En las orillas del Sar

By Rosalía de Castro

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Castro

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Title: En las orillas del Sar

Author: Rosalía de Castro

Release Date: June 15, 2023 [eBook #70984]

Language: Spanish

Credits: Ramón Pajares Box and The Online Distributed Proofreading Team
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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
    convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos.

  * La ortografía ha sido conservada como en el texto impreso y no ha
    sido modernizada.

  * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
    del párrafo en que se las llama.

  * Las páginas en blanco han sido eliminadas.




  OBRAS COMPLETAS
  DE
  ROSALÍA DE CASTRO

I

[Ilustración]




  OBRAS COMPLETAS
  DE
  ROSALÍA DE CASTRO

  I

  EN LAS ORILLAS DEL SAR

  PRÓLOGO DE
  MANUEL MURGUÍA

  [Ilustración]

  MADRID
  LIBRERÍA DE PUEYO
  Mesonero Romanos, 10.
  —
  1909




ES PROPIEDAD


MADRID.—Imprenta de Perlado, Páez y C.ª, Quintana, 33.




ROSALÍA CASTRO

    _Deus! con se joinel en lui bel_
    _Cuers de lions et cuers d’aignel._


Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que á todos nos esperan,
exclamé: «¡Descansa al fin, pobre alma atormentada, tú que has sufrido
tanto en este mundo!»

Y esta exclamación salió tan de lo íntimo, respondió tanto á la emoción
del momento, que pudiera decir que fué instintiva. Era imposible otra
cosa. Nadie como yo sabía que jamás ojos algunos derramaron en sus días
de aflicción lágrimas más amargas que las suyas, ni otro corazón como
el suyo soportó en la tierra más duros golpes. El Cielo se apiadó de la
infortunada el día de su muerte.

Mas se dirá: ¿acaso no tuvo sus días de felicidad, sus rosadas auroras,
la paz y olvido que diariamente pedía á Dios en sus oraciones? Sí,
ciertamente. Sus hijos fueron para su corazón un supremo consuelo, aun
cuando la llenaba de terror la idea de que pudiese llegar un tiempo en
que tuviesen que sufrir como ella sufría. ¡Oh, esto no! Por lo demás,
ingenua y confiada, puestas sus esperanzas en manos de Dios, y confiada
en su infinita misericordia, nada la halagaba sino la paz de su casa.
La misma gloria no la importaba. Los vanos ruidos del mundo se apagaban
á sus puertas, no tan olvidadas como ella quería, ni tan ajenas al
tumulto de la vida que no la trajesen temores y sobresaltos, pues nada
la asustaba tanto como la posesión de una dicha inesperada. Le parecía
que forzosamente debía traer consigo una nueva tormenta.

Soportando ciertas indiferencias que en el alma me dolían, y para
ella no pasaban desapercibidas, pues tocaban en los límites de la
injusticia, muchas veces le dije que nadie en este mundo haría justicia
á su obra, sino yo. Ella me contestaba siempre: «Deja pasar todo;
no somos más que sombra de sombras. Dentro de poco, ni mi nombre
recordarán. Mas, esto, ¿qué importa á los que hemos traspasado
nuestros límites?» Y era lo cierto, porque á pesar del entusiasmo con
que se acogieron sus libros todos, una frialdad dolorosa la envolvía
de tal modo, que entre el triunfo alcanzado y la justicia que pedía
fuese como era debido, ponía un mundo de distancia. Porque al positivo
valor literario de su primer volumen de versos en lengua gallega,[1] se
unían otras condiciones, no diremos superiores, pero sí muy dignas de
tenerse en cuenta para juzgar su libro y la obra de regeneración con él
emprendida. Verdadera reveladora del alma de su país, apareció entonces
para la generalidad como una más; para muy pocos, como la única. Y
así, con una dolorosa facilidad, vinieron para el poeta las mansas
injusticias, acompañadas de las limitaciones y pérfidos ejemplos de los
que se les suponían iguales, cuando no superiores, con que una mala
voluntad trató á su hora de herirla con gran lanzada.

  [1] Juzgando Canalejas el libro de Rosalía, _Cantares gallegos_,
  en el artículo que publicó en 1864 en el diario _La Democracia_,
  lo señaló, no tan sólo como una dichosa aparición, sino que se
  alargó á juzgarlo como una renovación de la poesía en las fuentes
  siempre vivas de la inspiración popular.

Por fortuna, semejantes contradicciones no la importaban. Le eran
indiferentes los triunfos, pues amaba la soledad y el olvido, y si algo
podía consolar aquella alma verdaderamente inconsolable, era pensar que
tal vez el Cielo le concediese un breve descanso, y aprovecharlo para
producir algo que honrase su país y lo hiciese amar á los extraños;
algo que dijese, con razón, que cuantos la tenían por la primera,
debían tenerla.

Aquel inmortal amigo, por mi desgracia también recién enterrado, é
inolvidable su memoria en mi corazón, Curros Enríquez, que con ella
compartió más tarde el triunfo y el dolor de los hostigados por la
suerte, amaba la obra de Rosalía Castro como la de un precursor y de
una hermana. Honrando su alma de poeta, la anteponía á la suya, cuando
en realidad eran dos seres gemelos que, heridos por una misma mano,
habían soportado igual carga. Mas ella había precedido á todos. Había
roto los hielos, recorrido victoriosamente la senda, y con armonioso
acento habilitado, la primera, la lengua materna para la expresión de
todos los sentimientos, lo mismo los populares que los que pertenecían
al alma del inspirado. Y si á esto se añade que, á la vez, había dotado
su obra de acentos tan apasionados y de una sinceridad tan grande, que
aun se espera quien haya de vencerla en la vehemencia y verdad de los
afectos, bien claro dijo que cuantos en su país había caído en suerte
el don de expresar sus ideas y sentimientos en versos armoniosos,
podrían llegar á ser sus iguales, nunca superiores, pues ella ha tocado
en los cielos sin mancha.

Lo que á los demás correspondía; lo que á su tierra y desgracias
legendarias que le afligen tocaba directamente, eso era lo que en
primer lugar le importaba. Quedaban para los que la amábamos aquellas
otras explosiones de amor y de intensa pena que la abrumaban, el
saber á qué grandes dolores se refería en sus versos. Los tiene que
son amargos gemidos, en cuyas entrañas se encerraba, si puede decirse
así, el dolor de los dolores que la abrumaban. Porque si hubo ser
sensible que al menor roce se sintiese herido; si hubo alguien que
en los momentos de desagracia se irguiese altivo como héroe que antes
de caer vencido intenta levantarse y luchar todavía, fué ella. En su
sangre circulaba, en sus carnes palpitaba algo de indómito y superior
que venía de su raza y que parecía decirle: «¡Muere, pero sé digna de
soportar la muerte!» Y en esto pudo haber también quien la igualase,
pero no quien le fuese superior. En las grandes familias se ven á cada
momento ejemplos de esta índole. Quien hablase á Rosalía, vería que era
la mujer más benévola y sencilla, porque en su trato toda era bondad,
piedad casi, para los defectos ajenos. Mas cuando la herían, ya como
á enemiga, ya como acosada por el infortunio, era tal su dignidad,
que pronto hacía sentir al que había inferido la herida todo el peso
de su enojo. Pero vanidad, pero ansia de brillar, pero empeño de
llenar este ó el otro cenáculo, pero deseo de aparecer como una mujer
superior, eso, jamás lo sintió. Todo lo contrario, nada le importaban
los triunfos alcanzados; nada el renombre que sobre ella pudiera
recaer. Hallábase contenta en la soledad de su casa, tranquila en sus
medianías, satisfecha viendo crecer sus hijos y siendo con ellos
dichosa.

***

¿Qué se podía esperar de una mujer delicada de salud, sensible, que
cada emoción la hería hondamente? Que siendo en ella tan sincera la
producción literaria, reflejase con toda intensidad el estado de
su alma. Así lo hizo. Poeta moderno, fruto del dolor de su tiempo,
cuyas carnes herían con largas y penosas vibraciones las penas que la
ahogaban y las que veía soportar, ni una sola de sus poesías dejó de
ser la viva expresión de la emoción que la embargaba. ¿Cómo extrañar
ni la gracia y verdad con que describe en sus versos en gallego las
costumbres populares del país,[2] ni las emociones que á la hora
propicia la conmovían, ni la misteriosa vaguedad de unos versos en
que dejó impresa para siempre la poderosa huella de su genio? En esto
consistió su triunfo. Los hijos de Galicia que, ya bajo los cielos
siempre serenos de Cuba, ya en las llanuras de la Argentina, leían á su
poeta—sí, á su poeta, pues si los hubo entre nosotros que fuese amado
con amor inextinguible, fué Rosalía—, los llevaban en su memoria y en
su corazón; con ellos llenaban los abismos de tristeza que les consumía
lejos de la tierra natal. En ellos veían reproducidas con entera
fidelidad las cosas de la patria por que suspiraban en su destierro.
Tan íntima compenetración del poeta con su pueblo fué lo que le dió el
nombre merecido de que gozó entre los suyos.

  [2] Tanto entrañó en sus versos los sentimientos y las costumbres
  de su pueblo, que entre las diversas composiciones vulgares que
  recogí vinieron algunas de Rosalía aceptadas como propias por
  la multitud campesina. En el estudio de Milá y Fontanals acerca
  de la poesía popular gallega, la 129 y la 131 son de ella.
  Entre las que publicó más tarde el Sr. Pérez Ballesteros en su
  _Cancionero_, se hallan también otras como debidas á la musa del
  pueblo. Lo mismo pasa con algunas que aparecen en la monumental
  obra de Carolina Michaelis de Vasconcelhos, _Cancioneiro da
  Ajuda_, como fruto de la inspiración popular, en especial la que
  se transcribe como oída en Vigo, á la página 933 del tomo II,
  que puede leerse en los _Cantares gallegos_, aun cuando el vulgo
  modificó algunas estrofas.

***

Los antiguos bardos unían al don de la poesía el de la música. Nadie
dirá que Rosalía haya hecho otro tanto, mas yo afirmo que si hubiera
querido, le sería fácil. Era un temperamento por entero musical. De
haber tenido una educación á propósito, hubiera sido una tan gran
compositora como fué gran poeta. Á semejante condición debió sin duda
que, sin intención—y no como un motivo de simple técnica—, obedeciendo
tan sólo á la cadencia, que era en ella una facultad dominante, hubiese
sido la primera en España á romper con la métrica usual en su tiempo.
Causó su innovación tanta sorpresa, que su libro _En las orillas del
Sar_ fué, por de pronto, mirado, desde este punto de vista, como un
atrevimiento indisculpable, por unos; para los más, como un enigma.
Todos se detuvieron para juzgarlo, concluyendo por confesar que las
nuevas combinaciones de que hacía alarde, ni las admitía la costumbre,
ni las comprendía su oído. Sin embargo de ello, las dudas fueron de
un momento. Los que rechazaban la novedad y los que con ella asentían
callaron, pero pronto vinieron otros que, rompiendo también con lo
establecido, la siguieron en la innovación, y quedó ésta sancionada.

Aun cuando había en ello alguna gloria para quien había hecho tan
importante conquista, ni se advirtió el triunfo, ni gozó de él la
infortunada. Se necesitó que un joven escritor de nuestros días, dolido
de la injusticia, se adelantase á quejarse del hecho, proclamándola
como _precursora_ de la reforma por ella iniciada sencilla,
instintivamente, sin ánimo de constituir escuela, y sólo porque, como
tan gran música, le estaba permitido romper con los viejos moldes,
ensanchando los dominios de la métrica castellana. En pago, sin pararse
en más, la crítica de entonces le echó en cara, como una gran falta,
la de _adoptar metros inusitados y combinaciones nuevas_, en lo cual,
ciertamente, no había pecado alguno.

Por su mal, en esto como en todo necesitó que la muerte la tomase para
sí, empezando desde ese momento la forzosa reparación de los olvidos é
indiferencias con que algunas almas mezquinas trataron de envolverla
antes, después, á todas horas. Porque en cuanto á ver amada su obra
de consuelo por sus paisanos ausentes, en especial por los pobres
desterrados en América, de ese sí que gozó en toda su plenitud. Nada
pudo hacerlo menos. Á ellos debió en vida el cariño y entusiasmo con
que recibían sus obras; á ellos el único amparo que tuvo en sus días de
amargura; á ellos, casi, el monumento en que descansa. Fué triunfo que
ninguna mala voluntad pudo hacer menos—cuando trataron de sus versos
en gallego—, ni aun la de aquellos que se apresuraron á amenguarlo, no
hallando en los frutos de su inspiración más que asuntos secundarios de
escaso empeño y mérito relativo, porque, según ellos, cuanto toca á la
gente campesina era de por sí misma inferior, y el lenguaje en que se
expresaba el poeta, inferior también. Mas viéndola después escribir sus
versos en castellano, rompiendo victoriosamente los viejos moldes de la
métrica castellana, entonces se aprovecharon de la sorpresa que causó
la novedad, para herirla, haciendo menos la esencia que encerraban como
en vaso sellado.

***

Casi se negó á Lamartine el derecho á recordar á su madre y ensalzarla
con el amor y cariño que una madre merece. ¿Qué no se diría de un
marido que, hablando de su esposa, lo hiciese con el interés que
la realidad de los hechos y la pasión pondría en sus labios? No me
dejarían siquiera repetir las palabras de Daudet, refiriéndose á
su bien amada compañera: «¡Y es tan buena, tan sencilla, tan poco
literata!...» Y por cierto, que si á alguna otra escritora pudiera
aplicarse tan breve como envidiable triunfo, á ninguna con mayor
justicia que á Rosalía.

Confieso que sería para mí como cosa sagrada hablar con toda extensión
de quien en este mundo fué tan buena, tan modesta, y conmigo en
conformidad con la desgracia, que ni en sus mayores tribulaciones salió
de sus labios una queja, ni le faltó jamás el valor para arrostrar
las penas que le devoraban cuerpo y alma. Es más: si fuera preciso,
no temería atraer sobre mí los juicios contrarios, con tal que no la
hiriesen al mismo tiempo. Mas ella no merecía esta nueva prueba. Igual
á aquellas puras almas de mujer que en la soledad del claustro y en el
rigor de sus austeridades dejaron al mundo el perdurable ejemplo de su
santidad, dejó ella entre los suyos el de su valor para soportar las
amarguras, las injusticias que hicieron sangrar su corazón. ¿Cómo han
de ir las que se llamarían indiscreciones del marido á renovar las mal
cerradas llagas, cuando ya goza de la paz de la muerte?

Habrá, sin embargo, quien diga: «Cállese cuanto se refiere á la mujer
de su casa; á nosotros nos basta saber cuanto importa á la escritora.
Olvide cuanto á él toca, y háblenos de lo que desean saber los demás.»
En realidad así debiera hacerse, si las presentes líneas fuesen algo
más que un doloroso recuerdo. Después de los años que reposa en su
sepulcro, y borrado todo rastro, no es extraño que para juzgar su
obra se desee penetrar en lo oculto de su vida. Por fortuna, si son
desconocidos, si para todos están olvidados los hechos y hasta la
memoria de ellos, quien pretenda penetrar en lo íntimo de aquel vaso de
elección, si se permite decirlo así, puede leer sus versos. En ellos se
refleja su alma y el alma colectiva de su país. Transparentan las penas
que la afligieron y las amarguras soportadas con aquel estoicismo
que la hizo exclamar: «San Agustín dice que Dios no manda amar las
tribulaciones, sino sufrirlas; y esto es muy lógico», añadía en una de
sus cartas, escritas en momentos de prueba.

¡Y bien hondas é inacabables las sufrió la infortunada!

***

Después de todo, la vida de una mujer, por muy ilustre que sea, es
siempre bien sencilla. La de Rosalía, como la de cuantas se hallan en
su caso, se limita á dos fechas: la de su nacimiento y la de su muerte;
lo demás sólo importa á los suyos. Nació nuestra escritora en Santiago
de Galicia el 21 de febrero de 1837, y falleció en Iria (Padrón) el 15
de julio de 1885. ¡Breve existencia en verdad! La muerte la hirió en
la plenitud de la vida, cuando, libre al fin de los cuidados del para
ella dulcísimo yugo de la crianza de sus hijos, podía prometerse un
descanso. _Boa tea fia quen seus fillos cria_, dice el adagio gallego,
y en verdad que nadie podía decirlo como ella, pues todo su amor, todo
su cuidado, todos sus afanes, puso en la crianza de aquellos hijos de
su corazón, quienes no le dejaban momento libre para otra cosa. ¡Santo
ministerio, ocupación amorosísima!

En su indiferencia por los triunfos literarios, nada le importaba
que éstos se apagasen. Confiaba, sin embargo, en que no habiendo
dicho todavía todo de lo que se sentía capaz, aun podría aprovechar
el descanso y quietud que debían llenar sus horas, cuando en la
plenitud de sus facultades, dueña de sus «gloriosos empeños», le fuese
posible producir y legar á la posteridad los logrados frutos de su
genio. No lo quiso el Cielo. Al cerrar sus ojos para siempre, pudo
muy bien exclamar, pues estaba por entero en conformidad con ellas,
estas amargas palabras: «¡Oh desgraciada raza humana!: el reposo te
es desconocido y solamente gozas de él cuando devoras el polvo del
sepulcro. ¡Amargo, amargo es este reposo! ¡Duerme, difunto! ¡Llora tú,
el que sobrevives!»

***

En el eterno reposo, muchos de los suyos le habían precedido. En el
cementerio en que tuvo momentáneo asilo descansaban mezclados con
los que habían sido sus servidores. Nada los diferenciaba. Unidos,
igualados por la muerte, el señor y el campesino dormían el mismo sueño
en una misma tierra.

Desde las ventanas de su casa veía Rosalía el atrio y los olivos que
lo sombreaban, y dirigía diariamente hacia aquellas soledades sus
recuerdos y sus oraciones, bien ajena, por cierto, de que pronto
hallaría allí su sepultura. Poco tiempo antes, como quien une en un
santo amor la memoria y los afectos pasados, quiso que se cantase una
misa por todos ellos en aquella iglesia solitaria—ella también ejemplo
de lo pasajeras de las grandezas humanas—, y allá fué á oirla. Yo la vi
marchar rodeada de todos sus hijos, por la vía inundada de sol, de paz
y de la hermosura de que están llenos unos campos que amó como si le
hubiesen tocado en herencia. Al salir del templo besó una sepultura y
con ella cuantas en el atrio encerraban algo suyo, y entró después en
su casa contenta porque había orado por los que tenían en su corazón y
eran de su sangre, derecho á sus plegarias.

***

No muy lejos de aquellos lugares, para ella sagrados, al pie del
«altivo Miranda», se levanta la casa solariega de los de Castro, en
donde arraigó la noble estirpe de la cual procedía. Puede afirmarse que
allí nació Juan Rodríguez de Padrón, el primer poeta que tuvo Galicia
en el siglo XVI, así como ella lo fué en el XIX. Todavía se conserva
en el viejo palacio un arco ojivo que declara la antigüedad del solar
y el poder que desde aquella morada se ejerció en otros tiempos. Como
suyo le tuvo el glorioso autor de _El siervo libre de amor_, en cuyas
páginas se halla la primera, exacta, más cariñosa y más importante
de las descripciones de los campos que rodean la vieja Iria, á la
manera que _En las orillas del Sar_ se recuerdan y ensalzan en versos
inimitables.

Y era que en su sangre llevaba el amor á aquellos lugares y gentes que
los poblaban. Gracias á este sentimiento que dominaba todo su ser,
instintivamente asimilaba cuanto había en lo exterior y le interesaba
por modo excepcional. Así sorprendía y expresaba—con el poder de una
victoriosa sugestión—los misterios del alma campesina. ¿Quiénes habían
sido los que desde lo alto del viejo palacio de la Arreten habían
dominado sobre aquellos campos? Lo ignoraba. Sabía que era cosa suya y
los ponía á su lado. Ajena á todo género de vanidades, esto le bastaba.

Aun sin ello, cuanto la rodeaba venía á cada momento á hablarla de sus
horas felices y de lo que interesaba á su corazón. Recordándola las
dichas pasadas y las penas que la atormentaban, unía en su memoria los
gloriosos hechos de sus antepasados y el abismo de dolor en que había
caído. Y pues aquellas soledades y hombres que las hacían fértiles las
veía como cosa propia—en la conmiseración que la inspiraban—, vertía
toda su alma. En tan gran piedad envolvió á cuantos sufrían en su
tierra las inclemencias del cielo y las del infortunio.

Su obra fué por ello una obra de piedad y de renovación. Aplaudida,
amada, es en realidad una reivindicación de la tierra gallega. ¿Cómo
extrañar que su nombre fuera citado á cada momento con verdadero
cariño, cuando sus versos, impregnados de los sentimientos populares,
fueron aceptados por la musa campesina y sellados por la gente iletrada
con sello imborrable? Esta compenetración de su obra con el alma de
su gente fué desde el primer momento tan visible, que un poeta de
su tierra, de su barrio casi, pudo decir con verdad en la hermosa
composición que le dedicó:[3]

    Todo el genio de su raza palpitaba en sus endechas;
    Eran bellas... ¡y á las almas se prendieron como flechas!
    Eran santas... ¡y Galicia de rodillas las oyó!

  [3] Alejandro Miguens Parrado, en la hermosa poesía en elogio de
  su paisana publicada en el _Almanaque Gallego_ de Buenos Aires
  para el año de 1909.

***

Á pesar de ello, estaba escrito que las demostraciones de estimación
pública y las de los que más la distinguían no habían de llegar todas
á su conocimiento, ni á su hora, ni á su corazón. El mismo día de su
muerte se recibió en su casa _La Rassegna Nazionale_, notable revista
de Florencia, que contenía un breve, pero notable juicio de sus poesías
castellanas _En las orillas del Sar_, recientemente publicadas.
«Vorremmo, decía, che qualche gentil donna italiana ce ne regalase
una traduzione, per che solo una donna può degnamente intendere e
interpretare cosi pura ed eletta poesia.» Y esto cuando en España el
más benévolo de sus críticos, reflejando sinceramente la opinión de los
que se tenían por entendidos, consignaba en un artículo que se había
«encontrado en sus composiciones algo á que no se hallaba acostumbrado
su oído y las han acusado de falta de armonía».

Se necesitó que pasasen más de veinte años para que al fin se le
hiciese justicia y se la señalase como _La Precursora_ en un estudio
en que, abordando el tema de la modificación que sufrió en estos días
casi la antigua métrica castellana, que ella había iniciado, y para que
en el artículo en cuestión se añadiese que el volumen de sus versos
castellanos «es uno de los más singulares de nuestra poesía», es
decir, de la poesía española.

Sin duda no bastaban las contrariedades sufridas y hubo de soportarlas
mayores para su corazón. Las páginas que le hemos consagrado en nuestro
libro _Los Precursores_, no supo siquiera que se habían escrito.
Pensaba sorprenderla con ellas, y sólo sirvieron para decir el día de
su muerte lo que perdía Galicia al desaparecer para siempre aquella
alma verdaderamente superior. Hubiera sido dichosa leyéndolas, y no se
lo permitió su mala fortuna. Sería para ella un gran consuelo, y no lo
tuvo. Así todo en su vida.

***

Los meses que siguieron en aquel verano, tan lleno para mí de
esperanzas que se desvanecían y de temores á cada paso renovados,
fueron dolorosos para los suyos, que nos negábamos á creer lo que
estaba dispuesto. También lo fué para la infortunada, pues se
sentía morir. Aun cuando su postración decía á todos que pronto la
perderíamos, nos parecía imposible que llegase ese instante. En
ocasiones, hasta ella misma, cansada de sufrir, esperaba un milagro.
Habiéndose visto tantas veces al pie del sepulcro, esperaba una vez
más escapar al peligro; que el Cielo no podía herir tan cruelmente á
los que quería con toda su alma y cuya separación veía tan cerca. Aun
en esos momentos de angustia, aquella mujer heroica tenía valor para
ocultar sus padecimientos, abriendo su alma á la esperanza, más por
los suyos, que dejaba en el mayor desamparo, que por ella, pues harto
conocía que le faltaban pocos días.

Antes de caer para no levantarse más; antes de aceptar resignada el
doloroso calvario con que el Cielo quiso probarla, marchó á Carril con
los suyos. Quería ver el mar antes de morir: el mar que había sido
siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto. Pero en aquellas orillas
que le recordaban otras horas felices, se sintió ya tan rendida, que
apenas podía dejar su aposento y sentarse á la tarde—antes que el sol
se hundiese por completo en las aguas—sobre las piedras del malecón,
aspirar los aires salobres y contemplar los ardientes cielos de estío
que iluminaban el Poniente. Un mundo de recuerdos la llenaban, y las
involuntarias tristezas, que como ráfagas doloridas pasaban ante sus
ojos, se templaban para ella viendo á sus hijas reemplazarla en el
mundo. Como se había casado joven, Dios le daba el consuelo de verlas
crecidas y ser como un rayo de su misma juventud.

El día que abandonó el puerto, esperando el carruaje que debía
conducirla á la estación, se impacientó porque tardaba en llegar.
Ocurriósenos que lo mejor era, aunque breve el trayecto, que fuese
por mar. Para ella constituyó tal contratiempo un descanso y una
distracción inesperada, aunque llena de los vagos temores que acosan á
los que tienen su fin ante la vista. Así y todo, el aire y los rumores
de la playa animaron su semblante y nunca me pareció más imposible
lo que esperábamos, cuando en pie, abierta la portezuela del vagón,
iluminando el sol su rostro animado por la fatiga, en medio de sus
hijas, joven todavía, sonriente siempre con los que la rodeaban, la
despedían y no habían de verla más, esperaba el momento de ponerse el
tren en marcha. Un dulce rayo de paz, un soplo de otros días felices
que yo conocía tanto, me dió por el momento, no la esperanza, la
seguridad de que no nos abandonaría tan pronto.

No así á las buenas almas que se despedían de ella y tenían una más
segura certeza del temido desenlace. Y tanto fué así, que no la
dejaron marchar sola, sino que quisieron acompañarla hasta su casa. En
su compañía fueron hasta que la dejaron en su soledad, en medio del
jardín cuidado por sus manos, y entregada al amor de los suyos. ¡Dios
bendiga á quienes tanto hicieron sin tener en cuenta que acompañaban
á una buena, á una santa amiga! No sabían siquiera cuán nobles, cuán
gloriosas facultades se extinguirían al morir aquélla, en quien puede
decirse que estuvieron representadas todas las grandes cualidades de la
mujer gallega.

***

Decir ahora cuán amargas fueron las horas de su agonía; hablar de lo
que bajo aquel techo de angustias se sufrió por la que soportaba el
dolor y por los que la amaban y veían soportarlo, es ya imposible.
No se levanta el velo que cae sobre un sepulcro amado sin sentir que
se remuevan en el corazón las inquietudes y las emociones que las
contrariedades tienden en tales momentos sobre cuanto nos rodea...


  MANUEL MURGUÍA.




* * *


      Aunque no alcancen gloria,
    Pensé escribiendo libro tan pequeño,
    Son fáciles y breves mis canciones,
    Y acaso alcancen mi anhelado sueño.
    Pues bien puede guardarlas la memoria
    Tal como pese al tiempo y la distancia
    Y al fuego asolador de las pasiones
    Sabe guardar, las que aprendió en la infancia,
    Cortas, pero fervientes oraciones.
    Por eso son, aunque no alcancen gloria,
    Tan fáciles y breves mis canciones.




ORILLAS DEL SAR


I

      Á través del follaje perenne
    Que oir deja rumores extraños,
    Y entre un mar de ondulante verdura,
    Amorosa mansión de los pájaros,
          Desde mis ventanas veo
          El templo que quise tanto.

            El templo que tanto quise...
    Pues no sé decir ya si le quiero,
    Que en el rudo vaivén que sin tregua
          Se agitan mis pensamientos,
          Dudo si el rencor adusto
    Vive unido al amor en mi pecho.


II

      ¡Otra vez! Tras la lucha que rinde
          Y la incertidumbre amarga
    Del viajero que errante no sabe
          Dónde dormirá mañana,
          En sus lares primitivos
    Halla un breve descanso mi alma.

      Algo tiene este blando reposo
          De sombrío y de halagüeño,
    Cual lo tiene en la noche callada
          De un ser amado el recuerdo,
    Que de negras traiciones y dichas
    Inmensas, nos habla á un tiempo.

      Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
    Y afligido mi espíritu, apenas
    De su cárcel estrecha y sombría
          Osa dejar las tinieblas
          Para bañarse en las ondas
          De luz que el espacio llenan.

      Cual si en suelo extranjero me hallase
          Tímida y hosca, contemplo
    Desde lejos los bosques y alturas
          Y los floridos senderos,
    Donde en cada rincón me aguardaba
          La esperanza sonriendo.


III

      Oigo el toque sonoro que entonces
    Á mi lecho á llamarme venía
    Con sus ecos, que el alba anunciaban;
          Mientras cual dulce caricia
          Un rayo de sol dorado
    Alumbraba mi estancia tranquila.

      Puro el aire, la luz sonrosada,
          ¡Qué despertar tan dichoso!
    Yo veía entre nubes de incienso
          Visiones con alas de oro
    Que llevaban la venda celeste
          De la fe sobre sus ojos...

            Ese sol es el mismo, mas ellas
          No acuden á mi conjuro;
    Y á través del espacio y las nubes,
    Y del agua en los limbos confusos,
    Y del aire en la azul transparencia,
    ¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.

            Blanca y desierta la vía
          Entre los frondosos setos
    Y los bosques y arroyos que bordan
    Sus orillas, con grato misterio
    Atraerme parece y brindarme
    Á que siga su línea sin término.

            Bajemos, pues, que el camino
          Antiguo nos saldrá al paso,
    Aunque triste, escabroso y desierto,
          Y cual nosotros cambiado,
    Lleno aún de las blancas fantasmas
          Que en otro tiempo adoramos.


IV

      Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
    Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
          Siempre serena y pura;
    Y con mirada incierta, busco por la llanura
    No sé qué sombra vana ó qué esperanza muerta,
    No sé qué flor tardía de virginal frescura
    Que no crece en la vía arenosa y desierta.

      De la obscura _Trabanca_ tras la espesa arboleda,
    Gallardamente arranca al pie de la vereda
    _La Torre_ y sus contornos cubiertos de follaje,
    Prestando á la mirada descanso en su ramaje
    Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada,
          Que las pupilas ciega,
    Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

      Como un eco perdido, como un amigo acento
          Que suena cariñoso,
    El familiar chirrido del carro perezoso
    Corre en alas del viento, y llega hasta mi oído
    Cual en aquellos días hermosos y brillantes
    En que las ansias mías eran quejas amantes,
    Eran dorados sueños y santas alegrías.

      Ruge la _Presa_ lejos..., y de las aves nido
          _Fondons_ cerca descansa;
    La cándida abubilla bebe en el agua mansa,
    Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
    Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
    Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
    Donde de los vencejos que vuelan en la altura
          La sombra se refleja,
    Y en cuya linfa pura, blanco el nenúfar brilla
    Por entre la verdura de la frondosa orilla.


V

      ¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh Padrón! ¡Oh Iria Flavia!
    Mas el calor, la vida juvenil y la savia
          Que extraje de tu seno,
    Como el sediento niño el dulce jugo extrae
          Del pecho blanco y lleno,
    De mi existencia obscura en el torrente amargo
    Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
    Una visión de armiño, una ilusión querida,
          Un suspiro de amor.

      De tus suaves rumores la acorde consonancia,
    Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
          Á impulsos del dolor;
    Secáronse tus flores de virginal fragancia,
    Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
          El alba su candor.

      La nieve de los años, de la tristeza el hielo
    Constante, al alma niegan toda ilusión amada,
          Todo dulce consuelo.
    Sólo los desengaños preñados de temores
          Y de la duda el frío,
    Avivan los dolores que siente el pecho mío;
          Y ahondando mi herida,
    Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
          Eternas de la vida.


VI

      ¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
    Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
          Del Sar cabe la orilla,
    Al acabarme, siento la sed devoradora
    Y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
    Y el hambre de justicia, que abate y que anonada
    Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
          De tempestad airada.

      Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
          Tras del _Miranda_ altivo,
    Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
    En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
    Con su frente de niño de rosas coronada,
          Y con su luz serena:
    En mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
          Mezcla de gloria y pena,
    Mi sien por la corona del mártir agobiada
    Y para siempre frío y agotado mi seno.


VII

      Ya que de la esperanza para la vida mía
    Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
    Á mi morada obscura, desmantelada y fría
          Tornemos paso á paso,
    Porque con su alegría no aumente mi amargura
          La blanca luz del día.

      Contenta el negro nido busca el ave agorera,
    Bien reposa la fiera en el antro escondido,
    En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
          Y mi alma en su desierto.




* * *


            Los unos altísimos,
          Los otros menores,
    Con su eterno verdor y frescura,
          Que inspira á las almas
          Agrestes canciones,
    Mientras gime al rozar con las aguas
    La brisa marina, de aromas salobres,
    Van en ondas subiendo hacia el cielo
          Los pinos del monte.

      De la altura la bruma desciende
          Y envuelve las copas
    Perfumadas, sonoras y altivas
          De aquellos gigantes
          Que el _Castro_ coronan;
    Brilla en tanto á sus pies el arroyo
          Que alumbra risueña
          La luz de la aurora,
    Y los cuervos sacuden sus alas,
          Lanzando graznidos
          Y huyendo la sombra.

      El viajero, rendido y cansado,
    Que ve del camino la línea escabrosa
    Que aún le resta que andar, anhelara,
    Deteniéndose al pie de la loma,
    De repente quedar convertido
          En pájaro ó fuente,
          En árbol ó en roca.

***

            Era apacible el día
          Y templado el ambiente,
          Y llovía, llovía,
          Callada y mansamente;
          Y mientras silenciosa
          Lloraba yo y gemía,
          Mi niño, tierna rosa,
          Durmiendo se moría.
      Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
    Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

      Tierra sobre el cadáver insepulto
    Antes que empiece á corromperse..., ¡tierra!
    Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
    Bien pronto en los terrones removidos
    Verde y pujante crecerá la hierba.

      ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
    Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
    ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...
    Jamás el que descansa en el sepulcro
    Ha de tornar á amaros ni á ofenderos.

      ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
    Para siempre acabó ya?
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    Ni puede tener fin la inmensidad.

      Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
    Te espera aún con amoroso afán,
    Y vendrás ó iré yo, bien de mi vida,
    Allí donde nos hemos de encontrar.

      Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
          Que no morirá jamás,
    Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
          Á desunir ya nunca volverá.
    En el cielo, en la tierra, en lo insondable
          Yo te hallaré y me hallarás.
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    Ni puede tener fin la inmensidad.

          —Mas... es verdad—ha partido,
          Para nunca más tornar.
      Nada hay eterno para el hombre, huésped
    De un día en este mundo terrenal,
    En donde nace, vive y al fin muere,
    Cual todo nace, vive y muere acá.

***

      Una luciérnaga entre el musgo brilla
    Y un astro en las alturas centellea,
    Abismo arriba, y en el fondo abismo;
    ¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?

        En vano el pensamiento
    Indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
    Siempre al llegar al término, ignoramos
    Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

      Arrodillada ante la tosca imagen,
    Mi espíritu, abismado en lo infinito,
    Impía acaso, interrogando al cielo
    Y al infierno á la vez, tiemblo y vacilo.
      ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
    Con sus ecos responde á mis gemidos
    Desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
    Baña ardiente mi rostro enflaquecido.
      ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
    Lo puedes ver y comprender, Dios mío!

    ¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
          Piadoso y compasivo
    Vuelve á mis ojos la celeste venda
    De la fe bienhechora que he perdido,
    Y no consientas, no, que cruce errante
          Huérfana y sin arrimo,
    Acá abajo los yermos de la vida,
    Más allá las llanadas del vacío.

      Sigue tocando á muerto—y siempre mudo
          É impasible el divino
    Rostro del Redentor, deja que envuelto
    En sombras quede el humillado espíritu.
      Silencio siempre; únicamente el órgano
          Con sus acentos místicos
    Resuena allá de la desierta nave
          Bajo el arco sombrío.

      Todo acabó quizás, menos mi pena,
          Puñal de doble filo;
    Todo, menos la duda que nos lanza
    De un abismo de horror en otro abismo.

      Desierto el mundo, despoblado el cielo,
    Enferma el alma y en el polvo hundido
          El sacro altar en donde
    Se exhalaron fervientes mis suspiros,
          En mil pedazos roto
          Mi Dios, cayó al abismo,
    Y al buscarle anhelante, sólo encuentro
    La soledad inmensa del vacío.

            De improviso los ángeles
          Desde sus altos nichos
    De mármol, me miraron tristemente
    Y una voz dulce resonó en mi oído:
            «Pobre alma, espera y llora
          Á los pies del Altísimo;
          Mas no olvides que al cielo
    Nunca ha llegado el insolente grito
    De un corazón que de la vil materia
    Y del barro de Adán formó sus ídolos.»

***

      Adivínase el dulce y perfumado
          Calor primaveral;
    Los gérmenes se agitan en la tierra
    Con inquietud en su amoroso afán,
    Y cruzan por los aires, silenciosos,
    Átomos que se besan al pasar.

      Hierve la sangre juvenil; se exalta
    Lleno de aliento el corazón, y audaz
    El loco pensamiento sueña y cree
    Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
      No importa que los sueños sean mentira,
          Ya que al cabo es verdad
    Que es venturoso el que soñando muere,
    Infeliz el que vive sin soñar.

      ¡Pero qué aprisa en este mundo triste
          Todas las cosas van!
    ¡Que las domina el vértigo creyérase!...
    La que ayer fué capullo, es rosa ya,
    Y pronto agostará rosas y plantas
          El calor estival.

***

      Candente está la atmósfera;
    Explora el zorro la desierta vía;
          Insalubre se torna
    Del limpio arroyo el agua cristalina,
          Y el pino aguarda inmóvil
    Los besos inconstantes de la brisa.

            Imponente silencio
          Agobia la campiña;
    Sólo el zumbido del insecto se oye
    En las extensas y húmedas umbrías;
          Monótono y constante
    Como el sordo estertor de la agonía.

      Bien pudiera llamarse, en el estío,
          La hora del mediodía,
    Noche en que al hombre de luchar cansado
          Más que nunca le irritan,
    De la materia la imponente fuerza
    Y del alma las ansias infinitas.

      Volved, ¡oh noches del invierno frío,
    Nuestras viejas amantes de otros días!
    Tornad con vuestros hielos y crudezas
    Á refrescar la sangre enardecida
    Por el estío insoportable y triste...
    ¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!
      Frío y calor, otoño ó primavera,
    ¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?
    Hermosas son las estaciones todas
    Para el mortal que en sí guarda la dicha;
    Mas para el alma desolada y huérfana,
    No hay estación risueña ni propicia.

***

      Un manso río, una vereda estrecha,
    Un campo solitario y un pinar,
    Y el viejo puente rústico y sencillo
    Completando tan grata soledad.

      ¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
    Basta á veces un solo pensamiento.
    Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
    El puente, el río y el pinar desiertos.

      No son nube ni flor los que enamoran;
    Eres tú, corazón, triste ó dichoso,
    Ya del dolor y del placer el árbitro,
    Quien seca el mar y hace habitable el polo.

***
      —Detente un punto, pensamiento inquieto;
          La victoria te espera,
    El amor y la gloria te sonríen.
    ¿Nada de esto te halaga ni encadena?
      —Dejadme solo y olvidado y libre;
    Quiero errante vagar en las tinieblas;
          Mi ilusión más querida
    Sólo allí dulce y sin rubor me besa.

***

      Moría el sol, y las marchitas hojas
    De los robles, á impulso de la brisa,
    En silenciosos y revueltos giros
          Sobre el fango caían:
    Ellas, que tan hermosas y tan puras
    En el abril vinieran á la vida.

      Ya era el otoño caprichoso y bello:
    ¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!
    Pues en la tumba de las muertas hojas
    Vieron sólo esperanzas y sonrisas.

      Extinguióse la luz: llegó la noche
    Como la muerte y el dolor, sombría;
    Estalló el trueno, el río desbordóse
    Arrastrando en sus aguas á las víctimas;
    Y murieron dichosas y contentas...
    ¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!

***

      Del rumor cadencioso de la onda
          Y el viento que muge;
    Del incierto reflejo que alumbra
          La selva ó la nube;
    Del piar de alguna ave de paso;
    Del agreste ignorado perfume
          Que el céfiro roba
          Al valle ó á la cumbre,
    Mundos hay donde encuentran asilo
          Las almas que al peso
          Del mundo sucumben.




MARGARITA


I

            ¡Silencio, los lebreles
          De la jauría maldita!
    No despertéis á la implacable fiera
    Que duerme silenciosa en su guarida.
          ¿No veis que de sus garras
    Penden gloria y honor, reposo y dicha?

      Prosiguieron aullando los lebreles...
    —¡Los malos pensamientos homicidas!—
    Y despertaron la temible fiera...
    —¡La pasión que en el alma se adormía!—
          Y ¡adiós!, en un momento,
    ¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!


II

      Duerme el anciano padre, mientras ella
    Á la luz de la lámpara nocturna
    Contempla el noble y varonil semblante
          Que un pesado sueño abruma.

            Bajo aquella triste frente
          Que los pesares anublan,
    Deben ir y venir torvas visiones,
          Negras hijas de la duda.

      Ella tiembla..., vacila y se estremece...
    ¿De miedo acaso, ó de dolor y angustia?
    Con expresión de lástima infinita,
          No sé qué rezos murmura.
    Plegaria acaso santa, acaso impía,
    Trémulo el labio á su pesar pronuncia,
    Mientras dentro del alma la conciencia
          Contra las pasiones lucha.

          ¡Batalla ruda y terrible
    Librada ante la víctima, que muda
    Duerme el sueño intranquilo de los tristes
    Á quien ha vuelto el rostro la fortuna!

          Y él sigue en reposo, y ella,
    Que abandona la estancia, entre las brumas
    De la noche se pierde, y torna al alba,
    Ajado el velo..., en su mirar la angustia.

          Carne, tentación, demonio,
    ¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
    ¡Silencio!... El día soñoliento asoma
          Por las lejanas alturas,
    Y el anciano despierto, ella risueña,
          Ambos su pena ocultan,
    Y fingen entregarse indiferentes
    Á las faenas de su vida obscura.


III

      La culpada calló, mas habló el crimen...
    Murió el anciano, y ella, la insensata,
    Siguió quemando incienso en su locura,
    De la torpeza ante las negras aras,
    Hasta rodar en el profundo abismo
    Fiel á su mal, de su dolor esclava.

      ¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
    Hacer traición á su virtud sin mancha,
    Malgastar las riquezas de su espíritu,
    Vender su cuerpo, condenar su alma?
      Es que en medio del vaso corrompido
    Donde su sed ardiente se apagaba,
    De un amor inmortal, los leves átomos
    Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.




* * *


      Sedientas las arenas, en la playa
    Sienten del sol los besos abrasados,
    Y no lejos, las ondas siempre frescas,
    Ruedan pausadamente murmurando.
      Pobres arenas, de mi suerte imagen;
    No sé lo que me pasa al contemplaros,
    Pues como yo sufrís, secas y mudas,
    El suplicio sin término de Tántalo.

      Pero ¿quién sabe?... Acaso luzca un día
    En que, salvando misteriosos límites,
    Avance el mar y hasta vosotras llegue
    Á apagar vuestra sed inextinguible.
      ¡Y quién sabe también si tras de tantos
    Siglos de ansias y anhelos imposibles
    Saciará al fin su sed el alma ardiente
    Donde beben su amor los serafines!




LOS TRISTES


I

      De la torpe ignorancia que confunde
    Lo mezquino y lo inmenso;
    De la dura injusticia del más alto,
    De la saña mortal de los pequeños,
    No es posible que huyáis cuando os conocen
    Y os buscan, como busca el zorro hambriento
    Á la indefensa tórtola en los campos;
          Y al querer esconderos
    De sus cobardes iras, ya en el monte,
    En la ciudad ó en el retiro estrecho,
    _¡Ahí va!_, exclaman. _¡Ahí va!_, y allí os insultan
    Y señalan con íntimo contento,
    Cual la mano implacable y vengativa
    Señala al triste y fugitivo reo.


II

      Cayó por fin en la espumosa y turbia
    Recia corriente, y descendió al abismo
    Para no subir más á la serena
    Y tersa superficie. En lo más íntimo
    Del noble corazón ya lastimado
    Resonó el golpe doloroso y frío
          Que ahogando la esperanza
    Hace abatir las ánimos altivos;
    Y plegando las alas torvo y mudo,
    En densa niebla se envolvió su espíritu.


III

      Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
    ¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?
    Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
    ¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
      Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
    Son como niebla que disipa el alba,
    ¡Qué sabéis del que lleva de los suyos
    La eterna pesadumbre sobre el alma!


IV

      Cuando en la planta con afán cuidada
    La fresca yema de un capullo asoma,
    Lentamente arrastrándose entre el césped,
    Le asalta el caracol y la devora.

      Cuando de un alma atea,
    En la profunda obscuridad medrosa
    Brilla un rayo de fe, viene la duda
    Y sobre él tiende su gigante sombra.


V

      En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
    Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
    Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
    Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

      Henchido está el ambiente de agradables aromas,
    Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
    Mas él siente que rugen con sordo clamoreo
    De sofocados gritos y de amenazas mudas.

      ¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
    Hasta las más recónditas profundidades llega;
            Mas sus hermosos rayos
    Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

      De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
    Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
    Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
    Ó ya del desengaño á la menguada sombra.

      ¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
    Los pájaros, las flores y los frutos que siembra!
    Para el desherado, sólo hay bajo los cielos
    Esa quietud sombría que infunde la tristeza.


VI

      Cada vez huye más de los vivos,
    Cada vez habla más con los muertos,
    Y es que cuando nos rinde el cansancio,
        Propicio á la paz y al sueño,
        El cuerpo tiende al reposo,
        El alma tiende á lo eterno.


VII

      Así como el lobo desciende á poblado,
    Si acaso en la sierra se ve perseguido,
    Huyendo del hombre que acosa á los tristes,
    Buscó entre las fieras el triste un asilo.

      El sol calentaba su lóbrega cueva,
    Piadosa velaba su sueño la luna,
    El árbol salvaje le daba sus frutos,
    La fuente sus aguas de grata frescura.

      Bien pronto los rayos del sol se nublaron,
    La luna entre brumas veló su semblante;
    Secóse la fuente y el árbol nególe,
    Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

      Dejando la sierra buscó en la llanura
    De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
    Y á un río profundo de nombre ignorado,
    Pidióle aguas puras su labio sediento.

      ¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
    La sed que atormenta y el hambre que mata,
    ¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
    Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

      Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
    Agrandan las sombras que en torno le cercan,
    Allá en lontananza la luz de la vida,
    Hiriendo sus ojos feliz centellea.

      Dichosos mortales á quien la fortuna
    Fué siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!
    Si veis tantos seres que corren buscando
    Las negras corrientes del hondo Leteo.




LOS ROBLES


I

      Allá en tiempos que fueron, y el alma
    Han llenado de santos recuerdos,
    De mi tierra, en los campos hermosos,
    La riqueza del pobre era el fuego;
    Que al brillar, de la choza en el fondo,
    Calentaba los rígidos miembros
    Por el frío y el hambre ateridos,
            Del niño y del viejo.

      De la hoguera sentados en torno,
    En sus brazos la madre arrullaba
            Al infante robusto;
    Daba vuelta, afanosa la anciana
    En sus dedos nudosos, al huso,
    Y al alegre fulgor de la llama,
    Ya la joven la harina cernía,
            Ó ya desgranaba
    Con su mano callosa y pequeña,
    Del maíz las mazorcas doradas.

      Y al amor del hogar calentándose
    En invierno, la pobre familia
    Campesina, olvidaba la dura
    Condición de su suerte enemiga;
    Y el anciano y el niño, contentos
    En su lecho de paja dormían,
    Como duerme el polluelo en su nido
    Cuando el ala materna le abriga.


II

      Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
          En tierra cayeron
          Encinas y robles!
    Y á los rayos del alba risueña,
          ¡Qué calva aparece
          La cima del monte!

      Los que ayer fueron bosques y selvas
          De agreste espesura,
    Donde envueltas en dulce misterio
          Al rayar el día
          Flotaban las brumas,
    Y brotaba la fuente serena
    Entre flores y musgos oculta,
    Hoy son áridas lomas que ostentan
          Deformes y negras
          Sus hondas cisuras.

      Ya no entonan en ellas los pájaros
    Sus canciones de amor, ni se juntan
    Cuando mayo alborea en la fronda
    Que quedó de sus robles desnuda.
    Sólo el viento al pasar trae el eco,
          Del cuervo que grazna,
          Del lobo que aúlla.


III

      Una mancha sombría y extensa
    Borda á trechos del monte la falda,
    Semejante á legión aguerrida
    Que acampase en la abrupta montaña
          Lanzando alaridos
          De sorda amenaza.

      Son pinares que al suelo desnudo
    De su antiguo ropaje le prestan
    Con el suyo el adorno salvaje
    Que resiste del tiempo á la afrenta
    Y corona de eterna verdura
          Las ásperas breñas.

      Árbol duro y altivo, que gustas
    De escuchar el rumor del Océano
    Y gemir con la brisa marina
    De la playa en el blanco desierto,
    ¡Yo te amo!, y mi vista reposa
    Con placer en los tibios reflejos
    Que tu copa gallarda iluminan
    Cuando audaz se destaca en el cielo,
    Despidiendo la luz que agoniza,
    Saludando la estrella del véspero.

      Pero tú, sacra encina del celta,
    Y tú, roble de ramas añosas,
    Sois más bellos con vuestro follaje
    Que si mayo las cumbres festona
    Salpicadas de fresco rocío
    Donde quiebra sus rayos la aurora,
    Y convierte los sotos profundos
          En mansión de gloria.

            Más tarde, en otoño,
    Cuando caen marchitas tus hojas,
          ¡Oh roble!, y con ellas
    Generoso los musgos alfombras,
          ¡Qué hermoso está el campo!
          La selva, ¡qué hermosa!

      Al recuerdo de aquellos rumores
          Que al morir el día
    Se levantan del bosque en la hondura
    Cuando pasa gimiendo la brisa
    Y remueve con húmedo soplo
          Tus hojas marchitas,
    Mientras corre engrosado el arroyo
    En su cauce de frescas orillas,
    Estremécese el alma pensando
    Dónde duermen las glorias queridas
    De este pueblo sufrido, que espera
    Silencioso en su lecho de espinas
          Que suene su hora
          Y llegue aquel día
    En que venza con mano segura,
          Del mal que le oprime,
          La fuerza homicida.


IV

      Torna roble, árbol patrio, á dar sombra
    Cariñosa á la escueta montaña
    Donde un tiempo la gaita guerrera
    Alentó de los nuestros las almas;
    Y compás hizo al eco monótono
          Del canto materno,
          Del viento y del agua,
    Que en las noches de invierno al infante
    En su cuna de mimbre arrullaban.
    Que tan bello apareces, ¡oh roble!,
    De este suelo en las cumbres gallardas
    Y en las suaves graciosas pendientes
    Donde umbrosas se extienden tus ramas,
    Como en rostro de pálida virgen
    Cabellera ondulante y dorada,
          Que en lluvia de rizos
          Acaricia la frente de nácar.

      ¡Torna presto á poblar nuestros bosques;
    Y que tornen contigo las hadas
    Que algún tiempo á tu sombra tejieron,
          Del héroe gallego
          Las frescas guirnaldas!




* * *


      Alma que vas huyendo de ti misma,
    ¿Qué buscas, insensata, en las demás?
    Si en ti secó la fuente del consuelo,
    Secas todas las fuentes has de hallar.
      ¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
    Y hay en la tierra flores perfumadas!
          ¡Sí!... Mas no son ya aquellas
    Que tú amaste y te amaron, desdichada.

***

      Cuando recuerdo del ancho bosque
          El mar dorado
    De hojas marchitas que en el otoño
    Agita el viento con soplo blando,
    Tan honda angustia nubla mi alma,
          Turba mi pecho,
    Que me pregunto:
                    —¿Por qué tan terca,
    Tan fiel memoria, me ha dado el cielo?

***

      Del antiguo camino á lo largo,
    Ya un pinar, ya una fuente aparece,
    Que brotando en la peña musgosa
    Con estrépito al valle desciende.
    Y brillando del sol á los rayos
    Entre un mar de verdura se pierden,
    Dividiéndose en limpios arroyos
    Que dan vida á las flores silvestres
    Y en el Sar se confunden, el río
    Que cual niño que plácido duerme,
    Reflejando el azul de los cielos,
    Lento corre en la fronda á esconderse.

      No lejos, en soto profundo de robles,
    En donde el silencio sus alas extiende,
    Y da abrigo á los genios propicios,
    Á nuestras viviendas y asilos campestres,
    Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
    Ó las llamo, respóndenme y vienen.

***

      Ya duermen en su tumba las pasiones
          El sueño de la nada;
    ¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
    Ó gusano que llevo en mis entrañas?

      Yo sólo sé que es un placer que duele,
    Que es un dolor que atormentando halaga,
    Llama que de la vida se alimenta,
    Mas sin la cual la vida se apagara.

***

      Creyó que era eterno tu reino en el alma,
    Y creyó tu esencia, esencia inmortal;
          Mas, si sólo eres nube que rueda,
          Ilusiones que vienen y van,
    Rumores del onda que pasa y que muere
    Y nace de nuevo y vuelve á rodar,
    Todo es sueño y mentira en la tierra,
          ¡No existes, verdad!

***

      Ya siente que te extingues en su seno,
          Llama vital, que dabas
    Luz á su espíritu, á su cuerpo fuerzas,
          Juventud á su alma.

      Ya tu calor no templará su sangre,
          Por el invierno helada,
    Ni harás latir su corazón, ya falto
          De aliento y de esperanza.
          Mudo, ciego, insensible,
          Sin gozos ni tormentos,
    Será cual astro que apagado y solo
    Perdido va por la extensión del cielo.

***

      No subas tan alto, pensamiento loco,
    Que el que más alto sube más hondo cae,
    Ni puede el alma gozar del cielo
    Mientras que vive envuelta en la carne.

      Por eso las grandes dichas de la tierra
    Tienen siempre por término grandes catástrofes.




* * *


      ¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena
    Al escucharlo, el alma refugióse
    En sí misma y dudó...; pero al fin, cuando
    La amarga realidad, desnuda y triste,
    Ante ella se abrió paso, en luto envuelta,
    Presenció silenciosa la catástrofe,
    Cual contempló Jerusalén sus muros
    Para siempre entre el polvo sepultados.

      ¡Profanación sin nombre! Dondequiera
    Que el alma humana, inteligente, rinde
    Culto á lo grande, á lo pasado culto,
    Esas selvas agrestes, esos bosques
    Seculares y hermosos, cuyo espeso
    Ramaje abrigo y cariñosa sombra
    Dieron á nuestros padres, fueron siempre
    De predilecto amor, lugares santos
    Que todos respetaron.
                          ¡No! En los viejos
    Robledales umbrosos, que hacen grata
    La más yerma región, y de los siglos
    Guardan grabada la imborrable huella
    Que en ellos han dejado, ¡nunca!, ¡nunca!,
    Con su acerado filo osada pudo
    El hacha penetrar, ni con certero
    Y rudo golpe derribar en tierra,
    Cual en campo enemigo, el árbol fuerte
    De larga historia y de nudosas ramas,
    Que es orgullo del suelo que le cría
    Con savia vigorosa, y monumento
    Que en solo un día no levanta el hombre,
    Pues es obra que Dios al tiempo encarga
    Y á la madre inmortal naturaleza,
    Artista incomparable.
                          Y sin embargo...,
    ¡Nada allí quedó en pie! Los arrogantes
    Cedros de nuestro Líbano, los altos
    Gigantescos castaños seculares,
    Regalo de los ojos; los robustos
    Y centenarios robles, cuyos troncos
    De arrugas llenos, monstruos semejaban
    De ceño adusto y de mirada torva,
    Que hacen pensar en ignorados mundos;
    Las encinas vetustas, bajo cuyas
    Ramas vagaron en silencio tantos
    Tercos, impenitentes soñadores...
    ¡Todo por tierra y asolado todo!
    Ya ni abrigo, ni sombra, ni frescura;
    Los pájaros huídos y espantados
    Al ver deshecha su morada; el viento
    Gimiendo desabrido, como gime
    En las desiertas lomas, donde sólo
    Áridos riscos á su paso encuentra;
    Los narcisos y blancas margaritas
    Que apiñadas brillaban entre el musgo
    Cual brillan las estrellas en la altura;
    Los lirios perfumados, las violetas,
    Los _miósotis_, azules como el cielo
    —Y que bordando la ribera undosa
    Recordábanle al triste enamorado
    Que de las aguas se sentaba al borde
    Aquella dulce frase, ¡siempre inútil,
    Mas repetida siempre!: «_No me olvides_»,
    Todo marchito y sepultado todo
    Sin compasión, bajo el terrible peso
    De los ya inertes troncos. La corriente
    Mansa del Sar, entre sus ondas plácidas
    Arrastrando en silencio los despojos
    Del sagrado recinto, y de la dura
    Hacha los golpes resonando huecos,
    Cual suelen resonar los del martillo
    Al remachar de un ataúd los clavos...

      Ya en el paraje agreste y escondido
    Que tanto hemos amado; ya en el bello
    Lugar en donde con afán las almas
    Buscaban un refugio, y en alegres
    Bandadas, al llegar la primavera
    En unión de los pájaros, las gentes
    De aire, de flores y de luz ansiosas
    Iban á respirar vida y perfumes,
    De sus galas más ricas despojado
    Hoy se levanta el monasterio antiguo
    Como triste esqueleto. Aquel tan grato
    Silencio misterioso que envolvía
    Los agrietados muros, á regiones
    Más dichosas quizás huyó ligero
    En busca de un asilo. Las campanas
    De eco vibrante y musical resuenan
    De una manera sorda en el vacío
    Que sin piedad á su alrededor hicieron
    Manos extrañas, y el rumor monótono
    De la fuente en el claustro solitario
    Parece sollozar por los jazmines,
    Que, cual la nieve blancos, las cornisas
    Musgosas adornaban, y parece
    Triste llamar, por la aldeana hermosa
    Que lavaba sus lienzos en el agua
    Siempre brillante del pilón de piedra
    Que el roce de sus manos ha gastado
    Y hoy buscan de otra fuente la frescura.

      ¡Lo vieron y callaron... con silencio
    Que causa asombro y que contrista el alma!...

      Si allá donde entre rosas y claveles
    Arrastra el Turia sus revueltas ondas,
    Nuestras manos talasen los jardines
    Que plantaron los suyos, y aman ellos,
    Su labio, al rostro, de desprecio llenas
    Una tras otra injuria nos lanzaran
      —¡Bárbaros!—exclamando.
                                Y si dijésemos
    Que rosas y claveles perfumados
    No valdrán nunca, pese á su hermosura,
    Lo que un campo de trigo, y allí en donde
    Las flores compitieran con las bellas,
    Arrastrando el arado, la amarilla
    Mies con afán sembráramos
                              —Mezquinos
    Aun más que torpes son—prorrumpirían
    Los fieros hijos del jardín de España
    Con rudo enojo levantando el grito.

      Mas nosotros, si talan nuestros bosques
    Que cuentan siglos... ¡quedan ya tan pocos!
    Y ajena voluntad su imperio ejerce
    En lo que es nuestro, cosas de la vida
    Nos parecen quizás, vanas y fútiles
    Que á nadie ofenden ni á ninguno importan
    Si no es al que las hace, á soñadores
    Que sólo entienden de llorar sin tregua
    Por los vivos y muertos... y aun acaso
    Por las hermosas selvas que sin duelo
    Indiferente el leñador destruye.

      —Pero qué...—alguno exclamará indignado
    Al oir mis lamentos—, ¿por ventura
    La inmensa torre del reloj se ha hundido
    Y no hay ya quien señale nuestras horas
    Soñolientas y tardas, como el eco
    Bronco de su campana formidable;
    Ó en mis haciendas penetrando acaso
    Osado criminal, ha puesto fuego
    Á las extensas eras? ¿Por qué gime
    Así importuna esa mujer?—
                               Yo inclino
      La frente al suelo y contristada exclamo
    Con el Mártir del Gólgota... _Perdónales,_
    _Señor, porque no saben lo que dicen_;
    Mas ¡oh, Señor! Á consentir no vuelvas
    Que de la helada indiferencia el soplo
    Apague la protesta en nuestros labios,
    Que es el silencio hermano de la muerte,
    Y yo no quiero que mi patria muera,
    Sino que como Lázaro, ¡Dios bueno!,
    Resucite á la vida que ha perdido;
    Y con voz alta que á la gloria llegue,
    Le diga al mundo que Galicia existe
    Tan llena de valor cual tú la has hecho,
    Tan grande y tan feliz cuanto es hermosa.




* * *


I

      Unos con la calumnia le mancharon;
    Otros falsos amores le han mentido;
    Y aunque dudo si algunos le han querido,
    De cierto sé que todos le olvidaron.

      Sólo sufrió, sin gloria ni esperanza,
    Cuanto puede sufrir un ser viviente;
    ¿Por qué le preguntáis qué amores siente
    Y no qué odios alientan su venganza?


II

      Si para que se llene y se desborde
    El inmenso caudal de los agravios
    Quieren que nunca hasta sus labios llegue
        Más que el duro y amargo
    Pan, que el mendigo con dolor recoge
        Y ablanda con su llanto,
    Sucumbirá por fin, como sucumben
        Los buenos y los bravos,
    Cuando en batalla desigual les hiere
    La mano del cobarde ó del tirano.

      Y ellos entonces vivirán dichosos
        Su victoria cantando,
    Como el cárabo canta en su agujero
        Y la rana en su charco.
    Mas en tanto ellos cantan...—¡muchedumbre
    Que nace y muere en los paternos campos
    Siempre desconocida y siempre estéril!—
    Triste la patria seguirá llorando,
        Siempre oprimida y siempre
    De la ruindad y la ignorancia pasto.




* * *


      En su cárcel de espinos y rosas
    Cantan y juegan mis pobres niños,
    Hermosos seres, desde la cuna
    Por la desgracia ya perseguidos.

      En su cárcel se duermen soñando
    Cuán bello es el mundo cruel que no vieron,
    Cuán ancha la tierra, cuán hondos los mares,
    Cuán grande el espacio, qué breve su huerto.

      Y le envidian las alas al pájaro
    Que traspone las cumbres y valles,
    Y le dicen:—¿Qué has visto allá lejos,
    Golondrina que cruzas los aires?—

      Y despiertan soñando, y dormidos
        Soñando se quedan,
    Que ya son la nube flotante que pasa,
    Ó ya son el ave ligera que vuela,
    Tan lejos, tan lejos del nido, cual ellos
    De su cárcel ir lejos quisieran.

      —¡Todos parten!—exclaman—.¡Tan sólo,
    Tan sólo nosotros nos quedamos siempre!
    ¿Por qué quedar, madre, por qué no llevarnos
    Donde hay otro cielo, otro aire, otras gentes?—

      Yo, en tanto, bañados en llanto mis ojos,
    Los miro en silencio, pensando:—En la tierra,
    ¿Adónde llevaros, mis pobres cautivos,
    Que no hayan de ataros las mismas cadenas?
    Del hombre, enemigo del hombre, no puede
    Libraros, mis ángeles, la egida materna.




* * *


      Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
    Ya el viajero allí nunca va su sed á apagar.

      Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
    Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

      Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
    Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

      ¡Mas no importa!; á lo lejos otro arroyo murmura
    Donde humildes violetas el espacio perfuman.

      Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
    Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

      El sediento viajero que el camino atraviesa,
    Humedece los labios en la linfa serena
    Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
    Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

***

      Cenicientas las aguas, los desnudos
    Árboles y los montes cenicientos;
    Parda la bruma que los vela y pardas
    Las nubes que atraviesan por el cielo,
    Triste, en la tierra, el color gris domina,
          ¡El color de los viejos!

      De cuando en cuando de la lluvia el sordo
          Rumor suena, y el viento
          Al pasar por el bosque
          Silba ó finge lamentos
    Tan extraños, tan hondos y dolientes,
    Que parece que llaman por los muertos.

      Seguido del mastín, que helado tiembla,
          El labrador, cubierto
    Con su capa de juncos cruza el monte;
          El campo está desierto,
    Y tan sólo en los charcos que negrean
    Del ancho prado entre el verdor intenso
    Posa el vuelo la blanca gaviota
          Mientras graznan los cuervos.

          Yo desde mi ventana,
    Que azotan los airados elementos,
    Regocijada y pensativa escucho
          El discorde concierto
          Simpático á mi alma...
          ¡Oh, mi amigo el invierno!
      Mil y mil veces bien venido seas,
    Mi sombrío y adusto compañero.
    ¿No eres acaso el precursor dichoso
    Del tibio mayo y del abril risueño?
      ¡Ah!, si el invierno triste de la vida,
    Como tú de las flores y los céfiros,
    ¡También precursor fuera de la hermosa
    Y eterna primavera de mis sueños!...




* * *


I

      Era la última noche,
    La noche de las tristes despedidas,
    Y apenas si una lágrima empañaba
          Sus serenas pupilas.
    Como el criado que deja
          Al amo que le hostiga,
    Arreglando su hatillo, murmuraba
    Casi con la emoción de la alegría:

      —¡Llorar! ¿Por qué? Fortuna es que podamos
    Abandonar nuestras humildes tierras;
    El duro pan que nos negó la patria,
    Por más que los extraños nos maltraten,
    No ha de faltarnos en la patria ajena.

      Y los hijos contentos se sonríen,
    Y la esposa, aunque triste, se consuela
          Con la firme esperanza
    De que el que parte ha de volver por ella.
    Pensar que han de partir, ese es el sueño
    Que da fuerza en su angustia á los que quedan;
    Cuánto en ti pueden padecer ¡oh patria!
    ¡Si ya tus hijos sin dolor te dejan!


II

      Como á impulsos de lenta
    Enfermedad, hoy cien, y cien mañana,
    De nuestra vida hasta perder la cuenta,
    Racimo tras racimo se desgrana.

      Palomas que la zorra y el milano
    Á ahuyentar van, del palomar nativo
    Parten con el afán del fugitivo,
          Y parten quizás en vano;

      Pues al posar el fatigado vuelo
    Acaso en el confín de otra llanura,
    Ven agostarse el fruto que madura,
    Y el águila cerniéndose en el cielo.




¡VOLVED!


I

      Bien sabe Dios que siempre me arrancan tristes lágrimas
            Aquellos que nos dejan,
    Pero aún más me lastiman y me llenan de luto
            Los que á volver se niegan.

      ¡Partid, y Dios os guíe!... pobres desheredados,
    Para quienes no hay sitio en la hostigada patria;
    Partid llenos de aliento en pos de otro horizonte,
    Pero... volved más tarde al viejo hogar que os llama.

      Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte,
    Como en la propia tierra en la ajena descansa.


II

              Volved, que os aseguro
    Que al pie de cada arroyo y cada fuente
            De linfa transparente,
    Donde se reflejó vuestro semblante,
            Y en cada viejo muro
    Que os prestó sombra cuando niños erais
            Y jugabais inquietos,
    Y que escuchó más tarde los secretos
            Del que ya adolescente
            Ó mozo enamorado,
    En el soto, en el monte y en el prado,
            Dondequiera que un día
            Os guió el pie ligero...,
            Yo os lo digo y os juro
            Que hay genios misteriosos
    Que os llaman tan sentidos y amorosos
    Y con tan hondo y dolorido acento,
    Que hacen más triste el suspirar del viento,
    Cuando en las noches del invierno duro
    De vuestro hogar que entristeció el ausente,
    Discurren por los ámbitos medrosos,
    Y en las eras sollozan silenciosos,
            Y van del monte al río
    Llenos de luto y siempre murmurando:
    «¡Partieron!... ¿Hasta cuándo?
    ¡Qué soledad! ¿No volverán, Dios mío?»
    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
      Tornó la golondrina al viejo nido
    Y al ver los muros y el hogar desierto,
    Preguntóle á la brisa:—¿Es que se han muerto?—
    Y ella en silencio respondió:—¡Se han ido
            Como el barco perdido
    Que para siempre ha abandonado el puerto!




* * *


      Camino blanco, viejo camino,
    Desigual, pedregoso y estrecho,
    Donde el eco apacible resuena
    Del arroyo que pasa bullendo,
    Y en donde detiene su vuelo inconstante,
            Ó el paso ligero,
    De la fruta que brota en las zarzas
    Buscando el sabroso y agreste alimento,
            El gorrión adusto,
            Los niños hambrientos,
            Las cabras monteses
            Y el perro sin dueño...
      Blanca senda, camino olvidado,
    ¡Bullicioso y alegre otro tiempo!
    Del que solo y á pie de la vida
    Va andando su larga jornada, más bello
    Y agradable á los ojos pareces
    Cuanto más solitario y más yermo.
      Que al cruzar por la ruta espaciosa
    Donde lucen sus trenes soberbios
    Los dichosos del mundo, descalzo,
    Sudoroso y de polvo cubierto,
    ¡Qué extrañeza y profundo desvío
    Infunde en las almas el pobre viajero!

***

      Aun parece que asoman tras del Miranda altivo
    De mayo los albores, ¡y pasó ya septiembre!
    Aun parece que torna la errante golondrina
    Y en pos de otras regiones ya el raudo vuelo tiende.

      Ayer flores y aromas, ayer canto de pájaros
    Y mares de verdura y de doradas mieses;
    Hoy nubes que sombrías hacia Occidente avanzan,
    El brillo del relámpago y el eco del torrente.

      Pasó, pasó el verano rápido, como pasa
    Un venturoso sueño del amor en la fiebre,
    Y ya secas las hojas en las ramas desnudas,
    Tiemblan descoloridas esperando la muerte.

      ¡Ah!, cuando en esas noches tormentosas y largas
    La luna brille á intervalos sobre la blanca nieve,
    ¡De cuántos, que dichosos ayer la contemplaron,
    Alumbrarán la tumba sus rayos transparentes!

***

      Cerrado capullo de pálidas tintas,
    Modesta hermosura de frente graciosa,
    ¿Por quién has perdido la paz de tu alma?
    ¿Á quién regalaste la miel de tu boca?

      Á quien te detesta quizás, y le causan
    Enojo tus labios de cándido aroma,
    Porque busca la rosa encendida
    Que abre al sol de la tarde sus hojas.

***

      En sus ojos rasgados y azules,
    Donde brilla el candor de los ángeles,
    Ver creía la sombra siniestra
          De todos los males.

      En sus anchas y negras pupilas,
    Donde luz y tinieblas combaten,
    Ver creía el sereno y hermoso
    Resplandor de la dicha inefable.

      Del amor espejismos traidores,
          Risueños, fugaces...
    Cuando vuestro fulgor sobrehumano
    Se disipa... ¡Qué densas!... ¡Qué grandes
    Son las sombras que envuelven las almas
    Á quienes con vuestros reflejos cegasteis!

***

      Fué cielo de su espíritu, fué sueño de sus sueños,
    Y vida de su vida, y aliento de su aliento;
    Y fué, desde que rota cayó la venda al suelo,
    Algo que mata el alma y que envilece el cuerpo.

      De la vida en la lucha perenne y fatigosa
    Siempre el ansia incesante y el mismo anhelo siempre;
    Que no ha de tener término sino cuando, cerrados,
    Ya duerman nuestros ojos el sueño de la muerte.

***

      —Te amo... ¿por qué me odias?
    —Te odio... ¿por qué me amas?—
    Secreto es éste el más triste
    Y misterioso del alma.

      Mas ello es verdad... ¡Verdad
    Dura y atormentadora!
    —Me odias, porque te amo;
    Te amo, porque me odias.

***

      Nada me importa, blanca ó negra mariposa,
    Que dichas anunciándome ó malhadadas nuevas,
    En torno de mi lámpara ó de mi frente en torno,
            Os agitéis inquietas.

      La venturosa copa del placer para siempre
            Rota á mis pies está,
    Y en la del dolor llena..., ¡llena hasta desbordarse!,
    Ni penas ni amarguras pueden caber ya más.

***

      Muda la luna y como siempre pálida
    Mientras recorre la azulada esfera,
          Seguida de su séquito
          De nubes y de estrellas,
    Rencorosa despierta en mi memoria
    Yo no sé qué fantasmas y quimeras.

      Y con sus dulces misteriosos rayos
    Derrama en mis entrañas tanta hiel,
    Que pienso con placer que ella, la _eterna_,
          Ha de pasar también.

***

      Nos dicen que se adoran la aurora y el crepúsculo,
    Mas entre el sol que nace y el que triste declina,
    Medió siempre el abismo que media entre la cuna
          Y el sepulcro en la vida.

      Pero llegará un tiempo quizás, cuando los siglos
    No se cuenten y el mundo por siempre haya pasado,
    En el que nunca tornen tras de la noche el alba
    Ni se hunda entre las sombras del sol el tibio rayo.

      Si de lo eterno entonces en el mar infinito
    Todo aquello que ha sido ha de vivir más tarde,
    Acaso alba y crepúsculo, si en lo inmenso se encuentran,
    En uno se confundan para no separarse.

      Para no separarse... ¡Ilusión bienhechora
    De inmortal esperanza, cual las que el hombre inventa!
    ¿Mas quien sabe si en tanto hacia su fin caminan,
    Como el hombre, los astros con ser eternos sueñan?

***

      Una sombra tristísima, indefinible y vaga
    Como lo incierto, siempre ante mis ojos va,
    Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
            Corriendo sin cesar.
    Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo
            Al ver su ansia mortal,
    Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.




LAS CANCIONES QUE OYÓ LA NIÑA


UNA

      Tras de los limpios cristales
    Se agitaba la blanca cortina,
    Y adiviné que tu aliento
          Perfumado la movía.

            Sola estabas en tu alcoba
    Y detrás de la tela blanquísima
    Te ocultabas, ¡cruel!, á mis ojos...
          Mas mis ojos te veían.

      Con cerrojos cerraste la puerta,
    Pero yo penetré en tu aposento,
    Á través de las gruesas paredes,
          Cual penetran los espectros;
    Porque no hay para el alma cerrojos,
          Ángel de mis pensamientos.

      Codicioso admiré tu hermosura,
          Y al sorprender los misterios
    Que á mis ojos velabas..., ¡perdóname!,
          Te estreché contra mi seno.

    Mas... me ahogaba el aroma purísimo
        Que exhalabas de tu pecho,
        Y hube de soltar mi presa
        Lleno de remordimiento.

—

            Te seguiré adonde vayas,
          Aunque te vayas muy lejos,
          Y en vano echarás cerrojos
          Para guardar tus secretos;
    Porque no impedirá que mi espíritu
          Pueda llegar hasta ellos.

      Pero... ya no me temas, bien mío;
          Que aunque sorprenda tu sueño,
          Y aunque en tanto estés dormida
    Á tu lado me tienda en tu lecho,
          Contemplaré tu semblante,
          Mas no tocaré tu cuerpo,
    Pues lo impide el aroma purísimo
          Que se exhala de tu seno.
          Y como ahuyenta la aurora
          Los vapores soñolientos
    De la noche callada y sombría,
    Así ahuyenta mis malos deseos.


OTRA

      Hoy uno y otro mañana
    Rodando, rodando el mundo,
    Si cual te amé no amaste todavía,
    Al fin ha de llegar el amor tuyo.

      ¡Y yo no quiero que llegue!...
    Ni que ames nunca, cual te amé, á ninguno;
    Antes que te abras de otro sol al rayo,
    Véate yo secar, fresco capullo.




LA CANCIÓN

QUE OYÓ EN SUEÑOS EL VIEJO


      Á la luz de esa aurora primaveral, tu pecho
    Vuelve á agitarse ansioso de glorias y de amor,
    ¡Loco!... Corre á esconderte en el asilo obscuro
    Donde ya no penetra la viva luz del sol.

      Aquí tu sangre torna á circular activa,
    Y tus pasiones tornan á rejuvenecer...
    Huye hacia el antro en donde aguarda resignada,
    Por la infalible muerte, la implacable vejez.

      Sonrisa en labio enjuto, hiela y repele á un tiempo;
    Flores sobre un cadáver, causan al alma espanto:
    Ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera
    Busques, cuando tu vida llegó triste á su ocaso.




* * *


I

      Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,
    Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.

      Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,
    Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.

      Mas aun sin alas cree ó sueña que cruza el aire, los espacios,
    Y aun entre el lodo se ve limpio, cual de la nieve el copo blanco.


II

      No maldigáis del que, ya ebrio, corre á beber con nuevo afán;
    Su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora,
            Cuanto más bebe, á beber más.

      No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida
            Quiere vivir y aun quiere amar;
    La sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más.


III

      Cuando todos los velos se han descorrido
    Y ya no hay nada oculto para los ojos,
    Ni ninguna hermosura nos causa antojos,
    Ni recordar sabemos que hemos querido,
    Aun en lo más profundo del pecho helado,
    Como entre las cenizas la chispa ardiente,
    Con sus puras sonrisas de adolescente,
    Vive oculto el fantasma del bien soñado.




* * *


      En el alma llevaba un pensamiento,
          Una duda, un pesar,
    Tan grandes como el ancho firmamento,
          Tan hondos como el mar.

      De su alma en lo más árido y profundo
    Fresca brotó de súbito una rosa,
    Como brota una fuente en el desierto,
    Ó un lirio entre las grietas de una roca.

***

      Cuando en las nubes hay tormenta
    Suele también haberla en su pecho;
    Mas nunca hay calma en él, aun cuando
    La calma reine en tierra y cielo;
    Porque es entonces cuando, torvos,
    Cual nunca riñen sus pensamientos.

***

      Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente
    Los múltiples arroyos que de los montes bajan,
    Y cuando de las penas el caudal abundoso
    Se aumenta con los males perennes y las ansias,
    ¿Cómo contener, cómo, en el labio la queja?
    ¿Cómo no desbordarse la cólera en el alma?

***

      Busca y anhela el sosiego...
    Mas... ¿quién le sosegará?
    Con lo que sueña despierto
    Dormido vuelve á soñar.
    Que hoy, como ayer y mañana,
    Cual hoy en su eterno afán,
    De hallar el bien que ambiciona
    —Cuando solo encuentra el mal—
    Siempre á soñar condenado
    Nunca puede sosegar.

***

      ¡Aturde la confusa gritería
    Que se levanta entre la turba inmensa!
    Ya no saben qué quieren ni qué piden;
    Mas, embriagados de soberbia, buscan
    Un ídolo ó una víctima á quien hieran.

          Brutales son sus iras,
    Y aún quizás más brutales sus amores;
    No provoquéis al monstruo de cien brazos,
    Como la ciega tempestad terrible,
    Ya ardiente os ame ó fríamente os odie.

***

      Cuando sopla el Norte duro
    Y arde en el hogar el fuego,
    Y ellos pasan por mi puerta
    Flacos, desnudos y hambrientos,
    El frío hiela mi espíritu,
    Como debe helar su cuerpo,
    Y mi corazón se queda,
    Al verles ir sin consuelo,
    Cual ellos, opreso y triste,
    Desconsolado cual ellos.

      Era niño y ya perdiera
    La costumbre de llorar;
    La miseria seca el alma
    Y los ojos además:
    Era niño y parecía
    Por sus hechos viejo ya.

      Experiencia del mendigo,
    Eres precoz como el mal,
    Implacable como el odio,
    Dura como la verdad.

***

      De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
    No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
    Ni en el contento y harto seno de los placeres,
    Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.

      Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra,
    Aspiración celeste, revelación callada;
    La comprende el espíritu y el labio no la nombra,
    Y en sus hondos abismos la mente se anonada.




* * *


I

      Quisiera, hermosa mía,
    Á quien aún más que á Dios amo y venero,
    Ciego creer que este tu amor primero,
    Ser por mi dicha el último podría.
    Mas...
           —¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía!

      —¡Oh!, virgen candorosa,
    ¿Por qué no he de dudarlo al ver que muero
    Si aun viviendo también lo dudaría?

      —Tu sospecha me ofende,
    Y tanto me lastima y me sorprende
    Oirla de tu labio,
    Que pienso llegaría
    Á matarme lo injusto del agravio.

      —¡Á matarla! ¡La hermosa criatura
    Que apenas cuenta quince primaveras!...
    ¡Nunca!... ¡Vive, mi santa, y no te mueras!

      —Mi corazón, de asombro y dolor llenas.

      —¡Ah!, siento más tus penas que mis penas.

      —¿Por qué, pues, me hablas de morir?
                                            —¡Dios mío!
    ¿Por qué ya del sepulcro el viento frío
    Lleva mi nave al ignorado puerto?

      —¡No puede ser!... Mas oye: ¡vivo ó muerto,
    _Tú solo, y para siempre!_... Te lo juro.

      —No hay por qué jurar; mas si tan bello
    Sueño al fin se cumpliera, sin enojos
    Cerrando en paz los fatigados ojos,
    Fuera á esperarte á mi sepulcro obscuro.
    Pero... es tan inconstante y tan liviano
    El flaco y débil corazón humano,
    Que lo pienso, alma mía, y te lo digo,
    Serás feliz más tarde ó más temprano.—

      Y en tanto ella llorando protestaba,
    Y él sonriendo, irónico y sombrío,
    En sus amantes brazos la estrechaba.

      Cantaba un grillo en el vecino muro,
          Y cual mudo testigo
    La luna, que en el cielo se elevaba,
          Sobre ambos reflejaba
    Su fulgor siempre casto y siempre amigo.


II

          De polvo y fango nacidos,
        Fango y polvo nos tornamos;
        ¿Por qué, pues, tanto luchamos
        Si hemos de caer vencidos?

      Cuando esto piensa humilde y temerosa,
          Como tiembla la rosa
          Del viento al soplo airado,
    Tiembla y busca el rincón más ignorado
    Para morir en paz si no dichosa.


III

      Los astros son innúmeros, al cielo
          No se le encuentra fin,
    Y este pequeño mundo que habitamos,
    Y que parece un punto en el espacio,
          Inmenso es para mí.

          Después... tantos y tantos,
    Cual las arenas del profundo mar,
    Seres que nacen á la vida, y seres
    Que sin parar su rápida carrera,
    Incierta siempre, vienen ó se van.

      Que se van ó se mueren, esta duda
          Es en verdad cruel;
    Pero ello es que nos vamos ó nos dejan
    Sin saber si después de separarnos
    Volveremos á hallarnos otra vez.


IV

            Y como todo al cabo
    Tarde ó temprano en este mundo pasa,
    Lo que al principio eterno parecía,
          Dio término á la larga.

      ¿Le mataron acaso, ó es que se ha muerto
    De suyo aquello que quedara aún vivo?
    Imposible es saberlo, como nadie
          Sabe al quedar dormido
    En qué momento ha aprisionado el sueño
          Sus despiertos sentidos.


V

      ¡Que cuándo le ha olvidado!
    ¿Quién lo recuerda en la mudable vida,
    Ni puede asegurar si es que la herida
    Del viejo amor con otro se ha curado?

      ¡Transcurrió el tiempo!—inevitable era
    Que transcurriese—y otro amante vino
    Á hacerse cauteloso su camino
    Por donde el muerto amante ya lo hiciera.


VI

      De pronto el corazón con ansia extrema,
    Mezclada á un tiempo de placer y espanto,
    Latió, mientras su labio murmuraba:
    —¡No, los muertos no vuelven de sus antros!...—

      Él era y no era él, mas su recuerdo,
          Dormido en lo profundo
    Del alma, despertóse con violencia
          Rencoroso y adusto.

      —No soy yo, ¡pero soy!—murmuró el viento—,
          Y vuelvo, amada mía,
    Desde la eternidad para dejarte
    Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

      —¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo,
    Cuando me hallaba al borde de la tumba—.
    Aun has de amar—; y tú, con fiero enojo,
          Me respondiste:—¡Nunca!

      —¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto
          Los recónditos pliegues?—
    Volví á decirte; y tú, llorando á mares,
    Repetiste:—Tú solo, y para siempre.—

      Después, era una noche como aquéllas,
    Y un rayo de la luna, el mismo acaso
    Que á ti y á mí nos alumbró importuno,
          Os alumbraba á entrambos.

      Cantaba un grillo en el vecino muro,
    Y todo era silencio en la campiña;
    ¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,
    Sombra, remordimiento ó pesadilla.

      Mas tú, engañada recordando al muerto,
    Pero también del vivo enamorada,
    Te olvidaste del cielo y de la tierra
          Y condenaste el alma.

          Una vez, una sola,
    Aterrada volviste de ti misma,
    Como para sentir mejor la muerte
    De la sima al caer vuelve la víctima.

      Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible
          Reflejo del pasado!,
    El abrazo convulso de tu amante
    Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

      —¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo
          Y me engañé; no puede
    Serlo quien lleva la traición por guía,
    Y á su sombra mortífera se duerme.

      —¡Aun has de amar!—te repetí, y amaste,
          Y protector asilo
    Diste, desventurada, á una serpiente
    En aquel corazón que fuera mío.

      Emponzoñada estás; odios y penas
          Te acosan y persiguen,
    Y yo casi con lástima contemplo
    Tu pecado y tu mancha irredimibles.

      ¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba
    Ardientemente, y te amo todavía!
          Vuelvo para dejarte
    Ver otra vez mi incrédula sonrisa.




* * *


I

              En mi pequeño huerto
            Brilla la sonrosada margarita,
            Tan fecunda y humilde,
            Como agreste y sencilla.

      Ella borda primores en el césped,
          Y finge maravillas
    Entre el fresco verdor de las praderas
          Do proyectan sus sombras las encinas,
    Y á orillas de la fuente y del arroyo
    Que recorre en silencio las umbrías.

      Y aun cuando el pie la huella, ella revive
    Y vuelve á levantarse siempre limpia,
    Á semejanza de las almas blancas
    Que en vano quiere ennegrecer la envidia.


II

      Cuando llega diciembre y las lluvias abundan,
    Ellas con las acacias tornan á florecer,
    Tan puras y tan frescas y tan llenas de aroma
    Como aquellas que un tiempo con fervor adoré.

      ¡Loca ilusión la mía es en verdad, bien loca
    Cuando mi propia mano honda tumba les dió!
    Y ya no son aquellas en cuyas hojas pálidas
    Deposité mis besos..., ni yo la misma soy.




* * *


      Todas las campanas con eco pausado
          Doblaron á muerto:
    Las de la basílica, las de las iglesias,
          Las de los conventos:
    Desde el alba hasta entrada la noche
    No cesó el funeral clamoreo:
          ¡Qué pompa! ¡Qué lujo!
          ¡Qué fausto! ¡Qué entierro!

—

      Pero no hubo ni adioses ni lágrimas,
    Ni suspiros en torno del féretro...
    ¡Grandes voces sí que hubo!... Y cantáronle,
    Cuando le enterraron, un _Requiem_ soberbio.

***

            Siente unas lástimas,
          ¡Pero qué lástimas!...
    Y tan extrañas y hondas ternuras...
          ¡Pero qué extrañas!

      Llora á mares por ellos,
    Les viste la mortaja
    Y les hace las honras...
    Después de que los mata.

***

      De la noche en el vago silencio,
    Cuando duermen ó sueñan las flores,
    Mientras ella despierta, combate
    Contra el fuego de ocultas pasiones,
    Y de su ángel guardián el auxilio
    Implora invocando piadosa su nombre:
    El de ayer, el de hoy, el de siempre,
    Fiel amigo del mal,
                        Mefistófeles,
    En los hilos oculto, del lino
    Finísimo y blanco cual copo de espuma,
    En donde ella aún más blanca reclina
          La cabeza rubia,
    Así astuto y sagaz, al oído
    De la hermosa en silencio murmura:

      «Goza aquél de la vida, y se ríe
    Y peca sin miedo del hoy y el mañana,
    Mientras tú con ayunos y rezos
    Y negros terrores tus horas amargas.»

          «Si del hombre la vida en la tumba
              ¡Oh bella, se acaba,
        Qué profundo y cruel desengaño,
              Qué chanza pesada
              Te juega la suerte,
              Le espera á tu alma!»

***

      Á la sombra te sientas de las desnudas rocas,
    Y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,
    Y allí donde las aguas estancadas dormitan
    Y no hay humanos seres que interrumpan tus sueños,
    ¡Quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,
    Cuando con leve paso y contenido aliento,
    Temblando á que percibas mi agitación extrema,
    Allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!

      —¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres
    Las femeninas almas, los varoniles pechos,
    Tu fuerza impele al hombre á que busque la hondura
    Del desencanto amargo y á que remueva el cieno
    Donde se forman siempre los miasmas infectos.

      —¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?
    ¡Ah!, no pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;
    Dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas
    Y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.

      —Pienso en cosas tan tristes á veces y tan negras,
    Y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,
    Que... no las sabrás nunca, porque lo que se ignora
    No nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.
    Yo te lo digo, niña, á quien de veras amo;
    Encierra el alma humana tan profundos misterios,
    Que cuando á nuestros ojos un velo los oculta,
    Es temeraria empresa descorrer ese velo;
    No pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.

      —Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.—

      Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces
            La pena de saberlo.




* * *


      Cuido que una planta bella
    Que ama y busca la sombra,
    Como la busca el alma
    Huérfana, triste, enamorada y sola,
          Y allí donde jamás la luz del día
    Llega sino á través de las umbrosas
    Ramas de un mirto y los cristales turbios
          De una ventana angosta,
    Ella vive tan fresca y perfumada,
    Y se torna más bella y más frondosa,
    Y languidece y se marchita y muere
    Cuando un rayo de sol besa sus hojas.

—

      Para el pájaro el aire, para el musgo la roca,
    Los mares para el alga, mayo para las rosas;
    Que todo ser ó planta va buscando
          Su natural atmósfera,
    Y sucumbe bien pronto si es que á ella
    Oculta mano sin piedad la roba.

—

      Sólo el humano espíritu al rodar desquiciado
    Desde su órbita á mundos tristes y desolados,
    Ni sucumbe ni muere; que del dolor el mazo
    Fuerte, que abate el polvo y que quebranta el barro
    Mortal, romper no puede, ni desatar los lazos
    Que con lo eterno le unen por misterioso arcano.

      Por eso yo que anhelo que el refulgente astro
    Del día calor preste á mis miembros helados,
    Aun aliento y resisto sin luz y sin espacio,
    Como la planta bella que odia del sol el rayo,

      Ya que otra luz más viva que la del sol dorado
    Y otro calor más dulce en mi alma penetrando
    Me anima y me sustenta con su secreto halago
    Y da luz á mis ojos por el dolor cegados.




* * *


I

      En los ecos del órgano ó en el rumor del viento,
    En el fulgor de un astro ó en la gota de lluvia,
    Te adivinaba en todo y en todo te buscaba,
            Sin encontrarte nunca.

      Quizás después te ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
    Otra vez, de la vida en la batalla ruda,
    Ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
            Sin encontrarte nunca.

      Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
    Hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
    Por eso vive triste, porque te busca siempre,
            Sin encontrarte nunca.


II

      Yo no sé lo que busco eternamente
    En la tierra, en el aire y en el cielo;
    Yo no sé lo que busco, pero es algo
    Que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
    Aun cuando sueñe que invisible habita
    En todo cuanto toco y cuanto veo.

      Felicidad, no he volver á hallarte
    En la tierra, en el aire ni en el cielo,
          ¡Aun cuando sé que existes
          Y no eres vano sueño!




SANTA ESCOLÁSTICA


I

      Una tarde de abril, en que la tenue
    Llovizna triste humedecía en silencio
    De las desiertas calles las baldosas,
      Mientras en los espacios resonaban
    Las campanas con lentas vibraciones,
    Dime á marchar, huyendo de mi sombra.

      Bochornoso calor que enerva y rinde,
    Si se cierne en la altura la tormenta,
    Tornara el aire irrespirable y denso.
      Y el alma ansiosa y anhelante el pecho
    Á impulsos del instinto iban buscando
    Puro aliento en la tierra y en el cielo.

      Soplo mortal creyérase que había
    Dejado el mundo sin piedad desierto,
    Convirtiendo en sepulcro á Compostela.
      Que en la santa ciudad, grave y vetusta
    No hay rumores que turben importunos
    La paz ansiada en la apacible siesta.


II

      —¡Cementerio de vivos!...—murmuraba
    Yo al cruzar por las plazas silenciosas,
    Que otros días de gloria nos recuerdan.
    ¿Es verdad que hubo aquí nombres famosos,
    Guerreros indomables, grandes almas?
    ¿Dónde hoy tu raza varonil alienta?

      La airosa puerta de Fonseca, muda,
    Me mostró sus estatuas y columnas
    Primorosas, encanto del artista,
    Y del gran hospital, la incomparable
    Obra del genio, ante mis tristes ojos,
    En el espacio dibujóse altiva.

      Después la catedral..., palacio místico
    De atrevidas románicas arcadas,
    Y con su Gloria de bellezas llena.
    Me pareció al mirarla que quería
    Sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,
    De sus torres la mole gigantesca.

      Volví entonces el rostro, estremecida,
    Hacia donde atrevida se destaca
    Del Cebedeo la celeste imagen,
    Como el alma del mártir, blanca y bella,
    Y vencedora en su caballo airoso,
    Que galopando en triunfo rasga el aire.

      Y bajo el arco obscuro, en donde eterno
    Del oculto torrente el rumor suena,
    Me deslicé cual corza fugitiva,
    Siempre andando al azar, con aquel paso
    Errante del que busca en donde pueda
    De sí arrojar el peso de la vida.

      Atrás quedaba aquella calle adusta,
    Camino de los frailes y los muertos,
    Siempre vacía y misteriosa siempre,
    Con sus manchas de sombra gigantescas
    Y sus claros de luz, que hacen más triste
    Su soledad, y que los ojos hieren.

      Y en tanto... la llovizna, como todo
    Lo manso, terca, sin cesar regaba
    Campos y plazas, calles y conventos
    Que iluminaba el sol con rayo oblicuo
    Á través de los húmedos vapores,
    Blanquecinos á veces, otras negros.


III

      Ciudad extraña, hermosa y fea á un tiempo,
    Á un tiempo apetecida y detestada,
    Cual ser que nos atrae y nos desdeña,
    Algo hay en ti que apaga el entusiasmo,
    Y del mundo feliz de los ensueños
    Á la aridez de la verdad nos lleva.
    ¡De la verdad!... ¡Del asesino honrado
    Que impasible nos mata y nos entierra!
    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

      ¡Y yo quería morir! La sin entrañas,
    Sin conmoverse, me mostrara el negro
    Y oculto abismo que á mis pies abrieran.
    Y helándome la sangre, fríamente,
    De amor y de esperanza me dejara,
    Con sólo un golpe, para siempre huérfana.

      «¡La gloria es humo! El cielo está tan alto
    Y tan bajos nosotros, que la tierra
    Que nos ha dado volverá á absorbernos.
    Afanarse y luchar, cuando es el hombre
    Mortal ingrato y nula la victoria,
    ¿Por qué, ya que hay Dios, vence el infierno?»

      Así del dolor víctima, el espíritu
    Se rebelaba contra cielo y tierra...
    Mientras mi pie inseguro caminaba;
    Cuando de par en par vi abierto el templo,
    De fieles despoblado, y donde apenas
    Su resplandor las lámparas lanzaban.


IV

      Majestad de los templos, mi alma femenina
    Te siente, como siente las maternas dulzuras,
    Las inquietudes vagas, las ternuras secretas
    Y el temor á lo oculto tras la inmensa altura.

      ¡Oh, majestad sagrada! En nuestra húmeda tierra
    Más grande eres y augusta que en donde el sol ardiente
    Inquieta con sus rayos vivísimos las sombras
    Que al pie de los altares oran, velan ó duermen.

      Bajo las anchas bóvedas, mis pasos silenciosos
    Resonaron con eco armonioso y pausado,
    Cual resuena en la gruta la gota cristalina
    Que lenta se desprende sobre el verdoso charco.

      Y aún más que los acentos del órgano y la música
    Sagrada, conmovióme aquel silencio místico
    Que llenaba el espacio de indefinidas notas,
    Tan sólo perceptibles al conturbado espíritu.

      Del incienso y la cera, el acusado aroma
    Que impregnaba la atmósfera que allí se respiraba,
    No sé por qué, de pronto, despertó en mis sentidos
    De tiempos más dichosos reminiscencias largas.

      Y la mirada inquieta, cual buscando refugio
    Para el alma, que sola luchaba entre tinieblas,
    Recorrió los altares, esperando que acaso
    Algún rayo celeste brillase al fin en ella.

      Y... ¡no fué vano empeño ni ilusión engañosa!...
    Suave, tibia, pálida la luz rasgó la bruma
    Y penetró en el templo, cual entra la alegría
    De súbito en el pecho que las penas anublan.

      ¡Ya yo no estaba sola!... En armonioso grupo,
    Como visión soñada, se dibujó en el aire
    De un ángel y una santa el contorno divino,
    Que en un nimbo envolvía vago el sol de la tarde.

      Aquel candor, aquellos delicados perfiles
    De celestial belleza, y la inmortal sonrisa
    Que hace entreabrir los labios del dulce mensajero
    Mientras contempla el rostro de la virgen dormida

      En el sueño del éxtasis, y en cuya frente casta
    Se transparenta el fuego del amor puro y santo,
    Más ardiente y más hondo que todos los amores
    Que pudo abrigar nunca el corazón humano;

      Aquel grupo que deja absorto el pensamiento,
    Que impresiona el espíritu y asombra la mirada,
    Me hirió calladamente, como hiere los ojos
    Cegados por la noche la blanca luz del alba.

      Todo cuanto en mí había de pasión y ternura,
    De entusiasmo ferviente y gloriosos empeños,
    Ante el sueño admirable que realizó el artista,
    Volviendo á tomar vida, resucitó en mi pecho.

      Sentí otra vez el fuego que ilumina y que crea
    Los secretos anhelos, los amores sin nombre,
    Que como al arpa eólica el viento, al alma arrancan
    Sus notas más vibrantes, sus más dulces canciones.

      Y orando y bendiciendo al que es todo hermosura,
    Se dobló mi rodilla, mi frente se inclinó
    Ante Él, y conturbada, exclamé de repente:
    «¡Hay arte! ¡Hay poesía!... Debe haber cielo; ¡hay Dios!»




* * *


      Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros;
    Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
    De mí murmuran y exclaman:
                               —Ahí va la loca, soñando
    Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

      —Hay canas en mi cabeza; hay en los prados escarcha;
    Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
    Con la eterna primavera de la vida que se apaga
    Y la perenne frescura de los campos y las almas,
    Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

      Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;
    Sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?

***

      Cada vez que recuerda tanto oprobio,
    Cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!...
          Avergonzada su alma
    Quisiera en el no ser desvanecerse,
          Como la blanca nube
    En el espacio azul se desvanece.

      Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio
    Ó da dolor hasta causar la muerte...
          No, no es sólo recuerdo,
          Sino que es juntamente
    El pasado, el presente, el infinito,
    Lo que fué, lo que es y ha de ser siempre.

***

      Recuerda el trinar del ave
    Y el chasquido de los besos,
    Los rumores de la selva,
    Cuando en ella gime el viento,
    Y del mar las tempestades,
    Y la bronca voz del trueno;
    Todo halla un eco en las cuerdas
    Del arpa que pulsa el genio.

      Pero aquel sordo latido
    Del corazón que está enfermo
    De muerte, y que de amor muere
    Y que resuena en el pecho
    Como un bordón que se rompe
    Dentro de un sepulcro hueco,
    Es tan triste y melancólico,
    Tan terrible y tan supremo,
    Que jamás el genio pudo
    Repetirlo con sus ecos.

***

      Del mar azul las transparentes olas
          Mientras blandas murmuran
    Sobre la arena, hasta mis pies rodando,
    Tentadoras me besan y me buscan.

      Inquietas lamen de mi planta el borde,
    Lánzanme airosas su nevada espuma,
    Y pienso que me llaman, que me atraen
          Hacia sus salas húmedas.

      Mas cuando ansiosa quiero
    Seguirlas por la líquida llanura,
    Se hunde mi pie en la linfa transparente
          Y ellas de mí se burlan.
      Y huyen abandonándome en la playa
    Á la terrena, inacabable lucha,
    Como en las tristes playas de la vida
    Me abandonó inconstante la fortuna.

***

      Si medito en tu eterna grandeza,
        Buen Dios, á quien nunca veo,
    Y levanto asombrada los ojos,
        Hacia el alto firmamento,
    Que llenaste de mundos y mundos...
        Toda conturbada, pienso
    Que soy menos que un átomo leve
        Perdido en el universo;
    Nada, en fin..., y que al cabo en la nada
        Han de perderse mis restos.

      Mas si cuando el dolor y la duda
    Me atormentan, corro al templo,
    Y á los pies de la Cruz un refugio
    Busco ansiosa implorando remedio,
    De Jesús el cruento martirio
        Tanto conmueve mi pecho,
        Y adivino tan dulces promesas
        En sus dolores acerbos,
        Que cual niño que reposa
        En el regazo materno,
        Después de llorar, tranquila
        Tras la expiación, espero
        Que allá donde Dios habita
        He de proseguir viviendo.




* * *


I

      Los que á través de sus lágrimas,
    Sin esfuerzo ni violencia,
    Abren paso en el alma afligida
    Al nuevo placer que llega;

      Los que tras de las fatigas
    De una existencia azarosa,
    Al dar término al rudo combate
    Cogen larga cosecha de gloria;

      Y, en fin, todos los dichosos,
    Cuyo reino es de este mundo,
    Y dudando ó creyendo en el otro
    De la tierra se llevan los frutos;

      ¡Con qué tedio oyen el grito
    Del que en vano ha querido y no pudo
    Arrojar de sus hombros la carga
          Pesada del infortunio!

      —Cada cual en silencio devore
          Sus penas y sus afanes
    —Dicen—, que es de animosos y fuertes
    El callar, y es la queja cobarde.

      No el lúgubre vaticinio
    Que el espíritu turba y sorprende,
    Ni el inútil y eterno lamento
    Importuno en los aires resuene.

      ¡Poeta!, en fáciles versos,
    Y con estro que alienta los ánimos,
    Ven á hablarnos de esperanzas,
    Pero no de desengaños.


II

      Atrás, pues, mi dolor vano con sus acerbos gemidos
    Que en la inmensidad se pierden, como los sordos bramidos
    Del mar en las soledades que el líquido amargo llena!...
    ¡Atrás!, y que el denso velo de los inútiles lutos,
    Rasgándose, libre paso deje al triunfo de los Bruto,
    Que asesinados los Césares, ya ni dan premio ni pena...

      Pordiosero vergonzante que en cada rincón desierto
    Tendiendo la enjuta mano detiene su paso incierto
    Para entonar la salmodia, que nadie escucha ni entiende,
    Me pareces dolor mío, de quien reniego en buen hora.
    ¡Huye, pues, del alma enferma! Y tú, nueva y blanca aurora
    Toda de promesas harta, sobre mí tu rayos tiende.


III

      ¡Pensamientos de alas negras!, huid, huid azorados,
    Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,
    Ó como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;
    Dejad que amanezca el día de resplandores benditos,
    En cuya luz se presienten los placeres infinitos...
    ¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!

      ¡Pensamientos de alas blancas!, ni gimamos ni roguemos
    Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos,
    En donde nunca resuena la débil voz del caído,
    En donde el dorado sueño para en realidad segura,
    Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura
    Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.

      Ni el recuerdo que atormenta como horrible pesadilla,
    Ni la pobreza que abate, ni la miseria que humilla,
    Ni de la injusticia el látigo, que al herir mancha y condena,
    Ni la envidia y la calumnia más que el fuego asoladoras,
    Existen para el que siente que se deslizan sus horas
    Del contento y la abundancia por la corriente serena.

      Allí donde nunca el llanto los párpados enrojece;
    Donde por dicha se ignora que la humanidad padece
    Y que hay seres que codician lo que harto el perro desdeña,
    Allí, buscando un asilo, mis pensamientos dichosos
    Á todo pesar ajenos, lejos de los tenebrosos
    Antros del dolor, cantemos á la esperanza risueña.

      Frescas voces juveniles, armoniosos instrumentos,
    ¡Venid!, que á vuestros acordes yo quiero unir mis acentos
    Vigorosos, y el espacio llenar de animadas notas,
    Y entre estatuas y entre flores, entrelazadas las manos,
    Danzar en honor de todos los venturosos humanos,
    Del presente, del futuro y las edades remotas.


IV

      Y mi voz, entre el concierto de las graves sinfonías,
    De las risas lisonjeras y las locas alegrías,
    Se alzó robusta y sonora con la inspiración ardiente
    Que enciende en el alma altiva del entusiasmo la llama,
    Y hace creer al que espera y hace esperar al que ama,
    Que hay un cielo en donde vive el amor eternamente.

      Del labio amargado un día por lo acerbo de los males,
    Como de fuente abundosa fluyó la miel á raudales,
    Vertiéndose en copas de oro que mi mano orló de rosas,
    Y bajo de los espléndidos y ricos artesonados
    En los palacios inmensos y los salones dorados,
    Fuí como flor en quien beben perfumes las mariposas.

      Los aplausos resonaban con estruendo en torno mío,
    Como el vendaval resuena cuando se desborda el río
    Por la lóbrega encañada que adusto el pinar sombrea;
    Genio supremo y sublime del porvenir me aclamaron,
    Y trofeos y coronas á mis plantas arrojaron,
    Como á los pies del guerrero vencedor en la pelea.


V

      Mas un día, de aquel bello y encantado paraíso,
    Donde con tantas victorias la suerte brindarme quiso,
    Volví al mundo desolado de mis antiguos amores,
    Cual mendigo que á su albergue torna de riquezas lleno;
    Pero al verme los que ausente me lloraran, de su seno
    Me rechazaron cual suele rechazarse á los traidores.

      Y con agudos silbidos y entre sonrisas burlonas,
    Renegaron de mi numen y pisaron mis coronas,
    De sus iras envolviéndome en la furiosa tormenta;
    Y sombrío y cabizbajo como Caín el maldito,
    El execrable anatema llevando en la frente escrito,
    Refugio busqué en la sombra para devorar mi afrenta.


VI

      No hay mancha que siempre dure, ni culpa que perdonada
    Deje de ser, si con llanto de contrición fué regada;
    Así, cuando de la mía se borró el rastro infamante,
    Como en el cielo se borra el de la estrella que pasa,
    Pasé yo entre los mortales, como el pie sobre la brasa,
    Sin volver atrás los ojos ni mirar hacia adelante.

      Y á mi corazón le dije: «Si no es vano tu ardimiento
    Y en ti el manantial rebosa del amor y el sentimiento,
    Fuentes en donde el poeta apaga su sed divina,
    Sé tú mi musa, y cantemos sin preguntarle á las gentes
    Si aman las alegres trovas ó los suspiros dolientes,
    Si gustan del sol que nace ó buscan al que declina.»




* * *


      Mientras el hielo las cubre
    Con sus hilos brillantes de plata,
    Todas las plantas están ateridas,
        Ateridas como mi alma.

          Esos hielos para ellas
    Son promesa de flores tempranas,
    Son para mí silenciosos obreros
    Que están tejiéndome la mortaja.

***

      Pensaban que estaba ocioso
    En sus prisiones estrechas,
    Y nunca estarlo ha podido
    Quien firme al pie de la brecha,
    En guerra desesperada,
    Contra sí mismo pelea.

      Pensaban que estaba solo,
    Y no lo estuvo jamás
    El forjador de fantasmas
    Que ve siempre en lo real
    Lo falso, y en sus visiones
    La imagen de la verdad.

***

      Brillaban en la altura cual moribundas chispas
                Las pálidas estrellas,
    Y abajo..., muy abajo, en la callada selva,
    Sentíanse en las hojas próximas á secarse,
                Y en las marchitas hierbas,
    Algo como estallidos de arterias que se rompen
                Y huesos que se quiebran.
    ¡Qué cosas tan extrañas finge una mente enferma!

                  Tan honda era la noche,
                La obscuridad tan densa,
                Que ciega la pupila
                Si se fijaba en ella,
    Creía ver brillando entre la espesa sombra
    Como en la inmensa altura las pálidas estrellas.
    ¡Qué cosas tan extrañas se ven en las tinieblas!

      En su ilusión, creyóse por el vacío envuelto,
                Y en él queriendo hundirse,
    Y girar con los astros por el celeste piélago,
    Fué á estrellarse en las rocas, que la noche ocultaba
                Bajo su manto espeso.

***

      Son los corazones de algunas criaturas
    Como los caminos muy transitados,
    Donde las pisadas de los que ahora llegan,
    Borran las pisadas de los que pasaron:
    No será posible que dejéis en ellos,
    De vuestro cariño, recuerdo ni rastro.

***

            Al oir las canciones
          Que en otro tiempo oía,
    Del fondo en donde duermen mis pasiones
          El sueño de la nada,
    Pienso que se alza irónica y sombría
          La imagen ya enterrada
    De mis blancas y hermosas ilusiones,
    Para decirme:
                —¡Necia!, lo que es ido
    ¡No vuelve!; lo pasado se ha perdido
    Como en la noche va á perderse el día,
    Ni hay para la vejez resurrecciones...

      ¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
          Que en otro tiempo oía!

***

      Vosotros que del cielo que forjasteis
    Vivís como Narciso enamorados,
    No lograréis cambiar de la criatura
    En su esencia, la misma eternamente,
          Los instintos innatos.

      No borraréis jamás del alma humana
    El orgullo de raza, el amor patrio,
    La vanidad del propio valimiento,
    Ni el orgullo del ser que se resiste
    Á perder de su ser un solo átomo.




Á LA LUNA


I

      ¡Con qué pura y serena transparencia
          Brilla esta noche la luna!
    Á imagen de la cándida inocencia,
          No tiene mancha ninguna.

      De su pálido rayo la luz pura
          Como lluvia de oro cae
    Sobre las largas cintas de verdura
          Que la brisa lleva y trae.

      Y el mármol de las tumbas ilumina
          Con melancólica lumbre,
    Y las corrientes de agua cristalina
          Que bajan de la alta cumbre.

      La lejana llanura, las praderas,
          El mar de espuma cubierto,
    Donde nacen las ondas plañideras,
          El blanco arenal desierto.

      La iglesia, el campanario, el viejo muro,
          La ría en su curso varia,
    Todo lo ves desde tu cenit puro,
          Casta virgen solitaria.


II

      Todo lo ves, y todos los mortales
          Cuantos en el mundo habitan,
    En busca del alivio de sus males,
          Tu blanca luz solicitan.

      Unos para consuelo de dolores;
          Otros tras de ensueños de oro,
    Que con vagos y tibios resplandores
          Vierte tu rayo incoloro.

      Y otros, en fin, para gustar contigo
          Esas venturas robadas,
    Que huyen del sol, acusador testigo,
          Pero no de tus miradas.


III

      Y yo, celosa como me dió el cielo
          Y mi destino inconstante,
    Correr quisiera un misterioso velo
          Sobre tu casto semblante.

      Y sueña mi exaltada fantasía
          Que sólo yo te contemplo,
    Y como que es hermosa en demasía
          Te doy mi patria por templo.

      Pues digo con orgullo que en la esfera
          Jamás brilló luz alguna
    Que en su claro fulgor se pareciera
          Á nuestra cándida luna.

      Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
          Ésta que llena mi mente!...
    De altísimas regiones soberana
          Nos miras indiferente.

      Y sigues en silencio tu camino
          Siempre impasible y serena,
    Dejándome sujeta á mi destino
          Como el preso á su cadena.

      Y á alumbrar vas un suelo más dichoso
          Que nuestro encantado suelo,
    Aunque no más fecundo y más hermoso,
          Pues no le hay bajo del cielo.

      No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
          En luz, perfume y frescura,
    Sólo que le dió en cambio mala estrella,
          Dote de toda hermosura.


IV

      Dígote, pues, adiós, tú cuanto amada,
          Indiferente y esquiva;
    ¿Qué eres al fin, ¡oh hermosa!, comparada
          Al que es llama ardiente y viva?

      Adiós..., adiós, y quiera la fortuna,
          Descolorida doncella,
    Que tierra tan feliz no halles ninguna
          Como mi Galicia bella.

      Y que al tornar viajera sin reposo
          De nuevo á nuestras regiones,
    En donde un tiempo el celta vigoroso
          Te envió sus oraciones,

      En vez de lutos como un tiempo, veas
          La abundancia en sus hogares,
    Y que en ciudades, villas y aldeas
    Han vuelto los ausentes á sus lares.




* * *


      «Yo en mi lecho de abrojos,
    Tú en tu lecho de rosas y de plumas,
    Verdad dijo el que dijo que un abismo
    Media entre mi miseria y tu fortuna.
          Mas yo no cambiaría
          Por tu lecho mi lecho,
    Pues rosas hay que manchan y emponzoñan,
    Y abrojos que á través de su aspereza
          Nos conducen al cielo.»




* * *


      Con ese orgullo de la honrada y triste
    Miseria resignada á sus tormentos,
    La virgen pobre su canción entona
    En el mísero y lóbrego aposento,
    Y mientras ella suspira murmura á sus oídos
    Otra voz: «No seas tonta;

      Entre plumas y rosas descansemos,
    Que hallo mejor anticipar los goces
    De la gloria en la tierra, y que impaciente
          Por ti aguarde el infierno;
    El infierno á quien vence el que ha pecado
          Con su arrepentimiento.
    ¡Bien hayas tú, la que el placer apuras,
    Y tú pobre y ascética mal hayas!
    La vida es breve, el porvenir obscuro,
    Cierta la muerte, y venturosa aquella
    Que en vez de sueños realidades ama.»

      Ella, triste, de súbito suspira
    Interrumpiendo su cantar, y bañan,
          Frías y silenciosas,
          Su semblante las lágrimas.

      ¿Quién levantó tal tempestad de llanto
    En aquella alma blanca y sin rencores
    Que aceptaba serena su desdicha
    Con fe, esperando en los celestes dones?
    ¡Quién!... El perenne instigador oculto
    De la insidiosa duda; el monstruo informe
    Que ya es la fiebre del carnal deseo,
    Ya el montón de oro que al brillar corrompe,
    Ya de amor puro la fingida imagen...
    Otra vez el de siempre... ¡Mefistófeles!
    Que aunque hoy así no se le llame, acaso
    Proseguirá sin nombre la batalla,
    Porque mudan los nombres, mas las cosas
    Eternas, ni se mudan ni se cambian.




* * *


      Viéndome perseguido por la alondra
    Que en su rápido vuelo
    Arrebatarme quiso en su piquillo
    Para dar alimento á sus polluelos,

      Yo, diminuto insecto de alas de oro,
    Refugio hallé en el cáliz de una rosa,
    Y allí viví dichoso desde el alba
          Hasta la nueva aurora.

      Mas aunque era tan fresca y perfumada
    La rosa, como yo no encontró abrigo
    Contra el viento, que alzándose en el bosque
    Arrastróla en revuelto torbellino.

      Y rodamos los dos en fango envueltos
    Para ya nunca levantarse ella,
    Y yo para llorar eternamente
    Mi amor primero y mi ilusión postrera.




* * *


      De repente los ecos divinos
    Que en el templo se apagaron,
    Desde lejos de nuevo llamáronle
    Con el poderoso encanto
    Que del fondo del sepulcro
    Hizo levantar á Lázaro.

      Agitóse al oirlos su alma
    Y volvió de su sueño letárgico
        Á la vida, como vuelve
        Á su patria el desterrado
    Que ve al fin los lugares queridos,
        Mas no á los seres amados.

          Alma que has despertado
        Vuelve á quedar dormida;
        No es que aparece el alba,
        Es que ya muere el día
    Y te envía en su rayo postrero
        La postrimera caricia.

***

      Si al festín de los dioses llegas tarde,
        Ya del néctar celeste
    Que rebosó en las ánforas divinas
    Sólo, alma triste, encontrarás las heces.

      Mas aun así de su amargor dulcísimo
    Conservarás tan íntimos recuerdos,
    Que bastarán á consolar tus penas
    De la vida en el áspero desierto.




* * *


      La _palabra y la idea_... Hay un abismo
    Entre ambas cosas, orador sublime:
    Si es que supiste amar, di: cuando amaste,
    ¿No es verdad, no es verdad que enmudeciste?
      ¿Cuando has aborrecido, no has guardado
    Silencioso la hiel de tus rencores
    En lo más hondo y escondido y negro
    Que hallar puede en sí un hombre?
      Un beso, una mirada,
    Suavísimo lenguaje de los cielos;
    Un puñal afilado, un golpe aleve,
    Expresivo lenguaje del infierno.
      Mas la palabra, en vano,
    Cuando el odio ó el amor llenan la vida,
    Al convulsivo labio balbuciente
          Se agolpa y precipita.
      ¡Qué ha de decir!; desventurada y muda,
    De tan hondos, tan íntimos secretos,
    La lengua humana, torpe, no traduce
          El velado misterio.
      Palpita el corazón enfermo y triste,
    Languidece el espíritu, he aquí todo;
    Después se rompe el frágil
    Vaso, y la esencia elévase á lo ignoto.




* * *


      «Los muertos van de prisa»,
    El poeta lo ha dicho;
    Van tan de prisa, que sus sombras pálidas
    Se pierden del olvido en los abismos
    Con mayor rapidez que la centella
    Se pierde en los espacios infinitos.

      «Los muertos van de prisa»; mas yo creo
    Que aún mucho más de prisa van los vivos.
    ¡Los vivos!, que con ansia abrasadora,
          Cuando apenas vivieron
    Un instante de gloria, un solo día
    De júbilo, y mucho antes de haber muerto,
    Unos á otros sin piedad se entierran
          Para heredarse presto.

***

      Á sus plantas se agitan los hombres,
    Como el salvaje hormiguero,
    En cualquier rincón oculto
    De un camino olvidado y desierto,
    ¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,
        Sus risas y sus acentos,
        Gratos como la esperanza,
        Como la dicha soberbios!...

          Todos alegres se miran,
        Se tropiezan, y en revuelto
        Torbellino van y vienen
        Á la luz de un sol espléndido,
        Del cual tiene que ocultarse,
        Roto, miserable, hambriento.

          ¡Ah!, si él fuera la nube plomiza
        Que lleva el rayo en su seno,
        Apagara la antorcha celeste
        Con sus enlutados velos,
        Y llenara de sombras el mundo
        Cual lo están sus pensamientos.

***

      Era en abril, y de la nieve al peso
    Aún se doblaron los morados lirios;
    Era en diciembre y se agostó la hierba
    Al sol, como se agosta en el estío.
      En verano ó en invierno, no lo dudes,
          Adulto, anciano ó niño,
    Y hierba y flor, son víctimas eternas
    De las amargas burlas del destino.

      Sucumbe el joven, y encorvado, enfermo,
    Sobrevive el anciano; muere el rico
    Que ama la vida, y el mendigo hambriento
    Que ama la muerte es como eterno vivo.

***

            Prodigando sonrisas,
          Que aplausos demandaban,
    Apareció en la escena, alta la frente,
          Soberbia la mirada,
    Y sin ver ni pensar más que en sí misma,
    Entre la turba aduladora y mansa
    Que la aclamaba sol del universo,
    Como noche de horror pudo aclamarla,
    Pasó á mi lado y arrollarme quiso
    Con su triunfal carroza de oro y nácar;
    Yo me aparté, y fijando mis pupilas
          En las suyas airadas:
    —¡Es la inmodestia!—al conocerla dije,
    Y sin enojo la volví la espalda.

      Mas tú cree y espera, ¡alma dichosa!,
          Que al cabo ése es el sino
    Feliz de los que elige el desengaño
    Para llevar la palma del martirio.




LAS CAMPANAS


      Yo las amo, yo las oigo,
    Cual oigo el rumor del viento,
    El murmurar de la fuente
    Ó el balido del cordero.

      Como los pájaros, ellas,
    Tan pronto asoma en los cielos
    El primer rayo del alba,
    Le saludan con sus ecos.

      Y en sus notas, que van prolongándose
    Por los llanos y los cerros,
    Hay algo de candoroso,
    De apacible y de halagüeño.

      Si por siempre enmudecieran,
    ¡Qué tristeza en el aire y el cielo!
    ¡Qué silencio en las iglesias!
    ¡Qué extrañeza entre los muertos!




* * *


      En la altura los cuervos graznaban,
    Los deudos gemían en torno del muerto,
    Y las ondas airadas mezclaban
    Sus bramidos al triste concierto.

—

      Algo había de irónico y rudo
    En los ecos de tal sinfonía,
    Algo negro, fantástico y mudo
    Que del alma las cuerdas hería.

—

      Bien pronto cesaron los fúnebres cantos;
    Esparcióse la turba curiosa;
    Acabaron gemidos y llantos
    Y dejaron al muerto en su fosa.

      Tan sólo á lo lejos, rasgando la bruma,
    Del negro estandarte las orlas flotaron,
    Como flota en el aire la pluma
    Que al ave nocturna los vientos robaron.




* * *


        Ansia que ardiente crece,
      Vertiginoso vuelo
      Tras de algo que nos llama
      Con murmurar incierto.
          Sorpresas celestiales,
      Dichas que nos asombran;
    Así cuando buscamos lo escondido,
    Así comienzan del amor las horas.

        Inacabable angustia,
      Hondo dolor del alma,
      Recuerdo que no muere,
      Deseo que no acaba,
          Vigilia de la noche,
      Torpe sueño del día
    Es lo que queda del placer gustado,
    Es el amargo fruto de la vida.

***

      Aunque mi cuerpo se hiela
    Me imagino que me quemo,
    Y es que el hielo algunas veces
    Hace la impresión del fuego.

***

              Á las rubias envidias
    Porque naciste con color moreno,
    Y te parecen ellas blancos ángeles
          Que han bajado del cielo.
            ¡Ah!, pues no olvides, niña,
          Y ten por cosa cierta,
    Que mucho más que un ángel siempre pudo
          Un demonio en la tierra.

***

      De este mundo en la comedia
    Eterna vienen y van
    Bajo un mismo velo envueltas
    La mentira y la verdad;
    Por eso al verlas el hombre
    Tras del mágico cendal
    Que vela la faz de entrambas,
    Nunca puede adivinar
    Con certeza cuál es de ellas
    La mentira ó la verdad.

***

      Triste loco de atar el que ama menos
          Le llama al que ama más;
    Y terco impenitente, al que no olvida
            El que puede olvidar;
      Del rico el pobre en su interior maldice,
    Cual si él rico no fuera si pudiese,
    Y aquél siente hacia el pobre lo que el blanco
    Hacia las razas inferiores siente.

***

      Justicia de los hombres, yo te busco,
          Pero sólo te encuentro
    En la _palabra_, que tu nombre aplaude,
    Mientras te niega tenazmente el _hecho_.

      —¡Y tú, dónde resides?—me pregunto
    Con aflicción—, justicia de los cielos,
    Cuando el pecado es obra de un instante
    Y durará la expiación terrible
          ¡Mientras dure el infierno!




* * *


      Sed de amores tenía, y dejaste
    Que la apagase en tu boca
    ¡Piadosa samaritana!
        Y te encontraste sin honra,
    Ignorando que hay labios que secan
        Y que manchan cuanto tocan.

—

      ¡Lo ignorabas!..., y ahora lo sabes,
    Pero yo sé también, pecadora
        Compasiva, porque á veces
        Hay compasiones traidoras,
        Que si el sediento volviese
        Á implorar misericordia,
        Su sed de nuevo apagaras,
        Samaritana piadosa.

—

      No volverá, te lo juro;
    Desde que una fuente enlodan
    Con su pico esas aves de paso,
    Se van á beber á otra.

***

      Sintiéndose acabar con el estío
          La desahuciada enferma,
          —¡Moriré en el otoño!—
    Pensó entre melancólica y contenta,
    Y sentiré rodar sobre mi tumba
          Las hojas también muertas.

      Mas... ni aun la muerte complacer la quiso,
          Cruel también con ella:
    Perdonóle la vida en el invierno,
    Y cuando todo renacía en la tierra
    La mató lentamente, entre los himnos
    Alegres de la hermosa primavera.

***

      Una cuerda tirante guarda mi seno,
    Que al menor viento lanza siempre un gemido,
    Mas no repite nunca más que un sonido
    Monótono, vibrante, profundo y lleno.

      Fué ayer y es hoy y siempre:
          Al abrir mi ventana,
    Veo en Oriente amanecer la aurora,
    Después hundirse el sol en lontananza.
          Van tantos años de esto,
          Que cuando á muerto tocan,
    Yo no sé si es pecado, pero digo:
    —¡Qué dichoso es el muerto, ó qué dichosa!




* * *


      Al caer despeñado en la hondura
          Desde la alta cima,
    Duras rocas quebraron sus huesos,
    Hirieron sus carnes agudas espinas,
    Y el torrente de lecho sombrío
          Rasgando sus linfas,
    Y entreabriendo sus húmedos labios
    Con negra sonrisa,
    Vino á darle un beso de muerte,
    Cerrando en los suyos el paso á la vida.

—

      Despertáronle luego, y temblando
          De angustia y de miedo,
    —¡Ah!, ¡por qué despertar?—preguntóse
          Después de haber muerto.

—

            Al pie de su tumba
    Con violados y ardientes reflejos,
          Flotando en la niebla
    Vió dos ojos brillantes de fuego
    Que al mirarle ahuyentaban el frío
    De la muerte, templando su seno.
      Y del yermo sin fin de su espíritu
    Ya vuelto á la vida, rompiéndose el hielo,
    Sintió al cabo brotar en el alma
    La flor de la dicha, que engendra el deseo.
      Dios no quiso que entrase infecunda
    En la fértil región de los cielos;
    Piedad tuvo del ánimo triste
    Que el germen guardaba de goces eternos.




* * *


      Desde los cuatro puntos cardinales
    De nuestro buen planeta
    —Joven, pese á sus múltiples arrugas—,
          Miles de inteligencias
          Poderosas y activas,
    Para ensanchar los campos de la ciencia,
    Tan vastos ya que la razón se pierde
          En sus frondas inmensas,
    Acuden á la cita que el Progreso
    Les da desde su templo de cien puertas.

      Obreros incansables, ¡yo os saludo!
    Llena de asombro y de respeto llena,
    Viendo cómo la Fe que guió un día
    Hacia el desierto al santo anacoreta,
    Hoy con la misma venda transparente
    Hasta el umbral de lo imposible os lleva.
      ¡Esperad y creed!, _crea_ el que cree,
    Y ama con doble ardor aquel que espera.

      Pero yo en el rincón más escondido
    Y también más hermoso de la tierra,
          Sin esperar á Ulises
    (Que el nuestro ha naufragado en la tormenta),
          Semejante á Penélope
    Tejo y destejo sin cesar mi tela,
      Pensando que ésta es del destino humano
          La incansable tarea,
    Y que ahora subiendo, ahora bajando,
    Unas veces con luz, otras á ciegas,
    Cumplimos nuestros días y llegamos
    Más tarde ó más temprano á la ribera.




* * *


      Aún otra amarga gota en el mar sin orillas,
    Donde lo grande pasa de prisa y lo pequeño
    Desaparece ó se hunde, como piedra arrojada
    De las aguas profundas del estancado légamo.

      Vicio, pasión, ó acaso enfermedad del alma,
    Débil á caer vuelve siempre en la tentación.
    Y escribe como escriben las olas en la arena,
    El viento en la laguna y en la neblina el sol.

      Mas nunca nos asombra que trine ó cante el ave,
    Ni que eterna repita sus murmullos el agua;
    Canta, pues, ¡oh poeta!, canta, que no eres menos
    Que el ave y el arroyo que en ondas se desata.

***

      En incesante encarnizada lucha,
          En pugilato eterno,
    Unos tras otros al palenque vienen
    Para luchar, seguidos del estruendo
    De los aplausos prodigados siempre
    De un modo igual á todos.
                              Todos genios
    Sublimes é inmortales se proclaman
        Sin rubor; mas bien presto
    Al ruido de la efímera victoria
        Se sucede el silencio
    Sepulcral del olvido, y juntos todos,
    Los grandes, los medianos, los pequeños,
    Cual en tumba común, perdidos quedan
    Sin que nadie se acuerde que existieron.

***

      Glorias hay que deslumbran, cual deslumbra
    El vivo resplandor de los relámpagos,
    Y que como él se apagan en la sombra,
    Sin dejar de su luz huella ni rastro.

      Yo prefiero de ese brillo de un instante
    La triste soledad donde batallo,
    Y adonde nunca á perturbar mi espíritu
    Llega el vano rumor de los aplausos.

***

      ¡Oh gloria!, deidad vana cual todas las deidades,
    Que en el orgullo humano tienen altar y asiento,
    Jamás te rendí culto, jamás mi frente altiva
    Se inclinó de tu trono ante el dosel soberbio.

      En el dintel obscuro de mi pobre morada,
    No espero que detengas el breve alado pie;
    Porque jamás mi alma te persiguió en sus sueños,
    Ni de tu amor voluble quiso gustar la miel.

      ¡Cuántos te han alcanzado que no te merecían!
    Y ¡cuántos cuyo nombre debiste hacer eterno,
    En brazos del olvido más triste y más profundo
    Perdidos para siempre duermen el postrer sueño!




* * *


I

      Tú para mí, yo para ti, bien mío
          —Murmurabais los dos—;
    «Es el amor la esencia de la vida,
          No hay vida sin amor.»

      ¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
          ¡Qué albos rayos de sol!...
    ¡Qué tibias noches de susurros llenas,
          Qué horas de bendición!

      ¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
          En cuanto Dios crió,
    Y cómo entre sonrisas murmurabais:
          «No hay vida sin amor.»


II

      Después, cual lampo fugitivo y leve,
          Como soplo veloz,
    Pasó el amor..., la ciencia de la vida...
          Mas... aun vivís los dos.

      _Tú de otro y de otra yo_—dijisteis luego.
          ¡Oh mundo engañador!
    Ya no hubo noches de serena calma,
          Brilló enturbiado el sol...

      ¿Y aún, vieja encina, resististe?, ¿aún late,
          Mujer, tu corazón?
    No es tiempo ya de delirar; no torna
          Lo que por siempre huyó.

      No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
          Frío y desolador.
    Huella la nieve, valerosa, y cante
          Enérgica tu voz.
    ¡Amor!, llama inmortal, rey de la tierra,
          Ya para siempre ¡adiós!

1867.




* * *


I

      Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla,
          Pasó el verano...
    Y para el pobre corazón mío,
    Unos tras otros ¡pasaron tantos!

—

      Cuando en las noches tristes y largas
          Que están llegando
    Brille la luna, ¡cuántos sepulcros
    Que antes no ha visto verá á su paso!

—

      Cuando entre nubes hasta mi lecho
          Llegue su rayo,
    ¡Cuán tristemente los yermos fríos
    De mi alma sola, no irá alumbrando!


II

      Pobre alma sola, no te entristezcas,
    Deja que pasen, deja que lleguen
    La primavera y el triste otoño,
    Ora el estío y ora las nieves.

—

      Que no tan sólo para ti corren
          Horas y meses;
    Todo contigo, seres y mundos,
    De prisa marchan, todo envejece.

—

      Que hoy, mañana, antes y ahora,
          Lo mismo siempre,
    Hombres y frutos, plantas y flores,
    Vienen y vanse, nacen y mueren.

—

      Cuando te apene lo que atrás dejas,
          Recuerda siempre
    Que es más dichoso quien de la vida
    Mayor espacio corrido tiene.




* * *


            No va solo el que llora.
    No os sequéis, por piedad, lágrimas mías;
          Basta un pesar al alma,
    Jamás, jamás le bastará una dicha.

—

      Juguete del destino, arista humilde,
          Rodé triste y perdida;
    Pero conmigo lo llevaba todo:
    Llevaba mi dolor por compañía.




* * *


            «¡La copa es de oro fino,
    El néctar que contiene es de los cielos!»
          Dijo, y bebió con ansia
    Hasta el último sorbo de veneno.

—

      ¡Era tarde!; después ardió su sangre
          Emponzoñada, y muerto,
    Aun rojiza brillaba en su sepulcro
    La llama inextinguible del deseo.




* * *


      ¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida
    La cada vez más empinada cuesta!
    Empújame dolor, y hálleme luego
    En su cima fantástica y desierta.

—

            No, ni amante, ni amigo,
          Allí podrá seguirme;
    ¡Avancemos!... ¡Yo ansío de la muerte
          La soledad terrible!

—

      Mas ¿para qué subir?; fatiga inútil
    Cuando es la vida fatigosa llama,
    Y podemos, ¡poder desventurado!,
    Con un soplo levísimo apagarla.

—

      Ruge á mis pies el mar, ¡soberbia tumba!
    La onda encrespada estréllase imponente
    Contra la roca, y triste muere el día
    Como en el hombre la esperanza muere.

—

      ¡Morir!; esto es lo cierto;
    Y todo lo demás mentira y humo;
          Y del abismo inmenso,
    Un cuerpo sepultóse en lo profundo.

—

      Lo que encontró después posible y cierto
    El suicida infeliz, ¿quién lo adivina?
          ¡Dichoso aquel que espera
    Tras de esta vida hallarse en mejor vida!




* * *


      Yo no he nacido para odiar, sin duda,
    Ni tampoco he nacido para amar,
    Cuando el amor y el odio han lastimado
    Mi corazón de una manera igual.

      Como la peña oculta por el musgo
    De algún arroyo solitario al pie,
    Inmóvil y olvidada, yo quisiera
    Ya vivir sin amar ni aborrecer.




* * *


      Cayendo van los bravos combatientes
    Y más se aclaran cada vez las filas.
          No lloréis, sin embargo;
    En el vacío que los muertos dejan
    Otros vendrán á proseguir la liza.

—

      ¡Vendrán!...; mas presto del vampiro odioso
          Destruid las guaridas,
    Si no queréis que los guerreros vuelvan
    Tristes y obscuros á morir sin gloria
    Antes de ver la patria redimida.




* * *


      Viendo que, semejantes á las flores
    Que el huracán en su furor deshace,
          Éstos, después de aquéllos,
    Llenos de vida y de esperanzas caen
    Al entrar en la lid donde con gloria
          Por la patria combaten,

      Tal como el pobre abuelo que contempla
    Del nietezuelo amado los despojos,
    Exclamó alzando la mirada al cielo
    De angustia lleno y doloroso asombro:
    —¡Pero es verdad, Dios mío, que ellos mueren
          Y quedamos nosotros!

En la _Corona fúnebre_ de Andrés Muruais, 1883.




* * *


            Más rápidos que el rayo,
          Más alados que el viento,
    Inquietos vagamundos que no pueden
    Refrenar nunca el inconstante vuelo,
    Así descienden de la mar al fondo
    Como escalan la altura de los cielos.

      Mas si son impalpables é incorpóreos
          Y múltiples y varios,
    ¿Por qué llamarles pensamientos negros
          Ó pensamientos blancos,
    Si no tienen color, esos del alma
          Invisibles
    Eternos é invisibles soberanos?




* * *


      Hora tras hora, día tras día,
    Entre el cielo y la tierra que quedan
    Eternos vigías,
    Como torrente que se despeña
    Pasa la vida.

      Devolvedle á la flor su perfume
    Después de marchita;
    De las ondas que besan la playa
    Y que unas tras otras besándola expiran,
    Recoged los rumores, las quejas,
    Y en planchas de bronce grabar su armonía.

      Tiempos que fueron, llantos y risas,
    Negros tormentos, dulces mentiras,
    ¡Ay! ¿En dónde su rastro dejaron,
    En dónde, alma mía?




* * *


      Tan sólo dudas y terrores siento,
    Divino Cristo, si de Ti me aparto;
    Mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos,
    Me resigno á seguir con mi calvario.
    Y alzando al cielo la mirada ansiosa
    Busco á tu Padre en el espacio inmenso,
    Como el piloto en la tormenta busca
    La luz del faro que le guíe al puerto.




APÉNDICE




EN LAS ORILLAS DEL SAR

POESÍAS POR DOÑA ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA


Mucho hace ya que, gracias á atenta deferencia de su autora, ocupa
este libro un puesto en mi modesta biblioteca; pero ocupaciones
imprescindibles que me llevaron muy lejos del campo de las letras; la
escasez de tiempo consiguiente, y una cierta pereza para escribir de
que me encuentro acometido, fueron causa de que este artículo salga un
tanto trasnochado: sírvame esto de disculpa ante la dulce poetisa que
me distingue con su consideración.

Que el artista que lo es de veras imprime á sus obras el indeleble
sello de su personalidad, cosa es indudable; y á través de ellas ve,
el que de esto entiende, el carácter, el genio, la persona, en fin,
del que las crea. No otra cosa que este sello es lo que se llama la
_manera_ del artista, modo de hacer que los mediocres y más ó menos
vulgares toman de su maestro ó de su modelo favorito, pero que los
grandes crean siempre, haciéndole original y propio. Y, como no puede
ser menos, esta _manera_ ó esta _factura_, según ahora se dice, está
íntimamente ligada con el modo de sentir, de pensar y de querer, y
hasta con las condiciones exteriores de la vida del artista. Así se
explica que muchos hayan tenido dos ó más _maneras_, en relación acaso
con las distintas épocas de su vida, quién sabe si en consonancia con
las revoluciones de su espíritu.

Cosa curiosa es, por cierto, cuando se estudian las obras de un artista
renombrado, seguir paso á paso el desarrollo de su genio, verle nacer é
iniciarse, quizá tímido é indeciso, en sus primeros destellos, crecer
después en ulteriores ensayos, mostrarse más tarde en todo su esplendor
y lozanía, y llegar, por fin, á su ocaso precedido ó no de desmayo y
decadencia. Estudio interesante el que puede hacerse de este modo,
asistiendo á todos los aciertos y á todas las debilidades, adivinando
las vacilaciones, descubriendo los momentos de valor, y contemplando,
en fin, la vida del genio escrita en sus obras con imborrables
caracteres.

Y este estudio es más completo y profundo si, á la par que las obras,
conocemos al autor y la historia de su vida; porque entonces de tal
suerte nos parecen concordadas las unas y la otra; á tal punto hacemos
llegar el lazo de unión que las estrecha, que nos parecen ellas la
representación animada de la vida del artista. Y vemos en los tonos
de luz las alegrías de su alma; las dudas de su espíritu abatido en
los trazos más seguros y en los perfiles indecisos; las vicisitudes de
su suerte en los vaivenes de su estilo; y las amarguras de su corazón
en las tintas obscuras, en las sombras recargadas y en los manchones
informes, rastros acaso de la huella de sus lágrimas.

No es posible desechar estas ideas al leer las poesías de Rosalía
Castro; de tal manera se ven en ellas confirmadas. _Cantares gallegos_,
_Follas novas_ y _En las orillas del Sar_, son los tres libros que
señalan las etapas de su vida literaria. Destila el primero toda la
fragancia y la frescura de los primeros años: vese á su través á la
mujer joven y mimada de la fortuna, á quien su fantasía se complace en
pintar un porvenir de rosas. Son aquellos _Cantares_ el primer gorjeo
del ruiseñor que despierta para saludar á la aurora, el primer rayo que
el sol envía á la tierra para acariciarla, el primer beso que la brisa
deposita en el cáliz de la flor. Alegres como la inocencia y juguetones
como la infancia, atraen y seducen como seduce y atrae lo más seductor
que Dios crió en el universo: los ángeles y los niños.

El tiempo, que no sabe correr sin esparcir abrojos, hizo que á Rosalía
le correspondiesen no pocos; y al publicar más tarde su libro _Follas
novas_, aparece la que pudiera llamarse su segunda _manera_: á las
poesías sueltas y bulliciosas como cascadas de notas, suceden las
baladas melancólicas, en cuyo fondo se siente palpitar á veces la
ironía intencionada, y aun el sarcasmo acerbo. Son también estas
poesías más viriles y más sentidas: hay entre ellas prodigios de
descripción y maravillas de sentimiento, cierta filosofía sutil en
el fondo y dichosos atrevimientos de _factura_. Por aquel tiempo era
también la época de esta clase de poesía. Bécquer, el inolvidable, el
artista nunca bastante llorado, había dado ya la pauta del _idealismo
racional_, y sus _rimas_ eran repetidas por todos los labios y
repercutían en todos los corazones. Á este mismo género pertenecen la
mayor parte de _Follas novas_.

Acaso no aparece tan marcada la distancia que de este libro separa
al que ahora examinamos. Hay en aquél baladas que parecen como el
atisbo de sentimientos que _En las orillas del Sar_ se desarrollan y
medran desmesuradamente. Así y todo, hay entre ambos una diferencia
radical. En _Follas novas_, en medio de la melancolía de que aparecen
impregnadas, encuéntrase á menudo una nota festiva, último eco de
pasadas alegrías, trazo final de juveniles desenfados. Aunque el
dolor es lo que resalta en ellas, no es de ordinario el dolor amargo
y sombrío, sino más bien el suave reflejo de una dulce tristeza. _En
las orillas del Sar_, todo lo contrario: inútil es buscar allí ya
nada plácido ni alegre. La amargura lo domina todo. Los versos de
esta colección son hermosamente bellos, pero bellos como el arrullo
de la tórtola, como la caída de la hoja, como la puesta del sol.
Analicémoslos.

Lo primero que resalta en este libro es la forma peculiarísima en que
está escrito. Á semejanza de esa música alemana que, quizá sobrado
grande para caber en las estrecheces del pentagrama, amenaza á cada
paso con destruir la armonía á fuerza de atrevimientos, así estos
versos son, más que artificios literarios, quejas espontáneas de un
alma dolorida; saltan por encima de todas las reglas y se forjan una
medida y una rima que concuerde con la grandeza de su amargura. Ni las
_Rimas_ de Bécquer, ni el _Intermezzo_ de Heine, le ganan en soltura
y libertad, siquiera sean éstos á los que mejor pueden compararse. En
efecto; Rosalía es, como ellos, poeta propiamente _subjetivo_, que
no necesita para cantar inspirarse en el mundo exterior, sino que le
basta recogerse y contemplar el mundo de su alma. Por esa razón, ellos
y ella son al presente, según yo entiendo, la genuina expresión de la
verdadera poesía lírica.

Y ya que hice mención de los poetas alemanes, he de añadir que
encuentro grandes afinidades entre ellos y la poetisa gallega. Unos
y otra son, ante todo, poetas de su país, cuyo ambiente, por decirlo
así, respiran sus versos; la tristeza y la amargura son las notas
dominantes, tanto en las canciones gallegas como en las _lieder_
germánicas, y unas y otras son producciones subjetivas y líricas.
¿Qué más? Cualquiera que haya leído un poco los poetas alemanes y lea
los versos de Rosalía, notará que en ambos palpita vivo y lozano un
sentimiento generoso que domina á todos los demás: el amor á su patria.
¿Quién al leer aquellas sentidísimas estrofas que comienzan

    ¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella,

no recuerda la _Lied vom Rhein_, de Matzerath, cuando dice:

    Mein Heimatland, o du herrlicher Rhein!

Acaso en estas semejanzas, y más que nada en la forma especial que
revisten los versos de este libro, encuentren algunos algo que
censurar. Por mi parte confieso que, acostumbrado como estaba, y como
están casi todos los españoles, á considerar los versos _como música_,
me costó algún trabajo el aprender á estudiarlos _como escultura_.
Encariñado el oído con la ingénita cadencia que nuestra lengua,
armoniosa sobre todas (aunque alguien se escandalice al leerlo),
imprime á la poesía, á duras penas se resigna á prescindir de cesuras
y asonancias; conseguido esto, sin embargo, encuéntrase luego solaz y
encanto en esos que antes parecían inarmónicos acordes.

Más bien que en esto, hallo yo pecado en el amargo desencanto, no
sistemático, sin duda, sino espontáneo, que impera en todo el libro,
desencanto y amargura que hace que la autora juzgue alguna vez con
equivocado criterio las cosas y los hechos. Tiene, sin embargo, esta
falta muy atendible explicación: cuando el espíritu y el cuerpo están
atormentados por acerbísimos dolores, abundan las sombras en los ojos
y en el alma, que es el pesar obscuro, prisma que todo lo ennegrece.
Fuera de esto, son estas poesías de primer orden, y bastarían por
sí solas para dar á su autora el merecidísimo renombre de que goza.
Escritas con asombrosa facilidad, con una como frialdad aparente,
con abandono, hasta con desdén, son todas ellas sentidas, profundas,
_hondas_; y guardan, bajo la vestidura especial de su aderezo, dolores
y desgarramientos tales, que quien las lea sin sentir enrojecidas las
mejillas y ardientes los ojos, ha de ser insensible de veras.

En realidad, no se puede escoger entre ellas; pero á mí causáronme
singular complacencia, entre otras varias, _Las campanas_ y _Los
robles_. Es la primera una rima inocente, candorosa, llena de perfume
y de fe, y también de amor y meditación. La segunda es una inspiración
robusta y sostenida, donde el mágico pincel de Rosalía, rico en
hechizos y vertiendo flores, aparece esplendoroso y lozano, pintando un
cuadro lleno de vida y movimiento, de toques vigorosos y prodigiosos
efectos de luz. Una y otra son también las más dulces.

Una palabra aún antes de terminar.

Á pesar del indisputable mérito que este libro encierra, y que soy el
primero á reconocer, he de confesar que si á escoger me dieran entre
los versos de la autora, preferiría sin duda alguna los gallegos. En
esta preferencia, no sólo tendría grandísima parte del natural cariño
que profeso á mi tierra y á cuanto á ella pertenece, sino también
la mayor dulzura y sentimiento, que son el distintivo de las rimas
gallegas de nuestra poetisa. No quiero disminuir el valer de las
presentes poesías, antes por el contrario, lo admiro y reconozco; pero
enamórame, sobre todo, cuanto es, como por acá decimos, _amorosiño_ y
tierno.

En el amante nido donde vive, reciba el _ruiseñor gallego_ mi saludo
cariñoso, ¡y quiera el cielo que mi tosca pluma tenga todavía nueva
ocasión de celebrar sus trinos y gorjeos!


  J. BARCIA CABALLERO.


Santiago, febrero de 1885.




UNA PRECURSORA


La fama de Rosalía Castro se funda en dos libros: _Cantares gallegos_
y _Follas novas_. En ellos, la dulce habla regional de suavísimas
inflexiones, con sus giros llenos de encanto, con sus diminutivos
mimosos, es intérprete de una poesía honda, llena de amor, que
se traduce en nostalgias, ó de piedad, que, á las veces, llega á
convertirse en odio. Los _Cantares_ son el alma de Galicia, tierra
verde, jugosa y húmeda, mozas de clara hermosura y de maravillosa
perfección corporal, mozos rudos, con una rudeza ribeteada de malicias;
vida penosa de trabajo, escasez constante, usura, emigración. Las
_Follas novas_ son el alma de Rosalía, depurada y sublimada entre todas
las espinas de la aflicción, terreno fecundo que produce sin cesar
flores de esperanza arrancadas de pronto por una mueca de escepticismo,
por un grito de desesperación; alma lírica y sonora que vibra según la
impresión del momento.

El lirismo, cualidad excelsa de los poetas grandes, de los que saben
expresar directamente su alma, es cualidad predominante en Rosalía
Castro. El elemento anecdótico no entra para nada en sus poesías, ó,
por mejor decir, todas ellas son anécdotas espirituales.

Esta misma fuerza de profundo subjetivismo tiene otro libro suyo,
menos conocido, y de él quiero hablar. Es el que encierra sus versos
castellanos, uno de los más singulares de nuestra poesía. Se titula _En
las orillas del Sar_, y se publicó en 1884. Del mismo año son algunos
_Pequeños poemas_, de Campoamor; la _Pesca_, de Núñez de Arce, que ya
había dado lo mejor de su ingenio; á la sazón Ferrari le pisaba los
talones en _Pedro Abelardo_, también publicado entonces; Manuel del
Palacio y José Velarde estaban en pleno florecimiento; Zorrilla rimaba
deliciosamente composiciones de circunstancias. El libro de Rosalía
era otra cosa. Cuando todos declamaban ó cantaban, ella se atrevía
sencillamente á hablar. Cuando todos _cincelaban_ el verso, ella
dejaba á los suyos un no sé qué de flojo y espontáneo, que fué como
embalsamarlos para que conservaran más tiempo la poesía. Cuando todos
se ceñían al endecasílabo y al octosílabo, con los otros versos que
desde siempre se les combinaban, y á lo más empleaban el alejandrino
zorrillesco, rico de acentuación, rotundo y sacudido, ella adoptaba
metros inusitados y combinaciones nuevas.

De _suspirillos germánicos_ hubiera calificado Núñez de Arce la mayor
parte de las composiciones castellanas de Rosalía, sin perjuicio de
admirar sus similares gallegas; porque en éstas, al hacer literaria un
habla popular, todo estaba permitido, al paso que en las otras había
reglas sagradas que observar.

De absurda y desgraciada debió calificarse entonces la suplantación
del heptasílabo por el octosílabo en combinación con el verso de once
sílabas, contra lo que era uso:

    Todo lo ves, y todos los mortales
        Cuantos en el mundo habitan,
    En busca del alivio de sus males,
        Tu blanca luz solicitan.
    Unos para consuelo de dolores;
        Otros tras de ensueños de oro
    Que con vagos y tibios resplandores
        Vierte tu rayo incoloro.
    Y otros, en fin, para gustar contigo
        Esas venturas robadas,
    Que huyen del sol, acusador testigo,
        Pero no de tus miradas.

Y el mismo octosílabo, combinándose en muchas composiciones del libro,
también contra lo corriente, con el verso de diez, que sólo se empleaba
con el de seis y el de doce sílabas:

    Á través del follaje perenne
    Que oir deja rumores extraños,
    Y entre un mar de ondulante verdura,
    Amorosa mansión de los pájaros,
        Desde mis ventanas veo
        El templo que quise tanto.

        El templo que tanto quise...
    Pues no sé decir ya si le quiero,
    Que en el rudo vaivén que sin tregua
        Se agitan mis pensamientos,
        Dudo si el rencor adusto
    Vive unido al amor en mi pecho.

Y no son sólo estas combinaciones llenas de armonía nueva lo que
hoy nos asombra en el libro de Rosalía Castro. En él aparecen
metros enteramente nuevos entonces: el verso de nueve sílabas, como
hemistiquio de uno de diez y ocho, de esta manera:

    Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,
    Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.
    Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,
    Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.
    Mas aun sin alas, cree ó sueña que cruza el aire, los espacios,
    Y aun entre el lodo se ve limpio cual de la nieve el copo blanco.

El de diez y seis, formado por dos hemistiquios de á ocho, verso que
sólo se personaliza por la regularidad de los acentos, úsalo Rosalía
tal como lo emplean nuestros poetas de hoy:

    ¡Pensamientos de alas negras! Huid, huid azorados,
    Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,
    Ó como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;
    Dejad que amanezca el día de resplandores benditos,
    En cuya luz se presienten los placeres infinitos...
    ¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!

    ¡Pensamientos de alas blancas! Ni gimamos ni roguemos
    Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos,
    En donde nunca resuena la débil voz del caído,
    En donde el dorado sueño para en realidad segura,
    Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura
    Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.

Y, sobre todo, el verso alejandrino, reconquistado y llevado á punto
de flexibilidad por los poetas modernos de España, quitándole las
ligaduras con que lo domeñó el maravilloso Zorrilla, y haciéndole apto,
no sólo para el alto vuelo ditirámbico, sino para toda sensación y todo
matiz, el verso alejandrino triunfa en Rosalía Castro, que casi siempre
lo asonanta, en toda su íntima y humana amplitud. Leed estas estancias,
que pueden compararse por la técnica y aun por el pensamiento á algunas
de Rubén Darío en _Cantos de vida y esperanza_; que pueden competir
con las mismas _Stances_, de Juan Moreas, creación de las más puras y
perfectas en la poesía francesa contemporánea:

    De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
    No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
    Ni en el contento y harto seno de los placeres,
    Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.
    Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra;
    Aspiración celeste, revelación callada;
    La comprende el espíritu y el labio no la nombra,
    Y en sus hondos abismos la mente se anonada.

Esta imagen de la eterna belleza es la que buscó siempre, la que
vislumbró á ratos la excelsa Rosalía. Su poética, por lo mismo que
es toda interior, por lo mismo que huye de toda pompa y exuberancia,
porque es vestidura de un sentimiento y no llamativo disfraz de un
inerte maniquí, parece haber formulado mucho antes de que Verlaine
fuera conocido (_Jadis et Naguère_ es también de 1884) aquel precepto
del _Arte poética_ verleniana:

    Prends l’éloquence et tords-lui son cou!

Y al abandonar el arte amplio de orquestación sonora y algo hueca,
haber adivinado, traduciéndolo en suaves melodías rotas, en acordes
extraños y personalísimos, el otro principio:

    De la musique avant toute chose.

Música es lo que hay, ante todo, en los versos de Rosalía Castro.
Su vaguedad, su imprecisión, que les ha hecho sufrir el dictado de
nebulosos y germanizados, proviene de ahí. Síntesis profundas de
sentimiento son las composiciones de _En las orillas del Sar_. Al
ensueño ó al dolor de cada uno se adaptan fácilmente, como un andante
de Beethoven ó un trozo de Schumann.

Su parentesco con Bécquer y con Heine no se puede negar. Es de la misma
familia poética; como lo son también Julio Laforgue y Verlaine, el
Verlaine de la _Bonne Chanson_ y de _Romances sans paroles_. Pero la
poetisa gallega, que es más varonil que Bécquer, tiene dignamente un
lugar propio. Carece de ironía, aunque á veces llegue al sarcasmo; y
hay en ella menos ternura que pasión. Espíritu apasionado debió ser el
suyo, extremado en amores y en odios; de su choque con las dificultades
y las tormentas del vivir saltaron, como espuma, las composiciones de
sus _Follas novas_ y las que llenan su libro castellano.

Hay que dar á Rosalía, entre nuestros poetas, un lugar eminente. Hay
que reconocer que nadie como ella fundió su espíritu en el crisol de
la estrofa, y que de la abundancia de su inspiración nacieron sus
extraordinarias adivinaciones métricas. Y los poetas de hoy, los que
van dejando de llamarse modernistas, los que quieren decir cosas del
alma en versos que sólo obedezcan á una ley interior de armonía,
formulada por cada uno en cada caso, han de ver una precursora en la
mujer extraordinaria que escribió, sin preocupaciones, dejando libres
á su inspiración y á su técnica, el libro titulado _En las orillas del
Sar_.


  ENRIQUE DÍEZ-CANEDO.


Madrid, 1908.




ÍNDICE


                                                                 Páginas

  PRÓLOGO                                                            VII

  Aunque no alcancen gloria                                            1

  Orillas del Sar                                                      3

  Los unos altísimos                                                  11

  Margarita                                                           21

  Sedientas las arenas, en la playa                                   25

  Los tristes                                                         27

  Los robles                                                          33

  Alma que vas huyendo de ti misma                                    39

  ¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena                             43

  Unos con la calumnia le mancharon                                   49

  En su cárcel de espinos y rosas                                     51

  Ya no mana la fuente, se agotó el manantial                         53

  Era la última noche                                                 57

  ¡Volved!                                                            59

  Camino blanco, viejo camino                                         61

  Las canciones que oyó la niña                                       67

  La canción que oyó en sueños el viejo                               71

  Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo           73

  En el alma llevaba un pensamiento                                   75

  Quisiera, hermosa mía                                               79

  En mi pequeño huerto                                                87

  Todas las campanas con eco pausado                                  89

  Cuido que una planta bella                                          93

  En los ecos del órgano ó en el rumor del viento                     95

  Santa Escolástica                                                   97

  Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros    105

  Los que á través de sus lágrimas                                   109

  Mientras el hielo las cubre                                        115

  Á la luna                                                          119

  Yo en mi lecho de abrojos                                          123

  Con ese orgullo de la honrada y triste                             125

  Viéndome perseguido por la alondra                                 127

  De repente los ecos divinos                                        129

  La palabra y la idea... Hay un abismo                              131

  Los muertos van de prisa                                           133

  Las campanas                                                       137

  En la altura los cuervos graznaban                                 139

  Ansia que ardiente crece                                           141

  Sed de amores tenía, y dejaste                                     145

  Al caer despeñado en la hondura                                    149

  Desde los cuatro puntos cardinales                                 151

  Aún otra amarga gota en el mar sin orillas                         153

  Tú para mí, yo para ti, bien mío                                   157

  Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla                              159

  No va solo el que llora                                            161

  ¡La copa es de oro fino!                                           163

  ¡Ea!, aprisa subamos de la vida                                    165

  Yo no he nacido para odiar, sin duda                               167

  Cayendo van los bravos combatientes                                169

  Viendo que, semejantes á las flores                                171

  Más rápidos que el rayo                                            173

  Hora tras hora, día tras día                                       175

  Tan sólo dudas y terrores siento                                   177


  APÉNDICE                                                           179

    «En las orillas del Sar», poesías por D.ª Rosalía Castro
      de Murguía                                                     181

    Una precursora                                                   189

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EN LAS ORILLAS DEL SAR ***

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