Los miserables - Tomo 1 (de 2)

By Victor Hugo

The Project Gutenberg eBook of Los miserables - Tomo 1 (de 2)
    
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this ebook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Author: Victor Hugo

Translator: J. A. R.

Release date: March 29, 2025 [eBook #75739]

Language: Spanish

Original publication: Barcelona: MANILA BARCELONA, "MAUCCI", 1897

Credits: Andrés V. Galia, Thiers, Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MISERABLES - TOMO 1 (DE 2) ***



                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR


En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado
entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado
=así= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
Real Academia Española.

En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
del texto.

Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso
de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha
acentuación era correcta según las reglas de la lengua.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
en mayúsculas.

El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.

El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
principio de la obra.

La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de
la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes
que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión
electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el
frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras
que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista
posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
tipográficos y de ortografía.

La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
transcriptor y se concede al dominio público.

El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus
opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos
importantes.


                   *       *       *       *       *




                            LOS MISERABLES


                      [Ilustración: =Víctor Hugo=]


            [Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=]


                            LOS MISERABLES

                                  POR
                              VÍCTOR HUGO

               _Edición adornada con láminas al cromo y
                  grabados intercalados en el texto_


                           VERSIÓN ESPAÑOLA
                                  DE
                               J. A. R.

                                TOMO I

                               BARCELONA
                        Casa Editorial «MAUCCI»
                      296, CONSEJO DE CIENTO, 296
                                 1897




              ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO


                             PRIMERA PARTE
                                FANTINA

                       LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO

                                                                    Pág.

       I  El señor Myriel                                             5

      II  El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido                8

     III  Á buen obispo, mal obispado                                12

      IV  Obras como palabras                                        14

       V  De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado
          tiempo sus sotanas                                         20

      VI  Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa             22

     VII  Cravatte                                                   27

    VIII  Filosofía después de beber                                 30

      IX  El hermano explicado por la hermana                        33

       X  El obispo en presencia de una luz desconocida              36

      XI  Una restricción                                            46

     XII  Aislamiento de monseñor Bienvenido                         49

    XIII  Sus creencias                                              52

     XIV  Lo que él pensaba                                          55


                      LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA

       I  La tarde de un día de marcha                               57

      II  La prudencia aconseja á la sabiduría                       67

     III  Heroísmo de la obediencia pasiva                           71

      IV  Detalles acerca de las queserías de Pontarlier             75

       V  Calma                                                      78

      VI  Juan Valjean                                               79

     VII  La desesperación por dentro                                83

    VIII  Ola y sombra                                               89

      IX  Nuevos agravios                                            91

       X  El hombre desvelado                                        92

      XI  Lo que hacía                                               94

     XII  El obispo trabaja                                          97

    XIII  Gervasillo                                                100


                   LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817

       I  El año 1817                                               107

      II  Doble cuarteto                                            112

     III  Cuatro y cuarto                                           115

      IV  Tholomyés está tan alegre, que canta una canción
          española                                                  118

       V  En casa de Bombarda                                       120

      VI  Capítulo de amor                                          122

     VII  Sabiduría de Tholomyés                                    124

    VIII  Muerte de un caballo                                      128

      XI  Gracioso fin de la alegría                                130


          LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE

       I  Una madre que se encuentra con otra                       133

      II  Primer esbozo de dos figuras sombrías                     140

     III  La alondra                                                141


                       LIBRO QUINTO.--DESCENSO

       I  Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios
          negros                                                    144


      II  Magdalena                                                 145

     III  Sumas depositadas en casa Laffitte                        148

      IV  El señor Magdalena de luto                                150

       V  Vagos relámpagos en el horizonte                          152

      VI  Fauchelevent                                              156

     VII  Fauchelevent, jardinero en París                          158

    VIII  La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad  159

      IX  Triunfo de la señora Victurnien                           162

       X  Prosigue el triunfo                                       164

      XI  Christus nos liberavit                                    168

     XII  La ociosidad del señor Bomatabois                         169

    XIII  Solución de algunas cuestiones de policía municipal       171


                        LIBRO SEXTO.--JAVERT

       I  Principio del reposo                                      178

      II  De cómo Juan puede llegar á ser champ                     181


                LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU

       I  Sor Simplicia                                             189

      II  Perspicacia de Maese Scaufflaire                          191

     III  Una tempestad bajo un cráneo                              195

      IV  Formas que toma el sufrimiento durante el sueño           210

       V  Los rayos de las ruedas                                   213

      VI  Sor Simplicia puesta á prueba                             222

     VII  El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse  228

    VIII  Entrada de favor                                          231

      IX  Lugar en el cual van formándose las convicciones          234

       X  El sistema de negativas                                   239

      XI  Champmathieu más y más asombrado                          245


                      LIBRO OCTAVO.--RETROCESO

       I  En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos         249

      II  Fantina dichosa                                           251

     III  Javert contento                                           254

      IV  La autoridad recobra sus derechos                         257

       V  Tumba apropiada                                           260


                            SEGUNDA PARTE
                               COSETTE

                      LIBRO PRIMERO.--WATERLOO

       I  Lo que se encuentra viniendo de Nivelles                  265

      II  Hougomont                                                 266

     III  El 18 de junio de 1815                                    272

      IV  A                                                         274

       V  El quid obscurum de las batallas                          275

      VI  Cuatro horas después del medio día                        278

     VII  Napoleón de buen humor                                    280

    VIII  El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste          285

      IX  Lo inesperado                                             287

       X  La meseta de Mont-Saint Jean                              290

      XI  Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow                  294

     XII  La guardia                                                295

    XIII  La catástrofe                                             296

     XIV  El último cuadro                                          298

      XV  Cambronne                                                 299

     XVI  ¿Quot libras induce?                                      301

    XVII  ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?                   305

   XVIII  Recrudescencia del derecho divino                         306

     XIX  El campo de batalla por la noche                          308


                   LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN

       I  El número 24601 se trueca en el 9430                     313

      II  Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo    316

     III  De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido
          alguna operación preparatoria para romperse de un solo
          martillazo                                               319


    LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA

       I  La cuestión del agua en Montfermeil                      326

      II  Dos retratos completados                                 329

     III  Los hombres necesitan vino, los caballos agua            333

      IV  Entrada en escena de una muñeca                          335

       V  La chiquilla sola                                        336

      VI  Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle  340

     VII  Cosette en la sombra junto al desconocido                344

    VIII  Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez
          sea un rico                                              347

      IX  Thénardier maniobrando                                   361

       X  Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor             367

      XI  Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á
          la lotería                                               371


                 LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU

      I   Maese Gorbeau                                             372

      II  Nido para búho y curruca                                 377

     III  Dos desgracias mezcladas producen la felicidad           378

      IV  Lo que observó la inquilina principal                    381

       V  Una moneda de cinco francos que cae al suelo
          hace ruido                                               383


             LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA

       I  Las sinuosidades de la estrategia                        386

      II  Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz
          pasen carruajes                                          388

     III  Véase el plano de París en 1727                          390

      IV  Tentativas de evasión                                    392

       V  Lo que sería imposible con el alumbrado por gas          394

      VI  Principio de un enigma                                   397

     VII  Continuación del enigma                                  399

    VIII  Auméntase el enigma                                      400

      IX  El hambre del cascabel                                   402

       X  Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente   405


                   LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS

       I  Callejuela de Picpus, núm. 62                            412

      II  La obediencia de Martín Verga                            414

     III  Severidades                                              420

      IV  Alegrías                                                 421

       V  Distracciones                                            424

      VI  El convento pequeño                                      428

     VII  Algunas siluetas en aquella sombra                       430

    VIII  Post corda lapides                                       431

      IX  Un siglo bajo una toca                                   433

       X  Origen de la adoración perpetua                          434

      XI  Fin del pequeño Picpus                                   436


                     LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS

       I  El convento: idea abstracta                              437

      II  El convento: hecho histórico                             438

     III  Con qué condición puede respetarse lo pasado             440

      IV  El convento bajo el punto de vista de los principios     442

       V  La oración                                               443

      VI  Bondad absoluta de la oración                            444

     VII  Precauciones indispensables para condenar                446

    VIII  Fe, ley                                                  446


        LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA

       I  Donde se trata de la manera de entrar en un convento     448

      II  Fauchelevent ante la dificultad                          454

     III  La madre Inocente                                        456

      IV  Donde parece que Juan Valjean había leído á
          Agustín Castillejo                                       464

       V  No basta ser borracho para ser inmortal                  469

      VI  Entre cuatro tablas                                      474

     VII  Donde se verá el origen de la frase:
          no pierdas el billete                                    475

    VIII  Interrogatorio feliz                                     482

      IX  Clausura                                                 484


                            TERCERA PARTE
                                MARIO

             LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO

       I  Parvulus                                                 490

      II  Algunas de sus señas particulares                        491

     III  Es divertido                                             492

      IV  Puede ser útil                                           492

       V  Sus fronteras                                            493

      VI  Un poco de historia                                      495

     VII  El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de
          la lucha                                                 496

    VIII  Donde se leerá una buena frase del último rey            498

      IX  El antiguo espíritu de los galos                         499

       X  Ecce París, ecce homo                                    499

      XI  Reir es reinar                                           502

     XII  El latente porvenir del pueblo                           503

    XIII  El niño Gavroche                                         504


                  LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS

       I  Noventa años, y treinta y dos dientes                    506

      II  Á tal amo, tal casa                                      508

     III  Lucas Espíritu                                           509

      IV  Aspirante á centenario                                   509

       V  Vasco y Nicolasita                                       510

      VI  Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos             511

     VII  Regla: no recibir á nadie más que de noche               513

    VIII  Las dos no hacen pareja                                  513


                LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO

       I  Una tertulia antigua                                     515

      II  Uno de los espectros rojos de aquel tiempo               518

     III  Requiescant                                              523

      IV  Fin del bandido                                          529

       V  Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario        532

      VI  Consecuencias de haber encontrado á un capillero         533

     VII  Algún amorcillo                                          538

    VIII  Mármol contra granito                                    542


                 LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C

       I  Un grupo que le ha faltado poco para llegar á
          ser histórico                                            546

      II  Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet                  557

     III  Admiraciones de Mario                                    559

      IV  La sala interior del café Musain                         561

       V  Dilatación del horizonte                                 567

      VI  Res augusta                                              570


              LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

      I  Mario indigente                                           572

     II  Mario pobre                                               574

    III  Mario crecido                                             576

     IV  El señor Mabeuf                                           580

      V  Pobreza muy próxima á la miseria                          583

     VI  El sustituto                                              585


            LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

      I  El apodo; manera de formar nombres de familia             589

     II  Lux facta est                                             591

    III  Efecto de primavera                                       593

     IV  Principio de una grande enfermedad                        594

      V  Caen varios rayos sobre la tía Bougón                     596

     VI  Aprisionado                                               597

    VII  Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas          599

   VIII  Hasta los inválidos pueden ser felices                    600

     IX  Eclipse                                                   602




                               PLANTILLA
            Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º

                                                                 Pág.
        Víctor Hugo                                            frontis.

        Portada                                                   3

        El obispo bendijo la mesa                                74

        Thénardier robando á los cadáveres, etc.                312

        Ya me dormía--dijo Juan Valjean                         479




                               PREFACIO


    _Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las
    costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos
    artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad
    humanas la divinidad del destino; mientras los problemas
    del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la
    decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño
    por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible
    en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y
    hablando en términos más claros: mientras exista sobre la
    tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros
    de la naturaleza presente._

                                                    _Víctor Hugo._

HAUTEVILLE HOUSE, 1862.


                             [Ilustración]




                             PRIMERA PARTE
                                FANTINA




                             LIBRO PRIMERO
                               UN JUSTO

                             [Ilustración]


                                   I
                           =El señor Myriel=

En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo
en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el
obispado de D*** desde 1806.

Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de
lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún
cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al
consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad
habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo
que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en
su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que
hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de
Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara
su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez
y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre
las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su
matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta
estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual;
la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la
galantería.

Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos,
dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de
la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras
jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí,
de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho
tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del
señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la
caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más
horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el
agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro
y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones
que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible
y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre
que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su
existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su
vuelta de Italia era sacerdote.

En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya
viejo y vivía completamente retraído.

Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de
su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras
personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses
contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido
á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se
encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen
anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:

--¿Quién es este buen hombre que me mira?

--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un
grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.

Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel
cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el
nombramiento de obispo de D***.

¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se
inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie
lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor
Myriel antes de la revolución.

El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una
pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy
pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo
y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba
mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos,
frases, palabras; menos que palabras, _palabrerías_, como diríamos en
el idioma enérgico del Mediodía.

Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia
en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer
momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña,
habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á
hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.

El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la
señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que
él.

No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la
señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después
de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título
de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.

Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida
y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra
«respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser
venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había
sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras
piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie
de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que
podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había
sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través
de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma.
Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para
encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes
ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma
viviese en ella.

La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada,
rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de
su actividad natural al principio, á causa de su asma después.

Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal,
con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca
al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el
presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su
visita primera al general y al prefecto.

Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus
obras.




II

            =El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=


El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.

Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra
á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en
teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado
obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial.
Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones,
las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías
de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines
plantados de magníficos árboles.

En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo
con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de
1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart
de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny,
capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y
Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo
y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de
Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio,
obispo y señor de Senez.

Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al
par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de
oro sobre una lápida de mármol blanco.

El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un
jardín insignificante.

Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita
terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su
palacio.

Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el
siguiente diálogo:

--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este
momento?--le preguntó el obispo.

--Veintiséis, monseñor.

--Los mismos que yo había contado.

--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las
otras.

--Esto mismo he notado.

--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente
en ellas.

--Esto me parece.

--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño
para los convalescientes.

--También lo creo así.

--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos
años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho
que hacer.

--También pensé yo en ello.

--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es
preciso conformarse.

Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al
jardín.

El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales
dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:

--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?

--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el
director.

El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase
medidas y echase cálculos.

--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo
mismo;--luego, levantando la voz:

--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente
error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis
personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta.
Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro.
Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.

Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en
el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.

Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su
familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de
quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales.
Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince
mil francos.

El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel
emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma.
Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.


                NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA


Para el pequeño seminario                       Mil quinientas libras.
Congregación de la misión                       Cien libras.
Para los lazaristas de Montdidier               Cien libras.
Seminario de las misiones extranjeras en París  Doscientas libras.
Congregación del Espíritu Santo                 Ciento cincuenta libras.
Establecimientos religiosos de la Tierra Santa  Cien libras.
Sociedades de caridad maternal                  Trescientas libras.
Además, para la de Arlés                        Cincuenta libras.
Obra para el mejoramiento de cárceles           Cuatrocientas libras.
Obra para el alivio y redención de presos       Quinientas libras.
Para libertar á los padres de familia presos
    por deudas                                  Mil libras.
Suplemento al sueldo de los pobres maestros de
    escuela de la diócesis                      Dos mil libras.
Pósito de los Altos Alpes                       Cien libras.
Congregación de señoras de D***, de Manosque y
   de Sisterón, para la enseñanza gratuita de
   niñas indigentes                             Mil quinientas libras.
Para los pobres                                 Seis mil libras.
Mis gastos personales                           Mil libras.

                             Total              Quince mil libras.


Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no
varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener
regulados los gastos de su casa_.

Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita
Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo
tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su
superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él
hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras.
Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.

El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que
mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina,
sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían
las dos ancianas y el anciano.

Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo
con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria;
y á la inteligente administración de la señorita Batistina.

Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:

--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!

--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha
reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus
gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según
costumbre de los obispos de otros tiempos.

--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.

Y presentó su reclamación.

Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la
solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil
francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para
gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_.

Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal
motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los
Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la
ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de
Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima,
de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:

«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro
mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes?
¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay
carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente
de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de
bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando
vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita
coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo.
¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como
deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el
papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi
parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».

En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.

--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por
los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo.
Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil
francos para nosotros. ¡Al fin!

Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una
nota, concebida en los siguientes términos:


                     GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS

 Para dar caldo de carne á los enfermos
    del hospital                           Mil quinientas libras.
 Para la sociedad de caridad maternal
     de Aix                                Doscientas cincuenta libras.
 Para la sociedad de caridad maternal
    de Draguignan                          Doscientas cincuenta libras.
 Para los niños expósitos                  Quinientas libras.
 Para los huérfanos                        Quinientas libras.

                          Total            Tres mil libras.

Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.

En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones,
dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de
iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los
ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.

Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres
llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la
limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser
el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas
las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada
logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la
menor superfluidad á sus necesidades.

Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad
arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era
como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo
tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.

Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus
mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con
cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo,
aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es
que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro
tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el
que se le designase con este nombre le complacía.

--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.

No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos
concretamos á consignar que es parecido.




III


            =Á buen obispo, mal obispado=


Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no
dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D***
es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas
montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y
dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco
agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor
obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto
cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios
le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban
generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas,
iba solo.

Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno.
Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro
vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de
semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en
derredor suyo.

--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me
alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un
pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo
por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.

En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos
que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los
habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En
los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:

--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á
las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus
prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas
gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En
todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.

En los pueblos avaros y perezosos, decía:

--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un
padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas
sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura
le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas
las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre
infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.

Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:

--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye
cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere
en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la
hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.

En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los
labradores comprando papel sellado, solía decirles:

--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen
allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña
república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace
todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á
cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias
sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es
un hombre justo entre hombres sencillos.

En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también
el de Queiras:

--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince
chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados
por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días
en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á
las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas
de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente
enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y
contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo,
llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser
ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.

De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos
inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas
frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo,
convencida y persuasiva.




                                  IV
                        =Obras como palabras=


Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos
ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de
un estudiante.

La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día
levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba
el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el
obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.

--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no
alcanza á esa tabla._

Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô,
desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo
que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal,
muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus
hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar
de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía
suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la
dignidad de par.

El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes
maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de
costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas
sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa,
diciendo con cierta impaciencia:

--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?

--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me
parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie
ha de suceder».

Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un
hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de
las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios
de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué
carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto
ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!

Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre
una lección moral.

Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la
catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la
caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno,
que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que
presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader
retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos
millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su
vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el
día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de
cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la
catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.

Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:

--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.

Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa,
siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.

Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de
la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico
y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo
ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á
él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:

--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._

Volvióse el marqués, y respondió secamente:

--_Monseñor, tengo ya mis pobres._

--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo.

Un día predicó en la catedral este sermón:

--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón
trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres
aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos,
la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil
chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una
cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de
familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas,
y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire
á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo
á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los
campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar
el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas
resinosas y pedazos de cuerda embreados.

«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para
seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á
hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo
para poder comerle.

«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece
en rededor nuestro!»

Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo
con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés
sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos
Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el
alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco
á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y
aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas
sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas,
penetraba fácilmente en todas las almas.

Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran
mundo como para las del pueblo.

Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las
circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha
pasado la falta.

Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no
poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas
elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de
los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos
términos:

«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su
tentación. La lleva y sucumbe á su peso.

«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer
esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta
naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída
sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.

«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad,
desfalleced, pecad, pero sed justos.

«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás
pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á
pecar. El pecado es la gravitación».

Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente
decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen
cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se
apresuran á protestar para estar á cubierto.

Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre
quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas
de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los
pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres,
de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.

Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la
sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por
lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en
tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino
el que produjo las sombras.

Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo
que la había sacado del Evangelio.

Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se
estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un
infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había,
y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa.
En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los
monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación
la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no
existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra
su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose
firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal)
tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de
cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa
de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces
exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo
todo.

Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser
juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose
todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por
haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la
verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la
venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el
mundo hubo concluido preguntó:

--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?

--En el tribunal del jurado.

Y luego repuso:

--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?

Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte
por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante
del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente
público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La
víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo
el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir
al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó
diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que
ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es
este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó
inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino
mío._

Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde
estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le
habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y
del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por
la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas,
fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo
hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y
tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un
abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio
de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se
necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era
objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos
la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida.
Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas,
sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.

Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo.
Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y
su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable
aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco.
El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía
reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el
momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:

--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien
rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la
vida: el Padre está allí».

Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el
pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar
más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella
humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su
hermana: _vengo de oficiar de pontifical_.

Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas,
no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta
del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento
de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas,
enternecióse y admiró.

En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él
un golpe del que tardó mucho en reponerse.

Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene
algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la
pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni
no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si
llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente,
obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.

Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como
Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama
_vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.

Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento.
Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de
esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un
instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no.
Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase
que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo
comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen
voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el
alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte
en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come
carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez
y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable,
alimentada por todas las muertes que ha producido.

Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente
de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como
anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se
había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia
social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas
acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo
mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que
cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:

--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el
absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana.
La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los
hombres á lo desconocido?

Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron
también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo
pasar por el lugar de las ejecuciones.

Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los
enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y
su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad
de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse
y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer
amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.

Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto
en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No
intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba
engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho
fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se
pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el
fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.

Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar
al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado,
y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que
contempla una estrella.




V

            =De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo
                               sus sotanas=


La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos
que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera
saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella
pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.

Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía
poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la
mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa,
unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se
desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se
ponía á trabajar.

El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba
diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un
canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares.
Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda
una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos,
rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas
y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su
correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la
Santa Sede; en fin, negocios á millares.

El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus
oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados,
á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los
afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo.
Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer.
Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo
_jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.

Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á
pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas
pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los
ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando
medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero
chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.

Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su
paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos
salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á
ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo
señalaba la casa del obispo á los menesterosos.

Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y
sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y
cuando lo había acabado visitaba á los ricos.

Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase,
jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba,
en verano, de ser incómodo.

Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.

Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la
señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más
frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces
aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún
pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura
servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así
fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más
que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la
ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».

Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina
y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir,
ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era
instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos
muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del
Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_.
Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban
los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se
precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de
Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz
de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de
Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y
consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos
publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.

Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro
que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación
profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los
márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que
ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita
por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia
de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes
de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París,
librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._

He aquí la nota:

--«¡Oh, vos! ¿quién sois?

«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador;
la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos,
Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia;
el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y
el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más
bello de todos vuestros nombres».

Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus
habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el
día siguiente.

Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor
obispo de D***.




                                  VI
            =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=


La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja
y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y
encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión
de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo
los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de
comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía
salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin
atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada,
con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama
á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les
llevaban á D***.

La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la
casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.

Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y
en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de
leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital.
_Debo pagar este diezmo_, decía.

La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de
calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D***
imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con
tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las
veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su
_salón de invierno_.

No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles,
que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja.
El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de
color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con
sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de
adorno y altar del oratorio.

Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes
suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su
Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero
destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El
altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en
oración de gracias».

Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón,
de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su
Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general,
la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes
del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de
invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón
del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos
para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una
pieza.

Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del
paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó
paseando por el jardín, si en verano.

Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi
despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no
podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina
tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido
dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo
sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la
estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en
casos apurados.

Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con
poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con
marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera
costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había
podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos
francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su
ideal!

Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una
puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas
camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo
obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador,
revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo;
dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y
otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario,
cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes;
la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre,
y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas
florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo
episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido
plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco
de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un
tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante
de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio
perteneciente al oratorio.

Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro
lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo
perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos
representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro
el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la
orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en
aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos
retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos,
probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los
respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos
habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para
su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar
los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el
obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito
de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del
retrato del abad de Gran-Champ.

Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la
cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra
nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido
precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El
obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.

Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del
principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están
generalmente todos los cuarteles y hospitales.

No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como
veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban
el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había
sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los
suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas,
con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella
casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una
limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía
decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.

Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído
en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora
Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre
el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo
de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de
una vez:

--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.

Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que
procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban
colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera,
pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las
velas y ponía los candeleros sobre la mesa.

Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama,
una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora
Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que
jamás se quitaba la llave.

El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado
anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un
pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le
cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por
bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y
en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.

Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:

--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto,
un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?

--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es
tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez
más.

Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba
casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido
diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra,
aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos
como hubiese exigido un jardinero.

Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los
grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre
Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas
contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba
las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios,
respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos
respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de
verano con una regadera de lata, pintada de verde.

No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.

La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza
de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus
cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo
había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de
día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase,
á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio
mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se
cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos
á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar
de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban.
Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus
temorcillos.

En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento
indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al
margen de una Biblia:

«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada
jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».

En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había
escrita esta otra observación:

«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis
enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos,
en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».

Había además escrito en otra parte:

«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien
mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para
decir su nombre».

Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de
Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora
Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría
estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando
día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar,
y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa
tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad
diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui
custodiunt meam_.

Pasando enseguida á hablar de otra cosa.

Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el
del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser
tranquilo».




                                  VII
                              =Cravatte=


Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de
aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de
D***.

Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había
infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes,
Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus
bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza;
pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo
por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en
Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí
descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye
y de Ubayette.

Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba
cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país.
Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se
escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un
mismo tiempo.

En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba
haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro
para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta
el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése
escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.

--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.

--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.

--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y
voy á salir dentro de una hora.

--¿Salir?

--Salir.

--¿Solo?

--Solo.

--¡Monseñor! no haréis lo que decís.

--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he
visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y
honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que
guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y
tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros.
Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios.
¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si
yo no fuése allí?

--Pero monseñor, ¿y los ladrones?

--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo
encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que
se les hable de Dios.

--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de
lobos!

--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su
pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?

--Os van á desvalijar, monseñor.

--Si no tengo nada.

--Os matarán.

--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah!
¿Y á qué objeto?

--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!

--Les pediré limosna para mis pobres.

--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.

--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo
no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.

No hubo más remedio que dejarle hacer.

Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho
que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su
obstinación, causando mucho miedo.

No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria.
Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie,
llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores.
Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y
moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un
_Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo?
careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura
poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con
algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y
deslucidos.

--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro
_Te Deum_. Y todo se andará.

Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de
aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á
vestir convenientemente un chantre de catedral.

Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en
casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes
desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse
la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra
guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en
una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á
la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un
papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor
Bienvenido_.

--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después
añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le
manda Dios una capa de arzobispo.

--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo
también:--¡Dios ó el diablo!

El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:

--¡Dios!

Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino
salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de
Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo
á su hermana:

--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los
pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos
llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el
tesoro de una catedral.

Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:

--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son
los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las
preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los
asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa
lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos
preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.

Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:

--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el
prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á
rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por
nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta
por causa nuestra.

Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su
existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente,
se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas
horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.

En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos
veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos
muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho
de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura
era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección
del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada
podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.

Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota
bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida
en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser
devuelto á la catedral ó al hospital_.




                                 VIII
                     =Filosofía después de beber=


El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente,
que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como
obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber;
había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un
punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo
procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando
cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á
sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la
existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía
estúpido.

Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de
Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun.
Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas,
como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces,
con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de
Monseñor Myriel de lo que este decía.

No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde***
(dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto.
Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:

--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un
obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy
á seros franco. Tengo mi filosofía.

--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus
filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en
un lecho de púrpura.

El senador envalentonado, repuso:

--Seamos buenos chicos.

--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.

--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon,
Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi
biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.

--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.

Prosiguió el senador:

--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario:
en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se
rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban
la inutilidad de Dios.

Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple
perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y
bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.

El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?

Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para
producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo
que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por
decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando
llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por
vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes,
el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de
pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué?
Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos
salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos
por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si
no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás?
Vivamos alegremente. La vida es el todo.

Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en
lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra.
¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto
tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la
cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el
_fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones.
¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya
quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra.
Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le
hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no
hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes.
Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las
profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis
reir.

Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre
es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya
un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y
podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué
Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro?
Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta
ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.

Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero
puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra
al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del
infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde
Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de
mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo.
¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó
disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré
sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado.
Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más
vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya
todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros;
todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el
término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien
que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de
estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para
los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no
hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente
de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo.
Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo,
señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado
ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja
de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con
los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles
de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos
comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen
Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á
Noigeón.

El buen Dios, es bueno para el pueblo.

El obispo batió palmas.

--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este
materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee,
no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como
Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco.
Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen
la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que
pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas,
las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones
lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de
conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué
cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me
es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores,
tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro
gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los
ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las
necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades
y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes
buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la
filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con
castañas sea el pavo trufado de los pobres.




                                  IX
               =El hermano explicado por la hermana=


Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D***
y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus
acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas
por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que
él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas,
no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita
Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la
infancia. Esta carta está en nuestras manos.

D*** 16 diciembre de 18...

«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de
vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra
razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes
y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos;
ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por
la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el
vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había
otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos
para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y
ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y
artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que
fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del
tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La
señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos,
pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden
muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está
también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí
donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más?
Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda
la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano
piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto
será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del
granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos
escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á
los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de
caoba.

«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo
lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha
estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer
algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos
alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.

«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello,
dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa
no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida
con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su
valentía, según él dice.

«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco.
Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos
apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.

«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le
asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.

«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le
acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta,
nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud.
Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas
las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los
ladrones.

«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin
embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que
nadie pudiera enterarse.

«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es
terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas
á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura
como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi
cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy
bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con
el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria
ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba
sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas;
las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo
podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué
hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es
más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.

«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le
comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.

«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.

«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre
la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que
conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista.
Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la
generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un
Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de
Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y
no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa,
casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par
de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los
ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.

«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo
pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho
bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para
escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre;
es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por
vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy
enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga
á despedirme. Tantas cosas á todos.
                                           «BATISTINA.

«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco
años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y
dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura
encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo
de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».

Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse
á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la
mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí
mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no
desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas
sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le
dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su
oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se
le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una
obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo,
cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez,
presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran
ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si
era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.

Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de
solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole
en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su
naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.

Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su
hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.




                                   X
            =El obispo en presencia de una luz desconocida=


En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las
páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que
se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las
montañas de los bandidos.

Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario.
Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo
convencional, llamado G.

Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto
horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en
tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel
hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey,
pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido
terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían
hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso
cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se
le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento!
Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.

Habladurías de gansos sobre el buitre.

¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que
había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey,
no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer
en Francia.

Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda
y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase
que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de
vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda
que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel
sitio como de la casa del verdugo.

Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y
de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo
de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí
existe un alma que está sola!».

Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».

Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al
principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña
é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la
impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase
á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la
frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.

No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No.
¡Pero qué oveja!

El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel
punto, pero luego retrocedía.

Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una
especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera,
había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que
la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios
gracias! añadían algunos.

El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su
sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del
aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.

El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo
al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se
encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto,
atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos
pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos
abrojos, percibió la caverna.

Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un
emparrado.

Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un
hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.

Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo,
sirviendo al anciano una taza de leche.

Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz
diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse
en el sol para dirigirse al chico.

Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo
sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda
sentir después de una larga vida.

--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que
un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?

El obispo respondió:

--Yo me llamo Bienvenido Myriel.

--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso
aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?

--Yo soy.

El viejo repuso con ligera sonrisa:

--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?

--¡Puede!

--Entrad, señor.

El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó,
limitándose á decir únicamente:

--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis
enfermo.

--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.

Hizo una pausa, y dijo:

--Voy á morir dentro de tres horas.

Luego repuso:

--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora...
Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las
rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando
llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho
que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las
cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy
bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este
momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido
llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será
de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay
necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.

El anciano se volvió hacia el pastor:

--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.

El muchacho entró nuevamente en la cabaña.

El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo
mismo:

--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos
vecinos.

El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía
él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las
pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas
como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de
su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se
le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano.
Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y
eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de
todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido
un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se
sintió el obispo inclinado á la severidad.

El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en
la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al
individuo próximo á convertirse en polvo.

El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda
curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía
abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo
originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia
conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le
hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la
caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de
esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La
Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase
desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba
á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su
certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus
hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel
mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado
la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la
libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban
inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies
muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida,
aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba
al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su
base.

Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_.

--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado
nunca la muerte del rey.

El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que
ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber
desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:

--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.

Era el acento austero ante el tono severo.

--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.

--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el
fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la
autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad
tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la
ciencia.

--Y la conciencia,--añadió el obispo.

--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se
encierra en nosotros.

Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje
enteramente nuevo para él.

El convencional prosiguió:

--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar
á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el
fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el
fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el
niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la
concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los
errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce
la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso
de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en
cáliz de alegría.

--De alegría impura,--dijo el obispo.

--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso
fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La
obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el
antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las
ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las
costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.

--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me
fío de una demolición mezclada en cólera.

El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es
un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario,
la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde
el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha
despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus;
ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra
torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución
francesa es la consagración de la humanidad.

El obispo no pudo abstenerse de murmurar:

--¿Sí? ¡93!

El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi
lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo,
exclamó:

--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado
formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos
ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?

Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en
algo. Supo contenerse, y respondió:

--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre
de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no
debe jamás equivocarse.

Y añadió mirando fijamente al convencional:

--¿Luis XVII?

El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:

--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente?
Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico
que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente,
colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese
la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos
doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la
torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.

--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.

--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?

Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido
allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.

El convencional repuso:

--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo
gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su
látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando
exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los
niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás
al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su
corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente
augusta vistiendo andrajos que flordelisada.

--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.

--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII.
Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los
mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba?
Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba
del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras
lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que
vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.

--Por todos lloro,--dijo el obispo.

--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea
del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.

Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse
apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de
su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é
interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la
agonía. Casi fué una explosión.

--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid:
No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis
XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país,
vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á
nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad,
ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado;
pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de
hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el
ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del
soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito.
Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre
vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién
sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos
hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas;
el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales;
total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con
buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre
lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios,
y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo!
Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las
sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los
demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice
bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial,
de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á
quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?

El obispo inclinó la frente y respondió:

--_Vermis sum._

--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.

Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.

Éste repuso con dulzura:

--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos
pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua
que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como
mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que
la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.

El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una
nube.

--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de
cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os
debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros
argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra
vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os
prometo no valerme más de las tales.

--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.

G. replicó:

--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde
estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?

--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo
palmas á la guillotina?

--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los
acuchillados?

La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez
de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió
respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á
Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten
vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.

El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se
mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún
había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:

--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de
la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación
humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero
¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre
le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué
opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero
¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué
epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es
un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor,
compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco
también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado
de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste,
desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura,
colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el
corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo
aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y
nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de
su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de
Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria:
La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta
indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del
mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género
humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.

Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento
con estas sencillas palabras:

--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han
terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con
dureza, pero que ha marchado.

El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente
una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste
conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de
monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la
rudeza del principio:

--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores
impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.

El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido;
miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando
acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la
descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando
consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:

--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!

El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.

Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo,
y dijo:

--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería
el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero
es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.

El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en
el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó
de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por
completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas
horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado
á la muerte. El supremo instante había llegado.

Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como
sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la
emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella
mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:

--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el
habernos encontrado inútilmente?

El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que
había algo de sombrío, inundó su semblante.

--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor
de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he
pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía
yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en
sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían
tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé
y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se
veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí
uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban
atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del
edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata,
comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He
socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los
manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la
patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia
la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo
ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros.
Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes
merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la
abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido
con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he
sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido,
afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos
mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con
derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara
de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio
general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á
pedirme?

--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo.

Y se arrodilló.

Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le
presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.

El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables
pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.

Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del
convencional G.; concretóse á señalar el cielo.

Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los
infelices y desvalidos.

Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una
preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel
espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la
suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.

Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en
los mezquinos círculos de la localidad.

--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera
de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí
conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué
ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la
curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.

Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente
variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:

--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima
gorro encarnado.

--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los
que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.




                                  XI
                           =Una restricción=


Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que
monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su
encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional
G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su
benignidad. He aquí todo.

Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre
político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su
actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor
Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.

Retrocedamos, pues, algunos años.

Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado,
el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que
á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo
el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión
fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de
Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra
Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la
presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa
y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión
y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis
montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la
desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes
eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea.
Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado
acerca de su precipitado regreso, respondió:

--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo,
haciéndoles el efecto de una puerta abierta._

Otra vez contestó:

--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no
pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._

Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas,
habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas
más calificados:

--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas,
todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda
esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo:
¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres!
¡hay pobres!

Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el
lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo,
en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las
ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco
caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe
hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar
noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las
miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de
su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero
sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en
un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una
gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de
caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.

Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.

No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos
delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco
en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de
compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado
mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que
á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por
lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con
frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió
todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al
emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de
ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.

Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos;
general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna
frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez
de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una
comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á
la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si
hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho
más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello
y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.

Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de
partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de
momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en
asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido
no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro
pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones
políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe
patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el
único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin
profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de
este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor
Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese
separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian
distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales,
sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces
purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.

Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo
que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido
y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su
oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón
omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los
poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el
combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á
los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la
última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad,
debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el
solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene
la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos.
En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo
taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que
de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814,
ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno
en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella
idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver
la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire,
como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como
se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la
dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino,
nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del
obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al
borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande
hombre.

Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero,
equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y
benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio
y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política
que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi
severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros
mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto
por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia,
que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las
mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo,
exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de
_dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de
la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no
verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano,
con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había
dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había
querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre
mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo
gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su
salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas
que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que
acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y
rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y
acabó por nombrarle guardián de la catedral.

En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves
maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad
de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta
con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el
pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba
igualmente á su obispo.




                                  XII
                 =Aislamiento de monseñor Bienvenido=


Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas,
lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de
subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales
llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus
aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder
que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los
buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente.
Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo
influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines
seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio
episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima.
Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un
subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de
despreciar las canonjías.

Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos,
tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los
obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran
mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar;
poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una
diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes
clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á
ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor,
sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella
juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas,
los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las
dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también
sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones
empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la
esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el
prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma.
Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue
á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya
tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la
grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia
y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier
solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el
único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey
supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario.
¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros,
llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se
llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella
misma se engaña, por gorrona ó beata.

Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número
de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa
ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos
visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se
acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición
en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios
generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto
silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al
cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola
diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase
tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que
apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían
recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida.
Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo
que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que
podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la
enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin,
mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se
aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de
monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he
aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.

Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al
verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro
tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso
sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo
señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial,
ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta
servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí
está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien
triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el
resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco
ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la
admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un
advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre
el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo,
aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre
es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón,
la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á
su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en
diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco
entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por
casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente
las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con
el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras;
que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos
siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por
gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le
convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso
Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y
Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del
abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las
patas de los gansos.




                                 XIII
                            =Sus creencias=


Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor
obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos
casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo
su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el
posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro
creencias distintas de la nuestra.

¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos
del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las
almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las
dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante
no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_,
exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la
cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice
por lo bajo: Estás con Dios.

Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún
más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual
_quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres
serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones
favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe
el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de
amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya
hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las
cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios.
Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se
la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de
semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar
de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del
Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad
del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le
indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le
enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá
de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar
pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera
y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad
de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones
arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su
jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin
que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo;
era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:

--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.

¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su
bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como
ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día
sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.

De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba
dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.

Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía
sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal
vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de
la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su
corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento
por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser
agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles;
tales labores son indestructibles.

En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y
cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo
grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos
á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle
del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los
ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un
mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una
cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de
menos.

Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez
infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado,
por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda
su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos
sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de
manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar
de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen
hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á
Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez,
no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de
pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo,
íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto
imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola
de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad
se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar
por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que
debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas
sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba,
iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como
absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la
cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.

Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos,
la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo
de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el
desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á
uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que
los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos
pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era
el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear,
luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas
de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como
una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en
presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora
muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le
oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo,
consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad
de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las
tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los
resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones
que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo
su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus
perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche,
esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación,
no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su
espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba
de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa
reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos
inmensos del universo!

Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura,
misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos
explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus
ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible,
lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los
magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia,
revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades
en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo
infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y
desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.

Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita,
contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas
siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de
terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le
era estimado y suficiente.

¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su
existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero
durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido
cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para
poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era
efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear,
y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello
que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á
la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las
estrellas del cielo.




                                  XIV
                          =Lo que él pensaba=


La última palabra.

Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que
nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente,
dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea
en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías
personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los
espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de
reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola
de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás
autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en
aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste
producía.

Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas
encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los
apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser
tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á
fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados
espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma;
aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le
dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.

Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de
la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas,
proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la
discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena
de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus
escabrosidades.

La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y
escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta
reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso
que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los
contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra
hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el
fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto,
y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor
Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era
un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales,
algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se
han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones
tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos
acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que
abrevia: el Evangelio.

No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto
de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa
marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama
al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago.
Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.

Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es
probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás;
que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa
Teresa y San Jerónimo serían herejes.

Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo
se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la
calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer
adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.

El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda
ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los
demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para
aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que
procuraba consolar.

Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba
en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El
dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los
unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más,
y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se
creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:

--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos;
el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los
otros_, es una barbaridad.

--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una
barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_.

Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte
las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables
perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica;
todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó
hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de
los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo
meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de
las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de
amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el
Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad;
problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los
gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que
Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante
mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que
surjan del mismo las estrellas.

Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba
exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin
agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma
gran respeto á la sombra.




                             LIBRO SEGUNDO
                               LA CAÍDA


                                   I
                    =La tarde de un día de marcha=


En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de
una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba
en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban
en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse
en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un
transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana
estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener
como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con
visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones
tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa
de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de
plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en
cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las
rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha
jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde
cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno
y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y
nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la
cabeza rapada y la barba larga.

El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un
tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.

Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto
que empezaban ya á crecer.

Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde
venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que
hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes
había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París.
Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado.
Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad,
le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y
beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza
tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse
á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la
plaza-mercado.

Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda
dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de
un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en
el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de
marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***,
la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete,
saludando humildemente al gendarme.

El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él,
siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la
ciudad.

Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de
Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy
considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en
Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido
en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había
dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general
Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes
durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á
los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es,
que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse
en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al
alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_:
instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de
_Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en
el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es
primo del de Grenoble_.

Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la
comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la
calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía
alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el
jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado
en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir
y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya
viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una
gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres,
volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos
estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha
del de Alloz.

El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo
huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:

--¿Qué se os ofrece?

--Comer y dormir,--dijo el hombre.

--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió
la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y
añadió:--En pagándolo...

El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y
contestó:

--Tengo dinero.

--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.

El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en
tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á
sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de
octubre son ya frías.

Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero
observando al nuevo huésped.

--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.

--Enseguida,--contestó el patrón.

Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al
posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera,
luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa
junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas,
doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le
servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico
unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.

EL viajero no vió nada de esto.

Volviendo á preguntar de nuevo:

--¿Comeremos pronto?

--Al momento,--repitió el hostelero.

Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló
precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció
leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar
como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien
parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.

--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.

El hombre se medio incorporó sobre su asiento.

--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya
os he dicho que tengo dinero.

--Nada de esto.

--¿Entonces qué?

--Tenéis dinero...

--Sí,--dijo el hombre.

--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.

--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.

--No puedo.

--¿Por qué?

--Porque los caballos la tienen ocupada.

--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco
de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.

--Es que tampoco puedo daros de comer.

Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy
grave al viajero, quien levantándose dijo:

--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el
día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.

--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.

El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos,
exclamó:

--¡Nada! ¿y todo esto?

--Es todo de encargo.

--¿Para quién?

--Para estos señores arrieros.

--¿Cuántos son?

--Doce.

--Aquí hay comida para veinte.

--Lo han encargado y pagado anticipadamente.

El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería,
tengo hambre y me quedo.

El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le
hizo estremecer:

--Salid de aquí.

El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas
hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver
la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el
hostelero, repitiendo en voz baja:

--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os
llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En
cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he
mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis
leer?

Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa
de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y
desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el
hostelero repuso, después de una pausa:

--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.

El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el
suelo y salió.

Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las
casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola
vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de
Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de
la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y
señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de
aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el
acontecimiento de la ciudad.

Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí.
Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.

Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y
cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece
á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por
el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un
asilo cualquiera.

La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde
taberna, cualquier miserable figón.

Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino
colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos
celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.

Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.

El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de
los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la
mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo.
El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita
de hierro colgado de las llares.

Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por
dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno
de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle.
Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó
tímidamente el pestillo y empujó la puerta.

--¿Quién va?--preguntó el tabernero.

--Alguien que quisiera cenar y dormir.

--Está bien. Aquí se cena y se duerme.

Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La
lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le
examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.

Díjole el tabernero:

--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os
calentareis, camarada.

Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies
estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente
marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su
encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al
doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.

Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella
fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por
parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo
sus cejas, como debajo de malezas la llama.

No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero
que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á
dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad
había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con
aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y...
(he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el
hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera
subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando
el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que
rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable
encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo
á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste
se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El
hombre estaba abismado en sus reflexiones.

El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano
sobre la espalda del hombre, y le dijo:

--Vete de aquí.

El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:

--¡Ah! ¿Sabéis vos?...

--Sí.

--¿Que me han despedido de otra posada?

--Como se te echa de ésta.

--¿Dónde queréis que vaya?

--Á otra parte.

El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.

En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde
_La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas
piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con
el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.

Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro
unida á una campana. Llamó.

Abrióse un postigo.

--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis
hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?

Una voz respondió:

--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.

El postigo volvió á cerrarse.

Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines.
Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual
embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una
casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces
por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una
grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de
indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una
escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba
el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel
de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena
de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la
mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial,
haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer
muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el
muchacho y sonreía la madre.

El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno
y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es
muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser
hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez,
un poco de piedad.

Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.

No fué oído.

Llamó por segunda vez.

Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.

--No,--contestó el marido.

Llamó entonces por tercera vez.

Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.

Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba
un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo,
debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un
martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros
objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió,
inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada,
dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy
pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el
resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire
inexplicable de quien se encuentra en su casa.

--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme
un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este
cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?

--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.

El hombre contestó:

--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de
camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...

--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando.
Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?

--No hay sitio en ella.

--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de
mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?

--Sí.

--¿Y qué?

El viajero turbado contestó:

--No sé, pero no me ha recibido.

--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?

La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:

--Tampoco han querido recibirme.

La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza;
y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de
súbito como extremecido:

--¿Seríais por ventura el hombre?...

Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos,
dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.

Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_...
habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se
refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero
horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo
bajo:--_Tso-maraude_[1].

Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para
figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al
hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó
nuevamente á la puerta y dijo:

--Vete.

--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.

--¡Un tiro!--exclamó el artesano.

Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos
grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de
la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las
afirmaba.

La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á
la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los
jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció
hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se
encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una
estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones
que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en
efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre;
estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel
abrigo contra el frío.

Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche.
Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse
dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho
de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder
hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral
entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de
almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En
aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza
de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la
barraca. Era aquella barraca una perrera.

El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de
su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los
jirones de su harapiento traje.

Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener
el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros
en semejante esgrima llaman _el molinete_.

Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió
á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin
abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella
miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y
parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:

--¡Soy menos que un perro!

Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la
esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le
diese abrigo.

Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió
lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor.
Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas
colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega,
cabezas rapadas.

Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la
noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían
apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo.
No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un
rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo
una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto
resplandor.

La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de
un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y
mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte
tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre
y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol
deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.

Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos
delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles
á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel
cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol,
algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de
inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el
camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece
hostil.

Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***,
que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba
todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones
cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se
encontró de nuevo en la ciudad.

Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas,
empezó nuevamente su paseo á la ventura.

Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar
junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.

Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron
impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia
imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por
Napoleón mismo.

Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco
de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.

Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel
hombre echado en la sombra.

--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.

Él contestó rudamente encolerizado:

--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.

La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora
marquesa de R.

--¿Sobre este banco?--repuso ella.

--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el
hombre;--hoy le tengo de piedra.

--¿Habéis sido soldado?

--Sí, buena mujer, soldado.

--¿Por qué no vais á la hostería?

--Porque no tengo dinero.

--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro
sueldos.

--Dádmelos.

El hombre tomó los cuatro sueldos.

La marquesa de R. continuó:

--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis
solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente
frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.

--Ya he llamado á todas las puertas.

--¿Y qué?

--De todas me han echado.

La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra
parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.

--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?

--Sí.

--¿Habéis llamado á aquélla?

--No.

--Llamad pues.


                                  II
                =La prudencia aconseja á la Sabiduría=


Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la
ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba
ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó
desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente
todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan
grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba
de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada
uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los
grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes
para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29,
30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las
criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo
encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para
los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los
magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para
los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios;
para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas,
en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de
todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería
presentar á las almas.

Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente
en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las
rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar
la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después,
comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana
le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir
y entró en el comedor.

Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la
calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.

La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.

Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.

Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en
la cual ardía una gran llama.

Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas
atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta,
vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco
más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de
moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le
duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el
mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta
á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y
la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba
gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya
de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de
un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de
tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con
una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres;
calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de
Marsella.

El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806,
tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y
botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada
_de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y
bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el
labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto
carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba,
hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero
desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una
obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir
una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer.
Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al
nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su
fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba
inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre;
pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan
dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre
hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja;
la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce
recuerdo desvanecido!

La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo
lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven
todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.

En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba
hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la
señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba
Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de
entrada.

Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído
hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un
vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso
acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad,
y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los
que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la
policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor
Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse
mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen
sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar
por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y
teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las
puertas_.

La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que
venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante
de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy
distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria
acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita
Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su
hermano, se aventuró á decir tímidamente:

--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?

--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.

Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus
rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire
cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama
del hogar:

--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?

Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola
algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un
descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón
en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín
Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después
por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un
hombre de morral y garrote, de horrible catadura.

--¿De veras?--exclamó el obispo.

Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues
ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse;
prosiguió entonces en ademán triunfante:

--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia
en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan
descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste,
y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la
seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...

--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano
es lo bien hecho.

La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:

--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite
monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que
venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están
ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos
aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta
que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer
recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor
de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío!
no hay necesidad de pedir permiso...

En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.

--Adelante,--dijo el obispo.




                                  III
                  =Heroísmo de la obediencia pasiva=


La puerta se abrió.

Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con
resolución y energía.

Entró un hombre.

Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar
en busca de un asilo.

Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta
abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su
expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego
de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra
aparición.

La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un
grito. Estremecióse, quedando inmóvil.

La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se
levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia
la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su
fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.

El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.

Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le
ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una
mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que
el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:

--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en
presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me
dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde
Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la
población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de
mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era
mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra
parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la
cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca
de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera
un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo
para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche.
Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera
la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una
puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena
mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado.
¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances.
Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con
mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero.
Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.

El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la
mesa.

--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es
esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de
presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo,
que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo.
Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer
también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que
quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean,
presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha
estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura.
Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es
hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis
vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis
caballerizas?

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama
de la alcoba.

Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos
mujeres.

La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.

El obispo se volvió hacia el hombre:

--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se
os arreglará la cama mientras...

El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y
dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría,
de asombro, tartamudeando como un loco:

¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis
amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como
me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he
dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido
aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo
el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en
ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo
demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo
os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois
posadero, no es verdad?

--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.

--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me
pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran
iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro
solideo.

Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había
vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La
señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:

--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un
buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?

--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo
que me habéis dicho ciento nueve francos?

--Y quince sueldos,--añadió el hombre.

--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis
empleado para ganar eso?

--Diez y nueve años.

--¡Diez y nueve años!

El obispo suspiró profundamente.

El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he
gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar
unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que
en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo,
un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de
Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si
me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo!
Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una
cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba
aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados
y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de
nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el
fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.

Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta
que había quedado abierta del todo.

La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más
cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la
noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad
de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con
su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se
iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un
náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones.

--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.

La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la
chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que
encendió y puso sobre la mesa.

--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me
recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no
os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.

El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais
no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de
Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su
nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre
y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo
en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo
os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo
mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber
vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que
ya me lo sabía yo.

El hombre abrió los ojos admirado.

--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?

--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.

--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al
entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo
que se me ha pasado.

El obispo le miró de nuevo y dijo:

--¿Habéis sufrido mucho?

--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el
calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por
cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun
en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más
felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte
amarillo. Ya lo veis.

--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe
más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la
blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y
de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois
digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas,
de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.

Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha
de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero,
higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la
comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.

La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría
propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con
viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba
con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina,
perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.

El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa,
conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.

[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la
sopa]


De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.

La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres
cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa,
siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban
sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta
chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil,
verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que
elevaba la pobreza hasta la dignidad.

La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin
decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados
por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados
delante de cada uno de los tres comensales.




                                  IV
           =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=


Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos
hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que
la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la
conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa
sencillez:

«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con
hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:

«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para
mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme
comer con ellos, lo hacen mejor que vos.

«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le
contestó:

«--También se cansan más que yo.

«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde
luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo!
si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.

«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.

«Un instante después añadió:

«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?

«--Con itinerario obligado.

«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:

«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba.
Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los
días calurosos.

«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante
la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el
Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo
manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No
había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías,
destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones
de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las
hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.

«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi
hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme
la palabra.

«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?

«Yo le contesté:

«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe
de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.

«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes
que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier,
donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente
patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó
fruteras, como allí las llaman.

«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó
muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las
cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen
á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen
siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_,
que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que
reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á
jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de
los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble
tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería,
hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la
montaña.

«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía
beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque
dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos
detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á
sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo
comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero
modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre
comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar
aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo
que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante
toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle
entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo
que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y,
sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un
sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él
el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez,
que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente
alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación
razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración
exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano
no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia.
Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo
empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto
que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen
_un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son
inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase
que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de
reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi
hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean
no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor
distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento,
que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y
corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad?
¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza
que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo
mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el
punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de
mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente
tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al
parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma
naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor
Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.

«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la
puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó
al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para
dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo,
no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La
pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose
al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora
Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario
que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos
al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que
bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la
Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta
piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi
hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á
los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango
de marfil, del que me sirvo en la mesa.

«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar
nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos
cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».




                                   V
                                =Calma=


Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor
Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y
entregando el otro á su huésped, le dijo:

--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.

El hombre le siguió.

Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones
estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba
la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio
del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora
Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la
cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.

El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia
le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.

--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la
mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de
leche de nuestras vacas; calentita.

--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.

Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin
transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de
espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy
mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel
momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía
simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él
mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y,
fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:

--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto
á vos; ¿cómo es eso?

Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa
especial, en la que se encerraba algo monstruoso:

--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un
asesino?

El obispo respondió:

--Esto basta con que lo sepa Dios.

Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla
consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al
hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar
tras sí, entró nuevamente en su cuarto.

Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de
parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al
pasar delante de esta cortina, y oró un momento.

Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el
alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra
Dios á los ojos que continúan abiertos.

En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni
siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban.
Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á
hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama,
y quedando enseguida profundamente dormido.

Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su
cuarto.

Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y
santa casa.




                                  VI
                            =Juan Valjean=


Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.

Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie.
Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó
á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba
Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo
probablemente y contracción de _voilà Jean_.

Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual
es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto,
naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había
perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto
de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de
una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana
mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras.
Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le
tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los
siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á
cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su
vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un
simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan.
Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie
le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le
dejaba su trabajo tiempo para el amor.

Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir
palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente
de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de
tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él
comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el
plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de
su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en
Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de
la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean,
generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su
madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de
una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente
el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el
delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este
abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean,
brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á
María Claudia, y los niños no eran castigados.

Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios,
después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun
de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba
también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?

Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando
poco á poco.

Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo
por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!

Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de
la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando
oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda.
Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de
haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un
pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo
correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el
pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.

Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales
de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada».
Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del
mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe
contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador
furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador.
No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta
clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador
furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el
mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen
hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen
sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su
parte humana.

Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran
terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas
los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre
instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable
abandono un ser pensador!

Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.

El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de
Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que
el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del
año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en
Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte
en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca
de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado
cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte
del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse
cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable
que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante
del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos
detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le
ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando
con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después,
sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si
tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía
querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo
había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.

Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y
siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le
vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su
nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el
número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos?
¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del
árbol aserrado por el tronco?

La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes,
aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin
asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual
por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría
bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las
que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas
cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que
abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les
olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también;
y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez
el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una
llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el
tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez.
Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de
todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez
alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana.
Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San
Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño,
el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella
misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de
la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora
y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las
seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma
imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que
tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en
el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era
preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en
abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre!
No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo,
decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre
criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces
entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía,
una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en
su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno
y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón,
arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete
se abría la escuela y el niño entraba.

He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.

Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una
ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él
había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás
á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los
volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta
historia llegará á encontrarlos.

Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de
evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel
triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es
ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y
al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre
que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que
suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada,
del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del
segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir
treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito
á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á
tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su
objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol,
le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los
buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron.
Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué
castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena.
Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo
también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva
tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo
tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino
que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas
cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en
libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y
tomado un pan.

Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que
en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal,
el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de
partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan
Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que
en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.

Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de
allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.

¿Qué es lo que había pasado por su alma?




                                  VII
                     =La desesperación por dentro=


Probemos de explicarnos.

Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella
quien las hace.

Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La
luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su
luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el
palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente
sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí
mismo y reflexionó.

Él se constituyó en tribunal.

Empezó por juzgarse á sí mismo.

Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó
haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera,
tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera
sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un
argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre?
Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de
hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho
de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente,
sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido
más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de
locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente
al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la
miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para
salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en
fin, que había faltado.

Luego se preguntó:

¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal
historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien
como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese
de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el
castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la
pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había
exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la
expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito
y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la
falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor
el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo
que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones
sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una
especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de
la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo
diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.

Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer
sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión
irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para
siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso;
defecto de trabajo, exceso de castigo.

Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así
precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición
de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de
conmiseración y respeto.

Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la
condenó.

La condenó á su odio.

Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de
pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no
existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se
le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido,
en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.

La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por
equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra
la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.

Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás
había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama
ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no
le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él
había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su
hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada
de benevolencia.

De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la
convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta
lucha él era el vencido.

No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y
llevarla consigo á su salida.

Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos
_Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos
desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos
hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta
años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su
inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la
instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.

Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había
hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad,
condenándola también.

Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud,
elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz
por una parte y las tinieblas por otra.

Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era
todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió
que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía
impío.

Aquí es casi imposible no meditar un instante.

¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre
bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser
el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala
si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir
defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha
desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja?
¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan
Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino,
incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede
desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y
que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?

Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista
respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en
Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas
de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún
cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir
que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo,
paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado
de la civilización, que miraba severamente al cielo.

Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista
observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria;
hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera
tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando
la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y
como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella
existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de
todos los hombres: _¡Esperanza!_

El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y
patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo
para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de
su formación, y había visto también distintamente, á medida que se
formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel
hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión
de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando
hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el
horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de
todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es
lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no
podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que,
á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad.
Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba.
Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en
tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante.
Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un
visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente
de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un
acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su
alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los
resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las
sombrías perspectivas de su destino.

Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo
ignoraba.

Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la
crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco
por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal
salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean,
sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo
operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado
aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le
hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado,
ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como
el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate!
La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta,
el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto.
La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas
crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su
furia.

Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física
superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de
arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan
Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre
sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado
vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de
_orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la
calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le
llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando
el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables
cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan
Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide
dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.

Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores
perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza
combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura.
Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los
penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por
una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un
ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de
un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y
talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia
hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos
del penal.

Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción
para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del
penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.

Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.

Estaba efectivamente absorto.

Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta
y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo
monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se
encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su
mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse
hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles,
una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de
precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba
á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa
pirámide que nosotros llamamos civilización.

Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme
unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles,
algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su
vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado;
en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y
radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar
su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza
mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía
sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que
imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con
no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas
en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en
lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos
senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre
su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra
fuera como implacable con quien está debajo.

En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la
naturaleza de sus meditaciones?

Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar,
pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.

Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas
de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado
interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en
el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura
y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por
él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible.
Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos
pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma
le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No
sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni
hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras
de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo
para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados
positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer
constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador
de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser
capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de
dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida,
irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de
represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria,
calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden
engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres
fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente
recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la
indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de
las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos,
los inocentes y los justos, si los hay.

El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos,
era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su
desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo
determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género
humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago,
incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que
sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto,
no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan
Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella
alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á
corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado
diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.




                                 VIII
                            =Ola y sombra=


¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el
viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir.
Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se
remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie
le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su
maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su
miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío.
Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el
de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente.
Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento,
formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como
tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era
un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído,
ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo
sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y
rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén
del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al
rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él;
mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé
nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas
vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente
abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas
á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la
enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.

Él lucha por lo tanto.

Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella
pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.

¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas
tinieblas del horizonte.

Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y
no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa
demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos
extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no
se sabe qué espantosas exterioridades.

Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre
las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar,
cantar y llorar y él estertorea.

Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el
cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.

La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan;
la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él
está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece,
se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y
exclama:

--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?

Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue
exclamándose:

--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.

Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á
sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no
obedece más que al infinito.

Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto
tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces
olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni
un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre
la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se
crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos,
resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse
desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja
hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres
profundidades de la absorción.

¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y
de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja
caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!

El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus
condenados. El mar es la miseria inmensa.

El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en
cadáver. ¿Quién la resucitará?




                                  IX
                           =Nuevos agravios=


Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto
á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él
inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera
luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó
bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea
de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que
venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada
naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante
su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un
francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en
sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que,
en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro
francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances
habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de
ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su
salida.

No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho,
robado.

Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta
de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que
descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía
y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y
diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho.
Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió
sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo.
Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes,
había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban
diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta
sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su
marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la
fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar,
no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le
contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica
le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_

Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.

La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en
grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba,
también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se
sale del penal, pero sigue la condena.

Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido
recibido en D***.




                                   X
                         =El hombre desvelado=


Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral
Juan Valjean despertó.

Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como
veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo
hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva
para no turbar su sueño.

Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado.
Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.

Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí;
luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.

Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas
que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á
dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que
vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse,
se puso á pensar.

Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el
espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del
cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en
él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose
desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada
de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero
había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba
todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase
fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que
la señora Magloria había puesto sobre la mesa.

Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.

--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto
contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta
los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la
cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando
por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón,
bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había
ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más
si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».

Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones,
en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió
nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la
mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba,
después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero
enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez
sobre el lecho.

Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de
siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo,
vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja
caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente
sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente
su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación
imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su
cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él
una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con
aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado
Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el
pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando
cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.

Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido
indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese
dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada
le dijese: ¡Anda!

Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en
la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la
ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna
llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento.
Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de
claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante
crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de
las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero
de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado
á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía
reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre
del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como
penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió
á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de
examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una
pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra
parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias
regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de
una alameda ó de una calle arbolada.

Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se
dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él
un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos,
volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su
gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y
lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió
resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de
hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.

Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo
podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una
palanqueta? ¿era una clava?

Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una
barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en
extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues
extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas
de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en
punta, por medio de la cual se clavan en la roca.

Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso
quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como
sabemos, la del obispo.

Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no
había cuidado de cerrarla.




                                  XI
                            =Lo que hacía=


Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.

Empujó la puerta.

Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva
é inquieta del gato que desea entrar.

La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el
silencio, ensanchando un poco la abertura.

Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez,
con mayor fuerza.

Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante
grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que
formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.

Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura
se ensanchara más.

Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor
energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de
repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.

Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído
como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín
del juicio final.

En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse
que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible,
y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar
á los que dormían.

Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el
talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de
fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del
viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible
clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como
la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había
alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres
iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la
población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento
se creyó perdido.

Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no
atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos.
La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del
cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa.
El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.

El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí
mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No
pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.

En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y
allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles
esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre
un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que
á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios
blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar
con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la
respiración tranquila y regular del obispo dormido.

Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que
creía.

La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos
á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é
inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de
una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el
preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la
nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta
ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones
del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi
vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de
invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le
cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la
almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer
fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que
practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante
bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza
y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola.
Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta.
El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un
cielo misterioso.

Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.

Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo
estaba dentro de él; era su conciencia.

En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por
así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como
en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por
una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza
adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el
momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible
al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de
aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados;
aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella
cabeza de anciano en el sueño de un niño.

Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el
punto de ignorarlo.

Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en
la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable
y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le
aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más
imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á
cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.

Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su
lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo
imperiosamente.

Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él.
Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda
existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión
no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro
salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido
imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y
trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?

Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía
claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una
extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era
el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía
dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.

Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta
la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual
lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la
mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su
feroz cabeza.

El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella
espantosa mirada.

Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el
crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno
y perdonar al otro.

De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra,
atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo,
dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó
el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la
llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los
cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse
apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en
el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho,
guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el
jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.




                                  XII
                          =El obispo trabaja=


Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando
por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda
azorada.

--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está
la canastilla de los cubiertos?

--Sí,--dijo el obispo.

--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á
parar.

El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los
paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.

--Aquí está.

--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?

--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro
dónde está.

--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha
robado.

En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora
Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde
estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una
mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al
ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora
Magloria.

--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!

Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos
del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El
cabriol de la cerca había sido arrancado.

--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de
Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!

El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos,
dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:

--¿Es verdad que esta plata era nuestra?

La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio;
enseguida continuó el obispo:

--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos
cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre,
indefectiblemente.

--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la
señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué
vais á comer ahora?

El obispo se fijó en ella con aire de asombro.

--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?

La señora Magloria se encogió de hombros.

--El estaño despide olor.

--Entonces, de hierro.

La señora Magloria hizo un gesto expresivo.

--El hierro sabe peor.

--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.

Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa
en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el
almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que
nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que
no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de
palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.

--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros
yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir
á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que
robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!

Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la
puerta.

--Entrad,--dijo el obispo.

Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral.
Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el
cuarto, Juan Valjean.

El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto
á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole
militarmente:

--Monseñor...--dijo el sargento.

Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al
parecer, levantó la cabeza con aire admirado.

--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?

--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.

Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa
que le permitían sus años.

--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.

Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo
demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué
no os los habéis llevado con los cubiertos?

Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una
expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.

--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este
hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos
detenido para ver. Llevaba esta plata...

--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la
había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la
noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha
sido un error.

--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?

--Naturalmente,--respondió el obispo.

Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.

--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y
como en sueños.

--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme.

--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros
candeleros. Recogedlos.

Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los
entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción
sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que
pudiese disgustar al obispo.

Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros
maquinalmente y en ademán dudoso.

--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose
á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el
jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de
la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de
día.

Luego, volviéndose á los gendarmes:

--Señores, os podéis retirar.

Los gendarmes salieron.

Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.

El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.

---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de
esta plata para haceros bueno y honrado.

Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada,
seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al
pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:

--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es
vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para
entregársela á Dios.




                                 XIII
                             =Gervasillo=


Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse
precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se
le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus
pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir
necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una
especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar
si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado
por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el
endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le
fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo
en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le
había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla.
Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los
gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues,
de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación
estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que
otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha,
le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le
eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.

Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante
todo el día.

Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la
sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de
un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta.
No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario
de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á
unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á
pocos pasos del matorral.

En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á
hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese
encontrado, oyó una especie de ruido alegre.

Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de
unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un
costado y la caja de su marmota á la espalda.

Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro,
enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.

Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha,
jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna
probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta
sueldos[2].

El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando
al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas,
con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.

Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué
rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.

Juan Valjean le puso el pie encima.

Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió
perfectamente donde había ido.

Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.

Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la
mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo
se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á
grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía
sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento
las salvajes facciones de Juan Valjean.

--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la
niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza!

--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean.

--Gervasillo, señor.

--Vete,--dijo Valjean.

--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda.

Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.

El niño repitió:

--¡Mi moneda, señor!

La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.

--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!

Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del
cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto
podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato
claveteado que cubría su tesoro.

--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!

El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no
obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló
al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote,
gritando con acento terrible:

--¿Quién anda ahí?

--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo!
¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!

Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:

--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!

--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y
en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:

--¡Quieres irte de aquí!

El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar
de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á
correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni
lanzar un grito.

No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan
Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.

Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.

El sol se había puesto.

Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido
en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.

Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que
había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á
largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce
pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de
un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De
pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de
la noche.

Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó
maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó
para tomar su garrote del suelo.

En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio
hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras.
Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.

--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos,
parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había
sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en
medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase
fijamente.

Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella
moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo
lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia
todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera
que busca un asilo.

Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga,
algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.

--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada
dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de
haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada
vió.

Entonces gritó con todas sus fuerzas:

--¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Callóse y escuchó.

No le respondió nadie.

El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la
extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que
se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.

Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una
especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas
con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á
alguien.

Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de
cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con
una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y
desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».

Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera
guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy
lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:

--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?

--No,--contestó el clérigo.

--¿Uno que se llama Gervasillo?

--No he visto á nadie.

Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al
cura.

--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos
diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de
paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...

--No, no le he visto.

--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?

--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos
extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.

Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se
las dió también al cura.

--Para vuestros pobres,--dijo.

Después añadió como azorado:

--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.

El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.

Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado
antes.

Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y
gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió
por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida
ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor
de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se
paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando
por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos
se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró
todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste
fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su
peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su
siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los
puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando
desolado:

«¡Soy un miserable!».

Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera
vez que lloró después de diez y nueve años.

Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto,
estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No
podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra
la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me
habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se
la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo
estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el
orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía
él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el
mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que
su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella
clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el
cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante
tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer
ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba
entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.

En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre
ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había
en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su
aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que
advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida?
Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne
de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en
lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso,
por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó
descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno,
era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era
indispensable que fuése un monstruo.

Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho
otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo
esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa
la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en
estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas
ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y
servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y
casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama
presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado
viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida
futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y
radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad,
dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del
sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.

Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era
que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en
él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese
hablado ni le hubiese conmovido.

En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le
había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de
seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como
á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado
del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en
estática _fuerza adquirida_? Era esto, y era menos todavía que esto,
tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no
había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por
instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras
la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y
nuevas.

Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción,
Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.

Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación
como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había
hecho una cosa de la que no era ya capaz.

Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él
un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en
su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas
obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se
hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia,
precipitando un elemento y clarificando otro.

Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el
que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para
devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é
imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy
un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces
separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un
fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en
la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la
espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de
proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.

Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto
visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver
verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí.
Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le
horrorizaba.

Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin
embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa
es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno
lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de
nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.

Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y
al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en
ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á
tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz
que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que
aquella antorcha era el obispo.

Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante
ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro
que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos
singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su
ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo
á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto
en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo.
Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios
del alma de aquel miserable.

Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró
sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.

Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro
una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á
la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su
embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida
á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo,
la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un
chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que
había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual
se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces
jamás había visto.

Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin
embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre
aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.

¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado?
¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado
que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella
época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de
la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en
actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á
la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.


                                NOTAS:

[1] Patuá de los Alpes franceses. _Gato de ladrón._

[2] Dos pesetas moneda española.




                             LIBRO TERCERO
                            EN EL AÑO 1817


                                   I
                             =El año 1817=


Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no
carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué
también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas
las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave
real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la
época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los
domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los
Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y
su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha
hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el
siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814,
entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De
ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro
á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas
á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de
blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar
del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos.
Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el
paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.

En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier
reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso.
Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La
legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza,
á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.

El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado
para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos
augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la
federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo,
Luis le había ayudado como diácono.

En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte
(Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia,
y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas
y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes
habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban
esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los
vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de
aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs,
habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.

El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes
de junio en el campo de _Marzo_.

Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire
Touquet, y la tabaquera de la Carta.

La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien
había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores.

Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias
de la desgraciada fragata _Medusa_, que debía cubrir de mengua á
Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á
Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la
calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en
la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de
madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la
marina de Luis XVI.

La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete
tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N.
del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente
del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de
Austerlitz y el jardín de Plantas.

Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que
se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía
además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.

La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura
el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase
germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los
sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand
llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado
Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora
Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto
dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real
decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque
de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema
acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo
cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.

Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si
debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban
los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos
de las calles.

El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una
verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa
de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban
_l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano
amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el
emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.

Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia,
y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto
madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars.
Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se
había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era
constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_.
Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del
gran escritor.

En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á
los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y
Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad
también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro
que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus
manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no
es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo
David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir
las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos
realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto
al desterrado.

Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_,
ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_,
separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido
convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada
por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el
terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el
pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba,
en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la
monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas
graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y
de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano
y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de
Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie
se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto
liberal, dominaba.

Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número
27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus
cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo,
y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase
los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo
que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su
secretario.

La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor
de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa
Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban
colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis,
de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra
policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana
del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque
de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de
húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones,
gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su
costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué
es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague;
el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor
Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.

El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no
había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos
Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber
sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA
EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de
Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero
Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de
Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores»,
decía aquel infeliz editor.

Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del
siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria;
escribiéndose sobre ello este verso:


      Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.


El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de
Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de
Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán
Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime
teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la
posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro
de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar;
una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos
términos: _un tal lord Barón_.

David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba
con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón
(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado
Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.

Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el
ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las
Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de
poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de
un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses
veían indiferentes semejante inutilidad.

El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado,
hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á
quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San
Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor
Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y
discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con
los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.

Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se
esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles
de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los
mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria
de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata)
se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo
obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la
polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que
acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo
por Royer-Collard.

Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente
de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado
el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La
justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de
Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que
deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose
el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.

Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían
pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la
recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor
cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de
Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada,
ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito
en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos:
_Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse
antes de salir).

He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año
1817, hoy día olvidado.

La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no
puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos
detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad
pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la
fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.

Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una
linda gracia».




                                  II
                           =Doble cuarteto=


Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero
de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice
estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.

Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha
visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos;
ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles;
bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares
cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún.
_Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar
viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era
escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer
hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas
de ganar la batalla de Waterloo.

Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el
otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el
último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su
damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado
en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por
nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina,
contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia,
por sus hermosos cabellos color de sol.

Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas
perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían
aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos
pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad
del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la
mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que
llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la
vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos
que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más
acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la
Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.

Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar
otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda
de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer
capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero.
Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra
lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su
compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas
mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les
arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é
inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!

Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á
Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre,
antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor
ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió
en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la
rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello
resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la
saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia
mística, entró en su casa y le dijo:

--¿No me conocéis, verdad, señorita?

--No.

--Pues soy tu madre.

Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo
que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa.
Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita,
se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro,
descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo
mal de su hija.

Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y
hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas.
¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa
no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había
conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir:
«sí, señor».

Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes
amores van siempre acompañados de tales amistades.

Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que,
salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia,
eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.

¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma
parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de
Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.

Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.

Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del
fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra
social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido.
Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le
conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba
así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento
existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la
tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia.
Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró
de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como
recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla
la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había
entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se
puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se
fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo
el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes.
Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su
cabeza y en su boca las perlas.

Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también
el corazón su hambre, amó.

Amó á Tholomyés.

Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas
por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los
principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del
Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido
mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe
una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la
égloga.

Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era
Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.

Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía
cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez
escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor
de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á
tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente:
_coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya
bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se
extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos,
sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con
risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por
todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en
retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le
habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier
objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura,
lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y
calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir
hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?

Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el
oráculo, les dijo:

--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos
están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida
solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así
como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o
miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me
dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al
mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes.
Creo que ha llegado el momento. Hablemos.

Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan
chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en
los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba
Blachevelle: ¡Vaya una idea!

Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose
entre aquella neblina el resto de la conferencia.

El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo
que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes
invitaron á las muchachas.




                                  III
                           =Cuatro y cuatro=


Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace
cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los
mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida
circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en
lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de
vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París
de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.

Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras
campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las
vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera,
Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente
á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un
buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana.
Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco
y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua!
Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía;
jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque;
subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta
del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux,
compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de
manzana, en fin, fueron dichosos por completo.

Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un
delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con
regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida!
¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las
ilusiones!

¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente
haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas,
á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un
cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado
riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia,
en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os
detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han
puesto!

Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se
presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor,
por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y
sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos
míos._

Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico,
en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor,
el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de
Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó:
_Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de
Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante
todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando
valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el
entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad
las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando
juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un
punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose
mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros
_keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por
las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así
es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina
y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una
discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la
diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.

Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo
los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.

Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba
entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura
en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón
de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un
magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una
cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada
sagrado fundaba al mismo tiempo.

--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta
veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!

En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura
había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.

Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja
cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia,
acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola
continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar
la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un
modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados
como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á
los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este
atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado!
Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba
un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color
de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su
blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina,
invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase
_quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa
buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas,
como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano,
bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y
atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la
rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y
sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo
incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido
por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez
concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en
nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor.
Es lo lógico.

Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto,
grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos
admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y
allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y
frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y
suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un
voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado
por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose
fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una
estatua, y en la estatua un alma.

Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes
misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en
todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través
de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada.
Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos
aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el
ritmo es el movimiento.

Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.

Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que
de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la
edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión
de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto
asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los
dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas
del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella
rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el
reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad
seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos,
y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura
se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente,
del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada
severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente,
su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante
del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del
rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del
labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo
misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies
de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.

Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta
misma.




                                  IV
      =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=


Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda
la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud
embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el
follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas
al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se
precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto
parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.

Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre
las flores y los árboles, resplandecían.

Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo,
bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos
con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas,
recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de
ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia
meditabunda y esquiva que le era propia.

--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.

Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un
llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por
do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que
hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa
eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente,
y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la
popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el
ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el
populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á
esa hada.

Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una
transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses.
Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que
parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de
soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca,
todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un
grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener
fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis
sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama
Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos
envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y
de Urfé los mezcla con los druidas.

Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se
conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la
India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella
época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito
de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y
sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual
hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores.
Siempre estaba cercado de admiradores.

Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y
ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy
tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales,
posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto
de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta
en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete
de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó
de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran
columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate
de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra,
lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las
faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano
Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de
Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_,
inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo
sobre una cuerda entre dos árboles:

          Soy de Badajoz.
          Amor me llama.
          Toda mi alma,
          Es en mis ojos,
          Porque enseñas
          Á tuas piernas.

Fantina solamente, se negó á ser columpiada.

--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.

Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose,
siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta
la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde
las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse
en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso
de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por
las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las
alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de
los árboles de los Campos Elíseos.

De cuando en cuando, Favorita exclamaba:

--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.

--Paciencia,--respondió Tholomyés.




                                   V
                         =En casa de Bombarda=


Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava,
á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda,
sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista
Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto
al pasaje Delorme.

Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á
causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso
contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se
podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente;
un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos
mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros
de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al
rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas;
jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la
mesa, y no escaso desorden debajo:

              Bajo la mesa había
          Un barullo de pies que estremecía.

dijo Molière.

He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella
gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito
se extinguía.

Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que
luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly,
aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro.
Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de
corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly;
la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba
sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada
nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres
paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una
cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera
de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y
recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos
una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien
Días, la cual tenía el siguiente estribillo:

          Devolvednos nuestro padre de Gante;
          Devolvednos nuestro padre.

Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos
igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre
el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas
y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban
tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse
mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz
innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una
memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al
rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas
palabras:

«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales
gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias
es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se
necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros
granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la
capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población
en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es
más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En
suma, es una canalla bastante buena».

Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible
los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro
del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el
conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba
á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera
del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso
de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba
demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía,
«buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense
al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más
francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber
mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy
propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue
la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y
realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es
el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la
patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado!
sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en
clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre,
hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se
crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su
soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá
bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á
estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló
en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría.
Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no
tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis
XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo.

Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á
nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.




                                  VI
                          =Capítulo de amor=


Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros
con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos
de sobremesa humo.

Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía
Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había
comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á
Blachevelle, y le decía:

--Blachevelle, te adoro.

Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:

--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?

--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si
dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te
remojaría y te haría prender...

Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en
su amor propio. Favorita repuso:

--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.

--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!

Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente
sus ojos.

Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el
murmullo:

--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?

--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo
nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que
vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se
ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores.
Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya
se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío,
¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto
llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda
encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo,
pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya
veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo
de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico!
Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me
dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_.
No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico!
¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante,
yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!

Favorita se paró un momento, y prosiguió:

--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más
que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca;
Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes
en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_,
como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es
horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me
hace aborrecer la vida.




                                  VII
                       =Sabiduría de Tholomyés=


Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos
al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés
intervino.

--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado
aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de
improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se
derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos
la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito
á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está
perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones
y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia
de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del
parecer de Talleyrand.

Una sorda rebelión recorrió el grupo.

--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.

--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.

--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.

--El domingo existe,--repuso Fameuil.

--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.

--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_.

--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.

Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á
un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón.
Todas las ranas se quedaron mudas.

--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su
imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger
este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad
no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es
el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero
el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde
de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra
una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de
mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada
más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la
humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de
palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés
acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de
Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la
batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne,
palabra griega que significa cucharón.

Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo
repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en
agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo
reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable
un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._
Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los
pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de
pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería
castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el
encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente;
cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que
es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á
tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece
urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y
ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe,
en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza
en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan
mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la
cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en
latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento,
en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio,
porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la
indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo
la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix
Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la
hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como
Sila ú Orígenes.

Favorita escuchaba con profunda atención.

--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere
decir Próspero.

Tholomyés prosiguió:

--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir
ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada
más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar
á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en
gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones
de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta
rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de
yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor
de saturno y reparaos con oxicrato.

--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.

--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del
que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida
y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La
serpiente es para ella el tendero de enfrente.

--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!

--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.

--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.

--¡Consiento!--respondió Tholomyés.

Y levantóse llenando nuevamente su vaso.

--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas,
esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal
tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de
Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las
Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran
zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de
amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores
está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y
embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de
las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino
para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha
dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras,
á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada;
seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una
hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado
alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle,
por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de
medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas.
Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó,
fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor
griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los
labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca.
Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú
has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela
como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres
tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer
hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la
poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre.
Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su
nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy
un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar
jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja
pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de
vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la
mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una
visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de
ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas,
pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla
el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos
en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más
pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á
decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima
rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en
ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh
Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer
del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el
casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro:
Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas.
Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo
cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que
las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos
llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto:
vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una
sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca.
¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el
azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y
es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de
las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la
solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de
ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo
tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres:
señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el
menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay
amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las
hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura
femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito.
Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La
mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo
las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne
como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas
las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de
Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El
enemigo lo tiene».

Tholomyés se paró un momento.

--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.

Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil
entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller,
compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas,
vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del
viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como
el calor mismo.

He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:

          Los pavos padres le dieron
          Dinero á un agente
          Para hacer, por San Juan, papa
          Á Clermont Tonerre.
          Pero Clermont no fué papa
          Porque no era clérigo;
          Y el agente regañando
          Devolvió el dinero.

No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de
Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:

--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni
poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la
alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la
locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano
el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda
creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son
admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou
gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la
calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos!
¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar
los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me
complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva
y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo
es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha
estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!

Y equivocándose, abrazó á Favorita.


                                 VIII
                        =Muerte de un caballo=


--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.

--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es
más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.

--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.

Blachevelle insistió:

--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata,
y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el
hueso.

--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.

En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos,
visible desde las ventanas de casa Bombarda.

Hubo una pausa.

--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos
discutiendo...

--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.

--Disputábamos sobre filosofía.

--¿Y era?

--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?

--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.

Dada esta sentencia, bebió y continuó.

--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra,
puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses
inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo
inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía
aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja
de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo
con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de
Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el
nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y
el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y
siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.

Fameuil interrumpió nuevamente:

--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?

--Ber...

--¿Quién?

--No, Choux.

Tholomyés prosiguió:

--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera
cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme
una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y
Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada
nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub
sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y
Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se
embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra.
¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en
que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte
rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora.
Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos
de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut.
Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á
Prometeo.

Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo
no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe,
la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y
flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una
carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el
escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El
incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero,
jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía
acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable
latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no
volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre
auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para
terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:

          Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros
                  Destino semejante;
          Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo,
                  El espacio de un: «arre».

--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.

Y Dalia exclamó:

--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse
mayor tontería!

En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza
hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:

--¡Bien! ¿Y la sorpresa?

--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores,
la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un
momento.

--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.

--En la frente,--añadió Tholomyés.

Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego,
alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la
puerta.

Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.

--Esto es ya divertido,--dijo.

--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.




                                  IX
                     =Gracioso fin de la alegría=


Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose
en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas
con otras.

Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo;
volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que
desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade
semanalmente los Campos Elíseos.

--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.

--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.

--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.

--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.

Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que
circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los
grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido.
Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas
las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los
Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por
la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de
negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme
á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que
desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en
pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del
chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una
furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita
exclamaba:

--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el
diablo las lleva.

Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía
fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse,
volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.

--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban
jamás.

Favorita se encogió de hombros.

--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por
curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que
yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando
paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve
todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.

Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de
quien despierta.

--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?

--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?

--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.

Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en
la sala.

Traía algo en la mano que parecía una carta.

--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.

El mozo respondió:

--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.

--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?

---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que
dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.

Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente,
una carta.

--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito
en el sobre:

                         AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA

Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).

    «¡Amadas nuestras!

    «Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis
    apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según
    el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres.
    Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres
    llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres
    y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando
    nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores
    reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la
    cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia
    donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el
    campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido.
    Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard.
    La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois
    vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en
    la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón
    de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como
    todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó
    consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos.
    Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta
    os molesta, rompedla. Adiós.

    «Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis,
    por lo tanto, rencor.

      «Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.

      _Post scriptum._--La comida está pagada».

Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.

Favorita rompió el silencio la primera.

--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.

--Muy graciosa,--dijo Zefina.

--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.

Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la
historia.

--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.

--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!

--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.

Y echáronse á reir.

Fantina rió como las otras.

Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.

Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á
Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.


                                NOTAS:

[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere.




                             LIBRO CUARTO
                 CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE


                                   I
                 =Una madre que se encuentra con otra=


Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto
á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era
propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y
mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la
puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado
algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba
grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas,
y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo
todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la
siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.

Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón.
Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que
obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una
tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto
la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.

Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven
en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y
troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de
hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas
desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado,
deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los
carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas,
los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y
sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas
catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el
orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado
Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber
de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido
arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y
sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera
sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.

¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en
la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse
de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de
instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que
no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se
encuentran.

El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al
suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un
columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas
graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera,
y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más
pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una
madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he
aquí un juguete para mis niñas.

Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero,
irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas;
sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era
castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables
arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los
transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho
meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza
de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas,
amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón,
negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de
ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una
caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la
madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante
á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo
bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con
aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad;
á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido
que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol
poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel
capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un
columpio de querubines.

Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de
falsete, una canción célebre entonces:

          Ha de ser, dijo, un guerrero

La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo
demás que pasaba en la calle.

No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera
estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:

--Allí tenéis dos hermosas criaturas.

         Á la bella y tierna Imogine...

Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.

Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía
también una criatura que llevaba en brazos.

Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.

La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan
verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á
las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un
cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes
en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo
blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando
de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las
manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que
habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.

Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos
de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en
ellos.

En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje
mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era
joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus
cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes,
pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada,
estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los
dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos
parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su
aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus
brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á
sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los
inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle.
Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice
endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera
lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina.

Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No
obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza.
Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba
ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo
tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la
locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase
desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á
la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que
engalanaran.

Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».

¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.

Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde
luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres
se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado
si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas,
lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado
sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son
irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre
de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por
sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía,
había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los
encontró luego cerrados.

No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber
escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma;
hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés,
luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna.
Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay
por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de
hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría
también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar
en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en
sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar
en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta,
pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el
pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de
caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor;
lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su
ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la
conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su
falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una
separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba,
pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos,
poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente
al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su
seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á
su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había
vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y
después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle
aproximadamente ochenta francos.

Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera,
dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas
pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el
mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo
más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual
había fatigado su pecho y tosía un poco.

Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés,
concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de
Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico,
elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre.

Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á
trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se
llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París,
encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.

Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas,
tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto,
deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.

Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para
aquella madre.

Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles
es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón
el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran
evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente
enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento,
entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase
que acabamos de leer:

--Tenéis allí dos hermosas criaturas.

Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus
pequeñuelos.

Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte
á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el
umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.

--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los
dueños de esta hostería.

Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:

          Ha de ser, soy caballero
          Y voy á la Palestina.

Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes
apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa
rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas.
Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las
imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era
joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que
estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal
vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá
asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo
tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de
estar de pie, influye en el destino.

La viajera refirió su historia algo modificada.

Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en
París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido
de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija,
sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble,
había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie;
que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan
tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla
nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido.

Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La
niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y
miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los
pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante
nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que
nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre
procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de
un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las
otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la
lengua y torciendo el gesto en señal de admiración.

La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y
dijo:

--Ea: jugad las tres.

Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto,
las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en
el suelo, inmenso placer.

Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba
escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía
de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El
mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por
una criaturita.

Las dos mujeres seguían en su conversación.

--¿Cómo se llama vuestra pequeñita?

--Cosette.

Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la
madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las
madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es
éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la
ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había
llegado á hacer de Teodora, Gnon _(ñon)_.

--¿Qué edad tiene ahora?

--Va á cumplir tres años.

--Como la mayor de las mías.

Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de
profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un
gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía
extasiadas.

Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres
cabezas en una aureola solamente.

--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan
enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas!

Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó
entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:

--¿Queréis cuidar de mi hija?

La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un
consentimiento ni una negativa.

La madre de Cosette prosiguió:

--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El
trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en
ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país.
Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería.
Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas,
he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el
reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas.
Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?

--Será preciso ver,--dijo la Thénardier.

--Os daré seis francos al mes.

En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:

--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.

--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier.

--Os los daré,--dijo la madre.

--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de
hombre.

--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al
través de estos números, seguía tarareando vagamente:

      Ha de ser, dijo un guerrero.

--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para
llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y
en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.

La voz de un hombre repuso:

--¿Tiene la niña ajuar?

--Es mi marido,--dijo la Thénardier.

--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro!
Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un
ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora.
Ahí lo traigo, en mi saco de noche.

--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre.

--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería
poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!

La figura del hombre apareció.

--Está bien,--dijo.

El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió
su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche,
desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la
mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se
arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego!

Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y
vínose diciendo:

--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.

Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.

--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence
mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido
aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con
tus niñas.

--Sin duda,--dijo la mujer.




                                  II
                =Primer esbozo de dos figuras sombrías=


El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin
embargo aunque el ratón sea flaco.

¿Qué eran los Thénardier?

Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.

Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes
groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se
encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la
que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios
de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del
moderado orden del artesano.

Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría
las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía
la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un
perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible
degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la
senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente
hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando,
cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad,
empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura
creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta
naturaleza.

El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los
fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para
desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos.
Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente.
Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder
de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su
mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier
gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su
pasado, y sombras misteriosas en su porvenir.

Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento,
decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se
había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que
había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de
armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo
todo; mal.

Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de
haber sido _Clélie_, no era más que _Lodoïska_, siempre noble, pero más
vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora
Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy
Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar
de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la
inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba
de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había
dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie
de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos
alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un
tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault
Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga,
ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó
quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente
llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela,
no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos
que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las
necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la
pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no
sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no
llamarse más que Azelma.

Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo
y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y
que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto
al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma
social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se
llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes
todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece
el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el
aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible
penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa
aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución
francesa.




                                  III
                             =La alondra=


No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.

Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier
había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente,
necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte
de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde
que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no
ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad,
tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar,
la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de
harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor
que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran
generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa
en una cazuela de madera igual á la de ellos.

Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur
M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los
meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban
invariablemente: Cosette está muy bien.

Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para
el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había
terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué
quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole
doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y
que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.

Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La
madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía
que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre
puede tener alguna parte mala.

El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se
lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire
que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie,
tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias
que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette,
es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas
y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes,
recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las
caricias.

No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una
lluvia de castigos violentos é inmerecidos.

Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de
Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo
continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como
en un rayo de aurora.

La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas
también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre.
Son de menor tamaño, nada más.

Pasóse un año, luego otro.

Decíase en el lugar:

--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y
mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!

Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su
madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo,
que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no
podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la
criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore
mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus
tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince
francos.

De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.

Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos
niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años,
fué ya la criada de la casa.

Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los
sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto,
por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano,
hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años,
según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba
para vivir y robaba?».

Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones,
el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los
Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la
madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien,
dejando algún mes en descubierto.

Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años,
no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y
fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada.
Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada
paso la Thénardier.

La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto
fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos,
porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.

Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había
cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal
agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme
entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes
ojos.

En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que
gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel
pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y
tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo;
cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.

Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.




                             LIBRO QUINTO
                               DESCENSO


                                   I
    =Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros=


Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil,
parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde
estaba? ¿qué hacía?

Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó
su camino hasta llegar á M* sur M*.

Recordemos que esto pasaba en 1818.

Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había
cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de
miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.

Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos
industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.

Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi
diríamos subrayar.

De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la
imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania.
Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las
materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió
á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera
de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre,
un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado
sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para
los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á
la chapa, á los colgantes soldados á la misma.

Este pequeño cambio había producido una revolución.

Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el
precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente,
elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo
lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el
tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho
del industrial.

Así es que una idea producía tres resultados.

En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico,
lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los
que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el
departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca
cosa.

Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos
centenares de francos todo lo más.

Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa
fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de
la comarca.

Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y
el lenguaje del obrero.

Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en
la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre,
el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de
declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se
precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños,
que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual
hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo
su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_.




                                  II
                              =Magdalena=


Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen
sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.

Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había
reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro
de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro,
encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante
comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío
Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran
fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para
mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la
seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á
los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos
probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y
que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En
este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y
estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur
M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes.
Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era
providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en
el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran
movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y
la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que
fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que
no encerrase un poco de alegría.

El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa:
ser hombre honrado, ser honrada mujer.

Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa
y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un
simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su
principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros,
que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre,
en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos;
pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había
empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.

El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está
dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él
vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada;
mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de
su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á
su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó
admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado,
son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una
sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de
socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un
centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban
familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.

Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un
atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país
antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron:
«Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel
hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa
muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los
domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes,
no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que
había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de
las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre
de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á
puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico
industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió
en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un
confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición,
en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una
_carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así
como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas
en el hospital, y fueron ya doce.

Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de
que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos
servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el
rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso»
al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por
todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el
vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después
apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío
Magdalena renunció.

Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento
inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria;
fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor,
caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah!
ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.

Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron
satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.

Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían
todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan
cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en
particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta
gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de
sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena;
sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío
Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente.
Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él.
«La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había
en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros
tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le
invitaban. Á ninguna asistía.

Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre
ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría
como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».

Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante.
Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso.
Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y
cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.

En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios
que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión
de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de
la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia;
todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le
suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que
aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación,
fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual
exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es
útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_

Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había
llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor
alcalde.




                                  III
                 =Sumas depositadas en casa Laffitte=


Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer
día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un
obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un
sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado
hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello,
vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba
de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por
calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de
él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.

Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía.
Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los
libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo
con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu.
Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año
su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.

Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras
veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su
tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había
tirado á un pajarillo.

Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa.
Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello;
levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por
los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos
al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los
chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una
nube de mosquitos.

Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía
toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él
aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros
é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y
á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes,
en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía
«recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola
de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba
una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo
de Berbería que hacía entrar.

Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar
ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas
diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si
se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una
legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el
cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo.
Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para
los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da
brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un
hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede
ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra,
ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á
medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es
todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad;
se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se
parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened
esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino
malos cultivadores.

Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy
lindos con paja y cáscaras de coco.

Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba
los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia
ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los
amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros
al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus
pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo.
Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración
hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban
junto al borde del obscuro abismo de la muerte.

Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como
se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en
las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo
se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta
había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre
hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo
primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El
«ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.

Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no
tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».

Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando
que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda
de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de
tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien
algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le
dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por
ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta
de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una
habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos,
como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada
había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua,
colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de
plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de
los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos
que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de
ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.

Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa
Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata
disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede
llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus
dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó
tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó
cuarenta mil francos.




                                  IV
                     =El señor Magdalena de luto=


Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor
Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor
Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos
años.

El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los
periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con
todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.

Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la
tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas
y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado
una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto
á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de
nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario,
poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia
que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su
tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta
de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse
del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y
venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que
somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos
cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto
más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad
y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel,
pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la
vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos
mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el
ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta
algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor!
¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay
certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella
alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es
la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á
vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto
hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce
debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña,
tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros
brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa
obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie
cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí,
siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño
y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí
está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo
de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas
que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la
voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo
desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se
siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.

Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de
su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor
Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el
sombrero.

Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca
del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún
parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_,
díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor
Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la
nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella
ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena,
pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el
adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le
hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le
dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran
mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:

--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de
D***?

Él contestó:

--No, señora.

--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?

Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí
lacayo de su familia.

Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que
pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca
de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y
después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo
decían unos á otros, así es que pasaban muchos.




                                   V
                  =Vagos relámpagos en el horizonte=


Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron.
Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa
especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus
correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo
murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último
completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial,
y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor
alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta
otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran
los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él
terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba
á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía
encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un
contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó
á extenderse por todo el país.

Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró
absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena,
continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable
le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en
ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como
todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa
fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no
se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio
de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo
de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de
cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente
al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de
la presencia del hombre-león.

Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle,
tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía
que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de
plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con
un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con
la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo
lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el
inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría
traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he
visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.

Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que,
por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.

Llamábase Javert y era de la policía.

Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de
inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert
debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet,
secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto
de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del
gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor
Magdalena.

Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica
con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert
tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.

Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos,
se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de
la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de
la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta
verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra
hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están
en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces,
igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.

Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de
nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles
de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos.
Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les
ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al
contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio,
Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la
educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un
alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.

Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre
aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad
anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible
no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.

Hecha esta observación, prosigamos.

Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre
se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más
fácil decir quién era el inspector Javert.

Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de
loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que
en creciendo devore á los pequeños.

Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.

Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan
la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se
encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás
en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de
ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan;
no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo,
sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de
probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de
gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á
los cuarenta años era inspector.

Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del
Mediodía.

Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que
hemos aplicado hace poco á Javert.

El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos
profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos
enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la
primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual
era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse,
dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se
formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si
fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de
presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha
mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas;
entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de
cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión
de mando feroz.

Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como
relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de
exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á
sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa
que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe
ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado,
desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de
desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el
dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por
una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado
jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente
perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente
partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley
humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar
demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad.
Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como
los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así
taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras:
velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el
mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus
funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que
caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de
presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera
hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la
virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación,
castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable;
la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una
vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto
encarnado en Vidocq.

Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se
esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época,
salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras,
no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la
frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que
se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro
la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas;
no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en
llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como
de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta,
una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.

En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los
libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto
se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.

No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho
de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente
estaba unido á la humanidad.

Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella,
clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia
designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo
pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert
apareciendo, les petrificaba.

Tal era aquel hombre formidable.

Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena.
Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado
por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor
importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni
le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada
y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla
bondad.

Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado
secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran
por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores
que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y
algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas,
que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre
cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo
mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado
sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado
se le hubiese roto.

Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido
de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede
haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es
propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado,
desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el
bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.

Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila
serenidad de Magdalena.

Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta
impresión en Magdalena.

He aquí el motivo.




                                  VI
                            =Fauchelevent=


Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M*
sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse
á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent,
acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.

Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor
Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad,
Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba
cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había
visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él,
maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo
que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á
Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y
un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero
para poder vivir.

El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse.
El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido
verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba
sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El
pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de
arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una
ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible
salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo.
Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado
á buscar un gato.

El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.

--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún
buen hombre para salvar á este pobre viejo?

Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:

--¿No hay un gato de albañil?

--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.

--¿Cuánto tardará en estar aquí?

--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en
casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto
de hora.

--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.

Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el
carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del
viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría
rotas las costillas.

--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los
artesanos que estaban mirando.

--¡Y no hay otro medio!

--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?

--¡Virgen santísima!

--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio
bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la
espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre.
¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco
luises de oro que ganar!

Nadie de los del grupo contestó.

--¡Diez luises!--dijo Magdalena.

Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso
ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!

--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!

El mismo silencio.

--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.

El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había
notado al llegar.

Javert continuó:

--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para
levantar un carro como éste con la espalda.

Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las
palabras que iba pronunciando:

--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre
capaz de hacer lo que proponeis.

Magdalena se estremeció.

Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de
Magdalena:

--Era un presidiario.

--¡Ah!--exclamó Magdalena.

--De Tolón.

Magdalena palideció.

Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz
Fauchelevent rugía y aullaba.

--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier
cosa! ¡Ah!

Magdalena miraba en torno suyo.

--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este
pobre viejo?

Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:

--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el
presidiario.

--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.

Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert
siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro
inmóviles, y sonrió tristemente.

Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y
antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo
ya debajo del carruaje.

Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.

Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso,
intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las
rodillas. Gritábanle:

--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!

El viejo Fauchelevent mismo exclamó:

--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya
lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?

Magdalena no dijo una palabra.

Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado
hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de
debajo del carro.

De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué
levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril.
Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era
Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.

Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando
fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El
viejo Fauchelevent estaba salvado.

Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus
vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El
viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba
en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando
su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.




                                  VII
                  =Fauchelevent, Jardinero en París=


Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor
Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida
para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba
servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana
se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de
noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro
vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo
muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor
Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su
cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas
del cuartel de San Antonio de París.

Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La
primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda
que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió
una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo
olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó
el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían
imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con
el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.

Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía,
sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por
dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña
jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el
comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria,
apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en
apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es
dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al
Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un
termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete
años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el
distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho
distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle,
ministro de Hacienda á la sazón.

Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se
acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor
Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué
admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para
Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón
sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus
principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la
vida.




                                 VIII
      =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=


Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría.
Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El
amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo,
regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus
bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en
Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló
un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus
costumbres desordenadas.

No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya
dejado entrever, de hablar de su hija.

En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los
Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir
por la mediación de un escribiente público.

Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo
bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía
«ciertos aires».

Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que
aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este
señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no
cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por
callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar
á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas,
teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por
conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte,
perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y
se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones;
y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que
por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán
horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles,
desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros
y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué?
para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura
comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes
secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los
enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias,
amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo
han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por
cierto!

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus
palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son
como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho
combustible, siendo su combustible el prójimo.

Se observó pues á Fantina.

Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos
y de sus dientes blancos.

Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente
para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su
hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.

Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.

Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre
con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un
sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_.
Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no
conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho
de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que
debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje,
á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con
los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en
limpio. ¡He visto la criatura!».

La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien,
guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien
contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con
la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella
vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno
93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado,
pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera,
espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien
había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en
la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la
restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales
le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que
había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy
considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo
en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».

Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía,
en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó,
de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba
despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la
invitaba á dejar la población.

Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier,
después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo
quince francos en lugar de doce.

Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el
alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar
estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le
significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era,
por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más
que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta
era ya conocida de todo el mundo!

No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que
viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había
dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era
justo. Sometióse pues á este mandato.




                                  IX
                   =Triunfo de la señora Victurnien=


La viuda del fraile fué útil para algo.

Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello.
Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El
señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller
de mujeres.

Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le
habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona
verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del
espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo
grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona.
El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven
obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de
sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora
del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.

En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de
una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y
socorros de obreras, de la que no daba cuenta.

Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en
puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había
podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles,
¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como
ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois
joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió
los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á
éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que
con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más
que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.

Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición,
ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué
cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.

Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía
por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de
vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro
el primero, el segundo negro.

Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se
prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos
días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se
ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es
capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido
en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello
por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró
cierto valor.

En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo
yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la
costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está
triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes,
un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto
me irá alimentando».

Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera
sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por
qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los
Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?

La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la
vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena
fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos;
sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que
es la existencia.

Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto.
Esta vida tiene siempre una mañana.

Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á
salir.

Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás
para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la
saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus
carnes, y aún su alma, como el viento norte.

En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre
sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al
menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido.
¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.

Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había
acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido.
Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á
la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.

Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y
sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.

La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana,
advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada
donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha
negra.

El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía
iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved
mis manos como arden».

No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto
sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un
instante de feliz coquetería.




                                   X
                         =Prosigue el triunfo=


Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el
verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El
invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á
la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve
claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene
el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en
piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la
acosaban.

Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier,
mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la
desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron
que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que
hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que
mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la
carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche
entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se
quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se
extendió y cayó hasta las caderas.

--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.

--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.

--Diez francos.

--Cortadlos.

Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los
Thénardier.

Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos
querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó
tiritando.

Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis
cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza
rapada, con la cual estaba aún graciosa.

Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.

Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto
la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración
general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de
repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la
causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando
pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á
estar á la puerta, afectaba reir y cantar.

Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía
de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.

No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un
hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el
corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso,
un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado,
con disgusto.

Ella adoraba á su hija.

Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor,
brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su
corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y
se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.

Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes
términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la
comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto
nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde
luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».

Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana
vecina:

--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y
de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!

Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á
leer la carta.

Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y
riendo siempre.

Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan
alegre?

Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos
campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!

Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba
un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba
un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en
ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos
y elixires.

Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga,
la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la
gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que
se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os
estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de
cada uno un napoleón de oro.

--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.

--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la
mandíbula superior.

--¡Qué horror!--exclamó Fantina.

--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He
aquí una mujer feliz!

Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz
ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa!
Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta,
id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me
encontraréis.

Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á
su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un
hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes
hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo
vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría
arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el
cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_.

--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.

--Dos napoleones de oro.

--¡Caramba! ¡cuarenta francos!

--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.

Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un
cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los
Thénardier en la escalera.

Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á
ella:

--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?

--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.

--¿Y son necesarios muchos remedios?

--¡Oh! remedios terribles.

--¿Y se adquiere fácilmente?

--Nos coge á lo mejor.

--¿También á las criaturas?

--Á las criaturas sobre todo.

--¿Y mueren muchos?

--¡Muchísimos!--dijo Margarita.

Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.

Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de
París, donde están las posadas.

Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de
Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta
manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á
Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su
gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda
la noche, y estaba casi consumida por completo.

Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden,
y exclamó:

--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que
sucede?

Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.

Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.

--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?

--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la
terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!

Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban
sobre la mesa.

--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna?
¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?

--Los he ganado,--contestó Fantina.

Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La
sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los
bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.

Los dos dientes se habían arrancado.

Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.

Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de
los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.

Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado
su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en
la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo
con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no
puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su
destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le
quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón
sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le
había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que
había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba
en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del
líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió
también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras
sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no
repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían
iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos
pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con
pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á
quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se
encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las
noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un
dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho.
Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y
siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles,
que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en
los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las
obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve
sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como
nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía
continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella,
Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo
de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente
había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba
cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en
la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad,
con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque
reventase, si así lo quería.

--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el
cual ganar cien sueldos diarios?

--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.

Y la desventurada se hizo mujer pública.




                                  XI
                       =Christus nos liberavit=


¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una
esclava.

¿Á quién? Á la miseria.

Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta
dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad
acepta.

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no
la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la
civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más
que sobre la mujer, y se llama prostitución.

Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad,
sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores
ignominias del hombre!

Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba
á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda
en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para
ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa.
La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado
cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo
lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha
llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la
indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada.
Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella
todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas
sus amarguras.

Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte
se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.

¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á
dónde van? ¿por qué han de ser así?

El que esto sabe, ve en toda obscuridad.

Es único. Se llama Dios.




                                  XII
                  =La ociosidad del señor Bamatabois=


Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M*
particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas
libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus
semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen
los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que
poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio,
que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna,
que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las
actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan
con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones;
que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar,
contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el
café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo
de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean
un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las
mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y
á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan
nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.

Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto
nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.

Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más
pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama
sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay
fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos
graciosos.

Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una
gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de
colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color
de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de
botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta
los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido
en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre
impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás.
Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un
sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un
enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de
Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes
significaban paisano y las espuelas peón.

El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes
más marcados que el parisién.

Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional
y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala
estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan
sombreros de alas anchas, llamados bolivares.

Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas
precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que
había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de
buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien
embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el
traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en
traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas
del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello,
decididamente, de moda.

Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con
una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía
ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes
dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer,
triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no
le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio,
por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco
minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos
que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó
indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer
daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa,
se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente
entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido
desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra
el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las
palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas
injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas
de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos
dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.

Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café;
agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que
se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino,
compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y
una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando
por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y
los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por
la cólera, horrible.

De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la
multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro,
la dijo:--«Sígueme».

La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus
ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con
el estremecimiento del terror.

Había reconocido á Javert.

El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.




                                 XIII
         =Solución de algunas cuestiones de policía municipal=


Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar
á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo
de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó
conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de
espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus
pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.

Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja
caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera
con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando
con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran
descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de
los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera
del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una
glotonería. Ver es devorar.

Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se
acurrucó como un perro espantado.

El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse
Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á
escribir.

Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por
nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo
que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas
dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert
estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor
emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era
uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera
contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa,
su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado
de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba.
Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener
dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que
ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica,
más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la
comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la
sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada
por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un
contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.

Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la
guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la
cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.

La desventurada se estremeció.

--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar
solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi
hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier:
señor inspector ¿sabéis vos esto?

Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas
de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.

--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no
era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais
persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué
aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en
la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando
seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar
daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía
mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes
dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía
ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy
prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin
duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah!
señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es
verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya
veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse
aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría
inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel
señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío!
me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor
Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan
más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan
sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos,
ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible
tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette!
¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo
decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan
con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme;
tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura,
en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen
señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero
no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala.
No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que
soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me
aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para
convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo
tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.

Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las
lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y
frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los
grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á
los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella.
En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del
inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no
lograba enternecer un corazón de palo.

--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate
ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería
imposible hacer nada por ti.

Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible
hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia.
Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!

Javert volvió la espalda.

Los soldados la cogieron por el brazo.

Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin
que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta,
habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.

En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la
desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de
entre la sombra, y dijo:

--¡Un instante si os place!

Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y
saludó con cierta turbación y disgusto.

--Perdonad, señor alcalde...

Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto.
Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra,
desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose
al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole
fijamente, con aire extraviado, exclamó:

--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!

Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.

El señor Magdalena se limpió y dijo:

--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.

Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes,
una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones
que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública
escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa
que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de
sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su
imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer
y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado
algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al
magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en
libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor,
faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había
traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.

Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó
ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien
vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz
baja, como hablando con ella misma:

--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por
seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya
dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde!
¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre?
¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de
alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos,
señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de
unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso!
¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había
yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es
indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer
fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que
perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.

Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja
á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en
este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he
visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es
este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que
yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los
oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la
nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche.
¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert?
¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices!
¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad,
¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá
que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la
llave de la estufa y ha salido el humo.

El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina
hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había
sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á
guardar. Entonces dijo á Fantina:

--¿Cuánto habéis dicho que debéis?

Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:

--¿Te hablo á ti por ventura?

Después, dirigiéndose á los soldados:

--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y
pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás.
¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!

Y así diciendo, volvióse al inspector:

--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida
de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene
echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que
los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y
nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y
tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la
mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que
se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses
de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me
prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun
cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente
que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido
toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho,
estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está
quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no
temáis.

Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello
blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba
sonriendo.

De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer
los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la
rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados
con un movimiento de cabeza amistoso:

--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.

Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.

Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija
en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada
de su asiento que espera ser colocada en otra parte.

El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta
expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto
más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el
hombre de nada.

--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á
marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?

--Yo,--dijo Magdalena.

Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como
deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la
cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse
á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á
Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.

Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera
de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa
de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina
en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde?
¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una
«autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor
alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las
enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar
á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese
grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente
de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada
situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad
entera, estaban personificadas en él, en Javert?

Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_
que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse
hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada
desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa,
inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:

--Señor alcalde, esto es imposible.

--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.

--Esta perdida ha insultado á un señor.

--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo
y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna
dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la
plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me
he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y
el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.

Javert respondió:

--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.

--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo
hacer de ella lo que quiera.

--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la
justicia.

--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la
conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.

--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.

--Entonces, limitaos á obedecer.

--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer
seis meses en la cárcel.

El señor Magdalena respondió con dulzura:

--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.

Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al
alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:

--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde;
es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy
dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el
señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he
presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois,
elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres
pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este
mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho
de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me
corresponde; así es que yo retengo á Fantina.

Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan
severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:

--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme
á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de
instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en
libertad á esta mujer.

Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.

--Pero, señor alcalde...

--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799,
sobre detención arbitraria.

--Permitidme, señor alcalde...

--Ni una palabra más.

--No obstante...

--Salid,--dijo el señor Magdalena.

Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como
un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde
y salió.

Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre,
mirándole estupefacta pasar ante ella.

Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción.
Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos
poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que
tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de
aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia
la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del
miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando
el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de
su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía
temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente
el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho
tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso
momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba!
¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que
la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida,
miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía
desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del
odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á
ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.

Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando
con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:

--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que
es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué
no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré
que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis
aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos.
No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga
falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego,
oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis
dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa
delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!

Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener
á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica,
dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en
medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba
como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer
otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus
piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que
él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que
la llevaba á sus trémulos labios.

Después, se desmayó.




                              LIBRO SEXTO
                                JAVERT


                                   I
                        =Principio del reposo=


El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia
casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había
sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y
hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien
que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor
Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada
estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la
dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente
de la pared.

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le
pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna
oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por
último, le dijo tímidamente:

--¿Qué hacéis?

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina
despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:

--¿Cómo estáis?

--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será
nada.

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había
dirigido, como si la acabase de oir entonces:

--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.

Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya
lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de
Fantina, continuó:

--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado
el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La
falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este
infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es
preciso empezar por ahí.

Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella
sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á
la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida
á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del
señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia
había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas
otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la
letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión
de su cargo.

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les
debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que
se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M*
sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.

Esto deslumbró á Thénardier.

--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla.
¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche!
¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la
madre.

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En
esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos
incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales
habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina
y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se
redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie
de la cuenta:

_Recibido á cuenta trescientos francos._

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y
escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».

--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña.

Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.

Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella
«chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves
de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes
prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de
las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de
la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento
que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las
había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes,
que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las
hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.

--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí,
querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no
he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido
soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien
yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré
las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré,
encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un
ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas
todavía.

El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba
siempre:

--¿Veré pronto á Cosette?

Y él contestaba:

--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la
estoy esperando.

Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.

--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser!

Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado
parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al
centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de
la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando
hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse
entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades
del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á
Fantina, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena preguntó al médico:

--¿Y bien, doctor, cómo sigue?

--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico.

--Sí.

--Pues bien, haced que venga luego.

El señor Magdalena se estremeció.

Preguntóle Fantina:

--¿Qué ha dicho el médico?

El señor Magdalena se esforzó en sonreir.

--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os
volvería la salud.

--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier,
que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la
felicidad á mi lado!

Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil
pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en
invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas
iba reuniendo, etc., etc.

--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y
si es preciso iré yo mismo.

Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le
hizo firmar.

«Señor Thénardier,

«Entregad á Cosette al portador.
Os serán pagados todos los picos.
Tengo el honor de saludaros respetuosamente.

                                          «FANTINA».

Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos
cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la
negra vena del destino reaparece siempre.




                                  II
                =De cómo Juan puede llegar á ser champ=


Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado
en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para
el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle
aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir
pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable
impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había
excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.

--Hacedle entrar,--dijo.

Javert entró.

Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la
mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando,
el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas
contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea,
sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre
Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas,
y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.

Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper
el silencio.

Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de
Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto
al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y
espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de
mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta
y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde
por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento,
se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque
habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba,
austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é
íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en
su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á
variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente
demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante
del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio,
ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás
del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con
la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que
es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra,
sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila
resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el
sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba
por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo
delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos
que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su
semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza
melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como
cierto abatimiento valeroso.

Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:

--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?

Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí
mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no
excluyó la sencillez, diciendo:

--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.

--¿Qué hecho?

--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un
magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber
á daros conocimiento del hecho.

--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena.

--Yo,--dijo Javert.

--¿Vos?

--Yo.

--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?

--Vos, señor alcalde.

Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo
y los ojos bajos:

--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad
mi destitución.

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.

--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero
esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he
faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.

Y, después de una pausa añadió:

--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo,
injustamente. Sedlo hoy con justicia.

--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es
lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos
contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis
para ser reemplazado?...

--Separado,--dijo Javert.

--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.

--Ya lo comprenderéis, señor alcalde.

Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:

--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar
por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.

--¿Me denunciásteis?

--Á la prefectura de policía de París.

El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.

--¿Como alcalde que se antepone á la policía?

--Como antiguo presidiario.

El alcalde palideció.

Javert, que no había levantado los ojos, continuó:

--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran
semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles,
vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra
puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más?
¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.

--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?

--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando
era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan
Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió
otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano.
Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba
buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La
cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.

El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un
momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.

--¿Y qué se os ha contestado?

--Que estaba loco.

--¿Y bien?

--¡Que bien pueden tener razón!

--¡Bueno es que lo reconozcáis!

--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.

Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en
ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento
inexplicable:

--¡Ah!

Javert continuó:

--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este
país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen
hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable.
Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo
como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo
preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo
de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de
árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama
de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de
ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el
caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez
de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel
departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un
antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y
que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en
cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida
Brevet:

--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un _Fagot_[4].--¡Miradme bien,
buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!

--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?

Champmathieu se hacía el admirado.

No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has
estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.

Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se
profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo
siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero
podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y
particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo
después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según
dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está
probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir
á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde?
En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila
Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.

¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para
ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces
Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia
el Juan _(Jean)_ en _chan_, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro
hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais
comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles.
Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las
familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad.
Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no
son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data
de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan
Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que
dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos
condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se
les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido
Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para
Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años,
la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este
tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París.
Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean
se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto
había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean!
Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me
presentó á Champmathieu...

--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena.

Javert contestó con cara imperturbable y triste:

--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío,
confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.

El señor Magdalena le preguntó en voz baja:

--¿Estáis seguro?

Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar
una profunda convicción.

--¡Oh! ¡seguro!

Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente,
con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la
salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:

--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto
á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón,
señor alcalde.

Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis
semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole:
«¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de
sencilla dignidad.

El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta
seca:

--Y, ¿qué dice este hombre?

--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan
Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar
unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional;
para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un
crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso
de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal.
Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por
la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también
ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad?
Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo.
También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería,
gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de
ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada
comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!».
Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está
bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido
cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á
la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para
ello.

El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de
nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á
la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:

--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles.
Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con
urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied,
que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle
que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste
un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es
forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de
Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del
lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos
de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía
denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y
en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é
instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No
vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para
este negocio dentro ocho ó diez días?

--Mucho antes, señor alcalde.

--¿Qué día entonces?

--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que
yo salgo en la diligencia de esta noche.

Magdalena hizo un movimiento imperceptible.

--¿Y cuánto ha de durar esta vista?

--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana
por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar;
después de prestada mi declaración, volveré.

--Está bien,--dijo Magdalena.

Y entonces despidió á Javert alargando la mano.

Javert no se movió.

--Perdonad, señor alcalde,--dijo.

--¿Hay más?--preguntó Magdalena.

--Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.

--¿Cuál?

--Que debo ser destituido.

El señor Magdalena se levantó.

--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra
falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente.
Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis
conservar vuestro puesto.

Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la
cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero
rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:

--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.

--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia.

Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:

--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He
sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en
nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya
abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas,
cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como
presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un
magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido
en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de
mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado
indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended,
señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los
demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo
conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto.
¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no
hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería
yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de
Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que
me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la
sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para
mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra
el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier
inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con
semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy
fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos
hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya
lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á
cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba
á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes
en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído
en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido;
es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra;
me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido
sencillamente la destitución del inspector Javert.

Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso,
desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á
aquel extraño y honrado personaje.

--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.

Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:

--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da
la mano á un esbirro.

Y añadió entre dientes:

--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy
más que un esbirro.

Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.

Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:

--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me
reemplace.

Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo,
escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento
del corredor.


                                NOTAS:

[4] _Fagot_, antiguo presidiario.




                             LIBRO SÉPTIMO
                         LA CAUSA CHAMPMATHIEU


                                   I
                            =Sor Simplicia=


Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur
M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales
recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos
á conocer en sus menores detalles.

En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias
inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.

En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert,
el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.

Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.

Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas
como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una,
y la otra sor Simplicia.

Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera;
una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al
servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera
sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas
aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la
forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para
las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en
carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo;
el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser
una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino
en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor
Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que
hablaba en _patois_, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de
conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los
enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la
cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida,
honrada, robusta y colorada.

Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era
el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado
perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras
en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice,
más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto
de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que
las calles de la población y las salas del hospital, más clausura
que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que
la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie
hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven,
y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos
atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada,
fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía
frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los
desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por
así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y
era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario
y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado
perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto,
un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle
particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier
interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad
santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era
el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su
imperturbable veracidad.

El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo
Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en
nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba
limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por
ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el
que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del
demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He
aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba
aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente
en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era
blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de
polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito
de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por
elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es
aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder,
habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que
la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta
alma.

Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se
había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de
recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso
en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero
entendía el libro.

La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás,
una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.

El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á
Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.

Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.

Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se
espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:

--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.

Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le
preguntó:

--¿Y Cosette?

Él contestó sonriendo:

--Luego.

El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que
hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento
de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase
á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante
apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le
había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.

Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un
mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego
escribir con lápiz algunos números en un papel.




                                  II
                  =Perspicacia de maese Scaufflaire=


De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco,
maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos
y «cabriolés á voluntad».

Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar
por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la
parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes
un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor
Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más
que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor
alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció
un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el
camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria,
con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo
levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso
y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer
bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su
camino con cierta prisa que no llevaba antes.

El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en
recoser un arnés.

--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?

--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos.
¿Qué entendéis vos por un buen caballo?

--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un
día.

--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!

--Sí.

--¿Arrastrando un cabriolé?

--Sí.

--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?

--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.

--¿Recorriendo la misma distancia?

--Sí.

--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?

El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito
con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos:
5, 6, 8-1/2.

--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como
decir: veinte.

--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito
blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca
del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo
de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele.
Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo.
Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil
como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de
montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada
cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que
éste es su lema.

--Pero, ¿hará el trayecto?

--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas.
Pero escuchad antes las condiciones.

--Decid.

--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino;
le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma,
evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo
observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor
frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.

--Se vigilará.

--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?

--Sí.

--¿Sabe el señor alcalde guiar?...

--Sí.

--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto
de no cargar demasiado el caballo?

--Convenido.

--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el
trabajo de vigilar que no se le quite la avena.

--Por supuesto.

--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un
ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la
manutención del caballo.

El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte
francos, y las dejó sobre la mesa.

--He aquí dos días adelantados.

--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería
muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que
consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.

--Consiento.

--Es muy ligero, pero está descubierto.

--Me es igual.

--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?

El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:

--¿Que hace mucho frío?

El señor Magdalena guardó silencio.

Maese Scaufflaire continuó:

--¿Que puede llover?

El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:

--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las
cuatro y media de la madrugada.

--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con
la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel
aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:

--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha
dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?

No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la
conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la
pregunta.

--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor
Magdalena.

--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay
muchas en el camino que vais á recorrer?

--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y
media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y
salió.

El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo
después.

El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió
á abrirse la puerta; era el señor alcalde.

Su aire era como antes, impasible y preocupado.

--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi
que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.

--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando
una carcajada.

--Sea. ¿Cuánto?

--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?

--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me
devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?

--En quinientos francos, señor alcalde.

--Aquí están.

El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió,
sin entrar ya de nuevo.

Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil
francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien
escudos.

El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos
querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á
París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.

El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel
en el cual había escrito algunos números.

El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho
y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su
mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco
leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras.
Va á Arras.

Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de
casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la
puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido
evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella,
lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No
obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única
criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las
ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:

--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante
algo de nuevo.

El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del
señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse
enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente;
había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á
escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease
en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos
del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía
en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á
levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo
parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si
arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse
á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama,
despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales
de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una
ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella
otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba
como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de
las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba
abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que
estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una
hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y
regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.

El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y
tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.

La ventana continuaba abierta.

Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.


                                  III
                    =Una tempestad bajo un cráneo=


El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro
que Juan Valjean.

Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia;
ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin
emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase
de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en
ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del
hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más
complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más
grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el
del cielo, es el del interior del alma.

Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á
propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los
hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior
y definitiva.

La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las
ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios,
el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de
batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del
lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad
en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay
allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los
de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en
Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el
infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete
con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las
acciones de su vida.

Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He
aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también.
Entremos sin embargo.

No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después
de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto,
fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto
fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.

Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose
más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en
población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que
hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible
é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho
por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad
de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y
esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y
santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.

Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su
espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual
imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes.
Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía
seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y
sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia
entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca
de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante
en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad
á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia,
había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é
interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de
su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á
pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como
hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos,
que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.

No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á
lo presente.

Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos
sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan
seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras
palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto
oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras,
quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado
y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió
el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse
como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al
aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas
de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió
fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y
sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión
en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos!
¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió
ante el heroísmo.

Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del
obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en
medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en
presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y
hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto
ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera
sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta
de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo
que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu
de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la
personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la
firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar,
recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador
romano á recoger su escudo.

El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en
el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa
que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba
aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no
alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera
podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran
golpe.

Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina,
prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía
obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso
de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que
ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje,
decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía
haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase,
y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar
prevenido para lo que pudiere sobrevenir.

Comió con bastante apetito.

Volvió á su cuarto, y se concentró.

Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo,
que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable
ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y
temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de
parapetarse lo posible.

Un momento después mató la luz. Le estorbaba.

Parecíale que aún podían verle.

¿Quién?

¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que
él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.

Su conciencia, es decir, Dios.

No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y
seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz,
juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los
codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á
meditar entre tinieblas.

¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han
dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello?
¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto
posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de
dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo
que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?

He aquí su tormento.

Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas
pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas
sujetando su frente con ambas manos.

De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el
cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en
definitiva más que angustias.

Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en
par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la
mesa.

Así se pasó la hora primera.

Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á
tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos
de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles.
Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su
situación, era, por completo, dueño de ella.

Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.

Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera
en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había
sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había
temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus
noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en
este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre
reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién
sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea
de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese
dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos,
con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las
sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para
disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente
sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella
luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado
aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su
edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado,
si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su
existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean,
el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más
digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto,
hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por
insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella
balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que
aquellas locuras se convirtiesen en realidades!

Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando
cuenta de su verdadera situación.

Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se
encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie,
temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo.
Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á
quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar.
Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su
fondo, él ó el otro.

No había sino dejar al tiempo.

Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba
vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le
seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que
aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una
manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento
había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la
víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio
la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de
señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres
sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como
la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.

Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una
de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado
más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la
conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto
está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría
llamarse un estallido de risa interior.

Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.

--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto?
¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta
entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta
puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene
acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme
adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas
partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí,
está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado!
¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan
Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá
alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he
intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así
me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo,
si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa
mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que
así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella
ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto
no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me
falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis
noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios
lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué
lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga
bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en
fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he
sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo
á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura
y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando
es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que
sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!

Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado
hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su
asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más
en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la
menor alegría.

Al contrario.

Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender
que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea;
para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el
océano.

Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío
diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo
que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber;
cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había
dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».

Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos,
insistimos en una observación muy necesaria.

Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador
que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca
es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del
hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de
la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran
entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo,
_dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que
el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo
habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser
invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.

Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su
«resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa
de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las
cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que
siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin
detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era
hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita!
¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!

Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado
acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala
acción.

Y lo arrojó con asco.

Continuó interrogándose.

Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por
conseguido su objeto».

Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál?
¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa
tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No
existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona,
sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era
esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido,
lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado?
¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á
abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso
de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su
parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un
miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á
cielo abierto, que se llama presidio!

Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan
funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el
presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su
resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer
aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que
convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida
resultaba inútil, toda su penitencia perdida.

¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y
que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba
fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus
virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á
sus ojos admirable y puro.

Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los
hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era
preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar
al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa
de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era
preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de
Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!

--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber!
¡Salvemos á ese hombre!

Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta
voz.

Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un
legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.

Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer
cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur
Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una
cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se
había servido aquel año para ir á las elecciones.

Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan
grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él.
Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba
pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera
de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera
aclarar ó interrogar.

Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo
mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.

Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber
escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban
con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_

Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas
sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de
su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se
le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que
las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente
buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el
sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_,
y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de
la noche.

Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él
reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya
estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro
de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas,
diosa la una y gigante la otra.

Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.

Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su
destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva,
y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran
crisis, la gran prueba.

Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía
á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero
fortificándole más en su resolución.

Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor;
que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues
al fin y al cabo, había robado.

Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas,
tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién
sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de
Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores
del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que
ha sido presidiario.

En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese
denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su
acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en
favor del país, y que le harían gracia.

Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente
al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía
reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los
términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.

Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la
tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que
era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan
desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo;
que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su
consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la
veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían
impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas
santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo
su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde,
el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría
siempre una idea celestial.

En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que
él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo
caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por
dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.

Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se
fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras
cosas; cosas indiferentes.

Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y
viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la
parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas
en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este
motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro
viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este
nombre: _Antonio Albin de Romainville_.

Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la
ventana.

Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran
esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce.
Recordóle por fin.

--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.

Y súbitamente recordó á Fantina.

--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!

Aquí se reveló una nueva crisis.

Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo
de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno
suyo, y exclamó:

--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he
atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó
denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado
despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es
decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello
no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre
egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es
pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!

Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me
denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á
presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un
pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos,
abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho
vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien
he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado
la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había
nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado,
enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma.
Desapareciendo, todo muere.

¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra
en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que
quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo
yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le
he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará
la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.

¿Y si no me denuncio?

Veamos lo que puede suceder.

Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de
vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:

--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha
robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es
que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado
diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué
lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad
de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las
manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien
familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen
poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada;
desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje,
la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los
crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca
rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo
al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse.
¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso...
¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado
en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo
en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha
de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital!
¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como
perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver
á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por
ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir
á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan
á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo
vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y
que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos
que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella
pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se
halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier!
¡He ahí otros nuevos canallas!

¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y
yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo
por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción,
y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro,
esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo
á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.

Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.

Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la
tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del
pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes
profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo
más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de
aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano
y le estaba deslumbrando al contemplarla.

--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad,
tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos
hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de
todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo.
¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese
hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean,
¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que
flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor
para ella!

Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:

--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.

Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:

--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la
resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan
Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me
acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.

Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de
él una llavecita.

Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas,
disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las
paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado
entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en
aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón
viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus
extremos.

Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***,
octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel
miserable arreo.

Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata,
para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo
que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que
venían del obispo.

Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se
abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento
rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada
á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente
guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.

Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles
ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó
delante.

Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se
iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el
garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.

Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía,
había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza.
Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda
de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.

Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.

De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con
el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.

--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso
destruir eso aún.

Y cogió ambos candeleros.

Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una
especie de lingote sin forma.

Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le
produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.

Removió las brasas con uno de los candeleros.

Un minuto más, y estaban ya en el fuego.

En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior:
¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!

Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo
terrible.

--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos
candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo
todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es
cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda
un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha
hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre
que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo,
que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y
el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor
alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los
necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado,
y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en
la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre
ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así
muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!

El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada
huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La
voz continuó:

--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran
ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que
nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye,
infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y
únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!

Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más
oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y
formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale
que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.

Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del
cuarto con cierto terror.

--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.

Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:

--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!

Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que
pueda ver el ojo humano.

Dejó los candeleros sobre la chimenea.

Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su
sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento
inferior.

Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que
en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que
pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no
sabía dónde se encontraba.

Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones
que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban
parecíanle tan funestas la una como la otra.

¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido
con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber
escogido la Providencia para tranquilizarle!

Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios!
¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería
menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era
preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan
radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya
no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros
en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no
sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en
él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que
habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.

¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella
mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que
tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de
todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie,
la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos!
¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven!
¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por
el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies
desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y
tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la
curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan
Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso
y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir
de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón
flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un
ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?

Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema
que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y
convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en
ángel!

¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!

La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía
á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse,
tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación.
El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación
junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo.
Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van
los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.

Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del
niño que comienza á andar solo.

Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase
para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y
definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo
rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía
sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones
dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros
como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido
que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que
debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la
derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía,
la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.

¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No
había adelantado nada desde el principio.

Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma
desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en
quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la
humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento
cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso
cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por
entre las profundidades llenas de estrellas.




                                  IV
           =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=

Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que
paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una
silla.

Y así durmió y soñó.

Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con
la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le
produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que
la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su
puño, y que creemos deber transcribir textualmente.

Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de
aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma
enferma.

Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve
aquella noche_.

«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No
me parecía que fuése ni de día, ni de noche.

«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo
decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.

«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina
que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación
que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y
sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.

«No había árboles en el campo.

«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de
color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no
tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba
en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el
hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.

«Mi hermano me dijo:

«--Tomemos el camino hondo.

«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni
una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo.
Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba.
Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.

«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era
Romainville (¿por qué Romainville?)[5].

«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra.
Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie,
junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde
estoy? El hombre no respondió.

«Vi la puerta de una casa abierta y entré.

«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás
de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared.
Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El
hombre no respondió tampoco.

«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El
jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie.
Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?

«El hombre tampoco respondió.

«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles
estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser
viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba
sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta,
detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se
veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.

«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.

«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía
siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían
cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban
más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella
multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de
color de tierra.

«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en
el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace
ya mucho tiempo que estáis muerto?

«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á
mí».

Despertóse. Estaba helado.

Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las
hojas de la venta abierta.

El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era
obscura todavía.

Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.

Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido
seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los
ojos.

Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y
recogían caprichosamente en la sombra.

Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los
sueños, exclamó:

--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!

Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero
acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran
los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían,
pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo
blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre
el suelo.

--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?

En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.

Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:

--¿Quién llama?

Alguien dijo:

--Yo, señor alcalde.

Reconoció la voz de la vieja portera.

--¡Y bien! ¿Qué ocurre?

--Señor alcalde, van á dar las cinco.

--¿Y qué me importa?

--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.

--¿Qué cabriolé?

--El tílburi.

--¿Qué tílburi?

--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?

--No,--dijo él.

--El cochero dice que es para el señor alcalde.

--¿Qué cochero?

--El cochero de maese Scaufflaire.

--¿Maese Scaufflaire?

Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado
ante sus ojos.

--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!

Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado
espantada.

Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama
de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor
del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después,
aventurándose á levantar aún la voz:

--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?

--Que está bien; que bajo.


                                   V
                       =Los rayos de las ruedas=


El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en
aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas
eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por
dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para
el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de
esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á
mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los
caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja
oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él.
Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.

Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día,
presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se
los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en
el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman
«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto.
Caminaban no obstante, con gran velocidad.

La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar
el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la
madrugada.

Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de
Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la
población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía
en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto
en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte.
El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le
hizo caso, y continuó su camino al trote largo.

--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.

El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar
interiormente entre convulsiones dignas de lástima.

¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.

¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de
él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte.
Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella
noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le
atraía.

Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo
puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en
la obscura caverna de lo desconocido?

Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada
determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había
sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.

¿Por qué, pues, iba á Arras?

Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de
Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de
haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que
era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía
decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los
objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto
al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su
conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio
en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos
presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido,
pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de
toda sospecha.

Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel
Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las
conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.

Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él;
que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.

Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.

Aferrábase á este pensamiento.

Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á
Arras.

Y sin embargo, iba.

Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y
sentado que hace dos leguas y media por hora.

Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que
retrocedía.

Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se
hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte;
miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras
de una aurora de invierno.

El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía;
pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física,
las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado
violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.

Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas
que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay
gentes que duermen!

El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la
carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan
agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.

Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un
mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.

El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del
Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho
abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza
fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas
en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.

Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena,
se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.

--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.

Él contestó sin salir de sus meditaciones.

--¿Por qué?

--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.

--De cinco leguas de aquí.

--¡Ah!

--¿Por qué decís: ah?

El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso,
fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:

--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo;
pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.

El viajero saltó del tílburi.

--¿Qué estáis diciendo, amigo?

--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir
rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real.
Mirad.

La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la
silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya
matriz había saltado de su centro.

--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?

--Sin duda, señor.

--Hacedme el favor de ir por él.

--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!

Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se
acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree
rota una pierna.

--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?

--Sí señor.

--¿Cuándo podré seguir mi camino?

--Mañana.

--¡Mañana!

--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?

--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.

--Imposible, señor.

--Pagaré lo que se quiera.

--Imposible.

--¡Pues bien! Dentro de dos horas.

--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No
podéis salir antes de mañana.

--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa
rueda se reemplazase con otra?...

--¿Cómo?

--¿No sois carretero?

--¡Sin duda!

--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.

--¿Una rueda suelta?

--Sí.

--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas
constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.

--En ese caso, vendedme un par de ruedas.

--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.

--Probadlo.

--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste
un país tan pobre.

--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?

El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era
el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.

--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo
alguno no sería quien os lo alquilase.

--Pero ¿me lo venderíais?

--No lo tengo.

--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.

--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una
carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á
guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes.
Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar
que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela,
y se necesitan dos caballos para tirar de ella.

--Tomaré dos caballos de posta.

--¿Á dónde vais?

--Á Arras.

--¿Y el señor quiere llegar hoy?

--Precisamente.

--¿Con caballos de posta?

--¿Por qué no?

--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?

--No, ciertamente.

--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos
de posta... ¿Traéis pasaporte?

--Sí.

--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de
mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los
caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de
labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se
encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo
menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar
sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.

--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una
silla en el pueblo?

--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?

--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.

--Entonces...

--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de
alquiler?

--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!

--Sí.

--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais
que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni
alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!

--¿Qué hacer, entonces?

--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es
que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.

--Mañana sería tarde.

--¡Diantre!

--¿No pasa por aquí el correo de Arras?

--¿Á qué hora?

--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube
como el que baja.

--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?

--Un día largo; como os he dicho.

--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?

--¡Aún que se pusieran diez!

--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?

--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.

--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?

--No.

--¿Hay otro carretero?

El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo
moviendo la cabeza:

--No.

El viajero se alegró inmensamente.

Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había
roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer
aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar
el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía
á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga
ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más,
no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho
providencial.

Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de
la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el
corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.

Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:

Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver
tranquilamente sobre sus pasos.

Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las
habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la
hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que
no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer;
pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle
produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer
de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían
detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado
escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había
fijado, se separó del grupo echando á correr.

En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior
que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el
muchacho. Venía acompañado de una vieja.

--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un
cabriolé.

Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un
muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le
había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.

Y díjole á la vieja:

--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.

Apresurándose á añadir:

--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?

--Sí lo hay,--dijo la vieja.

--¿Dónde está?--repuso el carretero.

--En mi casa,--replicó la vieja.

Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.

La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín
cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que
se les escapara el viajero, intervinieron.

--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos
están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una
criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis
con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una
carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en
él!--etc., etc.

Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella
carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.

Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo
tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al
calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía
siguiendo desde por la mañana.

En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido
cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella
alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de
alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje
libremente. Nadie le obligaba á ello.

Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.

Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos!
¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y
rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la
esperanza.

Era el chico de la vieja.

--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.

--¿Y qué?

--Que nada me habéis dado.

Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión
exorbitante y odiosa.

--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!

Y arreando el caballo, partió al trote largo.

Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito
era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había
llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el
tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes
que subir.

Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro
horas para cinco leguas.

En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo
conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á
Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo.
Pensando en mil cosas tristes y confusas.

La posadera entró en la cuadra.

--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.

--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.

Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á
una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada
en lugar de manteles.

--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la
marcha; llevo mucha prisa.

Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la
joven la verdadera expresión del bienestar.

--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.

Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo
sobre la mesa sin volverlo á tocar.

Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á
este hombre:

--¿Por qué es tan amargo este pan?

El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.

El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.

Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que
dista sólo cinco leguas de Arras.

¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la
mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos
cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del
camino.

Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces,
disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez,
¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir
á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía
comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia
humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de
nosotros.

Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después
de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las
manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y
de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es
negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida,
que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que
le desengancha en las tinieblas.

Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que
salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad
que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en
Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero
que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:

--¡Vaya un caballo fatigado!

El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.

--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.

--Sí.

--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.

Detuvo el caballo y preguntó al caminero:

--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?

--Cerca de siete leguas largas.

--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.

--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo
el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay
medio de seguir adelante.

--¿De veras?

--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el
río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino
de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.

--Pero viene la noche y me perderé.

--¿No sois del país?

--No.

--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el
caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado,
quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana
podréis ir á Arras.

--Es preciso que llegue allí esta noche.

--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad
un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.

Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó
por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al
suyo.

Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas
del calesín.

Sin embargo conocía que perdía tiempo.

Había caído ya por completo la noche.

Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de
un bache á otro. Dijo él al postillón:

--Siempre al trote, y doble propina.

En uno de los vaivenes rompióse el balancín.

--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo
enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si
quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano
podríamos estar en Arras.

Él le respondió:

--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?

--Sí, señor.

Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.

Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al
galope.

La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía
trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse
puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del
mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante
al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba
terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la
noche!

El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba
vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías
de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.

Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:

--¿Qué hora es ésta?

--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más
que tres leguas.

Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no
se le hubiese ocurrido antes:

Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía
siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse
informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin
saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente
algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas
del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso
no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería
muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar
la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de
parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo
terminado!

El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás
á Mont Saint Eloy.

La noche aumentaba más y más su obscuridad.




                                  VI
                    =Sor Simplicia puesta á prueba=


Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.

Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre,
y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró
delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara
el señor Magdalena.

Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo
en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja
que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos
y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos,
resplandeciendo como estrellas.

Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo
inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.

Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía
invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.

Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el
último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra
de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico
había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco
años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada,
los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las
clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus
cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la
vejez las enfermedades!

Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si
había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la
cabeza.

El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la
enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.

Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el
espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:

--¿Hermana mía, qué hora es?

Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama,
ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente
sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su
pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso
de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.

Nadie entró; la puerta no se abrió.

Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil
y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El
reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de
nuevo en su almohada.

No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.

Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj
sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía
á dejarse caer.

Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre
alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.

Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro
iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios
azulados, sonriendo á cada instante.

Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y
dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!

La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor
Magdalena.

En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que
quisiera recordar algo.

De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana
se puso á escuchar.

He aquí lo que cantó Fantina:

            Compraremos muchas y muy bellas cosas
          Viendo de las calles lo más principal
          Azul es el lirio, rosadas las rosas,
          Azul es el lirio, que dulce es amar.
            La Virgen María con manto bordado
          Ayer vino á verme en mi pobre hogar,
          Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo
          El niño que un día viniste á implorar.
          --Á la ciudad pronto, corriendo, volando,
          Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.

            Compraremos muchas y muy bellas cosas
          Viendo de las calles lo más principal.

            Buena y santa virgen del manto bordado
          Arreglé una cuna, con cintas, sin par;
          Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos
          Me diera prefiero lo que tú me das.
          --¿De todo este lienzo, señora, qué hago?
          --Al recién nacido hacedle el ajuar.

            Azul es el lirio, rosadas las rosas,
          Azul es el lirio, que dulce es amar.

            Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río.
          Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar,
          Una hermosa falda con su cuerpecito,
          Que con muchas flores la quiero bordar.
          --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño?
          --Haced mi sudario, llevadme á enterrar.

            Compraremos muchas y muy bellas cosas
          Viendo de las calles lo más principal,
          Azul es el lirio, rosadas las rosas,
          Azul es el lirio, que dulce es amar.

Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella
acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no
había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se
habían pasado sin ver á su hija.

Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era
bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada
á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.

El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar
atención á nada de lo que pasaba junto á ella.

Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la
portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría
luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.

Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.

La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde
había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que
hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin
cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían
haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle
encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable
como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le
esperase aquella noche.

Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina,
cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina
con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que
mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración
de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos
crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre
la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:

--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué
es lo que hace? ¿Por qué no viene?

Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres,
creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.

--¡Respondedme!--exclamó Fantina.

La criada balbuceó:

--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.

--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.

Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento
imperioso y desgarrador á un tiempo:

--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais
cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.

La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:

--Decid que está ocupado en asuntos municipales.

Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era
una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la
enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto
grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco.
La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la
dijo:

--El señor alcalde se ha ausentado.

Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos
centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía
dolorida.

--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!

Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró
inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.

Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:

--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo
que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os
pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana,
ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es
bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.

Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y
besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había
regalado sor Simplicia.

--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.

Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta
procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.

--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad
de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo
hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba
de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme.
¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los
Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á
Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían
que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me
hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz;
ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á
Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he
visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego,
¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos
tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las
tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años!
Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad,
esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y
se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios
mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos!
¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha
hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho
frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no
es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana
mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes.
Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros
tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy
aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á
Montfermeil?

La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió:
--¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.

--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena
hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si
quisiera, bailaría.

Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera
dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y
natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja.
Alegría de madre, es casi alegría de niño.

--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa,
obedecedme y no habléis más.

Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:

--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor
Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.

Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas
partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una
palabra más.

La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.

Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que
Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.

Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los
grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.

Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á
mi lado en una camita?

El médico creyó que deliraba. Ella añadió:

Vedlo, hay justamente el sitio necesario.

El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto
es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que
en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba
en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues
que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y
al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:

--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á
mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su
tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.

--Dadme la mano,--dijo el médico.

Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:

--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.

El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había
disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida
ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.

--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor
alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?

El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción
penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de
repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse
dijo á la hermana:

--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase
mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan
asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y
aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay
tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.




                                  VII
      =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=


Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado
en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras.
El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió
con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada,
despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí
mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una
sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los
codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto
que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por
culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.

Entró la posadera:

--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?

Él hizo un signo de cabeza negativo.

--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.

En esto rompió el silencio:

--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?

--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.

Y él preguntó:

--¿No está aquí la administración de postas?

--Sí, señor.

La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se
informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M*
con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor
estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.

--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente
á la una.

Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.

No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin
embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó
el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas,
en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar
bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes
á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:

--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?

--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen
anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la
prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces,
mientras se están reparando las salas de justicia.

--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?

--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal
antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo
construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.

Siguiendo su camino, le dijo el artesano:

--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas
concluyen á las seis.

Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro
grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso
edificio.

--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte.
¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay
luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido
preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa?
¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?

El forastero respondió:

--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.

--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es
aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la
escalera principal.

Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se
hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos
varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.

Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres
vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de
las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan
palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia
son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador,
que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como
espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios
tenebrosos.

Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una
antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una
puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran
sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.

La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que
encontró.

--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?

--Ya han concluido,--respondió el abogado.

--¡Concluido!

Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se
volvió.

--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?

--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?

--Sin duda. No podía ser otra cosa.

--¿Presidio?...

--Para toda la vida.

--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha
probado entonces la identidad?

--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna
que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y
se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de
premeditación, ha sido condenada de por vida.

--¿Pero es una mujer?--dijo él.

--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?

--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la
sala iluminada?

--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.

--¿Qué otro proceso?

--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un
presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero
tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le
mandaba yo á presidio.

--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?

--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la
audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la
puerta podáis penetrar. Probadlo.

--¿Por dónde se entra?

--Por esa puerta grande.

El abogado se separó.

En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado
todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le
habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y
como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa,
respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de
alegría ó de dolor.

Acercóse á varios grupos para oir qué decían.

Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal
había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves.
Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del
presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo
había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero
lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era
lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio
y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del
fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las
doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal
era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un
chico de provecho que hacía versos.

Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de
los jurados. El viajero preguntó al ujier:

--¿Se abrirá pronto la puerta?

--No se abrirá ya,--dijo el ujier.

--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no
se ha suspendido?

--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el
portero;--pero no se abrirá la puerta.

--¿Por qué?

--Porque está llena la sala.

--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?

--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.

El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó
tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí
sino los funcionarios públicos.

Y esto diciendo volvió la espalda.

Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la
escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que
tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en
su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento
surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se
arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su
levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió
rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena
alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la
escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el
papel, diciéndole con autoridad:

--Entregad esto al señor presidente.

El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.




                                 VIII
                          =Entrada de favor=


Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta
celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba
todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de
aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos
vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la
capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno
solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no
le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer
las industrias de otros varios distritos.

Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos
la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de
Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche.
En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor
Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa
población de M* sur M*.

El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón
el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre
tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo
discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la
de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le
entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse,
añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente
hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas
palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle
entrar».

El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había
permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la
misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través
de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el
honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto
las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier,
al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí
cerca la lámpara, pudo leer:

«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al
señor Magdalena».

Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen
para él un sabor extraordinario y amargo.

Y siguió al ujier.

Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete
artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas
sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas
palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la
sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre
de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás
del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su
pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras
obscuras que acababa de recorrer.

El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado.
Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en
el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la
vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro
el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y
condenan.

Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible,
donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba
á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante.
Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que
aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.

Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las
sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.

Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba
bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache,
alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación,
el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la
municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus
propias casas.

Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento,
habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues
no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin
embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba
en Fantina y en Cosette.

Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre
que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella
puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó
como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil,
impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus
cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.

Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía,
ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien:
_¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió
delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella,
abrióla y salió.

Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor
largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda
clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos
á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado.
Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de
sí, y huyó como si alguien le persiguiese.

Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á
escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su
alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared.
La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se
enderezó temblando.

Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de
algo más tal vez, meditó.

Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro
de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!

Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con
angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba
lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en
su fuga, y le hiciese volver atrás.

Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió
fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado,
brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar
un cordero el ojo de un tigre.

Su vista no podía apartarse de él.

De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.

Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso,
el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.

De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió
convulsivamente el botón; la puerta se abrió.

Estaba en la sala de audiencia.




                                  IX
          =Lugar en el cual van formándose las convicciones=


Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció
de pie, contemplando lo que estaba viendo.

Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante,
donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su
mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.

Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos
jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó
cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa,
abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y
duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas
de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos;
en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban
más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de
cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se
desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa
gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada
justicia.

Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas
convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato
á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la
presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un
hombre sentado entre dos gendarmes.

Este hombre, era el hombre.

Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí,
como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.

Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto
al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos
erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el
día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel
repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose
por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.

Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme
así?

El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo
de rudo, estúpido y espantado.

Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para
dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el
personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había
saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*,
adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio,
le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba
bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:

Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas
cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro
tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con
todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían,
que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de
su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces,
verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era
evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el
aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.

Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado,
exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!

Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas,
volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á
quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!

Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de
representación del momento más horroroso de su vida, personificada en
un fantasma.

Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche,
casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los
espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente
había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de
su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.

Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la
idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran
legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar
su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á
poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel
punto de calma en que es posible oir.

El señor Bamatabois era del número de los jurados.

Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera
de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos
dicho, la sala estaba poco alumbrada.

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.

La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado;
hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales
la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza
terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable,
perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un
vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama
cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado
vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel
hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que
acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del
debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos
aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras
manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal
de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien
la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho
años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real
á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo,
crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos
reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado
comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual
prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será
juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los
testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y
signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era
toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de
todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era
como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No
obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador,
y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella
multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia
llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase
entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio,
era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad,
y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena.
¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya?
¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía
nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que
parecía igualmente dividir al jurado.

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no
era solamente sombrío, sino obscuro.

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia
que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que
usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin
ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan
solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes
conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el
cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París,
_el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_;
á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente
intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban
de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo
de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros
reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante
general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los
alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados
á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas
de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por
hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese
elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer
alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo
elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo
de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en
su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido
visto escalando la pared ó arrancando la rama.

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía
en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del
suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había
sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y
arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda,
un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése
Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El
abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente
bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado
había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien
tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin,
cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu
por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales
testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente,
negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan
Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía,
pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el
acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en
ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en
negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión
sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le
hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había
aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente,
creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un
error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez
de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga
permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían
embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para
condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía
necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado
concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de
Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía
que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo
espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen
serlo generalmente los fiscales.

Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa
lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su
abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean.
El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean.
Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no
cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al
origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la
inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el
nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la
_Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la
influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó,
por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó
á hablar del mismo Juan Valjean.

¿Qué es lo que era Juan Valjean?

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de
esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes,
la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos
diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y
los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió,
con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto,
al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y
es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios
de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las
acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio,
como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese
hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo,
á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto
robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega
todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien
otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen:
Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos
compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y
Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa.
¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc.,
etc.».

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta,
con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de
aquella manera.

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella
requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede
detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega
al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza
de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta
triste y muda con la que se había contentado desde el principio de
la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca
de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber
preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado
sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba,
no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á
la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad»
del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de
Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.

Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio
fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero
ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.




                                   X
                       =El sistema de negativas=


Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al
acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.

--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra,
pareciendo no entender lo que se le decía.

El presidente repitió la pregunta.

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento
como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en
el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el
tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su
banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona
del fiscal, comenzó á hablar.

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su
boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas,
que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo
así:

--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en
casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero
hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de
algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres
cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se
pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero
los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo.
Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado.
Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo
joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres,
pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un
pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no
ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían;
los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija,
que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco,
reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el
día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con
nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar
también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la
lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos.
Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas
partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad
penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde
el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto
al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos
frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es
terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á
las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada.
Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena
muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un
martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo
la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe!
París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto
cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de
eso, no sé qué me queréis.

El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz
alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y
salvaje.

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes.
Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí,
venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba
el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el
auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por
qué, púsose á reir también.

¡Aquello era siniestro!

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro
carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había
citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido».
Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo
que iba á decirle, y añadió:

--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan
sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales
consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última
vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente,
¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la
rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con
escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí
ó no?

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha
comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se
volvió hacia el presidente, y dijo:

--En primer lugar...

Después miró su gorra, miró al techo y se calló.

--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No
respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os
condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el
presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan
Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia;
que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que
habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón.
Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en
cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:

--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no
se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no
come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un
turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían
desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas
de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama
tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar
que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me
llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me
dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el
codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no
he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer
verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en
él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes
hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor
Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo
decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo.
Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran
gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho
me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis
nombres de bautismo, tomadlo como queráis.

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene
esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en
Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que
soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he
estado domiciliado.

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis
todos contra mí?

El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:

--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy
hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo
logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que
se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados
Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert,
para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del
acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.

--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector
de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido
de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la
ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para
ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del
acusado.

--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del
señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo
ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra,
por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien
inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el
señor Javert:

«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas
materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco
perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo
presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso
en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez
y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco
ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo
de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el
difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era
yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le
reconozco perfectamente».

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión
así en el público como en el jurado.

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres
testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é
interpelados solemnemente.

El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la
puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme
dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio
estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no
tuviesen más que un alma.

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de
las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que
tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas
ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían
llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era
hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes
tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener
presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.

--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no
podéis prestar juramento.

Brevet bajó los ojos.

--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado
por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite,
sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este
momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una
parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por
otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El
instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis
haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado,
reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si
persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de
presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.

--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y
persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en
1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un
bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy
taciturno. Le reconozco positivamente.

--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.

Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo
indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el
predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa.
Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido,
descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona
tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa.
Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á
Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el
derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando
descaradamente al público.

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á
Brevet, si persistía en reconocer al acusado.

Chenildieu se puso á reir.

--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á
la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?

--Id á sentaros,--dijo el presidente.

El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido
de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de
Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la
montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje,
y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices
que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en
presidiarios.

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y
graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar
ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.

--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan
el Gato, por su fuerza extraordinaria.

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente
sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de
mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban
más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la
anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que,
según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera,
los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre
dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y
con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse:
¡Famoso!

El presidente le interpeló:

--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Él respondió:

--Repito que ¡famoso!

Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era
evidente que aquel hombre estaba perdido.

--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el
debate.

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á
la cual se oyó una voz que gritaba:

--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible
era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había
partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia
sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la
puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie
en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois,
veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:

--¡El señor Magdalena!


                                  XI
                  =Champmathieu más y más asombrado=


Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro.
Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su
traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y
ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras,
aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de
estar allí.

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible.
Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan
penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer
momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había
gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien
hubiese dado un grito tan horroroso.

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que
el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los
gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que
en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había
adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.

--¿No me reconocéis?--les dijo.

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza
que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar.
El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y
dijo con acento tranquilo:

--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor
presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es
él sino yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había
sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie
de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está
verificando algo grandioso.

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía
y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas
palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al
público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:

--¿Hay por aquí algún médico?

El fiscal tomó la palabra:

--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que
suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un
sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al
menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*.
Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del
señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y
acompañarle á su domicilio...

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con
un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras
que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas
inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de
aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que
las oyeron hace cuarenta años.

--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á
verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese
hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado
criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios,
que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis
prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo
mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he
enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre
las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto
hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi
historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé
á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis
dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea
suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido
como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á
la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado
salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario.
Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un
infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me
cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón.
Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera
que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis
vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará,
entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que
robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme.
¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena
se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al
menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que
estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría
del acento con que acompañó esta exclamación.

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:

--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:

--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que
llevabas en presidio?

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado
de pies á cabeza.

Él continuó:

--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el
hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día
sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se
descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?

--Es cierto,--dijo Chenildieu.

Dirigióse entonces á Cochepaille.

--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una
fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la
del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815.
Levántate la manga.

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver
aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se
leía perfectamente.

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces
con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando
la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la
desesperación.

--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no
había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba
del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de
que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para
dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto
digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna
autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse
de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie
alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se
explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y
todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La
aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella
aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria
otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de
revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe,
aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para
que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las
vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en
aquel vasto hecho luminoso.

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.

--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy,
puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe
ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando
quiera.

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se
extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en
él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres
retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la
multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta,
pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí
volvióse y dijo:

--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.

Después se dirigió al auditorio:

--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es
verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en
verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese
pasado nada de esto.

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había
abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros
de hallar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda
culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto
inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á
todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.


                                NOTAS:

[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.

[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una
pronunciación casi igual.




                             LIBRO OCTAVO
                               RETROCESO


                                   I
          =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=


El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y
calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al
amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para
ir á preparar una nueva poción de quina.

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el
laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy
de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce
sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero
grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar
silenciosamente.

--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.

Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?

--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.

Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala
la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor
alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se
atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no
era de Montfermeil de donde venía.

--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.

--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña,
señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?

Permaneció un momento reflexivo y luego:

--¡Dios nos inspirará!--exclamó.

--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad
daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que
la hermana alzase los ojos.

--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha
vuelto blanco!

--¡Blanco!--repitió él.

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un
estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el
médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto,
que ya no respiraba.

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:

--¡Es verdad!

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.

La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que
entreveía en todo aquello.

Él preguntó:

--¿Puedo verla?

--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana,
arriesgándose apenas á hacer la pregunta.

--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.

--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la
hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle
paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor
alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de
mentirle.

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo
con tranquila gravedad:

--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.

La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que
daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y
respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:

--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.

Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal,
y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde
estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas.
Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre
propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres
madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y
dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una
especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la
transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus
mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo
de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á
pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como
tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y
llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una
enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo
que á morirse.

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y
parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano
tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los
dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel
lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como
cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo.
Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en
el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y
él los tenía blancos.

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie
junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien
allí á quien imponer silencio.

Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:

--¿Y Cosette?




                                  II
                           =Fantina dichosa=


No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era
la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una
fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa
de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella
continuó:

--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo.
Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido
siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda
clase de figuras celestes.

Él levantó su mirada hasta el crucifijo.

--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no
la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha
podido nunca recordar.

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de
auxiliar al señor Magdalena.

--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su
semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto
puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.

--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que
se lleva en brazos.

--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de
fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo
primero es curarse.

Ella le interrumpió impetuosamente:

--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de
médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!

--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis
así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es
preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.

La pobre madre agachó la cabeza:

--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no
habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que
algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y
esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor
daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de
verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría
á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que
tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente
á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser
dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que
me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi
Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien
que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á
no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy
tranquila, dirán: hay que traerle su hija.

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al
lecho.

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer
serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel
abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á
fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle
su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía
menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.

--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en
haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien
el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá
olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como
los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan
de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían
aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais,
haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora
todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor
alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija?
¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer
siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo
vos! ¡Vos que sois el amo!

Él le tomó la mano, y dijo:

--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos.
Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y
esto os hace toser.

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas
quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar
de cosas indiferentes:

--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen
muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa
mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola
ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su
mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor
Simplicia era la única persona que estaba con ellos.

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:

--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á
escuchar como extasiada.

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó
de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre,
y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos
lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para
entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella
criatura era el que oía Fantina.

--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.

La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió.
Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de
sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:

--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene
ese hombre!

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y
continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:

--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me
lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya
debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre
la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su
primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?

Púsose á contar con los dedos.

--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco,
llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh,
mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya
pensando en la primera comunión de mi hija!

Y se puso á reir.

Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye
el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en
reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á
él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la
cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro,
radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en
algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala,
agrandados sus ojos por el terror.

--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?

Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar
viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que
mirase detrás de sí.

Volvióse, y vió á Javert.




                                  III
                           =Javert contento=


He aquí lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de
la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada
precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que
recordará el lector que había tomado.

Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su
primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor
Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia
del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su
primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de
locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese
incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado
sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel
Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia
del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de
todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor
le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á
consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto
había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya
ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo
algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca
de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se
unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa
á Champmathieu.

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á
Champmathieu, tomó á Magdalena.

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu,
el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de
la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur
M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda
de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la
primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era
preciso que la justicia siguiese su curso.

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de
bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi
furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del
desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_.

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á
M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al
inspector de policía Javert.

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente
después de haber prestado su declaración.

Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal
le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.

El enviado del fiscal era también un agente de policía muy
experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo
sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba
concebida en estos términos:

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de
M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser
el presidiario cumplido Juan Valjean».

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de
penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar
nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del
mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente
alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su
lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo,
examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su
corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja
izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.

Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni
en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los
botones del vestido.

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester
era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos
llamar terremotos interiores.

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y
cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el
patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le
había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como
estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con
la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.

Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta
con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de
su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del
codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía
detrás de él.

Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su
presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se
volviese el señor Magdalena.

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de
Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció
espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible
como la alegría.

Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su
condenado.

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su
fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo
removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido
la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel
Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien
desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El
contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del
triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo
del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese
darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo,
por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert,
personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime
de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una
profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la
conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía
el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad,
prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria.
Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie,
altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente,
la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de
la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago
centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su
planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno.
Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta
grandeza en aquel san Miguel monstruoso.

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del
deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes;
pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de
la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen
un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en
plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin
él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno
de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan
doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que
podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.




                                  IV
                  =La autoridad recobra sus derechos=


Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde
la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de
nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la
vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro
entre ambas manos, y exclamó angustiada:

--¡Señor Magdalena, salvadme!

Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había
levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:

--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.

Después dirigiéndose á Javert, le dijo:

--Ya sé lo que queréis.

Javert respondió:

--¡Vamos pues!

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo,
en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino
_¡Vampués!_ No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo
pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de
arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é
impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco
años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un
fin. Limitóse por ello á exclamar:

--¡Vamos, pues!

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan
Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual
acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.

Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus
huesos, dos meses antes.

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando
allí el señor alcalde ¿qué había de temer?

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:

--¡Ea! ¿Vienes?

La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y
el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á
ella solamente; y empezó á temblar.

Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como
nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos
delirios de su fiebre.

Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al
señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.

--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina.

Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría
todos sus dientes.

--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto
por el cuello de su levita, y dijo solamente:

--¡Javert!...

Javert le interrumpió:

--Llámame señor inspector.

Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á
solas.

--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla
siempre en alta voz.

Juan Valjean continuó bajándola:

--Es un favor que os pido...

--Dígote que hables alto.

--Es cosa que únicamente vos debéis oir...

--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:

--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de
esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.

--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me
pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija
de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!

Fantina se estremeció.

--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí!
Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija!
¡Señor Magdalena, señor alcalde!

Javert dió una patada.

--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es
éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas
están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya
era tiempo!

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la
corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:

--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde
alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan
Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y
descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la
hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un
ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió
después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y
buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su
propio peso sobre la almohada.

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el
pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.

Estaba muerta.

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y
se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:

--¡Habéis matado á esa mujer!

--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender
razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida,
ó mando que te aten.

Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal
estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela.
Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera,
ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y
empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á
bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de
Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en
voz apenas perceptible:

--No os aconsejo que me estorbéis en este momento.

Es lo cierto que Javert temblaba.

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía
aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su
bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta
miraba fijamente á Juan Valjean.

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente
en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo
así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No
se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable
piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse
hacia Fantina, y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á
aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la
tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que
son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor
Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas
veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina,
vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y
en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en
la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después
le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho
esto, le cerró los ojos.

La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.

La muerte es la entrada en la gran luz.

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló
delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.

Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:

--Ahora estoy á vuestras órdenes.




                                   V
                           =Tumba apropiada=


Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.

La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación,
ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder
disimular, que á la sola exclamación de: _¡Era un presidiario!_ casi
todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que
había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo
es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras.
Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como
esta:

--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.

--¿Quién?

--El alcalde.

--¡Bah! ¿El señor Magdalena?

--Sí.

--¿De veras?

--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean,
Boujean.

--¡Ay! ¡Dios mío!

--Está preso.

--¡Preso!

--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.

--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?

--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado
que cometió en otro tiempo.

--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado
perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna
á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar
todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono»
especialmente, dominó esta idea.

Una vieja señorona, suscriptora de la _Bandera blanca_, hizo esta
reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.

--Me alegro. ¡Así aprenderán los _bonapartistas_!

Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se
desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la
población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le
había servido fué una de ellas.

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su
cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había
estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo,
y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos
hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de
Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar,
la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la
llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía
por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de
donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si
también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar.
La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que
hacía.

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones,
exclamando:

--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el
clavo!

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una
mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela
que estaba ardiendo.

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un
grito que ahogó en la garganta.

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.

Era realmente el señor Magdalena.

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, _sobrecogida_, como decía
después ella misma, contando la aventura.

--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía...

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al
principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.

Éste terminó por sí mismo la frase.

--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una
ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á
mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre
mujer.

La vieja obedeció enseguida.

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría
ella mejor que él mismo.

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir
la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra
que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y
quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la
palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué
á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la
palmatoria y entró en la habitación.

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía
ser vista desde la calle.

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla,
sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el
menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había
«arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la
ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del
palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «_Éstas son las dos
conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo,
de que he hablado al tribunal_». Puso sobre dicho papel la moneda de
plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese
al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que
desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No
se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía
los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es
probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado
consigo al evadirse.

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en
el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un
reconocimiento por la justicia.

Dieron dos golpecitos en la puerta.

--Adelante,--dijo él.

Era sor Simplicia.

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba
en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que,
por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas
la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las
emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en
mujer. Había llorado y temblaba.

Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que
entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al
señor cura.

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.

--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean.

La hermana leyó:

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con
ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la
mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos
inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:

--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre
infeliz?

--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su
lado, esto turbaría su reposo.

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera.
Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que
decía en voz alta y penetrante:

--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie
durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un
instante de la portería!

Un hombre respondió:

--Sin embargo, hay luz en este cuarto.

Reconocieron la voz de Javert.

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse,
ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz
de un soplo y se quedó en el ángulo.

Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.

Abrióse la puerta.

Entró Javert.

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en
el corredor.

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.

La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el
humeante pábilo escasa claridad.

Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro
respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de
ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad
eclesiástica la primera de todas, era _religioso_, _superficial_ y
correcto en este punto, como en todo.

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una
religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este
mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la
verdad.

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente
en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y
arriesgar al menos una pregunta.

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía
y la veneraba particularmente por esta razón.

--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola?

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió
desfallecer.

La hermana levantó los ojos, y respondió:

--Sí.

--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis
visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien
vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?

La hermana dijo: No.

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar,
rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.

--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.

¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que
estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes
y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el
paraíso esta mentira!

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni
siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser
apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las
brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.

Este hombre era Juan Valjean.

Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros
que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De
dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos
días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la
fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.

Una frase final para Fantina.

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta
madre.

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de
lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino
á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario
y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina
reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa
común.

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que,
siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos
de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas.
Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se
encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.


                                NOTAS:

[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.




                             SEGUNDA PARTE
                                COSETTE




                             LIBRO PRIMERO
                               WATERLOO


                                   I

              =Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=


El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el
mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La
Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles
una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van
sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas
enormes.

Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste,
el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un
vaso boca abajo.

Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de
un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el
que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón
en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de
particular._

Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un
pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén
de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles,
que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro
en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden,
hasta Braine l'Alleud.

Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta
de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas,
un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que
humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un
cobertizo cercado de paredes de paja.

Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón
amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era
continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una
laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un
sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió
por él.

Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una
pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos
encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada,
con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos
medallones planos.

Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la
fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en
ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos,
á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas
las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos
hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.

El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento
de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso
pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol
frondoso.

El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por
bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular
parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las
puertas y salió una aldeana.

Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:

--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.

Y luego añadió:

--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es
el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.

--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.

--Hougomont,--dijo la aldeana.

El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los
setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de
montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.

Encontrábase en el campo de Waterloo.




                                  II
                              =Hougomont=


Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera
resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que
se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.

Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el
anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de
Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.

El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una
carretela antigua, y entró en el patio.

Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del
siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás
adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la
ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del
tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de
esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas,
un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un
potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un
pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla,
he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón.
Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado
tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus
picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que
reemplaza á los ingleses.

Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías
de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al
encarnizamiento de todo un ejército.

Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo
cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular
con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la
puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente.
Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y
la septentrional, que es la de la granja.

Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones
Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo
de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de
Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la
brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye
le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.

Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la
puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son
cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan
los destrozos del ataque.

La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se
ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se
entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente
en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior,
cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para
carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos
grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden
los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho
tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de
huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.

La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el
horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado
allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los
muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son
llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos
para huir.

Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias
construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y
recodos fortificados.

Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al
fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del
castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene
en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón;
la capilla de fortín, ambos se exterminaron.

Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde
lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas,
por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras,
acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la
metralla fué contestada por el incendio.

Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas
guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un
cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en
esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al
techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera
tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los
escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían
en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas.
Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el
primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos
inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto
parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía;
muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815
empezó á brotar al través de la escalera.

Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo
ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la
matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca,
pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas
de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas,
sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un
tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo
un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la
capilla.

Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del
siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los
franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después,
la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en
horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo
de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones
permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al
decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna
del Cristo.

Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies
del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde
de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres
franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.

Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se
insultaban las naciones mutuamente.

En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía
un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.

Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el
patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que
ya no se saca agua.

¿Y por qué no se saca agua?

Porque está lleno de esqueletos.

El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom.
Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18
de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.

La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y
muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy
todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles
quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores
tiritaron entre las espesuras de la maleza.

Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo»
agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron.
Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los
combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió
de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último
trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.

Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La
muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que
la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo.
Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en
él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban
muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió
al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de
socorro.

Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra
y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando
una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está
descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del
fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de
obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los
maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe
una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad
de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El
nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.

Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho
en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un
travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de
madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No
existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de
piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en
ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las
vecinas selvas, remontándose inmediatamente.

En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza,
cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura
gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol,
colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda
cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le
cortó la mano de un hachazo.

La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero
Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos
decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía
miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre.
Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo
imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_.

Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al
cercado.

Este cercado es terrible.

Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La
primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas
tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las
edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á
la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se
entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado
de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un
malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor.
Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le
Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan
en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y
tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos
están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece
sobre el estrave como una pierna rota.

En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis
tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados
como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías
hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los
hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis
franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis
contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los
groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.

Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el
espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en
menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el
combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por
los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos
sepulturas inglesas de granito.

Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el
ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto
vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto,
saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los
guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego
á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la
brigada Soye. Así comenzó Waterloo.

No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses
treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles.
Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau,
setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro,
contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está
acribillada por la metralla.

Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus
botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí
caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan
los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar
la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en
los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco
desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para
espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat,
oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de
Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo,
vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen
de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los
esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado.
Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de
violetas.

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería;
un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa,
furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento
de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto;
Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones
franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres
mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados,
destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un
aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos;
si gustáis os explicaré lo de Waterloo_.




                                  III
                       =El 18 de junio de 1815=


Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y
trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que
comienza la acción referida en la primera parte de este libro.

Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el
porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de
menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término
de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco
de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la
estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.

La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no
pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba
mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la
artillería pudiese maniobrar.

Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de
este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio
desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_.
Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer
converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de
victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela,
y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y
desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio.
Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas,
aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él;
herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea
á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible
durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.

El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto
que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de
ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas
cuarenta.

Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción
empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y
terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.

¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla?
¿Es imputable el naufragio al piloto?

La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella
época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra,
¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se
manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una
palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han
creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á
sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo
de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del
peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden
llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía
del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los
Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal
y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido
directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á
no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos?
¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los
senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de
rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro
aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones?
¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura
suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un
inmenso abismo?

No lo hemos creído nunca.

Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra.
Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el
enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la
parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos
trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el
alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su
plan de batalla. Después, ya vería.

Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de
Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando,
tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su
historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente
bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una
pléyade de historiadores[7].

Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones,
no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un
investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana,
tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho
alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de
hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica
militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según
nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos
capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado,
le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.


                                  IV
                                  =A=


Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más
que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna
izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la
carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain
á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está
Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille
con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience,
allí está Napoleón.

Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra
y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este
palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla.
Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo
heroísmo de la guardia imperial.

El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y
la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta
fué toda la batalla.

Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los
dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y
Reille frente á frente de Hill.

Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se
encuentra la selva de Soignes.

En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno
ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas
ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á
la selva.

Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que
luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse
á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un
parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde
un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una
senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la
planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.

El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe
responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el
más pequeño relieve.

Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint
Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había
examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una
gran batalla.

En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington
la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las
alturas, el francés la llanura.

Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la
mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de
1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto.
Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne,
aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el
capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco,
el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo
púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana
sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es
decir, la figura completa del último César, está presente en todas las
imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.

Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz;
esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la
mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo
la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.

La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario
y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es,
coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del
mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca
al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con
los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en
la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á
Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén
muerta, empequeñece á Tito.

La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en
pos de sí la sombra de su forma.




                                   V
                  =El quid obscurum de las batallas=


Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al
principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más
aún para los ingleses que para los franceses.

Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero,
habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la
llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los
furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido.
Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en
marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas,
se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los
valles de la parte de Papelotte.

La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía
la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola,
apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido
esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar
libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la
tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada
de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés
Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.

La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que
hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre
Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando
la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha
francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.

El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí
á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan.
Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias
inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen
guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á
concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras
cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.

El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo:
desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas,
interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á
Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia
Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos
incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó
Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.

Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa,
particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados
bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su
inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo
un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado
en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio;
aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas.
Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á
Wellington.

Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.

Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo
obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues
participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo.
Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo
vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en
nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes,
las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los
húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós
guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada
con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses
llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la
caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con
filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las
piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas
de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente
al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.

Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid
obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar
los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere
la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene
incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes
penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo
de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más
ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les
arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se
quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea
como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes
de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman
cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos
delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde
estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.

Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los
claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden;
una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa
aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación.
La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una
jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos
pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que
Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La
geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da
derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre
cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza
y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una
frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos
que á la historia del ejército».

El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede
abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún
narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de
esa nube horrible que se llama una batalla.

Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de
armas, es particularmente aplicable á Waterloo.

Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo
apreciarse la batalla con toda exactitud.




                                  VI
                  =Cuatro horas después del mediodía=


Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era
grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha,
Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente,
gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_
Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington;
Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían
arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses
les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que
le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de
apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero
ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la
defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales
menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se
habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa,
el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como
invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring
había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas
banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón
de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts.
Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby
estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el
ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil
doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles,
dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby
había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh
también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.

Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el
centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó.
Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en
Braine-l'Alleud.

El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto,
estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean,
teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la
sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella
época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de
los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban
en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían
cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos,
poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los
zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo
púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las
estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por
el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías
enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que
no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que
obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las
mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado
entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de
carabinas.

Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba
en excelente posición.

El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua
entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael
y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin
disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente.
La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según
opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido
una dispersión general.

Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala
derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división
Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de
Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la
infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos
de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis
batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás
del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra
en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de
Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los
guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra
mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido
Ponsomby quedaba Sommerset.

La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba
dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta
apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho
de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para
empalizarla.

Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo
todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino
de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde
un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se
lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las
balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord
Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles
son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis
matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo
lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada
iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de
Talavera, Salamanca y Vitoria.

_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la
vieja Inglaterra!_

Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás.
De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería
y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos,
arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo
que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean,
realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés
desapareció, Wellington retrocedió.

--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.




                                  VII
                       =Napoleón de buen humor=


El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento
local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde
la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815,
aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad.
El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en
Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones.
Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á
Dios.

_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión
Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que
se reía César.

Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y
la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme,
satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban
por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale
parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de
Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido
inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y
se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase
misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya
de acuerdo.

No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de
aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido
toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá
á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de
Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un
momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia
inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis
mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había
vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.°
de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan,
exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del
17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita
una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el
trueno, mientras la lluvia arreciaba.

Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones;
los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo
no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque
se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo
en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro,
condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido
de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada
Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema
izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que
acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la
batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más
bien derribarlos que rechazarlos._

Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de
Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había
mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina
y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por
alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de
batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_

Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres,
atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de
mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas,
lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos
noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo
al emperador. _Tenía convidados muchos generales._

Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en
el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo
con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había
contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no
será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre.
_Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón.

_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud.

_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín
Constant.

Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él
fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las
orejas y tirándoles de los bigotes.

_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos.

Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27
de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_
encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido,
y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que
llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y
amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había
tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue
bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón
había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de
Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y
luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una
mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la
orden de batalla.

Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y
puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en
dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á
la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido
de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y
bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por
dos veces: ¡Magnífico, magnífico!

De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece
increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas,
formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV».
Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en
medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede
á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas
por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y
destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se
encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó
el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro
buenas mozas, general_.

Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de
él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él
mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la
aldea.

Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva
compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy
una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos
admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_

Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para
observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino
de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.

Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance
y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que
existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un
declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas
sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía
sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse
recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas
oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos.
_Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á
sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la
bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía
Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla
de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando
esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á
hacer que te maten por la espalda._

El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza
pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del
cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis
años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como
varas de saúco.

Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se
verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como
nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese
campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento,
le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede
reconocerlo.

Para glorificarlo se le ha desfigurado.

Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse
diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy
la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que
descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que
del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La
elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad
por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que
encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á
la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba
francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á
las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de
ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la
meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave;
el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era
de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los
cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el
fondo del valle, centro del combate.

El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente
aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no
bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo
de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de
adivinar para un observador lejano.

¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de
Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas
del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que
atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces
como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco
en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta
de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y
de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la
llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales
han servido para el promontorio monumental.

Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su
trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas
laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en
invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos
accidentes.

El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que
un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua
una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el
nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y
la fecha del accidente, febrero de 1637.

Dice así la inscripción:

                               D. M. O.

                  AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE
                             POR UN CARRO
                       EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE,
                  MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)

                            FEBRERO DE 1637

Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un
aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un
hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de
piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo
pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del
césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja
de Mont-Saint-Jean.

En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada
daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso
en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era
invisible, es decir, terrible.




                                 VIII
          =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=


Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.

Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos
consignado, era efectivamente admirable.

Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de
Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera
de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada
Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y
sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas
sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto
de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo
empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo,
de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la
inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa
caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa
poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney
agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo,
masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres,
entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las
balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de
escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot
y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel
hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento
en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego
lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la
carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la
infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por
Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete
piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra
el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada,
y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los
exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo
el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras
dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos
hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont,
los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la
Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes
de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin
haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor
incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en
general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del
detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total
de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se
alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar,
suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual
á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.

Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y
tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia,
casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la
antigua invulnerabilidad.

No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau,
parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento
de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.

En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió
desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el
frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El
emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria
cruzó ante sus ojos.

Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el
aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy,
Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba
á Azincourt.

El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por
última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su
guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde
abajo con cierta contemplación religiosa.

Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes,
escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero;
parecía cortar uno á uno los matorrales.

Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas
de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte,
armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que
apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles
donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió
junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de
blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.

Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El
guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.

Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.

Wellington había retrocedido.

Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.

Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á
París, anunciando que se había ganado la batalla.

Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.

Acababa de encontrar el rayo.

Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint
Jean.




                                  IX
                            =Lo inesperado=


Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de
legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran
veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división
de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los
cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los
lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos
sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas
y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había
admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas
las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido
en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en
el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe
y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa
segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo
á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema
derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de
hierro.

El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó
su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.

Entonces se vió un espectáculo formidable.

Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y
trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con
un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un
ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance,
penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían
ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la
sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida,
subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía
sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont
Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los
intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo
colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la
división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda.
Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos
inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.

Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa
por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía
que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma.
Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo,
se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y
allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos
borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón
y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima
de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la
hidra.

Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión
aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los
hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara
humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles,
invulnerables, sublimes; dioses y bestias.

Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir
á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta,
á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en
trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en
la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y
atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando.
No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba
subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos
tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al
trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una
especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio
espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una
larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las
trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises
gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en
la meseta, pareció el principio de un terremoto.

De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra
derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con
un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta,
desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre
los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los
ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.

Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico
bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre
los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera,
y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban
queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus
cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos
contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era
más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los
ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser
vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él,
atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola
carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres
vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una
tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.

Aquí comenzó la pérdida de la batalla.

Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos
y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de
Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás
cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.

Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente
maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había
arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.

Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había
examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo,
que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta.
Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca
que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había
dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una
pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_.

Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano
surgió la catástrofe de Napoleón.

Otras fatalidades debían todavía surgir.

¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos
que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No.
Por causa de Dios.

Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo
XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida
Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga
fecha.

Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.

El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba
el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo
universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en
una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería
mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en
que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente
se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que
dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden
material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las
madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la
tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten
de la sombra y oye el abismo.

Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su
caída.

Molestaba á Dios.

Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del
universo.




                                   X
                    =La meseta de Mont-Saint-Jean=


Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.

Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de
jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería
inglesa.

Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de
los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar.
El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran
de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en
valor.

La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna
Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si
presintiese el engaño, había llegado entera.

Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.

Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los
dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.

Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta
convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve
granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se
movieron.

Aquello fué horroroso.

Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un
torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció
impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros
con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila,
los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro,
dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los
coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban,
levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de
las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros
vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros
abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían
deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en
los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas
como no se hayan visto tal vez nunca.

Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse
sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus
acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros
no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una
caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por
una nube; la lava combatiendo al rayo.

El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de
apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º
regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras
se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus
ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos,
sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de
sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como
los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando
de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música,
matando al músico.

Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la
catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército
inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que
algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo
vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante
hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido
fué su grande y fatal error.

De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería
inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset;
Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía
á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su
izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados
de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la
caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba?
Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.

Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así
podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas,
agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la
colección del museo de Waterloo.

Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.

Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato
vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En
un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos
á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió
con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de
Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros
dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor
decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno
á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo
cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta.
Esta horrorosa lucha duró dos horas.

El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que
si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por
el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido
la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien
había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en
sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media
voz: ¡Sublime![8]

Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó
clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos
ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la
guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la
Belle-Alliance.

La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular
era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su
parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre.
¿Cuál de los dos caerá primero?

La lucha de la meseta continuaba.

¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que
sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados
muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de
pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan
y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de
Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los
hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se
llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.

Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los
coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había
sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin
embargo dominaban la mayor parte los ingleses.

Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía
mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado
raíces en aquel suelo fúnebre.

Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia
de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba
refuerzo. _No le hay_, respondía Wellington; _¡Que se haga matar!_ Casi
en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en
ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba:
_¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?_

Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates
furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y
pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres,
alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento:
batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un
teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte,
estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze,
cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de
Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en
1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y
que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida
de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente
hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte
de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier,
Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de
los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey
muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de
Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel
equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería
había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres
alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido
veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses
tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y
cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.

Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con
su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y
destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el
bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros,
los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar
terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella;
los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al
arma!

Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos
leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven
todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que
se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII
en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del
hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de
las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda,
Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban
desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle,
exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés,
había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de
hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario
austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla
en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco
miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría:
_¡Blücker ó la noche!_

Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de
bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont.

Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.


                                  XI
              =Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow=


Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy,
apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.

El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se
divisa Santa Elena.

Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le
hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que
por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá
diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.

Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército
prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow
no podía llegar.

Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano
Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de
pie: «la batalla estaba perdida».

Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad,
retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había
salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y
sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas
de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido
preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que
conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y
furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas
ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya
las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía
á Chapelle-Saint Lambert.

De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado
á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por
Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito
que está muy por encima de nuestros alcances.

Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga
vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su
atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece
ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:

--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal,
aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor.
Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la
bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube»
designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que
hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube
no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto
obscuro la división de caballería ligera de Domon.

Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y
nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden
de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo
Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo
esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».

Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se
desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe
Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba
ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las
líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón.




                                  XII
                             =La guardia=


Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la
batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente,
Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por
Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de
la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot
retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al
caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la
línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la
gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa
y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de
frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo
aquel espantoso derrumbamiento.

Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La
historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando
en aclamaciones.

El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo
instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte
dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el
grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en
Austerlitz.

Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por
un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de
Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los
granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron
éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella
pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar
veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los
vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó:
_¡Arriba, guardias, y buena puntería!_

El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de
los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera
tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos
enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia
imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su
alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de
¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador!
y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y
muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella
tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó
al suicidio.

Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte,
ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto
caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes
los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio
cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa
de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo,
admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; _¡Venid á
ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!_ Pero
inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de
Erlón esta pregunta: «_¿Es que no quieres hacerte matar?_». Y seguía
gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un
puñado de hombres: _¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas
balas inglesas entrasen en mi pecho!_

¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!




                                 XIII
                            =La catástrofe=


La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.

El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de
Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de:
¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!

Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe,
estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción
inaudita!

Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin
espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á
la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama,
insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los
soldados se le escapan, gritando: _¡Viva el mariscal Ney!_

Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados
entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de
Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los
amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones
dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla.
Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella
ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia;
en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio.
Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante
Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe
Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones
del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón
recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita,
amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva
el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien
le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita,
vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se
arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan
los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados
con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos;
todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos.
Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los
caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los
valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres.
Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos,
paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas,
oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla
á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal
fué aquella fuga.

En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau
reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á
la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla
prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve
hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un
edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de
llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin
duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa.
Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo
de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un
prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la
guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en
Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó,
matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de
los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker
se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota
desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies,
atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta
la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande
ejército.

Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que
jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa?
No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la
jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la
línea de este día.

De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas
aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á
la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir,
sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. _Hoc erat in
fatis._ Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es
el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria
al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se
encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la
batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.

Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand
asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo,
pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la
derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la
brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo.
Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de
aquel sueño de gloria anonadada.




                                  XIV
                          =El último cuadro=


Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la
derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche.
Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad,
é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento,
aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al
ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado
posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las
alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí,
abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban
formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.

Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda
de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle
funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros,
inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes
de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de
proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado
Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba
á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro
lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar
aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.

Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando
su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las
balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor
que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror
sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería
inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua.
Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de
espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los
cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las
cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre
el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia
ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se
cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre
entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus
cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron
á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido
sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según
unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos!
Cambronne respondió:

--¡Mierda!




                                  XV
                              =Cambronne=


El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al
historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha
dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la
historia.

Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.

Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán:
Cambronne.

Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque
morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado
sobrevivió.

El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no
es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no
es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de
Waterloo fué Cambronne.

Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.

Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder
esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche,
al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso
de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro,
saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la
coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas
de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera,
mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la
jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con
Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible
de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de
aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.

Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.

La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura
del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla.
¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido.
¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no
hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última
hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay
allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto
en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no
botar?

Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los
Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de
los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas,
están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al
gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que
Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.

Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una
espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la
palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella
victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á
la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y
abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el
alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer
esto, hallar esto, es ser el vencedor.

El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en
aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como
Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo
de lo alto.

Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de
estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico
supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de
desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre
del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la
Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los
gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.

Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las
baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de
bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una
vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se
hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa
de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.

Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se
percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué
cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas,
expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre,
entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á
las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su
caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.




                                  XVI
                        =¿Quot libras in duce?=


La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la
ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9].
Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada.
Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios
embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.

Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la
corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos
diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero
golpe de vista las principales y características líneas de aquella
catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los
demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de
su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto,
derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los
reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota
de la guerra.

En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana,
la parte de los hombres es nula.

Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á
Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta
Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo,
los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de
la espada.

Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior
de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un
choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre
Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es
el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen,
así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son
majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas
á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas
mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo
XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los
pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es
la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los
pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se
elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso
específico en el género humano es resultado de algo más que un combate.
Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no
son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan
poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida,
significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el
tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.

Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al
azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo?
¿Una victoria? No. Un quinterno.

Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.

No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.

Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la
historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios.
Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más
sorprendente ni confrontación más extraordinaria.

Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia,
la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría
pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha
el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza
tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado
voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección
absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho
militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé
qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso
dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma
profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque,
la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota
llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella
mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á
un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel
Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.

Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien
salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington
esperaba á Blücker, y acudió.

Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en
su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La
vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica,
no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel
corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido
que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin
municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado
de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa
coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?

¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y
con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después
de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando
á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre
Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra
con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar
le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del
viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada
flamígera, y del tablero contra el genio.

El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y
debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y
de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las
mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se
encontró ante Wurmser joven.

Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos
á Wellington.

Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de
segundo.

Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza
inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que
Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma.
No fué su capitán, fué su ejército.

Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord
Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de
1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría
confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?

La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan
grande á Wellington, es empequeñecerse.

Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos
escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos
de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt,
aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses
tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt,
aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el
fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo
grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo
hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué
tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de
hierro.

Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al
ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra.
La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un
hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.

Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella
conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal,
porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual
ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como
nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y
toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que
le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento,
que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por
lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un
parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.

Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de
Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro
de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de
Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este
cataclismo aparece maravillosamente conducido.

En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.

Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea
de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de
Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,
con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración
vino la matanza.

Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente:
pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento;
rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.

En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.

En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y
cuatro.

En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.

En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y
uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y
cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.

Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la
tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.

De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si
algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio
en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe
le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental
desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su
realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos
cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables,
el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre
cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el
fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas
sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel
esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no
existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen,
y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y
en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint
Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen
confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.


                                 XVII
               =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=


Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo
á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no
es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de
semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.

Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión,
es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa
contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el
_statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al
través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías
contra el indomable tumulto francés.

Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis
años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los
Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con
los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad
también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud
de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y
de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional,
con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede
ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente
fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando
los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y
sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de
Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad
para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la
declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que
es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es
el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente
su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo
extraño.

Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era
éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse
en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para
tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre
que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante
del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del
conquistador fuera, del gotoso dentro.

Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos,
no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra
revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó
el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha
pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha
sido vencida por la libertad.

En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que
sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de
mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo
que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos
para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo
sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba
á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de
Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era
la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta
infame palabra: _Desmembración_.

Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza
abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una
constitución.

No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad
intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente
liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón
involuntariamente revolucionario.

El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.




                                 XVIII
                  =Recrudescencia del derecho divino=


Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.

El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano
agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros.
Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo
la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se
detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos
heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el
imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la
luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura.
Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la
noche produjo el efecto de una eclipse.

Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron
los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis
del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca.
Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante
del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy
como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono
fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de
la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el
continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo
célebre.

La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra,
figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay.
Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco
de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas
entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de
Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El
cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de
mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están
entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo
de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes
en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado
esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo
tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en
Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso
llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes
recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula,
y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la
luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de
verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por
aquí y no por allí!

El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades
perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La
mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una
carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones,
las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14
en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las
serpientes.

El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón.
Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el
extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre,
ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón
tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está?
¿Qué hace?

--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y
Waterloo.

--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis
bien!_

Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa,
después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo
tiempo por haber desaparecido Napoleón.

Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de
ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había
ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.

En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los
perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador,
hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad.
Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa
singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del
pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte
caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se
espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le
hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud
de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía
de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que
explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía
temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca
de Santa Elena permaneció en su horizonte.

Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos
en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella
triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus
tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.

Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.

Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella
nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no
turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón
saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de
campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.




                                  XIX
                  =El campo de batalla por la noche=


Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de
batalla.

El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció
la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los
fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada
caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las
catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.

Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó
desierta.

Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la
comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido.
Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.

Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante.
Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord
Bathurst.

Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente
á la aldea de Waterloo.

Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la
acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado,
Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué
tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos
vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que
para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.

No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos
claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no
hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus
fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo
inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á
una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.

¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante
y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria?
¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria?
Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente
los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no
cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe
del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo,
de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra
parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un
muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.

Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen
los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado
contemporáneo, fuera de duda.

Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres
murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves
nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores
de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles,
cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando
en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por
guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban
en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos
del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba
«los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables
de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y
seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses.
Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á
traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques,
quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos,
en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el
merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía
esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay
celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales,
grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de
sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte
de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el
Palatinado.

Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según
era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca
rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.

No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los
muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien
quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz.
Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla,
mientras se los fusilaba en el otro.

La luna era siniestra en aquella llanura.

Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por
la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,
uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni
paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los
muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo.
Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto
y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre?
La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba
morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina.
De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor,
como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por
tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía.
Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso,
le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las
ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.

Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.

Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas,
hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás
de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del
camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito
de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un
rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro
del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá
existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.

La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la
tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias
del cielo.

En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,
pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente
agitadas por el aire de la noche.

Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en
la yerba, que parecían exhalaciones de almas.

Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas
mayores del campamento inglés.

Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y
al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar
desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de
hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las
colinas del horizonte.

Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la
muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.

Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites
del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la
fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr
hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor;
sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una
voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre,
tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura
un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar,
aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas,
no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres
debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por
alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta
un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar,
retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un
ser viviente!

Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la
sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de
caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión.
Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura,
llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un
montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja:
tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría
hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago
delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la
calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.

Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de
Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor
de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia
el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la
división Delort, el lecho de muertos disminuía.

El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por
este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía
pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la
sangre.

De pronto se detuvo.

Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía
el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y
caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.

Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.

El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse
ya no brillaba el anillo en aquella mano.

No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y
fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el
horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre
el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde
del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas
acciones.

Después, tomando una resolución, se levantó.

En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por
detrás.

Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido
por la falda del capote.

Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.

--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.

Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto
en la tumba.

--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.

Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba,
cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y
unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un
hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y
oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo
de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía
el rostro, donde no se veía más que sangre.

Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna
feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían
formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser
aplastado. Tenía los ojos cerrados.

Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.

El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos
interiores de su capote.

Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba
un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde
encontró un bolsillo, que también se guardó.

Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el
oficial abrió los ojos.

--Gracias.,--le dijo débilmente.

Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco
de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su
letargo.

El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.


[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla
                             de Waterloo=]


Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que
se acercaba.

El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:

--¿Quién ha ganado la batalla?

--Los ingleses,--respondió el vagabundo.

El oficial repuso:

--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj.
Tomadlos.

Ya lo había hecho.

El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:

--No hay nada.

--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.

Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.

--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un
hombre que se va.

El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.

--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?

El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:

--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje.
Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad
hacer lo que podáis.

--¿Qué graduación es la vuestra?

--Sargento.

--¿Cómo os llamáis?

--Thénardier.

--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del
mío. Me llamo Pontmercy.


                                NOTAS:

[8] _¡Splendid!_ palabra textual.

[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas
reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió
por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa
Elena._)




                             LIBRO SEGUNDO
                            EL NAVÍO ORIÓN


                                   I

                  =El número 24601 se trueca en 9430=


Juan Valjean había sido preso nuevamente.

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos
concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos
de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos
acaecidos en M* sur M*.

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no
existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.

Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de
julio de 1823:

«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un
acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento,
llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos
procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de
azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo
también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios
habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal
Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal
y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha
sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había
conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón
que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado
legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan
Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».

El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario
de París_, de igual fecha:

«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de
comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias
dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la
vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse
elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento
del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante
considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias
al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una
mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este
miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio
de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía
le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á
uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al
pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)

«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días
de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa
de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á
unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación,
debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no
se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado
Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de
Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de
ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que,
como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:

            «Todos los años llegan de Saboya
          Para deshollinar con mano diestra
          Los largos tubos de las chimeneas».

«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil
y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido
perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una
cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean,
declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este
criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su
inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena
perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de
Tolón».

No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres
religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_,
presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor
Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había
previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó;
faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída,
verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes
existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes
que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad
humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se
efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron
fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres
del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios,
dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros
el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse
en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya
centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor
Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí;
el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á
la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador
para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron
y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los
productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos
pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la
quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en
alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la
sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena
con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos
de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y
el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes
de febrero de 1827.




                                  II
       =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=


Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un
hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no
deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio
público.

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima,
tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de
las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de
aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He
aquí, pues, la superstición de Montfermeil.

Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida
aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres
afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios
apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó
leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo,
y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos
cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda
reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado
en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de
semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle.
Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que
el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo,
sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por
cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol,
la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la
perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á
casa y se muere dentro de la semana.

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido
su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí
donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro
ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del
mes.

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una
palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece
al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque
no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas
aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos
cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece
que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se
ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos
enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un
mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está
enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de
cuya tumba nacen sapos.

Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son
ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la
noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa,
gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo
del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra?
¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo,
una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces
un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una
cartera, y otras muchas, nada.

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:

          Fodit, et in fossa thesauros condit opaca
          As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de
pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado,
que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos
hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece
que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger
Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro
de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco,
tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se
sirve de ella.

Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al
ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante
su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil,
observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado
Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.

Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en
presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no
encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con
rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.

El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca;
pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse
la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes,
probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que
solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la
espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.

He aquí lo que creían haber notado:

Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo
de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la
caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las
malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas
veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por
Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban
sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á
Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de
misterioso en lo que hacía.

Decían en la aldea:

--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha
visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle
el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien
atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino
hacerse cruces.

Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego
á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.

No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en
aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas,
algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo,
y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más
«empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el
cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en
tratos con Boulatruelle.

--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe
quién va, ni quién ha de ir.

Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la
justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque
y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no
habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.

--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier.

Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo
caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con
arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la
discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de
compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he
aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.

Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo,
quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un
pico, _como si dijéramos escondidos_. Sin embargo, pensó que serían
probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no
volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió,
sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento,
á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más
espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente».
Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un _compañero
de presidio_. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su
nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á
modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados
siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir
«al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la
espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo
alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista
de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después,
Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya
el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al
individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes,
que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le
hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna
efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la
pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues,
al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto
dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico,
enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala.

Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver;
debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había
explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos
los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero
inútilmente.

No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil.
Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:

--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este
enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.




                                  III
   =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna
      operación preparatoria para romperse de un solo martillazo=


Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes
de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal,
y para reparar algunas averías, el navío _Orión_, que más tarde fué
utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón,
parte de la escuadra del Mediterráneo.

Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había
echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé
qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos,
contestados por él uno tras otro; total, veintidós.

Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios
de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y
ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas
las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de
puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda
la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos
inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil
pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en
humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se
mueren de hambre muchos pobres.

El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra
de España».

Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas
singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón;
la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es
decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á
las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción
á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por
los periódicos liberales _él héroe de Andújar_, comprimiendo, dentro
cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el
viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el
quimérico terrorismo de los liberales; los _sans culottes_ resucitados,
con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de
_descamisados_; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso,
calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas
en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa,
dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo,
el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en
aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los
granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio
volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo,
viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor
agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo
había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los
frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y
de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados
á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había
hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los
soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún
peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina
sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada,
vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra,
hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por
generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no
recordar ni la gran guerra ni la gran política.

Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre
otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las
trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto
fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que
mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.

Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la
resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase
de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales
que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que
humillaba, en realidad y por la que se podía leer _Banco de Francia_ en
los pliegues de su bandera.

Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado
formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil
apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es
preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine
mejor que á un Ballesteros.

Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que
insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu
militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una
empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado
francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro
yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar
el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las
revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia
de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no
verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte.

La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué
pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa.
Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza
porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos
lo hacen por fuerza. La palabra _obediencia pasiva_ lo indica bien. Un
ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta
de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por
la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.

En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla
ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar
una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el
punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la
inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de
asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus
consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de
las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España
_el rey neto_, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto.
Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el
consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No
es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.

Volvamos al navío _Orión_.

Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe
generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya
que el _Orión_ pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por
desperfectos marinos, al puerto de Tolón.

La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo
inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y
porque la multitud ama lo grande siempre.

Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio
humano con el poder de la naturaleza.

Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo
que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las
tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene
once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más
alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su
aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines,
y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre
la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su
brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches
obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el
viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la
roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la
inmensidad una aguja.

Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo
conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una
de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de
Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo
campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera
echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole
desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la
longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo
mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de
flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra
emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones
tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y
para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil
metros cúbicos. Un bosque flotante.

Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque
de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor,
entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese
prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque
mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen
de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la
fuerza de dos mil quinientos caballos.

Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal
Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre.
Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en
su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre
las cuales flota y reina.

Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja
aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega
como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el
ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola,
como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos
monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra
el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder
y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad
superiores.

Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una
inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden
los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos
perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas
máquinas de guerra y navegación.

Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los
diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud
de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en
contemplar el _Orión_.

El _Orión_ era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus
navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas
capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha.
Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos,
y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las
Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como
el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía
agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor
la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á
consecuencia de esas averías, el _Orión_ tuvo que regresar á Tolón.

Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba.
El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre,
desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar
penetrar el aire en el armazón.

Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un
accidente.

La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado
de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el
equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle
del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el
hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el
abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego
con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una
profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso
al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía
agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda.

Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los
marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el
servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado
gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el
rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus
brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía
para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones
del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie
esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante
volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo
de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en
verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como
fruto maduro.

De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del
tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario;
llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.

Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el
gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un
joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á
una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial
de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la
tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le
había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.

Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo
la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una
cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento
la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo
presente esta circunstancia.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos
segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante
los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo,
les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó
los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele
recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de
la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo
enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces
una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido
sobre el abismo, vióse que había dos.

Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una
mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez
mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una
palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos.
Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor
soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.

Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero.
Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado,
se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á
la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la
otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir
hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara
fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga
hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus
camaradas.

Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que
lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y
oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento
furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre!

Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus
compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo,
y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo
un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera
fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba
y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el
presidiario acababa de caer al agua.

La caída era peligrosa. La fragata _Algeciras_ estaba fondeada junto al
_Orión_, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo
de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro
hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la
ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á
la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna
sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron,
bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el
cuerpo se encontró.

Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:

«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á
bordo del _Orión_, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al
agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que
habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este
hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba
Juan Valjean».




                             LIBRO TERCERO
             CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA


                                   I
                 =La cuestión del agua en Montfermeil=


Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero
meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.

Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas
construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos.
En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos
artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque.
Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se
distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y
sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de
los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero
Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados
y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio
agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el
cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil.
Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la
meseta.

Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población
que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques
que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en
la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño
manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á
un cuarto de hora de Montfermeil.

Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse
de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el
bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre
hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de
Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen
hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las
cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las
ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se
pasaba sin ella.

Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede
haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.

Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras,
pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así
es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído
el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron
conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada.
Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía
falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de
noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en
la casa.

La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en
Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había
helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido
del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle
principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual
permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y
hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como
sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las
hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta
vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles
historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había
una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos,
vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823
á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del
Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen
por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á
ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á
la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas
retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los
charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno
único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de
animales raros.

En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros,
estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por
cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier.
Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de
estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La
fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos
en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una
mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata.
La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego,
mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.

Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la
guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del
bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:

--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde
se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de
los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría
madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se
tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente
vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que
vendimiar en agraz.

Etc...

Ó bien, era un molinero el que exclamaba:

--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se
encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos
en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la
cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de
zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan
mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es
ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los
serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el
maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin
razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.

En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un
propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:

--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es
bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil
de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...

Etc...

Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de
la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies
desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego,
calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba
debajo de las sillas.

Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é
infantiles; eran las de Eponine y Azelma.

En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.

Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los
chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte
en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los
inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío»,
y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma,
pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo
resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la
madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia.

Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.




                                  II
                      =Dos retratos completados=


No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de
perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo,
y contemplarlo por todas sus fases.

Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en
los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había
equilibrio de edad entre la mujer y el marido.

Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición
de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda,
cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de
esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes
piedras con su cabellera.

Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la
colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por
única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante.
Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes.
Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una
espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela
vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir
una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y
que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo
el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es
una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una
señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es
un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando
se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le
salía de la boca un diente.

Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso,
endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual
estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era
atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un
ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía
mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía
en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle.
Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo
frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía
nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de
las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín.
Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador
filósofo. Este matiz existe.

Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que
siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera,
había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte,
cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general
peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante
muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento
de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto
para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para
cura.

Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para
posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las
probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París,
belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza
de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El
flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su
existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida;
y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815,
Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores
de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos,
robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún
desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto
de unirse siempre al ejército victorioso.

Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, _cum quibus_, había
ido á establecer su bodegón en Montfermeil.

Este _quibus_ compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de
oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los
surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni
había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.

Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con
un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda
el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin
embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores.
Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no
faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía.
Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las
criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella
gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido
debía ser objeto de concupiscencia universal.

Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del
género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que
entra en ella.

No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al
menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos,
como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de
él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se
están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante
de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están
siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo
agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su
vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y
en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces
bajo su furor!

Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y
penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada
inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á
mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.

Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer
Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era
siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba.
Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible
y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el
mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella
se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano.
Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese
disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por
otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su
marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera
cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia
las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la
corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el
mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su
marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo
meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y
grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la
materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón
de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había
en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio
absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía
ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.

Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus
hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por
lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más
adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea:
enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran
talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo
cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría
hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es
menester que viva.

Ya se comprende que la palabra _posadero_, está aquí empleada en
sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.

Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos
francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.

Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino,
Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más
profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en
los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La
hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable,
citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible,
que era particularmente peligrosa.

Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos.
Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar
en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez
violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida,
descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas;
detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar
honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en
viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo;
poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón
de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al
lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven
del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con
quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las
moscas que se come su perro.

El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas,
maridaje repugnante y terrible.

Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba
en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana,
viviendo exclusivamente al día.

Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble
presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada
por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.

El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de
martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la
mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba,
corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era,
hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz,
un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que
Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba
realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca
sirviendo á las arañas.

La pobre criatura, pasiva, se callaba.

Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas
entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno
de Dios?




                                  III
            =Los hombres necesitan vino, los caballos agua=


Habían llegado cuatro nuevos viajeros.

Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho
años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de
una vieja.

Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la
Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia
Thénardier de cuando en cuando:

--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!

Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido
menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los
viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.

Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa
Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era
de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese
pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido
un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo,
en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una
cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó
al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y
seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas
la mitad del vaso.

--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua!

--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.

--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con
ésta habrá bastante.

Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora,
sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.

Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día
siguiente.

De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:

--¡Está obscuro como boca de lobo!

Ó decía otro:

--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!

Cosette se estremecía.

De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón
entró, y dijo con acento rudo:

--No habéis dado de beber á mi caballo.

--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier.

--Yo os digo que no,--repuso el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa:

--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo,
en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he
hablado.

Esto no era verdad. La niña mentía.

--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una
casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela!
Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco
perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que
se oía apenas:

--¡Y mucho que ha bebido!

--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso;
que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!

Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.

--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no
ha bebido, es preciso que beba.

Luego mirando en torno suyo exclamó:

--¡Y bien! ¿Dónde está ésa?

Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida
casi debajo de los pies de los bebedores.

--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier.

Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La
Thénardier repuso:

--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.

--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua!

La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.

--¡Pues ir á buscarla!

Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el
rincón de la chimenea.

Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido
sentarse dentro y estar ancha.

La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de
palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo
que hubiera sido mejor preparar las cebollas.

Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.

--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la
panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.

Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la
moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.

Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta
delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.

--¡Aprisa!--gritó la Thénardier.

Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.




                                  IV
                   =Entrada en escena de una muñeca=


La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia,
se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos
puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de
media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro
de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de
Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna
Thénardier, producía «un efecto mágico».

En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.

El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la
puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases,
y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas
magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente,
había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una
inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón
color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos
de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la
admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese
habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para
comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola
horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado
mirarla también.

En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste
y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la
prodigiosa muñeca, hasta _la señora_, como ella la llamaba. La pobre
niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal
muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era
muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la
dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel
pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria
fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de
la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase
ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer
una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de
rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo
¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel
puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar
viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le
parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del
barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno.

En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le
había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver
en sí.

--¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene
que hacer ahí ese monstruo?

La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette
extasiada.

Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto
pudo.




                                   V
                          =La chiquilla sola=


Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población
inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de
Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua.

Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo
en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia,
las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto
desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura
se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que
se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando
iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con
ello, le servía de compañía.

Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No
había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una
mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando
entre dientes:

--¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?--Luego la
mujer reconoció á Cosette, y exclamó:--¡Mira! ¡si es la Alondra!

Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas
en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil.
Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino,
anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una
vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí
había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba,
sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el
ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última
tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía
imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza,
y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas
aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se
encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio
negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no
había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez
aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre
la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los
árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia.

--¡Bah!--exclamó ella,--diré que ya no había agua.

Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.

Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse
la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la
Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera
sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué
hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de
la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á
pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el
camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población,
entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su
curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba
avanzando como desvanecida.

Iba corriendo con ganas de llorar.

El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No
pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente
de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo.

No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque
al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día
muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la
conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha
ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la
maleza. Así llegó á la fuente.

Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo
arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y
de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y
enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo
un ruido escaso y tranquilo.

Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba
la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella
fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla
inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto
de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió
el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus
fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de
ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la
moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó
caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.

Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera
querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había
sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto,
obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó
acurrucada.

Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no
pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada
formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.

Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes
negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra
parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.

Júpiter se envolvía en las profundidades.

La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella,
que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad
en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de
niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente
teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga
luminosa.

Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso,
sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas
y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes
ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales.
Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas
retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa.
Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente
como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas
partes no se advertía más que extensiones lúgubres.

La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien
penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando
el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en
la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie
atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar.
Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica
aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á
pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el
espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los
sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces,
aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo
miedo y deseo de mirar atrás.

Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos,
perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante,
cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas,
charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad
sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas
misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas
ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No
hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se
experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la
sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente
siniestra en los niños.

Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma
infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.

Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía
sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era
únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el
terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía
de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón.
Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría
evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.

Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado
singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar
en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía
empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara
percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos,
que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente
al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un
pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través
del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas
encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante.

Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á
huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin
gran trabajo alcanzó levantarlo.

Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era
tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo.
Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando
esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después
de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia
adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba
y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer
y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á
pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del
cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de
un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una
niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan
triste momento.

Y sin duda su madre también, ¡ay!

Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro
de sus tumbas.

Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían
su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que
le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de
imaginarse siempre presente á la posadera.

Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y
proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas
y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le
faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la
Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de
verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no
había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que
ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para
tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo
el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.

Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta
exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!

En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una
mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba
vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto
y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había
llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre,
sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía
levantar apenas.

Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.

La niña no tuvo entonces miedo.




                                  VI
       =Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle=


En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre
largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París.
Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía
preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel
ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.

Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un
cuarto en este aislado barrio.

Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba
el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la
extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla
bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble
respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno.
Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta
descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía
nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos
de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse
descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y
gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un
antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por
sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de
sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio
de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso
firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus
movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta.

Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido
en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente.
Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía
severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre
serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un
pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un
seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un
mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado
un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un
bastón.

Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno.
Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla
que buscarla.

En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á
Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi
invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo
escape por el boulevard del Hospital.

Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las
dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.

Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el
paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y
desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de
París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de
ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera
deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y
severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente
dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba
estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una
mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones
de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién
empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos
grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano,
el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor,
la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso
cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero
con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas
inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la
cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía
perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San
Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos
á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno».

Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el
acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital.

El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni
de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia.
Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un
escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en
el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó
sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de
árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca,
lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque
de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado
en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad:

--¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía,
apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron
también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero
el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como
el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta
de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de
Estado y prefecto de policía.

Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista
al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para
cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir,
cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta
de San Martín, donde se representaba aquel día el drama _Los dos
presidiarios_. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió
chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco
después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el _Plato
de estaño_, donde estaba entonces la administración de diligencias de
Lagny.

El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados,
y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa
por el alto peldaño de hierro del vehículo.

El hombre preguntó:

--¿Hay asiento?

--Uno solo, á mi lado, en el pescante,--contestó el mayoral.

--Le tomo.

--Subid.

Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje
nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.

--¿Vais hasta Lagny?--le preguntó el cochero.

--Sí,--dijo el hombre.

Y el viajero pagó hasta Lagny.

Partieron enseguida.

Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar
la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por
monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.

Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía
acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.

Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró
para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros,
establecida en los viejos edificios de la abadía real.

--Yo bajo aquí,--dijo el hombre.

Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.

Un instante después había desaparecido.

No había entrado en la posada.

Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la
marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.

El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:

--Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no
llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues
ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las
casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver.
Se le ha de haber tragado la tierra.

No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado
á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después
había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino
vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país
que hubiese ya transitado por él.

Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda
antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse
precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se
hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua;
porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima.
Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo.

Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á
entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los
campos, y se internó en el bosque apresuradamente.

Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar
atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase
ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un
momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin,
tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón
de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las
piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche,
como si las revisara.

Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas
de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse
al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si
quisiera reconocer y contar todas las verrugas.

Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de
una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc
clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.

Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio
comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse
de que la tierra no había sido recientemente removida.

Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través
del bosque.

Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.

Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido
aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el
suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió
que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces
se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo.




                                  VII
              =Cosette en la sombra junto al desconocido=


Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.

El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.

--Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.

Cosette levantó la cabeza, y respondió:

--Sí, señor.

--Dame,--repuso el hombre,--yo voy á llevártelo.

Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.

--Mucho pesa, en efecto,--dijo entre dientes; y añadió luego:

--Chiquilla, ¿qué edad tienes?

--Ocho años, señor.

--¿Y vienes con eso de muy lejos?

De la fuente que está en el bosque.

--¿Y vas muy lejos ahora?

--Á un cuarto de hora largo de aquí.

El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:

--¿No tienes madre?

--No lo sé,--respondió la chiquilla.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la
palabra, añadió:

--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.

Y después de una pausa, prosiguió:

--Creo que nunca la he tenido.

Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo
ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por
mirarla y ver su rostro en la obscuridad.

El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la
pálida luz del cielo.

--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre.

--Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó
después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y
echó á andar.

Después de unos instantes, preguntó:

--Chiquilla, ¿dónde vives?

--En Montfermeil, sabéis...

--¿Es allí dónde vamos?

--Sí, señor.

Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:

--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?

--La señora Thénardier.

El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el
tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor
singular.

--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?

--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada.

--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta
noche. Acompáñame.

--Vamos allá,--dijo la niña.

El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad.
No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos
hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza
inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la
Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo
que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta
los cielos.

Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:

--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?

--No, señor.

--¿Luego estás tú sola?

--Sí, señor.

Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:

--Es decir, hay dos niñas.

--¿Dos niñas?

--Ponine y Zelma.

La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan
agradables á la Thénardier.

--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?

--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.

--Y, ¿qué hacen estas niñas?

--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que
hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...

--¿Todo el día?

--Sí, señor.

--¿Y tú?

--Yo, trabajo.

--¿Todo el día?

La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á
causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:

--Sí, señor.

Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:

--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto
también.

--Y ¿cómo te diviertes tú?

--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y
Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un
sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.

Y la muchacha levantaba su dedo meñique.

--¿Y que no corta?

--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca.

Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles.
Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del
pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas,
guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras
sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre,
preguntó á Cosette:

--¿Hay feria aquí?

--No, señor; es Navidad.

Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo
tímidamente:

--¿Señor?

--¿Qué hay, hija mía?

--Enseguida estaremos en la casa.

--¿Y qué?

--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?

--¿Por qué?

--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta
del bodegón.




                                 VIII
    =Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico=


Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que
continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.

Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.

--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el
tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!

--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea
hospedaje.

La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una
mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando
ávidamente con la mirada al recién llegado.

--¿Es este señor?--dijo ella.

--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección
del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista
de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á
poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:

--Entrad, buen hombre.

Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada,
examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero
algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un
fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba
bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella
imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de
los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de
este supuesto, dijo la Thénardier:

--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.

--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra.
Pagaré como si me diérais cuarto.

--Cuarenta sueldos.

--¿Cuarenta sueldos? Bien.

--Corriente.

--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la
Thénardier.--¡Si no son más que veinte!

--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no
admito pobres á menos precio.

--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los
establecimientos el recibir gente de esta clase.

Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su
envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que
Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El
mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su
caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de
cocina y tomado su calceta.

El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se
había servido, contemplaba á la niña con atención particular.

Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.

Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y
descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus
grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados
á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de
curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y
en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado
su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel
momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente
de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío,
había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra.
Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima
en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa
agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por
varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó
negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado.
Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de
sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su
porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y
palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban
y traducían una sola idea: el temor.

El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el
temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los
talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla
respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse
su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había
en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.

Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había
atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á
su tarea.

La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de
ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos
parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.

Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto
el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.

El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.

De repente la Thénardier, exclamó:

--¡Á propósito! ¿Y el pan?

Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la
voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.

Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente
sempiterno de los niños asustados. Mintió.

--Señora, el panadero tenía cerrado.

--¡Haber llamado!

--Ya llamé, señora.

--¿Y bien?

--No abrieron.

--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes,
verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de
quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La
moneda de quince sueldos había desaparecido.

--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído?

Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse
hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que
contestar. Estaba petrificada.

--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la
Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el
rincón de la chimenea.

Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:

--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!

La Thénardier descolgó el martinete.

Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos
en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este
movimiento.

Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin
fijarse en nada más.

Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de
la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi
desnudos. La Thénardier levantó el brazo.

--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que
ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede
que sea esto.

Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un
instante.

--Aquí está precisamente,--añadió levantándose.

Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.

--Sí, ésta es,--dijo ella.

No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier
salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se
contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:

--¡Cuidado con que te vuelva á suceder!

Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho»,
y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á
tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible
asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.

--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero.

Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.

--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre
asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la
posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que
estaba en el suelo.

Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y
Azelma.

Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que
lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy
lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la
espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que
daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto
arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería
del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la
primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su
tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.

Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno
de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras?

Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra,
acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con
la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:

--¡Vais de cualquier manera!

Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y
revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De
cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas
jugar con aire triste.

Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas
como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro
años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la
envidia, por otra el desdén.

La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y
rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en
su vida había tenido una muñeca, _una verdadera muñeca_, para servirnos
de una frase que todos los niños comprenderán.

De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala,
advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba
de las niñas que estaban jugando.

--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú
trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.

El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier,
y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:

--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!

De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una
ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese
tenido aquel aire de _pobre asqueroso_, semejante ruego habría sido
una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener
un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese
manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber
tolerar. Replicó pues agriamente:

--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que
no haga nada.

--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz
dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus
hombros de cargador.

La Thénardier se dignó contestar:

--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice,
y que van á quedarse con los pies desnudos.

El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:

--¿Y cuándo habrá concluido esas medias?

--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.

--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?

La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.

--Treinta sueldos al menos.

--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre.

--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba
oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!

Thénardier creyó deber tomar la palabra.

--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco
francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.

--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera
breve y perentoria.

--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando
del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo
pago.

Después se volvió hacia Cosette:

--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.

El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso
adelantándose á recogerla.

--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera!
¡Y que no es falsa!

Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.

La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su
rostro tomó una expresión de odio.

Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:

--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?

--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible.

--Gracias, señora,--dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil
se las daba al viajero.

Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:

--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?

--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios
vistiendo levitas como la suya.

Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio.
Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella
algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo.

Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba.
Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado
del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la
mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con
una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía
esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce
y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las
alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:

--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se
mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella?
Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la
mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego
le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me
dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que
yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.

Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.

Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción
obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les
animaba y acompañaba.

Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una
muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma
envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho
lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para
ello dulcemente.

La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo
uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar,
levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar
un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien:
ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando,
haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos,
y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven
casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo
es la continuación de la última muñeca.

Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una
mujer sin hijos.

Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.

La Thénardier se había acercado al _hombre amarillo_. Mi marido tiene
razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan
especiales!

Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.

--Señor,--le dijo.

Al oir la palabra _señor_, volvióse el hombre. La Thénardier no le
había llamado todavía más que _buen hombre_.

--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más
repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña
juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois
generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:

--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre.

--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por
caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la
cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo
lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más
de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá
muerto.

--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.

--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de
abandonar á su hija!

Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese
adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la
Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.

Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo
inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de
color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús.
La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette,
debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su
mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho,
y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto!
¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!

Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el
millonario», consintió finalmente en cenar.

--¿Qué quiere tomar el señor?

--Pan y queso,--dijo el hombre.

--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier.

Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la
mesa, seguía también cantando la suya.

De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el
suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por
jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á
medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La
Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y
Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban;
ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió
de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos,
cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego
vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba
en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese
sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de
jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba
toda la violencia de un deleite.

Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente
su frugal cena.

Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.

Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de
los pies de la muñeca _sobresalía_, y que el fuego de la chimenea le
alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía
de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á
Eponine:--¡Mira, hermana mía!

Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había
atrevido á coger la muñeca!

Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y
empezó á tirarla de la falda.

--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres?

--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves?

Y señalaba con el dedo á Cosette.

Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía
ni oía nada.

El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone
de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se
designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».

Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette
había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca
de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el
gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.

Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:

--¡Cosette!

Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella,
volvió la cabeza.

--¡Cosette!--repitió la Thénardier.

Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta
veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos
juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de
su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle
ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso
del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete,
ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier...
lloró. Rompió á llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier.

--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del
delito, que yacía á los pies de Cosette.

--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre.

--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!

--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca?

--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con
sus asquerosas manos!

Aquí Cosette redobló su llanto.

--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier.

El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.

En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por
debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo
levantar aún más el grito.

Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando
entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos
los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la
mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:

--Tómala, para ti.

Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio
de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de
juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que
aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.

Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con
aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas
palabras inauditas: _Para ti_; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo
luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa
en el rincón de la pared.

Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á
respirar.

La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos
bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo
el bodegón.

La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas:
¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas
cosas, es decir: un ladrón.

La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga
que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante
aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba
alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en
aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto
sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo
bajo:

--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es
preciso humillarse ante ese hombre!

Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que
no hay en ellas transiciones.

--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser
dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las
mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca?

Cosette se arriesgó á salir de su escondite.

Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor
te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de
terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos
empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de
las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba
en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le
hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».

Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.

Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la
Thénardier regañaría y le pegaría.

Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró
tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.

--¿Es verdad que puedo, señora?

Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de
espanto y de arrebato á un tiempo.

--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te
la regala!

--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es
mía?

El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía
haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar.
Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la
mano de «la señora» en sus manecitas.

Cosette retiró vivamente su mano como si la de _la señora_ la quemase,
y fijó los ojos en el suelo.

Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un
modo desmesurado.

Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:

--La llamaré Catalina,--dijo.

Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y
estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la
muñeca.

--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla?

--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier.

Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.

Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo
delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud
contemplativa.

--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero.

--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña.

Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita
que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la
Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso
contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que
podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando
copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas
á acostarse; después pidió _permiso_ al hombre amarillo para enviar
también á Cosette, _que se había cansado mucho aquel día_, añadió con
aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.

La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde
estaba su marido, _para ensanchar el espíritu_, decía ella. Cambiaba
con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á
expresarlas en alta voz.

--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar!
¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar
muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta
sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de
Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este
viejo misterioso!

--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le
divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que
juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga.
Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es
cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?

Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno
ni otro.

El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su
actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros
se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta
distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan
pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las _ruedas traseras_
con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas
andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.

Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya;
la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada
estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero
continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando
en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no
había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.

Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en
la sala.

--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer.

Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:

--Me voy á acostar. Haz lo que quieras.

El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y
se puso á leer el _Correo francés_.

Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos
tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del
impresor. El forastero no se movía.

Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo
ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor
movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía;
pero nada podía despertarle.

En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y
se permitió decir:

--¿El señor no va á descansar?

_No va á acostarse_ habría aparecido excesivamente familiar.
_Descansar_ sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras
tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente
la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se _acuesta_, cuesta veinte
centécimos; un cuarto en que uno _descansa_, cuesta veinte francos.

--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?

--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros.

Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el
posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era
de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras
de percal encarnado.

--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero.

--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi
esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.

--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente.

Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.

Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la
chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar.

Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de
cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.

--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero.

--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer.

El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido
pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?

Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella
casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto
alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar,
pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa»,
de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses
llaman respetabilidad.

Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase
eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no
queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se
proponía desollar regiamente á la mañana siguiente.

Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no
dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:

--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?

Thénardier respondió fríamente:

--¡Cómo te alteras!

No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada
la luz.

Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su
paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció
algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las
dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando
en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á
la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración
de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en
una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por
mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa
que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí,
en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el
polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un
jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta
descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los
ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su _señora_.

El hombre se acercó y la contempló.

Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se
desnudaba para no tener frío.

Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos
abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba
profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca
entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más
que uno de sus zuecos.

Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto
obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de
una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias.
Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba
una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había
estado llorando toda la noche.

El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos
Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea;
una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco
fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella,
ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero.
Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño;
recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que
colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar
allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine
y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de
ellas uno de sus zapatos en la chimenea.

Inclinóse el viajero.

La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía
brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente
nueva.

El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en
el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró
y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común,
medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el
zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños
que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto
también su zueco en la chimenea.

Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura
que nunca ha conocido más que la desesperación.

No había nada en aquel zueco.

El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el
zueco de Cosette un luis de oro.

Después volvióse á su habitación á paso de lobo.




                                  IX
                       =Thénardier maniobrando=


Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba,
Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado
por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita
amarilla.

La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No
cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación
profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y
desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la
casa; era la Alondra que barría la escalera.

Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo
Thénardier esta obra maestra:


                      CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1

                      Cena                3 francos
                      Cuarto             10    »
                      Bujías              5    »
                      Fuego               4    »
                      Servicio            1    »
                                        ----------
                          Total          23    »

Servicio estaba escrito _cervisio_.

--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado
de cierta vacilación.

Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.

--¡Psch!--dijo.

Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la
cuenta que debía pagar la Francia.

--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer,
pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es
justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.

Thénardier rióse fríamente, diciendo:

--Pagará.

Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la
autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose
en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de
la sala. Después de un momento, éste añadió:

--¡Y yo debo mil quinientos francos!

Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y
puestos los pies sobre la ceniza caliente.

--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la
calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes
me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!

El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:

--Entregarás esta cuenta al hombre.

Y después salió.

Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.

Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo
inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para
su mujer.

El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.

--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos
deja ya el señor?

Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía
entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba
una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.

Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias
«de un pobre», se le resistía.

El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:

--Sí, señora; me voy.

--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil?

--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que
debo?

La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.

El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba
visiblemente en otra parte.

--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra
explosión distinta.

Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:

--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos
burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando
en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos
tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.

--¿Qué chiquilla?

--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el
lugar!

--¡Ah!--exclamó el hombre.

Ella continuó:

--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire
de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero
no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La
patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos!
¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo
mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.

El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que
pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:

--¿Y si os desembarazase de ella?

--¿De quién? ¿De Cosette?

--Sí.

La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una
expresión repugnante.

--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla,
azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la
santísima Virgen y de todos los santos del cielo!

--Está dicho.

--¡De veras! ¿Os la lleváis?

--Me la llevo.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo. Llamadla.

--¡Cosette!--gritó la Thénardier.

--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi
hospedaje. ¿Cuánto es?

Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa:

--¡Veintitrés francos!

Miró á la tabernera y repitió:

--¿Veintitrés francos?

Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el
acento que separa la admiración del interrogante.

La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque.
Respondió por lo tanto con aplomo:

--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.

El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.

--Id por la chica,--dijo.

En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo:

--El señor debe veintiséis sueldos.

--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer.

--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis
sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con
el señor. Déjanos solos.

La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran,
producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el
gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.

En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste
se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión
de hombría de bien y sencillez.

--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña.

El forastero le miró fijamente:

--¿Qué niña?

Thénardier continuó:

--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero?
Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro.

--¿Pero quién es?--preguntó el forastero.

--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla?
Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado,
no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto
tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene
defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado
más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus
enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni
madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy
encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se
encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la
chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya
como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa.

El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:

--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al
primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo
yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si
fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos
que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente
adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando
en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba
por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál
es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra?
¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un
pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!

El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por
así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento
grave y firme:

--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de
París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis
mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es
que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva
atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...

Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la
presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera
que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por
intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz.
Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros,
fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo
instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un
matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y
por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se
le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón
amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente
su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había
sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre
en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por
qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente?
Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le
irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser
el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no
darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta.
Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette.
Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo
todo, pero nada veía.

De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel
hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido
de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase
fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver
que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió
débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus
conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era
de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que
era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes
en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer:
descubrió bruscamente sus baterías.

--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos.

El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro,
abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la
mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al
tabernero:

--Haced venir á Cosette.

Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?

Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado
la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte
francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta
prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó
deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era
una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente
en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía
perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde
le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo.
Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta.

Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca
le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente
ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba
miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de
sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación
de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y
triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el
bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.

Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había
sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su
madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus
recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor
y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale
entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía
calor.

Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola;
alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su
trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el
mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la
moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á
tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y,
debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la
escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba
como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella
estrella en el fondo de su bolsillo.

Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la
Thénardier.

Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita,
no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.

--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida.

Un instante después entraba Cosette en la sala baja.

El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel
paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de
fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un
traje completo para una niña de siete años; todo era negro.

--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida.

Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que
empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un
buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de
luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse
hacia Livry.

Eran nuestro hombre y Cosette.

Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no
la conocieron tampoco.

Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía.
Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.

Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de
nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.

¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más
que opresión!

Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando
el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo.
De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se
fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto
al Dios bueno.




                                   X
            =Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor=


La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido.
Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se
hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después,
llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.

--¡Nada más!--dijo ella.

Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un
acto del dueño.

El golpe fué acertado.

--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el
sombrero.

Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió
aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha.
Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por
haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la
indicación, marchando á paso largo y monologando.

--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo
soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta,
últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo
habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.

Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo
esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se
sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos
de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber
exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy
un animal, repetía.

Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á
Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una
vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos
cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente.
Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el
hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la
parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.

Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él
caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.

De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre
que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus
pasos.

--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó.

Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces
junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas
conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado.
La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En
una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era
menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido
en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo,
dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos
que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se
necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba
algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón
del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra
maestra de deformidad.

Después de una corta vacilación:

--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse!

Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de
certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de
perdices.

Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado
oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de
Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta
á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el
cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero
del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y
Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su
corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca.

Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar
descansar á Cosette.

El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las
miradas de los que buscaba.

--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el
cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.

Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.

El hombre alzó los ojos.

--¿Qué significa esto?

Thénardier respondió respetuosamente:

--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.

Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.

Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando
mucho todas las sílabas.

--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?

--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he
reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un
hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su
madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos
diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar
la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la
madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es
evidente.

El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió
reaparecer la cartera de los billetes de banco.

--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!

Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora
en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un
alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó,
no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un
simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero,
diciéndole:

--Tenéis razón. Leed.

Thénardier tomó el papel y leyó:

M-sur-M, 25 marzo de 1823.

«Señor Thénardier:

«Entregaréis á Cosette al portador.
Os serán pagados todos los picos.
Tengo el honor de saludaros respetuosamente.

                            «FANTINA».

--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre.

Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.

No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de
renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre
añadió:

--Podéis guardar este papel para descargo vuestro.

Thénardier se replegó en buen orden.

--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En
fin, sea!

É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:

--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso
pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.

El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de
sus raídas mangas:

--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte
francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis
trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios
de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince
francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que
habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban
treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.

Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido
y cogido por los dientes de acero de la trampa.

--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó.

Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya
dado otra vez buen resultado.

--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda
ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes
mil escudos.

El forastero dijo tranquilamente:

--Ven, Cosette.

Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón
que estaba en el suelo.

Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.

El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero
vacilante é inmóvil.

Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas
espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.

Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados
brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba
él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.

Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.

--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta
distancia.

Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado
_Fantina_, y un consuelo en los mil quinientos francos.

El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba
lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El
invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier
podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en
cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente
distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura
donde ambos podían ocultarse.

--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso.

La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero
cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho
que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el
ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó
la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole.
Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse
de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan
sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió,
deshaciendo el camino.




                                  XI
      =Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería=


Juan Valjean no había muerto.

Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el
grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que
estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse
hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua,
ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no
le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores
de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios
escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como
todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley
y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.

Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se
dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida
vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe.
Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el
territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado
Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores
de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.

Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.

Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para
una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho
esto se dirigió á Montfermeil.

Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo,
ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había
tenido algún indicio.

Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que
se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los
periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y
casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.

La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de
las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer,
acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que
le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero,
tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche,
atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière,
dirigiéndose al boulevard del Hospital.

El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían
comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos
que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían
andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba
cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando
más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas;
Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro
de Juan Valjean, y se quedó dormida.




                             LIBRO CUARTO
                         LA CASUCHA DE GORBEAU


                                   I
                            =Maese Gorbeau=


Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre
los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard
hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que
París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes;
no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello
una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la
yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado
altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era
un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran
población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva,
más triste de día que un cementerio.

Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.

Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes
ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de
la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un
corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban
montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores
gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al
lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales
ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una
puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores
en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito
edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE
PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle
de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á
una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una
casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza,
y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía
pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad.
Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y
una ventana.

Esta casucha no tenía más que un solo piso.

Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella
puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco,
mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en
vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.

La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas,
groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados.
Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos
peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta,
y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y
desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura
informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla
estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular,
que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta
estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en
tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la
tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que
nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice:
en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de
polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.

La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y
hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales
tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso
vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor
amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.

Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente
reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que
comenzaba por persiana acababa por postigo.

Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto
decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el
efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran
codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo
sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.

La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía
á un cobertizo convertido en casa.

Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual
se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias
dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas
que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos
de los alrededores.

Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral;
cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por
ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y
pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.

Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura
de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho
cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar
por allí.

Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo
que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo,
en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de
una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre
participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.

Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era
conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.

Explicaremos el origen de este nombre.

Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes
de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas
fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos
procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard
(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia
era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la
gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo
cojos, las galerías del palacio de Justicia.

            De un proceso en la rama,
          muy ufano y contento,
          ejecutoria en pico
          estaba el señor Cuervo.
          Del olor atraído
          un Zorro muy maestro,
          etc...[10]

Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada
su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes,
resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de
dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en
que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon
por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de
Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama
Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó
alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos
golillas gracia de su nombre ó poco menos.

Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á
su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado,
porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse
Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una
antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.

Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido
propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital,
siendo él mismo el autor de la monumental ventana.

De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.

Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un
gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba
la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin
empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según
la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba
á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una
fábrica vecina.

La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía
aún.

Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el
camino de Bicêtre.

Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración,
entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí
fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado
«del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la
Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso
que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal
calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de
Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos
más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la
barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar
el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad
mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á
abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.

Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques,
que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más
triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco
atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.

Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí
sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las
ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre
el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de
Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer
y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se
distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas
raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por
todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como
mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel,
construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza
lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un
capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto
glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y
es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo.
La desesperación bosteza.

Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre,
sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante
infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del
Hospital.

Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad
desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo
crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas,
cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y
el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las
líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos
del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las
innumerables tradiciones patibularias del lugar.

Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes,
tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en
aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían
sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los
árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde
lúgubre; de noche siniestro.

En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas
viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las
lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.

Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido
que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya
entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban
desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde
hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí
junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en
el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte
de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de
esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las
poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la
civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena
de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres
para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y
las nuevas se elevan.

Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los
terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas
á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven
violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes
de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen
retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen
peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así
como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace
vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es
cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles.
Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio
provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado,
comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde
no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de
julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de
asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle
de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.


                                  II
                      =Nido para búho y curruca=


Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como
las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su
nido.

Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la
puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera,
siempre con Cosette en brazos.

En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual
abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente,
era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón
puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida,
cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.

El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el
fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la
niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.

Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de
antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á
contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la
expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío.
La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á
la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber
con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.

Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.

Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también
acababa de dormirse.

El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.

Arrodillóse junto al lecho de Cosette.

Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.

Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván,
esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente,
una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la
calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado,
haciéndola temblar de arriba abajo.

--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy!
¡Allá voy!

Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la
pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.

--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.

Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan
Valjean.

--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.

Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la
felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.

Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y
empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas
á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien
lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto
exclamó:

--¡Qué bonito es esto!

Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.

--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.

--Juega, le dijo Juan Valjean.

Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se
consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen
hombre.




                                  III
           =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=


Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al
lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.

Algo de nuevo penetraba en su alma.

Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que
estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni
amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El
corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades.
Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que
un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi
enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para
encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La
naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud,
si es que las tuvo, habían caído en un abismo.

Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó,
sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían
en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase
á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba
arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura
y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un
corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!

Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho,
todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió
en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y
diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el
alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.

Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.

Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre
criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se
acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de
la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido
conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y
otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada
ni nadie había querido amarla.

Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía
frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que
le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo
cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre.
Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.

El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale
Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.

Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de
la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena
parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha
en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván
poético.

La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una
separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación
la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible
poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la
edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á
la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de
Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento
misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando
aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como
necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.

Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría
decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era
el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan
Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.

Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo
del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en
la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de
aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de
Dios.

Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en
una seguridad que podía parecer completa.

El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana
daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que
temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.

El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía
de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el
principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas
ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso
contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los
cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la
habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.

Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina
principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le
había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.

Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos
de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses
adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete
como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo
preparó todo la noche de su llegada.

Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable
tabuco una existencia feliz.

Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen
su canto matinal como los pájaros.

Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y
acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada
á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda
avergonzada.

Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no
llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la
vida.

Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.

Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido
con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en
presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á
leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa
meditabunda de los ángeles.

Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una
voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones.
Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.

Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la
vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.

Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre.

Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su
muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de
interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación
no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna
para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba.
Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz
simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces
reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.

Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que
pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á
amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para
mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos
la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos
incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo
verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad
pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente
por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el
disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo
del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero
su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto
que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan
Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó,
volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la
protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso
de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué
sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh
misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!




                                  IV
                =Lo que observó la inquilina principal=


Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las
tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo,
frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los
boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de
la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana.
Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era
la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir
con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la
mano dirigiéndole palabras dulces.

Así es que Cosette estaba muy contenta.

La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.

Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes
necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del
primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera
la vidriera del gabinete de Cosette.

Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero
viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna
buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el
céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que
encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás
de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz,
le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba
rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele
en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja
_inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de
la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que
él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora.
Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se
tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette,
la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de
Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió
entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto
aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo
observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que
venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de
espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus
bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro
de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo
de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era
un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en
toda su vida. Huyó toda asustada.

Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á
cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de
su renta que había cobrado á la víspera.

--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la
caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La
vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas.
Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo
infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la
calle de Vignes-Saint Marcel.

Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa,
aserró unos maderos en el corredor.

La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola,
porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada;
la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la
escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la
palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las
escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados.
¡Otros billetes de mil francos sin duda!

Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo
las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada,
una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores
varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino
particular en el caso de acontecimientos imprevistos.

Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del
invierno.




                                   V
       =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=


Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de
un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de
muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos
sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este
mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y
cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette
consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que
acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar,
y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo
en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los
ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza.
Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un
extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol,
no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro
espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera
que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.

Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni
á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que
había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse
cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto,
quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean
no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura,
los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah!
dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró
nuevamente en su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había
creído ver era el de Javert.

Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al
hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.

Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su
puesto.

--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean,
dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz
lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.

Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á
reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus
adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.

Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando
en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y
después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció
singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se
acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo
seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En
rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese
ido á la botica. Juan Valjean escuchó.

Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja
usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como
al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su
luz.

Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:

--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se
detuvieron las pisadas.

Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la
puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo
su respiración en la obscuridad.

Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido,
y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el
ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra
en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí
alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.

Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó
ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido
á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.

Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no
pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.

Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga
despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla
del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre
que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban
acercando.

Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que
era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el
ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á
su puerta.

Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante
del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro
para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la
escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y
Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada
estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo.
Era la formidable facha de Javert.

Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que
daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.

Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su
casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?

Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la
habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin
interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.

Mientras iba barriendo, dijo:

--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?

En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche
cerrada.

--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más
natural.--¿Quién era?

--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.

--¿Y que se llama?...

--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.

--¿Y qué es ese señor Dumont?

--Un rentista como vos.

Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean
creyó descubrir alguna.

Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de
francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por
mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera
remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que
fué rodando ruidosamente por el suelo.

Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.

No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad
que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.

Volvió á subir.

--Ven,--dijo á Cosette.

Y tomándola de la mano, salieron los dos.


                                NOTAS:

[10] Traducción de Samaniego.




                             LIBRO QUINTO
                    Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA


                                   I
                  =Las sinuosidades de la estrategia=


Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán
después, es indispensable una observación.

Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo
á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó,
París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es
hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama
á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de
los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París
que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París
de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera
todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los
lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día
casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el
trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe
con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más
agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí
de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido
todo aún.

Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le
son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada
significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son
más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el
empedrado por donde anda son simplemente piedras.

Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles
le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas
puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que
aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba,
había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de
sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos
aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás,
y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso,
se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen
visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la
patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran,
obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque
estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de
nuestra madre.

Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto,
suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.

Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado
en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo
algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le
seguían.

Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en
que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la
ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es
lo que en montería se llama _emboscada falsa_.

Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna,
muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios
de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas
y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá
bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las
callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de
que nadie iba tras él.

Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros
años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza.
Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener
en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy
exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las
extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.

Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en
Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él
le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le
conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan,
ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel
Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan
Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo,
hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No
necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de
Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde
esconderse, mientras encontraba donde alojarse.

Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio
Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la
disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas
maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la
calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por
allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando
lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban,
hubiesen perdido la pista.

Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de
Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número
14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más
arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias
al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le
seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la
parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el
portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo
decididamente sospechoso.

--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de
Pontoise.

Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que
estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la
Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.

Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde
va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.

Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle
vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una
silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII
por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.

La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean
se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos
hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando
atravesasen por aquella claridad.

En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron
los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos
con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos
bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura
y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les
podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.

Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para
consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente
señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan
Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia
la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la
luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente
á Javert.




                                  II
  =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=


Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía
para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían
tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había
escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín
Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos
y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los
faroles á causa de la luna.

Dobló el paso.

En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la
claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:

            De Goblet el hijo, está aquí la fábrica,
          Venid á escoger floreros y cántaros,
          Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras,
          Que todo se vende, ya en fino y en basto.

Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor,
bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle.
Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las
calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.

Llegó al puente de Austerlitz.

Todavía se pagaba peaje en aquella época.

Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.

--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura
que puede andar. Debéis pues pagar dos.

Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación.
Toda fuga debe pasar inadvertida.

Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también
hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo
atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.

Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso
andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.

Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha,
unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso
atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que
le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se
creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.

Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una
callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha,
obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de
sí.

Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de
Austerlitz.

Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.

Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia
la orilla derecha.

Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.

Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.

Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no
habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el
momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran
espacio iluminado.

En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se
encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y
terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.

Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró
en la misma.




                                  III
                   =Véase el plano de París de 1727=


Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle
bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á
la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de
una. Y. ¿Cuál debía seguir?

No vaciló un momento, y tomó por la derecha.

¿Por qué?

Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los
sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares
desiertos.

Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de
Juan Valjean.

Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro
de su buen conductor sin decir una sola palabra.

Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por
el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las
dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio
era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto,
en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la
calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que
se movía.

Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna
callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su
pista.

Pero encontró una tapia.

Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante;
era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual
terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.

Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.

Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre
construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida.
Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.

Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á
distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que
era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.

En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin
de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela,
observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una
especie de estatua negra, inmóvil.

Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el
paso.

Juan Valjean retrocedió.

El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre
el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido
completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos,
transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los
edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes
calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de
caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su
correctivo.

Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella
de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro
Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde
había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de
Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los
Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la
Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus,
son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria
del pueblo flota sobre los residuos del pasado.

El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de
ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad
española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco
edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar,
todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí
y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á
las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas,
pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.

Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya
maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado
y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En
treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las
nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.

El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos
actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en
París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de
Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence.
El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles,
formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas;
tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha
el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en
su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del
Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de
Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo
del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á
su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto,
en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación
truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón
Genrot.

Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.

Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el
ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No
cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.

¿Qué hacer?

No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la
sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda,
Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la
calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las
apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado
sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida.
Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron
enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita
de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el
callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó
después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura
sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por
la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era
lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un
lazo que fuera estrechándose lentamente.

Miró al cielo con desesperación.


                                  IV
                        =Tentativas de evasión=

Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una
manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que
quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en
ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha,
hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia;
á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de
varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á
medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese
edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por
la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado,
descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la
cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán
muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que
estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.

Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por
la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la
calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio
sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba
lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta
parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que
una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha
de cinc, siempre cerrados.

La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente
exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los
antiguos moradores del barrio.

El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una
puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas
perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas
por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta
cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba
evidentemente más allá de cincuenta años.

Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba
cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.

Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio
sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía.
Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar
en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una
esperanza.

En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle
Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas
vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos
conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central,
dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de
tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas
que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.

Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el
primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette
de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y
corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá
hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto
estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde
estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban
guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas
de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y
el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle,
hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette?
¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á
trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de
nuevo en la calle de Polonceau.

Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que
nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las
miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra.
En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la
cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde
podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja
todavía, pasando así el resto de la noche.

Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.

Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada
por dentro como por fuera.

Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente
desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas
estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres,
estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.

Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía
goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de
hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por
las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente
cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le
fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era
simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado.
Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente
con una pared.




                                   V
           =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=


En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á
cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por
fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en
pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las
bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.

Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura
de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha
frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las
paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.

No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una
patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.

Los dos acólitos de Javert venían en las filas.

El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un
cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean.
Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean
de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera
vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida
para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.

No había más que una cosa posible.

Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos
alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra
los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra,
según el caso.

Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal
de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble
de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular,
apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las
rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las
piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto
piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el
rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace
unos veinte años, el condenado Battemolle.

Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el
tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba
con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte
inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado
probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de
esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de
los rincones de pared está muy generalizado en París.

Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte
superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la
tapia apenas llegaba á catorce pies.

El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.

La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar
un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla
consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son
indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso
trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.

Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una
cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel
instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado
gustoso por una cuerda.

Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos
deslumbran como nos iluminan.

La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol
del callejón Genrot.

En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de
París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de
trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda
que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la
ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la
cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de
un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la
misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.

Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de
una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario
con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á
Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos
sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.

Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El
farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los
demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba
en su sitio.

Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de
Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso
empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella,
hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del
faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la
patrulla que se acercaba.

--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?

--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.

Cosette se estremeció. Él añadió:

--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier
te descubre. Viene para llevarte.

Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión
firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la
patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse
su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los
sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de
la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes
de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los
zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió
sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo
del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese
tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había
pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.

Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo
de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.

De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy
baja.

--Arrímate á la tapia.

Ella obedeció.

--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.

Y ella sintió elevarse del suelo.

Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le
sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.

Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas
con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte
del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí
un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y
descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave
rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más
alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía
el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.

Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún
la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de
la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:

--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la
callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!

Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.

Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando
consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó
valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.




                                  VI
                       =Principio de un enigma=


Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto
singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser
vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con
una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en
los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un
árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos
y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar
cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz
de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que
parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños
arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho
verde cubría el resto.

Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido
para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared,
una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una
máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.

El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas
habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de
trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.

El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la
callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á
escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las
exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz
en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las
cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra,
descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.

No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la
bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como
tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos,
y los tejados bajos de la calle Polonceau.

No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No
había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que
aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún
en medio de la luz del día.

El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus
zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no
se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la
Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.

Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la
patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra
las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía
apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se
entendían claramente.

Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido
borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.

Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.

Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel
barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor
sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con
las piedras sordas de que nos habla la Escritura.

De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido
nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el
otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de
súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche;
voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las
vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la
tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y
los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que
dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se
alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la
sombra.

Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.

No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos
comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que
debían estar de rodillas.

Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio
pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una
morada deshabitada.

Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada.
No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le
desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.

El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no
hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un
minuto.

Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún
ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había
desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia
algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.




                                  VII
                       =Continuación del enigma=


Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una
ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se
había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó
éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.

La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo
que apenó á Juan Valjean.

Además seguía temblando.

--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.

--Tengo mucho frío,--respondió ella.

Un momento después le preguntó:

--¿Está ahí todavía?

--¿Quién?--dijo Juan Valjean.

--La señora Thénardier.

Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para
imponer silencio á Cosette.

--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.

La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.

La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la
brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el
levitón, envolviendo con él á Cosette.

--¿Tienes así menos frío? le preguntó.

--¡Oh! ¡Sí, padre!

--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.

Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio,
buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban
cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.

Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba
acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna
claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas.
Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas,
cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que
una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla
encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía
en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre
las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que
aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el
enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase
dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y
que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.

Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas
alumbrados, que aumenta sus horrores.

Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había
visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había
presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática,
cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío
y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese
ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.

Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se
movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le
pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De
pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó.
Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás.
Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de
él agitando los brazos.

Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor
corría por todo su cuerpo.

¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á
aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella
extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las
almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les
ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las
puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible
puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que
tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo
tocar las piedras.

El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían
producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí
dentro de su cerebro.

Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.




                                 VIII
                         =Auméntase el enigma=


La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.

Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á
medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su
libertad de espíritu.

Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo,
esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de
él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada
sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose
quitado su levitón para abrigarla á ella.

Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía
algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara.
Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente.
Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los
ganados pastando por la noche en los prados.

Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.

Miró, y vió que había alguien en el jardín.

Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas
del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos
regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra.
Aquél ser parecía cojear.

Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los
desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del
día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les
sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y
entonces se estremecía de que hubiese alguien.

Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales.
Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que
sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel
hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría.
Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos,
llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón
más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.

Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo
que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía
todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba,
el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido
igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba
el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía,
por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre;
pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo
que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?

Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban
heladas.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.

Y la llamó en voz baja:

--¡Cosette!

Ella no abrió los ojos.

Sacudiola vivamente.

No despertó.

--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á
cabeza.

Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay
momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un
escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro
cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra
prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser
mortal al contacto del aire de una noche fría.

Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el
menor movimiento.

Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan
débilmente, que pensó se extinguía.

¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró
de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.

Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese
Cosette delante de la lumbre, y en la cama.




                                  IX
                       =El hombre del cascabel=


Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el
paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.

Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos
pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó
por todo saludo:

--¡Cien francos!

Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:

---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por
esta noche!

La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.

--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.

Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar
solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.

Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo
y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna
izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No
se distinguía su semblante por estar en la sombra.

Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:

--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis
entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo
extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto?
¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado
miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío!
Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis
entrado aquí?

Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una
volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto
con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.

--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy
aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis.
¡Cómo! ¿No me conocéis?

--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?

--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.

Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan
Valjean al tío Fauchelevent.

--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.

--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.

--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.

--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.

En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que
Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre
el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que
estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los
movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el
cobertizo. El hombre continuó:

--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á
ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió,
mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer
vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?

Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor
Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las
preguntas.

¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien
interrogaba.

--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?

--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.

--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?

El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.

--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas
jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa
y cuando yo me acerco ellas se alejan.

--¿Pues qué casa es ésta?

--¡Toma! Bien debéis saberlo.

--No, ¡qué he de saber!

--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?

--Respondedme como si nada supiera.

--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.

Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la
Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio
de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía
dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su
carreta.

Repitió, pues, como hablando consigo mismo:

--¡El convento del pequeño Picpus!

--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado
aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois
un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.

--Pues, ¿no estáis vos?

--No hay nadie más que yo.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.

Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:

--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.

--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.

--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra
ocasión.

Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos
robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no
pudiese hablar.

Por fin exclamó:

--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por
vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre
anciano.

Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable
alegría; parecía irradiar.

--¿Qué queréis que haga?--preguntó.

--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?

Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo
convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.

La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y
tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la
había visto.

--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.

--¿Cuáles, señor alcalde?

--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda
que no tratéis de saber más.

--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que
siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado
aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.

--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!

Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo
un perro.

Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama
de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se
había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el
sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean
se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el
cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie
de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos
sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso,
pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan
Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No
me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después
la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de
vos! ¡Sois un ingrato!




                                   X
       =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=


Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así
decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.

Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le
prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel
municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á
París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en
el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que
oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie
lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que
salvan.

La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que
ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur
M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la
persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la
captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella
ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la
prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo
ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése
incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias
veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes
trabajos, honrosamente útil.

Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho
olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823
leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico,
quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe
generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su
interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el
nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan
Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales,
que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el
registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.

Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena
Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según
decía, verificado con circunstancias particulares, en el término
municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota,
que había sido confiada por su madre á un posadero de la población,
había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre
de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un
hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos
de Javert, y le dió que pensar.

El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean
le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar
á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en
París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil.
Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía
en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por
los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en
el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido
averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de
Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser
robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal
vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.

Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño»,
en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.

Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.

Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían
charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la
población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había
acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota
de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier,
con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era
conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus
quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer
sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de
la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la
luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había
recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose
el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.

No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el
instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que
hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como
era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el
mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que
oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á
Juan Valjean.

Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas
en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo?
Thénardier respondió sencillamente:

--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama
Guillermo Lambert.

Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió
á París.

--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!

Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824
oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San
Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje
era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que
vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que
había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo
á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte,
que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros
varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más
que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no
permitía que nadie se le acercase.

Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones,
por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la
curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre
extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero,
y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes,
murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.

«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y
le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan
Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al
reconocer á Juan Valjean.

Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan
Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la
duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.

Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja»,
lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de
millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le
había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el
cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta
del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan
Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando
silencio.

Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda
de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo
sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á
Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando
Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.

Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el
nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto,
que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor
indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego,
porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por
muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre
los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro
los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como
Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente,
porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los
sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos
antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y
desenvolverlas después bruscamente.

Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina
en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en
los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por
qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda
libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones
arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las
Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual
era un hecho grave.

Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía
responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos
el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido
por veinte periódicos:

«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba
acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y
conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».

Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las
prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto.
Dudaba en realidad.

Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.

La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto
de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en
París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de
una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é
impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en
Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele
mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que
le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal,
aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de
Javert.

Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y
pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si
no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón
profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de
París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar
sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros,
cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas
y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen
hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de
oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert
estaba seguro de que no se le escaparía.

Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca
de aquel personaje enigmático.

Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía
de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen
en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando
encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa.
Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que
tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible
presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que
dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de
Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.

El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la
encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron
perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean
trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la
cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra
para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto,
se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso
al corriente:

--¿Habéis visto un hombre con una niña?

--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.

Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean
al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio
iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver
Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado
allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la
calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores,
y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella
salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal;
pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas,
soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se
necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales
disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la
derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de
tabaco.

Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su
presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando
retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en
tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel
y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato
que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad
monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia
aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!

Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba
seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.

Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia,
cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan
Valjean.

Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso
todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.

Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.

Calcúlese su exasperación.

Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte
que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á
nadie.

Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa,
aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más
experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se
quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es
un ciervo, es un brujo_.

Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.

Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.

Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro
en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como
lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean.
Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle
la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la
casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció
en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares
en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles,
y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el
cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan
astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado
tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole
viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando,
habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el
juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un
hilo.

Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones
con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió
el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert
cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos
y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en
montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?

Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.

Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas,
con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los
motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y
diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y
resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en
Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua;
es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.

Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se
le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el
presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó
ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la
noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda
rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo
dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón
algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas
terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber
escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un
poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría
perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos,
como quien anda buscando una aguja.

Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación,
volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que
se hubiera dejado prender por un ladrón.


                                NOTAS:

[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la
época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas
á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)




                              LIBRO SEXTO
                           EL PEQUEÑO PICPUS


                                   I
                   =Callejuela de Picpus, número 62=


Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como
la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella
puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver
dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de
vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del
fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el
patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar
por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea
risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.

El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.

Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede
decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo,
ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á
la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida
entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que
una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento
amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla;
si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después
otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura
amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico
encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos
magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro.
Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba
una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada.
Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos
seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de
papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la
pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios
pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.

Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una
pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto
no estaba amueblado; no había ni una silla.

Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un
agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro
de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados;
mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las
florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las
barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las
hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan
excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel
agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba
pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu.
Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada
de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más
adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una
espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida
á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de
campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.

Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy
cercana que hacía temblar.

--¿Quién va?--preguntaba la voz.

Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.

Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la
voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado
estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.

Si se sabía la palabra, la voz respondía:

--Entrad por la derecha.

Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una
ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte,
pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión
que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que
ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto,
en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la
puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera
destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que
tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no
con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado
de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la
pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.

Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á
acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar
la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba
con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por
traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos
estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban
unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre
estaban cerrados.

Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de
los postigos, diciendo:

--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?

Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie.
Apenas se oía el ruido de la respiración.

Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la
losa de la tumba.

Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por
cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se
convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé
veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual
sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un
velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible,
cubierta por un sudario negro.

Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.

La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el
visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante.
Aquella luz era un símbolo.

Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha
en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable
rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella
vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se
conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el
vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la
tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía
nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni
aún los fantasmas.

Lo que se veía era el interior de un claustro.

Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el
convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el
locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera,
que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la
pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro
y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.

La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado
del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos
no debían ver nada de aquel lugar sagrado.

Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz:
había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el
más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer
penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que
los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.




                                  II
                    =La obediencia de Martín Verga=


Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela
Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín
Verga.

Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los
bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos:
seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.

Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga
fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por
capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.

Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países
católicos de Europa.

Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la
Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito,
diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín
Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa
Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes,
Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos,
los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los
Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no
era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto,
abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529
fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era
ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo
de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete
años.

Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con
una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la
más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas
de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San
Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un
gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma
cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí
el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.

Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan
además un rosario al lado.

Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración
perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento,
las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una
en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las
bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos,
eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras
del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el
temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las
bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y
las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la
llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas
tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del
Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración
perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin
embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.

Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del
Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la
había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á
la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre
otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de
Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio
de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París
pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo
cuando Bérulle era cardenal.

Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.

Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año,
ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan
en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para
leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en
todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca
lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no
se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan
camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que
es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses
son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel
insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos
nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación
el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen
tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y
estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por
la regla.

La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman
_madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo.

Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en
nueve años el mando más duradero de una priora.

No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una
cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el
predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro.
Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la
cabeza inclinada.

Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.

Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre
es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín,
y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel
atado en la rodilla.

Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es
la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo,
_ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum
signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta
obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam
obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus
fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial,
_legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_.

Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_.

La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas,
por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las
iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra.
Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las
cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro
de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas
sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y
una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se
prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste
es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del
universo. Esto es grande, casi sublime.

Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio,
se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_.
Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que
encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.

_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma.
La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus
espaldas.

Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo
Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados
de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.

Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad
particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino
de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la
madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo,
no están prohibidos los nombres de santos.

Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.

Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un
cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una
escala después de la cual viene la perdición del alma.

Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada
suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como
nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían
indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier
objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una
medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse
á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de
santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden:
«Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en
mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra
casa._

Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_.
Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y
alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra:
_Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la
puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se
oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las
prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á
veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de
decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo
Sacramento del altar_.

En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la
que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está
en efecto «lleno de gracia».

Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la
iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas,
conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que
hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco,
por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el
Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas
horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da.

Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á
Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en
la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de
Jesús inflame mi corazón_.

Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta
años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente
en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al
encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo
bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono
tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de
mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.

Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar
mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas,
no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir
del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una
infracción.

Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y
en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba
un terreno que se decía había sido de la comunidad.

Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás
oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las
demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia
prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia.
El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al
número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando
estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes
son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las
profesas aún son peores_.

Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten
á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la
piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y
pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan
públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz
la penitencia.

Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las
faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman
_la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo
delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más
que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando
un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas
insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar
involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una
nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La
culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada
aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de
fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios
ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora
entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en
alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una
culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué
que el capítulo se había reído.

Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora,
se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la
boca.

La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no
pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad
quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo,
tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas
veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla
por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana.
No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.

Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.

Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están
frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves.
Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.




                                  III
                             =Severidades=


Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro,
y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan
pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las
bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto
viudas en su orden.

Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las
cuales no deben hablar nunca.

El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos
atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus
cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo
negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se
dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas,
diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la
otra: _Vive en Jesucristo_.

En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un
colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se
distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa
que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes,
educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror
al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado
de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de
azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada,
ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y
particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran
favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas
de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les
prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una
profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde
entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas
representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por
un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto
anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera
diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto
que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de
la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de
tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á
coro ante un facistol.

Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con
todas las prácticas del convento.

Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después
de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada
vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas,
como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus
mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la
severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre
acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque
quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos
se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para
besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.




                                  IV
                              =Alegrías=


Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos
aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia
en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta,
y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente
de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una
mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos
de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas
tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de
los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían
las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena
de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se
agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban
en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las
sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían.
Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían,
vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos
dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de
rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de
las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la
inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad,
había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban.
En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan
tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la
expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel
negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento,
placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las
ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de
la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.

En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas
_ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un
tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una
niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes
que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué
alegría!».

Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:

UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?

LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la
historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!

ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.

LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?

ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una
pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.

¿Y qué?

Que no ha contestado.

--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?

--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la
primera pregunta que ha salido.

--¿Y cuál ha sido la pregunta?

--Ésta: _¿qué sucedió después?_

También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un
poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:

«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una
persona!».

Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta
confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de
siete años:

«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_.

«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_.

«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».

En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una
boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de
cuatro y cinco:

«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había
muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo,
y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo
en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se
comió los pollitos».

Y este otro poema:

«--Sucedió que dieron un palo.

«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.

«Y no hízole bien sino mal.

«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».

Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y
educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las
demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:

«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».

Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los
corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las
_grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_.

El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por
un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo
y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios
contiguos le suministraban su contingente de insectos.

Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las
educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las
arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el
rincón de los grillos.

El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más
apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del
refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para
distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones.
Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón
del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor
arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por
donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y
preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que
estaba á su lado:

--¿Quién es ésa?

--Es una araña, monseñor.

--¡Bah! ¿Y esta otra?

--Ésta es un grillo.

--¿Y aquélla?

--Una oruga.

--¡De veras! ¿Y tú?

--Yo soy una cucaracha, monseñor.

Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del
siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que
se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas.
En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía
distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios
é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras
incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho
á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana
de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:

--¿Quién es virgen?

Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años,
dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la
procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:

--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!




                                   V
                            =Distracciones=


Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras
la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía
la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.

    «_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo,
    que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres
    ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies,
    dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo
    me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la
    Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las
    tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste
    mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho
    tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va
    caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan
    se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_
    AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de
    la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos,
    lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._

    «_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras
    tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_».

En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica,
bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de
la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas
actualmente.

Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del
refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al
jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una,
formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio.
Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto,
variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el
régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres
mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario,
reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción.
Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana,
que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera
siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El
silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído
en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo.
La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana.
En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados,
en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y
algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de
pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los
_círculos de agua_.

La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua».
¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las
alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa,
culpadas de murmullo.

Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un
_ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san
Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas,
seu constitutiones nostras, externis communicabit».

Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer
naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de
ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente.
De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.

Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos.
Esto fué lo «más interesante».

Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales.
Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos,
cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían
furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó
una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta
que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua
educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de
París. La copia es textual.

«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á
dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la
esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la
cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era
ésta una de sus mayores delicias.

Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas,
la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con
los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento
enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué
aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se
hiciera la petición.

Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las
educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas
sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».

La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita
de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo:
«¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os
concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor
arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio.
Júzguese del efecto.

Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado
que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no
penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á
indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte
nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos
simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.

Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa,
que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora
Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por
muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia,
arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.

Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba
vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.

Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa
segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y
lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era
tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella
entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar,
díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la
segunda.

Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el
objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla
una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía
un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora
Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre
sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse
perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido
á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de
elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial
de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo
después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.

Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del
Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones
y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad.
Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo
en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_
Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó
los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural
inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó
instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se
desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.

Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que
podía hablar en el convento.

¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_
El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que
la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía
al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición,
porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él
relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le
llamaba por su nombre de pila.

Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con
frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del
privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas.
Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban
los ojos.

El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la
atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como
aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y
tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la
capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle
á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto
aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido
mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero
sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente,
que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra
estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención
de aquellas imaginaciones de diez y seis años.

Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.

Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué
éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de
aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino,
que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía,
ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente.
Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales
estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos.
Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos
enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El
sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado
todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera
por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo
joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo,
conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se
escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle
Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de
ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al
través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más
osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose
por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».

Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en
su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.




                                  VI
                         =El convento pequeño=


Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente
distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio
en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un
departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas
religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos
por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros,
grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades
posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante
combinación de palabras, un convento arlequín.

Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y
desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas,
donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del
Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una
mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía
á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas
jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa
Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.

Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una
religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su
comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde
principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño
Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta
santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de
su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había
vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el
mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no
quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más
que una muñeca.

Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que
habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para
retirarse al convento pequeño.

Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la
marquesa Dufresne.

Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran
ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la
señora Batahola.

Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un
periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista
en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque
de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban;
la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la
primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la
devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del
príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses,
dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se
alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún
el arpa bastante bien.

Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era
supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su
perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de
un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos
cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en
papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á
los ladrones:


            Imparibus meritis pendent tria corpora ramis;
          Dismas et Gesmas, media est divina potestas;
          Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas,
          Nos et res nostras conservet summa potestas.
          Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.

Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los
dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente,
Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por
insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones
que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal
ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es
verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.

La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de
separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin
embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se
admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que
conducía á la calle.

Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del
claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una
iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y
doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una
prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna
obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la
cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense
allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas
del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y
las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas
del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se
llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La
iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á
las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo
se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los
sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.




                                  VII
                 =Algunas siluetas de aquella sombra=


Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora
del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la
madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora
de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_.

Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja,
gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada
anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del
convento, y por esto era estimada de todas.

La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la
Dacier de la orden.

Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa,
rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más
benedictino que benedictina.

La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la
madre Cineres.

Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa
Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de
novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción,
sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en
el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy
joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había
estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro,
entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre
santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita
de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre
Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta
años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre
Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita
de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina
(hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa
Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.

Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años,
que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que
se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.

La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba
muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una
gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis
inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de
pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual
ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de
flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.

Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor
santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor
san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.

Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para
ellas mismas.

No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado
con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil
cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le
hablaba, la monja no respondía nunca.

La regla del silencio había producido el efecto singular de que en
todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando
se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la
iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la
tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus
variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica,
todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al
locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa.
Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la
vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que
las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con
cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de
Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_,
decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un
gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_,
enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus
goznes sino á presencia del arzobispo.

Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres
que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno
el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían
contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor
de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado
algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y
jorobado_.

Como se ve, todos los hombres eran escogidos.

Tal era aquella curiosa morada.




                                 VIII
                         =Post corda lapides=


Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de
más indicar en breves palabras la configuración material: el lector
tiene ya de ella alguna idea.

El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi
completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de
las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el
callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais.
Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se
componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado
en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á
vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en
tierra.

El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle
Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau;
el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada,
que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la
puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la
ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas
tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y
en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna
religiosa.

Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba
una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que
las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las
celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro
brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia.
Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais,
estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio
formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle
Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro
que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro,
en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual
arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes
calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras,
de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano
geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una
rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del
jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.

Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados
álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en
el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño,
situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al
convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase
á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las
habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y
vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de
la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace
cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus.
Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó
un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban
el _trinquete de los once mil diablos_.

Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de
Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban
eran más antiguas todavía.

La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle
Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres,
porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.




                                  IX
                       =Un siglo bajo una toca=


Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo
el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana
en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera
digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y
útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos
originales.

Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí
procedente de la abadía de Fontevrault.

Antes de la revolución había pertenecido al mundo.

Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de
una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su
vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada
paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una
ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.

Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las
educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de
hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó
en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos
de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san
Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las
educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas
sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.

Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud
los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo
hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro
vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que
un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un
par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el
Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de
cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción:
«vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino
del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros
expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la
primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la
tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.

Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso,
que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía,
pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en
la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que
quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario
tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le
hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de
hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio,
y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de
los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del
convento.

¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la
centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna
reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.

Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de
prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el
objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.

Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos
volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de
enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas.
Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus
alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa
satánica.

Moraleja: el amor vencido por el cólico.

Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de
sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta
en una prendería del boulevard Beaumarchais.

Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del
convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste».




                                   X
                   =Origen de la adoración perpetua=


Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado
dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante
severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple,
que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban
reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón
bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca,
y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una
benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una
cabeza de turco.

En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño
de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que
tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre
de todos los castaños del reino».

Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las
benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían
de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta
sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado
dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en
San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que
conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de
los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando
el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á
dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa
de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del
altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas
mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración
perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y
otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina
de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para
fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito.
El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina
de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no
pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de
renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San
Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias
abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de
Cuentas y en el Parlamento.

Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las
benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en
París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de
Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.

Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las
benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de
los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen
del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general
de los lazaristas.

Era también totalmente distinta de la de las bernardas del
Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el
papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas
del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las
benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron
por eso menos distintas.




                                  XI
                       =Fin del Pequeño-Picpus=


Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus
iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden,
que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el
siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad
humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución,
y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.

La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el
convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya
viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido.
_Volaverunt._

La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra;
las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban
aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una
de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince
no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora
era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se
hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número,
aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase
desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena
de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San
Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas
como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.

En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París,
murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta
pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et
tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha
renunciado á la educación de niñas.

No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria,
desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los
espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de
algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado
en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que
parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_.

Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con
respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle.
No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma
distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la
coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta
reirse del crucifijo.

Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera
defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que
niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El
asesinato de la sabiduría.

En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis.
Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar
aquello se aprenda esto.

Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones,
y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas
las reconstrucciones.

Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario
conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones
del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.

Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar
su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.

Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la
hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.

En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La
civilización los condena; los protege la libertad.




                             LIBRO SÉPTIMO
                              PARÉNTESIS


                                   I
                     =El convento: idea abstracta=


Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.

El hombre es el segundo.

Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos
debido penetrar en él. ¿Por qué?

Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente,
de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo,
del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los
instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.

No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin
embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras
restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo:
siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido,
nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la
mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos
y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y
que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de
la humanidad.




                                  II
                    =El convento: hecho histórico=


Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad,
queda el monaquismo condenado.

Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la
circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde
son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á
la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que
la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan
la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las
civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por
medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos.
Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como
continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le
hacían saludable en su período de pureza.

La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera
educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su
crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera
de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo,
discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono.
La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables
naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa,
durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos
ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de
1789.

El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como
aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en
Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad
Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección
de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está
completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.

El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad,
bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra,
se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí,
pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos
blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de
marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos,
los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos,
las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata,
clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente,
y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen
mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen
las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas,
los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas
por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen
serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven?
No.

Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado
en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su
aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte.
La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado
espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de
devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.

La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento
español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí
el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos
y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la
odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en
sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo,
descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban
de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al
crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad.
El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en
Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos
de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos;
para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas,
enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!

Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han
tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y
extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los
comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos
y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los
hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador;
Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven,
declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era
un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía
compadecerse á «este pobre Holofernes».

Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se
obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus
ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad
Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers;
es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio
del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad
bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_.
Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de
hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á
dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso.
Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo
está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella
tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla
sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha
con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella,
demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano
cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.

Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas
argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta
caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la
diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este
agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!




                                  III
            =Con qué condición puede respetarse lo pasado=


El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el
Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida.
Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el
azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á
la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el
claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los
nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in
pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias
infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma
de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios
individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis,
os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos
sudarios de invención humana.

Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de
la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno
siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al
mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas,
en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que
reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión
del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del
traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura
de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.

¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué
me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido
rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice
el convento.

Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.

Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el
gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas
deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente
los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las
supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos
nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el
militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación
de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad,
cosa extravagante.

Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales
teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy
sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden
social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad,
autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van
gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era
ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con
tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._

Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos
perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere
vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.

Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas
larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida:
tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas
cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es
una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir
fantasmas eternamente.

Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.

Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro
de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito
de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma
floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales,
para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al
milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.

Combatamos.

Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca
excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso
destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen
benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la
llama allí donde alcanza la luz.

Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á
todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía,
á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su
putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce
calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las
plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que
los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los
talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.

Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos
lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.




                                  IV
        =El convento bajo el punto de vista de los principios=


Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho?
En virtud del derecho de asociación.

Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del
derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.

No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y
venir, que implica el derecho de estarse en su casa.

Y allí, en su casa, ¿qué hacen?

Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las
ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al
orgullo, á los intereses.

Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en
propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo
á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual
al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se
someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan
negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La
misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.

Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan
todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una
sombra como los demás.

Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son
conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del
nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su
comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres.
Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.

Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro,
le llama: hermano.

Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta
que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.

De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento
en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y
reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista
estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante,
y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente
voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos
siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con
diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde
hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula:
Igualdad, Fraternidad.

¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida!
La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el
monasterio.

Prosigamos.

Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro
paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman
hermanos, ¿hacen todavía algo más?

Sí.

¿Qué?

Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.

¿Y esto, qué significa?




                                   V
                             =La oración=


Ruegan.

¿Á quién?

Á Dios.

Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?

¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente,
permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que,
si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente
inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le
faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea
de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos
más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto
respecto del cual somos nosotros lo relativo?

Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro
de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!)
¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por
así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su
eco, abismo concéntrico de otro abismo?

¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere?
Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un
principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior
como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de
arriba, Dios.

Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo
con el infinito de arriba, se llama orar.

No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo
necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se
dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo
desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de
lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes
fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del
alma? Á la sombra; es decir, á la luz.

La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de
nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado,
está el derecho del alma.

Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No
debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á
contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber:
trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el
milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir
como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las
supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.




                                  VI
                    =Bondad absoluta de la oración=


En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad
todo libro y penetrad en lo infinito.

Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también
hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta
filosofía se llama ceguedad.

Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente
una razón de ciego.

Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma
para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas.
Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!

Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo,
encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de
su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en
todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que
existe.

Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos
inexorablemente su filosofía.

Continuemos.

Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de
palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha
creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando
la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.

Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto
una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque
de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el
Universo quiere, hay pues un Dios.

Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no
rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una
voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir
la voluntad en el Universo, que ella niega.

Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino
negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.

La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se
convierte en «concepción del espíritu».

Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es
lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que
exista él mismo.

Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que
«una concepción de su espíritu».

Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo
pronunciar la palabra: espíritu.

En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa
filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.

Al No, no hay más que una respuesta: Sí.

El nihilismo no tiene trascendencia.

No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.

El hombre vive de la afirmación más que de pan.

Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía;
debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe
entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer
salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar
el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste
fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el
verdadero triunfo del alma.

Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles
á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia
y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace.
Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión
de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser
práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible
para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad,
ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una
comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril
de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión
humana; y de filosofía se eleva á religión.

La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para
mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.

Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro
pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre
como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas,
que son los dos motores: creer y amar.

El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.

¿Qué es lo ideal? Dios.

Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.




                                  VII
              =Precauciones indispensables para condenar=


La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo
tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á
Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo,
explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir
aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y
respetado. El cenobitismo es un problema humano.

Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de
inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de
devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir
sí y no.

Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el
sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la
abnegación suprema.

Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.

En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre
la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el
claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.

La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la
eternidad.

No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en
ello serio, así el bien como el mal.

El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.

Comprendemos la cólera, no la malignidad.




                                 VIII
                               =Fe, ley=


Algunas palabras todavía.

Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos
la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas
partes al hombre pensativo.

Saludamos al que se arrodilla.

Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!

El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo
visible y el invisible.

Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.

Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al
cielo es una obra.

Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.

Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios
holgazanes.

Pensar en la Sombra es una cosa seria.

Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los
vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y
el filósofo están de acuerdo.

_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.

Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es
también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio
convergen.

Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el
engrandecimiento moral, que respetamos.

Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:

--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio?
¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?

¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin
saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:

--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y
añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.

Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.

Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en
la oración.

Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit
Voltaire._

Estamos por la religión contra las religiones.

Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la
oración.

Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que
afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en
que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre
tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de
las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra
á sí propio nos parece venerable.

El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no
deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de
tener su grandeza.

Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus
aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y,
sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer
padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta;
el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta
majestad.

La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos
de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad;
no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde
donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado
el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar;
es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado
y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo
debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de
la tumba.

En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero
que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin
cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia,
en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas
humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del
misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo
que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero
consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo
y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad,
arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas
á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.




                             LIBRO OCTAVO
                LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA


                                   I
        =Donde se trata de la manera de entrar en un convento=


En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent,
«caído del cielo».

Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle
Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche,
era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la
obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra,
era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla
cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del
jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.

Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como
hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena
hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por
Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.

Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me
quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el
cerebro de Fauchelevent.

Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.

Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía
que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en
las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le
impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean
más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición,
era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro;
el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si
era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que
esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le
admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en
un lugar imposible, era su salvación.

Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer
que nada comprendía.

¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del
jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.

¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se
escala llevando en brazos una criatura.

¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent
entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no
sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese
aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía
á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había
conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras
escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el
señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de
la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había
comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no
repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del
Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor
Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que
quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba
inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí
el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los
veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible
acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á
tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto:
Que el señor Magdalena le había salvado la vida.

Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí:
Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no
deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de
allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.

Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes
respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le
salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría?
Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.

Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!

Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel
pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y
voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la
sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las
imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de
San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta
toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin
vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y
viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en
el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino
del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.

Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en
aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por
hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.

Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.

Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación
es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de
esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío
Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía
la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su
sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas,
pasó de curial á carretero y bracero.

Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que
necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo
curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_;
sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos
decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent
pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y
superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que
las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio
villano, y medio cortesano; sal y pimienta».

Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie
de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de
primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre
ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran
superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde
luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas
siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.

Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent
abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de
paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le
dijo:

--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?

Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus
meditaciones.

Los dos buenos hombres celebraron consejo.

Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de
este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.

--Naturalmente.

--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen
momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma.
Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.

Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la
comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda
es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La
diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra
celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los
agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí
tranquilos; pero no respondo de mañana.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la
pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la
ve desde el convento.

--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.

--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.

Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece
que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:

--Pero están las niñas.

--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.

Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de
decir, se oyó una campanada.

--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.

É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.

Sonó otra campanada.

--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto
en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de
la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta
que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar
de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos
diablillos esos querubines.

--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.

Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy
no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís
la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.

Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.

Juan Valjean pensó para sí:

--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!

Fauchelevent exclamó:

--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que
no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí
me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.

Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este
convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz
diciendo:

--Sí, lo difícil es quedarse.

--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.

Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.

--¡Salir!

--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.

Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:

--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído
del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester
haber entrado por la puerta.

Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo.
Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es
la hora en que se suele morir.

Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo
por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?

Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella
temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando
ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que
os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la
policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas
por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al
mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.

--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.

--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis
necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de
cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á
un convento de hombres, y se ha equivocado.

¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la
municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á
ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á
estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada.
Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa
han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?

Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?

--Cosette.

--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?

--Sí.

--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da
al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña
va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy
sencillo.

Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la
deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía,
sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le
gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana;
y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será
preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?

Juan Valjean meneó la cabeza.

--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio
de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.

Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano
izquierda, señal evidente de grave apuro.

Oyóse un tercer toque.

--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y
dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para
el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si
se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la
amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de
mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo
de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia,
que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el
médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros
ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros
vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos.
Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he
ahí lo que es un entierro. _De profundis._

Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que
abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan
Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.

El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero
continuó pacíficamente su charla:

--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen,
va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las
ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima,
porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el
sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al
caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente
para ellas.

¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y
el señor Magdalena ha...

--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.

Fauchelevent hizo rebotar la palabra.

--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero
entierro.

Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo
la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.

--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me
he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis
de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí
encontraréis vino, pan y queso.

Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!

Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía
su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.

Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba
á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz
dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir:
_Adelante_.

Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las
necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular.
La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á
Fauchelevent.




                                  II
                   =Fauchelevent ante la dificultad=


El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos
caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y
frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este
doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que
era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente,
generalmente alegre.

El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda.
La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los
ojos y le dijo:

--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?

Tal era la abreviación adoptada en el convento.

Fauchelevent repitió el saludo.

--Tío Fauvent, os he mandado llamar.

--Aquí me tenéis, reverenda madre.

--Tengo que hablaros.

--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba
interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.

La priora le miró.

--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?

--Una súplica.

--Está bien, hablad.

El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los
aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran
fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que
Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de
la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no
tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que
estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su
velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza
de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas
aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era
como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza.
Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los
diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel
claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella
esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo
todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía
estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso.
Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.

Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más
que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta
discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.

No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento
al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y
en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades
de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una
doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.

La congregación le apreciaba.

Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades!
Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.

El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló,
frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano
bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de
sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las
exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las
noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido
que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de
la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un
movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora,
pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su
hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la
comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos;
que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose
cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado
á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se
educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.

Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las
cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:

--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?

--¿Para hacer?

--Una palanca.

--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.

La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto
inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas,
probablemente, las madres vocales.

Fauchelevent, quedó solo.




                                  III
                          =La madre Inocente=


Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo
sentándose otra vez en la silla.

Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor
que podamos el diálogo que se empeñó:

--¿Tío Fauvent?

--¿Madre reverenda?

--¿Conocéis bien la capilla?

--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.

--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?

--Dos ó tres.

--Es preciso levantar una piedra.

--¿Pesada?

--La losa del suelo que está junto al altar.

--¿La piedra que cierra la bóveda?

--Sí.

--Es obra para la que se necesitan dos hombres.

--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.

--Una mujer no es nunca un hombre.

--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que
puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san
Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y
siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.

--Ni yo tampoco.

--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no
es un taller.

--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!

--Además, tendréis una palanca.

--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.

--La piedra tiene una argolla.

--Pasaré por ella la palanca.

--La piedra está colocada de modo que pueda girar.

--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.

--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.

--¿Y cuando la bóveda esté abierta?

--Será preciso volverla á cerrar.

--¿Es esto todo?

--No.

--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.

--Fauvent, tenemos confianza en vos.

--Estoy aquí para lo que se ofrezca.

--Y para callar.

--Sí, reverenda madre.

--Cuando esté abierta la bóveda...

--La cerraré de nuevo.

--Pero antes...

--¿Qué, reverenda madre?

--Será preciso bajar algo.

Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento
con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:

--¿Tío Fauvent?

--¿Reverenda madre?

--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?

--No.

--¿No habéis oído la campana.

--En el fondo del jardín no se oye nada.

--¿De veras?

--Apenas distingo yo mi toque.

--Ha muerto al amanecer.

--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.

--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!

La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo
oración mental, y continuó:

--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre
Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.

--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.

--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la
iglesia.

--Ya sé.

--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento;
vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de
los muertos!

--¡Con más frecuencia!

--¿Eh?

--¡Con más frecuencia!

--¿Qué es lo que decís?

--Que con más frecuencia.

--¿Con más frecuencia que qué?

--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo
sencillamente con más frecuencia.

--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?

--Por decir lo que vos, reverenda madre.

--Pero yo no he dicho con más frecuencia.

--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.

En este momento dieron las nueve.

--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el
Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.

--Amén,--contestó Fauchelevent.

La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es
muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no
hubiesen desenredado nunca aquella madeja.

Fauchelevent se enjugó la frente.

La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo
después levantando la voz:

--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones;
después de muerta hará milagros.

--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y
esforzándose para no volver á tropezar.

--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión.
Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle
celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando
estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta
dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado
el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y
luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si
tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda,
os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo.
Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el
paraíso.

Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:

--Amén.

--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.

La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó
callado.

Ella prosiguió:

--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en
la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical
recogiendo admirables frutos.

--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde
el jardín.

--Y luego, que más que una difunta, es una santa.

--Como vos, madre reverenda.

--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de
nuestro santo padre Pío VII.

--El que coronó al emp... Buonaparte.

Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una
torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le
entendió.

--¿Tío Fauvent?

--¿Reverenda madre?

--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se
escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra,
y así se hizo. ¿No es verdad?

--Sí, reverenda madre.

--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo
la horca, y se hizo así.

--Es verdad.

--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió
que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la
losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen
sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los
muertos.

--Así sea.

--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche
Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla,
conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que
Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse
lo contrario?

--No, reverenda madre.

--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.

Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.

La priora continuó:

--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que
ha dormido por espacio de veinte años.

--Es justo.

--Es una continuación del sueño.

--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?

--Sí.

--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?

--Naturalmente.

--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.

--Las cuatro madres cantoras os ayudarán

--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.

--No; á bajarla.

--¿Adónde?

--Á la bóveda.

--¿Qué bóveda?

--Debajo del altar.

Fauchelevent dió un brinco.

--¿En la bóveda debajo del altar?

--Debajo del altar.

--Pero...

--Llevaréis una barra de hierro.

--Sí; pero...

--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!

--Pero...

--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre
Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la
capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo
sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.

--Pero eso está prohibido.

--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.

--¿Y si llega á saberse?

--Confiamos en vos.

--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.

--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de
consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre
Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del
altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros!
¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.

--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...

--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino
Pogonates.

--No obstante, el comisario de policía...

--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las
Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho
de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del
altar.

--Pero el inspector de la prefectura...

--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general
de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur
orbis_.

--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre
de salir del paso siempre que oía hablar en latín.

Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho
tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel,
llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró
ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes
esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al
dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó,
exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:

--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es
Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país
bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su
madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado
de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux;
tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué
quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro
de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se
llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al
monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims;
hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de
l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey
Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó
la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta
treinta y nueve en sólo un día.

¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo
fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha
producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas,
mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro
emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y
una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún,
después de mil cuatrocientos años.

¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De
un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la
vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración,
¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al
ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras
cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria.
Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio,
Fauvent!

Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su
gusto. La priora continuó:

--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie.
No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos
tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se
sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad.
Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo
San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen
eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto
de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI
no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!

No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y
se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un
bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal
de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y
Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin,
y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre
del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron
á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus
juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.

Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo,
es que hacía fullerías en el juego.

¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos
sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone,
obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa?
¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera
la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran
los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los
animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para
nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo
que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos
ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un
negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente
dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos,
para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con
los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador
Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón,
duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En
otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas
del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato
del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que
queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia
en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió
en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto
es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero
odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer
á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de
Achery.

La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:

--Tío Fauvent, ¿está dicho?

--Está dicho, reverenda madre.

--¿Se puede contar con vos?

--Obedeceré.

--Está bien.

--Estoy completamente consagrado al convento.

--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á
la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al
claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo
se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las
cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.

--Y la hermana que esté en el poste.

--No se volverá.

--Pero oirá.

--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.

Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:

--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el
poste advierta que estáis allí.

--¿Reverenda madre?

--¿Qué, tío Fauvent?

--¿Ha venido ya el médico de los muertos?

--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle.
¿Pero vos no oís ningún toque?

--No me fijo más que en el mío.

--Muy bien hecho, tío Fauvent.

--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.

--¿De dónde la sacaréis?

--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un
montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.

--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.

--¿Reverenda madre?

--¿Qué?

--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es
fuerte. ¡Un verdadero turco!

--Despacharéis lo antes posible.

--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría
mal un buen auxiliar. Cojeo.

--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El
emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á
Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.

--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que
en realidad tenía el oído un poco duro.

--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera.
Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de
hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que
todo esté concluido un cuarto de hora antes.

--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho.
Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya
allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían
mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la
bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no
va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda
madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?

--No.

--¿Hay más que hacer?

--Sobre la caja vacía...

Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora
meditaba igualmente.

--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?

--Le enterraremos.

--¿Vacío?

Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de
gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.

--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de
la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con
el paño mortuorio.

--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa,
conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.

--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent.

La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El
_ablo_ se le quedó atascado en la garganta.

Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.

--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que
si llevara dentro un cuerpo.

--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que
llenaréis así el vacío del ataúd?

--Queda á mi cargo.

El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó.
Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior.
Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora
levantó dulcemente la voz.

--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro,
acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.




                                  IV
   =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=


Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan
fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba
perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del
jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca
de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto
del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:

--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero
volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive
aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una
señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la
Thénardier, obedece y no digas otra palabra!

Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.

Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.

--¿Y qué?

--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó
Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es
preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la
niña, es cosa fácil.

--¿La llevaréis?

--¿Se estará callada?

--Yo respondo.

--Pero ¿y vos, señor Magdalena?

Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:

--¡Pero salid por donde habéis entrado!

Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:

--¡Imposible!

Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean,
murmuró:

--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y
ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá
semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.

¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.

Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.

Fauchelevent continuó:

--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho
mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.

Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un
servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus
atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y
ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto
aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de
cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto
estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa
era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y
las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta.
Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría
el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el
cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría
á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano
sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había
dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después
del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera
al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta
es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.

--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.

Fauchelevent respondió:

--El ataúd de la administración.

--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?

--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad
y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día
siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd
y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la
caja, y no habrá nada dentro.

--Pues meted cualquier cosa.

--¿Un muerto? No le tengo.

--No.

--¿Pues qué?

--Un vivo.

--¿Qué vivo?

--Yo,--dijo Juan Valjean.

Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado
un petardo debajo de su silla.

--¿Vos?

--¿Y por qué no?

Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago
en un cielo de invierno.

--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha
muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí
tenéis.

--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.

--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?

--Sin duda.

--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?

--¿Y qué?

--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.

--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.

--Vaya por el paño blanco.

--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.

Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que
las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las
cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba
«la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un
transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el
arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.

Juan Valjean prosiguió:

--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un
medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese
ataúd?

--¿El vacío?

--Sí.

--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y
debajo del paño mortuorio.

--¿Cuál es la longitud de la caja?

--Seis pies.

--¿Y dónde está la sala de los muertos?

--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín,
la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da
al convento, y otra á la iglesia.

--¿Á qué iglesia?

--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.

--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?

--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la
de la puerta que da á la iglesia.

--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?

--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar
el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.

--¿Quién clava el ataúd?

--Yo.

--¿Quién pone el paño encima?

--Yo.

--¿Vos solo?

--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en
la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.

--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento,
ocultarme en dicha sala?

--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia
sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave
tengo en mi poder.

--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?

--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el
Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.

--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda
la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.

--Yo os llevaré que comer.

--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.

Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.

--¡Pero es imposible!

--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?

Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo
para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que
ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de
las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la
crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es
lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón
como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no
le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin
morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.

Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es
estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar
crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió
Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la
Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.

Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:

--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?

--Respirando.

--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.

--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de
la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.

--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?

--El que se evade no tose ni estornuda jamás.

Y Juan Valjean añadió:

--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó
salir en el carro de los muertos.

Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear
entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un
gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente
abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer
indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el
destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más
gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez
mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso.
Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y
murmuró:

--La verdad es que no hay otro medio.

Juan Valjean replicó:

--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.

--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si
tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la
fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un
viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y
yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá.
Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del
cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y
yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo
y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán
una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las
oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará.
Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os
he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté.
Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está
abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta
mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo.
Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el
cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas
sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo.
Se va, y os saco del agujero.

Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela
con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.

--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.

--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería
terrible!




                                   V
               =No basta ser borracho para ser inmortal=


Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de
la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro
fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas.
Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que
se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos
colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y
un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda
de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros.
Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se
dirigía al cementerio de Vaugirard.

Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja
de un escoplo y las puntas de unas tenazas.

El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de
París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo
que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio
por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de
los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del
Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de
ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había
pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á
una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el
cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas
de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse
el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella
el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de
caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas
á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y
habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo
tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol
desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.

Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro,
no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de
enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un
postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de
correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía
caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el
sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que
solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría
la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince
francos de multa.

Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría
administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de
Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna
medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un
membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los
bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al
Buen Membrillo_.

El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio
en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le
abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les
enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise
¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de
caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era
un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses,
con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de
algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente.
Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.

Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco
con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El
cojo que le seguía era Fauchelevent.

El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar,
la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los
muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada
había salido mal.

Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión
debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es
una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían
hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia
conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más
que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo
importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced
cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se
paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á
Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.

Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.

Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el
señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra,
habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una
de esas tranquilidades potentes que se comunican.

Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la
menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al
sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno
como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba
el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba
perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto,
completa.

Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente
al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y
dijo á media voz frotándose sus grandes manos:

--¡Vaya una farsa!

Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era
preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las
pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante
este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos,
apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado
de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes
bolsillos, y un azadón al brazo.

Fauchelevent miró á ese desconocido.

--¿Quién sois?--le preguntó.

El hombre le respondió:

--El sepulturero.

Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no
hubiera hecho un movimiento más expresivo.

--¡El sepulturero!

--Sí.

--¡Vos!

--Yo.

--El sepulturero es el tío Mestienne.

--Ha sido.

--¿Cómo... ha sido!

--Porque ha muerto.

Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un
enterrador.

Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza
de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.

Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para
tartamudear:

--¡Pero esto no es posible!

--Pues lo es.

--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.

--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino
Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.

Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.

Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un
médico desacreditado convertido en enterrador.

Fauchelevent se echó á reir.

--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío
Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir?
Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el
verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento;
era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada?
Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.

El hombre respondió:

--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.

El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la
calle principal del cementerio.

Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de
necesidad.

El enterrador iba delante.

Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.

Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que,
siendo flacos, son muy fuertes.

--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.

El hombre se volvió.

--Soy el sepulturero del convento.

--Mi colega,--dijo el hombre.

Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que
habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces
murmuró:

--¿Conque murió el tío Mestienne?

El hombre contestó:

--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le
hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que
morir.

Fauchelevent repitió maquinalmente:

--Conque Dios...

--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los
filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.

--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.

--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.

--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que
vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se
niega entre gentes de buena voluntad.

--Primero es el deber.

--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.

Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al
apartado de las monjas.

El sepulturero añadió:

--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que
coman, no puedo yo beber.

Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una
máxima:

--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.

El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal,
atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en
la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura.
Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del
carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de
invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.

Fauchelevent se aproximó al enterrador.

--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.

--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre
era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron
sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido
que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.

--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á
esta rama, demasiado débil en verdad.

--Lo uno no impide lo otro.

Fauchelevent no entendió esta frase.

--Vamos á beber,--dijo.

Aquí es indispensable una observación.

Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero
no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre
convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces
era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el
nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero
dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora
de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de
pagar.

El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:

--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío
Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo.
Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo
de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los
paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les
compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas
amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida,
compadre.

El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á
todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.

--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y
tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las
manos.

El carro fúnebre se detuvo.

El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.

Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de
tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.

--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.




                                  VI
                         =Entre cuatro tablas=


¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.

Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y
apenas podía respirar.

Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en
todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan
Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera.
Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la
menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni
calma más completa.

De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La
tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.

Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases
del terrible drama que estaba representando con la muerte.

Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió
Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por
la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es
decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido
sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera
parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo:
aquí está la fosa.

Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en
las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.

Después tuvo una especie de vértigo.

Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el
ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su
acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo
del hoyo. Sintió una especie de frío.

Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan
claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que
no comprendía:

--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam,
et alii in opprobrium, ut videant semper._

Una voz infantil contestó:

--_De profundis._

La voz grave volvió á oirse diciendo:

--_Requiem æternam dona ei Domine._

La voz infantil respondió:

--_Et lux perpetua luceat ei._

Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas
gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.

Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de
paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á
Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré
de aquí. Es cosa de una hora.

La voz grave repitió:

--_Requiescat in pace._

Y la voz de niño dijo:

--_Amén._

Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que
se alejaban.

--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.

Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del
trueno que despide el rayo.

Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.

Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.

Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.

Cayó otra paletada. Después otra.

Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el
conocimiento.




                                  VII
     =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=


He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan
Valjean.

Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron
en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos
del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada
en el montón de tierra.

Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.

Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:

--¡Yo soy quien paga!

Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:

--¿El qué?

Fauchelevent repitió:

--¡Yo pago!

--¿El qué?

--El vino.

--¿Qué vino?

--El de Argenteuil.

--¿Dónde está ese Argenteuil?

--En el _Buen Membrillo_.

--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.

Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un
sonido ronco.

Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con
una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:

--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_!

El enterrador llenó nuevamente su pala.

Fauchelevent continuó:

--¡Yo pago!

Y asió del brazo al sepulturero.

--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo
para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber
un trago.

Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta
reflexión lúgubre:

--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?

--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis,
consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.

Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.

--¡Argenteuil de á seis!

--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no
sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.

Y arrojó á la fosa la segunda paletada.

Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se
dice:

--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.

--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.

Y echó la tercera paletada.

Después, clavando la pala en tierra, añadió:

--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría
gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.

En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo
entreabierto el bolsillo de la blusa.

La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo,
y se detuvo.

El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante
para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel
bolsillo abierto.

La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir
los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.

Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo
advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo,
sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.

El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.

En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le
miró con cierta profunda calma diciéndole:

--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?

El enterrador se detuvo.

--¿Qué?

--Que va á ponerse el sol.

--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.

--Que se va á cerrar la verja del cementerio.

--¿Y qué?

--¿Tenéis la tarjeta?

--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.

Y buscó en sus bolsillos.

Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los
dos del chaleco, uno después de otro.

--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.

--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros
lívidos.

--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince
francos de multa!

--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.

El enterrador dejó caer la pala.

Habíale llegado su turno á Fauchelevent.

--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa
de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince
francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo
soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo
de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone,
que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á
cerrarse dentro de cinco minutos.

--Es verdad,--dijo el enterrador.

--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es
profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la
verja.

--Es verdad.

--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.

--¡Quince francos!

--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?

--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de
Vaugirard, número 87.

--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir
inmediatamente.

--Es verdad.

--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la
tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga
multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo
guardándole para que no se escape.

--Os debo la vida, provinciano.

--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y
partió corriendo.

En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus
pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y
dijo en voz baja:

--¡Señor Magdalena!

Nadie respondió.

Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que
bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:

--¿Estáis ahí?

Continuó el silencio en el ataúd.

Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo
y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan
Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.

Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y
apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el
ataúd. Miraba á Juan Valjean.

Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.

Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:

--¡Está muerto!

É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se
golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:


   [Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó
                         quedándose sentado=]


--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!

Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es
un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes
emociones hablan en voz alta frecuentemente.

--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil?
¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha
muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el
cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay!
¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué
va á decir la frutera?

¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando
recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor
Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso
creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el
mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No
vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como
la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos!
Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó.
Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena!
¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer
ahora!

Y se arrancaba los cabellos.

Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era
la verja del cementerio que se cerraba.

Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente
todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los
ojos abiertos le estaba mirando.

Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es
menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado
por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un
muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.

--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.

Y se incorporó quedándose sentado.

Fauchelevent cayó de rodillas.

--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!

Después se levantó diciendo:

--¡Gracias, señor Magdalena!

Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había
vuelto en sí.

La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi
tanto como Juan Valjean para reponerse.

--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he
llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados
dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco
furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo
de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría
comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué
historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin
de fiesta.

--Siento frío,--dijo Juan Valjean.

Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad.
Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué,
turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural
y siniestra del lugar.

--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.

Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.

--Antes de todo un trago,--dijo.

La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió
un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.

Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.

Tres minutos después había salido de la fosa.

Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo
necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada
del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la
tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el
bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.

Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron
el ataúd vacío.

Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:

--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.

Cerraba ya la noche.

Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar;
en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La
anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué
necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.

--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo;
moveríamos un poco los talones.

--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á
las piernas.

Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre.
Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero,
Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó
en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron
los dos.

--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor
Magdalena!

Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En
las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes.
La calle de Vaugirard estaba desierta.

--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la
vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el
número 87.

--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.

--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y
esperadme dos minutos.

Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por
el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la
obscuridad á la puerta de una buhardilla.

Respondióle una voz.

--Entrad.

Era la voz de Gribier.

Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como
todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de
trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de
manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama;
el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo,
que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca,
formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre
vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había
efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban
levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había
llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de
un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había
buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á
todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier
parecía desesperado.

Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para
fijarse en este lado triste de su triunfo.

Entró, pues, y dijo:

--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.

Gribier le miró estupefacto.

--¿Sois vos, provinciano?

--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del
cementerio.

Y dejó en el suelo la pala y el azadón.

--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.

--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que
la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado
al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que
el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince
francos. Esto es lo que hay, recluta.

--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer
enterramiento seré yo quien pague de beber.




                                 VIII
                        =Interrogatorio feliz=


Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se
presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de
aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.

Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.

Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera
de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado
Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin
comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no
había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le
había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada
triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo
que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba
atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente».
¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras
pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No
digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos
como un niño?

Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan
Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el
hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un
abismo.

Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las
puertas se abrieron.

Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.

El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que
ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se
veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de
la puerta cochera.

El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí
pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido
Fauchelevent las órdenes de la priora.

La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado,
cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.

Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio

La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos
ojos bajos.

Después le interrogó:

--¿Sois el hermano?

--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.

--¿Cómo os llamáis?

Fauchelevent respondió:

--Último Fauchelevent.

Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había
muerto.

--¿De dónde sois?

Fauchelevent respondió:

--De Picquigny, cerca de Amiens.

--¿Qué edad tenéis?

--Cincuenta años.

--¿Qué oficio es el vuestro?

Fauchelevent respondió:

--Jardinero.

--¿Sois buen cristiano?

Fauchelevent respondió:

--Todos los somos en nuestra familia.

--¿Es vuestra esta niña?

Fauchelevent respondió:

--Sí, reverenda madre.

--¿Sois su padre?

Fauchelevent respondió:

--Su abuelo.

La madre vocal dijo á la priora á media voz:

--Responde bien.

Juan Valjean no había pronunciado una palabra.

La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre
vocal:

--Será fea.

Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del
locutorio, y después volvióse la priora y dijo:

--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se
necesitan dos.

En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y
las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta
del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á
dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento.
Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.

Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.

Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de
cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último
Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta
observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_.

Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette,
admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.

Es todo ello altamente lógico.

Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la
conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se
dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en
razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que
de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.

Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por
haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien
salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía:
me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias
á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido
eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el
Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard;
el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo
advirtió.

En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué
grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor
de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó
lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un
poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y
en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué
después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió
tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida
por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la
nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee
lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente
jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia
de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió
injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor
idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra
noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato
se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey
que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_.




                                  IX
                              =Clausura=


Cosette en el convento continuó guardando silencio.

Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra
parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera
dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como
la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía,
hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había
precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á
tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á
la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no
se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:

--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.

Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las
colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los
vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió
al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse
Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho
alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en
un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al
lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó
un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?

El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que
él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la
satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole.
Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado
del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo
mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el
nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_.

Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de
Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de
salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent
el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya
fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque
estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó
aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en
estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio
de mucho más de un mes.

Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de
abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el
cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante
feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.

Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella
casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía,
como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo
las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor
[Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello,
por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo
destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un
papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea,
cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:

Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero
precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó
Fauchelevent.

Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo.
Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.

Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos
del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del
jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes
frutas.

Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.

Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan
bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría
á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su
presencia de alegría.

Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette.
La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de
debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante
las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette
jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.

Porque entonces Cosette ya reía.

El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había
desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa
las nubes del rostro humano.

Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento,
Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se
levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.

Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette,
á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es
cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que
está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan
Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la
Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado
sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde
que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á
nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría
concluido por volver al odio?

El convento le detuvo en aquella pendiente.

Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud,
en lo que había sido para él el principio de la vida, y después,
recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos
rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen
de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y
pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del
claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.

Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las
espirales sin fin de meditación.

Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes
se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas
les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les
toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían
lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible
chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela
en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos;
no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga».
Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi
convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado,
sumisos á la vara en la vergüenza.

Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.

Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos
bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio
del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí
azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre
entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos.
No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban
en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino
un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno,
y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso
de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis
meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían,
no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en
celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones
de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les
era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo,
era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando
empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y
rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.

En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno,
permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó
prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.

Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.

¿Qué habían hecho aquellos hombres?

Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran
bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.

¿Qué habían hecho estas mujeres?

Nada.

Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la
lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio,
todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la
inocencia.

La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción,
unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.

De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del
otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.

¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!

Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.

Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y
devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento
de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la
sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.

Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención;
tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el
segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo
lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman
muerte.

En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo
por la fe.

¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de
dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra
la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.

¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.

Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos
clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.

Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la
expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba
la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se
preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?

Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de
las generosidades humanas: la expiación ajena.

Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores;
nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos
sus impresiones.

Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre
más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los
hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura
aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado,
para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad
abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante:
débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de
los escogidos.

¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!

Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar
el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas
de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran
castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para
blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.

¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia
en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que
había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la
ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión
difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en
este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?

Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la
otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal
semejanza.

Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar
ángeles.

Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba
viendo cercando corderos.

Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más
austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes
vivían más oprimidas que los presidiarios.

Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud,
atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa
más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.

¿Por qué?

Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio
de la sublimidad.

En tales meditaciones el orgullo se desvanece.

Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia
perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él
hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del
obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.

Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en
que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del
paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había
mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la
hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado
ante aquella religiosa.

Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.

Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores
embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres
graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban
lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como
el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de
ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después
reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente
acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas
las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la
segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio
volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en
el crimen; sin la segunda, en el suplicio.

Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.

Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.


                                NOTAS:

[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable
de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al
hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.




                             TERCERA PARTE
                                 MARIO




                             LIBRO PRIMERO
                      PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO


                                   I
                              =Parvulus=


París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión,
el hijo pilluelo.

Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra
toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un
pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto.

Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va
al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus
carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer
su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta
de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se
hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa
de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta
las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha,
inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado,
frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas,
habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón
nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las
perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios
quiere que sea inocente.

Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho?
respondería: Es mi pequeñín.




                                  II
                  =Algunas de sus señas particulares=


El chico de París es el enano del gigante.

No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa,
pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero
generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa
cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle,
porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su
malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus
metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por
la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar
el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la
calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de
las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo
francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda
propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en
la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene
un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia
de chiquillos.

En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los
rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda,
el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de
dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y
no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita
en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos;
negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que
no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á
este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las
piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el
empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los
descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los
leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del
campo de Marte, renacuajos.

En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como
Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está
dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos
con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama
elevado hasta la farsa.

Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico:
¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á
entregar su obra?

Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de
anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:

--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.

--¡Yo, señor! Registradme.




                                  III
                            =Es divertido=


Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio
de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa
aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití.
Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala
en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al
pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y
cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su
poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir
de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida,
malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.

Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.

El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo
decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es
por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la
señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba
sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita
_Muche_.

Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos
como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales,
caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las
encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama
y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos
los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra
sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco
hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el
Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El
pilluelo de París es Rabelais en pequeño.

No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.

Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones,
deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua
á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las
hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de
eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa.
Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!




                                  IV
                           =Puede ser útil=


París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no
puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface
mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París
únicamente tiene esos tipos en su historia natural.

Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el
pilluelo.

Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se
anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades
sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo
se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir,
pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame
Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo,
Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.

Este niño crecerá.

¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un
puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y
siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño
ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado
con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y
populachero, ¿será un genio ó un beocio?

Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los
hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino,
hace del cántaro un ánfora.




                                   V
                            =Sus fronteras=


El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de
sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco.

Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el
tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña
bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas,
que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París.
Observar los alrededores es observar un anfibio.

Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza
el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan
los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y
empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés
extraordinario.

De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares
poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el
epíteto de _tristes_.

El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de
París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado,
aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos
yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos
de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el
fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos
rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su
ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas,
aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira
con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en
las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes
y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos
inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía.

Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la
Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos,
el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del
Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón,
donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar
hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas.
La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver
en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles,
es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está
el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una
ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí
la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades
locales aparecen allí.

Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á
nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá
descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento
más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una
lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos
de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados
de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard
exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y
en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente
su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir,
allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio,
arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando
á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados,
sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen
una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en
venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas.
El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias
halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.

Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas,
sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el
ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres,
hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos;
de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz
del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al
pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios.

París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales
muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden
salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del
agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry,
Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le
Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly,
Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival,
Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son
los puntos donde termina el mundo.




                                  VI
                         =Un poco de historia=


En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de
este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en
cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos
vagabundos abundaban bastante en París.

Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas
sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía
en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos
de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo
las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más
desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre
empiezan en la vagancia del muchacho.

Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á
pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa.
Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un
hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado
á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie
de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la
conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan
descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi
intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí,
y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones
populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea,
que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano.
Respirar el aire de París, conserva el alma.

Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente
el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en
cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia.
En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa
ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han
hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía
pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene
su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».

Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran
oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en
las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba
el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del
pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la
consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.

Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y
entonces espumaba las calles.

En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón,
crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay
escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no
va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se
quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces
en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como
las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto,
galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia
y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de
galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia.
Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una
procesión; actitud de hugonote; á galeras.

Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no
supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran
siglo.

En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía
los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con
horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del
rey.

Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos
encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres.
Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía
entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No,
á los padres.




                                  VII
    =El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India=


La _gaminería_ parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo
no basta quererlo.

La palabra francesa _gamín_, que traducimos no muy propiamente en la de
pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al
literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado _Claudio Gueux_.
Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.

Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre
sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy
respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de
las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el
patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de
la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por
haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado
que por poco le saca un ojo á un paisano.

Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo
parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle:
_Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto
caerse á nadie de un quinto piso!_

También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra
mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al
médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres _nos morimos solos_».
Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase,
descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora
del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta,
oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: _¡Habla el
clerizonte! ¡Qué hipócrita!_

Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser
espíritu fuerte, es lo importante.

Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á
otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la
sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada,
etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las
paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las
rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como
nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta
que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el
verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos
nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le
admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible
Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: _Le tengo envidia_.

En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine.
Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos.
Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno.
Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de
nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é
iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que
Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los
tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--_No os tiréis á la
cara el cesto_, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y
siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en
ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.

--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la
autoridad, añadió:--No me caeré.

--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme.

Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se
llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta
profundamente «hasta el hueso».

Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que
el pilluelo dice con más satisfacción es: _¡Yo soy más fuerte, vaya!_
Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.




                                 VIII
            =Donde se leerá una buena frase del último rey=


Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae
la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto
de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja
de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del
pudor y de la policía.

Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una
situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y
memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de
pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación
casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas,
hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:

--«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen:
coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla».
Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe
leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un
punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas
las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830
imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en
las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie,
vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar
con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de
Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó
al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de
oro, le dijo: _ahí también hay una pera_. Al pilluelo le gusta mucho la
bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto
día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba
haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del
número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte.
El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el
nuncio.

No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le
presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces
ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y
que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le
cosan el pantalón.

El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de
policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle
su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo.
Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee
como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir
inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un _traidor_, Zutano es _muy
malo_; éste es _grande_, aquél _ridículo_»; (y todas esas palabras,
traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación
particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe _á
la gente_ pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la
manía de tirar de las orejas á las _gentes_, etc., etc».




                                  IX
                  =El antiguo espíritu de los Galos=


Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los
mercados; y los hay también en Beaumarchais. La _pilluelería_ es una
vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le
da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero
se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía
travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que
tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles
de París; de pequeño había _inundado los pórticos_ de San Juan de
Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de
Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro.

El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los
dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero
buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata
coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los
crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los
motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un
héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra
era un pilluelo de París; grita: _¡Adelante!_ como el caballo de la
Escritura dice: _¡Va!_ y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.

Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á
Barra.

En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser
que se distrae, porque es desgraciado.




                                   X
                        =Ecce París, ecce homo=


Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como
en otros tiempos el _græculus_ de Roma, es el pueblo niño que lleva en
su frente las arrugas del mundo viejo.

El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una
enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.

La luz sanea.

La luz alumbra.

Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las
letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres.
Iluminadlos para que os calienten.

Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se
establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y
entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa,
tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París;
entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.

El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.

Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la
prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas.
Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo
y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa
de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio
de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una
Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la
opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su _majo_ se
llama majadero, su _transtiverino_ se llama arrabalero; su _hammal_
se llama matón de plazuela; su _lazzarone_ se llama pillastre; su
_cockney_ se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte
se encuentra en París.

La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas
de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda
Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el
granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre
prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo
que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto
la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el
erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella
el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por
Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y
Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado
en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma,
Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en
la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo
ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre,
como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda
en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los
Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de
Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de
la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del
Thesprion: _quis properantem me prehendit pallio?_ El vino de Surenne
parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre
parejas con la gran copa de Balatron.

El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los
mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por
cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.

Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene
nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en
Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán;
el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita
Uumoumié de Damasco.

París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita
Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la
visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la
griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si
Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París
combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos
codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón.
Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con
números viejos del _Constitucional_ y crea á Chodruc Duclós.

Por más que Plutarco diga: _el tirano no envejece_, Roma, en tiempo
de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua
en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto
doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: _Contra Gracchos Tiberim
habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci._ París bebe un
millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega
el caso, de tocar generala y somatén.

Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no
es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con
tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le
entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni
aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario,
que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego
de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno
de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la
danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con
sus miradas á la _loreta_, de igual manera que la encubridora Estafila
acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo;
pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César.

La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si
Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y
Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los
genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai
pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno
hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.

París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén,
Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también
todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.

Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta
eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y,
gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este
prolongado carnaval.




                                  XI
                           =Reir es reinar=


París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación
que se ríe á veces de los que subyuga. _¡Complaceros, oh atenienses!_
exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y
hace más que la moda, la rutina.

Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo;
pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve
París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta
la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad!
¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen
consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y
que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y
otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad
soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes
surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus
obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo
como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica
toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus
caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la
civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su
truhanería.

Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á
todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche
del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de
su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas
las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á
Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á
Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla,
en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en
Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído
de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's
Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los
Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á
Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo
allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset
en Barcelona.

Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre;
sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su
filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á
Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada
minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la
boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos
los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja
son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de
sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de
todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas.
Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su
luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de
Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides.

París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.

Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del
universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo
es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es
audaz.

La audacia es el precio del progreso.

Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del
atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta
Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie,
que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la
premedite; es preciso que Dantón se atreva.

El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_.

Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre
las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades
deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora
es audaz cuando aparece.

Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar
cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco
miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como
insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los
ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza.
El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el
botafuego de Cambronne.




                                  XII
                   =El latente porvenir del pueblo=


En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es
siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto
hemos estudiado el águila en el gorrión libre.

En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí
conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el
pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces
del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos,
en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la
Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama
Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho.
Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué
importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no
sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su
desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas?
Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz,
luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las
revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?

Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad
alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas
públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad
los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad
verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta
multitud puede llegar á ser sublime.

Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes
que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies
descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa
abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal.
Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.

La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se
funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él,
Galileo y Newton descubren los astros.




                                 XIII
                          =El niño Gavroche=


Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que
hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el
boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo
de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del
pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de
su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío
y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre,
que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su
madre.

Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin
embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni
su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre
todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.

Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la
calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.

Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.

Había empezado por sí mismo á volar.

Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto,
chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al
chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y
los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se
incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar,
ni cariño, pero estaba contento porque era libre.

Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del
orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos
se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.

Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que
otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi
madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín;
bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal,
llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el
número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.

En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y
adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa
rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en
París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos
pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués
entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas
de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las
cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia
el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.

La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto,
habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho:
Nunca faltarán mujeres viejas.

Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable
en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado
sucesivamente en su alma.

Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia
de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas,
los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas
celdas de que hemos hablado anteriormente.

Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su
extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse
Jondrette.

Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una
frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_,
el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era
portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese
alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó
tal vez por un español, ése seré yo.

Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí,
encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa;
el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le
preguntaban:

--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.

Cuando se iba le preguntaban:

--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.

Su madre le decía:

--¿Pues qué vienes á hacer aquí?

Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas
yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le
molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que
debían ser un padre y una madre.

Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.

Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban
á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?

Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.

Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos
que unen á sus individuos.

El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el
último al extremo del corredor.

La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.

Digamos ahora quién era este Mario.




                             LIBRO SEGUNDO
                           EL NOBLE BURGUÉS


                                   I
                =Noventa años y treinta y dos dientes=


En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún
algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen
señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este
buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado
por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que
se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles
inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV,
los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en
nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli,
los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de
paso, en que se patentiza el progreso.

El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres
á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que
son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se
parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de
otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del
siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez
que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa
años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio,
comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se
ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero
decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á
las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy
viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera
arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una
renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta
de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se
ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han
estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya;
este gallardo viejo había estado bueno siempre.

Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier
cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le
contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el
gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la
que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera
de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años.
Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas!
Uno de sus juramentos era: _¡Por el pantuflo de la pantuflada!_ Tenía
otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero
que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand
por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba
su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz;
he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo
decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras
que más frecuentemente pronunciaba, eran: _el hombre sensible_ y _la
naturaleza_. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le
ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas
sátiras domésticas.

La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo,
le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene
tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un
tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas
de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto,
á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas,
los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más
que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras
costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos
tampoco, pero arañamos.




                                  II
                         =Á tal amo, tal casa=


Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa
propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número
habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las
calles de París.

Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado
entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de
los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los
dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en
los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas
de laca, de Coromandel.

Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer
grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de
estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de
una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente
el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un
gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una
colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en
las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne
hecho á los galeotes, con destino á su querida.

Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo
materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había
tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el
palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera
podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.

En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre
su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo
que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era
entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que
no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos,
con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.

Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los
_increíbles_ del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y
había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes
solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón
corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las
faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: _La revolución francesa es
una gavilla de salteadores_.




                                  III
                           =Lucas-Espíritu=


Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido
el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas,
entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la
Sallé.

Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una
bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años
como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba
grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:

--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez
que la vi en Longchamps, rizada á lo _sentimental_, con _ven á verme_
de turquesas, vestido de color de _recién llegado_, y con su manguito
de _agitación_!

Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de
la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como
un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le
vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco
encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en
la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los
periódicos, _los papeles de noticias, las gacetas_, como los llamaba
él, reventando de risa.

--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann!
¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico:
¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían
tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su
verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de
las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta
tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era
la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las
perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.

Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y
le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.




                                  IV
                       =Aspirante á Centenario=


Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era
su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien
llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI
ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer
el recuerdo de su coronación. _El duque de Nevers_ era para él la gran
figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le
sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había
reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil
rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.

Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la
tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían
en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio
para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó
doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio,
diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de
hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789;
repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y
cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le
cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él
elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse.
Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: _estoy
seguro de que no veré dos veces el noventa y tres_.

Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.




                                   V
                         =Vasco y Nicolasita=


Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:

«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer
propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos,
que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que
un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los
cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.

«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de
todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación
de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los
procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á
los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los
contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete
y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y
desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y
particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella
la satisfacción de arruinarle».

Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando
por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes
de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo
estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia,
unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían
extinguirse con él.

No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna.
Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por
ejemplo, el de trocarse _en bienes nacionales_; había asistido á las
conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por
lo que decía: _todo eso irá á parar á la calle Quincampoix_ (esto es,
al trapero).

La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya,
como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando
entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á
los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés,
Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de
cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era
natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto
á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que
hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante
cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los
conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el
señor Gillenormand.

--Treinta francos.

--¿Cómo os llamáis?

--Olimpia.

--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.




                                  VI
            =Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos=


En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso
de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía
todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y
origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el
de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal;
á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía
alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en
una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante
recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas,
que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.

El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos.
Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién
quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué
abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor
cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado
por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y
qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una
admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo
de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una
de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal
de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de
una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del
amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno
de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo
de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada
de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces?

«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide,
puesto que él no tiene la culpa».

Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba
Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño.
Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos
chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos
al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las
andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á
verlos de cuando en cuando.

Y así lo hizo.

Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers
treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. _Le he
perdido joven_, decía.

Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que
por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se
encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación
prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del
cielo.

En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna,
la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si
hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería
que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un
día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una
manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:

--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas
porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros.
¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido
robado como en un bosque, pero de mala manera. _¡Silvæ sint consule
dignæ!_

Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una
hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta
años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un
soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República
y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el
grado de coronel en Waterloo. Es _la deshonra de mi familia_, decía el
viejo burgués.

Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la
chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.




                                  VII
             =Regla: no recibir á nadie más que de noche=


Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún
perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre
en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era
venerable.

Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande.

En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand,
que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido
en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No
se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber
ya cumplido los ochenta años.

Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La
principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente
cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere,
sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta.
Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla,
decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo
encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se
cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey.

Antigua elegancia de su tiempo.




                                 VIII
                       =Las dos no hacen pareja=


Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían
nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían
parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido
lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora,
amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y
música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea,
unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor
tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier
acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho
hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres
de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las
arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de
continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una
en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una
como un ángel, como un ganso la otra.

Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en
nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el
hombre que había soñado, pero murió la pobre.

La mayor no pudo llegar al matrimonio.

En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos
narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de
las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que
pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de
su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la
_Señorita Gillenormand mayor_.

En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado
puntos á una _miss_. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un
recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.

La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su
pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba
los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el
mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto
menos amenazada está la fortaleza.

Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la
inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de
lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.

Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de _Mojigata_
con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita
Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una
medio virtud y medio vicio.

Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de
la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco,
murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba
el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un
altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los
fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y
al través de grandes rayos de madera dorada.

Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora
Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el
gusto de ser un águila.

Después del _Agnus Dei_ y del _Ave María_, la señora Vaubois, perfecta
en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de
inteligencia.

Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido
al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No
había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años
desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración.
Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que
ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el
estupor de una vida que terminaba sin haber empezado.

Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado
del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su
hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona
no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos
debilidades que se apoyan mutuamente.

Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo,
un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor
Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á
veces con el bastón levantado:

--_¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded
tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!_... etc., etc. Le
idolatraba. Era su nieto.

Ya veremos nuevamente á este joven.




                             LIBRO TERCERO
                         EL ABUELO Y EL NIETO


                                   I
                        =Una tertulia antigua=


Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba
distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le
admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento,
primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era
hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la
condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener
influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son
bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía
en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio
respeto.

En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con
Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.

Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa
de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y
respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI,
embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida
fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había
muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez
volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos
dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora
de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una
corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la
corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble,
altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á
su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban
su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo,
daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta,
sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los
burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo
bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey,
más tarde Carlos X.

Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que
á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las
mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como
ésta, dirigida á los «federados»:

            Recoged en los calzones
          la camisa que se sale,
          no digan que los patriotas
          levantan bandera blanca.

Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos
inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como
éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban
parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa:

            Para afirmar el trono removido en su planta
          hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.

Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara
abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que
resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo
alegremente.

En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía,
para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también
cantaban su _Ça ira_:

            ¡Ya irán, ya irán, ya irán
          los bonapartistas del farol á colgar!

Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta
cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.

En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba
partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista».
Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía
por el último extremo de la injuria.

Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos
gallos.

El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois,
del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el
Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías
singulares.

Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas
pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es
preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida
de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde
consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte
encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas
las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa
del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente
por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien
recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es
el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se
admite á los ladrones con tal que sean dioses.

El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no
tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro
anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje
abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y
metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de
Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.

Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa
de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su
nombre de Valois.

En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era
absolutamente de buen género. Tenía autoridad.

Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su
jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente
altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta
impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una
venerable aureola.

Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia.
Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á
Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y
fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de
Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo
aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él,
_no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta
respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á
ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos
de este género fundan una situación.

En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al
príncipe de Talleyrand, y dijo:

--_He ahí á su Excelencia el Mal._

Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de
todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la
intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que
uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la
superioridad del viejo hidalgo.

Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella
_prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y
representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco,
sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba
jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones:
¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de
quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su
padre era «un bandido del Loira».

Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien
hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».


                                  II
             =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=


Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón,
y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será
sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de
alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del
parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana,
vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba
cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja,
calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo
casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á
la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando
casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno
de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que
se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda
del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse
si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños:
son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río,
y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía
en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de
aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con
una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni
lugareña.

El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo
por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda
su ocupación.

Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua,
había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas
dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la
naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la
formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos
raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba
el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando,
andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de
tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas
enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de
algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de
una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos
del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche
que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era
tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que
á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor
Mabeuf, un buen anciano.

Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso
de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo.
Éste era el bandido del Loire.

El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las
biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera
podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy.
Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de
Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge
fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la
monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída
del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira,
en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno
de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también
otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de
Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre
el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha
desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber
en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo
roto de un balazo.

Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta
granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert
fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente.
Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en
aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido
artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su
antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable,
gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos
del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto
de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas.
El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los
soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque
mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la
driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de
las fragatas británicas.

Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y
apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba
tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba
atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher,
que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En
Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al
coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones,
distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada,
verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la
guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de
línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella
tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente
caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack
en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por
Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de
línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo
en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor
de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y
tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo.
Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio.
Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina,
y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros
de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las
orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición
de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos,
y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él
en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del
brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa
de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues
tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir,
igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como
oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada
por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales,
como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes
é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era
jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien
cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los
pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido,
al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El
emperador, satisfecho, le dijo:

«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».

Pontmercy respondió:

--Señor, os lo agradezco por vida mía.

Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge
Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.

Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo,
sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse
al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los
acantonamientos del Loire.

La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es
decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando
como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le
reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de
coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre
«el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca
azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de
la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un
intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta
condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa:
ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no
os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se
atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el
comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al
señor comandante Pontmercy».

Devolvióles las cartas sin abrirlas.

En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las
cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy
había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma
saliva que su emperador.

En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar
á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.

Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de
Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es
permitido llevar mi cicatriz?

No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había
alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella
vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos
campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El
viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en
ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven
obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer
por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar,
digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño
hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo
había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo
entregaban le desheredaría.

El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al
lado, dedicó su cariño á las flores.

Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba.
Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las
grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó
acordándose de Austerlitz.

El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel
era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero».
Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna
alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que
Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser
éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como
un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal
quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo
obrar bien, sacrificándose únicamente él.

La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la
señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había
sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su
hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía
que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle
de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus
cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la
atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como
naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración
lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así
decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su
padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.

Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el
coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia
que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en
que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de
que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin
atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de
cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.

De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el
señor Mabeuf.

Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había
visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había
fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la
gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de
varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero;
su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su
hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en
él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos,
bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que
trajo tras sí luego otras muchas.

El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón.
El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como
Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto
hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel
cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos
sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un
viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa;
el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de
arriba; no hay otra diferencia.

Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía
Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que
parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba
el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el
abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.




                                  III
                             =Requiescant=


La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy
conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la
vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más
tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al
entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que
aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas
personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno
suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.

Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que
se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis,
que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres
bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo
Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas
en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por
una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos
grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que
no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos
palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las
contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino
patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.

Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella
tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de
órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba
bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el
príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos
grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo
escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de
aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor
que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****,
buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy,
columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El
señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en
1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio
por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el
obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico,
mientras que él lo era como soldado.

Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante
la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día;
llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que
sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una
costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la
tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas,
y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos
diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord
de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero
de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón
corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en
aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de
devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado
debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y
por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un
filósofo un baile.

Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien
Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene
cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur,
predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde,
ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin
botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados;
además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo
de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y
otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno
de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de
la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di
santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa
poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y
por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl******
T*******.

El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años
después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos
en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de
Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en
casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y
Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que
enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad
era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella
época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la
calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******,
se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del
cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in
partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».

El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por
su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís,
y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable
por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través
de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la
Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían
ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie,
recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta,
sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos,
aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la
gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el
marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******,
el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto
señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir,
príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia
y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía
decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son
los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución
en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba,
según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor
Gillenormand reinaba allí.

Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense
de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas,
aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de
anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto
del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban
por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á
título de corrección.

Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El
barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora
son demagogos; digámoslo en elogio suyo.

En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más
superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una
urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase
de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen
enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre
todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían
tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase
á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á
otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin
duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese
apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había
llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien
inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando
al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca
«vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».

Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo
cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas
admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que
cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al
corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido
desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en
el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de
derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.

Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era
apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia,
parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos.
En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes,
completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía
que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el
sepulcro.

Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su
diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones
de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á
nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban
embalsamados, los criados rellenos de paja.

Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y
arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis
criados».

¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.

Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya
desaparecido. Expliquémonos:

Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre
del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se
arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia
en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar
por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en
el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar
descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en
nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de
hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.

El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las
Restauraciones.

No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en
1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico
de la derecha.

Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco
al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del
alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes
que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado.
Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo
y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que
nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración;
grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con
ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen
y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y
nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también
sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su
monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del
Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas
que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los
compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón.
Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el
insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de
orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un
sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_.

No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo
ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no
existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él
alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos
parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto,
ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos
revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren
rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su
misión; y que pronto abren terribles profundidades!

Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y
cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.

Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias.
Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet,
publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón
era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una
concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor
de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.

Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818
empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso
que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los
doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban.
Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba
convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar.
Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac
abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido
crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban
en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado.
Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un
liberalismo conservador, y se les oía decir:

«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha
traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es
fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar,
no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas
seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la
Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las
nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de
nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de
él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento
de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué
falta! ¡Qué ceguera!

«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir,
á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata
á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á
la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila;
nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener
siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el
escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc,
que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos
nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de
lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo?
No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por
qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á
toda la Francia?»

De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo:
descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.

Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación
caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos
aquí nuestro bosquejo.

En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado
en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y
al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los
perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace
rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos
afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á
ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo
tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle.
Era la Francia de otros tiempos.

Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir
de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno
profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que
empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los
años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era
realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y
cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.

Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo,
religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.




                                  IV
                           =Fin del bandido=


La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la
despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós
al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo
á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del
Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella
Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y
cansino, de que hemos hablado anteriormente.

En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á
su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.

--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.

--¿Para qué?--preguntó Mario.

--Para ver á tu padre.

Mario se estremeció.

En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese
que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más
sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía
obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un
trabajo pesado.

Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido
de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus
días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que
así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era
amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.

Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand.
El abuelo añadió:

--Parece que está enfermo, y te manda llamar.

Y después de un rato de silencio añadió:

--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las
Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma
billete. Dice que corre prisa.

Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera
podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día
siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una
diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.

Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.

Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á
encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del
señor Pontmercy?...».

Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no
reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.

Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla
en la mano.

--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.

La mujer permaneció inmóvil.

--¿Está aquí?--preguntó Mario.

La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.

--¿Puedo hablarle?

La mujer hizo un signo negativo.

--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.

--Ya no os espera,--dijo la mujer.

Mario observó entonces que la mujer lloraba.

Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.

En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la
chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en
camisa y tendido sobre los ladrillos.

Éste era el coronel.

Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba
orando el otro.

El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral;
al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió
al señor Gillenormand llamando á su hijo.

El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á
Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado
del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo
no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los
ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.

Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el
cura llegaron tarde.

También había llegado tarde el hijo.

Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del
yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los
ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se
había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.

Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez;
aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no
miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los
que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos,
y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló
aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella
frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que
aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.

La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro
cualquier muerto.

Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La
criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar
también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba
igualmente.

Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de
su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.

Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación
embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para
hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.

Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar
así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!

El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el
entierro.

La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual
estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:

«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de
Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi
sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno
de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:

«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se
llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo
de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le
encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».

No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte,
que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el
papel y se lo guardó.

Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un
prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y
saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en
abrojos y maleza, y murieron.

Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del
entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes,
sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.

Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.

Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.




                                   V
         =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=


Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un
domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la
Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído
y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un
pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo
de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf,
capillero_.

En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:

--Caballero, éste es mi sitio.

Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.

Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de
distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:

--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de
distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído
impertinente, y debo daros una explicación.

--Es inútil, caballero,--dijo Mario.

--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí.
Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor.
¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por
espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre
padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo,
porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que
sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre
estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El
padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba
á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo
lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la
costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo
derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía
un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar
al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo
fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No
desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas
que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya
estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á
un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según
creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así
como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un
sablazo.

--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.

--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?

--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.

El anciano obrero juntó las manos y exclamó:

--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues
bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.

Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.

Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:

--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que
me ausente por tres días?

--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.

Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:

--¡Algún amorcillo!




                                  VI
          =Consecuencias de haber encontrado á un capillero=


Á dónde fué Mario, más adelante se verá.

Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué
directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió
la colección del _Monitor_.

Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el
_Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos,
todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera
vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran
ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á
cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H.
El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de
Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á
conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella
especie de león-cordero, que había sido su padre.

Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y
todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.

Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en
casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:

--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el
viejo:

--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una
pasión.

Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.

Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas.
Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta
la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir
estas frases paso á paso, é indicarlas todas.

Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.

El primer efecto fué un deslumbramiento.

La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces
más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre
crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de
ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de
tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de
temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just,
Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón.
No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco
fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los
actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el
Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió
á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en
dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico
restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa
impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del
pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su
conciencia que todo aquello había sido bueno.

Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera
apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí.
Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos
no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por
lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.

Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su
patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había
tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.

Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.

Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que
no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si
su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido
y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido,
cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre!
¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo!
¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de
lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus
vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan
pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de
su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á
cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave;
se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un
nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él
como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento
natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.

Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se
explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido.
Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes
cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á
quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas
ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían
rancias, se indignaba y sonreía.

De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la
rehabilitación de Napoleón.

Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin
esfuerzo.

Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido
de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones
de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar
á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había
explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres.
Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y
para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado
hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814
hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo
terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser
grotesco; desde Tiberio al Coco.

Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó
reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca
acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las
cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su
carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que
odiaba á Napoleón.

Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los
materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á
los ojos de Mario.

Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca
de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á
subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después
con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los
escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los
luminosos y espléndidos del entusiasmo.

Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba
encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana
abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á
mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!

Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer
como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces
más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es
imponente.

Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas
escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el
nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á
sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase
en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre
á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo
poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso
regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería;
de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en
las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos
después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales.
Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante.
De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza
secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de
la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso
infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!

Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el
usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus
hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador
de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo
campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta
una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El
emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien
admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo
más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo
al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso
arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis
XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación
pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es
decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus
defectos, poderoso en sus crímenes.

Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á
decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de
Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz
que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se
levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero
dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una
revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús
el Hombre-Dios.

Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una
religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba
quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una
pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable
le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la
idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es
decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo
brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.

Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por
donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo
abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al
juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria
de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.

Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes
la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había
cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió
una vuelta en redondo.

Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo
sospechase.

Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel
de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata,
de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario,
profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador
de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en
que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».

Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en
él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.

Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en
ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.

Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre,
á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado
veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho,
desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre
ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven
grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á
la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las
opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un
puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió,
los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos
de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos
estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo
del padre y al padre del hijo.

Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á
su abuelo.

Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan
sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y
con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía
era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los
exámenes, las conferencias, etc.

El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco
eso.

Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.

--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir
la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento
de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la
posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con
motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.

--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.

Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho,
algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.




                                  VII
                           =Algún amorcillo=


Hemos hablado de un lancero.

Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el
cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida
de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las
condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial.
Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y
llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario
no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.

Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía
Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes
permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita
Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo
su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un
viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había
respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando
las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La
señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando
escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta
interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de
corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un
misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente.
Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo:
y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos
receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.

Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.

Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo
acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto
á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del
Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé.
Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su
silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la
nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo
de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja,
mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver
entrar en su cuarto un lancero.

--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.

--De paso, tía.

--¡Pero, abrázame!

--¡Ya está!--dijo Teódulo.

Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.

--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?

--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.

--¡No es posible!

--Matemáticamente.

--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.

--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es
muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan
á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar
por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».

--Toma por la molestia.

Y le puso diez luises de oro en la mano.

--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un
poco el cuello con los cordones del uniforme.

--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.

--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso
especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á
propósito, tengo que preguntaros una cosa.

--¿Cuál?

--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?

--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo
de su curiosidad.

--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.

--¿Y qué?

--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he
visto su nombre en la hoja de la administración.

--¿Qué nombre?

--Mario Pontmercy.

--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como
tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!

--Como yo.

--Pero tú es por obligación, y él por desorden.

--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.

En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor.
Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y
dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:

--¿Sabes que tu primo no te conoce?

--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse
en mí.

--¿Y vais á viajar juntos?

--Él en el imperial y yo en la berlina.

--¿Adónde va esa diligencia?

--Á los Andelys.

--¿Y va allí Mario?

--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo
en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.

--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario!
¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!

--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.

--Oye, Teódulo.

--Ya oigo, tía.

--Préstame atención.

--Estoy atento...

--¿Estás?

--Estoy.

--Pues bien; Mario hace escapatorias.

--¡Eh! ¡Eh!

--Viaja.

--¡Ah! ¡Ah!

--Duerme fuera de casa.

--¡Oh! ¡Oh!

--Quisiéramos saber la causa.

Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:

--Cuestión de faldas.

Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:

--Alguna muchacha.

--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor
Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la
palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el
sobrino. Y añadió:

--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no
te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla.
Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.

Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle
conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de
sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:

--Como usted quiera, tía.

Añadiendo para sí:

--Ya estoy convertido en chaperona.

La tía Gillenormand lo abrazó.

--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la
disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y
fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una
muchachuela.

El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón
Cartouche, elogiado por su probidad.

La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin
sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que
hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó
roncando toda la noche.

Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón!
¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo
despertó.

--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.

Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su
tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los
hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.

--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el
levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también
en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á
menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta
Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á
la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué
diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?

En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció
en la vidriera de la berlina.

--¿Mario será éste?--dijo el teniente.

En efecto, era Mario.

Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una
muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:

--Flores para las señoras, caballeros.

Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su
cesta.

--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto
mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que
sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.

Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de
los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.

Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas
mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada
á su alrededor.

--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.

Mario se dirigió hacia la iglesia.

--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas
sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una
mirada pasando por encima de Dios.

Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y
desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.

--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.

Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la
vuelta Mario.

Al llegar allí, se quedó estupefacto.

Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la
yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la
fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera
negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE
PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.

La chica era una tumba.




                                 VIII
                        =Mármol contra granito=


Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París.
Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».

El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado
encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y
singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que
inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió,
pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada
algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras,
y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía,
tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido
consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores
de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes
en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo
así, una especie de resonancia en París.

Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa
de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la
diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora
de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear
más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el
cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.

El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos
fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo
con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de
abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.

Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el
octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la
buhardilla, ya Mario había salido.

La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón
negro.

--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.

Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita
Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.

La entrada fué triunfal.

El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la
otra.

--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber
lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya
tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.

En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy
semejante á un medallón.

El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla,
con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre
diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para
él.

--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se
lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso
mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan
mal gusto!...

--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más
que un papel cuidadosamente doblado.

--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que
es; ¡un billete amoroso!

--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.

Desdoblaron el papel y leyeron esto:

--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de
Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi
sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno
de él».

Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se
quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una
palabra.

Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:

--Es la letra de aquel acuchillador.

La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de
nuevo en la cajita.

En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito
oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió,
y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.

Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario
de Pontmercy._

El viejo llamó, y acudió Nicolasita.

Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en
medio de la sala, y dijo:

--Llévate esos arreos.

Pasó una hora larga de profundo silencio.

El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro,
pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la
hora, dijo la tía Gillenormand:

--¡Magnífico!

Algunos minutos después apareció Mario.

Estaba de vuelta.

Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo
que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con
su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:

--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué
quiere decir esto?

Mario ruborizándose ligeramente, respondió:

--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.

Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:

--Tu padre soy yo.

--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un
hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á
la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido
hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla;
de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en
el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte
heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió
en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país
y á mí.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra
_República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido
repentinamente.

Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho
en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de
fragua sobre un tizón ardiente.

De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á
resplandeciente.

--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu
padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es
que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos
son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos!
¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno!
¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron
todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de
Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á
su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los
ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de
ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.

Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de
pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote
que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un
pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales
cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de
ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su
abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?

Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su
padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.

Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro
de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su
abuelo, gritó con voz tonante:

--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era
indiferente.

El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco
superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque
de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente
con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en
silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea,
atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una
estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija,
que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo
sonriéndose, con una sonrisa casi serena:

--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden
continuar bajo un mismo techo.

Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente
ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo
hacia Mario gritándole:

--¡Vete!

Mario dejó la casa.

Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:

--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y
nunca más volváis á hablarme de él.

Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en
qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de
tres meses.

Mario, por su parte, había salido indignado.

Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación.
Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas
domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los
verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo
los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin
repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era
obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito
por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y
Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día
no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el
testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por
el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal
desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada,
todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?

Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en
el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un
coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el
barrio latino.

¿Qué iba á ser de Mario?


                                NOTAS:

[13] _pendu_, ahorcado.




                             LIBRO CUARTO
                         LOS AMIGOS DEL A B C


                                   I
     =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=


En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta
calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades
de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase,
estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio
movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha
igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que
debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en
demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada
con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí
resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á
Napoleón y á la libertad.

Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel
tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano,
variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el
liberalismo bonapartista.

Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio;
ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se
entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma
rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en
los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la
meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir.
La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.

Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio
amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso,
signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza
en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las
insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.

No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones
subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano;
pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras.
La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras
afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.

¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por
objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el
mejoramiento de los hombres.

Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le
quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque
estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el
_Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército;
dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_
como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc.

Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión;
casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir
héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una
taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del
Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café
Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba
en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en
una sala interior del café Musain.

Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un
largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta,
que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y
se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.

En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de
la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de
policía.

La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial
inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que
pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre,
Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly,
Grantaire.

Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad.
Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.

Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades
invisibles que están detrás de nosotros.

Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más
hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de
que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.

Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá
después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible,
y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver
la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en
alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la
tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa.
Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente;
era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado
de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote
de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados,
el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente
espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un
horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del
pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad
excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes
horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós
años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese
en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el
derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino
hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.

Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los
pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que
á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían
para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo
que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de
mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la
vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado.
¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado!
Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de
Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio,
aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos
ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento,
aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos
dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y
tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada
sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y
enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el
querubín formidable de Ezequiel.

Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución,
Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía
de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar
á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última
consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba
á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en
los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución,
decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría
á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de
Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era
más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho
divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con
Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más
que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos
dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el
otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y
_Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era
tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la
palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana
hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los
teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización
de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire
había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de
la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la
otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que
era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón
con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que
encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa
_bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la
Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera
los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la
colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos
del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de
educación.

Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del
nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la
circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en
la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la
estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos
llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales,
las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de
nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio,
purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo
«hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños:
como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones
quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo
eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban
poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano
por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los
que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las
posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear
con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz
de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y
atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la
enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para
ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos;
y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un
incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se
ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho
mejor el alba.

Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de
lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con
la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La
precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un
93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque
veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la
espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago
de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.

Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados
de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras
revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso,
al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero
irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría
arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir
con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución
de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de
continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en
mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos,
llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste
en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y
Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel
de alas de cisne del ángel con alas de águila.

Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba
Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y
profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de
la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de
flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía
de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza
el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado
una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente
delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición,
y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía
lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto
se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el
griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro
poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille
á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la
ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba
casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía
tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios;
estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales:
el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la
libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la
miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición,
el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por
la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás,
era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba
los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se
sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.

Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que
ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un
pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á
lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer
y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el
corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había
hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.

Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que
hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con
la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos
_la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la
historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel
cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él
representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la
Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres,
á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La
Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria
sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la
gran violencia de 1772 le sublevaba.

La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era
elocuente con esa elocuencia.

Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772,
del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen
de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas
esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer
sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de
bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la
repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos
corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni
un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y
rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina
el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El
congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772
es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.

Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella
le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de
eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como
Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor
en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y
flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia
vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste
siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas
no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se
borra la de un pañuelo.

Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de
las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de
aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es
que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media
del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía
obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin;
el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque,
Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no
quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.

Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á
decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.

Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría
llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde
después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies
al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.

Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones
sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele
de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo
que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac
en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac
era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la
diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que
existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés
se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.

Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los
otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de
un centro, la redondez y la irradiación.

Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con
motivo del entierro del joven Lallemand.

Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo,
maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia,
atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda
encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de
_escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto
como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser
una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á
desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el
efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al
tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa:
_abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía
un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de
Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita,
pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones
higiénicas.

Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano
señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para
canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en
no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al
año.

Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el
respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos;
por eso tienen entendimiento».

Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los
demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar.
El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la
ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento
penetrante, y pensador más de lo que parecía.

Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía
informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.

Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.

El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado
á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en
1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le
presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una
administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).

El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el
nombre escrito así: _Lesgle_.

Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo
sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis
antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este
mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle,
y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y
por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si
por inadvertencia ó á propósito.

El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se
firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban
Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de
esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_.

Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su
especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía
de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido
comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa
como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le
había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.

En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo
aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida,
le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de
ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas
se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa
prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los
reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo
de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último
céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba
en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba
cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad
hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala
suerte!» le decía.

Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva,
abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer
despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien
francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio
de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las
botas_».

Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado;
estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces
ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más
frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que
Bossuet.

Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido
estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los
veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la
lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y
ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al
Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la
sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad,
se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía.
Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen
humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico
y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas,
llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.

Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón,
lo cual es indicio de espíritu sagaz.

Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse
en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.

Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos,
llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus
padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas,
doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran
jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su
pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión
alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.

Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.

En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos
espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba
allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se
firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se
guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían
aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el
del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había
buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del
Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes
pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo
blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo;
además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato,
lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era
además desmesuradamente feo.

La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy,
indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es
imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba
tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo
quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía
generalmente solicitado.

Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre,
contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad,
civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi
completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa
carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en
la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que
una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios
en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo
de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado
con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca
que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con
frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin
cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del
«Viva Enrique IV».

No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era
ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre:
Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién
se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus
absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por
las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un
escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley
de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta;
nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el
sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á
los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía
en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin
explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza
casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba
instintivamente á su contrario.

Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se
adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se
apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien.
Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles.
Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía
pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la
amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción;
pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser
el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y
Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición
de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se
escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece;
es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de
estos hombres; era el revés de Enjolrás.

Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del
alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.

Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.

Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo
de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su
placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores
del vino. Le toleraban por su buen humor.

Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este
borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire
era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás,
rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás:
¡Qué hermoso mármol!


                                  II
               =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=


Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con
los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba
sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain.
Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo
más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar
recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de
los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance
que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que
modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por
otra parte, bastante vagos.

La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que
medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie
de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de
dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién
pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba
dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado
saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito
con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.

Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al
joven del cabriolé:

--¡Señor Mario Pontmercy!

El cabriolé interpelado se detuvo.

El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.

--¡Eh!--dijo.

--¿Sois el señor Mario Pontmercy?

--Sin duda.

--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.

--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía
de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto
nunca.--No os conozco.

--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.

Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una
broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para
ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux,
imperturbable, prosiguió:

--¿No estabais anteayer en la cátedra?

--Es posible.

--Es cierto.

--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.

--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya
comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba
pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en
tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta
francos perdidos.

Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:

--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz
muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los
que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no
escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba
mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente.
Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás
ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie
responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario
Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije
rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista.
Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen
discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño
pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno
de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler
por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace
novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que
quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera
Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra
pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y
repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_
Y esto hizo que no se os tildara.

--¡Caballero!...--dijo Mario.

--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.

--No os entiendo,--dijo Mario.

Laigle continuó:

--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder,
y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta
fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de
que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de
Meaux, y me llamo Lesgle.

--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!

--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita:
_¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la
benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es
Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era
muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.

Mario exclamó:

--¡Siento muchísimo!...

--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas
frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había
mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su
rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_.
Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la
disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la
lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante.
Dios le borró como él me borró á mí.

Mario repitió:

--Siento mucho...

--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más
puntual en lo sucesivo.

--Os pido mil perdones....

--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.

--Lo siento en verdad...

Laigle soltó una carcajada.

--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me
salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni
atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que
me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros
solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?

--En este cabriolé,--dijo Mario.

--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién.
Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.

En este momento salía Courfeyrac del café.

Mario sonrió tristemente.

--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo
luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.

--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.

--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.

--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.

--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el
Águila).

--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.

Courfeyrac subió al cabriolé.

--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.

Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la
fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.




                                  III
                        =Admiraciones de Mario=


En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la
época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario,
junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él.
Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la
expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.

Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía
charlatana. Se les mira y conoce desde luego.

Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:

--Á propósito: ¿tenéis opinión política?

--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.

--¿Qué sois?

--Demócrata bonapartista.

--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.

Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain,
murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución.
Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus
camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no
comprendió: un discípulo.

Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque
silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.

Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte,
por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella
bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le
llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso
vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus
ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se
llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas.
Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de
religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y
como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar
el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre,
había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer
con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El
prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse.
Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro
batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.

Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía,
en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu
tímido todavía.

Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de
tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia
favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo
Combeferre replicaba:

--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos
en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su
razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan
el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la
creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que
no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un
grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la
volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia
clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.

Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo
Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.

Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle
Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en
ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se
componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna
criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.

Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:

--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus
hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.

Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador.
Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás
decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._

Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._




                                  IV
                  =La sala interior del café Musain=


Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las
cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un
verdadero sacudimiento en su espíritu.

Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos
los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El
quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de
otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se
callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre
camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello
tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos
á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los
cuatro extremos.

Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no
fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en
cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».

Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había
apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:

--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de
Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela
de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la
vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa
que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se
cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La
felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El
Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre
que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo,
se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras
grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un
saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario,
un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un
jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene
derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías;
el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno
y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la
dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan
con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II
hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el
cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de
las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino
del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena
hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando
de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul.
Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas;
pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era
discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo
robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á
mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras
perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un
defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la
prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á
fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto
de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César
ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató.
Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes
hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba
enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor
griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de
amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en
sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de
acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La
Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro.
La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y
el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy
poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer;
la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna
cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista,
¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito,
incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto,
desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte?
¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los
atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción,
como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto
de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El
hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el
gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en
los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de
Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio
en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato?
Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria.
Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia?
¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi
opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene
un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es
capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross,
mueren anualmente cien personas de hambre.

Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una
inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para
Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan?
Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el
_Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_,
¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos
extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba
la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras,
un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados
de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un
Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes,
muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el
palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de
insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación
del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y
generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del
ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo
de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale
más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué
os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis
mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias
complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel,
hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo:
¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo
más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres
más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan
reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París,
hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser
trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis
saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las
más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones,
bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de
traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo
soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto,
y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos
Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos
días.

Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en
su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo
más que _bebido_.

Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero
Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:

--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto
tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te
dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga!
el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el
hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es
una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable.
_Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía,
con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la
boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe
Dios de dónde está el diablo!

--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un
punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en
una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:

--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar
por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre
de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un
equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada
uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis,
arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é
hipotecables...

--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.

Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel,
un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba
bosquejando un vaudeville.

Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos
cabezas trabajadoras:

--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se
encuentra el asunto.

--Es verdad; dicta: ya escribo,

--¿Señor Dorimón?

--¿Rentista?

--Naturalmente.

--Su hija Celestina.

--...tina. ¿Y luego?

--¿El coronel Sainval?

--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.

Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que
aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo.
Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le
explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.

--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce
el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista;
presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.

En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al
dominó, y hablando de amores.

--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.

--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas
hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres
quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces
parece caso de conciencia.

--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!

--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa
alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas
fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo,
pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí
la paz.

--La paz es la satisfacción de la digestión.

--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes
á quién aludo?

--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.

--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.

--¡Ah!

--Yo en tu lugar la plantaba.

--Esto es muy fácil de decir.

--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?

--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies
pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos
más gitanos. ¡Me tiene loco!

--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y
producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de
cuero, de lana. Esto da carácter.

--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.

En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana
disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan
Prouvaire por romanticismo.

Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una
vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su
entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.

--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal
vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses
son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal
como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan
de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las
apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía,
para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan
no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces,
tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que
para algo está en la cascada de Pissevache.

En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta
otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba
con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de
la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía,
mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.

--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde
el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito.
No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir
Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras
de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos
millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760,
según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce
mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta
otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición,
dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente
la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las
ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y
mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los
principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional.
Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey
al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de
la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta.
Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un
pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el
derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!

Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la
irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la
desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama;
Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis
XVIII, limitándose á decir:

--La Carta metamorfoseada en llama.

Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa
llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno
y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos
del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil
encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una
especie de alegre bombardeo.




                                   V
                      =Dilatación del horizonte=


El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable
particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar
el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La
carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los
impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada
uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado.
Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la
perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales
conversaciones.

Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de
palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que
se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet,
Combeferre y Courfeyrac.

¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que
quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la
oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet
terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:

--18 de junio de 1815: Waterloo.

Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca
de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar
fijamente al auditorio.

--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso
en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca.
Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario
detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad
significativa de que el principio es pisoteado por el fin.

Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el
silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:

--Tú quieres decir el crimen por la expiación.

Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario,
muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.

Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba
de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito
separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:

--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.

Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que
iba á empezar algo.

Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud
de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.

Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar
el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:

--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es
grande porque es Francia. _Quia nominor leo._

Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse
hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del
extremecimiento de sus entrañas:

--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla
asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre
vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes
somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo
decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto
que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os
creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué
admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no
consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?

«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo
de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba
como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el
rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son
Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma;
dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides;
en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de
Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con
Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los
otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos,
como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear
unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le
impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su
hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los
ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían
los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes
gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los
reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de
la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en
la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus
dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el
arcángel de la guerra!».

Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce
siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua.
Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:

--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo,
ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y
asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar
y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus
granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á
paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en
el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á
César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas
vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por
despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz
palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole,
Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de
los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés
por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el
gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así
como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar,
fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza
de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes;
conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es
sublime. ¿Hay algo más grande?

--Ser libre,--dijo Combeferre.

Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó
como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse
dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí.
Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de
salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.

La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba
gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas,
no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á
traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando
se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y
he aquí lo que cantaba:

          Si César me hubiera dado
          La gloria de las batallas,
          Obligándome á dejarle
          El cariño de mi madre,
          Le hubiera dicho al gran César:
          Recoge el cetro y el carro,
          Que yo prefiero mi gusto,
          Como prefiero á mi madre.

El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción
cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió
casi maquinalmente: ¡Mi madre!...

En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.

--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.




                                  VI
                             =Res augusta=


Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad
triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en
el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de
trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del
fruto, vienen más tarde.

Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía
rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no
quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos
religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la
otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de
murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera
luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía
de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado
irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante,
sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de
haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar
otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas
las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su
alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos;
temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente
aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al
café Musain.

En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles
serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan
olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.

Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:

--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.

--Sí.

--Pues me hace falta dinero.

--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que
hablarle,--dijo Mario.

Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.

Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que
estaba como solo en el mundo y sin parientes.

--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.

--No lo sé,--respondió Mario.

--¿Qué pensáis hacer?

--No lo sé.

--¿Tenéis dinero?

--Quince francos.

--¿Queréis que os preste?

--Jamás.

--¿Tenéis ropa?

--Ésta.

--¿Y alhajas?

--Un reloj.

--¿De plata?

--De oro. Éste.

--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.

--Corriente.

--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.

--Y las botas.

--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!

--Tendré bastante.

--Conozco un relojero que os comprará el reloj.

--Bueno.

--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?

--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.

--¿Sabéis inglés?

--No.

--¿Sabéis alemán?

--No.

--Tanto peor.

--¿Por qué?

--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de
enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó
ingleses. Lo paga mal, pero se vive.

--Aprenderé el inglés y el alemán.

--¿Y entretanto?

--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.

Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.

Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos
el reloj.

--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en
la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.

--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.

--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.

El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía
á setenta francos.

--Me quedan diez francos,--dijo Mario.

--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras
aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto
será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos
muy lentamente.

En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en
los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.

Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de
su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro,
en una cajita cerrada.

Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta
muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia
suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le
quedaban tres francos.

La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de
acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca
de aquel bebedor de sangre?

Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer
deudas.


                                NOTAS:

[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.




                             LIBRO QUINTO
                      EXCELENCIA DE LA DESGRACIA


                                   I
                           =Mario indigente=


La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no
era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se
llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin
pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo,
porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero
viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra
cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del
portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las
humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase
aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á
tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo.
En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad
de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque
andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la
juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una
vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta
vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y
admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes;
crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en
un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay
valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la
sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia.
Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna
fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el
aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen
sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes
ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la
miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez
engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la
altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable
cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la
tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del
crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba
furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se
veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas
cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo
el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba
el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un
profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la
carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó
siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre
dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que
asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el
tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó
nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió
constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución
que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro;
pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac;
pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién
había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le
volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró
con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde:
Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual
hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto,
lo hacía con las tinieblas de la noche.

Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado.
Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y
donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y
completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca
exigida por los reglamentos.

Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.

Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de
una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand
tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro
pedazos y la arrojó al cesto.

Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que
estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía
siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:

--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo
abogado y barón.




                                  II
                             =Mario pobre=


Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por
tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de
cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo
arregló Mario Pontmercy su existencia.

Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante
de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad,
había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales.
Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le
había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la
literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos,
traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.;
producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos
vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.

Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de
treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde
no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles
eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina,
para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco
de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con
este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro
sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la
tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau,
frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins.
No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media
ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente,
por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á
vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada
majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y
todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le
devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos
tenía comida y sonrisa.

El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y
tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.

Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau
el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por
diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es,
en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta
de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos
menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba
alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la
ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total
no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban
cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á
un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En
cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le
había «suprimido».

Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los
días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más
que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la
lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre
rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.

Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años:
años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero
Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia
de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase
testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En
su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á
decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más
que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede
abofetearla.

Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos
días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone
cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma,
vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en
otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora
rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer
retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era
tímido hasta la aspereza.

En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por
una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y
hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener
su jaula.

Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el
corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento
entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á
quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido
sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la
metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del
recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era
una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel,
y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su
agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y
abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina
y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes
esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel
tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.

Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy,
en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado
sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus
ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle
ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también,
con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber
conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco
acierto de sus pesquisas.

Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra
en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo
en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y
de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le
debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle
en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la
vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto,
Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su
sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No
me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal
era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.




                                  III
                            =Mario crecido=


En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado
á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos
términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado,
volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría
llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el
abuelo Gillenormand era la olla de hierro.

Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón
de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había
tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño,
que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le
profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo
de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no
aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya
hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario.
Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de
cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro
vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por
lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que
volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel
setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los
años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre
no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo,
y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar
del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su
blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no.
Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen
tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también
es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario
había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido
dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por
él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en
el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su
alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera,
y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento
dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas
veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!

En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era
para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado
por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella
probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del
señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar
nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención
que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso
importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le
ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba
triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El
señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».

Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como
á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la
amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero
se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo
para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera
indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y
por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le
satisfacía y le agradaba.

Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una
expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde,
por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que
no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos
y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez
comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio
de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la
indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era
sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras:
_será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su
pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su
corazón.

Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un
niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria,
repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando
acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el
de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia
la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material
en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos
inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien
distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la
caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás;
ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más
altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su
pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar.
Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el
espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que
sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad,
que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios.
Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.

Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que
medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo
y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la
naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las
almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia,
á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á
medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra
parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca
miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza,
su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa,
sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus
dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo,
aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el
sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere
gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los
éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies
en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á
veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce,
pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo;
bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos
ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace
digno.

Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo,
se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación.
Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se
había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo
del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días
enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las
mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había
planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo
posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al
trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la
vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer
de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las
formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras
necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.

Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no
podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las
inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.

En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el
señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el
abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con
los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba.
¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo
de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro,
trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.

Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel,
le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo
regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil
quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar
asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de
Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo;
ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y
bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así
como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.

Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer
extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había
entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían
quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente
cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más.
Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor
Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la
revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por
haber conocido y amado á su padre.

_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.

Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.

Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente
tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por
casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él
había sido la vela, no el cualquiera.

En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era
incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.

Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que
digamos sobre él algunas palabras.




                                  IV
                           =El señor Mabeuf=


El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las
opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo.
Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas
todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo
modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas,
las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del
señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre
todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_,
sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni
realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista:
era _bouquiniste_[15].

No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por
tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía,
la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo,
de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros
en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho
de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico
no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre
el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las
flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir
peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas
combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan
célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba
á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del
semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y
silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser
algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo
demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á
una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había
cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó
alguien:

--¿Pero no habéis estado casado nunca?

--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no
le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el
lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose
en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota
en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el
reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito
y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas
iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía
por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle
Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos
al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había
tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y
de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos
géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre
volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso
bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos
herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un
sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado
á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago
regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de
dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo,
risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después
de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un
librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran
ideal la aclimatación del añil en Francia.

Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja
era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere
de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba
perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus
pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá
de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus
papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de
misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama
vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf
la llamaba _la tía Plutarco_.

Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y
agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud
amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario
estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y
había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y
éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.

Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como
cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para
el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma
de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su
hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis
en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de
venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_
se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un
comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la
campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones
de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus
libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse
en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un
trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín
costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos
de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou,
y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras
y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie
de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año
tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó
de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en
esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos
para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto
del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y
pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya
tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran
admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á
decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por
una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor
frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente
sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta
lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése
razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden,
se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es
verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son
extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son
la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor,
todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor
Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero
profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un
péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho
tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se
detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco
costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un
día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto;
leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es
afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y
que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las
manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un
oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es
verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba
llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas
muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre.
Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro
ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.


                                   V
                  =Pobreza muy próxima á la miseria=


Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente
cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas
sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á
Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los
boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas
menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del
día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre
el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes
le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una
fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando
sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y
habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No
se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron,
cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había
rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de
hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde
Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en
los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario
se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales
bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche,
y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos
de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por
todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros
más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las
botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando.
La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución
de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era,
pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas
opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía
ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por
el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre
la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se
dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un
poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que
un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de
meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas
de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin
nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo
lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de
la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al
cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los
castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado
fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de
Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En
efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de
otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su
imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en
el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva,
aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada
sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma,
que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores
del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas
y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre.
Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual
sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario
le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable
familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa,
apenas sabía que tuviese vecinos.

--¿Y por qué los despiden?--preguntó.

--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

--¿Y cuánto es?

--Veinte francos,--dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por
esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.


                                  VI
                            =El sustituto=

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése
de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una
segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer
vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á
Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga
necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de
aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar
otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á
veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma
un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la
Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo
encontrar, porque se trataba de su favorito:

--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

--¿Qué Teódulo?

--Vuestro sobrino.

--¡Ah!--dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un
Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le
sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era
de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno
de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces,
esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina
debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar».
Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de
la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra
y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la
plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se
necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los
demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo
vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido
por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento:
«El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien
vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

--Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

--Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó
con cierta timidez:

--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo
involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de
paisano.

--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á
pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos,
hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los
dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón!
¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando!
¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar
mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que
vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería
ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á
las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién
van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto
todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá
allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y
los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía:
¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras,
imbécil. Éstos son los republicanos.

--Es verdad,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse
carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano.
En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque
tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los
habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que
el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre
Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la
guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa
por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el
aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un
veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un
verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es
lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de
decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que
el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es
_Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en
francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son
las barbaridades de estos tiempos!

--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres?
¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer
vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de
ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant!
Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para
estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor
de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las
piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes
del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez;
repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos,
chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo,
botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno
servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta
muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente
prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden
la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la
legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero
en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican
el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de
las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública!
¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive
Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos,
y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia
Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el
de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz
adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son
menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos,
haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar!
Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable
globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo
proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer
periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y
el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y
el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los
periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué
en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás
vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

--Es evidente,--dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento,
el lancero añadió magistralmente:

--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que
el _Anuario militar_.

Gillenormand prosiguió:

--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque
siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano
para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde,
en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El
filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas
caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del
gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el
muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas,
con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos
de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso
es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un
crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia
virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que
seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque
fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad
y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores
míos.

--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había
empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y
dijo:

--Sois un imbécil.


                                NOTAS:

[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.

[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como
_Bouddha_, el dios Buda.




                              LIBRO SEXTO
                    LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS


                                   I
            =El apodo: manera de formar nombres de familia=


Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura,
cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas
de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y
sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un
mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas
eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura
germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y
Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan
fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza
leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que
la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales
proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave,
tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser
sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas.
Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus
dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad
de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste
aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los
ojos y grande la mirada.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se
volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se
ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje
raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia,
y que no faltaba alguna que soñase en ella.

Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le
había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que
huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como
decía Courfeyrac.

Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban
(ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).

--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más
á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza
de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.

Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor
abate.

Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario
estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á
todo trance no encontrarse con Courfeyrac.

Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario
no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es
que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que
eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y
de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba,
Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía
frecuentemente, pero sin mirarla nunca.

Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda
desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un
hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el
mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de
la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en
los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella
calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja.
El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda
su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares
retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho:
es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca
fijaba su mirada en la mirada de nadie.

Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas
alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de
cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa.
Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo
aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.

La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él
en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece
ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida,
insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los
tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible.
Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de
convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario.
Parecían ser padre é hija.

Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía
un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después
no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que
ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é
indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba
poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable
ternura paternal.

Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por
aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los
días.

Véase lo que pasaba.

Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á
su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja;
después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde
había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó
seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana,
sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran
llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque
parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían
llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de
cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de
sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que
pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole
fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido
como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole
chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo,
llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor
_Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é
ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las
veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el
señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por
lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor
facilidad del relato.

Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora
durante el primer año.

El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.




                                  II
                            =Lux facta est=


El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que
ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el
Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de
seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió
allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se
suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón
todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía
al través de la enramada.

Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de
la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja.
Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo
el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la
sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas
de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las
gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo
puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables
cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que
parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido;
una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma
exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como
una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre
una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que
nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella,
era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz
parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es,
á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.

Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía
constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color
castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre
de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella
fresca sonrisa con los ojos bajos.

En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo
hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le
llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención,
conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer;
he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento
en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á
rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al
día siguiente.

Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como
bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores,
seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril
había llegado.

Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen
despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer
gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas
y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á
cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de
merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se
había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era
una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin
afectaciones de ninguna especie.

Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela
y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la
forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una
sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado
pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de
juventud procedente de su tocado.

El hombre, seguía siendo el mismo.

La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los
párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul
velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con
indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando
á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su
sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el
paseo, pensando en otras cosas.

Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven,
pero sin volver nunca los ojos para verla.

Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como
de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en
ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que
había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella
estaba; porque era ésta su costumbre.




                                  III
                         =Efecto de primavera=


Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra
y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la
mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los
castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada
pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los
ojos, y sus dos miradas se encontraron.

¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera
podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago
extraño.

Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.

Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña;
era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego
bruscamente.

Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que
se encuentra allí!

Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma,
es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante
y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella
inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables,
compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión
del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por
casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar
suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es
una virgen que mira como una mujer.

Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que
caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores
se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más
aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder
de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de
perfumes y venenos, que se llama amor.

Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus
vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la
inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo
con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto
por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro
emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los
codos.




                                  IV
                 =Principio de una grande enfermedad=


Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su
frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas.
Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso,
y se fué al Luxemburgo.

En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac,
al volver á su casa, dijo á sus amigos:

--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario,
y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era
completamente estúpido.

Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los
cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía
la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera.
Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen
prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía:
evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo
y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía
otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda»
lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo
obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de
todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.

Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al
señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró
por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta
complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al
banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de
conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir:
Aníbal marchaba sobre Roma.

Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones
habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido
interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del
bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen
compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen
como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y
sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al
acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus
ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz
azulada toda la extremidad de la alameda.

Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo
á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la
alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero
es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni
aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas
pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con
su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena
apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.

Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un
poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de
árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y
vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo,
hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó
avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso
y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la
derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del
frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza,
sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera,
su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz
inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy
hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella
dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy
yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de
Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al
frente de su edición del _Gil Blas_.

Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy
próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda
joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le
era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto
de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.

No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la
calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo
á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de
su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona
cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente
insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.

Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de
nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una
aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.

Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que
aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría
reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña
su asiduidad.

Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á
aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de
Leblanc.

Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos
en la arena con una varita que tenía en la mano.

Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor
Leblanc y de su hija, marchándose á casa.

Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de
ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah!
exclamó, y comióse un pedazo de pan.

No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle
doblado cuidadosamente.




                                   V
                =Caen varios rayos sobre la tía Bougón=


Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la
portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en
realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el
tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos,
observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido
nuevo.

Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de
la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo
distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la
claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que
se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor
Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la
verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después,
cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido
aquella tarde.

Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada
nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días
seguidos!-exclamó la portera.

Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos;
era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo.
Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi
asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay
valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á
las gentes!

Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el
señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un
libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en
su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los
bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.

Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear,
sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué,
luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su
vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la
operación.

Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación
que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción
que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era
alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que
en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar
de ser admirable.




                                  VI
                             =Aprisionado=


Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de
costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto,
del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se
estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.

El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado
el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del
paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo
y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío!
pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente.
En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban
avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo
habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba.
¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta
calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera
querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración.
Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase
que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme
este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban
enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró
fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario
de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado
tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene».
Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de
abismos.

Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado;
¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que
nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una
belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al
Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo
estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.

Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.

La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso
á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se
riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las
niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.

Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.

Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á
comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario
comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los
postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha
hecho Audry de Puyraveau!

Estaba perdidamente enamorado.

Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron
á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de
San Alberto_.

Mario se divirtió muchísimo.

Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del
teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un
arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi
colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle.

Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el
café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera.
Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que
aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á
abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron.
Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había
hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la
cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y
vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió
la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una
condecoración.

--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.

--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.

Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora
violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.

Una mirada había causado todo aquello.

Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada
hay más sencillo. Una mirada es una chispa.

La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en
lo desconocido.

La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en
la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días
tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en
que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se
sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó.
La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.

Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera
de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción
que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda
la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas
misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos
á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura
en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro
porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una
criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa
máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la
pasión.




                                  VII
            =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=


El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la
inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana
y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el
éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario
para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por
su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda
religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer
término, y vino el amor.

Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al
Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de
servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad
que la joven le miraba.

Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no
pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al
instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente
no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de
los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo
profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo
menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía
inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco
cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos,
tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual,
por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador.
Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el
hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos
rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial
maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee
desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada
al otro.

Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado
por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba
prosiguiendo el paseo.

Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto
de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario
les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa
falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y
á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo;
entonces Mario se marchaba. Otra falta.

Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había
pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor
iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido
una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las
tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había
hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de
abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco,
fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él
con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario
no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre,
ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía;
adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar
conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó.
¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su
corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios
para dormirse.

--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.

Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del
bolsillo.

Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el
Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón.
La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo
manifestaba por medio de señas imperceptibles.

--¡Oh pudor!--decía Mario.




                                 VIII
               =Hasta los inválidos pueden ser felices=


Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos,
debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis,
experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué
uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y
pasear por la alameda.

Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y
la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de
Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una
manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.

De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras,
encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo
desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en
un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los
faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido
más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga,
dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita.
Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.

La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto
encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la
alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera
habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa
de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un
culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el
Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía
celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón
humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de
la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de
aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable;
la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría
causado mayor placer.

Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda,
volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde
se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y
feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas,
con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».

Éste fué «su primer disgusto».

Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando
una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y
encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la
pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de
San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme
sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó
notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le
pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había
dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad
cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan
contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna
de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba
ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al
inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra
«Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar;
pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante
tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo
demás, la pasión crecía, llegando á la locura.




                                  IX
                               =Eclipse=


Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que
ella se llamaba Úrsula.

Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido
mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella
felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.

Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del
Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo
cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa:
siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos
frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia.
Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo,
la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se
llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de
mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.

Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego
que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos
y preguntó muy resuelto al portero:

--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?

--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.

Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á
Mario.

--¿Interior ó exterior?--preguntó.

--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.

--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.

--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo,
que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.

--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.

El portero alzó la cabeza, y dijo:

--¿Sois acaso de la policía?

Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.

--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y
que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.

Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo
cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando
se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía
acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo
pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral,
se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al
Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.

Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del
tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la
luz.

Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la
tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas.
Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni
período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor
al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija
no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes
conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día.
Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los
cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el
corazón.

Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en
ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es
ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce,
hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras
del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.

Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni
había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie
en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.

No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso
estaba completamente á oscuras.

Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:

--¿El señor del piso tercero?

--Ha desocupado,--contestó el portero.

Mario vaciló, y preguntó débilmente:

--¿Desde cuándo?

--Desde ayer.

--¿Adónde ha ido á parar?

--No lo sé.

--¿No ha dejado su nueva dirección?

--No.

Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:

--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de
policía?


                         FIN DEL TOMO PRIMERO





*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MISERABLES - TOMO 1 (DE 2) ***


    

Updated editions will replace the previous one—the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for an eBook, except by following
the terms of the trademark license, including paying royalties for use
of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
copies of this eBook, complying with the trademark license is very
easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
of derivative works, reports, performances and research. Project
Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away—you may
do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
license, especially commercial redistribution.


START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE

PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase “Project
Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg™ License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™
electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person
or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg™ electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg™ electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg™
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (“the
Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg™ electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg™ mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg™
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg™ name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg™ License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg™ work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country other than the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg™ License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg™ work (any work
on which the phrase “Project Gutenberg” appears, or with which the
phrase “Project Gutenberg” is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

    This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
    other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
    whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
    of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
    at www.gutenberg.org. If you
    are not located in the United States, you will have to check the laws
    of the country where you are located before using this eBook.
  
1.E.2. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase “Project
Gutenberg” associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg™
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg™ License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg™
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg™.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg™ License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg™ work in a format
other than “Plain Vanilla ASCII” or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg™ website
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original “Plain
Vanilla ASCII” or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg™ License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg™ works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg™ electronic works
provided that:

    • You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
        the use of Project Gutenberg™ works calculated using the method
        you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
        to the owner of the Project Gutenberg™ trademark, but he has
        agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
        within 60 days following each date on which you prepare (or are
        legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
        payments should be clearly marked as such and sent to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
        Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg
        Literary Archive Foundation.”
    
    • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
        you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
        does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™
        License. You must require such a user to return or destroy all
        copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
        all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™
        works.
    
    • You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
        any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
        electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
        receipt of the work.
    
    • You comply with all other terms of this agreement for free
        distribution of Project Gutenberg™ works.
    

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set
forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg™ collection. Despite these efforts, Project Gutenberg™
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right
of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg™
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™

Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg™ and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West,
Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our website which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org.

This website includes information about Project Gutenberg™,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.