Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2)

By Victor Hugo

The Project Gutenberg eBook of Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2)
    
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Title: Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2)

Author: Victor Hugo

Translator: José Aguado y Menéndez


        
Release date: August 12, 2026 [eBook #79356]

Language: Spanish

Original publication: Valencia: Ramón Ortega publisher, 1894

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/79356

Credits: Andrés V. Galia, Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NUESTRA SEÑORA DE PARÍS - TOMO 1 (DE 2) ***


                         NOTAS DEL TRANSCRIPTOR


En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
_guiones bajos_ y las palabras en versalitas en MAYÚSCULAS.

La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido puesta
en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano, cuando la
presente edición de esta obra fue publicada, eran diferentes a las
existentes cuando se realizó la transcripción. El criterio utilizado
para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas
de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector
interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las regla establecida por la RAE, que indica que las
letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar
tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si
se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se
trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos ha sido agregado por el transcriptor.


                   *       *       *       *       *




                        NUESTRA SEÑORA DE PARÍS


                              VÍCTOR HUGO

                        NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

                  NUEVA Y CORRECTA TRADUCCIÓN ESPAÑOLA

                          _por el licenciado_

                       D. José Aguado y Menéndez


                                 TOMO I


                                VALENCIA
             _Imprenta y librería de Ramón Ortega, editor_
                      BAJADA DE SAN FRANCISCO, 11

                                  1884




                                PRÓLOGO


Hace algunos años que visitando, ó por mejor decir, huroneando por la
iglesia de Nuestra Señora, halló el autor de este libro, en un rincón
oscuro de una torre, esculpida en la pared esta palabra:

                                ἉΝἉΓΚΗ.

Estas mayúsculas griegas, denegridas á puro antiguas, y harto
profundamente entalladas en la piedra, yo no sé qué signos adecuados á
la caligrafía gótica estampados en sus formas y actitudes, como para
revelar haber sido una mano de la Edad Media quien allí las escribiera;
más sobre todo el sentido lúgubre y fatal que ellas encierran, pararon
sobremanera al autor.

Entró dentro de sí; empezó á recapacitar quién podía ser el alma en
pena que no quiso salir de este mundo sin dejar esta marca de crimen ó
desventura en el frontón de la antañada iglesia.

Luego borrajearon ó rasparon, no sabré decir cuál de las dos cosas, la
pared, y desapareció la inscripción. De este modo tratan, pronto habrá
doscientos años, á las portentosas iglesias de la Edad Media; vense
mutilar tanto por dentro como de fuera. Borrajéalas la mano sacerdotal,
ráspalas el arquitecto, y enseguida llega el pueblo que las demuele.

Así, fuera del frágil recuerdo que le consagra aquí el autor de
este libro, ya no queda nada hoy de la palabra misteriosa grabada
en la mustia torre de Nuestra Señora, nada absolutamente del hado
desconocido tan melancólicamente resumido. La criatura que escribió en
la pared este vocablo, hace muchos siglos, se borró de en medio de las
generaciones, borrádose ha también á su vez del muro santo el vocablo
mismo, y hasta la iglesia quizás se borrará igualmente de sobre la haz
de la tierra.

Sobre esta palabra se ha compuesto el libro.


                                               _Marzo de 1831._




                                 ÍNDICE

                                                             Pág.

      PRÓLOGO                                                 v

                            LIBRO PRIMERO

         I. La sala mayor                                     7

        II. Pedro Gringorio                                  22

       III. El señor cardenal                                33

        IV. Maestre Jacobo Coppenole                         39

         V. Cuasimodo                                        47

        VI. La esmeralda                                     57


                            LIBRO SEGUNDO

       I. De Caribdis en Scila                               62

      II. La plaza de Greva                                  65

     III. Besos para golpes                                  68

      IV. Inconvenientes de seguir de noche por las calles
          a una mujer linda                                  79

       V. Siguen los inconvenientes                          85

      VI. El cántaro roto                                    88

     VII. Una noche de boda                                 109


                             LIBRO TERCERO


       I. Nuesra Señora                                     122


                             LIBRO CUARTO

       I. Las buenas almas                                  133

      II. Claudio Frollo                                    138

     III. Immanis pecoris custos, immanior ipse             144

      IV. El perro y su amo                                 153

       V. Continuación de Claudio Frollo                    155

      VI. Impopularidad                                     163


                            LIBRO QUINTO

       I. Abbas beati Martini                               165


                           LIBRO SEXTO


       I. Ojeada imparcial sobre la antigua magistratura    177

      II. La ratonera                                       189

     III. Historia de una torta con levadura de maíz        195

      IV. Una lágrima por una gota de agua                  219

       V. Fin de las historia de la torta                   229


                           LIBRO SÉPTIMO

       I. De los inconvenientes de confiar un secreto a
          una cabra                                         233

      II. Que un clérigo y un filósofo son dos              250

     III. Las campanas                                      261

      IV. A'NAΓKH                                           264

       V. Los dos hombres vestidos de negro                 280

      VI. Efecto que pueden producir siete juramentos
          al aire libre                                     287

     VII. El fantasma                                       292

    VIII. Utilidad de las ventanas que dan al río           301





                             LIBRO PRIMERO




                                   I
                             La sala mayor

Hoy se cumplen trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diez y
nueve días que despertaron á los parisienses el repique y vuelo general
de todas las campanas de los círculos de la ciudad antigua, de la
universidad y demás pueblo.

No es con todo un día consagrado por la historia el 6 de enero del año
1482. Nada notable tenía el acontecimiento que desde el alba obligaba
á volar las campanas y los vecinos de París. No era ni un asalto de
picardos ó de burguiñones, ni una urna santa llevada en procesión, ni
un motín de estudiantes en la viña de Laas, ni una entrada de _nuestro
dicho señor el rey nuestro amo_, ni tampoco un colgajo general de
ladrones y ladronas en la justicia de París. Menos era la llegada,
tan común en el siglo décimo quinto, de alguna embajada entorchada y
penachuda, pues apenas hacía dos días que la última cabalgata de este
jaez, de los embajadores flamencos encargados de concluir el casamiento
del Delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París,
con grande enojo por parte del señor cardenal de Borbón, quien sin
embargo, no queriendo disgustar á su majestad, se había esforzado á
hacer buen semblante á toda aquella rústica caterva de burgomaestres
flamencos, regalarles en el palacio de su título, con una _multo bella
moralidad, tonta y farsa_, mientras un aguacero inundaba á la puerta
sus magníficas tapicerías.

Lo que el 6 de enero _ponía en emoción todo lo popular de París_, como
dice Juan Troyes, era la doble solemnidad, reunida desde un tiempo
inmemorial, de día de reyes y de la fiesta de los locos.

Ese día habría luminarias en la Greva, plantación de un mayo en la
capilla de Braca, y misterio en el palacio de Justicia. Todo esto había
sido anunciado la víspera á voz de pregonero en las esquinas por los
alguaciles del señor preboste, con vistosas sobrevestas del camelote
morado, con grandes cruces blancas sobre el pecho.

La turba, pues, de vecinos se encaminaba por todas partes desde la
mañana, cerradas casas y tiendas, hacia uno de los tres lugares
indicados. Cada cual había hecho su elección, quien por las hogueras,
quien por el árbol mayo, quien por el misterio. Conviene decir en
elogio de la antigua sensatez de los bausanes de París, que la mayor
parte de la turba se dirigía hacia las llamaradas, muy propias del
tiempo, ó hacia el misterio, que debía representarse en la sala mayor
del Tribunal, bien colgada y bien cerrada; y que los curiosos se
acordaban en dejar al pobre mayo mal florido tiritar sólo bajo el cielo
de enero, en el cementerio de la capilla de Braca.

El pueblo se agolpaba en especial á las avenidas del palacio de
Justicia, sabedor que los embajadores flamencos, llegados la
antevíspera, se proponían asistir á la representación del misterio y á
la elección del papa de los locos, que igualmente debía tener lugar en
la misma sala mayor.

No era fácil el penetrar ese día en dicha sala, sin embargo, de pasar
entonces por el más vasto recinto techado del orbe entero (aunque
es verdad no había aún medido Sauval la sala grande del castillo de
Montargis). La plaza del Palacio atestada de pueblo presentaba á los
curiosos de ventanas y balcones un mar proceloso, en que cinco ó seis
calles, como otros tantos caudalosos ríos, desembocaban á cada instante
nuevas olas de cabezas. Las oleadas de la turba, engrosadas sin cesar,
tropezaban contra las esquinas de las casas que se internaban acá
y acullá como promontorios en la concha irregular de la plaza. En
el centro de la antigua gótica[1] fachada del palacio, la escalera
principal, sin intermisión bajada y subida por dos opuestas corrientes
que, después de estrellarse en el rellano de en medio, se derramaba
en anchas corrientes por sus dos pendientes laterales; la escalera
principal, digo, chorreaba sin cesar en la plaza como una cascada en un
lago. Los gritos, las risotadas, el trépido incesante de tantos miles
pies ocasionaban un gran ruido y el más grande clamoreo. De cuando en
cuando se aumentaba el bullicio y estruendo; la corriente, que empujaba
toda aquella turba hacia la escalera principal, cejaba, se enturbiaba,
se arremolinaba al amago de un ballestero, ó los corcovos y coces del
caballo de un soldado del preboste que trataba de restablecer el orden.

En las puertas, en las ventanas, en los tragaluces, sobre los tejados,
hormigueaban millares de buenas caras honradas y serenas mirando el
palacio, mirando la caterva, sin pensar en nada más, que muchas gentes
en París se contentan con el espectáculo de los espectadores, y para
nosotros es ya mucho y muy curioso un paredón detrás del cual sucede
algo.

Si pudiera sernos dado á nosotros, hombres de 1830, trasportarnos con
el pensamiento hasta aquellos parisienses del siglo décimo quinto y
entrar con ellos, empujados, codeados, volteados, en el interior de
aquella inmensa sala de los tribunales, tan angosta el 6 de enero de
1482, no dejaría de tener el espectáculo interés y encanto, sin tener
en torno nuestro sino cosas tan viejas que por serlo tanto, serían para
nosotros muy nuevas.

Con el beneplácito del lector, probaremos á imaginarnos la impresión
que hubiésemos sentido juntos al poner el pie en el umbral de aquella
inmensa sala en medio de aquel gentío con sobrevestas, espaldudas y
faldellines.

Á parte el zumbido en los oídos, los ojos deslumbrados, habría
encima de nuestras cabezas una bóveda doble circular con artesones
esculpidos, pintada de azul y lises doradas, andando por un enlosado
de mármoles blancos y negros. Á algunos pasos adelante un poste, luego
otro, seguido de un tercero, y siete en todos á lo largo de la sala,
sosteniendo la doble bóveda. Los cuatro primeros estaban rodeados de
tiendas de mercaderes, brillantísimas de cristales y adornos, y los
tres últimos de escaños de encina, gastados y bruñidos por los faldones
de los litigantes y la toga de los procuradores. Al rededor de la sala,
á lo largo de la elevada pared, entre las puertas, entre las ventanas,
entre los pilares, la interminable fila de estatuas de todos los
reyes de Francia desde Faramundo; los reyes holgazanes con los brazos
caídos y los ojos bajos, los reyes activos y batalladores, levantando
atrevidos manos y cabezas hacia el cielo. Luego, en las rasgadas
ventanas vidrieras de infinitos colores; á las anchurosas salidas de
la sala, suntuosas puertas ricamente esculpidas; y todo, bóvedas,
pilares, paredes, artesones, puertas, estatuas, cubierto de arriba
abajo de fulgentísima doradura azul, que ya algo deslucida en nuestros
días, casi enteramente había desaparecido bajo el polvo y telarañas por
los años del Señor 1549, tiempo en que la admiraba aún Du Breul por
tradición.

Representémonos ahora aquella inmensa cuadrilonga sola, alumbrada
de aquella claridad azulenta de un día de enero, invadida por un
tropel bigarreado y bullicioso que orilla presuroso las paredes, y se
arremolina al rededor de los siete pilares, y tendremos ya una idea
confusa por mayor del retablo cuyos curiosos pormenores vamos á tratar
de indicar con más individualidad.

Los dos extremos del gigantesco paralelogramo estaban ocupados, uno
por la famosa mesa de mármol de una sola pieza, tan larga, tan ancha
y tan gruesa, como jamás se vió, dicen los anales cantericios, por un
estilo que hubiese dado buenas ganas á Gargantúa, _semejante tajada
de mármol_; el otro, por la capilla donde Luis XI se había mandado
esculpir de rodillas delante de la virgen, y adonde había mandado
llevar, cuidándose poco de dejar vacíos dos nichos en la hilera de
estatuas reales, las de Carlomagno y de San Luis, dos santos que
suponía él muy autorizados en el cielo como reyes de Francia. Aquella
capilla, nueva todavía, construida como hacía seis años, era toda
ella de aquel gusto gracioso, de fina arquitectura, de maravillosa
escultura, de fino y hondo cincelado que señala entre nosotros el
término de la era gótica, y se perpetúa hasta mediados del siglo
décimo-sexto en los caprichos mágicos del Renacimiento. El rosetoncillo
filigranado del dintel era sobre todo un dechado de graciosa
delicadeza, tanto, que parecía un encaje.

En medio de la sala, en frente de la puerta principal, una estrada de
brocado de oro, arrimada á la pared, en que había una entrada escusada
por medio de una ventana del corredor del aposento dorado, había sido
levantada para los enviados flamencos y los personones invitados á la
representación del misterio.

Éste debía celebrarse por costumbre sobre la mesa de mármol; y así la
habían aparatado por la mañana. Su rica tabla de mármol, toda rayada
por los tacones de los curiales, sobre la cual descansaba una jaula
de madera bastante elevada cuya superficie superior, visible á todos
los de la sala, debía servir de teatro, y cuyo interior cubierto con
tapices, serviría de vestuario á los actores. Una escala, buenamente
puesta por fuera, proporcionaba la comunicación del vestuario á
las tablas, prestando sus banzos nada flexibles á los entrantes
y salientes. No había personaje ninguno tan improvisto, ninguna
singularidad, ningún golpe de teatro, que no estuviese obligado á subir
por la tal escala. Inocente y venerable infancia del arte y tramoya.

Estaban en pie á las cuatro esquinas de la marmórea mesa otros tantos
sargentos del baile del Tribunal, guardias esenciales de todos los
regocijos populares los días de fiesta como los de alguna justicia.

No podía empezar la pieza hasta la última campanada de mediodía del
reloj del Tribunal; muy tarde sin duda para una representación teatral;
pero era preferible escoger la hora de los embajadores.

Estaba, pues, esperando desde la mañana toda la muchedumbre; sin
arredrar á muchísimos honrados curiosos el tiriteo aterido desde
el amanecer delante de la gradería del Tribunal; y aun algunos se
gloriaban de haber pasado la noche atravesados en la portada para estar
seguros de entrar los primeros. Aumentábase por instantes el tropel,
y semejante al agua que rebosa del vaso continente, empezaba á salvar
las paredes, á hincharse al rededor de los pilares, á sobresalir en
los balconcillos, sobre las cornisas, sobre los antepechos de las
ventanas, sobre los arranques de la arquitectura y hasta sobre los
relieves de la escultura. Así el ahogo, la impaciencia, el fastidio, la
libertad de un día cínico y de bullanga, las contiendas suscitadas á
cada triquitraque por un codo puntiagudo ó de un zapato claveteado, la
fatiga de tanto aguardar, daban ya de suyo, mucho antes de la llegada
de los embajadores, un acento desentonado y áspero al clamor de aquel
pueblo encerrado, encajonado, estrujado, empujado, sofocado. No se
oían más que quejas é imprecaciones contra los Flamencos, el preboste
de los mercaderes, el cardenal de Borbón, el baile del Tribunal, la
princesa Margarita de Austria, los sargentos de vara, el frío, el
calor, el mal tiempo, el obispo de París, el papa de los locos, los
pilares, las estatuas, esta puerta abierta, aquella otra cerrada, cuyo
total divertía muchísimo á los corrillos de estudiantes y de lacayos
diseminados entre la algazara, que añadían á tanto descontento sus
chuladas y picardigüelas, picando á alfilerazos, por decirlo así, el
mal humor de todos.

Había entre otros un grupo de aquellos gozosos diablos que, después de
haber desquiciado la vidriera de una ventana, se había sentado atrevido
sobre el vuelo, desde donde disparaba alternas miradas y zumbas
dentro y fuera sobre la turba de la sala y el gentío de la plaza. Á
sus mímicos gestos, á sus carcajadas, á los picarescos dictados que
dialogaban con sus compañeros de un cabo al otro de la sala, se veía
fácilmente que no alcanzaba á los señores pasantes de pluma ni el tedio
ni el cansancio de los asistentes, y que sabían muy bien sacar partido
de lo que presenciaban, convirtiendo todo en sustancia y sainete hasta
que empezase la otra esperada pieza.

--¡Por mi vida, que sois vos, _Juan Frollo de Molendino_! gritaba uno
de ellos á una especie de diablillo rojo, de linda y picarilla cara,
engarabitado en los acantos de un chapitel; con razón os llaman Juan
del Molino, pues parecen aspas vuestros brazos y piernas. ¿Cuánto hace
que estáis aquí?

--Por la gracia del diablo, respondió _Juan Frollo_, van ya más de
cuatro horas, y espero que me valdrán por cuatro buenas horas de
purgatorio. He oído á los ocho sochantres de su majestad el rey de
Sicilia entonar el primer versículo de la misa cantada de las siete en
la Santa Capilla.

--¡Guapos cantores!, replicó el otro, que tienen la voz más aguda que
sus bonetes. Antes de fundar una misa al señor San Juan, hubiera debido
su majestad informarse si el señor San Juan gusta del latín cantado con
acento provenzal.

--¡Ha hecho eso sólo por emplear á esos malditos sochantres del rey de
Sicilia!, dijo gritando con su voz carraquilla una vieja del tropel
bajo de la ventana. ¡Hágame usted el favor! ¡mil libras parisis por una
misa! ¡y eso sobre el arriendo del pescado de mar de las pescaderías de
París!

--¡Chitón!, vieja, replicó un obeso y grave personaje que se tapaba las
narices al lado de la pescadera; era preciso fundar una misa. ¡Qué!
¿querías que su majestad volviese á caer enfermo?

--¡Muy bien dicho, señor Gilles Lecornu, maestre forrador peletero de
las botas del rey!, dijo á gritos el estudiantillo encaramado en el
chapitel.

Una carcajada general de los estudiantes aplaudió el malhadado título
del pobre forrador peletero de las botas del rey.

--¡Lecornu! ¡Gilles Lecornu!, decían unos.

--_Cornutus et hirsutus_, añadía otro.

--¡Eh!, sin duda, continuaba el demonillo del chapitel. ¿Qué materia de
risa es ésa? ¡Honorable sujeto Gilles Lecornu, hermano del maestre Juan
Lecornu, preboste de la casa real, hijo del maestre Mahiet Lecornu,
portero primero del bosque de Vincenes, todos vecinos de París, todos
casados de padres en hijos!

Aumentóse la cháchara, y el forradorazo peletero, sin responder una
palabra, pugnaba por zafarse de las miradas de todos clavadas en él;
más en vano sudaba y soplaba: como una cuña que se hunde en en el leño
por hender, los esfuerzos hechos sólo servían á meter entre los hombros
de sus vecinos su ancha faz apoplética, roja de rabia y despecho; hasta
que por último, uno de ellos, rechoncho y venerable como él, vino en su
auxilio.

--¡Abominación! ¡hablar de ese modo unos estudiantes á un particular!,
en mi tiempo les hubieran medido bien las espaldas con buenas varas que
después les hubiesen quemado.

Echó á reir con esto la chusma.

--¡Hola! ¡eh! ¿quién canta ese diapasón? ¿qué siniestra lechuza es ésa?

--¡Toma, ya le conozco!, dijo uno; es el maestre Andry Musnier.

--Porque es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad, dijo
el otro.

--Todo va por cuatro en esta tienda, gritó un tercero: las cuatro
naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro
procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros.

--Pues bien, replicó Juan Frollo, no hay más que armarles una de cuatro
diablos.

--¡Musnier, mira que te quemaremos los libros!

--¡Musnier, solfearemos á tu lacayo!

--¡Musnier, compondremos á tu mujer!

--¡Á la buena panchuda Udarda!

--¡Que es tan fresca y alegre como si estuviese viuda!

--¡Lléveos el diablo!, refunfuñó maestre Andry Musnier.

--Maestre Andry, replicó Juan, siempre colgado de su chapitel, ¡si no
callas, me dejo caer sobre tu cabeza!

Maestre Andry levantó los ojos, midiendo al parecer la altura del
pilar, la tomó del chasco, multiplicó mentalmente el peso por el
cuadrado de la distancia, y se calló.

Viéndose Juan dueño del campo de batalla, prosiguió triunfante:

--¡Es que lo haré, aunque sea yo hermano de un arcediano!

--¡Grandes señorones, maestres doctores! ¡ni siquiera haber hecho
respetar nuestros privilegios en un día como éste! En fin hay en la
ciudad mayo y hogueras; misterio, papa de locos y embajadores flamencos
en el barrio noble; y en la Universidad, ¡como si fuese nada!

--Sin embargo, ¡harto espaciosa es la plaza Maubert!, añadió un
pasantillo sentado en el poyo de la ventana.

--¡Muera el rector, los electores y los procuradores!, gritó Juan.

--Convendrá hacer esta noche una buena llamarada con los libros de
maestre Andry en el campo Gaillard, prosiguió el otro.

--¡Y los bufetes de los amanuenses!, dijo un colateral.

--¡Y las varas de los bedeles!

--¡Y las escupideras de los decanos!

--¡Y las alcacias de los electores!

--¡Y los escabelillos del rector!

--¡Mueran!, replicó Juan en falsete; ¡mueran Andry, los bedeles y
los amanuenses; los teólogos, los médicos y los decretalistas; los
procuradores, los electores y el rector!

--¡Éste es el fin del mundo!, murmuró entre dientes maestre Andry,
tapándose las orejas.

--¡Ah! ¡ah! allí va el rector atravesando la plaza, gritó uno de los
ventaneros; y todos se volvieron hacia la plaza.

--¡Qué! ¡es verdad que sea nuestro venerable rector maestre Thibaut!,
preguntó Juan Frollo del Molino, que habiéndose encaramado á un pilar
del interior, no podía ver lo que pasaba fuera.

--¡Sí! ¡sí!, respondieron todos los demás; ¡él es Thibaut el rector!

En efecto, lo era con todas las dignidades de la Universidad, que
salían á recibir procesionalmente á la embajada por en medio de la
plaza. Los estudiantes agolpados á la ventana los recibieron con
aplausos irónicos y hasta sarcasmo. El rector, que marchaba á la cabeza
de su compañía, recibió la primera andanada, que fué de tomo y lomo.

--¡Buenos días, señor rector! ¡Hola, eh! ¡buenos días!

--¿Qué milagro es éste de estar por aquí el viejo jugador? ¡Sin duda,
ha abandonado los dados!

--¡Cómo trota sobre la mula! ¡menos largas que él tiene las orejas el
animalito!

--¡Hola, eh! ¡buenos días, señor rector Thibaut, _Tybalde aleator_!
¡viejo imbécil! ¡antañado jugador!

--¡Dios os guarde! ¿habéis hecho esta noche muchos dobles seises?

--¡Oh! ¡qué cara tan caduca, aplomada, forjada por el Dios de los
naipes y dados!

--¿Á dónde vais así, Thibaut, _Tybalde ad dados_, volviendo las
espaldas á la Universidad, trotando hacia la ciudad?

--¡Sin duda irá á buscar un alojamiento calle Thibautoda!, gritó Juan
del Molino.

Toda la gavilla repitió la zumba con voces atronadoras y estrepitosos
palmoteos.

--¿Vais á buscar alojamiento calle Thibautoda, no es verdad, señor
rector, jugador de la partida del diablo?

Luego llegó el turno de las otras dignidades.

--¡Mueran los bedeles! ¡mueran los maceros!

--Di, Robín Zampapán, ¿quién es aquél?

--¡Es Gilberto de Sully, _Gilbertus de Soliaco_, el canciller del
colegio de Autún!

--¡Toma mi zapato, tú estás mejor que yo para arrojárselo á la cara!

--_Saturnalitias mittimus ecce nuces._

--¡Caigan los tres teólogos con sus blancas sobrepellices!

--¡Calla! ¿con que son los teólogos? ¡creía ser los seis gansos blancos
dados por Santa Genoveva á la ciudad por el feudo de Roogny! ¡Abajo los
médicos!

--¡Fuera las controversias cardinales y chufleteras!

--¡Para ti mis borlas, canciller de Santa Genoveva! ¡que has saltado
por encima de mí!

--Eso es verdad; que ha dado mi plaza en la nación de Normandía al
mocito Ascanio Falzaspada, de la provincia de Bourges, pues que es
italiano.

--¡Fué una injusticia!, dijeron todos los escolares. ¡Venga abajo el
canciller de Santa Genoveva! ¡Oh, eh! ¡maestre Joaquín de Ladehors!
¡Oh, eh! ¡Luis Daouille! ¡Lamberto Hortement!

--¡El diablo ahogue al procurador de la nación de Alemania!

--¡Y á los capellanes de la Santa Capilla, con sus mucetas grises; _cum
tunicis grisis!_

--_¡Seu de pellibus grisis fourratis!_

--¡Hola, eh! ¡los maestres de artes! ¡todas las hermosas capas negras!
¡todas las hermosas capas encarnadas!

--¡Todo eso forma una hermosa cola al rector!

--¡Parece á un duque de Venecia que va á los desposorios de la mar!

--¡Di, Juan! ¡los canónigos de Santa Genoveva!

--¡Al diablo con toda la canongería!

--¡Abate Claudio Choart! ¡doctor Claudio Choart! ¿buscáis acaso á
María-la-Giffarda?

--¡Está en la calle de Glatigni!

--¡Está haciendo la cama del rey de la gente del bronce!

--¡Para eso paga sus cuatro dineros! _quatuor denarios_.

--_Aut unum bombum._

--¡Oh, bien! ¿os pagáis de su buena cara?

--¡Compañeros! ¡mirad á maestre Simón Sanguino, el elector de Picardía,
que lleva su mujer á la grupa!

--_Post equitem sedet atra cura._

--¡Buenos días, señor elector!

--¡Buenas noches, señora electora!

--¡Qué felices son de ver todo eso!, decía suspirando _Juan de
Molendino_, siempre encaramado y metido en el follaje de su chapitel.

Entre tanto, el librero jurado de la Universidad, el maestre Andry
Musnier, se inclinaba al oído del peletero forrador de las batas de su
majestad, el maestre Gilles Lecornu.

--Ya os lo he dicho, caballero, éste es el fin del mundo. Jamás se
vió semejante licencia en la estudiantina; estas malditas invenciones
del siglo, todo lo barrenan. Las artillerías, las serpentinas, las
bombardas; y sobre todo esa otra peste de Alemania, la imprenta. ¡Adiós
manuscritos, adiós libros!, la imprenta mata á la librería: ¡el fin del
mundo se acerca, no puede menos!

--Ya lo he conocido por los progresos de las telas de terciopelo, dijo
el manguitero.

En esto dieron las doce del día.

--¡Ah!... dijo la turba á una voz.

Los estudiantes nada dijeron; mas luego se siguió una dislocación
general: no se veían más que pies y cabezas en movimiento, ni se oía
sino una tos y sonaduría general; cada cual se compuso, se dispuso, se
levantó, se apiñó. Luego sucedió un gran silencio; todos los cuellos
quedaron alargados, todas las bocas abiertas, todas las miradas
dirigidas hacia la mesa de mármol... mas nada apareció. Los cuatro
sargentos del baile se mantenían siempre allí, tiesos é inmóviles como
cuatro estatuas clavadas. Todos los ojos se volvieron hacia la estrada
reservada á los enviados flamencos. La puerta seguía cerrada, y vacía
la estrada. La turba esperaba tres cosas desde la mañana: mediodía, la
embajada de Flandes, el misterio. Sólo las doce habían llegado á punto.

La cosa pasaba de raya; aguardaron aún uno, dos, tres, cinco minutos;
mas nada llegaba. La estrada continuaba desierta; el teatro mudo. Sin
embargo, la impaciencia sucedió á la cólera. Las palabras irritantes,
aunque en voz baja á la verdad, empezaban á correr.

--¡El misterio! ¡el misterio!, susurraban todos; las cabezas se
acaloraban; una tempestad que no hacía aún sino bramar, ondeaba sobre
aquella muchedumbre. Juan del Molino fué quien sacó la primera chispa.

--¡El misterio! ¡y al diablo los flamencos!, exclamó con toda la fuerza
de sus pulmones, retorciéndose como una serpiente al rededor de su
chapitel; y la turba palmoteaba.

--¡El misterio!, repitió ¡y vaya enhoramala la Flandes.

--¡El misterio queremos, y al punto!, prosiguió el estudiante; ó soy de
sentir que pinguemos al baile del Tribunal como un botarga.

--¡Bien dicho!, gritó el pueblo, ¡y empecemos el colgajo por sus
alguaciles!

Aplaudióse mucho la ocurrencia; con lo que empezaron á mirarse
descoloridos los cuatro pobretes. Púsose en movimiento hacia ellos la
muchedumbre, ya veían pandearse la frágil barandilla de madera que
mediaba, y arquearse con el empuje de la turba multa: era apurado el
caso.

--¡Hala! ¡hala!, gritaban por todas partes.

En este instante, la tapicería del vestuario arriba descrito,
se levantó, abriendo paso á un personaje cuya sola vista detuvo
súbitamente á la turba, convirtiendo como por encanto su coraje en
curiosidad.

--¡Silencio! ¡silencio!

El personaje, muy poco sereno y sí muy azogado, se adelantó hasta el
borde de la mesa de mármol, con sendas reverencias, que llegaban casi á
ser genuflexiones.

Entre tanto se había casi restablecido la calma; no quedando más que el
sordo rumor que reina siempre en el silencio de un gentío.

--Señores vecinos, dijo, y señoras vecinas de París, debemos tener
la honra de representar y declamar delante de su eminencia el señor
cardenal un auto sacramental, intitulado: _El buen juicio de la Señora
Virgen María_. Yo hago el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña en
este momento á la muy honorable embajada del serenísimo señor duque
de Austria, la cual está á la hora de esta, escuchando la arenga del
señor rector de la universidad, á la puerta de los Asnos. Así que haya
llegado el eminentísimo cardenal, empezaremos nosotros.

Y en verdad que no se necesitaba menor intervención que la de Júpiter
para salvar los cuatro alguaciles del baile del Tribunal. Á haber
tenido la dicha de ser los autores de esta muy verídica historia, y
por lo mismo de ser responsable ante nuestra señora doña crítica, no
podría invocarse contra nosotros en este instante el clásico precepto;
_Nec Deus intersit_. Por lo demás, el traje del señor Júpiter era
primoroso, y no había contribuido poco á calmar la gente, llamando
toda su atención. Estaba vestido Júpiter con una coraza cubierta de
terciopelo negro de clavos dorados; cubríale una caperuza de botones
de plata sobredorada; y si no por el afeite, con los pelos de barba
que le sombreaba cada uno la mitad de la cara, el rollo de cartón
dorado, lentejuelado y erizado de baratijas que llevaba en la mano,
evidentemente rayo para los ojos expertos, por los pies de color de
carne encintados á la griega, hubiese podido parangonarse por lo de la
gala, con un ballestero bretón de la división del príncipe de Berri.


                                 NOTAS:

[1] El vocablo _gótica_, en el sentido generalmente empleado, es muy
impropio, mas muy sagrado. Aceptámosle, pues, y le adoptamos como
todos, para caracterizar la arquitectura de la segunda mitad de la Edad
Media.




                                   II
                            Pedro Gringorio


Sin embargo, con ser unánime la satisfacción admirativa excitada
por su traje, toda se desvanecía á las palabras de su arenga; sobre
todo llegado á esta malhadada conclusión: «Así que haya llegado
el eminentísimo cardenal, empezaremos nosotros», cubrió su voz un
espantoso baladro de vayas.

--¡Empezad al instante! ¡El misterio! ¡el misterio al instante!,
gritaba el pueblo, sobresaliendo entre todas las voces la de _Juan
de Molendino_, semejante á un pífano en una cencerrada: ¡Empezad al
instante!, chillaba el estudiante.

--¡Abajo Júpiter y el cardenal de Borbón!, vociferaban Robín Zampapán y
los otros pasantes de pluma albergados en la ventana.

--¡Al colgajo ahora mismo!, repetía la turba: ¡inmediatamente! ¡al
instante! ¡soga, soga á los comediantes y al cardenal!

El pobre Júpiter, azorado, despavorido, pálido bajo el arrebol,
dejóse caer el rayo de las manos, quitóse la caperuza, luego saludaba
balbuciente y trémulo: Su eminencia... los embajadores... madama
Margarita de Flandes... No acertaba á decir nada; tan de veras temió
iba á ser colgado.

Colgado por el pueblo por aguardar, colgado por el cardenal no
aguardando, no había en torno suyo más que abismo, es decir horca.

Á dicha vino alguien á sacarle del conflicto, cargándose con la
responsabilidad.

Un individuo que se mantenía acá de la barandilla, en el espacio dejado
libre al rededor de la mesa de mármol, no visto aún por ninguno, tan
encubierta estaba su larga y endeble persona á los ojos de todos por
el pilar contra que se mantenía recostado; este individuo, pues,
altaricón, flaco, enclenque, rojo, joven aún, bien que arada la frente
y las mejillas, ojos lucientes y boca de risa, vestido de sarga negra,
raída y lustrosa de vieja que era, se acercó á la mesa de mármol, y
señó al pobre paciente; lo que no advirtió el otro de turbado.

Dió un paso más el recién llegado.

--¡Júpiter!, dijo, ¡mi caro Júpiter!

El otro ni siquiera le oía.

En fin, perdiendo la paciencia el rojazo, le gritó casi en las narices.

--¡Miguel Giborne!

--¿Quién me llama?, dijo Júpiter, como el que se despierta sobresaltado.

--Yo, respondió el enlutado.

--¡Ah!, dijo Júpiter.

--¡Empezad al instante!, añadió el otro. Contentad á la plebe, yo me
encargo de aplacar al señor baíle, quien aplacará al señor cardenal.

Con esto respiró Júpiter.

--Mis señores vecinos, gritó con toda la fuerza de los pulmones á la
turba amenazadora, vamos á empezar al instante.

--_¡Evoe, Júpiter! ¡Plaudite, cives!_ gritaron los estudiantes.

--¡Vitor! ¡vitor!, gritó el pueblo.

El palmoteo fué tan horrible, que estaba resonando todavía aun después
de haberse puesto Júpiter detrás la tapicería.

Entre tanto, el incógnito personaje que había tan mágicamente
convertido _la tempestad en bonanza_ como dice nuestro viejo y caro
Corneille, estaba en el hueco de su pilar, donde se hubiese mantenido
invisible, inmóvil y mudo como antes, á no haberle sacado de él dos
mujeres jóvenes, sentadas en primera fila, que habían notado el
coloquio con Miguel Giborne-Júpiter.

--Maestre, dijo una de las mozas con señas de pedirle se acercase....

--Callaos, mi querida Lienarda, dijo su vecina, linda, fresca, y
potente con sus galas dominicales. No es un clérigo, es un buen lego;
no tiene tratamiento de maestre; sino el de señor á secas.

--Señor, dijo Lienarda, á cuya invitación se arrimó el incógnito á la
barandilla.

--¿Qué queréis de mí, mozas?, preguntó apresurado.

--No soy yo, respondió Lienarda toda cortada, es esta Gisqueta la
Genciana que os quiere hablar.

--No hay tal, replicó Gisquela sonrosada; es Lienarda que os ha llamado
maestre, y yo le he dicho que no teníais ese tratamiento.

Ambas bajaban la vista; y el otro que deseaba entablar conversación,
las miraba sonriéndose.

--¿No tenéis nada que decirme, mocitas?

--¡Oh! nada, nada, respondió Gisqueta.

--Nada, añadió Lienarda.

El rubicundo mancebo dió un paso hacia atrás, mas las dos curiosas no
tenían ganas de soltar la presa.

--Señor, le dijo apresurada Gisquela, como una esclusa que se abre, ó
como acostumbra el sexo cuando se quita la mascarilla, ¿conocéis, pues,
á ese soldado que ha de hacer el papel de la virgen en el misterio?

--¿El papel de Júpiter, queréis decir?, replicó el anónimo.

--¡Eh! sí, dijo Lienarda, ¡qué animal! ¿Que conocéis á Júpiter?

--¿Miguel Giborne?, respondió el anónimo; sí, señora.

--¡Tiene una terrible barba!, dijo Lienarda.

--¿Será gracioso lo que van á decir con este motivo? preguntó encogida
Gisqueta.

--Primoroso, mocita, respondió el incógnito sin titubear.

--¿Y qué será?, dijo Lienarda.

--_El buen juicio de nuestra señora la virgen_, moralidad; si usted
gusta, mocita.

--¡Ah! eso es cosa diferente, replicó Lienarda.

--Con que no es la misma, dijo Gisqueta, que la que dieron hace dos
años, el día de la entrada del señor legado, y en la cual representaban
tres buenas mozas....

--Papel de sirenas, dijo Lienarda.

--Y en carnes, añadió el joven.

Lienarda bajó púdica los ojos; miróla Gisqueta, quien hizo otro tanto;
y él prosiguió risueño.

--Era cosa graciosa de ver. Hoy es una moralidad hecha de intento para
la princesita de Flandes.

--¿Se cantarán egloguitas?, preguntó Gisqueta.

--¡Quita allá!, dijo el incógnito, ¡en una moralidad! no hay que
confundir los diferentes géneros. Si fuese una gangarilla, enhorabuena.

--¡Qué lástima!, replicó Gisqueta. Aquel día se veían en la fuente del
Ponsó hombres y mujeres montaraces que pugnaban entre sí, y hacían
muchas mojigangas cantando motetitos y arietas pastorales.

--Lo que á un legado conviene, dijo el incógnito con mucha secatura, no
cae bien á una princesa.

--Y junto á ellas, continuó Lienarda, justaban algunos instrumentos que
ejecutaban grandes melodías.

--Y para proporcionar refresco á los transeuntes, añadió Gisqueta,
echaba la fuente por tres caños, vino, leche y también hipocrás, que
bebía quien quería.

--Y algo debajo del Ponsó, prosiguió Lienarda, en la Trinidad,
representaban mudos la pasión unos actores.

--¿Si me acuerdo?, exclamó Gisqueta: á Cristo enarbolado en medio de
los ladrones.

Aquí las jóvenes chuzonas, acaloradas con el recuerdo de la entrada del
señor legado, se pusieron á hablar las dos á un tiempo.

--Y más adelante, en la Puerta de los Pintores, había otras personas
muy ricamente ataviadas.

--Y en la fuente San Inocente ¡aquel cazador siguiendo á una cierva con
ladradoras jaurías y bocinas!

--¡Y en la carnicería de París, aquellos tablados que figuraban el
alcázar de Dieppa!

--Y que cuando pasó el legado, ¿sabes, Gisqueta? se dió el asalto, y
fueron degollados todos los ingleses.

--Y contra la puerta del Châtelet, había primorosos personajes.

--¡Y cuando pasó el legado dejaron robar sobre el puente más de
doscientas docenas de toda especie de pájaros! era muy primoroso,
Lienarda.

--Más primoroso será hoy, saltó en fin su interlocutor, impaciente, al
parecer de oirlas.

--¿Nos aseguráis que será hermoso el misterio?, dijo Gisqueta.

--Sin duda, respondió; luego añadió con cierto retintín.

--Señoritas, yo soy el autor del auto sacramental.

--¿En verdad?, dijeron las muchachitas aturdidas.

--¡En verdad!, respondió el poeta engallándose tantito: es decir, somos
dos: Juan Marchand, que ha serrado las tablas, y levantado el tablado
del teatro y el entarimado, y yo que compuse la pieza.--Yo me llamo
Pedro Gringorio.

El autor del Cid no hubiera dicho más arrogante: _Pedro Corneille_.

Han podido observar nuestros lectores que debió trascurrirse un buen
rato después que se zampó Júpiter bajo la tapicería hasta el instante
en que el autor de la moralidad nueva se había revelado tan de sopetón
á la cándida admiración de Gisqueta y de Lienarda. Cosa notable: toda
aquella turba tan tumultuosa momentos antes, aguardaba ahora con
mansedumbre sobre la palabra del comediante; lo que prueba esta verdad
eterna y todos los días sentida en nuestros teatros, que el mejor modo
de hacer aguardar con paciencia al público, es afirmarle que al punto
se va á empezar.

Á pesar de todo no se dormía el estudiante Juan.

--¡Hola, caballeros!, dijo gritando de repente en medio de la paciente
espera que había sucedido al alboroto, ¡Júpiter, Nuestra Señora de la
Virgen, titiriteros endiablados! ¿os estáis chuleando? ¡la pieza, la
pieza! ¡vamos empezando, vosotros ó nosotros!

No fué menester más.

Al punto se oyó en el interior del tablado una música de altos y bajos
instrumentos; corrióse el telón; aparecieron cuatro actores bigarreados
y arrebolados, se encaramaron por la empinada escala del teatro, y
llegados á las tablas, pusiéronse en fila delante del público, á quien
saludaron reverentes; callóse entonces la sinfonía, para que empezase
el misterio.

Los cuatro personajes, después de haber recogido copiosamente el pago
de sus reverencias en aplausos, entablaron, en medio de un religioso
silencio, un prólogo, que gustosos ahorramos al lector. Por lo demás,
lo que también sucede en nuestros días, todavía se ocupaba más el
público de los trajes que llevaban, que de los papeles que recitaban;
y en verdad era justicia. Estaban vestidos todos cuatro de túnicas,
mitad amarillas, mitad blancas, que no se distinguían sino por la
naturaleza de la tela: la primera era de brocado de oro y plata, la
segunda de seda, la tercera de lana, la cuarta de lienzo. El primer
personaje llevaba una espada en la mano derecha, el segundo dos llaves
de oro, el tercero una balanza, el cuarto una azada; y para ayudar
á las inteligencias perezosas que no hubieran visto claro al través
de la transparencia de aquellos atributos, se podía leer en grandes
letras negras bordadas: en el ruedo de la túnica de brocado, YO ME
LLAMO NOBLEZA; en la orla de la túnica de seda, YO ME LLAMO CLERO; en
el ruedo de la túnica de lana, YO ME LLAMO MERCANCÍA; en la orla de
la túnica de lienzo, YO ME LLAMO LABOR. El sexo de los dos alegóricos
varones estaba claramente indicado para todo espectador juicioso por
las túnicas menos largas y por el caperuzo que llevaban en la cabeza,
mientras las dos alegorías hembras menos corto vestidas, tenían por
tocado un gorrete.

También sería menester mucha mala voluntad para no comprender por
entre la poesía del prólogo, que Labor estaba casado con Mercancía, y
Clero con Nobleza, y que ambas venturosas parejas poseían mancomunado
un magnífico delfín de oro, que sólo á la más hermosa pretendían
adjudicar. Iban, pues, por el mundo buscando y rastreando la tal
beldad, y después de haber desechado sucesivamente la reina Golgonda,
la princesa de Trebisonda, la hija del Kan de Tartaria, etc., etc.,
Labor y Clero, Nobleza y Mercancía, habían ido á descansar sobre la
mesa de mármol del Palacio de Justicia, enjaretando delante el honrado
auditorio tantas sentencias y máximas como se podían gastar entonces
en la Facultad de las artes en los exámenes, sofismas, circunloquios,
figuras y actos, donde los maestres ganaban el bonete de licenciado.

Era en efecto muy hermoso todo aquello.

Entre tanto, en aquel tropel, sobre el cual las cuatro alegorías
derramaban, á cual mejor, vertientes de metáforas, no había un oído
más atento, ni un corazón más palpitante, ni un ojo más zahareño, ni
un cuello más erguido, que el ojo, el oído, el cuello y el corazón
del autor, del poeta, de aquel bueno de Pedro Gringorio, que no había
podido resistir el momento antes, el gustazo de decir su nombre á dos
lindas jóvenes. Estaba vuelto detrás de su pilar á algunos pasos de
ellas; y allí escuchaba, miraba, paladeaba. Los benévolos aplausos que
habían acogido el principio de su prólogo retumbaban en sus entrañas,
y estaba completamente absorto en aquella especie de contemplación
estática, con la cual ve un autor caer una á una sus ideas de la boca
del actor en medio del silencio de un vasto auditorio. ¡Dignísimo Pedro
Gringorio!

Nos cuesta decirlo, mas muy luego fué turbado aquel primer éxtasis.
Apenas había Gringorio acercado á sus labios aquella copa embriagadora
de alborozo y de triunfo, cuando la amargó una gota de tristeza.

Un mendigo andrajoso que no podía recoger nada, confundido cual estaba
en medio del gentío, y no había sin duda hallado suficiente desquite
en los bolsillos de sus vecinos, se le había venido á las mientes el
albergarse sobre algún punto visible, para atraerse las miradas y las
limosnas. Habíase, pues, encaramado durante los primeros versos del
prólogo, ayudándose de los pilares del estrado reservado, hasta la
cornisa que rodeaba á la balustrada en la parte inferior; y allí se
había sentado, solicitando la atención y lástima de la muchedumbre,
por medio de sus andrajos y una llaga asquerosa que le cubría el brazo
derecho. Por lo demás no pronunciaba una sola palabra.

El silencio que guardaba dejaba oir el prólogo sin estorbo, y no
hubiera sobrevenido ningún desorden sensible, si no hubiera querido la
trampa que avistase el escolar Juan, de lo alto de su pilar, al mendigo
y sus carantoñas. Apoderóse una risa descompuesta del trastuelo,
que sin curarse de interrumpir el espectáculo y turbar el universal
recogimiento, exclamó bravamente:

--¡Toma! ¡toma ahí aquel enclenque que pide limosna!

Quien quiera haya tirado una piedra en un charco lleno de ranas, ó
tirado un escopetazo á una banda de pájaros, puede formarse una idea
del efecto que produjeron aquellas palabras incongruentes en medio de
la atención general. Gringorio tembló todo como con un sacudimiento
eléctrico. Cortóse el prólogo, y todas las cabezas se volvieron
tumultuosas hacia el mendigo, que lejos de desconcertarse, vió en aquel
incidente una buena ocasión de cosecha, y se puso á decir con doliente
cuento medio entrecerrados los ojos:--Una limosna, ¡por el amor de Dios!

--¡Calla, juro á Dios, que es Clopín Truillefú! ¡Hola! ¿parece que te
incomodaba la llaga en la pierna, pues te la has puesto en el brazo?

Al decir esto, echaba con destreza de mono un cornadito en el fieltro
grasiento que alargaba el mendigo con su brazo enfermo. Recibió el
mendigo sin inmutarse la limosna y el baldón, y continuó con lamentable
voz:--Una limosna, ¡por el amor de Dios!

Considerablemente había distraído al auditorio este episodio; y
muchísimos circunstantes capitaneados por Robín Zampapán y todos los
plumistas, aplaudían bulliciosos el peregrino dúo que acababan de
improvisar en medio del prólogo el escolar con su voz gritona y el
mendigo con su imperturbable salmodia.

Muy descontento estaba Gringorio. Vuelto de su primer pasmo, se
desgañitaba gritando á los representantes: ¡Vamos, continuad! ¡qué
diablos os paráis!--sin siquiera dignarse echar una mirada desdeñosa á
los dos interruptores.

En este instante se sintió que le tiraban del extremo de su capingó;
volvióse no sin algún enfado, y costóle bastante trabajo el sonreirse;
con todo, había que hacerlo. ¿Y quién era?, el bracito de Gisqueta la
Genciana, que pasado por la balustrada solicitaba de aquel modo su
atención.

--Caballero, dijo la mocita, ¿qué, van á continuar?

--Sin duda, respondió Gringorio harto sorprendido de la pregunta.

--En tal caso, no tendríais la atención de explicarme...

--¿Lo que van á decir?, interrumpió Gringorio. ¡Pues bien, escuchad!

--No, dijo Gisqueta, sino qué han dicho hasta ahora.

Gringorio dió un salto hacia arriba como un hombre á quien tocasen en
lo vivo de una llaga.

--¡El diablo sea de la mozuela tonta y necia!, dijo entre dientes.

Desde este instante formó Gringorio tristísima idea de Gisqueta.

Entre tanto los actores obedecieron á su imperio, y el público viendo
que volvían á hablar, volvió á escuchar, no sin perder multitud de
bellezas, en la especie de soldadura que se hizo entre las dos partes
de la pieza tan bruscamente cortada. Gringorio hacía en su interior
la amarga reflexión. Con todo, la tranquilidad se había restablecido
poco á poco; el estudiante estaba callado, el mendigo contaba algunas
monedas en el sombrero, y la pieza se había enseñoreado.

Era en efecto una obra muy hermosa, y de la la cual nos parece se
pudiera todavía sacar buen partido hoy día, con algunas composturas.
La exposición, algo larga y algo insulsa, es decir en las reglas, era
sencilla; y Gringorio, en el cándido santuario de su foro interno,
admiraba la claridad. Como se puede sospechar, los cuatro alegóricos
personajes estaban algo cansados de haber recorrido las cuatro
partes del mundo sin hallar modo de deshacerse convenientemente de
su delfín de oro. Y sobre esto, elogio del maravilloso pescado, con
mil alusiones dedicadas al joven esposo de Margarita de Flandes,
entonces muy tristemente recluso en Amboise, y sospechando muy poco
que Labor y Clero, Nobleza y Mercancía acababan de dar la vuelta al
mundo por él. El susodicho delfín era, pues, joven, era hermoso,
era pujante, y sobre todo (¡magnífico origen de todas las virtudes
reales!) era hijo del león de Francia. Declaro que es admirable esta
metáfora; y que la historia natural del teatro, en un día de alegoría
y de real epitalamio, no se asustó nada de un delfín hijo de un león.
Puntualmente estas peregrinas y pindáricas misceláneas son las que
prueban el entusiasmo: Con todo eso, para hacer también la parte
crítica, hubiera podido el poeta desenvolver esta bella idea en menos
de doscientos versos. Es verdad que debía durar el misterio desde medio
día hasta las cuatro, según lo dispuesto por el señor preboste, y que
hay que decir algo. Por lo demás todos escuchaban con paciencia.

Cuando hete aquí, que en lo mejor de una contienda entre la señorita
Mercancía y doña Nobleza, en el momento que maestre Labor pronunciaba
este mirífico verso:


        Ni bestia más triunfante vido nunca selva;


la puerta reservada del estrado, que hasta entonces había estado
cerrada tan fuera del caso, se abrió más fuera del caso todavía, para
que la voz rimbombante del ujier anunciase de sopetón: _Su eminencia
monseñor el cardenal de Borbón_.




                                  III
                           El señor cardenal


¡Pobre Gringorio! El estrépito de todos los dobles cohetazos de la
víspera de San Juan, la descarga de veinte arcabuces reforzados, el
estampido de aquella famosa culebrina de la torre de Billy, que cuando
el cerco de París, el domingo 29 de setiembre de 1465, mató á siete
borguiñones de un tiro, la explosión de la pólvora almacenada en la
puerta del Temple, le hubiera lastimado menos los oídos, en aquel
momento solemne y dramático, que estas pocas palabras salidas de la
boca de un ujier: _Su eminencia monseñor el cardenal de Borbón_.

Exactamente sucedió lo que él se temía: la entrada de su eminencia
trastornó el auditorio; todas las cabezas se volvieron hacia el
estrado: era cosa de no oirse.--¡El cardenal! ¡el cardenal!, repitieron
todas las bocas; y segunda vez cesó el dichoso prólogo.

Detúvose un instante el cardenal en la entrada del estrado. Mientras
echaba algunas miradas harto indiferentes por el auditorio, el tumulto
iba en aumento. Cada cual quería ser quien mejor viese, y todos
trataban de erguir la cabeza sobre los hombros de sus colaterales.

Era en efecto un alto personaje, y cuyo espectáculo valía tanto como
cualquiera otra comedia. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde
de León, primado de las Galias, era afín de Luis XI por su hermano
Pedro, señor de Beaujeu, que se había casado con la hija mayor de su
majestad, y afín de Carlos el Temerario por su madre Inés de Borgoña.
El rasgo, pues, dominante, el rasgo característico y distintivo del
carácter del primado de las Galias, era el espíritu cortesano y el
afecto á las potencias. Se puede juzgar de los obstáculos innumerables
que le habían costado estas dos afinidades, y de todos los escollos
temporales entre los cuales había tenido que bordear su espiritual
barquilla, para no estrellarse ni contra Luis, ni contra Carlos, aquel
Caribdis y aquel Scila que habían devorado al duque de Nemours y al
condestable de San Pol. Gracias al cielo, salió tal cual parado de la
travesía, y llegó á Roma sin estorbo. Pero aunque estaba en el puerto,
y puntualmente porque se hallaba en el puerto no se recordaba nunca sin
susto los diferentes trances de su vida política, tanto tiempo asustada
y trabajosa. Así es que acostumbraba á decir que el año de 1476 había
sido para él _negro y blanco_; entendiendo por aquí haber perdido en
aquel mismo año á su madre la duquesa del Borbones, y á su primo el
duque de Borgoña, y que un luto le había consolado del otro.

Por lo demás era un buen hombre; llevaba una vida alegre de cardenal,
se alegraba gustoso con morabio real de Challuau, no aborrecía á
Ricarda la Garmoisa ni á Tomasa la Sallarda, daba limosna á las
doncellitas antes que á las jamonas, y por cuyas razones era bien
quisto del _popular_ de París. Siempre iba acompañado de obispos y de
clérigos de altos linajes, atentos, zorzales, y bromistas en llegando
el caso; y más de una vez las buenas devotas de San Germán de Oserres,
al pasar por las tardes debajo de las ventanas iluminadas del aposento
de Borbón, se escandalizaron de oir las mismas voces que les habían
cantado vísperas el mismo día, salmodiar á los topetones de los vasos
el proverbio báquico de Benedicto XII, aquel papa que añadió una
tercera corona á la tiara: _Bibamus papaliter_.

Sin duda aquella popularidad tan justamente adquirida le preservó
á su entrada de toda mala acogida de parte de la gente del bronce,
tan descontenta un instante antes, y muy poco dispuesta al respeto
de un cardenal el día mismo en que ella iba á nombrar un papa. Pero
los parisienses guardan poco rencor; y luego haciendo empezar la
representación autoritativamente, los buenos particulares pudieron más
que el cardenal, y este triunfo le bastaba. Además el señor cardenal
de Borbón era buen mozo, tenía una hermosísima ropa encarnada que
llevaba elegantemente; es decir que tenía por sí á todas las mujeres, y
por consiguiente á la mejor mitad del auditorio. Y ciertamente habría
injusticia y pésimo gusto en dar vaya á un cardenal por haberse hecho
esperar para el espectáculo, siendo por otra parte un buen mozo que
sabía llevar vistosamente sus encarnadas hopalandas.

Entró pues, saludó á los asistentes con aquella sonrisa hereditaria
de los grandes para con el pueblo, y se encaminó con paso grave
hacia la poltrona de terciopelo de grana, con ademán de quien piensa
en cualquier otra cosa. Su comitiva, que hoy llamaríamos su estado
mayor de obispos y abates precipitóse tras él en el estrado, no sin
aumentarse el tumulto y la curiosidad en el patio. Todos á porfía
se le mostraban, se le nombraban; se desvivían por conocer alguno;
quien decía, es el ilustrísimo Alaudet, obispo de Marsella, si mal
no me acuerdo; quien, el primiciero de San Dionisio; quien, Roberto
de Lespinasse, abad de San Germán de los Prados, aquel hermano
hijodalgo de una coblenza de Luis XI; y todo esto acompañado de
sendos equivoquillos y alusioncillas. Por lo que hace á los licios no
hacían más que jurar. Era su día, su fiesta de locos, su saturnal, la
zambra anual de la plumería y de la escuela. Ninguna torpeza que ese
día no fuese de derecho y cosa sagrada. Y además había en la turba
locas chuzonas, tal que Simona Cuatrolibras, Inés, la Gadina, Robina
Piedebú. ¿No era la menor cosa que se pudiese hacer el jurar á sus
anchuras y echar ternos en tan buen día, en tan buena compañía de gente
de iglesia y mozas alegres? Así lo cumplían exactamente; y en medio
de aquel runrún, era aquello una espantable cencerrada de blasfemias
y enormidades que se formaba por todas aquellas bocas desalentadas,
lenguas de curiales y de estudiantes contenidas durante todo el año
por temor del hierro ardiendo de San Luis. ¡Pobre San Luis! ¡cómo le
llenaban las medidas en su propio palacio de justicia! Cada uno de
ellos, en los recienvenidos del estrado, había tomado por su cuenta
una sotana negra, parda, blanca, ó morada. En cuanto á Juan Frollo de
Molendino, en su calidad de hermano de un arcediano, las había que se
las pelaba con la sotana encarnada; y se ponía ronco gritando con los
ojos desvergonzados clavados en el cardenal: _¡Cappa repleta mero!_

Todos estos pormenores, que ponemos aquí desnudos para edificación
del lector, eran de tal modo cubiertos por el rumor general, que se
desvanecían antes de llegar hasta el estrado reservado; y aunque se
hubiesen oído, hicieran muy poca mella en el cardenal, ¡tan arraigadas
estaban en las costumbres las licencias de aquel día! Tenía además,
como lo daba á conocer su aspecto pensativo, otro cuidado que le
llamaba más, y entró casi al mismo tiempo que él en el estrado; y era
la embajada de Flandes.

No porque fuese profundo político, y mirase como cosa de entidad y
trascendencia las resultas posibles del matrimonio de la princesa su
prima Margarita de Borgoña con el príncipe su primo Carlos, delfín
de Viena; cuánto duraría la buena inteligencia paliada del duque de
Austria y del rey de Francia; cómo tomaría el rey de Inglaterra aquel
desaire de su hija; eso le desazonaba muy poco, y no le impedía el ir
á festejar todas las tardes el vino de la bodega real de Chaillot,
sin sospechar que algunos frascos de aquel mismo vino (algo visto y
corregido es verdad por el médico Coictier), cordialmente ofrecido á
Eduardo IV por Luis XI, desembarazaría un día á Luis XI de Eduardo IV.
_La muy honrada embajada del señor duque de Austria_ no ocasionaba al
cardenal ninguna de aquellas zozobras; pero le importunaba por otro
lado. Era en efecto algo duro, y ya hemos dicho una palabra acerca
de eso el verse obligado á festejar y recibir bien un hombre como el
Carlos de Borbón, á yo no sé qué buenos particulares; un cardenal
á unos regidores; un francés, alegre convidado, á unos flamencos
bebedores de cerveza, y todo eso en público. En verdad que era la cosa
uno de los gestos más fastidiosos que hubiese hecho jamás, todo por
contentar un antojo de su majestad.

Volvióse pues hacia la puerta, y con una gracia sin igual (tan grande
era su esmero), cuando anunció el ujier con voz sonora: _Los señores
enviados del señor duque de Austria_. Inútil es decir que la sala
entera hizo otro tanto.

Entonces fueron llegando dos á dos, con una gravedad que contrastaba
con el petulante acompañamiento eclesiástico de Carlos de Borbón, los
cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria, teniendo á la
cabeza el reverendo padre en J. C. Juan, abad de San Bertino, canciller
del Toisón de Oro, y á Jacobo de Goy, al señor Dauby, alto baíle de
Gante. Observábase en la junta un profundo silencio acompañado de
risas ahogadas, por escuchar todos los nombres descabellados y todas
las calificaciones particulares que cada uno de aquellos personajes
transmitía imperturbablemente al ujier, que arrojaba enseguida
nombres y calidades promiscuamente y estropeados en medio del tropel.
Era maestre Loys Roelof, regidor de la ciudad de Lovaina; el señor
Clays de Etuelde, regidor de Bruselas; el señor Paulo de Baeust, el
señor de Voirmizelle, presidente de Flandes; maestre Juan Coleghens,
burgomaestre de la ciudad de Anveres; maestre Jorge de la Moere,
regidor primero de la kuere de la ciudad de Gante; maestre Gheldolf
van der Hage, regidor primero de los cartularios de dicha ciudad;
y el señor Bierbecque, y Juan Pinnok, y Juan Dymaerzelle, etc.,
etc., bailes, burgomaestres, regidores; todos espetados, estirados,
almidonados, engalonados de terciopelo y de damasco, embirretados con
casquetes de terciopelo negro con grandes copetes de hilo de oro de
Chipre; buenas cabezas flamencas al cabo de la cuenta, figuras dignas
y severas de la familia de las que Rembrandt hace resaltar tan fuertes
y tan graves sobre el fondo negro de su Ronda de Noche; personajes que
llevaban todos escrito sobre la frente que Maximiliano de Austria había
tenido razón _en confiarse de lleno_, como decía su manifiesto, en su
sensatez, valentía, experiencia, lealtad y buenas hidalguías.

Excepto uno sin embargo. Era un semblante fino, inteligente, astuto,
una especie de hocico de mono y de diplomático, hacia el cual dió el
cardenal tres pasos haciendo una profunda reverencia, y que no se
llamaba con todo más que _Guillermo Rym, consejero y pensionista de la
ciudad de Gante_.

Pocas personas sabían entonces lo que era Guillermo Rym. Peregrino
ingenio que en un tiempo de revolución hubiese aparecido con brillo
descollando entre los acontecimientos, pero que en el décimo quinto
siglo estaba reducido á las cavernosas intrigas y á _vivir en las
zapas_, como dice el duque de San Simón. Por lo demás, era apreciado
del primer _zapador_ de la Europa; maquinaba familiarmente con Luis
XI, y metía á menudo la mano en las secretas mañas de su majestad.
Cosas todas muy ignoradas de aquella caterva á quien tanta admiración
causaban los acatamientos del cardenal hacia aquella cautiva figura de
baíle flamenco.




                                   IV
                        Maestre Jacobo Coppenole


Mientras el pensionista de Gante y la Eminencia se hacían una
reverencia muy baja, y se decían algunas palabras en voz más baja
todavía, un hombre de alta estatura, faz ancha, pujantes hombros, se
presentaba para entrar hombreando con Guillermo Rym: no parecía más que
un dogo junto á un zorro. Su caperuzo de fieltro y su coleto eran como
manchas en medio del terciopelo y la seda que le rodeaban. El ujier,
creyendo fuese algún palafrenero empantanado, le detuvo, diciéndole:

--¡Eh, atrás, buen hombre!

Dióle un empellón el coletudo.

--¿Qué me quiere ese trasto?, dijo con tal chorro de voz que obligó á
toda la sala á prestar atento oído á tan extraño coloquio. ¿No ves que
soy uno de ellos?

--¿Cómo os llamáis?, le preguntó el ujier.

--Jacobo Coppenole.

--¿Vuestras calidades?

--Calcetero de Gante, que tiene por muestra _Tres cadenillas_.

Al oir esto, el ujier dió unos pasos hacia atrás. Anunciar regidores y
burgomaestres, pase; pero á un calcetero, era algo duro. El cardenal
estaba en brasas: todo el pueblo escuchaba y miraba. Ya iban dos días
que su Eminencia se desvirtuaba á lamer aquellos osos flamencos para
hacerlos más presentables al público, y era áspera la tarea. Entre
tanto se acercó al ujier Guillermo Rym con su sonrisilla.

--Anunciad á maestre Jacobo Coppenole, amanuense de los regidores de la
ciudad de Gante, le sopló muy bajo.

--Ujier, continuó el cardenal en alta voz, anunciad á maestre Jacobo
Coppenole, amanuense de los regidores de la ilustre ciudad de Gante.

Esto fué una falta; sólo Guillermo Rym hubiera desvanecido la
dificultad; pero Coppenole había oído al cardenal.

--¡No, por vida de Cristo!, dijo gritando con su voz de trueno. Jacobo
Coppenole, calcetero. ¿Oyes, ujier? Nada más, nada menos. ¡Tape!
calcetero, no es nada feo. El señor archiduque ha buscado más de una
vez su guante en mis calzas.

Todo prorrumpió en risas y aplausos. Una pulla es cogida al vuelo en
París, y por consiguiente siempre aplaudida.

Añádase que Coppenole era del pueblo, y que el público que le aplaudía
era del pueblo. Así es que la comunicación entre ellos y él fué
pronta, eléctrica, y por decirlo así, á piso llano. La altiva vaya del
calcetero flamenco, humillando á las gentes de corte, excitó en todas
las almas plebeyas yo no sé qué sentimiento de dignidad todavía vago
y confuso en el décimo quinto siglo. ¡Era un igual aquel calcetero
que acababa de ponérsele de uñas al señor cardenal! Reflexión muy
placentera para unos pobrecillos acostumbrados á respetar y obedecer
á los criados de los sargentos del baíle del abad de Santa Genoveva,
portacola del cardenal.

Saludó arrogante Coppenole á su Eminencia, quien volvió el saludo al
muy poderoso particular temido de Luis XI. Luego mientras Guillermo
Rym, _cuerdo hombre y malicioso_, como dice Felipe de Comines, seguía
á los dos con una sonrisa de zumba y superioridad, cada uno se fué á
su puesto, el cardenal desconcertado y cuidadoso, Coppenole altivo y
sereno, y pensando sin duda que con todo su título de calcetero, era
tan bueno como cada hijo de vecino, y que María de Borgoña, madre de
la Margarita que Coppenole iba á casar hoy, le hubiese temido menos
cardenal que calcetero; porque no hubiera sido un cardenal quien
amotinara á los ganteses contra los favoritos de la hija de Carlos el
Temerario: no hubiese sido un cardenal quien hubiera envalentonado á
la turba con una palabra contra sus lágrimas y plegarias, cuando la
princesita de Flandes vino á suplicar á su pueblo por ellos hasta el
pie del cadalso de éstos; en vez que el calcetero con sólo levantar su
codo de cuero, hubiera hecho caer vuestras dos cabezas, ilustrísimos
señores Guide Hymbercourt y canciller Guillermo Hugonet.

Sin embargo, no había acabado de padecer el pobre cardenal; faltábale
por beber hasta las heces el cáliz amargo de hallarse en tan mala
compañía.

Quizás no ha olvidado el lector al descarado mendigo que había venido á
encaramarse desde el principio del prólogo, á las franjas de la estrada
cardenalicia; sin que la llegada de los convidados le hiciese limpiar
el puesto. Mientras los prelados y embajadores se embanastaban como
verdaderos arenques flamencos en las sillerías de la tribuna, él se
había puesto á sus anchuras desenvueltamente con las piernas cruzadas
sobre el arquitrabe. Bien que fuese rara la insolencia, nadie lo echó
de ver al pronto, por atender hacia otra parte. Tampoco él se cuidaba
de lo que en la sala sucedía, divirtiéndose en menear la cabeza con
un descuido napolitano, repitiendo de cuando en cuando en medio del
rumor como por maquinismo habitual: «¡La caridad, buenas almas!». Y
en verdad que sólo él era probablemente quien no se hubiese dignado
de volver la cabeza hacia el altercado de Coppenole y del ujier. Mas
quiso la casualidad que el maestre calcetero de Gante, con quien el
pueblo simpatizaba ya tan vivamente, y sobre el cual estaban clavados
los ojos de todos, fué á sentarse en el primer lugar de la entrada
encima del mendigo; y no fué poco el asombro de ver al embajador
flamenco, inspeccionado que hubo al galopo colocado á su vista, dar
amistosas palmaditas en aquellos hombros cubiertos de andrajos.
Volvióse el mendigo, y se cruzó entre ambas caras la sorpresa, el
reconocimiento, el alborozo y otros afectos; luego sin tener cuenta de
los espectadores, el calcetero y el trastidiablo se pusieron á platicar
en voz baja, dándose las manos, mientras que los harapos de Clopín
Truillefú, de muestra sobre el brocado de la estrada, causaban el mismo
efecto que una oruga sobre una naranja.

La novedad de esta singular escena excitó tal la algazara y broma en
la sala, que luego lo advirtió el cardenal; inclinóse hacia adelante,
y no pudiendo ver completamente desde su sitio el sayo ignominioso de
Truillefú creyó, con harta razón, pedía limosna el mendigo, é indignado
de la osadía, gritó: «Señor baíle de la Audiencia, arrojadme ese chulo
al río».

--¡Por Dios Santo!, eminentísimo señor, mire vuestra Eminencia lo que
dice, dijo Coppenole teniendo siempre la mano sobre Clopín, es un amigo
mío.

--¡Gresca, gresca!, gritó la chusma.

Desde aquel momento tuvo el maestre Coppenole en París como en Gante,
_gran crédito con el pueblo, pues las gentes de tal calaña lo tienen_,
dice Felipe de Comines, _cuando son así desordenadas_.

Mordióse el cardenal los labios; inclinóse hacia su vecino el abad de
Santa Genoveva, y le dijo á media voz:

--¡Guapos embajadores nos envía por acá el señor archiduque para
anunciarnos á la princesa Margarita!

--Vuestra Eminencia, respondió el abad, pierde sus finas y corteses
razones con esos gorrinos flamencos. _Margaritas ante porcos._

--Decid antes, contestó el cardenal risueño: _Porcos ante Margaritam_.

Todas las galas cortesanas empezaron á hacer aspavientos celebrando el
juego de palabras. Este incidente desahogó algún tanto al cardenal,
y así estaba pata con Coppenole, pues también su chulada había sido
aplaudida.

Ahora es cuando aquellos lectores nuestros que tienen la facultad de
generalizar una imagen y una idea, como se dice en estilo del día,
nos permitirán preguntarles si se figuran distinta y claramente el
espectáculo presentado en el instante que llamamos su atención, por
el vasto cuadrilongo de la sala mayor del Tribunal. En medio de la
sala, contra la pared occidental, una anchurosa y magnífica estrada de
brocado de oro, en la cual entran procesionalmente por un cancelito,
algunos graves personajes sucesivamente anunciados por la voz chillona
de un ujier. En los primeros escaños se veían ya muchas caras
venerables, realzadas de armiño, terciopelo y escarlata. Al rededor
de la estrada, que permanece silenciosa y grave, abajo, enfrente, por
doquiera, gran concurso y gran rumor. Miles de miradas del pueblo se
clavan sobre cada rostro de la estrada, miles de cuchicheos saetean
cada nombre. Cierto que el espectáculo es curioso, y bien merece la
atención de los concurrentes. ¿Pero allá abajo, al último cabo, qué
viene á ser aquella especie de tablado con cuatro mojigangos encima y
otros cuatro debajo? ¿Quién es, pues, al lado del tablado, aquel hombre
descolorido con capingote negro? ¡Ah!, mi querido lector, es Pedro
Gringorio y su prólogo.

      En profundo olvido yacía;
      Puntualmente lo que temía.

Desde que el cardenal entrara, no había cesado Gringorio de bullir por
el salvo de su prólogo. Por de pronto encargó á los actores taciturnos,
que continuasen y alzasen la voz; viendo luego que nadie les escuchaba,
los había parado, y durante cerca de un cuarto de hora que duraba
la interrupción, no cesaba de patear, de torcerse, de interpelar á
Gisqueta y Lienarda, de alentar á sus vecinos á que siguiesen adelante
con el prólogo; mas todo fué vano. Ninguno se garreaba, ni cardenal,
ni embajada, ni estrada, único centro de aquel vasto círculo de rayos
visuales. Preciso es creer, y decimos con dolor, que empezaba ya el
prólogo á fastidiar tantito al auditorio, cuando llegó su eminencia
á distraerle de un modo tan terrible. También es verdad que, tanto
en la estrada como en la mesa de mármol, no había variedad alguna
en el espectáculo: siempre el altercado de Labor y de Clero, de
Nobleza y de Mercancía. Y muchas gentes querían más verlos buenamente
viviendo, respirando, bulliendo, codeándose, en carne y hueso, en
aquella embajada flamenca, en aquella corte episcopal, bajo la sotana
cardenalicia, bajo el capotillo de Coppenole, que arrebolados,
remilgados, hablando en verso, y por decirlo así, encostalados en los
tunicones amarillos y blancos en que los había embozado Gringorio.

Con todo, cuando nuestro poeta vió algo restablecida la calma, se le
vino al magín una travesura que lo hubiese salvado todo.

--Caballero, dijo volviéndose hacia un lateral, bonazo botarga de cara
sufrida, ¿no sería bueno volver á empezar?

--¿Qué?, preguntó el vecino.

--El auto sacramental, contestó Gringorio.

--Como gustéis, añadió el otro.

Bastó á Gringorio esta semi-aprobación, y sin valerse de segunda
persona, empezó á gritar confundiéndose lo más que podía en la turba:
¡Empiécese de nuevo! ¡vuélvase á empezar!

--¡Satanás!, dijo Juan de Molendino, ¿qué es lo que cantan allá
abajo, al cabo de la sala? (Pues Gringorio metía ruido como cuatro).
Digo, compañeros, ¿aún no se concluyó el misterio? Quieren volverle á
encajar; esto no es justo.

--¡No, no!, gritaron todos los estudiantes. ¡Fuera el misterio, fuera!

Pero Gringorio se multiplicaba; y no se desgañitaba menos por eso,
diciendo: ¡De nuevo, de nuevo!

El clamoreo atrajo por último la atención del cardenal.

--Señor baíle del Tribunal, dijo á un hombrón negro colocado cerca de
él; ¿acaso están metidos esos trastos en una pila de agua bendita para
meter esa bulla infernal?

Era el baíle del Tribunal una especie de animal anfibio, una traza de
murciélago del orden judicial, con atributos de ratón y de ave, de juez
y de soldado.

Llegóse á su eminencia, y no teniéndolas todas consigo, le explicó
balbuciente la falta de decoro popular: que había llegado medio día
antes que su eminencia, y que los comediantes se vieron obligados á
empezar sin aguardar á su eminencia.

El cardenal dió una carcajada.

--Aseguro que el señor rector de la Universidad hubiera debido hacer
otro tanto. ¿Qué os parece, maestre Guillermo Rym?

--Eminentísimo señor, respondió Guillermo Rym, contentémonos con
habernos librado de la mitad de la comedia: eso nos hemos ahorrado.

--¿Pueden esos galopos continuar su farsa?, preguntó el baíle.

--Continuad, continuad, dijo el cardenal; lo mismo me da: ínterin diré
mi rezo, pues que tengo aquí el breviario.

Adelantóse el baíle al borde de la estrada, y después de reclamado el
silencio con una señal de mano, dijo:

--Vecinos, ganapanes y habitantes, para satisfacer á los que quieren
que se empiece de nuevo y á los que quieren que se acabe, manda su
eminencia que se continúe.

Hubo que conformarse; sin embargo, el autor y el público le tuvieron
mucho tiempo al cardenal entre cejas.

Los representantes continuaron, pues, su glosa, y Gringorio esperó que
á lo menos sería escuchado lo restante de su obra. Mas no tardó en
quedar burlada esta esperanza como sus otras ilusiones; bien se había
restablecido en efecto el silencio tal cual en el auditorio; pero no
había notado Gringorio que al dar la orden el cardenal para continuar,
estaba muy lejos la sala de estar llena; y que después de los enviados
flamencos llegaran nuevos personajes también de la comitiva, cuyos
nombres y calidades, lanzados en medio del diálogo por el grito
intermitente del ujier, producían en él un trastorno considerable.
Figúrese uno, en efecto, en medio de una representación, el chillido
de un ujier interrumpiendo entre dos versos, y á veces entre dos
hemistiquios, con paréntesis como éstos:

¡El maestre Jacobo Charmolue, fiscal de la curia eclesiástica!

¡Juan de Harlay, escudero, guardia del caballero rondero de la ciudad
de París!

¡El maestre Dionisio Le Mercier, guarda de la casa de los ciegos de
París!, etc., etc., etc.

Ya se comprende sería inaguantable.

Cesó no obstante el brutal monólogo del ujier: todos habían llegado; y
Gringorio respiró: los autores continuaban osados; cuando hete aquí,
que el maestre Coppenole, el calcetero, se levanta de repente, haciendo
llegar hasta los oídos de Gringorio, en medio de la atención universal,
¡qué abominable arenga!

--Señores vecinos y repúblicos de París, yo no sé, por vida mía, lo que
hacemos aquí. Bien veo allá abajo en un rincón, sobre aquel tablado
algunas gentes que al parecer quieren sacudirse. Ignoro si es esto
lo que llamáis un _auto sacramental_ ó _misterio_; pero no es nada
divertido; riñen con la lengua y no pasan adelante. Hace un cuarto de
hora que estoy aguardando el primer mojicón, y no veo valor ninguno;
son unos mandrias que se pelean arañándose con injurias; menos son aún
que mujeres, éstas siquiera se agarran de las greñas. Convendría mandar
venir algunos luchadores de Londres ó de Rotterdam; y entonces á lo
menos hubiéranse cruzado algunos cachetazos que resonarían en la plaza;
pero éstos causan compasión. Deberían á lo menos darnos alguna danza
morisca, ó alguna otra mojiganga. No es esto lo que habían dicho; me
hicieron consentir en una fiesta de locos con elección de papa: También
nosotros tenemos un Gante, nuestro papa de locos; y en esto no nos
quedamos atrás, ¡Santo Dios! Pero escuchad lo que hacemos: se genera un
barullo como aquí; luego cada cual va á sacar la cabeza por un agujero,
y hace un gesto á los demás; el que le hace más feo, es elegido papa
con aplauso universal; aqueso sí que es divertido. ¿Queréis que hagamos
nosotros aquí nuestro papa á la moda de mi tierra? Contad con que será
menos fastidioso que el escuchar á esos habladores. Si consienten
en venir á hacer su gesto al tragaluz, juzgarán como nosotros. ¿Qué
decís, señores vecinos? Hay aquí dentro una regular grotesca muestra de
ambos sexos, para que se rían á la flamenca, y nosotros tenemos caras
bastante feas para esperar un hermoso gesto.

Hubiera querido responder Gringorio; mas el asombro, la rabia, la
indignación, le cortaron la palabra. Además, la salida honrosa del
calcetero popular fué acogida con tal entusiasmo por aquellos vecinos
lisonjeados de oirse apellidar con dictados caballerosos, que se
hacía inútil toda resistencia. No había más que dejarse llevar por el
torrente. Gringorio se cubrió la cara con ambas manos, no teniendo la
dicha de tener una capa para velarse la cabeza, como el Agamenón de
Timanto.




                                   V
                               Cuasimodo


En un abrir y cerrar de ojos, todo estuvo listo para ejecutar la idea
de Coppenole. Particulares, estudiantes y curiales habían arrimado
el hombro. La capillita situada en frente de la mesa de mármol, fué
escogida para teatro de los gestos. Un vidrio roto del hermoso rosetón
del lintel de la puerta, dejó libre un círculo de piedra por el que
convinieron sacarían la cabeza los gesteros. Para llegar á él, bastaba
encaramarse sobre dos toneles cogidos no sé dónde, y puestos uno sobre
otro como mejor pudieron. Convínose que cada candidato, hombre ó mujer
(porque también se podía nombrar papesa), para dejar virgen y entera la
impresión de su gesto, se cubriera la cara y se mantendría oculto en la
capilla hasta el momento de aparecer. En un santiamén estuvo la capilla
llena de concurrentes, los cuales quedaron encerrados.

Coppenole de su asiento lo ordenaba, dirigía y arreglaba todo. Durante
el bureo, el cardenal, no menos desconcertado que Gringorio, so color
de quehaceres y vísperas, se había retirado con toda su comitiva, sin
que aquel tropel, á quien tanto turbara su llegada, se hubiese inmutado
nada al verle irse. Guillermo Rym fué el único que notó el desconcierto
de su Eminencia. La atención popular seguía como el sol su revolución;
salida de un cabo de la sala, después de haberse detenido algo en el
medio, estaba ahora al otro lado. Habían tenido su momento la mesa de
mármol y la estrada de brocado; ahora era el turno de la capilla de
Luis XI. El campo estaba ya abierto para toda locura. Ya no había más
que flamencos y canalla.

Empezaron las muecas, y la primera que asomó á la lumbrera con los
párpados como tomates maduros, la boca como un serón, y una frente
tan plegada que se parecía á unas pecheras de camisa bien planchada;
ocasionó una carcajada tan general é inextinguible, que Homero hubiera
tenido por dioses á todos aquellos patanes. Mas estaba muy lejos la
sala de ser Olimpo, y mejor que nadie sabía esto el pobre Gringorio.
Siguióse la segunda, la tercera, y luego la cuarta; aumentando cada
una, si posible fuese, las risotadas y el bullicioso taconeo. Había
en aquel espectáculo, yo no se qué deslumbramiento singular, yo no sé
qué embriaguez y fascinación de que sería dificilísimo dar una idea
al lector de nuestros días y salones. Figúrese cada cual una serie
de visajes presentando sucesivamente todas las formas de geometría,
desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono hasta el poliedro;
todas las expresiones humanas, desde la ira hasta la lujuria; todas
las edades, desde las arrugas del recién nacido, hasta las arrugas de
la vieja moribunda; todas las fantasmagorías religiosas, desde Fauno
hasta Belcebú; todos los perfiles animales, desde el boquerón hasta
el pico, desde el cabezorro hasta el hocico. Por decirlo de una vez,
para representárselo algún tanto, imagínese uno estar viendo pasar en
procesión la enmascarada de Venecia, ó tener en la mano en continuo
movimiento un caleidoscopio.

El bureo iba siendo cada vez más flamenco. Teniers no daría más que
una imperfectísima idea. Conviértase en bacanal la batalla de Salvator
Rosa. Ya no había ni estudiantes, ni embajadores, ni particulares, ni
hombres, ni mujeres; ya no Clopín Truillefú, no Gilles Lecornu, no
María Cuatrolibras, no Robín Zampapán. Todo se borraba en medio de la
común licencia. La espaciosa sala no era más que una anchurosa forja
de jovialidad y descoco, donde cada boca era un puro grito permanente,
relámpago el ojo, carantoña cada cara, y cada individuo una postura
diferente; era un todo sin embargo, más alharaquiento y aullón. Las
extrañas caras que iban al rosetón por turno á rechinar los dientes,
eran otras tantas teas que alimentaban la calera y fogata, levantándose
continuamente de toda aquella hervorosa turba un vapor, un desapacible
rumor, subido, crispador, silbón como las alas de un moscardón.

--¡Oh! ¡eh! ¡demonio!

--¡Mira aquella figura!

--No vale nada.

--¡Á otra!

--¿Guillemeta Maugerepuis?, mira, mira aquellos morros de toro, no le
faltan más que los cuernos; no es tu marido.

--¡Otro!

--¡Por vida de Bríos! ¡qué viene á ser aquel gesto!

--¡Hola! ¡eh!, eso es hacer trampas; no hay que enseñar otra cara que
la suya.

--¡Esta condenada de Perreta Callebote es capaz de todo eso!

--¡Gresca! ¡gresca!

--¡Me falta el aliento!

--He allí uno que no puede pasar las orejas.

--Etc. etc.

Con todo, preciso es hacer justicia á nuestro amigo Juan. En medio
de aquel sábado, se le veía aún sobre su pilar como un grumete en la
gavia; gesticulando con increíble furia, con la boca abierta de oreja
á oreja, de la que se escapaba un grito no articulado, no porque le
cubriese el clamoreo general con ser tan intenso, sino á causa de rayar
en el último son perceptible, las doce mil vibraciones de Salvador, ó
las ocho mil de Biot.

Por lo que hace á Gringorio, pasado que fué el primer movimiento de
abatimiento, volvió sobre sí, endureciéndose contra la adversidad.

--¡Continuad!, había dicho por tercera vez á sus comediantes, máquinas
parlantes; luego, poniéndose á pasear á grandes zancadas por delante de
la mesa de mármol, le daban casi ganas de ir él también á asomarse á la
lumbrera de la capilla, aunque no fuera sino por hacer burla real con
sus gestos de aquel pueblo ingrato.--Pero no; eso sería indigno de nos;
¡fuera venganza!, luchemos hasta el cabo, se repetía á sí mismo; grande
es sobre el pueblo el poder de la poesía; al fin podré con ellos. Vamos
á ver quién será más poderoso, si las muecas ó las letras.

¡Qué desgracia!, él era el único espectador de su pieza.

La cosa iba empeorando, ya no veía más que espaldas.

Me equivoco, pues aún se quedaba vuelto hacia el teatro el gordinflón
pachorrudo á quien ya había consultado en un momento crítico. Por lo
que hace á Gisqueta y Lienarda, se habían desertado gran rato hacía.

Entrañablemente apreció Gringorio la fidelidad de su único espectador;
así acercóse á él tirándole suavemente por el brazo; pues que
habiéndose apoyado en la barandilla, estaba medio durmiendo.

--¡Caballero, le dijo Gringorio, os doy muchísimas gracias!

--¿Y de qué, señor mío?, le preguntó bostezando el hombrazo.

--Ya veo lo que os incomoda, añadió el poeta, es sin duda esa bullanga
que os impide el oir á gusto. Pero descuidad sobre mí, que vuestro
nombre pasará á la posteridad, ¿dignaos decirme cuál sea?

--Renauld Chateau, guardasellos del Châtelet de París, para serviros.

--Caballero, vos sois aquí el único representante de las musas, dijo
Gringorio.

--Muy bondadoso sois, señor mío, respondió el guardasellos.

--Sois el único, prosiguió Gringorio, que haya escuchado debidamente la
pieza, y así me atreveré á preguntar ¿qué tal os ha parecido?

--Bastante alegre, en verdad, respondió apenas despierto el oidorazo.

Tuvo Gringorio que contentarse con aquel elogio; pues interrumpió la
conversación un trueno de aplausos y aclamaciones, con motivo de haber
resultado electo el papa de locos.

--¡Vitor! ¡vitor! ¡vitor!, gritaba el pueblo por todas partes.

Era en efecto maravillosa la mueca que alboraba entonces en el agujero
del rosetón. Después de todas las figuras pentágonas, exágonas y
heteróclitas, que se asomaran á la lumbrera, sin realizar la belleza
ideal grotesca que se construyera en las imaginaciones exaltadas por
el devaneo, nada menos se necesitaba, para arrebatar los sufragios que
el sublime gesto que acababa de deslumbrar á la concurrencia. Hasta
el mismo Coppenole aplaudió, y Clopín Truillefú que había echado su
cuarto á espadas (y Dios sabe á qué grado tan intenso de fealdad podía
alcanzar su tipo) se dió por vencido. Lo mismo haremos nosotros; no
trataremos de dar al lector una idea de aquella nariz tetraedra, de
aquella boca de herradura; de aquel ojuelo izquierdo eclipsado por una
ceja roja y borrascosa, al mismo tiempo que el ojo derecho desaparecía
todo bajo un enorme verrugón; de aquellos dientes desordenados,
desportillados á trechos como las almenas de una fortaleza; de
aquel labio calloso con el peso de un diente muy salido que hubiera
podido pasar por colmillo de elefante, de aquella barba hendida como
perdiguero de dos narices; de aquella mescolanza de malicia, de asombro
y de tristeza; imagínese uno tal cuadro si puede, y se habrá arrimado
de lejos al original.

Unánime fué la aclamación, agolpándose todos hacia la capilla, de donde
sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos. Pero entonces
tuvo lugar y llegó á su colmo la sorprendida admiración al ver que la
mueca era su cara.

O por mejor decir, toda su persona era mueca. Un cabezorro erizado
de pelos como barbas de maíz, entre las dos espaldillas una enorme
joroba de tanto peso, que el pecho tenía que ayudar á llevarla; tal
armatoste de muslos y piernas tan extrañamente descarriadas que sólo
por las rodillas se podían tocar, y vistas de frente se parecían á
dos hoces podaderas juntas por los mangos; pies como celemines, manos
monstruosas; y con toda aquella disformidad, tenía un arranque de
pujanza, agilidad y denuedo; extraña excepción de la regla eterna, que
quiere que la fuerza como la hermosura resulte de la armonía. Tal era
el papa que los locos acababan de nombrarse.

Se le podía comparar á un descomunal gigante roto, y mal soldadas sus
piezas. Cuando apareció en el umbral de la puerta aquella especie
de cíclope, inmóvil, achaparrado, tan ancho como alto; _cuadrado
por la base_, como dice un grande hombre; fué al punto conocido del
populacho por el gambeto medio encarnado y morada otra mitad, lleno
de campanillas de plata, y más que todo por su acabada fealdad; y
todos gritaron á una:--¡Es Cuasimodo, el campanero! ¡Es Cuasimodo,
el jorobado de Nuestra Señora! ¡Cuasimodo el ojanco! ¡Cuasimodo el
patituerto! ¡Vitor! ¡Vitor!

Ya se ve que le sobraban al infeliz los renombres.

--¡Cuidado con las preñadas!, gritaban los escolares.

--O que tengan ganas de estarlo, añadía Juan.

Y en efecto se podía temer que aquéllas dejasen de serlo, y éstas de
estarlo; pero aquestas y aquéllas escondían las caras.

--¡Oh! ¡qué mico tan feo!, decía una.

--Y tan malo como horrible, decía otra.

--Es el mismo diablo, seguía una tercera.

--Y yo pobre, que tengo la desgracia de vivir cerca de Nuestra Señora,
y oirle rondar por los canales.

--Sí, con los gatos.

--Siempre está en nuestros tejados.

--Por las chimeneas nos echa los horóscopos.

--La otra noche vino á hacerme burla á mi lumbrera; al pronto creí que
era un hombre; más así que le vi ¡tuve un miedo! ¡ah!

--Juraría que va al ayuntamiento brujuliento; por más señas que dejó
una vez una escoba en mi tejado.

--¡Qué cara de giboso tan arremetedora!

--¡Se ha visto jamás alma tan hedionda!

--¡Ay!

Al revés los hombres, tenían un buen rato y le vitoreaban.

Cuasimodo, objeto del tumulto, se mantenía siempre en la puerta de la
capilla en pie, adusto y grave sin zafarse á la admiración.

Un estudiante, Robín Zampapán creo, se le llegó muy cerca, y se le rió
en los bigotes. Contentóse Cuasimodo de cogerle por medio del cuerpo, y
tirarle á diez pasos por entre la caterva, y todo esto sin despegar los
labios.

Admirado el maestre Coppenole se acercó á él.

--¡Por la pasión de Cristo! ¡Padre Santo! que eres el feo más subido
que he visto en todos los días de vida: no de los locos solamente de
París, ¡el papado de Roma mereces!

En hablando así le ponía alegre la mano sobre el hombro, sin que le
dijese nada Cuasimodo, y prosiguió:

--Eres un perillán con quien tendré gustoso un gaudeamus, aunque me
cueste un par de pesos. ¿Y tú?

Cuasimodo no respondió nada; y el calcetero le dijo:

--¿Qué significa ese silencio? ¡qué! ¿eres sordo?

Éralo en efecto, más no ciego, y ya empezaba á incomodarse de las
llanezas Coppenolinas; tanto que se volvió de repente hacia él con tal
rechinar de dientes que cejó el gigante flamenco como un dogo delante
de un gato.

Formóse entonces en torno del extraño ente un círculo aterrado y
respetuoso que tenía á lo menos quince pasos geométricos de radio. Una
vieja que estaba al lado de Coppenole le dijo que Cuasimodo era sordo.

--¡Sordo!, replicó el calcetero con su pachorruda risa flamenca; ¡por
vida de Bríos que es un papa completo!

--¡Ah! ya le conozco, exclamó Juan, bajado por último del poste por ver
de más cerca á Cuasimodo; ¡es el campanero de mi hermano el arcediano!
--¡Buenos días, Cuasimodo!

--¡Diablo de hombre!, dijo Robín Zampapán, magullado aún de la caída.
Si se presenta, giba: si anda, esteva: si mira, es tuerto: si le
habláis, sordo.--¿Y qué hace de su lengua ese Polifemo?

--Por hablar, lo hace cuando quiere, dijo la vieja; no es sordo de
nacimiento, ha perdido el oído con el toque de las campanas, más no es
mudo.

--Sólo eso le falta, observó Juan.

--Y también le sobra ese ojo que le queda, añadió Robín Zampapán.

--No hay tal, replicó juiciosamente Juan: un tuerto es mucho más
incompleto que un ciego; éste á lo menos no sabe lo que le falta, y
ojos que no ven, corazón que no llora.

Entretanto todos los mendigos, todos los lacayos, todos los rapabolsas,
reunidos con la estudiantina, habían ido á buscar procesionalmente al
escaparate de los plumistas la tiara de cartón y el cogullón del papa
de los locos. Dejósele echar acuestas Cuasimodo sin pestañear y con
una especie de entonada docilidad. Sentáronle después en unas andas
llenas de cintajos de varios colores; y levantáronle en alto sobre los
hombros doce fabriqueros de la cofradía de los locos, ceremonia que la
lúgubre cara del cíclope acompañó con una especie de alborozo sardónico
y desdeñoso, al ver bajo sus disformes pezuñas todas aquellas cabezas
de nombres hermosos, bien formados y derechos. Enseguida la aulladora y
andrajosa procesión echó á andar como de costumbre por las galerías del
palacio, antes de ir á correr las calles y las plazas.




                                   VI
                              La esmeralda


Diremos con el mayor gusto á nuestros lectores, que durante toda esta
escena se habían mantenido firmes Gringorio y su pieza teatral. Sus
actores espoleados por él, no habían cesado de encajar la comedia, como
tampoco él se había cansado de escucharla. Habíase ya familiarizado
con la zambra, y resuelto á llevar la cosa á cabo sin desesperar nunca
de cautivar, aunque tarde, la atención del público. Avivóse este rayo
de esperanza cuando vió salir de la sala á Cuasimodo, Coppenole y la
vocinglera comitiva del papa de los locos, seguida ansiosamente por la
turba.--¡Bueno! dijo entre sí, ya se van todos los alborotadores.

Por desgracia los alborotadores eran todos los concurrentes; y en un
quítame allá esas pajas, la sala se quedó vacía.

Es verdad que había aún algunos otros asistentes, unos desparramados,
otros en corrillos alrededor de los pilares, las mujeres, los viejos
ó los niños que se contentaban con la clamorosa vaya; y algunos
estudiantes que se habían quedado ahorcados en los vuelos de las
ventanas y estaban mirando á la plaza.

--Eso basta, se hubo de decir Gringorio, para oir el fin de mi
misterio; pocos son pero escogidos y literatos.

Al cabo de un rato una sinfonía, que debía producir el mayor efecto
á la llegada de la virgen, no se ejecutó; Gringorio conoció que la
procesión del papa de los locos se había llevado su música.

--Pasad adelante, dijo estoicamente.

Vió un corrillo que á su parecer hablaba de su composición, acercóse, y
hete aquí el trozo de conversación que entendió.

--¿Ya conocéis, maestre Cheneteau, el palacio de Navarra que era del
duque de Nemours?

--Sí, frente por frente de la capilla de Braca.

--Pues bien, el fisco acaba de arrendarla á Guillermo Alixandre, el
historiero, por seis libras y ocho sueldos parisis al año.

--¡Cómo se encarecen los alquileres de las casas!

--¡Buena va la danza!, díjose Gringorio suspirando, si éstos no, otros
escuchan.

--Compañeros, gritó en esto un chusco de los que miraban á la plaza:
_¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!_

Esta palabra produjo un efecto mágico. Todos los que estaban en la sala
se precipitaron hacia las ventanas, encaramándose por las paredes para
ver, y repitiendo: _¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!_

Al mismo tiempo se oyeron por la parte de afuera prolongados y
estrepitosos aplausos.

--¡Qué significa eso de Esmeralda!, dijo Gringorio cruzando con dolor
las manos. ¡Oh Dios mío!, parece que ahora toca el turno á las ventanas.

Volvióse hacia la mesa de mármol, y vió que estaba interrumpida la
representación; era puntualmente el momento en que debía aparecer
Júpiter con su rayo; y el buen Júpiter quieto que quieto debajo del
teatro.

--Miguel Giborne, gritó el irritado poeta, ¿qué haces ahí? ¿es ese tu
papel? ¡pronto arriba!

--¡Ah!, exclamó Júpiter, ha llevado la escalera un estudiante.

Miró Gringorio, y vió ser así, y estar interceptada toda comunicación
entre la tramoya y el desenlace.

--¡Trasto!, murmuró. ¿Y por qué se ha llevado la escalera?

--Para ver á la Esmeralda, respondió el compungido Júpiter. ¡Toma!, ve
allí una escalera que no sirve, dijo, y se la llevó.

Era éste el último golpe; pero Gringorio lo recibió con resignación.

--¡Lléveos el demonio!, dijo á los cómicos, si me pagan, os pagaré.

Entonces se llamó á retirada muy cabizbajo; pero el último, como un
buen general que ha peleado con valor.

Como iba bajando las tortuosas escaleras del palacio, decía
refunfuñando: ¡Guapa cuadrilla de asnos y de avestruces son esos
parisienses! ¡vienen á oir un auto sacramental, y no escuchan nada! De
todo han charlado, de Clopín Truillefú, del cardenal, de Coppenole,
de Cuasimodo, ¡del diablo! ¡pero de Nuestra Señora la Virgen María,
Dios guarde á usted muchos años! ¡Á haberlo sabido, ya os hubiera
dado yo, vírgenes Marías, badulaques! ¡Buena desgracia es la mía!
¡venir á ver caras, y ver sólo espaldas! ¡ser poeta, y quedarme con
piedra boticaria! Es verdad que el buen Homero mendigó por los aduares
griegos, y Nasón murió desterrado entre los moscovitas. Pero ¡que me
emplumen si entiendo lo que quieren decir con su Esmeralda, con esa
palabra que por de pronto es egipcíaca!




                             LIBRO SEGUNDO



                                   I
                          De Caribdis en Scila


La noche llega muy pronto en enero, y cuando Gringorio salió del
palacio ya no veía por las calles. Agradóle la noche ya entrada, y
se le hacía tarde el llegar á una callejuela lóbrega y solitaria,
propia para su ansiada meditación, y para que el filósofo aplicase
el primer bálsamo á la herida del poeta. Además su único refugio era
la filosofía, pues no sabía dónde hospedarse. Después del ruidoso
aborto de su estreno teatral, no se atrevía á volver al alojamiento
que ocupaba en la calle del Granero-sobre-el-Agua, frente al puerto
del Heno, habiendo contado con que el Sr. Preboste le daría de su
epitalamio para pagar á maestre Guillermo Doulx-Sire, alcabalero de las
reses de pie hendido, los seis meses de posada que le debía, es decir,
doce sueldos parisis, doce veces el valor de lo que poseía sobre la
tierra, comprendidas las bragas, la camisa y el caperuzo. Después de
haber pensado un rato, al abrigo provisional del postigo de la cárcel
del tesorero de la Santa Capilla, en el albergue que escogería para
pasar la noche, teniendo todas las calles de París á su disposición, se
acordó haber observado la semana anterior, en la calle de la Zapatería
á la puerta de un consejero del Parlamento, un montadero de piedra,
y haber calculado que la tal piedra podría servir en caso necesario
de excelente almohada á un mendigo ó á un poeta. Dió gracias á Dios
de habérselo traído á la memoria; pero al tratar de atravesar la
plaza del palacio para meterse en el tortuoso laberinto de la ciudad
antigua, donde serpentean todas aquellas viejas hermanas, las calles
de la Varillería, de la Pañería Vieja, de la Zapatería, de la Judería,
y otras todavía, que se conservan con sus casas de nueve pisos, vió
la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, y
se precipitaba á empellones por el patio con grande algazara, hachas
encendidas y su música Gringorina. Aquella vista lastimó su escoriado
amor propio, y se zafó. Le había llegado tan al alma su dramática
malandanza, que cuanto le recordaba la fiesta del día le agriaba y
renovaba la llaga.

Quiso pasar el puente de San Miguel; pero andaban por él varios chicos
con carretillas y cohetes.

--¡Diablo de fuegos!, dijo Gringorio; y bajóse hacia el puente del
Cambio. Habían fijado en las casas de la entrada del puente tres
banderolas representando al rey, al delfín y á Margarita de Flandes, y
seis jirones en que estaban retratados el duque de Austria, el cardenal
de Borbón, el señor de Beaujeu, la princesa Juana de Francia, el señor
bastardo de Borbón, y no sé quién más; todo iluminado y admirado por la
turba.

--¡Dichoso pintor Juan Fourbeault!, dijo Gringorio con un gran suspiro,
y volvió la espalda á las banderolas y jirones. Vió una calle delante
de sí, tan oscura y desierta, que creyó poderse librar de todo ruido
como de todos resplandores de la fiesta, y entróse por ella. No bien
había andado unos cuantos pasos cuando tropezó con una cosa y cayó.
Era un ramo del mayo que los plumistas de la curia habían depositado
por la mañana á la puerta de un presidente del parlamento, en honor de
la solemnidad del día. Con ánimo heroico aguantó Gringorio este nuevo
azar; levantóse y se fué á la orilla del agua. Después de haber dejado
á la espalda la torrecilla civil y la torre criminal, y seguido la gran
cerca de los jardines del rey por el tremedal en donde se metía en el
fango hasta las rodillas, llegó á la parte occidental de la ciudad, y
contempló algún tiempo el islote del Pasavacas, que ha desaparecido
después bajo el caballo de bronce y el Puente-Nuevo. Presentábasele
el islote en las tinieblas como una mole oscura al otro lado del
arroyuelo de agua blanquecina que le separaba de él; y traslucíase, á
los trémulos rayos de una lucecita, la especie de covacha en forma de
colmena donde se guarecía por la noche el Pasavacas.

--¡Qué dicha la tuya, Pasavacas!, dijo para sí Gringorio; ¡bien haya tú
que no piensas en la gloria, ni en hacer epitalamios! ¿Qué te importan
los reyes que se casan ni las duquesas de Borgoña? ¡Tú no conoces otras
margaritas que las que el pomposo abril ofrece á tus vacas! Y yo poeta,
soy befado, y estoy castañeteando de frío, y debo doce sueldos, y las
suelas que piso son tan transparentes que podrían servir de vidrios á
tu linterna. ¡Bien hallado seas, Pasavacas! ¡tu cabaña solaza mi vista
y me hace olvidar á París!

Fué despertado de su casi lírico éxtasis por un cohetazo de dos tiros
del día de San Juan, que partió de golpe y porrazo de la venturosa
cabaña. Era el Pasavacas que también tomaba parte en los regocijos del
día, y lo solemnizaba con pólvora.

El volador puso grima á nuestro Gringorio, quien apostrofó la fiesta,
diciendo:--¿Hasta aquí vienes á perseguirme? ¡hasta en el nido del
Pasavacas, Dios mío!

Clavó luego los ojos en el Sena que tenía á sus pies, y se vió
acometido de una terrible tentación.

--¡Oh!, dijo, ¡con qué gusto me ahogaría, si el agua no estuviese tan
fría!

Entonces tomó una resolución desesperada, cual fué, no pudiendo
escaparse del papa de los locos, de las banderolas de Juan Fourbeault,
de los ramos del Mayo, de los serpentines ígneos y de las carretillas,
el internarse impávido en medio de la fiesta, y plantarse en la plaza
de Greva.

--Allí á lo menos, exclamó, no me fallará un tizón de una hoguera para
calentarme, y podré cenar con algunas migajas del azúcar real de los
tres grandes escaparates que han debido poner en el aparador público de
la ciudad.




                                   II
                           La plaza de Greva


Ya no queda hoy más que un imperceptible vestigio de lo que fué en
otro tiempo la plaza de Greva. Tal es la airosa torrecilla que ocupa
la esquina del norte de la plaza, sepultada ya bajo el revoque innoble
que embadurna los agudos realces de sus esculturas, y que muy luego
desaparecerá quizás sumergida por esta crecida de casas que devora tan
rápidamente todas las vetustas fachadas de París.

Las personas que como nosotros no pasan nunca por la plaza de Greva sin
mirar con lastimera simpatía á esta pobre torrecilla, estrujada entre
dos caserones del tiempo de Luis XV, pueden reconstruir fácilmente en
su imaginación el conjunto de edificios á que pertenecía, y hallar
enterita la añosa plaza gótica del siglo décimo quinto.

Era, como hoy; un trapecio irregular limitado de un lado por el
espolón, y de los otros tres por casas altas, estrechas y lóbregas.
Por el día se podía admirar la variedad de los edificios, todos
esculpidos de piedra ó madera, y presentando ya muestras completas de
las diferentes arquitecturas domésticas de la Edad Media, retrocediendo
del décimo quinto al undécimo siglo, desde el ventanaje que empezaba
á destronar el arco cruzado, hasta el arquitrabe románico, suplantado
por aquél, y que ocupaba todavía debajo del mismo el primer piso de la
antigua casa de la Torre Rolanda, esquina de la plaza sobre el Sena
hacia el lado de la calle de la Tenería. Por la noche no se percibía
de aquella masa de edificios sino el dentaje denegrido de los tejados
desarrollando al rededor de la plaza su sarta de ángulos agudos, pues
es una de las diferencias radicales de las poblaciones de entonces y
de las de ahora, que hoy es la fachada la que da á las plazas y las
calles, y antes sólo daban las paredes. Quiere decir que de dos siglos
á esta parte han dado las casas una media vuelta completa.

En el centro del lado oriental de la plaza, se elevaba una pesada
é híbrida construcción formada de tres viviendas pegadas. Dábanle
tres nombres que explican su historia, su destino y su arquitectura:
la _Casa del Delfín_, porque Carlos V, delfín, la había habitado;
la _Mercancía_, porque servía de Casas Consistoriales; la _Casa de
los Pilares_ (domus ad piloria), á causa de una serie de pilarones
que sostenían los tres altos. Allí hallaba la población cuanto ha
menester una buena ciudad como París; una capilla para hacer oración,
un _juzgado_ para tener audiencia y hacer comparecer cuando fuese
necesario á la gente de Palacio; y en las boardillas, una _armería_
llena de cañones. Pues los vecinos de París saben que no basta en todos
lances orar y abogar por los fueros de la ciudad, y por eso tienen
siempre de reserva en un desván del Consistorio algún buen _arcabuz_
mugriento.

Ya tenía entonces la Greva aquel aspecto siniestro que aún le conservan
hoy la idea execrable que aquélla recuerda, y la denegrida casa de
Ayuntamiento de Dominico Bocador, que ha reemplazado á la Casa de los
Pilares. Menester es decir que una horca y una argolla permanentes, una
justicia y una escala, como decían entonces, levantadas á la par en
medio del empedrado, no contribuían poco á apartar la vista de aquella
fatal plaza, donde han agonizado tantas criaturas rebosando de salud y
de vida; donde cincuenta años más tarde había de nacer aquella _fiebre
de San Valero_, aquella enfermedad del terror del cadalso, la más
monstruosa de todas las enfermedades, por no venir de Dios, sino del
hombre.

Es una idea consoladora (digámoslo de paso), el pensar que la pena
de muerte, que hace trescientos años embarazaba todavía con sus
ruedas férreas, sus horcas lapídeas, y todo su aparato ajusticiador,
permanente y clavado en el suelo, la Greva, los Mercados, la plaza
Delfina, la Cruz del Trahoir, el hediondo Montfaucón, la plazuela de
los Cerdos, la barrera de los Alguaciles, la plaza de los Gatos, la
puerta de San Dionisio, los Prados, la puerta de los Asnos y la de
Santiago, sin contar con las innumerables escaleras de horca de los
prebostes, del obispo, de los cabildos, de los abades, de los priores,
señores de horca y cuchillo; sin contar los ahogamientos jurídicos en
el Sena; es una idea consoladora, repetimos, que hoy, después de haber
perdido todas las piezas de su armadura, su lujo de suplicios, su
penalidad caprichosa é imaginativa, su tortura á la que cada cinco años
hacía un nuevo lecho de cuero en el Gran Châtelet, esa vieja soberana
de la sociedad feudal, desterrada casi de nuestras leyes y de nuestras
ciudades, acosada de código en código, arrojada de plaza en plaza,
no tenga ya en nuestro inmenso París más que un rincón innoble de la
Greva, y una miserable guillotina, furtiva, sobresaltada, vergonzosa,
siempre al parecer recelosa de ser sorprendida infraganti, ¡con tanta
prisa desaparece en haciendo la fechoría!




                                  III
                           Besos para golpes


Transido estaba Gringorio cuando llegó á la plaza de Greva. Había
atravesado el puente de los Molineros para evitar el encuentro con el
gentío del Puente del Cambio y las banderolas de Juan Fourbeault; pero
las ruedas de todos los molinos del obispo le habían asperjado, y tenía
hecho una sopa su coletillo. Parecíale además que el malogro de su
pieza le aumentaba el frío. Así que dióse prisa á llegar á la luminaria
que ardía esplendorosa en medio de la plaza; pero era muy considerable
el tropel que estaba agolpado al rededor de ella.

--¡Condenados parisienses!, se dijo á sí mismo (pues que Gringorio,
como verdadero poeta dramático, era propenso á soliloquios), ¡en la
hoguera y no fuera deberíais estar para no estorbarme el fuego! ¡ahora
sobre todo que lo he menester tanto, según se hallan mis zapatos de
todos calados, y mi pobre ropilla hecha pañizuelo de esos malditos
llorones de molinos! ¡El diablo sea del obispo de París con sus
molinos! ¡Mucho diera por saber lo que un obispo puede hacer de un
molino! ¿Cuenta con ser un día molinero en vez de obispo? Si no ha
menester para ello sino mi maldición, ¡desde ahora se la echo á él,
y á su catedral, y á sus molinos! ¿Creéis que se incomodarán en lo
más mínimo esos badulaques? ¡Que me digan lo que hacen ahí! Se están
calentando; ¡buen gustazo! ¡miran cómo arden un ciento de chamarascas!
¡soberbio espectáculo!

Pero examinando de más cerca, notó que era mucho más grande el corro de
lo que convenía para calentarse al fuego del rey, y que tan numeroso
concurso no era atraído por la hermosura del centenar de haces de leña
que estaba ardiendo.

En efecto, en un vasto espacio que se hallaba libre entre la turba y el
fuego estaba bailando una muchacha.

Si la joven era criatura humana, hada ó ángel, no pudo decidirlo el
mismo Gringorio con ser todo un filósofo escéptico y todo un poeta
irónico; ¡tan fascinado le había dejado aquella deslumbradora visión!

No era muy alta, pero lo parecía al verla tan graciosa y elegantemente
espigadita. Era morenita, mas se dejaba conocer que por el día su tez
tendría aquel hermoso dorado reflejo de las andaluzas y de las romanas.
También era andaluz su piececito, pues estaba holgado en el estrecho
y gracioso zapato. Tal era la pizpereta que bailaba, triscaba, daba
vueltas sobre una vieja alfombra de Persia echada sin primor alguno
bajo sus pies; y cada vez que al hacer un círculo pasaba por delante
de uno su luminoso semblante, sus hermosos ojos negros le lanzaban un
vivísimo rayo.

Cuantos la rodeaban la miraban sin pestañear y boquiabiertos; y en
efecto, cuando danzaba de esta manera al zumbido de la pandereta que
sus dos torneados y virginales brazos levantaban sobre su cabeza
airosa, delicada y viva como una avispa, con su justillo de oro
clavado á su talle, su pomposo y pintado tonelete, con los hombros
descubiertos, con su graciosa y fina pierna que el corto zagalejo
permitía ver por momentos, su negra cabellera, y sus ojos de fuego, era
verdaderamente una criatura sobrenatural.

--Es preciso confesarlo, dijo entre sí Gringorio, ¡es una salamandra,
una ninfa, una deidad, una nueva Herodias!

--En esto, una trenza de pelo de la salamandra se desprendió, cayendo
al suelo una pieza de azófar que la aseguraba.

--¡Calla! ¡es una gitana!

Y adiós ilusión de Gringorio.

Volvió ella á empezar su danza; cogió del suelo dos espadas, que se
puso de punta sobre la frente, haciéndolas voltear en sentido contrario
del que ella lo hacía; en fin, era una gitana ni más ni menos. Pero por
desencantado que estuviese Gringorio, no carecía el cuadro entero del
mágico prestigio: alumbrábale el fuego de la hoguera con una luz fuerte
y rojiza que iluminaba con un vivo temblor el círculo de semblantes de
los asistentes, la morenita frente de la joven, y que detrás de los
mirones esparcía por toda la plaza un apagado reflejo entreverado con
las osciladoras sombras que dibujaba, de un lado sobre la denegrida y
vieja fachada de la Casa de los Pilares, y del otro sobre el poste de
piedra de la horca.

Entre los millares de caras que enrojecía aquel resplandor, había una
que parecía más absorta que las demás en contemplar á la bailadora.
Era un hombre de figura austera, sosegada y adusta. Este hombre,
cuyo traje impedía ver el gentío que le rodeaba, no tenía al parecer
más que treinta y cinco años; sin embargo, estaba calvo, y los tales
cuales mechones de pelo de las sienes eran muy raros y canos; su ancha
y espaciosa frente empezaba á cubrirse de arrugas; pero en sus ojos
hundidos brillaban una lozana juventud, una vida ardorosa, y unas
pasiones violentas. Miraba constantemente á la gitana, y mientras la
juguetona doncella de diez y seis años danzaba y triscaba con gusto de
todos, adquiría por instantes más opacidad la enajenada fantasía de
nuestro hombre. De cuando en cuando se encontraban en sus labios un
suspiro y una sonrisa, pero más dolorosa era ésta que aquél.

Cansóse, en fin, y paróse la joven, y el pueblo la vitoreó amoroso.

--¿Djali?, dijo la gitana.

Entonces vió Gringorio llegar una cabrita blanca, linda, despierta,
vivaracha, lustrosa, con cuernos dorados, pies dorados, y collar
también dorado, la cual no había él divisado aún, y que se había estado
acurrucada hasta entonces en una punta de la alfombra mirando bailar á
su ama.

--¿Djali?, le dijo la bailarina, ahora te toca á ti.

Y sentándose, presentó con gracia la pandereta á la cabra.

--¿Djali, en qué mes estamos?

Levantó la cabra un pie delantero, y dió una pezuñada sobre la
pandereta. Era en efecto el primer mes del año; y celebrólo la turba.

Djali, preguntó la joven volviendo la pandereta, ¿á cuántos estamos?

Levantó Djali su piececito dorado, y dió seis golpes en la pandereta.

--Djali, prosiguió la egipcia variando siempre de cara la pandereta,
¿qué hora es?

Djali dió siete golpes, y al mismo instante se oyeron las siete en el
reloj de la Casa de los Pilares.

El pueblo estaba asombrado.

--¡Cosa de brujería es esto, dijo en medio de la turba una voz
siniestra, que era la del calvo, que no quitaba los ojos de la gitana!

Sobresaltóse la pobre y volvió la cabeza; pero empezaron los
estrepitosos aplausos, y cubrieron la funesta exclamación, y hasta la
borraron tan completamente en el espíritu de la joven, que continuó
preguntando á su cabra:

--Djali, ¿cómo hace maestre Guichard Grand-Remy, capitán de los
carabineros de la ciudad, en la procesión de la Candelaria?

Púsose la cabra en dos pies, y empezó á balar andando con tan donosa
gravedad, que se echó á reir el corro entero de espectadores al ver el
burlesco remedo de la devoción interesada del capitán de carabineros.

--Djali, prosiguió la doncella con tan continuo triunfo, ¿cómo predica
maestre Jacobo Charmolue, fiscal eclesiástico?

Plantó la cabra en tierra sus asentaderas y se puso á balar pataleando
con los pies delanteros de tan extraña manera que aparte el mal francés
y pésimo latín, ademán, acento y planta, todo era el mismísimo Jacobo
Charmolue.

La turba se deshacía en aplausos.

--¡Sacrilegio! ¡profanación!, saltó la voz del calvo.

La gitana volvió otra vez la cabeza hacia donde salía la voz.

--¡Ah!, dijo, ¡es ese espantajo!; luego alargó el labio inferior
sacándole más que el superior, hizo un momito, que le era al parecer
familiar, volteó sobre el talón, y se puso á echar en la pandereta los
dones de la multitud.

Las pesetas, las medias, las tarjas y los ochavos llovían en la
alfombra. Tocóle pasar por delante de Gringorio, el cual llevó
tan maquinalmente la mano á la faltriquera, que la gitana se
detuvo.--¡Diablo! dijo el poeta hallando dentro la realidad, es decir,
nada. La rapaza, sin embargo, estaba aguardando, clavándole con sus
grandes ojos y alargando hacia él la pandereta como para recibir; el
pobre Gringorio sudaba la gota tan gorda.

Si el poeta hubiera hallado el Perú en el bolsillo, el Perú le hubiera
dado; pero no le halló, y ¡qué mucho!, si aún no se había descubierto
la América.

Por fortuna una inesperada novedad vino á sacarle del mal paso en que
se encontraba.

--¿Te irás de aquí, saltarina de Egipto?, gritó una voz carrasqueña
que salía del rincón más oscuro de la plaza. Volvióse atemorizada la
muchacha; mas ya no era la voz del calvo; era la voz de una mujer, voz
devota y perversa.

Este grito, que dió miedo á la gitana, excitó la algazara de un tropel
de muchachos que andaba correteando por la plaza.

--Es la reclusa de la Torre Rolanda, dijeron con gritos descompasados;
¡es la Beata quien regaña! ¿si no habrá cenado? ¡vamos á llevarle algún
resto del aparador de la ciudad!

Esto bastó para que todos corrieran presurosos hacia la Casa de los
Pilares. Ínterin aprovechó Gringorio la turbación de la bailarina para
escabullirse; el clamor de los chicos le trajo á la memoria que tampoco
él había cenado; y se fué corriendo al aparador. Pero los rapazuelos
tenían mejores piernas que las suyas, y cuando llegó lo habían limpiado
todo. Ni siquiera quedaba un tostón de los de á real la libra. Ya
no había en la pared sino las airosas flores de lis, entreveradas
con rosales, pintadas en 1434 por Mateo Biterne, cena en verdad poco
sustanciosa.

Cosa importuna es acostarse sin cenar; menos lisonjero es todavía
no cenar ni saber adónde ir á acostarse. Tal era la situación de
Gringorio. Ni pan, ni albergue; veíase aquejado por todas partes de la
necesidad, y de una necesidad muy embestidora. Hacía mucho tiempo que
para él era una verdad averiguada, que Júpiter crió á los hombres en
hora menguada, y que durante toda la vida del sabio su destino tiene
en asedio á su filosofía. Y por lo que á él hacía, jamás había visto
bloqueo tan completo; sentíase el estómago como cañón de órgano, y
no le parecía nada bien que la mala suerte rindiese por hambre á su
filosofía.

Esta melancólica idea le abismaba más y más, cuando vino á sacarle
de ella un canto raro aunque dulcísimo. Era la joven egipcia quien
cantaba. Su voz era lo mismo que su danza, como su hermosura. Era
indefinible y hechicera; un metal purísimo, sonoro, aéreo, alado,
si puede llamarse así. Eran trinos continuos, melodías, cadencias
inesperadas; luego eran frases sencillas salpicadas de notas
penetrantes y aspiradas; después unas entonaciones que hubieran
desconcertado á un ruiseñor, sin faltar nunca la armonía; en seguida
muelles ondulaciones de octavas que se elevaban y bajaban como el seno
de la joven cantora. Su hermoso semblante acompañaba con singular
movilidad todos los caprichos de su canción desde la inspiración más
descabellada hasta la más noble dignidad. Unas veces se la hubiera
creído una loca, otras una reina.

Las palabras que cantaba eran de una lengua desconocida para Gringorio,
y que parecía serlo hasta para ella misma, tan poca relación había
entre la expresión de su canto y el sentido de las palabras. Así los
cuatro versos siguientes en su boca eran de una alegría extraña:

        Un cofre de gran riqueza
      Hallaron dentro un pilar.
      Dentro del, nuevas banderas,
      Con figuras de espantar.

Y un instante después al acento que daba á esta estancia:

        Alárabes de á caballo
      Sin poderse menear,
      Con espadas y los cuellos,
      Ballestas de buen echar.

Gringorio sentía humedecérsele los ojos. Á pesar de esto su canto
respiraba sobre todo la alegría, y cantaba al parecer, como el pájaro,
por serenidad y por indiferencia.

La canción de la gitana había turbado la distracción de Gringorio; pero
como el cisne turba el agua. Escuchábala como arrobado y olvidado de
cuanto le rodeaba: era hacía muchas horas el primer instante en que no
padecía.

El instante fué breve.

La misma voz mujeril que interrumpiera la danza de la gitana vino á
interrumpir su canto.

--¿No callarás, infernal cigarra?, gritó desde el mismo rincón oscuro
de la plaza.

Cortóse la pobre _cigarra_; y Gringorio se tapó los oídos.

--¡Ah! ¡qué maldita sierra desdentada ésa que viene á romper la lira!,
dijo el poeta.

Lo mismo que él murmuraban los demás espectadores.

--¡Vaya al diablo la beata!, decían muchos. Y la invisible vieja
destripacuentos hubiera tenido que sentir por sus agresiones contra la
gitana, á no haber sido distraídos en el mismo momento por la procesión
del papa de los locos, que después de haber corrido tantísimas calles y
encrucijadas, desembocaba en la plaza de Greva con todas sus luminarias
y todo su clamoreo.

La procesión que nuestros lectores han visto salir del palacio, se
había organizado en el camino, y reclutado cuantos pillos, ladrones,
ociosos y vagabundos había disponibles en París; así es que presentaba
un aspecto respetable cuando llegó á la Greva.

Rompía la marcha el Egipto. El duque de Egipto, á la cabeza, en su
caballo, con sus condes á pie, teniéndole la brida y el estribo; tras
ellos los egipcios y las egipcias, entremezclados con sus hijitos
gritando sobre sus hombros; y todos, duque, condes y pueblo bajo,
cubiertos de andrajos y oropeles. Luego seguía el reino de Germanía;
es decir, todos los ladrones de Francia, escalonados por orden de
dignidad; los menores pasaban los primeros. Así iban desfilando de
cuatro en cuatro, con las diferentes insignias de sus grados en
aquella extraña facultad, la mayor parte baldados, éstos cojos,
aquéllos mancos, los rechonchos, los conchudos, los zamarreados,
los estampados, los guilopos, los desechados, los gurruminos, los
enclenques, los estafadores, los huérfanos, los tentemozos, los beatos;
enumeración para cansar á Homero. En el centro del cónclave de los
beatos y de los tentemozos, costaba trabajo distinguir al rey de la
Germanía, el gran Coesres, acurrucado en un carretoncillo tirado por
dos perrazos. Después del reino de los germanos, venía el imperio
de Galilea. Guillermo Rousseau, emperador del imperio de Galilea,
iba majestuosamente con su ropa de púrpura tinta en vino, precedido
de danzadores truqueándose y danzando pirriquios; rodeado de sus
maceros, de sus sostenes, y de los curiales de tribunal de cuentas.
Por último, venía la plumería, con sus mayos coronados de flores, sus
hopalandas negras, su música digna del conventículo, y sus hachones de
cera amarilla. En el centro de aquella caterva llevaban los oficiales
mayores de la cofradía de los locos, sobre los hombros, unas andas
más cargadas de candelas que la urna de Santa Genoveva en tiempo de
peste; y sobre las andas resplandecía embaculado, encapado y mitrado el
nuevo papa de los locos, el campanero de Nuestra Señora, Cuasimodo el
jorobado.

Cada sección de la estrambótica procesión llevaba su música particular.
Los egipcios tocaban sus balafos y tamboriles africanos. Los germanos,
raza poco música, no habían aún salido de la viola, de la corneta ni de
la gótica rubebe del duodécimo siglo. El imperio de Galilea no estaba
mucho más adelantado; apenas se distinguía en su música algún miserable
rabel de la infancia del arte todavía encarcelado en _re la mi_. Pero
donde se desplegaban todas las riquezas músicas de la época era en
derredor del papa de los locos; y eran tiples de rabel, contraltos de
rabel, tenores de rabel, sin contar las flautas y los instrumentos de
bronce. ¡Ay! ya se acordarán nuestros lectores que era ésta la orquesta
de Gringorio.

Difícil es dar una idea del grado de expansión orgullosa y beatífica
á que había llegado el triste y hediondo semblante de Cuasimodo, en
el tránsito del palacio á la Greva. Era el primer goce de amor propio
que había tenido en toda su vida; hasta entonces sólo había conocido
el infeliz la humillación, el hastío de su condición, y el asco que se
tenía de su persona. Así, á pesar de ser tan sordo, saboreaba como un
verdadero papa las aclamaciones de aquella caterva á quien aborrecía
tanto como él era aborrecido de ella. ¿Qué importa que su pueblo fuese
un atajo de locos, de tullidos, de ladrones, de mendigos? Al cabo era
un pueblo, y él su soberano; así tenía por sinceros todos aquellos
aplausos irónicos, todos aquellos acatamientos escarnecedores, á
que debemos confesar acompañaba sin embargo en el vulgo algún temor
bastante positivo; porque el jorobado era robusto; porque el patituerto
era ágil; porque el sordo era maligno: tres cualidades que templan lo
ridículo.

Por lo demás estamos muy lejos de creer que el nuevo papa de los locos
se pudiese explicar á sí mismo la razón de los sentimientos que él
experimentaba, ni de los que inspiraba á los demás. Necesariamente
debía tener algo incompleto y sordo el espíritu que habitaba aquel
cuerpo vaciado en tan mal molde. Así era para él absolutamente vago,
indistinto y confuso lo que sentía en aquel momento; sólo se traslucía
en su semblante el gozo, mas dominaba el orgullo. ¡Quién lo dijera!,
aún al rededor de aquella adusta y malhadada figura brillaba la
vanagloria.

Sorpresa y susto causó, pues, cuando en el instante que pasaba medio
desvanecido y triunfante Cuasimodo por delante de la casa de los
Pilares, se vió á un hombre lanzarse del tropel y arrancarle de las
manos, con ademán indignado, el báculo de madera dorada, insignia de su
loco papado.

El tal hombre, el tal temerario, era el calvo personaje que, metido
un instante antes en el corrillo de la gitana, había dejado fría á la
pobre muchacha con sus palabras amenazadoras y rencorosas. Vestía el
traje eclesiástico, y en el momento que salió del tropel le conoció
Gringorio, quien no lo había divisado hasta entonces:--¡Toma!, dijo
gritando asombrado, ¡es mi maestre en Hermes, D. Claudio Frollo, el
arcediano! ¿Qué diablos quiere con ese horroroso tuerto? cara le va á
costar la fiesta.

Alzóse en efecto un grito de terror; el formidable Cuasimodo se había
precipitado de las andas, y las mujeres volvían la cara por no verle
despedazar al arcediano.

De un bote llegó hasta el clérigo, miróle, y cayó de rodillas.

Arrancóle el arcediano la tiara, rompióle el báculo, é hízole mil
pedazos la pluvial relumbrona.

Cuasimodo continuó de rodillas, cabizbajo y con las manos juntas.

Entablóse luego entre ambos un extraño diálogo de señas y gestos,
pues ni uno ni otro hablaban. El clérigo, en pie, irritado,
amenazador, imperioso; Cuasimodo postrado, humilde, compungido. Con
todo es evidente que de una sola pulgarada hubiera podido el segundo
despachurrar al primero.

En fin, sacudiendo éste violentamente por el hombro al forzudo
Cuasimodo, le hizo seña para que se levantara y le siguiese.

Cuasimodo se levantó.

Entonces la cofradía de los locos recobrada de su primer asombro, quiso
defender á su papa destronado con tanto atropello. Los egipcios, los
germanos y la plumería comenzaron á aullar al rededor del cura.

Colocóse Cuasimodo delante de él y puso en juego los músculos de sus
atléticos puños, mirando á los acometedores con el rechinamiento de
dientes de un tigre enfurecido.

Recobró el sacerdote su austera gravedad, hizo una seña á Cuasimodo, y
se retiró silencioso.

Servíale de batidor Cuasimodo abriendo el paso y despejando la turba.

Luego que hubieron salido de entre el populacho y de la plaza,
quiso seguirlos la nube de ociosos y noveleros. Púsose entonces
Cuasimodo á retaguardia y siguió al arcediano andando hacia atrás,
achaparrado, arisco, monstruoso, despeluzado, removiendo sus fornidos
brazos, aguzando sus jabalinos colmillos, rugiendo como una fiera, y
arremolinando al gentío con un gesto ó una mirada.

Dejaron meterse á ambos en una calle estrecha y tenebrosa, donde nadie
osó seguirlos; tan bien atajaba la entrada el monstruo de Cuasimodo,
rechinando los dientes.

--Esto es maravilloso, dijo Gringorio; pero esto no es cenar, ¿y á
dónde ir á buscarlo?




                                   IV
   Inconvenientes de seguir de noche por las calles á una mujer linda


Habíase puesto Gringorio á seguir á la gitana á salga lo que saliere.
Vióla tomar con su cabra la calle de la Cuchillería, y zampóse tras
ella.

--¿Y por qué no?, se dijo á sí mismo.

Gringorio, muy ducho en las calles de París, tenía notado que nada
ayuda tanto á la fantasía como el seguir á una mujer bonita, sin saber
á dónde se encamina. Hay en esta abdicación voluntaria del libre
albedrío, en esta fantasía ciega que se sujeta á otra fantasía, sin
que ella sepa, una mezcla de independencia antojadiza y de obediencia
pasiva, no sé qué medio término entre la esclavitud y la libertad,
que agradaba á Gringorio, espíritu esencialmente mixto, indeciso y
complejo, teniendo el cabo de todos los extremos, suspenso sin cesar
entre todas las humanas propensiones y neutralizándolas todas unas con
otras. Comparábase gustoso él mismo al sepulcro de Mahoma, atraído en
sentido inverso por dos piedras imanes, vacilando eternamente entre
lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la
ascensión, entre el Zenit y el Nadir.

Si Gringorio viviera en nuestros días, ¡qué bello medio ocuparía entre
lo clásico y lo romántico!

Mas no pertenecía á los primeros tiempos del mundo para vivir
trescientos años, y es una lástima, porque su ausencia es un vacío que
se echa mucho de menos hoy.

Por lo demás para seguir así por las calles los transeuntes (y mejor
á las transeuntas), lo que Gringorio hacía muy gustoso, no hay mejor
disposición que no saber á dónde ir á dormir.

Iba muy pensativo tras la joven que apretaba el paso y hacía trotar á
su cabrita viendo retirarse la gente y cerrarse las tabernas, únicas
tiendas abiertas aquel día.

--En resumidas cuentas, pensaba él con corta diferencia, en alguna
parte se ha de recoger; y las gitanas lo que les sobra es buen
corazón.--¿Quién sabe...?

Y había en los puntos suspensivos que seguían á esta reticencia en su
espíritu, no sé qué ideas muy donosas.

Entre tanto cogía al vuelo de cuando en cuando, según iba pasando por
delante de los últimos corrillos de vecinos que cerraban las puertas,
algunas palabras sueltas de sus conversaciones que venían á romper la
trabazón de sus risueñas ideas.

Aquí dos viejos se llegaban uno á otro.

--Maestre Thibaut Fernicle, ¿sabéis que hace frío?

(Gringorio sabía esto desde el principio del invierno).

--¡Sí, mucho, maestre Bonifacio Milhombres! ¡no vayamos á tener un
invierno como el de hace tres años, en el 80, que iba la leña por los
ojos de la cara!

--¡Bah! eso no fué nada, maestre Thibaut, en comparación del invierno
de 1407, ¡que estuvo helando desde el veranillo de San Martín hasta la
Candelaria! y con tal furia que de tres en tres palabras se quedaba
helada la tinta en la pluma del secretario del Parlamento, en la sala
grande, lo que impidió la administración de la justicia.

Algo más adelante, eran unas vecinas hablando de ventana á ventana, con
las velas en las manos que la niebla hacía chisporrotear.

--Señora Boudraque, ¿no os ha contado vuestro marido la desgracia
ocurrida?

--No; ¿pues qué hay, señora Turquant?

--El caballo de D. Gilles Godín, el notario del Châtelet, que se ha
espantado de los Flamencos y de su procesión, y ha tirado á maestre
Filippot Avrillot, el inválido de los Celestinos.

--¿Es cierto?

--Como lo cuento.

--¡El caballo de un particular! ¡lo extraño!, si fuera un caballo de
tropa, ya lo entiendo.

Y sin seguir adelante la conversación cerraban su ventana. Pero bastó
lo dicho para que Gringorio perdiera el hilo de sus ideas.

La fortuna que luego daba con él y le anudaba sin trabajo, gracias á
la gitana, gracias á Djali, que siempre le precedían; ambas pulidas,
delicadas y graciosas criaturas, cuyos piececitos admiraba, así como
sus elegantes formas, y donosos modales, confundiendo casi á las dos en
su imaginación; por lo que hace á la inteligencia y á la buena amistad
teniéndolas á entrambas por doncellitas; y tocante á la ligereza, la
agilidad, y al garbo de andar, figurándoselas cabras á las dos.

Entre tanto las calles se iban quedando por momentos más solitarias
y lóbregas. Hacía mucho tiempo que había tocado la queda, y ya no se
encontraba sino tal cual persona de trecho en trecho y una que otra luz
en las ventanas.

Habíase internado Gringorio siguiendo á la egipcia en aquel dédalo
intrincado de callejuelas, de encrucijadas y callejones sin salida
que rodea el antiguo sepulcro de los Santos Inocentes, parecido á una
madeja de hilo enredada por un gato.

--¡Qué calles éstas tan poco lógicas!, decía Gringorio, perdido en
aquellos infinitos recovecos que siempre iban á dar al mismo punto,
pero por medio de los cuales la doncellita seguía un camino al parecer
muy conocido para ella, sin titubear y apretando cada vez más el paso.
En cuanto á él, jamás hubiera sabido dónde se hallaba si no hubiese
visto, al volver de una calle, la masa octógona del rollo del mercado,
por cuya calada cima atravesaba la luz de una casa de la calle de
Verdelet, presentando á los ojos con toda su fuerza el negro recorte
del edificio.

Hacía un rato que la muchacha había advertido que la seguían, y no
había cesado de volver la cabeza con inquietud; y aun una vez se
había quedado plantada, aprovechando un rayo de luz que salía de una
panadería, entreabierta para mirarle de arriba abajo; mas luego que
hubo echado la ojeada, Gringorio la vió hacer aquella muequecita que ya
le había observado, y seguir adelante su camino.

Dió qué entender á nuestro poeta la muequecita, pues con ser tan
graciosa tenía algo de desdén y de burla. Así es que se quedó
cabizbajo, contando las piedras, y siguiéndola de algo más lejos,
cuando al volver una calle que se la había hecho perder de vista, la
oyó dar un grito agudo.

Entonces apresuró el paso.

Palpábanse las tinieblas en la calle. Sin embargo, unas estopas
empapadas en aceite, que ardían en una linterna de hierro á los pies
de una virgen, en la esquina de la calle, permitieron á Gringorio
distinguir á la gitana forcejeando en los brazos de dos hombres que le
tapaban la boca para ahogar sus gritos. La pobre cabrita toda asustada,
bajaba los cuernos y balaba.

--¡Auxilio! ¡señores de la ronda!, gritó Gringorio, y adelantóse
impávido. Uno de los hombres que sujetaban á la moza se volvió hacia
él. Era la formidable figura de Cuasimodo.

Gringorio no echó á huir, mas tampoco dió un sólo paso adelante.
Cuasimodo se fué á él, y de un revés le echó rodando por el suelo á
cuatro pasos, entrándose al punto en medio de la oscuridad con la joven
plegada bajo el brazo como una faja de seda.

Seguíale su compañero, y la pobre cabra corría tras de todos con su
lastimero balido.

--¡Que me matan! ¡que me matan!, gritaba la pobrecita egipcia.

--¡Alto ahí! forajidos, y ¡soltadme esa galana!, dijo de sopetón con
voz de trueno un hombre á caballo que salió atropelladamente de la
encrucijada inmediata.

Era un capitán de los arqueros de órdenes de su majestad, armado de
pies á cabeza y con su montante desenvainado.

Arrancó á la gitana de los brazos de Cuasimodo atónito, la atravesó
delante del arzón, y en el momento que el tremebundo jorobado,
recobrado del susto, se precipitaba sobre él para arrebatarle la
presa, se le presentaron delante con sus machetes empuñados, quince ó
diez y seis arqueros que acompañaban á su capitán. Era una escuadra
de ordenanza del rey que hacía la contrarronda, de orden del señor D.
Roberto de Estouteville, guardia de la prebostía de París.

Cuasimodo fué envuelto, preso, amarrado; él bramaba, echaba espumarajos
de rabia, y tiraba mordiscones; y no hay duda que si hubiera sido de
día, su cara sola, más espantosa aun con la ira, hubiera ahuyentado
toda la escuadra. Mas era de noche, y estaba privado de su arma más
terrible, que era su fealdad.

Su compañero había desaparecido en la pendencia.

Sentóse garbosamente la gitana en la silla del capitán, puso ambas
manos sobre los hombros del joven, y se le estuvo mirando atentamente
algunos instantes, como arrobada al ver su buen semblante y el oportuno
auxilio que acababa de recibir de él.

Después, rompiendo ella el silencio la primera, le dijo endulzando aun
más su dulce voz:

--¿Cómo os llamáis, caballero guardia?

--¡El capitán Febo de Chateaupers, para serviros, hermosa mía!, le
respondió el oficial muy estirado.

--Tantísimas gracias, caballero.

Y mientras el capitán Febo se retorcía su bigote á la borgoña,
escurrióse ella del caballo como una saeta que cae al suelo, y escapóse.

Un relámpago no se hubiese desvanecido más pronto.

--¡Por vida de San Pedro!, dijo el capitán mandando apretar los
cordeles á Cuasimodo, más hubiera querido guardar la bribonzuela.

--¡Como ha de ser, capitán!, respondió un soldado; la curruca se ha
volado, y ha quedado el mochuelo.




                                   V
                       Siguen los inconvenientes


Atolondrado Gringorio con la caída había quedado en el suelo delante
de la virgen de la esquina de la calle. Fué poco á poco recobrando los
sentidos, pasando primero por una especie de enajenamiento soñoliento
algo deleitoso, en que las etéreas imágenes de la gitana y de la cabra
contrastaban con los pesados puños de Cuasimodo. Pero duró poco este
estado, de que le sacó una sensación muy viva de frío que experimentó
en la parte de su cuerpo que daba contra las piedras, y que hizo volver
su razón. ¿De dónde viene esta frescura?, se preguntó sobrecogido. Al
instante dió en ello advirtiendo que estaba casi en medio del arroyo.

--¡El diablo sea del cíclope jorobado!, murmuró entre dientes, probando
á levantarse. Pero estaba muy aturdido y magullado, y le fué forzoso
estarse quieto. Quedábale libre, sin embargo, el ejercicio de su mano;
tapóse las narices y resignóse.

Púsose á pensar que el lodo de París (pues creyó que, sin recurso, el
arroyo sería su lecho),

        (¿Y qué hacer en un lecho no pensando?)

púsose á pensar, digo, que el lodo de París apestaba en extremo, y que
en consecuencia debía contener mucha sal volátil y nitrosa. Tal es á
lo menos, añadió, la opinión del maestre Nicolás Flamel y la de los
alquimistas.

La palabra de _alquimistas_ le excitó la idea del arcediano Claudio
Frollo. Acordóse de la escena violenta que acababa de entrever, como
la gitana forcejaba entre dos hombres; que Cuasimodo estaba con otro:
y vínole confusamente al pensamiento la figura sombría y altanera del
arcediano.--¡Cosa extraña sería! se hubo de decir; y sin más se puso
á edificar sobre este dato y esta base, el fantástico edificio de las
hipótesis, castillo de naipes de los filósofos.

Pero volviendo de repente por la segunda vez á la realidad, gritó
diciendo: ¡Ay, que me hielo!

El puesto, en efecto, cada vez era menos aguantable. Cada molécula de
agua del arroyo arrebataba una molécula de calórico, desprendida de
los riñones de Gringorio, en términos que empezaba á establecerse de
un modo cruel el equilibrio entre la temperatura de su cuerpo y la del
arroyo.

Inesperadamente vino á asaltarle un sinsabor de naturaleza muy
diferente.

Una tropa de muchachos, de esos salvajitos en pernetas, eternos
correcalles de París, denominados con el nombre de _pilluelos_, que
cuando nosotros éramos también muchachos nos tiraban piedras al salir
de las aulas por las tardes, sin otra razón que la de no estar nuestros
pantalones rotos como los suyos, un enjambre de estos tales chusquitos
iba corriendo hacia la encrucijada do yacía Gringorio, con tal algazara
y risotadas que daban á entender curarse muy poco del suelto de los
vecinos. Llevaban arrastrando tras sí no sé qué especie de costal,
con un ruido de zuecos capaz de despertar á un muerto, cuanto más á
Gringorio, que no lo estaba enteramente; así es que se medio incorporó.

--¡Eh! Hennequin Dandeche; ¡hola! ¡Juan Pinceburde! iban gritando
desaforados; el viejo Eustaquio Moubon, el que vendía hierro en la
esquina, acaba de morir. Aquí está su jergón; ¡qué bien nos viene para
hacer una hoguera, hoy que es el día de los flamencos!

Y he aquí que arrojaron el jergón precisamente sobre el pobre
Gringorio, á cuyo lado estaban sin divisarle. En seguida uno de ellos
cogió un puñado de paja, que fué á encender á la mecha de la imagen de
la virgen.

--¡Voto va!, dijo Gringorio; ¡ahora voy á tener calor por demás!

El caso era apurado; íbase á ver entre el hielo y el fuego; pero
hizo el esfuerzo de un monedero falso, á quien van á echar en aceite
hirviendo, y que trata de escaparse; púsose en pie, arrojó el jergón
sobre la chusma, y echó á huir.

--¡Virgen Santísima!, gritaron los muchachos; ¡que resucita el herrero!

Y también ellos huyeron por su lado.

Sólo el jergón quedó dueño del campo de batalla. Belleforet, el P.
Juez y Corrozet aseguran que al otro día fué recogido el jergón con
gran pompa por el clero del barrio, y llevado al tesoro de la iglesia
de Santa Oportuna, donde el sacristán sacó hasta 1789 una renta muy
buena con el gran milagro de la virgen de la esquina de la calle de
Mauconseil, que con su sola presencia, en la memorable noche del 6 al 7
de enero de 1482, había exorcizado al difunto Juan Moubon, quien para
dar un chasco al diablo, había escondido maliciosamente, al morir, su
alma en el jergón de su cama.




                                   VI
                            El cántaro roto


Después de haber corrido á todo correr durante algún tiempo, sin saber
á dónde, dándose de testeradas contra todas las esquinas, atravesando
mil arroyos, sendas, callejuelas, multitud de callejones sin salida, é
innumerables encrucijadas, buscando huida y paso por todos los tornos,
vueltas y revueltas de las alhóndigas y plazas, explorando en medio
de su terror pánico lo que el precioso latín de los itinerarios llama
_tota vía, cheminum et viaria_, nuestro poeta se quedó clavado de
golpe, desde luego por falta de aliento, y además por verse cogido en
cierto modo por los cabezones por un dilema que acababa de brotar en
su espíritu.--Paréceme maestre Pedro Gringorio, dijo hablando consigo
mismo, poniéndose el dedo en la frente, que vais ahí corriendo como
un desatentado. Los galopinillos no han tenido menos miedo de vos que
vos de ellos; buena prueba el estrépito de sus zuecos que se alejaba
hacia el mediodía, mientras vos huíais hacia el norte. Ahora... bien,
una de dos: ó ellos han echado de huir; y entonces el jergón que han
abandonado en medio de su terror, es puntualmente el lecho hospitalario
tras el cual corréis desde esta mañana, y que la virgen María os envía
milagrosamente para galardonaos por haber hecho en honor suyo un auto
sacramental acompañado de triunfos y momos; ó los muchachos no han
echado á huir, y en tal caso está ardiendo el jergón como pensaban
hacerlo; y ése es cabalmente el excelente fuego que habéis menester
para alegraros, secar la ropa y entrar en calor. En ambos casos, haya
buen fuego ó buena cama, el jergón es un presente del cielo. Quizás la
bendita virgen de la esquina de la calle de Mauconseil no ha sacado del
mundo hoy á Juan Moubon sino por esto; y es una locura vuestra el huir
así reventado, como un picardo perseguido por un francés, dejando atrás
lo mismo que vais buscando; ¡qué digo locura!, es una necedad.

Pudieron tanto sobre él estas reflexiones, que se volvió atrás, buscó
el norte, venteó, aplicó la oreja para volver á dar con el buen jergón,
más todo en balde. Volvíase todo cortaduras de casas, callejones sin
salida, bocacalles, en medio de las cuales se quedaba parado, más
embarazado y enredado en aquellas lóbregas revueltas de lo que se
hubiera hallado en un dédalo sin el hilo de Teseo.

--¡Malditas sean las encrucijadas! ¡no pueden menos de ser obra del
diablo hechas á semejanza de su horquilla!, dijo impacientado y
exclamando con solemnidad!

Alivióle algún tanto esta exclamación á la par de un reflejo rojizo
que divisó entonces al cabo de una larga y estrecha callejuela, con lo
que fué ya otro hombre.--¡Loado sea el Señor!, dijo, he allí mi jergón
ardiendo; y comparándose al piloto que zozobra en caliginosa noche:
_Salve_, añadió devotamente, ¡_salve, maris stella_!

¿Enderezaba este fragmento de letanía á la santísima virgen ó al
jergón? Lo ignoramos completamente.

Apenas hubo andado algunos pasos en la larga callejuela costanera,
desempedrada y cada vez más fangosa y pendiente, cuando notó una cosa
bastante particular; y era que no estaba yerma, pues en todo su trecho
se arrastraban acá y acullá no sé qué bultos informes, encaminados
todos hacia el resplandor vacilante al cabo de la calle, como esos
pesados sapos que se dirigen por la noche arrastrando de yerba en yerba
hacia el fuego que ha encendido un pastor.

No hay cosa que haga á uno más arrojado como el no sentir peso en el
bolsillo. Continuó adelantándose Gringorio que bien pronto alcanzó á
la larva más pesada de todas que iba detrás de las demás. Llegado á
ella, vió que no era otra cosa sino un miserable despernado á quien los
brazos servían de pies, semejante á un insecto herido á quien sólo han
quedado dos patas. Al pasar cerca de aquella especie de araña humana,
alzó ésta una voz lamentable diciéndole:--_¡La buona mancia, signor!
¡la buona mancia!_

--Llévete el diablo, dijo Gringorio, y á mí contigo, si sé lo que dices.

Y siguió su camino.

Dió con otra de las masas ambulantes, á la cual se puso á examinar, y
vió que era un tullido, cojo y también manco, y tan manco y cojo, que
el complicado armatoste de muletas y piernas de palo que le sostenía,
semejaba á una andamiada ambulante. Gringorio, que era amigo de las
comparaciones nobles y clásicas, le comparó en sus mientes al trípode
de Vulcano.

Al pasar Gringorio, saludóle nuestro trípode viviente, quitándose
el sombrero á la altura de la barba de Gringorio, como una bacía de
afeitar, y gritándole á los oídos: _¡Señor caballero, para comprar un
pedazo de pan!_

--Parece que también éste habla, dijo Gringorio; pero en una lengua
peliaguda, y es más dichoso que yo si la comprende.

En seguida, dándose una palmada en la frente por una repentina
transición de ideas, exclamó: Á propósito de guirigay ¡qué diablos
querían decir esta mañana con su esmeralda!

Quiso doblar el paso; más por la tercera vez atajóle otra cosa el
camino. La tal cosa, ó más bien el tal alguien, era un ciego, un
cieguecillo de cara judía y barbuda, que remando en el espacio en torno
suyo con un palo, y remolcado por un perro, le gangueó con acento
húngaro: _¡Facitote charitatem!_

--¡Acabaremos!, dijo Gringorio, ¡ya era hora de que tropezásemos con
alguno que hablase cristiano! ¡Muy limosnera debe tener la traza! si
así es, muy poco acuerdo hay entre ella y mi bolsillo. ¡Buen amigo!,
dijo volviéndose hacia el ciego, la semana pasada vendí mi última
camisa, ó hablándoos en la lengua de Cicerón, que al parecer es la
única que comprendéis: _Vendidi hebdomade nuper transita meam ultimam
camisam_.

En diciendo esto volvió las espaldas al ciego y prosiguió su camino.
Mas también el ciego se puso á alargar el paso al mismo tiempo que él;
y he aquí que mi tullido y luego el despernado llegan por su parte con
gran prisa, aturdiendo la calle, el uno con el ruido de sus muletas, y
el otro con el de su asiento de hierro. En seguida, rempujándose á la
vez tras los zancajos del pobre Gringorio, pusiéronse á repetirle sus
canciones:

--_¡Charitatem!_, entonaba el ciego.

--_¡La buona mancia!_, cantaba el despernado.

Y el cojo realzaba la frase musical repitiendo: _¡Un pedazo de pan!_

Tapóse Gringorio los oídos, y exclamó: ¡Qué torre de Babel!

Echó á correr: y el ciego corrió también en su seguimiento, corrió el
cojo, y corrió el despernado.

Y luego, según iba entrando en la calle, pululaban en derredor
suyo, ciegos, despernados, cojos, mancos, tuertos, y leprosos con
sus llagas, quienes saliendo de las casas, quienes de las calles
adyacentes, quienes de los respiraderos de las bodegas, aullando,
berreando, gañiendo, todos cayendo y levantando, cual bien, cual mal,
atropellándose hacia la luz, y revolcados en el cieno como caracoles
después de llover.

Gringorio, seguido siempre por sus tres perseguidores, sin saber en
qué pararía aquello, andaba azorado en medio de los demás, ladeando
los cojos, pasando por encima de los despernados, y enredados los pies
en aquel hormiguero de lisiados, como el otro capitán inglés que se
enzarzó en una manada de langostas marinas.

Ofreciósele volver atrás; pero ya era tarde. Obstruíale la retirada
toda la legión que había dejado tras sí, é iban ya cosidos á él sus
tres mendigos. No tuvo más que continuar empujado á la vez por aquella
oleada irresistible, por el miedo y por un vértigo terrible que
trastornaba todas sus ideas.

En fin, llegó á lo último de la calle que desembocaba en una inmensa
plaza donde vacilaban millares de luces esparcidas en la confusa niebla
de la noche. Entróse en ella Gringorio apresurado, esperando zafarse
con la ligereza de sus pies de los tres espectros dolientes que se le
habían colgado.

--_¡Á dónde vas, hombre!_, gritó el tullido arrojando sus muletas, y
corriendo tras él con las mejores zancas que trazaron jamás un paso
geométrico en las calles de París.

Entretanto el despernado, ya con sus dos pies, ponía á Gringorio por
sombrero su pesado asiento de hierro, y el ciego le clavaba con dos
ojos de fuego.

--¿Dónde estoy?, dijo el aterrado poeta.

--En la Corte de los Milagros, respondió un cuarto espectro que se les
había incorporado.

--¡Juro á Dios, dijo Gringorio, que los ciegos ven, y que los cojos
corren!, mas ¿dónde está el Salvador?

La respuesta fué una siniestra risotada.

Púsose á mirar el pobre poeta á todos lados; y vió ser así que
estaba dentro de aquella temible Corte de los Milagros, donde jamás
penetraran hombres de bien á semejantes horas; conventículo mágico
donde eran hechos trizas los oficiales del Châtelet y los soldados
del preboste que se aventuraban á acercarse á él; ciudad de ladrones;
horroroso lunar de París; albañal de donde salía por la mañana, y do
se reestancaba todas las noches aquel arroyo de vicios, de pordiosería
y vagancia, derramado siempre por las calles de las capitales; colmena
monstruosa en que entraban por las noches con su botín todos los
zánganos de la sociedad; hospital engañoso donde el gitano, el fraile
secularizado, el estudiante perdido, los pillos de todas las naciones,
españoles, italianos, alemanes, de todas las religiones, judíos,
cristianos, mahometanos, idólatras, cubiertos de mentidas llagas para
pordiosear de día, se transfiguraban por la noche en salteadores,
vestuario inmenso, en una palabra, donde se vestían y desnudaban
entonces todos los actores de esa comedia eterna que el robo, la
prostitución y el asesinato representan en las calles de París.

Era una plaza irregular y mal empedrada como todas las de París
en aquel tiempo. Brillaban acá y acullá algunas llamaradas á cuyo
alrededor hormigueaban extraños corrillos que iban, venían y gritaban.
Oíanse risas penetrantes, vagidos infantiles, voces de mujeres. Las
manos y cabezas de aquella turba, negras sobre un fondo luminoso
formaban en él mil gestos extravagantes. Algunas veces sobre el suelo,
á la trémula claridad de las hogueras mezclada con inmensas sombras,
se veía pasar á un perro que parecía á un hombre, y á un hombre con
semejanza de perro. Los límites de las razas y de las especies parecían
borrarse en aquesta ciudad como en un pandemonio. Hombres, mujeres,
animales, edad, sexo, salud, enfermedades, todo era al parecer común en
aquel pueblo; todo iba pareado, mezclado, confundido, trastocado, cada
cual tenía allí parte en todo.

El trémulo y pobre centellear de las hogueras permitía á Gringorio
el distinguir en medio de su turbación, en todo el rededor de la
inmensa plaza, un asqueroso contorno de casas viejas, cuyas fachadas
carcomidas, acorchadas, desmirriadas, con uno ó dos tragaluces cada
una, le parecían en la sombra cabezas enormes de viejas puestas en
círculo, monstruosas y regañonas que miraban el conventículo guiñando
con los ojos.

Era aquello como un mundo nuevo, desconocido, inaudito, disforme,
reptil, hormigoso, fantástico.

Gringorio, más y más azorado, viéndose entre los tres tenazones de los
tres mendigos, ensordecido por los balidos y ladridos de un tropel de
otras carantoñas que le rodeaban; el malhadado Gringorio procuraba
concentrar su presencia de ánimo por acordarse si era sábado aquel día;
pero sus esfuerzos eran vanos; habíase roto el hilo de su memoria y de
su discurso; y dudando de todo, pasando de lo visto á lo sentido, se
proponía esta indisoluble cuestión:--Si yo existo ¿existe eso? Si eso
existe ¿existo yo?

En aquel momento se oyó distintamente un grito de en medio de la
batahola que le rodeaba: ¡Llevémosle al rey!, ¡llevémosle al rey!

--¡Virgen Santísima!, murmuró Gringorio, el rey de aquí debe ser un
cabrón.

--¡Al rey! ¡al rey con él!, repitieron todos.

Cogiéronle en andas y volandas; tanta prisa se dieron por echarle el
guante. Pero los tres mendigos no soltaban la presa, y se la arrancaban
á los otros aullando: ¡éste es nuestro!

El sayo ya enfermo del poeta exhaló el último suspiro en aquella lucha.

Disipósele el vértigo al atravesar la horrible plaza; á los primeros
pasos le había vuelto el sentido de la realidad, y empezaba ya á
acostumbrarse á la atmósfera de aquel sitio. En el primer momento
habíase elevado de su cabeza de poeta, ó quizá sencillísima y
prosaicamente de su estómago vacío, un vapor digámoslo así, que
difundiéndose entre él y los objetos, no se los había dejado entrever
sino en confusión incoherente de una pesadilla, en las tinieblas de
aquellos sueños que hacen bambolear todos los contornos, hacer gestos
todas las formas, y aglomerarse los objetos en desmedidos grupos,
convirtiendo las cosas en endriagos y á los hombres en fantasmas.
Poco á poco, á esta alucinación sucedió un mirar menos despavorido y
menos microscópico. Alboreaba la realidad á su alrededor, heríale en
los ojos, tropezábale en los pies, y demolía pieza por pieza toda la
espantable poesía de que al pronto se había creído cercado. Tuvo que
convencerse de que no vagaba por la Estigia, sino sobre el lodo; que
no eran demonios y sí ladrones los que le maltrataban; que el paso era
malo, no para su alma sino para su vida, no teniendo aquel precioso
avenidor que tan eficazmente se interpone entre el forajido y el hombre
honrado, es decir, la bolsa. Por último, examinando la zambra de más
cerca y con mayor serenidad, su imaginación cayó del conventículo en la
taberna.

La Corte de los Milagros no era en efecto más que una taberna, pero una
taberna de salteadores, tan tinta en sangre como en vino.

El espectáculo que se presentó á sus ojos, cuando su andrajosa escolta
le dejó por fin en el término de su carrera, no era propio para excitar
su vena poética ni aun para cantar el infierno. Más que nunca era
aquella la prosaica y brutal realidad de la taberna. Á no haber pasado
esto en el siglo quince, dijéramos que Gringorio había descendido de
Miguel Ángel á Callot.

Al rededor de una grande hoguera que ardía en un espacioso embaldosado
redondo, y penetraba con sus llamas los pies hechos ascua de unas
trébedes vacías en aquel momento, había algunas mesas carcomidas
esparcidas acá y acullá, sin simetría, y sin que el menor ramplón
geómetra se hubiese dignado arreglar su paralelismo ó cuidar siquiera
de que no se cortasen en ángulos muy desusados. Sobre ellas relucían
algunos jarrones chorreando vino y cerveza rodeados de innumerables
caras báquicas, encendidas con el fuego y el vino. Aquí se veía
un hombre con un gran vientre que abrazaba estrepitosamente á una
mujerzuela gorda y rolliza; allí una especie de supuesto soldado, un
belitre, en términos de la germanía, deshacía silbando los vendajes
de su falsa herida, y desentumecía su rodilla sana y vigorosa; fajada
desde por la mañana con mil ligaduras; mientras que por el contrario,
un enfermizo preparaba en otro lado con la escrofularia y la sangre
de toro su _pierna de Dios_ del siguiente día. Dos mesas más lejos,
un compañero cubierto de conchas, con su traje completo de romero,
deletreaba la plegaria de Santa Regina, sin olvidar la salmodia y el
gangueo. En otra parte un joven rollizo tomaba lección de epilepsia
de un viejo socarrón que le enseñaba el arte de espumar por la boca
mascando un pedazo de jabón. No lejos de éste, un hidrópico se
deshinchaba, y hacía taparse las narices á cuatro ó cinco ladronas
que se disputaban en la misma mesa un niño robado en aquella noche.
Circunstancias todas que, dos siglos más tarde, _parecieron tan
ridículas á la corte_, como dice Sauval, _que sirvieron de pasatiempo
al rey, y de intermedio al baile real de La Noche, dividido en cuatro
partes y ejecutado en el teatro de Borbón el chico_. «Jamás, añade
un testigo ocular de 1653, fueron mejor representadas las súbitas
metamorfosis de la Corte de los Milagros». Benserade preparó la
introducción con unos hermosos versos.

Por doquiera resonaban las ruidosas carcajadas y las canciones
obscenas. Cada cual obraba por sí glosando y jurando sin escuchar al
vecino. Corrían los jarros en medio de los brindis, al choque de los
jarros nacían las contiendas, y los jarros desportillados hacían rasgar
los andrajos.

Estábase mirando el fuego un perrazo sentadito; hallábanse en la
zambra algunos muchachos; el niño robado que lloraba y gritaba; otro
angelote de cuatro años, sentado con las piernas colgando sobre un
banco muy alto, atracadito y sin hablar palabra; otro extendiendo con
el dedo sobre la mesa el sebo derretido que corría de una vela, y otro
finalmente, pequeño acurrucado en el lodo, zampado en un caldero que
arañaba con una tejoleta, con lo cual formaba un sonido capaz de hacer
desmayar á Stradivari.

Cerca del fuego había un tonel, y sobre él un mendigo. Éste era el rey
sobre su trono.

Los tres que estaban asidos de Gringorio le condujeron delante del
tonel, y toda la bacanal quedó por un momento en silencio, menos el
caldero habitado por el muchacho.

Gringorio no osaba respirar ni levantar la vista.

--_Hombre, ¡quítale el sombrero!_, dijo en español uno de los tres
chuscos que le tenían; y antes que hubiese comprendido lo que aquello
quería decir, el otro le había cogido el sombrero, pobrete caperuzo en
verdad, pero bueno todavía para un día de sol ó de agua.

Gringorio dió un suspiro.

Enseguida el rey le dirigió la palabra desde lo alto de su barrica.

--¿Quién es ese pillo?

Gringorio se estremeció. Aquella voz, aunque acentuada por la amenaza,
le recordó otra voz que en la misma mañana de aquel día había dado el
primer bote á su auto sacramental, gangueando en medio del auditorio:
_¡La caridad por Dios, hermanos!_ Levantó la cabeza, y vió en efecto á
Clopín Truillefú.

Clopín Truillefú, revestido con sus insignias reales, no tenía un
andrajo más ni menos. La llaga de su brazo había ya desaparecido.
Llevaba en la mano uno de aquellos látigos de tiras de becerrillo
blanco, de que se servían entonces los sargentos de vara para hacer
corro, llamados _despejadores_. Tenía en la cabeza una especie de
birrete con aros y cerrado por arriba; pero era difícil distinguir si
era antes chichonera de niño que corona de rey, tanto se parecía á
ambas cosas.

Entretanto Gringorio, sin saber por qué, había concebido alguna
esperanza, reconociendo en el rey de la Corte de los Milagros á su
maldito mendigo de la gran sala.

--Maestre, balbuceó... Monseñor... Majestad...--¿Qué tratamiento debo
daros?, dijo en fin, llegado al punto culminante de su _crescendo_, y
no sabiendo ya cómo subir y bajar.

--Monseñor, majestad, ó camarada, llámame como gustes; pero breve. ¿Qué
tienes que decir en tu defensa?

--_¡En tu defensa!_, dijo entre sí Gringorio, mal me huele esto. Luego
medio tartamudeando continuó:

--Yo soy el que esta mañana...

--¡Por vida de las zarpas del diablo!, le interrumpió Clopín, ¿tu
nombre, pillo? y nada más. Escucha, estás delante de tres poderosos
soberanos: Yo, Clopín Truillefú, rey de Thunes, sucesor del gran
Coesres, señor supremo del reino de Germanía: Matías Hungadi Spicali,
duque de Egipto y de Bohemia, ese viejo amarillo que ves allí con una
rodilla al rededor de la cabeza; Guillermo Rousseau, emperador de
Galilea, ese gordo que no nos oye y camela á una galana. Tus jueces
somos. Has entrado en el reino de la Germanía sin ser germano, has
violado los derechos de nuestra ciudad. Debes ser castigado, á menos
que no seas lo que en la jerga de la gente honrada se llama ladrón,
mendigo ó vagamundo. ¿Eres algo que se parezca á esto? Justifícate,
dinos tus cualidades.

--¡Pobre de mí!, dijo Gringorio; no, no tengo tan alto honor. Sólo soy
el autor...

--Eso basta, replicó Truillefú sin dejarle acabar. Vas á ser ahorcado.
¡La cosa es muy sencilla, señores honradotes! Lo mismo que vosotros
tratáis á los nuestros por allá, tratamos nosotros á los vuestros por
acá. La ley que aplicáis á los truhanes, los truhanes os la aplican. Si
ella es mala, culpa vuestra es. Interesa mucho que de cuando en cuando
se vea hacer á un hidalgo el gesto de despedida sacando la cabeza por
el corbatín de cáñamo; esto ennoblece la cosa. Vamos, amigo, reparte
alegremente tus trapos á esas muchachas. Voy á mandarte ahorcar para
divertir á los truhanes, y tú les darás la bolsa para beber. Si tienes
algunos momos que hacer, allí hay junto al mortero una imagen de piedra
del padre eterno que hemos robado á San Pedro de los Bueyes: cuatro
minutos te quedan para darle con tu alma en los hocicos.

La arenga era formidable.

--Bien dicho, ¡en mi conciencia! Clopín Truillefú predica como el padre
santo de Roma, exclamó el emperador de Galilea rompiendo su jarro para
apuntalar su mesa que cojeaba.

--Señores míos, emperadores y reyes, dijo Gringorio con serenidad (pues
no sé cómo le había vuelto la firmeza, y hablaba con resolución), mirad
lo que hacéis; yo me llamo Pedro Gringorio; yo soy el poeta cuyo auto
sacramental se ha representado esta mañana en la sala principal del
tribunal.

--¡Ah! ¡eres tú, maestre!, dijo Clopín. Yo estaba allí, ¡por vida de
Bríos! Y bien, el habernos fastidiado esta mañana ¿es una razón para
que no te ahorquen esta noche?

Trabajo me costará el escapar bien, dijo entre sí Gringorio; con todo,
hizo otro esfuerzo.

--Yo no veo, dijo, por qué los autores no han de pasar por truhanes.
Vagamundo, Esopo lo fué; mendigo, Homero lo fué; ladrón, Mercurio lo
era....

Clopín interrumpió:

--Yo creo que tratas de ganar tiempo con tu gazmoñería: vamos, déjate
colgar, y fuera de ceremonias.

--Dispensad, mi señor, rey de Thunes, replicó Gringorio, disputando
el terreno paso á paso. La cosa merece consideración...--¡Un
instante!...--Escuchadme...--No irías á condenarme sin oirme....

Cubría en efecto su triste voz el alboroto que se hacía alrededor de
él. El muchachito arañaba su caldero con más veras que nunca; y para
colmo de desventura, una vieja acababa de poner sobre las trébedes
ardiendo una sartén llena de grasa, que chirriaba al fuego con un ruido
semejante á los chillidos de una tropa de muchachos que va dando vaya á
un botarga enmascarado.

Entretanto Clopín Truillefú conferenciaba al parecer un momento con
el duque de Egipto y el emperador de Galilea, el cual estaba borracho
perdido. En seguida gritó con voz carrasqueña: ¡Silencio!, y como el
calderero y la sartén no le escuchaban y continuaban su dúo, saltó de
su tonel, dió un puntapié al caldero, que fué rodando diez pasos con
el chiquillo, otro á la sartén, cuyo aceite cayó todo en el fuego, y
volvió á subir con mucha gravedad sobre su trono, sin cuidarse de los
ahogados lloros del niño, ni de los refunfuños de la vieja, que veía
irse su cena en hermosa llama blanca.

Hizo una seña Truillefú, y el duque y el emperador y los primeros
ayudantes y los salteadores se pusieron en torno suyo formando una
herradura, cuyo centro ocupaba Gringorio, siempre bien sujeto por medio
del cuerpo. Era un semicírculo de andrajos, de trapos, de horquillas,
de hachas, de piernas envinadas, de nervudos brazos remangados, de
hediondas caras apagadas y estúpidas. En medio de aquella mesa redonda
de la pillería, Clopín Truillefú, como el dux de aquel senado, como el
rey de aquellos pares, como el papa de aquel cónclave, dominaba por la
eminencia de su tonel, ya por el tono altanero, hosco y formidable que
hacía chispear las niñas de sus ojos y corregía en su selvático perfil
el tipo bestial de la raza truhanesca: en fin, se parecía á un jabalí
entre gorrinos.

--Escucha, dijo á Gringorio pasándose la callosa mano por su disforme
barba; yo no encuentro razón alguna para que no seas ahorcado. Es
verdad que esto parece repugnarte; es claro; vosotros los nobles no
estáis acostumbrados á ello, y creéis que es una cosa del otro mundo.
Sobre todo no queremos hacerte mal; al contrario, voy á decirte el modo
de salir del paso por el pronto:--¿Queréis ser de los nuestros?

Júzguese del efecto que hizo esta proposición sobre Gringorio, que veía
escapársele la vida, y empezaba á soltar la presa; así es que volvió á
agarrarse á ella con ansia.

--Cómo, ¿si quiero? sí, por cierto, con el alma y la vida.

--¿Consientes, replicó Clopín, en alistarte entre la gente de la
pequeña llama?

--De la pequeña llama puntualmente, respondió Gringorio.

--¿Te reconoces por miembro de la franca hidalguía? añadió el rey de
Thunes.

--De la franca hidalguía.

--¿Vasallo del reino germanesco?

--Del reino germanesco.

--¿Truhán?

--Truhán.

--¿En conciencia?

--En conciencia.

--Te prevengo, añadió el rey, que eso no te libra de la horca.

--¡Diablo!, dijo el poeta.

--Sólo, continuó Clopín imperturbable, que serás ahorcado más tarde,
con más ceremonias, á expensas de la buena ciudad de París, en una
magnífica horca de piedra, y por la gente honrada; ya esto es un
consuelo.

--Tenéis razón, dijo Gringorio.

--Hay otras ventajas. En calidad de hidalgo, no tendrás que pagar ni
limpieza, ni pobres, ni faroles, á que están sujetos los vecinos de
París.

--Amén, dijo el poeta; consiento. Ya soy truhán, franco hidalgo, del
reino de la Germanía, de la pequeña llama, cuanto queráis; y ya lo
era de antemano, señor rey de Thunes, pues soy filósofo; _et omnia in
philosophia, omnes in philosopho continentur_, como sabéis.

Al oir esto frunció las cejas el rey de Thunes.

--¿Quién crees que soy yo, amigo? ¿Qué algarabía judaica de Hungría nos
enjaretas ahí? Yo no sé el hebreo. No por ser uno bandido es judío.
Yo ni siquiera robo, soy más que todo eso, yo mato. Quitavidas, sí;
quitabolsas, no.

Gringorio trató de deslizar alguna excusa por entre estas breves
palabras que la cólera ahogaba cada vez más.

--Con vuestro permiso sea dicho, monseñor, no es hebreo, es latín.

--Dígole, replicó Clopín arrebatado, que no soy judío, y que te mandaré
ahorcar, ¡vientre de sinagoga! ¡así como ese publicanuelo de Judea que
está á tu lado, á quien espero ver clavar un día sobre un mostrador,
como pieza de moneda falsa que es!

Al hablar así señalaba con el dedo al peque`no judío húngaro barbudo
que se había arrimado á Gringorio con su _facitote charitatem_, quien
no entendiendo otra lengua, miraba atónito caer sobre sí el enfado del
rey de Thunes.

En fin, calmóse monseñor Clopín.

--¡Pillo!, dijo á nuestro poeta; ¿conque quieres ser truhán?

--Sin duda, respondió el poeta.

--No basta querer, dijo el arisco Clopín; la buena voluntad no me pone
un garbanzo más en el puchero, y sólo es buena para el paraíso; y
paraíso y Germanía son dos cosas muy distintas. Para ser recibido entre
nosotros, debes probar que sirves para algo, y para eso es preciso que
registres el maniquí.

--Registraré cuanto queráis, replicó Gringorio.

Hizo en esto Clopín una seña; separáronse algunos truhanes del círculo,
y volvieron un momento después con dos postes que acababan por su
extremidad inferior en dos espátulas de madera, por cuyo medio podían
fácilmente tenerse derechos en el suelo; en lo alto de ellos acomodaron
un cuartón travesero, todo lo cual formaba una linda horca portátil,
que Gringorio tuvo la satisfacción de ver levantar en un abrir y cerrar
de ojos, sin que nada le faltase, ni aún la cuerda que se bamboleaba
airosamente debajo del travesaño.

¿Qué van á hacer?, dijo entre sí Gringorio algo asustado.

Un ruido de campanillas que oyó en el mismo instante vino á poner fin
á su ansiedad; era un maniquí que los truhanes colgaban por el cuello
de la cuerda, especie de espantajo, vestido de colorado y tan cargado
de cascabeles y campanillas que había para engalanar treinta mulas
castellanas. Aquel millar de campanillas estuvo sonando algún tiempo
con el balance de la cuerda, después se fué apagando poco á poco, y por
último cesó enteramente cuando el maniquí quedó inmóvil por aquella ley
del péndulo que ha destronado á los relojes de agua y arena.

Entonces Clopín, señalando á Gringorio un viejo escabelillo cojo,
puesto debajo del maniquí:

--Sube ahí encima, le dijo.

--¡Carambola!, replicó Gringorio, voy á desnucarme, vuestro escabelo
cojea como un dístico de Marcial; tiene un pie exámetro y otro
pentámetro.

--Sube, te digo, repitió Clopín.

Subió en efecto Gringorio sobre el escabelo, y logró después de algunos
bamboleos hallar en él su centro de gravedad.

--Ahora, prosiguió el rey de Thunes, enrosca el pie derecho en la
pierna izquierda y enderézate sobre la punta del pie izquierdo.

--Monseñor, dijo Gringorio, ¿conque os empeñáis en verme romper un
miembro?

Clopín meneó la cabeza con enfado.

--Parece, amigo, que hablas mucho. He aquí en dos palabras de lo que se
trata: vas á enderezarte sobre la punta del pie como te digo; en esta
disposición podrás alcanzar hasta la bolsa del maniquí; la registrarás,
sacarás un bolsillo que hay dentro; y si puedes hacer todo esto sin
que se oiga el ruido de una sola campanilla, guapo, serás truhán. Sólo
restará apalearte por espacio de ocho días.

--¡Boto á Bríos!, que ningunas ganas tengo de ello. ¿Y si empiezan á
alborotar las campanillas?

--Entonces serás ahorcado; ¿entiendes?

--No entiendo una palabra, dijo Gringorio.

--Escúchale otra vez. Tú vas á registrar el maniquí y á cogerle la
bolsa; si durante la operación, se mueve una sola campanilla, serás
ahorcado. ¿Entiendes esto?

--Bien, dijo Gringorio, ya lo entiendo; ¿qué más?

--Si logras robar la bolsa sin que se oigan los cascabeles, eres
truhán, y serás hartado de golpes ocho días consecutivos. ¿Ahora sin
duda lo entiendes?

--No, monseñor, ahora lo entiendo menos. ¿Dónde está la ganancia?,
ahorcado en un caso y apaleado en el otro.

--Y ser truhán, replicó Clopín, ¿no es nada? En cuanto á los golpes, es
por tu bien, para hacerte duro.

--Tantísimas gracias, respondió el poeta.

--Vamos, hala, despachemos, dijo el rey dando una patada en el tonel
que resonó como un bombo. Registra el maniquí y acabemos. Vuelvo á
advertirte que si oigo un sólo cascabel, ocuparás el lugar del maniquí.

Aplaudieron todos los truhanes las palabras de Clopín, y cogieron la
horca en medio de una ronda que formaron, con tan desaforado reir
que bien conoció Gringorio se lo podía temer todo de tal gentecilla.
No le quedaba pues otra esperanza, que la lejana probabilidad de
conseguir el casi imposible que se le pedía; decidióse á probar su
destreza; recomendándose antes con todas veras al maniquí á quien
iba á desvalijar, y que hubiera sido más fácil de enternecer que los
truhanes. Aquel millar de campanillas con sus lenguas de cobre le
parecían otras tantas bocas de sierpes abiertas y dispuestas á morder y
silbar.

¡Oh! ¿es posible, decía en su interior, que haya de pender mi vida de
la menor vibración del más pequeño cascabel de éstos? ¡Oh!, añadía
con las manos juntas, ¡campanillas no campanilleéis! ¡cencerros, no
cencerreéis! ¡cascabeles, no cascabeleéis!

Volvió á dar un tiento á Truillefú.

--¿Y si sobreviene una bocanada de viento?, le preguntó.

--Serás ahorcado, respondió aquél sin vacilar.

Viendo que no había ni respiro, ni sobreseimiento, ni gatada posible,
echó el pecho al agua; enroscó el pie derecho en la pierna izquierda,
se empinó sobre el pie izquierdo y alargó el brazo... pero cuando
ya tocaba al maniquí, su cuerpo, que sólo descansaba en un pie,
vaciló sobre el escabelo que no tenía más que tres; quiso apoyarse
maquinalmente en el maniquí, perdió el equilibrio, y dió un gran
porrazo, ensordecido con el vuelo del millar de campanillas del
mismo maniquí, que cediendo al impulso de la mano, hizo primero un
semicírculo, y luego se columpió majestuosamente entre los dos postes.

--¡Maldición!, gritó cayendo, y quedóse como muerto con la cara
contra el suelo. Oyó sin embargo el espantable repique encima de su
cabeza, y la satánica risa de los truhanes, y la voz de Truillefú que
decía:--Levantadme al galopo, y ahorcádmele al momento.

Levantóse él, y vió ya descolgado el maniquí para ocupar él su lugar.

Hiciéronle subir sobre el escabelo; fuese á él Clopín, le echó la
cuerda al cuello, y dándole una palmada en el hombro, le dijo:

--¡Adiós, amigo! ya es imposible escaparte, aunque tuvieras el diablo
en el cuerpo.

La palabra _¡gracia!_ asomó á los labios de Gringorio, miró en derredor
suyo; pero vió que no le quedaba ninguna esperanza; todos se reían.

--Bellevigne de la Estrella, dijo el rey de Thunes á un desaforado
truhán que salió de las filas, encarámate sobre el travesaño.

Hízolo con agilidad, y al cabo de un instante, levantando Gringorio los
ojos, le vió con terror sobre su cabeza en el travesaño.

--Ahora, continuó Clopín Truillefú, en dando yo una palmada, tú, Andrés
el Rojo, echarás al suelo el escabelo de una rodillada; tú, Francisco
Chante-Prune, tirarás de los pies al galopo; y tú Bellevigne, te
pondrás sobre sus hombros; todos tres á un tiempo, ¿lo habéis entendido?

Gringorio se estremeció.

--¿Estáis ya?, dijo Clopín Truillefú á los tres compinches prontos á
cerrar con Gringorio. El pobre paciente pasó unos momentos horribles
aguardando su suerte, mientras Clopín empujaba tranquilamente con el
pie hacia el fuego algunos restos de sarmientos que la llama no había
aún alcanzado.

--¿Estáis?, repitió el jefe, abriendo las palmas--Un segundo más, y
adiós Gringorio.

Pero detúvose, como inspirado por una idea repentina.

--¡Un instante!, dijo; ¡se me olvidaba!... Es uso nuestro no colgar á
un hombre sin preguntar si hay alguna mujer que le quiera.--¡Camarada!,
tu último recurso es este: tienes que casarte con una truhana ó con la
cuerda.

Esta ley gitana, por extraña que parezca, está aún hoy día escrita con
todas sus letras en la antigua legislación inglesa. Véase _Burington's
Observations_.

Respiró Gringorio; era la segunda vez que le volvía el alma al cuerpo
en media hora: con todo no se atrevía á tenerse por salvo.

--¡Hola!, gritó Clopín vuelto á subir sobre su tonel, ¡hola! mujeres,
hembras, ¿hay entre vosotras, desde la bruja hasta su gata, alguna
bribona que quiera á este bribón? ¡Hola, Colasa la Charonne! ¡Isabela
Trouvain! ¡Simona Joduyne! ¡María Piedebú! ¡Thone la Larga! ¡Berarda
Fanouel! ¡Micaela Genaille! ¡Claudia Rouge-oreille! ¡Maturina Giroru!
¡Hola, Isabela la Thieruye! ¡venid y ved! ¡un hombre de balde! ¿quién
le quiere?

Gringorio en aquel estado miserable no era sin duda un bocado regalado;
las truhanas se mostraron poco movidas de la proposición; y el infeliz
les oyó responder:--¡No! ¡no! colgadle que así habrá diversión para
todas.

Tres sin embargo salieron de la turba y se acercaron á él. La
primera, que era una mocetona de cara cuadrada, examinó atentamente
el deplorable coleto del filósofo. El faldellín estaba raído y más
agujereado que un tamboril de asar castañas. Hizo la moza un gesto,
diciendo entre dientes:--¡Qué guiñapo! y dirigiéndose á Gringorio:

--¿Á ver tu capa?

--La he perdido, respondió Gringorio.

--¿Tu sombrero?

--Me lo han cogido.

--¿Tus zapatos?

--Se van quedando sin suelas.

--¿Tu bolsillo?

--¡Ah!, tartamudeó Gringorio, ni un dinero parisis tengo.

--¡Déjate pues colgar, y da gracias!, replicó la truhana, volviéndole
la espalda.

La segunda, vieja, negra, arrugada, hedionda y tan fea que espantaba,
dió una vuelta al rededor de Gringorio, el cual, casi temblaba de
agradarle; pero ella dijo entre dientes:

--Está muy flaco; y se alejó.

La tercera, no tan fea, era joven y bastante fresca.

--Salvadme, le dijo en voz baja el pobrecillo.

Contemplóle ella un momento como compadeciéndole, bajó los ojos, hizo
un pliegue en su guardapiés, y se quedó indecisa. Él seguía con los
ojos todos sus movimientos, último rayo de esperanza que le quedaba.

--¡No, dijo por último la moza, no! Guillermo Cara-larga me cascaría; y
volvióse á entrar en medio de la turba.

--Camarada, dijo Clopín, muy desgraciado eres; y puesto enseguida de
pie sobre su tonel:

¿Ninguna le quiere?, gritó imitando con gran contento de todos una
pública subasta: ¿Ninguna le quiere? ¡á la una! ¡á las dos! ¡á las
tres! Y volviéndose hacia la horca con una señal de cabeza:

--¡Rematado!

Bellevigne de la Estrella, Andrés el Rojo, y Francisco Chante-prune se
acercaron á Gringorio.

En esto se oyó un grito entre los germanos:

--_¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda!_

Sobresaltóse Gringorio, y volvióse hacia donde venía el clamoreo.
La caterva se abrió dejando el paso libre á una pura y deslumbrante
figura: era la gitana.

¡La Esmeralda!, dijo Gringorio, atónito, en medio de sus emociones, del
modo impetuoso con que esta mágica palabra anudaba en su imaginación
todos los recuerdos de aquel día.

La peregrina criatura parecía ejercer hasta en la Corte de los Milagros
su imperio de encanto y de hermosura. Germanos y germanas se ponían
bonitamente en fila á su tránsito, y al verla hasta se suavizaban
aquellos brutales semblantes.

Acercóse con ligera planta al paciente: seguíala su linda Djali:
Gringorio estaba más muerto que vivo; ella le contempló silenciosa por
un momento.

--¿Vais á colgar este hombre? Dijo gravemente á Clopín.

--Sí, hermana, respondió el rey de Thunes, á no ser que tú le tomes por
marido.

Á esto hizo ella una muequecita con el labio inferior.

--Le tomo, dijo Esmeralda.

Aquí creyó firmemente Gringorio haber estado soñando desde por la
mañana, y que su sueño continuaba aún.

La peripecia en efecto, aunque graciosa, era violenta. Soltaron el
nudo corredizo; hicieron bajar del escabelillo al poeta, y él se vió
obligado á sentarse, tan viva era su conmoción. El duque de Egipto sin
articular una sola palabra, trajo un cántaro de barro, que la gitana
presentó á Gringorio.

--Tiradle al suelo, le dijo ella.

El cántaro se hizo cuatro pedazos.

--Hermano, dijo entonces el duque de Egipto poniendo á ambos las manos
en la frente, tu mujer es; hermana, él es tu marido; por cuatro años;
idos.




                                  VII
                           Una noche de boda


Al cabo de algunos instantes hallóse nuestro poeta en un cuartito
abovedado, bien cerrado y caliente, sentado delante de una mesa
que estaba convidando á alzar el brazo y sacar algo de una alacena
inmediata, con la esperanza de tener una buena cama, y mano á mano con
una linda chica. La aventura parecía cosa de encantamiento. Empezaba
él á creerse seriamente un personaje de los que figuran en los cuentos
de hadas; miraba de cuando en cuando en torno suyo por ver si el carro
de fuego tirado por dos quimeras aladas, único que hubiese podido
trasportarle con tanta rapidez del Tártaro al Paraíso, estaba todavía
por allí.

Por momentos clavaba también con ahinco sus miradas en los agujeros de
su jubón, á fin de palpar la realidad y no perder enteramente el seso.
Su razón, vagando por los espacios imaginarios, estaba asida únicamente
á este hilo.

La muchacha no hacía al parecer caso de él; todo era idas y venidas,
quitar de su lugar alguna silla, hablar con su cabra, y hacer tal cual
mueca; hasta que por último se sentó cerca de la mesa, de modo que
Gringorio pudo contemplarla despacio.

Absorto más y más en sus sentimientos.--¿He aquí, pues, se decía á sí
mismo, siguiéndola con ojos vagorosos, lo que es la esmeralda? ¡una
criatura celestial! ¡una bailarina de calle! ¡tanto y tan poco! Ella es
la que ha dado el golpe de muerte á mi misterio esta mañana; ella la
que me salva la vida esta noche. ¡Mi mal genio! ¡mi buen ángel!--Una
buena moza, ¡por vida mía!--y que debe amarme con extremo para haberme
aceptado del modo que estoy.--¡Y á propósito de casamiento, dijo,
levantándose repentinamente, con aquel aire de verdad que hacía el
fondo de su carácter y de su filosofía, ya no sé cómo es esto; pero lo
cierto es que yo soy su marido!

Encasquetada esta idea en su cabeza y pintada en sus ojos, acercóse
á la joven de un modo tan marcial, y con una galantería, que la hizo
retroceder.

--¿Qué me queréis, pues?, dijo ella.

--¿Podéis preguntármelo, adorable Esmeralda? respondió Gringorio con
acento tan apasionado, que él mismo se admiró al oirse hablar así.

La gitana abrió sus grandes ojos.

--No sé lo que queréis decir.

--¿Y qué?, replicó Gringorio enardeciéndose cada vez más, y calculando
que en resumidas cuentas no las había, sino con una virtud de la Corte
de los Milagros, ¿no soy yo tuyo, dulce amiga? ¿no eres tú mía?

Y con la mayor llaneza la cogió por el talle.

El justillo de la gitana se le deslizó de entre las manos como si
fuera una anguila. Dió ella un salto de un cabo al otro de la celda,
bajóse, y volvió á enderezarse con un puñalejo en la mano, antes que
Gringorio hubiese tenido tiempo de ver de dónde salía tal instrumento;
irritada, enfurecida, los labios abultados, hinchadas las narices,
sus ojos encendidos como la escarlata, y centelleando sus niñas. Al
mismo tiempo la blanca cabrita se puso delante de ella, presentando á
Gringorio un frente de batalla armado de dos lindos cuernos dorados y
muy puntiagudos; y todo este bélico aparato se verificó en un instante.

La mariposa se había convertido en avispa, y ya sólo deseaba picar.

Quedóse cortado nuestro filósofo, mirando con aire de estupidez, ya á
la cabra ya á la muchacha.

--¡Virgen Santísima!, exclamó al fin vuelto de su asombro, ¡qué par de
hembras!

La gitana rompió también el silencio:

--¡Menester es que seas un bellaco bien atrevido!

--Perdonad, señorita, dijo Gringorio sonriéndose. Pero ¿para qué me
habéis tomado por marido?

--¿Querías que te hubiera dejado ahorcar?

--Con que al casaros conmigo, replicó el poeta, viendo desvanecerse sus
esperanzas amorosas, ¿no habéis tenido otra mira que la de librarme del
palo?

--¿Y qué otra idea quieres que haya tenido?

Gringorio se mordió los labios.

--Ya lo veo, dijo, no soy tan venturoso en las banderas de Cupido como
yo creía. Pero entonces ¿á qué santos haber roto aquel pobre cántaro?

Durante estas palabras, el puñal de la Esmeralda y los cuernos de la
cabra permanecían sobre la defensiva.

--Señorita Esmeralda, dijo el poeta, capitulemos. Yo no soy escribano
de cámara del Châtelet, y no os armaré una zancadilla por llevar esa
daga dentro de París á las barbas de las órdenes y prohibiciones del
señor preboste. No ignoráis, sin embargo, que Noël Lescriban ha sido
condenado hace ocho días á diez sueldos parisis por llevar consigo
un rejón. Mas esto no me importa, y voy al caso. Yo os juro por el
lugar que se me reserve en el paraíso de no llegarme á vos sin vuestra
licencia; pero dadme de cenar.

La egipcia no respondió; hizo su desdeñosa muequecita, enderezó la
cabeza como un pájaro, luego dió una carcajada, y el gracioso puñal
desapareció como había venido, sin que Gringorio pudiese ver dónde
escondía la abeja su aguijón.

Un momento después había sobre la mesa un pan de centeno, un torrezno,
algunas manzanas arrugadas y un botijo de cerveza. Púsose Gringorio á
comer con ansia. Al oir el paloteo del tenedor de hierro en su plato de
loza, cualquiera hubiese dicho que todo su amor se había convertido en
apetito.

La joven, sentada delante de él, le miraba silenciosa, visiblemente
distraída con otro pensamiento que la hacía sonreir de cuando en
cuando, mientras su dulce mano acariciaba la cabeza inteligente de la
cabra blandamente estrechada entre sus rodillas.

Una vela de cera amarilla alumbraba aquella escena de voracidad y de
distracción.

Con todo, acallados los primeros balidos del estómago, Gringorio sintió
algún ruborcillo, viendo que no quedaba más que una manzana.

--¿No tomáis algo Esmeraldita?

Respondió ella que no con la cabeza, y sus miradas pensativas se
clavaron en la bóveda de la celda.

¿En qué diantre puede estar pensando?, dijo entre sí Gringorio, mirando
lo mismo que ella miraba:--Es imposible que sea el gesto de ese enano
de piedra esculpido en la clave de la bóveda lo que absorbe así su
atención. ¡Qué disparate! ¡yo no perderé en esta comparación!

Alzó la voz, y dijo:

--¡Señorita!

Ella al parecer no le oía.

Gritó él más recio:

--¡Esmeraldita!

Trabajo perdido. La imaginación de la joven había volado á otra
parte, y la voz de Gringorio no tenía bastante poder para volverla
allí. Afortunadamente la cabra se encargó de ello, poniéndose á tirar
blandamente de la manga á su ama.

--¿Qué quieres Djali?, dijo con viveza la egipcia, como quien se
despierta sobresaltado.

--Tiene hambre, dijo Gringorio, contentísimo con poder entablar así la
conversación.

Púsose Esmeralda á desmigar el pan, el cual comía con mucha gracia en
la palma de su mano la linda Djali.

Entretanto Gringorio no la dejó distraerse de nuevo, haciéndole una
pregunta delicada.

--¿Con que no me queréis por marido?

Miróle atentamente la joven, y dijo:

--No.

--¿Y por amante?, añadió Gringorio.

Hizo ella su acostumbrada mueca, y respondió:

--No.

--¿Y por amigo?, prosiguió el poeta.

Miróle Esmeralda otra vez con atención, y dijo después de reflexionar
un momento:

--Tal vez.

Este _tal vez_, tan del gusto de los filósofos, alentó á Gringorio.

--¿Sabéis lo que es la amistad?, preguntó.

--Sí, respondió la gitana, es ser hermano y hermana; dos almas que se
tocan sin confundirse, dos dedos de una mano.

--¿Y el amor?, añadió Gringorio.

--¡Oh! ¡el amor!, dijo ella, temblándole la voz y brillándole los ojos.
El ser dos y uno solo. Un hombre y una mujer convertidos en ángel: es
la bienaventuranza misma.

Era tal al hablar así la hermosura de nuestra bailarina callejera
que tenía extasiado á Gringorio, el cual la veía en una armonía
perfecta con la exaltación casi oriental de sus palabras. Sus
purpúreos y virginales labios se entreabrían con una dulce sonrisa;
su serena y cándida frente se alteraba por instantes al influjo de
sus pensamientos, semejante al espejo que el aliento empaña; y de sus
largas pestañas negras, blandamente inclinadas, destellaba una luz
inefable que bañaba su perfil de aquella suavidad ideal que Rafael
halló después en el punto de intersección místico de la virginidad, la
maternidad y la divinidad.

No por eso dejó de continuar Gringorio.

--¿Cómo, pues, debe uno ser para agradaros?

--Debe ser hombre.

--Y qué, ¿yo no lo soy?

--Un hombre tiene el yelmo en la cabeza, la espada en la mano y
espuelas de oro calzadas.

--Bueno, dijo Gringorio, ¡sin caballo no hay hombre!--¿Amáis á alguien?

--¿Con amor?

--Con amor.

Quedóse ella un momento pensativa; después dijo con una expresión
particular:

--Pronto lo sabré.

--¿Por qué no esta noche?, replicó entonces tiernamente el poeta:--¿Por
qué no á mí?

Miróle ella con gravedad.

--Yo sólo podré amar á un hombre que pueda protegerme.

Sonrojóse Gringorio y túvoselo por dicho. Era claro que la joven aludía
al poco apoyo prestado á ella por él en la crítica circunstancia en que
se había la pobre hallado dos horas antes; á este recuerdo, que habían
borrado de su imaginación los demás sucesos de la noche, se dió una
palmada en la frente.

--Á propósito, Esmeraldita, yo debiera haber empezado, hablándoos de
esto. Perdonadme mis locas distracciones. ¿Cómo habéis hecho para
libertaros de las uñas de Cuasimodo?

Esta pregunta sobresaltó á la gitana.

--¡Oh! ¡qué horrible jorobado!, dijo ella cubriéndose la cara con las
manos, y estremeciéndose como si padeciese un frío cruel.

--Horrible en efecto, dijo Gringorio que no soltaba su idea; pero ¿cómo
habéis podido libertaros de él?

Sonrióse Esmeralda, suspiró y guardó silencio.

--¿Sabéis por qué os seguía?, repuso Gringorio, tratando de volver á su
pregunta por un rodeo.

--Yo no lo sé, dijo la joven; y añadió con viveza: pero vos que me
seguíais también, ¿por qué me seguíais?

--En mi conciencia, respondió Gringorio, que tampoco lo sé.

Quedáronse ambos en silencio: Gringorio cortaba la mesa con su
cuchillo: la joven se sonreía, y parecía mirar alguna cosa á través
de la pared; cuando de improviso comenzó á cantar con una voz mal
articulada:

      Cuando las pintadas aves
      Mudas están y la tierra...

Pero repentinamente interrumpió su canto y se puso á acariciar á Djali.

--¡Gracioso animalito tenéis ahí!, dijo Gringorio.

--Es mi hermana, respondió la gitana.

--¿Por qué os llaman _Esmeralda_?, preguntó el poeta.

--No sé.

--Sí, decidme ¿por qué?

Sacó ella del seno una especie de saquito colgado al cuello por una
sarta de cuentas de adrezarach; el cual exhalaba un fuerte olor á
alcanfor. Estaba forrado de seda verde, y tenía en el centro unos
grandes abalorios del color y forma de la esmeralda.

--Quizá sea esta la causa, dijo ella.

Quiso Gringorio coger el saquito; pero ella lo retiró.

--No lo toquéis, que es un amuleto, y harías mal al hechizo ó el
hechizo á ti.

La curiosidad del poeta se despertaba más y más.

--¿Quién os lo ha dado?

La gitana se puso un dedo en la boca, y escondió el amuleto en el seno.
Gringorio aventuró otras preguntas; pero con tan poco fruto como las
primeras.

--¿Qué quiere decir esa palabra: _esmeralda?_

--No sé.

--¿Á qué lengua pertenece?

--Creo que es egipcio.

--Ya me lo sospechaba yo, dijo Gringorio. ¿No sois de Francia?

--No lo sé.

--¿Tenéis padres?

Al oir esto, la joven se puso á cantar en el tono de una antigua
tonadilla:

      Mi padre es pájaro fiel,
      Mi madre fiel avecilla;
      Paso el agua sin barquilla,
      Paso el agua sin batel,
      Mi madre es fiel avecilla,
      Mi padre pájaro fiel.

--Está bien, dijo Gringorio. ¿De qué edad vinisteis á Francia?

--Muy niña.

--¿Y á París?

--El año pasado. Al entrar por la puerta papal, vi á la curruca hender
el aire; era á fines de agosto; y dije: crudo será el invierno.

--En efecto que lo ha sido, dijo Gringorio, encantado con este
principio de conversación; todo lo he pasado soplándome los dedos.
¿Conque tenéis el don de profecía?

--Ella volvió á su primer laconismo:

--No.

--Ese hombre á quien llamáis el duque de Egipto, ¿es el caudillo de
vuestra tribu?

--Sí.

--Sin embargo es el que nos ha casado, observó con timidez el poeta.

La joven hizo su mueca acostumbrada.

--Ni siquiera sé cómo te llamas.

--¿Cómo me llamo?... si queréis saberlo Pedro Gringorio.

--Yo sé otro nombre más hermoso.

--¡Picarilla!, replicó el poeta; pero no importa, no lograréis
enfadarme. Tiempo al tiempo, quizás conociéndome mejor me amaréis;
además me habéis contado vuestra historia con tanta confianza, que
habéis merecido la mía. Sabed, pues, que yo soy Pedro Gringorio, hijo
del arrendatario de la notaría de Gonesse. Mi padre fué ahorcado por
los Burguiñones, y mi madre despanzurrada por los Picardos en tiempo
del sitio de París, cosa de veinte años ha, habiendo yo quedado de
seis, huérfano, y sin otras suelas por calzado que el empedrado de
la capital. No sé como hice el salto de seis años á diez y seis.
Una frutera me daba aquí una ciruela, allí un panadero me echaba un
mendrugo, y por la noche me hacía agarrar por las rondas para que me
llevasen á la cárcel, donde encontraba mi colchón sobre un montón de
paja. Todo esto como veis no me ha impedido crecer y enflaquecer. En
invierno me calentaba al sol en el pórtico de la casa de Sens, y me
parecía muy ridículo que el fuego de San Juan estuviese reservado para
la canícula. Á los diez y seis años traté de tomar un estado; y todo
lo he andado: primero senté plaza, pero no era bastante valiente;
metíme luego fraile, mas ¿dónde buscar la devoción? Y además bebo poco.
Desesperado, entré aprendiz de carpintero de los de hacha larga, y
las fuerzas no me asistían. Yo de mío me inclinaba á ser maestre de
escuela; verdad es que no sabía leer; pero esto no es un inconveniente.
Al cabo de algún tiempo conocí que para cualquiera ocupación me faltaba
constantemente algo; y viendo que para nada servía, híceme gustosamente
poeta y compositor de rimas, estado que siempre puede uno tomar
cuando es vagamundo; y más vale esto que echarse á robar como me lo
aconsejaban algunos ladronzuelos amigos míos. Un día me encontré con el
reverendo arcediano de Nuestra Señora, D. Claudio Frollo, quien comenzó
á mirarme con interés; y á él debo el ser hoy un verdadero literato,
conociendo el latín desde los Oficios de Cicerón hasta el Martirologio
de los padres celestinos; sin ser bárbaro escolástico, ni en poética,
ni en ritmo, ni en alquimia, ciencia de las ciencias. Yo soy el autor
del auto sacramental representado hoy con gran triunfo en medio de un
inmenso populacho, y en plena audiencia. También he compuesto un libro
de unas seiscientas páginas sobre el prodigioso cometa de 1463, que
volvió loco á un hombre. He tenido además otros triunfos. Como soy
algo carpintero de artillería, trabajé en aquella bombarda grande de
Juan Maugue, que sabéis reventó en el puente de Charenton, el día del
ensayo, matando veinticuatro hombres. Ya veis que no soy un partido tan
malo para casamiento, conozco tantas y tantas pasadas graciosísimas
que enseñaré á vuestra cabra; por ejemplo, á remedar al obispo de
París, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican y rocían á todos los
transeuntes de un extremo al otro del puente de los molineros. Además
de esto, mi auto sacramental me valdrá mucha plata acuñada, si me lo
pagan como merece. En fin, estoy á vuestras órdenes, todo entero, con
todo mi talento, mi ciencia y mis letras, pronto á vivir con vos de
la manera que queráis; casta ó alegremente; como marido y mujer, si
gustáis; como hermano y hermana si os parece mejor.

Callóse Gringorio para ver el efecto que su arenga había hecho en la
joven, la cual tenía los ojos clavados en el suelo.

--_Febo_, decía ésta á medía voz: volviéndose enseguida hacia el
poeta:--¿Qué quiere decir Febo?

Gringorio, sin comprender qué relación podía haber entre su alocución y
esta pregunta, no llevó á mal el ostentar su erudición. Entonóse, pues,
y dijo:

--Febo es una palabra latina que significa _sol_.

--¡Sol!, replicó la gitana.

--Es el nombre de un famoso arquero, que era Dios, añadió el poeta.

--¡Dios!, repitió la egipcia con tono pensativo y apasionado.

Soltósele al mismo tiempo y cayó al suelo un brazalete; inclinóse
Gringorio con ligereza para recogerle; mas cuando levantó la cabeza, la
doncella y la cabra ya habían desaparecido. Oyó el ruido de un cerrojo,
que era el de una puertecita que comunicaba sin duda á una celda vecina
y se cerraba por fuera.

--¿Me habrá siquiera dejado una cama?, dijo nuestro filósofo.

Dió una vuelta por el cuarto, y no encontró otro mueble acomodado para
dormir que un arcón cuya tapa estaba además llena de molduras; lo
cual proporcionó á Gringorio al acostarse en ella una sensación casi
semejante á la que experimentaría Micromegas si se tendiese á la larga
sobre los Alpes.

--Vamos, dijo, acomodándose lo mejor que pudo, es preciso resignarse.
Pero ¡no deja de ser buena cama de boda! ¡qué lástima! había en este
casamiento de cántaro roto cierta cosa tan natural y antidiluviana que
me cuadraba infinito.




                             LIBRO TERCERO




                                   I
                             Nuestra Señora


Sin duda alguna, aún en el día de hoy, es un majestuoso y suntuoso
edificio la iglesia de Nuestra Señora de París. Mas por hermosa que se
haya conservado al mismo tiempo que se envejecía, es difícil retener
un suspiro, y contener la indignación en vista de las degradaciones y
las innumerables mutilaciones que el tiempo y los hombres han hecho de
consuno en este venerable monumento, sin respeto á Carlomagno que puso
su primera piedra, ni á Felipe Augusto que sentó la última.

Sobre la faz de esta anciana reina de nuestras catedrales, junto á una
arruga, se halla siempre una cicatriz.

_Tempus edax, homo edacior_; lo que yo traduciría gustoso diciendo: el
tiempo es ciego, y el hombre estúpido.

Si nos detuviésemos en ir examinando con el lector una por una las
diferentes huellas de destrucción estampadas en la antigua iglesia, la
parte que en ello ha tenido el tiempo sería la menor, la peor la de
los hombres, en especial de los artífices. Conviene decir artífices,
por haber habido en los dos últimos siglos algunos individuos que han
tomado el carácter de arquitectos.

Y desde luego, para sólo citar algunos ejemplos capitales, seguramente
que hay pocas páginas arquitectónicas más hermosas que esta fachada,
donde sucesivamente y al mismo tiempo las tres portadas vaciadas en
arcos orientales, el cordón bordado y calado de veintiocho nichos
reales, el inmenso rosetón central en medio de sus ventanas laterales
como el preste en medio del diácono y del subdiácono; la elevada y
ligera galería de arcos avarillados sosteniendo una pesada plataforma
sobre sus delgadas columnitas; en fin las dos negras y macizas torres
con sus sobradillos de pizarra; partes armoniosas de un todo magnífico,
puestas unas sobre otras en cinco cuerpos gigantescos; se presentan
á la vista todas juntas y en orden, con sus innumerables adornos de
estatuaria, de escultura y de cincelado, poderosamente ligados á la
sublime grandeza del conjunto; vasta sinfonía en piedra, por decirlo
así; obra colosal de un hombre y de un pueblo; á la vez una y complexa
como las Ilíadas y los romanceros de quienes es hermana carnal;
producto prodigioso de la reunión de todas las fuerzas de una época en
la que sobre cada piedra resalta de mil maneras la fantasía del obrero
amaestrado por el ingenio del artista; especie de creación humana; en
una palabra, poderosa y fecunda como la creación divina, á la cual
parece haber arrebatado sus dos caracteres: variedad, eternidad.

Lo que decimos de la fachada, debe decirse de la iglesia entera; y lo
que decimos de la iglesia catedral de París, hay que decirlo de todas
las iglesias cristianas de la Edad Media. Todo se eslabona en este arte
nacido de sí mismo; todo en él es lógico y proporcionado.

Medir el artejo del pie de un gigante, es haber medido al gigante
entero.

Volvamos á la fachada de Nuestra Señora, tal como se nos presenta
hoy á la vista, cuando vamos religiosamente á admirar la grave y
potente catedral que, según el dicho de sus cronistas, aterra á los
espectadores: _quæ mole sua terrorem incutit spectantibus_.

Tres cosas importantes faltan hoy á esta fachada; primero, las once
gradas que la elevaban antes del nivel del suelo; además, la serie
interior de estatuas que ocupaba los nichos de las tres portadas; y
finalmente, la serie inferior de los veintiocho reyes más antiguos de
Francia, que guarnecía la galería del primer cuerpo, desde Childeberto
hasta Felipe Augusto con su manzana imperial en la mano.

La gradería la ha hecho desaparecer el tiempo, levantando con un
progreso lento é irresistible el nivel del suelo de la ciudad; sin
embargo, á par que ha dejado á esta marea devorar una por una, según ha
ido subiendo, las once gradas que realzaban la majestuosa elevación del
edificio, ha dado á éste quizá más de lo que le ha quitado, extendiendo
sobre la fachada ese color denegrido de los siglos que convierte la
ancianidad de los monumentos en su más acabada hermosura.

Más ¿quién ha derribado las dos órdenes de estatuas? ¿Quién ha dejado
vacíos los nichos? ¿Quién ha tajado en medio de la portada central
ese arco nuevo y bastardo? ¿Quién ha osado encuadrar en ella aquella
insulsa y mazorral puerta de madera esculpida á lo Luis XV, al lado
de los arabescos de Biscornette? los hombres, los arquitectos, los
artistas de nuestros días.

Y si entramos en el interior del templo, ¿quién ha derribado aquel
coloso de San Cristóbal, proverbial entre las estatuas, con la misma
razón que la sala grande de la cancillería entre las alhóndigas y la
flecha de Estrasburgo entre los campanarios? Y aquellos millares de
estatuas que poblaban todos los intercolumnios de la nave y del coro,
arrodilladas, en pie, ecuestres, hombres, mujeres, niños, reyes,
obispos, soldados, de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre y
hasta de cera, ¿quién las ha hecho desaparecer brutalmente? No ha sido
el tiempo.

Y ¿quién ha sustituido al antiguo altar gótico, espléndidamente
sobrecargado de urnas y relicarios, ese tosco sarcófago de mármol con
cabezas de ángeles y nubes, que parece una muestra descabalada del
valle de Gracia ó de los Inválidos? ¿Quién ha estampado neciamente
ese grosero anacronismo de piedra en el pavimento carlovingiano de
Hernando? ¿No ha sido Luis XIV cumpliendo el voto de Luis XIII?

Y ¿quién ha puesto esos vidrios blancos sin gracia en lugar de aquellas
vidrieras de color subido que hacían vacilar los maravillados ojos
de nuestros padres entre el rosetón de la portada mayor y los arcos
orientales de la nave? Y ¿qué diría un sochantre del siglo XVI,
viendo el hermoso amarillo con que nuestros vándalos de arzobispos
han embadurnado su catedral? Acordaríase de que ése era el color con
que el verdugo escobazaba los edificios infames, se recordaría el
palacio de Borbón el Chico, todo untado de amarillo por la traición
del condestable: «Amarillo tal, dice Sauval, de tan buen tinte y tan
bien recomendado, que un siglo no ha podido todavía hacerle perder su
color». Creería que el lugar santo se ha cubierto de infamia, y huiría
de él.

Y si subimos á lo alto de la catedral, sin detenernos en mil
barbaridades de toda especie, ¿qué se ha hecho de aquel gracioso
campanarito, apoyado sobre el punto de intersección de la ventana,
y que no menos ligero y atrevido que la vecina aguja de la Santa
Capilla (destruida también) se elevaba más todavía que las torres,
erguido, agudo, sonoro, calado? Un arquitecto de buen gusto (1787) le
ha amputado, y ha creído que bastaba con cubrir la herida con el ancho
emplasto de plomo que se parece á la tapadera de una olla. De esta
manera ha sido tratado casi en todas partes, especialmente en Francia,
el arte maravilloso de la Edad Media. Puédense descubrir sobre su ruina
tres especies de lesiones cada una de las cuales alcanzan hasta cierta
profundidad: desde luego el tiempo que ha desportillado insensiblemente
acá y acullá, y enmohecido por todas partes su superficie; luego las
revoluciones políticas y religiosas, las cuales, ciegas y coléricas por
su naturaleza, se han desencadenado furiosas contra él, han desgarrado
su rica vestidura de escrituras y cincelados, hendido sus rosetones,
roto sus collares de arabescos y figuras, arrancado sus estatuas,
ora para su mitra, ora para su corona; en fin las modas cada vez más
grotescas y necias, que desde las anárquicas y espléndidas salidas de
tono del Renacimiento, se han ido sucediendo en la decadencia necesaria
de la arquitectura. Más daño han hecho las modas que las revoluciones;
han cortado en carne viva, han atacado el armazón huesoso del arte;
han dividido, tajado, desorganizado, muerto el edificio en la forma y
en el símbolo, en su lógica como en su belleza. Y luego han reparado;
pretensión que á lo menos no tuvieron ni el tiempo ni las revoluciones.
Se han creído con osada desvergüenza autorizados por el _buen gusto_,
para acomodar sobre las heridas de la arquitectura gótica, sus
miserables baratijas de un día, sus filetes de mármol, sus dijes de
metal: verdadera lepra de equinos, de volutas, de adornos, de ropajes,
de guirnaldas, de franjas, de llamas de piedra, de nules bronceadas, de
amores obesos, de querubines abotagados, que empieza á devorar la faz
del arte en el oratorio de Catalina de Médicis, y le hace espirar dos
siglos después, atormentado y haciendo gestos en el retrete de la Du
Barry.

Así, para resumir los puntos que acabamos de indicar, tres son las
especies de estragos que desfiguraban hoy la arquitectura gótica.
Arrugas y verrugas en la epidermis; esto es obra del tiempo. Vías
de hecho, brutalidades, contusiones, fracturas; esto es obra de las
revoluciones desde Lutero hasta Mirabeau. Mutilaciones, amputaciones,
dislocación membranal, _restauraciones_; ésta es la labor griega,
romana y bárbara de los profesores según Vitruvio y Viñolas. Este
arte magnífico, que los vándalos habían producido, las academias le
han hecho perecer. Á los siglos, á las revoluciones, que devastan á
lo menos con imparcialidad y grandeza, ha venido á juntarse la nube
de los arquitectos de escuela, titulados, jurados; degradando con
el discernimiento y tino del mal gusto; sustituyendo el bordado de
achicorias de Luis XV á los encajes góticos, para mayor gloria del
Partenón; ésta es la coz del asno al león moribundo; es la vieja encina
que empieza á secarse por la copa, y que por último se ve picada,
mordida, y destrozada por las orugas.

¡Qué distancia de esta época á aquélla en que Roberto Cenalis
comparando á Nuestra Señora de París con el famoso templo de Diana en
Efeso, _tan carcareado por los antiguos paganos_, que ha inmortalizado
á Erostrato, miraba la catedral gaula «como más soberbia en longitud,
latitud, altura y estructura!...».

Por lo demás Nuestra Señora de París no es un monumento completo,
definido, clasificado; no es una iglesia románica, ni tampoco una
iglesia gótica; este edificio es un tipo. Nuestra Señora de París no
tiene, como la abadía de Tournus, la grave y maciza corpulencia, la
redonda y ancha bóveda, la fría desnudez, y la majestuosa sencillez
de los edificios que tienen el arco-pleno por generador. No es como
la catedral de Bourgues el producto magnífico, airoso, multiforme,
apiñado, recargado y granilloso de los arcos orientales. Es imposible
incorporarla en aquella antigua familia de iglesias lóbregas,
misteriosas, bajas, y como aplastadas por el embovedado; casi egipcias
excepto en el techo: todas jeroglíficas, todas sacerdotales, todas
simbólicas; más cargadas en sus adornos de losanges y de ángulos
entrantes y salientes que de flores, de flores que de animales, de
animales que de hombres; obra menos del arquitecto que del obispo;
primera transformación del arte, marcada con el sello de la disciplina
teocrática y militar, que echando raíces en el bajo imperio se detiene
en Guillermo el Conquistador. Imposible es colocar á nuestra catedral
en aquella otra familia de iglesias altas, aéreas, ricas en vidrieras
y esculturas; delgadas en sus formas; atrevidas en sus actitudes;
llanas y vulgares, como símbolos políticos; libres, caprichosas,
desenfrenadas, como obra de las artes; segunda transformación de la
arquitectura, no ya jeroglífica, inmutable y sacerdotal, sino artista;
progresiva y popular, que empieza al regreso de las cruzadas, y acaba
en Luis XI. Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como
las primeras, ni de pura raza árabe como las segundas.

Es un edificio de transición. El arquitecto sajón acababa de levantar
los primeros pilares de la nave, cuando los arcos orientales que
llegaban de la cruzada, vinieron á colocarse como conquistadores
sobre los anchos capiteles románicos que no debían sostener sino
arcos-plenos; y dueños del terreno desde aquel momento, construyeron
lo restante de la iglesia. Sin embargo, inexpertos y tímidos en su
principio, se agrandan, se ensanchan, se detienen, y no se atreven aún
á elevarse en forma de agujas y flechas, como más tarde lo han hecho
en tantas catedrales maravillosas. Parece como que se resienten de la
vecindad de los macizos románicos.

Por otra parte, esos edificios de la transición del románico al gótico
no son menos preciosos para ser estudiados que los tipos puros,
porque expresa un matiz del arte que sin ellos se perdería; tal es el
resultado de la mezcla de los arcos orientales y de los arcos-plenos.

Nuestra Señora de París es especialmente una muestra curiosa de esta
variedad. Cada faz, cada piedra del venerable monumento es una página
no sólo de la historia de París, sino también de la historia de la
ciencia y del arte. Así por ejemplo, no indicando aquí más que los
pormenores principales, mientras la pequeña Puerta Roja toca casi á los
límites de las delicadezas góticas del siglo XV, los pilares de la nave
por su volumen y su gravedad retroceden hasta la abadía carlovingiana
de San Germán de los Prados: cualquiera creería que han mediado seis
siglos entre la puerta y los pilares. Y hasta los herméticos hallan
en los símbolos de la portada mayor un compendio satisfactorio de su
ciencia, de la cual era un jeroglífico tan completo la iglesia de San
Jacobo de la Carnicería. Así la abadía románica, la iglesia filosofal,
el arte gótico, el arte sajón, el macizo pilar redondo que recuerda á
Gregorio VII, el simbolismo hermético por el cual Nicolás Flamel fué
el preludio de Lutero, la unidad papal, el cisma, San Germán de los
Prados, San Jacobo de la Carnicería, todo se ha fundido, combinado,
amalgamado, en Nuestra Señora. Esta iglesia central y generante es
entre las iglesias viejas de París una especie de quimera; tiene la
cabeza de una, los miembros de ésta, la grupa de otra, algo de todas.

Lo repetimos, estas construcciones híbridas no son las menos
interesantes para el artista, para el anticuario, para el historiador;
y hacen conocer hasta qué punto es la arquitectura una cosa primitiva,
en razón de que demuestran (lo mismo que los vestigios ciclópeos, las
pirámides de Egipto, y las gigantescas pagodas de la India) que los
grandes productos de la arquitectura son menos obras individuales que
obras sociales; más bien el resultado del trabajo de los pueblos,
que la creación de los hombres de talento; el depósito que deja
una nación; los montones que forman los siglos, el residuo de las
evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una palabra, especies
de formaciones. Cada ola del tiempo sobrepone su nata, cada linaje
deposita su capa sobre el monumento; cada individuo lleva su piedra.
Así hacen los castores, así hacen las abejas, así hacen los hombres. El
gran símbolo de la arquitectura, Babel, es una colmena.

Los grandes edificios como los encumbrados montes son obra de los
siglos. Muchas veces se transforma el arte, mientras aquéllos están
pendientes todavía; _pendent opera interrumpta_, y se continúan
tranquilamente según el arte transformado. El arte nuevo se apodera
del monumento en el estado en que le halla, se incrusta en él, le
identifica consigo mismo, le desenvuelve á su antojo, y le acaba si
puede. Este cambio se realiza sin revuelta, sin esfuerzo, sin reacción,
según una ley natural y tranquila. Es un injerto que prende, una savia
que circula, una vegetación que renace. Cierto que en esas soldaduras
sucesivas de muchas artes á diferentes épocas sobre el mismo monumento,
hay materia para voluminosos libros, y las más veces una historia
universal de la humanidad. El hombre, el artista, el individuo,
desaparecen en esas grandes masas sin nombre de autor; la inteligencia
humana es la que se reúne en ellas toda entera. El tiempo es el
arquitecto, el pueblo el albañil.

Sin considerar aquí sino la arquitectura europea cristiana, esta
hermana segunda de las grandes construcciones del Oriente, se ofrece
á los ojos como una inmensa formación dividida en tres zonas bien
distintas y sobrepuestas: la zona romana[2] ó románica, la zona gótica,
y la zona del Renacimiento, que gustosos llamaríamos greco-romana. La
capa ó sillar románico, que es el más antiguo y profundo, está ocupado
por el arco-pleno, el cual vuelve á aparecer, sostenido por la columna
griega, en el sillar moderno y superior del Renacimiento. Los arcos
orientales están en medio de ambos.

Los edificios que pertenecen exclusivamente á una de las tres zonas,
son perfectamente distintos, únicos y completos. Tales son la abadía
de Jumieges, la catedral de Reims y Santa Cruz de Orleans. Pero
estas mismas tres zonas se confunden y amalgaman por los bordes
como los colores que separa el prisma en los rayos solares; de aquí
los monumentos complejos, los edificios de un matiz singular y de
transición. El uno es románico por los pies, gótico en el medio,
greco-romano por la cabeza, porque se ha tardado seiscientos años en
edificarle. Esta variedad es rara; y de ella es una muestra la torre
de Homenaje de Étampes. Pero más frecuentemente se ven monumentos de
dos formaciones. Nuestra Señora de París, edificio de arcos orientales,
se entra por sus primeros pilares en la misma zona románica en que
se hallan construidas la portada de San Dionisio y la nave de San
Germán de los Prados; y la que llega hasta medio cuerpo á la graciosa
sala capitular sea mi-gótica de Bocheville. La catedral de Ruan sería
enteramente gótica, si no rayara en la zona del renacimiento por el
remate de su aguja central.

Por lo demás, todos estos matices, todas estas diferencias paran en la
superficie de los edificios; sólo el arte es el que ha mudado de piel;
y las mutaciones no han alcanzado ni aun á la constitución misma de la
iglesia cristiana. La armazón interior siempre es la misma, siempre la
misma disposición lógica de sus partes. Cualquiera que sea la cubierta
esculpida y bordada de una catedral, constantemente se halla debajo,
á lo menos en el estado de germen y elemento, la basílica romana; y
eternamente se extiende en sus dimensiones según la misma ley. Jamás
dejan de ser dos naves que forman crucero, y cuya extremidad superior
redondeada en arco determina el sitio del coro; jamás se hallan sin
otras más bajas á su alrededor para las procesiones interiores y para
las capillas; especies de paseos laterales donde se desahoga la nave
principal por los intercolumnios. Dispuesta esta planta, el número de
las capillas, de los canceles, de los campanarios, de las agujas, se
modifica hasta el infinito según el capricho del siglo, del pueblo, del
arte. Una vez provisto y seguro el servicio del culto, la arquitectura
hace lo que se le antoja: estatuas, vidrieras, rosetones, arabescos,
calados, capiteles, bajos relieves, todos estos pensamientos los
combinan según el logaritmo que le conviene. De aquí la prodigiosa
variedad exterior de estos edificios en cuyo fondo reina tanto orden
y unidad. El tronco del árbol es inmutable, sólo la vegetación es
caprichosa.


                                 NOTAS:

[2] Es la misma que se llama también, según los lugares, los climas y
las especies, lombarda, sajona y bizantina. Son cuatro arquitecturas,
hermanas y paralelas, cada una con un carácter particular, pero
derivado del mismo principio, el arco-pleno.

      Facies non omnibus una
      Non tamem diversa, qualem, etc.




                              LIBRO CUARTO




                                   I
                            Las buenas almas


Diez y seis años antes de la época de esta historia, en una hermosa
mañana del domingo de Cuasimodo, había sido depositada una criatura
viva, después de la misa, en la iglesia de Nuestra Señora, en la cuna
empotrada en el atrio, á mano izquierda, frente por frente de la
grande imagen de San Cristóbal, que la figura esculpida en piedra del
Sr. Antonio des Essarts, caballero, estaba mirando de rodillas desde
1413, hasta que se acordaron de echar abajo al santo y al devoto. Era
costumbre ofrecer en aquella cuna los niños expósitos á la caridad
pública; allí los cogía quien quería; y delante había una bandeja de
cobre para las limosnas.

La especie de ser
viviente que yacía sobre aquella tabla, la mañana de Cuasimodo del año
del Señor 1467, excitaba al parecer en alto grado la curiosidad de la
gente que se había agolpado á su alrededor. La mayor parte del concurso
se componía de personas del bello sexo, y casi todas viejas.

Entre las más inmediatas á la cuna é inclinadas sobre ella, se
notaban cuatro, que por su especie de gambeto ó capotillo se conocía
pertenecer á alguna devota cofradía; y no veo por qué la historia no
ha de trasmitir á la posteridad los nombres de estas cuatro discretas
y venerables señoras. Eran, pues, Inés la Herme, Juana de la Tarma,
Enriqueta de la Gaultière, y Gauchère la Violeta, viudas las cuatro, y
las cuatro camareras de la capilla de Esteban Haudry, ausentes de su
casa con permiso de su ama y en conformidad á los estatutos de Pedro de
Ally, para ir á oir el sermón.

Por lo demás, si estas buenas Haudrietas[3] observaban por el momento
los estatutos de Pedro Ally, violaban, ciertamente alborozadas, los de
Miguel de Brache y del cardenal de Pisa, que con tanta inhumanidad les
prescribían el silencio.

--¿Qué es eso, hermana, decía Inés á Gauchère, contemplando á la pobre
criatura expósita que chillaba y se revolvía en la cuna asustada de
tantas miradas?

--¿Qué va á ser de nosotros, decía Juana, si así se hacen los hijos
ahora?

--Yo no entiendo de niños, continuaba Inés, pero tengo para mí que es
un pecado el mirar á éste.

--No es un niño, Inés.

--Es una especie de mono, observaba Gauchère.

--Es un milagro, proseguía Enriqueta la Gaultière.

--Entonces, dijo Inés, es el tercero desde el domingo cuarto de
Cuaresma; pues no hace ocho días tuvimos el milagro del que se burlaba
de los peregrinos, castigado divinamente por Nuestra Señora de
Aubervillers, y era el segundo milagro del mes.

--Es un monstruo de abominación ese supuesto expósito, replicaba Juana.

--Él grita en términos, que ensordecería á un sochantre, continuaba
Gauchère.--Cállate, chillón.

--¡Y decir todavía que es el señor de Reims quien envía esta
monstruosidad al señor de París!, añadía la Gaultière con las manos
juntas.

--Yo me imagino, decía Inés de la Herme, que eso es una bestia, un
animal, el hijo de un judío y de una marrana; en fin, algo que no es
cristiano, y que debe echarse al fuego ó al agua.

--Confío, replicaba la Gaultière, en que nadie le solicitará.

¡Ah! Dios mío, exclamaba Inés; ¡aquellas pobres nodrizas que están en
la inclusa á lo último de la callejuela al bajar el río, pegadito al
señor obispo! ¡sólo faltaba que les diesen á criar este lindo monstruo!
¡Yo más quisiera dar de mamar á un vampiro!

--¡Qué inocente es la pobre Herme!, replicaba Juana; ¿no veis, hermana,
que el tal monstruo tiene por lo menos cuatro años, y que antes se
abalanzaría á un capón asado que á vuestro pezón?

Y en efecto, el lindo monstruo (que muy embarazados nos veríamos para
calificarle de otro modo) no era recién nacido, era una pequeña mole
angulosa é inquieta en extremo, aprisionada en un saco de lienzo
estampado con la cifra del señor Guillermo Chartier, á la sazón obispo
de París, de donde salía una cabeza, y cabeza bastante deforme, en la
cual no se veía sino un matorral de pelo rojo, un ojo, una boca y unos
dientes, el ojo llorando, y la boca gritando, y los dientes en aptitud
de querer morder. La mole forcejeaba en el saco, con gran pasmo de la
turba, que se engrosaba y renovaba sin cesar alrededor.

La señora Aloisa de Gondelaurier, mujer rica y noble, que tenía por la
mano una niña de unos seis años, y que llevaba colgando un velo largo
del cuerno de oro de su tocado, se paró al pasar por delante de la
cuna, y se estuvo contemplando un momento á la pobre criatura, mientras
que su graciosa niña Flor de Lis de Gondelaurier, cubierta de seda y
terciopelo, deletreaba con su dedito el rótulo permanente colgado de la
madera: NIÑOS EXPÓSITOS.

--En verdad, dijo la dama volviéndose con enfado, que yo no creía que
exponían aquí más que niños.

Volvió la espalda, echando en la bandeja un florín de plata, que resonó
entre la calderilla, lo que hizo abrir con asombro los ojos á las
camareras de la capilla de Esteban Haudry.

Un instante después el grave y sabio Roberto Mistricolle, protonotario
del rey, pasó con un enorme misal debajo de un brazo, y colgada del
otro su mujer (la señora Guillelma la alcaldesa), llevando así á uno y
otro lado sus dos reguladores, espiritual y temporal.

--¡Niño expósito!, dijo después de haber examinado el objeto, hallado
sin duda sobre el pretil del río Flegetón.

--No se le ve más que un ojo, observó la señora Guillelma; el otro se
lo tapa una verruga.

--No es una verruga, replicó el maestre Roberto Mistricolle, es un
huevo que encierra otro demonio enteramente igual á ése, el cual tiene
otro huevecito preñado de otro diablillo, y éste á otro, y así hasta
nunca acabar.

--¿Cómo sabéis eso?, preguntó Guillelma la alcaldesa.

--Lo sé de fijo, respondió el protonotario.

--Señor protonotario, preguntó Gauchère; ¿qué pronosticáis de este
supuesto expósito?

--Las mayores desgracias, respondió Mistricolle.

--¡Ay! ¡Dios mío!, dijo una vieja del auditorio, con eso, la peste
terrible del año pasado, y los ingleses que dicen van á desembarcar con
mucha gente en Harefleu, ¡medrados estamos!

--Eso impedirá tal vez á la reina el venir á París por el mes de
setiembre, añadió otra; ¡y el comercio que ya está tan malo!

--Yo soy de parecer, exclamó Juana de la Tarma, que valdría más para
los pazguatos de París que ese brujito estuviese acostado sobre un haz
que sobre una tabla.

--¡Un buen haz ardiendo!, añadió la vieja.

Eso sería más prudente, dijo Mistricolle.

Hacía ya algunos momentos que un clérigo joven estaba escuchando las
razones de las haudrietas y las sentencias del protonotario. Tenía un
rostro severo, la frente espaciosa, el mirar profundo. Hízose calle
silenciosamente por entre el tropel; examinó al brujito y extendió la
mano sobre él. Y ya era tiempo, porque todas las devotas se relamían ya
con el _buen haz ardiendo_.

--Yo adopto ese niño, dijo el clérigo.

Envolvióle en su sotana, y se lo llevó. Siguiéronle los asistentes con
ojos azorados, hasta que se perdió de vista metiéndose por la Puerta
Roja que de la iglesia comunicaba entonces al claustro.

Pasada la primera sorpresa, Juana de la Tarma se llegó al oído de la
Gaultière.

--Bien os lo había yo dicho, hermana, que ese cleriguillo D. Claudio
Frollo es un hechicero.


                                 NOTAS:

[3] Nombre con que eran conocidas las beatas de la capilla fundada por
Esteban Haudry.




                                   II
                             Claudio Frollo


En efecto, Claudio Frollo no era una persona vulgar. Pertenecía á
una de estas familias medias á quienes, en el lenguaje impertinente
del siglo pasado, llamaban indiferentemente del alto estado llano ó
de la pequeña nobleza. Esta familia había heredado de los hermanos
Paclet el feudo de Tirechappe, que dependía del obispo de París, y
cuyas veintiuna casas habían sido en el siglo anterior el objeto de
tantos litigios en la curia eclesiástica. Como poseedor del feudo,
Claudio Frollo era uno de los _Siete veintiún_ señores que pretendían
cobrar impuestos en París y sus arrabales; y se ha podido ver inscrito
su nombre en esta calidad, entre la casa grande de Tancarville,
perteneciente al maestre Francisco Le Rez, y el colegio de Tours, en el
libro de becerro depositado en San Martín de los Campos.

Los padres de Frollo le habían destinado desde su infancia á la carrera
eclesiástica. Le habían enseñado á leer latín, á bajar la vista y á
hablar bajo; y siendo aún muy niño le habían enclaustrado en el colegio
de Torchi en la universidad, donde había crecido sin dejar el misal y
el glosario.

Por lo demás era un muchacho triste, grave, serio, que estudiaba con
ardor y aprendía fácilmente; gritaba poco en las horas de recreo, y
frecuentaba apenas las bacanales de la calle del Bálago, no sabía lo
que era _dare alapas et capillos laniare_, y no había figurado en la
bullanga de 1463, que los anales recitan gravemente bajo el título de:
«Sexto alboroto de la universidad». Sucedíale rara vez el dar vaya á
los pobres estudiantes de Montaigu por las _capetas_ de donde tomaban
el nombre, ni á los alumnos educados gratuitamente en el colegio de
Dormans por su corona rasa y su sobretodo de paño verdemar, azul y
morado, _azurini coloris et bruni_, como dice la carta del cardenal de
las Cuatro Coronas.

En desquite, asistía con frecuencia á las escuelas mayores y menores de
la calle de San Juan de Beauvais. El primer estudiante que el abate de
San Pedro de Val divisaba siempre, al punto de empezar su explicación
de derecho canónico, en frente de su cátedra contra un poste de la
escuela de San Vendregesilo, era Claudio Frollo, armado con su tintero
de asta, la pluma en la boca, rasgueando sobre su raída rodilla, y en
el invierno soplándose los dedos. El primer oyente que el Sr. Miles
de Isliers, decretalista, veía llegar todos los lunes por la mañana,
desalentado, al abrir las puertas de la escuela de San Dionisio el
mayor, era también Claudio Frollo. Así es que á la edad de diez y
seis años, hubiera podido apostárselas en teología mística á un padre
de la iglesia; en cánones á un padre de los concilios, y en teología
escolástica á un doctor de la Sorbona.

Pasada la teología se precipitó en las decretales. Del _maestre de las
sentencias_ cayó en _las capitulares de Carlomagno_, y sucesivamente
devoró con su hambre canina de saber, decretales sobre decretales, las
de Teodoro, obispo de Sevilla, las de Bouchar, obispo de Worms, las de
Ivo, obispo de Chartres; en seguida el decreto de Graciano, que sucedió
á las capitulares de Carlomagno; después la colección de Gregorio IX, y
por último la epístola _Super Specula_ de Honorio III.

Llegó á serle claro y familiar aquel vasto y tumultuoso período en que
ambos derechos, civil y canónico, habían estado en continua y trabajosa
lucha en el caos de la Edad Media, período abierto en 618 por el obispo
Teodoro, y cerrado en 1227 por el papa Gregorio.

Digerido el decreto, lanzóse en la medicina y en las artes liberales.
Estudió la ciencia de las yerbas y la de los ungüentos; y llegó á
ser tan entendido en fiebres y contusiones, en llagas y apostemas,
que Jacobo de Espars le habría aprobado por médico físico, y Ricardo
Hellain por cirujano médico. Recorrió igualmente todos los grados de
licenciado, maestre y doctor en artes. Estudió las lenguas hebrea,
latina y griega, triple santuario muy poco frecuentado en aquella
época. Era en fin, aquello una pasión ardiente de adquirir y atesorar
en materia de ciencia. Á los diez y ocho años habían entrado en su
cabeza las cuatro facultades; parecíale que la vida no tenía más que un
objeto: saber.

Casi por este tiempo ocasionó el verano ardiente de 1466, aquella gran
pestilencia que arrebató más de cuarenta mil almas en el vizcondado de
París, víctima entre otras, según Juan de Troyes, «el maestre Arnoul,
astrólogo de su majestad, hombre muy de bien, cuerdo y decidor».
Difundióse en la universidad el rumor de que la enfermedad reinante
devastaba especialmente la calle de Tirechappe, en la cual vivían, como
lugar de su feudo, los padres de Claudio. Nuestro joven estudiante
acudió precipitadamente á la casa paterna; pero cuando llegó á ella
supo que sus padres habían fallecido la víspera; sólo halló á un
hermanito suyo todavía en mantillas, llorando y abandonado, único
resto de toda su familia; tomóle en brazos, y se fué pensativo. Hasta
entonces sólo vivía con los libros, ahora empezaba á vivir con los
hombres.

Esta catástrofe fué una verdadera crisis para Claudio. Huérfano,
hijo mayor, y por lo mismo padre de familia á los diez y nueve años,
sintióse despertar de las cavilaciones de la escuela á las realidades
de la vida. Entonces, movido de lástima, apasionóse, consagróse todo
entero á su pobre hermanito; cosa extraña y dulce este afecto humano
para el que hasta aquel momento sólo había amado los libros.

Desenvolvióse este afecto de un modo muy singular; en un alma tan nueva
como la suya fué como un primer amor. Separado desde la infancia de
sus padres, á quienes apenas había conocido, enclaustrado y en cierto
modo amurallado entre sus libros, ansioso ante todas cosas de estudiar
y aprender, exclusivamente atento hasta entonces á su inteligencia que
se dilataba con la ciencia, á su imaginación que se engrandecía con las
letras, nuestro pobre estudiante no había tenido aún tiempo para sentir
los latidos de su corazón. Este hermanito, sin padre ni madre; este
niñito, que caía repentinamente del cielo en sus brazos, le convirtió
en un hombre nuevo. Vió que en el mundo había otra cosa diferente de
las especulaciones de la Sorbona y de los versos de Homero; que el
hombre había menester de afectos; que la vida sin ternura ni amor era
un rodaje seco, chillón é insufrible. Sin embargo, hallándose en la
edad en que unas ilusiones desaparecen para que nazcan otras, creyó
que los afectos de parentesco y un hermanito bastaban para llenar una
existencia entera.

Dedicóse, pues, completamente al amor de su Juanito con la pasión de
un carácter ya profundo, ardiente, intenso. Aquella pobre criatura,
débil, graciosa, rubia, sonrosada, con su cabello rizado, aquel
huérfano, sin más apoyo que otro huérfano, le derretía el corazón, y
grave pensador cual era, púsose á pensar en la suerte de Juan con una
compasión infinita. Sus desvelos y cuidado para con él fueron como los
que hubiera tenido con un objeto muy frágil y muy recomendado. Fué para
el niño más que un hermano, fué una verdadera madre.

Cuando Juanito había perdido la suya estaba todavía mamando, y Claudio
le buscó una nodriza. Además del feudo de Tirechappe había heredado de
su padre el del molino perteneciente á la torre cuadrada de Gentilly:
este molino estaba situado sobre una colina, cerca del palacio de
Winchestre, hoy Bicetre, cuya molinera se hallaba criando á un niño; y
como no estaba lejos de la universidad, Claudio le llevó en sus brazos
su Juanito.

Desde entonces, sintiéndose con una carga que soportar, pensó con
la mayor seriedad en la vida. La idea de su hermanito empezó á ser
para él, no sólo el recreo sino el objeto de sus estudios. Resolvió
consagrarse enteramente á un porvenir de que era responsable delante de
Dios, y no tener jamás otra esposa, ni otro hijo que la felicidad y la
fortuna de su hermano. Aficionóse, pues, más que nunca á su vocación
clerical. Su mérito, su ciencia, su calidad de vasallo inmediato del
obispo de París, le abrían de par en par las puertas de la iglesia. Á
los veinte años, por dispensa especial de la Santa Sede, era sacerdote,
y servía, como el más joven de los capellanes de Nuestra Señora, el
altar, llamado á causa de la misa tardía que en él se celebra, _altare
pigrorum_.

En este destino, engolfado más que nunca en sus queridos libros, que
sólo abandonaba por una hora para ir al feudo del molino; esta mezcla
de saber y austeridad, tan rara en su edad, le había acarreado bien
pronto el respeto y la admiración del claustro. Su fama de sabio, había
pasado del claustro al pueblo, el cual, cosa muy frecuente entonces, la
había convertido en parte en la de hechicero.

En el momento, pues, que volvía el día de Cuasimodo, de decir la misa
de los perezosos en el altar de su nombre, situado al lado de la puerta
del coro que comunica con la nave, á la derecha, cerca de la imagen de
la virgen, fué cuando llamó su atención el grupo de viejas murmuradoras
que rodeaban la cuna de los niños expósitos.

Entonces fué cuando se acercó á la pobre criatura, tan aborrecida y
amenazada. Aquella miseria, aquella deformidad, aquel abandono, la idea
de su hermanito, el pensamiento que le asaltó de que si él llegara á
morir, su querido Juanito podría verse igualmente abandonado sobre la
cuna de los niños expósitos, todo esto se agolpó á su corazón á un
mismo tiempo, desarrollando en él una compasión tan grande que cargó
con el niño.

Cuando quitó á éste del saco, vió en efecto que era muy disforme.
El desventurado tenía una verruga sobre el ojo izquierdo, la cabeza
enterrada entre los hombros, arqueado el espinazo, muy levantada la
tabla del pecho, y las piernas torcidas; con todo prometía vivir;
y aunque era imposible adivinar qué lengua tartamudeaba, su vagido
anunciaba alguna fuerza y robustez. Esta misma fealdad aumentó la
compasión de Claudio, el cual hizo voto en su corazón de criar el
niño por amor de su hermano, á fin de que cualesquiera que fuesen en
lo sucesivo las faltas de su Juanito, tuviese anticipada en su favor
esta caridad hecha en su nombre. Venía á ser una especie de capital de
buenas obras impuesto á favor de su hermano, por si acaso algún día se
hallaba el rapazuelo escaso de semejante moneda, única que se recibe en
el peaje del paraíso.

Bautizó á su hijo adoptivo, y le llamó _Cuasimodo_, sea en memoria del
día del hallazgo, sea queriendo caracterizar con este nombre, hasta
qué punto la pobre criaturita estaba incompleta y apenas formada.
En efecto, Cuasimodo, tuerto, jorobado, patizambo, sólo era una
_quisicosa_.




                                  III
                 Immanis pecoris custos, immanior ipse


Cuasimodo, pues, había crecido en 1482. Hacía ya muchos años que era
campanero de Nuestra Señora, gracias á su padre adoptivo Claudio
Frollo, que había llegado á ser arcediano de Josas, gracias á su
señor Luis de Beaumont, creado obispo de París en 1472, por muerte de
Guillermo Chartier; gracias á su patrón Olivier el Gamo, barbero de su
majestad Luis XI, por la gracia de Dios.

Cuasimodo era, pues, repicador de Nuestra Señora.

Con el tiempo se había formado no sé qué lazo íntimo que unía el
campanero á la iglesia. Separado para siempre del mundo por la doble
fatalidad de su nacimiento desconocido y de su naturaleza disforme,
encarcelado desde la infancia en este doble círculo insuperable, el
pobre infeliz se había acostumbrado á no ver nada en este mundo fuera
de las religiosas paredes que le habían acogido en su seno. Nuestra
Señora había ido siendo para él, según crecía y se desenvolvía, el
huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.

Y es seguro que existía una especie de armonía misteriosa y
preexistente entre esta criatura y este edificio. Cuando todavía chico,
se arrastraba tortuosamente y á saltos por entre las sombras de sus
bóvedas, parecía con su cara humana y su armazón bestial, el reptil
natural de aquel suelo húmedo y lóbrego sobre el cual extendía tantas
formas singulares la sombra de los capiteles románicos.

Más tarde, la primera vez que se agarró maquinalmente á la cuerda de
las torres, se colgó de ella, y echó la campana á vuelo, hizo esto en
su padre adoptivo Claudio el efecto de un niño cuya lengua se desata y
empieza á hablar.

Así es como poco á poco, desarrollándose siempre en el sentido de la
catedral, viviendo y durmiendo en ella, no saliendo casi nunca de
su recinto, sufriendo á cada instante su presión misteriosa, llegó
á asemejarse á ella, á incrustarse en ella, si así puede decirse, á
ser una de sus partes integrantes. Sus ángulos salientes se embutían
(disimúlesenos la figura), en los ángulos entrantes del edificio, y
parecía no sólo habitante de éste, sino también su contenido natural.
Casi se podía decir que había tomado su forma, como el caracol toma la
de su concha. Era su morada, su agujero, su vaina. Había entre la vieja
iglesia y él una simpatía instintiva tan profunda, tantas afinidades
magnéticas, tantas afinidades materiales, que estaba pegado á ella en
cierto modo como la tortuga á su concha. La rugosa catedral era su
funda.

Inútil es advertir al lector que no tome al pie de la letra las figuras
que nos vemos obligados á emplear aquí para explicar esta unión
singular, simétrica, inmediata, casi consustancial de un hombre y un
edificio.

Es igualmente inútil decir hasta qué punto había llegado á ser
familiar á nuestro fenómeno la catedral entera, en tan continuada
é íntima coexistencia. Esta morada era su propiedad: no había en
ella profundidad que Cuasimodo no hubiese penetrado, ni altura
que no hubiese escalado. Muchas veces le sucedía encaramarse por
la fachada á una altura considerable, sirviéndose sólo de las
molduras de la escultura. Las torres, por cuya superficie exterior
le veían á menudo gatear ó agarrarse como un lagarto que sube por
una pared perpendicular, estas dos gigantes gemelas, tan altas, tan
amenazadoras, tan temibles, no tenían para él ni vértigo, ni terror, ni
desvanecimiento de cabeza. Al verlas suaves bajo su mano, tan fáciles
de escalar, se hubiese dicho que las había domesticado. Á fuerza de
saltar, de encaramarse, de suspenderse en medio de los abismos de
la gigantesca catedral, había llegado á ser en cierta manera mono y
gamuza, como el niño calabrés que nada antes de andar, y juguetea con
el mar aun en su edad más tierna.

Y no solamente su cuerpo sino hasta su espíritu parecía haber sido
vaciado en la turquesa de la catedral. ¿En qué estado se hallaba
aquella alma? ¿qué pliegue había cogido, qué forma había tomado bajo
aquella cerrada cubierta, en aquella vida salvaje? Difícil sería
esto de fijar. Cuasimodo había nacido tuerto, jorobado, cojo. El
mayor trabajo del mundo había costado al sabio Frollo el enseñarle á
hablar. Pero una fatalidad ciega perseguía constantemente al pobre
expósito. Una nueva enfermedad propia de su oficio de campanero que
había ejercido desde la edad de catorce años, vino á completar sus
imperfecciones: las campanas le habían roto el tímpano, y se había
quedado sordo. La única puerta que la naturaleza le dejara abierta de
par en par hacia el mundo, se le había cerrado repentinamente para
siempre.

Al cerrarse, interceptó el único rayo de placer y de luz que penetraba
aún en el alma de Cuasimodo; y esta alma quedó sumida en una eterna
noche. La melancolía del desgraciado se hizo incurable y completa como
su deformidad; añadiéndose á esta desgracia la de haberse quedado
mudo en cierto modo con la sordera; porque para no dar que reir, así
que se vió sordo, se determinó á guardar un silencio tan absoluto,
que no abría los labios á no estar solo. Ató voluntariamente aquella
lengua que tanto trabajo costara á Claudio Frollo el desatar; de lo
cual resultaba, que cuando la necesidad le obligaba á hablar, tenía
entumecida la lengua y tan torpe como los goznes mohosos de una puerta.

Si intentásemos ahora penetrar hasta el alma de Cuasimodo por entre
aquella corteza gruesa y dura; si pudiéramos sondar las profundidades
de aquella organización mal hecha; si nos fuese dado mirar con una
antorcha dentro de aquellos órganos sin transparencia, registrar
el interior tenebroso de aquella criatura opaca; alumbrar aquellos
rincones oscuros, aquellos callejones tortuosos sin salida, y bañar de
repente con un rayo luminoso aquella pobre reina intelectual aherrojada
en el fondo de aquel antro, hallaríamos sin duda á la infeliz en alguna
actitud mezquina, encogida y raquítica, como esos prisioneros de los
plomos de Venecia que envejecían doblados en una caja de piedra muy
baja y estrecha.

No se puede negar que el espíritu se confunde en un cuerpo imperfecto.
Cuasimodo apenas sentía moverse á ciegas dentro de sí una alma hecha
á su imagen. Las impresiones de los objetos padecían, antes de llegar
á aquélla, una refracción considerable. Su cerebro era un prisma
tan particular que las ideas que le atravesaban salían de él con
una dirección absolutamente torcida; y por necesidad la reflexión
procedente de tal refracción era divergente y extraviada.

De aquí mil ilusiones de óptica, mil errores en los juicios, mil
descarríos en los cuales divagaba su pensamiento, unas veces con
locura, otras con idiotez.

El primer efecto de aquella fatal organización era el extraviar las
miradas que echaba á todas las cosas, de modo que no recibía de ellas
ninguna percepción inmediata; pareciéndole el mundo exterior mucho más
apartado que á nosotros.

El segundo efecto de su mala suerte era el hacerle malo; y en efecto lo
era, porque era salvaje, y era salvaje porque era feo; de modo que en
su naturaleza había una lógica como en la nuestra.

Su fuerza, tan extraordinariamente desarrollada, era un motivo más de
malignidad; pues como dice Hobbes, _malus puer robustus_.

Bien que debe hacérsele la justicia de decir que la maldad no era
quizás innata en él. Así que empezó á rozarse con los hombres, advirtió
cuán superior les era en fuerzas; luego se vió escupido, ajado, befado,
tanto, que no llegaba voz humana á sus oídos que no le llevase una
zumba ó una maldición; así, no hallando más que ojeriza en torno suyo,
con ojeriza pagó; contagiósele la maldad general, é hirió por los
mismos filos con que le habían herido.

Acabó por no mirar á los hombres sino á pesar suyo, bastándole para
todo su catedral, poblada de figuras de mármol, reyes, santos, obispos,
quienes á lo menos no soltaban la carcajada al verle, y no le dirigían
sino miradas apacibles y benignas. Las otras estatuas de monstruos
y demonios no le tenían odio; se les parecía mucho para ello; y más
bien befaban á los demás hombres. Los santos eran sus amigos, y le
bendecían; los monstruos lo eran también, y le guardaban. Así es que
tenía con ellos tantos desahogos, pasando así á veces horas enteras
delante de alguna estatua en solitaria plática con ella. Si alguien
llegaba, se huía como un amante sorprendido en su serenata.

Y no sólo la catedral era toda su sociedad, sino su universo, la
naturaleza entera. No soñaba otros setos que sus vidrieras siempre
floridas, otras umbrías que la de los follajes de las piedras, cargadas
de pájaros en el matorral de capiteles sajones, otros montes que las
colosales torres de la iglesia, ni otro océano que París que bramaba á
sus pies.

Lo que amaba con preferencia en su maternal edificio, lo que despertaba
á su alma y desplegaba sus pobres alas tan miserablemente recogidas en
su caverna, lo que le hacía á veces feliz, eran las campanas. Amábalas,
las acariciaba, les hablaba, las comprendía. Desde el esquilón de la
aguja del crucero, hasta la campana grande de la portada, á todas les
profesaba un tierno afecto. El campanario del crucero, las dos torres,
eran para él tres espaciosas jaulas, cuyos pájaros criados por él, sólo
para él cantaban. Estas mismas campanas eran con todo la causa de su
sordera; pero las madres aman más al hijo que les ha hecho sufrir más.

Es verdad que la voz de las campanas era la única que el infeliz podía
oir, y por este título la campana mayor era su predilecta. Ella era la
preferida entre aquella familia de ruidosas doncellas que se zarandeaba
á su alrededor los días de fiesta. María se llamaba la campana grande,
la cual estaba sola en la torre meridional con su hermana Jacoba, de
menor talla encerrada en una jaula más pequeña al lado de la suya. La
Jacoba se llamaba así del nombre de la mujer de Juan de Montagú, que la
había donado á la iglesia, lo que no le había librado de ir á figurar
sin cabeza á Montfaucón.

En la segunda torre había otras seis campanas, y por último, las seis
más chicas habitaban el campanario sobre el crucero con la matraca, que
no se tocaba sino después de las doce del Jueves Santo hasta la mañana
de la víspera de Pascua.

Quince campanas, pues, tenía Cuasimodo en su serrallo; pero la gran
María era la sultana favorita.

Nadie se podría figurar su alborozo en los días de repique y vuelo
general. Así que el arcediano le había soltado diciéndole: sube;
encaramábase por el caracol del campanario más veloz de lo que otro
cualquiera hubiera bajado; entraba jadeando en la habitación aérea de
la campana grande; contemplábala un instante complacido y absorto;
luego le dirigía blandamente la palabra; halagábala con la mano, como
á un buen caballo que va á dar una larga carrera; compadecíala por la
fatiga que iba á tener; y hechas estas primeras caricias gritaba á sus
ayudantes apostados en el piso inferior de la torre, que empezasen.
Colgábanse éstos de las maromas, crujían las vigas, y la enorme caja
de metal se movía lentamente. Cuasimodo la seguía palpitando con los
ojos; y la primera badajada hacía estremecer el maderamen sobre que
se apoyaba la campana. Empezaba Cuasimodo á vibrar con ella. ¡Anda!,
decía con una insensata carcajada. Entretanto, el metal aceleraba su
movimiento, y según iba recorriendo un ángulo más abierto, el ojo de
Cuasimodo se abría también cada vez más fosfórico y rutilante. En
fin, empezaba el vuelo general; temblaba toda la torre; armazones,
plomos, piedras de sillería, todo bramaba á la par, desde las estacas
de los cimientos hasta los remates del chapitel. Cuasimodo entonces
ardía y espumajeaba; no hacía más que ir y venir y temblaba, como la
torre, de pies á cabeza. Desencadenada y furiosa la campana presentaba
alternativamente á entrambas paredes de la torre su metálico boquerón,
por do salía aquel soplo tempestuoso que se oye á cuatro leguas.
Plantábase Cuasimodo delante de aquella boca abierta; agachábase,
volvíase á levantar á las vueltas de la campana, aspiraba aquel soplo
trastornador, y miraba ora la plaza que hormigueaba doscientos pies
debajo de sus plantas, ora el enorme badajo de cobre que de segundo en
segundo venía á taladrarle los oídos. Aquélla era la única palabra que
oía, el único sonido que interrumpía para él el silencio universal; y
ensanchábase entonces su pecho como un pájaro al sol; mas de repente
apoderábase de él el frenesí del bronce; su mirar era extraordinario;
aguardaba la campana al paso como la araña á la mosca, y precipitábase
denodadamente sobre ella. Entonces, suspendido sobre el abismo, lanzado
en el balanceo formidable del instrumento, asía al monstruo de bronce
por las agallas, apretábale con ambas rodillas, espoleábale con ambos
talones, y aumentaba con todo el empuje y el peso de su cuerpo la furia
del vuelo. Y la torre vacilaba, gritaba él y rechinaba los dientes;
erizábansele sus cabellos rojos, sonaba su pecho como un fuelle de
fragua, echaba llamas por los ojos, la monstruosa campana relinchaba
jadeando debajo de él; y entonces ya no era el gran címbalo de Nuestra
Señora ni Cuasimodo: era un ensueño, un torbellino, una tempestad, el
vértigo á caballo sobre el ruido; un espíritu cabalgando sobre una
grupa voladora; un peregrino centauro medio hombre, medio campana; una
especie de Astolfo horrible ahorcajado sobre un prodigioso hipogrifo de
animado bronce.

La presencia de aquel ser extraordinario hacía circular por toda la
catedral no sé qué soplo de vida. Parecía escaparse de él, á lo menos
según decían las supersticiones cada día mayores de la multitud, una
emanación misteriosa que animaba todas las piedras de Nuestra Señora,
haciendo palpitar las profundas entrañas de la vieja iglesia. Bastaba
saber que estaba allí para que se creyese vivían y se movían los
millares de estatuas de las galerías y de las portadas. Y de hecho la
catedral parecía una criatura dócil y obediente á su mano; aguardaba
su voluntad para elevar su corpulenta voz; estaba poseída y llena
de Cuasimodo como de un genio familiar. Se podía decir que era el
espíritu que animaba el inmenso edificio. En efecto él se hallaba en
todas partes, se multiplicaba en todos los puntos del monumento. Tan
pronto se divisaba con espanto en lo más alto de una de las torres
un enano que se encaramaba, serpenteaba, andaba á gatas, bajaba por
lo exterior sobre el abismo, brincaba de prominencia en prominencia,
é iba á registrar el vientre de alguna gorgona esculpida, éste era
Cuasimodo buscando nidos de cuervos. Tan pronto se tropezaba en
un rincón oscuro de la iglesia con una forma de quimera viviente,
acurrucada y refunfuñona; y era Cuasimodo pensativo. Unas veces se
distinguía bajo un campanario una cabeza enorme y un lío de miembros
desordenados columpiándose con furia al extremo de una cuerda; y era
Cuasimodo tocando á vísperas ó á oraciones; otras, se veía por la noche
vagar una forma asquerosa sobre la ligera balaustrada labrada como
encaje que corona las torres y rodea el borde de la bóveda: también era
el jorobado de Nuestra Señora. Entonces, decían las vecinas que toda
la iglesia presentaba un aspecto fantástico, sobrenatural, horrible;
abríanse acá y acullá muchos ojos y bocas; oíase ladrar á los perros,
á las esfinges, á las tarascas de piedra que velan día y noche con el
cuello alargado y la boca abierta al rededor de la monstruosa catedral.
Y si era una noche de Navidad, mientras la campana grande que parecía
hipar, llamaba á los fieles á la misa resplandeciente del gallo, era
tal el aspecto de la sombría fachada, que se hubiese dicho que la gran
portada devoraba á la multitud y que el rosetón la estaba mirando. Y
todo esto provenía de Cuasimodo. El Egipto le hubiera creído el Dios de
aquel templo; la Edad Media le creía su demonio; y sólo era su alma.

Hasta tal grado es esto verdad, que para quienes saben que Quasimodo
existió, Nuestra Señora está hoy desierta, inanimada, muerta. Se ve que
ha desaparecido de ella alguna cosa. Aquel cuerpo inmenso está vacío,
es un esqueleto; le ha abandonado el espíritu; se ve aún su alcázar,
y he aquí todo. Es como un cráneo donde todavía hay cuencas para los
ojos; pero no miradas.




                                   IV
                           El perro y su amo


Existía, sin embargo, una criatura humana á quien Cuasimodo exceptuaba
de su malicia y del odio que tenía á los demás, á quien amaba tanto y
quizá más que á su catedral: ésta era Claudio Frollo. La razón era muy
sencilla.

Claudio Frollo le había recogido, le había adoptado, le había
mantenido, le había criado. Siendo pequeño corría á guarecerse entre
las piernas de Claudio Frollo cuando los perros y los chicos ladraban
tras él. Claudio Frollo le enseñó á hablar, á leer, á escribir. Claudio
Frollo, en fin, le había hecho campanero; y dar la campana grande en
matrimonio á Cuasimodo, era como dar Julieta á Romeo.

Así es que el agradecimiento de Cuasimodo era profundo, apasionado,
infinito, y aunque el semblante de su padre adoptivo estaba á menudo
nebuloso y severo, aunque su hablar era naturalmente breve, áspero,
imperioso, jamás se había desmentido un instante aquel reconocimiento.
Tenía el arcediano en Cuasimodo el esclavo más sumiso, el criado más
dócil, el dogo más vigilante. Cuando el pobre campanero se quedó sordo,
entablóse entre él y Claudio Frollo una lengua de signos, misteriosa y
de ellos sólos comprendida. De este modo el arcediano era el único ser
humano con quien Cuasimodo conservaba comunicación. Con dos cosas tan
sólo tenía relación en este mundo: Nuestra Señora y Claudio Frollo.

Nada hay comparable al imperio del arcediano sobre el campanero, á la
ley del campanero por el arcediano. Habría bastado la menor señal de
Claudio para que Cuasimodo se hubiese precipitado desde lo alto de las
torres de Nuestra Señora. Era una cosa asombrosa toda aquella fuerza
desarrollada de un modo tan extraordinario en Cuasimodo, y puesta
ciegamente á disposición de otro. Había sin duda en ello amor filial,
afecto doméstico; mas también había fascinación de un espíritu por
otro espíritu. Era una pobre, torpe y errada organización que estaba
con la cabeza baja y los ojos humildes delante de una inteligencia
encumbrada y profunda, potente y excelsa. Era en fin, más que todo,
puro agradecimiento llevado á tal extremo, que no hallaríamos término
de comparación: virtud que no presenta entre los hombres los mejores
ejemplares. Concluiremos, pues, diciendo que Cuasimodo amaba al
arcediano como jamás perro alguno, caballo ni elefante amó á su dueño.




                                   V
                     Continuación de Claudio Frollo


En 1482 tenía Cuasimodo alrededor de veinte años, Claudio Frollo unos
treinta y seis. El uno se había hecho joven, el otro había dejado de
serlo.

Claudio Frollo no era ya el escolar del colegio Torchi, el afectuoso
protector de un niño, el joven é imaginativo filósofo que sabía muchas
cosas, y que ignoraba otras muchas. Era un eclesiástico austero, grave,
taciturno; un cura de almas; un señor arcediano de Josas, el segundo
acólito del obispo, teniendo á cuestas los dos decanatos de Monthery
y de Chateaufort, y ciento setenta y cuatro feligresías rurales. Era
un personaje imponente y adusto, ante quien temblaban los infantes de
coro con alba y roquete, los cantores, los cofrades de San Agustín, los
clérigos maitinantes de Nuestra Señora, cuando atravesaba pausadamente
el coro, majestuoso, pensativo, los brazos cruzados, y tan inclinada la
cabeza sobre el pecho, que sólo se le veía su calva y espaciosa frente.

D. Claudio no había abandonado ni la ciencia ni la educación de su
hermanito, que eran las dos ocupaciones principales de su vida. Mas con
el tiempo, á tan dulces tareas se habían mezclado algunas amarguras.
Con el tiempo el mejor tocino se enrancia, dice Pablo Diácono. El joven
Juan Frollo, apellidado _del Molino_, á causa del lugar donde le habían
criado, no aprovechó según la dirección que Claudio había querido
darle. El hermano mayor contaba tener un discípulo piadoso, dócil,
amigo de saber y de buena conducta. Mas el buen hermanito, semejante á
los árboles que burlan los afanes del jardinero, y se ladean obstinados
hacia donde sopla el viento y calienta el sol, el hermanito, digo, no
crecía, ni multiplicaba, ni extendía pomposas y frondosas ramas sino
del lado de la desidia, la ignorancia y el desenfreno. Era un diablillo
muy desordenado, lo cual hacía poner el ceño á D. Claudio; pero muy
chusco y muy agudo, lo cual excitaba la sonrisa del hermano. Habíale
confiado Claudio al mismo colegio de Torchi donde él había pasado
sus primeros años, estudioso y recogido; y era para él un dolor que
aquel santuario, edificado antes con el nombre de Frollo, se viese
después escandalizado con él. Hacía á veces á Juan severos y largos
sermones, que este aguantaba impávido. Por lo demás el bribonzuelo
tenía buen corazón, como se acostumbra á ver en todas las comedias.
Pero acabado el sermón, volvía á sus rebeldías y enormidades. Aquí daba
á un _novato_ (así se llamaban los recién entrados en la universidad)
un chasco pesado por la bienvenida; tradición preciosa que se ha
conservado hasta nuestros días. Allí incitaba á una cuadrilla de
estudiantes, los cuales se precipitaban clásicamente en una taberna
_quasi clasico excitati_, y en pago zurraban al tabernero «con palos
ofensivos» y atolondradamente saqueaban la taberna hasta verter las
pipas de vino en la bodega. Y luego, había un hermoso informe en latín
que el decurión de Torchi llevaba de un modo lastimero á D. Claudio
con esta dolorosa nota: _Rixa; prima causa vinum optimum potatum_. En
fin, aseguraban, ¡qué horror en un chico de diez y seis años! que sus
licencias llegaban muchas veces hasta la calle de Glatigni.

Triste y desalentado Claudio con estas amarguras en sus afecciones
humanas, se había arrojado con mayor ardor en los brazos de la ciencia,
aquella hermana que á lo menos no se mofa de vos impudentemente, y os
paga siempre, bien que en moneda algunas veces de poco peso, los afanes
que os ha costado. Fué haciéndose, pues, cada vez más docto, y al mismo
tiempo por una consecuencia natural más y más rígido como eclesiástico,
más y más triste como hombre. Hay para cada uno de nosotros ciertos
paralelismos entre nuestra inteligencia, nuestras costumbres y nuestro
carácter, que se desenvuelven incesantemente, y no se rompen sino en
los grandes trastornos de la vida.

Como Claudio Frollo había recorrido desde su juventud casi el círculo
entero de los conocimientos humanos, positivos, exteriores y lícitos,
fuéle forzoso á no detenerse _ubi de fuit orbis_; fuéle forzoso, digo,
ir más lejos y buscar otros alimentos á la actividad insaciable de su
inteligencia. Ningún símbolo conviene mejor á la ciencia que el antiguo
de la serpiente mordiéndose la cola; y al parecer le había sucedido
lo propio á Claudio Frollo. Afirmaban muchas personas graves, que
después de haber agotado el _fas_ del humano saber, osó penetrar en
el _nefas_. Decían que había gustado sucesivamente todas las manzanas
del árbol de la inteligencia, y fuese hambre ó hastío, acabado por
hincar el diente en el fruto vedado. Habíase hallado sucesivamente,
como han visto nuestros lectores, en las conferencias teológicas de la
Sorbona, en los actos de los sumulistas de la imagen de San Hilario,
en las disputas de los decretalistas de la imagen de San Martín, en
las juntas de médicos de la pila de Nuestra Señora, _ad cupam Nostræ
Dominæ_. Todos los manjares lícitos y aprobados, que podían componer y
servir á una inteligencia aquellas grandes cocinas llamadas las cuatro
facultades, los había devorado, y halládose ahito antes de quedar
saciada su hambre. Entonces había profundizado más y entrádose debajo
de toda aquella ciencia infinita, material, limitada; quizás había
aventurado su alma sentándose en la caverna á la mesa misteriosa de los
alquimistas, los astrólogos, los herméticos, á cuyo frente se hallan en
la Edad Media Averroes, Guillermo de París y Nicolás Flamel, y la cual
se extiende por el Oriente, alumbrada por el candelero de siete luces,
hasta Salomón, Pitágoras y Zoroastro.

Á lo menos suponíanlo así, con razón ó sin ella.

Es cierto que el arcediano visitaba á menudo el cementerio de los
Santos Inocentes, donde estaban enterrados sus padres con las demás
víctimas de la peste de 1466; pero también lo es que parecía mucho
menos devoto ante la cruz de la sepultura que los guardaba, que ante
las figuras extrañas que abrumaban el sepulcro de Nicolás Flamel y de
Claudio Pernelle, construido allí inmediato.

Es cierto que le habían visto de costumbre seguir la calle de los
Lombardos, y entrar á hurtadillas en una casita que hacía esquina á
la calle de los Escritores y á la de Marivaulx, que era puntualmente
la casa que había construido Nicolás Flamel, donde murió por los
años 1457, la cual abandonada desde entonces se iba desmoronando por
todas parles; ¡tanto habían gastado las paredes los herméticos y los
sopladores de todos los países, sólo con grabar en ellas sus nombres!
Hasta afirmaban algunas vecinas haber visto una vez por una tronera
al arcediano Claudio ahondando, removiendo y cavando la tierra en
aquellas dos cuevas, cuyos paredones habían sido pintorreados de versos
y jeroglíficos innumerables por el mismo Nicolás Flamel. Suponíase que
este había enterrado en aquellos sótanos la piedra filosofal; y los
alquimistas, durante dos siglos, contados desde Magistri hasta el padre
Pacífico, no han cesado de atormentar el suelo hasta que la casa, tan
cruelmente registrada y removida, se ha reducido á polvo debajo de sus
pies.

Es cierto también que había enamorado extrañamente al arcediano la
simbólica portada de Nuestra Señora, aquella página de magia, escrita
en piedra por el obispo Guillermo de París, quien sin duda se ha
condenado por haber plantado tan infernal frontispicio al poema
santo que canta eternamente el resto del edificio. También pasaba el
arcediano Claudio por haber profundizado el coloso de San Cristóbal, y
aquella larga estatua enigmática que se levantaba entonces á la entrada
del atrio, y que el pueblo llamaba con escarnio _el señor Legris_.
Mas lo que todos habían podido notar, eran las horas sin término que
pasaba sentado en el pretil del atrio, contemplando las esculturas de
la portada, examinando ora las vírgenes prudentes con sus lámparas
derechas, ora las vírgenes fatuas con las suyas boca abajo; otras
veces calculando el ángulo de la mirada del cuervo que está en la
portada izquierda, mirando en la iglesia un punto misterioso donde se
halla ciertamente escondida la piedra filosofal, caso de no estarlo
en la cueva de Nicolás Flamel. Digamos de paso, que era un destino
singular el de la iglesia de Nuestra Señora en aquel entonces, el de
ser así amada en diferentes grados y tan devotamente por dos seres
tan diferentes como Claudio y Cuasimodo. Amada por el uno, especie de
semi-hombre instintivo y salvaje, á causa de su belleza, su estatura y
las armonías que brillan en su magnífico conjunto; amada por el otro,
imaginación fecunda y apasionada, en razón de su significación, de
su mitología, del sentido que encierra, del símbolo oculto bajo las
esculturas de su fachada, como el primer texto bajo el segundo en una
tableta barnizada y borrable, y por decirlo de una vez, en razón del
enigma que eternamente está proponiendo á la inteligencia.

Es cierto por último, que el arcediano se había aderezado en la torre
que mira á la Greva, junto á la jaula de las campanas, una celdita
muy secreta, donde nadie entraba sin licencia expresa suya, aunque
fuese el obispo, según decían. Esta misma celda había sido preparada
en otra época casi en la misma cima de la torre por el obispo Hugo de
Besanzón[4], que en su tiempo había hecho brujerías en ella. Nadie
sabía lo que la celda encerraba; pero habían visto muchas veces por
la noche, desde los arrabales del terreno, á una pequeña lumbrera que
daba detrás de la torre, aparecer y desaparecer sucesivamente y por
intervalos regulares y cortos una claridad arrebolada, intermitente,
rara, producida al parecer por el soplo de un fuelle, efecto más bien
de una llama que de una luz; la que vista de lejos en medio de las
tinieblas producía un efecto singular; y las pobres mujeres decían:
¡Mira! ¡mira al arcediano que está soplando! ¡allí arriba chispea el
infierno!

No había, sin embargo, en todo esto grandes pruebas de hechicería, pero
bastaba aquel ruido para suponerle una causa seria; y el arcediano
tenía un renombre harto formidable. Nosotros debemos decir con todo,
que las ciencias de Egipto, la nigromancia, la magia aún la más
blanca é inocente, no tenían enemigo más encarnizado, denunciador más
despiadado ante los inquisidores de Nuestra Señora. Que fuese horror
sincero ó trampantojos del ladrón que grita: ¡robo!, esto no impedía
que el arcediano fuese considerado por las cabezas sabiondas del
cabildo, como una alma aventurada en el zaguán del infierno, perdida
en los antros cabalísticos, y que andaba á tientas en medio de las
tinieblas de las ciencias ocultas. Tampoco el pueblo se descuidaba:
para cualquiera que era algo sagaz, Cuasimodo pasaba por el demonio, y
Claudio Frollo por brujo. Creíase como evidente que el campanero debía
servir al arcediano durante tanto tiempo, pasado el cual se llevaría su
alma en pago. Así, á pesar de la austeridad de su vida, el arcediano no
tenía olor de santidad entre las buenas almas; sin que hubiese nariz de
devota tan inexperta que no percibiese su tufo mágico.

Y, si con los años se habían formado abismos en su conciencia, también
se habían formado en su corazón. Á lo menos los columbraba quien
examinaba aquella figura por la que no se trasparentaba su alma sino
por los celajes de una nube opaca. ¿De dónde le provenía aquella
espaciosa frente calva, aquella cabeza siempre inclinada, aquel pecho
agitado siempre por los suspiros? ¿Qué secreta idea hacía sonreir su
boca con tanta amargura en el mismo momento en que ceñudamente se
juntaban sus dos cejas como dos toros que van á embestirse? ¿Por qué
eran ya canos los pocos cabellos que le quedaban? ¿Qué fuego interior
era aquél que brillaba á veces en sus miradas hasta el grado de
semejarse su ojo á un agujero en el tabique de su hornillo?

Estos síntomas de violenta preocupación moral habían adquirido sobre
todo un grado muy alto de intensidad á la época de esta historia. Más
de una vez había huido un infante de coro, por haberse hallado sólo con
él en la iglesia, tan extraño y luminoso era su mirar. Más de una vez
en el coro, á la hora de los oficios, le oyó su colateral en la silla
mezclar al canto llano _ad omnem tonum_ paréntesis ininteligibles. Más
de una vez la lavandera del terreno, encargada del lavado del cabildo,
observó no sin susto, uñadas y dedadas de crispación en la sobrepelliz
del señor arcediano de Josas.

Además, su severidad iba en tal aumento que nunca había sido más
ejemplar. Por estado como por carácter, siempre había huido de las
mujeres; ahora parecía aborrecerlas más que nunca. El crujido sólo
de una basquiña de seda derribaba su capilla hasta los ojos. Era en
este punto tan celoso de la austeridad y de la reserva, que, cuando la
hija del rey, la princesa de Beaujeu, fué en el mes de diciembre de
1481 á visitar el claustro de Nuestra Señora, se opuso gravemente á su
entrada, recordando al obispo el estatuto del Libro Negro, datado de
la vigilia de San Bartolomé de 1334, que prohíbe entrar en el claustro
á toda mujer «cualquiera que fuere, vieja ó joven, señora ó criada».
Á que el obispo tuvo que oponerle la ordenanza del legado Odo, que
exceptúa á algunas señoras muy principales, _aliquæ magnates mulieres,
quæ sine scandalo evitari non possunt_. Y aun protestó el arcediano
objetando que la ordenanza del legado, que se remontaba á 1207, era
ciento veinte y siete años anterior al Libro Negro, y por consiguiente
abrogada de hecho por él. Así es que se negó á comparecer delante de la
princesa.

Notábase además que su horror á las egipcias y á los gitanos se había
aumentado después de algún tiempo. Había solicitado del obispo un
edicto por el cual se prohibió expresamente á las gitanas bailar y
panderetear en la plaza del atrio; y hacía mucho tiempo que estaba
compulsando los mohosos archivos del Santo Oficio, á fin de reunir
los casos de brujos y brujas condenados al fuego ó á la horca por
complicidad de maleficios con chivos, marranas ó cabras.


                                 NOTAS:

[4] Hugo II de Bizancio. 1326, 1332.




                                   VI
                             Impopularidad


El arcediano y el campanero eran, como hemos dicho, poco queridos
de los magnates y de la gentecilla de los barrios de la catedral.
Cuando ambos salían juntos, lo cual sucedía muy á menudo, y los veían
en compañía, el paje detrás del amo, atravesar las calles frescas,
estrechas y lóbregas de la manzana de Nuestra Señora, zumbábanles á los
oídos más de un dicharacho, más de un gorjeo irónico, más de una pulla,
á no ser que Claudio Frollo llevase, lo que sucedía rara vez, la cabeza
levantada, mostrando su severa y casi augusta frente á los zumbones,
los cuales se quedaban cortados.

Uno y otro eran en su barrio como los poetas de que habla Plegnier:

      _Tras los poetas va turba infinita,_
      _Cual tras el búho la curruca grita._

Unas veces era un taimadillo rapazuelo que arriesgaba el pellejo y
los huesos por el gusto inefable de clavar un alfiler en la joroba
de Cuasimodo; otras una buena moza, garifa y más donosa de lo que
conviene, se frotaba contra la sotana del cura, entonando en sus barbas
la canción sardónica: _Mamola, mamola, el diablo cayó en la trampa_. De
vez en cuando un corro asqueroso de viejas, sentadas en cuclillas de
trecho en trecho á la sombra de un porche, refunfuñaba no muy quedo al
pasar el arcediano y el repicador, echándoles entre mil reniegos esta
satisfactoria bienvenida: «¡Hum! ¡ahí va uno que tiene el alma como el
otro el cuerpo!». O bien una banda de estudiantes y de apedreadores
que estaba jugando á tres en raya, se levantaba en masa saludándolos
clásicamente con alguna vaya latina: _¡Eia! ¡eia! Claudius cum claudo_.
Pero la befa espiraba casi siempre sin que el cura ni el campanero la
oyesen; para oir tales lindezas Cuasimodo era muy sordo, y Claudio muy
distraído.




                              LIBRO QUINTO




                                   I
                          Abbas beati Martini


Había resonado muy lejos la nombradía de don Claudio, la cual le había
valido, hacia la época en que se negó á ver á la señora de Beaujeu, una
visita que no olvidó en mucho tiempo.

Era cosa de anochecer, hora en que acababa de retirarse del coro á
su celda canonical del claustro de Nuestra Señora. La tal celda,
fuera quizás de algunas redomas arrinconadas y llenas de unos polvos
harto equívocos, muy parecidos á los de proyección, nada extraño ni
misterioso presentaba. Bien había acá y acullá en las paredes algunas
inscripciones; pero eran meras sentencias científicas ó piadosas
sacadas de buenos autores. Acababa de sentarse el arcediano á la luz
de una lámpara de bronce con tres mecheros, delante de un enorme cofre
cargado de manuscritos. Tenía un codo apoyado sobre el libro abierto de
Honorio de Autún, _De Prædestinatione et Libero Arbitrio_, y ojeaba muy
reflexivo un tomo en folio impreso que acababa de coger, único producto
de la imprenta que hubiese en su celda. En medio de su meditación,
llaman á la puerta.

--¿Quién está ahí?, gritó el sabio con el tono gracioso de un alano
hambriento á quien quieren arrebatar un hueso.

Una voz respondió desde afuera:

--Vuestro amigo Jacobo Coictier.

Y levantóse á abrirle.

Era, en efecto, el médico de su majestad, persona de unos cincuenta
años, cuyo adusto semblante no dulcificaba sino un mirar ladino. Iba
acompañado de otro sujeto. Ambos tenían grandes casacones de color
aplomado, forrados de bombasí, cerrados y con cinturones, con el bonete
de la misma tela y color. Las mangas les llegaban hasta las uñas, las
batas hasta los pies, y los bonetes hasta los ojos.

--¡Dios me ayude!, dijo el arcediano al introducirlos, muy lejos estaba
yo, señores, de esperar tan honorífica visita á semejante hora. Y
mientras hablaba con tanta cortesía, sus miradas inquietas y curiosas
se dirigían alternativamente del médico á su compañero.

--Nunca es intempestiva la hora para visitar á un sabio de tanto mérito
como D. Claudio Frollo de Tirechappe, respondió el doctor Coictier,
cuyo acento del franco-condado arrastraba todas sus frases con la misma
majestad que un vestido talar con cola.

Entonces comenzó entre el médico y el arcediano uno de los prólogos
congratulatorios que precedían en aquella época, según costumbre, á
toda conversación entre sabios, lo cual no les impedía el aborrecerse
con la mayor cordialidad. Es verdad que lo mismo sucede hoy, la boca
de un sabio que hace agasajos á otro sabio será siempre un vaso meloso
lleno de hiel.

Las enhorabuenas de Claudio Frollo á Jacobo Coictier rodaban sobre
las innumerables ventajas temporales que el sabio médico había sabido
sacar, en el curso de su carrera tan envidiada, de cada enfermedad
del rey, operación de mejor y más segura alquimia que el empeño de la
piedra filosofal.

--En verdad, señor doctor Coictier, mi gozo ha sido grande al saber
la promoción al obispado de vuestro sobrino mi reverendo señor Pedro
Verse. ¿No es obispo de Amiens?

--Sí, señor arcediano, por la gracia y misericordia de Dios.

--¡Sabéis que parecíais gran señorón el día de Navidad, al frente de
vuestros compañeros del tribunal de Cuentas, señor presidente!

--Vicepresidente, D. Claudio, y nada más. ¡Ah!

--¿Cómo está vuestra soberbia casa de la calle de San Andrés de los
Arcos? Es un palacio.

--¡Ah! maestre Claudio, mucho me va costando la tal obra; según ella
adelanta yo me atraso.

--¡Cómo! ¿no tenéis los derechos de la prisón y de la bailía del
Palacio, y la renta de todas las casas, cuartos, tribunas y casetas del
mercado? Ésa es vaca que da mucha leche.

--Mi castellanía de Poissy nada me ha producido este año.

--Pero los peajes de Triel, de San Jaime, de San Germán de Laya, son
siempre productivos.

--Ciento veinte pesetas, y no de á cinco.

--También tenéis vuestro oficio de consejero de su majestad. Eso no
tiene pérdida.

--Sí, cofrade Claudio; pero ese maldito de señorío de Poligny, que
tanto ruido mete, no me vale sesenta doblones de oro, año bueno con
malo.

Había en los cumplidos que decía D. Claudio á Jacobo Coictier aquel
retintín sardónico, acre, y solapadamente escarnecedor, aquella sonrisa
triste y cruel de un hombre superior y desgraciado que se zumba un
momento por distracción con la desmesurada ventura de un hombre vulgar;
pero el otro no lo echaba de ver.

--Os juro, dijo en fin Claudio apretándole la mano, que me alegro de
veros tan bueno.

--Lo agradezco, maestre Claudio.

--Vamos, ahora que me recuerdo, ¿cómo va vuestro real enfermo?

--No paga bastante á su médico, respondió el doctor, mirando al soslayo
á su compañero.

--¿Con qué poco, compadre Coictier?, dijo el compañero.

Estas palabras pronunciadas con tono de sorpresa y reproche, volvieron
á llamar hacia el personaje desconocido la atención del arcediano,
la cual, á decir verdad, no se había ni siquiera un momento apartado
completamente de él, desde que había pasado el umbral de la celda. Y
habían sido menester las muchísimas razones que tenía para andar pasito
con el doctor Jacobo Coictier, médico todopoderoso del rey Luis XI,
para que le recibiese con tal compañía. Así es que su aspecto no fué
nada cordial cuando Jacobo Coictier le dijo:

--Á propósito, D. Claudio, os traigo un cofrade que ha querido veros
atraído por vuestro renombre.

--¿El señor es de la ciencia?, preguntó el arcediano clavando su vista
penetrante en el compañero de Coictier. No encontró bajo las cejas del
desconocido un mirar menos vivo y menos receloso que el suyo. Era el
tal, en cuanto permitía distinguir la débil claridad de la lámpara, un
viejo de cerca de sesenta años, de estatura mediana y que parecía harto
enfermo y cascado. Su perfil, aunque ordinario, tenía algo de enérgico
y severo; las pupilas de sus ojos centelleaban debajo de los arcos de
sus pobladas cejas, como una luz en el fondo de una cueva: y bajo el
gorro encasquetado se creía sentir el movimiento de los vastos planes
de un ingenio.

Él mismo tomó á su cargo el contestar á la pregunta del arcediano.

--Reverendo maestre, dijo con tono grave, ha llegado hasta mí vuestro
renombre, y he querido consultaros. No soy sino un hidalgo de provincia
que se quita los zapatos antes de entrar en casa de los sabios. Es
menester que sepáis mi nombre: me llaman el compadre Turonense.

Extraño nombre para un hidalgo, dijo entre sí el arcediano; sin
embargo, sentía delante de sí una cosa fuerte y grave. El instinto de
su grande entendimiento le hacía adivinar otro no menos grande debajo
del gorro forrado del compadre Turonense, y al considerar aquel rostro
grave, la risa sardónica que había producido sobre su cara lúgubre
la presencia de Jacobo Coictier, se fué disipando poco á poco, como
el crepúsculo vespertino á la llegada de la noche. Había vuelto á
sentarse silencioso y meditabundo en su gran sillón: su codo ocupaba
el puesto acostumbrado encima de la mesa, y su frente estaba apoyada
en la mano. Después de algunos momentos de hesitación, hizo seña á los
dos visitadores para que se sentasen, y dirigió la palabra al compadre
Turonense.

--¿Sobre qué ciencia venís á consultarme, maestre?

--Reverendo, contestó el Turonense, yo estoy malo, muy malo. Dicen que
sois gran esculapio, y he venido á pediros un consejo de medicina.

--¡Medicina!, dijo el arcediano meneando la cabeza. Pareció recapacitar
un poco, y prosiguió:

--Compadre Turonense, pues así os llamáis, volved la cabeza, y
hallaréis mi respuesta escrita en la pared.

Obedeció el compadre, y leyó encima de su cabeza esta inscripción
grabada en la pared: _La medicina es hija de los sueños_. JAMBLICO.

Había oído el doctor Coictier la pregunta de su compañero con un
despecho que la respuesta de don Claudio aumentó. Acercóse al oído del
primero, y le dijo bastante bajo para no ser oído del arcediano:

--¡Ya os había prevenido que era un loco!, ¡vos lo habéis querido!

¡Es que podría suceder que este loco tuviese razón, doctor Jacobo!,
contestó el compadre en el mismo tono, y con una amarga sonrisa.

--Pensad lo que queráis, replicó Coictier con sequedad, y dirigiéndose
enseguida al arcediano.

--Pronto decidís, Claudio, y con tanto respeto tratáis á Hipócrates,
como un mono á una avellana. ¡Un sueño la medicina! Dudo que los
farmacópolas y los droguistas si os oyesen se contuviesen en
apedrearos. ¡Conque negáis la influencia de los filtros sobre la
sangre, de los ungüentos sobre la carne! ¡Negáis esa eterna farmacia de
flores y metales llamada mundo, y hecha de propósito para ese enfermo
eterno llamado hombre!

--No niego, contestó fríamente D. Claudio; ni la farmacia ni el
enfermo: niego el médico.

--¿Conque no es verdad, replicó Coictier, acalorado, que la gota es un
empeine interior, que una herida de artillería se cura aplicándole un
ratón asado, que la juventud vuelve á ancianas venas infundiendo en
ellas artísticamente una sangre nueva; ¿no es verdad que dos y dos son
cuatro?

El arcediano contestó sin alterarse:

--Hay ciertas cosas de que yo pienso á mi modo.

Coictier se puso encendido de cólera.

--Quedo, quedo, buen Coictier, no nos enfademos, dijo el Turonense. El
señor arcediano es nuestro amigo.

Sosegóse Coictier, refunfuñando entre dientes:

--¡Al fin y al cabo es un loco!

--Voto á sanes, maestre Claudio, dijo el compadre después de un rato de
silencio, que me ponéis en calzas prietas, porque tenía dos consultas
que haceros; la una tocante á mi salud, la otra concerniente á mi
estrella.

--Caballero, si tal es vuestro pensamiento, contestó el arcediano,
hubierais hecho mejor en no cansaros subiendo mis escaleras. Yo no creo
en la medicina ni en la astrología. ¡Como he de imaginar yo, prosiguió
D. Claudio, que cada rayo de una estrella sea un hilo que pare en la
cabeza de un hombre!

--¿En qué creéis pues?, exclamó el Turonense.

Quedó indeciso por un momento el arcediano, luego dejó asomar una
mustia sonrisa que parecía desmentir su respuesta:

--_Credo in Deum._

--_Dominum nostrum_, añadió el compadre santiguándose.

--_Amén_, concluyó Coictier.

--¡De veras!, dijo el compadre sorprendido.

Reíase Coictier con una risa forzada.

--Ya veis que es un loco, dijo en voz baja á su compañero; ¡no cree en
la astrología!

--Reverendísimo maestre, dijo el compadre, me alegro en el alma de
veros tan buen religioso; pero en medio de ser un gran sabio ¿lo sois
tanto que no creáis la ciencia?

--No, contestó el arcediano asiendo del brazo al compadre, y un rayo
de entusiasmo volvió á encenderse en sus apagadas niñas; no, no niego
la ciencia. No he andado yo tanto tiempo á gatas, por el medio de las
innumerables encrucijadas de la cueva, sin percibir de mí, al cabo de
la oscura galería, una luz, una llama, un algo, el reflejo sin duda
del relumbrante laboratorio central, donde han sorprendido á Dios los
pacientes y los doctos.

--En resumidas cuentas, interrumpió el Turonense, ¿qué cosa tenéis vos
por verdadera y cierta?

--La alquimia.

Coictier exclamó:

--¡Válgame Dios, D. Claudio! la alquimia tiene sus razones; ¿mas por
qué blasfemar de la medicina y de la astrología?

--¡Vuestra ciencia humana es nada! ¡nada vuestra ciencia celeste!, dijo
el arcediano orgullosamente.

Eso es tratar de una manera soberbia á Epidauro y á la Caldea, contestó
el médico fisgando.

--Escuchad, maestre Jacobo. Esto lo digo con sinceridad. Yo no soy
médico del rey, ni su majestad me ha dado el huerto Dédalo para
observar desde allí las constelaciones. No os enfadéis y oidme. ¿Qué
verdad habéis sacado, no digo de la medicina, que es cosa demasiado
loca, mas de la astrología? Decidme las virtudes del bustrofetón
vertical, los hallazgos del número ziruf y el del número zefirod.

--¿Negaréis, dijo Coictier, la fuerza simpática de la llave de Salomón,
y que la cabalística procede de ella?

--¡Error señor Jacobo! No, ninguna de vuestras fórmulas conduce á la
realidad; mientras que la alquimia tiene sus descubrimientos. ¿Pondréis
en duda unos resultados como éstos? El hielo escondido debajo de la
tierra durante mil años se transforma en cristal de roca. El plomo es
el padre de todos los metales. Pues el oro no es metal, el oro es la
luz. El plomo necesita sólo de cuatro períodos de doscientos años cada
uno, para pasar sucesivamente del estado de plomo al de arsénico rojo,
del de arsénico rojo al de estaño, del de estaño al de plata. ¿Son
estos hechos? Pero creer en la clavícula, en la línea plena y en las
estrellas, eso es tan ridículo como creer con los habitantes del Gran
Catay, que la oropéndola se convierte en topo, y los granos de trigo en
carpas ú otro pescado semejante.

--Yo he estudiado la hermética, exclamó Coictier, y afirmo...

No le dejó acabar el fogoso arcediano.--Y yo he estudiado la medicina,
la astrología y la hermética. ¡Aquí solamente está la verdad! (Al decir
esto había cogido de encima del baúl una redoma llena de los polvos,
que hemos indicado anteriormente.) ¡Sólo aquí está la luz! Hipócrates
es un sueño, Urania es un sueño, Hermes es un pensamiento. El oro es el
sol; hacer oro, es ser Dios. Ésta es la ciencia única. ¡Yo he sondeado
la medicina y la astrología, os digo! nada, nada. El cuerpo humano.
¡Tinieblas! ¡tinieblas los astros!

Y volvió á dejarse caer en su sillón en una actitud sublime é
inspirada. Observábale en silencio el compadre Turonense. Coictier se
esforzaba por fisgarle, encogíase de hombros imperceptiblemente, y
repetía en voz baja: ¡Un loco!

--¿Y el admirable objeto, lo habéis conseguido?, dijo de repente el
Turonense.

--Si lo hubiera hecho, contestó el arcediano articulando despacio sus
palabras, como un hombre que reflexiona, el rey de Francia se llamaría
Claudio y no Luis.

El compadre frunció las cejas.

--¿Qué estoy diciendo?, prosiguió D. Claudio con una sonrisa desdeñosa.
¡Que sería para mí el trono de Francia, cuando yo podría rehacer el
imperio de Oriente!

--¡Enhorabuena!

--¡Oh pobre loco!, murmuró Coictier.

El arcediano prosiguió, respondiendo al parecer únicamente á sus
pensamientos.

--Mas no, todavía voy á gatas; me desuello el rostro y las rodillas en
los guijarros de la vía subterránea. ¡Vislumbro, no contemplo! ¡no leo;
deletreo!

--Y cuando sepáis leer, preguntó el compadre, ¿haréis oro?

--¿Quién lo duda?, dijo el arcediano.

--En este caso, Nuestra Señora sabe que bien he menester dineros, y
de buena gana quisiera aprender á leer en vuestros libros. Decidme,
reverendo maestre, ¿no es vuestra ciencia contraria ó desagradable á
Nuestra Señora?

Á esta pregunta Don Claudio se contentó con responder con tranquila
altanería:

--¿De quién soy yo arcediano?

--Es verdad, maestre mío. Pues bien, ¿querríais iniciarme? hacedme
deletrear con vos.

Tomó Claudio la actitud majestuosa y pontifical de un Samuel.

--Anciano para emprender este viaje por en medio de tantos misterios,
son menester más largos años que los que os quedan de vida. ¡Está
muy cana vuestra cabeza! Nadie sale de la cueva sino con canas, pero
ninguno entra en ella sino con cabellos negros. Bien sabe la ciencia
por sí sola ajar, marchitar y desecar el rostro humano; no ha menester
que la vejez se lo lleve cubierto todo de arrugas. Sin embargo, si
deseáis haceros discípulo á vuestra edad, y descifrar el alfabeto
formidable de los sabios, muy bien, venid á mí, probaré; no os diré, á
vos pobre anciano, que vayáis á visitar las habitaciones sepulcrales,
las pirámides de que habla el antiguo Heródoto, ni la torre de ladrillo
de Babilonia, ni el inmenso santuario de mármol blanco del templo
indiano de Eklinga. No he visto yo más que vos las obras caldeas,
construidas según la forma sagrada del Sikra, ni el templo de Salomón
que está destruido, ni las puertas de piedra del sepulcro de los
reyes de Israel, que están hechas pedazos. Nos contentaremos con los
fragmentos del libro de Hermes que tenemos aquí, os explicaré la
estatua de San Cristóbal, el símbolo del sembrador, y el de los dos
ángeles que están en la portada de la Santa Capilla, uno de los cuales
tiene una mano dentro de un vaso, y el otro una de las suyas en una
nube.

En este momento, Jacobo Coictier, á quien habían hecho perder los
estribos las réplicas fogosas del arcediano, se volvió á poner en la
silla y le interrumpió con el tono triunfante de un sabio que corrige
á otro:--_Erras, amice Claudi_. El símbolo no es el número. Tomáis á
Orfeo por Hermes.

--Quien yerra sois vos, replicó el arcediano con gravedad. Dédalo es
el cimiento, Orfeo la pared, Hermes el edificio, el todo. Vendréis
cuando gustaréis, prosiguió volviéndose al Turonense, os mostraré
las partículas de oro que quedaron en el fondo del crisol de Nicolás
Flamel, y las compararéis con el oro de Guillelmo de París. Os enseñaré
las virtudes secretas de la palabra griega _Peristera_. Pero antes de
todo, os haré leer una tras otra las letras de mármol del alfabeto
y las páginas de granito del libro. Iremos de la portada del obispo
Guillelmo y de San Juan el redondo á la Santa Capilla, después á la
casa de Nicolás Flamel, calle de Marivaulx, á su sepulcro, que está en
los Santos Inocentes, y á sus dos hospitales, calle de Montmorency. Os
haré leer los jeroglíficos de que están cubiertos los cuatro grandes
postes de hierro de la portada del hospital de San Gervasio y de la
calle de la Herrería. También deletrearemos juntos las fachadas de San
Cosme, de Santa Genoveva de Los Ardientes, de San Martín, de San Jacobo
de la Carnicería.

Había ya mucho tiempo que el Turonense, á pesar de la inteligencia
de su mirar, parecía no comprender á Don Claudio; y de repente le
interrumpió diciendo:--¡Voto á sanes! ¿qué libros son los vuestros?

--Aquí tenéis uno, dijo el arcediano: y abriendo la ventana de la
celda, señaló con el dedo la inmensa iglesia de Nuestra Señora, que
ostentando en medio un cielo estrellado el negro perfil de sus dos
torres, de sus lados de piedra, y de su cumbre monstruosa, parecía un
esfinge enorme con dos cabezas sentado en medio de la ciudad.

Consideró el arcediano durante algunos momentos en silencio el
gigantesco edificio, después extendiendo, con un suspiro, su mano
derecha hacia el libro impreso que estaba abierto sobre su mesa, y la
izquierda hacia Nuestra Señora, paseando una triste mirada del libro á
la iglesia: ¡Ah!, dijo, esto matará á aquello.

Coictier que se había acercado al libro con diligencia, no pudo dejar
de exclamar:

--¿Pero qué cosa tan formidable hay en esto: GLOSSAS IN EPISTOLA D.
PAULI. _Norinbergæe Antonius Koburger_, 1474? Esto no es nuevo. Es un
libro de Pedro Lombardo, el maestre de las sentencias. ¿Es porque está
impreso?

--Vos lo habéis dicho, respondió Claudio, que parecía absorto en una
profunda meditación, y se mantenía en pie, apoyando su índice doblado
sobre el volumen en folio salido de las prensas famosas de Nürenberg.
Después añadió estas palabras misteriosas: ¡Ah! ¡ah! las pequeñas cosas
acaban con las grandes; un diente triunfa de una masa. ¡El ratón del
Nilo mata al cocodrilo; el espadarte mata á la ballena; el libro matará
al edificio.

La campana del silencio sonó en el momento en que el doctor Coictier
repetía á su compañero en voz baja su eterno estribillo: Está loco.
Á lo que esta vez respondió el compañero: Creo que sí. Era la hora
en que ningún extraño podía permanecer dentro del claustro. Los dos
visitadores se retiraron.

--Maestre, dijo el compadre Turonense despidiéndose del arcediano,
quiero á los sabios y á los grandes ingenios, y os aprecio mucho. Venid
mañana al palacio de las torrecillas, y preguntad por el abad de San
Martín de Tours.

El arcediano volvió atónito á su celda, comprendiendo en fin qué
personaje era el compadre Turonense, y recordando aquel pasaje del
cartulario de San Martín de Tours: _Abbas beati Martini_, SCILICET REX
FRANCÆ, _est canonicus de consuetudine, et habet parvam prævendam quam
habet sanctus Venantius, ed debed sedere in sede thesaurarii_.[5]

Asegurábase que desde aquella época el arcediano tenía frecuentes
conferencias con Luis XI cuando su majestad venía á París, y que hacía
sombra el crédito de don Claudio á Olivier el Gamo y á Jacobo Coictier,
el cual á su modo trataba por ello á su majestad con mucha aspereza.


                                 NOTAS:

[5] El abad de San Martín de Tours, á saber, el rey de Francia,
es habitualmente canónigo, y tiene una pequeña prebenda, como San
Venancio; además debe sentarse en la silla del tesorero.




                              LIBRO SEXTO




                                   I
             Ojeada imparcial sobre la antigua magistratura


En el año de nuestra redencion 1482, era muy dichoso personaje el
noble Roberto de Estouteville, caballero, señor de Beyne, barón de
Ivry y San Andrés en la Marca, consejero y camarero de su majestad,
guarda del prebostazgo de París. Hacía ya cerca de diez y siete años
que había recibido del rey, el 7 de noviembre de 1465, el año del
cometa[6], el excelente cargo de preboste de París, que se reputaba
más bien señorío que oficio: _Dignitas_, dice Juan Lœmnœus, _quæ cum
non exigua potestate politiam concernente, atque prærogativis multis
et juribus conjuncta est_[7]. Era cosa maravillosa en el '82 un
gentilhombre con comisión del rey, y cuyos títulos subían á la época
del casamiento de la hija natural de Luis XI con el señor bastardo de
Borbón. El mismo día en que Roberto de Estouteville había sucedido á
Jacobo de Villers en el prebostazgo de París, había el maestre Juan
Dauvet reemplazado á D. Helie de Torrettes en la primera presidencia
del tribunal del parlamento, suplantado Juan Jouvenel de los Ursinos á
Pedro de Morvilliers en el oficio de canciller de Francia, y arrebatado
Regnault des Dormans á Pedro Puy el cargo de maestre ordinario de
las recuestas de la casa real. Pero ¡sobre cuántas cabezas se habían
paseado la presidencia, la cancillería y la maestría desde que Roberto
de Estouteville tenía el prebostazgo de París! Habíasele dado en
guarda, decían los despachos; y por cierto que bien le guardaba.
Habíase agarrado, incorporado, identificado tan perfectamente con él,
que se había librado de aquel furor de mudanza que dominaba á Luis XI,
rey desconfiado, tacaño y trabajador, que se esforzaba mantener con
instituciones y revocaciones frecuentes la elasticidad de su poder.
Hay más: el buen caballero había obtenido para su hijo el legado de su
empleo, y hacía ya dos años que el nombre de Jacobo de Estouteville,
escudero, figuraba al lado del suyo, á la cabeza del registro de los
oficiales del prebostazgo de París. ¡Raro, y por cierto insigne favor!
Es verdad que Roberto de Estouteville era un buen soldado; que había
lealmente alzado el pendón contra la _Liga del bien público_, que
había ofrecido á la reina, el día de su llegada á París, en 14...,
un maravillosísimo ciervo de confitura: además gozaba de la buena
amistad de Tristán l'Hermite, preboste de los mariscales de la casa
real. Era, pues, una existencia muy dulce y agradable la del señor
don Roberto. Primero muy buenos sueldos, á los cuales se reunían y
colgaban, como nuevos racimos de su viña, las rentas de las escribanías
civil y criminal del prebostazgo, más las rentas civiles y criminales
de las auditorías de Embas del Châtelet, sin contar algún peajito en
el puente de Mantes y de Corbeil, y ciertos provechos sobre París y
los medidores de leña y sal. Añádase á esto el placer de ostentar
en las cabalgadas de la ciudad, y de hacer resaltar sobre las togas
encarnadas y atabacadas de los regidores, su rico vestido de guerra,
que todavía se puede admirar esculpido en su sepulcro en la abadía de
Valmont de Normandía, y su morrión completamente abollado en Monthery.
Y además, ¿no era nada el tener la supremacía sobre los alguaciles de
la docena, el conserje y celador del Châtelet, los dos oidores del
Châtelet, _auditores Castelleti_, los diez y seis comisarios de los
diez y seis barrios, el carcelero del Châtelet, los cuatro alguaciles
perpetuos, los ciento y veinte alguaciles á caballo, los ciento y
veinte alguaciles, de vara, el caballero del acecho con su acecho, su
subacecho, su contra-acecho y su tatara-acecho? ¿No era nada el ejercer
alta y baja justicia, derecho de atormentar, ahorcar y arrastrar,
sin contar la menuda jurisprudencia de primera instancia (_in rima
instancia_, como dicen las cartas), sobre el vizcondado de París, tan
gloriosamente dotado de siete nobles bailías? ¿Puede imaginarse cosa
más suave que proveer autos y dar sentencias, como lo hacía diariamente
Don Roberto de Estouteville en el Gran Châtelet, debajo de los anchos
y chatos arcos diagonales de Felipe Augusto? ¿El ir, como solía, todas
las noches, á aquella hermosa casa, sita calle de Galilea, en las
cercas del Palacio Real, que tenía por parte de su mujer, la señora
Doña Ambrosia de Lore, á descansar de la fatiga de haber enviado algún
cuitado á pasar también la noche en «aquella pequeña barraquilla de la
calle del Rastro, de la que los prebostes y alcaides de París solían
hacer su cárcel; no teniendo más que once pies de largo, siete pies y
cuatro pulgadas de ancho y once pies de alto?».


Y no solamente tenía Don Roberto de Estouteville su justicia particular
de preboste y vizconde de París, sino que también tenía arte y parte,
ojeada y dentellada en la gran justicia del rey. No había cabeza de
alguna consideración que no hubiese pasado por sus manos antes de caer
en las del verdugo. Él fué quien estuvo en la Bastilla de San Antón á
buscar al señor de Nemurs para llevarle á los Mercados, y al señor de
Saint-Pol para llevarle á la Greva, aunque éste rechinaba los dientes
y exclamaba con gran gozo del señor preboste que no amaba al señor
condestable.

Con todo eso, á pesar de tantos motivos de gozar la vida en paciencia y
contento, don Roberto de Estouteville se había despertado en la mañana
del día 7 de enero de 1482, muy regañón y de muy mal humor. ¿De qué
provenía este mal humor?; eso es lo que él mismo no hubiera podido
decir. ¿Era quizá por estar el tiempo nebuloso? ¿O que la mal ajustada
hebilla de su cinturón de Montlery cinchaba demasiado militarmente su
gordura de preboste? ¿O que había visto pasar por la calle, debajo de
su ventana, algunos bribones haciendo burla de él, yendo de cuatro en
cuatro con jubón sin camisa, sombrero sin fondo, y zurrón y botella al
lado? ¿Era tal vez un vago presentimiento de las trescientas sesenta
libras diez y seis sueldos y ocho dineros que el futuro rey Carlos VIII
debía cercenar en el año siguiente de las rentas del prebostazgo? El
lector puede elegir; en cuanto á nosotros, nos inclinaríamos á creer
simplemente que estaba de mal humor porque estaba de mal humor.

Por lo demás, aquel día era el siguiente de una fiesta, día de
displicencia para todos, y en especial para el magistrado encargado de
barrer todas las inmundicias, hablando en el sentido propio como en
el figurado, que ocasiona una fiesta en París. Además debía celebrar
sesión en el Gran Châtelet; y ya sabemos que los jueces generalmente
hacen de manera que su día de audiencia sea también el de su mal humor,
á fin de tener siempre alguno sobre quien desfogarle cómodamente en
nombre del rey, de la ley y de la justicia.

Sin embargo, habían empezado la audiencia sin él. Sus lugartenientes,
civil, criminal y particular, hacían su oficio según costumbre; y
desde las ocho de la mañana, amontonados y apretados en un rincón
oscuro de la auditoría de Embas del Châtelet, entre una sólida barrera
de madera de encina y la pared, asistían con gozo algunas docenas de
vecinos y vecinas, al espectáculo variado y divertido de la justicia
civil y criminal, administrada con alguna confusión y absolutamente á
la ventura por el maestre Florián Barbedienne, oidor en el Châtelet y
teniente del señor preboste.

Era la sala pequeña, baja y abovedada. Había en el fondo una mesa
flordelisada, con un gran sillón de madera de encina esculpido,
que era del preboste y estaba vacío, y á la izquierda un escabel
para el auditor, el maestre Florián. Más abajo estaba el escribano
garabateando. En frente se hallaba el pueblo; y delante de la puerta
y de la mesa, había muchos alguaciles del prebostazgo con colas de
camelote morado con cruces blancas. Dos alguaciles del locutorio de
los vecinos, vestidos con sus sayos del día de Todos los Santos,
mitad encarnados y mitad azules, hacían guardia delante de una puerta
baja cerrada que se divisaba en el fondo detrás de la mesa. Una sola
ventana en arco diagonal, estrechamente encajonada en la gruesa pared,
iluminaba con un rayo descolorido de enero dos figuras grotescas, el
caprichudo demonio de piedra esculpido como florón en la clave de la
bóveda, y el juez sentado en el fondo de la sala sobre las flores de
lis.

En efecto, imagínese cualquiera al maestre Florián Barbedienne, oidor
del Châtelet, sentado á la mesa del prebostazgo, entre dos rollos de
autos, apoyado en los codos, el pie sobre la cola de su toga de paño
oscuro, el rostro entre sus pieles de cordero blanco, del cual parecían
arrancadas sus cejas, rubicundo, áspero, pestañeando y sosteniendo
majestuosamente sus mofletes y su papada.

Es de saber que el oidor era sordo; ligero defecto para un oidor. Más
no por eso dejaba de sentenciar el maestre Florián sin apelación y
muy congruentemente. Cierto es que basta que un juez haga ademán de
escuchar; y cumplía tanto mejor el venerable oidor esta condición,
la única esencial en buena justicia, cuanto que ningún ruido podía
distraer su atención.

Por lo demás, tenía en el auditorio un despiadado fiscal de sus hechos
y gestos en la persona de nuestro amigo Juan Frollo del Molino, aquel
estudiantillo de ayer, aquel correcalles que estaba uno cierto de
encontrar siempre por doquiera en París, excepto delante de la cátedra
de los doctores.

--¡Anda!, decía en silencio á su compañero Robín Zampapán que
estaba fisgando á su lado, mientras él comentaba los lances que se
presentaban á sus ojos, ahí tienes á Juanilla del Espinar, la hermosa
hija del Haragán del Mercado Nuevo. ¡Por vida mía que ese viejo la va
á condenar! porque no tiene más ojos que orejas; ¡quince sueldos y
cuatro ardites por haber traído dos rosarios! un poco caro es. _Lex
duri carminis._--¿Quién es aquél? ¡Ah! ¡Robín Chief-de-Ville, el
posadero! ¿por haber sido recibido maestre en el dicho oficio? Vamos,
esto es su paga de entrada.--¡Ah! ¡dos gentiles-hombres entre estos
pillos! ¡Aiglet de Soins y Hutín de Mailly, dos escuderos, _corpus
Christi_! ¡Ah! han jugado á los dados. ¡Cuándo veré yo aquí á nuestro
rector! ¡Cien libras de multa para su majestad! ¡El Barbedienne golpea
como un sordo... que lo es!--¡Quiero convertirme ahora mismo en mi
hermano el arcediano, si esto me impide jugar de día, jugar de noche,
vivir en el juego, morir en el juego, y jugar mi alma después de mi
camisa!--¡Virgen Santísima, cuántas mozas! una tras otra, ovejas mías
¡Ambrosia Lécuyère! ¡Isabel la Painette! ¡Berarda Gironín! ¡Voto va
que las conozco á todas! ¡multa! ¡multa! ¡Esto os enseñará á llevar
cinturones dorados! ¡diez sueldos, coquetas!--¡Oh qué viejo hocico
de juez, sordo é imbécil! ¡Oh Florián el zopenco! ¡Oh Barbedienne el
avestruz! ¡mírale á la mesa! Come del litigante, come del pleito, come,
masca, traga, se hincha. Multas, pérdidas, tasas, gastos legales,
costas, salarios, daños y perjuicios, esposas, grillos y cárcel y
cepos con costas, ¡todo es para él colación, noche buena, y mazapán
de San Juan! Mírale, ¡qué tarugo! ¡Bien! ¡guapo! ¡otra enamorada!
¡Thibaud la Tibauda, ni más ni menos! ¡para haber salido de la calle de
Glatiñi!--¿Qué hijo es ése? Gieffroy Mabone, mozo de escuadra matón:
ha renegado el nombre de su padre.--¡Multa á la ¡Tibauda! multa al
Gieffroy! ¡multa á ambos! ¡Viejo sordo! ¡debe haber confundido los dos
casos! ¡apostaría diez contra uno, que hace pagar el voto á la moza,
y el amor al miñón! ¡Atención, Robín Zampapán! ¿Qué gentes nos traen
aquí? ¡Cuánto alguacil! Por Júpiter, que están aquí todos los galgos
de la trahilla; ésta debe de ser la principal pieza de la caza: un
jabalí.--¡Y eso es, Robín, un jabalí! ¡y bueno! cáspita! ¡Pues si es
nuestro príncipe de ayer, nuestro papa de locos, nuestro campanero,
nuestro tuerto, nuestro jorobado, nuestra mueca! ¡Es Cuasimodo!...

No era nada menos.

Era Cuasimodo, cinchado, fajado, atado, agarrotado y con buena guardia.
Estaba reforzada la escuadra de alguaciles que le rodeaba del caballero
del acecho en persona, con las armas de Francia bordadas sobre el pecho
y las de la ciudad sobre la espalda. Por lo demás nada se veía en
Cuasimodo fuera de su deformidad que pudiese justificar aquel aparato
de alabardas y arcabuces; estaba triste, silencioso y quieto. Apenas su
único ojo echaba de cuando en cuando una mirada solapada y colérica á
los hierros que le aprisionaban.

Paseó al rededor de sí aquella mirada, pero tan débil y dormida, que
las mujeres no se le señalaban con el dedo, sino para reirse de él.

Entre tanto ojeó con atención maestre Florián el legajo de la queja
dada contra Cuasimodo, que le presentó el escribano, y echada aquella
ojeada, pareció recapacitar un momento. Gracias á esta precaución que
tenía siempre cuidado de tomar en el momento en que debía proceder
á un interrogatorio, sabía de antemano los nombres, calidades y
delitos del acusado, hacía réplicas previstas y respuestas previstas,
y lograba salirse de todas las sinuosidades del interrogatorio, sin
dejar adivinar demasiado su sordera. Eran para él los papeles del
pleito el perro del ciego. Si sucedía por casualidad que su enfermedad
se descubriese acá y acullá, por algún apóstrofo incoherente ó alguna
pregunta ininteligible, esto pasaba entre los unos por profundidad y
por necedad entre los otros: en ambos casos, ninguna mella recibía
el honor de la magistratura; pues más vale que un juez sea reputado
imbécil ó profundo, que sordo. Cuidaba, pues, con el mayor estudio de
disimular su sordera á los ojos de todos, y por lo común lo lograba
tan perfectamente, que había llegado á hacerse ilusión á sí mismo; lo
cual por otra parte es más fácil de lo que se cree; todos los jorobados
andan con la cabeza levantada, todos los tartamudos declaman, y todos
los sordos hablan bajo; en cuanto á él se tenía á lo más por teniente.
Ésta era la única concesión que hacía en el particular á la opinión
pública, en sus momentos de sinceridad y examen de conciencia.

Habiendo bien rumiado la causa de Cuasimodo, echó la cabeza hacia
atrás, y medio cerró los ojos, para ostentar más majestad é
imparcialidad, de manera que en aquel momento era á la vez sordo y
ciego; doble condición, sin la cual no hay juez perfecto. En esta
magistral actitud comenzó el interrogatorio.

--¿Vuestro nombre?

Pero éste era un caso «no previsto por la ley», que un sordo tuviera
que interrogar á un sordo.

Cuasimodo que nada percibía de la pregunta que se le hacía, continuó
clavando sus ojos en el juez, y no respondió. El juez, sordo también,
y que no advertía nada de la sordera del acusado, creyó que había éste
respondido, como lo hacían generalmente todos los reos, y prosiguió con
su confianza mecánica y estúpida.

--Está bien: ¿vuestra edad?

Tampoco respondió nada Cuasimodo á esta pregunta. Creyó el juez que lo
había hecho y continuó:

--Ahora, ¿vuestro estado?

Siempre el mismo silencio. Entretanto el auditorio empezaba á
cuchichear y á mirarse unos á otros.

--Basta, contestó el imperturbable oidor, cuando supuso que el acusado
había acabado su tercera respuesta. Sois acusado delante de nos;
_primo_, de desorden nocturno; _secundo_, de hechos deshonestos con
una mujer loca, _in prejudicium meretricis_; _tertio_, de rebelión y
deslealtad para con los arqueros de la ordenanza del rey nuestro señor:
explicaos sobre todos estos puntos.--Escribano, ¿habéis escrito lo que
hasta ahora ha dicho el acusado?

Á esta malhadada pregunta estalló una carcajada desde la mesa del
escribano hasta el auditorio, tan violenta, tan descompuesta, tan
contagiosa, tan universal, que fué forzoso á los dos sordos el
advertirla. Volvióse Cuasimodo enderezando la corcova con desdén,
mientras que maestre Florián, atónito como él, y suponiendo que la
risa de los espectadores había sido provocada por alguna respuesta
irreverente del acusado, lo que creyó patente en aquel levantamiento de
hombros, le apostrofó con indignación:

--¡Habéis dado, bellaco, una respuesta que merecería el lazo! ¿Sabéis á
quién habláis?

No era esta salida á propósito para hacer cesar la explosión de la
alegría general; pareció á todos tan heteróclita y desatinada, que
la risa se apoderó hasta de los alguaciles del locutorio de los
vecinos, especie de sotas de espadas, cuyo uniforme era la estupidez.
Sólo Cuasimodo conservó su seriedad, por la sencilla razón de que no
comprendía nada de cuanto pasaba á su alrededor. El juez cada vez más
irritado, creyó deber continuar en el mismo tono, confiando inspirar de
esta manera al acusado un terror que se extendería al auditorio, y le
reduciría al respeto.

--¡Es decir, pues, maestre perverso y rapaz, que os atrevéis á ofender
al oidor del Châtelet, al magistrado encargado de la policía popular de
París; de hacer pesquisa de los crímenes, delitos y malas pasadas; de
censurar todas las profesiones y prohibir el monopolio; de conservar
los empedrados; de impedir los regatones de gallinas, aves domésticas
y silvestres; de hacer medir la leña y otras especies de maderas;
de limpiar la ciudad del lodo, y purificar el aire de enfermedades
contagiosas; de estar ocupada continuamente para el público, en una
palabra, sin sueldo ni esperanza de salario. ¡Sabéis que me llamo
Florián Barbedienne, lugarteniente nato del señor preboste, y además
comisario, cuestor, registrador y examinador con igual poder en
prebostazgo, bailía, conservación y presidia...!

No hay razón por la cual se detenga un sordo que habla á otro sordo.
Dios sabe dónde y cuándo se hubiese detenido maestre Florián, lanzado
de esta manera á todo remo en la alta elocuencia, si no se hubiese
abierto de repente la puerta baja del fondo, para abrir paso al señor
preboste en persona.

Á su entrada no se cortó maestre Florián, antes bien dando una media
vuelta, y apuntando precipitadamente al preboste la arenga que
fulminaba contra Cuasimodo un momento antes:--Monseñor, le dijo, pido
la pena que os parezca contra el acusado que está presente, por grave y
sorprendente falta contra la justicia.

Volvió á sentarse sin aliento, enjugando grandes gotas de sudor que
corrían de su frente y mojaban como lágrimas los pergaminos abiertos
delante de él. Don Roberto de Estouteville arrugó las cejas, é hizo
á Cuasimodo un gesto, para que prestase atención, tan imperioso y
significativo que el sordo comprendió algo de él.

Dirigióle el preboste la palabra con severidad:--¿Qué has hecho para
estar aquí, bribón?

El pobrecillo, suponiendo que el preboste le preguntaba su nombre,
rompió el silencio que había guardado hasta entonces, y respondió con
voz ronca y gutural:--Cuasimodo.

Coincidía tan poco la respuesta con la pregunta, que la risa volvió
á circular desordenadamente, y D. Roberto exclamó, encendido de
cólera:--¿También haces burlas de mí, bellaco de cuatro suelas?

--Campanero de Nuestra Señora, contestó Cuasimodo, creyendo que se
trataba de que explicase al juez quién era él.

--¡Campanero!, replicó el preboste, que se había despertado aquella
mañana de bastante mal humor, como ya hemos dicho, para que su furor
no necesitase ser avivado por tan extrañas respuestas. ¡Campanero! Yo
te haré dar sobre las costillas un repique de penca en las esquinas de
París. ¿Lo entiendes, pillo?

--Si es mi edad lo que queréis saber, dijo Cuasimodo, creo que tendré
veinte años por San Martín.

Esto pasaba ya de raya; y el preboste no pudo contenerse.

--¡Ah! ¡befas al prebostazgo, miserable! Señores alguaciles de vara,
llevaréis á este bellaco á la picota de la Greva, le azotaréis, y le
daréis vueltas por espacio de una hora. ¡Me la pagará, voto á Dios!
y quiero que pregonen el presente juicio con asistencia de cuatro
trompeteros jurados, en las siete castellanías del vizcondado de París.

El escribano se puso á extender incontinenti la providencia.

--¡Por vida de Dios! ¡vaya una cosa bien juzgada!, exclamó en su rincón
el estudiantillo Juan Frollo del Molino.

Volvióse el preboste, y clavó otra vez sus ojos centelleantes en
Cuasimodo.--Creo que el bellaco ha dicho _¡Por vida de Dios!_ escribano
añadid doce dineros de multa por el juramento, la mitad para la fábrica
de San Eustaquio. Tengo una devoción particular á San Eustaquio.

En pocos minutos estuvo escrita la sentencia; su tenor era claro y
breve. Todavía no había sido formulada la costumbre del prebostazgo
y vizcondado de París por el presidente Tibaud Baillet, y por
Roger Barmne, el abogado del rey; entonces no estaba obstruida por
aquella turba de sutilezas y autos con que la embarazaron los dos
jurisconsultos al principio del siglo XVI; todo en ella era claro,
expedito y explícito. Íbase en ella derechamente al objeto, y pronto
se veía al cabo de cada sendero, sin malezas ni rodeo, la rueda, el
patíbulo ó la picota. Á lo menos sabía uno á donde iba.

Presentó el escribano la sentencia al preboste que puso en ella
su sello, y fuese á proseguir su visita á los auditorios, con tal
disposición de ánimo, que debió poblar en aquel día todas las cárceles
de París. Juan Frollo y Robín Zampapán se reían con disimulo: Cuasimodo
miraba la escena con ademán entre indiferente y atónito.

Sin embargo, al leer á su vez maestre Florián Barbedienne la sentencia
para firmarla, el escribano se sintió movido de compasión hacia
el pobrecillo sentenciado, y con la esperanza de conseguir alguna
disminución de pena, se acercó lo más que pudo al oído del oidor, y le
dijo señalando á Cuasimodo:--Ese hombre es sordo.

Esperaba que la comunidad de enfermedad despertaría el interés de
maestre Florián en favor del reo; pero ya hemos observado en primer
lugar que el maestre Florián no se interesaba mucho en que se echase de
ver su sordera; y además tenía el oído tan torpe que no entendió una
palabra de lo que le dijo el escribano; no obstante quiso aparentar
entender y respondió:--¡Ah! ¡ah! esto es diferente; no sabía yo eso.
Una hora de vergüenza más, en tal caso.

Y firmó la sentencia modificada de esta manera.

--Bien hecho está, dijo Robín Zampapán, que tenía tirria á Cuasimodo;
esto le enseñará á tratar las gentes con aspereza.


                                 NOTAS:

[6] Este cometa, contra el cual mandó hacer rogativas públicas el papa
Calixto de Borja, es el mismo que ha vuelto á aparecer en 1835.

[7] Dignidad que está unida á un poder muy extenso en lo relativo á la
policía, y á muchas prerogativas y derechos.




                                   II
                              La ratonera


Permítanos el lector volverle á la plaza de Greva, que dejamos ayer con
Gringorio para seguir á la Esmeralda.

Son las diez de la mañana; todo indica el día siguiente á una fiesta.
El empedrado está cubierto con restos de ella; cintas, arambeles,
plumas de penachos, gotas de cera de las hachas, migajas del gaudeamus
público. No pocos vecinos pasan el tiempo, como suele decirse, paseando
acá y acullá, removiendo con el pie los tizones apagados de la hoguera,
arrebatados delante de la casa de los Pilares con el recuerdo de las
suntuosas tapicerías de la víspera, y mirando hoy los clavos, última
diversión. Los vendedores de sidra y cerveza ruedan su barrica por
en medio de los corrillos. Algunos que van á sus quehaceres pasan y
vuelven: platican los mercaderes y se llaman unos á otros desde el
umbral de las tiendas. Las fiestas, los embajadores, Coppenole, el
papa de los locos, andan en boca de todos; y cada cual se esfuerza
por glosar mejor y reir más. Mientras tanto, cuatro alguaciles de
á caballo, que acaban de ponerse á los cuatro lados de la picota,
han reconcentrado ya al rededor de sí una buena porción del pueblo
esparcido por la plaza, y que se condena á la inmovilidad y al
fastidio, con la esperanza de una ejecucioncita.

Si ahora el lector, después de haber contemplado la escena viva y
vocinglera que se representa en todos los puntos de la plaza, dirige
sus miradas hacia la antigua casa medio gótica, medio romanesca de
la Torre de Rolando, que forma la esquina del muelle al poniente,
podrá notar en el ángulo de la fachada un gran breviario público con
ricas estampas, preservado de la lluvia y de los ladrones por una
reja que no obstante permite hojearle. Al lado del breviario hay una
estrecha lumbrera en arcos diagonales, cerrada con dos barrotes de
hierro cruzados, que da á la plaza, única abertura que deja entrar un
poco de luz y de aire en una celdilla sin puerta al ras de la calle,
abierta en el grueso de la pared de la antigua casa, y donde reina una
tranquilidad tanto más profunda, un silencio tanto más mustio, cuanto
que á su alrededor hormiguea y hace ruido una plaza pública, la más
concurrida y bulliciosa de París.

Era esta celda célebre en París desde que la señora Rolanda de la
Torre de Rolando, cerca de tres siglos antes, cubierta de luto por su
padre, muerto en la cruzada, la había hecho abrir en la pared de su
propia casa con el fin de encerrarse en ella para siempre, conservando
de su palacio esta sola estancia cuya puerta estaba tapiada y abierta
la lumbrera tanto en invierno como en verano, dando todo el resto á
los pobres y á Dios. La desconsolada doncella había en efecto esperado
veinte años la muerte en este sepulcro anticipado, rogando á Dios por
el alma de su padre día y noche, durmiendo sobre la ceniza, sin tener
siquiera una piedra por almohada, vestida con un saco negro, viviendo
solamente del agua y pan que dejaba en el borde de la lumbrera la
piedad de los transeuntes; recibiendo de esta manera los dones de la
caridad después de haberla hecho. Al morir, en el momento de pasar al
otro sepulcro, había legado éste para siempre á las mujeres afligidas,
madres, viudas ó solteras que tuviesen mucho que rogar por otros ó
por sí mismas, y que quisiesen enterrarse vivas por un gran dolor ó
por una penitencia grande. Los pobres de su tiempo le habían hecho
suntuosos funerales de lágrimas y bendiciones; mas á su grandísimo
pesar, la piadosa doncella no había podido ser canonizada por falta
de protectores. De entre ellos los que eran algo impíos, confiados en
que la cosa se arreglaría más fácilmente en el paraíso que en Roma,
habían sin más ni menos rogado á Dios por la difunta en defecto de la
canonización papal; pero los más se habían contentado con tener por
sagrada la memoria de Rolanda y hacer reliquias de sus andrajos. La
ciudad por su parte había fundado á la intención de la doncella un
breviario público sellado cerca de la lumbrera de la celda, á fin de
que los transeuntes se detuviesen allí de tiempo en tiempo, aunque no
fuese para otra cosa sino para orar, que con el objeto de la oración
hiciese pensar en la limosna, y no muriesen enteramente de hambre
y olvidadas las pobres reclusas herederas de la tumba de la señora
Rolanda.

Por lo demás no era cosa muy rara tales especies de sepulcros en las
ciudades de la Edad Media: muchas veces en la calle más frecuentada,
en el mercado más concurrido y más bullicioso, en medio de él y en
cierta manera bajo los pies de los caballos, bajo las ruedas de
las carretas, se encontraba un sótano, un pozo, una celda murada y
enrejada, en el fondo de la cual rogaba de día y de noche un ser
humano, voluntariamente entregado á alguna lamentación eterna, á
alguna grande expiación. Y todas las reflexiones que despertaría hoy
en nosotros tan extraño espectáculo; aquella hórrida celda, especie
de eslabón intermedio de la casa y del sepulcro, del cementerio y de
la ciudad, aquel viviente apartado de la comunidad humana y contado
ya entre los muertos; aquella lámpara consumiendo su última gota de
aceite en la oscuridad; aquel resto de vida vacilando en una fosa;
aquel soplo, aquella voz, aquella oración sin fin en una caja de
piedra; aquel rostro vuelto para siempre hacia el otro mundo; aquellos
ojos iluminados ya por otro sol; aquella oreja pegada á las paredes
de la tumba; aquella alma prisionera en aquel cuerpo, aquel cuerpo
prisionero en aquel calabozo, y bajo la doble cubierta de carne y de
granito el zumbido de aquella alma en pena; nada de esto percibía la
turba: la piedad poco razonadora y poco sutil de aquel tiempo no veía
tantos aspectos en un acto de religión; tomaba la cosa por mayor;
y si era menester, honraba, veneraba, santificaba el sacrificio;
pero no analizaba los tormentos, y sólo se compadecía á medias. De
cuando en cuando llevaba alguna pitanza al miserable penitente,
miraba por el agujero si vivía aún, ignoraba su nombre, sabía apenas
cuántos años llevaba de haber empezado á morir, y al extranjero que
preguntaba quién era el esqueleto vivo que se podría en aquel sótano,
respondían simplemente los vecinos, si era hombre:--«Es el recluso»; si
mujer;--«Es la reclusa».

Así se veía todo entonces, sin metafísica, sin exageración, sin cristal
de aumento, con la vista natural. Todavía no se había inventado el
microscopio para las cosas materiales, ni aún para las del espíritu.

Por lo demás, aunque se maravillaban poco de ello, eran sin embargo
muy frecuentes, como lo hemos dicho, los ejemplos de aquella especie
de clausura en medio de las ciudades. Había en París un gran número de
las tales celdas, ya para rogar á Dios, ya para hacer penitencia, y
casi todas estaban ocupadas. Es verdad que el clero no se cuidaba mucho
de dejarlas vacías, lo cual suponía tibieza en los creyentes, y que á
falta de penitentes las llenaban de leprosos. Además de la barraquilla
de la Greva, había una en Montfaucón, otra en el Osario de los
Inocentes, otra no sé dónde, en la casa Clichón, según creo, y otras
muchas en diferentes lugares en los cuales se hallan hoy los vestigios
conservados por las tradiciones, ya que no por los monumentos. Tenía
también las suyas la Universidad. Sobre el monte de Santa Genoveva
cantó durante treinta años una especie de Job de la Edad Media los
siete salmos penitenciales, tendido sobre el lodo en el fondo de una
cisterna, volviendo á empezar cuando había acabado, y salmodiando en
más alta voz por la noche, _magna voce per umbras_, la cual cree hoy el
anticuario escuchar todavía al entrar en la calle del _Pozo que habla_.

Para contraernos á la habitación de la Torre de Rolando, diremos que
nunca había carecido de reclusas.

Desde la muerte de la señora Rolanda, rara vez había estado vacante un
año ó dos. Muchas mujeres habían ido allí á llorar hasta la muerte sus
padres, sus amantes ó sus culpas. La malicia parisiense, que en todo
se mete, aun en las cosas que menos le atañen, sostenía que se habían
visto pocas viudas en ella.

Según la moda de la época, una leyenda latina, escrita en la pared,
indicaba al transeunte literato el destino piadoso de aquella celdilla.
Se ha conservado hasta mediados del siglo XVI la costumbre de explicar
un edificio por medio de una divisa breve, estampada en el lindel de
la puerta. Así es que todavía se lee en Francia sobre el postigo de la
cárcel de la casa señorial de Turville: _Sileto et spera_; en Irlanda
bajo el escudo de armas que está sobre la gran puerta del castillo de
Fortescue: _Forte scutum, salus ducum_; en Inglaterra, en la entrada
principal del casar hospitalario de los condes de Cowper: _Tuum est_.
Lo que indica que en aquellos tiempos, cada edificio era un pensamiento.

Como no tenía puerta la celda murada de la Torre de Rolando, habían
grabado en gruesas letras románicas encima de la ventana estas dos
palabras:

                                TÚ, ORA.

Lo que hizo que el pueblo, cuyo discernimiento no ve tanta finura en
las cosas, había dado á aquella cavidad negra, lóbrega y húmeda el
nombre de _Trou-aux-Rats_ (ratonera)[8].


                                 NOTAS:

[8] Aquí hay un juego de palabras ocasionado por viciosa manera
de hablar del pueblo, que pronunciaba del mismo modo: TÚ, ORA, y
_Trou-aux-Rats_.




                                  III
               Historia de una torta con levadura de maíz


En la época á que se refiere esta historia, la celda de la Torre de
Rolando se hallaba ocupada. Si el lector quiere saber por quién, no
tiene más que escuchar la plática de tres buenas comadres, las cuales,
en el momento en que hemos llamado su atención sobre la ratonera, se
dirigían precipitadamente hacia aquel lado, subiendo del Châtelet hacia
la Greva á lo largo del río.

Dos de ellas estaban vestidas como honradas vecinas de París. Su fina
gorguera blanca, su basquiña de tiritaña rayada, encarnada y azul;
sus medias blancas de aguja con cuadrados bordados de color muy bien
estiradas; sus zapatos de cuero de color leonado con suelas negras, y
sobre todo su tocado, una especie de cuerno de bricho, sobrecargado
con cintas y encajes, que todavía traen las mujeres de Champagne,
igualmente que los granaderos de la guardia imperial rusa; todo
indicaba que eran de aquella clase de tenderas ricas, término medio
entre lo que los lacayos llaman una mujer y lo que nombran una dama. No
llevaban anillos ni cruz de oro, y se conocía que no era esto pobreza,
sino miedo de la multa. Iba la compañera engalanada casi de la misma
manera, pero había en su vestido y ademán aquel no se qué, que huele
á mujer de notario de provincia. Se conocía en la manera con que el
cinturón le subía mucho más arriba de las caderas, que no llevaba de
estar en París largo tiempo. Añádase á esto una gorguera con pliegues,
unos lazos de cinta en los zapatos, y las rayas de la basquiña á lo
ancho y no á lo largo, con otras mil enormidades de que se indignaba el
buen gusto.

Andaban las dos primeras con aquel paso peculiar de las parisienses
cuando hacen ver París á las de provincia. La nuestra llevaba por la
mano un hermoso muchacho que tenía en la suya una gran torta.

Nos duele deber añadir que á consecuencia del rigor de la estación, la
lengua servía á éste de pañuelo.

Hacíase arrastrar el niño, _non passibus æquis_, como dice Virgilio,
y tropezaba á cada momento con gran disgusto de su madre. Verdad es
que miraba mucho más á la torta que al suelo. Algún motivo grave le
impedía sin duda hincarle el diente (á la torta), pues se contentaba
con mirarla muy tiernamente; mas la madre hubiera debido encargarse de
llevarla; porque era una crueldad hacer un Tántalo del grueso mofletudo.

Entretanto las tres mujeres (porque el nombre de señoras estaba
entonces reservado para las nobles) hablaban á la vez.

--Despachémonos, buena Marieta, decía la más joven de las tres, que
también era la más gruesa, á la provincial. Temo que lleguemos muy
tarde; en el Châtelet nos decían que iban á llevarle al instante á la
picota.

--¡No hay cuidado! ¿y qué decís de eso, buena Udarda Musnier?,
replicaba la otra parisiense. Quedará dos horas en la argolla; tenemos
tiempo. ¿Habéis visto alguna vez sacar á alguien á la vergüenza,
querida Marieta?

--Sí, respondió la provincial, en Reims.

--¡Vaya! y ¿qué significa la picota de Reims? una mala jaula en la que
no atormentan sino á aldeanos. ¡Vaya una cosa grande!

--¡Sino á aldeanos!, exclamó Marieta; ¡en el mercado de paños! ¡en
Reims! ¡hemos visto allí muy grandes criminales y que habían matado
padre y madre! ¡Aldeanos! ¿por quién nos tenéis, Gervasia?

La provincial estaba ciertamente á punto de enojarse por el honor de
su picota. Dichosamente la discreta Udarda Musnier mudó á tiempo la
conversación.

--Á propósito, buena Marieta, ¿qué decís de nuestros embajadores
flamencos? ¿los tenéis tan hermosos en Reims?

--Confieso, contestó Marieta, que no hay sino París, para ver flamencos
semejantes.

--¿Habéis visto en la embajada aquel embajador alto que es calcetero?,
preguntó Udarda.

--Sí, dijo Marieta, que parece un Saturno.

--¿Y aquel otro que tiene cara de barriga?, prosiguió Gervasia. ¿Y
aquel pequeñillo que tiene unos ojillos ribeteados de encarnado,
barbudo, y con más puntas que la cabeza de un cardo?

--¡Sus caballos son los que hay que ver, dijo Udarda, enjaezados como
están á la moda de su país!

--¡Ah! amiga mía, interrumpió la provincial Marieta, tomando á su vez
un ademán de superioridad, ¿pues qué dijerais si hubieseis visto en el
61, en la consagración de Reims, diez y ocho años hace, los caballos
de los príncipes y de la comitiva del rey? ¡mantillas y caparazones de
todas clases, unos de paño damasquino, de paño fino de oro, forrados
con martas cebellinas; otros de terciopelo, forrados con armiño, y
otros cargados completamente de plata y de gruesas borlas de lo mismo y
de oro! y ¡el dinero que había costado todo! ¡y qué hermosos muchachos
iban de pajes en aquella cabalgada!

--No impide eso, replicó con aspereza Udarda, que los flamencos tengan
hermosísimos palafrenes, y que hayan cenado ayer suntuosamente con el
señor preboste de los mercaderes en la casa del Ayuntamiento, donde les
han servido confites, hipocrás, especerías y otras cosas raras.

--¡Qué estáis diciendo, vecina!, exclamó Gervasia: con el señor
cardenal, ha sido con quien han cenado los flamencos en el Pequeño
Borbón.

--No por cierto; fué en la casa del Ayuntamiento.

--Sí tal; fué en el Pequeño Borbón.

--Es tan cierto que fué en la casa del Ayuntamiento, replicó Udarda con
acrimonia, que el doctor Socorable les ha hecho una arenga en latín, de
la cual han quedado muy satisfechos. Mi marido, que es librero jurado,
es quien me lo ha dicho.

--Es tan cierto, que fué en el Pequeño Borbón, respondió Gervasia con
no menos viveza, que oíd lo que les presentó el procurador del señor
cardenal: doce cuartos dobles de hipocrás blanco, clarete y tinto,
veinticuatro cajas de mazapán doble dorado de León; otras tantas
antorchas de dos libras cada una; y seis toneles de vino de Beaune,
blanco y clarete, el mejor que han podido hallar. Creo que esto es
positivo. Lo sé por mi marido, que es capitán de una cincuentena en el
Locutorio de los Vecinos, y que esta mañana comparaba los embajadores
flamencos con los del preste Juan y los del emperador de Trebisonda
que vinieron de Mesopotamia á París, en tiempo del último rey, y que
llevaban anillos en las orejas.

--Es tan verdad que cenaron en la casa del Ayuntamiento, replicó Udarda
poco movida con toda esta relación, que nunca se vió tal profusión de
viandas y de confituras.

--Os digo que han sido servidos por Soco, el alguacil, en el palacio
del Pequeño Borbón, y que en esto está vuestro error.

--¡En la casa del Ayuntamiento, digo yo!

--¡En el Pequeño Borbón, amiga mía! De tal manera, que habían iluminado
con vidrios mágicos la palabra _esperanza_ que está grabada encima de
la gran portada.

--¡En la casa del Ayuntamiento! ¡en la casa del Ayuntamiento! ¡á fe,
que tocaba la flauta Hussou-le-Voir!

--Yo digo que no.

--Yo digo que sí.

--Yo digo que no.

Disponíase la buena y rolliza Udarda á replicar, y quizá hubiera
llegado la uña al moño, si de repente no hubiese exclamado Marieta:

--¡Mirad la gente que hay reunida al cabo del puente!, algo hay en
medio del corro que todos están mirando.

--Verdad es, dijo Gervasia, que oigo tocar el tamboril. Será la
Esmeraldita que estará haciendo sus mojigangas con su cabra. ¡Vamos de
prisa, Marieta! apretad el paso, y tirad del chico. Aquí habéis venido
para visitar las curiosidades de París. Ayer visteis á los flamencos, y
hoy vais á ver á la gitana.

--¡La gitana!, dijo Marieta volviendo de golpe pies atrás, y apretando
con fuerza el brazo de su hijo. ¡Dios me libre de ello! ¡me robaría mi
niño! ¡Ven acá, Eustaquio!

Y dió á correr por el muelle de la Greva hasta dejar el puente muy
atrás. Pero cayó de rodillas el muchacho de quien iba tirando; detúvose
desalentada, é incorporáronsele Udarda y Gervasia.

--¡Esta gitana robar á vuestro niño!, dijo Gervasia, ¡buena ocurrencia
ésta, por cierto!

Marieta meneaba la cabeza en ademán pensativo.

--Lo que me admira, observó Udarda, es que la _saquita_[9] tiene la
misma idea de las gitanas.

--¿Qué es eso de saquita?, preguntó Marieta.

--¡Toma!, dijo Udarda, la sor Gudula.

--¿Y quién es esa sor Gudula?, replicó Marieta.

--¡Bien estáis en vuestro Reims que no sabéis esto!, respondió Udarda,
es la reclusa de la Ratonera.

--¡Cómo!, contestó Marieta, ¡esa pobrecilla á quien llevamos la torta!

Udarda hizo una señal afirmativa con la cabeza.

--La misma: Vais á verla luego á su lumbrera en la Greva. Tiene la
misma creencia que vos respecto de los vagamundos de Egipto que tocan
el tamboril y dicen la buena ventura al público. No se sabe de dónde
le viene el horror que tiene á los zíngaros y á los gitanos. Pero vos,
Marieta, ¿por qué huís de esa manera sólo al verla?

--¡Oh!, dijo Marieta, cogiendo con sus manos la redonda cabeza de
su niño, no quiero que me suceda á mí lo que sucedió á Paquita la
Cantaflorida.

--¡Ah! eso es una historia que vais á contarnos, buena Marieta, dijo
Gervasia cogiéndola por el brazo.

--Con mucho gusto, respondió Marieta; pero ¡bien se ve que sois de
París que no sabéis esto! Pues os diré (pero no es menester detenernos
para ello) que Paquita la Cantaflorida era una hermosa muchacha de
diez y ocho años, cuando yo también lo era, es decir, diez y ocho
años hace, y que culpa suya es si hoy no se halla hecha, como yo, una
buena madre, gorda y fresca, de treinta y seis años, con un marido y
un muchacho. ¡Por lo demás desde la edad de catorce años, ya no era
tiempo! Era, pues, hija de Guibertau, músico de bateles en Reinas, el
mismo que había tocado delante del rey Carlos VII en su consagración,
cuando bajó nuestro río de Vesle desde Sillery hasta Muisón, que por
cierto estaba en la barquilla la princesita. Murióse el anciano padre,
cuando todavía Paquita era muy niña, no quedando á ésta más que su
madre, hermana del señor Mateo Pradón, maestre latonero y calderero,
en París, calle de Paren-Garlin, que ha muerto el año pasado: ya veis
que era de buen linaje. Por desgracia, su madre era una buena mujer,
que no enseñó á Paquita sino á hacer algunos juguetes y chucherías de
niños, lo cual no impedía á la muchacha ser cada día más grande y más
pobre. Vivían ambas en Reims á la orilla del río, calle de Loca Pena.
Observad esto, que creo ser lo que acarreó la desdicha á Paquita. En
el 61, el año de la consagración de nuestro rey Luis XI, que Dios
guarde, Paquita estaba tan alegre y hermosa, que en todas partes no la
llamaban sino la Cantaflorida.--¡Pobre niña!--Tenía hermosa dentadura,
y le gustaba reirse para enseñarla: pero muchacha que gusta de reir se
encamina á llorar; los hermosos dientes pierden á los hermosos ojos.
Esto era pues la Cantaflorida. Ella y su madre ganaban á duras penas
con qué vivir; habían decaído mucho después de la muerte del músico;
no sacaban de sus juguetes más de seis dinerillos por semana, lo que
no hace enteramente medio sueldo. ¿Dónde se había ido el tiempo en que
el padre Guibertau ganaba con una canción doce sueldos en una sola
consagración? Un invierno (esto era en el mismo año del 61) que las dos
mujeres no tenían ni troncos ni haces, y que hacía mucho frío, dió tan
hermosos colores á la Cantaflorida, que los hombres la gritaban á todas
horas: ¡Paquita! y muchos la llamaban la linda Paquita, y al fin se
perdió.--¡Eustaquio! ¡que te veo yo morder la torta!--Nosotros dijimos
que estaba perdida, al instante que la vimos entrar un domingo en la
iglesia con una cruz de oro al cuello. ¡Á los catorce años! ¿habéis
visto cosa semejante? Primero fué el vizcondesito de Cormontreuil,
que tiene su campanario á tres cuartos de legua de Reims; luego el
señor Enrique de Triancourt, cabalgador del rey; después menos que
eso, Chiart de Beaulión, sargento de armas; después, bajando siempre,
Guery Aubergeón, trinchante del rey; después, Mace de Frepus, barbero
de monseñor el Delfín; después, Thevenot el monje, cocinero del rey;
después, cada vez de menos joven á menos noble, cayó en poder de
Guillelmo Racine, el gaitero, y de Tierri de Mar, farolero. Entonces
la pobre Cantaflorida fué para todos; había llegado al último sueldo
de su pieza de oro. ¿Qué queréis que os diga, amigas mías? En la
consagración, en el mismo año del 61, ¡fué la compañera de lecho del
rey de los pillos!--¡En el mismo año!

Suspiró Marieta, y enjugóse una lágrima que asomaba á sus ojos.

--Esa es una historia que tiene poco de extraordinario, dijo Gervasia,
y yo no veo en todo ello gitanos ni niños.

--¡Paciencia!, replicó Marieta; en cuanto á niño vais á ver uno.--En el
66, diez y seis años hará este mes el día de Santa Paula, parió Paquita
una niña. ¡Desdichada de ella! tuvo un grandísimo gozo, pues hacía
mucho tiempo que suspiraba por un hijo. Su madre, buena mujer, que
nunca supo otra cosa sino cerrar los ojos, su madre digo, había muerto.
Nada tenía ya Paquita en el mundo que querer, nadie que la quisiese.
Desde que tuvo el primer tropiezo, cinco años antes, era una infeliz
criatura la Cantaflorida. Estaba sola, sola en el mundo, señalada con
el dedo, zumbada en las calles, aporreada de los alguaciles, burlada
de los muchachos andrajosos. Además habían llegado los veinte años;
y veinte años es la vejez para las mujeres de la vida airada. La
locura empezaba á no producirle más que los juguetes en otro tiempo;
á cada arruga que llevaba se escapaba un escudo, volvía á serle duro
el invierno; era de nuevo rara la leña en su hogar y el pan en su
artesa. Ya no podía trabajar, porque con los placeres se había hecho
perezosa, y sufría mucho más, porque de perezosa se había entregado
á los placeres.--Así es á lo menos cómo explica el señor cura de San
Remigio, por qué tienen tales mujeres más frío y más hambre que las
demás mendigas, cuando son viejas.

--Sí, respondió Gervasia; pero ¿los gitanos?

--¡Espera, mujer!, dijo Udarda, cuya atención era menos impaciente.
¿Qué quedaría para el fin si todo estuviera en el principio? Proseguid,
Marieta, si gustáis. ¡Pobre Cantaflorida!

Marieta prosiguió:

--Pues ella estaba muy triste, muy miserable, y hacíase surcos en
sus mejillas de llorar. Pero en medio de su vergüenza, su locura y
su extravío, parecíale que estaría menos avergonzada, menos loca, y
menos extraviada, si hubiese algo en el mundo, ó alguno á quien ella
pudiese querer y que la quisiese. Era menester que fuese un niño,
porque sólo un niño podía ser bastante inocente para el caso.--Esto
lo había conocido después de haber procurado amar á un ladrón, el
único hombre que pudiera haber hecho caso de ella; pero al cabo de
poco tiempo advirtió que el ladrón la despreciaba.--Á tales mujeres
es necesario un amante ó un niño para ocupar su corazón; de otro modo
son muy desdichadas.--No pudiendo, pues, tener un amante, sus deseos
se concentraron enteramente á un niño, y como no había dejado de ser
piadosa, todos los días pedía á Dios esta gracia. Oyó Dios sus votos y
le concedió una niña. De su alegría no quiero hablaros; fué un diluvio
de lágrimas, de caricias y de besos. Amamantó ella misma á su niña,
hízole mantillas con su cobertor, único abrigo que tenía sobre su
cama, y ya no sintió ni frío ni hambre. Volvió á ser hermosa. Soltera
vieja hace madre joven. Empezó otra vez la galantería; volvieron á
ver á la Cantaflorida; halló todavía parroquianos para su mercancía,
y con todos aquellos horrores hizo envolturas, capillos y babadores,
justillos de punta y gorrillos de raso, sin pensar jamás en comprarse
un cobertor.--Señor Eustaquio, ya os he dicho que no os comáis la
torta.--Es seguro que Inesita, éste era el nombre de la niña, nombre
de pila, pues en cuanto al apellido, mucho tiempo había que ya no lo
tenía la Cantaflorida.--Es cierto, pues, que Inesita estaba más cargada
de cintas y bordados que una delfina que la hija de un rey.--Tenía
entre otras cosas un par de zapatitos, que seguramente no los ha tenido
semejantes el rey Luis XI. Se los había cosido y bordado su madre
misma, y había puesto en ellos toda su destreza de lencera y todos
los calados de un vestido de la virgen.--Eran verdaderamente los dos
zapatos colorados más monos que se podían ver. Eran largos lo más como
mi pulgar, y era preciso ver los piececitos de la niña salir de ellos
para creer que habían podido entrar. ¡Es verdad que los piececitos eran
tan pequeños, tan lindos, tan rosaditos! ¡más rosados que el raso de
los zapatos!--Cuando tengáis hijos, Udarda, veréis que no hay cosa más
hermosa que unos piececitos y unas manecitas así.

--No deseo yo otra cosa, dijo Udarda suspirando; pero estoy aguardando
á que lo tenga á bien el señor Andri Musnier.

--Por lo demás, prosiguió Marieta, no es sólo los pies lo que tenía
lindo la niña de Paquita. Yo la vi cuando tenía sólo cuatro meses; ¡era
un amor! Tenía los ojos más grandes que la boca, y unos cabellos finos,
negros, que ya se rizaban, los más hermosos del mundo. ¡Habría sido una
morena muy agraciada á los diez y seis años! Queríala cada día más su
madre. ¡Acariciábala, la abrazaba, le hacía cosquillas, la engalanaba,
se la comía á besos! Estaba loca, y no cesaba de dar gracias á Dios.
¡Sobre todo aquellos piececitos de color de rosa eran para ella un
embeleso continuo, un delirio de gozo! Siempre tenía sus labios
pegados á ellos, y no se hartaba de admirar su pequeñez. Metíalos en
los zapatillos, los sacaba de ellos, los admiraba, se maravillaba,
miraba la luz al través, dábale lástima de enseñarles á andar sobre su
cama, y hubiera con gusto pasado su vida de rodillas en calzarlos y
descalzarlos como si hubiesen sido los de un niño Jesús.

--El cuento es hermoso y bueno, dijo á media voz Gervasia; pero ¿dónde
está el Egipto en todo eso?

--Vedle aquí, replicó Marieta. Llegaron un día á Reims una especie de
jinetes muy extraños. Eran unos mendigos y unos pillos que caminaban
por el país conducidos por su duque y sus condes. Eran prietos de
color, tenían los cabellos muy rizados, y unos anillos de plata en
las orejas. Las mujeres eran todavía más feas que los hombres. Tenían
la cara más atezada y siempre descubierta, una ropilla corta y mala
sobre el cuerpo, un paño viejo tejido con soga, atado á los hombros,
y la cabellera como cola de caballo. Los muchachos que se revolcaban
entre sus piernas hubiesen puesto miedo á los monos mismos: era una
banda de excomulgados, que venía en derechura del bajo Egipto á Reims
por la Polonia. Decían que los había confesado el Papa, y les había
mandado en penitencia ir siete años de seguida por el mundo, sin dormir
en camas; así es que se llamaban penitentes y hedían. Parece que en
otros tiempos habían sido sarracenos, de donde provenía que creían en
Júpiter, y reclamaban diez libras tornesas de todo arzobispo, obispo
ó abad mitrado. Una bula del Papa les valió todo esto. Iban á Reims
á decir la buena ventura en nombre del rey de Argel y del emperador
de Alemania. Ya imaginaréis que no fué menester más para que se les
prohibiese la entrada en la ciudad. Entonces toda la banda campó
graciosamente cerca de la puerta de Braine, sobre aquel terromontero
donde hay un molino, junto á los agujeros de los antiguos gredales. Y
todos en Reims corrían á verlos á porfía. Miraban en las manos de las
gentes y les decían profecías maravillosas, en términos que hubieran
pronosticado á Judas que llegaría á ser Papa. Sin embargo, corrían
malos rumores tocante á ellos de niños robados, de bolsas hurtadas,
y de carne humana comida. Las personas de juicio decían á los locos:
no vayáis allá, y después ellos mismos iban á escondidas. En fin, era
una furia. Es verdad que decían cosas para maravillar á un cardenal.
Envanecíanse las madres con sus hijos después que los gitanos les
habían leído en la mano toda especie de milagros escritos en pagano y
en turco. Ésta tenía en su niño un emperador, aquélla un papa, la otra
un capitán. Dejóse arrastrar de la curiosidad la pobre de Cantaflorida;
quiso saber lo que tenía en su linda Inesita, y si un día llegaría á
ser emperadora de Armenia ú otra cosa. Llevóla pues á los gitanos, y
las gitanas empezaron á admirar la niña, acariciarla y besarla con sus
negras bocas, y á pasmarse de su manecita, ¡ah! con grandísimo gozo de
la madre. Alabaron sobre todo los lindos pies y los lindos zapatos.
La niña no tenía todavía un año; y ya tartamudeaba, se reía como una
loquita con su madre; estaba gorda como una bola, y tenía millares
de acciones de los ángeles del paraíso. Asustóse mucho á la vista de
las gitanas, y echó á llorar; pero besóla más tiernamente su madre y
volvióse loca de contento con la buena ventura que las adivinas habían
dicho á su Inesita. Con el tiempo había de ser una hermosura, una
virtud, una reina. Volvió, pues, á su zaquizamí de la calle de la Loca
Pena, envanecida de llevar á él una reina. Al día siguiente aprovechóse
de un momento en que la niña dormía sobre su cama (pues la acostaba
siempre consigo), dejó con tiento la puerta entreabierta, y corrió á
contar á una vecina de la calle del Secadero, que llegaría un día en
que su hija Inés sería servida á la mesa por el rey de Inglaterra y el
archiduque de Etiopía, con otros mil prodigios. Á su vuelta, no oyendo
gritos al subir la escalera se dijo á sí misma: ¡Bueno! todavía duerme
la niña. Halló su puerta más abierta de lo que la había dejado, sin
embargo entró la pobre madre, y corrió hacia la cama...--La niña ya
no estaba en ella, el sitio había quedado vacío. Nada quedaba más de
la niña sino uno de sus zapatitos. Lanzóse la desventurada fuera del
aposento, echóse por la escalera abajo, y fué dándose testeradas contra
las paredes, gritando:--¡Hija mía! ¿quién tiene mi hija? ¿quién me ha
robado mi niña?--La calle estaba desierta y la casa aislada; nadie pudo
responderle. Se fué por la ciudad, registró todas las calles, corrió
acá y acullá todo el día la loca, perdida, terrible, husmeando á las
puertas y á las ventanas como una fiera que ha perdido sus cachorros.
Estaba sin aliento, desmelenada, daba horror el verla y tenía en los
ojos un fuego que secaba sus lágrimas. Detenía á los transeuntes, y
gritaba:--¡Mi hija! ¡mi hija! ¡mi hermosa hija! El que me vuelva á mi
hija, yo seré su criada, la criada de su perro, comerá mi corazón si
quiere.--Encontró al señor cura de San Remigio, y le dijo:--¡Señor
cura, labraré la tierra con mis uñas pero volvedme mi hija!--Aquello
partía el corazón, Udarda; y yo he visto un hombre muy duro, maestre
Poncio Lacabre, el procurador, que lloraba.--¡Ah! ¡pobre madre! Por la
tarde volvió á su casa. Durante su ausencia, una vecina había visto dos
gitanos subir á escondidas con un paquete en sus brazos, bajar después,
dejando antes cerrada la puerta, y huir de prisa. Después de su partida
se oían en la habitación de Paquita como gritos de un niño. La madre
comenzó á reir á carcajadas, subió las escaleras como con alas, hundió
su puerta como un cañón de artillería, y entróse... ¡Cosa horrorosa,
¡Udarda!, en lugar de su gentil Inesita, tan rosada y tan fresca,
que era una dádiva de Dios, halló una especie de monstruo pequeño,
horrible, cojo, tuerto, contrahecho, arrastrándose chillando por el
piso. Ella cerró los ojos con horror:--¡Oh!, dijo, ¿habrán las brujas
transformado mi hija en este animal espantoso?--Diéronse prisa á llevar
de allí al cojito; si no la hubiese vuelto loca. Era sin duda el hijo
monstruoso de alguna gitana dada al diablo. Parecía tener unos cuatro
años, y hablaba una lengua que no era lengua humana; eran palabras que
no son posibles.--La Cantaflorida se había arrojado sobre el zapatito,
resto único que le quedaba de cuanto había amado. Permaneció así tan
luengo tiempo, inmóvil, muda, sin aliento, que la creyeron muerta.
De repente comenzó á temblar todo su cuerpo, cubrió su reliquia con
besos ardientes, y se desató en sollozos como si su corazón se hubiese
desgarrado. Os aseguro que llorábamos también todas. Decía así:--¡Oh!
¡hijita mía! ¡mi hermosa hijita! ¿dónde estás? y esto os despedazaba
las entrañas; todavía lloro al acordarme. Nuestros hijos, ya lo veis,
son la médula de nuestros huesos.--¡Pobre Eustaquio mío! ¡tú eres tan
hermoso! ¡Si supieseis que gracioso es! Ayer me decía: Yo quiero ser
gendarme. ¡Oh! Eustaquio mío! ¡si yo te perdiese!--De repente levantóse
la Cantaflorida y se puso á correr por Reims gritando;--¡Al campo de
los gitanos! ¡Al campo de los gitanos! Vengan alguaciles para quemar
á las brujas!--Los gitanos se habían marchado.--Era una noche muy
oscura; no pudieron perseguirlos. El día siguiente á dos leguas de
Reims, en una maleza entre Gueux y Tilloy, hallaron los restos de un
gran fuego, unas cintas que habían pertenecido á la niña de Paquita,
gotas de sangre, y rastros de machos cabríos. La noche que acababa de
pasar era precisamente la de un sábado: no dudaron pues que los gitanos
habían tenido conventículo en aquella maleza, y devorado á la niña en
compañía de Belcebú, como se practica entre los mahometanos. Cuando la
Cantaflorida supo estas cosas tan horribles, no lloró más, movió los
labios como para hablar, pero no pudo. Al otro día tenía canas, y al
siguiente había desaparecido.

--¡No hay duda en que la historia es horrorosa, dijo Udarda, y que
haría llorar á un burguiñón!

--Ya no me admiro, añadió Gervasia, que os persiga tanto el temor de
los gitanos.

--Y tanto mejor habéis hecho, prosiguió Udarda, en huir de contado con
vuestro Eustaquio, cuanto que éstos son también gitanos de Polonia.

--No, replicó Gervasia. Dicen que vienen de España y de Cataluña.

--¿Cataluña?, puede ser, contestó Udarda: Polonia, Cataluña, Valoña,
siempre confundo estas tres provincias. Lo que es cierto es que son
gitanos.

--Y que sin la menor duda, añadió Gervasia, tienen dientes bastante
largos para comer niños, y no me admiraría que también les ayudase un
poco la Esmeralda con ser tan melindrosa. Su cabra hace cosas demasiado
maliciosas para que no haya en ello algún maleficio.

Marieta caminaba silenciosamente. Estaba absorta en aquella meditación
que es en cierto modo el prolongamiento de una narración dolorosa, y
que no cesa sino después de haber propagado el movimiento de vibración
en vibración, hasta las últimas fibras del corazón. En esto Gervasia
le preguntó:--Y ¿no se ha llegado á saber lo que se ha hecho de la
Cantaflorida? Marieta no respondió. Repitió su pregunta Gervasia
sacudiéndole el brazo y llamándola por su nombre. Marieta pareció
despertar de su arrobamiento.

--¿Qué se ha hecho de la Cantaflorida?, dijo, repitiendo maquinalmente
las palabras cuya impresión existía aún en su oído: en seguida,
esforzándose por fijar su atención en el sentido de estas palabras:
¡Ah!, exclamó con viveza, no se ha sabido más de ella.

Y después de una pausa, añadió:

--Unos dijeron que la habían visto salir de Reims al anochecer por
la puerta de Flechembault; otros, al amanecer, por la antigua puerta
Basada. Un mendigo halló la cruz de oro colgada en la de piedra
que está en el campo donde se tiene la feria. Ésta era la joya que
la había perdido en el '61. Era una dádiva del gallardo vizconde
de Cormontreuil, su primer amante. Paquita no había querido nunca
deshacerse de ella, en medio de su mayor miseria. La apreciaba como
su vida. Por eso, cuando vimos la cruz abandonada, todas pensamos que
la pobre había muerto. Sin embargo, hay algunos de la Taberna de los
Vautos que dijeron haberla visto pasar por el camino de París, andando
descalza de pies y pierna por las guijas; más para eso sería menester
que hubiese salido por la puerta de Vesla, y esto no concuerda con lo
demás. O, por mejor decir, yo creo que en efecto salió por la puerta de
Vesla, pero fué para el otro mundo.

--No os entiendo, dijo Gervasia.

--La Vesla, contestó Marieta con una sonrisa melancólica, es el río.

--¡Pobre Cantaflorida!, dijo Udarda estremecida, ¡ahogada!

--¡Ahogada!, prosiguió Marieta; y ¿quién hubiera dicho al buen padre
Guibertau, cuando pasaba bajo el puente de Tinqueux sobre la corriente
del agua, cantando en su barca que también pasaría un día su querida
Paquita por el mismo sitio, pero sin canción y sin batel?

--¿Y el zapatito?, preguntó Gervasia.

--Desaparecido con la madre, respondió Marieta.

--¡Pobre zapatito!, dijo Udarda.

Udarda, gorda y sensible, se hubiera contentado con suspirar en
compañía de Marieta, pero Gervasia, más curiosa, no estaba al cabo de
sus preguntas.

--¿Y el monstruo?, dijo de golpe á Marieta.

--¿Qué monstruo?, preguntó ésta.

--El monstruo egipcio dejado por las gitanas en casa de la Cantaflorida
en trueque de su hija. ¿Qué hicisteis con él? Cuento con que también le
ahogaríais.

--No, contesto Marieta.

--¡Cómo! ¿le quemásteis? En efecto, esto era más justo. ¡Un niño brujo!

--Ni uno ni otro, Gervasia. El señor arzobispo se interesó por el
muchacho de Egipto, lo exorcisó, lo bendijo, le echó el diablo del
cuerpo con mucho cuidado, y lo envió á París para que lo expusiesen
sobre la cuna de madera en la iglesia de Nuestra Señora como un
expósito.

--¡Esos obispos, dijo Gervasia refunfuñando, porque son sabios no hacen
nada como los demás! ¡Vaya una ocurrencia, Udarda, poner al diablo
en la inclusa! porque seguramente ese monstruo era el diablo.--¡Y
bien! Marieta, ¿qué han hecho de él en París? Cuento con que no quiso
adoptarle ninguna persona caritativa.

--Yo no sé, contestó la de Reims, cabalmente fué en aquel tiempo cuando
mi marido compró la notaría de Beru, á dos leguas de la ciudad, y no
nos hemos ocupado más con esta historia; además de que delante de Beru
están los dos terremonteros de Cernai, que hacen perder de vista los
campanarios de la catedral de Reims.

Hablando de esta manera, las tres buenas mujeres habían llegado á
la plaza de Greva. En medio de su preocupación habían pasado sin
pararse delante del breviario público de la torre de Rolando, é
indeliberadamente se dirigían hacia la picota, alrededor de la cual
la turba se iba aumentando por momentos. Muy probable es que el
espectáculo que en aquel instante atraía las miradas de todos, les
hubiese hecho olvidar la ratonera y la estación que se habían propuesto
hacer en ella, si no les hubiera recordado repentinamente su intención
el gordo Eustaquio de seis años, á quien Marieta arrastraba por la
mano:--Madre, dijo, como si algún instinto le advirtiese que la
ratonera se había quedado tras él, ¿puedo ahora comer torta?

Si Eustaquio hubiese sido más diestro, es decir, menos glotón, hubiera
esperado otro poco más, y solamente al volver, cuando se hubiese
hallado en la Universidad, ó en casa de maestre Andri Musnier, calle de
la Señora de Valencia, con los dos brazos del río y los cinco puentes
de la ciudad entre la ratonera y la torta, se hubiese atrevido á hacer
la tímida pregunta:--Madre, ¿puedo comerme ahora la torta?

Pero esta misma pregunta, tan imprudente en el momento en que la hizo
Eustaquio, despertó la atención de Marieta.

--¡Á propósito, exclamó ésta, olvidamos á la reclusa! Enseñadme, pues
vuestra ratonera, que yo le lleve su torta.

--Al instante, dijo Udarda, esto es una obra de caridad.

No era éste el plan de Eustaquio.

--¡Toma mi torta!, dijo él encogiéndose de hombros y tocando
alternativamente ambos con sus orejas, lo que en semejante caso es la
suprema señal del descontento.

Volviéronse atrás las tres mujeres, y llegadas cerca de la casa de la
Torre de Rolando, dijo Udarda á las otras dos:--No miremos todas á la
vez por el agujero, no sea que espantemos á la saquita. Haced las dos
como que leéis _Dominus_ en el breviario, entretanto que yo miro por la
lumbrera; la saquita me conoce algo. Yo os avisaré cuando podáis venir.

Se fué sola á la lumbrera. En el momento en que su vista penetró en
ella, pintóse una lástima profunda en todas sus facciones, y su alegre
y franca fisonomía mudó tan de repente de expresión y color, como si
hubiese pasado de un rayo de sol á uno de luna; humedeciéronse sus ojos
y su boca se contrajo como cuando se quiere llorar. Un momento después
se puso un dedo sobre sus labios é hizo señal á Marieta para que se
acercase.

Marieta se acercó, conmovida, silenciosa y de puntillas como cuando se
acerca uno á la cama de un moribundo.

En efecto, era un triste espectáculo el que se ofrecía á los ojos de
las dos mujeres, mientras que sin moverse ni respirar miraban por la
lumbrera enrejada de la ratonera.

Era la celda estrecha, menos larga que ancha, abovedada en arco
diagonal, y vista por dentro asemejaba bastante al interior de una gran
mitra de obispo. Sobre la piedra que formaba el suelo, en un ángulo,
estaba una mujer sentada, ó por mejor decir acurrucada. Apoyaba la
barba en las rodillas, las cuales apretaba fuertemente contra el pecho
con sus brazos cruzados. Arrebujada de esta manera, vestida con un
saco pardo que la envolvía toda entera en sus anchos pliegues, caídas
sus largas canas sobre el rostro, tanto, que llegaban al suelo, al
primer aspecto no ofrecía sino una forma extraña, resaltando sobre el
fondo tenebroso de la celda, una especie de triángulo negruzco, al que
cortaba ásperamente en dos degradaciones distintas, una lóbrega y otra
clara, el rayo de luz que entraba por la lumbrera. Era uno de aquellos
espectros mitad sombra y mitad luz, como los que se ven algunas veces
en los sueños y en la extraordinaria obra de Goya, pálidos, inmóviles,
siniestros, acurrucados sobre una tumba ó apoyados en la reja de
un calabozo. No era ni mujer, ni hombre, ni ser viviente, ni forma
definida; era una especie de visión en la cual se cruzaban lo verdadero
y lo fantástico, como la sombra y la luz. Distinguíase apenas bajo sus
cabellos esparcidos hasta el suelo, un perfil flaco y severo; su ropa
dejaba apenas descubrir la extremidad de un pie desnudo, á que causaba
crispatura el áspero y helado suelo. Lo poco que se vislumbraba de
forma humana bajo aquel manto enlutado hacía estremecer.

Esta figura, que cualquiera hubiese creído clavada en las baldosas,
parecía no tener ni movimiento, ni pensamiento, ni respiración. Bajo
aquel saco de tela delgada, en el mes de enero, sentada casi desnuda
en un suelo de granito, sin fuego en lo sombrío de un calabozo cuyo
oblicuo respiradero no dejaba entrar sino el cierzo y nunca el sol,
parecía no sufrir ni aun sentir. Hubiérase dicho que se había hecho
piedra como la marmorra, y hielo con la estación. Tenía las manos
juntas y sus miradas fijas. Á primera vista parecía un espectro,
después una estatua.

Sin embargo, entreabríanse por intervalos sus cárdenos labios para
respirar temblando; si bien tan muertos é insensibles como las hojas
que se esparcen al viento.

Al mismo tiempo sus ojos amarridos echaban una mirada inefable, una
mirada profunda, lúgubre, imperturbable, incesantemente clavada en
un rincón de la celda que no se podía ver desde afuera; una mirada
que parecía recoger todos los lastimosos pensamientos de aquella alma
angustiada sobre no se qué objeto misterioso.

Tal era la criatura que recibía de su morada el nombre de _reclusa_, y
de su vestido el de _saquita_.

Las tres mujeres estaban mirando por la lumbrera, pues Gervasia se
había reunido á Marieta y á Udarda. Interceptaban sus cabezas la poca
luz de la bóveda, sin llamar al parecer la atención de la miserable á
quien así la robaban.

--No la turbemos, dijo Udarda en voz baja, está en su éxtasis, en
oración.

Entretanto, consideraba Marieta con un ansia cada vez mayor aquella
cabeza macilenta, marchita, desmelenada, y arrasábansele los
ojos.--Singular sería esto, decía entre dientes.

Pasó la cabeza por entre las rejas de la bufarda, y alcanzó á penetrar
con la vista al rincón de donde no se separaba un instante el mirar de
la desdichada.

Cuando volvió á sacar la cabeza de la lumbrera, su rostro estaba
inundado en llanto.

--¿Cómo llamáis á esta mujer?, preguntó á Udarda. Udarda
respondió:--Nosotras la llamamos sor Gudula.

--Y yo, replicó Marieta, la llamo Paquita la Cantaflorida.

Poniéndose entonces un dedo sobre la boca, hizo señal á la atónita
Udarda que pasase la cabeza por la lumbrera y que mirase.

Miró Udarda, y vió en el ángulo en que estaba fijo con un profundo
éxtasis el ojo de la reclusa, un zapatito de raso color de rosa,
bordado con millares de lentejuelas de oro y plata.

Miró Gervasia después de Udarda, y entonces, considerando á la
desventurada madre, las tres mujeres se pusieron á llorar.

Sin embargo, ni sus miradas, ni sus lágrimas habían distraído á la
reclusa. Las manos de esta permanecían juntas, sus labios mudos, sus
ojos fijos, y quien conocía su historia, el zapatito mirado de aquella
manera partía el corazón.

No habían proferido las tres una palabra, no se atrevían á hablar ni
aun en voz baja. Aquel gran silencio, aquel profundo dolor, aquel
olvido absoluto en que todo había desaparecido menos una cosa, producía
en ellas el efecto de un altar mayor de Pascua ó de Navidad. Estaban
callando en el mayor recogimiento, y prestas á ponerse de rodillas. Les
parecía que acababan de entrar en una iglesia el día de tinieblas.

En fin, Gervasia, la más curiosa de las tres, y por consiguiente la
menos sensible, probó á hacer hablar á la reclusa.--¡Sor Gudula! ¡sor
Gudula!

Tres veces repitió este grito alzando cada vez más la voz. La reclusa
no se movió; ni una palabra, ni una mirada, ni un suspiro, ni una señal
de vida.

Udarda á su turno, con voz más blanda y cariñosa, dijo:--¡Sor! |sor
Santa Gudula!

El mismo silencio, la misma inamovilidad.

--¡Extraña mujer!, exclamó Gervasia; ¡no la estremecería una bombarda!

--Es sorda quizá, dijo Udarda suspirando.

--Tal vez ciega, añadió Gervasia.

--Quizá está muerta, replicó Marieta.

Es cierto que si el alma no se había apartado de aquel cuerpo inerte,
entorpecido, aletargado, por lo menos, se había retirado y escondido en
profundidades á donde no alcanzaban los órganos exteriores.

--Pues será menester, dijo Udarda, dejar la torta en la lumbrera, y
tomárala algún muchacho. ¿Cómo hacer para despertarla?

Eustaquio, distraído hasta aquel momento por un carretoncillo
arrastrado por un gran perro, que acababa de pasar, advirtió de
repente que sus tres conductoras miraban algo por la lumbrera, y
picado también por la curiosidad, subió encima de un recantón, se
enderezó de puntillas, y pegó su gruesa y colorada cara á la reja,
gritando:--¡Madre, yo también quiero ver!

Esta voz de niño, clara, fresca y sonora, estremeció á la reclusa.
Volvió la cabeza con el movimiento duro y pronto de un resorte de
acero, separaron sus dos manos luengas y descarnadas los cabellos que
ocultaban su frente, y fijó en el niño sus miradas atónitas, amargas,
desesperadas. Esta mirada no fué más que un relámpago.--¡Oh Dios mío!,
exclamó precipitadamente, escondiendo la cabeza en sus rodillas, y
pareciendo que su ronca voz rasgaba al salir de su pecho, á lo menos no
me mostréis los de otros.

--Buenos días, señora, dijo el niño con gravedad.

Sin embargo, esta agitación había como despertado á la reclusa. Un
prolongado estremecimiento recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta
los pies; dentelló, medio alzó la cabeza, y dijo apretando los codos
contra sus caderas, y tomando sus pies con ambas manos como para
calentarlos:--¡Oh! ¡qué frío tan grande!

--Pobre mujer, dijo Udarda con la mayor compasión, ¿queréis un poco de
fuego?

La infeliz sacudió la cabeza en señal de negativa.

--Pues bien, replicó Udarda presentándole un frasco, esto es hipocrás
que os calentará, bebed.

La reclusa meneó otra vez la cabeza, clavó en Udarda los ojos y
respondió:--Agua.

Insistió Udarda.--No, sor Gudula, no es el agua bebida de enero. Es
menester que bebáis un poco hipocrás, y comáis esta torta de levadura
de maíz, que hemos cocido para vos.

La pobre rehusó la torta que le presentaba Marieta, y exclamó:--Pan
negro.

--Vamos, dijo Gervasia movida de caridad á su turno, y desatando su
ropilla de lana, esto es un sobretodo más caliente que el vuestro.
Ponéosle sobre los hombros.

La infeliz rehusó el sobretodo como había hecho con el frasco y la
torta: y respondió:--Un saco.

--Pero es menester, replicó la buena Udarda, que echéis de ver que ayer
era fiesta.

--Ya lo echo de ver, dijo la reclusa. Hace dos días que no tengo agua
en mi cántaro.

Y después de un momento de silencio, añadió:--Fiesta es, me olvidan;
hacen bien: y ¿por qué ha de pensar el mundo en mí que no pienso en él?

Y como fatigada de haber hablado tanto, dejó caer la cabeza sobre
sus rodillas. La sencilla y caritativa Udarda, á quien estas últimas
palabras hicieron creer que todavía se quejaba la pobre del frío, le
respondió candorosamente:--¿Queréis pues un poco de fuego?

--¡Fuego!, dijo la saquita con acento extraordinario; ¿y le haréis
también para la pobre criaturita que hace ya quince años está debajo
tierra?

Todos mis miembros temblaron, vibraba su palabra, estaban brillantes
sus ojos, se había puesto de rodillas; en seguida extendió su blanca y
descarnada mano hacia el niño que atónito la miraba.--Llevaos ese niño,
gritó; ¡que va á pasar por aquí la gitana!

Cayó entonces la faz contra la tierra, y su frente dió un golpe sobre
la baldosa resonando como una piedra contra otra piedra. Tuviéronla por
muerta las tres mujeres. Sin embargo, después de un momento la vieron
arrastrándose de rodillas y de codos hasta el rincón donde estaba el
zapatito. Entonces no se atrevieron á mirar, y no la vieron más; pero
oyeron mil besos y mil suspiros, mezclados con gritos agudos y con
golpes sordos como los de una cabeza que se da testeradas; y después de
uno tan violento que hizo bambolear á las tres, no oyeron nada más.

--¿Se habrá matado?, dijo Gervasia, aventurándose á asomarse al
respiradero.--¡Sor Gudula!

--¡Sor Gudula!, repitió Udarda.

--¡Ah, Dios mío! ¡no se menea!, continuó Gervasia, ¿estará muerta?
¡Gudula! ¡Gudula!

Marieta sofocada hasta entonces en términos de no poder hablar, hizo un
esfuerzo.

--Esperad, dijo; é inclinándose hacia la lumbrera:--¡Paquita!, gritó;
¡Paquita la Cantaflorida!

No se asusta más el muchacho que sencillamente sopla la mal encendida
mecha de un trueno, y le hace estallar en sus ojos, que lo que se
asustó Marieta, al ver el efecto de este nombre lanzado de repente en
la celda de sor Gudula.

La reclusa se estremeció toda, se levantó, y con su pie descalzo,
dió un salto impetuoso á la lumbrera con ojos tan centelleantes, que
Marieta, Udarda y su compañera y el muchacho retrocedieron hasta el
pretil.

Apareció al mismo tiempo la siniestra faz de la reclusa pegada en las
rejas del respiradero.--¡Oh! ¡oh!, gritaba con un reir espantoso: ¡es
la gitana quien me llama!

En este momento sus airados ojos se fijaron en la escena que se pasaba
en la picota. Arrugóse de horror su frente, sacó por la lumbrera sus
dos brazos de esqueleto, y gritó con una voz que se asemejaba al
ronquido del estertor:--¡Con que todavía eres tú, hija de Egipto!, tú
eres quien me llamas, ladrona de niños! ¡Pues bien! ¡maldita seas!
¡maldita! ¡maldita! ¡maldita!


                                 NOTAS:

[9] El lector sabrá después la causa de llamar á la reclusa de la Torre
de Rolando con este nombre, que le conservaremos en lo sucesivo. (_Nota
del Traductor_).




                                   IV
                    Una lágrima por una gota de agua


Eran estas palabras, en cierto modo, el punto de reunión de dos escenas
que hasta entonces se habían desenvuelto paralelamente y al mismo
tiempo cada una en un teatro diferente; una, la que se acaba de leer
en la ratonera; otra la que va á leerse en la escala de la picota. La
primera no había tenido por testigos sino á las tres mujeres, con quien
acaba el lector de hacer conocimiento; la segunda había tenido por
espectadores todo el pueblo que ya hemos visto reunirse en la plaza de
Greva al rededor de la picota y del patíbulo.

Esta turba, á quien los cuatro alguaciles, que desde las nueve de
la mañana estaban puestos en las cuatro esquinas de la picota,
habían hecho esperar una ejecución de ese tipo; no precisamente una
ahorcadura, sino unas disciplinas, un desorejamiento, cualquier cosa
en fin, esta turba, digo, se había aumentado tan rápidamente, que
estrechados con demasía los cuatro alguaciles, les había sido forzoso
más de una vez rechazarla á grandes cintarazos y rempujones con los
caballos.

Aquel populacho, disciplinado ya en las espectativas de las ejecuciones
públicas, no manifestaba demasiada impaciencia; divertíase en mirar
á la picota, especie de monumento muy sencillo, compuesto de un cubo
de mampostería de cerca de diez pies de alto, y hueco por dentro. Una
escalera muy pendiente de piedra tosca, llamada por excelencia la
escala, conducía á la plataforma superior, sobre la cual se percibía
una rueda horizontal de madera de encina maciza. Ataban sobre esta
rueda al paciente, de rodillas, y con los brazos amarrados á la
espalda. Un cuartón de madera, movido por un cabrestante oculto en las
entrañas del edificio, daba á la rueda, constantemente colocada en el
plano horizontal, una rotación que presentaba sucesivamente la cara del
reo á todos los puntos de la plaza. Esto es lo que se llamaba rodar á
un delincuente.

Como se echa de ver, la picota de la Greva estaba muy lejos de ofrecer
todas las diversiones de la picota del Mercado. Nada de arquitectónico;
nada de monumental. Ni techumbre con cruz de hierro, ni linterna
octógona, ni delicadas columnitas abriéndose hasta el ala del tejado
en capiteles de acanto y flores, ni goteras extrañas y monstruosas,
ni madera cincelada, ni fina escultura profundamente entallada en la
piedra.

Era preciso contentarse con aquellas cuatro paredes de piedra tosca
con dos refuerzos de greda, y un mal patíbulo de piedra, pequeño y sin
adorno al lado.

Mezquino agasajo hubiera sido para los aficionados á la arquitectura
gótica. Es verdad que nadie ha sido menos curioso en cuanto á
monumentos que los valientes badulaques de la Edad Media, y que se
cuidaban poco del primor de un patíbulo.

Llegó en fin el paciente atado en la trasera de una carreta, y cuando
lo hubieron subido con una cuerda á la plataforma, cuando de cada punto
de la plaza lo pudieron ver sujeto con sogas y correas sobre la rueda
de la picota, la turba prorrumpió en una vaya prodigiosa, mezclada de
risa y aclamaciones: habían conocido á Cuasimodo.

Era él, en efecto. ¡Extraña combinación! Sacado á la vergüenza en la
misma plaza donde la víspera había sido saludado, aclamado al son de
bocinas papa y príncipe de locos; acompañado del duque de Egipto, del
rey de Thunes y del emperador de Galilea. Lo que hay de cierto es, que
no se hallaba en la turba una persona, ni aun él mismo, sucesivamente
triunfador y paciente, que pudiese poner en claro en su entendimiento
semejante cotejo. Faltaban á este espectáculo Gringorio y su filosofía.

No tardó en imponer silencio á los concurrentes Miguel Noiret, trompeta
jurado del rey nuestro señor, y pregonó la sentencia, según la
ordenanza y el auto del señor preboste. Después se replegó detrás de la
carreta con sus gentes vestidas de cotas de arqueros de librea.

Cuasimodo, impasible, no pestañeaba; érale imposible toda resistencia
por lo que llamaban entonces, en estilo cancilleresco, _la vehemencia
y firmeza de las ataduras_, lo que significa, que probablemente le
entraban en las carnes los cordeles y cadenillas. Por lo demás ésta
es una tradición de cárcel y de chusma que no se ha perdido, y que
todavía conservan cuidadosamente las esposas entre nosotros, pueblo tan
civilizado, blando y compasivo (galeras y guillotina entre paréntesis).

Habíase dejado el campanero conducir, empujar, llevar, encaramar, atar
y reatar. No se podía descubrir en su fisonomía sino un pasmo como de
salvaje ó de idiota. Sabían que era sordo, hubiéranle creído también
ciego.

Pusiéronlo de rodillas sobre la tabla circular; no se opuso á ello:
despojáronlo de la camisa y el jubón hasta la cintura; dejó hacerlo.
Amarráronlo con un nuevo sistema de correas y hebillas; dejóse atar y
clavar. Solamente de cuando en cuando daba un ruidoso resoplido, como
un ternero que va á morir, y cuya cabeza está bamboleando en el borde
de la carreta del carnicero.

--¡Qué ganso!, dijo Juan Frollo del Molino á su amigo Zampapán (pues,
como está en el orden, los dos estudiantes habían seguido al paciente);
lo mismo entiende lo que hacen con él que un saltón encerrado en una
caja.

Fué una risa loca la de la turba cuando vió en carnes la corcova de
Cuasimodo, su pecho de camello, sus hombros callosos y velludos.
Durante toda esta algazara, un hombre de baja estatura y de robusta
presencia, vestido con la librea de la ciudad, subió á la plataforma
y se colocó cerca del reo. Su nombre circuló inmediatamente por el
concurso. Era el maestre Pierrat Calletuerta, atormentador jurado del
Châtelet.

Empezó por poner sobre un ángulo de la picota un reloj negro de
arena, cuya cápsula superior estaba llena de arena colorada, que
dejaba escaparse y caer en un recipiente inferior; luego se quitó su
sobretodo, mitad de un color y mitad de otro, y vióse colgando de su
mano derecha un azote delgado y largo de correillas blancas, lucientes,
nudosas, trenzadas y rematadas en uñas de metal. Con la mano izquierda
se remangaba negligente la camisa al rededor de su brazo derecho hasta
el sobaco.

Entre tanto gritaba Juan Frollo, alzada su rubia y rizada cabeza
sobre la turba (para lo cual se había subido en los hombros de Robín
Zampapán): ¡Vengan á ver señores y señoras! ¡He aquí que van á azotar
perentoriamente á maestre Cuasimodo, el campanero de mi buen hermano,
el señor arcediano de Josas, graciosa arquitectura oriental, que tiene
por espinazo una cúpula, y por piernas dos columnas torcidas!

Y la turba se reía, especialmente los muchachos y las mozas.

En fin, el atormentador dió una palada en el suelo, y la rueda empezó á
girar: bamboleó Cuasimodo bajo sus prisiones, y el estupor que se pintó
de repente en su cara disforme, avivó en extremo las carcajadas á su
alrededor.

De improviso, en el momento en que el giro de la rueda presentó á
maestre Pierrat el espaldar montuoso de Cuasimodo, levantó aquél su
brazo; silbaron ásperamente en el aire como un manojo de culebras las
delgadas correas, y cayeron con furia sobre los hombros del miserable.

Estremecióse Cuasimodo, é hizo un movimiento como si despertase
sobresaltado. Ya empezaba á comprender. Forcejeó en sus prisiones,
descompuso los músculos de su cara una violenta contracción de sorpresa
y dolor, pero no dió un suspiro. Solamente volvió la cabeza hacia
atrás, á la derecha, después á la izquierda, bamboleándola como hace un
toro picado en el ijar por un tábano.

Siguió un segundo golpe al primero, después un tercero, después otro
y otro y ciento. La rueda no cesaba de girar ni los golpes de llover.
La sangre salió bien pronto; viósela correr á hilos por las negras
espaldas del jorobado, y las finas disciplinas salpicaban con mil gotas
de ella á la turba, en su silbadora rotación.

Cuasimodo había vuelto, á lo menos en la apariencia, á su primera
impasibilidad. Había ensayado, al principio sordamente y sin gran
movimiento exterior, romper sus prisiones. Habíase visto encarnizarse
sus ojos, engarrotársele los músculos, contraérsele los miembros
y estirarse las correas y cadenillas. El esfuerzo era poderoso,
prodigioso, desesperado; pero resistieron las viejas ataduras del
prebostazgo; crujieron y nada más. El pobre se quedó aniquilado. Al
estupor sucedió en sus facciones una convicción de amargo y profundo
desaliento: cerró su único ojo, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y
se hizo el muerto.

Desde este instante no se volvió á mover. Nada pudo hacer estremecerlo,
ni su sangre que no cesaba de correr, ni los golpes que crecían con
furia, ni la cólera del atormentador que se excitaba á sí mismo, y
se embriagaba con la ejecución, ni el ruido de las horribles correas
aceradas y silbadoras.

En fin, un ujier del Châtelet vestido de negro, montado en un caballo
también negro, y que estaba en estación al lado de la escala desde el
principio de la ejecución, extendió su vara de ébano sobre el reloj.
Detúvose el atormentador; paróse la rueda; y el ojo de Cuasimodo volvió
á abrirse lentamente.

La flagelación se había acabado. Dos criados del atormentador jurado
lavaron los hombros ensangrentados del paciente, los untaron de no sé
qué ungüento, que cerró al instante todas las heridas, y le echaron
sobre las espaldas una especie de paño amarillo en forma de casulla.
Entre tanto, maestre Pierrat Calletuerta escurría en el empedrado las
correas encarnadas y llenas de sangre.

No había concluido todo para Cuasimodo. Todavía le quedaba por sufrir
aquella hora de argolla que tan juiciosamente había añadido maestre
Florián Barbedienne á la sentencia del Sr. Roberto de Estouteville,
todo ello para mayor gloria del antiguo juego de palabras fisiológico y
sicológico de Juan de Cumeno: _Surdus absurdus_.

Volvieron, pues, el reloj y dejaron al jorobado atado sobre la tabla
para que la justicia fuese ejecutada hasta el fin.

El pueblo, sobre todo el de la Edad Media, es en la sociedad lo que el
niño en la familia. Mientras que permanece en el estado de ignorancia
primitiva, de minoría moral é intelectual, se puede decir de él como
del niño:

                         Su edad es despiadada.

Ya hemos hecho conocer que Cuasimodo era generalmente aborrecido, y
en verdad que por más de una razón. Apenas había un sólo espectador
en toda la turba que no tuviese ó no creyese tener motivo de queja
contra el perverso jorobado de Nuestra Señora. Universal había sido la
alegría al verle aparecer á la picota; y la dura ejecución que acababa
de sufrir y la lastimosa postura en que le dejaba ésta, lejos de
enternecer, había por el contrario hecho más acerbo el aborrecimiento,
dándole una tinta de buen humor.

Así, satisfecha la _vindicta pública_, como todavía suelen decir
hoy, hablando en jerigonza, los señores garnachas, llegó el turno de
mil venganzas particulares. Aquí, como en la gran sala, vocingleaban
principalmente las mujeres. Todas le guardaban tirria, unas por su
malicia, otras por su fealdad. Estas últimas eran las más furiosas.

--¡Oh máscara de Antecristo!, decía una.

--¡Maldito brujo!, gritaba otra.

--¡Qué linda mueca trágica!, aullaba una tercera; y ¡quién le haría
papa de los locos, si hoy fuese ayer!

--¡Está bien, proseguía una vieja! Ésta es la mueca de la picota;
¿cuándo vendrá la de la horca?

--¿Cuándo te pondrán por solideo tu campana grande á cien pies debajo
de tierra, maldito repicador?

--¡Y, sin embargo, ese diablo es el que toca á oraciones!

--¡Oh sordo! ¡tuerto! ¡jorobado! ¡monstruo!

--¡Cara para hacer abortar á una mujer, mejor que todas las medicinas y
drogas del mundo!

Y los dos estudiantes Juan del Molino y Robín Zampapán, cantaban
desgañitándose el antiguo estribillo popular:

      ¡Cáñamo en el bigardón,
      Y fuego en el mascarón!

Llovían otras mil injurias y también las chiflas, las imprecaciones, la
risa, y las piedras, acá y acullá.

Cuasimodo era sordo, pero veía muy bien, y no estaba la furia pública
menos enérgicamente pintada en las caras que en las palabras. Además
las pedradas explicaban las carcajadas.

Al principio se mantuvo bien. Pero poco á poco aquella paciencia, que
había resistido al azote del atormentador, se rindió y cedió á todas
aquellas picaduras de insectos. El toro de Asturias, que apenas se ha
conmovido con los ataques del picador, se irrita con los perros y las
banderillas.

Paseó primeramente con lentitud una mirada amenazadora sobre la turba.
Pero agarrotado como estaba, su mirada no pudo espantar las moscas
que picaban en su llaga. Entonces se agitó bajo sus ligaduras; y sus
movimientos furiosos hicieron rechinar sobre sus ejes la vieja rueda
del Châtelet. Al ver esto las irrisiones y vayas se aumentaron.

Viendo, pues, el miserable que no podía destrozar su collar de fiera
encadenada, se volvió á quedar tranquilo; solamente por intervalos un
suspiro rabioso inflaba todas las cavidades de su pecho. No había en
su rostro ni vergüenza ni rubor. Hallábase demasiado lejos del estado
social, y demasiado cerca de la naturaleza para conocer lo que es la
vergüenza. Además, en tal extremo de disformidad, ¿es la infamia una
cosa sensible? Pero la cólera, el odio, la desesperación, extendían
lentamente sobre aquella cara horrorosa una nube cada vez más lóbrega y
más cargada de una electricidad que despedía mil relámpagos del ojo del
cíclope.

Sin embargo, aclaróse esta nube un momento al paso de una mula que
atravesaba por medio de la turba y que iba montada por un clérigo.
Desde el instante en que el pobre paciente divisó la mula y el clérigo,
su rostro se serenó. Á la furia que le contraía sucedió una sonrisa
extraña, llena de una dulzura, de una mansedumbre y una ternura
inefables. Á proporción que se acercaba el clérigo, esta sonrisa se
veía más clara, más distinta, más radiante. Esto era como la venida de
un salvador á quien saludaba el desdichado. Sin embargo, al momento en
que la mula llegó bastante cerca de la picota para que su caballero
pudiese conocer al paciente, el clérigo bajó los ojos, retrocedió de
repente, y dió de espuelas, como si tuviese prisa de desembarazarse de
reclamaciones humillantes, y poco cuidado en ser saludado y conocido de
un cuitado en semejante postura.

Este clérigo era el arcediano D. Claudio Frollo.

La nube volvió á cubrir más sombría la frente de Cuasimodo. Mezclóse
á ella aún por algún tiempo la sonrisa, pero amarga, desatentada, y
profundamente triste.

El tiempo pasaba. Hacía ya lo menos hora y media que el pobre
permanecía allí, desgarrado, maltratado, burlado de continuo, y casi
apedreado.

De repente volvió á agitarse bajo sus cadenas con tal acrecentamiento
y desesperación, que hizo temblar todo el tinglado que le sostenía, y
rompiendo el silencio que hasta entonces había guardado obstinadamente,
gritó con voz ronca y furiosa, que se asemejaba más á un ladrido que á
un grito humano, y que cubrió el ruido de las chiflas:--¡De beber!

Esta exclamación de angustia, lejos de mover la turba á compasión,
fué un aumento de entretenimiento para el buen pueblo parisiense que
rodeaba la escala, y que, es menester decirlo, tomado en masa y como
multitud, no era entonces menos cruel ni estaba menos embrutecido que
la horrorosa tribu de los pillos á donde hemos ya conducido al lector,
y que, en una palabra, era la clase más inferior del pueblo. No se alzó
ni una voz cerca del desdichado paciente, sino para hacer burla de su
sed. Es cierto que en aquel momento, con su rostro encendido y comiendo
por él el sudor, con su ojo extraviado, su boca espumosa de cólera y
dolor, y su lengua medio sacada, estaba mucho más grotesco y asqueroso
que lastimoso. Es menester también advertir, que aunque se hubiese
hallado en la turba alguna buena y caritativa alma de vecino ó vecina
que se hubiese visto tentada por llevar á la miserable criatura en pena
un vaso de agua, reinaba respecto de las gradas infames de la picota
una preocupación tal de vergüenza é ignominia, que ella sola habría
bastado para alejar al buen samaritano.

Al cabo de unos minutos paseó Cuasimodo una mirada desesperada por la
turba, y volvió á gritar con una voz que partía el corazón:--¡De beber!

--Bebe esto, gritaba Robín Zampapán, echándole á la cara una esponja
arrastrada en el cieno. ¡Toma, sordo feo! yo soy tu deudor.

Una mujer le tiraba una piedra á la cabeza:--Esto te enseñará á
despertarnos de noche con tu maldito repique.

--Conque, hijo, aullaba un baldado, esforzándose por alcanzarle con su
muleta, ¿todavía nos echarás tus sortilegios desde lo alto de la torre
de Nuestra Señora?

--¡Toma una escudilla para beber!, proseguía un hombre, arrojándole al
pecho un cántaro roto. ¡Tú eres el que con sólo pasar por delante de mi
mujer la has hecho parir un niño con dos cabezas!

--¡Y á mi gata un gatito con seis patas!, graznaba una vieja, tirándole
un tejazo.

--¡De beber!, volvió á gritar por tercera vez Cuasimodo ahogándose.

Á este tiempo vió dividirse el populacho, y en medio de la multitud una
joven extrañamente vestida. Iba seguida de una cabra blanca con los
cuernos dorados, y llevaba en la mano una pandereta.

El ojo de Cuasimodo centelleó. Era la gitana á quien había intentado
robar la noche precedente, fechoría por la que confusamente entreveía
que le castigaban en aquel mismo instante; lo que en realidad estaba
muy lejos de ser así, porque sólo se le castigaba por la desgracia de
ser sordo, y de haber sido sentenciado por un sordo. No dudó pues que
también ella fuese á vengarse, y darle su golpe como los demás.

Vióla en efecto subir rápidamente la escala. Sofocábanle el despecho
y la cólera. Hubiera querido hacer hundirse la picota, y si su ojo
hubiese podido fulminar el rayo, la gitana habría sido hecha polvo
antes de llegar á la plataforma.

Ella, sin decir una palabra, acercóse al paciente que en vano hacía
contorsiones para librarse de ella, y desatando una calabacita de su
cintura, empinóla sobre los labios secos del miserable.

Entonces se vió correr de aquel ojo, hasta allí tan seco y ardiente,
una lágrima que corrió lentamente por aquella cara deforme y contraída
hacía largo tiempo por la desesperación. Quizá era la primera que el
desventurado había vertido en toda su vida.

Mientras, olvidaba de beber. La gitana hizo su momito con impaciencia,
y arrimó sonriéndose la calabaza á la boca dentona de Cuasimodo. Bebió
éste con ansia: su sed era ardiente.

Cuando hubo acabado, el miserable alargó sus negros labios, sin duda
para besar la hermosa mano que acababa de socorrerle. Pero la muchacha,
que quizá no estaba sin recelo, y se acordaba de la tentativa violenta
de la noche, retiró la mano con el ademán despavorido de un niño que
teme ser mordido por un animal.

Entonces, el pobre sordo clavó en ella una mirada llena de reproche y
de una tristeza indecible.

En todas partes hubiera sido un espectáculo patético aquella hermosa
niña, pura, fresca, hechicera, y al mismo tiempo tan débil, corriendo
tan piadosamente al socorro de tanta miseria, disformidad y maldad;
sobre una picota este espectáculo era sublime.

El pueblo mismo se entusiasmó, y se puso á palmotear gritando: ¡Viva!
¡viva!

En aquel momento fué cuando la reclusa distinguió desde la lumbrera
de su nicho á la gitana encima de la picota, y le echó su imprecación
siniestra:--¡Maldita seas, hija de Egipto! ¡maldita! ¡maldita!




                                   V
                     Fin de la historia de la torta


Púsose pálida la Esmeralda, y bajó de la picota bamboleando. La voz de
la reclusa la persiguió aún diciendo:--¡Baja! ¡baja! ladrona de Egipto,
¡que ya volverás á subir!

--La saquita está con su manía, dijo el pueblo murmurando; y aquí paró
la cosa. Pues era temida aquella clase de mujeres; lo cual las hacía
sagradas. Entonces nadie se indisponía voluntariamente con quien rezaba
día y noche.

Era llegada la hora de llevarse á Cuasimodo. Desatáronle y disipóse la
turba.

Cerca del Puente Grande, Marieta que volvía á casa con sus dos
compañeras, se paró de repente: --¡Á propósito, Eustaquio! ¿qué has
hecho de la torta?

--Madre, dijo el muchacho, mientras que hablabais con aquella mujer del
agujero, había un perrazo que ha mordido mi torta, entonces yo también
he comido de ella.

--¿Cómo, caballero, replicó la madre, os la habéis comido toda?

--Madre, ha sido el perro. Yo le he dicho que no lo hiciera, pero no ha
querido oirme. Entonces yo también he mordido, toma.

--Es un niño terrible, dijo la madre sonriéndose y regañando, todo á
un tiempo.--¿Veis Udarda? él sólo se come todo el cerezo de nuestro
cercado de Charlerange. Por eso dice su abuela que será capitán.--Que
yo os vuelva á coger Don Eustaquio.--¡Anda, tragón!




                             LIBRO SÉPTIMO




                                   I
        De los inconvenientes de confiar su secreto á una cabra


Muchas semanas habían transcurrido.

Era el primer día de marzo. El sol, que Dubartas, aquel clásico abuelo
de la perífrasis, no era llamado aún _el gran duque de las velas_,
no por eso era menos alegre y radiante. Era uno de aquellos días de
primavera que tienen tanta suavidad y hermosura, que esparcido todo
París en las plazas y paseos, los celebra como domingos. En semejantes
días de claridad, de calor y de serenidad, hay sobre todo cierta hora
en que es menester ir á admirar la portada de Nuestra Señora; tal es
el momento en que el sol inclinado ya hacia el poniente, mira casi de
frente á la catedral. Sus rayos cada vez más horizontales se retiran
lentamente del empedrado de la plaza y suben á lo largo de la fachada
perpendicular, cuyas mil figuras de alto relieve hacen resaltar sobre
su sombra, mientras que la gran rosa central relumbra como el ojo de un
cíclope inflamado con las reverberaciones de la fragua.

Esta hora, pues, era.

Enfrente de la alta catedral, arrebolada por el sol al poniente, en
un balcón de piedra que había encima del pórtico de una magnífica
casa gótica, esquina de la plaza y de la calle del Compás, reían y
hablaban con gracia y bullicio unas hermosas doncellas. Por lo largo
del velo que caía de su toca puntiaguda y adornada con perlas hasta
los talones, por lo fino de la almilla bordada que cubría sus hombros,
dejando ver, según la moda atractiva de entonces, el nacimiento de sus
hermosos pechos virginales, por la riqueza de sus enaguas todavía más
preciosas que su sobretodo (¡obra maravillosa!) por la gasa, la seda
y el terciopelo con que estaba todo ello guarnecido, y especialmente
por la blancura de sus manos, que las acusaba de ociosidad y pereza,
era fácil adivinar que eran nobles y ricas herederas. En efecto eran
la señorita Flor de Lis de Gondelaurier y sus compañeras Diana de
Cristeuil, Amelota de Montmichel, Columba de Gaillefontaine y la niña
de Campchevrier; todas hijas de buena familia, reunidas á la sazón
en casa de la señora viuda de Gondelaurier, á causa de monseñor de
Beaujeu y de su parienta, que debían llegar á París en el mes de
abril para escoger en la ciudad acompañadoras de honor de la señora
Delfina Margarita, cuando fué á recibirla en Picardía de manos de los
flamencos. Aspiraban, pues, á este favor todos los hidalguejos de
treinta leguas á la redonda, y un buen número de ellos las había ya
llevado ó enviado á París. Las de que hablamos, habían sido confiadas
por sus padres á la guarda discreta y venerable de la señora Aloisa
de Gondelaurier, viuda de un antiguo jefe de los ballesteros del rey,
retirada con su hija única en su casa de la plaza del Compás de Nuestra
Señora de París.

El balcón en que estaban las doncellas lo era de una sala ricamente
entapizada de cuero de Flandes de color leonado, estampado de follajes
de oro. Las tigueras que rayaban paralelamente el cielo raso, llamaban
la atención con mil extrañas esculturas pintadas y doradas. Sobre
baúles cincelados brillaban, acá y acullá, espléndidos esmaltes; una
cabeza de jabalí de loza coronaba un aparador magnífico, cuyas dos
gradas indicaban que el ama de la casa era mujer ó viuda de un rico
hombre de pendón y caldera. En el fondo, cerca de una alta chimenea
blasonada de arriba abajo, estaba sentada en un rico sillón de
terciopelo encarnado, la señora de Gondelaurier, cuyos cincuenta y
cinco años se veían no menos escritos sobre su vestido que sobre su
rostro. Hallábase á su lado en pie un mancebo de semblante bastante
arrogante, aunque un poco vano y baladrón, uno de aquellos majos que
á todas las mujeres agradan, bien que al verles los hombres graves
y fisonomistas se encojan de hombros. El joven caballero traía el
vestido brillante de los arqueros de ordenanza del rey, muy semejante
al traje de Júpiter, que ya se ha podido admirar en el primer libro de
esta historia, para que tratemos de cansar al lector con una segunda
descripción.

Estaban las doncellas sentadas, unas en la sala, otras en el balcón, ya
sobre cojines de terciopelo de Utrech con cornejales de oro, ya sobre
escabelos de madera de encina esculpidos de flores y figuras. Cada
una tenía sobre las rodillas un paño de un gran tapiz de aguja en que
trabajaban mancomunadamente, y cuya extremidad arrastraba por la estera
que cubría el pavimento.

Hablaban entre sí con aquella voz queda y aquellas medias risas
reprimidas de un conciliábulo de doncellas entre quienes se halla un
joven. El mancebo, cuya sola presencia bastaba para excitar todos
aquellos amores propios femeninos, al parecer no se cuidaba mucho de
ello; y mientras las hermosas doncellas peleaban por quién atraería su
atención, él parecía únicamente ocupado en limpiar con su guante de
piel de gamo el clavillo de su cinturón.

De cuando en cuando la señora mayor le dirigía la palabra, y él le
respondía lo mejor que podía, con una especie de cortesía desmañada y
encogida. Por las sonrisas, las señitas de inteligencia de la señora
Aloisa, y las guiñadas que dirigía hacia su hija Flor de Lis, al hablar
bajo al capitán, era fácil de ver que se trataba de algunos esponsales
contraídos, de algún casamiento cercano, sin duda entre el joven y
Flor de Lis. Y por la tibieza mal disimulada del oficial también era
fácil conocer que, á lo menos por su parte, ya no se trataba de amor.
Todo su ademán expresaba una idea de sujeción y fastidio que nuestros
subtenientes de guarnición, traducirían admirablemente hoy por: ¡Qué
maldito servicio!

La buena señora, muy encaprichada con su hija, como una pobre madre que
era, no veía el poco entusiasmo del oficial, y se deshacía por hacerle
contemplar, en voz baja, las perfecciones infinitas con que Flor de Lis
daba una puntada ó desenredaba su cadejo.

--Oid, sobrino, le decía tirándole de la manga para hablarle al oído.
¡Miradla!, ahora se agacha.

--En efecto, respondía el joven; y volvía á su silencio distraído y
glacial.

Un momento después, le era forzoso acercarse de nuevo, y la señora
Aloisa le decía:--¿Habéis visto jamás cara más graciosa ni más alegre
que la de vuestra novia? ¿quién habrá más blanca ni más rubia que ella?
¿no tiene unas manos perfectas? y su cuello ¿no hechiza al tomar todas
las formas de un cisne? ¡Cómo os envidio algunas veces! y ¡cuánta dicha
tenéis en ser hombre, pícaro libertino! ¿No es verdad que mi Flor de
Lis es digna de adoración, y que estáis perdido por ella?

--No hay duda; respondía el militar que estaba pensando en otra cosa.

--Pero habladle, dijo repentinamente la señora Aloisa empujándole por
los hombros; decidle algo; os habéis vuelto muy tímido.

Podemos asegurar á nuestros lectores que la timidez no era la virtud ni
el defecto del capitán.

Probó sin embargo á hacer lo que le pedían.

--Hermosa prima, dijo acercándose á Flor de Lis, ¿cuál es el asunto de
esa obra de tapicería que estáis haciendo?

--Hermoso primo, respondió Flor de Lis con un acento de enfado, ya os
lo he dicho tres veces; es la gruta de Neptuno.

No había duda en que Flor de Lis veía mucho más claro que su madre en
las maneras.

--Y ¿para quién es toda esta neptunería?, preguntó.

--Para la abadía de San Antonio de los Campos, contestó Flor de Lis sin
alzar los ojos.

El capitán cogió una punta del tapiz.

--¿Qué gendarme es éste, hermosa prima, tan gordo, y que sopla á dos
carrillos en una trompeta?

--Ese es Tritón, respondió ella.

Había siempre una entonación algo picada en las breves palabras de Flor
de Lis. El joven vió que era indispensable decirle algo al oído, una
necedad, una galantería, fuera lo que quisiera. Acercóse pues á ella,
pero no pudo hallar en su imaginación nada más tierno ni amoroso que
esto:--¿Por qué tiene siempre vuestra madre un corpiño blasonado, como
lo usaban nuestras abuelas en tiempo de Carlos VII? Decidle, hermosa
prima, que eso ya no está elegante, y que su _gozne_ y su _laurel_,[10]
bordados en forma de blasón sobre su ropa, le hacen parecer á una
campana de chimenea andando. Seguramente que ya nadie se asienta sobre
sus blasones, os lo juro.

Flor de Lis levantó hacia él sus ojos acusadores.

--Y ¿es eso todo lo que me juráis?, le dijo en voz baja.

Entre tanto la señora Aloisa, encantada de verles cerca el uno del otro
y hablando en secreto, decía jugando con las corchetas de su _Ejercicio
cotidiano_:

--¡Qué interesante cuadro de amor!

El capitán, cada vez más embarazado, volvió á inclinarse sobre el tapiz
diciendo:--Verdaderamente éste es un trabajo soberbio.

Á estas palabras, Columba de Gaillefontaine, otra hermosa rubia
de cutis blanco, perfectamente vestida de damasco azul, aventuró
tímidamente una palabra que dirigió á Flor de Lis, con la esperanza de
que el hermoso capitán respondiese á ella.

--Mi querida Gondelaurier ¿habéis visto las tapicerías del palacio de
la roche Guyon?

--¿No es ése el palacio donde está el jardín de la Lavandera del
Louvre?, preguntó riendo Diana de Cristeuil, que tenía una hermosa
dentadura y que por consiguiente reía á todas horas:

--¿Y donde hay aquella torre ancha, vieja, de la antigua muralla de
París?, añadió Amelota de Montmichel, morena graciosa, fresca y con el
cabello rizado, que tenía por costumbre suspirar como la otra reir, sin
saber porqué.

--Querida Columba, replicó la señora Aloisa, ¿no queréis hablar del
palacio que pertenecía al señor de Baqueville en el reinado de Carlos
VI?, en efecto que hay en él soberbias tapicerías de lizos altos.

--¡Carlos VI! ¡el rey Carlos VI!, refunfuñó el joven capitán,
retorciéndose el bigote ¡Dios mío! ¡y de qué cosas tan rancias se
acuerda la buena señora!

La señora de Gondelaurier prosiguió:--Hermosas tapicerías ciertamente.
¡Un trabajo tan estimado que pasa por singular!

En esto, Berangera de Campchevrier, niña graciosa de siete años, que
estaba mirando á la plaza por los enrejados del balcón, exclamó:--¡Oh!
mirad, ¡hermosa madrina Flor de Lis! á la linda danzarina que baila en
la calle, y que toca el tamboril en medio de los charros!

En efecto, se oía el redoblar sonoro de un pandero.

--Alguna gitana de Bohemia, dijo Flor de Lis volviéndose con
negligencia hacia la plaza.

--¡Veamos! ¡veamos!, exclamaron sus alegres compañeras; y dieron
todas á correr al balcón, mientras que Flor de Lis, pensativa por
la frialdad de su prometido, las seguía despacio: y éste, socorrido
por un incidente que acortaba una conversación embarazosa, se volvía
al interior de la habitación con el semblante gozoso de un soldado
relevado de servicio. Grato, sin embargo, y lindo, era el servicio
de la hermosa Flor de Lis, y tal le había parecido en otro tiempo;
pero el capitán se había desgastado poco á poco. La perspectiva de
un próximo casamiento le resfriaba más de día en día. Además de eso,
era de genio inconstante, y ¿es preciso decirlo?, de un gusto algo
vulgar. Aunque de muy noble nacimiento, había contraído bajo el arnés
más de una costumbre de soldadote. Le agradaba la taberna, y lo que se
sigue de ella. Sólo se hallaba bien en las conversaciones mayores, las
galanterías militares, las beldades fáciles y los fáciles triunfos.
Sin embargo, había recibido de su familia alguna educación y modales;
pero había corrido el país demasiado joven, había estado de guarnición
cuando todavía lo era, y todos los días el barniz del hidalgo se
borraba con el áspero roce de su tahalí de gendarme. Aunque visitando
todavía á Flor de Lis de tiempo en tiempo por un resto de respeto
humano, sentíase doblemente embarazado en su casa; desde luego porque á
fuerza de desparramar su amor en toda suerte de objetos, había guardado
muy poco para ella; y además, porque en medio de tantas señoras
hermosas, tiesas, decentes y con todos sus alfileres, temblaba sin
cesar que su boca acostumbrada á los juramentos se disparase de repente
y prorrumpiese en palabras de taberna. ¡Imagínese cualquiera el hermoso
efecto que esto haría!

Por lo demás, todo eso se mezclaba en él con grandes pretensiones de
elegancia, de compostura y buena presencia. Componga el lector estas
cosas como pueda. Yo no soy más que historiador.

Llevaba pues algunos instantes de estar pensando ó no pensando,
apoyado en la esculpida chimenea, cuando Flor de Lis, volviéndose
repentinamente, le dirigió la palabra. Al fin, la pobre moza no estaba
incomodada con él sino contra su voluntad.

--Hermoso primo, ¿no nos habéis hablado de una gitanilla que
libertasteis hace dos meses, yendo por la noche de ronda, de manos de
una docena de ladrones?

--Creo que sí, hermosa prima, dijo el capitán.

--¡Pues bien!, prosiguió ella, quizá será la gitana que está bailando
allí en frente en la Lonja. Venid á ver si la conocéis, hermoso primo
Febo.

Percibíase un secreto deseo de reconciliación en aquel convite cariñoso
que la joven le hacía para que se acercase á ella, y en el cuidado de
llamarle por su nombre. El capitán Febo de Chateaupers (pues es él á
quien el lector tiene delante de los ojos desde el principio de este
capítulo) se acercó á paso lento al balcón.--Mirad, le dijo Flor de
Lis, poniendo tiernamente su mano sobre el brazo de Febo. Mirad aquella
chicuela que baila en medio de aquel círculo. ¿Es vuestra gitana?

Miró Febo, y dijo:

--Sí, la conozco por su cabra.

--¡Oh! ¡la linda cabrita en efecto!, dijo Amelota juntando las manos de
admiración.

--¿Son de verdad sus cuernos de oro?, preguntó Berangera?

Sin moverse de su sillón, la señora Aloisa tomó la palabra:

--¿No es una de aquellas gitanas que entraron el año pasado por la
puerta de Gibard?

--Mi señora madre, dijo modestamente Flor de Lis, esa puerta se llama
hoy puerta de Infierno.

La señorita de Gondelaurier sabía hasta qué punto incomodaban al
capitán los modos anticuados de hablar de su madre. En efecto, ya
empezaba aquél á fisgar diciendo entre dientes: ¡Puerta Gibard! Puerta
Gibard! ¡Esto es para hacer pasar al rey Carlos VI!

--Madrina, exclamó Berangera, cuyos ojos en continuo movimiento se
habían levantado de repente hacia lo alto de las torres de Nuestra
Señora. ¿Quién es aquel hombre negro que está allá arriba?

Todas las jóvenes alzaron los ojos. Había en efecto un hombre puesto de
codos sobre la balustrada culminante de la torre septentrional que da á
la Greva. Era un clérigo. Se distinguían claramente su traje y su cara
apoyada en las dos manos. Por lo demás estaba inmóvil como una estatua.
Sus ojos estaban fijos en la plaza. Veíase en él algo de la inmovilidad
de un milano que acaba de destruir un nido de gorriones y que le mira.

--Es el señor arcediano de Josas, dijo Flor de Lis.

--¡Buenos ojos tenéis si le conocéis desde aquí!, observó la
Gaillefontaine.

--¡Cómo mira á la bailadorcilla!, prosiguió Diana de Cristeuil.

--Que se guarde la gitana, dijo Flor de Lis, porque él no quiere al
Egipto.

--Qué lástima que ese hombre la mire así, añadió Amelota de Montmichel;
porque baila que es un encanto.

--Hermoso primo Febo, dijo de repente Flor de Lis, supuesto que
conocéis á esa gitanilla, hacedle seña para que suba: eso nos divertirá.

--¡Oh sí!, exclamaron todas las jóvenes dando palmadas.

--Pero es una locura, respondió Febo. Ella sin duda se habrá ya
olvidado de mí, y no sé su nombre; sin embargo, si lo deseáis,
señoritas, voy á probar. É inclinándose sobre la balustrada del balcón,
se puso á gritar: ¡Muchacha!

La bailadora no tocaba en este momento su tamboril. Volvió la cabeza
hacia el punto de donde la llamaban, su mirada brillante se fijó en
Febo, y quedóse parada.

--¡Muchacha!, volvió á decir el capitán, y le hizo seña con el dedo
para que subiese.

La gitana le siguió mirando aún, púsose después encarnada como si una
llama le hubiese subido á las mejillas, y cogiendo su tamboril debajo
del brazo, se dirigió por en medio de los espectadores sorprendidos
hacia la puerta de la casa, á donde Febo la llamaba, á paso lento,
vacilante, y con la vista turbada de un pájaro que cede á la
fascinación de una serpiente.

Un instante después, la mampara de tapiz se levantó, y la gitana
apareció en el umbral de la habitación, roja, sobrecogida, desalentada,
sus grandes ojos bajos, y no osando dar un paso adelante.

Berangera hizo palmas.

Entretanto permanecía inmóvil la bailadora en el umbral de la puerta.
Su aparición había producido en aquel grupo de jóvenes un efecto
singular. Es cierto que animaba á todas á la vez un vago y confuso
deseo de agradar al hermoso oficial; que el espléndido uniforme era el
blanco de todas sus coqueterías; y que, desde su llegada, había entre
ellas cierta rivalidad secreta, sorda, que se confesaban apenas á sí
mismas, pero que no por eso se manifestaba menos á cada momento en sus
ademanes y en sus palabras. Sin embargo, como todas eran poco más ó
menos de la misma hermosura, luchaban con armas iguales, y cada una
podía esperar la victoria. La entrada de la gitana destruyó de un golpe
este equilibrio. Era de una hermosura tan rara, que al presentarse en
la puerta del aposento, pareció que esparcía en él una especie de luz
que le era peculiar. En aquel cuarto estrecho, bajo el sombrío marco
de tapicerías y maderas, estaba sin comparación más hermosa y más
radiante que en la plaza pública. Era como una antorcha que acababan de
trasladar de en medio de una gran luz á la sombra. Las nobles señoritas
se vieron á su pesar deslumbradas con ella. Cada una se sintió en
cierto modo lastimada en su hermosura. Así es que cambiaron de repente
(disimúlesenos la expresión) su frente de batalla sin decirse una
palabra. Los instintos de las mujeres se comprenden y se responden más
pronto que las inteligencias de los hombres. Acababa de llegarles una
enemiga: todas lo conocían, todas se coligaban. Basta una gota de vino
para enrojecer todo un vaso de agua; para teñir de un cierto humor
toda una junta de lindas mujeres, basta la llegada de otra mujer más
linda--sobre todo cuando entre ellas no hay más que un hombre.

El recibimiento, pues, hecho á la gitana fué maravillosamente glacial.
Contempláronla de arriba abajo, después se miraron entre sí y no
fué menester más: se habían ya comprendido. Entretanto la muchacha
aguardaba que se le hablase, de tal suerte conmovida que no osaba
levantar los párpados.

El capitán rompió el silencio el primero.

--Sobre mi palabra, dijo, con su tono de fatuidad intrépida, ¡ved aquí
una criatura encantadora! ¿Qué os parece, hermosa prima?

Esta observación, que un admirador más delicado hubiese hecho por
lo menos en voz baja, no era muy á propósito para disipar los celos
femeninos que estaban en observación delante de la gitana.

Flor de Lis respondió al capitán con una almibarada afectación de
desdén: No está mal.

Las otras cuchicheaban.

En fin, la señora Aloisa, que no estaba menos celosa que las
demás, porque lo estaba con su hija, dirigió la palabra á la
bailadora:--Acercaos, muchacha.

--¡Acercaos, muchacha!, repitió con una dignidad cómica Berangera, que
llegaría á la gitana á la cadera.

La gitana se adelantó hacia la noble señora.

--Hermosa niña, dijo Febo con énfasis dando algunos pasos hacia ella,
no sé si tengo la suprema dicha de que os acordéis de mí...

Ella le interrumpió dirigiéndole una sonrisa y una mirada llenas de una
suavidad infinita:--¡Oh! sí, dijo.

--Buena memoria tiene, observó Flor de Lis.

--Pues, amiga, continuó Febo, bien presto os escapasteis la otra noche.
¿Os da miedo de mí?

--¡Oh! no, dijo la gitana.

Había en el acento con que aquel _¡oh!_ _no_ fué pronunciado enseguida
de aquel _¡oh!_ sí, una cosa inefable, que lastimó á Flor de Lis.

--Me dejasteis en lugar vuestro, querida mía, prosiguió el capitán cuya
lengua se desataba cuando hablaba con una moza de la calle, un tuno
bastante endemoniado, tuerto y jorobado, el campanero del obispo, á lo
que creo.

Me han dicho que era bastardo de un arcediano y diablo de nacimiento.
Tiene un chistoso nombre: se llama Cuatro Témporas, Pascua Florida,
Martes de Carnestolendas, ¡no me acuerdo! ¡Un nombre de fiesta repicada
en fin! ¡Y se había atrevido á robaros, como si estuvieseis hecha
para pertigueros! ¡Eso es fuerte! ¿Qué diablos os quería, pues, aquel
mochuelo? ¡eh, decid!

--No sé, respondió ella.

--¡Habráse visto igual insolencia! ¡un campanero robar una joven como
si fuera un vizconde! ¡un villano correr la caza de los hidalgos! es
raro. Por lo demás, caro le ha costado. El maestre Pierrad Calletuerta
es el palafrenero más duro que costillas haya sacudido á un pillo; y
sabed, si esto puede agradaros, que el cuero de vuestro campanero le ha
pasado garbosamente por las manos.

--¡Pobre hombre!, dijo la gitana á quien estas palabras recordaban la
escena de la picota.

El capitán dió una carcajada.--¡Cuerno de buey, ved ahí una compasión
tan bien colocada como una pluma en el culo de un puerco! Barrigudo me
veo yo como un papa, si...

Detúvose de repente.--¡Perdón señoras!, creo que iba á decir alguna
tontada.

--¡Vaya señor!, dijo la Gaillefontaine.

--¡Él habla en su lenguaje á esa criatura!, añadió á media voz Flor
de Lis, cuyo enfado crecía por momentos. Este enfado no se disminuyó
cuando vió al capitán que, encantado de la gitana, y sobre todo de
sí mismo, se puso á hacer piruetas sobre el talón repitiendo con una
descomunal galantería ingenua y soldadesca:--¡Una linda moza, sobre mi
alma!

--Bastante salvaje vestida, Dijo Diana de Cristeuil con su sonrisa de
hermosos dientes.

Esta reflexión fué un rayo de luz para las demás. Les hizo ver el lado
por donde podían acometer á la gitana; no pudiendo dar una dentellada
en su hermosura, se echaron sobre su traje.

--Y es verdad, muchacha, dijo la Montmichel; ¿dónde has visto correr
así por las calles sin griñón ni gorguera?

--Mirad una saya tan corta que da miedo, añadió la Gaillefontaine.

--Querida, prosiguió con bastante aspereza Flor de Lis, con vuestro
cinturón dorado, lograréis que os recojan los sargentos de la docena.

--Niña, niña, continuó la Cristeuil con una sonrisa implacable, si te
pusieras honestamente una manga en el brazo, estaría menos quemado por
el sol.

Era verdaderamente un espectáculo digno de un espectador más
inteligente que Febo, el ver cómo aquellas jóvenes, con sus lenguas
envenenadas é irritadas, serpenteaban, se insinuaban y se revolvían
alrededor de la bailadora pública: eran crueles y graciosas;
escudriñaban, huroneaban malignamente en su pobre y loca compostura
de lentejuelas y oropeles. Todo era risas, ironías, humillaciones sin
fin. Llovían sobre la gitana los sarcasmos y la benevolencia altiva y
las miradas perversas. Cualquiera hubiese creído ver á aquellas señoras
romanas jóvenes que se divertían en clavar alfileres de oro en el
seno de una hermosa esclava. Parecían elegantes galgas volviendo con
las narices abiertas sus ardientes ojos en torno de una pobre cierva
salvaje, que la vista del dueño les impide devorar.

¿Qué era, en resumidas cuentas, ante aquellas jóvenes de noble
alcurnia, una miserable bailadora de plaza pública? No parecían tener
cuenta con su presencia; y hablaban de ella en su presencia, á ella
misma, en voz alta como de una cosa bastante desaseada, bastante
abyecta, bastante linda.

La gitana no era insensible á estas picaduras de alfiler. De vez en
cuando una púrpura de vergüenza, un relámpago de cólera inflamaban sus
ojos ó sus mejillas; una palabra desdeñosa parecía vacilar sobre sus
labios; hacía con menosprecio aquella muequecita que el lector sabe
ya, pero permanecía inmóvil, fijando sobre Febo una mirada resignada,
triste y dulce. Había también en esta mirada gozo y ternura. Hubiérase
dicho que la pobre se contenía, de miedo que la echasen fuera de allí.

Febo se reía, y tomaba el partido de la gitana con una mezcla de
impertinencia y de compasión.

--¡Dejadlas decir, niña!, repetía haciendo sonar sus espuelas de oro,
vuestro traje es sin duda algo extravagante é inculto; pero siendo tan
linda como sois, ¿qué importa eso?

--¡Ay! ¡Dios mío!, exclamó la rubia Gaillefontaine, enderezando
su cuello de cisne con una sonrisa amarga, ya veo que los señores
alguaciles de la ordenanza del rey, se inflaman fácilmente con los
hermosos ojos gitanos.

--¿Por qué no?, dijo Febo.

Á esta respuesta lanzada descuidadamente por el capitán como una piedra
perdida que ni aun se mira caer, empezó á reir Columba, y Diana, y
Amelota, y Flor de Lis, á quién vino al mismo tiempo una lágrima á los
ojos.

La gitana, que había bajado los suyos al suelo á las palabras de
Columba de Gaillefontaine, los levantó llenos de gozo y de orgullo, y
los fijó de nuevo sobre Febo. En aquel momento estaba muy hermosa.

La anciana señora, que observaba esta escena, se sentía ofendida, y no
comprendía.

--¡Virgen santísima, exclamó de repente; ¿qué tengo yo aquí que me
bulle entre las piernas? ¡Ay! ¡la ruin bestia!

Era la cabra que acababa de llegar en busca de su dueña, y que
precipitándose hacia ella, había empezado por enredar sus cuernos en el
montón de tela que el vestido de la noble señora formaba sobre sus pies
cuando estaba sentada.

Fué una diversión. La gitana, sin decir una palabra, desenredó al
animal.

--¡Oh! mirad la cabrita que tiene patas de oro, exclamó Berangera,
saltando de gozo.

La gitana se agachó de rodillas, y apoyó junto á su mejilla la cabeza
cariñosa de la cabra. Parecía que le pedía perdón por haberla dejado
sola.

Entretanto Diana se había llegado al oído de Columba.

--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo no he dado antes en ello? Es la gitana de la
cabra. La dicen bruja, y que la cabra hace momerías muy maravillosas.

--¡Pues bien!, dijo Columba, es menester que la cabra nos divierta á su
vez y nos haga un milagro.

Diana y Columba se dirigieron vivamente á la gitana.

--Niña, manda hacer un milagro á tu cabra.

--No sé lo que queréis decir, respondió la bailadora.

--Un milagro, un encanto, una brujería en fin.

--No sé. Y se puso á acariciar de nuevo á su lindo animalito
repitiendo: ¡Djali! ¡Djali!

En este momento Flor de Lis advirtió un saquito de cuero bordado,
colgado al cuello de la cabra.-- ¿Qué es eso?, preguntó á la gitana.

La gitana levantó sus grandes ojos hacia ella, y le respondió con
gravedad:--Es mi secreto.

--De buena gana querría saber qué secreto es el tuyo, dijo entre sí
Flor de Lis.

Mientras tanto la buena señora se había levantado con enfado.--Hola,
gitana, si tú ni tu cabra no tenéis nada que bailarnos, ¿qué haces aquí?

La gitana, sin responder, se dirigió lentamente hacia la puerta.
Pero cuanto más se acercaba á ella su paso se retardaba más. Un imán
invencible parecía detenerla. De repente volvió sus ojos cubiertos de
lágrimas hacia Febo, y se detuvo.

--¡Dios verdadero!, exclamó el capitán, la gente no se va así. Volved,
y bailad algo: Á propósito, hermosa hechicera, ¿cómo os llamáis?

--La Esmeralda, dijo la bailadora sin apartar la vista de él.

Á este nombre tan extraño, las jóvenes se echaron á reir de una manera
loca.

--He ahí, dijo Diana, un terrible nombre para una señorita.

--Ya veis, prosiguió Amelota, que es una hechicera.

--Querida, exclamó solemnemente la señora Aloisa, vuestros padres no os
han pescado ese nombre en la pila del bautismo.

Entretanto, ya hacía algunos minutos que Berangera, sin que nadie
parase en ello la atención, había atraído la cabra á un rincón del
cuarto con un mazapán. En un instante se habían hecho ambas amigas. La
curiosa niña había desatado la bolsita colgada al cuello de la cabra la
había abierto, y había vaciado en la estera lo que contenía, que era un
alfabeto cuyas letras estaban escritas separadamente cada una en una
tablilla de boj. Apenas se cayeron estos juguetes sobre la estera que
la niña vió con sorpresa á la cabra, de cuyos _milagros_ sin duda era
éste uno, entresacar con su pata de oro ciertas letras y disponerlas,
empujándolas poco á poco, en un orden particular. Al cabo de un momento
se halló formada una voz que la cabra parecía ejercitada en escribir,
según lo poco que titubeó para formarla; y Berangera exclamó de repente
juntando las manos con admiración:

--¡Madrina Flor de Lis, mirad lo que acaba de hacer la cabra!

Acudió Flor de Lis, y se estremeció. Las letras ordenadas sobre el
suelo formaban esta voz:

                                 FEBO.

--¿Es la cabra la que ha escrito eso?, preguntó con voz alterada.

--Sí, madrina, respondió Berangera. Era imposible dudarlo; la niña no
sabía escribir.

--¡He aquí el secreto!, dijo para sí Flor de Lis.

Al mismo tiempo, á los gritos de la niña, todos habían acudido, la
madre y las jóvenes y la gitana y el oficial.

La gitana vió la tontería que acababa de hacer la cabra. Púsose
encendida, en seguida pálida, y empezó á temblar como un reo delante
del capitán que la miraba con sonrisa de satisfacción y de asombro.

--_¡Febo!_, cuchicheaban las doncellas atónitas; ¡el nombre del capitán!

--¡Tenéis una maravillosa memoria!, dijo Flor de Lis á la gitana
petrificada. Después prorumpiendo en sollozos ¡oh! tartamudeó
dolorosamente, ocultándose la cara con sus dos bellas manos, ¡es una
bruja?! y al mismo tiempo oía una voz más amarga aún decirle en lo
íntimo del corazón: ¡es una rival!

Y cayó desvanecida al suelo.

--¡Hija mía! ¡hija mía!, gritó la madre despavorida. ¡Sal de aquí
gitana del infierno!

La Esmeralda juntó en un momento las funestas letras, hizo seña á
Djali, y salió por una puerta, mientras que se llevaban á Flor de Lis
por la otra.

El capitán Febo, habiéndose quedado solo, titubeó un instante entre las
dos puertas; después siguió á la gitana.


                                 NOTAS:

[10] El apellido _Gondelourier_ está formado de _gond_ (gozne) y
_laurier_ (laurel) de donde proviene el juego de palabras del autor.




                                   II
                  Que un clérigo y un filósofo son dos


El clérigo que las jóvenes habían reparado en lo alto de la torre
setentrional, inclinado hacia la plaza y tan atento al baile de la
gitana, era en efecto el arcediano Claudio Frollo.

Nuestros lectores no han olvidado la celda misteriosa que el arcediano
se había reservado en aquella torre. (No sé, lo diré de paso, si no
es la misma de la cual se puede ver hoy hasta lo interior por una
boardilla cuadrada, abierta al oriente á la altura regular de un
hombre, sobre la plataforma donde se elevan las torres: un chiribitil
desnudo hoy, vacío y destrozado, cuyas paredes mal enyesadas están
adornadas acá y acullá, á estas horas, con unos malos grabados
amarillos que representan fachadas de catedrales. Presumo que este
agujero está habitado juntamente por los murciélagos y las arañas, y
que por consiguiente se hace en él una doble guerra de exterminio á las
moscas).

Todos los días, una hora antes de ponerse el sol, el arcediano subía la
escalera de la torre, y se encerraba en su celda, donde algunas veces
pasaba las noches enteras. Aquel día, en el momento en que, llegado
delante de la puerta baja del escondite, entraba en la cerradura la
complicada llavecita que llevaba siempre consigo en la escarcela
colgada de la cintura, había llegado á sus oídos un ruido de tamboril
y castañetas. Este ruido venía de la plaza de la Lonja. La celda, ya
lo hemos dicho, sólo tenía una boardilla que daba sobre la cumbre de
la iglesia. Claudio Frollo había vuelto á tirar precipitadamente de la
llave, y un instante después se hallaba en lo alto de la torre, en la
postura sombría y recogida en que las señoritas le habían distinguido.

Veíasele allí, grave, inmóvil, absorto en una mirada y en un
pensamiento. Todo París estaba á sus pies, con las mil agujas de sus
edificios y su circular horizonte de suaves colinas, con el río que
serpentea debajo de sus puentes y el pueblo que ondea en sus calles,
con la nube de sus chimeneas, y la cordillera de sus tejados que rodea
á Nuestra Señora con sus mallas redobladas; pero de toda la ciudad el
arcediano no miraba más que un punto: la plaza de la Lonja; de toda la
muchedumbre, una sola figura: la gitana.

Difícil hubiera sido decir de qué naturaleza era aquella mirada, y
dónde nacía la llama que salía de ella. Era una mirada fija y sin
embargo llena de turbación y de tumulto. Y al ver la inmovilidad
profunda de todo su cuerpo, agitado apenas por intervalos con un
temblor maquinal, como un árbol al viento; al ver el envaramiento de
sus codos de mármol, más aún que el tramo donde se apoyaba, al ver la
sonrisa petrificada que contraía su rostro, hubiérase dicho que no
había vivo en Claudio Frollo más que los ojos.

Bailaba la gitana; hacía dar vueltas á su tamboril en la punta del
dedo, y le tiraba en alto bailando sarabandas provenzales; ágil,
ligera, gozosa, y no sintiendo el peso de la mirada formidable que caía
á plomo sobre su cabeza.

Hormigueaba la muchedumbre en torno de ella; de tiempo en tiempo,
un hombre ataviado de una casaca amarilla y roja hacía formar el
círculo, después volvía á sentarse sobre una silla á algunos pasos de
la bailadora, y tomaba la cabeza de la cabra sobre sus rodillas. Este
hombre parecía ser el compañero de la gitana. Claudio Frollo, desde el
punto elevado donde estaba, no podía distinguir sus facciones.

Desde el momento en que el arcediano hubo descubierto á este
desconocido, pareció dividirse su atención entre la bailadora y él, y
su semblante se puso cada vez más sombrío: de repente se enderezó, y un
temblor recorrió todo su cuerpo:--¿Quién es este hombre?, dijo entre
dientes; ¡siempre la había yo visto sola!

Entonces entró de nuevo bajo la bóveda tortuosa de la escalera espiral,
y volvió á bajar. Al pasar delante de la puerta del campanero, que
estaba entreabierta, vió una cosa que le extrañó: vió á Cuasimodo
que, asomado á una abertura de aquellos tejadillos de pizarras que
se parecen á enormes celosías, miraba también á la plaza. Estaba
abandonado á una contemplación tan profunda que no advirtió que pasaba
su padre adoptivo. Su ojo salvaje tenía una expresión singular: era una
mirada encantada y dulce.--¡Extraño es esto!, murmuró Claudio. ¿Es la
gitana á quien está mirando de esa manera?--Prosiguió su camino; y al
cabo de algunos minutos el inquieto arcediano salió á la plaza por la
puerta que está al pie de la torre.

--¿Qué se ha hecho, pues, de la gitana?, dijo mezclándose en el grupo
de los espectadores que el tamboril había juntado.

--No sé, respondió uno de los que estaban más inmediatos, acaba de
desaparecer. Creo que ha ido á bailar algún fandango á la casa de
enfrente, donde la han llamado.

En lugar de la gitana, sobre el mismo tapiz cuyos arabescos
desaparecían un momento antes bajo el diseño caprichoso de su danza, el
arcediano no vió más que al hombre rojo y amarillo, que para ganar á su
vez algunos testones, se paseaba al rededor del círculo, con los codos
en las caderas, la cabeza vuelta al cielo, la cara roja, el cuello
tendido, y una silla entre los dientes. Sobre esta silla había atado un
gato, prestado por una vecina, y que juraba muy despavorido.

--¡María Santísima!, exclamó el arcediano en el momento que el
saltimbanquis, sudando la gota tan gorda, pasó por delante de él con su
pirámide de silla y gato, ¿qué hace aquí el maestre Pedro Gringorio?

La voz severa del arcediano causó al cuitado una conmoción tal que
perdió el equilibrio con todo su edificio, y la silla y el gato cayeron
revueltos sobre la cabeza de los asistentes, en medio de una chifla
inextinguible.

Es probable que el maestre Pedro Gringorio (pues en efecto era él)
hubiera tenido una pesada cuenta que saldar con la vecina del gato, y
todas las caras contusas y arañadas que le rodeaban, si no se hubiese
dado prisa á aprovecharse del tumulto para refugiarse en la iglesia,
donde Claudio Frollo le había hecho seña de seguirle.

La catedral estaba ya oscura y desierta; las naves laterales estaban
llenas de tinieblas, y las lámparas de las capillas empezaban á
brillar, tan negras se hallaban ya las bóvedas. Sólo la gran rosa de
la fachada, cuyos mil colores iluminaba un rayo del sol horizontal,
relucía en la sombra como diamantes, y repercutía al otro extremo de la
nave su relumbrante espectro.

Cuando hubieron dado algunos pasos, D. Claudio se puso de espaldas
junto á un pilar y miró á Gringorio atentamente. Esta mirada no era
la que temía Gringorio, vergonzoso de haber sido sorprendido por
una persona grave y docta en aquel traje de danzante. La ojeada del
clérigo no tenía nada de burlona ni de irónica; era seria, tranquila y
penetrante. El arcediano rompió el silencio.

--Venid acá maestre Pedro. Me vais á explicar muchas cosas. Y
primeramente, ¿de dónde proviene no haberos visto hace cerca de dos
meses, y hallaros hoy en las encrucijadas, bien ataviado ¡por cierto!
mitad de amarillo y mitad rojo, como manzana de Caudebec?

--Señor, dijo lastimosamente Gringorio; en efecto, es un prodigioso
atavío, y me veis por eso más embarazado que un gato cubierto con una
calabaza. Es muy mal hecho, lo conozco, exponer á los señores sargentos
de la ronda á apalear debajo de esta casaca las espaldas de un filósofo
pitagórico. Pero, ¿qué queréis, mi reverendo señor? La culpa es de
mi vieja casaca que me ha abandonado cobardemente á principios del
invierno so pretexto de que se caía á pedazos, y que tenía necesidad
de ir á descansar en la banasta del trapero. ¿Qué he de hacer? La
civilización no ha llegado al extremo de que podamos andar desnudos,
como quería el anciano Diógenes. Añadid que hacía un viento muy frío,
y que no es en el mes de enero en el que se puede probar con buen
resultado á hacer dar este paso más á la humanidad. Se ha presentado
esta casaca, la he cogido, y he dejado mi vieja casaca negra, la cual,
para un hermético como yo, estaba muy poco herméticamente cerrada.
Vedme aquí, pues, en traje de histrión como San Ginés. ¿Qué queréis?
Esto es un eclipse. Apolo guardó también gorrinos en el reino de Admeto.

--¡Ejercéis un brillante oficio!, respondió el arcediano.

--Convengo, señor mío, en que más vale filosofar y poetizar, soplar la
llama en el hornillo ó recibirla del cielo, que llevar gatos por las
calles. Así es, que cuando me habéis apostrofado, me he quedado tan
tonto como un asno delante de un asador. Pero, ¿qué queréis señor? Es
menester vivir todos los días, y los más hermosos versos alejandrinos
no valen debajo de los dientes un pedazo de queso de Brie. Yo he hecho
para la señora Margarita de Flandes el famoso epitalamio que sabéis, y
la ciudad no me lo paga, so pretexto de que no es excelente; como si
se pudiera dar por cuatro escudos una tragedia de Sófocles. Me iba,
pues, á morir de hambre. Por fortuna he hallado un poco de fuerza en
mi quijada, y he dicho á esta quijada: haz habilidades de fuerza y de
equilibrio; aliméntate tú misma. _Ale te ipsam._ Un hato de miserables,
que se han hecho mis buenos amigos, me han enseñado veinte clases de
pruebas hercúleas, y ahora doy todas las noches á mis dientes el pan
que han ganado durante el día con el sudor de mi frente. Por último,
concedo que éste es un triste uso de mis facultades intelectuales, y
que el hombre no ha sido hecho para pasar su vida en tamborilear y
morder sillas; pero, reverendo señor, no basta con pasar la vida, es
menester ganarla.

Don Claudio escuchaba en silencio. De repente sus hundidos ojos tomaron
una expresión tan sagaz y penetrante, que Gringorio se sintió, por
decirlo así, escudriñado hasta el fondo del alma con aquella mirada.

--Muy bien, maestre Pedro, pero ¿de dónde os viene el estar ahora en
compañía de esa bailadora de Egipto?

--¡Pardiez!, dijo Gringorio; es que ella es mi mujer, y yo soy su
marido.

Los tenebrosos ojos del clérigo se inflamaron.

--¿Habrías hecho eso, miserable?, exclamó cogiendo con furor el brazo
de Gringorio; ¿habrías estado tan dejado de la mano de Dios, que
hubieras puesto la tuya en esa moza?

--Por mi parte de paraíso, monseñor, respondió Gringorio temblando
de pies á cabeza, os juro que no la he tocado, si es eso lo que os
inquieta.

--¿Qué estás diciendo, pues, de marido y mujer? preguntó el clérigo?

Gringorio se dió prisa á contarle lo más sucintamente posible todo lo
que el lector sabe ya; su aventura de la corte de los milagros y su
casamiento de cántaro roto. Parece por lo demás que este casamiento
no había tenido todavía resulta alguna, y que cada noche la gitana,
le birlaba la de bodas como el día primero.--Es un sinsabor, dijo al
acabar; pero consiste en que he tenido la desgracia de casarme con una
virgen.

--¿Qué queréis decir?, preguntó el arcediano, que se había sosegado por
grados al oir la relación.

--Es bastante difícil de explicar, respondió el poeta. Es una
superstición. Mi mujer es, según lo que me ha dicho un viejo chocho
que se llama entre nosotros el duque de Egipto, una niña expósita ó
perdida, que es lo mismo. Lleva al cuello un amuleto que, se asegura,
le hará un día encontrar á sus padres, pero que perdería su virtud,
si la moza perdiera la suya. De donde se sigue que vivimos ambos muy
virtuosos.

--¿Con que creéis, maestre Pedro, prosiguió Claudio, cuya frente se
serenaba cada vez más, que ningún hombre se ha acercado á esta criatura?

--¿Qué queréis, D. Claudio, que un hombre haga á una superstición? Ella
tiene metido eso en su cabeza. Considero que es seguramente una cosa
rara esa gazmoñería de monja que se mantiene huraña en medio de esas
mozas gitanas, tan fácilmente conquistadas. Pero tiene para protegerse
tres cosas: el duque de Egipto, que la ha tomado bajo su salvaguardia,
contando quizá venderla á algún señor abad; toda su tribu, que la tiene
en veneración singular, como á una virgen santísima; y cierto puñal
lindo, que la bribonzuela le lleva siempre consigo en un escondite,
á pesar de las ordenanzas del preboste, y que se le hace salir á las
manos en apretándole el talle. ¡Es una maldita avispa, andad!

El arcediano abrumó á Gringorio á preguntas.

La Esmeralda era, á juicio de Gringorio, una criatura inocente y linda,
bonita, excepto en una mueca que le era particular, una muchacha
sencilla y apasionada; ignorante de todo, y entusiasta de todo; no
sabiendo la diferencia de una mujer á un hombre, ni aún en sueños de
esta especie; loca sobre todo por el baile, el ruido, la libertad; una
especie de mujer abeja, con alas invisibles en los pies, y viviendo
en un torbellino. Debía esta naturaleza á la vida errante que había
llevado siempre. Gringorio había llegado á saber que, desde niña, había
corrido España y la Cataluña hasta la Sicilia; creía que había sido
robada por la caravana de los zingaris, de que hacía parte, en el reino
de Argel, país situado en Acaya, la cual Acaya confina por un lado con
Albania y Grecia, y por el otro con el mar de las Sicilias, que es el
camino de Constantinopla. Los gitanos, decía Gringorio, eran vasallos
del rey de Argel en su calidad de jefe de la nación de los moros
Blancos Lo cierto es, que la Esmeralda había llegado á Francia, todavía
muy joven, por Hungría. De todos estos países había recogido la moza
trozos de dialectos raros, ideas y cantos extranjeros, que hacían de su
lenguaje un conjunto tan abigarrado como su traje, mitad parisiense,
mitad africano. Por lo demás, el pueblo de los barrios que frecuentaba
la quería por su buen humor, sus maneras vivas, sus bailes y sus
canciones. En toda la ciudad no se creía aborrecida más que de dos
personas, de quienes hablaba muchas veces con espanto. La saquita de la
Torre de Rolando, una indigna reclusa que tenía no se sabe qué rencor
contra las gitanas, y que maldecía á la pobre bailadora siempre que
pasaba por delante de su lumbrera; y un clérigo que no la encontraba
jamás sin lanzarle miradas y palabras que le hacían miedo. Esta
última circunstancia turbó bastante al arcediano, sin que Gringorio
atendiese mucho á esta turbación; de tal manera habían bastado dos
meses para hacer olvidar al indiferente poeta los pormenores singulares
de aquella noche en que había tenido el encuentro de la gitana, y la
presencia del arcediano en medio de él. Por lo demás la bailadorcilla
no temía nada; no decía la buena ventura, lo cual la ponía al abrigo
de aquellos procesos de magia, tan frecuentemente formados á las
gitanas. Y después, Gringorio le servía de hermano, ya que no de
marido. Finalmente, el filósofo toleraba muy pacientemente esta especie
de casamiento platónico. Al fin, tenía un albergue y pan. Todas las
mañanas salía de la truhanería por lo común con la gitana; la ayudaba
á coger en las encrucijadas su cosecha de tarjas y blancas; todas las
noches volvía á entrar con ella bajo el mismo techo, la dejaba cerrarse
con cerrojo en su cuartito, y él dormía con el sueño del justo.
Existencia muy dulce por último resultado, decía, y muy propia para la
fantasía. Y después, en su alma y conciencia, el filósofo no estaba muy
seguro de estar perdidamente enamorado de la gitana. Quería casi tanto
como á ella á su cabra. Era un lindo animal, amable, inteligente, fino,
una cabra docta. Nada más común en la Edad Media que estos animales
que maravillaban mucho, y que llevaban frecuentemente á sus maestres á
la hoguera. Con todo, las hechicerías de la cabra de las patas doradas
eran malicias muy inocentes. Gringorio las explicó al arcediano, á
quien estas particularidades parecían interesar vivamente. Bastaba la
mayor parte de las veces presentar el tamboril á la cabra de tal ó
tal modo, para lograr de ella la momería que se deseaba. Había sido
enseñada por la gitana, la cual tenía en estas habilidades un talento
tan raro, que le habían bastado dos meses para enseñar á la cabra á
escribir con letras móviles la palabra _Febo_.

--_¡Febo!_, dijo el clérigo, ¿y por qué _Febo_?

--No sé, respondió Gringorio. Quizá sea ésta una voz que ella cree
dotada de alguna virtud mágica y secreta. Ella la repite muchas veces á
media voz cuando se cree sola.

--¿Estáis cierto, preguntó Claudio con su mirada penetrante, que eso es
sólo una voz y no un nombre?

--¿Nombre de quién?, dijo el poeta.

--¿Qué sé yo?, replicó el clérigo.

--Ved aquí lo que me imagino, señor. Estos gitanos son un poco
zoroastrianos y adoran al sol. De ahí sin duda Febo.

--No me parece eso tan claro como á vos, maestre Pedro.

--Sea lo que quiera, no me importa. Que pronuncie á sus anchuras su
Febo. Lo cierto es que Djali me quiere ya casi tanto como ella.

--¿Quién es Djali?

--La cabra.

El arcediano se llevó la mano á la barba, y pareció un instante
pensativo. De repente se volvió con precipitación hacia Gringorio.

--¿Y me juras que no la has tocado?

--¿Á quién?, dijo Gringorio; ¿á la cabra?

--No, á esa mujer.

--¿Á mi mujer?, os juro que no.

--¿Y estás á menudo solo con ella?

--Todas las noches, una hora larga.

Don Claudio frunció las cejas.

--¡Oh! ¡oh! _Solus cum sola non cogitabuntur orore Pater noster._

--Sobre mi palabra, podría decir el _Pater_, y el _Ave María_ y el
_Credo in Deum patrem omnipotentem_, sin que parase más atención en mí
que una gallina en una iglesia.

--Júrame por el vientre de tu madre, repitió el arcediano con
violencia, que no has tocado á esa criatura ni con la punta de los
dedos.

--Lo juraría también por la cabeza de mi padre, pues las dos cosas
tienen más de una relación entre sí. Pero, mi reverendo señor,
permitidme á mi vez una pregunta.

--Hablad, señor.

--¿Qué os importa todo ello?

El pálido rostro del arcediano se puso rojo como las mejillas de una
joven. Quedóse un momento sin responder, después con un embarazo
visible:

--Escuchad, maestre Pedro Gringorio. Todavía no estáis condenado, que
yo sepa. Me intereso por vos, y os quiero bien. Sabed, pues, que el
menor contacto con esa gitana os haría vasallo de Satanás. No ignoráis
que siempre es el cuerpo el que pierde al alma. ¡Desdichado de vos si
os acercaseis á esa mujer! He aquí cuanto tengo que deciros.

--Ya lo he intentado una vez, dijo Gringorio rascándose la oreja; era
el primer día: pero me quemé.

--¿Habéis tenido semejante desvergüenza, maestre Pedro?, y oscurecióse
la frente del clérigo.

--Otra vez, prosiguió el poeta sonriéndose, me puse á mirar antes de
acostarme por el agujero de la cerradura, y vi sin disputa la mujer más
preciosa en camisa que jamás ha hecho chillar las correas de una cama
bajo de su pie desnudo.

--¡Vete al infierno!, gritó el clérigo con una mirada terrible; y
empujando por los hombros á Gringorio maravillado, se entró á largos
pasos bajo las más sombrías bóvedas de la catedral.




                                  III
                              Las campanas


Después de la mañana de la picota, los vecinos de Nuestra Señora
habían creído observar que el ardor repicador de Cuasimodo se había
resfriado mucho, antes todo era repiques por cualquier cosa, largas
alboradas que duraban desde Prima á Completas, vuelos de campana para
una misa mayor, ricos diapasones corridos sobre las campanillas para un
casamiento ó un bautismo, y que se mezclaban en el aire como un bordado
de toda clase de sonidos deliciosos. La anciana iglesia, toda vibrante
y sonora, estaba en un perpetuo gozo de campanas. Sentíase sin cesar
en ella la presencia de un espíritu de ruido y de capricho que cantaba
por todas aquellas bocas de metal. Ahora este espíritu parecía haber
desaparecido; la catedral parecía amarrida y guardar voluntariamente
el silencio; las fiestas y los entierros tenían su simple campaneo,
seco y desnudo, lo que exigía el ritual, nada más; del doble ruido
que hace una iglesia, el órgano adentro y la campana por fuera, no
quedaba más que el órgano. Hubiérase dicho que ya no había músico en
los campanarios. Cuasimodo, sin embargo, permanecía siempre en ellos;
¿pues qué le había, pasado? ¿Era que la vergüenza y la desesperación de
la picota duraban todavía en el fondo de su corazón, que los azotes del
atormentador se repercutían, sin fin en su alma, y que la tristeza de
un tratamiento semejante lo había apagado todo en él, hasta su pasión
por las campanas? ¿ó bien era que María tenía una rival en el corazón
del campanero de Nuestra Señora, y la campana mayor y sus catorce
hermanas estaban olvidadas por otra cosa más amable y más hermosa que
ellas?

Sucedió que en el año de gracia de 1482, la Anunciación cayó en martes,
25 de marzo. El día era tan puro y tan ligero, que Cuasimodo sintió
renacer en sí algún amor á sus campanas. Subió, pues, á la torre
setentrional, mientras que abajo el pertiguero abría de par en par las
puertas de la iglesia, las cuales entonces eran unos enormes tableros
de madera gruesa cubierta de cuero, orlados de clavos de hierro y
puestos en un marco de esculturas «muy artificialmente elaboradas».

Llegado al alto casco del campanario, Cuasimodo consideró algún
tiempo con un triste movimiento de cabeza las seis campanillas, como
si gimiera porque alguna cosa extraña se hubiese interpuesto en su
corazón entre ellas y él. Mas cuando las hubo comenzado á voltear;
cuando sintió aquel racimo de campanas removerse bajo su mano; cuando
vió, pues no la oía, la octava palpitante ascender y descender sobre
aquella escala sonora como un ave que salta de rama en rama; cuando el
diablo Música, aquel demonio que sacude un manojo de gorjeos, trinados
y arpegios, se hubo apoderado del pobre sordo, entonces volvió á ser
dichoso, lo olvidó todo, y su corazón dilatado hizo regocijarse su
semblante.

Iba y venía, palmoteaba, corría de una cuerda á otra, animaba los
seis cantores con la voz y el gesto, como un director de orquesta que
espolea á virtuosos inteligentes.

--Ve, decía, ve, Gabriela, esparce todo tu ruido en la plaza, hoy
es fiesta.--Thibauld, fuera pereza, tú te duermes; ve, ve pues; ¿es
que te has enmohecido, haragán?--¡Bien! ¡aprisa! ¡aprisa! que no
se vea el badajo. Déjalos á todos sordos como yo.--¡Ve Thibauld,
bravo!--¡Guillermo! ¡Guillermo!, tú eres el más grande, y Pasquier
el más pequeño, y va mejor Pasquier. Apostemos á que los que oyen,
le oyen más que á ti. ¡Bien! ¡bien! ¡mi Gabriela!, ¡fuerte!, ¡más
fuerte!--¡Eh! ¿y qué hacéis ahí en lo alto vosotras dos, Gorriones?,
yo no os veo hacer el menor ruido.--¿Qué picos de cobre son ésos que
parecen bostezar cuando es menester cantar?--¡Hola!, á trabajar:
es la Anunciación; hace un sol hermoso; es preciso un hermoso
repique.--¡Pobre Guillermo! ¿ya estás todo desalentado, gordo de mi
alma?

Hallábase completamente afanado por estimular sus seis campanas que
todas saltaban á porfía, y sacudían sus grupas lucientes como un
ruidoso tiro de mulas españolas aguijoneadas acá y acullá por los
apostrofes del zagal.

De repente, al dejar caer una mirada por entre las anchas aberturas
de las pizarras que cubren hasta cierta altura la pared perpendicular
del campanario, vió en la plaza una moza extrañamente ataviada, que se
detenía, que extendía en el suelo un tapiz en que una cabrita venía á
ponerse; y un grupo de espectadores que se agolpaba alrededor. Esta
vista cambió de repente el curso de sus ideas, y heló su entusiasmo
musical como una bocanada de viento hiela una gota de resina. Quedóse
parado, volvió la espalda al repique, y se agachó detrás del tejadillo
de pizarra, clavando en la bailadora aquella mirada pensativa, tierna
y dulce, que ya una vez había asombrado al arcediano. Entretanto, las
campanas olvidadas se callaron de repente todas á la vez, con gran
sentimiento de los aficionados al campaneo, los cuales escuchaban
honradamente el repique desde el puente del cambio, y que se fueron
atónitos como un perro á quien se ha enseñado un hueso y á quien se da
una piedra.




                                   IV
                                A'NAΓKH


Aconteció que una hermosa mañana de este mismo mes de marzo, creo
que era el sábado 29, día de San Eustaquio, nuestro joven amigo el
estudiante Juan Frollo del Molino, advirtió que los calzones que
contenían su bolsa, no producían ningún sonido metálico.--¡Pobre
bolsa!, dijo sacándola, ¡qué! ¡ni aún el más pequeño parisis! ¡Cuán
cruelmente te han despanzurrado los dados, las azumbres de cerveza y
Venus! ¡qué vacía, arrugada y floja estás! ¡Te pareces á la garganta
de una furia! Yo os pregunto, señor, D. Cicerón y D. Séneca, cuyos
arrugados ejemplares veo esparcidos por el suelo, ¿de qué me sirve
saber, mejor que el director del cuño ó que un judío del Puente de
los Cambiadores, que un escudo de oro de corona vale treinta y cinco
_unzains_ de veinticinco sueldos ocho dineros parisis cada uno; y que
un escudo de media luna vale treinta y seis _unzains_ de á veintiséis
sueldos y seis dineros torneses, si no tengo un miserable liar negro
para apostarle á los dos seises? ¡Oh! ¡cónsul Cicerón! ¡no es esta una
calamidad de la que se escapa con circunloquios, con _que madmodum_, y
con _verum enim vero_!

Vistióse tristemente. Una idea se le había ocurrido atándose los
botines, más la repelió al principio; sin embargo volvió ella, y púsose
el chaleco al revés, señal evidente de una violenta lucha interior. En
fin, tiró con aspereza su gorro por tierra, y exclamó: ¡Tanto peor!
suceda lo que quiera. ¡Voy á casa de mi hermano! atraparé un sermón,
pero también atraparé un escudo.

Entonces se puso precipitadamente su casaca, recogió su gorro y salió
como un desesperado.

Bajó por la calle del Arpa hacia la ciudad. Al pasar por delante de la
calle de la Corneta, el olor de los asadores, que volteaban en ella
sin cesar, vino á halagar su máquina olfatoria, y echó una mirada de
amor á la pastelería ciclópea que arrancó un día al fraile franciscano
Calatagirone esta patética exclamación: _¡Veramente, queste rosticcerie
sono cosa stupenda!_ Pero Juan no tenía de qué almorzar, y se entró
dando un profundo suspiro por la puerta del Pequeño Châtelet, aquel
enorme trébol doble de torres macizas que guardaban la entrada de la
ciudad.

No tuvo tiempo ni aun para tirar una piedra al pasar, como era de
costumbre, á la miserable estatua de aquel Perinet Leclerc que había
entregado el París de Carlos VI á los ingleses, crimen que su efigie,
aplastada la cara á pedradas y cubierta de lodo, ha expiado durante
tres siglos, en la esquina de las calles del Arpa y de Bussy, como en
una picota eterna.

Atravesado el Pequeño Puente, y pasada la calle nueva de Santa
Genoveva, Juan de Molendino se halló delante de Nuestra Señora.
Entonces su indecisión volvió á apoderarse de él, y comenzó á pasearse
alrededor de la estatua del Sr. Legris, repitiéndose con angustia: ¡el
sermón es seguro, el escudo es dudoso!

Detuvo á un pertiguero que salía del patio.

--¿Dónde está el señor arcediano de Josas?

--Creo que está en su escondite de la torre, dijo el pertiguero; y no
os aconsejo que vayáis á buscarle allá, á menos que vengáis de parte de
algún sujeto, así como el papa ó el señor rey.

Juan comenzó á palmotear.--¡Diablo! ¡he aquí una magnífica ocasión para
ver el famoso aposento de las hechicerías!

Determinado por esta reflexión, entró resueltamente por la puertecilla
negra, y se puso á subir el caracol de San Gil, que conduce á los
pisos altos de la torre.--¡Voy á ver!, decía entre sí por el camino.
¡Por los rizos de la virgen santa! ¡debe ser cosa curiosa esa celda
que mi hermano oculta tanto como sus pudendas! Dicen que enciende en
ella hornillas de infierno, y que en las mismas cuece con un gran
fuego la piedra filosofal. ¡Vive Dios, que tanto caso hago yo de la
piedra filosofal como de un guijarro, y que mejor querría hallar sobre
su hornilla una tortilla de huevos de Pascua con jamón, que la piedra
filosofal más gruesa del mundo!

Llegado á la galería de las columnitas, respiró un instante y juró
contra la interminable escalera por no sé cuántos millones de
carretadas de diablos; después volvió á seguir su ascensión por la
estrecha puerta de la torre setentrional, interdicha hoy al público.
Algunos momentos después de haber pasado el cuarto de las campanas,
halló una pequeña meseta abierta en un rincón lateral, y bajo la bóveda
una puerta baja en arco diagonal, cuya enorme cerradura y poderoso
armazón de hierro le permitió observar un respiradero abierto en frente
en la pared circular de la escalera.

--¡Ay!, dijo el estudiante; aquí es sin duda. La llave estaba en la
cerradura. La puerta se hallaba entornada: empujóla con tiento y alargó
la cabeza por la abertura.

No habrá el lector dejado de ojear la obra admirable de Rembrandt, este
Shakespeare de la pintura. Entre tantos maravillosos grabados, hay
especialmente uno al aguafuerte que representa, á lo que suponen, al
doctor Faust, y que es imposible contemplar sin deslumbrarse. En una
celda sombría, en medio hay una mesa cargada de objetos horrorosos,
cabezas de muertos, esferas, alambiques, compases, pergaminos,
jeroglíficos. Delante de esta mesa está el doctor, vestido con su
gruesa hopalanda y cubierto hasta las cejas con su gorro aforrado.
Sólo se le ve de medio cuerpo. Está medio levantado de su inmenso
sillón; sus puños encogidos se apoyan sobre la mesa, y considera con
curiosidad y terror un círculo luminoso, formado con letras mágicas,
que brilla sobre la pared del fondo como el espectro solar en la cámara
oscura. Este sol cabalístico parece temblar á la vista y llena la
celda descolorida de su misterioso resplandor. El cuadro es horrible y
hermoso.

Una cosa bastante parecida á la celda de Faust se ofreció á la vista
de Juan, cuando hubo arriesgado su cabeza por la puerta entreabierta.
Era igualmente un retrete sombrío y alumbrado apenas. Había también en
él un gran sillón, y una mesa grande, compases, alambiques, esqueletos
de animales colgados del techo, una esfera rodando por el suelo,
hipocéfalos confundidos con botes en que temblaban panes de oro,
cabezas de muertos, puestas sobre vitelas, abigarradas de figuras y
caracteres, abultados manuscritos amontonados y completamente abiertos,
sin piedad para con los ángulos frágiles del pergamino: en fin, todas
las porquerías de la ciencia, y por todas partes sobre este montón
polvo y telarañas; mas no había círculos de letras luminosas, ni doctor
en éxtasis, contemplando la visión centelleante como el águila mira su
sol.

Sin embargo, la celda no estaba desierta. Un hombre se hallaba sentado
en el sillón, y encorvado sobre la mesa. Juan, á quien volvía la
espalda, no podía verle más que ésta y la parte posterior del cráneo;
mas no le costó trabajo reconocer aquella cabeza calva, á la cual la
naturaleza había hecho una tonsura eterna, como si hubiese querido
señalar con este símbolo exterior la irresistible vocación clerical del
arcediano.

Juan, pues, conoció á su hermano; pero se había abierto la puerta
con tanto silencio, que D. Claudio no había advertido su llegada.
El curioso estudiante se aprovechó de la distracción para examinar
cómodamente la celda por algunos instantes. Vió una ancha hornilla, que
al principio no había advertido, á la izquierda del sillón, debajo de
la buharda. El rayo de luz que penetraba por esta abertura atravesaba
una telaraña redonda, que inscribía con arte su rosetón delicado en
el arco diagonal de la buharda, y en el centro de la cual el insecto
arquitecto permanecía inmóvil como el cubo de aquella rueda de encaje.
Sobre la hornilla estaban amontonados desordenadamente toda suerte de
vasos, tarros de asperón, retortas de vidrio, y matraces de carbón.
Juan reparó suspirando, que no había un sólo cazo.

--Está fresco el ajuar de cocina, dijo entre sí.

Por lo demás, en la hornilla no había fuego, y aún parecía que no le
habían encendido desde largo tiempo. Hallábase en un rincón, cubierta
de polvo y como olvidada, una máscara de vidrio, que Juan reparó entre
los utensilios de alquimia, y que servía sin duda para preservar la
cara del arcediano cuando elaboraba alguna sustancia formidable. Á su
lado yacía un fuelle no menos lleno de polvo, y en cuya hoja superior
se veía esta leyenda, incrustada con letras de cobre: SPIRA SPERA.

Otras leyendas había escritas, según la costumbre de los herméticos,
en gran número sobre las paredes; unas delineadas con tinta, otras
grabadas con un punzón de metal. Todo ello se reducía á letras góticas,
letras hebraicas, letras griegas y letras romanas, confundidas;
sobresaliendo las inscripciones á la ventura, estas sobre aquellas,
las más recientes borrando las más antiguas, y todas enredándose unas
en otras, como las ramas en una maleza, ó las lanzas en una pelea.
Era aquello, en efecto, una mezcla bastante confusa de todas las
filosofías, de todas las ilusiones, de todas las sabidurías humanas.
Había acá y acullá algunas que resplandecían sobre las otras como
una bandera entre los hierros de lanza. Tal era, por lo común, una
breve divisa latina ó griega, tan bien formulada como solía la Edad
Media: _¿Unde?_ _¿Inde?_--_Homo homini monstrum_,--_Astra, castra,
nomen, numen_,--Μέγα Βιδλίον μέγα χαχόυ,--_Sapere aude_:--_Flat ubi
vult_,--etc.; algunas veces sólo se leía una palabra desnuda de todo
sentido aparente:--'Aναγχοφαία--lo que ocultaba quizá una alusión
amarga al gobierno del claustro; otras en fin, una sencilla máxima de
disciplina clerical dispuesta en hexámetro reglamentario: _Cælestem
dominum, terrestrem dicito domnum_. Había también _passim_ garabatos
hebraicos, de los cuales, Juan, muy poco versado en griego, no
comprendía nada, y todo estaba atravesado con profusión por estrellas,
figuras de hombres ó animales, y triángulos que se intersecaban, lo
cual no contribuía poco á hacer parecerse la pared chafarrinada de la
celda á una hoja de papel sobre la que un mono hubiese paseado una
pluma cargada de tinta.

El conjunto del aposento, por lo demás, presentaba un aspecto general
de descuido y de ruina; y el mal estado de los utensilios dejaba
adivinar que el dueño estaba ya hacía largo tiempo distraído de sus
trabajos por otras preocupaciones.

Este dueño, sin embargo, inclinado sobre un basto manuscrito adornado
de pinturas extravagantes, parecía atormentado por una idea que venía
sin cesar á mezclarse en sus meditaciones. Eso es á lo menos lo que
Juan juzgó, al oirle exclamar con las intermitencias pensativas de un
distraído que sueña de recio.

--¡Sí, Manú lo dice, y Zoroastro lo enseñaba! ¡el sol nace del fuego,
la luna del sol; el fuego es el alma del gran todo; sus átomos
elementales se esparcen y corren incesantemente sobre el universo
por vías infinitas! En los puntos donde estas vías se cruzan en el
cielo, producen la luz; en sus puntos de intersección en la tierra,
producen el oro.--La luz, el oro; ¡todo es lo mismo!--Del fuego al
estado concreto.--La diferencia de lo visible á lo palpable, de lo
fluido á lo sólido por la misma sustancia, del vapor de agua al hielo,
nada más.--Éstos no son sueños,--es la ley general de la naturaleza.
Pero ¿cómo hacer para arrancar á la ciencia el secreto de esta ley
general? ¡Qué! ¡esta luz que inunda mi mano, es oro! esos mismos átomos
dilatados según una ley particular, no se trata sino de condensarlos
según otra ley particular.--¿Cómo hacer?--Algunos han imaginado
enterrar un rayo del sol.--Averroes,--sí, Averroes fué,--Averroes
ha enterrado uno bajo el primer pilar de la izquierda del santuario
del Alcorán en la gran mezquita de Córdoba; pero no podrá abrirse el
sótano, para ver si la operación ha surtido efecto, sino dentro de ocho
mil años.

--¡Diablo!, dijo Juan entre sí, que esto es esperar largo tiempo un
escudo.

--...Otros han pensado, prosiguió el pensativo arcediano, que valía más
obrar sobre un rayo de Sirio. Pero es bien difícil obtener este rayo
puro por la presencia simultánea de las otras estrellas que vienen á
mezclarse con él. Flamel dice que es más sencillo obrar sobre el fuego
terrestre.--¡Flamel! ¡Qué nombre de predestinado!, _¡Fiamma!_--Sí,
el fuego. Aquí está todo.--El diamante está en el carbón, el oro en
el fuego.--Pero ¿cómo arrancarle?--Magistri afirma que hay ciertos
nombres de mujeres de un hechizo tan dulce y tan misterioso que basta
pronunciarlos durante la operación...--Leamos lo que sobre esto dice
Manú: «Donde las mujeres son tratadas con honor, las divinidades se
regocijan; donde son menospreciadas, es inútil rogar á Dios.--La
boca de una mujer siempre está pura, es un agua corriente, es un
rayo de sol.--El nombre de una mujer debe ser agradable, dulce,
imaginario; acabar por vocales largas, y semejarse á palabras de
bendiciones».--...Sí, el sabio tiene razón; en efecto, María, Sofía,
Esmeral... ¡Condenación! ¡siempre este pensamiento!

Y cerró el libro con violencia.

Pasóse la mano por la frente, como para arrojar de ella la idea que le
atormentaba; tomó después de sobre la mesa un clavo y un martillito
cuyo mango estaba curiosamente pintado con letras cabalísticas.

--¡Hace algún tiempo, dijo con un sonreir amargo, son vanos todos mis
experimentos! la idea fija me domina y me trastorna el cerebro como un
hierro ardiendo. Ni aun he podido hallar el secreto de Casiodoro, cuya
lámpara ardía sin mecha y sin aceite. ¡Cosa sencilla, sin embargo!

--¡Chispas!, dijo Juan para su capote.

--...¡Con que basta, prosiguió el clérigo, un miserable pensamiento
para volver á un hombre débil y loco! ¡Oh! ¡cuanto se reiría de mí
Claudia Pernelle, que no pudo desviar un momento á Nicolás Flamel
de la continuación de la grande obra! ¡Qué! ¡tengo en mi mano el
martillo mágico de Zechiele! á cada golpe que el formidable rabino,
desde el fondo de su celda, daba sobre este clavo con este martillo,
el enemigo suyo á quien había condenado, aunque estuviese á dos mil
leguas, se hundía un codo en la tierra que le devoraba. El mismo rey de
Francia, por haber llamado una tarde inconsideradamente á la puerta del
taumaturgo, se hundió en el suelo de París hasta las rodillas.--Esto
ha sucedido no hace tres siglos.--Y bien, yo tengo el martillo y el
clavo, y no son herramientas más formidables en mis manos que un mazo
de madera en las manos de un herrero.--Sin embargo no se trata sino de
hallar la palabra mágica que pronunciaba Zechiele, golpeando sobre su
clavo.

--¡Bagatela!, pensó Juan.

--Veamos, probemos, continuó con viveza el arcediano. Si acierto,
veré la chispa azul salir de la cabeza del clavo.--¡Emen-Hetan!
¡Emen-Hetan!... No es eso.--¡Sigeani! ¡Sigeani!--¡Abra este clavo el
sepulcro á cualquiera que se llame Febo...!--¡Maldición! ¡siempre,
todavía, eternamente la misma idea!

Y arrojó el martillo con furor. Enseguida se hundió de tal suerte
entre el sillón y la mesa, que desapareció tras el gran respaldo á la
vista de Juan, el cual durante algunos minutos no vió más que su puño
convulsivo encogido sobre un libro. De repente D. Claudio se levantó,
tomó un compás y gravó en silencio sobre la pared en letras mayúsculas
esta palabra griega:

                                A'NAΓKH

--Mi hermano está loco, dijo Juan entre sí; mucho más sencillo hubiera
sido escribir _Fatum_; todo el mundo no está obligado á saber el griego.

El arcediano volvió á sentarse en su sillón y apoyó la cabeza sobre
ambas manos, como hace un enfermo cuya frente está pesada y ardiente.

El estudiante observaba á su hermano con sorpresa. El que ponía su
corazón á descubierto, que no observaba ninguna ley del mundo sino
la sencilla ley de la naturaleza, que dejaba correr sus pasiones
por sus inclinaciones, y en quien el lago de las grandes emociones
estaba siempre seco (tan anchamente hacía en él todos los días nuevas
regueras) no sabía con qué furia fermenta y hierve el mar de las
pasiones humanas, cuando se le niega toda salida; cómo se amontona,
cómo hincha, cómo rebosa, cómo socava el corazón, cómo prorrumpe en
sollozos interiores y en sordas convulsiones, hasta que ha roto sus
diques, y salídose de madre. La capa austera y glacial de Claudio
Frollo, aquella fría superficie de virtud escarpada é inaccesible,
había engañado siempre á Juan. El gozoso estudiante no había pensado
nunca en la lava hirviente, furiosa y profunda que hay bajo la frente
nevada del Etna.

No sabemos si él convino de repente estas ideas; más, á pesar de sus
locuras, comprendió que había visto lo que no hubiera debido ver; que
acababa de sorprender el alma de su hermano primogénito en una de sus
más secretas actitudes, y que era menester que Claudio no lo supiese.
Viendo que el arcediano había vuelto á su primera inmovilidad, sacó
su cabeza con mucho silencio, é hizo algún ruido andando fuera de la
puerta, como cuando alguno se acerca y avisa su llegada.

--¡Entrad!, gritó el arcediano desde adentro, os aguardaba; por eso he
dejado llave puesta; entrad, maestre Jacobo.

El estudiante entró osadamente. El arcediano, á quien semejante
visita embarazaba mucho en un lugar como aquél, se estremeció en su
sillón.--¡Qué! ¿sois vos Juan?

--Siempre es una J, dijo el estudiante con su cara colorada,
desvergonzada y alegre.

La de D. Claudio había tomado de nuevo su expresión severa.--¿Qué venís
á hacer aquí?

--Hermano, respondió el estudiante esforzándose por poner un ademán
decente, lastimoso y modesto, y volteando su bonete en las manos con un
aire de inocencia; venía á pediros...

--¿Qué?

--Un poco de moral de que tengo gran necesidad, Juan no osó añadir en
voz alta: y un poco de dinero, de que tengo mayor necesidad aún. Este
último miembro de su frase quedó inédito.

--Caballero, dijo el arcediano con tono frío, me tenéis muy disgustado.

--¡Ah!, suspiró el estudiante.

D. Claudio hizo describir un cuarto de círculo á su sillón, y miró á
Juan atentamente.--Me alegro mucho de veros.

Éste era un exordio formidable. Juan se preparó á una cruel reprimenda.

--Juan, todos los días me traen quejas de vos. ¿Qué riña es ésa en la
que habéis apaleado á un vizcondesillo llamado Alberto de Ramonchamp?...

--¡Oh!, dijo Juan, ¡gran cosa! ¡un paje malvado que se divertía en
salpicar á los estudiantes, haciendo correr su caballo por el lodo!

--¿Y qué es eso, continuó el arcediano, de un tal Mahiet Fargel, cuya
ropa habéis desgarrado? _Tunicam dechiraverunt_, dice la queja.

--¡Ah! ¡toma! ¡un mal capotillo de Montaigu! ¿os parece?

--La queja dice _tunicam_ y no _cappettam_. ¿Sabéis el latín?

Juan no respondió.

--¡Sí!, prosiguió el clérigo meneando la cabeza. Ved aquí el estado á
que han venido á parar los estudios y las humanidades. La lengua latina
apenas se entiende, la siriaca no se conoce, la griega se odia de tal
suerte que no es ignorancia en los más sabios el saltar una palabra
griega sin leerla, y ya se dice: _Græcum est, non legitur_.

El estudiante levantó resueltamente los ojos.

--Señor hermano, ¿os place que os diga en buen francés esa palabra
griega que está escrita en la pared?

--¿Qué palabra?

--A'NAΓKH.

Un ligero encarnado asomó á las mejillas del arcediano, como la
bocanada de humo que anuncia por fuera las secretas conmociones de un
volcán. El estudiante lo notó apenas.

--¡Y bien! Juan, tartamudeó con esfuerzo el hermano primogénito; ¿qué
quiere decir esa palabra?

--FATALIDAD.

D. Claudio volvió á ponerse pálido, y el estudiante prosiguió con
indiferencia:--Y esa otra que está debajo, grabada por la misma mano,
'Αναγνεία significa _impureza_. Ya veis que se sabe el griego.

El arcediano permanecía callado: esta lección de griego le había
vuelto pensativo. Juanito, que tenía todas las sutilezas de un niño
consentido, juzgó el momento favorable para aventurar su solicitud.
Tomó pues, un acento extraordinariamente dulce, y empezó.

--Mi buen hermano, ¿es que me odiáis hasta el punto de recibirme con
semblante huraño por algunos malos bofetones y puñadas distribuidos
en buena guerra á no sé qué muchachos y muñecos, _quibusdam
marmosetis?_--Ya veis, buen hermano Claudio, que se sabe el latín.

Pero toda esta hipocresía cariñosa no produjo en el severo hermano su
efecto acostumbrado. Cerbero no hincó el diente en el panal de miel.
La frente del arcediano no se desarrugó de un sólo pliegue.--¿Á dónde
queréis ir á parar?, dijo con tono seco.

--¿Sí? ¡pues al caso! ¡Hele aquí!, respondió Juan con valentía:
necesito dinero.

Á esta declaración desvergonzada, la fisonomía del arcediano tomó
enteramente la expresión pedagógica y paternal.

--Ya sabéis, señor Juan, que nuestro feudo de Tirechappe no da,
poniendo por junto el censo y las rentas de las veinte y una casas,
sino treinta y nueve libras, once sueldos y seis dineros parisis. Esto
es una mitad más que en tiempo de los hermanos Paclet, pero no es mucho.

--Tengo necesidad de dinero, dijo estoicamente Juan.

--Ya sabéis que el oficial ha resuelto que nuestras veinte y una casas
pertenecían al feudo entero del obispado, y que no podríamos rescatar
este homenaje si no pagásemos al reverendo obispo dos marcos de plata
clorada del precio de seis libras parisis. Pues, esos dos marcos, no he
podido juntarlos aún. Ya lo sabéis.

--Sé que tengo necesidad de dinero, replicó Juan por la tercera vez.

--Y ¿qué queréis hacer con él?

Esta pregunta hizo brillar un rayo de esperanza á los ojos de Juan, el
cual tomó de nuevo su cara gatuna y melosa.

--Mirad, caro hermano Claudio, yo no me dirigiría á vos si tuviese un
mal proyecto. No se trata de lucirlo en las tabernas con los compinches
ni de pasearme en las calles de París en galápago de brocado de oro con
mi lacayo, _cum meo laquasio_. No, hermano, es para una buena obra.

--¿Qué buena obra?, preguntó Claudio un poco sorprendido.

--Hay dos amigos míos que quisieran comprar una envoltura al hijo de
una pobre viuda haudrieta. Es una obra de caridad. Todo ello costará
tres florines, y yo quisiera poner el mío.

--¿Cómo se llaman vuestros dos amigos?

--Pedro el Aporreador y Bautista Zampaganso.

--¡Hum!, dijo el arcediano; he ahí unos nombres que tan bien sientan á
una buena obra como una bombarda al altar mayor.

Es cierto que Juan había elegido muy mal sus dos nombres de amigos; lo
cual conoció demasiado tarde.

--Además, prosiguió el sagaz Claudio; ¿qué es eso de una envoltura que
debe costar tres florines, y para el hijo de una haudrieta? ¿Desde
cuándo tienen las viudas haudrietas niños en pañales?

Juan se quitó la máscara segunda vez.--Pues bien, sí, tengo necesidad
de dinero para ir á ver esta tarde á Isabeau la Thierrie al Val de Amor.

--¡Miserable impuro!, exclamó el clérigo.

--'Aναγνεία, dijo Juan.

Esta cita que el estudiante tomaba, quizá con malicia, de la pared
de la celda, produjo en D. Claudio un efecto singular, se mordió los
labios, y su cólera se extinguió en su rubor.

--Idos, dijo entonces á Juan. Estoy aguardando á una persona.

El estudiante todavía probó á hacer un esfuerzo.

--Hermano Claudio, dadme á lo menos un parisito para comer.

--¿En qué estáis de las decretales de Graciano?, preguntó D. Claudio.

--He perdido mis cartapacios.

--¿Por dónde vais de humanidades latinas?

--Me han robado mi ejemplar de Horacio.

--¿Á qué tratado habéis llegado de Aristóteles?

--¡Buenos estamos, hermano! ¿quién es, pues, aquel padre de la iglesia
que dice que los errores de los herejes han tenido en todos tiempos
por guarida las malezas de la metafísica de Aristóteles? ¡Maldito sea
Aristóteles!, no quiero rasgar mi religión en su metafísica.

--Joven, replicó el arcediano, en la última entrada del rey había un
hidalgo llamado Felipe de Comines, que llevaba bordada en la mantilla
del caballo su divisa, que os aconsejo meditéis: _Qui non laborat non
manducet_[11].

El estudiante quedó un momento silencioso; el dedo en la oreja, los
ojos clavados en tierra, y la cara enojada. De repente volvióse hacia
Claudio con la viva presteza de un aguza-nieve.

--¿Conque me rehusáis, buen hermano, un sueldo parisis para comprar una
corteza en casa de un panadero?

--_Qui non laborat non manducet._

Á esta respuesta del inflexible arcediano, Juan se escondió la cabeza
entre sus manos, como una mujer que solloza y exclamó con una expresión
de desesperación:--¡Oh τστστστστσῖ!

--¿Qué quiere decir eso, caballero?, preguntó Claudio sorprendido de
este despropósito.

--¡Y bien qué!, dijo el estudiante, y miraba á Claudio con ojos
desvergonzados, los cuales acababa de apretar con sus puños para darles
el encarnado de las lágrimas: ¡esto es griego!, es un anapesto de
Esquines que expresa perfectamente el dolor.

Y aquí dió una carcajada tan burlona y tan violenta que hizo sonreir al
arcediano. La culpa de esto la tenía en efecto Claudio: ¿por qué había
consentido tanto á aquel muchacho?

--¡Oh! buen hermano Claudio, continuó Juan alentado con la sonrisa de
aquél, mirad mis borceguíes rotos. ¿Hay coturno más trágico en el mundo
que unos botines cuya suela saca la lengua?

El arcediano había vuelto pronto á su severidad primera.--Os enviaré
botines nuevos, pero nada de dinero.

--Nada más que un pobre parisito, hermano, prosiguió el suplicante
Juan. Aprenderé de memoria á Graciano, creeré bien en Dios, seré un
verdadero Pitágoras en ciencia y virtud. ¡Pero un parisito, por favor!
¿Queréis que el hambre me muerda con su boca que veo abierta delante
de mí, más negra, más fétida, más profunda que un Tártaro ó que las
narices de un fraile?

Don Claudio meneó su arrugada cabeza.--_Qui non laborat_...

Juan no le dejó acabar.

--¡Pues bien!, gritó, ¡al diablo! ¡viva la gresca! Me iré de taberna en
taberna, me batiré, romperé las ollas, iré á ver las muchachas!

Y enseguida tiró el bonete contra la pared y castañeteó con los dedos.

El arcediano le miró con aire adusto.

--¡Juan, no tenéis alma!

--En ese caso, según Epicuro, carezco de no sé qué hecho de una cosa
que no tiene nombre.

--Juan, es menester tratar seriamente de reformaros.

--¡Hola!, gritó el estudiante mirando sucesivamente á su hermano y los
alambiques de! hornillo, con que aquí todo está torcido, las ideas y
las botellas!

--Juan, os halláis en una pendiente muy resbaladiza. ¿Sabéis á dónde
vais?

--Á la taberna, dijo Juan.

--La taberna conduce á la picota.

--Ésa es una linterna como otra cualquiera; y quizá con ella hubiera
Diógenes hallado al hombre que buscaba.

--La picota conduce á la horca.

--La horca es una balanza que tiene un hombre á un extremo y al otro
toda la tierra. Ser el hombre es hermoso.

--La horca conduce al infierno.

--Ése es un fuego pesado.

--Juan, Juan, el fin será malo.

--El principio habrá sido bueno.

En este momento sonaron pasos en la escalera.

--¡Silencio!, dijo el arcediano poniéndose un dedo en la boca, he aquí
al maestre Jacobo. Escuchad, Juan, añadió en voz baja: guardaos de
hablar jamás de lo que viereis ú oyereis. Escondeos pronto debajo de
este hornillo, y no respiréis.

El estudiante se agazapó debajo del hornillo; aquí le ocurrió una idea
fecunda.

--Á propósito, hermano Claudio, un florín para que no respire.

--¡Silencio!, os lo prometo.

--Es menester dármele.

--¡Toma pues!, dijo el arcediano arrojándole con ira su escarcela. Juan
se escondió en el hornillo, y abrióse la puerta.


                                 NOTAS:

[11] Quien no trabaja no comerá.




                                   V
                   Los dos hombres vestidos de negro


El personaje que entró tenía un ropaje negro y la cara sombría. Lo
que sobrecogió á primera vista á nuestro amigo Juan (el cual, como se
deja inferir, se había colocado en su rincón de manera que pudiese
ver y oirlo todo á su sabor), fué la completa tristeza del vestido
y de la cara del recién llegado. Había sin embargo cierta dulzura
esparcida sobre aquella cara, pero dulzura de gato ó de juez, una
dulzura empalagosa. Estaba muy cano, arrugado, frisaba en los sesenta
años, guiñaba los ojos, tenía blancas las cejas, el labio caído y manos
gruesas. Cuando Juan vió que no era más que esto, es decir, un médico
sin duda ó un magistrado, y que el tal hombre tenía la nariz muy lejos
de la boca, señal de tontería, se arrinconó en su agujero, desesperado
de tener que pasar un tiempo indefinido en tan molesta postura y en tan
mala compañía.

El arcediano, sin embargo, ni aun se había levantado á la llegada del
personaje. Le había hecho seña de sentarse en un escabelo inmediato á
la puerta, y después de algunos momentos de un silencio que parecía
continuar una meditación anterior, le había dicho con cierto aire de
protección: Buenos días, maestre Jacobo.

--Salve, maestre, había respondido el hombre negro.

En las dos maneras con que fué pronunciado por una parte aquel _maestre
Jacobo_, y por la otra aquel _maestre_ por excelencia, había la
diferencia de monseñor á señor, del _domine_ al _domme_. Era sin duda
la entrevista del doctor y del discípulo.

--¡Y bien!, preguntó el arcediano después de otro momento de silencio
que maestre Jacobo se guardó de interrumpir, ¿lográis algo?

--¡Ah! maestre mío, dijo el otro con una triste sonrisa; no cesó de
soplar. Ceniza cuanta quiero. Pero ni una chispa de oro.

Don Claudio hizo un gesto de impaciencia.

--No os hablo de eso, maestre Jacobo Charraulue, sino del proceso de
nuestro mágico. ¿No se llama Marco Cenaine? ¿El dispensero del Tribunal
de Cuentas? ¿Confiesa su magia? ¿Habéis logrado algo con el tormento?

--¡Ay! no, respondió maestre Jacobo, siempre con su sonrisa triste; no
tenemos ese consuelo. El hombre es un pedernal, le haremos hervir en
el Mercado de los Puercos, antes que diga una palabra. Sin embargo,
nada perdonamos por descubrir la verdad; ya está todo dislocado, porque
hemos puesto en acción todos los resortes: nada surte efecto, ese
hombre es terrible. No sé ya qué hacer.

--¿No habéis hallado nada de nuevo en su casa?

--Sí, dijo maestre Jacobo metiendo la mano en su escarcela: este
pergamino. Hay en él palabras que no comprendemos. El señor abogado de
lo criminal, Felipe Lheulier, sabe sin embargo un poco de hebreo que
ha aprendido en el asunto de los judíos de la calle de Kanterstén en
Bruselas.

Mientras hablaba así, maestre Jacobo desarrollaba un pergamino.

--Dadmele, dijo el arcediano. Y echando los ojos sobre el
cartapacio:--¡Pura magia, exclamó, maestre Jacobo! _¡Emen-Hetan!_
éste es el grito de los vampiros cuando llegan al conventículo. _¡Per
ipsum, et cum ipso, et in ipso!_ ésta es la orden que encadena otra vez
al diablo en el infierno. _¡Hax, pax, max!_ esto es de medicina. Una
fórmula contra la mordedura de los perros rabiosos, maestre Jacobo,
sois fiscal eclesiástico del rey: este pergamino es abominable.

--Pondremos otra vez al hombre en el tormento. Aquí tenéis, añadió
maestre Jacobo registrando de nuevo su bolsa, lo que también hemos
hallado en casa de Marco Cenaine.

Éste era un vaso de la familia de los que cubrían el hornillo de D.
Claudio.--¡Ah!, dijo el arcediano, un crisol de alquimia.

--Os confesaré, replicó maestre Jacobo con su sonrisa tímida y tonta,
que le he probado en el hornillo, pero que no he salido mejor librado
que con el mío.

El arcediano se puso á examinar el vaso.--¿Qué palabra ha grabado en su
crisol? _¡Och! ¡och!_ ¡la palabra que ahuyenta las pulgas! ¡Ese Marco
Cenaine es un ignorante! ¡Ya lo creo, que con esto no haréis oro! esto
es bueno para ponerlo en vuestra alcoba durante el estío, y nada más.

--Ya que hablamos de errores, dijo el fiscal, acabo de estudiar la
portada de abajo antes de subir; ¿vuestra reverencia está bien segura
de que la abertura de la obra de física está figurada del lado del
hospital, y que, de las siete figuras desnudas que están á los pies de
Nuestra Señora, la que tiene alas en los talones es Mercurio?

--Sí, respondió el clérigo; Agustín Nyfo es quien lo escribe, aquel
doctor italiano que tenía un demonio barbudo que le enseñaba todas las
cosas. Además, vamos á bajar, y os explicaré eso en el texto.

--Gracias, maestre, dijo Charmolue, inclinándose hasta el suelo.--¡Á
propósito, se me olvidaba! ¿Cuándo os place que haga prender á la
pequeña mágica?

--¿Qué mágica?

--¡Aquella gitana que sabéis, que viene todos los días á bailar en
el atrio, á pesar de la prohibición del oficial! Anda con una cabra
poseída que tiene unos cuernos del diablo, que lee, escribe, sabe la
matemática como Picatrix, y que bastaría para hacer ahorcar á toda la
Bohemia. ¡El proceso está preparado; y pronto estará hecho, vamos!
¡Hermosa criatura, sobre mi alma, la tal bailadora! ¡los más hermosos
ojos negros! ¡dos carbunclos de Egipto! ¿Cuándo empezamos?

El arcediano estaba excesivamente pálido.

--Ya os avisaré, tartamudeó con una voz apenas articulada; luego
prosiguió con esfuerzo: Ocupaos de Marco Cenaine.

--Descuidad, dijo sonriendo Charmolue: voy, en entrando, á hacerle atar
otra vez sobre la cama de cuero; pero es un diablo de hombre: cansa al
mismo Pierrat Calletuerta, que tiene las manos más gruesas que yo. ¡El
tormento en la cabria! es lo mejor que tenemos. Por él pasará.

Don Claudio parecía absorto en una sombría distracción. Volvióse hacia
Charmolue.

--¡Maestre Pierrat... maestre Jacobo, quiero decir, ocupaos de Marco
Cenaine!

--Sí, sí, D. Claudio. ¡Pobrecito! ¡habrá sufrido como Mummol! ¡Qué idea
también de ir al conventículo! ¡un dispensero del Tribunal de Cuentas!
que debería conocer el texto de Carlo Magno, _¡Stryga vel masca!_--En
cuanto á la pequeña,--Esmeralda, como la llaman ellos,--aguardaré
vuestras órdenes.--¡Ah!, al pasar debajo de la portada, me explicaréis
también lo que quiere decir el hortelano de pintura basta que se ve á
la entrada de la iglesia. ¿No es el sembrador?--¡He! maestre, ¿en qué
pensáis, pues?

D. Claudio, absorto en sí mismo, no le oía
ya. Charmolue, siguiendo la dirección de su mirada, vió que se había
fijado maquinalmente en la grande telaraña que entapizaba la lumbrera.
En este momento una mosca atolondrada, que buscaba el sol de marzo,
fué á pasar por en medio de aquella red y quedó presa en ella. Al
sacudimiento de su tela, la enorme araña hizo un movimiento repentino
fuera de su celda central, luego de un bote se echó sobre la mosca,
á la que plegó en dos con sus cuernecillos de delante, mientras que
su trompetilla horrible le removía la cabeza.--¡Pobre mosca!, dijo
el fiscal eclesiástico del rey, y levantó la mano para salvarla. El
arcediano, como despertado sobresaltadamente, le contuvo el brazo con
una violencia convulsiva.

--¡Maestre Jacobo, gritó, dejad obrar á la fatalidad!

El fiscal se volvió despavorido, le parecía que unas tenazas de hierro
le habían cogido el brazo. Los ojos del clérigo estaban fijos, hoscos,
centelleantes, y parecían clavados en el grupo horrible de la mosca y
de la araña.

--¡Oh sí, prosiguió el arcediano con una voz que parecía salir de sus
entrañas; he ahí un símbolo de todas las cosas. Vuela, está gozosa,
acaba de nacer; busca la primavera, el aire descubierto, la libertad:
¡oh! sí: ¡pero que choque el rosetón fatal, la araña sale, la araña
horrible! ¡Pobre bailadora! ¡pobre mosca predestinada! ¡maestre
Jacobo, dejad obrar! ¡es la fatalidad!...--¡Ay! ¡Claudio, tú eres la
araña! ¡Claudio, tú eres la mosca también!--Volabas á la ciencia, á
la luz, al sol, no pensabas sino en llegar al aire descubierto, á la
clara luz de la verdad eterna; pero al precipitarse hacia la lumbrera
resplandeciente que da al otro mundo, al mundo de la claridad, de la
inteligencia y de la ciencia, mosca ciega, doctor insensato, ¡no has
visto la sutil telaraña tendida por el destino entre la luz y tú; allí
te has lanzado contra ella con toda tu violencia, miserable loco; y
ahora forcejeas, quebrantada tu cabeza y arrancadas las alas, entre
los cuernecillos de hierro de la fatalidad!--¡maestre Jacobo! ¡maestre
Jacobo! ¡dejad obrar á la araña!

--Os aseguro, dijo Charmolue, que le miraba sin comprender una palabra,
que no la tocaré. Pero ¡dejadme el brazo, maestre, por favor! tenéis
una mano de tenaza.

El arcediano no le oía. ¡Oh! ¡insensato!, prosiguió sin quitar los
ojos de la lumbrera. Y cuando hubieras podido romper esa telaraña
formidable, ¿crees que con tus alas de mosquito, hubieras podido llegar
á la luz? ¡Ay! aquella vidriera que está más lejos, aquel obstáculo
transparente, aquella muralla de cristal más dura que el bronce que
separa todas las filosofías de la verdad, ¿cómo la hubieras podido
traspasar? ¡Oh vanidad de la ciencia! ¿cuántos sabios vienen de bien
lejos revoloteando á romperse en ella la frente? ¿Cuántos sistemas
confundidos se chocan zumbando en esta vida eterna?

Callóse estas últimas ideas, que le habían conducido poco á poco de sí
mismo á la ciencia, parecían haberle tranquilizado. Jacobo Charmolue
le hizo enteramente volver al sentimiento de la realidad, dirigiéndole
esta pregunta:--Vamos, maestre mío, ¿cuándo vendréis á ayudarme para
hacer oro?, se me hace tarde el lograrlo.

El arcediano meneó la cabeza con una amarga sonrisa.--maestre Jacobo,
leed á Miguel Psellus. _Dialogus de energia et operatione dæmonum._
Nuestras operaciones no son enteramente inocentes.

--¡Más bajo, maestre! Yo lo sospecho también, dijo Charmolue. Pero es
menester un poco de hermético cuando no es uno sino fiscal eclesiástico
del rey con treinta escudos torneses por año. Sólo que hablemos bajo.

En este momento un ruido de quijadas y de masticación que salía de
debajo del hornillo vino á herir el oído inquieto de Charmolue.

--¿Qué es eso?, preguntó.

Era el estudiante que, muy incomodado y muy cansado en su escondite,
había llegado á descubrir en él una corteza seca de pan y un triángulo
de queso enmohecido, y se había puesto á comerlo todo sin ceremonia en
guisa de consuelo y de almuerzo. Como tenía mucha hambre, hacía mucho
ruido, y acentuaba fuertemente cada bocado, lo cual había dado la
alerta y la alarma al fiscal.

--Es un gato mío, dijo vivamente el arcediano, que estará comiéndose
algún ratón.

Esta explicación satisfizo á Charmolue.

--En efecto, maestre, respondió con una sonrisa respetuosa, todos los
grandes filósofos han tenido un animal familiar. Ya sabéis lo que dice
Servio: _Nullus enim locus sine genio est_.

Sin embargo, D. Claudio, que temía algún nuevo estrépito de Juan,
recordó á su digno discípulo que tenían que estudiar juntos algunas
figuras de la portada, y ambos salieron de la celda, con gran desahogo
del estudiante, que empezaba á temer seriamente que la barba se le
clavase en la rodilla.




                                   VI
       Efecto que pueden producir siete juramentos al aire libre


--_¡Te Deum laudamus!_, exclamó maestre Juan saliendo de su agujero; ya
se marcharon los dos búhos. ¡Och! ¡och! ¡Hax! ¡pax! ¡max! ¡las pulgas!
¡los perros rabiosos! ¡el diablo! ¡basta de su conversación!, la cabeza
me zumba como un campanario. ¡Queso mohoso por remate de cuenta! ¡sus!
¡bajemos, cojamos la escarcela del gran hermano, y convirtamos todas
estas monedas en botellas!

Echó una ojeada de ternura y admiración en el interior de la preciosa
escarcela, arregló su olandilla, limpió sus botines, sacudió el polvo
de sus pobres mangas todas cenicientas, silbó una tonadilla, hizo una
pirueta, examinó si quedaba algo que coger en la celda, rebuscó acá y
acullá sobre el hornillo algún amuleto de abalorios, á propósito para
darle en forma de joya á Isabeau la Thierrie; en fin, tiró de la puerta
que su hermano había dejado abierta, por una última indulgencia, y que
él dejó abierta á su turno por una última malicia, y bajó la escalera
circular saltando como un pájaro.

En medio de las tinieblas del caracol tropezó con los codos en una cosa
que se apartó gruñendo; presumió que era Cuasimodo: parecióle esto tan
gracioso que bajó lo restante de la escalera apretándose los ijares de
risa: al desembocar en la plaza todavía reía. Golpeó con el pie cuando
se halló otra vez en tierra.--¡Oh!, dijo, ¡bueno y honrado empedrado
de París! ¡maldecida escalera, capaz de desalentar á los ángeles de la
escala de Jacobo! ¿En qué estaba yo pensando cuando fuí á encajarme en
esa barrena de piedra que horada el cielo? ¡y todo, para comer queso
con barbas, y ver los campanarios de París por una lumbrera!

Dió algunos pasos, y descubrió á los dos búhos, es decir, á D. Claudio
y á maestre Jacobo Charmolue, en contemplación delante de una escultura
de la portada. Se acercó á ellos de puntillas, y oyó al arcediano que
decía en voz baja á Charmolue:--Guillermo de París fué quien hizo
grabar un Job en esta piedra de lapizlázuli, dorada por los bordes. Job
figura la piedra filosofal, que debe ser probada y martirizada también
para ser perfecta, como dice Raimundo Lulio: _Sub conservatione formæ
specificæ salva anima_.

--Poco me importa, dijo Juan, yo soy quien tiene la bolsa.

En este momento oyó una voz fuerte y sonora articular detrás de sí una
serie formidable de juramentos.--¡Por vida de Dios! ¡voto á Dios! ¡voto
á Crispas! ¡cuerpo de Dios! ¡ombligo de Belcebú! ¡nombre de un papa!
¡cuerno y trueno!

--¡Por vida mía, exclamó Juan; ése no puede ser sino mi amigo el
capitán Febo!

Este nombre de Febo llegó al oído del arcediano en el momento en que
explicaba al fiscal el dragón que esconde su cola en un baño de donde
sale humo y una cabeza de rey. D. Claudio se estremeció, interrumpióse,
con gran asombro de Charmolue, se volvió, y vió á su hermano Juan que
se llegaba á un oficial alto en la puerta de la casa de Gondelaurier.

Era, en efecto, el señor capitán Febo de Chateaupers. Estaba arrimado
de espaldas á la esquina de la casa de su desposada, y juraba como un
pagano.

--¡Á fe mía! capitán Febo, dijo Juan cogiéndole la mano, juráis con un
numen admirable.

--¡Cuerno y trueno!, respondió el capitán.

--¡Cuerno y trueno vos mismo!, replicó el estudiante. Vamos, gentil
capitán, ¿de dónde os viene esa inundación de bellas palabras?

--Disimuladme, buen camarada Juan, exclamó Febo sacudiéndole la mano;
caballo escapado no se para de repente, y yo juraba á todo galope.
Vengo de casa de esas necias; y cuando salgo de ella, tengo siempre la
garganta llena de juramentos; es menester, pues, que los escupa, ó me
ahogaría, ¡vientre y trueno!

--¿Queréis venir á beber?, preguntó el estudiante.

Esta proposición aquietó al capitán.

--¡Corriente!, pero no tengo dinero.

--¡Yo tengo!

--¡Bah! ¿veamos?

Juan presentó la escarcela á los ojos del capitán, con majestad y
sencillez. Entretanto el arcediano, que se había dejado á Charmolue
absorto, había llegado hasta ellos, y se había detenido ó algunos pasos
de distancia, observando á ambos sin que cayesen en ello, tanto los
absorbía la contemplación de la escarcela.

Febo exclamó:--¡Una bolsa en vuestra faltriquera, Juan es la luna en
un cubo de agua!: se ve, pero no está en él. No hay más que su sombra.
¡Pardiez!, apostemos á que son guijarros.

Juan respondió fríamente:--He aquí los guijarros con que empiedro yo mi
bolsillo.

Y, sin añadir una palabra, desocupó la escarcela sobre un marmolillo
inmediato, con el aire de un romano salvando la patria.

--¡Verdadero Dios!, refunfuñó Febo, tarjas, blancas grandes,
blanquitas, meajas de media tornesa, dineros parisis, verdaderos liares
del águila! ¡Esto encanta!

Juan permanecía en ademán digno é impasible. Algunos liares habían
rodado en el lodo; el capitán, en medio de su entusiasmo, se bajó para
recogerles. Juan le detuvo.--Quitad allá, ¡capitán Febo de Chateaupers!

Febo contó el dinero, y volviéndose con solemnidad hacia
Juan:--¡Sabéis, Juan, que hay veintitrés sueldos parisis! ¿á quién
habéis desvalijado esta noche en la calle de Cortagargüero?

Juan echó hacia atrás su rubia y erizada cabeza, y dijo medio cerrando
los ojos con desdén:--Hay un hermano arcediano é imbécil.

--¡Cuerno de Dios!, exclamó Febo, ¡digno hombre!

--Vamos á beber, dijo Juan:

--¿Á dónde?, preguntó Febo; _¿Á la Manzana de Eva?_

--No, capitán, vamos _á la Vieja Ciencia_.

--¡Quitad allá, Juan! el vino es mejor _en la Manzana de Eva_, y luego,
al lado de la puerta hay una parra al sol que me alegra cuando bebo.

--¡Pues bien! va de Eva y su manzana, dijo el estudiante; y tomando
el brazo de Febo:--Á propósito, mi caro capitán, habéis dicho hace un
momento la calle de Cortagargüero. Eso es hablar muy mal; ya no somos
tan bárbaros: se dice la calle de Cortacuello.

Los dos amigos se pusieron en camino hacia _la Manzana de Eva_. Es
inútil decir que antes habían recogido el dinero, y que el arcediano
los seguía.

El arcediano los seguía, adusto y huraño. ¿Era aquél el Febo cuyo
nombre maldito se mezclaba, desde su entrevista con Gringorio, en
todos sus pensamientos? No lo sabía él; pero en fin, era un Febo, y
este nombre mágico bastaba para que el arcediano siguiese con pasos
de lobo á los dos indiferentes compañeros, escuchando sus palabras y
observando sus menores gestos con un ansia atenta. En cuanto á ellos,
nada más fácil que oir todo lo que decían, según lo alto que hablaban,
cuidándose muy poco de que los transeuntes entrasen á la parte en sus
confidencias. Hablaban de desafíos, de muchachas, del jarro, de locuras.

Á la vuelta de una calle, sintieron el ruido de un pandero que venía
de una encrucijada vecina. D. Claudio oyó al oficial que decía al
estudiante:

--¡Voto va!, doblemos el paso.

--¿Por qué, Febo?

--Temo que la gitana me vea.

--¿Qué gitana?

--La chicuela que tiene una cabra.

--¿La Esmeralda?

--Justamente, Juan. Siempre se me olvida su diablo de nombre.
Despachemos, porque me conocería, y no quiero que me hable en la calle.

--Pues ¿qué la conocéis, Febo?

Aquí el arcediano vió á Febo sonreirse con mofa, llegarse al oído de
Juan, decirle algunas palabras en voz baja, y reir después á carcajadas
meneando la cabeza, con aire de triunfo.

--¿De veras?, preguntó Juan.

--¡Por mi vida!, dijo Febo.

--¿Esta noche?

--Esta noche.

--¿Estáis seguro de que ella vendrá?

--¿Y vos estáis loco, Juan? ¿es que se duda de esas cosas?

--Capitán Febo, ¡sois un afortunado gendarme!

El arcediano oyó toda esta conversación. Comenzó á dentellar; un
escalofrío visible corrió por todo su cuerpo; paróse un momento,
apoyóse en una esquina como un hombre embriagado; pero al instante
volvió á seguir la pista de los dos gozosos tunos.

Cuando los alcanzó, habían mudado de conversación, y les oyó cantar á
gritos el viejo estribillo:

      Los hijos de los gitanos
      Se hacen colgar cual marranos.




                                  VII
                              El fantasma


La ilustre taberna de _la Manzana de Eva_ estaba situada en la
universidad, á la esquina de la calle de la Rodela y de la del
Bastonero. Era una sala al piso de la calle, bastante grande y muy
baja, con una bóveda cuya caída central se apoyaba sobre un grueso
pilar de madera pintado de amarillo, mesas por todas partes, lucientes
colodras de estaño enganchadas á la pared, numerosos bebedores á todas
horas, muchachas en abundancia, una vidriera hacia la calle, una parra
á la puerta, y encima de la puerta una chilladora plancha de hierro,
con una manzana y una mujer pintadas en ella, mohosa á causa de la
lluvia, y volviéndose según el viento sobre un asador de hierro. Esta
especie de veleta que miraba al suelo era la muestra.

Acercábase la noche; la encrucijada estaba oscura; la taberna llena
de velas de sebo despedía á lo lejos un resplandor semejante al
de una herrería en la sombra: oíase el ruido de los vasos, de las
francachelas, de los juramentos, de las disputas, que se escapaban
por los vidrios rotos. Á través de la niebla que el calor de la
sala difundía sobre la vidriera, se veían hormiguear cien figuras
confusas, y de cuando en cuando salía de ellas una carcajada sonora.
Los transeuntes que iban á sus negocios pasaban cerca de la vidriera
tumultuosa sin mirar. Sólo algún muchacho andrajoso solía llegarse
alzándose sobre las puntas de los pies hasta alcanzar al antepecho de
la ventana, y lanzar en la taberna la vieja y burlona rechifla con que
se perseguía entonces á los borrachos: ¡beodos! ¡beodos! ¡beodos!

Entre tanto paseábase un hombre imperturbablemente delante de la
ruidosa taberna, mirándola sin cesar, y no desviándose más que un
centinela de su garita. Estaba envuelto en una capa hasta las narices.
Esta capa la acababa de comprar al prendero que vivía al lado de _la
Manzana de Eva_, sin duda para preservarse del frío de las noches de
marzo, quizá más bien para ocultar su traje. De vez en cuando se paraba
delante de la vidriera sombreada con botones de plomo, prestaba el
oído, miraba, y pateaba.

En fin abrióse la puerta de la taberna. Esto es lo que él parecía
aguardar. Dos bebedores salieron. El rayo de luz que se escapaba de la
puerta alumbró un momento sus joviales caras. El embozado fué á ponerse
en observación bajo un porche del otro lado de la calle.

--¡Cuerno y trueno!, dijo uno de los dos bebedores. Van á dar las
siete, y es la hora de mi cita.

--Ya os he dicho, respondió su compañero con la lengua pesada, que no
vivo en la calle de las Malas Palabras, _indignus qui intermala verba
habitat_. Vivo calle de Juan Mollete, _in vico Johannis Mollete_.--Sois
más cornudo que un unicornio, si decís lo contrario.--Todos saben que
quien monta una vez sobre un oso jamás tiene miedo; pero tenéis la
nariz puesta en la golosina, como Santiago del Hospital.

--Juan, amigo mío, estáis borracho, decía el compañero.

El otro respondió bamboleándose:--Eso es porque queréis decirlo, Febo,
pero está probado que Platón tenía el perfil de un perro de caza.

El lector ha conocido ya sin duda á nuestros dos honrados amigos, el
capitán y el estudiante. Parece que el hombre que los espiaba á la
sombra los había conocido también, pues seguía á paso lento todas
las eses que el estudiante obligaba á hacer al capitán, el cual,
como bebedor más aguerrido, había conservado toda su serenidad.
Escuchándolos con atención, el hombre de la capa pudo oir enteramente
la interesante conversación que sigue.

--¡Voto á bríos! procurad andar derecho, señor bachiller; ya sabéis que
es menester que os deje. Son las siete y tengo cita con una mujer.

--¡Dejadme en paz! Yo veo estrellas y lanzas de fuego. Sois como el
castillo de Dampmartin que se muere de risa.

--Por las verrugas de mi abuela. Juan, eso es desatinar
furiosamente.--Á propósito Juan, ¿No os queda ya dinero ninguno?

--Señor rector, no tengo culpa, la carnicería pequeña, _parva
boucheria_.

--¡Juan, mi amigo Juan!, ya sabéis que he dado cita á aquella muchacha
al cabo del puente de San Miguel; que no puedo llevarla sino á casa
de la Falourdel, la cortesana del puente, y que será preciso pagar la
alcoba. La vieja bribona de bigotes canos no me dará nada fiado. ¡Juan!
¡por favor! ¡qué! ¿nos hemos bebido toda la escarcela del cura? ¿no
tenéis ya ni un parisis?

--La conciencia de haber invertido bien las demás horas es un justo y
sabroso condimento de la comida.

--¡Vientre y tripas! ¡fuera pamplinas! Decidme, ¡Juan del diablo! ¿os
queda algún dinero? Dadme, ¡cuerpo de Cristo! ¡ó voy á registraros,
aunque fuéseis tan leproso como Job ó tan sarnoso como César!

--Señor, la calle de Galiache es una calle que tiene un cabo en la de
la Vidriería y el otro en la de los Tejedores.

--Bien, ¡sí! mi buen amigo Juan, mi pobre compañero, la calle de
Galiache, está bien, muy bien. Pero, en nombre del cielo, volved en
vos. Yo no necesito más que un sueldo parisis, y ha de ser para las
siete.

--Silencio en el corro, y atención al estribillo:

      Mandará en Arras el rey,
      Cuando coman pez las ratas;
      Y cuando la mar profunda
      Por San Juan se viere helada,
      Saldrán por cima del hielo
      Los que defienden la plaza.

--Pues bien estudiante del Antecristo, ¡despedazado te veas tú y las
tripas de tu madre!, exclamó Febo, y empujó con fuerza al estudiante
borracho, el cual se deslizó contra la pared y cayó blandamente sobre
el empedrado de Felipe Augusto. Por un resto de esa piedad fraternal
que nunca abandona al corazón de un bebedor, Febo llevó rodando á Juan
con el pie hasta ponerle sobre una de aquellas almohadas del pobre que
la providencia tiene dispuestas en todos los rincones de París, y que
los ricos deshonran con menosprecio, dándole el nombre de _basureros_.
El capitán colocó la cabeza de Juan sobre un plano inclinado de
tronchos de coles y en el instante mismo el estudiante se puso á roncar
con un bajo magnífico. Sin embargo, no se hallaba extinguida toda la
rabia en el corazón del capitán.--¡Si la carreta del diablo te recoge
al pasar, tanto peor para ti, dijo al pobre dormido, y se alejó.

El hombre de la capa, que no había cesado de seguirle, se paró un
momento delante del estudiante tendido, como si una indecisión le
agitara; en seguida lanzando un profundo suspiro, se alejó también para
ir en pos del capitán.

Dejaremos, como ellos, á Juan durmiendo bajo la mirada benévola de la
luna, y los seguiremos igualmente, si place al lector.

Al desembocar en la calle de San Andrés de los Arcos, el capitán Febo
advirtió que alguno le seguía; y volviendo por casualidad los ojos, vió
una especie de sombra que andaba tras él pegada á la pared. Paróse él,
y se paró la sombra; volvió él á andar, la sombra hizo lo mismo. Esto
apenas le inquietó.--¡Ah!, se dijo entre sí, no tengo un sueldo.

Al llegar á la fachada del colegio de Autun hizo alto. En este colegio
era donde él había bosquejado lo que llamaba sus estudios, y por una
costumbre de estudiante tacaño, que le había quedado, jamás pasaba
delante de la puerta, sin hacer sufrir á la estatua del cardenal Pedro
Beltrand, esculpida á la derecha de la portada, la especie de afrenta
de que se queja tan amargamente Priapo en la sátira de Horacio. _Olim
truncus eram ficulnus._ Habíalo hecho siempre con tanto empeño que la
inscripción _Eduensis episcopus_ estaba casi borrada. Paróse, pues, en
frente de la estatua como de costumbre. La calle estaba enteramente
desierta. En el momento que se componía holgadamente el vestido, muy
descuidado vió á la sombra que se le acercaba á paso lento, tan lento,
que tuvo el tiempo necesario para observar que la tal sombra tenía una
capa y un sombrero. Llegada cerca de él, se paró y quedó más inmóvil
que la estatua del cardenal Beltrand. Sin embargo clavaba sobre Febo
dos ojos fijos, llenos de aquella luz vaga que sale por la noche de la
niña de un gato.

El capitán era valiente y le hubiera inquietado muy poco un ladrón
con estoque en mano. Pero aquella estatua que andaba, aquel hombre
petrificado, le dejaron yerto. Corrían entonces entre el vulgo no
sé qué cuentos del fantasma que rodaba por la noche las calles de
París, que le vinieron confusamente á la memoria. Quedó algunos
minutos atónito, y rompió al fin el silencio, esforzándose por
reir.--Caballero, si sois un ladrón, según creo, vais á veros como
una garza real que coge una cáscara de nuez. Soy un hijo de familia
arruinado, querido mío; dirigíos pues aquí al lado. En la capilla de
este colegio hay madera de la verdadera cruz que está engastada en
plata.

La mano de la sombra salió de debajo de la capa, y cayó sobre el brazo
de Febo, con la violencia de una garra de águila. Al mismo tiempo la
sombra habló:--¡Capitán Febo de Chateaupers!

--¡Cómo, diablos!, dijo Febo, ¡sabéis mi nombre!

--No sé sólo vuestro nombre, respondió el embozado con una voz
sepulcral. Vos tenéis una cita esta noche.

--Sí, respondió Febo atónito.

--Á las siete.

--Dentro de un cuarto de hora.

--En casa de la Falourdel.

--Justamente.

--La cortesana del puente de San Miguel.

--De San Miguel Arcángel, como dice la oración.

--¡Impío!, refunfuñó el espectro.--¿Con una mujer?

--_Confiteor._

--Que se llama...

--La Esmeralda, dijo alegremente Febo, que había recobrado por grados
toda su indiferencia.

Á este nombre la garra de la sombra sacudió con furor el brazo de
Febo.--Capitán Febo de Chateaupers, ¡mientes!

Cualquiera que hubiese podido ver en este momento la cara inflamada del
capitán, el bote que dió hacia atrás, tan violento que se escapó de la
tenaza que le tenía asido, el soberbio ademán con que echó mano á la
guarnición de su espada, y al par de esta cólera la sombría inmovilidad
del embozado, quien hubiese visto esto, digo, habría quedado aterrado.
Había en ello algo del combate de D. Juan y de la estatua.

--¡Cristo y Satanás!, gritó el capitán. ¡He ahí una palabra, que rara
vez llega al oído de un Chateaupers! ¿te atreverías á repetirla?

--¡Mientes!, dijo fríamente la sombra.

El capitán dentelló. Duende, fantasma, supersticiones, todo lo había
olvidado en este momento. No veía más que un hombre y un insulto.--¡Ah!
¡ahora va bien!, dijo con voz balbuciente y ahogada de rabia. Sacó la
espada, y enseguida tartamudeando, porque la cólera hace temblar como
el miedo, gritó:--¡Venid acá! ¡al instante! ¡sus! ¡las espadas! ¡las
espadas! ¡sangre sobre estas piedras!

Sin embargo, el otro no se movía. Cuando vió á su adversario en
guardia, y dispuesto á plantarse:--Capitán Febo, dijo, y su acento
vibraba con amargura, olvidáis vuestra cita.

Los arrebatos de los hombres como Febo son semejantes á la sopa en
leche, cuyo hervor se apaga con una gota de agua fría. Esta sola
palabra hizo bajar la espada que relumbraba en la mano del capitán.

--Capitán, prosiguió el hombre, mañana, pasado mañana, dentro de un
mes, de diez años, me hallaréis dispuesto á daros una estocada, pero
acudid primero á vuestra cita.

--En efecto, dijo Febo, como tratando de capitular consigo mismo, es
magnífico encontrarse en una cita, una espada y una muchacha; pero no
veo porqué he de perder una por otra, cuando puedo lograr las dos.

Volvió la espada á la vaina.

--Id á vuestra cita, continuó el desconocido.

--Caballero, respondió Febo con alguna perplejidad, mil gracias por
vuestra cortesía. Al caso, siempre tendremos tiempo mañana para
cortarnos á tajos y estocadas el jubón del padre Adán. Os agradezco
que me permitáis pasar todavía un cuarto de hora agradable. Esperaba
confiadamente tenderos en el arroyo, y llegar aún á tiempo para la
chica, tanto mejor cuanto que es buen tono el hacer aguardar un poco
á las mujeres en semejante caso. Pero tenéis trazas de valiente, y es
más seguro dejar la partida para mañana. Voy, pues, á mi cita, que es á
las siete, ya lo sabéis.--Aquí Febo se rascó la oreja.--¡Ah! ¡cuerno de
Dios! ¡se me olvidaba!, no tengo un sueldo para pagar el desván, y la
vieja marrullera querrá cobrar adelantado; porque no se fía de mí.

--Aquí tenéis con qué pagar.

Febo sintió la mano fría del desconocido poner en la suya una ancha
pieza de moneda. No pudo menos que tomar el dinero y de apretar la mano.

--¡Voto á Dios!, exclamó: ¡que sois un mozo completo!

--Una condición, dijo el hombre. Probadme que no he tenido razón y que
decíais la verdad. Escondedme en cualquier rincón desde donde pueda ver
si la mujer es verdaderamente ésa cuyo nombre habéis dicho.

--¡Oh!, respondió Febo, poco me importa. Tomaremos la alcoba de Santa
Marta; y podréis ver á vuestro gusto desde el zaquizamí que está al
lado.

--Venid, pues, replicó la sombra.

--Á vuestro servicio, dijo el capitán. No sé si sois Don Diablo en
persona; pero seamos buenos amigos por esta noche, mañana os pagaré
todas mis deudas con la bolsa y la espada.

Pusiéronse á andar rápidamente. Pasados algunos minutos, el ruido del
río les anunció que estaban sobre el puente de San Miguel, cubierto en
aquella época de casas.--Voy primero á introduciros, dijo Febo á su
compañero, después iré á buscar la hermosa que debe aguardarme cerca
del Pequeño Châtelet. El compañero no respondió; desde que habían
empezado á andar juntos no había dicho una palabra. Febo se paró
delante de una puerta baja, y llamó con fuerza; una luz apareció en las
rendijas.

--¿Quién está ahí?, gritó una voz desalentada.

--¡Cuerpo de Dios! ¡Cabeza de Dios! ¡Vientre de Dios!, respondió el
capitán. La puerta se abrió al instante, y dejó ver á los recién
llegados una mujer y una candileja, las dos viejas y las dos temblando.
La mujer estaba plegada en dos, vestida de guiñapos, meneando la cabeza
que tenía cubierta de una rodilla, con ojos pequeños, toda arrugada,
manos, cara, y cuello: su boca hundida y todo alrededor de ella unos
manojos de canas que le daban el aspecto bigotudo de un gato. Lo
interior del chiribitil no estaba menos destrozado; paredes de greda,
cuartones negros en el techo, una chimenea desmantelada, telarañas
en todos los rincones; en medio una manada bamboleante de mesas y
escabelos cojos, un chicuelo asqueroso en la ceniza, y en el fondo una
escalera ó más bien una escala de madera que remataba en una trampa
en el lecho. Al penetrar en aquella guarida, el misterioso compañero
de Febo se levantó la capa hasta los ojos. Entretanto el capitán,
jurando como un sarraceno, se apresuró á _hacer brillar la luz en un
escudo_.--¡La alcoba de santa Marta!, dijo.

La vieja le trató de monseñor, y encerró el escudo en una gaveta.
Ésta era la moneda que el hombre de la capa negra había dado á Febo.
Mientras que la mujer volvía la espalda, el muchachillo desgreñado y
desguiñapado, que jugaba con la ceniza, se acercó diestramente á la
gaveta, cogió el escudo, y puso en su lugar una hoja seca que había
arrancado de un haz de leña.

La vieja hizo seña á los dos gentiles-hombres, como ella los llamaba,
de seguirla, y subió por la escala delante de ellos. Llegada al piso
superior, puso la lámpara sobre un cofre, y Febo, como de casa, abrió
una puerta que daba á un zaquizamí oscuro.--Entrad ahí, querido, dijo á
su compañero. El hombre de la capa obedeció sin responder una palabra;
cerróse la puerta tras él; oyó á Febo echar el cerrojo, y un instante
después bajar la escalera con la vieja. La luz había desaparecido.




                                  VIII
                Utilidad de las ventanas que dan al río


Claudio Frollo (pues presumimos que el lector, más inteligente
que Febo, no ha visto en toda esta aventura otro fantasma que el
arcediano), Claudio Frollo anduvo á tientas algunos instantes en el
chiribitil tenebroso, donde le había encerrado el capitán; el cual era
uno de esos rincones que dejan los arquitectos en el punto de unión del
tejado y la pared maestra. Cortado verticalmente el zaquizamí, como tan
acertadamente le había llamado Febo, hubiese resultado un triángulo.
Por lo demás, no tenía ni ventana ni lumbrera, y el plano inclinado del
tejado impedía estar de pie. Agachóse, pues, Claudio sobre el polvo y
los yesones que se aplastaban con su peso; tenía la cabeza ardiendo; y
tentando por el suelo, halló un pedazo de vidrio roto, que se aplicó á
la frente y con cuya frescura se alivió algo.

¿Qué pasaba en aquel momento dentro del alma oscura del arcediano? Sólo
Dios y él han podido saberlo.

¿En qué orden fatal colocaba en su mente á la Esmeralda, á Febo, á
Jacobo Charmolue, á su querido hermano, abandonado por él en el lodo,
su sotana de arcediano, su reputación quizás arrastrada en casa de la
Falourdel, todas estas imágenes, todas estas aventuras? Yo no podría
decirlo; pero no hay duda que tales ideas formaban en su espíritu un
grupo horrible.

Sólo un cuarto de hora llevaba de esperar, y le parecía haber pasado
un siglo. De repente oyó crujir los palos de la escalera de madera;
alguien subía. Abrióse la trampa, y apareció una luz. Había en la
puerta carcomida de su cuchitril una hendidura bastante ancha, y pegó
contra ella la cara. De este modo podía ver cuanto pasaba en el cuarto
vecino. La vieja cara de gato salió la primera por la trampa con su
lámpara en la mano; luego Febo, retorciéndose el bigote, luego una
tercera persona, la hermosa y agraciada criatura, la Esmeralda. El
clérigo la vió salir de tierra como una brillante aparición. Tembló
Claudio, corrióse un velo sobre sus ojos, agitábanse con fuerza sus
arterias, zumbábanle los oídos, la cabeza se le iba; y ya ni vió, ni
oyó más nada.

Cuando volvió en sí, estaban sólos Febo y la Esmeralda, sentados sobre
el arcón junto á la lámpara que ofrecía á los ojos del arcediano
aquellas dos figuras frescas, y una miserable tarima en el fondo del
desván.

Al lado de la tarima había una ventana cuya vidriera, desvencijada como
una telaraña sobre la cual acababa de llover, dejaba ver por en medio
de los alambres rotos, un pedazo de cielo y la luna reposando á lo
lejos sobre un grupo de ligeras nubes.

La joven estaba colorada, cortada, palpitante: sus largas pestañas
inclinadas sombreaban sus purpúreas mejillas. El oficial, á quien no
se atrevía á alzar los ojos, brillaba de gozo. Maquinalmente, y con un
ademán de encantador embarazo, trazaba ella con la punta del dedo sobre
el banco líneas incoherentes, y al mismo tiempo miraba su dedo. No se
le veía el pie, que servía de asiento á la cabrita.

El capitán estaba vestido ricamente y llevaba al cuello y en las
muñecas abundancia de abalorios, lo cual era muy elegante en aquella
época.

No consiguió sin trabajo D. Claudio oir lo que se decían,
impidiéndoselo el zumbido de la sangre que le hervía en las sienes.

Cosa trivialísima es por cierto una plática entre enamorados; es
un _yo os amo_ continuo: frase musical muy seca, muy insípida para
los indiferentes que escuchan cuando no está adornada de algunas
_fioriture_; pero Claudio no escuchaba como indiferente.

--¡Oh!, decía la doncella sin levantar los ojos, no me despreciéis
monseñor Febo: conozco que es malo lo que hago.

--¡Despreciaros hermosa niña!, respondía el oficial con una galantería
noble y distinguida! ¡despreciaros yo, ¡Cuerpo de Cristo! ¿y por qué?

--Por haberos seguido.

--En cuanto á eso hermosa mía, no estamos de acuerdo, yo no debía
despreciaros, sino aborreceros.

Miróle la muchacha despavorida.--¡Aborrecerme! ¿pues qué he hecho yo?

--Por haberos hecho rogar tanto.

--¡Ay!, dijo ella... es que quebranto un voto... no hallaré á mis
padres... el amuleto perderá su virtud.--¿Mas qué importa? ¿á qué he
menester ahora padre ni madre?

Mientras hablaba así, tenía clavados en el capitán sus grandes ojos
negros rebosando júbilo y terneza.

--¡El diablo que os entienda!, exclamó Febo.

Quedó un momento silenciosa la Esmeralda, asomó enseguida una lágrima á
sus ojos, y un suspiro á sus labios, y dijo:--¡Oh! monseñor, yo os amo.

Había en torno de la joven tal perfume de castidad, tal hechizo de
virtud, que Febo no se hallaba completamente satisfecho á su lado. Sin
embargo, esta palabra le animó.--¡Me amáis!, dijo enajenado, ciñendo
con el brazo el talle de la egipcia, ocasión única que esperaba.

Viole el clérigo, y probó con la yema del dedo la punta de un puñal que
tenía oculto en el seno.

--Febo, prosiguió la gitana desprendiendo blandamente de su cintura
las tenaces manos del capitán; vos sois bueno, sois generoso, sois
gallardo; me habéis libertado de un mal, á pesar de no ser yo más que
una pobre niña perdida en Bohemia. Mucho tiempo hace que ando soñando
con un oficial que me salve la vida. Con vos soñaba antes de conoceros,
Febo mío; el militar de mi sueño tenía una hermosa librea como vos,
gran presencia, una espada; vos os llamáis Febo, éste es un nombre
hermoso, me gusta vuestro nombre, me agrada vuestra espada. Sacad,
pues, vuestra espada, Febo, que la vea yo.

--¡Qué niña!, dijo el capitán, y desenvainó su tizona sonriéndose. Miró
la egipcia la empuñadura, la hoja, examinó con adorable curiosidad la
cifra de la contera, y besó la espada diciéndole:--Sois la espada de un
valiente: yo amo á mi capitán.

Febo aprovechó aún esta ocasión para aplicar sobre su hermoso cuello
inclinado un beso que hizo levantarse á la doncella encarnada como la
escarlata. El clérigo rechinó los dientes en su oscuro rincón.

--Febo, replicó la egipcia, dejadme hablaros. Andad un poco, que os vea
tan alto como sois, y oiga sonar vuestras espuelas. ¡Qué hermoso sois!

Levantóse el capitán por complacerla, regañándola con una sonrisa
ufana.--¡Qué niña sois!--Pero á propósito, hechicera, ¿me habéis visto
de riguroso uniforme?

--¡Ah! no, respondió ella.

--¡Aquel si que es hermoso!

Fuese Febo á sentar junto á ella, pero mucho más cerca que antes.

--Escuchadme, querida...

Dióle la egipcia unas palmaditas en la boca, con un candor loco,
gracioso y alegre.

--No, no; no os escucho. ¿Me amáis? Quiero que me digáis si me amáis.

--¡Si os amo, ángel de mi vida!, dijo el capitán medio arrodillándose.
Mi cuerpo, mi sangre, mi alma, todo es tuyo, todo es para ti. Te amo, y
jamás he amado sino á ti.

Había el capitán repetido tantas veces esta frase en semejantes
coyunturas, que la enjaretó de una tirada sin cometer una sola falta
de memoria. Al oir tan apasionada declaración, levantó la egipcia al
sucio techo que hacía veces de cielo, una mirada llena de angelical
bienaventuranza.

--¡Oh!, dijo á media voz, ¡éste es el instante en que se debiera morir!

Pareció á Febo el instante bueno para arrebatarle otro beso que fué á
atormentar en su retiro al miserable arcediano.

--¡Morir!, exclamó el enamorado capitán. ¿Qué es lo que decís,
ángel divino? Éste es el caso de vivir, ó Júpiter es un trasto.
¡Morir al comenzar una cosa tan dulce! ¡Cuerno! ¡y qué chanza!--No
tal.--Escuchad, mi querida Similar... Esmenarda... Disimulad mi
torpeza; tenéis un nombre tan prodigiosamente sarraceno, que no puedo
desenredarme de él: es una maleza que no me deja andar.

--¡Dios mío!, dijo la pobre muchacha, ¡yo que tenía mi nombre por lindo
á causa de su singularidad! pero ya que os desagrada, quisiera llamarme
Blasa.

--¡Ah! no lloremos por tan poco, mona mía; es un nombre á que es
preciso acostumbrarse; nada más. Una vez que yo lo sepa de memoria, él
saldrá por sí sólo. Escuchad pues, mi querida Similar: os adoro con
pasión. Es un milagro el amor que os tengo; y conozco yo una chica que
se muere de rabia por eso...

La celosa doncella le interrumpió:

--¿Y quién es?

--¿Qué nos importa?, dijo Febo: ¿me amáis?

--¡Oh!... respondió ella.

--¡Pues bien! eso basta. Veréis como yo también os amo. Permito que
el gran diablo Neptuno me enganche con su tridente si no os hago la
criatura más feliz del mundo. Tendremos en cierta parte un lindo
cuartito. Formaré bajo vuestras ventanas la parada de mis ballesteros;
todos son de á caballo, y hacen burla de los del capitán Guapo. Los
tengo de todas armas; os llevaré á los grandes monstruos de los
parisienses á la Granja de Rully; es lo que hay que ver. Ochenta mil
cabezas armadas; treinta mil arneses blancos; los sesenta y siete
pendones de los gremios, los estandartes del parlamento, del tribunal
de cuentas, del tesoro de los generales, de los oficiales de la casa
de la moneda; ¡un baturrillo en fin de todos los diablos! Os llevaré á
ver los leones del Alcázar del rey que son fieras: á todas las mujeres
gusta eso.

Unos instantes hacía que absorta la doncella en sus encantadoras
ilusiones, sólo soñaba en el metal de la voz de Febo, sin atender al
sentido de sus palabras.

--¡Oh! ¡qué feliz seréis!, continuó aquél, soltando al mismo tiempo con
suavidad la hebilla del cinturón de la egipcia.

--¡Qué hacéis!, dijo ella con viveza. _Esta vía de hecho_ la había
arrancado de su enajenación.

--Nada, respondió Febo; decía solamente que convendrá echar á un lado
este traje de locura y de callejuela cuando estéis conmigo.

--¡Cuando esté contigo, Febo mío!, dijo tiernamente la joven.

Y volvióse á quedar pensativa y silenciosa.

El capitán alentado con su dulzura, la cogió por el talle sin que ella
hiciese resistencia, enseguida se puso á desabrochar con tiento el
justillo de la pobre criatura, y tanto descompuso su gorguerita, que el
clérigo, respirando apenas, vió salir de la gasa los hermosos hombros
de la gitana desnudos, redondos y morenos, como la luna que aparece
entre celajes sobre el horizonte.

La joven no oponía resistencia alguna á Febo, y parecía no advertir lo
que estaba haciendo. Ya centelleaban los ojos del osado capitán, cuando
de repente ella se volvió hacia él:--Febo, le dijo con una expresión de
amor infinito: ¡instrúyeme en tu religión!

--¡Mi religión!, exclamó el capitán riendo á carcajadas. ¡Yo instruiros
en mi religión! ¡Cuerno y trueno! ¿y qué queréis hacer de mi religión?

--Es para casarnos, respondió ella.

Pintóse en el semblante del capitán una expresión de sorpresa, de
desdén, de indiferencia y de pasión libertina.

--¡Ah bah!, dijo, ¿es que uno se casa?

La gitana se puso pálida, y dejó caer tristemente la cabeza sobre su
pecho.--¡Bella enamorada!, prosiguió tiernamente Febo, ¿qué locuras
son ésas? ¡Valiente cosa es el matrimonio! ¿Es uno menos amante por
no haber escupido latín en la tienda de un cura? Hablando así con la
voz más dulce que podía, se iba acercando más y más á la gitana, sus
manos habían ceñido blandamente otra vez aquel fino y delicado talle,
sus ojos se encendían por momentos, y todo anunciaba claramente que el
señor Febo rayaba en uno de aquellos instantes que Júpiter mismo se
olvida hasta tal punto que el buen Homero se ve obligado á llamar una
nube en su ayuda.

D. Claudio entretanto lo estaba viendo todo. La puerta estaba hecha de
duelas podridas, que dejaban entre sí paso franco á su mirar de ave de
rapiña. Este clérigo de color prieto y de anchos hombros, condenado
hasta entonces á la austera virginidad del claustro, se estremecía y
ardía á vista de aquella escena de amor, nocturna y voluptuosa. La
joven y hermosa doncella, entregada con todo abandono al ardoroso
mancebo, hacía correr plomo derretido por sus venas. Sentía movimientos
extraordinarios; sus ojos penetraban con unos celos lascivos por debajo
de todos los alfileres descompuestos. El que hubiese podido ver en
aquel instante la cara del desventurado pegada contra los barrotes
carcomidos, hubiera creído ver una faz de tigre mirando desde una jaula
algún chacal que despedaza una garza. Las niñas de sus ojos parecían
dos candelillas al través de las grietas de la puerta.

En esto Febo arrebata con precipitación la gorguerita de la egipcia.
La pobre niña que había quedado pálida y pensativa, se despertó como
sobresaltada; alejóse azorada del osado oficial, y mirándose sus
hombros y su pecho desnudo, encendida, confusa, y muda de vergüenza,
cruzó sus hermosos brazos sobre el seno para cubrirle. Sin el fuego que
encendía sus mejillas, al verla así silenciosa é inmóvil, se la hubiera
tenido por la estatua del pudor. Sus ojos permanecían bajos.

La violenta acción del capitán había puesto á la vista el amuleto
misterioso que ella llevaba colgado al cuello.

--¿Qué significa esto?, dijo aquél aprovechándose de semejante pretexto
para acercarse á la criatura á quien acababa de espantar.

--¡No lo toquéis!, repuso con viveza, es el ángel de mi guarda; con él
debo hallar mi familia, si sigo siendo digna de ello. ¡Oh! ¡dejadme,
señor capitán! ¡madre mía! ¡pobre madre mía! ¡madre mía! ¿dónde estás?
¡ampárame! ¡Gracia, caballero Febo, volvedme mi gorguera!

Retrocedió Febo, y dijo con un tono frío:--¡Ah! señorita, ¡ya veo que
no me amáis!

--¡No te amo!, exclamó la infeliz niña, colgándose al decir esto del
cuello del capitán, á quien obligó á sentarse junto á ella. ¡Yo no te
amo, Febo mío! ¿Qué te atreves á decir, bribón, para despedazarme el
corazón? ¡Aquí me tienes, tómame, tómalo todo, haz cuanto te plazca de
mí, tuya soy! ¡Qué me importa el amuleto! ¡qué me importa mi madre! ¡tú
eres mi madre, pues que te amo! Febo, mi amado Febo, ¿me estás viendo?
soy yo, mírame; soy la chicuela á quien tienes la bondad de no alejar
de ti, que viene, que viene por sí misma á buscarte. Mi alma, mi vida,
mi cuerpo, mi persona, todo ello es vuestro, capitán mío. Pues bien, no
nos casemos, supuesto que eso te enfada; y al cabo ¿quién soy yo?, una
miserable hija de la nada, en vez que tú, Febo mío, eres un caballero.
¡Bueno estaría por cierto! ¡una saltarina casarse con un señor oficial!
yo estaba loca cuando lo he dicho. No, Febo, no; yo seré tu querida, tu
diversión, tu capricho, cuando quieras una muchacha toda tuya. No he
nacido para otra cosa, amancillada, despreciada, deshonrada, ¡mas qué
importa! siendo querida de Febo. Seré la más orgullosa y la más alegre
de las mujeres. Y cuando fuere vieja ó fea, Febo, cuando ya no fuere
buena para amaros, monseñor, os dignaréis guardarme aún para serviros.
Otras os bordarán las fajas; y yo, vuestra criada, cuidaré de ellas.
¡Me dejaréis limpiar vuestras espuelas, acepillaros la casaca, frotaros
las botas de montar! ¿No es verdad, Febo, que tendréis esta dignación?
Y entretanto, ¡aquí me tienes, Febo, toda yo te pertenezco, no te pido
sino que me ames! Nosotras las egipcias no necesitamos otra cosa, aire
libre y amor.

Al decir esto echó sus brazos al rededor del cuello del oficial;
mirábale de arriba abajo, en ademán suplicante, y con una hermosa
sonrisa mezclada de lágrimas. Su delicado pecho se estregaba contra el
uniforme de paño y los ásperos bordados de Febo, y plegaba sobre las
rodillas de éste su hermoso cuerpo medio desnudo. Embriagado el capitán
llegó sus abrasados labios á aquellos hermosos hombros africanos. La
egipcia echada hacia atrás, con los ojos clavados en el techo, se
estremecía y palpitaba al recibir aquel beso ardiente.

En este momento por encima de la cabeza de Febo, vió otra cabeza; un
rostro lívido, cetrino, convulsivo, con el mirar de un réprobo; junto
á aquel rostro había una mano que alzaba un puñal. Éste era el rostro
y la mano del clérigo; había roto la puerta, y estaba allí. Febo no
podía verle. Quedóse la joven inmóvil, yerta, muda con la espantosa
aparición, como una paloma que levantase la cabeza en el momento en que
el azor mira su nido con sus redondos ojos.

Ni gritar pudo: vió el puñal precipitarse sobre Febo y volver á alzarse
humeante.

--¡Maldición!, dijo el capitán, y cayó.

Ella se desmayó.

En el momento de cerrarse sus ojos, de perder toda sensibilidad, sintió
imprimirse sobre sus labios un contacto de fuego, un beso más abrasador
que el hierro candente del verdugo.

Cuando recobró el sentido, estaba rodeada de soldados de la ronda;
llevábanse al capitán bañado en su sangre, el clérigo había
desaparecido: la ventana del fondo del cuarto que daba al río estaba
abierta de par en par; levantaban del suelo una capa que suponían
pertenecer al oficial, y oyó decir á su lado:--Es una bruja que ha dado
de puñaladas á un capitán.


                          FIN DEL TOMO PRIMERO


*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NUESTRA SEÑORA DE PARÍS - TOMO 1 (DE 2) ***


    

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