The Project Gutenberg eBook of Los miserables - Tomo II
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Title: Los miserables - Tomo II
Author: Victor Hugo
Translator: J. A. R.
Release date: February 28, 2026 [eBook #78068]
Language: Spanish
Original publication: Barcelona: MANILA BARCELONA, "MAUCCI", 1897
Credits: far Andrés V. Galia, Santiago, Thiers and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MISERABLES - TOMO II ***
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está
encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está
marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un
superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de
escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e
representa al superíndice e.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
en mayúsculas.
El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
principio de la obra.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
tipográficos y de ortografía.
La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
transcriptor y se concede al dominio público.
El transcriptor quiere expresar su agradecimiento a quienes, con sus
opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a resolver algunos puntos
importantes.
Algunas aclaraciones que conviene mencionar:
1) El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.
2) En el original, el autor haciendo referencia a la actitud de Javert,
uno de los principales personajes de la obra escribe:
Lo que ocurría en Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el
descarrilamiento de un alma, el aplastamiento de una probidad lanzada
irresistiblemente en línea recta y destrozándose contra Dios.
El esmero de un revisor del texto del presente proyecto, permitió
establecer que Fampoux se refiere a un accidente ferroviario que
ocurrió en 1846, debido a un descarrilamiento en una localidad con ese
nombre.
3) En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
del texto.
* * * * *
LOS MISERABLES
LOS MISERABLES
POR
VÍCTOR HUGO
_Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto_
VERSIÓN ESPAÑOLA
DE
J. A. R.
TOMO II
BARCELONA
Casa Editorial «MAUCCI»
296, CONSEJO DE CIENTO, 296
1897
Establecimiento Tipográfico de
Timoteo Susany.--Valldoncella, 20, Barcelona.
[Illustración]
ÍNDICE
DE LO QUE CONTIENE ESTE SEGUNDO TOMO
=LIBRO SÉPTIMO.=--PATRON-MINETTE
Pág.
I La mina y los mineros 5
II La hondonada 7
III Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse 8
IV Composición de la cuadrilla 10
=LIBRO OCTAVO.=--EL MAL POBRE
I Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra
un hombre con gorra 13
II Hallazgo 14
III Cuatro personajes 16
IV Una rosa en la miseria 19
V El ojo de la providencia 25
VI El hombre embrutecido, en su madriguera 27
VII Estrategia y táctica 31
VIII El rayo de luz en la caverna 34
IX Jondrette casi llora 35
X Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora 39
XI Ofertas de servicio de la miseria al dolor 41
XII Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare
pater noster 48
XIII Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos
á un abogado 50
XIV Jondrette hace sus compras 53
XV Donde volverá á encontrarse la canción sobre música
inglesa de moda en 1832 55
XVI Empleo de la moneda de cinco francos de Mario 58
XVII Las dos sillas de Mario frente á frente 61
XVIII Preocuparse de los fondos oscuros 63
XIX La emboscada 68
XX Se debería empezar siempre por prender á las víctimas 86
XXI El chiquillo que lloraba en la segunda parte 89
CUARTA PARTE
EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE
LA CALLE DE SAN DIONISIO
=LIBRO PRIMERO.=--ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
I Bien cortado 91
II Mal cosido 96
III Luis Felipe 98
IV Grietas en la base 104
V Hechos de los que sale la historia y que la historia
ignora 111
VI Enjolrás y sus tenientes 121
=LIBRO SEGUNDO.=--EPONINE
I El campo de la Alondra 125
II Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de
las cárceles 130
III La aparición del señor Mabeuf 134
IV Aparición de Mario 137
=LIBRO TERCERO.=--LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I La casa del secreto 141
II Juan Valjean guardia nacional 145
III Foliis ac Frondibus 147
IV Cambio de reja 150
V La rosa descubre que es una máquina de guerra 155
VI Comienza la batalla 158
VII Á tristeza, tristeza y media 161
VIII La cadena 166
=LIBRO CUARTO.=--SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER
SOCORROS DE ARRIBA
I Herida exterior, curación interna 174
II La tía Plutarco se apura mucho para dar la explicación
de un fenómeno 176
=LIBRO QUINTO.=--CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
I La soledad y el cuartel en combinación 183
II Miedos de Cosette 185
III Enriquecido con comentarios de la tía Santos 188
IV Un corazón bajo una piedra 190
V Cosette después de la carta 193
VI Los viejos están hechos para ser oportunos 196
=LIBRO SEXTO.=--EL NIÑO GAVROCHE
I Endiabladuras del viento 198
II Donde el pequeño Gavroche saca partida de Napoleón
el Grande 202
III Peripecias de la evasión 221
=LIBRO SÉPTIMO.=--LA GERMANÍA
I Origen 233
II Raíces 239
III Germanía que llora y germanía que ríe 247
IV Los dos deberes: velar y esperar 251
=LIBRO OCTAVO.=--ENCANTOS Y DESOLACIONES
I Plena luz 255
II El aturdimiento de la felicidad completa 260
III Principio de sombra 262
IV Cab: rueda en inglés y ladra en germanía 265
V Cosas de la noche 271
VI Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las
señas de su casa á Cosette 271
=LIBRO NOVENO.=--¿Á DÓNDE VAN?
I Juan Valjean 287
II Mario 289
III El señor Mabeuf 291
=LIBRO DÉCIMO.=--EL 5 DE JUNIO DE 1832
I El exterior de la cuestión 295
II El fondo de la cuestión 298
III Un entierro: ocasión de renacer 303
IV El hervor de otros tiempos 308
V Originalidad de París 313
=LIBRO DECIMOPRIMERO.=--EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la
poesía de Gavroche, é influencia de un académico en
dicha poesía 316
II Gavroche en marcha 318
III Justa indignación de un peluquero 321
IV El niño se admira del anciano 322
V El anciano 324
VI Reclutas 325
=LIBRO DECIMOSEGUNDO.=--CORINTO
I Historia de Corinto desde su fundación 327
II Alegrías previas 331
III La noche empieza á dominar sobre Grantaire 340
IV Prueba de consuelo hacia la viuda Haucheloup 342
V Los preparativos 346
VI Esperando 347
VII El hombre reclutado en la calle de Billettes 350
VIII Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá
no se llamaba Cabuc 353
=LIBRO DECIMOTERCERO.=--MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio 357
II París á vista de búho 359
III El último extremo 361
=LIBRO DECIMOCUARTO.=--GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I La bandera: primer acto 367
II La bandera: acto segundo 369
III Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina
de Enjolrás 371
IV El barril de pólvora 372
V Fin de los versos de Juan Provaire 375
VI La agonía de la muerte después de la agonía de la vida 376
VII Gavroche, profundo calculador de distancias 380
=LIBRO DECIMOQUINTO.=--LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I Carta canta 383
II El pilluelo enemigo de las luces 390
III Durante el sueño de Cosette y Santos 394
IV El exceso de celo de Gavroche 395
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
=LIBRO PRIMERO.=--LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
I La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del
arrabal del Temple 400
II Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar 407
III Luz y sombra 410
IV Cinco de menos y uno más 412
V ¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la
barricada! 417
VI Mario rudo y Javert lacónico 421
VII La situación se agrava 423
VIII La artillería se va poniendo seria 426
IX Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella
puntería infalible, que influyó en la condena de 1796 429
X Aurora 430
XI Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie 433
XII El desorden partidario del orden 434
XIII Luces que pasan 437
XIV Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás 439
XV Gavroche fuera 441
XVI De cómo un hermano puede trocarse en padre 448
XVII Mortuus pater, filium expectat 451
XVIII El buitre convertido en presa 452
XIX Venganza de Juan Valjean 456
XX Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan 458
XXI Los héroes 466
XXII Palmo á palmo 470
XXIII Orestes en ayunas y Pilades borracho 473
XXIV Prisionero 476
=LIBRO SEGUNDO.=--EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I La tierra empobrecida por el mar 478
II Historia antigua del alcantarillado 482
III Bruneseau 484
IV Detalles ignorados 487
V Progreso actual 490
VI Progreso futuro 491
=LIBRO TERCERO.=--CIENO Y ALMA
I La cloaca y sus sorpresas 495
II Explicación 500
III El hombre filado 502
IV También lleva su cruz 506
V La arena como la mujer, tiene cierta finura pérfida 509
VI El hundidero 513
VII Á veces se encalla donde se cree desembarcar 514
VIII El jirón de la levita 516
IX Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo
entiende 521
X La vuelta del hijo pródigo de su vida 524
XI Sacudimiento de lo absoluto 526
XII El abuelo 527
LIBRO CUARTO
I Javert desviado 532
=LIBRO QUINTO.=--ABUELO Y NIETO
I Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc 542
II Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra
doméstica 545
III Mario ataca 549
IV La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que
el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo
el brazo 552
V Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera
que en casa de un notario 556
VI Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen
cuanto pueden para que Cosette sea feliz 557
VII Efectos del sueño mezclados á la felicidad 564
VIII Dos hombres imposibles de encontrar 568
=LIBRO SEXTO.=--NOCHE CLARA
I El 16 de febrero de 1833 569
II Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo 577
III La inseparable 584
IV Immortale jecur 586
=LIBRO SÉPTIMO.=--LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I El séptimo círculo y el octavo cielo 590
II Obscuridades que puede contener una revelación 605
=LIBRO OCTAVO.=--DECRECIMIENTO CREPUSCULAR
I El cuarto bajo 611
II Otro paso atrás 615
III Recuerdan el jardín de la calle Plumet 617
IV Atracción y extinción 621
=LIBRO NOVENO.=--SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
I Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los
dichosos 622
II Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite 624
III Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta
de Fauchelvent 625
IV Botella de tinta que sólo blanquea 628
V Noche tras de la cual se encuentra el día 643
VI La yerba guarda y la lluvia borra 653
PLANTILLA
Para la colocación de las láminas del tomo 2.º
Traigo una carta para vos señor Mario 20
Era un sobre de papel blanco 190
Inspector Javert,--dijo Juan Valjean 523
Cosette y Mario, ahogados por el llanto 651
LIBRO SÉPTIMO
PATRON-MINETTE
I
=Las minas y los mineros=
Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama _el
foso_. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya
en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay
las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en
ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que
nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del
siglo último era una mina casi á cielo abierto.
Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo,
sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y
para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas
hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de
arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde
se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á
la vez el subterráneo del mundo.
Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos
de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina
religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la
mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras,
otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba
á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se
ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan
Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su
linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda á la greña con Socino.
Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia
su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y
vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo
superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero
desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja
la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos
suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones
diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.
Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El
trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer.
Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser
terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables
al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está
traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de
monstruos.
La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde
á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el
pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos,
otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más
abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire;
después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra
Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat,
está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites
que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente
otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son
espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue
vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones
del filósofo.
¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!
Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades
laterales.
Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre
sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que
casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy
diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los
otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo,
sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el
más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen
una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo
como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad,
no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una
mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo
en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus
pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á
quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.
La pupila sombra es el otro signo.
En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y
estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.
Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz.
Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de
todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso
subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más
bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y
sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad.
Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso
de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos.
_Inferi._
Ésta comunica con los abismos.
II
=La hondonada=
Allí el desinterés desaparece. El demonio se bosqueja vagamente; cada
cual para sí. El yo sin ojos aúlla, busca, tantea y corroe. El Ugolino
social se halla en ese abismo.
Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio
fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y
la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son
inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición
aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la
miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la
satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces;
no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento
pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso,
lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya
la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia.
El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de
partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.
Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos
de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y
filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno
y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el
error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del
trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.
Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las
profundidades repugnantes.
Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en
que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.
Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio
sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo
jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con
el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que
se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni
desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat
es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el
hundimiento general.
General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No
mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual;
mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el
pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso.
Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es
tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.
Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir
á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el
mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto,
la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis
destruido el topo Crimen.
Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.
El único peligro social es la sombra.
Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No
existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La
misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero
la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.
Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se
convierte allí en el mal.
III
=Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse=
Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse,
gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.
Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la
alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de
mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y
cráneo de pájaro.
Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y
chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer
hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más
corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta
años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de
cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban
el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa.
Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había
estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había
sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.
La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.
Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la
luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico.
Había sido bufón en casa de Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había
sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador,
que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria
consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe
del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las
ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:
«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace
experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y
extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela,
un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas,
dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la
ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había
sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la
primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo.
Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía
los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su
barraca ambulante, leyó en el _Mensajero_, que una mujer había dado á
luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y
exclamó: _¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de
darme un hijo por el estilo!_
Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.
¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el
cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde
volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie
lo sabía.
Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices
sino vuelto de espaldas.
¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».
En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet
decía: _Claquesous es un nocturno á dos voces_. Claquesous era un ser
vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre,
pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues
su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que
tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía
como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.
Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de
veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso
cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía
todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión
de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo
convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo,
afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del
sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto
el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar
violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre
raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria,
y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este
adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le
había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas
en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso
ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la
ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como
Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos
cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la
sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.
Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de
oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas
del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el
bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.
IV
=Composición de la cuadrilla=
Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que
serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas
indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol,
llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas,
ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos
de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la
nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el
punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de
que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.
Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón
misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían
el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.
Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones,
Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general
de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas
en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á
ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento,
y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo
escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal
adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda,
y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad
de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de
tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.
Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los
alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí
doce horas negras y las distribuían.
_Patrón Minette_, tal era el nombre que en la circulación subterránea
se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo
lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, _Patrón
Minette_, en francés, significa la madrugada, lo mismo que _entre
perro y lobo_ significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette,
procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues
que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan
los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos
cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados
visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste
negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta
enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya
sido Patrón-Minette.
Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación
de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la
lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en
las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales
afiliados de Patrón Minette.
Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.
Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos
á decir algo).
Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.
Laveuve (La viuda).
Finisterre.
Homero-Hogu, negro.
Mardisior (Malanoche).
Dépêche (Estafeta).
Fauntleroy (a) la Ramilletera.
Glorieux, presidiario cumplido.
Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).
La explanada del Sur.
Poussagrive (Lanzatordos).
Carmagnolet (Carmañoleto).
Kruideniers (a) Bizarro.
Mangedentelle (Tragaencaje).
Les-pieds-en-l'air (Volatinero).
Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.
Etc., etc.
Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No
expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres
corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas
inferiores de la civilización.
Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven
pasar por la calle.
De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir,
ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó
de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.
¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido.
Horacio habla de ellos: _Ambubaiarum collegia_, _pharmacopolæ_,
_mendici_, _mimæ_; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo
que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las
filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos;
solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas
pieles.
Extirpados los individuos, subsiste la tribu.
Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza
se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los
relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay
burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á
ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al
paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.
Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto
se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino
formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen
cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen
más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por
espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido
de la noche.
¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.
No hay murciélago que resista el alba.
Iluminad la sociedad en su parte baja.
LIBRO OCTAVO
EL MAL POBRE
I
=Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra=
Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor
Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo.
Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y
adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero
no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el
hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el
cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena
de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era
un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido.
El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría;
la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de
irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y
de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba
que todo había desaparecido.
Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se
complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en
voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?
Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo
era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha
inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he
querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí
está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque
así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste
también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero
asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en
aquella melancolía, había concluido por decirle:--Veo que has sido
simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.
Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había
dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire,
creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de
esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran
todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á
sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con
los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido
y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos
cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él,
desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los
nogales del camino.
Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo
á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo
en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de
amor.
Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había
tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos,
con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una
gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos
blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos
blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como
absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer
en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en
toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto,
solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería
aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó
absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel
hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba?
En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel
enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre
había desaparecido.
Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo
alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se
desvaneció.
Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.
II
=Hallazgo=
Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía
caso de nadie.
En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y
aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin
haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás
inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por
malos pagadores.
Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio
día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en
que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á
Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:
Que brille el sol ó que llueva,
se vuelve el oso á la cueva.
Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á
comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh
debilidad de las pasiones ideales!
Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía
Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:
--¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato
sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!
Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á
la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.
De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos
muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja,
que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir.
Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al
pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus
cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus
sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:
--Los corchetes han venido; por poco me pinzan.
La otra respondió:
--Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.
Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los
gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas
dos muchachas, y ellas se habían escapado.
Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él,
dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina
que se iba desvaneciendo.
Mario se detuvo un momento.
Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un
paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía
contener papeles.
--¡Bueno,--dijo;--se les habrá caído á esas infelices!
Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos;
se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.
Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd
de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y
alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el
crepúsculo reaparecieron en su imaginación.
--¡Pobres madres!--pensó.--Hay todavía una cosa más triste que ver
morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.
Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su
pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en
aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire
libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.
--¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!--decía.--Las muchachas se me
aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.
III
=Cuatro personajes=
Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el
bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard.
Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el
paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas,
si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios
para restituirselo á la persona que lo había perdido.
Abrió el paquete.
No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.
Todas tenían dirección.
Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.
La primera iba dirigida:
_Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de
Diputados. núm_...
Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones
que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que
podía ser leída sin inconveniente.
Estaba concebida en estos términos:
«Señora marquesa:
«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más
estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos
cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado
español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada
de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha
consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se
encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable
persona le concederá un socorro para conservar una existencia
extremadamente penosa para un militar de educación y de honor,
cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que
os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por
una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su
agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.
«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser,
señora,
«DON ÁLVAREZ, capitán español de caballería, realista refugiado
en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para
proseguir su viaje».
No se incluía dirección alguna al pie de la firma.
Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:
_Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9_.
He aquí lo que en ella leyó Mario:
«Señora condesa:
«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis
hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma
desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace
cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más
horrorosa indigencia.
«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora,
con profundo respeto,
F. DE BALIZARD».
Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una
petición. Decía así:
«_Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor,
calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros_:
«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis
el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un
literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.
«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del
Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún
mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas.
Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de
los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en
toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en
peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.
«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al
hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña
veleta que cambia casi á cada viento nuevo.
«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el
egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro,
porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.
«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado
de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que
os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta
estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que
deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto
ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis
escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta
ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi
tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta
como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del
drama y de recitarse en la escena.
«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,
«GENFLOT, literato.
«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.
«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero
tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».
Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: _Al señor
bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_. Contenía las
siguientes líneas:
«Hombre bienhechor:
«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y
os enseñaré mis certificados.
«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá
con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos
filósofos experimentan siempre vivas emociones.
«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la
necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo
atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer
ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria.
El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.
«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os
ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra
de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy
obediente servidor,
«P. FABANTOU, artista dramático».
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho
más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su
dirección.
Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán
Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático
Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma
mano.
¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma
persona?
Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro
tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente
á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el
estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad
profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán
español.
Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si
no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba
demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para
prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de
la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro
cartas que se burlaban de él.
Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las
muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran
evidentemente papelotes sin valor alguno.
Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón,
y se acostó.
Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa
de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar
suavemente á la puerta.
Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras
veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun
cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.--Mirad que os
robarán,--le decía la tía Bougón.--¿Qué?--preguntaba Mario.
Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas,
con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.
Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.
--Adelante,--dijo Mario.
Abrióse la puerta.
--¿Qué se os ofrece, señora Bougón?--dijo Mario sin levantar los ojos
de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.
Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:
--Perdonad, caballero...
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo
enronquecida por el aguardiente.
Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.
IV
=Una rosa en la miseria=
Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta
entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía
precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un
resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no
llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y
helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para
sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una
palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca
entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates,
atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de
una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos
seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no
hacen llorar.
Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser,
casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en
los sueños.
Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido
al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita.
La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura
vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría
en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga
entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.
Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar
haberla visto en alguna parte.
--¿Qué queréis, joven?--le preguntó.
La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:
--Traigo una carta para vos, señor Mario.
Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien
se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?
Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en
la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de
seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama.
Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas
piernas y flacas rodillas.
Estaba tiritando.
Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la
joven con voz de presidiario borracho]
Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba
húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos.
Leyó:
«Mi amable y joven vecino:
«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi
alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.
«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace
dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.
«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la
generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este
espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio,
dignándoos prodigarme algún ligero socorro.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la
joven con voz de presidiario borracho]
«Soy con la distinguida consideración que se debe á los
bienhechores de la humanidad,
«JONDRETTE.
«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».
Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación
de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo
quedó bruscamente aclarado.
Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la
misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el
mismo olor á tabaco.
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un
solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora
de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou,
se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se
llamase Jondrette en realidad.
Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos
dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de
ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación
en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una
vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la
escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado
en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard,
sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran
ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en
su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad,
un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.
Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino
Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad
de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que
escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas
y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo;
porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas;
jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario
comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera,
por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras,
aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y
que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal
como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas,
ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes
producidos por la miseria.
Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya
posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya
nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas
abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio
de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la
llegada de una rueda que las aplaste.
Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro
doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de
espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á
veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura.
Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre
la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había
por los rincones.
--¡Calla!--exclamó.--¡Tenéis un espejo!
Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos
ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.
Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta
inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.
Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir,
revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se
asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras
condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de
aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca
entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en
garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.
Mario meditaba, y la dejaba hacer.
Acercóse á la mesa.
--¡Ah!--exclamó.--¡Libros!
Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.
Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder
envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:
--Yo también sé leer.
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó
con bastante soltura:
«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los
cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont,
situado en medio de la llanura de Waterloo...».
Aquí se interrumpió diciendo:
--¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros
tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército.
¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses.
¡Waterloo!
Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:
--¡Y también sé escribir!
Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:
--¿Queréis verlo?--¡Yaya!--Voy á escribir una palabra para que veáis.
Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre
un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: _Los corchetes están
ahí_.
Luego, arrojando la pluma, añadió:
--No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos
recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos
criadas para...
Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada,
diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias
ahogadas por todos los cinismos:
--¡Bah!
Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:
Tengo gana, padre,
Y no hay pan ni sopa;
Tengo frío, madre,
Y no tengo ropa.
¡Tirita
Lolita!
¡Solloza
La moza!
Apenas hubo acabado la canción, exclamó:
--¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un
hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes.
Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se
está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele
mal.
Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:
--¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?
Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que
ella sonriera y él se ruborizase.
Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:
--Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os
suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa
de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo
por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!
Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo.
Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los
labios, como sobre un teclado donde faltan notas.
Mario se había retirado suavemente.
--Señorita,--dijo con su fría gravedad,--tengo un paquete que creo os
pertenece. Permitidme que os lo devuelva.
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.
Palmoteó ella de contenta, exclamando:
--¡Lo habíamos buscado por todas partes!
Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:
--¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos
quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó
cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal
torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que
nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las
cartas, y que nos habían dicho:--¡No hay de qué!--¡Pobres cartas, aquí
están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra.
¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía
nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella
me respondió:--«Sí, creo que es un señor».
Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico
de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».
--¡Calla!--dijo.--Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la
hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.
Después se echó á reir, añadiendo:
--¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos?
Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para
el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez,
hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.
Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á
buscar á su casa.
Registró su chaleco, y no encontró nada.
La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario
estuviese allí.
--Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir
aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos
estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba.
¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está
muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por
la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo
las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro
que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el
agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase
que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como
si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me
parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran
piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está
en ayunas, ¡qué cosas tan raras!
Y miraba á Mario con aire espantado.
Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario
por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el
mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá».
Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la
muchacha.
Ésta tomó la moneda.
--¡Bueno!--exclamó.--¡Ya salió el sol!
Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro
torrentes de jerga, prosiguió:
--¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta.
Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de
bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco
y peñascaró. ¡Viva el jaleo!
Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario,
después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta
diciendo:
--Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.
Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi
enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:
--¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.
Y se fué enseguida.
V
=El ojo de la Providencia=
Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en
la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la
verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era
aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no
ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester
ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de
la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los
niños.
Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los
últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean!
El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad,
todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior,
y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre
encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las
doblega ambas violentamente á la ignominia.
Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada
de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.
La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas
de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor,
esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto
incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda.
Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se
agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad
de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias.
Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad
maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué
pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un
planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!
Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las
tinieblas.
Le reveló todo un lado espantoso de la noche.
Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían
impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles
pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo
podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien;
pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente
un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en
medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con
ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que
ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado
suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada
instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar,
¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco
escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en
visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo,
criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo
agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su
desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un
vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera
pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus
señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal
vez que estarían recogidos y salvados.
Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos,
hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han
degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las
infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal:
_los miserables_; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la
caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?
Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque
había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente
honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo
que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette,
y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada
compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.
La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por
listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir
perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso
ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado
papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por
el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera
construcción.
Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas
veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el
pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto,
frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones
que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel
hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el
interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe
tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No
está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.
--Veamos, pues, lo que son esas gentes,--pensó Mario,--y lo que hacen.
Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.
VI
=El hombre embrutecido, en su madriguera=
Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo
lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las
ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño,
es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y
grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles
las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los
desvanes.
Lo que Mario veía era un desván.
Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza
era noble, era limpia su buhardilla.
El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto,
sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una
silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos
rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una
ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas
de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que
una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un
aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como
un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á
través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos,
groseramente trazados con carbón.
El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya
destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se
andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por
el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía
como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se
agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de
zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía
una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales.
De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas
rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta
un poco de lumbre.
Dos miserables tizones humeaban tristemente.
Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.
Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y
promontorios.
Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían
encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el
pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.
Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la
otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos
á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la
abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de
madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que
decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido,
éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona
en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño,
por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria,
apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo,
adornado con esta inscripción:
MARENGO
AUSTERLITZ
JENA
WAGRAMM
ELOT
Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en
plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más
largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de
un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de
algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo
volvieran á colgar.
Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel,
estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño,
flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón
redomado.
Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al
buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose
mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el
hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña
haciendo horrible al curial.
Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa
de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos,
erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno
de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales
asomaban los dedos de los pies.
Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había
pan, pero había tabaco todavía.
Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.
En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado,
y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura,
revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso
en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, POR DUCRAY
DUMINIL. 1814.
Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó
estas palabras:
--¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio
del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto,
en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar
allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los
infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las
charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más
presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...
Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los
dientes:
--¡Oh! ¡Me comería el mundo!
Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento,
estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.
Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto,
remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera
ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y
recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía
una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos
rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus
enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.
Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño
del otro, y probablemente de la misma novela.
En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha,
sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire,
que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.
Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto.
Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se
veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por
la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado,
chasqueado».
Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo,
y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas
tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni
adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis,
veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la
vida para concluir más pronto.
En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.
Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni
bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos
objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría
pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.
Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso
que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma
humana, y palpitar la vida.
El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran
en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro,
es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores
magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que
está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.
El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía
que ni respiraba.
Oíase el roce de la pluma sobre el papel.
El hombre masculló sin dejar de escribir:
--¡Canalla, canalla; todo es canalla!
Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer,
que le dijo:
--Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres
demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.
Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como
con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas
las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de
amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones
cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo
el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su
marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos
cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.
Le llamaba _querido_, _amiguito_, _esposo mío_, etc., con la boca, pero
el corazón permanecía mudo.
El hombre se había puesto á escribir nuevamente.
VII
=Estrategia y táctica=
Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de
observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su
atención obligándole á permanecer en su puesto.
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor
apareció en el umbral.
Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había
salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja
manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes;
pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más
lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí,
se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó
con expresión de alegre triunfo:
--¡Viene!
El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se
movió.
--¿Quién?--preguntó el padre.
--El señor.
--¿El filántropo?
--Sí.
--¿De la iglesia de Santiago?
--Sí.
--¿El viejo?
--Sí.
--¿Y va á venir?
--Viene siguiéndome.
--¿Estás segura?
--Segurísima.
--¿Con que de veras viene?
--En un coche de alquiler.
--¡En coche! ¿Es Rotschild?
El padre se levantó.
--¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes
que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro:
la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no
se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi
carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?
--¡Ta, ta, ta!--dijo la muchacha.--¡Y cómo corres, buen hombre! Oye:
entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una
reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija
mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No,
dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un
carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di,
pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló
un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa,
le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche.
Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la
derecha.
--¿Y quién te asegura que vendrá?
--Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del
Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.
--¿Cómo sabes que es el mismo coche?
--Porque había mirado el número. ¡Vaya!
--¿Qué número era?
--440.
--Bien; eres una chica de talento.
La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y
grosero calzado, añadió:
--Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner
estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por
la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que
gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.
--Tienes razón,--contestó el padre en tono bastante dulce que
contrastaba con la rudeza de la joven;--pero entonces no te dejarían
entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se
puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,--añadió amargamente.
Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:
--Pero, ¿estás segura, segura de que viene?
--Viene pisándome los talones,--replicó ella.
El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.
--Mujer,--gritó,--ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.
La madre, estupefacta, no se movió.
El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero
desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los
tizones.
Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:
--¡Tú! Rompe las pajas de la silla.
Su hija no comprendió.
Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el
asiento.
Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle,
preguntó á la muchacha:
--¿Hace frío?
--Muchísimo. Está nevando.
Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un
harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:
--¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada!
¡Rompe un vidrio!
La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.
--¡Rompe un vidrio!--repitió.
La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.
--¿No me oyes?--repuso el padre.--Te digo que rompas un vidrio.
La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas,
y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con
estrépito.
--¡Bien!--dijo el padre.
Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los
rincones del desván.
Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en
el momento que va á empezar la batalla.
La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó
con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:
--Querido, ¿que es lo que vas á hacer?
--Échate en la cama,--respondió el marido.
La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer
pesadamente sobre uno de los jergones.
Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.
--¿Qué es eso?--preguntó el padre.
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó
su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo
ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.
Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.
--¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha
cortado la mano.
--¡Tanto mejor!--dijo el marido.--Lo había previsto.
--¿Cómo tanto mejor?--replicó la mujer.
--¡Calma!--replicó el padre.--Suprimo la libertad de imprenta.
Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de
ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño
ensangrentado de la chiquilla.
Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.
--¡Y la camisa igualmente!--dijo.--Todo tiene el carácter que
corresponde.
El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el
cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón
en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del
vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por
el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una
mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.
Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones
mojados hasta ocultarlos completamente.
Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:
--Ahora,--dijo,--ya podemos recibir al filántropo.
VIII
=El rayo de luz en la caverna=
La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.
--Toca que fría estoy,--le dijo.
--¡Bah!--respondió el padre.--Más lo estoy yo.
La madre gritó impetuosamente:
--¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!
--¡Échate!--dijo el hombre.
La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.
Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con
aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña
continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las
manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:
--¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se
va á enfadar tu padre.
--No,--gritó el padre;--al contrario, llora, llora; esto va muy bien.
Después, volviéndose á la mayor, añadió:
--¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la
lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para
nada.
--¡Y herido á la niña!--murmuró la madre.
--¿Sabéis,--repuso el padre,--que hace un frío de perros en este desván
del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él
dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco!
¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué
satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos
hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que
andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos
que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos
que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo
de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos
á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos?
¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no
se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las
cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería,
es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado.
Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal
vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de
viejo...
En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se
precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y
sonrisas de adoración:
--Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como
vuestra encantadora hija.
Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del
desván.
Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está
al alcance de ninguna lengua humana.
Era ella.
Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas
contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.
Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del
luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era
aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante
seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel
hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en
las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.
¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella
deforme madriguera, en aquel horror!
Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones
de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse
en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado
tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de
encontrarla.
Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de
su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su
talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su
pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.
Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.
Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran
paquete sobre la mesa.
La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con
ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel
gracioso semblante irradiando felicidad.
IX
=Jondrette casi llora=
Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas
que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en
una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación,
distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran
perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván,
acostumbrados á aquel crepúsculo.
El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á
Jondrette padre:
--Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y
cobertores de lana.
--Nuestro angelical bienhechor nos abruma,--dijo Jondrette inclinándose
hasta el suelo.
Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos
visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y
rápidamente:
--¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo.
Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?
--Fabantou,--respondió la hija.
--¡El artista dramático, bueno!
Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor
Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un
nombre:
--Veo que sois muy digno de lástima, señor...
--Fabantou,--respondió vivamente Jondrette.
--Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.
--Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.
Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del
«filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de
la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo
en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de
Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha
llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni
fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única
silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi
esposa en la cama enferma!
--¡Pobre mujer!--dijo el señor Leblanc.
--¡Mi hija herida!--añadió Jondrette.
La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba
contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.
--¡Llora, chilla!--le dijo por lo bajo Jondrette.
Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una
verdadera ligereza de escamoteador.
La chica puso el grito en el cielo.
La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le
acercó vivamente.
--¡Pobre muchacha!--exclamó.
--Ya lo veis, hermosa señorita,--prosiguió Jondrette;--su puño está
ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una
máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de
cortarle el brazo.
--¿De veras?--dijo alarmado el buen anciano.
La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con
mayor fuerza.
--¡Ay, sí, mi bienhechor!--respondió el padre.
Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de
un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con
atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto,
aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con
interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer,
que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente
por lo bajo:
--¡Fíjate en ese hombre!
Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus
lamentaciones:
--¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y
desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues
carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la
célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en
la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado
juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á
mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada!
¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente
herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad,
complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos
cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo
pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor!
¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos,
mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que
perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre
todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que
yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que
las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre
el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es
menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas
que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público;
que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en
la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia
Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas
y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno
señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero,
el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta
noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura,
mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y
echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la
nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir,
sesenta francos.
Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta
francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario
había pagado dos.
El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la
mesa.
Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:
--¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me
paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!
Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que
llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la
silla.
--Señor Fabantou,--dijo,--no traigo aquí más que esos cinco francos;
pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta
noche que debéis pagar?
La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó
vivamente:
--Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del
propietario.
--Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.
--¡Oh, mi bienhechor!--exclamó Jondrette casi delirante.
Y añadió por lo bajo:--¡Mírale bien, mujer!
El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió
hacia la puerta.
--Hasta la noche, amigos míos,--dijo.
--¿Á las seis?--preguntó Jondrette.
--Á las seis en punto.
En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre
la silla.
--Señor,--dijo,--olvidáis vuestro gabán.
Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada
de un encogimiento de hombros formidable.
El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:
--No lo olvido, lo dejo.
--¡Oh, mi protector,--dijo Jondrette,--mi augusto bienhechor! Me
deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.
--Si salís,--dijo el señor Leblanc,--poneos ese abrigo. En realidad
hace mucho frío.
Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente
en el gabán.
Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos
visitantes.
X
=Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora=
Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada
había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos
en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella,
envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván.
Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa
vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita
toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven,
sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de
terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le
habría deslumbrado más.
Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las
mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha
herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y
procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza,
su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir
algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba
absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por
oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero
todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de
Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su
éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera
realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan
inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre
sapos.
Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir
sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder,
después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y
cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya
á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera
estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no
habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la
escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se
alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría
acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el
carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó,
y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la
escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó
al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la
esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.
Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del
boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle
Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de
alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde
el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para
alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad
inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba
vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el
cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.
Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:
--¡Por horas!
Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al
cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo
de uno de los pliegues de la pechera.
El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano
izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.
--¿Qué?--preguntó Mario.
--Paga anticipada,--respondió el cochero.
Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.
--¿Cuánto?--preguntó.
--Cuarenta sueldos.
--Á la vuelta pagaré.
El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de
la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.
Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y
cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad,
su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba
nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo
pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á
aquella miserable muchacha.
Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía
del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la
viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de
oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de
nuevo desesperado en la casucha.
Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por
la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para
seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.
En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard
junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos,
á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba
hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á
quienes se ha convenido en llamar _vagos de las afueras_; gentes de
aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos
pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que
trabajan de noche.
Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á
grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría
de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.
Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos
de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette
se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que
Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un
paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente
el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias
Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó
á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón
famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y
ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde,
al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja,
se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha
cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de
ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día
de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la
atarjea, su nombre, PANCHAUD, audazmente grabado por él en la pared en
una de sus tentativas de evasión.
En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.
XI
=Ofertas de servicio de la miseria al dolor=
Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á
entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que
le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien
tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos;
el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya
muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle
por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues
evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba
dirigida _al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.
Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.
No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la
puerta entreabierta.
--¿Qué hay?--preguntó.--¿Quién está ahí?
Era la hija de Jondrette.
--¿Sois vos?--repuso Mario con dureza.--¡Otra vez!--¿Qué me queréis?
Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad
de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del
corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.
--¿Contestáis, ó no?--prorrumpió Mario.--¿Qué es lo que me queréis?
Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente
cierta claridad, y le dijo:
--Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?
--¡Á mí!--dijo Mario.
--Sí, á vos.
--Nada.
--¡Sí!
--No.
--Yo os digo que sí.
--¡Dejadme en paz!
Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.
--Mirad,--dijo ella,--eso no está bien. Aun cuando no seáis rico,
habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que
me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna
pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay
que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí.
No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero,
en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre.
Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta
en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso.
Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas;
algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se
sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.
Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama
cualquiera cuando se siente caer?
Acercóse á la muchacha.
--Oye... le dijo.
Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.
--¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.
--Pues bien,--repuso él;--¿tú has traído aquí á ese caballero anciano
con su hija?
--Sí.
--¿Sabes dónde viven?
--No.
--Averígualo.
La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de
alegre se tornó sombría.
--¿Es eso lo que queréis?--preguntó ella.
--Sí.
--¿Los conocéis acaso?
--No.
--Es decir,--replicó ella con viveza,--no la conocéis, pero queréis
conocerla.
Aquellos _los_ convertidos en _la_, tenían cierto no sé qué
significativo y amargo.
--En fin; ¿puedes averiguarlo?--dijo Mario.
--Tendréis la dirección de la hermosa señorita.
Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á
Mario, el cual replicó:
--¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La
dirección, ¿comprendes?
La muchacha le miró fijamente.
--¿Qué es lo que me vais á dar por ello?
--Todo lo que quieras.
--¿Todo lo que yo quiera?
--Sí.
--Tendréis la dirección.
Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta,
que se cerró.
Mario volvió á quedar solo.
Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama,
abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un
vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del
ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle,
un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto
llenaba confusamente su cerebro.
De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.
Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que
para él tenían el más extraño interés:
--Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.
¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor
Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba
Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin
las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por
fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba
á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse
el velo? ¡Oh cielos!
Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado
al agujero del tabique.
Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.
XII
=Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc=
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer
y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y
camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.
Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como
una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas
estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole
la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama
inmediata á la chimenea, como asombrada.
Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus
ojos miraban de una manera extraordinaria.
La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido,
se atrevió á preguntarle:
--Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?
--¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco!
¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?
--No.
--Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura,
su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé
cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única
diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!
Se paró, y dijo á sus hijas:
--¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.
Las muchachas se levantaron para obedecer.
La madre balbuceó:
--¿Con su mano mala?
--El aire le será bueno,--dijo Jondrette.--Idos.
Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos
muchachas salieron.
En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre
detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:
--Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.
Mario redobló su atención.
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el
cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos
minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón
de la camisa de mujer que llevaba puesta.
De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:
--¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...
--¿Y bien, qué?--repitió la mujer.--¿La señorita?...
Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con
ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.
Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.
Luego se levantó, y terminó levantando la voz:
--¡Es ella!
--¿Ésa?--dijo la mujer.
--Ésa,--contestó el marido.
No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de
la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y
la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.
Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido
le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida
despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.
--¡Imposible!--exclamó.--Cuando pienso que mis hijas van descalzas,
y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una
manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de
doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora!
¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es
fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!
--Te digo que es ella. Ya verás.
Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio
semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento
le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con
la mirada de un tigre.
--¡Cómo!--replicó enseguida.--Esa horrible linda señorita que miraba á
mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh!
¡Quisiera reventarla á zapatazos!
Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las
ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los
puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el
lecho.
El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.
Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de
ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.
--¿Y quieres que te diga otra cosa?
--¿Qué?--preguntó ella.
Jondrette respondió en voz baja y breve:
--Que tengo hecha mi fortuna.
La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el
que habla!».
Él continuó:
--¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés
de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío
si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los
demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos,
vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y
que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue
mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!
Dió la vuelta al cuarto y añadió:
--Como los demás.
--¿Qué quieres decir?--preguntó la mujer.
Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un
charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:
--¿Lo que quiero decir? ¡Oye!
--¡Chist!--murmuró la mujer.--¡No tan alto, si son asuntos que no
conviene que los oigan!
--¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace
poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego,
como te digo, le he visto salir.
Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero
no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario.
Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder
nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba
el ruido de los carruajes en el boulevard.
Mario oyó lo siguiente:
--Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa
hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las
seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado
con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no
hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa
hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en
la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca
hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se
ejecutará sin remedio.
--¿Y si no se ejecuta?--preguntó la mujer.
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:
--Nosotros le ejecutaremos.
Y se echó á reir.
Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y
dulce, y hacía estremecer.
Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de
él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la
manga.
--Entretanto,--dijo,--voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de
los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo
posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.
Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un
momento pensativo; luego exclamó:
--¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me
hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que
nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!
Y se echó á reir otra vez.
Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de
blanco el plomizo fondo del cielo.
--¡Qué tiempo tan perro!--exclamó.
Y abrochándose luego el gabán:
--Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente
bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir
yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!
Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.
Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta
se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la
abertura.
--Se me olvidaba,--dijo.--Ten preparado un brasero encendido.
Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que
le había dejado el «filántropo».
--¿Un brasero de carbón?--preguntó la mujer.
--Sí.
--¿Cuánto carbón?
--Una arroba.
--Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.
--¡Diablo! no.
--¿Por qué?
--No vayas á gastar el total de los cien sueldos.
--¿Por qué?
--Porque por mi parte tendré que comprar algo.
--¿Qué?
--Algo.
--¿Cuánto necesitarás?
--¿Dónde hay por aquí un quinquillero?
--En la calle Mouffetard.
--¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.
--Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?
--Cincuenta sueldos; tres francos.
--Quedará bien poco para la comida.
--Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.
--Basta, hijo mío.
Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez
Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar
rápidamente la escalera.
La una daba en aquel instante en San Medardo.
XII
=Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster=
Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza
firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando
en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad
de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse.
Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se
apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su
mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de
monstruos que tenía á la vista.
--¡Es preciso aplastar á esos miserables!--dijo.
Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al
contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más
sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien
llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de
las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara,
y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los
dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro;
que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas
combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.
Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón
un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de
hierro viejo.
Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el
menor ruido.
Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette
le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le
sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.
¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde
encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á
sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de
París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis,
en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?
Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto:
serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de
alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido.
Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las
seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.
No había que hacer más que una cosa.
Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el
sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre
musgo con los pies descalzos.
Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro
viejo.
Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.
Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que
se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial,
caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus
pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la
cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más
clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.
Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.
Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la
nieve, y hablando por lo bajo.
Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo
con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.
El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y
nieve en los cabellos.
Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.
El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:
--Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.
--¿Lo crees así?--dijo el barbudo.
Y el cabelludo replicó:
--Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor
que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!
El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro
griego:
--Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.
--Te digo que el negocio no puede fallar,--repuso el cabelludo;--se
cogerá todo el alijo por completo.
Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera
en el teatro de la Gaité.
Mario prosiguió su camino.
Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan
extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve,
no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables
proyectos de Jondrette. Éste debía ser el _negocio_.
Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera
tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.
Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.
Mario se dirigió allá.
Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos
sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.
Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que
si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija
de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por
consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á
la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é
indudablemente su hija con él.
XIV
=Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado=
Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso
principal, y preguntó por el comisario de policía.
--El señor comisario de policía no está,--contestó uno de los
ordenanzas de oficina;--pero hay un inspector que le sustituye.
¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?
--Sí,--dijo Mario.
El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de
elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en
una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric
de tres esclavinas.
Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas
entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el
fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que
penetraba, sino que registraba.
Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette;
muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como
el de un lobo.
--¿Qué se ofrece?--dijo á Mario, sin añadir caballero.
--Ver al señor comisario de policía.
--Está ausente; yo le sustituyo.
--Es para un asunto muy reservado.
--Entonces, hablad.
--Y muy urgente.
--Entonces, hablad pronto.
Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador;
inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una
persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por
la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la
madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot
á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era
un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente
entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias
Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en
acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada,
toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto
debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de
la alameda del Hospital en la casa número 50-52.
Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:
--¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?
--Precisamente,--dijo Mario, y añadió:--¿Por ventura conocéis la casa?
El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó
calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:
--Puede.
Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:
--Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.
Este nombre llamó la atención de Mario.
--¡Patrón-Minette!--dijo.--Efectivamente, he oído pronunciar este
nombre.
Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre
barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del
Petit-Banquier.
El inspector murmuró:
--El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo,
alias Dos Millones.
Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.
--En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no
he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas
malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.
Luego fijó la vista en Mario.
--¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?
--Y á Panchaud.
--¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo
endiablado?
--No.
--¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín
Botánico?
--No.
--¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?
--Tampoco.
--En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes,
dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.
--No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?--preguntó vivamente
Mario.
El inspector respondió:
--Además que tampoco es ésa su hora.
Volvió á guardar silencio; luego continuó:
--50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su
interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso
con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda
el público!
--¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.
Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó,
mirándole fijamente:
--¿Tendríais miedo?
--¿De qué?--dijo el joven.
--De esos hombres.
--Ni más ni menos que de vos,--replicó rudamente Mario, que comenzó á
notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.
El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con
cierta solemnidad sentenciosa:
--Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no
teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.
Mario le interrumpió:
--¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?
El inspector se limitó á contestarle:
--Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por
la noche. ¿Vos debéis tener uno?
--Sí,--dijo Mario.
--¿Le lleváis ahí?
--Sí.
--Dádmelo,--dijo el inspector.
Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:
--Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.
El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido
Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un
consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran
enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos
dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las
presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:
--Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de
modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos
balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis
dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la
cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no
muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no
importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que
haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que
esto quiere decir.
Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.
--Esto abulta mucho y se ve,--dijo el inspector.--Mejor es que os las
guardéis en los bolsillos del pantalón.
Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.
--Ahora,--prosiguió el inspector,--no hay que perder un minuto. ¿Qué
hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?
--Á las seis,--dijo Mario.
--Tengo tiempo,--respondió el inspector;--pero sólo el tiempo preciso.
No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!
--Descuidad,--respondió Mario.
Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el
inspector le gritó:
--Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó
mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.
XV
=Jondrette hace sus compras=
Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por
casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.
La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á
Courfeyrac:
--Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste
de mariposas blancas.--De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la
calle hacia el portillo con un aire particular.
--Mira,--dijo Bossuet,--ahí va Mario.
--Ya le he visto,--dijo Courfeyrac.
--No le hablemos.
--¿Por qué?
--Anda preocupado.
--¿Por qué?
--¿No le ves la cara?
--¿Qué cara?
--La de cualquiera que va siguiendo á alguien.
--Es verdad,--dijo Bossuet.
--Mira qué ojos,--observó Courfeyrac.
--¿Pero á quién diablos andará siguiendo?
--¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.
--Pero,--reparó Bossuet,--es que por aquí no veo ni pimpollos, ni
flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.
Courfeyrac miró y exclamó:
--Sigue á un hombre.
Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se
distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á
unos veinte pasos delante de Mario.
Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con
un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.
Bossuet soltó la carcajada.
--¿Qué especie de hombre es ése?
--¿Ése?--replicó Courfeyrac.--Será algún poeta. Los poetas suelen
llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán
de par de Francia.
--Veamos á dónde va Mario,--dijo Bossuet;--veamos dónde va ese hombre.
Sigámoslos, ¿eh?
--Bossuet,--exclamó Courfeyrac.--Águila de Meaux, sois un bruto
prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!
Y retrocedieron.
Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle
Mouffetard, y le espiaba.
Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.
Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las
más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un
cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en
casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de
la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario
salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango
de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle
del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á
la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había
cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás
de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como
siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto
llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al
hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía
ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.
El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de
un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había
quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.
Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para
entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la
tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas,
acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la
cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su
llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.
La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el
horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol:
era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de
la Salpetrière.
Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía
abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo
largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel
corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban
todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus
puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas,
Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de
hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular
que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo
ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto
sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos
oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.
XVI
=Donde volverá á encontrarse la canción sobre música
inglesa de moda en 1832=
Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media
hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus
arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la
obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel
momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia
viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto
sobresalto en lo que iba á pasar.
Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura
sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño,
y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus
bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.
Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes,
y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había
caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.
En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero
del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.
Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela.
Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento.
Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era
glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se
estaba al lado de un sepulcro.
Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.
Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar
sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera
y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la
puerta; era Jondrette que entraba.
Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván.
Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan
los lobeznos en ausencia del lobo.
--Soy yo,--dijo él.
--Buenas noches, papaíto,--chillaron las hijas.
--¿Y bien?--dijo la madre.
--Todo va perfectamente,--respondió Jondrette;--pero tengo un frío de
perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que
puedas inspirar confianza.
--Estoy preparada para salir.
--¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?
--Descuida.
--Es que...--dijo Jondrette. Y no acabó la frase.
Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo
que había comprado.
--¡Ah!--exclamó Jondrette.--¿Se ha comido aquí?
--Sí,--respondió la madre,--he traído tres grandes patatas y sal. He
aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.
--Bueno,--replicó Jondrette.--Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá
pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!
Después añadió, bajando la voz:
--La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.
Bajó todavía más la voz, y dijo:
--Pon esto en el fuego.
Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro
instrumento de hierro, y Jondrette continuó:
--¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?
--Sí,--respondió la madre.
--¿Qué hora es?
--Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San
Medardo.
--¡Diablo!--exclamó Jondrette.--Es menester que las chicas vayan á
ponerse en acecho.--Venid aquí vosotras y escuchad.
Hubo un cuchicheo.
Volvió á levantar Jondrette la voz:
--¿Ha marchado la tía Bougón?
--Sí,--dijo la madre.
--¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?
--No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.
--¿Estás segura?
--Segurísima.
--Es igual,--replicó Jondrette;--pero no estará de más entrar en el
cuarto y ver si está.--Y volvióse á su hija mayor:
--Chica,--dijo,--coge la luz y míralo.
Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose
silenciosamente debajo de su cama.
Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las
junturas de la puerta.
--Papá,--gritó una voz,--ha salido.
Mario conoció la voz de la hija mayor.
--¿Has entrado?--preguntó el padre.
--No,--respondió la hija;--pero cuando la llave está en la puerta es
señal de que ha salido.
El padre gritó:
--Entra, no obstante.
La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en
la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por
efecto de aquella luz.
Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento
de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared,
y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los
pies, y se miró en él.
Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.
Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo
varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y
sepulcral:
Duraron mis amores, entera una semana,
Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves!
¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada!
¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre!
¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!
Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no
oyese su respiración.
La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz
alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:
--¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!--dijo.
Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y
contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.
--¡Y bien!--gritó el padre.--¿Qué es lo que haces?
--Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,--respondió, y
continuó alisándose el pelo;--no hay nadie.
--¡Ea!--aulló el-padre.--Pronto aquí, y no perdamos tiempo.
--¡Voy, voy!--contestó ella.--¡No hay tiempo para nada en esta casucha!
Poniéndose á tararear:
Si me abandonas para irte á la gloria,
Mi triste corazón te seguirá.
Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la
puerta.
Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en
el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:
--¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de
la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta
de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un
brinco! Tenéis ya llave para entrar.
La hija mayor murmuró:
--¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!
--Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,--dijo el padre.
Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe
de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.
No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y
probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á
la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.
XVII
=Empleo de la moneda de cinco francos de Mario=
Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto
en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza
de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique
divisorio.
Observó y miró.
El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto
singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había
observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no
era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía
iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado
en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la
mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba
hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba
oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo
comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se
enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta,
y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían
ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el
que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la
imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván,
así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero
Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de
herrero.
El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se
deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una
antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche,
estaba sobre la chimenea.
El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi
apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no
despedía mal olor.
La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba
su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética
imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale
como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos
terrenales.
Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á
disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.
La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre
la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro
á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el
cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto
de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se
hubieran podido inventar.
Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados,
separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba
á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.
Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y
fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.
Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se
ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando
su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con
plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la
consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo
de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la
mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella
exclamación:
--_¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas
inspirar confianza._
Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para
él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo
el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de
Courfeyrac el ideal del poeta.
De pronto Jondrette alzó la voz:
--¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que
hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate
detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje,
abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y
mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y
despedirás el carruaje.
--¿Y el dinero?--preguntó la mujer.
Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una
moneda de cinco francos.
--¿Qué es esto?--exclamó la mujer.
Jondrette respondió con dignidad:
--Es el monarca que dió el vecino esta mañana.
Y añadió:
--¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?
--¿Para qué?
--Para sentarse.
Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á
la mujer dar esta sencilla respuesta:
--¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.
Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al
corredor.
Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta
la cama, y acurrucarse.
--Toma la luz,--gritó Jondrette.
--No,--dijo ella,--me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas.
La luna alumbra lo bastante.
Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la
obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó
clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.
La mujer entró.
La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos
grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente
la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la
obscuridad.
La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos
sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se
cerrase ruidosamente detrás de ella.
Y entró de nuevo en su madriguera.
--Aquí están las dos sillas.
--Y aquí la linterna,--dijo el marido.--Baja enseguida.
Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.
Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al
escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo
que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón
de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció
entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala
de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para
colgarla.
Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de
hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta,
no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y
evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la
ausencia de Mario.
--Son herramientas de cerrajero,--pensó Mario.
Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría
reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos
instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una
puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases
de instrumentos siniestros que los ladrones llaman _ganzúas_ y
_ruiseñores_.
La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente
enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo
iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre
la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro
de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel
cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de
algo horroroso.
Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y
había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y
delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos
movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á
los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.
En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente
hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina
que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual,
volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.
Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo
derecho, y lo montó.
La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.
Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.
--¿Quién anda ahí?--gritó.
Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se
echó á reir, diciendo:
--¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.
Mario conservó el cachorrillo en la mano.
XVIII
=Las dos sillas de Mario frente á frente=
De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió
los cristales. Daban las seis en San Medardo.
Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la
sexta, despabiló la vela con los dedos.
Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y
escuchó nuevamente.
--¡Con tal que venga!--murmuró. Y se volvió á sentar.
Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.
Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible
mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros
de la linterna sorda.
--Pasad, señor,--dijo.
--Adelante, mi bienhechor,--repitió Jondrette, levantándose
precipitadamente.
Apareció el señor Leblanc.
Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.
Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.
--Señor Fabantou,--dijo,--aquí tenéis para el alquiler y para vuestras
primeras necesidades. Luego ya veremos.
--Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,--dijo Jondrette.
Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:
--¡Despide el coche!
La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y
ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le
dijo al oído:
--Ya está.
La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había
oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.
Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.
Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.
Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe
imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière
cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos
sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá,
alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos;
ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha
de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad;
y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto
desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella
madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc,
tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en
un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo
una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la
mano.
Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor.
Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.
--Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,--pensaba.
Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada
en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el
brazo.
Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el
señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía
interés en conocer.
XIX
=Preocuparse de los fondos oscuros=
Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que
estaban vacíos.
--¿Cómo está la pobre niña herida?--preguntó.
--Mal,--respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y
agradecida;--muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado
al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van
á volver enseguida.
--La señora Fabantou me parece algo mejorada,--replicó el señor
Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie,
entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en
actitud amenazadora y casi de combate.
--Está muriéndose, señor,--dijo Jondrette;--pero ¡qué queréis, señor!
¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.
La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de
monstruo acariciado:
--¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!
--¡Jondrette!--exclamó Leblanc.--¡Yo creía que os llamabais Fabantou!
--Fabantou, alias Jondrette,--replicó vivamente el marido.--Es un apodo
de artista.
Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc
no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:
--¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos
quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi
respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero
falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de
honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal;
pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de
marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á
hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un
simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi
bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada
nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un
cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo,
porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!
Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en
nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario
alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces
no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que
no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía
una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en
todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies,
sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y
la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos
cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer
de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.
Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el
señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo
evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.
--¡Ah, ya; comprendo!--exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire
de complacencia.--¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien!
¡Perfectamente!
--¿Quién es ese hombre?--preguntó el señor Leblanc.
--¿Ése?--dijo Jondrette,--es un vecino. No hagáis caso.
El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de
San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de
sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor
Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.
Y repuso:
--Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?
--Os decía, mi venerable protector,--contestó Jondrette, apoyando los
codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante
parecidas á las de la serpiente boa,--os decía que tenía un cuadro de
venta.
Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que
fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.
Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con
tinta ú ollín.
Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el
cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.
--No tengáis cuidado,--dijo Jondrette;--son gentes de la casa.--Decía,
pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.
Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el
bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la
pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado
un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque
Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba
un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal,
iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las
pinturas de biombo.
--¿Qué es eso?--preguntó el señor Leblanc.
Jondrette exclamó:
--¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo
estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya
os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me
desharía de él.
Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al
examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de
la estancia.
Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie
cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el
rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama,
se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que
dormía.
Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los
otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro.
Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies
desnudos.
Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos
hombres.
--Son amigos,--dijo,--son de la vecindad. Están tiznados, porque
trabajan en carbón, _son fumistas_. No os ocupéis de ellos, mi
bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo
venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?
--Pero,--dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y
como hombre que se pone en guardia:--eso no pasa de ser una muestra de
taberna, y valdrá solamente unos tres francos.
Jondrette replicó con amabilidad:
--¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.
El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó
rápidamente su mirada por el cuarto.
Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y
los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro
hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.
Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero,
miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc
podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.
--Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,--decía
Jondrette,--no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que
tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á
hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta
una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros
al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un
cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que
debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una
cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas,
un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y
todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y
cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel!
¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y
ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!
Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La
mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en
la puerta.
La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc
parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces
con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante:
¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres
escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!
De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel
hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el
señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:
--¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?
XX
=La emboscada=
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres
hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de
papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado;
el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio
del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar
bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y
menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de
la puerta de alguna cárcel.
Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.
Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.
--¿Está todo pronto?--preguntó Jondrette.
--Sí,--contestó el flaco.
--¿Dónde está Montparnasse?
--El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.
--¿Con cuál?
--Con la mayor.
--¿Hay abajo un carruaje?
--Sí.
--¿Está enganchada la carraca?
--Enganchada está.
--¿Con dos buenos caballos?
--Excelentes.
--¿Espera donde he dicho que esperase?
--Sí.
--Bien,--dijo Jondrette.
El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella
madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído,
y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los
que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y
asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al
miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento;
y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen
anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y
apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto
temible y sorprendente.
Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía
ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son
buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no
es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel
desconocido.
Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas,
habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes
tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se
habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo
se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La
mujer de Jondrette se había sentado junto á él.
Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de
intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del
corredor, pronto á soltar el pistoletazo.
Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote,
volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta,
acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era
peculiar--¿Con que no me reconocéis?
El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:
--No.
Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la
vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al
rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este
se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le
gritó:
--Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier!
¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya!
¿Me conocéis ahora?
Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que
contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria
placidez:
--Tampoco.
Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante
en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido
de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse
Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la
pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase
el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había
bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido:
«_¿Lo ois bien? ¡Thénardier!_» los desfallecidos dedos de Mario habían
estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien
era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á
Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no
conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.
Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento
de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo
de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier
me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo
que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su
alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el
Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano
durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de
su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido
sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy
estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario
distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de
quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte!
Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien
posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea
que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer
que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen,
el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de
su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de
Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á
encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y
le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.
Su padre le había dicho:--¡Socorre á Thénardier!--Y él contestaba á
esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre
en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro
de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo,
de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión!
¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su
padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario!
Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no
impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por
ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?
Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como
trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de
él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos
seres que se agitaban allí bajo sus ojos.
Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y
Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y
¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al
otro; remordimiento por ambos lados.
¿Qué hacer? ¿Qué escoger?
¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos
como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más
venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un
crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre
de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier.
Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar,
porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia
el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y
le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.
Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se
paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una
especie de extravío y de triunfo frenético.
Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe
tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de
sebo la pared.
Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó,
mejor que pronunció, estas palabras:
--¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!
Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.
--¡Ah!--gritaba.--¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor
millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah!
¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada,
hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se
llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien
llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano,
como el de esta mañana!
¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas
paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero,
señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda,
santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí
os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico.
Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes,
con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire
de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las
personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida,
y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas
personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado
y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!
Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho
que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si
acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente,
dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:
--¡Con su aire bonachón!
Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:
--¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas
mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que
yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había
producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir
pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo
lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes
francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla!
¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno
para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí
parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque
teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo
yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa;
¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!
Le dije que era actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado
con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser
pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de
febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro
malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien
francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me
decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos,
pero te arrancaré el corazón esta noche!
Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho
resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de
esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde,
que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha
halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de
Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo,
suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía
para poder sufrir.
El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:
--No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y
estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda
por otro.
--¡Ah!--rugió Thénardier.--¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir
la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con
que no sabéis quién soy?
--Perdonad,--respondió el señor Leblanc con un acento de política, que
era en semejante momento algo extraño y poderoso;--estoy viendo que
sois un bandido.
¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad
y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer
de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como
si fuera á romperla entre sus manos.--¡No te muevas!--gritó á su mujer.
Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:
--¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es
verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy
un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros
os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis
gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal,
en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos
el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando
queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que
marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí
que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre
del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos
coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al
corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras
cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos,
entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre
con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido
elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!
Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la
puerta, y añadió con cierto extremecimiento:
--¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!
Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí,
añadió:
--¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro,
no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas
á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar
condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general
llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita
voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo _Mercy_. Más hubiera
querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido
encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en
Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á
mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general
sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la
historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más
que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y
llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo,
mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros
esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma
enorme, con mil truenos y centellas!
Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba.
La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era
efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir
la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á
punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.
Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el
acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada
palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al
descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de
orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de
agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de
un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella
desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración
de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo
que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.
El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había
propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino
la muestra de su figón, pintada, ya se recordará, por él mismo, único
resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.
Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario,
éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió
realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á
cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento
salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro
le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la
muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba
que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir
su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su
padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le
aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en
hito.
Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc
sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:
--¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?
El señor Leblanc no contestó.
En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este
lúgubre sarcasmo:
--Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.
Era el hombre del mazo, que se chuleaba.
Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y
terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino
garfios.
Era la cara del hombre del mazo.
--¿Por qué te has quitado la careta?--le gritó Thénardier enfurecido.
--Para reir,--replicó el hombre.
Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar
todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por
su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la
puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser
nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por
un hombre.
En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste
aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano;
y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera
tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y
montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad
del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á
meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían
lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los
cabellos.
Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El
viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y
llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.
Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en
quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias
Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza del señor
Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos
extremos de una varilla de hierro.
Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó:
perdonadme!
Y su dedo asió el gatillo de la pistola.
Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:
--¡No le hagáis daño!
Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á
Thénardier, le había calmado.
Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta
aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida
é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó
luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su
ascendiente natural.
--¡No le hagáis daño!--repitió;--y sin sospecharlo siquiera, en primer
lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó
la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo
inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.
¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase
de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de
perder al salvador del coronel?
Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el
señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un
revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía
sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo
aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro
habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le
tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.
Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo
y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos
de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el
grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de
mastines y sabuesos.
Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener
allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.
--Tú,--díjole el marido,--no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el
pañuelo.
Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.
--Vosotros,--añadió Thénardier,--registradle.
El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.
Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis
francos, y su pañuelo.
Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.
--¡Cómo! ¿No lleva cartera?--preguntó.
--Ni reloj,--respondió uno de los «fumistas».
--Es igual,--murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que
llevaba la gran llave;--es un viejo duro.
Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas,
y se las arrojó, diciéndoles:
--Atadle al banquillo.
Y viendo al viejo que había permanecido tendido en medio del cuarto del
puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se
movía, preguntó:
--¿Está muerto acaso Boulatruelle?
--No,--respondió el Colmenero,--está borracho.
--Barredle á un rincón,--dijo Thénardier.
Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón
de hierro viejo.
--Babet, ¿por qué has traído tanta gente?--dijo Thénardier por lo bajo
al hombre del garrote.--Era inútil.
--¡Qué quieres!--replicó el del garrote.--Todos han querido ser de la
partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.
El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una
especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de
madera y toscamente labrados.
El señor Leblanc les dejó hacer.
Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al
banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.
Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué
á sentarse casi enfrente de Leblanc.
Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había
pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.
Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la
boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto
aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría
un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.
--Caballero...--dijo Thénardier.
Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las
manos sobre el señor Leblanc, añadió:
--Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.
Todos se retiraron hacia la puerta.
Thénardier prosiguió.
--Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque
hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos
á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que
he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.
Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su
turbación Mario no lo había notado.
El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar
la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos,
había guardado el más profundo y singular silencio.
Thénardier prosiguió:
--¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría
parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo
habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido
cuando uno se encuentra con personas que no le inspiran suficiente
confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos
incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy
á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta
cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una
bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no
pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría
¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no
habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros
lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude?
La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no
habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan
la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos
tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos
el mismo interés: Así pues podemos entendernos.
Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor
Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos
hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje,
sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi
escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se
revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».
El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba
hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta
al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido,
es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado,
importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.
La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las
misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y
extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.
Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por
así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada
instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel
hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en
semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.
Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo
que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las
situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable
que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía del ahogado
que abre debajo del agua ojos horribles.
Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el
biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto
la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía
ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de
brillantes estrellitas bermejas.
Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.
--Continúo,--dijo,--Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente.
Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he
ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque
sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme
cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser
rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las
suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador.
No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se
aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago
un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.
El señor Leblanc no dijo una palabra.
Thénardier prosiguió:
--Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de
vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un
hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un
padre de familia que no es feliz.
Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré
tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es
un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á
pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer
ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto
vale.
«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo
queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me
diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy
exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de
escribir lo que voy á dictaros».
Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho
sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:
--Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.
Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.
Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero,
pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba
la ancha hoja del cuchillo.
Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.
--Escribid,--dijo.
El prisionero habló por fin:
--¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?
--Es cierto; ¡perdonad!--prorrumpió Thénardier.--Tenéis muchísima razón.
Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:
--Desatadle el brazo derecho al señor.
Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de
Thénardier.
Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la
pluma en el tintero, y se la presentó.
--Tened muy presente,--dijo,--que estáis en nuestro poder, á nuestra
discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos
afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos
desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa;
pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona
encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad
de poner.
--¿Qué?--preguntó el prisionero.
--Lo siguiente:
El señor Leblanc cogió la pluma.
Thénardier comenzó á dictar:
--«Hija mía...».
El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.
--Escribid: «Mi querida hija»,--dijo Thénardier.
El señor Leblanc obedeció.
Thénardier continuó:
--«Ven al momento...».
Aquí se detuvo á preguntar:
--La tuteáis, ¿verdad?
--¿Á quién?--preguntó Leblanc.
--¡Pardiez!--exclamó Thénardier,--á la chica, á la Alondra.
El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:
--No sé lo que queréis decir.
--De todos modos, continuad,--dijo Thénardier; y se puso á dictar
nuevamente:
--«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te
entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te
aguardo. Ven confiada».
El señor Leblanc lo había escrito todo.
Thénardier añadió:
--¡Ah! Borrad el _ven confiada_; esto podría hacer suponer que la cosa
no es natural, y que la desconfianza es posible.
El señor Leblanc borró las dos palabras.
--Ahora,--prosiguió Thénardier,--firmad. ¿Cómo os llamáis?
El prisionero dejó la pluma, y preguntó:
--¿Para quién es esta carta?
--¡Bah! Ya lo sabéis,--respondió Thénardier;--para la chica, acabo de
decíroslo.
Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se
trataba.
Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre.
Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices.
Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles
más de lo que tenían necesidad de saber.
Continuó:
--Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?
--Urbano Fabre,--dijo el prisionero.
Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el
bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se
aproximó á la luz.
--U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.
El prisionero firmó.
--Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,--dádmela,--la
cerraré yo.
Hecho esto, Thénardier añadió:
--Poned el sobre, _Señorita Fabre_, en vuestra casa. Sé que no vivís
muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues
que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que
comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro
nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.
El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y
escribió:
--Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer,
número 17.
Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.
--¡Mujer!--gritó.
Acercóse la Thénardier.
--Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo
encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.
Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:
--Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás
en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?
--Sí,--contestó el hombre.
Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.
Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta
entreabierta, y gritó en el corredor:
--¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil
francos.
La voz ronca de la mujer respondió:
--Descuida. La he guardado en el pecho.
No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un
látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.
--¡Bien!--murmuró Thénardier.--Van á buen paso. Como sigan corriendo de
este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos
de hora.
Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos,
acercando sus botas enlodadas al hornillo.
--Tengo frío en los pies,--dijo.
Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que
cinco bandidos.
Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que
les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase,
carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por
el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera,
tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de
aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias.
Thénardier se calentaba los pies y se callaba.
El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma
había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.
La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el
inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas
monstruosas proyectaban sombras deformes en las paredes y en el techo.
No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho
que dormía.
Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más
impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier
había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había
parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado
lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra
parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y
Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.
Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio,
desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi
imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de
cerca cosas tan altamente abominables.
Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo
reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.
--De cualquier modo,--decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la
mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi
vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.
Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una
tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.
Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos
instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.
De pronto Thénardier apostrofó á este último:
--Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.
Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración.
Mario prestó oído.
Thénardier continuó:
--Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es
verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis
vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había
dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija
consienta en seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y
mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una
«carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra
hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca»,
y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á
vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á
un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos
miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me
prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.
El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier
prosiguió:
--Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no
queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la
anticipo para que la sepáis.
Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:
--Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en
camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á
vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.
Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella
joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos
monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y
claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.
¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos
aquellos miserables?
Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera
de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de
Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: _Si hacéis que me
prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra_.
Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino
también su mismo amor, el peligro de la que amaba.
Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de
aspecto á cada instante.
Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas
conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.
El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de
la madriguera.
En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle,
que se abría, y luego volvía á cerrarse.
El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.
--Aquí está la ciudadana,--dijo Thénardier.
Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el
cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos,
y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:
--¡Dirección falsa!
El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su
mazo.
--¿Dirección falsa?--repitió Thénardier.
La mujer repuso:
--¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún
Urbano Fabre. Nadie da razón de él.
Detúvose sofocada, y luego continuó:
--Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno.
Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se
hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido
preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así
es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres
son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número
17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique
no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo!
He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le
conocen.
Mario respiró.
Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba
á salvo.
En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había
sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar
palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el
hornillo con aire de salvaje meditación.
Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente
feroz:
--¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?
--¡Ganar tiempo!--gritó el prisionero con acento expansivo.
Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El
prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.
Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la
situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea,
extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su
mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le
miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo
hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y
en formidable actitud.
La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de
Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía
se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo
particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria
que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las
tinieblas; maravillas que no son otra cosa sino instrumentos de
evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso,
son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la
poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el
idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces
sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un
céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado
monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda,
de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó
separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente
un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y
las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más
que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta
clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta
y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió
igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy
bien en dicha moneda.
Es probable que en el momento que los bandidos registraron al
prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder
entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y
se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual
explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario
había observado.
No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había
cortado las ligaduras de su pierna izquierda.
Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.
--No tengas cuidado,--dijo el Colmenero á Thénardier.--Está todavía
sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he
sido yo quien le he atado la pata.
Sin embargo, el prisionero levantó la voz:
--¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla
tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis
escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no
quiera decir...
Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:
--Mirad.
Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el
escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de
madera.
Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el
olor propio de las cámaras de tortura.
Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se
estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se contrajo;
y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida,
impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada
sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.
En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los
sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la
hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca
obligan á aparecer al capitán.
--¡Miserables!--dijo.--No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo
de vosotros.
Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que
había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció
girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la
nieve.
El prisionero añadió:
--Haced de mí lo que queráis.
Estaba ya desarmado.
--¡Sujetadle!--gritó Thénardier.
Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz
de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo
de un llavazo al menor movimiento.
Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal
modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en
voz baja:
--No hay más que una cosa que hacer.
--Abrirle en canal.
--Eso.
Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.
Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el
cuchillo.
Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad
inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia;
la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le
gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban
sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado
vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos
deberes; pero nada posible había surgido.
Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite
de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el
cuchillo en la mano.
Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal
recurso de la desesperación.
De repente se estremeció.
Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba
como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea
escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de
Thénardier:
--_Los corchetes están ahí._
Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que
buscaba, la solución de aquel horrible problema que le torturaba:
librar al asesino y salvar á la víctima.
Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó
suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el
todo por el agujero en medio del desván.
Ya era tiempo.
Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores,
y se dirigía hacia el prisionero.
--¡Algo han tirado!--gritó su mujer.
--¿Qué es?--preguntó él.
La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel,
entregándoselo á su marido.
--¿Por dónde ha venido esto?--preguntó Thénardier.
--¡Pardiez!--prorrumpió ella.--¿Por dónde quieres que haya entrado? Por
la ventana.
--Yo lo he visto pasar,--dijo el Colmenero.
Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.
--Es la letra de Eponina. ¡Diablo!
Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo
escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:
--¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el
campo.
--¿Sin degollar al hombre?--objetó la Thénardier.
--No hay tiempo.
--¿Por dónde?--preguntó el Colmenero.
--Por la ventana,--respondió Thénardier.--Puesto que Eponina ha tirado
la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por
este lado.
El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó
los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin
decir una palabra.
Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que
tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de
ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada
sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.
El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo.
Parecía soñar ó rezar.
Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:
--¡Ven, mujer!
Y se precipitó hacia la ventana.
Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió
bruscamente del cuello.
--¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!
--¡Después de nosotros!--aullaron los bandidos.
--Sois unos chiquillos,--dijo Thénardier;--estamos perdiendo el tiempo.
Los podencos nos están ya pisando los talones.
--Pues bien,--dijo uno de los bandidos,--echemos á la suerte quién
pasará el primero.
Thénardier exclamó:
--¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder
así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas?
¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una
gorra!...
--¿Queréis mi sombrero?--gritó una voz desde el umbral de la puerta.
Todos se volvieron: Era Javert.
Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.
XXI
=Se debería empezar siempre por prender á las víctimas=
Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se
había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de
los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del
boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las
dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera.
Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto;
había desaparecido, y no había podido cogerla.
Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal
convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención.
Por fin, había acabado por perder la paciencia, y _seguro de que allí
había un nido_, seguro de estar _de suerte_, habiendo conocido á muchos
de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin
esperar el pistoletazo.
Recuérdese que tenía el llavín de Mario.
Había llegado á punto.
Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían
abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos
siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con
su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros
con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer
cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que
servía á sus hijas de taburete.
Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con
los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la
vaina.
--¡Alto ahí!--dijo.--No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es
menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos
como ganapanes. Seamos formales.
El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la
puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:
Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?
--¡Pardiez!--respondió Thénardier.
--Pues bien; tírale.
Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.
Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se
contentó con decirle:
--¡No tires! El tiro te va á fallar.
Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.
--¡Cuando yo te lo decía!--prorrumpió Javert.
El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:
--¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.
--¿Y vosotros?--preguntó Javert á los otros bandidos.
--Nosotros también.
Javert repitió con calma.
--Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.
--Sólo pido una cosa,--añadió el Colmenero,--y es que no se me niegue
el tabaco mientras esté guardado.
--Concedido,--dijo Javert.
Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:
--¡Entrad ya!
Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de
bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos
á la voz de Javert.
Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de
sombra la madriguera.
--¡Esposas á todos!--gritó Javert.
--¡Acercaos un poco!--rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de
la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».
La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la
ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.
Los municipales y agentes retrocedieron.
Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su
marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo
caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos
por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va
á lanzar una roca.
--¡Cuidado!--gritó.
Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto
en medio del desván.
La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado
maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:
--¡Cobardes!
Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba
con sus feroces miradas.
--¡No te acerques! ¡Vete,--gritó ella,--ó te aplasto!
--¡Qué buen granadero!--prorrumpió Javert.--Vaya, aunque tengas barbas
como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.
Y continuó avanzando.
La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo
hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.
Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared
de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió
repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por
fortuna, á morir á los pies de Javert.
En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una
de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre
la cabeza del marido.
--¡Las manillas!--gritó.
Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden
de Javert estaba cumplida.
La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y
dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:
--¡Hijas mías!
--Están ya á la sombra,--dijo Javert.
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de
la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.
Despertóse balbuceando:
--¿Acabó ya eso Jondrette?
--Sí,--respondió Javert.
Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus
caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.
--Guardad vuestras caretas,--dijo Javert.
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de
Postdam, dijo á los tres «fumistas»:
--¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:
--¡Hola, Tragamares!
Y al hombre del garrote:
--¡Hola! Babet.
Y al ventrílocuo:
--Salud, Chascasueldos.
En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el
cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una
palabra, y se mantenía cabizbajo:
--Desatad al señor,--dijo Javert,--y que nadie salga.
Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado
la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su
sumario.
Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas
de siempre, levantó la vista:
--Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.
Los agentes miraron en derredor.
--Y bien,--preguntó Javert,--¿dónde está?
El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre,
el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.
En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de
la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un
momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la
ventana.
Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.
La escala de cuerda temblaba todavía.
--¡Diablo!--exclamó entre dientes Javert.--Éste debía ser el más listo.
XXII
=El chiquillo que lloraba en la segunda parte=
Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa
del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del
puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á
la barrera de Fontainebleau.
Era ya bien entrada la noche.
Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un
pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.
En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba
buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la
empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:
--¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!
Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que
solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO
perro!
La vieja se enderezó furiosa.
--¡Desvergonzado!--murmuró.--¡Si no hubiera estado agachada, ya sé
donde te hubiera dado con el pie!
El chico estaba ya bastante lejos.--¡Kiss! ¡Kiss!--gritó volviendo la
cara;--ya veo que no me había engañado.
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del
farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de
gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se
perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era
la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.
El muchacho la contempló un momento.
--Señora,--dijo,--no es éste el género de belleza que me convendría.
Y prosiguió su camino, cantando:
El rey de loe zuecazos
se marchaba á la caza,
á la caza de cuervos...
Al acabar el tercer verso se interrumpió.
Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta
cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas
resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que
llevaba, que los pies de niño que tenía.
Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina
de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y
prodigando gestos desmesurados.
--¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están
echando abajo la casa!
Las patadas continuaban.
La vieja gritaba á más no poder:
--¡Es así como se trata ahora á las casas!
De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.
--¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?
--¡Calle! Es la vieja,--dijo el muchacho.--Buenos días, Bourgonmucha.
Vengo á ver á mis ascendientes.
La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable
improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la
fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.
--No hay nadie, carátula.
--¡Bah!--replicó el chico.--¿Entonces dónde está mi padre?
--En la cárcel de la Fuerza.
--¡Calle! ¿Y mi madre?
--En la de San Lázaro.
--¡Bravo! ¿Y mis hermanas?
--En las Magdalenas.
El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le
dijo:
--¡Ah!...
Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se
había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz
clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el
cierzo del invierno:
El rey de los zuecazos
Se marchaba á la caza,
Á la caza de cuervos,
Andando sobre zancas;
Y por pasar entre ellas
Dos sueldos le pagaban.
CUARTA PARTE
EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO
LIBRO PRIMERO
ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
I
=Bien cortado=
Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio
1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y
más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de
los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza
revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales,
los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de
los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la
antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al
través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de
las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas
de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la
verdad, luz del alma humana.
Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse
bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas
principales.
Vamos á probarlo.
La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de
definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y
tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa.
Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren
explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no
tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es
la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las
grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á
Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones
en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot.
«¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el
amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha
hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la
tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual
pide su cama.
La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones
satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y
solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión
de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos.
Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la
puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de
las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la
sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son
aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación
á los principios.
He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.
Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos
consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el
reposo para los hombres.
Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo
que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.
Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso
concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la
fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos
en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.
La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón,
tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo
que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía
el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho
político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama
del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida
graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla
de nuevo.
Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo
disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta
concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las
expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es
decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.
Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de
ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido
de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había
quitado de allí á Napoleón.
Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se
engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia.
Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino
en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de
una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes,
menos debajo del trono.
La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de
su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base
necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones,
como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una
solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de
dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor,
y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de
la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los
hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y
promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los
reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.
Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías
«otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba.
¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran
nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros
derechos!
La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó
victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se
imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á
dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando
la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación
la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó
á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía
ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los
Decretos de julio.
La Restauración cayó.
Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente
hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas,
estando ella al lado.
Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en
calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en
la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la
Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de
Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre,
el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos
X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.
Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á
la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento.
Espectáculo magnífico, útil y agradable.
Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza
pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan
nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad
de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la
accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró
hasta 1830.
Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en
manos de la Providencia.
La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte,
sino por la de la nación.
Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en
medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan
una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la
tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.
Se fueron; esto fué todo.
Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero
no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.
Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda
para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de
la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles
que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.
El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano
armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa,
que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo
sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los
Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.
Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis
XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales,
sino con tristeza y precaución.
Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo
Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su
victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo
entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la
jornada de las barricadas:
«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores
de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una
situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra
su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes
será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».
Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos
dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el
horizonte.
La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el
mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados
y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su
naturaleza.
Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella
aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron
sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.
Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho
al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y
verter su sangre.
Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la
libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido
la falta de presentarse formidable y ser benévola.
Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más
descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la
saludaban.
Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un
respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración
de alguien que trabaja más alto que el hombre.
La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho;
un algo lleno de esplendor.
El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de
1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene
ninguna necesidad de ser violento.
El derecho es lo justo y lo verdadero.
Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El
hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por
los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en
sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á
ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.
Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede
llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á
Maquiavelo.
Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor
cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho
italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible,
y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.
Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las
sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad
humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en
el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.
II
=Mal cosido=
Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La
revolución de 1830 se detuvo muy pronto.
En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan
del buque.
Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el
calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de
Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí
donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.
Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».
Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas
veces á decir: «los traidores».
Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son
arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.
El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez
afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la
libertad, es preciso pensar en el poder.
En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á
desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego,
¡de dónde procede!
Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su
maniobra.
Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables
con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo,
después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un
continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo,
dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo
necesario á curar sus heridas y reparar su casa.
La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.
Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.
En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de
fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un
Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.
Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber
necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas
de los siglos no se improvisan.
Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado»,
hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una
revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...
Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe
personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó
haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó
manejado la espada.
¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...
Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por
sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de
lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.
Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con
encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas
quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó
la casa de Orléans.
Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas
ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten
en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única
condición de bajarse hasta el pueblo.
Tal es la teoría de los hábiles.
He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene
algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen;
sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de
la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra;
denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y
las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante
pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á
ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el
acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del
ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el
éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.
En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.
La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á
medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo
mismo que el sol ignora que haya velas.
¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.
¿Por qué?
Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy
es la plenitud, mañana será la saciedad.
El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después
de Carlos X.
Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La
burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es
el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una
casta.
Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del
género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.
No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna
de las divisiones del orden social.
Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado
á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la
nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica
con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la
somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños:
era un alto.
Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi
contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere
decir reposo.
Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es
el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El
alto supone combate ayer, y combate mañana.
Éste es el intermedio de 1830 á 1848.
Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.
Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre
que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una
individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad;
ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la
compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.
Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.
Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la
consagración, llamando á la nueva monarquía _la mejor de las
repúblicas_. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de
Reims.
Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de
1830».
Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su
solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.
El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más
formidable, se volvió á la sombra.
III
=Luis Felipe=
Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan
firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras,
aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad;
como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez
providencial para no caer mal.
Su eclipse no es nunca abdicación.
Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan
también, y se han visto grandes equivocaciones.
Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el
establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida
de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre
raro.
Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con
circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre
de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era
cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.
Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio,
sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.
Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de
enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con
un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas
de la rama principal.
Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y
hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la
«clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.
Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su
familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión
de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la
sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre
campechano desde el día en que fué majestad.
Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no
probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á
su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo,
pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia
y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado;
frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando
siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento;
gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas;
hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á
esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos;
expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa
destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías,
en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con
Francia.
Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.
Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que
la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose
únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la
bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la
política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la
sociedad de las catástrofes.
Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable;
contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el
Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á
Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa;
inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo
ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la
cólera, á la vanidad y al temor.
Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en
Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio,
y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un
pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción
europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre
dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su
voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como
rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación;
parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es
decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante;
sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso
constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César,
Alejandro y Napoleón.
Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios,
é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la
multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y
oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las
corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente,
pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su
habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él
su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de
las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando
con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de
organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos;
fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno,
y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que
supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia,
adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.
Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y
sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si
hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo
grande, como tenía el sentimiento de lo útil.
Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía
gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo
había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.
Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era
anciano, y no tenía el cabello blanco.
Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno;
mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.
Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua
pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las
opiniones modernas.
Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía _los polacos_
(_polonais_), y pronunciaba _los húngaros_ (_hongrois_).
Vestía el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el
cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.
Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible
á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía
algo á su popularidad menestral.
No tenía la menor corte.
Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho
tiempo parte de su aureola.
Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ignoraba del
todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque
Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin
su puñal.
Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha
derramado sangre para curar.
Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que
descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el
que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total
diferente.
El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés
secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la
ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas;
la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país
natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad
con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.
La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India
por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la
falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado:
son el hecho del reinado.
Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.
Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.
Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.
¿De dónde provino esta falta?
Vamos á decirlo.
Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una
familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere
aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo
que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su
tradición militar.
Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el
primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la
familia se la merecía.
Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el
talento.
Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre
de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito
entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual
había llamado Juana de Arco.
Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este
elogio demagógico: _Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no
se ven_.
He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.
Ser el príncipe _igualdad_, encarnar la contradicción de la
Restauración y de la Revolución; tener la parte inquieta del
revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué
ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más
completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el
otro, y resultó la encarnación.
Luis Felipe en 1830 hecho hombre.
Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había
estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.
En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había
tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado
lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.
Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.
Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San
Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.
Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.
Había pertenecido al club de los jacobinos.
Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.
Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!
Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había
asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al
proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de _aquel pobre
tirano_.
La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y
el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz
destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal,
la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la
terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel
álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe,
así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe
había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había
visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto,
detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las
tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado
en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del
pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.
La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su
recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto
por punto.
Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó
de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea
constituyente.
Luis Felipe fué un rey en plena luz.
En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y
la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.
Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los
privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en
cuenta esta lealtad.
Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la
escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está
aún en primera instancia.
Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla con acento
venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre
este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador
Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.
Luis Felipe fué el elegido de esos dos _oasis_ que se llaman 221 y
1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en
todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la
filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir
en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del
principio democrático absoluto.
Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre
primero y el del pueblo después, todo es usurpación.
Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que,
en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe,
examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana,
será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los
mejores príncipes que se han sentado en el trono.
¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.
Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno;
bueno, algunas veces, hasta admirable.
Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día
de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche
á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño,
¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa
criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era
asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.
Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el
terreno de la guillotina contra los procuradores generales, _esos
charlatanes de la ley_, como él les llamaba.
Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba
todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas
condenadas.
Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: _Esta noche
hemos ganado siete_.
En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de
muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.
Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en
tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo
el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron
la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde
obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte
mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la
parte liberal.
Luis Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después
del atentado de Fieschi: _¡Qué lástima que yo no haya sido herido!
Hubiera podido perdonar_.
Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á
propósito de un condenado político, que es una de las más generosas
figuras de nuestro tiempo: _Su perdón está concedido, no me falta más
que obtenerlo_.
Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.
Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una perla
rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.
Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente
tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también
un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor
ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y
sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero;
una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas
tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca
de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».
IV
=Grietas en la base=
En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el
espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del
reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso
que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.
Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción
directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy
distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque
de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.
Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.
No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo
aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de
todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la
aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.
Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de
buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la
cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae
sobre el rey ni sobre la democracia.
El choque de principios se parece al choque de elementos.
El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey
defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la
monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo;
la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy
sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los
que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque
el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la
vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está
todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un
ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.
No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas
colisiones terribles.
Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la
irresponsabilidad humana.
Acabemos esta explicación.
El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació
ayer, y tuvo que combatir hoy.
Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de
tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco
sólido.
La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la
víspera.
Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.
La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes,
había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.
Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los
acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.
Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas;
incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.
Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.
Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran
lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace
tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.
De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción;
y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree
poseer la luz.
Frecuentemente el poder mismo es una facción.
Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos
viejos.
Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la
gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del
derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es
un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es
el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.
Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal,
contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran
los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que
sobrevive, aún ensangrentada.
Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una
revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe
existir.
Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la
revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso
raciocinio.
Los errores son excelentes proyectiles.
Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su
coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad
real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las
facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.
Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.
Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los
demócratas.
La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la
democracia indignada se lo echaba en cara.
Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el
establecimiento de julio.
Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos
monárquicos y por otro con el derecho eterno.
Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose
en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía,
pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía
deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una
guerra.
De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre,
nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización,
recelosa de sí misma.
La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba
enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.
Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada
en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías
retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.
Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario,
educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza,
miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito,
derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se
multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.
Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba
un nuevo movimiento.
Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La
parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero
tanto.
Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo,
atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por
no sé qué vagas sacudidas epilépticas.
Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi
en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero
profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus
galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las
sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.
Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos
de aquella época agitada.
Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los
derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.
El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la
sociedad.
Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de
industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.
En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y
un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se
amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica
pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la
política.
Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede
uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban
de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad
humana.
Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus
trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la
revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del
niño.
Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo
el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo.
Nos limitamos á indicarlas.
Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo
de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden
reducirse á dos problemas principales.
Primer problema:
Producir la riqueza.
Segundo problema:
Repartirla.
El primer problema importa la cuestión del trabajo.
El segundo, la cuestión del salario.
En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.
En el segundo, de la distribución de los goces.
Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.
De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.
Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino
la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.
De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad
individual en el interior, nace la prosperidad social.
Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano
libre, la nación grande.
Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce
admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que
sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos;
opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos;
todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el
privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo
mismo.
Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre
la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los
padecimientos del individuo.
Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos
materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.
El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero
se engañan.
Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la
emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de
carnicero, que mata lo que reparte.
Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la
riqueza, no es repartirla.
Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos;
las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.
No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis
Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como
Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por
la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como
caerá Inglaterra.
Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir
todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el
género humano una virtud ó una idea.
Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos,
no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía
sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.
Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia
como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero
Inglaterra como nación es inmortal.
Dicho esto, prosigamos.
Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre;
suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el
fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra
el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al
trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo
de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad;
desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos;
sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices;
democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de
manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa
más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza
y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y
la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.
He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se
extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos,
lo que bosquejaba en los espíritus.
¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!
Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad
inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos,
confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de
acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el
ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear
á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso
transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias
para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez
cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho
definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su
raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia
honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos;
y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad
de ser rey.
Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo,
un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.
Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.
Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre
los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de
la cólera y de los sistemas.
Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y
fermentaba.
Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el
malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con
las verdades.
Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se
aproxima la tempestad.
La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera,
un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad
crepuscular.
Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la
intensidad del rayo que encerraba la nube.
Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y
ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.
La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe
de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando
á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un
príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de
Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en
España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich
extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria
en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que
remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas
irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta
á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído;
la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro
cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la
cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia,
Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro
Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y
la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del
reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del
trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas
ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la
frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la
duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los
levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el
tumulto de los acontecimientos.
V
=Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora=
Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había
trocado en ebullición.
Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales,
fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta
conflagración subyacente.
Algo terrible se estaba formando.
Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una
revolución posible.
La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.
El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.
Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por
más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las
tabernas.
El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión;
discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer
tranquilos».
Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la
calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número
de los enemigos».
Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la
taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: _¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!_
Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí
pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos
«para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.
En las salas bajas se leían folletos «subversivos». _Fustigábase al
gobierno_, dice un informe secreto de aquel tiempo.
Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no
sabremos el día sino con dos horas de anticipación».
Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se
reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».
Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince
días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres
ya se le puede hacer frente».
Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».
De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con
buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando»
daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca
estaban más de diez minutos.
Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está
maduro; la cosa está rebosando».
«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de
uno de los concurrentes.
La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un
obrero: ¡No tenemos armas!
Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando
así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.
«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo
comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de
decir lo que decían.
Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo
asistían ocho ó diez, siempre los mismos.
En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que
tenían que estar de pie.
Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para
ir al trabajo».
Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas
mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.
Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.
Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero,
la Revolución pagará lo que debo».
En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían
agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.
Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba
asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado
con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.
Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos
veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una
máquina». Esta máquina fué después Quenisset.
Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña
notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra:
«Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».
Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias
nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada
por «Burtot, comerciante en vinos».
Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba
corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta
voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.
Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los
pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.
«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen
pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».
«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia
nosotros á muchos partidarios del justo medio».
«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».
«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó
contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia
ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la
cuestión, y no hay otra.
«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta
entonces, ayudadnos á marchar».
Todo esto en pleno día.
Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de
su misma audacia.
El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón
situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy
babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á
Gisquet.
Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:
--«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y
traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata
para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos
son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos
trabajadores».
--¡Silencio, ciudadano polizonte!--gritó un obrero.
Y este grito puso fin al discurso.
Sucedían algunos incidentes misteriosos.
Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo
bien vestido», que le decía:
--¿Adónde vas, ciudadano?
--Señor,--respondió el obrero,--no tengo el honor de conoceros.
--Yo te conozco mucho.
Y el hombre añadía:
--No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel:
sabes que si descubres algo se te vigila.
Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:
--Pronto nos volveremos á ver.
Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en
la calle, diálogos singulares:
--Haz que te reciban pronto,--decía un tejedor á un ebanista.
--¿Por qué?
--Habrá fuego que hacer.
Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas
notables, llenas de aparente _jacquería_[1]:
--¿Quién nos gobierna?
--El señor Felipe.
--No, la burguesía.
Se equivocará el que creyese que usamos la palabra _jacquería_ en mal
sentido. Los _jacques_ eran los pobres.
Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:
--Tenemos un buen plan de ataque.
De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una
zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro
más que eso:
--Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.
--¿Quién era este _él_? Obscuridad amenazadora.
«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían
al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una
taberna junto al ángulo de San Eustaquio.
Uno llamado Aug--jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la
calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y
el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad
acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto
que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada
posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.
--¿Quién ha sido vuestro jefe?
--_No conocía á ninguno ni reconocí á nadie._
Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes,
pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros
indicios iban sobreviniendo.
Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de
una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en
construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en
el que aún se podían leer estas líneas:
«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento
en las secciones para las diversas sociedades...».
Y en una postdata:
«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière,
núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero.
La sección carece de armamento».
Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus
vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y
más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del
interés histórico de estos raros documentos:
++===+===+===+===+==========================================++
||_Q_|_C_|_D_|_E_| ||
|| | | | |_Aprended esta lista de memoria; después ||
|| | | | |rompedla. Los individuos admitidos ||
|| | | | |harán otro tanto luego que les hayáis ||
|| | | | |trasmitido órdenes._ ||
|| | | | | _Salud y fraternidad_, ||
|| | | | | _L._ ||
|| | | | | ||
|| | | | |_u og a^1 fe_ ||
++===+===+===+===+==========================================++
Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron
comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro
mayúsculas: _quinturiones_, _centuriones_, _decuriones_,
_exploradores_; y el sentido de estas letras _u og a^1 fe_, que era una
fecha, que quería decir _el 15 de abril de 1832_.
En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de
indicaciones muy características.
Por ejemplo: Q. _Bannerel._ 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.
C. _Boubière._ 1 pistola. 40 cartuchos.
D. _Rollet._ 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.
E. _Tessier._ 1 sable. 1 canana. Exacto.
_Terreur._ 8 fusiles. Valiente, etc.
Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la
empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero
muy claramente, esta especie de lista enigmática:
Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.
Barra. Soize. Sala del Conde.
Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?
J. J. R.
Cayo Graco.
Derecho de revisión. Dufond. Four.
Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.
Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.
Marsellesa.
Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.
Hoche.
Marceau. Platón. Arbre-Sec.
Varsovia. Tilly, vendedor del _Popular_.
El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al
fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las
secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del
Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.
Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen
más que á la historia, y pueden publicarse.
Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del
Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado
este papel. Quizá no fué más que un esbozo.
Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios
escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.
En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón
de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo
modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis
cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en
la cual se leía:
Salitre, 12 onzas
Azufre, 2 onzas
Carbón, 2 onzas y media
Agua, 2 onzas
El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un
fuerte olor á pólvora.
Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado
un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete
fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos
diálogos impresos, firmados por _Lahautière_, una canción titulada:
_Obreros, asociaos_, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.
Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su
cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola
bajo la blusa.
En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre
Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando
unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un
saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer
cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita
pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo
fundido.
Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana
en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la
Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834,
encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que
estaba haciendo todavía.
Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos
hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de
ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de
bolos delante de la puerta.
Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.
Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había
humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía
en la cazoleta.
Después se separaron.
Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos
de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y
veinticuatro piedras de fusil.
El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas
en el arrabal y doscientos mil cartuchos.
La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar
que la policía no pudo coger ninguno.
Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el
término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil
patriotas».
Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.
La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del
Gobierno.
Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero
ya perceptible.
Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se
preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que
podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».
Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:
--Y ¿cuándo atacáis?
Otro tendero decía:
--Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora
sois veinticinco mil.
Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que
quería vender en siete francos.
Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de
París ni de Francia estaba ya libre de ella.
La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen
en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las
sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.
De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez,
nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden
del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía
sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados
ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones
nombres tan significativos como éstos:
--_Picas._
_Somatén._
_Cañón de alarma._
_Gorro frigio._
_21 de enero._
_Mendigos._
_Truhanes._
_Adelante._
_Robespierre._
_Nivel._
_Esto marcha._
La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de
Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.
Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes
sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos.
De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las
municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de
imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del
pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de
los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los
niveladores, los comunistas y los reformistas.
Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada
militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada
diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta
un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen;
creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la
cual parece llevaba el sello de Venecia.
Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la
sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.
Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en
medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y
repudiada.
Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales
ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los
Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una
sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito
otra vez esta palabra.
En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de
San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.
Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares,
calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los
estudiantes.
La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de
Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el
café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería
cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.
Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían
serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un
interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:
--¿Dónde se celebró esa reunión?
--En la calle de la Paz.
--¿En casa de quién?
--En la calle.
--¿Qué secciones asistieron?
--Una sola.
--¿Cuál?
--La sección Manuel.
--¿Quién era el jefe?
--Yo.
--Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar
al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?
--Del comité central.
El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo
probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal.
Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el
octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.
En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba _el árbol de la
Libertad_; es decir, un mástil con un gorro encarnado.
Tal era la situación.
Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de
población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y
caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de
costado.
Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado
y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la
conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el
trabajo.
Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel
arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y
hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio
é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se
toquen.
El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras;
porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las
quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los
grandes estremecimientos políticos.
En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El
golpe que la hiere, rebota.
Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de
calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las
explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la
caída de una chispa.
Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados
por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del
arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las
puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.
Las tabernas del _arrabal San Antonio_, mencionadas más de una vez en
el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo
de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una
especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí,
llenando los corazones y engrandeciendo las almas.
Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras
del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en
comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas
son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el _vino
sibilino_.
El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.
La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la
soberanía popular.
Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero
aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del
cíclope ciego: _Ingens_.
En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz
del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora
legiones salvajes, ora falanges heroicas.
Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado
cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban
haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en
alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?
Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable;
querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la
dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad;
el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén:
el progreso.
Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban
terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la
boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.
Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á
entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.
Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara
de la noche.
Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello,
pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados,
dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes
amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta
de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente
en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del
derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud,
de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con
finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos
viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los
civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.
Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es
necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.
Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente
suave.
Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la
política divina.
VI
=Enjolrás y sus tenientes=
Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad
de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.
Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando
con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero
significativas, decía así:
--«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se
quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no
puede estorbar.
«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay
bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño.
¿Cuántos somos?
«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir
siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder.
Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se
trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes;
y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.
«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de
salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha
prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel
visitará la Estrapada.
«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la
logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de
Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una
vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me
encargo de la Cougourde».
--Vedlo, todo arreglado,--dijo Courfeyrac.
--No.
--¿Qué falta pues?
--Una cosa importantísima.
--¿Qué es ello?--preguntó Combeferre.
--El portillo de Maine,--respondió Enjolrás.
Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:
--En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de
los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al
enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra
cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente
ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se
los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas;
yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo
es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y
no le tengo.
--¿Pues y yo?--dijo Grantaire.
--¿Tú?
--Yo.
--¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los
principios, á los corazones enfriados!
--¿Por qué no?
--¿Acaso puedes tú servir para algo?
--Tengo la vaguedad de la ambición,--dijo Grantaire.
--Tú no crees en nada.
--Creo en ti.
--Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?
--Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.
--Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.
--Eres un ingrato, Enjolrás.
--¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!
--Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San
Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle
Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar
á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir
la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard,
seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de
Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.
--¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?
--No mucho. Nos tuteamos únicamente.
--¿Y qué vas á decir?
--Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.
--¡Tú!
--¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy
terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de
memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano
concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes
acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los
Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un
poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj
en mano, de cosas soberbias.
--Sé formal,--dijo Enjolrás.
--Soy terrible,--respondió Grantaire.
Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha
tomado una resolución.
--Grantaire,--dijo gravemente,--consiento en ponerte á prueba. Irás al
portillo de Maine á hablar con los artistas.
Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió
y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la
Robespierre.
--Rojo,--dijo al entrar,--mirando fijamente á Enjolrás.
Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas
escarlata del chaleco.
Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:
--Queda tranquilo.
Se puso el sombrero resueltamente, y salió.
Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba
desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por
su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la
Cougourda, partió el último.
Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces
en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan
abundantes por aquel extremo de París.
Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á
la situación.
La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores
de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la
menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los
hundimientos y los renacimientos.
Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos
del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.
¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La
Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y
diciendo al mundo: «Se continuará».
Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.
En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido
por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante
y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la
verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan
Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie
de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas
partes.
Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo.
Aquello marchaba.
Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.
--¡Calla!--se dijo.--El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si
yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y
dónde está.
Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al
fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos,
dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala,
llena de hombres, de mesas y de humo.
De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra
voz. Era Grantaire disputando con su adversario.
Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de
mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de
dominó, y golpeaba el tablero con el puño.
He aquí lo que oyó Enjolrás:
--Seis doble.
--Cuatro.
--¡Diablo! No tengo.
--Estás muerto, con dos.
--Seis.
--Tres.
--Un as.
--Me toca á mí.
--Cuatro puntos.
--Difícilmente.
--Ahora tú.
--He cometido una falta enorme.
--Vas bien.
--Quince.
--Siete más.
--Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!
--¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al
principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.
--Dos otra vez.
--As.
--¡As! Pues bien, cinco.
--No tengo.
--¿No tienes, eh? Buena te espera.
--Allá veremos.
--¿Has puesto tú, creo?
--Sí.
--Blanca.
--¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.
--Un as.
--Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.
--Dominó.
--Nombre de perro.
NOTAS:
[1] Jacquería procede de la frase _Jacques-Bonhomme_, aplicada en la
Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.
LIBRO SEGUNDO
EPONINE
I
=El campo de la Alondra=
Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que
había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la
casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió
también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de
Courfeyrac.
Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se
había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel
barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.
Mario dijo á Courfeyrac:
--Vengo á dormir á tu casa.
Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el
suelo y dijo:
--Ahí tienes dónde.
Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha,
pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un
carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos
sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo
que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre
los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le
respondió:
--¡Se ha mudado!
La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de
los ladrones presos por la noche.
--¿Quién lo hubiera creído?--decía á las porteras del barrio.--¡Un
joven que tenía el aire de una señorita!
Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.
Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto
de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una
fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.
Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría
probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.
Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido
miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de
la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle,
mas no le dieron resultado.
Pasóse un mes, y luego otro.
Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de
abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que
Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la
cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.
Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era
la primera vez en su vida que pedía prestado.
Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac
que los daba, y para Thénardier que los recibía.
--¿Á quién se los mandará?--pensaba Courfeyrac.
--¿De dónde pueden venirme?--se preguntaba Thénardier.
Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por
escotillón.
No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio,
donde vagaba á tientas.
Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á
la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres
desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este
mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había
arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.
Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque
horrendo. No había coyuntura posible.
No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el
de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.
¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?
El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las
cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había
confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable
que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se
disfrazaba, pues?
Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no
había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la
joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer?
¿Podía haberse equivocado Thénardier?
Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada
de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.
¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados
sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se
había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido
los instintos y las iluminaciones súbitas.
Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco,
dándonos cierta claridad útil exteriormente.
Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se
decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?
Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente
en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.
Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre
absoluta en una bruma impenetrable.
Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.
Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca
de sí, por detrás, un soplo glacial.
Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado
su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo;
es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de
adquirir nuevamente.
Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico
y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la
inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave
y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento
puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde
los ángulos de las ideas.
Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.
¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el
pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y
se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!
El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación
fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir
un veneno con un alimento.
Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la
pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.
No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso
y malsano.
Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una
ley.
El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle:
el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este
modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es
funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso
y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y
surgen las necesidades.
Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como
los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el
suicidio ó el crimen.
Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para
tirarse al agua.
El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.
Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á
quien ya no veía.
Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.
El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón,
y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma
desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella
nocturna interior.
Todo el pensamiento de Mario era _ella_, no pensaba en otra cosa;
conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su
traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba
su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su
vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».
Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada
se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y
tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso,
le amaba todavía.
¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?
Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama,
no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un
temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos
que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella
tal vez del mismo modo».
Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo
infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la
esperanza.
De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más
entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno,
en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal
de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él
«escribirle».
Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario,
había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un
fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.
Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que
pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes;
en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble
y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la
esperanza, se mantenía elevado y dominaba.
En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y
descubría á cada instante el fondo de la vida, de la humanidad y del
destino.
¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma
digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este
mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada
verdadero ni sabe nada.
El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.
Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba;
parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba
limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde
del principio sin fondo.
--¡Qué!--se decía.--¿No volveré á verla?
Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera,
siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior,
se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes
de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que
es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único
sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.
No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende;
un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire
algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su
gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco
de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en el
horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce,
negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el
severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.
Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas
le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.
Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este
terreno cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el
boulevard, un transeúnte.
Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio,
preguntó al transeúnte:
--¿Cómo se llama este sitio?
El transeúnte respondió:
--El campo de la Alondra.
Y añadió:
--Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.
Pero después de la palabra _Alondra_, Mario no había oído nada más.
En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una sola
palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una
idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.
La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de
Mario había reemplazado á Úrsula.
--¡Toma!--dijo en el estupor irracional propio de esos apartes
misteriosos.--Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.
Aquello era absurdo, pero irresistible.
Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.
II
=Formación embrionaria de los crímenes en la incubación
de las cárceles=
El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo,
pero no lo había sido.
En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había
encontrado al preso.
El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es
probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no
hubiera sido peor presa para la autoridad.
Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar
otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».
En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba
acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella,
prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.
Y lo había acertado, porque estaba libre.
En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era
un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las
Magdalenas.
En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la
Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.
Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no
comprendían nada».
Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas,
se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y
había huido.
No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había
desaparecido.
Había en ello algo de magia ó de policía.
¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve
en el agua?
¿Había habido connivencia con los agentes?
¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden
público?
¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?
¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?
Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante
tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más
iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos
de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen
agente de policía.
Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa
excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en
efecto, bribones de esa especie de dos filos.
Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué
vuelto á encontrar.
Javert pareció más irritado que asombrado.
En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo
probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco
importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero,
¿era siquiera abogado?
Había empezado la sumaria.
El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado
á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que
cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del
Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno,
sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.
Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.
En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la
Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva
de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra,
que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de
una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua
capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio
de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo,
groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo
esta firma:
BRUJÓN, 1811
El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.
Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la
casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto
encogido y lastimero.
Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez,
creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el
calabozo.
Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén
en manos de la justicia.
No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no
impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro
en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva
en su taller.
Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.
Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de
pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la
sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:
_Ajos, 62 sueldos._ Y concluía: _Cigarros cinco sueldos_. Ó se pasaba
el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía
calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho
camas de la sala de los calenturientos.
De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que
Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no
bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres
comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta
sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la
cárcel.
Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada
en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los
cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón,
diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera
de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de
la tarifa.
Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la
barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros
más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux,
presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por
este incidente la mirada de la policía.
Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de
Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos
jefes Babet y Gueulemer.
Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á
personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen
tramado.
Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se
creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.
Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante
de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al
tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir,
la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el
inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae
en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un
inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado,
escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.
El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo,
pero no se le pudo coger lo que había escrito.
La policía no supo más.
Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un _postillón_ desde el
patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de
cinco pisos que separaba los dos patios.
Los presos llaman _postillón_ á una bolita de pan artísticamente
amasada, que se envía á _Irlanda_, es decir, por encima de los tejados
de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra,
de una tierra á otra, _á Irlanda_).
Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y
encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en
efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un
carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman
«borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es
llevado á la alcaldía, y luego á la policía.
Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que
debía recibirle estaba _en el apartado_; era nada menos que Babet, uno
de los cuatro jefes de Patrón Minette.
El _postillón_ contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas
estas dos líneas:
--Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un
jardín.--Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.
Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de
hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena
amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.
Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal
Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.
Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los
Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á
ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.
Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en
la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y
Azelma, fueron éstas puestas en libertad.
Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las
Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que
_alumbrase_ el negocio.
Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó
la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que
vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la
querida de Babet en la Salpetrière.
Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: _no
hay nada que hacer_.
Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón,
al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la
instrucción» y viniendo el otro de la misma:
--Y bien,--preguntó Brujón,--¿la calle P?
--Bizcocho,--responde Babet.
Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.
Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al
proyecto de Brujón, que ya se verán.
Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.
III
=La aparición del señor Mabeuf=
Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al
señor Mabeuf.
Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que
podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz,
donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su
parte descendía también.
La _Flora de Cautereiz_ no se vendía ya absolutamente.
Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el
pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía
cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no
por esto se desanimaba.
Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien
situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual
había llevado las láminas de su _Flora_ al Monte de Piedad.
Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su
vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses.
Muchas veces, su almuerzo era su única comida.
Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y
no recibía visitas.
Mario hacía muy bien en no ir á verle.
Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico,
se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se
hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.
¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la
amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.
El librero Royol había muerto.
El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil:
éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el
placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando
haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte
de Piedad, volverá á estar de moda mi _Flora_ con el charlatanismo,
pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un
ejemplar del _Arte de navegar_, de Pedro Medina, con grabados en
madera, edición de 1559».
Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche
volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.
El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.
Una noche tuvo una singular aparición.
Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer. La tía Plutarco, cuya
salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.
El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer
de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de
la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de
banco, en el jardín.
Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una
especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya,
que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.
No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en
el frutero, restos de la provisión del invierno.
Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos
libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le
tenían pensativo.
Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas
supersticiones.
El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente
Delancre:
_De la inconstancia de los demonios._
El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:
_Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre._
Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había
sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.
El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á
ennegrecer los que están bajos.
Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en
la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un
rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.
Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota
de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y
caer las hojas.
Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.
Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.
El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba
rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el
banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando
cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.
Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba
cubriendo de estrellas.
La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo
una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser
tan árida como el día.
--¡Estrellas por todas partes!--pensaba el anciano.--¡Ni una pequeña
nube! ¡Ni una lágrima de agua!
Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento.
Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:
--¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!
Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.
En aquel momento oyó una voz que decía:
--Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?
Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre,
viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada,
que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que
un ser humano, un aborto del crepúsculo.
Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su
asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto
atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado
el cubo, y llenado la regadera.
El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y
un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por
las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de
la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el
rododendro era ya feliz.
Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero;
así regó todo el jardín.
Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente
negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada
pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.
Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en
los ojos y le puso la mano en la frente:
--Dios te bendiga,--dijo;--eres un ángel, pues tienes cuidado de las
flores.
--No,--respondió ella;--soy el diablo, pero es igual.
El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:
--¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer
nada por ti!
--Algo podríais hacer,--dijo ella.
--¿Qué?
--Decirme dónde vive el señor Mario.
El viejo no entendió.
--¿Qué Mario?
Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.
--Un joven que venía aquí hace algún tiempo.
El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:
--¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón
Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya...
Vaya, no sé.
Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.
--Espera,--continuó;--ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por
la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas
por allí, no será difícil que le encuentres.
Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había
desaparecido.
Entonces tuvo miedo de veras.
--Por cierto,--dijo,--que si no viese el jardín regado, creería que
había sido un espíritu.
Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse,
en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la
fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la
forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo
confusamente:
--En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los
gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?
IV
=Aparición de Mario=
Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor
Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á
Courfeyrac cinco francos para Thénardier.
Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela
al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de
trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.
En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de
papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer
la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la
controversia de Gans y de Savigny.
Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de
escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel,
y se levantaba de la silla, diciendo:
--Voy á salir. Esto me encauzará.
Y se iba al campo de la Alondra.
Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.
Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía;
no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces
decía:
--Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.
Y no obstante salía todos los días.
Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus
señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol,
después de la calle Croulebarbe.
La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había
sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.
Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.
Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención,
recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del
alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se
aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía
ni aún el sol.
Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas
que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan
escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al
través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del
exterior.
Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la
ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los
pájaros en los olmos.
Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer
alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían
alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.
De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida,
que decía:
--¡Toma! ¡Ahí está!
Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido
una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina,
puesto que ya sabía cómo se llamaba.
Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía
imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble
progreso hacia la luz y hacia la desgracia.
Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que
había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos
tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más
miserables.
Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el
aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.
Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello
particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.
Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como
Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet,
sino porque había dormido en algún pajar.
Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!
Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido
rostro, y como sonriendo.
Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.
--¡Por fin os he encontrado!--dijo.--Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en
este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He
estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no
había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me
faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya
no vivís allí?
--No, dijo Mario.
--¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances.
Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo?
Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor
Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos.
¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo,
delante del palacio, donde hay más sol y leen _La Cotidiana_ por un
céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así.
Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?
Mario no respondió.
--¡Ah!--continuó ella.--Lleváis rota la camisa. Será menester que os la
cosa.
Y añadió con acento cada vez más sombrío:
--Parece que no os alegra mucho el verme.
Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:
--Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.
--¡Cómo!--preguntó Mario.--¿Qué queréis decir?
--¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!
--Pues bien: ¿qué quieres decir?
Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha
interior; por fin, pareció decidirse.
--Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis
contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y
deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que
prometisteis darme todo lo que yo quisiera.
--¡Sí, pero habla de una vez!
Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:
--¡Sé la dirección!
Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.
--¿Qué dirección?
--La que me mandasteis averiguar.
Y añadió como haciendo un esfuerzo.
--Las señas... ya sabéis.
--¡Sí!--balbuceó Mario.
--¡De la señorita!
Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.
Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente
la mano.
--¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?
--Venid conmigo,--respondió ella.--No sé bien la calle ni el número; es
al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.
Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el
corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario,
embriagado y conmovido:
--¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!
Una nube cruzó la frente de Mario.
--¡Júrame una cosa!--dijo, cogiendo á Eponina del brazo.
--¡Jurar!--dijo ella.--¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?
Y se echó á reir.
--¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas
señas!
Eponina se volvió asombrada hacia él.
--¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?
--¡Prométeme lo que te digo!
Ella parecía no oir.
--¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!
Mario le cogió los dos brazos á la vez.
--¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo;
júrame que no dirás esas señas á tu padre!
--¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además,
¿me ocupo yo para algo de mi padre?
--¡Pero no me lo prometes!--exclamó Mario.
--¡Pero soltadme!--dijo ella, echándose á reir.--¡Cómo me zarandeáis!
¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las
señas á mi padre. ¿Os acomoda así?
--Ni á nadie,--prorrumpió Mario.
--Ni á nadie.
--Ahora llévame,--dijo él.
--¿Enseguida?
--Enseguida.
--Venid... ¡Oh, qué contento va!--dijo la muchacha.
Á los pocos pasos se detuvo.
--Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme
como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos
junto á una mujer como yo.
No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra,
mujer, pronunciada por aquella criatura.
Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.
Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.
--Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?
Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco
francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de
Eponina.
Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente
á Mario con aire sombrío:
--No es vuestro dinero lo que quiero,--dijo.
LIBRO TERCERO
LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I
=La casa del secreto=
Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento
de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella
época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las
ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle
desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se
llamaba entonces _La lucha de animales_.
Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas
en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un
gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo
precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.
El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que
los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un
patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos
piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso
necesario, un niño y una nodriza.
Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una
puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo
abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte
prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados
á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también
secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro
barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.
El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que
le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días
misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la
calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.
Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había
podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por
consiguiente, sin obstáculo.
Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas,
los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos
terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no
sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba
entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.
Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las
currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor
presidente.
El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado
al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera;
circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de
elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un
magistrado.
La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa
de quince años.
En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo
podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que
la casa fué la que lo derribó á él.
Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo
edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.
Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre
anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban
al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un
cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.
Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había
desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del
primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían
«cortinillas», señal de que había una mujer.
En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta
edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por
supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la
calle de Babilonia.
Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del
dicho pasadizo.
La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos
que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer
algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines
en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas
en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había
instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor
ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de
su casa.
Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.
Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.
La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean
había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y
tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á
tomarla consigo.
Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.
En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que
Thénardier en reconocer á Juan Valjean.
¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus?
¿Qué había pasado?
Nada extraordinario.
El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan
feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.
Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco
á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y
se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería
siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada
todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo
para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y
envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no
sería posible ninguna separación.
Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas
perplejidades.
Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su
felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad
de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo
ya, las alegrías de la juventud.
¿No era esto un robo?
Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes
de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin
consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas
las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer
germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una
criatura humana, y engañar á Dios.
¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y
viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi
egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.
Resolvióse, pues, á abandonar el convento.
Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía
objeciones que hacerse.
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes
habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor;
podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido
y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?
Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía
derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él
había sido condenado á presidio.
Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le
impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.
En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.
Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó
ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.
Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que,
habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia
que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del
convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette,
no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba
humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad
una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que
allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la
Adoración Perpetua.
Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á
ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.
Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que
despedía.
Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le
tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó
en sus mudanzas.
Cosette se reía, y llamaba al baulito el _inseparable_, diciendo: «Me
da celos».
Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una
profunda ansiedad.
Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además
estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.
Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar
menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder
ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse
desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de
Javert.
Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en
dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y
otro en la del Hombre-Armado.
Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del
Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía
Santos.
Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que
tenía un apeadero en la ciudad.
Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de
la policía.
II
=Juan Valjean guardia nacional=
Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de
Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:
Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal
de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del
presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.
Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura
de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia,
antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa
de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas
antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles
graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con
libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero
incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio
de porcelana del Japón.
Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á
los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo
había colgaduras de tapicería.
Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba
abajo.
Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con
un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos
sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su
predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.
Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.
El día que entró la tía Santos la dijo:
--La señorita es el ama en esta casa.
--¿Y vos, señor?--había replicado la tía Santos estupefacta.
--Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.
Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba
la cuenta del gasto que era muy modesto.
Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.
La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á
misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.
Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los
menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el
título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: _Al
señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.
Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los
enfermos.
En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía
Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el
agua de una fuente cercana del boulevard.
Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado
de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y
que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque
en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.
En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas
buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los
tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni
periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de
amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del
cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor
Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á
las apretadas mallas del censo de 1831.
El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el
convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de
donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del
distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.
Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro
veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un
verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin
embargo solitario.
Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención
legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía
deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones
con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre,
ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como
hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.
Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus
contribuciones.
El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el
exterior, contribuyente.
Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette,
se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.
Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre
vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el
rostro.
¿Era esto precaución ó humildad?
Ambas cosas á la vez.
Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y
apenas notaba las rarezas de su querido padre.
En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien
todo lo que hacía.
Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un
hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».
Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que
por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la
verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.
Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto
el jardín para que no llamase la atención.
Pero en esto tal vez se engañaba.
III
=Foliis ac Frondibus=
Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había
llegado á ser extraordinario y hermoso.
Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin
sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas
espesuras.
Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella
época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de
aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida
por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por
un frontón de indescifrables arabescos.
Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de
musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la
pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.
Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.
Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de
tierra.
Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.
Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia
la vida; nada impedía su venerable desarrollo.
Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían
subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había
encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende
por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que
vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas,
sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado,
confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había
celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel
espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su
fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.
Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una
cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa
como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete,
solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.
En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro
tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la
germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser
animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la
savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su
prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las
rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en
el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en
perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.
Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un
espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella
viviente nieve del estío.
Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces
inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el
gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.
Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín,
envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila
le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía
de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos
cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las
ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De
día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan
protección á las alas.
En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y
dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.
En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores,
distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío
y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier
aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y
en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación,
soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua
verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».
En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se
veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de
Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara
de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo
Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus
amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo;
todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.
La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una
revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia,
el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían
bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los
gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes
plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos,
los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir
de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro
paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza,
que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se
manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en
el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con
tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.
En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la
naturaleza penetra profundamente.
Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la
causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo
cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas
que convergen todas hacia la unidad.
Todo trabaja para todo.
El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha
á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del
espino es inútil á las constelaciones.
¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?
¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de
granos de arena?
¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo
infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de
las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?
El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande
es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión
para el espíritu.
Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este
inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa
desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.
La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo
que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las
dormidas flores.
Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.
La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como
del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la
par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.
Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos
tiene mayor alcance? Escoged.
Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero
de estrellas.
Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la
inteligencia con los hechos de la sustancia.
Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se
multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo
material y el mundo moral en la misma luz.
El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.
En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y
viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible
misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio
de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro
allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la
imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo,
excepto ese punto geométrico que se llama el _yo_; refiriéndolo todo
al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando,
desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las
negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un
insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe?
aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del
cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.
Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el
mosquito, y es el zodíaco su última rueda.
IV
=Cambio de reja=
Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los
misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo
natural de misterios castos.
Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una
magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.
Pafos se había convertido en Edén.
Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete
que ofrecía sus flores al alma.
Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había
entrado en la virginidad y en el pudor.
Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser
la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la
continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado,
compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había
apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.
Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.
El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo
compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de
suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe,
de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.
Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los
catorce años, y estaba «en la edad crítica».
Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa;
no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada,
sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.
Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y
sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los
conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia,
algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba
todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.
No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras,
porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y
demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave
y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz
directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera,
que disipe los temores pueriles y evite las caídas.
No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran
los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo
y de qué manera debe ser esta semiluz.
Nada puede suplir ese instinto.
Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen
una madre.
Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.
En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados
posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.
Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la
preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para
luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!
Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el
convento encamina el pensamiento á lo desconocido.
El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se
profundiza no hallando expansión.
De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos
novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los
edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu:
sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde
alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.
El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano,
necesitaba durar toda la vida.
Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni
más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la
continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín
cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de
perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los
jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.
Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una
niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.
--Haz ahí lo que quieras,--la dijo.
Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y
todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el
tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba
bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle
por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.
Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma,
con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero
siempre deseado y siempre querido.
El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean
continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la
secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera
que se ha cultivado expontáneamente.
No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar
su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.
En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones
con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que
había leído, ya de lo que había sufrido.
Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.
Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del
mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.
Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le
decía:
--¡Ah, cuánto he corrido!
Y él la besaba en la frente.
Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde
estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.
Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín,
Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el
recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de
paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones
tapizados.
Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse
importunado:
--¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!
Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan
tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:
--Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí
una alfombra y una estufa?
--Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera
techo que les cobije!
--Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace
falta?
--Porque tú eres mujer y niña.
---¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?
--Ciertos hombres.
--Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado
á encender lumbre.
También solía decirle:
--Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?
--Porque sí, hija mía.
--Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.
Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía
pan blanco.
Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.
Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.
Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras
repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había
ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy
lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y
que Juan Valjean la había sacado de él.
Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo
en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y
serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche,
antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean,
pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel
hombre, y había ido á vivir á su lado.
Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos,
y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este
hombre es mi madre!».
Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de
niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una
cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido
por figurarse que había tenido la _menor cantidad_ de madre posible.
No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba
sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su
pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa
concluyó por una lágrima.
Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.
¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á
otra memoria que no fuese la suya?
Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto
de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de
ella.
Creyó que no debía atreverse á tanto.
¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?
Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer
penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir
entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más
sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en
Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.
Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una
boca.
Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había
salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á
posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á
guardar fieramente su tumba?
¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?
Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los
que rechazarían esta explicación misteriosa.
De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre:
Fantina.
Un día le dijo Cosette:
--Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes
alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.
--Por el martirio,--respondió Juan Valjean.
Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.
Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz
en toda la plenitud del corazón.
Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva
y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.
El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que
aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había
padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias
á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese
amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.
V
=La rosa descubre que es una máquina de guerra=
Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma!
pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.
Hasta entonces no había pensado en su figura.
Se veía en el espejo, pero no se miraba.
Y además, había oído decir muchas veces que era fea.
Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!
Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y
había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.
Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean:
¡No! ¡No!
En toda la noche no pudo dormir.
--¡Si yo fuese bonita!--pensaba.--¡Cómo me gustaría ser bonita!
Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba
efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».
Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y
dudó.
--¿Dónde tenía yo la cabeza?--se dijo.--¡No; soy fea!
Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.
El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza,
pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.
No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y
vestirse vuelta de espaldas al espejo.
Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna
laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.
Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la
manera inquieta con que su padre la miraba.
Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo
ver, que decía detrás de ella:
--¡Linda muchacha, pero mal vestida!
--¡Bah!--pensó ella.--No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.
Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.
Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:
--Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?
Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía
Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.
Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres
meses que no se miraba, y lanzó un grito.
Acababa de deslumbrarse á sí misma.
Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía
Santos y del espejo.
Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos
se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en
sus ojos azules.
Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como
cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía
Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte;
ya no podía dudarlo.
Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano,
miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas,
conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.
Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible
opresión de corazón.
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror
aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la
simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre
para él.
Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.
Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba
lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la
sombría pupila de Juan Valjean.
Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no
se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.
Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba
manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que
había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que
después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la
sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel
hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso
á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del
oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo
perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no
pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la
naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!
¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y
permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se
sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.
Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido:
«No».
Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido:
«Saldría perdiendo».
Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más
que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa
desconocida.
Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por
instinto comprendía que era una cosa terrible.
Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada
día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente
pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez,
de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.
Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?
En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una
madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con
placer.
No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.
Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho:
«¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.
Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»;
soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido
después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que
llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.
El otro germen es el amor.
Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.
Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.
Su padre no la había negado nunca nada.
Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la
manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color
que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa
tan seductora, tan profunda y peligrosa.
La frase _mujer espiritual_ ha sido inventada para designar á la
parisiense.
En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la
calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que
es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más
todavía.
Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y
«¡darle una lección!».
El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con
una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.
Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.
Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la
tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.
Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera
conocido desde luego que no tenía madre.
Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que
Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una
joven soltera no se viste de damasco.
El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de
damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de
Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.
--Padre,--le dijo,--¿qué os parezco?
Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:
--¡Encantadora!
Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:
--¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?
Pasaba esto en el cuarto de Cosette.
La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado
su uniforme de colegiala, y exclamó:
--¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré
á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza
parezco la señora Sincholla.
Juan Valjean suspiró profundamente.
Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre
quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted»,
quería entonces salir continuamente.
En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se
han de enseñar?
Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio
interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante
de la verja.
Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su
patio de detrás como el perro.
Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia
exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y
no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que
lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.
Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y
serio.
Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la
inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.
En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la
volvió á ver en el Luxemburgo.
VI
=Comienza la batalla=
Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia
dispuesta para el incendio.
El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente
estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la
tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban
el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y
mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.
Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha
acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir
que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es
como se ama, y únicamente así.
Lo restante no es más que lo restante, y viene después.
Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen
mutuamente al cambiar una chispa.
Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que
turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó
también á Cosette.
Hacíale el mismo mal é igual bien.
Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan
las jóvenes, mirando á otra parte.
Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello
á Mario.
Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien
indiferente.
Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo,
buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando
le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero
con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era
noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de
pobre, tenía buen aspecto.
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin,
bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea
una mirada, Cosette no las comprendió al instante.
Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean,
según costumbre, había ido á pasar seis semanas.
Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por
tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su
atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.
Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.
Movióse en su interior un principio de guerra.
Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría
enteramente infantil.
Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que
tenía un arma.
Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á
veces se hieren.
Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores.
Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á
Cosette.
Un día dijo ésta á Juan Valjean:
--Padre, paseemos un poco por este lado.
Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.
En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.
Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un
joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.
Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.
Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las
cualidades del otro.
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de
Mario puso temblorosa á Cosette.
Mario se fué contento, Cosette inquieta.
Desde aquel día se adoraron.
Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda;
le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto
negra; ella misma no la conocía.
La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y
alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.
Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta
palabra en el sentido terrenal.
En los libros de música profana que entraban en el convento se
reemplazaba la palabra _amor_ con _tambor_ ó _pandour_ (panduro),
lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las
_grandes_, como: _¡Ah, qué agradable es el tambor!_ ó bien: _¡la piedad
no es más que panduro!_
Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el
«tambor».
No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.
¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!
Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si
aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno
ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.
Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso
está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión
y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis
cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda?
¡Pues eso es abominable!
De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de
tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».
Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más
convenía al estado de su alma.
Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación
muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la
adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar
de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero
sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una
palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.
Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado
en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del
convento.
Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa
confundidos.
El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de
cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía
que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que
necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una
visión.
Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.
Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería,
dirigíale sonrisas francas.
Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario,
sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su
pensamiento diciendo á Juan Valjean:
--¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!
Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.
No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los
astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.
Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y
desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la
ignorancia de su amor.
Coqueta, en alto grado, por inocencia.
VII
=Á tristeza, tristeza y media=
Todas las situaciones tienen sus instintos.
La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan
Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más
obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y
contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que
estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro
algo que se derrumbara.
Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la
misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del
padre».
Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.
La conducta de Mario no era del todo natural.
Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le
acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis;
llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?
Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la
levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos
picarescos, y calzaba guantes.
En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.
Cosette no dejaba adivinar nada.
Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de
que debía ocultárselo á su padre.
Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la
costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo
importuno para Juan Valjean.
Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad
peligrosa.
Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.
Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación
que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:
--¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!
Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente,
hubiera respondido:
--No, es un joven simpático.
Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:
--¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!
Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se
limitó á contestar con suprema calma:
--¿Este joven?
Como si le mirase por primera vez en su vida.
--¡Qué torpe soy!--pensó Juan Valjean.--Cosette no se había fijado aún
en él, y yo soy quien se la enseño.
¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!
Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de
esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos,
que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.
Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste,
con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.
Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas,
cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.
Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes
plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:
--Sí.
Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia
y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta
conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero
Cosette ni siquiera sabe que existe».
Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.
De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.
¿No empieza todo por la indiferencia?
Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.
Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí
tres horas, Cosette le dijo:
--¿Ya?
Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque
no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette
notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados,
mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer,
quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en
el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con
ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse
capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba
allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y
levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que
habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.
Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.
¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar
vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo?
¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?
Juan Valjean añadía:
--Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un
amorío!
¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y
después el más desgraciado!
¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido
todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven;
habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos;
habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en
todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque
hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré
hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he
hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que
recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que
tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado,
desaparecerá todo, se me irá de las manos?
¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á
un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo!
Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.
No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á
otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.
El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.
Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al
portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:
--Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?
Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó
por notar.
Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner
los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á
la calle de Plumet.
Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba
ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.
Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas
miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa
de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.
Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.
Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.
Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.
--¿Quieres venir al Luxemburgo?
Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.
--Sí,--contestó ella.
Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba
allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:
--¿Quieres venir al Luxemburgo?
Y ella respondió triste y sencillamente:
--No.
Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta
dulzura.
¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable?
¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el
alma de Cosette?
Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado
cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche
entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y
pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.
¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el
claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno
de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y
toda las almas subían directamente al cielo!
¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido
voluntariamente y descendido con tan poca previsión!
¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto
Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su
mismo desinterés!
--¡Cómo!--exclamaba:--«¿qué he hecho yo?».
Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.
Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el
mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más
paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su
falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.
Cosette por su parte languidecía.
En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia,
singularmente, sin explicárselo.
Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos,
un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón,
que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le
parecía indiferente, su padre la llevaría á él.
Pero se pasaron días, y semanas y meses.
Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de
Cosette.
Ésta lo sintió, pero era ya tarde.
El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer
entonces? ¿Volvería á encontrarle?
Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y
cuya opresión aumentaba diariamente.
No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía,
si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las
margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la
ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos
había hecho buena ó mala «compra».
Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y
fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo en que
se ha desvanecido una aparición.
Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez:
continuó manifestando un semblante apacible.
Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.
Algunas veces le preguntaba:
--¿Qué tienes?
Y ella respondía:
--No tengo nada.
Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le
decía:
--Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?
--¿Yo? Nada.--contestaba él.
Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan
tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro,
sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin
decírselo, sin querer, y sonriendo.
VIII
=La cadena=
El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en
medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.
En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril,
pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.
Presentía de un modo inevitable que Cosette se le escapaba de las
manos; hubiera querido luchar, retenerla, entusiasmarla con alguna cosa
exterior y brillante.
Estas ideas pueriles, ya lo hemos dicho, y seniles al mismo tiempo,
le dieron por su misma puerilidad una noción bastante justa de la
influencia de los adornos de pasamanería sobre la imaginación de las
jóvenes.
Sucedióle una vez, que vió pasar por la calle un general á caballo,
vestido de gala, el conde Coutard, comandante general de París, y
envidió á aquel hombre cubierto de dorados; pensó en la felicidad que
causaría el ponerse aquel traje, y en que seguramente, si Cosette le
viese así, se deslumbraría; que cuando le diese el brazo y pasase por
delante de la verja de las Tullerías le presentarían las armas, y que
esto bastaría á Cosette, y le quitaría la idea de mirar á los jóvenes.
Un acontecimiento inesperado vino á mezclarse con estas tristes ideas.
En medio de la vida aislada que llevaban, y desde que habían ido á
vivir á la calle de Plumet, solían algunas veces ir á ver la salida del
sol; placer conveniente á los que entran en la vida, y á los que salen
de ella.
Pasearse muy de mañana para el que ama la soledad, equivale á pasearse
de noche, con la alegría de la naturaleza: las calles están desiertas,
y los pájaros cantan.
Cosette, que era un pájaro, se despertaba muy temprano.
Estas excursiones matinales se preparaban durante la víspera; él
proponía, y ella aceptaba.
Arreglábase todo como un complot; salían antes de amanecer, y todas
estas cosas eran otros tantos placeres para Cosette.
Estas inocentes extravagancias agradan á la juventud.
El flaco de Juan Valjean era, como hemos dicho, visitar los lugares
poco frecuentados, los rincones solitarios, los lugares de olvido.
Existían entonces en las cercanías, lindando casi con los muros de
París, algunos campos pobres, casi confundidos con la ciudad, donde
brotaba en el verano un trigo raquítico, y que en otoño, después de
hecha la recolección, no tenían aspecto de campos segados, sino de
terrenos pelados.
Juan Valjean los frecuentaba con predilección, y Cosette no lo llevaba
á mal; porque esto significaba la soledad para él y la libertad para
ella.
Allí se convertía en niña, podía correr y jugar; se quitaba el
sombrero, le ponía sobre las rodillas de Juan Valjean, y hacía
ramilletes; miraba las mariposas sobre las flores pero no las cogía. La
mansedumbre y la ternura nacen con el amor, y la joven, que alimenta un
ideal tembloroso y frágil, tiene lástima de las alas de la mariposa.
Tejía guirnaldas de amapolas, se las ponía en la cabeza, y atravesadas
y penetradas por el sol, purpúreas hasta la radiación, formaban sobre
aquel fresco semblante rosado una corona de ascuas.
Aun después de haberse enseñoreado la tristeza de sus almas, habían
conservado la costumbre de los paseos matinales.
Una mañana, pues, de octubre, atraídos por la perfecta serenidad del
otoño de 1831, habían salido, y estaban al amanecer junto al portillo
de Maine.
No era aún la aurora, era el alba; momento encantador y sombrío.
Algunas constelaciones esparcidas por el azul pálido y profundo, la
tierra completamente negra, el cielo blanco del todo, las yerbecillas
trémulas; en todas partes el misterioso sobrecogimiento del crepúsculo.
Una alondra, que parecía mezclarse con las estrellas, cantaba á una
altura prodigiosa, y hubiérase dicho que aquel himno de la pequeñez al
infinito calmaba á la inmensidad.
Al Oriente el Val de Grâce detallaba en el horizonte iluminado con una
claridad de acero su masa obscura; Venus deslumbrante subía por detrás
de esta cúpula, y parecía un alma que sale de un edificio tenebroso.
Todo era paz y silencio; en la calzada no había un alma; á lo lejos se
veían confusamente algunos obreros que iban á su trabajo.
Juan Valjean se había sentado en una estrecha calle de árboles, y sobre
unos maderos colocados á la puerta de una carpintería.
Tenía el rostro vuelto hacia el camino, y la espalda al Oriente;
olvidábase del sol que iba á salir; estaba sumergido en una de esas
absorciones profundas en que se concentra el alma entera, que lo
aprisionan todo incluso la mirada, y equivalen á cuatro paredes.
Hay meditaciones que podrían llamarse verticales; y cuando se ha
llegado á su fondo se necesita tiempo para subir á la superficie.
Juan Valjean había descendido á lo más profundo de uno de esos ensueños.
Pensaba en Cosette, en su felicidad posible, si no se interponía nada
entre ella y él, en aquella luz con que ella iluminaba su vida, y era
la respiración de su alma.
Era casi feliz en aquella meditación.
Cosette, de pie á su lado, abarcaba con la vista el firmamento, y
miraba cómo iban tiñéndose las nubes de color de rosa.
De repente exclamó:
--Padre, parece que viene algo por allí.
Juan Valjean alzó los ojos.
Cosette tenía razón.
La calzada que conduce al antiguo portillo de Maine es una prolongación
de la calle de Sêvres, y está cortada en ángulo recto por el boulevard
interior.
En el mismo ángulo de la calzada y el boulevard, en el lugar en que
bifurcan las dos vías, oíase un ruido difícil de explicar á aquella
hora, distinguiéndose una especie de grupo vago.
Alguna cosa informe salía del boulevard y entraba en la calzada.
Aquel grupo iba creciendo, y parecía moverse con orden; y sin embargo,
era una cosa horrible y asombrosa; parecía un carruaje, pero no se
podía distinguir la carga.
Había caballos, ruedas, gritos y chasquidos de látigo.
Poco á poco fueron marcándose los perfiles, aunque sumergidos aún en
las tinieblas.
Era un carro, en efecto, que acababa de dar la vuelta á la esquina del
boulevard y que se dirigía al portillo, cerca del cual estaba Juan
Valjean.
Otro carro del mismo aspecto seguía al primero, después un tercero,
luego un cuarto, y así desembocaron sucesivamente hasta siete, de tal
modo que las cabezas de los caballos tocaban siempre la trasera del
carro que les precedía.
En estas carretas se agitaban algunas sombras; veíanse algunas chispas
entre el crepúsculo como si brillasen en él sables desnudos; oíase
un sonido férreo como si se removieran cadenas; á medida que aquello
avanzaba, crecían las voces; era, en fin, una cosa formidable como las
que salen de la caverna de los sueños.
Á medida que se aproximaba, iba aquello tomando forma, y se bosquejó
detrás de los árboles con la vaguedad de una aparición; blanqueó toda
aquella masa; la luz del día, que se elevaba poco á poco, derramaba
una claridad pálida sobre aquel hormiguero sepulcral y vivo á un
mismo tiempo; las cabezas de las sombras se convirtieron en rostros
cadavéricos.
He aquí lo que era:
Siete carretas marchaban en fila por el camino: las seis primeras
tenían una estructura singular: parecían carromatos de toneleros; eran
una especie de escaleras de mano montadas sobre dos ruedas, y formando
angarilla en su extremidad anterior; cada carromato, ó por mejor decir,
cada escalera, iba tirada por cuatro caballos, uno tras otro.
Sobre estas escaleras trasportábanse extraños racimos de hombres.
Por razón de la escasa luz de la hora no se les veía, se les adivinaba.
Iban veinticuatro en cada carreta; doce á cada lado, recostados unos en
otros, de cara á los transeúntes, y las piernas al aire; así caminaban
aquellos hombres.
Llevaban á la espalda algo que sonaba: era una cadena; algo al cuello
que brillaba: era una argolla.
Cada uno tenía su argolla, pero la cadena era de todos; de modo, que
aquellos veinticuatro hombres, cuando tenían que bajar del carro y
andar, estaban encadenados por una especie de unidad inexorable, y
serpenteaban por el suelo, con la cadena por vértebra, ni más ni menos
que un _milpiés_.
Delante y detrás de cada carreta iban de pie dos hombres armados de
fusiles, teniendo bajo su pie uno de los extremos de la cadena.
Las argollas eran cuadradas.
La séptima carreta era un gran furgón con barandilla de estacas, pero
sin toldo; tenía cuatro ruedas y sin caballos, y llevaba un ruidoso
montón de calderos de hierro, de marmitas de metal, de estufas y de
cadenas; mezclados con esto iban algunos hombres atados y echados á lo
largo; parecían enfermos.
Este furgón descubierto estaba guarnecido de cañizos ó zarzos viejos
que parecían haber servido para los suplicios antiguos.
Las carretas ocupaban el centro del camino.
Á uno y otro lado marchaban, en doble fila, guardias de infame aspecto
con tricornios chatos como los soldados del Directorio, sucios,
rotos, sórdidos, embutidos en uniformes de Inválidos, y pantalones
de sepulturero, grises y azules por mitad, casi destrozados, con
charreteras encarnadas, correas amarillas, machetes, fusiles y varas:
especies de soldados postizos.
Estos esbirros parecían un compuesto de la abyección del mendigo y de
la autoridad del verdugo.
El que aparecía como jefe, llevaba en la mano un látigo de postillón.
Todos estos detalles, sombreados por el crepúsculo, se dibujaban cada
vez mejor á medida que el día clareaba.
Á la cabeza, y detrás del convoy, iban gendarmes á caballo, graves y
con los sables desenvainados.
Era tan largo este tren, que en el momento que la primera carreta
llegaba al portillo, apenas desembocaba la última en el boulevard.
Una multitud, salida de no se sabe dónde, y formada en un instante,
como sucede en París, se oprimía y miraba desde ambos lados de la
calzada.
Oíase en las callejuelas próximas gritos de personas que se llamaban,
y el ruido de los zuecos de los hortelanos que corrían para ver el
espectáculo.
Los hombres amontonados en las carretas se dejaban traquetear en
silencio.
Estaban lívidos por el frío de la madrugada.
Todos llevaban pantalones de lienzo, y los pies desnudos metidos en
zuecos.
El resto del traje pertenecía á la fantasía de la miseria.
Sus arreos eran horriblemente heterogéneos; porque no hay nada más
fúnebre que el arlequín de los andrajos.
Sombreros desfondados, casquetes de hule, horribles gorros de lana,
chaquetas negras destrozadas por los codos; los había llevando
sombreros de mujer, y algunos cubrían su cabeza con canastos viejos;
veíanse pechos velludos, y al través de las roturas de los vestidos
se distinguían pinturas en la carne, templos del Amor, corazones con
llamas y Cupidos.
Descubríanse también herpes y manchas de otras enfermedades.
Dos ó tres tenían una cuerda de esparto atada á las traviesas del
carro, y, suspendido por bajo de ellos, como un estribo en que apoyaban
los pies.
Uno de ellos traía en la mano, y lo llevaba á la boca, algo que tenía
todas las apariencias de un pedrusco negro; era un pedazo de pan que
iba comiendo.
No había allí más que ojos secos, apagados ó brillantes de siniestro
fulgor.
La escolta juraba y maldecía, los encadenados no chistaban; de cuando
en cuando oíase el ruido de un varazo sobre unas espaldas ó una cabeza;
algunos de aquellos hombres bostezaban; los harapos eran terribles;
colgaban los pies, los hombres oscilaban, las cabezas se chocaban,
los hierros crujían, las pupilas radiaban ferozmente, los puños se
crispaban ó se abrían inertes como la mano de un muerto; detrás del
convoy una multitud de chicos reía á carcajadas.
Aquella fila de carretas, fuese lo que fuere, era lúgubre.
Tal vez el día siguiente, tal vez dentro de una hora, podía caer un
aguacero, seguido de otro, y después otro, calando aquellos vestidos
destrozados; y aquellos hombres, una vez mojados, no se secarían, y una
vez helados, no se calentarían; sus pantalones de lienzo se pegarían
á sus huesos con el agua, el agua llenaría sus zuecos, los latigazos
no podrían impedir el castañeteo de los dientes, la cadena seguiría
unciéndolos por el cuello, sus pies seguirían en el aire; era imposible
no temblar viendo á aquellas criaturas humanas uncidas en tal forma,
y pasivas bajo las frías nubes de otoño, entregadas á la lluvia, al
viento, á todas las furias del aire, como los árboles y las piedras.
Los varazos no respetaban á los enfermos, que yacían atados y sin
movimiento en la séptima carreta, y que parecían haber sido echados
allí como sacos llenos de miseria.
De repente salió el sol, brilló el inmenso rayo del Oriente. Hubiérase
dicho que prendía fuego en aquellas cabezas feroces.
Desatáronse las lenguas, estalló un incendio de burlas, de juramentos y
de canciones.
La luz horizontal, extendiéndose á lo ancho, cortó en dos partes toda
la fila, iluminando las cabezas y las espaldas, y dejando los pies y
las ruedas en la obscuridad.
Los pensamientos aparecieron en los rostros; aquel instante fué
espantoso; demonios visibles arrancada la máscara, almas espantosas
desnudas por completo.
Aquella cohorte iluminada aparecía tenebrosa.
Algunos, alegres, tenían en la boca cañones de pluma, con los que
soplando arrojaban todos los insectos de la miseria sobre la multitud,
dando la preferencia á las mujeres.
La aurora marcaba con la obscuridad de las sombras aquellos tristes
perfiles; no había entre todos aquellos hombres uno solo que no fuese
asqueroso á causa de su miseria; y era un conjunto tan monstruoso,
que pudiera decirse que cambiaba la claridad del sol en la luz del
relámpago.
La carreta que abría la marcha había entonado y salmodiaba á voz en
grito con espantosa jovialidad un pot-pourri de Desaugiers, famoso á la
sazón, titulado _la Vestal_; los árboles temblaban lúgubremente, en las
alamedas, algunos vecinos escuchaban con semblante de idiota beatitud
las bufonadas cantadas por aquellos espectros.
En aquel convoy iban mezclados todos los desastres como en un caos;
allí se veía el ángulo facial de todos los animales, de los viejos y
de los adolescentes; cráneos calvos, barbas grises, monstruosidades
cínicas, resignaciones esquivas, risas salvajes, actitudes insensatas,
viejos con casquetes, especie de cabezas de jóvenes con rizos en las
sienes, rostros de muchachas, y por lo mismo horribles, flacos, rostros
de esqueleto, á los cuales no faltaba más que la muerte.
En la primera carreta iba un negro, que quizá habría sido esclavo, el
cual podía comparar ambas cadenas.
El espantoso nivel de la bajeza, la deshonra, había pasado por
aquellas frentes; en aquel grado de abatimiento, todos sufrían las
últimas trasformaciones en las últimas profundidades; la ignorancia,
cambiada en imbecilidad, era lo mismo que la inteligencia trocada en
desesperación.
Entre aquellos hombres no había elección posible; todos se presentaban
á la vista como lo más escogido del cieno.
Era evidente que el ordenador de aquella procesión inmunda, quien
quiera que fuese, no los había clasificado.
Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente en el
desorden alfabético probablemente, y cargados al acaso en las carretas.
Sin embargo, los horrores agrupados concluyen por producir un
resultado, toda suma de desgraciados da un total; de cada cadena salía
un alma común, y cada carreta tenía su fisonomía.
Al lado de la que cantaba había otra que aullaba; una tercera
mendigaba; había una que rechinaba los dientes; otra que amenazaba á
los mirones; otra que blasfemaba de Dios; la postrera callaba como la
tumba.
Dante hubiera creído ver los siete círculos del infierno en marcha.
Marcha siniestra de los condenados hacia los suplicios, no en el
formidable y fulgurante carro del Apocalipsis, sino lo que es más
sombrío, en la carreta de las gemonías.
Uno de los guardias, que llevaba un gancho al extremo de la vara,
removía de cuando en cuando aquel montón de basura humana.
Una vieja que había entre la muchedumbre se los enseñaba con el dedo á
un chicuelo de cinco años, y le decía: _¡Aprende, tunante!_
Como fuesen aumentando los cantos y las blasfemias, el que parecía
capitán de la escolta hizo sonar el látigo, y á esta señal, una serie
de espantosos varazos, que parecía una granizada, cayó sobre las siete
carretas; muchos dieron un rugido y arrojaron espumarajos de rabia.
Esto redobló la algazara de los pilluelos, que habían acudido como
nubes de moscas sobre aquellas llagas.
La mirada de Juan Valjean se había vuelto aterradora.
Sus ojos no eran sino ese vidrio, que reemplaza la mirada en algunos
desgraciados, la cual parece no tener conciencia de la realidad, y en
que brilla la reverberación del espanto y de la catástrofe.
No veía un espectáculo; sufría una alucinación.
Quiso levantarse, huir, escapar, pero no pudo mover los pies.
Muchas veces las cosas que vemos nos atan y retienen.
Permaneció clavado, petrificado, estúpido, preguntándose al través
de una confusa angustia inexplicable, lo que significaba aquella
persecución sepulcral, y de dónde salía aquel pandemonium que le
perseguía.
De pronto se llevó la mano á la frente, movimiento propio de cuando
recordamos algo súbitamente; se acordó de que aquél era, en efecto, el
itinerario, que aquella vuelta se daba siempre para evitar el encuentro
posible de las personas reales en el camino de Fontainebleau, y que
hacía treinta y cinco años había pasado él mismo por aquel portillo.
Cosette no estaba menos asustada, aunque lo estuviera de distinto modo.
No comprendía nada: le faltaba el aliento; no le parecía posible lo que
veía, y por fin exclamó:
--¡Padre! ¿Qué es eso que llevan esas carretas?
Juan Valjean respondió:
--Presidiarios.
--¿Y adónde van?
--Á los penales.
En aquel momento sonaron multiplicados los varazos de cien manos;
mezcláronse con ellos los sablazos de plano. Parecía aquello una furia
de látigos y varas; los presidiarios se encorvaron; de este suplicio
resultó una obediencia repugnante, y todos se callaron, despidiendo
miradas de lobos encadenados. Cosette temblaba de pies á cabeza.
--Padre,--dijo,--¿son hombres esos?
--Á veces,--respondió el desgraciado Juan Valjean.
Era, en efecto, la cadena que salía antes de amanecer de Bicetre;
tomaba el camino de Mans para evitar el de Fontainebleau, adonde estaba
el rey.
Este rodeo hacía durar el espantoso viaje tres ó cuatro días más; pero
para ahorrar á las personas reales la vista del suplicio, bien podía
éste prolongarse.
Juan Valjean volvió á su casa anonadado.
Semejantes encuentros son choques, y el recuerdo que dejan parece un
desquiciamiento.
Por eso Juan Valjean, al volver con Cosette á la calle de Babilonia,
no notó que ésta le hizo otras preguntas sobre lo que acababan de ver;
tal vez iba demasiado absorto en su abatimiento para oir sus palabras y
para contestarlas.
Solamente por la noche, cuando Cosette se separó de él para irse á
acostar, le oyó decir á media voz, y como hablando consigo mismo:
--¡Creo que si encontrase en mi camino á uno de esos hombres, moriría
con solo verle de cerca, Dios mío!
Afortunadamente la casualidad hizo que el día que siguió á aquella
mañana tan trágica, y con motivo de una solemnidad oficial, hubiese
fiestas en París, revista en el campo de Marte, justas en el Sena,
funciones en los Campos Elíseos, fuegos artificiales en la Estrella, é
iluminaciones en todas partes.
Juan Valjean, violentando su costumbre, llevó á Cosette á estas
funciones, á fin de distraerla del recuerdo de la víspera, y de borrar
con el alegre tumulto de París aquella cosa abominable que había pasado
por ante sus ojos aterrados.
La revista con que se solemnizaba la fiesta hacía muy natural la
circulación de uniformes; Juan Valjean se puso el de guardia nacional,
con el vago sentimiento interior de un hombre que se esconde.
Por lo demás, pareció que había conseguido el objeto que se proponía en
el paseo.
Cosette, que miraba como una obligación el agradar á su padre, y para
la cual era nuevo cualquier espectáculo, aceptó la distracción con
sencilla gracia, fácil y ligera de la adolescencia, y no hizo ni un
gesto desdeñoso ante esa gamella de alegría, que se llama una fiesta
pública; de modo que Juan Valjean pudo creer que había conseguido
borrar todo rastro de la repugnante visión.
Algunos días después, una mañana que hacía un sol hermosísimo, estaban
ambos en la escalinata del jardín, otra infracción de las reglas que
parecía haberse impuesto Juan Valjean y de la costumbre que Cosette
había adquirido de permanecer en su cuarto: estaba la joven con
peinador, de pie, con ese traje negligente de la mañana que envuelve
adorablemente á las jóvenes, y que parece una nube sobre un astro;
con la cabeza al sol, sonrosada por haber dormido bien, observada con
ternura por su padre conmovido, mientras deshojaba una margarita.
Cosette ignoraba la seductora leyenda: «te amo un poco,
apasionadamente», etc. ¿Quién se la había de haber enseñado? Daba
vueltas á aquella flor, instintiva é inocentemente sin sospechar, que,
deshojar una margarita es deshojar un corazón.
Si hubiese una cuarta Gracia llamada la Melancolía sonriéndose, Cosette
se habría parecido á esta Gracia.
Juan Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos en la flor,
olvidándolo todo en la radiación que despedía la joven.
Un petirrojo piaba entre las ramas allí cerca; nubes blancas cruzaban
el cielo tan regocijadamente, que parecían acabar de ser puestas en
libertad.
Cosette seguía deshojando su flor atentamente; pero en aquel momento
seductor volvió de repente la cabeza con la delicada lentitud del
cisne, y dijo á Juan Valjean:
--Padre, ¿qué viene á ser eso del presidio?
LIBRO CUARTO
SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA
I
=Herida exterior, curación interna=
La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.
No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su
felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los
que tenían frío.
En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre
con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y
á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido
muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos,
Cosette estaba un poco alegre por la noche.
En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.
Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el
pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en
el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una
quemadura, y que explicó de cualquier manera.
Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa;
no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía:
«Llama al médico de los perros».
Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y
manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía
renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus
ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida!
¡Oh, bendito mal!».
Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y
había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.
Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros
que quería, casi siempre descripciones de viajes.
Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el
Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas
aquellas nubes de su alma se disipaban.
Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un
viejo loco».
Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier,
acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado
por él como un soplo que se desliza.
Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo
demás?
Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.
--Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,--se
decía él;--pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!
En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no
había vuelto á hablar de ella.
En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette.
Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el
humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á
Juan Valjean.
Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación,
que Juan Valjean dijo á Cosette:
--No bajas nunca; quiero que pasees por él.
--Como queráis, padre,--contestó Cosette.
Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre
sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía
ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.
La herida había sido una diversión.
Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y
parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y
naturalmente se presentaba.
Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se
lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después
abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la
infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.
La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que
pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las
flores al corazón del hombre.
Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á
ella, no la penetrase.
La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin
sospecharlo.
En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio
día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.
Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había
conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al
sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se
apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.
Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.
--¡Oh, bendita herida!--repetía por lo bajo.
Estaba agradecido á los Thénardier.
Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y
crepusculares.
Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las
regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.
II
=La tía Plutarco no se apura mucho para dar la explicación
de un fenómeno=
Una noche, el niño Gavroche no había comido; recordó que tampoco había
cenado el día anterior; lo cual se le hacía muy pesado.
Tomó, pues, la resolución de hacer la prueba de cenar.
Se fué á rondar más allá de la Salpetrière, por lugares desiertos,
donde se encuentran las gangas; donde no hay nadie, suele encontrarse
algo. Y así pasando, llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el
pueblecillo de Austerlitz.
En una de esas anteriores excursiones había visto allí un antiguo
jardín, frecuentado por un anciano y una anciana, y en el cual había un
manzano regular.
Al lado del manzano había una especie de frutera mal cerrada, de donde
se podía hacer saltar alguna manzana.
Una manzana es una cena; una manzana es la vida.
La que perdió á Adán podía salvar á Gavroche.
El jardín daba á una callejuela solitaria sin empedrar y orillada de
malezas, esperando las edificaciones, y separado por un seto.
Gavroche se dirigió hacia el jardín; encontró la callejuela, reconoció
el manzano, identificó la frutera, y examinó el seto; un seto no es más
que un salto.
Iba declinando el día; la callejuela estaba desierta: la hora era
magnífica.
Gavroche iba á saltar; mas se detuvo de repente.
Se oía hablar en el jardín, y Gavroche se puso á mirar por entre los
cañizos del seto.
Á dos pasos de él, al pie del seto al otro lado, precisamente en el
punto en que hubiera caído al dar el salto que proyectaba, había una
piedra tendida, que servía de banco; en este banco estaba el viejo del
jardín, y delante, de pie, la vieja.
La vieja murmuraba; Gavroche, que era poco discreto, escuchó:
--¡Señor Mabeuf!--decía la vieja.
--¡Mabeuf!...--pensó Gavroche.--Me choca ese nombre.
El viejo, interpelado, no se movía. La vieja repitió:
--¡Señor Mabeuf!
El viejo, sin levantar la vista, respondió:
--¿Qué hay, tía Plutarco?
--¡Tía Plutarco!--pensó Gavroche.--Otro nombre chocante.
La tía Plutarco volvió á hablar, y el viejo tuvo que aceptar la
conversación.
--El casero no está contento.
--¿Por qué?
--Se le deben tres plazos.
--Dentro de tres meses se le deberán cuatro.
--Dice que os mandará á dormir á otra parte.
--Iré.
--La hortelana quiere que se le pague; ya no fia leña. ¿Con qué vais á
calentaros este invierno? No tendremos lumbre.
--Basta el sol.
--El carnicero nos niega ya el crédito, y no quiere dar más carne.
--Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.
--¿Y qué comeremos?
--Pan.
--El panadero quiere que se le dé algo á cuenta; y dice, que si no hay
dinero, no hay pan.
--Bueno.
--¿Y qué comeremos?
--Nos quedan las manzanas del manzano.
--Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero.
--¡Y si no tengo!
La anciana se fué, y el anciano se quedó solo, meditando.
Gavroche meditaba por otro lado.
Era ya casi de noche.
El primer resultado de la meditación de Gavroche fué, que en vez de
escalar el seto, se acurrucó debajo del matorral.
Las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza.
--¡Calla!--exclamó interiormente.--¡Una alcoba!
Y se agachó.
Estaba casi recostado en el banco del señor Mabeuf; oía casi respirar
al octogenario.
Y entonces, para comer, trató de dormir.
Sueño de gato, sueño de un solo ojo.
Gavroche dormitaba espiando.
La blancura del cielo crepuscular blanqueaba la tierra, y la calleja
formaba una línea pálida entre dos filas de arbustos oscuros.
De repente, sobre esta línea blanquecina, aparecieron dos sombras.
Una iba delante, y la otra á algunos pasos detrás.
--¡Dos personas!--murmuró Gavroche.
La primera sombra parecía ser un viejo encorvado y pensativo, vestido
más que sencillamente, que andaba lentamente á causa de la edad, y que
salía á pasear á la luz de las estrellas.
La segunda era recta, firme, pequeña.
Regulaba su paso al de la primera; pero en la lentitud voluntaria de la
marcha se descubría la esbeltez y la agilidad.
Aquella sombra tenía cierto no sé qué de esquiva é inquieta, con todo
el contorno de lo que entonces se llamaba un elegante; el sombrero era
de buena forma, la levita negra, bien hecha, probablemente de buen
paño, y ajustada al talle.
Levantaba la cabeza con cierta gracia robusta, y por debajo del
sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido esbozo de un
adolescente.
Este esbozo llevaba una rosa en la boca.
Esta segunda sombra era muy conocida de Gavroche; era Montparnasse.
En cuanto á la otra, no hubiera podido decir sino que era un pobre
viejo. Gavroche se puso al momento en observación sin desamparar su
sitio.
Uno de los dos tenía evidentemente proyectos sobre el otro; y Gavroche
estaba muy bien situado para ver el resultado.
La alcoba se había trocado muy á su gusto en escondrijo.
Montparnasse _de caza_, á semejante hora y en aquel sitio, era muy
peligroso.
Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima hacia
el buen viejo.
Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad á otra?
Sería únicamente dar motivo para que se riese Montparnasse.
Gavroche no dejaba de conocer, que para aquel temible bandido de diez
y ocho años, el viejo primero, y el niño después, se reducía á dos
bocados.
Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo lugar el ataque, brusco y
repugnante.
Ataque del tigre contra el onagro, de la araña contra la mosca.
Montparnasse de improviso tiró la rosa, saltó sobre el viejo, le agarró
del cuello, le acogotó, y se encabritó sobre él.
Gavroche apenas pudo ahogar un grito.
Un momento después, uno de aquellos hombres estaba debajo del otro,
rendido, jadeante, forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el
pecho.
Sólo que no había ocurrido lo que Gavroche esperaba.
El que estaba en tierra era Montparnasse; el que estaba encima era el
pobre viejo.
Todo esto sucedía á pocos pasos de Gavroche.
El viejo había recibido el choque, y le había rebotado tan
terriblemente, que en un abrir y cerrar de ojos el agresor y la víctima
habían cambiado de papel.
--¡Vaya un inválido valiente!--pensó Gavroche.
Y no pudo estarse de batir palmas; pero fué un aplauso perdido, porque
no llegó hasta los combatientes, que estaban absortos y aturdidos, uno
por otro, y mezclando sus alientos en la lucha.
Vino el silencio.
Montparnasse dejó de forcejear, y Gavroche se dijo:--«¡Estará muerto!».
El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito.
Enderezóse, y Gavroche oyó como decía á Montparnasse:
--Levántate.
Montparnasse se levantó, pero el viejo no le había aún soltado.
Montparnasse tenía la actitud humillada y furiosa en un lobo que
hubiese sido dominado por un cordero.
Gavroche miraba y escuchaba, haciendo esfuerzos para duplicar ojos y
oídos.
Se divertía extraordinariamente.
Fué recompensado en su ansiedad de espectador, pudiendo coger al vuelo
este diálogo; que tomaba en la obscuridad cierto acento trágico.
El pobre viejo preguntaba, y Montparnasse respondía:
--¿Qué edad tienes?
--Diez y nueve años.
--Eres fuerte y de buena figura. ¿Por qué no trabajas?
--Porque me aburre.
--¿Qué eres?
--Haragán.
--Habla formalmente. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?
--Ladrón.
Hubo un momento de silencio. El viejo parecía estar profundamente
pensativo; seguía inmóvil sin soltar á Montparnasse.
De cuando en cuando, el joven bandido, vigoroso y ágil, sentía
sobresaltos de fiera cogida en una trampa.
Daba una sacudida, intentaba la zancadilla, retorcía sus miembros,
trataba de escaparse.
El viejo aparentaba no notarlo, teníale cogidos ambos brazos con una
sola mano, con la indiferencia soberana de una fuerza absoluta.
La meditación del viejo duró un buen espacio; después, mirando
fijamente á Montparnasse, levantó suavemente la voz, y le dirigió,
entre aquella obscuridad en que se encontraban, una especie de
alocución solemne, de que Gavroche no perdió ni una sílaba:
--Hijo mío, tú entras por pereza en la más laboriosa de las
existencias. ¡Ah! ¡Tú te declaras haragán! Pues prepárate á trabajar.
«¿Has visto una máquina terrible llamada el laminador? Es preciso tener
mucho cuidado, porque es una cosa tan poco ruidosa como feroz; si te
coge el faldón de la levita, se lleva todo el cuerpo.
«Esta máquina es la ociosidad.
«Detente, mientras estás á tiempo, y sálvate.
«De otra manera todo se acabó; dentro de poco estarás entre las ruedas;
y una vez cogido, no esperes ya nada.
«¡Ea, á trabajar, perezoso; ya no hay descanso! La mano de hierro del
trabajo implacable te ha cogido.
«Ganar tu vida, tener una tarea, cumplir un deber; ¿no quieres esto?
¿Te desagrada ser como los demás? Pues bien; serás distinto. El trabajo
es la ley; el que la rechaza disgustado, le tiene por suplicio. No
quieres ser obrero, serás esclavo.
«El trabajo sólo te deja por un lado para cogerte por otro; no quieres
ser su amigo, serás su negro; rechazas el honrado cansancio de los
hombres, sufrirás el sudor de los condenados.
«Donde los demás canten, tú gruñirás.
«Verás de lejos trabajar á los demás hombres, y te parecerá que
descansan.
«El labrador, el segador, el marinero, el herrero, se te aparecerán en
la luz como los bienaventurados de un paraíso.
«¡Qué irradiación la del yunque!
«Guiar una carreta, atar las mieses, ¡qué felicidad!
«El buque en libertad entregado á los vientos, ¡qué delicia!
«¡Y tú, perezoso, cava, arrastra, rueda, anda! ¡Tira de tu cabestro,
animal de carga, en el tiro del infierno!
«¡Ah! ¿No hacer nada es tu único objeto? Pues bien; no pasarás una
semana, ni un día, ni una hora sin humillación.
«No podrás hacer nada sino con angustia; tus músculos crujirán á cada
instante; lo que para los demás sea blanda pluma, será dura roca para
ti.
«Las cosas más sencillas estarán para ti llenas de dificultades; la
vida en tu derredor se convertirá en monstruosa.
«Ir, venir y respirar serán para ti otros tantos trabajos terribles. Tu
pulmón te hará el efecto de un peso de cien libras.
«Venir acá antes de ir allá será un problema de difícil resolución.
«Todo el que quiere salir de su casa, no tiene que hacer otra cosa que
empujar la puerta, y ya está fuera.
«Tú, si quisieres salir, tendrás que perforar una pared.
«Para salir á la calle, no tiene cualquiera que hacer más que bajar la
escalera; pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una cuerda,
pasarás por la ventana, te suspenderás colgado de este hilo sobre un
abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en
medio del huracán; y si la cuerda no alcanza, sólo encontrarás un medio
de bajar: tirarte.
«Tirarte á ciegas, en el precipicio, de una altura cualquiera, abajo, á
lo desconocido; ó bien te subirás por un cañón de chimenea, con peligro
de quemarte; ó te deslizarás por un conducto de letrina, con peligro de
asfixiarte.
«Y no te hablo de los agujeros que hay que ocultar, de las piedras que
hay que quitar y poner veinte veces al día, ni de los yesones que hay
que esconder debajo del jergón.
«Se presenta una cerradura; cualquiera lleva en el bolsillo una llave
hecha por un cerrajero. Tú, si quieres pasar adelante, estás condenado
á hacer una obra maestra espantosa; cogerás una moneda de cobre, la
cortarás en dos placas, y ¿con qué herramientas?
«Tendrás que inventarlas; eso te corresponde.
«Después ahondarás lo interior de estas placas, cuidando de no tocar
á la superficie; abrirás alrededor la muesca de un tornillo, de modo
que se ajusten exactamente una á otra, como una caja á su tapa, y que
atornilladas no se sospeche nada.
«Para los vigilantes, porque estarás vigilado, esto será sólo una
moneda de cobre; para ti será una caja. ¿Y qué meterás en esa caja? Un
pedacito de acero; un muelle de reloj, al que habrás hecho dientes, y
será una sierra.
«Con esta sierra, de la longitud de un alfiler, y oculta en una moneda
de cobre, deberás cortar el pestillo de la cerradura, la barra del
cerrojo, el asa del candado, el hierro de la ventana y el grillete de
la pierna; y hecha esta obra prodigiosa, realizados estos milagros de
arte, de industria, de habilidad y de paciencia, si se llega á saber
que eres tú el autor, ¿cuál será tu recompensa? El calabozo.
«Éste es tu porvenir.
«La pereza, el placer, ¡qué precipicios! No hacer nada, es tomar un
terrible partido. No lo olvides.
«¡Vivir ocioso de la sustancia social! ¡Ser inútil; es decir, ser
perjudicial! Esto conduce directamente al fondo de la miseria.
«¡Infeliz del que quiere ser parásito! Será la escoria, el gusano del
cuerpo social.
«¡Ah! ¡No te gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber
bien, comer bien, dormir bien.
«Pues beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tarima con una
cadena enroscada á tus miembros, cuyo frío sentirás por la noche en las
carnes.
«Romperás esta cadena, y huirás.
«Bien; pero te arrastrarás entre las matas, y comerás yerbas como los
animales de la selva.
«Y volverás á ser preso; y entonces pasarás los años en un profundo
foso, en lo bajo de una muralla, buscando á tientas el jarro para
beber, embotando en tus dientes un horrible pedazo de pan negro, que no
querrían ni los perros; comiendo habas que los gusanos han roído antes
que tú.
«Serás una cucaracha en una cueva.
«¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún no hace
veinte años, y que tendrás madre todavía! Yo te conjuro, escúchame.
«Quieres gastar paño fino, zapatos lustrosos, pelo rizado, perfumar tu
cabeza, agradar á las jóvenes, ser elegante; pues bien, te cortarán el
pelo al rapé, te pondrán una chaqueta roja y unos zuecos.
«Quieres llevar sortijas en los dedos, y llevarás una argolla al
cuello; y si miras á una mujer, te darán un palo.
«¡Entrarás allí á los veinte años, y saldrás á los cincuenta!
«Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes
blancos y hermosos cabellos, y saldrás cascado, encorvado, lleno de
arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco.
«¡Ah, pobre criatura! ¡Y cómo te equivocas, infeliz! ¡La holgazanería
te aconseja mal; el trabajo más rudo es el robar.
«Créeme, no emprendas la penosa profesión de perezoso; no es nada
cómodo ser bribón.
«Es más cómodo ser hombre honrado.
«Anda ahora, y piensa en lo que te he dicho.
«Pero, ¿qué es lo que me querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.
Y el viejo, soltando á Montparnasse, le puso en la mano su bolsillo,
que Montparnasse tuvo un instante en la mano tomándole á peso; después
de lo cual, con la misma precaución maquinal que si le hubiesen robado
á él, le dejó caer suavemente en la faltriquera del faldón de su levita.
Dicho y hecho todo esto, el buen viejo volvió la espalda, y continuó
paseando.
--¡Estúpido!--murmuró Montparnasse.
¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá sin duda adivinado.
Montparnasse, estupefacto y sin acertar á moverse, miró cómo
desaparecía en el crepúsculo; pero esta contemplación le fué fatal.
Mientras el viejo se alejaba, aproximábasele Gavroche.
Gavroche, con una mirada de reojo se había asegurado de que el
señor Mabeuf, dormido tal vez, seguía en el banco, y saliendo luego
el pilluelo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de
Montparnasse, que continuaba inmóvil.
Así llegó hasta él sin ser visto ni oído; metió la mano en la
faltriquera de atrás de la levita de negro paño fino, cogió el
bolsillo, retiró la mano, y volviéndose á rastras, hizo una evolución
de culebra en la obscuridad.
Montparnasse, que no tenía motivo alguno para estar prevenido, y que
meditaba, quién sabe si por primera vez en su vida, nada advirtió.
Gavroche, en cuanto llegó adonde estaba el señor Mabeuf, tiró el
bolsillo por encima del seto, y huyó á todo correr.
La bolsa cayó á los pies del señor Mabeuf.
El ruido le despertó.
Inclinóse, y recogió la bolsa. Abrióla sin darse cuenta de ello.
La bolsa tenía dos divisiones: en la una había algunos cuartos; en la
otra seis napoleones de oro.
El señor Mabeuf, muy asustado, llevó aquello á su ama.
--Ha caído del cielo,--dijo á la tía Plutarco.
LIBRO QUINTO
CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
I
=La soledad y el cuartel en combinación=
El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses
antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.
La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la
alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día
por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa
muy parecida al olvido.
¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas
de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni
abrasador.
Un día pensó de repente en Mario.
--¡Calle!--dijo.--Ya no pienso en él.
Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del
jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante
uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y
chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana,
insolente y linda: todo lo contrario de Mario.
Llevaba su cigarro en la boca.
Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en
la calle de Babilonia.
Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.
Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.
Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal
cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que
estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual
no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.
--¡Hola!--decíanle.--Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.
--¡Para esto tengo el tiempo...--respondía el lancero,--si tuviera que
fijarme en todas las muchachas que me miran!
Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo
hasta la agonía, decíase:
--¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!
Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á
Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra;
habría muerto de dolor.
¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.
Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y
viven en ella.
Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.
Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del
ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven
aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por
casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una
taberna.
Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre
ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose
casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las
almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre,
sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un
templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de
mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan
charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es
decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste
estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y
vinosas; es decir, el poste de una taberna.
¿Qué había en el alma de Cosette?
Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era
límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.
La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.
¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?
Tal vez; pero Cosette no lo sabía.
En esto sobrevino un incidente singular.
II
=Miedos de Cosette=
Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.
Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde;
y estaba ausente uno ó dos días á lo más.
¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.
Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche
hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había
leído: _Callejón de la Planchette_.
Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle
de Babilonia.
Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en
casa.
Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré
dentro de tres días».
Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.
Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar,
acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: _¡Cazadores perdidos en
los bosques!_ que es quizá lo más bello que existe en música.
Cuando hubo acabado se quedó pensativa.
De repente creyó oir que andaban por el jardín.
No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque
se había acostado.
Eran las diez de la noche.
Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.
Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.
Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que
había en el postigo, y miró al jardín.
La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.
No había nadie.
Abrió la ventana.
El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la
calle, desierto como siempre.
Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo
era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de
Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen
trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido
de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi
envueltos en el crepúsculo.
Y no pensó más en ello.
Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.
Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos
pies.
Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor
y de energía.
Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba
paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que
estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la
víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo
los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se
asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que
se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.
Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de
menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.
La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra
delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.
Cosette se paró aterrorizada.
Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped
otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba
sombrero redondo.
Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á
pocos pasos detrás de Cosette.
Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver
la cabeza.
Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.
No había nadie.
Miró al suelo; la sombra había desaparecido.
Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los
rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.
Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una
alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero
dos?
Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera
seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero
redondo.
Al día siguiente volvió Juan Valjean.
Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.
Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros,
le diría: «Eres una loquilla».
Juan Valjean se puso pensativo.
--Puede no ser nada,--dijo.
Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que
examinaba la verja con mucha atención.
Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de
la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.
En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.
Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su
padre.
Volvió, pues, á acostarse, pensando:
--¡Está inquieto, en realidad!
Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y
Cosette le observó por el ventanillo.
La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más
tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su
padre, que la llamaba:
--¡Cosette!
Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.
Su padre estaba en el jardín en el césped.
--Te despierto para tranquilizarte,--la dijo.--Mira; aquí tienes la
sombra del sombrero redondo.
Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la
luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.
Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de
hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.
Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres
suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre,
se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los
tubos de chimenea.
Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á
examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la
sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el
mismo punto del cielo.
No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que
teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su
sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y
Cosette creía estar segura de ello.
La joven se tranquilizó por completo.
La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de
imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el
jardín por la tarde ó la noche.
Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.
III
=Enriquecido con comentarios de la tía Santos=
En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco
de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los
curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á
través de la verja y del follaje.
Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette
después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.
El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una
tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa
tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del
misterio de la tumba entreabierta á esa hora.
Fantina estaba quizá en aquella sombra.
Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando
sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie
de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:
--Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas
horas; es fácil constiparse.
Después volvió de nuevo al banco.
En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había
ocupado una gran piedra, que no estaba antes.
Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.
Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola
al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había
pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le
dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí,
y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás
de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y
la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía
Santos:
--¿Ha vuelto mi padre?
--Todavía no, señorita.
(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era
tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos
repugna la notación musical de una enfermedad).
Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía
retirarse bastante tarde por la noche.
--Santos,--dijo Cosette,--¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche
las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner
bien los pasadores de hierro en los anillos?
--¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.
La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no
pudo menos de añadir:
--¡Qué desierto está esto!
--Es verdad,--dijo la tía Santos.--La asesinarían á una sin tener
tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no
temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza.
¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres
en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á
cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una,
y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir
que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué
mal deben cortar, Dios mío!
--¡Callad!,--dijo Cosette,--cerradlo todo bien.
Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá
también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se
atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de
miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los
«hombres».
Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía
Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su
cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la
cama; se acostó y durmió mal.
Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena
de cavernas.
Cuando salió el sol,--es propio del sol naciente hacernos reir de
todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre
proporcionada al miedo que se ha tenido,--al salir el sol, decimos, se
despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he
estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber
oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del
cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».
El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de
púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo
se borró en su imaginación, incluso la piedra.
--No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con
sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.
Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.
La piedra estaba allí.
Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es
curiosidad de día.
--¡Bah!--dijo:--veamos lo que es.
Y levantó la piedra, que era bastante grande.
Debajo había algo que parecía una carta.
Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni
dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba
abierto no estaba vacío.
Entreveíanse papeles dentro.
Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio
de impaciencia.
Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de
hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que
parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.
Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la
había.
¿Á quién iba dirigido aquello?
Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel
paquete en su banco.
¿De quién venía aquello?
Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los
ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo,
á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban
sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el
manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.
He aquí que leyó:
IV
=Un corazón bajo una piedra=
La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un
solo ser, he aquí el amor.
* * * * *
El amor es la salutación de los ángeles á los astros.
* * * * *
¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!
* * * * *
¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el
mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se
comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera
hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.
* * * * *
Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito
de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el
palacio de los sueños.
* * * * *
Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son
negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.
[Ilustración: Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó
que no tenía dirección]
Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la
que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.
* * * * *
Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas
quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas
de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios
misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros,
el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los
suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y
por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor.
El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus
mensajes.
¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!
* * * * *
El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es
lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita
lo inagotable.
* * * * *
El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que
ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible,
indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en
nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni
amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se
la ve brillar hasta en el fondo del cielo.
* * * * *
¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos
corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis
á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad!
¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las
horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á
recorrer los destinos de los hombres.
* * * * *
Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la
duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor,
es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la
felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es
imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es
la plenitud del hombre.
* * * * *
Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque
es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y
un misterio mayor, la mujer.
* * * * *
Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos
faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por
falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!
* * * * *
Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y
sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que
los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un
mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!
* * * * *
El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al
andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una
cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á
pensar en nosotros.
* * * * *
Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.
* * * * *
El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó
por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios
y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de
lo infinitamente pequeño.
* * * * *
Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.
* * * * *
Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si
se tiene el paraíso, se desea el cielo.
¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended
á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además
el deleite.
* * * * *
¿Va ella todavía al Luxemburgo?--No, señor.--¿Es en esta iglesia donde
oye misa, verdad?--Ya no viene.--¿Vive todavía en esta casa?--Se ha
mudado.--¿Adónde ha ido á vivir?--No lo ha dicho.
¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!
* * * * *
El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces.
¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la
que le hace niño!
* * * * *
Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad.
Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.
* * * * *
¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y
de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente
un dedo; esto satisfaría mi eternidad.
* * * * *
Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.
* * * * *
Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este
suplicio. Hay éxtasis en la agonía.
* * * * *
¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.
* * * * *
El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.
* * * * *
Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la
ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible
para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para
el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le
aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo!
Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se
deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced,
esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que
cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad
amar las almas, y volveréis á encontrarlas.
* * * * *
He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era
viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por
los zapatos, y los astros penetraban en su alma.
* * * * *
¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El
corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de
pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede
germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en
un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones
y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de
este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades,
las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las
conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de
las montañas sienten los temblores de tierra.
* * * * *
Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.
V
=Cosette después de la carta=
Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.
En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno,
el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.
Cosette le encontró repugnante.
Volvió á fijarse en el cuaderno.
Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma
mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se
echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.
Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro
á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.
Cosette no había leído nunca nada semejante.
Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el
mismo efecto que un santuario entreabierto.
Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su
corazón de una luz extraña.
La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y
nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.
Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente
todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.
Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado
súbitamente un puñado de rayos.
Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente,
generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una
esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.
¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin
nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma
compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un
ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete
amoroso de un fantasma á una sombra.
Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse
en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la
clave de la vida: el amor.
Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el
cielo.
Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían
llamarse gotas del alma.
Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?
Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.
¡Él!
Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una
alegría indecible y una angustia profunda.
¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había
pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la
había encontrado.
Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!
Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado
siempre.
El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero
ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de
nuevo y la abrasaba toda entera.
Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.
Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del
manuscrito:
--¡Ah, sí!--decía.--¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en
sus ojos.
Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á
pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que
levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano,
fatuo, desagradable, impertinente y feo.
El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.
Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera
tirado algo á la cabeza.
Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver
á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.
Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.
Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor
seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.
Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.
Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado
en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su
turbación ¿el qué? algo vago.
No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su
frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.
Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto
real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra
su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la
hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella
alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.
--¡Oh, sí!--pensaba ella.--¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para
mí!
Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad
celestial lo había puesto á su alcance.
¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad
celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan
lanzada de un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva
de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.
VI
=Los viejos están hechos para ser oportunos=
Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.
Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo
cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura
el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».
No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.
¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!
¿Quería salir? No.
¿Esperaba alguna visita? Tampoco.
Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina,
que daba al patio de detrás.
Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en
cuando con la mano, porque las había muy bajas.
Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.
Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese
acariciarla y manifestarle agradecimiento.
De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin
ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.
Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se
distinguía su traje negro.
El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de
tinieblas.
Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de
incomparable dulzura.
Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por
el pensamiento de un alma que se va.
Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.
Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.
Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.
Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.
Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía
distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.
Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel
árbol, hubiera caído al suelo.
Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y
que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:
--Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir
como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco?
¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace
ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al
Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2
de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!
«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no
os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa
nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después
desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los
periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven
que llevaba un sombrero como el vuestro.
«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar
de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis,
porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os
volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que
os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?
«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí
supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os
incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».
--¡Oh, madre mía!--dijo Cosette.
Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.
Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó
estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo
vacilante.
Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos
ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un
acto religioso, y que cometía una profanación.
Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer
seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.
Estaba perdido de amor.
Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.
Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:
--¿Me amabais pues?
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi
imperceptible:
--¡Cállate; ya lo sabes!
Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.
Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.
No tenían ya palabras.
Las estrellas empezaban á brillar.
¿Cómo fué que sus labios se encontraron?
¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se
abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de
las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?
Un beso; esto fué todo.
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos
deslumbradores.
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni
la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el
corazón lleno de pensamientos.
Se habían cogido las manos sin saberlo.
Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado,
y cómo había penetrado en el jardín.
¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!
De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y
ambos se estremecían.
Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.
Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.
Poco á poco se hablaron.
La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.
La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.
Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo;
sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus
desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían
deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.
Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que
tenían más oculto y misterioso.
Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la
juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.
Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo
de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.
Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.
Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su
cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:
--¿Cómo os llamáis?
--Me llamo Mario,--dijo él.--¿Y vos?
--Yo me llamo Cosette.
LIBRO SEXTO
EL NIÑO GAVROCHE
I
=Endiabladuras del viento=
Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y
desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la
cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos
hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones;
lo cual era mucho.
La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran
aún pequeñitos, con una felicidad singular.
Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en
aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del
que hay otros ejemplos.
Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre
para sus hijas.
Allí terminaba su maternidad.
Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su
maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en
este lugar una lúgubre escarpadura.
Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.
¿Por qué? Porque sí.
El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las
respuestas: Porque sí.
--No necesito una manada de chicos,--decía la tal madre.
Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos
últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.
Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar,
era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor
Guillenormand para los dos hijos que tenía.
Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle
del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala
fama.
Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace
treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la
ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de
las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la
tintura externa de yodo.
En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos,
pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.
Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á
su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.
Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor
Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que
vivía en la calle del Rey de Sicilia.
Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.
La Magnon buscó un expediente.
En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda
el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.
La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente
del mismo sexo, y de la misma edad.
Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.
Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.
Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En
París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una
calle á otra.
El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se
hizo del modo más fácil del mundo.
Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al
mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.
No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.
Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.
--Señor,--le decía la Magnon,--¡cómo se os parecen!
El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.
Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta
ocasión para convertirse en Jondrette.
Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que
tenían dos hermanitos.
En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de
indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.
Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de
la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida,
confundiéndose fácilmente en lo invisible.
La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la
Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la
Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había
dicho á su marido:
--¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!
Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta
sentencia:
--¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!
La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.
--¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?
Thénardier respondió:
--Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por
otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa
mirar muy de cerca.
La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.
Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable,
con una astuta ladrona inglesa afrancesada.
Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas
relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á
los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales
judiciarios. Llamábanla _la señorita Miss_.
Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no
tuvieron de qué quejarse.
Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo
que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les
trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la
verdadera.
La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.
Así pasaron algunos años.
Thénardier auguraba bien.
Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:
--Será preciso que «el padre» les dé educación.
Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta
allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y
obligados á empezar á recorrerla.
Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette,
que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones
ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad
oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género
arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.
La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.
Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el
billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce
una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que
la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que
pasar por la redada.
Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no
vieron nada de la catástrofe.
Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.
Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que
su «madre» había dejado para ellos.
En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas,
calle del Rey de Sicilia, número 8.
El hombre del portal les dijo:
--Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la
izquierda. Preguntad el camino con este papel.
Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el
papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados
se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.
Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de
viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.
Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.
II
=Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande=
La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y
rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de
frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el
mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un
cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal
cerradas.
Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y
deja penetrar el aire.
En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia
de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes
que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la
del invierno; era la puerta del sepulcro.
Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.
Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de
particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron
en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y
truenos.
Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía
haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los
abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo
sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería
de los alrededores del Olmo de San Gervasio.
Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el
cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando
profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de
azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los
transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda
para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que
iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.
Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este
género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á
los barberos».
Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla,
decía entre dientes:
--Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes
es.
Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.
Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya
tres días, porque era viernes.
El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á
un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á
aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos
manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.
Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones
de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y
menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron
girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo,
una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un
gemido que una súplica.
Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los
sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes
del mayor.
El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja,
empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla,
los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:
--¡Venir á enfriarnos para nada!
Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.
Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.
Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:
--¿Qué os pasa, muchachos?
--No sabemos dónde dormir,--respondió el mayor.
--¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!
Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de
tierna autoridad y dulce protección, añadió:
--Monigotes, veníos conmigo.
--Sí, señor,--prorrumpió el mayor.
Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un
arzobispo, dejando de llorar.
Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la
Bastilla.
Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y
retrospectiva á la peluquería.
--No tiene corazón ese bacalao,--murmuró;--es un inglesote.
Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la
cabeza, soltó una ruidosa carcajada.
Esta risa era una falta de respeto al grupo.
--Buenos días, señorita Ómnibus,--díjole Gavroche.
Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:
--He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente.
Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la
cola.
Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un
arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el
Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.
--Señora,--le dijo,--¿salís vos con vuestro caballo?
Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un transeúnte.
--¡Bribón!--exclamó el transeúnte furioso.
Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.
--¿Se queja el señor?
--¡De ti!--dijo el transeúnte.
--Se ha cerrado el despacho,--dijo Gavroche,--y ya no admito
reclamaciones.
Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta
cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido
tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.
La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.
El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto,
precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.
--¡Pobre chica!--dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al
menos.
Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó
sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el
tapa-bocas volvió á ser pañuelo.
La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.
En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el
mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.
Hecho esto:
--¡Birr!--dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al
menos se quedó con la mitad de su capa.
Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay
que castigan las buenas acciones.
--¡Ah!--exclamó Gavroche.--¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen
Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.
Y siguió su camino.
--Es igual,--dijo después, echando una mirada á la pobre que se
arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de
cebolla.
Y mirando á la nube, gritó:
--¡Petardo!
Los dos niños seguían detrás de él.
Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que
indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de
hierro, se volvió Gavroche, y dijo:
--¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?
--Señor,--respondió el mayor,--no hemos comido nada desde esta mañana.
--¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?--repuso majestuosamente Gavroche.
--Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.
--Á veces vale más eso que saberlo,--dijo Gavroche, que era todo un
pensador.
--Ya hace dos horas,--continuó el mayor,--que estamos andando. Hemos
buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.
--Lo sé,--dijo Gavroche.--Los perros se lo comen todo.
Y continuó después de un momento de silencio:
--¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué
hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso
de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.
Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que
no tener domicilio?
El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta
indiferencia de la infancia, exclamó:
--Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á
comprar romero bendito el domingo de Ramos.
--¡Novatos!--respondió Gavroche.
--Mamá,--añadió el mayor,--es una señora que vive con la señorita Miss.
--Como suena,--replicó Gavroche.
En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando
todos los rincones que tenía en sus andrajos.
Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer
satisfecha, pero que en realidad era triunfante.
--Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.
Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.
Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de
sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador,
gritando:
--¡Mozo! cinco sueldos de pan.
El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.
--¡En tres pedazos, mozo!--gritó Gavroche.
Añadiendo con dignidad:
--Somos tres.
Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres
comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo
en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los
dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del
panadero este apóstrofe indignado:
--¿Kek se kça?
Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una
palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y
los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las
soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos
los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra:
«¿qué es eso?».
El panadero comprendió perfectamente, y respondió:
--¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.
--Pan negro, habéis querido decir,--replicó Gavroche, tranquilo y
fríamente desdeñoso.--¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.
El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse
mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.
--¡Ah, pastelero!--dijo éste.--¿Qué nos estáis midiendo?
Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.
Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche
dijo á los dos niños:
--Jamad.
Los chicos le miraron sorprendidos.
Gavroche se echó á reir.
--¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!
Y repuso:
--Comed.
Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.
Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación,
merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para
satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:
--Echa ese cartucho en el fusil.
Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.
Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.
Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo
dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.
--Volvamos á la calle,--dijo Gavroche.
Y tomaron la dirección de la Bastilla.
De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas,
el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que
llevaba colgado del cuello en un cordón.
--Es verdaderamente un tontuelo,--decía Gavroche.
Y después, murmuraba pensativo entre dientes:
--Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.
Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella
lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo
y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.
--¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?--preguntó alguien.
--¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,--dijo Gavroche.
Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro
que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado
para Gavroche.
--¡Diablo!--prosiguió Gavroche.--Lleva un pelaje color de cataplasma de
harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia,
palabra de viejo!
--Chist,--prorrumpió Montparnasse,--no tan alto.
Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.
Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.
Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al
abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:
--¿Sabes adónde voy?
--Á la abadía de _Monte á Regret_[2],--le contestó Gavroche.
--¡Farsante!
Y Montparnasse añadió:
--Voy á buscar á Babet.
--¡Ah!--exclamó Gavroche;--ahora se llama Babet.
Montparnasse bajó la voz:
--No ella, sino él.
--¡Ah! ¡Babet!
--¡Sí! ¡Babet!
--Yo le creía á la sombra.
--Salió á la luz,--respondió Montparnasse.
Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había
sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la
izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».
Gavroche admiró esta habilidad.
--¡Vaya un saca muelas!--dijo.
Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y
concluyó diciendo:
--¡Oh! No es esto todo.
Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse
llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior
apareció la hoja de un puñal.
--¡Ah!--prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,--has traído tu
gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.
--¡Caramba!--añadió Gavroche.--¿Vas á agarrarte con los corchetes?
--No lo sé,--respondió Montparnasse con aire indiferente.--Siempre es
bueno llevar un alfiler por si acaso.
Gavroche insistió:
--¿Qué vas á hacer esta noche?
Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:
--Negocios.
Y cambiando bruscamente de conversación:
--¡Á propósito!
--¿Qué?
--Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un
individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera,
y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.
--Más que el sermón,--añadió Gavroche.
--Pero, y tú,--repuso Montparnasse,--¿adónde vas ahora?
Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:
--Voy acostar á estos chicos.
--¿Acostarlos á dónde?
--En mi casa.
--¿Cómo en tu casa?
--En mi propia casa.
--¿Tienes tu casa?
--¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.
--¿Y dónde?
--En el elefante,--dijo Gavroche.
Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una
exclamación:
¡En el elefante!
--¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!--respondió Gavroche.--¿Kekçaa?
Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el
mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?
La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido
á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la
habitación de Gavroche.
--¡En rigor!--dijo.--Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?
--Muy bien,--respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados
como debajo de los puentes.
--¿Y cómo entras?
--Entrando.
--¿Hay entonces algún agujero?--preguntó Montparnasse.
--¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los
soplones no lo han visto aún.
--Y tú trepas. Ya comprendo.
--Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.
Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:
--Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.
Montparnasse se echó á reir.
--¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?
Gavroche respondió con sencillez:
--Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.
Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.
--Me has conocido con facilidad,--murmuró.
Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones
de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la
nariz.
Esto le transformaba la nariz por completo.
--Eso te cambia,--dijo Gavroche.--Así estás menos feo. Deberías ir
siempre de ese modo.
Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.
--Sin que te rías,--dijo Montparnasse,--¿qué tal te parezco?
Había variado el timbre de su voz.
En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.
--¡Oh!... Haznos el «polichinela»,--exclamó Gavroche.
Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban
ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este
nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de
admiración.
Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.
Puso la mano en el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien,
estas palabras:
--Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi
dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos,
me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.
Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.
Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes,
y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.
Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y
dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:
--Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por
si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el
entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.
--Está bien,--contestó Montparnasse.
Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche
hacia la Bastilla.
El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era
arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para
ver marcharse á «Polichinela».
La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la
presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la
asonancia _dig_ repetida algunas veces de diverso modo.
Esta sílaba _dig_, no pronunciada aisladamente, sino mezclada
artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: _Alerta,
que no se puede hablar con libertad_.
Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria
que no observó Gavroche: la frase _mi dogo, mi daga y mi diga_,
locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa _mi
perro, mi puñal y mi mujer_, muy usada entre los pillos y granujas del
gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.
Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la
Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de
la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la
memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella,
porque era una idea del «miembro del instituto, general en jefe del
ejército de Egipto».
Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí,
boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que
dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez
más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un
carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.
Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y
mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada
primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de
negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.
En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente
del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus
cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche
en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.
No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza
popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma
poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la
Bastilla.
Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba
en él.
Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se
desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los
ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde
1814.
Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de
una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros
borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía
un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel
de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento
lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes
ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su
peso.
Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del
habitante, melancólico á los ojos del pensador.
Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se
va á decapitar.
Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.
La noche es el verdadero centro de todo lo que es sombra.
Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba;
tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de
las tinieblas.
Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad
sentaba bien á su grandeza.
Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme,
pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y
salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa
gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría
fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.
Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo
poder está contenido en una marmita.
Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si
puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un
cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no
son las locomotoras, son las ideas.
Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo
por el jinete.
En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el
arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el
arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con
bronce una cosa pequeña.
Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre
de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada,
estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por
nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas,
que acababa de aislar al elefante.
Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un
lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».
Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre
la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales
juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento
público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el
interior del elefante de la Bastilla.
Consignado este hecho, sigamos refiriendo.
Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo
infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:
--¡Muñecos, no tengáis miedo!
Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba
el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.
Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una
palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que
les había dado pan y les había prometido albergue.
Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los
trabajadores de una obra inmediata.
Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las
patas delanteras del elefante.
Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero
negro en el vientre del coloso.
Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:
--Subid y entrad.
Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.
--¡Tenéis miedo, monigotes!--exclamó Gavroche.
Y añadió:
--Vais á ver.
Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos,
sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por
ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y
un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma
blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso
agujero.
--¡Eh!--gritó.--¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está
aquí!
--Sube tú,--añadió, dirigiéndose al mayor;--yo te daré la mano.
Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y
confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.
El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se
quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de
llorar; pero no se atrevió.
El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche
mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas
á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:
--¡No tengas miedo!
--¡Así, así!
--¡Adelante!
--¡Pon ahí el pie!
--¡Daca la mano!
--¡Valiente!
Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el
brazo, y le atrajo á sí.
--¡Ya te has colado!--le dijo.
El chiquillo había pasado el agujero.
--Ahora,--dijo Gavroche,--aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de
sentarse.
Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la
agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la
yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le
plantó en medio de la escalera.
Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:
--Yo le empujo: cógele tú.
En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido
por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada;
Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que
cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:
--¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!
Pasada esta explosión, añadió:
--¡Cominillos, estáis en mi casa!
Gavroche estaba, en efecto, en su casa.
¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande!
¡Bondad de los gigantes!
Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del
emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.
El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.
Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante
del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de
su cabeza con cierto desprecio:
--¿De qué sirve eso?
Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de
la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño
sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que
produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin
ropa, sin asilo.
Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.
Servía para remediar en algo una falta pública.
Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.
Parecía que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos
y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras,
vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal
que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella
explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo
que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los
dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.
Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.
Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido
acogida por Dios.
Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.
El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el
pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba
aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.
El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel
elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su
torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y
vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho
una cosa más grande; alojaba allí á un niño.
El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible
apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el
vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos
pudieran pasar por ella.
--Empecemos,--dijo Gavroche,--por decir al portero que no estamos en
casa.
Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa,
tomó una tabla y tapó el agujero.
Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.
Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la
botellita fosfórica.
Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade
representaba en aquella época el progreso.
Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de
encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas
de viento.
El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo
interior del elefante.
Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron
algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran
tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el
vientre de la ballena bíblica.
Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.
En lo alto, una gruesa viga obscura, de la cual partían de distancia
en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral
con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un
lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.
Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que
parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento
brusco y asustadizo.
Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre
habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos
como sobre un tablado.
El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:
--¡Qué obscuridad!
Esta frase llamó la atención de Gavroche.
El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:
--¿Qué estáis diciendo?--exclamó.--¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de
burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías?
¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco
al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del
mostacero del papa.
Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.
Los niños se arrimaron á Gavroche.
Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo
dulce», y dirigiéndose al más pequeño:
--Bestia,--le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;--lo
obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la
calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente,
aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una
luz; ¡por vida de!...
Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo;
pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.
--Listos,--dijo.
Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.
Allí estaba su cama.
La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta
y una alcoba con cortinas.
El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana
gris muy caliente, y casi nuevo.
Veamos ahora lo que era la alcoba.
Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote
del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno
detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una
pirámide.
Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por
cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de
hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.
El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen
las pajareras en los corrales.
La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.
El conjunto parecía la tienda de un esquimal.
Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.
Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante, y se
separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.
--¡Muñecos, á cuatro patas!--dijo Gavroche.
É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego
detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así
quedó herméticamente cerrada la abertura.
Los tres se echaron sobre la estera.
Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.
Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.
--Ahora,--les dijo,--sornad. Voy á suprimir el candelero.
--Señor,--preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando
el enrejado,--¿qué es esto?
--¿Eso?--dijo Gavroche gravemente.--Es para las ratas. ¡Sornad!
Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á
aquellas criaturas, y continuó:
--Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales
feroces. _Allay_ un almacén lleno. _Nay_ más que subir una pared,
saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se
quiere.
Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más
pequeño, el cual dijo pasi sí:
--¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!
Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.
--También es esto del Jardín Botánico,--dijo.--Se la he _tomado_ á los
monos.
Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy
espesa y admirablemente trabajada, añadió:
--Esto era de la jirafa.
Después de una pausa, prosiguió:
--Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se
han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».
Después de otra pausa, continuó:
--Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. _Velay._
Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto
aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como
ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que
les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las
muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y
encantadora sonrisa.
--Señor,--dijo tímidamente el mayor,--¿conque no tenéis miedo á los
agentes de orden público?
Gavroche se limitó á contestar:
--¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.
El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.
Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le
arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la
estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese
de almohada. Después se volvió hacia el mayor:
--¿Eh? ¡Se está muy bien aquí! ¿Qué tal?
--¡Ah, sí!--respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de
un ángel salvado.
Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.
--¡Ah!--continuó Gavroche.--¿Por qué llorabais?
Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:
--Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como
tú, es de torpes; parece uno un becerro.
--¡Diantre!--dijo el niño,--no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.
--¡Caracoles!--respondió Gavroche,--no se dice cobijar, se dice
empollar.
--Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.
--No se dice la noche, se dice la obscura.
--Gracias, señor,--dijo el niño.
--Oye,--añadió Gavroche.--Es preciso no berrear nunca por nada. Yo
cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á
los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el
estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de
Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan.
¡Si supierais qué malas son!
«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos;
es muy flaco el tal parroquiano.
«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo
billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una
pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que
era el mar. Os contrataré en mi teatro.
«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes;
llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que
les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo
blanco.
«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los
alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado;
pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay
quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama
paganos.
«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la
calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas
á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.
En aquel momento cayó una gota de sebo en el dedo de Gavroche, y le
recordó las realidades de la vida.
--¡Cáspita!--dijo.--Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más
de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir.
No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que
la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes
no tendrían que hacer más que mirar.
--Y luego,--observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar
con Gavroche y á contestarle,--podría caer una chispa en la paja, y hay
que cuidar de no prender fuego á la casa.
--No se dice prender fuego á la casa,--reparó Gavroche;--se dice asar
los trapos.
La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el
turbión que azotaba el lomo del coloso.
--Aquí metidos, que llueva,--dijo Gavroche.--Me divierte ver correr el
agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal;
pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto
hace que gruña el viejo aguador.
Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su
calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago,
tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.
Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese
caído allí.
Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez,
que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su
rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.
--Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno;
sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno,
caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.
Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños
hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran
bien, y exclamó:
--Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es
preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os
haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el
aliento. ¡Envolveos bien en la _vellosa_! Voy á apagar. ¿Estáis ya?
--Sí,--murmuró el mayor,--estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.
--No se dice la cabeza; se dice el troncho,--díjole Gavroche.
Los dos niños se apretaron uno contra otro.
Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta hasta
las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en
lengua hierática:
--Sornad.
Y apagó el cabo de vela.
Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el
enrejado que cubría á los tres muchachos.
Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido
metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.
Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.
El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza,
helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba»
ya, como le había mandado Gavroche.
Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á
interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:
--¡Señor!
--¡Eh!--dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.
--¿Qué es eso?
--Ratas,--respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la
estera.
Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del
elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos
hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela,
pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto
á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca»,
se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta
el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella
cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.
--¡Señor!--volvió á decir.
--¡Eh!--dijo Gavroche.
--¿Son las ratas?
--¡Ratones!
Esta explicación tranquilizó un poco al niño.
Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.
No obstante, volvió á alzar la voz:
--¡Señor!
--¡Qué!--repuso Gavroche.
--¿Por qué no tenéis gato?
--He tenido uno,--contestó Gavroche;--traje uno, pero se lo comieron.
--Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y
el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el
diálogo entre él y Gavroche.
--¡Señor!
--¡Qué!
--¿Quién fué el comido?
--El gato.
--¿Y quién se comió al gato?
--Las ratas.
--¿Los ratones?
--Sí, las ratas.
El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos,
prosiguió:
--¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?
--¡Vaya!--prorrumpió Gavroche.
El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:
--¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge
mi mano. ¡Cállate y duerme!
Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su
hermano.
El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.
El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.
Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado
á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado,
los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.
Pasáronse las horas de la noche.
La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal,
mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas
registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los
rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban
por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos
abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena
acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres
criaturas dormidas.
Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época
el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de
la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni
oído del centinela.
Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió
corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la
vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la
cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.
Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría
adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado
hasta los tuétanos.
Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de
toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.
Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar
ortográficamente así:
--¡Kirikikiú!
Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el
vientre del elefante:
--¡Sí!
Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió
paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer
cerca de aquel hombre.
Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.
En cuanto á este grito _kirikikiú_, era sin duda lo que el chico quería
decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».
Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera
de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á
cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.
El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la
obscuridad.
Montparnasse se limitó á decir:
--Te necesitamos. Ven á echar una mano.
El pilluelo no pidió ninguna explicación.
--Aquí me tienes,--dijo.
Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había
salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila
de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.
Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las
legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes
para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños
transeúntes.
III
=Peripecias de la evasión=
He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la
Fuerza.
Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y
Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.
Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras
de Montparnasse á Gavroche.
Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.
Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había
tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un
plan.
En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la
cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de
piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una
cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de
hierro, y que se llamaban _calabozos_.
Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se
compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama
de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de
cuatro muros de piedra y se llama el _cuarto de corrección_.
Á eso del medio día se ve en él un poco.
El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es
dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.
Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección
con una cuerda.
Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se
le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á
Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen;
un clavo, esto es, la libertad.
Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo
una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente
estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable
y sonrisa atroz.
Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de
su naturaleza.
Sus primeros estudios en el _arte_ se habían dirigido á los tejados;
había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones
de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los
canalones por el procedimiento llamado entre ellos de _tocino gordo_.
Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión,
era que los plomeros estaban reparando y componían parte del
empizarrado de la cárcel.
El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de
Carlomagno y del patio de San Luis.
Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos,
puentes y escaleras del lado de la libertad.
El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede
imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.
Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de
ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios,
porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas
de los presos.
Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el
Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las
«causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.
El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura
de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.
Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna
cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo,
atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los
dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba
al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo
dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.
La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en
aquel caño de chimenea.
Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa
armadura ó cubierta llamada Buen Aire.
El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine,
más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de
la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en
cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda
blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.
No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia
negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.
Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.
Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.
Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un
tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.
Era el tejado del Edificio Nuevo.
Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas
de Buen Aire.
Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los
dormitorios.
Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de
desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas
forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.
Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda
los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos
cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de
mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por
barrotes de hierro.
Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche
del 3 de febrero.
No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta,
una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene
un narcótico, y que la banda de los _adormecedores_ ha hecho célebre.
Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y
ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una
domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches
que transportan á los presos.
En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los
dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado
por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron
silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por
Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.
Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no
producían el menor ruido.
El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y
producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.
Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y
dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.
Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase
el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al
dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada
la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos
temibles bandidos.
La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.
--_¡Qué obscura más á propósito para una escampavía!_[3]--dijo Brujón.
Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba
de la pared de ronda.
En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de
un centinela.
Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que
acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo;
echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un
salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las
piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta
el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia
sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron,
empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón;
tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se
encontraron en la calle.
No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre
sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la
mente.
Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que
vagaban por los alrededores.
Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la
chimenea en el tejado.
No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las
manos por completo.
Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de
qué manera había recibido aviso y no dormía.
Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos
sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante
del tragaluz que daba frente á su calabozo.
Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente
para dirigir una mirada; era Brujón.
Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.
Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una
emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela
de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil
cargado por delante de su calabozo.
Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.
El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.
Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, escoltado de
dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba
en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un
cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que
nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los
barrotes.
Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.
Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de
hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con
objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».
Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en
dejarle aquella clavija.
Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:
--Más valdría que la clavija fuese de madera.
Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado
viejo, y fué reemplazado por un quinto.
Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros,
pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha
mocedad y el aire solano del bisoño».
Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto,
le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al
calabozo.
En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.
Los grillos yacían rotos por el suelo.
Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.
Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.
Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto
del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.
La bayoneta de éste había desaparecido también.
Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de
alcance.
Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en
gran peligro.
Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado
el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la
trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo
roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo
habían hecho Brujón y Tragamares.
Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey
de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia
hondonada.
Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la
pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de
un tercer piso por entre los edificios contiguos.
Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún
existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por
una viga carcomida, sujeta por otro madero.
Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre
pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.
El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en
su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco
guarda cantones de piedra.
En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.
La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con
solo picaporte.
Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á
las tres de la madrugada.
¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.
Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.
¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de
un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los
edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después
al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?
En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al
parecer imposible.
¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de
Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el
caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?
Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea
almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de
bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por
varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon
que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales
y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso
el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por
Thénardier resulta casi inexplicable.
De ambas maneras resultaba imposible la fuga.
Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma
los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres,
la debilidad en fuerza, el gotoso en gamo, la estupidez en instinto,
el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier,
decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?
Nunca llegó á saberse.
No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.
El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de
las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el
esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia
lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para
escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le
inspiró tal concepto?».
Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia,
destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los
codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños
llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se
había echado á lo largo.
La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la
calle.
La cuerda que tenía era muy corta.
Allí quedaba esperando, pálido, rendido, perdida toda esperanza,
cubierto aún por la obscuridad de la noche, pero pensando en que iba
á venir el día, aterrorizado ante la idea de oir dentro de algunos
instantes las cuatro en el próximo reloj de San Pablo, hora en que
irían á relevar al centinela, le encontrarían dormido y verían el techo
agujereado; allí estaba mirando estupefacto una profundidad terrible, á
la luz de los faroles, el suelo mojado y negro, aquel suelo deseado y
espantoso que era la muerte y era la libertad.
Se preguntaba si sus tres cómplices de evasión habrían salido bien, si
le habrían esperado, y si vendrían en su auxilio.
Escuchaba.
Excepto una patrulla, nadie había pasado por la calle desde que estaba
allí.
Casi todos los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de
Bercy que iban al mercado, bajaban por la calle de San Antonio.
Dieron las cuatro.
Thénardier tembló.
Pocos instantes después, aquel rumor espantadizo y confuso que sigue á
una evasión descubierta, estalló en la cárcel.
El ruido de puertas que se abren y se cierran, el chirrido de las rejas
sobre sus goznes, el tumulto del cuerpo de guardia, las roncas voces de
los carceleros, el choque de las culatas de los fusiles en los patios,
llegaban hasta él.
Algunas luces subían y bajaban á las ventanas enrojadas de
los dormitorios; una antorcha corría por el piso superior del
Edificio-Nuevo; los bomberos del cuartel próximo habían sido llamados.
Sus cascos, iluminados en medio de la lluvia por la antorcha, iban y
venían á lo largo de los tejados.
Al mismo tiempo, Thénardier veía del lado de la Bastilla una claridad
pálida, que blanqueaba lúgubremente la parte baja del cielo.
Estaba, pues, en lo alto de un muro de diez pulgadas de ancho,
sufriendo echado el aguacero, entre dos abismos, uno á la derecha y
otro á la izquierda, sin poder moverse, presa del vértigo de una caída
posible, y del horror de una prisión segura; su pensamiento, como el
badajo de una campana, iba de una á otra de estas ideas.
Muerto, si caigo; preso, si me quedo.
En esta angustia, vió de pronto en la calle, obscura todavía, un hombre
que se deslizaba á lo largo de la pared, y que venía del lado de la
calle Pavée; vióle detenerse en la hondonada, encima de la cual estaba
él como suspendido.
Á aquel hombre se le unió otro que marchaba con la misma precaución,
después un tercero, y por último un cuarto individuo.
No bien se hallaron reunidos aquellos hombres, alzó uno de ellos el
picaporte de la puerta de la empalizada, y entraron los cuatro en el
recinto en que está la casilla.
Hallábanse precisamente debajo de Thénardier.
De seguro se habían juntado allí en aquella hondonada para poder hablar
sin ser vistos de los transeúntes ni del centinela que guarda la puerta
de la Fuerza á pocos pasos más allá.
Debemos decir igualmente que la lluvia tenía acorralado al centinela
dentro de su garita.
No pudiendo Thénardier distinguir sus rostros, prestó oído á sus
palabras con la atención desesperada del miserable que se ve perdido.
Thénardier sintió como que pasaba algo por delante de sus ojos parecido
á la esperanza, cuando oyó á aquellos hombres hablar en germanía, esto
es, en la jerigonza con que se entienden en cárceles y presidios.
El primero decía por lo bajo, pero claramente:
--Chalémonos. ¿Qué querelamos _icigó_? (Vámonos. ¿Qué hacemos aquí?).
El segundo respondió:
--Brijinda hasta babiñar el casinoben. Y luego los chineles van á
nácar, y hay un jundunar que está de rendiqué. Nos loyarán _icicaille_.
(Llueve hasta apagar el infierno. Y luego los esbirros van á pasar, y
hay un soldado que está de centinela. Nos cogerán _aquí_).
Estas dos palabras _icigó_ é _icicaille_ de la germanía francesa, que
ambas significan _aquí_, y que pertenecen, la primera al habla de las
afueras de París y la segunda á la del barrio del Temple, fueron rayos
de luz para Thénardier.
Por el _icigó_ reconoció á Brujón, que era vago de las afueras, y por
el _icicaille_ á Babet, que, entre todos sus oficios, tenía el de
prendero en el Temple.
La antigua germanía del gran siglo no se habla ya sino en el Temple,
y Babet era el único quizá que la hablase con toda pureza. Sin el
_icicaille_, Thénardier no le habría reconocido de ningún modo, porque
había enteramente desnaturalizado su voz.
Mientras tanto, el tercero había intervenido en la conversación:
--Nada apremia todavía, esperemos un poco. ¿Quién nos dice que no
necesite de nosotros?
En este lenguaje, que era el ordinario, reconoció Thénardier á
Montparnasse, quien ponía su elegancia en comprender todos los géneros
de jerigonza y no hablar ninguno.
En cuanto al cuarto, se estaba callado, pero sus anchas espaldas le
denunciaban. Thénardier no dudó un momento; era Tragamares.
Brujón replicó casi impetuosamente, pero siempre en voz baja y en
germanía:
--¿Qué estás diciendo? El hostelero no ha podido escaparse. ¡Quiá! ¡Si
no conoce el oficio! ¡Para hacer tiras de la camisa y giras de las
sábanas, y tejer con ellas una cuerda, agujerear las puertas, fabricar
documentos falsos y llaves ganzúas, cortar los grillos, suspender la
cuerda por fuera, esconderse, disfrazarse, se necesita ser muy ducho!
El viejo no habrá podido hacerlo; no sabe trabajar.
Babet añadió, pero siempre en esa pura germanía clásica que hablaban
Pulaller y Cartucho, y que es respecto á la jerigonza atrevida, nueva,
imaginativa y vigorosa que usaba Brujón, lo que la lengua de Racine es
á la lengua de Andrés Chenier:
--Á tu posadero le habrán cogido en el garlito. Se necesita ser largo,
y él no pasa de aprendiz. Se habrá dejado engañar por algún soplón,
quizá, quizá por algún borrego que habrá hecho de compadre. Oye
Montparnasse, ¿oyes esos gritos en la cárcel? ¿Ves cuántas luces? Le
cogieron, no te quepa duda. Ya tiene para veinte años de presidio. Yo
no tengo miedo, no soy ningún gallina, ya lo sabes; pero no se puede
hacer nada en su favor, ó si nos metemos en ello, nos harán bailar. No
te enfades, vente con nosotros; vamos á beber una botella de lo rancio
en buena compañía.
--No se debe dejar á los amigos en apuro,--murmuró Montparnasse.
--Te digo que está cogido. Á estas horas el posadero no vale un comino.
Nada podemos hacer ya. Vámonos. Creo á cada instante estar en manos de
los corchetes.
Únicamente Montparnasse se resistía ya débilmente; la verdad es que
aquellos cuatro hombres, con esa fidelidad que se guardan los bandidos
para no abandonarse jamás unos á otros, habían estado rondando toda la
noche alrededor de la Fuerza, á pesar del peligro, con la esperanza de
ver salir á Thénardier por lo alto de algún muro.
Pero la noche, por cierto magnífica para ellos, era de lluvia y
viento á propósito para que nadie transitase por las calles; así iban
teniendo frío, y sus vestidos mojados, su calzado roto, el ruido poco
tranquilizador que acababa de estallar en la cárcel, las horas que
habían pasado, las patrullas que habían visto, la esperanza que se
agotaba y el miedo que volvía, todo esto los impulsaba á retirarse.
Hasta el mismo Montparnasse, que era un poco, tal vez, yerno de
Thénardier, cedía también.
Thénardier estaba anhelante sobre la tapia como los náufragos de la
_Medusa_ en su balsa, viendo el buque que se les había aparecido
desvanecerse en el horizonte.
No se atrevía á llamarlos; un grito que se oyese podía hacérselo perder
todo. Se le ocurrió una idea, la última, como un relámpago; sacó el
cabo de cuerda de Brujón que se había metido en el bolsillo y que
había desatado de la chimenea del Edificio-Nuevo, y lo dejó caer en el
recinto de la empalizada.
El cabo fué á parar á los pies de ellos.
--¡Una cuerda!--dijo Babet.
--¡Es la mía!--exclamó Brujón.
--Ahí está el posadero,--dijo Montparnasse.
Alzaron todos los ojos. Thénardier alargó un poco la cabeza.
--¡Pronto!--añadió Montparnasse.--¿Tienes tú el otro cabo de cuerda,
Brujón?
--Sí.
--Átalos ambos, le echaremos la cuerda, él la sujetará al muro, y
tendrá lo bastante para bajar.
Thénardier se arriesgó á alzar la voz:
--Estoy transido.
--Ya te calentarás.
--No me puedo mover.
--Te dejarás escurrir, y nosotros te recibiremos.
--Tengo las manos hinchadas.
--Ata solamente la cuerda á la pared.
--No podré.
--Será preciso que suba alguno de nosotros,--dijo Montparnasse.
--¡Tres pisos!--prorrumpió Brujón.
Una antigua cañería de barro y yeso, que había servido en otro tiempo
de conducto de chimenea á la cocinilla de la casucha, subía á lo largo
de la pared casi hasta el sitio donde se distinguía á Thénardier.
Esa cañería, toda agrietada y llena de hendiduras, se ha hundido ya
desde entonces; pero todavía se advierten sus vestigios. Era muy
estrecha.
--Por ahí se podría subir,--observó Montparnasse.
--¡Por ese caño!--exclamó Babet.--¡Un hombre, jamás! Un chico sería
menester.
--Un monicaco, sí,--añadió Brujón.
--¿Y dónde hallar ahora ese muchacho?--dijo Tragamares.
--Esperad,--dijo Montparnasse.--Tengo lo que hace falta.
Abrió suavemente la puerta de la empalizada, se aseguró de que no
pasaba nadie por la calle, salió con precaución, volvió á cerrar la
puerta tras sí, y partió corriendo en dirección de la Bastilla.
Transcurrieron siete ú ocho minutos, ocho mil siglos para Thénardier;
Babet, Brujón y Tragamares, no descosían sus labios; abrióse por fin la
puerta, y apareció Montparnasse sofocado conduciendo á Gavroche.
La lluvia continuaba, con lo que la calle seguía completamente desierta.
Gavrochillo entró dentro de la empalizada, y miró aquellas figuras de
bandidos con aire tranquilo.
Chorreábale el agua por los cabellos.
Tragamares le dirigió la palabra:
--¿Mochuelo, eres hombre tú?
Gavroche se encogió de hombros y respondió:
--Un chavó como yo sina un manú, y manuces como sangue sinelan
chaborós. (Un mozuelo como yo es un hombre, y hombres como vosotros son
muchachos.)
--¡Bien cortada tiene la lengua el chabal!--exclamó Babet, siempre en
germanía.
--No es de paja mojada el niño de París,--añadió Brujón.
--¿Qué hace falta?--preguntó Gavroche.
Montparnasse respondió:
--Trepar por ese caño.
--Con esta cuerda,--dijo Babet.
--Y atarla luego,--añadió Brujón.
--En lo alto del muro,--repuso Babet.
--Al travesaño de la ventana,--agregó Brujón.
--¿Y después?--dijo Gavroche.
--¡Esto es todo!--respondió Tragamares.
El pilluelo examinó la cuerda, la cañería, la pared, las ventanas, é
hizo ese inexplicable y desdeñoso ruido con los labios, que significa:
--¡Vaya una habilidad!
--Allá arriba hay un hombre á quien puedes salvar,--observó
Montparnasse.
--¿Quieres?--interrogó Brujón.
--¡Vaya una barbaridad!--respondió el chicuelo, como si la pregunta le
pareciese irracional.
Y se quitó los zapatos.
Tragamares cogió á Gavroche de un brazo, le subió sobre el tejado de
la casilla, cuyas tablas carcomidas cedían con el peso del muchacho,
y le dió la cuerda que Brujón había empalmado durante la ausencia de
Montparnasse.
El pilluelo se dirigió á la cañería, en la que era fácil penetrar,
gracias á una ancha hendidura que tocaba al tejado.
En el momento en que iba á subir, como viese Thénardier acercarse la
salvación y la vida, se inclinó hacia el borde de la pared; entonces
la primera claridad del día blanqueó su frente, inundada de sudor, sus
pómulos lívidos, su nariz afilada y salvaje, su barba gris erizada, y
Gavroche le conoció:
--¡Calla!--exclamó.--¡Es mi padre!...¡Oh! ¡Vaya! ¡No le hace!
Y cogiendo la cuerda con los dientes, comenzó resueltamente el
escalamiento.
Llegó á lo alto del muro, horcajó por cima como sobre un caballo, y ató
sólidamente la cuerda á la parte superior de la ventana.
Un momento después, Thénardier estaba en la calle.
En cuanto llegó al suelo, en cuanto se vió fuera de peligro, ya no se
sintió fatigado, ni transido, ni tembloroso; desvanecióse como el humo
todo lo terrible que acababa de pasar por él, despertóse toda aquella
extraña y feroz inteligencia, y hallóse en pie y libre, dispuesto á
marchar delante de ella.
He aquí cuál fué la primera palabra de aquel hombre:
Y ahora ¿á quién vamos á comer?
Inútil es explicar el sentido de esa palabra horriblemente
transparente, que significa á la vez matar, asesinar y despojar.
_Comer_, sentido verdadero: _devorar_.
--Entendámonos bien,--dijo Brujón.--Despachemos en tres palabras, y
separémonos luego. Había un negocio de buen aspecto en la calle Plumet,
calle desierta, casi aislada, con verja podrida cerrando el jardín;
mujeres solas.
--¡Y bien! ¿Por qué no?--pregunto Thénardier.
--Tu hija Eponina fué á verlo,--respondió Babet.
--Y contestó con un bizcocho á Magnon,--añadió Tragamares.--Nada hay
que hacer por allí pues.
--Sí, sí,--dijo Brujón,--hay que verlo.
Mientras tanto, ninguno de aquellos hombres aparentaba fijarse en
Gavroche, quién durante ese coloquio se había sentado en uno de los
travesaños bajos de la empalizada; esperó algunos instantes, quizá á
ver si su padre se volvía hacia él; se puso luego sus zapatos, y dijo:
--¿Se acabó ya? ¡Eh, los hombres! Ya salisteis del apuro. Me voy, tengo
que ir á despertar á mis monigotes.
Y se fué.
Los cinco hombres salieron uno tras otro de la empalizada.
Cuando Gavroche hubo desaparecido por la esquina de la calle de los
Bailes, Babet apartó á Thénardier á un lado, y le preguntó:
--¿Has reparado en ese chiquillo?
--¿Qué chiquillo?
--El chico que ha trepado hasta la pared y te ha subido la cuerda.
--No, apenas.
--Pues bien; no sé, pero me parece que es tu hijo.
--¡Bah!--exclamó Thénardier.--¡Puede que sí!
NOTAS:
[2] Al patíbulo.
[3] ¡Qué noche para una evasión!
LIBRO SÉPTIMO
LA GERMANÍA
I
=Origen=
Pigritia es una palabra terrible.
Engendra un mundo; el _piger_, léase el _robo_; y un infierno, la
_pigraria_ ó sea el hambre.
Así es que la pereza es madre.
Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.
¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.
¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo
sus dos especies: pueblo y lengua.
Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y
sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto
que éste[4] á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y
clamoreo.
--¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la
jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más
abominable de la sociedad! Etc., etc.
Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.
Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador
profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo;
Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua
natural, como había hecho en 1828 el autor del _Último Día de un
condenado_, y se suscitaron las mismas reclamaciones.
Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza
repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».
¿Quién lo niega? Sin duda alguna.
Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido
nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?
Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y
por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática
que merece el deber aceptado y cumplido.
¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en
el camino?
El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.
En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí
donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales,
perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese
idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario
pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo
de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.
Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del
pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.
Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado
para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver
una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita,
reclamada por la sombra que amenaza y mira.
Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal
frase parece moverse como una tenaza de langosta.
Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han
organizado en la desorganización.
Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo
la enfermedad rechaza al médico?
¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora,
el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las
relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?
El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano
que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo
vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando
en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los
que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario
y una consecuencia social.
¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?
La germanía es la lengua de la miseria.
Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual
algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos
los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la
jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su
jerigonza:
El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena
calidad».
El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».
El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».
El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El
feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos
de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del
renunciador...».
El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...»[5].
El cómico que dice: «Arrebaté».
El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».
El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».
El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».
El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».
El jinete que dice: «Mi montura...».
El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».
El impresor que dice: «Sacar pliego...».
Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo,
cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente
de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.
El pintor que dice: «Mi granuja...».
El notario que dice: «Mi salta arroyos...».
El barbero que dice: «Mi pescadilla...».
El remendón que dice: «Mi ramplón...».
Hablan también en germanía.
En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas esas
diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero,
_babor_ y _estribor_; el maquinista de teatro, _lado patio_ y _lado
jardín_; el sacristán, _lado de la Epístola_ y _lado del Evangelio_,
son germanía.
Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas;
el palacio de Rambouillet confinaba algo con el _Patio de los Milagros_.
Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente
frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda
por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas
_chismerías_ una infinidad de razones para que yo me liberte».
Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia,
diciendo 26 por _Roma_, _grkztntgzyal_ por _envío_, y
_abfxustgrnogrkzutu tu XI_ por _duque de Módena_, hablan en germanía.
Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo,
decían: _Opoponach_, _perfroschinum_, _reptitalmus_, _dracatholicum
angelorum_, _postmegorum_, hablan en germanía.
El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado,
terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado
industrial habla en germanía.
Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de
Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en
germanía.
El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble
señor de Montmorency de _plebeyo_, si no entendía de versos ni de
estatuas, hablan en germanía.
El académico clásico que llama á las flores _Flora_, á las frutas
_Pomona_, al mar _Neptuno_, al amor _los fuegos_, á la belleza _los
atractivos_, á un caballo _un corcel_, á la escarapela blanca ó
tricolor _la rosa de Belona_, al sombrero de tres picos _el triángulo
de Marte_, ese académico clásico habla en germanía.
El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.
La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan
completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y
Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la
bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con
el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y
esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo
que el león al chacal.
Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera,
ese modo de comprender la palabra _germanía_ es una extensión con la
que todo el mundo no estará conforme.
Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación
precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la
germanía.
La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos
palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino,
no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra,
traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.
Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los
infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar
en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos
reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo
malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del
vicio, y á martillazos por medio del crimen.
Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua
de combate, que es la germanía.
Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo,
aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el
hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos
buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender
los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.
Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar
en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière
haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.
Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El
levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué
fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la
germanía?
Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló
una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más
digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una
miseria.
Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace
cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria
humana posible.
Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y
dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que
sea permitida la elección.
El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos
austera que el historiador de acontecimientos.
Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las
coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las
batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones
á la luz del día, todo lo exterior.
Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que
trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza,
las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras,
las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y
repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de
las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los
hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos,
los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.
Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad
á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas
impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los
que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que
devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.
¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las
almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos
exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que
Maquiavelo?
Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es
acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña
cuando se desconoce la caverna?
Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse
una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos
advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro
espíritu.
Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y
pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto,
historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador
de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador
de lo externo.
La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los
sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se
corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con
frecuencia.
Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de
una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos,
y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la
superficie.
Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el
historiador verdadero.
El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse
con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.
La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje,
teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste
de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.
Así es que aparece horrible.
Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran
lengua humana!
Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y
dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.
Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los
Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.
Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de
cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con
la cualidad del reptil.
Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la
ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el
incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte
rojo.
Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la
puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan
por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese,
sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento
humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la
germanía.
Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad
fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.
Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y
cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.
Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el
crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía.
Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.
¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y
se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de
lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de
desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!
¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos
nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me
ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada
antes de nacer?
La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe si
es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!
Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes
sentimos el castigo.
¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos
los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.
Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la
vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba
de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los
tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un
placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez,
la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y
así sucesivamente.
Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena
alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los
felices!
En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.
Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos
y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no
hay felices.
La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.
Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he
ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á
leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.
Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre
en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin
cesar de volar; ese es el prodigio del genio.
Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre
lágrimas.
Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.
II
=Raíces=
La germanía es la lengua de los tenebrosos.
El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la
filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas,
en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.
Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.
Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas
y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que
humean todavía.
Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto
bruscamente al desnudo.
La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados
por la justicia.
La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado
expuesta á la vergüenza de la argolla.
Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa
jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería
imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla
de oro, llamado literatura.
La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es
un idioma.
Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la
boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte
que ha pasado por los labios de Villon.
Este verso tan delicado y tan célebre:
¿Dó están las nieves de _antan_?
es un verso de germanía. Antan, antaño, _ante annum_, es una palabra
de la germanía de Thunas, que significaba el _año pasado_, y por
extensión, _en otro tiempo_.
Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran
cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre,
esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas
condenado á presidio: _Los dabs d'antan trimaient siempre pour la
pièrre du Coësre_.
Esto quiere decir: _Los reyes de antaño iban siempre á hacerse
consagrar_.
En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.
La palabra _decarade_, que expresa el arranque de un carruaje pesado al
galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa
chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo
este verso admirable de La Fontaine:
Tiraban de un coche seis fuertes caballos.
Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más
curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del
idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha
producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo
tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte
de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer
aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.
Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es
decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como
un verdadero aluvión.
Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en
la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el
castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del
Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades;
romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín;
en fin, el vasco, y el celta.
Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común
por todos los miserables.
Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado
caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.
Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado
la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi
enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra
monstruosa.
¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene
en abundancia. Ahí está _boffette_, que viene de bofetón; _vantane_,
después _vanterne_, que viene de ventana; _gat_, que viene de gato;
_acite_, que viene de aceite.
¿Se quieren voces italianas? Ahí está _spade_, que viene de _spada_;
_carvel_, que viene de _caravella_ (barco).
¿Se quieren inglesas? Ahí está _bischot_, obispo, que viene de
_bishop_; _raille_, espía, que viene de _rascal_, _rascalión_, bribón;
_pilche_, estuche, que viene de _pilcher_, vaina.
¿Se quieren alemanas? Ahí está _caleur_, mozo, de _kellner_; _hers_,
señor, de _herzog_, duque.
¿Se quieren latinas? Ahí está _frangir_, romper, de _frangere_;
_affurer_, robar, de _fur_; _cadene_, cadena, de _catena_.
Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con
una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra _magnus_.
Escocia ha hecho de ella su _mac_, que designa el jefe de la tribu, Mac
Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese,
sin embargo, que _mac_, en celta, significa hijo). La germanía ha
sacado el _meck_, y luego el _meg_, es decir, Dios.
¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está _gahisto_, el diablo, que
viene de _gaiztoa_, malo; _sorgabon_, buenas noches, que viene de
_gabon_.
¿Se quieren del celta? Ahí está _blavin_, pañuelo, que viene de
_blavet_, agua que salta; _menesse_, mujer (en mal sentido), que viene
de _meinec_, lleno de piedras; _barant_, arroyo, de _baranton_, fuente;
_goffeur_, cerrajero, de _goff_, herrero; la _guedouze_, la muerte, que
viene de _guenn du_, blanca negra.
¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama _malteses_ á los
escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.
Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía
tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del
espíritu mismo del hombre.
Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el
misterio de las lenguas.
Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he
ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse
el granito de su construcción.
La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas,
creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías,
sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez
repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por
ello viven.
El verdugo, _taule_; la selva, _sabri_; el miedo, la fuga, _taf_; el
lacayo, _larbin_; el general, el prefecto, el ministro, _phoros_; el
diablo, _rabouin_.
Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian.
Algunas, como _rabouin_, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y
terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.
En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere
decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La
metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y
el preso que combina una evasión.
Ningún idioma es más metafórico que la germanía. _Devisser le coco_,
torcer el cuello; _tortiller_, comer; _être gerbé_, ser juzgado;
un _rat_, un ladrón de pan; _il lansquine_, llueve, antigua figura
notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las
largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas
de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la
metonimia popular: _il pleut des hallebardes (llueven chuzos)_.
Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la
segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido
metafórico. El diablo deja de ser el _rabouin_ y se convierte en _el
panadero_, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos
grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después
de Esquilo.
Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y
tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las
cuales parecen fantasmagorías. _Les sorgueurs vont sollicer des gails á
la lune_ (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante
la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.
En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos
recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma
al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á
desnaturalizarlo sumaria y groseramente.
Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con
palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las
que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación
directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte
de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la
diligencia de París pasa por el bosque.
«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el
señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.
Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir
única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie
de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche.
¿Le_gue_ parace_lla_ buen_orgue_ este_lla_ frito_uche_? Frase que
dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para
la evasión le convenía.
La terminación en _mar_ es una de las que se han usado más modernamente.
Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.
Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se
transforma.
Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.
Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar;
trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.
Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.
Así _larton_ (pan), se convierte en _lartif_; _gail_ (caballo), se
convierte en _gaye_; _fertanche_ (paja), en _fertille_; _momignard_
(muñeco), en _momacque_; _figues_ (ropas), en _frusques_; _chique_
(iglesia), en _egrugoir_; _colabre_ (cuello), en _colas_.
El diablo es primeramente _gahisto_, después _rabouin_, luego
_panadero_.
El clérigo es el _ratichón_, después el _jabalí_.
El puñal es el _veintidós_, después _surin_, luego _lingre_.
Los agentes de policía son los _railles_, luego los _roussins_, después
_rousses_, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.
El verdugo es el _taule_, después _charlot_, luego _l'atigeur_, luego
_becquillard_.
En el siglo XVII, batirse, era _darse tabaco_; en el XIX, es _mascarse
el gaznate_. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos
extremos.
Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.
Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los
hombres que las pronuncian.
Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento,
la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos
principales en que se mantiene.
El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre,
cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la
terminación en _anche_ de los tunos antiguos: ¿_Bebanches tú_ (bebes
tú)? _Así creanche_ (así cree).
Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.
Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para
observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles
meditaciones.
No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no
existe una etimología de germanía que no contenga una lección.
Entre esos hombres, _batir_ es _fingir_; se bate una enfermedad; la
astucia es su fuerza.
Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra.
La noche se dice _la sorgue_, el hombre _l'orgue_. El hombre es un
derivado de la noche.
Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera
que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como
pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un _enfermo_; un hombre
sentenciado, es un _muerto_.
Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de
piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que
llama al calabozo el _castus_.
En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto
más risueño.
El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que
los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.
Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya
puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra _bastringue_ (sala de
baile).
Un _nombre_ es un _centro_; profunda asimilación.
El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía
durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su
muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la _sorbona_, y
á la que le expía, el _troncho_.
Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el
cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble
degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones
la palabra _andrajoso_, está ya preparado para el crimen; por eso la
germanía no dice «un andrajoso», sino un _aderezado_.
¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El
presidiario se llama _un leño_.
En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? _El colegio._
Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.
¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de
presidio, esos refranes llamados _lirlonfa_ en su vocabulario especial?
Pues atended:
Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á
ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos;
la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el
aire no.
Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez
pulgadas de fango.
Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y
agrietado con el rezumo de las aguas.
Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una
larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de
tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.
Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día
que salían para Tolón.
Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le
esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.
Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos
abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.
Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.
La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles
dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi
colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan
ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna,
corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga,
doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la
cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose
á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni
siquiera llegaban á despertar.
Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el
pan que les arrojaban en el lodo.
¿Cuánto tiempo permanecían así?
Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un
año.
Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber
robado una liebre al rey.
En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?
Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer
en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza, queda el canto.
En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos
antes que el ruido de los remos.
El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión
subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han
sostenido».
Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?
En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones
de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel
melancólico mote de la galera de Montgomery: _Tímaloumisaine,
timaloumison_.
La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres;
una hay tierna:
Aquí está el teatro
Del niño dardero
Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del
corazón del hombre, el amor.
En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El
secreto es propiedad de todos.
El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la
unión.
Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz
algo de sí mismo.
Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado»,
como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y
se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.
¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y
seis candelas».[6]
Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo
que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.
Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la
metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna
á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela),
le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien
humazos» (bofetones).
Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada paso. El
estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de
intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.
El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable:
vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).
La germanía es el verbo convertido en presidiario.
Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan
bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías
de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese
principio, es desconsolador.
¡Oh pobre pensamiento de los miserables!
¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras?
¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al
libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al
caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas,
al radiante caballero del porvenir?
¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de
luz del ideal?
¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la
materia, las ignominias del oprobio?
¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al
Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella
cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación
serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?
¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza,
entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola
vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada
para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda
en las tinieblas?
III
=Germanía que llora y germanía que ríe=
Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace
cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese
sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto
dolorido, ora un aire amenazador.
Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del
Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares
suyos, de los cuales se han conservado algunos.
El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho
hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la
selva.
Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á
un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita
humeante, de la que salía la cabeza de un perro.
Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de
naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los
contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.
Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la
germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían
todas ese carácter impotente y humillado.
Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran
humildes y lastimeros hasta hacer llorar.
El _pigre_ llama el _pobre pigre_, y siempre es la liebre que se
esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.
Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado
hasta nosotros:
_Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut
atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être
agité lui-même_ (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede
atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin
atormentarse á sí mismo).
El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante
la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se
vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.
Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de
las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo,
un gesto característico y jovial. El plañidero _maluré_ fué reemplazado
por _larifla_.
Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las
cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y
enigmática.
Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado
por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego
fatuo, tocando el pífano:
Mirlababi surlababo,
Mirliton ribonribette
Surlababi mirlababo,
Mirliton ribonribo.
Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de
un bosque.
Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas
clases doloridas.
Sueltan la carcajada; búrlanse del gran _meg_ (Dios) y del gran _dab_
(rey).
Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y
están ya casi alegres.
Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les
pasase en la conciencia.
Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia
de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio;
indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y
de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos
encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.
Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta
con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad,
prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.
Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana
alguna explosión prodigiosa.
Detengámonos un momento.
Señalaremos un hecho.
¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?
No por cierto.
La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con
Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los
filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la
cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su
inmenso avance hacia la luz.
Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro
puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot
hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.
Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas,
vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la
selva virgen.
Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de
Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día
olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos
extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.
Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un
príncipe, se encuentran en la _Biblioteca secreta_.
Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en
la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que
constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.
De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas
la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.
Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que
en ninguna otra parte.
En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su
drama famoso de _Los bandidos_, el robo y el pillaje se erigían en
protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas
elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en
realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo
de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría;
y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y
honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían
preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.
Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.
El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se
ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio
de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo
disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar
la sociedad.
El examen del odio, ¡cosa terrible!
De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas
aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente _jacquerías_,
junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de
niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino
la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba
entonces.
Las _jacquerías_ son temblores del pueblo.
Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué
el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de
probidad.
La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la
cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta
del mal abriendo la del bien.
Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el
siglo y corona al pueblo.
Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole
una segunda alma: el derecho.
El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe
social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego
es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de
la _jacquería_.
Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las
enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No
hay ya Edad Media en nuestra constitución.
No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores
producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura
de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización
indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba
el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente
se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.
El sentido revolucionario es un sentido moral.
El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del
deber.
La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad
de otro, según la admirable definición de Robespierre.
Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado;
no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el
hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de
ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el
que vota, reina.
De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones
funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.
El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en
un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El primer
grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el
ladrón!».
El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya
de tapujo.
¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las
riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.
El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los
harapientos.
Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas
hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua
corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo
real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban
ellos, con los pies descalzos, aquella corona.
Nada, pues, de _jacquería_. Lo siento por los hábiles, puesto que
desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no
podrá nadie servirse de él en política.
Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe.
El espantajo ya no espanta á nadie.
Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles
le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.
IV
=Los dos deberes: velar y esperar=
Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.
No hay ya _jacquería_; la sociedad puede estar tranquila por este lado;
no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.
La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.
La tisis social se llama miseria.
Lo mismo se muere minado que aplastado.
No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud
desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar
magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus
formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad,
aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin
universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos
campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos
que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear
el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los
brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las
inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el
debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad
á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en
provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar;
tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las
obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la
primera de las necesidades políticas.
Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.
La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser
un derecho.
No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.
Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse
Previsión.
El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el
mejoramiento material.
El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es
un alimento como el trigo.
Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.
Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de
alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.
El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.
Llegará un día en que todo el mundo se asombre.
El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más
profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.
La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.
No es cuerdo dudar de esta solución bendita.
Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que
escribimos. Es más, revive.
Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se
acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.
Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo;
con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas;
avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.
En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno
donde acampa Aníbal.
Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?
No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.
Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo _no_ al
progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.
Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.
No hay más que una manera de negarse á ser _mañana_: morir.
Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde
posible; la del alma, nunca.
Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se
resolverá.
Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo
XIX.
¡Quien lo dude será un idiota!
La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un
fenómeno divinamente fatal.
Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que
los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al
equilibrio; ó mejor á la equidad.
Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y
la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces
maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.
Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que
viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la
enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.
No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas
que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar
de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente
frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los
imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.
Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la
grandiosa marcha de las inteligencias.
La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por
objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del
estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después
recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.
Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre
los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de
naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones,
todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el
huracán que pasa y lo arrastra todo.
Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la
Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.
¿Por qué? Lo ignoramos.
¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.
¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han
alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra
el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?
Cuestiones son todas ellas sin respuesta.
La sombra cubre las civilizaciones condenadas.
Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que
decir.
Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama
lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo
zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas
y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la
obscuridad.
Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.
Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos
las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el
derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto
sus deformidades.
Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el
estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.
Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo
y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.
Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.
Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia
ese fin.
El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.
Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia
en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un
drama doloroso.
Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.
Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres,
y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y
arroje su pus, el globo no muere.
Los males del pueblo no matan al hombre.
Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.
Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen
sus horas de desfallecimiento.
¿Llegará el porvenir?
Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten
tantas sombras terribles.
Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.
Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una
educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento
de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega
hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable:
el _yo_ tan hinchado que cierra las puertas del alma.
Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio que se
produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza
humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la
fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.
¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?
El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?
Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño,
aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes
amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin
embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las
fauces de una nube.
NOTAS:
[4] El Último Día de un condenado.
[5] Silbaron la comedia.
[6] Ver las estrellas.
LIBRO OCTAVO
ENCANTOS Y DESOLACIONES
I
=Plena luz=
El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través
de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado
Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet,
y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de
éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al
hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa
de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como
Romeo en el jardín de Julieta.
Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar
una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las
barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido,
como los dientes en las encías de los viejos.
Mario era delgado, y pasó fácilmente.
Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el
jardín, no corría peligro de ser visto.
Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas,
Mario seguía yendo todas las noches.
Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un
hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay
naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una
de ellas.
Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.
El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una
indefinible y celestial ceguedad del pudor.
¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!
Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda
luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.
El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.
El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó
salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el
amor.
«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd
también».
El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.
De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide
más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.
Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores
que salvan.
Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre
jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más
frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las
felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres;
puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el
otro en las tinieblas.
Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette
tenía un nimbo.
Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra
otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la
respetasen, sino que la ignoraban.
Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo,
la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.
Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el
vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.
Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.
Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba
satisfecho.
Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de
un alma por un alma.
Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal;
dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.
En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente
bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera
sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de
levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.
Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo,
se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.
Mario apartó los ojos.
¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?
Nada; se adoraban.
Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente
y sagrado.
Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y
ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.
La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría
en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor
que hacían estremecer los árboles.
¿Y qué palabras eran esas?
Soplos, nada más.
Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.
Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro
todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas
como el humo por el viento bajo las hojas.
Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del
alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que
sombra.
Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».
--¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías,
bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que
merecen ser dichas y oídas!
El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y
pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.
Sí, porque eso es la inocencia.
Cosette decía á Mario:
--¿Sabes?...
(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les
hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).
--¿Sabes? Me llamo Eufrasia.
--¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.
--¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña.
Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?
--Sí... Pero Cosette no es feo.
--¿Te gusta más que Eufrasia?
--Pues... Sí.
--Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito.
¡Cosette! Llámame Cosette.
Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un
idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.
Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:
--Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto
en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta
palabra: ¡Te amo!
Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa
entonada por una estrella.
O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:
--No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi
permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno;
porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que
le haga?
Y esto era sencillamente una cosa divina.
Una vez Mario la dijo á Cosette:
--Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.
Y esto les dió que reir toda la noche.
Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:
--¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un
inválido!
Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á
Cosette de la liga, y esto era imposible.
Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante
la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente
amor.
Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un
más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar
el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á
ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones
del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla
de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo
pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é
indefinidamente.
Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el
viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.
Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la
galantería, no.
«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer
caricias; es una prueba de audacia.
El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.
El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.
Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo,
celestiales.
Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen
forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la
vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.
Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en
la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las
caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la
adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume
celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.
--¡Oh!--murmuraba Mario:--¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte.
Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo
de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué
resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre
hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres
un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que
encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable,
señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el
telescopio.
Y Cosette respondía:
--Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta
mañana.
Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo
siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre
el clavo.
Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura,
el candor, la luz.
Podía decirse de ella que era diáfana.
Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora;
aparecía el rocío en sus ojos.
Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.
Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.
Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento,
hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de
palabras propias y delicadas.
Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se
engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.
La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es
infalible.
Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.
Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.
En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus
ojos.
Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol
desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados
de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.
El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces
á lo insoportable.
Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los
relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y
tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.
Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad,
se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.
Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la
inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más
púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos
amigos.
Se idolatraban.
Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.
Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan
imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta
de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que
todo ello se oponga para nada á la eternidad.
Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible,
como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra
con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al
mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el
infinito.
II
=El aturdimiento de la felicidad completa=
Existían vagamente agobiados de felicidad.
No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel
mismo mes.
Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado
más allá de sus nombres.
Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era
abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era
coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo,
que era muy rico.
Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido
el menor efecto en Cosette.
¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería
decir. Para ella, Mario era Mario.
Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el
convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que
su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas
limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no
privándola á ella de nada.
Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que
visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para
él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía
por completo.
No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón
de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular
huida de su padre.
Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche
ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni
quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía
para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia
durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el
cielo, era natural que olvidase la tierra.
Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites
inmateriales.
Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.
¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en
que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?
El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de
todo lo demás.
¡Idle á pedir lógica á la pasión!
No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay
ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.
Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.
El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.
Vivían en un minuto de oro.
No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette
tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento
que todo lo borra.
¿De qué hablaban aquellos amantes?
Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente,
de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían
todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.
Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella
aventura, ¿qué les importaba?
¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?
Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.
Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es
inherente á la llegada al paraíso.
¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo?
¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.
Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la
inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el
zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la
nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado
sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún
para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan
el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria
del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes,
aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi
dispuestos á emprender el vuelo eterno.
Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la
realidad llena de idealismo!
Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los
ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.
Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.
No alcanzaban á ver un más allá.
Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor
conduzca á alguna parte.
III
=Principio de sombra=
Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.
Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le
bastaba á Juan Valjean para ser feliz.
Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario
que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de
su hermosa frente casta y risueña.
Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles
su azucena.
Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.
Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y
un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una
perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas
para todos los enamorados.
Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería
pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche
al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.
Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no
iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada,
cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la
escalinata.
No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.
Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.
Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:
--¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!
La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado
á Cosette contra la pared.
La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en
dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan
Valjean.
Mario no ponía nunca los pies en la casa.
Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la
escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.
Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos
veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.
Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta
pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno
se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.
¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!
Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de
paloma.
Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.
Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de
la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.
Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac.
Courfeyrac decía á Bahorel:
--¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.
Bahorel respondía:
¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en
un seminarista.
Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le
decía á Mario:
--¡Andáis descaminado, joven!
Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un
paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones
inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para
que volviese á lo real.
Una mañana le dirigió esta pregunta:
--Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del
delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón.
Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?
Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran
arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían
este nombre inefable: _Cosette_.
El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la
tumba.
Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad
radiante.
En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas
felicidades:
Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.
Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no
les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera
seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.
Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.
Para Cosette, oir á Mario hablar de política.
Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por
la calle de Babilonia.
Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la
hierba.
Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.
Etc., etc.
Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.
Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la
cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de
Plumet, oyó que le decían al lado:
--Buenas noches, señor Mario.
Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.
Esto le causó un efecto singular.
Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el
día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á
ver, y se había borrado por completo de su memoria.
Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad
presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.
Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al
hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos
dicho, á un estado de olvido.
En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también
el ser bueno.
El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se
desvanecen.
En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para
Eponina.
Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella
Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito
en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera
sacrificado generosamente algunos meses antes.
Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre
desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.
Respondió, pues, con cierto embarazo:
--¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?
--¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?
--No,--respondió él.
Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía
que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de
vos á Eponina.
Como Mario se callase, díjole ella:
--Decid, pues...
Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en
otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.
Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:
--¿Y bien?
Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.
--Buenas noches, señor Mario,--dijo luego, de repente; y se fué.
IV
=Cab: rueda en inglés y ladra en germanía=
El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos
consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en
el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la
noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres
pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard
á Eponina, que se dirigía hacia él.
Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.
Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á
la calle Plumet por la calle de Monsieur.
Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca
hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el
boulevard sin tratar de pararle.
Sólo la víspera le había hablado.
Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el
hierro de la verja y penetrar en el jardín.
--¡Calle!--dijo.--¡Entra en la casa!
Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió
fácilmente con el que Mario había separado.
Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:
--¡Nada de eso, Lisette!
Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le
estuviese guardando.
Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la
casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se
ocultó completamente.
Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á
sus imaginaciones.
Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban
por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy
de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el
averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz
sorda y amenazadora, que decía:
--¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!
El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á
aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.
Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos
momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia
uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse
con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.
El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los
demás; un segundo después estaban reunidos todos.
Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.
--Aquí es,--dijo uno de ellos.
--¿Hay algún _cab_ (perro) en el jardín?--preguntó otro.
--No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos
tragar.
--¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?
--Sí.
--La verja es muy vieja,--dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.
--Tanto mejor,--dijo el segundo que había hablado.--Así no sonará al
forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.
El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la
verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente
cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al
hierro que Mario solía separar.
Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le
agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del
pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:
--Hay un _cab_ (perro).
Y vió á una joven pálida delante de sí.
El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.
Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras
inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:
--¿Quién es esa tunantuela?
--Vuestra hija.
En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.
Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous,
Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido,
sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud
propia de estos hombres nocturnos.
Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de
esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.
--¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?--exclamó
Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.--¿Quieres
acaso impedirnos de trabajar?
Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.
--Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido
sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí.
¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay
nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace
que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!
Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:
--Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro.
Ahora vete.
Pero Eponina no dejaba de acariciarle.
--Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por
haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre?
Dadme noticias de mamá.
Thénardier respondió:
--Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.
--No quiero irme ahora,--dijo Eponina con un melindre de niño
enfadado.--¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y
cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?
Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la
resistencia de éste.
--¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!--dijo Babet.
Despachemos,--dijo Gueulemer,--que pueden pasar los corchetes.
La voz del ventrílocuo midió estos versos.
No es día ni es hora ya
De gritar papá ó mamá.
Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.
--¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No
me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?
--Sí, se acuerdan de ti,--dijo Thénardier.--Pero buenas noches, y
largo. Déjanos tranquilos.
--Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,--dijo Montparnasse.
--Ya ves que tenemos que hacer aquí,--añadió Babet.
Eponina cogió la mano á Montparnasse.
--¡Ten cuidado!--díjole éste.--Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.
--Mi querido Montparnasse,--respondió Eponina dulcemente,--es preciso
tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre.
Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.
Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á
Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.
Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto,
los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:
--Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os
he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os
expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer
en esta casa.
--No hay más que mujeres solas,--dijo Gueulemer.
--No. Los inquilinos se han mudado.
--Pero las luces parece que no,--prorrumpió Babet.
Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se
paseaba por la buhardilla del pabellón.
Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.
Eponina intentó un último recurso:
--Pues bien,--dijo;--esta gente es pobrísima, y viven en una casucha
donde no hay un ochavo.
--¡Vete al diablo!--exclamó Thénardier.--Cuando hayamos registrado la
casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que
hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.
Y la empujó para pasar adelante.
--Mi buen amigo Montparnasse,--dijo Eponina,--á vos os lo ruego; vos
que sois un buen muchacho; no entréis.
--Ten cuidado; mira que te vas á cortar,--respondió Montparnasse.
Thénardier añadió con su acento decisivo:
--Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.
Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:
--¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?
--Algo hay de eso,--contestó el ventrílocuo con acento burlón.
Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos
armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y
dijo con voz firme y baja:
--Pues bien; yo no quiero.
Ellos se detuvieron estupefactos.
El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.
Ella continuó:
--Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si
entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las
puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis,
llamando á los agentes de policía.
--Y lo hará como lo dice,--dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al
ventrílocuo.
Ella meneó la cabeza, y añadió:
--¡Empezando por mi padre!
Thénardier se aproximó á ella.
--No tan cerca, buen hombre,--le dijo Eponina.
Él retrocedió, murmurando entre dientes:
--Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?
Y añadió:
--¡Perra!
Echándose á reir de una manera terrible.
--Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto
que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres;
pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no
entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os
lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un
bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde
queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo
á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!
Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una
carcajada.
--¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno
tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose
que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por
qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando
ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!
Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:
--¡Ni aún de vos, padre!
Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de
espectro:
--¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle
Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro
de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en
medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!
Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su
aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.
Luego repuso:
--No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis;
yo soy todo el mundo.
Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.
--¡No os acerquéis!--gritó ella.
Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:
--Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija,
¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya
cariño á tu padre?
--Me aburrís,--dijo Eponina.
--Pero es preciso que vivamos, que comamos...
--¡Reventad!
Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:
Mi brazo gordito,
Mi pierna bien hecha
Y el tiempo perdido.
Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano,
meneando el pie con aire de indiferencia.
Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.
Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada
más resuelto y sorprendente.
Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque
una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí
celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados
y furiosos.
Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.
--Algo le pasa,--dijo Babet.--¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del
perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en
el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe
ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!
--Pues bien; entrad vosotros,--dijo Montparnasse.--Yo me quedaré con la
muchacha; y si chista...
É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la
manga.
Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.
Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el
«inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba
por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que
había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía.
Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre
sus compañeros.
Babet le preguntó:
--¿Y tú no dices nada, Brujón?
Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en
diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:
--Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta
noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio.
Vámonos.
Y se fueron.
Al marcharse, Montparnasse murmuró:
--Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de
gracia.
Babet respondió:
--Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.
Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron
entre sí este diálogo enigmático:
--¿Adónde iremos á dormir esta noche?
--Debajo de Pantin (París).
--¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?
--¡Diantre!
Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por
donde habían venido.
Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las
paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.
Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la
obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.
V
=Cosas de la noche=
Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su
tranquilo aspecto nocturno.
Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un
bosque.
El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las
hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo
salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que
está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está
por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se
miran allí cara á cara, en la noche.
La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas
cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.
Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos
equilibrios.
Los dientes y las garras temen lo que es inasible.
La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos
en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas,
que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con
inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de
pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una
vida muerta y terrible.
Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente
tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser
desconocido.
Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á
una bestia feroz.
Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del
antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante
el encuentro de una boca abierta.
VI
=Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa
á Cosette=
Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la
verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía
al lado de Cosette.
Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles
tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se
habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las
armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las
melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido,
tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.
Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.
Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.
Las primeras palabras de Mario fueron:
--¿Qué tienes?
Ella respondió:
--¡Ya verás!
Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que
él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:
--Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque
tenía negocios que tal vez nos harían partir.
Mario se estremeció de pies á cabeza.
Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.
Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados,
iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal,
pero profunda.
Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el
cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas
veces no se llega á tomar del todo el alma.
Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el
sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.
Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la
envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.
Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas
de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano,
la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.
Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y
se habían cumplido la palabra.
Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.
La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y
nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía,
que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á
Mario.
Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas,
sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su
pertenencia.
Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que
ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo
de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su
vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no
fuese suyo.
Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad,
cerca de su dueña y de su esclava.
Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen
querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible
conocerlas.
Habrían tenido que disputar:
--Ésta es la mía.
--No; es la mía.
--Te aseguro que te engañas.
--Ése soy yo.
--Lo que tomas por tuyo es mío.
Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo
que formaba parte de Mario.
Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no
era para él distinto de respirar.
En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión
virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas
palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó:
«¡Cosette no es tuya!».
Mario despertó.
Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta
palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.
No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su
mano estaba helada, y le dijo á su vez:
--¿Qué tienes?
Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.
--No comprendo lo que has dicho.
Y ella añadió:
--Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas,
y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en
una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que
partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña
para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos
á Inglaterra.
--¡Pero eso es monstruoso!--exclamó Mario.
Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de
poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano,
ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera
igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija
á Inglaterra, porque tiene allí negocios.
Preguntó, pues, con voz débil:
--¿Y cuándo partirás?
--No lo ha dicho.
--¿Y cuándo volverás?
--No lo ha dicho.
Mario se levantó y dijo fríamente:
--Cosette, ¿iréis?
Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia,
respondiendo con acento extraviado:
--¿Adónde?
--Á Inglaterra. ¿Iréis?
--¿Por qué me hablas de vos?
--Os pregunto si iréis.
--¿Qué quieres que haga?--dijo ella juntando las manos.
--¿Es decir, que iréis?
--¡Si va mi padre!
--¿Iréis, pues?
Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.
--Está bien,--dijo Mario.--Entonces yo me iré á otra parte.
Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase
de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su
rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:
--¿Qué quieres decir?
Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y
respondió:
--Nada.
Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.
La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las
tinieblas.
--¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.
--¿Cuál?
--¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde
esté.--Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había
vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:
--¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y
yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á
Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que
no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa
está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace
seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy
un miserable.
«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de
día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar
el pasaporte!
Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos
manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir
ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba
sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la
Desesperación.
Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una
eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y
triste.
Era Cosette que sollozaba.
Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.
Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la
punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.
Ella se lo permitió sin dejar su silencio.
Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada
la religión del amor.
--No llores,--dijo Mario.
Y ella murmuró:
--¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!
Y él respondió:
--¿Me amas?
Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan
seductora como al través de las lágrimas:
--¡Te adoro!
Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable
caricia:
--No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?
--¿Me amas?--dijo ella.
Mario le tomó la mano.
--Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra
de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado.
Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me
muero.
Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía
tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce
al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de
llorar.
--Ahora escucha,--dijo él;--no me esperes mañana.
--¿Por qué?
--Ni me esperes hasta pasado mañana.
--¡Oh! ¿por qué?
--Ya lo verás.
--¡Un día sin verte! Eso es imposible.
--Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.
Y Mario añadió á media voz, y aparte:
--Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie
más que de noche.
--¿De quién hablas?--preguntó Cosette.
--¡Yo! No he dicho nada.
--¿Qué esperas, entonces?
--Espérame hasta pasado mañana.
--¿Lo quieres?
--Sí, Cosette.
Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la
punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos
la esperanza.
Mario continuó:
--Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda
suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la
Verrerie, número 16.
Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja
escribió en el yeso de la pared:
_Calle de la Verrerie, 16_.
Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.
--Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela
para que pase bien la noche!
--Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos.
Espérame pasado mañana.
--¿Y qué haré yo hasta entonces?--dijo Cosette.--¡Tú estás libre, vas
y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué
triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.
--Voy á hacer una tentativa.
--En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que
salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi
dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de _Euryanto_, que
tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana.
Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las
nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que
los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el
jardín.
--Y yo también.
Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados
por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación
continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron
uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos,
mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban
las estrellas.
Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina
seguía á los bandidos hasta el boulevard.
Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le
había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata
é imposible.
Había tomado un partido violento.
VII
=Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente=
El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años cumplidos.
Seguía viviendo con la señorita Guillenormand en la calle de las Hijas
del Calvario, número 6, en aquella casa antigua de su propiedad. Era,
como recordará el lector, uno de esos viejos rancios que esperan la
muerte á pie firme, que cargan con los años sin doblegarse, y que no se
encorvan ni aún con los pesares.
Sin embargo, hacía ya algún tiempo que su hija decía: «Mi padre va
decayendo».
Ya no abofeteaba á las criadas; ya no golpeaba con el bastón, y con
acompañamiento de voces, la puerta de la escalera cuando Vasco tardaba
en abrirle.
La revolución de julio apenas le había exasperado durante seis meses.
Había visto casi sin inmutarse en el _Monitor_ esta agrupación de
palabras: «Humblot Conté, par de Francia».
El hecho es que el viejo estaba abatido. No se doblegaba, no se rendía,
porque esto era imposible, así en su naturaleza física como en la
moral; pero se sentía desfallecer interiormente.
Hacía cuatro años que esperaba á Mario á pie firme, esta es la frase,
con la convicción de que aquel picaruelo extraviado llamaría algún día
á su puerta; pero en ciertos momentos tristes llegaba á decirse que por
poco que Mario tardase en venir...
Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de no ver más á su nieto.
No volver á ver á Mario era una idea que aún no había cuajado en su
cerebro; esta idea, que empezaba á manifestarse, le dejaba helado.
La ausencia, como sucede siempre con los sentimientos naturales y
verdaderos, sólo había conseguido aumentar su cariño de abuelo hacia el
niño ingrato que se había marchado con tanta indiferencia.
En las noches de invierno, cuando el termómetro marca diez grados bajo
cero, es cuando más se piensa en el sol.
El señor Guillenormand era, ó se creía por lo menos, incapaz de dar un
paso hacia su nieto; «antes reventar», decía.
Él no encontraba en sus hechos culpa ninguna; pero pensaba en Mario con
profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que
anda en las tinieblas.
Principiaba á perder los dientes, lo cual aumentaba su tristeza.
El señor Guillenormand, sin confesárselo á sí mismo, porque esta
declaración le hubiera enfurecido y avergonzado, no había amado á
ninguna querida tanto como á Mario.
Había mandado colocar en su cuarto, junto á la cabecera de la cama,
como la primera cosa que quisiera ver al despertar, un antiguo retrato
de su otra hija, la que había muerto, la señora de Pontmercy, retrato
hecho cuando tenía ella diez y ocho años.
Contemplaba sin cesar este retrato, llegando á decir un día
contemplándolo:
--Encuentro que se le parece.
--¿Á mi hermana?--dijo la señorita Guillenormand.--Sí, se parece.
El viejo añadió:
--Y á él también.
Otra vez, estando sentado juntas las rodillas y los ojos casi cerrados,
en actitud de abatimiento, su hija se atrevió á decirle:
--Padre, ¿continuáis tan enfadado con él?
Y se detuvo, no atreviéndose á ir más allá.
--¿Con quién?--preguntó él.
--Con ese pobre Mario.
El señor Guillenormand levantó su decaída cabeza, puso su delgado y
arrugado puño sobre la mesa, y gritó con el acento más vibrante é
irritado:
--¡Pobre Mario, dices! Ese caballerito es un tuno, un miserable bribón,
un vanidoso ingrato, sin corazón, sin alma; un orgulloso, un perverso.
Y se volvió para que su hija no viese una lágrima que asomaba en sus
ojos.
Tres días después rompió un silencio que duraba cuatro horas para
decirle á su hija de repente:
--Tuve el honor de rogar á la señorita Guillenormand que no me hablase
nunca de él.
La tía de Mario renunció á toda tentativa, y formó este diagnóstico
profundo:
--Mi padre no ha querido nunca á mi hermana después de su calaverada.
Es natural que deteste á mi sobrino.
«Después de su calaverada» significaba después de haberse casado con el
coronel.
Por lo demás, como puede haberse conocido, la señorita Guillenormand
había visto defraudada su tentativa de sustituir con su favorito el
oficial de lanceros á Mario.
El sustituto Teódulo no había cuajado; el señor Guillenormand no había
aceptado el _quid pro quo_, porque el vacío del corazón no se acomoda á
un alma cualquiera.
Á Teódulo, por su parte, aunque codiciando la herencia, le repugnaba la
servidumbre de agradar.
El buen hombre fastidiaba al lancero, y el lancero le chocaba al buen
hombre.
El teniente Teódulo era alegre sin duda, pero charlatán; frívolo, y
luego vulgar; buen vividor, pero de mala sociedad; tenía también sus
queridas, y hablaba mucho de ellas, es verdad; pero hablaba mal. Todas
sus cualidades tenían un defecto.
El señor Guillenormand estaba ya harto de oirle hablar de sus aventuras
afortunadas que le ocurrían alrededor de su cuartel en la calle de
Babilonia. Y luego, el teniente Guillenormand se presentaba alguna que
otra vez de uniforme con la escarapela tricolor.
Todo esto le hacía buenamente imposible; y el señor Guillenormand había
acabado por decirle á su hija:
--Ya estoy cansado de Teódulo. Me gustan poco los guerreros en tiempo
de paz. Recíbele tú, si quieres; no sé si preferir los acuchilladores
á los que andan arrastrando el sable. El crujido de las espadas en
la batalla es menos rastrero que el ruido que hace la vaina en el
suelo. Además, gallardearse como un matasiete y apretarse el talle
como una muchacha, gastar corsé debajo de la coraza, es ser doblemente
ridículo. El que es hombre verdaderamente, está á igual distancia de la
fanfarronada que de la puerilidad. Ni Fierabrás, ni corazón de almíbar.
Guárdate tu Teódulo.
Su hija le contestó:
--Sin embargo es vuestro nieto.
Sin embargo, Guillenormand, que era abuelazo hasta la punta de los
dedos, dió á entender que no era en modo alguno tío abuelo.
En realidad, como tenía ingenio y comparaba, Teódulo sólo había servido
para hacerle sentir más la falta de Mario.
Una noche, la del 4 de junio, lo cual no impedía que el señor
Guillenormand tuviera una buena lumbre en la chimenea, había despedido
á su hija, que cosía en la pieza inmediata.
Estaba solo en su cuarto de pinturas pastoriles, con los pies sobre los
morillos, medio rodeado por un ancho biombo chinesco de nueve hojas,
recostado en la mesa, sobre la cual había dos bujías con pantalla
verde, sumergido en un sillón de tapicería, con un libro en la mano
pero sin leer, y vestido, según su moda, de _increíble_. Parecía un
antiguo retrato de Garat.
Si hubiera salido con aquel traje á la calle, le habrían seguido los
muchachos; pero su hija, cuando salía, le echaba encima un gran gabán
de obispo, que cubría el frac de solapas y el faldón-cola de bacalao.
En su casa, excepto para levantarse y acostarse, no usaba nunca bata.
«Eso le hace á uno parecer viejo», decía.
El señor Guillenormand pensaba en Mario amorosa y amargamente; y como
de ordinario, dominaba la amargura. Su dolorosa ternura acababa por
convertirse en indignación.
Se hallaba en esa situación en que se trata de tomar un partido y
aceptar lo que mortifica.
Estaba ya dispuesto á decirse que no había razón para que Mario
volviese; pues si hubiera debido volver lo habría hecho ya, y por
consiguiente, era preciso renunciar á verle.
Trataba de familiarizarse con la idea de que todo había concluido, y
que moriría sin ver «aquel caballerito».
Pero toda su naturaleza se rebelaba, y su vieja paternidad no podía
consentirlo.
--¡Quiá!--decía,--¡no vendrá!...
Tal era su dolorosa muletilla.
Su cabeza calva había caído sobre su pecho, y fijaba vagamente en la
ceniza de la chimenea una mirada triste é irritada.
Cuando estaba en lo más profundo de estas cavilaciones, su antiguo
criado Vasco entró y preguntó:
--¿Puede el señor recibir al señorito Mario?
El viejo se incorporó pálido y semejando un cadáver que se levanta al
impulso de una sacudida galvánica.
Toda su sangre había refluido á su corazón, y balbuceó:
--¿Qué señorito Mario?
--No sé,--respondió Vasco, intimidado y desconcertado por el aspecto de
su amo.--Nicolasita es la que acaba de decirme: «ahí está un joven, que
dice ser el señorito Mario».
El señor Guillenormand tartamudeó en voz baja:
--Que entre.
Y permaneció en la misma actitud, con la cabeza temblorosa y fija la
vista en la puerta. Abrióse ésta, y apareció un joven; era Mario.
Mario se detuvo á la puerta, como esperando que le dijeran que entrase.
Su traje, casi miserable, apenas se notaba en la obscuridad que
producía la pantalla. Sólo se distinguía su rostro tranquilo y grave,
pero extrañamente triste.
El señor Guillenormand, como sobrecogido de estupor y de alegría,
permaneció algunos instantes sin ver más que una claridad, como cuando
se está delante de una aparición. Estaba próximo á desfallecer; veía á
Mario como á través de un deslumbramiento.
Era él; era efectivamente Mario.
¡Por fin! ¡después de cuatro años!
Apoderóse de él, por así decirlo de repente y al primer golpe de vista.
Le encontró hermoso, noble, distinguido, crecido, hecho un hombre, de
agradable porte y aire simpático.
Tuvo intenciones de abrir los brazos, de llamarle, de precipitarse.
Oprimióse de alegría su corazón; le ahogaban y rebosaban de su pecho
palabras afectuosas.
Toda aquella ternura se abrió paso y llegó á sus labios, efecto del
contraste que constituía su modo de ser, brotó de ellos la dulzura, y
dijo bruscamente:
--¿Á qué venís aquí?
Mario respondió con embarazo:
--Señor...
El señor Guillenormand hubiera querido que Mario se arrojase en sus
brazos; así fué que quedó descontento de Mario y de sí mismo.
Conoció que había sido brusco, y que Mario estaba frío; y era para
él una insoportable é irritante ansiedad sentirse tan tierno y tan
conmovido en lo interior, y ser tan duro exteriormente.
Volvió á su amargura, é interrumpió á Mario con aspereza:
--Entonces, ¿á qué la visita?
Este _entonces_ significaba: _Si no vienes á abrazarme, ¿á qué vienes?_
Mario miró á su abuelo, á quien su palidez daba el aspecto de un busto
de mármol.
--Señor...
El viejo repuso con voz severa:
--¿Venís á pedirme perdón? ¿Habéis reconocido vuestra falta?
Creía con esto poner á Mario en camino para que el «niño» se doblegase.
Mario tembló; le exigía la desobediencia á su padre; bajó los ojos y
respondió:
--No, señor.
--Entonces,--exclamó impetuosamente el viejo con un dolor agudo y lleno
de cólera,--¿qué me queréis?
Mario juntó las manos, dió un paso, y dijo con voz débil y temblorosa:
--Señor, tened compasión de mí.
Estas palabras conmovieron al señor Guillenormand; un momento antes le
hubieran enternecido, pero era ya tarde.
El abuelo se levantó y apoyó las dos manos en el bastón; tenía los
labios pálidos, la cabeza vacilante; pero su elevada estatura dominaba
á Mario que estaba inclinado.
--¡Compasión de vos, señorito! ¡Un adolescente pidiéndole compasión á
un anciano de noventa y un años! Vos entráis en la vida, y yo salgo
de ella; vos vais al teatro, á los bailes, al café, al billar; tenéis
talento, agradáis á las mujeres, sois un buen mozo, y yo escupo á
la lumbre á mitad del verano; vos sois rico de las únicas riquezas
positivas que existen, y yo tengo todas las pobrezas de la vejez, la
debilidad y el aislamiento. Vos tenéis treinta y dos dientes, un buen
estómago, la vista clara, fuerza, apetito, salud, alegría, un bosque de
cabellos negros, y yo no tengo siquiera cabellos blancos. He perdido
los dientes, y voy perdiendo las piernas y la memoria; hay tres calles
cuyos nombres confundo siempre: la calle Charlot, la calle de Chaume
y la calle de Saint-Claude; así estoy. Vos tenéis delante un porvenir
lleno de resplandor; yo empiezo á no ver gota, tanto voy penetrando
en la noche. Vos estáis enamorado, no hay que decirlo; ¡á mí nadie me
ama ya en el mundo! ¡Y venís implorando compasión! ¡Cáspita, Molière
ha olvidado esta escena! Si es así como os chanceáis en el tribunal,
señores abogados, os felicito cordialmente. Sois unos graciosísimos
burlones.
Y el octogenario añadió luego con acento airado y grave:
--Vamos á ver, ¿qué es lo que me queréis?
--Señor,--dijo Mario,--sé que mi presencia os enoja; pero vengo
solamente á pediros una cosa; después me iré enseguida.
--¡Sois un necio!--dijo el anciano.--¿Quién os dice que os vayáis?
Estas palabras eran la traducción de este tierno pensamiento, que tenía
en el corazón: _¡Pero pídeme perdón! ¡Ven á mis brazos!_
El señor Guillenormand conocía que Mario iba á abandonarle dentro de
algunos instantes, que su mal recibimiento le entibiaba, que su dureza
le rechazaba. Decíase todo esto, agrandando su dolor; pero, á medida
que éste se cambiaba en cólera, iba aumentándose en dureza también.
Hubiera querido que Mario le comprendiere, y Mario no le comprendía, lo
cual le ponía furioso.
Y repuso:
--¡Cómo! ¿Me habéis faltado á mí, á vuestro abuelo; habéis abandonado
mi casa para iros que sé yo donde; habéis afligido á vuestra pobre
tía; habéis querido, porque eso se adivina, y es más cómodo, llevar
la vida de mozo, hacer el currutaco, volver á casa á cualquier hora,
divertiros; no habéis dado señales de vida; habéis contraído deudas
sin decirme que las pague; habéis roto vidrios y os habéis hecho
camorrista; y al cabo de cuatro años venís á mi casa, y no tenéis que
decirme más que eso?
Este modo violento de empujar al joven hacia la ternura, no produjo
sino el silencio de Mario.
El señor Guillenormand cruzó los brazos, movimiento que era en él
particularmente imperioso, y apostrofó á Mario amargamente:
--Concluyamos. ¿Venís á pedirme algo? Decid. ¿Qué queréis? ¿Qué es
ello? Hablad.
--Señor,--dijo Mario con la mirada de un hombre que conoce que va á
caer en un precipicio,--vengo á pediros vuestro permiso para casarme.
El señor Guillenormand hizo sonar la campanilla y Vasco abrió la puerta.
--Decid á mi hija que venga.
Un segundo después volvióse á abrir la puerta, y la señorita
Guillenormand no entró, pero se dejó ver.
Mario estaba de pie, mudo, con los brazos caídos; parecía ser un
criminal.
El anciano iba y venía en todas direcciones por el cuarto. Volvióse
hacia su hija, y la dijo:
--Nada; es Mario. Dadle los buenos días; el señorito se quiere casar.
Ahí tenéis. Podéis ya retiraros.
La voz breve y ronca del anciano anunciaba una gran plenitud de ira.
La tía miró á Mario con aire extraviado, aparentando apenas conocerle;
no hizo un gesto, ni pronunció una sílaba, y desapareció ante la voz de
su padre, más veloz que una paja ante el huracán.
Entre tanto, el señor Guillenormand se había recostado sobre la
chimenea.
--¡Casarse! ¡Á los veintiún años! ¡Lo habéis así arreglado! No
necesitáis que pedirme permiso. Una formalidad. Sentaos, caballero.
Ha pasado una revolución desde que no he tenido el honor de veros y
han vencido los jacobinos. Estaréis muy contento. ¿No sois republicano
desde que sois barón? Vosotros lo conciliáis esto fácilmente. La
república sirve de salsa á la baronía. ¿Tenéis la condecoración de
Julio? ¿Habéis tomado alguna parte en la toma del Louvre? Hay aquí
cerca, en la calle de San Antonio, frente á la calle de Nonaindières,
una bala rasa incrustada en la pared en el tercer piso de una casa,
con esta inscripción: «28 de julio de 1830». Id á verla: produce buen
efecto. ¡Ah! ¡Vuestros amigos hacen cosas muy lindas! Y á propósito:
¿No van á hacer ahora una fuente en el sitio del monumento del duque de
Berry? ¿Conque, queréis casaros? ¿Con quién? ¿Puedo preguntar, sin ser
indiscreto: con quién?
Y se detuvo; pero antes de que Mario tuviese tiempo de responder,
añadió con violencia:
--¡Ah! ¿Tendréis ya una posición? ¿Una fortuna hecha? ¿Cuánto ganáis
con vuestro oficio de abogado?
--Nada--dijo Mario con cierta firmeza y resolución casi feroz.
--¡Nada! ¿No tenéis para vivir más que las mil doscientas libras que os
tengo señaladas?
Mario no respondió.
El señor Guillenormand continuó:
--Entonces, ya comprendo. ¿Es que es rica la joven?
--Como yo.
--¡Qué! ¿No tiene dote?
--No.
--¿Y esperanzas?
--Creo que no.
--¡Enteramente desnuda! ¿Y qué es su padre?
--No lo sé.
--¿Y cómo se llama?
--La señorita Fauchelevent.
--¡Fauche... qué?
--Fauchelevent.
--¡Pst!--prorrumpió el viejo.
--¡Señor!--exclamó Mario.
El señor Guillenormand le interrumpió con el tono de un hombre que se
habla á sí mismo.
--Perfectamente; veintiún años, sin posición, mil doscientos francos al
año, y la señora baronesa de Pontmercy irá á la plaza á por un cuarto
de peregil.
--¡Señor!--dijo Mario con la angustia de la última esperanza que se
desvanece.--Yo os lo suplico en nombre del cielo, con las manos juntas,
me postro á vuestras plantas. ¡Dadme vuestro permiso para casarme!
El viejo soltó una carcajada estridente y lúgubre, á través de la cual
tosía y hablaba:
--¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Os habréis dicho: ¡pardiez! ¡Voy á buscar á ese
viejo pelucón, á ese absurdo bodoque! ¡Qué lástima que no tenga yo
veinticinco años! ¡Cómo le pasaría una respetuosa papeleta de aviso!
¡Cómo me arreglaría yo sin él! Pero es lo mismo; yo le diré: «Viejo
chocho, eres muy feliz en verme; tengo ganas de casarme; quiero casarme
con la señorita Fulana, hija del señor Fulano; yo no tengo zapatos,
y ella no tiene camisa: pero quiero echar á un lado mi carrera, mi
porvenir, mi juventud, mi vida; deseo hacer una excursión por la
miseria con una mujer á cuestas: éste es mi capricho: ¡y es preciso que
consintáis! Y el viejo fósil consentirá». Anda, hijo mío, como quieras,
átate la soga, cásate con tu _Pujavientos_, con tu _Contravientos_...
¡Jamás, caballero, jamás!
--Padre mío...
--Nunca.
Mario perdió toda esperanza al oir el acento con que fué pronunciado
aquel «nunca».
Atravesó el cuarto lentamente, con la cabeza inclinada, tembloroso, y
pareciéndose más al que se muere que al que se va.
El señor Gillenormand le siguió con la vista; y en el momento en que se
cerraba la puerta y Mario iba á desaparecer, dió cuatro pasos con esa
viveza senil de los viejos impetuosos y coléricos, cogió á Mario por el
cuello, volvióle enérgicamente al aposento, arrojóle sobre un sillón, y
le dijo:
--¡Cuéntame eso!
Sólo esta frase _padre mío_, que se le había escapado á Mario, había
causado aquella resolución.
Mario le miró asustado. El flexible semblante del señor Guillenormand
no expresaba más que una ruda é inefable bondad.
El abuelo se había convertido en padre afectuoso.
--Vamos á ver, habla; cuéntame tus amoríos; charla, dímelo todo.
¡Caramba! ¡Y qué tontos son los muchachos!
--¡Padre mío!--repitió Mario.
El rostro del anciano se iluminó por completo de un indecible
resplandor.
--Sí, esto es; ¡llámame padre, y verás!
Había en estas frases algo tan bueno, tan dulce, tan franco, tan
paternal, que Mario pasó repentinamente del desaliento á la esperanza,
y quedó como aturdido y confuso.
Estaba sentado cerca de la mesa; la luz de las bujías hacía resaltar
lo estropeado de su traje, que el señor Guillenormand examinaba con
asombro.
--Pues bien, padre mío,--dijo Mario.
--¡Ah!--interrumpió el señor Gillenormand.--¿Cómo es eso? ¿No tienes,
en efecto, ni un sueldo? Vas vestido como un ladrón.
Y abriendo un cajón, sacó una bolsa, que puso sobre la mesa.
--Toma, ahí tienes cien luises; cómprate un sombrero.
--Padre mío,--continuó Mario;--mi buen padre, ¡si supieseis! La amo.
No podéis figuraros... La primera vez que la vi fué en el Luxemburgo,
adonde ella iba á pasear. Al principio no fijé la atención; pero
después yo no sé cómo me he ido enamorando. ¡Oh! ¡Qué desgraciado me
ha hecho esto! Pero, en fin, ahora la veo todos los días en su casa;
su padre no lo sabe. Figuraos que van á partir. Nos vemos en el jardín
por la noche. Su padre quiere ir á Inglaterra, y yo me he dicho: voy
á ver á mi abuelo y á contárselo. Me volveré loco, me moriré, caeré
enfermo, me arrojaré al agua. Es preciso que me case, porque si no, voy
á volverme loco. Ésta es la verdad; creo que no he olvidado nada...
Vive en un jardín donde hay una verja, en la calle Plumet, cerca de los
Inválidos.
El señor Guillenormand se había sentado alegremente al lado de Mario.
Al mismo tiempo que le escuchaba y saboreaba el sonido de su voz,
saboreaba también un polvo de tabaco.
Al oir «calle Plumet» detuvo la aspiración, y dejó caer el tabaco sobre
sus rodillas.
--¡Calle Plumet! ¿Calle Plumet, dices? ¡Veamos! ¿No hay por allí un
cuartel? Sí, eso es. Tu primo Teódulo me ha hablado ya; el lancero,
el oficial. Un mariquita, amigo mío, un mariquita. ¡Vaya, sí, calle
Plumet! La que se llamaba antes calle Blomet. Ahora me acuerdo; he oído
hablar de esa verja de la calle Plumet. En un jardín, una Pamela. No
tienes mal gusto; dicen que es muy aseadita. Aquí, entre nosotros; yo
creo que ese tonto de lancero le ha hecho la corte; no sé hasta dónde
habrá llegado; pero, en fin, eso no es nada; además de que no hay que
creerle, porque es muy vanidoso al hablar de sus aventuras.
--Mario, me parece muy bien que un joven como tú esté enamorado,
porque eso es propio de tu edad, y mejor quiero que seas enamorado que
jacobino; mejor quiero verte enamorado de unos zagalejos, ¡caramba! de
veinte zagalejos, que del señor Robespierre. En cuanto á mí, en materia
de _descamisados_ no me gustan más que las mujeres. Las muchachas
bonitas son siempre las muchachas bonitas; ¡qué diablo! y á esto no
puede hacerse objeción alguna.
--¡Con que la niña te recibe á escondidas del papá! Eso está muy puesto
en el orden. Á mí me han pasado historias de ese género, y más de una.
¿Y sabes tú eso cómo se arregla? No se toma la cosa con demasiado
calor; no se precipita uno en lo trágico; no se acaba por un casamiento
yendo á parar al registro de la alcaldía. Es preciso ser mozo de
provecho; es preciso tener sentido común. Tropezad, mortales, pero no
os caséis.
--Cuando llega un caso parecido se anda en busca del abuelo, que es un
buen hombre en el fondo, y que tiene siempre algunos paquetes de luises
en su antiguo cajón, y se le dice: «abuelo, esto me pasa». Y el abuelo
dice: es muy natural. Es preciso que la juventud se divierta, y que la
vejez se arrugue. Yo he sido joven, y tú serás viejo. Anda, hijo mío,
anda; que ya dirás tú también esto mismo á tus nietos. Aquí tienes
doscientas pistolas. «¡Diviértete, caramba!». ¡Nada mejor! Así debe
llevarse este negocio. No se casa uno; pero ¿eso qué importa? ¿ya tú me
comprendes?».
Mario, petrificado, y sin poder pronunciar una palabra, hizo con la
cabeza un movimiento negativo.
El buen viejo se echó á reir, guiñó el ojo, le dió un golpecito en
la rodilla, le miró entre ambos ojos con aire misterioso, y le dijo
alzando cariñosamente los hombros:
--¡Tonto! ¡Tómala por querida!
Mario palideció. No había comprendido nada de todo lo que acababa de
decirle su abuelo. Aquella confusión de calle Blomet, de Pamela, de
cuartel y del lancero, había pasado por delante de Mario como una
fantasmagoría.
Nada de aquello podía referirse á Cosette, que era una azucena.
El viejo divagaba sin duda; pero todo había concluido en una palabra
que Mario había comprendido, y que era una injuria mortal á Cosette.
La frase _tómala por querida_, había penetrado en su corazón como una
espada. Se levantó, cogió el sombrero que estaba en el suelo, y se
dirigió hacia la puerta con paso firme y seguro.
Allí se volvió, se inclinó profundamente ante su abuelo, levantó
después la cabeza, y dijo:
--Hace cinco años insultó usted á mi padre; hoy ha insultado á mi
esposa. Yo no le pido á usted nada. Adiós.
El señor Gruillenormand, estupefacto, abrió la boca, extendió los
brazos y trató de levantarse; pero antes de que hubiera podido
pronunciar una palabra, se había cerrado la puerta y Mario había
desaparecido.
El anciano permaneció algunos momentos inmóvil, como si hubiera caído
un rayo á sus pies, sin poder hablar ni respirar, como si una mano
vigorosa le apretara la garganta.
Por fin se levantó del sillón, corrió hacia la puerta con toda la
velocidad con que se puede correr á los noventa y un años, la abrió, y
gritó:
--¡Socorro! ¡Socorro!
Acudió su hija, y luego los criados, y les dijo con angustioso aliento:
--¡Corred detrás de él! ¡Cogedle! ¿Qué le he hecho yo? ¡Está loco! ¡Se
va! ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora ya no volverá!
Se dirigió á la ventana que daba á la calle, la abrió con sus viejas y
temblorosas manos, se inclinó sacando medio cuerpo fuera, mientras que
Vasco y Nicolasita le sujetaban por detrás, y gritó:
--¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!
Pero Mario ya no podía oirle, porque en aquel instante volvía la
esquina de la calle de San Luis.
El octogenario llevó dos ó tres veces las manos á las sienes con
expresión de angustia, retrocedió temblando, y se recostó en un sillón,
sin pulso, sin voz, sin lágrimas, moviendo la cabeza, y agitando los
labios con aire estúpido; sin tener en los ojos y en el corazón más que
un algo lúgubre y profundo como la noche.
LIBRO NOVENO
¿Á DÓNDE VAN?
I
=Juan Valjean=
Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba
sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.
Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los
cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en
todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.
Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la
gorra le ocultaba el rostro.
Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había
desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía
una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.
Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y
gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces,
Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza
de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una
gran resolución.
Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.
Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían
el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida,
que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de
un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre
como Juan Valjean.
Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á
Inglaterra.
Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho
días.
Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte,
dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier,
la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.
Todas estas cosas le inquietaban igualmente.
Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le
tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.
Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por
el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado
de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:
_16, Calle de la Verrerie_.
La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos
sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había
al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.
Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.
Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para
él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que
había penetrado en él algún desconocido.
Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la
casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar
de él á Cosette por miedo de asustarla.
En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol
proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de
la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.
Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y
vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su
cabeza.
Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz
en gruesos caracteres:
_Mudaos_.
Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del
talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un
niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de
pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso
del Campo de Marte.
Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.
II
=Mario=
Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.
Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente
desesperado.
Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo
comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no
había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.
El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta
revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con
esto ganaría el drama lo perdería la verdad.
Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la
edad en que se cree todo.
Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las
tiene.
Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar
de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.
Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no
pensó en nada de que pudiera acordarse.
Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer,
vestido, sobre su colchón.
Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado
sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.
Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de
pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.
Courfeyrac le dijo:
--¿Vienes al entierro del general Lamarque?
Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.
Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los
dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3
de febrero, y que se habían quedado en su poder.
Los cachorrillos estaban cargados aún.
Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al
llevarlos consigo.
Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo
á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos
sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió
á acordarse de él.
Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que
hacía.
Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en
uno de estos momentos.
Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la
víspera.
Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea
clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.
Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la
sombra.
Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir
en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que
pelean?».
Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á
Cosette, estaba en la calle Plumet.
Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.
Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla,
y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.
Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y
admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.
Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.
Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.
Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.
--Me espera allí,--dijo para sí.
Cosette no estaba.
Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados.
Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.
Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado,
exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á
deshora, llamó fuertemente á la ventana.
Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por
ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:
--¿Qué queréis?
Esto era nada comparado con lo que sospechaba.
Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.
--¡Cosette!
--¡Cosette!--repitió imperiosamente.
Todo había concluido.
No había nadie en el jardín, nadie en la casa.
Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra,
tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco
de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.
Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de
resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo,
que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino
morir.
De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á
través de los árboles:
--¡Señor Mario!
--¿Quién es?--dijo.
--Señor Mario, ¿estáis ahí?
--Sí.
--Señor Mario,--añadió la voz,--vuestros amigos os esperan en la
barricada de la calle de Chanvrerie.
Esta voz no le era enteramente desconocida.
Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.
Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió
una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el
crepúsculo.
III
=El señor Mabeuf=
La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque
éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo
de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en
monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo
viniera de Gavroche.
Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto
perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo
reclamase.
La bolsa, en efecto, se perdió.
No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al
señor Mabeuf.
Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.
Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín
Botánico que en su jardín de Austerlitz.
El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como
hemos visto el alquiler de la casa.
El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido
las planchas de su _Flora_, y algún calderero había hecho de ellas
cacerolas.
Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares
descabalados de su _Flora_, que poseía aún, había cedido á bajo precio
á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.
Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de
aquellos ejemplares.
Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín
abandonando el cultivo.
Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo
de carne que comía de cuando en cuando.
Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos
muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama,
vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún
conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos
rarísimos, como: _Los cuadritos históricos de la Biblia_, edición
de 1560; _La concordancia de las Biblias_, de Pedro de Besse; _Las
Margaritas de la Margarita_, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la
reina de Navarra; el libro del _Cargo y dignidad de Embajador_, por
el señor de Williers Hotman; un _Florilegium rabbinicum_, de 1644;
un _Tibulo_, de 1567, con esta espléndida inscripción: _Venetiis, in
œdibus Manutianis_; y en fin, un _Diógenes Laercio_, impreso en Lyon en
1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del
siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y
394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los
pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre
manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.
El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba
con el día para no encender luz.
Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando
salía; él lo había notado.
La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo
conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á
nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.
Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de
niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se
sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.
Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo
indispensable.
Un día le dijo la tía Plutarco:
--No tengo con que traer comida.
Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.
--Fiado,--dijo el señor Mabeuf.
--Ya sabéis que me lo niegan.
El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros,
uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los
miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso
debajo del brazo, y salió.
Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta
sueldos sobre la mesa, dijo:
--Traed comida.
Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante
del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.
El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro
tanto.
El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.
Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por
veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á
ellos mismos.
Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.
En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como
si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al
fin de sus libros.
Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.
Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos
en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por
cuarenta en la calle de Grés.
--Debo cinco sueldos,--dijo muy alegre á la tía Plutarco.
Aquel día no comieron.
Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.
El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al
ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:
--¡Cómo!--exclamó el ministro.--¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un
botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!
Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con
el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco,
diciéndola:
--¡Nos hemos salvado!
El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada,
su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los
porteros.
Nadie le habló, ni aún el ministro.
Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una
palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á
quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:
--¿Quién es ese caballero anciano?
Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había
vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.
Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse,
algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para
encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no
tenía otros goces.
Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.
Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y
es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico
recetó una poción muy cara.
Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.
El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido
hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.
Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de
1832.
Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con
cien francos.
Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja
criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.
Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que
había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana
inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus
marchitos cuadros.
Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.
Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se
oían tiros de fusil y clamores populares.
El señor Mabeuf levantó la cabeza.
Vió pasar un jardinero y le preguntó:
--¿Qué es eso?
El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más
tranquilo:
--Un motín.
--¡Cómo! ¿Un motín?
--Sí, se están batiendo.
--¿Y porqué se baten?
--¡Diablo!--prorrumpió el jardinero.
--¿Hacia qué lado?--preguntó el señor Mabeuf.
--Por la parte del Arsenal.
El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un
libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:
--¡Ah, es verdad!
Y salió con aire extraviado.
LIBRO DÉCIMO
EL 5 DE JUNIO DE 1832
I
=El exterior de la cuestión=
¿De qué se compone un motín?
De todo y de nada.
De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se
forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.
Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas
que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.
¿Adónde?
Al acaso...
Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad
y de la insolencia de los demás.
Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones
conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes
exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por
los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que
hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y
al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los
rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su
destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de
abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin,
más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los
elementos del motín.
Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de
todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos
de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de
casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada
día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de
la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.
Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho
cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín,
y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente
conmovido por el torbellino.
El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se
forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en
sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele,
desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al
hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.
¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!
Los estrella uno contra otro.
Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que
encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles;
convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.
Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el
punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.
Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando
no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los
ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las
fuerzas de la osadía social.
Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor
después de un motín, como el hombre después de una fricción.
El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de
vista.
Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común».
Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo
falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque
tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando
no es más que la pedantería.
De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.
Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.
Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales,
que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo
alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.
Oigamos á la tal escuela:
«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este
gran acontecimiento una parte de su pureza.
«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular,
seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar
el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan
notable al principio por su unanimidad.
«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por
una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo
sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!
«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después
de los motines se sintió la catástrofe.
«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta
á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita
las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan,
el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los
capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes
reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.
«De ahí nacen precipicios profundos.
«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte
millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.
«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que
no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á
un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una
escuadra de sesenta navíos de línea.
«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra
de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra
del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el
corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana
de Arco.
«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más
originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la
alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte
de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de
los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la
muerte en los transeúntes.
«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas
contra otros.
«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una
diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres
estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta
por su familia.
«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la
prudencia á la audacia.
«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular,
educaron en el valor al ciudadano.
«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?
«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso
comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados
desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas
heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830
triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!
«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se
empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo,
los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden
convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.
«Suma total, los motines han sido funestos».
Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de
semipueblo, se queda tan satisfecha.
Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por
consiguiente tan cómoda: los motines.
Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una
distinción.
No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.
Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?
Aquí surge la cuestión de la guerra.
¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?
Además, ¿son calamidades todos los motines?
Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos,
¿qué tiene eso que ver?
La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones;
por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.
Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más
que palabras.
Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.
En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es
sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.
II
=El fondo de la cuestión=
Existe el motín y existe la insurrección; son dos cóleras diversas, una
equivocada, otra con razón.
En los Estados democráticos, únicos fundados en la justicia, sucede á
veces que una fracción es usurpadora; entonces todo se levanta y la
reivindicación necesaria de su derecho, puede llegar hasta á tomar las
armas.
En todas las cuestiones que llegan á la soberanía colectiva, la guerra
del todo contra la fracción es insurrección; el ataque de la fracción
contra el todo es motín; según estén las Tullerías habitadas por el rey
ó por la Convención, son justa ó injustamente atacadas.
El mismo cañón asestado contra la multitud no tiene razón el 10 de
agosto, y la tiene el 14 de vendimiario.
Su apariencia es, pues, semejante, al fondo distinto; los suizos
defienden lo falso. Bonaparte lo verdadero.
Lo que el sufragio universal ha hecho con su libertad y con su
soberanía, no puede ser deshecho por las calles.
Lo mismo sucede en las cosas de pura civilización; el instinto de las
masas, ayer previsor, puede estar mañana turbado.
La misma ira es legítima contra Terray y absurda contra Turgot.
La destrucción de máquinas, el pillaje de los almacenes, la ruptura
de vías, la demolición de muelles, los extravíos de la multitud, la
injusta oposición del pueblo al progreso, Ramus asesinado por los
escolares, Rousseau expulsado de Suiza á pedradas, son motines.
Israel contra Moisés, Atenas contra Foción y Roma contra Escipción, son
motines.
París contra la Bastilla, es la insurrección.
Los soldados contra Alejandro, los marineros contra Cristóbal Colón,
es la rebelión misma, rebelión impía. ¿Y por qué? Porque Alejandro
hace por Asia con la espada lo que Cristóbal Colón por América con la
brújula; Alejandro como Colón descubre un mundo.
Estos dones de mundos á la civilización son tales acrecentamientos de
luz, que toda resistencia es criminal.
Algunas veces el pueblo se miente fidelidad á sí mismo, y la multitud
hace traición al pueblo.
¿Hay, por ejemplo, nada más extraño que esa larga y sangrienta protesta
de los falsificadores políticos, legítima rebelión crónica, que en el
momento decisivo, en el día de la salvación, en la hora del triunfo
popular se alza con el trono, se hace vendeana, y de insurrección
en contra, se trueca en motín á favor? ¡Sombría obra maestra de la
ignorancia!
El falsificador político escapa á las horcas reales, y con un resto de
cuerda al cuello, enarbola la escarapela blanca.
¡Mueran las gabelas! supone un ¡viva el rey!
Matadores de la noche de San Bartolomé, degolladores de septiembre,
destructores de Aviñón, asesinos de Coligny, asesinos de la señora
de Lamballe, asesinos de Brune, Miqueletes, Verdetes, Cadenettes,
compañeros de Jehú, caballeros de Brassard; he aquí el motín.
La Vendée es un gran motín católico.
El rumor del derecho en movimiento se reconoce; no sale siempre del
temblor de las masas agitada; hay furores locos, como hay campanas
rajadas; no suenan los somatenes siempre á bronce.
El estremecimiento de la pasión y de la ignorancia es distinto de la
sacudida del progreso.
Levantaos, sí, pero para engrandeceros; mostradme hacia dónde vais;
solo hay insurrección marchando adelante.
Cualquier otro levantamiento es malo; todo paso violento hacia atrás,
es un motín; el retroceso es una vía de hecho contra el género humano.
La insurrección es el acceso de furor de la verdad; los adoquines que
mueve la insurrección despiden la chispa del derecho.
Esos adoquines en otras manos no dejan al motín sino su lodo.
Dantón contra Luis XVI es la insurrección; Hebert contra Dantón es el
motín.
De ahí proviene que si la insurrección, en estos casos dados, puede
ser, como ha dicho Lafayette, el más santo de los deberes, el motín
puede ser el más fatal de los atentados.
Hay también alguna diferencia en la intensidad del calórico; la
insurrección suele ser un volcán, el motín es con frecuencia fuego de
paja.
La rebelión, como hemos dicho, parte algunas veces del poder. Polignac
es un bullanguero; Camilo Desmoulins un gobernante.
Á veces, insurrección es resurrección.
La solución de todo por el sufragio universal es un hecho absolutamente
moderno, y toda la historia anterior á este hecho desde hace cuatro
mil años, llena de violaciones del derecho y de sufrimientos de los
pueblos, cada época de la historia lleva consigo la protesta que le es
posible.
Bajo los Césares no hubo insurrecciones, pero hubo un Juvenal.
El _facit indignatio_ reemplaza á los Gracos.
Bajo los Césares hay el desterrado de Siena, é igualmente el autor de
los _Anales_.
Y no hablamos del gran desterrado de Patmos, que también él condena
al mundo real con una protesta en nombre del mundo ideal; hace de
la visión una sátira enorme, y arroja sobre Roma Nínive, sobre
Roma Babilonia, sobre Roma Sodoma, la flamígera reverberación del
Apocalipsis.
Juan, sobre su peñasco, es el esfinge sobre su pedestal; puédese no
comprenderle; es un judío, y es como si hablara en hebreo; pero el
hombre que escribe los _Anales_ es un latino, ó, mejor dicho, un romano.
Reinando los Nerones de una manera sombría, sombríamente deben ser
pintados.
El trabajo del buril por sí solo sería pálido; es preciso verter en los
blancos una prosa concentrada y mordiente.
Los déspotas entran por algo en la mente de los pensadores. Palabra
encadenada es palabra terrible.
El escritor duplica y triplica su estilo, cuando un amo le impone
silencio al pueblo.
De este silencio nace cierta plenitud misteriosa que se filtra y se
solidifica como bronce en el pensamiento.
La compresión de la historia produce la concisión en el historiador.
La solidez granítica de tal prosa célebre no es más que un
apisonamiento hecho por el tirano.
La tiranía obliga al escritor á contracciones de diámetro, que son
acrecentamientos de fuerza.
La frase ciceroniana, apenas suficiente para Verres, se embotaría
contra Calígula.
Á menor extensión del período, mayor intensidad de golpe.
Tácito piensa con el brazo contraído.
La honradez de un gran corazón, condensada en justicia y en verdad,
fulmina como el rayo.
Sea dicho de paso, es de notar que Tácito no esté históricamente
sobrepuesto á César; estanle reservados los Tiberios.
César y Tácito son dos fenómenos sucesivos, cuyo encuentro parece
misteriosamente evitado por aquel que al sacar los siglos á la escena,
arregla las entradas y salidas.
César es grande, Tácito es grande; Dios dirige estas dos grandezas
evitando que choquen una contra otra.
El justiciero, hiriendo á César, podía herir demasiado y ser injusto, y
Dios no lo quiere.
Las grandes guerras de África y de España, los piratas de Cilicia
destruidos, la civilización introducida en la Galicia, en Bretaña, en
Germania, toda esta gloria cubre al Rubicón. Hay en esto una especie
de delicadeza de la justicia divina, dudando en dejar caer sobre el
usurpador ilustre al historiador formidable, haciendo á César gracia de
Tácito, y concediendo circunstancias atenuantes al genio.
En verdad que el despotismo es despotismo siempre, aún bajo el déspota
de genio. Hay corrupción bajo los tiranos ilustres; pero la peste moral
es más repugnante aún bajo los tiranos infames.
En tales reinados, nada vela la vergüenza; y los autores de ejemplos,
Tácito, como Juvenal, abofetean más provechosamente en presencia del
género humano, á esa ignominia sin réplica.
Roma apesta más en tiempos de Vitelio que en tiempos de Sila.
Bajo Claudio y bajo Domiciano hay una deformidad de bajeza
correspondiente á la fealdad del tirano; la villanía de los esclavos
es un producto directo del déspota; de esas conciencias corruptas
se exhala el miasma del reflejo del amo; los poderes públicos son
inmundos, los corazones pequeños, las conciencias romas; las almas
repugnantes; así sucede con Caracalla, así con Cómodo, así con
Heliogábalo, mientras que del senado romano bajo César, no sale más que
el olor del fiemo natural de los nidos de águila.
De ahí, pues, la venida, al parecer tardía, de los Tácitos y Juvenales;
el demostrador sólo aparece á la hora de la evidencia.
Pero Juvenal y Tácito, como los Isaías en los tiempos bíblicos, y como
Dante en la Edad media, son el hombre; el motín y la insurrección son
la multitud, que tan pronto tiene razón, como no la tiene.
En la generalidad de los casos, el motín sale de un hecho material; la
insurrección es siempre un fenómeno moral.
El motín es Masaniello; la insurrección es Espartaco.
La insurrección confina con la inteligencia, el motín con el estómago.
Gaster se irrita; pero Gaster, en verdad, no tiene razón siempre.
En las cuestiones de hambre, el motín. Buzançais, por ejemplo, tiene un
punto de partida verdadero, patético y justo. Sin embargo, no pasa de
motín.
¿Por qué? Porque teniendo razón en el fondo, no la tiene en la forma.
Terrible, aún teniendo derecho, violento aunque fuerte, ha herido al
acaso; ha marchado como el elefante ciego, rompiéndolo todo; ha dejado
detrás de sí cadáveres de ancianos, de mujeres y de niños; ha vertido
sin saber por qué la sangre de seres inofensivos é inocentes.
Alimentar al pueblo, es un buen fin; pero destrozarle es un mal medio.
Todas las protestas armadas, aún las más legítimas, aún el 10 de
agosto, y el 14 de julio, empiezan por la misma agitación.
Antes que el derecho se desprenda, hay tumulto y espuma.
Al comenzar la insurrección es motín, como es torrente, el río.
Ordinariamente llega á desembocar á este océano: revolución.
Algunas veces, sin embargo, nacida en las altas montañas que dominan
el horizonte moral, la justicia, la prudencia, la razón, el derecho;
formada de la más pura nieve de lo ideal, después de una larga caída de
roca en roca, después de haber reflejado el cielo en su transparencia,
y haber crecido con cien afluentes en el majestuoso camino del triunfo,
la insurrección se pierde de repente en alguna quebrada popular, como
el Rhin en un pantano sin fondo.
Todo esto se refiere á lo pasado; el porvenir se presenta de otra
manera.
El sufragio universal tiene de admirable, que disuelve el motín en su
principio, y dando el voto á la insurrección, le quita las armas.
La desaparición de las guerras, de la guerra de las calles, como de la
guerra de las fronteras, es el progreso inevitable.
Sea el Hoy lo que quiera, el Mañana es la paz.
Por lo demás, insurrección, motín, cualquiera que sea su diferencia,
estos matices apenas existen para el ciudadano propiamente tal.
Para él, todo es sedición, rebelión pura y simple, rebelión del perro
contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y
el encierro; ladrido, aullido, hasta el día en que la cabeza del perro,
crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león.
Entonces el burgués grita: ¡Viva el pueblo!
Después de esta explicación, ¿qué viene á ser para la historia el
movimiento de junio de 1832? ¿Un motín, ó una insurrección?
Una insurrección.
Podrá sucedernos, al traer á la escena este acontecimiento terrible,
que le llamemos alguna vez motín, pero sólo para calificar los hechos
de la superficie; haciendo siempre la distinción necesaria entre la
forma ó motín, y el fondo ó insurrección.
Este movimiento de 1832 tuvo en su rápida explosión y en su lúgubre
extinción, tal magnitud, que aún aquellos que no ven en él más que un
motín, hablan de él con respeto. Para éstos es como un residuo de 1830.
Las imaginaciones conmovidas, dicen, no se calman en un día; una
revolución no se corta á pico; tiene siempre necesariamente ciertas
ondulaciones antes de volver al estado de paz, lo mismo que una montaña
antes de extinguirse en la llanura.
No hay Alpes sin Jura, ni Pirineos sin Asturias.
Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de
los parisienses llama la _época de los motines_, es seguramente una
hora característica entre las más tempestuosas de este siglo.
Digamos la última frase antes de entrar en la narración.
Los hechos que vamos á referir pertenecen á esa realidad dramática y
viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de
espacio.
En ella, sin embargo, insistimos en decirlo, en ella está la vida, la
palpitación, el estremecimiento humano.
Los pormenores, creemos haberlo dicho ya, son, por hablar así, el
follaje de los grandes acontecimientos, y se pierden en la lontananza
de la historia.
La época llamada _de los motines_ abunda en hechos de este género.
Los procesos judiciales, por otras razones que las de la historia, no
lo han revelado todo; quizá tampoco lo han profundizado.
Vamos, pues, nosotros á sacar á luz, entre particularidades conocidas
y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha
pasado el olvido de unos á la muerte de otros.
La mayor parte de los actores de estas escenas gigantescas han
desaparecido; al día siguiente se callaban; pero nosotros podemos decir
de lo que contamos: «lo hemos visto».
Cambiaremos algunos nombres, pasaremos por alto otros, porque la
historia refiere y no denuncia; pero pintaremos cosas verdaderas.
En las condiciones del libro que escribimos, no manifestaremos más que
un lado y un episodio, seguramente el menos conocido, las jornadas de
los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector
entrevea, bajo el sombrío velo que vamos á levantar, la fisonomía
verdadera de aquella espantosa aventura pública.
III
=Un entierro: ocasión de renacer=
En la primavera de 1832, aunque hacía tres meses que el cólera tenía
helados los espíritus y velada la agitación con cierta lúgubre
tranquilidad, París estaba hacía tiempo dispuesto para una conmoción.
Como hemos dicho ya, la gran ciudad parece un cañón; cuando está
cargado, basta una chispa para que salga el tiro.
En junio de 1832 la chispa fué la muerte del general Lamarque.
Lamarque era un hombre de fama y de acción.
Había tenido sucesivamente, bajo el Imperio y bajo la Restauración, las
dos clases de valor necesarias en ambas épocas: el valor de los campos
de batalla, y el valor de la tribuna.
Tenía tanta elocuencia como había tenido valor; su palabra parecía una
espada.
Como Foy, su antecesor, después de haber mantenido á gran altura el
mando militar, mantenía á gran altura la libertad.
Sentábase entre la izquierda y la extrema izquierda, era querido del
pueblo, porque aceptaba las probabilidades del porvenir, y querido de
la multitud, porque había servido bien al emperador.
Era, con los condes Gerard y Drouet, uno de los mariscales _in petto_
de Napoleón. Los tratados de 1815 le sublevaron como una ofensa
personal. Odiaba á Wellington con un odio directo que agradaba á
la multitud desde diez y siete años, y sin fijarse apenas en los
acontecimientos intermedios, guardaba majestuosamente la tristeza de
Waterloo.
En su agonía, en su última hora, había apretado contra su pecho una
espada que le habían dedicado los oficiales de los Cien Días.
Napoleón murió pronunciando la palabra _ejército_; Lamarque
pronunciando la palabra _patria_.
Su muerte, prevista ya, era considerada por el pueblo como una pérdida
y por el gobierno como una oportunidad.
Aquella muerte fué un duelo. Como todo lo que es amargo, puede el duelo
cambiarse en revuelta. Así fué.
La víspera y la mañana del 5 de junio, día fijado para el entierro del
general Lamarque, el arrabal de San Antonio, por el cual debía pasar el
cortejo, tomó un aspecto temible.
Aquella tumultuosa red de calles se llenó de rumores.
Armábanse todos como podían.
Los carpinteros llevaban la herramienta de sus talleres «para derribar
las puertas».
Uno de ellos se había hecho un puñal de un gancho de zapatero,
rompiendo el gancho y aguzando la espiga.
Otro, con la fiebre por «atacar», dormía vestido hacía tres días.
Un aserrador, llamado Lombier, encontró á un compañero, que le preguntó:
--¿Adónde vas?
--¡Pst! No tengo armas.
--Pues, ¿y entonces?
--Me voy á la carpintería á coger un compás.
--¿Para qué?
--No lo sé,--decía Lombier.
Otro llamado Jacqueline, hombre de recursos, se acercaba á cada uno de
los obreros que pasaban, y les decía:
--¡Ven!
Les pagaba un cuartillo de vino y añadía:
--¿Tienes trabajo?
--No.
--Pues ve á casa de Filspierre, entre el portillo de Montreuil y el de
Charonne, y te darán trabajo.
En casa de Filspierre encontraban armas y cartuchos.
Ciertos jefes conocidos _corrían la posta_; es decir, iban de una á
otra parte para reunir la gente.
En la taberna de Barthélemy, cerca del arco del Trono, en el figón
de Capel, en el petit Chapeau, los bebedores se acercaban con aire
sombrío, y se les oía decir:
--¿Dónde tienes tu pistola?
--Debajo de la blusa. ¿Y tú?
--Debajo de la camisa.
En la calle Traversière, delante del taller Roland, y en la plaza de la
Casa Quemada, frente al taller del instrumentista Bernier, cuchicheaban
algunos grupos. Distinguíase entre ellos un tal Mavot, que nunca estaba
una semana en un taller, pues los maestros le despedían, «porque les
obligaba á disputar con él diariamente».
Mavot fué muerto al día siguiente en la barricada de la calle
Menilmontant.
Pretot, que debía morir también en la lucha, seguía á Mavot, y á esta
pregunta: «¿qué quieres?» respondía: «la insurrección».
Algunos obreros, reunidos en la esquina de la calle de Bercy, esperaban
á un tal Lemarin, agente revolucionario del arrabal de San Marcelo.
Las órdenes de aviso se cambiaban casi públicamente.
El 5 de junio, pues, con un día mezclado de lluvia y sol, el cortejo
del general Lamarque atravesó las calles de París con la pompa militar
oficial, algo aumentada con las precauciones.
Dos batallones con los tambores enlutados y los fusiles á la funerala,
diez mil guardias nacionales con el sable al cinto, las baterías de la
artillería y de la guardia nacional, escoltaban el féretro.
El carro fúnebre era conducido por jóvenes. Los oficiales de Inválidos
le seguían inmediatamente, llevando ramas de laurel.
Después venía un gentío innumerable, agitado, extraño, los seccionarios
de los Amigos del Pueblo, la Escuela de Jurisprudencia, la de Medicina,
los proscritos de todas las naciones, banderas españolas, italianas,
alemanas, polacas, banderas tricolores horizontales, toda clase
de enseñas posibles, niños agitando ramas verdes, picapedreros y
carpinteros, que á la sazón se habían declarado en huelga, impresores
que se distinguían por sus gorros de papel, marchando de dos en dos, de
tres en tres, dando gritos, agitando palos casi todos, sables algunos
de ellos, sin orden, y á pesar de esto con un solo pensamiento, ora en
tropel, ora en columna.
Algunos pelotones habían elegido sus jefes; un hombre armado con un
par de pistolas, perfectamente visible, parecía pasar revista á otros,
cuyas filas se abrían para dejarle paso.
En las calles de los boulevares, en las copas de los árboles, en los
balcones, en las ventanas, en los tejados, hormigueaban las cabezas, de
hombres, mujeres y chiquillos, llenos los ojos de ansiedad.
Pasaba una multitud armada y otra multitud asustada miraba.
El gobierno, por su parte, observaba; observaba con la mano en el puño
de la espada.
Podíase ver dispuestos á marchar, llenas las cartucheras, y cargados
fusiles y carabinas, en la plaza de Luis XV, cuatro escuadrones de
carabineros, montados, con los clarines al frente; en el barrio Latino
y en el Jardín Botánico, la guardia municipal, escalonada de calle en
calle; en el Mercado de Vinos, un escuadrón de dragones; en la plaza de
Grève, una mitad del 12.° de ligeros, y la otra mitad en la Bastilla;
el 6.° de dragones en los Celestinos, y la artillería llenando la plaza
del Louvre.
El resto de las tropas estaba retenido en los cuarteles, sin contar los
regimientos de los alrededores de París.
El poder, inquieto, tenía suspendidos sobre la muchedumbre amenazadora
veinticuatro mil soldados dentro de la población, y treinta mil en las
afueras. En el acompañamiento circulaban diversos rumores más ó menos
absurdos.
Se hablaba de intrigas legitimistas; se hablaba del duque de
Reichstadt, á quien Dios señalaba para la muerte en el momento mismo en
que la multitud le designaba para el imperio.
Un individuo, cuyo nombre permanece desconocido, anunciaba que, á una
hora dada, dos contramaestres ganados abrirían al pueblo las puertas de
una fábrica de armas.
En las frentes descubiertas de la mayor parte de los asistentes
dominaba un entusiasmo mezclado de abatimiento.
Veíanse igualmente aquí y allá entre aquella multitud, presa de tantas
emociones violentas, pero nobles y verdaderos, rostros malhechores, y
labios innobles que decían: «¡Robemos!».
Hay ciertas agitaciones que remueven el fondo de los pantanos, y que
hacen subir á la superficie del agua nubes de cieno. Fenómeno á que no
es extraña la policía «bien montada».
El acompañamiento caminaba con una lentitud febril, desde la casa
mortuoria por las calles principales hasta la Bastilla.
Llovía de cuando en cuando; pero la lluvia no incomodaba á aquella
muchedumbre.
En el tránsito habían ocurrido varios incidentes: el ataúd paseado
alrededor de la columna Vendôme, piedras tiradas contra el duque de
Fitz James, que estaba en un balcón con el sombrero puesto, el gallo
galo arrancado de una bandera popular y arrastrado por el lodo, un
gendarme herido de un sablazo en la Puerta de San Martín, un oficial
del 12.° de ligeros diciendo en alta voz: «Yo soy republicano», la
escuela politécnica llegando después, según su consigna forzada, con
los gritos de «¡Viva la escuela politécnica! ¡Viva la república!»,
mareaban el curso de la comitiva.
En la Bastilla, las grandes filas de temibles curiosos procedentes del
arrabal de San Antonio, se unieron con el acompañamiento, y empezó á
levantarse cierta conmoción terrible en medio del gentío.
Oyóse á un hombre que le decía á otro:
--Fíjate bien en aquel de la perilla roja. Pues ése dirá cuándo hemos
de hacer fuego.
Parece ser que aquella misma perilla roja se encontró después
ejerciendo el mismo cargo en otro motín, el de Quenisset.
El féretro pasó la Bastilla, siguió por el Canal, atravesó el puente
pequeño, llegando á la explanada del puente de Austerlitz.
Allí se detuvo.
En aquel momento, el gentío, mirado á vista de pájaro, ofrecía el
aspecto de un cometa, cuya cabeza estuviese en la explanada, y cuya
cola, desarrollada por el muelle Bourdon, cubriera la Bastilla, y se
prolongara por los boulevares hasta la puerta de San Martín.
Trazóse un círculo alrededor del carro fúnebre; la inmensa comitiva
guardó silencio. Lafayette habló, y dió el último adiós á Lamarque.
Fué aquel un momento tierno y augusto; todas las cabezas se
descubrieron, todos los corazones palpitaron.
De pronto se presentó en medio del grupo un hombre á caballo, vestido
de negro, con una bandera roja, y según otros, con una pica coronada
por el gorro frigio.
Lafayette volvió la cabeza y Exelmans abandonó el cortejo.
Aquella bandera roja levantó una tempestad y desapareció. Uno de esos
horribles clamores parecidos á una marejada conmovió á la multitud
desde el boulevard de Bourdon hasta el puente de Austerlitz.
Alzáronse dos gritos prodigiosos: _¡Lamarque al Panteón! ¡Lafayette á
la Casa ayuntamiento!_
Al oir estas exclamaciones, algunos jóvenes arrastraron el carro
fúnebre de Lamarque por el puente de Austerlitz, y á Lafayette en un
coche por el muelle de Morland.
En la muchedumbre que rodeaba y aclamaba á Lafayette, se distinguía
y era señalado un alemán, llamado Ludwig Snyder, que murió luego
centenario, el cual había hecho la guerra de 1776, y peleado en Trenton
á las órdenes de Washington, y en Brandywine á las de Lafayette.
Entre tanto, por la orilla izquierda, la caballería municipal se ponía
en movimiento, é iba á ocupar el puente; por la orilla derecha los
dragones salían de los Celestinos, y se desplegaban á lo largo del
muelle Morland.
El grupo que conducía á Lafayette los vió repentinamente en la esquina
del muelle, y gritó: «¡Los dragones! ¡Los dragones!».
Estos avanzaban al paso, en silencio, con las pistolas en las
pistoleras, los sables envainados, las carabinas en bandolera, con
sombrío aire de espera.
Á doscientos pasos del puente pequeño hicieron alto.
El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron sus filas,
le dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le
seguían.
En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres
huyeron con terror.
¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.
Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.
Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando
ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.
El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de
escuadrón Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una
ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera
de un oficial.
Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al
lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había
quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por
la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que
se les ponía delante.
Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad,
llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por
los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los
almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha
de por sí, se erizó de combatientes; arrancáronse las estacas,
disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.
Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el
féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron
los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud
en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos
de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se
resiste.
La cólera comunica el motín, como el viento la llama.
IV
=El hervor de otros tiempos=
Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.
Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.
¿Estaba previsto? Sí.
¿Estaba preparado? No.
¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.
¿De dónde cae? De las nubes.
La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en
otras el de una improvisación.
El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la
lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una
alegría formidable.
Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los
escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los
culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los
patios de las casas, diciendo: _¡Va á haber jarana!_
No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya
pasaba en veinte puntos de París.
En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de
barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento
después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un
crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro
con un fusil y el tercero con una pipa.
En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz
sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes
rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los
transeúntes.
En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos
desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en
letras blancas: _República ó muerte_.
En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en
la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en
letras de oro, la palabra _sección_ y un número. Una de estas banderas
era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.
En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y
otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la
segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.
En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de
doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y
cuatro sables y ochenta y tres pistolas.
Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la
bayoneta.
Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes
se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un
mosquete de rueda.
Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.
Una de aquellas mujeres dijo después: _Yo no sabía lo que eran
cartuchos; mi marido me lo dijo_.
Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de
Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.
El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle
de la Perla.
Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles,
en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados,
hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas
y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los
coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las
casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los
toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las
tablas; en una palabra: hacían barricadas.
Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían
entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y
escribían con blanco España en la puerta: _Están entregadas las armas_.
Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y
decían: _Mandad por ellos mañana á la alcaldía_.
Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias
nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las
charreteras á los oficiales.
En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia
nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se
refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta
la noche, y aún disfrazado.
En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus
posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó
bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí,
delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones
distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle
Trasnonain para hacer barricadas.
En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de
las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos
mismos la barricada.
En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una
barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho
fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la
calle de la Corderie.
El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de
cartuchos y trescientas balas de pistola.
Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los
pedazos en la punta de sus bayonetas.
Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á
un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto
inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.
En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas
solamente en el barrio de los Mercados.
En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la
fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que,
flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por
una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis,
la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.
Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle
Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy
Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.
Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de
París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle
de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus
goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus
desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.
En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido
distribuía dinero á los trabajadores.
En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que
parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de
dinero, diciéndole: _Tomad, para pagar los gastos, vino, etc._
Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo
y seña.
Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.
En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales
estaban convertidos en cuerpos de guardia.
Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica
militar.
Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y
recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los
Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un
bosque.
La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la
dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.
Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le
encontró un plano de París.
En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de
impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.
La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una
mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de
guardia.
En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama,
los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del
Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la
fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas
las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel
de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos
Molinos, y todas las barreras.
Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de
Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias,
amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.
Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.
En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los
desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros
saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas
continuaba á tiros.
Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en
campo de batalla.
Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se
fusilaban desde una puerta á otra.
Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver
de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del
pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de
las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa
situación casi media hora.
Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se
vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las
alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.
Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una
puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de
jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.
Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.
En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.
Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos,
retrocedían.
Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales
encontraba una bandera roja con esta inscripción: _Revolución
republicana, número 127_.
¿Era aquello efectivamente una revolución?
El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela
inextricable, tortuosa y colosal.
Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no
pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí,
era que aún no había empezado el combate.
En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual
aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.
Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la
neutralidad del regimiento 53 de línea.
Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal
Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes
de Lobau.
Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías
enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de
policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.
Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las
encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.
Observábanse por ambas partes.
El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche
y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.
El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había
estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.
Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más
recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban
desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama
cólera pública.
El viento de las revoluciones no es manejable.
Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en
desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga
de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías
de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones
bajaban de Vincennes.
La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente
sereno.
V
=Originalidad de París=
Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una
insurrección.
Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más
extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.
París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín»,
exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca
cosa.
Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos;
solamente estos inmensos centros de población pueden contener en
su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina
tranquilidad.
Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el
tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á
decir:
--Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.
Ó:
--En el arrabal de San Antonio.
Regularmente añade con indiferencia:
--Por ahí, no sé dónde.
Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la
fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:
--¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!
Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su
tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad
sus mercancías, y en peligro su persona.
Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón;
se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la
metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los
vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á
pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los
cafés.
Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los
curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la
guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de
convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se
combate.
En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.
Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San
Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de
tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba
y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada,
ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.
Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los
motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque
para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría.
Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.
Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la
gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.
Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y _más
desinteresados_, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno
día.
Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte
indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como
á las cuatro de la madrugada.
Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.
Que _ellos_ eran dueños del Banco.
Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados,
parapetados en la iglesia.
Que la tropa de línea no inspiraba confianza.
Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el
mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».
Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «_Soy
de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una
silla_».
Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que
saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de
París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana
Radcliffe mezclada con el gobierno).
Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.
Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al
despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez
sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la
segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta
de los Mercados.
Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.
Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser
grave.
Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.
¿Por qué no atacaba enseguida?
Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía
olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.
Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban
con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los
sospechosos.
Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la
prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la
Fuerza llena también de presos.
Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la
calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales
yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange,
arengaba con valentía.
Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el
ruido de un aguacero.
En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre
otros en medio de los patios.
Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado
en París.
Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las
madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: _¡Ay, Dios mío!
¡Todavía no ha vuelto!_ Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde
el rodar de algunos carruajes.
Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos,
los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la
caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los
tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la
campana de San Merry.
Esperábase el primer cañonazo.
En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que
gritaban: «¡Retirarse á casa!».
Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.
Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».
De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse
París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.
LIBRO UNDÉCIMO
EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I
=Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de
Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía=
En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con
la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en
la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la
gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza
de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.
Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron
á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez
de la fuga.
El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar
de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por
doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.
En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de
Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor
que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la
puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.
Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:
Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.
Y se escapó con la pistola.
Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la
calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía
su pistola é iba cantando:
Nada se ve de noche,
De día se ve bien,
Por un escrito apócrifo
Se espeluzna el burgués;
Sombreros puntiagudos
Practicad siempre el bien.
Era Gavrochillo que iba á la guerra.
Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.
¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas
las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta
gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.
Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos
populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.
Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la
naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el
repertorio de los talleres.
Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.
Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.
Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de
los cuarenta miembros de la Academia.
Gavroche era un pilluelo literario.
Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa
en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante,
era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de
Providencia.
Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido
el empleo de aquella noche.
Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á
toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los
dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que
improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre,
la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.
Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje,
dirigiéndoles por despedida este discurso:
--«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como
dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á
mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».
Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía
y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún
saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París,
no aparecieron.
El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos
vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.
Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y
habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza
y decir:
--¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?
Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont
aux Choux.
Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa
digna de reflexión, una pastelería.
Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana
antes de entrar en lo desconocido.
Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los
volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».
Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.
Gavroche no por esto se detuvo en su camino.
Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.
Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del
imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en
pleno día los carteles de los espectáculos.
Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos,
que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta
bocanada de bilis filosófica:
--¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos
bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo
comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!
II
=Gavroche en marcha=
La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena
calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche
sentía crecer su verbosidad á cada paso.
Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:
--Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la crisma,
pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer
sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son
los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los
gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los
boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco,
ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que
la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya
no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero
me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de
despotismo.
En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que
pasaba á su lado cayó al suelo.
Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á
levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.
En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia
del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.
En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.
La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de
comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la
encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco
más ó menos, el mismo graznido.
Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.
Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.
De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son:
la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.
La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y
la portera protege.
Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que
sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el
barrido puede haber bondad.
Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa!
hablando con las tres porteras.
Decían cosas como éstas:
--¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!
--¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los
perros; y los perros son los que se quejan.
--Y las gentes también.
--Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.
--Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que
había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en
las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey
de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?
--Yo quería más al duque de Burdeos.
--Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.
--¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!
--¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror
espantoso. No venden más que piltrafas.
En esto intervino la trapera, diciendo:
--Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están
consumidos. No se tira nada; todo se come.
--Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.
--Sí, es verdad,--respondió la trapera con deferencia;--yo tengo una
profesión.
Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que
reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:
--Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi
reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi
cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño,
las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles
viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una
cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la
puerta, y los huesos debajo de la cama.
Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.
--Viejas,--les dijo,--¿qué tenéis que hablar de política?
El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.
--¡Vaya otro bribón!
--¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!
--¡Miren el andrajoso galopín!
--Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.
Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un
gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo
enteramente la mano.
La trapera gritó:
--¡Anda, pillete sin zapatos!
La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos
escandalizada.
--Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva
perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de
color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La
señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en...
en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí
con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en
los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el
gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el
mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las
desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre
reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á
ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que
iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.
--Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,--dijo Gavroche.--Suénate ese
promontorio.
Y siguió adelante.
Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y
empezó este monólogo:
--Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque
esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto
buenas cosas que comer.
De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo
había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:
--¡Eres hijo de la Inclusa!
--¡Bah!--dijo Gavroche,--dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta
llamada:
--¡En marcha para la batalla!
Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto
aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:
--Yo parto, pero tu tiro no partirá.
Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de
una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban
todas las costillas.
Gavroche tuvo lástima, y le dijo:
--¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!
Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.
III
=Justa indignación de un peluquero=
El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á
quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba
en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había
servido en tiempos del Imperio.
Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano
del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á
hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á
soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido
con arabescos, y titulado: _Diálogo entre la navaja y el sable_.
--Señor mío,--decía el peluquero,--¿cómo montaba el emperador á caballo?
--Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.
--¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!
--El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una
yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la
silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el
cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas
salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince
palmos de alta.
--¡Hermoso caballo!--dijo el peluquero.
--Era el favorito de su majestad.
El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente
un poco de silencio; se calló y dijo luego:
--El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?
El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que
lo ha visto:
--En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día;
estaba radiante como un sueldo nuevo.
--Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?
--¿Yo?--dijo el soldado.--¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos
sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en
Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en
la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro
de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de
cañón en el muslo. Nada más.
--¡Qué hermoso es eso,--exclamó el barbero con acento pindárico,--eso
de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir
en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas,
cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una
bala de cañón.
--¡No tenéis mal gusto!--prorrumpió el soldado.
Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible
estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio
del escaparate.
El peluquero se puso descolorido.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó.--¡Ahí está una!
--¿Una qué?
--Una bala de cañón.
--Hela aquí,--dijo el soldado.
Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.
El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á
escape hacia el mercado de San Juan.
Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los
dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le
tiró una piedra á los cristales.
--¡Pero no veis!...--exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había
pasado á azul.--Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha
hecho nada á este pilluelo?
IV
=El niño se admira del anciano=
Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de
guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo
guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.
Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían
encontrado, y engrosaban el grupo.
Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un
fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura
dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan
Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.
Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.
Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando:
«¡Viva Polonia!».
Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados,
mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.
Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.
--¿Adónde vamos?--preguntó.
--Ven,--le dijo Courfeyrac.
Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez
en el agua del motín.
Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo
rompen.
Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:
--¡He aquí los rojos!
--¡El rojo, los rojos!--replicó Bahorel.--¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo
por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira
temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo
para los animales cornudos.
Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del
mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por
el arzobispo de París á sus «ovejas».
Bahorel, exclamó:
--¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.
Y arrancó el cartel de la esquina.
Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se
puso á estudiar á Bahorel.
--Bahorel,--dijo Enjolrás,--haces mal. No deberías haber roto ese
cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu
cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de
línea, ni con el alma, ni con el fusil.
--Cada cual sigue sus inclinaciones,--respondió Bahorel;--me choca
esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú
tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no
me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle!
ha sido para _hacer boca_.
La palabra _Hercle_ chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones
de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por
lo cual le preguntó:
--¿Qué quiere decir _Hercle_?
Bahorel respondió:
--Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.
Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con
barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A
B C, y le gritó:
--¡Pronto, cartuchos! _Para bellum._
--¡Bello hombre! Es verdad,--dijo Gavroche, que ya empezaba á
comprender el latín.
Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas,
jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte,
armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas
sujetas en la pretina de los pantalones.
Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba
armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer
pensativo.
Gavroche se fijó en él:
--¿Qués eso? (¿qué es eso?)--preguntó á Courfeyrac.
--Un viejo.
Era el señor Mabeuf.
V
=El anciano=
Digamos lo que había pasado.
Enjolrás y sus amigos estaban en el boulevard Bourdon, cerca del
Pósito, en el momento en que los dragones dieron la carga.
Enjolrás, Courfeyrac y Combeferre eran del grupo que había seguido por
la calle Bassompierre gritando: «¡Á las barricadas!».
En la calle Lesdiguieres habían encontrado á un anciano, que iba por
allí, el cual les llamó la atención porque andaba haciendo eses como si
estuviera bebido. Llevaba además el sombrero en la mano, á pesar de que
había estado lloviendo toda la mañana, y aún seguía lloviendo bastante
fuerte.
Courfeyrac reconoció en él al señor Mabeuf, á quien conocía por haber
acompañado muchas veces á Mario á su casa.
Sabiendo las costumbres pacíficas y más que tímidas del antiguo
_obrero_ bibliófilo, y extrañando verle en medio de aquel tumulto, á
dos pasos de las cargas de caballería, casi en medio del fuego, con la
cabeza descubierta, lloviendo, y andando entre las balas, se le había
dirigido, y el bullanguero de veinticinco años tuvo con el octogenario
este diálogo:
--Señor Mabeuf, volveos á casa.
--¿Por qué?
--Porque va á haber jaleo.
--Bueno.
--Sablazos y tiros, señor Mabeuf.
--Bueno.
--Y cañonazos.
--Bueno. ¿Y adónde vais vosotros?
--Á derribar al gobierno.
--Está bien.
Y continuó andando con ellos sin volver á pronunciar otra palabra.
Su paso se había vuelto firme casi de repente; algunos obreros le
habían ofrecido el brazo, y él había rehusado con un movimiento de
cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna, teniendo á la vez
los movimientos de un hombre que anda y las apariencias del que duerme.
--¡Vaya un hombre templado!--murmuraban algunos estudiantes.
Corría entre el grupo el rumor de que era un antiguo convencional, un
viejo regicida.
El grupo había tomado por la calle de la Verrerie.
Gavrochillo iba delante cantando su marcha á grito herido, de suerte
que venía á ser como el corneta.
Decía así:
Mira ya salió la luna,
¿Cuándo nos vamos al bosque?
Dice Carlos á Carlota.
Tú tú tú,
Por Chatú.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.
Por beber, van de mañana,
Como tomillo y rocío,
Dos mirlos de chirigota.
Sí sí sí,
Por Passy.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.
Y á aquellos dos lobeznuelos,
Embriagados como mirlos,
Decía un tigre chacota:
Don don don,
á Meudon.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.
Jura el uno y clama el otro,
¿Cuándo nos vamos del bosque?
Carlos pregunta á Carlota.
Tin tin tin,
Por Partin.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.
Dirigíanse á San Merry.
VI
=Reclutas=
El grupo crecía á cada instante.
Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano,
y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y
Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.
Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir
la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin
gatillo, no se fijó en el hombre.
Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la
casa de Courfeyrac, dijo éste:
--Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.
Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro,
cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre
cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la
ropa sucia.
Al bajar la escalera le gritó la portera:
--¡Señor de Courfeyrac!
--Portera, ¿cómo os llamáis?--contestó Courfeyrac.
La portera se quedó atónita.
--Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.
--Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré
señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?
--Ahí está uno que quiere hablaros.
--¿Quién es?
--No sé.
--¿Dónde está?
--En mi cuarto.
--¡Ah, diablo!--prorrumpió Courfeyrac.
--¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra
vuelta,--añadió la portera.
Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado,
pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada
y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una
mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo
á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:
--El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...
--No está.
--¿Volverá esta noche?
--Lo ignoro.
Y Courfeyrac añadió:
--Lo que es yo no volveré.
El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:
--¿Por qué?
--Porque no.
--¿Adónde vais?
--¿Qué te importa?
--¿Queréis que os lleve ese cofre?
--Voy á las barricadas.
--¿Queréis que os acompañe?
--¡Si quieres tú!...--respondió Courfeyrac.--La calle es libre; las
piedras son de todos.
Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.
Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de
ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les
había ido siguiendo.
Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya
hemos dicho que la lleva el viento.
Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la
calle de San Dionisio.
LIBRO DECIMOSEGUNDO
CORINTO
I
=Historia de Corinto desde su fundación=
Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte
del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una
cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande
con esta inscripción:
NAPOLEÓN HECHO
TODO DE MIMBRES,
no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel
sitio apenas hace treinta años.
Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se
escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.
El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en
este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.
Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy
en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz,
refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.
Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración,
al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.
Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta
las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo
de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está hoy la
entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á
la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una
N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie
y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite
Truanderie.
La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más
tortuosos.
El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba,
en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de
San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores
por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de
distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas
apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.
Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas
callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de
ocho pisos.
Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie
y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que
iban de una casa á otra.
La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte
andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á
cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones
crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas
seculares.
La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.
El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas
calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle
_Pirouette_, que salía á la calle Mondetour.
El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la
Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si
hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.
Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del
lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse
cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é
izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban
acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de
Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.
En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la
cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás,
formando así como un cabo saliente sobre la calle.
En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía
tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en
el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:
Allí se mece el esqueleto horrible
De un pobre enamorado que se ahorcó.
El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.
En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la _Maceta de
Rosas_, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un
poste pintado de color de rosa[7].
Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros
caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose
achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había
emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un
racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.
El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir
en letras doradas al pie del racimo estas palabras: _Á las uvas de
Corinto_. De ahí el nombre de Corinto.
Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la
espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de
Rosas.
El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la
tradición, había hecho pintar la tabla de azul.
Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador,
otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el
techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al
medio día.
En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.
En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía
á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada
una puerta de escape en la sala grande del primer piso.
Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran
los nidos de las criadas.
La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.
El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó
cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de
comer.
Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que
en su casa, carpas rellenas que él llamaba _carpas cebadas_ (carpes au
gras).
Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de
Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban
la gente á comerlas desde muy lejos.
Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los
transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura
negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte
culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable
inscripción:
CARPES HOGRAS
Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar
varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta
forma:
CARPE HO RAS
De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde
anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.
Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había
encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina
la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero
Careme, se había nivelado á Horacio.
Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi
bodegón».
Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y
ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora
presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo
el empedrado de la calle Rambuteau.
Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no
el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.
Grantaire había sido el descubridor de Corinto.
Había entrado allí á causa del _carpe ho ras_, y había vuelto á causa
de las _carpes au gras_.
Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no
se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío
Hucheloup era un buen hombre.
Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes,
variedad divertida.
Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus
parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el
aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la
sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.
Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él
los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».
Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía
la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con
apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de
esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es
un estornudo.
Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.
Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de
las carpas cebadas.
Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.
Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes
había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.
Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por
compasión», al decir de Bossuet.
La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con
recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación.
Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus
reminiscencias primaverales y de aldea.
Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir
«cantar al ruiseñor en la madresierva».
La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza
grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos
y de mesas, con una mesa coja de billar.
Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la
sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.
Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué
siempre encendido, parecía una buhardilla.
Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.
Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este
cuarteto en honor de la señora Hucheloup:
Á diez pasos admira, como á los dos espanta,
Una verruga habita su nariz asombrosa;
Teme uno á cada instante si sonar se le antoja,
Que á parar á la boca el mejor día vaya.
Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.
La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este
cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.
Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya
sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á
poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se
servían á los hambrientos en cazuelas de barro.
Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita
del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo
mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos
que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.
Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos
hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida,
dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la
primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la
otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del
trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.
Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso,
escrito con yeso por Courfeyrac:
Regálate si puedes, y come si te atreves.
II
=Alegrías previas=
Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra
parte.
Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.
Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.
Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á
ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, _bini_.
La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.
Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.
La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.
Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de
Corinto.
Subieron al primer piso.
Matelote y Gibelotte los recibieron.
--Ostras, queso y jamón,--dijo Laigle.
Y se sentaron á la mesa.
El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.
Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante
una botella de vino.
Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en
la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:
--Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso
de Brie, y he subido.
Era Grantaire.
Grantaire cogió un taburete y se sentó.
Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.
De modo que ya eran tres.
--¿Vas á beberte esas dos botellas?--preguntó Laigle á Grantaire.
Y éste respondió:
--Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan
nunca á un hombre.
Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y
apuró de un sorbo media botella.
--¿Tienes algún agujero en el estómago?--preguntó Laigle.
--Tú le tienes en el codo,--contestó Grantaire.
Y después de haber vaciado su vaso, añadió:
--¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.
--Lo creo,--respondió Laigle.--Eso hace que hagamos buenas migas mi
levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para
nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con
facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga.
Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.
--Es verdad,--exclamó Joly entrando en la conversación;--un traje viejo
es un abrigo viejo.
--Sobre todo,--dijo Grantaire,--para la boca de un hombre resfriado.
--Grantaire,--interrogó Laigle,--¿vienes de los boulevares?
--No.
--Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.
--Es un espectáculo maravilloso,--dijo Joly.
--¡Qué tranquila está esta calle!--exclamó Laigle.--¿Quién sospecharía
aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto
eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista.
Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos,
tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos,
capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo
pululaban!
--No hablemos de frailes,--dijo Grantaire,--eso da ganas de rascarse.
Y luego exclamó:
--¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría.
Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie
humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran
librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una
biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta!
¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que
ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!
«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la
primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz
como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado
de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano
lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los
pájaros.
«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla;
ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le
llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una
maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La
transformación se ha hecho esta noche.
«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es
que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al
banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de
menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan
los insectos son visibles.
«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo
del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo
de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á
la higuera, abuela de las faldas.
«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?
«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta,
¿qué mal os ha hecho Clusio?
«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho
Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos,
que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos
la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros
tomamos á Clusio.
«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después
gritó; _Væ victis_.
«Y he ahí lo que es derecho.
«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas!
Yo me encojo como gallina asustada».
Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin
detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo
siquiera:
--Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la
modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No
creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.
«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como
el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco
importa: bebed.
«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á
haber otra revolución!
«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á
cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se
atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.
«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo
en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi
maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme;
tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano
del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.
«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los
hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando
sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la
tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres
y revoluciones entre los sucesos.
«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede
prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está
uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores
representantes.
«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en
el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una
enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un
cometazo.
«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un
grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa
de 1811 sobre el aviso.
«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum!
¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es
descabellado; el astro como el drama.
«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos
excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son
pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.
«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de
Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el
porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.
«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de
fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta
mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la
tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no
tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y
aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé
pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón
en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en
la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las
gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del
cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y
tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta
miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.
«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre
la necesidad.
«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da
un baile.
«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del
cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso
estoy descontento.
«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche.
Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y
apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.
«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo
está derrengado. Me paso á la oposición.
«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede
lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los
desean los tienen.
«Total: tengo mal humor.
«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me
humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.
«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin
mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.
«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración.
¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del
paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas
siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los
ociosos al grupo de los revoltosos.
«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las
bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto,
lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó
hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán
contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y
empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su
frontera.
«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!
«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de
los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al
inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas!
¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de
gallinero!
«Apoyándome en lo cual insisto en beber.
«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos
imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes
de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á
respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.
«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.
«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha
sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.
«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y
encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.
«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa,
todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».
Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos
bien merecido.
--Á propósito de revolución,--dijo Joly,--parece que Mario está
decididamente enamorado.
--¿Se sabe de quién?--preguntó Laigle.
--No.
--¿No?
--Te digo que no.
--¡Los amores de Mario!--exclamó Grantaire.--Los veo desde aquí. Mario
es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los
poetas, y quien dice poeta, dice loco. _Thymbræus Apollo._ Mario y
su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos
amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser.
Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero
uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre
las estrellas.
Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga,
cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la
escalera.
Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño,
descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado
por la lluvia, y alegre.
El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente
no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.
--¿Sois vos el señor Bossuet?--le preguntó.
--Ése es mi sobrenombre,--respondió Laigle.--¿Qué me quieres?
--Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía
Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie,
la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí
encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una
burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.
--Joly, préstame diez sueldos,--dijo Laigle.
Y volviéndose hacia Grantaire:
--Grantaire, préstame diez sueldos.
Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.
--Gracias, señor,--dijo éste.
--¿Cómo te llamas?--le preguntó Laigle.
--Navet, el amigo de Gavroche.
--Quédate con nosotros,--dijo Laigle.
--Almuerza con nosotros,--añadió Grantaire.
El muchacho respondió:
--No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando:
¡Abajo Polignac!
Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más
respetuoso de los saludos, se fué.
Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:
--Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El
pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se
llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo
criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo
soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el
pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama
menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama
Cupido.
Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:
--A. B. C., es decir entierro de Lamarque.
--El muy rubio,--dijo Grantaire,--es Enjolrás que te manda avisar.
--¿Iremos?--dijo Bossuet.
--Llueve,--respondió Joly,--y yo he jurado ir al fuego, y no al agua.
No quiero resfriarme.
--Yo me quedo aquí,--dijo Grantaire;--prefiero un almuerzo á un
entierro.
--Conclusión: nos quedamos,--repuso Laigle.--Pues entonces bebamos.
Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.
--¡Eh! Al motín no faltaré yo,--exclamó Joly.
Laigle se frotó las manos.
--Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que
molestan al pueblo sus costuras.
--Nada me importa vuestra revolución,--dijo Grantaire.--Yo no execro al
gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón;
es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que
hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el
extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el
cielo.
La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el
día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había
ido á ver «los sucesos».
--¿Es medio día ó media noche?--preguntó Bossuet.--No veo gota.
¡Gibelotte, una luz!
Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.
--Enjolrás me desdeña,--murmuró.--Enjolrás ha dicho:--«Joly está malo.
Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet.
Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para
Enjolrás! No iré á su entierro.
Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del
figón.
Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía
cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una
palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una
botella rota.
Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly
habían hecho renacer la alegría en Grantaire.
En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste
origen de ensueños.
El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.
En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el
vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor
de sueños.
Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de
detenerle le atraían.
Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el
abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse
el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de
aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan
terribles.
De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo
del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y
en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago,
se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte,
revoloteando sobre Psiquis adormecida.
Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba
prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.
Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con
estrépito.
Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las
ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo
sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata
deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y
dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:
--¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de
la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup!
¡Bebamos!
Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:
--¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!
Joly gritaba ó exclamaba:
--Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo
locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades
sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.
Grantaire continuaba:
--¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en
la mesa por velas?
Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.
Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le
mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.
De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos
de _¡á las armas!_
Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle
de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á
Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su
espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á
Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que
le seguía.
La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina.
Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:
--¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!
Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle
de la Chanvrerie, y dijo:
--¿Qué quieres?
Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.
--¿Adónde vas?
--Á hacer una barricada,--respondió Courfeyrac.
--¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.
--Es verdad, Águila,--dijo Courfeyrac.
Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de
la Chanvrerie.
III
=La noche empieza á dominar sobre Grantaire=
El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la
calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto
formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á
derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle
de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.
Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.
Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la
calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar
de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los
establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las
buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el
piso bajo hasta el tejado.
Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana
en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de
amortiguar el efecto de la fusilería.
El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que
allí se había instalado el grupo.
--¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamaba suspirando la tía Hucheloup.
Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.
Joly se había asomado á la ventana y gritaba:
--Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.
Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras
de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez
toesas de la calle.
Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un
fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles
llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.
Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles
vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.
Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de
abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas
de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin
saber dónde.
Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa
próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.
Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba
ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.
No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se
construye demoliendo.
Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte
iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada,
y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.
Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la
calle.
Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero,
hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al
conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.
--Los ómnibus,--dijo,--no pasan por delante de Corinto. _Non licet
ómnibus adire Corinthum._
Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la
calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.
La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.
Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus
gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.
--Éste es el fin del mundo,--murmuraba.
Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora
Hucheloup, decíale á Grantaire:
--Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa
infinitamente delicada.
Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo.
Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido
por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.
--¡Matelote es fea!--gritaba.--Matelote es el sueño de la fealdad.
Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento:
Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse
un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le
animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos
de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena
muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien
se encierra un héroe.
«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué
bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah!
¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.
«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince
ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo
demás, á mí lo mismo me da.
«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía
comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la
libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!
«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es
causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no
habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos
corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo!
¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no
haría!
«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas
que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de
un amante».
--¡Cállate, tonel!--dijo Courfeyrac.
Grantaire respondió:
--¡Soy capitular y maestro en juegos florales!
Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en
la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo
del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con
Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.
--¡Grantaire!--exclamó.--Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es
el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la
barricada!
Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular,
como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció
que había vuelto en sí.
Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á
Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:
--Déjame dormir aquí.
--Vete á dormir á otra parte.
Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados,
respondió:
--Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.
Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:
--Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de
morir.
Grantaire replicó con voz grave:
--Ya verás.
Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza
pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del
segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente
impulsado, se quedó dormido un instante después.
IV
=Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup=
Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:
--¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!
Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á
la viuda tabernera.
--Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen
llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había
sacudido un cobertor desde la ventana?
--Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también
esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por
una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me
ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?
--Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.
La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio
de esa reparación.
Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo
recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo
venganza, y diciéndole:
--Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.
El padre preguntó:
--¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?
--En la izquierda.
El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:
--Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á
mi hija, yo he abofeteado á su mujer.
La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían
llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de
vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de
lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el
primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero
del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.
Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la
calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas
de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña
Truanderie.
Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.
Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma
casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la
Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del
Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo
de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una
treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la
tienda de un armero.
Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.
Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón;
otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de
pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho
con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.
Había uno que gritaba: _¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en
la punta de nuestras bayonetas!_
El que decía esto no llevaba bayoneta.
Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de
guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana
roja: _Orden público_.
Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna
corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...
Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos
pálidos, y obreros ennegrecidos.
Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los
sucesos posibles:
Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;
Que se contaba seguramente con un regimiento;
Que París se sublevaría...
Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de
alegría cordial.
Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes
peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.
En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un
molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla
de estaño del bodegón.
Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban
revueltos en las mesas con los vasos de vino.
En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente
afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y
sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y
hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos,
barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y
las hacían temblar.
El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de
Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al
grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña
barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.
En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le
había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después
del momento en que fué detenido el ómnibus.
Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de
hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir;
metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.
¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí,
indudablemente; su alegría.
Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía
continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á
la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que
pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.
Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos,
reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen
humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á
todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía
enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos
á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la
mosca del inmenso coche revolucionario.
En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños
pulmones el perpetuo clamor.
--¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay?
Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada;
es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con
todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad,
ahí tenéis una puerta vidriera.
Esto hizo exclamar á los trabajadores:
--¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una
puerta-vidriera, tubérculo?
--Los tubérculos sois vosotros,--respondió Gavroche.--Una
puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el
ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca
manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una
puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando
quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No
tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!
Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á
otro pidiendo:
--¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?
--¡Un fusil á ti!--dijo Combeferre.
--¡Toma!--replicó Gavroche.--¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando
se disputaba con Carlos X!
Enjolrás se encogió de hombros diciendo:
--Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.
Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:
--Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.
--¡Pilluelo!--dijo Enjolrás.
--¡Boquirrubio!--replicó Gavroche.
Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la
calle, vino á distraerles.
Gavroche le gritó:
--¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para
la vieja patria?
El elegante se escabulló.
V
=Los preparativos=
Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la
calle de la Chanvrerie, aquella _construcción casi inexpugnable_, como
la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron.
No pasaba de seis ó siete pies, término medio.
Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad,
ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de
una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de
gradas interiormente.
Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines
y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban
en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el
aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.
Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella,
dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado
del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.
La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con
cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.
La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no
se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.
Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el
segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de
Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la
posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser
atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.
Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo
estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha
cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada,
en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero
irregular, cerrado por todas partes.
Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y
las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se
podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas
habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.
Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y
sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de
pelo ni una bayoneta.
Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín
por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie,
veían la barricada, y apretaban el paso.
Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se
sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.
Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y
Courfeyrac lo abrió.
Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un
momento de silencio.
Courfeyrac los distribuyó sonriendo.
Cada uno recibió treinta cartuchos.
Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se
estaban fundiendo en el bodegón.
En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de
la puerta; y se guardó en reserva.
El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había
acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso;
un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.
Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación,
con gravedad solemne.
Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la
calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero
en la esquina de la Petite-Truanderie.
Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los
fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles,
por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como
muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos
en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio
de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar
algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados,
resueltos, y tranquilos, esperaron.
VI
=Esperando=
Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?
Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.
Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras
una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación
de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas
velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada
podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac,
Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros,
se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus
conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna
convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido,
con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su
silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á
entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:
¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida,
Cuando tiernos y jóvenes los dos,
Sin agitar el pecho otras envidias
Que del bien parecer y del amor;
Que sumando tus años á los míos
La suma á los cuarenta no alcanzó,
Y que en nuestra morada, dulce nido,
En primavera, invierno se trocó?
¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente,
París santos banquetes celebraba,
Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta
Había un alfiler que me pinchaba.
Todos te contemplaban. Yo abogado
Sin pleitos, á comer te convidaba
Al Prado, y tú estabas tan hermosa
Que por verte sus flores se agitaban.
Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura!
¡Cómo perfuma su cabello el aire!
Bajo su manteleta alas esconde.
Es su sombrero la corona de ángel.
Vagábamos los dos unidos siempre,
Y las gentes pensaban al mirarnos
Que el amor en nosotros desposaba
El tierno abril con el florido mayo.
Saboreando solos, sin testigos,
Aquel fruto dulcísimo vedado,
Nunca mi boca formuló un deseo
Que por tu corazón fuera negado.
Fué la Sorbona el sitio donde siempre
Te adoraba de noche y de mañana,
Que es así como un alma tierna aplica
Su latín amoroso sobre el mapa.
Cuando en el cuarto aquel de primavera.
¡Oh plazas de Maubert y del Delfín!
Alisabas tu media transparente,
Un astro vislumbraba en el confín.
Mucho leí á Platón, y ya nada me falta
Mejor que Lamennais y que Malebranche.
Tú la bondad celeste me mostrabas
Con una flor que me quisieras dar.
Te obedecía yo, y estabas tú sumisa.
¡Oh dorado desván! donde desenlazaba
Tus cintas, contemplándote en camisa
En el espejo en que te retratabas.
¡Y quién nunca podrá echar en olvido
De aquellos tiempos la lucida aurora,
De cintas y de flores y de rizos
En que hablaba el amor su lengua hermosa.
Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán;
Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón;
Y la cuenca de arcilla yo solía tomar
Cediéndote la taza de piedra del Japón.
¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos
El ver tu boa perdido, quemado tu manchón!
¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare
Vendido cierto día para una colación!
Era yo mendicante y tú caritativa,
Besé de agradecido tu mano tersa y blanca;
Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía
Para cenar alegres unas cuantas castañas.
Cuando por vez primera en mi desván alegre
Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor,
Al verte despeinada, ruborosa la frente,
Palidecí, creyendo desde luego en Dios.
¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas,
Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones?
¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas
Volaron desde el fondo de nuestros corazones!
La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud,
algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo
de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable
que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados
á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho
ya, era un tiernísimo poeta.
Y todos aquellos jóvenes saboreaban aquel rato de delicia contemplativa
como en los felices días en que se reunían sin zozobra en la apartada
sala del café Musain.
La preocupación política huía ante la fantasía de la juventud
sentimental.
Entre tanto, se había encendido una antorcha en la barricada pequeña,
y en la grande una de esas hachas que el martes de carnaval se ven
precediendo á los coches cargados de máscaras que van á la Courtille.
Estas luminarias, como hemos dicho, venían del arrabal de San Antonio.
Habían metido la antorcha en una especie de jaula de adoquines cerrada
por tres lados para abrigarla del viento, y arreglada de modo que toda
la luz diese sobre la bandera.
La calle y la barricada quedaban en la obscuridad, y no se veía más
que la bandera roja formidablemente iluminada como una enorme linterna
sorda.
Esta luz extendía sobre la escarlata de la bandera un tinte de púrpura
terrible.
VII
=El hombre reclutado en la calle de Billettes=
La noche había ya caído por completo; nadie se acercaba.
No se oían más que rumores confusos, y por instantes descargas, pero
raras, débiles y lejanas.
Este plazo, que se prolongaba, era señal de que el gobierno se tomaba
tiempo y reunía sus fuerzas.
Estos cincuenta hombres esperaban á sesenta mil.
Enjolrás se sentía dominado por esa impaciencia que se apodera de las
almas fuertes en el umbral de los grandes sucesos.
Fué á buscar á Gavroche que se había puesto á hacer cartuchos en
la sala baja, á la dudosa claridad de dos velas colocadas sobre el
mostrador, por precaución, á causa de la pólvora esparcida sobre las
mesas.
Además, los insurrectos habían tenido buen cuidado de no encender luz
en los pisos superiores.
Gavroche en aquel instante estaba muy pensativo, aunque no precisamente
por sus cartuchos.
El hombre de la calle de Billettes acababa de entrar en la sala baja, y
había ido á sentarse junto á la mesa menos alumbrada.
Habíale tocado un fusil de munición del mejor modelo, que sostenía
entre ambas piernas.
Gavroche, hasta entonces distraído por mil cosas «divertidas», no había
ni aún reparado en aquel hombre.
Cuando entró le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil,
y después, en cuanto el hombre se sentó, se levantó el pilluelo
repentinamente, como impulsado por una idea extraña.
Los que hubieran observado á aquel hombre hasta aquel momento, le
habrían visto espiarlo todo en la barricada y en el grupo de los
insurrectos con singular atención; pero desde que entró en la sala se
sumergió en el recogimiento, y parecía no ver nada de lo que pasaba.
El pilluelo se aproximó á aquel hombre pensativo, y empezó á dar
vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies, como se hace
cuando no se quiere despertar á alguno.
Al mismo tiempo en su rostro infantil, á la vez tan descarado y tan
serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan entusiasta, se fueron
pintando sucesivamente todos esos gestos de viejo que significan:
¡Ah! ¡Bah!... ¡No es posible!... ¡Tengo telarañas en los ojos!...
¡Deliro!... ¿Será él?... No, no es... ¡Pero sí! ¡Pero no! etc., etc.
Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los
bolsillos, agitaba el cuello como un pájaro, y empleaba en un gesto de
desprecio toda la sagacidad de su labio inferior.
Estaba estupefacto, vacilante, incrédulo, convencido, deslumbrado.
Tenía el semblante de un jefe de eunucos en el mercado de esclavas,
descubriendo una Venus entre mil mujeronas, y el gesto de un aficionado
reconociendo un cuadro de Rafael entre un montón de mamarrachos.
Obraban en él á un tiempo mismo el instinto que olfatea y la
inteligencia que combina.
Era evidente que se acercaba un acontecimiento para Gavroche.
En lo más profundo de este examen se acercó á él Enjolrás.
--Tú eres pequeño,--le dijo,--y nadie te verá. Sal de las barricadas,
deslízate á lo largo de las casas, date una mirada por las calles, y
ven á decirme lo que hay.
Gavroche se empinó sobre sí mismo.
--¡Los pequeños servimos, pues, para algo! ¡Esto es una felicidad! Allá
voy. Pero entre tanto, confiad en los pequeños y desconfiad de los
grandes.
Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de
la calle de Billettes:
--¿Veis aquel grande?
--¿Y qué?
--Es un espía.
--¿Estás seguro?
--Aún no hace quince días que me bajó cogido de la oreja, de la cornisa
del Puente Real, adonde estaba yo tomando el fresco.
Enjolrás se separó inquieto del pilluelo, y dijo por lo bajo algunas
palabras á un obrero del muelle de vinos que estaba allí.
El obrero salió de la sala, y volvió al momento acompañado de otros
tres.
Entonces Enjolrás se acercó al hombre, y le preguntó:
--¿Quién sois?
Á esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió á
Enjolrás una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila,
pareciendo adivinar su pensamiento.
Sonrió entonces con la sonrisa más desdeñosa, más enérgica y resuelta
del mundo, contestando con altiva gravedad:
--Ya os entiendo... ¡Pues bien, sí!
--¿Sois un espía?
--Soy agente de la autoridad.
--¿Cómo os llamáis?
--Javert.
Enjolrás hizo una señal á los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de
ojos, antes de que Javert tuviese tiempo de volverse, le cogieron por
el cuello, le derribaron y le registraron.
Se le encontró encima una tarjetita circular pegada entre dos vidrios,
la cual tenía grabadas por un lado las armas de Francia y esta leyenda:
_Inspección y vigilancia_, y en la otra esta mención: «JAVERT,
inspector de policía; edad, cincuenta y dos años», con la firma del
prefecto de policía de entonces, Gisquet.
Llevaba además su reloj y su bolsillo, éste contenía algunas monedas de
oro; se le dejó la bolsa y el reloj.
Detrás del reloj, en el fondo del bolsillo, descubrióse por el tacto
un papel doblado, que desdobló Enjolrás, leyendo estas cuatro líneas,
escritas de mano del prefecto de policía:
«En cuanto el inspector Javert, haya cumplido su misión política, se
asegurará, por medio de una vigilancia especial, de si es cierto que
algunos malhechores andan vagando por la ribera baja de la derecha del
Sena, cerca del Puente de Jena».
Terminado el registro, levantaron á Javert, sujetáronle los brazos
por detrás de la espalda, y le ataron en medio de la sala baja al
mencionado poste que había dado antiguamente nombre al bodegón.
Gavroche, que había presenciado y aprobado toda la escena con
silenciosos movimientos de cabeza, se acercó á Javert y le dijo:
--Es el ratón el que ha cogido al gato.
Todo esto se había ejecutado con tanta rapidez, que todo estaba
concluido cuando empezaron á notarlo en el figón.
Alguien había visto al obrero del muelle de vinos hablar
misteriosamente con sus tres compañeros, examinar sus pistolas, y
esconder bajo la blusa un lío de cuerdas; la curiosidad les obligó á
seguirles hasta la puerta del bodegón, pero no entró nadie con ellos.
Refirió á otros lo que había observado, y ya entonces empezó á circular
aquel rumor que donde hay mucha gente reunida pone en movimiento,
por una futilidad cualquiera, á los más impacientes ó más ávidos de
emociones.
Javert no había dado ni un grito; y en cuanto estuvo atado al poste,
acudieron Courfeyrac, Bossuet, Joly, Combeferre, y los demás que
andaban dispersos por las barricadas.
Javert, recostado en el poste, y tan rodeado de cuerdas que no podía
hacer un movimiento, levantaba la cabeza con la serenidad intrépida del
hombre que no ha mentido nunca.
--Es un espía,--dijo Enjolrás.
Y volviéndose hacia Javert:
--Seréis fusilado diez minutos antes de que se tome la barricada.
Javert replicó con su acento peculiar más imperioso:
--¿Por qué no enseguida?
Por economía de pólvora.
--Entonces matadme de una cuchillada.
--¡Polizonte,--exclamó el arrogante Enjolrás,--nosotros somos jueces y
no asesinos!
Después llamó á Gavroche.
--¡Tú á tu negocio! ¡Haz lo que te he dicho!
--Voy,--contestó Gavroche.
Y deteniéndose en el momento de partir, añadió:
--Á propósito: ¡me daréis su fusil! Yo os dejo el músico; pero quiero
el clarinete.
El pilluelo hizo el saludo militar, saltando enseguida alegremente por
la cortadura de la gran barricada.
VIII
=Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc,
que quizá no se llamaba Cabuc=
La pintura trágica que hemos emprendido no sería completa, y el lector
no vería en ella, en su relieve exacto y verdadero, esos grandes
momentos del drama social y del desarrollo revolucionario en que la
convulsión se mezcla con la fuerza, si omitiésemos en nuestro bosquejo
un incidente lleno de cierto horror épico y feroz que ocurrió casi al
tiempo mismo de marcharse Gavroche.
Los grupos, como es sabido, son bolas de nieve, y confunden al rodar
un montón de hombres tumultuosos, á los cuales nadie pregunta de dónde
vienen.
Entre los transeúntes que se habían unido al grupo dirigido por
Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac, había uno que llevaba una chaqueta
de esportillero, bastante usada de los hombros, que gesticulaba y
vociferaba, con cierto aspecto de borracho salvaje.
Aquel hombre, llamado ó apodado Cabuc, y desconocido completamente á
los que pretendían conocerle, muy ebrio como hemos dicho, ó aparentando
estarlo, se había sentado con algunos otros á una mesa que habían
sacado fuera del bodegón.
El tal Cabuc, al mismo tiempo que hacía beber á sus compañeros de
conversación, parecía contemplar con aire reflexivo la casa grande del
fondo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y
daban frente á la de San Dionisio.
De repente exclamó:
--Compañeros, mirad, desde esa casa es desde donde debemos tirar.
Puestos en las ventanas, ¡ni el diablo entra en la calle!
--Sí; pero está cerrada la casa,--dijo uno de los bebedores.
--Y no querrán abrir,--dijo otro.
--¡Llamemos!
--No abrirán.
--¡Echemos abajo la puerta!
Cabuc corre á la puerta, que tenía un llamador muy pesado, y llama,
pero no abren la puerta. Vuelve á llamar; nadie responde. Da un tercer
golpe; el mismo silencio.
--¿Hay alguien por aquí?--gritó Cabuc.
Nadie se movió.
Entonces cogió un fusil y empezó á dar culatazos á la puerta.
Era una puerta antigua de pasadizo, cintrada, baja, estrecha, sólida,
de encina maciza, forrada por el interior de una chapa de palastro y de
una armadura de hierro; verdadera poterna de fortaleza.
Los culatazos hacían temblar la casa, pero no conmovían la puerta.
Los vecinos debieron, sin embargo, alarmarse, porque al fin se vió
iluminarse y abrirse un ventanillo cuadrado del tercer piso, y aparecer
en él una luz y la cara bonachona y asustada de un buen hombre de pelo
entrecano, que era el portero.
El que daba los culatazos se paró.
--Señores,--dijo el portero,--¿qué se ofrece?
--¡Abre!--dijo Cabuc.
--Señores, no se puede.
--¡Abre, sea como fuere!
--¡Es imposible, señores!
--¡Yo te daré lo imposible!
Cabuc cogió el fusil y apuntó al portero; pero estaba debajo y era de
noche; éste no le vió.
--¿Quieres abrir? ¿Sí ó no?
--¡No, señores!
--¿Dices que no?
--Digo que no, buenos...
El portero no pudo acabar, partió el tiro; la bala le entró por debajo
de la barba y le salió por la nuca, después de atravesar la vena
yugular.
El pobre viejo cayó sin dar un suspiro; la luz se le fué de las manos y
se apagó; no viéndose después más que una cabeza inmóvil, recostada en
el borde de la ventana, y un poco de humo blanquecino que subía hacia
el tejado.
--¡Ahí queda!--dijo Cabuc, dando un culatazo en el suelo.
Apenas había pronunciado esta palabra, sintió una mano que le cogía del
cuello con la fuerza de la garra de un águila, y oyó una voz que le
decía:
--¡De rodillas!
El asesino se volvió, y vió delante de sí el rostro pálido y sereno de
Enjolrás, que tenía una pistola en la mano.
Había acudido al oir la detonación.
Con la mano izquierda había cogido el cuello, la blusa, la camisa y el
tirante de Cabuc.
--¡De rodillas!--repitió.
Y con un movimiento soberano, el delicado joven de veinte años dobló
como una caña al robusto ganapán, haciéndole caer de rodillas sobre el
lodo.
Cabuc trató de resistir; pero parecía sujetado por un puño sobrehumano.
Enjolrás, pálido, con el cuello descubierto, los cabellos esparcidos y
el rostro femenil, tenía en aquel momento algo de la famosa Témis de la
antigüedad.
Su expresiva nariz, y sus ojos bajos, daban á su implacable perfil
griego aquella expresión de cólera y de castidad que el mundo antiguo
creía propiedad de la justicia.
Todos los de la barricada habían acudido, y colocándose en círculo á
cierta distancia, conociendo que era imposible pronunciar una palabra
ante lo que iban á ver.
Cabuc, vencido, no trataba ya de defenderse, y temblaba de pies á
cabeza. Enjolrás le soltó, y sacó el reloj.
--¡Recógete en ti mismo!--le dijo.--Reflexiona ú ora. ¡Te queda un
minuto!
--¡Perdón!--murmuró el asesino. Después bajó la cabeza, y balbuceó
algunos juramentos inarticulados.
Enjolrás no apartó la vista del reloj, dejó pasar el minuto y volvió el
reloj al bolsillo.
En seguida cogió por los cabellos á Cabuc, que se revolvía contra sus
rodillas aullando, y apoyó en su oreja el cañón de la pistola.
Muchos de aquellos hombres intrépidos que habían entrado tan
tranquilamente en una de las más terribles aventuras, volvieron la
cabeza.
Oyóse la explosión; el asesino cayó al suelo boca abajo.
Enjolrás se enderezó, paseando en derredor suyo una mirada convencida y
severa.
Luego empujó el cadáver con el pie, diciendo:
--Quitad eso de ahí.
Tres hombres levantaron el cuerpo del asesino, que se agitaba en las
últimas convulsiones maquinales de la vida espirante, y le arrojaron
por encima de la barricada en la callejuela Mondetour.
Enjolrás se había quedado pensativo. No se sabe qué grandiosas
tinieblas se esparcieron lentamente sobre su imponente severidad.
De pronto levantó la voz; todos le escucharon en silencio.
--Ciudadanos,--dijo Enjolrás:--lo que este hombre ha hecho es
espantoso, lo que yo he hecho es horrible. Le he matado, por haber
matado; y he debido hacerlo, porque la insurrección debe tener
su disciplina. El asesinato es ahora mayor crimen que en otras
circunstancias; estamos bajo los ojos de la revolución, somos los
apóstoles de la república; somos las víctimas del deber, y es preciso
que nadie pueda calumniar nuestra lucha. Por esto he juzgado y
condenado á muerte á ese hombre. En cuanto á mí, obligado á hacer lo
que he hecho, pero aborreciéndolo, me he juzgado también, y pronto vais
á ver cómo me he condenado.
Los que le escucharon temblaron.
--Nosotros participaremos de tu suerte,--dijo Combeferre.
--¡Gracias!--respondió Enjolrás.--Pero oídme todavía una palabra. Al
matar á ese hombre he obedecido á la necesidad; pero la necesidad es un
monstruo del viejo mundo, la necesidad se llama Fatalidad. La ley del
progreso es que los monstruos desaparezcan ante los ángeles, y que la
Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad.
«No es este momento á propósito para pronunciar la palabra amor. No
importa; yo la pronuncio y la glorifico. Amor mutuo, el porvenir es
tuyo. Muerte, yo me sirvo de ti, pero te aborrezco.
«Ciudadanos, en el porvenir no habrá tinieblas, ni rayos, ni feroz
ignorancia, ni pena sangrienta del Talión; como no habrá Satanás, no
habrá tampoco necesidad de Arcángel. En el porvenir nadie matará á
nadie; la tierra resplandecerá, y el género humano amará. Ciudadanos,
llegará ese día en que todo será amor, concordia, armonía, luz, alegría
y vida; vendrá, sí; y para que venga, nosotros vamos á morir».
Enjolrás se calló.
Sus labios de virgen se cerraron, y quedó por un buen espacio, de pie
en el sitio en que había derramado aquella sangre, con la inmovilidad
del mármol. Su mirada fija hacía que se hablase por lo bajo á su
alrededor.
Juan Provaire y Combeferre se estrechaban la mano silenciosamente,
apoyados uno contra el otro en el ángulo de la barricada, miraban con
cierta admiración algo compasiva á aquel joven tan grave, verdugo y
sacerdote, transparente como el cristal, y duro como la roca.
Digamos, de paso, que después del combate, cuando los cadáveres fueron
llevados al depósito y registrados, se encontró en el de Cabuc una
cédula de agente de policía.
El autor de este libro ha tenido en sus manos, en el año 1848, el
informe especial dado con este motivo al prefecto de policía de 1832.
Añadamos que, si hemos de creer una tradición de policía extraña, pero
probablemente fundada, Cabuc era Claquesous. El hecho es que desde la
muerte de Cabuc no volvió á hablarse más de Claquesous.
Aquel miserable no dejó huella alguna de su desaparición; parecía
haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido todo tinieblas;
su fin debió ser la noche.
Por el contrario, todos los que componían la banda de malhechores de
que él formaba parte, figuraron más ó menos después, y su fin fué
conocido bajo las diversas fases que reviste la existencia de bandido.
Todo el grupo de insurrectos se hallaba aún bajo la emoción de aquel
proceso trágico, instruido y terminado tan rápidamente, cuando
Courfeyrac volvió á ver en la barricada al jovencillo que por la mañana
había preguntado en su casa por Mario.
Aquel muchacho, de aspecto atrevido é indiferente, había vuelto por la
noche á reunirse con los insurrectos.
NOTAS:
[7] _Pot-aux-roses_, maceta de rosas, y _Poteau rose_, poste de color
de rosa, tienen en francés la misma pronunciación.
LIBRO DECIMOTERCERO
MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I
=Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio=
Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la
barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto
que la voz del destino.
Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la
tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.
Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la
desesperación, son tentadoras.
Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del
jardín, y dijo: «¡Vamos!».
Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz
de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en
la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas
las cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar
rápidamente con la vida.
Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos
cachorrillos que le dió Javert.
El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de
las calles.
Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó
la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza
de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.
Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las
mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café
Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.
Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los
Príncipes y del hotel Mauricio.
Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.
Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus
puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban
encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas
como de ordinario.
En la plaza del Palacio Real había caballería.
Mario siguió por la calle de San Honorato.
Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas
iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba
en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba
la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.
Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo,
salía de la misma un murmullo sordo y profundo.
Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que
se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una
corriente.
Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era
una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas
amontonadas, que hablaban en voz baja.
Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones,
blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.
Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.
Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.
Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.
Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la
de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una
sola vidriera en que brillase una luz.
Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y
decreciente de los faroles.
Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas
de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de
una enorme araña.
Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en
pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.
Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí
terminaba la multitud, y empezaba el ejército.
Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le
habían llamado y debía ir.
Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las
patrullas y evitó los centinelas.
Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.
Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el
límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.
Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la
soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era
entrar en una cueva.
Continuó avanzando.
Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre?
¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello
había pasado, y se había desvanecido.
De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la
Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.
Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo
tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos.
Había allí una barricada bosquejada y abandonada.
Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del
obstáculo.
Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las
casas.
Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa
blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del
ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado
errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad
sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no
comprende éste las de la Providencia.
Mario pasó adelante.
Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro
que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó
á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una
bacía colgada á la puerta de una barbería.
En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de
los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.
Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no
encontró nada.
Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas
sombrías.
Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.
II
=París á vista de búho=
Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas
de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.
Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad
dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San
Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho
los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría
presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de
París.
La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos
y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo
rumor, todo movimiento.
La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba
el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la
insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando
los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.
Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo
que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.
Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en
las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.
Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni
los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que
salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.
El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras,
habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos
resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles
de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran
por entre ruinas; eran las barricadas.
El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por
encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre
de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios,
de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca
en fantasmas.
Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde
aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles,
el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de
los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido
de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto;
formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.
El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa
caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir,
cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.
Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles;
sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los
que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban
temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las
esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.
Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles,
ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.
¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.
Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la
insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden
y el motín, iban á buscarse á tientas.
Para unos y para otros la necesidad era la misma.
Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.
Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos
se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.
Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual
encarnizamiento, igual decisión.
Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para
los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.
Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo
estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una
revolución ó un chispazo apagado.
El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que
el último ciudadano.
De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de
aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad
alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.
No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la
muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.
Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada
lamentándose en las tinieblas.
Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de
acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las
armonías de aquel conjunto.
Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte
con sus melancólicos pliegues.
Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un
inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.
Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había
presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la
juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las
teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban
para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba
y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de
aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del
viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del
París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del
pueblo.
Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la
palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios,
que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como
la voz del trueno.
III
=El último extremo=
Mario había llegado á los Mercados.
Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las
calles próximas.
Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra
extendiéndose bajo el cielo.
Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la
Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad
rojiza.
Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.
Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché
aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de
Predicadores, y entró en ella.
El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle
no le vió.
Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de
puntillas.
Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única
comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.
En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y
miró en aquel trozo de calle.
Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle
de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él
mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que
era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de
muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.
Todo eso estaba á diez toesas de él.
Era el interior de la barricada.
Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el
resto del figón, la gran barricada y la bandera.
Mario no tenía que dar sino un paso.
Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los
brazos, y se puso á pensar en su padre.
Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente
soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras
de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que
había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde,
Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria
de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que
había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había
vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre
el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente
arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac,
en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había
vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el
semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño,
habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.
Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y
que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido,
atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á
las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar
la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de
batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y
que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.
Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.
Estremecióse entonces.
Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un
prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.
Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo
de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido
de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir;
porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por
los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la
espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la
calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había
hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.
Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido
de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á
llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada,
de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la
espada del ángel.
Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que
hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido
el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la
espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un
prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.
Después se puso á llorar amargamente.
Esto era horrible.
Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había
ausentado, era preciso morir.
¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?
Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.
Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de
aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle
una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.
¿Para qué, pues, vivir ya?
Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y
huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y
diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la
guerra civil, me voy!».
¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban,
que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al
amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del
patriotismo!
¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en
la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano,
gritándole: «¡Adelante, cobarde!».
Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.
De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie
de rectificación espléndida.
Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la
tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.
La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le
presentaba, no ya horrible, sino soberbia.
La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto
trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.
Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra
vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á
ninguno.
Veamos:
¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la
insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues,
de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á
empeñarse?
No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se
trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.
La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.
Pero ¿es verdad que la patria se queja?
Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante
la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.
Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría
hablando de guerra civil?
¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras
extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra
fratricida?
La guerra no se califica por su objeto.
No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra
justa ó guerra injusta.
Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra,
al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura
contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que
censurar, pues, en esa guerra?
La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino
cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización,
á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se
llama crimen.
Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma
cualquiera de guerra puede condenar á otra?
¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo
Desmoulins?
Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de
estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.
Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior
de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de
Blankenheim, á Coligny.
¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la
guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix
luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España,
Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.
Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el
derecho divino es extranjero.
El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la
frontera geográfica.
Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el
propio territorio.
Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es
menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja.
Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia
ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.
Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.
Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone
apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.
Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el
beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero,
arrojarles la luz á grandes puñados.
Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este
deslumbramiento les despierta.
De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.
Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las
naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la
que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares,
la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades
absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor
crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.
¡Abajo el tirano!
¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni
tampoco á Luis XVI.
Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los
principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la
verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda
compasión hacia el hombre debe reprimirse.
Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay _por lo de Borbón_ en Luis
Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación
del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es
indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza.
Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.
En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad,
volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á
colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud
la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo
á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona
presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al
nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente
guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.
Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de
supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias,
de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo
con sus torres de odio.
Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.
Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.
No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es
la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de
reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á
veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la
agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun
discuten tesis.
La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota,
sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.
Éste era el estado de ánimo de Mario.
Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no
obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba
por lo interior de la barricada.
Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía
ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.
Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una
especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento.
Era el portero muerto por Cabuc.
Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se
descubría vagamente aquella cabeza.
Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que
aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los
ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle
en actitud de curiosidad.
Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.
Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía
recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer
piso, donde se había detenido.
LIBRO DECIMOCUARTO
GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I
=La bandera: primer acto=
Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.
Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina,
junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban
tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.
De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara,
joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que
empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. _Á
la luz de la luna_, esta poesía que terminaba con un grito parecido al
canto del gallo:
Mi nariz de lágrimas,
Amigo Bugead;
Préstame gendarmes
Para hablarles yo.
Capote azulado,
Gallina al chacó.
¡Ahí tienes el colmo!
¡Co--coricó!
Ellos se apretaron la mano.
--Es Gavroche,--dijo Enjolrás.
--Nos avisa,--dijo Combeferre.
Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta;
Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y
cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:
--¡Mi fusil! ¡Ahí están!
Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el
movimiento de las manos buscando los fusiles.
--¿Quieres mi carabina?--dijo Enjolrás al pilluelo.
--Quiero el fusil grande,--respondió Gavroche.
Y tomó el fusil de Javert.
Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado
dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la
Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había
permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los
puentes y del Mercado no venía nadie.
La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos
adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera,
ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente
abierto en una humareda.
Cada cual se había colocado en su puesto de combate.
Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás,
Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían
arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea
del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados
por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos
á hacer fuego.
Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á
la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.
Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado
de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.
Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y
sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción,
con una continuidad tranquila y horrorosa.
No se oía más que eso.
Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del
Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de
múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que
la idea de un espectro.
Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.
Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.
Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.
No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo,
entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos,
finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes
á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento
de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del
sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente
iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.
Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.
De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más
siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma
obscuridad, gritó:
--¿Quién vive?
Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las
manos.
Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.
--¡Revolución francesa!
--¡Fuego!--dijo la voz.
Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta
de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.
Una terrible detonación estalló sobre la barricada.
Cayó al suelo la bandera roja.
La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta,
es decir, la punta de la lanza del ómnibus.
Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron
en la barricada, é hirieron á muchos hombres.
La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era
violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos.
Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.
--Compañeros,--gritó Courfeyrac,--no gastemos pólvora en balde.
Esperemos á que entren en la calle para contestarles.
--En primer lugar,--dijo Enjolrás,--icemos de nuevo la bandera.
Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.
Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa
cargaba las armas otra vez.
Enjolrás añadió:
--¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre
la barricada? Ninguno respondió.
Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo,
era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás
mismo sintiendo cierto temblor, repitió:
--¿No hay quién se atreva?
II
=La bandera: acto segundo=
Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á
levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf
quien, sin embargo, no se había separado del grupo.
Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado
detrás del mostrador.
Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no
veía ni pensaba.
Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y
aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.
Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á
alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos,
y se apagaban.
Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una
postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las
rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un
abismo.
Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su
pensamiento estuviese en la barricada.
Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala
baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo
custodiándole, y el señor Mabeuf.
En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida
física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y
apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía
por segunda vez su pregunta:
--¿No hay quién se atreva?
La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los
grupos; y se oyeron estos gritos:
--¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!
Es probable que él no lo oyera.
Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su
paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que
retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á
auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa
y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de
adoquines que formaba la barricada.
Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor:
«¡Abajo los sombreros!».
Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su
espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada
y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de
súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la
antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del
93 con la bandera del terror en la mano.
Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma
tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en
presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de
la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en
las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.
Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los
prodigios.
En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y
gritó:
--¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y
muerte!
Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un
cura apresurado que murmura una oración.
Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones
legales desde la otra parte de la calle.
Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:
--¡Retiraos!
El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas
iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y
repitió:
--¡Viva la república!
--¡Fuego!--dijo la voz.
Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la
barricada.
El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la
bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo
lo largo, con los brazos en cruz.
La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro,
pálido y triste, parecía mirar al cielo.
Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún
de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al
cadáver con horrible espanto.
--¡Qué grandes hombres estos regicidas!--dijo Enjolrás.
Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.
--Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero
este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y
no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.
--Cabeza de topo y corazón de Bruto,--respondió Enjolrás.
Después levantando la voz, exclamó:
--Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes.
Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado.
¡He aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de
miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una
larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada
uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su
padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!
Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.
Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con
solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole
con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita,
enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:
--He aquí ahora nuestra bandera.
III
=Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás=
Cubriose el cuerpo del señor Mabeuf con un viejo pañuelo negro de la
viuda Hucheloup; seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de
campaña, colocaron en ella el cadáver, y la llevaron, descubierta la
cabeza, con solemne lentitud, á la mesa grande de la sala baja.
Aquellos hombres comprometidos en la sagrada y grave empresa que
estaban realizando, no se acordaban de su peligrosa situación.
Cuando el cadáver pasó junto á Javert, que continuaba impasible,
Enjolrás dijo al espía:
--¡Y tú enseguida!
Entre tanto, Gavrochillo, único que no había abandonado su puesto,
quedándose en observación, creyó ver algunos hombres que se acercaban
como lobos á la barricada. De repente exclamó:
--¡Desconfiad!
Courfeyrac, Enjolrás, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y
Bossuet, todos salieron en tumulto de la taberna.
Era ya casi tarde.
Veíase un gran espesor de bayonetas serpenteando sobre la barricada.
Guardias municipales, de buena talla, penetraban, unos saltando el
ómnibus, otros por la cortadura, empujando al pilluelo, que retrocedía,
pero sin huir.
El momento era crítico. Era el primer minuto terrible de la inundación
cuando el río se eleva al nivel de sus barreras, y el agua empieza á
filtrarse por las hendiduras de los diques.
Un momento más, y la barricada estaba perdida sin remedio.
Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y le mató de un tiro con su
carabina, á quema-ropa; el segundo mató á Bahorel de un bayonetazo.
Otro había derribado á Courfeyrac, que gritaba: ¡Á mí!
El más alto de todos, una especie de coloso, se dirigía contra Gavroche
con la bayoneta calada.
El pilluelo cogió con sus pequeñas manos el enorme fusil de Javert,
apuntó resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro
no salió.
El guardia soltó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el muchacho.
Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del
soldado, cayendo éste de espaldas herido de un balazo en la frente.
Una segunda bala daba en mitad del pecho del otro guardia que había
acometido á Courfeyrac.
Era Mario que acababa de aparecer en la barricada.
IV
=El barril de pólvora=
Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había
asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.
Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y
soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.
Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf,
fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando:
¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía
socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea
con sus dos pistolas en la mano.
Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.
Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había
subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio
cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y
guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.
Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro,
como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.
Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones;
la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de
pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.
Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero
había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.
Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado;
pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la
boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del
pantalón de pana.
Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también,
porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.
Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.
Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.
Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba,
y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales
momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le
detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra
sombra mayor.
Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.
Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto,
en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.
La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las
buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.
Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y
Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á
descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que
coronaban la barricada.
Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y
amenazadora que precede al combate.
Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que
podían hablarse al alcance de la voz.
Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con
gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:
--¡Abajo las armas!
--¡Fuego!--gritó Enjolrás.
Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció
entre una nube de humo.
Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos
débiles y sordos, los heridos y los moribundos.
Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes,
disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.
De repente oyóse una voz tunante que gritaba:
--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!
Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.
Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de
pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de
obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo
largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.
Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de
adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente
con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario
en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.
En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y
soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor,
con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo
rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del
hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de
pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:
--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!
Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la
representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de
la revolución vieja.
--¡Volar la barricada!--exclamó un sargento.--¡Tú volarás también!
Mario respondió:
--¡Y yo también!
Y acercó la mecha al barril de pólvora.
Pero ya no había nadie en el parapeto.
Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban
atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en
la obscuridad.
Fué aquello un «sálvese el que pueda».
La barricada quedó libre.
V
=Fin de los versos de Juan Provaire=
Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.
--¿Tú aquí?
--¡Qué fortuna!--dijo Combeferre.
--¡Has llegado á tiempo!--prorrumpió Bossuet.
--¡Si no es por ti, muerto estaba!--repuso Courfeyrac.
--¡Sin vos, me zampan!--añadió Gavroche.
Mario preguntó:
--¿Quién es el jefe?
--Tú,--le contestó Enjolrás.
Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía
un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera
de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa
de la vida.
Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar
bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la
barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en
jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa
pesadilla.
Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad
de cuanto le rodeaba.
Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan
inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo
imprevisto.
Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.
Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció
á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza
durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en
su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez.
Mario ni siquiera le vió.
Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear
al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen
esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar
aquel reducto inaccesible.
Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes
de medicina, curaban los heridos.
Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos,
destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido
el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en
la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las
criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.
En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía
qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la
bodega como aletargadas.
Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado
parapeto.
Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más
queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.
Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba;
sin duda había caído prisionero.
Combeferre dijo á Enjolrás:
--Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en
la muerte de ese soplón?
--Sí,--respondió Enjolrás,--pero menos que por la vida de Juan Provaire.
Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.
--Pues bien,--dijo Combeferre,--voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á
presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre
por el nuestro.
--Atiende,--dijo Enjolrás,--poniendo su mano sobre el brazo de
Combeferre.
Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.
Después se oyó una voz vigorosa que gritó:
¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!
Conocieron la voz de Juan Provaire.
Pasó un relámpago y sonó una detonación.
Volvió á suceder el silencio.
--¡Le han matado!--exclamó Combeferre.
Enjolrás miró á Javert, y le dijo:
--¡Los tuyos acaban de fusilarte!
VI
=La agonía de la muerte después de la agonía de la vida=
Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las
barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los
asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones,
ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles
tortuosas.
Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran
barricada, que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía
empezar infaliblemente la lucha.
Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la
encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las
piedras.
La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del
Cisne estaban profundamente tranquilas.
Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó
que le llamaban débilmente:
--¡Señor Mario!
Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado dos
horas antes por la verja de la calle Plumet.
Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.
Miró en derredor suyo y no vió á nadie.
Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una
ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que
pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en
que estaba la barricada.
--¡Señor Mario!--repitió la voz.
Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.
--Aquí; á vuestros pies,--dijo la voz.
Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia
él; era el que hablaba.
La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana
roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario
entrevió un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:
--¿Me conocéis?
--No.
--Eponina.
Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha
vestida de hombre.
--¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?
--¡Me muero!--dijo ella.
Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario
exclamó sobresaltado:
--¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán.
¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís
mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer
aquí?
Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.
Al levantarla encontró su mano.
Ella dió un grito débil.
--¿Os he hecho daño?--preguntó Mario.
--Un poco.
--Pero no he hecho más que tocaros la mano.
Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella
un agujero negro.
--¿Qué tienes en esta mano?--la preguntó.
--Está atravesada.
--¿Atravesada?
--Sí.
--¿De qué?
--De una bala.
--¿Cómo?
--¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?
--Sí, y una mano que le tapó.
--Era la mía.
Mario se estremeció.
--¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues
eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se
muere nadie por tener una mano atravesada.
Ella murmuró:
--La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil
moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano.
Sentaos á mi lado en esta piedra.
Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin
mirarle:
--¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!
Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo
un esfuerzo, y miró á Mario:
--¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel
jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había
enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven
como vos...
Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban
sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:
--Yo debía pareceros fea, ¿verdad?
Y continuó:
--¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo
soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin
embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil.
¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el
balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido.
Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?
«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora
estoy bien.
«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro
espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban
trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho
tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro
dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de
deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os
acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!
Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la
blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que
hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro
agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el
chorro de vino de un tonel destapado.
Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.
--¡Oh!--repuso ella de súbito.--¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!
Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.
En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la
barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el
fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:
En viendo á Lafayette
Los gendarmes decían:
¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!
Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:
--¡Es él!
Y volviéndose hacia Mario:
--Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.
--¿Vuestro hermano?--preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro
de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había
legado con respecto á los Thénardier.--¿Quién es vuestro hermano?
--Este chiquillo.
--¿El que canta?
--Sí.
Mario hizo un movimiento.
--¡Oh! ¡No os vayáis!--dijo ella.--¡Ahora ya no será esto muy largo!
Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el
estertor.
Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta
extraña expresión:
--Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo
una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al
correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal
vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los
que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.
Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque
parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.
Mario tocó realmente un papel.
--Tomadla,--dijo ella.
Mario sacó la carta.
Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.
--Ahora, por mi trabajo, prometedme...
Y se detuvo.
--¿Qué?--preguntó Mario.
--¡Prometédmelo!
--Os lo prometo.
--Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo
sentiré.
Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se
cerraron.
Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.
Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario
la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo
en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento,
cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.
--Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.
Trató todavía de sonreír, y espiró.
VII
=Gavroche, profundo calculador de distancias=
Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la
que perleaba un sudor glacial.
Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y
dulce á un alma desgraciada.
Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le
había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba
impaciente por leerla.
Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la
desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar
aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se
fué.
Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel
cadáver.
Acercóse á una vela de la sala baja.
Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las
mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:
«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie,
número 16».
Abrió el sobre, y leyó:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente.
Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro
de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».
Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra
de Cosette.
Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.
Eponina lo había hecho todo.
Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el
golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle
Plumet, y separar á Mario de Cosette.
Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien
le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía
de hombre.
Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el
aviso expresivo de: _Mudaos_.
Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:
--_Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la
semana que viene estaremos en Londres._
Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito
apresuradamente dos líneas á Mario.
Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y
la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro
habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.
En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina,
vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.
Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la
carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».
Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.
Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar
por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que
comprenderá toda alma celosa y enamorada.
Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste
le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea:
buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando
en ella á Mario.
Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la
barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las
noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la
calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel
aviso, pensando llevarle á la barricada.
Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y
no se engañaba.
Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo
que había hecho.
Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que
arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».
Mario cubrió de besos la carta de Cosette.
¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir;
pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y
mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la
fatalidad».
Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar
á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la
catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano
de Eponina é hijo de Thénardier.
Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos
pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con
lápiz estas líneas:
«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone.
Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado;
ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando
leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».
No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas
señas:
_Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent,
calle del Hombre Armado, número 7._
Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su
cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página
estas otras líneas:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo
Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».
Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á
Gavroche.
El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.
--¿Quieres hacer algo por mí?
--Todo lo que queráis,--dijo Gavroche.--¡Dios santo! á no ser por vos
me hubieran frito.
--¿Ves esta carta?
--Sí.
--Tómala, sal de la barricada al instante--(Gavroche inquieto empezó á
rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el
sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del
Hombre Armado, número 7.
El heroico muchacho contestó:
--¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y
yo no estaré aquí.
--No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las
apariencias, y no será tomada hasta el medio día.
El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se
prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los
combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.
--¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?
--Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán
todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.
Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la
oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro
que le eran propios, cogió la carta, diciendo:
--Está bien.
Y salió corriendo por la calle Mondetour.
Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había
callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.
He aquí la idea:
--Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos;
voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.
LIBRO DECIMOQUINTO
LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I
=Carta canta=
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del
alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.
Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución
violenta.
El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el
umbral de un cambio formidable y obscuro.
Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se
cubriesen de opacas sombras.
Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran
frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar
cuerpo á cuerpo al borde del abismo.
¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?
La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la
tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le
esperaba una nueva peripecia.
Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.
La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de
Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían
contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad
tenaz por otro.
El brusco consejo: _Mudaos_, lanzado por un desconocido á Juan Valjean,
le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya
descubierto y perseguido.
Cosette había tenido que ceder.
Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los
labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación
particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de
Cosette, y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.
Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había
hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había
de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de
sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde
la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.
Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan
Valjean, no era curiosa.
Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de
Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo
demás».
En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida,
Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada bautizada
por Cosette con el nombre de _inseparable_.
Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había
mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se
habían trasladado.
Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para
empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de
tocador.
Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.
Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella
desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet
hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para
escribir su esquelita á Mario.
Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.
Se habían acostado silenciosamente.
La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo
piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del
comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se
destinó para la tía Santos.
El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos
alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.
La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la
naturaleza humana.
Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su
ansiedad, y fué disipándose por grados.
Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.
La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió
una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del
antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una
viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del
rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz
de emociones, por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios
seculares, que se callan como viejos que son.
Hay en aquella calle cierto olvido estancado.
Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?
Su primer cuidado fué poner el _inseparable_ á su lado.
Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que
tranquiliza.
Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el
comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda,
un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado,
y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía
Santos.
En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia
nacional de Juan Valjean.
En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo
á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.
Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus
quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette,
por deferencia á su padre, consintió en mirar.
Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado
las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.
Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre
la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.
Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres
veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:
--Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.
Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había
hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.
Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana
á la puerta, cada vez más tranquilizado.
Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su
único pensamiento.
No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca
importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar
uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre,
pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz
recobrase su curso.
Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece
fácil.
Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir
después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la
sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma
de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué
nombre darles, llaman antítesis.
En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se
desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.
Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un
poco la luz.
Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era
haber ya dado un gran paso.
Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.
Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra,
con tal de tener á su lado á Cosette?
Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no
fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo
había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su
ánimo.
Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados
dolores, en pleno optimismo.
Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica
que todo el mundo ha experimentado.
Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con
Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las
perspectivas de su fantasía.
Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en
una cosa extraña.
Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó
claramente estas líneas:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente.
Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro
de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».
Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.
Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador,
delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin
notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante,
sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella,
y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.
Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.
El espejo reflejaba la escritura.
Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal
modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho
en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta
escrita durante la víspera por Cosette á Mario.
Era una cosa tan sencilla como terrible.
Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero
no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era
una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.
Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de
Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.
Tomólo en la mano y dijo:
--De aquí proviene eso.
Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante;
pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió
con el sentido.
Entonces dijo para sí:
--Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.
Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.
¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?
El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas
las ilusiones.
Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz
estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido
víctima.
De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó
otra vez la visión.
Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.
Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una
realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho
en el espejo.
Todo lo comprendió.
Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo
sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas
vidriosas y extraviadas.
Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había
eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y
entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las
tinieblas, un sordo rugido.
¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!
¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la
carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan
Valjean.
Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á
Juan Valjean.
Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido
pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las
venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su
víctima encarnizándose en él.
Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había
aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su
inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad,
arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había
permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido
considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.
Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la
adversidad, parecía inaccesible.
Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno,
habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.
Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado
interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.
Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento
misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el
atenazamiento de fibras desconocidas.
¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida
del ser amado.
El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino
como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella
paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores;
amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como
nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un
acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el
más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin
conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial,
angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún
más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible,
pero real.
El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette,
como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.
Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de
corazón.
Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin
embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.
Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había
conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.
Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos
verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se
notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han
pasado de los cincuenta.
En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello
varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud,
acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre
extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido;
padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á
Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia,
su patria, su paraíso.
Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le
escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como
una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta
evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de
su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo
ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor
que experimentó traspasó los límites de lo posible.
¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo,
pues! ¡Á no ser nada!
Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza,
sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que
se despertaba el egoísmo, y el _yo_ bramó en el abismo de su conciencia.
Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no
penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos,
que son alguna vez el hombre mismo.
El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas
las fuerzas de la conciencia.
Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella
semejantes á sí mismos y firmes en el deber.
Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse
las virtudes más imperturbables.
Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo,
permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas
irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no
parecía sino que se derrumbaba toda su alma.
Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba
la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la
tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la
estatua.
Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara;
recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados;
reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de
que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.
¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.
Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el
sol.
Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias,
ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es
él».
La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso
que siempre da en el blanco.
Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su
nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo
de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del
Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de
novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir
á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre
que las ama.
Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía
aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre
regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre
que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la
miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un
espectro: el Odio.
Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan
el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su
interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.
¡Ay! Si cuando la sangre está caliente, cuando son negros los cabellos,
cuando la cabeza se endereza sobre el cuerpo como la llama sobre la
antorcha; cuando la rueda del destino tiene todavía todo su espesor;
cuando el corazón, lleno de amor apetecible, tiene aún latidos que
pueden ser correspondidos; cuando se tiene delante de sí tiempo de
reparar; cuando se ofrecen á la vista todas las mujeres, todas las
sonrisas, todo el porvenir y todo el horizonte; si cuando la fuerza de
la vida está completa, la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será
en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en la
triste hora crepuscular en que comienzan á verse las estrellas de la
tumba?
Durante esta meditación, entró la tía Santos.
Juan Valjean se levantó y la preguntó:
--¿En dónde pasa esto? ¿Lo sabéis?
Santos, estupefacta, sólo pudo responderle:
--¿Os gusta?
--¿No me habéis dicho hace un momento que están batiéndose?--repuso él.
--¡Ah! Sí, señor. Hacia San Merry.
Hay movimientos maquinales que proceden, sin que lo sepamos, de
nuestros pensamientos más profundos.
Sin duda, á impulsos de un movimiento de este género, y del que apenas
tuvo conciencia, se halló Juan Valjean en la calle cinco minutos
después.
Estaba con la cabeza descubierta, sentado en el poyo de la puerta de su
casa, pareciendo escuchar.
Era ya de noche.
II
=El pilluelo enemigo de las luces=
¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de
aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le
encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie
en su conciencia sobre algo sólido?
Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.
La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían
rápidamente á sus casas apenas le vieron.
En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.
El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba
colocado precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.
Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le
hubiera creído vivo.
Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de
hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.
Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.
En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el
motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse,
porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.
El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se
movió.
Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado;
al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el
ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos
visto, fué rechazado por Mario.
Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el estupor
de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de
donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos,
dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.
Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.
De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos
muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á
los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.
Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.
Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan
Valjean, pero sin hacerle el menor caso.
Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de
puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas
estaban cerradas con barras y cerrojo.
Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo,
el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo mismo,
en estos términos:
--¡Pardiez!
Y volvió á mirar al aire.
Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que
estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió
irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:
--Chiquillo,--le dijo,--¿qué es lo que tienes?
--Tengo hambre,--contestó secamente Gavroche; y añadió:--el chiquillo
seréis vos.
Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco
francos.
Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que
pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra.
Acababa de ver el farol.
--¡Calle!--exclamó.--¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por
cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.
Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que
los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente,
gritaron:
--¡He aquí el Noventa y tres!
El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras
desde luego.
--Esto es, calle vieja,--dijo Gavroche,--ponte el gorro de dormir.
Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:
--¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la
calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara
á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.
Juan Valjean se acercó á Gavroche.
--¡Pobrecillo!--dijo á media voz y hablando consigo mismo.--Tiene
hambre.
Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.
Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran
sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.
Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su
reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:
--Contemplemos el tigre.
Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan
Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:
--Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á
mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.
--¿Tienes madre?--le preguntó Juan Valjean.
Gavroche respondió:
--Tal vez más que vos.
--Pues bien,--dijo Juan Valjean,--guarda ese dinero para tu madre.
Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le
hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.
--¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?
--Rompe todo lo que quieras.
--Sois todo un hombre,--dijo Gavroche.
Y se guardó la moneda en el bolsillo.
Aumentándose así su confianza, preguntó:
--¿Sois de esta calle?
--Sí, ¿por qué?
--¿Podríais indicarme el número 7?
--¿Para qué buscas el número 7?
El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió
enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:
--¡Ah! Para saberlo.
Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene
momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:
--¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?
--¡Vos!--exclamó Gavroche.--Vos no sois mujer.
--La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?
--¿Cosette?--murmuró Gavroche.--Sí, creo que es ese el nombre.
--Pues bien,--añadió Juan Valjean;--yo soy quien tengo que entregarle
la carta. Dámela.
--¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?
--Sin duda,--dijo Juan Valjean.
Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado
en cuatro dobleces.
Luego hizo un saludo militar, diciendo:
--Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.
--Dámelo,--repitió Juan Valjean.
Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.
--No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para
el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos
como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á
los camellos.
--Dame, pues.
--En verdad,--continuó Gavroche,--me parecéis tener todo el aspecto de
un buen hombre.
--Dámela pronto.
--¡Tomad!
Y entregó el papel á Juan Valjean.
--Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita _Cosilla_ está esperando.
Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.
Juan Valjean repuso:
--¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?
--Haríais entonces un pan como unas hostias,--exclamó Gavroche.--Esta
carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas
noches, ciudadano.
Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro
escapado hacia el sitio de donde había venido.
Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la
rígida rapidez de un proyectil.
La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un
abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de
la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas
de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera
podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos
después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo
al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.
Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.
III
=Durante el sueño de Cosette y Santos=
Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.
Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho
que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si
se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias,
Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas,
de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la
mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.
Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y
leyó:
En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo,
el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan
las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta
al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco
más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás
desaparece.
En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas
palabras:
«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».
Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un
instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él;
miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía
ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.
Dió un terrible grito de alegría interior.
Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de
lo que él se habría atrevido á esperar.
El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía
por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho
nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á
morir; quizá había ya muerto.
Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.
No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente
para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos
descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada
no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el
momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido;
será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.
Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo
con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.
No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y
Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».
«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede
escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».
Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.
Bajó y despertó al portero.
Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia
nacional y armado.
El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar
su equipo.
Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.
Dirigióse hacia los Mercados.
IV
=El exceso de celo de Gavroche=
Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.
Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la
de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que
era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.
Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.
Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas
coplas incendiarias:
Medita el ave en las sombras,
pretendiendo que fué Atala
ayer, de un ruso en campaña...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Mucho, Perico, alborotas
por Mila en noche buena
me llamó junto á su reja...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Las garbosas picaronas
lanzan de sus ojos chispas
que acabarán con Orfila.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Viva el amor y sus bromas,
vivan Inés y Pamela;
Lisa ardió dando candela.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dije cuando vi de Concha
y Susana la mantilla,
entre sus pliegues me líen.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Amor, que cubres de rosas
á Juana en tu selva amena,
mira que así me condenas.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Estando á tu espejo, Lola,
poniéndote la camisa,
el corazón se me iba...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dejando el baile á deshora,
mirad á Luz mi lucero,
digo á las luces del cielo.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.
El gesto es el punto de apoyo del estribillo.
Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más
convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante
un vendaval.
Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni
visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se
detuvo, diciendo:
--Interrumpamos la canción.
Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se
llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un
carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.
Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del
auvernés en la tabla del carretón.
Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies
tocando al suelo.
Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que
estaba borracho.
Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y
dormía demasiado también.
--Ahí se ve,--pensó Gavroche,--para qué sirven las noches de verano. El
auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para
la república y dejo el auvernés á la monarquía.
Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:
--Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.
El auvernés roncaba.
Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por
delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre
hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.
El carretoncillo estaba libre.
Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo
imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un
bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo
escamoteado á algún carpintero, y escribió:
«_República francesa_»:
«Recibí tu carretón».
Y firmó: «GAVROCHE».
Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del
auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el
Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire
triunfal.
Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de
guardia.
Gavroche no pensó en ello.
Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban
á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las
camas de campaña.
Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas
demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean
acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.
Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo
alboroto que un moscardón en una botella.
El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un
hombre prudente.
El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación
posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un
reconocimiento, diciendo:
--¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.
Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se
revolvía por el barrio.
El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo
paso.
De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á
desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente á
frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.
Se detuvo por segunda vez, y exclamó:
--¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.
Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.
--¿Adónde vas, granuja?--gritó el sargento.
--Ciudadano,--dijo Gavroche,--aún no os he llamado señor. ¿Por qué me
insultáis?
--¿Adónde vas, renacuajo?
--Señor mío,--respondió Gavroche,--ayer érais tal vez un hombre de
talento, pero lo habéis perdido esta mañana.
--Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?
Gavroche respondió:
--¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis.
Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os
ganaríais quinientos francos.
--¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?
Gavroche replicó:
--¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben
limpiaros mejor la boca.
El sargento cruzó la bayoneta.
--¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?
--Mi general,--dijo Gavroche,--voy á buscar al comadrón para mi esposa,
que está de parto.
--¡Á las armas!--gritó el sargento.
Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la
sublimidad de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda
la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo
debía protegerle.
En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón
convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con
furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el
arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.
Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el
cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso,
después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.
Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no
pocos cristales.
Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco
ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de la
esquina de la d'Enfants Rouges.
Allí se puso á escuchar.
Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio
donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura
de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la
derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha
condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto
que dura hace ya medio siglo.
Una amarga reflexión turbó aquella alegría.
--Sí,--dijo,--me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero
pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á
tiempo á la barricada!
Y luego emprendió nuevamente su carrera.
Así corriendo volvió á decir:
--¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?
Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El
canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.
Pero restan espantosas
Bastillas que derribar
dentro del orden actual...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
¿Quién juega á bolos, ó bolas?
y el viejo mundo se hundía
cuando el gran bolo corría.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Vieja plebe bonachona,
lanza del Louvre enseguida
á la torpe monarquía.
Donde van las buenas mozas
Lon la.
Las verjas viejas ya rotas,
Carlos X se vino abajo
al santo suelo rodando.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
La alarma del cuerpo de guardia no dejó de dar su resultado. El
carretón fué conquistado, y el borracho hecho prisionero. El primero
fué embargado, y el segundo no dejó de ser perseguido después ante un
consejo de guerra como cómplice.
El ministerio público dió pruebas en semejante ocasión de su
infatigable celo para la defensa de la sociedad.
La aventura de Gavroche, que se conserva en la tradición del barrio del
Temple, es uno de los recuerdos más terribles de los antiguos vecinos
del Marais, titulándose en su memoria:
«Ataque nocturno del cuartel de la Imprenta Real».
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
LIBRO PRIMERO
LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
I
=La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del
Temple=
Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades
sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la
acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos
aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal
insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que
ha visto la historia.
Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la
libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto
universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo
de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de
su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de
su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla
protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.
Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona
contra el demos.
Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia,
cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas
mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente,
canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los
que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases
privilegiadas que la de los desheredados.
Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto;
porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden,
encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las
miserias.
Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el
populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.
No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las
magnificencias de abajo.
En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes,
en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron
los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: _Fex
urbis, lex orbis_.
Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus
violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus
atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben
ciertamente reprimirse.
El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por
lo mismo que la ama.
Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á
pesar de resistirla!
Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se
siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.
Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción,
y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.
Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho
aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.
Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de
este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo
reclamando sus derechos.
Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la
república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del
pueblo contra sí mismo.
Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así,
permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las
dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que
caracterizaron aquella insurrección.
Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra,
el paso al arrabal del Temple.
Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul
de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las
olvidarán jamás.
La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres
pisos y la anchura de setecientos pies.
Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es
decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con
una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de
baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada
en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como
una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el
14 de julio.
Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles,
detrás de esa barricada madre.
Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento
de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere
convertirse á todo trance en catástrofe.
¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas
de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del
prodigio de todas las iras, decían otros.
Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la
ruina.
Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha
destruido esto?
Era la obra improvisada de la fermentación.
¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo
roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá;
cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo
todo!
Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote,
del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del
pingajo, del harapo y de la maldición.
Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el
barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la
escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.
Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.
Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.
Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato
aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una
cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido
alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de
cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido
añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á
los ignorados caballos del aire.
Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa
sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de
Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero;
Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.
La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer
en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.
Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.
La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.
¿Pero qué ola? la muchedumbre.
Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la
barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del
progreso violento.
¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una
fortaleza?
El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.
Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.
Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de
tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras
esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios
y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del
mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.
Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de
hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había
lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su
barricada.
Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas
en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre
los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío
aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.
La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra
civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.
No era un combate, sino un paroxismo.
Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había
algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones,
incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del
cobre.
La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor
indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de
gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas;
hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles,
sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja
parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de
mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de
las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.
Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico,
salía de su superficie un continuado centelleo.
El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde
resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.
Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de
escombros.
Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.
Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á
la Revolución.
Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error,
lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la
soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república;
era la Carmañola desafiando á la marsellesa.
Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.
El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.
El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el
arrabal.
La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se
estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de
África.
Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas,
gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.
La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y
engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los
agujeros.
¿Á qué objeto cañonear el caos?
Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la
guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera
salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.
Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple,
que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba
atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del
almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la
calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la
subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas,
especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda,
como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para
cerrarse bruscamente.
Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular,
nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.
Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos,
esto no alteraba su rígida arquitectura.
Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.
La cornisa era matemáticamente paralela á la base.
Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi
invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por
espacios iguales.
La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las
puertas y ventanas cerradas.
Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en
callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á
nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni
un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.
El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible
objeto.
Era la barricada del arrabal del Temple.
Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no
podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.
Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban
perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.
Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada
era un geómetra ó un espectro.
Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.
De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del
pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un
silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se
libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre
dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.
La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce
de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria,
dos cañoncitos.
No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el
blanco.
Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de
la calle.
El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un
lado á otro. El estío no abdica jamás.
En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de
heridos.
Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la
calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.
Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie
de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente
cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre
reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.
Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del
puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.
El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.
--_¡Qué bien construida está!_--decía á un representante.--_No hay una
piedra que salga más que otra. Parece una porcelana._
En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho,
y cayó.
--¡Cobardes!--gritaban otros.--Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los
vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!
La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada
más, y atacada por diez mil, resistió tres días.
Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon
las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la
barricada.
Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron
muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.
La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del
Temple era el silencio.
Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable
y lo siniestro.
Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.
Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se
compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera
barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.
Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres,
llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.
Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la
barricada del Temple.
Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.
Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro
colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y
terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial
de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la
lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido
oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del
Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la
batalla.
Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como,
prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.
Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una
especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le
acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y
siete años. Salió é hizo aquella barricada.
Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres
proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.
Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras
en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve
circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte,
Barthélemy fué ahorcado.
La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la
desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado
ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá,
empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.
Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera:
la negra.
II
=Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar=
Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del
motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.
La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un
embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de
delinear; mas para su época, era formidable.
Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya
nada, habían aprovechado la noche.
La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había
crecido dos pies más.
Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían
lanzas en ristre.
Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes,
complicaban el armazón exterior.
El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por
fuera como maleza.
Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él
como al muro de una ciudadela.
Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de
estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de
los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el
suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado
hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto,
quitado los escombros y llevado los cadáveres.
Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de
la que los insurrectos continuaban siendo dueños.
Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.
Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras,
cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.
Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una
consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.
Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la
pared frontera á la taberna:
¡VIVAN LOS PUEBLOS!
Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí
en 1848 todavía.
Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para
desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas
los insurrectos.
Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.
La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.
Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera
formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos,
entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había
atendido en primer lugar.
En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro,
y Javert atado al poste.
--Ésta es la sala de los muertos,--dijo Enjolrás.
En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el
fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra
horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de
pie y Mabeuf tendido.
La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería,
estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que
poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que
decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del
viejo mártir.
No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.
Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas
que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas
provisiones del figón.
En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte
inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.
Fué preciso resignarse á tener hambre.
Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en
que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que
le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!,
respondió:
--¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.
Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.
Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.
Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente
tapadas.
Enjolrás y Combeferre las examinaron.
El último dijo mientras subía:
--Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por
tener tienda de comestibles.
--Debe ser verdadero vino,--observó Bossuet.--Es una fortuna que
Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.
Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas;
y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las
mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.
Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún
quedaban treinta y siete.
El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto
á colocar en su alvéolo de adoquines.
El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle,
estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror
crepuscular, al puente de un navío desamparado.
Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.
Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban
lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se
veía blanquear las chimeneas.
El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.
Los pájaros volaban, cantando alegremente.
La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia
Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.
En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los
blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.
--Me alegro de que hayan apagado la antorcha,--decía Courfeyrac á
Feuilly.--Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía
tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los
cobardes; alumbra mal porque tiembla.
El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos
hablaban.
Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió
en este arranque filosófico:
--¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el
ratón,--exclamó:--«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente
al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son
la prueba revisada y corregida de la creación.
Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los
muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de
la tristeza severa de Enjolrás, y decía:
--Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota
Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de
angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida
humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio
cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de
haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género
humano.
Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de
la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan
Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de
las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando
los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la
muerte de César.
El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.
--César,--decía Combeferre,--mereció caer. Cicerón trató con severidad
á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en
modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando
á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare,
Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de
envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son
siempre más ó menos zaheridos.
«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del
pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.
«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la
antigüedad la admitía.
«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él,
las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada
del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano;
_regia ac pene tyrannica_.
«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección
es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva
escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores;
Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de
Dios.
Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella
charla, gritaba, carabina en mano:
--¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la
Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un
griego de Laurio ó de Edapteón!».
III
=Luz y sombra=
Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la
callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.
Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.
La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía
casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle
sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que
sustentaban.
Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con
él.
Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de
las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el
día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un
regimiento _que estaba ya trabajado_; á las doce, insurrección de todo
París; á la puesta del sol, la Revolución.
Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de
tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada,
la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.
Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una
especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el
zumbido belicoso de una colmena.
Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la
obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los
brazos cruzados y la mano en la boca.
Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente,
díjoles:
--Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte
de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la
Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los
banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados.
En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no
se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento.
Estamos abandonados.
Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el
efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos
quedaron mudos y como anonadados.
Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar
á la muerte.
Este momento fué breve.
Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:
--Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos
aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos
que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no
abandonamos al pueblo.
Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades
individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á
otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.
Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así;
alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido,
olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla
siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en
un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva,
desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un
instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.
Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de
junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry,
los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y
consignado en el proceso que se formó luego:
--Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde
el primero al último.
Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se
comunicaban.
IV
=Cinco de menos y uno más=
Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los
cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las
bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido
y triunfal por el acento.
--¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.
--¿Por qué todos?--dijo Enjolrás.
--¡Todos! ¡Todos!
Enjolrás repuso:
La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres
¿á qué sacrificar cuarenta?
Ellos replicaron:
--Porque ninguno querrá marcharse.
--Ciudadanos,--exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de
su acento,--la república no es tan rica en hombres que pueda hacer
inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos,
resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber
cualquiera.
Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la
singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo,
por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.
Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien
murmuraba, insistió, y repuso con altivez:
--Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.
Redobláronse los murmullos.
--Además,--observó una voz de entre el grupo,--marcharse es cosa muy
fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.
--Menos por la del Mercado,--dijo Enjolrás.--La calle Mondetour está
libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de
los Inocentes.
--Y allí,--añadió otra voz del grupo,--no habrá medio de escapar. Se
tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que
al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes?
¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo
que huelen á pólvora, le fusilarán.
Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos
entraron en la sala baja.
Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los
cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con
las fornituras y chacós.
--Vistiendo este uniforme,--dijo Enjolrás,--es fácil mezclarse en las
filas y huir. Hay aquí para cuatro.
Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.
Nadie se movió en aquel estoico auditorio.
Combeferre tomó la palabra:
--Vamos,--dijo,--es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se
trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas?
¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las
cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos?
Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre
criando que alce el dedo.
«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no
quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de
desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte.
Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero
el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se
extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de
las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.
«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho,
ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un
quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra
de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche
aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése
que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle:
«¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso
de cumplir nuestro deber.
«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no
hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.
«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis
pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y
mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El
hombre mendiga; la mujer se vende.
«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se
adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que
cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la
existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes
en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas
criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas!
¿Van á tener hambre!
«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no
serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las
que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las
aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de
las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el
fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que
tengan hermanas deben pensar en ello.
«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San
Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas
muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza,
más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á
su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes,
entregando vuestras hijas á la policía.
«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan
poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han
recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar,
ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al
depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?
«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su
deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen,
dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita
valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la
dificultad, mayor resulta el mérito.
«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas
cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese
mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y
¡cuántos sufrimientos!
«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una
manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle
un beso, en cuanto se le abandona?
«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre
había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad.
Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre
hambriento. Era en invierno. No lloraba.
«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo,
como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con
sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.
«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el
vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.
«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de
practicante le vi.
«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir
á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno
hijo, vea en aquel niño el suyo.
«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de
disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas
bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo
en el estómago, y ceniza en los dientes.
«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La
estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de
cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas,
de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras
propias personas.
«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos
valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por
la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y
que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis
solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y
no debemos ser egoístas».
Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.
¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más
sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de
las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».
Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus
esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los
náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el
fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede
siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.
Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de
esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es
respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.
También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de
Mario.
Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.
Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le
figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los
pormenores.
Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las
voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.
Pero, sin embargo, eso le conmovió.
Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.
Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo
instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero
hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.
Levantó la voz:
--Enjolrás y Combeferre tienen razón,--dijo;--nada de sacrificios
inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre
ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que
tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las
filas.
Nadie se movió.
--¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de
sus familias!--repitió Mario.
Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como
jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.
--Lo mando,--exclamó Enjolrás.
--Os lo ruego,--dijo Mario.
Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden
de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos
empezaron á denunciarse unos á otros.
--Cierto,--decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de
familia. Márchate.
Á ti es á quien te toca irse,--respondía el hombre,--pues mantienes á
tus dos hermanas.
Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á
la puerta del sepulcro.
--Despachemos,--dijo Combeferre;--dentro de un cuarto de hora ya será
tarde.
--Ciudadanos,--prosiguió Enjolrás,--reina aquí la república, y el
sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben
irse.
Obedecieron.
Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron
de las filas.
--¡Son cinco!--exclamó Mario.
No había más que cuatro uniformes.
--Bueno,--dijeron los cinco.--Es preciso que se quede uno.
Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para
no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.
--Tú tienes una mujer que te ama.
--Tú tienes á tu madre anciana.
--Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?
--Tú eres padre de cinco hijos.
--Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería
morir demasiado pronto.
Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo
inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban
unos de otros.
--Despachemos,--repitió Courfeyrac.
Desde los grupos gritaron á Mario:
--Designad vos el que deba quedarse.
--Sí,--dijeron los cinco;--elegid y os obedeceremos.
Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea
de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el
corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún
palidecer.
Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios,
cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve
en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:
--¡Yo! ¡yo! ¡yo!
Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco!
Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.
En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo,
sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.
Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.
Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.
Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por
casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su
uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.
El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no
creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo.
Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un
refuerzo, y cuando no, un prisionero».
El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse
de su deber y dejar su puesto de observación.
Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos
los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro
uniformes.
Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente
de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los
cuatro.
La emoción fué indescriptible.
--¿Quién es ese hombre?--preguntó Bossuet.
--Un hombre que salva á los demás,--contestó Combeferre.
Mario añadió con voz grave:
--Le conozco.
Esta afirmación satisfacía á todos.
Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:
--Bienvenido, ciudadano.
Y añadió:
--Ya sabéis que aquí se va á morir.
Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien
acababa de salvar, á vestir su uniforme.
V
=¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!=
La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar
inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de
Enjolrás.
Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no
obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía
demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.
Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C,
había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de
Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho
molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como
evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república
francesa en la inmensa república humana.
En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta,
queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y
permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este
número: Noventa y tres.
Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo
apoyado en el cañón de su carabina.
Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar
un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen
notarse esos efectos de las antiguas trípodes.
De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas
comprimidas.
De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron
hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas,
semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente
aureola. Entonces Enjolrás habló así:
--Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades
inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas,
los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado
amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes
iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la
conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y
la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad;
para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin
más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!
«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.
«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.
«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar
ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que
vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba
con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban
superiores al hombre.
«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la
inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.
«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos
domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de
domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.
«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre
definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la
hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y
del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que
para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.
«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida
en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública,
á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada
por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del
día.
«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.
«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo
verdadero; éste es el fin.
«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y
luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la
inteligencia.
«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas
al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas,
mansión de los héroes.
«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.
«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la
gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado
por Francia.
«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los
pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí,
tienes razón.
«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la
humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.
«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos,
vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda
una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.
«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo
Verdadero.
«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la
soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del _yo_ sobre el
_yo_ se llama Libertad.
«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian,
comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.
«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho
común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones
hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama
Fraternidad.
«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan,
es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una
unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama
vínculo social.
«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la
palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.
«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la
cima, la igualdad es la base.
«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel;
una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de
envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el
camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos
teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo
igual derecho.
«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita
y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe
empezar.
«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á
todos: tal es la ley.
«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.
«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.
«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.
«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá
que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una
rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización
por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las
tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos,
desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones
al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra,
sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la
explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta
de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos
latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.
«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la
marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.
«Todos serán felices.
«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la
suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma
gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.
«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría:
pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.
«Una revolución es un peaje.
«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración,
consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.
«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?
«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan
y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de
maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de
ideas, otro de dolores.
«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.
«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y
tú conmigo vas á renacer.
«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los
padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.
«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra
muerte.
«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y
nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».
Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su
discurso.
Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando
consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas
palabras, no apartaban la vista de él.
No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.
La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se
parecen al estremecimiento de las hojas.
VI
=Mario rudo y Javert lacónico=
Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.
Recuérdese el estado de su alma.
Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una
visión. Sus ideas eran confusas.
Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas
de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había
penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la
barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un
muerto.
¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á
hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues
siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea,
encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.
Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.
Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y
hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le
conozco».
Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso,
y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones,
pudiera emplearse semejante palabra.
Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático,
que era para él á la vez equívoco é imponente.
Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido
al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la
imposibilidad.
Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela
de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.
Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los
que se quedaban.
Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon,
Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.
Javert, atado al poste, meditaba.
--¿Necesitas algo?--le preguntó Enjolrás.
Javert contestó:
--¿Cuándo me mataréis?
--Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.
--Entonces, dadme de beber,--dijo Javert.
Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba
atado, le ayudó á beber.
--¿Quieres algo más?--preguntó de nuevo Enjolrás.
--Estoy mal en este poste,--respondió Javert.--Habéis tenido alma para
dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais
echarme sobre una mesa como al otro.
Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.
Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande,
donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda
la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.
Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste,
mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.
Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda
delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas,
como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta
la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la
mitad del cuerpo.
Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se
añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de
evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que
partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos
después de haber pasado por entre las piernas.
Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le
estaba contemplando con atención singular.
La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert.
Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento
volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:
--¡No tiene nada de particular!
VII
=La situación se agrava=
El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas
permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.
El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido
evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre,
dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.
La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges
en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que
blanqueaba un reflejo de sol.
Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.
Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.
Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.
Era evidente que el instante crítico iba á llegar.
Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta
vez no quedó ninguno.
La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la
partida de los cinco se la había elevado más aún.
Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del
Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución
grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de
Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.
Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.
De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie
por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la
de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien
constituía igualmente un encierro fatal.
Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.
--Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,--dijo riéndose Courfeyrac.
Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta
adoquines, «arrancados de más»,--decía Bossuet.
El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el
ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo
puesto.
Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso
que una barricada preparándose á recibir el asalto.
Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los
codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.
Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un
ángulo protector, á él se acogen todos.
Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los
otros.
Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así
para matar como para morir.
En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una
puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto
que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de
metralla.
En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los
movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no
más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en
ansiedad, esperando la embestida.
Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la
disciplina. Del peligro nace el orden.
Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una
especie de almena que se había reservado, todos callaron.
Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la
extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.
Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que
nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero
les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á
veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.
Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.
Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el
naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de
salvación.
Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi
pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y
visible á la sazón.
No aguardaron mucho tiempo.
El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque
no se parecía al del primer ataque.
El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la
trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido
solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.
Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles,
abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y
de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito
los carros de guerra.
La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el
extremo de la calle, tomó una expresión feroz.
Apareció una pieza de artillería.
Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y
desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro
empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.
Veíase humear la mecha encendida.
--¡Fuego!--gritó Enjolrás.
Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una
tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los
hombres.
Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres
reaparecieron.
Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con
lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.
No había ni uno herido.
Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se
puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el
anteojo.
--¡Bravo por los artilleros!--gritó Bossuet.
Y toda la barricada aplaudió.
Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la
calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en
batería.
Era una boca formidable que se abría ante la barricada.
--¡Magnífico!--exclamó Courfeyrach.--Aquí está la brutalidad. Después
del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros.
La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el
cañón atrapa.
--Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,--añadió
Combeferre.--Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la
proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están
expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas,
y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar
ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al
procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con
un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los
muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se
consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón,
haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil
de Gribeauval.
--Sí,--respondió Courfeyrac,--eso aumenta la potencia balística,
pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia,
la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la
parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder
herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad
del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y
la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del
proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso
de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una
exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la
conservación de los afustes.
«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza
es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas
leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la
superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.
--Carguen otra vez,--dijo Enjolrás.
¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate
de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la
cuestión.
Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros
hacían lo propio con el cañón.
La ansiedad era profunda en el reducto.
Partió el tiro, y sonó la detonación.
--¡Presente!--gritó una voz alegre.
Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche
precipitarse dentro.
Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en
saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la
Petite Truanderie.
Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.
La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper
una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.
Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.
--Proseguid,--gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.
VIII
=La artillería se va poniendo seria=
Todos rodearon á Gavroche.
Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le
preguntó estremecido:
--¿Qué vienes á hacer aquí?
--¡Toma!--respondió el chico.--¿Y vos?
Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se
agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.
Mario prosiguió con acento severo.
--¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi
carta.
No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta;
pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que
hizo fué deshacerse de ella.
No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con
sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir
siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.
En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario
pudiera dirigirle.
Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir
abominablemente.
--Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la
darán en cuanto despierte.
Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas:
despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la
mitad de lo que quería.
El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la
barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su
espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:
--¿Le conoces?
--No,--contestó Gavroche.
En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan
Valjean sino de noche.
Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido
en el espíritu de Mario, se disiparon.
¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?
¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el
sitio del combate?
Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:
--¡Mi fusil!
Courfeyrac mandó que se le entregasen.
Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el
bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho
trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la
Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y
por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle
de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.
Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:
--Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.
Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.
Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían
repetido.
Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás
de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con
los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía
de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.
En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón
de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.
Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se
hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar
la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda.
Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.
El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.
--¡Bajad la cabeza!--gritó Enjolrás.--¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de
rodillas á lo largo de la barricada!
Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su
puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la
barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando
se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla.
Era, en efecto, un metrallazo.
La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la
pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.
Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más
tiempo. Penetraba en ella la metralla.
Hubo un rumor de consternación.
--Impidamos al menos el segundo metrallazo,--dijo Enjolrás.
Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento
sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la
puntería.
El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro
apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y
tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por
matar la guerra.
Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.
--¡Qué lástima!--dijo.--¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin,
cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese
sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido,
no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes
artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa
á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.
--Lo es,--dijo Enjolrás.
--Sí,--prosiguió Combeferre,--y también mío. No le matemos, pues.
--Déjame. Lo que es preciso, es preciso.
Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.
Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.
El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y
levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado
sobre la pieza, sin volver á moverse.
Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había
atravesado el pecho de parte á parte.
Estaba muerto.
Fué preciso retirarle, y reemplazarle.
Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.
IX
=Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería
infalible, que influyó en la condena de 1796=
Los pareceres eran diversos en la barricada.
La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla
todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad
atenuar la fuerza de los tiros.
Enjolrás pronunció esta orden.
--Es preciso poner allí un colchón.
--No hay ninguno,--respondió Combeferre.--Los ocupan los heridos.
Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina
del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta
entonces en nada de lo que pasaba.
Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:--«Un fusil
inútil».
Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:
Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle
de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un
colchón delante de su ventana.
Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de
una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.
El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de
tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde
lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la
buhardilla.
Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.
--¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?--dijo Juan
Valjean.
Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.
Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.
Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un
hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió
contra los vidrios de la buhardilla.
El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.
La barricada aplaudió.
Todos gritaron:
--¡Ya tenemos colchón!
--Sí,--dijo Combeferre;--pero ¿quién irá por él?
El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los
sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería
había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se
habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por
ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta
reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.
Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para
ahorrar municiones.
La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas
la calle, dándole un aspecto terrible.
Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel
huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y
volvió á la barricada.
Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de
modo que no lo viesen los artilleros.
Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.
No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla,
pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.
Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.
--Ciudadano,--dijo Enjolrás á Juan Valjean,--la República os da las
gracias.
Bossuet, admirado y riéndose,--exclamó:
--¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo
flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el
colchón, que anula el cañón!
X
=Aurora=
En aquel momento se despertaba Cosette.
Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á
Oriente, que daba al patio interior de la casa.
Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.
No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la
tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».
Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo
quizá á ello la extremada blancura de su cama.
Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar
daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.
Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría.
Cosette se sintió tranquila.
Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del
alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con
todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.
De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no
había visto á Mario!
Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde
estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de
llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.
Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz
creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á
Mario.
Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón
suficiente para que viniese.
No había nada que objetar; el argumento era concluyente.
Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario!
¡Atrocidad del cielo!
Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario
iba á volver portador de buenas nuevas.
Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el
dolor, no lo acepta.
La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el
porvenir mismo.
Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración
está hecha de esperanza.
Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había
dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni
cómo se la había explicado.
Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo
corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que
divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del
cerebro.
En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del
fugitivo.
Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le
era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras
que Mario había pronunciado.
En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones
del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.
Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en
el dormitorio de una virgen.
Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.
Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra;
es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre
mientras no le haya mirado el sol.
La mujer, todavía capullo, es sagrada.
Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene
miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa
garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera
ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al
menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas
cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos
estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento
exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada
hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las
nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya
demasiado indicarlas.
La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen
que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte.
La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de
respeto.
El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante
cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son
objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que
es casta.
La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.
Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.
El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra.
Contemplar, en semejante caso, es profanar.
No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al
levantarse.
Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que
habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza,
y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de
las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.
Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en
aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el
rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.
Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún
trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario.
Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio
interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.
Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera
vez de su vida le parecieron feas las flores.
Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el
partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía
también venir de allí.
De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire,
sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal
era su situación.
Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el
aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada;
que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que
Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con
colores agradables, sino lúgubres.
Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la
esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente,
pero que espera en Dios.
Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se
había abierto ningún postigo.
La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y
Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.
Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para
acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su
pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido;
pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de
todo punto imposible.
Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos
sordos, y decía:
--¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!
Eran los disparos de cañón contra la barricada.
Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua
cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba
un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel
pequeño paraíso.
La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus
hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico
comida y besos.
El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza
«Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio
se derramaba en la gloria de la mañana.
Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada
interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó
maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba
al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella
familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos
pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una
virgen.
XI
=Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie=
El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla
alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.
Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto;
poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las
buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla.
Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.
Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el
ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las
municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.
Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas
ni pólvora, se da el asalto.
Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.
Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo
despreciativo en alto grado.
--Bueno,--decía;--romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.
Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían
sus cascos, y le decía al cañón:
--¡Te vuelves difuso, amigo mío!
En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.
Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar
á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en
ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y
de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía
los tiros sin dignarse contestar.
De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol
sobre un tejado próximo.
Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de
centinela, dominando con su vista toda la barricada.
--Es un vigilante incómodo,--dijo Enjolrás.
Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.
Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco,
herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.
El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.
Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.
Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién
venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.
El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el
soldado.
Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos
dos, renunciando todos á espiar la barricada.
--¿Por qué no habéis matado á esos hombres?--preguntó Bossuet á Juan
Valjean.
Éste no respondió.
XII
=El desorden partidario del orden=
Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:
--No ha contestado á mi pregunta.
--Es un hombre que hace el bien á tiros,--dijo Combeferre.
Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben
que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las
insurrecciones.
Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de
junio de 1832.
Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos
establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante
el espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras
del orden representado por el figón.
En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían
sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.
El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.
Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la
Marsellesa.
Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con
entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.
En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos
sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.
Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el
gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).
Defendíase el orden con indisciplina.
El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual
coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por
inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por
su propia cuenta».
En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo
de los jefes que el de los instintos.
Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de
espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.
La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más
bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios,
estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos,
constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y
protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar
la sociedad.
Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia
nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra,
y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían
prisioneros.
Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire.
Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en
cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como
por la monarquía en Europa.
Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.
Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué
perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada,
y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera
del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían
matarle.
Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un
tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había
leído en el dorso del libro _San Simón_ y bastó para que gritase:
«¡Matarle!».
El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las
afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar
por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque
raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de
1832.
El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero
del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista
fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes
de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente,
es decir, con su compañía.
Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido
viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los
generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran
de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo,
y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la
insurrección se fuese asando con su misma grasa».
Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como
lo que está maduro debe caer, probó.
Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un
testigo.
Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la
primera del batallón situado en el ángulo de la calle.
Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.
Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á
la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle,
una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más
audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie
del reducto.
Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la
tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación,
dejando tras de sí quince cadáveres.
Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á
cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía
antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.
Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón,
no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.
El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la
metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.
Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.
--¡Imbéciles!--dijo.--Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las
municiones inútilmente.
Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.
La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La
insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de
tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se
vacía ó un hombre que sucumbe.
La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres;
y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la
pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores
hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los
insurrectos.
Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre
por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo
bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de
arcángel.
Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados
entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se
estremece soberanamente, despréndese el _quid divinum_, hay en el aire
un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las
abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve
ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.
XIII
=Luces que pasan=
En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada,
se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo,
convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias
de esperanza.
Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de
esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de
la Chanvrerie.
--Oíd,--exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;--paréceme que
París se despierta.
Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una
ó dos horas, cierta recrudescencia.
La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.
En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar
barricadas.
Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina,
atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio
del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que
mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos
hará daño».
Fué acuchillado.
En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía
corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían
temblar las hojas de la celosía.
Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de
cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.
Varios cuerpos de guardia fueron atacados.
Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo
y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á
cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.
En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre
la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal;
así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano
de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en
Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de
noche en la cabeza».
Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de
creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á
sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de
aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de
París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron
prisa á apagar aquellos principios de incendio.
Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las
barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con
ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.
Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo
las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con
precaución y lentamente, ya á paso de carga.
La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego,
y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la
carrera los grupos de los boulevares.
No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito
tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.
Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y
la metralla.
Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en
parihuelas, y dijo á Courfeyrac:
--Esos heridos no son de aquí.
La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En
menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo
de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer
sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo
arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.
Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente;
y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los
generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se
sostenían aún. El sol subía en el horizonte.
Un insurrecto interpeló á Enjolrás:
--Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?
Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del
extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.
XIV
=Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás=
Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba
insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido,
esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una
bocanada de ironía.
--Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en
vano. Eso no es trueno; es tos.
Y todo el mundo reía á su alrededor.
Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el
peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y
puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.
--Admiro á Enjolrás,--decía Bossuet.--Su impasible temeridad me
maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás
se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más
ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes.
Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear
como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las
buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos
nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin
mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al
hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin
embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder
ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.
Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto
á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: _Patria_.
No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:
--¡Noticia!
Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:
--Me llamo Pieza de á Ocho.
En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro
cañón.
Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la
segunda pieza al lado de la primera.
Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.
Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas,
tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del
batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.
Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo
que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la
Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio,
y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.
Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.
Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus
ladridos.
De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle
de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.
Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado
de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de
la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de
adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.
Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de
la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir,
que esto anunciaba el asalto.
Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las
balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de
ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá,
hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la
noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.
--Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas
piezas,--dijo Enjolrás, y gritó:--¡Fuego contra los artilleros!
Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había
mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose siete ú
ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.
La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos
por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir
confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo
las ruedas de los cañones.
Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas
con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.
--Vamos bien,--dijo Bossuet á Enjolrás.--¡Victoria!
Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:
--Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más
de diez cartuchos en la barricada.
Parece que Gavroche oyó la frase.
XV
=Gavroche fuera=
De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la
barricada blanco de las balas.
Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner
botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en
vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales
muertos en el declive del reducto.
--¿Qué haces ahí?--gritóle Courfeyrac.
Gavroche levantó la nariz.
--Estoy llenando el cesto, ciudadano.
--¿No ves la metralla?
Gavroche respondió:
--Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?
Gritóle de nuevo Courfeyrac:
--¡Vuelve adentro!
--Enseguida,--contestó Gavroche.
Y de un salto penetró en la calle.
Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en
pos de sí un rastro de cadáveres.
Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle,
sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una
provisión de cartuchos para la barricada.
El humo formaba en la calle como una niebla.
Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre
dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado
y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía
lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad
gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.
Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la
calle, no obstante la cortedad de la distancia.
Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes
que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.
Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo
avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho
primeras cartucheras sin gran peligro.
Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los
dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á
otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.
Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían
á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.
En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.
--Para la sed,--dijo guardándoselo.
Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería
se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea,
apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las
afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el
humo.
En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento que
yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.
--¡Diablo!...--dijo Gavroche.--Me matan mis muertos.
Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el
cesto.
Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales
de las afueras.
Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en
jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:
Si son feos en Nanterre,
Es por culpa de Voltaire,
Si tontos en Palaiseau,
Es por culpa de Rousseau.
Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno,
los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros
dirigióse á desocupar otra cartuchera.
Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:
Voltaire es el culpado
Si no soy abogado;
Si soy un pajarillo,
Rousseau es quien lo ha querido.
La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera
copla:
Es mi genio alegrillo
Porque Voltaire lo quiso;
Si soy un pobre yo,
La culpa es de Rousseau.
Así continuó por algún tiempo.
El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.
Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía
divertirse en ello.
Era el gorrión picoteando á los cazadores.
Á cada descarga respondía con una copla.
Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.
Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.
Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo
de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía;
presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto
libres, y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y
llenaba su cesto.
Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.
La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.
No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como
si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los
gigantes.
Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.
Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez
que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.
Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras,
acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.
Viósele vacilar y luego caer.
Toda la barricada lanzó un grito.
Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el
empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.
Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse
una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.
Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido
el tiro, y se puso á cantar:
Heme por fin caído
Por culpa de Voltaire;
De narices en tierra
Por culpa de...
No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez
cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.
Aquella pequeña grande alma había volado.
XVI
=De cómo un hermano puede trocarse en padre=
Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo--pues la mirada
del drama debe alcanzar á todas partes,--dos niños que andaban cogidos
de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.
Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El
mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y
pálidos.
El más pequeño decía:
--Tengo mucha hambre.
El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la
mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.
Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar
las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto.
Las tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al
combate.
¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?
¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto?
¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del
Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde
se lee: _Invenerunt parvulum pannis involutum_, había alguna barraca de
saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?
¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los
inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado
y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?
El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.
Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban
aquellos pobres niños.
Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el
lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon,
atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas
ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.
Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de
prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.
Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños
abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á
encontrar en medio del arroyo en París.
Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables
rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores
los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.
Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo
debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.
Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja.
Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron
dentro.
Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja;
se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y
hasta escasa.
Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más
ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín,
y así no vieron á los dos delincuentes.
Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en
junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora
después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido
lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.
En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así,
punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con
una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.
Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.
Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se
levanta.
Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga
el sol; es la frescura caliente.
Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus
flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo
todos sus perfumes.
Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.
La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á
tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.
Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo,
dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la
idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal;
contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no
comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en
la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la
curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en
la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas
tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles;
espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.
¡Cosa rara! El infinito les basta.
Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un
abrazo.
No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.
Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y
divina, de lo infinito y de lo finito.
Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.
Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.
Abismarse: tal es su vida.
En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano
fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.
¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?
Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo
se eleva Aldebaran.
Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido
se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad
ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el
microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!
Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el
zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.
Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.
Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también
Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos
de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol
oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un
efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor,
ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de
mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes
de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los
astros brillen y canten las aves.
Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son
dignos de lástima; y lo son en realidad.
Quien no llora, no ve.
Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría
á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las
cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.
Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía
superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.
Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.
Se puede ser más que hombre y menos que hombre.
Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no
es tal vez ciego?
Mas entonces, ¿de quién fiarse? _Solem quis dicere falsum audeat?_
¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos,
ciertos hombres astro?
¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el
zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver
mal, ó no ha de ver?
¿No es esto para desesperar? No.
Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.
El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo,
solitario y despoblado, estaba encantador.
Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes
y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día,
parecían querer abrazarse.
Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones
celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños,
picoteando en los agujeros de la corteza.
La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más
augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.
Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de
María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.
El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son
otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.
En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas
de aquellas flamígeras flores.
Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de
que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de
alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.
El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella
naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia,
aurora.
Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un
niño que besamos.
Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes
de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas
colgaban rayos.
Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.
Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos
de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se
perseguían alegremente como niños juguetones.
La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.
La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase
bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos
impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos,
en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento
indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable;
y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se
entreveía á Dios, el millonario de estrellas.
Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia,
no había un solo grano de polvo.
Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso,
todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de
flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.
Toda aquella magnificencia respiraba aseo.
El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio
celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de
los enjambres, latidos del viento.
Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto.
Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor
orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines;
algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban
algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio
fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.
Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los
magníficos grupos de castaños.
El espectáculo era espléndido.
Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:
--Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.
Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la
mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo
el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.
El sol alumbraba á toda luz.
Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su
ración.
La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero
anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios,
el verderón moscas.
Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el
misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el
estómago vacío.
Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si
les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del
pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se
pusieron detrás de la barraca de los cisnes.
Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un
ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles;
y golpes sordos, que eran los cañonazos.
Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo
lejos una campana, que parecía llamar.
Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.
El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:
--Tengo hambre.
Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al
estanque.
Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro
buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.
El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.
En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del
Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el
Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después
se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una
de dichas casas.
Los dos pobrecillos vieron venir _aquel caballero_ y se ocultaron aún
más.
Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio
de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á
su hijo «que evitase los excesos».
Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía
siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y
escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.
El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo
ceñudo.
Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín,
y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.
Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban
los cisnes.
Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales.
Asemejábase á ellos en el modo de andar.
Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban
magníficos.
Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para
comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El
padre le decía al hijo:
--El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el
fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras
preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.
En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado
estallaron con redoble de campanas y otros rumores.
--¿Qué es eso?--preguntó el niño.
El padre respondió:
--Son saturnales.
De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles
detrás de la casita verde de los cisnes.
--Ése es el principio,--dijo.
Y añadió tras un breve silencio:
--La anarquía entra en este jardín.
Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se
puso á llorar bruscamente.
--¿Por qué lloras?--preguntó el padre.
--No tengo gana,--contestó el muchacho.
El padre sonrió con mayor expresión.
--No se necesita tener gana para comer un bollo.
--Me repugna el bollo. Está duro.
--¿No quieres más?
--No.
El padre le mostró los cisnes.
--Arrójalo á esos palmípedos.
El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para
regalarlo.
El padre prosiguió:
--Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.
Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.
El bollo cayó bastante cerca de la orilla.
Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna
otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.
El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse,
y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos
telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.
Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos
que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha
majestad que sienta tan bien á los animales blancos.
--Los cisnes comprenden las señales,--dijo el burgués, muy satisfecho
de su propio ingenio.
En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta
vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan
con mayor claridad que otras.
La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de
tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la
campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso
ocultó al sol.
Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.
--Volvámonos,--dijo el padre;--atacan las Tullerías.
Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:
--De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa
la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover
balas.
Miró la nube.
--Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo
esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.
--Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,--dijo el niño.
El padre respondió:
--Sería una imprudencia.
Y se llevó á su hijo.
El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque
hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.
Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos
se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.
Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los
ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.
El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la
escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.
En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca
abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano
izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con
la mano derecha su varita hacia el bollo.
Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse,
produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El
agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones
concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.
Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el
muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo
cogió, y se levantó.
El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.
El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la
pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:
--_Carga con este taco tu fusil._
XVII
=Mortuus pater, filium moriturum expectat=
Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre;
pero ya era tarde.
Gavroche estaba muerto.
Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.
¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su
padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con
su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.
Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el
pilluelo, el rostro inundado de sangre.
En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había
pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.
Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.
Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos
se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.
Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.
Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.
Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre
le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.
--¡Qué excéntrico tan raro!--dijo en voz baja Combeferre á
Enjolrás.--Halla medio de no batirse en esta barricada.
--Lo que no le impide defenderla,--contestó Enjolrás.
--El heroísmo tiene sus hombres originales,--repuso Combeferre.
Y Courfeyrac, que había oído, añadió:
--Es un género distinto del de Mabeuf.
Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas
turbaba los ánimos en el interior.
Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase
de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad
que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen
chistes, se pasa el tiempo.
Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de
la metralla:
--Estamos aquí como en un almuerzo de
amigos.
El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy
tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían
sido ó iban á ser agotadas.
La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é
iba probablemente á volverse desesperada.
Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más
de púrpura la barricada.
Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano,
consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.
Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.
Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que
Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:
--Vamos pronto á tomar la _diligencia_ para otro planeta.
Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á
Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque,
su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado
de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.
Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.
Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de
paja de la tía Hucheloup, _por miedo á los rayos del sol_, decía.
Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros,
como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.
Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba
examinando en él su lengua.
Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi
mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.
Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.
XVIII
=El buitre convertido en presa=
Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe
omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las
calles.
Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de
hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como
una visión.
Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo
desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones
son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber
tenido un sueño.
Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito
de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la
vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha
presenciado.
Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas
que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se
ha iluminado con la luz del porvenir.
Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran
colosales, y parecían horas eternas.
Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.
¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso,
y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y
otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo,
de la noche quizás.
Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades
desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como
manchas encarnadas. Hase olvidado todo.
Volvamos á la calle de la Chanvrerie.
De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que
sonaba.
--Son las doce,--dijo Combeferre.
Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás,
poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:
--Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana
y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad
á las piedras. No hay un minuto que perder.
Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de
aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.
Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de
ataque indudablemente.
Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben
preceder siempre á los soldados que han de escalarla.
No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont
Tonnerre, en 1822, «el collerazo».
La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de
los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los
cuales es imposible la evasión.
En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que
Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos
al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto,
aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban
hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del
otro.
Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros
para los cañones de los fusiles.
Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta
mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.
Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de
abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.
Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio,
Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado
debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.
--¿Quién, entonces, beberá esto?--preguntó Bossuet.
--Ellos,--contestó Enjolrás.
Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los
travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la
puerta del bodegón.
La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la
taberna el torrejón.
Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.
Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á
economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su
plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo
al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas
las comodidades.
Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud
metódica; después viene el rayo.
Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo.
Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía
ser una obra maestra.
Dijo á Mario:
--Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera
tú, y observa.
Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.
Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el
lector servía de hospital.
--Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,--dijo.
Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero
profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de
todos:
--Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera.
¿Las hay?
--Sí,--dijo Feuilly.
--¿Cuántas?
--Dos hachas y un machete.
--Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos
fusiles hay?
--Treinta y cuatro.
--Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como
los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en
la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del
primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de
los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego,
cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten
á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.
Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:
--No me olvido de ti.
Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:
--El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese
espía.
--¿Aquí mismo?--preguntó una voz.
--No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar
la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro
pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará
allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que
Enjolrás; era Javert.
Presentóse Juan Valjean.
Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.
Salió y dijo á Enjolrás:
--¿Sois vos el jefe?
--Sí.
--Me habéis dado las gracias hace poco.
--En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario
Pontmercy y vos.
--¿Creéis que merezco recompensa?
--Sin duda.
--Pues bien; pido una.
--¿Cuál?
--La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.
Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento
imperceptible, y dijo:
--Es muy justo.
Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.
--¿No hay quién reclame?
Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:
--Tomad el polizonte.
Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo
de la mesa.
Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.
Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.
--¡Alerta!--gritó Mario desde lo alto de la barricada.
Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y
mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:
--No gozáis de mucha más salud que yo.
--¡Todo el mundo afuera!--gritó Enjolrás.
Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la
espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:
--¡Hasta luego!
XIX
=Venganza de Juan Valjean=
En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que
sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba
debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.
Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la
supremacía de la autoridad encadenada.
Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila
del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud,
porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.
Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.
Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.
Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de
espaldas.
Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los
vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz
sepulcral que había en su alma.
Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y
todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela
de Mondetour.
Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.
Nadie los veía.
El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los
insurrectos.
Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres
retirados de la barricada.
En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido,
una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio
desnudo: era Eponina.
Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz,
profundamente tranquilo:
--Paréceme que conozco á esa muchacha.
Después se volvió hacia Juan Valjean.
Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una
mirada que no necesitaba palabras para decir:
--Javert, soy yo.
Javert respondió:
--Desquítate.
Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.
--¡Un flamenco!--exclamó Javert.--Tienes razón. Esto te cuadra más.
Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó
las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con
la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con
fría serenidad:
--Estáis libre.
Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar
de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó
admirado é inmóvil.
Juan Valjean prosiguió:
--No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad
salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre
Armado, número 7.
Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo
entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:
--Guárdate.
--Idos,--dijo Juan Valjean.
--Javert repuso:
--¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?
--Número 7.
Javert repitió á media voz:
--Número 7.
Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta,
cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar
tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la
vista.
Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:
--Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.
Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.
--Idos,--repitió Juan Valjean.
Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la
esquina de la calle de Predicadores.
Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al
aire.
Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:
--Ya está.
Entretanto he aquí lo que había pasado.
Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había
fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la
sala baja.
Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la
muerte, le conoció.
Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la
calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las
que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la
fisonomía, sino también del nombre.
Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.
No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.
--¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?
Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero,
ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.
Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de
la barricada:
--¡Enjolrás!
--¿Qué?
--¿Cómo se llama ese hombre?
--¿Quién?
--El agente de policía. ¿Sabes su nombre?
--Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.
--¿Cómo se llama?
--Javert.
Mario se levantó.
En aquel instante se oyó el pistoletazo.
Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:--«Ya está».
Un frío interior atravesó el corazón de Mario.
XX
=Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan=
La agonía de la barricada iba á empezar.
Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento
supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas
armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope
intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de
artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose
en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los
tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en
todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar,
la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de
nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.
Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las
dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido
en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas
también ventanas y postigos.
En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había
llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación
demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país
legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando
la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la
insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído
el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así,
de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la
fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.
Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no
era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento,
¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor
de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la
calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la
barricada.
No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él
quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!
Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus
propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es
una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve,
oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.
Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.
¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven.
La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.
Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta
nadie.
En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y
se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo;
¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el
susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.
Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en
pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera.
De ahí aquella frase tan profunda: _¡Esos rabiosos de moderados!_
Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo
lúgubre, la cólera.
¿Qué quieren estas gentes?...
No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...
¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...
¿Qué han venido á hacer aquí?...
Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para
ellos; suya es la culpa...
Les está bien...
Nada de eso nos atañe...
Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...
Son un hato de perdidos...
Sobre todo, que no se les abra la puerta...
Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.
El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla
y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también
que no han de ir á abrirle.
Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían
salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres
aquellos entrañas de piedra.
¿Á quién acusar?
Á nadie y á todo el mundo.
Á los tiempos incompletos en que vivimos.
Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en
insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de
Minerva á Palas.
La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera;
lo común es que se anticipe demasiado.
Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la
catástrofe.
Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su
magnanimidad es consentir en el abandono.
Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.
¿Pero es, en efecto, ingratitud?
Sí, bajo el punto de vista humano.
No, bajo el punto de vista individual.
El progreso es el modo de ser del hombre.
La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso
colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.
El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo
celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne
el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita,
ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su
horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas
ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en
medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.
_Dios está muerto tal vez_, decía un día al que escribe estas líneas,
Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la
interrupción del movimiento por la muerte del Ser.
El que desespera se equivoca.
El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que
marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de
pie, se le encuentra más alto.
Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que
del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el
obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.
De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el
camino andado.
Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya
establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá
por etapa las revoluciones.
¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente
de los pueblos.
Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los
individuos resiste á la vida eterna del género humano.
Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto,
y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y
defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la
vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse
eternamente por el porvenir.
La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo,
no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras
generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo
turno llegará más tarde.
Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy
enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo,
prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo
créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto,
deseo vivir, dejadme tranquilo.
De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima
vanguardia del género humano.
La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación
apelando á las armas.
Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la
batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el
pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.
Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en
justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los
principios, y por la que es fatalmente castigada.
La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la
mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres
vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.
Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!
Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su
fuerza irresistible é incorruptible.
Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos
filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.
Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de
admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á
los confesores de la utopía.
Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad
mayor siendo vencidos.
La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los
pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.
La una es magnífica, la otra sublime.
Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown
más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.
Es necesario que alguien esté por los vencidos.
El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando
abortan.
Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.
Toda barricada parece un atentado.
Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda
intención, se denuncia su conciencia.
Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho
social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios
y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de
tinieblas para parapetarse y combatir.
Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos
contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas
intenciones».
Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.
En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el
oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.
Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á
su natural buena voluntad.
Ningún remedio violento es necesario.
Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á
lo que la invitamos.
Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos
los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en
Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.
Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad
de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora
señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en
escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.
Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para
conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el
majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de
julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.
La Revolución francesa es un gesto de Dios.
Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas
en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman
revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.
Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el
pueblo.
Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la
insurrección es un acaloramiento.
Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea,
no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el
temperamento de los héroes y de los mártires.
Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque
frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar,
porque siempre su punto de partida es una abstracción.
Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre
por el ideal, por el ideal sólo.
Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en
cólera, de ahí el acudir á las armas.
Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se
dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.
Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la
insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la
calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.
La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia
á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la
revolución. Ninguno le odiaba.
Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como
habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían
derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho
anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio
sobre el derecho en todo el universo.
París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.
Así era como ellos raciocinaban.
Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el
esfuerzo era, no obstante, grande.
Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los
sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en
conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.
El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos
acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal
vez triunfe...
Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden
el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo,
que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso,
mueren como los trescientos espartanos.
No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.
Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.
Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la
revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género
humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.
Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen
frustrados; ya hemos dicho el por qué.
La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas
pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las
aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.
Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los
intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el
estómago paraliza el corazón.
La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre
que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.
Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.
Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.
Esto prueba su espíritu de artista.
Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la
belleza otra cosa que la cima de la verdad.
Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la
belleza es ver la luz.
Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué
llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo
lo propio con Francia.
¡Divinos pueblos, exploradores! _Vitæ lampada tradunt._
¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La
cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.
Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles.
Corinto, sí; Sibaris, no.
El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser
_dilettante_, ni _virtuose_, pero es indispensable ser artista.
En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo
sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.
El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia.
Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la
belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.
Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento
necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino
que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.
El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo
la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es
importantísima.
El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por
vehículo: Alejandro montando el elefante.
Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son
impropias para dirigir la civilización.
La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que
anda y la voluntad que va.
La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo,
rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia
humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las
naciones misioneras.
Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y
conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas
de civilización.
Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.
Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.
Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.
Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro
para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que
andan cuando ella desea estarse quieta.
Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes,
las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que
recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri,
ó de una Carolina del Sur.
¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa
Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.
Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el
derecho de eclipsarse.
No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.
Alba y resurrección son sinónimos.
La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada,
ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el
sacrificio.
El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.
Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen
desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no
retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.
No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el
descenso.
La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago
existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.
La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente
tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.
Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación
es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe
bien.
Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff,
responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».
Una palabra antes de volver á la lucha.
Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una
convulsión hacia lo ideal.
El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de
epilepsias trágicas.
Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil.
Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama,
cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: _El
Progreso_.
¡El Progreso!
Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro
pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo
que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos
sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar
claramente la luz.
El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su
conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias,
las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de
lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día,
del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la
brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.
Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.
La hidra al principio, el ángel al final.
XXI
=Los héroes=
De súbito el tambor llamó á la carga.
El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los
sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como
serpientes.
Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de
todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado,
el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el
reducto.
Entonces la furia era habilidad.
Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos
regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada
en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á
paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y
los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó
sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.
El muro resistió.
Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado
ostentó una cabellera de relámpagos.
El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada
llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los
perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife,
para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.
La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al
descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso
tiroteo de fusilería.
Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de
cohetes voladores que se denomina ramillete.
Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal,
con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada
espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.
La barricada estaba debajo.
Por ambas partes había igual denuedo.
El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad
heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.
Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.
La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.
La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca
la intrepidez en frenesí.
Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se
cubrió de cadáveres.
La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á
Mario.
Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba
y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro
al pie de su almena sin haberle visto siquiera.
Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles
enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del
reducto.
No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay
hombre más terrible en la pelea que el pensador.
Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en
un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.
Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel
torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.
Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la
protegiera.
--¿Qué has hecho del sombrero?--le preguntó Bossuet.
Courfeyrac respondió:
--Han acabado por llevársemelo á cañonazos.
Ó bien decían otras cosas más elevadas.
--¡Cómo comprender,--exclamaba amargamente Feuilly,--á esos hombres (y
citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del
antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que
se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que
nos abandonan!
Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:
--Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las
estrellas, de lejos.
El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que
parecía haber nevado.
Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la
posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra
los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose
en la pendiente.
Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada,
era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía
resistir á una legión.
No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y
engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya
el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba
la barricada, como el husillo á la prensa.
Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.
Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de
la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.
Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían
comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo
contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos
de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con
lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba
sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se
convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y
escalado el reducto, pero nunca tomado.
Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego
aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.
No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas
respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La
forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era
monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras
de la lucha.
Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella
grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil
versos con una batalla.
Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los
diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.
Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos,
á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de
los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de
la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra
sesenta.
La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.
La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y
no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.
Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente
Joly y Combeferre.
Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en
que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de
mirar al cielo, y espirar.
Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas,
particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la
sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto
con un pañuelo rojo.
Enjolrás era el único que se mantenía ileso.
Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un
insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le
quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.
Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que
habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á
Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea
concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de
Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de
Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de
Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la
escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».
En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un
hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende
apedreando al caballero con las torres que va arrancando.
Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de
Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de
guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma,
enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el
uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña
con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto
con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.
Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el
morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber
traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura,
regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una
convicción ó por lealtad.
Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que
ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo.
Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó
sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged
á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á
frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida
de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que
pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por
la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que
proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro
soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte,
rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el
inmenso Ayax, rival de los dioses.
XXII
=Palmo á palmo=
Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos
extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo
Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin
abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte
media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose
á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya
exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos
taludes, uno dentro y otro fuera.
El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.
Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de
bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje;
y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el
humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.
El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió
atropelladamente.
Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose
blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya
morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la
conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.
Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo
al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase
atrancada y como tapiada de arriba abajo.
Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto,
hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el
espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de
súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos
desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el
espacio.
Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra
la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.
Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la
cabeza del muerto.
Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á
protegerles.
Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial
no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.
Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto,
apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la
carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo
traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:
--No hay más que una puerta abierta. Ésta.
Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón,
les dió tiempo para que pasasen por detrás.
Todos se precipitaron dentro.
Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera
un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos
bayonetazos se le dirigían, y entró el último.
Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los
insurrectos cerrar la puerta.
Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio,
dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que
se había asido á ella.
Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse
desvanecer y cayó.
En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de
una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este
pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:
--Soy prisionero y me fusilarán.
Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón,
tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á
cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.
Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas
á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte
de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los
fusiles y los zapadores con sus hachas.
Empezaba el sitio de la taberna.
Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.
La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que
era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había
circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los
prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin
cabeza.
Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles;
uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.
Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:
--Vendámonos caros.
Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf
y Gavroche.
Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la
una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los
fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba
hacia el suelo. Era la del anciano.
Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día
antes besado la frente.
Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.
Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la
taberna luchó como una casa de Zaragoza.
Tales resistencias son feroces.
Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para
poder matar.
Cuando Suchet dice:
--Capitulad...
Responde Palafox:
--Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.
Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los
adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores,
exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los
disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la
rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética
demencia del exterminio.
Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados
en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo
combatiente.
La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala
baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban
en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había
servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.
Eran los últimos cartuchos.
Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables
agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas
reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente
al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran
botellas de agua fuerte.
Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El
sitiado ¡ay! se sirve de todo.
El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á
Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.
La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que
dirigirse de abajo arriba, era mortífera.
El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de
muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.
El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba
casi la noche sobre aquel combate.
Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á
semejante extremo.
No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.
No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las
descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.
Los demonios atacan, y resistían los espectros.
Era la monstruosidad del heroísmo.
XXIII
=Orestes en ayunas y Pilades borracho=
En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la
escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando
en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos
veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y
guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas
en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por
la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso
principal.
No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.
Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su
carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.
Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos,
retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva,
erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano,
inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.
Oyóse un grito:
--Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado
aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.
--Fusiladme,--dijo Enjolrás.
Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el
pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.
En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la
sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una
especie de solemnidad sepulcral.
Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil,
pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila
mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio,
ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase
á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.
Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía
radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le
habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro
horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.
Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante
el consejo de guerra:
--Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.
Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del
fusil, diciendo:
--Paréceme que voy á fusilar una flor.
Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás,
montando sus fusiles en silencio.
Después gritó un sargento:
--¡Apunten!
Intervino un oficial.
--Esperad,--dijo.
Y dirigiéndose á Enjolrás:
--¿Queréis que se os vendan los ojos?
--No.
--¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?
--Sí.
Hacía poco que se había despertado Grantaire.
Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala
alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del
cuerpo sobre una mesa.
Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.
El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa
que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada,
se la dejaron.
Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el
brazo, cercado de vasos, copas y botellas.
Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela
harta.
Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que
penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa
baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía
al cañón con un ronquido.
Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir
los ojos nuevamente.
En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le
distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.
El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el
silencio.
Es una observación que se ha hecho más de una vez.
La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como
un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de
Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.
Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.
Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.
Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó
los ojos, miró, bostezó y comprendió.
La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.
Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.
Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de
lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir
los párpados cuando ya está enterado de todo.
Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez,
especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la
clara y despejada percepción de la realidad.
Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa
de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no
habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden
¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:
--¡Viva la república! Aquí estoy yo.
Grantaire se había levantado.
El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció
en la brillante mirada del borracho transfigurado.
Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á
colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.
--Matad á dos de un golpe,--dijo.
Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:
--¿Me lo permites?
Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.
No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.
Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared,
como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la
cabeza.
Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.
Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se
habían refugiado en lo alto de la casa.
Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por
entre la misma armazón del tejado.
Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía.
Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron
víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un
hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado
el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un
soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del
tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la
cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y
silencio luego.
Se había tomado la barricada.
Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la
persecución de los fugitivos.
XXIV
=Prisionero=
Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.
La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya
presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.
Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer
la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera
pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia
en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados,
llevados á la sala baja, y curados.
En los intervalos, reparaba la barricada.
Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo
personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.
Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían
respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al
encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero
dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.
Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba
ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.
Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad
del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.
El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente
concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á
Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el
desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo
de la casa de Corinto.
El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la
calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas,
algunos pies cuadrados de terreno.
Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los
mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una
serie de escollos, un rincón tranquilo.
En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada
había agonizado Eponina.
Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la
pared, y miró en derredor.
La situación era espantosa.
Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de
pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?
Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la
calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro;
pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.
Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que
no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á
la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite
Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo,
distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta.
Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.
No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una
descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo
alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de
sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del
ángulo de la pared estaba la muerte.
¿Qué hacer?
Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una
resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se
encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón;
pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la
casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.
Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la
derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo,
extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.
Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una
cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera
poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y
al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado
exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte,
una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja,
compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados.
El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba
como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura
obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna.
Abalanzóse Juan Valjean.
Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un
rayo de luz.
Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas,
inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los
codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente
poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que
los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una
superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado
como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la
rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.
Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de
corredor largo y subterráneo.
Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.
La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al
convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba
consigo á Cosette sino á Mario.
Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable
tumulto de la taberna.
LIBRO SEGUNDO
EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I
=La tierra empobrecida por el mar=
París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y
sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con
qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué?
Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su
intestino? Su cloaca.
Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos
aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.
La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo,
sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los
chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.
Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad
sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que
nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra está
en China tan joven como en tiempos de Abraham.
El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.
No hay guano comparable á los residuos de una capital.
Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.
Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.
Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.
¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.
Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo
austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja
al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.
Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á
la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.
Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos
carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles,
esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango
subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?
Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la
salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes
por la tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa,
sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.
Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la
tierra y la transfiguración en el cielo.
Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.
La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.
Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.
Será la obra superior de vuestra ignorancia.
La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los
años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de
francos.
Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta
parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad
del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.
La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á
oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y
el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.
Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos
resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.
El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.
Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.
En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que
la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último
puente.
Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape,
aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo
como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de
Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de
los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y
con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los
quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.
El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.
La intención es buena, el resultado triste.
Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.
Una alcantarilla es un error.
Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo
que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor,
entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social,
el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se
atenuará considerablemente.
Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente
resuelto el problema.
Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.
La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.
Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la
vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el
guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo
verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte
que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha
anualmente.
Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades,
doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.
Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos
festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos
llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.
De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía
política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en
los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como
las de Saint Cloud para la riqueza pública.
Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta
agujereada, barril sin fondo.
París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y
de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal,
augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y
mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir,
admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de
vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano
del Fo Kian.
Imitad á París, y os arruinaréis.
Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é
insensato, el mismo París no hace más que imitar.
Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente
caso viene de muy lejos.
Los antiguos obraban como los modernos.
«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar
del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el
albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca;
ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.
El albañal de Roma se ha tragado al mundo.
Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: _Urbi
et orbi_.
Ciudad eterna, albañal insondable.
En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue
París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.
Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene
debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles,
encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y
circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.
Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.
Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y
si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad
del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad
prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.
Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la
titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese
ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como
Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.
El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su
superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.
La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de
seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.
Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del
inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto
sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las
cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa
red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.
Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto
del parto de París.
II
=Historia antigua del alcantarillado=
Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea
de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos
orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla
derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo,
los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida
las ramitas extremas.
Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que
es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es
rarísimo en la vegetación.
Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano
geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas,
algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas
letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza
aparente y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.
Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en
el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los
déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso,
aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso
de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los
Leones de Babilonia.
Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de
Nínive.
De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y
del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta
encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.
La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas.
Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una
antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.
El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de
conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas
persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los
apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del
XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.
Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba
el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París
la alcantarilla.
El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del
Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el
vomitorio de Maubuée como en una alcoba.
Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón
sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge
(corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de
Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de
recuerdos.
Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios;
en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero,
donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.
La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los
aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él
un _detritus_, y la filosofía social un residuo.
La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se
confronta.
Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa
tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.
El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso.
La ingenuidad se ha refugiado allí.
En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y
los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno
de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.
Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en
ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social.
Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa
mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay
afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez
absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con
la siniestra manifestación de lo que acaba.
Realidad y desaparición.
Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el
asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha
tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie
del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se
encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que
sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de
cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las
lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una
toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que
fué basquiña de una cortesana.
Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que
antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo.
La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.
Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.
Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo
de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el
juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad
profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles,
no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el
fango que le corresponde.
Es, al mismo tiempo, una enseñanza.
Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.
Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre
los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas
y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan
sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos
están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de
sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas
de sus crímenes.
Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat,
Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois,
allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por
si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.
Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas
la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos
reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las
sangrientas manos.
El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto
que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del
pensamiento.
Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es
tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se
tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba
mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el
eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas
que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo,
y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el
cieno rehace las costumbres.
Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.
Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la
judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta
encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero,
la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna,
la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones
conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al
doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería
ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de
los codazos de Mesalina.
III
=Bruneseau=
El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el
siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace
cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí
misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.
El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y
á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el
89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente,
la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni
moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las
inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo;
todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo
itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía
en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado,
confusión de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos;
Babel sobre Dédalo.
Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel
desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las
inundaciones de cloacas.
Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca
refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.
Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas,
en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la
ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se
avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.
La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los
parisienses octogenarios.
El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la
estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos
bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la
cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de
la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la
calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas
de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco
centímetros, y al mediodía, funcionando por el vomitorio del Sena en
sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en
la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros,
precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine,
respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.
Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se
elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de
extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud
de doscientos treinta y ocho metros.
Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un
lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación;
pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía
confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.
Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde
pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido
servir de baño á Behemoth.
Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de
ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los
carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba
con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.
En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que
antes amontonaban que barrían.
Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre
de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero
fétido.
La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror.
El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.
El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la
alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido
arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible
fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del
Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis,
casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla
de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí
salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera
de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón
lanzando el infierno sobre los hombres.
La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con
cierta horrible mezcla de infinito.
La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de
explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.
Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas,
ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el
atrevido?
Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su
Cristóbal Colón.
Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía
en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera,
asistió á la audiencia matinal del señor.
Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados
extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse
los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda,
del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau,
de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia,
pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides,
artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros
de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée;
unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros
habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían
adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.
Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las
Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á
Napoleón en su reposo.
Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á
Marengo, y delante á Austerlitz.
--Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al
hombre más intrépido del imperio.
--¿Quién es ese hombre?--preguntó bruscamente el emperador.--¿Qué es lo
que ha hecho?
--Quiere hacer una cosa, señor.
--¿Cuál?
--Registrar las alcantarillas de París.
Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.
IV
=Detalles ignorados=
Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna
contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de
descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración,
obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años,
los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al
prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.
Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto
rudimentarios.
Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red
subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir
adelante.
La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era
preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar
las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los
empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer
las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los
pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de
cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor
de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta
de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el
de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas
de descenso se sumergieron dentro tres pies de fango. Las linternas
agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar
algún pocero desmayado.
Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el
suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo
transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto
firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo
volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de
trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos
llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba
cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues
hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.
Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto
divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una
piedra saliente esta fecha: 1550.
Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por
Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello
del siglo XVI en la alcantarilla.
Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y
en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre
1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal
colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740,
estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación,
que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant
fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso
análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de
cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse
reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de Justicia,
alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla.
Horribles _in pace_. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de
hierro.
Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había
rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció
del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada
con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los
Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó
por ahogarse en la alcantarilla.
Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó
admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada.
En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal
intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata,
en pedrería y moneda.
Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría
acumulado las riquezas de los siglos.
En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de
la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de
bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la
otra un lobo con la tiara en la cabeza.
El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.
Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la
que sólo quedaban los goznes.
De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que
sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de
desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista
finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo
demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima:
LAVBESP. La corona era una corona de marqués, y las siete letras
significaban _Laubespine_.
Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.
Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo
cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario.
De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados,
le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.
Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le
amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico
Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades.
Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo
de destruir siquiera.
¿Fué desprecio ó respeto?
Marat merecía ambas cosas.
Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en
tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el
sitio que eligen.
En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella;
Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir
de pasto á las ratas de la cloaca.
Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente
Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del
Dante.
La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años,
desde 1805 á 1812.
De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos
considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en
todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por
debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en
1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en
1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de
la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée
d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.
Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.
Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su
fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.
Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches,
atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica,
fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en
sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto
retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.
Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes,
patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin
salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos
en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua
cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo
trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar,
á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el
enorme topo ciego de lo pasado.
Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.
V
=Progreso actual=
Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y
suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra
por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color
parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco
alfileres.
Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.
Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.
Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores
subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de
monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo
amaba á sus reyes».
El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro;
el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece
haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse
en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada
desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma
escuela hasta para una cloaca.
Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica
que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe
subordinarse al camino más corto.
La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía
en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al
respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo
son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy
galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de
atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua
morada.
Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población
de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata
vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina
á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose
satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de
su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado,
lava el del presente.
Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan
todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.
Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad,
á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto
olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.
Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que
el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista,
la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias,
ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.
Es más que progreso; es una trasmutación.
Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una
revolución. ¿Quién hizo esa revolución?
El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado
ya, Bruneseau.
VI
=Progreso futuro=
La abertura del alcantarillado de París no ha sido una obra
insignificante. Los últimos diez siglos han estado trabajando sin poder
terminarla, como tampoco han podido acabar á París. La cloaca sigue
como por repercusión el desarrollo de París. Es, en la tierra, una
especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo, al par
que crece encima la gran ciudad. Siempre que la ciudad abre una nueva
vía, el albañal alarga el brazo.
La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos
metros de alcantarilla; á ese término había llegado París el 1.º de
enero de 1806.
Partiendo de esa época, de la que volveremos á ocuparnos luego, la obra
ha sido conveniente y enérgicamente reformada y continuada. Napoleón
construyó (los guarismos son siempre curiosos) cuatro mil ochocientos
cuatro metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos X,
diez mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil
veinte; la república de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y
uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta la fecha,
doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros; sesenta leguas de
alcantarillado. Entrañas enormes de París; ramificación obscura y
siempre activa; construcción ignorada é inmensa.
Como se ve, pues, el laberinto subterráneo de París, es hoy más que
décuplo de lo que era al empezar el siglo. No es fácil figurarse la
perseverancia y los esfuerzos que han sido necesarios para conducir esa
cloaca al punto de perfección relativa en que hoy se encuentra.
Con gran dificultad había el antiguo prebostazgo monárquico, y en los
diez últimos años del siglo XVIII el corregimiento revolucionario,
conseguido abrir las cinco únicas, aunque no insignificantes, leguas
de albañal que existían antes de 1806. Toda clase de obstáculos
embarazaban esa operación; los unos, propios de la naturaleza del
terreno, los otros, inherentes á las preocupaciones mismas de la
laboriosa población de París.
Encuéntrase París edificado sobre un terreno extraordinariamente
rebelde á la piqueta, á la sonda, á toda operación humana. Nada más
difícil que perforar y penetrar esa formación geológica á la cual se
superpone la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto
la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura con
esa capa de aluviones; parece que crean las resistencias subterráneas.
Son todo ello arcillas líquidas, manantiales vivos, rocas duras,
légamos blandos y profundos que la ciencia especial llama mostazas.
El pico adelanta difícilmente en las capas calcáreas, que alternan
con hilos de greda muy sutiles y sedimentos esquistosos á manera de
hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos
preadamitas.
Á veces, un arroyo hace reventar de improviso la bóveda principiada,
é inunda á los trabajadores, ó alguna irrupción de marga se abre paso
lanzándose con la furia de una catarata, y rompe como frágil vidrio las
más fuertes vigas de sostenimiento.
Recientemente, en la Villette, cuando fué preciso, sin interrumpir
la corriente ni variar el cauce, hacer pasar la cloaca colectora por
debajo del canal de San Martín, se abrió una grieta en el fondo del
canal, cayendo de repente el agua en la excavación subterránea, sin que
bastasen las bombas á detener la inundación.
Hubo que apelar á un buzo, el cual, con no poco trabajo logró tapar al
fin la grieta que estaba en la embocadura del gran estanque.
Por otro lado, junto al Sena, y también bastante lejos del río, como
por ejemplo en Belleville, en la Gran Vía, como en el pasaje Lunière,
existen arenas sin fondo, donde un hombre puede hundirse y desaparecer
á ojos vistos.
Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar enterrado
por hundimientos y desprendimientos repentinos. Agréguese igualmente el
tifus, de que los trabajadores se impregnan lentamente.
En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con
banqueta para recibir una cañería matriz de agua del Ourcq, trabajo
ejecutado en zanja, á diez metros de profundidad; después de haber,
á pesar de los derrumbamientos, y con ayuda de las excavaciones
frecuentemente pútridas, y de los acodalamientos, abovedado el arroyo
de la Bièvre desde el boulevard del Hospital hasta el Sena; después
de haber, con el fin de librar á París de las aguas torrenciales de
Montmartre, y dar salida á ese lago fluvial de nueve hectáreas que
se corrompía junto á la puerta de los Mártires; después de haber,
decimos, construido la línea de alcantarillado desde la puerta blanca
al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, trabajando día y noche, á
la profundidad de once metros; después de haber, cosa no vista hasta
entonces, hecho subterráneamente un albañal en la calle de Barre du
Bec, sin zanja á seis metros debajo del suelo, murió el constructor
Monnot.
Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarilla en todos
los puntos de la ciudad, desde la calle Traversière Saint Antoine á
la calle de de Lourcine; después de haber, por medio del empalme de
la Arbalète, evitado las inundaciones pluviales en la encrucijada
Censier-Mouffetard; después de haber construido la alcantarilla de San
Jorge sobre cimientos de rocas y hormigón en arenas movedizas; después
de haber dirigido el temible descenso de empalme del ramal de Nuestra
Señora de Nazareth, el ingeniero Duleau murió también.
Y sin embargo, no existen boletines para esos actos de valor mucho más
útiles que la brutal carnicería de los campos de batalla.
Las alcantarillas de París, en 1832, distaban mucho de ser lo que son
hoy día. Bruneseau había dado el impulso; pero se necesitaba el cólera
para determinar la vasta construcción que después se ha llevado á
efecto.
Sorprende oir decir, por ejemplo, que, en 1821, parte de la cloaca de
circunvalación llamada el Gran Canal, como en Venecia, se corrompía aún
al aire libre, en la calle de Gourdes.
En 1823, fué cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los
doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis sueldos necesarios
para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes del
Combat, de la Cunette y de Saint Mandé, con sus desagües, aparatos,
desatranques y ramales depuratorios, no datan de antes de 1836.
La vialidad intestinal de París ha sido hecha de nuevo, y como ya lo
hemos dicho, se ha más que decuplicado en un cuarto de siglo.
Hace treinta años, durante la época de la insurrección del 5 y 6 de
junio, existía aún, en muchos parajes, el alcantarillado antiguo. Gran
número de calles abovedadas hoy día, eran entonces zanjas abiertas.
Veíase frecuentemente en el punto adonde iban á parar las vertientes
de una calle ó de una encrucijada, grandes rejas cuadradas y provistas
de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la
multitud, peligrosas y resbaladizas para las caballerías de los
carruajes.
El lenguaje oficial de puentes y caminos daba á esas pendientes y á
esas rejas el nombre expresivo de quebraderos.
En 1832, en una infinidad de calles, como las de la Estrella, San
Luis, el Temple, Vieja del Temple, Nuestra Señora de Nazareth, Folie
Mericourt, muelle de las Flores, calle del Petit Musc, Normandía,
Pont aux-Biches, Marais, San Martín, Nuestra Señora de las Victorias,
Faubourg-Monmartre, Grange Batelière, en los Campos Elíseos, calle
Jacob y Tournon, la antigua cloaca gótica mostraba aún solamente sus
golas.
No eran éstas sino enormes aberturas de piedra, rodeadas á veces de
guarda ruedas descaradamente monumentales.
París, en 1806, no tenía casi mayor número de alcantarillas que el
comprobado en mayo de 1663; cinco mil trescientas veintiocho toesas.
Después de Bruneseau, en 1.º de enero de 1832, tenía cuarenta mil tres
cientos metros.
De 1806 á 1831 se habían construido anualmente por término medio
setecientos cincuenta metros.
En los años posteriores ha correspondido á cada año de ocho á diez mil
metros de galería, todo de mampostería, revestido de cal hidráulica
sobre base de hormigón. Á doscientos francos el metro, las sesenta
leguas de alcantarilla del París actual representan cuarenta y ocho
millones.
Además del progreso económico que al principio hemos indicado,
asócianse graves problemas de higiene pública á esta inmensa cuestión:
el alcantarillado de París.
París está entre dos capas: una de agua y otra de aire. La capa de
agua, extendida á una profundidad bastante grande, pero que ha sido
ya sondada por dos perforos, proviene de las vetas de asperón verde,
situadas entre la creta y el calcáreo jurásico.
Todas esas vetas pueden representarse por un disco cuyo radio mida
veinticinco leguas; en él se rezuman multitud de ríos y arroyuelos; de
manera que en un vaso de agua del pozo de Grenelle se bebe el Sena, el
Marne, el Yonna, el Oise, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loira.
La capa de agua es saludable; viene primero del cielo y luego de la
tierra.
La capa de aire es malsana; viene del albañal. Todos los miasmas de la
cloaca se mezclan á la respiración de la ciudad; de ahí el mal aliento.
El aire respirado junto á un estercolero, está probado: es,
científicamente, más puro que el aire que se respira en París.
En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, perfeccionándose después
los mecanismos y difundiéndose la claridad científica, se empleará
la capa de agua en purificar la capa de aire; es decir, en lavar las
alcantarillas.
Sabido es lo que entendemos por lavar las alcantarillas, esto es,
restituir el fango á la tierra, el estiércol al suelo y el abono á los
campos. Resultará de este solo hecho puesto en práctica, para toda la
comunidad social, disminución de miseria y aumento de salud.
Hoy por hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende
á cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomado este edificio como
centro de ese círculo pestilencial.
Pudiera decirse que, desde hace diez siglos, es la cloaca la enfermedad
de París. El albañal es el vicio que la ciudad tiene en la sangre.
El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de pocero era
en otro tiempo casi tan peligroso y repugnante al pueblo, como el de
matarife carnicero, por tanto tiempo reputado horrible y cedido al
verdugo.
Necesitábase pagarlo muy bien para que un albañil se decidiese á
bajar aquellas minas fétidas; el pocero vacilaba siempre al colocar
su escalera; y era proverbial el dicho: _bajar á la alcantarilla es
bajar á la fosa_. Distintas leyendas de todas clases, como hemos dicho,
llenaban de espanto aquel tragadero colosal; temible sentina que á la
huella de las revoluciones del globo, como de las revoluciones del
hombre, une los vestigios de todos los cataclismos, desde las conchas
del diluvio hasta el harapo de Marat.
LIBRO TERCERO
CIENO Y ALMA
I
=La cloaca y sus sorpresas=
Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.
Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer
en él como en el océano.
La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan
Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo
preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de
la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito
al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la
tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de
Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.
Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de
París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte,
por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un
instante extraordinario.
Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.
Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación,
cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables
emboscadas de la Providencia!
Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que
llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.
Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió
nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo.
Nada oía.
El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de
allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la
tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un
rumor en una profundidad.
Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto
suficiente?
Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió
que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba
mojada.
Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún
sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se
prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en
que se hallaba.
Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía
del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había
acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.
El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa
mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de
aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.
Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del
respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba
Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros
de la húmeda pared de la alcantarilla.
Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en
ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía
penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á
ello.
Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los
adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la
casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al
pozo y lo registrasen.
No había momento que perder.
Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha,
penetrando resueltamente por aquella obscuridad.
La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía.
Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.
Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los
miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean
había caído de uno en otro círculo del infierno.
Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le
ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que
tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál
debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse
en aquel obscuro laberinto?
Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la
pendiente; siguiéndola se iba al río.
Juan Valjean lo comprendió, desde luego.
Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que
si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un
cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change
y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el
punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún
recodo de encrucijada.
Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos
hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del
cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado
el cuerpo.
Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y
encomendarse á la Providencia para la salida.
Subió la pendiente, y tomó á la derecha.
Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del
respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante
sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo,
avanzando, tan rápidamente como le fué posible.
Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies
colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y
con la otra iba tentando la pared.
La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía
correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia
que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la
oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de
consiguiente que vivía.
El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el
primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se
había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la
cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter
los pies en el agua.
Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á
los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos
subterráneamente entre las venas de la sombra.
No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos
enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus
ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever
confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo
de la cual caminaba.
La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad,
del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por
encontrar á Dios.
Era difícil dirigir el rumbo.
El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las
calles superpuestas.
Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese
debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina
alcantarillado.
El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta
con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho
antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos
treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.
Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de
San Dionisio, y no era así desgraciadamente.
Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece
á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora,
llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del
antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San
Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la
Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no
ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va
á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado
Juan Valjean.
Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla
Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.
Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla
del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros
de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo
embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en
efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.
Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de
enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo
de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde
termina en Y.
Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del
Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin
salida.
Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la
entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la
gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.
Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de
Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de
llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de
conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.
Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos
de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que
no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En
lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua,
altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito,
y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la
toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso
económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa
de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería
plebeya denominada _de pequeño material_; pero no sabía nada de todo
esto para poder regirse.
Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á
la ventura, es decir, en manos de la Providencia.
Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él.
La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma.
Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías
vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de
tinieblas.
Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino
sin verle.
En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de
su vida.
¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á
tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra,
¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado
de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían
allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse
ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?
Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué
contestar.
El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el
vientre de un monstruo.
De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin
haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el
agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies.
La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar
inesperadamente al Sena?
El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría
retrocediendo. Siguió pues adelante.
No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la
ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la
Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de
las aguas, traza una línea muy caprichosa.
El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en
la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le
Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la
alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante
había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y
estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.
Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si
la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor
donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda
más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría
á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así
logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los
cuatro laberintos mencionados.
Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín,
donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por
debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como
el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los
carruajes.
Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y
no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano
que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero
esta obscuridad le tranquilizaba.
De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo
claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre
su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas
paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.
Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una
distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa
espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.
Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.
Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas
negras, derechas, perceptibles y espantosas.
II
=Explicación=
Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas.
Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet
se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud
barría el París público; doble operación que exigía una doble
estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y
abajo por la policía.
Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea
de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la
izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la _Cité_. Los agentes
iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.
Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la
linterna de la ronda de la orilla derecha.
Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones
sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la
ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la
entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo
principal, no penetró en ella, y siguió adelante.
Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían
creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de
circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.
El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se
puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el
ruido.
Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.
Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á
él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y
confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y
se detuvo.
Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía
detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le
habían hecho también visionario.
Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué
significaba aquello? No lo comprendía.
Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.
Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron
entre ellos.
Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una
especie de encrucijada, llamada de _servicio_, que se suprimió después
á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en
las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella
encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de
sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.
El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué
que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí
nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que
sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San
Merry, pues si había algo que hacer y algún _bonigote_ que rastrear,
era por aquella parte.
De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas
injurias. En 1832 la palabra _bonigote_ era el punto de enlace entre
la palabra _jacobino_ y ya olvidada, y la palabra _demagogo_, casi
inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.
El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la
vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y
marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos.
Esto estuvo en un hilo.
Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de
un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen
á la ronda el fraccionarse.
Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de
ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió
nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.
Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin
duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al
sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo
la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.
Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos
pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la
bóveda sobre su cabeza.
Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas,
desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después
aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló
bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo
enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa;
la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y
Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado
contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse
aquella patrulla de fantasmas.
III
=El hombre filado=
Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún
en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente
su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos
un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar
la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El
servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio
extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.
En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la
presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la
insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la
pista al ladrón.
Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del
Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los
Inválidos.
Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado
por completo.
En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia,
parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que
iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en
acercársele.
Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.
Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como
si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero
avivase el paso.
Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar
intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.
Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el
perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una
figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura
y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.
El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo
de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca
habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la
amenaza que cabe en el miedo.
El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al
barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.
No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle
de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un
ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa
harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la
levita de la autoridad abrochada hasta la barba.
El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.
¿Qué objeto se proponía el último?
Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.
Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre
harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido
por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul
se considera glorioso; el encarnado denigrante.
Hay una púrpura que procede de abajo.
Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el
primero deseaba evitar.
Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era,
según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna
cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.
Esta operación delicada se llama «acechamiento».
Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita
abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío
hizo alguna indicación al cochero.
Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había,
cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del
muelle á aquellos dos hombres.
De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba
delante.
El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima
del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.
En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se
lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por
si fuese necesario».
Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable,
acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que
descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que
venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha
suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren
de sed, pero la vista goza.
Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de
intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles;
pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual
podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.
Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París
en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí
cerca había un cuerpo de guardia.
Con gran sorpresa de su observador, el hombre _filado_ no tomó por la
rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo
largo del muelle.
Evidentemente su posición iba resultando crítica.
¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?
Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera;
y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el
puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una
débil lengua perdiéndose en el agua.
Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro
perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la
autoridad á la espalda.
Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un
montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se
sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con
provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la
vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello;
la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.
Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de
eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.
El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando
entonces de ser visto por el otro.
Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando
disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes
llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse
estupefacto.
El hombre á quien perseguía no estaba allí.
Eclipse total del hombre de la blusa.
El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta
pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.
El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle
sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?
El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y
permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y
registrándolo todo con los ojos.
De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir,
en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja
de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y
de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte
inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo
pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.
Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una
especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y
miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.
Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja,
pero ésta resistió el empuje.
Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido
alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no
había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél
para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una
llave.
Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en
violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:
--¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!
Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas
con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:
--¡Ta... ta... ta... ta!
Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar
otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia
paciente de un perro de muestra.
Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones,
se paró junto al parapeto.
El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el
húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido
de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis,
suelen ponérselo algunas veces.
Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de
alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del
paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.
IV
=También lleva su cruz=
Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.
Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de
aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y
seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre.
Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario
diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á
enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.
La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de
apoyo, así para la mano, como para el pie.
Tropezaba en el fiemo de la ciudad.
Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á
larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza
semejaba la claridad de la luna.
Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.
Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el
mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza,
prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias
á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle.
Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso
de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.
Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese
del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía
deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó
hasta el extremo de querer morderle.
De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco
procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.
Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de
circunvalación.
Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse
de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los
brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.
La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.
En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran
Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence
y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías,
cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más
ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.
Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación
era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que
era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.
Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que
la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia
Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye
subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.
La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á
parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto
de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.
No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de
París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la
alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.
Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él,
bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto
en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.
Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de
mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una
pared; y habría estado perdido sin remedio.
En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de
Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso
subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de
San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo
luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián,
hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no
extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir
al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á
fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora
de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la
disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si
se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la
noche.
Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única
salvación posible.
Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo
bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado
de la Chaussée d'Antin.
No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de
la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante
ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva.
Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano
tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la
alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz
del respiradero como en el fondo de una tumba.
Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como
pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los
miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.
Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la
corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba
por las aberturas en la carne viva.
Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la
mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.
Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la
sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin
conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable
odio.
Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas;
el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió
el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas
escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo,
señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el
Marais».
Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y
permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz:
calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y
volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.
Había comido, y se sentía reanimado.
Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente
la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la
alcantarilla.
La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant,
tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte
del trayecto.
La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos
al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la
tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia
que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos
de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que
el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en
declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez
menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya
debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar
solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos
muelles.
Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos
respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin
embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.
Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.
V
=La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida=
Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies,
no baldosas, sino cieno.
Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un
hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal,
á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace
rato anda difícilmente.
La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas
del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta
señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado
el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no
ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal
conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo
no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando
tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha
siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la
costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la
pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.
De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.
Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.
Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca
y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le
llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á
la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se
dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.
Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal
movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el
pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la
tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.
Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.
Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante,
si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no
hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al
hundimiento.
Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible,
implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas
horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y
tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito
que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia
aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra,
dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la
verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los
buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.
Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo
desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un
enterramiento inexorable.
El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos
variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.
Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce
los brazos ansiosamente, se desespera...
La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya
más que un busto.
Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo
como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo
librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente;
la arena continúa subiendo.
La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no
se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el
silencio.
Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.
Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece
sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se
agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.
Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su
vehículo, todo zozobra bajo la arena.
Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.
La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la
vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas
traiciones.
Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar,
éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.
Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe
subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.
Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente
deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas
antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías
modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta
clase ceder es rajarse, es hundirse.
El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría
boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de
_hundidero_.
¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del
mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del
monte de San Miguel en una alcantarilla.
El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan
suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La
profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante
encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la
inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por
hundimiento.
Figurémonos el horror de semejante muerte.
Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la
desaparición en la cloaca?
En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte,
del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven
de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes
probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de
todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de
fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia
lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde
esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta;
la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el
hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.
¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de
agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre
nuestra cabeza!
¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!
La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en
cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el
naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas,
como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no.
Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones
flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico,
infame y feo.
Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la
fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.
Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.
Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de
sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo
no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el
sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.
La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud
y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora
tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se
encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi
líquido.
En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en
desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el
lodazal de Phelippeaux.
El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.
Un niño se salva donde un hombre se pierde.
La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El
pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con
las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.
Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo;
algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre;
los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno;
las lloviznas menudas y continuadas.
Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso
hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que
el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este
modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las
cuevas de la montaña de Santa Genoveva.
Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el
desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por
una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines,
que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda
hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto
remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no
se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros!
Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos
á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros
sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas;
entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal
de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás
Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario
de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.
Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de
quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida,
donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos
tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su
prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del
albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.
La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su
frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.
En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.
Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices
delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!
VI
=El hundidero=
Juan Valjean se encontró ante un hundidero.
Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el
subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á
los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones
subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la
inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge,
que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas
infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha
podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires,
sino por medio de un tubo de hierro colado.
Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla
á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos
á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los
Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la
obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre
todo de los ribereños de palacios y carrozas.
Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad
que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.
El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la
víspera.
El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado,
produciendo un estancamiento de agua.
Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.
El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué
extensión? se ignoraba.
En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes.
Era un agujero de lodo en una caverna de noche.
Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y
penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.
Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.
Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.
Por otra parte, ¿adónde había de ir?
Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero
poco profundo.
Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno
le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no
obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que
podía, sobre el agua.
El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible
volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso
para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo
les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando
separados.
Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya
un muerto.
El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y
apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La
densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.
Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos
inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no
quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.
En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro
tanto con su hijo.
Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.
Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una
máscara flotante en la sombra.
Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro
lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie
tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.
Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual
le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir
nuevamente á la vida.
Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era
el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin
romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.
Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase
de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero
sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.
Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro
lado del hundidero.
Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle
muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada
hablando á Dios.
Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del
moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una
luz extraña.
VII
=Á veces se encalla donde se cree desembarcar=
Emprendió su camino otra vez aún.
Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber
dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era
tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar
aliento y apoyarse en la pared.
Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición
á Mario, y creyó no volver á levantarse.
Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.
Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien
pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito,
tropezó en la pared.
Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza
baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del
subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era
esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz
del día.
Juan Valjean veía la salida.
El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente
la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean.
Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.
Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario;
recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á
medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.
Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba
decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par
que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término
vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal,
ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.
Juan Valjean llegó á la salida.
Allí se detuvo.
Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.
Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer,
giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al
dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía
un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo
profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble
vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París
antiguo.
Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy
estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París,
ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la
libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á
la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera
sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los
puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.
Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.
Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.
Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del
embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos
crispadas los barrotes.
El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió.
Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si
podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar
la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.
Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez.
Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había
medio de abrir la puerta.
¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?
Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía
con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel
lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no
estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos
veces?
¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?
Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra
salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?
Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla.
La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado;
pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían
cerradas.
Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.
Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.
La fatiga produciendo el aborto.
Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y
Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las
tinieblas, á la espantosa araña.
Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario,
que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No
había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.
¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?
Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.
VIII
=El jirón de la levita=
En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz
que hablando por lo bajo decía:
--Parte para dos.
¿Quién podía ser entre aquellas sombras?
Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean
creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó
los ojos.
Había un hombre delante de él.
Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano
izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean
sin ser oído.
Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso,
conoció al hombre. Era Thénardier.
Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean,
acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que
conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo.
Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no
pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer
aquella tenebrosa noche.
Hubo un momento de tregua.
Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en
forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual
acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención
sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin
embargo.
Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y
estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que
ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.
Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la
reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la
enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta
desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean
en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba
entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.
Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.
Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de
medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.
--¿Cómo te las vas á componer para salir?
Juan Valjean no respondió.
Thénardier continuó:
--Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas
de aquí.
--Ciertamente,--dijo Juan Valjean.
--Pues bien; parte para entrambos.
--¿Qué quieres decir?
Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.
Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:
--No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.
Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.
Thénardier repuso:
--Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que
llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta,
proporcionándote cómo deshacerte del muerto.
Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha
jirones, añadió:
--¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.
Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el
punto de dudar de la realidad de lo que veía.
Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía
de la tierra en la persona de Thénardier.
Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la
blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:
--Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.
--¿Y para qué esta cuerda?
--Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la
reja las hay de sobra en un montón.
--¿Y para qué la piedra?
--Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas
una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.
Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de
estas aceptaciones maquinales.
Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de
repente una idea.
--Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he
atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!
Después de una pausa añadió:
--Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme.
Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un
cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice
nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures
que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un
lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace
falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro.
Me gusta ayudar á la gente lista.
Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba
visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder
examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en
su voz, díjole:
--Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese
hombre en el lodazal?
Juan Valjean guardó silencio.
Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le
servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un
hombre de peso, continuó:
--Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los
trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el
cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado
hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde
ha salido?... ¿Le han visto salir?...
La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia.
Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se
valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos.
El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre
en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto
medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se
da parte á la justicia. Has hecho muy bien.
Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando
Juan Valjean.
Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.
--Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu
dinero.
Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo
amenazador; pero el tono era pacífico.
Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de
sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba
bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!
No era fácil adivinar la causa.
Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso
que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que
Thénardier no tenía intención de partir con ellos.
--Acabemos,--repitió Thénardier.--¿Cuánto tenía ese mozo en la
faltriquera?
Juan Valjean metió la mano en la suya.
Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se
lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.
Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al
ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había
olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar
la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco.
Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado
de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó
doce sueldos.
Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán
significativo.
--Le has matado por bien poco,--dijo.
Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean
y los bolsillos de Mario.
Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el
rostro se dejó registrar.
Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con
la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que
Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa,
calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al
hombre asesinado y al asesino.
En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.
--Es verdad,--dijo,--uno con otro no tienen más que eso.
Y olvidando su palabra de _parte para dos_, lo tomó todo.
Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los
confió también, murmurando:
--¡No importa! Sería despacharles muy barato.
Enseguida sacó otra vez la llave.
--Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria,
se paga á la salida. Ya has pagado; sal.
Y se echó á reir.
Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y
al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y
desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.
Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego
se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le
siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció
algunos segundos como observando.
Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura.
El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir
chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.
Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían
más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad
siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas
y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del
crimen.
La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con
alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.
Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan
Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y
se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.
Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.
Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido
en lo invisible.
Juan Valjean se encontraba fuera.
IX
=Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende=
Dejó deslizar á Mario por el ribazo.
¡Estaban fuera!
Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos;
inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado
de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible
silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba
desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga
de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.
El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.
El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro
de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las
buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas,
salpicando débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo
á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é
imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de
Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.
Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había
ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y
bastante luz aún para conocer de cerca.
Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean vencido
irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña.
Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de
oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz,
cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que
irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de
estrellas.
Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga,
que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el
majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración.
Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se
inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció
suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se
movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.
Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de
improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás
de nosotros alguien á quien no vemos.
En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el
mundo.
Se volvió.
Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.
Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo,
y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del
que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo
que formaban Juan Valjean y Mario.
[Ilustración: --Inspector Javert--dijo Juan Valjean--, os pertenezco]
Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un
hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre
reflexivo á causa de su rompecabezas.
Juan Valjean reconoció á Javert.
El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier
no era otro que Javert.
Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á
la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto
en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella
nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla
derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la
atención de la policía.
Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.
Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan
Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre
allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era
preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.
Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.
Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba
una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le
olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de
su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos,
y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella
diversión.
Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.
Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran
en verdad duros.
Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía
á sí mismo.
Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con
movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:
--¿Quién sois?
--Yo.
--¿Quién es... yo?
--Juan Valjean.
Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas,
inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos
robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y
le reconoció.
Casi se tocaban sus rostros.
La mirada de Javert era terrible.
Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león
que tolerase la garra de un lince.
--Inspector Javert,--le dijo,--os pertenezco. Además desde esta mañana
me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para
tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una
cosa.
Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.
Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de
meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de
repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más
bien que pronunció esta pregunta:
--¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?
Continuaba sin tutear á Juan Valjean.
Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.
--De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca;
pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.
El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien
parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.
Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el
agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.
--Este hombre estaba en la barricada,--dijo á media voz y como hablando
consigo mismo.--Es el que designaban con el nombre de Mario.
Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado,
oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en
la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había
tomado notas.
Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.
--Es un herido,--dijo Juan Valjean.
--Es un muerto,--contestó Javert.
Juan Valjean respondió.
--Todavía no.
--¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?--observó Javert.
Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en
aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir
siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.
Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo
pensamiento, y prosiguió:
--Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su
abuelo... No recuerdo el nombre.
Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió
en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á
Javert.
Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera
leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina
de las aves nocturnas.
Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes:
«Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».
Y luego gritó: ¡Cochero!
Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.
Javert se guardó la cartera de Mario.
Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero,
estaba en el ribazo.
Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean
ocuparon el delantero.
Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por
los muelles en dirección á la Bastilla.
Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra
desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial
dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en
uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando
y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.
Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de
piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez
que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida
como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como
colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades
trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.
X
=La vuelta del hijo pródigo de su vida=
Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los
cabellos de Mario.
Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las
Hijas del Calvario.
Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella
era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la
puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y
un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.
Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.
El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto,
con una vela en la mano.
Todos dormían en la casa.
En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días
de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se
refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene el coco,
se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.
Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje,
sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.
Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los
destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que
el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el
movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de
vida.
Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el
portero de un faccioso.
--¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?
--Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?
--Le traemos su nieto.
--¡Su nieto!--exclamó atónito el portero.
--Muerto.
Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien
el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.
El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de
Juan Valjean.
Javert continuó:
--Fué á la barricada, y ahí le tenéis.
--¡Á la barricada!--exclamó el portero.
--Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.
El portero no se movía.
--¡Vais ó no!--repuso Javert.
Y añadió:
--Mañana habrá aquí entierro.
Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban
clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión
y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los
hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando
así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.
El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita;
Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.
En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto
pronto aquella desgracia.
Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello
en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la
antecámara del señor Guillenormand.
Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la
ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.
Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.
El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta
somnolencia de espanto.
Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.
--Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.
--¿Cuál?--preguntó duramente Javert.
--Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que
queráis.
Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en
el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:
--Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.
XI
=Sacudimiento de lo absoluto=
No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.
¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado,
advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra
indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En
cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto
concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en
semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda
de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase;
pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean,
tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en
repetirlo, una profunda vacilación religiosa.
El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede
contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en
Juan Valjean.
Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era
demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes.
Javert y Juan Valjean se apearon.
El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo
de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre
asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido.
Añadiendo que se le debía indemnizar.
Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector
tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le
_asegurase_...».
Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:
--¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?
--Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el
terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.
Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.
Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al
cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban
allí cerca.
Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert
seguía á Juan Valjean.
Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.
--Está bien,--dijo Javert;--subid.
Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar
así:
--¡Aquí os aguardo!
Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la
costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan
Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho
que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza
del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra.
Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba
acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:
--Soy yo.
Y subió la escalera.
Al llegar al primer piso se paró un momento.
Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.
La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta.
Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El
farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna
claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.
Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por
la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que
resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean
tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.
Javert se había ido.
XII
=El abuelo=
Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía
tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.
El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.
La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo,
asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:
--¡Es posible, Dios mío!
Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!
Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la
situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar
así!...
Pero no completó el pensamiento con la frase: _¡Ya lo había dicho yo!_
tan usada en casos semejantes.
Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto
al canapé.
El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban
los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna
herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas
nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á
nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de
facilitar la respiración.
La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se
retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.
El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala,
amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose
por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero
sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.
El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula
rota, y esto presentaba serias complicaciones.
Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.
Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.
¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie?
¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave
que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los
desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al
herido.
De la cintura abajo habíale protegido la barricada.
Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas.
Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el
médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con
bolitas de algodón en rama.
Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con
el estuche de cirugía abierto.
El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un
instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.
El portero alumbraba.
El médico parecía meditar tristemente.
De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como
respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal
agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo
mismo.
En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con
el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del
fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.
Era el abuelo.
El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado
al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche
anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había
acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos
en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.
Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand
estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las
precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.
Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de
la cama dirigiéndose á tientas á la sala.
Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir,
la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo
envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un
sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.
Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco
como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios
descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é
inmóvil, vivamente alumbrado.
El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que
son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba
casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie
de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos
terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les
hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba
por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas
formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura
de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello;
mientras exclamó balbuceando:
--¡Mario!
--Señor,--dijo Vasco,--acaban de traer al señorito. Ha estado en la
barricada, y...
--¡Está muerto!--gritó el anciano con voz terrible.--¡Ah, tunante!
Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un
muchacho á aquel centenario.
--Señor mío,--dijo,--vos sois el médico; empezad por decirme
francamente. Está muerto, ¿verdad?
El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.
El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una
espantosa carcajada.
--¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas...
por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor
de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está
muerto!
Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase;
y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:
--¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho
pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto,
y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía
que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos
años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las
rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!
«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir:
«Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y
hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías,
y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las
barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo
que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta
infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo
muerto. ¡Vaya un despertar!».
El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á
Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo.
Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar
sangre, y díjole con calma:
--Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre
que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias.
Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa
de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores,
tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad
de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los
hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que
yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!
«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente.
Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo.
Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra
un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era
ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías
con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no
gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su
pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía
la culpa.
«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que
todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de
esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de
sus padres.
«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba
pronunciar la _d_! En la dulzura del acento se le hubiera creído un
pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por
admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en
los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el
bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.
«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su
presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos
mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad
es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.
«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín
Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto
no puede quedar así».
Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había
vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.
Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de
ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que
se oían apenas:
--¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!
Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.
Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones
interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero
parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas;
su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un
abismo.
--¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso
que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la
felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de
disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como
un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á
bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha
servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!
«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto.
Habrá dos entierros en la casa.
«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general
Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un
matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para
volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin
mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los
pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón,
búho!
«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va
á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil
años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe
se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle
ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil,
torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que
entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las
cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y
he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas,
maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de
vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan
desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!
«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho,
tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes,
asesino?».
En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada,
velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.
--¡Mario!--exclamó el anciano.--¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma!
¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío,
gracias!
Y cayó desmayado.
LIBRO CUARTO
I
=Javert desviado=
Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.
Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por
primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.
Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de
Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre
el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos
detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio;
toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.
Internóse por calles silenciosas.
Sin embargo, seguía una dirección.
Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los
Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta
distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de
Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont
au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores
por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una
corriente.
Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.
Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época
por las estacas del molino del puente, hoy demolido.
Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el
agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda
allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra
los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.
Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros
nadadores se ahogan.
Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, y
mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas,
púsose á meditar.
En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución,
una catástrofe, y debía examinarse.
Javert sufría horriblemente.
Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba
turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su
trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su
conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.
Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del
Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su
presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.
Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le
aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola
línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran
opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.
¿Cuál sería la verdadera?
Su situación era inexplicable.
Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á
pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle
un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle
á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta
obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de
general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser
fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose
sobre su persona, le aterraba en verdad.
Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese
perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese
perdonado á Juan Valjean.
¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.
¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal
hecho también era dejarle libre.
En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que
el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y
la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.
En cualquier partido que tomara había caída.
El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá,
de los cuales la vida no es más que un abismo.
Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.
Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas
emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada
para él y singularmente dolorosa.
Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y
le irritaba sentirla en sí.
El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus
funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil
y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de
transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la
conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y
á sí mismo.
Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra
todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social
y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre,
porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á
los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?
Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de
pies á cabeza.
¿Qué resolución debería tomar?
Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del
Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía
hacer otra cosa. Y no podía.
Algo le cerraba el camino por aquel lado.
¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las
sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba
trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser
preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!
¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para
castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de
la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?
¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera
castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería
libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!
Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.
Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo
del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no
pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.
Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte
termina la persecución legal.
Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.
Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos
de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La
generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.
Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y
locuras, y que á la sazón le parecían realidades.
El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose
ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía
penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario.
Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le
horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.
Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero
interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.
Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente;
recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón;
prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á
sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había
maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca
del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que
confesar Javert.
Aquello no podía seguir así.
Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo,
á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta
indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de
arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.
¿Había, en efecto, nada más sencillo?
Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario
escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este
hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo
que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser
para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que
quisiera. ¿Hay algo más justo?
Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución,
prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido
imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba
convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella
mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer,
y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le
gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la
jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».
Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido,
contemplaba degradado á Javert.
¡Un presidiario era su bienhechor!
Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?
En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer
uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en
auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen;
esto era preferible.
Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía
desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano.
Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.
Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta
de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en
su honradez antigua no era ya bastante.
Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era
aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto,
el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas
por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de
sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima
en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en
sentido contrario según los hombres.
Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol
moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento.
Búho obligado á las miradas del águila.
Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía
desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho,
que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía
obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud
de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino
tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni
él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.
Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario
había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es
decir, se estaba depravando.
Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.
El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser
irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.
¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No
hubiera sabido contestarse á sí mismo.
Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba
á explicárselo.
Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan
Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él,
Javert, era esclavo.
Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la
idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su
voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban
titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y
aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese
presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que
me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por
rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha
cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he
hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.
¿Existe algo entonces superior al deber?
Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los
platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert
se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.
Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó
filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con
la Iglesia establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto
del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le
bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo,
cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras
sin la menor ironía y en su acepción más seria--siendo espía como se
es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado
hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.
Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le
mortificaba.
Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de
aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado
á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar,
ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el
inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.
Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?
Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante
para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había
cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un
presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada
menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba
seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de
obrar, lo cual le producía vértigo.
Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad
tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo
cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir,
le asediaban inexorablemente.
Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.
Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese
hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba
ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido,
disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón
de ser.
¡Terrible situación! Estar conmovido.
¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por
completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho
de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón!
¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que
aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y
derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los
dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!
¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!
¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es
infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo
porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que
la autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las
conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley
puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja
en el inmenso cristal azul del firmamento!
Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el
descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada
irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.
¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que
el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo
de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo
inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo,
lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía
flexible!
¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia
verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la
chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción
para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación
con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano
inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros
prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba
cuenta de él?
No, evidentemente.
Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía
entreabrírsele el cráneo.
No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel
prodigio; y sucumbía exasperado.
En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale
que en adelante su respiración sería un tormento continuado.
Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.
Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su
mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo;
nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto,
circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa
llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert
no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular,
lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en
un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los
rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía
bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo
alto.
¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo
desconcertado en absoluto!
¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede
hundirse!
¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la parte
vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la
ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á
un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la
consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin
salida en el deber!
¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un
antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera
enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?
¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen
transfigurado, balbuceando disculpas?
--¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo
no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades
como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á
semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran
limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los
envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?
Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica
de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir
y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos
la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y
terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida
á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la
magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría
oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los
dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la
justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad
pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún
él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio
de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y
anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro
verde en la cabeza y la aureola en la frente.
He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa
que embargaba su alma.
¿Era aquello soportable? No.
¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él.
Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el
hombre del presidio, la otra...
Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con
paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las
esquinas de la plaza del Châtelet.
Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un
gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo
de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo
su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa,
sobre la cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de
plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes
de las rondas nocturnas.
Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una
institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente
adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón
con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí
empieza la literatura del Estado.
Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He
aquí lo que escribió:
ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO
«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas
líneas.
«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los
zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les
registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona
gastos de enfermería.
«Tercero: la _acechamiento_ es una cosa buena, pero con agentes de
relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos
importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á
que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le
vigile y haga sus veces.
«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de
cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún
pagándola.
«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y
esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.
«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al
locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre
distintamente. Esto es un robo.
«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el
taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no
por eso el lienzo vale menos.
«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan
que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de
Santa María Egipcíaca.
«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el
patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los
detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha
oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.
«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy
aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo
del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de
una gran civilización».
Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no
omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al
pie de la última línea firmó:
JAVERT, inspector de primera clase.
«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de
1832, á eso de la una de la madrugada».
Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso
una oblea, y escribió encima: _Nota para la Administración_. Dejóle
sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se
cerró tras él.
Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y
fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había
abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el
parapeto, en actitud idéntica.
Parecía no haberse movido.
Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la
media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un
aspecto siniestro.
No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma;
cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba
desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían
siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los
perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en
las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.
El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará,
situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la
formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un
tornillo sin fin.
Javert inclinó la cabeza y miró.
Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas
pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella
profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud
que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la
noche más completa, y convertirla en culebra.
La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y
negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.
Abajo, no era aquello agua, sino abismo.
La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose
enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía
nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de
la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida
del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de
la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la
caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba
impregnada de horror.
Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de
tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la
atención.
Zumbaba el agua.
De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.
Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier
viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció
enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse
de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo
sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de
aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.
LIBRO QUINTO
ABUELO Y NIETO
I
=Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc=
Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el
tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.
El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya
entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.
Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en
cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los
viajeros en la carretera...
Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el
bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría
dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo
en el bolsillo de los transeúntes.
Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una
buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette
con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había
salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de
ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en
su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le
devolvió su libertad.
Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y
Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del
Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique
de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su
salvador.
En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber
vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:
Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su
trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas
á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo
que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del
todo desconocida.
Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma
defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden
legal.
--¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?--preguntóse á
sí mismo.
Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á
alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.
Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le
fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no
era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún
carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado
toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande,
pues no llevaba lío ni morral.
De París, sin duda.
¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí?
Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria,
recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro
parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.
Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión
del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió
á levantarla ya no vió nada.
El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del
crepúsculo.
--¡Diantre!--dijo Boulatruelle;--yo he de dar con él. Yo descubriré la
parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de
Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.
Tomó su pico que era muy puntiagudo.
--He aquí,--murmuraba,--con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.
Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que
pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la
enramada.
Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á
clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas,
matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á
enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta
sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla,
pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el
bosque, y llegó á una especie de eminencia.
Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro,
silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un
árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de
Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.
La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el
bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.
Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.
El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano,
oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por
haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón
un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la
corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de
Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí
hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad
como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de
tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!
Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de
bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de
apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin
duda.
No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos
de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora.
En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y
agreste, había que emplear una media hora larga.
Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea
recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres.
La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.
--Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,--se dijo.
Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió
entonces la falta de ir derecho.
Internóse resueltamente entre las malezas.
Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y
zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.
Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.
Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando,
mojado, jadeante, arañado y feroz.
No había nadie.
Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio;
nadie se lo había llevado.
En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.
Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No
había medio de adivinarlo.
Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol
de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y
había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.
Este hoyo estaba vacío.
--¡Ladrón!--gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.
II
=Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica=
Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas
semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de
bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de
la cabeza, que por las heridas mismas.
Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la
locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del
agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues
la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por
consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada
cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.
--Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,--decía á
cada paso.
Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se
conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del
esparadrapo.
Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso»,
decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena
con lociones de cloro y el nitrato de plata.
Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin
moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre
la vida y la muerte.
Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo
blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero),
iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete
de hilas.
Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día,
contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa
de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la
convalecencia.
No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en
un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la
clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que
no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande
aburrimiento del paciente.
En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia,
le libraron de las pesquisas judiciales.
No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no
se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte
de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de
cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que
nunca.
Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los
médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión
pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar,
que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella
indignación.
Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate,
los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse,
pues, tranquilo á Mario.
El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para
experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase
las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal
sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease
el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita
Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio
de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la
creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que
le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la
batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el
pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.
Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba:
¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su
trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin
advertir que siempre le repetía las mismas.
El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro,
el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al
portero.
Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando
con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:
Juana nació bretona,
Que es nido de pastoras;
Yo adoro su jubón;
Bribón.
En ella amor se anida.
Pues clava con su vista
De su aljaba los frutos,
Astutos.
Yo la canto, y yo quiero
Más que á Diana, ¡salero!
Sus dos melocotones,
Bretones.
Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la
rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.
Hasta entonces no había creído mucho en Dios.
Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus
extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de
alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no
mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un
gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba,
y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor
Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.
Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!
Á cada instante preguntaba al médico:
--¿Verdad que ya no hay peligro?
Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se
cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la
casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto
de su nieto.
En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por
temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás
de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera
de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave
majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.
Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre
cierta aurora en las expansiones de la vejez.
En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que
una idea fija: Cosette.
Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar
este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba
silencioso porque tenía allí su alma.
No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle
de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi
imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf,
los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de
la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella
sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad;
no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había
sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.
Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en
un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado,
presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades
de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto
inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una
resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la
vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el
fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba
inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese,
obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el
infierno, la restitución de su perdido Edén.
Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.
Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por
todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por
otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones
de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de
aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese
sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus
áridas sonrisas de anciano.
Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría
buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro
semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión
del abuelo.
Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones
de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas
las objeciones á la vez; Fauchelvent, _Cortaelviento_, la fortuna, la
pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia
violenta y, conclusión: Negativa.
Mario se prevenía de antemano.
Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos
agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria,
pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el
abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de
quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la
salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la
resistía dulcemente.
El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que
Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no
le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es
cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro
que daba á las frases.
Se aproximaba evidentemente una crisis.
Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus
fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se
llama tantear el terreno.
Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un
periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y
lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.
--Los hombres del '93 eran gigantes,--dijo Mario con severidad. El
viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.
Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de
sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de
cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de
su pensamiento los preparativos de combate.
Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría
de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban
abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones.
Obtener á Cosette ó morir.
Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos.
Este momento vino.
III
=Mario ataca=
Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los
frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre
Mario, le dijo con la mayor ternura:
--¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne
al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la
convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como
una buena chuleta.
Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se
incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su
abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:
--Esto me pone en el caso de deciros una cosa.
--¿Cuál?
--Que quiero casarme.
--Lo había previsto,--dijo el abuelo soltando una carcajada.
--¿Cómo previsto?
--Sí, previsto. Tendrás tu novia.
Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus
miembros.
El señor Guillenormand continuó:
--Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días
viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde
que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he
informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya
estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto
te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy
á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia
y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido
en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus
modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y
tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que
se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los
cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que
quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que
habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.
«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más
tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas
á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse?
Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es
culpa tuya, imbécil. Óyeme.
«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es
hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un
montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto,
habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.
«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la
cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce
así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos
heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu
tía?
«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita,
que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se
acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven
bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.
«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa
hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no
me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese
tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me
ame un poco ó me diga por qué.
«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á
levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y
venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la
molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».
Dicho esto el anciano, rompió á llorar.
Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y
el joven lloraron juntos.
El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.
--¡Padre mío!--exclamó Mario.
--¡Ah! ¡Conque me amas!--dijo el anciano.
Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.
Por fin, tartamudeó el abuelo:
--¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.
Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:
--Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.
--También lo tenía previsto. La verás mañana.
--¡Padre mío!
--¿Qué?
--¿Por qué no hoy?
--Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío»,
y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía
previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de
la elegía del _Joven enfermo_ de Andrés Chenier, á quien degollaron los
malva... los gigantes del '93.
Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en
Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como
estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.
El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés
Chenier, repuso precipitadamente:
--Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios
revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran
héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y
le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de
Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese
la bondad de ir...
El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar.
No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un
momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado
con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo
permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro,
sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de
manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la
antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:
--¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le
asesinaron!
--¿Á quién, señor?
--¡Á Andrés Chenier!
--Sí, señor,--dijo Vasco asustado.
IV
=La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor
Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo=
Cosette y Mario volvieron á verse.
Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe
intentar la pintura; el sol es una de ellas.
Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el
cuarto de Mario cuando entró Cosette.
Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.
Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó
parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.
--¡Adorable!--exclamó.
Después se sonó estrepitosamente.
Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo.
Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba,
ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin
atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene
jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando
más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!
Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y
risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa.
Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.
_Vestido muy decentemente_, como había dicho el portero, luciendo un
traje negro y nuevo, y con corbata blanca.
El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en
aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció
á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso,
enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin
sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando
el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo
bajo á su mujer:
--No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta
cara.
El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y
junto á la puerta.
Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo,
envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía
mohosa.
--¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?--preguntó por
lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.
--¡Y qué!--respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la
había oído.--Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular?
¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su
libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:
--Señor Tranchelvent...
El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los
nombres propios era en él un rasgo aristocrático.
--Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor
barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.
«El señor Tranchelvent» se inclinó.
--Negocio concluido,--exclamó el abuelo.
Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud
de bendecirlos, gritó:
--Permiso para adoraros.
No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el
gorjeo.
Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de
pie junto á él.
--¡Dios mío!--murmuraba Cosette.--¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois
vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible.
Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte
en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á
ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos,
volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me
detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros
parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas
que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.
«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que
cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con
tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis
ojos.
«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!
«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os
apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse,
pues, la desgracia!
«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como
antes?
«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.
«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la
culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».
--¡Ángel mío!--exclamó Mario.
_Ángel_ es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna
otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los
enamorados.
Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con
estrecharse suavemente la mano.
El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les
gritó:
--Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo!
Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.
Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:
--Tuteaos. No os hagáis violencia.
La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de
claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía
nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada
y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo
atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida
sin vida contemplando este triunfo del amor.
--Ya te lo tenía yo dicho,--exclamaba su padre,--no podía dejar de
suceder esto.
Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:
--Contempla la dicha de los demás.
Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:
--¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas
tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te
libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su
mano á estocadas.
«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues...
¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener!
Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero
obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor
iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á
la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura
de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á
verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.
«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se
casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas
Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La
Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de
Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan
madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras?
Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y
que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo
marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio,
que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los
muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos
sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que
llevar á vísperas un cirio, y cantar: _Turris eburnea_».
El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y
prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:
¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas
Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?
--Á propósito.
--¿Qué, padre mío?
--¿No tenías un amigo íntimo?
--Sí, Courfeyrac.
--¿Qué se ha hecho de él?
--Ha muerto.
--Más vale así.
Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus
cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:
--Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan
linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues
su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!
«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo
cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el
espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,--y dijo esto poniéndose triste de
repente.--¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi
renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi
muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto.
Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el
favor de tirarle de la cola».
Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:
--La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.
Era la voz de Juan Valjean.
No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de
que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos
seres felices.
--¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?--preguntó el abuelo,
asustado.
--Yo,--respondió Cosette.
--¡Seiscientos mil francos!--repuso el señor Guillenormand.
--Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,--dijo Juan Valjean.
Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado
por un libro.
Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes
de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil
francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos
ochenta y cuatro mil francos.
--¡He aquí un buen libro!--dijo el señor Guillenormand.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--murmuró la tía.
--Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand
mayor?--dijo el abuelo.--¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar
en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en
los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de
seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--repetía á media voz el
señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como
decir seiscientos mil. ¡Vaya!
En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante
este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.
V
=Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un
notario=
Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean,
después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su
primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa
de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en
Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó
en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de
Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.
La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda
en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que,
para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un
cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo
guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los
llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.
El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan
Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á
buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado.
Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él
conocido.
Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora
en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á
quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no
por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.
La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos
francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.
«Luego veremos»,--dijo para sí.
La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos
retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de
1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado
más que cinco mil francos.
Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea,
donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.
Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó
referir, y lo vió confirmado en el _Monitor_, el caso de un inspector
de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de
la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente
Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte
irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un
acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.
--En efecto,--pensó Juan Valjean,--puesto que me dejó libre teniéndome
cogido, loco debía de estar.
VI
=Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que
Cosette sea feliz=
Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía
verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de
perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.
No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora
enteros contemplando á Cosette.
--¡Qué admirable niña!--exclamaba.--¡Qué aire tan dulce y bondadoso
el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más
encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes
olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir
noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres
barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.
Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La
transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les
impidió perder el sentido.
--¿Comprendes algo de todo esto?--preguntábale Mario á Cosette.
--No,--respondía Cosette:--pero me parece que el buen Dios nos mira.
Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo,
para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia
como Cosette misma.
El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema
delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de
Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido
impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole
una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio
de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama
extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent,
hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento
del Petit Picpus.
Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é
irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y
sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar
en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos
Fauchelevent era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron
con celo.
Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la
señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre.
Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre
de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en
calidad de subrogado suyo.
En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron
ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba
permanecer ignorada.
El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil
francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita
Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento.
Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á
Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo
esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de
medio millón.
Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie
las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y
los demás por los seiscientos mil francos.
Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado
padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su
verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado;
pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una
sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto.
Tenía á Mario.
Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.
Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en
torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan
siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.
Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.
Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor
Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.
Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la
sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand
cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como
manifestarse espléndido. Regaló á Cosette un vestido de _guipur_ de
Binche que venía directamente de su abuela.
«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten
como las viejas de mi infancia».
Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que
en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios,
decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los
cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus
mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines,
damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo
abrillantado, pañuelos de la India bordados de un oro que puede
lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon,
aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos
de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á
Cosette.
Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de
reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad
sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le
parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul
en alas de encaje de Malinas.
La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse
sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la
calle de las Hijas del Calvario.
Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo
á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban
espléndidamente á su alrededor.
Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en
medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:
--Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el
prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos
parece una _memoria antigua_.
--_¡Moaré antiguo!_--exclamó el viejo.--Gracias, Mario. Ésta es
precisamente la idea que yo andaba buscando.
Y al día siguiente vino un traje magnífico de _moaré antiguo_, color de
té, á engrosar la canastilla de Cosette.
El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.
--El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La
felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo
necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su
corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles.
Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada
de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una
bucólica, y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento
en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á
secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer.
Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de
nada sirve.
«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan
alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la
bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese
su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la
noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú
otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar,
las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían
de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina,
y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando
la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que
repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de
todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las
horas? Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al
cucú de la Selva Negra».
El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda,
y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos.
Siguió perorando:
--Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos no se
sabe pasar un día alegre. El siglo XIX es un siglo blanducho; fáltale
el vigor del exceso. Ignora lo que es rico; ignora lo que es noble. En
todo es mondo y lirondo. La clase media es insípida, incolora, inodora
é informe. Sus mujeres no tienen otro sueño al establecerse, como ellas
dicen, que un lindo gabinete recién alhajado con muebles de palo santo
y cortinajes de calicot. ¡Paso! ¡Paso! Que el señor Hormiguita se casa
con la señorita Ahorrillos. Suntuosidad y esplendor. Han pegado un luis
de oro á un cirio bendito.
«Tal es la época actual. ¡Ay! Dejadme que huya á la otra parte de los
Sarmatas.
«¡Ah! desde 1787 predije que estaba perdido todo el día que vi al
duque de Rohan, príncipe de León, duque de Chabot, duque de Montbazon,
marqués de Soubise, vizconde de Thouars, y par de Francia, ir á
Longchamps en calesín.
El resultado no podía ser otro. En este siglo se hacen negocios, se
juega á la Bolsa, se gana dinero, y se es miserable. Se acicala y
barniza la superficie; cada cual procura prenderse bien los alfileres,
lavarse, jabonarse, restregarse, afeitarse, peinarse, charolarse,
alisarse, frotarse, cepillarse, limpiarse exteriormente, aparecer
irreprochable, liso como un guijarro, brillante, aseado, y al propio
tiempo, ¡por el alma de mi dama! en el fondo de la conciencia no hay
más que fiemo y cloacas capaces de hacer retroceder á una vaquera que
se suene con los dedos. Concédoles á estos tiempos este mote: «Limpieza
sucia». Mario, no te enojes por ello; permíteme hablar. Yo no digo
mal del pueblo, ya lo ves; al contrario, se me llena la boca con tu
pueblo; pero no tomes á mal que vapulee un poco á la clase media. ¡Oh!
pertenezco á ella, y «quien bien quiere bien castiga».
«Y dígote, lo repito, hoy se casa la gente, pero no sabe casarse. Sí,
es verdad; sí, echo de menos la gentileza de las costumbres antiguas.
Todo lo echo de menos; aquella elegancia, aquella caballerosidad,
aquellos modales corteses y alegres, aquel gracioso lujo que cada cual
lucía, la música formando parte de la boda, sinfonía arriba, tamboril
abajo, las danzas, los rostros acoplados en la mesa, los madrigales
alambicados, las canciones, los fuegos artificiales, las risas francas,
el diablo y su comitiva, los grandes lazos de cintas. Echo de menos la
liga de la novia; esta liga que es prima hermana del ceñidor de Venus.
¿Sobre qué gira la guerra de Troya? ¡Pardiez! sobre la liga de Elena.
¿Por qué combaten? ¿Por qué el divino Diómedes rompe en la cabeza de
Merioneo el gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y
Héctor se alancean? Porque Elena ha dejado que París le ate la liga.
«Con la liga de Cosette haría Homero la _Ilíada_. Introduciría en su
poema un viejo bobalicón como yo, y le llamaría Néstor.
«Amigos míos, en otro tiempo, en el dulce tiempo de mis mocedades,
los casamientos se celebraban sabiamente; primero un buen contrato de
boda, y luego una comilona suculenta. En cuanto salía Cuyaceo entraba
Camacho, porque, ¡diantre! el estómago es un bicho agradable que pide
lo que le es debido, y quiere tener también su boda. Se cenaba de lo
lindo; se tenía al lado una buena moza sin tocas ni griñones más que
para velar moderadamente su garganta. ¡Oh! ¡Y qué bocas tan risueñas; y
cómo reinaba el gozo en aquellos tiempos! La juventud era un ramillete;
todo joven remataba con una rama de lilas ó un ramo de rosas; el
guerrero se trocaba en pastor; y si por casualidad era capitán de
dragones, encontraba la manera de llamarse Florián. Se procuraba
aparecer bello; abundaban los bordados y brillaban los colorines. El
burgués lucía como una flor; el marqués brillaba como un diamante. No
se gastaban trabillas; no se usaban botas. Se iba rozagante y lustroso,
satinado y adamascado, aéreo, gracioso, remilgado; lo cual no impedía
llevar espada al lado. También tiene el colibrí su pico y sus uñas.
«Era el tiempo de las _Indias galantes_. Delicadeza y magnificencia:
tales eran las dos mitades de aquel siglo. Y ¡vive Dios! que nos
divertíamos en grande.
«Hoy día se es más serio. El burgués es avaro, la burguesa gazmoña.
¡Desdichado siglo es el vuestro! Seríais capaces de expulsar á las
Gracias por demasiado descotadas... ¡Ay! Se oculta la hermosura como si
fuera fealdad. Desde la revolución, á todo se le pone pantalones, hasta
á las bailarinas; una bailadora debe ser grave, vuestros rigodones son
doctrinarios. Hay que aparecer majestuosos. No es bien visto quien no
lleva la barba metida dentro de la corbata. El ideal de un mozalbete de
veinte años que se casa, consiste en parecerse al señor Royer-Collard.
¿Y sabéis lo que se consigue con esa majestad rara? Empequeñecerse.
«Tened previsto que la alegría no es solamente alegre, sino grande.
Pero, al menos, sed enamorados alegrillos; ¡qué diablo! ¡Casaos,
cuando os caséis, con la fiebre, y el atolondramiento, y el bullicio,
y la batahola de la felicidad! En la iglesia la gravedad, pase. Pero
después de la misa, ¡caramba! sería menester hacer revolotear un sueño
fantástico en derredor de la novia.
«El casamiento debe ser quimérico y real; debe pasear en ceremonial
desde la catedral de Reims hasta la pagoda de Chanteloup. Me horrorizan
las bodas prosaicas. ¡Por vida de!, ese día al menos, subíos al Olimpo;
sed dioses. ¡Ah! pudiendo ser silfos, juegos y risas y argiráspidas,
no sois más que mezquinos galopos. Amigos míos, todo recién casado
debe ser un príncipe Aldobrandini. Aprovechad ese minuto, único en la
vida, para volar al empíreo con los cisnes y las águilas, aunque hayáis
de caer otra vez al día siguiente en el prosaísmo de las ranas. No
andarse en economías con el himeneo; no le escatiméis sus esplendores;
no regateéis el día de su brillo. La boda no es el igual de casa. ¡Oh!
Si yo obrase á gusto mío, ¡cuán galano lo dispondría! ¡cómo se oirían
trinar los violines entre los árboles!
«He aquí mi programa; mi programa azul celeste en campo de plata.
Mezclaría en la fiesta las divinidades campestres; convocaría las
dríadas y las nereidas. La boda de Anfititre, una nube de rosa, ninfas
con graciosos peinados y enteramente desnudas, un académico dedicando
coplas á la diosa, y una carroza tirada por monstruos marinos.
¡Tritón trotando al frente, tirando de su concha
sonidos placenteros que á cualquiera alborozan!
«Éste, éste es un magnífico programa de fiesta; de lo contrario,
confieso que no lo entiendo, ¡torpe de mí!».
Mientras que, el abuelo, en medio de su lírica efusión, se escuchaba
á sí mismo, Cosette y Mario experimentaban la dulce embriaguez de
contemplarse libremente.
La señorita Guillenormand contemplaba todo aquello con su imperturbable
placidez. Durante cinco ó seis meses no había cesado de recibir emoción
tras emoción: Mario de vuelta, Mario cubierto de sangre, Mario traído
de una barricada, Mario muerto y luego vivo, Mario reconciliado, Mario
casándose con una pobre, Mario casándose con una millonaria. Los
seiscientos mil francos habían sido su última sorpresa; y ya con ello
recobró la indiferencia propia de los tiempos de su primera comunión.
Así, continuó yendo regularmente á los oficios, pasaba y repasaba las
cuentas de su rosario, leía su eucólogo, murmuraba en un rincón de la
casa sus _Ave Marías_, mientras cuchicheaban en otro, _I love you_ (yo
te amo), y veía vagamente á Mario y á Cosette como dos sombras. Cuando
la sombra era ella.
Existe cierto estado de ascetismo inerte, en que el alma neutralizada
por el entorpecimiento, extraña á lo que pudiera llamarse el trabajo
de vivir, no percibe, si se exceptúan los temblores de tierra y las
catástrofes, ninguna de las impresiones humanas, ni las que son
agradables, ni las que son penosas.
--Esa devoción,--decía el señor Guillenormand á su hija,--se parece
mucho al romadizo de cabeza. No huelas nada de la vida. Pues si no
sientes el mal olor, tampoco el bueno.
Por lo demás, los seiscientos mil francos habían fijado las
indecisiones de la vieja solterona. Su padre estaba tan acostumbrado
á prescindir de ella, que no la consultó sobre el casamiento de
Mario. Había cedido al primer ímpetu, como hacía siempre, no teniendo
de déspota convertido en esclavo, más que un solo pensamiento:
satisfacer á Mario. De la tía, no se había acordado, ni que existiera,
ni que pudiera tener opinión propia. Esto, por complaciente y poco
voluntariosa que ella fuese, la había lastimado.
Algo ofendida en su fuero interno, pero exteriormente impasible, había
dicho para sí: «Mi padre resuelve la cuestión del casamiento sin mí; yo
resolveré la cuestión de la herencia sin él».
En efecto; la señorita Guillenormand era rica, y su padre no lo era. No
comunicó, pues, á nadie sus decisiones sobre el particular.
Es probable que si el casamiento hubiera sido pobre, pobre lo hubiese
dejado. «¡Tanto peor para mi señor sobrino! Se casa con una pobre;
pues que pida limosna». Pero los dos millones de Cosette cayeron
en gracia á la tía, y variaron su modo de pensar respecto de aquel
par de enamorados. Seiscientos mil francos son una suma que merece
consideraciones, y era evidente que la señorita Guillenormand no podía
dejar de testar en favor de aquellos jóvenes, por lo mismo que no
necesitaban de su herencia.
Se dispuso que el matrimonio habitase en casa del abuelo. El señor
Guillenormand quiso absolutamente cederles sus habitaciones, por ser
las mejores de la casa.
--_Esto me rejuvenecerá_,--decía.--_Es un antiguo proyecto que yo me
tenía. Siempre tuve la idea de tener los novios en mi cuarto._
Amuebló este cuarto con gran número de antiguos y graciosos
cachivaches, lo hizo tapizar con una tela extraordinaria que conservaba
en pieza, y la creía de Utrech, fondo arrasado, con capullos de oro
y flores de terciopelo de las llamadas orejas de oso. «De esta tela,
decía, son los cortinajes de la cama de la duquesa de Anville, en Roche
Guyon».
Colocó sobre la chimenea una estatuita de Sajonia, ostentando un
manguito sobre el seno desnudo. La biblioteca del señor Guillenormand
se transformó en despacho de abogado con destino á Mario, puesto que,
con arreglo á lo que previenen los estatutos del colegio de abogados,
necesitaba tener gabinete.
VII
=Efectos del sueño mezclados á la felicidad=
Los enamorados se veían diariamente. Cosette iba á ver á Mario
acompañada del señor Fauchelvent.--Esto es al revés de lo
ordinario,--decía el señor Guillenormand,--que la futura venga á
domicilio á hacer que se la haga la corte.--Pero la convalecencia del
enfermo había hecho adoptar esa costumbre, y los sillones de la calle
de las Hijas del Calvario, mejores para los diálogos amorosos que las
sillas de paja de la calle del Hombre Armado, habían contribuido á
arraigarla.
Mario y el señor Fauchelvent se veían, pero no se hablaban. Parecía
plan convenido.
Todas las jóvenes necesitan un rodrigón. Cosette no hubiera podido
ir sin el señor Fauchelvent. Para Mario, era el señor Fauchelvent la
condición de Cosette, y él la aceptaba. Al discutir sobre política,
aunque vagamente y sin determinar nada, bajo el punto de vista de la
mejora general en la suerte de todos, llegaban á decirse algo más que
sí y no. Una vez, con motivo de la enseñanza, que Mario quería que
fuese gratuita y obligatoria, multiplicada bajo todas las formas,
prodigada á todos como el aire y el sol, en una palabra, respirable
al pueblo entero, fueron del mismo parecer, y casi entraron en
conversación.
Mario echó de ver entonces que el señor Fauchelvent hablaba bien, y
hasta con cierta elevación de lenguaje. Faltábale, sin embargo, algo
que no sabía determinar. Tenía algo de menos que los hombres de mundo,
y algo de más por otra parte.
Mario, interiormente y en el fondo de su pensamiento, rodeaba con todo
género de cuestiones mudas á aquel señor Fauchelvent, que era para él
sencillamente benévolo y frío. Había momentos en que se le ocurrían
dudas sobre sus propios recuerdos. Existía en su memoria un agujero, un
punto negro, un abismo abierto por cuatro meses de agonía, y en el que
se habían perdido muchas cosas.
Preguntábase si estaba bien seguro de haber visto al señor Fauchelvent,
á un hombre tan grave y sereno, en la barricada.
Por otra parte, no era éste el único estupor que las apariciones
y desapariciones del pasado habían dejado en su espíritu; ni debe
creerse que estuviese libre de aquellas obsesiones de la memoria que
nos obligan, aun siendo dichosos, aun hallándonos satisfechos, á mirar
melancólicamente hacia atrás. La cabeza, que no se vuelve hacia los
horizontes ya desvanecidos, no encierra pensamiento ni amor.
Á veces Mario oprimía su cara entre ambas manos, y el vago y tumultuoso
pasado atravesaba por el crepúsculo que tenía en su cerebro. Veía
nuevamente caer á Mabeuf, oía cantar á Gavroche bajo la metralla,
sentía en sus labios el frío de la frente de Eponina; las sombras de
todos sus amigos, Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire, Combeferre,
Bossuet y Grantaire, se presentaban á sus ojos disipándose enseguida.
Todos aquellos seres queridos, dolorosos, valientes, alegres ó
trágicos, ¿eran sueños ó habían en realidad existido?
Lo había arrastrado todo el motín en su humareda.
Las grandes fiebres producen grandes sueños. Interrogábase, palpábase,
sentía el vértigo de todas aquellas realidades desvanecidas.
¿Dónde estaban, pues? ¿Era cierto que todos habían muerto?
Una caída en las tinieblas se lo había llevado todo, excepto á él.
Parecíale aquélla una desaparición como detrás de una cortina de
teatro. Hay telones en la vida que bajan también.
Al acto siguiente viene Dios.
Y aun él mismo, ¿era él propio por ventura? Él, pobre, era rico; él,
abandonado, tenía una familia; él, desesperado, se iba á casar con
Cosette.
Le parecía haber cruzado al través de una tumba, entrando en ella negro
y saliendo blanco; y que en aquella tumba se habían quedado los demás.
En determinados instantes, aquellos seres del pasado, volviendo y
presentándosele, formaban corro en torno suyo, y le asombraban, pero se
serenaba luego pensando en Cosette: necesitaba esta gran felicidad para
desvanecer aquella catástrofe.
El señor Fauchelvent casi tenía también su lugar entre aquellos
desvanecibles seres. Costábale trabajo á Mario creer que el Fauchelvent
de la barricada fuese el mismo Fauchelvent de carne y hueso, tan
gravemente sentado junto á Cosette. El primero era probablemente una de
esas pesadillas que iban y venían en sus horas de delirio.
Por lo demás, siendo ambos caracteres inaccesibles, no había
posibilidad que se cruzaran preguntas entre Mario y el señor
Fauchelvent. Ni que se le ocurriese tal idea. En otra parte hemos
indicado ya este característico detalle.
Dos hombres poseedores de un secreto, y que por una especie de convenio
tácito no hablan de él, es menos raro de lo que parece.
Solamente una vez Mario intentó la prueba. Sacó á plaza en la
conversación la calle de la Chanvrerie, y volviéndose al señor
Fauchelvent, le dijo:
--¡Vos conocéis dicha calle perfectamente!
--¿Qué calle?
--La de la Chanvrerie.
--No recuerdo nada acerca del nombre de esa calle,--contestó el señor
Fauchelvent con el tono más natural del mundo.
La respuesta, que se refería al nombre de la calle, y no á la calle
misma, le pareció á Mario más concluyente de lo que lo era en realidad.
--Decididamente,--pensó él,--he soñado. He tenido una alucinación.
Alguien que se le parecería. Este señor Fauchelvent no estaba
allí.
VIII
=Dos hombres imposibles de encontrar=
El encantamiento, por grande que fuese, no borró en nada otras
preocupaciones del espíritu de Mario.
Mientras se iba disponiendo la boda y llegaba la época fijada, se
dedicó á hacer difíciles y escrupulosas indagaciones retrospectivas.
Tenía contraídas deudas de gratitud por varios lados, así por parte de
su padre, como por sí mismo.
Existía Thénardier, y existía el desconocido que le había llevado á él,
Mario, á casa de su abuelo Guillenormand.
Mario quería encontrar á esos dos hombres, pues no se explicaba cómo
podría casarse y ser feliz olvidándolos, temiendo que aquellas deudas
de reconocimiento no pagadas, enturbiaran la luz de su existencia, tan
esplendente á la sazón.
Érale imposible dejar tras de sí semejantes partidas en descubierto;
y quería, antes de penetrar alegremente en el porvenir, saldar
completamente el pasado.
El que Thénardier fuese un malvado, no borraba el hecho de haber
salvado al coronel Pontmercy. Thénardier podía ser un bandido para todo
el mundo, excepto para Mario.
Y Mario, ignorando la verdadera escena del campo de Waterloo, no
conocía aquella particularidad de que su padre se hallase con respecto
á Thénardier en la situación extraña de deberle la vida sin deberle por
eso agradecimiento.
Ninguno de los diversos agentes que empleó Mario, consiguió descubrir
la pista de Thénardier. Por este lado parecía haberse borrado todo por
completo. La esposa Thénardier había muerto en la cárcel mientras se
estaba sumariando el proceso.
Sólo Thénardier y su hija Azelma eran los únicos que habían quedado de
aquel grupo lamentable; pero sumergidos nuevamente en la sombra.
El abismo del desconocimiento social había vuelto á cerrarse
silenciosamente sobre aquellos seres, sin que se viese siquiera á la
superficie aquel estremecimiento, aquel temblor, aquellos apagados
círculos concéntricos que anuncian que algo ha caído al fondo, y que
puede echarse la sonda.
Muerta la Thénardier, sobreseído en la parte de Boulatruelle,
desaparecido Claquesous y fugados de la cárcel los principales
acusados, el proceso de la emboscada del caserón de Cuervo, había
casi abortado. El caso resultaba, pues, bastante obscuro. El tribunal
había tenido que contentarse con los dos subalternos Panchaud (a)
Primaveral y Demi Liard (a) Millonario, que fueron sentenciados
contradictoriamente á diez años de presidio. Á sus cómplices evadidos y
contumaces se los había condenado á cadena perpetua.
Thénardier, jefe y promovedor, había sido sentenciado también, pero
á muerte, en rebeldía; y esta sentencia era lo único que quedaba de
Thénardier, arrojando sobre aquel nombre sepultado su resplandor
siniestro como una vela junto á un ataúd.
Por lo demás, sumido Thénardier en las últimas profundidades por el
temor de que le volvieran á prender con motivo del referido fallo,
aumentaba la tenebrosa nube que ya le envolvía.
En cuanto al otro, en cuanto al hombre ignorado que había salvado á
Mario, las pesquisas dieron por el pronto algún resultado; pero no
dieron luego mayor luz.
Consiguióse encontrar el coche de alquiler que había transportado á
Mario á la calle de las Hijas del Calvario en la noche del 6 de junio.
Declaró el cochero que el 6 de junio, obedeciendo las órdenes de un
agente de policía, se había «estacionado» desde las tres de la tarde
hasta el anochecer en el muelle de los Campos Elíseos, junto al desagüe
de la Gran Cloaca. Que á eso de las nueve de la noche se había abierto
la reja de la alcantarilla que da sobre el ribazo del río; que había
salido un hombre llevando á cuestas á otro hombre, que parecía muerto;
que el agente que estaba en observación en dicho punto, había puesto
preso al vivo y recogido al muerto; que, por orden del agente, él,
cochero, había admitido á _toda aquella gente_ en su coche; que primero
habían ido á la calle de las Hijas del Calvario; que allí habían
depositado al hombre muerto; que el hombre muerto era el señor Mario,
y que él, el cochero, le conocía muy bien, aunque _esta vez_ estuviese
vivo; que enseguida habían vuelto á subir á su coche, y él había
arreado los caballos; que á pocos pasos de la puerta de los Archivos
le habían gritado que parara; que allí, en la calle, le habían pagado
y despedido, y el agente se había llevado al otro individuo; que él no
sabía nada más, y que la noche era muy obscura.
Mario, ya lo hemos dicho, de nada se acordaba; únicamente, conservaba
cierta idea vaga de que le había cogido por detrás una mano vigorosa en
el momento de caer de espaldas en la barricada; después, todo se había
desvanecido.
No habiendo recobrado el conocimiento sino después en casa de su abuelo
Guillenormand.
Perdíase en conjeturas.
No podía dudar de su propia identidad. ¿Cómo conciliar entonces que,
habiendo caído en la calle de la Chanvrerie, le hubiese recogido
un agente de policía en el ribazo del Sena, junto al puente de los
Inválidos?
Alguien le había llevado desde el barrio de los mercados hasta los
Campos Elíseos. ¿Y cómo? Por la alcantarilla. ¡Servicio inaudito!
¡Alguien! Pero, ¿quién?
Éste era el hombre que buscaba Mario.
Pero de este hombre, que era su salvador, nada, ni una huella, ni el
menor indicio.
Aunque obligado Mario, por otra parte, á guardar gran reserva, extendió
sus investigaciones hasta la prefectura de policía. Y allí tampoco
arrojaron mayor luz los informes que dieron.
La prefectura sabía menos que el cochero del carruaje de alquiler. Allí
no se tenía noticia de ningún arresto verificado el 6 de junio en la
reja de la Gran Cloaca; no se había recibido parte ninguno de agente
alguno referente al hecho que en la prefectura, se consideraba como una
fábula.
Atribuíase la invención de aquella fábula al cochero. Para alcanzar una
propina, son los cocheros capaces de todo, hasta de tener imaginación.
El hecho, sin embargo, era cierto, y Mario no podía dudar de él, á
menos de dudar de su propia personalidad, como hemos dicho.
Todo resultaba inexplicable en tan extraño enigma.
¡Aquel hombre! Aquel hombre misterioso que el cochero había visto salir
de la reja del Gran Albañal llevando á cuestas á Mario desmayado y que
el agente de policía en observación había arrestado en flagrante delito
de salvar á un insurrecto, ¿qué se había hecho? Y el mismo agente, ¿qué
se había hecho también?
¿Por qué había guardado silencio aquel agente? ¿Había logrado evadirse
aquel individuo? ¿había sobornado al agente?
¿Por qué, pues, ese hombre no daba señal ninguna de vida á Mario,
que se lo debía todo? Su desinterés no era menos prodigioso que su
abnegación. ¿Por qué el tal hombre no reaparecía? Quién sabe si era
superior á la recompensa; pero nadie lo es al agradecimiento.
¿Había muerto? ¿Qué hombre era aquél? ¿Qué figura la suya? Nadie podía
decirlo.
El cochero respondía: La noche era muy negra. Vasco y Nicolasita,
aturdidos, no habían reparado sino en el señorito, todo lleno de sangre.
El portero, cuya luz había alumbrado la trágica llegada de Mario, era
el único que se había fijado en el hombre en cuestión, y las señas que
daba eran éstas:
--«Era un hombre horrible».
Con la esperanza de sacar partido para sus investigaciones, Mario hizo
guardar el traje ensangrentado que llevaba puesto cuando le condujeron
á casa de su abuelo.
Al examinar la levita, notóse que estaba desgarrada de una manera
extraña en uno de los faldones. Faltábale un jirón.
Hablando Mario una noche delante de Cosette y Juan Valjean de aquella
singular aventura, de los informes sin cuento que había tomado y
de la inutilidad de sus esfuerzos, impacientóle el rostro frío de
Fauchelvent, y exclamó con una viveza que casi tenía la vibración de la
cólera:
--Sí, ese hombre, quien quiera que sea, fué sublime. ¿Sabéis, señor
mío, lo que hizo? Intervino como el arcángel. ¡Fuéle preciso arrojarse
en medio del combate, arrebatarme, abrir la alcantarilla, arrastrarme
por ella, llevarme! ¡Fuéle preciso andar más de legua y media por
horrorosas galerías subterráneas, encorvado, doblado, en las tinieblas,
en la cloaca; más de legua y media, señor mío, con un cadáver á
cuestas! ¿Y con qué objeto? Con el único objeto de salvar aquel
cadáver. Y aquel cadáver era yo. Sin duda dijo él para sí: «¡Quizá
hay todavía un soplo de vida; voy á arriesgar mi existencia por ese
miserable resquicio!». ¡Y arriesgó su existencia, no una, sino veinte
veces! Cada paso era un peligro; y la prueba está en que al salir de la
alcantarilla, le prendieron.
«¿Sabéis, señor mío, que aquel hombre hizo todo esto? Sin la esperanza
de recompensa alguna. ¿Qué era yo? Un insurrecto. ¿Qué era yo? Un
vencido.
«¡Oh! Si los seiscientos mil francos de Cosette fueran míos...».
--Vuestros son,--interrumpió Juan Valjean.
--Pues bien,--respondió Mario;--yo los daría por encontrar á ese hombre.
Juan Valjean guardó silencio.
LIBRO SEXTO
NOCHE CLARA
I
=El 16 de febrero de 1833=
La noche del 16 al 17 de febrero de 1833, fué una noche bendita. Estuvo
sobre sus sombras el cielo abierto. Fué la noche de bodas de Mario y
Cosette.
El día había sido delicioso.
No había sido la fiesta transparente imaginada por el abuelo; esto es,
una magia con grupos de querubines y de cupidos sobre la cabeza de los
novios, un casamiento digno do figurar en la decoración de un techo;
pero había sido un día apacible y risueño.
La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había
tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la
mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su
dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias
del cantar de los cantares.
No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en
traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio
con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de
posada, y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche,
el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática
del mayoral de diligencias y la moza de la posada.
En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el
alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se
necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta
azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo,
calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo
abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus
correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.
Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la
nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada
de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego
Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las
iras de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.
Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas
nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya
se llegará á ello.
En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el
casamiento al trote.
Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una
fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una
solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de
no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por
último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos,
de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el
interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.
Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.
La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se
efectuó en casa del señor Guillenormand.
Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las
amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia,
ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del
16 de febrero.
Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de
febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y
escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.
--¡Martes de Carnaval!--exclamó el abuelo.--Tanto mejor. Hay un refrán
que dice:
Boda de martes lardero
Produce siempre hijos buenos
«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se
aplace».
--No por cierto,--respondió el enamorado.
--Casémonos,--exclamó el abuelo.
El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba
lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al
servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de
la creación quede bajo paraguas.
Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del
señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.
Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes,
el contrato de boda fué muy sencillo.
La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya
razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.
En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un
bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con
tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho
casi prometer que iría á habitarlo.
Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan
Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano
derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara
de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo
que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de
un pañuelo.
Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor
Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue
hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al
drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos,
pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva,
acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la
iglesia de San Pablo.
Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de
la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la
calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir
directamente hasta San Pablo.
Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el
boulevard.
Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de
Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.
--¿Por qué?--preguntó el señor Guillenormand.
--Por las máscaras.
--Perfectamente,--dijo el abuelo.--Vamos por ese lado. Estos chicos se
casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen
viendo algo de máscaras.
Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda
iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y
Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia,
según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las
Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de
carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla,
y de la Bastilla á la Magdalena.
Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por
intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots.
Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado
de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como
todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya
carnavales.
Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse
cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de
los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio
del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas
clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden,
rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía,
y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que
ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos
municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las
dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario,
y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos
dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée
d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.
Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores,
caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente.
Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en
particular la del Buey Gordo.
En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear
su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto
sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.
En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de
á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de
familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas
graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y
pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo
formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la
dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.
De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los
vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta
que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á
paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.
Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla,
por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont
aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta,
la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí
entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.
Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto
conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de
Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase:
_Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio._
Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando
á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos
igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules
sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse
los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes;
pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa
sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de
Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de
á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos,
rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de
desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas;
ésta es la institución del Carnaval.
Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje
de alquiler de Vadé.
Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa
gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente
hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo
coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en
una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos
del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.
La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos
más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan
al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches
enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas
de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo
imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento,
algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis.
Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la
cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están
de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres
ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima
del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos;
formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella
barahúnda.
Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía,
y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el
catecismo de la desvergüenza.
Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene
cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él
se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de
la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la
jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la
farsa: es el carro triunfal de la Risa.
Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta
risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del
carnaval.
Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de
tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno.
Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres
públicos y las mujeres públicas.
Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como
escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo;
como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta
á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las
cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de
oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y
ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas
las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la
policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de
hidras de la alegría con veinte cabezas.
Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados
de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública.
La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas
fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho;
y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á
Roquelaure, y el pueblo á Payaso.
París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad
sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París,
confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la
infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le
den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón
era un histrión titánico.
La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes
grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa,
se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial
se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje
de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.
--¡Toma!--dijo una máscara,--es una boda.
--Una boda fingida,--observó otro.--Nosotros somos la verdadera.
Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por
otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos
máscaras dirigieron la vista á otra parte.
Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con
la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la
muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron
junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la
que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para
responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las
máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.
Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de
narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes
negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo,
habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos,
tuvieron su diálogo en voz baja.
Este diálogo era sofocado por el tumulto.
Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero
nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el
español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.
He aquí el diálogo:
--Dime.
--¿Qué, daron[8]?
--¿Ves aquel viejo?
--¿Qué viejo?
--Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.
--¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?
--Sí.
--¿Y qué?
--Estoy seguro de conocerle.
--¡Ah!
--Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi
mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].
--¡Hoy sí que París tiene parisienses!
--¿Puedes agacharte y ver la novia?
--No.
--¿Y al novio?
--En ese carruaje no va ningún novio.
--¡Pues no!
--Al menos que sea el otro viejo.
--Procura ver á la novia; agáchate más.
--No puedo.
--Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la
pata.
--¿Y qué más tienes conociéndole?
--¡Quién sabe! ¡Á veces...
--Para nada me cuido yo de viejos.
--¡Le conozco!
--Conócele cuanto quieras.
--¿Cómo diablos asiste á la boda?
--También asistimos nosotros.
--¿De dónde vienen?
--¿Yo qué sé?
--Oye.
-¿Qué?
--Debieras hacer una cosa.
--¿Cuál?
--Bajar de nuestro carruaje y _filar_[11] la boda.
--¿Para qué?
--Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en
bajar, _fée_[12] mía, tú que eres joven.
Pero yo no puedo dejar el carruaje.
--¿Por qué?
--Estoy alquilada.
--¡Por vida de!...
--Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.
--Es verdad.
--Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya lo
sabes.
--Sí, lo sé.
--Hoy estoy alquilada á Pharos[13].
--Sin embargo, este viejo me amuela.
--¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.
--Está en el primer carruaje.
--¿Y qué?
--En la roulotte de la novia.
--¿Y luego?
--Luego ha de ser el padre.
--¿Y eso qué me importa?
--Te digo que es el padre.
--Oye.
--¿Qué?
--Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie
sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles de
ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi
escondite. Pero tú eres libre.
--No mucho.
--Más que yo, siempre.
--Bien. ¿Y luego qué?
--Que procures saber dónde va la boda.
--¿Adónde va?
--Sí.
--Yo lo sé.
--¿Adónde va, pues?
--Al Cuadrante Azul.
--Entonces no es por este lado.
--¡Pues bien! á la Rapée.
--Ó á otra parte.
--Como que es libre. Las bodas son libres.
--No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa,
qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.
--¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar
ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de
Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?
--No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?
Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su
movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió
de vista el coche de la novia.
II
=Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo=
¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda
elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y
los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.
Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora.
La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.
Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de
Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar
de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y
entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor
dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una
virgen dispuesta á convertirse en diosa.
Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados;
entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas
pálidas; eran las cicatrices de la barricada.
El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más
que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo
de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por
llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.
Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.
--Señor Fauchelvent,--decía el abuelo,--éste es un gran día. Voto por
el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber
tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El
mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el
azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del
hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican
en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya!
¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no
tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es
decir, felices; con esto me contento.
Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante
del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber
firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después
de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado
de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes
de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de
todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero
con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas,
en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron,
decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par,
dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba
todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo;
parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante
resultaba aún más embelesador.
Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario
al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean.
La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos
míos,--les decía el abuelo,--heteos hechos ya el señor barón y la
señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose
cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical:
«¡Es verdad pues! ¡Me llamo _Mario_; soy tu señora!».
Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo
irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la
juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan
Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.
Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran
dos lirios.
No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario
en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel
altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo,
y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para
Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del
sueño, el tálamo nupcial.
Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez.
Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias,
los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de
luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba,
y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el
tocado á la alegría.
¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de
su amor remataba en una ascensión!
El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad
en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver
juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de
Cosette caían sobre Mario.
Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al
lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de
sí bastante tiempo para adivinar.
¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en
la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre
la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.
En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente
para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares
sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del
Calvario.
Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante
la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres,
agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los
bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos
perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir
voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les
presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban
la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.
Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que
se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette,
advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.
Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia
Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette,
llamándola á porfía señora baronesa.
El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres,
donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo
Pontmercy. Cosette no le conoció.
Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no
se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.
--¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de
lanceros!--decía para sí Guillenormand.
Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando
así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su
alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la
bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.
Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su
niñez, y le acariciaba con su sonrisa.
Habíase dispuesto el banquete en el comedor.
Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable
de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la
obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas,
no. Á falta de sol es menester crear uno.
El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro,
por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia
de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules,
violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías.
Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos
de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza,
servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que
donde no había una luz había una flor.
En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban
á la sordina cuartetos de Haydn.
Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la
puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse
á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran
reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de
novia, y preguntóle con picaresca mirada:
--¿Estáis contento, padre?
--Sí,--dijo Juan Valjean,--estoy contento.
--Bien; reíos entonces.
Juan Valjean sonrió.
Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.
Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo
á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el
orden establecido, alrededor de la mesa.
Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda
de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan
Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.
Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.
No estaba allí.
Guillenormand preguntó á Vasco:
--¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?
--Señor,--respondió Vasco,--precisamente acaba de salir, encargándome
de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le
impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa,
rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.
Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero
ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba
por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la
mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración
bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una
inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos
momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades
se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor
Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está
vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre
ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia.
Fortunato junto á Fortunata».
Aplauso general de toda la mesa.
Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las
cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por
ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento
que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos
á Dios mismo.
Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.
Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y
cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á
otro de la mesa con toda la animación del olvido.
Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino
champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa
y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.
--No os librareis por cierto de dos sermones,--exclamó.--Por la mañana
habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo.
Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros
y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la
creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad
vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed
apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo
quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.
«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos
de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las
auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo
el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta,
Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado
embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca
jamás desmedidas las dichas ni la vida?
«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría
es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque
somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante
_Sancy_ (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de
_Sancy_, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la
vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la
felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.
«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien
dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la
mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa
tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay
ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista
de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.
«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial
coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el
cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre
su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó
por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito
bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan
sólido? Porque es un trapo.
«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan
bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo,
porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo
se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres.
Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles.
Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío
á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién
de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus
pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la
gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible
Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que
sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad,
rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena,
es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía
hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette;
tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced
que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad
en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra,
y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser
amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo
inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado,
también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.
«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran
barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta
siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros.
El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el
hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo
cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que
le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso
terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva
toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el
tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando
estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y
Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido
sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia,
y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería
el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo,
guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo
demás.
«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no
puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene
su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios,
es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama,
quien quiera que sea, es ortodoxo.
«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela
y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene
nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra
tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer!
Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á
ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa
ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de
buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos
haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo,
ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche,
mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí
el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos
jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces!
¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.
«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera;
por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone
de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las
flores, las aves y las mujeres guapas.
«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».
La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor
del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á
aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho;
fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo
bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del
señor Guillenormand.
Hubo bullicio y luego silencio.
Desaparecieron los novios.
Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en
templo.
Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en
pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.
El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se
celebra el amor.
Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe
escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad,
é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta
sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el
crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el
ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él.
Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción
para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra.
Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es
decir, amor, entra el idealismo.
Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado
á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de
la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los
desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse,
en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa
satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa
dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en
sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos
por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto
un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los
ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.
Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para
crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un
estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.
Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos
goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.
Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede
encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el
cumplimiento del más alto deber.
III
=La inseparable=
¿Qué había sido de Juan Valjean?
Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa
intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie
le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho
meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo,
trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera
estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban
sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.
Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos,
estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á
servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó
después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.
Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció
de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas
ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete
llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines,
el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio
de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de
Cosette.
Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del
Hombre Armado.
Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine
y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que
tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel
de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde
la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de
las Hijas del Calvario.
Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro
itinerario.
Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.
La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos.
Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que
ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el
cuarto de Cosette.
No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin
guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de
los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse.
Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían
desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro
paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una
sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.
Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios,
pasando del uno al otro cuarto.
Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.
Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha
como si nada tuviese en ella.
Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento,
se fijaron en _la inseparable_, que había dado celos á Cosette; en la
maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle
del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera.
Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del
bolsillo y abrió la maleta.
Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes
había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después
el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi
habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón
de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las
medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de
una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean.
Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil
aquellos vestidos para Cosette.
Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama.
Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto
frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con
sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él,
Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel
traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su
hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada.
Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía
de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin
hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello
había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la
cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el
jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para
sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su
luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos
asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».
Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón,
constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en
los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la
escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.
IV
=Immortale jecur=
La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes
fases, vuelve á empezar.
Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces
hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á
cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!
¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se
hunde el suelo!
¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el
bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le
había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces,
derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa
luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había
deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!
¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á
enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre
el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan
pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco,
después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había
oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla!
¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado
convulsivamente bajo la evidencia del deber!
Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que
solamente él sentía manar!
¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había
levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado,
desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo
vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su
propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía:
«Ya puedes ir en paz».
Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!
No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su
postrer combate.
Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.
Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en
línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus
laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su
multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de
todas aquellas encrucijadas.
Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta
tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras
peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno
tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?
El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que
todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.
Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y
la sonriente emboscada.
¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible
cosa, un destino irremediable!
He aquí la cuestión que se presentaba:
¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad
de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho
aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la
sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que
sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo,
al arrancarlo humeante de su pecho herido.
Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso
la riqueza, y esto era obra suya.
Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le
correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si
le perteneciera?
Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de
Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la
especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido
siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de
Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir?
¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse,
envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo,
la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus
pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies
que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él
de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad
sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en
tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe?
¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á
aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?
Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para
atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda
su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo
interrogante.--¿Qué vas á hacer?--pregunta la esfinge.
Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la
esfinge.
Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.
Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel
náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?
Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir
el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.
¿Iba á soltar su presa?
Entonces, el abismo.
Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho,
combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad,
como contra su convicción.
Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá
le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto
horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó
en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y
lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel
desesperado.
Sentíase detenido.
¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando
se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado,
encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno,
esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y
siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!
¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!
¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!
La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu
partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo
de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la
libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría.
¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco
también! Es preciso arrojar también el corazón.
En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de
haber un tonel parecido á ese pozo.
¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar
su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la
fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque
gritasen: ¡basta!?
La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de
haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es
imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?
El primer paso no es nada; el último es el difícil.
¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y
sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con
volver á la nada?
¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el
segundo!
¿Y cómo no volver entonces la cabeza?
El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura
que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado
en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro
candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de
hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no
llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica
el suplicio?
Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.
Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz
y sombra.
Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él
mismo su irremediable sumersión.
De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.
¿Qué solución adoptó?
¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva
al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió
á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas
aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué
extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?
Su vertiginosa divagación duró toda la noche.
Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre
aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado
quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo
recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce
horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza
ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su
pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas
veces, como el águila otras.
Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído
muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada
á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.
Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había
allí nadie?
Quien está en las tinieblas.
NOTAS:
[8] _Daron_, padre.
[9] _Roulotte_, carruaje.
[10] Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni
vou, si no conozco yo al tal parisién.
[11] _Filar_, seguir.
[12] _Fée_, hija.
[13] _Pharos_, al gobierno.
[14] _Caer_, ser preso.
LIBRO SÉPTIMO
LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I
=El séptimo círculo y el octavo cielo=
Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el
recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado.
La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más
tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con
su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara»,
cuando oyó un ligero golpe en la puerta.
No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de
semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.
Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía
éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.
¡Diantre!--observó Vasco.--Nos hemos despertado tarde caballero.
--¿Está levantado el señor?--preguntó Juan Valjean.
--¿Cómo seguís del brazo?--preguntó Vasco á su vez.
--Mejor. ¿Se ha levantado el amo?
--¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?
--El señor de Pontmercy.
--¿El señor barón?--prorrumpió Vasco como empinándose.
Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les
toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras
del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano
militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase
verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título;
Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le
desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: _Mi hijo llevará
mi título_, y Mario obedecía. Y luego Cosette, en quien empezaba á
despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.
--¿El señor barón?--repitió Vasco.--Voy á ver. Le diré que está aquí el
señor Fauchelvent.
--No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en
particular, mas sin decir el nombre.
--¡Ah!--exclamó Vasco.
--Quiero darle una sorpresa.
--¡Ah!--repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como
explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.
Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que,
aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda.
Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las
guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo,
añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún
mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas,
aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar
una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una
fiesta encierran siempre cierta gracia. El gozo había reinado allí.
En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya
marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha.
El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en
la sala.
Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio
donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan
hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían.
Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche
sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja
en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana
dibujada en el pavimento por el sol.
Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.
Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como
inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco
había dormido.
--¡Sois vos, padre!--exclamó viendo á Juan Valjean.--¡Y ese imbécil de
Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que
las doce y media, Cosette está durmiendo.
La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad
suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos
tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en
ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el
hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el
padre.
Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia
propio de los divinos paroxismos de la alegría.
--¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer
de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?
Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:
--Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo
que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la
calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo
pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa y fea,
cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis
á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está
dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis
visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se
ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta;
no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto
á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la
que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor
en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará
dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro
á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará
Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él
vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y
demás objetos vuestros.
«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he
destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo;
parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist?
Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis
á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del
brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos
absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra
felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con
nosotros.
--Señor--dijo Juan Valjean,--tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo
presidiario.
El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar
perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas
palabras: _Soy un antiguo presidiario_, al salir de los labios de
Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo
posible. Mario no entendió. Parecióle que acababan de decirle algo,
pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.
Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En
su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella
terrible palidez.
Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse
el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á
Mario:
--No tengo nada en la mano,--dijo.
Mario contempló el dedo.
--Ni he tenido jamás nada,--repuso Juan Valjean.
No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.
Juan Valjean prosiguió:
--Convenía que no asistiese yo al casamiento, y me he alejado cuanto
he podido. He supuesto esta herida para evitar una falsedad, para no
introducir nulidad alguna en los contratos matrimoniales, para no tener
que firmar.
Mario tartamudeó:
--¿Y qué quiere decir todo esto?
--Quiere esto decir,--respondió Juan Valjean,--que he estado en
presidio.
--¡Me estáis volviendo loco!--exclamó Mario aterrado.
--Señor de Pontmercy,--dijo Juan Valjean,--he estado diez y nueve años
en presidio por robo. Luego me condenaron á cadena perpetua, también
por robo, como reincidente, y á la hora presente soy un simple escapado
de presidio.
Mario hubiera querido retroceder ante la realidad, rechazar el hecho
y resistir á la evidencia; pero era preciso ceder á ella. Empezó
á comprender, y como sucede siempre en casos semejantes, traspasó
el límite de la comprensión. Tembló por la repugnancia que sintió
interiormente; estremecióse con la idea que atravesó su espíritu.
Entrevió para sí, en el porvenir, un destino disforme.
--¡Decidlo, decidlo todo, todo!--exclamó.--¡Sois padre de Cosette!
Y retrocedió dos pasos con un indecible movimiento de terror.
Juan Valjean levantó la frente en actitud tan majestuosa, que pareció
crecer hasta el techo.
--Es necesario que me creáis, señor; aunque el juramento de los
presidiarios no sea admitido en juicio.
Permaneció silencioso un momento, y luego, con cierta autoridad
soberana y sepulcral, añadió, articulando lentamente y apoyando las
sílabas una á una:
--...Debéis creerme. Padre de Cosette, ¡yo! delante de Dios, no.
Señor de Pontmercy: Yo soy un aldeano de Faverolles. Ganábame la vida
podando árboles. No me llamo Fauchelvent; me llamo Juan Valjean. Ningún
parentesco me une á Cosette. Tranquilizaos.
Mario balbuceó:
--¿Y quién me prueba?...
--Yo. Puesto que yo lo digo.
Mario miró á aquel hombre. Estaba lúgubre y sereno. La mentira no podía
salir de semejante calma. Lo glacial es sincero. La verdad se sentía en
aquella frialdad de tumba.
--Os creo,--dijo Mario.
Juan Valjean inclinó la cabeza como quien acepta el testimonio, y
continuó:
--¿Qué soy yo para Cosette? Un pasajero. Hace diez años que ignoraba
su existencia. La quiero mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha
visto crecer á esos pequeñuelos, es natural quererlos. Los viejos se
creen abuelos de todos los niños. Paréceme que podéis suponer que hay
en mí algo parecido á un corazón. Era huérfana. No tenía padre ni
madre. Necesitaba de mí. Por eso me he consagrado á amarla. Los niños
son tan débiles, que el primero que llega, aún siendo un hombre como
yo, puede servirles de protector. He cumplido ese deber con respecto de
Cosette. No creo que tan poca cosa merezca llamarse una buena acción;
pero si lo es, tomad nota de que la he hecho yo. Registradla como una
circunstancia atenuante.
«Hoy Cosette se separa de mí; nuestros dos caminos se alejan, y en
lo sucesivo ya no puedo hacer nada por ella. Cosette es la señora de
Pontmercy. Su providencia ha cambiado. Y Cosette gana en el cambio.
Perfectamente. En cuanto á los seiscientos mil francos, no me habléis
de ellos, pero me anticipo á vuestra pregunta. Se trata de un depósito.
¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Lo devuelvo
y no se me puede exigir más. Completo la restitución diciéndoos mi
verdadero nombre. Esto es interés mío. Me conviene que sepáis quién yo
soy».--Y Juan Valjean fijó la vista en Mario.
Lo que Mario experimentaba era tumultuoso é incoherente. Ciertas
ráfagas del destino producen oleajes parecidos en nuestra alma.
Todos tenemos momentos de turbación en que las ideas se dispersan,
y decimos lo primero que se nos ocurre, que no es siempre lo más
oportuno. Hay revelaciones súbitas que no se pueden resistir, y que
embriagan como un vino funesto.
Mario estaba admirado con la situación nueva que se le presentaba,
hasta el punto de hablar á aquel hombre casi reprochándole amargamente
su confesión.
--Pero, en fin,--exclamó,--¿por qué me decís todo eso? ¿Qué es lo
que os obliga á ello? Podíais haberos guardado el secreto. Nadie os
denuncia, persigue ni hostiga. ¿Qué razón os mueve á hacer así, sin más
ni más, semejante revelación? Acabad. ¿Qué más hay? ¿Con qué fin hacéis
semejante confesión? ¿Á qué objeto?
--¿Á qué objeto?--respondió Juan Valjean con una voz tan baja y tan
sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo, mas bien que con
Mario.--¿Qué objeto mueve en realidad al presidiario para venir á
deciros: soy un presidiario? En verdad que es ello cosa rara. Es por
honradez. Sabéis lo que hay de malo en ello, es un hilo que tengo en
el corazón, y me tiene sujeto. Esos hilos nunca resultan más sólidos
que cuando uno es viejo. Toda la vida se deshace en torno de ellos y
lo resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperle, desatar
el nudo ó cortarle, irme lejos, muy lejos, estaba salvado; bastábame
partir. Hay diligencias en la calle de Bouloy. Sed muy felices, podía
haber dicho, y marcharme. He probado de romper ese hilo, he tirado, y
ha resistido, y no se ha roto. Me arrancaba con él el corazón. Entonces
dije: no es posible que viva en otra parte. Debo quedarme. Pero tenéis
razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme buenamente? Me ofrecéis
un cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; ha
dicho á ese sillón: «¡Tiéndele los brazos!». Vuestro abuelo desea mi
compañía, congeniamos, habitaremos todos en la misma casa, comeremos
juntos, daré el brazo á Cosette... á la señora de Pontmercy, perdonad
la costumbre; tendremos un techo, una mesa, un hogar para todos, la
misma chimenea en invierno, el mismo paseo en verano. ¡Magnífica
perspectiva! ¡Qué feliz existencia! Viviremos en familia. ¡En familia!
Al pronunciar esta palabra Juan Valjean se anubló su semblante, cruzó
los brazos, fijó la vista en el suelo como si quisiese abrir á sus pies
un abismo, y exclamó con voz que parecía el estallido de una tempestad:
--¡En familia! No; yo no tengo familia. La vuestra no es mía, yo no
pertenezco á la familia de los hombres. En las casas en que reina la
intimidad, estoy de más. Hay familias, es verdad, pero no para mí.
Yo soy el infeliz; vivo fuera. No sé si he de dudar de haber tenido
padres. El día en que he casado esa niña, todo ha concluido; la he
visto dichosa; la he visto unida al hombre á quien ama, y junto á ellos
un buen anciano; una pareja de ángeles, rodeados de todas las alegrías;
en esta casa, he dicho: Tú no debes entrar.
«Era fácil mentir, no cabe duda, engañaros á todos, seguir llamándome
el señor Fauchelvent. Mientras ha sido en bien de ella, he podido
mentir; pero ahora, en abono mío, no debo hacerlo. Bastaba con
callarme, y todo marchaba como hasta aquí. Me preguntáis: ¿qué es
lo que me obliga á hablar? Una cosa singular; mi conciencia. Y sin
embargo, ¡era tan fácil callarme! He pasado la noche esforzándome en
persuadirme de ello. Vos me interrogáis como un profesor, y por cierto
que lo que acabo de deciros da este derecho. Pues bien, sí; he pasado
toda la noche buscando razones; se me han ocurrido algunas excelentes,
he hecho cuanto ha estado de mi parte, creedlo.
«Pero hay dos cosas en que no he acertado; ni á romper el hilo que me
tiene sujeto por el corazón, amarrado y fijo aquí, ni á hacer callar á
alguien que me habla bajo cuando estoy solo. Por esto he venido esta
mañana á confesároslo todo ó casi todo. Hay lo inútil, que sólo á mí me
concierne, y esto me lo guardo para mí. Lo esencial ya lo sabéis. Así,
pues, he tomado mi misterio; y os lo he traído, y he rasgado mi secreto
ante vuestros ojos. No era resolución ésta muy fácil de adoptar; así
que, como os digo, toda la noche he estado luchando conmigo mismo.
¡Ah! Vos creéis que yo no me he dicho que no era esto como el proceso
Cbampmathieu; y que con callar mi nombre no infería daño á nadie, y el
nombre de Fauchelvent me lo había dado el mismo Fauchelvent agradecido
por un servicio que le había prestado, así es que yo podía muy bien
conservarle, y ser muy feliz en ese cuarto que me ofrecéis, que sin
molestar á nadie, podría estar en mi rinconcito, y que mientras vos
tendríais á Cosette, tendría yo la satisfacción de estar bajo del mismo
techo.
«Así hubiera tenido cada cual su felicidad proporcionada. Con seguir
siendo Fauchelvent todo se arreglaba; sí, todo, excepto mi alma. Al
rededor mío, alegría; en el fondo de mi alma obscuridad. No basta ser
dichoso, es preciso estar satisfecho. Así habría yo seguido siendo
Fauchelvent, y ocultando mi verdadero rostro en presencia de vuestras
expansiones, yo habría encerrado un enigma, y en medio de vuestro claro
día habría yo tenido mis tinieblas, y sin preveniros siquiera, habría
introducido buenamente el presidio en vuestro hogar, me habría sentado
á vuestra mesa con la idea de que, á saber quién yo era, me arrojaríais
de ella, y me habría dejado servir por unos criados que, de saberlo,
habrían exclamado: ¡Qué horror! ¡Yo había de irme á codear con quien
tiene derecho á rechazarme; yo había de haber escamoteado vuestros
apretones de mano! ¡Había de haberse dividido el respeto en esta casa
entre cabellos blancos venerables y cabellos blancos infamados! ¡En
vuestras horas más íntimas, cuando todos los corazones se hubiesen
creído abiertos hasta el fondo unos para otros, cuando hubiésemos
estado los cuatro juntos, vuestro abuelo, vosotros dos y yo, habría
habido ahí un desconocido! ¡Y compartiendo vuestra existencia, mi único
cuidado debiera ser el de no levantar jamás la tapa de mi terrible
pozo! ¡Yo, un muerto, me impondría á vosotros que sois la vida!
Equivaldría á condenaros conmigo. ¡Vos, Cosette y yo seríamos tres
cabezas con el gorro verde! ¿No os estremece esto?
«No siendo en verdad sino el más infeliz de los hombres, habría llegado
á ser el más monstruoso. ¡Cometer todos los días el mismo crimen!
¡Mentir todos los días! ¡Tener todos los días sobre mi cara el mismo
velo de noche! ¡Comunicaros todos los días, uno tras otro continuamente
esta parte de la afrenta mía, á vosotros mis queridísimos, mis
inocentes hijos! ¿Callarse es muy sencillo? ¿Nada cuesta guardar
silencio? No, no es sencillo. Hay silencios que mienten. ¡Y mi
mentira, y mi fraude, y mi indignidad, y mi cobardía, y mi traición,
y mi crimen, yo los habría bebido gota á gota, yo los habría escupido
y vueltos á beber, yo habría concluido á media noche para volver á
empezar á medio día, y mis buenos días habrían mentido, y mis buenas
noches habrían mentido, y de esa suerte habría yo dormido, y de esa
suerte habría comido mi pan, y habría mirado á Cosette á la cara, y
habría respondido á su sonrisa de ángel con la sonrisa del condenado, y
habría sido un hipócrita abominable!
«Y todo, ¿para qué? Para ser feliz. ¡Para ser feliz yo! ¿Tengo derecho
acaso para ello? Yo estoy fuera de la vida, señor mío».
Juan Valjean se detuvo. Mario seguía escuchando. Semejantes
encadenamientos de ideas y de angustias no pueden interrumpirse. Juan
Valjean bajó de nuevo la voz, pero el sonido de la voz no era ya sordo,
era siniestro.
--¿Me preguntáis por qué hablo? cuando nadie me denuncia, me persigue,
ni hostiga. ¡Sí! ¡Estoy denunciado, hostigado, perseguido! ¡Sí! ¿Por
quién? Por mí. Yo mismo me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo,
y me paro, y me ejecuto; y cuando uno se tiene preso á sí mismo, bien
preso está».
Y asiéndose de su propia levita fuertemente, y tirándola hacia Mario:
--¿Veis este paño?--dijo.--¿No os parece que tiene cogido el cuello
de esta levita sin temor de que se le escape? ¡Pues bien! Existe otro
puño que agarra más fuertemente: la conciencia. Para ser feliz, señor
mío, se necesita no comprender nunca el deber, porque en cuanto se le
comprende es implacable. Diríase que castiga por comprenderle, pero no;
antes bien recompensa, pues nos coloca en un infierno, donde sentimos á
Dios junto á nosotros. Y en cuanto se nos desgarran las entrañas, está
uno en paz consigo mismo.
Y con dolorido y triste acento añadió:
--Señor de Pontmercy, esto está fuera del sentido común; yo soy un
hombre honrado; degradándome á vuestros ojos es como me elevo á los
míos. Otra vez me ha sucedido ya; pero aquello fué menos doloroso;
no fué, puede decirse, nada. Sí, un hombre honrado. No lo sería,
cuando por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora que me
despreciáis, sí, lo soy. Tengo la fatalidad de que, no pudiendo jamás
poseer sino una consideración robada, esa consideración me humilla y
agobia interiormente; necesitando el desprecio ajeno para el respeto
propio, entonces me elevo. Soy un presidiario que obedece á su
conciencia. Ya sé yo que es ello muy singular. Pero, ¿qué remedio? Es
así. He contraído compromisos conmigo mismo, y los estoy cumpliendo.
Hay encuentros que nos ligan; hay casualidades que nos arrastran por el
camino del deber. ¡Ah, señor de Pontmercy, me han sucedido tales cosas
en la vida!
Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esfuerzo, como
si sus palabras tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió:
--Cuando siente uno tal horror de sí mismo, no tiene derecho para hacer
á los demás, sin saberlo, partícipes de su horror, para comunicarles
su peste; no tiene derecho para hundirles en su precipicio sin que
ellos se aperciban; no tiene derecho para cubrirlos con la chaqueta
roja del presidio, para entorpecer solapadamente con su miseria la
felicidad del prójimo. Es odioso acercarse á los que están sanos, y
tocarlos en la sombra con su úlcera invisible. En vano Fauchelvent me
prestó su nombre; no tengo el menor derecho para llevarle; él pudo
dármelo, yo no puedo admitirlo. Un nombre es otro yo... Ya veis, señor
mío, que he pensado un poco, y he leído otro poco, aunque no sea más
que un aldeano; y ya veis igualmente que sé explicarme como debo,
y darme cuenta de las cosas, según la educación que yo mismo me he
procurado. Pues bien; sustraer un nombre y cubrirse con él no es de
hombre honrado. Tan ladrón es el que toma letras del alfabeto, como el
que roba un bolsillo ó un reloj. ¡Ser una firma falsa de carne y hueso,
ser una llave falsa viviente, y entrar en casa de los hombres de bien
destrozando la cerradura; no poder mirar nunca cara á cara, ser siempre
infame interiormente! ¡No, no! y mil veces no. Vale más sufrir, manar
sangre, llorar, arrancarse la piel de la carne con las propias uñas,
pasar las noches en convulsiones de agonía, torturándose el pecho y el
alma. Por eso he venido á contaros lo que acabáis de oir. Así, sin más
ni más, como habéis dicho.
Respiró dolorosamente, y lanzó todavía esta última frase:
--En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy no quiero vivir robando
un nombre.
--¡Para vivir!--interrumpió Mario.--¿Acaso necesitáis de este nombre
para vivir?
--¡Ah! Yo me entiendo,--respondió Juan Valjean, alzando y bajando la
cabeza lentamente muchas veces seguidas.
Hubo unos momentos de silencio. Los dos callaban, sumergido cada cual
en un abismo de pensamientos. Mario se había sentado junto á una mesa,
y apoyaba el ángulo de la boca en uno de sus dedos doblado.
Juan Valjean iba y venía. Detúvose delante de un espejo, y se quedó
inmóvil. Luego, como respondiendo á un razonamiento interior, dijo,
mirando aquel espejo, donde él no se veía:
--¡Es lo cierto que ahora me siento aliviado!
Púsose nuevamente á pasear, dirigiéndose al otro extremo de la sala. En
el instante de volverse, notó que Mario le miraba andar. Entonces le
dijo con un acento indescriptible:
--Arrastro un poco la pierna. Ya comprenderéis ahora por qué.
Volvióse por completo, y continuó:
--Y á pesar de todo, señor mío, figuraos que nada he dicho, que sigo
siendo Fauchelvent, que vivo en esta casa, que soy de la familia, que
tengo mi cuarto, que salgo á almorzar en vuestra compañía por la mañana
en zapatillas y bata, que por la noche vamos los tres al teatro, que
acompaño á la señora de Pontmercy á pasear á las Tullerías y á la plaza
Real; en una palabra, que estamos juntos y me creo vuestro igual. El
día menos pensado, estoy yo aquí, estáis vosotros hablando conmigo,
riendo, y de repente ois una voz que grita este nombre: ¡Juan Valjean!
Y he aquí que la mano espantosa de la policía sale de la sombra y me
arranca bruscamente la careta.
Callóse de nuevo; Mario se había levantado estremecido.
Juan Valjean añadió:
--¿Qué decís á eso?
El silencio de Mario era la respuesta.
Juan Valjean continuó:
--Ya veis que he tenido razón en no callarme. Sí, sed dichoso, vivid
en el cielo, sed el ángel de otro ángel, habitad el sol y contentaos
con eso, y sin cuidaros de qué manera un pobre condenado se desgarra
el pecho para cumplir con su deber. Tenéis en vuestra presencia, señor
mío, un hombre bien miserable.
Mario cruzó lentamente la sala, y cuando estuvo cerca de Juan Valjean,
le tendió la mano; pero, como la de éste no se alargase á tomarla, hubo
de aproximarse él.
--Mi abuelo tiene amigos,--le dijo;--yo haré que obtenga un indulto.
--Es inútil,--respondió Juan Valjean.--Me creen muerto, y esto basta.
Los muertos no están sujetos á la vigilancia de la policía. Se les deja
pudrir tranquilamente. La muerte es lo mismo que el indulto.
Y retirando su mano, que retenía Mario, añadió con cierta dignidad
inexorable:
--Por lo demás, no he de cumplir sino con mi deber: he aquí el único
amigo á quien recurriré. No necesito otro indulto que el de mi
conciencia.
En este momento entreabrióse suavemente la puerta al otro extremo
de la sala, y apareció la cabeza de Cosette en la abertura. Sólo se
distinguía su cándido semblante; estaba admirablemente despeinada, y
tenía los párpados hinchados aún de haber dormido. Hizo el movimiento
de un pájaro que saca la cabeza fuera del nido; miró primero á su
marido, luego á Juan Valjean, y les gritó riendo, con esa sonrisa que
sólo se ve en el fondo de una rosa:
--Apostaría á que estáis hablando de política. ¡Qué barbaridad! ¡En vez
de estar conmigo!
Juan Valjean se estremeció.
--¡Cosette!--balbuceó Mario.
Y se detuvo. Hubiera podido créerseles culpables á uno y otro.
Cosette, con aspecto radiante, seguía mirándolos. Brotaban de sus ojos
como destellos del paraíso.
--Os he cogido infraganti,--dijo Cosette.--Acabo de oir á través de la
puerta á mi padre Fauchelvent que decía: «La conciencia... Cumplimiento
de mi deber...». ¡Esto es política! Y yo no quiero que se hable de
política en este día. No es del caso.
--Te engañas, Cosette,--respondió Mario.--Hablábamos de negocios.
Buscábamos el medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos.
--No es esto todo,--interrumpió Cosette.--Y sino, ahora vengo yo. ¿Me
queréis aquí?
Y traspasando resueltamente la puerta, entró en el salón. Llevaba
puesto un gran peinador blanco, de mil pliegues, de holgadas mangas,
que partiendo del cuello le caía hasta los pies. En los dorados cielos
de las antiguas pinturas góticas hay ángeles graciosísimos vestidos
como ella.
Contemplóse de pies á cabeza en un espejo de cuerpo entero, y
prorrumpió con una expresión de éxtasis inefable:
--Había un rey y una reina. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy!
Dicho esto, hizo un gran saludo á Mario y á Juan Valjean.
--Ya lo veis,--continuó,--vengo á colocarme á vuestro lado en un
sillón; dentro de media hora almorzaremos y hablaréis cuanto queráis;
ya sé yo que los hombres tienen que hablar, seré muy discreta.
Mario la tomó del brazo, y la dijo amorosamente:
--Estamos hablando de negocios.
--Á propósito,--respondió ella,--he abierto mi ventana, y acaba de
llegar al jardín una bandada de pierrots (gorriones). Pájaros, no
máscaras. Que, si hoy es miércoles de ceniza para nosotros no lo es
para ellos.
--Te repito que estamos hablando de negocios; anda, hija mía, déjanos
un instante. Hablamos de números y te aburrirías.
--¡Qué corbata más bonita te has puesto, Mario! Estáis muy coquetón,
señor mío. No, no me aburriré.
--Te aseguro que sí.
--Que no. Puesto que sois vosotros. No os comprenderé, pero escucharé.
Cuando se oye á quien bien se quiere, no se necesita comprender lo que
dicen. Estar juntos, es todo lo que quiero, aquí me quedo ¡Vaya!
--¡Cosette mía! Imposible.
--¡Imposible!
--Sí.
--Está bien,--repuso Cosette.--¡Os habría dicho tantas cosas! Que el
abuelito duerme todavía; que la tiita ha ido á misa; que la chimenea
del cuarto de papá Fauchelvent rebota el humo; que Nicolasita ha
llamado al fumista; que la tía Santos y Nicolasa han reñido ya; que
Nicolasa se ríe de cómo tartamudea la tía Santos. Pues bien; no sabréis
nada de todo esto. ¿Con que, imposible? También yo gritaré: ¡Imposible!
¿Quién perderá en el juego? Ea, amiguito mío, Mario mío, deja que me
quede.
--Te juro que necesitamos estar solos.
--¿Soy yo alguien por ventura?
Juan Valjean no decía una palabra. Cosette se volvió hacia él.
--Lo primerito que quiero, padre, es que me abracéis. ¿Cómo os calláis
así, en vez de poneros de mi parte? ¡Vaya un papá singular! ¡No veis
cuán desgraciada soy en mi nuevo estado! Mi marido me pega. Ea, un
abrazo y un beso, prontito.
Juan Valjean se acercó.
Cosette se volvió hacia Mario.
--¿Veis? os hago una mueca.
Enseguida presentó su frente á Juan Valjean.
Juan Valjean dió un paso hacia ella.
Cosette retrocedió, exclamando:
--¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele mucho el brazo?
--Ya está curado,--dijo Juan Valjean.
--¿Habéis dormido mal?
--No.
--¿Estáis triste?
--No.
--¡Vaya! Un abrazo. Y si os sentís bien, si dormís bien y estáis
contento, no os reñiré.
Y de nuevo le presentó su frente.
Juan Valjean besó aquella frente, donde brillaba un reflejo del cielo.
--Sonreid.
Juan Valjean obedeció. Su sonrisa fué la de un espectro.
--Ahora defendedme de mi marido.
--¡Cosette!--exclamó Mario.
--Enfadaos, padre. Decidle que debo quedarme: que delante de mí se
puede hablar de todo. ¡Con que, se me cree tan tonta! ¡Es ello tan gran
cosa! ¡Negocios, colocar dinero en un banco! ¡Vaya un misterio! Los
hombres dan importancia á cualquier tontería. Quiero quedarme aquí.
Esta mañana estoy muy bien; Mario, mírame.
Y con un encogimiento de hombros adorable y cierto aire de despique,
fijó los ojos en Mario.
Prodújose como un relámpago entre aquellos dos seres. Poco importaba
que no estuviesen solos.
--¡Te amo!--dijo Mario.
--¡Te adoro!--dijo Cosette.
Y cayeron irresistiblemente uno en brazos de otro.
--Ahora,--repuso Cosette arreglando un pliegue de su ancho peinador con
cierto ligero ademán de triunfo, ahora me quedo.
--Esto no,--replicó Mario en tono suplicante.--Tenemos que terminar
cierto asunto.
--¿Aún no?
Mario dió á su voz una inflexión grave.
--Te aseguro, Cosette, que es imposible.
--¡Ah! ¡Hacéis gala de vuestra voz de hombre! ¡Está muy bien! Ya me
voy. Padre, no me habéis apoyado. Señor marido, señor papá, sois un par
de tiranos. Se lo voy á contar al abuelito. Si creéis que he de volver
á deciros tonterías, os equivocáis. Tengo mi orgullito también. Ahora
la mía. Ya veréis cómo sois vosotros los que os vais á fastidiar sin
mí. Voyme cargada con toda la razón.
Y se fué.
Dos segundos después la puerta se abrió de nuevo; su fresca y sonrosada
mejilla asomó por entre las dos hojas, y Cosette gritó:
--Estoy furiosa.
Volvióse á cerrar la puerta, y renacieron las tinieblas.
Fué aquello como un rayo de sol descarriado, atravesando sin imaginarlo
las sombras de la noche.
Mario se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada.
--¡Pobre Cosette!--murmuró.--Cuando sepa...
Á estas palabras, Juan Valjean tembló de pies á cabeza, fijando en
Mario sus ojos extraviados.
--¡Cosette! ¡Ay! Sí, se lo vais á decir todo; justo. No había yo
pensado en ello. Se tienen fuerzas para una cosa, y faltan para otra.
Os lo ruego, señor mío. Os conjuro por lo más sagrado; dadme vuestra
palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha
obligado á delatarme, lo he hecho de buen grado; me delataría á todos,
al universo entero, ¿qué me importa? ¡Pero á ella! Ella no sabe lo
que es esto y se espantaría. ¡Cómo! ¡un presidiario! Sería menester
explicárselo y decirle: «¡Es un hombre que ha estado en presidio!». Un
día vió ella pasar la cuerda... ¡Oh, Dios mío!
Y enseguida se dejó caer en un sillón, ocultando el rostro entre ambas
manos.
No se le oía; pero, por el movimiento de sus hombros se conocía que
lloraba. Llanto silencioso, llanto terrible.
Existe en el sollozo algo de sofocación. Dióle una pequeña convulsión,
se inclinó hacia atrás contra el respaldo como para respirar, dejando
caer sus brazos, y pudiendo ver Mario su rostro bañado en llanto, le
oyó decir tan bajo, que su voz parecía salir de un abismo sin fondo:
--¡Oh! ¡Quisiera morir!
--Serenaos,--dijo Mario;--guardaré vuestro secreto para mí solo.
Y menos enternecido quizá de lo que debiera, pero obligado hacía
una hora á familiarizarse con aquella revelación horrible, viendo
gradualmente el presidiario superponerse ante sus ojos á Fauchelvent,
cautivado poco á poco por aquella realidad lúgubre, y conducido por la
pendiente natural de la situación á medir la distancia que acababa de
interponerse entre aquel hombre y él, añadió Mario:
--Me es imposible dejar de deciros algo sobre el depósito que tan fiel
y honradamente me habéis entregado. Es un acto de probidad. Justo es
que se os dé la recompensa. Fijad vos mismo la cantidad, y os será
contada. No temáis en hacerla subir mucho.
--Gracias, señor mío,--respondió Juan Valjean con dulzura.
Permaneció pensativo un momento, pasando maquinalmente la yema del dedo
índice por la uña del pulgar: luego levantando la voz:
--Todo ha concluido,--dijo,--ó poco menos. Una sola cosa me queda.
--¿Cuál?
Juan Valjean experimentó como una suprema vacilación, y sin voz, casi
sin aliento, balbuceó:
--Ahora que ya lo sabéis todo, ¿creéis, señor mío, vos que sois el
dueño, que no debo yo ver más á Cosette?
--Sería lo más acertado,--respondió fríamente Mario.
--No volveré á verla,--murmuró Juan Valjean.
Y se dirigió hacia la puerta.
Puso la mano en el picaporte, cedió el pestillo, entreabrióse la puerta
lo bastante para pasar. Juan Valjean se quedó un segundo inmóvil, luego
cerró de nuevo y se volvió hacia Mario.
No estaba ya pálido, sino lívido. No tenía ya lágrimas en los ojos,
sino una especie de luz trágica. Su voz había adquirido una calma
extraña.
--Si me lo permitís, señor, vendré á verla. Os aseguro que lo deseo
muchísimo. Sin eso, sin la necesidad de ver á Cosette, no os habría
hecho esta confesión. Hubiera partido sencillamente... Pero queriendo
permanecer en el punto en que habita Cosette, y continuar viéndola,
he debido honradamente decirlo todo, seguid vos la ilación de mi
razonamiento que es fácil de comprender, ¿no es cierto? Hace ya nueve
años largos que la tengo á mi lado; nuestra primera habitación fué
aquella casucha del boulevard; luego el convento, enseguida junto al
Luxemburgo. Allí la visteis por primera vez. Recordaréis aquel sombrero
de felpa azul. Después nos trasladamos al barrio de los Inválidos,
donde había una reja y un jardín á la calle Plumet. Desde mi habitación
en un patio interior la oía tocar el piano. Tal ha sido mi vida. El
uno sin el otro, jamás. Nueve años y algunos meses ha durado esto.
Era yo para ella un padre, y se creía mi hija. No sé si me explico
bastante bien, señor de Pontmercy: pero os aseguro que me sería difícil
marcharme ahora y no volverla á ver, no hablarle más, quedarme sin nada
en este mundo. Si no ha de pareceros mal, vendría yo de vez en cuando
á ver á Cosette. No lo haría con gran frecuencia; no permanecería
mucho tiempo. Podríais mandar que me recibiera en la salita del cuarto
bajo. Yo entraría por la puerta trasera, la de los criados; pero esto
causaría extrañeza quizá. Valdrá más, creo, entrar por donde entra todo
el mundo. ¡Ay, sí, señor mío! Deseo mucho ver alguna que otra vez á
Cosette, tan pocas cuantas queráis. Poneos en mi lugar; no tengo más
que ella en la tierra. Y luego, hay que ser cautos; si yo no volviese
ya más, esto produciría mal efecto, parecería muy raro. Así, lo que
puedo hacer es venir al anochecer.
--Vendréis todas las tardes,--dijo Mario,--y Cosette os aguardará.
--¡Cuán bueno sois, señor!--exclamó Juan Valjean.
Mario le saludó; la felicidad acompañó hasta la puerta á la
desesperación, y aquellos dos hombres se separaron.
II
=Obscuridades que puede contener una revelación=
Mario estaba trastornado.
La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto
al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje
cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.
Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El
señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.
Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á
descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.
¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante
testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento
la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?
¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?
Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que
se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor
correspondido; sacudimientos de esta especie harían estremecer
forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su
gloria.
Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél,
preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había
faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había
aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido,
sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella
aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette?
Reconocía,--y así es como por una serie de confesiones sucesivas
de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va
corrigiendo poco á poco--reconocía, decimos, el lado quimérico y
visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas
organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se
dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero
hasta el punto de convertirle en una conciencia inundada de bruma.
Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la
individualidad de Mario.
Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete
semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera
habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima
se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en
la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á
Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se
concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre
todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para
explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin
embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor
absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá
también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado
violento y embelesador del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y
abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía,
en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no
pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.
Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago,
sin conceder espacio más que al amor.
En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el
caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo,
de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido
las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean
era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por
esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado
menos? ¿Habría dejado de casarse? No.
¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues,
tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un
Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había
seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor le
había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.
Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca
infernal.
La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent
convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.
En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta
sorpresa.
Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y
qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del
secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.
Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á
esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.
Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la
humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es
máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había
renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse
para siempre en el seno de una familia honrada; y había resistido á la
tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había
explicado con el irresistible acento de la sinceridad.
En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era
incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta
misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias,
hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales
accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de
naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de
alma.
Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable,
irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía
inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel
hombre.
Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué
se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de
Juan Valjean? La confianza.
En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan
Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un
resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.
Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y
persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le
perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.
El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran
una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube,
mas la nube se ennegrecía nuevamente.
Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le
alcanzaba todavía.
¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de
Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar
de querellarse, había huido?
Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo
sentenciado y prófugo.
Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?
Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo
á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel
hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer
allí?
Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta:
Javert.
Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan
Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún
detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo.
Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario.
El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por
vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído
prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y
allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas
al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de
arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan
Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.
Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de
sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había
corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?
¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella
niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas
para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio?
¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las
miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que
se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la
una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los
divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor
del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace
inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante
comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?
¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible
aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque
el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el
ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la
adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo
hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella
solicitud disforme.
Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables
enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no
podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues,
aquel hombre precipicio?
Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana,
tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor,
habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que
se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién
era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto
religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella,
educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él,
impuro, de pureza?
¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el
punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan
Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella
figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra
y de toda nube la aparición de un astro?
Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de
Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera,
el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se
patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y
se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los
hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?
Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar
su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible,
pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor
le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en
ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué
cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la
primavera á hacer la rosa?
Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas.
No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos
de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba
á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le
bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear?
¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no
le incumbían.
Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella
declaración solemne del miserable: «_No soy nada de Cosette. Hace diez
años que ignoraba que ella existiese_».
Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues,
y quien quiera que fuese, su misión había concluido.
Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de
Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á
su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette
á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su
crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.
En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía
cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos
indicado, presentía un _quid divinum_ en aquel hombre. Sin embargo, por
más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello
de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social,
carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón.
Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario
no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha
destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un
hombre.
Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema
inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de
la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos.
No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y
lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y
pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable
y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra _vindicta_.
Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen
seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más
tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo
de progreso latente.
En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y
repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para
él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber
contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto
fué volver la cabeza, exclamando interiormente: _Vade retro_.
Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan
Valjean hasta el punto de que éste le dijera: _Me estáis confesando_,
no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.
No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de
Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?
¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no
parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de
empujarle, no hubiera querido retenerle?
¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos
hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para
no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los
enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas
las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble
de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las
explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz
siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera
hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la
frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La
fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen
se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos
colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la
reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario
había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que
despejarse.
Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no
ver á Juan Valjean.
Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á
inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo
que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.
En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa
pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.
Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de
las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se
las echaba en cara por no haberlas hecho.
Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto
débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se
había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y
simplemente haber rechazado á Juan Valjean.
Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su
casa de aquel hombre.
Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino
de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba
descontento de sí mismo.
¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban
profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta
reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar,
no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado
llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que
cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un
presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para
Cosette.
En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le
sublevaba.
Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro,
pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación
profunda.
No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es
un talento, y Mario lo tuvo.
Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á
Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle
de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo
lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel
presidiario derramado sobre Cosette.
Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella
siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.
LIBRO OCTAVO
DECRECIMIENTO CREPUSCULAR
I
=El cuarto bajo=
Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera
de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco
estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces
basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».
Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le
dirigió la palabra:
--El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó
esperar aquí.
--Quedarme aquí,--respondió Juan Valjean.
Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y
dijo:--Voy á avisar á la señora.
La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado
y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle,
enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana
enrejada.
No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el
plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución
de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela,
anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba
al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y
baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías,
amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se
iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con
repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había
fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de
Juan Valjean: «Quedarme aquí».
Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se
extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama,
mostrando más urdimbre que trama.
Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el
crepúsculo de la ventana.
Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni
descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.
Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró,
sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el
pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.
De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.
No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.
Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que
él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.
--Padre,--exclamó Cosette,--ya yo me sabía vuestras singularidades,
pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una
ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le
reciba aquí.
--Sí, yo soy.
--Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que
voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.
Y le presentó la mejilla.
Juan Valjean permaneció inmóvil.
--No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os
perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la
tenéis.
Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el
suelo.
--Esto se pone serio,--dijo Cosette.--¿Qué os he hecho yo? Me creo
ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.
--He comido ya.
--No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los
abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid
conmigo á la sala enseguida.
--Imposible.
Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las
preguntas.
--Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la
casa! Esto es horrible.
--Tú sabes...
Juan Valjean rectificó:
--Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.
Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.
--¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?
Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando
recurría.
--Habéis querido ser señora, y ya lo sois.
--Pero no para vos, padre.
--No me llaméis padre.
--¿Cómo?
--Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.
--¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan?
¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado?
Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis
el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he
hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...
--Nada.
--Pues, ¿y entonces?
--Todo sigue lo mismo.
--¿Por qué cambiáis de nombre?
--También habéis vos cambiado el vuestro.
Sonrióse entonces como antes, y añadió:
--Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el
señor Juan.
--Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi
marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo.
Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, mas no hasta
el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis
derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.
Juan Valjean no respondió.
Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible,
levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello
junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.
--¡Oh!--le dijo.--¡Sed bueno!
Y prosiguió:
--Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra
compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de
la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como
los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo
dicho, mi padre.
Él apartó las manos.
--No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.
Cosette se incomodó.
--¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad
que no sé qué he de deciros!
--Si la tía Santos estuviese aquí,--repuso Juan Valjean, como quien
busca testigos para asirse hasta de un cabello,--sería la primera en
convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de
particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.
--Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse
llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.
--Al venir,--respondió Juan Valjean,--he visto en la calle de San Luis
un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita,
no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis
de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus
cajoncitos. Es bellísimo.
--¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!--replicó Cosette.
Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios,
sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.
--Estoy furiosa,--prosiguió.--Desde ayer me estáis haciendo todos
rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me
defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola.
Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él
si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á
Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre
Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una
cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por
cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un
hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se
ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan
pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra
abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en
ella? ¿Estáis resentido contra mí? Me estáis apenando en alto grado.
¡Id, pues!
Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:
--Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.
La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas
palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean.
Cosette quería solo arañar, y destrozaba.
Juan Valjean palideció.
Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y
hablando consigo mismo, murmuró:
--Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de
este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.
--¡Ah! ¡Me habéis tuteado!--exclamó Cosette.
Y saltó á su cuello.
Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole
casi que la recobraba.
--¡Gracias, padre!--le dijo Cosette.
Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.
Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.
--¿Qué es eso?--preguntó Cosette.
Juan Valjean respondió:
--Me retiro, señora; os están aguardando.
Y desde el umbral de la puerta añadió:
--Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder.
Perdonadme.
Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática
despedida.
II
=Otro paso atrás=
Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.
Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que
sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre,
ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora
solamente.
Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría
estado, si le hubiese sido posible.
Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que
el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la
mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de
los límites de su amor.
La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las
botellas y Nicolasita las arañas.
Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora
á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario
de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que
asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las
horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron
á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó
á ello, repitiendo que _el señor había sido siempre así_. El abuelo
decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa
años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un
recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos
están adquiridos.
El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel
señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos
extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el
menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un
palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que
dan á ciertas gentes».
Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar
tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un
aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla
el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los
borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se
arrastra en el fondo.
Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que
alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su
obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y
viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito
que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del
miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está
estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción
incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que
se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y
revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la
respiración del animal desconocido.
Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se
marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en
todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared,
buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse
en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar
que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de
la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta
excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades
insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la
superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.
Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida
nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados
de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no
eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal
ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos
sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz
del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.
Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse
bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se
marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno
que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva
familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos
los días su visita.
Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le
hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo
había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella
estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette
seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.
Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado
de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor
Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente?
Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.
Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo
resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.
Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos
minutos, y luego se iba.
Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si
aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba
más pronto y se despedía, más tarde.
Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría
iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero
advirtió que debía llamarle Juan.
--¡Ah! es verdad,--dijo ella riéndose,--señor Juan.
--Esto es,--dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese
enjugarse los ojos.
III
=Recuerdan el jardín de la calle Plumet=
Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa
extinción.
Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada
de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su
propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas
sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber
perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla
entonces nuevamente en detalle.
La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma,
tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su
existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la
contemplaba silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia,
del convento y de sus amiguitas de entonces.
Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente ya, aunque
fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que
circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del
despertar, el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía
sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en
las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban
á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas
del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas,
ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que
los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette:
«Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la
calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia
allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel
jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya
dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera
del amor.
La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber
terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á
aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el
presente.
Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de
las Hijas del Calvario.
--La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,--le dijo Vasco.
Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió.
Bajó él la cabeza y se marchó.
Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan
gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde
siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había
visto á Juan Valjean.
--¿Cómo fuisteis?--le preguntó Valjean.
--Á pie.
--¿Y cómo habéis vuelto?
--En un coche de alquiler.
Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían
los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa
y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró,
pues, una pregunta:
--¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más
de quinientos francos mensuales. Sois ricos.
--No sé,--respondió Cosette.
--Lo mismo que con la tía Santos,--continuó Juan Valjean.--Se ha ido, y
no la habéis reemplazado. ¿Por qué?
--Basta con Nicolasita.
--Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os
sirva.
--¿No tengo á Mario?
--Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro.
Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La
riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.
Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el
corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.
Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía
por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso,
discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía
á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era
inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba
Juan Valjean permanecer largo tiempo.
¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única
medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que
repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la
señora baronesa que la mesa está servida».
Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.
¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida
que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una
crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?
Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente
notó que no habían encendido la chimenea.
--¡Calle!--pensó.--No hay lumbre.
Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en
abril, y han cesado los fríos».
--¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!--exclamó Cosette entrando.
--¡Quiá, no!--dijo Juan Valjean.
--¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?
--Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.
--¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita
encenderlo todo el año.
--Me ha parecido que era inútil.
--¡Otra de las vuestras!--respondió Cosette.
Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban
colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué
significa esto? pensó Juan Valjean.
Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la
chimenea.
Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo
acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:
--Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.
--¿Qué es ello?
--Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete
tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen
treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo
con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo».
Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por
saberlo».
Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna
explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse
á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que
equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa
vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y
volvió á bajar.
Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía
alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que
temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto
que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una
fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar
pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.
Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.
Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento.
Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.
--¿Qué es esto?--exclamó Cosette al entrar.--¡No hay sillones! ¿Dónde
están los sillones?
--Se los han llevado,--respondió Juan Valjean.
--¡Esto es ya demasiado!
Juan Valjean balbuceó:
--Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.
--¿Por qué?
--Porque no voy á estar más que unos minutos.
--No es ello una razón para estar de pie.
--He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.
--¿Para qué?
--Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.
--Á nadie esperamos.
Juan Valjean no pudo decir una palabra más.
Cosette se encogió de hombros.
--¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no
encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!
--Adiós,--murmuró Juan Valjean.
No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós,
señora».
Salió abrumado por completo.
Había comprendido por fin.
Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.
--¡Vaya!--exclamó.--No ha venido hoy el señor Juan.
Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se
distrajo con un beso de Mario.
Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.
Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió
perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al
levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!
Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo,
y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta:
«Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego.
Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de
los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando.
Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.
Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las
mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué
el señor Juan no había ido á la víspera».--Hace des días que no he
ido,--dijo dulcemente Juan Valjean.
Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á
Cosette.
IV
=Atracción y extinción=
Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de
1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos
parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de
negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía
de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la
Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture
Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y
entraba en la de San Luis.
Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada,
fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él
una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las
Hijas del Calvario.
Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una
especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.
Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían
como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba
tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba
llegar, lo temía.
Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así
parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil.
La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban
la aguja que busca el polo.
Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar
forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía
entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez
sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle;
y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento
de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.
Luego una lágrima, que poco á poco se había acumulado en el ángulo de
los párpados, bastante gruesa ya para caer, resbalaba sobre su mejilla,
yendo á parar alguna vez á la boca, donde sentía el anciano un sabor
amargo. Permanecía así algunos minutos, cual si fuera de piedra, y
después se volvía por el mismo camino y con lentitud, apagándose su
mirada á medida que se alejaba.
Poco á poco aquel anciano cesó de ir hasta la esquina de la calle de
las Hijas del Calvario; parábase á la mitad del camino en la calle de
San Luis, más lejos unas veces y otras más cerca.
Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde
allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente
la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y
retrocedió sobre sus propios pasos.
Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la
calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá
de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux.
Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van
disminuyendo hasta que por fin se para.
Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo
camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello,
le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante
expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?
La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se
habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados;
aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la
cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las
arrugas de su enflaquecido cuello.
Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un
paraguas, que no abría.
Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los
muchachos le seguían riéndose.
LIBRO NOVENO
SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
I
=Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos=
¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán
bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto
de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!
Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.
Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna
pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan
Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas
veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse,
pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en
lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo,
colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa
suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la
desaparición, era el eclipse.
Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar
á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían
poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego
se verán.
La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito
que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite,
y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo,
en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había
confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía
en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución
de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar
lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para
nada aquel dinero.
Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla
también.
Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la
obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos
de Mario.
Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se
conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría
la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía
ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de
lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella
misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había
hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría
de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de
Cosette.
No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan
Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales.
Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella
mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba
más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su
corazón, inclinado á un lado solamente.
Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose
de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente,
supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba
Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por
tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del
Hombre-Armado, á informarse de si el señor Juan había vuelto de su
viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.
Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya
sino una necesidad, Mario.
Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también
ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar
el sepulcro de su padre.
Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y
Cosette se había dejado llevar por él.
Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos,
ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree.
Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho,
«mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los
que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De
ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los
jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta
lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del
tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está
la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á
su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los
jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No
acusemos, pues, á las pobres criaturas.
II
=Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite=
Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se
sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5
al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos
minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo.
Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la
cama.
La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas
con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:
--¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!
--La cazuela está llena del todo.
--Sí comí, respondió Juan Valjean.
--Ved la jarra del agua. Está vacía.
--Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.
--Es igual,--exclamó Juan Valjean.--No tenía ganas más que de agua.
--Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama
calentura.
--Comeré mañana.
--Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse:
comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis
coles que estaban tan ricas!
Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:
--Os prometo comerlas.
--Me tenéis enfadada,--respondió la portera.
Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena
mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie
va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.
De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos
sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á
su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.
Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto.
Estaba siempre acostado.
La portera le había dicho á su marido:
--El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho.
¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que
su hija ha hecho un mal casamiento.
El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:
--Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si
no tiene médico, se morirá.
--¿Y si lo tiene?
--Se morirá también,--dijo el portero.
La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en
lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre
dientes:
--¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.
Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á
pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.
--En el segundo piso,--le dijo.--No hay más que entrar. Como el buen
hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de
afuera. No tenéis más que entrar.
El médico vió á Juan Valjean y le habló.
Cuando bajó, le preguntó la portera:
--¿Y bien, doctor?
--Muy malo está el enfermo.
--¿Qué es lo que tiene?
--Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una
persona querida. Y de eso se muere.
--¿Qué os ha dicho?
--Me ha dicho que se sentía bien.
--¿Volveréis, doctor?
--Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además
de mí.
III
=Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de
Fauchelvent=
Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió
y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve,
y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca.
Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un
esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de
obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos
al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó
copiosamente.
Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de
ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.
Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.
Lo extendió sobre la cama.
Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó
de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después,
aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió
las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en
las habitaciones donde hay difuntos.
Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía
obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la
fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles;
era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han
de reproducirse ya.
Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del
espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había
leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en
aquel espejo y no se reconoció.
Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba
solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por
treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad;
eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su
implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía
aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa
estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las
máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío
en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes
seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.
Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no
corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma
como un cuajo de desesperación.
La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón
viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y
papel.
Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido,
tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente
hacia su boca, y bebió un trago.
Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía
sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos
aquellos queridos objetos.
Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.
De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal;
apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y
tomó la pluma.
Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los
puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca;
fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero;
lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y
luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se
enjugaba el sudor de la frente.
Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:
«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido
razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún
error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente.
Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad
siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo
que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para
recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de
qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de
Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros
vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro.
En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un
yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu
de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con
resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me
ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta
sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se
pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio
ha de ser de color violeta para la joyería de hierro, y negro para la
de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».
Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acometió uno
de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las
profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas
manos y empezó á meditar.
--¡Oh!--exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios
sólo oídos).--Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha
pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh!
¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella,
al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin
verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto
perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para
siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!
En aquel momento llamaron á la puerta.
IV
=Botella de tinta que sólo blanquea=
Aquel mismo día, ó mejor dicho, aquella misma tarde, en el momento de
levantarse Mario de la mesa y entrar en su gabinete para examinar unos
autos, le entregó Vasco una carta, diciéndole que la persona que la
había escrito aguardaba en la antesala.
Cossette había cogido del brazo al abuelo, y daba una vuelta por el
jardín.
Hay cartas, como ciertos hombres, que tienen mala sombra. Papel basto,
plegado grosero; son misivas que desagradan solamente el verlas.
La carta presentada por Vasco era de esta especie.
Mario la tomó y sintió que olía fuertemente á tabaco. Nada despierta un
recuerdo como un olor. Mario reconoció aquel tabaco. Miró el sobre: _Al
señor barón de Pontmercy. En su casa._
Conocido el tabaco, le fué muy fácil conocer la letra. Puede decirse
que el asombro desprende relámpagos. Uno de esos relámpagos iluminó á
Mario.
El olfato, misterioso auxiliar de la memoria, acababa de hacer revivir
en él todo un mundo. Era aquél el mismo papel, igual la manera de
doblarlo, idéntico el color de la tinta blanquizca, la letra conocida,
y sobre todo el mismo tabaco. Veía en ello el desván de Jondrette.
Luego, ¡extraño capricho del azar! una de las dos pistas que tanto
había buscado, la misma por la cual había hecho últimamente tantos
esfuerzos, y que creía perdida para siempre, venía por sí misma á
ofrecérsele.
Abrió con avidez la carta, y leyó:
«Señor barón:
«Si el Ser Supremo me hubiese dado el talento necesario, habría podido
ser el barón de Tenard, miembro del Instituto (Academia de Ciencias);
pero no lo soy. Llevo únicamente el mismo nombre que él: ¡feliz yo
si este recuerdo me recomienda á la excelencia de vuestras bondades.
El beneficio con que me honréis será recíproco. Poseo un secreto
concerniente á cierto individuo, y cuyo individuo os concierne á vos.
El secreto está á vuestra disposición, pues deseo tener el honor de
seros útil. Os proporcionaré el medio sencillo de arrojar de vuestra
honorable familia al tal individuo, que no tiene derecho alguno para
estar en ella, siendo como es la señora baronesa de muy elevada
alcurnia. El santuario de la virtud no podría cobijar por más tiempo al
crimen, sin abdicar.
«Espero en la antesala las órdenes del señor barón.
«Soy con la mayor consideración».
La carta iba firmada: «TENARD».
Esta firma no era falsa, sino únicamente un poco abreviada.
Por lo demás, el estilo, vago y ampuloso, y la ortografía, completaban
la revelación. El certificado de origen era evidente. No cabía duda
alguna posible.
La emoción de Mario fué profunda. Después del movimiento de sorpresa,
experimentó un movimiento de felicidad. Si lograba encontrar luego al
otro á quien buscaba, á su salvador, ya no le quedaba nada que apetecer.
Abrió un cajón de su papelera, tomó algunos billetes de banco, los
guardó en el bolsillo, volvió á cerrar y tiró de la campanilla. Vasco
entreabrió la puerta.
--Que pase,--dijo Mario.
Vasco anunció.
--El señor Tenard.
Entró un hombre.
Nueva sorpresa para Mario. El hombre que entraba le era perfectamente
desconocido.
Este hombre, además de viejo, tenía abultada la nariz, la barba
dentro la corbata, anteojos verdes, dobles con pantalla de tafetán,
el pelo peinado sobre la frente hasta el nacimiento de las cejas,
como la peluca de los cocheros de la aristocracia inglesa, canoso y
completamente vestido de negro, negro bastante raído, pero aseado; del
bolsillito del pantalón le salía una cadena con sellos, llavecitas
y otras baratijas, haciendo suponer un reloj. Llevaba en la mano un
sombrero viejo. Iba un poco encorvado, y la curvatura de su espalda se
aumentaba con la profundidad del saludo.
Lo que á primera vista chocaba era que el frac de este personaje,
demasiado ancho, aunque cuidadosamente abotonado, no parecía hecho para
él. Aquí es necesario una digresión breve.
Vivía en París, en aquella época, calle de Beautreillis, cerca del
Arsenal, en un cuartucho obscuro, un judío ingenioso, cuya profesión
era convertir á un tunante en hombre honrado; pero no por mucho tiempo,
lo cual hubiera podido ser incómodo al tunante. El cambio se hacía á
la vista, por uno ó dos días, á razón de treinta sueldos diarios, por
medio de un traje que se pareciese todo lo posible á la honradez de los
demás hombres. Aquel alquilador de vestidos se llamaba el _Cambiante_,
nombre que le habían dado los rateros parisienses á falta de otro.
Poseía un vestuario completo, adecuado en lo posible á las diferentes
clases de personas. Tenía sus especialidades y categorías. De cada
clavo de su almacén pendía, gastada y ajada, alguna condición social:
aquí la ropa del magistrado, allí la del cura, más allá la de banquero,
en un rincón el uniforme de militar retirado, en otro el traje del
literato, más lejos el del hombre de Estado.
Era el tal individuo el guarda ropero del inmenso drama que la
truhanería representa en París.
Su casucha era el entrebastidor de donde salía el robo y volvía á
entrar luego la estafa.
Llegaba á ese vestuario un bribón andrajoso, depositaba treinta
sueldos, y escogía, según el papel que se proponía representar aquel
día, el traje á propósito; y al bajar la escalera era ya, el bribón,
alguien.
Al día siguiente, la ropa era fielmente devuelta; y el Cambiante, que
lo confiaba todo á los ladrones, no era jamás robado.
Aquellos trajes tenían un inconveniente, y era que no estando hechos
para los que los llevaban, «no les sentaban mucho»: para unos
resultaban estrechos, para otros anchos, y á nadie se amoldaban.
Cualquier tunante que excediese de la estatura media, ó que fuese
demasiado grueso ó demasiado flaco, no podía estar bien embutido en los
trajes del Cambiante, quien sólo había previsto la talla común de los
hombres.
Tomó la medida de la especie en el primero que le vino á mano, quien no
resultó ser grueso ni delgado, alto ni bajo. De ahí las dificultades
de adaptar los vestidos á los parroquianos. ¡Tanto peor para las
excepciones!
El traje de hombre de Estado, por ejemplo, negro de arriba abajo,
y apropiado por lo tanto, habría sido anchísimo para Pitt y harto
estrecho para Castelcicala. El vestido de _hombre de Estado_ se hallaba
designado como sigue en el catálogo del Cambiante; no hacemos más que
copiar:
«Frac de paño negro, pantalón de cuero lana negro, chaleco de seda,
botas y camisolín».
Al margen decía: _antiguo embajador_; había esta nota, que también
transcribimos:
«En una caja por separado: una peluca convenientemente rizada, anteojos
verdes, colgantes de reloj, y dos cañoncitos de pluma de una pulgada de
largo, cubiertos de algodón».
Todo esto correspondía al hombre de Estado, antiguo embajador.
Hallábase todo este vestido, si puede decirse así, extenuado; las
costuras blanqueaban; por uno de los codos asomaba ya en principio el
forro; faltábale además al frac uno de los botones del pecho, falta
poco importante, pues debiendo estar siempre la mano del hombre de
Estado bajo el frac y sobre el corazón, tenía por empleo disimular el
botón.
Si Mario hubiese estado familiarizado con las instituciones ocultas de
París, habría reconocido enseguida, sobre las espaldas del visitante,
que Vasco acababa de introducir, el frac del hombre de Estado
descolgado de la percha del Cambiante.
La contrariedad de Mario, al ver entrar otro individuo que el que
esperaba, se volvió en desgracia para el recién llegado.
Examinóle de pies á cabeza, mientras que el personaje se inclinaba
desmesuradamente, preguntándole con sequedad:
--¿Qué se os ofrece?
El hombre respondió con cierto amable saludo que hubiera podido creerse
ser la cariñosa sonrisa de un cocodrilo:
--Paréceme imposible que no haya yo tenido el honor de haber visto al
señor barón en sociedad. Puede que fuese, tal vez, hace algunos años,
en casa de la señora princesa de Bagratión, y en los salones de su
señoría el vizconde Dambray, par de Francia.
Es siempre táctica artera de los tunantes aparentar conocer á alguien á
quien no se conoce.
Mario escuchaba con atención á aquel hombre, espiando el acento y el
gesto; pero su contrariedad crecía: aquélla era una pronunciación
gangosa, absolutamente diferente del sonido de voz agrio y seco que
esperaba. Se hallaba desorientado por completo.
--No conozco--dijo,--ni á la señora princesa de Bagratión, ni al señor
vizconde Dambray. En mi vida he puesto los pies en ninguna de estas
casas.
La respuesta era brusca; sin embargo, el personaje, cortés á pesar de
todo, insistió:
--¡Entonces ha debido de ser en casa de Chateaubriand donde os he
visto! Conozco mucho á Chateaubriand. Es muy afable. Algunas veces me
dice: «Pero, Tenard, amigo mío, ¿no me acompañaréis á beber una copa?».
La frente de Mario se iba poniendo cada vez más severa y prorrumpió:
--Nunca he tenido el honor de ser recibido por el señor Chateaubriand.
Abreviemos. ¿Qué es lo que queréis?
El hombre ante aquel tono más duro, saludó más profundamente.
--Señor barón, dignaos escucharme. Hay en América, en un país por
el lado de Panamá, un pueblo que se llama la Joya. Este pueblo se
compone de una sola casa. Esta gran casa consta de tres pisos, y está
edificada con adobes secados al sol; cada fachada del cuadrado tiene
quinientos pies de largo, y cada piso entra adentro doce pies sobre el
piso inferior para dejar delante de sí una azotea que da la vuelta al
edificio; hay en el centro un patio, donde se encuentran los víveres
y las municiones; en lugar de ventanas, troneras; en lugar de puerta,
escalas; escalas para subir del suelo á la primera azotea, y de ésta
á la segunda, y de la segunda á la tercera; escalas para bajar al
patio interior; en vez de puertas en los cuartos, trampas; en vez de
escaleras á las habitaciones, escalas; por la noche se cierran las
trampas, se retiran las escalas, asoman trabucos y carabinas por las
troneras, y no queda medio alguno de entrar; de día casa, de noche
ciudadela; ochocientos habitantes: tal es este pueblo.
«¿Por qué tantas precauciones? Porque el país es peligroso, porque está
lleno de antropófagos. Entonces ¿por qué van á él? Porque es un país
maravilloso. Allí se encuentra oro».
--¿Y adónde vais á parar contando eso?--interrumpió Mario, quien de la
contrariedad pasaba á la impaciencia.
--Á esto, señor barón. Yo soy un antiguo diplomático fatigado. La
civilización antigua me clava sus dientes, y quiero probar cómo se pasa
la vida entre salvajes.
--¿Y luego?
--Señor barón, el egoísmo es la ley del mundo. La aldeana proletaria
que trabaja á jornal, vuelve la cabeza cuando pasa la diligencia; la
aldeana propietaria que cultiva su campo, no la mira siquiera. El perro
del pobre ladra tras el rico; el perro del rico ladra tras el pobre.
Cada cual para sí. El interés: tal es el objeto de los hombres. El oro:
tal es su imán.
--¿Qué más? acabad.
--Quisiera ir á establecerme á Joya. Somos tres; tengo mi esposa y una
hija soltera, niña lindísima. El viaje es largo y costoso, y necesito
algún dinero.
--¿Y qué tengo yo que ver en ello?--preguntó Mario.
El desconocido sacó el cuello fuera de la corbata, ademán natural de
los buitres y replicó sonriendo de nuevo:
--¿No habéis leído mi carta, señor barón?
Había algo de verdad en ello. El hecho es que el contenido del escrito
había pasado desapercibido para Mario. Se había fijado sólo en la
letra, sin atender á la carta. Apenas recordaba lo que decía. Pero
hacía un momento había despertado en él cierta idea, al oir esta frase:
«Mi esposa y una hija soltera».
Tenía clavada sobre el desconocido su mirada penetrante. Un juez no
habría escudriñado mejor á un reo. Casi casi le espiaba. Limitóse á
responder:
--Sed explícito.
El desconocido metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, irguió
la cabeza sin enderezar la espina dorsal, pero examinando por su parte
á Mario con la mirada verde de sus anteojos.
--Vaya, pues, señor barón, seré explícito. Tengo un secreto que
venderos.
--¿Un secreto?
--Un secreto.
--¿Que me concierne?
--Un poco.
--¿Qué secreto es éste?
Mario continuaba examinando más y más al individuo mientras le
escuchaba.
--Empiezo gratis,--dijo el desconocido.--Vais á ver cómo es interesante
lo que digo.
--Hablad.
--Señor barón, tenéis un ladrón y un asesino en vuestra casa.
Mario se estremeció y dijo:
--¿En mi casa? No.
El desconocido, imperturbable, pasó el codo por la superficie del
sombrero, y continuó:
--Asesino y ladrón. Advertid, señor mío, que no hablo de hechos
antiguos, atrasados, caducos, que pueden ser borrados por la
prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de
hechos recientes, de hechos presentes, de hechos ignorados aún de la
justicia.--Y continuó:--Este hombre ha penetrado en vuestra confianza
y casi en vuestra familia, bajo un nombre falso. Voy á decir su nombre
verdadero, y á decíroslo de balde.
--Ya escucho.
--Se llama Juan Valjean.
--Lo sé.
--Voy á deciros, también de balde, quien él es.
--Decid.
--Un antiguo presidiario.
--Lo sé.
--Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.
--No. Lo sabía ya.
El tono frío de Mario, su doble réplica de _lo sé_, su laconismo
refractario al diálogo, despertaron en el desconocido cierta cólera
sorda. Asestó á Mario, á hurtadillas, una mirada furiosa, que se apagó
enseguida; pero por rápida que fuese, era una de aquellas miradas que
se reconocen cuando se las ha visto una vez; no se le escapó á Mario.
Ciertas llamaradas no pueden saltar sino de ciertas almas; la pupila,
ese respiradero del pensamiento, las arroja fuera, y no las encubren
los anteojos; ¡ponedle un cristal á la boca del infierno!
El desconocido prosiguió, sonriendo:
--No me permitiré desmentir al señor barón. En todo caso, debéis
apreciar que estoy bien enterado. Ahora, lo que voy á comunicaros,
únicamente lo sé yo, yo solo, é interesa á los bienes de la señora
baronesa. Es un secreto extraordinario, y que está en venta. Os lo
ofrezco antes que á nadie. Barato: veinte mil francos.
--Conozco ese secreto, como conozco los demás,--dijo Mario.
El personaje conoció la necesidad de rebajar algo de su precio.
--Señor barón, dadme diez mil francos y hablo.
--Os repito que no tenéis nada que revelarme. Sé lo que me queréis
revelar.
Los ojos de aquel hombre despidieron un nuevo relámpago. Luego exclamó:
--Es indispensable, sin embargo, que coma hoy. Os digo que es un
secreto extraordinario. Señor barón, voy á hablar. Hablo. Dadme veinte
francos.
Mario se le quedó mirando.
--Conozco vuestro secreto extraordinario; y como sabía el nombre de
Juan Valjean, sé también vuestro nombre.
--¿Mi nombre?
--Sí.
--No es difícil, señor barón. He tenido el honor de escribiros y
decíroslo. Thénard.
--...dier.
--¿Cómo?
--Thénardier.
--¿Quién decís?...
Como se eriza en el peligro el puerco-espín, se hace el muerto el
escarabajo, y la guardia veterana se forma en cuadro, aquel hombre se
echó á reir.
Después sacudió de un papirotazo una mota de polvo sobre la manga de su
frac.
Mario continuó:
--Sois igualmente el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta
Genflot, el español Álvarez y la señora Balizard.
--¿La señora qué?
--Y habéis tenido un tabernucho en Montfermeil.
--¡Un tabernucho! Jamás.
--Yo os digo que sois Thénardier.
--Lo niego.
--Y que sois un miserable. Tomad.
Mario sacó de su bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó á la cara.
--¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!
Y el hombre, admirado, saludaba, cogiendo el billete, y examinándolo.
--¡Quinientos francos!--repetía absorto, y balbuceó á media voz:--¡Un
cucurucho de veras!
Luego exclamó bruscamente:
--Pues bien, sea. Afuera estorbos.
Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás el pelo,
arrancándose los anteojos, sacando de la nariz y escamoteando los dos
cañoncitos de pluma de que hemos hablado, y que figuran también en otra
página de este libro, quitóse el rostro como se quita cualquiera el
sombrero.
Sus ojos se inflamaron; la frente, desigual, surcada, abultada á
trechos, atrozmente arrugada por lo alto, se mostró al descubierto; la
nariz volvió á ser aguda como pico de ave; y reapareció el perfil feroz
y sagaz del hombre de rapiña.
--El señor barón es infalible,--dijo con voz clara y sin ganguear
ya;--soy Thénardier.
Y enderezó su corcovada espalda.
Thénardier, pues, era él en efecto, se había quedado singularmente
sorprendido, y hasta se hubiese turbado, á ser de ello capaz.
Quiso producir asombro, y era él quien se asombraba de verse
descubierto. Pagábanle aquella humillación con quinientos francos, y la
aceptaba á todo evento; pero no por eso dejaba de estar menos aturdido.
Veía por primera vez á aquel barón de Pontmercy y á pesar de su
disfraz, este barón le reconocía y le conocía á fondo. Y no sólo estaba
aquel barón enterado de la historia de Thénardier, sino que parecía
estarlo también de la de Juan Valjean. ¿Quién era, pues, aquel joven,
casi imberbe, tan glacial y generoso, que sabía los nombres de las
gentes, que sabía todos sus nombres, que les abría su bolsillo, que
desconcertaba á los bribones como un juez, y los pagaba como un imbécil?
Thénardier, como sabemos, aunque vecino un tiempo de Mario, no le había
visto nunca, cosa frecuente en París; había, sí, oído vagamente hablar
á sus hijas de un joven muy pobre, llamado Mario que vivía en la casa,
y á quien escribió, sin conocerle, la carta de que está ya enterado el
lector.
Ninguna relación podía existir en su mente entre aquel Mario y el barón
de Pontmercy.
Y en cuanto al nombre de Pontmercy, recuérdese que en el campo de
batalla de Waterloo no había entendido más que las dos últimas sílabas,
respecto á las cuales había siempre conservado el legítimo desdén que
se tiene á lo que no pasa de ser una mera acción de agradecimiento.
Por lo demás, su hija Azelma, á quien encargó buscase la pista de los
novios del 16 de febrero, y sus propias investigaciones personales,
le habían hecho conocer muchas cosas, y desde su fondo de tinieblas
había logrado coger más de un hilo misterioso. Á fuerza de industria
consiguió descubrir, ó por lo menos adivinar por inducciones, quién era
el hombre que había encontrado cierto día en la Gran Cloaca. Del hombre
le costó poco trabajo llegar al nombre.
Sabía que la baronesa de Pontmercy era Cosette, pero, en este punto
se proponía ser discreto; porque ¿quién era Cosette? Ni él mismo lo
sabía con certeza. Entreveía algún nacimiento bastardo: la historia de
Fantina le había parecido siempre ambigua, pero ¿qué sacaría hablando?
¿Hacer que le pagasen su silencio?
Él tenía ó creía tener algo en venta que valía mucho más; y según todas
las apariencias, aquello de ir á decir al barón de Pontmercy, sin el
apoyo de la menor prueba: «_Vuestra esposa es bastarda_», no había
de traer otro resultado que la punta de la bota del marido sobre los
riñones del indiscreto revelador.
En la imaginación de Thénardier, su conversación con Mario no estaba
empezada todavía. Había tenido que retroceder, que modificar su
estrategia, dejar una posición, cambiar de frente; pero nada esencial
se hallaba aún comprometido; y tenía ya quinientos francos en el
bolsillo. Además, tenía algo decisivo que decir, y aun contra aquel
barón de Pontmercy, tan bien enterado y tan bien armado, se sentía con
bríos. Para hombres del temperamento de Thénardier, todo diálogo es un
combate.
¿Cuál era su situación en el duelo que iba á empeñarse? No sabía á
quién hablaba, pero sí sabía de lo que él hablaba. Pasó así rápidamente
esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho: _Yo soy
Thénardier_, quedó esperando.
Mario estaba también pensativo. Al fin tenía delante de sí á
Thénardier, al hombre que tanto había deseado encontrar; y podía, por
lo tanto, hacer cumplido honor á la recomendación del coronel Pontmercy.
Humillábale que aquel héroe debiera algo á aquel bandido, y que la
letra de cambio girada contra él desde el fondo de la tumba por su
padre, estuviese todavía en descubierto. Imaginaba también, en la
situación compleja de su espíritu respecto á Thénardier, que se le
presentaba la coyuntura de vengar al coronel de la desgracia de haber
sido salvado por semejante tuno. De todos modos, estaba satisfecho;
por fin, iba á librar de tan indigno acreedor á la sombra del coronel,
y parecíale que iba á librar también de la prisión, por deudas, la
memoria de su padre.
Al lado de este deber había otro; el de averiguar, si era posible, el
origen de la fortuna de Cosette. La ocasión parecía brindársele. Tal
vez Thénardier supiese algo. Tal vez fuese útil sondear el interior de
aquel hombre.
Por ahí comenzó.
Thénardier, después de guardarse en el bolsillo el «cucurucho de
veras», miraba á Mario con una dulzura casi tierna.
Mario rompió el silencio.
--Thénardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, este vuestro secreto
que veníais á revelarme, ¿queréis que os lo diga? Yo tengo también mis
noticias, y vais á ver que estoy mejor enterado que vos. Juan Valjean,
como habéis dicho, es asesino y ladrón. Es ladrón porque robó á un
rico fabricante, siendo la causa de su ruina, al señor Magdalena. Es
asesino, porque dió muerte al agente de policía Javert.
--No comprendo señor barón,--dijo Thénardier.
--Yo haré que me comprendáis. Oíd. Vivía en un distrito del Paso de
Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido algo que ver
antiguamente con la justicia, y el cual, bajo el nombre de Magdalena,
se había elevado y rehabilitado. Este hombre era un justo en toda la
extensión de la palabra.
«Con una industria, la fabricación de abalorios negros, labró la
fortuna de todo un pueblo. Por su parte, aunque secundariamente, y en
cierto modo por casualidad, reunió también una riqueza considerable.
Era el padre de los pobres. Fundaba hospitales, abría escuelas,
visitaba los enfermos, dotaba á las jóvenes, sostenía á las viudas,
adoptaba á los huérfanos: era una especie de tutor del país. Se negó
á admitir una cruz, y le nombraron alcalde. Un presidiario cumplido
estaba en el secreto de cierta condena en que había incurrido en otro
tiempo aquel hombre; le denunció, fué causa de que le prendiesen, y
se aprovechó de su prisión para venir á París y hacer que el banquero
Laffite (lo sé por el mismo cajero) le entregase, en virtud de una
firma falsificada, una suma de más de medio millón de francos, que
pertenecía al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor
Magdalena es Juan Valjean. En cuanto al otro hecho, nada tenéis que
decirme que yo no sepa. Juan Valjean mató al agente Javert de un
pistoletazo. Yo, que os estoy hablando, estaba allí presente».
Thénardier miró á Mario con ese ademán soberano del hombre derrotado
que se repone para conseguir la victoria, y vuelve á ganar en un minuto
todo el terreno perdido.
Mas no tardó en reaparecer su sonrisa; el inferior respecto al superior
debe disimular modestamente el triunfo.
Thénardier se limitó á decir á Mario:
--Señor barón, nos hemos extraviado.
Y apoyó esta frase, haciendo girar con un expresivo molinete los
pendientes del supuesto reloj.
--¡Cómo!--repuso Mario.--¿Lo dudáis? Se trata de hechos.
--Ó de quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone
el deber de decírselo así. Ante todo, la verdad y la justicia. No me
gusta ver que se acuse á nadie injustamente. Señor barón, Juan Valjean
no ha robado al señor Magdalena, ni Juan Valjean ha matado á Javert.
--¡Mucho asegurar es ello! ¿Y cómo no?
--Por dos razones.
--¿Cuáles? hablad.
--He aquí la primera: no ha robado al señor Magdalena, puesto que el
señor Magdalena es el mismísimo Juan Valjean.
--¿Qué estáis diciendo?
--Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató á Javert,
es Javert mismo.
--¿Qué queréis decir?
--Que Javert se suicidó.
--¡Probádmelo! ¡Probádmelo!--gritó Mario fuera de sí.
Thénardier repitió, midiendo su frase á la manera de los antiguos
alejandrinos:
--El agente de policía Javert fué encontrado ahogado debajo de una
banca en el Pont au change.
--¡Pero, probádmelo!
Thénardier sacó del bolsillo del pecho un gran rollo de papel gris que
parecía contener varios pliegos doblados de diferentes tamaños.
--Tengo mi expediente en regla,--dijo con calma.
Y añadió:
--Señor barón, en interés vuestro, he tratado de conocer á fondo á Juan
Valjean. Repito que Juan Valjean y el señor Magdalena son un hombre
mismo, y que Javert no tuvo otro asesino que Javert; y cuando así os lo
digo, es porque tengo pruebas. No pruebas manuscritas; lo escrito es
sospechoso, lo escrito es complaciente, sino pruebas impresas.
Y así diciendo, entresacaba Thénardier de su legajo dos números de
periódicos ya amarillos, ajados y oliendo fuertemente á tabaco.
Uno de aquellos números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose en
pedazos cuadrados, parecía mucho más antiguo que el otro.
--Dos hechos, dos pruebas,--dijo Thénardier.
Y alargó á Mario los dos periódicos desdoblados.
El lector los conoce ya. Uno, el más antiguo, era un número de la
_Bandera Blanca_ del 25 de julio de 1823, cuyo texto ha podido verse
en la segunda parte de este libro, el cual establecía la identidad de
Magdalena y Juan Valjean.
Era el otro periódico un _Monitor_ del 15 de julio de 1832, en que
constaba el suicidio de Javert, añadiendo que resultaba de un informe
verbal del mismo Javert al prefecto, que, hecho prisionero en la
barricada de la calle de la Chanvrerie, había debido la vida á la
magnanimidad de un insurrecto que, teniéndole bajo su pistola, en vez
de levantarle la tapa de los sesos, había disparado al aire.
Mario leyó.
Había allí evidencia, certeza perfecta, prueba irrefragable; aquellos
dos periódicos no se habían impreso expresamente para apoyar los
asertos de Thénardier; la nota publicada en el _Monitor_ había sido
comunicada oficialmente por la prefectura de policía. Mario no podía
dudar.
Las noticias del dependiente de Laffitte eran falsas, y él, él mismo se
había equivocado.
Juan Valjean, engrandecido de súbito, salía de la nube. Mario no pudo
contener un grito de alegría.
--¡Entonces ese desgraciado es un hombre admirable! ¡Entonces ese
caudal era verdaderamente suyo! ¡Es Magdalena, la providencia de toda
una comarca! ¡Es Juan Valjean, el salvador de Javert! ¡Es un héroe! ¡Es
un santo!
--Ni héroe ni santo,--contestó Thénardier,--sino asesino y ladrón.
Añadiendo con el tono del que empieza á sentirse con cierta autoridad:
--Procedamos con calma.
Ladrón, asesino; estas palabras que Mario creía desaparecidas, y que
surgían de nuevo, cayeron sobre él como una ducha de nieve.
--¡Todavía!--exclamó.
--Siempre,--contestó Thénardier.--Juan Valjean no robó á Magdalena,
pero es un ladrón; no ha muerto á Javert, pero es un asesino.
--¿Habláis acaso--repuso Mario,--de aquel miserable robo de hace
cuarenta años, expiado, como resulta de estos mismos periódicos, por
toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?
--Digo asesinato y robo, señor barón, y repito que hablo de hechos
recientes. Lo que tengo que revelaros, absolutamente desconocido, es
inédito. Y quizá encontréis en ello el origen del caudal hábilmente
ofrecido por Juan Valjean á la señora baronesa. Digo hábilmente,
porque no prueba torpeza de parte suya eso de introducirse, por medio
de semejante donativo, en una casa respetable, participando de sus
comodidades, y al propio tiempo ocultar su crimen, disfrutar de lo
robado, encubrir su nombre y crearse una familia.
--Pudiera interrumpiros,--observó Mario;--pero continuad.
--Señor barón, voy á decirlo todo, dejando la recompensa á vuestra
generosidad. Este secreto vale oro macizo. Vos me diréis, ¿por qué no
te has dirigido á Juan Valjean? Por una razón muy sencilla. Sé que se
ha desapropiado... y desapropiado en favor vuestro, combinación que me
parece ingeniosa; pero ya no posee un sueldo, y él me enseñaría sus
manos vacías; y como necesito algún dinero para emprender mi viaje á
Joya, os prefiero á vos que lo tenéis todo, á él que nada vale ya.
Estoy algo fatigado, permitidme que tome una silla.
Mario se sentó y le indicó que podía sentarse.
Thénardier se arrellanó en una silla de tapicería, recogió los dos
periódicos, los envolvió en el rollo, y marcando con la uña la _Bandera
Blanca_, dijo á media voz:
--¡Éste sí que me ha costado trabajo de encontrar!
Cruzó luego ambas piernas y se arrellanó de espaldas, en actitud propia
del que se cree seguro de lo que dice. Entrando luego en materia,
continuó gravemente y acentuando la frase:
--Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace apenas un año, el día del
motín, se encontraba un hombre en la Gran Cloaca de París, por el lado
donde la alcantarilla desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y
el de los Inválidos.
Mario acercó bruscamente su silla á la de Thénardier. Éste notó el
movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de su
auditorio, y que siente las palpitaciones del adversario á cada una de
sus palabras.
--Ese hombre, á fuerza de esconderse, por razones ajenas á la política,
había elegido la alcantarilla por domicilio, y tenía una llave de la
reja.
Era, repito, el 6 de junio; podían ser como las ocho de la tarde. El
hombre oyó ruido en la alcantarilla; por lo que, muy sorprendido, se
acurrucó poniéndose á espiar. Era ruido de pasos; alguien caminaba por
entre las tinieblas, adelantándose hacia aquel lado. Cosa extraña:
haber otro que él en la alcantarilla. La reja de salida no estaba
lejos, y la escasa luz que entraba por ella le permitió reconocer al
recién venido, y ver que llevaba algo á cuestas. Andaba casi doblado.
Y aquel hombre que de aquel modo caminaba encorvado, era un antiguo
presidiario, y lo que llevaba sobre sus hombros era un cadáver.
Flagrante delito de asesinato, si le hubo jamás.
«En cuanto al robo, el mismo hecho lo estaba diciendo; no se mata de
balde á ningún hombre.
«El presidiario iba á arrojar aquel cadáver al río. Conviene advertir
que, antes de llegar á la reja de salida, el presidiario, que venía de
lejos por lo interior de la alcantarilla, debió forzosamente tropezar
con un hundimiento espantoso, donde parece que hubiera podido dejar
el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en aquel
hundimiento, habrían descubierto al hombre asesinado; lo cual no
entraba sin duda en los cálculos del asesino. Prefirió atravesar el
cenagal con su carga, y sus esfuerzos debieron ser horrorosos. Es
imposible arriesgar más por completo la vida; no comprendo como acertó
á salir de allí vivo».
La silla de Mario se acercó más aún, y Thénardier aprovechó este
segundo movimiento para respirar á sus anchas. Luego prosiguió:
--Señor barón, una alcantarilla no es el Campo de Marte. Allí todo
falta, hasta sitio. Así es que cuando la ocupan dos hombres, es preciso
que se encuentren. Esto fué lo que sucedió.
«El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse los buenos días,
sin ganas por parte de uno ni otro. El transeúnte dijo al domiciliado:
'_Ves lo que llevo á cuestas, es preciso que salga de aquí; tienes la
llave, dámela_'. El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas,
y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave
parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; más sólo
pudo averiguar que era joven, de buena apostura, aire de persona
rica, y que estaba completamente desfigurado por la sangre. Y así
hablando, halló medio de desgarrar y arrancar, sin que lo advirtiese
el asesino, un pedazo de faldón de la levita del hombre asesinado.
Pieza de convicción, ¿entendéis? medio para descubrir la pista y
probarle al criminal su crimen. Guardóse en el bolsillo la pieza de
convicción; después de lo cual abrió la reja, dejó salir al presidiario
con su estorbo á cuestas, volvió á cerrar la reja y se puso en salvo,
no cuidando de seguir el desenlace de la aventura, y sobre todo no
queriendo estar allí cuando el asesino arrojase al asesinado al río.
«¿Me comprendéis ahora? el que llevaba el cadáver era Juan Valjean, el
que tenía la llave os está hablando en este momento; y el pedazo de
levita...».
Thénardier acabó la frase sacando del bolsillo y sosteniendo á la
altura de los ojos, cogido entre sus dos pulgares y sus dos índices, un
girón de paño negro rasgado, y lleno de manchas obscuras.
Levantóse Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el
pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los
ojos de aquel harapo, retrocedió hacia la pared, con la mano derecha
extendida detrás de sí, buscando á tientas una llave puesta en la
cerradura de una alacena, cerca de la chimenea.
Encontró la llave, abrió la alacena é introdujo el brazo sin volver el
rostro ni separar su pupila asustada, del harapo que Thénardier tenía
desplegado.
Sin embargo, Thénardier continuó diciendo:
--Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven
asesinado era un extranjero opulento, atraído por Juan Valjean á una
emboscada, y portador de una suma enorme.
--¡El joven era yo, y aquí está la levita!--gritó Mario, arrojando en
el suelo una vieja levita negra, completamente manchada de sangre.
Luego, arrancando el girón de manos de Thénardier, se inclinó sobre la
levita y aplicó al faldón roto el pedazo arrancado. Lo desgarrado se
adaptaba exactamente, y el girón completaba la levita.
Thénardier estaba petrificado, y dijo para sí: «Me aplastó».
Levantóse Mario tembloroso, desesperado, radiante.
Metió la mano en su bolsillo, y se dirigió furioso hacia Thénardier,
presentándole y casi apoyando sobre su rostro el puño lleno de billetes
de quinientos y de mil francos.
--¡Sois un infame, un embustero, un calumniador, un malvado! Veníais
á acusar á este hombre, y le habéis justificado; queríais perderle, y
solo habéis conseguido glorificarle. ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois
el asesino! Á vos, Thénardier, á vos, Jondrette, os he visto yo mismo
en la casucha del boulevard del Hospital. Y sé de vos lo suficiente
para mandaros á presidio, y más alto aún, si quiero. ¡Tomad esos mil
francos, gran canalla!
Y arrojó un billete de mil francos á Thénardier.
--¡Ah! ¡Jondrette, Thénardier, vil impostor! ¡Que os sirva esto de
lección, chalán de secretos, mercader de misterios, desenterrador de
tinieblas, miserable! ¡Tomad otros quinientos francos, y salid de aquí!
Waterloo os protege.
--¡Waterloo!--murmuró Thénardier, guardándose los quinientos francos
junto con los mil primeros.
--¡Sí, asesino! Allí salvaste la vida á un coronel...
--Á un general,--dijo Thénardier, levantando la cabeza.
--¡Á un coronel!--replicó Mario colérico. Yo no daría un ochavo por
un general. ¡Y venís aquí á cometer infamias! Os digo que habéis
cometido todos los crímenes. ¡Salid! ¡Quitaos de mi vista! Sed feliz al
menos, es cuanto deseo. ¡Ah, monstruo! He aquí otros tres mil francos.
Tomadlos, y partid mañana mismo para América, con vuestra hija, porque
vuestra mujer ha muerto, despreciable embustero. Yo vigilaré vuestra
partida, bandido, y en el momento de salir os daré todavía veinte mil
francos. ¡Id á que os ahorquen á otra parte!
--Señor barón, respondió Thénardier, inclinándose hasta el suelo,
gratitud eterna.
Y salió de la casa, sin comprender una palabra, atónito y contento de
verse dulcemente abrumado bajo sacos de oro, y de aquella tormenta que
descargaba sobre su cabeza en billetes de banco.
Herido por el rayo y satisfecho, ¡cuánto hubiera sentido Thénardier
estar al abrigo de un para rayos contra semejantes descargas!
Concluyamos de una vez con este personaje, y digamos cuál fué su
paradero.
Dos días después de los sucesos que vamos refiriendo, salió, gracias á
Mario, para América, bajo un nombre supuesto, y en compañía de su hija
Azelma, provisto de una letra de cambio de veinte mil francos sobre
Nueva York.
La miseria moral de Thénardier, del caballero fingido, era
irremediable; fué en América lo que había sido en Europa. El contacto
de un hombre perverso basta á veces para bastardear una buena acción,
haciendo salir de ella una cosa mala. Con el dinero de Mario,
Thénardier se hizo negrero.
En cuanto Thénardier estuvo en la calle, corrió Mario al jardín donde
Cosette estaba paseando todavía.
--¡Cosette! ¡Cosette!--la gritó.--¡Ven! ¡Ven pronto! Marchemos. ¡Vasco,
un coche! Ven, Cosette. ¡Ay, Dios mío! ¡Él es quién me había salvado la
vida! ¡No perdamos un minuto! Ponte el chal.
Cosette le creyó loco, pero obedeció.
Mario no respiraba; llevaba la mano al corazón para comprimir los
latidos, iba y venía á grandes pasos, abrazaba á Cosette.
--¡Ay, Cosette!--la decía.--¡Soy un desgraciado!
Estaba desalentado; comenzaba á entrever en aquel Juan Valjean una
grande y sombría figura. Aparecíasele una virtud inaudita, suprema y
dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en
Cristo; semejante prodigio deslumbraba á Mario. No sabía precisamente
lo que veía, pero sí que era grande.
Á los pocos minutos un coche estuvo delante de la puerta.
Mario hizo subir á Cosette, y se precipitó enseguida dentro.
--Cochero,--dijo,--calle del Hombre Armado, número 7.
Partió el coche.
--¡Ah, qué felicidad!--exclamó Cosette.--Á la calle del Hombre Armado.
No me atrevía á hablarte de ella. Vamos á ver al señor Juan.
--¡Á tu padre, Cosette! Tu padre, más que nunca. Ahora adivino,
Cosette. Me dijiste no haber recibido la carta que te mandé con
Gavroche. Cayó sin duda en sus manos, y fué á la barricada para
salvarme. Como en él es una necesidad el ser un ángel, de paso salvó
á otros también; salvó á Javert. Me arrancó de aquel abismo para
entregarme á ti. Me llevó sobre sus hombros por dentro de la horrible
cloaca. ¡Ah! Soy un monstruo de ingratitud. Cosette, después de
haber sido él tu providencia, fué la mía. ¡Figúrate que había allí
un espantoso hundimiento, para ahogarse mil veces, para ahogarse en
cieno, Cosette! ¡Y lo atravesó conmigo á cuestas! Yo estaba desmayado,
no veía, no oía, no podía saber nada de mi propia aventura. Vamos á
traérnosle á casa, á tenerle con nosotros, que quiera ó no; no ha de
volver á separarse de nuestro lado. ¡Con tal que esté! ¡Con tal que le
encontremos! Pasaré el resto de mi existencia venerándole.
«Sí, así debió ser; ya lo ves, Cosette. Á él fué á quien entregaría mi
carta Gavroche. Todo se explica... ¿Comprendes?».
Cosette no entendía una palabra.
--Tienes razón,--le dijo.
Entre tanto el coche iba corriendo.
V
=Noche tras de la cual se encuentra el día=
Al golpe que oyó sonar en la puerta, volvióse Juan Valjean.
--Adelante,--dijo débilmente.
Abrióse la puerta, y aparecieron Cosette y Mario.
Cosette se precipitó en el cuarto.
Mario permaneció en el umbral, de pie y apoyado contra el quicio de la
puerta.
--¡Cosette!--exclamó Juan Valjean.
Y se incorporó en la silla, con los brazos abiertos y trémulos, lívido,
siniestro, con una alegría inmensa en los ojos.
Cosette, sofocada por la emoción, cayó sobre el pecho de Juan Valjean,
exclamando:
--¡Padre!
Juan Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:
--¡Cosette, ella! ¡Vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ay, Dios mío!
Y sintiéndose estrechar entre los brazos de Cosette, exclamaba:
--¡Eres tú! ¡Sí, tú eres! ¡Me perdonas, entonces!
Mario, bajando los párpados para contener sus lágrimas, dió un paso, y
murmuró entre sus labios contraídos convulsivamente para no dar salida
á los sollozos:
--¡Padre mío!
--¡Y vos también, vos me perdonáis!--dijo Juan Valjean.
Mario no acertó á encontrar palabras para contestar, y Valjean añadió:
--Gracias.
Cosette se quitó el chal y el sombrero, arrojándolos sobre la cama.
--Esto me molesta--dijo.
Y sentándose sobre las rodillas del anciano, apartó sus cabellos
blancos con un movimiento adorable, y le besó la frente.
Juan Valjean, extasiado, la dejaba hacer.
Cosette, no comprendiendo aquello sino muy confusamente, redoblaba sus
caricias, como si quisiese pagar la deuda de Mario.
Juan Valjean balbuceaba:
--¡Cuán simple es el hombre! Yo creía no volverla á ver. Figuraos,
señor de Pontmercy, que en el momento en que habéis entrado me estaba
yo diciendo: «Todo acabó. Ahí están sus vestiditos; soy un miserable,
no veré más á Cosette». Todo esto me decía yo en el momento mismo en
que estabais vosotros subiendo la escalera. ¡Qué torpe! ¡Se necesita
ser estúpido para no contar con la bondad de Dios! Dios dice: ¿crees
que te van á abandonar, torpe? No. Eso no será así. Sí; hay un buen
hombre que ha menester de un ángel. Y el ángel viene; y uno vuelve
á ver á su Cosette; ¡vuelve á ver á su pequeña Cosette! ¡Ay! ¡Qué
desgraciado era!
Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó:
--Ciertamente, yo necesito ver á Cosette un ratito de cuando en cuando.
Al corazón le hace falta un hueso que roer. Sin embargo, conocía que
estaba de sobra, y me decía interiormente: «Ellos no necesitan de ti;
quédate en tu rincón; nadie tiene derecho á eternizarse». ¡Ah! ¡Bendito
Dios! ¡Vuelvo á verla!
«¿Sabes, Cosette, que tu marido es un guapo mozo?
«¡Oh! llevas un bonito cuello bordado. Perfectamente. El dibujo me
gusta. Lo ha elegido tu esposo, ¿verdad? Y luego, será menester que te
compres cachemires. Señor de Pontmercy, dejadme que la tutee. No será
por mucho tiempo».
Y Cosette, á su vez, le respondía:
--¡Qué picardía habernos dejado así! ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué os
ausentasteis tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres ó
cuatro días. He mandado á Nicolasita, y la respondían siempre: «Está
fuera». ¿Desde cuándo habéis vuelto? ¿Por qué no nos habéis avisado?
¿Sabéis que estáis muy cambiado? ¡Ah, qué padre más malo! ¡Estar
enfermo y no saberlo nosotros! ¡Mira, Mario, toca su mano qué fría está!
--¡Habéis venido también! ¡Con que, es decir, señor de Pontmercy, que
me perdonáis!--repitió Juan Valjean.
Al oir de nuevo estas palabras dichas por Juan Valjean, Mario dió libre
rienda á todos los sentimientos que se agolpaban en su corazón:
--Cosette, ¿no oyes? ¡Insiste en pedirme perdón! ¿Y sabes lo que me
ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún; me ha dado á ti. Y
después de haberme salvado, después de haberte dado á mí, ¿qué ha hecho
de sí mismo? Se ha sacrificado. Tal es ese hombre. Y á mí, el ingrato,
á mí el olvidadizo, á mí el desapiadado; á mí el culpable, me dice:
«¡Gracias!». Cosette, toda mi vida, pasada á los pies de este hombre,
no sería bastante expiación. ¡Aquella barricada, aquel albañal, aquel
pozo, aquella cloaca, todo lo atravesó por mí, por ti, Cosette! Me
llevó á través de todas las muertes que apartaba de mí, y que aceptaba
para él. Ese hombre reúne todos los bríos, todas las virtudes y todos
los heroísmos. ¡Cosette, ese hombre es un ángel!
--¡Chist! ¡Chist!--murmuró por lo bajo Juan Valjean. ¿Á qué viene todo
eso?
--¡Pero vos!--exclamó Mario, con una cólera no desprovista de cierta
veneración. ¿Por qué no lo habéis dicho? Es también culpa vuestra.
¡Salva la vida á las gentes, y lo oculta! Y además, bajo pretexto de
quitarse la máscara, ¡va á calumniarse! Esto es horrible.
--He dicho la verdad,--respondió Juan Valjean.
--No,--replicó Mario; la verdad, es la verdad toda, y vos no lo habéis
dicho todo. Vos fuisteis Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado
á Javert, ¿por qué no decirlo? Yo os debía la vida, ¿por qué no lo
dijisteis tampoco?
--Porque pensaba como vos, y conocía que teníais razón, que era
preciso que yo me fuese. Si os hubiera referido lo de la alcantarilla,
me habríais hecho permanecer á vuestro lado. Debía, pues, callarme.
Hablando, todo se echaba á perder.
--¿Echábase á perder, qué?--repuso Mario.--¿Creéis que vais á quedaros
aquí? Si venís con nosotros. ¡Ay! ¡Dios! ¡Cuando pienso que sólo por
casualidad he sabido todo esto! Sí, sí, os llevamos con nosotros.
Formáis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis
un día más en esta horrible casa. No esperéis estar mañana aquí.
--Mañana,--dijo Juan Valjean, no estaré aquí, pero tampoco estaré en
vuestra casa.
--¿Qué queréis decir?--replicó Mario. Es que no os permitimos ya más
viajes. Ya no os apartaréis de nosotros. Nos pertenecéis, y no os
soltamos.
--Y lo que es ahora va de veras,--añadió Cosette.--Abajo tenemos un
coche. Yo os llevo conmigo. Y, si es menester, emplearé la fuerza.
Y sonriendo, hizo ademán de levantar al anciano en sus brazos.
--Allí está, como siempre, vuestro cuarto en nuestra casa,--prosiguió
ella.--¡Si supiérais qué hermoso se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas
flores! Las calles están enarenadas con arena del río, con sus
conchitas violeta. Comeréis de mis fresas. Yo soy quien las riego.
«Y ya no más señora, ni señor Juan; viviremos en república, todos nos
hablaremos de tú. ¿No es esto, Mario? Se ha cambiado el programa.
¡Padre, si supiérais! ¡He tenido una pena!... Había un petirrojo
anidado en un agujero de la pared, y un pícaro gato se lo ha comido.
¡Mi pobre petirrojo, que sacaba la cabecita de un agujero para mirarme!
He llorado; vaya si he llorado; y de buena gana habría matado al
gato. Pero ahora ya nadie llora; todos ríen, todos son felices. Vais
á veniros con nosotros. ¡Cómo se alegrará el abuelo! Tendréis vuestro
cuadro en el jardín y lo cultivareis á vuestro modo. Veremos si
vuestras fresas valen tanto como las mías. Y después, haré yo todo lo
que queráis, y luego, vos me obedeceréis á mí.
Juan Valjean la escuchaba sin oir.
Percibía la música de su voz, más bien que el sentido de las palabras,
en tanto que una de aquellas lágrimas, que son perlas sombrías del
alma, germinaba lentamente en sus ojos.
Y murmuró:
--La prueba de que Dios es bueno, es la que tengo aquí.
--¡Padre mío!--dijo Cosette.
Juan Valjean continuó:
--No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Allí hay árboles llenos
de pájaros. Me pasearía con Cosette. Es grato estar reunidas las
gentes, y darse los buenos días, y llamarse en el jardín, y estarse
viendo desde por la mañana. Cultivaríamos cada cual un rinconcillo.
Ella me daría sus fresas yo le daría á coger mis rosas. Sería
silencioso, pero...
Se detuvo, y añadió después dulcemente:
--No hay remedio.
La lágrima no cayó, volviendo de nuevo en la órbita, y Juan Valjean la
reemplazó con una sonrisa.
Cosette tomó las dos manos del anciano entre las suyas.
--¡Dios mío!--exclamó.--Vuestras manos están aún más frías. ¿Os sentís
malo? ¿Os duele algo?
--¿Yo? ¡No!--respondió Juan Valjean.--Me siento bien. Pero...
Paróse.
--¿Pero qué?
--Me voy á morir desde luego.
Cosette y Mario se estremecieron.
--¡Morir!--exclamó Mario.
--Sí: pero no es nada,--dijo Juan Valjean.
Respiró, sonrió y repuso:
--Cosette, tú estabas hablando; continúa, háblame más. ¿Con que murió
tu petirrojo? ¡Habla, que oiga yo tu voz!
Mario, petrificado, contemplaba al anciano.
Cosette lanzó un grito desgarrador.
--¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis...
¿Lo entendéis?
Juan Valjean levantó la cabeza hacia ella con adoración.
--¡Oh! Sí, prohíbeme que muera. ¡Quién sabe! Tal vez te obedezca.
Ya estaba en el trance de morir cuando entraste. Y esto me detuvo;
parecióme que renacía.
--Estáis lleno de fuerza y de vida,--observó Mario.--¿Creéis que es así
como se muere? Habéis tenido nuevos disgustos, pero no volveréis ya á
tenerlos. ¡Yo soy quien os pide perdón y de rodillas! Vais á vivir, en
nuestra compañía y por largo tiempo. Ya sois nuestro. ¡Aquí somos dos
cuyo único pensamiento en lo sucesivo será labrar vuestra felicidad!
--Ya veis--repuso Cosette llorando,--que Mario dice que no os moriréis.
Juan Valjean continuaba sonriendo.
--Aunque yo viniera con vosotros, señor de Pontmercy, ¿dejaría por
ello de ser yo quien soy? No; Dios ha pensado como vos y como yo, y no
cambia de dictamen. Es útil que yo parta. La muerte lo arregla todo
bien. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Que seáis
dichosos, que el señor de Pontmercy posea á Cosette, que la juventud
haga alianza con el alba, que haya en torno vuestro, hijos míos, lilas
y ruiseñores; que vuestra vida sea un hermoso césped iluminado por el
sol, que los encantos del cielo inunden vuestra alma, y que ahora yo,
que para nada sirvo, me muera, todo esto es perfectamente armónico.
Seamos razonables; no hay remedio ya; conozco que todo se acabó. Hace
una hora tuve un desmayo. Además, esta noche pasada me he bebido todo
ese jarro de agua que está ahí. ¡Qué bueno es tu marido, Cosette! Con
él estás mejor que conmigo.
Oyóse ruido en la puerta. Era el médico que entraba.
--Buenos días y adiós, doctor,--dijo Juan Valjean.--Aquí tenéis á mis
pobres niños.
Mario se acercó al médico, y le dirigió esta sola
palabra:--¿Señor?...--Pero en la manera de pronunciarla había una
pregunta completa.
El médico respondió á la pregunta con una mirada harto expresiva.
--Porque nos desagraden las cosas,--dijo Juan Valjean,--no hay razón
para ser injustos con Dios.
Hubo un momento de silencio. Todos los pechos estaban oprimidos.
Juan Valjean se volvió hacia Cosette, y se puso á contemplarla como si
quisiera hacer acopio para la eternidad.
En lo profundo de la sombra á que ya había descendido, le era aún
posible el éxtasis mirando á Cosette. La reverberación de aquel dulce
rostro iluminaba su pálido semblante. En el sepulcro puede haber
también deslumbramientos.
El médico le tomó el pulso.
--¡Ah! ¡Érais vosotros lo que le hacía falta!--murmuró dirigiéndose á
Cosette y á Mario.
É inclinándose al oído sólo de Mario, añadió muy por lo bajo:
--Demasiado tarde.
Juan Valjean, sin apartar casi los ojos de Cosette, miró al médico
y á Mario con serenidad. Oyóse salir de su boca esta frase apenas
articulada:
--No es nada el morir; lo espantoso es dejar de vivir.
De repente se levantó.
Estas renovaciones de fuerza son á veces señal de la agonía misma.
Caminó con paso firme hacia la pared, apartó á Mario y al médico que
querían ayudarle, descolgó el crucifijo de cobre, volvió á sentarse con
toda la libertad de movimientos de una salud completa, y dijo en alta
voz, colocando el crucifijo sobre la mesa:
--He aquí al gran Mártir.
Después su pecho se rindió; sintió que se le iba la cabeza, como si
le acometiese el vértigo de la tumba, y apoyadas las manos en las
rodillas, se puso á escarbar con las uñas la tela del pantalón.
Cosette le sostenía los hombros y sollozaba, procurando hablarle, pero
sin poder conseguirlo.
Entre sus palabras, mezcladas con esa saliva lúgubre que acompaña al
llanto, distinguíanse algunas como éstas.
--¡Padre! No me abandonéis. ¿Es posible que sólo os hayamos encontrado
para perderos?
Puede decirse que la agonía serpentea. Ya, viene, se adelanta hacia el
sepulcro, y retrocede hacia la vida. Hay algo de andar á tientas en la
acción de la muerte.
Juan Valjean, después de aquel medio síncope, se serenó, sacudió la
frente como para desprenderse de las tinieblas, y recobró casi, su
completa lucidez.
Tomó un vuelo de la manga de Cosette y la besó.
--¡Vuelve en sí, doctor, vuelve en sí!--exclamó Mario.
--Ambos sois buenos,--dijo Juan Valjean;--voy á deciros lo que me ha
apenado mucho. Me ha causado pena, señor de Pontmercy, que no hayáis
querido tocar á ese dinero. Ese dinero es perfectamente de vuestra
mujer. Voy á explicaros, hijos míos... y por eso me he alegrado más de
veros. El azabache negro viene de Inglaterra y el azabache blanco viene
de Noruega. En el papel que veis ahí, está todo esto, ya lo leeréis.
Para los brazaletes inventé sustituir los cabos simplemente enlazados,
á los cabos soldados. Es más bonito, mejor y más barato. Ya comprendéis
cuánto dinero puede ganarse. Así, el caudal de Cosette es suyo,
legítimamente suyo. Os refiero estos detalles para que tranquilicéis
vuestro espíritu.
La portera había subido, y estaba mirando por la puerta entornada.
El médico la despidió, pero no pudo evitar que aquella buena mujer,
llena de celo, gritase al moribundo:
--¿Queréis un sacerdote?
--Ya tengo uno,--respondió Juan Valjean.
Y con el dedo pareció designar un punto sobre su cabeza, donde se
hubiera dicho que veía á alguien.
Es probable que el obispo asistía, en efecto, á aquella agonía.
Cosette, con mucha suavidad, le colocó una almohada debajo de las
caderas.
Juan Valjean prosiguió:
--Señor de Pontmercy, no temáis, yo os lo ruego. Los seiscientos mil
francos son positivamente de Cosette. Si no disfrutaseis vosotros
de ellos, resultaría perdido todo el trabajo de mi vida. Habíamos
conseguido fabricar muy bien esa clase de abalorios, y rivalizábamos
con lo que se llama bisutería de Berlín. No así con los abalorios
negros de Alemania, por ejemplo, que no podíamos igualar en precio;
una gruesa que contiene mil doscientas cuentas, muy bien talladas, no
cuesta más que tres francos.
Cuando se muere un ser que nos es querido, le miramos con una mirada
que se aferra á él como para retenerle. Los dos, mudos de angustia, no
sabiendo qué decir á la muerte, desesperados y temblorosos, estaban en
pie delante de él; Cosette estrechaba la mano de Mario.
Juan Valjean iba declinando por instantes. Se la veía bajar y acercarse
al sombrío horizonte.
Su respiración era ya intermitente y entrecortada por algún estertor.
Le costaba trabajo cambiar la posición del antebrazo, sus pies habían
perdido todo movimiento, y al propio tiempo que crecía la decadencia de
los miembros y la postración del cuerpo, brillaba toda la majestad del
alma, desplegándose sobre su frente.
La luz del mundo desconocido, era ya visible en sus pupilas.
Su rostro palidecía, pero continuaba sonriendo. No había ya allí la
vida, había otra cosa.
El aliento decrecía, la mirada se sublimaba. Era como un cadáver en el
que se percibiesen alas.
Hizo seña á Cosette de que se acercara, y luego á Mario. Era
evidentemente el último minuto de su hora postrera. Empezó á hablarles
con una voz tan débil que parecía venir de lo lejos, pudiendo ya casi
decirse que desde aquel momento, se interponía un muro entre él y ellos.
--Acércate, acercaos los dos. Os amo mucho. ¡Oh! ¡Qué placer es morir
así! Tú también me amas igualmente, Cosette. Ya sabía yo que te quedaba
siempre algún cariño para este buen viejo. ¡Cuánto te agradezco esta
almohada que me has puesto! Me llorarás un poco, hija mía, ¿verdad? Que
no sea mucho. No quiero que tengas verdaderos pesares. Será preciso que
os divirtáis mucho, hijos míos. Se me olvidaba deciros que las hebillas
sin clavillos dejaban mayor beneficio que todo lo demás. La gruesa,
las doce docenas, salía á unos diez francos, y se vendía en sesenta.
Era verdaderamente un buen negocio. No debéis, pues, extrañaros de los
seiscientos mil francos, señor de Pontmercy. Es un dinero honrado.
Podéis ser ricos tranquilamente.
«Será preciso tener carruaje propio, palco de cuando en cuando en los
teatros, lindos trajes de baile. ¡Cosette mía! y luego dar buenos
convites á los amigos, ser muy felices.
«Ahora le estaba escribiendo á Cosette; ya encontrará mi carta. Le lego
los dos candeleros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para
mí son de oro, son de diamantes; convierten en cirios las velas que en
ellos se ponen. No sé si el que me los dió está satisfecho de mí allá
en lo alto. He hecho cuanto he podido.
«Hijos míos, no olvidéis que soy un pobre, y os encargo que me hagáis
enterrar en el primer rincón de tierra que se os ofrezca para ello,
bajo una piedra para indicar el sitio. Tal es mi voluntad. Nada de
nombre grabado en la piedra. Si Cosette quiere ir allí alguna vez, me
hará favor. Y vos también, señor de Pontmercy. Debo confesaros que no
siempre os he tenido afecto; pídoos perdón por ello. Ahora ella y vos,
ya no sois más que uno para mí.
«Os estoy muy agradecido; conozco que hacéis feliz á mi Cosette. ¡Ay!
Si supierais, señor de Pontmercy; sus hermosas mejillas de rosa eran mi
alegría; cuando la veía algo pálida, ya estaba yo triste.
«Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. No he querido
tocarle. Es para los pobres.
«Cosette, ¿ves tu traje de niña allí sobre la cama? ¿Lo reconoces? Y
sin embargo, hace ya más de diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo!
Hemos sido muy dichosos. Ya se acabó. Hijos míos, no lloréis que no me
voy tan lejos; yo os veré desde allí; no tendréis que hacer otra cosa
que mirar, cuando sea de noche, y me veréis sonreír.
«Cosette, ¿te acuerdas de Montfermeil? Estabas en el bosque, y tenías
miedo. ¿Te acuerdas cuando cogí el asa del cubo lleno de agua? Fué la
primera vez que toqué tu pobre manecita. ¡Qué fría estaba! Entonces
vuestras manos, señorita, estaban bien amoratadas; sin embargo hoy
están bien blancas.
«¿Y la muñeca? ¿Te acuerdas? La llamabas Catalina y sentías no haberla
llevado al convento. ¡Qué de veces me hiciste reir, ángel mío! Cuando
había llovido embarcabas en el arroyo pajitas de trigo y mirabas cómo
se alejaban.
«Un día te di una raqueta de mimbre y un volante con plumas amarillas,
azules y verdes. Tú ya lo habrás olvidado. Eras tan traviesa como
pequeñuela. No hacías más que jugar. Te colgabas las cerezas en las
orejas.
«Todo ello son cosas ya pasadas. Los bosques por donde uno ha andado
con su niña, los árboles bajo los cuales se ha paseado, los conventos
donde uno se ha ocultado, las inocentes risas de la infancia, no pasa
ya todo ello de sombra. Llegué á imaginarme que todo eso me pertenecía,
y ahí estuvo mi error.
[Ilustración: Cosette y Mario, ahogados por el llanto, cayeron de
rodillas besando las frías manos de Juan Valjean]
«Los Thénardier han sido muy malos; pero es menester perdonarlos.
«Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de tu madre.
Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre: Fantina. Arrodíllate cada
vez que lo pronuncies. Ella sufrió mucho, y te quiso muchísimo. Su
desgracia fué tanta como tu dicha. Dios lo ha querido así. Él desde
lo alto nos ve á todos y sabe lo que hace en medio de sus grandes
estrellas.
«Me voy, pues, hijos míos. Amaos siempre mucho. No hay casi otra cosa
que esto en el mundo: amarse. ¿Pensaréis alguna vez en el pobre viejo
que ha muerto aquí?
«¡Oh Cosette mía! No tengo la culpa de no haber ido á verte en estos
últimos tiempos; bastante se me desgarraba el corazón. Iba, sin
embargo, hasta la esquina de la calle, y por cierto que debía causarles
un efecto muy raro á las gentes que me veían pasar como un loco, y á
veces hasta sin sombrero. Hijos míos, empiezo á no ver claro; aún tenía
que deciros muchas cosas, pero es igual. Pensad un poco en mí. Sois
seres benditos. No sé lo que siento, veo como una luz. Acercaos más.
Muero feliz. Dadme vuestras cabezas muy amadas, que pueda poner mis
manos encima».
Cosette y Mario, casi fuera de sí, ahogados por el llanto, cayeron de
rodillas cada cual bajo una de las manos de Juan Valjean. Aquellas
manos augustas no se movían ya.
Él estaba recostado hacia atrás; la luz de los dos candeleros le
alumbraba.
Su pálido semblante miraba al cielo; dejando que Cosette y Mario
cubrieran sus manos de besos.
Había muerto.
La noche estaba sin estrellas, y obscura por completo. Sin duda, entre
la sombra, algún ángel inmenso estaba de pie, desplegadas las alas,
esperando el alma.
VI
=La yerba guarda y la lluvia borra=
Existe en el cementerio del Padre Lachaise, á los alrededores de
la fosa común, lejos del barrio elegante de aquella ciudad de los
sepulcros, lejos de todas aquellas tumbas de fantasía, que ostentan,
en presencia de la eternidad las repugnantes modas de la muerte, en
un ángulo desierto á lo largo de una antigua tapia, bajo un gran tejo
por cuyo tronco trepan mil enredaderas, entre la grama y el musgo,
una piedra. Dicha piedra no está menos exenta que las otras de las
lepras del tiempo, del moho, de los líquenes, del fiemo de los pájaros.
El agua la verdea, y el aire la ennegrece. No está próxima á ningún
sendero, y no agrada ir por aquel lado, porque la yerba es alta y los
pies se mojan fácilmente.
Cuando hay un poco de sol, acuden los lagartos. En su derredor se
agitan estremecidos los tallos de egílope. Durante la primavera, cantan
las currucas en el árbol.
Aquella piedra es completamente lisa. No se pensó al cortarla, sino en
la necesidad de cubrir la sepultura; es decir, que fuese bastante larga
y bastante estrecha para encerrar un hombre.
No se lee en ella nombre alguno.
Solamente, hace ya de ello muchos años, una mano escribió allí, con
lápiz, estos cuatro versos, que se han ido volviendo poco á poco
ilegibles con la lluvia y el polvo, y probablemente están hoy ya
borrados:
Descansa. Aunque la suerte se empeñaba en dejarle,
Vivió. Y murió tan sólo, cuando perdió su ángel.
Ello fué de manera tan propia y tan sencilla,
Como viene la noche cuando se aleja el día.
FIN
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MISERABLES - TOMO II ***
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electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.
Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg™ and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.
The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West,
Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact
Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation
Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.
While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.
International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.
Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works
Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of
volunteer support.
Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.
Most people start at our website which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org.
This website includes information about Project Gutenberg™,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.