The Project Gutenberg eBook of A los pies de Venus (los Borgia)
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this ebook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: A los pies de Venus (los Borgia)
novela
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: December 29, 2025 [eBook #77561]
Language: Spanish
Original publication: Valencia: Prometeo, 1926
Credits: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK A LOS PIES DE VENUS (LOS BORGIA) ***
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
A LOS PIES
DE VENUS
(LOS BORGIA)
NOVELA
30.000 EJEMPLARES
PROMETEO
Germanías, 33.--VALENCIA
(Published in Spain)
ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1926, by V. Blasco Ibáñez.
A LOS PIES DE VENUS[1]
PARTE PRIMERA
EL ÚLTIMO CRUZADO
I
Las dichas y contrariedades del caballero Tannhäuser en la Venusberg
Al mirar distraídamente la fecha de los periódicos recién llegados de
París, sintió por primera vez Claudio Borja la existencia del tiempo.
Hasta entonces había llevado una vida irreal, libre de la esclavitud de
las horas y las imposiciones del espacio. Todos los días eran iguales
para él. No vivía, se deslizaba con suavidad por un declive dulce, sin
altibajos ni sacudidas. El día presente era tan bello como el anterior,
y sin duda resultaría igual el próximo mañana. Sólo al recordarle la
fecha de los diarios otra fecha idéntica guardada en su memoria, hizo un
cálculo del tiempo transcurrido durante esta dulce inercia, únicamente
comparable á la de los seres que en los cuentos árabes quedan inmóviles,
dentro de ciudades encantadas, paralizados por un conjuro mágico.
¡Un año!... Iba ya transcurrido un año desde aquel suceso que dividía
su existencia, como los hechos trascendentales parten la Historia,
sirviendo de cabecera á una nueva época. Recordaba su sorpresa en el
ruinoso castillo papal de Peñíscola, próximo al Mediterráneo, ante la
aparición inesperada de Rosaura Salcedo. La hermosa viuda venía á
buscarle sin saber por qué, creyendo obrar así por aburrimiento, y
moviéndose en realidad á impulsos de un amoroso instinto, aún no
definido, que pugnaba por adquirir forma. Luego veía la tempestad,
llamada por él «providencial», el refugio de los dos en un huerto de
naranjos próximo á Castellón, la noche pasada en la vivienda de una
campesina, que los tomaba por esposos.
Nunca volvería á ver esta pobre casa, y sin embargo, se alzaba en su
recuerdo más grande y majestuosa que todos los edificios históricos
admirados en sus viajes. Tenía olvidado el nombre de aquella humilde
mujer que facilitó, sin saberlo, la aproximación de ellos dos; pero su
imagen persistía en su memoria, con el resplandor dulce y atractivo que
envuelve á los grandes favorecedores de nuestro pasado.
A partir de aquella noche, el mundo cambiaba para Borja. Tal vez seres y
cosas continuaban lo mismo; pero él era otro, viendo transformadas las
condiciones de su vida, encontrando un nuevo encanto á lo que antes
consideraba monótono y ordinario.
Había descubierto, como todos los enamorados satisfechos de su
felicidad, que nuestra existencia tiene más poesía que nos imaginamos en
días de pesimismo. Vuelto de espaldas al resto del mundo, no encontraba
otra vida digna de interés que la de aquella mujer. Juntos harían su
camino en todo lo que les quedase por existir, y eso que ambos, siendo
jóvenes, veían su futuro como un horizonte sin límites.
Viajaron los primeros meses, yendo adonde van las gentes de la sociedad
en que había vivido hasta entonces Rosaura, y procurando al mismo tiempo
aislarse de ellas. Aprovecharon el ferrocarril para huir de aquel huerto
que tanto recordaban después. Querían un escenario menos rústico para su
amor. Esperaron en Barcelona á que el chófer hubiese recompuesto el
automóvil en un taller de Castellón. Luego volvieron á Francia, como si,
pasada aquella tempestad en el campo de naranjos, no pudieran ya pensar
mas que en ellos dos. La viuda argentina mostrábase de repente sin
interés alguno por las bellezas de la costa española y la historia
novelesca del papa Luna.
Volvieron á verse en Marsella, pero ahora sin las dudas y los
apartamientos inesperados de semanas antes. Finalmente paseó Claudio por
el jardín en declive que ponía en comunicación la elegante casa de
Rosaura, en la Costa Azul, con los peñascos blancos de áspero mármol,
taladrados incesantemente por las aguas marítimas.
La soledad, grata en los primeros días, empezó á pesarle de pronto á
Rosaura. Ella, tan deseosa de guardar su reputación y su rango social,
se mostró la más osada, como si le placiese exhibir ante sus amigas
íntimas este enamorado, más joven que Urdaneta.
--Con discreción todo puede hacerse en nuestro mundo--dijo para
convencer á Borja, tímido y prudente.
Viajando juntos y fingiendo vivir separados dentro de un mismo hotel,
pasaron los meses de verano en Biarritz; luego en Venecia y en las
admirables estaciones alpinas del Tirol. No podía recordar Claudio con
exactitud dónde había estado y lo que llevaba visto. Fuese adonde fuese,
mar ó montaña, ciudad ó paisaje, todo creía verlo reflejado en las
pupilas de Rosaura, apreciando los diversos lugares según los
comentarios de ella y la placidez ó excitación de sus nervios.
Le parecía en ciertos momentos que la atmósfera cantaba alrededor de su
persona. Sus pies sentían la impresión de un suelo elástico. Tenía la
certeza de poder saltar y mantenerse en el aire, contra todas las leyes
físicas, cual si estuviese en otro planeta. Vivía dentro de un perpetuo
ensueño, y algunas mañanas, al despertar en un cuarto de hotel, lejos
del que ocupaba ella, para mantener unas conveniencias que las más de
las veces resultaban inútiles, se preguntaba con inquietud: «¿Realmente
soy el amante de Rosaura? ¿No lo habré soñado en el curso de la noche y
voy á convencerme ahora de que todo es mentira?»
Al repeler á continuación las últimas incertidumbres y anemias del
sueño, el orgullo de su triunfo se transformaba en modestia, por una
misteriosa operación psíquica, reconociéndose indigno de tanta
felicidad. ¡Verse amado por aquella mujer que había considerado al
principio como perteneciente á una especie superior, sin esperanza de
que volviese los ojos hacia él!...
El antiguo mote de «caballero Tannhäuser» empleado algunas veces por
Rosaura parecía aumentar su vanidad de amante. Ella era Venus, y él
vivía á sus pies saciado de amor, como el réprobo poeta. Aquel jardín de
la Costa Azul propiedad de la argentina era comparable á la Venusberg,
la legendaria Montaña de Venus, mágico lugar de voluptuosidades, de
poesía carnal, que hacía estremecer de espanto á los ascetas cristianos.
Parecía Rosaura satisfecha del resultado de una aventura emprendida
ligeramente, sin propósito determinado, con un aceleramiento algo loco.
Halagaba su vanidad femenina la supeditación amorosa de Claudio. Este la
había hecho desde el principio el homenaje de su voluntad. En los
primeros meses nunca surgían entre ellos las disputas y celos que habían
amargado sus relaciones con Urdaneta, el famoso general-doctor. Borja
mostraba cierto misticismo en su adoración. La veía como una diosa, y á
las divinidades se las obedece, sin discutir con ellas.
En los momentos de agradecimiento amoroso, cuando se siente la necesidad
de retribuir la dicha recibida con tiernas palabras, ella decía siempre
lo mismo:
--¡Qué bueno eres!... Por eso te quiero como no he querido á nadie.
Después de las semanas otoñales pasadas en París, el invierno los había
empujado á la Costa Azul.
Se instaló la señora de Pineda en su lujosa «villa» entre Niza y
Monte-Carlo, pero ahora con todas las comodidades de una larga
permanencia, rodeada de numerosa servidumbre, haciendo saber á sus
amigas su firme voluntad de no irse hasta la llegada del verano.
Su pasión la hacía olvidar una vez más aquella maternidad sólo
renaciente en días de pesimismo amoroso. Se había preocupado en París de
la educación de sus dos hijos, afirmando que era un sacrificio tener
que separarse de ellos; pero su porvenir lo exigía así. Al lado de su
madre no adquirirían nunca una verdadera instrucción. El niño había sido
enviado á Inglaterra, para que hiciesen de él un cumplido _gentleman_
desde su infancia; la niña entraba en un colegio aristocrático de París,
dirigido por monjas. Y creyendo haber cumplido por el momento todos sus
deberes maternales, pudo dedicarse en absoluto, libre de testigos
molestos, á la vida común con el que llamaba «su poeta».
Claudio estaba instalado aparentemente en un hotel próximo á la
propiedad de la señora de Pineda. Casi todo el día y una gran parte de
la noche los pasaba el joven en el jardín de Rosaura ó en su casa; pero
de todos modos, su «domicilio oficial» en el hotel, como decía Borja,
era una discreta concesión á los respetos sociales. Las gentes amigas de
ella cerraban los ojos, admitiendo con aparente buena fe que el español
no era mas que un visitante de la rica viuda, existiendo entre ambos la
simpatía originada por la comunidad de idioma y de origen étnico.
Así se fué prolongando algunos meses más la vida irreal de Claudio. No
existían en este jardín de la Costa Azul los mágicos rincones de la
Venusberg, con lechos de corales y guirnaldas de floraciones
fantásticas, semejantes á las de los campos submarinos. Mas sus
bosquecillos de rosales en los que abundaban tanto las flores como las
hojas, sus plazoletas con fuentes de cantarino gotear, sus enramadas
susurrantes bajo las cuales se arrullaban palomas, y su playa de
guijarros azules entre peñascos que parecían bloques de mármol en espera
de un cincel, fueron testigos muchas veces de las lentas conversaciones
de los dos enamorados y sus silencios de pasión interrumpidos por el
chasquido de los besos.
Poco antes que Borja se diese cuenta de que ya llevaba un año junto á
Rosaura, esta existencia común empezó á sufrir variaciones. Ella le dijo
un día con cierta gravedad, como si presintiese un peligro:
--Debemos pensar menos en nosotros, volver á nuestra vida de antes, sin
que por eso dejemos de querernos mucho. Las cosas extremadas acaban por
resultar violentas y duran poco.
Empezó á mostrarse la hermosa _Madame_ Pineda en los salones de juego de
Monte-Carlo, en las comidas de gala de los hoteles, en los _dancings_
más elegantes á la hora del té, seguida de «su español», que era
aceptado por todos como un acompañante legal, sin que ninguno se tomase
el trabajo de definir el carácter de dicha familiaridad.
Borja la creyó más segura para él viéndola seguir sus costumbres de
antes. Así evitaban el aburrimiento de una larga intimidad siempre á
solas. Al poco tiempo este conformismo del joven empezó á resquebrajarse
con los pequeños accidentes diarios de una vida agitada.
La argentina había recobrado su gusto por el baile, y él no era un
verdadero danzarín. Confesó Rosaura, con sonrisa algo nerviosa, la
imposibilidad de bailar bien con él.
--Sabes de muchas cosas, y por eso te admiro... pero de bailar... ¡nada!
Como en realidad no gustaba de la danza, empezó Claudio á mostrar una
resignación de marido cortés, manteniéndose en su asiento mientras ella
bailaba con otros hombres. Luego, al volver Rosaura á su lado, sonreía
con forzada mansedumbre. Nada podía decirle á una mujer que se
apresuraba á halagarlo con palabras amorosas, como si le pidiese perdón.
En verdad, Borja no tenía motivos de queja. Ella seguía amándolo lo
mismo que antes, como aman las beldades que ya están en los últimos
linderos de la juventud á un hombre menor en años.
--El baile--decía--es para mí una gimnasia social, un deporte de moda.
Parecía olvidarse de Claudio en los _dancings_ de los hoteles y en las
mesas de juego de Monte-Carlo; mas una vez satisfechas sus dos pasiones,
volvía á buscarle con el mismo amor de antes, sin que él pudiese
sorprender disminución alguna.
Esta confianza en la fidelidad de Rosaura acabó por hacerle sobrellevar
sin celos la presencia de un hombre cuyo apellido había perturbado
algunas veces la serenidad de sus amores en los primeros meses de vida
común.
Estando en París conocía á Urdaneta, el general-doctor, en una fiesta
americana á la que asistió acompañando á la señora de Pineda.
Indudablemente el caudillo deseaba su amistad, y lo buscó, haciéndose
presentar por un amigo de ambos.
¡Cosa inexplicable para Borja!... Había pensado siempre con odio en este
hombre, y al verlo de cerca tuvo que confesar que no le era antipático.
Sólo odiaba al general-doctor cuando estaba lejos. Luego, en su
presencia, le parecía absurdo que el apellido de este hombre pudiese
agitar sus nervios.
Urdaneta había venido á vivir en Cannes unas semanas, y los dos
enamorados lo encontraron repetidas veces en los hoteles de Niza ó en el
Casino de Monte-Carlo.
Rosaura, más tenaz en sus desvíos, lo trataba fríamente, esforzándose
por hacer ver á todos que este hombre sólo era ya para ella uno de
tantos visitantes. El pasado estaba muerto y bien muerto. Borja, en
cambio, sentíase atraído por el irresistible agradador. Si su nombre le
infundía celos, su presencia real no despertaba en su ánimo ninguna
desconfianza, y hasta le inspiraba cierta conmiseración simpática.
En algunas ocasiones, al escuchar que Rosaura hablaba de él con
menosprecio, intentó defenderle. «¡Pobre general Urdaneta!...» Su época
gloriosa iba á terminar.
Era ya el hombre seductor que declina y se sobrevive. Aún conseguía
atraer el interés de algunas mujeres con su gran barba rizada, su
aspecto de hermosa bestia de combate, sus pasadas aventuras y su
petulancia varonil; pero no sabía ocultar un desaliento creciente.
Sufría continuas escaseces de dinero. Esto no resultaba extraordinario
en su historia de incansable derrochador. Lo terrible era que se iba
cerrando la explotación de su propio país, siempre considerado por él
como una mina segura al otro lado del Océano.
Ya no podía embarcarse para hacer una revolución más en su patria,
acopiar dinero y volverse á París. La pequeña república había seguido la
evolución de los países vecinos, abominando repentinamente de Urdaneta.
Ahora gobernaban la nación hombres jóvenes que habían estudiado en los
Estados Unidos ó en Europa, y establecían empresas industriales,
necesitadas de paz.
«No venga, general-doctor--le escribían sus íntimos--. Esto ha cambiado
mucho. La gente ya no aclama su nombre; y si viene, tal vez lo
perjudiquen.»
Y Urdaneta, que desde París husmeaba los vientos de su patria lo mismo
que sus corresponsales, se abstenía de embarcarse para hacer una
intervención armada, sabiendo que en el lenguaje de su tierra
«perjudicar» equivalía poco más ó menos á fusilamiento.
Agobiado por deudas crecientes y en la obligación de hacer economías--lo
que era para él signo de indiscutible decadencia--, manteníase indeciso,
no sabiendo qué nuevo rumbo seguir. Hombre experto en amores, no intentó
recobrar á la millonaria argentina. ¡Historia terminada!... No iba á
retroceder Rosaura hacia él teniendo á este joven supeditado
completamente á su voluntad, dulce en palabras y actos. Además, conocía
el valor de la juventud para las mujeres procedentes de América, mundo
en extremo joven, que siente aún fervores de tribu primitiva ante las
existencias primaverales.
El también se consideraba con cierta inferioridad en presencia de Borja.
¡Ay, la juventud!...
Veía en este español un heredero digno de respeto, se interesaba por su
suerte involuntariamente, delatando dicho afecto en sus ojos y su
sonrisa benévola. Quizá la simpatía obscura que impulsaba á Borja hacia
él era un reflejo de sus propios sentimientos.
Algunas veces creyó leer Claudio en sus amistosas miradas y en la
expresión bondadosa de su boca. Tal vez lo creía un compañero futuro de
infortunio. Con mujeres como Rosaura, enamoradas de la vida y poseedoras
de un alma pagana, ¿quién puede estar verdaderamente tranquilo?...
«Teme, compañero, á la juventud--parecía decirle Urdaneta--. Algún día
vendrá otro con menos años, que te sucederá: como tú á mí.»
Cuando Borja creía adivinar esto en la expresión afectuosa y triste del
héroe caído, se tranquilizaba á sí mismo con una petulancia de
enamorado feliz... Él era él: un hombre muy superior por su inteligencia
y sus gustos á este guerrero selvático que al otro lado del Océano había
matado centenares de hombres y aquí empezaba á parecer un personaje algo
grotesco, lejos de su ambiente favorable, imposibilitado de continuar su
antigua historia.
Las mayores contrariedades sufridas por Borja en su vida actual
procedían de aquel mundo algo híbrido, pero siempre elegante, que se
reunía durante el invierno en la Costa Azul. Se había agregado á él
contra su voluntad, arrastrado por las costumbres y aficiones de
Rosaura, dejándose presentar á personas que no le interesaban, pero con
las cuales debía mantener conversación en los «tés danzantes», en los
salones del Sporting Club de Monte-Carlo, en las fiestas de caridad, en
los conciertos clásicos.
Era un amontonamiento internacional, en el que figuraban desocupados de
todos los países; gentes de historia novelesca las más de las veces, sin
ninguna instrucción sólida, hablando numerosos idiomas y habiendo
viajado mucho, para ver superficialmente las naciones é interesarse sólo
por sus grandes hoteles y sus altas clases sociales.
Se encontraban en este mundo personajes de importancia auténtica:
hombres políticos venidos á menos, con la nostalgia de la autoridad
perdida; individuos de familias destronadas; magnates del dinero que
descansaban unos meses á orillas del Mediterráneo. Y en torno á este
grupo selecto, una inquieta marea de duquesas y marquesas de diversos
reinos, sobre cuyo pasado se contaban picantes historias; princesas
rusas que se mantenían vendiendo sus últimas alhajas y abrigos de
armiño; aventureras que se hacían tolerar por una amabilidad reptilesca;
antiguas cocotas que habían afirmado su posición casándose con algún
millonario viejo poco antes de morir éste.
Todos llevaban una existencia atareada, corriendo en automóvil los
sesenta kilómetros de carretera entre Cannes y Mentón, para asistir á
fiestas en las diversas ciudades ó arriesgar su dinero sobre las mesas
verdes de los casinos situados á lo largo de la cornisa de la Costa
Azul.
Los temas de conversación eran siempre los mismos: la riqueza y el amor.
Algunas veces los olvidaban para hablar de títulos nobiliarios ó
antiguos cargos políticos, apreciándolos según las simpatías que les
inspiraban sus poseedores.
--¿Por qué vivo entre una gente tan insubstancial?--se preguntaba
Claudio Borja.
En realidad, era su obligación de seguir á Rosaura lo que le condenaba
para siempre á figurar en dicho mundo, frívolo, murmurador, y al mismo
tiempo exageradamente tolerante hasta el amoralismo.
Sufría viéndose ignorado por esta gente bien educada y amable. Todos le
acogían con sonrisas y apretones de manos, desconociendo su verdadera
personalidad. Era para ellos «el amigo de _Madame_ Pineda, joven
español, simpático, distinguido...» y nada más.
Algunas damas viejas empezaban á llamarle «marqués», sin que pudiera
saber quién había iniciado tal invención. Les parecía sin duda imposible
que siendo de España no fuese marqués de Borja. En esta sociedad
brillante, mezclada y sospechosa, casi todos llevaban un título, y
únicamente á los millonarios de los Estados Unidos les toleraban que
ostentasen su nombre á secas.
El «amigo» de _Madame_ Pineda se daba cuenta del concepto que tenían de
él muchos hombres y mujeres con los que hablaba en comidas y bailes.
Sólo decían que era «simpático y distinguido», pero Claudio leía algo
más en el silencio continuador de tales palabras. Como la viuda
argentina era rica, tal vez le creían protegido por sus amorosas
larguezas. Esto no era pecado ni defecto entre las gentes de dicho
mundo. Casi aumentaba á los ojos de las señoras el valor de un hombre,
dándole el atractivo de una alhaja cara, de todo objeto de lujo que
cuesta mucho dinero.
Así se explicaba Borja las ojeadas invitadoras, las frases de doble
sentido de algunas amigas íntimas de Rosaura al hablar á solas con él.
Le tenían sin duda por el _gigolo_ de la viuda de Pineda. Tal vez
presentían en su persona una misteriosa y tentadora potencialidad de
amor, ya que una dama tan elegante y buscada le permanecía fiel, después
de un año de relaciones... Y esta sospecha, que dejaban adivinar los
menos prudentes, le indignó al principio, acabando por hacerle sonreir
con amarga conformidad.
Desde los primeros días de vida amorosa, se había resistido á aceptar
las consecuencias del gran desnivel existente entre las fortunas de los
dos.
--Yo soy el hombre--protestaba con orgullo cuando viajando juntos
pretendía Rosaura pagar los gastos de él.
Por una fatalidad comparable á la de ciertas leyes físicas, la enorme
fortuna de la argentina pesaba sobre la asociación de los dos, y aunque
era Rosaura la que costeaba la mayor parte de su vida siempre fastuosa,
el goce de algunos de estos despilfarros alcanzaba al hombre que iba con
ella. De todos modos Borja atendía á su propio mantenimiento, y sin que
su amante se diese cuenta, era origen para él de muchos gastos
extraordinarios.
«Las mujeres ricas--se decía el joven algunas veces--cuestan más dinero
que las pobres, sin que ellas lleguen á enterarse.»
Este año de vida común con una millonaria empezaba á quebrantar su
fortuna. Había gastado más del doble de sus rentas, pidiendo frecuentes
adelantos al administrador que tenía en Madrid. No amaba el juego, y se
veía obligado á jugar en Monte-Carlo, en Niza ó en Cannes, perdiendo
siempre. Además, al lado de esta mujer que hablaba á todas horas de
vestidos y recibía semanalmente nuevos trajes, le era preciso ocuparse
de su indumento con una minuciosidad femenil, yendo en busca del sastre
cada vez que ella fijaba su atención en el porte y las novedades de
algún _gentleman_ recién llegado de Londres.
Tenía la certeza de que á la larga le sería imposible resistir
económicamente esta vida con una mujer poseedora de millones... ¡Y las
gentes le creían su _gigolo_!
Dejaba para más adelante el pensar en esta desigualdad de fortunas.
Aguardaba algo inesperado que surgiría en el porvenir: un nivelamiento
salvador, sin detenerse á reflexionar cómo podría ser esto, contento de
su dicha presente.
Lo único que le producía verdaderas molestias en su actual situación era
verse incomprendido por las personas que rodeaban á Rosaura. ¡No haber
continuado sus primeros meses de aislamiento y amor en el jardín
rumoroso, oliendo á mimosas, á claveles y á sal marítima, que ellos
llamaban su Venusberg!
Estos amigos hablaban muchos idiomas, menos el de Borja. La lengua
francesa los unía en el trato diario, y sólo excepcionalmente lograba
encontrar alguno que balbucease palabras españolas, aprendidas en viajes
por la América del Sur.
En vano Rosaura, con el deseo de elevarlo ante los ojos de estas grandes
frívolas, anunciaba que Borja era escritor, ¡un gran escritor! Algunas
damas inglesas, cuyo romanticismo iba unido á la nostalgia de su perdida
juventud, se interesaban repentinamente por él, pidiéndole sus novelas.
Debían estar traducidas al francés ó al inglés. Claudio se excusaba,
confuso. El no había hecho novelas, único género literario que resiste
la prueba de ser traducido. Sólo escribía versos, y en español,
forzosamente prisioneros de su forma primitiva. Traducir versos es
romper un vaso de perfumes para que se pierda en el aire su esencia.
También se veía en esto incomprendido y menospreciado. Era simplemente
un bailarín torpe, un oyente silencioso de charlas mundanas, muy por
debajo de ciertos jóvenes frívolos que provocaban palabras de elogio en
los _dancings_ por su habilidad en mover los pies, viéndose llamados á
los corros de señoras para divertirlas con sus murmuraciones casi
femeninas.
«Soy feliz--se decía muchas veces Claudio--, ¡y cómo me aburro apenas
ella se aleja!... Me doy asco á mí mismo.»
De pronto sentía un deseo cruel de atormentar con sus quejas á la mujer
adorada. Era una obra subconsciente, una mala pasión que parecía venir
de otro hombre. En tales momentos el amor estaba compuesto para él de
agresividad y odio afectuoso.
--Tú debes haber tenido muchos amantes--decía en las horas de mayor
confianza--. Cuéntame; nada me importa.
Inútilmente protestaba Rosaura... El incrédulo Borja seguía
preguntando... ¿Cómo una mujer hermosa que tanto interesaba á los
hombres podía haber llegado hasta él sin historias amorosas?...
A Urdaneta no lo nombraba. Prescindía de este antecesor como si lo
ignorase, por lo mismo que era la única realidad. Quería conocer á «los
otros», cuyo número agrandaba ó achicaba, al capricho de sus celos.
Estos «otros» eran el misterio con su cruel atracción, el pasado de
Rosaura, vacío y obscuro, que necesitaba poblar de espectros para su
propio sufrimiento y el de su amante.
Como este martirio de las preguntas era siempre de noche y en el lecho,
ella no podía escapar á tal obsesión, y procuraba hacer frente
valiéndose de femeninas habilidades.
Le contaba inverosímiles historias de amores con hombres de diversos
países á los que había conocido en sus viajes, y al notar el
enfurruñamiento silencioso de Claudio rompía á reir.
--¿Pero no ves, grandísimo «zonzo», que me estoy burlando de ti?... Todo
cuentos disparatados, ya que eso te gusta.
De poco le valía tal estratagema, pues el celoso tornaba á acosarla con
sus preguntas. Detrás de dichos embustes debían ocultarse, según él,
terribles verdades. Hasta parecía menospreciarla, considerando rebajados
sus méritos por no haber tenido muchos amantes.
Al fin Rosaura apelaba al llanto, diciendo con amargura:
--Nunca vives contento de lo que tienes. Te conozco. Necesitas sufrir,
complicar tu vida y la del que esté cerca de ti. Eres de los que aman...
con enemistad.
Dudaba creyendo expresarse mal, por no haber encontrado palabras más
exactas, y segura al mismo tiempo de estar formulando grandes verdades.
Luego se reconciliaban, y ella, vibrante aún por las caricias recientes,
decía con agradecimiento:
--¡Qué suerte habernos encontrado!... ¡Bendita la hora que se me ocurrió
ir á Madrid! ¡Y pensar que podríamos haber vivido cada uno por su
lado... sin conocernos!
Todo esto no impedía que una semana después tuviese que llorar en la
intimidad, protestando de los celos de él, siempre con las mismas
palabras:
--Lo que tú tienes, Claudio, es que te aburres.
Y en tal situación, cuando el tedio de esta existencia demasiado
tranquila y feliz iba agriando el carácter de Borja, una noticia le
reanimó con el incentivo de la novedad.
Su tío el canónigo de Valencia, don Baltasar Figueras, iba camino de
Italia--según le anunciaba en una carta--para completar algunos de
aquellos estudios históricos que le habían hecho célebre en España entre
dos docenas de eruditos semejantes á él.
Necesitaba visitar por tercera vez á Roma, para ver en las llamadas
«Estancias de los Borgia», dentro del Vaticano, algunos fragmentos que
aún existían de su primitiva pavimentación, hecha con azulejos de
Valencia. Quería calcarlos para completar cierto libro sobre la antigua
azulejería hispano-morisca fabricada en el pueblo de Manises.
Este viaje le placía más que los otros dos que llevaba hechos á la
ciudad de los Papas, agregado á populosas peregrinaciones. Ahora iba
solo y contando con un «apoyo oficial». Su ilustre amigo don Arístides
Bustamante, al que había sido presentado en otros tiempos por el padre
de Claudio, vivía en Roma como embajador de España cerca del Papa. Esto
iba á proporcionarle grandes facilidades para sus rebuscas y estudios.
Verse admitido en la Biblioteca Vaticana con una investidura casi
oficial le parecía el triunfo supremo de su carrera de historiador.
La carta del canónigo puso de pie en la memoria de Claudio tres figuras
sólo entrevistas durante los últimos meses como fugaces é indecisos
fantasmas: el embajador Bustamante, su cuñada doña Nati y la dulce
Estela. Esta última, sin embargo, persistía en su recuerdo, según
propias palabras, «como un perfume lejano de violeta adormecida entre
hojas».
Rosaura se acordó igualmente de los olvidados Bustamante. Don Arístides
y su familia habían pasado por la Costa Azul cuando ella viajaba lejos
con Claudio. El embajador la había enviado al principio desde Roma
varias cartas, describiendo en estilo pomposo las fiestas dadas en su
palacio, las invitaciones y honores de que era objeto, apremiándola para
que le hiciese una visita y participase de tanto esplendor. Luego, tenaz
silencio.
--Deben saberlo todo... ¿Qué me importa?
Y como su egoísmo amoroso la daba un valor á toda prueba, no se acordó
más del personaje y su familia.
El canónigo iba á detenerse en Niza sólo por ver á su sobrino. El año
anterior, después de anunciarle éste una visita desde Peñíscola, había
desistido de ir á Valencia, volviéndose á Francia.
Deseaba pasar con él varios días, viendo al mismo tiempo la famosa Costa
Azul, que siempre había contemplado desde el ferrocarril como una visión
cinematográfica. Revelaba en su carta un entusiasmo de adolescente al
ocuparse de este lugar famoso. Iba á conocerlo al lado de su sobrino,
«gran mundano» que le hacía recordar los héroes de ciertas novelas
leídas en sus tiempos de seminarista.
«Mis estudios me esperan en Roma. Ya sabes que mi vida entera la he
dedicado á la noble empresa de defender y justificar á los mayores
calumniados de la Historia. El trabajo es tan enorme, que tal vez llegue
para mí la muerte antes de que lo termine. Tú, á causa de tu apellido,
deberías sentir tanto interés como yo por dicho trabajo... A pesar de
todo, perderé unos días al lado tuyo. Quiero conocer algo del mundo en
que vives, simpático é inconsciente pecador.»
II
Donde el canónigo Figueras cuenta la gran empresa de su vida
Claudio vió á don Baltasar casi lo mismo que cuando él era niño y vivía
bajo su tutela en un caserón de la tranquila calle de Caballeros, en
Valencia.
Pasados los sesenta años, se mantenía ágil de cuerpo, erguido, el rostro
sonrosado y fresco, la cabeza más abundante en cabellos obscuros que en
canas.
Sus fatigosas lecturas de pergaminos y papelotes, con la tinta
enrojecida por el tiempo, le habían quebrantado la vista, lo que le
hacía usar ahora unas gafas de cristales ovalados y montura de oro.
Otra modificación que Borja notó en su persona fué el abultamiento del
abdomen. Manteníase enjuto de carnes, sin aditamentos grasosos en los
miembros, pero su vientre se había desarrollado aparte, con
independencia algo grotesca. Era el resultado de un sedentarismo de
hombre estudioso, que pasaba largas horas en el archivo de la catedral ó
en la biblioteca de su casa, inmóvil en un sillón, la cabeza apoyada en
ambas manos, los ojos puestos en un documento de intrincada escritura.
Se acordó Borja, además, de los siete arroces distintos que figuran en
la cocina valenciana y de otros platos no menos suculentos á los que se
mostraba aficionado este santo hombre, por no conocer vicio mayor que el
de una gula tranquila y jocunda, capaz de hacer alto en los linderos del
exceso.
Este viaje á Roma, después de largos años sin salir de Valencia, daba al
canónigo una alegría juvenil. Parecía admirarse á sí mismo viéndose sin
aquellas sotanas de seda que sus criadas conservaban siempre limpias y
brillantes, esparciendo un ligero olor de incienso y de tabaco. Iba
ahora en traje civil, vestido de negro, con una pechera de igual color
sobre la abertura del chaleco, y en la solapa izquierda un botón rojo y
amarillo, colores de la bandera española.
--Llevo esto--explicó á su sobrino con gravedad--para que sepan que soy
un sacerdote católico. Aquí en el extranjero abundan los protestantes, y
clérigos y pastores vamos trajeados lo mismo. Necesito que me distingan
de ellos, y por eso me he puesto esta insignia, que guardo de la última
peregrinación.
Y el bueno de don Baltasar se imaginaba á todo el mundo enterado de
cuáles eran los colores de la bandera española, y convencido de que su
botoncito revelaría instantáneamente, á cuantos le mirasen, su patria y
su religión.
Creyó Borja haber vuelto á la adolescencia viendo á este hombre, que,
próximo á su ancianidad, se mantenía alegre, bondadoso y crédulo, lo
mismo que en sus tiempos de seminarista. Vivía en un hotel de Niza por
recomendación de algunos compañeros de sacerdocio que habían ido á Roma
poco antes.
--Una casa seria, dirigida por personas creyentes--dijo á Claudio, que
deseaba llevarle á un alojamiento mejor--. No es decente para uno de mi
clase ir adonde vais vosotros. Demasiadas mujeres en esta tierra, y
todas con los brazos al aire, escotadas de un modo escandaloso... ¡hasta
dentro de los templos!
No obstante tales protestas, era más propenso Figueras á excusar las
flaquezas del prójimo que á censurarlas. Sus estudios históricos, que le
habían hecho vivir entre reyes, reinas y Pontífices de existencia
suntuosa, unían á dicha tolerancia una predisposición instintiva hacia
el lujo (aunque no participase de él), un respeto y una admiración algo
pueriles para los ricos y los poderosos.
Cuando su sobrino le habló de la viuda de Pineda, dueña de una «villa»
muy elegante en el camino de Monte-Carlo, gran dama que deseaba
conocerle por lo mucho que había oído hablar de él, tosió el canónigo
con cierta malicia, queriendo dar á entender que no le era completamente
ignorada dicha señora.
Hasta su casa habían llegado los ecos de la existencia que llevaba
Claudio. Sabía quién era esta millonaria de América y sus relaciones con
Borja... Pero en fin, la vida en el extranjero es otra que la de España;
ella era viuda y él estaba libre. A nadie hacían daño de un modo
inmediato y directo con su conducta irregular. Y el sacerdote, para
tranquilidad de su propia conciencia, mostrábase seguro de que los dos
acabarían por casarse.
Cierta vanidad de carácter literario aumentaba la tolerancia del
canónigo. Conocía como nadie, por indiscreciones de antiguos documentos,
la vida secreta de ciertos reyes de Aragón, que eran sus personajes
favoritos; todos ellos con mancebas, á las que amaban románticamente,
volviendo su espalda á la mujer legítima. Alfonso V, conquistador de
Nápoles, no regresaba nunca á España al lado de su esposa, y moría en
Italia víctima de su entusiasmo por las marquesas napolitanas. Su
hermano Juan II, padre de Fernando el Católico, reinaba luego amancebado
con una hebrea de rara hermosura. Figueras había dedicado además una
parte de sus estudios al Renacimiento italiano y sus costumbres,
sabiendo como pocos los pecados amorosos de varios Papas y de los
cardenales aseglarados de su corte durante el curso del siglo XV.
No iba á asustarse, como tímida beata, por los amoríos de dos personas
jóvenes, que además sabían ocultarlos con discreción. Era lógico cerrar
los ojos, ya que el pecado no iba unido al escándalo.
Y don Baltasar entró en aquel jardín, que Claudio llamaba la Venusberg,
admirando su esplendor vegetal. Luego acogió con rebuscadas y melifluas
palabras todas las amabilidades de la dueña de la casa.
«Sí que es guapa--se decía interiormente--. Mucho más de lo que me
habían dicho y lo que yo imaginaba... ¡Y tan elegante!»
Al fin conseguía ver de cerca á una de estas señoras de rítmico paso,
envueltas en suaves perfumes, que le hacían recordar á las otras,
admiradas tantas veces, imaginativamente, mientras estudiaba la vida
secreta de altísimos personajes; mujeres extraordinarias que no eran ya
mas que polvo y huesos rotos dentro de tumbas olvidadas en los
penumbrosos rincones de una catedral.
La encontró idéntica á las amantes de ciertos reyes de vida romancesca y
á las señoras romanas que hacían pecar á los Pontífices. Luego se
arrepintió de tan irrespetuosas comparaciones, impresionado por la
sonrisa falsamente pueril de Rosaura, por la sencillez de sus maneras,
por el aire de niña que tomaba al hacerle preguntas.
Ella conocía perfectamente á don Baltasar gracias á las revelaciones de
Claudio. El interés que sentimos todos por enterarnos del pasado de la
persona amada la había hecho complacerse--durante los reposos de sus
noches de voluptuosidad--en escuchar á Borja el relato de su infancia
dentro de aquel caserón lleno de libros viejos, en una de las calles más
tranquilas de Valencia.
Creía haber visto con sus ojos dicho edificio, donde llevaba viviendo
cerca de cuarenta años el canónigo. Los salones olían á humedad. No
quedaba techo ni pared que no estuviese rayado por las serpentinas
rendijas del agrietamiento. Los pisos temblaban con un eco inquietante
bajo los pasos. De los techos llovía yeso cada vez que pasaba un
vehículo cargado por la inmediata calle.
El zaguán era enorme. Las antiguas carrozas podían dar vuelta dentro de
él; pero hacía muchos años que no trotaban sobre su pavimento de piedras
azules otros animales que una familia de gatos rojos y negros,
mantenidos por las criadas del canónigo, para que diesen guerra á las
innumerables ratas emboscadas en los estantes de libros y manuscritos.
Lo mejor era el llamado jardín, espacio abierto entre los caserones
inmediatos, unas docenas de metros de tierra libre con varias matas de
flores y tres naranjos colosales, negros y retorcidos, con muñones
monstruosos en el tronco á causa de las ramas cortadas, subiendo casi
verticalmente, en busca de un sol que doraba tejados y muros, sin
atreverse á descender mas que breves instantes hasta el suelo, siempre
húmedo y musgoso.
Estos árboles, urbanos y centenarios, se consolaban de tal
aprisionamiento dando algunas veces su cosecha de naranjas con una
prolificuidad que parecía malsana. Sus profundas raíces, al taladrar el
suelo, debían haberse extendido hasta algún albañal olvidado. Sus
productos tenían la dulzura exasperante, la miel reconcentrada, el
tamaño extraordinario de ciertas ciruelas que años después había gustado
Borja en el cementerio de una abadía ruinosa de Bretaña, de la cual
había sido prior Pedro Abelardo, el amante de Eloísa. Estas naranjas se
pudrían con la misma rapidez que habían crecido, como todo lo que se
desarrolla fuera de los ritmos ordinarios de la vida.
Se acordaba Rosaura repentinamente de una doméstica del canónigo, que
Claudio había nombrado muchas veces. El joven la distinguía de las otras
por su habilidad para contarle historias de santos y demonios, que
amenizaban su niñez. Admirábase Figueras de la memoria prodigiosa de
esta señora, capaz de retener el nombre de una obscura criada.
--¿Qué es de Ramona?... ¿Está todavía á su servicio?
Don Baltasar ponía la cara triste. Ramona había muerto ocho años antes.
Las dos mujeres que ahora cuidaban de él no habían conocido á Claudio.
Eran á modo de extranjeras dentro de aquella casa de tres siglos, con un
escudo sobre su puerta cuyos cuarteles estaban borrosos por las roeduras
del tiempo y semejaba una piedra informe extraída del fondo de un río.
--Todos se mueren--continuó el canónico melancólicamente--. Y la pobre
casa también va á morir.
Era la única amargura, intensa en realidad, que perturbaba su vida
optimista. Un año ú otro, los propietarios del edificio, noble familia
residente en Madrid, tendrían que echarlo abajo, no sabiendo él adonde
ir con todo su bagaje de manuscritos y libros. Retardaba el trágico
instante, con riesgo de su propia existencia. En vano los arquitectos
habían declarado el caserón próximo á derrumbarse. Don Baltasar
inventaba razones para seguir en él, arrostrando el peligro de perecer
sepultado bajo escombros y papeles.
Tenía la esperanza de morir antes que el edificio. En tal caso, sus
manuscritos pasarían al archivo de la catedral ó á la Academia de la
Historia en Madrid, y los arquitectos podrían, sin obstáculo alguno,
elevar sobre el terreno de esta mansión venerable otra moderna, hermosa
como una jaula, con numerosos departamentos, dentro de los cuales
vivirían las gentes lo mismo que pájaros saltarines y cautivos.
Poco después de haber terminado el almuerzo con que la viuda de Pineda
obsequió al canónigo, mostró ésta deseos de abandonar á sus dos
invitados.
¡Muy interesante don Baltasar!... Tenía para ella el doble atractivo de
conocerlo á través de los relatos de Claudio y de pertenecer á la
Iglesia, pues la bella señora mezclaba con una vida de incesantes
diversiones, verdaderamente pagana, una adhesión inquebrantable al
catolicismo. Su alma siempre movediza necesitaba una continua renovación
de sensaciones, y anunció de pronto el deseo de marcharse.
Debía ver en el Sporting Club de Monte-Carlo á unas amigas inglesas.
Claudio y su tío podían quedarse paseando por el jardín. Estaban en su
casa. Ella pensaba enviarles su automóvil una hora después. Así Borja
podría enseñar al canónigo las cosas interesantes de Mónaco y
Monte-Carlo que parecían tentarle con el atractivo de todo lo que
representa peligro ó misterio.
Claudio, al pasear por el jardín con su tío, sospechó si Rosaura se
había marchado por evitarse las charlas eruditas de éste. El mismo la
había hablado algunas veces de lo peligroso que resultaba el canónigo al
enfrascarse poco á poco en la exposición de sus estudios favoritos.
Tenía «su manía» propia, como todos los que concentran la atención en un
asunto único. Sus pláticas eran agradables; sabía contar historias
amenas sobre la vida íntima en la Edad Media, que interesaban hasta á
las personas más frívolas. Pero apenas nombraba á los Borja, sus oyentes
mirábanse entre ellos con cierta inquietud. La conversación se convertía
en monólogo, y don Baltasar hablaba horas y horas, sin darse cuenta de
su esfuerzo.
Era temible, como «el hombre de un solo libro» de que habla Santo Tomás.
Todo lo encaminaba á su tema favorito, con una constancia de maniático.
En los tiempos de su niñez empezó Claudio á darse cuenta de este fervor
del canónigo por los Borja. Hasta parecía envidiarlo á él, por llevar
igual nombre que los Pontífices españoles tan execrados por muchos. De
buena gana habría cambiado su apellido de Figueras por el que ostentaba
su primo el ingeniero Borja, padre de Claudio.
Se acordaba el joven de las veces que había ido, en su infancia, con una
de sus criadas á buscarlo en el archivo de la catedral. Subían por una
escalera antigua, entre muros de piedra de este primitivo templo gótico,
que un pueblo devoto y demasiado rico había transformado en iglesia de
arquitectura clásica, arqueando las ojivas, cubriendo de mármoles y
dorados los negruzcos sillares.
Ocupaba el archivo varios cuartos blanqueados con cal. Don Baltasar
había colocado en vitrinas de madera los documentos más valiosos. Un
armario guardaba sellos y bulas que pendían de los antiguos documentos,
representando en sus redondeles escudos heráldicos, imágenes de santos,
altares y templos. Estas plastas de cera roja, verde ó amarilla parecían
tener la dureza de un metal prolijamente cincelado. En una pared se
mostraba, bajo vidrio, larguísimo papel con columnas de letra menuda.
Eran las cuentas del abastecimiento (armas, víveres y sueldos) de una de
las flotas mandadas por Roger de Lauria, dominador del Mediterráneo, que
no permitía navegasen en él ni los peces «sin llevar sobre su lomo las
cuatro barras rojas del escudo de Aragón».
Iba enseñando don Baltasar al pequeño todos los tesoros de este apartado
y silencioso dominio, en el que pasaba semanas y meses sin que nadie
viniese á turbar la paz de sus estudios. Podía descifrar documentos y
escribir notas escuchando al mismo tiempo, por la tarde, con una lejanía
que él llamaba «poética», los armónicos trompeteos del órgano y los
cánticos de sus compañeros de canonicato reunidos en el coro para el
cumplimiento del oficio diario. Le parecía vivir en un mundo aparte,
por encima del tiempo y del espacio, en comunicación sobrenatural con
siglos remotos que sólo habían dejado como huellas de existencia varias
losas sepulcrales abajo en el templo y unos legajos color de hoja
marchita en los estantes de pino que rodeaban su mesa.
Otro de estos legajos, oculto en un arcón y bajo llave como si fuese
tentadora joya, lo mostró dos veces el canónigo á su sobrino.
--Fíjate bien--dijo--; esto te pertenece, es de tu familia: las cartas
de los Borja, que luego los italianos llamaron Borgia... Esta es de
Alejandro VI á su hijo mayor el duque de Gandía. Esta otra, de César
Borgia cuando aún no era soldado y ostentaba el título de cardenal de
Valencia.
Y seguía enumerando las epístolas que la poderosa familia, instalada en
Roma, había ido dirigiendo á sus amigos y parientes en la ciudad de la
que eran oriundos.
--Todas están escritas en valenciano--continuaba Figueras--. El
valenciano fué la lengua familiar de los Borgia, el idioma sagrado y
secreto de tribu con el que se entendían entre ellos, al vivir en
Italia, circundados de espías é hipócritas.
También usaban con frecuencia el castellano. El cardenal Pedro Bembo,
cuando aún era simple literato en Venecia, su patria, aprendía el
castellano para escribir cartas amorosas á Lucrecia Borgia. Todos los
hijos de Alejandro VI, á pesar de ser mestizos de italiana y español y
no haber ido nunca á España, hablaban en castellano á los amigos y
protegidos de su padre, y se valían con éste del valenciano, como si tal
medio de expresión les diese mayor intimidad.
Quedaba el canónigo pensativo unos momentos, y colocando una mano en la
cabeza del pequeño, acababa por decir:
--Cuando seas hombre comprenderás mejor lo que valen estos papeles.
Debes consagrarte á una empresa justa que tal vez yo no pueda terminar.
Defiende á los tuyos, que son los mayores calumniados de la Historia.
El mismo fervor por dicha reivindicación lo notaba ahora Claudio en el
jardín de Rosaura oyendo á este santo hombre, que parecía no haber
nacido para otra finalidad que hablar de los Borja. Se habían sentado
los dos en lo alto de una avenida de flores que, en forma de mesetas
superpuestas, descendía hasta el mar.
Por esa tendencia á la antítesis que algunas veces nos hace ser
pesimistas ante los espectáculos risueños, al mismo tiempo que Figueras
contemplaba un pedazo azul y luminoso del Mediterráneo, con algunas
velas blancas en último término, empezó á hablar de las ruinas de la
Roma del siglo XV, casi desaparecida bajo escombros á consecuencia del
abandono de los Papas instalados en Aviñón y las luengas peleas del Gran
Cisma de Occidente.
--Tú sabes algo de eso, Claudio--dijo el canónigo--. Muchas veces me
hablaste de la obra que pensabas escribir sobre el papa Luna. Estoy
seguro de que no la has terminado... Tal vez no has escrito una sola
línea. ¡Qué vas á escribir en esta vida que ahora llevas!... Pero en
fin, conoces las aventuras del «Papa del mar», y también lo que ocurrió
en el Concilio de Constanza, que de tres Papas hizo uno, proclamando á
Martín V, así como la resistencia de nuestro don Pedro en el castillo de
Peñíscola, donde tú estuviste, marchándote sin venir á Valencia...
Imagínate cómo sería Roma después de un abandono que duró cerca de un
siglo.
Martín V hallaba á la Ciudad Eterna en paz, pero como una ruina inmensa,
cubierta de escombros, con su población terriblemente mermada por las
enfermedades. Sólo permanecían de pie las torres de algunos nobles,
acostumbrados á vivir como bandidos, saliendo de sus guaridas para robar
y matar á los débiles. La pobreza era tan general, que en las grandes
fiestas del año no se podía encender una lámpara en la iglesia de San
Pedro. Había eclesiásticos que morían de hambre, y los supervivientes
iban cubiertos de andrajos, con aire de salvajes, implorando la caridad.
Los más de los edificios eran montones de escombros cubiertos ya de
matorrales, y en las partes bajas de Roma la lluvia había formado
charcas que corrompían la atmósfera, favoreciendo la difusión de la
_malaria_ y la peste.
Muchas iglesias se habían venido al suelo, faltas de reparación. El
Coliseo perdía una parte de sus arcos; el Palatino servía de pradera á
caballos y cabras, y en el Foro pacían manadas de vacas. Ciertas
familias feudales que dominaban á Roma iban empleando estatuas y
columnas de mármol para hacer muros, escaleras, umbrales de puertas y
hasta cuadras y pocilgas. Si algunas obras antiguas conseguían salvarse,
era por permanecer ocultas bajo cascotes y malezas. Los monumentos de la
Roma clásica servían de canteras inagotables, proporcionando bloques á
los edificios en construcción y á las fábricas de cal.
En la corta vida de un hombre, la Ciudad Eterna sufría enormes
destrucciones. El humanista Poggio había visto casi incólume el templo
de Saturno, y al volver á Roma años después, sólo encontraba las ocho
columnas que se conservan actualmente. Igual devastación notaba en el
sepulcro de Cecilia Metella.
--Mas á pesar de tales destrucciones--siguió diciendo don Baltasar--,
existía indudablemente una cantidad mayor de monumentos antiguos que en
nuestra época, y su abandono daba á la ciudad cierto aspecto muy
pintoresco. Una vegetación de varios siglos se había extendido sobre las
ruinas. La superstición medieval las iba poblando de fantasmas y brujas.
Si algunos artistas se cuidaban de desenterrarlas y dibujarlas, la plebe
romana los creía unas veces magos y otras buscadores de tesoros.
El antiguo palacio de Letrán, residencia de los Papas, estaba tan
arruinado que era imposible intentar su restauración. Algunas iglesias
célebres carecían de techumbre y otras eran convertidas en caballerizas.
La basílica de San Pablo había perdido su tejado y la lluvia y el
granizo penetraban en ella sin obstáculo, continuando su destrucción.
Los pastores de la campiña romana metían sus rebaños en este templo para
que pernoctasen, como en un establo. Junto á la basílica de San Pedro,
la mayor parte de las casas estaban destruídas y las calles de la Ciudad
Leonina intransitables por los montones de escombros. Todo el vestíbulo
de la citada basílica, primer templo del catolicismo, se había
desplomado.
Las murallas de la Roma papal tenían grandes brechas, penetrando por
ellas durante la noche bandas de lobos procedentes de las llanuras
desiertas. Estos lobos merodeaban dentro de los jardines del Vaticano,
desenterrando los cadáveres de un cementerio vecino. Además, las
enfermedades pestilentes eran continuas, viéndose diezmado el escaso
vecindario.
--Dichas calamidades--continuó el canónigo--fueron combatidas por los
tres primeros Papas que se instalaron en Roma después del Gran Cisma:
Martín V, Eugenio IV y Nicolás V. El dinero de la cristiandad ya no
tomaba el camino de Aviñón; volvió á afluir á Roma, y los mencionados
Pontífices fueron reparando los males de un abandono casi secular.
Iba acompañada la nueva prosperidad de un relajamiento general de las
costumbres, de un deseo ardoroso de vivir. Empezaba el período titulado
del Renacimiento. Los humanistas, escritores, oradores y poetas, devotos
fanáticos de la antigüedad clásica, extendían su influencia sobre las
diversas cortes de los Estados italianos. El culto á las letras antiguas
tomaba un carácter religioso. Se olvidaban las gentes de Dios para
ocuparse únicamente de los dioses. Las divinidades de la religión
cristiana eran designadas con nombres paganos. Filósofos huídos de
Constantinopla ante el avance de los turcos esparcían en Italia este
gusto por la literatura clásica, fajada y envuelta en perfumes, como una
momia majestuosa, durante los mil años que había durado el Imperio de
Bizancio.
Todas las grandes familias italianas poseían un humanista á su servicio,
un orador para que las deleitase con sus discursos latinos, como dos
siglos antes los señores cubiertos de hierro y las damas sentadas en
altos sitiales tenían á los trovadores en sus castillos.
Cicerón era preferido á Virgilio y Horacio. La elocuencia lo dominaba
todo, impidiendo las guerras, cimentando la paz, manteniendo las buenas
relaciones entre soberanos. Los embajadores recibían el título de
«oradores». Todo príncipe ó pequeña República procuraba tener á sueldo
un orador más elocuente y de un latinismo más elegante que las potencias
rivales. En las invitaciones á los banquetes se anunciaba como gran
aliciente una arenga latina á los postres, pronunciada por algún
humanista célebre.
Para atraerse la amistad de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles, la
República de Florencia le enviaba un manuscrito de Tito Livio. Este
monarca hispano-italiano interrumpía un concierto sinfónico para que le
leyesen á toda voz varios capítulos de cierta obra antigua que acababa
de recibir, prefiriendo la melodía de los períodos latinos á la de los
instrumentos de madera y de cuerda.
Petrarca y Boccacio habían iniciado un siglo antes el entusiasmo por la
literatura clásica. Los potentados daban á sus hijos é hijas nombres de
personajes de la antigüedad. En el alma de todos se realizaba una
profunda mutación. Hasta entonces se había vivido con el pensamiento
puesto en el cielo, ambicionando conseguir la salvación del alma. Ahora
se amaba la gloria eterna ó la celebridad pasajera, lo mismo que los
héroes romanos ó griegos.
Cada personaje quería ser un semidiós. Al levantarse nuevos templos, se
mezclaban imágenes y atributos paganos con los símbolos del
cristianismo. Estos humanistas, adoradores furiosos del mundo antiguo,
se deslizaban con dulzura por la pendiente de la herejía, llegando á la
más absoluta incredulidad.
Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trataba los hombres y los
dogmas del catolicismo con una ironía igual á la de los librepensadores
del siglo XVIII, precursores de la Revolución francesa. La Iglesia
fingía no enterarse de tales atrevimientos, por miedo á aparecer en
abierta hostilidad con unos personajes que estaban de moda. Además, el
rey de Nápoles guardaba como secretario á Lorenzo Valla, defendiéndolo
de todo ataque.
La filosofía de este humanista evocaba la imagen de una carrera sin
freno, entre alaridos jocundos, después de la cautividad de varios
siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer,
la satisfacción de todos los apetitos, el salto alegre sobre cuantas
barreras habían levantado la disciplina y la honestidad. El adulterio
debía admitirse como algo natural, según Valla, siempre que fuese
ordenado y discreto; la comunidad de mujeres resultaba de acuerdo con la
Naturaleza. Sólo era prudente evitar el adulterio y el desorden en los
deleites cuando representasen algún peligro.
Otro humanista todavía más escéptico, Becadelli, el autor de _El
hermafrodita_, se unía á Valla, defendiendo ambos el deleite sensual
como soberano bien, y declarando la virginidad voluntaria un vicio del
cristianismo, un crimen contra la benigna Naturaleza. Presentaban los
amores de los dioses paganos como regla de vida. Todos los seres del
Olimpo, exceptuando á Minerva, habían conocido el ayuntamiento carnal, y
Júpiter, en cuanto dependió de él, no pudo consentir jamás cerca de su
persona ninguna virginidad.
Tales doctrinas regocijaban á los hombres más poderosos de entonces.
Nadie osaba declarar en público su conformidad con ellas, mencionándolas
como extravagancias de talentos algo descarriados, pero en la práctica
aceptaban dicha glorificación del placer, amoldando su existencia á las
teorías de Valla y sus amigos.
Jamás en la Historia se vió un deseo tan general de gozar, de ir en
busca del deleite, arrollando obstáculos; nunca la humanidad mostró un
cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.
Casi todos los reyes y príncipes de los Estados de Italia eran hijos
ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos Papas
hacían igual que los soberanos laicos, teniendo á su lado numerosos
hijos, disimulados al principio con el título de sobrinos, reconocidos
finalmente como hijos sin empacho alguno.
--Pío II--continuó don Baltasar--, al que tú llamas algunas veces «el
Papa novelista», cuando hizo su entrada en Ferrara en 1459, fué recibido
por siete príncipes reinantes de Italia, y ni uno solo de ellos era hijo
legítimo. Nadie se indignaba ante las irregularidades de los señores
laicos y eclesiásticos. La gente reía de las concupiscencias de los
grandes personajes de la Iglesia, pero sin considerar un crimen su
lubricidad, ya que de un extremo á otro de Italia reinaba un libertinaje
tranquilo que nos es imposible concebir en los tiempos actuales.
Los miembros del clero vivían en concubinaje público, y cuando no tenían
una mujer ó varias al lado de ellos, sus costumbres resultaban aún más
abominables. Los Manfredi en Faenza, los Malatesta en Rímini, los
Baglioni en Perusa, los Pandolfo Petrucci en Siena, los Sforza en Milán,
los Este en Ferrara, los Aragón en Nápoles y otras familias reinantes
menos poderosas, exhibían sin rubor alguno sus vicios y sus incestos, y
nadie protestaba de tal desvergüenza, á excepción del austero
Savonarola.
Existían en la burguesía familias guardadoras de las antiguas virtudes,
procurando vivir al margen de esta licencia general; pero el pueblo
imitaba con exageración los vicios de sus gobernantes.
Paolo Baglioni, soberano de Perusa, viviendo maritalmente con su
hermana, recibía en el lecho á una diputación de notables de la ciudad,
y éstos no sabían qué cara poner ni en qué actitud mantenerse viendo al
príncipe acostado junto á su hermana, completamente desnuda, y
acariciando sus pechos mientras oía la arenga del orador de la comisión.
Un príncipe de Ferrara decapitaba á su mujer por adúltera con uno de sus
hijastros. Otra era precipitada desde una torre por mantener relaciones
carnales con varios sobrinos. El doga de Venecia Pietro Mocénigo caía
enfermo á causa de sus excesos con dos bellas cautivas traídas de
Turquía. Este viejo libidonoso no tardaba en reponerse, y poco después
lo sorprendían en su cama con cuatro adolescentes venecianas de doce á
catorce años.
Segismundo Malatesta, hábil y temible capitán, que fué en sus guerras un
precursor de César Borgia, tomaba las mujeres violentamente, matándolas
si se negaban á sus deseos. Esta brutalidad de sátiro no le impedía ser
poeta, hábil orfebre, gran protector de las artes y constructor de
bellas iglesias que parecían templos paganos. Su lubricidad de fiera le
impulsó á querer «conocer», en el sentido bíblico, á su hijo Roberto,
teniendo que huir este futuro heredero de sus Estados para librarse de
la terrible predilección paternal.
--Es verdad--dijo Figueras--que en esta acción monstruosa hubo
indudablemente el deseo de cumplir algún rito mágico, pues todos estos
señores, que apenas creían en Dios, tenían gran fe en el diablo y
tomaban consejo de magos y astrólogos antes de acometer una empresa.
Pasaban de mano en mano escritos pornográficos, obra de famosos
humanistas. Las novelas en boga superaban á las de Boccacio en
descripciones libertinas. Bandello, futuro obispo, y Bembo, futuro
cardenal, escribían historias de alcoba que hacían las delicias de las
grandes damas italianas. Dábanse en los palacios funciones teatrales,
reproduciendo sobre el escenario los actos más íntimos del placer
carnal. Otra diversión, después de una cena, era reclutar prostitutas y
ponerlas desnudas, arrojándolas castañas y almendras para que las
buscasen, marchando á cuatro patas, por debajo de los muebles.
Se había extendido la moda de tener esclavas orientales, y los pintores,
desde Mantegna al Veronés, reproducían en sus cuadros á dichas hembras,
ornamento de las familias ricas, que iban aumentando éstas con bastardos
hijos del dueño de la casa.
A pesar de la cínica libertad dentro de los hogares, el número de
prostitutas era enorme en Italia. Venecia, con trescientos mil
habitantes, contaba once mil hembras de dicha especie y otras tantas ó
más dedicadas en secreto al mismo comercio irregular. El gusto por la
vida antigua facilitaba á muchas de ellas el ascender al mismo nivel de
las cortesanas célebres de Grecia, valiéndose de sus riquezas y de su
educación intelectual. Poetas y cuentistas las dedicaban grandes
elogios. Se hacían construir palacios para recibir dignamente á sus
adoradores, que eran príncipes reinantes, prelados ó banqueros.
Tulia de Aragón veíase celebrada en toda Italia por su belleza, su
talento de poetisa y los refinamientos voluptuosos que había inventado
en una Academia Erótica presidida por ella. Finalmente, esta cocota del
siglo XV, despilfarradora de millones, moría joven aún, roída por
secretas enfermedades, sirviendo de moza en una taberna del Transtevere.
La bella Imperia, mantenida en un lujo de emperatriz por el banquero
Agostino Chigi, tomaba lecciones de los más afamados humanistas y
sostenía correspondencia literaria, abundante en citas latinas y
griegas, con los escritores más reputados de la corte de los Médicis y
otros de Pisa, Bolonia y Milán. Guardábanle en las iglesias el lugar más
honorífico y se apartaban los transeuntes en las calles para cederla el
paso entre murmullos de admiración.
Sus limosnas eran tan enormes como su lujo. Venían de toda Italia, con
el deseo de poseerla, príncipes, prelados y opulentos mercaderes; pero
ella mantenía en torno á su persona una pléyade de cortesanas jóvenes, á
las cuales iba delegando, según se presentaban los suspirantes, para
esquivar su contacto, y sólo accedía á concederles sus favores cuando
estaban quebrantados por las pruebas á que les habían sometido sus
bellas auxiliares.
El fervor exagerado por la antigüedad añadía á esta depravación de las
costumbres italianas los amores contra natura, designados por todos con
el nombre de «vicio griego». Muchos humanistas hacían gala en público
del más aborrecible defecto del paganismo, y grandes personajes de la
época participaban en secreto de sus aficiones. Unos se dedicaban
exclusivamente, por fanatismo clásico, al amor homosexual; los más eran
«ambidextros», practicando á un mismo tiempo los dos comercios carnales.
--Hasta hubo Papas--continuó don Baltasar--acusados públicamente de
dicha abominación tan extendida en aquella época; uno de ellos el famoso
cardenal Juliano de la Rovere, que fué luego Julio II, eterno é
implacable enemigo de los Borgia. Tuvo, como Alejandro VI, hijos
naturales, y además pareció interesarse por el vicio griego, aberración
en la que no incurrió nunca nuestro compatriota Rodrigo de Borja.
Al llegar aquí, después de haber descrito las corrupciones del
Renacimiento, el buen canónigo dió suelta á su indignación contra las
calumnias que pesaban sobre los Borgia, pintándolos cual si fuesen unos
seres excepcionales, demonios surgidos en medio de un período de virtud
general, monstruos de liviandad que escandalizaron á sus contemporáneos,
todos muy honrados.
--Dejemos aparte á Calixto III, el primer papa Borgia, varón de puras
costumbres, al que sólo se atreven á criticar algunos por haber abierto
el camino de los altos honores eclesiásticos á su sobrino, el futuro
Alejandro VI... Yo no digo que Rodrigo de Borja, su hijo César y otros
parientes fuesen santos ni modelos de virtud. Eran hombres de su época,
y vivieron con arreglo al ambiente de entonces. Antes de que ellos
naciesen ya existía la corrupción italiana, dentro de la cual se
desenvolvieron. Lo que á mí me indigna es que muchos de sus
contemporáneos supriman con hipocresía el ambiente general de la época,
hablando de ciertos hechos de los Borgia (indudablemente censurables)
como si fuesen casos aislados, y callándose lo que hacían al mismo
tiempo centenares y centenares de personajes más corrompidos que
aquéllos. Todos se acuerdan de César Borgia, príncipe hispano-italiano,
como de un «monstruo único», y nadie alude á Segismundo Malatesta y
demás _condottieri_, feroces como osos y sin el aliciente de la
elegancia en los gestos que tenía el otro. A nuestro Alejandro VI, uno
de los Papas que mejor defendieron los intereses de la Iglesia, lo hacen
aparecer como un gozador vulgar ó como un personaje de melodrama,
envenenando á las gentes por gusto.
Los Borgia, individualidades robustas, conseguían imponer durante varios
años sus concepciones políticas, creándose con esto muchos enemigos, que
escribieron contra ellos. Además, tenían para Italia el enorme defecto
de ser extranjeros, de proceder de España, y los españoles eran odiados
por los italianos de entonces poco menos que los franceses.
--Nadie tuvo interés en defenderlos luego de su muerte, cuando sus
enemigos pudieron ejercer contra ellos una larguísima venganza. Los
historiadores imparciales encontraron más cómodo llegar hasta nuestros
días copiándose unos á otros de un modo automático, sin examinar antes
la autenticidad y veracidad de los relatos antiguos. Aún tenían los
autores de la época de los Borgia la precaución ó el escrúpulo de poner
al frente de sus más injuriosas afirmaciones un «se dice» ó un «según
cuentan». Los que llegaron después suprimieron este dubitativo, dando
como indiscutibles todas las murmuraciones y calumnias de antesalas y
plazuelas.
El canónigo dejó de mirar á su sobrino y siguió hablando, como si los
árboles y las plantas floridas que le rodeaban formasen un auditorio
enorme.
--¿Qué le echan en cara á Alejandro VI?... ¿que tuvo hijos? También los
tenían varios de los Papas que se sentaron antes en el trono de San
Pedro, y los tuvieron igualmente después otros Pontífices. Su crimen
consistió en que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas,
ardorosas en sus deseos, inteligentes y audaces, como verdaderos Borja,
ansiosos de poder y de gloria; y los hijos de los otros Papas no pasaron
de simples parásitos del Vaticano, atentos únicamente á engordar como
sanguijuelas con la sangre de la Iglesia, á vender empleos y reunir
tesoros. Tampoco puede atacarse á nuestro Papa como una especialidad por
sus malas costumbres. En tal caso, hay que extender la censura á otros
Pontífices anteriores y posteriores á él, igualmente aficionados á
carnalidades con hembras ó á vicios más horrendos.
Y sin embargo, Alejandro VI, el simpático Rodrigo de Borja, que durante
su vida ejerció una especie de encantamiento sobre cuantos se
aproximaban á él, hombres y mujeres, se veía en el curso de tres siglos
considerado como uno de los monstruos más excepcionales de la Historia.
Los italianos enemigos del Papado caían con preferencia sobre este
Pontífice porque no era de Italia. Los escritores protestantes, en su
guerra con la Roma católica, escogían para sus golpes á este Papa, que
además era español, hijo del país que se desangró luchando contra la
Reforma por sostener la unidad católica.
--Este es el verdadero origen de la gran calumnia universal que pesa aún
sobre los de dicha familia. Fueron españoles, y Alejandro VI resulta la
víctima expiatoria de todas las licencias y escándalos del período del
Renacimiento.
Lucrecia Borgia, hija del Pontífice, había sido también otra gran
calumniada.
--Ya la han justificado muchos historiadores, demostrando la falsedad de
los crímenes y vicios que la atribuyeron; pero esto no impide que la
gente ignorante continúe sin conocer otra figura que la antigua, la
creada por la mentira, y cada vez que en los diarios se habla de una
envenenadora célebre, nunca falta un periodista ignorante ó un lector
bodoque que diga: «Es una Lucrecia Borgia.»
El santo hombre hizo una pausa, para hablar luego con tono indignado.
--¡Ese Víctor Hugo!... Tú lo admiras devotamente, pero reconocerás que
su _Lucrecia Borgia_ es una mala acción. No sólo recogió cuantas
falsedades dijeron los enemigos de los Borgia; además fué añadiendo por
su cuenta muchas otras. En su drama tiene Lucrecia un hijo ilegítimo,
Gennaro, que nadie conoció, pues lo inventa el poeta de cabeza á pies, y
este hijo mata á su madre. Tú sabes que á la pobre señora sólo la mató
Dios, pues falleció de parto siendo princesa reinante de Ferrara,
después de tener varios hijos. Usaba cilicio, vivía devotamente, fué la
admiración de sus contemporáneos, y jamás le atribuyó nadie envenamiento
alguno, ni los más encarnizados enemigos de su familia.
Cambió don Baltasar el curso de su cólera.
--¡Y si sólo existiese el drama de Víctor Hugo!... Hace años que está
olvidado; es tal vez la peor de sus obras teatrales; pero á Donizetti se
le ocurrió ponerlo en música, y ¿quién no ha oído su ópera?... ¿Cómo
luchar con la estulticia de dos generaciones que han aprendido la
historia de Lucrecia Borgia en el teatro, con acompañamiento de
orquesta, inventada en los tiempos más delirantes del romanticismo y
modificada todavía por un obscuro «libretista»?
La consideración de que ésta era la única Lucrecia conocida de todos le
puso aún más triste, y dijo á su sobrino con tono de ruego:
--Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. Los
Borgia deben interesarte más que «el Papa del mar», al que quisiste
describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia,
mientras los Borgia continúan siendo considerados por el vulgo como unos
modelos de monstruosidad.
Hizo una pausa, para añadir con desaliento:
--Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada
vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me
parece que voy á faltar á los deberes que me impone la disciplina de la
Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice relatando los
escándalos de otros Pontífices de su época. Necesito recordar lo que
olvidaron muchos maliciosamente, para ir concentrando sobre el Papa
español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un
caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad
de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible
decir la verdad sin faltar á ningún ministerio sagrado.
Claudio sonrió distraídamente. Fingía escuchar con atención á su tío,
mientras su pensamiento se iba alejando de él.
¿Qué podían importarle los Borgia?... Tal vez le hubiesen interesado un
año antes, cuando estudiaba las andanzas novelescas de don Pedro de
Luna; pero ahora vivía en otro mundo y eran distintas sus aficiones é
ideas.
Pensaba con inquietud en Rosaura. Hacía dos horas que se había
ausentado. Su automóvil les esperaba ante la verja del jardín.
Seguramente estaba bailando entre los brazos de otro hombre, sin
acordarse de él.
¿Por qué seguir aquí, oyendo la charla apasionada de este erudito,
sinceramente indignado por la injusticia póstuma infligida á la memoria
de unos seres que habían dejado de existir cuatrocientos años antes?...
III
En el que se habla del hijo de la universidad de Canals y de la
victoriosa batalla de los Tres Juanes
A los pocos días de permanencia en la Costa Azul, sintió don Baltasar
Figueras la comezón de continuar su viaje á Roma.
Ya había visto bastante. De Niza sólo le interesaban la ciudad vieja y
su mercado de legumbres y flores, semejante al antiguo de Valencia. En
el principado monegasco prefería la ciudad de Mónaco, con sus
callejuelas tranquilas, donde encontraba frailes y monjas, y la gran
plaza, frente al palacio de los Príncipes, adornada con cañones del
tiempo de Luis XIV y pirámides de proyectiles esféricos. Esta
artillería, teatral é inútil, imponía respeto al canónigo, predispuesto
á la admiración de todo lo viejo, haciéndole aceptar dicha planicie como
una verdadera plaza fuerte.
La inmediata altura de Monte-Carlo, al otro lado del puerto, le
inspiraba menos respeto. Era, según él, una ciudad peligrosa. Todos sus
habitantes le parecían terribles bandidos internacionales, y en cuanto á
las mujeres, se abstenía, por pudor, de darlas su verdadero nombre.
Como llevaba leídas cosas tremebundas sobre este país, pidió á Claudio
que le enseñase cierto banco llamado de «los suicidas», porque en él
solían matarse los desesperados del juego.
Inútilmente paseó Borja sus miradas por los numerosos bancos de un
jardín dividido en terrazas. No pudo saber cuál era el que gozaba de tal
privilegio fúnebre. Esto no impidió que el santo varón mirase con cierta
inquietud los peñascos de la costa y las palmeras de los paseos,
esperando ver pendiente de su frágil ramaje algún ahorcado puesto de
frac, ó hechas pedazos, junto á las olas, á varias damas en traje de
baile.
Dentro de los salones del Casino se mostró nervioso y ruborizado, cual
si estuviese cometiendo una mala acción. En vano le señaló su sobrino un
grupo de clérigos portugueses que venían de Roma ó se encaminaban á
ella. Casi todos los que iban en peregrinación á ver al Papa hacían alto
unas horas para conocer este Casino de Monte-Carlo, famoso en el mundo
entero, y arriesgar algunas monedas sobre las mesas verdes. Don Baltasar
dudó en el primer momento de la autenticidad de sus compañeros
portugueses.
--Deben ser pastores luteranos--dijo á Claudio.
Y al convencerse finalmente de que eran católicos como él, no por esto
recobró su tranquilidad.
Nada le interesaba en este mundo de la Costa Azul. Tenía otras cosas que
hacer. Y anunció á su sobrino y á la «distinguidísima viuda», admirada
por él como una gran señora de los mejores tiempos de la Historia, su
propósito de continuar el viaje.
Rosaura lo invitó segunda vez á almorzar, mostrando repentino interés
por su gran empresa en favor de los Borgia. Era sin duda una amabilidad
de última hora, un deseo de serle agradable, ya que no lo iba á ver más.
Y escuchó atenta la descripción que el canónigo fué haciendo de la
ciudad de Játiva, donde los árabes españoles fabricaron el primer papel
conocido en Europa.
Situada al pie de una colina que tiene en su cumbre un castillo famoso á
causa de los personajes que guardó prisioneros, la circunda extensa
huerta, en la que alternan los campos siempre verdes con grupos de
palmeras.
Un agua fresca y rumorosa viene de las fuentes de la montaña á
esparcirse por las casas, en chorros sin grifo que se desgranan día y
noche sobre las pilas de los patios. Al pasar el transeunte frente á las
puertas, es acogido por el rumor melodioso de estos arroyuelos
continuos.
--Los Borja--dijo don Baltasar--fueron de Játiva, pero el primero de
ellos, el papa Calixto III, no nació dentro de la ciudad, sino en la
«universidad» de Canals.
Sonrió con malicia al notar cierta extrañeza en sus oyentes, y siguió
diciendo:
--El significado de las palabras cambia con el transcurso del tiempo.
Antes, «presidio» quería decir plaza fuerte. Del mismo modo
«universidad» equivalía á reunión ó gremio. La llamada Universidad de
Mareantes de Sevilla no era escuela de navegación; significaba cofradía
ó sociedad de hombres de mar. Los grupos de caserío demasiado pequeños
para titularse pueblos, y que vivían á la sombra de un municipio mayor,
se designaban con el nombre de «universidad».
Dotado el canónigo de prodigiosa memoria, recordaba lo dicho por un
teólogo del siglo XVIII al describir la pequeña patria del primero de
los Borja. «La universidad de Canals se llama universidad porque así
debe apellidarse toda república que es menos que villa y mucho más que
lugar.»
Procedían los Borja de la ciudad de su mismo nombre situada en Aragón, y
bajaban á Valencia para su conquista, siguiendo al rey don Jaime, que
expulsó á los moros. Todos eran de notable hermosura corporal y espíritu
ardiente, con grandes ánimos para sus empresas, deseosos de realizar
hazañas famosas y unidos por una solidaridad de familia semejante á la
de las tribus primitivas.
Alfonso de Borja había nacido el último día del año en que estalló el
Gran Cisma, ó sea en 1378. Una tradición le acompañaba desde la cuna,
dándole gran fe en sus destinos. Su madre le había contado que, en los
primeros años de su vida, el gran taumaturgo y predicador que fué luego
San Vicente Ferrer profetizó, al verle, su ascensión al más alto puesto
de la Iglesia.
--Debo añadir--dijo Figueras--que el futuro santo hizo otras muchas
predicciones semejantes. Nada le costaba alegrar de este modo á una
pobre madre.
Establecidos los Borja en Játiva, con otros caballeros guerreadores,
para hacer frente á los moros que intentaban recobrar el reino de
Valencia, fueron dividiéndose y cambiando de situación al transcurrir
el tiempo. Hubo Borjas ricos que mantuvieron el prestigio de su nobleza
con el dinero. Otros, dedicados al cultivo de la tierra, fueron
descendiendo en rango social, aunque sin perder su primitiva nobleza.
Alfonso de Borja era hijo de uno de estos hidalgos venidos á menos, que
vivían á estilo de labradores, pero conservando con orgullo el escudo de
la familia: un toro rojo sobre fondo de oro, símbolo de la robustez, la
acometividad y el ardor de todos los que llevaban dicho apellido. Estos
labriegos de noble origen ostentaban el título de «generosos», ó sea de
generación militar.
Dedicado á los estudios jurídicos en la Universidad de Lérida, obtenía
una cátedra en plena juventud. El papa Luna, apreciando los méritos del
nuevo doctor, le daba un canonicato en dicha ciudad. Los cargos
eclesiásticos eran entonces la mejor recompensa para literatos y
jurisconsultos, ya que se podía disfrutar su renta sin necesidad de
hacerse sacerdote.
Al subir Alfonso V al trono de Aragón, reconocía los méritos de este
joven experimentado en cuestiones jurídicas y hábil para las
negociaciones diplomáticas, haciendo de él su secretario. Los servicios
que prestó á Martín V--el Papa elegido por el Concilio de Constanza--le
abrían el camino de los altos honores de la Iglesia. El fué quien trató
con el sucesor del papa Luna, el canónigo de Valencia Gil Muñoz, llamado
Clemente VIII, para que renunciase á la tiara en el castillo de
Peñíscola, y el Pontífice de Roma lo premió otorgándole el obispado de
Valencia. Luego vivía en Nápoles al lado de Alfonso V, ayudándole en la
reorganización de dicho reino, despedazado por largas guerras.
Aquí el canónigo abandonó momentáneamente á Alfonso de Borja para hablar
de su regio protector.
--Con razón--dijo--llamaron á Alfonso V «el Magnánimo». Ningún rey de su
época tan caballeresco y tan humano.
Célebre en Europa por tales condiciones, Juana II de Nápoles, que no
tenía hijos, le prometía su corona en herencia si la apoyaba contra el
duque de Anjou, aspirante á dicho trono con el auxilio de un partido de
descontentos.
Ayudado por la flota aragonesa, conquistaba Alfonso V el reino
napolitano. Luego, la vieja Juana reñía con él, nombrando heredero al de
Anjou; pero el aragonés continuaba la guerra, y tras muchas
alternativas, adueñábase definitivamente del reino de Nápoles en 1442,
quedando en él para siempre.
--En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en
España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, á
mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de
Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas
con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don
Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique III de Castilla,
y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato
de celos, hizo matar á la amante, historia romántica con la que se
justifica el hecho de que Alfonso V viviese treinta y ocho años lejos de
su mujer, guerreando en Italia ó gobernando pacíficamente á Nápoles.
Ensalzó don Baltasar la popularidad italiana del rey español, protector
de sabios y escritores. Los humanistas más atrevidos buscaban refugio en
Nápoles. Como era amante de la gloria, procuraba merecer los elogios de
estos literatos, distribuidores entonces de la celebridad. Griegos
desterrados de Constantinopla venían á dar lecciones en Nápoles y
Sicilia, honrándolos el rey con títulos de caballero.
Se contaban anécdotas sobre el respeto de Alfonso V á las letras
clásicas, afirmando que empleaba muchas veces como medicina la lectura
de ciertos autores antiguos, curándose así las dolencias nerviosas.
Hasta se abstuvo en una recepción de espantar una mosca posada sobre su
nariz por no perder ninguna frase de la arenga latina que le dedicaba un
orador célebre. En sus guerras para conseguir la posesión definitiva de
Nápoles, perdonó á varias poblaciones que le habían opuesto empeñada
resistencia, al acordarse de que eran patria de grandes hombres de la
antigüedad.
--Su título de «magnánimo» fué merecido. Al combatir á su adversario el
duque de Anjou en su misma tierra de Provenza, apoderándose de Marsella,
rehusó los presentes que le ofrecían las damas de dicha ciudad por
haberla salvado del pillaje de sus tropas. «Yo he venido á vengarme como
príncipe--dijo--y no á hacer la guerra como ladrón.»
Sitiando á Gaeta, dejaba salir de la famélica plaza á las mujeres y los
niños. Esto permitía á sus defensores aguardar un avituallamiento que
imposibilitó momentáneamente la toma de la población; mas no por ello se
arrepintió «el Magnánimo» de su generosidad. A unos que conspiraban
contra él los perdonó, diciendo: «Yo los obligaré á reconocer que cuido
más de su vida que ellos mismos.»
Una galera llena de soldados estaba próxima á naufragar, y como notó
Alfonso V que sus órdenes para salvarla eran obedecidas con timidez, se
arrojó el primero en una chalupa, gritando á los vacilantes: «Quiero
mejor ser el compañero que el testigo de su muerte.» Y esta resolución
enardecía á sus gentes, haciéndolas salvar el buque.
Sonrió Figueras con cierto rubor, como si pidiese perdón á la dama que
le estaba escuchando, y dijo:
--Lo único que se le pudo reprochar fué su gran afición á las mujeres.
Toda su vida mostró esta debilidad, hasta en sus últimos años. Cuando ya
tenía cerca de sesenta, hizo reir un poco á los de Nápoles con su amor
senil por la hermosa y joven Lucrecia de Alagno, aunque él dijo siempre
que esta pasión era puramente platónica. Hasta en su vejez tenía bella
presencia y aspecto majestuoso, siendo uno de los caballeros más
cumplidos de aquella época.
Cuando su secretario Alfonso de Borja pasó á ser Papa con el nombre de
Calixto III y andaban ambos en cuestiones por considerar el Pontífice un
feudatario de la Iglesia á su antiguo señor, la bella Lucrecia de Alagno
marchó á Roma con imponente cortejo, siendo recibida como una soberana.
Pero Calixto se negó á dar licencia para que Alfonso V pudiera contraer
con ella un segundo matrimonio. Mantenía su antigua amistad con la
verdadera reina doña María, residente en Zaragoza ó en Valencia. Sin
esto la hermosa Lucrecia habría acabado por ser soberana de Nápoles.
--Pero volvamos--dijo el canónigo--á la carrera prodigiosa del profesor
de Lérida y rector de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, que
llegó á Pontífice.
Alfonso de Borja procuraba reconciliar á su rey con el papa Eugenio IV,
y éste, agradeciendo las gestiones del obispo de Valencia, lo hacía
cardenal en 1444, asignándole como iglesia titular la antigua basílica
de los Cuatro Santos Coronados, situada en una eminencia del llamado
Monte Celio. Obedeciendo los deseos del Pontífice, se quedaba en Roma,
logrando fama de cardenal exento de adulación, independiente, sin
espíritu de partido.
La sencillez y pureza de costumbres de Borja, que no se había ordenado
de sacerdote hasta que fué obispo, llamaron la atención en aquella época
de cardenales aseglarados, iguales á los príncipes laicos en desórdenes
y liviandades. El titulado cardenal de Valencia vivía modestamente, en
riguroso celibato. Hasta en las épocas que gobernó á Nápoles como
delegado de Alfonso V, concitándose enemigos por sus medidas
extraordinarias, los libelistas napolitanos sólo supieron decir de él
que amaba los perfumes y gustaba de conversar con las damas de la corte,
sin poder añadir anécdotas escandalosas á estas particularidades
ordinarias en el consejero de un monarca, acostumbrado á vivir en
palacios.
Así fué llegando á la ancianidad. Sus estudios y el mucho trabajo á que
le obligó la incesante colaboración con el rey de Nápoles habían
quebrantado su salud, hasta el punto de figurar como uno de los
cardenales más enfermos y débiles de la corte pontificia.
Algunas veces hablaba melancólicamente á sus íntimos recordando la
profecía del maestro Vicente Ferrer. Nunca llegaría á Papa. Aquel santo
predicador se había equivocado. Otro fraile ascético, que luego figuró
igualmente en los altares, San Juan de Capistrano, gran amigo de Alfonso
de Borja, oyó muchas veces cómo recordaba éste dicha predicción, seguro
de que iba á resultar falsa.
Tres Papas se habían sucedido en Roma después del Concilio de Constanza:
Martín V, Eugenio IV y Nicolás V, todos italianos. A la muerte de
Nicolás, «el Papa bibliotecario», preocupado especialmente de proteger
á los humanistas y adquirir libros valiosos, mientras los turcos,
dueños de Constantinopla recién conquistada, amenazaban el centro de
Europa, la elección del nuevo Pontífice se presentó como un problema
pavoroso.
El prestigio de la Iglesia se había extinguido. Reyes y príncipes
desobedecían al Pontificado después de verlo pasar por las vergüenzas
del Gran Cisma. Dentro de Roma existía un gran partido republicano y
antipapal. Pocos años antes, en tiempo de Eugenio IV, el patricio
Esteban Porcaro, ardoroso y enérgico, de mejores condiciones que Rienzi,
había pretendido hacer una revolución para proclamar la República
romana, muriendo en la horca por orden del Papa.
De existir el elocuente y hábil Porcaro en Marzo de 1455, la reunión del
cónclave para elegir nuevo Pontífice habría sido la señal de una gran
revolución popular. Las dos facciones aristocráticas, representadas por
las familias de los Colonna y los Orsini, siempre en pelea por el
gobierno de la ciudad, iban á guerrear dentro del cónclave para obtener
la tiara. Un cardenal Colonna y un cardenal Orsini, deseosos cada uno de
ser Papa, buscaban alianzas por medio de la intriga y el dinero. De los
quince cardenales electores, siete eran italianos, dos franceses, dos
griegos y cuatro españoles: Torquemada, Lacerda, Carvajal y Borja.
Nadie pensaba en la posibilidad de un Papa extranjero. El Gran Cisma
había sido motivado por la oposición de Roma á todo Pontífice que no
fuese de Italia. Hasta en el Concilio de Constanza, gran asamblea
internacional de la Iglesia, había sido elegido un italiano, Martín V,
para terminar el conflicto definitivamente.
Como ni Colonna ni Orsini tenían votos suficientes para triunfar, se
hablaba de otras candidaturas italianas, profetizando la victoria de
Scarampo, cardenal muy rico, aficionado á la espada, ó de Pedro Barbo,
que años después fué Pontífice con el nombre de Paulo II.
--En realidad, era Pedro Barbo el más cercano á la tiara al abrirse el
cónclave; pero los romanos tienen un refrán que dice: «el que entra en
el cónclave como Papa sale como cardenal», y así fué una vez más.
Apenas empezaron las sesiones, los que deseaban un candidato
independiente, agradable á todos, se fijaron en el cardenal Bessarion,
griego refugiado en Roma, de grandes conocimientos científicos, y que
vivía apartado de contiendas, en un aislamiento de hombre estudioso.
Pero no hizo nada por robustecer su candidatura, y algunos cardenales
dijeron que era indigno ver á un neófito, que aún usaba la barba á
estilo oriental y acababa de abandonar el cisma griego, colocándose de
golpe á la cabeza de la Iglesia romana. Además, los cardenales
aseglarados como Scarampo temían la severidad de costumbres de
Bessarion.
Transcurrió el tiempo, se hicieron muchas votaciones inútiles, el pueblo
se impacientaba, y al fin los dos partidos difirieron su lucha para otra
elección, acordando proclamar á uno de los cardenales más ancianos,
amigo del poderoso rey de Nápoles, y al que le quedaban pocos meses de
vida. De esta suerte fué elegido inesperadamente Alfonso de Borja, á la
edad de setenta y siete años, tomando el nombre de Calixto III.
Toda la población de Roma quedó absorta al ver elegido á un español. La
tradicional resistencia á los Papas extranjeros, origen del Gran Cisma,
resultaba de pronto ineficaz. Pedro de Luna, último Papa de Aviñón,
triunfaba póstumamente treinta y dos años después de su muerte. El mundo
católico no le había querido, á pesar de sus virtudes, porque era
español, y un segundo español venía ahora á sentarse en el trono de
aquella Roma donde no pudo entrar nunca el otro.
Se llegó á temer que estallara de nuevo el cisma y los cardenales
italianos abandonasen á Roma para elegir un segundo Pontífice. Al Papa
inesperado le daban el apodo de «el viejo catalán», y su amistad con el
rey de Nápoles era interpretada como un anuncio del crecimiento de dicho
reino.
--Si al valenciano Borja--continuó Figueras--lo llamaban catalán, era
porque los catalanes gozaban en Italia de una impopularidad algo menor
que la de los franceses, mas no por eso menos odiosa é intolerable para
el vulgo. Dominaban á Sicilia y Nápoles y hacían la guerra en el mar á
las galeras de varias repúblicas y principados italianos. Temían las
gentes de Roma que el nuevo Papa confiase las fortalezas de la Iglesia
á guerreros «catalanes», ó sea españoles, de suerte que luego de su
fallecimiento fuese difícil volver á recobrarlas. Pero la índole
apacible y bondadosa de Alfonso de Borja, su fama de hombre justo y puro
de costumbres, la severidad para el trato de su propia persona y el tono
suave con que acogía á todos, acabaron por acallar estas inquietudes
públicas.
Además, el descendiente de los caballeros de Játiva, eternos
guerreadores contra los moros, publicó inmediatamente cuál iba á ser la
verdadera finalidad de su pontificado: combatir á los turcos hasta
reconquistar Constantinopla, que su antecesor, el Pontífice bibliófilo,
había dejado perderse con desesperados lamentos, pero sin ninguna medida
enérgica que impidiese dicha catástrofe cristiana.
Los primeros días del pontificado de este español no fueron dichosos.
Roma continuaba viviendo en la inseguridad de la guerra civil, con su
vecindario dividido en bandos implacables. El 20 de Abril se celebraba
la coronación del primer Borgia. Por la mañana iba Calixto á la basílica
de San Pedro, y un canónigo, para recordarle la fugacidad de las cosas
terrenas, quemaba ante sus ojos un poco de estopa, diciendo: «Santo
Padre, así pasa la gloria de este mundo».
Luego celebraba la misa ayudado por los dos candidatos que días antes
figuraban en el cónclave como Papas probables, cuando nadie pensaba en
él. El cardenal Orsini cantó la epístola y el cardenal Colonna el
Evangelio. Finalmente se procedía á la coronación ante la basílica, y
Próspero Colonna, como el más antiguo de los cardenales diáconos,
colocaba en la cabeza de Calixto el _tryreinum_, diciendo así:
--Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres padre de
los príncipes y de los reyes, guía del orden y vicario en la tierra de
nuestro salvador Jesucristo, cuya es la honra y la alabanza por una
eternidad de eternidades. Amén.
El español fué á tomar posesión de la iglesia de Letrán, que es el
templo correspondiente á los Pontífices, como los cardenales tienen cada
uno su iglesia propia. Iban en su cortejo ochenta obispos vestidos de
blanco, todos los cardenales vestidos de rojo, muchos barones romanos
con armaduras y los magistrados de Roma.
El hijo de la «universidad» de Canals, jinete en un caballo blanco,
parecía rejuvenecido, no obstante sus años y enfermedades, por esta
autoridad de carácter universal que acababa de serle impuesta. Ya no era
un consejero del rey de Aragón; se veía por encima de todos los monarcas
de la tierra.
Según antigua costumbre, en el lugar llamado Monte Giordano, una
diputación de los judíos residentes en Roma aguardaba el cortejo solemne
de todo nuevo Pontífice, para ofrecerle el libro de su Ley, ricamente
encuadernado, en cuyo volumen leía el Papa algunas palabras, diciendo
finalmente: «Nos, confirmamos vuestra Ley, pero condenamos vuestra
exposición; porque Aquel de quien ella dice que vendrá ha venido ya, y
es Jesucristo nuestro Señor, como la Iglesia nos lo enseña y predica.»
Para el populacho de Roma, la elección de un Pontífice era pretexto de
motines, diversiones brutales y saqueos. Entre dos Papados, la ciudad
vivía un período anárquico, negando obediencia á las autoridades del
Pontífice muerto y aprovechándose de la incertidumbre y desorientación
de las autoridades recién nombradas.
Otra de sus costumbres era saquear el palacio del cardenal que acababa
de ser elegido Papa. Como iba á instalarse en el Vaticano, el populacho
se creía con derecho á apropiarse todo lo de su antigua vivienda,
llevándose muebles, ropas y joyas. Años después, los cardenales que
aspiraban á ser Pontífices, antes de ir á encerrarse en el cónclave
procuraban dejar en sus palacios una guarnición de espadachines y
arcabuceros para que repeliese el asalto de la muchedumbre en el caso de
que su candidatura resultase triunfante.
Al llegar Calixto III al Monte Giordano, mientras realizaba la ceremonia
de leer el libro de la Ley judaica y contestar á la diputación del
_ghetto_ las palabras rituales, el populacho se sintió tentado por la
riqueza de este magnífico volumen encuadernado en oro, y para robarlo
arrolló á los guardias del Pontífice. Se produjo tal confusión, que el
anciano Borja vióse próximo á morir aplastado por el gentío. Los
soldados papales repelieron á las turbas con sus espadas y lanzas, pero
esto no impidió que arrebatasen en su retirada el rico baldaquino que
servía al Pontífice cuando era llevado en andas dentro de las iglesias y
que le seguía en este cortejo como símbolo de su dignidad.
Poco después, al pasar por el Campo dei Fiori, surgió otro incidente más
grave. Napoleón Orsini andaba en pendencias con el conde de Anguillara,
acuchillándose los partidarios de uno y otro dentro de Roma.
Orsini quiso aprovechar la ocasión, y abandonando la comitiva papal
corrió al Campo dei Fiori, donde habitaba dicho conde, haciendo saquear
su vivienda. «¡Quien quiera bien á la casa de Orsini que acuda en su
auxilio!», gritaban los del mencionado partido. En pocos momentos se
reunieron tres mil hombres armados á favor de los Orsini, mientras los
Colonna, por la eterna rivalidad entre las dos familias, daban auxilio
al conde de Anguillara, juntando otra tropa no menos considerable.
Ambos partidos se aprestaron á dar una verdadera batalla en presencia
del nuevo Pontífice, siendo necesaria la intervención de los cardenales
Colonna y Orsini para que, exhortando á sus parientes, restableciesen la
tranquilidad.
Encargó Calixto III á Pedro Barbo y otros cardenales influyentes el
afianzamiento de la paz en los Estados pontificios, ajustando una tregua
de varios meses entre las familias rivales. El necesitaba su tiempo y su
actividad para la organización de la guerra contra los turcos.
Resultaban sin fundamento los temores que había inspirado al principio
de querer trasladar la corte pontificia lejos de Roma, tal vez á España,
imitando con ello á los Pontífices franceses que la habían establecido
en Aviñón.
--Este viejo español--siguió diciendo el canónigo--era de vista más
larga y concepciones más universales. Sólo le preocupó la suerte del
cristianismo; únicamente prestaba atención á la empresa de reconquistar
Constantinopla y los Santos Lugares.
Los humanistas, acostumbrados á vivir como parásitos de la generosidad
de príncipes y Papas, no encontraron apoyo en este antiguo
jurisconsulto. Nunca se mostró hostil al Renacimiento, pero lo miró con
indiferencia, preocupándole más el reunir dinero para la guerra contra
los turcos que dar salarios á escritores venales y de estilo fácil, como
lo había hecho su antecesor, Nicolás V, erudito confiado é ingenuo.
--Por un motivo inexplicable para muchos, el único humanista que
protegió este Papa tan devoto fué el incrédulo Lorenzo Valla. Apenas
elevado al trono pontificio, lo hizo secretario suyo, dotando
liberalmente con algunos canonicatos al terrible librepensador. Sin duda
le guardaba Calixto un gran afecto personal desde los tiempos que lo
tuvo á sus órdenes como gobernador de Nápoles; pero Valla apenas pudo
gozar las dulzuras de dicha protección, pues murió dos años después.
Todo el dinero de la Iglesia lo iba dedicando el ardiente anciano á la
cruzada contra los turcos. Anunció que iba á empeñar para esto su propia
tiara, y hasta arrancó sus encuadernaciones á muchos códices de la
biblioteca del Vaticano, porque tenían adornos de metales preciosos.
El rey Alfonso de Nápoles, muy entendido en objetos de arte, compró al
Papa ánforas, copas y otros servicios de plata y oro, cálices, patenas y
un tabernáculo con valiosos esmaltes. El Pontífice comía en platos de
barro, y afirmó en uno de sus Breves que iba á contentarse con una
simple mitra de lino, enajenando todas las joyas de la Iglesia para la
guerra santa.
Contempló Europa con admiración y al mismo tiempo con apatía los
esfuerzos de este anciano, enardecido por una extraordinaria juventud.
--Quiero ser--dijo--el emperador y el campeón de la cristiandad contra
los infieles.
Sólo un español podía mostrar este ardor antimahometano. Las naciones
del centro de Europa ya no se acordaban de las cruzadas. Además, éstas
sólo habían sido un episodio de su historia, mientras en España la
guerra contra los musulmanes se prolongaba siete siglos. Todavía en
aquellos momentos poseían los moros el floreciente reino de Granada,
representando un peligro nacional.
Su propósito era coligar todo el Occidente cristiano contra el nuevo
emperador de Constantinopla, socorrer á los húngaros, amenazados por los
turcos, crear una flota de guerra pontificia que fuese á atacarlos en el
archipiélago griego, del cual se iban apoderando rápidamente.
--Todos los cronistas de entonces se asombraron del celo guerrero y la
fuerza de voluntad de este anciano, que muchos creían próximo á morir.
Los asuntos generales de la Iglesia los trataba brevemente, pero de la
cruzada discurría con gran prolijidad, atendiendo á todos sus detalles.
Falto de dinero, licenciaba á cuantos escritores y artistas vivían á
sueldo del Pontificado, y si retenía á algunos de los últimos, era para
que trabajasen en cosas de la guerra. A los pintores y bordadores les
encargaba estandartes. Los escultores tallaban pelotas de piedra para
las bombardas. Enviaba exhortaciones á los reyes cristianos para que
tomaran la cruz y marchasen contra los turcos. Exigía de los cleros de
todos los países una contribución para el sostenimiento de dicha
campaña...
--Pero ¡ay! la antigua fe guerrera--continuó el canónigo--se había
extinguido. Los monarcas se embolsaban cínicamente las cantidades
recogidas para la cruzada, siendo el primero en dar tan perverso ejemplo
Alfonso V de Aragón. Aún hizo algo peor. Se apropió los buques que por
encargo del Pontífice había reunido el arzobispo de Tarragona Pedro de
Urrea, y que estaban mandados por Antonio Olcina. Estos buques, en vez
de ir á Ostia, poniéndose á las órdenes del Papa, se unían á la flota
del rey Alfonso para hacer la guerra á los genoveses y otros Estados
cristianos enemigos de dicho rey.
Protestaba el viejo Pontífice inútilmente contra el arzobispo de
Tarragona y Alfonso V, llamándolos «traidores». Era el único, en todo el
Occidente, que hacía algo por oponerse al avance de los turcos, y con
asombro de todos los que ridiculizaban su empresa, considerándola
quimerática, empezaron á verla realizarse bajo el influjo milagroso de
una ardiente voluntad.
Las riberas del Tíber, siempre dormidas y casi desiertas, resucitaron á
la vida del trabajo por obra de este anciano. En la Ripa Grande
estableció arsenales, y junto á San Espíritu construyó un dique para
limpiar galeras.
Carpinteros y marineros acudían de toda Italia contratados por los
agentes del Pontífice. Este gustaba de dirigir los preparativos
personalmente, y cuando no escribía cartas á los reyes invitándolos á
tomar la cruz, intervenía en las compras de hierro, brea y maderaje para
las construcciones navales, vigilando igualmente los acopios de pelotas
de piedra y plomo para las bombardas, de ballestas, cascos, escudos,
lanzas, espadas, cadenas, áncoras y cables. Lo mismo se preocupaba del
bizcocho ó galleta para las tripulaciones que de las banderas y
gallardetes que debían ondear en las arboladuras de las naves. Hasta se
cuidó de dar cinco resmas de papel á los jefes de su flota para que
pudiesen escribirle acerca de las operaciones.
Ludovico Scarampo, el cardenal-almirante, uno de los príncipes de la
Iglesia más ricos, deseaba quedarse en su lujoso palacio de Roma; pero
como había demostrado ser el mejor hombre de guerra entre todos los del
Sacro Colegio, venció Calixto su resistencia, y prendiéndole con sus
propias manos en un hombro la insignia de cruzado, consiguió que al fin
zarpase su flota de las bocas del Tíber á fines de Junio de 1456.
Se componía de veinticinco naves, con mil marineros, cinco mil soldados
y trescientos cañones. Este milagro naval lo había conseguido Calixto
por sus propias fuerzas. El rey de Francia, Carlos VII, abusaba de su
entusiasmo, lo mismo que el de Nápoles. En vano le recordó la historia
de San Luis, héroe de las cruzadas. El descendiente del santo rey se
quedó con todo el dinero recogido, dedicando á guerrear contra ingleses
y napolitanos cuantos buques había juntado en Francia el Pontífice para
su expedición.
Al mismo tiempo que enviaba la flota de Scarampo al encuentro de los
turcos, haciéndose ilusiones sobre su eficacia, sin tener en cuenta el
número limitado de los buques, se preocupó de auxiliar á los húngaros,
contra los cuales había empezado á marchar el sultán Mohamed, invadiendo
el centro de Europa.
Este auxilio terrestre era más espiritual que efectivo. Ningún rey
cristiano le enviaba las tropas prometidas. Cada vez se veía más
claramente que la época de las cruzadas había terminado. El Papa era el
único que aún soñaba con la posibilidad de levantar contra los
musulmanes toda la Europa, por cuyo motivo algunos soberanos de su época
le llamaron irónicamente «el último cruzado».
En realidad, sólo pudo enviar á Hungría dos hombres: el cardenal español
Juan de Carvajal, enérgico y tenaz como él mismo en la lucha contra los
infieles, y un fraile, igualmente amigo suyo, que tenía más de setenta
años y estaba debilitado por una vida de privaciones: el futuro San Juan
de Capistrano.
Carvajal vivió seis años en Viena y en Buda como legado pontificio,
organizando con diversa suerte la cruzada contra los turcos. Gracias á
sus gestiones para restablecer la paz entre los magnates húngaros,
consiguió que muchos de éstos olvidasen sus querellas, tomando las armas
contra los infieles. El más famoso de todos fué el heroico Juan
Hunyades. Mientras tanto, Capistrano iba de un lado á otro predicando á
las muchedumbres para que se armasen y tomaran la cruz.
Capistrano y Carvajal, que se habían presentado á los húngaros con las
manos vacías, sin más auxilio que las palabras ardorosas de su
Pontífice, consiguieron improvisar un ejército. Pareció éste ridículo á
los verdaderos hombres de guerra comparado con el de los turcos, que era
tenido por toda Europa como invencible. Hunyades organizó á su costa
siete mil húngaros, y Capistrano y Carvajal le dieron como fuerza
auxiliar una muchedumbre abigarrada, enardecida por sus predicaciones,
compuesta de artesanos, labriegos, frailes, eremitas y estudiantes,
armados casi todos con guadañas, venablos y horquillas. Muchos de los
nuevos cruzados eran aventureros que iban en busca de botín; pero los
más acudían á la pelea con el deseo de morir, ganando el cielo. Varios
grupos de lansquenetes alemanes y guerreros polacos dieron cierta
consistencia militar á esta masa confusa y mal armada, conducida por el
fraile Capistrano.
El sultán Mohamed, con las tropas invencibles que habían tomado á
Constantinopla, y una artillería monstruosa, sitiaba á Belgrado, puerta
de Hungría. Tomada esta ciudad, el Gran Turco pensaba invadir fácilmente
todo el centro de Europa.
Avanzó Hunyades con su ejército irregular en auxilio de Belgrado. Junto
á él marchaba Capistrano llevando en alto un crucifijo, regalo de
Calixto III, é invocando el nombre de Jesús. Contra toda regla militar y
con menosprecio de la ley de las probabilidades, dicha muchedumbre mal
organizada, pero dispuesta á morir, rompió el cerco de los turcos y dió
auxilio á los que defendían Belgrado. Luego, revolviéndose contra los
sitiadores, con una audacia desconcertante para éstos, consiguió
desbaratarlos, apoderándose de su campamento, de su enorme artillería y
obligando á huir al famoso conquistador de Constantinopla.
Tal combate, desarrollado entre el 14 y el 21 de Julio, causó asombro en
los pueblos cristianos. Todos esperaban la derrota del Papa. Quedaba
deshecha la opinión general de entonces, que suponía invencible á la
media luna. El viejo y tenaz español había derrotado por primera vez á
los turcos.
La empeñada y sangrienta batalla de Belgrado la llamaron todos «la
batalla de los Tres Juanes», por ser éste el nombre de Hunyades,
Capistrano y Carvajal. El anciano Alfonso de Borja, cuando llegaron á
Roma las primeras noticias de la victoria, lloró de emoción y rió de
alegría, con el desordenado regocijo de un niño. Los hombres le habían
abandonado, pero Dios le apoyaba para que venciese él solo á sus
enemigos.
Aunque la peste causaba grandes estragos en Roma, no quiso abandonar la
ciudad, como lo hacían los personajes de su corte. Creyó que desafiando
á la muerte le protegería mejor el cielo en su empresa. Algunos
embajadores, en las cartas dirigidas á sus gobiernos, se mostraban
conmovidos por la férrea entereza de este varón casi octogenario. A
pesar de su inesperada victoria, siguieron mostrándose los Estados
cristianos indiferentes á dicha guerra, y Venecia hasta contrajo alianza
secreta con los turcos.
Una epidemia se había desarrollado sobre el enorme campo de batalla por
la corrupción de los montones de cadáveres. El heroico Hunyades murió de
ella cuando sólo habían transcurrido algunas semanas desde su triunfo, y
poco después perecía igualmente su compañero de armas San Juan de
Capistrano.
Quedó Carvajal en Hungría, extremando su elocuencia para crear un nuevo
ejército; pero las divisiones y rivalidades de los señores húngaros
imposibilitaron su empresa.
Otro héroe, el famoso Scanderbeg, por su verdadero nombre Jorge
Castriota, príncipe de Albania, recibía de Calixto III el título de
«Atleta de Cristo». Este guerrero de historia novelesca, que entraba en
los combates arremangado un brazo para manejar con más soltura la espada
ó la maza, se sostuvo veinticuatro años cortando el paso á los turcos y
batiendo sus ejércitos, diez ó veinte veces mayores que el suyo.
Alfonso de Borja lo animaba en su resistencia, dándole sobrenombres
honoríficos ya que le era imposible enviarle soldados ni dinero. La más
brillante y sangrienta de sus victorias, la llamada de Tomorniza, la
obtuvo el «Atleta de Cristo» en 1457, y el Pontífice le confería por
ella el título de Capitán General de la Curia.
La escuadra del Papa había dejado pasar semanas y meses sin hacer nada
positivo contra sus adversarios. El cardenal-almirante Scarampo se veía
mal recibido en las islas griegas. Sus habitantes, convencidos de la
victoria final de los turcos, no querían comprometerse prestando ayuda á
las naves papales. Al fin Scarampo encontraba una flota turca cerca de
Mitilene, batiéndola completamente y apoderándose por abordaje de
veinticinco de sus buques.
Esta fué la postrera satisfacción del «último cruzado». Hasta su muerte
se mantuvo en una firme actividad á prueba de desilusiones; pero no
conoció ya nuevas victorias. Sus inesperados triunfos por mar y tierra
no pudo explotarlos, falto de cooperación. Luchaba en medio de la
indiferencia de los suyos, hostilizado sordamente por los príncipes
cristianos y gran parte del clero. Su dolor al verse solo le hacía
decir: «La mies es grande y los obreros muy pocos.»
El canónigo quiso concretar su relato, y añadió:
--Nuestro Papa español llegaba demasiado tarde para la defensa de la
cristiandad. Era el último Pontífice de la Edad Media entusiasta y lleno
de fe. Sus asombrosos y rápidos triunfos no los apreció nunca como
resultado de su actividad personal. Los consideraba modestamente un
efecto de las plegarias que dirigía á Dios y de las rogativas ordenadas
á los pueblos cristianos, ya que sus príncipes no querían ayudarle. De
no traicionarlo y robarlo descaradamente estos gobernantes, ¿quién sabe
si el primero de los Borja habría acabado por plantar otra vez la cruz
sobre las murallas de Constantinopla?...
Figueras cesó de hablar. Rosaura se había puesto de pie y le tendía una
mano.
--Son cerca de las cuatro; ¡cómo pasa el tiempo escuchando á don
Baltasar!... Debo irme; me esperan. ¡Adiós! Nos veremos cuando vuelva
usted de Roma... Porque espero que á su regreso se detendrá unos días en
esta casa. Ahí se quedan ustedes hablando de cosas tan interesantes.
Y desapareció, dejando en Claudio Borja cierta duda sobre la intención
de sus últimas palabras, haciéndole sospechar si ocultaban éstas una
ligera ironía.
IV
Donde se cuenta la primera invasión de Roma por los españoles, cómo
los Borja pasaron á ser Borgia, y otras singularidades de la
familia del toro rojo.
Una vez enfrascado en lo que él mismo llamaba su «tema favorito», don
Baltasar era incapaz de poner voluntariamente punto á sus relatos.
Además, el presente día era el último que pasaba con su sobrino.
--De algo hemos de hablar, ¿no te parece?... Vámonos al jardín. Luego me
acompañarás á Niza y te daré ciertas revistas que guardo en mi equipaje:
artículos que he escrito sobre los Borja, y que tal vez te parecerán
interesantes; todos con documentos nuevos encontrados por mí. Nadie
conoce á esta familia como yo. Quiero que sepas algunas cosas más de
ella.
Tomando asiento en el mismo lugar del jardín donde habían conversado
días antes, siguió el canónigo su relato, sólo interrumpido de tarde en
tarde por las preguntas curiosas de Claudio.
--El único defecto que le echan en cara á Calixto III fué un exagerado
amor á su familia. Reconozco que estos Borja se querían y protegían con
un cariño casi feroz, semejante á la fraternidad de los individuos de
una tribu rodeada de enemigos. Pero ¿qué Pontífice de aquella época y de
otras no protegió á sus parientes y puso en sus sobrinos un afecto de
padre?... Además, el «viejo catalán», como le llamaban sus enemigos, era
extranjero para los romanos, y necesitaba gente adicta, unida á él por
intereses de familia ó por la solidaridad que agrupa á los compatriotas.
Figueras habló con indignación contra los historiadores que censuraban á
Calixto III por haber hecho cardenal á su sobrino Rodrigo de Borja, y
nada decían de Nicolás III, Paulo II, Sixto IV, Inocencio VIII, Julio II
y otros, que dieron el capelo á personas más indignas y de triste
celebridad. Pedro y Rafael Riario, sobrinos de Papa ó tal vez hijos,
eran unos cardenales de conducta más escandalosa que los Borgia, y sin
la elegancia de éstos, bestialmente groseros en sus pasiones.
--Pero toda esta gente había nacido en Italia--añadió el canónigo--, y
Calixto III, así como sus parientes, tuvieron la audacia de gobernar á
Roma siendo españoles.
Desde su juventud había sido mirado Alfonso de Borja por su numerosa
parentela como el individuo más notable de la familia, confiando todos
en sus futuros triunfos. No tenía hermanos varones y sus hermanas eran
cuatro: Juana, Francisca, Isabel y Catalina. Los Borja ricos, que
conservaban en Játiva su rango social, al verle amigo y consejero del
rey Alfonso, empezaron á tratar con más atención á estos parientes
pobres, de entre los cuales había surgido tan importante personaje.
Isabel de Borja, la tercera hermana, casábase en Játiva con su pariente
Jofre de Borja, hijo de uno de los adinerados de la familia.
--Todos los historiadores, durante tres siglos, han venido equivocándose
al suponer que el caballero que casó con Isabel de Borja se apellidaba
Llansol, y por tanto, Rodrigo de Borja, el futuro Alejandro VI, debía
llamarse en realidad Llansol de primer apellido. Y como no hay argumento
que no se haya usado para ennegrecer la figura de Alejandro VI, le
acusaron de renegar del apellido de su padre Llansol, anteponiendo el de
su madre para ser Borja... Todo falso, sin fundamento alguno, como la
mayoría de las calumniosas historias que se atribuyen á esta familia.
Los Llansol (tú sabes lo que significa esta palabra en valenciano:
sábana ó sudario) fueron caballeros de guerra que también bajaron de
Aragón con el rey don Jaime á la conquista de Valencia. Cierto Llansol
casó, efectivamente, con otra de las hermanas de Calixto III, y uno de
sus hijos, Llansol y Borja, llegó á cardenal, confundiéndolo los
historiadores con Alejandro VI. Este se llamó en realidad Rodrigo Borja
y Borja, por ser del mismo apellido su padre y su madre.
Guardaba el canónigo un documento en el que Calixto III, simple rector
entonces de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, entregaba
quinientos florines de oro aragoneses como parte del dote de su hermana
Isabel de Borja, esposa de Jofre de Borja, doncel y vecino de Játiva.
--Don Jofre figura con el título latino de _domicellus_ (doncel), que,
según las leyes torales, equivalía á hijo de noble. _Miles_ (caballero)
significaba en toda la corona de Aragón noble ya armado, y el que aún no
había recibido el espaldarazo tenía que contentarse con el título de
doncel.
Continuó don Baltasar el relato de los descubrimientos que llevaba
hechos en sus papeles propios y en el archivo de la catedral. Rodrigo de
Borja nacía en Játiva, en casa de su padre don Jofre, cerca del Mercado,
en una plaza llamada de los Borja. Un tal Antonio Noguerales era su
maestro y ayo, y le daba el pecho una mujer apodada «la Villena». Todos
le llamaban Rodriguet, y jugaba con una hermana suya, Tecla, igualmente
designada con el diminutivo valenciano de Tecleta.
--Mis documentos me han enseñado que de niño fué muy moreno y
_morrudet_, que es, como tú sabes, de labios gruesos. Su padre tenía
cuatro caballos, y Rodriguet, á los ocho años, cabalgaba en una jaquita
por las calles de Játiva. Muerto su padre cuando él sólo tenía diez,
doña Isabel se trasladó con toda su familia á la ciudad de Valencia,
viéndose allá muy atendida, como hermana de un personaje cada vez más
eminente.
Siendo aún cardenal, Alfonso de Borja se llevaba á Roma á su sobrino
Rodrigo, así como á un hermano de éste, mayor de un año, llamado Pedro
Luis. Estudió Rodrigo en la Universidad de Bolonia los sagrados cánones
y otras materias durante siete años, escribiendo algunas obras en
defensa de la autoridad del Pontífice, que le valieron el ser tenido en
la corte romana por «eminentísimo y sapientísimo jurisconsulto».
Según costumbre de la época, su tío el cardenal le proporcionó ricas
prebendas mientras continuaba sus estudios, haciéndolo finalmente
protonotario de la Iglesia. Al mismo tiempo, un primo suyo, hijo de otra
hermana de Alfonso de Borja, llamado Juan de Milá, recibía el obispado
de Segorbe, en España.
Apenas el llamado cardenal de Valencia tomaba el nombre de Calixto III,
los dos primos Juan de Milá y Rodrigo de Borja eran ascendidos á
cardenales, y el hijo de don Jofre tomaba el título de cardenal-diácono
de San Nicolás _in Carcere Tuliana_, siendo después prefecto de Roma,
gobernador de Spoleto, legado en la Marca de Ancona, y finalmente,
vicecanciller de la Iglesia, cargo el más elevado de la curia
pontificia, que hizo de él una especie de vice-Papa.
Era igual á todos los Borja, «de índole recia, hermosos de cuerpo,
sensuales y altaneros». Por algo en su escudo ostentaban un toro.
Guicciardini, implacable enemigo de Rodrigo de Borja, reconocía «juntas
en él una rara prudencia y vigilancia, madura consideración, maravilloso
arte de persuadir y habilidad y capacidad para la dirección de los más
difíciles negocios».
Calixto III, que únicamente pensaba en su guerra contra los turcos, se
confió á la pericia de este cardenal de veintiséis años, encargándole
todos los asuntos de Roma y los Estados pontificios. Según los
historiadores de la época, tenía hermosa figura y una naturaleza
ardientemente sensual, que sojuzgaban al otro sexo con fuerza
irresistible. Un contemporáneo, Gaspar de Verona, lo describía así: «Es
bello, de semblante sereno y gracioso, de una elocuencia dulce y llena
de ornato. Con sólo mirar á las mujeres nobles, enciende en ellas el
amor con maravilloso modo, y las atrae á sí más fuertemente que el imán
atrae el hierro.»
Cambia la belleza según los gustos. Rodrigo tenía la hermosura varonil
admirada en aquellos tiempos de ferviente culto á todo lo antiguo. Era
grande, carnudo, vigoroso, con una majestad natural en el andar y en los
ademanes, los ojos negros, de mirar intenso, la tez morena, la boca
sensual, de labios abultados, la barbilla algo entrante. En la madurez
de su vida se hizo obeso, pero esto pareció aumentar más la prestancia
de su persona. Era como un reflejo viviente del símbolo que figuraba en
el escudo de su familia. Sus fuerzas y su fogosidad carnal hacían
recordar al toro rojo sobre su fondo heráldico de oro. Ocho llamas
orlaban dicho escudo, cual si la mencionada bestia no bastase para
expresar las pasiones ardorosas de los Borja.
Durante el pontificado de su tío dió poco que hablar el futuro Alejandro
VI por sus malas costumbres. Esto lo reconocen sus más enconados
enemigos. Se dedicó únicamente á los asuntos públicos, con una gravedad
impropia de sus pocos años. Fué después de muerto Calixto III cuando Pío
II (el célebre humanista Eneas Silvio) tuvo que reprenderle
bondadosamente por primera vez, á causa de las fiestas que dió á las
damas de Siena en los jardines de un amigo.
Claudio, que conocía el hecho y estaba igualmente enterado de la
juventud desordenada del escritor Eneas Silvio, futuro Pío II, dijo
sonriendo:
--Creo que usted conoce la frase, tío: «La vejez se consuela dando
buenos consejos de no poder ya dar malos ejemplos.»
Fingió el canónigo no entenderle, y siguió su relato.
Reconocía el anciano Calixto las notables condiciones de su sobrino el
cardenal como jurisconsulto y hombre de gobierno; pero lo mejor de su
cariño era para el hermano mayor, Pedro Luis, que permanecía en estado
seglar.
Su hermosura sobrepasaba la de Rodrigo, tal vez por realzarla con los
arreos militares y el lujo de su vestimenta. También mostraba algún
ingenio, aunque sin las facultades intelectuales de su hermano, al que
todos llamaban ahora el cardenal de Valencia, como en otros tiempos á su
tío.
A los pocos meses del pontificado de Calixto III, se vió Pedro Luis
capitán general de la Iglesia, gobernador del castillo de Sant Angelo y
comandante de todas las fortalezas pontificias. Los dos sobrinos del
Papa mantenían estrechas relaciones con los Colonna, afirmándose en
público que don Pedro Luis iba á casarse con una Colonna, lo que le puso
en hostilidad con los Orsini.
Tanto el Papa como sus dos nepotes, para vivir rodeados de gente adicta,
llamaron á su lado á muchos de los amigos que tenían en España.
--Además, una multitud de españoles acudieron á Roma al enterarse de que
el nuevo Papa era de su país. Todos querían ser parientes de los Borja.
Una verdadera invasión cayó sobre Roma.
--Esta fué la primera invasión española--dijo sonriendo Claudio--. En
tiempos de Alejandro VI llegó la segunda... Y la tercera resultó la más
terrible, el saco de Roma por las tropas de Carlos V.
Llegaban los españoles desde el vecino Nápoles, país medio hispanizado
bajo el gobierno de Alfonso de Aragón. Otros venían directamente de las
costas de España.
--Aquellos años--continuó el canónigo--fueron de gran miseria en el
reino de Valencia, á causa de una larga sequía. Los campos estaban
abrasados. Hasta la Albufera perdió la mayor parte de sus aguas,
muriendo toda la pesca que se refugia en dicha laguna... Cuantos podían
tomar pasaje en una galera, y otros muchos á pie, se marchaban á Italia,
buscando el amparo de dos compatriotas: uno rey en Nápoles, otro Papa en
Roma.
De toda España iban llegando á la Ciudad Eterna clérigos solicitantes y
gran cantidad de soldados vagabundos, agrupándose muchos de éstos en
torno á don Pedro Luis, «hombre violento y dotado de caballeresca
hermosura».
Designaban los italianos á los españoles con el nombre común de
«catalanes». Los que se creían parientes del Papa, por llevar su mismo
apellido en tercero ó cuarto grado, suprimían los otros, ostentando sólo
el último, lo que aumentó en Roma prodigiosamente el número de los
Borja.
--Tal apellido se había modificado--continuó Figueras--. Los italianos,
al hablar del papa Borja, pronunciaban _Borcha_, y la _ch_ la
escribieron _gi_. De este modo, los Borja de España, venidos á Roma,
pasaron á ser Borgia para el resto del mundo.
El mismo Calixto III, á pesar de que la guerra contra los turcos no le
dejaba fijarse en otras cosas, se alarmó del crecimiento de su familia
ficticia y de las ambiciones de la verdadera, quejándose de sus
hermanas, y especialmente de Isabel, madre de Rodrigo y de Pedro Luis,
porque procuraba engrandecer á sus hijas á costa del dinero de San
Pedro, casándolas en España con nobles personajes.
Los alemanes y franceses que habían vivido hasta entonces emboscados en
los altos empleos de la curia tenían que abandonar sus puestos, viéndose
sustituídos por españoles. Todos los artistas de la corte pontificia
eran compatriotas del Papa, hasta los músicos y cantores de su capilla.
También el viejo Calixto enviaba valiosos regalos á las iglesias
españolas, especialmente á las de Valencia y Játiva. «En toda la ciudad
no se ven mas que catalanes», afirmaban las crónicas de la época.
--Roma, como ya te dije--siguió el canónigo--, era desde mucho antes un
lugar de corrupción, lleno de cortesanas, de aventureros de todos los
países, y el nuevo aporte de españoles, ávidos y ensoberbecidos, provocó
frecuentes peleas y escándalos.
Vivía el Papa en abierta hostilidad con su antiguo amigo el rey de
Nápoles. No podía olvidar cómo le había traicionado en la empresa de la
cruzada, quedándose con el dinero y los barcos de la Iglesia. Alfonso V,
por su parte, seguía viendo en Calixto III al antiguo rector de la
parroquia de San Nicolás en Valencia, al pobre hijo de un labrador de la
«universidad» de Canals, y pretendía manejarlo á su capricho, como si
aún fuese su secretario.
--La función hace al hombre--dijo don Baltasar--, y de todas las
funciones existentes ninguna transforma y engrandece al que la desempeña
como la del Pontificado.
Al ceñirse la tiara Alfonso de Borja, sólo vió en el rey de Nápoles un
monarca inferior á él. Además era su vasallo, por considerar la Iglesia
dicho reino propiedad suya, pudiendo dar ó quitar su corona. El mismo,
cuando era simple jurisconsulto y vivía en Nápoles al lado del rey
Alfonso, había dicho á éste repetidas veces que prestase homenaje al
Papa de entonces, como feudatario de la Iglesia.
Seguía Calixto III en malas relaciones con su antiguo señor, cuando en
el verano de 1458 se declaró la peste en Roma, con tal violencia, que
todos los personajes de la corte pontificia huyeron de la ciudad, menos
el viejo Papa. Este se mantuvo en el Vaticano, por reclamar en aquel
momento su atención la grave enfermedad de su adversario el rey Alfonso,
quien murió finalmente en Nápoles el 27 de Junio.
Como no tenía hijos legítimos, el reino de Aragón y la isla de Sicilia
los dejó á su hermano don Juan II, padre de Fernando el Católico. El
reino de Nápoles, que él consideraba propiedad individual por haberlo
conquistado con su espada, lo cedió á su hijo ilegítimo Fernando, nacido
en Valencia, disposición que indignó al Papa.
En sus tiempos de secretario de Alfonso V, había mirado siempre con
menosprecio á este bastardo, y le era imposible admitirlo como rey. Un
caballero de Valencia, avecindado en la calle de la Bolsería, se cuidó
de educar al pequeño Fernando, que luego sus súbditos italianos llamaron
Ferrante, siendo el fundador de la dinastía de Aragón en Nápoles. Su
madre, dama valenciana sin importancia, apenas había dejado recuerdos.
Calixto III, con su autoridad de gran jurisconsulto, declaraba el reino
de Nápoles perteneciente á la Iglesia, no pudiendo ceñirse nadie su
corona sin la aprobación papal. Por esto se indignó al saber que el
bastardo, apenas muerto su padre, montaba á caballo con vestiduras
reales, cabalgando por las calles de Nápoles entre la muchedumbre, que
gritaba: «¡Viva el rey don Ferrante!»
Prefería el viejo Pontífice entregar dicha corona al partido francés,
que venía disputándola hacía siglos, representado por el duque Renato de
Anjou y su hijo Juan.
--El yugo se ha roto y al fin quedamos libres--dijo al recibir la
noticia de la muerte de Alfonso.
Muchos creían en Roma que el anciano Borgia tenía en realidad el
designio de hacer rey de Nápoles á su sobrino Pedro Luis. Entre éste y
un bastardo como don Ferrante, no podía admitir Calixto comparación
alguna. Aparte de la diferencia en la legitimidad del linaje,
consideraba á su gallardo sobrino como un segundo Julio César, y hasta,
según afirmaciones de sus enemigos, soñaba con verlo emperador de
Constantinopla, si conseguía arrebatar esta ciudad á los turcos, ó
cuando menos, monarca de Chipre.
--Los dos papas Borgia--dijo Figueras--mostraron el mismo empeño: hacer
rey á uno de su familia que ciñese espada y tuviese afición á las cosas
de la guerra. Calixto III se esforzó por dar una corona á Pedro Luis.
Alejandro VI trabajó no menos por convertir en príncipe soberano,
primeramente, á su primogénito el duque de Gandía, luego á César Borgia.
Los Papas necesitaban apoyarse siempre en algún rey capaz de
defenderlos, el cual les hacía pagar muy cara su protección. Los Borgia
Pontífices consideraron más seguro y fácil crear esta monarquía guerrera
y protectora de la Iglesia dentro de su misma familia.
Los últimos meses de Calixto III se compartían entre la cruzada contra
los turcos y la sucesión al reino de Nápoles. Reclamó en una Bula como
feudo vacante «el reino de Sicilia desde el Faro acá», ó sea Nápoles, á
partir del estrecho de Messina. Don Pedro Luis empezó á alistar tropas
para hacer una demostración bélica contra dicho reino.
El Pontífice de ochenta años llamaba al nuevo monarca don Ferrante
«pequeño bastardo, cuyo padre nadie sabe con certeza quién fué; muchacho
que no es nadie y usurpa el nombre de rey sin el permiso de Nos, pues
Nápoles pertenece á la Iglesia».
Cuando todos creían próxima una guerra entre el Papa y el nuevo rey
napolitano, sintió Calixto III que le abandonaban de pronto aquellas
fuerzas extraordinarias, producto de su voluntad. Viéndolo próximo á la
muerte, el populacho de Roma empezó á atacar á los llamados «catalanes»,
siendo frecuentes las riñas en las vías públicas. La agonía del
Pontífice resultó muy larga, de Julio á Agosto, con bruscas mejorías y
decaimientos que cambiaban el curso de la opinión.
Este octogenario era quien menos creía en su propia muerte. Hasta el
último instante se preocupó de la guerra contra los infieles. Cuando el
cardenal español Antonio de Lacerda lo visitó para hacerle saber que los
médicos le habían desahuciado y debía pensar en la salvación de su alma,
como conviene á un Pontífice, contestó que no era cierto que hubiese de
morir esta vez y aún le quedaban años para continuar su empresa contra
el Gran Turco.
Todavía desde su lecho presidió un consistorio, dirigiendo los negocios
de la Iglesia. Entre los asuntos espirituales de su pontificado, dos
atrajeron especialmente su interés.
Declaró santo al maestro predicador Vicente Ferrer, que había predicho
su ascensión á la Santa Sede cuando aún se hallaba él en la infancia.
--Además, fué el primero--añadió el canónigo--en venerar á una amazona
del cristianismo, una doncella francesa, Juana de Arco, que años antes
había sido quemada en Reims por un tribunal de obispos, cual si fuese
una hechicera. Alfonso de Borja rehabilitó su memoria, limpiando su
nombre de tales calumnias, y ordenó las primeras gestiones para su
santificación, que sólo ha decretado la Iglesia en nuestros días, cuatro
siglos después.
Mientras Calixto III agonizaba, expedía don Ferrante desde Nápoles
atrevidos emisarios para que clavasen en las mismas puertas de San Pedro
una protesta contra las pretensiones políticas del Pontífice,
amenazándole con hacer una revolución en Roma ayudado por sus
habitantes. Un grupo de cardenales guardaba el orden en la ciudad, luego
de ponerse en inteligencia con don Pedro Luis, lo que resultó más fácil
que ellos habían creído al principio, teniendo en cuenta su arrogancia y
sus ambiciones.
Rodrigo de Borja influía en el ánimo de su hermano, aconsejándole
prudencia, haciéndole ver los peligros que arrostraba quedándose en
Roma. Gracias á esto, don Pedro Luis entregó todas las fortalezas de la
Iglesia, incluso el castillo de Sant Angelo, y sus tropas de aventureros
italianos y españoles prestaron juramento de fidelidad al Sacro Colegio,
sin que se diese cuenta de nada de esto al Papa, el cual seguía
creyéndose muy lejos de la muerte. La comisión de cardenales se incautó
además del tesoro de la Iglesia, en el que se hallaron ciento veinte mil
ducados.
Enemiga la familia Orsini de don Pedro de Borja, quiso acabar con él
cortando su retirada por mar y por tierra. En el Sacro Colegio había
cardenales agradecidos á Calixto III, que se preocuparon de salvar á su
sobrino. Uno de ellos fué el célebre humanista Eneas Silvio Piccolomini,
que el viejo Pontífice había hecho cardenal en los últimos meses, no
obstante su vida anterior, de costumbres extremadamente libres. Otro
cardenal, Pedro Barbo, que luego fué Papa con el nombre de Paulo II, aún
se arriesgó más en la defensa del sobrino del Pontífice, arrostrando las
iras de los Orsini. El organizó con Rodrigo de Borja la huida del
hermano de éste.
El 6 de Agosto, horas antes de amanecer, los cardenales Borgia y Barbo
colocaron entre ellos, humildemente disfrazado, al que había sido hasta
poco antes capitán general de la Iglesia, y con una escolta de
trescientos jinetes y doscientos peones salieron de Roma á las tres de
la mañana por la puerta del castillo de Sant Angelo, dirigiéndose hacia
Ponte Molle. Dicha salida no era mas que un engaño para desorientar á
los asesinos que indudablemente galoparían en persecución al conocer
esta fuga. Dando un rodeo volvió la tropa á entrar en Roma por la puerta
del Popolo, y deslizándose silenciosamente á través de los barrios
desiertos, cuyos vecinos estaban aún durmiendo, salió otra vez de la
ciudad por la puerta de San Pablo.
Aquí los cardenales Barbo y Borgia abandonaron á Pedro Luis, ordenando á
la escolta que le acompañase hasta Ostia, donde debía embarcar en una
galera á la que se habían enviado dos días antes sus bagajes y su
dinero. Todos los soldados se negaron á ir más lejos, no queriendo
proteger la fuga de este poderoso caído en desgracia, y empezaron á
desbandarse.
Ni un solo caballerizo se quedó con él, por miedo á sufrir su misma
suerte. Obligado á marchar solo, Pedro Luis llegó á Ostia sin ningún
accidente, pero la galera que había fletado con anticipación no le
aguardaba. Había huído con su equipaje y su dinero. Tuvo que tomar una
simple barca para ganar Civita-Vecchia, refugiándose en la fortaleza de
dicho puerto, donde murió seis meses después, á causa sin duda de tantas
emociones.
Mostró el cardenal Rodrigo en esta ocasión una conducta más valerosa y
audaz que la de su hermano.
Vivía en Tívoli desde el mes de Junio, por haber huído de la Ciudad
Eterna, como la mayor parte de los romanos, para librarse de la
_malaria_, fiebre palúdica que producía enorme mortandad; pero al saber
el estado de su tío volvió á Roma, sin reparar en peligros,
manteniéndose al lado del moribundo.
No le hizo retroceder el furor del populacho contra los «catalanes». Su
palacio acababa de ser asaltado y saqueado, muchos proferían en las
calles gritos de muerte contra el cardenal de Valencia; mas no por esto
cambió de conducta.
Después de favorecer la fuga de su hermano, separándose de él en las
afueras de Roma, podía haberse vuelto á su tranquila residencia de
Tívoli. Pero pensando que su tío iba á morir solo, volvió á entrar
intrépidamente en la ciudad, yendo por las calles principales al
Vaticano para rezar junto al lecho del agonizante. Mientras él
despreciaba de este modo á sus enemigos, veíase obligado el cardenal
Barbo á escapar de Roma huyendo de los Orsini, que pretendían hacerle
pedazos por haber facilitado la fuga de Pedro Luis.
--Un valor tranquilo--terminó diciendo el canónigo--, reposado,
inconmovible, fué la condición más característica de Rodrigo de Borja.
Sus más ardientes detractores jamás osaron suponerle cobarde. Este
valor, que no se eclipsó ni un segundo en el curso de su existencia,
recordaba el coraje del toro. Dos veces estuvo próximo á naufragar en el
Mediterráneo, y los marineros más viejos, quebrantados por una tormenta
que duraba días y días, mostraron asombro ante la serenidad risueña de
este hombre de Iglesia.
V
«Diosa, te amo... Déjame partir»
Años enteros había pasado Claudio sin que le preocupase la necesidad de
ver á su tío. Era éste un agradable recuerdo nada más, surgido de tarde
en tarde en su memoria. Sus gustos y costumbres resultaban diversos, y
Borja veíase unido á él únicamente por la evocación de su infancia.
Al marcharse don Baltasar, sintió el joven «un enorme vacío», según sus
palabras. Poco menos de una semana había bastado para que se
acostumbrase al trato con el canónigo, haciéndole falta sus
conversaciones y su presencia.
Extrañó inmediatamente el aislamiento verbal en que le hizo caer la
desaparición de Figueras. Otra vez volvieron á transcurrir días y días
sin que pudiese hablar en su idioma, fuera de las conversaciones
sostenidas con su amante, y aun éstas eran muchas veces en francés si se
presentaba alguna amiga. Nadie de la servidumbre hablaba español. Hasta
aquella parienta pobre, encargada antes del cuidado de sus hijos, la
mantenía Rosaura lejos de la casa, para que no conociese las intimidades
de su existencia.
Se había acostumbrado Borja á las interminables conversaciones del
erudito sacerdote, basadas unas veces en sus estudios históricos, otras
en particularidades de la vida española. Era la patria lejana y algo
olvidada que volvía á él inesperadamente, conmoviéndolo con su abrazo.
Apreciaba el exacto valor psíquico del canónigo en sus relaciones con
él. Lo había querido siempre con un cariño casi filial, sonriendo al
mismo tiempo de la inocencia de su carácter y sus entusiasmos
históricos. Mas ahora, por obra del ambiente, este santo varón era el
símbolo de su propio pasado. Resucitaba con su presencia las olvidadas
aspiraciones de su primera juventud, dejándolo en tenaz nostalgia al
marcharse.
A continuación de aquellos días pasados con don Baltasar hablando horas
y horas en español--idioma que siempre había moldeado su pensamiento--,
sintió renacer antiguos fervores que dieron cierta superioridad sobre
las gentes frívolas tratadas á diario. Durante la noche componía versos
mentalmente, como en los entusiásticos y crédulos años de su
adolescencia. Figueras era su antigua vida (¡quién lo hubiera sospechado
días antes!), y le atormentaba un deseo imperioso de irse tras de él.
Sus conversaciones con el panegirista de los Borgia habían hecho
despertar igualmente en su memoria cierto número de personajes
olvidados, volviendo á adquirir plasticidad de carne humana los que eran
hasta poco antes indecisos fantasmas.
Contemplaba remozados por el atractivo de la novedad al solemne
embajador en Roma don Arístides Bustamante, á su cuñada doña Nati, al
majestuoso Enciso de las Casas, «primer diplomático-artista de la
América del Sur».
Estela Bustamante ya no era una muñeca tímida y modosita entre la bruma
de vagorosos recuerdos. La dulce mediocridad de su carácter se
transformaba en encanto místico. Era la Elisabeta de Tannhäuser,
tolerante, abandonada y dispuesta á perdonar al poeta pecador rendido á
los pies de Venus.
Le parecía reprensible su vida actual, monótonamente feliz, sin ningún
altibajo de los que despiertan con su sacudida las energías del hombre,
buenas ó perversas.
Bostezaba en medio de un aburrimiento color de rosa, contando cada
mañana al despertar, con anticipado cansancio, todas las fiestas,
siempre idénticas, á las que tendría que asistir, siguiendo á Rosaura.
Además, ¡aquellas gentes felices y aburridas lo mismo que él,
considerándolo como un semejante suyo, sin sospechar que pudiese sentir
aspiraciones superiores á la de los hartazgos materiales!... Y así
continuaría, sin saber hasta cuándo, esclavo de un amor que le había
dado cumplidas todas sus ilusiones y empezaba á pesarle con la
gravitación abrumadora de todo lo que no puede ya reservarnos la
sorpresa de un mañana completamente nuevo.
No podía quejarse de Rosaura. Un poco aturdida é inconsciente por sus
aficiones mundanas... y nada más. Comprendía los afectos de otro modo
que él, ignorando exclusivismos apasionados y celosos. Se permitía
ciertas confianzas, á lo muchacho, con los hombres de su grupo social, y
luego, al quedar á solas con Claudio, mostraba inmediatamente el mismo
amor que en los primeros meses de su vida común, tal vez más reposado y
profundo.
Habían seguido los dos su carrera amorosa de distinto modo, con falta de
sincronismo. En el primer tiempo era él quien amaba con mayor
vehemencia, y ahora reconocía que, por una misteriosa ley de
gravitación, este amor iba descendiendo. Ella, por el contrario, se
había sentido al principio menos apasionada, con instintiva inquietud,
como si temiese ir demasiado lejos.
«La mujer--se decía Borja--siempre es la que duda y teme en el primer
momento. Luego se afirma su confianza, se entrega sin miedo, creyendo á
ciegas en el amor del hombre, precisamente cuando éste empieza á sentir
que se aminora su pasión por efecto de un disfrute seguro y monótono, ó
tal vez porque ya se ha extinguido la primera vanidad de su triunfo.»
Examinábase interiormente con la inquietud del que está cometiendo un
acto reprensible. ¿Es que ya no amaba á Rosaura?... Inmediatamente se
respondía con una sincera afirmación para tranquilizar su conciencia. La
amaba como antes, pero le era imposible permanecer en aquel ambiente
selecto y frívolo, fuera del cual ella no podía vivir.
Empezó á considerar muy lógica y puesta en razón cierta costumbre
seguida por algunas parejas británicas y norteamericanas que él había
conocido en París y la Costa Azul. Se amaban, pero tenían la certeza de
que el amor no puede luchar á la larga con la monotonía del tiempo y
necesita el auxilio del espacio para rehacerse con una separación
momentánea. Todos los años estas parejas se partían, alejándose por
algunos meses. Uno quedaba en Europa, el otro iba á América ó á dar
vuelta al mundo. Se escribían como si fuesen novios y, transcurrido el
plazo, tornaban á juntarse, con ilusiones y entusiasmos nupciales. ¿Por
qué no hacer lo mismo Rosaura y él?...
Le parecían organizados los placeres casi lo mismo que en los tiempos
prehistóricos, faltos de una dirección racional y previsora, admitiendo
todos los humanos como dogma indiscutible la fijeza eterna de las
pasiones verdaderas; y precisamente si éstas alegran nuestra vida es
porque se renuevan, gracias al deseo de nuevos cambios que nos acompaña
hasta la muerte.
Al sentirse sacudido Borja en su interior por el paso de este varón
bondadoso, que nunca llegaría á sospechar el gran trastorno ocasionado
con su presencia, le asaltaron las mismas inquietudes vagorosas y
ardientes de su juventud.
Era de la raza de los eternos inquietos. Recordaba á Fausto yendo
anhelante, del deseo á la satisfacción del placer, y cuando estaba harto
de placer, languidecía nuevamente, intentando tornar al deseo. Así
también Tannhäuser, con el que le comparaba la bella Rosaura en sus
horas de intimidad.
Se reconocía un hambriento insaciable de todo lo inédito que guarda
nuestra existencia. En sus avances marchaba entre titubeos y dudas,
tentado por diversas cosas á la vez. Todo lo que el destino dió en
herencia á los hombres intentaba atesorarlo en su persona. Creía haber
conocido últimamente cuantas alegrías sensuales se pueden gustar, mas
esto no bastaba á su alma inquieta. Su naturaleza exigía otra cosa, el
cambio incesante, ver paisajes renovados en cada excursión sentimental,
nuevos rostros, ir al encuentro de la felicidad desconocida, ó de
placeres ya olvidados que tornaban á presentarse.
Borja se comparó una vez más con su héroe favorito. Era el poeta
Tannhäuser soñoliento á los pies de Venus, separando la cabeza de sus
divinas rodillas, sordo á los cantos de sirenas y amorcillos, extasiado
por el lejanísimo son de la campana cristiana oída en su adolescencia.
Resumía en su persona la eterna inquietud del hombre que sólo puede
reposar en el regazo de la muerte.
El deleite de los sentidos no le bastaba para considerarse satisfecho.
Quería ir siempre más lejos... ¡más lejos! para abrazar una dicha que
retrocedía ante su avance, como los castillos encantados de las leyendas
huyen delante del viajero.
Una voluptuosidad sin inquietudes le había hecho descubrir que el amor
no es el principal objeto de la vida. Existe la libertad, la áspera
libertad, y la acción, que exige también esfuerzos y dolores.
Sólo había sido hasta ahora el hombre del deseo, y quería ser el hombre
de la acción. Le daba vergüenza que su juventud no conociese el
sufrimiento, las lágrimas, el peligro y el combate. ¿Para qué había
venido al mundo? ¿De qué podía servir á sus semejantes aquella llamita
inquieta pero continua que brillaba en su pensamiento cual una lámpara
de luz perpetua?... ¿Qué iba á quedar de su paso por la tierra, si vivía
siempre á los pies de Venus?...
Se iba formando un deseo impetuoso dentro de él, que le hacía aborrecer
su felicidad presente. Ni siquiera intentaba razonar estos nuevos
sentimientos. Le parecía inoportuno someter á análisis los frescos
impulsos de su alma. ¡Inútil filosofar! Los hombres como él repelían el
raciocinio, guiándose simplemente por impulsos que unas veces vienen del
corazón y otras de los sentidos materiales.
Debía huir por unos meses, dejando de ver á Rosaura... La amaba siempre
y volvería á tiempo, remozado por la ausencia, sintiendo un nuevo fuego
primaveral. Abandonaría la Venusberg para vivir entre los hombres,
interviniendo en sus luchas, participando de sus preocupaciones. No
podía seguir adormecido á los pies de la diosa, como un caballero
encantado. Necesitaba escribir, comunicarse con los otros humanos,
darles una chispa de su pensamiento, reflejar como un mundo opaco la luz
de los demás.
El canónigo, con sus entusiasmos históricos, había resucitado dentro de
él todas las obras ya olvidadas que quiso producir en otro tiempo.
Semanas antes, le parecía el Claudio Borja anterior á su encuentro con
Rosaura en Aviñón un pobre joven digno de lástima. Ahora lo envidiaba
como á un hombre superior porque sentía ambiciones y deseos de acción,
porque soñaba con escribir un poema sobre «el Papa del mar», uniendo á
tal proyecto otras pretensiones literarias.
Esta vida interna de Claudio, provocada por el rápido paso del erudito
sacerdote, empezó á revelarse en su exterior. Mostrábase preocupado. Su
carácter, antes plácido y tolerante, era ahora pronto á la
irritabilidad, sin motivo alguno.
Huía de Rosaura, inventando pretextos para no ir con ella á Cannes, Niza
ó Monte-Carlo. Luego, sin causa cierta, mostrábase celoso, suponiéndola
coqueteos é intimidades con los amigos que habría encontrado en dichas
fiestas, aprovechando su ausencia.
--¡Pero si eres tú quien no ha querido acompañarme!--protestaba Rosaura.
No impedía esto que Claudio, con el ilogismo de su irritación nerviosa,
insistiese en sus quejas injustas.
A los pocos días empezó ella á mirarle con estudiosa insistencia,
reflejando cierto asombro en sus pupilas de mirar profundo, como si
hubiese descubierto dentro del pensamiento de su amante ideas
inesperadas. También se mostró otra en su trato diario, permaneciendo
silenciosa cuando quedaba á solas, siguiendo á Borja con una mirada
interrogante así que le volvía la espalda para alejarse.
Algunas veces, como resultado de internos soliloquios, movía Rosaura la
cabeza, sonriendo al mismo tiempo con amarga expresión. Veía llegar algo
que le había hecho sufrir, en ciertas ocasiones, un instante nada más,
alejándose á continuación como el aleteo de gasas negras de un
murciélago perseguido... «Demasiado joven para mí.»
¡Haberse embarcado en esta pasión ardorosa é incierta, cuando la vida le
ofrecía tantos amores fáciles y gratamente desiguales, pudiendo verse
adorada lo mismo que el ídolo cruel é injusto que nunca ve disminuir los
fanáticos prosternados á sus pies!... Conocía los peligros que hace
arrostrar una primera juventud á las mujeres que se fían de ella, una
juventud siempre agitada por el deseo del más allá. Venus recién surgida
de la espuma de las ondas sólo representa para un amante de veinte años
el día actual, el triunfo del momento. En esa edad crédula se espera
siempre, y la esperanza va acompañada de ingratitud. «Mañana aún se
presentará algo mejor», piensa la petulancia juvenil. Sólo el amante en
plena madurez sabe el valor del «hoy», y lo aprovecha, agradeciendo su
fortuna presente. «Guardemos lo que me da mi buena suerte y procuremos
no perderlo.» Este era el amor sumiso y agradecido que necesitaba ella.
Al fin le resultaron intolerables los largos mutismos de Claudio, sus
celos sin causa, seguidos de apartamientos que le dolían como
menosprecios. Dejaba de acompañarla á las fiestas, no venía en busca
suya á Monte-Carlo, y luego sus amigas lo encontraban paseando á solas
por la orilla del mar. Otras veces le veía volver cansado y polvoriento
de excursiones á pie por los Alpes, emprendidas sin razón alguna. Era
necesaria una explicación entre los dos.
Sintió resquemores de mujer agraviada, y el orgullo era en ella tan
intenso como las vehemencias de la sensualidad. No podía comprender el
amor sumiso, hecho de sacrificio y anulación voluntaria, que gustaba á
otras, como un placer pasivo.
Ella misma buscó la deseada explicación, alegando una ligera jaqueca
para no salir de su casa. Prefería pasar la tarde en el jardín, ocupando
un profundo sillón de junco, relleno de cojines pintarrajeados, en la
parte más alta de aquella sucesión de mesetas floridas que iba á
perderse entre las rocas de la costa.
Empezaba á atardecer. El mar brillaba irisado, con reflejos de
madreperla. Era un Mediterráneo falto de buques, un infinito líquido sin
nada que rompiese el nácar de su inmensa y plana superficie: ni una ola,
ni una vedija de espuma, ni una vela.
A espaldas de la casa elevaban los Alpes sus cumbres amarillas y verdes,
con turbantes nebulosos, blancos como algodones, que empezaban á
empaparse en la sangre clara del ocaso. Parecía más pesada la atmósfera
á causa de su inercia. Esta calma lánguida, suspirante, de un rosa
pálido, hacía recordar el descanso fatigoso y dulce á la vez, falto de
ensueños, que sigue á los grandes excesos de amor.
Ocupaba Claudio un taburete de junco á los pies de Rosaura, la cabeza
baja, la frente ceñuda, adivinando la próxima explicación, sintiendo
miedo y deseo de ella. Fumaban nerviosamente dorados cigarrillos, y una
atmósfera con leve perfume de opio ahuyentaba á las mariposas y otros
insectos acorazados de colores, quitándoles parte del espacio saturado
de miel vegetal, que era suyo en el resto del día.
Habló ella de pronto, con decisión:
--¿Qué piensas?... ¿Qué tienes?... Eres otro desde hace algún tiempo.
¡Habla! Entre nosotros debe existir una franqueza absoluta. Nada nos une
que no pueda romperse... ¿Es que te cansas á mi lado?
Claudio empezó por balbucear, como si no encontrase palabras apropiadas
para el disimulo de su pensamiento, y al fin dijo con voz sorda, sin
levantar la cabeza:
--¡Tanto tiempo aquí!... Sé bien que no es mas que un año, y me parece
una vida entera... Nada de luchas; nada de deseos. Todos los días son
iguales; todo es lo mismo. Es verdad que mi existencia no conoce el
invierno ni las penas, pero tampoco hay para mí primavera ni regocijo de
vivir.
Sonrió Rosaura irónicamente, fijando los ojos en su amante, que
continuaba con la cabeza baja, sin atreverse á mirarla.
--Ahórrate imágenes y palabras rebuscadas. Di toda la verdad. ¿Te
sientes fatigado de mí?...
Borja levantó la cabeza, mirándola á su vez directamente. Ya no
mostraba la indecisión del que dice mentira. Sus palabras tenían el
calor de la sinceridad.
--No; te amo como antes, como te amaré siempre, y á mi pasión se une un
intenso agradecimiento. Tú me hiciste conocer felicidades que nunca
había sospechado, y gracias á tu amor me he creído igual á los dioses.
Pudiste escoger entre los hombres más famosos; una de tus miradas habría
bastado para hacerlos correr hacia ti en ardiente rivalidad, y sin
embargo, te fijaste misericordiosa en mi persona humilde, elevándola
hasta la altura de tu belleza.
Calló Borja un momento, y al notar en los ojos de ella una expresión
interrogante, no pudiendo sin duda armonizar tales palabras de pasión
con el desaliento de sus gestos, continuó, como si se excusase:
--Tú eres digna de un dios, de un héroe; yo no soy mas que un mortal
lleno de debilidades, y el corazón del hombre es siempre cambiante. A tu
lado hay demasiada felicidad para mí; una paz olímpica. Y tal vez por
eso mismo necesito la lucha, el sufrimiento, y te digo como el poeta, en
las delicias de la Venusberg: «Diosa, te amo... Déjame partir.»
Rosaura volvió á mirarle con una expresión irónica, y repuso
ásperamente:
--Di más bien que te has cansado de mí. He hecho cuanto he sabido por
alegrar tu existencia, y tú me lo agradeces con un menosprecio que
disimulas bajo hermosas palabras. Está bien... Es el castigo que me
impone la suerte por haber sido débil. ¡Quién me hubiera dicho que un
hombre iba á permitirse la insolencia de abandonarme, cuando tantos me
buscaron!...
Se apresuró Claudio á interrumpirla, no pudiendo aceptar su errónea
interpretación:
--Siempre será feliz el hombre á quien hagas la regia limosna de tu
amor. Conocerá la más ardiente de las embriagueces: transportes
voluptuosos que sólo gustaron los inmortales. La felicidad que tú das va
más allá de las felicidades que dispensan las otras. Sólo el que tú
distingas con tu amor podrá haber apreciado la verdadera potencia de los
atractivos de una mujer. Cuantos placeres encuentre yo en la tierra
inmensa durante los años que aún me quedan por vivir no serán nada
comparados con los que conocí al lado tuyo.
Otra vez cambió de tono, añadiendo con un acento triste de excusa:
--Pero hay algo en mí que me arrastra muy lejos y no puedo resistirme á
sus mandatos; un ansia de libertad absoluta, de vida pobre y modesta, de
aislamiento casto y estudioso. Quiero ser alguien, quiero que mi vida
tenga una finalidad. Necesito trabajar; necesito sentir deseos. Aquí lo
tengo todo. Debo salir de este encantamiento feliz... Yo volveré,
arrepentido, á implorar tu perdón, y tú me tratarás como quieras; pero
ahora te repito lo mismo: «Rosaura, te amo... deja que me marche.»
Siguió ella mostrándose indecisa ante las palabras contradictorias de su
amante: ensalzando su amor y queriendo al mismo tiempo huir.
--Estás loco--dijo--. Hace días que noto el desconcierto entre tus
palabras y tus acciones.
Y añadió inmediatamente, con una expresión celosa en los ojos y la voz:
--Tal vez ya no te gusto y te parece preferible alguna amiga mía. Te has
entusiasmado ¡pobre hombre! por cualquiera de estas señoras pintadas
como un cuadro y de historia larga que coquetean en la Costa Azul.
¡Hacerme eso á mí!...
El no dejó que terminase sus quejas. Había cogido sus dos manos
amorosamente; avanzaba la cabeza hacia ella cual si pretendiese besarla;
mas la dama, ofendida, rehuyó el encuentro de sus labios.
--No, Rosaura--dijo el joven--. Jamás fuiste tan hermosa como ahora...
Sólo te amo á ti... pero deja que me vaya.
Había tal sinceridad en sus palabras, que ella empezó á tranquilizarse y
le miró con ojos suplicantes.
--Tú no puedes irte... ¡Dios mío! ¿Cómo sería eso?... Jamás te di
motivos de queja con mi conducta. Siempre te guardé fidelidad, y basta
una palabra tuya, un leve enfado, para que te obedezca, plegándome á las
exigencias de tus celos injustos y pasajeros. Yo, que jamás obedecí á
los hombres por orgullo, dejo que me impongas tu voluntad... ¿Qué es lo
que te falta? Vives en uno de los países más hermosos de la tierra,
llevas una existencia tranquila y dulce, digna de envidia, tienes quien
te ama... deja que continúe tu grato deslizamiento. ¿Qué más quieres?...
Esta mujer que se mostraba generalmente ligera y frívola siguió hablando
con grave expresión, animados sus ojos por una luz de bondad.
--Yo también, Claudio, he pensado muchas veces en nuestra vida futura.
No creas que para mí lo es todo lucir alhajas y vestidos, ir á comidas y
bailes. Tu amor me ha hecho reflexionar sobre cosas serias,
«aburguesando» mi alma, como tú dirías. «Dos años, tres nada más (he
pensado muchas veces), lo necesario para que yo me sacie de esta
existencia que á él no le gusta. Y luego, cuando ya no me atraigan las
diversiones sociales, regularizaremos nuestra situación, nos casaremos,
seré la señora de Borja, me esforzaré en acicalar mi persona para que no
se note entre los dos ninguna diferencia de edad; llevaremos una vida de
grave apasionamiento, con viajes á países lejanos, tal vez la vuelta al
mundo juntos, y vendremos á descansar en este jardín, que ya no será la
Venusberg ardiente, sino algo que haga recordar los pequeños jardines de
que habla Claudio, por donde paseaban los filósofos griegos, apreciando
serenamente las únicas felicidades durables de la existencia y la
llegada inevitable de la muerte...» Así he pensado muchas veces y así
puede terminar, con una majestad serena, nuestra vida común... Pero
antes nos quedan todavía varios años de juventud y de amor, años de
«transportes divinos», como tú dices, en los cuales vale casi tanto el
recuerdo como la realidad. Y cuando yo preparo esta dicha futura y hago
cuanto puedo por mantener la presente, ¡hablas de marcharte!...
Había vuelto Claudio á bajar la cabeza, cual si no pudiese resistir las
miradas acariciadoras de Rosaura, y con voz sorda, lo mismo que si
hiciese una confesión, empezó á decir:
--Nunca olvidaré esta época de nuestro amor. Un año nada más, y me
parece inmenso como la historia humana. Cuando me sienta triste bastará
que recuerde este año al lado tuyo, el único que vale en mi existencia,
é inmediatamente sentiré el fuego de una divina embriaguez; y si soy
viejo, por obra de tu recuerdo volverá á mí la juventud. El que bebe en
la fuente de tu amor no puede encontrar ya otra agua que apague su sed.
Y saltando por tercera vez del entusiasmo que le inspiraba el pasado á
la melancolía de su presente, añadió con humildad:
--Insúltame, lo merezco. Despréciame, soy un perturbado... Pero deja que
me marche. La felicidad perpetua que gozo aquí me parece una esclavitud,
y ser libre es ahora mi único deseo. Siento vergüenza al pensar lo mal
que colocaste tu cariño. Me conozco; soy un ingrato, un miserable; mas
para bien tuyo te repito mi súplica: «Diosa, déjame partir.»
Rosaura, con el ceño fruncido y la mirada dura, moviendo uno de sus pies
nerviosamente, interrumpió las súplicas del joven:
--Márchate si ese es tu capricho. Parte lejos y que se cumpla tu suerte.
Eres libre. Me convenzo de que no mereces la vida que has llevado aquí.
Tus gustos son ordinarios, como los de todos los seres que necesitan
combatir para abrirse paso, conquistando el dinero ó el renombre. Amas
la vida ruda del luchador. Para ti es un tormento la feliz pereza de los
que nacieron únicamente para gozar. No puedes amoldarte á la inactividad
de los que ya tenemos nuestro puesto seguro en la vida por el trabajo de
otros... Vuelve á la existencia que llevabas en Madrid y que tú me has
contado muchas veces, de labores improductivas, de pequeñas luchas, de
envidias, de tempestades en un vaso de agua, con la ambición de que tu
nombre figure impreso en papeles. Ve á reunirte con tu tío el canónigo,
para hablar de historias viejas que á nadie interesan. Puedes también ir
á Roma, al lado de don Arístides, y de su hija, esa pobre tontita de
Estela, á la que sin duda amas. ¡Dios mío! ¿Cómo no he visto antes todo
esto?... Cásate con ella; es la mujer que te conviene; y tened muchos
hijos, allá en una casa de Madrid, dentro de un piso como una jaula...
¿Por qué no me dices valientemente la verdad?... ¡Cobarde!...
¡Cobarde!...
Protestó Claudio con sus ademanes más aún que con sus palabras
confusas. Estela Bustamante vivía lejos de su pensamiento, y él se
asombraba de que Rosaura la hubiese recordado.
--No te excuses; es inútil--continuó la dama con violencia--. Tú te
imaginas de buena fe que la tienes olvidada; pero las mujeres sabemos de
eso más que los hombres. Es ella la verdadera causa que te aleja de mí.
El señor--siguió diciendo irónicamente--siente fatiga de verse querido
por una dama _chic_ y desea á la burguesilla tímida y boba. Te conozco,
caballero Thannhäuser, mejor que tú mismo. Estás cansado de Venus, como
me has llamado tantas veces, y quieres hacer una Elisabeta de esa pobre
muchacha que vive en Roma, cerca del fantasmón de su padre... Ve en
busca de la paz para no encontrarla nunca. Ni paz ni libertad hallarás
en ese mundo de gentes vulgares que ahora te hace falta, y del que te
has burlado tantas veces en mi presencia, creyéndote de raza superior.
Calló un momento, para añadir con expresión rencorosa:
--Te conozco y te veo ya volviendo á mí después de la triste
experiencia. Vas á sentirte asqueado por la ordinariez de esas personas
que ahora buscas; te hará falta la verdadera libertad, que es la de
nuestro mundo, tolerante y feliz. Tal vez lamentarás igualmente la
ausencia de mi cuerpo y de mi voz, y yo entonces me vengaré cual si
fueses un mendigo importuno al que se repele por su tenacidad. Si te
vas, que sea para siempre. No vuelvas, porque me mostraré cruel.
Ofendido por la altivez majestuosa de ella, Claudio movió la cabeza
negativamente:
--Nunca volveré. Mi dignidad te evitará el placer feroz de despedirme
como un pordiosero.
Hubo un larguísimo silencio.
Ahora era Rosaura la que permanecía con la cabeza baja, luchando entre
los impulsos de su orgullo y los consejos bondadosos del amor. Dos veces
levantó los ojos para mirar á su amante, que también permanecía con el
rostro bajo, y la luz débilmente rosada del atardecer hizo brillar sus
córneas lacrimosas. Al fin habló con una dulzura insinuante:
--No hagas caso de lo que he dicho. ¿Cómo podría yo repelerte si
volvieses á mí?... ¡Qué estúpida amenaza! ¿Por qué darnos todas estas
tristezas á causa de un simple capricho tuyo?... Sigue aquí, y verás
cuan pronto vuelves á encontrar dichosa la vida que llevas. Todo es
efecto del paso de ese don Baltasar, excelente persona, que te ha
perturbado sin saberlo. Déjate vivir. Sé egoísta; con ello á nadie
causas daño, y á mí me haces feliz. El mundo será lo mismo que tú te
preocupes de él ó que lo olvides; que escribas en papeles y libros ó que
lleves la misma existencia frívola de muchos que tratas aquí
diariamente. Piensa en ti nada más y un poco en mí.
Luego añadió, sonriendo con forzada malicia:
--¿Qué te importa que las personas de la Costa Azul ó de París que
forman nuestro mundo conozcan tu valor intelectual ó te consideren
simplemente un hombre chic? ¿Qué vale su opinión?... Así es mejor,
puedes dejar que se deslice tu existencia sin inquietudes ni
rivalidades.
Pero Claudio, insensible á su sonrisa implorante, á las miradas de sus
ojos, que parecían pedirle auxilio, contestó con tenacidad:
--Quiero hacer algo en mi vida. Ha llegado el momento de la decisión.
¡Permanecer aquí siempre!... Los verdaderos hombres aman á las mujeres,
pero no se dejan dominar por ellas. ¿Qué soy yo?... Tu esclavo. Jaula de
oro, mas al fin prisión. No me opongas celos y sospechas, no inventes
sentimientos que no tengo. Si huyo de ti, no es para ir en busca de un
nuevo placer. Tan grande ha sido tu amor, que no siento deseos de
conocer otro. Es la aspereza de la vida libre lo que me atrae. La fatiga
del trabajo representa para mí una felicidad desconocida. Deja que me
vaya... Yo volveré, si quieres. Esta separación puede ser única, y luego
nuestra vida se reanudará hermosa y tranquila, como tú la describiste
antes.
Quedó en silencio Rosaura largo rato, mirándolo con fijeza, tal vez sin
verle, por estar absorta en la apreciación de sus propios pensamientos,
y al fin dijo, con una frialdad que les dió miedo á los dos:
--Márchate para ser libre, como tú dices. Si en eso consiste tu
felicidad... así sea. Créeme... haces mal Cuando vuelvas, si es que
vuelves, no sé si podré recibirte. Nada de plazo. En nuestra situación
el tiempo no cuenta. ¡Quién sabe si nos habremos olvidado á los pocos
días!... ¡Quién podrá decir si un recuerdo tenaz no nos impulsará
finalmente á buscarnos con toda clase de abdicaciones y bajezas!... Te
repito que haces mal. En amor no son prudentes las experiencias ni los
alejamientos. La juventud no puede sustentarse sólo de recuerdos... Y
los amantes que se acostumbran á vivir sin verse, corren el mayor de los
peligros.
PARTE SEGUNDA
LA FAMILIA DEL TORO ROJO
I
De la escandalosa vida romana, de «la hija de Cicerón» y otras
particularidades de una época que mezcló el santoral cristiano con
los dioses del Olimpo.
Vió Claudio á Enciso de las Casas casi igual á como era algunos años
antes, cuando leía sus conferencias en el Ateneo de Madrid, ostentando
en el lado izquierdo de su frac una colección de condecoraciones papales
y casi todas las de los Imperios existentes entonces en Europa.
El ilustre diplomático sudamericano tenía ahora algunas canas en su
barba rojiza, y el cráneo más desnudo, blanco y lustroso. Sus párpados
estaban siempre un poco inflamados, lo que parecía obligarle, mientras
hablaba, á cerrarlos y abrirlos con un _tic_ nervioso.
Instalado en Roma, después de ocho meses de vida errabunda, gustaba
Borja de conversar con dicho personaje.
Creyendo conocerlo en su justo valor, dejaba sin eco las burlas de
muchos que acudían á sus fiestas y tomaban asiento á su mesa, para
ridiculizar luego su fervorosa actividad literaria. Guardaba, con las
páginas sin cortar, todos los libros impresos en grueso papel que le
había regalado Enciso, con pomposas dedicatorias llamándole
«eminentísimo poeta». No le interesaba conocer por segunda vez
particularidades del Renacimiento italiano leídas en su adolescencia;
pero declaraba sinceramente á este diplomático gratuito, ansioso de
honores, una excelente persona, amable, tolerante, con afición al
estudio y gran respeto á la inteligencia ajena, condiciones que lo
colocaban por encima de la mayor parte de sus amigos y parásitos,
vulgares de gustos, cobardes ante la novedad, con un pensamiento
rutinario.
Se retrató Enciso sin saberlo, al decir una vez á Borja que era capaz de
ceder cuanto poseía en América y Europa, sus campos de café, su
refinería de azúcar, el palacio comprado en Roma, tal vez hasta su mujer
y sus hijas, á cambio de haber sido cardenal en los siglos XV ó XVI, su
época favorita.
Dicho palacio romano era un motivo de irónicas conmiseraciones para las
personas envidiosas que asistían á sus banquetes. Hombre de negocios en
su país, adivinaba Enciso que le habían robado varios nobles de Roma
amigos suyos, y especialmente una princesa, gentes que le sirvieron de
intermediarios en la compra del edificio; pero esto no amenguaba el
orgullo de su posesión, creyéndolo palacio histórico por ser obra del
sobrino de un Papa del siglo XVIII, que los maldicientes suponían hijo
ilegítimo.
Su interior lo había remozado hábilmente, pues el diplomático honorario
mostraba cierto talento natural como ornamentista. De sus viajes por
España había traído altares enteros. Las paredes desaparecían bajo
tapices, columnas y frontones de madera tallada, con oros pálidos;
gruesos angelotes policromos; santos cadavéricos; arquetas taraceadas de
nácar sobre mesillas de diversos mármoles; bargueños de construcción
moderna, con pistoletazos de perdigones ó de sal que imitaban la
perforación de la carcoma; sillones fraileros de cordobán y clavos
enormes; cuadros representando sanguinolentos martirios, paisajes
versallescos ó mitológicas desnudeces. Las Vírgenes sobre fondo de oro ó
los Cristos moribundos alternaban con Venus desnudas. Por algo Enciso
pretendía ser un cardenal del Renacimiento reencarnado al otro lado del
Atlántico.
Todas las piezas de la casa parecían salones de museo. No quedaba un
palmo de pared limpio de adornos, y había que avanzar por los recovecos
que formaban los muebles, excesivamente abundantes, casi aglomerados al
azar de compras favorables. El comedor parecía revestido de escamas
metálicas: tantos eran los platos dorados de Valencia y de Sevilla que
ornaban sus muros. El gran salón recordaba al visitante los estudios de
ciertos pintores románticos que hace medio siglo fabricaron enormes
cuadros de «historia». El mismo amontonamiento híbrido de objetos
vistosos é incoherentes. Hasta del techo pendían, como solemnes
guiñapos, banderas agujereadas y polvorientas.
Exhibía con orgullo Enciso de las Casas su origen hispano-americano,
como si fuese la más alta é interesante de las noblezas. Unicamente la
de los príncipes romanos podía compararse con la suya. Era de un
hispanismo optimista, que halagaba á Claudio y al mismo tiempo le hacía
sonreir.
Para este personaje, cuantos españoles marcharon en otros siglos á
América fueron segundones de grandes casas, todos linajudos, todos muy
caballeros y de valor heroico, lo mejor de la raza, y se abstenía
modestamente de añadir que entre la selección aristocrática que pasó el
Océano, los que llevaban sus dos apellidos eran los mejores. Su fe en la
sangre noble de los que colonizaron el Nuevo Mundo--como si nunca
hubiesen ido allá bandidos, ni buena gente de origen modesto--le hacía
considerar con ciega simpatía á todos los que llegaban hasta él
procedentes de España. Cuanto más alto ponía á este país y más
entusiásticas hipérboles dedicaba á su historia, mayor lustre creía dar
á su propio origen y al nombre doblemente famoso, por la aristocracia y
por la literatura, que iba á legar á sus hijas.
Apreciaba mucho á Claudio Borja, por ser español y por su apellido. Una
de sus curiosidades era averiguar los grados de nobleza de cada uno de
sus amigos, para lo cual se valía de varias obras de heráldica,
colocadas preferentemente en su biblioteca, y de consultas, pedidas por
escrito, á los llamados «Reyes de Armas» residentes en Madrid, técnicos
indiscutibles de lo que él titulaba «la ciencia del blasón».
--Usted es de una gran familia histórica--dijo á Claudio--. Pertenece á
la nobleza en la que yo hubiese querido figurar de no bastarme la mía,
herencia de hombres de espada que pasaron el Océano, ó sea de los
conquistadores. Procede usted de la aristocracia papal. ¡Gran familia la
de los Borgia! Muchas veces siento la tentación de escribir un libro
sobre ellos. Su tío don Baltasar me incitó á que lo hiciese, en su
reciente visita; ¡pero son tantas las cosas que debo escribir antes!...
Una familia que empieza á figurar en el mundo gracias á Calixto III, el
octogenario é incansable cruzado, y termina un siglo después dando un
gran santo, el cuarto duque de Gandía, cortesano elegante que se hace
jesuíta y acaba por ser San Francisco de Borja. Todos en ella se
muestran ardorosos, enérgicos, de vigorosa personalidad. ¡César Borgia y
San Francisco de Borja surgiendo de la misma estirpe en el transcurso de
pocos decenios!... Unos Borja fueron héroes, otros santos, otros
terribles pecadores, pero ninguno vulgar ni mediocre.
Y Enciso había terminado por decir un día, con el aire protector del
maestro que da consejos:
--Amigo Claudio, usted que es joven, que empieza ahora su carrera y
puede disponer de todo su tiempo, debía escribir algo sobre estos
personajes tan calumniados ó mal comprendidos.
Borja acogió fríamente dichas insinuaciones. ¡Escribir!... ¡Trabajar!...
Llevaba ocho meses de inacción, yendo de un lado á otro, con la inútil
esperanza del enfermo que pasa de balneario en balneario sin encontrar
reposo. Era dueño absoluto de su persona, vivía solo, con entera
libertad; ¡mas de qué le servía la libertad!...
Se había dirigido á Madrid al marcharse de la Costa Azul. Fué á modo de
una fuga, sin otra despedida que una breve carta.
La noche anterior había hablado con Rosaura tranquilamente. Los dos
seguían viéndose; pero quedaba en su memoria el recuerdo de aquella
conversación, frente al mar, en lo alto de la pendiente cubierta de
flores, bajo la luz rosada del ocaso. Consideraban indudable la
separación de que habían hablado; pero transcurrían los días sin que se
realizase. Y de pronto Claudio tomaba el tren, dejando en su vivienda
una breve carta para que la llevasen á la «villa» de Rosaura.
Era una repetición inconsciente de lo que había hecho la argentina en
Marsella un año antes.
Al llegar á Madrid, creyóse libertado para siempre de lo que él llamaba
«esclavitud con cadenas de oro». Se imaginó haber suprimido el tiempo al
verse lo mismo que antes de que se encontrasen los dos en Aviñón. Al
final conseguiría borrar los últimos meses de su existencia.
Vivió en el mismo hotel, visitó á sus amigos antiguos, se mostró
discretamente en los lugares donde se reunían estos compañeros de su
juventud. Seguían batiéndose y envidiándose entre ellos, lo mismo que
antes. Necesitaban verse todos los días, como si la vida les fuese
imposible sin este contacto hostil. Otra vez, animados por su presencia,
le pidieron dinero, tratándolo con la consideración y el menosprecio de
que juzgaban merecedores á todos los ricos aficionados á las Letras.
Había escogido á Madrid como término de su fuga, creyendo encontrar en
esta ciudad un ambiente refractario á sus melancolías; pero los
recuerdos de aquella mujer fueron saliéndole al paso. Un día, en el
barrio de Salamanca, vió el edificio habitado en otro tiempo por
Bustamante. Personas desconocidas lo ocupaban ahora. Doña Nati había
creído prudente «levantar la casa», imaginando que el alto cargo de su
cuñado en Roma sería eterno.
Aquí había visto él por primera vez á Rosaura. Evocaba con todo el
relieve de las cosas recientes aquella comida en honor de la viuda de
Pineda, así como el amoroso deslumbramiento que parecían sufrir los
hombres y la envidiosa admiración de las señoras. Y procuró no pasar más
por dicha calle. Era prudente impedir una resurrección molesta del
pasado.
Nuevas imágenes fueron emergiendo en su memoria, nunca recordadas cuando
vivía al lado de ella.
Un año antes la había visto en su automóvil por el Paseo de la
Castellana. Días después, ante los escaparates de una tienda elegante de
la Carrera de San Jerónimo, se fijó en unos hombres que miraban al
interior, haciendo comentarios admirativos y salaces sobre una dama
hermosísima que acababa de entrar, dejando su coche á la puerta. Era la
hermosa viuda sudamericana, que no podía mostrarse en las calles sin
excitar ávida curiosidad y carnales deseos.
«Esto pasará--se dijo Borja--. Mi fuga está todavía muy reciente. Aún no
hace un mes que me separé de ella. Cuando trabaje de veras, estos
recuerdos se disolverán como humo.»
Y se dedicó á organizar su trabajo, lo mismo que si preparase un
remedio. Alquiló una casa en las afueras de Madrid, llevando á ella
libros y muebles que las andanzas de su vida le habían hecho confiar á
la custodia de varios amigos. Con repentino optimismo ideó la producción
de varias obras literarias que llegarían á hacerse famosas.
Indudablemente, su ruptura con Rosaura tenía algo de providencial. Iba á
escribir en seguida la novela poemática del papa Luna, contando sus
aventuras pontificales de mar y tierra. Luego seguiría dedicándose al
género novelesco, produciendo nuevas historias de la vida contemporánea.
Pensó un momento en escribir una novela sobre el tema de sus amores; las
voluptuosidades y las inquietudes de un Tannhäuser moderno adormecido á
los pies de Venus. Inmediatamente desistió de tal proyecto. Era destapar
una herida propia, hundiendo en ella sus dedos, irritándola. Un poeta
puede cantar sus dolores. La obra es rápida, un trabajo de horas, que no
se prolonga más allá de la impresión momentánea. Al novelista sólo le es
dado contar historias ajenas. Su trabajo exige muchos meses. ¡Imposible
dedicarse día á día, en un plazo tan largo, á la evocación de penas
propias ya casi olvidadas!... Es un suplicio superior á las fuerzas del
hombre. Nada de su historia. Contaría las de los otros.
De pronto esta energía productora se vino abajo, y su voluntad
desfalleciente buscó excusas.
Había llegado el verano, iniciándose la desbandada de los habitantes de
Madrid hacia las costas del Norte. Volvería á trabajar en los primeros
meses del invierno. Ahora debía hacer lo mismo que los otros. Pero en
vez de dirigirse hacia el mar Cantábrico, como los más, buscó el
Mediterráneo, y fué á Valencia, por haber recibido una carta de don
Baltasar Figueras.
Ya estaba el canónigo de regreso en su caserón-archivo, haciéndose
lenguas de lo que llevaba visto en Roma, gracias al apoyo del embajador
español y de aquel diplomático sudamericano, el señor Enciso de las
Casas, que él apreciaba como uno de los personajes más importantes de la
Ciudad Eterna, después del Papa, por su palacio comparable á un almacén
de antigüedades, por su amistad con numerosos príncipes de la Iglesia
que asistían á sus banquetes, por los libros que publicaba
magníficamente impresos, de los cuales había dado algunos á Figueras,
edición especial destinada á los bibliófilos.
Recibió don Baltasar á su sobrino con admirable tranquilidad, como si la
existencia del joven y la suya propia no significasen nada al lado de
las obras de erudición que llevaba entre manos y los descubrimientos de
arte retrospectivo que acaba de hacer en Roma.
No se enteró siquiera de lo que esperaba hacer Claudio al instalarse de
nuevo en España. Tampoco le preguntó por la señora de Pineda, ni quiso
averiguar los motivos de este cambio de residencia. Como si no lo
hubiese visto en la Costa Azul; como si no hubiera almorzado dos veces
en la «villa» de aquella dama.
Inmediatamente le habló con entusiasmo de las habitaciones del Vaticano
llamadas «Estancias de los Borgia», preocupándose en especial del
pavimento antiguo de dichas salas.
Sólo quedaban de él algunos fragmentos de ladrillos, guardados como
reliquias artísticas. Había sido hecho indudablemente de azulejos de
Manises, adornados con escudos heráldicos en los que figuraba el toro
rojo de los Borgia. Traía dibujos de ellos, destinados á la ilustración
de su próximo estudio sobre la azulejería valenciana. Y dejándose
arrastrar por sus entusiasmos de erudito, enumeró las glorias de este
arte, que iniciaron los árabes en Valencia y fué perfeccionado por los
cristianos, hasta convertirse en la producción decorativa más
importante de la España medieval.
--Los azulejos de Valencia--dijo--, así como sus platos y jarrones de
reflejos dorados, los llevaban á todas partes los marinos de Mallorca, y
por eso todavía guardan en el mundo el título de «mayólicas». Los
azulejeros establecidos en los pueblos de Manises y Paterna eran
verdaderos maestros. En los documentos de la época se les designa
siempre en latín, con el título honorífico de _magister operis terræ_, y
otras veces, cuando sólo fabrican azulejos en forma de ladrillos (en
valenciano _rajòles_), se les da igualmente el título latino de
_rajolarius_.
La fama de los azulejos de Valencia había llegado á Roma, y cardenales y
Papas encargaban las llamadas «mayólicas» para el adorno de sus nuevas
construcciones, encontrándolas más alegres y atractivas á la vista que
el mármol extraído de los monumentos ruinosos de la antigüedad.
--El primer papa Borja, ocupado en combatir á los turcos, apenas
construyó. Además era un jurisconsulto. Alejandro VI, más artista, fué
ensanchando el Vaticano y quiso adornar los salones papales con azulejos
de Manises, encargando pisos enteros á los _rajolarius_ de aquí, tal vez
con arreglo á dibujos hechos por el Pinturicchio. Esto último es lo que
me falta averiguar.
A Claudio no le interesaban las preocupaciones del canónigo, y hasta
miró á éste con cierta hostilidad. Excelente persona, pero sin corazón.
Viejo y además clérigo. Un egoísta, que sólo se preocupaba de sus
_magister operis terræ_.
Ni una sola vez nombró á Rosaura. ¡Como si ignorase su existencia! Al
pasar por la Costa Azul en el viaje de regreso, su tren se habría
deslizado á lo largo del jardín de ella, sin que se le ocurriese buscar
con los ojos la «villa» lujosa donde había estado.
Deseó más noticias, é hizo preguntas intencionadas al canónigo, para
enterarse de cómo había sabido que él vivía ahora en Madrid, enviándole
allá su carta.
--Me lo dijo el señor Bustamante antes de que yo saliese de
Roma--contestó con indiferencia don Baltasar, no dando importancia á sus
palabras.
Así supo Claudio que don Arístides y su familia se habían enterado de su
fuga de la Costa Azul, pocas semanas después de realizarla. Esto le
pareció asombroso. Luego se dió cuenta de la continua relación que
existe entre el mundo invernal agrupado en torno á Niza y la sociedad
diplomática y cosmopolita establecida en Roma. Siempre hay gente que
circula entre ambos núcleos, transmitiendo noticias y murmuraciones.
Esta especie de policía voluntaria había llevado la nueva de la
desaparición del joven, último _béguin_ de la rica viuda argentina.
Sólo estuvo en Valencia unos días. Volvió otra vez á Madrid, no
queriendo seguir el viaje en ferrocarril hasta Barcelona. Peñíscola
estaba en el camino. Además, saliendo de España por la estación de
Port-Bou caería en Aviñón, y esto le pareció equivalente á volcar con un
pie la colmena de sus recuerdos, que, como abejas irritadas, le
perseguirían en su fuga.
Permaneció una semana en San Sebastián, aburriéndose. Pasó á Biarritz, y
el fastidio fué pisando sus huellas.
Al principio de su fuga había creído conveniente enviar á Rosaura
algunas cartas y tarjetas postales con saludos corteses, para hacerla
saber dónde se hallaba. Ninguna respuesta. Tal silencio le pareció
natural. Luego fué espaciando dichos recuerdos epistolares y finalmente
se abstuvo de ellos.
Durante el verano sintió repetidas veces la necesidad de escribirla de
nuevo; pero ahora fueron cartas largas, con evocaciones melancólicas del
pasado, apuntando su deseo de implorar perdón y reteniéndose en seguida
por miedo á la humildad del mencionado gesto.
No envió ninguna de las cartas. Después de escritas durante la noche,
las dejaba sobre una mesa para echarlas al correo á la mañana
siguiente... y lo primero que hacía al levantarse, era romperlas.
«Mejor es así--pensaba--. No intentemos reformar lo que ya está hecho.
Debo mantener mi libertad.»
Y se preguntaba vanidosamente si ella habría procedido lo mismo,
escribiendo apasionados llamamientos para que volviese á su lado, y
rompiéndolos horas después, bajo la rabiosa sugestión del orgullo.
A pesar de que Claudio se juró á sí mismo muchas veces que Rosaura
empezaba á serle indiferente, y según transcurría el tiempo su imagen se
iba esfumando un poco en su memoria, procuró averiguar dónde vivía.
Estando en París, á principios del otoño, hizo preguntas á muchos
conocidos suyos, pertenecientes á la sociedad cosmopolita que cambia de
domicilio á cada estación del año, según las exigencias de la moda.
Todos acogían sus preguntas con un gesto igual: primero de asombro,
luego de duda.
--_¿Madame_ Pineda?... Hace mucho tiempo que no la veo... Es cierto;
nada se sabe de ella. ¿Dónde estará?
Los que presumían de mejor enterados daban noticias contradictorias.
Afirmaron algunos haberla visto en Deauville durante el verano; otros en
Venecia. Uno hasta dijo que la había saludado en Biarritz; pero Claudio
estaba allá en la misma época. En realidad, nadie sabía con certeza qué
era de ella después del invierno anterior, pasado en la Costa Azul.
Pensó Claudio que tal vez vivía en Londres, cerca de sus hijos. Las
decepciones amorosas iban seguidas en esta mujer de un recrudecimiento
del cariño maternal.
Sin saber cómo, al principio del invierno se vió Borja en Roma. El señor
Bustamante le había escrito á París con tono de padre bondadoso, después
de un año de frialdad epistolar; pero no fué esta carta ni el deseo de
ver al solemne personaje lo que le impulsó á ir á dicha capital.
Cuando en su reflexiva soledad se preguntaba el motivo de tal viaje,
atribuíalo á no existir en el presente momento ningún lugar de la tierra
que pudiese ejercer sobre él mayor atracción. Había vuelto á pensar en
aquella novela suya cuyo protagonista era el papa Luna, varón tenaz,
empeñado en la conquista de Roma, y que nunca llegó á pisar su suelo.
«Yo iré por él--se dijo el joven--. Tal vez en esa ciudad, meta de todas
sus ambiciones, vea yo al personaje bajo una nueva luz.»
Además llevaba leídos los manuscritos y artículos de revista que don
Baltasar le dió en Niza, apreciaciones sobre los Borgia y el
Renacimiento italiano, que despertaron en su voluntad un vivo deseo de
volver á visitar la metrópoli papal. Y se instaló en ella pensando que
en Roma podría trabajar lo mismo que en Madrid.
Lo recibió como un hijo el ilustre Bustamante, en su palacio de la plaza
de España. Toda su familia parecía haber pasado la existencia entera en
este edificio destinado á los embajadores españoles acreditados cerca
del Papa. Doña Nati se movía dentro de él como si estuviese en su casa
paterna.
Nadie hizo alusión á la vida anterior de Claudio. Jamás surgió en sus
conversaciones el nombre de la viuda de Pineda. Como si no la
conociesen. Se adivinaba que era cosa convenida entre ellos no hablar de
lo pasado.
La cuñada del embajador fué la única que, en ciertos momentos, por una
agresividad irresistible, mostró intención de recordar á la dama
sudamericana, tan aborrecida por ella en otros tiempos. Pero
inmediatamente desistía de sus propósitos la viuda de Gamboa, aunque no
estuviese presente su ilustre cuñado para llamarla á la prudencia con
significativos carraspeos y movimientos de párpados. Estela, por su
parte, sentíase tan contenta de ver á Claudio, que para conservar este
gozo se abstuvo de preguntarle qué había hecho durante tan largo
apartamiento.
Guiaba y mantenía el hombre ilustre la prudencia de su familia dando
ejemplo de discreción en sus conversaciones con Borja. Continuaba
hablando, como siempre, de las grandes familias hispano-americanas,
todas amigas suyas; pero al mismo tiempo, con la pericia del piloto que
presiente la cercanía de un peligro oculto, deslizaba su verbosidad
entre tantas personas allegadas á la viuda de Pineda, sin nombrar nunca
á ésta.
Su propia gloria era el tema ahora de la mayor parte de sus
conversaciones. Mostraba una melancolía de grande hombre, mal
comprendido y peor remunerado, al quejarse de que su gobierno no se daba
cuenta de los inmensos servicios que estaba prestando en Roma. Casi
todos los representantes diplomáticos de las repúblicas
hispano-americanas eran amigos suyos, y habían pasado por Madrid para
recibir los homenajes de la «Fraternidad Hispano-Americana». Esto le
permitía figurar á la cabeza de todos ellos, honor que no habían
conseguido nunca, según don Arístides, los otros embajadores.
--Soy el cordón umbilical--dijo gravemente á Borja--que une á nuestras
hijas de América con la Santa Sede. Todos sus ministros me buscan para
que les sirva de intermediario. Habrás notado que esta casa se ve más
frecuentada que nunca por la diplomacia de habla española.
Y acto seguido, como si hiciese una concesión, añadió con envidia é
ingratitud, sin darse cuenta de ello:
--Unicamente Enciso tiene tanta gente en su palacio. Tal vez tenga más,
pues convida á todos los cardenales... Pero él es rico, y gracias á su
dinero, que le permite dar banquetes casi á diario, puede creerse un
gran diplomático y un verdadero escritor.
Don Arístides tenía que limitarse á dar tés, bajo la dirección económica
de su cuñada.
--No hemos venido aquí á arruinarnos--decía agriamente la viuda de
Gamboa--. Nuestro gobierno da muy poco para gastos de representación.
Con un té cada mes hay de sobra. Que vayan todas esas gentes á matar el
hambre á casa de Enciso, divirtiendo su vanidad de fantasmón.
Estos comentarios no impedían que la terrible cuñada de Bustamante fuese
la primera en halagar con visitas puntuales y exagerados elogios á la
esposa de Enciso y sus numerosas hijas. Era el medio más seguro para que
no se olvidasen de invitarla á sus banquetes.
Vióse Claudio rodeado al poco tiempo de igual ambiente que dos años
antes en Madrid. Todos lo consideraban como yerno futuro del embajador
de España. Ni siquiera hacían alusiones verbales á su noviazgo con la
hija. Era algo sobre lo cual resultaban imposibles las dudas.
La tía de la joven lo había vuelto á tratar como un sobrino futuro,
reservando para él las avaras dulzuras de su carácter. Lo invitaba á que
las acompañase, á ella y á Estela, en sus paseos por los alrededores de
Roma, ó en sus visitas á ciertos amigos comunes, disponiendo tales
salidas hábilmente, para que los dos «novios» pudiesen hablarse á
solas. Y Claudio se dejaba arrastrar por esta complicidad, encontrando
un nuevo placer, pálido y discreto, en su trato con la joven.
Siempre, al iniciar la conversación con ella, resurgía en su memoria la
imagen de Rosaura. Luego la olvidaba, influenciado por el encanto
ingenuo y discreto de Estela. Seguía comparando mentalmente esta
atracción con el perfume de la violeta silvestre. Además, llevaba muchos
meses de aislamiento, y esta criatura modosita y tímida era una mujer,
aunque ¡tan distinta de la otra!...
De pronto, en una de aquellas inconsecuencias de su naturaleza
caprichosa, sentíase cansado de Bustamante y su cuñada, así como de toda
la tribu (era su palabra) de cardenales, príncipes italianos y
diplomáticos de diversas procedencias que acudían como á un refectorio á
la mesa de Enciso de las Casas.
El recuerdo de Estela embalsamaba su memoria discretamente. Era el único
ser que no le infundía odio en tales momentos, pero le resultaba grato
vivir sin verla, manteniéndose recluído varios días en su casa.
Tenía alquilado un «villino» en las afueras de Roma, una construcción
«género artista», con pequeño jardín y estudio de pintor, propiedad de
un joven yanqui aficionado á diversas artes que se mantenía á la puerta
de todas ellas; situación casi igual á la suya en literatura. Se había
ido á Nueva York por varios meses, y al conocerse ambos en París, en el
salón de un amigo, el norteamericano le arrendaba á última hora su casa
de Roma, incluyendo en tal cesión la servidumbre: un ayuda de cámara
italiano y su mujer, que actuaba de cocinera.
Tendido en un profundo diván persa, con toldo de seda á rayas sostenido
por lanzas, mueble el más importante del estudio, y entre pinturas que
Claudio definía como «ultramodernistas», dejaba correr su pensamiento á
través del pasado.
Sentía la influencia espiritual de Roma, la presión de un ambiente que
hace amar la antigüedad hasta á los seres de gustos más vulgares, con
inesperado romanticismo.
Entre los veinticinco siglos de vida de esta urbe, buscaba con
predilección un período de cien años marcado por los historiadores con
el título de Renacimiento.
También él sentíase agitado por un deseo semejante al de Enciso, que
lamentaba no haber sido cardenal en el siglo XV. Le daban envidia los
príncipes y _condottieri_ de la época de Segismundo Malatesta y César
Borgia, haciendo la guerra entre baile y baile, organizando las fiestas
del Carnaval ante ciudades sitiadas, confundiendo en su existencia, para
apurarlos de un solo golpe, como el ebrio que bebe de un trago toda su
botella, cuantos vicios ha podido inventar el hombre y cuantos placeres
ideales guardan las artes.
Moviéndose en pequeños escenarios, eran, sin embargo, para Borja los
mayores hombres de acción que mencionaba la Historia. Todos morían
jóvenes, como si, pasados los treinta años, no pudiendo ya reservarles
la vida ninguna novedad, se marchasen de ella voluntariamente.
Hacía desfilar por su imaginación cuanto había oído á los eruditos sobre
dicha época y lo que llevaba aprendido en incesantes lecturas.
Era un período de personajes hambrientos de gloria. Lo mismo los Papas
que los soberanos laicos, sólo pensaban en inmortalizar su nombre, y
esto les permitía mirar á la muerte cara á cara.
El lujo resultaba mayor que nunca. Los florentinos, que habían llamado
siempre «vaqueros» á los romanos por ser su principal riqueza los
rebaños salvajes de una campiña abundante en marismas, empezaban á
reconocer que esta gente ruda rivalizaba con ellos en lujo y en
placeres.
Venecia, Florencia y Nápoles eran de una riqueza considerable. Roma
atraía el dinero de toda la cristiandad. El juego causaba tantos
estragos en las familias como el amor. Los novelistas á la moda
extremaban los modelos que Boccacio les había dejado en sus cuentos,
divirtiendo al público con relatos que ponían en ridículo el matrimonio
y la familia. Empezaba el teatro en los alcázares de los soberanos
italianos, y todas las comedias tenían por base anécdotas lascivas.
Pontífices y reyes se ocupaban igualmente en la organización de las
fiestas del Carnaval, como si fuesen un asunto de Estado. Les convenía
que el pueblo se entregara á desenfrenadas diversiones, creyéndose de
este modo completamente libre. Había que fomentar la inmoralidad
estrepitosa del populacho, para que no diese oídos á los
revolucionarios.
Respetables personajes tenían esclavas orientales en sus casas é iban
además de visita á los palacios de las cortesanas célebres. Escritores
famosos ensalzaban el «vicio griego», llegando á decir el poeta Ariosto
que todos los humanistas de su época habían incurrido en dicha
aberración sexual. Algunos de ellos, para justificarse, alegaban el
ejemplo de la antigüedad, recordando á Platón y á Sócrates como de los
mismos gustos.
No eran menos inmorales la pintura y la escultura. Se permitían los
artistas los más audaces atrevimientos dentro de las iglesias,
retratando á los contemporáneos en las imágenes santas. Segismundo
Malatesta levantaba un templo en Rímini á la gloria de su amante la
bella Isotta, que no sabía leer y escribir--cosa rara en aquella época,
por ser las mujeres muy letradas y artistas--, y en el interior hacía
colocar estatuas de los dioses olímpicos, figurando Venus desnuda cerca
de la Virgen.
Justificaba la corrupción general el excesivo celo y el fanatismo
desorientado del virtuoso Savonarola, quien incluía en idéntico anatema
la liviandad y los esplendores del arte, como si fuesen pecados iguales.
En vano legislaban príncipes y Pontífices contra el lujo de la época. Un
vestido de una de las Sforza hallábase de tal modo cubierto de perlas y
bordados, que su valor se estimaba en 5.000 ducados de oro, cantidad
equivalente á 50.000 dólares actuales. Los padres sólo podían casar á
una de sus hijas, enviando las otras al convento. Una boda iba
acompañada de tan fastuosas ceremonias, que arruinaba á una familia.
La usura era la principal industria de muchas ciudades italianas. Los
judíos, únicos que la ejercían al principio, veíanse suplantados por los
cristianos, resultando éstos al fin más sin entrañas que los
prestamistas israelitas. El interés de treinta por ciento era ordinario,
llegando algunas veces al setenta ú ochenta. Todos querían dinero para
divertirse, tomándolo sin fijarse en las consecuencias.
Los que se dedicaban al placer habían hecho voto de morir jóvenes. Nunca
se conoció mayor desprecio por la vida ajena. El que tenía un enemigo lo
asesinaba por sí mismo ó valiéndose del auxilio de un mercenario. Los
grandes mantenían un alquimista de cámara para que les preparase nuevos
venenos. La liviandad de esposas é hijas daba origen á terribles
venganzas. En la Roma de entonces raro era el amanecer que no se
encontraban en las calles varios cadáveres; pero esto no impedía las
arriesgadas aventuras de la noche siguiente. Además, según decían los
humanistas, «los favoritos de los dioses deben morir jóvenes», y
únicamente los burgueses, vulgares y tímidos, podían aspirar á una
monótona vejez.
El humanismo que parecía materialista representaba en realidad una gran
aspiración espiritual.
«Los hombres de estudio y los artistas--pensaba Borja--vivían postrados
á los pies de Venus, divinidad despertada después de tantos siglos de
sueño mortal, como las estatuas que iba desenterrando el arado en la
campiña romana.»
Venus ya no era solamente la diosa del amor; servía de símbolo á la
belleza, á la razón, á la dulzura de vivir, evocadas por el
Renacimiento.
Hasta el populacho sentía estos entusiasmos idealistas. Desenterraban
los excavadores con sus picos un sarcófago de la antigua Roma, y dentro
de él una joven desnuda, blanca como el marfil, con rubia cabellera
semejante á los rayos del sol, conservada durante mil quinientos años
por un líquido misterioso que llenaba su tumba.
Corrían las gentes á admirarla, dándole en seguida un nombre. Era «la
hija de Cicerón». No podía ser otra. Cicerón presidía el Renacimiento,
como el mago Virgilio la Edad Media.
Repartíase entre los poderosos el bálsamo protector de «la hija de
Cicerón» para usos medicinales, y el cadáver de quince siglos, bello
como la antigüedad clásica, se disgregaba á las cuarenta y ocho horas
bajo la acción del aire y la luz, falto de su envoltura líquida.
La blanca Venus había vuelto á la tierra.
Veíase el cristianismo invadido por el paganismo. Los altos dignatarios
de la Iglesia, bajo el influjo de los humanistas, eran los primeros en
realizar la mezcla de las dos religiones, queriendo mostrarse así
hombres de su tiempo con refinados gustos literarios.
Dios recibía el nombre de «Júpiter», y el cielo el de «Olimpo». Los
santos eran llamados «dioses», los ángeles «genios», Cristo «el sublime
héroe», y María «resplandeciente ninfa». Las monjas se veían designadas
con el sobrenombre de «vestales», los cardenales eran «senadores», el
infierno «el Tártaro» y Santo Tomás de Aquino «el Apolo de la
cristiandad». Y tal mezcolanza pagano-cristiana, que iba expresando las
cosas del catolicismo con un lenguaje gentílico, conseguía implantarse
en los púlpitos y las altas asambleas de la Iglesia, hablando los
predicadores en la basílica de San Pedro de «María, madre de los
dioses», de «Cristo, dios del trueno», viéndose además comparados los
Pontífices por sus aduladores, en italiano y en latín, con César ó
Augusto, Aristóteles ó Platón, Cicerón ó Virgilio.
Este amor á la antigüedad no había extinguido las supersticiones, siendo
la astrología la más saliente de todas ellas. Hasta los Pontífices
creían en la influencia de los astros sobre los destinos del hombre,
consultando á los versados en dicho estudio.
Unicamente Pío II, el escritor, y Alejandro VI, el segundo papa Borgia,
mantuviéronse al margen de tales engaños. Alejandro hasta se negaba á
recompensar varias obras de astrología que le dedicaron sus autores. En
cambio, su hijo César Borgia, casi siempre incrédulo, mostraba la misma
superstición de todos los hombres de lucha que exponen frecuentemente su
vida, y semejante á numerosos capitanes de la misma época, consultaba á
los astrólogos antes de emprender una batalla ó poner sitio á una
ciudad. Papas célebres como Sixto IV, Julio II, León X, y todavía más
adelante Paulo III, se dedicaban directamente á la astrología ó
escuchaban con gravedad los diagnósticos celestes de los profesionales.
Un médico y erudito como Pablo Toscanelli servía de astrólogo á los
Médicis, no perdiendo su fe en dicha ciencia hasta los últimos años de
su vida, cuando se vió arruinado, á pesar de que los planetas le habían
prometido grandes riquezas.
Todas las soluciones importantes de los soberanos y hasta los asuntos de
su vida corriente, como por ejemplo, la recepción de un embajador, un
pequeño viaje ó el tomar una medicina, se determinaban consultando antes
á las estrellas. Tal era la superstición sideral, que entre las gentes
ricas nadie se atrevía á comer, á ponerse un vestido nuevo ó á intentar
cosa alguna sin estudiar los astros.
Claudio terminaba siempre sus reflexiones acordándose de los Borgia y de
las calumnias que los contemporáneos enemigos de dicha familia habían
hecho pesar sobre ella.
Era absurdo juzgarlos con el criterio de los tiempos modernos. Resultaba
falto de toda equidad no tener en cuenta su época y el ambiente en que
se desarrollaron sus existencias.
«Si los salvajes que aún quedan en la tierra--pensaba Borja--nos parecen
repugnantes, es porque la barbarie de sus costumbres contrasta con la
civilización más ó menos relativa á que hemos llegado. Pero todavía
existen en nuestra vida actual excesos, abusos é injusticias que los
siglos futuros tendrán por execrables, mientras que á nosotros nos
parecen una consecuencia forzosa del espíritu especial de nuestro
tiempo. Para apreciar lo que fueron los Borgia hay que conocer los
hombres y las costumbres de su época. Los devotos de ahora piensan con
horror en Alejandro VI, Papa con hijos. Es porque en la actualidad el
Papado vive como un simple poder espiritual, libre de las impurezas y
tentaciones que traen consigo los gobiernos terrenales, y además,
vigilado y depurado por los enemigos que tiene enfrente, el
anticlericalismo de los incrédulos y las numerosas iglesias protestantes
en que se fraccionó el cristianismo.»
Durante los siglos XV y XVI el Papado era todo lo contrario. La Iglesia
católica dominaba moralmente á los grandes Estados de Europa, figurando
al mismo tiempo como un Estado más, pues gobernaba políticamente á Roma
y los territorios de la Santa Sede. El Papa era un soberano como los
otros soberanos laicos, un rey electivo, lo mismo que los demás reyes. Y
no resultaba Rodrigo de Borja el único Pontífice que tenía hijos y
procuraba favorecerlos.
Casi todo el cardenalato de aquella época, del cual había de surgir el
futuro Papa, estaba compuesto de ricos señores, acostumbrados á vivir
con más ostentación que los príncipes seglares, por ser mayores sus
rentas.
Se dedicaban á la protección de las bellas artes, se fortalecían en la
caza cuando no podían hacerlo en la guerra, tenían numerosas amantes
durante su juventud, que les daban no menos herederos, y llamaban á
éstos unas veces sobrinos, por modestia, concediéndoles otras el título
de hijos francamente, cuando sentían halagada su vanidad paternal por
las condiciones de sus retoños, buenas ó malas.
II
Donde pasan y mueren cuatro Pontífices, mientras el vice-Papa se
mantiene treinta y cuatro años esperando su hora.
Tendido en el gran diván de su estudio, seguía recordando Claudio la
vida del cardenal Rodrigo de Borja, tan interesante para él como su
pontificado.
Duraba treinta y cuatro años, entre la muerte de su tío Calixto III y su
propia ascensión á la Santa Sede con el nombre de Alejandro VI.
En dicho período servía á cuatro Papas, Pío II, Paulo II, Sixto IV é
Inocencio VIII, conservándolo todos ellos en su alto cargo de
vicecanciller de la Iglesia y añadiendo cada uno nuevas prebendas y
lucrativos obispados, que convertían al llamado cardenal de Valencia en
uno de los más ricos príncipes eclesiásticos.
De actividad infatigable, múltiple y contradictorio en sus acciones,
como la mayor parte de los personajes del Renacimiento, dedicaba una
mitad de su existencia á los placeres y otra á los negocios de Estado y
á la devoción, pues los excesos del libertinaje iban unidos en él á la
fe de un sincero creyente.
Esta complejidad no representaba un caso único. Muchos de los hombres de
su época fueron iguales. Lorenzo de Médicis peroraba en la Academia
Platónica de Florencia sobre la virtud y la moralidad, sosteniendo al
mismo tiempo relaciones ilícitas con doncellas y casadas. Escribía
poemas en honor de la Virgen y canciones licenciosas de Carnaval para
ser entonadas en las orgías.
Si cuatro Papas conservaban á Rodrigo de Borja en su alto cargo de
vicecanciller, era porque le creían insustituíble. El llevaba adelante
los negocios más difíciles de la Iglesia y bajo su dirección se iba
ensanchando el poder político de la Santa Sede.
La muerte de su tío no disminuía su influencia en el Vaticano. Mientras
el populacho de Roma se ocupaba en saquear lo que había quedado oculto
bajo las ruinas de su palacio ó corría las calles gritando: «¡Mueran los
catalanes!», él creaba un nuevo Papa, amigo suyo.
El sienés Piccolomini, bautizado Eneas Silvio, conforme á la moda
impuesta por los humanistas, había sido siempre un escritor, fuera cual
fuera el alto cargo que desempeñase. Su carácter ligero, agradable,
dulce é inconstante parecía un reflejo de su estilo literario.
Había fluctuado durante su juventud del cisma á la legalidad pontifical,
sirviendo á unos y á otros en los conflictos del Concilio de Basilea
entre el Papa y el anti-Papa. Su juventud era libertina, como la de
todos los letrados de su época, teniendo dos hijos de una inglesa que
vivió con él y suponiéndole sus enemigos una segunda prole más oculta y
numerosa.
Escribía novelas, poemas y libros científicos, con arreglo al gusto
contemporáneo. Su compendio de geografía, que dejó sin terminar,
describiendo el mundo conocido hasta entonces, especialmente el Asia,
sirvió treinta años después á un visionario llamado Cristóbal Colón,
figurando entre su reducido caudal de libros junto con otra enciclopedia
cosmográfica escrita en el siglo anterior por el cardenal Pedro de
Ailly.
Eneas Silvio amaba la Naturaleza, como Petrarca. El mismo se dió el
título de «amigo de los bosques», y en su época papal huía, siempre que
le era posible, de los palacios pontificios, para instalarse en alguna
arboleda de la Umbría, abundosa en encinas seculares. Calixto III,
preocupado en hacer la guerra á los turcos, no tuvo tiempo para proteger
las artes y las letras; pero fijó sus ojos en este escritor, abriéndole
la puerta más grande de la Iglesia, y veinte meses antes de su muerte lo
hizo cardenal.
Al reunirse el cónclave, Piccolomini era el más moderno de sus
individuos, pero tenía en su favor la popularidad literaria. El hábil
Rodrigo de Borja, que sólo contaba en aquel entonces veintiséis años de
edad, se propuso, con una audacia propia de su juventud ardiente, hacer
Papa á Eneas Silvio, que era como de su familia, pues siempre se mostró
agradecido á Calixto, su protector. No dejó que los cardenales se
dividieran, sosteniendo cada uno á su candidato particular, y apenas
reunido el cónclave, se adelantó á todas las opiniones proponiendo que
Piccolomini fuese nombrado Papa por aclamación. Su elocuencia de
meridional y la sorpresa causada por su iniciativa obtuvieron un triunfo
instantáneo, y el nuevo Papa tomó el nombre de Pío II. Continuó siendo
Borgia bajo su pontificado una especie de ministro universal de la
Iglesia, pues á esto equivalía su cargo de vicecanciller.
Pío II, á los cincuenta y tres años, se mostraba de gran virtud por
estar quebrantado su cuerpo, sufriendo especialmente el mal de gota á
consecuencia de haber ido descalzo, por caminos helados, á una iglesia
de la Virgen, en Escocia, para cumplir cierto voto hecho durante una
tempestad en el mar. Sus dolencias le inmovilizaban en el lecho largo
tiempo, y sólo en días de calma podía atender á los negocios del Papado
ó á continuar la redacción de su libro _Cosas memorables_, en el que iba
transcribiendo historias oídas y todo lo digno de mención visto en sus
viajes.
Pequeño de estatura, algo rechoncho, con la cabeza blanca, sus gestos
eran una mezcla de severidad y mansedumbre. Vestía modestamente, y su
mesa resultaba frugal, contrastando dicha parquedad con el lujo que
desplegaban los más de los cardenales.
Eneas Silvio hacía frecuentes viajes, sin miedo á sus molestias. El
«amigo de los bosques» se mostraba cada vez más sensible á las plácidas
impresiones de la Naturaleza, é ir en busca de ellas era el único placer
que podía gozar. Viviendo en las arboledas de la Umbría, daba audiencia
ó firmaba sus documentos bajo el ramaje de una encina de varios siglos.
Este Papa, que no amaba la guerra, tuvo que hacerla arriesgadamente al
más terrible capitán de entonces, el famoso Segismundo Malatesta, feroz
como un oso en sus momentos de cólera, y á otras horas artista de gustos
refinados. Dicho monstruo servía á los Papas ó se burlaba de ellos,
según convenía á sus intereses de soberano de Rímini.
Adivinando la debilidad de este Pontífice imbele, quiso despojarlo de
una parte de las tierras de la Iglesia, mas el antiguo escritor acabó
por aceptar la lucha, venciéndolo para siempre.
La impiedad de Malatesta dió á esta guerra el carácter de una pequeña
cruzada. El señor de Rímini había matado á muchos clérigos y frailes.
Además, colocaba dioses paganos en los templos, y una noche de orgía
había ordenado que echasen tinta en todas las pilas de agua bendita de
las iglesias de su capital, para que al día siguiente los devotos se
viesen, durante la misa, con las caras tiznadas.
Reproducíase bajo el pontificado de Pío II el nepotismo de Calixto III y
la invasión de sus conterráneos. Miles de habitantes de Siena corrían á
Roma para obtener empleos de su compatriota, á semejanza de los
«catalanes» durante el reinado del primer Borgia. Todos los que se
llamaban Piccolomini exigían ricas prebendas sin alegar otro mérito que
su apellido. Varios sobrinos del Papa ocupaban los primeros cargos
laicos de la Iglesia. Repetíase una vez más lo ocurrido bajo los
pontificados anteriores, y que lo mismo volvería á suceder en los
siguientes.
Protestaba ahora el pueblo de Roma contra los sieneses, herederos de su
antiguo odio contra los «catalanes». Mientras tanto, Pío II saboreaba la
vanidad de haber vencido á Malatesta, terror de príncipes y Papas,
instalándose, siempre que le era posible, en los montes Albanos, entre
ruinas de la antigüedad, frente á los lagos Albani y Nemi, cuyas orillas
estaban cubiertas entonces de frondosos bosques. El antiguo humanista
esperaba encontrar en dichas espesuras «dioses» ó «ninfas», y toda gruta
lacustre le parecía el refugio de Diana.
Seis años duró su pontificado, resultando un fracaso la cruzada
organizada por él contra los turcos, á imitación de la del primer
Borgia. El viejo y entusiasta español Juan de Carvajal, el de la
«batalla de los tres Juanes», dirigía esta nueva cruzada, cuyo punto de
reunión fué Ancona.
Casi todos los cruzados, españoles y franceses, mientras llegaban las
naves que debían llevarlos á Oriente, se mataban entre ellos en
continuas pendencias. No encontrando el Pontífice buques ni dinero,
moría en Ancona, viendo con tristeza, desde una ventana de su
dormitorio, las pocas naves que había conseguido reunir y la muchedumbre
sin orden y sin armas, que nunca llegaría á formar un verdadero
ejército.
Al recibirse en Roma la noticia de su muerte, se reprodujeron los mismos
desórdenes que al desaparecer su antecesor. El populacho dió el grito
de: «¡Mueran los sieneses!», matando á cuantos encontraba en las calles.
Antonio Piccolomini, duque de Amalfi, sobrino favorito de Pío II, poseía
el castillo de Sant Angelo, como Pedro Luis de Borja en el pontificado
de Calixto III.
Cuando se reunió el cónclave, unos hablaron de hacer Papa al infatigable
y virtuoso Carvajal, otros defendieron al anciano Torquemada, también
español, de costumbres austeras, tenido por el primer teólogo de su
tiempo. Pero los dos candidatos, á causa de su nacionalidad, se veían
desechados. Además, Rodrigo de Borja, agitador incansable y teniendo á
su disposición un grupo adicto de electores, procuraba nombrar Papa á un
amigo suyo.
El cardenal Pedro Barbo, rico y noble veneciano, muy afecto á los
Borgia, había arrostrado las iras de los enemigos de dicha familia
cuando facilitó en compañía de Rodrigo la fuga del hermano de éste. Tal
interés tenía el cardenal Borja en el triunfo de su compañero Barbo, que
se hizo llevar al Vaticano, gravemente enfermo de fiebre, con la cabeza
cubierta de trapos y vendas. Otros cardenales se quedaron en cama á
causa de la peste reinante, evitándose con ello las privaciones y el
encierro del cónclave, y Rodrigo de Borja se aprovechó de tales
ausencias para hacer triunfar la candidatura de su amigo.
Barbo, que era de hermoso aspecto, quiso tomar como Pontífice el nombre
de Formoso; pero los cardenales opusieron objeciones, por miedo á los
comentarios del pueblo. Tampoco permitieron que se llamase Marcos, por
ser San Marcos el grito de guerra de sus compatriotas los venecianos, y
resolvió finalmente tomar el nombre de Paulo II.
La elección fué acompañada de los desórdenes y saqueos que eran cortejo
inevitable de todo cónclave. Barbo y el belicoso cardenal Scarampo,
antiguo almirante de Calixto III, ante la posibilidad de ser electos,
habían guarnecido sus palacios con soldados y cañones.
Primeramente corrió la voz de que Scarampo era el elegido, y el
populacho se dirigió contra su palacio, viéndose rechazado. Luego, al
saber que era Barbo el triunfador, intentó asaltar su lujosa vivienda,
llena de riquezas y tesoros de arte, siendo igualmente recibido á tiros
de bombarda y espingardazos. Al fin, como todos deseaban robar algo,
corrieron al monasterio de Santa María la Nuova, por imaginarse que se
guardaban allí las riquezas del Papa electo, pero lo encontraron
previsoramente guarnecido de tropas. Cuando, engrosadas las turbas, se
empeñaron por segunda vez en tomar el palacio Barbo, hizo un convenio el
nuevo Papa con los jefes del motín, dándoles 1.300 ducados de oro á
cambio de que respetasen su vivienda. Esto no impidió que, al mismo
tiempo, los servidores del Vaticano saqueasen la habitación ocupada por
el cardenal Barbo durante el cónclave.
Así vivían los Pontífices en Roma. Paulo II tuvo que dar además 30.000
ducados á Piccolomini, duque de Amalfi, para que abandonase el castillo
de Sant Angelo y los de Tívoli, Spoleto y Ostia, que le había confiado
su tío, el Papa anterior. Queriendo evitar que en lo futuro se
repitiesen tales abusos, puso el mencionado castillo, llave de Roma,
bajo el gobierno de un hombre seguro. Y por consejo de su amigo Borgia,
entregó dicha fortaleza al erudito español Rodrigo Sánchez de Arévalo,
que unía poco después una mitra á su cargo de gobernador militar.
Activo y enérgico Barbo como cardenal, le hizo el Papado flojo de
carácter, y sobre todo, perezoso y algo misántropo. Empezó á vivir al
revés de los demás, haciendo de la noche día, dando audiencia á las dos
ó las tres de la madrugada y obligando á esperar varias semanas á sus
amigos más íntimos, deseosos de hablarle.
La suciedad de Roma y las charcas de su campiña prolongaban la peste
hasta en los meses más fríos del invierno. La mortandad alcanzaba cifras
aterradoras. Esto no impedía que el pueblo de Roma se preocupase del
Carnaval como de la fiesta más importante del año, y Paulo II dispuso
que sus procesiones de máscaras y sus carreras saliesen de la estrechez
de la plaza del Capitolio, desarrollándose desde entonces en la calle
más larga de la ciudad, la llamada vía Flaminia, que á consecuencia de
tales desfiles tomó su moderno nombre de Corso. Una de las innovaciones
del Carnaval fué establecer carreras de asnos, carreras de muchachos y
carreras de judíos, siendo estas últimas las que divertían más á la
grosera muchedumbre.
Tal fomento de las fiestas carnavalescas fué para Paulo II un medio de
alejar al pueblo de los manejos revolucionarios. Durante su reinado se
descubrió una conspiración que tenía por finalidad asesinar al
Pontífice, proclamando la República romana. La dirigían los humanistas,
uno de ellos el célebre erudito Platina; pero el más temible por su
actividad y su audacia fué el poeta Calímaco.
Su propósito era introducir secretamente en Roma á todos los proscritos,
ocultándolos en las ruinas de las casas derribadas para engrandecer el
Vaticano. Luego fingirían una riña delante del palacio con los criados
de los cardenales que esperaban á sus señores, llamando de este modo la
atención de la reducida guardia del Pontífice, y mientras tanto,
conspiradores ocultos penetrarían en el Vaticano, asesinando al Papa y á
cuantos le rodeaban.
Dicho plan, semejante al de Porcaro años antes, acabó por ser
descubierto, fulminando Paulo II terribles anatemas contra la llamada
Academia de Roma, donde se reunían los adeptos del humanismo, todos
ellos «materialistas y paganos».
Negaban á Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de
este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede
entregarse á todos los deleites, sin miedo á los mandamientos divinos,
cuidándose sólo de no ponerse en conflicto con la justicia criminal del
Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas
en su libro _Sobre el placer_. Comían carne en días de vigilia é
insultaban á los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber
prohibido que se tomase más de una compañera. Reproducían las doctrinas
del misterioso libro _Los tres impostores_, del que tanto se había
hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó á los hombres con
sus leyes, Cristo fué un adormecedor de pueblos, y Mahoma hombre de gran
espíritu, pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres
cristianos--continuaba el Papa--, prefiriendo otros gentílicos, y se
permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad».
Calímaco y otros dos humanistas comprometidos conseguían huir de Roma.
El célebre Platina sufrió larga prisión en el castillo de Sant Angelo, y
como el gobernador de éste, Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de
Calahorra, era también muy versado en letras clásicas, cruzábanse
numerosas epístolas en latín entre el guardián y el prisionero, dando
por resultado tal correspondencia una creciente dulzura en las
condiciones de su cautividad.
El único príncipe de la Iglesia respetado de todos era el anciano
Carvajal. Vivía en una casa modestísima, repartiendo su dinero entre los
pobres de Roma, avejentado y enfermo prematuramente por los seis años
pasados en Hungría oponiéndose al avance de los turcos. Los demás
cardenales eran grandes señores, procedentes de familias ilustres ó
parientes de Papas, que habían obtenido los más ricos obispados de la
cristiandad, derrochando alegremente sus rentas enormes.
Rodrigo de Borja, uno de los más jóvenes, tenía delante á otros
príncipes eclesiásticos de mayor edad, que le superaban en opulencia. El
más famoso, Scarampo, almirante pontificio, era apodado «el cardenal
Lúculo» por los derroches de su mesa. Al mismo tiempo que mantenía
numerosos palacios y costosas amantes, daba protección al célebre pintor
Mantegna. Otro cardenal, el francés Guillermo de Estouteville, poseedor
de incalculables rentas, vivía igualmente como un príncipe seglar, con
numerosos hijos, sin miedo á los escándalos que provocaba su vida
licenciosa y pensionando también á pintores y escultores.
Al fallecer estos dos magnates eclesiásticos, Rodrigo de Borja quedó á
la cabeza de los cardenales que la gente llamaba «aseglarados», á causa
de sus costumbres.
Paulo II moría casi repentinamente en 1471 á consecuencia de un hartazgo
de melones, después de cenar al aire libre en los jardines del Vaticano,
á la hora en que la atmósfera parecía más envenenada por las
pestilencias palúdicas.
Como los venecianos habían sido los más influyentes durante el
pontificado de su compatriota, el pueblo de Roma los aborrecía, lo mismo
que años antes á los sieneses y á los españoles. Otra vez Rodrigo de
Borja, que figuraba al frente del importante grupo de cardenales
aseglarados, ricos, audaces é inquietos, influyó en la elección
pontifical, ayudado por sus compañeros Gonzaga y Orsini, que tampoco
eran de mejores costumbres. Fué el elegido un genovés, antiguo fraile,
el cardenal Francisco de la Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV.
La primera preocupación del nuevo Pontífice y del Sacro Colegio fué
buscar los tesoros reunidos por Paulo II durante su pontificado. Poco
antes de su fallecimiento había hecho saber al consistorio que guardaba
medio millón de ducados para hacer la guerra á los turcos si los
príncipes de la cristiandad se decidían á ayudarle. Lentamente fueron
descubriendo estas riquezas que el Papa noctámbulo había ocultado en
distintos lugares: cincuenta y cuatro copas de plata llenas de perlas,
enorme cantidad de oro sin labrar, numerosas piedras preciosas y cuatro
depósitos de moneda acuñada, que sumaban más de cuatrocientos mil
ducados. Todos estos tesoros se confiaban á la custodia del obispo de
Calahorra, alcaide del castillo de Sant Angelo.
Era el cardenal Borja quien ceñía la tiara al nuevo Pontífice, viendo
asegurada por tercera vez su autoridad en el manejo de los negocios de
la Santa Sede. Pero aunque Sixto IV le apreciaba en mucho y lo favorecía
con valiosos donativos, se fué entregando á la influencia de sus
nepotes, que formaban dos grupos igualmente rapaces, los Rovere y los
Riario, hijos estos últimos de una de sus hermanas.
A la cabeza de los Rovere estaba Juliano, cardenal de carácter ardoroso
y enérgico, semejante en costumbres y ambiciones á Rodrigo de Borja,
sobrino de Papa como éste, licencioso en su vida, lo mismo que el
cardenal de Valencia, amigos ambos unas veces por la comunidad de
gustos, y tenaces adversarios en otras ocasiones, hasta los mayores
extremos de enemistad. Juliano de la Rovere había de ser el eterno
conspirador contra Alejandro VI, ciñéndose la tiara, después de la
muerte de éste, con el nombre de Julio II.
En realidad, Sixto IV mostraba mayor afecto por otro sobrino suyo, Pedro
Riario, al cual hizo cardenal teniendo veinticinco años. Juliano no
pasaba de los veintiocho cuando recibió la púrpura al mismo tiempo que
su primo. Muchos contemporáneos tenían la certeza de que el cardenal
Riario era hijo, y no sobrino, de Sixto IV, explicándose así que el
Pontífice lo prefiriese á Juliano de la Rovere, de más talento y
carácter.
Jamás llegaron los Borgia á las fastuosidades de este cardenal Riario,
presunto hijo del Papa, el cual pasó repentinamente de ser un pobre
frailecito á malgastar las riquezas de la Santa Sede. Le dió su padre
tantos obispados, abadías y otros cargos fructuosos, que sus rentas
anuales ascendieron á tres millones de francos oro, y aun con esto no
tenía bastante para su desatinada prodigalidad.
Sólo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su
servidumbre vestía de seda y púrpura; iba á todas partes llevando un
cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado
á la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y
representaciones bélicas. «Quiso competir--dijo Platina, el humanista
protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano--con
todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia... lo
mismo en las cosas buenas que en los vicios.»
Este joven, que era fraile franciscano meses antes, andaba por sus
palacios con vestiduras de oro y «cubría á sus amigas de perlas finas
desde la cabeza á los pies». Los personajes que pasaban por Roma, reyes
cristianos de Oriente empujados por el avance de los turcos, ó soberanos
occidentales, no podían disimular su asombro ante las fiestas con que
les obsequiaba el cardenal Riario.
Hacía construir palacios de madera para banquetes de gala que sólo
duraban unas horas, deshaciéndolos á continuación. Cada servicio lo
anunciaba su senescal entrando á caballo en el comedor, con traje
distinto y seguido de músicos que escoltaban los platos.
A una princesa de la dinastía Aragón de Nápoles la obsequiaba con un
banquete que duró seis horas, sirviéndose en su transcurso cuarenta y
cuatro platos, ciervos enteros asados con su piel, cabras, liebres,
terneros, grullas, pavos y faisanes conservando su plumaje. El plato más
enorme, llevado en hombros por una docena de servidores vestidos de
seda, tenía la apariencia de un oso de tamaño natural, con un palo en la
boca. El pan había sido dorado, y los peces, así como otros manjares,
llegaban á la mesa cubiertos de plata. En las obras de confitería
intervenían los mejores escultores de Roma. Los doce trabajos de
Hércules, todos ellos con personajes de dimensiones ordinarias, estaban
esculpidos en materias azucaradas. Otro plato era una montaña con una
sierpe gigantesca que se movía lo mismo que un reptil viviente.
También desfilaban ante las mesas castillos embanderados, todos de
confitería, y estas obras eran arrojadas á continuación por los balcones
del comedor sobre el populacho, que coreaba desde fuera con sus gritos
las músicas del banquete. Igualmente estaban hechos de turrón y otras
materias semejantes diez navíos que se presentaban cargados de
peladillas en forma de bellotas, por figurar la bellota en el escudo de
los Rovere. Como final, aparecía Venus en su carro de nácar tirado por
cisnes; una montaña que se partía, saliendo de ella un poeta para
expresar en forma rimada su admiración ante tal banquete; y tropas
coreográficas de mujeres, bailando danzas antiguas, pretexto, según el
gusto de entonces, para excitar la concupiscencia.
En los tres años que duró su cardenalato, gastó Pedro Riario 300.000
ducados de oro (varios millones de la moneda actual), dejando aún
deudas por valor de 60.000. Sixto IV le lloraba con un dolor de padre,
olvidando sus despilfarros y la enfermedad crapulosa que ocasionó su
muerte en pocos días, viendo solamente lo que este joven, digno de su
época, había hecho en favor de las artes, protegiendo á pintores,
escultores y arquitectos. Todos los poetas de Roma le lloraron en sus
versos como un nuevo Mecenas.
La desaparición de Pedro Riario dejó campo libre á las ambiciones de su
primo Juliano de la Rovere. Además, éste pudo robustecer su influencia
entre los cardenales aseglarados, sin obstáculo alguno, por hallarse
Rodrigo de Borja fuera de Roma.
Pretendió Sixto IV organizar de nuevo la cruzada contra los turcos,
enviando legados á las principales potencias cristianas para que le
ayudasen en dicha empresa. A Borja le encargó que fuese á España,
emprendiendo éste el viaje en Mayo de 1472.
Era la primera vez que regresaba á su patria, de la que había salido
siendo adolescente, y luego de dicha visita nunca volvió á ella. Según
era costumbre, todos los cardenales residentes en Roma escoltaron á su
compañero hasta la puerta de San Pablo, dándole el beso de despedida. En
el puerto de Ostia tuvo que aguardar á que pasase un furioso temporal, y
emprendió su navegación días después en dos naves del rey Ferrante de
Nápoles, haciendo escala en Córcega y llegando el 17 de Junio á la playa
de Valencia.
Llevaba con él varios obispos italianos, abades, jurisconsultos, poetas,
que le servían de secretarios, y dos pintores napolitanos que acabaron
quedándose en España.
Valencia era entonces la ciudad más rica del Mediterráneo español y la
de costumbres más alegres y libres. Juan II, padre de Fernando el
Católico, vivía en incesante lucha con los catalanes, negándose
Barcelona á reconocer su autoridad, y todo el movimiento marítimo había
pasado á Valencia. Su puerto era desde el reinado de Alfonso V un centro
receptor y distribuidor del comercio con Italia.
Recordaba Claudio Borja lo que había leído en las Memorias de un tal
Münzer, viajero alemán que visitaba dicha ciudad en el último tercio del
siglo XV, admirando sus campos de limoneros, naranjos y palmeras, y aún
más la elegancia de sus mujeres.
«Las valencianas--decía el alemán--visten con singular pero excesiva
bizarría, pues van descotadas de tal modo, que se les pueden ver los
pezones, y además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes,
cosa en verdad censurable. Los habitantes de Valencia acostumbran á
pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío que se diría
estar en una feria, pero con mucho orden, porque nadie se mete con el
prójimo. Las tiendas de comestibles no se cierran hasta medianoche. No
hubiera creído que existiera tal espectáculo á no haberlo visto.»
Esta ciudad rica y jocunda, que parecía reflejar las costumbres de la
Italia del Renacimiento, situada enfrente, en la otra ribera del
Mediterráneo occidental, recibió al embajador del Papa con el mismo
aparato que si fuese un rey. Tuvo que pasar Rodrigo de Borja dos días en
un monasterio inmediato, mientras preparaban su recibimiento. El cortejo
ocupó una extensión de dos kilómetros. El cardenal de Valencia entró á
caballo, bajo un palio que sostenían los personajes más importantes de
la ciudad, entre timbales y trompetas, por calles cubiertas de ricos
tapices, precediéndole todas las parroquias con cruz alzada y numerosas
hermandades. En días sucesivos empezaron los banquetes dados por Borja
en su palacio episcopal.
Este vicecanciller de la Santa Sede poseía, además de las ricas mitras
de Valencia, Cartagena y Oporto, numerosas abadías, y la fortuna
heredada de su hermano Pedro Luis. Todas sus rentas las gastaba
espléndidamente.
Viviendo en Roma, había vencido en 1461 á los cardenales más opulentos
cuando se estableció una pugna entre ellos por quién arreglaría mejor la
fachada de su palacio en la fiesta del Corpus. El pueblo romano lo
apreciaba como el más generoso y munificente de los príncipes de la
Iglesia. También había sobrepasado á sus compañeros del Sacro Colegio al
disponer Pío II grandes fiestas para recibir en Roma la cabeza del
apóstol San Andrés, y al intentar dicho Pontífice la organización de
una escuadra contra los turcos. En esta ocasión era el único que le
obedecía, regalando un buque completamente armado.
La gula resultaba, según sus enemigos, el solo vicio ignorado por él. Le
gustaba comer un plato único, pero abundante, y cuando fué Papa los
cardenales temían como una desgracia que los invitase á su mesa. Tampoco
mostraba afición al vino, condición de muchos hombres del Mediterráneo,
enérgicos y ardorosos, y cuando lo bebía era mezclado con agua.
Todo esto no fué obstáculo para que el fastuoso cardenal--obispo de
Valencia--diese grandes banquetes en su palacio. La ciudad había
adornado sus calles en relación con la especialidad de los comerciantes
ó menestrales establecidos en ellas. En la Tapinería, donde trabajaban
los fabricantes de _tapines_ ó chapines, calzado alto, inventado por los
moros, que aumentaba la estatura de las mujeres y cuya moda se extendía
hasta Venecia, las casas se mostraban cubiertas de chapines de los más
caros, que tenían las suelas con adornos de oro, plata y diamantes. En
la calle de las Platerías los orfebres ostentaban sobre tapices de
brocado sus obras más suntuosas, y en la Puerta Nueva, cerca del sitio
donde se iba á construir poco después la famosa Lonja, aparecían
revestidos los edificios, del tejado al suelo, con piezas de ricas
telas. Los señores circulaban entre la muchedumbre montados en mulas y
llevando á la grupa su dama.
El sobrino de Calixto III era saludado por el pueblo como una gloria
nacional. Todos presentían que iba á ser Papa como su antecesor. Tuvo
que abandonar la ciudad para ir en busca del rey de Aragón y su hijo, el
futuro don Fernando el Católico, que estaban sitiando á Barcelona. Este
último se había casado con la princesa Isabel, hermana del rey de
Castilla, y necesitaba que le ayudase el cardenal para la legitimación
de dicho matrimonio.
Como los que se llamaron después Reyes Católicos eran parientes en
tercer grado de consanguinidad, habían visto negada por el papa Paulo II
la dispensa necesaria para su casamiento. El Pontífice obedecía á las
sugestiones de los reyes de Castilla y de Portugal, opuestos á la
mencionada unión. Pero el entonces arzobispo de Toledo, don Alfonso
Carrillo de Acuña, hombre enérgico, de pocos escrúpulos en las cosas
eclesiásticas por considerarlas como propias, falsificó una dispensa del
Papa, y el matrimonio pudo realizarse fingiendo los Reyes Católicos no
estar enterados de dicha irregularidad.
Después, cuando Isabel la Católica mostró remordimientos, viéndose en
estado de concubinaje según las leyes de la Iglesia, el cardenal Rodrigo
de Borja, que se había interesado por los dos, como español, obtuvo una
bula de Sixto IV, en la cual recriminaba el Pontífice á los contrayentes
por haberse ido á vivir juntos sabiendo que su casamiento era nulo; pero
de todos modos comisionaba al actual arzobispo de Toledo para que lo
revalidase.
Esta dispensa, en realidad, no era gratuita. Sixto IV esperaba que á
cambio de ella don Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de
Aragón, diese barcos y hombres para la cruzada contra los turcos.
Luego de pasar varios meses en Cataluña volvió á Valencia el legado para
avistarse con don Pedro de Mendoza. Este era entonces obispo de Sigüenza
nada más, y Borja le traía el capelo cardenalicio. En adelante fué el
famoso cardenal Mendoza, que llegó á ministro universal, llamándole
muchos por su influencia «el tercer rey de España».
Viajaba don Pedro de Mendoza con más aparato que los monarcas, siendo su
lujo tan grande como el de los más fastuosos cardenales. Entró en
Valencia precedido de una música de negros á caballo, entre muchos
señores castellanos que llevaban sobre sus pechos pesadas cadenas de
oro, y seguido de una escolta de doscientos jinetes y una tropa no menor
de halconeros y monteros. Como Borja conocía la esplendidez del prelado
de Castilla, lo obsequió con un banquete que hizo recordar á los
cronistas de Valencia el lujo de Alfonso el Magnánimo.
Entre ricas tapicerías estaba servida la mesa, con letras góticas sobre
el mantel hechas de flores, que repetían la leyenda del escudo episcopal
de Borja: _Ave Maria gratia plena_. Ocho obispos pertenecientes á ambas
comitivas sentábanse al banquete, con los dos poderosos magnates
eclesiásticos y numerosos invitados seglares.
El lavatorio de las manos lo hacían en «grandes bacines de plata dorada
con el fondo de esmalte», poniéndose inmediatamente sobre la mesa varias
copas llenas de jengibre verde, planta aromática que se mezclaba
entonces en todas las salsas. Luego aparecían siete grandes platos con
dos pavos cada uno rodeados de numerosas perdices, siendo doradas las
cabezas de aquellos animales y pendiendo de sus cuellos cartelitos con
el escudo de los Borja. Desfilaban á continuación cuatro fuentes de
plata, enormes como rodelas, llevadas cada una por cuatro hombres, en
las que había altísimos pastelones rellenos de ocas, ánades, fúlicas,
palomos, gallinas, terneras, cabritos y otras viandas. Todos estos
manjares eran acogidos con músicas de los ministriles, que ocupaban un
tablado, y llevaban su escolta correspondiente de salsas.
A continuación eran presentados dos soberbios platos, teniendo ambos el
aspecto de una montaña cubierta de verdura, sobre cuya cúspide se erguía
un pavo con todo su plumaje y la cabeza intacta, lanzando por su pico un
chorro de agua perfumada. Y mientras los trinchantes cortaban la carne
por debajo de las alas, los dos pavos seguían derramando sus fuentes de
perfume. Luego venía la «comida blanca», llamada así por ser de leche,
huevos y gran abundancia de azúcar, terminándose el banquete con
numerosas variedades de confites y conservas dulces.
Duraban muchos días los festejos y mascaradas, y una vez más el cardenal
Borja abandonaba Valencia para irse á Castilla, siendo recibido en
Madrid con gran pompa y bajo palio, al lado del rey don Enrique,
apellidado «el Impotente», que iba á su izquierda. Se esforzaba el
cardenal por inclinar al monarca á favor de la sucesión de su hermana
doña Isabel, contra las pretensiones de los partidarios de su hija
única, apodada «la Beltraneja», por creerla adulterina, ocasionándole
todo esto grandes enemistades. Al fin, conseguía que don Enrique hiciera
las paces con su hermana y su cuñado Fernando, y en Julio de 1463 volvía
de nuevo á Valencia, preparando su regreso á Roma.
Esto fué en el mes de Septiembre. Muchos valencianos de familia noble y
otros dedicados á las Letras se dispusieron á seguir al cardenal.
Tenían gran fe en su porvenir, repitiendo la tradicional marcha á Roma
de los españoles en tiempos de Calixto III.
Varios centenares de caballeros y estudiantes componían ahora el cortejo
del legado. Todos se dirigieron al puerto tan alegres «que parecía iban
á bodas», según expresión de un cronista contemporáneo. Los del nuevo
cortejo y los del antiguo, llegado con el cardenal, se embarcaron en dos
navíos venecianos, cuyos capitanes hacían pagar de un modo abusivo el
precio del pasaje.
Apenas salidos al mar, se desencadenó una de las horribles tempestades
que agitan el Mediterráneo al iniciarse el otoño, acompañándoles dicha
tormenta en toda su travesía, que duró más de un mes, por haber tenido
que refugiarse en varios puertos.
El 10 de Octubre, hallándose frente á Liorna, se recrudeció la
tempestad, y asaltando las olas de través á una de las galeras la
echaron á pique, desapareciendo instantáneamente. La otra nave, rota la
quilla y descuadernada, pudo aproximarse á tierra, salvándose el
cardenal Borja con algunos señores de su séquito.
Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres,
entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes que habían
seguido al legado en su viaje á España. Setenta y cinco familiares de la
servidumbre del cardenal se ahogaron igualmente, y con ellos doce
jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que
iban á Roma por el gusto de vivir en ella ó para estudiar en la
Universidad de Bolonia.
Todas las ropas y alhajas del fastuoso cardenal se perdieron, así como
gran cantidad de valiosos regalos que le habían hecho en España reyes y
próceres, y numerosas cajas de vajilla de Manises.
Rodrigo de Borja no llevaba mas que la camisa puesta cuando los
tripulantes de la encallada nave lo sacaron en hombros. Su valor
sonriente había infundido admiración á los más duros marineros.
Según costumbre de la época, los habitantes de la costa, que
consideraban todo naufragio un presente de Dios, se arrojaron sobre el
buque, robando lo que no se había llevado el mar y apoderándose
igualmente de las ropas de los cadáveres.
Volvió el cardenal de Valencia de su legación en España con las manos
vacías, pero Sixto IV le hizo un recibimiento como si hubiese obtenido
éxitos enormes á favor de la Santa Sede. En realidad, traía grandes
promesas de los reyes españoles para ayuda de la cruzada, pero ninguna
de ellas llegó á cumplirse.
A partir de este viaje, empezó Rodrigo de Borja á tropezar con la
influencia cada vez más grande del cardenal Juliano de la Rovere. Los
dos eran igualmente hábiles, de carácter enérgico y pocos escrúpulos,
con arreglo á la política de entonces; pero Borja llevaba la ventaja de
su serenidad majestuosa, su valor tranquilo, su cautela, que le hacía
contenerse á tiempo y no decir palabras irreparables. Juliano era más
impetuoso, y parecía repulsivo á muchos por sus cóleras sombrías y sus
venganzas. Adivinando Borja que Rovere preparaba su candidatura para el
Papado, empezó también á pensar en su propia persona como aspirante á la
tiara.
Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas é iluminaciones la muerte
de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV
había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada
por un cardenal. Esta escuadra pontificia, con otros buques del rey de
Nápoles, reconquistó á Otranto, puerto tomado por los turcos; pero
después de tal victoria tuvo que volverse, por la flojedad de su
almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran
mortandad que empezaba á causar en ella la peste. Una vez más fracasaba
el Papado en su guerra contra los turcos.
Continuó Sixto IV hasta su muerte sustituyendo los cardenales que
fallecían con otros, en su mayor parte de vida mundana y pocos años.
Mientras tanto, sus numerosos sobrinos, todos príncipes de la Iglesia,
eclesiásticos ó laicos, se dedicaban á deplorables operaciones,
concediendo por dinero las cosas más santas. Hasta el mismo Papa era
acusado, sin prueba alguna, de dedicarse al acaparamiento de cereales
para venderlos más caros al pueblo.
Al morir Sixto IV, en Agosto de 1484, el vecindario romano se entregaba
á mayores excesos que al finalizar los Papados anteriores. Odiaba ahora
á los genoveses, escandalosamente protegidos por el Papa difunto. La
muchedumbre asaltó el palacio de su sobrino Jerónimo Riario, saqueándolo
de tal modo que sólo quedaron las paredes. Hasta los árboles de su
jardín desaparecieron. Todo lo que en Roma pertenecía á genoveses fué
robado ó destruído: numerosos almacenes de cereales, dos barcos cargados
que estaban en el Tíber, muchas tiendas de comestibles.
Este trastorno general iba á provocar una vez más la guerra civil entre
Colonnas y Orsinis. Los vecinos se ocultaban en sus casas. Los palacios
de los cardenales aparecían transformados en fortalezas. Especialmente
Juliano de la Rovere y Rodrigo de Borja habían guarnecido sus elegantes
viviendas con tropas de mercenarios á sueldo, levantando además
bastiones de tierra ante las puertas, con abundante artillería. Toda la
gente belicosa de la ciudad estaba en armas, dispuesta á la batalla.
Finalmente las gestiones de los cardenales más viejos lograban
establecer cierta calma, y se reunía el cónclave para elegir el nuevo
Pontífice.
Borja y Rovere iban á luchar frente á frente en esta elección; pero como
ambos eran astutos y veían sin engaños la realidad, se dieron cuenta de
que aún no había llegado su hora.
El número de cardenales aseglarados había sido aumentado por Sixto IV y
ya no era Borja su único capitán. Rovere, sobrino de Papa lo mismo que
él, rico, fastuoso, mujeriego y además muy jugador, dirigía igualmente á
estos príncipes de la Iglesia semejantes en pasiones y vicios á los
magnates laicos.
Algunos cardenales de sanas costumbres pensaron en elegir á su compañero
Juan Moles, que era español y se había mantenido ajeno á las contiendas
de Roma, viviendo con el decoro de un anciano virtuoso; pero su
nacionalidad resultaba un obstáculo, y los italianos desistieron de su
candidatura. Todos los embajadores residentes en Roma creían en la
elección de Rodrigo de Borja, y él había fortificado su palacio para
que no lo saqueasen, considerando seguro, durante algunos días, su
próximo triunfo.
Rovere, su adversario, convencido de su propio fracaso, trabajó por
crear un Pontífice que se lo debiera todo á él y siguiese su dirección,
fijándose en Juan Bautista Civo, cardenal de origen genovés, como su tío
Sixto IV. Apeló Juliano á todos los medios para hacerlo triunfar,
valiéndose hasta del soborno, y finalmente ganó la votación el cardenal
Civo, tomando el nombre de Inocencio VIII.
Era un hombre grande, fuerte, carilleno, extraordinariamente blanco y de
ojos muy débiles. Su familia genovesa, aunque pobre, estaba emparentada
con la riquísima de los Doria. Tenía dos hijos ilegítimos: Teodorina y
Franceschetto. Sus enemigos afirmaban que estos hijos eran únicamente
sus predilectos y que había dado la vida á muchos más, haciéndolos
ascender algunos comentaristas á siete, y otros á diez y seis.
Sixto IV lo había protegido por su carácter blando y tolerante, que le
permitía ser benigno con todos. Juliano esperaba obtener cerca de él una
influencia mayor que durante el pontificado de su tío. Todos los
embajadores escribían á sus potencias que el cardenal de San Pedro, ó
sea Juliano de la Rovere, iba á resultar el verdadero Papa.
Pronto se dió cuenta de que no era tan absoluto su poder como se lo
había imaginado en el momento de la elección. El Pontífice tenía un hijo
cerca de él, Franceschetto Civo, deseoso de aprovechar la buena fortuna
paternal para reunir dinero y entregarse á toda clase de desenfrenos.
Como era extremadamente jugador y poco favorecido por la suerte,
intervenía en toda clase de negocios á cambio de valiosas comisiones.
Mientras tanto, Inocencio VIII parecía preocuparse de la organización de
una cruzada, lo mismo que sus antecesores, pero sin éxito alguno. Su
única victoria fué traer á Roma al príncipe turco Djem ó Hixem, como
decían los españoles.
A la muerte del gran Mohamed, dos de sus hijos se habían disputado la
corona imperial. Era Bayaceto quien sucedía al victorioso padre, y su
hermano menor, Djem, que contaba con muchos partidarios, tenía que huir
de Constantinopla en 1482 para que aquél no lo suprimiese, buscando
refugio entre los caballeros de San Juan que ocupaban la isla de Rodas.
El Gran Maestre de dicha orden veía en Djem un poderoso medio para tener
en jaque á Bayaceto, y ajustaba, finalmente, con éste un tratado, en
virtud del cual los llamados caballeros de Rodas guardarían en custodia
al pretendiente Djem, á condición de que el emperador turco no atacase
su isla, pagando, además, con pretexto de la manutención de su hermano,
un tributo anual de 45.000 ducados.
Djem era enviado á unas tierras que los sanjuanistas poseían en
Auvernia, y desde entonces los reyes de Francia, de Nápoles y de
Hungría, la república de Venecia y el Papa--todos los que deseaban ser
temidos de Bayaceto para que les dejase en paz--pretendieron tener bajo
su custodia al «Gran Turco», pues así llamaban al príncipe Djem.
Inocencio VIII pudo más que sus contendientes, dando el capelo
cardenalicio al Gran Maestre de Rodas, así como muchos privilegios y
libertades á la mencionada orden, y el príncipe turco pasó á vivir en
Roma con una guardia, para su propia seguridad, de caballeros
sanjuanistas. Además, como Djem iba á ser huésped del Papa, éste
cobraría en adelante los 45.000 ducados anuales que entregaba el sultán.
Roma entera se puso en movimiento para recibirlo. Tal era el pavor
infundido por Mohamed después de la toma de Constantinopla, que había
circulado la predicción de que el soberano de los turcos iría un día á
apoderarse de la Ciudad Eterna, estableciendo su alojamiento en el
Vaticano. Y todos creyeron ver un acto de la voluntad divina al
cumplirse tal vaticinio, pero de diferente modo, llegando el «Gran
Turco» como cautivo y no como vencedor.
Se aposentó Djem en el Vaticano, y allí vivió tranquilamente varios
años, sin dejar de inspirar inquietudes á su hermano Bayaceto, pues una
parte del pueblo turco, así como los genízaros, parecían dispuestos á
sublevarse á favor suyo si se presentaba en el país.
Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche
del 31 de Enero de 1492, recibió el Papa la noticia de haberse rendido
Granada á los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las
torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de
plata regalado por Sixto IV para que precediese á las tropas en esta
última guerra contra los infieles.
La rendición de Granada la consideraron en Roma como una especie de
compensación por la pérdida de Constantinopla. Los futuros Reyes
Católicos enviaron al Papa cien prisioneros moros, en agradecimiento á
los auxilios que les había prestado durante su campaña.
A pesar de hallarse muy enfermo, fué Inocencio VIII en procesión desde
el Vaticano á la iglesia de Santiago, en la plaza Navona, que era
propiedad de los españoles, celebrando allí una gran fiesta. Los
regocijos públicos resultaron numerosos. El embajador español pagó una
representación pública de la conquista de Granada, el cardenal Rafael
Riario organizó un cortejo reproduciendo la entrada triunfal de los
soberanos españoles en dicha ciudad, y Rodrigo de Borja dió en la plaza
Navona la primera corrida de toros, á estilo de España, que presenciaron
los romanos.
El sultán turco, en relaciones continuas con el Papa desde que éste
guardaba á su hermano Djem, le envió como regalo una preciosa reliquia:
la lanza con que Longinos había abierto el pecho de Cristo clavado en la
cruz. El musulmán Bayaceto garantizaba la autenticidad de dicha
reliquia.
Los cardenales más afectos al Papa, presididos por Juliano de la Rovere,
salieron lejos de Roma para recibir á los mensajeros turcos,
incautándose de la Santa Lanza. Inocencio VIII, próximo ya á la muerte,
abandonó el lecho para presidir dicha solemnidad. El arma bendita fué
llevada en procesión á través de Roma, hasta las habitaciones
particulares del Pontífice.
Al verse Rodrigo de Borja suplantado por Rovere, que ocupaba en la
ceremonia el sitio más honorífico después del Papa, quiso abrumar á
dicho rival con su riqueza y su gallardía, y asistió al recibimiento de
la Santa Lanza vestido lujosamente á la española, montando un brioso
corcel, que manejaba con su habilidad de consumado jinete, la espada al
costado y en la cabeza una gorra con adornos de perlas, rematada por
airoso penacho.
Dicha procesión fué el último acto público de Inocencio VIII. De Junio á
Julio estuvo entre la vida y la muerte, y la certeza de su próximo fin
agravó la falta de seguridad en Roma.
No pasaba un solo día sin asesinatos. Las turbas vivían olvidadas de
todas las imposiciones del orden. El médico del Papa, que era judío,
hizo degollar tres niños de diez años--según contaban las crónicas de
entonces--, llevando al enfermo la sangre de ellos para que la bebiese,
único medicamento capaz de reanimar su vigor. Este remedio monstruoso no
era raro en la medicina de aquella época, siempre predispuesta á emplear
la sangre humana para fines terapéuticos.
Se negó Inocencio á admitir el terrible brebaje, y en sus últimos días
aún tuvo fuerzas para llamar á los cardenales en torno á su lecho,
exhortándolos á la concordia, pidiendo que eligiesen un Pontífice mejor
que él.
El 25 de Julio de 1492, en las primeras horas de la noche, moría
Inocencio VIII. Sus actos más notables habían sido dar ayuda á los Reyes
Católicos en la expulsión de los judíos de España y publicar una bula
contra las brujas y hechiceros existentes en Alemania, documento que
sirvió de base á ulteriores persecuciones de la Inquisición.
También en su tiempo se falsificaron muchas bulas pontificias por
empleados de la Santa Sede, ganosos de adquirir dinero fuese como fuese,
á imitación de Franceschetto Civo, el hijo del Pontífice. Este, cuando
no andaba á altas horas de la noche por las calles de Roma con un grupo
de libertinos, intentando penetrar á viva fuerza en las casas donde
vivían mujeres bonitas y recibiendo las más de las veces palizas de
padres y esposos, se dedicaba al juego en casa del cardenal Riario, que
era un incansable tahúr. Una noche perdió Franceschetto 14.000 ducados,
y fué á quejarse á su padre de que el cardenal jugaba con cartas
marcadas. Así debía ser, pues todos los que jugaban con Riario, aunque
fuesen compañeros suyos de consistorio, salían perdiendo.
Claudio Borja recordaba la tumba de Inocencio VIII. Como era un
monumento de bronce con hermosas esculturas del arte cuatrocentista, la
habían conservado, pasando de la antigua iglesia de San Pedro á la
actual basílica. Gracias al valor artístico de dicha sepultura, la
memoria de Inocencio VIII se perpetuaba más que la de otros Pontífices
superiores á él, caídos en olvido.
Lo designaba la inscripción sepulcral como el Papa bajo cuyo reinado
había sido descubierto el Nuevo Mundo.
«Una falsedad escandalosa--pensó Claudio--. El Papa murió el 25 de Julio
de 1492, ó sea cuando Colón vivía aún en Palos, sin saber cómo iniciar
su viaje por falta de marineros, y Martín Alonso Pinzón lo salvaba
reclutando las tripulaciones.»
Esta inscripción de la tumba de Inocencio VIII había sido redactada
muchos años después de la muerte de dicho Papa. Los enemigos y
calumniadores del español Alejandro VI hasta pretendían robarle la
gloria del gran acontecimiento geográfico ocurrido bajo su pontificado.
III
En el que se habla del ruidoso triunfo del vicecanciller, de la
bella Julia, «esposa de Cristo», y de su hermano «el cardenal
faldero».
Cuando doña Natividad, la cuñada de Bustamante, torcía el curso de su
humor agrio contra Enciso de las Casas, formulaba siempre la misma
crítica:
--Le gustan las gentes de mala conducta; no lo puede evitar. ¡Un hombre
que la echa de cristiano! ¡Un padre de familia con tantos hijos, y una
esposa tan buena... y tan tonta!
Si el embajador oía tales críticas, procuraba excusarlas con una
benevolencia protectora.
Su rico amigo, y ahora compañero de diplomacia, quería ser ante todo un
artista, un escritor. Tenía una concepción romántica de la vida. Todos
los grandes hombres, según él, habían llevado una existencia
desordenada, hasta incurrir á veces en los mayores vicios. Le parecía
imposible el talento sin ir acompañado de escandalosos defectos y hasta
de aberraciones. Y por una lógica á la inversa, imaginábase que todos
los que vivían emancipados de la moral corriente debían ser de gran
talento, aunque no lo demostrasen. Por esto consideraba con irresistible
simpatía á los intelectuales y á los pecadores, cual si unos y otros
perteneciesen á la misma familia.
Doña Nati no iba completamente descaminada en sus maledicencias. Este
personaje que visitaba al Papa todos los meses y mantenía una estrecha
relación de amistad con la mayor parte de los príncipes eclesiásticos,
se consideraba obligado á ser «un poco bohemio» dentro de la
magnificencia de su vida, perdonando fraternalmente á cuantos
menospreciaban las conveniencias sociales y morales, manteniéndose al
margen de ellas. Por algo escribía libros y coleccionaba cosas antiguas.
La concurrencia á su mesa y sus salones resultaba algo heterogénea. Al
lado de los cardenales tomaban asiento gentes de vida aventurera, pero
de nombre célebre: aristócratas arruinados y sospechosos, artistas cuyas
costumbres eran contadas al oído con guiños de ojo y rubores.
--A mí lo que me interesa--decía Enciso--es que las personas tengan una
novela en su vida. Lo importante es ser alguien. El malo acaba por
hacerse bueno; Dios perdona á todos, y debemos imitar su bondad
infinita.
Esta tolerancia causaba extrañeza á muchos de sus comensales. No podían
explicársela en un hombre clasificado para siempre entre las gentes
tranquilas y de morigeradas costumbres. Invitaba á todas las familias de
su país que pasaban por Roma, y sonreía conmovido agradeciendo los
elogios dedicados á su lujosa vivienda.
--Me distingo algo de mis colegas de las otras repúblicas de
América--decía con falsa modestia--. Esto consiste en que soy un poco
artista. Tengo aficiones que ellos no conocen. ¡Y pensar que en nuestro
país no se enteran de la importancia que les estoy dando con mi
prestigio en Roma!...
Algunas matronas sudamericanas resumían su admiración deseando para sus
hijas un esposo tan rico y tan bueno como Enciso de las Casas.
--¡Qué suerte ha tenido Leonor!--éste era el nombre de su esposa--. ¡Qué
marido insustituíble!...
Para Enciso resultaban molestos y hasta ofensivos estos elogios á su
fidelidad conyugal y que todos la considerasen fuera de duda.
--No se fíe, señora--contestaba con una expresión maliciosa según él--.
Tal vez la estoy engañando con mi hipocresía. ¡Soy muy diablo!
--¿Usted, Manuel?...
Y quedaba confundido y apesadumbrado al mismo tiempo por la extrañeza
casi burlona de las damas. De ningún modo podían admitir que fuese «un
diablo». Todas se resistían á creerle de vida desordenada y secreta...
«como los hombres de talento».
Definitivamente era un padre de familia que sólo podía pensar en los
suyos; un personaje tranquilo, incapaz de tener una historia secreta; un
«burgués» que debía quedarse para siempre ante las puertas de la
bohemia, sin conseguir penetrar en ella por más que hiciese. Pero esto
no disminuía su afecto hacia los que estaban dentro de aquel infierno,
cerrado para él.
A Claudio Borja considerábalo interesante á pesar de su gravedad
melancólica y poco expresiva. Incluíalo entre los que «tienen novela». Y
al español le agradaba que Enciso aludiese en sus conversaciones á la
hermosa viuda, mostrando gran aprecio por su persona.
Era el único que parecía acordarse de la existencia de Rosaura, sin duda
porque ésta también «tenía novela». Con una discreción sonriente
procuraba mencionar á la argentina valiéndose de los más diversos
pretextos, y al mismo tiempo sus ojos de pupilas claras, con las córneas
un poco purpúreas, miraban al joven como diciéndole: «Lo sé todo y
envidio su buena suerte».
En realidad, había pensado muchas veces en Rosaura como algo que se
admira de muy lejos, con el convencimiento de no poseerlo nunca. Una
mujer así hubiese redondeado su vida de «artista». Pero juzgándola fuera
de su alcance, dedicaba una parte de la mencionada admiración á los que
habían sido más dichosos que él, viendo en Claudio un reflejo de la
personalidad de la otra.
Esta era la causa, tal vez, de que lo invitase con frecuencia á su
palacio, conversando ambos en la vasta biblioteca, cuyos libros parecían
luminosos por la rutilancia de sus encuadernaciones.
--Yo soy un creyente--dijo una tarde después de haber almorzado con
Borja--. Acepto cuantas reglas me imponga la Iglesia; pero al mismo
tiempo soy muy humano y conozco las debilidades del hombre, consecuencia
lógica de su imperfección. Simpatizo con los Borgia, sin que esto
disminuya mi catolicismo. No incurriré en el absurdo de querer hacer de
ellos unos santos calumniados, como algunos de sus panegiristas; pero
tampoco fueron unos demonios, como quieren sus detractores. En punto á
pecados, resultaron iguales á sus contemporáneos, y si alguna vez
llegaron un poco más lejos que ellos (un poco nada más), fué por la
fogosidad excesiva, por la tendencia al contraste y á desafiar á la
opinión, propias de las gentes del Mediterráneo... Todos ellos se
mostraron religiosos y creyentes. No hablemos de Calixto III, varón de
santa memoria. Alejandro VI, el Borgia más abominado, fué un Pontífice
eminente, que manejó con maestría los intereses de la Iglesia y la dejó
poderosa, hasta el punto de que su adversario y sucesor Julio II le debe
la mayor parte de su grandeza, heredada de él. Usted sabe que Rodrigo de
Borja mostró siempre una sincera devoción á la Virgen y llevaba á todas
horas una hostia consagrada dentro de un relicario de cristal pendiente
del pecho ó de una muñeca, para poder comulgar sin pérdida de tiempo en
el caso de que le sorprendiera la muerte.
Hizo don Manuel una pausa, mientras parecía retroceder con su
pensamiento á través de la Historia.
--Los que juzgan el pasado con arreglo á su mentalidad moderna--siguió
diciendo--se equivocan de un modo lamentable y no pueden comprender el
alma de los hombres de aquellos tiempos. Era más compleja que la
nuestra; vivían en el período renacentista, donde todos luchaban entre
las ansias de placer, despertadas por la literatura, y una educación
cristiana adquirida en su juventud. Comprendo perfectamente la devoción
mística por la Virgen que mostró el papa Alejandro, la Santa Forma
acompañándole á todas horas, y al mismo tiempo sus varios hijos
ilegítimos, su lubricidad acometedora, sólo comparable á la del animal
que figura en su escudo.
Casi todos los cardenales y muchos Pontífices eran parecidos á él. Aún
no se habían purificado las costumbres eclesiásticas para hacer frente á
las críticas de los protestantes. Los Papas vivían como reyes, teniendo
sus mismos defectos, y los cardenales como príncipes laicos. Estaba
lejos todavía el Concilio de Trento con su nueva disciplina
eclesiástica. Los pecados de la carne cometidos por gentes de la Iglesia
provocaban regocijados comentarios, nunca indignación ó severidad, como
ahora.
Enciso se valía de una imagen para aminorar los defectos de Rodrigo de
Borja y de los Papas y cardenales de aquella época, igualmente culpables
por sus lascivias y escándalos. Los comparaba al soldado que merece
castigo por faltar á los reglamentos militares: desobediencia á sus
jefes, mal ejemplo para sus compañeros, palabras sediciosas, costumbres
desmoralizadoras. Pero este soldado criminal no es un traidor á su país,
no ha renegado de su bandera, no ha servido á los enemigos de su patria.
Aquellos Pontífices y cardenales pecadores continuaban siendo, en medio
de sus desórdenes, buenos católicos, y muchas veces (el caso de
Alejandro VI) servían á la grandeza de la Iglesia mejor que los Papas
virtuosos, gracias á su talento y á su carácter. Ninguno de ellos
incurría en herejías; antes bien, se mostraban intolerantes y enérgicos
en la defensa de la fe.
--Rodrigo de Borja se preocupó en todo momento de mantener la pureza del
dogma y ensanchar los dominios de la Iglesia. Esta no perdió nada
durante su pontificado; al contrario, aumentó enormemente su poder
temporal. Era sobrio en la mesa, apenas bebía vino, nunca se mostró
jugador, como Scarampo, los Riario y otros cardenales. Su pecado fué
gustarle las mujeres de un modo irresistible, hasta en su más extrema
ancianidad, sin incurrir nunca en el «vicio griego», como muchos de sus
compañeros de cardenalato... Podía haber ocultado fácilmente sus hijos,
por ser ilegítimos, llamándolos «sobrinos», á imitación de otros
Pontífices; pero este español era incapaz de tapujos é hipocresías en
sus afectos. Amaba á sus retoños con un apasionamiento extremado de
meridional; fué un «padrazo», preocupándose sin recato de
engrandecerlos. Una lujuria de toro bravo, siempre fecunda, y un
ambicioso deseo de elevar á su prole, fueron los dos grandes defectos de
este varón, indiscutiblemente superior, por la firmeza de su carácter,
por su coraje reposado y sereno y por sus talentos de gobernante, á
todos sus contemporáneos.
Animado Enciso por la atención con que le escuchaba Claudio, siguió
comunicándole algunas particularidades de la vida de sus remotos
antepasados, seguramente desconocidas para él. Guardaba en su biblioteca
cuanto se había escrito acerca de los Borja, convertidos en Borgia al
establecerse en Roma. Todos le eran familiares; sabía cómo habían sido
sus casas, su manera de vivir, sus comidas, sus aventuras.
Describió el segundo palacio de Rodrigo de Borja con arreglo á una carta
recientemente descubierta del cardenal Ascanio Sforza, su amigo más
íntimo en el Sacro Colegio.
El cardenal de Valencia, frugal en su mesa ordinariamente, daba una
espléndida cena á Sforza y otros tres príncipes eclesiásticos, entre
ellos Juliano de la Rovere. Todo el palacio estaba adornado con
magnificencia, siendo admirables los tapices que cubrían las paredes,
representando sucesos históricos. Cada uno de los salones, según la moda
de entonces, tenía un rico lecho de aparato, por considerarse este
mueble el más importante de todos. Las alfombras y tapices estaban en
perfecta armonía de colorido con el resto del decorado. En el último de
los salones, el lecho de honor era de tela de oro y las alfombras
traídas de Egipto. Había varias credencias ó aparadores, con vajillas de
oro y plata cinceladas por los más famosos orfebres de la época.
--En aquel momento--continuó el diplomático--, Borja y Rovere eran
amigos. Se juntaban y apartaban según las conveniencias políticas; pero
en realidad Rovere mostrábase más implacable en su odio, por no hallarse
éste exento de envidia. Sentíase indignado sordamente por los éxitos
mundanos del cardenal de Valencia, por aquel «imán misterioso» que
atraía de un modo irresistible á las mujeres, según decían los
cronistas, por la certeza de que iba á ser Papa antes que él, no
obstante la influencia que venía ejerciendo sobre Inocencio VIII,
influencia que indignaba á muchos embajadores, haciéndoles gritar que
«ya tenían bastante con un Pontífice y no necesitaban dos».
Junto á la cama de Inocencio VIII, enfermo de muerte, disputaban un día
ambos cardenales, faltando poco para que viniesen á las manos. Borja,
vicecanciller de la Iglesia, no podía admitir los aires de verdadero
Papa que se daba Rovere... Y el cardenal de Valencia, siempre alegre,
insinuante y cortés, resultaba temible cuando, de tarde en tarde,
conseguía algún enemigo que montase en cólera.
Era grande, vigoroso, ágil para la acción, y tenía la costumbre de ir
casi siempre en traje seglar y ciñendo espada.
Ascanio Sforza, el cardenal más amigo suyo, gustaba especialmente de la
caza, y como recibía al año rentas eclesiásticas por valor de millón y
medio de francos oro, ningún monarca de la tierra poseía caballos,
perros y halcones como los suyos, con todo el personal necesario para el
cuidado de tantas y tan costosas bestias.
--Cardenales como Borja, Sforza y Rovere--siguió diciendo Enciso--no
eran una excepción. Casi todos los de entonces, á semejanza de los
senadores de la antigua Roma, vivían rodeados de una curia de parásitos,
á más de sus numerosos sobrinos ó hijos. Cabalgaban vistiendo traje
guerrero, iban á diario con capa y espada, tenían en sus palacios una
servidumbre de centenares de personas, aumentándola en caso de peligro
con tropas de matones á sueldo. Los más ricos y mundanos capitaneaban
una facción de partidarios de su nombre, porfiando entre ellos por quién
desplegaría mayor esplendidez en las fiestas del Carnaval, costeando
carros triunfales llenos de máscaras, orquestas y cantores para dar
serenatas, ó compañías de cómicos que representaban en medio de la
calle, ante sus palacios.
La antigua nobleza de Roma veíase humillada por los príncipes de la
Iglesia. Cada uno de los cardenales tenía sus pintores, sus escultores,
y sobre todo sus humanistas y poetas, que componían obras en loor suyo ó
de su familia.
Rodrigo de Borja había tenido un hijo, llamado Pedro Luis, de una dama
romana cuyo nombre se ignoró siempre, y una hija, Jerónima, habida
probablemente de otra madre. Esto ocurrió algunos años antes de 1468,
fecha en que el cardenal de Valencia, que se había mantenido hasta
entonces simple diácono, tuvo que recibir la orden sacerdotal para
posesionarse del obispado de Albano.
--Después de ser sacerdote continuó su vida irregular, teniendo nuevos
hijos. La mujer que le dió mayor descendencia y vivió más tiempo con él
fué Juana de Catanzi ó Catanei, una romana apodada «la Vannoza», de la
que no ha quedado ningún retrato; pero la opinión general la supone
grande, de hermosura rozagante, con carnes pomposas y frescas como todas
las mujeres del Transtevere, una especie de Juno popular. Fué la amante
de «todo reposo» para Rodrigo de Borja, que además no era tornadizo y
predispuesto á cambiar de mujer, dando á sus relaciones ilícitas una
tranquilidad familiar. Tal vez esta tendencia al concubinaje permanente
y sólido le libró de la más terrible enfermedad de la época, que hacía
entonces estragos horribles, y de la que no se libraron cardenales ni
Papas. Su enemigo Rovere, menos franco en sus amoríos y también menos
consecuente, aficionado á pasar de una mujer á otra sin ligarse con
ninguna, fué víctima de la sífilis, y se agravó su dolencia de tal modo,
que en una ceremonia de Viernes Santo le fué imposible descalzarse por
no mostrar las llagas que el vergonzoso mal había abierto en sus pies.
La Vannoza daba cuatro hijos al cardenal Borja: Juan, que fué segundo
duque de Gandía, César, Lucrecia y Jofre. Poseía en Roma una casa cerca
del palacio de su amante, y por tres veces se casó con italianos que
aceptaron una posición tan deshonrosa á cambio de los buenos empleos
proporcionados por el cardenal.
Cuando Borja llegó á Papa ya hacía tiempo que la Vannoza había dejado de
ser su amante, pasando á la tranquila situación de madre de sus hijos.
Esta mujer moría devotamente en Roma á los setenta y seis años, mucho
después de la desaparición de los Borgia. Todas las gentes de su barrio
la tenían en altísimo concepto porque costeaba grandes funciones
religiosas en la iglesia de Santa María del Popolo, y se había hecho
construir en ella una tumba cuyo epitafio latino mencionaba á sus cuatro
hijos con una vanidad de plebeya triunfante: Juan, duque de Gandía;
César, duque del Valentinado; Jofre, príncipe de Esquilache; Lucrecia,
duquesa de Ferrara.
Los dos hijos anteriores del cardenal Borja desaparecieron antes de su
papado. Jerónima moría joven y sin historia. Su verdadero primogénito,
Pedro Luis (igual nombre que su tío, el favorito de Calixto III),
después de una brillante y rápida juventud se extinguía igualmente. El
cardenal lo había enviado á España para que hiciese la guerra contra los
moros á las órdenes de Fernando el Católico, distinguiéndose en varios
combates como soldado ardoroso. Su padre compraba para él un ducado, el
de Gandía, consiguiendo, además, que se desposase con doña María
Enríquez, hija de un tío del rey don Fernando. El joven tuvo que
volverse á Roma en 1488, donde enfermó gravemente, muriendo poco
después, y el ducado de Gandía pasó al primer hijo de la Vannoza, el
llamado Juan, destinado por su padre á ser hombre de guerra.
César, el segundo hijo de la romana, dedicábalo Rodrigo desde su niñez
al estado eclesiástico, sin consultar su voluntad. Seguía con esto la
tradición de la familia; el hermano mayor debía ser soldado y el segundo
cardenal; lo mismo que Pedro Luis y él, bajo Calixto III.
El eterno vicecanciller era de mano larga para la protección de los
suyos. Sixto IV dispensaba al pequeño César, teniendo éste cinco años,
del obstáculo canónico para recibir las órdenes, por ser su padre un
cardenal-obispo y su madre una mujer casada. A los siete lo hacía
protonotario, dándole, además, beneficios eclesiásticos en Játiva y
otras ciudades españolas.
Inocencio VIII le nombraba obispo de Pamplona siendo niño aún. Esto no
parecía extraordinario en aquel tiempo. Pocos eran los obispos
residentes en sus diócesis. Los que recibían la investidura episcopal
enviaban á un sacerdote para que gobernase en su nombre, preocupándose
solamente de cobrar las rentas de su mitra.
--Yo he leído repetidas veces--continuó Enciso--la carta del cardenal
Borja al cabildo de Pamplona anunciándole el nombramiento de este obispo
de diez años. Una obra admirable por su amabilidad insinuante y el
conocimiento que revela su autor del egoísmo humano. Recuerda el
cardenal á los canónigos de Pamplona que es vicecanciller de la Santa
Sede, tan poderoso casi como el Papa, y se ofrece á ellos y á su iglesia
para servirles en Roma. ¿Cómo no contestar agradecidos?...
Jofre, único de sus hijos, insignificante y sin historia, que recibió el
mismo nombre puramente valenciano de su abuelo, fué también en su
infancia canónigo y arcediano de la catedral de Valencia. Lucrecia, por
su sexo, no podía aspirar á ninguna prebenda eclesiástica, y su padre
la destinó á unirse en matrimonio con el hijo de alguno de aquellos
señores de la nobleza valenciana, grandes amigos de la familia Borja
desde los tiempos en que Calixto III figuraba como secretario del rey
Alfonso.
Los contemporáneos de Rodrigo tuvieron á éste por «hombre de ingenio,
hábil para todo, de altos pensamientos, sagaz por naturaleza y de
admirable actividad en el manejo de los negocios». No era gran orador,
pero mostraba una palabra elocuente en conversaciones y pequeñas
asambleas, que parecía agrandar sus conocimientos literarios
deslumbrando al auditorio.
--Me lo imagino--siguió diciendo don Manuel--cuando ya Pontífice hablaba
á cardenales y embajadores. Su voz fué indudablemente abaritonada, en
consonancia con su figura majestuosa y sus ojos negros, acariciadores y
tenaces. Debió tener mucho de hombre de teatro, expresándose á todas
horas con cierta solemnidad, lo que es bastante común en las gentes del
Mediterráneo.
Recordó Enciso la relación de un embajador de Venecia á su gobierno,
hablando de esta oratoria algo dramática que usaba Alejandro VI, no sólo
en los actos públicos, sino igualmente en la vida privada. Cuando el
Papa tenía que comunicarle algo secreto (y muchas veces el tal secreto
era un engaño diplomático), lo hacía entrar en un pequeño gabinete,
cerraba la puerta por dentro, y señalándole un sillón, decía con
majestuosa gravedad:
--Sentaos, embajador, y todo cuanto aquí hablemos sólo tres lo sabrán:
vos, yo... y Dios que nos escucha.
Levantaba la mano al decir esto señalando al cielo, y era tan solemne el
tono de su voz, que al veneciano, no obstante ser un escéptico y tener
al Papa por admirable comediante, le era imposible impedir la propia
emoción.
Su palacio, sito en el comedio del camino entre el puente de Sant Angelo
y el Campo di Fiore, lo consideraban entonces el mejor de Roma.
--Puede usted verlo cuando quiera, querido Borja. Es el actual palacio
Sforza Cesarini.
Sólo el cargo de vicecanciller le producía anualmente 8.000 ducados de
oro. Sus obispados dábanle mayores rentas, y todos conocían en Roma sus
numerosas alhajas, su afición á las perlas, sus tapices, sus ricos
ornamentos sacerdotales, su biblioteca abundante en libros de literatura
y de ciencias. Como jinete que había empezado á cabalgar á la edad de
ocho años, tenía una caballeriza mejor que la del Papa y la de muchos
reyes. Todos sospechaban, además, que guardaba ocultos valiosos tesoros
en dinero acuñado. Durante treinta y siete años de cardenalato había ido
acumulando riquezas, no obstante su generosidad y la opulencia de su
vida. Era una reserva irresistible para cuando llegase el momento de
entablar la batalla con su adversario Juliano de la Rovere.
La luenga agonía de Inocencio VIII dió tiempo al Sacro Colegio para
evitar aquellas alteraciones del orden público que seguían á la muerte
de todo Pontífice, y el cónclave se reunió en medio de una relativa
tranquilidad. «Sólo han sido unos centenares los heridos y muertos»,
decía un embajador al relatar los sucesos de Roma después del
fallecimiento de Inocencio.
El 6 de Agosto de 1492 se reunía el cónclave en la Capilla Sixtina,
compuesto de veintitrés cardenales, y el sermón de costumbre era
pronunciado por el obispo español don Bernardino López de Carvajal,
describiendo el grave estado de la Iglesia y excitando á los cardenales
á «una pronta y buena elección».
Juliano de la Rovere, verdadero Papa durante el pontificado de
Inocencio, quería ocupar ahora directamente la silla de San Pedro,
apelando al soborno de los cardenales dispuestos á tal venalidad, lo
mismo que había hecho en la elección anterior. Como estaba al servicio
de los intereses de Francia, se contaba en Roma que el rey Carlos VIII
había hecho depositar en un Banco 200.000 ducados para su elección, y
otros 100.000 la república de Génova.
Todos los genoveses de Roma daban por seguro el encumbramiento de su
compatriota. El rey de Nápoles también parecía inclinarse hacia Juliano.
Frente á él figuraban como candidatos probables el cardenal portugués
Costa, varón de austeras costumbres, Ascanio Sforza, el cardenal Caraffa
y sólo en cuarto lugar Rodrigo de Borja.
Únicamente el obispo Boccacio, embajador de Ferrara, vió con más
claridad que los otros diplomáticos residentes en Roma. «Borgia--dijo en
una comunicación á su gobierno--tiene el cargo de canciller, que
equivale á un segundo Papa, y tantos obispados, tantas abadías ricas,
tantas rentas de miles y miles de ducados, tantos palacios, que tal vez
acaben por elegirlo los cardenales, con la esperanza de que así quede
vacante lo que ahora posee y poder repartírselo».
Pesaba contra él su calidad de español. Muchos cardenales italianos no
querían hablar siquiera de la posibilidad de un Papa extranjero, «un
Papa ultramontano», nacido más allá de los Alpes.
Como si Boccacio el de Ferrara hubiese conocido de antemano las
intenciones del cardenal de Valencia, éste, que aparecía como el último
de los candidatos, fué iniciando hábilmente su obra de amigable soborno
frente á los trabajos de la misma índole realizados por su adversario
Juliano con el dinero de Francia y de Génova.
Ascanio Sforza, convencido de que no reuniría bastantes sufragios para
que lo eligiesen Papa, empezó á escuchar las tentadoras proposiciones de
su amigo Borgia. Este le ofreció, á cambio de sus votos, el cargo de
vicecanciller, su propio palacio con todos los muebles y riquezas que
tanto admiraba Sforza, y además el castillo de Nepi, el obispado de
Erlau, que daba una renta de 10.000 ducados, y otros beneficios.
Las fuertes é importantes ciudades de Monticelli y Soriano, que eran
suyas, las cedió al cardenal Orsini con la legación de la Marca y el
obispado de Cartagena. Al cardenal Colonna, la abadía de Subiaco con
todos los lugares fuertes que la rodeaban; al cardenal Savelli,
Civita-Castellana y el obispado de Mallorca; á Palavicini, el obispado
de Pamplona, que era de su hijo César; al cardenal Michiel, el obispado
de Porto, y á los cardenales Sclafenati, San Severino y Riario, otras
ricas abadías y valiosos beneficios. Hasta el cardenal Domenico de la
Rovere abandonó á su pariente Juliano porque Borgia le ofrecía mayores
recompensas. Además, los cardenales aseglarados esperaban bajo su
gobierno una existencia más grata aún que la que habían llevado hasta
entonces.
Con los votos que Borgia consideraba propios y los del partido de
Sforza, llegó á reunir catorce. Le faltaba uno para obtener la mayoría
de los dos tercios, pero resultaba difícil conseguirlo. Ninguno de los
del bando de Juliano quería ceder, conociendo la rivalidad implacable
entre su jefe y Rodrigo. Sólo quedaba el anciano cardenal Gerardo, de
noventa y cinco años, casi irresponsable, al que pretendían ganar uno y
otro bando; pero el insinuante Borgia y el hábil Sforza consiguieron al
fin conquistar á este macrobio, y su voto fué decisivo en favor del
cardenal de Valencia.
En la madrugada del 11 de Agosto se abrió la ventana del cónclave para
anunciar que el vicecanciller Rodrigo de Borja había sido elegido Papa y
tomaba el nombre de Alejandro VI.
Tal noticia fué acogida con estupor en el primer momento. Muy pocos
habían creído en la posibilidad de que triunfase. Era un extranjero, un
español, y todos temían que surgiese un nuevo cisma si conseguía la
tiara un cardenal no italiano.
Aquí pudo verse el prestigio simpático que Borgia había adquirido en
Roma y el concepto en que le tenían las diversas cortes de Italia, así
como el resto de Europa.
En vano sus enemigos murmuraron contra los procedimientos empleados en
el cónclave, y escribió el mordaz Infesura que «Alejandro VI, para ser
creado Papa, _había repartido antes sus bienes á los pobres_». Pasado el
primer instante de sorpresa, todos reconocieron que este cardenal,
versado como muy pocos en los asuntos eclesiásticos por haber sido
vicecanciller durante cinco Papados, resultaba el Pontífice más oportuno
en aquel momento.
Poseía las condiciones de un gran soberano temporal, y nadie como él
guiaría á la Iglesia entre las dificultades presentes. Alababan también
su celo incansable para el trabajo, recordando que en treinta y siete
años de vida cardenalicia no había dejado de asistir á un solo
consistorio, salvo en casos de enfermedad, lo que no podía decirse de
ningún otro cardenal.
Al pueblo de Roma, admirador de hermosas exterioridades, le gustó mucho
este nuevo Papa, majestuoso como un rey. El célebre Pico de la Mirandola
escribió un panegírico en honor del nuevo Pontífice, ensalzando todos
sus méritos, hasta el de su hermosura corporal.
--De sus amores faltos de recato--dijo don Manuel--y de sus hijos
reconocidos nadie hizo caso. En la Italia de entonces, lo mismo que en
las demás naciones cristianas, juzgábanse los escándalos de las altas
personalidades eclesiásticas con una indulgencia que ahora nos parece
increíble. Era algo que se veía todos los días, mereciendo solamente
comentarios regocijados. Los mismos enemigos de Borja hubieron de
reconocer que dentro y fuera de Italia fué saludada su elección con
sinceras muestras de alegría.
Lo mismo que Juan Pico de la Mirandola (el autor más popular entonces),
muchos literatos escribieron para hacer públicas sus esperanzas, viendo
en el trono pontificio á «un hombre de condiciones tan eminentes, lleno
de fuerzas prometedoras de un brillante y largo Pontificado».
En el atardecer del mismo día de la elección, los «conservadores» de
Roma, nombre que se daba entonces á sus ediles, juntos con los
ciudadanos más distinguidos de la ciudad, en número de ochocientos, se
dirigieron á caballo y con antorchas á la residencia papal, para prestar
homenaje al nuevo Pontífice. En las calles llameaban alegres fogatas. El
pueblo daba gritos aclamando al antiguo cardenal de Valencia.
Su coronación, el 26 de Agosto, resultó una ceremonia extraordinaria por
su fastuosidad. Los embajadores escribían á sus cortes que «nunca se
había visto una coronación tan esplendorosa». Toda la nobleza de los
Estados pontificios acudía á Roma. Las calles ostentaban ricos tapices,
guirnaldas de flores, arcos de triunfo con poesías laudatorias para
Alejandro VI, escritas en el estilo pagano, de moda entonces. Tales eran
el entusiasmo y la adulación inspirados por Borja, que en uno de los
arcos figuraba este dístico:
Un César hizo grande á Roma, y ahora la levanta Alejandro,
osadamente, hasta el cénit. Hombre fué aquél; éste un dios.
Los cronistas expresaban con ingenuidad la admiración provocada en el
pueblo por este Pontífice «grande de cuerpo, rebosando salud, de
aspecto naturalmente majestuoso, montado en un corcel blanco como la
nieve, con aire de experto jinete, el rostro sereno, bendiciendo á la
muchedumbre con nobleza». Uno de ellos, Miguel Fernus, terminaba el
relato de la gran fiesta con estas exclamaciones: «¡Qué serenidad noble
en su frente! ¡Qué liberalidad en su mirada! ¡Cómo la veneración que
inspira se aumenta con el brillo y el equilibrio de una hermosura
enérgica y con la salud floreciente de que goza!»
Tardó la comitiva papal muchas horas en ir desde el Vaticano hasta
Letrán, á través de una multitud enardecida que luchaba con los guardias
papales para poder tocar los pies del nuevo Pontífice ó su caballo
blanco.
Como era en Agosto, el ardor del sol y el polvo flotante en la atmósfera
produjeron numerosos desmayos. El mismo Papa, á pesar de su recia
complexión, fué acometido de un síncope al echar pie á tierra frente á
la basílica de Letrán y no volvió en sí hasta que le rociaron el rostro
con agua.
--Esta apoteosis espontánea--siguió diciendo Enciso--, no obtenida por
ninguno de los Pontífices anteriores, contrastó con los inauditos
insultos y las inverosímiles calumnias de que iba á ser objeto
Alejandro, algunos años después, por parte del mismo pueblo romano y de
los poetas que ahora le ensalzaban hasta la adulación.
El resto de Italia se unía al entusiasmo de Roma. En Milán y Florencia
hubo grandes regocijos públicos para celebrar el advenimiento del Papa
español. Pudo influir en Milán el hecho de ser el cardenal Ascanio
Sforza pariente del soberano milanés y gran amigo del nuevo Pontífice;
pero Florencia se asoció igualmente á dicho homenaje, y hasta en la
república de Génova, patria de su enemigo Rovere, todos los que no eran
partidarios de la mencionada familia recordaron con gratitud á Calixto
III, saludando la elección de su sobrino. En Alemania afirmaban los
cronistas que «el mundo tenía mucho que esperar de las virtudes del
nuevo Pontífice», y el regente de Suecia le envió embajadores con un
regalo de caballos magníficos y preciosas pieles.
Durante los primeros tiempos de su gobierno fué justificando las
esperanzas que su elección había hecho sentir á la mayoría de sus
contemporáneos. Impuso ante todo el orden en Roma, para que sus
habitantes pudiesen vivir tranquilamente.
Sólo en los pocos días transcurridos entre la última enfermedad de
Inocencio VIII y la coronación de Alejandro VI se habían perpetrado en
Roma doscientos veinte asesinatos. Por voluntad del Pontífice, cuatro
delegados suyos oyeron las quejas de los vecinos, y el mismo Alejandro
concedió audiencia á los que deseaban presentarle sus reclamaciones
directamente.
Para ordenar la hacienda de la Iglesia dió ejemplo de economía,
dedicando á los gastos de su casa, todos los meses, setecientos ducados
nada más (unos 3.500 francos). Su mesa era de tal simplicidad, que los
cardenales, acostumbrados á suntuosos banquetes, consideraban una
desgracia recibir convites del Pontífice, especialmente su amigo Ascanio
Sforza. El cardenal Juan de Borja, sobrino del Papa, y su mismo hijo
César, procuraban también evitar estas comidas de un solo plato.
Todos los embajadores lo elogiaban. Era el Papa deseado que iba á
reformar la despilfarradora corte de Roma, á restablecer el orden en la
ciudad, á inaugurar una vida pontifical modesta y justa, con arreglo á
los principios cristianos. Conocían su existencia anterior, su juventud
y su madurez extremadamente alegres, sus amantes y sus hijos; pero en
aquella época todos hacían diferencia entre el hombre y la función, y el
hecho de que el cardenal Rodrigo de Borja hubiese vivido
escandalosamente, como tantos otros, no hacía dudar de que pudiera ser
un gran Papa.
--Por desgracia--siguió diciendo don Manuel--, un exagerado amor á los
suyos, el deseo de elevar la casa de los Borgia á un poderío permanente,
dominó sus pensamientos y designios. En el fondo era lo mismo que había
intentado Calixto III al proteger á su sobrino Pedro Luis; pero
Alejandro VI ponía en sus deseos mayor vehemencia, y además, sus
herederos no eran sobrinos, sino hijos. Apenas se vió Papa recompensó á
sus cardenales electores dándoles todo lo prometido, y en el mismo
consistorio otorgó á su hijo César (de quince años entonces) el
arzobispado de Valencia, creado por el Pontífice anterior á instancias
suyas, una de las mitras más ricas de la cristiandad, rentando al año
16.000 ducados de oro. A la vez nombró cardenal á su sobrino Juan de
Borja, que era ya arzobispo de Monreale.
Sonrió amablemente el diplomático, como si pidiera á Claudio que le
perdonase lo que iba á decir, teniendo en cuenta su calidad de español.
--No hay que olvidar, además, la invasión que sufrió Roma de parientes y
compatriotas de los Borgia. Llegaban muchos valencianos sin más título
que el de ser de la misma tierra que Alejandro, y mayor número de
españoles de otras regiones de la Península, enardecidos por la novedad
de ver un Papa compatriota de ellos. Fué á modo de una nube de langosta
que se posó sobre el Vaticano, sus dependencias y propiedades. La marcha
á Roma en tiempo de Calixto III resultaba insignificante en comparación
con la que inició el triunfo de Alejandro VI.
Era éste liberal y dadivoso por naturaleza, y aunque había pasado casi
toda su vida en Italia y tenía en ella sus mejores amigos, le gustaba
verse rodeado de españoles, hablándoles en el idioma natal. Los empleos
más íntimos de su servicio dábalos á gentes de Valencia, con las que
podía expresarse en valenciano, lengua familiar de los Borgia.
A estas causas que perturbaron los buenos propósitos del Pontífice,
impulsándolo á vivir poco más ó menos como sus antecesores, vino á
unirse otra de mayor escándalo, un amor tardío, una pasión senil, que
divirtió al principio á las gentes de Roma y luego á toda Italia.
Sus relaciones con la Vannoza no eran ya mas que un lejano recuerdo,
atestiguado por la existencia de cuatro hijos: Juan, César, Lucrecia y
Jofre. Estos amoríos con la buena moza del Transtevere habían empezado
al regreso de su legación en España. Cuando el cardenal Borja tenía
cincuenta y dos años, ella contaba ya cuarenta, no inspirando ningún
deseo al poderoso personaje. Además, esta romana no menos fecunda que
ardiente, al abandonarla el cardenal, tomó un segundo marido, letrado
intrigante, sin ningún escrúpulo sobre el pasado de su mujer.
Después de tal separación, Rodrigo de Borja había vivido mucho tiempo
sin dar ningún escándalo público, mientras algunos de sus compañeros del
Sacro Colegio jugaban desenfrenadamente ó mantenían con ostentación á
sus amantes. Sólo parecían preocuparle los cuatro hijos de la Vannoza,
atendiendo á su porvenir. Los había alejado de la casa de su madre por
juzgar que esta transtiberina guapetona, apasionada, de buenos
sentimientos, pero ignorante y vulgar en sus gustos, no podía ser una
buena educadora.
Figuraba entonces en la aristocracia romana una sobrina suya, Adriana de
Milá y Borja, nieta de Catalina de Borja, la segunda hermana de Calixto
III.
--Sabe usted que las hermanas del primer papa Borja, apodadas en
Valencia «las Bisbesas» (las Obispas) cuando Alfonso de Borja no era mas
que obispo de aquella ciudad, se preocuparon de casar á sus hijas con
caballeros de la más alta nobleza valenciana. Las «Obispas» hasta
habitaban el palacio episcopal de Valencia, por estar ausente su
hermano, recibiendo en sus salones á los novios de sus niñas. Esto lo
hicieron tres de las hermanas, pues la menor de ellas, doña Francisca,
quedó soltera, muriendo en olor de santidad. Fué una precursora de San
Francisco de Borja, en esta familia de individualidades enérgicas, donde
todos se mostraron extremados, llegando á ser santos ó grandes
pecadores.
Doña Catalina, hermana mayor de doña Isabel, la madre de Rodrigo,
contrajo matrimonio con un noble caballero de Játiva, don Juan de Milá,
y nieta suya era esta doña Adriana, que pasó á Roma como descendiente de
un Papa y sobrina del famoso cardenal vicecanciller, llegando á casarse
con Luis Orsini, dueño del lugar de Basanello.
Dicha señora había quedado viuda con un solo hijo, y era muy dada á la
vida elegante, ostentando vanidosamente su doble calidad de Borgia y de
Orsini. Para el vicecanciller representaba una buena suerte tenerla á
mano, y le confió la educación de sus cuatro hijos en el palacio que
ella poseía en Roma, cerca de Monte Giordano.
Adriana de Milá, con todas sus pretensiones aristocráticas, era pobre y
vivía obediente á lo que le mandase su tío, cada vez más poderoso.
--Hay que reconocer su obra de preceptora--siguió diciendo don Manuel--.
Los cuatro hijos de la populachera Vannoza, bajo la dirección de esta
Orsini valenciana, adquirieron todos los conocimientos escogidos que
podían obtener en aquella época los primogénitos de los príncipes. Debió
ser hembra enérgica y algo dura en sus lecciones. Lo prueba el hecho de
que los hijos del Papa, cuando fueron personajes célebres, aunque no
dejaron de tratar á su prima y maestra, mostraban siempre hacia ella
cierta frialdad rencorosa.
Se interrumpió un momento el diplomático, para añadir con malicia:
--Tal vez, aparte de esto, la odiaban por el papel que desempeñó cerca
del padre. En los años anteriores á su papado, allá por el 1489, Rodrigo
de Borja experimentó una emoción profunda al visitar á su sobrina
Adriana. Sus hijos Juan y César ya no estaban al lado de ella. Seguían
sus estudios lejos: César en la Universidad de Perusa, aprendiendo las
bellas Letras y ejercitándose en todos los deportes de entonces.
Lucrecia, destinada á un precoz casamiento de conveniencia política,
también se había alejado de su aristocrática prima, así como Jofre. En
cambio encontró en el palacio de la Orsini á una jovencita rubia, de una
belleza que empezaba á ser célebre en Roma, la cual, según costumbre de
aquel tiempo, estaba prometida en matrimonio, desde su niñez, al hijo de
Adriana, llamado Ursino Orsini. Dicha adolescente, Julia Farnesio, era
de tal hermosura que todos la designaban con el simple nombre de «la
bella Julia». La alegría y malicia de su carácter resultaban tan
extraordinarias como su belleza. Tenía diez y ocho años, y el cardenal
podía ser dos veces su padre, por contar cuarenta más que ella. La viuda
de Orsini se percató inmediatamente de la profunda impresión que «la
bella Julia» había causado en su tío. Este acababa de cumplir cincuenta
y ocho años, la edad de las grandes pasiones para los libertinos viejos
que se sienten tentados por una extremada juventud.
Movida Adriana por sus vanidades aristocráticas y un desorientado deseo
de engrandecer á su hijo, pensó sin duda en las muchas familias nobles
que debían su prosperidad al hecho de haber sido alguna de sus mujeres
amante de un rey. Su tío el cardenal podía llegar á monarca algún día,
pues los más consideraban segura su ascensión al Pontificado.
La maliciosa y precoz Farnesio pensó lo mismo. Además seducía su vanidad
de romana verse solicitada por el más eminente de los príncipes del
Sacro Colegio. No salieron fallidos los cálculos de «la bella Julia».
Sus amores con este personaje que podía ser su abuelo sirvieron de punto
de arranque á la vertiginosa ascensión de la familia Farnesio.
Sólo había producido hasta entonces dicha familia pequeños señores
pobres, y á partir del amancebamiento de Julia con el futuro Papa, se
encumbró de un modo rápido. Alejandro VI hizo cardenal á Alejandro
Farnesio, hermano mayor de su tierna amante. El pueblo romano, al
conocer tal nombramiento, dió al nuevo príncipe de la Iglesia el apodo
de cardenal _de la gonnella_, «cardenal de la falda» ó «cardenal
faldero». Aludía con esto á las faldas de «la bella Julia» y á los
libertinajes de dicho Farnesio, más escandalosos y violentos que los de
los Borgia.
Este «cardenal faldero» no perdía el tiempo en cortejos, ni atraía á las
mujeres «como el imán», según decían de Rodrigo de Borja en su juventud.
Robaba simplemente á mano armada todas las que habían excitado sus
deseos, aunque para ello tuviese que derramar sangre. Años después, el
hermano de «la bella Julia» llegó á ser Papa con el nombre de Paulo III,
y la última de las Farnesio, la reina Isabel del mismo apellido, moría
en 1758 ocupando el trono de España.
--Sabe usted, querido Claudio, que el protegido del papa Borgia fué más
afortunado que éste después de su muerte. Los restos de Alejandro VI los
guarda una tumba modesta en la iglesia de Montserrat, que es la de los
españoles en Roma, mientras los de Paulo III, el «cardenal faldero», se
ofrecen á la veneración del mundo cristiano en un monumento imponente
dentro de la basílica de San Pedro, figurando al pie del sarcófago una
estatua de la Justicia, para la que sirvió de modelo su graciosa
hermana, al principio completamente desnuda, y cubierta casi en nuestros
tiempos con una camisa metálica para que no se escandalicen los fieles.
Veíase Rodrigo de Borja elegido Papa en el momento que más intensa era
su pasión por esta amante primaveral y maliciosa. Adriana, la suegra de
Julia, amparaba dichos amores. La había casado con su hijo Ursino
Orsini, y al día siguiente del matrimonio, que se celebró en el mismo
palacio del cardenal, salía el joven esposo para su castillo de
Basanello, mientras la Farnesio se quedaba en Roma con el título de dama
de honor de Lucrecia, hija del vicecanciller. Este, terriblemente
prolífico, hacía madre á «la bella Julia», llamada también «la
Farnesina», en 1492, poco antes de ser elegido Papa.
--Lo increíble--dijo Claudio--fué que aún tuviese de ella un segundo
hijo, Juan de Borja, en 1498, cuando ya contaba sesenta y siete años de
edad y cinco de Pontificado.
Este hombre de ardores impetuosos, á pesar de su vejez, satisfacía
durante mucho tiempo los sentidos y las ilusiones de «la bella Julia».
Mostraba ésta menos cuidado que su sacro amante en ocultar el escándalo
de tales amoríos.
Ni ella ni su suegra Adriana, desmoralizadas por las costumbres
licenciosas de la aristocracia á fines del siglo XV, veían ningún
sacrilegio en el hecho de ser amante de un Pontífice. La Farnesio hasta
exhibía su concubinaje por los vivos halagos que proporcionaba á su
vanidad.
La envidiaban, la felicitaban, y en vez de huir las gentes de ella, la
perseguían con adulaciones y súplicas, implorando su preciosa
protección.
Grandes familias de Italia tenían como origen de su poder el haber
estado emparentadas con mancebas de Pontífices en los siglos XIV y XV.
Así habían obtenido honores y beneficios. Algunos hombres de fe ardorosa
y costumbres puras gritaban contra la licencia de la corte papal, pero
la gente sólo veía en ellos unos fanáticos, indignos de interés, no
dando importancia á la conducta privada de los Papas. Cuando más, reían
de éstos, pero sin indignarse.
Al avanzar Alejandro VI en su pontificado, creándose cada vez mayores
enemigos á causa de su política, las inscripciones injuriosas y las
sátiras anónimas empezaron á llamar á Julia Farnesio «la esposa de
Cristo».
Tal apodo sacrílego nunca la hizo llorar; antes bien, despertó su
regocijo, encontrándolo ingenioso. Representaba una broma, no un
insulto. Lo importante para ella era que prosperasen los Farnesio á la
sombra del Pontificado.
--Y hay que reconocer--dijo el joven español, comentando las palabras
del diplomático--que consiguió sus deseos. Cuentan que la hermosa y
pizpireta «Farnesina», tan fácil en la distribución de sus encantos,
después de la muerte de Alejandro VI fué amante de Julio II, el
implacable enemigo de los Borgia, para que siguiese protegiendo á su
hermano, el futuro Paulo III. Supo trabajar con sus herramientas
naturales, de un modo incansable, para el triunfo de la parentela... ¡Un
Papa y una reina Farnesio!... Todo gracias á Rodrigo de Borja y á su
inagotable capacidad amorosa, simbolizada por el toro rojo, emblema de
su familia.
IV
De cómo se casó por primera vez Madona Lucrecia, y su padre partió el
mundo en dos pedazos.
Enciso continuó describiendo á Alejandro VI tal como lo veía á través de
sus lecturas.
--Si se hubiese limitado á gobernar la Iglesia, sin intervenir en la
política de su tiempo, los excesos de su conducta privada habrían
quedado olvidados como los de otros Pontífices. Pero el deseo de
robustecer la autoridad papal, desobedecida y menospreciada más allá de
las puertas de Roma, no le dejó vivir en pacífico egoísmo. Además era
español, y Fernando el Católico, el más astuto diplomático de aquella
época, pretendía dirigirlo como un autómata, creándole temibles
adversarios y dejándolo abandonado algunas veces después de meterlo en
difíciles aventuras. Los que juzgan á Rodrigo de Borja como un político
sin entrañas, guiado únicamente por su interés personal, olvidan que
vivió en un tiempo de reyes ladinos y complicados: el terrible Luis XI
de Francia, Fernando V de España y Enrique VII de Inglaterra. Al lado de
estos hombres, de un disimulo y una falsía desconcertantes, Alejandro VI
y aun el mismo César Borgia resultaban francos y de noble conducta.
Tenía que gobernar el nuevo Papa en medio de la anarquía de los Estados
italianos. Su enemigo Rovere, enfurecido por su elección, poníase de
acuerdo con el rey de Nápoles, adversario de la familia Borgia desde los
tiempos de Calixto III. El reino de Nápoles, así como Florencia y otros
Estados, se ensanchaba quitando tierras al patrimonio de la Iglesia.
Pocos soberanos tuvieron que luchar con dificultades tan enormes como
Alejandro VI. Apenas sentado en el trono pontificio, Franceschetto Civo,
hijo de su antecesor Inocencio VIII, vendía á Virgilio Orsini, capitán
general al servicio del rey de Nápoles, los Estados de Cervetti y
Anguillara que había recibido en feudo de su padre el Papa. Dicho Orsini
no podía poseer los 40.000 ducados que entregó á Civo. Todos sabían que
la mencionada cantidad la había facilitado el rey de Nápoles para
colocar un pie, de este modo, dentro de los dominios pontificios.
Juliano de la Rovere mediaba en la operación para crear conflictos á su
adversario.
Indignóse la mayoría del Sacro Colegio contra esta conducta de un
cardenal, tan desfavorable para los intereses de la Iglesia, y Rovere
huyó de Roma, yendo á encerrarse en la ciudadela de Ostia, junto á la
desembocadura del Tíber, juzgada inexpugnable por todos los de la época
y que le mantenía en comunicación con Nápoles.
Al mismo tiempo, Ludovico Sforza, apodado «el Moro», que gobernaba el
ducado de Milán como tutor de su sobrino Juan Galeas Sforza, negábase á
entregar á éste su Estado. Juan Galeas había contraído matrimonio con
Isabel de Aragón, perteneciente á la dinastía de Nápoles, y ella
impetraba el auxilio del rey napolitano para que defendiese la herencia
de su marido.
Para no efectuar Ludovico Sforza dicha restitución, incitaba al nuevo
rey de Francia, Carlos VIII, hijo del terrible Luis XI, á que invadiese
Italia, apoderándose de Nápoles, cuya corona había pretendido siempre
como heredero de los Anjou.
Toda la península italiana se veía envuelta en una red de intrigas, y
Alejandro VI necesitaba moverse entre dificultades interminables,
armándose unas veces contra Nápoles y ajustando luego alianzas con sus
reyes, rechazando las pretensiones de Carlos VIII y fingiendo á
continuación admitirlas mientras las combatía en secreto.
Empezaba á vivir junto á él su hijo César, y á pesar de que éste aún no
contaba diez y siete años, su padre le hacía saber los secretos y
enredos de la vida italiana, teniendo muy en cuenta sus palabras.
--Estos Borgia jóvenes--dijo el diplomático--fueron de asombrosa
precocidad á juzgar por las cartas que poseemos de ellos, en las cuales
el padre y los hijos tratan de los asuntos públicos. Un hombre de tan
gran talento político como Alejandro VI consulta á Lucrecia cuando ésta
tiene catorce años. El mayor, Juan de Borgia, hermoso, bravucón y vano,
así como Jofre, el más insignificante de todos, sólo piensan en vivir y
en brillar, mostrando una deplorable inferioridad mental comparados con
César y Lucrecia.
César se había educado en la Universidad de Perusa, entre dos camaradas
de estudio y á la vez guardianes puestos por su padre, ambos españoles:
Juan Vera, natural de Valencia, que era á modo de ayo suyo, y Francisco
Remolino de Ilerda, casi de su misma edad.
Gustaba especialmente de los estudios literarios, escribía versos, y en
dicha Universidad le sorprendió la noticia de que su padre era Papa, no
volviendo á Roma hasta el año siguiente (1493).
Boccacio, embajador de Ferrara, el único que supo adivinar la elección
de Alejandro, se hizo gran amigo de César, describiéndolo como un
príncipe laico, elegante y mundano, á pesar de su nombramiento de
arzobispo de Valencia y su próxima elevación al cardenalato. Lo veía
unas veces vestido de seda, otras luciendo rico traje de caza, siempre
con la espada al costado, y apenas si un pequeño redondel abierto en su
cabellera recordaba la tonsura eclesiástica. Elogió su humor sereno, su
alegría continua, así como cierta modestia en la conversación, que le
hacía muy preferible á su hermano Juan, el duque de Gandía.
--Las descripciones de este obispo Boccacio parecen referirse á un
hombre de treinta y cinco años, tal era el conocimiento de los negocios
públicos mostrado por César y su asombrosa precocidad para juzgarlos...
Y en dicha época sólo tenía diez y siete.
Necesitaba Alejandro crearse alianzas para hacer frente á los soberanos
italianos y salvar al mismo tiempo los intereses de la Iglesia. Como el
rey de Nápoles era su más temible enemigo, procuró buscar auxiliares
contra él valiéndose del matrimonio de los suyos.
--No hizo con esto--dijo Claudio Borja--mas que imitar á su amigo
Fernando el Católico. Este se proporcionaba aliados en Europa casando á
sus hijas, por razones políticas, sin consultar su voluntad ni
preocuparse de su porvenir doméstico. La suerte de Juana la Loca y de
Catalina de Aragón, mujer de Enrique VIII de Inglaterra, prueban el mal
éxito de una diplomacia sin entrañas.
Según costumbre de entonces, el cardenal Rodrigo, antes de ser Papa,
había procurado ligar á su hija por medio de una promesa de casamiento
con altas familias que acrecentasen el prestigio de los Borja. Y como
estaba en relación con los más poderosos nobles de Valencia, ajustaba
primeramente el matrimonio de Lucrecia, cuando sólo tenía ocho años, con
don Querubín de Centelles, señor del valle de Ayora, y luego, siendo
aquélla de once, con don Gaspar de Prócida, conde de Almenara. De no ser
elegido Papa, la célebre Lucrecia Borgia se habría casado con un noble
de Valencia, yendo á llevar en la tierra de su padre una vida de señora
tranquila y sin historia, teniendo muchos hijos y entregándose á
austeras devociones al perder su belleza y su juventud.
--Esta era tal vez su vocación verdadera--añadió don Manuel--. Sabe
usted que á pesar de sus éxitos mundanos y de la elevada posición en que
acabó sus días como esposa de príncipe reinante, usaba cilicio debajo de
sus vestiduras lujosas y murió de un mal parto, luego de haber tenido
varios hijos.
La elección papal de su progenitor la alejó de España. Alejandro VI no
podía ya unir á Lucrecia con un noble de su país. Era poca cosa para una
hija única que necesitaba emplear como instrumento diplomático, lo mismo
que hacían los reyes.
Dió una indemnización de 3.000 ducados á don Gaspar de Prócida para que
no reclamase más á su futura, haciendo valer un antiguo contrato
matrimonial firmado ante notario, y casó á Lucrecia con Juan Sforza,
señor de Pésaro, pequeño Estado feudatario de la Santa Sede, á orillas
del Adriático.
En realidad, no valía éste más que los dos prometidos españoles, pero el
modesto señor de Pésaro era sobrino de su gran amigo el cardenal Ascanio
Sforza y sobrino también de Ludovico «el Moro», déspota de Milán,
interesado especialmente en apoyar al Papa contra Nápoles.
La boda se celebró en Febrero de 1493, con la condición de que los
cónyuges no se juntarían maritalmente hasta pasado un año. Lucrecia
apenas contaba trece años, y era prudente retardar la consumación del
matrimonio. El marido, que ya era de veintiséis, se hizo representar en
Roma para la ceremonia nupcial, quedándose en su ciudad de Pésaro, donde
celebró tal acontecimiento con una gran fiesta.
--El legado del Papa en Pésaro, un obispo, presidió el baile dado en el
castillo para solemnizar la boda. Las danzas duraron toda la noche, y
dicho obispo las hizo continuar en las calles, guiando una cadena de
invitados que en forma de «farandola» corrió toda la ciudad. En nuestros
días resulta difícil imaginarse tal fiesta: un baile en un palacio, el
Nuncio del Papa dirigiendo las danzas y colocándose, finalmente, con su
sotana violeta, á la cabeza de una larguísima fila de caballeros y
señoras, saltando con ellos á través de las calles iluminadas, entre los
aplausos y aclamaciones de una muchedumbre popular asociada á tal
regocijo. En aquel tiempo parecía todo esto natural y corriente. Por
ello insisto, amigo Borja, que para juzgar á los remotos antecesores de
usted, es preciso conocer antes las costumbres de la época y formarse
una opinión de acuerdo con ellas.
Inquietó al rey de Nápoles el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza.
Significaba la unión del Papado con el duque de Milán, y para
contrabalancearla restableció el rey Ferrante sus relaciones con
Alejandro VI, iniciando un proyecto de matrimonio entre César y una de
sus hijas naturales.
Dos bastardos reconocidos y generosamente dotados podían servir para una
alianza diplomática en aquellos tiempos que la mayor parte de los
príncipes ostentaban un nacimiento ilegítimo. El rey de Nápoles también
era bastardo de Alfonso el Magnánimo. Además, no era un secreto que
César, arzobispo de Valencia, detestaba la carrera eclesiástica.
Había seguido el Papa ciegamente una tradición de familia. Su hijo
mayor, Juan, debía ser hombre de espada, á semejanza de Pedro Luis bajo
el reinado de Calixto III. César, el segundo, iba á vivir como cardenal,
lo mismo que él en la época de su tío. Pero este segundón, el más
notable de todos los Borgia jóvenes, no obstante sus altas dignidades
eclesiásticas, seguía ejercitándose en el manejo de las armas, llegando
á ser, como su padre en otro tiempo, el primer jinete de Roma. Dotado de
igual temperamento ardoroso que su progenitor, y notabilísimo por su
belleza varonil, iniciaba á los diez y siete años su historia amorosa,
favorecido por las libertinas costumbres de la época y el entusiasmo que
inspiraba á las damas. Estas empezaron á popularizar los nombres con que
luego le fueron designando sus panegiristas: «el rubio César», «nuestro
César», «el único César».
Desde el pontificado de Calixto III, las relaciones de la Santa Sede y
Nápoles fluctuaban entre la guerra y la concordia, siguiendo Alejandro
VI esta política de balanza. Cuando el Pontífice se encontraba en una
situación difícil, el rey napolitano lo combatía; si el Papa se
afirmaba, sostenido por un protector poderoso, el monarca de Nápoles
hacía toda clase de concesiones para restablecer la amistad.
Bajo la influencia de Ascanio Sforza y deseoso de recobrar las
posesiones de la Santa Sede usurpadas por la dinastía de Nápoles, entró
Alejandro en una alianza formada por Venecia, Milán y otros Estados
italianos. Esta liga iba á proporcionarle tropas con que combatir á
Virgilio Orsini, quitándole los dominios de la Iglesia vendidos
indebidamente por Civo, el hijo de Inocencio VIII.
Para dar sin duda más fuerza á dicha coalición, en la que representaba
Ludovico Sforza el principal poder ofensivo, se efectuaron en el mes de
Junio las bodas verdaderas de Lucrecia y Juan Sforza, siendo celebrado
tal suceso con uno de los banquetes más famosos de aquella época.
Las necesidades de la política no permitieron el transcurso del año que
se había marcado como plazo para que se juntasen los dos esposos, y Juan
Sforza entró en Roma á la cabeza de un séquito brillante, entre sus
cuñados Juan y César, que habían salido á recibirle.
Lucrecia le vió pasar desde un balcón de su palacio de Santa María in
Portico, donde vivía con Adriana de Milá, su antigua educadora, y «la
bella Julia», su dama de honor.
El señor de Pésaro, hermoso jinete, la saludaba graciosamente con su
gorra, y ella devolvía el saludo á este esposo visto por primera vez.
Después de la ceremonia del matrimonio celebrábase un banquete en el
Belvedere del Vaticano, al que asistían ciento cincuenta damas de la
nobleza romana, los embajadores, los personajes más notables de la
ciudad, once cardenales y numerosos obispos. También estaba presente la
señora Teodorina, hija de Inocencio VIII, y su hija la marquesa de
Gerase. Los hijos de los Pontífices difuntos continuaban figurando
honorablemente en la corte de los Papas herederos. Su situación era
comparable á la de las familias de los expresidentes de República, que
siguen teniendo entrada libre en las fiestas de los presidentes
sucesores, si es que no existe una enemistad irreconciliable.
Además, sentábase á la mesa toda la tribu de los Farnesio, escoltando á
«la bella Julia». Asistían así completas las dos familias del Papa, la
antigua y la moderna, la procedente de «la Vannoza» y la de «la
Farnesina».
Duró muchas horas este banquete nocturno, y fué seguido de
representaciones cómicas y trágicas, de recitaciones poéticas y bailes
lascivos, que excitaron la concupiscencia de los asistentes.
--Este último espectáculo no resultaba extraordinario, dadas las
costumbres de la época. Usted no ignora, Borja, que en todas las cortes
de la Italia de entonces la alegría de vivir se preocupaba poco de la
moralidad. Lo interesante era gozar, fuese como fuese. Una de las
diversiones finales, á las cuatro de la mañana, fué ofrecer á los
esposos cincuenta copas de plata llenas de confites. Infesura,
implacable enemigo de los Borgia, dice en su crónica que fué el mismo
Papa quien ordenó que vertiesen los confites en los escotes de las
hermosas invitadas. Y como todas las señoras tenían al lado cardenales ó
personajes laicos que no eran sus maridos, pues ya existía en aquellos
tiempos el uso de separar á los esposos en los banquetes, cada invitado
se cuidó de extraer los bombones y almendras azucaradas del escote que
tenía más cerca, dando lugar dicha diversión á «muchas risas é
inmoderadas palpitaciones de senos».
Varios embajadores que asistieron á la fiesta, y no hablaban de oídas
como Infesura, dijeron en las cartas á sus soberanos que el banquete
duró hasta el amanecer y se divirtieron mucho en él, pero sin mencionar
nada especial que le distinguiese de las otras fiestas de la época.
En realidad, la unión de los dos cónyuges sólo fué aparente. El Papa,
cuidadoso de la salud de su hija, dejó para más adelante la realización
material del casamiento, ó sea cuando se cumpliese el plazo convenido de
un año, fecha en que Lucrecia iría á Pésaro, capital de las tierras de
su marido.
--Por su parte, Juan Sforza no tenía ninguna prisa en la consumación del
matrimonio, según se vió más adelante. Fué al ir á Pésaro cuando
Lucrecia empezó á quejarse de no estar «servida» por su esposo, como
ella esperaba, pronunciándose finalmente el divorcio, después de probar
que la joven Borgia continuaba virgen. Sforza se vió acusado, por unos
de impotencia y por otros de inversión sexual, luego de negarse á
realizar la prueba de su virilidad, exigida por los jueces.
Así empezó su vida matrimonial la famosa Lucrecia Borgia, descrita por
los enemigos de su estirpe como un monstruo nunca visto desde los
tiempos de Mesalina, y calumniada por las invenciones de su primer
marido, deseoso de vengar de tal modo un divorcio que le afrentaba como
hombre.
--Más de tres siglos--continuó Enciso--ha creído la gente en los
crímenes de esta mujer, que fué dulce de carácter y falta de voluntad,
como si todas las energías de la familia, los regocijos ardientes y las
cóleras terribles se los hubiesen llevado los Borgia varones.
--Víctor Hugo--dijo Claudio--, con la maravillosa difusión de la poesía
fijó inconscientemente en la memoria de todos esa Lucrecia monstruosa
inventada por los folicularios al servicio de los señores feudales, del
cardenal Rovere y demás enemigos de Alejandro VI. En realidad, no
sintió otros deseos que verse admirada por su hermosura y su elegancia,
casándose y divorciándose según convino á la política de su padre (lo
mismo que las hijas de todos los reyes de entonces), y en el curso de su
vida sólo tuvo uno ó dos _flirts_ verdaderos. Fué preciso que los
historiadores revisasen de nuevo su existencia, casi en nuestros días,
para que recobrara su legítima personalidad. Por suerte, únicamente en
novelones terroríficos, buenos para porteras, vive ya la Lucrecia Borgia
de melodrama que conocimos de niños.
Dos protestantes, el inglés Roscoe y el alemán Gregorovius, estudiando
directamente los documentos de la época, se convencían de tan enorme
calumnia histórica, emprendiendo la rehabilitación de dicha princesa,
comparable por su carácter á las Gracias antiguas, y que los enemigos de
la familia Borgia habían pintado como una Euménida sedienta de sangre,
con un puñal y un frasco de veneno en sus manos.
Describía Enciso á Lucrecia tal como la había visto en los documentos de
su época, con vestiduras casi siempre blancas y muy bordadas de oro,
mangas abiertas, fijas en sus muñecas con brazaletes á la moda española
y llevando al cuello una sarta de perlas enormes.
--Las perlas fueron su orgullo y su ambición, apreciándolas tanto como
su hermano César, aunque ambos no llegaron nunca al entusiasmo de su
padre. Puede llamarse á la perla «la favorita de los Borgia». Muchas
veces los embajadores encontraron al Pontífice junto á una ventana del
Vaticano contemplando al trasluz gruesas perlas regaladas á Lucrecia.
Cuando la hija del Papa fué duquesa de Ferrara, una de sus mayores
satisfacciones consistió en poseer el célebre collar de perlas y rubíes
que había pertenecido á su suegra.
Todos los contemporáneos alababan su hermosura, su esbeltez, su boca un
poco grande, pero fresca y carnosa (una boca de Borgia), sus dientes
brillantísimos, su pecho firme y blanco, visible en gran parte por los
audaces descotes de entonces, y sobre todo, su dulce sonrisa. Esta
alegría de su rostro la había heredado de su padre, rara vez triste, aun
en los momentos mas difíciles de su vida, jocundo hasta en su
concupiscencia.
Esbelta y graciosa de jovencita, redondeábase luego de formas, sin
perder la elegante ligereza de sus movimientos. Había algo en ella de
blando, revelador de una voluntad floja y sin iniciativas. Era de pocos
nervios, incapaz de resistirse al destino, dejándose llevar por él,
buscando solamente las alegrías momentáneas, sin energía para ir más
allá de los goces de su vanidad, mostrándose en toda ocasión un
instrumento dócil de su familia.
--No heredó la energía de los Borgia, pero sí el talento. Ella y César
fueron los hijos de Alejandro más inteligentes. Vivía esclava de su
propio medio, haciendo lo mismo que las personas que la rodeaban.
Mientras existió su padre mostróse aficionada á los asuntos políticos, y
hasta gobernó tierras de la Iglesia en ausencia del Pontífice. Al morir
Alejandro y quedar en Ferrara como esposa del príncipe Alfonso de Este,
vigoroso soldado, la hija del Papa fué «la perla de las esposas», «la
triunfante princesa», «la santa Madona Lucrecia». El poeta Ariosto
cantaba sus virtudes, el pintor Ticiano la admiraba al tratarla en su
corte... Es una esposa que sólo piensa en sus hijos, en el gobierno de
su palacio, y sobrelleva resignada y afable las infidelidades de un
marido rudo que en el fondo la adora.
Claudio Borja se la imaginaba en su primera juventud, tal como la habían
descrito muchos, creyendo reconocerla en la Santa Catalina pintada por
el Pinturicchio, con su rostro gracioso é ingenuo de niña un poco
«paradita», orlado de magnífica cabellera rubia y luminosa, comparable á
una nube de oro flúido.
--En algunas ocasiones, Madona Lucrecia, que el Papa llamaba siempre á
la española, «Doña Lucrecia, mi hija», tenía oculta su esplendorosa mata
de pelo dentro de amplia redecilla de oro con una piedra preciosa en
cada cruce de sus mallas. Otras veces, orgullosa de tal opulencia
capilar, daba suelta á sus chorros esplendorosos, que descendían casi á
sus pies. Todavía se conserva en la Biblioteca de Milán un rizo, color
oro fuego, de esta beldad hispano-italiana, bucle cuyo tono brillante
desafía al tiempo, y que hizo ensoñar tres siglos después á lord Byron,
sumido en su contemplación.
Acogió Enciso con una sonrisa escéptica los entusiasmos del joven.
--Siento decirle, querido Borja, que su remota parienta nunca fué rubia.
Era una valenciana de tez morena, clara y mate, semejante al color
pálido del arroz. César Borgia también debió ser algo moreno, y sin
embargo le llamaban las damas de entonces «_il biondo Cesar_»... Tal vez
tuvo Lucrecia los cabellos castaños; pero esto no le impidió ser rubia
oro ardiente, rubia veneciana, ensalzando su cabellera color de antorcha
pintores y poetas. Algo semejante ocurre en la actualidad. Las damas
teñidas conocen, mejor que nadie, el secreto de su falsificación, y no
obstante aceptan de buena fe los elogios de personas igualmente
enteradas de que no son rubias. Ya sabe que vivimos de convencionalismos
é ilusiones. ¡Qué haríamos sin la mentira!...
Los alquimistas vendían muy cara la receta de los «cabellos de oro». En
España, el mismo tinte recibía el título de «lejía de enrubiar», siendo
uno de los secretos de la madre Celestina para ganar dinero.
--Todas las damas de la época eran rubias, hasta el valeroso marimacho
Catalina Sforza, de la cual conoce usted el heroico arremangamiento de
faldas, apreciado por la Historia como un hecho sublime. De este virago
batallador llegó hasta nosotros una receta para enrubiar, escrita por
ella misma, á fin de que ninguna otra mujer participase de su secreto.
Consistía en ceniza de madera y paja de cebada, hervidas un día entero.
A esta lejía se agregaban flores y hojas de nogal durante una noche.
Bastaba lavarse la cabeza á la mañana siguiente para tener los cabellos
dorados; pero había que secarlos al sol, con peligro de las neuralgias,
de que se quejaba con frecuencia Madona Lucrecia.
Una de las preocupaciones de la hija del Papa era el lavatorio de la
cabeza, acto indispensable todas las semanas. Cuando partió de Roma para
siempre, yendo á reunirse con su tercero y último esposo en Ferrara,
invirtió veintisiete días en el viaje. Cada cinco días, el lento y
majestuoso cortejo hacía alto en una población para que Madona Lucrecia
pudiera «_lavarsi il capo_». Y príncipes, embajadores, damas de honor,
escuderos, hombres de armas, suspendían su marcha un día entero,
mientras la nueva princesa de Ferrara permanecía varias horas bajo los
ardores del sol, llevando encima de sus vestidos un peinador de seda
blanca, de gran finura y sutilidad, llamado _schiavonetto_, y en la
cabeza un sombrero de paja sin cumbre, por cuya abertura pasaba la
cabellera, abrigando sus bordes los ojos y el cuello de la beldad.
--La coqueta Borgia decía que necesitaba lavarse la cabeza todas las
semanas á causa de sus neuralgias, y eran, por el contrario, estas
teñiduras solares las que exacerbaban los dolores de su cerebro.
Indudablemente, César también se teñía la barba, adorno capilar de moda
reciente entre los hombres. Todos los jóvenes se dejaban crecer la
barba, al revés de sus padres, que habían mantenido durante el siglo XV
la costumbre de rasurarse el rostro á la romana. Fueron los humanistas,
imitando á los filósofos y poetas griegos, los que resucitaron esta
moda, generalizada por Carlos V y Francisco I años adelante.
Enciso volvió á ocuparse de Lucrecia.
--Muy mujer, muy aficionada á vestidos y joyas; ninguna de su tiempo
poseyó tantos trajes, y hay que pensar que uno de ellos valía entonces
una fortuna. Algo indolente y pasiva, pero de gran talento. Hablaba el
italiano, el francés, el griego y el latín. (Inútil mencionar las
lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de su familia.)
Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y
escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había
hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y
ardorosos, todos tenían algo de poeta. Una hermana de Alejandro VI, doña
Tecla de Borja, fué notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran
trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de
Italia.
Claudio se acordó de su tío. Esta señora era la Tecleta que jugaba con
su hermano Rodriguet, el futuro Pontífice, en el caserón señorial de
Játiva, según le contó repetidas veces el canónigo.
Mientras tanto, don Manuel había abandonado á los hijos de Alejandro VI,
para hablar de las aventuras políticas de éste.
Asustado el rey de Nápoles al ver unido el Pontífice con sus
adversarios, pedía auxilio á su primo ilegítimo Fernando el Católico
para que interviniese en la política del Vaticano. Consideraba dicho rey
al papa Borgia como un súbdito, abusando de su españolismo, y le hizo
saber, por medio de su embajador en Roma, que siendo la dinastía de
Nápoles obra de su tío Alfonso el Magnánimo, la consideraba igual á su
propia familia.
--Es justo reconocer que Rodrigo de Borja mostró al principio un afecto
sincero por Fernando é Isabel, reyes de origen no muy legítimo, á los
que había ayudado en sus primeros años de matrimonio, cuando no eran mas
que príncipes. Después de la toma de Granada, apenas ascendido al
Papado, les dió el título de Reyes Católicos, que aún usan los actuales
monarcas españoles. Todo lo que le pedía don Fernando se apresuraba á
concederlo, entre otras cosas, los maestrazgos de las Ordenes militares,
regalo que representaba cuantiosas rentas. En realidad, el papa Borgia
dió á los Reyes Católicos más que éstos á él. Las exigencias continuas
de Fernando fueron causa de que el Pontífice, aconsejado por su hijo
César, se inclinase finalmente del lado del rey de Francia, más atento
con su persona y con los suyos.
En los primeros tiempos de su pontificado admiraba á Isabel la Católica
como una de las damas más hermosas y prudentes de aquella época.
Aficionada á trajes costosos y ricas alhajas, era, sin embargo, de una
virtud escrupulosa, exagerándola hasta la austeridad. Cuando su marido
estaba ausente, aunque sólo fuese por una noche, hacía colocar su lecho
en un gran salón, durmiendo rodeada de sus hijos y las damas de palacio,
encargadas de velar el sueño de los reyes, que recibían el título de
«cobijeras». Así se ponía á cubierto de maliciosas suposiciones en aquel
tiempo de grandes escándalos. Todos los héroes de la guerra contra los
moros estaban enamorados de doña Isabel, románticamente, sin esperanza y
sin carnales deseos. Tenían por «dama de sus pensamientos» á esta reina
de un rubio indiscutible, con ojos azules, grandes y tranquilos.
Fernando el Católico inspiraba al papa Borgia un afecto de compadre, y
sonreía al hablar de sus hijos ilegítimos, tan numerosos como los
suyos. Uno de dichos bastardos era arzobispo de Zaragoza. El cardenal
Rodrigo de Borja, en sus tiempos de vicecanciller, había hecho este
favor á su amigo, entonces simple heredero de la corona de Aragón. Otro»
hijos del rey ocupaban cargos eclesiásticos y las hijas entraban en
conventos.
Una vez más el nuevo Pontífice obedeció desinteresadamente las
insinuaciones del monarca católico. Lo que á él le convenía, en
realidad, era seguir fiel á su primera alianza con el Milanesado y
Venecia, detrás de la cual se mantenía oculto el rey francés. Dicha
alianza representaba un peligro inmediato, por estar Carlos VIII
preparando numerosas tropas para entrar en Italia y apoderarse del reino
de Nápoles.
El austero Savonarola que tenía algo de charlatán, como la mayoría de
los taumaturgos, enterado en secreto de la próxima campaña invasora de
los franceses, anunciábala en sus sermones como una revelación que le
había hecho Dios para castigo del Pontífice y del rey tirano de Nápoles.
Y en un momento tan crítico, su amigo don Fernando le exigía que
abandonase á los más fuertes y se uniera á un monarca próximo á ser
destronado...
Sin embargo, aceptó, y los dos reyes procuraron endulzar con seductores
presentes su aventurada resolución.
Jofre Borgia, el menor de sus hijos, se casaría con doña Sancha, hija
natural de Alfonso de Aragón, heredero de la corona de Nápoles, llevando
ésta como dote el principado de Esquilache y el condado de Caliata, en
Calabria. Por su parte, Fernando el Católico propuso para Juan de Borja,
segundo duque de Gandía, el matrimonio con doña María Enríquez, prima
suya, que ya había estado prometida á Pedro Luis, el primer hijo de
Alejandro VI.
Al mismo tiempo, don Ferrante de Nápoles procuraba reconciliar con el
Papa á todos los enemigos de éste que se habían puesta á su servicio.
--De un lado, el peligro de la invasión francesa, que aún estaba lejos;
de otro, la amenaza más inmediata de ver atacados los Estados romanos
por el rey de Nápoles, sostenido ocultamente por el rey de España... Y
optó, al fin, por esta última alianza, que al mismo tiempo ofrecía
brillantes matrimonios para sus hijos.
El cardenal Juliano de la Rovere fué cínicamente á reconciliarse con
Alejandro VI, sentándose á su mesa, él y Virginio Orsini, por ordenarlo
así el monarca de Nápoles. Virginio entregó 35.000 ducados á cambio del
señorío feudal de las tierras de la Iglesia ocupadas por él. Todos
quedaron amigos, y Juan de Borja se embarcó en una galera española con
séquito de príncipe y gran cantidad de alhajas, para ir á Valencia y
casarse allá con la prima de Fernando el Católico.
Pocos días después Jofre se unía por poderes con doña Sancha de Aragón,
dejando para más adelante, como ocurrió con Lucrecia, la consumación de
su matrimonio. Sancha tenía catorce años y Jofre doce.
A la vez que ocurría esto, llegaba á Roma un enviado de Carlos VIII para
solicitar del Pontífice--que aún creía amigo--la investidura del reino
de Nápoles, antes de conquistarlo. Y Alejandro, que estaba ya
comprometido con el monarca napolitano, sólo dió al embajador vagas
palabras.
Los tres matrimonios, efectuados en un solo año, el de Lucrecia, el de
Jofre y el del duque de Gandía, habían ocasionado gastos enormes al
Papa, empobreciéndolo. Únicamente podía contar con los 35.000 ducados de
Virginio Orsini, que en realidad eran de Nápoles, y para reunir más
dinero acudió á uno de los expedientes empleados por otros Pontífices:
hacer una promoción de nuevos cardenales.
Once príncipes de la Iglesia nombró en un consistorio celebrado en
Septiembre de 1493. Dos de ellos era indudable que no habían dado nada á
cambio de su nueva dignidad, por pertenecer á la familia del Pontífice:
Alejandro Farnesio, más tarde Paulo III, y César Borgia, que sólo
contaba diez y ocho años al recibir la púrpura. El público apenas habló
de la elevación de César. Encontraba natural esta generosidad de padre,
que ya habían mostrado otros Papas. Las ironías y los comentarios
escandalosos se concentraron sobre el hermano de «la bella Julia», que
entraba de un modo tan retorcido en el Sacro Colegio. Y entonces fué
cuando le infligieron el epíteto de «cardenal faldero».
--En la vida extraordinaria de este papa Borgia, de carácter tan
complejo--dijo don Manuel--, alternaron las anécdotas íntimas,
agrandadas por la crónica escandalosa, las intrigas políticas en
incesante juego de balanza y los más grandes sucesos históricos. Un día
recibió Alejandro la noticia de que «cierto Cristóbal Colón», que había
salido con un centenar de españoles y tres naves en busca de las tierras
del Gran Kan de la Tartaria, en el extremo oriental de Asia, atravesando
para ello el Océano siempre al Occidente, acababa de encontrar por tan
nuevo camino las islas más avanzadas del mundo asiático, trayendo de
allá muestras de oro y especiería. Algunos empezaban á sospechar si
estas tierras descubiertas, sin más que hombres desnudos y una
civilización rudimentaria, no serían de Asia, sino de un mundo
completamente nuevo, ignorado hasta entonces.
Alejandro no era un sabio, pero dedicó á la lectura gran parte de su
juventud, guardando en su biblioteca todos los libros, impresos ó
manuscritos, célebres entonces. Muchas veces había conversado de
cosmografía con Eneas Silvio, el Papa cuyo tratado geográfico iba á
servir de guía á Colón. Inmediatamente se preocupó de las tierras
descubiertas, organizando una misión de frailes españoles para
evangelizarlas, é hizo obispo de ellas al padre Boil, religioso catalán.
--Como si el destino de este Pontífice fuese ser el Papa del
descubrimiento de América en todas sus zonas, también había despachado
poco antes una misión de evangelizadores para que fuesen á recuperar las
tierras de la Groenlandia. Sabe usted que la América extremamente
septentrional fué conocida por los navegantes escandinavos en el siglo
X, estableciéndose en ella algunas misiones cristianas, que acabaron por
extinguirse. En los primeros meses del pontificado de Alejandro VI iban
de nuevo los misioneros á dicha América fría, levantando otra vez sus
pobres iglesias de madera, al mismo tiempo que los frailes españoles
elevaban los primeros templos de piedra y ladrillo bajo el cielo
tropical de las Antillas.
Claudio Borja quiso hablar, pero Enciso, como si adivinase sus
pensamientos, añadió:
--Sé lo que usted va á decir. También hizo Rodrigo de Borja el reparto
más grande que se conoce en la Historia. Desde Alejandro el Magno hasta
Napoleón, ningún conquistador trató con tanta desenvoltura la faz de la
tierra, ni dividió sobre los mapas superficies tan enormes.
Partían los navegantes de la península ibérica al descubrimiento del
mundo entero. Los portugueses navegaban al Oriente y los españoles al
Occidente, buscando las flotas de unos y otros las riquezas de Asia, las
maravillosas tierras del Gran Kan, descritas por Marco Polo y
Mandeville. Todos iban en busca de las llamadas Indias.
El descubrimiento de Colón alarmaba al rey de Portugal, agriando sus
relaciones con los reyes de España. Era preciso establecer un acuerdo
entre ambas monarquías católicas, para que no se peleasen en lo futuro,
dejando bien marcados los límites de sus respectivas zonas de
descubrimiento.
--Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios
estudios, trazaba el papa Borgia una línea de Norte á Sur, más allá de
las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos
hemisferios. Al Oriente de la llamada «línea alejandrina», todo era para
los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada
cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran á
encontrarse en la cara opuesta del planeta.
Enciso, influenciado por el entusiasmo que le inspiraba España, se
apresuró á quitar importancia á la decisión del Pontífice.
--Muchos autores extranjeros, ignorantes de nuestra historia, han creído
ver una gran audacia científica del papa Alejandro en esta partición del
mundo. Es verdad que su acto representa el primer reconocimiento público
de la redondez de la tierra hecho por la Iglesia. Nunca habían hablado
de ello los anteriores Pontífices. Pero resulta falso elogiarlo, como si
entonces las gentes de estudio ignorasen que la tierra es redonda y sólo
hubieran descubierto Colón y los sabios del Vaticano dicha
esfericidad... Usted sabe bien que, antes de la era cristiana, Ptolomeo
y Eratóstenes ya habían probado la redondez de nuestro planeta,
midiéndolo más ó menos, aproximadamente, á las dimensiones que le da la
ciencia moderna. Luego los árabes volvieron á establecer dicha redondez,
especialmente su geógrafo Alfagramo. Los moros de España enseñaban en
sus escuelas, durante siglos, la esfericidad de nuestro planeta, y los
judíos españoles servían de intermediarios, revelando la geografía árabe
á los hombres estudiosos de la cristiandad. Una oculta y sincera
relación científica unía las escuelas de mezquitas y sinagogas con las
bibliotecas de los conventos.
Era cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, algunos Santos
Padres no creían en los antípodas y consideraban absurda la afirmación
de que el mundo fuese redondo. Durante la primera Edad Media imperaba la
geografía mística y absurda del monje bizantino Cosmas Indicopleustes;
pero en la segunda Edad Media, á partir del siglo XIII, aurora del
Renacimiento, era en España, país de moros, judíos y cristianos, donde
más se creía en la llamada «esfera».
--Colón--siguió diciendo Enciso--, en vez de ser perseguido por la
ignorancia española, como han supuesto tantos autores ligeramente,
copiándose unos á otros, resultó en España un ignorante, comparado con
muchos que escuchaban sus planes. Usted sabe que Colón no creía que el
mundo fuese redondo, sino más bien en forma de pera, teniendo colocado
en su pezón ó parte más alta el Paraíso terrenal. También afirmaba que
en nuestro planeta, dividido en siete partes, seis de ellas son tierra
firme y sólo una la ocupan los mares. En cambio, un obispo de España,
cuando algunos colegas suyos criticaban por rutina el proyecto de Colón
de ir hacia Occidente dando vuelta á la tierra, fundándose en que San
Agustín y otros autores sacros dudaban de dicha esfericidad, contestó
con energía: «San Agustín y otros respetables varones son autoridades en
materias teológicas, pero de ningún modo en cosmografía».
Hubo un silencio, y Claudio Borja dijo con aire pensativo:
--De todos modos, fué un acto hermoso é interesante el del padre de
Madona Lucrecia partiendo la tierra en dos pedazos. Demuestra la
autoridad que aún gozaba entonces el Pontífice, no obstante sus propias
liviandades y las de muchos antecesores. Pudo repartir el mundo como
cosa propia... Lo malo fué que ya empezaba entonces á moverse en
Alemania un frailecillo agustino llamado Martín Lutero.
V
La escandalosa «guerra de la fornicación», y cómo produjo, con
diversos nombres, un espectro lívido que todavía existe.
Enciso se aproximó á una de las ventanas de su biblioteca, mirando al
exterior.
--Llueve. No se vaya usted aún. Fumemos otro cigarro.
Brillaban calles y techumbres bajo una lluvia tenaz que obscurecía
prematuramente el cielo del atardecer.
Claudio Borja, que ya se había puesto de pie para marcharse, volvió á
ocupar un sillón, tomando el grueso cigarro ofrecido por el diplomático.
Se quedaría media hora más, esperando que pasase el chubasco. Y
reanudaron su evocativa conversación.
--El año 1494--dijo Enciso después de reflexivo silencio--resultó para
el papa Borgia el más peligroso de su existencia. A fines de Enero supo
la muerte casi repentina del rey Ferrante ó Fernando, aquel bastardo
nacido en Valencia, que fué cabeza de la dinastía napolitana de Aragón.
Su heredero Alfonso II se apresuró á buscar el apoyo del Papa, único
soberano de Italia que podía ayudarle. Veíase amenazado el nuevo monarca
por la expedición de Carlos VIII y la hostilidad del pueblo y los
barones de Nápoles, tratados con rudeza por el difunto don Ferrante.
Otra vez se consideró Alejandro VI en un dilema angustioso. El rey de
Francia le enviaba embajadores amenazándolo con reunir un concilio que
le quitaría la tiara si no se unía á él. Julián de la Rovere, separado
del rey de Nápoles, empezaba á trabajar por el monarca francés. Además
corría el peligro de perder á su íntimo amigo el cardenal Ascanio
Sforza, partidario también del rey de Francia por su parentesco con el
tirano de Milán.
Quiso contemporizar inútilmente, enviando la Rosa de Oro á Carlos VIII
como símbolo de amistad, y prometió al mismo tiempo dar la investidura
al nuevo rey de Nápoles; esto último por complacer á su amigo Fernando
el Católico.
Presintiendo Alfonso II las justas vacilaciones del Pontífice, por
convenirle á éste en realidad ser enemigo de la dinastía napolitana,
ratificó las proposiciones que había formulado su padre referente á los
Borgia, haciéndolas aún más tentadoras. Su hija natural, doña Sancha, se
casaría con el pequeño Jofre Borgia, llevándole además del principado de
Esquilache 40.000 ducados de renta y una compañía pagada de cien hombres
de armas para su guardia personal. El dote de Sancha sería de 200.000
ducados (más de millón y medio de francos oro). El hijo mayor de
Alejandro VI, Juan, duque de Gandía, recibiría del rey de Nápoles el
principado de Tricarico, en la Basilicata, y á tal presente irían unidos
ricos beneficios eclesiásticos en las diócesis napolitanas para el joven
cardenal de Valencia César Borgia, que acababa de recibir las órdenes
del subdiaconato, entrando en la vida clerical contra su voluntad.
En Abril se decidía el Papa resueltamente á favor de Nápoles, encargando
á su sobrino Juan de Borja, cardenal de Monreale, que coronase á Alfonso
II. Jofre le acompañó para consumar su matrimonio con doña Sancha. Cinco
días después Juliano de la Rovere se embarcaba en Ostia, la noche del 24
de Abril, abandonando á su hermano Juan la defensa del castillo en la
desembocadura del Tíber. Un navío le llevó á Génova, pasando de allí á
Francia enviado por Ludovico «el Moro», señor de Milán, para que
acelerase la marcha invasora de Carlos VIII.
Alejandro llamó á Roma al conde Pitigliano, encargándole el sitio del
castillo de Ostia, y á pesar de la fama de éste como fortaleza
inexpugnable, capituló con sólo un mes de asedio.
Durante varias semanas vió satisfecha el Pontífice su vanidad paternal,
gozando las delicias de una paz que fué á modo de breve paréntesis en
los sucesos de dicho año, tan angustioso para él.
El 7 de Mayo se celebraba en Nápoles la boda de don Jofre y doña Sancha
con gran aparato. Alfonso II, padre de la novia, deseaba levantar su
crédito ante los napolitanos y los barones de su reino, dando gran
brillo á las ceremonias nupciales para inspirar confianza al país,
haciéndole creer que su nuevo parentesco con el Pontífice era una
garantía contra la anunciada expedición francesa.
Claudio Borja creyó del caso recordar una carta del cardenal de Monreale
á su gran amigo el valenciano don Juan Marrades, camarero ó cubiculario
íntimo del Papa, contándole lo ocurrido en esta boda para que lo
transmitiese al duque de Gandía, residente en Valencia. Dicha carta la
guardaba el canónigo Figueras en el archivo de su catedral, y era
notable por la alegre crudeza con que relataba en valenciano algunos
detalles de las nupcias del pequeño Jofre.
--La moral de aquellos tiempos--siguió diciendo--era más desenfadada que
la presente. Usted habló antes del Nuncio del Papa en Pésaro presidiendo
un baile hasta el amanecer y conduciendo la última «farandola» por las
calles. El cardenal Juan de Borja, según costumbre de la época, fué en
compañía de los padres de la novia y otros de la familia á visitar á los
nuevos cónyuges cuando ya estaban acostados. En todas las bodas
aristocráticas de entonces era de ritual dicha visita, riendo padres y
amigos ante las tímidas caricias preliminares de los recién casados.
Hacía elogios el cardenal de la valerosa desenvoltura de su primo Jofre,
que aún no había cumplido catorce años. Sin duda debió deslizar una mano
bajo las ropas del lecho, pues afirmaba en su carta que salió del
dormitorio seguro de que el nuevo príncipe de Esquilache «estaba muy
alegre y bien preparado para la batalla».
Esta certidumbre del cardenal-legado fué de corta duración. El menor de
los Borgia se convenció pronto de que había caído en la más temible de
las esclavitudes sexuales. Doña Sancha, mezcla de napolitana y
española, era de un temperamento furiosamente lúbrico, que acortó su
existencia. Antes de los veintiséis años de edad, en 1506, murió agotada
por sus demasías licenciosas.
--Esta hispano-napolitana--siguió diciendo Claudio--fué culpable, á
causa de sus ardores, de la horrible fama que durante tres siglos ha
pesado sobre la pasiva y sonriente Lucrecia. Los enemigos de Alejandro,
para desacreditar más á su familia, pasaron á la cuenta de la hija todos
los desenfrenos de la nuera, y los escritores de la Reforma, arrastrados
por el odio religioso, mantuvieron dicho error.
Cuando dos años después los jóvenes príncipes de Esquilache volvieron de
Nápoles á Roma para vivir en el Vaticano, doña Sancha, todavía muy
jovencita, pero en plena erupción de su temperamento precoz y
perversamente lujurioso, se entregó á los mayores excesos, encontrando
tal vez una ampliación de sus placeres en el escándalo que provocaban.
--Hacía gala de sus amoríos con sus dos cuñados: Juan y César. Era
inútil que éstos guardasen cierta prudencia; ella, con cínicos alardes,
se encargaba de hacer saber á todos sus placeres incestuosos. Al mismo
tiempo se entendía con otros hombres de la corte papal que eran de su
gusto, así eclesiásticos como laicos. Lo raro fué que no atentase contra
su propio suegro el Pontífice, pues éste, á pesar de su vejez,
continuaba mostrándose alegre y galante con las damas en las fiestas del
Vaticano... Alejandro sentíase, en realidad, indignado por la conducta
de su nuera y la triste situación de su hijo Jofre. Este sólo deseaba
que su mujer le dejase tranquilo y olvidado. Ella lo escarnecía por la
prudencia con que cuidaba de su salud, y tales y tan continuos fueron
los escándalos dados por la napolitana, que el Papa, en sus últimos
tiempos, acabó por encerrarla en el castillo de Sant Angelo, para que no
hablasen más en Roma de su ostentosa impudicia.
Al día siguiente de dicho matrimonio, el cardenal de Monreale coronaba
con gran aparato á Alfonso II de Nápoles, renovándose acto seguido para
el Papa la sucesión de conflictos que llenó todo el curso de 1494, el
año más tenebroso de su vida.
Después de haberle abandonado Rovere, hizo lo mismo Ascanio Sforza. Los
dos cardenales habían vivido siempre como implacables adversarios; pero
se unieron en la presente ocasión para combatir juntos al Papa: Juliano
como protegido del rey de Francia, Ascanio como hermano de Ludovico «el
Moro», de Milán.
Además, el peligro se alzaba repentinamente para Alejandro VI dentro de
su propia casa. Toda la nobleza romana que había recibido sus Estados en
feudo de la Santa Sede declarábase en rebelión. Los Colonna, los Orsini,
los Savelli y tantos otros, bajo la influencia de Ascanio Sforza, se
unían al tirano de Milán y á Carlos VIII.
Más de la mitad de Italia era enemiga del Papa. Sólo podía apoyarse en
el rey de Nápoles, y éste á su vez buscaba su protección, temiendo á los
señores feudales y al pueblo de sus propios Estados, por tener la
certeza de que se sublevarían contra él apenas avanzase la expedición de
los franceses.
Se daba cuenta Alejandro de su gran error diplomático, aunque en
realidad lo había visto claramente desde el principio. Era su amigo el
rey de España quien le había impulsado á tomar esta determinación, más
que el propio deseo de engrandecer á sus hijos. Y Fernando el Católico
sólo le enviaba palabras de amistad y esperanzas de auxilio, sin que
llegasen detrás de ellas soldados ni dinero.
El peligro inminente le hizo pensar en la seguridad de su familia.
Lucrecia vivía en Pésaro con su esposo. Este Juan Sforza, sobrino del
duque de Milán, no podía permanecer tranquilo en Roma desde que el Papa
desertó la liga formada por milaneses y venecianos, uniéndose con
Alfonso II de Nápoles. Creía más prudente vivir lejos de la Ciudad
Eterna, en sus tierras propias, y Alejandro VI dejó que se llevase á su
esposa.
También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en «la bella
Julia» y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron á
Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al
Adriático, y en realidad para mantenerse á cubierto de la próxima
guerra. La «Farnesina», doña Adriana de Milá y «la Vannoza»
emprendieron el viaje á Pésaro. El único de sus hijos que permaneció en
Roma cerca de él fué César, ayudándole con una serenidad de juicio y una
sangre fría impropias de sus pocos años.
Se esforzó el Papa por hacer frente al próximo avance francés. Como
Venecia estaba en relaciones con el sultán de Constantinopla, envió á
éste un agente secreto, llamado Bocciardo, pidiéndole aconsejase al
gobierno veneciano que se pusiera de parte de Nápoles. El hecho de
guardar en su poder á Djem, hermano del sultán Bayaceto, facultaba al
Pontífice para intentar dicha gestión. Al mismo tiempo, el enviado debía
pedir al jefe del Islam que pagase anticipada una anualidad por el
mantenimiento de su hermano en Roma. Dicha pensión, de 40.000 ducados,
serviría al jefe de la Iglesia para defenderse de la invasión francesa.
Mientras tanto, Carlos VIII justificaba sus preparativos guerreros con
un fin falsamente religioso. Luego que se apoderase del reino de
Nápoles, iría á conquistar Constantinopla y Jerusalén (¡el eterno
pretexto de la cruzada!); pero ni él ni sus capitanes pensaban en
cumplir tales promesas.
Salía de Roma el Pontífice para avistarse con Alfonso II cerca de la
frontera napolitana, examinando los medios de resistir con las armas á
los invasores. Alejandro VI y el joven cardenal César sostenían la
conveniencia de ir al encuentro del adversario con un movimiento
ofensivo, aprovechando la dispersión de sus fuerzas en el avance.
Alfonso temía salir del reino con sus escasas tropas, por miedo á la
sublevación que seguramente estallaría apenas se alejase.
El 3 de Septiembre pasaba el rey de Francia la frontera de Saboya. Iban
con él 15.000 hombres de armas y escuderos, 8.000 arcabuceros gascones,
6.000 alabarderos suizos, 1.500 arqueros franceses y 150 cañones
enormes. Esta aglomeración de hombres armados, la más grande en realidad
que se había visto en aquella época, no llevaba tiendas de campaña, ni
víveres, ni dinero. Las tropas vivían sobre las tierras conquistadas.
Además, este ejército de franceses iba hacia la rica Italia en el mismo
estado de ánimo que las andrajosas y famélicas brigadas de la
República, tres siglos después, cuando el principiante Bonaparte las
mostraba desde lo alto de los Alpes la tierra de promisión.
Carlos VIII, hijo degenerado del terrible Luis XI, era feo de rostro,
débil de piernas, poco inteligente, pero con un insaciable apetito
genésico. La campaña de Italia iba á servirle para conocer nuevas
mujeres, uniendo al deleite carnal el incentivo de la violencia.
--Esta expedición francesa--dijo Borja--no pudo ser más fácil ni
proporcionar mayores placeres. Tan imponente número de guerreros
atravesó la mayor parte de Italia sin esgrimir sus armas, pudiendo
entregarse finalmente en Nápoles á la más ruidosa de las orgías. Sólo á
la vuelta, al salir de la península, tuvieron que pelear una sola vez,
con verdadero empeño, para abrirse paso. En realidad la tal campaña
merece el nombre de «guerra de la fornicación». No hicieron otra cosa el
joven rey de Francia, apodado «el Cabezudo» por su fealdad, y los 30.000
hombres de su ejército.
Enciso acogió con gestos afirmativos el título de dicha guerra.
Resultaba exacto.
Dos soberanas, la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de
Monteferrato, abrían la península al joven conquistador. La primera lo
recibía espléndidamente en Turín y la segunda en Casale. Entradas
triunfales sin ningún combate previo, justas y torneos antes de los
grandes banquetes, por la noche danzas con las damas, y luego el reposo
de cada héroe en un lecho de finas telas, «con carnes dulces que
palpar». Si el monarca y sus paladines llegaban con el deseo de
conseguir numerosas conquistas femeninas, las hermosas señoras italianas
mostrábanse aún más vehementes y prontas á entregarse, olvidando á
padres y maridos, con la esperanza de alegar luego el haber sido
forzadas por los invasores.
--Todos los documentos de aquel tiempo, lo mismo las crónicas
particulares que las comunicaciones diplomáticas, hablan de la
fornicación general de las tropas y de sus capitanes, empezando por el
rey. Según testimonio de los franceses, las bellas italianas no
esperaban á ser violadas ó solamente rogadas, sino que se ofrecían
espontáneamente. Después de haber gozado de todas maneras la
hospitalidad de la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de
Monteferrato, se hacía prestar Carlos VIII, con una franqueza admirable,
las joyas de estas hermosas damas, empeñándolas para pagar á sus tropas.
Luego la orgía continuaba en el Milanesado.
La joven esposa de Juan Galeas, verdadero señor de Milán, se echaba á
los pies del rey francés haciéndole saber que el usurpador Ludovico «el
Moro» guardaba á su sobrino preso, para conservar el gobierno del país.
Lloró Carlos VIII de emoción escuchando tan justos lamentos; pero como
Ludovico era quien le abría la península italiana, dejándolo entrar en
Milán, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Poco después, Galeas
moría envenenado por su tío, para que la viuda no hiciese más protestas.
Pasaba de Milán á Florencia el ejército invasor, siendo acogido en todas
las ciudades lo mismo que en Turín: fiestas, torneos, banquetes,
fornicación general y al marcharse grandes contribuciones de guerra.
César Borgia abandonó Roma, encerrándose en Orvieto--ciudad confiada á
su gobierno por el Papa--para improvisar su defensa.
Este hijo de español nacido en Roma empezó á mostrar un orgullo
italiano, del que parecían desprovistos los más de sus compatriotas. Ya
que todos se sometían al invasor y numerosas mujeres aumentaban tal
bajeza con su liviandad escandalosa, él sería el único en protestar por
medio de las armas. Y la sola resistencia que encontraron los franceses
antes de su llegada á la frontera de Nápoles fué la de Orvieto. Contra
su ciudadela chocaron inútilmente las olas de la invasión, teniendo que
seguir adelante.
Mientras Carlos VIII avanzaba desde Florencia á Roma, dos grandes
contrariedades entristecieron al Papa, que había quedado solo.
Bocciardo, su agente secreto, desembarcaba cerca de Ancona, en el
Adriático, con un enviado turco de Bayaceto, portador de los 40.000
ducados de la pensión de Djem. Ambos viajeros caían en poder de una
banda capitaneada por Juan de la Rovere, hermano del cardenal, expulsado
del castillo de Ostia. Se apoderaba aquél de los 40.000 ducados,
dejando en libertad al mensajero del sultán. A Bocciardo manteníalo
preso, y despojado de todos sus papeles lo enviaba al cardenal Juliano,
que había venido de Francia en el séquito de Carlos VIII.
Sirvió la pensión de Djem para los gastos de la campaña, y los papeles
fueron utilizados por Juliano, quien los desfiguró, publicándolos luego
para desacreditar á su adversario. Basándose en dichos documentos
falsificados, inventó una calumnia digna de su violento carácter,
diciendo que Bayaceto proponía al Papa la muerte de su hermano Djem,
ofreciéndole 300.000 ducados á cambio de su cadáver.
--Esta calumnia demasiado grosera--dijo Claudio--no produjo el efecto
que esperaba Juliano. Se deshizo sin tocar á su enemigo. Era posible que
Bayaceto hubiese escrito dicha proposición. Varias veces intentó, en el
Pontificado anterior y en el de Borgia, asesinar á su hermano por medio
de enviados turcos ó de italianos, que aceptaban sus planes sin
realizarlos nunca. El interés de los Papas era, por el contrario,
guardar á Djem para tener en respeto al Gran Turco y percibir la pensión
anual de 40.000 ducados. Matarlo equivalía á suprimir «la gallina de los
huevos de oro», pues el mantenimiento de dicho personaje no costaba ni
la décima parte de la cantidad recibida.
--Nadie hizo caso del violento Juliano de la Rovere, es cierto--añadió
Enciso--. Mas transcurrido un siglo, los escritores de la Reforma
recogieron la olvidada calumnia para acusar al papa Borgia de la muerte
de Djem, ocurrida meses después, y perfectamente explicable por sus
excesos alcohólicos, cuando ya estaba en manos de Carlos VIII.
Al llegar el rey de Francia á Lucca, encontraba al cardenal Piccolomini,
sobrino de Pío II, hombre bondadoso y transigente, encargado por el Papa
de intentar un acomodamiento con él. Conocían los del séquito real la
situación desesperada de Alejandro VI, sin medios de resistencia,
abandonado de todos, con su propia vida en peligro. Los barones romanos
sublevados no esperaban mas que una ocasión favorable para apoderarse de
la capital pontificia y tal vez para asesinarlo.
Se negó el monarca á recibir á Piccolomini, alegando no tener necesidad
de intermediarios para hablar con el Papa. Ya trataría con éste
directamente durante las fiestas de Navidad, que era cuando pensaba
entrar en la Ciudad Eterna.
Un gran disgusto de índole privada vino á unirse en Noviembre al
desaliento político de Alejandro VI. La «bella Julia», siguiendo uno de
sus caprichos, se había separado de Lucrecia en Pésaro para ir á
Viterbo, donde estaba su hermano el cardenal, en compañía de una cuñada
suya y doña Adriana de Milá.
Varios jinetes franceses, mandados por Ives d’Allegre, el mismo que iba
á ser años adelante compañero de armas de César Borgia, hicieron
prisioneras á las tres damas, pidiendo por ellas rescate, como de
costumbre. La guerra y el bandidaje apenas se diferenciaban entonces.
--A pesar de que Ives d’Allegre habló con entusiasmo de la belleza de
Julia á Carlos VIII, éste se negó á verla, decisión que no se explica,
tratándose de un hombre de insaciable curiosidad en el conocimiento de
beldades italianas. Tal vez Rovere y los otros cardenales que iban con
él evitaron, por toda clase de medios, que llamase á la bella
prisionera, temiendo que ésta lo sedujese con su hermosura y lo
inclinara á favor de Alejandro VI.
Mostró el Papa las angustias de un viejo enamorado al enterarse del
suceso, haciendo toda clase de gestiones para la liberación de las
cautivas. Envió inmediatamente los 3.000 ducados de rescate exigidos por
el capitán Allegre y despachó á dos cardenales para que solicitasen de
Carlos VIII la cesión de las prisioneras, protestando de la indelicadeza
de dicho rapto. Las tres damas fueron enviadas á Roma con fuerte
escolta, y el cubiculario secreto del Papa, Juan Marrades, su hombre de
confianza, salió á recibirlas fuera de la ciudad.
Su cautiverio sólo había durado cuatro días, y Borgia se consoló
momentáneamente de sus inquietudes políticas al ver otra vez á «la bella
Julia».
Tal accidente, digno de la «guerra de la fornicación», hizo reir á media
Italia.
Ludovico «el Moro» protestó al enterarse del modesto rescate fijado por
el capitán francés.
--¡Tres mil ducados!--dijo--¡qué locura! El Santo Padre habría dado diez
veces más, cien veces más, por entrar otra vez en posesión de su bella
concubina.
Aproximábanse á Roma, al mismo tiempo, por un lado el ejército francés y
por otro un ejército napolitano, cuyo auxilio no podía inspirar
confianza, ya que su jefe, el duque de Calabria, aconsejaba al Pontífice
que huyese de su capital, refugiándose en Nápoles.
Alejandro no sabía qué hacer. Su valor sereno y confiado le evitaba las
ofuscaciones del pánico. Seguía esperando un auxilio providencial,
aunque ignoraba de dónde podía venir. Los reyes españoles, que le habían
empujado á la situación presente, sólo enviaban promesas.
Hubo un momento en que resolvió huir, por no verse con Carlos VIII, que
pensaba exigirle el reconocimiento de sus derechos sobre el reino de
Nápoles. Pero ya era tarde. Las avanzadas francesas galopaban por la
campiña romana, y desde el Vaticano podía ver el Papa á sus jinetes en
las alturas del Monte Mario. El castillo de Sant Angelo, muy descuidado
por sus antecesores, no podía oponer una resistencia seria.
--Iba á empezar para él--dijo Enciso--un verdadero calvario, que duró un
mes; pero tan larga prueba hizo palpable hasta dónde llegaban su
habilidad y su firmeza, consiguiendo finalmente salir victorioso de
tantos peligros.
Aceptó que Carlos penetrase en la ciudad con sus tropas, pero á
condición de mantenerlas en la ribera izquierda del Tíber. En los
últimos días de Diciembre, algunas fracciones del ejército invasor se
alojaron en Roma, fuera de la llamada Ciudad Leonina, cometiendo iguales
atropellos que en las otras poblaciones italianas, especialmente en la
persecución de las mujeres.
Mientras tanto, el monarca francés consultaba á sus astrólogos el día
más favorable para hacer su entrada en la Ciudad Eterna. Estos
designaron el de San Silvestre, y el 31 de Diciembre penetró Carlos en
Roma con el aparato de un triunfador, dando por segura, los enemigos de
Rodrigo de Borja, la pérdida de su tiara. Rovere y los cardenales que
iban en el séquito real proyectaban la reunión de un cónclave que le
depondría, nombrando á otro Pontífice.
Escuchó Alejandro pacientemente todas las imperativas exigencias de los
delegados del joven monarca. Pedían la entrega inmediata del príncipe
Djem, y que permitiese una guarnición de franceses en el castillo de
Sant Angelo. César Borgia seguiría en rehenes á Carlos VIII hasta que
éste conquistase Nápoles, y el Pontífice debía darle en seguida la
investidura de dicho reino, legitimando así sus derechos como heredero
de los Anjou.
Ante unas exigencias tan rudamente expuestas por los enviados regios, no
había mas que aceptarlas con una abdicación vergonzosa, ó romper las
entrevistas, negándose á todo. Alejandro no hizo ni una cosa ni otra.
Discutió, dió largas á la resolución de cada una de las peticiones.
Cuando se veía obligado á responder acto continuo, sufría un síncope, y
era preciso dejar el asunto hasta el día siguiente.
César había abandonado á Orvieto al ver la plaza libre de sitiadores, y
adelantándose á éstos con uno de aquellos galopes sorprendentes que
empleó luego en sus campañas, estaba otra vez al lado de su padre. El
aconsejó la única medida enérgica que se podía adoptar, y el 7 de Enero,
Alejandro y sus cardenales abandonaron en secreto el Vaticano por el
pasaje subterráneo que une éste al castillo de Sant Angelo, refugiándose
en dicha fortaleza, como si pretendieran defenderse desesperadamente.
Tan grande era aún el prestigio del Papa, que el rey de Francia no osó
atacarlo ni deponerlo, como le aconsejaban Juliano de la Rovere, Ascanio
Sforza y tres cardenales más que figuraban en su séquito. Temía el
descontento que pudieran provocar dichos actos en Francia y fuera de
ella. Al mismo tiempo, el Pontífice y sus cardenales fieles se daban
cuenta de que el castillo de Sant Angelo no podría resistir un verdadero
asalto, y esta doble consideración hizo que por ambas partes se
reanudasen las conferencias, poniéndose de acuerdo finalmente el 15 de
Enero.
Dicha convención casi fué un triunfo para el Pontífice, al que todos
creían perdido días antes. El príncipe Djem quedaba confiado al rey de
Francia en todo el curso de la expedición contra los turcos; pero el
Papa continuaría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. César
Borgia iba á acompañar á Carlos VIII en su campaña durante cuatro meses,
no en rehenes, sino como legado pontificio, con todos los honores
debidos á tan alto cargo. Una guarnición francesa ocuparía
Civita-Vecchia mientras el ejército del rey atravesaba los Estados de la
Iglesia y Juliano de la Rovere se reinstalaría en el castillo de Ostia.
Alejandro VI, en compensación, debía conservar el castillo de Sant
Angelo, recibir testimonio de obediencia públicamente del rey de
Francia, gobernar con entera libertad sus Estados y ser protegido por
dicho monarca contra todo ataque. ¡Y ni una palabra sobre el
reconocimiento de los derechos de Carlos VIII al reino de Nápoles, que
era lo que deseaba evitar Borgia!... Tal omisión y el juramento de
obediencia del rey francés al Pontífice representaban una victoria
diplomática enorme, un triunfo de su autoridad espiritual.
Volvía Alejandro, por el mismo pasaje secreto, desde el castillo á su
palacio, recibiendo con gran majestad á Carlos VIII. Hizo tanta
impresión en el joven monarca este Pontífice, al que veía por primera
vez, y lo sedujo luego con tan agradables palabras en la intimidad, que
ya no habló de su investidura de Nápoles, contentándose con dejar dicho
asunto para otra ocasión.
Necesitaba el conquistador partir cuanto antes. Roma estaba amenazada
por el hambre. Las tropas francesas habían devorado cuantas reservas se
guardaban en la ciudad y sus cercanías. El pueblo no podía sufrir la
arrogancia de los invasores. Diariamente surgían peleas. Los muchos
españoles residentes en la ciudad se batían en todas las encrucijadas
con estos soldados insolentes enemigos de los Borgia. Los alabarderos
suizos excitaban especialmente la cólera popular. En su embriaguez
perseguían y violaban á las mujeres hasta en mitad de las calles,
mostrándose las plebeyas romanas menos fáciles que las altas señoras.
El 28 de Enero de 1495 abandonó Carlos VIII la capital pontificia al
frente de sus tropas. César Borgia cabalgaba á su derecha, llevando
sobre su vestido de viaje la capa roja de cardenal. Había aceptado, con
aparente conformidad, este papel de legado que disimulaba su verdadera
condición de rehén. Los que le conocían sospechaban que tanta
mansedumbre debía ocultar algún propósito secreto.
Veinte carros, con vistosas fundas ostentando las armas de los Borgia,
contenían el equipaje del joven cardenal. La primera etapa fué de Roma á
Marino, y cerca de esta última población dos de los mencionados carros
tuvieron que apartarse de la vía y quedar inmóviles por habérseles roto
las ruedas. Eran los únicos que verdaderamente iban cargados con la
vajilla preciosa y otros objetos de uso del legado.
La etapa resultó más larga al día siguiente, y la comitiva regia llegó á
Velletri, donde el monarca francés, el príncipe Djem y César debían
ocupar distintos alojamientos, preparados por el obispo de dicha ciudad.
Acompañó el cardenal de Valencia al rey hasta su casa, retirándose luego
á la que le habían destinado. Una guardia de honor velaba en torno á su
persona como representante del Pontífice, aunque en realidad su misión
era la de vigilarle. Al cerrar la noche, César huyó de su alojamiento
por una puerta trasera, vestido de caballerizo. Atravesó las calles á
pie, sin darse prisa, para no llamar la atención, salió al campo, y en
la Via Apia, lejos de las últimas casas de la ciudad, un hombre surgió
de un grupo de árboles para ir á su encuentro, llevando de la rienda un
caballo magnífico. Era un hidalgo de Velletri que César Borgia había
conocido durante su permanencia en Marino el año anterior, cumpliendo
una misión del Papa. Admirable jinete, saltó el cardenal sobre el fogoso
corcel y á todo galope volvió á la Ciudad Eterna, entrando en ella antes
que apuntase el día.
Nadie lo vió, ni su mismo padre. Sólo, mucho tiempo después, se supo que
había vivido oculto en la casa de un español, Antonio Flores, auditor de
la Rota, eclesiástico humilde, muy favorecido luego por los Borgia y que
llegó á ser Nuncio en Francia.
Al enterarse Carlos VIII de la desaparición del cardenal, montó en
cólera, considerando esta fuga como una afrenta para él. Su indignación
aún fué en aumento al ser registrados los diez y ocho carros cubiertos
con fundas blasonadas, que no se habían movido de Velletri por ignorar
sus conductores la huída de su amo, viéndose que sólo contenían sacos de
tierra y piedras. Esto demostró la premeditación de dicha fuga, y cuando
una partida de jinetes fué en busca de los otros dos carros que se
habían detenido en la jornada anterior por rotura de sus ruedas,
resultaron tan invisibles como el cardenal de Valencia.
Encontró el pueblo de Roma muy graciosa la jugarreta de César. Era hijo
de su ciudad: un verdadero romano, nacido de una transtiberina. Además
todos se mostraban furiosos por los atrevimientos de los invasores. Los
Borgia eran mirados ahora con cariño, y César fué de pronto el héroe
popular, ayudando á tal prestigio su misteriosa desaparición.
Inventó el entusiasmo público venganzas patrióticas, atribuyéndolas al
joven cardenal. Hasta propaló que unos suizos ebrios del ejército
invasor habían penetrado en casa de «la Vannoza», violando á esta
matrona, que todavía se conservaba apetecible, y su hijo, sabedor del
atentado, había ido matando á puñaladas á sus autores. La noticia era
falsa, pues «la Vannoza» estaba en Pésaro al lado de su hija Lucrecia;
pero de todos modos el pueblo admitía como indiscutibles cuantas
heroicidades vengadoras le contasen del que llamaba «nuestro César».
Mientras tanto, el Pontífice, alarmado por una fuga de la que su hijo no
le había hecho la menor confidencia, daba excusas á Carlos VIII y
ordenaba que un grupo de burgueses de Roma, amedrentados por el acto del
cardenal de Valencia, fuese á Velletri inmediatamente para protestar del
insulto inferido al rey francés y suplicarle que no se vengase en su
ciudad.
Tuvo Carlos que seguir adelante, furioso por esta burla que le privaba
de llevar junto á su persona un legado de la Santa Sede, dando
apariencias de aprobación papal á su guerra. Esto hizo pensar á los
cardenales enemigos de Borgia si la fuga sería una combinación del
padre y el hijo, pues ayudaba perfectamente á la política de Alejandro.
En el mismo Velletri sufrió Carlos otra molestia. Al día siguiente de la
huída de César se le presentaron unos embajadores españoles, enviados
por Fernando el Católico, para protestar contra su expedición á Nápoles
y la ocupación de las fortalezas del Papa. Al fin llegaba para Alejandro
el apoyo de su amigo el rey español, aunque sólo fuese en forma de
protesta diplomática.
Siguió adelante el joven conquistador, menospreciando dicha reclamación,
en busca de una victoria que no podía ser más fácil. La guerra resultaba
un simple paseo militar.
En vista de la flojedad y escasez de sus tropas, el rey de Nápoles había
huído á Sicilia, abandonando sus Estados. A pesar de que nadie osaba
oponer resistencia, el ejército invasor, ávido de pillaje, saqueó é
incendió algunos pueblos al pasar la frontera napolitana, y esto fué
suficiente para que las más de las ciudades apresurasen su rendición.
Unas pocas semanas bastaron á Carlos para posesionarse del reino
napolitano sin tirar de la espada.
El 22 de Febrero ya había entrado en Nápoles con honores de héroe.
Llegaba el momento de cumplir sus promesas de cruzado, marchando sobre
Constantinopla, luego de pasar por Grecia, que le esperaba impaciente
para librarse de los turcos.
Tres días después de entrar en Nápoles moría el príncipe Djem. Contra
toda verosimilitud, los enemigos del Papa le atribuían la muerte de este
príncipe, diciendo que lo había entregado al rey de Francia, envenenado
con un mes de anticipación, como si esto fuese posible.
Verdaderamente, el hermano del sultán sentíase enfermo desde mucho
antes, á consecuencia de sus excesos en la comida y la bebida. El
célebre pintor Mantegna, que le visitó repetidas veces en su alojamiento
del Vaticano, declaraba que Djem comía de ordinario cinco veces al día
copiosamente, y estaba ebrio á todas horas. Era gran jinete, pero á pie
resultaba grotesco por su extremada gordura y la fealdad de su rostro.
César Borgia y su hermano Juan habían tenido con él cierta intimidad, y
más de una vez, por la influencia de dicho trato amistoso, los dos hijos
del Papa se mostraron en las calles de Roma con turbante y caftán,
montados á la turca, imitando el aspecto del príncipe cautivo.
--Alejandro VI--dijo Enciso--no tenía ningún interés político en la
muerte de Djem. Mientras viviese seguiría cobrando del sultán la pensión
de 40.000 ducados. En cambio, de continuar Djem al lado de Carlos VIII,
éste iba á verse en la obligación de aprovechar la influencia del
cautivo, marchando inmediatamente á la conquista de Constantinopla. Era
al rey de Francia, que nunca pensó seriamente en dicha conquista, á
quien convenía la muerte del príncipe turco, y si existió
envenenamiento, á él debe atribuirse... Pero en realidad Djem murió de
sus excesos, que aún fueron mayores al abandonar el Vaticano y seguir á
un ejército en el que todos iban ebrios ó acuciados por la lujuria.
La vida de Carlos VIII en Nápoles resultaba un final digno de la «guerra
de la fornicación». Allí se desarrollaban las fiestas más suntuosas y
las mayores aventuras libertinas. Ni el rey ni sus capitanes parecían
acordarse ya de la promesa de guerrear contra los infieles. El ejército
se iba empequeñeciendo con alarmante rapidez á causa de los excesos
venéreos y las enfermedades. Todo Nápoles era una orgía. Además, estos
vencedores sin combate maltrataban á los napolitanos, lo mismo que
habían hecho en los otros países, robándolos individualmente é
imponiéndoles fuertes contribuciones.
Commines, embajador de Francia en Venecia, escribía á su rey, alarmado
por la opinión que empezaba á levantarse en Italia, aconsejándole que
retrocediese cuanto antes.
Fernando el Católico creaba desde España una liga contra Carlos VIII,
entrando en ella el Papa, el emperador de Austria, Venecia y hasta el
mismo Ludovico «el Moro», que había abierto á los franceses las puertas
de Italia y estaba arrepentido en vista de sus excesos. Dicha liga fué
proclamada el 12 de Abril de 1495, y Carlos tuvo que replegarse
inmediatamente hacia la frontera francesa para que no le cercasen los
aliados dentro del reino de Nápoles.
No tenía barcos para evadirse por el Mediterráneo, y España y Venecia
dominaban con sus flotas este mar, así como el Adriático. Debía volver á
salir por los Alpes, lo mismo que había entrado, y para ello necesitaba
atravesar otra vez las tierras pontificias.
Dejando una parte de su ejército en Nápoles, mandado por el duque de
Montpensier, tomaba el camino de Roma, anunciando su regreso al Papa con
las palabras más amables. Pero Alejandro, zorro viejo, no iba á caer en
las trampas puestas por este mancebo alegre. Tal vez quería apoderarse
de César Borgia, llevándolo á su lado como escudo protector para
atravesar la Italia sublevada, entrando en Francia. Además, le placería
mucho vengarse de un cardenal, más joven que él, que lo había puesto en
ridículo con su fuga de Velletri.
Para que el Papa le esperase en Roma, le ofreció un regalo inmediato de
100.000 ducados y un tributo anual de 50.000 á cambio de la investidura
de Nápoles. Como aún tenía parte de sus tropas en dicho reino,
consideraba indiscutible su conquista, no pudiendo imaginar que Fernando
el Católico enviase un ejército desde España para quitárselo.
Ni las ofertas del rey, ni las amenazas de los embajadores franceses,
conmovieron al Papa; é imitando la táctica de César, huyó de Roma con
veinte cardenales, refugiándose en Orvieto.
Carlos apenas se detuvo en Roma para ir también á Orvieto; mas entonces,
Alejandro, que no quería verle á todo trance, se marchó á Perusa
mientras las tropas de la liga formada contra aquél se iban reuniendo en
Parma.
Tal noticia hizo desistir al rey francés de su entrevista con el Santo
Padre, y precipitó su retirada hacia los Alpes, al mismo tiempo que
Alejandro retrocedía tranquilamente á Roma guiado por César, quien meses
antes había salido de su escondrijo en la casa del clérigo Flores, y
seguía á su padre en estas hábiles marchas y contramarchas.
Hubo de librar Carlos una furiosa batalla para abrirse paso á través de
los confederados. El peligro le hizo combatir valerosamente, siendo esta
lucha la única digna de mención en toda la guerra.
Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo
todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles.
Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el
campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando
á todas las beldades «conocidas» por Carlos VIII en Italia.
--Aseguran que el rey cambiaba casi todos los días de amante--dijo Borja
sonriendo--, y su expedición duró once meses. Calcule usted, don Manuel,
cuántos serían los retratos de las damas.
Esta guerra de una batalla única resultaba terriblemente mortífera por
los combates de la fornicación más que por los de las armas. Una
demencia lujuriosa parecía haberse apoderado de los treinta mil hombres
desde que atravesaron los Alpes. Cierto cronista napolitano que dió
alojamiento á dos señores franceses relataba cómo cada uno de ellos
tenía ordinariamente siete hermosas jóvenes ó mujeres casadas á su
servicio, las cuales se renovaban, disputándose sus caricias.
--Además, dicha guerra--siguió Borja--hizo conocer una de las grandes
calamidades que todavía aflijen á los humanos. El espectro lívido de la
sífilis tomó cuerpo repentinamente, aterrando á todos con la visión
explosiva de su fealdad. Es probable que existiese antes, pero en una
forma distinta, confundiéndose con la lepra... Por un misterio todavía
inexplicable, exacerbado tal vez dicho mal por las licenciosas
costumbres del Renacimiento, se difundió de pronto como un estallido,
abarcando igualitariamente á todas las clases sociales, royendo las
narices y las gargantas de reyes y Papas, diezmando las naciones con la
ferocidad de una epidemia. Los medios curativos de entonces, con su
ineficacia, facilitaron estos progresos del mal.
--Nunca perecieron tantos personajes á un mismo tiempo como en aquella
época--dijo Enciso--. Y como los enfermos morían cubiertos de abcesos,
desfigurados por hediondas gangrenas, atribuía el vulgo tales
defunciones á envenenamientos preparados por la venganza ó la codicia.
Todos consideraban dichas lacras un exceso de ponzoña que se escapaba á
través de la piel.
Muchas muertes originadas por el legendario veneno de los Borgia eran
verdaderamente obra de la sífilis, atribuyéndose al mencionado tósigo el
aspecto horrible que presentaban los atacados de dicha enfermedad. Y
como ésta se cebaba con preferencia en ricos y poderosos, el vulgo
encontraba fáciles razones para suponerlos envenenados.
--Lo raro fué--dijo Borja--que al mismo tiempo que la epidemia sexual se
difundía por Europa, los descubridores españoles la encontrasen en
América, dándola el nombre de «mal de bubas». Tal dualidad hizo que
durante mucho tiempo se atribuyese á los pobres indígenas del Nuevo
Mundo el terrible regalo de la sífilis hecho al mundo viejo.
Puso término Enciso al asunto con expresión escéptica.
--En este suceso nadie está de acuerdo y no existe una sola verdad. Cada
cual sostiene la suya. Durante varios siglos, la terrible dolencia
propagada por la expedición de Carlos VIII ha tenido un origen
denigrante para el vecino, según se hablase de ella á un lado ó á otro
de los Alpes. Los italianos la llaman aún «mal francés» ó «mal gálico»,
y los franceses la conocieron con el nombre de «mal napolitano».
V
La inconveniente conducta de Claudio Borja en el palacio de Enciso de
las Casas.
Algunos días después, la vida monótona y plácida, alimentada por
recuerdos históricos, que venía llevando Claudio Borja en Roma, quedó
conmovida por dos opuestos motivos.
El embajador Bustamante lo llevó á su despacho á la terminación de uno
de aquellos almuerzos «de confianza» á que le invitaba frecuentemente, y
empezó á hablarle con la autoridad cariñosa de un antiguo tutor,
recordando su amistad íntima con el padre de Claudio. Siempre
consideraba al joven como de su familia. Hasta podía decir que Estela y
él se habían criado juntos, no obstante la diferencia de algunos años
entre sus respectivas edades. Don Arístides no había perdido de vista la
«afinidad electiva» que ligaba á los dos.
--En Madrid todos daban por seguro vuestro matrimonio. Después...
después pasó lo que pasó. No hablemos de ello. Yo también soy hombre, y
he tenido mis debilidades, de las que no quiero acordarme... Pero ahora,
por suerte, parece que mi hija y tú habéis vuelto á ser novios. No me lo
niegues; se ve claramente. Estela vive más contenta, y mi cuñada me ha
dicho que cuando salís los tres juntos, vosotros dos procuráis marchar
delante de ella, hablando á solas, lo que satisface y molesta al mismo
tiempo á la pobre Nati.
Y el solemne personaje creía llegado el momento de intervenir en este
asunto amoroso. Era preciso darle una solución, ya que empezaba á
resultar inexplicable para los amigos de la casa. ¿Cuándo se casaban?...
Luego, Bustamante le fué explicando con aire paternal la conveniencia de
adoptar pronto dicha resolución. Era hora de que terminase su vida de
soltero, sin finalidad y sin provecho alguno. Trabajaría mejor al lado
de su esposa, en una casa propia, llevando la existencia ordenada de
todos los varones dignos de respeto que sirven á la sociedad, recogiendo
al mismo tiempo provechos y honores. Hasta le insinuó hábilmente lo que
iba á ganar en consideración social siendo yerno del embajador
Bustamante. Podría pretender en España honorables cargos públicos; se
vería admitido en Roma, por derecho propio, en el mundo de los
representantes diplomáticos, que don Arístides trataba ya como si fuese
su ambiente natal.
Reconoció que Borja se veía aceptado en dicho mundo como un joven
simpático y de cualidades recomendables; pero tal vez el mayor de sus
méritos consistía en ser allegado á la familia del embajador de España.
Quedó Claudio indeciso ante las insinuaciones de su antiguo tutor. En
realidad, no había hablado jamás de casamiento con Estela. Como se
tuteaban desde niños y existía entre ellos una confianza de camaradas,
podían conversar de todo, cual si sus destinos tuviesen una finalidad
común, pero sin concretar nunca el carácter de tales destinos. Se
miraban sonrientes, se estrechaban las manos, tenían en sus palabras y
movimientos una confianza igual á la de los muchachos que se entregan
juntos á sus juegos; mas nunca habían hablado concretamente de amor.
¡Notaba él tal distancia entre sus conversaciones con Estela y otras
desarrolladas en un hermoso jardín frente al Mediterráneo!...
Jamás la había besado ni sentido la tentación de hacerlo. Era á modo de
un amigo dulce, plácido, de una simpatía reposante para él... y que
llevaba faldas. Tal vez la amaba sin darse cuenta de hasta dónde podía
llegar su pasión, pero con un amor distinto á los otros que había
conocido en su existencia.
A dichas consideraciones se unió un poco de cólera contra la tía de
Estela. Aquella doña Nati, agria de carácter, obligada á enormes
esfuerzos para mostrar una amabilidad falsamente maternal, ¿con qué
derecho se metía á interpretar sus sentimientos, dando como noviazgo
digno de matrimonio lo que era solamente dulce amistad de los tiempos de
su infancia?...
Extinguida esta protesta interior contra la viuda de Gamboa, volvió
Borja á considerar las proposiciones de don Arístides con el mismo
respeto que cuando vivía sometido á su tutela. ¿Por qué no casarse?...
Alguna vez tendría que imitar el ejemplo de los demás, y mejor era
Estela que cualquiera otra de las mujeres que podían salirle al camino.
Aquellas embozadas promesas de honores alcanzados por el hecho de ser
yerno de Bustamante no le emocionaban. Sólo tenía en cuenta el dulce
carácter de ella, ó mejor dicho, su ausencia de verdadero carácter, lo
que le haría plegarse en todo á las costumbres y las ideas de su esposo.
Y contestó finalmente al embajador admitiendo sus consejos. Estaba
dispuesto al matrimonio, siendo don Arístides quien debía arreglar lo
necesario para que se realizase.
Hombre imaginativo, acostumbrado á concentrar voluntad y deseos en la
última idea aceptada, apreció Claudio su casamiento como una dicha un
poco monótona, dulce y pálida, semejante á uno de esos días de bruma
ligeramente enrojecida por el sol, en que personas y cosas parecen
acolchadas flúidamente, dando á los movimientos una sensación de
blandura silenciosa y elástica.
Además, por una regresión caprichosa de su pensamiento, él, que nunca se
preocupaba de la moral, considerándola incompatible con el arte y el
amor, admiró la pureza y la inocencia de esta joven, cualidades que
meses antes habría llamado «el dote natural de una muchacha algo tonta».
Hasta se dijo que la vida común con una mujer ingenua, simple de
carácter, influiría en su porvenir, libertándole de las angustias y
contradicciones mentales que habían amargado su juventud. Esta Elisabeta
iba á hacer del caballero Tannhäuser un personaje «ponderado y
ecuánime», como decía don Arístides al completar el retrato de
cualquiera de sus amigos hispano-americanos.
A partir de dicha entrevista, Claudio y Estela se consideraron futuros
esposos, sin que ninguno de los dos hubiese dicho una palabra concreta.
El padre y la tía se encargaron de fijar la próxima unión y hacerla
saber á todos los que frecuentaban la Embajada.
Sintió Borja en torno de él un nuevo ambiente más favorable. La vida de
la alta sociedad romana consiste en comidas y fiestas que hacen
encontrarse casi á diario á las mismas gentes. Existen más Embajadas y
Legaciones que en ninguna otra capital del mundo. La representación
diplomática es doble: una para el Papa, otra para el rey de Italia. Y
los dos representantes de un mismo país, en el Vaticano y en el
Quirinal, se miran con rivalidad, queriendo superarse mutuamente. Esto
hace que todos los días se celebre alguna recepción, á la que acuden los
diversos grupos de los dos ejércitos diplomáticos acampados en Roma,
llevando detrás de ellos la aristocracia pontificia ó la puramente
italiana, á más de los extranjeros distinguidos que están de paso.
Acompañando á Estela se dejó tomar Borja poco á poco por el engranaje de
esta doble existencia vana y representativa. Comió todas las noches en
una Embajada ó asistió á un baile, viéndose rodeado de gentes frívolas y
solemnes, respetuosas de las jerarquías hasta la superstición, las
cuales le miraban con nuevos ojos al saber que era futuro yerno de Su
Excelencia Bustamante.
Rara era la noche en que no se ponía el frac. El «villino» alquilado
sólo le servía para dormir. Almorzaba invariablemente con don Arístides
y su familia en el palacio situado en la plaza de España. Manteníase
silencioso el embajador, sonriendo á los suyos con aire distraído, cual
si estuviese resolviendo en el magín angustiosos problemas
internacionales. Claudio y Estela sonreían igualmente comentando con
frivolidad las murmuraciones de aquella Roma diplomática, que en el
fondo les interesaba muy poco.
Era doña Nati la que hablaba más, desahogando la acidez de su carácter
contra el gobierno de Su Majestad Católica. ¿Cómo quería tener buenos
embajadores pagándoles tan parcamente?...
Enumeraba cantidades con tono rabioso, comparando el sueldo de
Bustamante con el que recibían ministros y embajadores de otras naciones
más poderosas. Así se explicaba que los mencionados diplomáticos
pudiesen dar tantas fiestas, mientras ella, encargada de la
administración de la Embajada, debía ir espaciando las suyas con
diversos pretextos, ocupándose en estudiar la manera de que costasen
menos, sin perder su falsa brillantez. Y una vez más repetía: «Nosotros
hemos venido á servir á nuestro país, no á arruinarnos».
El millonario Enciso de las Casas buscaba á Borja en muchas de estas
fiestas, para hablarle aparte, tomando aires de grande hombre anulado
por sus deberes oficiales.
--De seguir mis gustos, querido Borja, me quedaría en mi biblioteca,
estudiando, escribiendo. En realidad, soy un escritor, no un
diplomático; pero debo sacrificarme por mi país. Si yo me retirase,
aquella república no se cuidaría de tener una representación digna cerca
del Papa.
Fingía despreciar la frivolidad de una existencia de continuas
recepciones, en las que se veían siempre las mismas gentes, y sin
embargo, asistía á todas ellas, aun sintiéndose enfermo, y no pasaba
semana sin que diese una comida en su palacio-museo.
Al hablar á Borja de su futuro parentesco con don Arístides Bustamante,
sonrió casi lo mismo que el embajador. «Hace usted bien--parecía decir
con su sonrisa--. Llegó la hora de la seriedad, joven. Debe usted
casarse, como todos nosotros».
Y los mudos consejos de sensatez iban acompañados de cierta envidia sin
rencor, una envidia semejante á la del niño ante los goces destinados á
las personas mayores. No podía olvidar la buena suerte de Claudio con
aquella Rosaura que simbolizaba para él todas las tentaciones de la
vida.
Una noche, en los salones de la Embajada francesa, buscó á Borja para
darle una noticia:
--¿Sabe usted quién está en Roma?... La viuda de Pineda. Tal vez venga
esta noche. No la he visto; pero sé que está aquí por un joven que es
secretario de una Legación sudamericana y la visita con frecuencia.
Luego fué examinando con ansiosa curiosidad á todas las damas que
entraban en el salón, como si esperase ver de un momento á otro á la
bella argentina.
Acogió Claudio la noticia con aparente frialdad, no pudiendo conocer
Enciso la verdadera impresión que causaba en él. Tal vez era de sorpresa
nada más, y pasado el primer momento, no pareció interesarse por la
próxima llegada de Rosaura.
Ella no vino finalmente, y al salir don Manuel de la fiesta con su mujer
y tres de sus hijas, las abandonó por unos momentos, para hablar otra
vez á Borja:
--Indudablemente no ha podido venir--dijo sin nombrar á la viuda de
Pineda, como si á ellos dos les fuese imposible preocuparse de otra
persona--. Pienso visitarla mañana en su hotel, y la verá usted en casa
muy pronto. Vamos á dar una modesta comida uno de estos días; pequeña
fiesta entre amigos para celebrar cierta distinción que acabo de
recibir, sin mérito alguno.
El millonario representante gratuito de su país hablaba siempre de
modestos banquetes, pequeñas fiestas y distinciones recibidas
inmerecidamente. Un grande hombre debe expresarse así. Lo que no impedía
que fuese á la caza, sin descanso, de condecoraciones y dignidades
académicas, y para «las modestas comidas de amigos», vistiese á una
docena de domésticos, propios y alquilados, con casaca de seda amarilla,
calzón corto y peluca blanca, que hacía chorrear de sudor las frentes de
estos pobres italianos disfrazados. Su alma de cardenal de otros siglos,
en la que se mezclaban la devoción y el pecado--aunque este pecado fuese
sólo de pensamiento--, creía indispensable una servidumbre aparatosa, en
consonancia con el aspecto de su palacio.
Al recibir Borja por escrito una invitación de Enciso de las Casas,
abundante en ingenuas confidencias, se enteró de que el banquete era
para celebrar una gran cruz pontificia que acababan de concederle, la
única que faltaba en la brillante colección con que cubría el lado
izquierdo de su frac.
Acompañó á don Arístides y su familia en la noche fijada por la
invitación, encontrando desde los primeros peldaños de una escalinata
del siglo XVIII, que era motivo de orgullo para Enciso--enorme como la
de un museo, con balconajes de mármol y bustos de diosas y héroes--, á
todos los domésticos de los días de gala, ostentando sus pelucas y sus
libreas de seda color oro.
Salió el dueño de la casa á recibirlos en la puerta del gran salón.
Aunque el banquete era de los «sencillos», y los altos personajes amigos
suyos venían simplemente de frac, sin las condecoraciones reservadas
para las comidas oficiales, él se había colocado en el lado izquierdo de
su pecho una placa de falsos brillantes, con la imagen de un santo en el
centro, y una banda bicolor sobre la pechera de la camisa, insignias de
la nueva distinción que el Vaticano dejaba caer sobre él.
Debía dar tal muestra de gratitud á Su Eminencia, que estaba entre los
demás invitados: uno de los muchos cardenales amigos suyos, á los que
adoraba unas veces, no pudiendo vivir sin ellos, ó repelía con
momentánea indiferencia, según las fluctuaciones de su apasionada
amistad, pues mostraba caprichos y veleidades de coqueta nerviosa en sus
relaciones con el Sacro Colegio.
Ahora su grande hombre era un cardenal que figuraba en todas las
comisiones para los asuntos del Vaticano, y había vivido mucho tiempo
fuera de Roma, como Nuncio del Papa en importantes capitales.
--Es el futuro Pontífice--decía Enciso con tono misterioso--. Estoy bien
enterado y no puedo equivocarme. La tiara es para él.
Y sus amigos se acordaban de las numerosas veces que les había hecho la
misma confidencia respecto á otros cardenales, designando como Papa
futuro á todo el que era en aquel momento su amigo favorito.
Como el embajador de España y su séquito familiar llegaban un poco
retrasados por culpa de doña Nati, los saludos en el gran salón de techo
altísimo, muros cubiertos de cuadros y muebles dorados, con sedas rojas,
fueron muy rápidos. Además, todos se conocían. Eran unas treinta
personas pertenecientes á la diplomacia papal y á la antigua nobleza
romana, servidora por tradición del Vaticano.
La presencia del príncipe de la Iglesia estorbaba esta noche la
confraternidad con los diplomáticos acreditados en el Quirinal y
ciertas gentes extremadamente mundanales que otros días invitaba Enciso.
El único á quien no conocía Su Eminencia era Borja, y el dueño de la
casa lo presentó á este sacerdote delgado, pálido, de pómulos salientes,
frente alta y ojos de cuencas profundas que miraban con una expresión
alternativamente grave ó maliciosa.
El cardenal lo acogió lo mismo que si le conociese de mucho antes. Igual
hacía con todos. Vivía entre las gentes como si nadie pudiera
sorprenderle, como si nada le fuese ignorado y adivinase con
anticipación todo lo que podía ocurrir.
Mientras pasaban los invitados al enorme comedor, construído doscientos
años antes, sin tener en cuenta el espacio, por unas puertas tan amplias
que podían atravesarlas tres parejas á la vez, don Manuel habló unos
momentos á Borja, considerando preciso darle una explicación.
--Estaba invitada por mí, pero á última hora se ha excusado. Sin duda no
quiere ver á sus antiguos amigos. Prefiere estar sola, ó mejor dicho,
acompañada nada más por el que es actualmente su predilecto.
Y la sonrisa con que el plenipotenciario acompañó sus últimas palabras
hizo daño á Borja.
Fueron sentándose los invitados con arreglo á la sabia distribución del
dueño de la casa. A pesar de lo frecuentes que resultaban sus banquetes,
todos ellos eran precedidos de una conferencia de Enciso con su
secretario, apreciando ambos los méritos de cada comensal, para que
ninguno se colocase indebidamente con relación á los otros.
Su Eminencia era esta noche el personaje más alto. Aparte de sus méritos
propios, necesitaba mostrarle agradecimiento Enciso, pues á él debía su
última distinción. Únicamente don Arístides, por ser embajador, podía
igualársele, y los dos ocuparon los mejores puestos de la mesa. Se
aburrió Borja entre un periodista católico, compatriota de don Manuel,
de paso en Roma, y cierta condesa de escote flácido, que ostentaba uno
de aquellos apellidos romanos tantas veces leídos por él en la historia
de los Borgia.
Además, la comida no era digna de aprecio en este palacio de banquetes
frecuentes. Resultaba vulgar y descuidada, como la de los hoteles de
muchos huéspedes. El dueño no podía fijarse en su preparación, por
preocuparle más el aspecto de sus salones y el orden jerárquico de sus
invitados.
Sonreía el cardenal á todos los de la mesa, cuidándose de dedicar una
palabra amable á cada uno de ellos, con arreglo á sus gustos ó su
patria. Este prócer eclesiástico usaba la amabilidad como una
herramienta profesional.
Borja no lo perdió de vista en el curso de la comida. Era el más
interesante de los convidados. Admiraba la sonrisa enigmática de sus
labios sutiles, la expresión felinamente acariciadora de sus ojos
profundos. ¿Qué estaría pensando Su Eminencia de toda esta gente que lo
rodeaba con devoción, de la cual sólo Bustamante se atrevía á tratarlo
con cierta familiaridad, por su categoría de embajador?...
Maquinalmente fué apurando Borja las copas que tenía delante, y que
llenaban acto seguido los servidores empelucados. Parecía buscar con
este continuo beber una compensación al solemne aburrimiento de la
comida y á la mala calidad ostentosa de los platos.
Cerca de los postres, un repentino silencio hizo sonar con
extraordinario diapasón, en un extremo de la mesa, las voces de doña
Nati y otras señoras de la diplomacia sudamericana, hablando todas ellas
en español.
Se estremeció Borja al oir el nombre de la señora de Pineda. Estaban sin
duda hablando mal de Rosaura.
Fijóse igualmente Enciso en dicho diálogo, á causa del repentino
silencio, y miró adonde estaban la cuñada de Bustamante y las otras, con
una expresión dulcemente correctiva, cual si les aconsejase tolerancia
con los ausentes.
A pesar de esto y contra la voluntad de don Manuel, la conversación
sorprendida se hizo general, por el deseo que siente todo grupo humano
de abandonar las frases banales y corteses, los diálogos sin objeto,
entregándose al comentario mordaz, que anima voces y gestos con maligno
placer.
Muchos dejaron de hablar á su vecino para enterarse de lo que decían
estas damas vehementes en alta voz. Las más de ellas habían olvidado el
italiano y se expresaban en español. Todos los de la mesa lo entendían.
El mismo cardenal había vivido varios años como Nuncio del Papa en una
república de la América del Sur. Seguía sonriendo de un modo enigmático,
mirando á unos y á otros mientras hablaban, sin que nadie pudiese
traslucir su pensamiento.
Doña Nati y sus compañeras de diálogo dábanse noticias mutuamente sobre
la hermosa argentina, recién llegada á Roma, exagerando la expresión de
su voz para mostrarse escandalizadas ó desdeñosas... Huía del trato con
las personas decentes; por eso no aceptaba invitaciones. Todas las
tardes la veían bailar á la hora del té en el _dancing_ del gran hotel
donde estaba alojada. Ahora iba con ella cierto joven secretario de
Legación.
Varias señoras mostraron extrañeza por tal «amistad». Conocían á dicho
joven; unas lo menospreciaban por insignificante, otras hacían relación
de sus defectos. Las más bondadosas en sus comentarios compadecían á
Rosaura luego de haberla admirado tantas veces.
--¡Ella tan hermosa, tan elegante!... No comprendo ese capricho.
Por una tendencia instintiva al contraste, registraban el pasado de la
hermosa viuda, hablando de Urdaneta, el general-doctor, al que todas
conocían; personaje ya algo decadente, pero que había tenido sus tiempos
de «hombre irresistible».
Descendiendo luego en sus recuerdos, empezaban á balbucear, como el que
sospecha que puede decir una inconveniencia, quedando mudas finalmente,
mientras sus ojos miraban á un mismo punto de la mesa, cambiando de
dirección al encontrarse con los de Borja.
El dueño de la casa, siempre tolerante y afable, creyó del caso pasar de
los gestos disimulados á las palabras para cortar dichas murmuraciones.
--Un poco de caridad, señoras. Piensen que es una amiga, y que esta
noche debía haber estado entre nosotros.
Pero no resultaba fácil cortar de golpe la murmuración, por tratarse de
una persona que las más de las mujeres presentes odiaban y admiraban á
un tiempo.
Obedeciendo la esposa del plenipotenciario á una ojeada de éste, se
levantó de la mesa, y todos pasaron al gran salón, donde iban á ser
ofrecidos el café y los licores. Formaron diversos grupos; pero el de
doña Nati y sus amigas fué atrayendo á los demás invitados. Muchos
arrastraron sus sillones hasta este corro de señoras ó permanecieron
junto á él, de pie y silenciosos, para enterarse de la conversación.
Los que no conocían á la rica argentina sentíanse interesados, por haber
leído y oído muchas veces su nombre. Otros que se decían amigos suyos
mostraban un malsano placer asistiendo impasibles á este despedazamiento
verbal de la ausente, y si la defendían era con una flojedad que
exacerbaba más las críticas. Su Eminencia manteníase aparte con los
señores de la casa, el embajador español y unas damas italianas que
preferían seguir hablando en su idioma.
Acabó por mostrarse francamente irritada la viuda de Gamboa al notar que
sus compañeras de murmuración sentían aún cierto afecto admirativo por
Rosaura. Su antigua enemistad le hizo expresarse con terrible
encarnizamiento.
--Lo que yo no me explico es que una mujer de conducta tan irregular
pueda ser recibida en casas respetables.
Esta agresión produjo un silencio temeroso en los oyentes, apreciándola
todos como un ataque á Enciso de las Casas. Doña Nati no se dió cuenta
de su torpeza y siguió dejándose arrastrar por su moralidad peleadora.
Como su sobrina era la única señorita que había asistido al banquete y
estaba con su padre al lado del cardenal, siendo todas las que le
escuchaban casadas ó viudas, empezó á expresarse crudamente.
--Eso no es una señora... ¿En qué se diferencia de una cocota? Sólo en
que no pide dinero á los hombres. ¿Quién sabe si el dinero tiene que
darlo ella?... Porque á mí no me digan ustedes que es una belleza.
Unicamente los tontos pueden admirarla. Hay que verla de cerca, como yo
la he visto muchas veces... Pinturas, arreglos, artimañas de mujer
mala, que las verdaderas personas decentes nos resistimos á usar.
Había olvidado la presencia de Claudio Borja. Hablaba de la moral con
autoridad, como si fuese algo propio que le perteneciera desde su
nacimiento. Por esto miró en torno con extrañeza, cual si no creyese en
sus sensaciones auditivas al quedar cortada su peroración por una voz
varonil, algo temblona de cólera, lo mismo que la de ella.
--¡La moral! ¿Qué es eso?... Hay muchas morales: la del vulgo, la de los
envidiosos que murmuran, la de las malas personas... y la de las gentes
superiores, que están más allá de los prejuicios burgueses.
Después de mirar la cuñada del embajador á un lado y á otro, acabó por
fijarse en Claudio Borja. ¡Era él quien hablaba!...
No le produjo menos extrañeza su rostro pálido, con las alillas de la
nariz palpitantes y un brillo de agresividad en los ojos. Era una cara
de hombre que necesita pelear. Sin duda había bebido.
Reconoció el mismo Borja en su interior dicho estado anormal.
Efectivamente, sentíase algo ebrio; pero estaba seguro de que en
completa abstinencia habría hecho lo mismo.
Su voz dura se extendió por todo el salón, creando el silencio de los
otros; mas este mutismo escandalizado, en vez de imponerle respeto,
pareció exacerbar su acometividad. Y siguió hablando al grupo de
señoras, sin miramiento alguno, como si fuesen hombres, fijos sus ojos
en la tía de su novia.
¿Qué tenían que decir contra la señora de Pineda?... Todo envidia,
desesperación por no poder igualarse con una mujer superior. A ella le
era lícito vivir más allá de la moral corriente, al margen de las
preocupaciones vulgares, con un derecho que las demás no conseguirían
nunca. Su moral era la moral de las diosas de la antigüedad. Podía
hacerlo todo; para eso había nacido más hermosa y más inteligente que
las otras mujeres. Las que la criticaban no pertenecían á su misma
especie. Sus palabras malignas las comparaba al croar de las ranas
frente á una majestuosa estatua de Venus erguida en la orilla de un
estanque. ¿Qué sabían ellas de la verdadera belleza y del amor?...
--Todas creen haber vivido y haber amado porque comen, duermen, y
repetidas veces en su existencia conocieron á un hombre. Y se van del
mundo imaginándose que lo saben todo... El amor es como el talento, como
la riqueza, como la hermosura: el privilegio de unos pocos. Y los que
nacieron para conocer de veras el amor no están sometidos á las mismas
leyes vulgares que el gran rebaño en el que figuramos los demás. No
podemos entender su modo de razonar, y lo juzgamos indigno... Dejen
tranquilas á las personas superiores, ya que les es imposible
comprenderlas.
Tuvo que callar de pronto, sintiéndose entre dos voces que le
interrumpían: una de ellas á sus espaldas, la del embajador Bustamante,
el cual le había puesto su diestra en un hombro:
--¿Qué dices?... ¿Qué disparates son esos?... ¿Estás enfermo?... ¿Qué te
pasa?
Y al mismo tiempo la viuda de Gamboa, roja de cólera, se abanicaba
rudamente, fijando en el joven los dos rayos de sus ojos, mientras decía
entre balbuceos:
--Claro... ¡fueron tan amigos! El señor se acuerda de aquella vida
escandalosa que nos afrentó á todos... ¡Y mi cuñado piensa dar su hija á
un hombre así! Yo me he opuesto siempre... ¡siempre!
Pero de pronto calló, obedeciendo á una mirada de don Arístides.
La intervención de Enciso, que había acudido también al oir las palabras
de Borja, puso fin á este rápido incidente.
Los invitados, como si obedeciesen á una consigna, se juntaron en
pequeños grupos, hablando, con voces exageradamente altas, de asuntos
que no les interesaban.
Claudio se vió solo de pronto. Todos fingían ignorar su presencia,
alejándose. Al mirar en torno, únicamente encontró los ojos de Su
Eminencia fijos en él. Nada de severidad. Continuaba sonriendo para su
persona, lo mismo que para los otros. Su mirada seguía brillando felina
y acariciante. Tal vez apuntaba en ella un nuevo interés. ¿Quién sabe
si lo consideraba más digno de su atención que al principio del
banquete, cuando lo habían presentado como uno de tantos jóvenes de
aquel mundo frívolo y solemne?...
También encontró la mirada furtiva de unos ojos agrandados por el
asombro y el dolor, los ojos de Estela, que parecían preguntarle: «¿Qué
has hecho?»
Bebió con lentitud dos tazas de café, manteniéndose erguido junto á una
mesa antigua de mármoles incrustados. Hasta los servidores se acercaban
á él con titubeos, no obstante su porte falsamente majestuoso, como si
temieran incurrir en el desagrado de la respetable concurrencia.
Aún latía en su interior la cólera que le había hecho prescindir de las
conveniencias sociales, diciendo lo que pensaba con insolente franqueza.
Quiso desafiar con su presencia á los que simulaban no verle. Se
quedaría allí para demostrarles que no le inspiraban miedo.
Luego sintió de pronto todo el peso de aquella reprobación que le
circundaba, y fingiendo interés por los cuadros y estatuas de los varios
salones, fué pasando de una obra á otra, hasta llegar á la puerta del
más lejano de aquéllos... y huyó.
Mientras un servidor, también con peluca blanca, le entregaba en la
antesala su sombrero y su gabán, una mano amiga le tocó en la espalda.
Enciso, enterado de su fuga discreta, venía á despedirlo. Le estrechó la
diestra silenciosamente, haciendo un gesto melancólico, lo mismo que si
le saludase en un entierro.
El grande hombre parecía sinceramente apenado por lo que acababa de
ocurrir. ¿Qué pensaría su amigo el futuro Papa?...
Mas no por ello el apretón de su mano y su mirada parpadeante dejaron de
ser afables. Quería hacerle ver que continuaba teniéndolo por amigo
suyo. Tal vez hasta le parecía su conducta justa y lógica.
Había defendido á una mujer que él mismo juzgaba adorable. Además estaba
ligado á ella por su pasado. ¡Muy bien! Lo terrible era que hubiese
hecho esto en su casa.
Acompañó silenciosamente á Borja hasta la meseta final de su majestuosa
escalinata, oprimiéndole siempre una mano y sin decir palabra. Creyó el
joven adivinar sus pensamientos. El «diplomático» abominaba de su
franqueza escandalosa; el «escritor» la creía admirable.
Por algo había dicho muchas veces la tía de Estela que este padre de
familia simpatizaba de un modo instintivo con todas las gentes de
conducta irregular.
PARTE TERCERA
“NUESTRO CÉSAR”
I
Donde Claudio piensa en «las niñas del Vaticano», y se habla del
asesinato del duque de Gandía y la ruidosa desesperación de su
padre.
Claudio Borja se sintió avergonzado al día siguiente recordando su
conducta en casa de Enciso. Luego, para defenderse de su propio
remordimiento, se mostró arrogante.
«No volveré á ver á esas gentes--pensó--. Me alegro de lo ocurrido. En
realidad, me interesan muy poco.»
Y satisfecho de haber cortado sus relaciones con «el
diplomático-artista» y con su antiguo tutor, se juró á sí mismo no
permanecer en Roma más de una semana. Necesitaba este plazo para
resolver ciertos pequeños asuntos de la vida diaria que tenía pendientes
y entregar el «villino» á un amigo de su propietario. Le dolía acordarse
de la dulce Estela, «víctima inocente, merecedora de compasión», y á la
vez su orgullo le hacía considerar la insolencia de la noche anterior
como un acto providencial. Gracias á él iba á librarse de su matrimonio
con la hija de Bustamante.
Pasó la mañana en su casa. Rehuyó el salir de ella, temiendo encontrar á
alguno de los que habían escuchado sus palabras en el palacio de
Enciso. Luego consideró tal aislamiento una acción cobarde. ¿Qué le
podía importar que lo saludasen ó fingieran no verle aquellos personajes
antipáticos?...
Al salir de su «villino» dirigióse instintivamente hacia la Ciudad
Leonina. Frente á la basílica de San Pedro se unió á un grupo de
viajeros, entrando en el Vaticano para ver las Estancias de los Borgia,
llamadas por el Renacimiento latinizante las _Œdes Borgiæ_.
Repetidas veces llevaba hecha esta excursión, admirando los siete
salones donde vivió Alejandro VI. El Pinturicchio había pintado sus
bóvedas y los dos tercios superiores de sus muros, quedando desnudo el
tercio inferior para cubrirlo con tapices.
Admiraba Borja esta decoración, dispuesta por un Papa artista, protector
de pintores y escultores que luego tomaron á su servicio Julio II y León
X, usurpándole una parte de su gloria de precursor. Especialmente Julio
II (Juliano de la Rovere), había dedicado sus años de vida papal á
destruir ó calumniar la memoria de su antiguo adversario. Al cerrar las
Estancias de los Borgia, inició una leyenda sacrílega, que se fué
agrandando en el transcurso de tres siglos. Como nadie podía ver dichos
salones, se hablaba de ellos como de un lugar abominable, cubierto por
el Pinturicchio de pinturas lascivas. En uno de los frescos estaba
representada la Virgen con el rostro de Julia Farnesio, y el papa
Alejandro á sus pies. Todos los Borgia figuraban igualmente en otras
pinturas.
León XIII, el Pontífice diplomático, admirador de la obra política de
Alejandro VI, daba fin en el siglo XIX á esta leyenda mentirosa,
restaurando y abriendo al público los abandonados y misteriosos salones.
La calumnia histórica se venía al suelo inmediatamente. Todo falso.
Alejandro aparecía de rodillas, pero ante una imagen de Cristo
resucitado saliendo de su sepulcro. Por ninguna parte se veía á «la
bella Julia». Fueron otros, algunos años después de muerto dicho Papa,
los que la copiaron desnuda, abajo, en plena iglesia de San Pedro.
Tampoco resultaba cierto que Lucrecia Borgia fuese la Santa Catalina de
uno de los frescos y César el tirano que la condena al martirio. Cuando
el Pinturicchio terminó este cuadro, los hijos del Papa eran aún
adolescentes.
Lo único que representaba á dicha familia en las famosas Estancias era
el toro de los Borgia repitiéndose como un motivo ornamental. La
evocación de la historia antigua, á que tan aficionados se mostraban
todos en aquella época, había reproducido igualmente en una de las
pinturas la apoteosis del buey Apis, por su parentesco con la brava
bestia heráldica del escudo del Pontífice.
En el piso superior encontraba Claudio las llamadas Logias de Rafael. En
tiempo de Alejandro VI servían de habitaciones á su hijo César, y en
ellas debió dar éste algunos de sus banquetes licenciosos.
Saliendo del Vaticano, seguía Claudio la calle llamada del Borgo Novo.
Resultaba ahora estrecha, pero en el momento de su apertura fué
celebrada con versos y fiestas, por la rectitud de su trazado, que iba
suprimiendo callejuelas tortuosas y edificios ruinosos. Al inaugurarse
se llamó Vía Alejandrina, por ser el papa Borgia el autor de dicha obra,
que dió aire y luz á la vieja ciudad en torno al Vaticano. Esta calle la
había abierto para el jubileo de 1500, que atrajo á Roma enormes
muchedumbres de peregrinos.
Recordó Borja que uno de los que llegaron á dicho jubileo fué cierto
hombre del Norte llamado Nicolás Copérnico. El verdadero estudio de la
misteriosa inmensidad astronómica iba á empezar bajo el reinado del
mismo Pontífice que había intervenido en los más grandes descubrimientos
geográficos.
Paseaba Claudio por la Roma moderna, capital de la unidad italiana, en
igual estado de ánimo que Platina y los humanistas de fines del siglo
XV. Estos sólo tenían ojos para lo antiguo, considerando indigno de
mención lo que no fuese estatuas desenterradas, ruinas de termas ó
palacios. Borja menospreciaba la Roma actual y también la remota
antigüedad clásica. Sólo merecían su atención los recuerdos del llamado
Renacimiento, especialmente de su primera época, cuando los españoles
influyeron en Roma por obra de los dos Pontífices compatriotas suyos.
El resto de la tarde y gran parte de la noche, hasta que le acometió el
sueño, lo pasó Claudio en aquel «estudio» que era la mejor habitación de
su casa, leyendo y reflexionando. Los apuntes manuscritos y artículos
impresos entregados por su tío en Niza, meses antes, acababa de
encontrarlos por casualidad en una maleta, y su lectura le hizo buscar
ciertos libros recientemente adquiridos.
Veía á Alejandro VI triunfante, mas no por esto seguro, después que el
rey de Francia huía de Italia. El de Nápoles había abdicado en su hijo,
el joven Ferrantino; pero como era incapaz de reconquistar su reino,
venciendo á los diez mil franceses acampados en él, España enviaba al
célebre Gonzalo de Córdoba, llamado más adelante el Gran Capitán, y
éste, con escasos recursos, iba poco á poco expulsando á los enemigos.
También el Papa tenía su guerra. Necesitaba castigar á los feudatarios
de la Iglesia que en vez de defenderlo se habían unido á Carlos VIII,
haciéndole sufrir grandes humillaciones y poniendo en peligro su vida.
César Borgia había contemplado, en un silencio reflexivo de guerrero, la
deslealtad de los barones romanos, mientras organizaba mentalmente el
porvenir.
Siguiendo una tradición de familia, vió el Papa, en esta campaña contra
los Orsini y otros señores, una oportunidad para engrandecer á su
primogénito, el segundo duque de Gandía, y lo hizo venir de Valencia,
donde se había instalado como un príncipe, después de casarse con la
sobrina de Fernando el Católico.
Conocía Claudio la vida íntima de este jovenzuelo, hermoso, valiente,
pero de una inteligencia inferior á la de César y Lucrecia. En los
papeles del canónigo Figueras había encontrado la copia de varias cartas
dirigidas por el Pontífice á su hijo mayor. Le daba consejos sobre su
manera de vivir, recomendándole que no fuese dispendioso y se mostrara
siempre afable y bueno con los humildes, procurando en todas ocasiones
no dar motivos de intranquilidad ó disgusto á su esposa la duquesa, pues
la paz de la familia debía ser más importante para un caballero
cristiano que las fugaces aventuras amorosas. Le aconsejaba igualmente
que fuese devoto de la Virgen y le reñía por algunas travesuras de su
desenfadada juventud.
«Un papa Borgia--pensó--muy distinto al de las leyendas, donde aparecen
padres é hijos de tal familia realizando juntos los actos más
desvergonzados. De ser ciertas dichas calumnias, ¿cómo Rodrigo de Borja
iba á enviar semejantes cartas, recomendando una vida moral y cristiana
á hijos que le habían acompañado en sus orgías?... Son cartas de un
padre, igual á todos los padres, que ha podido tener sus aventuras
amorosas, pero dentro de su casa procura conservar la disciplina
tradicional.»
No era hipocresía su devoción á la Virgen. La adoraba de buena fe, sin
dejar por ello de ser un gran pecador. Tal mezcla de religiosidad y
costumbres licenciosas se encontraba en todos los hombres notables de
entonces, quienes unían ingenuamente el cristianismo con el paganismo.
«Su alma compleja--siguió pensando--no la comprendemos los modernos, mas
no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa
pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con
sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso.
Algunos Pontífices sucesores de Alejandro VI, uno de ellos León X,
fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la
Virgen, estaba seguro de su perdición eterna, y sin embargo, se dejó
llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo
uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español
libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo á última
hora».
Recordaba Claudio haber visto en Valencia una tabla pintada del siglo XV
representando á todos los hijos de Alejandro VI. Tal vez era regalo del
mismo Papa, el cual envió numerosos cuadros á las iglesias y conventos
de su país. En dicha tabla se mostraba el duque de Gandía con el rostro
de perfil, una barbilla rubia cortada en punta, coronado de rosas como
un poeta, las facciones puras y tranquilas, un ojo rasgado en forma de
almendra y la pupila de expresión dulce, algo burlona.
El primogénito del Pontífice se embarcaba en Valencia, venciendo la
disimulada oposición de Fernando el Católico, el cual prefería
conservarlo en España para dominar mejor al Papa. Se despedía de su
esposa y de sus dos hijos, uno de los cuales iba á ser padre del futuro
San Francisco de Borja. Al subir á su galera, cubierta de flámulas y
gallardetes como un navío de príncipe, estaba lejos de imaginarse que ya
no vería más á sus pequeños, pues empezaba á navegar hacia la muerte.
Todos los hijos del Pontífice se juntaron en Roma. Lucrecia había
abandonado á su marido, volviendo al lado de su padre. Se quejaba de que
Juan Sforza no la «servía» como era su deber. Además, en el curso de la
gran tormenta arrostrada por Rodrigo de Borja, este yerno procedía de un
modo alevoso, manteniéndose en secreta relación con sus enemigos.
El primero en llegar era Jofre, nuevo príncipe de Esquilache, con su
inquietante esposa la napolitana doña Sancha. Habían vivido durante la
invasión francesa ocultos en Calabria, y las victorias de Gonzalo de
Córdoba acababan de sacarles de dicho confinamiento, entrando en Roma
dos años después de su matrimonio.
Preparó Alejandro una recepción ostentosa á los jóvenes príncipes,
saliendo á caballo todos los cardenales y las corporaciones fuera de las
puertas de la ciudad, para acompañarlos hasta la presencia del Santo
Padre, rodeado de su corte y de los embajadores.
Sancha se hacía gran amiga de su cuñada Lucrecia. Esta no era un modelo
de virtud; casi ninguna mujer de aquella época lo era en Italia; pero su
reposado temperamento la mantenía al margen de la mala conducta,
mientras Sancha, de ardores voluptuosos inextinguibles, no reconocía
obstáculo para la satisfacción de su lubricidad, mostrándose audaz y
escandalosa en gestos y palabras.
Juntábanse en la corte papal tres mujeres jóvenes. La más vieja de ellas
apenas pasaba de los veinte años, y sus dos amigas vivían aún lejos de
dicha edad: la bella Julia Farnesio, Lucrecia y Sancha.
Claudio las veía imaginativamente cubiertas de joyas, vestidas con un
lujo asombroso, seguras de su influencia sobre los hombres, atrevidas
al poder contar con la más alta de las protecciones, tomándolo todo á
risa, con la ligereza é inconstancia propias de su edad, y las llamaba
en su interior «las niñas del Vaticano».
Julia sólo pensaba en el engrandecimiento de su familia; Sancha, era
moralmente la más temible de las tres, buscando el amor por el amor, sin
importarle el escándalo, uniendo á su ardorosa sexualidad cierta gracia
literaria que le hacía manejar la pluma con soltura, describiendo en
largas epístolas las fiestas de entonces.
Durante la solemnidad religiosa celebrada en la basílica de San Pedro
con motivo del recibimiento de los príncipes de Esquilache, predicó un
capellán del obispo de Segorbe, pedantón español, que, enardecido por la
majestad del ambiente y lo escogido del auditorio, habló más de una
hora, aburriendo al Papa, muy admirador de la verdadera elocuencia, y á
toda su corte. Lucrecia y Sancha, ocupando un lugar prominente del coro,
empezaron á bromear en alta voz con la corte de señoras romanas sentadas
en el suelo, alrededor de ellas. El Papa, sus cardenales y demás
próceres eclesiásticos, que daban muestras de impaciencia ante el
interminable sermón, acabaron por mirar benévolamente la desenfadada
actitud del grupo femenino.
La belleza morena y picante de Sancha se armonizaba con el esplendor
rubio y la hermosura tranquila de Lucrecia, cuyos encantos podían
llamarse pasivos. Diversas por su temperamento, se parecían á causa del
perpetuo desacuerdo en que vivían con sus esposos. Las dos se quejaban
de falta de «servicio» marital, la una por estar casada con un
adolescente débil, la otra por los vicios de Juan Sforza, que hacían
presentir un pronto divorcio.
El duque de Gandía entró en Roma tres meses después, en Agosto de 1496,
desplegando el Papa igual pompa en su recibimiento y haciéndolo figurar
un escalón más abajo de su trono, como presunto gonfaloniero ó capitán
general de la Iglesia. A los pocos días le confió las tropas
pontificias; pero aunque era valiente como todos los Borgia, sabía muy
poco del arte de la guerra, y el Pontífice tuvo que colocar á su lado á
uno de los _condottieri_ más célebres de entonces, Guidobaldo, duque de
Urbino.
Había llegado el momento de recobrar las tierras dadas en feudo á
aquellos señores, prontos á la explotación de los Papas en sus horas de
debilidad y á abandonarlos en caso de peligro. El mismo plan, madurado
en silencio por César Borgia, iba á intentar realizarlo con poco éxito
su hermano mayor, el más brillante en apariencia de los hijos de
Alejandro y el de menos condiciones intelectuales.
Empezó la guerra atacando á los Orsini, por ser los más temibles entre
los feudatarios mencionados. Al principiar el invierno de 1496 todo se
mostró favorable para el duque de Gandía y su maestro Guidobaldo,
apoderándose de numerosas fortalezas.
El cardenal César Borgia, completamente solo y disfrazado de caballero
de Rodas, salía de Roma para examinar de cerca las operaciones
militares. Quería estudiar sobre el terreno la estrategia y las
maniobras de un capitán famoso como lo era Guidobaldo, amaestrándose
secretamente para sus empresas futuras. Con tanta audacia avanzaba en
dichas excursiones, que una vez, á orillas del lago Braciano, sólo pudo
salvarse de los enemigos gracias á la ligereza de su corcel.
Nadie ayudaba al Papa en esta campaña. Los Savelli, los Colonna y otros
feudatarios de la Santa Sede, incluso el señor de Pésaro, marido de
Lucrecia, se mantenían expectantes, deseando en el fondo de su ánimo la
derrota del Pontífice. Esta surgió inesperadamente á fines de Enero de
1497. Gandía y Guidobaldo levantaron el sitio de Braciano para cortar el
paso á un ejército de refuerzo que enviaban los amigos de los Orsini. El
choque ocurrió cerca del pueblo de Soriano, una de las batallas más
sangrientas y empeñadas de aquella época, que tuvo como final la fuga de
las tropas papales. Guidobaldo quedó prisionero, y el duque de Gandía,
herido en el rostro, tuvo que huir, luego de batirse valerosamente.
Por suerte para el Pontífice, Ferrantino ó Fernando II, rey de Nápoles,
le envió á Gonzalo de Córdoba para que sustituyese al duque de Urbino,
y el Gran Capitán español, reorganizando las huestes pontificias,
consiguió algunas victorias, que permitieron al Papa ajustar una paz
honrosa con los Orsini.
Padre de exagerados afectos, quiso Alejandro engañarse á sí mismo sobre
las capacidades militares de su primogénito, y le concedió toda clase de
honores, como si realmente hubiese obtenido un gran triunfo.
Tenía á su lado como maestro de ceremonias á un alemán, el famoso
Burckhardt, testigo desleal, exagerado y rencoroso, que iba escribiendo
en su _Diarium_ cuanto veía hacer de lejos á su protector el Papa, y lo
que resultaba más terrible, todo lo que oía decir ó murmurar contra él,
prescindiendo las más de las veces de buscar pruebas.
Hablando Claudio con Enciso, éste había concretado su opinión sobre
Burckhardt y su famoso Diario:
--Me hace recordar á ciertos hombres de nuestra época que escriben sus
Memorias para que se publiquen después de su muerte. Poco á poco se
apasionan por ellas, con un cariño de autor; quieren que sean
interesantes como una novela; se entristecen cuando transcurren días sin
poder añadir algo sensacional, y acaban por aceptar serenamente toda
clase de chismes y calumnias, sin otra precaución que poner al frente de
ellas un «se dice». Alejandro VI mostraba cierto afecto por los
alemanes. Después de los españoles, eran aquéllos los más numerosos en
la corte papal. En realidad, el tal maestro de ceremonias sólo
intervenía en los actos públicos, sin tener entrada en la vida
particular del Papa, como el español Marrades y otros; pero suplió la
falta de intimidad recogiendo en su Diario todas las calumnias y
murmuraciones de antesalas y plazuelas contra su protector.
El _Diarium_ de Burckhardt, escrito en latín con letra casi
ininteligible, había permanecido inédito hasta principios del siglo
XVIII.
--Los escritores protestantes--continuaba don Manuel--lo descubrieron
con verdadero regocijo, y allí donde el texto no se dejaba entender lo
interpretaron suponiendo un nuevo crimen de los Borgia.
Recordó Claudio que con ocasión de las últimas campañas del duque de
Gandía, este maestro de ceremonias había escrito en su Diario, con rara
justicia, sobre los dos capitanes de la Iglesia que acababan de sacar al
Papa de su difícil situación. «El uno, Gonzalo de Córdoba--decía--, es
un verdadero hombre de guerra y un verdadero hombre de Estado; el otro,
el duque de Gandía, un pobre príncipe de comedia cubierto de oro y de
joyas.»
Al restablecerse la paz, tenía el Papa que combatir á los enemigos
dentro de su propia casa, siendo el peor de ellos su yerno Juan Sforza.
Pariente de los Sforza de Milán y relacionado con la mayor parte de los
adversarios del Pontífice, se había mantenido siempre en actitud
ambigua, trabajando ocultamente contra la familia de su esposa. Además,
Lucrecia no hacía un misterio de la frialdad y displicencia con que la
trataba su marido.
Era este Juan Sforza de carácter inquieto, gritón, calumniador, sin
límite ni recato en sus mentirosas invenciones, defectos propios de su
mala calidad.
--Indudablemente fué un homosexual--había dicho Enciso--, y los de tal
especie ganan á las más terribles comadres en mala lengua.
El dió origen á las acusaciones inauditas contra los Borgia, que luego
agrandaron los calumniadores de dicha familia y han llegado hasta
nuestra época; él inventó la Lucrecia Borgia falsa y legendaria,
atribuyendo á su mujer envenenamientos é incestos.
«De ser los Borgia unos monstruos como él supuso--siguió pensando
Claudio--, fácil habría sido para el Papa y sus hijos deshacerse de este
Sforza dándole muerte. César demostró en el curso de su existencia que
no necesitaba auxiliares para suprimir á un enemigo. Lo hizo francamente
algunas veces y por su propia mano.»
En vez de esto, el Papa se limitaba á entablar una acción de divorcio,
anulando el casamiento de Sforza con su hija, y para esto nombró un
tribunal en el que figuraban las personas más respetables é íntegras de
entonces. Como dicha anulación tenía por base el hecho de que Lucrecia
aún estaba virgen, fué invitado el marido, según costumbre de la época,
á demostrar su virilidad delante de testigos, y se negó obstinadamente
á esta prueba.
Su tío Ludovico «el Moro», tirano de Milán, por honor de su familia y
para evitar los comentarios regocijados de toda Italia que cubrían de
ridículo á un Sforza, le exigió, lo mismo que el tribunal de Roma, que
se sometiese á probar su virilidad ante testigos, y tampoco quiso
obedecer dicha orden.
A lo vergonzoso de esta confesión tácita de impotencia se unió la
amargura de tener que restituir la considerable dote que le había
aportado Lucrecia, viéndose obligado, de no hacerlo, á la entrega de su
señorío de Pésaro, dependiente de la Santa Sede.
Finalmente huyó de Roma, afirmando que hacía esto para salvar su vida, y
no le faltaba razón. Con su facundia venenosa, había empezado á lanzar
acusaciones dignas de una mentalidad anormal y que equivalían al mismo
tiempo á una demostración de que jamás había amado á su mujer. El fué
quien inventó la inconcebible calumnia de que Lucrecia era amante de su
padre y sus hermanos. Es seguro que de haber permanecido unos días más
en Roma, el mismo César lo habría matado á puñaladas.
«Este hispano-italiano--se dijo Borja--, sereno y frío en los cálculos
de la política y la guerra, mostraba una furia que era casi demencia
cuando alguien insultaba á sus más próximos parientes. Algunos de sus
crímenes no tuvieron otro origen. Además, por un pundonor que parecía
heredado de sus abuelos valencianos, nunca quiso encargar á otros sus
venganzas de familia. Era él quien debía realizarlas por su propia mano.
El parlanchín Sforza se refugió en Venecia, donde vivían los principales
adversarios del Papa, y desde allí fué inventando nuevas atrocidades
para la leyenda negra de los Borgia, que muchos años después
reprodujeron los propagandistas de la Reforma, con el deseo de hacer
daño al Papado, sin pararse á examinar su veracidad ni á sostenerlas con
pruebas.
Los Borgia asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces á
este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro ó de su famoso
veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan
Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fué de su
antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy
lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia, el señor de
Pésaro se guardó muy bien de ponerse á su alcance, huyendo de su persona
como de la hidra.
En aquella época las calumnias de este degenerado fueron comentadas con
la afición que muestra siempre el público por los escándalos que afectan
á los grandes, pero nadie creyó en ellas. Después de repetir las
vociferaciones del señor de Pésaro, la gente se ensañaba con él,
diciendo que más fácil le habría sido, para salir del paso honradamente,
prestarse á la prueba de su virilidad, y glosaba el abandono en que
había tenido á su esposa. Además, cuando el cobarde Sforza, para
justificar su fuga de Roma, dijo que los Borgia querían envenenarle,
todos recordaron que en esta materia los Sforza eran famosos, y sobre
todos ellos Ludovico «el Moro», que se había apoderado del ducado de
Milán envenenando públicamente á su sobrino, dueño verdadero de dicho
Estado.
Continuaba la corte pontificia en 1497 ofreciendo un aspecto brillante.
Todos los hijos de Alejandro VI vivían en Roma, menos Lucrecia, que se
había retirado á un convento, algo avergonzada por su divorcio. César,
más soldado que cardenal, se instalaba en el castillo de Sant Angelo,
vigilando sus obras de reparación. Su cuñada, la ardiente doña Sancha,
seguía en relaciones incestuosas con él.
Mostrábase el joven cardenal de Valencia muy reservado en sus amores.
Nunca fueron conocidos por indiscreciones suyas. Sancha estaba instalada
en el palacio Aleria, cercano al castillo, comunicándose con éste por un
pasaje subterráneo semejante al que unía dicha fortaleza y los jardines
del Vaticano. Pero César Borgia se preocupaba de la gloria y la riqueza,
bases del poder, con preferencia á las voluptuosidades carnales. Sus
luchas con los hombres le atraían más que las dulzuras amorosas. Dirigía
la nueva fortificación del castillo de Sant Angelo para que resultase un
refugio inexpugnable si otra vez venían invasores á atacar al Papado en
su capital. Y poco á poco las relaciones entre estos dos grandes
apasionados fueron menos frecuentes apartándose atraídos por nuevos
afectos.
La sensual Sancha, que dormía en cama aparte, con gran satisfacción de
su joven esposo, pudo dedicarse sin obstáculos á la satisfacción de su
lascivia, y al llegar á Roma su otro cuñado, el duque de Gandía, mostró
por él una pasión más vehemente que la inspirada por César.
Era, en realidad, un hombre superficial, no correspondiendo su carácter
á su brillantez exterior. Mas para una hembra como ella resultaba
apetecible este varón, de cuya elegancia y vigor masculino se hacían
lenguas muchas damas.
Mientras su esposa, doña María Enríquez, y sus dos hijos vivían en
Valencia, él amenizaba su celibato temporal en Roma con frecuentes y
efímeros amoríos. Hermoso, rico, jactándose de una gran potencia
genésica y con una falsa gloria después de sus triunfos debidos al Gran
Capitán, era el hombre de moda en aquella ciudad de costumbres
licenciosas, donde resultaban contadísimas las mujeres que no se rendían
por sensualismo ó por ganancia. Algunas veces permanecía oculto un día
entero, sin que esto inquietase á su familia. Se hallaba indudablemente
en una encerrona amorosa, esperando la noche para salir de la vivienda
de alguna dama y evitar que el escándalo manchase su nombre.
En Junio de 1497 los asuntos de Nápoles volvían á preocupar al Papa.
Ferrantino acababa de morir sin descendencia, cuando Gonzalo de Córdoba
había expulsado ya á los franceses de casi todo el reino. Su tío
Federico, muy amado por los napolitanos, le sucedería en el trono. Por
cuarta vez iba á conferir Alejandro VI la investidura del reino de
Nápoles.
A César Borgia, hecho camarlengo recientemente, lo nombró legado _a
latere_, encargándole la coronación de Federico. Juan le acompañaría,
para que el nuevo rey le diese la investidura de los ducados de
Benevento, Terracina y Pontecorvo, que acababa de concederle, con el
deseo de tener propicio al Papa.
Por vanidad burguesa, al verse la Vannoza madre de un duque tan poderoso
y un cardenal que iba á Nápoles como segundo Papa, quiso reunir antes de
dicho viaje á sus dos hijos en un banquete de despedida.
Verdadera romana, había empleado todas sus riquezas en la ciudad,
adquiriendo muchas casas, especialmente hospederías, que daban buena
renta á causa de ser casi continua la afluencia de peregrinos. Numerosos
clérigos poseían también posadas, industria fructuosa en las grandes
peregrinaciones, y cuando éstas faltaban, volviendo la ciudad á su
población ordinaria, dichos edificios daban hospedaje á espadachines y
rameras, convirtiéndose sus propietarios eclesiásticos en dueños de
mancebía.
La madre de tan grandes personajes se había construído un palacio cerca
de la iglesia de San Pedro _ad Vincula_, con una viña á sus espaldas.
Además de César y Juan asistieron á la comida su hermano menor Jofre,
Sancha su mujer, y el primo de todos ellos, Juan de Borja, cardenal de
Monreale.
Era ya avanzada la noche cuando los convidados de la Vannoza se
marcharon. Juan y César salieron los primeros: el uno á caballo y el
otro en una mula, cabalgadura ordinaria de los cardenales.
Juan llevaba delante de su corcel un palafrenero á pie y en la grupa á
un desconocido, pequeño de cuerpo, con una máscara sobre el rostro. Esto
no resultaba extraordinario en la Roma de entonces. De noche iban á
caballo ó á pie damas y señores con careta, para pasar inadvertidos, é
igualmente usaban antifaz los portadores de misivas reservadas. Una vida
romántica y tenebrosa, pródiga en amores trágicos, apasionadas intrigas,
desafíos y asesinatos, justificaba esta prolongación del Carnaval
durante todo el año.
Hacía varias semanas que el duque se mostraba en público con este
individuo misterioso, siempre enmascarado, que le acompañaba á todas
partes, sin que nadie conociese su enigmática personalidad.
Cuando llegaron ante el palacio Cesarini--habitado ahora por el cardenal
Ascanio Sforza, y construído por Rodrigo de Borja cuando aún no era
Papa--los dos hermanos se despidieron. Juan pretextó el capricho de un
paseo nocturno que deseaba hacer solo, y esto, unido á la presencia del
enmascarado, hizo suponer á César que su hermano se encaminaba á una
cita galante. Lo mismo creyeron el Papa y todos los de su intimidad, al
ver que al otro día, 15 de Junio, el duque no regresaba á sus
habitaciones del Vaticano, suponiéndolo oculto en la casa de alguna
dama, no pudiendo salir hasta la noche, por miedo á la vigilancia del
padre ó del marido.
Empezaron á mostrarse inquietos en el curso del día los allegados al
Pontífice. El palafrenero del duque había sido encontrado al amanecer en
la llamada «plazoleta de los Hebreos», cerca del sitio donde se
despidieron los dos hermanos, herido tan gravemente que apenas podía
hablar. El caballo del duque, con silla y riendas, erraba por las calles
inmediatas. Interrogado el moribundo, respondió dificultosamente que
había seguido á su señor hasta la expresada plazoleta, y allí le había
ordenado que esperase una hora y se volviera solo al Vaticano si no le
veía aparecer en dicho tiempo. Y no pudo explicar cómo lo habían
sorprendido y herido de muerte durante la mencionada espera.
Todavía creyeron á Juan de Borja oculto por una cita amorosa; pero al
día siguiente, 16, su persistente desaparición comenzó á justificar las
peores conjeturas. En vano el prefecto de Roma con sus tropas de
esbirros registró las calles y casas de la barriada donde había
desaparecido el primogénito del Pontífice. Sus investigaciones se
dirigieron luego hacia el Tíber, testigo de tantos delitos y que
guardaba para siempre el secreto de los numerosos cadáveres arrojados á
sus aguas. Dos esclavones que habían velado á orillas del río contaron
entonces lo que vieron en la noche del 14 de Junio. Uno de ellos
guardaba montones de leña recién desembarcada. El otro, batelero de
profesión, dormía en su barca, y despertado por el frío nocturno,
asistió al mismo espectáculo que su compatriota.
Dos hombres habían salido con precaución, cerca del amanecer, de una
calleja inmediata al hospital llamado de los Esclavones para explorar si
la ribera estaba desierta. No viendo á nadie, retrocedían, regresando
luego con otros dos individuos, que permanecieron junto al Tíber
vigilando los alrededores, mientras los primeros tornaban por segunda
vez á la calleja. Cuando se mostraron por tercera vez, luego que los
vigías les hicieron señales para que avanzasen sin miedo, escoltaban á
un jinete, llevando éste sobre la grupa de su caballo blanco, tendido á
través, un cadáver cuyos brazos y piernas pendían á ambos lados de la
bestia.
Llegó el grupo al borde del Tíber, deteniéndose en un lugar donde
desaguaba un albañal. El jinete volvió la grupa de su caballo hacia el
río, sus ayudantes tiraron del cadáver, sosteniéndolo por los pies y los
brazos, y luego de balancearlo dos ó tres veces para que adquiriese más
impulso, lo echaron al agua. Al volver el caballero su montura cara al
río, vió flotar la capa de la víctima é hizo un signo. Entonces sus
acompañantes arrojaron piedras, hasta que la capa desapareció. Hecho
esto, los cinco hombres se reunieron, alejándose por una calleja
distinta.
Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por
no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez
que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tíber más de cien
cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en
averiguar su procedencia.
Esto no era una especialidad del tiempo de los Borgia. En el siglo XV,
robos y asesinatos figuraron como accidentes ordinarios en la vida
romana, y así continuó ésta bajo los pontificados siguientes.
Trescientos pescadores del Tíber fueron convocados para registrar las
aguas, y á mediodía del 16, uno de ellos sacó en su red el cadáver del
duque de Gandía, cerca de la iglesia de Santa María del Popolo. El
cuerpo de Juan de Borja estaba vestido, con la garganta cortada y el
pecho atravesado por nueve heridas. Su elegante justillo no tenía un
solo botón sin abrochar. Los guantes largos y perfumados los llevaba
pendientes de su cinturón, y su bolsa contenía treinta ducados de oro.
Cubierto con una capa fué llevado en barca hasta el castillo de Sant
Angelo, donde lo desnudaron y purificaron, revistiéndolo después con el
suntuoso traje de gonfaloniero. En la misma noche fué expuesto el
cadáver en Santa María del Popolo y enterrado con gran pompa. El féretro
no tenía tapa, viéndose el rostro del muerto. Detrás marchaban
doscientos hombres con antorchas, toda la nobleza romana amiga del
duque, los embajadores de España y de Milán, muchos cardenales y
obispos.
Al mismo tiempo, los españoles que había capitaneado Juan de Borja en su
última campaña se esparcían por Roma, espada en mano, dando gritos de
venganza, buscando inútilmente al asesino, siendo por su exceso de celo
un verdadero peligro para el vecindario.
Contaba la gente que al pasar el entierro nocturno frente al castillo de
Sant Angelo, un grito desgarrador partió de una de sus ventanas. Era el
Papa, que se había trasladado por el pasaje subterráneo desde el
Vaticano á la fortaleza, para contemplar por última vez el rostro de su
hijo preferido, acostado en un féretro, bajo los purpúreos resplandores
de doscientas antorchas.
Tan violento fué el dolor de Alejandro, que tomó aspecto de demencia. El
hombre meridional, con sus complejidades inexplicables y sus
arrepentimientos ardorosos, reaparecía en este varón siempre sereno y
jocundo. Tres días estuvo encerrado en su cámara, sollozando como un
niño. A través de las puertas se escuchaban sus lamentos entremezclados
con rezos é imprecaciones terribles. Del miércoles al sábado no tuvo un
solo instante de calma. El cardenal de Segovia, su allegado más íntimo,
permaneció en el umbral de su puerta durante los tres días, siendo el
único que pudo decidirle finalmente á que comiese un poco.
Después de estos extremos ruidosos de pena se entregó al desaliento,
mostrando una humildad que hizo dudar á muchos de su razón. Habló de
renunciar á la tiara para dedicarse en absoluto á la penitencia,
llevando una vida de asceta. Dejó estupefactos á sus cardenales con un
discurso en el que se acusó á sí mismo de ser un objeto de escándalo,
pidiendo perdón á Dios y á los hombres, jurando emprender inmediatamente
una reforma completa de las costumbres eclesiásticas, purificación que
prometían todos los Papas y ninguno osaba realizar.
Entrecortó su discuto con lamentos, se golpeó el pecho, expresando su
desesperación ingenuamente, con hipérboles semejantes á las de la poesía
oriental: «Si Nos tuviésemos siete tronos--decía--, todos ellos los
daríamos por devolver la vida al duque.» Y lo que más le apenaba era
recordar que el cadáver de aquel hijo, siempre cubierto de sedas y
joyas, el primer elegante de su tiempo, había sido recogido junto á un
albañal, en la parte más infecta del Tíber, por una red de pescador.
--¡Lo mismo que un saco de basura!--exclamaba dolorosamente el
Pontífice.
Parecía asociarse la Naturaleza de un modo dramático á este dolor
ruidoso. Una violenta tempestad empezó á rugir sobre Roma. La lluvia y
la crecida del río inundaron las calles. El rayo cayó en las
habitaciones privadas del Papa y también sobre el castillo de Sant
Angelo, derribando la estatua colosal del arcángel que servía de
coronamiento á la antigua _Moles Adriana_. La superstición popular
añadió nuevos detalles á este cuadro trágico, asegurando que una
procesión de espectros había desfilado durante la noche, bajo el
estrépito de la tormenta, por las naves de la basílica de San Pedro, y
que el duque de Gandía, en forma de fantasma, vagaba á medianoche por el
mencionado castillo pidiendo que le vengasen.
Rodrigo de Borja, hombre de acción en su mocedad, incapaz de sufrir
ninguna ofensa, abandonaba de pronto su actitud devota, resignada ante
la desgracia, para dar órdenes furiosas al prefecto de Roma y á sus
esbirros, así como á los capitanes españoles que estaban á sus órdenes y
á todos los que pudieran ayudarle en su venganza. Era preciso encontrar
á los matadores del duque, imaginando los más atroces suplicios para su
castigo. Pero transcurrieron los días sin descubrir un indicio que
permitiese conocer la verdad.
Claudio Borja pensaba en que iban pasados más de tres siglos sin que
nadie pudiese aportar una prueba convincente de quién había sido el
asesino. En realidad, Juan de Borja, con sus aventuras de amor
incesantes y audaces, estaba destinado á perecer de tal modo dadas las
costumbres vengativas de entonces.
En los días siguientes al de su muerte, todos creyeron, empezando por su
padre, que ésta había sido obra de algún marido celoso. El hecho de
quitarse los guantes, pasándoselos por el cinturón de su espada, era una
demostración de que lo habían sorprendido y asesinado cuando iba á dar
sus manos á alguna mujer. Luego, el misterio de dicha muerte fué
agrandando el círculo de los comentarios. La hembra que le había dado la
cita nocturna bien podía ser un agente al servicio de los enemigos del
duque, deseosos de acabar con él. Además, el recuerdo de aquel
enmascarado que le acompañaba desde semanas antes á todas partes y había
sido su guía en la noche del crimen corroboraba tal suposición.
Se tuvieron sospechas de los Orsini, enemigos del Pontífice y en
especial de Gandía, el cual les resultaba más insufrible que su padre, á
causa de su jactanciosa mocedad. Se sospechó también del cardenal
Ascanio Sforza, que se había disputado recientemente con Juan; de
Bartolomé de Albiano, enemigo suyo; del duque de Urbino, prisionero en
el desastre de Soriano, que se mostraba furioso contra los Borgia porque
no le habían ayudado á pagar su rescate; de Juan Sforza, el antiguo
esposo de Lucrecia, y hasta de los Colonna, siempre amigos de aquéllos.
El Papa examinó estas culpabilidades presuntas con una resignación
dolorosa que le hizo mostrarse imparcial y justo. El mismo disculpó al
cardenal Sforza, unas veces su colaborador, otras su adversario, cuya
acusación parecía, por determinadas circunstancias, la más verosímil de
todas. No sólo defendió á su amigo Ascanio, proclamando su inocencia;
también hizo lo mismo con otros acusados por la voz pública. Unicamente
guardó silencio en lo que hacía referencia á los Orsini. No los acusó,
pero se abstuvo de defenderlos como á los otros.
«Indudablemente fueron los Orsini--pensaba Claudio--los que ejecutaron ú
ordenaron el asesinato del duque de Gandía.»
Y repasaba en su memoria las opiniones de los pocos historiadores
modernos que habían estudiado la vida de los Borgia de un modo
concienzudo, sin hacer caso de apasionamientos y mentiras procedentes
de aquella época. Aun siendo enemigos de los Borgia, reconocían en este
asesinato del hijo mayor del Pontífice una venganza de la familia
Orsini, furiosa por la muerte de su mejor capitán, Virginio Orsini,
preso en el castillo del Huevo, en Nápoles, y al que sus parientes
supusieron envenenado.
El dolor ruidoso del Pontífice conmovió á la cristiandad entera. Todos
los reyes le enviaron cartas de condolencia. Hasta el austero Savonarola
cesó en sus ataques al Papa, impresionado por la desesperación que
mostraba el padre.
Permanecía ahora resignado y silencioso, absteniéndose de nuevas
acusaciones. ¿Para qué?... Su hijo no podía resucitar. Transcurrieron
nueve meses sin que los maldicientes, ni aun los más exagerados, ligasen
á este asesinato el nombre del cardenal César Borgia, que se había ido á
Nápoles poco después de dicho suceso para conferir su investidura al
nuevo rey. A nadie se le ocurrió la monstruosa suposición de que César
hubiese asesinado á su hermano.
Pasados los mencionados nueve meses, se forjó en Venecia tan infame
patraña, siendo tal vez su primer inventor el lenguaraz invertido Juan
Sforza.
Después de repasar Claudio sus estudios mentalmente, se convencía de la
no existencia de pruebas que demostrasen la certidumbre de este
fratricidio inútil. César Borgia había cometido crímenes; pero ¿á qué
añadirle uno más, inverosímil y sin ningún fundamento?... Bastante tenía
con los suyos.
Sus enemigos, para justificar la calumnia, le describían roído por la
ambición, viendo en su hermano un obstáculo para su gloria, haciéndolo
asesinar con la esperanza de que así conseguiría librarse del
cardenalato, ser príncipe laico, sucediendo á Gandía en el mando de las
tropas de la Iglesia.
«Todo falso--continuaba diciéndose el joven--. Precisamente Juan de
Borja moría asesinado en el momento de su descrédito, después de la
derrota que le habían infligido los Orsini en el combate de Soriano,
cuando todos estaban convencidos, hasta su mismo padre, por más que lo
ocultase, de que era un pobre príncipe de comedia, brillante, simpático,
generoso, pero sin condiciones militares ni políticas. Incapacitado de
ejercer en lo futuro ningún mando, toda la autoridad positiva de los
Borgia iba viniendo á las manos de César. Este no necesitaba ya para
conseguir sus fines hacer desaparecer al fracasado duque, crimen
horrendo que le podía alienar en cambio el apoyo de su padre y de su
familia.»
Resultaba absurda también la suposición de que Alejandro VI había
transigido, por miedo ó por mantener incólume el honor de su estirpe,
con el asesino de su hijo mayor, luego de confesar César su
culpabilidad, como decían los calumniadores. Rodrigo de Borja, violento
en sus cariños, era incapaz de aceptar un crimen tan inaudito. Jamás
habría podido tener con el supuesto fratricida la confianza que le
mostró en los años posteriores, ni sentir entusiasmos tan sinceros por
sus victorias.
Algunos, para probar el crimen de César, empleaban como argumento el
silencio y la resignación del Papa ante la muerte de su primogénito
luego de las manifestaciones coléricas ó desesperadas de los primeros
días.
Claudio se explicaba tal cambio de conducta en un hombre sanguíneo,
arrebatado en sus pasiones. Después de sus ruidosas y terribles
agresividades, caía en una pereza de sentimientos que le impulsaba á la
mansedumbre y la tolerancia. Se decía, tal vez, que resulta más doloroso
y cuesta mayores esfuerzos castigar á los enemigos que perdonarlos.
Sabiendo que los Orsini eran los autores más ó menos directos de la
muerte del duque, no mató á ninguno de ellos. También Juliano de la
Rovere, su eterno adversario, y otros cardenales no menos hostiles,
estuvieron repetidas veces á merced de su voluntad, pudiendo vengarse en
sus personas, y sin embargo el Papa de los innumerables asesinatos y del
terrible «veneno de los Borgia» no atentó contra su existencia, ni
siquiera alteró su bienestar encarcelándolos.
Quejándose una vez ante sus cardenales de las violencias de César, que
realmente era vengativo y no tenía empacho alguno en exterminar á sus
adversarios si lo consideraba útil, el Papa dijo así:
--Yo opino de otro modo, tal vez porque no soy joven, y moriré con la
conciencia tranquila pensando que en muchas ocasiones pude quitar la
vida á gentes que me habían causado grandes daños y sin embargo no lo
hice.
Además, César nunca fué en sus combinaciones criminales amigo de
tapujos. Luego de organizar el «bello engaño» de Sinigaglia para
librarse de sus capitanes rebeldes, se jactó de la maestría con que
había preparado dicha ejecución. Mataba él mismo, bajo el imperio de su
cólera, ó confiaba el homicidio á sus íntimos, públicamente, asumiendo
la responsabilidad.
En plena corte papal, casi en presencia de su padre, daba de puñaladas
al español Pedro Calderón, que se había alabado de ciertas privanzas
amorosas con su hermana Lucrecia. Estos amoríos, más verbales que
carnales, y el _flirt_ epistolar en castellano con Pedro Bembo, futuro
cardenal, fueron las dos aventuras conocidas de Lucrecia.
Parecido á todos los hombres de acción de su época, César tenía el
orgullo de sus crímenes, apreciados entonces menos severamente que
ahora, y justificados, según él decía, por la necesidad de «matar para
que no lo matasen».
Durante su corta y ruidosa existencia nadie lo acusó terminantemente y
con pruebas del asesinato de su hermano. La mayoría dudó siempre de esta
suposición. Sólo al transcurrir los años hizo la calumnia un argumento
de los propios triunfos de César, para sostener la hipótesis del
fratricidio.
Viéndole victorioso de los tiranuelos italianos, apoyado por el rey de
Francia, apoderándose uno tras otro de los pequeños Estados, conquistas
que iban á colocar en su cabeza la corona de toda Italia, los enemigos
dijeron que «César no habría podido ser nunca lo que era ahora, de
seguir viviendo su hermano Juan». Y sacaron la conclusión de que para
llegar á ello lo había asesinado. A falta de pruebas materiales de su
culpabilidad, esto les parecía suficiente.
Al recordar Claudio Borja dicha imputación criminal, se encogía de
hombros.
«Con tal sistema--pensó--todos los que heredan á sus antecesores, ó los
que se valen para su propia grandeza de lo que aquéllos prepararon
antes, podrían ser acusados igualmente de haberles dado muerte para
abrirse camino.»
II
Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á
ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre
el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia--siguió pensando Borja--, ni
abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió
lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran
borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al
militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después
la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios
intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron
recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se
presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido
elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en
el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando
turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su
amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja
estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio
César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia,
tan corta y abundante en aventuras: _Aut Cesar aut nihil_: «O César ó
nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse
borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en
Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los
príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia
consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo,
apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que
no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el
arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano,
el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la
carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello,
diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase
á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición
en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de
Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este
último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para
dar su hija á César Borgia.
--No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán--dijo
rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los
Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el
Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de
un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho
personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando
luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia,
protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey
Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro
y de su hijo.
--Que el Papa--dijo á los intermediarios--cambie las reglas de la
Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede
tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo
papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con
Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de
nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella
época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho
matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con
Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del
verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su
tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al
contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y
algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no
parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del
Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto,
elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces,
se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y
el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta
tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada
al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la
joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in
Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio
Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos
festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus
magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas
duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile,
atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano
César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de
la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia,
poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada
sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos
auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos
afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en
dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor
servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba
los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la
servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los
manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña
Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no
menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo
metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas
desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de
especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior
un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras
alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar
para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea
los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones.
Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque,
y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias
culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al
decorado.
Saltaban y rugían á través de los árboles varios invitados y familiares
del Pontífice vestidos de fieras: Barleta, en forma de raposo; don
Rodrigo Corella, de jirafa; el príncipe de Esquilache, marido de doña
Sancha, de pato marino; el prior de Santa Eufemia, hermano del cardenal
Borgia, de orifante; don Juan Caños, de ciervo; Nogué, de león, y el
cardenal de Valencia, último de todos, en figura de unicornio. El
aspecto de estas bestias resultaba convencional. Disfraces de raso y de
brocado imitaban con sus colores los de las mencionadas animalías.
Unicamente sus cabezas se aproximaban á la realidad de los irracionales
representados.
Llegaron bailando á la presencia del Pontífice, fingiendo que reñían
unos con otros para beber en el gran tazón, hasta que se presentaba el
unicornio, con «un cuerno en la frente, según es de su naturaleza», y
establecía la paz entre ellos.
Cuando acabaron estos «bailes de momos», el cardenal de Valencia pidió
permiso á Su Santidad para danzar con su hermana doña Lucrecia «la baja
y la alta», que era la danza de España más celebrada entonces, y todos
hubieron gran placer en ella, por ser ambos los más famosos danzarines
de Roma, especialmente en bailes hispanomoriscos, muy de moda en aquel
tiempo. El primero en admirar á dicha pareja era el Pontífice. Sonreía
embelesado siguiendo los graciosos y elegantes movimientos de sus hijos.
«Era un verdadero padrazo--se dijo Borja--, semejándose en esto á
Fernando el Católico, otro hombre temible, también muy padrazo, que
lloraba como un niño por los disgustos que le daban sus hijas, y sobre
todas doña Juana la Loca, aconsejada por su esposo.»
En estas fiestas palaciegas, hombres y mujeres se trataban de muy
distinto modo que en los tiempos presentes. Aunque hubiera sitiales
sobrantes, la galantería recomendaba que los hombres se instalasen sobre
la alfombra, á los pies de las señoras, apoyando la espalda en sus
piernas, y otras veces encima de sus rodillas.
Doña Sancha contaba en su relación que el cardenal de Valencia, fatigado
de bailar, venía á sentarse en sus faldas, su marido el príncipe de
Esquilache en las rodillas de su hermana Lucrecia, y así los demás
invitados.
Todas las damas de la familia Borgia lucían trajes enviados de Valencia,
con adornos de oro á martillo y cuentas de vidrio de colores, que se
llamaban «á la capellana» y eran entonces la última novedad en el adorno
femenino. César y sus compañeros de montería regalaban sus disfraces
lujosos á los criados que presenciaban la fiesta, vistiéndose
inmediatamente trajes de corte y ciñendo sus espadas para seguir
bailando con las señoras.
Al día siguiente celebrábase, en la parte del Vaticano llamada del
Belvedere, otra fiesta nocturna, desde las ocho de la noche á las cuatro
de la mañana. Varias compañías de truhanes hacían juegos de gimnasia y
prestidigitación, empezando á medianoche las danzas de los señores, y
otra vez César y Lucrecia, á pedimento del Pontífice, bailaban «la baja
y la alta». A la salida del sol les servían una colación de cien platos
grandes de confitería que tenían inscritos versos latinos en honor de
los cónyuges y de Alejandro VI.
La última fiesta era una corrida de toros en los jardines del Vaticano,
á la que asistían más de diez mil personas. Avanzaba el cardenal de
Valencia al frente de su cuadrilla, compuesta de doce jinetes, llevando
un traje á la morisca como los sarracenos españoles, compuesto de
marlota de raso blanca y roja que doña Sancha había bordado de oro,
bonete carmesí con penacho, borceguíes azules y una espada forjada
expresamente para dicha fiesta. Iba montado en un caballo blanco con
ricos jaeces y blandía en su diestra un lanzón, regalo también de doña
Sancha. Doce mozos vestidos de raso amarillo y terciopelo carmesí
marchaban á pie delante de él.
Los doce caballeros que le seguían eran todos españoles: don Juan de
Cervellón, don Guillén Ramón de Borja, don Ramón y don Juan Castellar,
don Miguel Corella y otros, vestidos igualmente á la morisca, sobre
caballos ricamente encaparazonados.
César costeaba todo este lujo. Los romanos aclamaban al Borgia generoso
que les ofrecía, á sus expensas, una fiesta tan interesante. En los
estrados ó cadalsos figuraban las damas de la corte pontificia y de la
aristocracia de la ciudad, muchas con los mismos trajes á la española
que se habían hecho años antes para las fiestas en celebración de la
toma de Granada.
Se corrían ocho toros en cinco horas, y el cardenal de Valencia mataba
por sí mismo dos de ellos: el primero de una lanzada que le atravesó el
pescuezo, acabándolo instantáneamente; el segundo á pie, con su capa en
una mano y la espada en la otra.
Le dió tan gran cuchillada, que no necesitó repetir el golpe, haciéndolo
caer con el pescuezo partido. El pueblo aclamó al que llamaba «nuestro
César», asombrado del vigor inaudito de este joven débil en apariencia
y de elegante fragilidad.
En esta evocación de las fiestas profanas que se iban desarrollando en
el Vaticano y sus jardines, olvidaba Claudio Borja momentáneamente á
César «el único», para concentrar su atención en un personaje que había
empezado á figurar al lado de éste, siguiéndole á todas partes como la
sombra al cuerpo.
Era un hidalgo valenciano, don Micalet Corella, cuyo nombre
castellanizaban los otros españoles residentes en Roma, llamándolo don
Miguelito, y al que los italianos dieron meses adelante una celebridad
terrorífica, convirtiéndolo en don Michelotto.
Hijo bastardo del marqués de Cocentaina, noble de Valencia, había venido
á Roma en compañía de su hermano legítimo Rodrigo Corella, en busca de
la protección de los Borgia. Desde el tiempo de Calixto III existía un
amistoso comercio entre ambas familias. Alfonso el Magnánimo tenía de
confidente íntimo á un Corella, y éste, gran amigo de Alfonso de Borja,
había cuidado de la educación del bastardo real don Ferrante, luego rey
de Nápoles.
Muchos años después, al ir el cardenal Rodrigo de Borja como legado á
España, conocía en Valencia al sucesor de Corella, ya marqués de
Cocentaina, residente en dicha ciudad. Los hijos de éste, Rodrigo y
Micalet, al ver elegido Papa al amigo de su padre, se dirigían á Roma.
Rodrigo Corella, segundón de ánimo grave, esperando heredar algún día el
marquesado de Cocentaina por muerte de su hermano mayor, entraba
especialmente al servicio del Pontífice, acompañándole en sus paseos
como hombre de confianza, pues á la par que de costumbres tranquilas era
muy valeroso. El bastardo don Micalet sentíase atraído por César, y le
dedicaba toda su existencia con la fidelidad agradecida que un perro
feroz puede mostrar al que lo favorece.
Había ido á Italia como el que va á bodas. Ningún país podía convenirle
mejor que éste, por el desprecio absoluto á la vida ajena que mostraban
en aquella época lo mismo los grandes señores que las gentes del
pueblo.
Para Micalet, matar á un hombre era accidente sin importancia. La
estocada frente á frente ó la puñalada por detrás le parecían iguales.
Lo interesante era suprimir al enemigo. Su fuerza extraordinaria
procedía más de los nervios que de los músculos. Incapaz de olvidar
ofensas, y sin respeto alguno para los que fuesen adversarios de sus
amigos, pronto adquirió su nombre una terrible celebridad, que
contrastaba con lo ruin de su cuerpo, en apariencia débil, y con su
exigua estatura, lo que motivó que todos lo tratasen en diminutivo,
llamándole Micalet, Miguelito ó Michelotto.
En los últimos años de César, al mandar éste ejércitos, su fiel matón,
desconocedor de las reglas y escrúpulos que guían á los otros hombres,
se convirtió en un buen capitán de guerra. Fué el jefe de confianza del
hijo del Pontífice, y cuando todos lo abandonaron, él se mantuvo leal.
Llamándose el capitán don Miguel Corella, combatió al lado de don Hugo
de Moncada y otros españoles célebres, así como de los _condottieri_
italianos de mayor renombre, y tuvo tratos con Leonardo de Vinci, el
ingeniero militar de César Borgia. Su vida fué tan corta como la de su
protector, marchando detrás de él con la fidelidad amenazante de un
mastín.
Siempre bondadoso el Papa para sus compatriotas, veía vagar por los
salones del Vaticano á este hombrecito inquietante, con las mandíbulas
apretadas y unos ojos pequeños, de mirar agudo y receloso, que parecían
ir esparciendo alfilerazos en torno á su persona.
--¡Micalet!... ¡Micalet!--decía Alejandro VI moviendo el índice de su
diestra pontifical, como si presintiese alguna mala acción de esta
bestezuela temible y la amenazase de antemano.
Varias veces provocó riñas con otros españoles dentro del palacio,
sacando á luz sus armas. Prefería el trato con César, que era de su
edad, y acabó por vivir cerca de él á todas horas.
Figuraba el Corella legítimo en las fiestas palatinas entre los
gentileshombres del séquito del Papa, y éste le había dado varias
prebendas, especialmente á raíz de una aventura en que le salvó la
vida.
Le acompañaba una tarde Rodrigo Corella en su paseo por una huerta
cercana al Belvedere, cuando vieron venir hacia ellos un enorme león. Lo
tenían guardado en una casa inmediata y había huído de su jaula. Todo el
acompañamiento papal, prelados, domésticos, cubicularios y otros
servidores, huyeron despavoridos, dejando solos al Pontífice y al joven
español.
--Santo Padre--dijo éste sin perder un momento su calma--, poneos detrás
de mí y no os separéis.
Rodrigo de Borja, famoso por su valor tranquilo, siguió estas
indicaciones, y Corella, con la espada en la diestra y la capa enrollada
en el brazo izquierdo, continuó marchando, siempre de frente á la fiera,
teniendo á sus espaldas al Papa, más alto y corpulento que él. Tal
situación angustiosa duró largos minutos, mostrándose indeciso el león
ante la actitud resuelta de la masa humana formada por los dos hombres.
Al fin, los fugitivos, que habían dado la alarma en los jardines del
Vaticano, volvieron con numerosos soldados españoles de la guardia del
Pontífice, y éstos acosaron el león hasta su jaula, terminando así tan
peligroso episodio.
Concedió Alejandro VI varios beneficios á su joven acompañante,
asegurándole una renta de 2.000 ducados al año, y hubiese hecho de él un
cardenal; pero Rodrigo Corella no quiso dedicarse á la Iglesia,
esperando heredar algún día á su hermano mayor, y así fué, volviendo
finalmente á Valencia para casarse y tomar el título de marqués de
Cocentaina.
El bastardo don Micalet sólo entraba ya en el Vaticano para acompañar á
su señor y amigo el cardenal, y si participaba de las fiestas papales
era únicamente en corridas de toros ú otros regocijos que exigían fuerza
y destreza.
Su nombre empezaba á adquirir celebridad. Para los enemigos de César
Borgia, era don Michelotto á modo de un dragón que nunca podían
sorprender dormido, pronto á dar el zarpazo de muerte en defensa de su
amo. Los calumniadores de la familia papal intentaron hacer una misma
persona de don Michelotto y aquel enmascarado que acompañaba al duque de
Gandía en la noche de su asesinato. La pequeñez de cuerpo de ambos fué
el único detalle para justificar tal identidad, lo que resultaba
pueril. El duque Juan conocía perfectamente á Micalet como un familiar
de su casa, y no podía equivocarse por más antifaces que se colocara el
otro. Al ocurrir el crimen nadie hizo tal suposición sobre don
Miguelito, y éste continuó siendo admitido en el Vaticano y tolerado por
el Pontífice.
Un mes después de la boda de Lucrecia, el cardenal César Borgia
renunciaba á su capelo, y el Sacro Colegio admitía la abdicación.
Intentó el embajador de España, Garcilaso de la Vega, oponerse en el
consistorio á dicho acto, siguiendo las instrucciones de su rey. Sin
duda, Fernando el Católico temía ver convertido en príncipe laico á
César Borgia, por creerlo el más temible de los hijos del Papa, poco
dispuesto á someterse á su dirección, como lo había hecho el ligero
duque de Gandía.
Supo acallar el Pontífice al embajador español y á los cardenales
dispuestos á apoyarle, prometiendo que cuantos empleos y beneficios
dejase vacantes el cardenal de Valencia al abandonar su estado
eclesiástico se repartirían entre los miembros del consistorio amigos de
la corte de España, é inmediatamente quedó César desligado de sus votos.
En realidad, sólo tenía las órdenes menores y su caso no era sin
precedentes.
Al mismo tiempo desembarcaba en Ostia un enviado del rey de Francia con
documentos interesantes para el Pontífice y su hijo. Carlos VIII, el de
la expedición á Roma, había muerto, heredándole su primo Luis XII. Este
vivía mal con su esposa y ansiaba divorciarse para contraer matrimonio
con la bellísima Ana, duquesa de Bretaña, unión que satisfacía sus
gustos amorosos, aportando á Francia un nuevo Estado.
Conocedor el Papa de los deseos de dicho rey, mostrábase dispuesto á
satisfacerlos, pero creía la ocasión propicia para vender caro su
consentimiento, creando de tal modo la verdadera grandeza de su hijo.
Igualmente veía César en Luis XII el único monarca capaz de apoyar sus
ambiciones que asustaban á otros. Vivía rodeado de españoles, el
castellano y el valenciano eran las lenguas que empleaba en la
intimidad; pero no tenía, como su padre, los recuerdos de la niñez que
unen á la tierra originaria. Había nacido en Roma, era verdaderamente
un italiano, y mostraba poca afición hacia Fernando el Católico. Conocía
muy bien á este viejo é infatigable zorro de la diplomacia, que engañaba
á todos los reyes de su tiempo y no podía permitir que alguien medrase á
su sombra.
Convenció á su padre de que sirviendo al rey de España serían siempre
una especie de autómatas, moviéndose á ciegas, sin saber adónde quería
llevarles aquél. Resultaba preferible unirse al monarca de Francia, más
inexperto y necesitado del apoyo papal.
Un convenio secreto se estableció entre el Pontífice y Luis XII. César,
que era ahora príncipe laico, iría como embajador á Francia para
entregar al rey el documento pontificio divorciándolo de su primera
esposa y la dispensa para contraer matrimonio con la bella Ana de
Bretaña. Luis XII daría á su vez al hijo del Papa el condado de Valencia
(Valence), convirtiéndolo en ducado. Así, el antiguo cardenal de
Valencia pasaría á ser duque de Valence y personaje francés, luego de
haber figurado como arzobispo español.
La parte secreta del convenio era que el monarca de Francia procuraría
el casamiento de César con una dama de familia real (Carlota de
Nápoles), y el Santo Padre facilitaría á Luis XII los medios para
apoderarse de Milán y Nápoles, con más eficacia que lo había hecho su
antecesor. A su vez, Luis XII ayudaría al nuevo duque de Valence á
reconstituir los dominios de la Iglesia, fundados al principio de la
Edad Media por Pepino y Carlomagno, desposeyendo uno tras otro á los
barones feudales que detentaban las antiguas tierras de los Papas,
representando un peligro permanente para éstos.
En Agosto de 1498 todos hablaban en Roma de que César iba á partir para
Francia, donde le harían duque, pero nadie conocía las cláusulas
políticas del tratado, guardadas cuidadosamente.
César, héroe del Renacimiento, terrible y fastuoso, gran amigo de
exterioridades, dispuesto á conversar con los artistas de su cortejo,
entre dos asuntos políticos ó dos batallas, sobre los dibujos de un
tapiz, la autenticidad de una estatua antigua ó el cincelado de un
puñal, se ocupó durante varias semanas en sus preparativos de viaje,
que fueron enormes, amontonando vestiduras lujosas, pedrerías, armas,
jaeces de caballo, libros valiosos, toda clase de ricos presentes.
Para los gastos llevaba 200.000 ducados de oro, cantidad enormísima en
aquella época. Gran parte de dicho dinero se la sacaron él y su padre á
los judíos residentes en Roma. Su séquito componíase de treinta
gentileshombres, un médico, un mayordomo y cien criados, pajes y
escuderos. Doce carros y cincuenta mulas de carga llevaban su equipaje.
Sus caballos de montar eran tantos que ellos solos ocuparon un navío.
Además del buque de guerra enviado por Luis XII, en el que se embarcó
con sus más íntimos compañeros, dos naves de cabotaje y cinco galeras
del puerto de Ostia formaron una pequeña flota, acompañándolo hasta
Marsella.
Desde este puerto á la Turena, donde se encontraba Luis XII, el viaje de
César fué una brillante cabalgata. El cardenal Juliano de la Rovere,
residente en Aviñón como legado del Pontífice, había vuelto á buscar la
amistad de éste al verle en alianza con el monarca francés. Rodrigo de
Borja le cortaba todo camino. Ya no podía encontrar nuevos aliados para
combatirlo y le convenía ser su adulador.
Claudio Borja sentía cierto desprecio al pensar en la conducta del
futuro Julio II, el cual figuraba en la Historia como hombre enérgico,
incapaz de servilismos, no obstante haberse agachado tantas veces ante
Alejandro VI, su rival. Este pudo aplastarlo en justa venganza, y lo
perdonó con una bondad de varón realmente fuerte, sin sospechar que
luego de su fallecimiento sería el encargado de ennegrecer su memoria
fabricando una biografía falsa que ha durado tres siglos.
Siempre que hablaba de Alejandro VI con sus íntimos le llamaba «judío»,
«marrano» ó «circunciso». Como entre los españoles avecindados en Roma
los había que eran «marranos», ó sea judíos conversos, los italianos,
por odio al extranjero, creían de origen israelita á todos los
procedentes de España. En cuanto al apodo de «circunciso», aludía
Rovere, al mismo tiempo que á un imaginario judaísmo, á ciertos rumores
de la maledicencia popular, que suponían en Rodrigo de Borja, cuando era
cardenal y atraía á las mujeres «como el imán al hierro», un monstruoso
desarrollo de cierta parte de su organismo.
El hipócrita legado en Aviñón recibía á César como un príncipe real, y
tales eran sus fiestas y banquetes al hijo del «circunciso», que en una
semana gastó 7.000 ducados de oro. Luego escribía entusiásticas cartas
al Pontífice alabando la modestia y las virtudes del que todos empezaban
á llamar el duque del Valentinado.
Esto último no lo consideraba Claudio hipérbole adulatoria, pues el
valor de las palabras cambia con los tiempos. «Modestia» significaba
entonces simpatía, y eran llamadas «virtudes» la elegancia, la cultura y
el gracejo en la conversación.
Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta,
acogido regiamente por los más altos señores franceses, que habían
recibido órdenes de su monarca para obsequiarle cual si fuese un
príncipe heredero. En Lyón le daban un banquete pantagruélico, con 360
piezas de volatería ó de caza mayor y 162 platos montados de confitería,
corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia.
Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse,
pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y
también se negaba á recibir el collar de San Miguel presentado por un
embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de
Luis XII.
Al fin se encontraba con éste en Chinon, y tan esplendoroso era el
cortejo de César, que Brantôme hablaba de él en su libro _Vida de
hombres ilustres_, mostrándose deslumbrado, como los otros cortesanos,
por el lujo del hijo del Papa, y burlándose al mismo tiempo á impulsos
de la envidia.
Los grandes señores franceses se reconocían algo rústicos é incultos al
lado de este príncipe de origen eclesiástico que traía de Italia todas
las exquisiteces de la nueva existencia creada por el Renacimiento.
Comparado con ellos, que vivían como hombres de guerra, resultaba un
poco afeminado este joven, vestido á todas horas de seda y terciopelo
lo mismo que una dama, luciendo armas de oro y piedras preciosas
semejantes á joyas, esparciendo al andar perfumes orientales, seguido en
su entrada triunfal de servidores que arrojaban puñados de monedas á la
muchedumbre. Todos sus corceles llevaban herraduras de plata, sostenidas
apenas por un clavo del mismo metal para que se soltasen y las recogiese
la plebe.
En la corte de Francia encontró á Carlota, la hija del rey Federico de
Nápoles, que perfeccionaba en aquélla su educación, y todos los
esfuerzos de Luis XII para que se uniese en matrimonio con César
resultaban inútiles.
Carlota de Aragón estaba enamorada de un señor de Bretaña, y Federico,
su padre, decía que le era imposible contrariar los afectos de su hija
por conveniencias diplomáticas. Tal vez el amor por el bretón no fué mas
que un pretexto para librarse de César.
Insistía éste en sus pretensiones matrimoniales por verdadero deseo
amoroso ó por orgullo, pues su matrimonio con Carlota no le ofrecía
ninguna ventaja política, ya que estaba convenido entre Luis XII y
Alejandro VI repartirse los Estados del rey de Nápoles. En aquella época
eran frecuentes tales perfidias, y los que estaban al tanto del tratado
secreto no extrañaban ver al rey de Francia, al Papa y á su hijo
trabajando para que este último se casase con la hija del que
proyectaban destronar en breve.
Desde España, el primer político de la época que lo veía todo por oculto
que estuviese--y lo que no sabía lo adivinaba--había acabado por
presentir la maquinación papal y francesa. Fernando el Católico se
indignó al ver que un español convertido en Pontífice intentaba moverse
solo, siguiendo una política independiente que podía resultar contraria
á la suya. Como era hombre de acciones múltiples y contradictorias,
valiéndose á la vez de minas y contraminas, hasta el punto de enmarañar
las cosas de tal modo que, finalmente, sólo él conocía el hilo
conductor, buscó ponerse de acuerdo en secreto con el rey de Francia
para repartirse entre ambos los territorios de Nápoles, si es que la tal
partición resultaba inevitable, y envió al mismo tiempo una embajada
amenazadora al Papa, pretendiendo asustarlo.
Llegaron los embajadores españoles á Roma en un momento angustioso para
Alejandro VI. César se veía muy agasajado en la corte francesa y era
duque de Valence, pero su situación resultaba algo ridícula. Todos
sabían que había ido allá para casarse con una princesa de sangre real y
el matrimonio no pasaba de ser un proyecto.
Desistiendo Luis XII de Carlota de Aragón, le había propuesto casarse
con otra princesa del mismo nombre, Carlota de Albret, hermana del rey
de Navarra, que también vivía en su corte. Aceptó César á esta joven de
buena presencia, sana, fuerte y con discreto carácter, condiciones que
hacían presentir en ella una esposa amable y sumisa. Además, mostraba
gran amor por este príncipe bello y lujoso, pródigo en deslumbrantes
magnificencias. Pero la familia de Carlota de Albret, especialmente su
padre, viendo el apuro del rey, explotaban la situación, renovando sus
peticiones de recompensas antes de dar á Carlota.
Esto hacía vivir al Papa en continua incertidumbre, viéndose al mismo
tiempo rodeado de peligros más inmediatos. Los Colonna y los Orsini,
siempre enemigos, acababan de unirse para hacer una guerra común al
Papa. Ascanio Sforza, enterado de su alianza con el monarca francés, que
ponía en peligro á Milán, lo abandonaba para unirse á Fernando el
Católico y al emperador Maximiliano de Austria, proyectando con éstos la
convocación de un concilio que quitase la tiara á Alejandro.
Al presentarse los embajadores españoles en el Vaticano á fines de 1498,
traían el encargo de amenazar al Pontífice con la convocación del
mencionado concilio. La entrevista del Papa español y los enviados de
los reyes de España resultaba borrascosa. Empezaron éstos por hablar de
los medios ilegales de que se había valido Alejandro VI para obtener su
tiara, pero éste les interrumpió enérgicamente:
--Poseo el pontificado--dijo--con más derecho que los monarcas españoles
poseen sus reinos, de los cuales se apoderaron sin título legal y contra
toda ley de conciencia, pues correspondían en justicia á otros de su
familia, con mayores derechos á obtener la corona. Vuestro rey y vuestra
reina no son sino intrusos, y yo lo sé mejor que nadie por haberles
ayudado y apoyado en su juventud, acción de la que tal vez me arrepiento
ahora.
Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando
el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante
era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados
españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo
divino, replicó el Papa, enojado:
--Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen
descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques
que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para
satisfacer su ambición.
De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los
embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y
muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo
pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda
su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen
de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.
Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El
antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia,
legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y
dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al
nombrarlos:
--Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.
En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don
Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza
espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII
tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en
tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al
Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de
Francia.
Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar
la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en
el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que
aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que
acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder
á éste su dignidad ó sus bienes temporales.
Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron
repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un
mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el
matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.
César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto
cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la
oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos
pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de
dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.
Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda
llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al
Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo
diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la
época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.
La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había
poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.
Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un
correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña
voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó
la grosería.
«Denota orgullo--pensó--por la solidez y aguante de esta navarra
vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su
confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se
prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición
persistente en la familia desde Calixto III.
Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común
en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los
hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de
amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para
exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos
muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y
roedoras.
En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma
especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas.
Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas
dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento
del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus
fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los
héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el
legendario Don Juan.
Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado.
También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las
asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente
no podía reservarle desilusiones en lo futuro.
Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota
permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez,
los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto,
César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la
guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa
Sede.
El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los
primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de
Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su
marido.
Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su
vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de
Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que
los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.
Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su
marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes
cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército
pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia,
los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.
Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en
los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo
recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.
Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había
amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de
treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de
Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe
de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro
príncipe de la familia Borbón.
III
Las campañas de César, el heroico arremangamiento de faldas de
Catalina Sforza y «el bello engaño» de Sinigaglia.
En las evocaciones de sus lejanos ascendientes, asimilaba Claudio el
carácter de cada Borgia á la imagen de un animal.
El papa Alejandro le parecía un toro impetuoso, franco en sus arranques,
como los que corren por el redondel del circo, acometiendo de frente á
todos y dejándose engañar al fin. Los grandes diplomáticos de aquella
época--los más retorcidos y astutos de la Historia--lo consideraban un
hombre apasionado, y por lo mismo propenso á desorientarse en sus
maquinaciones.
A César lo veía como un tigre de dorada piel, ojos de esmeralda y
estiramientos peligrosamente elegantes. A continuación convertíalo en
pájaro, á causa tal vez de su afición á vestirse, según la moda
española, con rasos y brocados negros. Era un ave de presa del mismo
color de la noche, las pupilas de fuego y un penacho blanco como remate.
Le parecía el padre más simpático y bondadoso. César tenía, en cambio,
mayor elegancia, aun en su lobreguez misteriosa. Abarcaba su ambición
más dilatados horizontes, y la vanidad masculina lo ponía á cubierto de
las abdicaciones del amor.
Rodrigo de Borja era un enamorado hasta su vejez, dejándose guiar por
las mujeres. César las poseía más por ansia de dominación que por
verdadero amor, sin obedecerlas nunca, manteniéndolas lejos de sus
asuntos, utilizándolas sólo para sus placeres, y mostrando á
continuación cierto desprecio por ellas, semejante al de los orientales
poseedores de un gran harén.
«De ser mujeriego simplemente, como su padre--pensaba Claudio--, no
habría podido realizar lo que hizo en tres años».
Su regreso á Italia esparcía la inquietud entre los soberanos italianos,
quienes venían temiendo desde mucho antes las consecuencias de tal
viaje.
Claudio Borja se dirigía siempre, en sus paseos por Roma, á los lugares
donde se había desarrollado la última parte de la vida de César y de su
padre, las Estancias de los Borgia, los jardines del Belvedere, teatro
de suntuosos banquetes y fiestas al aire libre, el castillo de Sant
Angelo, fortificado por Alejandro VI hasta hacerlo inexpugnable para las
armas de aquella época.
Suprimía con la imaginación toda la obra de los Pontífices posteriores,
y después de eliminada esta cascara histórica que él llamaba «moderna»,
creía ver el Vaticano tal como era entonces, con su vida de intrigas y
pequeñas guerras, con el populacho al exterior, maldiciente y tornadizo,
entusiasmado unas veces por los triunfos de los Borgia, llamando á César
«el único», propalando y aceptando en otras ocasiones las calumnias más
monstruosas forjadas contra ellos en Venecia y en Florencia, que los
cronistas copiaban en sus Dietarios y los embajadores en sus cartas,
precedidas simplemente de un «se dice» ó un «según cuentan».
El triunfo de César en Francia sembraba el pánico entre los enemigos de
la política pontificia. El cardenal Ascanio Sforza, de carácter
pusilánime, no obstante sus intrigas continuas, huía de Roma temiendo la
vuelta de César; mas en su perpetua indecisión se abstenía de ir á Milán
al lado de su hermano Ludovico «el Moro», para que no le creyesen de
acuerdo con éste. Tal ejemplo influía en Alfonso de Aragón, esposo de
Lucrecia, el cual escapaba igualmente del Vaticano. Era sobrino del rey
de Nápoles, y como el duque de Valence mostraba enojo contra dicho
monarca por haberle negado la mano de su hija Carlota, temió las
consecuencias de la mala situación en que le colocaba esto dentro de la
familia Borgia. Y sin que le amenazase ningún peligro inmediato, salió
de Roma, yendo á reunirse con el cardenal Sforza.
Lucrecia no quiso seguirle, á pesar de sus ruegos, considerando
inoportuno tal pánico, y su padre la nombró regente de Spoleto, ciudad y
territorio gobernados hasta entonces por cardenales legados.
Este nombramiento no resultaba extraordinario. Era un gobierno político,
sin ningún carácter religioso, y muchos Estados italianos vivían regidos
por mujeres. Lucrecia, de juicio claro y tranquilo para resolver los
asuntos públicos, fué objeto de las alabanzas de sus administrados. Más
tarde, el Papa le dió el gobierno de Nepi, y al casarse con el duque de
Ferrara administró igualmente, en ausencia de su esposo, este principado
importante, demostrando poseer las mismas condiciones políticas de su
padre y de su hermano César.
Al fin el marido de Lucrecia, convencido por ella, se tranquilizó,
volviendo á su lado. La hija del Papa daba á luz en Noviembre un hijo,
que recibió el nombre de su abuelo Rodrigo, siendo bautizado con gran
pompa en la Capilla Sixtina.
Había penetrado en Italia el rey de Francia, apoderándose el 6 de
Octubre de Milán, abandonado por Ludovico «el Moro», quien fué á
refugiarse cerca de Maximiliano, emperador de Austria. César Borgia,
llegado con Luis XII, organizaba rápidamente un ejército para guerrear
por su cuenta contra los barones feudatarios de la Santa Sede que se
negaban á obedecerla, y á los que Alejandro había declarado desposeídos
de sus territorios.
Iban á empezar las brillantes campañas del nuevo duque. Su ejército se
componía de mercenarios facilitados por el rey de Francia ó reclutados
por él mismo. Con César Borgia y con Gonzalo de Córdoba iniciábase la
verdadera guerra moderna.
Su caballería constaba únicamente de trescientas lanzas, al mando del
capitán Ives d’Allegre, el mismo que años antes había cautivado á Julia
Farnesio. El bailío de Dijón mandaba una hueste de suizos y gascones, y
á estas tropas de procedencia francesa había unido Borgia las compañías
de los _condottieri_ Tiberti y Ventivoglio. Además contaba con una
legión de españoles, que ascendió algunas veces á 3.000 combatientes,
figurando á su cabeza el noble valenciano don Hugo de Moncada, que fué
luego uno de los mejores capitanes de mar y tierra de Carlos V,
pereciendo como almirante en una batalla naval.
Claudio se detenía á reflexionar sobre la composición de esta tropa
española, núcleo, durante tres años, del ejército de César.
Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados á las
acciones heroicas y á los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un
capitán como César, semejante á ellos, cruel y generoso, dispuesto á
sostener la disciplina matando, y tolerante al mismo tiempo para los
atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo
referente á mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las
hazañas del «Valentino», como ellos llamaban á César, ó se habían
trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo
de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del
hijo del Papa. Muchos iban á embarcarse años después para combatir
contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los
cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo
recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo
la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin
distinción de idiomas ni fronteras, fuese para ellos interminable campo
de batalla.
Uno se llamaba Diego García de Paredes, y era apodado «el Sansón de
Extremadura», atribuyéndole la tradición--tantas eran sus fuerzas--el
arranque en una iglesia de la pila de agua bendita para que una dama
mojase sus dedos en ella con más facilidad, el detener con sola una mano
la marcha de una carreta de bueyes, el hacer frente á todas las
avanzadas de un ejército, protegiendo de este modo la retirada de los
suyos. A otro, también extremeño, Gonzalo Pizarro, lo apodaban «el
Romano» en Trujillo, su ciudad natal, á causa de sus campañas en
Italia. Mucho antes de servir á César Borgia había tenido un bastardo
con una campesina de su tierra, abandonándolo, y este chicuelo, llamado
Francisco, que guardaba cerdos y no había tenido tiempo para aprender á
leer, conquistaba años adelante á orillas del Pacífico un Imperio
enorme, llamado del Perú, gobernando como rey los vastísimos territorios
de los Incas vencidos.
Don Michelotto era capitán de una de las más temibles compañías,
compuesta de españoles bullangueros y espadachines reclutados en los
suburbios de Roma.
También en la hueste italiana los hombres eran de una existencia no
menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de
combate; otros cultos, de gustos artísticos, llevados á la guerra por
violencias de su carácter ó aventuras de su historia azarosa. Todos los
escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de humanidades
aburridos de su vida sedentaria, pintores ó escultores que habían
descalabrado á un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de
la justicia, se acogían á las banderas del Valentino. Uno de estos
soldados se llamaba el Torrigiano, y era el mismo escultor feroz y
brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia
del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de
un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta
desfiguración.
El ejército de César constaba solamente de unos diez mil hombres, pero
con abundante artillería. Había observado en silencio el modo de hacer
la guerra usado por Gonzalo de Córdoba cuando guiaba al duque de Gandía,
aprovechando sus lecciones indirectas y perfeccionándolas. La infantería
y la artillería eran sus verdaderas armas. Los peones marchaban, bajo
sus órdenes, desembarazados de impedimenta, con gran movilidad. En aquel
tiempo de caballería pesada, de jinetes cubiertos de hierro, de marchas
lentas y reposos que duraban años ante las plazas sitiadas, César Borgia
fué de un lado á otro, buscando á sus enemigos, con celeridad pasmosa.
Recordaba Claudio cómo algunos autores franceses habían comparado la
rapidez de movimientos del joven conquistador papal con las campañas
que debía realizar sobre el mismo suelo de Italia, tres siglos después,
otro caudillo de sus mismos años llamado Bonaparte.
Empezó su guerra atacando á los señores que detentaban los feudos de la
Iglesia al otro lado de los Apeninos, sobre la vertiente del Adriático,
en las llamadas Romañas y la Marca de Ancona: los Manfredi de Faenza,
los Riario de Imola y de Forli, los Malatesta de Rímini, el Juan Sforza
de Pésaro, los Montefeltro de Urbino y tantos otros.
Las primeras operaciones fueron seguidas de rápidas victorias, casi sin
combate. Abrían sus puertas los vecindarios de muchas ciudades al joven
conquistador, recibiéndolo en triunfo. Habían vivido sometidos hasta
entonces á la tiranía rapaz de pequeños déspotas, que se hacían guerra
entre ellos y siempre estaban de acuerdo para explotar á la plebe. A
César Borgia lo aclamaban como un libertador. Conocían su generosidad y
sentíanse halagados por sus costumbres democráticas.
El astuto Borgia conquistaba para el porvenir, llevando ante sus ojos la
quimera de agrupar todos los Estados italianos en un reino único,
obediente al Pontífice, pero gobernado por monarcas salidos de su
familia. La jornada iba á ser larga, y él debía acariciar al pueblo, que
le serviría de cabalgadura en tal camino, economizando sus fuerzas en
vez de molerlo á golpes y agotar su vigor, como hacían todos los
pequeños tiranos del Renacimiento.
Se había propuesto una conducta política, concretándola en este lema:
«Duro con los grandes, dulce con los humildes». Y para mantener dicha
máxima derramó la sangre de sus allegados cuando fué necesario. En
varias ocasiones ahorcó ó decapitó á gobernadores suyos, por haber
imitado la mala conducta de los señores desposeídos, abrumando al pueblo
con injusticias y robos.
Los romañoles, montañeses del Apenino, hercúleos y con gran afición á
los ejercicios violentos, veían favorecidos sus gustos por este gran
señor, siempre vestido de ricas telas y cubierto de joyas como las
damas. Su exterior delicado en apariencia, su rostro fino y sus
elegantes maneras ocultaban una fuerza atlética.
En las fiestas populares de los países conquistados por él, la
muchedumbre veía al poderoso duque Valentino hablando familiarmente con
labriegos y pastores. De pronto se quitaba el jubón de seda y la camisa
de blondas, quedando con el torso al aire, é invitaba á hacer lo mismo á
los señores que le acompañaban, entregándose á la lucha cuerpo á cuerpo
con los más humildes de sus súbditos, siempre que tuviesen una poderosa
musculatura, venciéndolos ó siendo vencido por ellos, y estrechando
finalmente la mano de su adversario entre aplausos y aclamaciones.
Como la distancia carecía de obstáculos suficientes para intimidar á
este jinete incansable, dejaba ir á sus tropas sobre Imola y á todo
galope se dirigía á la Ciudad Eterna para ver á su padre, después de un
año de separación. Permanecía dos días junto á él y tornaba á partir
para Imola en una galopada inverosímil, corriendo en veinticuatro horas
lo que exigía para otros varias jornadas.
Seguían las ciudades rindiéndosele sin resistencia. Sublevábase el
vecindario contra sus antiguos déspotas, aclamando á César. Eran los
castillos de cada población los que se defendían, por haberse encerrado
en ellos el señor del pequeño Estado ó su principal lugarteniente.
En Forli, capital de las tierras de la célebre Catalina Sforza--una de
las más trágicas figuras del Renacimiento italiano--, ocurría lo mismo.
Entregábase la ciudad á discreción, mientras Catalina corría á
encerrarse en la fortaleza, dispuesta á morir entre sus ruinas.
Este virago, sin duda heroico, vivió una existencia abundante en
desgracias y crímenes. Sus infortunios conmovían á los contemporáneos
porque era mujer, pero verdaderamente resultaba superior por la
brutalidad de su carácter, más salvaje que viril, á todos los tiranos de
su época.
Su padre, antiguo déspota de Milán, exasperaba de tal modo al pueblo,
que éste lo mató, haciendo pedazos su cadáver. La mayor parte de sus
parientes, todos ellos tiranos, perecían víctimas de motivadas
venganzas. Mujer de cuerpo grande y vigoroso, teñida de rubio, como era
la moda entonces, violenta en sus amores y en su sistema de gobernar,
se había casado muy joven con un Riario, sobrino de Sixto IV y primo de
Juliano de la Rovere. Dicho Riario cometía tales atrocidades, que los
habitantes de Forli lo mataban, arrojando su cadáver desde lo alto de la
fortaleza. En vez de corregir tal castigo popular el carácter de
Catalina, lo hizo más autoritario y cruel. Tomó un amante que realizó
iguales excesos, provocando una segunda revolución, en la que fué hecho
pedazos, lo mismo que el esposo. Después de esto se dedicó ella sola á
oprimir y castigar á su pueblo.
Montada á caballo al frente de sus tropas, hizo pasar á cuchillo una
parte de la población de Forli, sin perdonar mujeres y niños. Repelida
por la muchedumbre hasta la fortaleza de la ciudad y sitiada en ella, le
exigieron los sublevados que se rindiese, avisándola que tenían entre
sus manos á sus hijos y los harían morir si no capitulaba.
Entonces la rubia amazona, subida en una almena, se remangó las faldas,
mostrándose desnuda de cintura abajo, y por toda contestación golpeó con
su diestra el blanco globo de su vientre y el musgoso triángulo final.
Podían matar á sus hijos: ella guardaba el molde para hacer otros.
Poseedora de Forli y las poblaciones anexas, como viuda de un sobrino de
Papa que las había recibido en feudo, este marimacho joven y
bárbaramente heroico resultaba un enemigo digno de César. En vano avanzó
Borgia á pecho descubierto hasta el pie del castillo para rogar á la
Sforza que capitulase, evitando las consecuencias de una lucha
desesperada. La terrible hembra no le quiso oir, y el 12 de Enero de
1500, por una brecha abierta á cañonazos, penetraban los asaltantes en
el primer recinto. Catalina se refugió entonces en la torre central,
apodada «el Macho», pero las minas preparadas estallaron á destiempo,
haciendo más daño á los suyos que á los enemigos, y éstos consiguieron
apoderarse de toda la fortaleza.
César hizo prisionera á Catalina, tratándola con los honores debidos á
su rango, mientras esperaba ocasión de enviarla á Roma, donde la seguían
un proceso por haber intentado envenenar al Papa. Los cronistas de
Venecia, que aprovechaban todos los sucesos para inventar una nueva
calumnia contra los Borgia, escribieron que el vencedor de Catalina
Sforza no se había contentado con penetrar en la fortaleza de Forli,
haciendo sufrir á su antigua poseedora otros asaltos. También llegaron á
insinuar que Alejandro VI había abusado de ella cuando la tuvo cautiva
en el Vaticano, cómodamente alojada en el palacio del Belvedere.
Tales suposiciones eran absurdas. César, de gustos refinados en sus
amores, no podía sentirse atraído por esta amazona admirable á causa de
su brutalidad, pero poco atractiva como mujer; y en cuanto al padre,
vivía más dominado que nunca por Julia Farnesio.
En cambio, resultaban indiscutibles la bondad y la tolerancia de
Alejandro. Tenía pruebas de que Catalina había preparado su
envenenamiento, librándose de él por un azar. Podía haberla sometido á
un tribunal que la condenase á muerte con todas las formas legales;
también le habría sido fácil desembarazarse de ella haciéndola
estrangular cuando vivía en el castillo de Sant Angelo ó en la dulce
prisión del Belvedere, imitando los procedimientos de otros soberanos.
Pero al verla vencida se dejó llevar por su carácter jocundo, incapaz de
largas y premeditadas venganzas, permitiendo finalmente que se retirase
á un convento de Florencia. De él salió luego para casarse con Juan de
Médicis, teniendo un hijo que fué el famoso _condottiere_ Juan de las
Bandas Negras.
Dejaba César como gobernador de Forli á un español de su confianza, don
Ramiro de Lorca, y pretendía seguir adelante en sus campañas, cayendo
sobre los territorios de Pésaro y otros Estados inmediatos, cuando Luis
XII, por exigencias de Tribulcio, su representante en Milán, le quitó
momentáneamente las tropas francesas que figuraban en su ejército. Esto
le obligó á suspender sus operaciones, retirándose á Roma, no sin antes
conquistar otras plazas de menos importancia.
Toda Italia se convenció de que la Iglesia tenía por primera vez un gran
capitán propio, capaz de defender sus tierras actuales y recobrar las
perdidas. Movíanse Alejandro y César por una ambición de familia, «pero
no resultaba menos cierto--como dijo Maquiavelo--que después de
fallecidos Alejandro y el duque Valentino, la Santa Sede iba á heredar
todas sus conquistas».
«La Iglesia--pensaba Claudio--salió agrandada del pontificado de
Alejandro VI y no disminuída, como en muchos papados anteriores. Julio
II, el vengativo Juliano de la Rovere, que tanto escarnecía á su antiguo
amigo Borgia, heredaba de él la paz y el orden establecidos por su
autoridad en los Estados pontificios, el aumento de las Romañas y otras
provincias, así como la ruina de los barones feudatarios, escarmentados
é incapaces de reproducir sus demasías contra los Papas. El cosechó lo
que otros habían sembrado.»
Fué la entrada de César en Roma una imitación de los cortejos triunfales
de la antigüedad. Le esperaba su padre con una impaciencia que no podía
disimular, llorando y riendo al mismo tiempo. Sentíase orgulloso de este
hijo de veinticuatro años que, luego de mostrarse en Francia superior á
los primeros diplomáticos de Europa, acababa de revelarse un guerrero
invencible.
«Ante sus ojos--siguió pensando Claudio--se abrían nuevos cielos. El
también soñaba, como César, en un porvenir glorioso. Su vida particular,
con todas sus debilidades y pecados, la consideraba independiente de sus
funciones de Pontífice. Aspiraba á ser uno de los más grandes Papas,
trabajando con desinterés por la prosperidad de la Iglesia. Sus
carnalidades de hombre no le impedían sentir una profunda fe religiosa.
Era igual á los personajes de su época, creyentes en los dioses paganos,
en la astrología, en la magia, y al mismo tiempo en el cristianismo;
adoradores sinceros de la Virgen y escandalosamente licenciosos en su
vida ordinaria.»
Dios le protegía; estaba seguro de ello. Un nuevo mundo había sido
descubierto bajo su pontificado. Y un gran capitán de la Iglesia
revelábase ahora en su familia. Cuando sojuzgase á los tiranuelos de
Italia, estableciendo en ella la unidad política, el orden y la
prosperidad, tendría que pensar en la reconquista de Jerusalén y
Constantinopla, aspiración de todos los Pontífices anteriores, que nunca
pasó de ser vano proyecto. El y su hijo realizarían tan enormes
empresas.
Todo el Sacro Colegio, los embajadores, la curia, la nobleza romana,
los ciudadanos notables, salían fuera de la puerta de Santa María del
Popolo para recibir con la cabeza destocada al nuevo caudillo de la
Iglesia.
César, que había heredado de su padre el genio de la magnificencia, supo
mostrarse digno de tan grandiosa recepción. Sus tropas de italianos y
españoles, así como su cortejo de caballeros, desfilaron con un orden
poco conocido en los ejércitos de entonces, mostrando gran suntuosidad
en sus vestimentas. Hasta los carromatos de su bagaje llevaban ricas
fundas con el escudo de los Borgia.
En cambio, él, deseoso de llamar la atención por el contraste, iba á la
española, su traje favorito, vestido de terciopelo y satén negros, con
elegante modestia, pero llevando al cuello el gran collar de San Miguel,
presente de Luis XII, distintivo reservado á los príncipes de sangre
regia. Además, cada una de sus armas era una joya artística.
Entró en la empavesada ciudad entre cañonazos y volteos de campanas; las
mujeres le enviaban flores, sonrisas, besos. El pueblo daba vivas á
«nuestro César». Era un capitán victorioso nacido en Roma, el hijo de la
señora Vannoza la del Transtevere, y todos creían propia la gloria del
hijo del Papa. Por el Corso llegó al castillo de Sant Angelo y luego al
palacio papal, recibiéndolo el Pontífice en el célebre salón del
Papagayo, destinado á los embajadores.
Modesto y grave, dió gracias el joven caudillo en una corta arenga,
inclinándose á continuación ante el Papa para besarle un pie, según el
ceremonial; pero Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas, le tendía
los brazos, estrechándolo en ellos.
Sucedíanse las fiestas, desfilando á través de la ciudad un cortejo
simbólico que representaba el triunfo de Julio César. Las glorias de los
dos Césares, hijos de Roma, eran confundidas por la muchedumbre
entusiástica. Mientras ésta se regocijaba día y noche en mascaradas y
bailes, el héroe permanecía al margen de tales diversiones, oculto en su
alojamiento del Vaticano, entre caudillos, prelados, escritores y
pintores, hablando con ellos de poesía, de historia ó artes plásticas.
Empezó á llevar la existencia anormal de sus últimos años, que le
rodeaba de misterio, dando cierta veracidad ficticia á las calumnias de
sus enemigos. Gustaba de no ser visto nunca por las gentes que hablaban
de él en todo momento. Vivía de noche, dando audiencia en las horas de
la madrugada. Si salía por la ciudad, era con antifaz y vestido de
negro, para que nadie lo reconociese.
«Particularidad inexplicable--se decía Claudio--. Este hombre tan rápido
en sus operaciones de guerra, tan amigo del esfuerzo físico, que
consideraba un placer la lucha á brazo partido con sus más vigorosos
súbditos, cuando estaba en su casa, rara vez usaba las sillas.
Permanecía días enteros acostado en un diván, y así leía ó escuchaba las
lecturas de su secretario; así escribía sus breves cartas, comía ó
jugaba al ajedrez con sus amigos. En los últimos años de su existencia,
cuando no estaba á caballo vivía tendido.»
Todo en él era con exageración y violentas alternativas. Podía galopar
días enteros, reventando corceles, y era capaz de pasar una semana lo
mismo que un musulmán en su harén, sin sentir necesidad de movimiento.
Después que el Papa le dió la Rosa de Oro, distinción reservada casi
siempre á los reyes, que el Sacro Colegio votó unánimemente premiando
sus servicios á la Iglesia, dejóse ver otra vez en público, pasando sin
esfuerzo de su pereza oriental á la más arriesgada actividad. A espaldas
de la basílica de San Pedro se había improvisado una plaza de toros,
para dar una corrida, á la que asistió toda Roma.
Mostrábase el héroe en esta corrida á cara descubierta, bajando á la
arena con simple jubón y calzas para torear á pie, matando cinco toros
con una espada pesadísima y una capa que le servía de muleta. El último
toro lo remató de un golpe que era su secreto, hiriéndolo entre dos
vértebras tan profundamente que cortaba por entero su pescuezo, y el
público rugió de admiración ante dicha habilidad, no pudiendo explicarse
tanta fuerza en un joven esbelto y de facciones delicadas. Los
embajadores enemigos de la familia papal escribían á sus gobiernos
asombrados del valor y la maestría de César, reconociendo el inmenso
entusiasmo de los romanos por él.
Pronto empezaron á sentir los Borgia las consecuencias de su triunfo
militar en forma de calumnias y ataques anónimos.
Claudio veía imaginariamente al padre y al hijo como si hubiesen metido
los pies en un inmenso avispero, no pudiendo defenderse de sus enjambres
irritados. Un Papa español osaba hacer lo que ninguno de los Pontífices
nacidos en Italia, restableciendo la autoridad de la Santa Sede,
desconocida siempre por los tiranuelos que detentaban las tierras de la
Iglesia. Un joven romano, cuya sangre era por mitad española, iba á
acabar con todos ellos, acariciando el designio de apoderarse más
adelante de Florencia y hasta de los Estados que tenía Venecia en la
tierra firme, para constituir una Italia única... Y todos los señores,
grandes ó mediocres, así como las repúblicas comerciales, difamaban á
estos dos extranjeros triunfantes en Roma. Los libelistas escribían
contra los Borgia crónicas monstruosas, que empezaban siempre por un «se
dice». Forjaban epigramas feroces ó historias inverosímiles, aceptadas
sin obstáculo por las muchedumbres, dispuestas siempre á creer todo lo
que causa daño á los poderosos.
Nadie mostraba interés en apoyar al Pontífice y á su hijo, y en cambio,
eran muchos los que juzgaban conveniente su muerte. Sólo podían proteger
á un contado número de autores residentes en Roma, y los demás escribían
ó inventaban en el resto de Italia contra la victoriosa familia.
Los mismos españoles instalados en el país contribuían á esta guerra
desleal. Los Borgia no podían dar colocación á todos, y con una saña
reconcentrada y envidiosa repetían las maledicencias de los noveleros
italianos, agrandándolas. Uno de ellos, el capitán Fernández de Oviedo,
que fué años después el primer historiador del Nuevo Mundo, acogió en
Roma las más absurdas patrañas contra Alejandro y César, culpables en
realidad de no haberlo empleado nunca.
En Nápoles, el rey Federico, que adivinaba un próximo ataque del
monarca francés y de César Borgia, dió libertad á sus escritores para
que agrediesen con la pluma á la familia papal. El rey de España, desde
lejos, aprobaba igualmente esta guerra contra un compatriota que había
osado emanciparse de su autoridad. Venecia era un foco de propaganda
antiborgiana. En Florencia, los consejeros del Estado indicaban á
Maquiavelo la necesidad de impedir que César continuase sus campañas
«fuese como fuese», lo que significaba, en el lenguaje de entonces, la
conveniencia de asesinarlo.
Dos sucesos ocurridos dentro del Vaticano preocuparon por algún tiempo
al pueblo de Roma. En Junio de 1500 una tempestad echó abajo la gran
chimenea del palacio papal, destruyendo con sus escombros el techo del
salón donde daba audiencia Alejandro VI. Dicho derrumbamiento mató á
varios de los que rodeaban al Pontífice, pero éste resultaba indemne
gracias á una larga viga que al caer formó ángulo encima de su cabeza,
librándole de la lluvia de cascotes que indudablemente le habría matado.
Una vez más se mostró el valor tranquilo del Papa, hombre que ya contaba
setenta años. Sólo quiso dejarse curar por su hija Lucrecia, sin que se
notasen en él signos de miedo; antes bien, creyó en un influjo
providencial que velaba por su existencia para que pudiese realizar
todos sus planes en pro de la grandeza del Pontificado. Semanas después,
cuando los romanos comentaban aún el «milagro» con que Dios había
protegido al papa Borgia, un crimen hizo olvidar dicho suceso.
Alfonso de Aragón, duque de Biseglia y marido de Lucrecia, era apuñalado
á las once de la noche en la escalinata de San Pedro por un grupo de
hombres enmascarados, cuando iba á reunirse con su esposa en el
Vaticano. Los agresores huían creyéndole muerto, protegidos por un grupo
de jinetes, hasta una de las puertas de Roma. Alfonso, que sólo estaba
herido de gravedad en la cabeza y los brazos, llegaba arrastrándose á
las habitaciones del Pontífice, pidiendo auxilio, y su mujer sufría un
síncope al reconocer su voz.
Sancha y Lucrecia dedicábanse á su curación, y el Papa prohibía bajo
pena de muerte que las gentes penetrasen con armas en la llamada Ciudad
Leonina, ó sea en los barrios inmediatos al Vaticano. Además, colocó
centinelas ante la puerta del dormitorio del herido, á pesar de que le
velaban su mujer y su hermana á todas horas. Esta conducta de Alejandro
denunció su temor de que volviera á repetirse la intentona de asesinato
por parte de alguien que él no se atrevía á castigar.
Mostrábase el esposo de Lucrecia más inclinado á favor de su tío el rey
de Nápoles que de la familia Borgia, y dicho monarca napolitano
consideraba gran fortuna la posibilidad de que desapareciese César. Este
era enemigo suyo y esperaba solamente que el rey de Francia avanzase
contra Nápoles para unirse á él. Ofendido, por su parte, el hijo del
Papa á causa del menosprecio con que le había tratado Federico cuando
solicitó la mano de su hija, incitaba á Luis XII para que se apoderase
de Nápoles cuanto antes. Convenía esta conquista á sus intereses
políticos, esperando sacar de ella muchos territorios para aquella
Italia futura unificada bajo su mando.
La opinión general creyó la tentativa de asesinato del duque de Biseglia
obra de César. El tampoco se recató en mostrar el odio que le inspiraba
su cuñado.
«Los encargados de ennegrecer á los Borgia--se dijo Claudio--sólo hablan
del asesinato del príncipe napolitano y no consignan las declaraciones
de César, el cual afirmó que Biseglia, por encargo del rey de Nápoles,
había querido matarlo dos veces; una de ellas valiéndose de un arquero
muy hábil, para que lo suprimiera desde lejos y sin ruido con un
flechazo certero cuando lo viese pasar por un patio del Vaticano.»
Sin duda, su guardia personal, dirigida por el terrible don Michelotto,
había descubierto las mencionadas asechanzas, y el duque Valentino se
mostraba implacable en tales casos, ordenando matar para que no le
matasen.
Explicábase Claudio dicho suceso recordando las costumbres políticas de
entonces. Todos reconocían la necesidad y hasta la santidad del crimen
de Estado. El que estorbaba á un príncipe debía morir por obra del puñal
ó del veneno.
No había gobernante ni personaje rico que dejase de hacer probar viandas
y bebidas á sus criados antes de sentarse á la mesa. Tampoco existía
Papa, rey, príncipe, cardenal ó simple _condottiere_ que no poseyera un
navío de plata con las velas desplegadas, cuyo casco se abría con llave,
guardándose en su interior el cubierto propio, la servilleta, la sal y
todas las especias, para evitar así un posible envenenamiento. Todo
invitado á un banquete enviaba por delante su navío con un doméstico
fiel encargado de colocarlo en la mesa, y al llegar lo abría con su
llave, sacando el cubierto y las especias, sin que al dueño de la casa
le ofendiese tal precaución.
Una de las razones de la vida nocturna de César y su aislamiento de la
multitud, que le hacía ir enmascarado, era que así podía librarse más
fácilmente de las tentativas de asesinato y envenenamiento urdidas
contra él por los tiranuelos de Italia. Ninguno de éstos sentía limpia
su conciencia. Todos tenían en su historia uno ó varios homicidios por
motivos políticos ó privados.
La muerte del duque de Biseglia fué relatada de diverso modo por cada
uno de los embajadores y los folicularios enemigos de los Borgia.
Atribuyéronla unos al veneno, los más á la estrangulación.
Contaban que el príncipe napolitano estaba en su dormitorio,
convaleciente de sus heridas, conversando con su esposa y su hermana
Sancha, cuando llamaron á la puerta. Una de las dos preguntó:
--¿Quién es?
--El diablo--repuso desde fuera una voz burlona.
Se abrió la puerta bajo el rudo empujón de varios hombres. Unos echaron
fuera de la cámara á las dos señoras, mientras otro más pequeño, que
parecía su jefe, el terrible don Michelotto, estrangulaba en su lecho al
duque de Biseglia.
En realidad, este suceso no produjo gran escándalo. Todos vieron en él
un crimen de Estado, corriente en aquella época, y los embajadores de
las principales naciones no le concedieron en sus despachos
extraordinaria importancia. Casi lo atenuaron por odio á César, como si
tal asesinato fuese un acto meritorio de gran político.
«El salvajismo de los mencionados procedimientos--pensó Claudio--nos
espanta, porque tenemos un alma diversa á la de entonces; porque hemos
perdido las nociones del arte de morir, amando más la vida con todas las
cobardías que comporta dicho amor; cobardías que los hombres del
Renacimiento no conocieron por estar convencidos de que morirían
jóvenes.»
Aterrada é indignada Lucrecia por la muerte del padre de su hijo, se
retiró á Nepi, cayendo enferma de fiebre; pero transcurridos tres ó
cuatro meses volvía á Roma para figurar en las fiestas papales,
consolada ya de su viudez.
Mujer de su época, respetuosa ante los crímenes de Estado, la convencía
César fácilmente de sus razones para obrar así, en defensa propia,
demostrando que su difunto esposo merecía la muerte que él le había
hecho dar. La misma razón de Estado consiguió que Lucrecia aceptase, sin
oposición alguna, un tercer matrimonio, el más brillante de todos, con
el duque Alfonso de Este, soberano de Ferrara, uno de los mejores
Estados de Italia.
César iba á empezar de nuevo la guerra. Luis XII, que se había preparado
á invadir el reino de Nápoles, enviaba otra vez al Valentino las tropas
que le retiró. Esta segunda campaña contra los vasallos rebeldes de la
Iglesia también la secundaban las ciudades sometidas á ellos. Oprimidas
y arruinadas, acogían al duque del Valentinado como un salvador. Los
vecindarios de Pésaro y Rímini sublevábanse contra sus señores al ver
las avanzadas del ejército papal.
El primer marido de Lucrecia, implacable calumniador de los Borgia, huía
despavorido de Pésaro antes de la llegada de César, que había hecho
juramento de matarlo por su propia mano.
Se entregaban las poblaciones ó eran tomadas por asalto después de corto
asedio. La única ciudad que opuso una resistencia heroica fué Faenza,
debiéndose esto á que los habitantes sentían un sincero afecto por su
soberano, Astor Manfredi, casi un adolescente, el mozo más hermoso de su
época, valeroso, de nobles sentimientos, y que trataba á sus súbditos
con una bondad constante. Reconociendo César el heroísmo de este
adversario, lo combatió con toda clase de miramientos caballerescos. En
los días que se suspendía la lucha, mantenían los dos jefes y sus tropas
relaciones de amistad.
Consideraba Claudio Borja estas campañas del hijo de Alejandro como una
obra de artista. Su ejército celebraba las fiestas de Carnaval mientras
mantenía el sitio de una de las ciudades de la Romana, y para que los
sitiados se divirtiesen igualmente, César hacía entrar en la plaza, como
regalo suyo, varios carros cargados de disfraces y caretas.
Su corte militar abundaba en literatos, músicos, pintores y escultores.
Su secretario, Agapito de Amalia, era un gran humanista. También
acompañaban al duque varios poetas, entre ellos el célebre improvisador
Serafino de Aquila.
El ingeniero general de su ejército y constructor de fortificaciones se
llamaba simplemente Leonardo de Vinci y era ignorado aún en Italia. Esta
profesión de ingeniero del futuro autor de la _Gioconda_ no resultaba
extraordinaria en una época cuyos grandes hombres mostraron las más
diversas aptitudes. Mientras llegaba la hora de inmortalizarse como
pintor, Leonardo de Vinci hacía dibujos para el Valentino, planos de
fortalezas, puentes, acueductos, caminos y puertos, ó discurría nuevas
máquinas de guerra. Tal multiplicidad en las manifestaciones del talento
la mostraban igualmente otros artistas de entonces, aunque ninguno de
ellos llegó al proteísmo genial de Leonardo.
De vida aventurera, ansioso de abrirse paso en medio de la general
indiferencia, sin sentir los trastornos que causa la atracción de la
mujer, con una tranquila asexualidad que le permitía ser dueño de sus
acciones, y acusándole algunos injustamente de afición al «vicio
griego», Leonardo de Vinci sentíase deslumbrado por este capitán
glorioso que acababa de surgir como un astro de rápida trayectoria.
No siendo hombre de espada, le servía como ingeniero y mecánico,
pensando incesantemente para él, ofreciéndole todas las semanas un nuevo
invento.
«También el artista--pensó Claudio--era distinto en los albores del
Renacimiento á como es ahora. Pintores y escultores vivían como simples
artesanos, formando gremios semejantes á los de los obreros manuales,
sin otras aspiraciones que las de su pequeño círculo, divirtiéndose á su
manera y procurando que los señores no los invitasen á sus palacios,
pues se encontraban desorientados y tristes en un ambiente superior al
suyo.»
Una de sus sociedades en Florencia, titulada «La Cazuela», obligaba á
cada uno de sus individuos á asistir á los banquetes comunes, aportando
un plato diferente al que llevasen los demás, imponiéndole multas ó
penitencias grotescas cuando resultaba igual al de otro socio más
antiguo.
Gobiernos y grandes señores empleaban á los artistas célebres en
trabajos de guerra. Los escultores con el título de _magister arcium_
construían fortificaciones ó labraban con el cincel pelotas de piedra
para las bombardas. Los pintores se esforzaban por inventar nuevas
máquinas bélicas, viéndose recompensados por ello con más largueza que
por sus cuadros.
Servían los artistas para todo lo que significase estudio, invento ó
dirección de trabajos, y muchas veces les pagaban con un tabardo de
brillantes colores ó unas cuantas varas de paño para la familia. «Son
gentes groseras, que sólo conocen su arte.» Así se expresaba un obispo
de la época.
En realidad, no existían especialistas. Todos servían para todo, siendo
el gran Leonardo de Vinci el tipo perfecto de estos acumuladores de
genio. También se dedicaban á contratistas de trabajos públicos. Miguel
Ángel perdió siete meses de su vida dirigiendo en las canteras de Lumi
la extracción de piedras, rodeado de excavadores y de carreteros,
trabajo que podía haber hecho cualquier maestro de obras. Tal era su
aburrimiento durante estos siete meses de capataz, que pensó esculpir
toda la montaña, como si fuese un solo bloque, haciendo de ella
gigantesca estatua.
El trato con los humanistas educaba y dignificaba á estos genios
incultos que vivían como obreros. Se hicieron menos brutales en sus
costumbres. Ya no admiraron á un Torrigiano que aplastaba de un
puñetazo la nariz de su camarada Miguel Ángel. Y como los humanistas
imponían la moda en aquel tiempo, señores laicos y eclesiásticos,
viéndoles tratar con deferencia á los artistas, se acostumbraron á hacer
lo mismo.
«Fueron los escritores--afirmó mentalmente Borja--los que sacaron de su
humildad obrera á los artistas plásticos, iniciando la importancia que
gozan en nuestra época el pintor y el escultor.»
César Borgia apenas tuvo tiempo para ejercer el mecenazgo. Su verdadera
vida duraba tres años nada más, y fué la de un guerrero, preocupándose
sólo de las artes en los raros intervalos de reposo que le dejaron sus
campañas. A pesar de esto, su generosidad para los literatos y los
artistas resultaba proverbial, designándola los poetas con el nombre de
_Liberalita Cesarea._ En sus tiempos de cardenalato, todo el producto
del arzobispado de Valencia, que era de los más ricos, gastábalo en
mantener escritores, escultores y cinceladores.
No pudo conocer á todos los artistas de entonces, pero protegió á tres,
los más famosos: el Pinturicchio, maestro tan admirado años después por
Rafael, Leonardo de Vinci y Miguel Ángel.
Una constelación de poetas, algunos de ellos prodigiosos improvisadores,
le seguía á todas partes, muriendo jóvenes lo mismo que su Mecenas, á
causa de una existencia atropellada y libertina. Muchos escribieron en
latín relatando las hazañas de su protector _De Gestis Cesaris Borgia_.
Otros cantaban al toro, emblema heráldico de la poderosa familia,
dedicando sus versos _Ad Bovem Borgia_, ó exclamaban así en honor del
duque de las Romañas, futuro creador de una Italia única:
_Salve Italum o splendor Dux illustrissime
Cesar, o Salve Cesar, Maxima fama Ducum._
El arte antiguo iba resurgiendo entre las ruinas de la campiña romana.
Con frecuencia, el arado, movido por búfalos, sacaba á luz mármoles
prodigiosos ó dejaba descubiertas tumbas cuyos cadáveres, envueltos en
vestiduras áureas, se deshacían al quedar en contacto con la atmósfera.
César hacía siempre regalos de valor artístico, enviando á las señoras
estatuas antiguas ó ricas joyas cinceladas por sus protegidos. Muchas
damas de entonces adoraban las obras de la antigüedad.
A Miguel Ángel lo conoció de un modo extraordinario. Llegaba éste á Roma
por primera vez, casi ignorado, y el cardenal Riario, sobrino de Sixto
IV, enseñó al joven florentino su museo de mármoles clásicos, dándole á
entender que nunca los artistas del presente conseguirían producir obras
parecidas.
Fijábase Miguel Ángel en un Amor dormido que tenía un pie roto, y
declaraba que dicha obra la había hecho él en Florencia, años antes,
enviándola á un vendedor de Roma. Este había quebrado un pie á la
pequeña estatua para hacerla pasar mejor por obra remota, vendiéndola en
doscientos ducados al cardenal Riario, y no dando al artista mas que
treinta.
Procedió el príncipe eclesiástico con avaricia y falta de nobleza. Al
enterarse de que tan hermosa obra no era antigua, á pesar de que todos
la creían así, protestó exigiendo que le devolviesen su dinero. Entonces
intervino César con su generosidad de gran señor, adquiriendo la estatua
por su primer precio, y guardándola algunos años. Luego la envió á
Isabel de Este, que se la había pedido en repetidas ocasiones, afirmando
que le sería imposible dormir tranquila mientras no la hiciese tal
regalo.
Desde entonces el escultor florentino empezó á ser célebre, gracias á la
intervención de César; pero éste sólo pudo verlo en contadas ocasiones,
á causa de sus guerras. Miguel Ángel, poco afecto á las cosas militares,
no quiso seguirle en su vida de campamento, como hicieron otros
artistas.
Se apoderaba al fin de Faenza el duque Valentino, tratando amistosamente
á su heroico defensor. Los dos jóvenes comían juntos y se apreciaban
como hermanos de armas.
Conocedor César de los nobles sentimientos de este guerrero casi
adolescente, quiso hacer de él uno de sus capitanes. Al perder Faenza y
sus tierras, quedaba Astor Manfredi sin fortuna, y aceptó con
agradecimiento las proposiciones de Borgia. Siguiendo al caudillo
victorioso, que sólo tenía unos pocos años más que él, podría conseguir
nuevos señoríos en los países que éste conquistase.
Si César hubiese querido deshacerse de Manfredi, fácil le habría sido en
los primeros momentos de su triunfo. Astor se fué con él á Roma,
llevando la vida alegre de un héroe joven, en una ciudad de costumbres
licenciosas. Su belleza era famosa en toda Italia. Mujeres y artistas
conocían de oídas al hermoso señor de Faenza, semejante á las estatuas
más puras legadas por la antigüedad.
Una mañana el cadáver de Astor Manfredi apareció flotando sobre las
aguas del Tíber con los brazos atados y--según decían algunos, sin poder
aducir pruebas--con vestigios del mayor de los ultrajes que puede
recibir un hombre. Horas después se encontraban en el río los cadáveres
de otros dos jóvenes y el de una mujer desconocida. El Tíber daba estos
presentes casi á diario, como testimonio de las bacanales y citas
misteriosas de la noche anterior.
Inmediatamente los agentes de Venecia atribuyeron dicha muerte al duque
Valentino, como si fuese el único, en aquella Roma depravada, capaz de
realizar tales crímenes. Ningún interés le aconsejaba suprimir al señor
de Faenza; en cambio, le convenía conservarlo á su lado para que los
faenzinos, que amaban mucho á su antiguo príncipe, aceptasen
voluntariamente el nuevo gobierno papal. Su única culpabilidad consistió
en acceder á los ruegos de Astor, deseoso de acompañarlo á Roma para
gozar sus placeres y lujos, en vez de obligarle á que se retirase á otra
población, en uso de la libertad que le había concedido.
Todo lo malo de entonces, ocurriese donde ocurriese, era sabido de
antemano que lo hacía César Borgia, con asombrosa ubicuidad. Igualmente
le atribuían todas las demasías amorosas de los soldados á sus órdenes,
los cuales no eran mejores ni peores que otros guerreros de aquella
época.
Diego Ramírez, uno de sus capitanes españoles, raptaba á la bella
Dorotea Caracciolo, esposa de un militar al servicio de la República de
Venecia. Y sin embargo, César se veía acusado como autor directo del
rapto, á pesar de que la hermosa Dorotea y el capitán español habían
desaparecido y sus relaciones adúlteras databan de mucho antes. En su
campaña contra Nápoles, al entrar en Capua, sus tropas italianas se
llevaban cautivas á cuarenta mujeres de dicha ciudad, tal vez para
exigir rescate por ellas, cosa corriente en las guerras de entonces,
pues igual habían hecho los franceses con damas de la corte papal. Acto
continuo, los gaceteros de Venecia y Florencia hacían circular por toda
Italia la noticia de que César Borgia, en el botín de Capua, se había
reservado cuarenta hermosas cautivas para llevarlas á su harén.
El capitán francés Ives d’Allegre reía de tales calumnias contra su
compañero de armas, considerándolas estúpidas.
--Las mujeres--decía--no le han faltado nunca al duque del Valentinado.
Tiene que defenderse de ellas, tanto es lo que le buscan, y no necesita
tomarlas por la fuerza.
En aquel tiempo era imposible mantener agrupado un ejército si no se
ofrecía á los soldados, de tarde en tarde, el saqueo de alguna ciudad,
con todas sus consecuencias, para su diversión y provecho.
Después de haber tomado á Capua en su campaña contra Nápoles, tuvo que
atender César al sitio de Plombino, confiado hasta entonces á sus
lugartenientes.
Figuraba en su corte ambulante un ciudadano de Florencia llamado Nicolás
Maquiavelo. La República florentina, justamente alarmada por los
progresos de César, había encargado al más sutil de sus diplomáticos que
le siguiese de cerca para adivinar sus intenciones. El duque, tan
diplomático como él, adivinaba esta hipócrita vigilancia, comunicándole
únicamente aquello que le convenía decir. De todos modos, Maquiavelo se
mostraba cada vez más convencido de que este conquistador de
veinticuatro años acabaría por adueñarse de Florencia y demás Estados
inmediatos, creando una Italia única y compacta bajo el protectorado de
los Pontífices.
Lucrecia se casaba en Roma por poderes con Alfonso de Ferrara,
emprendiendo una marcha lenta hacia los Estados de su marido, seguida de
majestuoso cortejo. Durante el baile con que se celebró su matrimonio en
el Vaticano, mostrábase de pronto un danzarín, vestido elegantemente de
negro, con antifaz del mismo color. Bailaba solo, con una maestría y una
gracia que hacían retirarse á los demás, atrayendo las miradas de todos
los presentes y creando en torno á su persona un silencio admirativo. A
los pocos momentos lo reconocían á causa de su habilidad.
--Es nuestro César... el único César. Sólo puede ser él.
Había abandonado sus tropas, llegando á Roma en una de aquellas
galopadas que duraban días enteros y eran motivo de que las gentes le
viesen á un mismo tiempo en diversos lugares, muy apartados unos de
otros. Bailaba algunos minutos nada más en la boda de su hermana y
desaparecía tan misteriosamente como había llegado.
El Papa hacía un viaje por mar á Piombino para ver esta última conquista
de su hijo, cuyo puerto y murallas reparaba Leonardo de Vinci.
Mostrábase triste Alejandro luego de la partida de su hija para sus
nuevos Estados, como si presintiese que ya no la vería más. Después de
las fiestas de Piombino y las conversaciones del Pontífice con Leonardo,
maravillosamente experto en toda clase de materias, una horrible
tempestad ponía en peligro las galeras pontificias ante las costas de
Toscana.
Fué una tormenta comparable á la de treinta años antes, cuando el nuncio
Rodrigo de Borja volvía de su legación de España. César y los hombres
más temibles de su séquito permanecían tumbados, sin voluntad, víctimas
del mareo y del terror que inspiran el mar y el viento desencadenados á
los que siempre combatieron en tierra. Las tripulaciones se daban por
perdidas. Sólo el Pontífice guardó una admirable lucidez, considerando
los marinos esta tranquilidad sonriente como algo milagroso.
Continuó el Valentino su guerra contra los señores italianos después de
avistarse en Milán con Luis XII de Francia, que le daba públicamente
grandes muestras de afecto.
Uno de los _condottieri_ á su servicio, Vitellozzo-Vitelli, fingía haber
abierto por su cuenta la guerra contra la República florentina, aunque
en realidad trabajaba siguiendo las órdenes de su jefe. De pronto, César
empezó á notar que el suelo vacilaba bajo sus pies.
Su verdadero punto de apoyo era aquel ejército siempre invencible,
formado con arreglo á la táctica de los tiempos modernos que empezaba á
iniciarse entonces, basada en la fuerza demoledora de los cañones y la
ligereza de la infantería. Pero este ejército resultaba heterogéneo; los
_condottieri_, atraídos por la buena fortuna del joven capitán, eran
demasiado numerosos. César sólo podía tener fe en los dos mil ó tres mil
españoles alistados bajo sus banderas.
Habían vivido siempre de hacer la guerra sus principales lugartenientes
italianos, y empezaban éstos á percatarse de que el joven caudillo, de
victoria en victoria, los iría devorando á ellos mismos, pues su
autoridad se engrandecía suprimiendo á las antiguas familias feudales.
Además, creían llegado el momento de trabajar por su cuenta, quedándose
con las tierras conquistadas, y si era necesario matar á su jefe,
estaban dispuestos á hacerlo. Pero César no era hombre que tardase en
enterarse de un peligro inmediato.
Todos los capitanes importantes que seguían al llamado ahora duque de
las Romañas entendíanse secretamente en Septiembre de 1502, provocando
una revuelta de sus tropas. Los dos más prestigiosos, Ventivoglio, señor
de Bolonia, y Vitellozzo-Vitelli, convocaban á los demás _condottieri_
al servicio de César, ligándose entre ellos con un juramento trágico
para desembarazarse del duque.
Juntaban una cantidad de tropas tan extraordinariamente superior á las
que se mantenían fieles á César, que la derrota y la muerte del jefe no
parecían dudosas; mas el duque de las Romañas, admirado por Maquiavelo,
era «el Príncipe» descrito por éste en su libro famoso, y supo
desbaratar las maquinaciones sordas de sus enemigos, proponiéndose al
mismo tiempo el castigarlos con severidad.
Acababa de tomar á Urbino, destronando á Guidobaldo su soberano, el
mismo que sirvió de maestro militar al duque de Gandía. Guidobaldo,
_condottiere_ de profesión, se había puesto de acuerdo con sus
camaradas, conjurados contra César. Los habitantes de Urbino, enterados
de las divisiones en el ejército del gonfaloniero de la Iglesia, se
sublevaban contra éste, repeliendo á sus capitanes. A la vez, Pisa
llamaba á César para entregarse á él en odio á Florencia, pero el
Valentino no se atrevía á emprender dicha campaña después de la
defección de sus lugartenientes.
En realidad, estos revoltosos temblaban ante la idea de luchar de un
modo decisivo contra su antiguo señor. Además, repugnábales ir muy lejos
en su indisciplina, al no sentirse sinceramente unidos entre ellos.
Entablaba César relaciones secretas con muchos de sus antiguos
subordinados para dislocar de tal modo la conjuración. Vitellozzo, Paolo
Orsini y Oliveretto da Ferino, que eran los tres revoltosos más tenaces
é influyentes, le presentaban una serie de reclamaciones abusivas,
exigiendo su inmediato reconocimiento y amenazándolo en caso contrario
con una franca revuelta.
Paolo Orsini iba á buscar á César en Imola para llevarle este documento
firmado por todos los _condottieri_. El duque de las Romañas aceptaba
una entrevista con los más principales, y finalmente, designábase como
punto de reunión la ciudad de Sinigaglia, que acababa de ser tomada por
uno de sus tenientes. El gobernador aún se mantenía en el castillo de
dicha ciudad, manifestando que sólo rendiría la fortaleza á César en
persona, y esperaba para entregarla á que éste se presentase.
Salió César de Cesana el 26 de Diciembre. El día anterior, al amanecer,
el vecindario había visto en la plaza principal el cuerpo decapitado de
don Ramiro de Lorca, gobernador de las Romañas desde unos meses antes, y
su cabeza clavada en el hierro de una pica.
Permaneció en el misterio esta ejecución del alto personaje español,
favorito del duque. Tal vez estaba relacionada con la actitud de los
conjurados. También pudo ser, como insinuó César, un castigo ejemplar
por su conducta abusiva con los pueblos sometidos á su gobierno.
El 30 de Diciembre llegaba César á Sinigaglia, sin más escolta que una
pequeña tropa de españoles, fieles á toda prueba, mandada por don
Michelotto.
Nunca mostró tanta audacia ni tan firme seguridad en su buena estrella.
Avanzó á sabiendas entre las mallas de la traición, sin guardar ninguna
salida para salvarse.
La exigencia del gobernador de Sinigaglia de no entregar su castillo mas
que á César era un ardid concertado con los _condottieri_ rebeldes.
Estos mantenían disimuladas sus tropas á cierta distancia de la ciudad,
para que el duque no sintiese inquietud, y cuando penetrase confiado en
ella, con su escolta mandada por don Micalet, todo el ejército avanzaría
en un movimiento envolvente, matando á César y á los españoles que lo
guardaban.
Borgia, por su parte, tenía pensada otra traición como respuesta á tales
preparativos. Era un duelo de disimulo y ligereza. El más audaz, el que
pegase antes, sería el vencedor.
«Este descendiente de caballeros de la Reconquista española--se dijo
Claudio--era por nacimiento generoso é intrépido. En todos los Borgia la
franqueza y la bravura fueron condiciones naturales; pero trasladados al
ambiente italiano del siglo XV, tuvieron que adaptarse á él, para poder
vivir. Teniendo en torno la traición y la astucia, la mentira y la
duplicidad, propias de la corte romana, en medio de eclesiásticos
familiarizados con el disimulo y la perfidia, acabaron por sobresalir en
esta nueva atmósfera, pues su inteligencia superior y su voluntad férrea
les facilitaron dicha transformación. César, nacido en Italia y
desarrollando su infancia y su juventud en el mundo papal, resultó el
hombre más sutil de su época.»
Encontraba en los alrededores de Sinigaglia á Vitelli, á Paolo Orsini y
Oliveretto da Fermo. Las tropas numerosas de éstos se mantenían
invisibles lejos de dicha ciudad.
El jefe y sus antiguos tenientes se saludaron con falso regocijo. Los
conjurados estaban seguros de que César admitiría todas sus exigencias,
por la persuasión ó por la fuerza. No les seguían como escolta mas que
dos pequeñas huestes: la que mandaba don Michelotto y la de Oliveretto,
esta última de mercenarios italianos.
Don Michelotto marchó delante de todos al entrar en Sinigaglia, con el
pretexto de que el enemigo, poseedor aún de la fortaleza, podía
atacarlos de pronto. Un puente daba acceso á la ciudad, y don Miguelito,
que ya tenía sus gentes dentro de ella, dejó pasar á César y á los tres
_condottieri_ nada más. Luego se interpuso, é impidió la entrada de los
soldados de Oliveretto, alegando la falta de alojamientos y que era
mejor se instalasen en el arrabal.
Mientras Corella realizaba esta astuta maniobra, el duque y sus
capitanes traidores llegaban á la puerta del caserón donde iba á
instalarse aquél. Los tres intentaron despedirse; pero César los retuvo
amablemente, rogándoles que entrasen en su alojamiento para continuar
hablando de la toma del castillo de Sinigaglia, que debía realizarse
aquella misma tarde, por rendición ó á viva fuerza. Le siguieron los
_condottieri_, y el duque los abandonó en un salón, manifestando el
deseo de cambiar de ropas ó con otro pretexto más natural y apremiante.
Pasaron unos minutos de espera, y la puerta de la sala se abrió,
apareciendo en ella don Michelotto. Inmediatamente su gesto les hizo
adivinar la emboscada en que habían caído. Los ojos del hombrecito eran
los de un dogo feroz que considera inútil ladrar para morder. Hizo un
ademán al grupo de españoles que le seguía, y en un instante los tres
_condottieri_ se vieron amordazados y amarrados con cuerdas.
Volviendo en seguida don Michelotto su tropa contra la de Oliveretto,
que había quedado en el arrabal, cayó sobre ella, matando á cuantos
hombres intentaron resistirse y rindiendo á los más.
El verdadero ejército de los conjurados, que se mantenía esperando
órdenes á varias millas de Sinigaglia, al saber lo ocurrido se apresuró
á retirarse, no obstante estar mandado por un sobrino y un hermano de
los presos. Terminada esta operación tan rápida y eficaz, el duque de
las Romañas se posesionó de la fortaleza de Sinigaglia antes de que se
ocultase el sol, tal como lo había prometido.
Luego de una especie de juicio muy rápido, Vitellozzo-Vitelli y
Oliveretto da Fermo eran estrangulados á la mañana siguiente, en
presencia de don Michelotto. César no gustaba de presidir las
ejecuciones ordenadas por él. Su elegancia sólo consentía la vista de la
muerte en los campos de batalla. Era el sanguinario y puntual Micalet
quien atendía á estos quehaceres, inevitables en aquella época.
A Paolo Orsini, el tercer prisionero, lo guardó para conducirlo á Roma y
confrontarlo con otros miembros de su familia que habían preparado una
conjuración contra la vida del Pontífice. Dicha revuelta debía iniciarse
en la capital tan pronto como se recibiesen nuevas de la prisión de
César en Sinigaglia, ó de su muerte. Pero la noticia que llegó á Roma
fué la del inesperado triunfo de César, y Alejandro VI se apresuró á
encarcelar en el Vaticano á todos los de la familia Orsini, un cardenal,
un arzobispo, un protonotario de la Curia y varios hombres de guerra.
Después de este golpe certero pudo completar el Valentino sus
conquistas, seguido de un ejército fiel y compacto, cuyos capitanes,
escarmentados por el ejemplo, no quisieron ya intentar ninguna
sublevación contra su invencible señor.
Paolo y Francesco Orsini, cuya complicidad en la conjuración de los
_condottieri_ era notoria, fueron ejecutados después de un proceso
rápido, pero ordinario y legal.
Los Borgia, tan acusados de asesinos y envenenadores, podían haberse
librado en tal ocasión de todos los Orsini, sus peores enemigos. Sin
embargo, los de dicha familia presos en Roma quedaron con vida, y el
único que murió en la prisión durante el proceso, el cardenal Orsini,
fué sometido á toda clase de exámenes para demostrar que su muerte había
sido natural, á causa de las emociones sufridas y de sus muchos años,
reconociéndolo así sus parientes. Esto no fué obstáculo para que los
embajadores de Venecia y de Florencia hablasen de envenenamiento,
quedando visible una vez más la mala fe de estos enviados á la corte de
Roma, todos enemigos de los Borgia, y especialmente de César, por sus
pretensiones á favor de la unidad peninsular.
La astucia de Sinigaglia fué comentada en toda Europa con admiración. El
duque de las Romañas había informado á las cortes del juicio y muerte de
los culpables, así como de las medidas tomadas en Roma contra la facción
Orsini. Casi todos los soberanos respondieron con cartas laudatorias.
Actos como el de César eran considerados entonces de buena guerra y
excelente política. Resultaba acción brillante adivinar la traición de
los adversarios y valerse de la sorpresa para desembarazarse de ellos
con una traición más hábil y pronta.
Maquiavelo no pudo contener su entusiasmo ante la tragedia de
Sinigaglia. Como florentino, temía al «Príncipe» que meditaba la
conquista de su país; como tratadista político, lo admiraba, viendo en
él una brillante personificación de todas sus ideas sobre la vida del
Estado.
Y al examinar con qué serenidad y audacia se había ido prestando á las
combinaciones de sus enemigos, dejándose envolver á sabiendas por su
traición para sorprenderlos mejor, exclamó con un fervor de discípulo:
--¡Oh, el bello engaño!...
IV
De la conversación que sostuvo Claudio en un «dancing» y de cómo
Enciso le regaló al día siguiente media estampa de los Reyes Magos
de Colonia.
Repentinamente dejó de pensar en los Borgia.
De las múltiples caras de Roma sólo vió la moderna, la víctormanuelesca,
calles de reciente edificación, con hoteles imitando los _palaces_
yanquis, legaciones diplomáticas, el mundo, en una palabra, que había
frecuentado antes de su imprudente y escandalosa conducta en los salones
de Enciso. Pasaba ahora el día entero fuera de su «villino», huyendo de
la melancolía «histórica»--así la llamaba--de aquellos alrededores de la
Ciudad Eterna, abundantes en ruinas y recuerdos.
Comía en un restorán donde estaba seguro de encontrar compatriotas
suyos, pintores y escultores, ó varios secretarios y agregados
diplomáticos pertenecientes á legaciones de diversos países de la
América que habla en español (no en latín) y que el vulgo llama
impropiamente América latina. Gustaba de sus diálogos alegres, sin
relación alguna con las resurrecciones históricas que le habían
mantenido varios días aislado en un estudio de pintor.
Sólo guardaba de dichas evocaciones un recuerdo insistente, el de la
energía varonil de César Borgia, su prontitud en desembarazarse de los
enemigos, su desprecio elegante y amable para las mujeres, que le
proporcionaba el verse deseado por todas ellas. Y al pensar en esto
último, sonreía ligeramente con una expresión--según él--semejante á la
del Valentino cuando estaba preparando su terrible encerrona de
Sinigaglia.
Influenciado por sus lecturas y sus meditaciones, se creyó poseedor de
una parte del carácter complejo y temible de su remoto ascendiente.
¡Lástima que los tiempos actuales fuesen tan distintos á los de entonces
y no permitieran el desprecio de la vida ajena y de la propia!...
De todos modos, pensaba hacer algo, sin saber con certeza qué podría
ser. Iba creciendo en su voluntad el deseo de ponerse en relación con
aquella señora de Pineda, de la que le hablaban muchas veces sus amigos
en el restorán y en el café, como si ignorasen ó tuviesen olvidada la
vida común que habían hecho ambos un año antes.
Mencionaban á Urdaneta, el general-doctor, sin acordarse nunca de Borja
en sus comentarios. Esta preterición le indignó, viendo en ella un
testimonio de su insignificancia. Además, le irritaba el tono de envidia
con que todos ellos se hacían lenguas de la buena suerte de López Rallo,
nombre de aquel diplomático sudamericano que acompañaba ahora á Rosaura
en sus viajes.
No conocía personalmente á este joven, pero se lo imaginaba, sin grandes
errores de apreciación, teniendo en cuenta lo que había oído á las
señoras en el banquete de Enciso y lo que le contaban sus amigos de Roma
al hablar con él en la _trattoria_ de artistas donde hacían sus comidas
ó en el café.
Algunos de ellos aceptaban con indiferencia la fama de hombre elegante
de López Rallo; otros negábanse indignados á admitir su distinción. Un
escultor español amigo de Claudio protestaba de que las mujeres lo
considerasen interesante.
--Un cursi--decía--, un personaje untuoso, que parece dado á todas horas
de barniz. Tiene cierto exotismo en su persona; es un mulatón que alaba
á sus nobles ascendientes españoles, y es posible que algún día le
veamos con una corona en los gemelos de la camisa y otra en las tarjetas
de visita. Lo único que admiro en él sinceramente es su monóculo.
Y todos celebraban, no sin asombro, la rara habilidad de este joven, que
le permitía vivir las horas diurnas y gran parte de la noche, cumpliendo
todas sus funciones vitales, sin que se desprendiese una sola vez el
redondel de vidrio incrustado en una de sus cejas.
Atribuían los amigos de Claudio á este adorno ocular, detrás del cual se
mostraba como empañada y moribunda una pupila gris, distinta á la otra
descubierta, el agrado con que le acogían en los salones. La
coexistencia de tres sangres diferentes en su organismo, «la blanca, la
negra y la india», como decía el escultor, condición poco gustada en
América, le proporcionaba en Europa cierto prestigio semejante al de los
héroes de novelas de viajes. Además, poseía la esbeltez de cuerpo, la
ligereza de miembros, la adaptación inmediata al ritmo bailable de todas
las razas primitivas, viéndose buscado y admirado como danzarín.
La frivolidad de sus aficiones y su aplomo, producto de una osadía con
éxito, le ayudaban á penetrar en todas partes, mirado al principio con
recelo y tolerado finalmente.
--Es un hombre--siguió diciendo el escultor--que va á caza de amistades,
y debe sentirse feliz cuando se acuesta habiendo sido presentado durante
el día á un duque ó un príncipe. En fin, un «arrivista». Según cuentan,
habla frecuentemente de su honor y su prestigio, para obligar á esa
señora argentina á que se case con él. ¡Como si el muy tunante fuese una
doncellita que ve en peligro su reputación!... Tal vez hace valer que su
tío es ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede, y él no puede
vivir en la irregular y pecadora situación de amancebado.
Reían todos al comentar estas supuestas añagazas de López Rallo para
casarse con la rica señora, dando solidez á su incierta posición social.
Claudio conocía al tío de dicho joven, un señor López Rallo del que
hablaba mucho Bustamante, apreciándolo como el mayor genio diplomático
de la América de habla española. Lo había visto en los salones de don
Arístides en Madrid, y una sola vez en Roma, en la Embajada de España.
Este personaje ilustre pasaba ahora la mayor parte del año viajando. Su
mala salud le hacía ser un alojado continuo de balnearios célebres ó de
ciertas poblaciones de Suiza y Alemania donde vivían especialistas
famosos en su enfermedad.
Bustamante lamentaba la decadencia de tan eminente amigo. Su silencio
diplomático, célebre al otro lado del Océano, se cortaba ahora durante
sus visitas con un jadeo acompañado de movimientos aprobativos de
cabeza. Hablaba con lentitud, y como muchas veces la otra celebridad
diplomática visitada por él era igualmente vieja y tarda en palabras y
pensamientos, ocurría que las dos Excelencias iban bajando el tono de su
voz y acababan por adormecerse, quedando en meditativa inmovilidad,
hasta que un estrépito venido de la calle ó un ruido en la pieza
inmediata los despertaba sobresaltados, continuando su pausada
conversación.
--Ahora está un poco apagado--había dicho don Arístides á su antiguo
pupilo--; pero hay que ver la inmensa obra internacional que lleva hecha
este hombre.
La pequeña república representada por él tenía tratados con todas las
naciones de la tierra, comerciales, políticos, hasta de propiedad
literaria y artística, no obstante carecer el citado país de
producciones de este género necesitadas de que las protegiesen. Y todo
lo había hecho teniendo en cuenta la inmortalidad de su nombre,
cuidándose bien de colocar al frente de cada uno de los mamotretos el
título de _Tratado López Rallo y..._ (aquí el nombre del representante
de la otra nación). Los tratados López Rallo y consorte eran tantos, que
con ellos había formado ya unos cuantos volúmenes, impresos á costa del
país que tenía la dicha de contarlo por suyo.
--En realidad, el célebre «tratadista»--dijo uno de los amigos de
Claudio, en el café--es hombre bueno, y hay que disculpar su manía.
Después de ajustar tantos tratados se ve tan pobre como al principio. Su
patria paga mediocremente sus esfuerzos, y se mantiene gracias á su
esposa, una señora buena creyente y algo mulata, orgullosa de la gloria
marital. Ella es la que lo ha traído junto al Papa, pues prefiere ser
diplomática en el Vaticano á ver cortes y reyes, como en su juventud. Se
considera así más cerca del cielo, ahorrando camino para cuando muera.
Y como López Rallo, sobrino, no tiene ninguna esperanza de heredar, ni
posee otra fortuna que su exagerado _chic_ y sus habilidades
indiscutibles de bailarín, busca casarse con esa señora de Pineda tan
rica... No se le presentará mejor ocasión.
La había conocido meses antes en un balneario de moda, siguiendo al
eminente «tratadista». Claudio adivinaba la historia de estos amores,
iguales á todos los que atraen y juntan á las gentes frívolas de nuestra
época. Primero la proximidad y la confianza por medio del baile; luego
la cita, precedida de las vacilaciones de una voluntad titubeante.
Sintió el joven español cólera y asombro, como un enamorado que descubre
de pronto la infidelidad de la mujer amada. En vano su buen sentido
protestó de tal indignación, encontrándola ilógica. Era él quien había
abandonado á Rosaura voluntariamente, desoyendo con tenacidad las
palabras de ella, más conocedora de la vida, aconsejándole que se
quedase. ¿Qué fantasmas engañadores le habían hecho adoptar esta
decisión, moviéndose desde entonces con la incertidumbre de un buque
abandonado? ¿De qué le servía la libertad?... Y ella, lógicamente, había
seguido nuevos rumbos.
Esto último era lo que no podía admitir Borja. Irritábase su vanidad de
hombre ante la idea de que Rosaura le hubiese olvidado completamente.
Volvían á su memoria recuerdos íntimos, guardados en púdico secreto,
cuya evocación parecía caldear su sangre. Rosaura seguía amándolo;
estaba seguro de ello. Nadie podía conocer lo que había sido para él en
el misterio de sus voluptuosidades. Resultaba imposible que otro hombre
pudiera sustituirlo, hasta el punto de borrar por entero su recuerdo.
¡Quién sabe si le tenía presente en su imaginación á todas horas y por
orgullo se sacrificaba, fingiendo ignorar su existencia!...
Presentándose de pronto ante ella todo cambiaría en un momento. Viéndole
renacería en su memoria el misterioso pasado. Sólo se ama una vez con
honda pasión, que hace llevadera la esclavitud y gratas las abdicaciones
de la dignidad.
Sentía además una fiereza sexual, comparable á la petulancia orgullosa
que muestran los machos entre los seres irracionales. Esta mujer había
sido suya, y al verla de otro, cegábale la cólera egoísta del que
defiende su propiedad.
Lamentó no llevar un puñal al cinto como César Borgia. Las costumbres
modernas le parecieron despreciables con su dulzura de vivir y las
cobardías que ésta impone. Juzgó preferible aquella época del
Renacimiento, en la que no se respetaba otra ley que el propio deseo,
muriendo todos jóvenes y hartos.
Dos veces llegó, al atardecer, frente al gran hotel donde estaba alojada
Rosaura. Podía verla en el _dancing_. Era su hora. Pero acabó por huir,
sintiéndose poco después avergonzado de su indecisión.
Otro día, en vez de quedarse titubeando ante la portada del lujoso
hotel, entró decididamente, llegando al salón donde bailaban numerosas
parejas.
Empezaba á marcharse el público, y tuvo que atravesar la corriente
adversa de damas que se envolvían en sus abrigos para salir ó
conversaban entre ellas, caminando con lentitud en busca de sus
vehículos.
Siguió avanzando hasta los amplios corredores casi desiertos inmediatos
al gran salón. Sonaba la música más intensamente al haber bajado de tono
el susurro de las conversaciones, aumentándose la sonoridad de techos y
muros.
De pie, junto á una de las puertas, paseó Borja su mirada por todo el
centro del salón. Hecho extraordinario para él: vió á Rosaura, sin
conseguir reconocerla en el primer momento. Bailaba con un joven más
alto que ella, de palidez exótica, los cabellos negros y lacios echados
atrás, un tipo de mestizo esbelto, llevando un monóculo en su ojo
izquierdo. Este hombre fué quien se la hizo conocer. Luego sus ojos se
familiarizaron con la adorada imagen, hasta el punto de no ver más al
que bailaba con ella.
Ahora la conocía demasiado; la iba desnudando con sus ojos; la
contemplaba en su imaginación lo mismo que muchas noches en aquel
dormitorio de la Costa Azul, junto al Mediterráneo obscuro, partido por
el reguero triangular de plata viva desprendido de la luna, viendo el
ébano de sus sombras enlazadas y casi desnudas proyectándose sobre el
mosaico de la terraza inmediata con barandas de flores.
La argentina no adivinó su presencia. Sólo tenía ojos para su danzarín y
para las otras gentes, á las que saludaba con su sonrisa, por
encontrarlas todas las tardes en aquel mismo lugar.
No existía entre los dos la menor relación telepática. En otros tiempos,
aunque estuviese vuelta de espaldas, adivinaba Rosaura inmediatamente su
proximidad. Ahora los envíos misteriosos de su voluntad y de su recuerdo
caían inertes á pocos pasos de él, como proyectiles faltos de impulso.
Le pareció el ambiente de una engañosa fluidez: sólido, duro,
impenetrable, y al mismo tiempo, claro como una masa de cristal. Tales
fueron su decepción y su desaliento, que sintió deseos de huir, como en
las tardes anteriores, cuando llegaba hasta la puerta del hotel. Su
pasado estaba muerto y bien muerto. El lo había suprimido
voluntariamente. ¿A qué insistir, buscando una resurrección
imposible?...
Calló la música, y este accidente sin importancia pareció clavar sus
pies en el suelo. Tuvo vergüenza de marcharse, como si sólo pudiera
hacerlo aprovechando el baile de ella, cuando ignoraba aún su presencia.
Si huía, este danzarín del monóculo iba á enterarse tal vez de su fuga.
Necesitaba seguir allí.
A pesar de que López, al cesar el baile, se alejaba de la señora de
Pineda, saliendo del salón por otra puerta, Claudio no pensó en moverse.
Iba á volver muy pronto, lo había adivinado en su gesto. Luego sintió
inquietud, casi pavor, al ver que Rosaura venía hacia él.
Después de haber deseado tanto este encuentro, la vió aproximarse cada
vez más grande, como si hubiese crecido monstruosamente en un año de
ausencia. De nuevo quiso huir, pero le inmovilizó la triste certeza de
que esta mujer avanzaba sin reconocerlo, como si fuese uno de los muchos
curiosos ó huéspedes que se situaban en la galería principal, entre el
vestíbulo y el salón.
Pasó sin mirarle, sin la menor inquietud nerviosa que le hiciese
adivinar su persona. Iba sin duda á dar alguna orden á los empleados
que estaban en el vestíbulo ó á la oficina directora del hotel.
Siguió adelante, serena, con el andar gallardo de siempre, y únicamente
se estremeció al sonar á sus espaldas la voz de Borja.
--¡Rosaura!...
También ella vaciló un poco antes de reconocerle, pero su duda fué más
corta.
Palideció, é inmediatamente aquella sonrisa que tanto conocía Claudio,
la sonrisa amable é hipócrita «para las amistades», así como su voz que
él había comparado muchas veces á las vibraciones del cristal golpeado
por una perla, parecieron esparcir por su rostro un arrebol de amanecer
alegre.
--Borja... ¡Es usted!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?
Y le tendió una mano afable y blanda, como á cualquier amigo falto de
interés para ella.
Usaba el «usted» á pesar de que estaban solos, acogiéndolo cual si se
hubiesen visto semanas antes en otra ciudad. Un encuentro de hotel, ni
más ni menos.
El la tuteó, suprimiendo el pasado, como si sólo les separasen unos días
de su vida común en la Costa Azul; lo mismo que dos amantes después de
una divergencia pasajera, cuando se buscan para la reconciliación.
Al evocar Claudio en los días siguientes este encuentro, le era
imposible reconstituir con exactitud lo que había dicho. Sólo conseguía
acordarse de que ella le escuchaba en silencio, mirándole fijamente, con
gesto de extrañeza, apreciando sus palabras como algo inesperado,
molesto é inquietante.
Callaba Rosaura, adivinando la conveniencia de no oponer ninguna
respuesta capaz de enardecerle. Era mejor dejar libre el curso de su
catarata verbal, que sonaba con una continuidad sorda de confesión y
arrepentimiento. De este modo se agotaría esparciéndose sobre una
llanura silenciosa, limpia de obstáculos.
Lo único que recordaba Borja era su tono de enamorado humilde que vuelve
é implora perdón. Se cumplían las amenazas de la Venus de la Costa Azul,
cuando él la había pedido que le dejase partir. Tornaba como un
pordiosero. Le era imposible continuar existiendo sin la limosna de su
amor. Estaba arrepentido de su locura... De no encontrarse los dos en
una galería de hotel, se hubiese arrodillado á sus pies.
--Di que me perdonas... Mírame con ojos misericordiosos. Tómame otra
vez. Ahora me doy cuenta de que estoy solo en el mundo. Te necesito como
amante, como amiga, como hermana. Al verte comprendo lo que he perdido.
Lo veo mejor que hace media hora... Di que me perdonas... ¡Habla!...
Insúltame si te place... pero no calles, no sonrías... ¡Ay, tu silencio!
Y ella habló al fin, con frases entrecortadas, alzando los hombros, sin
dejar de sonreir.
--¿Qué puedo decirle, Borja? Usted se fué... usted lo quiso. No iba yo á
esperar toda mi vida la hora en que se le ocurriese volver. Creí que me
había olvidado para siempre. Los hombres como usted se aburren de
todo... ¡hasta de la felicidad!
--Yo te he escrito muchas veces...--dijo él apasionadamente, intentando
coger sus manos--. Luego un sentimiento inexplicable de vergüenza me
hacía romper mis cartas.
Ella contestó, repeliendo aquellas manos audaces y cálidas:
--También yo he roto, tal vez, muchas cartas... Pero esto debió ser al
principio, cuando aún me dolía la separación... Afortunadamente, tenemos
en nosotros dos fuerzas que nos ayudan á vivir: el olvido y la
esperanza; lo que necesitamos para suprimir el ayer y para hermosear el
mañana... Lo pasado ya es irremediable. ¿Por qué se empeña, Borja, en
resucitar lo que mató usted mismo?... Siga su camino y sea feliz.
Hizo una pausa, añadiendo poco después, como si intentase consolarlo:
--Me han dicho que al fin va usted á casarse con Estela Bustamante. Yo
también pienso casarme... no sé cuándo. Tal vez sea algo repentino, que
sorprenderá á la gente.
Volvió Borja á hablar con voz sorda, pero ahora su tono era
amenazante... Sólo él podía ser su esposo. Considerábase con mayores
derechos que todos los hombres. Hasta aquel Urdaneta, á pesar de su
leyenda de bravucón, le había cedido el paso. Y formuló promesas de
muerte contra todo el que intentase despojarlo de lo que apreciaba como
suyo.
Esta despótica pretensión irritó á Rosaura.
--¡Y yo no cuento para nada!--dijo--. ¿Cree que á mí se me deja y se me
toma sin consultar mi voluntad, como hacen en los barrios bajos los
galanes de gorra y navaja con sus pobres hembras?... Siempre ha sido
usted, Borja, un hombre demasiado original en sus afectos. Eso interesa
al principio, luego resulta una calamidad... Reconozco que puede ser
usted un amante adorable, pero ¡qué marido!... A su lado es imposible la
calma. Nunca se sabe de dónde soplará el viento. Y yo, amigo mío, me voy
haciendo vieja. Necesito verme querida por mí misma, sin sufrimientos ni
sacrificios para mantener la pasión del otro. Me va gustando tener un
esposo, no un amante, y usted, Borja, puede serlo todo menos marido de
una mujer como yo... Con una jovencita que le adore hasta la ceguera y
no conozca sus defectos, marchará usted bien. ¡Pero conmigo, que siempre
me vi buscada, no tolerando ninguna dominación de mis enamorados!...
Usted es el único con quien me mostré un poco blanda, y reconocerá que
me fué muy mal.
De toda esta palabrería, lo que más irritó á Claudio fué la continua
alusión que hizo ella á la posibilidad de casarse. Adivinaba el trabajo
envolvente del llamado «hombre del monóculo», inculcándola la idea de
dar una forma legal á sus amores.
Este danzarín mostraba mayor habilidad que el general-doctor, tal vez
por ser más joven que Urdaneta y que el mismo Borja. Las mujeres
cercanas á la madurez acogen con una irreflexiva supeditación el
ascendiente de la juventud.
Mostró Claudio una agresividad helada y cruel al hablar de este hombre
que tanto influía ahora en ella; un _snob_ medio indio, medio negro,
ignorante, sin otro talento que el de llevar bien un tercer ojo de
vidrio y mover rítmicamente los pies. Nunca estaría tranquila á su lado;
bailaría con todas.
Se apresuró Rosaura á interrumpirle con acento de seguridad.
--Bailará conmigo nada más--dijo sonriendo--, ó no bailará con nadie
cuando nos casemos. Vamos á cambiar de existencia. Usted no se acuerda
de que tengo hijos, y debo dedicarme á ellos, diciendo adiós á esta vida
de joven que llevo ya demasiado tiempo.
Luego sintió lástima ante la tristeza de su antiguo amante.
--¿Y así puede olvidarse todo un pasado?--preguntó él con voz
temblorosa--. ¿Nada de nuestra antigua felicidad perdura entre
nosotros?...
Rosaura habló en el mismo tono, melancólicamente.
--Fué un sueño... un sueño nada más. Olvídelo.
Y con emoción sincera, cual si no pudiese mirar de frente los días ya
perdidos, añadió en voz baja, como hablándose á sí misma:
--Un sueño nada más... un sueño hermoso. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...
Luego miró en torno con azoramiento, adivinando una presencia
inquietante, y empezó á balbucear:
--Déjeme, Borja. Otro día conversaremos más despacio... Nos veremos tal
vez en casa de Enciso. Ahora hay que separarse... La gente se fija en
nosotros. ¡Adiós!... ¡adiós! Hasta la vista.
Hablando maquinalmente, como atolondrada, intentó alejarse hacia el
vestíbulo. Pero al irse le había ofrecido una de sus manos, y él la
guardaba entre las suyas, impidiendo que se marchase.
Por instinto miró en torno, lo mismo que ella. El «hombre del monóculo»
estaba á pocos pasos, apoyado en una columna, haciendo gestos de
impaciencia. Al verse sorprendido por los ojos de Borja, miró á éste con
fijeza agresiva.
Claudio sintió una furia algo pueril, ocasionada por el brillo de aquel
disco de cristal, que juzgaba insolente. Se dió cuenta de que si no
había visto hasta aquella tarde á López Rallo, éste le conocía desde
mucho antes, no pudiendo explicarse cuándo ni cómo. Indudablemente
estaba celoso de él. Lo consideraba el único capaz de estorbar su
tranquilidad de amante y sus posibilidades de convertirse en marido.
Después de las miradas que se cruzaron entre ambos, creyó Rallo
necesario el aproximarse con una amabilidad fría, dirigiéndose
únicamente á la viuda de Pineda, fingiendo no ver al otro, como si le
considerase indigno de su atención.
--Señora, la están esperando. Si usted me permite...
Y la ofreció un brazo, lo mismo que si hubiesen terminado un baile y la
volviera á su asiento.
Intentó Rosaura apoyarse en dicho brazo, pero no pudo conseguirlo. Algo
inesperado, bárbaro, al margen de las convenciones de la vida social,
cortó su acción.
Claudio había vacilado un poco ante el inesperado avance de este hombre.
Luego creyó que estallaban de pronto todas las bombillas de las lámparas
inmediatas, esparciendo llamas en el ambiente hasta hacerlo de fuego
flúido. ¡Puñal de César Borgia! ¡Apasionada brutalidad de una vida de
acción, más allá de las cobardías de nuestra existencia civilizada y
dulce!... Y sin decir palabra, sin el más leve murmullo de cólera,
levantó su diestra, abofeteando al hombre que tenía delante.
Su mano realizó el prodigio inútilmente esperado por los admiradores de
la estabilidad de aquel monóculo que parecía sujeto con tornillos á la
arcada de la ceja. Por primera vez se desprendió el redondel de vidrio
de su marco, cayendo al suelo con un retintín que amortiguó el espesor
de la alfombra.
Sintióse desarmado su portador. Luego se inclinó para recobrarlo, y una
vez vuelto á su lugar, responder á la agresión, luchando cuerpo á
cuerpo. Pero Rosaura se interpuso entre los dos, fijando en Borja unos
ojos iracundos.
Esta mirada abatió instantáneamente su cólera. ¡Ay! ¡Qué interés el suyo
por un personaje que él creía grotesco!...
No pudo seguir sus reflexiones. La hermosa viuda tiraba de su futuro
esposo, y éste dejábase conducir sin esfuerzo, llevando en la diestra un
cartoncito blanco.
Adivinó Claudio que era una tarjeta suya. De no ver el pequeño cartón,
no lo habría creído. Tal vez acababa de darla, accediendo á una demanda
de su adversario. También podía ser que hubiese repetido
inconscientemente una acción tantas veces vista en las situaciones más
dramáticas del teatro y el cinematógrafo.
Salió del _palace_ con aparente tranquilidad. Nadie se había enterado de
lo ocurrido. Era la hora anterior á la comida, la más solitaria en todo
hotel de lujo, cuando ha cesado el baile y los huéspedes están en sus
cuartos, cambiando de vestimenta para bajar al comedor.
Comió Claudio en su _trattoria_ con más apetito que otras veces.
--Me he desahogado--musitaba--. Esto hace bien, digan lo que digan.
Y apreció con cierto orgullo la torpeza de su muñeca un poco tumefacta,
como prueba del vigor de su bofetada.
Aquella misma noche, estando en su tertulia habitual, se presentaron dos
señores para hablar con él. Venían de su «villino», y el criado
italiano, conocedor de las costumbres diarias de Borja, los había
enviado al café. Eran los representantes de don Rodolfo López Rallo.
Los presentó Claudio á su amigo el escultor, quedando citado éste con
ellos para la mañana siguiente. Necesitaba buscar en seguida á un amigo
suyo y de Borja, militar, agregado á la Embajada española, no á la de
don Arístides Bustamante, sino á la otra, á la acreditada en el
Quirinal, cerca del rey de Italia.
Cuando el joven acababa de levantarse, al otro día, un automóvil se
detuvo ante su casa. Poco después vió entrar á don Manuel Enciso,
sorprendiéndole en mitad de los cuidados higiénicos de su persona, sin
miramiento alguno, como si un suceso de inmensa importancia hubiese
suprimido todos los escrúpulos corteses y las fórmulas de buena
educación, de las que vivía esclavo el diplomático.
--Lo sé todo--dijo con voz dramática, imitando lo que tantas veces había
oído desde su palco en parecidas situaciones.
Uno de los padrinos de López Rallo era el nuevo secretario de su
Legación, que acababa de llegar á Roma, y al que no conocía Borja. Por
él se había enterado el plenipotenciario de lo ocurrido.
En el primer momento se opuso á que alguien de su casa interviniese en
un duelo, cosa prohibida por las leyes de la Iglesia. Era un diplomático
católico y no podía incurrir en tal pecado. Pero el joven había hecho
constar los deberes del compañerismo, el apoyo que se deben las gentes
de la «carrera». Se encontraba en la misma situación que los guardias
nobles del Papa, incapaces de dejar impune una ofensa cuando van de
uniforme, no obstante ser considerados como militares imbeles. Y Enciso
acababa por aceptar las objeciones de su subordinado.
Un interés novelesco parecía enardecer desde dos horas antes la
existencia del diplomático-artista. No contento con permitir que su
secretario se mezclase en dicho asunto, interesábase por sus resultados,
visitando á los dos adversarios.
López Rallo era sobrino del autor de tantos monumentos del derecho
internacional. A Borja lo apreciaba no menos, á causa de su apellido y
por su antiguo tutor don Arístides Bustamante, aunque ambos viviesen
ahora algo separados.
Consideraba inútil hacer gestiones de mediador entre ambos
contendientes. Había visto al «hombre del monóculo». Se mostraba
irreductible. Quería matar ó que lo matasen. Aquella agresión en
presencia de la señora de Pineda le hacía intolerable una vida sin
venganza.
La frialdad burlona de Claudio al hablar de su rival le convenció
igualmente de la ineficacia por esta parte de toda mediación amistosa.
--¡Ah, las mujeres!... ¡Qué cosa tan terrible el amor!--dijo con falso
acento de protesta.
En el fondo de su ánimo, este padre de familia admiraba las violencias y
escándalos que acompañan al amor, y parecía contentísimo de intervenir
en un lance de la vida real, semejante á los que había conocido hasta
entonces únicamente en los libros.
Consideraba lógico que dos hombres quisieran matarse por aquella hermosa
viuda, hacia la cual se volvía su recuerdo muchas veces. Todas las
mujeres de vida interesante que provocaban batallas entre los hombres ó
eran motivo de sus lágrimas, heroínas de teatro y de libro, le hacían
pensar inmediatamente en la señora de Pineda. Era para él una concreción
de cuantas aventuras y caprichos alegran la existencia humana y la
amargan á un tiempo, embelleciendo su natural monotonía. El también, de
no ser quien era, habría acabado por hacer locuras, lo mismo que estos
jóvenes que le inspiraban una envidia mansa.
--Estoy en relaciones--dijo--con los cuatro testigos que preparan el
encuentro. Hasta les he ayudado un poco con mi influencia.
Había conseguido el permiso necesario para que el duelo se efectuase en
un jardín, cerca de Roma, propiedad de una princesa austríaca, que ahora
tenía embargado el gobierno de Italia, pero exigiendo á los padrinos la
más absoluta discreción.
--Que nadie sepa nada. Imagínese usted si en el Vaticano llegaran á
enterarse de estas cosas... ¡Un ministro plenipotenciario cerca de la
Santa Sede!...
El encuentro iba á realizarse aquella misma tarde. Como él no había
presenciado nunca un duelo, deseaba aprovechar la ocasión.
--Les veré sin que ustedes me vean--siguió diciendo--. Me he preparado
un escondrijo de acuerdo con el hombre del jardín. No pasará nada grave;
me lo dice el corazón.
Esta tranquilidad permitió al buen Enciso mostrarse algo jactancioso en
sus apreciaciones sobre el próximo combate. Hubiese preferido un duelo á
espada. Aborrecía las armas modernas. La pólvora, según él, había
acabado con la poesía de la Historia.
--Además, ya sabe usted, amigo mío, que soy un cardenal del
Renacimiento, nacido con cuatro siglos de retraso; uno de aquellos
cardenales aseglarados como nuestro Rodrigo de Borja, que se presentaban
en las fiestas con espada al cinto, botas altas y plumas en el gorro. La
pistola no me parece de mi época; pero debemos resignarnos á los usos de
los tiempos de ahora, ya que en ellos vivimos.
Era López Rallo quien había exigido esta arma, creyéndola más eficaz
para suprimir á su enemigo. De un combate con armas blancas podían
salir, uno ú otro, sin mas que un simple rasguño.
--Dicen que es gran tirador...--continuó Enciso--. A usted también lo
creen experto en la pistola y otras armas... Por suerte, yo tengo la
corazonada de que no correrá sangre, y nunca me equivoco en mis
presentimientos.
Recibió Claudio con gestos despectivos esta afirmación de la habilidad
de su adversario. Le parecía bien la pistola. Recordaba sus ejercicios
en Madrid, durante varios años, amaestrándose en el uso de diversas
armas.
--Hace tiempo que no tiro--dijo--, pero le aseguro que al primer disparo
le partiré de un balazo el monóculo. Téngalo por indudable.
Se alarmó Enciso ante esta afirmación, dicha con una sinceridad que le
parecía terrorífica.
--No, amigo mío; usted no hará eso. Usted va á limitarse á tirar sin
mala intención, y el otro hará lo mismo. Yo se lo exigiré, y me
obedecerá. Deben ustedes salir del paso como buenos caballeros, y
luego... ¡ya veremos! Hablaré á esa señora para que resuelva las cosas á
gusto de todos... no sé cómo.
Después de dudar unos segundos, comprendiendo la inutilidad de su última
promesa, se apresuró á añadir:
--Lo importante es lo inmediato, lo que ocurrirá dentro de unas horas.
Tomó cierto aire solemne mientras sacaba de un bolsillo interior de su
chaqué un pequeño sobre de los que sirven para tarjetas.
--Va á prometerme, amigo Borja, que guardará esto en el traje que lleve
esta tarde. Es el ruego de un hombre que sabe de la vida más que
usted... No me pregunte. Obedezca.
A pesar de su tono de mando, se notaba en don Manuel un deseo vehemente
de ser interrogado acerca del misterio del pequeño sobre.
Claudio lo mantuvo en su diestra, preguntando con su mirada, antes de
guardarlo, y el diplomático se decidió finalmente á revelar su
contenido.
Era la mitad de una estampita representando á los Reyes Magos tales como
los conservan en la catedral de Colonia. Todo el que llevase este santo
papel encima de su cuerpo no podía morir de muerte violenta. Sin duda,
en su visita al otro combatiente, le había regalado la primera mitad del
sacro fetiche.
--No sonría usted, Borja. Un cardenal alemán, muy sabio y gran amigo
mío, me ha hecho conocer infinitos milagros de esta estampa; un varón
eminentísimo, incapaz de mentir... No se extrañe de que yo lo crea, á
pesar de que soy hombre mundano, «demasiado artista», como dice de mí el
tío de su adversario.
Luego adoptó cierto aire pedantesco, para añadir:
--«Existen entre el cielo y la tierra muchas cosas misteriosas que los
hombres ignoramos...» Ya sabe usted quién dijo esto, mejor que lo digo
yo.
Claudio hizo esfuerzos para mantenerse serio al oir que el gran Enciso
citaba á Shakespeare con el deseo de probar la fuerza milagrosa de una
media estampa de los supuestos Reyes Magos de Colonia.
Al darse cuenta el diplomático-artista de este asombro de su oyente,
añadió con modestia, como si se excusase:
--Inútil reirse de mí. Ya le he dicho que soy de otra época: igual á
aquellos personajes que creían á la vez en la Virgen María y en Venus,
llevaban sobre el pecho un medallón con la hostia consagrada y se
entregaban á la astrología y la magia. Siendo grandes pecadores, no
dudaban un momento del poder de Dios y la existencia de la vida
eterna... Le repito que soy el último cardenal del Renacimiento, con
mujer y cargado de hijos, lo mismo que muchos de ellos... pero todos
hijos legítimos.
V
El ocaso y la muerte
Envolvía á Claudio Borja una sensación de paz interior, de indiferencia
para cuanto le rodeaba. Era á modo de una brisa refrescante, venida del
infinito sólo para él, no pudiendo gozar nadie más su soplo.
Recordaba lo ocurrido veinticuatro horas antes, con el relieve de los
hechos recientes. Veía árboles de obscuro follaje limitando el
semicírculo de una planicie cubierta de hierba con florecillas. Ante sus
ojos, López Rallo, vestido de negro, con el cuello de su chaqué subido,
cual si cayese sobre él una lluvia invisible, el codo en escuadra, la
diestra cerrada y en alto, sirviendo de remate á este puño una gran
pistola.
Claudio estaba en la misma actitud, y á sus espaldas existía
indudablemente una arboleda igual á la otra. Enciso debía mantenerse
oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción.
Sonaban tres palmadas, y una voz repetía dichos golpes de manos
numerándolos. Los dos bajaban el brazo hasta ponerlo horizontal.
El quería matar, más por egoísmo que por verdadera cólera. Necesitaba
desembarazarse del «hombre del monóculo». Y aprovechó un breve intervalo
entre las tres palmadas para rectificar su puntería, buscando el brillo
de aquel redondel de vidrio, que el otro había conservado por petulancia
tal vez.
Oyó el tiro de la pistola que tenía enfrente, un ruido muy lejano, y
apretó el gatillo de la suya; mas no pudo escuchar su detonación. En el
mismo instante sintió un golpe en la parte alta de su pierna derecha,
una contusión, que le hizo recordar la que había sufrido, siendo
pequeño, al recibir cierta pedrada en una contienda con otros de su
edad.
Se le ocurrió que el proyectil de su enemigo había chocado en el suelo,
levantando un guijarro que rebotaba hasta él. No podía ser una herida.
Se mantuvo de pie, sin sentir que le abandonasen sus fuerzas, rígido y
bien plantado, dispuesto á continuar el combate. Los padrinos les
entregarían nuevas pistolas para que prosiguiese el lance. El accidente
carecía de importancia.
Lo único que le pareció raro fué el calor de dicha piedra, cuyo contacto
resultaba cáustico, igual á una quemadura.
De pronto vió correr hacia él á los cuatro padrinos, á los dos médicos,
al encargado del jardín y otras personas que habían estado ocultas
presenciando el encuentro. Hasta el plenipotenciario Enciso surgió de
entre unos árboles, pálido, alzando las manos á impulsos de su emoción.
Todos habían visto vacilar á Claudio, inclinándose á su derecha, sin que
él se diese cuenta de ello.
Como si aguzase sus sentidos esta convergencia general hacia el lugar
ocupado por su persona, empezó á percatarse de que algo húmedo iba
deslizándose á lo largo de su pierna, brotando de la contusión producida
por la pedrada caliente. Era sangre que manaba de un orificio
repentinamente abierto en su pantalón, más abajo de la cadera derecha.
Todos estos hombres se lo llevaban, quitándole la pistola, sin escuchar
sus deseos de proseguir el combate. Tampoco entendía en realidad sus
palabras. Vió solamente en torno á su rostro gesticulaciones, ojos
inquietos, y escuchó frases que le parecían faltas de sentido.
Pretendieron llevarle en alto, pero Claudio los rechazó, marchando
fácilmente por sus propios pies. Una nueva fuerza le hacía invulnerable
para el dolor. La pierna herida la consideraba como si fuese de otro,
pareciéndole cada vez menos sensible.
Luego se veía acostado en una pobre cama, la del jardinero. Los testigos
permanecieron junto á la puerta, dejando así más espacio á los dos
médicos, que trabajaban en torno á él, después de haber bajado sus
pantalones, para apreciar la herida.
Se dió cuenta de que su cuerpo estaba perforado por un nuevo agujero.
Percibió contactos metálicos en la carne rota, pero ningún dolor que
resultase intolerable.
Oyó exclamaciones de asombro, y tendido como estaba, no pudo ver los
rostros de los que las proferían. Tal vez eran de horror ante la
enormidad de aquel desgarrón que apenas si le causaba más daño que un
simple pinchazo. Las heridas de muerte inmediata debían ser así.
Un dolor más agudo. Los médicos le hacían una incisión en la parte
interior de la pierna, y sintió repentinamente un grato aligeramiento,
comparable al del que pierde una muela cariada. El redondo proyectil le
había atravesado el muslo, quedando junto á la piel, y los operadores
acababan de extraerlo fácilmente por el extremo opuesto.
--Es lo que llamamos nosotros una herida de suerte--dijo el oficial
español que le había servido de padrino.
Todos se acercaban á la cama con la confianza de la tranquilidad. Daban
explicaciones los médicos hablando de arterias, músculos y huesos que
podía haber fracturado la bala.
--Unos cuantos milímetros á la derecha, tal vez uno nada más, y la
herida sería gravísima.
Al levantar Borja su cara pálida y sonriente, vió á Enciso en la puerta,
mirando á lo alto con devota expresión. Movía la cabeza y hablaba al
mismo tiempo con cierta incoherencia para los demás.
--¡Y luego dicen!... ¡Y todavía hay quien duda!...
Le vendaban la pierna, esparciéndose un fuerte olor de drogas
antisépticas, é iba por su pie hasta el automóvil, situado frente á la
casa del jardinero.
--Esto no es nada--dijo sonriendo.
Los cuatro padrinos le hablaron con cierta timidez. Su adversario
lamentábase de lo ocurrido y olvidaba la ofensa recibida. Quería
estrechar su mano. Claudio dejó de sonreir é hizo un gesto como si
repeliese á un insecto invisible: «¡Ah, no!»
Le parecía ridícula tal proposición, y pasaron por su memoria como
personajes simpáticos César Borgia seguido de don Michelotto. ¡Estos
eran hombres!... Representaban la brutalidad de la existencia humana con
todo su esplendor trágico, sin hipocresías.
Entretanto, Enciso iba diciendo á sus espaldas:
--Indiscutiblemente, un milagro... ¡Un verdadero milagro!
El médico de Borja contestaba, asintiendo con movimientos de cabeza:
--Herida asombrosa, mas no por eso hay que descuidarla.
Anunciaron á Claudio que le acometería la fiebre al cerrar la noche;
pero no sufrió la menor alteración en su temperatura, mientras
conversaba con todos los amigos del restorán, venidos á visitarle.
Sonaba con frecuencia la campana de la verja de su jardincito. Todas las
gentes que había tratado en comidas y bailes cuando estaba en buenas
relaciones con el embajador Bustamante venían á dejar su tarjeta y
preguntar por su salud. Su duelo era en aquellos momentos tema de
conversación en hoteles y legaciones.
Durmió con un sueño normal, como si nada le hubiese ocurrido, sin otra
sensación extraordinaria que un fuerte cosquilleo en la herida y un
hedor de drogas saturando su dormitorio. El médico que le había
examinado la noche anterior, asombrándose de su falta de fiebre, vino á
despertarlo á media mañana, seguido de Su Excelencia Enciso de las
Casas.
Recibió el herido á éste con un gesto burlón.
--Anoche pensé que de poco me ha servido su estampita de los Reyes
Magos.
El otro levantó las manos al cielo. ¿Y aún dudaba del prodigio?...
Gracias á su precaución, la bala había atravesado nada más que los
«tejidos blandos» de la pierna, como decían los médicos, sin tocar algo
esencial que representase un peligro grave.
--Crea usted, amigo mío, que en el primer momento sufrí un gran susto.
Anoche todavía estaba impresionado, y hablé de ello con... ciertas
personas amigas. En realidad, es ahora cuando me convenzo de que no
pasará nada, después de oir las explicaciones del doctor.
Y el médico italiano, complacido de que tan importante personaje diese
fe á sus palabras, continuó hablando de la herida. Se mostraba
maravillado del vigor del joven, de la fuerza de sus tejidos para
rehacerse. En pocas semanas quedaría completamente cerrado aquel
orificio de la pierna, sin más que una ligera señal. Podía caminar en
aquel momento sin dificultad, cojeando ligeramente, pero resultaba
preferible que guardase reposo. Esto facilitaría la cicatrización.
Pasó la tarde solo. Le cansaba recibir visitas, hablando horas y horas
con aquellos amigos que venían á su estudio como á un café, llenándolo
de humo con sus cigarrillos, conversando siempre del lance y de su
adversario.
Estando á solas volvía á caer en aquella tranquilidad sobrehumana que le
hacía ver los sucesos recientes como si fuesen lejanísimos. El «hombre
del monóculo», y hasta la misma Rosaura, los creía personajes
imaginarios conocidos en una novela, cuyas formas vagorosas podía
cambiar al capricho de su pensamiento.
Indudablemente existían, pero ¡le interesaban ahora tan poco!... Su
voluntad parecía haberse paralizado desde que recibió en una de sus
piernas la pedrada caliente.
Con el deseo de entretener estas horas solitarias, buscó sus libros
favoritos, abandonados varios días sobre una mesilla árabe del estudio.
Otra vez se puso en contacto con la vida de cuatro siglos antes. César
Borgia, que había atravesado su imaginación en el momento de sentirse
herido, volvía á buscarle con su fiel y terrible don Micalet.
Empezaba la hora del ocaso para «nuestro César». Iba á ser vencido por
las misteriosas é inesperadas combinaciones de la suerte en el momento
que se veía más poderoso.
Algo semejante á lo que acababa de ocurrirle á él, recibiendo una herida
«estúpida» precisamente cuando se creía más seguro de meter una bala en
el ridículo disco de cristal ostentado por su adversario.
«La vida es ilógica--pensó--, y por eso no la dominamos nunca.»
En Julio de 1503 únicamente tenía que hacer el duque de las Romañas un
paseo militar por los territorios de la Iglesia, afirmando para siempre
la potencia temporal del Pontificado y su propia autoridad. Sólo le
quedaban por conquistar unos pequeños feudos de los Orsini, trabajo
fácil que había dejado para el último momento.
Cada vez veía más segura su gran empresa de la unificación de Italia.
Cierta parte de la Toscana, Perusa, Piombino y las islas de Elba eran ya
suyas. Pisa le llamaba, admirándolo como un salvador. Siena no quería
defenderse de él. Florencia estaba convencida de que fatalmente acabaría
por pertenecer á este capitán invencible.
Después de incorporar la Toscana á los Estados pontificios, podría
apoderarse del Milanesado y la República de Génova, donde no le faltaban
amigos, atacando finalmente al mayor de sus adversarios, la República de
Venecia, poco temible y vulnerable en una guerra terrestre. Terminadas
tales conquistas, el reino papal recogería sin dificultad, como frutos
maduros, Nápoles y Sicilia, siendo las avanzadas en el Mediterráneo de
esta Italia borgiana Córcega y Cerdeña.
Un plan tan vastísimo no podía realizarse durante el pontificado de su
padre, que ya contaba setenta y dos años; pero él sólo tenía
veintisiete, y recordando las grandes victorias conseguidas en los
últimos tres años, bien podía forjarse la esperanza de triunfar antes de
la madurez de su vida.
Para ser el verdadero soberano de esta Italia unificada bajo la Iglesia,
había ido preparando un Sacro Colegio de cardenales adictos, italianos y
españoles. Después de la muerte de su padre, él sería el jefe de los
consistorios, eligiendo á su gusto á los futuros Pontífices, y éstos se
circunscribirían á ejercer el poder espiritual, delegando en su persona
todas las funciones temporales.
«Mas César, siempre vencedor hasta entonces--se dijo Claudio--, ignoraba
la existencia del microbio, y unos cuantos gérmenes palúdicos bastaron
para derribar de un solo golpe la naciente y famosa dinastía de los
Borgia.»
Mantenían las lagunas cercanas á Roma, con sus nubes de mosquitos, la
fiebre palúdica todo el verano, matando diariamente centenares de
personas.
Se quejaba el Papa, el 12 de Agosto, de un acceso de fiebre; el 16 y el
17 lo sangraban copiosamente, dándole varios brebajes algo extravagantes
dignos de la medicina de entonces; y el 18, considerando cercano su fin,
se confesaba y pedía la comunión, haciendo que celebrasen una misa junto
á su lecho. Al terminarse ésta, sentía venir la muerte; al anochecer le
administraban la extremaunción, y fallecía pocas horas después, rodeado
de sus domésticos, casi todos españoles, y de algunos cardenales de
igual nacionalidad.
César Borgia no podía visitar á su padre. El también estaba enfermo,
casi agonizante, en otro piso del Vaticano, encima de la habitación
mortuoria del Pontífice.
Era igualmente víctima de la fiebre, agravada por violentos «accidentes
terciarios» de la sífilis, enfermedad contraída tres años antes, á
mediados de 1500. El antifaz negro que llevaba al principio, por afición
á la vida misteriosa y deseo de pasar inadvertido, le resultaba ya
necesario para ocultar los estragos de su cara. El príncipe «rubio y
bello», reputado como el más hermoso señor de Roma, tenía el rostro
violáceo, cubierto de erupciones cutáneas. Su epidermis se había
obscurecido. Sus narices empezaban á ser achatadas y muy anchas,
acrecentando esta repentina fealdad la horrible leyenda que envolvió los
últimos años de César.
El azar de que el padre y el hijo hubiesen caído enfermos de muerte á un
mismo tiempo dió nuevo pretexto á los calumniosos «se dice» con que
embajadores enemigos y folicularios al servicio de las desposeídas
familias feudales abrumaban á los Borgia.
Como todo lo de César debía ser extraordinario, el populacho romano
inventó unos terribles procedimientos terapéuticos empleados por el
médico español Gaspar Torrella, para salvarlo de su crisis mortal, y que
únicamente un hombre de su temple podía soportar. Habían abierto el
vientre á una mula, según unos, y á un toro, según otros, para meter
desnudo al enfermo dentro del cuerpo de dicho animal, chorreando sangre
y agitado por las convulsiones agónicas. A continuación sumergían al
paciente en una enorme tinaja llena de agua casi congelada.
Tales invenciones populares obedecían sin duda á que el valenciano
Torrella, médico de gran celebridad (hecho obispo por el Papa para que
cobrase las rentas de su diócesis), había aplicado á César un
tratamiento riguroso de inmersiones frías, y por antítesis, inventaba el
vulgo lo del encierro en el cuerpo caliente de un gran cuadrúpedo
destripado.
Se salvaba el Valentino, pero su curación era muy lenta y quedaban en su
rostro para siempre las huellas de esta crisis mortal.
Como Alejandro VI había muerto á consecuencia de una enfermedad
microbiana de rápida evolución, y era grande y obeso de cuerpo, su
cadáver se hinchaba inmediatamente, descomponiéndose. Su cara, negra y
tumefacta, resultó á las pocas horas inconocible.
Este desfiguramiento no pudo ser disimulado, ni tampoco la súbita
putrefacción del cadáver, y como el pueblo no tenía el menor concepto de
tales fenómenos orgánicos, dió curso libre una vez más á su fantasía
ávida de cosas dramáticas, suponiendo al Pontífice víctima del veneno.
En aquel entonces sólo los Borgia podían envenenar, y el crédulo
populacho inventó que todo lo ocurrido era obra de una equivocación, por
haber tomado el Papa y su hijo en una cena el mismo veneno que
destinaban al cardenal Corneto.
Tres meses después de la muerte de Alejandro VI, el humanista Pedro
Mártir de Anghiera, protegido de los Reyes Católicos y enviado de
España, fué el primero que se hizo eco de este cuento en una de sus
muchas cartas, elegantes, amenas, pero escritas con deplorable ligereza.
Todos los denigradores del Pontífice difunto se basaron inmediatamente
en dicha epístola para hablar una vez más del terrible «veneno de los
Borgia», añadiendo nuevos detalles á la leyenda popular.
El Papa y su hijo llegaban á «la viña» ó casa de recreo del cardenal
Corneto, acompañados por el cardenal español Remolino y otros dos
príncipes de la Iglesia. Alejandro VI había hecho traer á su bodeguero
del Vaticano varias botellas de vino, una de ellas con veneno, destinada
á Corneto. Pero al llegar, Alejandro y César sentían una sed violenta, y
el bodeguero papal les servía con tal precipitación que se equivocaba,
dándoles el vino envenenado.
«Y esta historia inverosímil--siguió pensando Claudio--ha vivido tres
siglos, copiándola los escritores unos de otros, hasta que, casi en
nuestros días, un examen ligero ha bastado para probar lo absurdo de su
trama. ¡Varios convidados que llegan á un banquete llevando botellas de
vino suyo, para que beba de una de ellas el dueño de la casa nada
más!...»
Era verdad que el Papa y César habían cenado en casa del cardenal
Corneto, pero el 5 de Agosto, sin que nadie sintiese en los días
siguientes la más leve indisposición. Sólo el 10, pasados cinco días,
fué cuando el Papa mostró cierto malestar; el 12 sufrió los síntomas
preliminares de la fiebre, llamando por primera vez al médico, y no
murió hasta el 18.
Contaba setenta y dos años de edad, y estaba gastadísimo por sus
preocupaciones de gobernante más aún que por los placeres carnales,
prolongados hasta su vejez. A nadie sorprendió su defunción ni tenía
nada de extraordinario que César enfermase de fiebre al mismo tiempo que
él, pues dicha dolencia perniciosa mataba algunos días en Roma más de
cien personas, sin distinción de clase social.
Varios cardenales y arzobispos residentes en la ciudad perecieron en las
semanas anteriores al fallecimiento de Alejandro VI. El 1.º de Agosto,
diez y ocho días antes de su muerte, vió el Pontífice desde una de las
ventanas del Vaticano el entierro de su sobrino Juan de Borja (el
menor), cardenal de Monreale. Cual si presintiese su próximo fin, el
Papa, que en aquel momento estaba sano, dijo melancólicamente á sus
familiares:
--El difunto era vigoroso y abultado como yo. Este verano va á resultar
fatal para los que somos obesos.
César, más joven y enjuto de cuerpo, lograba escapar de la muerte, pero
con grandes trabajos y quedando por mucho tiempo inmóvil en su lecho.
Hablando semanas después con Maquiavelo, le decía tristemente:
--Todo lo que podía ocurrir después del fallecimiento de mi padre lo
había yo previsto y remediado. Pero nunca se me ocurrió pensar que me
vería enfermo de muerte al mismo tiempo que él.
A pesar de hallarse moribundo, este hombre extraordinario tenía la
lucidez y la energía sobrehumanas de ordenar todo lo preciso para hacer
frente al doble desastre, la desaparición de Alejandro VI y su propia
agonía.
Varias veces por hora enviaba emisarios á las habitaciones inferiores
donde estaba su padre, para conocer los progresos de su enfermedad y
finalmente las angustias de sus últimos momentos.
Cuando le dieron la noticia de que el Papa había expirado, llamó á su
fiel don Michelotto, hablándole al oído. El fallecimiento del Pontífice
era el principio de una guerra, y para sostenerla resultaba
indispensable tener mucho oro. Y encargó á su terrible _alter ego_ que
se apoderase inmediatamente del tesoro del Vaticano.
Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen á
una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo
encargado de su custodia, ahuyentando luego á cuchilladas á otros
funcionarios papales. Con tal fervor servía á su amigo y amo, que se
llevó á las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas
de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.
Fuera del palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsini, que
vivía oculta, temiendo á César, se lanzaba á las calles al conocer la
muerte de su padre. Los Colonna formaban un pequeño ejército, avanzando
hacia Roma á marchas forzadas. Los Savelli, fugitivos desde años antes,
volvían á su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de
la Iglesia desposeídos de sus feudos y los _condottieri_ enemigos del
Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia ó en sus
antiguas tierras.
Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgia
se veían obligados á levantar barricadas frente á sus palacios ó casas.
La Ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas, choques
de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.
Asaltaban los Orsini las viviendas de los españoles para robarlas y
quemarlas. Los Colonna, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días
el odio secular para vengarse de César y sus amigos.
Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de
Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgia.
Siete diablos habían aparecido junto á su cama para llevárselo, apenas
muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había
vendido su alma al demonio á cambio de doce años de pontificado. «Al
morir--según escribía uno de la familia Gonzaga--se levantó en su cuerpo
un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»
Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su
cadáver. Tan voluminoso era al fin, que resultaba difícil acoplarlo en
el ataúd é imposible cerrar la tapa de éste.
Mientras tanto, el duque de las Romañas, sobreponiéndose á su desaliento
con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse
inmovilizado en su lecho, hacía frente á todo. Dictó órdenes
imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de
Roma; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo á reconocer su
calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no
permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos.
Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la
guardia personal del duque imponía respeto á sus enemigos en las calles.
Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus
agresiones á los españoles así que presentían la proximidad de don
Miguelito, el perro feroz de César.
En vano amenazaban á este último con que el rey de España iba á enviar
contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo
desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba á los delegados
del Sacro Colegio y á los representantes de los diversos partidos á
venir á tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus
hombres se imponían á los revoltosos, gracias á su disciplina, él,
empleando una diplomacia genial, estorbaba que los Colonna se aliasen
con los Orsini, atrayéndolos finalmente á su causa.
Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban á su lado, el escritor
Agapito de Amalia, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi,
llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de
capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto á dejarse
matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen
hasta el sacrificio.
Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que
firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes,
enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del
gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las
Romañas ó los suyos sería condenado á la pérdida de la vida y sus
propiedades.
El protocolo del cónclave exigía que ninguna persona que llevase armas
pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y
cumpliendo dicho mandato, los Orsini, los Colonna y otras facciones
habían salido ya de la ciudad el 2 de Septiembre.
César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con
otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran
príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico á su
enfermedad para mostrarse en público.
Antes de salir de Roma pagó á sus tropas con las riquezas arrebatadas
por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones
y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su
caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto
uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por
una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta
Viridaria.
Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias
majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos
lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí.
Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo
negro, bordadas en oro sus armas ducales, y sostenido de las riendas por
un paje.
Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más
allá de los muros de Roma. El cardenal Cesarini lo esperaba en una
puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro
Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que
no podía darle audiencia.
En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto
impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la
familia Borgia. Su madre la Vannoza había ido á pedirle protección, pues
al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y
robar su casa.
Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa,
la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant Angelo desde
algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, á causa de sus
escándalos. César acababa de ordenar su libertad, encargando á los
Colonna que la condujesen á Nápoles.
Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia,
colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños
marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de
Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglia, que había de
morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del
Pontífice muerto y de la bella Julia Farnesio. César mostraba un afecto
paternal por este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos
suyos, habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores
procuró siempre mantenerlos en el misterio.
Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando
á un lado y á otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres, que
abandonaban Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta á
ladrar y morder al menor incidente.
«Esta retirada--se dijo Claudio--, comparable á una apoteosis, fué el
fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más á
partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales
fueron en realidad una lenta agonía».
Contaba en el cónclave con el partido español, compuesto de trece
cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su
enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, influyendo en la
elección pontificia.
Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado á cardenales,
hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que
empezó por cubiculario del Papa, para llegar á ser su tesorero,
arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia. Hubo un momento en que
se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.
Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad,
también recibían el capelo cardenalicio, así como un clérigo de
Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de
Alejandro, su camarero Marrades, Pedro Carranza y otros, llegaban á ser
arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el
autor del _Diarium_, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto
la fría obra de difamación contra su protector.
Juliano de la Rovere, amigo de los Borgia en apariencia y el más
implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los
cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde
lejos que el cónclave designase á un octogenario, el cardenal
Piccolomini, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la
mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.
Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, é
inmediatamente confirmó á César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de
la Iglesia y duque de las Romañas. Este hombre terrible con sus
adversarios era capaz de los más audaces sacrificios para los que se
mantenían fieles á él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini
había sido siempre amiga de los Borgia, mostraba un amor paternal por
César. Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida
en cierta ocasión, combatiendo á sus enemigos personales.
Por desgracia para el duque de las Romañas, el nuevo Papa era tan viejo
y estaba tan débil, que ni había podido asistir al cónclave.
Volvió á Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza á todos
los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más
seguros. Los enemigos de los Borgia fingían obedecer á Pío III,
traicionando al mismo tiempo á su capitán general. Venecia apoyaba en
secreto á los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más á
Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su
muerte si lo creía oportuno.
Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto
con recelo y antipatía á este joven formado en su misma escuela. Era el
odio del maestro viejo al discípulo audaz é insolente. Gonzalo de
Córdoba, obedeciendo á su rey, dió desde Nápoles la orden de
incorporarse á sus banderas á todos los españoles al servicio de César
Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que
abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno á
su persona el cerco de sus enemigos.
Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos
en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo
mismo que empezaba á obscurecerse su buena estrella.
Al perder el apoyo de tres mil españoles, ejército pequeño, pero el
mejor organizado de entonces, los _condottieri_ y los señores feudales
desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de
las Romañas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando
por entrar en ella para exigir á Pío III que les entregase al duque
«vivo ó muerto».
César se refugió en el castillo de Sant Angelo, haciéndose llevar á
hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el
Vaticano.
Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado á
las Romanas á que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos
partidarios fieles que permanecían junto á él, especialmente el
belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole
Adriana, tenida por inexpugnable luego de las obras hechas en ella por
Alejandro VI.
Al fin hubieron de renunciar sus adversarios á los procedimientos
violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un
proceso contra él, Así transcurrió Octubre de 1503, y como Juliano de la
Rovere había conseguido atraerse mientras tanto á todos los individuos
del cónclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su
elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano
Piccolomini, que ya duraba demasiado.
Hizo el médico del Pontífice una operación torpe pero oportuna en una
pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante
el trono apostólico. Rovere, á pesar de su odio á los Borgia, se puso en
comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas á cambio de
que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.
«El futuro Julio II--pensaba Claudio--, tan injustamente alabado por los
historiadores de su época, fué peor realmente que el más malo de los
Borgia, uniendo á su perversidad la nota antipática de la traición y la
hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando á su antiguo
amigo Rodrigo de Borja, para adularlo á continuación servilmente, cuando
éste le perdonaba sus deslealtades».
Alejandro VI era para él «un judío»; pero esto no le impidió casar á
individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su
influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los
Borgia, no obstante su belleza artística.
--Yo no puedo vivir--decía indignado--en los mismos lugares que habitó
ese «marrano» español, ese circunciso.
Y semanas antes había suplicado á César que le proporcionase el apoyo de
los cardenales españoles, debiendo á ellos su elección.
Su pontificado resultaba grande políticamente, porque el hijo de
Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando
con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo
referente á las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo,
empezó á trabajar en Roma como protegido de César.
Prometía Rovere al duque de las Romañas una situación bajo su
pontificado semejante á la que había tenido con Alejandro VI, pero
pronto se convenció el enfermo de que iba á tratarle traidoramente, como
siempre.
Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba á César su
título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo
emisarios á todos los Estados dependientes de la Santa Sede para que
sustituyesen á los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían
á Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las
Romañas adoraban al Valentino y se mantenían fieles á él, no queriendo
someterse á la autoridad directa del Papa.
Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar á César en el
castillo de Sant Angelo. Luego, asustado por la protesta de los
cardenales españoles, se limitó á tenerlo preso en las habitaciones que
ocupaba dentro del Vaticano, ó sea en la llamada torre Borgia.
A principios de 1504 aún estaba el duque de las Romañas tendido en su
lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que
los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como
el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los
franceses en el reino napolitano contribuyó á que Julio II no se
atreviese á abreviar la vida de su prisionero.
Hasta el mes de Abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el
gobierno de las Romañas. Aceptaba César la entrega de sus Estados á
cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes á todos sus
gobernadores para que cediesen á los representantes del Papa ciudades y
fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otros españoles, como
delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de
Mirafuente, y se negaban á obedecer los mandatos de su señor.
--Cuando el duque esté libre--contestaba Mirafuente--y me escriba, le
obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor
para mí.
César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había
trasladado á su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una
licencia para embarcarse tan pronto como las Romañas se sometiesen.
Solamente algunas ciudades empezaron á acatar á Julio II, lamentando con
ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta
democrático para aquella época, del hijo de Alejandro VI.
Tales manifestaciones populares á favor de César fueron una prolongación
de su salida triunfal del Vaticano, un año antes. El 26 de Abril
consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba,
dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el
Católico.
Llegaba finalmente César á Nápoles sin otro acompañamiento que su
antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje
Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.
Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus
vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia
única, pero ésta necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que
la protegiese: España ó Francia.
Ya que su suerte le había empujado á Nápoles, tierra de Fernando el
Católico, se ofrecía á emprender la conquista de toda Italia para que
fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran
Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra
la Toscana.
En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de
diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque
Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en
varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en
Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fué hecho prisionero
por Gonzalo de Córdoba, cumpliendo una orden de los reyes de España.
La política tortuosa é incomprensible para los demás que siguió en todas
ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía
por el momento ayudar á Julio II, y éste deseaba tener otra vez al hijo
de Alejandro á su disposición para que acabase la entrega de las
Romañas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más
importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las
flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles
seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.
Para vencer su resistencia, intentó valerse el Pontífice del auxilio de
ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgia
porque no les habían proporcionado empleos ó dado muy poco en los
tiempos de su grandeza.
Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba á
ir á Forli como enviado de Julio II para sobornar al gobernador
Mirafuente. Este le afeó su traición, indigna de un español, por ser los
Borgia españoles de origen, y luego de acribillarlo á puñaladas lo hizo
colgar de una almena.
Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de
las Romañas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.
También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su
salvoconducto á nombre de don Fernando el Católico.
Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo
poseía ya el cautivo por haberlo confiado á uno de sus lugartenientes
italianos, Baltasare de Scipione; mas al fin consiguió el virrey de
Nápoles, por medio de los Colonna, apoderarse de él, rompiéndolo.
Resistíase el prisionero durante tres meses á ruegos y amenazas, no
queriendo dar nuevas órdenes á sus gobernadores de las Romañas para que
entregasen las fortalezas. Al fin cedió en Agosto, y la rendición de sus
últimos defensores fué con gran pompa y no menores testimonios de afecto
al duque vencido, demostrándose una vez más el gran amor que éste sabía
inspirar á los que le rodeaban.
Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice á darle una suma enorme como
reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la
plaza desde que César no pudo socorrerle.
El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su
guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese á
un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba el nombre de César,
duque de las Romañas; á su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y
detrás toda su tropa, compuesta de españoles é italianos. La resistencia
había durado nueve meses.
Indudablemente, esta aparatosa rendición de Forli, la más tenaz de sus
plazas en resistirse, fué á cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba
hizo á César de acuerdo con las instrucciones de su rey; pero
transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad lo embarcaba en
una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito
Grasica. Dicho buque hizo rumbo á España escoltado por una flotilla de
guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban á
César en las costas de Italia saliesen á libertarlo.
Durante el resto de su vida sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por
esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César
Borgia, llorando la felonía con que lo había tratado por obedecer las
órdenes de Fernando el Católico.
Baltasare de Scipione, el _condottiere_ al servicio de César, que se
dejó engañar entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el
proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo á
los usos caballerescos de la época, hizo publicar un llamamiento en toda
la cristiandad retando á combate á los que quisieran sostener que los
reyes Fernando é Isabel no habían obrado como traidores, «con
menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y
ningún español se presentó, á pesar de que eran muchos los que vivían
entonces en Italia, siempre dispuestos á batirse con el más ínfimo
pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho
reto.
Lo inconcebible para algunos fué que un hombre como César creyese en la
palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfluo dar valor
á las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por
engañar al terrible discípulo.
Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande á
su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de
sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España,
recordando cómo le había engañado una vez.
--¿Una nada más?--dijo Fernando el Católico, sonriendo finamente--. Yo
creo que lo he engañado más de ocho.
Llegaba á Valencia la galera procedente de Nápoles á fines de Septiembre
de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo
de español pisaba el suelo de España.
Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y cuando
al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho
había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de
Pamplona, y el destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro
lado de la Península.
La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado
los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba á conocerlo vencido y
muerto.
Como los Borgia disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia,
el rey no lo dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de
Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre é incómoda. Allí pasaba
varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo
más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus
partidarios en Valencia.
El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo.
Un día, cuando mostraba á César el triste paisaje desde lo más alto de
la torre principal, aquél lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo
desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y
tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán,
y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner á
prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.
Poco después lo trasladaban al castillo de la Mota, junto á Medina del
Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.
Isabel la Católica había muerto, el 26 de Noviembre de 1504, en la misma
Medina del Campo, cuya fortaleza iba á guardar ahora á este prisionero
célebre.
Castilla estaba amenazada de una guerra civil. Parte de la nobleza pedía
que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su
hija doña Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se
mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña
Juana, que después fué llamada «la Loca», y su marido Felipe el Hermoso,
hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.
Esta situación anormal vino á favorecer al prisionero de Medina del
Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales
españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influenciado
por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por
conseguir la libertad del duque del Valentinado.
Se negaba el papa Julio II á apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas,
la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el
Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte
de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa
viuda pertenecía á la familia de don Fernando, muchos creyeron que el
proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse
pasivamente á todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.
Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo
á su frente al duque de Alba, y otro que sostenía los derechos de Felipe
el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente.
Ambos grupos pusieron sus miras á la vez en el solitario cautivo.
Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba
intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su
conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las
Romañas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En los
mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en
libertad á César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer á
Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.
Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha
fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en
relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su
prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas
que se conocen.
Claudio recordaba la considerable altura de la torre del homenaje en el
castillo de la Mota.
Facilitaba dicho clérigo á César una cuerda muy larga, pero aun así
resultaba corta, quedando á varios metros del suelo. El único criado de
Borgia, un español admitido á su servicio pocos meses antes, fiel hasta
la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus
allegados, se prestaba á ser el primero en descender por la cuerda, y al
llegar á su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin
poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.
Dejábase deslizar César á continuación. Llevaba manos y brazos envueltos
en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se
desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al
final de aquélla, viendo debajo de él á su criado con las piernas rotas.
La alarma dada por los centinelas ponía término á su incertidumbre. El
alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se
matase, y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su
magullamiento, atravesaba á nado el foso de agua fría, subiendo á gatas
la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de
Benavente, é izándolo en un caballo, lo llevaban á todo galope á
Villalón, lugar fuerte del que era señor el citado prócer.
Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su
evasión la había efectuado el 25 de Octubre de 1506, y cuando á fines de
Noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos
y las manos envueltos en vendajes.
Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes
que iban de feria en feria, se dirigieron á Santander, embarcándose allí
para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao,
Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente á Pamplona el 3 de
Diciembre.
Resultaba admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de
César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas
cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se
vieron detenidos por los alcaldes de dos poblaciones; pero con tanta
serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de
aquéllos, que inmediatamente los soltaron.
El detalle más triste de esta fuga novelesca fué la identificación que
iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista.
Todos los que declaraban haber visto á los tres mercaderes hacían
mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las
narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el «_príncipe biondo e
bello_» tan admirado años antes por las damas romanas.
Ya libre al lado del rey Juan de Navarra su cuñado, procuró el duque
Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le
reclamó el pago de la dote de su mujer Carlota de Albret, que nunca
había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su
ducado de Valence.
Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia,
necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez á
Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de
Medina del Campo, venía á figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso
y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey
francés fué recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.
Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su
cuñado, y sin miedo á potencias tan fuertes como España y Francia, puso
en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra, para
preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.
Antes creyó necesario dar fin á una guerra insignificante que existía
entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont,
conde de Lerin, súbdito rebelde--lo mismo que los vasallos romanos
desleales con el Papa--, el cual se defendía de su legítimo señor
sostenido por Fernando el Católico.
En esta pequeña campaña sin gloria iba á perecer obscuramente el capitán
que había intentado la unificación de Italia.
El 11 de Febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las
fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población
rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del
conde de Lerin se movían durante la noche en torno al campamento de los
sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.
Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas, y un
amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban
una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de
colocarse bien las piezas de su armadura, y montó á caballo, sin que en
realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios
de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza
atrás para enterarse de si era seguido.
Le perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que
sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente,
encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos
aumentar su osadía á la vista de las ricas armas del caballero, y como
eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.
La armadura, colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y
uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le
hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba
defenderse en el suelo, lo remataron á golpes, despojándolo de su
envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.
Al ver el conde de Lerin la riqueza de dicha armadura, de las más finas
que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién
sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver
al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vió el cadáver del
misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto á él y llorando á
un mozo con aspecto de paje.
Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo
de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que
preparaban su fuga, y viniendo luego á Navarra á unirse con él.
Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la
velocidad de su corcel, y acabó por descubrir su cadáver.
Beaumont y los suyos preguntaron á Juanito quién era el gran señor
recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:
--Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romañas.
Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando
Beaumont que tan alto personaje, famoso en toda la tierra, hubiese
venido á morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus
partidas.
Quedaba el cadáver en la iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba
monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas
del gótico florido español.
Figuraban en ella los reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa,
reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el
sarcófago, un pomposo epitafio en castellano empezaba del siguiente
modo:
Aquí yace en poca tierra
El que toda le temía;
El que la paz y la guerra
En la su mano tenía...
«Pero estaba escrito--siguió pensando Claudio--que ninguno de los Borgia
dejase un monumento firme, recordando su paso por la tierra. Calixto III
y Alejandro VI, después de ser enterrados en San Pedro, han venido á
parar á una iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa
reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos.
Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que
describieron varios autores españoles durante el siglo XVI, desapareció
en el siglo XVII, siendo hecho pedazos».
El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo á enterrar en
plena calle. Fué esto venganza de un prelado á cuya diócesis pertenecía
Viana.
Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaísmo
en 1498 y encerrado en el castillo de Sant Angelo, prolongándose varios
años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder
así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico,
quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el
Pontífice á los judaizantes fugitivos de España.
Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y
otros diez mil que tenía en poder de varios banqueros, sumas
considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de
César á Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.
Murió Aranda á consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus
descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas á la
iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de
Alejandro VI.
Y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de
los Borgia, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la
ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.
El obispo judaizante perseguido por la Inquisición quedaba vengado.
VI
«¡Y no la veré más!»
Llevaba Claudio Borja varios días recluído en su casa, sin otro
ejercicio que cortos paseos, apoyado en un bastón, por el jardín del
«villino». Todas las tardes recibía la visita de sus amigos,
instalándose éstos en el estudio como si fuese una prolongación de aquel
café, lugar de sus reuniones, para hacer compañía al que llamaban por
antonomasia «el herido».
Una mañana, cerca ya de mediodía, vino á visitarle Enciso de las Casas.
En días anteriores se había valido del teléfono para preguntar por el
estado de Borja, excusando su ausencia y justificándola con las grandes
ocupaciones que le imponía cierta cuestión entre el gobierno de su país
y el Vaticano. Atento siempre á cumplir las reglas del buen trato
social, creía faltar á sus deberes no yendo en persona á pedir noticias.
Al presentarse ahora, volvió á hablar de sus importantes labores
diplomáticas, celebrando á continuación el buen aspecto del
convaleciente.
--¿Quién diría que tiene usted la pierna atravesada de un balazo? ¡Qué
encarnadura vigorosa!... Es usted un verdadero Borja, digno de sus
ascendientes.
Permaneció indeciso algún tiempo, como si temiese lo que iba á decir y
el mal efecto que pudiera causar en su oyente.
--Ríñame, amigo mío--dijo de pronto con aire resuelto--. Aunque soy más
viejo que usted, tal vez he cometido una chiquillada que le molestará,
pero no dude que lo hice con buena intención. ¡Me asusté tanto al verle
chorreando sangre en aquel jardín!...
Y bajo la mirada interrogativa de Claudio siguió expresándose con tono
de excusa.
--Los médicos dijeron que la herida no era grave; pero yo juzgué
oportuno cumplir mis deberes de amigo avisando al único de sus parientes
que conozco. En resumen: necesito decirle que remití un largo telegrama
á Valencia anunciando á su tío don Baltasar todo lo ocurrido.
Claudio acogió con inquietud las ultimas palabras.
--Luego envié otro telegrama quitando importancia al suceso; pero sin
duda creyó el canónigo que mi segundo aviso era simplemente una treta
para tranquilizarle, y se atuvo á mis primeras palabras. Total: que don
Baltasar llegó anoche á Roma, esta mañana vino á verme, y ahora está en
la Embajada de España hablando con el señor Bustamante.
En el primer momento no ocultó Borja su enfado contra este
plenipotenciario tan bondadoso, tan simpático é inoportuno. Pero al fin
se mostró sereno, acogiendo la noticia con afectada indiferencia. El
canónigo Figueras ya estaba en Roma y era inevitable el verle.
Escucharía con paciencia su sermoneo, si es que en realidad se
interesaba por este episodio de la vida moderna, menos conmovedor para
él que los otros que iba descubriendo en documentos antiguos.
No podía dudar, sin embargo, del afecto del santo varón. El era tal vez
el único ser contemporáneo capaz de hacer vibrar su sensibilidad. Esto
del duelo y el balazo debía haber sacudido como una catástrofe telúrica
el venerable caserón, envuelto en discreto silencio, allá en la
tranquila calle de Caballeros.
Según contó Enciso, había preparado Figueras rápidamente su viaje, y al
tomar el tren se imaginaba encontrar en Roma moribundo á Claudio. Este
tuvo, no obstante, la sospecha de que también debía haber influido en
tal resolución el hecho de vivir él en la Ciudad Eterna. ¡Ver una vez
más las Estancias de los Borgia, con los restos de la azulejería de
Manises encargada por Alejandro VI!...
Volvería don Manuel acompañando á Figueras aquella misma tarde. Ya lo
había preparado para que no agobiase á su sobrino con inútiles quejas ni
reprimendas morales. Era conveniente olvidar lo pasado ó pensar sólo en
ello para ponerle remedio. Todo lo ocurrido debía apreciarse como una
aventura descabellada, propia de la juventud.
Acogió Borja con débil sonrisa de agradecimiento los buenos propósitos
de Enciso. La presencia de éste acababa de despertar en su memoria
muchos recuerdos adormecidos.
Vaciló antes de hacer una pregunta que desde algunos minutos antes se
agitaba en su pensamiento, pugnando por exteriorizarse.
--¿Y Rosaura?--dijo al fin.
Ahora fué el diplomático-artista quien titubeó.
--Esa señora--repuso después de larga pausa--debe estar ya lejos de Roma
en los presentes momentos. Me dijo que se marchaba hoy... ¡Ay, querido
Claudio! La vida cambia incesantemente y nosotros también. Ya sabe usted
que la existencia es á modo de una rueda, y cuando nos imaginamos ir
siempre hacia arriba, en una ascensión sin término, nos vemos cabeza
abajo. La que usted llama Rosaura ha dejado de merecer tal nombre
poético. Es simplemente la señora viuda de Pineda, y pronto pasará á ser
la señora de López Rallo. Se casa, querido amigo, y se casa con
verdadero fervor, como si fuese á conocer por primera vez el matrimonio.
Una mujer tan interesante, tan... poética, sólo habla de las cosas del
hogar, embelleciéndolas con verdadero entusiasmo.
Y Enciso mostraba en palabras y gestos una desilusión de padre de
familia cansado de los monótonos placeres caseros y admirador secreto de
irregularidades y aventuras al ver á esta dama novelesca, perpetuo ídolo
de sus ensueños, igual á su propia esposa y á la mayor parte de las
mujeres que encontraba en los salones.
--Yo no sé--continuó--qué potencia de sugestión tiene ese muchacho del
monóculo. ¡Quién podía imaginarse á Rosaura «la perfecta casada»,
pensando nada más que en sus hijos y deseosa tal vez de tener otros en
su segundo matrimonio!...
Siguió escuchándole Claudio con cierta frialdad. Examinaba su interior,
para saber si tales palabras despertaban en él ecos dolorosos.
Realmente, no sufrió celos ni le agitó la cólera. Creía que le hablaban
de otra mujer, distinta á la que él había conocido. Hasta sintió cierto
deseo de reir imaginándose á Rosaura con este nuevo aspecto de hembra
tranquila y procreadora. Era semejante á las llamadas «burguesas» que
tantas veces excitaron las risas de los dos en el jardín de la Costa
Azul.
La había creído igual á una de esas aves marinas cuyas alas son fuertes
como las del águila y puramente blancas como las de la paloma, volando
sobre la inmensidad oceánica, viendo las olas altísimas cual
insignificantes arrugas de la llanura azul, y ahora resultaba un ave de
corral, ansiosa de vivir entre polluelos.
--Yo creo, amigo Claudio--continuó el diplomático--, que esa bofetada
dada por usted en el hotel no pudo ser más oportuna... para el otro. Tal
incidente sirvió para que Rosaura se interesase por ese mozo como nunca,
sufriendo angustias al pensar en su suerte, admirando su actitud
valerosa. Para las mujeres, el hombre que aman resulta siempre un héroe.
De ser López el herido, ella lo habría curado, lo mismo que se ve en las
novelas, enternecida por su desgracia. Como ha tenido la buena suerte de
que el herido sea usted, ella lo admira como triunfador. De todos modos,
lo ama más fervorosamente que antes del choque de ustedes dos.
La consideración de su vencimiento y de que Rosaura creía al otro más
valiente amargó por primera vez á Claudio, reflejándose en su rostro la
molestia que le causaban tales palabras.
Enciso debió darse cuenta de sus pensamientos, y se apresuró á añadir:
--No crea que vive tranquila y orgullosa después de lo ocurrido. Al
contrario, parece muy inquieta. Teme que usted vuelva á tener cuestiones
con López Rallo. Dice que conoce su carácter, y que, sin duda, buscará
al otro para perturbar la felicidad... de ellos dos... Sé bien lo que
digo. Puedo afirmarlo, pues lo he escuchado de su propia boca.
Y sonriendo al evocar el recuerdo de una visita grata, contó á Borja
cómo dos días antes la señora de Pineda le había suplicado que fuese á
verla en su hotel.
En dicha entrevista le revelaba sus planes futuros de existencia, su
matrimonio con el secretario de legación.
--Adivinará usted--siguió diciendo--que no me llamó únicamente para
darme tales nuevas. Quería que yo la acompañase aquí mismo, presenciando
una conversación de ustedes dos. Necesitaba verlo para pedirle en nombre
de su antigua... amistad que la deje tranquila y no se acuerde más de su
persona. Quiere que acepte los hechos, como ella los aceptó en otro
tiempo. «Lo pasado fué un sueño, amigo Enciso, un sueño nada más. ¡Ay!
¿quién no ha soñado?...» Estas fueron sus palabras.
Asintió Claudio con movimientos de cabeza, permaneciendo silencioso. Lo
mismo que había dicho Rosaura cuando se hablaron en el hotel.
--Usted reconocerá--continuó el diplomático--que el encargo resultaba un
poco... difícil para mí. Las mujeres encuentran natural todo lo que
favorece sus deseos. Figúrese un hombre como yo, tranquilo, de
costumbres respetables, trayéndola aquí para presenciar una entrevista
tempestuosa de antiguos amantes... Y si, por el contrario, la
conversación se dulcificaba, con un grato desfile de recuerdos
melancólicos, ¡imagínese qué papel para un ministro plenipotenciario
cerca del Papa!... A mí me gustan las cosas novelescas... pero hasta
cierto punto.
Y parecía vibrar en su voz un lejano eco de aquella envidia mansa, de
aquel tranquilo despecho con que había comentado siempre las historias
amorosas de la bella argentina, tan admirada por él.
--Por fortuna, ella misma desistió de la visita cuando le propuse que
viniese sin mí, dándole las señas de esta casa. Por nada del mundo se
atreve á quedar á solas con usted. Tal vez tiene miedo á que los
recuerdos puedan más que su voluntad; y esto, querido Claudio, resulta
lisonjero para un hombre... En resumen: se limitó á rogarme que
influyese con usted para que no moleste más á ella ni á su futuro
marido. Hoy se han marchado de Roma no se adónde. Verdaderamente,
después del duelo, su existencia aquí no resultaba grata. Tenía que
permanecer en sus habitaciones del hotel, sin atreverse á bajar al
comedor ni al salón. En nuestro mundo se comenta todavía el suceso...
Todos los que no la conocen querían verla. Las mujeres se ocupaban
envidiosamente de su buena suerte. ¡Dos jóvenes queriendo matarse por
una viuda con hijos!... Y exageraban su edad para dar cierto aspecto
ridículo al choque de ustedes...
Eran más de las doce, y Enciso quiso marcharse. Antes de partir creyó
del caso dar por adelantado algunos de los consejos que seguramente iba
á oir Borja de boca de su tío.
--Don Baltasar piensa como nosotros dos. ¿Se extraña usted y quiere
saber quién es el otro?... Me refiero á don Arístides. Mi ilustre amigo
le quiere como siempre. Lamenta un poco lo que ocurrió aquella noche en
mi casa; pero ahora, gracias al tiempo transcurrido, lo ve con frialdad,
lo mismo que lo vi yo desde el primer momento. Una humorada un poco
fuera de tono; un capricho genial de poeta, como digo á todos... Las
cosas se arreglarán, amigo Claudio. Déjese llevar por las exigencias
sociales como si fuesen olas dulces. Después ya se saldrá de la
corriente, cuando lo juzgue oportuno, para hacer sus gustos, pero
siempre sin escándalo... Siga los consejos de nosotros tres, que le
queremos.
Al quedar solo el joven, resurgió en su memoria la imagen de Rosaura tal
como la veía un año antes, entre las florestas de la Venusberg.
En días anteriores era una pálida imagen, falta de vida, logrando
evocarla sin que despertase en él vibración alguna. La tenía cerca,
podía verla en cualquier momento, repitiendo la escena del _dancing_,
perturbando sus nuevos amores, y la convicción de tal potencia le
mantenía inactivo, en resignada calma. Al saberla ahora lejos, fugitiva
con aquel hombre de gustos frívolos, hábilmente egoísta para asegurarse
una vida de lujo por medio del matrimonio, fuera ya de su alcance,
imposibilitado de adivinar dónde se encontraba, resurgía en su recuerdo
como la Venus medieval emerge ante los ojos del caballero Tannhäuser,
desnuda, luminosamente blanca, cual una nube hecha carne, entre las
valvas de la enorme madreperla que le sirve de lecho.
Ya no la comparaba ahora con un ave doméstica. Desplegaba sobre la
inmensidad azul sus alas blancas de paloma de Afrodita, majestuosa como
un águila, pero en su vuelo iba hacia otro.
--¡Y no la veré más!--dijo con voz de lamento--. ¡Ay! ¿quién me la
devolverá?...
Seguía pensando en esto á media tarde, cuando llegó don Baltasar
Figueras, acompañado hasta la puerta del «villino» por un doméstico de
la Embajada de España.
El canónigo se mostró discreto. Con una curiosidad casi infantil quiso
ver y tocar el vendaje que aún llevaba el joven en la pierna herida.
Escuchó luego el relato del encuentro, formulando preguntas pueriles
para explicarse ciertos detalles.
--¡Las majaderías que hacen los hombres!...
Pero á tal exclamación unía cierto orgullo, pensando que uno de su
familia había expuesto la vida tranquilamente, como lo hicieron en otros
siglos, yendo de torneo en torneo, ciertos caballeros andantes del reino
de Aragón que ostentaban ante su nombre el título de «Mosén».
Evitó alusiones directas á la dama que él había conocido en la Costa
Azul, autora inconsciente de tales hechos dramáticos. Su honestidad
eclesiástica le hizo evitar estas y otras escabrosidades de la
conversación.
--Creo que después de las tonterías que llevas hechas--dijo con un
acento severo que no causó mella en su oyente--, renunciarás á tu vida
actual. La verdadera culpa de todo la tiene tu existencia de vagabundo,
sin familia, sin mujer, sin casa. Esta mañana hemos hablado de ello don
Arístides y yo. El se muestra dolido, y con razón, de lo que ha pasado;
pero te quiere, y lo mismo ese pobre ángel de Estelita, y hasta su tía,
que tiene su geniazo, pero en el fondo es una buena de Dios. Te perdonan
y te esperan. No digas que no; para algo me ha traído la Providencia
aquí. Les harás una visita conmigo. Nada de hablar de lo que ya está
olvidado. Yo te ayudaré... Volverás á vivir con la familia de tu antiguo
tutor, lo mismo que antes de que conocieras á esa señora. Lo que debe
ser será. Como don Arístides goza de tanto poder en el Vaticano, puede
arreglar tu boda en pocos días, suprimiendo trámites. Te advierto que no
me voy de aquí sin dejarte casado con Estelita.
Y creyó que con esto quedaba dicho todo.
A la mañana siguiente salió Borja por primera vez de su casa, para
buscar al canónigo en un hotelito de la calle del Governo Vecchio, muy
frecuentado por clérigos á causa de su proximidad á la Ciudad Leonina, y
que le había servido de alojamiento en todos sus viajes á Roma.
Andaba Claudio sin dificultad, apoyándose ligeramente en su bastón,
gozando las delicias del movimiento, del aire libre y del sol, en una
mañana suave, cuya luz dorada, cernida por nubes sutiles, daba cierto
color de naranja á las piedras antiguas.
Figueras, al salir de su alojamiento, le hizo saber que estaban
invitados á almorzar en la Embajada de España á la una de la tarde. Pero
era oportuno presentarse antes, para que se restableciese la cordialidad
entre Claudio y la familia de don Arístides.
--Ahora son las diez. Nos iremos allá á las doce, cuando disparen el
cañonazo en el castillo de Sant Angelo.
Como ya no le inspiraban preocupaciones los asuntos de su sobrino,
volvió otra vez á pensar en «su tema», excitado por el ambiente de Roma.
--Necesito ir, antes del almuerzo, á echar un vistazo á las famosas
Estancias, decoradas por el Pinturicchio.
Mientras caminaban hacia el Tíber, siguiendo luego por el puente de Sant
Angelo y las calles rectas y estrechas de la Ciudad Leonina, don
Baltasar formuló una vez más sus protestas contra los «grandes
calumniados», como él llamaba á los Borgia.
--A Lucrecia ya le hicieron justicia. El protestante Gregorovius y otros
historiadores han probado que esta dama, muerta á los treinta y nueve
años, de mal parto, no fué nunca la mujer sensual ni la envenenadora
inventada por los enemigos de su familia, y que ciertos poetas de
nuestra época ennegrecieron aún más, caprichosamente. Siendo princesa de
Ferrara, ella que en su juventud había figurado como la mujer más
elegante de Europa, renunció á las vanidades mundanas, se despojó de
joyas y ornamentos, entregándose á la vida piadosa, fundando monasterios
y hospitales, sin abandonar por ello el cuidado de sus hijos ni los
deberes representativos de una princesa reinante. Su muerte, ocurrida en
1519, fué la de una buena madre, mostrándose serena, piadosa y cristiana
hasta el último momento. Todavía en la antevíspera escribió doña
Lucrecia de su propio puño al pontífice León X, con el que estaba en
correspondencia frecuente. Por sus cartas sabemos que hacía diez años
que llevaba bajo sus vestiduras majestuosas un áspero cilicio y dos años
que se confesaba todos los días, comulgando semanalmente.
Todo el pueblo de Ferrara lloró su muerte. Alfonso de Este, su esposo,
rudo soldado que escribía al pie de su firma «bombardero», como el mejor
de sus títulos, vivió quince años más, pero acordándose siempre de ella.
Sin fijarse en que Claudio no parecía mostrar en aquel momento gran
interés por esta rehabilitación histórica, el sacerdote continuó:
--El último en morir de la familia Borgia fué don Jofre, príncipe de
Esquilache. Este joven, que César tuvo siempre como «hombre para poco»,
débil de cuerpo y encogido de ánimo, debió sentirse feliz al verse solo
en la tierra.
Su mujer, la inflamable doña Sancha, había fallecido en 1506, luego que
César la hizo sacar del castillo de Sant Angelo, donde estaba encerrada
por orden de su suegro el Papa, enviándola á Nápoles. Al morir, aún no
había cumplido veintisiete años.
--Aquella gente vivía muy aprisa, yéndose del mundo antes de tiempo. A
pesar de su mala fama, he leído, en cartas de algunos españoles de
entonces, que fué doña Sancha «muy acabada y valerosa princesa, y muy
favorecedora de España». Fuese como fuese, lo cierto es que don Jofre,
viéndose viudo á los veintitrés años, se marchó á nuestro país, donde
casó con una hija del conde de Albaida, quedándose allá, en la obscura y
humilde dicha de los que no tienen historia.
Mostró Claudio Borja un repentino deseo de saber algo que había excitado
su curiosidad repetidas veces.
--¿Y don Michelotto?--preguntó--. Nadie habla de él después de la muerte
de César, ni figura durante los últimos años de éste, cuando estaba
prisionero en España.
Sonrió el canónigo, haciendo al mismo tiempo un gesto de cómico terror.
--¡Micalet Corella!... ¡Qué tipo!... Efectivamente, nada he leído sobre
el final de su vida terrible. César salió de Italia sin poder verle. Don
Miguelito, luego de defender como perro rabioso los dominios de su amigo
y señor, cayó prisionero de los florentinos con otros partidarios de
César, y el nuevo papa Julio II consiguió que se lo enviasen á Roma,
encerrándolo en el castillo de Sant Angelo. Aquí le hizo dar tormento
con la esperanza de que confesase los crímenes de César. El testimonio
de este hombre considerábalo precioso para incoar un terrible proceso
contra el duque de las Romañas... Pero el duro don Micalet aguantó toda
clase de suplicios sin hablar, manteniéndose fiel á su protector.
Indudablemente le preguntaron acerca de muchos delitos imaginarios que
César no había cometido nunca. ¡Le inventaban tantos!... Como si no
tuviese bastante con los que resultan completamente ciertos...
Calló Figueras, repasando sus recuerdos, para añadir poco después:
--Ni una palabra sobre don Michelotto, luego de su encierro en Sant
Angelo. La noche cae sobre su nombre. Tal vez murió á consecuencia de
los tormentos. Es posible igualmente que recobrase su libertad y lo
mataran en una emboscada al verle solo, sin el auxilio de aquellos
temibles compañeros de aventuras, que había tenido que licenciar.
¡Resultaban tan numerosos sus enemigos!... También pudo ser que
consiguiera huir á España y pasase el resto de su existencia al lado de
su hermano el marqués de Cocentaina, aquel Corella de nacimiento
legítimo, que salvó al papa Borgia de un león, aquí cerca, en el
Belvedere. Nada tendría de extraño que en nuestra tierra viviese y
muriese como un hidalgo, buen creyente, pasando los días en la iglesia
del pueblo y relatando sus aventuras á los hijos de su hermano.
Después de oír esto, Claudio Borgia volvió á acoger con indiferencia las
palabras de don Baltasar.
Se iban cruzando en las estrechas calles con damas extranjeras que
volvían de la iglesia de San Pedro. Eran norteamericanas pertenecientes
á una peregrinación. Sin saber por qué, las encontró el joven alguna
semejanza con la mujer que llevaba en su pensamiento. En realidad, no
existía ningún parecido físico; eran rubias las más, y la otra tenía los
ojos y el pelo negros. Pero había de común entre ellas cierto aire de
soltura gimnástica, la buena conservación de la carne por los cuidados
higiénicos, esa uniformidad del bienestar que caracteriza á la mujer
rica. La ausente era una viajera como todas ellas, y la vida de gran
hotel, de _dancing_, de _sleeping_, de lujosos trasatlánticos, las
unificaba con el mismo aire inconfundible é indescriptible que aglomera
á los individuos de una nación, emparentándolos, aunque sus aspectos
particulares sean distintos.
Después de varios días de encierro, le impresionaba el continuo paso de
estas extranjeras, que en otro momento le habían parecido transeuntes
vulgares.
«¡Y no la veré más!--pensaba--. ¡Y la he perdido para siempre!...»
El canónigo continuó hablando.
--Así como ahora existe una Lucrecia completamente distinta al monstruo
que inventó la fantasía, también empieza á dejarse ver un Alejandro VI
que no es el bandido creado por sus calumniadores. Yo soy clérigo y me
está prohibido hablar contra los Papas; mas sin incurrir en pecado,
puedo establecer una diferencia entre los hombres y la sagrada función
pontifical que ejercieron, y te digo que Juliano de la Rovere, ó sea
Julio II, procedió como un malvado al denigrar á su antecesor, acogiendo
todas las calumnias, por disparatadas que fuesen, para difundirlas, y
dando protección á cuantos quisieron escribir contra los Borgia... El
tal Rovere, tú sabes que tuvo hijos, lo mismo que Alejandro VI, y además
fué aficionado á otras cosas infames no conocidas por nuestro
compatriota.
Al surgir la reforma protestante, necesitaban sus escritores concretar
sobre la cabeza de algún Pontífice todos los vicios y delitos de la
corte de Roma durante siglos, y Julio II les daba ya hecho el trabajo
con la leyenda contra los Borgia, de reciente formación.
Este Papa, que fué grande por lo mucho que le dejaron preparado ó
realizado Alejandro VI y su hijo, continuó la calumnia contra ellos, aun
después de muerto, por medio de los escritores que aceptaron á ciegas su
falsa y apasionada información.
El mayor defecto de Rodrigo de Borja había sido tomar á risa lo que
inventaban contra él: su falta de miedo al juicio de la posteridad, su
bondadosa pereza, que nunca se tomó el trabajo de rectificar la mentira
diaria.
--Que hablen--decía--. Al pueblo romano hay que permitirle el insulto, y
así se deja gobernar mejor.
Los enemigos del Papado encontraban á su disposición un Pontífice,
víctima expiatoria preparada por otro Pontífice. Además era español, del
país que sostuvo con su espada la unidad religiosa del mundo. ¿Qué más
podían desear?...
--Y durante tres siglos, casi hasta nuestros días, los historiadores se
han copiado unos á otros, sin tomarse el trabajo de subir hasta las
fuentes originales.
Luego el canónigo añadió, con una cólera reconcentrada que no podía
inspirarle ningún suceso contemporáneo:
--Hasta los españoles aceptaron la calumniosa leyenda de los Borgia,
dejándose influenciar por autores extranjeros que repiten falsedades sin
comprobarlas antes. Sólo en el curso de nuestra vida ha empezado á verse
un nuevo Alejandro VI. Yo mismo--dijo con cierta modestia--he
contribuído un poco á tal justificación. El hombre que escribe á su hijo
unas cartas que sólo éste debe leer, dándole consejos morales é
instrucciones religiosas, no tiene la menor relación con el monstruo
sádico inventado por los folicularios de aquella época, celebrando
orgías con toda su familia.
Le hizo insistir el entusiasmo en sus afirmaciones optimistas y
enérgicas.
--Alejandro fué un gran Pontífice, y hasta su hijo César (la peor
persona de la familia) resulta igual á los príncipes de su época. Sólo
se diferencia de ellos por tener más talento y mayores condiciones de
energía y actividad. Muchos de los crímenes que le atribuyen son
indignos de su inteligencia y su carácter. Cuando César se decidía á
obrar como malvado, por razones políticas ó particulares, realizaba sus
delitos con una franqueza bárbara ó con una habilidad diplomática que
arrancó gritos de admiración á Maquiavelo.
Marchaba Claudio al lado suyo sin oirle, pero él continuó su peroración
como si el otro le escuchase, y una sonrisa irónica acompañó sus
palabras.
--¡El veneno de los Borgia!... Ya sabes cómo lo fabricaban; una
invención absurda, digna de la medicina y la farmacopea de aquellos
tiempos, si es que realmente se puso en práctica alguna vez. Hartaban á
un cerdo de alimentos cargados de arsénico, luego lo apaleaban, y la
baba que iba soltando la recogían para que sirviese de veneno. Es cierto
que el arsénico deja sus huellas en los envenenados, pero más discretas,
menos visibles y escandalosas que las mencionadas por los enemigos de
los Borgia. Cuando un cardenal ó un gran señor moría cubierto de
pústulas ó grandes abcesos con numerosos orificios, era voz general que
lo había matado el «veneno de los Borgia». ¡Como si de faltarles este
veneno no hubiesen llegado á morir nunca! ¡Como si no existiesen
enfermedades entonces!... Precisamente acababa de aparecer la terrible
dolencia vergonzosa que tú sabes, extendiéndose por toda Europa, sin
respetar á Papas ni á reyes. Para su curación se recetaban los remedios
más extravagantes. Tampoco se conocía la verdadera naturaleza de la
diabetes, y hay que pensar la vida de continuo banqueteo y excesos en
bebidas y dulces que llevaban los próceres y prelados del Renacimiento.
Apenas enfermaba alguno de ellos, perdiendo sus fuerzas y cubriéndosele
el cuerpo de abcesos, se atribuían dichos tumores al «veneno de los
Borgia». Era el resto del tósigo que se escapaba por la epidermis, y el
único remedio, según la medicina de la época, consistía en beber caldo
de culebra negra ó buscar centenares de perros, gatos ó gallos,
abriéndolos vivos para aplicarlos con todo su calor sobre el enfermo.
Hizo una pausa el canónigo, y añadió:
--Indudablemente, dar veneno á los enemigos era entonces una regla
aceptada por todos los jefes de gobierno. Los más de los príncipes
tenían á su devoción alquimistas encargados de buscar nuevos tósigos, y
una de las mayores preocupaciones de Alejandro y su hijo no fué
envenenar á los demás, sino librarse ellos del veneno ajeno, cuyos
verdaderos efectos resultaban más disimulados que el de muchas
enfermedades naturales, mal conocidas en aquel tiempo.
Habían llegado á la plaza de San Pedro, admirando Figueras, como
siempre, las columnatas semicirculares y la enorme cúpula de la
basílica.
Mostróse emocionado una vez más por el aspecto majestuoso del monumento.
Era un símbolo de la universalidad de sus creencias... Y acto seguido
acopló en su imaginación el recuerdo del Pontífice que él llamaba «su
Papa» á dicha grandeza arquitectónica.
--Nunca puedo ver esto--dijo--sin pensar en nuestro Alejandro. Sé bien
que se construyó luego de su muerte, pero nadie me negará que durante su
pontificado llegó el catolicismo á su mayor grandeza. Después de los
primeros siglos del triunfo de la Iglesia, la cristiandad romana empezó
á perder gente, en vez de aumentar sus prosélitos. Los griegos nos
abandonaron, llevándose una parte de Europa, y luego de muerto el papa
Borgia, sus inmediatos sucesores perdieron otra parte al rebelarse los
pueblos afectos á la Reforma. El catolicismo, tal como es actualmente,
inicia su desarrollo bajo el gran Papa español. En su tiempo se descubre
la América; él es quien reparte el mundo entre españoles y portugueses;
Colón le escribe en castellano (á pesar de que Rodrigo de Borja llevaba
viviendo en Italia tres cuartas partes de su existencia) contándole que
ha descubierto trescientas leguas de la costa de Asia, el Japón y un
sinnúmero de islas inmediatas. Veinte naciones americanas son ahora
católicas, al otro lado del Océano, por haber nacido á la vida cristiana
en tiempos de nuestro Alejandro. Más de cien millones de seres acatan á
Roma en el opuesto hemisferio por el proselitismo del papa Borgia, que
se apresuró á enviar misioneros á América en el segundo viaje de
descubrimiento. Se comprende el orgullo de aquel Pontífice. ¿No
habríamos incurrido nosotros en el mismo pecado?... Realizaban los
españoles el prodigio de llegar á Asia por Occidente (pocos sospecharon
entonces que se había descubierto un nuevo mundo), y el Pontífice
consagrador de tan inaudita hazaña era también español. Un creyente como
Alejandro VI debía ver en ello la mano de la Providencia.
Claudio sólo pensaba en la visita que iba á hacer hora y media después á
don Arístides y su familia.
Seguiría su destino. Una voz burlona parecía gritarle desde el fondo de
su memoria: «¡Adiós, caballero Tannhäuser!»
Iba á acabar su vida de locuras. Se contentaría con una existencia
reposada, dulcemente monótona, sin delirios felices y sin conflictos.
Sería el marido de Estela; y la misma voz lejana repetía como un eco
lamentoso: «¡Pobre Estela!»
Se aproximaron á una puerta del Vaticano, y el canónigo, como si hablase
ante una muchedumbre de diversas creencias y razas, siguió diciendo:
--Y para los que no pertenecen á nuestra religión, el pontificado de
Alejandro VI representa un gran acontecimiento histórico, el mayor tal
vez de nuestra raza... ¿Qué éramos los blancos nacidos en Europa? Una
minoría de la humanidad aglomerada en un continente estrecho. ¡Quién
sabe si, faltos los blancos de expansión, debilitados en una lucha
incesante por la propiedad del exiguo suelo, esos pueblos de Asia que
parecen inmensas colmenas ó interminables nidos de hormigas habrían
acabado por caer sobre los nuestros, esclavizándolos por la fuerza de su
inmensa superioridad numérica!... Pero descubrimos los españoles el
mundo americano en tiempos del papa Borgia, y gracias á nosotros pudo
Europa desarrollarse en la más prolongada de las masas continentales,
donde se repiten dos veces, á un lado y á otro de la línea ecuatorial,
todos los climas y todas las riquezas, triunfando con ello
definitivamente el hombre blanco sobre el resto del planeta.
Como si por primera vez se diese cuenta de la distracción de su sobrino,
cesó de andar y se volvió hacia él, señalando el palacio grandioso que
tenían enfrente.
--Me imagino--dijo con entusiasmo--la emoción de Rodrigo de Borja á
mediados de 1493, cuando sólo era Papa unos meses y el Pinturicchio iba
trazando sus primeras figuras en los salones que ahora llaman Estancias
de los Borgia. Había empezado á difundirse una noticia entre los miles
de españoles avecindados en Roma ó acudidos á ella para solicitar
mercedes del cardenal compatriota recientemente elegido Papa.
Uno de estos españoles-romanos, clérigo aragonés, llamado Lorenzo de
Cosco, que añadía á su calidad de presbítero el título de «generoso y
literato», traducía al latín, idioma universal de entonces, la carta
escrita por un tal Colón, desde Lisboa, á un judío converso, el
magnífico Gabriel Sánchez, tesorero del rey Fernando el Católico.
En ella relataba el marino las peripecias de su viaje con un centenar de
españoles y tres barcos á través del Océano.
--Iban en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, y las habían
encontrado por la ruta de Occidente, aunque sin poder llegar á su
capital, la rica Calambú, ó sea el moderno Pekín, descrita por Marco
Polo y Mandeville. El Papa español, entusiasmado por este suceso
providencial, facilitaba la impresión de la carta traducida por Cosco,
enviándola á todos los soberanos de la tierra... Y lo raro del caso fué
que Alejandro VI, que había vivido la mayor parte de su existencia en
Italia, hablase de Colón llamándolo español. También el italiano Jacobo
Trotti escribía á su señor, el duque de Ferrara, sobre las nuevas
tierras descubiertas por el «español» Colón... Esto resulta otro
misterio histórico, necesitado de luz, como la falsa leyenda de los
Borgia. ¿No lo crees así?...
Nada dijo Claudio. Tal vez no había oído las palabras de don Baltasar;
pero éste, sin percatarse de su indiferencia, siguió hablando:
--El papa Borgia fué el primero que hizo saber á los hombres, de una
manera que puede titularse oficial, el descubrimiento de América, que
aún no se llamaba América, y cuya verdadera naturaleza nadie había
llegado á presentir. ¿No te conmueve este recuerdo, evocado aquí mismo,
antes de que subamos á ver sus famosas Estancias?...
Cogió á Claudio de una solapa, mirándolo de cerca, al hacer dicha
pregunta, y el joven, aunque ignoraba á causa de su preocupación lo que
había dicho el canónigo, aprobó moviendo la cabeza.
Un lamento continuo seguía resonando en su interior. Era lo único que
podía oir:
«¡Y se fué para siempre!... ¡Y no la veré más!»
FIN
«Fontana Rosa»
Mentón (Alpes Marítimos)
Junio-Septiembre 1926
[NOTA 1: Esta novela es la segunda y última parte de la titulada EL
PAPA DEL MAR, del mismo autor.--_Nota del Editor._]
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK A LOS PIES DE VENUS (LOS BORGIA) ***
Updated editions will replace the previous one—the old editions will
be renamed.
Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for an eBook, except by following
the terms of the trademark license, including paying royalties for use
of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
copies of this eBook, complying with the trademark license is very
easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
of derivative works, reports, performances and research. Project
Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away—you may
do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
license, especially commercial redistribution.
START: FULL LICENSE
THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase “Project
Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg™ License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.
Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™
electronic works
1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person
or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg™ electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg™ electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg™
electronic works. See paragraph 1.E below.
1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (“the
Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg™ electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg™ mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg™
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg™ name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg™ License when
you share it without charge with others.
1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg™ work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country other than the United States.
1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg™ License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg™ work (any work
on which the phrase “Project Gutenberg” appears, or with which the
phrase “Project Gutenberg” is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you
are not located in the United States, you will have to check the laws
of the country where you are located before using this eBook.
1.E.2. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase “Project
Gutenberg” associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg™
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
1.E.3. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg™ License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.
1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg™
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg™.
1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg™ License.
1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg™ work in a format
other than “Plain Vanilla ASCII” or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg™ website
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original “Plain
Vanilla ASCII” or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg™ License as specified in paragraph 1.E.1.
1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg™ works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg™ electronic works
provided that:
• You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
the use of Project Gutenberg™ works calculated using the method
you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
to the owner of the Project Gutenberg™ trademark, but he has
agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
within 60 days following each date on which you prepare (or are
legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
payments should be clearly marked as such and sent to the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation.”
• You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™
License. You must require such a user to return or destroy all
copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™
works.
• You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
receipt of the work.
• You comply with all other terms of this agreement for free
distribution of Project Gutenberg™ works.
1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set
forth in Section 3 below.
1.F.
1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg™ collection. Despite these efforts, Project Gutenberg™
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.
1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right
of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.
1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.
1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.
1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg™
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any
Defect you cause.
Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™
Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.
Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg™ and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.
The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West,
Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact
Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation
Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.
The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.
While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.
International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.
Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works
Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of
volunteer support.
Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.
Most people start at our website which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org.
This website includes information about Project Gutenberg™,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.