaba en
decadencia, cuando en mi niñez (hacia 1795 y 96) era la preferida por
las personas principales de la corte, bien que en ella entraban pocos,
y ningunas señoras, llevándose la bebida a los coches. Muchos que hoy
viven han visto tan miserable covacha, reliquia de tiempos antiguos,
conservada hasta 1846 o 47, si no en toda su fealdad y miseria, poco
menos, y sin duda teniendo parroquianos fieles, sin los cuales no
podría haber dilatado su existencia.

Era miserable el aspecto de las tiendas; notándose en ellas todavía más
la falta del adorno que la escasez del surtido, aunque en el último
punto había no poco que desear, porque los objetos de lujo eran poco
numerosos, y menos se encontraban de regalo, señaladamente en punto a
provisiones. La fonda de Genieys, situada entonces en el Postigo de
San Martín, era mediana en lo tocante a cocina, y nada brillante en lo
concerniente al servicio, aunque no mala del todo, comparándola con
lo que eran a la sazón las casas particulares; pero estaba pobremente
amueblada. No relucía más, mirada por el mismo aspecto, y aun quizá era
inferior, la pastelería de Ceferino, situada en la calle del León, a la
cual concurrían gentes de alta y mediana clase, particularmente a comer
pescado, del cual había entonces poco fresco en esta población, donde
apenas se conocían otras clases que el besugo y la merluza.

Si de cosas tan humildes, las cuales, aun siéndolo, pintan, sin
embargo, el estado de un pueblo, subimos a ver objetos de superior
esfera, poniéndonos en la del mundo político, intelectual y moral,
harto hay que decir en estos pobres recuerdos.

No voy aquí a juzgar el antiguo gobierno de España, siendo mi propósito
únicamente decir, en vez de lo que debía o no ser, lo que era, y no
describiendo su mecanismo, ni contando sus hechos, sino recordando cómo
estaba entonces considerado, y sus relaciones con la sociedad y el
pueblo de la capital de la monarquía.

Veíase el Gobierno en general aborrecido y despreciado. Lo mereció sin
duda; pero tal vez excedía, en punto tal, lo sentido a lo merecido. No
alcanzaba el odio al Rey, pero sí el desprecio, haciéndole favor la
voz popular en cuanto a las intenciones que le suponía, pero teniendo
en poco su carácter. El aborrecimiento a la Reina llegaba a un extremo
increíble, solo igualado por el en que se miraba al Príncipe de la
Paz, su privado y valido, reputado con bastante, pero no con completa
razón, el verdadero monarca. Al revés, el príncipe de Asturias, después
Fernando VII, era no un solo _mytho_, sino varios, figurándose gentes
de diversas y contrarias opiniones en su persona imaginada todas las
prendas que en un monarca futuro deseaban.

No faltaban en España quienes soñasen en una monarquía de las llamadas
constitucionales. Republicanos había ya pocos, aunque había habido
bastantes entre la gente ilustrada hacia 1795, y aun hasta 1804. Pero
la conversión en imperio de la república francesa había dividido a los
que, dándole culto, aspiraban a tomarla por modelo. Muchos se adherían
a Napoleón, como representante de la revolución, en su dictadura, ya
consular, ya imperial: otros, mirándole como destructor de la libertad,
le abominaban. Estos últimos eran cortísimos en número, y podría decir,
éramos, porque yo, niño y joven, me contaba entre ellos, pasando por
lo que en Cádiz, y aun aquí en Madrid, era conocido con el nombre de
_mameluco_, el cual, no sé por qué, servía de apodo a los enemigos
a la sazón de nuestro poderoso y glorioso aliado. Lo general de las
gentes admiraba y aplaudía al ínclito emperador francés, conquistador y
legislador, así como supuesto protector de España.

No está de más añadir que entre el clero, y aun entre los frailes,
gozaba Napoleón de alto y favorable concepto.

La corte no residía en Madrid más que muy de paso;[13] y en los
últimos años del reinado de Carlos IV, puede decirse que ni aun así.

        [13] La corte solo pasaba en Madrid pocos días a fines de junio
        y principios de julio al trasladarse de Aranjuez a la Granja,
        y otros pocos en diciembre al pasar del Escorial a Aranjuez.
        Pero a fines de 1806 no quiso ni aun entrar en Madrid para la
        corta estancia de invierno, y viniendo del Escorial procedió
        del puente de Segovia al de Toledo, formando del uno al otro la
        tropa. Al terminar 1807, cuando la causa famosa del Escorial
        había llevado el odio al Gobierno al último extremo, ni aun
        se acercó el Rey a Madrid y se fue del Escorial a Aranjuez,
        cortando desde las ventas de Alcorcón al camino de Andalucía.

En los sitios Reales estaban todos los ministros. Allí se acudía a
los besamanos, o con algún particular motivo. Entre los concurrentes,
hacían el primer papel los llamados pretendientes, lo cual venía a ser
a modo de un oficio o profesión con este nombre. En los últimos días de
la antigua monarquía, aun a estos solía expulsarse de la residencia de
los reyes.

Así, la corte no existía para la capital sino como para una ciudad de
provincia. Pero el monarca verdadero, o el considerado como tal, aunque
una u otra vez no lo fuese, porque lo era en casi todo, el prepotente
Príncipe de la Paz pasaba la vida, alternando ya en Madrid, ya en los
sitios. Aquí tenía lo llamado su corte un día a la semana; y no sin
propiedad era llamada su corte, pues se asemejaba mucho más a la de
un rey que a la de un ministro, aunque no se pareciese a lo que era
entonces el modo de recibir a sus súbditos, apellidados vasallos, los
soberanos de España.

En el hoy ministerio de Marina, edificio que desde la caída del hombre
singular que le ocupó y desde él casi reinó, ha servido a varios usos,
y donde vivía, como todos saben, hasta que en los últimos días de su
poder pasó a residir en una casa casi humilde, mientras le habilitaban
el palacio de Buena Vista, que acababa de serle ofrecido en dádiva,
tenía su corte el valido de Carlos IV. Un cuerpo nuevamente creado para
ser su guardia, hacía la de su casa; cuerpo considerado como ramo del
de Carabineros reales, pero diferenciándose de él en el uniforme, que
era el de los húsares de aquellos días; y cuerpo lucido por la buena
presencia de los soldados, todos ellos escogidos, y de los oficiales,
a que daban realce el vestido y las prendas todas de su equipo. Una
escalera hecha a grandísimo costo, y más señalada por la riqueza que
por el gusto de su adorno, daba paso a varios salones. En uno de
ellos, largo y comparativamente angosto, estaba lo principal de la
concurrencia, la cual, sin embargo, se extendía hasta llenar otros
dos o tres cuartos de menores dimensiones. Contribuían a formar aquel
concurso personas de muy diferentes clases y categorías, las más de
ellas traídas allí por el interés de alguna pretensión; algunas, bien
que pocas, solo para asistir a un espectáculo divertido; bastantes
sin otro objeto que no faltar, porque no pareciese hija del desafecto
siendo notada su ausencia. Ambos sexos, en proporción casi igual,
formaban lo que algunos días parecía hasta bullicio. Como no se exigía
requisito alguno para tener entrada, veíanse, aunque pocas, mujeres
de reputación equívoca, o aun quizá más, pues no faltaba una u otra
prostituta, aunque de lo más alto, o dígase de lo más rico de su mala
ralea. Y, ¡triste es decirlo, pero aunque el mal se ha ponderado, lo
hubo y grande!, de las señoras que por su cuna y situación merecían
respeto, bastantes iban allí a lucir sus dotes personales para captarse
la buena voluntad de aquel hombre todopoderoso, vendiendo su virtud
a trueque de mercedes, siendo, si ya no común, caso no infrecuente
llevar al inmundo mercado madres a sus hijas solteras, y hasta maridos
a sus esposas. Lo repito, la voz popular, expresando un odio ciego,
ha abultado y abultaba excesos de suyo tan enormes, pero abultaba y
no más; y el mismo valido, en los largos años de su abatimiento y
desventura, disculpándose, ya con más, ya con menos razón, de los
graves cargos hechos a su persona, se confesaba altamente culpado en
materia de amoríos, si nombre de amor pudiese merecer la satisfacción
de apetitos torpes, en que las circunstancias de ambas partes hacían el
trato de compra y venta.

El método seguido en aquella corte era el que suelen usar los
soberanos, y el que, remedándolos, usan a veces los capitanes generales
de nuestras provincias, y a falta de estos, las autoridades superiores
civiles, a las cuales toca exclusivamente, aunque así no suceda entre
nosotros, desempeñar el primer papel en todo cuanto no es de la
milicia. Asomaba, saliendo de los aposentos interiores, el Príncipe de
la Paz, y cesaba el murmullo que hay siempre en toda reunión numerosa,
poniéndose en orden los concurrentes, no sin afán de todos o casi todos
por situarse en la delantera, para no quedar sin ser vistos u oídos
cuando pasaba, no pudiendo detenerse a hablar con cada uno, el objeto,
si no de la adoración, del culto interesado de todos cuantos algo
pretendían del Gobierno.

No estará acaso de más que haga aquí una pintura, o digamos bosquejo
tosco, de tan afamado personaje. De su exterior solo voy a hablar,
pues de sus hechos, como es público, se ha dicho bastante, si bien
con extremos injustos en el vituperio, que en los últimos años de la
dilatada vida del que llegó a pobre y oscura vejez, hubo de ceder un
tanto, habiendo sido la singular suerte de hombre un día tan poderoso
la de sobrevivir hasta al odio, cuya existencia es más tenaz que la
de otros mejores afectos. Don Manuel Godoy, cuya elevación en sus
comienzos fue debida puramente a sus prendas personales, era de alta
estatura, lleno de carnes, aunque no gordo, muy cargado de espaldas,
a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio, y color muy
blanco; rara circunstancia en un hijo de Extremadura, cuyos naturales,
con raras excepciones, llevan en el rostro a manera de un reflejo
del terreno de las tostadas dehesas donde tienen su cuna y pasan sus
niñeces. Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vivísimo carmín,
que achacaba la feroz malicia de sus enemigos a lo vulgarmente llamado
mano de gato; pero aun personas nada amigas suyas sustentaban ser don
de la naturaleza, el cual en verdad casi rayaba en falta por lo muy
subido. Vestía el uniforme de capitán general, pero con faja azul, en
lo cual se diferenciaba como generalísimo de los capitanes generales.
Llevaba en la mano su sombrero de picos con pluma blanca y su bastón.
Era de fisonomía dulce, poco expresiva; en el hablar ni muy difícil
ni muy fácil, no dando muestras de ingenioso, y aspirando a veces a
chistoso,[14] si no con acierto, haciendo efecto, porque una sonrisa
más o menos forzada recibía con aparente aprobación sus chistes.

        [14] En la última o penúltima corte que tuvo el Príncipe de
        la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando
        yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin
        duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó
        el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido
        no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo
        explicaron: ¿_Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz_?
        Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión
        a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre
        de su emperador, el general francés _Miollis_, destronando
        al Papa, prosiguió el gran personaje: _Sí, perdiz con sus
        patitas coloradas_. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de
        desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los
        religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto».
        A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas,
        respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto
        cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su
        poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras
        seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.

Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual
traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad
esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se
perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y
casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían
los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien
poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo,
que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo
en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer
por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.

Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro
Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del
concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a
lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así
eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no
obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía,
y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había
habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo
a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en
el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de
la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que
era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban
al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese
validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su
confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la
autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos
de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la
inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.

Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en
Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando
aborrecido, despreciado y escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés,
en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal,
la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el
vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas
no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían
medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la
ciencia.

No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco
antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas,
pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente
intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo
trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como
chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo
cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio
cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun
los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la
abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común
lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas,
otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien,
según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.




IV.

MADRID DE 1806 A 1807.


La literatura madrileña estaba en 1806 casi dividida en dos bandos,
si bien había literatos que no eran completamente del uno ni del
otro, siendo a modo de imparciales, ya en su común amistad, ya en su
enemistad a ambos, y no faltando quienes desertasen de una hueste
a la opuesta. En la formación de estos bandos influían variedad o
contraposición en las doctrinas, así literarias como de otra clase, no
dejando de influir estas últimas en aquellas, y viceversa, o razones
privadas, ya de piques y resentimientos, ya de celos y ambición de
ocupar puestos absoluta o relativamente superiores.

La una hueste era patrocinada por el Gobierno, o digamos por el
Príncipe de la Paz, al cual eran los hombres principales o cabos
personalmente adictos. Era el principal de estos don Leandro Fernández
Moratín, poeta cómico aventajado, si bien falto de imaginación
creadora, y de pasión viva o intensa; rico en ingenio y doctrina;
clásico en su gusto, esto es, a la latina o a la francesa; nada amante
de la libertad política, y muy bien avenido con la autoridad, aun la
de entonces, a cuya sombra medraba, y también dominaba; en punto a
ideas religiosas, laxo por demás, si hemos de tomar por testimonio sus
obras, donde se complace en satirizar no solo la superstición, sino la
devoción, como dejando traslucir lo que calla; de condición desabrida e
imperiosa, aunque burlón; de vanidad no encubierta, y con todo esto, no
careciendo de algunas buenas dotes privadas que le granjeaban amigos,
aunque buenos, en número escaso. Seguíale en poder y renombre su amigo
el presbítero don Pedro Estala, escritor prolífico, y hasta compilador
a veces; buen helenista, cuyas traducciones del Edipo rey de Sófocles
y del Pluto de Aristófanes merecen fama superior a la que le dieron;
literato a quien el gusto de su siglo, como sucedió poco antes en
Francia al abate Barthelemy, llevó a no conocer del todo el clasicismo
griego, a pesar de su grande conocimiento de la lengua y buenas obras
de aquel pueblo sin igual, porque interpretaba lo que sabía con arreglo
a preocupaciones dominantes en la época en que leía y escribía; hombre
a quien atribuían buenas prendas sus amigos, y en quien sus contrarios
solo hallaban dureza reputada de despótica. En pos de estos, o a la par
con ellos, venía el abate Melón, inferior a sus dos amigos en renombre,
si no en mérito, pero al cual daba su empleo de juez de imprenta un
poder que ejercía con rigor injusto a veces contra sus rivales o los
contrarios a su pandilla.[15] De triunvirato era calificada esta unión
de los tres, no sin añadirse a un sustantivo nada favorable adjetivos
que lo eran menos. Los secuaces de los tres eran poco numerosos, no
contándose entre ellos nombre alguno de los que sonaban con aplauso en
nuestra literatura contemporánea.

        [15] Por ejemplo, de la traducción de _Blair_ se había hecho
        un compendio, y negó el juez la licencia para darle a luz,
        fundando la negativa en una crítica larga de la obra. No era
        esta muy buena (como se ha visto después), porque al cabo,
        caído el gobierno de Carlos IV salió a luz, pero tampoco
        era mala, y al juez no tocaba decidir, para si podía o no
        imprimirse, cual era su valor literario, sino si contenía algo
        contra la fe y buenas costumbres.

En el bando opuesto militaban hombres célebres ya entonces, pero cuya
reputación creció en días posteriores, en los cuales vinieron a estar
dominantes a la par sus doctrinas y sus personas. Sus ideas eran las
de los filósofos franceses del siglo XVIII, y las de la revolución del
pueblo nuestro vecino, así como en la parte religiosa, en la política,
si bien no yendo todos igualmente lejos. En literatura su clasicismo
era menos puro que el de sus adversarios, yéndose con los semiheréticos
de los días de Voltaire, cuando los otros se quedaban con los ortodoxos
Boileau y Racine. Don Manuel José Quintana, a quien concedió la suerte
dilatada vida y al cabo próspera fortuna, era el principal, si no en
crédito, en influencia, de los de su parcialidad literaria. De los
que esta componían, muchos tenían empleos; pero en su bandera estaba
el lema de oposición, no escrito en letras claras, lo cual entonces
no podía haberse tolerado, pero sí en cierta cosa a manera de cifra
o jeroglífico, cuya clave o sentido a nadie se ocultaba ni podía
ocultarse. No podía Quintana gozar de la alta reputación que después
gozó, mereciéndola, porque poco de él era conocido, y cabalmente en
esto poco consiste su principal merecimiento, porque es el cantor
sin par de doctrinas políticas y filosóficas, no sanas siempre, e
imposibles de ser proclamadas en los días de nuestra monarquía antigua.
Tachaban en él sus contrarios alguna dificultad en la expresión, cuando
no era magnífica, pobreza en la rima, inexactitud en los epítetos
y galicismos frecuentes; tachas no infundadas, pero completamente
oscurecidas por el resplandor de los hermosos pasajes en que aparece
gran poeta, no solo escribiendo en verso, sino también en prosa. A
su lado era puesto Cienfuegos, y aun por algunos en lugar superior
como poeta, no obstante sus extravagancias innegables, figurándose no
pocos arrebatos de fogosidad lo que eran contorsiones para despertar
en sí el fuego sacro; en una u otra ocasión, acertando a ser bello,
pero de belleza singular en sus rarezas; varón justo y dignísimo,
según acreditó en los últimos días de su vida, y con su desgraciada
muerte traída por una persecución infame. Era Cienfuegos de las mismas
doctrinas que su amigo Quintana, quizá extremándolas, quizá no llegando
tan allá, pero pareciendo lo primero, porque la violencia en las formas
suponía otra igual en la sustancia. Tras de estos venía un numeroso
séquito de escritores, a quienes acontecimientos que sobrevinieron
dieron ya mayor, ya menor fama.

El prosista Capmany, aunque viviendo en trato amistoso con Quintana y
los suyos, sin que pudiesen verse señales de la enemistad furibunda y
a todas luces vituperable que después manifestó al primero, no cabía
dentro ni de la una ni de la otra de las opuestas parcialidades aquí
recién mencionadas; su antifrancesismo maniático y estrafalario no
había llegado al punto a que llegó en 1808, pero era purista, si bien
con extrañezas en su purismo, apareciendo el lemosín cuando pretendía
el escritor ser acrisolado castellano.

Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el
vulgo de lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado
altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de la rima, dote
no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión
superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque
verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno
hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del
Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar: don Juan
Bautista Arriaza constituía una entidad aparte de toda pandilla. Su
oficio principal, que ahora tal vez llamaríamos, o llamarán muchos su
misión, era escribir sátiras, sobre todo de composiciones dramáticas,
en lo cual era siempre admirable, aunque fuese con frecuencia injusto,
y aun los amigos de las víctimas por él asaetadas no podían menos de
aplaudir la pasmosa habilidad del flechero.

Los dos bandos literarios tenían cada uno a manera de un catecismo de
su fe, o dicho con más propiedad, un libro en que a la par promulgaban
sus doctrinas, y en las aplicaciones de estas daban satisfacción
a sus afectos. El libro de los Moratinistas era los principios de
literatura de Batteux; el de los Quintanistas las lecciones de retórica
y poética del escocés Hugo Blair. Batteux no pasa de ser un comentador
de Aristóteles en la parte de poética, y explayando y aplicando las
doctrinas del insigne filósofo de Estagira las desfigura un tanto
al diluirlas y extenderlas. Blair, hoy tenido en poco entre sus
compatricios, pero algún día muy estimado, es harto más filosófico que
Batteux.[16]

        [16] La traducción de Batteux fue tratada con rigor grande,
        pero no injusto del todo, en el _Memorial literario_. Baste
        decir que el bueno del traductor, entre otras lindezas, vertió
        en castellano la voz _ramage_ (esto es, trino, gorjeo o canto
        de los pájaros), el _ruido que hacen los pájaros en las ramas
        de los árboles_. Otra cosa se le tacha en la misma crítica como
        galicismo hasta ridículo, que hoy ha llegado a ser locución
        corriente: ¡tanto ha crecido la corrupción de nuestra lengua!
        El galicismo de que hablo, y que afeaba un crítico a principios
        de este siglo, era traducir _les grecs furent battus_, por los
        griegos fueron _batidos_, en vez de decir vencidos o deshechos.

        En cuanto a la traducción de Blair, eran otros sus pecados.
        De estos, fue uno de los más chistosos traducir la voz
        _tense_, que significa _tiempo_ en gramática, o sea _tiempo
        de verbo_, por _tenso_, y para autorizar el barbarismo o
        voz nueva, afirmar con gravedad de doctor que _tense_ en
        inglés solo significaba ciertos tiempos intermedios, como el
        pluscuamperfecto, y otros a este tenor.

        En los apéndices de una y otra obra, como se distinguiesen
        los del Blair por su atrevimiento a veces desvariado pero en
        otras ocasiones acertado, excitó eso grande indignación en los
        contrarios anotadores de Batteux. Por ejemplo, dijo el que
        adicionaba el Blair que Bartolomé Leonardo de Argensola no
        había sabido escribir en prosa ni en verso. Esto parecía hasta
        locura, y sonaba a harto más que lo que intentaba decir quien
        lo escribió. Con tal motivo, los amigos de Moratín y Estala,
        que eran quienes escribieron los apéndices a Batteux, rompieron
        en exclamaciones violentas, hasta llegar a apostrofar al
        maltratado Argensola.

Ambas obras estaban pésimamente traducidas; estando peor todavía la
del francés que la del inglés. Pero el campo de batalla de las opuestas
huestes estaba en los apéndices puestos por los traductores o por
amigos de los traductores a los originales; apéndices destinados a
juzgar, aunque por encima, las obras de nuestra literatura antigua y
moderna. Para los Moratinistas la primera era en grado sumo preferible;
para los Quintanistas la segunda. Aquellos se mostraban, si bien con
reserva o con timidez, antifranceses; estos otros, sin dejar de ser
buenos patricios, anteponían los autores extraños a los de su propia
patria. Nuestro teatro era para los unos objeto de admiración, aunque
según las preocupaciones del tiempo, confesaban que había pecado en
no conformarse a las doctrinas creídas aristotélicas: para los de
opiniones contrarias, si había en nuestra poesía dramática algo bueno,
lo malo predominaba, siendo el conjunto monstruoso. Al revés, o poco
menos, salvo al tratar de las comedias de Moratín, acontecía tratándose
de los contemporáneos, pues en los apéndices a las lecciones de Blair
llega a afirmarse que es el primero de nuestros poetas trágicos de
todas épocas Cienfuegos. Que en juicios tales influían afectos de odio
y de amor visibles, está claro, aunque tal vez hubo de encubrirse en
parte a quienes los promulgaban, que a menudo se creían desapasionados
y rectos jueces, cuando procedían como acalorados parciales.

Faltaban buenos lugares donde seguir con espacio semejantes lides.
Hubo, es verdad, algunos periódicos de crítica, no enteramente faltos
de mérito; pero vivieron poco. Fue el mejor de ellos el titulado
_Variedades de ciencias, literatura y artes_, en el cual escribían
Quintana y sus amigos. Mayor vida tuvo otro, cuyo título era, si mal
no me acuerdo, el _Memorial literario_, el cual pasó de unas a otras
manos, dirigiéndole, ya don P. Olive, ya los hermanos Carnerero, y sin
declararse ni por los Moratinistas ni por los Quintanistas. Uno y otro
periódico habían ya muerto en 1806; y don P. Olive escribía uno nuevo
con el título de _La Minerva_, inferior a los antes aquí citados.

El pobre _Diario_, cuyo sucesor es el hoy llamado _de Avisos_, en su
pequeñez suma y pésima impresión, solía contener breves artículos
de lo ahora llamado polémica, no siempre despreciables, y algunas
veces dignos de aprecio. En él habían escrito Capmany y Cienfuegos,
sobre si es o no es castiza, o diciéndolo como se debe, si debía o no
ser admitida con título de legitimidad en nuestra lengua la palabra
_detall_, o detalle. Pero en el mismo _Diario_, hacia fines de 1807
o principios de 1808, había salido a luz más de una carta donde se
disputaban la primacía en su arte, o la disputaban sus respectivos
parciales, los barberos de Madrid y los de Andalucía.

Un periódico semanal de política, o hablando propiamente, de noticias,
pues sobre materias de gobierno, aun en lo relativo a las relaciones
con los extranjeros, no era lícito entonces entrar en disputas, ni aun
en examen, era el _Mercurio_, a la sazón dirigido, y en parte escrito,
por don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, en su calidad de oficial de la
primera secretaría de Estado, pues de ella salía la tal obra, siendo
como de oficio y a manera de un aditamento a la _Gaceta_, que era
publicada dos veces a la semana. En el _Mercurio_ solían publicarse
artículos sobre literatura, entre los cuales dio mucho que hablar uno
de la pluma de Cienfuegos, destinado a juzgar un drama, entonces muy
aplaudido, cuyo título es: _Sancho Ortiz de las Roelas_, refundición
hecha por don Cándido Trigueros de la _Estrella de Sevilla_, de Lope.

De obras largas sobre materias graves ninguna llamaba la atención en
aquel tiempo. Pero la llamaba el teatro, si no en el grado que en la
hora presente, en uno superior al efecto que producía cualquier otro
producto del ingenio.

Pocas eran las obras originales que se representaban. Las comedias
de Moratín estaban en el punto más alto de su reputación; pero no
las representaba la compañía de Máiquez, y la del teatro de la Cruz
no estaba en favor entre las gentes de la clase más alta de la
sociedad, si bien en algunas ocasiones aun esta concurría al teatro
desfavorecido. Máiquez gustaba de representar piececitas francesas, que
entonces, como ahora, privaban. En punto a tragedias, las de Alfieri y
Ducis, varias de ellas bien traducidas, aunque otras muy mal; algunas
de Arnault y Legouvé, y la _Zaire_, de Voltaire, en la traducción de
Huerta, donde la heroína tiene por nombre Jaira, disfrutaban de gran
favor, porque eran muy bien representadas. Es de notar que de Corneille
solo salía a nuestras tablas una traducción del _Cid_, recibida
con poco aplauso y aun con mediana atención, y de Racine ninguna
absolutamente.

De tragedias españolas a la francesa, o sea del género aún hoy mismo
llamado clásico, aparecía de vez en cuando una nueva, pero casi siempre
con infeliz éxito, contribuyendo a acabar con ella alguna sátira
cruel del desapiadado Arriaza, el cual, si no era más blando con los
traductores, no solía alcanzar sobre ellos completa victoria. _El duque
de Viseo_, de Quintana, era tolerado y, aunque no con frecuencia, oído.
_El Pelayo_, del mismo, fue recibido en 1806 con favor, pero no tal ni
tan duradero que se repitiese su representación pasados los primeros
días de su aparición y fama. Un _Coriolano_ de Sánchez Barbero murió
recién nacido. _Abdalaziz y Egilona_, de Vargas Ponce, tuvo igual
fortuna, no siendo casi ni comprendido, porque era poco comprensible
su singular lenguaje. Las tragedias de Cienfuegos hubieron de quedar
reducidas a estériles aprobaciones de los amigos del poeta.[17]
Alguna más tragedia nueva pasó de la pluma al teatro; pero de ellas
no me acuerdo para citarlas, y no será temeridad decir que mi olvido
es sentencia de condenación, porque supone el juicio contrario del
público; fallo que, aun no siendo justo, es prueba del estado de la
opinión en aquellos días.

        [17] «La posteridad (dicen las adiciones al _Blair_) dará su
        lugar a las tragedias de don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, el
        primero que entre nosotros ha dado a este género su estilo,
        su colorido y su tono». Ya ha llegado la posteridad y ha dado
        un fallo diametralmente contrario al que el apasionado de
        Cienfuegos se prometía. Imposible parece que haya quien se
        atreva hoy a sacar tales obras a las tablas. ¡En el olvido
        yacen, y bien están allí! Con dolor dice esto quien respeta
        la memoria de Cienfuegos cómo hombre dignísimo, aunque como
        poeta, en general, solo mediano, alguna vez bueno, y con más
        frecuencia malo, sobre todo en sus tragedias.

En medio de esto, nuestras comedias antiguas solían aparecer en la
escena, ya refundidas, ya ajustadas a las unidades, ya en su original
irregularidad, mejor llamada libertad, siendo recibidas a veces con
aceptación hasta extremada. De ello hubo un notable ejemplo hacia fines
de 1806, en que _El perro del hortelano_, de Lope de Vega, tal cual
salió a luz de su autor, obtuvo grandes aplausos en el teatro de la
Cruz, donde, con rara excepción, únicamente seguían representándose
nuestras comedias antiguas. Verdad es que fueron los actores que la
representaron Rita Luna, Querol y Carretero.

De Rita Luna apenas quedan memorias, no obstante el prodigioso favor
de que gozaba entre la parte más numerosa del público, y aun en el
concepto de personas inteligentes, siendo como rival de Máiquez, cuyo
merecido altísimo crédito fue de época posterior, y que hasta sus
últimos días no llegó a privar con el vulgo, ni aun con unos pocos
literatos.[18]

        [18] Moratín, en cuyas obras hay un mediano soneto en alabanza
        de Máiquez, ya difunto, solo hizo justicia al grande actor en
        sus últimos años, porque antes era parcial de la compañía de
        la Cruz, y había llevado muy a mal que Máiquez representase
        en los Caños del Peral _La lugareña orgullosa_, del oficial
        de caballería don A. Mendoza, que trataba el mismo argumento
        que el _Barón_ de Moratín, cuyos amigos calificaban la antes
        citada comedia de _plagio descarado_, no habiendo el _Barón_
        pasado aún de ser un manuscristo. Gustó _La lugareña_, pero
        su buen éxito indignó a los Moratinistas, y entonces Moratín
        hizo representar el _Barón_, del cual decía Querol que no bien
        saliese al público se morirían de vergüenza los que habían
        aplaudido _La lugareña_. Pero el _Barón_ si agradó, no fue
        mucho, porque, en verdad, vale poco, y otro tanto sucede a _La
        lugareña_, hoy olvidada.

        Arriaza era mortal enemigo de Máiquez. En la linda y justa
        sátira de la tragedia _Blanca y Montcasín_ critica a la par con
        la pieza al actor, si bien suaviza la crítica, añadiendo:

            Que en mala situación no hay actor bueno.

        Fue cruel la venganza de Máiquez, el cual, en la comedia
        titulada _El gusto del día_, salió remedando a Arriaza en traje
        y modos con fidelidad tal, que dio en rostro a todos.

A Rita Luna había dotado ricamente la naturaleza; pero había hecho poco
el arte para perfeccionar sus dotes naturales. Tenía muchas de las
faltas de nuestros comediantes antiguos, y entre otras una intolerable,
y hoy desconocida, que era la de estar de continuo volviéndose, como si
de lo que decía, la mitad fuese para el actor con quien hablaba, y la
otra mitad dirigida a los espectadores. Se empapaba poco en la índole
de los caracteres que representaba, porque era corta en conocimientos
literarios; pero a veces los comprendía por intuición, y entonces
eran sus atisbos aciertos, porque parecía imposible expresar con más
fuego o ternura, o gracia, o ironía, lo que llegaba ella a comprender
o sentir.[19]

        [19] Don Antonio Saviñón, que era buen juez en materia de
        declamación, y muy parcial de Máiquez, me decía hablando de
        Rita Luna: «En muchas ocasiones, oyéndola, me ha ocurrido decir
        en voz baja o en mis adentros, viéndola equivocar la índole del
        personaje o situación que representaba: _No es eso, no es eso_,
        pero decía esto llorando».

        Tal juicio lo es muy atinado de las faltas de Rita Luna y del
        singular poder que ejercía sobre su auditorio.

No siendo hermosa, ni aun verdaderamente bella ni bonita, tenía
ojos admirables, vivos, parleros, así excitando a unas como a otras
pasiones, y una voz de exquisito metal, y, tanto cuanto sonora,
flexible. Expresando el dolor, partía el corazón a sus oyentes:
representando la malicia, enamoraba. En el mal drama de Kotzebue,
titulado _Misantropía y arrepentimiento_, hoy olvidado, pero algún
tiempo locamente aplaudido, al descubrir quién era, su culpa producía
un efecto en nada inferior al de los mejores actores de cualquier
pueblo o tiempo, y sus sollozos, y sus gemidos, y su voz llorosa
sacaban lágrimas aun al oyente más frío. En _El perro del hortelano_,
de Lope de Vega, la condesa Diana con sus caprichos de mala especie
se llevaba tras sí los corazones o los sentidos. _El desdén con el
desdén_, de Moreto, nunca ha tenido mejor intérprete. Era, en suma,
Rita, grande actriz, y tal vez hoy la calificaríamos de grande artista,
pero de aquellos en que están compensadas considerables imperfecciones
con singularísimos primores, superando estos a aquellos en cuanto son
hijos de cosas a que el arte con todo su gran poder nunca alcanza.[20]

        [20] Arriaza en su linda sátira de la tragedia _La muerte de
        Abel_, donde asimismo censura otras obras dramáticas a la sazón
        recibidas con aplauso, llama a Rita Luna

            la dama inmemorial
            _Del desdén con el desdén._

        Ya en sus poesías se leen los siguientes versos hechos al busto
        de la famosa comedianta:

            Si algún mortal tan insensible vive
            que de esa tu expresión siendo testigo,
            dolor igual al tuyo no recibe,
            no le pidas al cielo otro castigo
            sino el mismo... que le prohíbe
            el dulce bien de suspirar contigo.

Ayudaban a esta famosa mujer dos galanes, Carretero y Ponce. No
cuadraba mal ni al uno ni al otro el nombre de galán, propio de su
papel en el lenguaje del teatro, porque lo eran ambos de persona.
Ponce estuvo algún tiempo al lado de Máiquez, antes de pasar a la
compañía rival de la de este, y tomó algo de la escuela de su maestro,
pero la dejó pronto para volver al estilo antiguo español en punto
a representar, si bien nunca viniendo al método extravagante de que
era modelo el un día celebrado Manuel García Parra. Carretero, dotado
de una voz bellísima y de bastante sensibilidad, fue mejorando, y
en días muy posteriores adquirió merecida fama en una escuela que
tenía bastante de la nueva, pero conservando un tanto de la antigua.
Por lo que toca a Querol, era inimitable en su género. Quien le vio
representar el don Claudio del _Hechizado por fuerza_, o el Polilla de
_El desdén con el desdén_, o aun el Muñoz de _El viejo y la niña_, mal
podía encontrarle rival; y eso que hemos contado en días más cercanos
a un Guzmán, superior en lo general a Querol mismo, pero no en los
papeles de que acabo de hablar, porque los buenos actores, como que
crean los caracteres en cuya representación brillan, dejan a quienes
los siguen la situación desventajosa de imitadores.

Si de la compañía cómica del teatro de la Cruz pasamos a la del
Príncipe, que por algunos años había sido la de los Caños del Peral,
variamos de escena, pasando a la preferida por la gente de superior
esfera, si ya no por los primeros literatos. Era el repertorio del
teatro favorecido casi todo de piececillas francesas traducidas, y de
tragedias asimismo vertidas del francés o del italiano. En todas ellas
brillaba Isidoro Máiquez, tan aventajado en el género cómico cuanto
en el trágico, de no comunes dotes naturales y adquiridas, siendo
más las primeras, aunque no aparentes, porque entre ellas se contaba
la capacidad de aprovechar asombrosamente cortos estudios. Máiquez
había empezado su carrera por ser poco grato al público, por el cual
estuvo a punto de ser silbado, tachándole principalmente de frío,
acaso porque era natural; pero, habiendo ido a París y hecho allí una
corta estancia, durante la cual oyó, admiró y trató al célebre Talma,
volvió a su patria no imitador ajustado de los actores franceses,
sino creador de un arte nuevo adaptable y bien adaptado a la lengua
española. No tenía, con todo, conocimientos literarios, quedándose en
este punto inferior a nuestros actores del día presente, aun los de
segundo orden, y hasta no sabía medir el verso, pues en los que decía,
solía, equivocándose, alterar la cantidad, pasándolos con quitarles o
añadirles sílabas a la calidad de prosa. Pero tenía la superioridad
mental, a que dan los franceses, y a su imitación los ingleses, y
damos hoy los españoles cuando no queremos ser puristas, el título de
_genio_, y esto lo era como actor en grado eminente y no disputable.
Su alta estatura, su rostro expresivo, sus ojos llenos de fuego, su
voz algo sorda, pero propia para conmover, la suma naturalidad en su
tono y en su acción, su vehemencia, su emoción, y aun lo intenso,
a falta de lo fogoso, de la pasión en los lances ya terribles, ya
de ternura profunda, constituían un todo digno de ponerse a la par
con los primeros de su clase de todas las naciones. Era juntamente
maestro, aunque los discípulos no supieron conservar todo cuanto
de él aprendieron; pero bajo su dirección le ayudaban del modo más
satisfactorio posible Prieto y Caprara, muy decaídos luego que le
perdieron de vista; conservaban con todo buena parte de su escuela,
haciéndose oír con gusto aun el segundo, no obstante su desagradable
acento extranjero, siendo napolitano, esto es, pronunciando con algo
del más desagradable tono del peor dialecto de Italia. No fue tan
feliz con su mujer Antonia Prado, de la cual sacó un poco, pero sin
poder curarla del achaque de afectación como de mujer presumida. En el
_Otelo_ de Ducis, mala imitación de Shakespeare, en los _Venecianos_
de Arnault, obra de poquísimo valor, y como la primera, malísimamente
traducida por una misma persona; en el _Polinice_ y el _Orestes_ de
Alfieri, puestos en hermosos versos y lenguaje por Saviñón el uno con
el título de los _Hijos de Edipo_, y por don Dionisio Solís el segundo,
y en la _Muerte de Abel_ de Legouvé, pieza de corto valor, pero a la
cual una bellísima versión del ya citado Saviñón dio realce, daba
representados la compañía de Máiquez, y sobre todo por el que era su
cabeza, los más perfectos modelos que en su clase se han visto en los
teatros de España. Inútil es citar caracteres cómicos, en los cuales no
parecía Máiquez que representaba un papel, sino que era el personaje
representado; tal era la naturalidad de su expresión y modos. Aunque
poco aficionado a nuestro teatro antiguo, quiso una vez representar el
_Pastelero de Madrigal_, y admiró al público en la personificación del
impostor, ya humilde, ya altivo. Hasta arrebató aplausos representando
la mala comedia de Comella, cuyo título es _María Teresa de Austria o
el Buen Hijo_; pero esto lo hizo, si a punto de lograr que se repitiese
varias noches tan pobre pieza, sacrificando su mérito artístitico en
su deseo de captarse el favor del vulgo con bufonadas. Máiquez era de
condición violenta, soberbio por estar ufano de su mérito, nada sufrido
con los grandes y poderosos, altivo y dominador con los pequeños e
inferiores. Así lo bueno y malo de su carácter le atrajo frecuentes
desventuras. En el año de 1807 hubo de salir de Madrid, no me acuerdo
si desterrado, como lo fue después, y como lo estaba cuando en 1820 le
sobrevino la muerte. Si en cuanto al arte dramático había en Madrid
buenos actores, que solían representar malas o medianas piezas, y
no aparecían producciones originales sino en cortísimo número, y,
salvo en uno u otro caso, de escasísimo valor, en la parte del drama
lírico, o dígase cantado, era grande la decadencia. Madrid, que en los
reinados de Felipe V y Fernando VI había tenido una ópera italiana
de las mejores de Europa, donde había brillado _Farinelli_; Madrid,
que, aun reinando Carlos III y Carlos IV, si bien ya cerrado el regio
teatro del palacio del Buen Retiro, había visto y oído en los Caños del
Peral a la _Todi_ y a la _Banti_, se contentaba con oír en el teatro
óperas cómicas francesas medianamente traducidas, en las cuales alterna
la representación con el canto. El teatro del Príncipe era el lugar
destinado a tales funciones, alternando en él una compañía de cantantes
con la de Máiquez. Distinguíase entre aquellos Manuel García, después
subido a eminente altura; pero entonces aún no consumado maestro, a
pesar de que su hermosa voz estaba en su mejor periodo. Cantaban con él
su mujer Manuela Morales, cuyo mérito apenas llegaba a la medianía, aun
entonces. Ayudábanlos un Cristiani, mejor actor que cantor, cuyo género
era el jocoso, y la N. Briones, madre de la famosa Malibrán y de madame
Viardot, ambas nacidas en París, adonde en 1807 pasó su padre con su
querida.

Ya en 1806 faltaba en Madrid buena compañía de baile. Pocos años antes
las había habido lindísimas, y tres bailarinas célebres, la Hutin, la
Costou y la Duchemin, habían tenido acalorados parciales que disputaban
unos con otros cual podría hoy suceder tratándose de una cuestión
política de superior empeño. En punto a los bailarines, no daban
ocasión a tales contiendas; pero no dejaban de llamar la atención y
de recibir aplausos como ahora no los recibirían, habiendo caído la
afición al baile, y solo concediéndose aprobación a las mujeres que
en él lucen, pero poco o nada a los varones. Verdad es que lo que
agradaba en el tablado tenía igual aceptación, en la proporción debida,
en los bailes particulares. Quien ve ahora pasearse como de mala gana
en una sala algunas parejas, figurándose que bailan, no puede hacerse
cargo del ardor, de los bríos, así como de la habilidad con que se
entregaban a la pasión de la danza los señoritos de los días de mis
mocedades, siendo para mí, que vivía entre ellos, causa de dolor que
por ser torpe o desmañado me veía completamente privado de figurar en
su compañía. La gavota estaba en su auge. En los rigodones, al bailar
los solos el galán, se extremaba en piruetas y trenzados, haciendo
sextas. Era esto punto de vanidad, y así blasonaban los jóvenes de su
afición al baile, casi como blasonan los del día presente de mirarle
como una tarea penosa. En cambio, el vals, recién introducido en
España, pues solo lo fue hacia 1800, era pausado en comparación con el
actual y con nuestras polkas, etc.

No consentían los tiempos reuniones literarias, y por otra parte,
escaseaban elementos de qué componerlas. En una u otra tienda de libros
había tertulia de la clase de la que pinta don Tomás de Iriarte en su
comedilla titulada _La Librería_; pero los tiempos habían llegado a
ser tales, que eran muchos los peligros que ocasionaba el estar juntas
personas instruidas, que por fuerza habían de tratar de materias
graves, con las cuales a veces se rozaba la política, o de asuntos
literarios, en que podía decirse alguna cosa desabrida a la pandilla
predominante.

En medio de esto subsistía por entonces en España la Inquisición, pero
tan mansa, que apenas era temida. El inquisidor general Arce era hombre
instruido, de condición suave y, más que otra cosa, cortesano.[21]

        [21] En 1808, viniendo yo de Cádiz a Madrid, traía unos libros.
        Entre ellos estaba la _Historia de Carlos V_, por Robertson
        en el original inglés. Llegado mi corto equipaje a la Aduana,
        se pusieron a examinar los libros dos inquisidores, blando de
        condición el uno, severo el otro. Al tropezar con Robertson, no
        entendiendo inglés, me preguntaron qué obra era. Yo, escamado
        del gesto del uno, dije el argumento de la obra, pero callé el
        autor, protestando que iba a estudiar el inglés, pero que no
        le sabía. Oído esto, un inquisidor me dijo que me le llevase,
        pero el otro, casi furioso, exclamó que siendo Robertson era
        obra prohibida. En la duda ofrecí yo entregar el libro, y así
        hice. En seguida conté lo ocurrido a mi tío don Vicente Alcalá
        Galiano, muy estrecho amigo del señor Arce, inquisidor general
        y patriarca. A poco me fue devuelta la historia de Robertson,
        aunque yo era un joven de 17 años y no tenía licencia para leer
        libros prohibidos. Fui a dar las gracias en persona al señor
        Arce, el cual tuteándome y con rostro y modos cariñosos: _Hola,
        muchacho_, me dijo, _¿conque lees esos libros? ¡Pues cuidado!_
        Poco importaba el aviso, porque el hecho le quitaba el carácter
        de amenaza.

Así es que la malicia popular, mirándole como privado del gran
privado, hasta le achacaba estar casado; claro desatino, pero indicio
de que no veían en él las gentes un sucesor de Torquemada o de Valdés,
de quienes vino a ser representante el nombrado inquisidor por la Junta
Central, el afamado obispo de Orense. Se entretenía la Inquisición en
perseguir y castigar a falsas beatas, inventoras de milagros, lo cual
hacía con tanto mejor éxito, cuanto que no podía pasar por hija de la
impiedad o la incredulidad la pena dada.

Sin embargo, la tertulia de Quintana existía, y vivió en los años
críticos de 1807 y 1808, hasta que la caída del trono antiguo en
Aranjuez le dio, no solo seguridad, sino importancia. En ella tuve yo
entrada en noviembre de 1806, no obstante mi corta edad, que era de 17
años, porque ya cultivaba las letras con buen deseo, si no con acierto,
ajeno de lo que se llama estudios, pero supliendo con la afición,
aunque muy imperfectamente, lo que me faltaba. Hoy soy el único que
vive de quienes componían aquella sociedad medianamente numerosa. Iban
allí don Juan Nicasio Gallego, cuya fama empezaba entonces; Blanco
White, ya conocido en Sevilla; Arjona, también del gremio literario
sevillano; Tapia, unido con Quintana por amistad estrecha; Capmany, a
quien malas pasiones llevaron después hasta a pintar con negros colores
a aquella concurrencia donde era bien admitido; Alea, traductor del
_Pablo y Virginia_, de Saint-Pierre; don Gerónimo de la Escosura,
muerto académico de la lengua; don N. Viado, y algunos más de cuyos
nombres no me acuerdo. Se aparecía de cuando en cuando, y no muy de
tarde en tarde, Arriaza, el cual como que disonaba entre gentes casi
todas opuestas al Príncipe de la Paz, cuya casa él frecuentaba, como
antes he dicho. La conversación era sobre materias de literatura; pero
también se hablaba de noticias, como, por ejemplo, de la campaña de
Napoleón en Prusia y Polonia, llegando el atrevimiento solo a punto ser
lícito manifestar, ya afecto, ya desafecto al conquistador glorioso.
Solía leer Quintana las vidas de hombres célebres, que por entonces dio
por primera vez a la estampa. Nunca vi allí a Cienfuegos, y en cuanto
a Meléndez Valdés, creo que estaba ausente de Madrid en aquellos días.
Era aquella sociedad culta y decorosa, cuadrando bien al dueño de la
casa, hombre grave y severo. A ella no asistía su mujer, reputada una
de las principales beldades de Madrid, pero sin duda poco aficionada a
la literatura o a la sociedad de gentes nada propias para divertir a
señoras en la flor de la juventud y en la madurez de su hermosura.

Así iban acercándose a la muerte el Madrid y la España de nuestros
abuelos. Quien vio el Madrid y la España de 1815, con sus pretensiones
a ser fiel renovación de lo antiguo, se forma de lo pasado una idea,
cuando no mucho, bastante equivocada. Los que aspiran a resucitar
muertos no estando dotado por Dios del don de hacer milagros, desvaría,
y si trabaja para el logro de su descabellado intento, y de su trabajo
algo llegan a prometerse, y se figuran haber conseguido lo que se
prometían, equivocan un cadáver galvanizado con un cuerpo venido a
vida nueva. Fue muy duro el golpe, llegó a penetrar muy en lo hondo el
movimiento que recibieron nuestra monarquía y nuestra sociedad en 1808,
y desde entonces hasta 1814, para que pudiesen tener efecto cumplido
los deseos y conatos de quienes querían pasar por encima de seis años,
y no años ordinarios, como si tal hueco no hubiese existido.

De la sociedad de 1814 a 1820 hay quienes conservan recuerdos que
podrían, si quisiesen, trasladar de la mente a la pluma, pero cuidando
de no equivocarlos con una época muy diferente.




V.

MADRID DESDE FINES DE MAYO HASTA FINES DE AGOSTO DE 1808.


Algo hay escrito de la guerra de la Independencia, si bien quizá no
tanto cuanto debería esperarse, o cuanto en otro pueblo más fecundo
en autores y lectores habrían dado de sí acontecimientos tan graves y
tan ricos en escenas del más vivo empeño posible. Y cuando me arrojo
a decir que solo es algo lo escrito o lo publicado sobre las cosas de
aquellos días, hablo de la cantidad y no de la calidad, porque hay
entre lo poco obras de mérito, entre las cuales descuella la historia
del conde de Toreno, donde, si hay faltas, abundan las perfecciones.
Pero hay dos puntos que son los principales para quien desea enterarse
de lo que fue aquella contienda, y de lo que eran aquellos días de que
poco se ha tratado. Es el primero la consideración crítica y filosófica
del espíritu de aquella contienda, donde concurrieron con igual celo a
un fin común gentes de opiniones encontradas, presentando el total muy
diversos aspectos, según el lado por el cual era mirado, pudiendo solo
juzgarlo del todo quien atentamente examinare las varias ideas, y la
general, venida a ser conjunto de todas las diferencias que habrían
de manifestarse, logrado o próximo a lograrse el objeto del común
deseo. El mismo conde de Toreno, no obstante ser hombre de grandísimo
entendimiento y vasta instrucción, concibió su historia atendiendo
a un modelo clásico o antiguo; y siendo por afición y hábitos poco
amigo de generalizar, solo mezcló breves reflexiones políticas en
su narración animada y elocuente. Pero el otro punto, poco o nada
conocido, es la parle anecdótica de aquellos días, sobre la cual calla
la historia por juzgarlo indigno de su atención, y faltan testimonios
de observadores contemporáneos, no habiendo en España lo que es común
intitular memorias, ni de la clase de que son las inglesas, ni de la de
que son las francesas, las cuales, siendo unas de otras muy diferentes,
contribuyen por lados diversos a poner a la vista de generaciones
sucesivas lo que fueron sus abuelos o eran sus padres. De suplir esta
falta pueden servir los borrones que siguen, y si pareciere arrogancia
este aserto, se suplica al lector considere que la empresa es llana,
pues solo requiere memoria y buen deseo, porque a contar lo que vio
alcanza la vieja más ignorante, y no es más alta la pretensión de que
son expresión estos recuerdos. Pocos quedamos ya de los que vivían en
aquella época, muy diferente de la actual, aunque con ella enlazada, no
solo como lo están todos los sucesos en los anales del linaje humano,
sino con más estrecho nudo, porque si entonces vivía la España antigua,
entonces también murió la España nueva, que era niña balbuciente en
1810, y hoy frisa con la vejez, por haber vivido muy de prisa, y en
uno y otro caso tiene las ventajas y desventajas propias de los años
primeros y otros de los ya avanzados. Basta y sobra ya de preámbulos, y
entremos en materia.

Después del terrible suceso del Dos de Mayo, había quedado Madrid
aterrado, pero a la par con el terror reinaba la ira. Los sucesos
de Bayona, donde fue obligado el rey Fernando, locamente amado por
lo mismo que era un enigma interpretado de modos diversos, todos
favorables a ideas también diversas, fue compelido a hacer renuncia de
la corona en su padre, para que este la traspasase a Napoleón, estaban
previstos, y a nadie admiraron. Pero lo verdaderamente singular es
que, en la opinión general, aun contando la de gente muy entendida
e ilustrada, había poco temor de que uno u otro Napoleón reinase.
Entretanto, menudeaban decretos y proclamas de Bayona: el trono había
quedado como vacante (aunque de oficio nunca lo estaba, pues fue
cedido por Carlos IV a Napoleón, y este a su hermano José); España
estaba tranquila; de ejército español solo había cortas divisiones en
lugares muy distantes unos de otros, de suerte que ninguna esperanza
fundada existía de libertar a España del yugo francés; pero suplía
completamente la falta de la esperanza lo vivo del deseo, o diciéndolo
con toda propiedad, era este tal y tanto, que, pasando más allá de
esperanza, llegaba a ser persuasión. Todos tenían puesta la vista en
las provincias, como decíamos en el lenguaje común de aquellos días,
y de allí aguardamos el remedio creyendo infalible su llegada y aun
su eficacia. Habrá quien achaque esta locura patriótica a una causa
de muchos creída innegable verdad, y es que en nuestra patria la
gente superior en talento y ciencia, con raras excepciones, creía que
debíamos aceptar de Francia con nuevo rey leyes nuevas y un gobierno
ilustrado; y que solo el vulgo ignorante o los hombres de rancias
doctrinas deseaban o esperaban el restablecimiento del trono de los
Borbones, de lo cual, como es natural, se sigue que, conformándose
la fe con el deseo, y este y aquella con la ceguera intelectual,
ofuscasen el ánimo visiones que presentaban como fácil y seguro lo casi
imposible. Tan errada persuasión, originada en escritos y dichos de los
franceses y sus parciales, acogida y fomentada por algunos ingleses,
y a la cual dio valimiento la conducta del rey en 1814, está en
contradicción con los hechos. La tertulia de don Manuel José Quintana,
por ejemplo, era el punto principal en que concurrían los hombres más
señalados en España por su talento y saber, y también por sus ideas
favorables a la libertad política y religiosa en grado hasta excesivo.
Poco después del Dos de Mayo, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, a
quien nadie excedía en amor a las doctrinas después llamadas liberales,
había sido, por un artículo favorable a Fernando VII, inserto en la
_Gaceta de Madrid_, llevado ante la autoridad francesa, y amenazado
de una condenación a muerte. Vivía en lo general de los españoles
de aquellos días honda y vehementemente sentido el amor de patria
juntamente con el de libertad, confundiéndose en uno ambos afectos. De
los pocos que disentían de la opinión popular, los unos eran odiosos
al pueblo, y otros cedían a compromisos contraídos, no sin dolor y
vergüenza, que apenas, si acaso algo, disimulaban. A pesar de contarse
tantas personas de entendimiento e instrucción entre los que padecían
del achaque de una credulidad infundada en prometerse triunfos de la
nación española en la indudable resistencia que suponían haría al
poder francés, tal confianza parecía desatino; pero más difícil que
probar que lo era, venía a ser negar que existía. Disposición tal en
los ánimos explica cómo fue acometida, casi unánime y simultáneamente,
empresa tan atrevida cuanto lo era la de desafiar al poder francés una
nación falta de recursos, y cuyas plazas fuertes fronterizas y gran
parte de su territorio, inclusa la capital, estaba en poder de los
invasores. Como estaban convencidos de que había de haber insurrección,
bastó que algunos pocos hombres osados en varias capitales, todos ellos
de corto valer, alzasen la voz, para que fuesen seguidos, siendo la voz
de tales hombres a modo de campana de reloj que da la hora en que esté
convenido que ha de hacerse alguna cosa, sea o no de importancia.

Los que vivíamos en Madrid, supusimos el levantamiento antes que
sucediese; sucedido, le creímos superior en fuerza a la que tenía;
apenas creímos sus ridiculeces, perdonamos sus excesos, nos figuramos
triunfos y negamos reveses. No impedía el terror que siguió al Dos
de Mayo que se mostrase la opinión con poco rebozo. La tertulia de
Quintana seguía no muy concurrida, pero no falta de gente, y toda ella
era entonces antifrancesa, a pesar de que, andando el tiempo, hubieron
de hacerse afrancesados unos pocos de los que la formaban. En lugares
mucho más humildes había el mismo espíritu. En los pobres cafés de
aquel tiempo, en que era costumbre leerse la _Gaceta_ al lado de un
brasero de sartén en invierno, y cerca de la ventana en verano, se
hablaba con el mismo desahogo, tal, que parecía no se recelaba peligro
por parte de los dominadores. Al revés, en lo que había miedo, era en
punto a negar las victorias de los levantados sobre los franceses,
y los incrédulos, que no lo eran por falta de patriotismo sino por
sobra de juicio, callaban medrosos cuando oían contar los hechos menos
creíbles. Así, un pobre levantamiento de Segovia, pronto vencido y
sofocado, fue pintado como un gran suceso en el cual los franceses,
de quienes se ignoraba u olvidaba que habían atravesado los Alpes, se
habían quedado sin atreverse a subir por los puertos de la cordillera
de Guadarrama. La gente más curiosa acudía a los cuarteles a averiguar
cuántos soldados y oficiales habían desertado cada noche, esto es,
ídose a las provincias a engrosar las filas de los ejércitos españoles,
ya en hostilidades con los franceses. Eran satisfactorias las noticias
que se adquirían, los cuarteles iban quedando vacíos y, lo que daba
más gusto, algunos de los honrados desertores se llevaban consigo las
banderas.

Al paso que seguían llegando las noticias, crecían, si no las
esperanzas, desde luego grandes, a punto de no admitir aumento, los
extremos del gozo. Entre todas las noticias, las de Zaragoza excitaban
particular entusiasmo. Palafox había llegado a ser un semidiós;
admiradas las gentes que le habían conocido en sus mocedades, apenas
concluidas, de que hubiese llegado a ser un general tan insigne. Me
acuerdo de una llamada batalla de _las eras_, dada en junio de 1808,
en que los franceses habían sido completamente derrotados, y de una
proclama que contenía, poco más o menos, las frases siguientes: «Si
la batalla de las eras hubiese sido ganada por esos vocingleros (los
franceses), se habría puesto a la par de las de Marengo, Austerlitz y
Jena; pero vosotros (los aragoneses) solo la miráis como un ensayo de
las que estáis dispuestos a ganar bajo el mando de vuestra Generalísima
y Patrona». Esta producción fue leída y admirada en el café de la
Corredera Baja de San Pablo en medio del día, tocándome, como solía
tocarme, el papel de lector entre los concurrentes.

Si algo se hablaba de la Constitución que estaba haciéndose en Bayona,
era por vía de burla, no sin maldecir a los que se prestaban a hacerla
o aprobarla; de ellos los más forzados, como acreditaron muchos con la
conducta que después siguieron, viva ya la guerra.

Murat se había ido de Madrid a reinar en Nápoles. El odio público había
seguido al verdugo de las víctimas del Dos de Mayo, y, como poco antes
de partirse hubiese sido acometido de cólicos violentos, aun hubo la
atrocidad de culpar al facultativo que le asistió porque le hubiese
salvado la vida. Quedó mandando Savary, casi igualmente aborrecido
por su conducta en Madrid y Vitoria en abril próximo anterior, y por
cierto más digno de aborrecimiento que el mismo Murat, siendo uno
de los peores satélites de su amo. No tengo presente dónde moraba
Savary, pero sí que no era en Palacio, el cual estaba abandonado,
no sin dolor ni escándalo de los españoles, para quienes era a modo
de religión la monarquía. Me acuerdo de haberle visto con frecuencia
para ver a mi sabor las bellas pinturas que entonces contenía y ahora
están en el Museo. En las salas se paseaban algunos franceses, y en un
dormitorio (el de la reina María Luisa creo) dos o tres de ellos con
otras tantas mujerzuelas de mala vida estaban ensayándose en el bolero
con acompañamiento de guitarra y castañuelas. Veíanse por allí, en un
rincón, el famoso sombrerito de tres picos con un par de botas a un
lado, que eran, o se suponía ser, del mismo Napoleón, y que enviados
a esta capital, cuando aún estaba en ella el rey, habían servido de
prueba de que el emperador francés no solo venía a España como huésped,
sino que estaba de camino. Y, como ha habido quien niegue la venida
de tales prendas, no está de más decir que las vi yo más de una vez
por mis propios ojos. Sin ser yo entonces muy monárquico, si bien no
era lo contrario, sino mezcla de una y otra cosa, miraba con dolor e
ira aquellas escenas que me parecían un insulto hecho no solo a la
majestad del trono, sino al decoro del pueblo español, del cual era el
trono representante.

Por fortuna, bien está repetirlo, creíamos cercana la venganza de
tanta afrenta. Había llegado julio, y pocos triunfos habían conseguido
nuestros odiados dominadores. Resistía Zaragoza: era verdad que el
mariscal Moncey se había retirado de Valencia, rechazado de los
flacos muros de aquella ciudad, solo propios para resistir a armas no
de fuego: de Andalucía era seguro que Dupont se había venido atrás,
desocupada Córdoba. Andábase averiguando noticias, siendo difícil
tenerlas ciertas, pues solían carecer de ellas los mismos franceses.
Tal era la sandez, hija del entusiasmo, que aun en gente no vulgar
era frecuente salir a la calle a saber qué había, y volver a casa con
grande satisfacción, porque, habiendo mirado a la cara a algunos
franceses, habían notado en ellos señales de mal humor; de lo cual
se deducía que estaban furiosos o tristes por el mal estado de sus
negocios, como si no pudiese ser y no fuese con frecuencia aprensión
del observador la figura o mala cara de los observados, o como si
razones privadas y no políticas no causasen en un francés enfado o
tristeza.

En medio de esto, súpose que había entrado José Napoleón como rey
por las provincias del Norte. Estaba desmentido el grosero y sucio
estribillo de seguidilla, que aún en Madrid cantaban a media voz
dominando los franceses, el cual era, ni más ni menos, el siguiente:

      Anda salero,
    No c——á en España
    José primero.

«Ya sucedió lo que se suponía que no», exclamó con pesar una persona
al oír el estampido (que entonces no se llamaban detonaciones) de los
cañones que en esta corte anunciaban y celebraban la entrada del nuevo
monarca en su reino. Pero así y todo, no había por qué desmayar; malas
digestiones le esperaban en el mal adquirido trono y en la tierra que
llamaba su reino, y como había entrado, así saldría. Tiempo hubo en que
parecía errado el pronóstico, pero al cabo vino a resultar cierto; que
tanto puede un pueblo resuelto a no llevar el yugo de los extraños y
tenaz en su esperanza y fe aun en los reveses de la más adversa fortuna.

Por entonces, y estando José cerca de Burgos, llegó la nueva de haberse
dado una gran batalla en los confines del antiguo reino de León y
de Castilla la Vieja. Como es de suponer, para los madrileños había
terminado la batalla en una victoria completa de los nuestros, aunque
había sido cabalmente todo lo contrario. Algo contradijo la persuasión,
poco menos que universal, de haber sido de los españoles la victoria
saber que el titulado rey venía acercándose a Madrid y que iba a entrar
en la villa que llamaba su corte y en el usurpado palacio.

Entonces ya, si no se convino en que había habido derrota por parte
de nuestros compatricios, se calló tocante a la batalla, atentos los
ánimos solo al modo de recibir al rey calificado de intruso. De él se
afirmaba que era tuerto; y con mayor seguridad, que gustaba de beber
con exceso, a punto de merecer la grosera calificación de borracho. En
suma, si de oficio y para sus poco numerosos parciales era don José
Napoleón I, rey de las Españas y de las Indias (que tales títulos
tomó), para las noventa y nueve centésimas partes de los españoles vino
a ser conocido con el apodo familiar, pero no amigo, de Pepe Botellas.

No puedo hablar del recibimiento hecho al pretendiente al trono
en Madrid, porque, si bien residía yo en esta capital, no salí de
casa en aquel día. En que fue malo no cabe duda, si bien tal vez se
ponderó la soledad de las calles, porque a falta de adictos, hubo de
haber curiosos. Era común en aquellas horas repetir la narración y
descripción de la entrada del archiduque Carlos en Madrid, titulándose
el rey Carlos III, que está en los Comentarios del marqués de San
Felipe, transmitiéndola los que habían leído esta obra a los que no
la habían leído, y aun a los que no sabían leer; y fue universal
deseo renovar la escena de casi un siglo antes. Quizá ponderó algo el
marqués; pero lo cierto es que el archiduque se volvió descontento a
sus reales, desde la mitad del camino, sin llegar a habitar el regio
alcázar, cuando José, más fácil de contentar, siguió hasta aposentarse
en el Palacio.

A la amargura y rabia que causó verle sentado en el trono material
de los reyes de España, sirvió de calmante, aunque leve, saber los
desaires a que se veía expuesto. Muchos se negaban a prestarle
juramento de fidelidad, quiénes a las claras, resueltamente, quiénes
buscando evasivas, honrados y fieles, pero no animosos; quizá algunos,
puestos a ver venir, atentos a lo que había de suceder en las
provincias. Celebrose como grande hazaña que el alférez mayor de los
Reinos, marqués de Astorga y conde de Altamira, hubiese huido de Madrid
por no llevar y levantar el pendón en la jura mandada hacer al nuevo
soberano.

En tanto, habían pasado algunos días después del 19 de julio; día
inmortal en que de veinte mil franceses rindieron unos y entregaron
otros las armas a poco más de treinta mil españoles bisoños, en los
campos de Bailén. Tardó en llegar a Madrid la noticia auténtica de tal
suceso. Pero ya bien o mal sabida, y trasluciéndose, comenzaron a ser
fundadas las hasta entonces numerosas y mal fundadas conjeturas.

Pocos días antes había vuelto a las inmediaciones de Madrid con sus
tropas el mariscal Moncey, rechazado de Valencia; y si no derrotado,
obligado a desistir de su empresa a término de abandonar dos
provincias. Aunque no había hecho mucho efecto su llegada, servía,
como hecho constante, de dar crédito a voces que corrían de otros
de magnitud muy superior. Ya los observadores de los rostros de los
franceses no andaban tan fuera de razón, porque a todos ellos y a sus
parciales los veían cabizbajos, afanados, como quien se prepara a un
viaje, y este no de recreo. Al cabo, los preparativos de retirada se
hicieron visibles, y aun comenzó esta a efectuarse en el 29 de julio,
siguiendo el 30 y 31 en que salió el intruso rey con la corte, yéndose
con él algunos de sus parciales, y quedándose otros dispuestos a
pasarse a la bandera nacional.

Amaneció el día 1.º de agosto de 1808, día por cierto memorable, y de
aquellos de que rara vez gozan los pueblos, día cuya memoria no puede
borrarse en la mente de los que hoy vivimos, y la cual es bastante viva
y tierna para reanimar y conmover a personas rendidas al peso de los
años y heladas por el frío de la vejez, como por fuerza hemos de ser y
somos los pocos testigos que hoy quedamos de aquellas grandes escenas.

Apenas había amanecido, cuando las calles, y principalmente el
Salón del Prado, rebosaban en un gentío numeroso, alegre sobre toda
ponderación, ufano, y si no ajeno de malos deseos, dispuesto a
enfrenarlos en medio del puro gozo de la victoria. En esto apareció
entre aquel bullicio un corto piquete de franceses rezagados que
corrían a juntarse con los suyos: soldados de poca edad, mal vestidos,
con ciertos como saquillos de color claro y no muy limpios que solían
llevar aquellas tropas de infantería, parte de ellas nada lucidas,
aunque temibles en la campaña. Era de temer que la plebe alborotada
les embistiese; pero se contentó con insultarlos, y si uno de ellos
recibió unos cuantos golpes que le derribaron, no pasó la cosa a
más, y recogiendo el pobre muchacho el fusil caído, se fue con sus
compañeros, perseguido solo con silbidos y risotadas. La turba se
dirigió al Retiro, que había sido convertido en ciudadela por los
franceses. Veíanse allí cañones clavados; comienzos de fortificaciones
o no concluidas o deshechas; municiones de guerra en abundancia; acopio
de provisiones arrojadas al suelo y desparramadas, o por los mismos
invasores al retirarse, o por los primeros del pueblo que llegaron,
y a quienes impelió ya la locura, ya la ira, ya el lícito deseo de
aprovechar parte de aquellos despojos. Abundaba el vino, como era de
suponer, y convidaba a hacer de él uso. Pero un clamor casi general,
levantado de repente, hizo correr la sospecha de que aquellos víveres
y bebidas estuviesen llenos de veneno, por juzgarse propia acción de
los pérfidos invasores haber dejado tan funesta dádiva al pueblo del
Dos de Mayo en la hora de abandonarle. Pronto llegó a creerse realidad
la sospecha, porque un infeliz del pueblo había caído víctima de la
ponzoña. Yo mismo le vi traído entre cuatro, siguiéndole centenares
de hombres enfurecidos, clamando venganza contra los amigos de los
franceses que en Madrid hubiesen quedado. Pero aun los más apasionados
hubieron de conocer en breve que el supuesto envenenado no lo estaba de
otra ponzoña que de una, que si a algunos mata a la larga, a los más
deja sanos, sin otro remedio más que el del sueño. Al ver puramente
borracho al que había pasado por agonizante, se trocó el furor en risa,
y volvieron a predominar los buenos afectos sobre los malos.

No podía, sin embargo, dejar de causar temor a las personas prudentes
el estado de una población crecida falta absolutamente de gobierno,
donde la seguridad pública y la de los individuos en sus vidas y
haciendas había quedado encomendada a la virtud y buen juicio de la
muchedumbre, virtud que existe, pero que se desmiente con frecuencia.
No existía en Madrid autoridad ni fuerza alguna moral o material: los
que estaban gobernando el día 31 de julio bajo el intruso rey, eran,
cuando menos, sospechosos, y más que de mandar trataban de esconderse.
Del poder militar, que en España era la verdadera policía, apenas
quedaban en la capital más que unos pocos inválidos de los entonces
conocidos con el nombre indecente de «_culones_», pues los soldados y
oficiales de la anterior guarnición estaban ya todos en las provincias.
Había otra dificultad, y era que quien se atreviese a tomar el mando no
acertaría a resolverse en nombre de qué superior habría de ejercerle,
sí del rey Fernando o del pretendiente José, porque los franceses
estaban cerca y podían volver sin que hubiere quien se lo estorbase,
y las tropas españolas lejos, y el pueblo, aunque tranquilo, nada
dispuesto a sufrir que se le hablase de los Napoleones sino en términos
del vituperio más extremado. Entonces, por disposición no se sabe de
quién, se discurrió que numerosas cuadrillas de los llamados vecinos
honrados paseasen las calles haciendo el oficio de patrullas. Aunque
solo contaba yo diecinueve años de edad, fui de la de mi barrio o
cuartel, que se juntaba en el espacioso portal de la casa que había
sido y aun creo era del Banco Nacional de San Carlos, situada en la
calle de la Luna, entre las de Tudescos y Silva. De allí salíamos, y
recorríamos calles y calles entre gritos del pueblo reducidos a vivas,
pues durante dos o tres días ni una sola desgracia, ni un solo desorden
vino a turbar el sosiego público, o dígase el bien intencionado
regocijo.

A cualquier circunstancia se atendía, esperando ver hecha mención
solemne como de rey del cautivo Fernando. Hubo quien me contase que
por deseo de oír tan deseada mención, había ido a oír misa cantada,
y que tuvo el gusto de que en la colecta el sacerdote, anticipándose
a órdenes de oficio, dijese después de nombrar al Papa y al obispo
«_Regem nostrum Ferdinandum_». Frivolidades parecen estas cosas a la
generación presente; pero no lo eran entonces, por ser el pronunciado
nombre algo más que el de un monarca, la expresión del voto unánime
de un pueblo, expresada entre grandes peligros y heroicos hechos y
levantados pensamientos, tipo múltiple que contenía infinidad de
proyectos y esperanzas, y señal en aquella hora, y también consecuencia
de una increíble y gloriosísima victoria.

Por fin, al tercero o cuarto día de tan peligrosa situación, ocurrió un
suceso funesto. Se había quedado en Madrid don Luis Viguri, intendente
que había sido en la isla de Cuba, muy amigo de don Diego Godoy,
el hermano de don Manuel, y a quien habían acusado de haber en una
conversación con un coronel (dignísimo sujeto) llamado don N. Jáuregui,
insinuado, allá en 1807, que deseando el rey Carlos IV descargarse del
peso del gobierno, y no queriendo dejársele al príncipe su hijo, bien
podría el Príncipe de la Paz ser declarado Regente. Fuese por esta
razón o por otra, es lo cierto que, habiendo Viguri maltratado a un
negro su esclavo y quejádose este calumniando a su amo, se juntó gente
a los gritos, y la fama no buena en el concepto popular del desdichado
amo produjo un alboroto en que cayó muerto Viguri, atándose en seguida
una soga a su cadáver, con la cual atado fue arrastrado por las calles
entre gritos de aplauso de gente frenética, si no malvada. Llegonos,
estando en el zaguán de la casa de la calle de la Luna, la triste
noticia, que vino por grados: primero, que iban a matar a Viguri; poco
después, que ya había muerto; y en seguida, la atrocidad de que su
cuerpo era objeto. Nada podíamos hacer más que dolernos del tal caso,
y temer otros iguales o parecidos, y otro tanto hubo de pasar a los
pobres vecinos honrados de los demás barrios.

Había llegado el día 4, y ni aun en las esquinas aparecía documento
que dijese a los madrileños bajo qué autoridad vivían. Rompió al fin
el silencio el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla, con
una alocución no mal escrita, aunque verbosa, impresa y puesta en
carteles. El Consejo gozaba de cierto favor popular en Madrid; el
vulgo le suponía un poder legal que no tenía, pero al cual aspiraba,
como si en algo fuese un sustituto de las Cortes, sobre todo de las
antiguas. El Consejo no había jurado la Constitución de Bayona, si bien
no se había resistido de frente a hacerlo; pero su timidez poco sabida
era de algunos que la sabían perdonada, cuando su resistencia era un
hecho constante. Vio el Consejo llegada la hora de ser realidad su más
arrogante pretensión, y ejerció su adquirido poder con satisfacción de
la población de la capital; no así de las provincias, o, dicho con más
propiedad, de las Juntas, que tenían pretensiones más subidas y con
otro fundamento, y a las cuales movía la codicia del poder inherente a
la naturaleza humana.

La alocución del Consejo tenía algo de confuso, pero no en cuanto a
declararse contra los aborrecidos franceses. Mi buena memoria (de
la cual espero que no se lleve a mal que haga mención, por ser dote
inferior al de un buen entendimiento) es causa de que pueda, al cabo
de tantos años, poner aquí de tal documento un periodo íntegro, el
cual me dio golpe por su consonancia con los afectos de que todos
participábamos: «Adoremos, decía, a la Divina Providencia, que si ha
sabido humillar a los soberbios, no consentirá queden impunes los
taladores, incendiarios y asesinos». Requiebros tales era entonces muy
del uso echar a los franceses.

El atentado cometido en Viguri no se repitió en algunos días. El
Consejo se convirtió en Gobierno, y dictó providencias tan buenas
cuanto consentían las circunstancias. Con la crueldad irreflexiva
propia de días de loco entusiasmo, fue pronto olvidada la víctima de
la furia popular, y si quedó de ella memoria, fue para crear un verbo
atroz, porque hacía materia de risa lo que debía de serlo de anatema,
pues se llamó _Vigurizar_ la acción de asesinar y en seguida arrastrar
el cuerpo exánime del asesinado.

A otras materias se convirtió la atención de la gente ilustrada, cual
era la de qué gobierno habría de establecerse.

Entretanto, casi quedó establecida, bien que por plazo breve, la
libertad de imprenta. Bien es cierto que el Consejo, nada amigo
de ella, trató de ponerle impedimento; pero en algún tiempo no lo
consiguió, aunque lo mandase. Había censores, pero o no ejercían la
censura, o no sé hacía caso de ella, ni se necesitaba. Una censura
había, y era terrible, que era la seguridad de ser hecho pedazos si
algo se decía o se insinuaba siquiera contra el punto principal de
todos los pensamientos: la causa de la nación contra el enemigo. En
los demás, era la discordancia de opiniones tan grande cuanto cabe
serlo, y pocos reparaban en ello, no viéndose ni aun disputas entre
las doctrinas de libertad política llevada casi al extremo, y la poco
menos que irreligión del _Semanario patriótico_, y otras producciones
rebosando fanatismo y toda especie de ideas rancias en punto a
gobierno, y la mezcla singular de máximas favorables al patriotismo
español y contrarias a la civilización europea y general, contenidas
en la extravagante _Centinela contra franceses_, de Capmany; obra que
compartía con los escritos de Quintana el favor popular en primer
grado. Pero bien está repetirlo: en tales diferencias, no obstante su
magnitud, llegada a ser contradicción, nadie reparaba, pues bastaba la
semejanza o igualdad en adhesión viva a la causa santa del pueblo.

No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas
de Quintana a España libre. Eran lo que debía esperarse de autor ya
tan afamado, y reproducían con ventaja los pensamientos y afectos de
las conocidas composiciones del mismo poeta a la heroica desdicha de
Trafalgar, y a la hazaña de Guzmán el Bueno. Otra composición salió
a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató,
en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, solo compartirla, por
ser inferior en fuerza de fantasía, y solo igual, por otro lado, en
el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable
construcción del periodo poético a la del ya un tanto antiguo y
célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que
sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio
Gallego, a la sazón capellán de los pajes de Su Majestad, se había dado
a conocer solo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires.
Gallego era muy amigo de Quintana, a cuya tertulia era concurrente
asiduo, y los dos poetas, en aquella ocasión rivales, se complacían en
darse mutuas y sinceras alabanzas.

Otra oda apareció con el título de _Profecía del Pirineo_, abundante
en perfecciones, manchada por algunos, pero leves, lunares, y que
excitó aprobación y aun admiración, así como curiosidad, porque desde
luego su autor no la publicó dando su nombre. Súpose en breve que era
de Arriaza, buen poeta en su clase, pero de otra estofa que Gallego
y Quintana. Pareció la nueva composición, si no la mejor de su autor,
de las mejores, y particularmente de otro estilo que el general suyo.
Sin embargo, era fácil notar, en composición tan justamente aplaudida,
que sobresalía el ingenio más que la imaginación o el sentimiento, y la
principal, si bien no la única prenda de Arriaza, era ser ingenioso.

Hubo, además, una inundación de versos patrióticos o medianos o malos.
¿Qué más? Hasta yo, empeñado entonces, _invita dea_, en poetizar o
metrificar, di a luz una oda al uso de lo que se fabricaba, ni siquiera
señalada por lo mala sino de aquella medianía que, según Horacio, ni
los postes aguantan, de suerte que ni merecía ni llamó la atención aun
para desaprobarla.

La Constitución hecha en Bayona mereció ser puesta en coplillas que
la ridiculizaban, y ciertamente censurándola en lo poco que tenía
favorable a la libertad y en lo no poco en que tiraba a formar un
gobierno ilustrado. Por ejemplo, prometiéndose en aquella obra la
libertad de imprenta, decía el crítico:

      La libertad de la imprenta
    Disfrutará la nación:
    ¡Pobre del Papa y del clero!
    ¡Pobre de la religión!

Y esto no obstante, si la voz común no mentía, esta crítica fue obra de
un literato, después muy parcial de las doctrinas llamadas liberales y
de la misma libertad de imprenta: de don Eugenio Tapia.

También se tentó hacer versos para cantarlos; pero, aunque siguiendo la
guerra las canciones patrióticas adquirieron valimiento, por lo pronto
no eran oídas sino las más toscas y vulgares. Arriaza escribió el himno
llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso
guitarrista Sor le puso música, pero con corta fortuna en punto a
hacerle correr entre las gentes. No porque se dejase de cantar por las
calles, pues, al revés, atronaba los oídos la continua canturía. Pero
las canciones que resonaban, era una que decía:

      Virgen de Atocha,
    Dame la mano,
    Que tienes puesta
    La bandolera
    Del rey Fernando.
    Virgen de Atocha,
    Dame tu poder,
    Para que al rey Fernando
    Le traigas con bien.

o con otra, y no mejor música, la no mejor letra que decía:

      Ya vienen las provincias
    Arrempujando,
    Y la Virgen de Atocha
    Trae a Fernando.
    ¡Vivan los españoles!
    ¡Viva la religión!
    Yo me c...o en el gorro
    De Napoleón.

o una de igual valor, como es:

    Ya se van los franceses—Larena,
    Matan los piejos—Juana y Manuela,
    Matan los piejos—Prenda,
    Y el general los dice—Larena,
    Que son conejos—Juana y Manuela,
    Que son conejos.—Prenda.

Y en el pueblo en que esto se cantaba era el _Semanario patriótico_,
escrito por Quintana y sus amigos, el periódico más apreciado y
respetado, y el que más influjo ejercía.

Pasaban días, y no parecían los ejércitos vencedores, aguardados con
ansioso deseo, el cual vino a ser impaciencia y bien motivada. Sabíase
que el de Andalucía no se había movido por haber necias rivalidades
entre las Juntas de Granada y Sevilla, y las tropas de la una y la otra
que le habían compuesto. Entretanto, Madrid continuaba sin una fuerza
física necesaria para impedir se turbase el sosiego público, o para
restablecerle en caso de que ocurriese un acto de desorden y violencia.
Sobre cuál había de ser el gobierno de España durante la cautividad
del rey, no había menos ansia, pero de esta solo participaba la gente
entendida. Habíase armado una violenta disputa entre el Consejo y las
Juntas de provincia, haciendo aquel las veces de esta en la capital, y
no admitiéndole las últimas por colega, pues hasta le afeaban sin razón
haber existido junto bajo el intruso José Napoleón, aunque por pocos
días. Los madrileños se declararon por el Consejo, quizá por mirarle
como cosa de casa, y hasta el _Semanario Patriótico_ dedicó un artículo
a defenderle de las acusaciones de las Juntas; hecho singular, si se
paraba la atención en que el antiguo tribunal con pujos de gobierno
debía ser mirado como acérrimo enemigo de las doctrinas políticas del
periódico liberal, cuando las Juntas, por su origen y aun por uno u
otro de sus actos, a pesar de sus muchos desatinos e inconsecuencias,
representaban el poder popular con más o menos acierto y conocimiento
de su esencia.

Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver las madrileñas tropas
españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante
de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital
el 13 o 14 de agosto. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles
provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos
de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de
modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban
un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan
malas trazas nada mejores hechos, se agregaba saberse los horrorosos
asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no
militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad,
que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto, si no
los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas
que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero,
pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de
terror la gente de educación y clase mediana al ver campeando por las
calles aquella gente con guitarrillas, cantando, y a la par amenazando,
entrándose en los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que
poner en sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que
contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe, y de esta
especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no
tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos,
y en caso de necesidad, como apoyos con que podían contar de seguro. No
salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A
los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto
en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto
cuyo nombre y calidad no pudo averiguarse, como tampoco la causa de su
trágico fin, y el cadáver fue arrastrado con las mismas circunstancias
que el de Viguri. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir
el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser
desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por
Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que
nadie podía creerse en plena seguridad.

Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como
una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del ejército andaluz,
del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.

El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los
vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo
y fortuna libertada de odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco
en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo
grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que
más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo
de lanceros de Jerez que venían delante. Desde largos años no veían los
españoles en su ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas
habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas
a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros
campesinos o picadores en plaza a los toros, se creyó se había dado
con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la
vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así
había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses
en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos, no con
uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con
sombrero de copa baja, muy parecidos a los hoy llamados calañeses, y
con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el
campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como
tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de
las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era
un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente.
Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no
como las mejores francesas; llevando aún la infantería el sombrero de
picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar
las gentes el porte marcial de los soldados de la guardia imperial
francesa que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que
se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.

Después de la entrada del ejército victorioso en los campos de
Andalucía, ningún otro espectáculo podía llamar la atención o excitar
los afectos en igual grado. No dejó, con todo, de mover las pasiones la
proclamación de Fernando como rey, hecha el 25, llevando esta vez el
pendón el conde de Altamira entre vítores que parecía se levantaban a
la línea de los héroes.

Pero iba haciéndose hora de que a la embriaguez del triunfo sucediese
el cuidado de lo presente y no lisonjeras previsiones de lo futuro.
Aunque se había retirado José Napoleón hasta ponerse del otro lado del
Ebro, veíanse graves peligros, y se temían no inferiores males para
la patria. El entusiasmo es cosa que dura poco, sobre todo si se ha
gastado muy de prisa. Pero a su decadencia no acompañó decaimiento
de ánimo bastante a aconsejar la sumisión si era adversa la fortuna.
Así fue que no hubo otra jornada de Bailén, sino al revés, muchas
en que llevaron nuestras armas lo peor, sin el consuelo de quedar
gloriosas, aun saliendo vencidas. Pero hubo tenaz propósito, aun
cuando parecía locura persistir en la resistencia, y esta pertinacia
heroica nunca faltó en la parte con mucho más numerosa de los hombres
de aquellos días de prueba. Así, la bandera de la patria, caída a
veces, se levantaba otra vez al momento, y en la isla gaditana una
España abreviada, contando por suya toda la tierra no pisada por los
franceses, vivió mereciendo ver premiados sus esfuerzos con haberse
logrado afirmar la independencia de la nación española amenazada por el
mayor poder que ha conocido el mundo.




VI.

MADRID Y ALGUNA PROVINCIA A FINES DE 1808 Y EN 1809.


Después de la entrada de los vencedores de Bailén en la capital de
España, quedó esta en una situación de más sosiego, pero comenzó a
cundir entre la gente ilustrada la mayor inquietud posible sobre más
de un punto. Como la gran victoria alcanzada, vistas bien las cosas,
parecía un milagro, nacieron justísimos temores de que milagros tales
no se repitiesen. Los elementos de desorden por lo tocante a alborotos
en las calles y atentados contra la seguridad de las personas parecían
neutralizados porque estaban suspendidos, o ya los contuviese la tal
cual fuerza existente de la que se esperaba sustentase el imperio de
la ley, o ya el haberse apagado el ardor patriótico, que así impelía a
locos y criminales excesos, como estimulaba a hechos hijos de nobles
pasiones. Dos cosas daban cuidado: la notoria mala calidad de los
ejércitos, pobres en número y faltos de buen orden; y la carencia de
un gobierno general de la nación, necesario hasta para el aumento y
buena dirección de la fuerza militar. Al fin, esto último hubo de
conseguirse, no sin trabajo.

Diputados de las Juntas, congregados en Aranjuez, compusieron una
Junta magna, que tomó el título de Central. Establecido este gobierno
en una población pequeña, estaba libre de la opresión que en tiempos
revueltos ejerce sobre una autoridad, por necesidad débil, la plebe de
las ciudades populosas; pero carecía por lo mismo del favor popular
que en horas de apuro alienta a un objeto querido, cuya presencia
inspira entusiasmo, y el cual a la vez recibe como de rechazo buena
parte del que excita. El pueblo de Madrid se contentó con que hubiese
al fin nacido la Junta Central, pero no saludó con pasión el día de
su nacimiento y no llegó a cobrarle amor, como en las capitales de
provincia le tenía lo general de la población a sus respectivas Juntas.

En cuanto a las personas capaces de juzgar en materias políticas,
miraron como un bien altísimo que al cabo hubiese un gobierno; pero no
acertaban a calificar para la aprobación o desaprobación al que acababa
de salir a luz con harto trabajo y grandes actos de condescendencia
por diversos lados, resultando una amalgama en que no quedaban bien
unidas y mezcladas hasta formar un buen todo las varias materias
que le componían. Por un lado, Quintana había sido nombrado oficial
mayor de la secretaría de la Junta, ejerciendo grandísimo influjo
en el secretario don Martín de Garay: por otro, una de las primeras
disposiciones de la Central había sido nombrar Inquisidor General,
confiriendo tal puesto al obispo de Orense, muy propio al objeto de tal
nombramiento. La libertad de la imprenta, reinante de hecho y no de
derecho, fue de nuevo negada, con rigor, por fortuna o por desgracia,
no efectivo. Porque seguía la confusión o diversidad de pareceres,
como cuando más, en lo relativo al modo de gobernar la nación por lo
presente, y de proveer a cómo habría de ser gobernada en lo futuro.
_El Semanario Patriótico_ continuaba siendo un periódico igual en ideas
a los franceses de 1789 o 1790 en punto a doctrinas; don Juan Pérez
Villamil acababa de publicar un escrito muy aplaudido, en el cual,
apostrofando al rey cautivo, le decía que «verificado su anhelado
rescate y vuelto al trono, si quería conservarle, mandase poco, mandase
menos, porque eran demasías las por muchos juzgadas prerrogativas
de la Corona, y que el pueblo, de salir a recibirle ya libre, le
presentaría con una mano una Constitución a que habría de atenerse»; y
el mismo Quintana había dado a luz sus poemas patrióticos, por largos
años escondidos en su papelera, y donde ya se ensalzaba al comunero
Padilla, aprobando sus hechos, ya se denostaba a Felipe II, llenando
de horror y pasmo a los monjes del Escorial,[22] ya, con motivo de
celebrar la invención de la imprenta, se calificaba al poder papal de
no menos que monstruoso, indigno y feo, cuyo abominable solio, sentado
en las ruinas del capitolio romano, estaba próximo a caer, dejando
tristes señales en sus ruinas.

        [22] De esto fui yo testigo en una visita que hice al Escorial
        en noviembre de 1808, de que digo algo aquí más adelante, y que
        he hablado por extenso en un folletín del periódico _Correo
        Nacional_ en 20 de agosto de 1840.

De tal y tanta confusión era la recién formada Junta fidelísimo espejo.
Porque bueno es que lo sepan nuestros contemporáneos; nunca ha habido
en España, ni aun en otra nación o edad alguna, democracia más perfecta
que lo era nuestra patria en los días primeros del alzamiento contra
el poder francés. Gobernaba entonces el pueblo, el pueblo tal cual
era, ejerciendo en ciertas ocasiones su prepotencia en plebe, como
más numerosa y resuelta, y yendo el Estado dejando a menudo autoridad
absoluta a quienes tenían el mando, siendo inconsecuente el poder
como nave mal gobernada o casi sin gobierno, a la cual arroja el
ímpetu de las olas venidas a veces de distintos rumbos a muy diversas
direcciones. Y todo esto no era producido ni dirigido por medios
juiciosos ni con orden previo, como sucede cuando y donde las leyes
arreglan el ejercicio del poder popular, sino de una manera confusa,
haciendo las veces de la razón el instinto. Los amantes de la soberanía
popular por fuerza habrán de convenir, si ya no deliran, en que en los
pueblos soberanos, como en los soberanos de cuerpo y alma, los hay
buenos y malos, porque los hay ilustrados e ignorantes, y la ignorancia
y pasiones de la multitud traen tan fatales consecuencias al procomún
cuanto podría traer la calidad de una persona revestida de autoridad
ilimitada. En el gobierno creado por el pueblo español en 1808 estaba,
pues, expresado en compendio el mismo pueblo, con todas las calidades
que a la sazón tenía.

Fue llamado a presidir la Junta el conde de Floridablanca, no con gran
satisfacción de los hombres adictos a doctrinas de las hoy llamadas
liberales, pero en obediencia a la voz popular que, por entonces, llena
de indignación por lo extremada injusta, contra todo lo perteneciente
al gobierno de Carlos IV, recordaba con aplauso, no menos injusto
por ser excesivo, los días de Carlos III, y al ministro que en aquel
gobierno había representado el principal papel. De Floridablanca
hablaban con variedad los hombres que viviendo entonces ya de edad
madura, le habían conocido en el mando, y por cierto no todo era
elogios en el juicio de tales críticos, pues había muy otra cosa. Yo,
que ahora cuento y no juzgo, debo decir que, fuese lo que hubiese sido
el Floridablanca de 1780, el de 1808 había llegado a ser incompetente
para ocupar bien el alto lugar a que había sido elevado. Al frente
tenía en la Central otro nombre por demás ilustre, y de persona no su
amiga: el de don Gaspar Melchor de Jovellanos. En este último ponían
sus esperanzas quienes deseaban encaminar las cosas del Estado por
una senda cuyo paradero fuese el establecimiento de una monarquía
limitada. En tanto, el Consejo Real se había resistido a reconocer la
Junta Central, dando para ello razones buenas y malas, conociéndose
que la principal era el recelo de que, tomando cuerpo y fuerza ciertas
doctrinas, no viniesen los tribunales a perder o a no lograr el
influjo en el gobierno que habían tenido o pretendido tener y a que de
continuo aspiraban. No estaba dispuesto a acceder a tales pretensiones
Floridablanca, pues, si bien adverso a toda idea de limitación del
poder real por el popular, tampoco quería verle censurado o intervenido
por los togados, y hasta en la forma con que el Consejo, sin negarse
a obedecer a la Junta, ponía dificultades para hacerlo, veía el antes
ministro absoluto con enojo lo que llama acertadísimamente Jovellanos
_escrúpulos de la obediencia_. El mismo Jovellanos se inclinaba algo
al Consejo Real por dos razones: por preocupaciones de togado, y
porque efectivamente llevaba razón el Consejo en insinuar que, para el
ejercicio de la potestad ejecutiva, convenía más una regencia de pocos
que un cuerpo numeroso. En la gente que veíamos las cosas desde afuera
andaban muy discordes los pareceres. No llevábamos a mal que hubiese
una Junta Central, pues había habido y seguía habiendo Juntas de
provincia. Pero unos estimaban buenas las razones del Consejo, y otros
al contrario; y por diversos motivos esta y aquella cosa. La Junta,
por su origen y por lo que este habría de influir en su índole, era
popular, y el Consejo representaba a la monarquía antigua. De aquella
eran de temer actos de despotismo, disposiciones imprudentes, poco
orden, principios nada fijos; de estotro un firme sostener de rancios
abusos y un orden de mala naturaleza, sobre todo, en punto a lo que
pedían los tiempos. Fuese como fuese, hubo poco espacio para pensar en
tales materias mientras residió la Junta en Aranjuez; periodo que no
pasó de dos meses. Una proclama o alocución de la Junta agradó mucho,
porque era de la pluma de Quintana. En verdad era una oda más del poeta
patriota, pero en la disposición de los ánimos gustaba el lirismo.
Prometía el nuevo gobierno poner en pie un ejército de quinientos mil
infantes y cincuenta mil caballos, y no parecía desatino promesa tal,
con estar muy fuera de la esfera de lo posible. También prometía la
Central leyes enfrenadoras del despotismo, y ni a los que después se
opusieron a leyes de esta clase sonó mal la promesa. Lo cierto es que
se veía venir encima una gran desdicha con la reunión de las fuerzas de
Napoleón, próximas a pasar la frontera, y la falta de poder, no solo
por la inferior calidad, sino también por el corto número de nuestras
tropas para disputar el triunfo. Empezaba a oírse la voz de la queja
y del temor, primero en tono sumiso, porque no pareciese traición la
desconfianza; luego más perceptible, por no poderse negar el peligro.
El poeta Meléndez Valdés, en los días primeros del levantamiento, dócil
instrumento de los franceses, como volvió a serlo, venido entonces a
mejor acuerdo, y cediendo a su inclinación y a la de sus amigos, y no a
su flaqueza de espíritu, había publicado un romance de mediano mérito
con el título de _Alarma_, lleno de las ideas reinantes; pero hubo de
publicar segunda _Alarma_, mejor que la primera, y en la cual no solo
añadía un cántico más a los muchos destinados a celebrar triunfos, sino
que en sentidas y patrióticas palabras anunciaba la próxima venida de
Napoleón con gran poder, diciendo:

      Vendrá y traerá sus legiones
    Que oprimen la Escitia helada,
    Ofreciendo a su codicia,
    Por cebo, montes de plata.
      Vendrá y lloraréis de nuevo
    Las ciudades asoladas, etc.

Estaban tan trocadas, si bien solo hasta cierto punto, las cosas,
que temores tales, que un mes antes aun hubieran sido calificados de
traición, parecían cosa natural y sonaban como voces de un patriotismo
ilustrado y verdadero.

En tanto, se acercaba el día del cumpleaños del cautivo rey, que lo
era de gala, y se preparaban los madrileños a festejarle, pero con
tibio ardor, no nacido de flaqueza en el propósito de resistir al poder
francés, pero sí de desmayo causado por el triste aspecto de la causa
pública. El día de San Fernando, santo patrono del monarca, había
sido celebrado en una u otra capital de provincia con el fervor del
levantamiento recién ocurrido; en otras había sido la señal y época
del alzamiento mismo, pero en Madrid, día de duelo bajo el yugo de
los odiados opresores. Quiso la desgracia que no fuese más feliz la
celebración de una fiesta que tanto debía serlo. A cosa de medio día
comenzó a correr por las calles la noticia de que iban arrastrando por
algunas de ellas dos cadáveres de personas bárbaramente asesinadas,
sin que se llegase a averiguar quiénes eran las víctimas de la ira
popular locamente excitada contra dos entes sin duda oscuros mientras
vivieron. Pronto comenzó a asegurarse que eran los muertos arrastrados
dos mamelucos. Los de la guardia imperial venidos en corto número a
España con Murat, habían llamado mucho la atención por su vistoso traje
y armas, y después se habían hecho blanco principal del aborrecimiento
de la plebe, que veía en ellos, sobre la calidad de franceses, la de
infieles. Los turbantes y calzones rojos, lo corvo de los alfanjes
que casi formaban una media luna, el puñal, la carabina o fusil y las
grandes pistolas, los hacían formidables a la vista. En los sucesos del
Dos de Mayo se les achacaba la parte principal en punto a crueldad, y
el destrozo hecho en una casa de la Puerta del Sol, cuyos moradores
fueron todos pasados a cuchillo, pasaba por acto exclusivo de los
mamelucos, no sé si con fundamento. Que se hubiesen quedado en Madrid
mamelucos de la guardia imperial de Napoleón, distaba mucho de ser
probable, y lo que sí lo venía a ser era haber sido calificados de
tales los dos pobres hombres asesinados, víctimas probablemente de
una riña y calumniados por sus mismos matadores. Pero ello es que la
calumnia creída dio a la plebe de Madrid en aquel día infausto un
carácter de ferocidad superior al manifestado contra Viguri y contra
el desconocido igualmente arrastrado en agosto, recién entradas en la
capital las tropas valencianas. La preocupación popular añeja suponía
en los judíos un miembro o apéndice que solo tienen los animales,
y para el ignorante vulgo era judío todo hombre no cristiano o no
católico. Así es que gritaban por las calles que los dos cadáveres
tenían rabos, con lo cual quedaba comprobado quiénes eran. Acercándome
yo a mi casa, situada en la calle del Barco, lugar lejano de los que
solían ser teatro de escenas de desorden, una vieja de aspecto feroz me
paró como reconviniéndome, y dijo: «Qué, ¿no va usted a ver arrastrar a
los mamelucos? Yo los he visto, y por mis propios ojos los he visto el
rabo». Cuentan algunos que, en efecto, estropeados aquellos cadáveres
sangrientos por el roce con las piedras, estaban despellejados, y que
del espinazo a la rabadilla les salían tiras de pellejo que transformó
en rabo la crédula y rabiosa muchedumbre; pero tal vez ni aun este
motivo hubo para formar y propagar la indicada ilusión. No traté yo de
desengañar a la buena, o, diciéndolo con propiedad, a la mala vieja,
y antes me disculpé, con no me acuerdo qué razones, de no acudir a
presenciar el espectáculo a que me convidaba. Fue aquel día uno de
terror y congoja, porque ni siquiera suavizaba la alegría nacida de
gratos recuerdos y lisonjeras esperanzas lo repugnante de aquellos
actos y pensamientos de barbarie, manchas feas de las que empañan el
lustre de los más gloriosos sucesos, cuando la multitud predomina,
heroica a veces, y en España entonces, cual en cualquiera otra
situación de las que recuerda la historia del mundo, pero ignorante y
apasionada, quedando por la primera calidad un tanto, aunque no del
todo, disculpados sus excesos.

Iba a empezar noviembre y las cosas empeoraban a ojos vistas. Con la
inquietud crecían desvariadas sospechas y locas e indignas acusaciones.
Ni el vencedor de Bailén escapó de ser sospechado, no siendo el general
Castaños de aquellos que se captaban los afectos de la plebe, por lo
mismo que se granjeaba por sus modales cultos la buena voluntad de los
de elevada esfera.

Entró por fin aquel fatal noviembre, y con él un golpe de enormes
desventuras. Súpose que en Lerín había caído prisionero el batallón
de tiradores de Cádiz, cuerpo compuesto en gran parte de presidiarios
y otra mala gente, pero consoló el saber que habían hecho una defensa
gloriosísima, acto no común en los de su clase, cuya valentía, feroz
en pendencias y acciones criminales, flaquea con frecuencia hasta
desaparecer en las graves funciones de la guerra. No hubo gloria, y
sí una fatal derrota en la batalla que sustentaron en Gamonal, cerca
de Burgos, las tropas procedentes de Extremadura, bisoñas, no bien
arregladas, y cuyo mando tenía un joven de alta clase, buen caballero
y patricio, pero capitán inexperto. En breve hubo noticia de mayor
desdicha, cual fue la rota en Reinosa y Espinosa del ejército llamado
de la izquierda, que contenía muy buenas tropas. Fuerzas francesas
veteranas acababan de entrar en España, procedentes de Alemania; con
ellas venía el gran Napoleón acompañado de sus mejores generales, y a
tal poder no podía resistir el de la pobre España, escasa en soldados
y en quienes gobernasen con acierto los pocos, y de ellos muchos no
buenos, con que contaba. En esto corrió una noticia consoladora,
porque se aseguraba haber tenido los nuestros una ventaja notable en
Caparroso, lugar de Navarra que tiene un puente, el cual se suponía
ganado gloriosamente por los españoles. Vino, con todo, la _Gaceta_ de
oficio a aguar el gozo, publicando un parte de tal singularidad, que le
conservo casi íntegro en la memoria, particularmente el último periodo,
que era cual le pongo en seguida al pie de la letra: «Participo a usted
que hemos _tomado_ a Caparroso a las _once_ de esta mañana, habiéndole
_evacuado_ los enemigos a las _ocho_. Voy corriendo a activar todo
aquello, y a que sigan adelante las conquistas». Firmaba este escrito
don Francisco Palafox, hermano del célebre don José, defensor de
Zaragoza, y hombre muy apreciable, pero corto en luces y saber, y, si
bien digno de estima, impropio para el mando.

Algo animó saberse que parte del ejército inglés vencedor de Junot en
Portugal, venía adelantándose por una y otra Castilla. La división
que había entrado por la Nueva se acercaba a Madrid, donde se creyó
que entrase. No lo hizo, y solo se acercó pasando por el Real Sitio
de San Lorenzo, o dígase el Escorial, al cual llegó ya más de mediado
noviembre. Acudí allí yo a verla, pero tuve pocos compañeros. No
olvidaré los pensamientos que en mí despertó ver aquellos extranjeros
en aquel lugar. Los herejes ingleses aparecían armados en el monumento
de Felipe II, y aparecían allí, no como enemigos, sino como aliados,
y aun como acudiendo a defender la fe que no profesaban, siendo en
el lema o divisa de la causa de la nación aliada con la protestante
Inglaterra la defensa de la religión a la par con la del rey y la
patria. De estos contrastes y de iguales o parecidas inconsecuencias
vemos mucho en la historia, y no poco en las cosas todas del mundo,
pero quizá el suceso que aquí conmemoro da de ello una de las pruebas
más señaladas.[23]

        [23] Permítaseme citarme para no repetirme. De esto hubo mucho
        en mi antes aquí mencionado escrito, inserto en _El Correo
        Nacional_ en agosto de 1840.

No pasé arriba de dos días en el Escorial; pero mi vuelta a Madrid
fue triste, porque en el no largo camino del Real Sitio a esta corte
tropezaba a cada paso con dispersos fugitivos, casi todos ellos
procedentes de la derrota de Gamonal y llenos del mayor desaliento.
Veíase ya llegar la hora de caer Madrid en poder del victorioso y
terrible enemigo.

No bien llegué a mi casa, cuando mi madre, señora de clarísimo
entendimiento, de ánimo varonil, instruida, algo dada a pensar en
la política, acérrima enemiga del emperador francés, aun mucho
antes de su pérfida invasión de España, y cuando era general en los
españoles adorarle, previendo el mal que sobrevendría dispuso que nos
trasladásemos a Cádiz, pues quedarnos en Madrid si le ocupaban los
franceses venía a ser por razones privadas una cosa imposible, porque
nos faltaría para vivir todo recurso. Siendo menor de edad, hube de
seguirla. Salimos de Madrid el 27 de noviembre, y así no fui testigo
presencial de las escenas de la corta resistencia y ocupación de la
capital, de las cuales supe, sin embargo, y conservo en la memoria
curiosas anécdotas; pero me abstengo de referirlas, porque me ciño a
hablar de lo que vi yo mismo.

Se caminaba entonces lentamente. No porque, como hoy dicen o se figuran
algunos, fuesen aquellos tiempos los en que hacían las gentes su
testamento antes de emprender el viaje de Madrid a Andalucía. Al revés,
el camino era bueno, y si no falto de peligro en punto a ladrones,
tampoco tal que fuese caso común ser robado. No había diligencias,
pero había postas medianamente servidas para los viajeros, escasos en
número, que de ellas usaban, y, lo que hoy falta, en cada casa de posta
había dos sillas (viejas en verdad, y malas por todos conceptos), de
suerte que podía viajarse con alguna rapidez en carruaje sin llevarle
propio. Pero esto solo servía para dos, o cuando más tres, personas.
A una familia decente era necesario un coche de colleras, medio de
viajar por cierto no barato. Andábamos nueve leguas al día, alguna vez
diez con una enorme zaga, y siempre con alguna escolta, saliendo de
madrugada y haciendo larga parada en la mitad del día.

Así fue que el día en que salimos de Madrid hicimos noche en Aranjuez.
Allí, al amanecer del día siguiente, nos encontramos en momentos
de terror y confusión. La Junta Central en la noche había resuelto
trasladarse a Andalucía o a Extremadura, por venir ya encima y estar
cercano el enemigo victorioso, bien que no estuviese aún en su poder
el paso de Somosierra, el cual se creía defendible a pesar de estar
muy mal guardado. Grande era el apuro de los numerosos dependientes
del Gobierno, hallándose sin recurso alguno de coches, carros o
caballerías para acompañarle en su fuga. Se acudió al medio de embargar
los carruajes que había en Aranjuez, suerte que hubo de tocarnos. En
tanto ahogo apelamos al favor, y conseguimos el desembargo de nuestro
coche. Continuamos, pues, nuestro viaje, ya muy entrado el día, siendo
Tembleque el punto en que habíamos de hacer noche. Pero yendo de
camino, nos pasó una silla de posta que tuvo la desgracia de volcar
y, bajándonos a dar socorro a quienes en ella venían, supimos que el
Gobierno había suspendido su viaje, resuelto a quedarse en Aranjuez
por no estimar muy inminente el peligro. Con estas mezclas de temor y
confianza en que la imprevisión de la cabeza del Estado resultaba de
la mala situación del cuerpo todo que le dominaba, allanado dos días
después Somosierra, y puesto Napoleón sobre Madrid, hubo la Junta de
ponerse en camino precipitadamente, siendo como un prodigio que llegase
sana y salva a Badajoz, de donde por juiciosa determinación pasó a
Sevilla.

No eran cortos los peligros que en tal confusión corrían los viajeros.
La voz traición era aplicada a la conducta de los que huían, y el
calificativo de traidor hallaba en todo lugar jueces y verdugos,
siendo el juicio tan sumario que a menudo la acusación era la
sentencia.[24]

        [24] En los días de que voy ahora hablando, fueron asesinados
        no pocos viajeros. Entre ellos cayeron don Miguel Cayetano
        Solar, ministro de Hacienda que había sido bajo Carlos IV,
        y que lejos de servir al rey intruso se venía de Madrid a
        lugares no ocupados por el enemigo, y el general don Benito
        San Juan, que había defendido el paso de Somosierra con gran
        valor, si con infeliz fortuna, abandonado por soldados cobardes
        que después figuraron entre sus asesinos. Pero a bastantes
        personas oscuras costó la vida el venir huyendo de Madrid en
        aquellas horas. De algunas supe que si no murieron, escaparon
        con trabajo de manos de la plebe, empeñada en reputar a los
        traidores porque no coadyuvaban a la resistencia heroica que
        se suponía estaban haciendo a los franceses los madrileños,
        resistencia que, bien está decirlo, era imposible, por ser
        muy otras las condiciones relativas de la capital y del poder
        que vino sobre ella que las de los sitiadores y sitiados de
        Zaragoza.

Como prueba del estado de las cosas y de los ánimos en aquellos días,
puede y debe servir la anecdotilla siguiente: Había yo llegado a
Manzanares al quinto día de mi salida de Madrid, según el modo lento
de caminar de aquella época. Deteniéndome, según uso, largas horas en
la mala posada, a poco de estar en ella y en nuestro cuarto, se nos
presentó un mozo sirviente de la casa, alto, robusto y no de la mejor
traza, a lo menos en lo tocante a la seguridad de nuestras personas,
pues su rostro y modos eran insolentes y aun amenazadores. Desde
luego empezó a hablarnos de las cosas políticas que a todos ocupaban
con empeño. «Aquí tienen ustedes, dijo, al hombre que más franceses
tiene muertos en la Mancha». Y entrando en particularidades, comenzó
a contar hechos atroces, que, según es probable, lo eran aun más
referidos que lo habían sido real y verdaderamente, porque su idea y
la de muchos era tener la más bárbara crueldad por virtud, si de ella
resultaban ser víctimas los enemigos, y la jactancia y ponderación del
delito pasaban por blasón de acciones heroicas. Así es que contaba el
alucinado mozo que entrando en un hospital de soldados franceses, había
quitado la vida a los enfermos en sus camas, y que como uno de ellos
le dijese (y le remedaba al contarlo): «_Español, agua de tisan_», él
le había respondido: «Toma tisana», magullándole los sesos. Mi madre y
yo hubimos de encubrir el horror que tal relato nos causaba, y aun de
murmurar algo como aprobación del hecho, porque en el rostro y modos
del narrador veíamos que más quería decir o hacer que enterarnos de sus
hazañas. Así fue que al cabo de una breve pausa, con gesto amenazador,
dijo: «Y aquí tienen ustedes al que ha de matar a todos los traidores».
Aunque sospechando, o, mejor dicho, viendo a qué se encaminaban tales
palabras: «Bien hecho», exclamé yo, «porque los traidores son peores
que los franceses». A esta frase mía sucedió nuevo silencio, como
si el mocetón titubease; pero al fin, descubriendo la intención que
llevaba en lo que decía: «Dicen», añadió, «que todos los que se vienen
de Madrid son traidores». Ya la acusación estaba hecha, sin rodeos.
Si yo hubiese querido argüir, estaba perdido, lo cual, a pesar de mis
pocos años, conocía, habiendo visto o sabiendo cómo pasaban entonces
las cosas. Quiso mi suerte que tuviese yo una ocurrencia acertada.
«¿Por qué han de ser traidores?», le pregunté. A lo que él respondió:
«Porque se vienen huyendo, en vez de pelear con los franceses». «¿Qué
franceses?», repuse, «Pues qué, ¿no saben ustedes aquí las noticias?
¿No han sabido ustedes que Castaños les ha dado una gran batalla en que
ha acabado con todos los que quedaban en España?». La buena nueva, dada
hasta en lenguaje que era entonces el del pueblo, llenó de alegría a
aquel feroz manchego, de suerte que solo pudo decirme: «¿Qué me cuenta
usted?». «La verdad», fueron mis palabras, «según se supo en Madrid
el día de mi salida». No cabiendo en sí de gozo el hombre, mudando ya
de parecer en punto a juzgarnos traidores, salió presuroso a divulgar
las felices noticias que yo traía. No corría yo el menor peligro
porque fuese descubierto el engaño, porque, en primer lugar, no podía
serlo en breve plazo; en segundo, quien me desmintiese no habría sido
creído, y acaso lo habría pasado mal, y, por último, aun sabido ser
incierta la gran victoria por mí contada, no se llevaría a mal haberla
yo anunciado, suponiéndose que la había creído, porque el patriotismo
consistía en decir lo más grato al soberano popular, siquiera fuese
mintiendo.

Llegado ya a los términos de Andalucía, solo encontramos un tropiezo
que podría haber sido ocasionado. Llevábamos moneda francesa, que
corría entonces en Castilla y donde quiera habían estado los ejércitos
franceses. El rey Carlos IV había hecho legal el uso de tal moneda,
y novísimamente la Junta Central había renovado el Real mandamiento.
Pero en las provincias no ocupadas, faltando la ocasión, faltaba el
caso de poner en ejecución tal providencia. Así fue que, llegados a
Santa Elena, hubo dificultad en recibirnos las piezas francesas, y
la dificultad iba tomando carácter político, pareciendo la empresa
de defender la efigie de Napoleón un tanto atrevida y arriesgada.
Por fortuna, tuve yo en el mayoral de mi coche alquilado un auxiliar
poderoso, porque en los de su clase no era uso buscar los traidores.
Y como él (según es de creer) traería moneda francesa, la defensa que
hizo de la legitimidad de este instrumento de cambio fue animosa por
lo mismo de no ser desinteresada. «¿Quién es ahora el rey de España?
(dijo); ¿no lo es el conde de Floridablanca? Pues ese manda que corra
esta moneda». Concedida su premisa, hubo de serlo la consecuencia, y ya
desde entonces no tuvimos más disputas sobre punto de tanta importancia
para viajeros.

Llegamos por fin a Córdoba, donde por tener allí familia habíamos
pensado hacer estancia, que al cabo vino a ser de cerca de dos meses.

Córdoba estaba sosegada. El primer hervor de la insurrección había
pasado allí. El saqueo de la ciudad por Dupont había dejado ira, pero
también miedo. En Córdoba se había encarnado el levantamiento en su
origen en una persona, la cual había por entonces desaparecido del
teatro, habiéndole sido adversa la fortuna: en don Pedro Agustín de
Echevarri,[25] singular personaje, no sin ribetes de locura en sus
rarezas.

        [25] Para la plebe cordobesa se llamaba Chavarría, y no gustaba
        oírle llamar de otro modo.

Por sus extravagancias había en aquella ciudad la causa nacional sido
sustentada con menos ardor que en otros pueblos por la parte entendida
y juiciosa de la población, y a la plebe que le seguía hubo de parecer
amargo que la hubiese llevado a padecer una derrota en el puente de
Alcolea, de lo cual fue consecuencia el saqueo antes aquí citado. Así
es que aún se cantaba alguna coplilla, cuya índole satírica no habría
sido sufrida en otras partes, como es la siguiente:

      Pensaban los españoles
    Cargar con toda la Francia,
    Y se vinieron huyendo
    Por la cuesta de la Lancha.

Conseguido el triunfo de Bailén, reinó tranquilidad en las provincias
andaluzas lejanas del teatro de la guerra y a las cuales solo llegaban
noticias favorables, pues nadie osaba darlas de otra especie. Por
esto a mi llegada a Córdoba lo general del pueblo, esto es, la clase
inferior de él, a la sazón predominante, no sospechaba que estuviese
en peligro de caer en poder del enemigo la capital de la monarquía.
De súbito se divulgó que estaba sobre Madrid el ejército francés.
Inquietos los ánimos, pero sin llegar la inquietud a ser alboroto, se
manifestó el justo y natural deseo de tener noticias ciertas de lo
que en los lugares donde estaba lo vivo de la guerra ocurría. Había
en Córdoba una Junta, pero de corta importancia, porque la oscurecía
la de Sevilla, a la que en cierto modo había obedecido. La Junta
cordobesa comisionó a un don N. Tenz, prebendado de aquella catedral,
y que antes había sido guardia de Corps, a averiguar lo que pasaba.
Tenz, hombre de no muchas luces naturales o adquiridas, pero tampoco
un necio, buen patricio por otra parte, y aun acalorado parcial de
la causa de la nación, se puso en camino, pero no fue más adelante
que los primeros pueblos de la Mancha, donde tuvo la fatal noticia de
haberse entregado Madrid.[26]

        [26] Llegó a dudar de que hubiese sido tomado Madrid por los
        franceses todo un Jovellanos, y eso que siendo de la Central
        sabía las cosas de oficio. Así fue que, hablando con don José
        Pizarro (después célebre ministro), y diciéndole este que había
        casi visto entrar a los enemigos cuando él salía huyendo: «Bien
        (dijo aquel varón insigne, pero crédulo); pero ¿no puede haber
        sucedido que al entrar los enemigos, un hombre singular, como
        algunos de aquellos de que habla la historia, haya conmovido al
        pueblo excitándole a levantarse, y contenido al vencedor en el
        momento de su entrada?». «¡Ah!, eso sí puede ser», respondió el
        menos crédulo Pizarro encogiéndose de hombros. El mismo Pizarro
        me contó este lance.

Siendo hombre veraz y leal, se volvió a Córdoba, cumplida fielmente su
comisión, y con dolor contó lo que había sabido. Pero encontró casi
en todos, no solo enojo, sino incredulidad completa, y aun estuvo a
pique de recibir algo más que desaprobación y reconvenciones, porque
al cabo no había llegado a Madrid, y contaba lo que le habían dicho
lenguas acaso de traidores. Se amedrentó el buen Tenz, tergiversó, casi
se desdijo, y, lo que es más, llegó a dudar si habría sido engañado.
Vino a ser opinión común que Madrid seguía resistiendo al enemigo,
y esta opinión, si bien vacilante, reinó todo diciembre y aun buena
parte de enero. Al propio tiempo corrían otras noticias contrarias a
tal opinión, y corrían con valimiento, sin que en lo contradictorio se
reparase. Napoleón había sido rechazado del puerto de Guadarrama, en
parte por las nieves, en parte por un ejército imaginado, no se sabía
si inglés o español. Napoleón andaba errante: aun sonó que se había
refugiado a la Cartuja del Paular, y no faltó quien afirmase que allí
había caído prisionero. Burlones malignos, ya por ser parciales de
los franceses, o ya por divertirse, se complacían en añadir ridículas
circunstancias a las relaciones corrientes, de modo que hubo quien
afirmó haber sido preso Napoleón disfrazado de monje en el coro de la
misma Cartuja.

No llegó la credulidad a punto de recibir como verdades tales desatinos.

En tanto, la Junta Central se había establecido en Sevilla,
encargándose del gobierno supremo de España. Nadie se le disputó a las
claras; pero algunas provincias apenas la reconocieron por potestad
soberana, quedando varias de ellas en obediencia imperfecta. En cuanto
al grande asunto de la caída de Madrid, calló la Junta, no publicando
en la _Gaceta_ lo que sabía de oficio sobre tal acontecimiento hasta
cerca de dos meses después de ocurrido.

Así no presentaba Córdoba, hasta que salí yo de ella al ir terminando
enero, cosa alguna que pudiese llamar la atención, dando materia a
observaciones. Otra cosa debía suceder en Cádiz, adonde llegué cuando
iba a entrar febrero. Pero lo que más me admiró fue que, al llegar a
las puertas de la ciudad, como al presentar nuestros pasaportes se
viese que procedíamos de Madrid, aunque salidos de aquella población
en noviembre, se nos preguntase, como si fuese todavía casi dudoso, o
como si nosotros, al cabo de dos meses de residencia en una provincia,
pudiésemos saberlo como testigos presenciales, si eran o no real y
verdaderamente los franceses dueños de la capital de la monarquía.
No estaban, con todo, tan ignorantes de lo que pasaba los habitantes
de una ciudad que, si contaba a la sazón pocos literatos, no dejaba
de tener por moradores a muchos hombres de algunos conocimientos y
de buen juicio. Y, sin embargo, tan culta ciudad iba a ser en breve
teatro de un alboroto vergonzoso, mal descrito por todos cuantos de él
han hablado, entre otros por el conde de Toreno, a quien hubieron de
engañar falsos informes: el alboroto de febrero de 1809, acompañado
de un asesinato, y señalado por circunstancias de ridiculez tal, que
en tal ciudad, según había aparecido antes y apareció después, parece
increíble.




VII.

UN TUMULTO EN UNA CIUDAD DE PROVINCIA EN 1809.


Cádiz en 1809 era entre las ciudades de España una de las de más
cultura. Hoy, si no ha decaído, apenas ha adelantado, siguiendo casi
estadiza cuando otras han ido progresando, y ella hasta en ciertos
puntos perdiendo algo en vez de ganar, si bien hay otros en que ha
mejorado, viéndose allí, como en todo, la compensación inseparable de
las cosas humanas. En esto último, o digamos en la parte de ganancias,
debe contarse el cultivo del entendimiento, señaladamente en materias
literarias, ramo por aquellos días allí muy descuidado, llegando a
parecer hasta ridículos unos pocos, poquísimos jóvenes, que teníamos
pujos de literatos y remedábamos a los escritores de la vecina Sevilla.
En la parte de lo perdido merece contarse el excesivo aseo, el cual, si
hoy se conserva, no está en el punto a que había llegado entonces, y el
general aspecto y modos de los gaditanos, cuyo traje y usos más tenían
de extranjero que de andaluz, o aun de español, salvo en las mujeres
que, al revés, conservaban el vestido nacional en su pureza. Lo que
era muy de notar entonces en aquella ciudad, con razón calificada de
emporio, era la falta de vulgo, esto es, de vulgo insolente y soez, y
de ello aun hoy bastante queda. Y no obstante esto, había sido en Cádiz
feroz, como en otras poblaciones de España, el alzamiento popular,
haciéndose más notable la ferocidad por lo ilustre de la víctima en que
dio prueba de sí: el general don Francisco Solano, marqués del Socorro
y de la Solana, bárbaramente asesinado, después de haber llevado y
sufrido con heroica fortaleza horrorosos tormentos. Nada parecía más
ajeno de la índole y costumbres de los gaditanos que los movimientos
populares, y, con todo, el de últimos de mayo de 1808 (según relaciones
fidedignas, porque yo no lo presencié) a ninguno de otro pueblo
había quedado inferior en violencia. Había habido en él asimismo una
circunstancia singular. Aunque los gaditanos, como todos los españoles,
eran buenos cristianos, tenía su piedad religiosa otro carácter que el
de los pueblos de tierra adentro, no dejándose sentir, a lo menos en
lo aparente, en Cádiz el influjo del clero, particularmente el de los
monacales. Pero cuando pereció Solano, y quedó señoreada de la ciudad
la enfurecida plebe, con armas arrancadas del parque en las manos de
gente de la cual era muy de temer que hiciese de ellas mal uso, hubo de
apelarse a un singular remedio para recoger aquellos instrumentos de
daño, y fue que se encargasen de hacerlo los capuchinos. Me contaban
(mas yo, como aquí dejo dicho, no lo vi, por estar a la sazón en
Madrid) que era curioso espectáculo el de aquellos religiosos (cuyo
hábito distaba más del vestido común que el de los frailes de otras
órdenes, y por lo mismo les daba un carácter extraño), con grandes
canastas o cestos llenos de fusiles, pistolas y sables que les
entregaban, soltándolo todo de buena gana los que de ello se habían
hecho dueños. Resultó de esto conseguir los capuchinos, si bien por
breve plazo, una prepotencia en Cádiz que nadie les disputaba, ni aun
otros miembros del cuerpo del clero secular o regular, y ciertamente
no los militares ni los empleados civiles. No son ajenas estas
particularidades al suceso del tumulto de febrero de 1809, principal
asunto del presente artículo, destinado a poner recuerdos de lo pasado
a la vista de la generación presente.

Pero el influjo de los capuchinos estaba, si así puede hablarse,
latente y para aparecer solo cuando la necesidad de algún caso hacía
necesario u oportuno su uso. Otra cosa daba más en rostro en Cádiz, y
era ver la población armada formando una milicia muy semejante a la
que después con el nombre de nacional, y siendo remedo de la francesa,
ha existido en las poblaciones de España, útil por demás a veces, y en
alto grado; en otras ocasiones en no menor proporción perniciosa; digna
de alabanza y de censura; lo primero, por sus hechos patrióticos; lo
segundo, más por su yerro que por su culpa de intención; instrumento,
no para afianzar la libertad, sino para sustentar un partido; casi
necesario en una guerra en lo interior de un Estado cuando es forzoso
no tener ocupado el ejército en guarnición de plazas no amenazadas de
cercano peligro. En Cádiz, desde muy largo tiempo había existido la
llamada milicia urbana, pero existido más en el nombre que de hecho,
y con oficiales más que con soldados, y venida a ser hasta objeto de
risa, pues era conocida con el nombre de regimiento de la _Pava_.[27]

        [27] De la antigua milicia urbana fue aprovechada una parte,
        que fue la de los artilleros, servicio que lo era exclusivo
        de los gallegos, los cuales abundan en Cádiz, siendo de esta
        provincia todos los mozos de cordel o esquina, y gran parte de
        los criados.

        Los artilleros gallegos hicieron buen servicio durante el sitio
        de Cádiz, y destinados a un lugar de algún peligro, como era el
        del castillo de Puntales, no pocos de ellos perdieron allí la
        vida. Bien está pagarles este leve tributo en recompensa de sus
        ignorados méritos y sacrificios.

El gran movimiento de 1808 pedía cosa más viva que poner en pie aquel
casi cadáver. Cádiz, que envió un número muy crecido de voluntarios
a los ejércitos, quiso además que acudiese a la campaña la un tanto
numerosa fuerza que la presidiaba, y como plaza tan fuerte no podía
quedar desamparada, aun estando lejano el enemigo y cercanos los amigos
ingleses dominando los mares, discurriose hacer un cuerpo militar del
vecindario. A formarle concurrieron todos alegremente y con celo.
Nacieron al momento seis batallones numerosos, cuatro de ellos remedo
de la infantería de línea; dos de la ligera. Voluntarios de Cádiz era
su nombre: a poco, y cabalmente por el suceso que voy aquí a narrar,
se le confirió por el Gobierno supremo el de voluntarios distinguidos;
pero el uso común era nombrarlos por un apodo o mote: el de guacamayos
y cananeos. Cuadraba a los primeros la calificación del vistoso
pájaro de la zona tórrida por la naturaleza de su uniforme, que era a
imitación de los del ejército inglés; casaca encarnada, cuello, vueltas
y solapa verde con un ligero bordado en el primero, pantalón blanco
y sombrero de picos, que así se decía el antes por su figura dicho
de tres picos, y hoy, por atroz galicismo, hijo de crasa ignorancia,
dicho por algunos españoles _tricornio_,[28] y con más propiedad, si
bien con frase nueva, señalado como sombrero apuntado.[29]

        [28] Siendo demasiado vistoso, y también costoso y estorboso el
        uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el
        servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios
        de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes:
        casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y
        vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y
        de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón
        blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque
        entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados
        de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas
        cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan
        inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra
        parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de
        Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados
        no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de
        quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del
        Directorio, o del Consejo de los Quinientos.

        [29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra
        los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no
        sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy
        corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas,
        sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto
        sucede a los que traducen _tricorne_ por _tricornio_. Llamaban
        los franceses _chapeau à trois cornes_ a lo que nosotros
        sombrero de tres picos. _Corne_ en francés es, pues, _pico_ en
        castellano, tratándose de sombreros. _Tricorne_ es abreviación
        de _trois cornes_, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o
        parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque
        sería voz ridícula que sonaría como cosa de _tripas_. De todos
        modos, como _cornio_ en castellano no es pico de sombrero,
        es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin
        esperanza de corrección en los tricornistas.

A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no
valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de
la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de _canana_,
que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de
aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color
a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después
_chacó_, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al
afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante
elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es
argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro,
y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen
servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con
exceso.

En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y
viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso
de haber quintas, tocaba entrar en sorteo, y otros que no estaban en
igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos
mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no
todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.

Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que
había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los
entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no
lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no
se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en
abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta.
Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía
estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal
excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los
gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como
contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios
estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el
enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron
en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas
correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro,
y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser
soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen
afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra
voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a
salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme
desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos
de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con
los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer
los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a
campaña daban crédito aparente al desagradable rumor, por lo mismo que
no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.

Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con
no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal
de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre
alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto
desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central,
de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios
abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al
parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible
entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran
señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban
en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares
con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos,
y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la
nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría
decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como
reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la
gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su
modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si
bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios
privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo
arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no
alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las
leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco
a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no
fueron la causa principal que los trajo.

En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera
del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. Del
ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos
extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la
deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo
bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un
pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales
pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos
se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien
esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia
propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los
polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón,
si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más
nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de
los invasores.

De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos
batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar
a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de
la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el
disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto
de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la
sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera
abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.

La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas
para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de
desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido:
los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos
(a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos,
y habiendo de estos una clase con el nombre _polacras_, llamaba
_polacros_). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en
los puntos capitales; merecía a veces aprobación y la conseguía, pero
no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto
popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas
juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De
todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los
_polacros_, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se
hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de
un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes
de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor,
acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver,
a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por
los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron
en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde
venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era
necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad
con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse,
una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el
arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada
por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había
comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los
franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear
a Cádiz.

        [30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy
        propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de
        Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de
        San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de
        Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un
        brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía
        nombre.

Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta,
y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual,
había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel punto, le
encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó
ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue
que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así
fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con
furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando
se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden,
despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado
cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la
hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No
se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena
hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En
esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno
de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular,
nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa
aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar
pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues
los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho,
pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los
agresores.

Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose
la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los
vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron
la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel
número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin
resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió
el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba
a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de
los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la
persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores
del tumulto, no aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes
le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa
encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir
en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así,
protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre
sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta
depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese
completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el
convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el
vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y
quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del
marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las
leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad
y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en
la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no
estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo,
militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa
de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia
oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado,
pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba
asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa
sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados
su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad
quedó anulado.

Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna,
con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las
casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía.
En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.

En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin notable mudanza.
Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones,
faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen.
Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N.
Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz
hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo
forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase
algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el
pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles
_polacros_, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en
cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía
de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con
razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir,
porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida
estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin
ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado,
y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus
perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó
horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada
hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho,
si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el
nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección,
hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos,
llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella
orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde
entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un
estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo
de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose
traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza
la más interesada en que no dominasen los franceses, y tal pareció
un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y
traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos
de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido
hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes
dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero
secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia
estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no
favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo
pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como
suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino,
si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y
aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de
Cádiz a los enemigos.

No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen
guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción en breve plazo, no
deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador
militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona,
y esta de la clase de los oficiales generales.

        [31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos
        sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se
        refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una
        grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre
        general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España
        antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar
        en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general,
        deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que
        él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de
        Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde
        lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta.
        Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó
        también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos.
        Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner
        en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso,
        pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el
        guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía
        y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o
        el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma
        respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con
        bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el
        hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta
        necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez,
        este lance.

No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de
Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto
punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya
dictase tal conducta el error, ya el disimulo.

A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el
dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello
por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo,
o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus
principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués
del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con
palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad
en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron
presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos
instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de
Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito,
pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión,
y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes
del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no
volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en
ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida
regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio
para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad
era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los
renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.

Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo
el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el
mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y
multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero
reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de
tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras
tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios
siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y
sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió
aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni
cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año
de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le
consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de
fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no
leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso
poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento,
sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta
llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en
cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los
sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente
artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos
conservo no serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los
recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento,
si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.

        [32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su
        clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos
        ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella
        población durante la guerra de la Independencia. El autor de
        este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido
        por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común
        erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción
        y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales
        conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas
        al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como
        hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido.
        Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la
        erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos
        de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero
        no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de
        entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores.
        Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles
        los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas
        de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican
        los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa
        más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.




VIII.

CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.


No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me
propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia
en una plaza fuerte, verdaderamente asediada y combatida, como una
situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas
memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la
vista de la generación presente algunas escenas del singular drama
que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta
costa, el ejército enemigo, dueño ya, aunque no bien asentado en
su posesión, sino muy al contrario, de las tres cuartas partes del
territorio español, y representante del poder del imperio francés bajo
el varón más sin igual que vieron todas las edades. Fueron los actos
de heroísmo nada escasos en la guerra que sostuvo España en desagravio
de su honor ofendido y en defensa de su independencia, pero de estos
no hubo de caber parte a los vecinos de Cádiz, si bien muchos de
ellos se señalaron en la campaña, porque su ciudad, protegida por la
naturaleza, les facilitaba resistir sin estragos ni graves peligros.
Así, mal puede llamarse sitio o aun bloqueo lo que hacían los franceses
respecto a la desde entonces llamada isla gaditana. La relación de
unos con otros beligerantes en aquellos lugares, desde febrero de 1810
hasta agosto de 1812, creó un estado anómalo, compendiando o abreviando
a España hasta tenerla encerrada en reducidísimos límites, pero sin
quitar el carácter de la potencia España a aquella cortísima porción
de su territorio. Por esto, cuando los sitios afamados de Zaragoza
y Gerona, y aun los menos célebres, pero dignos de recordación y
alabanza, de Astorga, Ciudad Rodrigo, Tortosa, Tarragona y algunos
más, trajeron a los sitiados horrorosos males, donde fue probado su
heroísmo, a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad
de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los
fuegos de un contrario poderoso.

Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que
soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. No puede afirmarse
qué habrían hecho los gaditanos puestos en grande apuro, y sujetos
a los más duros rigores de la guerra; pero lo que les tocó hacer lo
hicieron bien, portándose como buenos españoles. Ya en otro lugar de
estos recuerdos he contado que dieron a los ejércitos una buena suma
de voluntarios, y también he referido que el batallón de tiradores
de Cádiz, compuesto si no todo de gaditanos, de moradores de aquella
ciudad y sus cercanías, hizo en Lerín, en octubre de 1808, una gloriosa
defensa, cabalmente en los días en que, amortecida la llama que tanto
brilló en los primeros sucesos del alzamiento, y tanto estrago causó en
el enemigo, empezaba la época de los reveses, no sin mengua del crédito
de nuestros soldados. También he dicho que todo había sido paz y
sosiego en Cádiz desde febrero de 1809 hasta ir a terminar el enero del
año siguiente. Pero entonces, invadida la Andalucía con resistencia
cortísima de nuestras escasas y desalentadas tropas, venían con gran
poder sobre Cádiz los franceses. Suya era casi toda España: fuera de la
Península ibérica no contaba el emperador francés con un solo enemigo
en el continente. Por un momento parecía como que flaqueaba en los
españoles el propósito de resistir a todo trance al invasor, dado que
la resistencia solo podía parar en ser vencidos y al cabo sujetos. Sin
embargo, nadie pensó en Cádiz en abrir las puertas a los a la sazón
vencedores. Resistir era tenido por cosa precisa y como natural.

Uno de los graves inconvenientes con que se hacía necesario luchar
era con la falta de Gobierno. Verdad es que el de la Junta Central,
por un año establecida en Sevilla, había decretado trasladarse a la
isla de León; pero la Junta Central había caído en sumo desconcepto,
por cierto no merecido, a lo menos hasta el punto a que había llegado
en aquella hora. Sabíase confusamente que en Sevilla un medio motín,
con pretensiones de revolución, había sustituido al malaventurado y
desconceptuado Gobierno que lo había sido de España el de la antigua
Junta de provincia, reforzada con algunos personajes malcontentos e
inquietos; pero el recién formado o resucitado cuerpo era a modo de
fantasma o visión, que a soplo mucho menor que el del furioso viento
que todo lo iba barriendo y desbaratando, debía desaparecer resuelto
en humo o niebla. Cádiz no hizo caso del recién nacido poder, ni del
antiguo, que reputaba difunto, y apeló al recurso de aquel tiempo,
en que era fácil y común nombrar gobierno creando una Junta. De ella
hizo cabeza el que era gobernador militar y político de la ciudad, el
general don Francisco Javier Venegas; militar antiguo, general que
había mandado con varia fortuna, literato, caballero cumplido con mucho
de cortesano, aunque poco había vivido en la corte; hombre, en fin,
de los que aciertan a ganarse las voluntades. Los demás de la Junta
fueron nombrados por un método regular y por elección indirecta, que
era lo que privaba entonces, o, digamos, el único sistema electoral
conocido.

Sentado ya que había de resistirse y nombrada Junta, la cual, por
supuesto, a ninguna autoridad superior obedecía, a lo menos en algún
tiempo, quedaba y era urgente llevar el propósito a efecto.

Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de
defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran
inexpugnables. Ya había pasado por tal Despeñaperros, y acababa de
desmentirse su alto concepto; pero un caso no probaba contra otro;
sucediendo, como en otros lances de la vida pública o privada, ser vana
en su significado la palabra escarmiento, no solo en cabeza ajena,
sino a menudo hasta en la propia. En cuanto a la ocasión de que voy
hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar
con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo
que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas
pantanosas, donde solo puede andarse por angostísimos pasos conocidos
solo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien
temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía
de todo ello, no si razón, pues acreditó después la experiencia ser
muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos
por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la
guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos,
aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie.
Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta
pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante
treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de
modo tal, que la vida allí vino a ser, no meramente tranquila y cómoda,
sino agradable y divertida. Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza
que había en Cádiz y la isla de León comenzó a prepararse la defensa.
De la del puente de Suazo no trató inmediatamente el vecindario de
Cádiz, dejándola a cuidado de la autoridad militar entonces obedecida.
Pero las inmediaciones de la ciudad podían ser puestas en estado de
buena defensa, construyendo y asimismo derribando lo necesario a
dificultar su empresa a los sitiadores que se veían en perspectiva.
Tenía Cádiz, y tiene otra vez hoy, fuera de la punta de tierra, por
donde solo puede ser atacada, buen número de casitas y jardines, pobres
o chicos, aunque aseadas y bonitas las primeras, áridos los segundos, a
los cuales envía de continuo el mar grandes cantidades de arena, cuya
humedad salitrosa en breve desaparece, volviéndose seca y enemiga de
la vegetación, aunque no a punto de destruir la que existe, pero sí
de dejarle poca belleza o frescura. Estos edificios era forzoso echar
por tierra, dejando llano y liso el terreno donde, llegando ocasión de
ello, pudiese jugar bien la artillería de la plaza. Aun antes de venir
a caso tal, convenía detener al enemigo agresor, y particularmente en
lugar tan distante que desde él no pudiese mortificar al vecindario
y destruir el caserío, arrojando a la ciudad bombas. Para ello había
sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura que ya he descrito en
otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella
desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada
la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento
de los _polacros_. El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte
de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había,
faltando aún el terraplén o piso de la muralla.

A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de
Cádiz, quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de
ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo
él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones
semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase
en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para
alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan copias los
enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos,
asidos de gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a
ser derribadas, y en breve las igualaban con el suelo, entre risas y
pullas de las que solían usarse con los de su hábito, a los cuales a
un tiempo, con notable contradicción, se tributaba respeto y se hacía
objeto de sátira, a veces grosera, mientras ellos, acostumbrados a
recibir tiros de saetas sin punta y arrojadas sin intención de dañarlos
menoscabando su poder o influencia, correspondían de buen humor con
dichetes iguales a los de que eran objeto. Hombres de todas las
edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la
vida social cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano
en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior
clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre,
tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de
habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque
en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros
a costa de salir con los brazos, si no lastimados, doloridos.[33]

        [33] Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar,
        formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a
        la tertulia de la marquesa de Casa-Pontejos, madre de la
        excelentísima señora marquesa de Miraflores. Eran estos, entre
        otros, el duque de Híjar (Agustín), poeta si no de gran mérito,
        no del todo malo, y regular literato; el actual duque (entonces
        conde de Salvatierra); el conde de Casa-Tilly (después marqués
        de Iturbieta); el que llevaba por su mujer el título de
        Casa-Pontejos; don Fernando Silva (no el afamado corregidor
        de Madrid, don J. Vizcaíno), y algunos más hoy borrados de mi
        memoria, y todos, menos el duque de Híjar y yo, salidos ya
        al teatro del mundo. ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de
        mano a mano las espuertas de tierra, y las contábamos para
        gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el
        pisón, pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y
        tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una
        enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para
        reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas,
        de palo, pero limpias y cada día nuevas.

Duró cosa de una semana este trabajar de todos sin orden ni regla,
pero al cabo del breve plazo que acabo de decir, entró un arreglo
dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para
el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase a
hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba
algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante
algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la
tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien
por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y por otra parte
quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro
era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés, salvando
la independencia de España y, aun bien puede afirmarse sin jactancia,
por consecuencia de la de España la de Europa, rescatando gobiernos y
pueblos la que tenían perdida.

Mientras se trabajaba en la Cortadura, y era esto el principal
entretenimiento de los gaditanos, la inesperada aparición del duque
de Alburquerque con su división, con dar guarnición suficiente a las
líneas del brazo de mar que va desde la _Carraca_ a _Sancti Petri_,
aseguró la posesión de la empezada a llamar isla gaditana a los
sustentadores de la independencia.

No es asunto de las presentes páginas contar de nuevo la historia de
aquellos días, referida ya por mejor cortadas plumas, y hasta por
la misma, tosca y pobre como es, de que salen estos renglones. En
ellos me propongo solo decir lo que a la historia no compete, por ser
demasiado humilde; lo que han callado quienes lo vieron; aquello de que
hoy existen pocos que hayan sido testigos presenciales; pocos, y que
parecemos ruinas en pie, pero en quienes no está mal, cuando podamos,
que hablemos, pues no somos piedras, y que presentemos a la generación
presente algunos cuadros de costumbres donde conozcan las de sus
abuelos.

No obstante estar preparados a todo, la aparición de los franceses al
frente de Cádiz no dejó de producir un efecto desagradable, o, cuando
menos, solemnemente triste. Era el día 5 de febrero. Brillaba, como
suele allí casi de continuo, el sol, siendo no infrecuentes, pero sí de
corta duración, los nublados; y la atmósfera, pura y despejada, rival,
si no superior a la de Madrid en sus bellos días, permitía ver los
objetos distantes con claridad asombrosa.

En la expectativa del poco grato espectáculo cuya aparición era segura
y se veía próxima, estaban los moradores de Cádiz, armados muchos de
ellos con anteojos, poblando torres y azoteas, y la muralla que mira al
norte, clavada la vista en la contrapuesta costa, y de ella en el punto
llamado de Buena Vista, por donde es el camino de Jerez al Puerto de
Santa María, principal medio de comunicación de lo interior de España
con las poblaciones que rodean a Cádiz. De repente se divisa polvo:
a poco aparecen tropas de caballería, reflejando un tanto la luz del
sol las capas blancas y cascos de acero de los dragones franceses que
venían delante de las demás tropas de su nación, en ordenanza como de
quien no espera tropezar con oposición alguna inmediata. Singular cosa
era ver aquella gente, a la par odiosa y temible al pueblo español, y
verla sin recelo, aunque no para recibirla como a amiga; efecto ello de
la disposición de aquellos lugares. Así es, que si nadie los vio con
gusto, no hubo quien los viese con miedo, y hubo de suceder, aun a los
tímidos, lo que al cordero de la fábula, que en el bien guardado redil
hasta llegaba a echar fieros y retos al lobo.[34]

        [34] No esta de más repetir aquí la noble y sencilla respuesta,
        dada por Cádiz a la intimación hecha por los franceses para
        que se sujetasen a José Bonaparte: «La ciudad de Cádiz, fiel
        a los principios que ha jurado, no reconoce otro soberano que
        al señor don Fernando VII». Y tampoco parece excusado renovar
        aquí la memoria de los agravios y calumnias de la historia de
        _El Consulado y el Imperio_, de M. Thiers, que en lo referente
        a otros pueblos que al francés, no pasa de obra de invención.
        Dice el calumniador de España que los habitantes de Cádiz, muy
        confiados en la fuerza natural de su ciudad y en el apoyo de
        las tropas inglesas, dieron suelta a sus pasiones, _opusieron
        insultantes bravatas a las intimaciones de los franceses, y
        anduvieron alborotados, divididos, mofándose unos a otros, y
        todo ello impunemente_. A esto hay quien llame historia, e
        historia exacta e imparcial. Bien que ya va despertando el
        mundo en cuanto a la obra de Thiers. Los ingleses, que la
        llevaron con paciencia, comienzan a probar sus falsedades.
        Hasta hay ya franceses que la censuran con rigor. Y es de creer
        que se arrepientan de haberla alabado como imparcial y verídica
        españoles a quienes alucinó su indudable gran mérito; mérito,
        sin embargo, oscurecido por gravísimas faltas.

No tardaron los franceses en acercarse al puente de Suazo. Entonces
empezó a correr la noticia de que, adelantándose a reconocer las
baterías, algunos pocos dragones hubieron de aventurarse a pisar el
terreno de las salinas, en el que se hundieron caballos y hombres hasta
quedar sepultados, lo cual se celebraba con risadas, ponderándose el
apuro que debieron tener al ir hundiéndose en el fango con la ferocidad
con que celebra la pasión la desventura de un contrario aborrecido.
No sé si fue cierto este suceso; pero bien pudo, y, fuese o no
verdad, sirvió para confirmar en la opinión de que era aquel terreno
intransitable, dando a los que estaban detrás de él seguro amparo.

A pocos días ya no fue el puente de Suazo el límite entre el reino
que dominaba el intruso José y el que reconocía por rey al cautivo
Fernando. El duque de Alburquerque salió de la isla de León, y ocupó
un puesto que dista de ella sobre un cuarto de legua, donde había un
portazgo, y que estaba vecino al caño de Zurraque. No sé por qué no
le disputaron la posesión de tal punto los franceses. Ello es que,
teniendo condiciones para la defensa iguales a la del puente mismo,
y además la ventaja de ser punto más avanzado, se plantó allí una
batería llamada del portazgo, la cual no fue ni siquiera formalmente
atacada por el enemigo durante los treinta meses que siguió al frente
de aquella España en compendio, y el poder que se dilataba hasta las
riberas del Báltico hubo de respetar aquellas obras de pobre aspecto,
pero de verdadera fortaleza.

Quedó, pues, la isla de León segura a la par que la ciudad de Cádiz.
Así es que en ella murió legalmente la Central e hizo su testamento,
instituyendo por heredero al Consejo de Regencia. Allí se estableció
este y tomó el carácter de Gobierno Supremo de España, sin que se le
negase Cádiz, aunque por lo pronto no se le reconociese del todo,
siendo objeto de su amor exclusivo, cuando el amor no era corta parte
del poder de la autoridad, su nueva Junta.

La isla de León vino a ser para los gaditanos lo que para Madrid un
Sitio Real cuando en él residía la corte, lugar donde era común,
y con frecuencia necesario, ir para negocios, y asimismo a veces
para diversión y recreo. El camino estaba en buen estado, y era
completamente seguro, pues ni aun cuando pudiesen alcanzar allí los
fuegos de los franceses, malgastarían ellos su pólvora o municiones en
disparar a blanco incierto, donde, aun acertando un tiro, sacarían de
esto muy escasa ventaja.

Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones
asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la
carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de
lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. Estando aliados los
españoles con los ingleses, participaban de la dominación de estos
en el mar para traficar en toda clase de géneros. Galicia, libre de
franceses desde junio de 1808, y nunca vuelta a ocupar por ellos,
aun cuando se enseñorearon de poco menos que toda España, enviaba
a sus hermanos de la isla gaditana los abundantes productos de sus
árboles, pastos y corrales; los otros pueblos de la costa de España,
especialmente los de Andalucía, no bien salían de ellos los soldados
franceses, que mal podían estar en todas partes de continuo, cuando se
ponían en comunicación con la España de que eran parte, la cual existía
allí donde estaba el Gobierno nacional, o, digamos, donde se reconocía
estar la cabeza del cuerpo moral llamado patria, cuerpo cuyos miembros
bien podían estar en sujeción al titulado rey José, pero que siempre
se miraban y en efecto eran partes de un todo que no podía dominar la
fuerza material, porque estaba por su índole fuera de su jurisdicción o
de sus alcances. Así es que, como dos meses después de formalizado el
bloqueo, que solo lo era por la parte de tierra, llegaron los alimentos
a un precio razonable, manteniéndose el importante artículo de la carne
de vaca a seis reales la libra de 32 onzas, y las demás carnes y pan en
proporción a esto, y abundando las verduras, frutas y otros regalos.
Los aljibes provistos de agua llovediza, que es delgada y sin sabor,
bastaron a impedir que hubiese sed, sirviéndoles de suplemento algunos
pozos, cuyo contenido, si menos grato, por ser el agua algo menos
delgada, nada tenía de salobre.

Hostilidades apenas había. Las escuadras inglesa y española surtas en
la bahía, y más aún las numerosas lanchas cañoneras de ambas naciones,
disparaban a veces a los enemigos situados en la costa opuesta.
Asimismo, en las líneas alguna vez se hacía fuego; pero tan inútil uso
de pólvora y el no más provechoso sacrificio de algunas vidas, nada
podían influir en el éxito de la contienda pendiente.

Un suceso desagradable interrumpió, si no del todo o en todos, el
sosiego material, o el del espíritu en aquel periodo. Pocos días
después de haberse presentado delante de Cádiz los franceses, y en
los primeros días de marzo, en que acertó a ser el Carnaval (del 4
al 6), rompió un furioso temporal del S al SO tal, que recordó a los
gaditanos el que siguió inmediatamente al combate de Trafalgar, al
cual superó en violencia, aunque no en duración, no habiendo este
último excedido del término de tres días. Hasta a los acostumbrados
a escena tan aterradora como lo es la que presenta la casi aislada
Cádiz cuando, movidas las olas por un viento parecido, aunque no
igual, al huracán, amenazan tragarse aquella tierra baja, expuesta a
los efectos de su furia, horrorizaban el ruido del mar y del viento,
la atmósfera cargada de nubes, la espuma marina cayendo a la par
con la lluvia, los edificios estremeciéndose a los recios embates
a que oponían resistencia, al parecer, si bien no en realidad, por
demás flaca y precaria. A los venidos de tierra adentro hubo de ser
objeto de pasmo y terror espectáculo tan horrible y grandioso. En
medio de él, dos de las reliquias de nuestra antigua marina, y de
estos uno el navío de tres puentes de más porte entre los de nuestra
Armada,[35] fondeados en paraje poco seguro, porque en lo interior
del puerto habrían sido molestados y aun destruidos por los fuegos de
los franceses, garrándoles las anclas o rompiéndoseles los cables, se
fueron con mediana rapidez, pero con inatajable curso, hacia la costa
donde estaba el enemigo.

        [35] _La Purísima Concepción_.

Fue imposible socorrerlos, y llegando casi a dar en tierra, fueron
desamparados e incendiados. Aumentaba la pena ver lo irreparable de la
pérdida, porque no era tiempo de pensar en construir buques nuevos.
Algo pudo mitigar el dolor considerar que lo que entonces hizo el furor
de los elementos lo habría venido a hacer en no largo plazo la misma
naturaleza por otro medio, causando en los viejos cascos la podredumbre
que trae consigo la muerte.

Mediando abril, una mañana empezó a ensordecernos y hasta a conmover
la tierra un espantoso ruido. Las cañoneras, los navíos, nuestras
baterías, las enemigas habían roto un fuego vivísimo y continuado.
Decían los viejos acostumbrados a la guerra que nunca desde el día en
que combatieron con feliz éxito a Gibraltar las baterías flotantes
habían oído los hombres tronar a un tiempo tantos cañones de tan
gruesos calibres. Pasmoso era el efecto que producía; pero, si causaba
dolor considerar que una grande efusión de sangre acompañaba aquel
estruendo (punto en el cual hubo de ser exagerada la suposición, pues,
como sucede en casos tales, no correspondió el estrago al ruido), no
hubo asomo de temor en cuanto a la seguridad de Cádiz o de la isla; tan
firme era la persuasión de ser inexpugnables las líneas, y estar, por
consecuencia, en completa seguridad la plaza, o digamos la ciudad de
Cádiz.

Un inconveniente de mediana gravedad resultó de aquel tremendo cañoneo.
Se perdió en él Matagorda, castillejo que mal podía conservarse,
quedando los franceses dueños de ambos lados de la boca del después
afamado canal o caño llamado el Trocadero, cuando antes lo eran de
uno solo. De resultas quedó insegura por demás para nuestros buques
la parte interior y abrigada de la bahía,[36] y aun casi cortada la
comunicación por mar entre Cádiz y la isla de León, antes, si no tan
segura, tan frecuente como la de tierra.

        [36] Quizá con alguna inexactitud doy el nombre de bahía al
        puerto de Cádiz. Pero hablo como suelen mis paisanos, que así
        le llaman, diciendo los de la clase ínfima _la badía_. El
        puerto allí es el de Santa María, o digamos, la ciudad de este
        nombre. Sin embargo, se dice la boca del puerto a la entrada
        del de Cádiz.

Otro mal resultó de la pérdida de Matagorda, que entonces no se
preveía, y fue que desde el cercano lugar llamado punta de la
Cabezuela, pudieron los enemigos arrojar granadas a la ciudad de Cádiz,
reputada hasta allí, y con razón, fuera de tiro, según lo que alcanzaba
la ciencia teórica y había acreditado la experiencia.

Pasado el susto o desabrimiento que trajo consigo la pérdida de
Matagorda, volvieron las cosas a su estado ordinario. No era este
todavía de tanto entretenimiento y recreo como llegó a ser en 1812,
cuando fue compensada, como después diré, la incomodidad de las bombas
con la multiplicación de las diversiones. Aún no estaba abierto el
teatro, que lo fue mediando 1811. Encerraba Cádiz muchas personas
de alta categoría, o por su cuna, o por su dignidad, adquirida en
el servicio público en una larga carrera. De estos muchos dueños de
pingües y aun cuantiosísimas rentas, pero cuyo caudal consistía en
tierras, como estas, estuviesen a la sazón en país ocupado por el
enemigo, cobraban poco y mal, cuando cobraban algo. Quienes vivían
de sueldo también recibían mermados o con irregularidad los suyos.
Pero había conformidad, porque el mal de muchos no es, como suele
decirse, consuelo solo de los tontos, sino que lo es asimismo de los
entendidos. Las costumbres hubieron de resentirse de la situación, y
España, donde el poder era desde tiempo antiguo democrático, pero la
sociedad no, encogida en el recinto de Cádiz, se amoldó a los usos de
aquella ciudad, donde reinaba la igualdad, pero donde también brillaba
entonces hasta un grado considerable la buena crianza. Era la política
el principal alimento de la conversación; pero la política para las
más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de la
guerra, pues antes de juntarse las Cortes las cuestiones políticas
sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la
atención, de escaso número de gentes eran conocidas.

La calle Ancha, por las mañanas, la inmediata plaza de San Antonio,
cuando era posible pasear en ella al sol, o, según la frase española,
que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda,
pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de
gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino
por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el
gentío de ociosos de buen porte que a la hora antes indicada charlaba
y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al
sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del
mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general
de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre _la
olla_, pero sin añadirle el epíteto de _podrida_, que solo a ciertas
ollas cuadra.

Trasladado en mayo el Consejo de Regencia de la isla de León a Cádiz,
tuvo algunas, pero pocas, creces el vecindario; pero la isla de León,
convertida en mero puesto militar, no dejó de seguir animada, por
ser numeroso el ejército que allí tenía su cuartel general, del cual
eran parte las tropas aliadas inglesas, y un regimiento portugués, y
además porque residía todavía en aquella población alguna oficialidad
de marina, a lo cual se agregaba haber ido a establecerse en el mismo
lugar unas pocas familias a quienes parecía mansión estrecha la de
Cádiz.

La vida así pasada era uniforme, y si libre de sustos, no ajena de
fastidio. Pero llegó el día de abrirse las Cortes, con lo cual quedó
abierto campo a la actividad individual, o, dicho con más propiedad,
a la del pensamiento; y con avivarse las facultades vinieron a pedir
más alimento, y, de resultas de ello, el cuerpo de la sociedad,
sintiéndose más fuerte, buscó y encontró con qué ejercitar su fuerza y
satisfacer sus lícitos apetitos.

En muchas cosas hace ventaja la generación presente a la de los días
pasados, porque sabe más y piensa más, y aumenta el caudal de su
entendimiento y discurso, allegándole los tesoros de la experiencia.
Pero tal vez siente menos que sentíamos, o, a lo menos, no siente con
igual viveza. Si no carece de fe, no puede blasonar de tener mucha,
y esto hasta un bien es, en cuanto evita abrazar una fe errada, y
sustentarla y propagarla; pero es un mal, y no leve, porque encoge y
apoca el pensamiento y embota los afectos, si no del todo, quitándoles
la viveza.

No comprenden los hombres de ahora el entusiasmo con que en 1810
acogimos unos pocos, que pronto en la isla gaditana fuimos muchos,
la reunión de las Cortes. Los que eran gratos ensueños, halagüeñas
visiones, hijas de nuestra lectura, y enseñoreadas de nuestra fantasía,
pero sin pasar de la clase de deseo, habían llegado a ser realidad,
harto bien a duras penas conseguido. En el estado de las cosas bien
merecía ser calificado aquello de locura, pero locura sublime.

Me acuerdo de que en uno de los primeros días de las sesiones de las
Cortes generales y extraordinarias (hubo de ser el 28 de septiembre,
pero de la exactitud de la fecha no estoy cierto), estaba yo en la
isla, cerca del pobre teatro donde los representantes de la nación
celebraban sus sesiones. Estábamos en la calle, porque el Congreso
celebraba sesión secreta. En medio de un corrillo, de que era yo
parte, aparecía la figura severa, pero satisfecha por demás en aquella
hora, de don Manuel José Quintana. Sabíamos que se estaba tratando
en la sesión, entre otras cosas, del negocio del duque de Orleans,
mucho después rey de los franceses. Este alto personaje había venido
a España solicitando el mando de un ejército; llamado por el regente
Saavedra; mal apoyado por el mismo cuando ya le tuvo en Cádiz; a quien
habían hecho viva oposición el gobierno inglés y el ministro de Estado
español, Bardají; del cual se decía que los diputados por América
querían hacer algo correspondiente a su clase de personaje de la regia
estirpe de Borbón, y sobre quien, después de un debate en secreto,
habían dispuesto las Cortes, o en aquel mismo día o en el anterior,
que saliese inmediatamente de España. Nadie sospechaba o conocía las
buenas calidades de aquel príncipe, acreditadas desde 1814 hasta 1830
en Francia, y después en diecisiete años y medio de reinado, en que
conservó a los franceses en libertad y prosperidad, llevando tal pago
cual solo merecía el tirano más aborrecible. Sabíase confusamente que
había militado con gloria en los ejércitos republicanos, lo cual,
por cierto, no le recomendaba a la gente del pueblo español, adicta
con entusiasmo a la monarquía; constaba que estaba reconciliado con
su familia, y casado con una princesa de la familia real de Nápoles,
lo cual le hacía mal visto por quienes, odiando a Napoleón, eran,
con todo, parciales acalorados de las ideas de la revolución por
él terminada en provecho de la autoridad despótica, y por último,
era francés, y esto solo bastaba para que el vulgo le recibiese con
sospecha y aun con mala voluntad; consideración esta bastante a
alejarle de todo poder o influjo, habiendo de redundar el que pudiese
dársele por corto plazo en daño ajeno y hasta en el suyo propio. Así
era aplaudida la resolución de las Cortes contraria a su persona. Con
este motivo, Quintana dijo que los tiranuelos de Nápoles, Portugal
y Cerdeña estaban dando pasos encaminados a adquirir el mando o
influencia superior en España, y que era vano su intento, atendido el
espíritu de las recién congregadas Cortes; y en todos cuantos allí
estábamos escuchando causó no solo aprobación, sino placer oír tratar
de tiranuelos a los pocos reyes nuestros aliados, y ver que había
llegado en España la hora en que el poder popular trataba al trono
como de igual a igual, y en algún caso como a inferior. Estábamos en
aquellos momentos comunes en la historia en que los poderosos están
caídos y exaltados los antes humildes, de lo cual se sigue por lo
pronto, no la igualdad, sino un trocar de papeles en que los nuevamente
encumbrados cobran la soberbia o el entono que en los recién venidos a
menos afeaban.

Mientras esto pasaba, y seguía la sesión secreta, y los corrillos no
amenazadores ni inquietos, sino satisfechos y curiosos, continuaban en
sus conversaciones, afanándose por averiguar lo que estaba pasando en
el Congreso, sonó ruido de caballos que se acercaban, y a poco asomó en
la angosta calle, teatro de la escena que voy describiendo, el duque
de Orleans vestido de general español, que claramente venía a entrar
en el Congreso. Se apeó, en efecto, a la puerta del teatro, pero no a
la principal, sino a la del vestuario, estrecha y mezquina, como lo
era todo en aquel pobre edificio. Por ella entró el príncipe y allí
le perdimos de vista, pero no del todo, pues hubieron de reducirle a
tomar asiento en un pasillo o cuarto oscurísimo, de modo que por entre
las puertas entreabiertas asomaban sus piernas, más visibles, porque
llevaba calzón corto de grana y media de seda, impropias prendas para
quien venía a caballo, pero sin duda preferidas por el que las llevaba,
porque se presentaba con el carácter de capitán general del ejército
español. Con notoria y ridícula injusticia mirábamos todos el acto del
príncipe en venir a las Cortes como un insulto, y con malignidad nos
recreábamos en notar que no se le daba entrada, y que estaba haciendo
como de portero. El color encendido del calzón seguía dando señal
vistosa de su presencia en aquel sitio, y nos atropellábamos para
clavar la vista en aquel objeto, siendo nuestro afán cerciorarnos de
si entraba o no, y nuestro deseo que no entrase. Quedamos plenamente
satisfechos, porque, pasado algún tiempo, vimos movimiento en las
piernas tan observadas, pasando el muslo de la horizontal a la
vertical, esto es, poniéndose en pie el príncipe, cuyo cuerpo entero
asomó inmediatamente a la puerta en ademán de quien iba a salir
despedido, como hizo al momento. Montó de nuevo el duque de Orleans a
caballo; saludó con cortesía, pero con mal gesto, a los circunstantes,
que le vieron ir desairado, si no con insulto, pues no llegó a tanto
la locura, con satisfacción no disimulada. Al día siguiente se embarcó
el príncipe francés, y dio la vela de vuelta a Sicilia, no volviéndose
a pensar en él durante largos años en España, ni durante tres o cuatro
más en lugar alguno del mundo.

Al nuevamente abierto Congreso atendían todos. Por la primera vez
se oía en España hablar en público a otros que a los predicadores o
abogados. Encantaba y arrebataba tal novedad, de suerte que nacieron
y crecieron reputaciones que hubieron de conservarse hasta nuestros
días, mereciéndolas quienes las alcanzaron por sus virtudes y servicios
eminentes a la causa pública, si no por su talento oratorio; sentencia
desfavorable de que es razón excluir al ilustre Argüelles, aunque este
mismo no pareció a una generación posterior lo que al auditorio de
las Cortes de Cádiz. Era además común entonces leer discursos, de los
cuales muchos eran celebradísimos leídos, pero oídos causaban el mal
reprimido fastidio con que infaliblemente es oído lo que se lee cuando
es largo, salvo en algunas piezas de verso.

Pero hasta febrero de 1811 no vinieron las Cortes a Cádiz, y los
gaditanos no pudimos estar de continuo en la isla, donde no abundaban
los alojamientos y los buenos escaseaban. Hízose, pues, necesario saber
lo que pasaba en el Congreso, y saberlo sin demora, y para el intento
servían los periódicos, que desde luego crecieron en poder, aunque ya
alguno tenía desde que empezó a dominar en las cosas del Gobierno el
influjo popular, lo cual coincidió con el alzamiento de 1808.

Por desgracia, no contaba Cádiz con periódico alguno como el _Semanario
patriótico_, muerto en Madrid con la entrada de los franceses, y
resucitado en Sevilla para morir en breve por su propia voluntad, hija
de enojo nacido de pretender el Gobierno escatimarle la libertad de sus
juicios u opiniones, o aun como la _Gaceta de Valencia_, célebre por
las bufonadas con que comentaba los folletines del ejército francés,
o como la de la _Mancha_, ya entonces difunta, o saliendo de tarde
en tarde en diferentes lugares. Pero no mucho antes de abrirse las
Cortes había empezado a publicarse en Cádiz un periódico titulado
_El Conciso_, cuyo reducido tamaño, no dando cabida a gran número de
palabras, justificaba su nombre. Era el fundador y principal escritor
en él un don G. Ogirando, traductor conocido como tal hacía algunos
años, cuya versión de la ópera _Une folie_, con el nombre de _Una
travesura_, le había dado celebridad, más que por su mérito indudable
de bien hecha y de castizo lenguaje, por la que llegó a tener aquella,
hoy olvidada, y entonces y poco antes aplaudidísima música de Mehul,
sobre todo, cantada por nuestro Manuel García. Había asimismo puesto
en excelente castellano el mismo Ogirando la comedia francesa _Les
Marionnettes_, a que él llamó _Los Títeres_, obra de Picard, hoy
completamente decaído del alto concepto de que gozó, aunque, en mi
pobre sentir, hay más injusticia en el extremo de su actual descrédito
que la había en el de su antigua celebridad. No sé de qué otros
conocimientos podía blasonar Ogirando fuera del de las lenguas francesa
y castellana, siendo en la última verdadero purista: lo cierto es
que no dio grandes muestras de sí, pero que tuvo fortuna, pues su
periodiquillo vivió hasta 1814, siempre recibido con algún favor,
habiéndose desde luego alistado en el partido que tomó el apellido de
liberal de allí a poco. Pobre cosa era _El Conciso_, pero tal cual
era, si no ayudaba, servía. Recién abiertas las Cortes, publicó uno
a modo de número supletorio, al cual nombró _El Concisín_, que venía
a dar a su _papá_ noticias de lo que en la isla iba pasando en el
Congreso; obra de escaso chiste, pero de algún efecto.

Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un
entretenimiento nuevo, que llamó otros. En electo, venido el Congreso
a Cádiz en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio
de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada
o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a
dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero
con las bombas vino a multiplicarse las diversiones, abriéndose el
teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; estar
llenos de gente los paseos, animadas con la muchedumbre y buen humor
de los concurrentes las calles y plazas, y en medio de todo esto,
ventilándose con ardor todo linaje de cuestiones, no ciertamente con
los conocimientos venidos hoy a ser comunes, pero con más sinceridad
y calor al sustentar y esforzar errores que hay hoy para defender
verdades, siendo aquello las mocedades de un pueblo, llenas de
inexperiencia y superficialidad, pero ricas en ilusiones, cuyo valor,
en la flaqueza de la condición humana, a veces iguala y en alguna
ocasión supera al de la realidad misma.

Pintar esto más circunstanciada, aunque toscamente, será asunto a otra
parte de este artículo. Si en él me sucede ver las cosas de mis mejores
días como suelen verlas los ancianos, aun esto servirá para pintar cómo
pensaban y sentían los hombres de entonces, y una voz que sale de los
bordes del sepulcro tendrá algo en consonancia con la índole de lo que
conmemora.

Hermosa imagen han presentado a la vista y contemplación de los
lectores de todos tiempos los que, narrando y describiendo los sucesos
y escenas de la guerra por nosotros llamada _de la Independencia_, han
pintado a un pueblo dándose nuevas leyes mientras llovían sobre él las
bombas del enemigo sitiador, dueño además de casi toda la superficie
del país a que la novel legislación estaba destinada. Sin duda hay
ponderación, y no corta, al decir que caían las bombas como lluvia,
y más si se tiene presente que en la misma guerra hubo poblaciones
reducidas a escombros, o poco menos, sin desmayar por esto sus
defensores hasta la hora fatal en que llegó a ser imposible continuar
la heroica resistencia. Pero, según la expresión vulgar, así se peca
por carta de más como por carta de menos, y las bombas arrojadas a
Cádiz desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812, si escasas
en número, particularmente en los primeros tiempos del bombardeo, y
menos destructoras que son por lo común tales instrumentos de ruina,
no dejaron, andando el tiempo, de caer con alguna frecuencia, causando
molestia y acabando con varias vidas, lo cual implica que para los
habitantes de Cádiz había entonces cierto grado, si bien corto, de
peligro.

Ya he dicho que, aun tomado por los franceses el fuertecillo de
Matagorda, a lo cual siguió establecerse los sitiadores en la Punta
de la Cabezuela, puesto el más cercano a la ciudad de Cádiz entre
todos los de la costa fronteriza, no se recelaba que pudiesen alcanzar
sus fuegos a la linda población, hecha por breve plazo capital de la
ocupada, pero no sujeta, España. De repente en un día de diciembre,
pasados ya diez meses de tener delante el ejército francés, como
estuviésemos los ociosos, no cortos en número, en nuestro acostumbrado
lugar de reunión en la calle Ancha, llenándola toda de acera a acera
en corrillos de parleros, se difundió la voz de que había caído una
granada o bomba cerca del Hospital de mujeres, esto es, en un lugar
muy del centro de la población. Al oír tal noticia, la primera idea
fue tratarla de patraña. ¿_De dónde_ había de venir tal bomba? Sabido
era que de la costa opuesta no podía ser, pues todos sus puntos
estaban fuera de tiro de la plaza, aun para los morteros conocidos de
mayor alcance. Por mar, sí, era fácil meter bombas y granadas en el
recinto de Cádiz, pero los franceses no se atrevían a asomarse con
sus cañoneras fuera de las bocas del Guadalquivir y Guadalete, y si
bien algún botecillo o lanchilla podía haberse escurrido por entre las
fuerzas navales que protegían la ciudad y bahía, no así una bombardera,
que es embarcación pesada y poco manejable, y ha menester otras que le
den compañía y amparo. Y suponer que lo juzgado bomba fuese un aerolito
enorme, no era menor desatino, y además, de aerolitos poco se sabía
entonces, siendo voz que ni en el Diccionario de la Academia estaba.
Con todo esto, la curiosidad hubo de llevarnos a muchos al lugar que
nos daban por teatro de tan singular suceso. Llegados allí ya, a nadie
quedó duda: había caído una granada de mediano tamaño. Al caer, en
lugar de reventar con estrago, se había abierto como si la hubiese
quebrado o rajado la violencia del golpe. Esto consistía en que en vez
de venir toda rellena de pólvora y con una larga espoleta, al acabar
de consumirse la cual revientan los proyectiles huecos causando grave
daño sus cascos, que suben y se extienden de resultas de la explosión,
venía casi atestada de plomo, y con tan corta cantidad del material
destructor, que no era bastante a lanzar con violencia hecho pedazos
el hierro. Veíase, pues, ser aquel un nuevo invento del arte, en que
el aumento de peso se había hecho necesario para dar más alcance al
proyectil que se arrojaba. No fue agradable esta ocurrencia, la cual
podía traer en pos de sí consecuencias muy superiores a las que tuvo,
pero causó más admiración que terror; y como a la primera granada no
siguiesen otras en no corto tiempo, hasta llegó a creerse abandonada
una idea que si había parado en algo, era en muy poco. Olvidadas
estaban las granadas cuando vinieron las Cortes de la isla: sus debates
llamaban en gran manera la atención. En las cosas de la guerra no
dejaba de pensarse, pero tal vez menos de lo debido. Sin embargo,
yendo a terminar febrero de 1811, empezó a prepararse una expedición,
de la cual nada menos se prometían las gentes, y aun el Gobierno, que
la derrota del enemigo y el levantamiento del sitio de Cádiz; porque
fuerzas respetables inglesas y españolas, con un regimiento portugués,
salidas de la isla gaditana y desembarcadas en Algeciras, venían a
embestir a los sitiadores por la espalda, mientras una salida de los
sitiados, hostilizándolos por el frente, los reducía a estar cogidos
entre dos fuegos. A la historia toca definir cómo fue el malogramiento
de esperanzas en gran parte fundadas, a pesar de haber conseguido los
ingleses en el cerro del Puerco una victoria indudable, si bien los
historiadores franceses tienen el descaro de afirmar lo contrario,
dando motivo al aserto mentiroso que desavenencias entre los aliados
hicieron inútil la ventaja alcanzada, y que un revés anterior llevado
por nuestras armas había puesto las cosas en tal estado, que no era
posible ya sacar de la expedición ventajas considerables. Pero lo que
por ser pequeño no merece mención en la historia, y si en una pintura
de aquel tiempo, fue el papel que en estos sucesos representaron, o
diciéndolo con propiedad, representamos los voluntarios de Cádiz.
Risa dará a los hombres de ahora la importancia que dimos a una cosa
pequeñísima; pero así éramos, y cuales éramos debemos ser considerados.
Hasta entonces aquella milicia, casi en todo semejante a la nacional de
nuestros días, no había pasado de cubrir los puestos del casco de la
plaza con los anejos castillos de San Sebastián y Santa Catalina, con
su uniforme pardo, o de lucir el encarnado, remedo del inglés, en la
procesión del Corpus y otras fiestas, haciendo triste figura con sus
galas, porque los sombreros de picos o apuntados con que cubríamos
la cabeza, eran diferentísimos en hechura, produciendo esto en la
tropa formada un efecto desagradable a la vista. Pero necesitándose
emplear en la expedición destinada a pelear fuera de la isla gaditana
y en las líneas de esta la numerosa fuerza que las guarnecía, hubo de
resolverse que, saliendo del recinto y murallas de Cádiz, fuésemos los
voluntarios a cubrir los puestos avanzados de la Cortadura y baterías a
ella inmediatas, a no larga distancia de la boca del Trocadero con los
fuertes de Matagorda y Ortluis ocupados por los franceses. Levísimo, o
aun puede decirse ningún peligro había que correr en aquellos lugares;
porque el castillo de Puntales, próximo a ellos, y donde solían llegar
las bombas y balas enemigas, y perderse vidas, no estaba incluido en
los puntos en que habíamos de hacer servicio. Pero así y todo nos
pareció la faena a que nos vimos destinados una verdadera salida a
campaña. Por su orden, los cuatro batallones que figuraban ser de línea
(vulgo guacamayos), y los dos de ligeros (alias cananeos), en seis días
consecutivos marchamos ufanos a nuestra grande empresa, siguiendo desde
entonces en dar guarnición a aquellos puntos. La música de un batallón,
pues solo uno la tenía, fue sucesivamente acompañando a todos en la
primera salida de cada uno. Tuvimos cuidado de hacer nuestras mochilas
lo más pesado posible, para dar prueba a los espectadores, y aun
dárnoslas a nosotros mismos, de nuestra fortaleza, elegimos para romper
la marcha el punto más distante de aquel donde íbamos a parar, a fin
de hacer con lo trabajosa más meritoria la jornada, y, acompañando con
el canto la música instrumental, entonando las canciones patrióticas
de aquellos días, en los cuales, como desde 1820 hasta 1823, era uso
dar muestras del patriotismo en el canto, caminamos entre aplausos, y
anduvimos una buena media legua con nuestra carga sin sentir fatiga;
¡tan ligero hacía el peso el nada fundado pero sí sincero entusiasmo!
Años después, la milicia nacional de Madrid hizo muy superior servicio
con igual celo, justificando con mayor motivo el entusiasmo que en
ella inunda, y en días más cercanos del nuestro, cuerpos de milicias
nacionales movilizadas han acreditado su buena voluntad y sufrimiento,
en servicio de campaña, si no en combates; pero en los días de que
voy hablando, obrábamos y sentíamos dominados por el hechizo de la
novedad, y si bastante había ridículo en nuestro orgullo, merecíamos
indulgencia por la candidez de nuestra soberbia un tanto fatua. Ni
una sola desgracia, aun de las más leves, ocurrió a los que hasta
1812 siguieron ocupando aquellos puntos, aunque de ellos a la batería
llamada la _Furia_, y además a la que tenía por nombre la _Venganza_,
solían llegar balas y aun granadas; pero, buscando a tiempo, como era
fácil, el abrigo de los salchichones de tierra y retama de que estaban
hechas, venía a ser ninguno el peligro.

Aunque llegó a ser modesto o enfadoso pasar tanto tiempo sobre las
armas, pues cada seis días había que entrar de guardia, y en hacerla en
los puntos fuera de puertas se consumía buena parte de dos; con todo,
lo divertido, pues lo era hasta cierto punto, de la ocupación, hacía
la molestia llevadera. Las inmediaciones de la Puerta de Tierra habían
sido, y por muchos años han seguido siendo para los gaditanos, lugar de
recreo y fiesta, y por cierto, rara vez de recreo provechoso. Pasaban,
pues, los días de guardia como de gresca y broma, siéndolo de comilonas
en los vecinos ventorrillos. De esto padecían algo las costumbres,
siendo ello uno de los males que trae consigo el dar a los paisanos
hábitos de soldados sin el freno de la disciplina.

Mayor y mejor entretenimiento iba dando el interior de la ciudad. A
muchos del sexo masculino (porque a las personas del femenino estaba
vedado) ocupaba la asistencia a las Cortes. Celebraban estas sus
sesiones en la iglesia de la casa de los padres Filipenses, que aun
hoy subsiste; iglesia en forma de óvalo de no mala planta, pero no
de adorno de buen gusto, y a la cual había adaptado medianamente al
nuevo fin a que estaba destinada don N. Prats, oficial de ingenieros
de marina. Unas tribunas formando a modo de andamiaje, que dentro
del templo le daban trazas de costado de un teatro, componían las
tribunas reservadas. Dos galerías altas con reja de balcón hasta el
pecho, que corrían por todo el recinto de la iglesia y la abrazaban
por entero, siendo parte antigua del edificio mismo, eran las tribunas
del público, concurriendo allí donde antes iba el auditorio a oír la
palabra sagrada numerosos oyentes a oír discursos de muy otra clase.
De estos oyentes muchos no lo eran asiduos y constantes, pero había
bastantes que tomaron la asistencia casi como oficio. Si bien la
maldad de varios anticonstitucionales abultó extremadamente algunos
excesos cometidos por concurrentes diarios a las galerías, y si
bien en una época de atroz injusticia e inicua venganza, hubo quien
inventase un nombre para hombres tales, y con inventarle añadiese,
no solo un vocablo a la lengua, sino un delito en la lista de los
hasta allí conocidos, apellidándolos _galeríos_, mal puede negarse
que con frecuencia olvidaban el papel que estaban representando, el
cual era el de verdaderos testigos mudos, destinados a transmitir
afuera, juzgándolo y entregándolo al juicio ajeno, lo que allí veían
y oían. De estos excesos ha habido no pocos en épocas posteriores, y
hasta muy cercanas, y algunos de ellos de suma gravedad; pero aunque
todavía la concurrencia a las sesiones de nuestros Cuerpos deliberantes
dista un tanto de guardar el silencio absoluto a que está obligada,
hay en este punto harto menos que censurar, pues en Cádiz, de 1811 a
1813, el mezclarse el auditorio en las deliberaciones del Congreso,
dando muestras ruidosas de aprobación y desaprobación que una vez
pasaron a ser hechos, era cosa continua. Había entre los bulliciosos
espectadores de que voy ahora aquí hablando, todos ellos movidos
por un celo sincero aunque descaminado, personas de todas clases,
gaditanos y forasteros, para quienes vino a ser sustento ordinario del
entendimiento la política militante.

La hora de concluir las sesiones era sobre las dos de la tarde, y las
noticias de lo ocurrido en las Cortes pasaban a la calle Ancha, poco
distante del lugar donde celebraba sus sesiones el Congreso, y los
juicios de los procedentes de las galerías eran revisados por otra
más numerosa clase de ociosos, o de hombres cuyas ocupaciones habían
terminado.

Escaso campo quedaba para entretenimiento puramente literario en Cádiz,
tal cual era entonces. No estaba enteramente olvidada del trabajo
del espíritu, pero trabajaba influyendo en él las circunstancias, y
conforme a lo que recibía era lo que daba, de suerte que el matiz
político, siempre subido, con frecuencia cubriéndolo todo, daba su
color a todas las producciones del ingenio.

Residía en Cádiz Quintana, ya con la dignidad de patriarca de la
iglesia político-filosófica, de que había sido largos años, aunque
como en secreto, por no consentir otra cosa los tiempos, uno de los
principales doctores y maestros. Estaba ya en él reconocida su calidad
de gran poeta, si bien no faltaba quien se la negase. Gallego, a quien
la famosa composición al _Dos de Mayo_ había desde luego remontado a
uno de los primeros puestos en lo todavía llamado nuestro _Parnaso_,
siendo a la sazón diputado a Cortes, y nunca muy amigo del trabajo,
tenía contenida su vena poética, no fecunda, aunque de exquisitos
productos.

Beña, militar instruido, no descuidaba, en medio de otras ocupaciones,
la de lo entonces dicho pulsar la lira. Arriaza, ya en Londres, ya en
Cádiz, escribía mediana prosa, no manejando mal la pluma en reñidas
disputas con Blanco White, que desde Inglaterra hacía guerra cruda a
todo cuanto era de España en un periódico cuyo título era _El Español_,
pero mostrándose por lo común inferior a su diestrísimo y más instruido
adversario, y entre tanto seguía cultivando la poesía, fecundo siempre
y por demás ingenioso, siendo esto último la principal calidad de su
talento. Capmany, en quien la vejez, aunque no muy avanzada, había
extremado rarezas que siempre tuvo, docto y vivo, hacía alarde de su
purismo lleno de singularidades, y mientras en las Cortes seguía las
hostilidades contra los galicismos de dicción, alistado en la bandera
de los reformadores, pero con actos de insubordinación frecuente,
y tan allegado a la Inglaterra que parecía en él falta lo que no
era sino hábito de extremarse en todo, daba rienda a resentimientos
personales, publicando vituperios de Quintana. Gallardo, con un lindo
y chistosísimo folleto había cobrado crédito de los más altos, que
sostuvo entre lo general de los jueces, pero no entre los mejores,
con su _Diccionario crítico burlesco_. Algunas composicioncillas,
aunque no malas, del joven don Ángel de Saavedra, no daban, con
todo, idea de lo que había de llegar a ser el ilustre duque de
Rivas. Don Mariano Carnerero, casi abandonando por la política y sus
marañas la literatura, en que había comenzado a señalarse, parece
como que anunciaba que no habían de igualar a sus grandes facultades
intelectuales ni la importancia de sus escritos y actos, ni la altura
o extensión de su fama en lo venidero. Al revés Martínez de la Rosa,
recién vuelto de Inglaterra, donde había pasado unos pocos meses,
empezaba a levantar la fábrica de lo que fue después, con título justo,
su elevada fortuna. Saviñón, cuya principal celebridad había sido la
de habilísimo traductor, la confirmaba con nuevas versiones. Jérica
y Costa, poeta o versista de corto valor, pero fecundo, empleaba
su mediano ingenio en frívolas censuras de cosas apenas dignas de
atención. Un don Santiago Jonama, de agudo entendimiento y bastante
instrucción, pero de no poca rareza, así como otros escribiendo gozaban
de concepto superior al que merecían, era tenido en precio harto
inferior al suyo real y verdadero. Algunos más podría nombrar, pero
me sirve mal la memoria, y con los nombrados basta para dar una idea
general y somera del estado del cultivo en que estaban las letras en
Cádiz sitiada.

Pero, según antes he dicho, los mismos literatos solo usaban la pluma
para tratar cuestiones políticas, porque en otros asuntos apenas
habrían encontrado lectores. De esto fue excepción, sin embargo, el
folleto de Capmany contra Quintana, reducido a censurar su estilo,
y más todavía, su dicción, justo en su crítica en uno y otro caso,
injusto con suma frecuencia; por lo acre de su tono vituperable a todas
luces, y no tan bien escrito como debía exigirse a juez tan severo,
pues si no pecaba de galicista tampoco podía blasonar de natural y
fluido; vicio este de todos los escritos de un hombre cuyo idioma
verdadero era el catalán, y en cuyas obras aparecía el castellano puro
como traído con violencia. A pesar de que ya el censurado Quintana
había subido a la silla del patriarcado, como en ella era novel,
faltaba en lo general del público la reverencia que da una larga
posesión del personaje respetado, y así Capmany hubo de encontrar
aprobadores numerosos. Pero los amigos de Quintana, en quienes al
principio causó desmayo la súbita e inesperada acometida, volvieron
en sí, e hicieron frente al adversario. Entonces, como en otro lugar
de este libro he contado, salió a nuevo y más brillante teatro el que
hasta entonces solo había hecho papel en el literario de Granada,
don Francisco Martínez de la Rosa. Quintana se defendió con nobleza
en un breve escrito. Con la publicación de este último perdió los
estribos Capmany, nunca sufrido ni prudente, y en segundo folleto,
indigno de su pluma, y aun de la de todo hombre de juicio, lanzó sobre
Quintana, no ya censuras literarias, sino acusaciones y vituperios de
toda clase, calumniosos algunos, injustos todos, sin perdonar a los
amigos de su enemigo, y haciendo de los concurrentes a la tertulia de
Quintana en Madrid, de los cuales era él uno casi perenne, los más
feos retratos, donde si se acercaba en algún rasgo de la pintura la
malicia, hasta producir alguna semejanza, con más frecuencia turbaba la
mente y descomponía la mano del pintor el odio, llevándole a recargar
leves faltas, o a suponer las que no había. Apoyaban a Capmany en
esta contienda, más o menos disimuladamente, Arriaza, y sin rebozo,
Gallardo, a los cuales se adherían todos los adversos a las reformas
por odio a Quintana el político y a su secta, más que por idea alguna
literaria. Pero tal contienda fue pronto olvidada, y ni aun en los
periódicos se hizo de ella larga memoria.

Los periódicos eran pocos y pequeños. _El Conciso_ no traspasaba
sus estrechísimos límites. Pero el _Redactor general_ los tuvo más
extensos, llegando a los que hoy tienen algunos periódicos semanales,
y constando ya cada carilla de dos columnas. Su principal redactor era
un don Pedro Daza, de buena familia, de mediano pasar, bien criado, y
caballero en sus modales; pero escaso en conocimientos literarios o
políticos, por lo cual escribía poco en su diario. Este, sin embargo,
alcanzó la primacía, escribiendo de cuando en cuando en él hombres
de alguna nota, y otros de mediana, entre los cuales hube yo de ser
contado una o dos veces. Los anticonstitucionales tenían periódicos
de los cuales era el principal el titulado _Procurador de la Nación
y del Rey_. Por desgracia de los hombres de esta opinión, que en el
Congreso podían blasonar de tener personas de no corto mérito, aunque
a reconocérsele se negase la intolerancia liberal, aun mayor entonces
que lo es ahora, en los periódicos estaban mal representados. A su
frente tenía el marqués de Villafranés, caballero jerezano de singular
extravagancia, aun en el vestir, pues con el frac, aunque mal cortado,
al cabo frac, y no casaca redonda, llevaba cinturón con un medio sable
en vez de espadín, y el cual se jactaba de dormir en una dura tarima,
creyendo esto conducente a la salud intelectual más todavía que a la
corporal, pues contaba que a sus hijos, como les hallase dificultad en
la comprensión al seguir sus estudios, había remediado el mal, de él
reputado gravísimo, con rellenarles sus almohadas en vez de plumas o
lana con piedras. Era el principal ayudante del raro marqués un sujeto
cuyo nombre se me ha ido de la memoria, esta vez traidora,[37] y que en
los días de 1814 llegó a gran privanza con el rey, a la cual siguió un
revés de fortuna; clerizonte, según creo, ordenado de menores, alto,
desgarbado, con un sombrero de picos mal puesto en la cabeza, cuyo
título literario principal había sido, según él refería, haber hecho
oposición a una plaza de organista sin haberla logrado; hombre en quien
un descaro no común daba realce a sus modos y figura estrafalaria.

        [37] Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días
        del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy
        superior a su valer, pero le sucedió lo que entonces a los
        de su estofa, que fue cambiarse su valimiento en desgracia y
        destierro. Hubo de pasar algún tiempo en semiconfinamiento en
        Cabra, donde no se ganó mucho crédito por título alguno, aunque
        tuvo embaucada a alguna persona devota.

Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían
herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas
armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas
del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.

La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla
de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto.
En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones,
pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de
la marquesa de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente
de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea
costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando
a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del _monte_. También
una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las
personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego,
centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en
torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con
frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en
número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor
de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la
sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer
de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra,
aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de
pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en
que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de
belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado
por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin
lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de
tan ilustre difunta.[38]

        [38] Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el
        texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder
        el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines
        de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier
        con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino,
        por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia
        1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos,
        y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos
        una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más
        nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín
        Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella
        cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de
        Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber
        entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante
        hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su
        amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su
        familia.

A su casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste
porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo
y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como
de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando
Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar.
Iba allí el mucho después afamado _Gorozarri_, que en las Cortes de
1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón,
pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya
era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer,
el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego
López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más
ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso,
instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de
extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después
practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos
habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun
su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta
estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus
principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran
fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo
desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con
él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve
entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra
persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad
uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una
oposición al partido predominante en el Congreso, del cual era el
conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante,
así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste
de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don
José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda
de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo
puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de
hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de
instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste;
algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable
cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de
tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal,
pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante,
y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo,
y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus
secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de
corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por
otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias,
y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin
duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado.
Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras
edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden
serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años,
paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando
muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o
poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo
con que resistíamos a otro orgullo, siendo en la fe constitucional
cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la
victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una
pequeña parte.

        [39] En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros
        pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a
        España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo
        contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en
        Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los
        franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro
        juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho
        todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin
        embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en
        diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés
        victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando
        mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le
        echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían
        jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres
        que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el
        señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el
        tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual
        o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver
        que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi
        afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando
        en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme
        puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde
        va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una
        locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no
        me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de
        acceder a su voluntad”».

        En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las
        cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el
        servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de
        Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi
        familia.

En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que
predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña
Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber,
literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a
todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses
para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses
primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las
que consideraban el levantamiento de España contra el poder francés
como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua
situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun
volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y
sistema, según su sentir, justos y saludables.

        [40] Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con
        entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la
        siguiente décima, por cierto no falta de brío en la expresión o
        en el pensamiento, aunque incorrecta:

              Nuestra española arrogancia
            Siempre ha tenido por punto
            Acordarse de Sagunto
            Y no olvidar a Numancia.
            Franceses, idos a Francia,
            _Y dejadnos nuestra ley_,
            Que, en tocando _a Dios y al rey_
            Y a nuestros patrios hogares,
            Todos somos militares,
            Y formamos una grey.

        Aquí está compendiado el modo general de ver el levantamiento
        del pueblo español por un aspecto de los varios que presentaba,
        considerándole el único.

        De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su
        madre, saca las suyas que con tanto celo sustenta la afamada
        novelista, hoy viva, cuyo nombre en la república literaria es
        _Fernán Caballero_.

Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones
no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se
captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después
fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en
agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco
disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas
horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados
consortes la debida justicia.

Pero tales reuniones eran para pocos, y lo general de las gentes había
menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco
los paseos, extraordinariamente concurridos. El invierno de 1810 a
1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la
Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla,
que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y
1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero
acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto,
así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz.
No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero
corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la
epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar
distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía
encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo.
Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto
término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811
fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta
allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María
de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular
chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de
gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me
será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía
(pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me
incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en
nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de
romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice
el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus
contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin
superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses,
y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio
en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que
bien podrían provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no
hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la
guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo,
aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro,
y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los
habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y
feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido
por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién
construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños
del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el
de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña
de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor
parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio
y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de
la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos
empleados.

Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya
afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado
allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida
en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por
los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y
lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin
conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución
en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su
trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya
conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero
de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos;
estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado
había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más
alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de
figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir
anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres,
hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas
buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que
con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos
de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y
brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la
naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta
y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno
muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber
levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía
era Cádiz residencia del gobierno de España.

Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la
antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose
de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita.
También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día
presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada
las _Vísperas sicilianas_, era oída con aplauso, a punto de venirse
el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los
sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y
hacían en ellos horrible destrozo.

Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero
desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros
de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente.
Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una
voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo
abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto
producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores,
siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas
cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la
primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando,
dieron motivo a la famosa coplilla de

      Con las bombas que tiran
    los fanfarrones
    se hacen las gaditanas
    tirabuzones.[41]

        [41] Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados
        entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo
        delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y sienes.

        Don Adolfo de Castro, en la obrilla excelente de su género,
        donde trae mil particularidades de lo ocurrido en Cádiz durante
        la guerra de la Independencia, cita esta coplilla, y con ella
        una variante que es como sigue:

              Con las bombas que tira
            el farsante Sult
            se hacen las gaditanas
            toquillas de tul.

        Pero como por fuerza ha de ver el lector, esto no tenía
        sentido, como lo de los tirabuzones. El señor de Castro (que no
        vivía entonces) ignora que esta variante tonta fue una copla
        improvisada y cantada en el teatro por un actor llamado Navarro
        que la echaba de gracioso, y a veces lo era, pero no a menudo.
        Al oírla fue aplaudida, como suele serlo cualquiera necedad,
        pero no era uso cantarla, pues bien se veía que no había
        materiales para medio pañuelo (vulgo toquilla en Andalucía) en
        las granadas que tiraban los franceses.

Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a
venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y
ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar
los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente
de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la
continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las
que pensé darle al comenzarla), los últimos meses del sitio, y los
del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que
de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que
los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella
situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a
los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.

Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos
en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción
de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su
perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la
campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de
donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y
numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa
fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del
varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia
citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas
alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas
desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza
el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando,
como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las
ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra
comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del
siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en
el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y
escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en
que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo
del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba
haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno,
atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los moradores
de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el
enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban
como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.

Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución.
De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su
todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de
afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o
menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos
constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia
viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser
pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí,
ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores
gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.

        [42] Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún
        cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que
        pruebe que no fui el loco tribuno que se me supone. En 1811
        escribí un largo artículo en el _Redactor general_, defendiendo
        la doctrina que hace necesaria la sanción Real para que las
        resoluciones de cuerpo o cuerpos legisladores pasen a ser
        leyes, cuando el _conde de Toreno_ en las Cortes había hablado
        contra dar al Trono tal prerrogativa. Verdad es que me ceñí
        a copiar los argumentos de _Mirabeau_. Pero al cabo algo era
        seguir al Mirabeau gran repúblico, en vez de seguir, como
        solían los más en aquel tiempo, en Mirabeau al tribuno, al
        revolucionario demoledor o trazador de locos planes.

Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín,
con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de
la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas
doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco
principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por
una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas
sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] todo lo cual
ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y
rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.

        [43] Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le
        formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era
        director, cuando después de haber privado altamente con el
        rey Fernando fue enviado a residir en una provincia. También
        los medios por donde se había hecho notorio en 1810 habían
        sido ridículos y asimismo vituperables. Pero nada alcanza a
        disculpar la maldad atroz de que fue víctima, hacia 1838 o
        1839, cuando, con no sé qué pretextos, murió asesinado con
        burlescas formas de juicio en Valencia.

Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con
aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban
representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces
opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia
del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo
don N. Torreros, conocido por el _Cura de Algeciras_, afluente, de
corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras,
ridículo en sus modos, y mucho en su acento _ceceoso_ a punto de dar
golpe aun en Andalucía.[44]

        [44] Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no
        todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el
        castellano. En Cádiz, por ejemplo, donde el convertir la _l_ en
        _r_ es vicio común, raros son los que hacen sonar la _z_, cuyo
        sonido sustituyen con una _s_, cual no la hay en otra lengua o
        parte alguna.

En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura
por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales
del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó
a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo
de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la
intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del
artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside
esencialmente en la nación, a la cual asiste el derecho de variar sus
leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras
sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la
asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta
en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del
trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias
que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los
modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes,
que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.

También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que
dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante
de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría
del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en
otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia.
Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra
otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en
mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo
en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de
juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el
rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación
la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos
acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el
diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo
de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy
olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo
XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del
cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron
tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de
dicterios contra el orador, expresándolos en gritos y acompañándolos
con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las
palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la
sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el
tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse
a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel
bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población
se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al
corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se
celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la
asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de
acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con
todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del
brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al
seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes
la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar
asiento en ellas Valiente.

Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas
de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro
ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores
males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender
a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España,
pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines
del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar
poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no
les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención
la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas
con los nombres de _servil_ y _liberal_, que las operaciones militares.

También se prestaba atención a las producciones impresas, pero
corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo
hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los
antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus
contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra
la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les
había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el
padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del _Filósofo
rancio_, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma
parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable
por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del
que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar
aquí en lugar primero, tenía por título _Diccionario razonado manual_,
y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo
común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o
chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que
picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era
indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales
a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como
por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón
de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía
sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de
los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de
altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad
eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas
alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no
muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en
el _Semanario patriótico_, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro
Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White)
y don Alberto Lista, a los cuales había encomendado Quintana, por
entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el
periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había
logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su
ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no
gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser
sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la
modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera
prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una
perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado
a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con
sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las
puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la
pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante,
se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella
un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía.
Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado _Apología de
los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas_, y en tan breve trabajo
y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor;
dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen
estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin
embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla,
juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que
Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario
al _razonado manual_, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy
breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de
su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de
las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el _Diccionario
crítico burlesco_ con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada
aprobación de los entendidos; con bastantes malos chistes entre
algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos
bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo
que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en
parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo
hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la
muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo
allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran
méritos las culpas del autor atrevido.

Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían
y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por
aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que
impropiamente había dado el título de _Filosofía de la elocuencia_,
mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico
podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual,
sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su
autor, en su _galofobia_, le había variado, dándose por arrepentido
de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y
sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en
su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los
malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray
Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a
vituperio.[45]

        [45] En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en
        la _Gaceta de Bayona_, publicada hacia 1830 y escrita en
        castellano, fue censurada con extremos de aspereza, aunque
        no sin mucho de justicia, la aquí citada obra de Capmany,
        llegando los censores a punto de citar, para usarla en
        sentido contrario, la famosa frase de Quintiliano, cuando
        dice tocante a Cicerón: _Ille se profecisse sciat cui Cicero
        valde placebit_, afirmando que da pruebas de buen gusto quien
        condena a _Capmany_. Aquí se mezclaban con odios literarios
        los políticos, porque los críticos, antes servidores de
        José Napoleón, y pasados a protegidos de Fernando VII, no
        perdonarían ocasión en que pudiesen cebar su odio a los que se
        mantuvieron firmes en defender la causa de su patria.

        Sin duda, las rarezas de que llenó Capmany la nueva edición
        de su obra, nunca más que mediana, justificaban no poco la
        severidad de la censura. ¿No son dignas de Gracián o aun del
        supuesto Gerundio frases como las que siguen, «corriendo se
        vendían antiguamente las rosas», «porque galas tan caducas no
        permitían asiento»; o esta otra; «los antiguos nos daban dentro
        de una medalla todo un César, porque los grandes hombres se han
        de medir de pescuezo arriba»?

En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no
habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor,
pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado,
pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como
debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de
Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35
fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua,
la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la _Constitución
inglesa_, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de
Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa
_Genève_ se extendía.[46]

        [46] Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que
        Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber
        que los genoveses, aun cuando era república el Estado de que
        eran parte, no usaban el título o calificación de _ciudadanos_.
        Al revés, en Ginebra, donde ciudadano era una calificación o
        un título legal, no común a todos los habitantes sino a una
        categoría de estos, por lo cual venía a ser un distintivo.

Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me
ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban
propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.

Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa
su tragedia _La viuda de Padilla_, y poco después su comedia _Lo
que puede un empleo_, de las cuales ya he hablado en otro lugar
de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con
extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el
_Bruto primo_ de Alfieri, mudándole el título en el de _Roma libre_,
y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas
republicanas.[47]

        [47] Al terminar el primer acto del original, recién expelido
        del trono Tarquino, grita el pueblo romano:

            «Il primo di che vivrem noi, fia questo».

        Saviñón le tradujo bien diciendo:

            «Este es el primer día en que vivimos».

        Pero como Alfieri usaba del verso suelto, y su traductor del
        _Romance_ endecasílabo, y como cabalmente el verso aquí citado
        debía ser seguido en castellano por otro terminado en _e o_
        con que acabase el acto, hace Saviñón que a la exclamación
        del pueblo romano, Bruto, que en la tragedia italiana calla
        entonces, prorrumpa en el siguiente verso:

            «Cópielo el mundo, y vivirán los pueblos».

En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar,
hermano del actual, escribió e hizo representar una composición
dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero
como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las
reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no
con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas
singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor
natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]

        [48] Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que
        para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo
        a dichetes de mal gusto. Arriaza dijo sobre ello unos versillos
        obscenos e ingeniosos, y Gallardo, en su _Diccionario crítico
        burlesco_, también hace mención de un gran señor, el cual «diz
        que componía los versos según aquí va referido». Mejor tratado
        merecía ser el duque de Híjar, cuya afición a las letras era
        notable y loable, y cuyos versos, si ya no de alto aplauso,
        eran merecedores de algún aprecio, siendo correctos cuando
        menos.

Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana,
se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el
año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses
la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército
español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de
los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el
revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena
producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la
isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces
de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca
había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede
de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los
que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la
cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado
en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen
patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía
perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros
daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi
perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la
causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en
frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de
aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y
vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake,
si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de
abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían
hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si
hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los
soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno
por ellos calificado de rebelde.

Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos
como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de
Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y
afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó
no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior
al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto
instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.

Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus
compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de
los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose
de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía
parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue
llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público.
Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose
rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos
delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos
creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban
nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba
expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre
los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del
Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles
y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores
en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco
fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los
liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que
pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al
hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de
los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus
muchas buenas prendas aún gozaba de favor sumo entre lo general
de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que,
descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y
los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del
conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba
no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién
elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno
de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de
acre vituperio, de burla amarga.

Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las
esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando
faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y
era lo más probable que no llegase a haberle.

Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación
solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La
fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo
raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose
para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono
de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para
los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del
que se titulaba rey de las Españas _y de las Indias_. En el día 18,
preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a
favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto
a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y
aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el
dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por
su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y
habilidad en predecir por el _cariz_ el tiempo, podía augurar que no
sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron
tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, cuyo acierto en
tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras
esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del
Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián,
circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento
vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien
con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue
el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo
más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a
su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la
catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los
proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el
_Te-Deum_, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del
convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se
descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde
Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la
derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por
los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas,
aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los
cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel
saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada
guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo
de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que
voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar)
uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión,
obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los
más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a
los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida,
aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo,
si meditada y fríamente le consideraban, embargaba, suspendía e
inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que
del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la
iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos
los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa,
o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y
soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a
las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en
torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la
par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían
incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos
y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del
pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso
rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los
diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al
acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la
concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado
del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el
como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia
de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por
vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto
a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin
intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona
más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los
legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen
los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo
un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su
poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y
feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y
poder por esfuerzos de los constitucionales, si no solos, a la par con
los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con
que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su
autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas
inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces,
ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo
a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores,
y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y
al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus
rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo
horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria
a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las
cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a
pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los
principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había
de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el
gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó
para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía
tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su
encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual
consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía
a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan
memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta
cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas.
Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a
efecto.

Ya dejo dicho que empezaban a caer las granadas con más frecuencia que
antes, aunque sin periodo fijo. Pero el 16 de mayo, primer aniversario
de la batalla de la Albuera, vino el mariscal Soult de Sevilla a las
líneas fronterizas a la isla gaditana, y como en desquite del revés
padecido en igual día del año anterior, dispuso y llevó a ejecución al
cerrar la noche un bombardeo más serio por su duración que todos los
anteriores. Esto, si no aterró, incomodó, y, como desde entonces, o de
allí a pocos días, siguiese el arrojar de granadas con regularidad,
se creó con ello un modo de vivir en los moradores adecuado a las
circunstancias.

El método que adoptaron los franceses fue disparar de cuatro en cuatro
horas sus trece o quince obuses-morteros. Tal regularidad, por más
de dos meses no desmentida, trajo consigo un método de vida en los
habitantes de la ciudad, el cual correspondía con el peligro o la
molestia, contribuyendo a hacerlos menores.

Las granadas alcanzaban como a dos tercios o más de la ciudad,[49] y el
otro hasta el fin del sitio quedó indemne y seguro.

        [49] Es muy de notar que el alcance de la primer granada que
        entró en Cádiz (en diciembre de 1810) fue rarísima vez excedido
        y no muchas igualado por las que cayeron en su recinto hasta
        el 24 de agosto de 1812, último día del bombardeo, siendo
        lo común quedarse muy cortas hasta caer muchas en la bahía.
        Próximos ya a retirarse los enemigos cayó una en la iglesia de
        San Antonio excediendo a todas las anteriores y posteriores,
        pero, como esto sucediese sabida ya la victoria de Salamanca,
        y previéndose la retirada del enemigo, no hizo el efecto que
        habría hecho en otro caso.

A él acudían a pasar la noche la mayor parte de los que vivían en
los barrios expuestos. Rebosaban en gente las casas del barrio que
lo era de refugio, y era de temer, y se temió, que con el rigor del
verano, el hacinamiento de personas en espacios breves y cerrados
produjese enfermedades, y tal vez que asomase y se propagase la fiebre
amarilla.[50]

        [50] También en el paseo de la Alameda, del cual una buena
        parte estaba fuera de tiro, y la otra no era de lo más
        expuesto, dormían muchos a cielo raso y aun solían llevar allí
        colchones. Como esto era en los meses de junio (hacia los
        fines), julio y agosto, no resultó de ello daño, no siendo, por
        otra parte en Cádiz, rodeado de mar, perjudicial a la salud el
        rocío de la noche.

De este último azote que en 1810 había caído sobre la población,
aunque no recio como en 1800 y 1804, y que volvió a aparecer, con
algún más rigor que en 1810, en 1813, cuando por fortuna ya estaba
Cádiz libre del asedio, nos libertó aquel año como en 1811 la bondad
de la Divina Providencia. Pero el fundado temor dictó precauciones.
Los hombres, con rara excepción, nos quedamos a dormir en nuestras
casas. Otro tanto sucedía en general aun con las mujeres de clase menos
acomodada, siendo esta una de las muchas desdichas inseparables de la
pobreza. Las personas apiñadas en casas por lo común pequeñas, por
ser cabalmente el barrio seguro de la ciudad uno en que abundan más
las habitaciones reducidas que las espaciosas, tendían sus colchones
en el suelo, y, no siendo las camas cómodas, ni la estación impropia
para pasar el tiempo al raso, no bien se levantaban y limpiaban y se
aviaban un tanto en peinado y traje, cuando, sacando sillas fuera de
las puertas, se sentaban a conversar unas con otras. Concurríase allí
como a una tertulia constante. Durante los intervalos regulares entre
los disparos solían los refugiados, o digamos las refugiadas, ir a dar
una vuelta a sus casas. A veces se descuidaban, siendo sorprendidas por
las granadas antes de volverse a su asilo o a veces cuando a él venían
encaminándose.[51]

        [51] De esto ocurrió un lance en mi familia, que cuento porque
        puede servir de dar a entender lo que pasaba. En el intervalo
        entre los disparos había venido a mi casa, situada en lugar
        ni de los más expuestos ni de los seguros, con otra criada,
        el ama de leche que lo era de mi desgraciado hijo Dionisio.
        Se descuidó hasta dejar pasar las cuatro horas de suspensión
        del bombardeo. Entonces se vino apresurada con el niño en sus
        brazos hacia el lugar que era asilo de mi mujer y parientes.
        Pero recién salida sonó la campana y siguió el zumbido de
        una granada que vino a caer en la calle a muy corto trecho,
        cubriéndola de polvo así como a la criatura. Era de ver, según
        me contaron, cómo entró despavorida y llevando en su persona y
        ropas señales del recién ocurrido lance.

Al llegar el término fatal, todos se ponían en escucha, atentos al
sonido de la campana del convento de San Francisco. Porque, por
juiciosa providencia, estaba prohibido el toque de campanas en todo
caso, para que no sonase otra que la de aviso, salida del aquí citado
campanario, donde un fraile, hecho atalaya, puesta la vista en las
baterías francesas, al ver salir de ellas un fogonazo, daba una
campanada, siendo estas tantas cuantos eran los tiros. Al sonido de la
campana seguía inmediato el estampido (que entonces no era _detonación_
más que en francés) del temible obús o mortero; venía luego el zumbido
de la granada por el aire, y cuando no caía el proyectil en la mar,
como solía suceder, daba aviso de su caída un recio golpe. Entraba
el averiguar dónde había caído y si había hecho daño a personas o
a edificios. Lo primero ocurría rara vez; lo segundo no pasaba del
agujero abierto por la casi inofensiva máquina de guerra. Había risa
aun cuando hubiese miedo. En los lugares seguros, donde faltaba el
temor de desgracia en la propia persona, había cuidado por las más
o menos queridas que estaban en sitio expuesto, y aun por las casas
y muebles que podían haber padecido detrimento. Libres ya de este
cuidado, aunque ciertos de haber de sentirle igual cuatro horas
después, se entregaban las gentes al buen humor, por lo común compañero
de incomodidades no graves. Parecía como que se estaba en competencia
para hacer gala de superior mérito contraído sobre quién vivía con más
estrechez en punto a espacio, o con menos regalo en punto a cama y
muebles.

Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar
distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano
del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había
además allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía
con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como
plaza donde se corrió por la sortija.

El embajador de Inglaterra, que lo era entonces sir Enrique Wellesley,
hermano del general que llevaba el título de lord Wellington, solía
dar bailes, si no con la suntuosidad que hoy se ve en algunos, y con
lo que da de sí la ostentosa grandeza de los señores ingleses, unos
donde concurría la buena sociedad gaditana y la grandeza de España y
demás forasteros de alta categoría residentes en Cádiz, pero hubo de
cesar en la costumbre por estar su casa muy expuesta a las granadas,
porque sabiendo donde estaba, se recreaban los franceses en asestar
allí sus tiros, y también por estar inmediata al campanario de San
Francisco, otro punto a que ponían la puntería los sitiadores. Pero
si el agente diplomático de la nación, nuestra principal aliada,
interrumpió sus funciones destinadas al recreo de las clases altas,
convirtió su atención al entretenimiento del pueblo todo, costeando
fuegos artificiales, conciertos al aire libre, y otras diversiones
de clase parecida. El teatro asimismo era lugar peligroso, y ya he
contado en otro lugar que nos pasó por encima y cayó muy cerca una
granada, al estar representándose con loco aplauso la comedia de
Martínez de la Rosa titulada: _Lo que puede un empleo_. Pensose, pues,
en hacer otro en el lugar a la sazón destinado a espectáculos, donde
concurriese el público, y comenzó la obra, trabajándose en ella con
actividad, y llegándose a construir un edificio mezquinísimo y de mal
gusto, solo propio para aquellos días, pero que hoy está en pie y sirve
a su destino, no sin descrédito de la culta Cádiz. También se dio
principio a una plaza de toros allí muy al lado. Todo esto indicaba que
esperábamos pasar largo tiempo en la situación en que nos veíamos, y
de hacerla llevadera. En medio de todo ello no eran desatendidos los
pobres. Como de estos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa
María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de
la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un
campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, y
si bien no parecían tales habitaciones propias para pasar en ellas el
invierno aun en el templado clima de Cádiz, se dejaba la consideración
de buscar a aquella gente otra morada a la estación del otoño, y entre
tanto se remediaba en algo el mal presente.

No puede decirse qué habría sucedido si semejante estado de cosas
hubiese durado mucho, dilatándose hasta la entrada de una estación en
que no es agradable, ni fácil, ni siquiera posible, pasar gran parte de
la vida en la calle, o si logrando los enemigos dar mayor alcance a sus
piezas, no hubiese quedado en la ciudad de Cádiz lugar completamente
seguro. Por fortuna, nos vimos libres de las calamidades que eran de
temer antes de sentir puesto a más prueba nuestro sufrimiento.

No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la
noticia de la victoria alcanzada por el ejército inglés en la jornada
dicha por los vencidos de los _Arapiles_ y por los vencedores de
Salamanca. Era a medio día; la noticia corrió veloz por la población;
sonaron exclamaciones altas y unánimes; celebrose con salva el triunfo;
respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de
estos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio.
Hasta contaban que el fraile a quien tocaba dar las campanadas para
anunciar la venida del proyectil, a cada llamarada que veía en la
batería francesa, no bien tocaba la campana, saludaba a los enemigos de
un modo que con poca razón, si con universal consentimiento, pasa por
obsceno, a pesar de qué su nombre suena ser, más que de otra cosa, de
_sastrería_. De allí a pocos días, como se esperaba con fundamento,
se supo haber entrado en Madrid el ejército aliado vencedor. Estas
segundas buenas nuevas, llegadas al anochecer, renovaron el entusiasmo,
particularmente en los madrileños y demás gentes de las provincias
del interior refugiadas en la isla gaditana. Apareció de súbito y por
movimiento espontáneo iluminada la ciudad toda, y cantos y gritos
poblaban el aire, y se abrazaban en las calles los más particularmente
interesados en el recién sabido feliz suceso.

Pero, así y todo, el bombardeo seguía. Al mismo paso iban los festejos.
El tablado de la música no estaba ya vacío ni silencioso ni una sola
noche. La fecunda vena patriótica de Arriaza había dado de sí una
canción nueva, cuyo coro era:

      Viva el grande, viva el fuerte
    Que en la más gloriosa acción
    El furor francés convierte
    En vergüenza y confusión.

Siendo la primera copla:

      Ved cuál entre polvo y humo
    Por los campos de Castilla
    Va la bárbara gavilla
    Que era un tiempo su opresión.
    ¿Quién los bate y los humilla
    Con el rayo de victoria?
    La trompeta de la gloria
    Dice al mundo, _Velintón_.[52]

        [52] Adrede va escrito el nombre del ilustre lord y general, no
        como debe escribirse, sino como se pronuncia en castellano y es
        necesario para la rima.

Como se ve, no era la composición de lo mejor de un poeta que ha dejado
muchas buenas, ni tampoco acertó quien lo puso en música; pero se oía
con más gusto y entusiasmo que en tiempo alguno pueden haberse oído los
mejores versos o los sonidos más melodiosos.

Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25
de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el
ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en
retirada los sitiadores; suceso ya esperado. Amaneció el 25, y a su
luz viéronse evacuadas las líneas enemigas, y a lo lejos, por el mismo
camino de Buena Vista por el cual en el 5 de febrero de 1810 habían
aparecido los franceses, ir marchando las columnas de caballería e
infantería de los enemigos que para nunca volver desocupaban la tierra
de que por tanto tiempo habían estado enseñoreados, dando poco menos
que seguro vaticinio de que en no largo plazo habrían de abandonar
la de España; castigada así la perfidia y dura conducta del invasor,
y recibiendo el pueblo español la recompensa merecida por su primer
arrojo y su no desmentida constancia.

La tarde del 25 fue destinada por un gentío numeroso a visitar las
baterías abandonadas del Trocadero y la vecina punta de la Cabezuela,
de la cual salían las granadas arrojadas a Cádiz. A los que en el
1.º de agosto de 1808 habíamos visitado el Retiro, nos parecía una
repetición de la anterior escena la que presentaba el campamento
francés en aquel momento. Los obuses-morteros eran principal objeto de
la atención: se los miraba, se los palpaba, se les decían injurias, se
los cargaba de desprecio, como si pudiesen ellos sentir el vituperio
o la burla. El viaje a aquel punto se hacía por mar, pues por tierra
había que dar para llegar a él un largo rodeo; los barcos, a pesar de
haber muchos, escaseaban e iban atestados de gente, y todos ellos, al
volver, traían en el tope de sus palos un gran ramo de hierba, como
en señal de que ya podían pisarse los campos, saliendo de los áridos
arenales a que por largos días habíamos estado reducidos. Es cierto que
ramaje como el que venía en muestra traído del terreno del Trocadero,
nada mejor que el de la isla gaditana, podía haberse hallado en esta
última; pero no era del caso ser críticos tan prolijos, y bien venía
saludar con gusto la señal que lo era de una feliz vuelta de la fortuna.

¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo
consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.

A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y
tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que, a los pocos días de
levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas,
era frecuente decir: «Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses
y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y
que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta
el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba».
Así éramos las personas de 1812: así serían las de ahora puestas en
iguales circunstancias.




IX.

CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.


No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en
desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan
casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios,
y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las
pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno
a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos
superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse
bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe
serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino
frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así
como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el
Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del
constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser
absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una
época pasada, y, si no remota, separada de la que la seguía por el
campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias
no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y
también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que
era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos
servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas,
inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que
violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga,
infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la
lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar
que lo fue por su torpeza.

Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes
eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable,
pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen
cuales fuesen los medios.

Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces,
señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la
novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy,
si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el
uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y
contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una
sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada
por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por
la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en
las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun
cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a
los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira
de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde
su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto
simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces en loable medio de
ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los
adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que
no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es
cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y
estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días.
Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella
se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a
sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios,
una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al
dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria.
Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más
entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la
causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo
Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de
que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y
del poder francés, nuestro odiado enemigo.

Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos
insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de
venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución
proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la
ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una
conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque
estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave
daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su
orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones,
que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se
disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o
escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues,
en España, y comenzó a tener consistencia hacia 1816. Por una rara
casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las
ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital
de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre
las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada.
Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el
conde del Montijo.[53]

        [53] No el último conde del Montijo, padre de la emperatriz de
        los franceses, caballero de altas prendas y muy pacífico, sino
        su hermano mayor, muerto sin hijos en 1834.

Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria,
acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada
que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe,
y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó
al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de
intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra
de la Independencia el mismo conde había representado algún papel,
aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente
en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o
dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele
a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos
y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes,
apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir
a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto
que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las
opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra
parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus
sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos.
Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar
que no hablase de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada,
estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la
monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo
igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente.
Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la
Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era
una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas,
y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra,
cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono,
pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se
multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la
calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco
nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado
por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al
gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es
hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.

Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de
España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud,
tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado,
como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había
sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de
los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome
tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso
a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en
Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con
la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación
superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo
sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni
el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran
nuestros pensamientos y afectos de odio al Gobierno establecido
en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros
propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a
su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero
cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares
circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré
ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna
contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y
también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en
dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los
caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la
autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San
Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e
invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada,
a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar
destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo
entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una
pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los
concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía
querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos,
y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa
llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado,
separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de
haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse
el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta
calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía
odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer
más que maldecir en voz baja.

Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días
no me permitieron pensar en otra cosa que en mis aflicciones. La
tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él
haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la
Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso
después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin
dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en
las sociedades secretas.

Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero
sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos
dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen
comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego
se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un
triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo
cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen
diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro,
como si el que corrían ya fuese corto.

De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz
general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en
Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve
deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para
pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces
hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans,
con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No
era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la
que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal
empresa de _Lacy_. Pero participaban los asociados de las ideas de
los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida
la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de
la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza
inglesa comisionados a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible
a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron
iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz
muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con
algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad
superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la
sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días
posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de
mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en
sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como
constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después,
como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos,
aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba
de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que
Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían
propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien,
ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó
la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras
de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más
ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién
ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de
su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente
lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció
la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como
propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad
secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de
resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de
la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para
Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con
infausta fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que
acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de
las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento
los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros
resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época
más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que
entonces se veían todavía completamente faltos.

Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que
tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas
las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada.
La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de
quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder
de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente
coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por
su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo
a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las
Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey
restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas
en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber
tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda
afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por
el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad
nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este
personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba
juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a
poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo,
a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que
súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares
eran referidos de muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda
injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones,
cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de
persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba
odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme
apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no
resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni
en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase
mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos
fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí
a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien
aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los
días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber
sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta
fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue
favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y
de la corte existentes.

No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la
Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó
a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre
recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen
a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año
antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había
desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde
del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador,
no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado;
pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el
temor, para la esperanza.

Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera
política, como neutralizadas por algún tiempo, fueron agregándose
hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer
efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en
la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar
la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de
España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía
el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra
nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había
sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición
inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos
en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los
soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar
el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos
ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más
corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir
de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había
habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la
idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos,
y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la
merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al
espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las
mandaba.

Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de
la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser
jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron
grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones
puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra
las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo
temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores.
Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena
fama, cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que
en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos
entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos
encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En
una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina
constitucional, y tanto que, a manera de otro _Saulo_, era ya un
_Pablo_ resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los
medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.

Mucho encerraban de cierto estos rumores, según vinieron a probar los
sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su
nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de
poner en él su confianza.

En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación
de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del
Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid
y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en
Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia
por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte
remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al
Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba
el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar
lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no
encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de
España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para
el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me
puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano
país a que me llevaba la suerte.

Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos de enero hallé tan
mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser
fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos
para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.

No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día
presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay
algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo
que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy
conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas
menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas
de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las
de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una
razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel
tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud,
y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y
astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas,
estropeadas.

Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de
considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño
en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como
gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos
lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque
contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el
pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado
de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado
una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por
la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo
preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente
de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo
llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución
de 1812, poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno
de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su
propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad;
pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la
conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba
largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe
contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas
bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.

Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro
sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se
hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así
hiciesen entre sí los _hermanos_, todos ellos conspiradores, natural
era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto
que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros
un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración;
hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si
no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal
peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado,
dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que
parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el
trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte
trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820
una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la
historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido
amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus
últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que
más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo
de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa
de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su cargo las provisiones
del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis
acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto
arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como
un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la
ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y
durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes
de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no
se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no
sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales
llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo
roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía
de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y
señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis
amigos o _hermanos_, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro
gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de
poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo
tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos
de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono
al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas,
y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la
sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto.
Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición,
a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre
que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos
en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal.
Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta
objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por
ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno,
pero tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de
contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No
pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año,
Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre
muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812,
dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones
que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.

Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena
animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde
de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su
situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al
pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de
resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda
esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que
en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando
así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable.
Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las
calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes
era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia.
De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un
levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al
suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz,
donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo
a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En
tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto
que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte.
De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de
Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño
de un ejército al cual no podía oponer otro España, o ya fiase en
promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo;
prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de
durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza
tan peligrosa y apremiante.

Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el
general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía
un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que
aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día,
que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario
entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba
en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual
consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por
el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si
no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza
superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en
aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí
viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la
sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.

La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto
sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es,
o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando
su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la
conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en
Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad
en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida
por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones
sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz.
Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de
la aristocracia de aquella ciudad, las más de ellas de edad madura,
graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo
común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente
inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión
salían y eran parte quienes se entendían con el conde.

Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que
estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver
claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la
alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen
juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al
cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los
planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como
si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De
reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición,
a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que
se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato,
pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por
dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No
me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y
básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella
más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el
primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a
la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque
en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la
componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades
de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya
refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de
secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.

Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible demorar mucho
el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército
iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de
la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en
nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la
Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla,
o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían
al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas
relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha
semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones
políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese
pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y
pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno
ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre.
Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba
su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho
alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco,
entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello
le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un
enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método
indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que
los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados
que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque
_le valía lo que una división_ para la propuesta empresa. Debía ocurrir
a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el
conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero
y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él
hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande
hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una
rebelión contra el Gobierno. Satisfizo a casi todos esta razón, aunque
no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield,
por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que
el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No
era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de
La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la
conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para
acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se
congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese
con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa
que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida
después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron
adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza,
y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose
absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los
muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.


II.

Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada
para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera,
donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal
de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos
de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las
primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo
que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran
parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y
no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un
tanto ligero, calidad que, viéndose en él demasiado, lo hacía a veces
parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y
finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro
don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto
saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona
a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que
el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un _sabio_ en los
varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de
rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera,
la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo,
un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas
calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la
peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar
la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter
de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias
que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras
revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un
lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de
ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo
en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta
absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera
en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía
algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba
el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había
leído algo,[54] sin método, por lo cual descubría no poca confusión
en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por
donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en
deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para
llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de
gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales
por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la
gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en
que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a
cuento para las materias sobre que hablaba.[55]

        [54] Moreno Guerra había leído a Maquiavelo, y, como el famoso
        florentino goza de mala fama entre la gente piadosa, así como
        entre mucha que no lo es, miraba como gran mérito el conocer
        las obras del autor del tratado _El Príncipe_, y le ensalzaba
        y citaba tanto que por ello era ridiculizado por quienes de
        cerca le trataban. En verdad, aprendió algo de las arterías
        recomendadas por tan insigne autor, pues en su carrera se
        mostró poco escrupuloso en cuanto al uso de medios para llegar
        a fines que, si alguna vez eran buenos, solían ser muy otra
        cosa.

        [55] En un folleto muy gracioso y celebrado, cuyo título era
        _Semblanzas de los diputados a Cortes de 1820 y 21_, está bien
        retratado, como todos, y aun mejor que varios más, Moreno
        Guerra, y se hace alusión a lo incoherente de sus discursos,
        diciéndose de él que en las Cortes había contado que _vio la
        fragata Perla_, etc.

Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer
tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le
declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración,
el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo
Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se
le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo
enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con
tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como
a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas
hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo
a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que
fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y
suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando
de pies a cabeza el casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield,
viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien
podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los
que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus
labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había
dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes
si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de
asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el
mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días
se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución
de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del
hombre a acomodar su fe a su deseo.

En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y
aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese
un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que
Sarsfield amenazaba.[56] Pero como el daño no aparecía, continuaba la
conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser
hecho dentro de corto plazo.

        [56] La persona cuya mala acción o cuyo delito intentado, de
        tal modo y clase que es ya altamente criminal solo el intento,
        pues hasta tuvo preparado el veneno que quería se diese a
        Sarsfield, por fortuna no era la de un español, sin que por
        esto pretenda yo tiznar la buena fama de sus compatricios al
        referir su malvado proyecto. Era, en verdad, mal sujeto, aunque
        hombre de bastante talento y de alguna instrucción, bien que la
        suya fuese superficial y de no la mejor clase. También, como
        Moreno Guerra, había leído a Maquiavelo, y le tenía en mucho,
        porque era cosa singular que el famoso florentino gozase de
        alta reputación entre los liberales conjurados de 1819, no solo
        como portentoso ingenio, lo cual es justo, sino como maestro
        de sanas doctrinas. Verdad es que hay liberales italianos de
        la misma opinión, pero a esto mueve y domina el patriotismo,
        olvidando al maestro de la tiranía y torcida política en su
        admiración al escritor ingenioso, agudo y profundo, y en su
        conducta no mal patricio, cuando en los no italianos es de
        admirar que consideren doctor y apóstol de la iglesia liberal
        al admirador y ensalzador de _César Borja_ y de _Castruccio
        Castracani_. Volviendo al objeto de esta nota, diré de él que,
        nacido de dignísimo padre español, abrazó la causa de los
        americanos que alzaron bandera contra España, pasó a servirlos,
        y (lo que es en él de vituperar) sustentó su causa, según voz
        común, con espíritu de feroz odio a todo cuanto era español,
        acreditado en hechos de crueldad y perfidia. Esto no obstó a
        que después viniese a España, donde residía ya en 1816, hasta
        siendo oficial en nuestro ejército, si bien no en servicio
        activo. Tuvo parte en los trabajos de la sociedad secreta y
        en la conjuración de 1819, pero no pasó a la ciudad de San
        Fernando cuando allí tremolaba el pendón constitucional en
        enero, febrero y marzo de 1820. Proclamada en toda España y
        aceptada por el rey la Constitución, logró este mismo individuo
        tener asiento en las Cortes de 1820 y 1821 como representante
        (creo que suplente) por una provincia de América. No hizo papel
        lucido en aquel Congreso, donde votó con la oposición, siendo
        del partido que entonces llevaba el título de _exaltado_.
        En sus conversaciones solía hablar de aquellas Cortes en
        términos de vituperio y aun de desprecio absoluto. Concluida la
        legislatura ordinaria de aquel Congreso en julio de 1821, se
        fue a Cádiz, donde se entregó a tales maquinaciones que hubo de
        huir de España por no ser preso al terminar aquel año. Después
        poco se ha hablado de él. No quiero decir su nombre, hoy de
        casi todos ignorado.

Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las
inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne.
Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues
si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el
general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más
aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones,
medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas
muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual
y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título
de _Orador_, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves
escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser
orador más de una vez y en varios lugares, con crédito, y también con
descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés,
más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre,
como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de
otras ocupaciones y obligaciones.

Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya
no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo
poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común
apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro
presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi
frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el
velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento,
ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad
coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus
restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro
rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con
voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa,
y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en
este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un
alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose
casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento
con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío.
¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no
para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino
como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de
lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto
sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se
repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no
dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!

De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de
conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es
que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle
favorable remate.

Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición
fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la
ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y
entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional
ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de
la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés,
en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del
mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba
pendiente.

Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para
algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez
a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima
conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones,
no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para
impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a
fuertes indicios, lo segundo era lo probable.

Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy
frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya
tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e
irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en
duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón».
Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese
veracidad al hacer semejante cargo.

Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya
oscurecido, se habían cerrado las puertas de la ciudad de Cádiz,
entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que
para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra,
solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre
la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría
las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta
de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa
María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días
antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la
retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en
la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo
que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto
importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de
salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se
entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la
Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el
ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron
las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto
que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de
la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente
era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz,
no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el
general con demasiado acompañamiento.

En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero
nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que
otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo,
pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo,
obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la
vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo,
cuyo mando tenía don Antonio Valera, primo mío muy querido y de
nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes
se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí,
pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y
busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no
examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por
reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que
levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil
era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos
tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego
Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni
demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre
ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario.
De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien
explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar
pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy
probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban
en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que
al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al
frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.

Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en
Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún
más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar
contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco
antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con
los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando
el _Ave María_, y dijo en tono de burla: _Cantad, cantad, que pronto
no cantaréis_, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el
hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez
Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse
para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto,
se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó
una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que
fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca
del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la
misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por
el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el
Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio
apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del
intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero
recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a
no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes
de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.

        [57] Palmar llaman en Andalucía a ciertos terrenos incultos que
        allí abundan, y deben su nombre a estar llenos de palmas enanas
        que no sé cómo deben llamarse, pues aunque soy en extremo
        aficionado a árboles, plantas y flores, ni sé de ello lo que
        sabe no ya un botánico, sino acaso el jardinero u hortelano más
        tosco y rudo. Este Palmar del Puerto, teatro de la hazaña de
        O’Donnell y Sarsfield, tiene cierta fama. Cuando en los pueblos
        de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una
        persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común
        decir de ella _que tiene más años que el Palmar del Puerto_.

Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el
conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la
formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58]
primeros y segundos, a los cuales intimó que se diesen presos, no
expresando sino a medias por qué causa.

        [58] En el orden y planta dados a aquel ejército
        expedicionario, constaban los regimientos de un solo batallón
        cada uno, como sucedía, y aun creo sucede en Inglaterra, y
        hoy en Portugal. No había, pues, coroneles, aunque lo fuesen
        personalmente algunos de los que mandaban los regimientos de
        un solo batallón. El de Canarias, por ejemplo, estaba mandado
        por don Demetrio O’Daly, brigadier, que fue uno de los presos
        por el conde. Pero otros tenían a su frente meros comandantes,
        aunque de primera clase.

Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole
con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar
del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por
ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo
futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado
este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la
risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y
agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como
los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no
disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos
de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por
un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara
y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para
serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros
personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto
no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles
proscripciones del triumviro Octavio.

No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al
revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo
de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de
los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a
culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera
comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración
tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A
los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso
molestar siquiera. Se dejó decir más de una vez que nadie temiese,
porque «_él era caballero, y a nadie vendería_», y cumplió tal palabra,
que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la
conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en
situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran
cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el
día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a
Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si
había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado
a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de
la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir
castigo como recompensa.

Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir
que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la
consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más
comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto
Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros
no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía
yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta
entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero
me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la
par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir,
excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos
la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que
nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que,
olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi
empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el
Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.

Y así fue que, cuando una conjuración formidable había venido a parar
en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta
poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender,
prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro
arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado
pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era
ciertamente.

Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los
conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor
con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u
ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos
el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La
Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro
punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que
bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a
mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo
de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de
baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó,
quedándose en desahogo de vana rabia.

Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar
en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una
traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al
cual había tratado de derribar.

Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda
intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa,
donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte
entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno,
y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el
viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a
Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí sabía que había ido Istúriz con
otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo,
y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con
poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por
cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada.
A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser
vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser
crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis
esperanzas.

El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y
catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie
me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo
vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como
secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo.
Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención
se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina;
siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San
Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera
bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía
desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como
si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle
en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque
la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su
estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español,
aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez
Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y
con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una
importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la
fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y
estaba Moreno Guerra, que así nos servía de embarazo a veces, como de
distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía,
y seguía yo resuelto a embarcarme.

Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de
España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era
un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño
de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su
celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los
conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad
como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar
hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo
con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con
mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción;
con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el
menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra
el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de
venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual
circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que locura
tanta llamase particularmente la atención a mi persona.

        [59] No quiero copiar este soneto, harto conocido. De él tuvo
        noticia el conde de La Bisbal, y después de restablecida la
        Constitución, procuró y logró entrar en trato, aunque no
        frecuente, amistoso conmigo, quejándoseme en una ocasión de
        que yo le había tratado mal por no conocer los motivos de su
        conducta. Sabido es que otra vez (en 1823) faltó el conde
        a la confianza que en él pusieron los constitucionales más
        ardorosos. Aunque yo entonces en Sevilla, en las Cortes, hablé
        con violencia suma contra él, hoy, sin disculparle, debo
        decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal
        cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y
        a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un
        traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era
        ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado
        una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus
        mudanzas violentas.

Entretanto, recibíamos de la vecina Cádiz noticias que nos daban a
creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto
cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación,
pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de
superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un
ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la
ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten,
dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una
obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega
estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque
no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en
verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad,
si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme
trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa.
Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que
poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era
saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en
el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son
de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero
estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero,
alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que
ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero
era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los
que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que
yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado,
y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de
gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber
en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre
su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios.
Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo
emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el
interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos
conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar
algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse
la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta
creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales
subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de
limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba
de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en
Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles
que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades,
en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a
las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros
al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos
con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero
nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres
individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar
de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir
escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada
la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy
largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba
gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego
que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados
de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los
primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan
aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito
ni encausado, era dueño de ir y venir según mi antojo, hasta con el
carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto
daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por
mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul
pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me
embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni
se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul,
siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló
de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni
extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar
de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad
mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi
prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la
rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.

El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras.
Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los
de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se
habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el
Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi
persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que
los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces,
y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de
tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que
al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos
de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de
amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento
e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber
frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo,
no le sirvió de grande obstáculo, dando a los pasos de los conjurados
una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar
julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de
fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y
otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde
1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel
pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose
al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las
precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la
salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas.
Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad
de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores,
pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí
se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a
otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían
comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un
punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar
a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable
barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en
cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención
pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz
la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en
Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación
de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la
guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con
el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si
bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en
incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de
la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos
tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado y como caído en un
pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme,
si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte
motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro
había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía
acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta
los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves
inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto
lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito
de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas,
porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy
inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban,
y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos
en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco
seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva,
aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo
orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas
algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la
terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.

Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante
refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió
durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La
otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan
singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de
subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don
Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don
Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente.
El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y
andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, dándole
su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces
para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin
hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía
debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello
cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas
fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco
recato.


III.

Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los
conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso
importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días
en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento
constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí
donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que
a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de
otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos
conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse
que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa,
a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su
conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía,
y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto
en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y
descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes
por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto
concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego
a la causa apellidada de la libertad, y más digna de ser llamada de
la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por
sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido
persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna
conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero
proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a
falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia.
De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración
existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había
sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales
de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en
la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado,
como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había
formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las
modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y
pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero
a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior
el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el
descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si
no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de
sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque
no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos,
comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que
había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal
negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia
y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más
feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes
sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad;
a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los
únicos, con rara excepción, que no habían desistido de trabajar en
la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los
principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz
que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues,
sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía
en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora,
de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz.
Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en
1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes,
pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida
opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le
atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin
contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi
conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo
del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin
duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o
de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros
aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole
la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto
de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con
algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de
la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a
fama.

De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido
de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la
sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a
mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella
en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y
travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de
desorden para traer las cosas a feliz paradero por singulares caminos,
aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo
a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se
dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De
la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un
modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos
simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de
medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde
luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y
una de las principales faltas era la de un general que le capitanease
llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y
con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la
repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual
era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien
le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general
a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las
necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en
Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo
que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en
los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los
constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador,
y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar
por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento;
este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que
había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución
bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser
cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun
cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su
triunfo.

En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de la cual después
me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general
(dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa
que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese
mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le
confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier
uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva
el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y
en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de
osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como
acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje
a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la
persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto,
aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre
quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de
León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me
acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero,
con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces
no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada
conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no
menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo
bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia
gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante
en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó,
como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la
Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación,
soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por
los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto
de haber caído en cama.

Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada a Cádiz. En
este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una
estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente
estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha,
y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me
ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y
peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un
joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario
de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general
en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de
apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en
la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que
a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba
una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo
que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una
gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también
contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso
su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos
participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después
del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con
un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo
triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse
en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las
malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia
fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.

Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún
tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo
salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi
confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas.
Sin embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para
algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al
público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve
el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas
de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por
haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué
entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble,
hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero
que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la
ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo,
como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas
y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor
escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde
escribía.[60]

        [60] Por aquel tiempo vino a Cádiz, comisionado por el Gobierno
        para estudiar la epidemia, un médico llamado Cavanellas, que
        dijo e hizo mil extravagancias. Llovieron pullas sobre su
        persona y yo tomé parte en ellas, pero vituperando, más que al
        doctor, al Gobierno que le enviaba, y pasando a vituperarle por
        algo más y de mayor gravedad que la comisión dada al Cavanellas.

Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba
extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía
urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y
sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa
daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco
numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de
la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos
abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado
Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar
después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho
que yo vivía, el teniente de navío que era de la real armada don
Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos
días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del
ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con
él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o
cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho
con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas
personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o
de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y
particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos
a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra.
Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y
no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera,
suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con
la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede
decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología.
Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra
cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto
de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande,
pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de
España y todos sus agentes.

Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante
la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para
ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio
en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello
bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando
y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro
de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado
como una cosa impertinente. El primer lugar a que me encaminé fue la
villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos,
de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos
el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel.
Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir
en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde.
En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y
tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que
receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de
julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían
dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía
ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé,
pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido
peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa
que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con
incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos
por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no
solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las
calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un
juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta
de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia
destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba
orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me
contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración,
un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el
día en que a él tocase la guardia de los presos, cumpliría con su
obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero
pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él
todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a
retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber
lo mismo que los otros.

        [61] A este oficial dejaron atrás en Alcalá sus compañeros al
        ponerse en movimiento ya levantados, creyéndole su contrario.
        Pero él, cuando se vio solo, se vino tras de su batallón, se
        presentó en San Fernando, se mostró quejoso de que no hubiesen
        contado con él, y siguió muy celoso en la causa constitucional.

Yo, en Alcalá, tuve por habitación la prisión de mis cómplices,
y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la
conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la
misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas
formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva
pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi
asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me
presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que
algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando
que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en
aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando
el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes
dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé
en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase
en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de
mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis
de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de
mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener
un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a
mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde
las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de
ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo
tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y
firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo en
ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los
inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En
suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial,
por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la
empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la
milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio,
concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a
Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi
interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con
seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.

Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había
visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad,
siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de
los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme
en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas
con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar
al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y
definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá,
pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera,
donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con
fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba,
disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía
seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de
nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias
consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler,
acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo
bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre
el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra
civil, y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en
un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a
caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como
fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas
de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca,
poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de
artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del
muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de
los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias
tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no
antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto
que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de
lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a
Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña,
en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar
acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí
alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito,
resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de
corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias.
Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las
más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me
detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades
vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas
dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria
solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue
obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento
del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar
como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció
mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado,
en breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba
quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros
particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de
residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz.
Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya
objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi
viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la
vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de
noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así,
necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba
delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes
algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar
propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me
dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar
mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y
pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y
me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre
menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los
tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de
la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió,
a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie
en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde
había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a
un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes
cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser
excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no
podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar
sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido
igual, ni la he tenido después en el largo discurso de mi trabajada
vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules.
Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer
a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le
dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba
pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en
ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales
que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a
la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se
agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía
mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí
y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de
que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en
sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles
noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien
entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de
la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios
oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y
por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto
valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos
concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve
monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero
al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo
que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía
llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el
menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi
persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio
a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo
que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante
ir al cordón desde los lugares vecinos. «Mayor riguridad», me dijo,
«hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque
manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados
que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su
paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a
calificar de _malo_ al sargento que tan bien cumplía con su obligación,
porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una
idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el
leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca
utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo
noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe
V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que
de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de _El Duende_
(obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como
estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta
con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo
que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en
que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole
detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su
paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como
un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por
cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no
del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo.
Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre
límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio
francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella
batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí
yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla,
encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal
alguna de caminante. Esperé a un momento en que el soldado que estaba
de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que
no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de
uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y
cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis
al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar
de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde
del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo
que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me
ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre
los militares de «Atrás, paisano». Como su _atrás_ para mí quería
decir _adelante_, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad
de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez
dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían
valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos
empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia
del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro
y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue
esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en
el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de
Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que
estaba trabajando en derribarle.

Volví a Cádiz y a mi antiguo hospedaje, a descansar algunos días
mientras crecía fuera el incendio, no obra mía, pero por mí
poderosamente avivado y soplado. Di cuenta de lo ocurrido a mis poco
numerosos cómplices, que nada podían hacer por lo pronto más que
esperar y buscar dinero para los primeros gastos del alzamiento, género
entre nosotros escaso, y que teníamos pocos medios de sacar a quienes
podían disponer de sumas de mediana cuantía.

En todo cuanto acaba aquí de referirse apenas va hecha mención de
Mendizábal, de quien algo atrás se ha asegurado haber sido de los
principales entre los agentes y fautores del levantamiento. La razón
de omisión tan notable es que sus trabajos, si iban a la par con
los nuestros y los míos, eran llevados adelante en otros lugares.
En verdad, el estado presente de la conjuración en el ejército era
poco menos que obra suya, pues de un cuerpo casi muerto había hecho
uno vivo, robusto ya, y muy alentado; confirmando en su propósito a
los fuertes, acalorando a los tibios, restituyendo los bríos a los
desmayados, activando los trabajos de las sociedades, y estrechando las
relaciones que a unas con otras unían; cosas para las cuales le hacían
propio sus calidades naturales, y la situación en que se hallaba. En mi
viaje al ejército no pude yo verme con él, oponiéndose a ello más de un
obstáculo; pero si de nuestras visitas habrían resultado ventajas a la
común empresa, no habrían dejado de nacer de ellas algunos y no leves
inconvenientes. Mendizábal era dado a bullir más de lo necesario; con
sus singularidades conducentes al logro de sus fines mezclaba rarezas
inútiles, y era por demás indócil y aun dominante, y yo, entre otras
faltas, tenía la que aun en cierto grado conservo de mal sufrido. Es
por lo mismo probable que nos hubiésemos desavenido en cuanto al uso de
muchos medios de los encaminados a alcanzar los fines en que estábamos
acordes. Por otra parte, habría disminuido la importancia con que yo
me presentaba, y la cual contribuía eficazmente a llevar adelante con
más aliento el proyecto que teníamos entre manos, hallarme al lado con
hombre a quien no podía engañar respecto a los recursos de que era yo
dueño, recursos no solo pecuniarios, sino de otras varias clases. Bien
estuvo, pues, que no nos viésemos entonces, como lo vino a estar que
nos viésemos luego.

La cuestión de dinero era, como poco ha aquí he dicho, una de las
que más nos daba que pensar, e iba haciéndose apremiante. Yo solo
cortísimos picos podía dar; Montero, cuyo capital era escaso, dio
veinte mil reales y un poco más, y Cuetos, simple oficial de marina
en grado subalterno, pero que tenía alguno, bien que reducido
crédito personal, usó de todo el suyo para tomar prestado hasta mil
pesos fuertes. A personas pudientes de Cádiz no había que pensar en
dirigirnos. En tanto, supimos que había vuelto a la ciudad Istúriz,
persuadido con razones que parecían convincentes de que nada tenía que
temer de la causa pendiente hecha a los militares, y solo a estos,
después de la ocurrencia del 8 de julio. Sabedores de su llegada,
pensamos en acudir a él conociendo su generosidad y suponiéndole
riquezas que no poseía, así como no ignorantes de que el malogrado
proyecto anterior le había sido harto costoso. Aunque, como antes
aquí he dicho, no era todavía nuestra amistad estrecha, teníamos
algún trato, y para él valía más que las de los otros asociados mi
persona. Fui por esto yo diputado a verle y pedirle. La visita tenía
que ser de día, y aunque yo solo de noche pisaba la calle, me arrojé
a ella en la mañana del 25 de diciembre. Vivía Istúriz en el lugar
de más concurrencia que hay en Cádiz (en la plaza de San Antonio),
y el día festivo era de los en que más están fuera de su casa las
gentes, lo cual hacía en la apariencia peligrosa para mí mi salida,
aunque en verdad en el general descuido era el peligro que yo corría,
si acaso alguno, muy corto. Me embocé en mi capa, me calé un gorro,
me puse unos anteojos, y así mal encubierto llegué a la casa a que
iba; pregunté por el amo, di mi nombre para ser recibido, y lo fui
al instante con muestras de consideración y afecto. Pero al buen
juicio de Istúriz, al cual se agregaba el escarmiento, pareció nuestro
plan descabellado, porque no sin razón tenía en poco a los que en él
entrábamos, menos a mí (según me dijo y probó en cierto modo), y no
creía posible hiciésemos sin fuerza de clase alguna lo que no se había
podido teniendo mucha, ni que se atreviesen a un acto de loco arrojo
los que no habían sabido hacer una resistencia con visos de terminar
en una victoria. Noté yo que en él influía el desabrimiento hijo del
desengaño, y así se lo manifesté, a lo que dio por respuesta que yo
estaba llevado por una imaginación acalorada con exceso, en razón de
los mismos sacrificios que había hecho y estaba haciendo a una causa
desesperada. Terminó nuestra disputa en decirme que por consideración
personal a mí, me entregaría al momento mil duros, aunque los
consideraba perdidos. Acepté la oferta, pero había una dificultad. No
tenía Istúriz en casa oro, y no era día de buscarle, ni tampoco nuestro
negocio consentía espera, no siendo por otra parte conveniente que me
presentase yo en público, sobre todo en momentos que iban siendo muy
críticos, pues no podía tardar arriba de muy pocos días el rompimiento.
En caso tal, temerariamente cargué yo con el peso de más de dos arrobas
y media que tiene una talega, y metiéndome esta debajo de mi capa salí
de vuelta a mi asilo. A los pocos pasos conocí el desatino que había
hecho. Siempre he sido de poquísimas fuerzas, y aun las muy grandes
apenas bastan para llevar a pulso tanto peso, y así es que sentí írseme
escurriendo el que llevaba, y faltarme poder para contenerle, viéndome
además obligado a atender al embozo. En un momento me asaltaron
consideraciones tristísimas y harto fundadas. Ver rodar por el suelo
una suma crecida de dinero, saliendo de debajo de la capa de un hombre
embozado, en un día de los más festivos, y en que no se hacen pagos,
por fuerza habría de inducir a quienes tal cosa viesen a fortísimas
sospechas de ser un ladrón el sujeto al cual pasaba tan raro lance.
Habrían acudido mirones, y entre ellos gente dispuesta a recoger una u
otra moneda de las caídas y desparramadas, y de resultas de ello era
inevitable mi prisión hasta averiguar quién era yo, y por qué andaba
con aquel dinero oculto. Pero si, hecha la averiguación, quedaba
(solo por ser conocido mi carácter y no haber quien se quejase de
haber sido robado) indemne yo de la nota y sospecha de ladrón, entraba
otra cuestión no menos grave. ¿Qué hacía yo en Cádiz? ¿Por qué estaba
escondido? ¿A qué llevaba tan crecida suma en día de Navidad y con tal
recato, en vez de fiarla a un mozo de cordel? Y, agregando a esto las
voces que corrían sobre haber conjuración, y si no pruebas legales,
casi general convencimiento de haber yo tenido parte en la formada
primero y luego desbaratada a medias por el conde de La Bisbal, ¿no se
seguiría de mi prisión gravísimo peligro, más todavía al proyecto de
levantamiento que a mi persona? Todo esto en menos tiempo que el en que
lo escribo se me vino de tropel a la mente, aumentando con la congoja
moral la corporal que me producía el peso que me iba rindiendo. Pero un
grande apuro da fuerzas, y de ello tuve yo y di entonces una prueba,
pues entrándome por una calle corta y poco transitada, me arrimé a
una pared, sostuve mi embozo con los dientes, aproveché un punto algo
saliente en el a modo de zócalo de una casa para en él apoyarme,
respiré con fuerza, cobré con esto bríos, y capaz ya de andar por breve
espacio sin soltar mi carga, apreté el paso aprovechando la feliz
circunstancia de estar poco distante de la de Istúriz la casa que era
mi residencia. Llegué por fin a ella, atravesé la puerta de la calle,
en Cádiz por lo común abierta, llegué al segundo portón cerrado, así el
cordón de la campanilla, la toqué con violencia, y hecho ya el último
esfuerzo, vino la postración y hube de caer, si bien no enteramente de
golpe, boca abajo, quedando cubierta con mi cuerpo la talega. Al recio
campanillazo acudieron los de la casa, no sin susto, pues sabían estaba
yo fuera, y las circunstancias eran para estar con recelo y temor por
mí y por nosotros todos. Abierta la puerta, grité yo desde abajo con
voz lastimera y como enfermiza, y corriendo mis amigos a darme favor
aunque ignorando cuál era mi pena, al principio se quedaron admirados,
y luego soltaron la risa, distinguiéndose entre ellos el viejo Vega,
que se desternillaba. Cuenta de Napoleón el obispo de Pradt que le
dijo repetidas veces, en una conversación en Varsovia, que lo sublime
y lo ridículo distan un paso no más, copiando con alguna mudanza el
Emperador lo que había dicho Voltaire de _el amor y la devoción_,[62]
y prueba es de ello el lance que acabo de referir.

        [62]

            _Car de l’amour à la dévotion_
            _il n’y a qu’un pas._

        De la cual dice nuestro Arriaza en su linda sátira de la
        tragedia _Los Venecianos_,

              Sin duda se diría por tal caso
            Que amor y devoción distan un paso.

No porque califique yo de sublime ni mi acción ni la empresa en que
estaba empeñado, pues sería hasta profanación de la voz sublime
aplicarla a tales objetos, pero al cabo grande era y grandísima vino a
ser por sus resultas la importancia de un suceso tan de burlas, por lo
cual no quiero omitir su relato donde aparece un testimonio más de cuán
común es depender cosas graves de sucesos por demás pequeños.

Mientras esto pasaba, nuestras relaciones con el ejército iban siendo
más frecuentes. Pero se había hecho necesario no dejar enfriar el
calor producido por mi visita. No pareció conveniente que yo la
repitiese, y fue en mi lugar Fernández Vallesa. Este sujeto, digno de
aprecio por más de un título, pero poco o nada conocido, apareció con
importancia superior a la que tenía, y desempeñó su encargo con sumo
acierto, mezclando el valor con la prudencia. Era, en verdad, Vallesa
persona de muy buenas prendas, aunque sin calidad alguna superior, no
muy instruido, pero tampoco ignorante, a lo cual acompañaba un juicio
claro, una gran serenidad de ánimo, y no común honradez; sujeto muy
deslucido en persona y modos, defecto que a primera vista oscurecía
sus dotes, las cuales se descubrían después de algún trato, y hombre
a quien tocó hacer mucho en la conjuración y figurar poco después del
triunfo, pero que, al cabo de su carrera, querido y también estimado,
vino a ocupar un puesto alto y no de los superiores, colocándose así
en el lugar correspodiente a su mérito, lugar que era de los elevados
entre los de segunda clase.[63]

        [63] Murió siendo magistrado del Tribunal Supremo de Guerra y
        Marina.

Vallesa, una vez en el ejército, lo cual logró hacer con poca
dificultad, porque de día en día iba allanándose más el paso por los
cordones, anunció estar hecha la elección de general en el coronel
Quiroga, el cual, sin embargo, seguía preso, si tal calificación podía
darse a la situación en que estaba. Poco al parecer tenía que hacer
este nuestro nuevo comisionado, pero con todo hizo mucho, porque la
conjuración, como todas comúnmente comparadas al fuego, necesitaba como
el fuego continuos soplos para mantenerse viva.

Había en medio de esto llegado el 26 de diciembre. No estaba señalado
el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya
perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro
de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto
de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo,
diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me
traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto
yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si
el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer
que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio
tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa
de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé
al saber esto mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser
en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir
por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero
de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a
la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como
él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me
recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque
a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su
modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para
el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez,
donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había
yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.

Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin
recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún
podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del
levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo
para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales
era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por
otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le
da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que
ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios
empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido
a menos la fuerza que tenía en 1814.


IV.

Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de
su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos,
tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto
de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un
delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación
de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra
conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de
compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa
de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy
sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días
al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta
más gravedad que teníamos entre manos.

        [64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta,
        mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias
        provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude,
        no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni
        podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos
        que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la
        _Gaceta_ expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales
        órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía
        un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos
        a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de
        nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me
        tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa
        mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.

Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era
importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de
conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos
pasásemos a las Cabezas de San Juan, donde habían de darse sus
disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí
estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a
la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer
comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a
poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida
fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal
personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son
conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y
desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas
de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento
para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de
barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer
en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la
verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio
cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención
de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las
compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa
y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por
breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración
medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía
en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la
mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal
en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la
prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y
conociendo la intención del general desde el momento en que se puso
en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y
de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por
otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que
cayeron presos en aquel lance, había sucedido a dos de ellos (los
hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo
ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de
lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores
de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero
Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada
y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte.
Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos
Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre.
Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya
existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos,
pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para
bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo,
fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde
luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en
nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores
del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos
principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la
noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de
1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y
juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón
de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento
en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia
del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen
adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a
Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el
batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir
sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón
de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno,
debían con la primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y
puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo
cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar
sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de
ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el
batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante,
y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que
debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del
despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo
interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don
Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes
de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias
y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes
expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse
junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las
que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias,
vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de
poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.

Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado
por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en
Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración
por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo
quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha
sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello
sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir,
después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si
necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y
no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general
(no del nombrado por nosotros, sino del que lo era por el Rey), para
ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea
de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y
contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero
y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con
qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y
replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de
su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar,
pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de
ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de
allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego,
habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase
después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo
tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en
una de sus frecuentes indiscreciones.

        [65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto
        más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un
        día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos
        de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo
        ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden
        supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna
        respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con
        sorpresa mía, este dijo: «_Pues yo hice escribir una orden como
        la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra
        de la oficina y la firma del general_ (el conde de Calderón),
        _que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no
        se distinguía la una de las otras_». Como había entre nosotros
        personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto,
        hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo
        menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es
        que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose
        del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender
        cubrirse con una orden para ponerse en marcha.

Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior
caminando, pero no sentíamos la falta de sueño. Arregladas las cosas
en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de
Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga
la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo
fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí,
siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán
de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no
ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las
muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el
dudoso favor de una vida larga.

Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran
dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que
había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A
favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro
que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en
mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de
la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era
que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo
de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues,
la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento
de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los
militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a
la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave.
Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo
la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo
menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender
entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón
importante.

Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la
primera fue poca, por creernos seguros de libertarle dentro de tres o
cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado.
Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos
de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras
personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado.
Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos;
pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar
la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para
el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan
subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o
debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la
del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia
el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo
de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a
malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina.
Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me
fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no
habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo
a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto
desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de
buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era
hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba
verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las
señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió
decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo.
Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran
golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido sorprendido ayer antes
de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del
ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando,
viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer,
siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay
entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del
Portazgo, sin que se note siquiera».

        [66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir
        el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve
        parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos
        personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las
        Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar
        la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió
        con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no
        corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no
        poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró
        en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su
        capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución
        de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros
        planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido,
        ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo
        soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido
        altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas
        que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la
        proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de
        Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho
        la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el
        pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un
        hombre solo.

        El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo
        fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don
        N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo
        sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con
        Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día,
        siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la
        tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego,
        viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero
        si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la
        obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie
        habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de
        sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo,
        se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse
        en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.

Grandes noticias eran estas, y tales que equivalían al triunfo
completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más
inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable,
produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo
presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.

El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al
parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido
el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último
acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por
nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España
independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia
y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual,
y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron
delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que
habían sido tan afortunados principios.

Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas,
corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para
abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una
vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa
fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos,
si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de
sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de
los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el
de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en
señaladas ocasiones.

Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder
o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos
en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en
don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró
tímido, como de él no se esperaba, obró guiado por consideraciones
de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero
funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte
en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho
ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el
mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva,
cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la
nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los
vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él
que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus
propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado
día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando
hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo
posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias
de la mañana del mismo 3 de enero.

Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así
es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora
o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San
Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada
la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas,
y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié
una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la
Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de
los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue
mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y
triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas.
Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya
entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de
nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era
la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de que se le había a
Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de
mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro
horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo
tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de
su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del
camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había
hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida
ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de
la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo
llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y
esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo.
He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la
historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble
triunfo.

Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había
podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En
primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que
Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si
se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole
el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y
siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no
podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró
muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a
Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo
hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta,
aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del
terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de
Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a
avistar este punto antes de amanecer, o con luz dudosa, se vio cercano
a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un
claro día; mala hora para sorpresas.

Hubieron de titubear todos cuantos allí venían sobre acometer una
empresa a que todo el poder de Napoleón no había bastado, pero hubieron
también de reflexionar que ningún lugar es fuerte si no está defendido.
Hízose, pues, la prueba de si lo estaba. Dos compañías del regimiento
de la Corona se adelantaron hasta la batería del Portazgo. Había en
esta una corta guardia mandada por un oficial subalterno, ignorante de
lo que pasaba, pues aún lo estaban las autoridades de Cádiz de haber
sido sorprendido el cuartel general treinta horas antes a cinco o seis
leguas de distancia. Viendo el oficial del puesto llegar tropa, la
juzgó amiga, no suponiendo que pudiese haberla contraria en España,
entonces en paz, y saludando al que mandaba a los recién llegados como
compañero, le pidió que le entregase el pasaporte o carta de sanidad u
otro documento que debía traer consigo. En tanto, formados como venían
los de la Corona, hicieron alto delante del cuerpo de guardia, mientras
los que este lugar ocupaban, ajenos de recelo, no tomaron las armas,
dejándolas asimismo afuera en el lugar acostumbrado. Al fingir ir a
dar el pasaporte el que mandaba a los en aquel caso agresores, hizo a
los suyos una seña, a la cual, obedientes ellos, se arrojaron de golpe
al soldado que estaba de centinela, le desarmaron, no consintiéndole
resistir el asombro; cogieron como a manojo las armas y las tiraron a
tierra, y apuntando al oficial y a los suyos que, sin armas, salían
a echar mano a las suyas, curiosos más todavía que irritados de tan
imprevisto suceso, les intimaron que se entregasen prisioneros, lo cual
hicieron ellos sin resistir y sin saber por qué eran así tratados. Todo
esto pasó en completo silencio. Quedaba aún el Puente de Suazo, de más
fama que fuerza, entonces, pues da su nombre a los lugares vecinos, y
si es formidable y dificilísimo de expugnar, aun en la guerra de la
Independencia había quedado de segunda línea, y en 1820 ni guarnecido
estaba. Salió encargado de tomarle o de ocuparle, o solo de pasar
por él, un capitán de granaderos de la Corona, llamado don Miguel de
Bádenas, joven de singular humor festivo, atronado, muy conocido en la
buena sociedad de Madrid, donde eran citadas sus rarezas. No conocía
Bádenas el lugar a que iba, pues nunca había estado en él, por lo cual
fue yerro darle el encargo que llevaba, si bien fue yerro que no tuvo
malas consecuencias. Atravesó Bádenas con los suyos a todo correr el
espacio como de un cuarto de legua o algo más, que separa el Portazgo
del Puente; llegó a este último sin saber dónde estaba; vio baterías a
sus costados y un puente levadizo al frente, sin gente las primeras, y
el segundo con el paso expedito; siguió adelante, mirándole desde las
baterías uno u otro soldado sin conmoverse o mostrar extrañeza; se puso
al otro extremo del largo puente, y ya frente de las primeras casas de
la población de San Fernando, y enterado allí, con asombro suyo, de
que dejaba ya atrás el fuerte puesto, cuyo nombre había sonado en sus
oídos, loco de alegría, y apelando a sus singularidades, se echó en
tierra, se revolcó por ella, pidió papel, y con lápiz puso en el que le
trajeron _Soy dueño del Puente de Suazo_, y firmó tan raro parte con
la palabra _Netez_, voz derivada del adjetivo _neto_ que él usaba con
frecuencia, soliendo designarse por ella a sí propio. Así fue entrada
por pocos hombres la isla gaditana.

En el pueblo de San Fernando nadie sabía lo que estaba sucediendo,
menos los conjurados, y aun estos apenas, porque habiendo salido al
amanecer a recibir a sus amigos, con no verlos venir, cansados de
esperar, recelosos y desesperados, se habían vuelto a sus casas. Un
incidente más señaló tan singular suceso, como para poner en relieve la
inercia o incuria de las autoridades que allí había. Estaba en aquella
población, que es el primer departamento de marina, no menor personaje
que el ministro, o dígase el secretario de Estado y del despacho del
ramo, que era entonces el teniente general don Baltasar Hidalgo de
Cisneros, buen oficial, pero no político avisado. Residía allí, por
breve tiempo, aunque conservando su alto puesto e importante cargo
por orden del Rey, a fin de que activase la salida de la expedición
dedicada a reconquistar una parte de nuestras perdidas provincias
ultramarinas. Estaba el buen ministro o trabajando o descansando en su
morada, en plena paz, y en su entender seguridad completa, cuando ya la
bandera de la insurrección, que pronto fue la constitucional de 1812,
pasaba triunfante las desiertas calles. Sabedores los constitucionales
de la presencia allí de tal personaje, no tardaron en dar orden de
asegurarse de su persona. De hacerlo fue encargado un oficial con pocos
soldados. Tenía el ministro en su casa una guardia de infantería de
marina, la cual, viendo formarse enfrente tropa de tierra, no hizo
alto en ello, y antes dio franca entrada al oficial de ejército que
manifestó deseos de ver al general ministro. Este último, asimismo se
mostró pronto a recibir la visita que se le anunciaba; pero como, con
sorpresa suya, el recién entrado a su presencia le intimase que se
diese a prisión, el honrado y candoroso anciano, aunque no ignorante
por experiencia propia de lo que son las revoluciones, pues diez años
antes había sido en la de Buenos Aires, donde era virrey, depuesto
y preso, ajeno de toda sospecha de ver en la España europea cosa
igual o parecida, juzgó que procedía del Rey el duro injusto proceder
que con él se usaba, y exclamó: «que bien veía que S. M. había sido
sorprendido, pues él había hecho de su parte todo lo posible para que
la expedición saliese». Pero como, continuando la conversación, pasase
él a averiguar por qué conducto venía la orden de prenderle, y le fuese
respondido que la disposición era del general del ejército nacional;
asombrado al oír tal adjetivo, comprendió su significado, y se vio
llevar a decoroso encierro, no volviendo en sí de su asombro de que se
hubiese apoderado de la isla de León fuerza armada sin sentirlo ni el
vecindario ni las autoridades militares de lugar de tanta importancia.
No sin razón va aquí citada esta ocurrencia, porque esclarece la
situación en que tuvo efecto, y explica, como lo que más, el éxito de
una conjuración, solo por culpa del Gobierno favorecida por la fortuna.

Mientras esto sucedía en la isla de León, en Cádiz, recibido ya el
aviso de estar cercana parte de nuestras tropas, sin que supiésemos en
cuánta fuerza, nos preparábamos a recibirla. Al intento juntamos gente,
de ella la mayor parte de la peor clase posible, y le dimos por punto
de reunión la Puerta de Tierra. Pero aquí empezaron las dificultades.
Guiado Vega por los motivos que antes aquí dejo dichos, y además,
faltándole arrojo por haberle quitado los años el que tenía; como había
sabido que hora y media antes estaban algunos de los de Quiroga en
Torregorda, los suponía, no sin razón, en la Cortadura, y por estar
este puesto avanzado indefenso, dueños de ella, que es decir casi a
las puertas de la plaza. Por esto prefería en su entender lo cierto y
seguro a lo dudoso y arriesgado, y también se veía ya puesto por los
vencedores sus cómplices a la cabeza de una junta. En tanto, furioso
yo con su vacilación y dilaciones, quería arrojarme a la calle, pero
me lo estorbaba diciéndome que con mi salida intempestiva podía echar
a perder lo que había salido o iba tan a medida de nuestro deseo. Es
de contar que ya recibíamos avisos de que las autoridades de Cádiz,
sabedoras, aunque tarde, de lo que pasaba, estaban en movimiento y
apercibiéndose a la defensa, pero nos daba esto poco miedo. Faltaba
a Cádiz gobernador; el que hacía sus veces, el teniente de rey don
N. González Valdés, había sido castigado en 1814 por constitucional,
pecado no común en el ejército, y de él juzgábamos que si no se nos
declaraba amigo no se nos mostraría acérrimo contrario. Verdad es que
estaba en Cádiz el general Campana, pero en él ni pensábamos, siendo
hombre que, con razón o sin ella, gozaba de escaso concepto en la
milicia. En el batallón que guarnecía la plaza veíamos un apéndice de
la parte del ejército levantado. Solo quedaba en Cádiz el regimiento
de la Pava, o sea milicia urbana del tiempo antiguo, tal que ni sirvió
en la guerra de la Independencia, sustituyéndole los voluntarios. Pero
¡rareza de las que suelen suceder en el mundo! Contra toda probabilidad
habíamos logrado levantar el ejército, y traer parte de él hasta dentro
de la isla gaditana, y con todas las probabilidades en favor nuestro,
no fuimos dueños de la, aunque fuerte, indefensa ciudad de Cádiz,
cuyo vecindario nos era afecto, y con no lograr su posesión, nuestra
empresa, bien comenzada, estuvo cerca de terminar trágicamente y en
nuestra ruina.

Volviendo a mi situación y la de mis allegados, continuaba yo mi
altercado con Vega, insistiendo en hacer algo, cuando él, con el tono
enfático siempre suyo y el medio bramido que precedía en su boca a sus
frases: «Calle usted, Antonio», me dijo, «y no dude de que no hay que
temer; que si hubiese gobierno en España, meses ha que estaría usted
siete estados debajo de tierra». Triunfó al fin Vega, ayudado de otros,
aunque solo por lo pronto, creyendo todos de cuarto en cuarto de hora
saber que los de Quiroga estaban en la Puerta de Tierra, o cuando menos
en la Cortadura.

En esto, el día brevísimo, como de los primeros de enero, iba a
terminar, y yo, esperando a Vega que se había ido a su casa para
volver o aguardando noticias, y entre ellas la de la llegada de los
de Quiroga, me consumía de rabia, hasta que me eché a la calle. Pero
no encontraba conocidos a quienes preguntar, y solo veía la gente
inquieta y notaba movimiento. Vega, creyendo errado el golpe, se había
escondido. La gente nuestra que estaba apostada en la Puerta de Tierra,
no viendo venir tropa de afuera, y sin moverse la de adentro, se había
ido dispersando. Acudí al cuartel del regimiento de Soria, y el segundo
comandante, mi amigo y cómplice, me declaró que no era posible por
entonces que su tropa se declarase por nuestra causa. No sabiendo qué
hacer, lleno de dolor y de rabia, corrí a la casa donde solía pasar las
primeras horas de la noche, y allí me estuve sin pensar en volver a la
de mi asilo, de donde se había retirado su propio dueño no creyendo
aquella estancia segura.

Seguía la ciudad en silencio, cuando a altas horas de la noche, que
yo no había tratado de dar al sueño, sonaron dos o tres cañonazos. De
nuevo volví a salir, pero no tenía a dónde ir ni a quién preguntar.
Al cabo llegué a saber de un desconocido, en la calle, que el fuego
que había sonado había sido en la Cortadura. Pero reinaba donde
quiera silencio, dormía el pueblo, o velaba recogido cada cual en su
casa, y todo declaraba que, si había habido choque, los que venían
de fuera habían sido rechazados. Era mortal mi angustia, porque a la
incertidumbre se agregaba un tanto de reconvención que me hacía a mí
propio por haber cedido en el día anterior a ajena voluntad en vez de
hacer la mía, y además consideraba culpados a todos cuantos desde Cádiz
habíamos traído allí a los levantados, prometiéndoles fácil entrada en
aquella plaza, sin cuya posesión corrían grave peligro.

Estos pensamientos me hicieron pasar segunda noche desvelada, pero
harto peor que la anterior, en que la inquietud estaba acompañada de
alegría. Con el nuevo día vine a saber lo ocurrido en la noche, lo cual
fue, según testimonios venidos después a confirmar o rectificar las
primeras noticias, lo siguiente.

Quiroga había perdido muchas horas en la Isla, atento a varios
cuidados y no ligeros. Pero debía haber desatendido cualquiera otra
consideración, poniendo la suya principalmente en ocupar desde luego
a Cádiz, o cuando menos la Cortadura, pues esta dista solo como una
legua de Torregorda, donde ya habían llegado algunos de sus soldados
al mediodía, y con haber adelantado en la tarde una corta fuerza hasta
aquella obra avanzada, a la sazón sin defensa alguna, nuestra habría
sido la plaza de Cádiz, o en la misma noche, o al día siguiente.
Difirió, con todo, hasta cerca del oscurecer la marcha de la fuerza
destinada a tan importante objeto, la cual hubo de andar su camino
entre las tinieblas de la noche. A yerro tal agregó otro para los
suyos no menos funesto. Aunque tenía a su lado el comandante que había
sido del batallón de Aragón, don Lorenzo García, llamado el _fraile_
por haberlo sido lego antes de ser militar, y el cual era persona de
no común arrojo, y con la circunstancia de ser hombre de los dichos
«_de vida airada_», que en Cádiz, donde él había residido, pasan la
vida en comilonas, en los ventorrillos que hay en el camino a San
Fernando, y aunque el mismo García solicitó del nuevo general, muy su
amigo, la dirección de una expedición a que llevaba él la ventaja de
conocer aquel terreno a palmos, fue encomendada la empresa al primer
comandante de la Corona don N. Rodríguez Vera, buen oficial, pero para
quien los lugares donde iba a obrar eran absolutamente desconocidos.
Así es que en su marcha nocturna, ya casi cerca de media noche, se
encontró Vera al frente, como gigante que le atajaba el paso, la alta
muralla de la Cortadura corriendo de mar a mar, y al acercársele, oyó
dentro gran rumor de armas, llamar a la pelea en voces terribles, y
en medio de esto salieron de las troneras dos disparos de cañones
de grueso calibre, la bala de uno de los cuales acertó a caer en la
poco numerosa columna de su mando, matando a dos e hiriendo a algunos
más de los que la componían. Fue, por cierto, rara casualidad que
de dos tiros solos, salidos de batería no rasante, sino al revés,
muy elevada, una bala de cañón fuese tan certera. Mayor casualidad
fue que en una tropa declarada en rebelión al Gobierno, y persuadida
de que venía a consultar amigos, tal recibimiento, acompañado de
tal estrago, no hubiese infundido sospechas de traición y producido
un contralevantamiento, pero la tropa se mantuvo fiel, y el que la
mandaba, desesperando de poder tomar tanta fortaleza con el corto
poder de que disponía, hubo de volverse a San Fernando. Desde entonces
la Cortadura, en poder de las tropas fieles al rey, fue valladar
insuperable para las fuerzas de Quiroga y Riego, y aseguró al Gobierno
la posesión de Cádiz por más de dos meses; de suerte que, solo
después de haber jurado Fernando VII la Constitución, lograron los
restauradores de esta poner el pie en lo que debía haber sido una de
sus primeras conquistas.

He aquí lo que había sido la inesperada y feliz resistencia de la
Cortadura. Al saberse confusamente lo ocurrido en Arcos, donde había
caído prisionero el general del ejército expedicionario, y con
alguna más claridad que habían entrado en la isla de León tropas de
los levantados, las autoridades de la plaza de Cádiz trataron de
defenderla. El teniente de rey acudió al general Campana, el cual
tomó el mando con cualquier título. No tenían mucha fuerza, y de la
poca que tenían desconfiaban; pero nadie se movía ni alzaba la voz, y
era fácil obrar cuando nadie se presentaba a oponerse, reinando en la
ciudad quietud y silencio. En esto, un joven animoso tomó a su cargo la
defensa de la Cortadura. Era el de quien aquí ahora hablo el capitán
de infantería don Luis Fernández de Córdoba, tan famoso después en
los anales de España, entonces de pocos años y ningún renombre, no
obstante lo ilustre de su familia. Tenía yo relaciones de parentesco
con Córdoba y alguna amistad, y bien podría, si hubiese yo andado libre
por Cádiz, haber tratado de atraerle a nuestro partido, y es probable
que lo hubiese hecho, y aun que lo hubiese conseguido, porque no tenía
él opiniones políticas formadas, y de su carácter podía presumirse que
le sedujesen el atractivo de lo llamado libertad, y una empresa que
abría a su actividad un camino ancho, y, según la opinión de muchos en
aquellos días, glorioso. Pero Córdoba solo supo que había una rebelión
o sedición militar, y que faltaban fuerzas para hacerle resistencia,
si bien no tanto que algo no pudiese hacerse, y esto poco cubriría de
gloria a quien con brío lo acometiese, mayormente si, favoreciéndole
la fortuna, salía airoso de su empeño. Marchó, pues, a la Cortadura
con poquísima gente de la milicia urbana y algunos artilleros; llegó
allí, por su buena suerte y nuestra desdicha y la tardanza de Quiroga,
como una hora antes que los que venían a ocupar aquel puesto se
presentasen; al sentirlos venir dio voces, armó alboroto, tocó tambores
aparentando tener consigo gran fuerza, mandó hacer disparos con tanta
felicidad que, de dos cañonazos, uno hizo estrago en sus enemigos, y
con su osadía y habilidad, cuando ya pocos, si acaso algún más disparo
podía hacer, vio retirarse a los que venían a apoderarse del punto de
cuya defensa se había encargado, labrando con este hecho la fábrica
de su fortuna, que después tuvo su mayor aumento en una causa, si no
idéntica, análoga a la de que él había sido ardoroso contrario, y todo
ello no con una deserción vergonzosa, sino al revés, sin mengua de
su decoro. Pero fuerza es confesar que le favoreció la suerte, pues
si Rodríguez Vera hubiese conocido el lugar donde estaba, lejos de
retroceder, habría seguido por la playa, al abrigo ya de los fuegos
de la fortaleza, y rodeando esta la habría entrado por la gola casi
indefensa, pudiendo Córdoba y los suyos solo morir con gloria, pero no
rechazar a los agresores.

Con esto quedó por lo pronto seguro Cádiz por la causa del Rey. Una
tentativa hecha de allí a dos días, en la noche del 5, a que asistí yo
en persona y que tenía mil probabilidades de salirnos favorable, por
haberse entrometido en ella más de una persona y dado disposiciones que
se contradecían, vino a parar solo en proporcionar la fuga de varios
de los presos en el castillo de San Sebastián, que pasaron al ejército
ya constitucional, y fueron allí de tanto servicio y provecho que sin
ellos no habría triunfado; pero no sirvió de darnos la posesión de
Cádiz, que sin duda habría sido nuestra si se hubiese seguido el plan
primero en vez de alterarle con inoportunas adiciones, como hicieron
algunos en la hora de ejecutarle. Aunque en lo singular no es este
lance menos digno de atención que otros aquí referidos, pues al revés,
abunda en escenas que juntamente provocan a risa y pena, me abstengo de
contarle por menor ahora, por haber dejado correr la pluma harto más de
lo debido en estas narraciones prolijas. Baste decir que de resultas
salió orden de prenderme, y que, después de estar siete días oculto,
salí de Cádiz no sin peligro, favoreciéndome para atravesar la Puerta
de Mar la casualidad apenas vista en aquellos alrededores de estar
nevando, y que pasado a un buque francés disfrazado de marinero, entre
otros de la misma nación, me fui al Trocadero, y de allí pude escapar a
Puerto Real, donde encontré a Riego con algunas tropas de las suyas. Ya
en el ejército de San Fernando, referir lo que allí pasaba y pasó sale
fuera de los límites de esta parte de mis recuerdos.

Réstame solo hacer leve mención de lo que todos saben. Nuestra empresa,
gracias a la torpeza del Gobierno llevada a ejecución con felices
comienzos, por nuestros yerros, y asimismo por causas que no pudimos
remediar, llegó a tener tan mal aspecto al cabo de dos meses de floja
guerra civil, que nuestra perdición parecía segura; pero el mismo torpe
proceder que dejó pasar a ser rebelión una conjuración mezquina, dio al
cabo la victoria a una rebelión de flaquísima fuerza cuando estaba, si
no vencida, poco menos. Tres años y medio hubo de durar el edificio que
levantamos con tan malos materiales; pero la falta de solidez apareció
al cabo: tal cual fue levantado, cayó derribado a no muy recio embate.
De él algo quedó, sin embargo, malo y bueno, y de lo uno y de lo otro
está sintiendo los efectos la generación presente.




X.

EL 10 DE MARZO DE CÁDIZ.


Ya más de una vez ha dado a notar quien esto escribe cuán olvidada
está la generación presente de lo que hicieron y pensaron sus padres.
Parece como que la parte más moderna de nuestra historia, o digamos la
que está más atrás del periodo en que, muerto Fernando VII, comenzó
la guerra por la sucesión a la corona de España, es una de las más
desconocidas. Verdad es que la breve época desde 1820 hasta 1823
tiene poco que la recomiende, habiendo sido su terminación no solo
funesta, sino ignominiosa para los que entonces predominaron, y no,
cierto, porque todos ellos fuesen dignos de desprecio, sino porque,
traídos por los sucesos a una situación de que era imposible no salir
mal, si no merecieron el descrédito en que cayó la revolución de que
fueron defensores, y con ella hasta cierto punto sus personas, tampoco
pudieron, ni pueden con razón, extrañar la a veces injusta y acre
censura que ha sido común hacer de sus hechos y sus nombres.

Pero no es lo malo que se tache, si a veces con justicia, a veces
sin ella y en todo caso con rigor, por lo excesivo no merecido, a los
constitucionales de 1823, pues peor es, si cabe, y atendiendo a que
duele más a los humanos ser despreciados que ser maltratados; que de
las cosas de aquellos días solo queden memorias escasas y confusas.
De seguro no faltarán quienes al leer el encabezamiento del artículo
presente pregunten: ¿Y qué ocurrió en Cádiz el 10 de marzo que merezca
ser conmemorado? ¿Y de qué año fue el 10 de marzo, cuya recordación da
margen a no menos que un artículo de periódico del día presente?

Sin embargo, este 10 de marzo hoy conservado en pocas memorias, como
que casi ha desaparecido la generación cuyos ánimos tanto ocupó, era
citado con frecuencia desde 1820 a 1823, siendo uno de los asuntos
que daban motivo a encarnizadas disputas y vehementes declamaciones
y apasionados juicios, en los cuales, tomando la fundada acusación
carácter de odio y venganza, y apareciendo espíritu de bandería,
perdía mucho de su fuerza, mientras por el lado opuesto, defensas
hijas de parcialidad política, tiraban a convertir en acto loable, o
cuando menos disculpable, un delito que debía ser calificado de tal,
juzgándole por sus méritos y fuese cual fuese la causa en cuyo favor
se declarase, y diese su fallo definitivo la fortuna. Y así fue que,
vuelto en 1823 al mando y predominio el partido de la monarquía, fue
celebrado y recompensado como buen servicio hecho al trono un atentado
que toda autoridad debería haber desaprobado, aun cuando por motivos
dignos de consideración no castigase a los perpetradores y directores.

Empezaba a correr marzo de 1820, y se veía España en una situación de
que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales
dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera
de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la
monarquía, en el término de más de dos meses no había podido vencer
una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel
punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres,
había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias
de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales,
alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose
después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí
a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la
fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota
en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen
por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San
Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en
puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así
como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería
del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar
haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa
playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese
aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio,
pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de
España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy
escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con
el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban
de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es
privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por
estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con
habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre
sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era
realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no
tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha
del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era malo, y de
resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle
contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados,
donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban
amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y,
hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena
voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto
numerosos parciales.

Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y
si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte
crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados
dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta
considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían
las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en
Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la
monarquía.

En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo
1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados
fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y
avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no
podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto
a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que
obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una
parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales
instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas
liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un
espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos,
que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser
sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción,
si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San
Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes y hasta
ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.

No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían
desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero
esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a
punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese
que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias
harto probable.

Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos
oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que,
particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz,
había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a
los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si
esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo,
y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la
ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.

Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados
parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la
aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue
una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel
general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído
muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y
aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional,
desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo
estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy
superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se
fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos
un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera
constitucional, y no del batallón de _Guías_, fue compuesto en la misma
plaza de Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando
VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la
deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al
monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con
rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel
pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y
afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a
los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con
que suelen mirarlos y tratarlos los militares.

Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la
oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban
parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de
pensar y sentir de la clase llamada de tropa.

Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el
ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular
por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la
Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó
casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad,
pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó
el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente
de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha
cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo
creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era
haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo
centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse
al yugo.

Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el
general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán
general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien
acreditado en la guerra de la Independencia por distinguidos
servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución
entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido
hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por
su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la
causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante
con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero
más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser
sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos
grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado
como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que
preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades
poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con
certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que
hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron
a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío.
Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones
que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que
había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho
mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en
confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y
medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido
número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la
concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter
de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y
alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en
ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella
reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón
de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales
se asomaron al balcón de una casa que daba a la misma plaza, y en
breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido,
pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva
la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel
recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio
providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o
revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre
dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la
Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política
la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo
en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar
donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en
lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo
de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro
recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y
discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en
las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta
excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que
la igualasen.

En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural
conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres
oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de
lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol,
muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.

Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que
era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida
y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la
misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan
inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía poseído de negra
melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos
de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar
con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía
retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté
súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz
la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto
cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido
voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a
desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de
los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad
averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa
del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes
de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y
acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo
suceso de que eran nuncios.

Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra
parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados
que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas
de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de
parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no
considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la
comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de
estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel
López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera
persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión
el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía
con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino
de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez.
Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para
nuestro viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo
eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de
salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está
situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista
no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la
bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como
la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de
la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde
estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se
dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse
con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la
aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro
y ansias.

Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque
hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda.
Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con
mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los
parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero,
llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con
largas barbas, por lo cual eran apellidados _barbones_, y un trompeta
de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no
digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos
que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir
haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí
un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina
de viaje.

Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y
estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de
Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a
Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar
gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa
de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según
íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó
a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los
del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado
por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta
verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad
secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte
de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de
sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer
y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo
perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían
puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para
coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner
un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada.
Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de
delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que
adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun
admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas
las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la
obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco
antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos
meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra
causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco
vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los
reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al
acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar
las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con
nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; pero no como
prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no
estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada
en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada
con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron
un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de
llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó
una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con
Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi
amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don
N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de
Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado
de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir,
sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé,
ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por
voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó
en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz;
pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían,
no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba
encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado
convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.

Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra
circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni
aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y
recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no
enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la
turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos
que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también
gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque
viniendo sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose
otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez
de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito,
apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría
desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista
Cádiz.

A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban
fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente
en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había
querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle,
sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas,
era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban
adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los
parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras
los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con
animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o
bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho
conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en
aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud,
se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos
de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban
espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no
faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme
una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en
largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a
una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más
cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la
inexperiencia traen consigo!

Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad de Cádiz por
estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire,
a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas
de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a
ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe
de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más
transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de
gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de
ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel
espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades,
había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta
de la casa del general y pasamos a su presencia.

Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con
muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía.
La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas
de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no
mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo.
Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido
cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas
horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios
ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro
afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una
falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos
de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que
éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos
volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese
claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas
en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este
introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a
esto Arco-Agüero, como algo picado, que el ejército constitucional
era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales
que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero
lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía
que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un
tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó
al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando
al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo
decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus
consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época
constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza
habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con
vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por
consecuencia forzosa.


II.

La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos
paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había
convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el
general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella
plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices,
aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la
desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que,
combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a
que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su
arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando
menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo
falto o de la osadía o de la fe que hace de la rebelión la defensa
de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a
contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar
las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.

Así, mientras con loco alborozo celebraba en la noche del 9 al 10
de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de
Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para
ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía
respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que
les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a
las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron,
no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa
que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a
un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí
totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser
sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto,
probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de
la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto
en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese,
proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo,
habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los
soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles,
su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse,
declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría
merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración
bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo
menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía
arrojarse el indefenso y tímido vecindario.

Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón de Guías y
después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de
aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella
desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una
descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos
de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar,
de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta
gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron
algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas
y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror
producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en
confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales
había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con
muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose
por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas
que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo
eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus
primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando,
amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro
del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos.
Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la
guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de
las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero
el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con
tiros continuos y gritos descompasados de _viva el rey_ seguían dando
satisfacción a sus pasiones.

Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general
Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir
favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo
ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra
comisión, íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de
nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con
harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos
cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto
la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra;
y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la
tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido
sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento
de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la
puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se
volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas
que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las
de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando
por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa
quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.

Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia
del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de
Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín,
cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro
lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la
angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta.
En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con
una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos
meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella
conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas
de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi
inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista
verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy
común en los oficiales llevar el sombrero de picos o apuntado con
divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la
atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por
la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera
opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él
un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero
creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima,
cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y
salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el
causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado
a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído.
En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas
de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que,
preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo
yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la
puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome
de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que
teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su
sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que
alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior
de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto.
Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y
no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella
pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y
aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de
quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado
temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de
que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas
la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó
a declarar deseos de que saliese de entre gentes a las cuales estaba
comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no
hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la
de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que
sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme
de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual,
por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del
ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos
de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate
lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido
sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la
hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo
indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las
armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza,
mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba
en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó
por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces
así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada
en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con
que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y
le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo.
Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la
botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron
llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas
con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y
sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para
lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para
mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en
Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo ya, o
poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde,
que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento,
no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas
frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo,
suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio
de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día
viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería
natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan
trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene
la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero
cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó
el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título
alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la
condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle
lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a
correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo
poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la
disciplina.

Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población,
entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus
calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que
caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y
se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban
asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los
gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado
y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar
su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba
yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en
mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que primero me
dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber
él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de
marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según
nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con
toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues,
a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna
gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa
y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a
hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía,
y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no
afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido
de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había
convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño
que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual
fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía
que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana,
con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz.
Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir
el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía;
viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco
feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los
pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo
forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía
atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales
estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte
oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que
pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando
y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar
en ellos su saña. Bien temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido
de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos
habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy
conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por
título o nombre el de _El Gacetero_. Pero tuve la dicha de no tropezar
con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana.
La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos
de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo
ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener
conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a
que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me
decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo
víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio
de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis
compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría
creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque
ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo
tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención
desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano.
Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la
segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a
saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni
sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios,
pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o,
diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo
del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa,
y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería
menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en
amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los
gaditanos. Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no
habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si
no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable,
era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como
en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos
precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando.
En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es
del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca
y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me
sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi
completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal
como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde
va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la _Real_ marina (y
recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No
estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como
su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero
que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero,
trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el
Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero
podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron
mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano
mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con
cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo,
siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y
seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su
hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que
otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente,
con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad
lo que era cansancio. Llegó la mañana y hube de desocupan mi lugar de
provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior.
No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno
u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados,
cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las
filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía
algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de
noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra
sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos
conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como
por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron
con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que,
si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que
saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna
y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando
una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en
mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con
empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del
centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de
mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien
declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o
contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En
efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó
por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va
usted?», repuso él; y un _no lo sé_ fue mi segunda respuesta. «¿Y por
qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez
el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)».
«Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer
los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel
hombre), y precisamente he salido a comprar algo con que almuercen.
¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva
respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor
(cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás
del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la
calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré
la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento».
Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en
la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo
la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de
Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar
al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar
mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de
Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al
ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de
vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que
mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos,
pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar
azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados.
Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de
hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho
de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al
llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada.
Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en
el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una
dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por
más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía
comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre
todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de
habernos protegido por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos
sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual
fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle
nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar
el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto
tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales
armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole
sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde
entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle
del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso
embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de
sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa
a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no
hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor
fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.

Hubo de andar ligero nuestro enviado, porque no mucho después de su
salida oímos ruido en la calle, y asomándonos con precaución por
detrás de la vidriera, vimos hasta veinte hombres de tropa formados
enfrente del lugar de nuestro refugio. Siguiose oír abrir la puerta
que daba a la calle, sonar pasos pesados de más de una persona en
la escalera, llamar con recios golpes al cuarto en que estábamos,
darse entrada a los que venían, y aparecerse en la sala un oficial
de la peor traza posible, siguiéndole tres o cuatro soldados con las
armas preparadas. Era el tal oficial, repito (sin que la desfavorable
preocupación con que le mirábamos nos llevase a ser injustos), de fea
catadura, alto, por demás moreno, de tosca presencia y groserísimos
modales; hablador, con mucho de jaque, y de la clase de los llamados
_pinos_ entonces en nuestro ejército, lo que significaba haber
ascendido a oficial, de la clase de sargento y no de la de cadetes,
de la cual salía nuestra oficialidad con no muchas excepciones. De que
había sido o valiente o afortunado era testimonio un buen número de
cruces que llevaba, trayéndolas dispuestas formando un círculo en el
costado de su uniforme. Al atravesar los umbrales de la sala en que
estábamos esperándole, este oficial nos presentó la punta de su espada
desnuda, plantándose como un matador en la plaza de toros al ponerse
en suerte, y mandando a sus soldados asimismo preparar las armas,
aunque no apuntar, nos gritó ron voz ronca y amenazadora: ¡_Dense
ustedes presos_! Admirámonos todos, y López de Baños, hombre de valor
sereno y acreditado, riéndose, dijo a nuestro aprehensor que no le
miraba con miedo, pues era un oficial antiguo de superior graduación;
que extrañaba su proceder violento y hasta ridículo, y que mal venía
suponernos dispuestos a resistir y querer atropellarnos, cuando venía
allí por nuestro llamamiento. Quedose cortado aquel soldado rudo,
cuya estupidez excedía a lo común de las gentes faltas de talento,
instrucción y crianza, y tal fue su confusión, que hasta se olvidó de
pedir las espadas a aquellos a quienes iba a llevar y llevó consigo en
calidad en que disonaba ir con la espada ceñida. Salimos a la calle
con la escolta que nos esperaba, y marchando diez soldados delante
de nosotros y otros tantos detrás, nos pusimos en camino, ignorando
nosotros cuál iba a ser nuestra suerte. Al atravesar la vecina plaza
de San Antonio, vimos que venía por ella formado un cuerpo de tropas
a situarse donde había estado el día antes el letrero de plaza de la
Constitución y poner otro en su lugar, que hubo de ser el _del Rey_,
y no el antiguo del Santo, haciendo esta sustitución con ceremonia
solemne y expiatoria del pecado allí recién cometido. Algo de susto
pasamos al ver aquella fuerza, pero no fuimos de ella notados, pues
no recibimos ni aun el más leve insulto. Prosiguiendo nuestro camino,
llegamos a la puerta llamada de la Caleta, donde hicimos alto,
entrando en el cuerpo de guardia de aquel punto, con lo cual estaba
visto que por entonces iba a ser nuestra prisión el vecino castillo de
San Sebastián. Pero como esta fortaleza está a alguna, bien que corta
distancia de la plaza, y asentada en peñas asperísimas, aunque bajas,
siendo el camino hasta llegar a su recinto por demás desigual y también
de rocas, y cubriéndole la mar cuando está la marea llena, hasta dejar
el castillo en una isla a que se va por un pésimo puente de tablas; y
como la hora de nuestra llegada a la Caleta fuese la de la pleamar, y
el puente estuviese cortado en todo su largo, fue necesario aguardar
a la vaciante para tener franco el paso al lugar de nuestro destino.
En el cuerpo de guardia había un oficial de milicias provinciales de
Sevilla con tropa del mismo cuerpo; hombre atento, servicial, cortés,
en suma, caballero, que, siéndolo por su cuna,[67] declaraba serlo por
su crianza.

        [67] Era hijo o hermano del marqués de San Gil.

Este consintió en que un ordenanza fuese a una tienda de comestibles
poco distante a traernos de allí algo que comer durante nuestro
descanso, que debía ser de dos o tres horas, atendiendo al estado de la
marea. Supo esto con enojo nuestro aprehensor, que deseaba sujetarnos
hasta a padecer hambre. Pero como declarase este su intento, y mezclase
con la declaración nuevos insultos y amenazas, ya colérico López de
Baños le hizo presente que, preso y todo, antes de ser condenado era
un coronel a quien debía respeto un subalterno, y que, esto aparte,
nunca un hombre de honor, como debe serlo quien viste uniforme,
maltrata ni aun de palabra a persona alguna, y menos siendo personas
algo distinguidas, de cuya custodia está encargado. Parose un sí es
no es turbado con esta reconvención aquel hombre rudo y violento;
pero, recapacitando un poco para buscar disculpa o explicación de sus
malos modos y rigor brutal, _nada de esto es por ustedes_ (dijo),
_compañeros; esto va principalmente para el perillán del paisano_.
Oí yo con paciencia el cumplimiento hecho a mi pobre persona, pero
no le extrañé, por ser entonces tal modo de pensar común en la parte
baja de la milicia; ideas que ya van desvaneciéndose, aunque no hayan
desaparecido del todo en cabezas poco ilustradas.

Lo cierto fue que por mortificar al perillán del paisano no quiso
el bueno del oficial dejar de hacer lo mismo con aquellos a quienes
llamaba compañeros. Porque, ansiando privarnos del corto regalo de
un mal almuerzo, de repente dio orden de ponernos en marcha para el
castillo, a pesar de que no había bajado la marea lo bastante para
ir a él a pie enjuto, como habría sucedido con solo haber esperado
todavía sobre una media hora. Perdimos, pues, como antes apunté, el
segundo almuerzo, y le perdimos habiéndole pagado como el primero, y
nos dirigimos sin demora a nuestra prisión por entonces definitiva,
llegándonos el agua hasta el tobillo cuando menos, y en algunos lugares
bastante más arriba, y lastimándonos los pies con tropezar en las
puntas agudas de las numerosas rocas que, cubiertas por el mar, aún
no podíamos ver para evitar pisarlas. No era esta una gran desdicha
ni un peligro, pero era incomodidad bastante para que los soldados de
nuestra escolta, no obstante ser del batallón de Leales y nuestros
enemigos, haciéndose cargo del mal ajeno porque en aquel caso lo era
también propio, gruñesen y en voz perceptible y alta dijesen que _no
era regular ni había para qué hacer pasar aquel mal rato a aquellos
caballeros oficiales_. Pero la incomodidad duró poco, y una vez en
el castillo, nuestro aprehensor hizo entrega de nuestras personas al
gobernador del fuerte, y dejándonos seguros se volvió a Cádiz, no sin
esperar a que bajase más la marea para hacer menos incómodo su regreso.

Era el gobernador del castillo un buen sujeto, oficial antiguo, bien
criado, y según aparecía, y apareció, no muy extremado ni firme en
ideas políticas, de las cuales alcanzaba poco; fiel sin exceso de celo,
por lo cual no nos trató ni con rigor ni con blandura, no faltándonos
a la cortesía, pero rehuyendo ocasiones en que ejercerla. Dispuso
ponernos incomunicados, para lo cual había recibido órdenes; pero
protestando tener pocos encierros, nos puso de dos en dos, a López de
Baños con el ayudante Silva, y a Arco-Agüero conmigo. A esto agregó
concedernos que para comer lo hiciésemos juntos los cuatro, estando
presente para observarnos el oficial de la guardia.

El que lo era a la sazón se llamaba don N. Riego Pica, según él nos
dijo, añadiendo, como quien desea estar exento de un borrón, que no
tenía parentesco, con el Riego no Pica, señalado por el hecho de las
Cabezas. Solía el Riego realista venir a visitarnos, pero no entraba
muy adentro en nuestro cuarto, diciendo que tenía horror a las pulgas,
de las que, en su opinión, había allí muchas, de cuyo rigor nos dejaba
participar, y paseando de la puerta del cuarto hasta la pared de
enfrente, ensartada la llave de nuestra prisión por su ojo en un dedo
de su mano, y haciéndole dar vueltas continuas, se entretenía en darnos
noticias propias para desconsolarnos. En verdad, no se quedaba inferior
a nuestro aprehensor en cuanto a tenernos y mostrarnos mala voluntad,
pero nos daba pruebas de su desafecto con modos, aunque secos y fríos,
corteses.

Así pasamos la tarde del día 11, en la mañana del cual ocurrió nuestra
prisión y llegada al castillo, y lo mismo fueron todo el día 12 y aun
la mañana del 13.

Entretanto, deliberaban los que mandaban en Cádiz sobre qué debía
hacerse con nosotros. Que hubo quien aconsejase pasarnos por las
armas como a rebeldes, si bien ha habido quien lo haya dicho, no
parece cierto. Lo primero a que se apeló fue a enviar a San Fernando
un parlamento proponiendo canjearnos por los generales a la sazón
encerrados en la Carraca, y hechos prisioneros cuando fue sorprendido
por Riego el cuartel general en Arcos, así como por el ministro de
Marina Cisneros, que en la misma ciudad de San Fernando había caído en
poder de los levantados constitucionales.

Al llegar al ejército dicho nacional esta propuesta, encontró los
ánimos de los que allí mandaban llenos a la par de soberbia y de ira.
Sabíase ya estar ondeando triunfante en más de un punto de España el
pendón constitucional, presumiéndose con razón que sería alzado en
breve aun en Madrid mismo. Si esto daba aliento, por otra parte el
atentado cometido en Cádiz había sido sabido con indignación furiosa.
De los gaditanos que en la mañana del infausto día 10 habían salido
de la ciudad y adelantado largo trecho, pocos se volvieron atrás
y los más huyeron a San Fernando. Congregados allí, y enfurecidos
con la noticia del hecho atroz y pérfido de la guarnición de Cádiz,
rompieron en altos clamores, y comunicaron sus pensamientos y afectos
al vecindario de la población donde por dos meses y días había residido
el ejército nacional, vecindario, hasta entonces tranquilo, y el
cual, si en general más que contrario nos era amigo, no había, con
todo, hecho demostración alguna favorable a nuestra causa. Alborotada
aquella gente, pedía armas para tomar venganza en los asesinos, del
pueblo gaditano; y si tal jactancia de población poco belicosa habría
valido poco delante de los soldados, tenía fuerza moral y no corta oír
proclamados nuestros principios ya por algunos más que los militares
del ejército sublevado, o los pocos que estábamos militando con nuestra
presencia o con nuestra pluma bajo la misma bandera. En aquellas
mismas horas llegaron de Gibraltar algunos personajes de cuenta, entre
ellos don Facundo Infante y don Bartolomé Gutiérrez Acuña, trayendo
buenas noticias, como era el pormenor de la revolución de Galicia, y
todavía más alegres y muy fundadas esperanzas. Tal era la situación
de las cosas cuando llegó allí la propuesta del canje, la cual fue
desechada con indignación, dando por motivo de desecharla que los
generales prisioneros lo habían sido por una sorpresa, cuando nosotros
los parlamentarios por el carácter que llevábamos éramos personas
sagradas aun en medio de la guerra más reñida y seguida con más furor
y encono. Pero, como podía recelarse que los de Cádiz intentasen algo
en nuestro daño, se los amenazó con que si en algo nos maltrataban,
igual suerte cabría a los generales prisioneros, ateniéndose al
principio de las represalias; cruel y no muy justo para puesto en
ejecución, pero saludable como amenaza cuando el temor que infunde
impide actos de bárbara violencia. Siguiose a esto que envalentonados
los constitucionales así como irritados, rotas ya las hostilidades con
los de Cádiz, adelantasen por la carretera o arrecife, y plantasen una
batería a corta distancia de la Cortadura, arrojando desde ella bombas
o granadas, y haciendo esto como por vía de reto y a fin de tomar el
papel de agresores.

Mientras esto pasaba, medio ignorándolo nosotros, en la tarde del 13
entró Riego Pica, según era su costumbre, en nuestro encierro, y dando
su acostumbrado paseo sin perder la maña de guardarse de las temidas
pulgas ni dejar de hacer girar la llave en su dedo, nos dijo que corría
la voz de haberse prestado el rey a jurar la Constitución, pero que,
siendo tal acto a las claras forzado, no hacía caso de él la guarnición
de Cádiz. No sé si esperaba respuesta, pero ninguna dimos, aparentando
recibir con frialdad tan graves noticias.

Pasó la noche, y en la mañana del 14 fue relevada nuestra guardia,
sustituyendo a los del batallón de Leales que la formaba, tropa de las
milicias provinciales de Sevilla. Aunque estos cuerpos de provinciales
desde 1820 a 1823 se dieron a conocer en general por desafectos a la
Constitución, en las horas de que voy ahora aquí hablando, ganamos
mucho con pasar bajo su custodia. El oficial que mandaba la nueva
guardia, si no era amigo de nuestra causa, tampoco era enemigo, y
considerándonos como a individuos, se nos mostraba atento y afable,
de suerte que nos fue muy satisfactorio el cambio que nos privaba del
Riego tan diferente del constitucional del mismo apellido. Pero lo
principal era no ser dudoso que en Madrid había triunfado la causa
constitucional, aun cuando no fuese completo su triunfo.

Tranquila y aun agradable fue la noche del 14 al 15, pero más agradable
aún la mañana que siguió. En ella fueron recibidas en Cádiz las
_Gacetas_ de oficio de Madrid con el decreto del 7 en que prometía
Fernando VII jurar la Constitución, y con la noticia de haber hecho
el juramento el 9 con toda formalidad, habiéndose además creado una
junta a modo de vigilante de los hechos futuros del monarca. Viendo
tan trocadas las cosas el gobernador del castillo, envió a decirnos
que estábamos en libertad, pero que nos tenía aún en aquella fortaleza
por precaución, trocada la prisión en amparo amistoso, porque estaba
revuelta y amenazando la guarnición en Cádiz, dominada por los autores
del atentado cometido cinco días antes. Y como en el mensaje se nos
exhortase a que nos alegrásemos, _comiésemos y bebiésemos_, hubo
quien respondiese por vía de burlas que en punto a comer, sobre todo
_Galiano_ no había esperado el consejo, siendo cierto que yo, a la
sazón joven y glotón, había distraído mis penas comiendo copiosamente.
Pasamos a visitar al gobernador en respuesta a su cortesía, y fuimos
muy agasajados por él y por su mujer y dos hermanas de esta que tenía
consigo.

Así corrió el día 15, hasta que, llegadas las horas avanzadas de la
noche, nos entregamos al descanso y sosegado sueño. Habíamos despertado
temprano, y Arco-Agüero, cuyo humor era alegre, me había rogado que
escribiese una proclama o de mi invención o dictada por él, cuando,
llamando a la puerta de nuestro cuarto, ya no encierro, al abrir me
encontré al entonces oficial subalterno de la armada Real, y hoy
teniente general de la misma y consejero de Estado, don Juan José
Martínez y Tacón, conocido mío antiguo, el cual me dijo que venía
con un bote de orden de su general a recogernos para llevarnos a
San Fernando, haciendo el viaje por agua, por donde no es costumbre
hacerlo, rodeando a Cádiz, porque el estado de la plaza o ciudad,
donde seguía la guarnición, si no sublevada, poco menos, y mostrándose
resuelta a no hacer paz con los constitucionales, no consentía que
atravesásemos por dentro de su recinto, de lo que se seguiría peligro
no solo a nuestras personas sino a la paz pública. Vestímonos al
instante, despedímonos apresurados del ya amigo gobernador y de su
familia, subimos al bote por la playa, no habiendo allí muelle, y,
estando clara y templada la mañana, casi callado el viento y la mar
serena, como si estuviese la naturaleza en consonancia con el estado
de nuestros ánimos, rodeamos la todavía inquieta y acongojada Cádiz
hasta llegar a las aguas de su bahía. Allí atracamos al navío general,
y se nos dijo que subiésemos a él. Hicímoslo así, y pasando a la cámara
encontramos en ella al general, mi tío, acompañado de sus hijas. Un
seco saludo de nuestra parte correspondió al que él nos hizo, y,
puestos a un lado de la cámara como en formación nosotros, y al otro el
general con su familia, reinó por algunos instantes completo silencio,
dominando en nuestros ánimos la pasión política a un punto de hacerme
aún a mí olvidar las relaciones de estrecho parentesco. Mi tío, siempre
cortés, aunque nunca afable en su rostro, ni cuando lo era en su
intención y su trato, nos instó a que participásemos de su almuerzo,
pero, proponiéndonos la alternativa, en caso de no aceptar el convite,
de irnos inmediatamente a nuestro ejército en una falúa que al intento
estaba preparada. Escogimos lo último con despego que rayaba en
descortesía, y nos salimos de la cámara haciendo un frío y silencioso
saludo. Bajamos a la embarcación, emprendimos nuestro corto viaje, y al
enfilar, después de la línea de la Cortadura, la en que estaba nuestra
recién plantada batería, sabedores los que la guarnecían de ir nosotros
en la falúa que veían a lo lejos navegando para San Fernando, rompieron
el fuego con un ruidoso saludo. Otro tanto hicieron las baterías de
las inmediaciones de San Fernando, habiendo la particularidad de que
pasasen muy altas silbando dos o tres balas de cañón por encima de
nuestras cabezas, lo cual alborotó a nuestro acompañante el oficial de
marina, poco antes aquí citado, no por causarle linaje alguno de temor,
pues ningún peligro corríamos, ni aun, habiéndole corrido, podía ello
haber hecho mella en el ánimo de un militar pundonoroso y bizarro, sino
porque receló que, enfurecidos y enconados los constitucionales contra
los de Cádiz, quisiesen mostrárseles enemigos. Así me lo manifestó,
pero yo le desvanecí su sospecha, adivinando la causa de la ocurrencia
que la motivaba, la cual fue que en la prisa del alborozo, sin reparar
que algunos cañones estaban cargados con bala, los dispararon por vía
de salva en celebridad de nuestro regreso. Así fue que continuaron los
disparos ya con solo pólvora, produciendo cada estampido en nuestros
ánimos más grato efecto que el que habría causado la más dulce melodía.
Llegamos por fin al muelle denominado de la Punta de la Cantera,
hallámosle cuajado de gente, rompió en altos vivas el concurso, y al
poner el pie en tierra fuimos abrazados y aun llevados en brazos o en
andas formadas por brazos, no solo por los de nuestro ejército, sino
por el paisanaje de aquella vecina población, si antes indiferente,
o cuando más tibia, entonces ya constitucional ardorosa. Volviose a
la escuadra la falúa, y nosotros pasamos al pueblo que por más de dos
meses había sido el de nuestra residencia, en días muchos de ellos de
tribulación, y al cual volvíamos en horas de triunfo e inefable alegría.

Tardó algunos días en abrirse del todo la comunicación con Cádiz,
cuyos habitantes seguían amedrentados a punto de ni sentir gozo por
las que debían ser para ellos felicísimas nuevas. Tardó asimismo la
guarnición en resignarse a las consecuencias de la mudanza de gobierno,
aun sabido ya que a ella se había doblado el Rey, y continuó por breve
plazo de días ni sumisa ni rebelde. Pero de allí a poco hubieron de
salir de la plaza, teatro de su exceso, aquellas tropas mal contentas,
entrando a ocupar su lugar los de nuestro ejército, cuya causa había
triunfado. Entonces comenzó a tratarse de formar causa a los fautores
del suceso del 10 de marzo, y así lo dispuso el Gobierno, haciendo lo
que debía en rigurosa justicia, pero quizá no lo más conveniente. El
clamor de los constitucionales de Cádiz y de nuestro ejército pidiendo
que fuesen tratados aquellos delincuentes con todo el rigor de la ley,
quitó (bien es repetir lo dicho en el principio del artículo presente)
a la justicia, si no su verdadero carácter, las apariencias de serlo y
casi toda su fuerza moral, porque nuestros clamores más que otra casa
sonaban como de quien pedía venganza.[68]

        [68] Estando, como estoy, pronto siempre a condenarme a mí
        mismo, cuando creo que he errado o yerre, debo recordar un
        hecho. En el 10 de marzo de 1822, esto es, habiendo pasado
        sin particular mención en el de 1821, si mal no recuerdo por
        consejo mío, nos presentamos en el Congreso, vestidos de luto,
        los diputados por la provincia de Cádiz a pedir se activase
        la causa de los que habían trazado o capitaneado la sedición
        militar ocurrida en aquel día dos años antes. Si bien es cierto
        que escandalizaba la dilación en el proceso, la cual fue tanta
        que solo una víctima oscura pagó por otras personas harto más
        culpadas que vivieron para recibir alabanzas y premios por su
        atentado, no es menos verdad que influir con nuestra acción en
        el curso de la justicia era, cuando menos, impropio. A esto
        se agregó que, habiendo hablado contra nosotros un diputado
        eclesiástico, constitucional moderado, le repliqué yo con
        tal violencia que hubo de rayar en desmán, pues se alzó un
        clamor contra mí, aun en aquellas Cortes tan violentas en sus
        principios y conducta.

Justo habría sido calificar la acción de los realistas del 10 de marzo
como delito, y no como fidelidad a la causa del monarca; pero bien
habría sido también cubrir aquellos excesos y a quienes los cometieron
con el manto del olvido o de la clemencia. No fue así, y con todo no
se logró su condenación y castigo; pero les preparamos días de altas
alabanzas y recompensas dentro del plazo de poco más de tres años,
plazo al expirar el cual dio vuelta completa en nuestro daño la rueda
de la fortuna.




XI.

LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DE 1820 A 1823.


Tanto hay dicho, y con tantas equivocaciones a veces, sobre las
llamadas sociedades patrióticas de la época corrida desde 1820 a 1823,
que bien será dar de ellas alguna razón, o exacta noticia, aun cuando
obliguen las circunstancias a hacer breve y superficial la que a dar me
arrojo. Hasta puede decirse que, en cierta manera, a aquel cuyo nombre
suele ir unido con la de una de ellas, y esta la más célebre, toca
describir el teatro en que hizo algún papel, y recordar las escenas
allí representadas, lo cual tal vez no hará con la imparcialidad debida
en los juicios, pero sí con fidelidad al referir de los hechos.

Establecido en España un gobierno de los apellidados libres, dignos
del nombre que llevan en cuanto les es apropiado porque en ellos hay
libertad para expresar los pensamientos, ya por la vía de la imprenta,
ya por discursos en los Cuerpos deliberantes, cuyas sesiones son
públicas, nadie pensó por lo pronto en hacer uso de la palabra ante un
numeroso concurso para tratar cuestiones políticas, no haciéndolo en
virtud de ejercer un cargo público, sino solo para ejercitar un derecho
de individuo particular y libre. La Constitución de 1812, prolija en
general, estaba manca en algunos puntos, y sobre lo llamado derecho de
reunión nada decía. El recuerdo de los famosos clubs de Francia vivía
entre los franceses y asimismo entre los extranjeros, e inspirando un
horror de lo pasado, infundía terror cuanto a lo futuro. En Inglaterra
es cierto que con frecuencia se congregaban crecidas turbas a tratar
de la cosa pública, ya en general, ya en lo relativo a cuestiones
pendientes; pero tal práctica, emanada no ya de una ley, sino de falta
de ley que la prohibiese, había sido, como lo ha sido después en más
de una ocasión, coartada, y por otro lado estaba enlazada con las
costumbres de un pueblo rara vez tomado por modelo, aun cuando sea muy
común, así como muy justo, alabarle. Además, la Constitución había
nacido en una plaza sitiada, donde era difícil que se consintiese
deliberar en reuniones numerosas, que fácilmente podían convertirse en
motín, con gravísimo peligro, cuando no daño, de la seguridad pública.
En medio de todo ello, resultó que mientras de la libertad de imprenta
se habló mucho en la primera época constitucional, en la de reunión
apenas hubo quien pensase.

Sin embargo, en Cádiz, entrado el año de 1814, hubo de formarse una
como tertulia pública en la sala de un café, donde se hacían discursos,
y aun, según tengo entendido, proposiciones para que fuesen aprobadas.
Pero aquella ciudad, si bien la más señalada entre todas las de España
por su adhesión a la causa constitucional, no era ya residencia del
Gobierno, y todo cuanto en ella pasaba no tenía importancia superior a
la que tiene una capital de provincia. Murió recién nacida la tertulia
o sociedad de que acabo de hacer mención, y solo dejó de sí memoria
por haber sido duramente castigados quienes a ella concurrieron, y por
haber alcanzado el castigo al sitio en que celebró sus sesiones, pues,
como en otro lugar de estos mis recuerdos dejo contado, restablecido el
Gobierno absoluto, el conde de La Bisbal mandó convertir aquella pieza
de un café en cuerpo de guardia para purificar su atmósfera; castigo
que, declarando serlo de una sala inocente e impasible, lo era del
dueño del establecimiento, a quien causó grave perjuicio.

Corrieron, en tanto, los años, y en 1820 fue restablecida la
Constitución por un levantamiento militar que vino a ser popular, y
por haberse allanado el Rey a jurarla y ponerla en ejecución. Entonces
hubo de pensarse en celebrar reuniones que imitasen a los _meetings_
ingleses o a los clubs franceses.

No sé de quién nació esta idea, y lo cierto es que, poco después de
jurada por Fernando VII la Constitución, se abrió en Madrid en el café
llamado de Lorencini, situado en la Puerta del Sol, una sociedad que
pronto adquirió grande influjo y fama no de la mejor clase. A ella, con
todo, hubieron de concurrir personajes de tanta nota cuanto eran el
exministro don José García de León y Pizarra y el conde de La Bisbal,
a sincerarse de cargos que allí les hacían en discursos apasionados
delante de un auditorio numeroso. Como debía suponerse de tal reunión
y de aquellas circunstancias, predominaban allí las opiniones más
extremadas, sustentadas con vehemencia; y no siendo los oradores ni
los asistentes gente flemática ni acostumbrada al uso del examen y
discusión libres, pronto asomó intención de que lo que en la reunión se
resolviese no se quedase en vanas palabras.

Mientras esto ocurría en la capital de España, otro tanto pasaba o iba
a pasar en varias poblaciones de las más considerables. Era natural
que en la ciudad de San Fernando (o según era común todavía llamarla
por su nombre antiguo de la isla de León) no nos quedásemos atrás en
punto a formar reuniones de igual clase, que desde luego tomaron el
nombre de sociedades patrióticas, con el cual llegaron a adquirir nada
buena fama y censura merecida; pero es error suponer que en los dos
meses y medio que había estado allí proclamada la Constitución por
el ejército encerrado en su recinto, se hubiese pensado siquiera en
hablar en público sobre materias políticas, lo cual no podría haber
sido sin algún peligro para nuestra causa. Al revés, hubo de preceder
la sociedad apellidada Lorencini en Madrid a la que se abrió en San
Fernando, muy entrado el mes de abril de 1820.

Dispúsose abrirla en un café, en el cual se levantó una tribuna,
remedo fiel en la forma de los púlpitos de nuestras iglesias, desde
el cual sitio tocaba perorar ante un inmenso auditorio al que se
titulaba orador, a falta de título que mejor le cuadrase. Me tocó ser
el primero para inaugurar las tareas de la sociedad, pues no inferior
título que el de inauguración dábamos a aquel acto. Era la vez primera
que iba yo a hablar a un número crecido de personas congregadas sin
exigir circunstancia alguna para darles entrada, esto es, a puerta
abierta. Y aquí perdonarán mis lectores que me detenga un tanto a
hablar de cosa de tan corto valer como es mi persona, o, digamos,
mis pensamientos, dichos y hechos, porque lícito es aprovechar una
ocasión de manifestarse tal cual es y ha sido un anciano con frecuencia
maltratado, y porque tal manifestación, aun teniendo mucho de defensa,
contribuye a poner en su verdadera luz sucesos mal conocidos de una
parte de nuestra historia.

Haciendo mi examen de conciencia, y buscando en mis adentros qué
motivo pudo inducirme, con algunos años ya de carrera diplomática, con
parientes cercanos, todos ellos parciales del Gobierno del Rey, tal
cual era su forma en 1819, aunque desaprobasen sus excesos por un lado
y por el otro su torpeza, y teniendo medios de medrar como había tenido
algunos, y despreciándolos, a jugar con gravísimo peligro mi vida,
y mi situación y esperanzas, podría caer en la tentación, que sería
sobre criminal, ridícula, de reputarme a manera de un _Santo_ en lo
político, como lo son algunos en lo religioso, o, dicho de otro modo,
un varón justo olvidado de su propio interés y hasta de su vanidad, y
dedicado completamente al triunfo de un principio al que estaba pronto
a sacrificarlo todo para conseguirle a cualquiera costa. Ahora bien: si
hay tales hombres en la esfera política, lo cual ni afirmo ni niego,
no tengo yo ni tenía la arrogante pretensión de ser de su número. He
de confesar, pues, que mi deseo de hablar en público, o lo que puede
llamarse una fuerte vocación, me impelía a sobreponer a mi interés
inmediato el más remoto de obtener aumentos a la par con gloria, y
proporcionármelos con el instrumento de la palabra.

A dar fomento a esta mi ambición me llevaban asimismo mis doctrinas.
Lo poco que en España se entendía de política, ha sido causa de no
haberse comprendido bien las mías, y los hombres más entendidos de la
generación presente, dándose poco a estudiar lo pasado, han formado con
ligereza sus juicios sobre mi conducta y opiniones. Hasta ha habido
hoy mismo un escritor, y no mi enemigo, que, honrándome con elogios
excesivos y superiores a mis merecimientos, comete la atroz injusticia
de compararme con _Danton_;[69] con el feroz demagogo incitador de
sediciones y matanzas, cuya memoria está unida a la de los asesinatos
de septiembre.

        [69] Alúdese aquí a la obra recién publicada por don Juan Rico
        y Amat sobre los oradores españoles. Hay en ella errores, no
        pocos ni leves, nacidos de que al hablar de aquella época,
        faltando noticias, se fundan los juicios en suposiciones. Así,
        da por supuesto el autor que hubo muchas reuniones en San
        Fernando, en las cuales me mostré yo furibundo demagogo.

Cierto es que yo he dado ocasión alguna vez a tales cargos, y que,
puesto en circunstancias revolucionarias, he obrado y aun hablado como
procedían y hablaban los prohombres de la revolución francesa, si bien
no como los feroces jacobinos; pero estos casos raros no constituyen, o
no constituyeron en mí, según es común suponer, un desmandado demagogo.

Mi yerro principal venía de mi admiración de las libertados inglesas,
y de mi persuasión de que podían y debían ser aplicadas a mi patria.
Sabía yo el inglés casi desde la niñez; había leído mucho los buenos
autores de aquella nación, miraba sus prácticas y leyes con veneración
y envidia, y deseaba traerlas a mi patria. Republicano, ni soñaba en
serlo. Una mudanza de soberano, llegase o no a serlo de dinastía,
habría sido muy de mi gusto, por razones claras de comprender; pero,
no viéndola posible, no ponía mi pensamiento en cosa que a ella
encaminase. Tal era el interior, tales las doctrinas del hombre que
comenzó a adquirir renombre en las tribunas de las sociedades populares.

Cuando subí a la abierta en San Fernando, varias circunstancias
ridículas por ser pequeñas contribuían a turbarme, y, sin embargo, aun
no estando preparado, rompí a hablar, y siendo locamente aplaudido
por mi verbosidad, cobré con los aplausos bríos, y concluí mi primera
arenga en público, la cual habría de ser seguida de muchas, no siempre
en provecho de mi persona, o, diciéndolo con propiedad, de mi concepto.
Pero tales discursos, más que encaminados a promover desorden o a
pregonar y propagar doctrinas demagógicas, se reducían a trivialidades:
mucho repetir la voz libertad; mucho encarecer los bienes que ella trae
consigo; mucho ensalzar la Constitución, como fuente de la cual había
de correr como en torrentes todo linaje de felicidad pública y aun
privada; alguna vez explicar la índole del recién establecido Gobierno,
o en su todo o en sus partes. Debo añadir que, con rara excepción,
las sociedades patrióticas de provincias no pasaron de ser necias o
insulsas, quedando reservado a las de la capital el ser en alto grado
perjudiciales.

Ya lo era entonces en Madrid la llamada de Lorencini. O sea la
condición impaciente de los pueblos meridionales, gente la cual, con
alguna contradicción, es larga en palabras y no se contenta con ellas,
sin querer pasar desde luego a las obras, o sea porque todo pueblo no
acostumbrado a la discusión templada y pacífica solo quiere usarla
como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores
del café de Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos
sueltos, sino un cuerpo deliberante. Así es que enviaron diputaciones
al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del Ministerio a uno de los
que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de las Amarillas.
Admiró al Gobierno tal y tanto desacato; negó a los suplicantes su
arrogante pretensión; alterose con este motivo, aunque no gravemente,
la paz pública; fueron de resultas presos algunos de los de la sociedad
señalados por haberse desmandado, y la sociedad de Lorencini, si no fue
disuelta, hubo de ser reducida a silencio, a lo menos por breve plazo.

Pero el viento soplaba a la sazón favorable a las reuniones llamadas
sociedades patrióticas, que iban naciendo en toda población un tanto
considerable de nuestra España, con aprobación de los constitucionales
todos. Hasta les había dado su aprobación Martínez de la Rosa, quien,
recién salido del lugar de su confinamiento, había estado en la de
Granada a su paso por aquella ciudad; aprobación expresada con una
frase ingeniosa, pues las calificó de _batidores de la ley_. Así en
Madrid, sintiéndose los malos efectos de las discusiones del café
de Lorencini, pero conviniéndose, en general, en que, si aquella
sociedad había sido mala, era lo conveniente crear una buena que le
hiciese frente, se procedió a la formación de una asociación nueva,
titulándosela de los amigos del orden, y escogiendo para lugar donde
se estableciese el espacioso salón del café apellidado de la Fontana
de Oro. Era el tal salón larguísimo y de alguna anchura, y por su
construcción permitía hacer una división entre la parte de la sala
que habían de ocupar los socios, y otra de grande capacidad destinada
a contener un crecido número de oyentes. No faltó su púlpito con el
nombre de tribuna, remedos la cosa y el nombre de la vecina Francia,
bien que ya hubiese habido un mueble igual, llamado lo mismo en
nuestras Cortes de 1810 a 1814, donde uno u otro orador subía para
pronunciar desde allí o leer sus arengas.

Había yo llegado a Madrid a ocupar y servir mi plaza de oficial último
de la secretaría de Estado (ascenso por cierto no muy notable con
que había sido premiada la parte que había tenido en la recién hecha
revolución), cuando fue abierta la sociedad de los amigos del orden,
cuyo destino fue en breve ser conocida solo por el del lugar en que
celebraba sus sesiones, perdiendo poco a poco, pero no desde luego,
del todo su derecho a la honrosa denominación que había tomado. Yo,
que había hablado dos o tres veces en la de San Fernando, y una vez
sola en la que se abrió en Cádiz en el café del Correo, granjeándome en
esta última más desaprobación que aplauso, porque choqué con una pasión
nacida de lo que creían los gaditanos ser su interés, me preparé para
estrenarme en la capital como orador estrenando la sociedad nueva, sin
que pueda ahora acordarme de cómo me fue concedido tal honor, aunque sí
confiese que le deseaba y que le había solicitado.

Mi primer discurso ya tuvo algo de oposición; acción impropia de un
empleado, pero muy natural en aquellas circunstancias, porque ya
empezaba a haber disensión entre los que comenzaban a calificarse
unos de hombres de 1812 y otros de 1820; los primeros, ufanos de la
fama antigua y de sus gloriosos padecimientos, y los segundos de
ser restauradores de la caída Constitución; aquellos, tratando a
estotros con entono y desdén, y correspondiendo los desairados con
resentimiento, pues llevaban menos que lo debido cuando tal vez eran
superiores a sus merecimientos, sus esperanzas o sus pretensiones. No
estaban aún, sin embargo, vivas las pasiones que pronto empezaron a
dar muestra de sí, excepto en lo relativo al marqués de las Amarillas,
a quien miraban con disgusto los constitucionales más ardorosos, y
particularmente los restauradores de la Constitución, o digamos los
revolucionarios, porque el marqués, constitucional, pero tibio, no de
los perseguidos en 1814, aristocrático en sus modos y aficiones, y
celoso de la disciplina militar y aun del orden civil, no era admirador
de la sublevación militar de las Cabezas ni de las que siguieron, y si
bien no trataba mal a los participantes en aquella empresa, ocultaba
poco que al considerarlos como buenos obraba casi forzado. Y si bien
no era esto de culpar en el marqués, tampoco es de extrañar que no le
mirasen bien aquellos que le creían su enemigo, ni que extremándose
como gente violenta, y abultándose su enemistad, le profesasen poco
menos que odio. Si yo no llegaba a tanto, esto prueba que hacer guerra
al marqués de las Amarillas era cosa natural en un hombre de 1820,
revolucionario, y aunque no militar, parte del ejército de Quiroga, que
con el dictado de ejército libertador subsistía unido. Además, aunque
desaprobase la sociedad nueva los excesos de la antigua, y hubiese
sido creada para formar respecto de ella un contraste, la miraba, sin
poderlo remediar, como a hermana; hermana de mala conducta, pero con
quien la ligaba algún vínculo, y cuyos yerros, si bien indudables
y vituperables, más consistían en su modo de proceder que en sus
doctrinas, porque había caminado por malas sendas a buenos fines. Lo
cierto es que yo, en mi primer discurso en la Fontana, impugné la idea
de que por la vía de la imprenta o en los discursos de las sociedades
se debía hablar de las cosas en general y no de las personas,
sosteniendo que en los actos de la vida pública, si bien respetando
los de la privada, era en los que debían ocuparse quienes servían o de
intérpretes o de despertadores de la opinión pública. Y siguiendo esta
idea, puse un caso hipotético de un personaje elevado a quien debíamos
aparecer hostiles, y designé al marqués ministro de la Guerra sin
nombrarle, casi copiando un discurso que contra el ministro inglés sir
Roberto Walpole hizo hacia 1730 sir Guillermo Windham en el Parlamento
británico; discurso de poquísimos, si acaso de algunos, españoles
conocido entonces, por lo cual hubo de parecer idea original mía lo
que era plagio, y logré altos y repetidos aplausos por el contenido
de mi discurso y por mi modo desenfadado de pronunciarle. Así empezó,
la sociedad de la Fontana, y así poco más o menos siguió en 1820,
hasta que en 1821, ausente yo de ella, vino a ser un teatro donde se
representaban escenas escandalosas.

Cuatro o cinco discursos de medianas dimensiones hice yo en la Fontana,
en todos los cuales me mostré parcial loco del levantamiento de 1820,
pero no deseoso de desorden ni provocando a él; errado con frecuencia
en mis principios, pero solo por extremarlos, y nunca trocándolos
por otros ajenos a la Constitución vigente; en suma, digno de severa
censura por mi poco seso, pero no de mayor pena como incitador a
desmanes. Hablaban allí don Ramón Adán, don Manuel Eduardo Gorostiza,
célebre autor de comedias, en aquellos días muy aplaudidas, don Manuel
Núñez, muerto pocos días ha, intendente jubilado, y otros más de cuyos
nombres en este instante no me acuerdo. Todos ellos, si no hacían
oposición al Gobierno, abogaban la causa entonces llamada ya de los
exaltados. Apareció un día en aquella tribuna un eclesiástico llamado
don N. Falcó, que había sido (creo) diputado en las Cortes ordinarias
de 1813 y 1814, y pronunció una oración elegantísima, cuya única falta
era exceso en el aliño del estilo y en el esmero de la pronunciación;
y agradó sobremanera al auditorio y hasta le cautivó lo que dijo, y el
modo de decirlo. Con todo, su argumento no pasó de ser alabanzas de
la Constitución y de sus consecuencias en términos generales; propio
proceder de hombre que de allí a dos años había de señalarse como
diputado a Cortes entre los moderados primero, y a la postre entre
los apenas constitucionales, si bien no enteramente absolutistas.
Otro clérigo de distinta especie, grosero y osado, y antes de una
orden monástica, también apareció en más de una ocasión en aquella
tribuna, sacando partido de que solía acompañar a una señora francesa
viuda del general don Luis Lacy, y de que presentaba al público un
niño del cual decía, no sin ser contradicho, que era hijo de aquella
ilustre y desgraciada víctima de nuestras discordias civiles. Con todo
esto, corría el tiempo, y los amigos del orden, si bien contrarios al
Gobierno, como no podían menos de serlo, pues una reunión de la clase
de aquella sociedad, si no es de oposición, muere, matándola cuando no
otra cosa el fastidio que causa, todavía no habían hecho cosa alguna en
quebrantamiento del orden ni que a ello se aproximase.

Sin embargo, había dado la sociedad uno u otro paso en que nadie
reparó por el pronto, y cuyas consecuencias podían ser peligrosas y
aun fatales, porque se arrogaba facultades de un cuerpo político que,
como tal, procedía fuera del lugar donde se congregaban los socios para
hacer discursos. Así fue que en junio de 1820, estando próximo a venir
a Madrid el general Quiroga, diputado a Cortes electo, la sociedad de
la Fontana nombró una comisión que fuese a obsequiarle en nombre de la
misma en su entrada en la capital de la monarquía. Pero en ello nadie
hizo alto para censurarlo, y la sociedad, como tal, rerepresentó su
papel en las demostraciones hechas para honrar al general del ejército
que había proclamado la Constitución en San Fernando.

Entretanto, ninguno de los socios primeros de la Fontana se había
separado de la sociedad, aunque desaprobasen el espíritu que le
animaba, y solía concurrir a ella aún don Sebastián Miñano con otros de
sus opiniones, censurando a los oradores, casi siempre con razón, pero
no condenando al cuerpo entero. Iban así las cosas, cuando la llegada
de Riego a Madrid, juntamente con los sucesos que la acompañaron y
siguieron, y los que habían antecedido y produjeron su viaje, vinieron
a convertir en rompimiento escandaloso lo que era discordancia de
opiniones, y más todavía de intereses, entre los dos bandos que ya
aparecían formados en el gremio de los constitucionales.

No es mi propósito ahora referir aquí lo que ya en alguna otra obrilla
mía dejo dicho, y lo que con más extensión está explicado en algún
escrito mío que acaso verá la luz después del momento, poco lejano, en
que cierre yo los ojos a ella, tocante a la conducta de Riego, de los
ministros y del partido que con el famoso general obraba, y del cual
se desentendió y apartó él en su conducta en los sucesos que señalaron
los días primeros de septiembre de 1820. Me ciño a hablar del papel que
en tan graves circunstancias presentó la sociedad de que era yo parte
principalísima entonces.

La cuestión pendiente entre el Gobierno y los hombres de 1820, casi
todos, era si había o no de ser disuelto el ejército que se había
levantado en enero proclamando la Constitución, y que después había
tenido aumento de fuerza, y estaba al mando de Riego desde que había
venido Quiroga a tomar como diputado su asiento en las Cortes. No
había una buena razón que pudiese alegarse contra la providencia del
ministerio que había dispuesto la disolución, pero con ello parecía sin
razón que caía una mancha sobre la revolución, representada por aquel
ejército; no siendo de extrañar que fuésemos tan propensos a recelar
los que sentíamos en nuestro fuero interno que nuestro hecho nos hacía
acreedores a extremos o de alabanza o de censura, participando mucho
de esta última todo cuanto no era la primera. Era lo cierto entonces
que la revolución estaba concluida legalmente, pero en la realidad no,
porque estaba fuerte, y trabajando con actividad la vencida causa su
contraria, teniendo por su cabeza al monarca reinante, y por cómplices
a todos los gobiernos de Europa y a una parte muy crecida del pueblo
en España. De tal situación nada bueno podía salir, y en ella nada
podía hacerse con acierto completo; y no siendo las cosas lo que
sonaban y aparentaban ser, lo que tenía visos de racional por lo común
no lo era, y de todo ello nacían juicios errados y actos conformes a
tales juicios, siendo la verdad que del triunfo de la Constitución
rígidamente observada, y dando al trono todo cuanto ella le concedía,
con ser tan poco, la restauración del antiguo gobierno absoluto era, si
no infalible, harto probable. No pretendo con esto abonar mi conducta
y la de quienes conmigo obraban. Trato solo de explicar el origen y la
índole de nuestras culpas.

En la Fontana solía hablarse contra la disolución del ejército, pero no
con mucho calor ni con insistencia, porque en otras partes, y no del
todo ostensiblemente, había comenzado y estaba siguiéndose con ardor la
guerra comenzada.

A la llegada de Riego se habían repetido los obsequios hechos a
Quiroga, pero con muy inferior efecto, a pesar de que en renombre y
concepto excedía mucho el primero al segundo. Las circunstancias habían
variado: los constitucionales estaban divididos, y los ánimos estaban
más dispuestos a luchar que a mostrar satisfacción o a concurrir
a festejos. Todo ello vino a parar en recibir Riego una orden de
ir de cuartel a Asturias, lo cual equivalía a un destierro; y en
recibir órdenes iguales o parecidas el general de artillería don N.
Velasco, el coronel don Evaristo San Miguel; el de igual clase don N.
Manzanares y algún otro. De mí comenzó a susurrarse que sería enviado
como secretario de embajada a Londres, plaza que entonces desempeñaba,
sin perder por ello su puesto, un oficial de la secretaría de Estado.
Pero no fue así, y las cosas tomaron para mí otro aspecto. Fui llamado
por el oficial mayor de la secretaría don Joaquín Anduaga, el cual me
hizo presente que así él como otros dos compañeros suyos que lo eran
míos, don Mauricio Onís y don Manuel de Aguilar, iban a separarse
de la sociedad de la Fontana, de la cual eran todavía socios, y que
esperaban que yo hiciese otro tanto, no solo por razones de lo llamado
_compañerismo_, sino también por otras de mucha mayor fuerza. Mi
respuesta fue negarme rotundamente a lo que se me pedía, y, como se
me hiciese presente cuán impropio era seguir yo sirviendo mi plaza en
una secretaría del despacho, y continuar siendo miembro de un cuerpo
declarado ya hostil al Gobierno, convine yo en que tal proceder sería
malo y hasta escandaloso, y que por lo mismo estaba yo dispuesto
a hacer renuncia, pero de mi empleo, y no del oficio de orador en
la tribuna de la Fontana. Cumplí en breve mi propósito, extendí mi
renuncia en términos un tanto impropios, y aunque respetuosos en la
forma, todo lo contrario en el fondo, y al cabo de ocho años largos de
carrera, y tras de mis servicios a una causa que entonces «de oficio»
estaba declarada justa, quedé reducido a la clase de mero particular,
sin derecho a percibir sueldo, porque aún no existía la clase de
cesantes.

Consumado hecho tal, en que mi fatua vanidad tenía no corta parte,
aunque también tuviesen alguna y no leve los principios a que quería
yo arreglar mi conducta, esperé coger amplio premio de mi sacrificio
en vivas y palmadas. Subí, pues, en la noche del 6 de septiembre a
la tribuna de la sociedad, seguro de ser aplaudido, y ciertamente al
principio excedió la realidad a mis esperanzas, con ser estas muy
subidas. Una salva de aplausos tanto cuanto ruidosa, prolongada,
me saludó al presentarme al público, y yo, embargado el ánimo,
enternecido, cediendo a un tiempo a buenos y a malos afectos, iba
a empezar mi discurso, del cual hube de pronunciar algunas frases,
justificando o ensalzando mi proceder, cuando fui interrumpido de un
modo inesperado, y tanto, que habría sido en balde todo intento de
proseguir mi arenga, si ya no me contentaba con hacer el papel, sobre
inútil a todo fin desairado, de quien, según la frase vulgar, predica
en desierto.

El suceso que interrumpió mi oración fue haber coincidido con ella un
alboroto o motín de aquellos a que entonces comenzó a aplicarse la
voz de asonada, palabra rejuvenecida de nuestro vocabulario, donde
como anticuada figuraba, estando en desuso. A los gritos de viva la
Constitución y viva el pueblo soberano, que eran las aclamaciones
principales usadas en semejantes alborotos, hubieron de estremecerse
de placer mis numerosos oyentes, a los cuales, si eran gratas mis
declamaciones, era harto más agradable el tumulto, pues sobre ser más
animado que el discurso más vehemente, prometía tener efectos más
inmediatos y de superior importancia. En vano yo, influyendo en mí por
un lado la vanidad, pero también (séame lícito decirlo) por otro mi
convencimiento de que convenía más la oposición por medio de palabras
que por el de alborotos, traté de persuadir a mi auditorio de que con
oírme serviría mejor a nuestra causa común, que con lanzarse a excesos,
si no de los mayores, desde luego propensos a producir algunos de los
más graves.

Cansado yo, y habiendo dejado vacía la tribuna, no hubo quien viniese
a ocuparla, entretenida la gente ociosa y bulliciosa con el alboroto de
las calles; de suerte que con mi malhadada y apenas comenzada arenga
se cerró el primer periodo de aquella sociedad de la que tanto se ha
hablado.

Al día siguiente a la noche de que acabo de hablar, hubo una acalorada
sesión en las Cortes sobre los excesos de la noche anterior y los de
que ellos eran resultas. Habló Argüelles con alguna elocuencia, con
la razón de su parte, y no del todo con prudencia o tino, y los de la
oposición con escasa habilidad para defender su mala causa. Mientras el
Ministerio sustentaba la lid en las Cortes, hizo un alarde ostentoso de
fuerza en las calles, poblándolas de tropas, y en la Puerta del Sol de
cañones, a cuyo lado estaban los artilleros con las mechas encendidas.
En el Congreso fue completa la victoria del Gobierno, y en las calles
mal pudo conseguirla, pues no hubo asomo de resistencia. Hablar en
la Fontana en circunstancias tales era imposible, por lo mismo que
no podíamos hacerlo con templanza, ni sin ella. Lo que hicimos los
principales socios, esto es, los más activos, fue meternos en una pieza
de la casa en cuyo piso bajo celebrábalos las sesiones, y acordar
suspender estas por plazo indeterminado, pero no sin hacer a manera
de una protesta en términos violentos en la esencia, aun cuando no lo
fuesen en la forma. Se me encargó este trabajo, le hice yo de prisa, y
le leí a mis consocios, pero no acerté a darles gusto, recayendo sobre
mi obra muy general desaprobación por muy diversas razones aparentes,
y en verdad, por una común a no pocos que la disimulaban, la cual
era el miedo, porque a la fiera amenaza del Gobierno recelaban que
seguirían duros golpes. Me acuerdo particularmente que, como yo en el
desaprobado escrito dijese cosas graves por lo fuertes, protestando que
no las decía, hubo un socio de pocas letras que expresó su extrañeza
al notar la contradicción entre lo que yo afirmaba estando haciendo
lo contraído, a lo cual respondió en mi defensa otro socio «que el
escribir es un arte, y que la contradicción aparente en mí tachada era
una figura retórica (la preterición)», lo cual con todo no satisfizo.
Vino, pues, a quedar cerrada la Fontana por dos meses a lo menos, sin
que los socios compensasen con excesos de la pluma en un manifiesto el
sacrificio forzado que hacían renunciando al uso de la palabra.

Pero cuando permanecíamos callados, estuvo a pique de llevarnos a
romper el silencio un incidente, el cual prueba que no teníamos
inclinación a obrar por medio de motines. Habían las Cortes votado
una ley suprimiendo gran parte de las órdenes monásticas, y el Rey, a
quien repugnaba dar su sanción a tal proyecto, se manifestó primero
dispuesto a negarla, pero después consintió en darla a trueco de
ciertas condiciones, y luego volvió a manifestarse resuelto a la
negativa. Entendida entonces la Constitución al pie de la letra, se
creía que con negar o conceder el monarca su sanción a un proyecto de
ley, nada o poco tenía que ver el Ministerio, siendo asunto propio
de la regia prerrogativa; pero aun así importaba a los ministros que
el proyecto de ley sobre monacales, aun no habiendo sido propuesto
por ellos, pasase a ser ley con la sanción real. En medio de esto,
o de algún ministro más ligero e imprudente que violento o pérfido,
o de empleados allegados a los ministros que creían complacer a sus
superiores o servirlos bien, aun contra su deseo en punto a los medios,
nació la idea de que convenía amedrentar al monarca, sacando de él por
el miedo una vez más lo que ya con frecuencia en los puntos de mayor
gravedad se había sacado. Para tan vituperable fin no dudaron quienes
a él aspiraban escoger medios nada buenos, pero oportunos; y como la
Fontana había conseguido inspirar a la corte terror a la par que odio,
a la Fontana apelaron quienes deseaban violentar la conciencia del
Rey compeliéndole a confirmar con su sanción la ley sobre monacales.
Difundiose de súbito por Madrid a mediodía la voz de que a la noche
había sesión en la Fontana, excitose por varios conductos a los socios
a que cesase la suspensión voluntaria de hablar en su tribuna, hubo
muchos que acogiesen por buena tal idea y se prestasen a llevarla a
efecto, y el vulgo liberal, lleno de gozo, se preparó a acudir a un
espectáculo para él siempre entretenido, y que lo sería más si en él
hubiese de hablarse contra la persona misma del Rey en términos poco
embozados. Pero a unos cuantos socios no acomodaba de manera alguna
servir de instrumento a política tan torcida, lo cual sería por otra
parte convenir en que nuestra sociedad merecía la acusación que le
hacían sus enemigos, suponiéndola promovedora de sediciones. Así
fue que, congregados en la pieza en que habíamos acordado suspender
nuestras sesiones cerca de dos meses antes, ahora deliberamos si era
conveniente abrirlas, y, si bien no faltaron quienes opinasen por la
afirmativa, prevalecimos los de contrario parecer, y quedó la sociedad
en su silencio. Por desgracia, sirvió de poco esta determinación
nuestra, pues llegó a Palacio la falsa noticia de que en la Fontana
estaba ya hablándose contra la corte con gran calor, y ante un numeroso
gentío igualmente acalorado, con lo cual amilanado el Rey se allanó
a dar la sanción que de él se exigía. Cuál fue el resentimiento del
monarca y los palaciegos, y qué efectos estuvo a pique de tener, no es
asunto de la relación presente: baste en ella decir que la sociedad
de la Fontana, lejos de prestarse a promover un alboroto, se resistió
hasta a abrir sus sesiones cuando a hacerlo era provocada, y no fue,
por cierto, culpa de los que en ella figurábamos que, contra nuestra
voluntad, sirviésemos de instrumento con que, amenazado, el Palacio
cedió al terror que le causaba nuestro nombre, viéndose en esto que
era peor nuestro concepto que nuestros merecimientos; preocupación de
entonces que hoy todavía dura. Pero si permaneció muda la Fontana en
el suceso que acabo de referir, no así cuando, retirado Fernando VII al
Escorial, trazó allí planes de derribar la Constitución, y con escasa
maña declaró su intento sin dar el golpe que meditaba nombrando por sí,
y sin anuencia de sus demás ministros, para desempeñar el ministerio
de la Guerra a una persona a todas luces sospechosa. Estalló con esta
en Madrid un motín que duró tres días, consintiendo el alboroto los
ministros, si bien, por lo mismo que nadie se opuso a los bulliciosos,
no pasó el desorden de ser una continuada gritería en que abundaban
voces injuriosas a la real persona.[70]

        [70] Los que no vivieron en aquellos días no tienen idea de lo
        que era entonces una asonada. Lejos de causar terror, como los
        alborotos de nuestros días, eran una verdadera fiesta. En vez
        de cerrarse las puertas de las casas o las tiendas, todo estaba
        abierto y poblados de gente los balcones. El motín se reducía
        a gritos acompañados de canto, porque la revolución de 1820
        fue en alto grado filarmónica. El grito principal era viva el
        pueblo soberano; las canciones varias. La famosa del _trágala_
        se usaba solo delante de las casas de determinadas personas, y,
        por lo común, de noche como por vía de cencerrada.

Se abrió con este motivo la Fontana, y desde su tribuna peroraron
varios de los que solían lucir allí su elocuencia, y algunos más
que en aquella ocasión se estrenaron. Hablé yo también, y parecí
frío y poco digno de mi fama, porque eran horas aquellas de desacato
en el hablar, y yo no sabía llegar en la forma a la descompostura
generalmente usada entonces. Esto aparte, la Fontana en aquella
ocasión obró en consonancia con lo que pasaba fuera de su recinto,
pues ni excitó ni fomentó en gran manera el desorden, contentándose
con hacer en él un papel y no el primero. Quien más se desmandó fue
un don Santiago Jonama, hombre de gran talento y regular instrucción,
nada liberal desde 1814 hasta 1820, y hasta entonces poco grato a los
constitucionales, si bien figuró después entre los más extremados
de su bando, acarreándole sus violencias prisión y temprana muerte
causada por enfermedad contraída en su encierro. Este tal aludió a que
era posible que llegasen las cosas al caso de deponer al Rey, por lo
cual, pasado ya el tumulto, fue llamado por el jefe político y medio
reprendido en términos suaves. De los demás en ninguno hubo que notar,
porque el yerro o delito era de tantas personas y en tantos lugares,
que se hacía imposible no solo el castigo sino aun la censura.

Después de estos sucesos (por noviembre y diciembre de 1820 y al
principiar 1821) tuvo la Fontana un eclipse. Estaba, bien puede
decirse, abierta de derecho; pero de hecho nadie hablaba en su tribuna.
Hasta no sé por qué causa la tribuna hubo de desaparecer por breve
plazo, siendo de notar que nadie la echase de menos. Si no había
recibido aquella sociedad un golpe, había sido acometida de un mal
funestísimo a un cuerpo de su clase, como lo es a los periódicos de
oposición violenta, y era que el partido en ella dominante había venido
a ser el del gobierno o ministerio, por lo cual no era posible hablar
desde aquella tribuna dando gusto a la muchedumbre. Entretanto, por
lo mismo que los llamados hombres de 1820 se habían avenido y unido
con los ministros, otras personas de diferente opinión, o cuyo interés
era casi contrario, se iban deslizando a una recia oposición, cuya
fuerza principal era que contaba con el favor palaciego y con el del
Rey mismo. Quiso este partido novel, que ni aun podía pretender ser un
bando de alguna influencia, usar también del arma de los discursos en
sociedad patriótica, sin conocer que arma tal no sirve para todas las
manos. Así es que formó una sociedad en el café de la Cruz de Malta;
pero según debía suceder, con poca feliz fortuna a la postre.


II.

Para lograr que comprendan los que poco saben de la historia de España
en 1820 por qué la sociedad patriótica fundada y abierta en el café
de la Cruz de Malta tuvo breve la vida y escasa la fortuna, aunque en
ella se habló con tanta violencia cuanto en donde más, indispensable es
decir a qué circunstancias debió su origen aquella malhadada reunión y
de qué clase de personas estuvo compuesta.

Ofendido y no sin causa el Rey de haber sido engañado y compelido
por un terror sin motivo a dar su sanción a la ley de supresión de
monacales, se propuso vengarse de un agravio que le punzaba más porque
le lastimaba en su vanidad de sagaz y ladino. Buscó la codiciada
venganza por varias sendas; primero por una en que caminasen unidos
los llamados exaltados u hombres de 1820 con los amigos personales del
monarca, o digamos sus privados, contra los ministros, y después, no
siendo fácil llevar a cabo tal unión, por otro medio a él más grato,
cual era el de una conjuración que, si salía favorecida por la suerte,
acabaría a la par con la Constitución y los ministros. Malogrose este
último plan, y descubierta la trama, salvó al Rey su inviolabilidad,
pero la legal de que disfrutaba no alcanzó a ser moral, por lo cual
su persona quedó expuesta, no solo a acre censura, sino a groseros
insultos. Vuelto del Escorial, a donde había ido para llevar adelante
su empresa hasta darle cima, y regresando de allí, no por su voluntad,
sino llamado o constreñido por fuerza a la cual nada tenía que oponer,
fue a su entrada en la capital saludado con maldiciones y denuestos,
y estos últimos de la clase más soez, de lo que recibió dolor y enojo
superiores a todo cuanto podrían haberle causado tentativas contra
su vida. De ello acusaba a sus ministros, y no sin razón, bien que
a estos servía de disculpa haberles sido imposible refrenar la ira
de los constitucionales sin dar a los enemigos de la Constitución un
grado no leve de fuerza; cuando estos ya la habían cobrado no corta de
resultas de haber sido maltratados los prohombres de la revolución en
los sucesos de septiembre. Haberse avenido los ministros con aquellos
a quienes dos meses antes habían mirado como a contrarios y castigado
como a inquietos, era otro acto que la corte calificaba de culpa,
aunque lo mismo habían querido hacer o aparentádolo los palaciegos con
plena aprobación del Rey mal disimulada. Había además un crecido número
de personas no palaciegas, que en las ocurrencias que causaron el
destierro de Riego y sus amigos habían abrazado la causa del ministerio
con calor, cebándose en los caídos, proclamándose constitucionales,
y calificando de facciosos a sus adversarios; en suma, ofendiendo
gravemente a unas personas y a un partido cuyo nuevo encumbramiento
veían con dolor e ira, viéndose ellos casi pasados a una oposición
de la cual no podían prometerse ventajas, ni aun siquiera sentirse
halagados por el aura popular que respiran por lo común con recreo las
oposiciones. Si entre tales individuos había algunos amantes sinceros
de la Constitución o de un gobierno libre, eran estos en número corto,
no señalados por su adhesión a la causa constitucional en los tiempos
pasados, y por lo mismo, o ya sospechosos a los liberales extremados,
o en situación en la cual era fácil hacer caer sobre ellos sospechas
de la peor clase posible. Contábase entre esta gente lo general de
los afrancesados, llenos de odio a los constitucionales de 1812, y no
sin alguna razón, si bien no la bastante, a justificar los medios que
empleaban para satisfacer su pasión rencorosa. Porque es cierto que en
1820, con alguna injusticia y con ninguna cordura, los restauradores
de la Constitución, con raras excepciones, no habían escaseado insultos
a los malaventurados secuaces de José Bonaparte, cuyo crimen había sido
grave, pero en algunos acompañado de circunstancias atenuantes, y a los
cuales aconsejaba una sana política tratar como lo han sido en nuestros
días los servidores del Pretendiente. Provocados los maltratados, que
lo eran de palabra más que de obra, pero resentidos de la injuria
más todavía que del daño, y estrechando los lazos que los unía su
misma situación de excomulgados políticos, iban formando un partido
que buscaba en los anticonstitucionales aliados, yéndose poco a poco
desviando aun de la profesión de doctrinas un tanto liberales en que
solían ellos buscar y creían hallar la justificación de su pasada culpa.

Esta amalgama de personas vituperaba entonces la conducta del
ministerio por lo que llamaba vergonzosa capitulación con los que le
habían hecho guerra en septiembre, y a los cuales había vencido y
sujetado a merecida, aunque blanda pena. Pero escogieron para comenzar
su campaña los de la novel oposición el medio de formar una sociedad
patriótica, idea desatinada, de la cual, si lo pensaban bien, no
podían sacar provecho. No era la hora en que principiaron a poner por
obra su plan la más a propósito para sociedades patrióticas, si ya
no las hacían como lo que eran las de provincia, donde se reducían
las sesiones a explicar artículos de la Constitución, por lo común
disparatando, cosa que no bastaba para los auditorios madrileños, y por
esto era preciso que en una tribuna popular de la capital o se hiciesen
elogios de los ministros, lo que en reuniones tales no es sufrible, o
se hiciesen censuras oyéndolas con desaprobación cabalmente la gente en
lo general más inclinada a aceptarlas y aplaudirlas, porque no eran del
gusto de estas o no merecían su confianza los censores.

Sin embargo, a los primeros discursos pronunciados en la Cruz de
Malta acudieron numerosos oyentes, y como los oradores en punto a
doctrinas y a invectivas contra el Gobierno nada dejasen que desear,
ni aun comparándolos con los de a la sazón muda Fontana, fueron oídos
con satisfacción y terminaron sus arengas entre vivas y palmadas.
Pero bajo la corriente a la cual cedían los aprobantes, dejándose
llevar por ella como incautos, había otra que impelía a mirar con
reprobación la oposición nueva. Los liberales antiguos, y aun la
mayor parte de los nuevos, descontando los del mero vulgo, comenzaron
a murmurar de la sociedad novel, sospechando la intención que la
movía, convirtiendo pronto en certidumbre la sospecha, y llevando
a mal, como era y es propio de la parcialidad que se dice o aun se
cree amante de la libertad, que otros hiciesen corte al ídolo de su
culto y pretendiesen ser por él favorecidos. De todo ello resultó
caer la reunión de la Cruz de Malta en pronto y completo descrédito
entre los partidos todos, condenándola unos por lo que sonaba ser, y
otros por no ser lo que sonaba. Despertose la idea muy natural de que
convenía que se hablase en la Fontana levantando altar contra altar,
o, digamos, contraponiendo el de la deidad verdadera al de la falsa,
con lo cual caería al instante la última resuelta en polvo. Presteme
yo a llevar a efecto tal proyecto, y lo hice de muy mala gana, porque
acababa de ser incluido entre los vueltos a sus destinos con ventaja,
y además aprobaba hasta cierto punto la conducta del Gobierno, quizá
porque desaprobaba la de sus contrarios, y, por el lado opuesto,
sentía afición a toda sociedad patriótica y llevaba a mal que les
coartase la facultad de hablar el Gobierno, del cual, si estaba yo
satisfecho en buena parte, no lo estaba del todo. Batallaban también
en mi ánimo dos principios encontrados, llevándome a sustentarlos
pasiones diversas a ellos conformes: no querer ponerme en guerra con
un Gobierno del cual había novísimamente recibido una merced, y, lo
que era más, recibido otras iguales mis amigos políticos, siendo esta
señal de alianza contra un enemigo común, y sentir repugnancia, por
otra parte, o aparecer apóstata, aun cuando no lo era, pues hablaría
al cabo contra una sociedad de la clase de las que yo admiraba, si
bien compuesta de personas muy otras que las de mi bando, o, dígase,
de una sociedad en la cual apenas podía yo culpar los hechos, pero
en que juzgaba muy mal de las intenciones de los oradores. Con todo,
acudí a la Fontana, y como no estuviese allí aún repuesta en su lugar
la tribuna, peroré subido en una mesa, según se hacía en el café de
Lorencini. Mi discurso no fue ni ministerial ni de oposición, porque
inculpé malamente a los ministros, y afeé el espíritu inquieto de los
de la Cruz de Malta, sustentando el derecho de hablar en público y
condenando al Gobierno porque le coartaba o se le declaraba contrario,
pero insistiendo en que la oposición hecha de palabra no debía
provocar a sediciones ni alborotos. Poco efecto hubo de hacer mi
arenga, sucediendo otro tanto a la que en seguida hizo mi amigo don
Manuel Eduardo de Gorostiza. No recibí señal de desaprobación de los
ministros, aunque alguna merecía, ni de los de mi partido, no obstante
ser ellos a la sazón ministeriales. Los periódicos dijeron que se había
hablado en la Fontana, donde los oradores (señalándonos por nuestros
nombres) habíamos sostenido principios de orden, lo cual fue hacernos
favor, sin dejar de hacernos justicia. Nuestros pobres rivales de la
Cruz de Malta hubieron de callar, porque para seguir la guerra por
ellos declarada habían menester fuerzas muy superiores a las suyas.
Quedó, pues, triunfante la Fontana, y con ella el ministerio, el cual
la miraba, si como amiga, como una que lo era poco segura y no más
grata. Fue restablecida la tribuna, pero desde ella se hablaba poco y
con escasísimo efecto. Concurría yo, pero solo como oyente, distraído a
otras atenciones que la a que llamaban los discursos, dignos en verdad
de poca, porque, no siendo la reunión de oposición, en sus efectos era
nada. En medio de ello (empezando enero de 1821) salí yo de Madrid y me
trasladé a Córdoba, a servir la intendencia de aquella provincia, con
la que había sido agraciado al expirar el anterior noviembre.

En Córdoba se formó una sociedad, y, como debe suponerse, hablé yo
en ella, cosa que no cuadraba con la dignidad de mi cargo; pero en
aquellos días se reparaba poco en tal cosa. Mis discursos allí no
fueron demagógicos ni podían serlo, porque no eran de lucha entre
doctrinas o intereses opuestos y se reducían a alabanzas de la
Constitución, a explicaciones de artículos de la misma, o a justificar
reformas de las que entonces estaban haciendo las Cortes.

Corriendo el año de 1821, separó el Rey de sus puestos a sus ministros,
y puso en su lugar otros, si bien muchos de ellos constitucionales
que habían dado pruebas de serlo, harto inferiores en renombre a
aquellos cuyos puestos ocupaban. El espíritu de inquietud comenzó a dar
muestras de sí, y, andando el tiempo y mediado el año, la sociedad de
la Fontana comenzó a ser por demás borrascosa, según entendí entonces
y ha sido fama luego. De sus excesos me hacen responsable no pocos
escritores de hoy, completamente ignorantes de lo pasado en los días
de que voy hablando; pero mi justificación es fácil, pues no podía,
estando en Córdoba, estar en una sociedad madrileña. Lo cierto es
que el jefe político de Madrid, Martínez de San Martín, mandó cerrar
la tal sociedad, excediéndose, en mi sentir, aun pensándolo hoy, de
las facultades que le concedía la ley vigente, pero procediendo con
acierto, si cabe acierto en no atenerse a la ley, porque la interpretó
estirándola, y la interpretación, aunque errónea, hubo al fin de ser
aprobada por las Cortes.

Separado Riego del mando militar de Aragón, siendo su separación bien
merecida, coincidió, o poco menos, con el cerrar de la Fontana, haber
varios individuos, de ellos muchos socios y oradores en aquellas
reuniones turbulentas, que discurrieron pasear por las calles de Madrid
como imagen de santo en procesión el retrato del general objeto de
la severidad del Gobierno y del culto de los patriotas extremados,
haciéndole honores parecidos a los que a las santas imágenes hace
la Iglesia. Disgustó al Ministerio el proyecto, y salió una orden
prohibiendo ponerle en ejecución; pero tal orden o no fue sabida, o
no se tuvo por ajustada a la ley ni por acreedora a obediencia, y,
comenzada la procesión, tropezó esta en la calle de las Platerías con
un batallón de la Milicia nacional mandado por don Pedro Surra y Rull,
a la sazón del comercio de Madrid, el cual, habiendo intimado a los que
traían con pompa solemne el retrato que se retirasen y disolviesen,
y hallando resistencia pasiva, mandó embestir con ellos a bayoneta
calada; pero de tal modo, que la embestida no pasase de amago, porque
no preveía que hubiese quien a los suyos hiciese frente. Y fue así,
que los de la procesión, viendo venir sobre ellos a los milicianos, se
dieron a la fuga, dejando en el suelo la imagen objeto de su veneración
y obsequios, la cual fue recogida, y por lo pronto depositada (según
creo) en las casas consistoriales. Tanto los del partido vencedor
cuanto los del vencido en lid tan poco reñida, convinieron en dar a
aquel lance, más cómico que trágico, por nombre o apodo el de batalla
de las Platerías; pero no pocos escritores tildaron como horrible
exceso la conducta en caso tal observada por el Gobierno y sus agentes.
Alcanzó el golpe a la sociedad de la Fontana, cuyas puertas quedaron
entonces para siempre cerradas para otro fin que el servicio ordinario
de un café, pues aunque todavía hubo en Madrid una sociedad patriótica,
y por cierto no poco alborotada, fue otro el lugar donde se congregó,
y otros que los socios antiguos de la Fontana quienes en ella se
distinguieron.

En tanto, continuaban en varias ciudades de provincias las sociedades
patrióticas; pero el hecho mismo de que continuasen acreditaba no ser
miradas como peligrosas por las autoridades.

Sin embargo, podría decirse que la tolerancia de la autoridad probaba
poco en varias poblaciones, donde o estaba supeditada, o era ejercida
contra el Gobierno. Esto pasaba en Cádiz y Sevilla en los últimos meses
del año de 1821 en que estaban ambas capitales con las dos provincias
de ellas dependientes separadas de la obediencia al Ministerio y a
las leyes. Pero, aun allí y entonces, las sociedades patrióticas o
públicas no dirigían el movimiento que nacía de las sociedades secretas
dominantes en ambas ciudades y si a él coadyuvaban era en corto grado y
con escaso efecto.

Así fue que en diciembre del aquí recién citado año, siendo yo diputado
electo por la provincia de Cádiz, y habiendo pasado a ella con objeto
de traerla con política artificiosa a la obediencia al Gobierno y a
las leyes, cuando me proponía valerme para mis fines de la sociedad
patriótica de aquella ciudad, supe que tal sociedad era tenida en
muy poco hasta por los hombres de opiniones más extremadas y los
más empeñados en que no cediese la loca resistencia o rebelión que
tantos males estaba produciendo. Era cabeza de la sociedad don Domingo
Antonio de la Vega, de quien he hablado bastante en otro lugar de estos
mis recuerdos, y participaba la reunión del disfavor con que estaba
mirado en Cádiz su presidente, o digamos, de la mala fortuna que a
este perseguía, a punto de no haber recaído en él premio alguno por
los notabilísimos servicios que había hecho a la causa constitucional
en los trabajos que, con grave peligro de quienes en ellos tuvieron
parte, la sacaron triunfante al cabo. Fui yo, con todo, una vez a la
sociedad, invitado a ello, y no pudiendo excusarme, hablé, y fui muy
aplaudido al oírme; pero en breve fue muy censurado mi discurso por
haber sido completamente evasivo, pues ni una sola palabra dije sobre
la gran cuestión pendiente, la cual ocupaba todos los ánimos, y me
ceñí a hablar de las obligaciones que había contraído al ser nombrado
diputado y de mis propósitos en punto al modo de desempeñarlas. Era,
con todo, tan corto el valor que se daba a todo cuanto se decía o hacía
en la sociedad que aun mi proceder algo cauteloso, o, cuando menos,
poco franco, si fue con razón desaprobado, no me atrajo clase alguna
de sinsabores, y eso que no escasearon para mí en aquellos días, en la
misma ciudad, y por la causa que a todos tenía en ansioso empeño.

Igual era, o quizá inferior en importancia a la sociedad de Cádiz, la
de Sevilla. No porque en la una y en la otra se oyesen sanas doctrinas,
pues sucedía a menudo lo contrario; pero se perdían en los aires, sin
dejarse sentir su influencia fuera del recinto en que se celebraban
las sesiones todas las perjudiciales ideas que desde sus tribunas se
predicaban.

No hablé yo en la sociedad de Sevilla en dos o tres días que pasé
en el mes de enero de vuelta de Cádiz en aquella ciudad, reducida
ya con trabajo a la obediencia, así como lo había sido su compañera
en los anteriores excesos. También a mi paso por Écija asistí a la
sociedad que en ella había, a pesar de no ser capital de provincia,
pero sí población importante por su vecindario y su riqueza. Era común
entonces en España decirse que unos pueblos eran constitucionales y
otros no, y el de Écija estaba contado por de los apasionados de la
Constitución, y en alto grado. Pero su sociedad era pacífica, y en ella
se explicaban los artículos del Código sagrado (que tal nombre se le
daba entonces), con poco acierto en general, como se debía esperar del
corto saber de casi todos cuantos en ella peroraban; pero con mucha
paz y a satisfacción del auditorio, al cual servían aquellas pláticas
doctrinales profanas de diversión, que, en una ciudad donde hay pocas,
venía bien por cierto. Aunque solo me detuve allí a hacer noche, como
fui a la sociedad no pude excusarme de hablar en ella, y dije algunas
trivialidades que me valieron buena cosecha de aplausos.

Abriéronse en breve las Cortes de 1822 y 1823, y considerando quiénes
eran los diputados electos, había razón sobrada para presumir que
en ellas predominaría el partido dicho a la sazón exaltado. No
correspondieron del todo a las esperanzas o los temores las resultas,
pues en la primera legislatura del nuevo Congreso, variando la mayoría,
ya se declaraba por uno, ya por otro de los dos bandos que estaban
haciéndose cruda guerra. En la cuestión de las sociedades patrióticas
ganaron los moderados una victoria, desechándose una proposición en la
cual iba implicado que se abriese la de Madrid, porque se interpretaba
la ley vigente hasta aprobar la conducta del jefe político que la
había cerrado y mantenía cerrada. Con vergüenza confieso que fui yo de
parecer contrario al de la mayoría, durando aún en mí la afición a tan
perniciosas reuniones.

Pero sobrevinieron los sucesos que señalaron el día 30 de junio y los
seis siguientes, concluyendo el 7 de julio en una agresión violentísima
del partido monárquico o absolutista, y una victoria completa de
los constitucionales. Del triunfo, al cual habían contribuido los
moderados, sacaron los exaltados todo el provecho, cayendo en sus manos
el poder a despecho del Rey, constreñido a escoger de entre ellos sus
ministros. Abiertas Cortes extraordinarias en octubre de 1822, una
comisión del Congreso, entre varias proposiciones que hizo encaminadas
a defender y sustentar la Constitución contra los enemigos que dentro
de España la combatían y desde afuera la amenazaban, propuso que
fuesen abiertas las sociedades patrióticas. Me tocó hacer una nueva
ley sobre ellas, y la hice sencillísima, y muy arreglada a las buenas
doctrinas, siendo su único defecto que, con ponerla en práctica en
las circunstancias en que se veía el pueblo español, se fomentaba todo
linaje de desorden y se imposibilitaba el remedio cuando ocurriese.

No tardó mucho en abrirse en Madrid una sociedad para que sirviese
de prueba de lo que era en su aplicación y uso la nueva ley. No
sirvió ya la Fontana, sin que sepa yo la causa, para teatro de nuevos
alborotos, como si fuese menester otro edificio cuya fama oscureciese
la del antiguo, por excederle en lo malo. Trabajaba ya entonces
una división más al no muy fuerte partido constitucional, pues los
exaltados, guiados por dos sociedades secretas, una de otra enemigas,
estaban en pugna no menos recia que la que ambos juntos habían tenido
y aun no cesaban de sustentar contra los moderados. El Ministerio
tuvo, pues, a su frente a los de la sociedad otra que la de que había
salido, y sus contrarios, como era natural, extremando las doctrinas
favorables al poder popular, le tachaban no solo de torpe, sino de
tibio, aplicándole el epíteto, común en aquellas horas, de _pastelero_.
La sociedad, junta en un salón del convento de Santo Tomás, hubo de
llamarse _Landaburiana_, tomando este nombre en obsequio a la memoria
del oficial de la Guardia Real don Mamerto Landáburu, asesinado en
la tarde del 30 de junio del año 1822 por los anticonstitucionales
de la misma Guardia. Acudí yo a ella como a campo de batalla donde
lejos de esquivar la lid la buscaba, seguro de la victoria alcanzada
entre aplausos. En efecto, en el primer día en que hablé en su
tribuna, como fuese el argumento de mi discurso declamar contra las
potencias extranjeras que a las claras estaban preparándose a romper
en hostilidades contra la España constitucional, salí de mi empresa
airoso, vitoreado como cuando más en ocasiones anteriores. Poco me duró
mi triunfo. Yo era amigo del Ministerio, impropio título para ganarme
aprobaciones en una reunión de la clase de la _Landaburiana_, en la
cual la sociedad de los comuneros, enemiga de la de que yo seguía
siendo en ella parte de las principales, contaba por representantes
de sus doctrinas e interés a la mayor parte de los oradores. Habló en
ella el anciano Romero Alpuente, vertiendo con su débil voz de viejo
achacoso máximas subversivas e incitadoras a toda clase de excesos, que
si bien proferidas con frialdad excesiva, y saliendo de hombre cuya
cabeza estaba cubierta de canas, producían efectos perniciosísimos.
Empezó a distinguirse en el mismo teatro don Juan Florán, muerto poco
ha titulándose marqués de Tabuérniga; joven entonces, de claro talento
y de instrucción corta, declamador hueco y teatral en sus modos,
pero propio para arengar a la muchedumbre ignorante. A estas famas
recién nacidas y crecientes intenté yo oponer la mía algo antigua;
pero con poco fruto, y en breve hube de conocer que no solo quedaba
y quedaría vencido en la lid, si a ella me arrojaba, sino que me
costaría suma dificultad hasta el intentarlo, impidiéndomelo muestras
de desaprobación próximas a ser insultos. Abandoné, pues, el campo, y
hube de retirarme aun del lugar destinado a los socios, y si alguna vez
concurría a la sociedad fue al sitio destinado a los meros oyentes,
desde el cual oía llover denuestos sobre mis amigos políticos y sobre
mi persona.[71]

        [71] Desde el lugar destinado al público solían mis amigos
        políticos desmentir a los oradores. Una noche, el señor don
        Facundo Infante, entonces diputado, como oyese que decían de mí
        una cosa falsa, gritó «_es mentira_»; conmoviose el auditorio,
        pero no paso de murmullo desaprobador su enojo. El orador
        desmentido no hizo más que ratificarse, pero solo en parte, en
        lo que había afirmado.

No faltaban en aquella reunión los mueras y a alguno de estos se
agregaba mi nombre. Entre tanto iba haciéndose la sociedad turbulenta,
a punto de que amenazaba excitar a un motín, y, aunque era probable
que no pasasen de amenazas sus provocaciones, el Gobierno y sus
parciales no eran sufridos, no siéndolo partido alguno en España y
menos entonces, y las circunstancias habían venido a ser críticas
sobremanera, despedazando el Estado una guerra interior y viéndose
venir una invasión de los extraños. Pero la inexorable mal pensada
ley, hija de mi locura más que de la de otros, tenía atadas las manos
a la autoridad, pues si podía mandar cerrar la sociedad en la hora
en que se desmandase, tenía obligación de consentir que de nuevo se
abriese, corrido brevísimo plazo. En apuro tal, apeló el Gobierno a
un recurso en que llegaba a los últimos términos de lo ridículo su
mal encubierta flaqueza. Mandó reconocer la sala en que celebraba sus
sesiones aquella reunión turbulenta, y cuidó de que se declarase el
edificio en mal estado, a punto de amenazar ruina, por lo cual, celoso
al parecer del bien de los socios y del público, cuya concurrencia le
hacía participante del peligro, prohibió congregarse en lugar tan poco
seguro. Bien era fácil haber hallado otra sala, aunque menos espaciosa,
donde seguir perorando y alborotando; pero estaban cansados de la
sociedad hasta los mismos socios. Murió, pues, tan singularmente la
sociedad _Landaburiana_ dejando de sí menos nombre que su antecesora,
aunque en la historia de nuestros desvaríos merecía ocupar un lugar
prominente.

Su fin fue el de las sociedades patrióticas de la capital, porque,
coincidiendo con él gravísimos acontecimientos, como fueron la
presentación de las notas de las potencias aliadas y la inminencia
de la invasión francesa, que pronto vino a ser un hecho, ocupaban
los ánimos mayores cuidados que el de prestar atención a vanas
declamaciones.

Sin embargo, en las provincias no quedaron desocupadas las tribunas
populares. En el último tercio del año 1822, favoreciéndolas hasta no
corto grado el Gobierno, si bien hallando en ellas más contrarios que
amigos, daban entretenimiento a las poblaciones. De las de algunas
sé, pero confusamente, que fueron promovedoras no solo de desorden,
sino de excesos. Una hubo en Cartagena cuyo nombre descubre su mala
índole, porque se titulaba de los _virtuosos descamisados_, remedo
este sustantivo del de _sans culottes_, si bien, al copiar a nuestros
vecinos, pareció conveniente mudar la pieza de ropa, cuya carencia
constituía un mérito o un derecho a ser tenidos los asociados por
modelos de patriotismo. Por supuesto, cuadraba mal a semejante cuerpo
el nombre que llevaba y el epíteto con que se distinguía, por no ser
en sus miembros la virtud calidad muy común, ni dejar de llevar camisa
los que pretendían ser de suma pobreza, porque los verdaderamente
necesitados no son los que asisten a tales reuniones ni los que en
ellas predominan.

Otras sociedades se distinguían por su inocencia. En la de Córdoba,
a ejemplo de otras, sintiéndose escasez de oradores y hambre de
discursos, se apeló al arbitrio de convidar al clero y a las
comunidades religiosas a que viniesen a la tribuna a hacer panegíricos
de la Constitución, y como no aceptar el convite pareciese peligroso,
acudieron clérigos y frailes a hacer el para ellos ingrato oficio de
predicadores profanos.[72] Cosa era que movía a risa oír a aquellos
infelices, casi todos ellos enemigos de la causa porque se veían
obligados a abogar, decir trivialidades que por lo común eran desatinos
enormes, agregándose a la mala voluntad visible en los oradores su
ignorancia completa en punto a las materias que trataban.

        [72] En una excursión de unos días que hice a Andalucía a fines
        de febrero de 1823, como hiciese noche en Andújar la diligencia
        en que yo iba y se supiese ser yo uno de los pasajeros, me
        envió una diputación la sociedad de aquella ciudad, la cual,
        sin ser capital, la tenía, así como Écija, por ser población
        crecida y rica. Pero fue grande mi extrañeza al ver al frente
        de los que me convidaban al vicario, a quien yo por casualidad
        conocía por haber viajado con él en silla de posta hasta Madrid
        en 1817, y porque en el viaje, hablando de un obispo de Jaén
        que había sido liberal en 1813, se expresó el buen eclesiástico
        en términos que le declaraban tan lejano de ser constitucional,
        cuanto cabe. Pero el pobre señor cedía a las circunstancias,
        como otros de su clase y opiniones. Por supuesto, fui yo a la
        sociedad y hablé como en Écija. No era por cierto peligrosa al
        orden público aquella reunión, pues era solo inocente, dando a
        esta palabra las varias acepciones que es común darle.

Pero solía suceder con alguno de estos eclesiásticos, a quien, en
sentido inverso de un personaje de comedia muy conocido, no cuadraría
mal el nombre de fray Obediente Forzado, se deslizase un tanto a
mostrar desaprobación, si bien no de la Constitución, de su espíritu
y de varias doctrinas a la sazón predominantes, así como de leyes de
ellas emanadas, y entonces era grande la indignación del auditorio,
sin considerar que el malhadado orador, apremiado a hablar, había
de hacerlo, o contra su propia opinión en gravísimas materias, o
en parte contra los principios reputados santos en el lugar donde
predicaba. Por fortuna, fueron raros casos tales, y cuando ocurrieron,
no tuvieron efectos funestos a los oradores. En general los discursos
_constitucionales_ de los _desafectos a la Constitución_ solo se
señalaban por lo vacíos de ideas y por la insulsez a ello consiguiente.
Pero tales cuales eran bastaban para hacer pasar el tiempo a los
oyentes, que lo eran solo a medias, pues más debían ser llamados
concurrentes distraídos.

Estas sociedades pacíficas vinieron a ser a modo de tertulias públicas,
en que el orador hacía a veces el papel de algún pobre músico que
toca o canta delante de un auditorio que le presta o poca atención o
ninguna. Yo hacía el papel de asistente a la de Córdoba durante el mes
de marzo de 1823 que pasé en aquella ciudad, y aun hablé en ella una
vez para oponerme al desmandado comunero Moreno Guerra, quien, hablando
de la próxima entrada del ejército francés invasor en nuestro suelo, le
pronosticó pronta y fácil victoria, moviéndole a tal aserto, que vino a
ser verdad, el mismo exceso de su furor de partido, pues solo intentaba
cebarse en los de la sociedad secreta su enemiga, a la cual achacaba
haber traído la guerra.

Durante la estancia del Rey y las Cortes en Sevilla en la fatal
primavera de 1823, aún no sé si seguía allí abierta una sociedad
patriótica, pero el hecho mismo de no saberlo prueba que si existía,
era tenida en muy poco. No la hubo, y mal podía consentirse en el
siguiente verano en Cádiz, estando sitiada y combatida la plaza por
el ejército francés mandado por el duque de Angulema. Ni estaban a la
sazón los espíritus para echar de menos declamaciones vagas de tribuna,
siendo general el decaimiento llegado a ser postración, y si poseídos
algunos de furia intensa, precisados a no manifestarla, en parte por
temor a la autoridad, y en parte también por estar ciertos de que a
pocos lograrían comunicar sus pasiones furibundas, y porque sentían que
un furioso, cuando no causa terror, provoca a risa.

Que las sociedades patrióticas causaron algún mal, aunque no al punto
que suele suponerse, y ningún bien, es cosa que hoy apenas hay quien
duda. Así es que, recién proclamada la Constitución de 1812 en 1836,
de resultas de varias conmociones populares, y triunfante el partido
más extremado de esta época, los ministros de él salidos, y que eran
sus caudillos y representantes, se negaron a conceder licencia para el
establecimiento de una sociedad patriótica al uso antiguo en Madrid, y
si el haber habido quien esto solicitase prueba que aquellas reuniones
aún contaban con uno u otro aprobante, el hecho de que no hubo un
clamor pidiendo su resurrección, cuando todo quería reponerse según
estaba en 1823, acreditó que aquellos cuerpos un tiempo tan famosos
vivían en el recuerdo más para ser reprobados que aplaudidos.

En estos años novísimos ha habido, sin embargo, reuniones en que se
ha hablado ante un público numeroso sin que de ello haya resultado el
menor inconveniente. Pero las reuniones de ahora son para un punto
concreto, y versan sobre cuestiones en que la pasión toma poca parte,
no teniendo por tanto semejanza con las sociedades patrióticas que
tanto dieron que hacer y decir en los tres años y poco más en que
estuvo la Constitución de 1812 establecida, pero no firmemente asentada
en nuestro suelo. Que hoy produjesen el efecto que en los pasados
tiempos, es muy dudoso, siendo lo cierto que si existiesen tendrían
forma diversa de la que tuvieron, y serían en algo, aunque no en
mucho, diferentes las doctrinas que en ellas resonasen. Pero estas son
conjeturas ajenas del artículo presente, en el cual solo ha querido
darse un compendio de la historia de aquellos cuerpos, compendio
escrito _ad narrandum_ y no _ad probandum_, aunque de la narración bien
pueden y aun deben sacar datos en que fundar juicios los lectores.




XII.

SOCIEDADES SECRETAS DE ESPAÑA DESDE 1820 A 1823.


En anteriores trabajos he hablado, con ocasión de referir o explicar
cómo cayó un mal gobierno en nuestra patria, de la parte principal que
tuvo en derribarle una sociedad secreta. Posteriormente he escrito
en compendio la historia de las reuniones públicas apellidadas
sociedades patrióticas, que representaron importantísimo papel en el
drama de trágico fin de que fue España teatro, desde que fue en ella
restablecida la Constitución de 1812 por un acto de violencia, hasta
que la invasión de un ejército extranjero, favorecida por la parte más
numerosa, aunque, cierto, no la más respetable o ilustrada, del pueblo
español, la echó al suelo. Pero quizá no esté de más dar alguna noticia
de lo que la misma sociedad restablecedora de la Constitución hizo
mientras la ley política restablecida por sus esfuerzos se mantuvo en
pie, como también del nacimiento y creces de otra sociedad salida de
sus entrañas, la cual, su rival y aun su enemiga desde luego, cobrando
pujanza, vino a entrar en viva y enconada guerra con su madre; lid a
la par ridícula y funesta, que, si no trajo consigo el acabamiento de
la Constitución, debido a superiores causas, contribuyó a él en grado
no corto. En verdad, sin saber qué hacían las sociedades secretas en
1820, 21 y 22, la historia de las cosas de aquellos días incurre en
errores graves, e induce con ello a equivocados juicios, siendo común
achacar los efectos a causas otras que las verdaderas.

Mucho han dicho los pocos escritores que han tratado de un periodo de
nuestros anales en verdad nada glorioso, contra la fatal y desvariada
idea de que una sociedad, máquina usada para combatir y derribar
un gobierno, continuase en juego con la pretensión de dirigir en
conciliábulos secretos la conducta del que había puesto en pie.
Autoridad de tanto respeto como es la de don Manuel José Quintana
asienta en sus cartas a lord Holland que es absurda por demás la idea
de «_gobernar como se conspira_». Pero los censores, si bien lo son con
justicia, olvidan que hay malas consecuencias casi forzosas de hechos
de mala especie, y que el medio abrazado para acabar con el despotismo
del gobierno de 1819 hubo de ser vituperable aun a los ojos de la gente
juiciosa que aplaudía el para ellas buen fin a que se había llegado por
nada buen camino. Pretender que, jurada por el Rey la Constitución, y
establecido como gobierno legal el constitucional, se hubiese disuelto
por voluntad propia una sociedad ufana de su triunfo y llena del
conocimiento de su poder, es pretender una cosa justa, pero apenas
asequible.

Sin duda erramos o pecamos gravemente quienes, en vez de disolver
la sociedad a que me voy ahora aquí refiriendo, atendimos no solo a
conservarla viva y en acción sino a extenderla y robustecerla, y no
fui yo de los que menos parte tuvieron en tanta culpa. Pero hoy mismo,
cuando lo confieso y de ello me arrepiento, no puedo olvidar las
razones no enteramente desatinadas que influyeron en mi conducta y en
la de otros mis compañeros en aquellos días. Que Fernando VII había
jurado la Constitución forzado a hacerlo, era evidente, a punto de no
haber quien lo negase; que los enemigos del recién entronizado sistema
político eran muchos y poderosos, no era menos notorio; que así no
podía considerarse la revolución como concluida, era opinión de muchos,
si bien no de todos, y aun los que lo contrario decían tenían trazas de
hablar, o quizá de juzgar, en su interior, más que guiados por la luz
de la razón, movidos por la fuerza de su buen deseo.

Ahora bien: suponiendo la revolución detenida en su carrera, pero no
terminada, porque tenía a su frente amenazándola a la contrarrevolución
su enemiga, sin poderse evitar que de nuevo entrasen en pugna, convenía
que los constitucionales, no sobrados en número, tuviesen un orden
y arreglo interno por el cual estuviesen unidos con fuerte lazo.
Sucedía, como antes de romper la revolución, y en los actos que la
prepararon, que la curiosidad hacía sectarios a muchos que sin serlo
no habrían sido liberales ardorosos. Además el interés, no de la clase
del individual, sino el de partido, menos feo que el primero, aunque
también digno de reprobación, movía a los autores de la revolución a
desear ser fuertes, para afianzar la seguridad y lograr el aumento, o
cuando menos la conservación, de lo que habían ganado. Todo ello valía
poco mirado como argumento encaminado a justificar un acto reprensible,
pero quien no le dé valor ignora qué cosa es lo llamado _capitulaciones
de conciencia_.

Al cabo, fuese o no disculpable, acaeció que la sociedad secreta
determinó seguir unida y activa, siendo gobierno oculto del Estado,
resuelta al principio a ser auxiliar del gobierno legal, pero llevada
en breve por impulso inevitable a pretender dominarlo, y a veces a
serle contraria.

Poco varió la sociedad su planta antigua. Fue adoptado en ella el
sistema de representación o electivo. Madrid, como era natural,
vino a ser la residencia del cuerpo Supremo director o cabeza de la
sociedad entera. Componíanle representantes de los cuerpos llamados
capítulos, constituidos en las capitales de provincia, y compuestos
de representantes de los cuerpos inferiores repartidos en diferentes
poblaciones, o en los regimientos del ejército que los tenían
privativos suyos, siendo de ellos a la par con los oficiales uno u
otro sargento, bien que en raro caso; perniciosa idea esta última, que
hizo suya, pero dándolo extensión, andando el tiempo, la otra sociedad
rival, con notable daño de la disciplina.

Estaba formado el gobierno Supremo oculto (si oculto puede llamarse
uno cuya existencia es sabida y nadie trata de encubrir) de personajes
de tal cual nota y cuenta, de estos algunos de los de la primera,
otros no tanto. Del primer ministerio constitucional a que dio nombre
Argüelles ni uno solo era de la sociedad, ni en el cuerpo director ni
en otro, hasta después de cumplirse el segundo tercio de 1820. Pero
tenía en el mismo cuerpo asiento el conde de Toreno, ilustre ya por
más de un título, si bien a la sazón mero diputado a Cortes, por no
haber aceptado una legación que le fue confiada. Estaba asimismo en
él don Bartolomé Gallardo, cuyo renombre había llegado a ser altísimo
al terminar la primera época constitucional en 1814 y cuya fama aún
no podía haber tenido el menoscabo que de allí a poco fue teniendo,
hasta llegar a la decadencia suma en que ha muerto oscuramente en vejez
bastante avanzada; concepto después sobradamente rebajado en lo tocante
a su valor literario, si bien con más injusta y aun loca exageración
avaluado en días anteriores. Predominaba, con todo, en el gobierno de
la sociedad, como en ella entera, el interés más que las doctrinas de
los hombres de 1820, los cuales comenzaban a llamarse así por lo mismo
que su interés iba siendo otro que el de los hombres de 1812.

Hasta julio de 1820 (época en que se abrieron las Cortes primeras
del nuevo periodo constitucional), nada hacía la sociedad más que
extenderse, sin disentir del gobierno legal en punto alguno importante.
Pero habiendo el ministerio dispuesto la disolución del ejército
llamado libertador, resolvió la sociedad, por medio del cuerpo de su
director o autoridad suprema, oponerse a una disposición arreglada a
la justicia. Para lograr su intento apeló a medios harto dignos de
reprobación, pues no eran menos que los de una resistencia, la cual, si
bien había de comenzar por medios, aunque ilegales, pacíficos, no podía
parar sino en pésimo fin, ya se encendiese guerra civil, ya encendida
fuese la victoria del uno o del otro partido, ya, por último, hecha
pública la resistencia, viniese el gobierno a quedar vencido, quedando
con esto conculcadas las leyes. El plan era que el general del ejército
(cargo ejercido a la sazón por Riego, sucesor de Quiroga, al cual
excedía mucho en fama) representase contra la dispersión de la fuerza
de su mando, en vez de obedecer la orden que para llevarla a efecto
había recibido. Para dorar este acto de insubordinación, quitándole
su carácter puramente militar, habían de representar en igual sentido
varios cuerpos civiles, y entre estos la diputación provincial de
Cádiz, a la cual ni la razón ni aun las leyes de entonces daban derecho
para entrometerse en tal negocio. Pero estas peticiones unidas,
procedentes de un ejército cuyo alzamiento acababa de ser coronado por
la victoria, y al cual debía su existencia la nueva Constitución, y
de una provincia y ciudad constitucionales como por antonomasia, eran
retos más que súplicas, y quienes las usábamos como instrumento las
mirábamos como armas que habrían de darnos de seguro el triunfo. Salvó
a la patria de este peligro, pero no sin causarle graves males, la
súbita determinación de Riego, que, siguiendo el consejo de un canónigo
su hermano, célebre después por sus rarezas, y entonces enviado a
traerle a la razón, por el conde de Toreno entre varios y más que
por otro alguno, se vino del ejército, dando a su viaje el carácter
de fuga, pues no tuvieron noticia de su partida sus cómplices hasta
después de estar él en camino.

La llegada de Riego a Madrid desbarató nuestro plan criminal, y desde
entonces, por algún tiempo, la sociedad secreta nada hizo sino dejarse
llevar por las circunstancias. De los pasos desatentados que dio Riego
durante su breve estancia en Madrid, lejos de ser consejera, como fue
entonces y aun es hoy común suponer, fue desaprobadora, pero tímida y
callada. Llevó, sin embargo, el cuerpo en algunos de sus miembros el
golpe merecido por su anterior y mal conocido exceso, pero no merecido
por los que se le achacaron, los cuales fueron pretexto o motivo de la
leve pena impuesta a los culpados, y de la más grave del desconcepto
en que se trató de ponerlos, y en parte se consiguió, llegando a pasar
por verdades averiguadas falsísimos cargos.[73]

        [73] Entre otras calumnias, corrió con valimiento la de que
        tenía la sociedad formado un ministerio, que por un acto
        de violencia había de ser sustituido al que existía. En el
        supuesto proyecto me tocaba ser ministro de Estado. Aunque
        contaba yo treinta y un años de edad y ocho de carrera
        diplomática, y había sido de los principales entre los
        restablecedores de la Constitución, esta calumnia me ofendió,
        más porque parecía una burla, que por lo infundada. ¡Tanto se
        distaba entonces de hacer las rápidas carreras que después
        hemos visto!

La pena impuesta a unos causó en otros disgusto y hasta indignación:
nació de ello aumentarse la desunión entre los que componían el
gobierno oculto: se exacerbaron las pasiones, y vino a parar la
discordia en una proscripción, que, por fortuna, no pudo pasar de ser
expulsión de la sociedad de los que en ella eran minoría. Alcanzó tal
rigor a no menor personaje que el conde de Toreno, no aprovechándole
su renombre antiguo, ni su recién terminado destierro huyendo de la
pena capital que, si bien solo en rebeldía, le había sido impuesta.
Igual suerte cupo al intendente de ejército don Domingo de Torres, a
pesar de su extremado celo del bien y lustre de la sociedad, celo que
se extendía a la observancia de los ritos estimados por otros en poco.
Algunos más fueron los expulsados.

Seguía en tanto la sociedad fría y desmayada. Era contraria al
ministerio; pero, como este se componía de hombres de altísimo concepto
entre los constitucionales antiguos, la oposición que se le hacía era
de parte de algunos hecha casi con repugnancia, y de parte de otros, si
con acrimonia y encono, con corta esperanza del triunfo.

Pero con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el
Rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto.
De aquí nacía irse arrimando al gobierno los más entre los antes sus
contrarios, en tanto que unos pocos, entre los cuales me contaba yo,
nos resistíamos a la reconciliación mientras no avasallásemos a los
que nos habían vencido y desconceptuado, guiándonos, ya ciego deseo de
venganza, ya razones políticas de más o menos peso.

Así, cuando el Rey trató de negar la sanción al decreto de las Cortes
sobre supresión de los monacales, y cuando fue forzado a darla por
la amenaza de una sedición que en la sociedad de la Fontana había de
comenzar, pero que no comenzó, por no prestarse los socios a abrir
las sesiones por ellos voluntariamente suspendidas, el gobierno de la
sociedad secreta nada resolvió y nada hizo. Verdad es que Regato y yo,
ambos parte del actual gobierno, nos afanamos, y no sin éxito, porque
la Fontana siguiese cerrada y muda; pero nuestra conducta no fue ni
censurada ni aprobada por nuestros compañeros.

Sin embargo, de allí a poco, cuando, irritado Fernando VII de haber
sido engañado y burlado al compelerle a dar la sanción al decreto
que desaprobaba, hubo de decir en privada conversación a alguno de
sus fieles servidores que se prestaría a avenirse con los llamados
exaltados para hacer guerra a sus ministros, y aun para sustituirlos
con otros entre los cuales hubiese constitucionales de los más
ardorosos, llevada al gobierno oculto la cuestión sobre si convendría o
no entrar en trato con la corte, fue resuelta por afirmativa, pero nos
costó gran trabajo ganar la votación a los que en ella triunfamos, no
sin haber de esforzarnos en gran manera para alcanzar el triunfo, y aun
vimos tal tibieza, recelo, y como pena en los aprobantes, que reputamos
desde luego muy difícil aprovechar nuestra victoria. Así fue que los
tratos seguidos con mutua desconfianza por parte de los palaciegos y
por la nuestra, oyéndose con poca satisfacción todo cuanto de ello se
iba dando parte mientras estaban pendientes, pronto concluyeron en un
rompimiento, siendo por otra parte verdad que la perfidia de la corte
justificó a los que de ella nada favorable a nuestros intentos se
prometían.

En los alborotos que ocurrieron durante la residencia del Rey en el
Escorial, en noviembre de 1820, y con motivo de haber Su Majestad
nombrado un ministro de la Guerra sin consultar a los demás del
Ministerio, agregándose a ello ser el sujeto nombrado notoriamente
desafecto a la Constitución, y haberse descubierto al mismo tiempo una
conjuración cuyo objeto era el restablecimiento del gobierno absoluto,
poco tuvo que hacer el gobierno de la sociedad secreta para fomentar
el desorden que desde luego se manifestó en la capital y reinó en
ella durante tres o cuatro días. Su resolución formal por votación
unánime fue _dejar correr las cosas_. Corrían, en efecto, como torrente
impetuoso, contra la persona del monarca. No eran, como he dicho en
otros de estos mis recuerdos, los de la sociedad ni los apellidados
exaltados los más furiosos en aquellos días, pues los que pasaban
por moderados y ministeriales se mostraban, si no en mayor grado,
igualmente violentos en la sociedad de la Fontana, y por las calles y
plazas, hechas teatro de un alboroto que, no hallando resistencia, no
causó daños materiales o inmediatos. Quizá no es fuera de propósito
decir que en los groseros insultos hechos al Rey a su entrada en Madrid
de vuelta del Real Sitio, solo tomó parte la gente soez o uno u otro
loco, pero cediendo a propio impulso y no a dirección alguna.

Mas si el gobierno de la sociedad secreta no fue excitador ni aun
siquiera causador de los desmanes de aquellos momentos, no se descuidó
en punto a aprovecharlos, pues lo hizo celebrando con el Ministerio una
concordia como entre potencia y potencia.

Verdad es que el Ministerio había mudado en aquellos días en parte en
su conducta, en otra parte en su composición. Al ministro de Ultramar,
don N. Porcel, había sucedido don Ramón Gil de la Cuadra, a la sazón
ni enteramente moderado, ni exaltado, pero con algo del uno y del
otro carácter, y además de la sociedad secreta, aunque no del cuerpo
supremo de la misma, sino de otro de los inferiores, en el cual estaba
compensado lo inferior de su categoría con lo distinguido de las
personas de que estaba compuesto. Como estuviese asimismo vacante el
ministerio de la Guerra, fue nombrado para desempeñarle el ilustre
general de marina don Cayetano Valdés, el cual no era exaltado, pero
había hecho actos de tal; honradísimo caballero, así como militar
valiente, y en quien concurría la circunstancia de ser pariente
lejano de Riego. Ambas cosas facilitaron la avenencia poco menos que
generalmente deseada. Pasaron los militares desterrados a ocupar cargos
importantes, y a mí me cupo una suerte parecida. Fue muy censurada
esta capitulación, pero los censores afeaban más la conducta de los
ministros que la nuestra, suponiéndola para ellos humillación y para
nosotros victoria.

Para hacer constar mejor la paz restablecida entre los de la oposición,
que eran de la sociedad, y los ministros y amigos de ellos, volvieron
al cuerpo director o gobierno oculto los que de él habían sido
excluidos, pero con una u otra excepción, y entre estas la notabilísima
hecha de Toreno, a quien no alcanzó nuestra amnistía. Sin duda
contribuyó a tal rigor el valor político de tan digno personaje, y
haber él tratado con desprecio la como pena que le había sido impuesta
sin previo juicio. Así, cuando Argüelles y Valdés entraron en la
hermandad, quedó separado de ella para siempre el digno amigo de ambos,
que era hermano antiguo.

Lo cierto es que la sociedad secreta se declaró amiga y auxiliar del
Ministerio, y siguió siéndolo hasta la caída de este en marzo de
1821. Se prestaron Argüelles y Valdés a entrar en la sociedad, y así
lo hicieron, pero sin ser del cuerpo su director supremo, sino del
inferior de que seguía siendo parte su colega Gil de la Cuadra. Debe
añadirse que ni uno ni otro fueron _hermanos_ muy celosos, aunque no
fuesen infieles, y que antepusieron siempre, como debían, su oficio de
altos empleados y de ciudadanos al de socios.

No a toda la sociedad fue grata la reconciliación con los ministros.
En el cuerpo su director se mostraba muy descontento el después
celebérrimo Regato, o ya hubiese empezado a ser traidor a la causa
constitucional, o ya estuviese vacilante y jugando juego doble, o solo
alimentase su odio sin objeto fijo todavía, habiéndole posteriormente
empujado las circunstancias y su falta de honradez a la infame conducta
que siguió, la cual le ha dado tan merecida mala fama. Ni era único
en su modo de pensar, porque en los socios o hermanos de inferiores
categorías no escaseaban, aunque no abundasen, quienes en su opinión
coincidían.

En febrero de 1821 (ausente yo de Madrid por estar sirviendo la
Intendencia de la provincia de Córdoba), se sublevaron los guardias
de la Real persona (vulgarmente dichos de Corps), tal vez forzados a
hacerlo por habérseles hecho groseros insultos. Acudió a reprimir la
sublevación el Gobierno, y lo llevó a efecto; pero fue acusado con
poca razón de tibieza y aun de contemplaciones con los sublevados.
Es lo cierto que en la indisciplina civil y aun militar de aquella
época, no pocos de los que se precipitaron a oponerse a la sublevación
obraron como de _motu proprio_, más que como obedientes a orden
superior de legítima procedencia, y que la ejecución de lo dispuesto
por el Gobierno hubo de resentirse de tal circunstancia. Los que por
exceso de celo, haciendo más de lo que les era mandado, merecieron
ser tachados de cierto linaje de desobediencia, quedaron por demás
descontentos cuando vieron, si no desaprobada, tibiamente aprobada su
conducta. Regato y algún otro abrazaron la causa de estos quejosos,
siendo probable que al hacerlo solo vieron con gusto llegada la
hora de un rompimiento, de ellos mucho antes ardientemente deseado.
Desprendiéndose del tronco de la sociedad antigua, fueron estos a
fundar otra nueva, si al principio pobre y con pocas apariencias de
medro, no muy tarde robusta y poderosa, tal que, si la catástrofe que
acabó con la Constitución y con todo linaje de liberalismo, y aun de
libertad, no hubiese sobrevenido, compitiendo con la sociedad madre,
habría llegado a oscurecerla y tal vez a destruirla.

Dio nombre y correspondiente forma, o fórmulas, a la novel sociedad
secreta (si es que de secreta merecía con exactitud el nombre) una
idea de don Bartolomé Gallardo. Este escritor afectadísimo, político
violento más que atinado o agudo, se distinguía por su afición ardorosa
a las cosas de su patria y lengua. La sociedad en que él tenía un
puesto de los superiores en categoría, aunque en ella no ejerciese
grande influencia, había tomado de una antigua y extranjera nombre y
ritos. Bien es cierto que de la del mismo nombre en otros pueblos se
diferenciaba notablemente, por ser una asociación puramente política y
concretarse a los negocios del país donde estaba establecida, y que al
ritual y planta y arreglo de las de su clase en tierras extrañas había
añadido algo peculiar de España y del oficio que en su patria ejercía.
Pero todo ello aun parecía poco a Gallardo, resuelto a españolizar más
los nombres y símbolos de la que era propiamente una asociación de
españoles constitucionales o liberales. Para su intento había vuelto la
atención a la época de la guerra de las comunidades de Castilla, traída
a la memoria de los españoles con ideas de amor y veneración a quienes
en ella figuraron sustentando la parte del popular por la oda de
Quintana a Juan de Padilla, y por la tragedia de Martínez de la Rosa,
cuya heroína, que le da título, es la viuda del mismo famoso personaje.
De aquí nació un plan de crear en la sociedad secreta grados y dictados
que variasen los en uso o se les sustituyesen, tomándolo todo de lo que
habían sido los comuneros.

Tal idea de Gallardo, comunicada por él en conversaciones particulares,
hubo de dar golpe y de agradar a quienes proyectaban una asociación
entre secreta y pública, cuya índole y apariencia fuesen propias para
captarse voluntades y encontrar secuaces, particularmente en el vulgo.
Diéronse, pues, los nuevos sectarios el nombre de comuneros, siendo en
el uso común más corriente apellidarse hijos de Padilla; y llamaron a
sus sociedades particulares _Torres_. A esto añadieron varios dictados
de los cargos de la secta, insignias, ritos; todo ello en parte remedo,
pero asimismo variación, de los usos y formas del cuerpo de que se
separaban. Uno u otro nombre de personaje distinguido contribuyó desde
luego al lustre e importancia de los comuneros. Ocupaba entre ellos uno
de los primeros puestos Regato, de no corto poder e influjo todavía en
los negocios, y de gran crédito entre los liberales más extremados, no
obstante ser escasos sus merecimientos, aunque fuese de ingenio vivo y
sutil y de extraordinaria audacia y travesura. De mucho más valor era
el joven, a la sazón brigadier, don José María Torrijos, de quien tanto
va dicho en otra parte de estos recuerdos. Movió a Torrijos a entrar
en los comuneros, además de su natural fogoso, estar descontento del
Gobierno legal y también del secreto de la sociedad antigua, porque en
la represión del levantamiento de los guardias de Corps había hecho más
que otro alguno, y por ello había sido si no reprendido, poco menos.
También fue comunero y llegó al puesto más alto en la sociedad el
brigadier Palarea, en la guerra de la Independencia acreditado, pero en
su clase culto, guerrillero, y en las Cortes, a la sazón juntas, orador
de la oposición, si bien hablaba con más ardor y celo que elocuencia
o tino. Andando el tiempo, y no pasando mucho, contaron en su gremio
los hijos de Padilla al general Ballesteros, hombre que, a pesar de
su corto entendimiento, había alcanzado grande fama en la guerra de
la Independencia, y que desde 1815, época en que fue ministro de la
Guerra bajo el rey absoluto, en días de sañuda persecución de los
constitucionales, había seguido una conducta vacilante y dudosa, y, a
pesar de ello, privaba sobremanera con los liberales más ardientes;
ejemplo este, no raro, de sujetos que, aun sin el talento de ser
arteros, consiguen medrar y tener concepto en diversos y aun opuestos
bandos. Adquirió desde su entrada en el gremio de los de la misma
comunión política cierto puesto como de maestro y personaje venerado,
el anciano Romero Alpuente, cuyo renombre de magistrado desinteresado
mal podía encubrir sus malísimas calidades; fríamente violento y
predicador de la anarquía, que se valía de medios torcidos para recoger
aplausos de la gente más baladí. También, como se debía suponer, pasó
a militar en las filas comuneras Moreno Guerra, el cual (según le he
pintado en otros de mis recuerdos anteriormente publicados)[74] parecía
como naturalmente llamado a tal milicia por la clase de su instrucción,
por los hábitos de su vida política y hasta por su misma persona
física y lo general de su porte y modos.

        [74] En los artículos cuyo título es _Cómo cae un mal
        Gobierno_. Al escribir lo que va arriba, difícil es no tropezar
        en uno de dos escollos: o el de repetir lo dicho en otro lugar,
        o el de citarme a mí propio apareciendo presumido.

También figuró y mucho en la comunería, sin mayor mérito que el de
una osadía e inquietud a que pocos podían llegar, el diputado a
Cortes don Francisco Díaz Morales, oficial de artillería comprometido
en una conjuración en los días de la monarquía absoluta, y por ello
condenado a muerte, aunque, suspendida por largo plazo la ejecución
de la sentencia, logró, a la par con la libertad, el concepto de
víctima ilustre cuando vino a triunfar su causa; de ilustre familia
cordobesa, pero inclinado a mezclarse con la plebe, no obstante su
educación en el real colegio de Segovia; padrino de todo alboroto y de
todo alborotador,[75] y hasta con un matiz como de locura que hacía
menos criminales sus malos hechos; persona que murió ha poco tiempo
en indigencia absoluta, habiéndose apelado a la caridad pública para
que una suscripción le diese el sustento y abrigo necesarios, y siendo
su desgracia tal, que le sobrevino la muerte al llegarle el tal cual
alivio de su miseria.

        [75] Entre otros, había apadrinado a principios de 1821 al
        después famoso Bessieres, que había sido condenado a muerte
        en Barcelona por tener parte en una conjuración republicana.
        No fue, como es notorio, ejecutada la sentencia, empeñándose
        los más ardorosos y extremados liberales por salvar al que
        estimaban su caro hermano, el cual vino a ser campeón del
        absolutismo.

Este último personaje, muy dado al cosmopolitismo, trasplantó a
España vástagos de otra sociedad extranjera que procuró enlazar con
la de los comuneros; pero el vástago, si prendió, no echó raíces ni
medró a punto de figurar notablemente en un terreno ocupado ya por
producciones del suelo propio. Fue así que, recién nacida la sociedad
de los comuneros, ocurrió caer de súbito la Constitución española en
Nápoles y el Piamonte, que, proclamada en el reino aquí nombrado en
primer lugar, había vivido allí algunos meses, y siéndolo igualmente en
la Italia Septentrional solo existió en ella algunos días, de lo cual
resultó haber de huir del suelo patrio los liberales más comprometidos,
y acudir a España, donde encontraron, como debían esperar, cariñoso
y aun fraternal acogimiento. No se mostraron, por cierto, ingratos
los así favorecidos, pues, lejos de serlo, declaraban que en nuestro
suelo habían hallado segunda patria; pero la misma circunstancia de
vivir con los españoles como hermanos los llevaba, sin mala intención,
a mezclarse muchos de ellos más de lo justo en los negocios de su
nueva familia. La revolución de Italia había sido obra de una sociedad
secreta, desde 1817 o 12 establecida en su suelo, y conocida con el
dictado de la de los carbonarios (o carboneros), la cual se había
dilatado por Francia, donde la sociedad masónica era instrumento
muy conocido y gastado, y por lo mismo, para fines políticos inútil
enteramente. Hubo, pues, también en España _ventas de carbonarios_,
pero en corto número y con flaco poder, siendo Díaz Morales uno de los
que trataron de fomentarlas. Andando el tiempo, y ya al empezar 1823,
aspiraron los carbonarios a salir de su oscuridad o insignificancia,
como pegándose a los comuneros más violentos y obrando a la par con
estos; pero nunca llegaron a merecer mucha atención, y aun una u otra
fechoría que discurrieron no alcanzó a darles siquiera un grado mediano
de mala fama.

Grande fue la indignación en la sociedad primitiva al ver desgajar de
su tronco aquella rama y plantarla como destinada a ser árbol rival del
antiguo destinado a hacerle sombra, y desde luego a desacreditarle,
porque su descrédito justificaba el nuevo plantío, suponiéndole
necesario para dar a los liberales mejor sombra y nutrirlos con más
saludable fruto. Lo en parte singular fue ver entre los más furiosos
anticomuneros a Gallardo, a quien por sus antecedentes y conducta
habría parecido natural ver alistado en el gremio de la gente más
extremada y violenta, y del cual debía presumirse que se dejase llevar
por los nombres castellanos algo autorizados de la novel asociación;
pero se indignó sobremanera de ver como que se apropiaban su invención,
y, pudiendo en él más lo literato que lo político, miró solo a los
nuevos asociados como a plagiarios, les achacó que al robarle sus ideas
se las habían desfigurado por no comprenderlas bien, y dio suelta
contra ellos a su natural de hombre vano y acre en demasía.

No correspondió la novel asociación con odio manifiesto al de que era
objeto, porque se sentía débil aún y conocía que debía ser modesta y
reservada, aspirando solo a cobrar fuerzas y destinando las que cobrase
a una guerra contra su rival, pero difiriéndola para tiempo oportuno.

La caída del Ministerio en que figuraba en primer término Argüelles,
fue dolorosísima para la sociedad antigua, que durante cuatro meses
había estado con él en unión estrecha, contentándose con ser su
auxiliar, y no aspirando a dominarle, como hizo año y medio después con
un ministerio nacido de su seno. Los comuneros que acababan de nacer
no eran muy adictos a los ministros caídos, pero aparentaron serlo,
y se excedieron en sus demostraciones de enojo por el acto que los
derribó, mirando en él una ocasión de mostrar su celo para descubrir
conjuraciones y conjurados.

Corría en tanto el año de 1821, no exento de turbulencias ni de
sublevaciones realistas, pero amenazando con males superiores a los que
ocurrían, los cuales eran pronto remediados, o sobresanados.

Pero en otoño del mismo año tomaron los negocios un aspecto y sesgo
pésimos, no tanto por hechos de los enemigos de la Constitución,
cuanto por disensiones entre sus amigos. Habiendo cometido Riego actos
de enorme imprudencia como capitán general que era de Aragón, fue
separado de aquel mando por el Gobierno; disposición justa, pero que
tenía la desgracia de ser grata al Rey, lo cual, sobre otras razones,
era una poderosísima para que pareciese injusta, y aun atroz, a los
liberales conocidos por el distintivo de exaltados. Hubo en Madrid
conatos de sedición que fueron reprimidos. Entretanto, circulaba
por las provincias la idea de que el Gobierno supremo, dócil por
demás con la real persona y con toda la corte, iba a consentir en el
restablecimiento del poder absoluto, o en algo poco menos. En todos los
conventículos de la sociedad antigua, a la sazón en el apogeo de su
poder, era tal el pensamiento dominante.

En ninguna parte de España eran los constitucionales más numerosos, ni
contaba la antigua sociedad secreta con más poder, así por el número
como por la calidad de quienes la componían, que en la ciudad de
Cádiz. Los comuneros, escasos en número, y apenas contando con persona
alguna de tal cual valía, eran casi nada en un lugar teatro donde la
otra sociedad poderosa había llevado a cabo el restablecimiento de
la Constitución, siendo de todos sabido que era obra suya. Y lo fue
también, y casi exclusivamente, el proyecto concebido en los días de
que voy ahora aquí hablando, y llevado a ejecución hasta cierto punto
de levantar bandera contra el Gobierno constitucional en nombre de la
Constitución misma.

No fue consultado para el intento el gobierno superior establecido en
Madrid. Al revés, procedieron los de Cádiz ocultándole su proyecto, y
hasta fue tildado de delación algún paso dado para que, conocido en la
capital el daño que amenazaba, se atajase o previniese por las vías
de consejo cariñosas y fraternales, por las cuales únicamente podía
proceder un cuerpo falto de fuerza material, y que, aun si la hubiese
tenido, no habría querido emplearla.

Al cabo la semirrebelión estalló y se comunicó a Sevilla, siendo
también allí de la misma sociedad la dirección, así como lo fue el
origen del levantamiento.

Entonces el gobierno de Cádiz estuvo en la sociedad apenas disimulado.
Los que no eran de ella sabían su existencia, se mostraban prontos a
prestarle obediencia, averiguaban ansiosos lo que en ella se trataba, y
esperaban para cumplirlo a saber lo que se resolvía.

En medio de esto, el cuerpo llamado Capítulo de Cádiz, al cual
obedecía, las sociedades inferiores de la provincia, inclusas las de la
misma ciudad, numerosas y acaloradas, se veían en situación de notable
apuro. Muchos de aquel cuerpo habían atizado el fuego que veían con
pena y terror crecido hasta ser incendio que amenazaba gravísimo daño.
La autoridad suprema de Madrid había disculpado más que aprobado los
hechos de las de Cádiz y Sevilla, y, si nada afecta al Ministerio, ni
aun a la mayoría de las Cortes, que solo era semiministerial y solía
variar, tampoco veía sin horror que fuese a encenderse una guerra
civil entre los constitucionales. Los enemigos de estos se mostraban
al doble satisfechos, porque el desorden les daba motivo a censurar
un estado de cosas que tan malos efectos producía y en que eran
desatendidas impunemente las leyes, y porque esta misma confusión les
daba juntamente materia a la censura, y fundadas esperanzas de triunfo.
Pero en el mismo Capítulo había hombres obcecados resueltos a llevar
las cosas adelante hasta a una situación de rebelión completa, mientras
otros procuraban traer una avenencia que no dejaba de ser dificultosa.
En las juntas inferiores era lo común estar por los pareceres más
violentos, influyendo en esto varias razones: fanatismo nacido de
escasa ilustración en algunos, temor en otros por creerse comprometidos
por los pasos primeros dados en la carrera de la rebelión, y ambición
o interés en un gran número, que esperaban de la guerra civil ascensos
y otras ventajas, porque comenzaba a asomar la idea, llevada después a
extremos a resultas de verla realizada, de que sembrando o fomentando
las revueltas se coge buena cosecha de grados y honores. Y si bien las
Cortes, en dos resoluciones que se contradecían, habían a la par dado
apoyo al Ministerio y declarádosele enemigas, aprobando con esto último
el quebrantamiento de las leyes que como por fórmula en su primera
resolución sustentaban, ni aun esto alcanzó a traer a la sumisión a la
parte más crecida de los rebelados en Cádiz y Sevilla, muy numerosos en
la primera ciudad, y escasos en número en la segunda, pero dominantes
en ambas.

Tal era la situación de las cosas en Cádiz al terminar 1821, gobernando
allí la sociedad secreta, a la cual obedecía, sin ser de ella, el
gobernador militar y político; hombre honradísimo, hasta virtuoso, de
mansa condición, deseoso del bien, y pesaroso del papel que estaba
representando por sentir que con su conducta evitaba mayores males.

Me tocó en aquellos días, en que acababa de ser elegido diputado a
Cortes por la provincia de Cádiz, pasar a aquella ciudad desde la de
Córdoba en que estaba residiendo, porque había estado sirviendo en
ella mi empleo de intendente. Había yo sido de los desaprobadores del
pensamiento de resistir al Gobierno legal; pero empezada, contra mi
deseo no encubierto, la guerra entre los exaltados y los moderados,
por cálculo político no desacertado, aunque de mala especie, me
había puesto de parte de los primeros, y bullía en su favor, porque
preveía que, si triunfando el Ministerio triunfaba con él la ley,
infaliblemente los anticonstitucionales, unidos a la sazón con
los ministeriales, pronto se sobrepondrían a sus compañeros, y
deshaciéndose de ellos y de la Constitución, recogerían todo el fruto
de la victoria. Salí, pues, para Cádiz lleno de pena, descontento aun
de mí mismo, incierto sobre cuál sería el modo de pensar de mis amigos
políticos, de los cuales había disentido al desaprobar yo el proyecto
del rompimiento, y deseoso de encontrar términos de avenencia, si
bien con poca esperanza de ver mi deseo logrado. Pero, llegado que
hube al pueblo de mi nacimiento y también de mi amor, cabeza de la
provincia que me había elegido diputado a Cortes, encontré que mis
amigos, con rara excepción, deseaban ya la paz, viendo cuán funesta
sería la guerra. Había con todo dificultades enormes que vencer para
reducir a la obediencia a los que habían sacudido el yugo y querían
sustentar con la fuerza su desobediencia. En dos semanas que pasé en
Cádiz apenas salí del Capítulo, casi constituido en sesión permanente.
Debo decir que pocos días de mi larga vida han sido más amargos, aunque
en ella hayan abundado horas de amargura. Los singulares medios por
donde llegamos por lo pronto, pero no de buena manera, al fin apetecido
merecen una relación circunstanciada en la cual se dé a conocer qué
eran aquellos días.


II.

Si era el Capítulo de Cádiz la única autoridad real y verdadera de
aquella provincia, era una autoridad supeditada por los que de ella
dependían. Así es que no osaba tomar resolución alguna, disimulaba,
y cuando se aventuraba a dar un paso adelante en la carrera por
donde los que en él eran el mayor número querían llevar las cosas,
al punto se veía precisado a detenerse y aun a retroceder, si no en
la realidad, en la apariencia. Hasta con la minoría del mismo Cuerpo
se veía la mayoría forzada a guardar contemplaciones, que eran actos
de condescendencia. Verdad es que los frívolos pretextos con que se
cohonestó el primer acto de resistencia estaban desvanecidos; que
habían intervenido en el negocio las Cortes, y en dos votaciones,
en no corto grado, si ya no enteramente contradictorias, se habían
declarado contra los ministros, aunque condenando a los semirrebelados,
y mandándoles sujetarse a las leyes y al Gobierno, y (lo que es más)
que, pendientes estos sucesos, había habido una elección general, y en
las Cortes electas iba a predominar el partido exaltado, con lo cual
estaba logrado el objeto que había dado ocasión a la resistencia de los
gaditanos y sevillanos. Pero esto último venía a ser una desgracia,
porque daba un argumento erróneo, pero de gran fuerza para el vulgo, a
los que insistían en seguir desobedientes hasta llegar a ser rebeldes,
sustentando su causa con las armas. Algunos hombres, y de los más
notables, causantes o fautores de los primeros movimientos, habían
sido elegidos diputados, y, si bien con esto había adquirido fuerza la
causa por ellos abrazada y sustentada, era común decir que, llegados
ellos a encumbrarse, daban con el pie a lo que les había servido de
escalera, lo cual no parecía bien y aun dolía a quienes nada habían
ganado en toda la serie, aunque no larga tampoco corta, de aquellos
disturbios. Esto decían algunos, y acusación tal muy repetida hallaba
favorable acogimiento en numerosos jueces, en litigio en que eran muy
crecidos en número los que juzgaban. En la ciudad de Cádiz la sociedad
tenía influjo sobre las clases todas del pueblo, inclusas las ínfimas,
allí a la sazón constitucionales, y sabido es que entre la gente ruda e
ignorante, las opiniones extremadas prevalecen.

Ni se contentaban los de los cuerpos inferiores con mostrarse
indóciles en sus reuniones y en su manejo para allegarse parciales
fuera de ellas, a lo que hacía, y más todavía a lo que, no sin causa,
sospechaban que intentaba hacer el Capítulo, sino que le enviaban una
u otra diputación, que, contra toda regla, era admitida, y a la cual
se daba voz, si bien no voto, y que al usar de la voz lo hacía en tono
de no encubierta amenaza, y como quien manda en vez de ser como quien
representa. Mal podía reprimir la ira el presidente del Capítulo,
hombre nada sufrido entonces, y, sin embargo, tascaba el freno, aunque
sin poder ocultar que se violentaba. Al revés los de la corta minoría;
viéndose apoyados por gente de afuera, aparecían no solo renuentes,
sino indignados y soberbios.

Pasaba uno y otro día sin salir de situación tan angustiosa, cuando
urgía una decisión final, y apremiaban a darla los sucesos, empujando
a ella por opuestos lados. Se presentó en el Capítulo un comisionado
del de Sevilla, y nos echó en cara nuestra timidez, declarando que
los sevillanos (esto es, no los hijos y vecinos de aquella ciudad,
sino los que en ella pretendían llevar la voz del pueblo) estaban
resueltos a seguir resistiendo hasta que la victoria en verdadera
lid decidiese entre la causa del Gobierno de Madrid y la de las
provincias desobedientes. Singular era tal aserto, siendo sabido que
en Sevilla la población, aunque con excepciones, no era, como en
Cádiz, constitucional, sino lo contrario, por lo cual, si llegaban
las hostilidades, difícil había de ser que no fuese el triunfo de los
parciales del Gobierno, a los cuales se habían agregado los de la
monarquía absoluta. Pero cuando a los de Cádiz, tachados de tibios,
o quizá de algo más, se ponía por ejemplo de ardor y fortaleza la
conducta de los de Sevilla, a estos, según supimos muy en breve, se
citaba por modelo para avergonzarlos, y aun para intimidarlos, los de
Cádiz.

Entretanto, el Gobierno supremo oculto de Madrid, lleno de congoja y de
temores, ansiaba por ver reducidas a la obediencia a las provincias ya
casi rebeladas. Apeló, pues, de nuevo al consejo, porque otras armas
no tenía, y solo por la vía de la persuasión podía lograr el fin que
anhelaba. No creyendo los escritos suficientes para ver satisfecho su
buen deseo, cuerdamente dispuso enviar a Cádiz un hermano comisionado,
y al intento eligió uno de los más comprometidos en el alzamiento de
1820, lo cual equivale a decir de aquellos para quienes la causa de la
Constitución era una misma con la de su interés personal, pues cayendo
aquella, vería en grave riesgo hasta su vida. Fue el elegido el oficial
de marina don Olegario de los Cuetos, a quien ha visto la generación
presente figurar, al cabo, en primer término en el partido apellidado
progresista.

Sabida que fue en lo general de la población de Cádiz la venida de
tan digna persona, y sospechándose y aun casi sabiéndose a qué venía,
los más extremados y alborotados levantaron la voz de que un emisario
del Ministerio había llegado con la mira de reducir al pueblo a la
servidumbre y acabar con los patriotas, y de resultas con la libertad
misma. Hubo hasta inquietud peligrosa por la propagación de tal
rumor, acogiendo la credulidad las calumnias de la maldad, y estuvo a
pique de ser maltratado, y aun tal vez en el grado último, uno de los
restablecedores de la Constitución.

La llegada de Cuetos ponía al Capítulo gaditano en una situación por
un lado ventajosísima, y por otro algo apurada, porque si la autoridad
del Gobierno oculto, si no de todos obedecida, por todos declarado
con derecho a exigir obediencia, nos mandaba someternos, de temer
era, atendido el estado de los ánimos, que aun a su mismo Gobierno
secreto la sociedad de Cádiz se declarase medio rebelde, llevando
delante, hasta sustentarla con las armas y hacer la rebelión completa,
acompañada de guerra civil entre constitucionales, la separación de la
obediencia a las leyes y a la autoridad que en nombre de las leyes
obraba. De todos modos, iba a acabar la hora de las dilaciones y
tergiversaciones.

Pero si bien el Capítulo podía proceder por sí en tan grave negocio,
no quiso; en lo cual si un tanto se expuso, obró con cordura a la
par que con atrevimiento, trayendo el negocio a la deliberación y
resolución de toda la sociedad secreta, o, dígase, de todos cuantos
quisieron concurrir con su voto, o con su voz, o con su asistencia
a la determinación final sobre la cuestión pendiente. Fue, pues,
convocada, al intento de promover en ella un debate y resolución
definitiva, una junta magna para las primeras horas de la noche. Era
esta de las de enero (1822), que aun en las latitudes apartadas de las
polares son bastante largas, y dan tiempo para detenerse en prolongadas
discusiones. Acudieron los de la sociedad, si todos no, en número
muy crecido: corrió por la ciudad la noticia de la convocación y del
negocio que iba en ella a tratarse y decidirse; estaban todos suspensos
y como colgados de lo que iba a dictar una asociación ilícita, y hasta
el mismo gobernador y jefe político, no obstante ser honrado patricio,
buen caballero y cristiano piadoso, como si hubiese renunciado a su
autoridad por no poder ejercerla, se sometía al fallo de un tribunal o
cuerpo cuyos miembros estaban anatematizados por la Iglesia, sobre sus
otras nulidades.

Aunque el Capítulo había resuelto someter la cuestión a la resolución
de la irregular _Junta magna_, no debía ni quería, ni en razón podía,
presentarse en ella sin el intento formado de influir poderosamente en
lo que resolviese la numerosa reunión convocada. Para el intento, era
indispensable que hasta desapareciese la minoría del mismo Capítulo,
corta, pero tenaz, y tal que podría frustrar el proyecto de sumisión,
si no aparecía unanimidad en vez de mayoría en lo resuelto por el
cuerpo cuya autoridad iba a ser como renunciada al ponerla en juicio
ante quienes de ella dependían. Consiguiose nuestro intento, no sin
trabajo, sosegando el honrado fanatismo de una o dos personas, y aun
logrando que guardase silencio otra, cuya violencia, según juicio que
pudo ser erróneo, pero que tenía harto fundamento, parecía hija de
malas pasiones y de ambición poco escrupulosa. Así nos encaminamos al
sitio donde se había de celebrar la junta con un tanto de confianza,
pero ciertamente no ajenos de recelo.

Abierta la sesión, siendo en ella presidente el del Capítulo, y
proponiéndose ante todo que entrase y fuese oído el comisionado del
gobierno supremo de nuestra sociedad, se levantó a oponerse a que
siquiera se le diese entrada el entonces famoso escritor que llevaba
por apellido Clara-Rosa. El tal sujeto, ejemplo lastimoso del influjo
que tienen y poder que cobran en tiempos revueltos personas cuyo ningún
valor moral no está compensado por dotes intelectuales ni por saber,
acreditó con sus palabras mal zurcidas, en las cuales ni observó las
fórmulas de la sociedad, cuán malas eran sus intenciones, y cuán
escasos sus recursos para sustentar sus opiniones. Entre sus errores,
fue uno apellidar a Cuetos emisario, dictado que, sin ser ofensivo,
venía a serlo, porque con nombrar así a Cuetos se le había hecho odioso
ante el vulgo. Esto proporcionó al presidente una ocasión de ensalzar
a Cuetos, y de poner en claro, si no cual era su comisión, la alta
procedencia de este, y por consiguiente, su importancia. No bastaron,
con todo, ni la dignidad de la silla presidencial, ni las convincentes
razones dadas por quien la ocupaba para que no siguiese la discusión
sobre si había o no de entrar Cuetos. Tales trazas llevaba el negocio,
predominando en la junta los de opiniones extremadas, si no por ser
allí los más numerosos, por ser los más audaces y llevarse consigo a
los tímidos o vacilantes, que parecía casi cierto que el comisionado
del gobierno de la sociedad no sería ni admitido en la junta, cuando
el presidente, sin esperar la votación, dando un golpe en la mesa,
con voz clara, fuerte y como de quien manda, dijo que «en nombre de
nuestras leyes, dese entrada al momento a nuestro digno hermano».
Sorprendió a todos el atrevimiento, y siguió al mandato la obediencia,
de suerte que, cuando empezaban los malcontentos a quejarse de lo que
calificaban de acto ilegal y despótico, estaba Cuetos en la sala, y
llenos de aliento los deseosos de la sumisión, y de desmayo, en medio
de su furia, los de la opinión contraria. Oído Cuetos, el cual, no por
sí, sino en nombre de quienes le enviaban, aconsejó el desistimiento de
la resistencia, todavía iba a renovarse sobre ello el debate, cuando
alzando la voz el comandante del batallón de la Princesa, hombre de
gran entereza y de aquellos para quienes valían más sus obligaciones
de militar y de ciudadano que los de miembro de un cuerpo no legal,
declaró que él con la tropa de su mando estaba resuelto a obedecer a la
autoridad legítima y constitucional, o, dígase, a las leyes civiles y
militares. Era tal modo de expresarse una condenación explícita hasta
de la existencia de la sociedad, o, si no tanto, de la parte que la
misma tomaba en la dirección de los negocios públicos, así como lo era
de todo lo hecho en Cádiz y Sevilla desde los primeros pasos dados en
la carrera de la resistencia al Ministerio. Pero lo atrevido de la
declaración cuadraba bien con el deseo de quienes deseaban sofocar el
incendio que ellos mismos habían causado y atizado. El escándalo causó
un alboroto o principio de desorden en la junta, e impidiendo seguir
la discusión, produjo una cosa a manera de votación, pero no votación
perfecta, la cual, levantada la sesión entre quejas y reconvenciones de
los vencidos, vino a dar de sí que Cádiz entrase en el orden de que se
había separado. La gente que, en las inmediaciones o en otros lugares,
estaba aguardando ansiosa a saber lo resuelto por la sociedad, árbitra
entonces de la suerte de aquellas provincias, entendió desde luego
que la resistencia había concluido. Al día siguiente hubo un amago de
motín dirigido contra los de la sociedad a quienes con sobrada razón se
atribuía el éxito del grave negocio que tanto ocupaba los ánimos del
vecindario gaditano. Pero los sediciosos, faltándoles apoyo, no pasaron
de amenazar, y tras días de inquietud vinieron otros de sosiego, ya muy
deseados por la gente de algún valer, y aun por la parte de esta que
había visto con placer y aprobado los primeros desmanes.

Allanándose Cádiz a entrar en la senda legal, inmediatamente le siguió
Sevilla, dándose el parabién quienes dirigían los negocios en esta
última ciudad de verse fuera de una situación de angustia y peligro.
Allí no había que temer alboroto de la plebe, siendo la de Sevilla,
con raras excepciones, indiferente en punto a los promovedores de la
resistencia, cuando no contraria.

En dos provincias más de España (en Galicia y Murcia) había habido
movimientos para ayudar a los desobedientes de Cádiz y Sevilla; pero
duró poco el triunfo de los que los causaron, restableciéndose el orden
e imperio de la ley sin dificultad considerable. En todo ello obraban
ciertos cuerpos de la sociedad secreta, no en obediencia al gobierno de
la misma, sino por sí, de lo cual resultaba falta de unión y concierto
en el gremio numeroso de los asociados en España.

Mientras esto pasaba, apenas daban señal de vida los comuneros como
cuerpo, si bien algunos de ellos se asociaban a los desobedientes, como
convenía a personas de las ideas más extremadas. Con todo, ocurrió
recién pasados los primeros días de haber levantado la bandera de
la resistencia Cádiz y Sevilla, un incidente notable y extraño. El
Gobierno legal, no bien supo las inquietudes de Andalucía, cuando cuidó
de impedir que a las poblaciones semirrebeladas acudiesen personas
cuyas opiniones y conducta conocidas diesen fundado motivo de temer
que fuesen a fomentar la idea de la resistencia. Pero cuando esta
disposición, no muy legal pero en uso constante en nuestra España
donde los movimientos y residencia de las personas están como sujetos
a la intervención de los que mandan, estaba llevándose a efecto, se
apareció en Andalucía, con licencia de la superioridad, Regato, persona
muy principal entre los comuneros, pero hombre de cuyos antecedentes
conocidos debía esperarse que prestase eficaz auxilio a los
desobedientes. No hubo de hacerlo, ni tampoco lo contrario, a lo menos
claramente, y la como oscuridad con que vivió entre los semirrebelados
encerraba sin duda un misterio, si bien en ello apenas se hizo alto.

También pareció extraño que el Ministerio nombrase entonces para
desempeñar el gobierno político de Sevilla a un sujeto de mérito, pero
comunero y amigo no menos que del anciano Romero Alpuente, es decir,
de la persona a quien más se allegaba la gente más sediciosa. Así es
que en Sevilla, restablecido el orden, los pocos hijos de Padilla que
encerraba aquella ciudad, aparecían adictos a quien había venido a
poner, y puesto, término a la resistencia.

No sucedió lo mismo en Cádiz. Allí creció de súbito la sociedad
comunera, y creció prodigiosamente, pasándose a ella todos los de
la antigua, descontentos y aun furiosos por la terminación de los
recién pasados disturbios. Y como en Cádiz las clases inferiores eran
constitucionales, fue fácil a la comunería aumentar allí sus filas
hasta formar una crecida hueste. De esta era principio fundamental el
odio a la sociedad antigua.

Entretanto, en Madrid, abiertas las nuevas Cortes, trabajaban las
dos sociedades influyendo en la conducta de los diputados que
respectivamente eran de ellas, los cuales cuando menos componían más de
una mitad del nuevo Congreso.

Pero, coincidiendo con la reunión de este nuevo cuerpo legislador
y en la esencia soberano, por un lado ser elegido Riego para la
presidencia durante el primer mes de la legislatura, y por el otro
haberse formado un Ministerio de moderados, todos ellos hombres de
mérito y alto concepto, entre los cuales descollaba Martínez de
la Rosa, tomaron las cosas singular aspecto y sesgo en cuanto al
proceder de los gobiernos ocultos. El de la antigua no era amigo
del Ministerio, pero tampoco su enemigo, y los meros socios estaban
divididos, contándose entre ellos así los hombres más vehementes de
la oposición, como no pocos ministeriales declarados y celosos. Vino
esto a influir en la mayoría del Congreso a punto tal que no la había
fija, sino al revés muy variable, y esto sobre cuestiones importantes,
siendo así que, recién hechas las elecciones, era general esperar,
unos con temor y pena, y otros con gozo y soberbia, que predominarían
constantemente los exaltados. En tanto, el gobierno de los hijos de
Padilla y todos cuantos de él dependían, hacían al Ministerio cruda
guerra en unión estrecha con no pocos diputados que éramos de la otra
sociedad rival. Yo, que estaba entre estos últimos, obrando o hablando
con desatentada violencia, como si quisiese probar que no merecía
ser acusado de moderado, como lo había sido poco antes en Cádiz, y
que veía mi conducta aprobada y ensalzada por los escritos de los
comuneros, y o tibiamente aplaudida, o a veces solo disculpada por
los de mi _hermandad_, sentí lo que era a la par pueril enojo y justo
cálculo político, y en un momento de mal humor, para el cual no me
faltaba motivo, solté la expresión de que mi puesto natural entonces
era estar entre los comuneros. Oyeron algunos de estos, amigos míos,
mis palabras, y equivocando por resolución deliberada un arranque de
ira, participaron a su gobierno que iban a contarme en su gremio; y tal
era la necesidad que tenía su sociedad de recibir aumentos, que pasó
nada menos que una circular a todas las _torres_, haciéndoles saber la
adquisición de mi pobre persona como una conquista digna de mención
especial. Pronto, sin embargo, vino el desengaño, porque pasado el
ímpetu en que yo me había mostrado inclinado a dar tal paso, determiné
por varias razones mantenerme firme en la asociación a que me ligaban
fortísimos lazos. Grandísima fue la indignación de los comuneros contra
mí, y si disimulada por algún tiempo, conservada hasta dar claras y
vivas muestras de sí en periodo no muy distante.

Iban así las cosas trabajosamente, y estaban próximas a terminar las
Cortes ordinarias de 1822, encendida la guerra civil en Cataluña,
no sin tentativas de emprenderla en otros puntos; no encubriendo
el gobierno francés la mala voluntad que nos profesaba, ni aun su
intención de hostilizarnos a la larga; el Rey dispuesto a recobrar su
poder antiguo, y ya apenas contento con el Ministerio moderado por él
mismo escogido, y lleno de condescendencia a sus deseos, y las Cortes
con escaso concepto, sin fe en sí propias, no atreviéndose ni a dar
apoyo al Ministerio ni a hacerle guerra. En la sociedad de que yo era
parte había la misma incertidumbre que en las Cortes.

Ocurrieron en esto los sucesos que señalaron los días corridos desde
el 30 de junio al 7 de julio: la sublevación de la Guardia Real, y su
vencimiento en las calles de la capital que invadieron. En los días que
permanecieron las tropas sublevadas y el Gobierno constitucional frente
a frente, nada hicieron las sociedades secretas que no les fuese común
con los demás liberales. La nuestra apenas celebró juntas.

Pero la victoria de la causa constitucional mudó la faz de las cosas.
El Rey, vencido y sujeto, se veía forzado a darse por satisfecho con
seguir reinando en la apariencia, o dicho con más propiedad, con que
continuase la ficción legal que le suponía reinante, ficción, como
todas las de igual clase, de nadie creída.

El Ministerio, bajo cuya dirección habían venido las cosas públicas a
tan fatal paradero, no podía seguir gobernando, ni él quería. Formar el
que había de sustituirle vino a ser puesto a cargo del gobierno oculto
de nuestra sociedad, el cual, puesta mano a la obra, la completó como
pudo, aceptando la lista de ministros que le fue presentada el Rey, tan
sujeto a todo que en prestarse a cuanto más le dolía encontraba nuevas
pruebas de su estado de cautiverio.

No solo tuvo nuestra sociedad la imprudencia de hacer nombrar un
Ministerio compuesto exclusivamente de personas de ella misma, sino que
se mostró satisfecha y aun ufana de ello, como si hubiese alcanzado una
victoria y conseguido una gran ventaja. Lo que había logrado era cargar
con una responsabilidad enorme, introducir en el Estado un gobierno
secreto al cual obedecía el gobierno público o legal, y crear nuevos
elementos de discordia, cuando tantos había que pugnaban unos contra
otros, en nuestro daño y el de nuestra causa.

Grande fue el furor de la mayor parte de los comuneros al verse
excluidos de participación en el Ministerio, cuando este venía a
manos de una oposición, en la cual muchos de ellos habían peleado y
señaládose. Pero los más de ellos disimularon por lo pronto, tirando
a contener a los impacientes o mal sufridos de su sociedad, lo cual
dentro de breve plazo llegó a ser nada fácil empresa.

Otro inconveniente asimismo de bulto tenía el recién formado
Ministerio. No podían por la Constitución vigente ser ministros los
diputados, y era forzoso llamar para entregarles las riendas del
gobierno a otros hombres en vez de los caudillos de la parcialidad
predominante en el Congreso, donde tenían asiento los de más
nombradía entre los exaltados. Ahora bien; aun cuando habría sido
dificultoso hallar en nuestras filas hombres capaces de ser buenos
ministros, y tampoco era fácil señalar algunos siquiera medianos para
circunstancias en que acertar era casi imposible, crecía de punto la
dificultad si se iba a buscar sujetos idóneos para estar al frente de
la nación en la minoría de las Cortes nuestras antecesoras, o fuera de
ellas en lo general de los españoles de algún renombre. En el Congreso
inmediatamente anterior habían figurado los constitucionales de antigua
fama, y el mayor número de estos pasaban por ser del partido moderado,
cuando la oposición exaltada del mismo cuerpo, si bien compuesta de
personas muy dignas, era reputada, y no sin razón, inferior en valor
intelectual al gremio de aquellos con quienes habían estado en guerra,
y por los cuales había sido vencida repetidas veces. Sin agravio de la
respetable memoria de los que en agosto o a últimos de julio de 1822 se
encargaron del gobierno de la nación, bien puede decirse que no eran
sus fuerzas bastantes a llevar el grave peso que se echó sobre sus
hombros. Don Evaristo San Miguel, que no había sido diputado, merecía
ser tenido por un buen militar y no mal literato, recomendándole además
ser amigo y compañero de Riego; pero por ninguna de sus calidades, a
pesar de tenerlas buenas, parecía a propósito para ministro de Estado.
Tal vez el ministerio de la Guerra, que fue confiado al general López
de Baños, no caía mal en él, aunque fuese bizarrísimo soldado y hombre
entero más que instruido o agudo. Recomendaban a don José Manuel de
Vadillo, diputado que acababa de ser en las Cortes de 1820 y 21, su
instrucción algo extensa y su entonces no mal juicio, así como el haber
sido ya jefe político de una provincia en 1814, a pesar de lo cual
para la actividad necesaria en un ministro le faltaba mucho. Aunque
nadie podía negar algún talento y buena intención a don F. Fernández
Gascó y a don Felipe Benicio Navarro, por confesión casi general, y
por no ser sus nombres de suficiente fama, hacían desairada figura en
su encumbramiento. La Hacienda fue dada a don M. Egea, pero solo en
interinidad, pues no obstante ser de nuestra sociedad secreta, y buen
empleado, todavía no tenía nombre bastante para ser elevado a ministro
propietario. Por último, fue llamado a desempeñar el alto cargo de
ministro de Marina el entonces capitán de navío don Dionisio Capaz,
que había sido diputado a Cortes en las de 1813 y 14, pero de quien,
para no decir más en su censura, bien puede asegurarse que su elevación
admiró al cuerpo de la armada, y no pudo causar grande satisfacción a
los pocos que le conocían.

Formado el Ministerio, solo agradó al cuerpo del cual procedía. A
no pocos causó disgusto; a lo general de las gentes, sorpresa. No
justificaron los hechos los temores de quienes recelaban ver salir de
los nuevos ministros disposiciones de violencia revolucionaria, ni
correspondieron ellos a las lisonjeras esperanzas y a los temores que
de su advenimiento al poder habían concebido por un lado sus amigos y
por el opuesto sus contrarios.

Sin embargo, hubo al principiar los recién nombrados a desempeñar
sus cargos un momento en que cesaron los odios antiguos y todavía
no aparecieron los nuevos, periodo en el cual los parciales de la
monarquía absoluta, no bien recobrados de su derrota en Madrid,
guardaban silencio, en que los moderados, igualmente vencidos en
las últimas lides, aunque no hubiese sido sobre ellos directamente
alcanzada la victoria, se resignaban a su destino, y en que los
exaltados, aun los descontentos, no creían conveniente a ellos mismos
dar todavía señal del espíritu que los animaba.

Mina, nombrando general del ejército destinado a sujetar a los rebeldes
catalanes, caminaba a su destino con algunas tropas, y ningún liberal
extremado por entonces dejaba de tener en mucho a Mina, y si otra cosa
sentía, lo disimulaba. Iban a juntarse Cortes extraordinarias como
con harta menos necesidad de tenerlas juntas se había hecho el año
anterior, cuando era de los moderados el predominio, y las Cortes
eran más que son hoy lo que a todos los sucesos daba color e impulso,
aun cuando las Cortes mismas, como el Ministerio, habían venido a ser
poco más que ejecutores de lo que disponían las sociedades secretas, o
digamos de lo que dictaba las más antigua de estas, sirviéndole hasta
entonces la novel de auxiliar, si bien no de buena voluntad y teniendo
que contentarse con censurar a algunos de los miembros de aquel cuerpo,
pero respetando al cuerpo entero, a lo menos en público, mientras en
hablillas o en sus conciliábulos le zahería y tiraba a desconceptuarle.

Abiertas las Cortes extraordinarias, el primer paso de estas, de
alguna bien que no grande importancia, fue elegir el que había de ser
presidente durante el primer mes de la recién comenzada legislatura.
Aquí resultó la votación hecha con arreglo al espíritu de los partidos
políticos antiguos y no con el que comenzaba a animar a las dos
sociedades hasta convertir su rivalidad en guerra; pues los de una y
otra sociedad secreta conocidos por ser exaltados se declararon por
el candidato que triunfó, el cual era comunero, mientras otros de
la sociedad antigua antes, y aun entonces moderados, votaron con la
minoría casi constituida en oposición al novel Ministerio.

Entretanto, los gobiernos supremos ocultos se iban preparando a
hostilizarse, pero con timidez y hasta con vacilación, no sin disimulo,
pero más engañándose a sí propios, a lo menos en los primeros tiempos,
que procediendo con doblez o encubriendo con apariencias de amistad
o de indiferencia afectos de odio y propósito de empeñar una lid en
viendo para ello ocasión oportuna.

En los debates y aun en los votos de las Cortes extraordinarias
continuó por algunos días, o, digamos, como dos meses; se vio lo que
se había visto al elegir el presidente del primer mes. El Ministerio
veía entre los que le hacían oposición, si no violenta, declarada, a
no pocos de la misma sociedad de que él había nacido y de que seguía
siendo representación pública o legal, y por la cual era dirigido en
muchos de sus actos, en tanto que encontraba apoyo en lo general de los
comuneros.

Daba tal irregularidad materia a debates alguna vez acalorados en el
cuerpo director supremo de la sociedad antigua, donde pudiendo más la
amistad política reinante que la enemistad incipiente de secta, varios
nos inclinábamos a los comuneros, sin llegar con todo a pretender aunar
con los nuestros el interés o principios de quienes, como sectarios,
eran nuestros rivales; pero en los cuerpos inferiores de la sociedad,
en Madrid y más en los de las provincias, la enemistad a los comuneros
comenzó a dar muestra de sí, aunque casi siempre justificada o
disculpada por claras provocaciones.

Pero un periódico, a la sazón famoso, vino a hacer imposible la
continuación de la paz entre los hijos de Padilla y los a quienes estos
calificaban de _hermanos pasteleros_.

Ya se entenderá que hablo del _Zurriago_, cuyo valor entonces era
grandísimo, no estando tasado ni siendo posible tasarle por su mérito
intrínseco, sino por el que le daban las circunstancias, el cual era
escandalosamente exorbitante. Creado el Ministerio de una sociedad
sola, el _Zurriago_ se le declaró enemigo, por razones obvias, y
entre estas la principal, por su necesidad de ser enemigo del poder
dominante, so pena, si a ello faltaba, de no ser leído; de suerte que
no hubo de ser de la oposición por ser comunero, sino que al revés, se
veía como precisado a llevar la voz de la comunería para cumplir con
su obligación de hacer guerra al Gobierno a todo trance. Sin embargo,
el _Zurriago_ se declaraba intérprete de los deseos y opiniones de
los comuneros, estos no le desmentían, y los ministros y la sociedad
antigua eran, no solo censurados, sino insultados gravemente por
aquel periódico procaz. Así, los más pacíficos no pudimos continuar
siéndolo, por más que nos doliese empezar la campaña.

Para ver cómo esta comenzó y fue seguida, no estará de más, aun cuando
para ello se vuelva atrás un tanto, pintar lo que era entonces el
cuerpo director y gobernador de la sociedad antigua y sus relaciones
con los que le prestaban obediencia.


III.

El cuerpo director, o sea gobierno supremo de la antigua sociedad
secreta, en octubre de 1822, al tiempo de congregarse las Cortes
extraordinarias, estaba, como antes, compuesto de representantes de
los Capítulos, o digamos, de las autoridades superiores de provincia.
Los más de los que componíamos cuerpo tal éramos diputados a Cortes, y
de los que más papel hacían en el Congreso, aunque no pocos comuneros
también figuraban en las primeras filas del mismo Congreso a nuestro
lado. Nuestro presidente era por entonces Riego, y no siendo la menor
irregularidad de nuestra situación en aquellas horas estar presididos
por una persona cuyas inclinaciones eran todas hacia la sociedad
comunera nuestra contraria; inclinaciones apenas disimuladas y cuya
manifestación nos causaba grandes apuros y aun disgustos. En efecto,
Riego, no bien fue nombrado el ministerio de la sociedad con su
anuencia, teniendo en él entrada y aun lugar principal San Miguel su
amigo, cuando comenzó a querer ejercer sobre este último personaje
un influjo extraordinario, tanto más insufrible cuanto pretendía
ejercerle, no en punto a graves cuestiones, sino en pequeñeces, y para
satisfacción de pasiones personales, ya favorables, ya adversas a
sujetos determinados. No siempre quisieron o pudieron los ministros
prestarse a conceder pretensiones caprichosas, que a veces eran en
daño de hombres apreciables, y Riego, que veía en San Miguel un
amigo, pero también un subalterno suyo, miró la menor resistencia
hecha a sus deseos por el novel ministro como un acto de ingratitud,
o sea de rebeldía. Llegó a tanto el enojo del famoso general, que
hubo de partirse de Madrid para Andalucía en el mes de septiembre, y
de pasear varias poblaciones, donde, haciendo imprudentes discursos
mal pergeñados, recibió altos y vivos aplausos de los necios, y
fue oído con desaprobación por los entendidos. Era el héroe de las
Cabezas hombre desinteresado en punto a provechos, y aun en punto a
honores, pero no así en lo tocante a oírse vitorear, para lo cual no
excusaba servirse de artes de toda especie, y, por lo mismo que se
creía íntegro, y tenía razón de creerlo, miraba como enemigo de mala
naturaleza al que le negaba, o siquiera le escaseaba, el culto.

No dejaba con todo Riego, aunque su inclinación a los comuneros nacía
de verse de ellos aplaudido, de tener quienes con él coincidiesen,
manifestándose, cuando no favorables, poco menos a la sociedad comunera.

Bien será confesar que, recién abiertas las Cortes extraordinarias, y
empezados en ellas debates de no corto empeño, como resultase que el
Ministerio encontraba fuerte oposición en algunos de nuestra sociedad,
los más de ellos personas de valía, y al revés recibía apoyo de casi
todos los diputados comuneros, algunos de nosotros, uno de los cuales
era yo, y con sumo calor a veces, nos mostrábamos amigos más que
contrarios de la sociedad rival, cuya conducta política, fuera del
interés o pasión de secta, era conforme a la nuestra en todo punto.
Nacían de esto disputas que en nada venían a parar, pues no terminaban
en una resolución, quizá por estar todos seguros de que si alguna se
tomase, de nadie sería obedecida.

Pero el interés y pasión de secta iban mostrándose en negocios de
menor cuantía en sí, pero de no inferior importancia si se tomaba en
cuenta el efecto que producían en los ánimos, y por consecuencia en el
proceder de los individuos.

Al abrirse las sesiones de nuestro cuerpo, harto frecuentes, se
empezaba por lo que se llama despacho ordinario en los Cuerpos
legisladores u otros de índole igual o parecida. Ya una sociedad
particular, ya un Capítulo de provincia, se quejaba de los comuneros,
especificando los agravios que de ellos recibían los nuestros, y aun
solía mezclar con la queja otra del Gobierno legal, nuestro hijo y
representante, al cual atribuían que favorecía a nuestros enemigos los
hijos de Padilla harto más de lo debido. Es un escándalo (nos hacía
presente una sociedad) que el empleo tal (y citaba uno, a veces no
muy alto ni de grande influjo en los negocios) haya sido dado a un
comunero, cuando hay aquí hermanos dignísimos que podrían servirle,
y le han pretendido con éxito desfavorable a su pretensión. Ya no
es posible (venían diciéndonos por otro lado) sufrir más tiempo los
insultos de los comuneros, a quienes la autoridad en vez de refrenar
parece como que apadrina. En las quejas de estos últimos había más
razón, porque en las provincias la desunión entre las dos sociedades
había llegado a ser enemistad, lo cual se dejaba sentir aun en Madrid,
salvo donde abundaban los diputados propensos a no mirar mal a quienes
con ellos votaban.

Pero la hostilidad de los periódicos comuneros iba asomando, aun cuando
solo en el _Zurriago_ apareciese desembozada, descarada y violenta.
En tanto se abrió nuevo teatro, donde los de la sociedad de fecha
moderna, declarando, con fundamento o sin él, que obraban no solo
como particulares, sino en nombre del cuerpo de que eran miembros,
comenzaron a desatarse, así como contra el Ministerio, contra el
Gobierno oculto del cual eran representación los ministros. Fue el
nuevo teatro a que acabo ahora de referirme, la sociedad patriótica
llamada Landaburiana, abierta hacia principios de noviembre de 1822. De
ella y de sus excesos he hablado hace poco, y por tocante al argumento
del presente artículo, debo añadir que casi todos cuantos allí hablaban
se proclamaban hijos de Padilla y enemigos de aquellos a quienes,
con grosera expresión, común entonces, daban el mote de hermanos
pasteleros. Asistía a la sociedad Landaburiana Romero Alpuente, y
recibía allí obsequiosas aprobaciones tributadas en su persona a uno
de los personajes más venerandos y venerados de la novel comunidad.
Asistía asimismo Riego, pero su asistencia solo servía de provocar,
a la par con aplausos a su persona, vituperios a la sociedad por él
presidida, habiendo a la sazón comenzado a oírse la frase, después muy
repetida, de _viva Riego sin mandil_; grito que oía con frecuencia el
así aplaudido, sin dar la menor muestra de desaprobarle.

Agregábase a todas estas causas de disensión entre las dos sociedades
una quizá de superior gravedad. Estaba a la sazón haciéndose proceso
criminal a los principales fautores y caudillos de la rebelión de la
Guardia Real, ocurrida en los días primeros de julio. La causa era
seguida ante la justicia militar con beneplácito y aun con aprobación
de los liberales más extremados, los cuales, por una singularidad hoy
no enteramente desterrada aun cuando solo aparezca en raros casos,
buscaban apoyo en la Milicia contra la autoridad civil cuando les
convenía para el logro de sus deseos, encontrando en el ejército, tal
cual estaba entonces, instrumentos propios para el triunfo o defensa
de la causa revolucionaria. Fue nombrado para fiscal en el proceso un
oficial llamado don N. Paredes, comunero muy estimado entre los suyos.
Al encargarse este de la causa, o a petición propia, o por disposición
ajena, se hizo ramo separado relativo a un don N. Goiffieu, francés
de nacimiento, realista extremado en sus opiniones, oficial de las
Guardias Reales y del regimiento antes llamado de Walonas, y culpado
en la sublevación del cuerpo de que era parte, y en la muerte dada
a Landáburu su compañero por los soldados. A pesar de ser notoria y
grave la culpa del tal infeliz, como tenía cómplices si no en el todo,
en una parte no leve de su delito, chocó, y no sin razón, ver que él
solo fuese juzgado como lo fue, y condenado a muerte, siendo en breve
ejecutada la sentencia. Pero a los fautores de la sedición y caudillos
de la soldadesca rebelada se sujetó a una causa larga y enmarañada,
con trazas de no terminar sino en muy dilatado plazo, yendo el fiscal
buscando delincuentes por todos lados, en lo cual veían sus amigos
pruebas de su celo, y sospechaban sus contrarios intentos de salvar
con las dilaciones y complicaciones a aquellos en cuya salvación
tenían no encubierto empeño el Rey y sus parciales. Llegó la osadía de
Paredes a pedir y lograr por breves días la prisión de los que habían
sido ministros en los días en que se rebeló y continuó en rebelión la
Guardia. Tanto desafuero causó la indignación que no podía menos de
excitar: alzose un clamor contra que un mero fiscal y un consejo de
guerra se arrogasen facultades solo propias de las Cortes, declarando
haber lugar a exigir la responsabilidad a los ministros por sus actos:
llevose el negocio al Congreso, y en él fue desaprobada la conducta de
Paredes; pero no con la dureza debida, y tampoco sin alguna oposición,
siendo yo (con dolor y vergüenza así como con arrepentimiento lo
confieso) de los pocos que desaprobaron hasta la blanda y tímida
desaprobación de los actos ilegales y altamente vituperables del
fiscal sospechoso.[76]

        [76] Cuando repaso los sucesos de mi vida y trato de juzgarlos,
        no con imparcialidad, lo cual no es posible, pero según me
        dicta hoy mi conciencia, y con la frialdad que trae consigo el
        tiempo, no hay parte de mi carrera en que crea haber andado
        más errado, y de que más me arrepienta y aun me avergüence,
        que de los pasos dados por mí en el negocio de Paredes, y en
        todo lo relativo a mis relaciones con el Ministerio y con los
        comuneros en octubre y noviembre de 1822, durante los primeros
        meses de aquellas Cortes extraordinarias. Al meditar en ello
        ahora, encuentro en mi propio ejemplo, cuán común es en el
        hombre la adulación, pues quien la niega a las cortes de los
        reyes la tributa a los pueblos, o, diciéndolo como se debe, a
        los que tomando el nombre del pueblo no pasan de ser partidos.
        Yo entonces sostenía al Ministerio y conocía su nulidad; me
        arrimaba a los comuneros, estando persuadido de su mala índole,
        defendía en público mucho de lo que en mi interior desaprobaba,
        y mal satisfecho de mí mismo, no me corregía de una conducta
        que estimaba en algo reprensible. Verdad es que no todo era en
        mí lisonja, pues había en mi proceder loca pasión, lo cual es
        igualmente vituperable, pero no tan feo.

Abrazaron los comuneros la causa del de su sociedad, diciendo de los
de la rival y ya contraria «estar visto que el ministerio y los amigos
de este querían guardar indignas contemplaciones con los moderados,
y, por condescendencia con ellos y aun con los realistas, salvar a
los culpados principales sujetos a juicio, de donde provenía ponerse
obstáculos al honrado, celoso y valiente fiscal en el desempeño de
su cargo». A acusaciones tales respondían con contra-acusaciones los
inculpados, según los cuales Paredes se había puesto de inteligencia
con la corte, siendo mera apariencia el exceso de su celo, y la
realidad que, mientras buscaba criminales donde mal podía encontrarlos,
y donde no le era lícito entrometerse, aquellos sobre quienes debía
recaer la pena escapaban cuando menos por lo pronto sin castigo, siendo
su defensa lo enredado de la causa, cuya complicación los daba amparo.
En suma, para los de la sociedad ministerial vino a ser casi verdad
averiguada estar Paredes ganado por el Rey; cargo tal vez injusto,
a pesar de que su proceder vino al cabo a dar a aquellos a quienes
acusaba, no solo la impunidad, sino, con la mudanza que ocurrió sin
concluirse la causa, el triunfo más completo.

Entretanto en la tribuna de la sociedad Landaburiana y en _El Zurriago_
era el asunto principal tratado en aquellos días el de Paredes y los
encausados. Los _hermanos pasteleros_ decían (para usar de las groseras
palabras empleadas entonces) se habían quitado la máscara, apadrinando
a los conspiradores para libertarlos del rigor de la ley, a lo cual
se seguiría hacer con ellos causa común, y hasta echar por tierra la
Constitución, sustituyéndola una con dos Cámaras, a las cuales se
apellidaba odiosas.

Ya he dicho que aun yo, tachado (no sin algún motivo) de inclinarme a
los comuneros, no pude sufrir más ver a mis amigos hechos blanco de
acusaciones tanto cuanto injustas inicuas. Rompí, pues, aun por mi
cuenta propia la guerra contra la comunería, aunque no disparando mis
tiros contra ella como sociedad, sino solo increpando a quienes en su
nombre nos hostilizaban, a la par que ensalzando los merecimientos
de nuestra hermandad en términos poco prudentes. Mi folleto (pues un
folleto fue mi acto de hostilidad) valía poquísimo, pero encendió una
ira violenta en aquellos contra quienes estaba dirigido, los cuales me
atribuyeron una imprudencia muy superior a la que en justicia debía
echárseme en cara.

La sociedad comunera no por esto se había puesto en guerra con la
nuestra, si bien no desmentía a los que blasonaban de llevar su voz
al acusarnos y denostarnos. Pareció entonces como forzoso poner en
claro la situación respectiva de las dos potencias semiocultas que
existían dentro del Estado legal. A una declaración formal de guerra
suelen preceder negociaciones, y el modo de hacer estas más solemnes
es el nombramiento de un embajador. Fue nombrado uno por el gobierno
de nuestra sociedad para que pasase a entenderse con el de la potencia
antes solo rival, hasta a veces aparente amiga, ya en aquella hora
enemiga, pero enemiga dudosa. Para desempeñar tan importante embajada
fue escogida mi pobre persona.

Ya nombrado, cuidé de aumentar con ridículo énfasis la importancia de
mi misión a la autoridad delante de la cual había de desempeñarla,
solicitando pública audiencia con la solemnidad correspondiente. Fueme
concedida, como era de esperar, y difícil es decir, al recordar el
desempeño de mi embajada, quién se llevó en aquella farsa la palma
en punto a ridiculez, habiéndonos ambas partes extremado. Aunque
nuestra sociedad antigua se distinguía por su ceremonial, en el cuerpo
gobernador de ella la habíamos omitido enteramente, pero en el de los
comuneros, a lo menos para acto tal como era el de recibir una embajada
de potencia extraña, había algo, bien que poco, en adorno del lugar,
e insignias o condecoraciones en las personas. Lleno yo de entono, me
presenté haciendo el papel de legado romano que intimaba al Senado
cartaginés que se decidiese sin demora por la paz o la guerra, o el
de Argante haciendo la misma intimación a los Cruzados presididos por
Godofredo; y no se tenga por pedante esta cita, porque llevaba yo en la
mente los lances a que me refiero para acomodarlos disparatadamente a
la ocasión en que me veía. Si entonado y hueco aparecí yo, no lo estuvo
menos el gran maestre de la orden que me recibió en pleno capítulo. A
mis quejas de la conducta de _El Zurriago_, y a mi petición, reducida
a que declarase la sociedad no ser aquel periódico representante de
sus opiniones o intentos según él aseguraba, recibí una respuesta casi
evasiva sobre el primer punto, y sobre el segundo una negativa rotunda.

En suma, por ambas partes hubo pompa en los modos, y sequedad en el
tono hasta rayar en desabrimiento. Me retiré, pues, sin sacar fruto
de mi embajada; mal ensayo de un diplomático que ya lo había sido de
veras, pero en puestos inferiores. Fui muy censurado de los comuneros,
y creo que merecía serlo, pero incurrieron en la ridiculez de afirmar
que yo me había turbado y cortado ante el espectáculo solemne que
presentó a mi vista su sociedad reunida.

Como era de suponer, la negociación malograda produjo exacerbarse la
guerra. Pero como ya entonces amenazase una más seria de parte de
Francia, y como, a pesar de ventajas alcanzadas sobre los realistas
levantados en Cataluña y las Provincias Vascongadas por Mina y
Torrijos, donde quiera asomasen partidas de anticonstitucionales, dando
a conocer por estas chispas, y sobre ellas por otros síntomas, la
existencia de intenso fuego oculto pronto a romper en voraz incendio,
se veía claro la necesidad de avenirse entre sí los constitucionales,
o, cuando menos, de estos los conocidos por exaltados. Hubo, pues,
tratos para venir a conciliación las sociedades ya enemigas, no
por medio de pomposas embajadas, sino por medio de negociadores en
conferencia amistosa. Nombró para el intento la sociedad comunera
al general Ballesteros, a Romero Alpuente y a Regato; la nuestra a
Istúriz, a otro, cuyo nombre no recuerdo, y a mí, a pesar del mal éxito
del desempeño de mi anterior cargo. Abierta la conferencia, habló
primero en ella Romero Alpuente, cuyo talento no era grande y a quien
entre otras calidades, aunque le sobrase la malicia, faltaba el tino.
Díjonos que los comuneros tenían muchas quejas de nosotros, y una de
las principales era que al formarse el Ministerio nos le hubiésemos
tomado por entero, sin darles en él siquiera una corta parte, y que
podía remediarse el yerro con darles _una dedadita de miel_, lo cual
por el pronto bastaría, siendo por otra parte fácil, pues «en el
ministerio había un Capaz que era muy incapaz».[77]

        [77] Esto aludía a que _El Zurriago_, una de cuyas mañas
        era poner nombres de burla a personas conocidas, llamaba al
        ministro de Marina Capaz el incapaz.

Iba a continuar cuando le interrumpió su colega Regato, con muestras
visibles de ira contenida a duras penas, el cual negó que los
comuneros reclamasen una parte en el gobierno, pues su deseo era que
se gobernase bien, fuese por ellos o por otros, de lo cual se estaba
muy distante. Toconos hablar en medio de esto; pero dijimos poco, y sin
claridad ni precisión, no siendo fácil avenirnos con quienes parecían
mal avenidos entre sí, y aun sintiendo la maligna complacencia que
es común sentir cuando se ve división entre los enemigos. Fuéronse
enzarzando en su disputa Romero Alpuente y Regato; seguimos nosotros
más entretenidos con su riña y deseosos de fomentarla que atentos a
buscar una concordia en aquellos momentos inasequible, y, sin resolver
ni aun proponer cosa alguna, había el cansancio de los disputantes
traído un momento de silencio, cuando rompiéndole Ballesteros, hasta
entonces callado, y medio dormido, expresó con cuánto placer veía que
al cabo estábamos todos acordes, no pudiendo menos de ser así entre
personas amantes de la libertad y de la Constitución en igual grado.
Aunque de las luces del buen general no era de admirar tal ocurrencia,
todavía hubo de dejarnos parados, y, reprimiendo la risa, no obstante
la tentación fortísima que de ella nos asaltó, aprovechamos en cierto
modo la ocasión de terminar la conferencia, no persuadidos como
Ballesteros de que estaba trocado en amistad el odio, pero tampoco
negándolo, y satisfechos de haber concluido con un negocio al cual no
era posible hallar buena salida.[78]

        [78] Por aquel tiempo comenzaron a salir a luz unas cartas que
        se decían ser del compadre de _El Zurriago_, en las cuales
        se hacía cruda guerra a este periódico y a toda la sociedad
        comunera. Estaban escritas en buen estilo, y abundaban en
        chistes, muchos de ellos de buena ley. Su autor (por unos
        pocos días ignorado) era un don Gabriel García, que había sido
        del ayuntamiento de Madrid, y señalándose por una defensa de
        Goiffieu que le mereció injustas censuras, y el mismo que en
        1836, después del suceso de la Granja, fue subsecretario de
        Estado. Mucho incomodaron a los comuneros las tales cartas, de
        que hoy apenas habrá quien se acuerde.

Así es que la guerra continuó embravecida, y aun hubo de señalarse por
un incidente de pocos sabido. Por aquellos días desapareció uno de los
dos que escribían _El Zurriago_. Corrió al momento la voz de que los
hermanos, en aquel lance no pasteleros, sino muy al revés, lo habían
hecho víctima, y tal vez quitado la vida, o que a lo menos le tenían
encerrado en alguna oscura mazmorra. Nosotros ya nos quejábamos, ya nos
indignábamos, ya nos burlábamos de lo que reputábamos una calumnia,
opinión que hasta ahora había tenido, y sobre la cual me ha hecho
vacilar un aserto de fecha moderna y digno de alguna fe.[79]

        [79] Este escritor de _El Zurriago_ (Don N. Mejía), cuyo
        compañero murió pasado por las armas en 1824 cerca de Almería,
        en una loca tentativa de restablecer la Constitución, vivió
        hasta ha poco, pero vuelto a su patria desde los Estados
        Unidos de la América Septentrional a donde había huido en
        1823, vino tan trocado que no intentó hacer papel, como bien
        podía; se mostraba arrepentido de su conducta anterior,
        prefería la oscuridad y la indigencia a darse a conocer, y es
        fama que recibió socorros, de que tenía suma necesidad, hasta
        de Martínez de la Rosa, a quien tanto había ultrajado, pero
        cuyo perdón solicitó humilde y alcanzó, pagando con gratitud
        el beneficio. Sin embargo de su arrepentimiento acompañado
        de una confesión de sus yerros, siguió afirmando que real
        y verdaderamente había sido asaltado de noche, y encerrado
        después de aprehendido, hasta qué al cabo de algunos días fue
        puesto en libertad, también de noche, dejándole en una plaza.
        Tal aserto es digno de crédito. Pero por el lado opuesto me
        consta que la sociedad a la cual fue achacado aquel acto
        criminal, ni le dispuso ni le creyó cierto. Quizá algunos de
        ella, más celosos que cuerdos o justos, cometieron tal, sin
        dar parte de él al cuerpo director, que no le habría aprobado.
        Quizá algunos de sus aparentes amigos fueron culpados de
        aquella maldad para atribuirla a sus contrarios. De todos
        modos, el asunto queda oscuro, y llevar a él la luz se ha hecho
        imposible.

Mientras seguía escondido, o por disposición propia, como maquinación
contra sus enemigos, o por otra causa hasta hoy de mí ignorada, el
zurriaguista, algunos amigos de este, o que para ciertos fines pasaban
por serlo, trazaron su rescate o venganza.

Ya dejo dicho en una parte anterior de este trabajo que, como a la
sombra de la sociedad comunera, existía cierta cosa a modo de ramal de
la de los carbonarios italianos. Estos, como si estuviesen cansados
de que de ellos no se hablase, ni aun para vituperarlos, hubieron
de pensar en señalarse por un acto de vigor, y, con motivo de la
desaparición del escritor de _El Zurriago_, discurrieron echar mano
a una persona de la sociedad a la sazón ministerial, y tenerle en
estrecho y duro encierro en rehenes del perdido periodista. Fueron los
que tomaron tal determinación pocos en número, y hubo la singularidad
de que entre ellos figurase el que era a la sazón _bufo caricato_ de
la ópera italiana, mediano cantante y no mal actor, que solía dar
que reír al público y recoger aplausos, por gestos raros, y palabras
en español chapurreado interpoladas en el texto italiano de lo que
cantaba. No obstante el secreto que era natural guardar en resolución
tan aventurada, no faltó un delator ni aun en el escaso número de los
congregados, así que como a las once de la noche, hallándome yo como
tenía por costumbre en casa de mi amigo y colega Istúriz, llegó a este
el aviso de mi peligro, y él, sin enterarme del negocio, me rogó que
me quedase a dormir en su casa aquella noche, dándome por motivo que
a la mañana siguiente muy temprano habíamos de tratar de un asunto
importante. Accedí yo, como debía suponerse, al deseo de mi amigo, y
llegado el día siguiente, supe la causa que me había hecho pernoctar en
casa ajena aunque tan amiga. Con estar descubierta la fechoría trazada,
quedó imposibilitada su ejecución. De allí a muy poco, en altas
horas de la noche, apareció en una plaza de Madrid, medio desnudo,
el escritor secuestrado, con lo cual terminó tan ridículo incidente,
ruidosísimo entonces, casi de todos ignorado hoy, siendo la común
opinión tener el suceso por farsa dispuesta por la aparente víctima y
por sus amigos.[80]

        [80] En prueba de que este malvado proyecto existió, contaré
        lo siguiente: Un íntimo amigo nuestro comunero, concurrente
        a casa de Istúriz, como oyese hablar de la reunión en que se
        había resuelto el atentado contra mi persona, clamó que era una
        calumnia o un chisme de los que suelen correr y creerse entre
        enemigos. Pero al día siguiente volvió confuso, y con candor
        confesó que había averiguado ser cierto haber habido tal junta
        y tal resolución; si bien afirmó, con veracidad, que no había
        sido acto de los comuneros.

Mucho mayores sucesos estaban preparándose en aquellas horas. No
tardaron en llegar a nuestro Gobierno las famosas notas en que
Rusia, Austria, Prusia y Francia condenaban nuestra Constitución,
y más todavía la revolución que había traído su restablecimiento,
declarándose resueltas a obligar a España de uno u otro modo a devolver
al Rey el uso de su autoridad para que la ejerciese según creyese justo
y oportuno.

El Ministerio, recibidas estas comunicaciones, preparó la respuesta,
y la comunicó a la sociedad antes de traerla a las Cortes. El supremo
gobierno oculto aprobó plenamente la conducta de los ministros, y en
cierto grado preparó, aunque no dispuso del todo, ni podía disponer, la
escena del 9 de enero de 1823.

Mi intento ahora es referir y no disputar, por lo cual no pretendo ni
desaprobar ni justificar la conducta de nuestro Gobierno al resolver
cuestión de tanta magnitud cuanta fue la que encerraba la paz o la
guerra; la sumisión de la nación o su resistencia; la posibilidad o no
posibilidad de entrar en tratos; conducta casi generalmente reprobada,
entre otras razones, por haberle sido notoriamente adversa la fortuna.
Diré solo que de muchos actos de mi vida política estoy arrepentido,
y lo confieso y aun lo pregono; que de otros sigo satisfecho, aun hoy
mismo, en mi interior y no lo encubro; que conozco puedo equivocarme
ahora como juzgo que me equivoqué antes, y, finalmente, que hay pasos
dados en mi carrera sobre los cuales hoy mismo opino que no fueron
dados ni con acierto completo ni con desatino, incluyendo en estos
últimos la parte considerable que tuve en lo relativo a la respuesta
dada a las famosas notas. Creo en este momento mismo que nada habría
salvado la Constitución, ni Constitución alguna que no fuese la que da
al monarca una autoridad semiabsoluta, acompañada de una condenación
solemne de la revolución de 1820; del trágico fin que cupo a la
española de 1812 en 1823: creo asimismo que procedimos con poca maña y
sobrada ligereza, errando los medios aun cuando acertásemos en el fin
que nos proponíamos. Aun cálculos de política en que predominaba el
interés de bandería sobre el del Estado hubieron de influir en nuestro
ánimo, no conociendo, pero tampoco ignorando enteramente, su influjo en
nuestros pensamientos y resoluciones. Nos oíamos acusar de vergonzosas
contemplaciones con los enemigos de la Constitución y de la libertad, y
hasta de prestarnos a la sustitución de una Constitución reformada a la
vigente, y quisimos desmentir la acusación, no sin el loable propósito,
mezclado con nuestra mira interesada, de impedir una revolución que
amenazaba, si nos manifestábamos dispuestos a acceder a los deseos de
los monarcas extranjeros, o a los del Rey y sus parciales.

Sea como fuere, el entusiasmo, en gran parte facticio, y ciertamente
de pocos, pero aparente, vivo y común en los que sentían empeño en
la causa pública, con que fueron recibidas las resoluciones del
Congreso en las sesiones de 9 y 11 de enero, calló por algún tiempo
a los comuneros, y aun los constriñó a mezclar sus voces en el coro
de alabanzas tributadas a los ministros prohombres de la sociedad
de ellos aborrecida. Pero quiso la común desdicha que al ruidoso
himno laudatorio sucediese muy en breve un grito de pena y terror,
y también de afectos de ira y vergüenza, causado por la derrota
de una división de nuestro ejército por una partida de facciosos,
gruesa sí, pero al parecer poco respetable; derrota padecida a corta
distancia de la capital, y que causó en ella un temor sumo, aunque
no fundado. Al creerse que los vencedores podían presentarse delante
de los muros, o, hablando con propiedad, de las tapias de Madrid, en
cuyo interior contaban numerosos amigos, pensó el Gobierno, forzado a
ello, conferir el mando militar de la capital al general Ballesteros,
lo cual en aquellas circunstancias era una importantísima concesión
hecha a la sociedad comunera. El negocio vino a las Cortes en sesión
pública, donde un diputado comunero calificó al general agraciado de
personaje que había figurado en primer término en el cuadro del 7 de
julio, siendo recibida la expresión con palmadas de los concurrentes
a la tribuna, en la cual escaseaban, como siempre escasean, los
ministeriales. Sobre la importancia general de aquellos sucesos
gravísimos, apareció en ellos rota la unión hasta entonces constante de
los diputados a Cortes de la una y la otra sociedad.

Pasó en no largo plazo el peligro inmediato de Madrid, y del gobierno
constitucional, pero había descubierto y hasta hecho patente el peligro
algo menos cercano, pero no muy distante, en que estaba la causa
pública, amenazada por fuerte poder, flaquísima en fuerzas para la
defensa.

El conocimiento del común peligro trajo la división al seno de la
sociedad comunera. De ella muchos personajes de nota, y entre estos
casi todos los que eran diputados a Cortes, menos tres o cuatro, más
notables por su violencia que por su brillo, se adhirieron a los de la
sociedad rival dando apoyo al Ministerio. Pero los capitanes, aunque
de los principales de su hueste, fueron seguidos de pocos soldados,
y, según sucede en casos tales, los más vehementes y extremados se
llevaron consigo o mantuvieron bajo su influjo o mando a las turbas.

Estas, casi todas comuneras, entre los liberales de las provincias
habían llegado a un estado de frenética furia contra los de la
sociedad su rival. En Cádiz las cosas habían llegado a excesos
increíbles. Las cintas y divisas verdes, en las que (como en otra
ocasión he dicho) veían los poco entendidos un símbolo de la sociedad
antigua, no habiéndolo sido sino de la esperanza en el triunfo que
los restablecedores de la Constitución habían tenido al acometer y
sustentar su empresa, eran objeto de insulto para la plebe liberal.
Persona hubo del sexo femenino, y no de la clase baja, que se paseó
con zapatos en que lo bajo de la suela era verde para indicar que
destinaba aquel color a ser pisado. A puerilidades semejantes
acompañaron serios desórdenes, y a estos actos de despotismo por
parte de la autoridad, la cual, no obstante estar en manos de
constitucionales y aun de exaltados, procedía con la tiranía que en
tiempos de revolución, y sobre todo en España, es la regla de conducta
de los partidos políticos militantes. En suma, en toda la nación los
comuneros numerosos y violentos, con sumo poder en las poblaciones
donde abundando los liberales lo era la plebe, y con menos fuerza donde
los constitucionales escaseaban, o apenas contaban entre los suyos
genios de las clases ignorantes, seguían a los caudillos hasta entonces
inferiores en nota que no se habían unido al Ministerio.

Todo ello venía a parecer cosa leve, cuando llamaba la atención la
invasión inminente pronto pasada a ser invasión realizada. Ante ella
fueron casi nada en la apariencia las rencillas de las sociedades
rivales, pero en la apariencia y no más, pues a la sorda obraban, y no
tuvieron poco influjo en las deserciones de los antes defensores de la
Constitución; deserciones en que los de una y otra sociedad tuvieron
igual vergonzosa parte, pero a las cuales dieron con sus argumentos
pretexto los comuneros más que los de otra parcialidad, por lo mismo
que, saliendo de ellos, parecían más poderosas las razones contra la
continuación de la resistencia.

En efecto, la condenación de las respuestas dadas a las notas comenzó
a oírse salida de los labios que poco antes clamaban contra toda idea
de avenencia con los extranjeros o con los realistas. De aquí siguió
desaprobarse la idea de la traslación del Rey, Gobierno y Cortes a
Andalucía, la cual era consecuencia forzosa de la resistencia a la
invasión francesa, encaminada a restituir al Rey el lleno de su poder
perdido. Cayó, por proponer este viaje necesario, el ministerio de
los hermanos, pero un motín escandaloso obligó al monarca a reponer a
los ministros caídos. Vituperaron entonces agriamente los comuneros
(si no todos, los más de ellos, y entre estos los que entre los
antes caudillos de la sociedad se habían resistido a unirse con los
ministeriales) el atentado cometido contra la real persona y las
leyes; desacato y aun exceso atroz que no admitía disculpa, pero
tal era la desgracia de los tiempos que, al vituperarle con sobrada
razón, tenían que declararse aprobadores de una conducta cuyo término
forzoso era el triunfo de la invasión francesa y la caída de la
Constitución, lo cual disonaba en boca de constitucionales de celo
extremado. Una vez llegados el monarca y el Congreso a Sevilla, nuevo
Ministerio, pero ya no de la sociedad secreta, aunque de ella fuesen
varios de los ministros nombrados, tampoco mereció la aprobación de
los comuneros, si bien tuvo en su favor los votos de los que de la
sociedad se habían separado. En verdad ya entonces ambas sociedades
habían perdido su fuerza, y las luchas, si alguna había, eran como la
de cuerpos debilitados por achaques de temprana vejez en las cuales
se muestra el rencor inveterado, pero falta poder en los combatientes
para hacerse daños graves. Además, en su interior las mismas sociedades
estaban, si no disueltas, combatidas por un elemento de disolución
incipiente, a modo de lo que es en lo material un cuerpo apolillado
del cual se va desprendiendo resuelta en polvo mucha parte, mientras
lo que sigue en pie solo existe entero en la apariencia. Algunos de
los prohombres de los hijos de Padilla más exaltados (no de los que se
habían unido al cabo con la sociedad rival) entraron en trato secreto y
amistoso con el Real Palacio, pero estos tratos conocidos poco dieron
de sí, a no ser por lo que influyeron en la opinión de gente de más
poder, señaladamente en los ejércitos, y, siendo sabidos, no podían
ser castigados, ni aun con entregarlos a la vergüenza y censura,
porque había llegado la hora en que la opinión pública, dividida,
trabajada, desmayada e incierta, no acertaba a juzgar ni aun para
condenar las acciones más feas, y en que, desapareciendo el interés
público, atendían los más cada cual al suyo privado. En situación tal
fue la causa de la Constitución y aun la de la dignidad de la nación
abandonada por personas de todas las sociedades, o de ninguna de las
secretas; personas altas y bajas; de las antes apasionadas y de las
tibias; de las entendidas y de las ignorantes. Ejemplos hubo en medio
de esto de honrada fidelidad, compartiendo también la gloria (si en
ello gloria había, aunque haya quien contra toda regla de justicia
y moral lo niegue) algunos comuneros distinguidos, y otros que se
contaban en la sociedad antigua, y el general Mina de esta última, y el
general Torrijos de aquella, pudieron presentarse en tierra extraña,
proscritos, pero con la frente erguida como de quienes han cumplido
con su obligación a todo trance, en medio de numerosos ejemplos de lo
contrario. Ni fueron los generales citados los únicos dignos de ser
mencionados con alabanza, porque militares y no militares de varias
categorías los acompañaron en su honrosa desventura. Como en otros
de estos mis recuerdos he dicho, por consecuencia de la flaqueza
humana, la cual apenas consiente que en el hombre no vaya mezclado
lo malo con lo bueno, los que llevaron al destierro su honor intacto
llevaron con él un tanto de sus antiguas rivalidades. Pero, como los
años de la emigración engendraron nuevas pasiones de amistad y aun de
odio, al aparecer restablecido en España el gobierno parlamentario,
ya no revivieron las antiguas sociedades secretas. Hubo, es verdad,
otras de que solo tengo noticias vagas, y aun hubo cierta cosa a modo
de resurrección de la antigua, pero el cuerpo que hubo de creerse
resucitado estaba meramente galvanizado, y, en vez de repetir, remedaba
las funciones de su pasada vida. No sé si me engaño, pero, tímido como
soy en aventurar opiniones, todavía me arrojo a decir que el tiempo
del predominio absoluto de las sociedades secretas en los negocios
públicos, si no es ya imposible, es improbable en altísimo grado.




XIII.

DEPOSICIÓN DEL REY POR LAS CORTES EN SEVILLA EL 11 DE JUNIO DE 1823.


Las Cortes, de resultas de la invasión del territorio español por
el ejército francés, se habían retirado a Andalucía y abierto sus
sesiones en Sevilla, habiéndose traído consigo al Rey, su enemigo, pero
embozado, y traídosele, no sin haberse él resistido a hacer el viaje,
si bien valiéndose de pretextos no políticos, pero tan claramente
pretextos, y no más, que nadie ignoraba, ni S. M. mismo pretendía
ocultar del todo, que eran un modo decoroso de declarar su resolución
de esperar a los invasores, los cuales de hecho eran sus mejores
amigos, aunque de derecho o de oficio aparecían siendo sus contrarios.

Las Cortes en Sevilla discutían, deliberaban, resolvían, pero con
evidente desmayo, que era forzosa consecuencia de las tristísimas
circunstancias en que se hallaban. Veíase claro que del pueblo, si
no la parte mejor, la mucho más numerosa, hacía causa común con los
invasores. Flacos de espíritu, si no traidores, los generales se
rendían al peso de desdichas superiores a las que pueden resistir
humanas fuerzas. Divisábase la nube desde mucho antes formada, y se la
notaba crecer en negrura y oscuridad, hacer ya estragos en los lugares
a que alcanzaba, y amenazar con otros, tal vez mayores, aquellos donde
no había llegado pero a que se venía encaminando con mediana rapidez,
si bien con curso que no podía ser atajado. En el mismo Congreso, lo
que había sido unanimidad en los días 9 y 11 de enero, en mayo era ya
solo mayoría, si numerosa aún, poco alentada, y a la cual se oponía
una minoría valiente, cuya osadía y firmeza declaraban que contaba con
auxilio poderoso.

Fuera del recinto en que se celebraban las sesiones, los diputados
estaban, como era fuerza sucediese, inquietos, tristes y dudosos en
punto a la conducta que debía seguirse, cuando se estaba viniendo a
tierra la fábrica de que eran custodios. Era común quejarse de que nada
se hacía; pero provocados quienes así se quejaban a indicar qué podía
hacerse, nadie acertaba a proponer cosa alguna, porque, en verdad, nada
había que hacer, sino seguir la guerra y llevar los reveses que eran de
ella consecuencia con resignación, tanto más difícil de tener cuanto
que el trágico fin de la Constitución se descubría claro y a poca
distancia. El Ministerio, incompleto y hecho a retazos, no gozaba de la
confianza del Rey, el cual, sin embargo, le miraba con cierto afecto
parecido a gratitud, porque le había libertado de otro de él tan odiado
como el de San Miguel y consortes, pero que le habría preferido al de
los comuneros y de Flores Estrada; gente, en verdad, más extremada
en sus doctrinas contrarias a toda autoridad, inclusa la del trono,
pero unida entonces con la corte y las reales personas por común
aborrecimiento a la sociedad secreta, su enemiga, en aquellas horas
predominante.

Las dos sociedades seguían en guerra más rencorosa que viva. De la
comunera se habían separado muchos de los de superior valer, y de
ellos no pocos diputados pasados a hacer causa común con el ministerio
de San Miguel y con el que le había sucedido. Por eso los fieles a la
bandera comunera, sin profesar ideas muy monárquicas, se habían, con
todo, arrimado a la persona de Fernando VII y a la corte, reprobando
la guerra empezada y pintando posible un ajuste con los franceses. La
otra sociedad, debilitada por su mismo triunfo, y porque, habiendo
gobernado por algún tiempo en malas circunstancias, había cometido
graves yerros, se sentía incapaz de hacer frente a desdichas de que se
la hacía, y no con grande injusticia, responsable. En las reuniones del
cuerpo principal director no se formaban ya los planes del Gobierno,
como sucedía en los últimos meses de 1822 y principios de 1823, cuando
el Ministerio era poco más que ejecutor de las resoluciones de la
sociedad; cosa a que no se habría sujetado Calatrava y algún otro
de sus compañeros. En medio de esto, dictando, según con frecuencia
sucede, la flaqueza actos de violencia, y también llevando el hecho
mismo de no tener que hacer o proponer a pensar en desatinos, ocurrió
un día en la Junta, que era autoridad suprema de la sociedad,
encontrarse en la bolsa llamada _Saco de proposiciones_, donde,
conforme a rito, se presentaban todas cuantas se hacían ignorándose
sus autores, una reducida a que se discurriese medio de acabar con
Fernando, y aun con su real familia.[81]

        [81] Este incidente tuvo resultas. Hubo de revelarle al rey
        un traidor, a quien hizo tal el miedo. Compró el revelador
        su perdón con esta bajeza; pero, siendo hombre cobarde por
        extremo, el pensamiento de que podría tener consecuencias para
        él funestas su acción, le trajo una enfermedad que le acabó
        con la vida. Quedó de la delación testimonio en una cláusula
        de la amnistía dada por el Rey absoluto en mayo de 1824, donde
        se exceptuaba del perdón a «_los que en sociedades secretas
        hubiesen propuesto la muerte del Rey_ o de otras personas
        reales».

Indignó sobremanera tal idea a varios de los concurrentes, y entre
ellos a Istúriz y al que esto escribe, y nos separamos de la sociedad,
a punto de declarar que no asistiríamos en adelante a sus juntas;
lo cual cumplimos, viendo en el acto de aquella propuesta, no solo
un crimen, sino, como teníamos razón para presumir, un lazo que se
nos armaba. De este modo las dos sociedades, poco antes gigantes, y
disputándose con calor y furia la dominación, habían perdido en gran
parte su fuerza, como en aquella hora lo había perdido todo en el
gremio de los constitucionales, el cual iban reduciendo continuas
deserciones.

El estado de la población donde celebraba sus sesiones el Congreso,
y donde residían el Rey y su Gobierno, distaba mucho de ser
satisfactorio. Eran numerosísimos en Sevilla los parciales del Rey
absoluto y enemigos de la Constitución, y solo por lo cobardes no se
hacían en alto grado temibles. La milicia nacional sevillana, poco
numerosa, no inspiraba ni temor ni confianza. La de Madrid, trasladada
a Andalucía con el Gobierno, era ardorosamente constitucional, pero de
su mismo ardor había que recelar, porque una parte de ella, corta pero
atrevida, tomaba, como siempre acontece, el predominio en el cuerpo
entero, cuya voz intentaba llevar, y en cuya conducta a veces influía.
En verdad, los dos batallones de milicianos que, acompañando al Rey y
al Congreso, habían hecho la larga marcha de Madrid a Sevilla, nada
menos que admiración merecían por su ejemplar conducta, en que la
disciplina, por ser voluntaria, no dejaba de ser severa; por su porte
marcial, y por su sufrimiento en el viaje, en que hombres acomodados
y criados con cierto grado de regalo, habían llevado las mismas
penalidades que los soldados verdaderos, y llevádolas con alegría
serena. Pero un tercer batallón que salió de la capital de España
bastante después que los otros dos, se distinguía de estos por el
espíritu que le animaba, siendo alborotado y propenso a la sedición y
a todo linaje de excesos. Recién llegado a Sevilla este batallón, al
recibirse la noticia de desmanes ocurridos en Madrid al entrar en la
capital los realistas y los franceses, abultando la voz pública lo que
en sí ya no era poco, trataron los nuevamente venidos de tomar lo que
llamaban _represalias_ en los absolutistas sevillanos de los crímenes
de los absolutistas madrileños, y, para el intento, ya en sí injusto,
como lo es castigar ajenas culpas aun en el cómplice en la intención
pero no en el acto, se valieron del peor medio posible: armaron un
alboroto en que cayó asesinado en la calle un sujeto desconocido, y
fue saqueada una casa donde residía un diputado a Cortes, virtuoso
eclesiástico y juicioso constitucional, que perdió su escaso haber
sin perder por esto la serenidad plácida de su condición, por que se
distinguía. El Ministerio, del cual era, si no presidente, por no haber
entonces entre nosotros tal dignidad, el principal en consideración
e influjo, don José María Calatrava, obró con todo el vigor posible,
separando de su destino al jefe político de Sevilla, flojo por demás en
aquel suceso. Pero lo posible en vigor era harto poco en horas de tanto
apuro y peligro, y así los elementos de desorden subsistían fuertes,
mal contenidos y amenazando estragos para el momento seguro y vecino en
que sucesos graves viniesen a acabar con la fuerza que los contenía.

Tal era el estado de las cosas, cuando se supo que venía adelantando el
ejército francés, el cual estaba ya próximo a invadir las Andalucías
por los caminos que las separan de la Mancha, sin que existiese
fuerza armada capaz ni siquiera de dificultarles un tanto el paso. El
ejército, o, diciéndolo con más propiedad, la corta división que había
llevado el nombre de ejército, y cuyo mando había tenido el conde de
La Bisbal, puesto a las órdenes del general López de Baños, había
emprendido por Extremadura su retirada, delante de los invasores;
pero de él llegaban al Gobierno pocas y confusas noticias, porque los
pueblos nada dispuestos a favorecer a los constitucionales ponían
obstáculos a las comunicaciones. Por esto, el Ministerio, que contaba
con las tropas de López de Baños para cubrir a Sevilla, y con la
ciudad al Rey y a las Cortes, hubo de pensar en enviar al general una
persona de confianza para saber de él, entenderse con él y concertar
las disposiciones por las cuales había el Gobierno de salvarse de
caer en poder del enemigo. Quiso la desgracia que el comisionado, por
motivo que no es del caso referir, pequeñísimo en sí, pero por sus
consecuencias grave en extremo, cumpliese tan mal su encargo, que ni
salió de Sevilla, donde estuvo escondido para no poner patente su
culpa, y de ello se siguió, con ignorarse su paradero y el de las
tropas a que había sido enviado, hacerse las más fatales suposiciones.
Entretanto, el que debía ser ejército, y no lo era, y cuyo núcleo
estaba en la parte más meridional de Andalucía, mandándole el general
Villacampa, de nada podía servir, y además su general, honrado, pero
no de grandes luces, cediendo a un uso de pronto introducido, pasó
al Gobierno un escrito, cuyo objeto mal podía conocerse, y el mismo
escritor no podría haber explicado, en el cual exponía y ponderaba las
dificultades de resistir a los enemigos, a punto de convertirlas en
imposibilidad absoluta.

Tan congojosa situación para los constitucionales era la en que se
veían en el día 10 de junio de 1823, víspera de otro funestísimo, en
que todo cuanto podía hacerse era escoger entre gravísimos males uno
que, por ser menor que otros, no dejaba de ser un mal en grado no
pequeño.

Yo (pues fuerza es hablar de mí en lances en que a mi pequeñez tocó
aparecer en primer término) me encontraba aquel día en cama, con
alguna calentura. Era a la sazón mi compañero inseparable el duque de
Veragua, miliciano de caballería de Madrid, el cual, separándose de
mi cabecera, vino pronto a avisarme que el Congreso estaba en sesión
secreta porque le habían llegado importantes y malísimas noticias.
Me vestí aprisa, salí, me encaminé al lugar donde se celebraban las
sesiones, y antes de llegar a él, tropecé con varios diputados amigos
que se volvían, acabada ya la sesión, que fue muy breve. Lo que a ella
había dado motivo, era un oficio o parte recibido de un don N. Mateos,
jefe político de una de las provincias andaluzas, donde se refería
haber pasado los franceses el famoso desfiladero de Despeñaperros,
sin tropiezo alguno, retirándose fugitivas y dispersas las poquísimas
tropas constitucionales apostadas en aquel paso y sus inmediaciones.
Concluía el parte de Mateos con repetir, trocada alguna palabra y el
sentido, la frase o el dicho atribuido a Francisco I, pues decía:
«_Todo se ha perdido, hasta el honor_». Tan consoladora aserción era
digna de las circunstancias. Por supuesto, oída la comunicación, nada
se había hecho o dicho, y callando el Ministerio, y no hablando los
diputados, la campanilla del presidente había dado la señal para que
cada cual se fuese a su casa, o a sus quehaceres, y a llorar males al
parecer irremediables, o a buscarles remedio.

No lo era por cierto para mi dolencia lo que acababa de saber, y así,
vuelto a mi casa y a recogerme, hube de pasar una tarde y noche nada
agradables. Sin embargo, no tenía mi indisposición tanta gravedad
que me embargase el pensamiento o me ofuscase la razón. Me entretuve
en discurrir, pero sin acertar con cosa que, aun medianamente, me
satisficiese.

Amaneció el nuevo día, sin que posteriores noticias, o de Córdoba,
en cuyos términos era de suponer estuviesen los franceses entrados
por Sierra Morena, o de Extremadura, donde ni había lugar a suponer
cuál era la situación de los enemigos o de nuestras cortas fuerzas,
llegasen a aumentar o disminuir el temor o la pena, el aliento o
la desconfianza. Pero era hora de la sesión ordinaria y pública
del Congreso, la cual se hacía imposible no celebrar, sin que la
impaciencia y ansias generales diesen de sí fatalísimas consecuencias.

No obstante el mal estado de mi salud, me encaminé a mi puesto en las
Cortes. Cuando para allí iba, me detuve a hablar con un amigo, en
cuya compañía iba un médico, y, quejándome yo de mi indisposición,
examinándome este último, me encargó me volviese a mi casa a recogerme
y que tomase un vomitivo. Por más de una razón no hice caso de su
dictamen, pues la ocasión no era para otra cosa que para morir en pie,
si se me agravaba la enfermedad, sin contar con que, locamente parcial
yo entonces del sistema médico de _Broussais_, casi nuevo en España,
acudía por remedio de mis males al agua de limón con goma, cuando no
había tiempo o necesidad de aplicarme sanguijuelas.

Fuime, pues, al Congreso y encontré a mi llegada un espectáculo
doloroso.

La sala de sesiones estaba vacía, porque no se acertaba a abrir la del
día sin haber de antemano pensado, y hasta cierto punto dispuesto,
lo que en ella habría de hacerse. Las tribunas rebosaban en gente,
siendo las destinadas al público capaces de contener un auditorio algo
numeroso. En el allí congregado reinaban el dolor y el miedo, a la par
con una ira feroz, de aquella que, mezclada con el terror del cual
en gran parte procede, es más temible que otra alguna hija de pasión
menos fea. No teníamos los diputados otro lugar en que estar juntos
fuera del salón que una pieza no muy grande, a los pies de este, a
la cual separaba de él solo una pared con puertas que, aun cerradas,
daban paso al ruido. Así es que oíamos el murmullo, salido de las
tribunas; murmullo triste y amenazador que nos estaba convidando, si
merece la calificación de convite lo que era precepto, a abrir la
sesión, y dar en ella alguna disposición de la más alta importancia.
En cambio, llegaba a las tribunas el zumbido que formábamos muchos
hablando a un tiempo en voz más o menos baja, pero que a cierta
distancia debía de parecer disputa a voces. No lo era por cierto, pero
sí un desordenado dar de pareceres, en que todos tomaban parte sin
que uno solo fuese atendido. Se perdía el tiempo, lo cual era un mal
grande en tanto ahogo, pero lo era mayor porque la parte violenta del
público parecía dispuesta a tener poca espera y a obrar si nuestra
inacción continuaba. Los ministros estaban entre nosotros abrumados
por el peso de la desdicha, sin hallar salida del laberinto en que
todos estábamos enredados. Habían aconsejado al Rey que se trasladase
a Cádiz, única salida posible; pero el monarca parecía resuelto a no
seguir el consejo. De cuando en cuando, formando no poco ruido las
muchas conversaciones particulares, había quien dijese en voz algo más
alta, ¡_silencio_!, y, repetida la insinuación como para recomendarla,
al repetirla sonaba tanto, saliendo de muchas bocas, que venía a ser
casi una gritería.

En esto yo, acostumbrado a la acción por aquellos días, y persuadido
de que, en horas críticas, no hacer cosa alguna es hacer lo peor
posible; conociendo además que, en momentos de incertidumbre, en medio
de una turba, aún poco numerosa, ejerce el mando o superior influjo
quien osa tomársele, esforzando la voz y dando a mis palabras el tono
de mandato, grité: ¡_silencio_!, y tuve la fortuna de lograr lo que
pretendía. Callaron todos por un momento, y acudiendo Riego, con quien
no estaba yo entonces en amistoso trato, pero que hubo de desear oírme,
y diciendo él _oigamos a Galiano_, me vi dueño del campo entre tantos
mis iguales y algunos mis superiores.

Mi plan estaba formado de pronto, y, si no era bueno, al cabo no era
peor que otros, y a todos llevaba la ventaja de ser un plan, y de haber
en mí resuelta voluntad de ponerle en ejecución inmediatamente, en
hora en que la menor dilación era cierta ruina.

El plan consistía en hacer que constase de _oficio_ la resistencia del
Rey a salir de Sevilla, lo cual quería decir su resolución de esperar
allí a los franceses, para que, junto con estos sus enemigos de derecho
y sus amigos de hecho, fuese la Constitución abolida y duramente
tratados los constitucionales. Y, si bien ni aun a mí convenía que esto
constase, mientras podía disimularse, había llegado el caso en que era
preciso poner patente el mal para proveer a la cura.

La cura era tratar de vencer al Rey, hasta hacerle consentir en pasar a
Cádiz, y el método que había de seguirse tenía que ser análogo al antes
usado para traerle de Madrid a Andalucía.

Pero, si era necesario algo más duro, forzoso se hacía proceder hasta
suspenderle en el ejercicio de su autoridad, y, no siendo posible
llevarle como Rey, llevarle como cautivo, con todo el decoro que había
en tal atentado. Porque, además, se hacía necesario tener presente que,
en la frenética indignación de los constitucionales, y al desaparecer
toda barrera legal, los más atrevidos serían, si bien por brevísimo
plazo, dueños del campo, y en el inevitable confuso desorden, habría
estragos y víctimas, no siendo poco probable que entre las últimas
fuese incluido el imprudente monarca.[82]

        [82] El general Álava (don Miguel), aunque constitucional,
        honrado y leal por su deber, monárquico por sus afectos, votó
        en Sevilla la suspensión del Rey, y de ello estaba ufano,
        diciendo que creía que votándola había salvado a S. M. la vida.
        Quienes estaban en Sevilla en junio de 1823 no extrañarán que
        haya personas que así hayan opinado y opinen.

Todo ello lo pensé y arreglé de pronto, y traté de proceder a la
ejecución. Desde luego las tres proposiciones que hice, y que en la
relación de la sesión aparecen, estaban formadas en mi mente, si bien
no del todo, pudiendo y debiendo variarse según fuesen dictándolo las
circunstancias.

Se presentó desde luego una dificultad. Calatrava decía que, siendo
él ministro, solo como tal podía hablar en el Congreso, y como tal
representaba al Rey; por lo cual juzgaba indecente, y hasta criminal,
en vez de declarar su voluntad, acusarle. Era honroso al buen juicio
y a la rectitud de Calatrava tal escrúpulo, y yo, estimulándole en lo
debido, me dediqué a buscar medio de libertarle del compromiso en que
se hallaba. Le rogué, pues, que se fuese a Palacio, e hiciese nuevo y
mayor esfuerzo para vencer al Rey, y, si nada conseguía, me avisase;
o, en caso de no poder darme aviso, fijase un plazo, vencido el cual,
debía yo del silencio colegir que el deseado consentimiento no se había
obtenido. Conformose Calatrava, pero me puso otras dificultades, que yo
no traté de tomar en poco, pues, si entrábamos en contestación, sobre
perder tiempo, le confirmaría yo en su opinión, en vez de convencerle.
Así, prometiéndole acceder en todo a su deseo, él se marchó, y los
diputados nos quedamos aguardando noticias, sin abrir la sesión, aunque
oíamos que su apertura era pedida casi con bramidos. Aguardamos, sin
embargo, a que llegase la hora, pasada la cual, acabada la esperanza,
y aun vencido ya el plazo, y sirviendo, según estaba convenido, por
respuesta desfavorable el silencio, hubo prórroga en la espera, hasta
que, al fin, dándose por mala noticia la falta de ellas, iba yo a
empezar la fatal campaña, cuando vino a confirmarme en mi propósito
aviso recibido de Palacio, en que se me decía mostrarse el Rey
obstinadamente resuelto a no moverse. Con esto entramos en el salón,
reinó silencio, y levantándome yo, hice la primera proposición,[83]
que consta en el acta de aquel día. No hubo sobre ella debate, porque
oír explicaciones del Gobierno a todos parecía justo y conveniente.

        [83] En punto al orden y tenor de estas proposiciones, véase el
        tomo que contiene algunos _Diarios de Cortes_ (bien que muchos
        de ellos compendiados) relativos a las sesiones del Congreso
        de 1822 y 1823, cuando desde abril a septiembre de este último
        año celebraba sus sesiones, en Sevilla primero, y después en
        Cádiz. Esta obrita es curiosa, porque da a conocer sucesos,
        o ignorados, o muy imperfectamente sabidos.(_a_) — _Nota del
        autor_.

        (_a_) El tomo a que se refiere es el compilado por el oficial
        mayor del Congreso don Francisco Argüelles, que por acuerdo de
        la Comisión de gobierno interior de dicho Cuerpo, fue publicado
        en 1858.

Cuando, por medio de preguntas, saqué a los ministros respuestas por
donde, sin acusar ellos al Rey, constaba que S. M. no atendía a sus
consejos, hice la segunda proposición, que ya dio margen a algunas
observaciones. No pudo, con todo esto, haber fuerte oposición a que se
solicitase del Rey que pasase a Cádiz, pues ya por iguales medios se lo
había traído a Sevilla.

Al salir del salón la comisión nombrada para llevar a S. M. el mensaje
en el que el Congreso, sin irreverencia en la forma, le hacía una
súplica apremiante, que él miraba como nuevo exceso contra su persona,
y mientras diputados y espectadores, con rostros en que se pintaban,
ya cólera, ya pena, ya inquietud, seguíamos con la vista a nuestros
compañeros, y sobre todo, al presidente de la comisión, el general don
Cayetano Valdés, cuya figura, severa y desabrida, era como una imagen
de las circunstancias, pasé yo de mi asiento al de enfrente, inmediato
al que ocupaba Argüelles, con el cual entré en conversación sobre
el gran negocio que nos estaba ocupando. Vivía yo entonces en trato
amistoso con el célebre orador y repúblico asturiano, particularmente
desde que juntos habíamos sustentado acaloradas lides en defensa de las
respuestas dadas a las notas de los soberanos aliados y la resistencia
a poner la Constitución y la suerte de nuestra patria a merced de
los extranjeros, o del Rey mismo. Tanto Argüelles cuanto yo (créase
o no esto último) sentíamos dolor vivo y aun repugnancia a tomar un
partido violento; pero él igualmente que yo, preferíamos un golpe
violento a dejar perecer la ley fundamental del Estado, y lo que es
uso llamar la libertad, a la cual amenazaba en aquella hora muerte
segura y próxima, y muerte que vendría indudablemente acompañada de
horrorosas convulsiones, o digamos, variando la imagen para expresar
mejor la idea, que al desplomarse el edificio político, todavía en
pie, a más de una víctima, y estas de distinta especie, habría de
hacer polvo y confundir en sus ruinas. Menos dispuesto Argüelles que
yo a pensar lo peor, conservaba esperanza de que cediese el Rey,
como había cedido en Madrid, y así me lo expresó, a lo cual repliqué
con dolor que yo esperaba una respuesta arrogantemente desfavorable.
«_Pues entonces, ¿qué ha de hacerse?_», me dijo. «_¿Qué?_», respondí:
«_nombrar una regencia_». «_¿Y ha pensado usted en las consecuencias
tristísimas de tal acto?_», volvió a preguntarme. «_Sí_», le dije,
«_y no me excede usted en sentimiento al vernos obligados a tal cosa;
pero ¿hay otro medio? Si le hay, dígamele usted, y yo estoy por él_».
Meditándolo un poco: «_No veo otro_», repuso, «_y yo apoyaré lo que
usted proponga. Pero_», añadió, «_¿no será bueno, si hemos de pasar a
nombrar regencia, suspendiendo al Rey en el uso de su poder, que solo
lo hagamos interinamente, y para el acto de trasladarse el Gobierno
con las Cortes a Cádiz?_». Fue nueva para mí la idea, y me dio golpe,
y así, aun no contando con que necesitaba el apoyo de Argüelles y los
que le seguían para dar el paso atrevidísimo a que iba a arrojarme,
aprobé y adopté el pensamiento de mi poderoso colega, por lo mismo
que era menos violento el acto; porque, lo repito, no tenía deseo de
atentar a la persona o dignidad real, contra la cual, si procedía, lo
hacía obrando en defensa de las para mí sagradas leyes. Convenidos,
pues, mi antes antagonista y ahora amigo político y yo, contaba con que
sus palabras sostendrían mi propuesta. En esto aparece la diputación
de vuelta de Palacio, tristes y cabizbajos todos cuantos la componían,
y sobre todos ellos el Presidente, muy venerador de sus reyes, aunque
constitucional celoso. Lo que dijo consta en el acta y es público,
de modo que no es posible negar que el Rey nos arrojaba el guante,
siéndonos forzoso, o recogerle y entrar en fatal lid, o abandonar el
campo y entregarnos a la fuga. La cara y el acento de Valdés eran
tanto cuanto melancólicos, solemnes; en los demás diputados y en el
auditorio era igualmente lúgubre en cierto grado el aspecto, y en no
poca parte de gravedad en el silencio, parecido a la calma precursora
de las más recias tormentas. Entonces me levanté conmovido, tanto más
cuanto que la agitación sentía en mí crecida la calentura, y, apoyadas
las manos en el respaldo del banco que delante de mí tenía, comencé en
un breve discurso a explanar y sostener mi proposición, clavando todos
en mí los ojos, atentos los oídos, llenos de ansia los semblantes, y
como colgados de mis labios los oyentes, no, cierto, para oír de mi un
discurso entretenido, sino por lo que contenían mis palabras. Cesé de
hablar, y, por algunos segundos, nadie siguió, ni hubo murmullo en las
tribunas. Pero, a poco, pidiendo la palabra en contra de mi proposición
dos o tres diputados, y en pro también uno u otro, y entre estos el que
importaba más que todos, el mismo Argüelles. Impugnó mi proposición,
con un calor que parecía delirio, el diputado Vega Infanzón, oficial de
marina, cuyo hermano, muerto en Cádiz en 1813 de la fiebre amarilla,
había representado uno de los principales papeles en las Cortes de
1810, al lado del conde Toreno, con quien asimismo dos años antes había
pasado a Inglaterra, como representantes ambos de la junta de Asturias
en el levantamiento de España contra Napoleón. No tenía el diputado de
1823 las calidades de su hermano; pero era honrado, de mediano saber,
y de condición suave, por lo cual se extrañó más su acaloramiento en
este debate. Como el tiempo apremiaba, y todos cuantos hablábamos lo
hacíamos en pocas frases, y Vega, al revés, divagaba, repelía muchas
veces no solo sus ideas, sino aun sus expresiones, y gritaba, ya con
voz de ira, ya con acento de dolor, entró en muchos la sospecha de que
intentaba alargar la discusión con algún fin torcido; acusación en
mi sentir injusta, pero a la cual daba motivo saberse que se estaba
conjurando contra el gobierno constitucional, y que en la dilación
ponían gran parte de sus esperanzas los conjurados. Lo cierto es que
empezaron murmullos en las tribunas, y aun en los bancos, intentando
hacer callar al difuso orador; yerro gravísimo que procuré yo con otros
pocos impedir, yéndome de banco a banco a recomendar la prudencia, y
reclamando que guardasen orden los concurrentes a las tribunas. No
dejó de costarnos trabajo conseguir nuestro intento, porque aun en el
salón, un diputado eclesiástico llamado _Sáenz de Buruaga_, hombre de
más celo que talento o saber, y en quien el amor, que él creía serlo de
la libertad, era furibunda intolerancia, con voces y ademanes quería
imponer silencio al Vega, no sin dar muestras de tratar de pasar de
las palabras a las obras; ejemplo que había sido seguido; y por otra
parte el diputado, general Álava, se quejó de que desde una tribuna
amenazaba al Congreso un espectador con un sable desnudo. Pudo, no
obstante, impedirse todo desmán, y, si solo la amenaza puso miedo en
algunos diputados a punto de influir en sus votos, peligro poco más
lejano y harto más seguro retraía de votar mi proposición. Esto hizo
notar con sentidas frases y nobleza en su breve discurso Argüelles,
respondiendo a Vega, su paisano y amigo, que blasonaba de su firmeza en
defender al Rey en aquella hora. Por fin tuvo término el discurso de
Vega, y reducidos los que siguieron a dos o tres sentencias, declarado
el punto suficientemente discutido, hubo de procederse a la votación.
Ocurrió a algunos el desatino de pedir que fuese nominal, lo cual,
entre mayores inconvenientes, tenía el de la pérdida de tiempo, cuando
cada minuto parecía precioso. Logré yo disuadir de la pretensión a
quienes la tenían, y tuvo efecto la votación según el método ordinario,
levantándose los que aprobaban, y quedándose sentados los de parecer
contrario. Muy pocos fueron los que no se pusieron de pie, pues
vimos hasta con sorpresa levantados aprobando la atrevida propuesta
a aquellos pocos diputados cuya moderación rayaba en desafecto a las
nuevas leyes y en adhesión a la antigua monarquía. Algunos, bien que
no muchos, se ausentaron del todo; otros, asimismo en reducido número,
amedrentados y vergonzantes andaban entre los bancos y la pared, no
atreviéndose a votar en pro o en contra, y ni siquiera a salirse porque
no se les achacase a falta haberse ausentado. Así y todo, a bulto,
contamos sobre 90[84] o poco menos levantados; mayoría crecida en aquel
Congreso en que rara vez eran más de 120 los votantes. Hubo, después,
quien hiciese constar su voto contrario y se le consintió, a pesar de
que ninguno había dado; pero esto fue ya en Cádiz, llevándose a exceso
la condescendencia, por no pasar la mayoría por tirana.

        [84] En la sentencia a pena capital dada por la Audiencia de
        Sevilla contra los que votaron la suspensión del Rey, resulta
        ser el número de los que aprobaron mi proposición muy inferior
        al que este artículo afirma. Pero la sentencia no está fundada
        en la verdad, aunque lo esté en que como tal aparece en el
        proceso. Muchos de los que votaron aprobando, arrepentidos
        después o medrosos, aseguraron no haber votado o hécholo en
        contra. La Audiencia y aun el Gobierno tenían poco deseo de
        cebar su saña en diputados que no habían figurado en primer
        término, y así se prestaban a admitir justificaciones bien o
        mal fundadas. Asimismo, por razones de política, venía bien
        que apareciese haber sido una minoría del Congreso lo que
        apareció mayoría en aquel acto. Si no fuese algo fea acción
        bajar a personalidades, podía aquí citarse más de un nombre
        de diputados que votaron el sí y habiendo después probado con
        falsedad lo contrario no fueron incluidos en la proscripción
        que cayó sobre todos sus compañeros, aunque de ellos solo en el
        pobre _Riego_ fue ejecutada la sentencia.

El gran voto estaba dado, y restaba convertirle en hecho. Nombrada la
regencia en pocos minutos, su presidente don Cayetano Valdés hizo un
discurso brevísimo, pero muy notable. _He sido vencido más de una vez_
(dijo), pero he cumplido siempre con mi obligación, y esto prometo
ahora. Daba realce a estas sencillas palabras el aspecto de quien
las pronunciaba, de rostro desfigurado por efecto de las viruelas,
de andar desgraciado, de desaliño sumo, si bien no de desaseo, en el
vestido y en el modo de expresarse; con apariencias de vejez, aunque
apenas entrado en ella; modelo de patriotismo, cubierto de heridas[85]
gloriosamente ganadas en mar y tierra, leal servidor de sus reyes y
observante de la ley militar y civil, y en quien se notaba entonces el
dolor del trance en que se veía, a la par con su firme resolución de
proceder a ejecutar lo que él mismo, si bien con amargura, había votado.

        [85] Fue gravemente herido en el combate naval de Trafalgar
        y en la batalla de Espinosa en noviembre de 1808. Ya en el
        combate del 14 de febrero de 1797 (el del cabo de San Vicente)
        fatalísimo para nuestra marina, se había distinguido por
        un excesivo arrojo acompañado de tino, salvando, o dígase
        rescatando, del poder del enemigo al navío general _La
        Trinidad_ que había arriado la bandera y volvió a izarla.

Iba ya entrando la noche. En esto anunciaron haber sido sorprendidos en
una reunión o conciliábulo unos cuantos que estaban tratando de dar un
golpe decisivo que acabase con los constitucionales. Fueron presos en
el acto los conjurados, a quienes presidía el general Downie, escocés
venido al servicio de España en la guerra de la Independencia, alcaide
a la sazón del alcázar de Sevilla, hombre estrafalario por demás,
y que, puesto en libertad al restablecerse el poder absoluto, fue
recompensado medianamente, y hubo de dar que pensar y que sentir a sus
favorecedores por sus rarezas, las cuales, yendo en aumento, vinieron a
ser demasías insufribles, con ribetes de actos de locura.

Quedaron las Cortes en sesión permanente, que duró hasta entrar la
noche del día 12. Pero, no habiendo qué hacer o qué decir, era la
única señal de continuar el Congreso en sesión, que ocupaban la silla
el presidente y su lugar en la mesa los secretarios. No muy alumbrado
el salón, con poca, aunque alguna, gente en las tribunas, y en los
asientos solo algunos diputados que se remudaban; interrumpido de
cuando en cuando el silencio por unas pocas breves razones a que los
incidentes que ocurrían daban margen, presentaban la sala de sesiones y
quienes en ella figuraban un aspecto de tristísima solemnidad.

De afuera menudeaban los oficiosos que acudían con avisos o consejos,
de ellos los más, o poco útiles, o impertinentes. En aquella suspensión
de las leyes, no pocos hubieron de figurarse que, siendo yo el autor de
la proposición aprobada, había venido a ser un ente a modo de cabeza
interina del Congreso y del gobierno, y así no puede decirse a qué
punto me veía molestado a cada momento con comunicarme noticias de poca
importancia o con insinuarme lo que debía hacerse, como si hacerlo
estuviese en mi mano. No limpio aún de calentura, aunque no agravado,
me sentía rendido, y así me eché y aun me entregué por cortos ratos al
sueño, tendido en un hueco que quedaba entre la espalda del dosel y
la pared, y teniendo por cabecera un cojín, en que ponían la rodilla
los diputados al jurar, mientras que, fiel yo al método _Broussaísta_,
bebía copiosos tragos de agua de limón con goma, absteniéndome de
probar otra cualquiera sustancia aun líquida. Ello es que así me puse
bueno enteramente al llegar la mañana.

Todo el día 12 fue día de vivas ansias. El Rey se había sujetado sin
resistencia a la decisión del Congreso; la conjuración en su favor
estaba descubierta en su parte principal, y presos los principales
conjurados; y, con todo esto, estábamos en no leve peligro, siendo el
mayor que tan atrevido golpe como el que acabábamos de dar llevaba
trazas de ser golpe en vago. La regencia no encontraba desobediencia,
pero tampoco obediencia, haciendo la inercia lo que podría haber
hecho la resistencia más viva. Poco se adelantaba en la disposición
del viaje. Se escondían aquellos a quienes tocaba recibir o ejecutar
órdenes. Tardó tiempo en encontrarse un general[86] que mandase las
tropas que habían de ir escoltando y guardando al Rey, a la par que
monarca, preso.

        [86] Un general se disculpó de admitir el desabrido encargo
        alegando que no tenía faja, porque había enviado fuera su
        equipaje.

Hasta la guardia del Congreso desamparó casi toda su puesto, yéndose
a sus casas, o a disponerse a acompañarnos a Cádiz los milicianos
nacionales de Sevilla que la formaban, hasta el punto de quedar casi
solas las pocas centinelas. Si no hubieren sido cobardísimos los
realistas sevillanos, con suma facilidad nos habrían disuelto, y preso
o muerto, pero esperaron al día siguiente para dar prueba de su número,
de su previo concierto y de su furia; prueba que se desahogó en robar,
en saquear equipajes, y en dar de palos a constitucionales de poca
monta, entre ellos a los dependientes del Congreso.

Adelantada la tarde del 12, llegó a creerse que el Rey no se
pondría en camino. Hubo entonces proyectos extremados de hacerle
salir violentamente. Por fortuna, al ponerse el sol, cuando varios
desesperaban de ver terminado aquel conflicto en paz y en orden, se
supo que Fernando estaba fuera de las puertas de Sevilla, con su
familia y séquito de viaje.

Entonces se levantó la sesión fríamente.

Por la noche hubo orden de iluminar la ciudad, y, lo que bien podía
temerse que no sucediese, la orden fue puntual y aun escrupulosamente
obedecida. Ardían hachas en todos los balcones y ventanas, y a una
claridad como la del día acompañaba una suma soledad en las calles;
cabizbajos, afanados o inquietos los pocos que por ellas transitaban;
extrañísimo contraste el de las luminarias, siempre señal de bullicio
y alegría, con una situación de terror y pena de que daba muestra el
melancólico silencio.

En la misma noche nos embarcamos los diputados en el barco de vapor que
por entonces solo iba a Sanlúcar de Barrameda. Lo que después ocurrió
está ya fuera del argumento del presente artículo.

Bien será con todo añadir una circunstancia. Recelábase que al llegar
Fernando VII a la isla gaditana, dueño ya otra vez del poder, se
resistiese a encargase de él, protestando así contra la violencia de
que había sido víctima. Había, por lo mismo, dudas sobre qué habría de
hacerse para proveer al gobierno del Estado. Pero aquel Rey, a menudo
singular en sus actos y modos, al decirle el presidente de la regencia
interina que, nombrada esta solo para el acto de la traslación del
gobierno a Cádiz, había cesado en su cargo, y entregaba el gobierno a
sus reales manos, solo dijo prestándose a reinar y gobernar como antes:
«_Pues qué, ¿no estoy ya loco?_». Nada respondió, ni podía responder el
presidente, quien se contentó con hacer una demostración de respeto,
y pasó S. M. a ejercer sus facultades y prerrogativa, según la
Constitución, en Cádiz del modo y para los fines que mostraron sucesos
posteriores.

Tales incidentes trajeron y acompañaron el célebre acto de las Cortes
en Sevilla, en que fue suspenso un rey, como podía haberlo sido el
último empleado.

La historia le ha juzgado, y casi con unanimidad, desfavorablemente.

El pobre individuo que esto escribe tiene, con todo, el atrevimiento de
creer tal fallo injusto. Dispuesto y aun acostumbrado a arrepentirse de
muchas acciones de su vida política, y siendo apóstata confeso, como
es, si bien no en el grado que suponen quienes le han pintado como
sedicioso tribuno, de lo que hizo en Sevilla en el día 11 de junio, no
está arrepentido.

Esto no es decir que aquel acto de las Cortes fue bueno. Ninguno podía
serlo en aquellas circunstancias. Fue acaso del mal el menos; pero
el menos era ya mucho, cuando la elección había de ser de uno entre
varios gravísimos males. Pensar que habría muerto pacíficamente la
Constitución en Sevilla, como vino a morir poco después en Cádiz, es un
desatino en que solo pueden creer quienes no vieron o no se representan
bien la situación de las cosas y de los ánimos, en la hora en que el
Rey provocó a las Cortes y a todos los constitucionales, intimándolos
rendirse a discreción dentro de un brevísimo plazo. De seguro la
contrarrevolución en Sevilla habría sido desordenada y sangrienta.

Pero esta es disputa larga, y a que, solo de paso, ha sido casi forzoso
aludir en este breve escrito. Lo que en él se ha pretendido es pintar
el suceso de Sevilla, en la parte en que los documentos de oficio ni le
pintan ni pueden pintarle.




XIV.

DOS VIAJES QUE NO SE PARECEN EL UNO AL OTRO.


Los lectores que tengan paciencia para leer lo que sale a luz
procedente de mi pobre cabeza, tal vez van a ser puestos a dura prueba
leyendo en los renglones que siguen cosas que solo tocan a mi persona.
Pero, al cabo, la persona de un viejo tiene la particularidad de ser
imagen de tiempos pasados: en un hombre que en su larga vida física
y política ha hecho un papel superior a su valor, y más señalado por
reveses que por triunfos, y por censuras que por alabanzas, despierta
la curiosidad la relación de lo ocurrido en sus primeros años; y los
sucesos de una vida se enlazan con las costumbres de los tiempos en que
pasaron. Si he de decir verdad, aunque parezca blasfemia y tal vez lo
sea, la fama de la elocuencia de Néstor está fundada en gran parte en
que hablaba como viejo, y sacaba a plaza las cosas de sus mocedades.
No soy yo un Néstor, por cierto; pero me parezco a él en la edad, y
en referirme a antiguallas, y por esto reclamo, no en todo, pero sí
en parte, la indulgencia que con él han tenido lectores de todas las
edades.

En año de 1802 se casó por la vez primera el entonces príncipe de
Asturias, que después reinó con tan varia fortuna llamándose Fernando
VII, con una princesa de Nápoles. Fue destinada a traer a España la
real novia desde la capital del reino de las Dos Sicilias una división,
que hoy sería escuadra, compuesta de tres navíos, el _Príncipe de
Asturias_, de 120 cañones; el _Bahama_, de 74, y el _Guerrero_, del
mismo porte; de dos fragatas, la _Sabina_ y la _Atocha_ de 36 y 40,
y de un buque menor. Mandaba mi padre el _Bahama_, cuyas tablas de
hermoso cedro, que fueron admiración de los napolitanos, le tocó
tres años después manchar con su sangre, cuando en Trafalgar perdió
gloriosamente la vida. Quiso entonces el ilustre marino de quien me
glorío de ser hijo, llevarme consigo, no para acostumbrarme a la vida
de marino, pues al revés, no quería que siguiese yo su carrera, no
obstante saber de mí que tenía afición loca al cuerpo de la Armada y a
las cosas de la mar, sino para contribuir a lo que se llama formarse
viendo el mundo. Contaba yo a la sazón trece años de edad, vestía el
uniforme de cadete de Reales Guardias Españolas desde los siete años,
y había empezado a ser cadete efectivo a los doce, pero vivía en mi
casa con real licencia hacía un año. Fuimos en aquella expedición dos
individuos pertenecientes al ejército, pero de diferentes grados,
que el uno era mariscal de campo y yo cadete, siendo el primero don
Francisco Solano, de quien más de una vez he hecho mención en los
recuerdos de mi juventud, y al cual tocó representar distinguido papel
en el teatro de nuestros sucesos políticos, papel trágico al fin para
él, pero propio para realzar su memoria, por la no común fortaleza con
que llevó la muerte violenta de que fue víctima.

Zarpamos de Cádiz en los días primeros de junio de 1802, yendo con
nosotros el navío _Reina Luisa_, de 120 cañones, destinado a ir
Livorno para traer a España a la entonces reina de Escocia, hija
querida de la reina María Luisa, cuyo destino fue tan desgraciado,
que hasta de compasión vino a ser indigna; blanco del odio de los
españoles, y habiendo pasado, destronada y desterrada, a figurar como
principal acusada en un proceso criminal por estafa ante los tribunales
franceses. En el Estrecho, un abordaje del _Bahama_ con el _Príncipe_
estuvo a pique de acabar con ambos navíos, siendo casi milagroso que
escapasen solo rozándose por los costados, y haciéndose una ligera
avería. Después pasamos a ponernos a la vista de Argel, con el objeto
de ajustar diferencias pendientes con el Dey. De allí fue comisionado
nuestro navío con solo la fragata _Sabina_ a pasar a Túnez, con igual
objeto. Tres días pasamos en el último puerto fondeados, pero sin ir
a tierra, para evitar cuarentenas a nuestra vuelta, que había de ser
al puerto de Cartagena de Levante.[87] Séame lícito decir que era yo
instruido para mi edad, y que la vista de la Goleta y los lugares
inmediatos, teatro de antiguas glorias, seguidas de reveses, hizo
grande efecto en mi ánimo casi de niño.

        [87] Así se decía entonces para distinguir la otra Cartagena
        que era española, y a la cual se daba el nombre de Cartagena de
        Indias.

Llegados a Cartagena, y habiendo pasado allí más de un mes, salimos
para Nápoles, entrado agosto. La navegación fue larga, porque sopló
con frecuencia el Levante. Llegó al cabo el ansiado día de avistar a
la famosa Nápoles, y entramos en su puerto con ostentación y ufanía,
porque la España de entonces, aunque decaída hasta lo sumo, todavía era
considerada como potencia poderosa por los napolitanos.

Navegaba nuestra escuadra con viento favorable y bonancible; en el
centro el navío general, a los dos costados de este, de modo que los
baupreses hiciesen línea con las aletas de babor y estribor al buque
del centro,[88] el _Bahama_ y el _Guerrero_: algo más atrás las
fragatas.

        [88] Esta situación de los buques me recuerda una que puede
        llamarse rareza de mi digno padre, pero rareza loable
        atendiendo a su origen. Había dado orden el general de navegar
        en el orden que dice el texto. Era vanidad de mi padre,
        justificada por sus navegaciones atrevidas y felices, ser
        marinero a la par que astrónomo, desvaneciendo la preocupación
        que suponía ser los oficiales apellidados científicos no
        de los más hábiles navegantes. Puso pues, grande empeño en
        llevar su navío durante la travesía como clavado en el punto
        que le estaba señalado, y lo consiguió, aunque era difícil, y
        el lograrlo causó mucha molestia a los oficiales de guardia.
        No pudo hacer lo mismo el _Guerrero_ por el otro costado del
        general. Bien es verdad que en lo velero le aventajaba mucho el
        _Bahama_.

Embargaba los ánimos el hermoso espectáculo; el Vesubio,
aunque sin lanzar fuego entonces, con sus tostadas cumbres y sus
bellísimas verdes faldas; al otro lado la ciudad en lindo anfiteatro,
dominándola el castillo de San Telmo; en los contornos amenos campos,
y a nuestra espalda las islas que ciernen una parte del que más que
puerto es golfo; despejado el cielo, templado el aire, azules las
ondas, como son las del Mediterráneo; y en medio de todo, surcando
pausada y majestuosamente las apenas agitadas aguas, los buques de
guerra en son de fiesta, ondeando al viento las banderas y gallardetes.
Entretanto, tronaban a la par los cañones de tierra y de mar,
destinados igualmente a ser instrumentos de destrucción y muerte, o
pregoneros de alegría.

Fuimos, como era de presumir, sumamente obsequiados en la corte
napolitana los españoles. Todo era convites, bailes, festejos. Entre
la lava que rodea a Pórtici, sin quitarle ser mansión deleitosísima,
y en la residencia que allí tenía el Rey, nos dio la corte una linda
fiesta. Acertó a tronar aquella noche, y repetido el retumbar de los
truenos por el eco hasta en las cavernas del vecino Vesubio, daba al
baile singular carácter. Era aquella, por cierto, fiesta napolitana,
porque se bailaba sobre un volcán verdadero en las inmediaciones de la
verdadera Nápoles.

No pudimos detenernos mucho en aquellos lugares. Nos aguardaba
impaciente la corte de España en Barcelona, a donde se había trasladado.

En el navío general iba la infanta de Nápoles destinada a ser princesa
de Asturias. Pero no había en él cabida para toda su comitiva, y se
dispuso que una parte de ella fuese en el _Bahama_. Mi padre, generoso
por demás, y a la sazón medianamente rico, en vez de sentir que le
hubiese tocado esta suerte de que escapó el navío _Guerrero_, y que
solo le traía gastos crecidos, aprovechó la ocasión de acreditarse de
hombre garboso y de gusto. Hasta convidó a hacer el viaje en su navío a
varias personas, mas todas ellas de distinción, las cuales aceptaron el
convite.

No se conocían aún, entonces, a bordo de un buque los regalos y
comodidades que hoy se han hecho comunes, gracias a los progresos de
las ciencias acomodados a la civilización moderna. Pero así y todo,
puede afirmarse que aun para el día presente habría sido señalado aquel
viaje por los placeres de que pudo gozarse en la navegación: para
entonces fue extraordinario. Un buen cocinero francés nos tenía una
exquisita mesa, para la cual hubo esmero y lujo en escoger las primeras
materias, y un buen acopio de nieve consintió que se sirviesen con
frecuencia en alta mar, no solo al fin de la comida, sino en las horas
del calor, quesitos helados, obra de un excelente repostero napolitano
que tomó mi padre a su servicio. No era menos notable la colección de
vinos, entre los cuales lucía el Jerez amontillado, hoy común, entonces
con el mérito de ser sobre exquisito, de invención moderna. La sociedad
era excelente; reinaban en el _Bahama_ el buen humor, y aun la alegría.
Entre los pasajeros había una señora siciliana, muy buena cantora, que
recreaba a la sociedad acompañándose con la guitarra (pues piano aun no
era uso llevar a bordo). Entre otras piezas sobresalía una a la sazón
famosa (según creo de Paisiello), cuya letra es:

      Nel cor più non mi sento
    Brillar la gioventù

y cuyo final es:

      Pietà, pietà, pietà
    L’amore è un certo che
    Che delirar mi fa,

dulcísima melodía que hoy han condenado al olvido las armonías noveles
y aun otras melodías más vivas. No faltaba en la concurrencia el
atractivo de la belleza, porque venía con nosotros una de las más
celebradas beldades de España, la Matilde Gálvez, nacida en nuestro
suelo, pero precisada a residir en Italia por haberse casado con el
coronel napolitano Minuolo, de distinguida familia. Me acuerdo de que,
como toda mujer hermosa, gustaba de ganarse adoraciones, y que con
sus bellísimos ojos, bien manejados, daba placer y tormento a varios
de sus compañeros de navegación. En mí, con mis once años, nada podía
producir, pero sentía gusto en verla, y en que, como solía, me hiciese
fiestas como a un chiquillo. El tiempo parecía como que se había
convenido en que aquella travesía todo fuese placer puro, porque el
viento nos fue constantemente favorable, y siempre flojo, por lo cual
navegábamos, si no con grande velocidad, con mediana, y con la mar
serena. Un día apareció por entre nuestra escuadra un buque de guerra
inglés de poco porte. Largó su bandera y nosotros las nuestras, y en
el tope del palo mayor del navío general apareció el estandarte real,
por entonces rara vez visto a bordo, que fue al momento saludado,
correspondiendo con sus saludos el buque extranjero.

Al séptimo día de nuestra salida de Nápoles, llegamos a Barcelona, cuyo
brillo entonces nos la hizo parecer poco inferior a la capital de las
Dos Sicilias. Desplegaba allí en aquella ocasión nuestra corte su lujo,
tal cual era entonces, suspendida la tristeza que por lo común en ella
reinaba. Esmerábanse en obsequiarla los catalanes con procesiones de
máscaras y demás clases de fiestas por que se distinguen. Juntose allí
con nuestra corte la de Etruria, venida a tomar parte en los festejos.
Entretanto, la mesa del _Bahama_ se distinguía aun entre las de la
corte, y nunca volvía mi padre de tierra a comer sin traer consigo
algunos convidados.[89]

        [89] Quiero contar un incidente de poca monta y ridículo,
        ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como
        pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi
        padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en
        otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho,
        entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el
        uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes.
        Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado
        en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en
        los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo
        de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy
        de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta
        sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al
        chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla
        de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con
        hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media
        taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno
        con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente.
        Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la
        espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de
        pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general,
        que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras
        estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy
        lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa
        presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió
        afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y,
        se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de
        súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo
        el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi
        a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso
        el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela
        por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores,
        pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la
        fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían.
        Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «_Galiano_ (le
        dijo), _no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no
        sea que haya un disgusto_». Tuve, pues, que salir de palacio,
        sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y
        no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y
        saber, daba importancia a tales menudencias.

        Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y
        el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la
        extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado
        de su Soberano tal sacrificio.

Hubimos en breve de regresar a Nápoles, porque habíamos de llevar allí
a nuestra infanta doña Isabel a celebrar su matrimonio con el príncipe
heredero de la corona napolitana; enlace del cual fue uno de los
frutos la señora doña María Cristina de Borbón, tan célebre en nuestra
historia contemporánea, objeto de tan altos y tan merecidos aplausos,
y hoy... En este lugar, sobre tal punto, es lo mejor el silencio; pero
sea permitido a quien se gloría de su adhesión a tan ilustre señora,
derramar sobre esta página una lágrima que se agregue a las que en
este momento está ella derramando por la muerte de la cuarta víctima
que entre sus hijos ha hecho la muerte, arrebatándole todos en lo más
florido de sus años.

Nuestro viaje de vuelta a Nápoles igualó al primero, en lo breve, en lo
cómodo, en lo regalado, pero no en lo alegre. Faltaban algunos de los
del viaje a Barcelona, y además, las segundas partes, que con rarísima
excepción no son buenas en los libros, suelen no serlo en la vida. Es
calidad del placer la de durar poco.

Largos años habían pasado desde el viaje que acabo de conmemorar
hasta otro de que voy a hablar ahora. Y bien pensado, no habían sido
tantos, pues no habían pasado de veintiuno, pero ¡cuán llenos de
sucesos! Mediaban entre ambas épocas la guerra de la Independencia y
la revolución de 1820. El cadete de guardias de 1802 no había seguido
la carrera militar. Había sido diplomático, pero más que otra cosa,
político revolucionario. Era en 1823, yendo a terminar aquel año
funesto. Acababa de ser diputado a Cortes. ¡Diputado a Cortes! ¿Quién
podía haber dicho en Barcelona en 1802 que había de haber diputados a
Cortes en España de allí a ocho años, y de volver a haberlos de allí a
dieciocho? ¿Quién, que el muchacho que admiraba la corte de Carlos IV,
había de tener la desdicha de verse obligado a proponer la suspensión
del ejercicio de la autoridad Real en su hijo?

Y, sin embargo, en 1823, la monarquía de Carlos IV había resucitado de
derecho, pero de hecho no. Había en su lugar otra, quizá más absoluta,
pero no la misma. Un gobierno no es todo en una nación, y el de más
ilimitado poder tiene en buena parte que ser lo que los pueblos a
él sujetos. Pero, fuese como fuese, el Gobierno de Fernando VII en
1823 tenía que vengarse de agravios grandes, aunque provocados, y era
natural que estuviese yo señalado como uno de los principales objetos
de su resentimiento y odio.

Fui, pues, proscrito, y me libertó de la muerte la fuga. La plaza
de Gibraltar vino a ser mi primer puerto de salvamento. Pero allí
no era posible permanecer, pues ni tenía yo recursos para vivir,
ni el gobierno inglés consentía la estancia de los enemigos del
gobierno español en un lugar que, si bien con mengua nuestra de dueño
extranjero, es por su situación parte de España.

Nos vimos forzados a desocupar a Gibraltar y trasladarnos a Inglaterra.
Pero era dificultad, y no leve, que poquísimos entre nosotros teníamos
con que costear el viaje. A mí, que en mis primeros años pasaba hasta
por rico, y era en verdad hombre acomodado, reveses pecuniarios
considerables, y también mi imprudencia en gastar alegremente en mi
juventud, nada había quedado de lo heredado de mi padre, más que un
crédito crecido, cantidad muy difícil de cobrar, y que vino a ser
incobrable. Es elogio que no niegan nuestros enemigos a los hombres de
aquella época, que salieron de los más altos destinos con las manos
puras. Así es que en octubre y noviembre de 1823 estaba llena la plaza
de Gibraltar de personajes de alta categoría como empleados, que eran
verdaderos indigentes, y como allí no había medios de ganar la vida, y
menos de contar con la suma necesaria para pagar un pasaje a país algo
distante, solo de la caridad podíamos esperar alivio.

La caridad no nos faltó. Declamen enhorabuena contra los ingleses
muchos de nuestros compatricios; los más de ellos, sin conocerlo, ecos
de las pasiones francesas: lo cierto es que en caridad ningún pueblo
aventaja ni aun iguala al británico, y de ello buenas pruebas hemos
tenido no pocos españoles.

Pero la caridad tiene sus límites, y su oficio es socorrer la
necesidad, y no suministrar al lujo y ni aun siquiera al regalo.
Además, los ingleses son en tal punto caritativos, pero severos.
En Gibraltar no era posible hacer distinción de personas entre los
necesitados. Otra cosa fue en Inglaterra, y de esto se dio buena prueba
conmigo, que recibí favores de los cuales conservo agradecido recuerdo.
No extraño que en Gibraltar fuese yo medido por el rasero común, por el
cual pasaron personas distinguidas, a la par con otras que en la esfera
social eran muy poco.

Una suscripción dio medios para fletar un buque. Era este un bergantín
de poco porte, cuyo nombre era _El Orbe_, y que no llegaba a medir
doscientas toneladas inglesas. En él nos fue destinado para nuestra
habitación el entrepuente. Pusiéronse en él camas, cada una para tres
personas. Destinósenos para alimento carne salada y galleta, con un
barril de ron. Así nos amontonamos hasta creo unas cuarenta o cincuenta
personas, en muy reducido espacio. Era en diciembre, y el tiempo fue
como de la estación, y aun peor quizá que lo ordinario. Al tercer día
era la mar muy recia, y rompía en el barco. No estaba el entrepuente
preparado para pasajeros, y recibiendo nuestra habitación la luz por
arriba, no había, como hay en las cámaras, cubierta con vidrios que
poner, a fin de evitar que los golpes de mar entren con gran peligro
del barco, que podría llenarse de agua. Así, nos pusieron una cubierta
de madera que clavaron, y nos dejaron a oscuras en estrecho encierro.
Como salir era imposible para socorrer necesidades indispensables,
sobre todo de las menores, pusieron en medio del entrepuente dos
enormes cubos o tinas. A poco, los recios balances hacían salir el
asqueroso contenido de las cubas ya llenas, y le siguió una hediondez
insufrible. A ello había que agregar los no menos sucios productos
del mareo. Se inficionó el aire. En suma, tal vino a ser nuestra
situación, que dando recios golpes, comenzamos a pedir socorro. Se
apiadaron de nosotros el capitán y dos ingleses pasajeros de cámara que
con él iban, y derribando dos tablas pusieron en comunicación nuestro
entrepuente con la cámara y con la escalera que subía a la cubierta,
con lo cual nuestra situación, sin dejar de ser demasiado crítica,
se hizo tolerable, pues podíamos salir del encierro y subir al aire
libre, y aun recibíamos alguna ventilación de lado por la puerta recién
abierta. Por mi conocimiento del idioma inglés, el capitán quiso darme
entrada en su cámara, y aun asiento en su mesa, pero solo una vez
acepté por no parecer grosero. En tanto, sucediéndose el mal tiempo y
arreciando la borrasca, apenas permitía salir del lugar que, si ya no
encierro, era horrorosa vivienda. Una noche derribó un golpe de mar
lo que se llama obra muerta, que es como el pretil del buque, y se
llevó consigo para anegarlos a un pobre perro y a algunas gallinas que
traía el capitán para sí y los pasajeros de cámara. Hízose por esto
difícil a los pasajeros caminar por tablas cubiertas de agua, sujetas
a violentos vaivenes, y con uno como precipicio al lado. La mala
comida fue empeorando con el tiempo, y a estómagos no acostumbrados a
ella se hizo casi insufrible. Fortuna fue que los vientos furiosos
soplasen favorables, de suerte que a los quince días de nuestra salida
de Gibraltar avistamos las costas de Inglaterra. En prueba de que no
hay ponderación en este relato de nuestras miserias, no está de más
decir que nuestro barco corrió con el apodo del _barco negrero_, por
juzgársele parecido a aquellos en que van encerrados los infelices
africanos destinados a servir como esclavos en los puntos de América
donde subsiste la esclavitud, para afrenta de la civilización, digan
cuanto quieran sus defensores.

Bien es de suponer que en este viaje últimamente descrito hube yo de
acordarme del otro pasado en días más felices. Algunas navegaciones
había yo hecho entre las dos, y no era la vez primera que atravesaba
los mares que separan a Inglaterra de España; pero mis pasajes no se
habían señalado ni por el extremo de lo bueno, ni por el de lo malo.
Las incomodidades horrorosas trajeron a la memoria el placer antiguo.
Cuarenta años y meses van pasados después, y el contenido de los dos
viajes está fijo en mi mente. Además, los miro como ejemplos de las
grandes vueltas de mi fortuna. Esta importa poco a mis lectores, pero
quizá pueda servir de aviso a los que se aventuran en la carrera de las
revoluciones, a lo menos para que sepan que si en ella se encuentran
bienes, se encuentran comprados a precio subido. Pero me arrepiento de
esta sentencia al momento de haberla dicho, porque las revoluciones
son hembras caprichosas, y hay quien logra sus favores sin hacer mucho
gasto de ingenio o de padecimientos para adquirirlos.




XV.

RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.


La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del
peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la
tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a
tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con
un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun
cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de
una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo
corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y
juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba
como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los
últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun
fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales
llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los
vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de
gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino
o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y de amor
entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de
religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración
de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo,
hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los
de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de
Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por
Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca
francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de
poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los
fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después
de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo
inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder
absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de
ella hiciese residencia en Francia.

De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy
leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable
con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795,
o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.

En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las
ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen
hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones
respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan
para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron
de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello
variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña
visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria
y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia
los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más reñida
y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los
hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que
siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento,
contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun
cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.

De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los
cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano
suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países
encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria
en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y
vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en
el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión,
si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe
estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado,
una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras,
adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido
o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y
de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el
movimiento de los mundos.

Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes
a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos
en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron
a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la
española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas
acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya
relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían
más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos,
parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y
crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de
traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados
llegaron a causar hasta asesinatos.

Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos
errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común
en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos
en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de
actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos
el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron,
con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la
corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en
el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien
sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado
de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a
ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo
no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al
cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una
circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos
criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio
pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones
de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia
maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el
público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás
de que es capaz el linaje humano.

Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el
gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra,
fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor
extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes,
pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la
nación que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado
con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y
a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de
satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés;
venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y
el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía
causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de
la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los
demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente
recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que
los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra
el tremendo y temido poder de Napoleón _Buonaparte_.[90]

        [90] De intento va escrito con _u_ antes de la _o_ el apellido
        de Napoleón, porque se va hablando de sus acérrimos enemigos
        que así le llamaban, sin que haya datos para resolver por qué
        razón era mirada esta intercalación de la _u_ como una ofensa
        por los que tenían intención de hacerla, y por los que la
        recibían con enojo. Los realistas más violentos de Francia
        Buonaparte le decían, y con solo leer el apellido así escrito
        estaba declarado ser el escritor contrario por extremo del
        emperador caído. Otro tanto hacían los Tories ingleses, y el
        periódico _Quarterly Review_, señalado por su odio acerbo al
        grande emperador, así le llama aún hoy mismo, cuando, olvidadas
        antiguas pasiones, es de Napoleón III parcial más que otra
        cosa. Walter Scott, aunque tory, en su _Vida de Napoleón_, que
        a pesar de su corto valor tuvo alguna celebridad más de treinta
        años ha, blasona de su imparcialidad por preferir llamarle
        sin la odiosa o sospechosa _u_, Bonaparte. Y con todo, en sus
        primeros años, cuando no era conocido su nombre de pila, y sí
        solo su apellido, Buonaparte le llamaban hasta en impresos
        algunos de sus admiradores. Un dichete italiano que corrió en
        boca de muchos era _i tutti i francesi sono ladri_. ¿Son todos
        los franceses ladrones? A lo cual era la respuesta: «non tutti
        ma Buonaparte». Todos no, pero sí una buena parte. Verdad es
        que esto salía de injusto enemigo, pero no habría jugado así
        con el vocablo quien no llamase Buonaparte al vencedor de
        Italia.

Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída Constitución, pero habían
sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta,
y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque
la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa,
ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían
con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa
que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí
acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de
desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y
hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí
más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar
en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que
no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos
hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular,
más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en
nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo
menoscabo.

Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de
España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra
los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las
Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose
locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión
francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo
y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a
sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como
a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un
general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la
defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional,
y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en
los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la
guerra contra Napoleón, y aun en las horas en que la causa de la
independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura
era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias
anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo
que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura
negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a
Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante
de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra
extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en
el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan
contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el
general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto
al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a
la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa
constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes,
había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no
personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego,
hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo
admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre
por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del
general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular
provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés
personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto
el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él,
si no el único, el mayor de sus defectos.

        [91] Esta pobre señora murió a poco de su llegada a Londres.

Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a
Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la
caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si
algunos tenían bienes, no podían recibir auxilios, o los recibían
mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban
o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no
respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala
fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que
vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados
civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del
partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en
él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las
necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones
de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto
a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por
medio de cuantiosas suscripciones.

Pero se hacía necesario calificar los méritos de los refugiados para
que no viniese a disfrutar de los beneficios de tales gente perdida
(como en parte suele suceder y, aun en cierto aunque en corto grado,
sucedió entre nosotros), y para que en los auxilios dados hubiese una
regla de proporción, recibiendo más quien más había perdido en su
patria, no siendo posible igualar a un exministro con un exmiliciano
nacional, al cual algunos actos particulares, o su propia voluntad,
hija de excesivo temor, o de idea de su superior importancia, había
lanzado con sus superiores al destierro. Esta calificación mal podían
hacerla los ingleses. Discurriose, pues, crear una comisión de
españoles que sirviese para el intento. Mi conocimiento del idioma
inglés, adquirido en mis primeros años, y aumentado con el estudio y
con una corta residencia anterior en Inglaterra cuando servía en la
carrera diplomática, llevó a mis compañeros a incluirme en comisión
tan desabrida, de la que hube de escapar en breve, pero para volver
a entrar en otra de la misma clase. A pesar de mi buena memoria, no
me acuerdo de por quiénes o cómo fue hecha la elección, aunque no
hubo de serlo con mucha regularidad, pero, tal cual fue, satisfizo.
Como era natural, salió elegido por cabeza o presidente de la
comisión el general Mina, bajo cuya bandera parecía que estaban los
fugitivos alistados. Fuimos los demás elegidos a ver al que había
de presidirnos, manifestando con este paso la superioridad que en
él era uso por entonces reconocer, aunque a muchos ya desabrida por
varias y muy diferentes razones. No era yo de los contrarios a Mina, a
quien ni siquiera conocía de vista; pero, cediendo a un fatuo orgullo
que conozco ser uno de mis capitales defectos, por lo mismo que le
veía tan ensalzado y adulado, no quería tributarle obsequios, y ni
me había presentado a él hasta entonces, ni al ir a verle con mis
compañeros me puse delante para ser notado, sino que al revés, medio
ocultándome detrás de los otros, logré que en mí en aquel momento
nadie reparase. La figura de Mina de ningún modo correspondió a la
idea que de él me tenía yo formada, lo cual a menudo sucede tratándose
de personas conocidas por su mucha buena o mala fama. Tenía el famoso
exguerrillero una presencia en nada notable, no siendo ni muy bien ni
muy mal parecido, con nada de guerrero ni de feroz en su fisonomía,
pues antes parecía un buen hombre de la clase inferior entre la media.
El trato con gente principal no había afinado mucho sus modales[92]
ni corregido su lenguaje, que seguía siendo el de un campesino
navarro, y más tosco que de lo que de su presencia debía esperarse.

        [92] Algo los afinó, sin embargo, la compañía de su señora,
        con quien acababa entonces de casarse, y cuya educación era
        esmerada, así como modales en alto grado finos.

Pero lo que en él desde luego asomaba era la cautela, hija de la
clase de vida que se había visto obligado a seguir en sus campañas de
guerrillero, y que él acertó a aplicar a sus hechos y dichos como
político, de suerte que el diplomático más avisado no podía excederle
en cuanto a hacer, como cuentan decía Talleyrand, uso de la palabra
para ocultar sus pensamientos. De esto dio desde luego una prueba en
la corta conferencia de que voy ahora aquí hablando. Llevó la voz, en
nombre de la comisión que iba a reconocerle por presidente, el famoso
eclesiástico y escritor, exdiputado de las Cortes extraordinarias de
1812 y de las ordinarias de 1820, don Joaquín Lorenzo Villanueva.
Este varón erudito, contra la general esperanza, entrando en las
Cortes primeras de la isla de León con apariencias de antirreformista,
se había pronto señalado como de los primeros campeones del bando
apellidado liberal, y granjeádose el odio acerbo del bando opuesto,
por lo cual, en la persecución padecida por los liberales en 1814,
había salido de los peor librados. Si bien sustentaba Villanueva con
tesón y aun con ardor las doctrinas con poco motivo aunque generalmente
calificadas de jansenistas en la parte de resistencia a los principios
conocidos por ultramontanos, o favorables a la mayor extensión de la
potestad pontificia, en sus modos excesivamente suaves representaba lo
que la preocupación vulgar tiene por propio de un jesuita consumado.
Solía clavar los ojos en el cielo cuando hablaba, e inclinando también
un tanto la cabeza parecía como que trataba de reducir a menos su
alta estatura. Siendo escritor notable por la pureza de su dicción
castellana y por lo correcto de su estilo, si bien difuso y pesado y
de corto juicio, en sus discursos dejaba ver bastante de la calidad de
sus escritos.[93]

        [93] No ha mucho ha salido a luz una obra póstuma de este
        autor, titulada _Viaje a las Cortes_, por don Joaquín
        Lorenzo Villanueva, trabajo cuya publicación es de aquellas
        imprudencias que suele cometer un amor vivo y respetuoso, pero
        ciego, a la memoria de un difunto. En verdad la tal obrilla no
        solo rebaja, y no poco, el mérito del autor, y en este el del
        hombre, por más de un título, sino que bien meditada apoca y
        aun humilla el concepto de las Cortes de 1810, pintando con
        fidelidad prolija muchos de sus yerros y flaquezas. Muchas
        citas podrían hacerse en abono de la censura severa, pero justa
        y acaso oportuna, que acaba aquí de hacerse de tan pobre y mal
        pensado libro.

Nunca tanto cuanto en la ocasión a que la narración presente se
refiere, pudo manifestar estas singularidades de sus modos el buen
padre Villanueva, que empezó a hablar al general dándole altas
alabanzas en aliñadas frases y rotundos períodos, que si habrían
sentado bien en un discurso pronunciado en las Cortes, y mejor todavía
en uno académico, aun en tales lugares podrían haber sido tachados de
un tanto de afectación ciceroniana. Mina, a quien no acomodaba ser
de la comisión, porque el serlo le habría acarreado, sobre molestia,
algunos compromisos que él deseaba excusarse, respondió a su elogiador,
que trataba a la par de ensalzarle y de persuadirle, expresando su
resistencia a aceptar el cargo que se le confería, pero procurando
dar a su resistencia el mejor color posible. «Yo...», decía, «sí, por
mis compañeros quiero hacer mucho, pero... eso de comisión, yo...,
no conviene, y... pues no hay cuidiao..., yo siempre..., pero de ese
modo no..., porque yo acá me lo entiendo y..., y siempre haré por
todos..., no así, pues porque no me parece lo mejor», y por este estilo
seguía con palabras sueltas, cuyo sentido apenas podía comprenderse,
ni deseaba, por otra parte, quien las decía fuesen muy comprendidas,
salvo en cuanto a que no quería ser de la comisión, ni en clase
de presidente, ni como mera parte de ella. Insistió Villanueva en
convencer o persuadir al general, y se entabló una como discusión entre
los que se expresaban en tan diferente estilo, la cual vino a parar en
nada, si nada era no contar con Mina. Asistí yo silencioso espectador
a tal escena, en que encontré algo de diversión, y de que saqué algún
conocimiento de Mina, bien que escaso. Esto aparte, no quedé resentido
de la conducta del general, como quedaron otros, siendo la ocasión
que acabo ahora aquí de referir motivo, y más que motivo pretexto,
de los primeros descontentos que excitó contra sí Mina; descontentos
hijos de pasiones y del interés, así como del desvanecimiento de locas
ilusiones, no sin tener él grave culpa de las enemistades que se
granjeó, pues, poco franco de suyo, alimentaba en otros esperanzas que
él no tenía; esperanzas cuya falta de cumplimiento causaba a la par con
dolor enojo, y recaía sobre quien las había fomentado.

A la llegada de la primera inundación de emigrados, que coincidió con
los últimos días del año para España infausto de 1823, solo pensaron
por lo pronto los fugitivos en su desvalida situación, y en acomodarse
a vivir con lo que la caridad británica les daba, no corta cantidad
para socorro cuando habían de ser muchos los socorridos, y tampoco
grande para personas que solían vivir con tal cual desahogo. Pero si
los partidos que en su patria los dividían no aparecieron vivos en el
lugar del destierro, no estaban muertos, y tenía cada cual su bandera
recogida, mas no abandonada. Bien es cierto que, andando el tiempo,
asomaron, y se manifestaron y crecieron, no sin furor y encono, las
anteriores discordias, y hubo continuas deserciones de uno a otro
bando, en las cuales iba de continuo perdiendo el que tenía por cabeza
a Mina.

Sabido es que la mutua enemistad de dos sociedades secretas había sido
causa de grandes inquietudes en los últimos meses de 1822 y primeros
de 1823, así en Madrid como en las provincias. De ellas, la de los
comuneros, la más extremada en doctrinas, no había llegado a apoderarse
del Gobierno, que sin cesar codició, y con toda clase de medios buscó,
teniendo que contentarse con hacer el mando desabrido, peligroso y
casi imposible a su rival, cuyo acierto, por otra parte, no había
sido mucho. Cuando ya amenazaba ruina el edificio de la Constitución,
o, digamos, de la revolución, los comuneros se habían dividido,
viniéndose de ellos las personas de más nota, y especialmente casi
todos los diputados de su gremio, a unir con los prohombres de la
sociedad enemiga, quedándose algunos de menos valer por su talento,
ciencia o reputación, pero de los más osados o extremados, en su campo
antiguo, y siguiendo a estos últimos casi toda la hueste. El general
Ballesteros, cabeza de la sociedad de hecho, aunque no por su título,
aparecía dudoso, pero más allegado a los de superior moderación. El
general Torrijos, quizá segundo en importancia entre ellos, atento a
su obligación de soldado en la campaña, se había alejado de las lides
políticas, salvo en punto a defender la Constitución contra la invasión
extranjera. Comenzada la guerra, Ballesteros en una capitulación había
entregado su ejército, y con él la causa constitucional y de su patria,
a los invasores. Torrijos se había mantenido fiel hasta la última
hora, y, libre y restablecido ya el Rey en su trono, había celebrado
una verdadera capitulación militar con los franceses, y puesto en
salvo su persona sin menoscabo de su obligación o de su honor; hecho
lo cual se vino a Inglaterra, donde llegó ya bien entrado el año de
1824. Su nombre, poco o nada conocido hasta entonces de los ingleses,
apenas sonó en la hora de su llegada, pero entre los españoles trajo
a los comuneros uno de sus más notables caudillos. La desunión que
existe siempre entre los desterrados, y que más que de otros pueblos
es culpa constante del español, y había sido muy señalada durante la
dominación de los constitucionales, tomó en breve forma y cuerpo en
Inglaterra. Las dos sociedades rivales no resucitaron, pero sí los dos
bandos de moderados y exaltados, bien que no compuestos completamente
de quienes de ellos eran parte en España. Dos hombres simbolizaron
estas parcialidades, y en cuanto cabía en su situación, fueron cabezas
de dos cuerpos inertes, pero vivos, y con esperanzas de despertar de
su letargo y dar muestras de sí en nuevos sucesos, restituidos ya
al seno de su patria, llevando a ella la bandera a la sazón caída.
Fue casualidad que la cabeza de cada bando fuese, al parecer, más
propia para serlo del cuerpo otro que el suyo. Torrijos, de ilustre
familia, nacido, bien puede decirse, en la corte, educado en la casa
de pajes del Rey, y, por lo mismo, entrado en la carrera militar ya
en la clase de capitán, hombre de fina crianza y modales amables, no
muy instruido, pero sí con los conocimientos comunes de la gente de
su clase, era sin duda a propósito para acaudillar y representar al
partido más aristocrático de la emigración, si algo en la emigración
merecía el nombre de aristocracia. Al revés, oriundo Mina de la clase
del pueblo, habiendo recibido en sus primeros años solo los rudimentos
de la educación más común, habiéndose formado en la dura y áspera
vida de guerrillero, y debiendo su elevación al poder popular, cuando
había divisiones políticas, tenía su puesto natural entre la gente más
extremada y menos culta. Ambos eran ambiciosos; pero el primero, franco
en su ambición hasta pecar en no leve grado de imprudente, se prestaba
a seguir para mandar a la gente que en su sentir era más activa, de la
cual se prometía más pronta la victoria, cuando el segundo, cauto y
astuto, veía en el sabor y juicio de las personas más entendidas más
abonada fianza de su seguro si no cercano triunfo.

Esto aparte, no todos los emigrados eran del uno o del otro de estos
partidos; pero sucedía en el pueblo emigrado lo que en otros pueblos,
y era que los pacíficos no entraban en cuenta, cuando la emigración
aparecía en movimiento, aunque este movimiento no llegase a más que a
hacer ruido. Además, en todo caso, en cualquiera eventualidad prevista,
los pacíficos se allegaban a uno u otro bando, salvo unos pocos que
tenían pretensión de levantar bandera propia, de lo que en 1830 dieron
muestras fatales para la causa común, y en alguna ocasión para ellos
mismos.

No faltaban, entre estos pacíficos, personajes de nota, pues, al revés,
abundaban; pero tales personajes son los menos. Por ejemplo, Quiroga,
cuya importancia como primer caudillo del levantamiento constitucional
debía haber sido grande, figuraba poco y no tenía quien le siguiese.
Bullía infinito el canónigo Riego; pero por su profesión no podía ser
caudillo, y por su vanidad contaba con su apellido y la memoria de
su hermano para ser figura principal en el drama de la revolución
española, viva o amortecida, no consiguiendo lo cual, se contentaba
con hacer papel entre radicales ingleses y desterrados franceses e
italianos, habiendo logrado con que apareciese mención de su nombre en
la vida del ilustre _Ugo Fóscolo_, uno de los objetos de su ambición
algo pueril. Argüelles, ilustre entre los ingleses y relacionado con
gran parte de lo más distinguido de aquel pueblo, vivía con sus amigos
el respetabilísimo general de marina don Cayetano Valdés y su excolega
en el Ministerio de 1820 don Ramón Gil de la Cuadra, apartado de un
movimiento cuya esterilidad conocía, y respetado en su apartamiento,
pero se inclinaba a Mina para el caso, poco probable durante algunos
años, de que pudiese hacerse algo para variar la suerte de nuestra
patria. Istúriz y yo, unidos en estrechísima amistad, solíamos estar
en frecuente o íntimo trato con la casa de Argüelles y sus compañeros,
y como ellos pensábamos y obrábamos, si bien Istúriz se desviaba
en su interior de Mina un poco más que yo, que, viéndolo muy rara
vez y habiéndole primero mirado con muy poca afición, al fin tenía
pensamientos de ponerme a su lado, si llegase la hora de obrar, no
obstante unirme con Torrijos relaciones de amistad antigua, contraída
en nuestras mocedades. Ni debo omitir hacer desde luego aquí mención de
un hombre a quien dio importancia su trágica muerte, hija de su natural
indómito y de su presunción ciega. El coronel _de Pablo_, conocido
por su mote de _Chapalangarra_, había defendido a Alicante hasta la
última hora del reinado de la Constitución, como Torrijos a Cartagena,
cometiendo, según es fama, actos de tiranía, como era de esperar de su
condición feroz y escaso discurso, pero sin impureza, aunque dijo lo
contrario la voz de la calumnia, y había parado en entregar la plaza
por una capitulación asimismo honrosa, en la hora en que llegaba a
ser inútil y habría sido hasta perjudicial prolongar la resistencia.
Venido a Inglaterra, se había acercado a Mina, bajo quien había servido
y distinguídose en la guerra de la Independencia; pero, como hombre
ignorante y apasionado, le había casi exigido que inmediatamente se
lanzase a restablecer la Constitución en España, y como no consintiese
tal desvarío el buen juicio de Mina, el antes su amigo y secuaz se
convirtió en su enemigo más crudo y violento, creyéndole traidor y
acusándole sin rebozo de serlo.[94]

        [94] Un caso singular ocurrió en 1826 que explica la condición
        de _Chapalangarra_, y alguna de las causas del odio que este
        cobró a Mina. Salió a luz en un periódico inglés un artículo
        en que era acusado Chapalangarra, respecto al tiempo en
        que gobernaba a Alicante con poder absoluto, de actos, no
        solo de cruel y feroz tiranía, sino de rapiña. Presentose
        el así infamado ante un tribunal a demandar al escritor su
        enemigo de injuria y calumnia. Temió este, y con razón, ser
        condenado, y ofreció al querellante una suma razonable para
        que se retirase de la demanda. No era vergonzoso aceptar tal
        propuesta, acompañada de desmentirse el libelista a sí propio,
        como prometía hacer e hizo, porque en dinero habría pagado
        su exceso, si hubiese sido condenado, y en dinero dado en
        calidad de daños y perjuicios a la persona por él infamada.
        Pero Chapalangarra, no bien recibió el dinero cuando fue a
        entregarle a Mina para que le emplease en el restablecimiento
        de la libertad en España. Mina era hombre puro por demás, y no
        estaba necesitado, pero recibió la cantidad por no descorazonar
        o enojar al que la daba, siendo su política no dar un golpe
        ni aun leve a esperanzas con que estaban enlazados su crédito
        personal de patriota y su influjo. Pero Chapalangarra, que
        quería lanzarse a España a todas horas, y que juzgaba la suma
        que había dado, aunque pobrísima para una tentativa política,
        bastante a una empresa de las que él deseaba y estimaba
        oportunas, entró en un furor ciego contra Mina, y si bien no
        acusándole de haberse apropiado aquella cantidad, sino de
        haberla recibido para seguir engañando con esperanzas que no
        pensaba en hacer realidades.

Pero Chapalangarra, si se apartó de su bandera antigua, no se pasó a
la de otro, y llegó a ser caudillo sin secuaces, viviendo por lo común
solitario, desabrido, parco por demás en la comida y bebida hasta
hacerse notar por ello, casi indispuesto con todos; en suma, llegando
con su carácter bilioso y su corto saber, a rayar en los límites de la
locura, pero locura de una sola clase, o dígase, monomanía de belicoso
patriotismo.

En medio de todo esto, la esperanza de volver pronto a España, y entrar
en ella victoriosos, no faltaba en la clase ignorante y numerosa de
los emigrados. En balde era que una parte, aunque corta, del ejército
francés siguiese en territorio español, y que estuviesen prontas a
seguirle numerosas tropas, si de ello hubiese necesidad; en balde que
la parte más crecida de nuestro pueblo manifestase a la derribada
Constitución enemistad violenta, y que la contrarrevolución, la cual
viene a ser la revolución continuada, presentando una de sus fases,
pusiese a la vista armada la plebe con el nombre de voluntarios
realistas; fuerza democrática al servicio de un poder absoluto
representante, y ya antiguo representante, de una considerabilísima
parte de lo que lleva y merece el nombre de pueblo. Había otro pueblo
imaginario en la cabeza de los emigrados, el pueblo de que ellos habían
sido parte, y tipo, y representantes en España. Solo la traición, o
cuando no tanto, la incapacidad de los gobiernos podía haber dado la
victoria a los franceses y a los realistas; pero volviendo la nación
en sí, como era fuerza que sucediese, y con unos más honrados o más
hábiles caudillos que los anteriores, pronto restablecería la libertad
en su suelo, plantándola harto más firme que antes estaba. Tales
opiniones son las de toda emigración, y de ellas no podía estar exenta
la española de 1821.

Así es que, cuando una desvariada empresa dio a una corta cuadrilla de
constitucionales por el término de tres o cuatro días posesión de la
plaza de Tarifa, desmantelada y descuidada, a punto de no tener fuerza
que la presidiese, hubo un movimiento de alegría entre la parte más
numerosa de los emigrados, a cuya noticia llegó la de la inesperada
ocupación de aquella fortaleza, de corta importancia, pero fortaleza
al cabo, antes que llegase, horas después, la de su pronta e infalible
caída en poder de los franceses que guarnecían a Cádiz. Hombres hubo,
si no de los de superior agudeza y claridad de entendimiento ni de la
más vasta instrucción, pero no rudos ni ignorantes,[95] a quienes,
anublando el juicio la pasión, pareció aurora de la regeneración
española lo que era una mala clara entre negras nubes y que traía en
pos de sí nuevas desdichas.

        [95] Entre estos puedo citar a don Olegario de los Cuetos, que
        hasta llegó a ser ministro de Estado, bien que por breve plazo
        (en 1843 bajo la regencia del duque de la Victoria), el cual
        llegó a Londres trayendo la noticia de la toma de Tarifa por
        los constitucionales, y prometiéndose de ello resultas que al
        cabo traerían el restablecimiento de la Constitución en España.

Pero la tentativa hecha sobre Tarifa, y a la par en Almería, con no
menos infeliz fortuna, y pérdidas de vidas, dignas, a lo menos, de
lástima, pasó en breve, y cayó la emigración en su estado ordinario,
nunca enteramente abandonada por la esperanza, aunque no hubiese en
qué fundarla, pero resignada a aplazar el cumplimiento de esta, o
si no tanto, los esfuerzos inmediatos para traerlo a época algo más
lejana. Hasta la inesperada aparición de la carta constitucional dada a
Portugal por su nuevo rey don Pedro, vivió la emigración tranquila.

No por esto, en verdad, desaparecían los partidos, pero existían
oscuros, sin extender su influjo a más que a un corto número
de personas, y dejando a las otras adherirse al que fuese de su
aprobación, cuando hacerlo así fuese oportuno. En suma, los partidos
políticos de aquellos días tenían las apariencias, y en cierto grado la
índole de las rivalidades de un lugar de provincia, y para que en ello
hubiese semejanza, solían ceñirse al recinto de Somers Town, barrio
pequeño en los extremos de Londres, que es a modo de un lugarillo entre
los varios cuya aglomeración forman aquella capital inmensa, falta de
límites legales conocidos. Allí vivía una España que no ha dejado de
tener influencia en los sucesos de la España verdadera.


II.

De muchos de nuestros compatriotas que nunca han pisado el suelo de
la Gran Bretaña es conocido el nombre de Somers Town como el de una
abreviada España constitucional, que hizo tal, con su residencia allí,
una gran parte de los desterrados españoles, de los cuales pocos
viven hoy para conservar de ella memoria, pero de que se conserva
no poca por transmisión de padres a hijos, y de ancianos a amigos,
cuyos descendientes existen y forman buena porción de la generación
presente. Es Somers Town un barrio pequeño, al cual divide del casco de
la aglomeración de casas que hoy y ha mucho constituye el como centro
de lo llamado Londres un camino o calle, pues de ambas cosas tiene, y
camino nuevo (_New road_) se llama, y de tal le dan aspecto las casas,
que todas tienen delante reducidos jardines en vez de formar la calle
sus paredes, pero que, por la extensión que va teniendo, y aun por
la que tienen ha ya largo tiempo la metrópoli del imperio británico,
calle viene a ser, a ambos lados de la cual hay barrios crecidos
y populosos. Apenas cuenta Somers Town casas para gente de más que
decorosa pobreza, constando las más de ellas de un solo piso sobre el
bajo o entresuelo; algunas de dos, casi ninguna de tres: número que
es el común de los pisos de las habitaciones de la gente acomodada
en los buenos barrios del centro de aquella capital inmensa. Esta
circunstancia, haciendo las casas un tanto baratas, señalaba aquel
barrio como propia residencia de gentes de escasos haberes, aunque no
de indigencia absoluta. Ya en época muy anterior, cuando aquel mismo
barrio, recién formado o poco menos, y todavía muy reducido, distaba
bastante del casco de la gran ciudad, faltando en el lado contrario
del _camino nuevo_ las numerosas y bellas calles y plazas que hoy
llenan y adornan aquel espacio, había servido de morada a muchos de los
emigrados franceses del tiempo de la primera revolución de su patria,
circunstancia que, conmemorada por residentes en Londres, hubo de
llevar a tal lugar a los primeros españoles que a él acudieron y fueron
núcleo del cuerpo que allí vino a formarse.

Con todo, si bien Somers Town era el lugar considerado, y con razón,
como la población cabeza de la nación emigrada, o hablando, como suele
hacerse, con frase militar y a la moderna, el cuartel general de la
emigración, no residían en él los emigrados todos. Varios de ellos,
entre los cuales era yo uno, y otro Istúriz, y otro Argüelles con sus
compañeros de casa, el general Valdés y don Ramón Gil de la Cuadra,
con unos cuantos más de menos nombradía, no vivíamos en el barrio que
llegó a ser español, pero sí a poca distancia de él, yéndonos acercando
unos a otros hasta habitar los más en las calles próximas al camino
nuevo, por el lado opuesto al en que está Somers Town. Así eran las
comunicaciones frecuentes, a pesar de lo cual la línea divisoria no
dejaba de producir efectos y no cortos. Porque la política militante
que se mantenía siempre viva en la otra banda del _New road_, y lo
llamado chismografía, que siempre existe donde hay agregación de
gentes, y más cuando no pasa la agregación de ser corta, o no llegaban
al lugar en que residíamos, o llegaban ya debilitados habiendo perdido
mucho en la corta travesía.

Hay quien pondera las ventajas que sacan los hombres de una residencia
en tierra extraña, y no faltan por otro lado desaprobadores de los
pensamientos y hábitos que engendra la ausencia voluntaria o forzada
del suelo patrio. Ello es que en verdad los viajes son útiles, y quien
de ellos vuelve fatuo es porque llevaba en sí el germen que el viaje
ha desenvuelto. Pero el establecimiento de una a manera de colonia
unida por estrechos lazos y pasiones e interés común en medio de una
población de extraños, carece de la mayor parte de las ventajas que el
viajar lleva consigo. Hasta la necesidad de aprender la lengua de los
naturales de la tierra donde se vive, grande para quien tiene que estar
en perpetuo trato y roce con ellos, se hace mucho menor para gentes
que, salvo en unos pocos negocios de la vida, encuentran con quienes
comunicar sus pensamientos y afectos en la lengua propia. Así es que
de los emigrados españoles pocos aprendieron de la lengua inglesa más
que algunas voces de ellos no bien pronunciadas; y de estos pocos, los
más se ciñeron a aprenderla para la conversación o la lectura de los
periódicos; pero de la Inglaterra política, de la Inglaterra literaria,
de la Inglaterra social, ni se cuidaron siquiera, y las escasas ideas
que sobre tan graves puntos adquirieron fueron sobremanera cortas y
confusas. Verdad es que de esto hubo tal cual excepción, pero tal
cual y no más; y en su escasez se vio prueba nueva de lo verdadero
de la máxima antigua en cuanto a que la excepción confirma la regla.
Y era hasta blasón de algunos emigrados que habían creado una imagen
de su patria en su barrio, habiendo aprendido en él algo de la lengua
castellana criadas de servicio y tenderos, y hasta habiendo llegado a
pregonar la hora en las altas de la noche en idioma de Castilla uno de
los guardas nocturnos de la clase de los que llamamos _serenos_, a los
cuales convendría mal tal nombre en la nebulosa Londres; guardas que
hoy ya no existen, habiéndoseles sustituido los empleados de policía.
A un árbol que crecía solitario cerca de una esquina en la banda del
camino nuevo, y donde, a uso español, solían juntarse muchos a engañar,
a cielo raso, las horas ociosas en conversación entretenida, bautizaron
con el nombre de árbol de _Guernica_, sin que hubiese entre él y el
de Vizcaya la semejanza más remota, y solo por agregar a un árbol la
calificación que ha hecho famoso a uno de los de nuestra tierra.

Un poco ajenos a la vida interior y política ordinaria de Somers
Town vivíamos otros españoles. La casa en que residía Argüelles era
el punto en que por la noche solíamos juntarnos, y también en esto
seguíamos un mal uso de nuestra patria, porque aun en las noches de
invierno, bastante más largas que aquí, donde no son cortas, era
nuestra asistencia a hora bien avanzada, o digamos, al dar las once
poco más o menos. Allí solía la conversación ser amena, y en algún
caso instructiva. Argüelles, dulce en su trato, aunque de condición
violenta que sabía reprimir; muy amigo de sus amigos, y no menos
enemigo de sus enemigos; lleno de honradas preocupaciones casi todas
ellas patrióticas; estudioso, pero nada aficionado a ideas nuevas, y
tratando hasta de ignorarlas para no reprobarlas, bajaba a la sala,
tarde, de la parte alta de la casa donde tenía su dormitorio, que era
asimismo cuarto de estudio, trayendo por lo común en la mano una gran
jaula que contenía un ruiseñor, porque era hábil en avezar a la vida de
encierro estos pájaros ariscos, de suerte que lograba darnos un rato de
agradable música de la que poco se disfruta en España. Cuando bajaba
con nosotros ya estaba allí sustentando la tertulia el respetable
general don Cayetano Valdés, para mí aun más que para otros objeto de
respetuoso cariño, porque había sido compañero y muy amigo de mi padre;
cuyos modales de caballero, habiendo vivido en roce con las primeras
clases de la sociedad, y siendo él mismo de familia distinguida por
su antigua nobleza, aparecían en medio de la llaneza de su modo de
producirse; de instrucción corta, salvo en su profesión de marino, y
aun en esta más de los hábiles marineros que de los sabios astrónomos,
no muy escasos en número entre los oficiales de nuestra antigua real
armada; de buen juicio, manifestado a veces con singularidades, más que
de agudo ingenio; cuya bien merecida fama de valiente estaba hermanada
con otra no menor de honrado, y que llevaba con plácida resignación y
dignidad las amarguras del destierro, sujetándose a las que eran duras
necesidades para hombre acostumbrado a vivir como persona de alta
esfera.[96]

        [96] Este respetabilísimo personaje, poco antes de verse
        obligado a salir de España, se había casado con una señora
        viuda, de muy ilustre cuna y alguna riqueza. De ella recibía
        en la emigración los medios de vivir, lo cual le dolía
        sobremanera. Por lo mismo excusaba gastos, sujetándose a lo
        que para él hubieron de ser duras privaciones, aunque las
        llevase con ánimo sereno. Era fumador, y siempre lo había
        sido de buenos puros habanos, y en la emigración se redujo a
        fumar un pésimo tabaco picado llamado _returns_, muy barato,
        en pipas ordinarias de barro blanco, según uso de la ínfima
        plebe inglesa. Menudencias son estas, pero de aquellas que debe
        tener en cuenta quien desee conocer bien los sucesos y los
        caracteres de los hombres. Causaba pena y admiración ver al
        sobrino querido del poderoso ministro de Marina de Carlos III y
        Carlos IV, el bailío don Antonio Valdés, y al general que había
        ocupado tan altos puestos y disfrutado constantemente de los
        regalos de la vida, envuelto en una nube de tabaco pestífero,
        entre la cual asomaba su rostro risueño.

El tercero que vino a serlo de aquella familia, que lo venía a ser por
la amistad, si no por el parentesco, era Gil de la Cuadra, que por
algún tiempo vivió en el campo, y ya en la casa, tomaba menos parte
que sus dos compañeros en nuestro trato, soliendo estar él encerrado
en una segunda sala contigua a la en que nos juntábamos, escribiendo
siempre, y (según corría la voz) formando el plan de una conjuración de
cuya ejecución había de ser cabeza Mina; pero como conjuración tal no
llegó a ponerse por obra, ni del futuro plan de gobierno para nuestra
patria que acompañaba el proyecto apareció cosa alguna en 1834, bien es
de suponer que sobre otra materia serían los constantes escritos del
autor, hasta ahora sepultados en el olvido, como al cabo de larguísima
vida ha venido a estarlo su persona en la tumba. Ocioso sería enumerar
quiénes componíamos de continuo aquella reunión diaria, o, hablando
quizá con propiedad, nocturna; pero sería injusticia no nombrar entre
ellos a don Felipe Bauzá, muerto en Inglaterra en vísperas del día en
que nos tocó, y habría tocado a él, volver al suelo patrio, cosmógrafo
distinguidísimo y director del depósito hidrográfico en Madrid, a quien
haber sido diputado en las Cortes de 1822 y 23 atrajo su desgracia, por
causas políticas, a tratar las cuales no era él aficionado. Rara noche
dejábamos de asistir Istúriz y yo, que juntos llegábamos sobre las
once, y nos retirábamos dadas las doce cuando más temprano. Hablábase
allí de varias materias, pero más con mucho que de otra alguna de las
políticas. Sobre estas, si no reinaba unanimidad de opiniones, eran
cortas en número y no importantes las discordias, olvidado de todo
punto lo que en 1820 y hasta últimos de 1822 nos había dividido, y muy
presente en la memoria y el juicio lo que en el curso de 1823 hasta la
caída del Gobierno constitucional nos había unido con estrecho lazo.
Desatinábamos no poco, según yo ahora veo las cosas, y aun según todos
deben suponer, si conocen cuán errados son generalmente los juicios
en situación tal cual era entonces la nuestra, pero había en nosotros
tanta fe, que bien nos hacía merecedores de absolución por nuestros
yerros. Eran aquellas sin duda horas de amargura, y bien echábamos de
menos la patria ausente, y harto llorábamos la suerte de la causa que
habíamos creído para nosotros justa y puede decirse santa, lo cual no
obstante, había en nuestra situación algo y no poco que la suavizase:
la amistad, que se hace más tierna en la desdicha, algo de lícito
orgullo de lo que estimábamos nuestro honrado proceder, y esperanzas,
aunque lejanas y débiles nunca del todo perdidas, que nos presentaban
un futuro incierto, distante, pero hermoso, como es en sí todo porvenir
halagüeño, a lo cual nunca pueden llegar las realidades. En mejores
días me ha sucedido, y no a mí solo, volver la vista con la mente a
aquellas horas de destierro y pobreza, y considerarlas casi como suele
considerarse un bien perdido. Verdad es que nuestros años eran entonces
menos, y esto era una gran ventaja cuya pérdida es al hombre por demás
dolorosa: verdad es que la edad de la mayor fuerza intelectual y física
lleva consigo bienes que dan resistencia y con ella buen ánimo en las
mismas desventuras: verdad que

    «a nuestro parecer,
    cualquiera tiempo pasado
    fue mejor».

Del imaginado Robinson, en cuya inventada historia encuentran los
críticos el mayor mérito el de la habilidad con que el autor da a su
narración la apariencia de serlo de sucesos real y verdaderamente
pasados, se supone que, al salir de su isla desierta, donde tanto había
padecido, sintió vivo dolor, aunque salía de un lugar horrible para
trasladarse a uno culto, que era además su patria. No de otra manera,
al recordarnos las noches de Londres sentimos tentación de exclamar:
«¡Aquellas eran horas felices!». Y una buena razón tenemos para decirlo
cuando pensamos en desengaños posteriores, en ilusiones desvanecidas,
en yerros propios y ajenos, pues del hombre es errar, y tanto cuanto se
dilata la vida se multiplican los errores a la par con los que no lo
son, en tantas amistades acabadas, convertidas a veces en enemistades,
o pasadas a ser desvío cuando menos. Perdonen mis lectores esta efusión
del ánimo contristado al meditar sobre consecuencias forzosas de una
vida prolongada, y particularmente de una vida política en que tantas y
tales son las mudanzas traídas por modos diferentes de ver las cosas,
en que el interés o la pasión suelen cegarnos, pero en que motivos
poderosos nos compelen a volver por lo que estimamos el provecho común,
impeliéndonos a actos en que, discordando los pareceres, chocan unas
con otras las voluntades, siendo el choque, por necesidad, violento.

Volviendo de estas reflexiones, acompañadas de arrebato acaso
intempestivo, al tono de narrador, y narrador en estilo llano, cual
conviene a quien lo es de nada graves sucesos, diré que, por lo general
de la emigración, la tertulia de la casa de Argüelles y Valdés era
mirada con cierta clase de respeto. Sin duda, los parciales de Torrijos
y otros que, sin serlo de este, miraban ya a Mina con bastante mala
voluntad, recelaban, y no sin causa, que, si no con todos los de
nuestra tertulia, con los habitantes de la casa en que esta se reunía,
privaba en grado no corto el general exguerrillero; pero tal privanza
no daba muestras de sí, porque parecía aquella pobre reunión como
puesta en superior esfera, a donde no llegaban los como airecillos o
vaporcillos de pasiones que influían en los habitantes de Somers Town,
o en quienes, viviendo con estos en continuo trato, como ellos pensaban
y sentían.

Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde
al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia
sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos _Bazán_, un tiempo
parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con
vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese
hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra el harto más
importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a
dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico
fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no
tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha
parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que
las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.

En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en
Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia
le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los
chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban
decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en
bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la
sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente
en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido
compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San
Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado,
y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando
después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla,
donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos,
no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces
estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era
personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de
felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas
frases de vituperio.[97]

        [97] No muy bien aconsejado Mina, dio a luz en Inglaterra una
        compendiada historia de los hechos de su vida toda, librillo
        mal escrito y no mejor pensado, que hubo de causar pena a
        los que entonces éramos sus amigos. Por lo mismo fue materia
        de censura burlona para sus contrarios. Como ponderase en su
        obra el excaudillo de guerrillas hasta un punto increíble
        la cantidad y calidad de sus victorias en la guerra de la
        Independencia, anubló con ello la indudable alta gloria que
        había adquirido, si bien solo a los ojos de un odio ciego pudo
        borrarse. Me acuerdo que el ya aquí citado don Olegario de los
        Cuetos puso por mote a tal escrito _El romance de Francisco
        Espoz_, aludiendo a los conocidos romances de _Francisco
        Esteban_, chiste que fue aplaudido de muchos, siendo entonces
        manía de algunos suponer que el general no tenía el apellido
        de Mina y que le tomó por ser el de Mina de uno en 1809
        guerrillero afamado.

Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a
Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su
hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su
padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano,
renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija,
menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a
su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las
llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un
poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica
sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber
sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador
de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir
que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse
atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para
ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los
pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto
los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los
primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle,
los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con
todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es
maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello
consistía en atribuir al famoso ministro Canning intenciones que nunca
tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta,
fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se
le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más
liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de
serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí
la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que
en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito
y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool,
acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de
las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder
popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los
de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser
calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el
efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución
dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas
teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre
los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo
futuro.

Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra
acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si
no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro
gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a
Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a
socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin
demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre,
calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo
contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi
corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros,
y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. Las
resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.

Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El
amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que
entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado,
me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el
periódico _The Times_, donde procurase desvanecer la idea de que el
pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo
lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España
en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome
a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver
propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase
cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí
yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros
periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre
la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los
contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso
dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a
Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear
de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido
averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque
poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente
subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino
a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a
Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro
tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas
conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.

Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en
Portugal, y se convertía en día tormentoso, y en encapotársenos más
que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica
y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba
desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una
isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta
al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían
en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un
tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad,
_normanda_, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los
llamados _patois_ entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas,
las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío,
pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos
y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que
brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con
todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas
mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste,
abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante
arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra,
bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros
de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras,
y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde
abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y
calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun
superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque
no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas
cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello
hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y
comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros
llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers
Town la población española de Jersey. Los más de los desterrados
se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de
Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos;
pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto
protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con
anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron
tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron
al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres
cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo
cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más
de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre
no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención
diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones
a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si
no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter
tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal
algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos
venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él
testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes
perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos
de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.

También estaba más pacífica que antes la mermada población española de
Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto
escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.

En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos
Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a
alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una
serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas
a la suerte de España, en la suposición de una empresa encaminada a
sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué
gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria,
por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones
que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden,
y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería
tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía
entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre
tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad
en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese
peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque
solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz
y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar
bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar
el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora.
Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque
el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de
_malas explicaderas_, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés,
de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como
porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este
era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos
habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida
de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo
el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del
astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos
poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y
molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía,
quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual
empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de su intento,
pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en
España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado
se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer
a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a
los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con
aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.

La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para
nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra
esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones
del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños
y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo,
que de la inquietud han de salir gananciosos.

Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros
con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que,
influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid,
cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general
podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración
de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal
podía alcanzarnos a todos.

Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en
Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún
fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de
menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el
pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una
revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno
habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado
yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir,
y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa
en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría gloria y provecho
legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que
si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno
español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador
el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario,
el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que
favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a
la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy
favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a
mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por
sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo
cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no
retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza
la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino
a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos
sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían
tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un
contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada
con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas
circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan
descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes;
proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia
se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso,
si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos
X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés,
andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.


III.

La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines
de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación
(porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no
pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras
muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y
aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la
impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban
hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte
que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera
medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele
salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de
dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo,
con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo
posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en
Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias
de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia.
Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había
sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados,
cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento,
cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la
Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del
príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar
el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con
harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no
alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para resistirle. Y
aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en
que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó
el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su
hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban
de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban
a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante
de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos
más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En
otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos
pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más
que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole
facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés
de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de
dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una
herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y
particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital
en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego
le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de
tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año
después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba
también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no
ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada,
que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto
de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España
constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los
votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa.
No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que
ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres
que le formaban, don Manuel Flores Calderón, nunca en España de la
asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco
violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le
movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más
celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas
a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos
extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a
don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones
lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto
o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en
Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con
Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros
gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien
escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro,
y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas
y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la
hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que
tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio
proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan
buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general,
aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó
haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese
voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando,
pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la
amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía
desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos
ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían
sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban
municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente armada y
prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno
inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey
de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas
reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto
por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber,
dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el
reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración
para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de
desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque,
que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó
su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta
hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron
los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero
entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle
seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al
rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el
buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino.
Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas
tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero
superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y
por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que
se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más
descabelladas.

Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la
expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo
de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que
habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte
fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al
parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución de Francia
en 1830 que inmediatamente sobrevino.

No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de
alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono
la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la
bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se
suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los
revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que
nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un
signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería
esta duradera.

Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos,
esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no
perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los
puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y
ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de
los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una
España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados,
estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él
tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?

Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido
apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones,
trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo
interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles.
Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia,
encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de
ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en
lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido
de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de
la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de
acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para entenderse con él Gil de
la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme
en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor,
y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella
sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir
que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún
gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi
conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y
23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una
lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se
presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al
parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi
deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de
gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido
con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en
su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a
serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar
pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su
obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que
fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto,
y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos
empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser
reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de
su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje,
a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me
facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que
solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas,
siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de
empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior
su acierto en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral
a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra
asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o
son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de
Mendizábal.

Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje,
a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy
notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta
junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución,
en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte.
Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o
estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos,
aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de
provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia.
Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de
méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos
en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de
España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio
de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de
mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos
recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo,
cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por
ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces
poco o nada le conocían.[98]

        [98] Entre estos citaré al general Álava, el cual me dijo
        en julio de 1823 que merecía Mendizábal una estatua de _oro
        lágrima_. Singular coincidencia es esta con la de la malhadada
        estatua de 1858.

Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en
cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la
mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron
a un medio altamente vituperable, pero, por desgracia, usado por
anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo
vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin
que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos
meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado,
encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud
de tratados había pagado Francia a particulares españoles para
reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814
por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro
territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de
acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno
francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel
fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta
su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó
disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades
grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y
quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor
tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues,
a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres,
y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales
sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más
de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba
no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a
Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel
dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez
los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no
pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII
en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun
ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado
servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con extraña modestia,
apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado
caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los
que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid,
como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose
de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero
inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba.
Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en
Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres,
ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al
gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy
entendida en tal materia.

No tenía tan buena suerte Mendizábal, a quien, sobre las calamidades
comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando
siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y
cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000
reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la
cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía,
pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas
a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes
de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es
lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho
de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de
recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos
lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual
o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u
obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar
raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por
no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre
9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio
que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las
letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España,
y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos
fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor.
Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había
ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz,
como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de
quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba.
Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo
justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella
triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento,
sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde
luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr
crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si
resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró
fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando
uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un
su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado
a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de
ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso
a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche
en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y
casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de
no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena
cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta
libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con
aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso
por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que
rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. No es del todo una
digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues
la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo
pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa,
que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia,
cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él,
consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no
tal que estuviese el deudor enteramente libre.

Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber
tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en
la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia,
y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte
le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de
agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el
trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución
vino a derribarle.

Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca
de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para
mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la
causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me
había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado
un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para
viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto
noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos
de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso;
rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho
de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y
yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar
el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua
marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí
más que común aliento, agregándose a lo cual, cuando nos acercamos a
la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas
tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad
común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me
vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró
la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en
camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el
día 13 me encontré en la capital de Francia.

Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres,
por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los
cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido
de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por
algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto
influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna
fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como
escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre
como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha,
si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a
hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan
nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y
a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como
alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso,
y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer
encubrirlo.

Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823,
cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había
reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como
conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar
en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado
de influjo entre los periodistas y aun en el ánimo del general
Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso
a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma
boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre
nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones
de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando
refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo
que llamábamos dar libertad a España.

Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel
Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los
lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo
aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo;
pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar
en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un
compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.

También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo,
y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don
Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal
extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía
mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto
de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante
revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.

Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño
y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de
ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si
ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de
Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco,
trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a
ciertos presos en el mar cerca de la Coruña en 1823, hecho que fue,
como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia
para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se
concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa,
cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del
suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba
en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota.
Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a
restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin
serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas,
esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni
generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo
cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés,
y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales
no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.

Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia
como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con
el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad;
pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes
y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido
a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que
ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés,
si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente
tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la
política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado
y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid
cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo
sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los
constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a
los desmanes populares, si no deseaba que continuase en su patria
el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le
derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el
conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso
aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de
los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su
influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada
de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando
los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo
resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes
agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la
Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.

Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con
personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos.
El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el
agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado
que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido,
cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría
que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal
que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que
descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución
fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo;
pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese
lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas,
cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los
franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque
vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato,
porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los
españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros de mis
compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un
partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de
sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años
después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no
obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria,
cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir
muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos
días pasó a ser trasladado al sepulcro.

No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el
mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador
apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en
bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la
por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta
sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad
que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por
posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como
escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay
harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con
toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el
famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado
a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra
patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había
despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política
del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le
fuese contrario, me dijo: _Ah! il ne faut pas_, que puede traducirse
_no hay que hacer eso_. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron
de ser desabridos, _à qui ne faut-il pas?_ le pregunté, haciendo de
la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí
producido por sus palabras, se explayó en vagas, pero frías protestas
de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la
guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España
el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me
despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si
no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su
vida, de allí a pocos meses terminada.

Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles.
Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien
yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían
y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me
estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi
partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba
en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba
convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que,
haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle
en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para
toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo
era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima,
y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría
envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus
compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque
en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria,
mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando
el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole,
aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo
cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando
a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a
esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para
dictarme lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre
distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas,
a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse,
aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de
influir en mi suerte.

Se iban trasladando a Francia todos los emigrados de Inglaterra que se
sentían o creían capaces, o de entrar en acción con las armas en la
mano, o de dirigir los negocios políticos como conviene a una empresa
tal cual era la del restablecimiento del Gobierno constitucional,
lo que llevaba consigo una revolución, no pudiendo esperarse que
fuese llevada a feliz remate sin resistencia. Entre estos no tardó
en presentarse Istúriz, cuyas relaciones conmigo eran de amistad
fraternal. Tardaba, en tanto, Mina, y quienes culpaban su flojedad
cuando nada había que hacer, más la culpaban en horas en que obrar
con vigor era en nosotros casi una obligación sagrada; pero sin razón
entonces como antes, pues el precavido general, si, como acreditó de
allí a poco, no se había olvidado de su antiguo valor, calculaba las
dificultades que tenía que vencer y les daba el valor debido. Al cabo
pasó a París, y de París se fue muy pronto a la frontera.

Entre este acudir de españoles a Francia, no apareció Torrijos ni
sus compañeros en el Gobierno formado para la expedición acabada en
flor, o aun podría decirse en capullo, como un mes antes, pero no
porque el activo general y su no menos animoso colega Flores Calderón
huyesen del peligro, pues fueron a buscar para teatro de sus hechos la
parte meridional de España, trasladándose a Gibraltar, tanto porque
allí encontrarían menos competidores por el mando, cuanto por ser
conveniente acometer al Gobierno español por puntos uno de otro muy
distantes, a fin de distraer su atención para la defensa.

Así puede decirse que había terminado la emigración en Inglaterra, si
bien quedaban allí no pocos de los proscritos, pero como retirados
de la política militante, y espectadores y no actores en las escenas
que se preparaban, las cuales distaron mucho de corresponder a las
esperanzas lisonjeras con mucho fundamento concebidas con motivo de la
mudanza del gobierno francés, hasta el punto de haber reducido a la
emigración en Francia, durante tres años, a una situación más pacífica,
si cabe, que la en que había estado en Inglaterra.

Referir las particularidades o el pormenor de los sucesos que en
septiembre y octubre de 1830 prepararon en París y otros puntos, y en
la frontera produjeron la infeliz tentativa hecha para restablecer en
nuestro suelo la Constitución u otra cosa semejante, dará argumento
a otra parte de este enojoso trabajo; pero antes no será ocioso,
volviendo atrás la vista, contar algunos sucesos anecdóticos de nuestra
larga estancia en Inglaterra; sucesos que sería bien haber referido
antes, pero que, corriendo sin buen gobierno la pluma, han sido
omitidos, aunque en mi sentir no deben quedar olvidados, siquiera sea
para puro entretenimiento de mis lectores, si acierto a entretenerlos,
lo cual, no lo puedo negar, es uno de los fines a que aspiro.


IV.

Hubo entre los españoles emigrados en Inglaterra algunos caracteres
raros, y en mi corto entender, no dignos de recordación, o dignos de
ella a lo menos en cuanto la de las personas está enlazada con la de
las cosas de aquel periodo, en el cual eran para nosotros motivo de
conversación, ya para la extrañeza, ya para la risa, las singularidades
a que ahora aquí me refiero. Por lo mismo, la omisión que de tales
menudencias he hecho, según me parece, es de condenar, y merece reparo,
porque con ella falta algo en la tosca, si bien fiel, pintura que he
hecho de nuestra estancia en Inglaterra. Pero tengo que echarme en
cara otra omisión de más bulto, y es la de no haberme detenido más en
especificar los favores que al pueblo inglés debimos, los cuales fueron
tales y tantos, que la ligera mención de ellos antes hecha en otros
artículos no es paga suficiente de nuestra deuda de gratitud, cuando en
mi sentir era ocasión de satisfacerla en lo posible la narración de lo
ocurrido en los días en que se contrajo obligación tan crecida.

Invirtiendo el orden con que acabo de hablar de estas mis omisiones,
empezaré a repararlas por la que he puesto en segundo lugar, por
parecerme de superior importancia. Y aquí me veo obligado a acogerme de
nuevo a la indulgencia de mis lectores, tantas veces solicitada; porque
he de decir cosas relativas a tan pobre sujeto como soy y me conozco, y
confieso ser, para ocupar la atención pública; pero de mis negocios, a
la par que de otros de más valor escribo, y, tratándose de beneficios
recibidos, mal podría callar los hechos a su persona quien los recibió
muy señalados. Y hay una razón más que me mueve, o, hablando con
propiedad, me impele, y como que me precisa a dar tal testimonio. Por
ser lo que llaman las gentes anglómano paso, y no puedo negar que en
algún grado lo soy, y desde los años primeros de mi edad adulta comencé
a serlo, y en lo que eran vagas inclinaciones nacidas de circunstancias
particulares me han confirmado después mis estudios. Además, las
bondades de que no solo yo, sino muchos de mis compatricios y hermanos
en fe política, hemos sido objetos han añadido un título más, y este
poderoso, para que mostremos gratitud y admiración a un pueblo que,
con colmarnos de beneficios, dio pruebas de una de sus muchas buenas
cualidades; lo cual no obstante, ha querido mi suerte que divida mi
patria en bandos, y habiendo yo mudado el de mí seguido por otro, al
parecer, si no del todo, opuesto, haya en la última y buena parte de
mi vida allegádome al que la Francia de 1834 a 1848 miraba como amigo y
la Gran Bretaña como contrario, sujetándome a ser tachado de ingrato,
aunque en verdad sin causa.

Ya dejo apuntado en las primeras páginas de estos artículos cuán
bien recibidos fuimos por el pueblo del Imperio británico los
constitucionales españoles. También he dicho con cuánta largueza
contribuyeron a socorrer nuestras necesidades personas de todas las
opiniones, aun aquellas que con más desaprobación, y hasta con ceño,
miraban las doctrinas por sustentar las cuales estábamos padeciendo.
Pero no estará de más entrar en el pormenor de algunos de los
beneficios a que debimos vivir, si no con regalo, con comodidades
propias de un estado que, si era pobreza en sentido relativo, no lo era
en absoluto.

El gobierno inglés, a los pocos meses de haber la como inundación de
refugiados españoles invadido la tierra británica, trató de sustituirse
a los actos de caridad, aunque colectiva y pública, en su carácter de
meros particulares, asegurando de un modo permanente la suerte de las
desdichadas víctimas de la revolución vencida en España. De notar es
que el Ministerio inglés de aquel tiempo era tory, y que a pesar de
todo cuanto han dicho los franceses, y creído los no franceses, había
visto con poco disgusto, y aun algunos de quienes le componían con
satisfacción, el triunfo del duque de Angulema, porque, no obstante
serlo del poder francés, lo era asimismo de la bandera blanca, tan
grata a los antirrevolucionarios de todos los pueblos, y esto no obstó
a que los socorros dados a los españoles tuviesen cierta solemnidad,
como acto patente en que la compasión iba hermanada con algo de respeto
y cariño. Tomó a su cargo el duque de Wellington la dirección superior
de tal negocio, y bajo de él entendió en ello más particularmente su
amigo, y antes su secretario de campaña, el lord Fitzroy Somerset,
que en días muy posteriores, con el título de lord Raglan, ha hallado
en Crimea un campo de victoria y una tumba, dilatando por el mundo
su nombre. Por los españoles fue escogido para entenderse con los
ingleses, en los casos frecuentes en que estos necesitaban auxilio para
el justo reparto de las sumas con que socorrían a los objetos de su
beneficencia, el exdiputado a Cortes don Domingo Ruiz de la Vega, hoy
uno de los pocos que sobrevivimos de aquella época; ruinas tristes del
viejo edificio resuelto ya en polvo y casi olvidado. Poco menos que a
todos los refugiados comprendió la beneficencia del Gobierno, y los
que de ella no participaron fue porque, o tenían medios de subsistir,
y no les consentía su delicadeza recibir auxilios no necesarios, o se
hallaban en circunstancias particulares en que mal podían tomar lo que
venía por mano de aquel Gobierno. Debe añadirse que quien una vez fue
incluido en la lista siguió siendo socorrido con tal que no saliese
de las Islas británicas o sus dependencias inmediatas las de Jersey
y Guernesey, extendiéndose el beneficio a tal punto que ha habido y
quizás hay algunos, triunfante ya nuestra causa en el suelo patrio
desde ha veintinueve años muy cumplidos, que todavía viven de lo que
cobran de una suma destinada a ser socorro para el forzoso destierro.

Pero aunque el Gobierno acogió a todos, hubo de cerrar su lista, si
bien después más de una vez la abrió de nuevo para incluir a refugiados
que llegaban. Sin embargo, por lo pronto, estos nuevos desterrados,
que iban creciendo en número, no podían ser abandonados por un pueblo
en general caritativo, y en particular, por entonces, amante de los
españoles. Así es que revivió al momento la junta llamada _Commité_,
que antes de dar socorros el Gobierno los daba, hallándolos en
numerosas suscripciones. Pasado algún tiempo, el exdiputado don Joaquín
Lorenzo Villanueva y yo hicimos al lado de esta junta de socorros
el oficio que con el Gobierno hacía Ruiz de la Vega. Además, me
alcanzaron los auxilios de esta junta en graves necesidades que hube de
padecer con mi reducida familia, compuesta de un hijo de catorce años
(en 1825) cuando llegó conmigo, y de una anciana de cerca de setenta,
tía carnal materna mía, y para mí y mi hijo Dionisio segunda madre, y
la cual no dejaba de ser uno de los objetos curiosos de la emigración,
trasladada a tanta edad a clima y pueblo para ella tan extraños.

En los que así iban acudiendo había personas dignas; de ellas muchas
expuestas a ser perseguidas en su patria por motivos que no los
deshonraban, pero tampoco faltaban quienes viniesen buscando un modo
de vivir que les faltaba en España, o quienes hubiesen merecido
castigos por culpas en que la política tenía o poca o ninguna parte.
Aun entre estos, pocos hacían cosa que pudiese desacreditarlos y,
desconceptuándolos, comunicar algo de su desconcepto a sus compañeros.
Eran sí, por lo común, descontentadizos y maldicientes, siendo blanco
de sus censuras los principales de la emigración. Aun a los ingleses
de la junta que los socorrían acusaban malamente, y sobre todo al
secretario de la misma, míster Freshfield, buen hombre, de poca cuenta,
que, sin duda a la par que por loables motivos, trabajaba para que
sonase su nombre hasta allí oscuro, pretensión harto disimulable, pero
al cual comenzaron a calumniar, suponiéndole que se enriquecía con
los fondos de las suscripciones, y los escatimaba a los desterrados;
acusación que, sobre ser calumniosa, era desvariada pero general,
a punto de llevarse a mal que se defendiese al acusado. También
Villanueva y yo llevábamos nuestra parte de malquerencia porque no se
concediese todo cuanto solicitaban a todos los que pedían. Pero estas
eran pequeñeces recibidas comúnmente con risa por ser ridículas, y si
alguna vez con un tanto de indignación, con una que duraba poco.

Hacia fines de 1828, cuando el Gobierno más de una vez había dado
entrada en la lista de los socorridos a número no corto de personas,
y cuando las suscripciones no habían parado del todo, si bien eran
menos, fue hecha una nueva apelación a la caridad pública en nuestro
favor, con solemnidad bastante a darle fuerza. Hubo una reunión de las
llamadas _meetings_, en la ciudad vieja (_City_); la presidió el lord
corregidor, hablaron en ella personas notables y se distinguió por un
discurso el elocuente abogado Mr. Denman, a la sazón afamado diputado
en la Cámara de los Comunes, que, después con la dignidad de lord,
añadida, no a nombre de tierras, sino a su apellido, llegó a ser primer
juez en Inglaterra (_lord chief justice_), y murió desempeñando tan
alto cargo. Correspondió bien el público al llamamiento, no cansándose
la generosidad con hacerse de ella tanto uso, y una suscripción nueva y
bastante cuantiosa alivió miserias que constantemente se iban renovando.

Pero no era solo en actos que al cabo tienen la índole de limosnas
en lo que mostraban los ingleses el afecto que nos profesaban. Se
extendían las pruebas de su cariñoso empeño en mirar por nosotros
hasta el punto de dar cierta protección a criminales, contribuyendo
a que no fuese probada su culpa puestos en juicio, y a que saliesen
por consiguiente absueltos. De esto hubo dos ejemplos notables. Fue
el primero el de un joven cuyo padre, oficial que había sido en
nuestro ejército, era emigrado, y que había logrado colocación en
una casa de comercio inglesa y, con igual irreflexión que maldad,
falsificado la firma de sus principales. Llevaba en aquel tiempo tal
delito en Inglaterra por pena la capital, y según costumbre, hija de
preocupaciones de aquel pueblo mercantil, mientras el derecho del Rey
de perdonar o conmutar las penas era ejercido con frecuencia para
mitigar el rigor de unas leyes penales entonces todavía con exceso
duras, rarísima vez, si acaso alguna, había sido dejada de ejecutarse
una sentencia de muerte en un falsario. Pero en el caso de que voy
ahora hablando, no hubo perdón que solicitar, porque el acusado salió
absuelto, no obstante ser clara su culpa, pues la acusación fue
seguida de tal modo, que evidentemente tiraba a hacer pocas o nulas
las pruebas del delito: los testigos, así los contrarios al reo como
los llamados en su defensa, se pusieron en lo posible como de acuerdo,
el juez fue blando en el resumen, y el jurado sin vacilación dio su
fallo, como allí tiene que serlo por unanimidad, favorable. Triste es
añadir que costó la vida al padre la culpa del hijo, no obstante haber
este quedado impune.[99]

        [99] El infeliz padre se suicidó.

Fue el otro caso el de un zapatero riojano, habilísimo en su oficio,
tanto que encontraba trabajo en abundancia y bien remunerado, pero
haragán incorregible, así como vicioso. Este tal se dejó crecer
la barba, cosa a la sazón rara, y más en Inglaterra, y haraposo y
necesitado por gastar más del corto socorro que recibía, después de
vagar y dormir al raso alguna noche, entró en una tienda de licores
de las a que concurre la plebe, donde su singular aspecto, su color
cetrino y las miradas de sus ojos negros y lucientes infundieron terror
a algunos que le miraban como a un bandido de teatro, y risa a otros
menos asustadizos, de lo último de lo cual enojado nuestro compatriota,
apeló al recurso común de la gente no buena de su clase y hábitos en
nuestra tierra, y sacando una navaja, hirió a uno de los burlones y
puso en fuga despavoridos a los circunstantes. También tenía entonces
pena de la vida su delito, aun cuando las heridas hechas no causasen
la muerte. Fue, pues, preso el criminal, y llevado a juicio, y no
habiendo otro modo de salvarle la vida que el de declararle loco, hubo
de probarse que lo estaba, siendo la sentencia la de encierro en una de
las casas destinadas a los dementes, a lo cual debe añadirse que en
breve de la casa de su prisión se le proporcionó la fuga y la pronta
salida del territorio británico.

Otras faltas menores hubieron de ser disimuladas, pues si bien en
general fue digna de alabanza la conducta de los emigrados españoles,
imposible era que entre tantos hombres no hubiese quienes pecasen, ya
leve, ya gravemente, sobre todo, si consideramos que entre ellos, si no
abundaban, no faltaban gentes no de las más respetables cuando vivían
en su patrio suelo.

Especificar las muestras de consideración que en el trato privado
solían recibir nuestros compañeros, sería tarea enojosa y difícil de
desempeñar, pues muchas no fueron conocidas. Reinaban sobre este punto
generosas ilusiones. Una vez, preguntado yo sobre las calidades y
circunstancias de un compañero de destierro que no me merecía muy alto
concepto, hube de responder que no le conocía, a lo cual el preguntante
me añadió que sin duda era un caballero, pues tal le declaraba su
traza, porte y modales, cuando el objeto de semejante elogio, si no era
un mal sujeto, pecaba por tosco y sin crianza, como hombre que no había
recibido buena educación, ni tenido trato con gente fina. Debe añadirse
que unos pocos, y la justicia, aunque sea en nuestra honra, dicta decir
poquísimos, que para darse valor apelaron a imposturas, titulándose lo
que no eran y tomando distinciones muy altas, lograron casi todos salir
con su intento a medida de su deseo; pero tales personas se iban a
residir fuera de Londres o de Jersey, y lejos de la observación de sus
compañeros de destierro.

A los más conocidos de nuestro gremio fue común hacer señaladas
distinciones; pero todos ellos esquivaban recibirlas, aunque
las agradeciesen. Hubo de aceptar algunas muestras de superior
consideración, pero poquísimas, entre las muchas con que a porfía se
le brindaba, Argüelles, si no contento, y esto dejaba de estarlo por
lo tocante a la suerte de su patria y causa, resignado en su modesto
retiro, viviendo de aquello que sus amigos y parientes le socorrían,
bastante a cubrir sus escasísimas necesidades de hombre parco, sobrio,
ajeno de lujo y regalo y de todo lo que se llama vicio, aun de la clase
apenas digna de tal nombre. Como él vivía el venerable Valdés, como
él Istúriz, como él Bauzá, y otros cuya enumeración sería enojosa.
En cuanto a mi pobre persona, como tenía perdido ya, o próximo a
perderse, el por algún tiempo no corto haber heredado de mi padre,
había recurrido al arbitrio de dar lecciones de lengua española a los
ingleses, por lo cual hube de rozarme con muchos de ellos, y entre
estos con bastantes de las clases superiores de la sociedad, así como
con muchos de la media, siendo mi fortuna, no por mi escaso merecer,
sino en atención a mi desgracia, ser tratado, no como un maestro que
enseña por dinero (gente a quien trataba entonces, si no con desdén,
con poco menos la gente inglesa de clase), sino como un amigo a quien
se convidaba a la mesa y a tertulias concurridas. Sir Jorge Grey,
ahora ministro en su patria, y sobrino del afamado conde de Grey,
primer ministro desde 1830 a 34; sir Dionisio Lemarchant; Mr. Eduardo
Ellice, que hoy acaba de fallecer, y era entonces cuñado del mismo
conde Grey; el Alderman Woor, miembro del Parlamento, y que hizo
gran papel algún tiempo en Inglaterra, me favorecieron con tratarme
más según mi clase en España, que según la a que me veía reducido en
Inglaterra. Pero entre todas las personas a quienes me complazco en
tributar este homenaje de tierna gratitud que no llegará a su noticia,
hay una familia que me hizo enteramente suyo, y en la cual encontré
consideración superior a la merecida, y con ella vivo y casi fraternal
afecto, sin olvidar hasta favores en intereses que, por ser dados con
delicadeza, pude recibir sin menoscabo de mi decoro. Era esta familia
la de un comerciante retirado inglés llamado Mr. Griffin, cuyas
hijas, pues hijos no tenía, por su crianza, talento e instrucción se
distinguían aun en Inglaterra, y una de las cuales casada durante
nuestra amistad con el afamado navegante inglés sir Juan Franklin, con
el nombre de lady Franklin se ha hecho notable en sus esfuerzos por
averiguar la por mucho tiempo ignorada suerte de su marido, muerto en
una expedición en las regiones polares, mientras otra, casada con sir
Juan Simpkinson, me proporcionó la estrecha amistad con su marido,
abogado en chancillería, hombre de vasta instrucción, entendidísimo en
los clásicos griegos y latinos, y también en la literatura francesa
e italiana, de ingenio agudo, de humor sarcástico, y por mil títulos
de agradabilísima compañía. Así su mujer, como las dos hermanas,
solteras cuando las conocí, y ya no en la primera juventud, pero
pasadas al estado de matrimonio después, instruidas por la lectura y
por multiplicados viajes, de modales como los de la parte superior de
la clase media, o dígase de la de caballeros en su patria, cultos al
par de los de la sociedad más alta, me dieron a conocer juntamente con
el trato de otras personas, pero en grado muy superior, lo íntimo de la
sociedad inglesa, a ninguna inferior en lo agradable, y la posibilidad
de una amistad estrechísima entre personas de diferente sexo, y no
enlazadas por parentesco o deudo, sin el más leve matiz de lo que en
otros pueblos hace tales amistades sospechosas a veces, y hasta en
no corto grado merecedoras de sospecha. Otra vez y mil pido perdón a
quienes lean estos renglones por hacer mención de cosas que me son tan
personales; pero sobre serme necesario dar aquí salida a afectos vivos
y tiernos de gratitud, bien puede servir mi caso de ejemplo de lo que
debieron los españoles constitucionales a los ingleses. Los enemigos
del pueblo británico, frío en la apariencia, pero caluroso en sus
actos, y si con trazas y actos que a nuestros ojos son de grosería,
llevando en su trato la cortesía y respetos sociales a un grado no
común de refinamiento, bien harían en enterarse de la historia de la
emigración española, y aprenderían de los pocos que de ella quedan, que
bienhechores y amigos como lo fueron para nosotros los del gran pueblo
que nos dio acogimiento por largo plazo, mal pueden hallarse en otra
tierra alguna.

Entre los objetos de tan vivo y por largos días constante afecto, había
algunos, bien que pocos, no muy dignos de él, pero casi ningún ingrato.
El estado de ociosidad en que los emigrados vivían no era favorable a
su buena moral, y, sin embargo, apenas produjo efectos perniciosos,
salvo en chismes entre ellos de los que abundan en las poblaciones
reducidas. Pero como en toda reunión de hombres los hay de condición
singular que se dan a notar por algo entre sus compañeros, no faltaban
entre nosotros, y porque servían de causarnos o diversión o extrañeza,
esta última mezclada en alguna ocasión con aprecio, no estará de más en
este trabajo dedicar unos renglones a hacer de ellos memoria.

Alguna se conserva del extorero José González, conocido por el mote
de _Muselina_, a quien dio más fama que su corta habilidad en su
oficio de banderillero, que le granjeó más silbidos que aplausos en
las plazas de toros, el papel que representó en la emigración, y aun
la circunstancia de estar en ella por razones políticas muy ajenas de
su antiguo modo de vida y de su crianza. Pero el pobre hombre había
sido de los que capitanearon la plebe de Málaga, cuando allí fue
proclamada con alboroto la Constitución en marzo de 1820, por lo cual
temió, no sin razón, ser castigado por el gobierno absoluto, el cual
así solía cebarse en los pequeños como en los grandes. El haber sido
colocado en la lista de los socorridos, dividida primero en seis y
después en cinco clases,[100] en la cuarta de estas, que comprendía
a los escritores y otros y tenía por encabezamiento _literatos_, se
dio motivo a un lance chistoso que, contado después, ha sido causa de
la idea errada de que la comisión inglesa, no contando con la clase
en que era justo colocar a un torero, había juzgado su profesión, si
no literaria,[101] cosa a ello parecida en las costumbres españolas.

        [100] Seis fueron en el principio las clases en que fueron
        distribuidos los refugiados, y las cuotas las siguientes:

            1.ª clase 5  libras esterlinas, sobre 475 rs.
            2.ª   —   4            —              380 —
            3.ª   —   3½           —              322 — 17 ms.
            4.ª   —   3            —              285 —
            5.ª   —   2½           —              234 — 17 ms.
            6.ª   —   2            —              190 —

        En breve fue suprimida la sexta clase, porque se consideró
        que 190 reales al mes era poco aun para pobres, y los que la
        componían pasaron a la quinta.

        Para cada mujer propia o parienta más cercana y dependiente del
        socorrido, recibía este dos libras esterlinas o 190 reales, y
        por cada hijo una libra o 95 reales, pero con tal que el total
        del socorro no pasase de once libras al mes (1645 reales),
        que fue el máximum. Por los hijos nacidos en Inglaterra de
        matrimonios refugiados nada se daba, porque eran ingleses, y
        como tales tenían derecho a ser socorridos por la ley de pobres.

        Estos eran los auxilios que daba el Gobierno. Los de los
        comités variaban.

        [101] El lance que dio a notar la rareza de hablarse de estar
        Muselina entre los literatos fue el siguiente: Era amigo
        íntimo del famoso señor Manuel García, padre de la muy afamada
        Malibrán, y por empeños de este, que a la sazón tenía cierto
        influjo en Londres como hábil maestro de música, fue colocado
        entre los socorridos, como debía serlo, no atendiendo a su
        categoría, difícil de señalar, sino a la cantidad que se
        deseaba que recibiese, la cual era de tres libras esterlinas,
        o sea sobre 285 reales mensuales. En un día de cobranza fue
        Muselina con los demás que recibían auxilios al lugar donde
        estos se distribuían. Como al margen de la lista debía cada
        cual poner recibí y añadir su firma, él, que no sabía escribir
        ni aun leer, dijo a uno que estaba cerca: «_¿Quiee osté poné
        ahí mi nombre o una cruj?_». «_¿En qué clase está usted?_», le
        preguntó aquel a quien pidió el favor, pronto a complacerle.
        «_Yo no zé en qué claze_ (dijo Muselina); _pero entre loz que
        cobran tres libraj estoy yo_». Fue el otro a mirar, y viendo
        que los de la cuota indicada formaban la clase cuarta, y que
        el título de esta empezaba con _literatos_: «_Bueno está_»,
        dijo riéndose, «_¿conque está usted como literato y no sabe
        escribir?_». Corrió de boca en boca el suceso, y se comentó,
        aumentó y desfiguró un poco.

Muselina era entrometido, chistoso como el más salado andaluz, aunque
grosero, bastante avisado para no dar muestras de su grosería entre
gentes decentes, activo y servicial. A él solían deber muchos españoles
concurrir en alguna ocasión al aristocrático teatro de la Ópera
italiana, porque estando en trato de estrecha amistad con varios de la
compañía, estos le daban billetes de favor, que él vendía a reducido
precio. Muselina (como era de presumir) no volvió a España, aun después
del triunfo de nuestra causa, porque siguió allí socorrido, cuando en
su patria nada tenía con qué contar, y en tierra ajena, para él amiga,
murió, y descansan sus despojos.

De muy diferente carácter, pero de humilde, aunque de harto más
decorosa profesión que la suya, era un zapatero de Granada llamado N.
Crespo, y conocido por el mote de _Patillas_, con el cual se apellidaba
él a sí propio y quería que los demás le apellidasen.

Era habilísimo en su oficio, hasta para calzar señoras; pero, aunque
bien avenido con los ingleses, miraba con aversión sus modas en el
calzado, y se atenía a las de España, si bien a las del tiempo en que
él tenía fama y parroquianos numerosos. Su manía era no tener muebles
ni alfombrado el suelo, como suele estarlo en Inglaterra hasta el de
las casas pobres, y lo estaba el de las en que vivían los emigrados,
pero con el socorro del Gobierno, y lo poco que le daba su trabajo,
tenía mesa abierta, y como es de suponer, concurrida, gastando así gran
parte de su escaso haber en dar sustento a compañeros de desdicha que
no lo necesitaban absolutamente. Este infeliz, que así como otros con
razón suponía que en su patria no podía prometerse otra suerte que la
de caer en completa miseria, se quedó asimismo en Londres recibiendo
socorros del Gobierno hasta 1847; pero entonces, como hubiese caído
enfermo del pecho un hijo que tenía consigo, al cual amaba tiernamente,
y como por consejo de los médicos para tal dolencia fuese conveniente
un clima menos frío y los aires patrios, hubo de venirse a Madrid,
donde su desdicha excedió con mucho a lo que podían ser sus temores.
Siendo honradísimo y pundonoroso, tuvo con todo que recurrir a la
caridad, por impedirle trabajar su vejez y achaques, y el número grande
de los de su oficio en una capital populosa. Aquí, lamentándose de que
en suelo extraño vivía, aunque modesta, algo holgadamente, cuando en
el propio se veía mendigo, llegó hasta a serlo en las calles, donde
haraposo, sucio, con la barba larga y cana, presentaba una imagen
lastimosa, sobre todo, a la vista de quienes le habíamos conocido en
Inglaterra, hasta que, rendido por las enfermedades y los años, fue a
parar a un hospital, donde tuvo triste fin su vida.

No tocó tan mal destino al un día afamado Cojo de Málaga, que también
quería ser llamado así, y no por su nombre de Pablo López. Este, que
por la indigna injustísima sentencia que en 1814 produjo su condena a
muerte, por fortuna no llevada a ejecución, más que por ser conocido
como grande alborotador en las tribunas de las Cortes, había adquirido
cierta fama, desde 1820 hasta 1823 había vivido sin hacer el papel que
él creía que le tocaba, pero resignado, si bien escamado del peligro
que había corrido, se mostraba más cauto que locamente celoso, y viendo
a los constitucionales desunidos y en guerra, no acertaba a ponerse,
ni de parte de los exaltados, a lo cual parecía que debían inclinarle
sus hábitos, pero a lo cual se oponía su antiguo culto a Argüelles, ni
de la de los moderados por no chocar con los liberales más ardorosos,
y entre estos con los del ejército un día llamado libertador, por
quienes en enero de 1820 había sido sacado del presidio de la Carraca
y venido a pasar dos meses con nosotros en el cercado ejército de
Quiroga. Era el Cojo cortísimo de luces y sobrado en presunción,
pero no mal hombre, y daba mucho que reír con sus necedades, si bien
estas eran ponderadas, achacándosele muchas que no decía, pero no mal
discurridas y muy del género de las que con frecuencia salían de sus
labios. No sé si murió en Jersey en los últimos días de la emigración,
o si logró pisar de nuevo la tierra de España en 1834; pero corriendo
este año, estaba ya terminada su vida y olvidado su nombre.

Por otras rarezas, y de mucha peor especie, era notado el anciano
Romero Alpuente, siempre singular en nuestra España. Con todo, varios
de entre los que habían sido comuneros seguían honrándole mucho, y
también a una amiga que tenía consigo, hembra de no buena ralea, de la
cual hubo algo fundadas sospechas de que se entendía con el Gobierno
de Fernando VII, si bien pudo esto no pasar de sospecha causada por
el mal concepto de aquella en quien recaía. Romero Alpuente, de quien
es el famoso dicho _la guerra civil es un don del cielo_, achacado a
algún otro en días muy posteriores, pero no cuando fue pronunciado, sin
que el mismo de quien salió negase ser suyo, logró volver a su patria,
donde murió en julio o agosto de 1834, nombrado, creo, procurador
a Cortes; pero ya puesto en causa por acusación de querer traer su
figurado don del cielo a nuestra patria, la cual le habría tenido
doblado, pues ya disfrutaba de él con el levantamiento carlista, a la
sazón un tanto pujante.

De diferentísima especie era otro sujeto digno del más alto aprecio, y
de lástima mucho más que de censura, por sus no comunes rarezas, que le
redujeron a triste vida y le trajeron a miserable muerte. Hablo aquí
ahora de un sujeto de mí muy querido, y a quien nadie podía querer
mal conociendo las dotes de su buen entendimiento, aunque pervertido
por un tanto de locura, su vasta instrucción, su escrupulosa honradez,
aun su modestia con visos de afectada, pero real y verdadera, en medio
de cosas que al parecer la contradecían, del malhadado don Esteban
Desprat, diputado que había sido en las Cortes de 1820 y 21, y poco
señalado en ellas porque carecía del don de la palabra, y hermanaba,
con desvariada osadía en sus doctrinas, singular encogimiento en sus
modos. Fue el acto de huir de España hasta cierto grado voluntario en
Desprat, pues si bien quedándose habría sido perseguido, no tenía que
temer extremos en el rigor de la persecución, pues había figurado poco,
y no era de las segundas Cortes, blanco principal, por sus actos, de
la saña del Gobierno del rey vuelto a su trono. Pero Desprat, no por
mero temor, como después acreditó no volviendo a su patria cuando en
ella no corría el menor peligro y sí podía volver hasta a ser diputado
a Cortes, sino por un arrebatado celo de la causa liberal, huyó a
Inglaterra. Allí se condenó a una vida de duras privaciones, dándose
juntamente al estudio. Llegó a tener en varios ramos conocimientos
extensos y algo profundos; pero en vez de hacer alarde de su saber,
lo encubría, siendo costumbre suya hacer sobre una u otra materias
preguntas como de ignorante, deseoso de saber de ella un poco; cuando
no del todo satisfecha su curiosidad con la respuesta a sus primeras
preguntas, solía en la conversación ir manifestándose más entendido a
veces que la persona por él preguntada. Poco a poco sus ideas fueron
siendo las de un radical de los más extremados, y paró, andando el
tiempo, en socialista. En medio de esto, dio en frecuentar gente de sus
ideas; y como entonces estas en Inglaterra contaban pocos prosélitos, y
estos no respetables, se habituó a asociarse con personas, o de corto
valer, o, cuando menos en la esfera social, de puesto muy humilde.
Comenzó también a tasarse la comida y bebida, siendo lo común hacer
la primera de pan y queso que llevaba en la faltriquera, y la segunda
de agua, que bebía sacándola de las bombas que hay en Londres en las
calles, donde asimismo solía lavarse. Renunció a cama mullida, y como
tenía bastantes libros, dormía sobre un cajón lleno de ellos. Pero por
algún tiempo pagó dos casas, pequeñas ambas, mezquinas y sin muebles,
situadas en distintos y uno de otro apartados barrios, para poder ir
con más comodidad a diversos y entre sí no cercanos lugares a que le
llamaban sus ocupaciones estudiosas. Andando el tiempo, llegó el en
que volvimos a nuestra patria los desterrados; pero Desprat no pensó
en acompañarnos, y no porque, como otros, prefiriese vivir del socorro
que daban los ingleses, pues tenía un pasar más que mediano en España,
sino porque el Gobierno aquí establecido distaba infinito de ser
conforme a sus ideas, ya ultrarrepublicanas, si tal expresión puede
con propiedad usarse. Aun la revolución de 1836 que trajo consigo el
restablecimiento de la Constitución de 1812 por la fuerza popular, y
aun lo llamado en jerga novel pronunciamiento de 1840, no llegaron a
satisfacerle ni con mucho. En tanto, una hermana suya, sabedora de sus
necesidades, sobre rogarle por sí y por conducto de varios amigos que
volviese con su familia, le remitió sumas no cortas para que viviese
con comodidad en Inglaterra si se obstinaba en permanecer allí; pero él
no quiso tomar ni aun la más leve parte de aquel dinero, alegando que
había causado a la que se le remitía graves perjuicios, sujetándola a
persecuciones en los días del restaurado absolutismo, contra lo cual
la digna señora protestó, asegurando que los daños por ella recibidos
estaban más que subsanados. Quería vivir de su trabajo, y para ello se
afanaba, pero le ponía tasa, y una muy baja, y si le daban algo más
que la tasación no lo admitía. Tan mala vida hubo de hacer mella en
su salud; pero no por esto se prestaba él a linaje alguno de regalo,
parecido más a santo penitente que a otra cosa, y siendo ejemplo de
ascetismo revolucionario. Su estatura pequeña, lo raro de su vestido,
que, según creo, él mismo cortaba y cosía, y un tono humilde, no
afectado, sino producto natural de su rareza, chocaban desde luego en
su persona al verle y oírle. Hube de tratarle mucho en una estancia de
seis meses que hice en Londres en 1843, proscrito yo entonces de nuevo,
pero por causa diferentísima de la que él sustentaba, y le encontré
muy amigo, a pesar de lo opuesto de nuestras opiniones, porque me
profesaba muy buen afecto. Pero le encontré enfermo y llegado a los
mayores extremos en sus manías; acostumbrado a andar a pie larguísimas
distancias con su ración de pan y queso en el bolsillo, resistiéndose
a tomar otro alimento, aunque alguna vez accediendo al cabo, y, ¡cosa
singular!, diciendo que él, por lo común, trataba con _pillos_, porque
en ellos encontraba gentes de sus opiniones, siendo, en la suya, gran
lástima que los hombres en otras cosas honrados y decentes, en política
abrigasen y sustentasen doctrinas falsas y perniciosas. Al cabo hubo
de terminar su vida, en periodo poco distante del día de hoy, en un
destierro y en su absoluta pobreza, constante en no apelar al uso del
dinero suyo propio para hacer más suave el tránsito de la vida a la
muerte, a que llegó por dolencias molestísimas y prolongadas.

No me ocurren por ahora a la memoria otros ejemplos de hombres
singulares en nuestra emigración, aunque hubo algunos más; pero bien ha
sido cerrar su catálogo con la mención de uno en alto grado estimable.

De los escritos publicados durante la emigración, pocos son dignos
de ser recordados. Don José Joaquín de Mora publicó algunas obrillas
cortas en prosa y verso, pero pronto salió de Inglaterra para la
América antes española.

Dos periódicos, no diarios ni aun semanales, sino publicados a largos
plazos, existieron, siendo la vida del uno breve, y la del otro casi
igual en lo larga a nuestro destierro.

El citado en primer lugar tenía por redactor principal a un hombre
de cortos alcances y escaso saber, que en Cádiz o en la isla de León
en 1811 había publicado uno con el título del _Robespierre español_,
y que en Inglaterra hacia 1816 y 17 había publicado otro que por su
destemplanza había precisado a sus compañeros de destierro a negarle de
un modo solemne que fuese expresión de sus doctrinas o pensamientos. A
él se agregó y en él escribió no poco un don N. Acevedo, asturiano, que
en Madrid en 1821 y 22 había escrito en _El Espectador_ titulándose el
_Momo_, nombre que inspiraba pretensiones a ser chistoso, por cierto
nada fundadas, porque si bien bastante instruido, era de erudición
indigesta y muy escaso juicio, escritor pesado, acre, grosero en sus
denuestos, y que hasta en 1824 tomó el nombre de Mysse Basileos (si no
me engaño) sin reparar en que en un constitucional español no estaba
bien declararse odiador de los reyes.

Fue el segundo periódico el titulado _Ocios_ de españoles emigrados,
donde escribieron principalmente don José Canga Argüelles y don Joaquín
Lorenzo Villanueva. En ninguno de los dos escribí yo, lo cual digo
porque ha sido frecuente creer lo contrario. Una contienda literaria
entre el mismo Villanueva y don N. Puigblanc mostró superioridad de
saber en el último, pero empleada en sustentar extravagancias a la
par con verdades, haciéndole mucha ventaja como escritor el primero.
En una contestación sobre política entre el insigne economista, pero
hombre singular, don Álvaro Flórez Estrada y don José Calatrava, cada
uno llevó en mi sentir la palma, pero fue del segundo en materia
de estilo. Don Vicente Salvá, dueño de un almacén de librería y
exdiputado, trabajó mucho en el ramo de bibliografía. Lo que otros tal
vez hicieron, o no salió a luz, o no llamó la atención a punto de
habérseme quedado grabado en la memoria.

Tiempo es ya de seguir a la emigración a Francia y decir algo de sus
esfuerzos para restablecer en España, si no la Constitución íntegra de
1812, una que de ella fuese y proclamase ser legítima heredera.




XVI.

LA EMIGRACIÓN CONSTITUCIONAL EN LA FRONTERA Y EN CAMPAÑA.


Tiempo es de volver al punto de estos recuerdos en que me separé del
orden de la narración para reparar omisiones cometidas al referir los
sucesos, si es que merecen tal nombre, que señalaron la estancia de los
españoles constitucionales en la Gran Bretaña, mientras allí estuvieron
formando cuerpo con presunciones de una nación abreviada. Este mismo
carácter hubieron de conservar por breve plazo, y con pretensiones, si
no más subidas, más fundadas, los que pasando a Francia en agosto y
septiembre de 1830 vinieron a formar una potencia enemiga de la España
regida por el poder absoluto de Fernando VII, y resueltos a romper las
hostilidades con un acto de agresión, acción justificable en quienes
creían que iban a dar libertad a un pueblo oprimido, a deshacer lo
hecho por la invasión francesa de 1823, y a encontrar en su patria
numerosos parciales, cuya cooperación, sobre contribuir a un triunfo
sin ella difícil, y, diciéndolo con propiedad, imposible, convertiría
en nacional y legítimo el hecho de entrar en son de guerra en tierra
propia procediendo de una extraña.

Ya en una parte anterior de este trabajo he contado la llegada de
muchos de mis compañeros de destierro a París, nuestros primeros
actos en la capital de Francia, los pasos que dimos para lograr del
gobierno francés que favoreciese nuestros intentos, y la división que
entre nosotros había, existente ya desde mucho antes, mayor entonces,
como era natural que fuese cuando pintaba una ilusión no del todo
descabellada, cercano el día en que ambiciones, ya nobles y prudentes,
ya locas y criminales, iban a encontrar un terreno donde podrían
contender por la victoria desde luego, y por el predominio muy en breve.

Dos eran, en medio de esto, las principales necesidades de los
refugiados, en su situación nueva de potencia beligerante. La una era
encontrar en el gobierno francés, no solo favorable acogimiento, sino
disposición a ayudarlos embozada o desembozadamente en la empresa a
que iban a arrojarse. La otra era tener una cabeza común, de todos
reconocida por tal y obedecida. Aun esto segundo en no corto grado se
enlazaba con lo primero, porque era indispensable tal cabeza para los
tratos necesarios que exigía el hecho de ponerse de acuerdo los futuros
auxiliadores con los auxiliados. Por su desgracia, estos últimos no
tenían una autoridad o gobierno, sino varias o varios: el de Torrijos,
ya formado en Inglaterra y trasladado a Gibraltar; pero no sin dejar
en Francia jefes militares dependientes de él y hasta negociadores
semiagentes diplomáticos: otro que iba a formarse, el cual tendría en
Mina un general a sus órdenes y un señor verdadero, y sobre esto tres o
cuatro personas de alguna, si bien no mucha cuenta, sin la presunción
de tomar el título de gobierno, pero igualmente resueltos a no obedecer
ni a Mina ni a Torrijos, esto es, a no ser gobernados.

En el gobierno francés había muy diferentes opiniones, que poco a
poco vinieron a ser opuestas la una a la otra, sobre si era o no
conveniente al nuevo poder francés contribuir al restablecimiento de
la Constitución caída en España, y, aun concediendo que conviniese
contribuir a tal fin, por qué medios, hasta qué grado había de hacerse.
Ya he referido cuán empeñado estaba en favorecernos Lafayette, cuyo
influjo en los actos del gobierno hasta diciembre de 1830, y por
consiguiente, en agosto, septiembre y octubre, periodo en que hicieron
los expatriados españoles su tentativa de restauración constitucional,
era grandísimo, pero no tanto que venciese toda oposición, pues sabían
resistirle, al cabo con feliz fortuna, adversarios más prudentes o
más diestros. De estos últimos, no pocos que podían bastante en el
ánimo del rey Luis Felipe y en el de sus ministros, y casi todos los
ministros mismos, preferían ver el nuevo rey o el recién levantado
trono reconocido por todas las potencias, y en paz, si no en amistad
con ellas, a lanzarse en una carrera donde, si podían alcanzar
gloriosos triunfos, de seguro habría de correrse grave peligro, y donde
la victoria habría de ser comprada con la guerra, lo cual juzgaban
que era pagarla a precio excesivo. Entre estas opiniones fluctuaba, o
tenía apariencias de fluctuar, el rey mismo, por su índole inclinado a
la paz, y juzgándola asimismo conducente al común provecho y al suyo
particular, bien que cediendo a veces, no a ímpetus hijos de su valor
antiguo que aún conservaba en los peligros, sino a deseos de conservar
el buen afecto aun del partido popular extremado, y de no llevar las
cosas por exceso de condescendencia a situación no menos peligrosa
que la de que huía. De todo ello resultó apelar a términos medios;
favorecernos, pero con timidez y parsimonia, y estar preparado a trocar
el escaso favor en oposición declarada, aunque nunca en hostilidad a
las personas.

Entretanto, como no era posible, no estando en guerra Francia con
España, tratar el gobierno de aquella abiertamente con los españoles
proscritos, nos veíamos obligados, según la frase vulgar, a llamar a
varias puertas, por donde teníamos un tanto franca o menos trabajosa
la entrada. La de Lafayette nos estaba abierta con la mejor voluntad
posible; pero si todos penetrábamos por ella, no todos éramos recibidos
con igual favor; y como íbamos con pretensiones muy diversas en punto a
las personas que habrían de dirigir nuestra empresa, seguíase de ello
que la preferencia dada a unos era, si bien no en la intención, en los
efectos, disfavor hecho a otros, causando a la causa común no leve
perjuicio.

Desde algunos años antes estaban Lafayette y Torrijos en
correspondencia epistolar muy amistosa. Agregábase a esto ser Torrijos
de la sociedad de los comuneros, reputada por los franceses y por
todos los extranjeros la más análoga en ideas al partido político
de que el afamado y anciano general era cabeza aparente. También
Torrijos, aunque ausente, contaba con un gobierno formado, el cual,
si le faltaba tierra en que ejercer su autoridad, tenía nombrados sus
generales, y hasta sus negociadores. Con algunos de estos estrechó
sus relaciones el ilustre francés, y a él dio los no muy cuantiosos
socorros destinados a empresa tal como era la de hacer guerra a un
rey que contaba para defenderse con todos los recursos de una, si no
poderosa, tampoco pequeña monarquía. Pero como en la desunión y los
odios que nos estaban destrozando y enflaqueciendo se hacía necesario a
los de un bando desconceptuar a los de otro opuesto o diverso, los que
más privaban con Lafayette lograron persuadir a este personaje, a veces
por demás crédulo, de que Mina cedía mucho a los consejos e influjo
del duque de Wellington, y bastó la mención de un nombre a la sazón
en Francia aborrecido para hacer sospechosos, si no odiosos, a los
meramente acusados de estar en relaciones amistosas con el vencedor de
Waterloo, que era asimismo un tory acérrimo, y enemigo de la Francia
revolucionaria.[102]

        [102] Ocurrió sobre esto un lance chistoso o como represalias
        de los de Mina. Entre los agentes de Torrijos lo era entonces
        en París, muy activo, el a la sazón coronel o brigadier
        Miniussir, hermano político del desdichado general. A un
        parcial de Mina, que hablando con varios franceses los halló
        preocupados con la idea de que el exguerrillero navarro
        obedecía al influjo inglés, se le ocurrió citar el hecho de
        que Miniussir había estado en la batalla de Waterloo, donde se
        portó con bizarría. «_¿No habrá sido con Wellington_», dijeron
        los franceses. «_Sí, con Wellington estuvo_», dijo, y dijo
        verdad el parcial de Mina. Bastó esto para alejar del trato con
        Miniussir a los franceses, que miraron como culpa lo que no lo
        era. Por fortuna de Torrijos, tenía este otro negociador en don
        Ignacio López Pinta, muy querido de Lafayette.

Entretanto Mina, se preparaba a venir a Francia y a la frontera de
España, desmintiendo los infundados cargos que era común hacerle. Pero
él había menester también de un gobierno que le auxiliase, y fondos con
que proveer a los primeros gastos de la campaña que iba a emprender. De
esto último se encargó Mendizábal, y lo consiguió sacándolo de fondos
de los empréstitos hechos por el gobierno constitucional desde 1820
hasta 1822 y no reconocidos por el rey de España vuelto a su poder
absoluto. Pero un dueño del dinero en casos tales quiere, y con razón,
saber a quién ha de dársele, y a esto debe añadirse que Mendizábal, por
su natural, propendía a querer gobernarlo todo. Así es que activó el
nombramiento de una junta, y pretendió influir en él, y lo consiguió
completamente. Entonces, acordándose del disgusto que había tenido
conmigo, y del cual seguía resentido, intentó y logró que no fuese yo
de ella, como parecía natural, por haber sido yo el primero que aparecí
en París, y haber entablado tratos en nombre de la emigración con
algunos, bien que pocos, personajes de cuenta. Tuvo Mendizábal el arte
de sustituir a mi nombre el de Istúriz, recién llegado a París, y mal
podía yo oponerme a que recayese tal distinción en uno que, sobre ser
distinguido patricio, era mi amigo más estrecho y querido, carácter que
todavía conserva. Había también en Mendizábal para preferir a Istúriz
una razón que podía mucho en su ánimo entonces, como pudo después,
y cabalmente en una ocasión señalada respecto al mismo personaje.
Istúriz había tratado muy poco a Mendizábal, y, si no le miraba con
malos ojos, tampoco le tenía en mucho, y Mendizábal tenía singular
empeño en ganarse y hacer suyos a los que de hecho eran, o él reputaba,
sus contrarios. Fuese como fuese, quedé yo descartado y arrinconado,
lo cual confieso que fue uno de los golpes más duros que he llevado,
o que más he sentido entre los muchos reveses y sinsabores por que
he pasado en mi larga y no muy feliz carrera. No me acuerdo bien de
quiénes fueron los otros cuatro que compusieron la junta, aunque sé que
fue uno de ellos el general (a la sazón brigadier) don Vicente Sancho,
no procedente de Inglaterra, pues había pasado la emigración en el
Mediodía de Francia, y muy relacionado con Mina.

Había ya dos _poderes constituidos_ (hablando a la moderna) en la
emigración que amenazaba invadir a España, y pretendía gobernarla;
pero así como al lado de potencias poderosas viven, y vivían antes más
que hoy, Estados pequeños, ya con el título de repúblicas o ciudades
libres, ya con el de principados o ducados, y aun con el de reinos
independientes, a pesar de su corta extensión y mezquina fuerza, así
algunos caudillos se mantenían firmes en su propósito de libertar a
España, no por cuenta ajena, sino por la suya propia.

No podía aspirar a tanto Borrego, pero no menos pretendía que
conseguirlo, dando el mando a un su amigo, del cual creía que podía
disponer a su antojo. Era su candidato un catalán llamado don Antonio
Baiges,[103] exguardia de Corps, y no sé si ya en grado superior al de
subalterno en la milicia, rudo, sin letras, notable por su gallarda
presencia no acompañada de finos modales, ambiciosísimo, inquieto,
sospechado antes y después de infidelidad a la causa liberal, quizá
sin motivo, y cuya suerte fue venir a morir, después de estar por
largo tiempo olvidado, herido de una bala o granada, cuando en 1843
estaba ejerciendo un mando entre los entonces rebeldes dueños de la
ciudad de Barcelona.

        [103] Este Baiges fue acusado de haber estado en el campo
        carlista. Como quería figurar entre los progresistas más
        extremados, pendiente aún la guerra civil, vino una vez a
        Madrid, y se presentó en el Café Nuevo, donde concurría la
        gente más ardorosa, entre la cual quiso entrar y ser contado.
        Pero le avino mal, pues muchos le cayeron encima, de modo
        que corrió peligro. Desapareció entonces, y vino a aparecer
        sirviendo a la Junta central de Barcelona en la época en que en
        aquella ciudad perdió la vida.

Por descabellada que pareciese la idea de Borrego en sustituir tal
candidato a Torrijos o a Mina, no dejó su empeño de causar molestia
y crear obstáculos, porque, si era de poco valer el favorecido, su
favorecedor tenía en París algunas y buenas relaciones, que él sabía
aprovechar, siendo activo y osado, aun sin contar con que para hacer
mal bastan fuerzas muy inferiores a las necesarias para hacer bien, y
desunirnos era hacernos mal, y también cosa fácil, pues lo difícil era
unirnos para formar un cuerpo que forzosamente tuviese una cabeza.

Serlo pretendía el general don Pedro Méndez de Vigo, y al efecto se
afanaba sobremanera. Si no alcanzó el objeto de su deseo por lo pronto,
al cabo, andando el tiempo, se granjeó una clientela, pero no toda
de españoles, pues se ligó con refugiados italianos y polacos, con
los cuales entró en locas empresas; pero en días posteriores a los
sucesos que voy ahora aquí narrando. En ellos no apareció Vigo como
independiente, sino solo con pretensiones de serlo, y pasado a la
frontera, no sé a quién se agregó con sus no numerosos secuaces.

No estaba muy claro si el general Milans reconocía a alguno por su
superior, porque sus parciales solo de él se decían dependientes; pero
no era hombre desvariadamente ambicioso ni de mala índole, y por su
cuna y primera crianza tenía prendas de caballero. Así es que a nadie
fue obstáculo.

Tampoco lo fue el infeliz De Pablo o Chapalangarra, aunque hizo alarde
de su independencia en vez de ocultarla; pero si se declaró resuelto a
no reconocer superiores, no pretendió buscar en la emigración secuaces.
De todos desconfiaba, por lo cual a nadie se prestaba a seguir; siendo
más que vano, receloso, y persuadido por otra parte de que en España
misma era donde convenía buscar auxiliares para la empresa de levantar
en ella la bandera constitucional, lo cual no era desacierto, siendo
solo el error de sus ideas, y la causa de su trágico fin, el creer que
allí donde era conveniente buscarlos era fácil encontrarlos.

Hechos ya estos arreglos harto imperfectos, aquellos a quienes tocaba
pasar de los proyectos a las obras se trasladaron a Bayona. Allí pasó
Mina sin haberse detenido en París, donde hubo de estar de incógnito
por brevísimo plazo, tal vez solo de horas.

Desde aquel momento en adelante no fui testigo presencial de los
sucesos de la frontera, pero de ellos puedo decir algo, refiriéndome
a noticias dadas por varias personas de cuya veracidad no tengo ni
debo tener duda. Porque, volviéndome a Inglaterra, levanté mi casa,
recogí mi familia, y hube de volverme a París, adonde llegué en los
días últimos de septiembre a pasar en Francia una vida oscura harto
más desagradable que la que pasaba en Londres, hasta que trasladado a
Tours en 1832, durante mi estancia de dos años en aquella linda ciudad,
viví en ella, si con grande estrechez, agradablemente, compensando el
trato de amigos allí adquiridos los inconvenientes de mi cortedad de
recursos.

Coincidió, pues, con mi llegada a la capital de Francia el comenzar
de los preparativos para la invasión de España, siendo teatro de
las operaciones preliminares las poblaciones francesas linderas del
Pirineo. El centro de estas era Bayona, y allí fue a establecerse la
junta que, para evitar confusión, llamaré aquí del partido de _Mina_.
Los que obedecían a la del partido de Torrijos establecida ya en
Gibraltar, en número igual o tal vez superior a los otros, si bien
acudieron a la misma ciudad, y en ella hicieron estancia, no tenían
allí su cabeza. Los independientes vagaban por las inmediaciones.

Entonces comenzó a verse un espectáculo en algo parecido al que, según
noticias, presentaba a la vista y consideración la reunión de los
emigrados franceses en _Coblenza_ en 1792. Se creía seguro el triunfo,
y empezaba a reputarse delito o poco menos la tardanza, echando en
cara los primeros en llegar a quienes venían después que no era razón
participasen de la honra y provecho de la victoria los omisos o menos
diligentes en presentarse en el campo. Y el campo (como me escribía un
amigo dándome noticias de lo que allí pasaba) era las a la sazón mal
empedradas calles de Bayona.

Mina no había llegado de los primeros, ni tenía para qué apresurarse.
Pero sus contrarios aun entonces se desataron a incriminar su pereza,
tachándole cuando menos de irresoluto. A su lado, o bajo sus órdenes,
se habían puesto, sin embargo, los más entre los principales de
la emigración, aunque no faltasen entre los parciales de Torrijos
personas de mérito y de bien adquirido renombre en el gran partido
constitucional, cuya bandera habían seguido. El exministro y militar
don Evaristo San Miguel recibió un mando de la junta que obraba de
acuerdo con Mina, no obstante ser de los mayores enemigos del caudillo
navarro, y salió a desempeñarle a la frontera de Cataluña, donde
se encontró con los parciales de Torrijos, que obedecían al digno
exdiputado don José Grasses; pero, pudiendo en ambos la antigua amistad
más que las nuevas discordias, y el amor a la causa común más que
afectos de bandería, se pusieron de acuerdo a punto de no conocerse
quién tenía el mando. Pocas ocasiones tuvieron de competir por él, pues
apenas se alejaron de la raya, entrado que hubieron en la tierra de
España, para ellos entonces enemiga, y se vieron obligados a recogerse
pronto a Francia casi sin pelear, pero sin mengua, no estando en su
mano acometer imposibles.

Por el confín de Francia con Navarra y Guipúzcoa era donde se preparaba
lo recio de la guerra, porque si bien amenazaron los constitucionales
entrar por Aragón, allí nada hicieron, sin que esto sea, ni por asomo,
culpar a los encargados de guerrear por aquellos lugares, que faltos de
fuerza, y no unidos, encontraron a su frente preparados a resistirles
las tropas del general Rodil, que no era todavía en aquella hora
constitucional celoso.

Cortas, por cierto, eran las fuerzas que se arrojaban a tanta empresa
como era derribar al Gobierno establecido en España, y bien habría
sido esperar a que entendiéndose con los constitucionales de dentro
de la Península los de fuera a punto de concentrar sus operaciones,
encontrasen los invasores una ayuda, no solo útil, sino absolutamente
necesaria. Tal vez esta idea detenía a Mina, si detenerse puede
decirse no haberse arrojado al territorio español, a pocas horas de
haber llegado a los puntos con él confinantes. Pero a tan juicioso
proceder se oponían poderosas consideraciones. Los de Torrijos,
capitaneados por don Francisco Valdés, coronel en España, y que
tenía de la junta formada en Londres meses antes, y ya residente en
Gibraltar, un despacho de mariscal de campo, del cual, sin embargo,
no usó las divisas, estaban llenos de impaciencia, vituperaban la
flojedad de Mina, y por otro lado, temían que obrando el caudillo
navarro cogiese para sí la mayor parte de la honra y provecho de la, a
sus ojos alucinados, casi segura victoria. Los mismos amigos de Mina
le apremiaban a que obrase, porque no quedasen solos los que iban a
hacerlo, y saliendo deshechos con estrago, se atribuyese al acto de
haberlos abandonado su desdicha, que lo sería de la causa común. Por
otra parte, el gobierno francés, tímido y no muy seguro auxiliador de
los constitucionales armados en su territorio, no estaba en guerra
con el de España, ni deseaba estarlo si lo podía evitar, por lo cual
no quería, ni era razón quisiese, conservar en su territorio aquella
fuerza armada, amenazando a una potencia extraña, siendo por esto su
anhelo que de una vez se saliese de situación tan embarazosa, pues,
o triunfante la bandera liberal en España, pasaría a tener en su
vecina una amiga fiel en vez de una enemiga encubierta, o, vencidos
los agresores, dictarían la prudencia y aun la justicia disolver
las reuniones de gente armada que comprometiese la paz sin dar en
compensación el menor provecho.

Parecerá extraño, al tratar de estos sucesos y referir los intentos
y actos de Mina, en punto de tal gravedad como era el de empezar la
guerra, que nada diga de la junta, que al parecer para algo hubo de
haber sido nombrada, y no siendo gobierno, mal podía acertarse con
lo que era. Pero la pobre junta se veía mirada como rival por la de
Torrijos, como nada por los que a nadie obedecían, y no como mucho
por Mina, el cual, si bien no le faltaba a la consideración, rara vez
acudía a ella, y en verdad no tenía para qué. Lo más singular era que
el mismo padre de la junta, Mendizábal, dado siempre a llevar las
cosas por medios irregulares y a hacer poquísimo caso de superiores,
iguales o inferiores para dirigir por ajeno precepto o consejo su
conducta, en vez de oír para seguirla la voz de su propio capricho,
solía entenderse con Mina para todo, incluso aquello en que debería
haberse dirigido a la junta, si es que esta era algo. Tal proceder
disgustó sobremanera al nada sufrido Istúriz, y aun hubo de enojar en
cuanto cabía a sus flemáticos compañeros. De estos el brigadier Sancho,
sin incomodarse al parecer ni con Mina ni con Mendizábal, con quienes
le unía estrecha amistad, pero sin avenirse a representar un papel un
tanto desairado, acordándose de que era militar, desamparó la junta por
salir a campaña, y fue a ponerse como soldado a las órdenes de Mina.

Singular principio habían tenido en aquella hora las hostilidades, si
tal nombre merece el suceso que voy a referir, trágico y horroroso en
extremo. Mientras se apresuraba Valdés a penetrar en España seguido
de unos 1000 hombres y poco más, como para dar ejemplo a Mina,
poniendo patente lo que en él culpaba de indecisión, y mientras Mina
se preparaba a seguirle, no de buena gana, porque veía cuán locamente
precipitada era la agresión, pero resuelto a no dejar de exponer su
vida, un hombre impelido por el fanatismo más ciego posible se arrojó
casi solo a representar el papel de restaurador de lo llamado libertad
en su patria. Con haber dicho antes cuáles eran los pensamientos,
afectos y situación extraña de Chapalangarra (o digamos de De Pablo),
fácil es adivinar que era el sujeto de quien voy hablando en el momento
presente. Fiado en su gloria y renombre, y en el influjo que se
figuraba tener entre sus paisanos, lleno de los recuerdos de la guerra
de la Independencia, y olvidado de lo ocurrido desde 1820 a 23, pensó
que su presencia y voz conocidas bastarían para inducir a millares de
navarros a seguirle.[104]

        [104] He entendido que alguien acompañaba a Chapalangarra. Pero
        él solo se lanzó a la muerte.

No había andado largo trecho por el suelo patrio, cuando dio con una
cuadrilla o partida de gente armada, que era, según es probable, parte
de un cuerpo de voluntarios realistas. En vez de huir el desalumbrado
constitucional, se fue en derechura a los que juzgaba que podía hacerse
amigos, y comenzó a predicarles, trayéndoles a la memoria sucesos de la
guerra contra Napoleón; cómo seguían entonces a Mina, y aun al mismo De
Pablo los navarros; ser una misma la causa que él venía a sustentar,
y que tenía esperanzas de ser oído con tanto favor que encontrase en
ellos auxiliadores para la obra de dar libertad a la patria. Hubieron
de quedarse atónitos y suspensos los oyentes al oír las extrañas frases
que el predicador les dirigía, frases para muchos incomprensibles,
si bien para otros abominables, y más hubo de causarles pasmo ver
que un hombre, no seguido de fuerza, osase pon tanta serenidad
ponérseles delante, cuando los principios que proclamaba declaraban
ser su enemigo. Pero no duró mucho la admiración, sucediendo a esta
pasiones de muy otra clase, y, disparando uno un tiro al predicador
como en respuesta al sermón, el ejemplo fue seguido, y cayó el infeliz
Chapalangarra cubierto de heridas. Ni se contentaron sus matadores con
verle muerto, sino que arrojándose sobre su cadáver, le destrozaron,
llevándose algunos de sus miembros por trofeo; hecho atroz repetido
en otra ocasión por gente igualmente bárbara, pero proclamando otras
doctrinas, y propio proceder de la plebe feroz por su ignorancia, y
cruel, sea cual fuere la voz que apellida o la bandera que sigue.

Debió el triste fin de Chapalangarra haber dado que pensar a los
constitucionales, no porque la temeridad de aquel infeliz, víctima
de su fanatismo y arrojo, pudiese tener buen término, sino porque
indicaba, por las circunstancias anejas a la desgracia, cuál era el
espíritu de las poblaciones donde esperaba la inminente agresión
encontrar amigos. Pero nunca emigrados comprenden la situación del
pueblo que se han visto obligados a abandonar y de que han estado
ausentes por no breve plazo. Así es que coincidió con la muerte de
Chapalangarra la entrada de los de Valdés, A los cuales siguieron muy
pronto los de Mina, no sin que antes, según me han referido personas
dignas de todo crédito, hubiesen estado a punto de venir a las manos
unos con otros. No se quedó Mina en Francia; pero por causas que
ignoro, hubo de entrar separado del grueso de su gente, pues solo
acompañado de dos o tres fieles secuaces, corrió gravísimos peligros,
de que escapó como por milagro.

No tengo datos para contar por menor o con exactitud las ocurrencias
de la guerra de dos o tres días, de que hubieron de volver los
constitucionales vencidos, sin mengua de su honra, y habiendo tenido
pérdidas lastimosas. Al segundo o tercer día de estar en España
vinieron sobre ellos fuerzas respetables de las que mandaba el general
Llauder, entre las cuales se contaban tropas de la Guardia Real,
a la sazón muy lucida. Resistir a tal poder era imposible, y fue
fortuna que todos cuantos habían penetrado en el territorio español
no hubiesen quedado en él para bañar el suelo patrio con su sangre;
pues el Gobierno del rey Fernando a ningún enemigo político perdonaba
la vida. Porque las tropas reales, en vez de embestir desde luego a
sus contrarios, se encaminaron como a cortarles la retirada a Francia,
lo cual notado por los constitucionales, retrocedieron estos a buscar
el abrigo del Estado vecino; pero aun así no habrían hallado franco
el paso a no habérsele abierto con una carga dada por unos pocos de a
caballo de su mando el antes capitán de carabineros reales don N. Cía,
recién venido a la emigración. Cedió con tal flojedad la infantería de
la Guardia Real a tan pobre fuerza, que merece algún crédito lo que
después aseguraron varios realistas pasados a ser sostenedores del
trono legítimo y constitucional de Isabel II, y es que adrede dejaron
pasar a los que se retiraban, sabiendo que de no hacerlo así, sería
horrorosamente ensangrentada la victoria. Pero si hubo tal humanidad
en aquella hora, no la hubo en la inmediatamente posterior, que fue
la del alcance. No habiendo señales visibles que demarquen en los
despoblados de la frontera teatro de aquellos sucesos el territorio del
uno y otro Estados vecinos, dentro de Francia fueron muertos, o cayeron
prisioneros para perecer con cortísima demora bastantes de entre los
constitucionales.

Entretanto, quedaba en España Mina, no ignorándolo sus enemigos, esto
es, los servidores del gobierno español. Hacerse con su persona para
quitarle con alguna solemnidad, aunque escasa y sin dilación, la vida,
vino a ser empeño vivo en unos, tibio en otros, pero igual en sus
efectos, de todos los vencedores. Registraron los lugares más fragosos
del Pirineo, ayudándose con perros de caza. Apenas quedó monte, valle
o cueva en que no se hiciese escrupuloso registro, Pero el caudillo
navarro estaba en su elemento cuando trataba de escapar indemne de una
persecución aun la más tenaz, y oculto, ya en cuevas, ya en medio de la
intrincada maleza, más de una vez sintió o vio pasar a su lado y casi
tocándole, a los que le buscaban ansiosos de su prisión y suplicio. Dos
o tres días hubo de durar este peligro, corridos los cuales, pisó Mina
de nuevo el territorio francés volviendo a su situación de emigrado,
de la cual no había de salir sino en virtud de una amnistía traída por
posteriores y entonces inesperados sucesos.

No tuvieron tan trágico fin las tentativas hechas por los confines de
Aragón y Cataluña, las cuales vinieron a parar en nada, recogiéndose
los invasores a Francia sin pelear, viendo que no tenían fuerzas para
empeñar una lid contra sus poderosos enemigos.

De allí a muy poco, el gobierno francés, habiendo logrado del de España
que, si bien con visible mala voluntad, reconociese a Luis Felipe
por rey de los franceses, mandó, como era de esperar, dispersarse a
los españoles reunidos en la frontera. Grande indignación nos causó
este hecho, que, bien mirado, era un acto de rigurosa justicia. Bien
es verdad que porque los franceses nos habían quitado la libertad en
1823 los juzgábamos obligados a devolvérnosla en 1830, tan trocadas
ya las cosas que en Francia dominaban los que más habían vituperado
la invasión del ejército del duque de Angulema. Pero no pueden las
naciones regirse por leyes que obliguen a la restitución de lo que no
es un objeto material o físico, ni cabe una reparación tal que subsane
todos los daños y perjuicios hechos en época no inmediata.

Desparramáronse los emigrados por Francia, no viniendo a ser París su
centro, como poco antes lo era Londres. En las tentativas hechas en el
Mediodía, que produjeron la muerte de Torrijos, no pudieron tomar parte
más que llorando a las víctimas y maldiciendo a los sacrificadores.
Uniéndose con emigrados de otras naciones uno u otro de los nuestros,
bien que en cortísimo número, fueron participantes en empresas
encaminadas a derribar otros gobiernos que el de España. Hasta se
distinguieron por más pacíficos que otros emigrados, y particularmente
que los polacos, en no mezclarse en los negocios del pueblo francés, a
la sazón por demás inquieto.[105]

        [105] Es de notar que al solemne entierro del general Lamarque,
        donde se presentaron con banderas los emigrados de todas las
        naciones, concurrieron poquísimos españoles de los que vivían
        en París. Por supuesto, no fue allí Mina. Al difunto general,
        más ansioso de los triunfos y gloria de las armas francesas que
        del establecimiento de la libertad en pueblos extraños, solo
        debían mirar los españoles como a un devastador de su patria,
        que lo había sido en la guerra de nuestra independencia.

Con harto mayores motivos para tener alegres esperanzas que los que
debíamos tener en Inglaterra, acaso teníamos menos, sobre todo al
empezar 1832, viendo cómo triunfaba el gobierno español cuando era
combatido.

Sin embargo, los sucesos de Portugal, cuando el exemperador del Brasil
don Pedro de Braganza tremoló el pendón constitucional en Oporto,
fueron como una aurora nuncia del cercano día de nuestra redención
y victoria. Pero el día vino sin traérnosla, y fue nublado, y con
presagios de acabar fatalmente. Por otro lado, sin embargo, se nos
abrió el camino a nuestra patria. A ella volvimos casi todos mal
corregidos de nuestros yerros, pero firmes en nuestros principios y con
honra. Perdidos en el seno de la nación, nuestra historia cesó en 1834,
y algunos solo hemos figurado con más o menos lustre, y diferentemente
juzgados por diversas y opuestas doctrinas e interés, en los anales de
la España nueva.


FIN.




ÍNDICE.


  Caps.                                                            Págs.

     I. Cádiz en los primeros años del siglo presente.                 9

    II. Cádiz en los días del combate de Trafalgar.                   27

   III. Madrid en los días del reinado de Carlos IV.                  43

    IV. Madrid de 1806 a 1807.                                        63

     V. Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1808.     83

    VI. Madrid y alguna provincia a fines de 1808 y en 1809.         105

   VII. Un tumulto en una ciudad de provincia en 1809.               125

  VIII. Cómo se pasaba bien el tiempo en una ciudad sitiada.         141

    IX. Cómo cae un mal gobierno.                                    207

     X. El 10 de marzo en Cádiz.                                     291

    XI. Las sociedades patrióticas de 1820 a 1823.                   329

   XII. Sociedades secretas de España desde 1820 a 1823.             367

  XIII. Deposición del rey por las Cortes en Sevilla el 11 de
        junio de 1823.                                               421

   XIV. Dos viajes que no se parecen el uno al otro.                 443

    XV. Recuerdos de una emigración.                                 455

   XVI. La emigración constitucional en la frontera y en campaña.    529




CORRECCIONES Y ERRATAS.


  PÁGINA. LÍNEA. DICE.                DEBE DECIR.

     67     28   _baetus_             _battus_

     88     24   esforzados           forzados

    113      5   empezaban            empeoraban

    218     32   1810                 1819

    392      4   entrase al momento   dese entrada al momento a

    459     24   _Guartvrly Revieu_   _Quarterly Review_

    459     35   _nia_                _ma_

    466     28   comunetis            comuneros

    477     29   _veturns_            _returns_



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        the use of Project Gutenberg™ works calculated using the method
        you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
        to the owner of the Project Gutenberg™ trademark, but he has
        agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
        within 60 days following each date on which you prepare (or are
        legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
        payments should be clearly marked as such and sent to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
        Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg
        Literary Archive Foundation.”
    
    • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
        you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
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        License. You must require such a user to return or destroy all
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        works.
    
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are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
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forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
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or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or
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Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™

Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg™ and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West,
Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of
volunteer support.

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editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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