La voz de la conseja, t.1

By Pío Baroja et al.

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Title: La voz de la conseja, t.I

Authors: Benito Pérez Galdós
             Jacinto Benavente
             Condesa De Pardo Bazán
             Miguel De Unamuno
             Armando Palacio-valdés
             Rubén Darío
             Pío Baroja
             Joaquín Dicenta
             Ricardo León
             José Nogales
             Pedro De Répide
             Arturo Reyes
             Pedro Mata

Editor: Emilio Carrère

Release Date: September 22, 2012 [EBook #40827]

Language: Spanish


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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.)
(nota del transcriptor)





_La Voz de la Conseja_




La Voz
de la Conseja

Selección
de las mejores novelas breves y cuentos de
los más esclarecidos literatos.

Recopilación hecha
por
Emilio Carrère

Firmas del tomo primero

Galdós.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazán.--Unamuno.--Palacio
Valdés.--Rubén Darío.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo
León.--Nogales.--Répide.--Arturo
Reyes y Pedro Mata.

V. H. SANZ CALLEJA

Editores e Impresores

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

:ES PROPIEDAD:




INDICE


_BENITO PÉREZ GALDÓS_

_La novela en el tranvía_                                             17

_JACINTO BENAVENTE_

_El criado de Don Juan_                                               59

_CONDESA DE PARDO BAZÁN_

_Viernes Santo_                                                       77

_MIGUEL DE UNAMUNO_

_El sencillo Don Rafael_                                              99

_ARMANDO PALACIO-VALDÉS_

_¡Solo!_                                                             111

_RUBÉN DARÍO_

_El Rey burgués_                                                     137

_PÍO BAROJA_

_Elizabide el Vagabundo_                                             149

JOAQUÍN DICENTA

_La epopeya de una zíngara_                                          165

RICARDO LEÓN

_Los tres reyes de Oriente_                                          175

JOSÉ NOGALES

_Las tres cosas del tío Juan_                                        187

PEDRO DE RÉPIDE

_La enamorada indiscreta_                                            203

ARTURO REYES

_Cosas de hombre_                                                    249

PEDRO MATA

_Fuerte como la muerte_                                              261




_AL EMPEZAR_


_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antología de
cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del
seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estético para poder
elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios
que honran estas páginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA...

_Yo creo que esta colección de cuentos tiene un gran valor
bibliográfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de
la novela española, que comienza con el nombre glorioso de don Benito
Pérez Galdós. En estas hojas está el gran espíritu de una época noble,
fecunda, preñada de ideal artístico, encerrado como en un tabernáculo. Y
también me parece que la publicación de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una
prueba de amor al libro español, un acicate para la curiosidad del
lector indolente y un selecto regalo para el espíritu del lector culto_.

_No osaré jamás hacer una reseña crítica de los nombres insignes que en
este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sólo
quiero decir sus nombres y los títulos de sus cuentos, para deleitarme
al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdós en_ La
novela en el tranvía; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de
Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre
novelesca, palpitante de rebeldía, de amor y de dolor de_ Viernes Santo,
_de la condesa de Pardo Bazán. Palacio Valdés, el maestro solitario, os
ofrece su novela_ ¡Solo!, _digna de la pluma egregia que trazó_ La aldea
perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la
novela contemporánea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es
una conmovedora y grácil narración de Unamuno, el espíritu más hondo,
más multiforme, el corazón más en carne viva de esta época de
inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las
ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emoción que
hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro
de una naturalidad encantadora_.

_José Nogales, el castellano artífice de la prosa, nos brinda_ Las tres
cosas del tío Juan, _el cuento a que debió su consagración. Arturo Reyes
fué un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre,
_lleno de gracejo, de ambiente, dueño de la dificilísima técnica del
arte del cuento. Como gratitud a la honda emoción estética que nos
dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra
de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_.

La epopeya de una zíngara, _de Joaquín Dicenta, es un jirón de realidad
salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo más personal de
este insigne dramaturgo español, todo pasión y violencia, que hoy, día
21 de Febrero, está encerrado entre las cuatro tablas hórridas de un
ataúd. ¡Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frívola
reseña, los periódicos dicen la muerte del autor de_ Juan José. _Fué un
gran corazón y un temperamento único, insuperable de artista_. La
epopeya de una zíngara _refleja fielmente el rico carácter emocional de
este escritor_.

_El artista de la crónica, Pedro de Répide, nos regala con su novela_ La
enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera
clásica de la novela del siglo áureo_.

_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irónica elegía
henchida de emoción dramática_.

_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y León nos hace
esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran éxito editorial. En los
volúmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de
lo más florido de la intelectualidad española_.

_Todas las orientaciones, todos los estilos, como guía del lector
quedarán grabados en estas páginas. Según sus afinidades, el que lea,
buscará después las obras completas de sus autores predilectos, La Casa
editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentación con el
mayor gusto artístico; no es sólo el estímulo comercial el que la guía;
acomete la empresa romántica de hacer lectores y de_ hacer _libreros
amantes del libro español. Los libros de grandes firmas, de bella
presentación y muy baratos tendrán millares de lectores que acudirán al
mostrador del librero, y éste saldrá de su éxtasis de fakir, y al par
que gana dinero aprenderá a tomar cariño al libro. Hay que hacer la
reconquista espiritual de América: antaño fueron los capitanes, ogaño
son los mercaderes de libros_.

_Hemos creído, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA
CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia.
Además, hasta hoy no había una colección con honores de Antología de los
cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para
lectura en las escuelas de párvulos, que acababa en Jovellanos y
Martínez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se había editado nada, que yo
recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por
lo menos diez florilegios por cada generación literaria_.

_En estas páginas daremos acogida, no sólo a los cuentistas españoles,
sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas
latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que
es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica_.

_En este primer tomo damos_ El Rey burgués, _de Rubén Darío, uno de los
grandes artistas_--_no de América ni de España, sino de la Humanidad y
de todos los tiempos_.

_Abramos la primera página de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma
despierta a la emoción del arte y recojámonos. La voz gloriosa de
Galdós, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente,
oid_...

_E. CARRERE_




La Novela en el Tranvía.

(GALDÓS)




LA NOVELA EN EL TRANVIA


I

El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar
todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de
tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales
intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la
imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante
¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba.
Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la
Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella
crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta
apretón de manos.

Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de
consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero
de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que
tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de
agilidad, el rechazo de su bastón.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no
por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de
bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni
a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y
científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato
y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que
el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud
de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que
en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque
siempre de índole rigurosamente honesta.

Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar,
si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la
prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el
trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan
hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos
y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado
iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de
hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar
los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Ibamos tan estrechos que me
molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le
ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a
sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo
en suerte colocarse a mi siniestra mano.

--¿Y usted adónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima de
sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado por
cuatro ojos.

Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato
sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo:

--Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanito ¿dónde está? con otras indagatorias
del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.

Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la
hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó
a desembuchar.

--¡Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos no
se vería en situación tan crítica.

--¡Ah! es claro--, contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo
de mi compasión a la señora Condesa.

--¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel
hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla!
Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una
determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los
mayores crímenes.

--¡Ah! ¡Sí es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su
indignación.

--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que
si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su
rostro que de allí no puede salir cosa buena.

--Ya lo creo, eso salta a la vista.

--Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer
excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no
comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y
llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose
honestamente aquí, y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo
mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que
la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus
locuras y se acabarán las penas.» Me parece que estoy en lo cierto.

--¡Ah! sin duda--, contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros
tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.

--Pero no es eso lo peor--añadió Cascajares, golpeando el suelo con su
bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar
celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
distraer a la Condesa.

--El marido tendrá la culpa de que lo consiga.

--Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;
todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre
abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.

--¿De veras? ¿Y quién es ese hombre?--pregunté con una chispa de
curiosidad.

--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha
apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!

--Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando
también el peso de mis iras sobre aquel hombre.

--Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la
Cibeles. Sí; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted
parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el
coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi
amigo, adiós.

Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de
darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el
sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.


II

Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando
en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo
en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a
punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que
es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme
aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco
tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas
de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por
la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas,
limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a
mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas
expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van
a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;
unos están alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de más allá ríe, y
a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo
pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja
al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin
decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y
éste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a
alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan,
quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto
de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y
salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones
de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen,
mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros!

¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de
pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos
antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos
salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les
echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;
examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos
verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo,
remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,
incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que
le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es
mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables
paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta
que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se
fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los
volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba
impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad; había leído
algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de
folletón hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el
principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer,
con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue:

«Sentía la Condesa una agitación indescriptible. La presencia de
Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orígen atrevíase
a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El
infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un
preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame
asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente señora.

»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y
agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para
despedirle.

--»No se asuste usía, señora Condesa--, dijo con forzada y siniestra
sonrisa, que aumentó la turbación de la dama;--no vengo a hacer a usía
daño alguno.

--»¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!--exclamó la dama,
dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder
a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la
indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas!

--»¿Por qué tan arisca, señora Condesa?--añadió el feroz mayordomo--. Si
yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera
imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a
aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas.
Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande
amor que ha sabido inspirarme.

»Al decir esto, Mudarra dió algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó
con horror y repugnancia de aquel monstruo.

»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y
patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la
boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial
concupiscencia.

--»¡Ah, puerco espín!--exclamó con ira al ver el natural despego de la
dama.--¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo
sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude
usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es
para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le
presento el papelito...

--»¡Infame!--gritó la Condesa con noble arranque de indignación y
dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a
tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser
despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad
a ese precio. Salga usted de aquí al instante.

--»Yo también tengo mal genio, señora Condesa--, dijo el mayordomo
devorando su rabia--; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco...
Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo
que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por
última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso
de hacer un disparate... con que señora mía...

»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos
tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dió
algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se
levantó de un salto gritando:--«¡No; salga usted! ¡Infame! Y no tener
quien me defienda... ¡Salga usted!»

»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa
que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dió un resoplido, hizo un
gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa,
trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió
las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación
inmediata y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas
y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la
imagen del monstruo.

»CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitación de la
Condesa, se dirigió a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa,
comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no
aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la
pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien
empezó a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con
febril ansiedad del modelo a la copia y por último después de gran
trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo la
carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Había
prometido a usted una entrevista y me apresuro...»_

El folletín estaba roto y no pudo leer más.


III

Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que
existía entre las noticias sueltas que oí de boca del señor Cascajares y
la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de
alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepín. Será una
tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa
señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual
no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para
aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse?
Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un
capítulo de sensación ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalbete de quien
hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín ¿qué hará?
¿quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo
daría por saber...

Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del
coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar
algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre,
cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra,
el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando
mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las
facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más
insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él.
Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas
surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos
hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos
revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como
los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el
aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de
meterse la mano en el bolsillo para pagar.

De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la
cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó
una carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que
decía entre dientes:

«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con
el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su
infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y
descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.
Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su
cartera.

El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas
cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,
convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado
atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás
coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos
por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se
les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.

Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya
existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su
repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y
salir, perdiéndose luego entre el gentío de la calle.

Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche
mudó por completo.

Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que
al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza
por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la
conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa
cierta y de indudable realidad.

Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme
pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no
queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista,
autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de
vengarse de la Condesa, ¡oh, infortunada señora! finge su letra y
escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y
lo de más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el
joven a la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido
cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: ¡oh
admirable recurso del ingenio! Ésto, que en la vida tiene su pro y su
contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el
amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina
está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada
venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que
insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras
de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un
desconocido.


IV

Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí
dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del
vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que
sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando
el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación
continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía,
barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy
acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la
contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y
guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome
alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos
hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.
Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y
expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían
en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia
adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro
de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder
ser nombrado.

Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito,
y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle y las casas,
los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviese con
rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaban más aprisa que
nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más
que los norteamericanos; corría con toda la velocidad que puede suponer
la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido.

A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que
iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un
instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares:
al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los
miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los
peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales,
algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de
forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud
de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban
sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes
monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas
de una hélice, tornillaban la masa líquida con su infinito voltear.

Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría
por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los
vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio:
las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina
tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro inundado
de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes
inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de amatista,
que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego por un
sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo
polvo de oro; más adelante, aquella polvareda que a mí se me antojaba
producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de
plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último, roja como
harina de rubíes. El coche iba arrastrado por algún volátil
apocalíptico, más fuerte que el hipógrifo y más atrevido que el dragón;
y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de
las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro
del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar
nunca; entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros
pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca,
Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos
ellos.

Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de
andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en
tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las
ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un
tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa!
La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que
escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste
y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba
acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante
ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como
la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y
expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta
y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y
arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su
traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil
veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa
figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas
en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental
había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo
convertiría pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dió un
grito de sorpresa y se levantó muy agitada.

--¿Qué es esto?--dijo--Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha
entrado usted aquí?

--Señora--contestó el que había entrado, joven de muy buen porte.--¿No
me esperaba usted?--He recibido una carta suya...

--¡Una carta mía!--exclamó más agitada la Condesa.--Yo no he escrito
carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?

--Señora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y
mostrándosela;--es su letra, su misma letra.

--¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!--dijo la dama con
desesperación.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...

--Señora, cálmese usted... yo siento mucho...

--Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá
sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la
voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al
poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y
después, riendo con cierta afectación, le dijo:

--¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a
acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el te.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su
perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que
entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y
desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a
pasar algo terrible.

Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad
aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole
sólo con monosílabos. Sirvió el te, y el Conde alargó a Rafael una de
las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró
aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella
todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas
variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras
menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reir
con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche,
y dijo:

--¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca
algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de
Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos,
ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la
miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus
ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levantó
dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la
aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el
piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a
las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los
centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al
principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez
de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y
temeroso como el _Dies iræ_ surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el
son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de
los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de
ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir
incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.

Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se
encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar
primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la
espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin
fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y
atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no
podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me
la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar
que el piano se tocaba solo.

El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el
piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía
encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque
tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de
sonar y la Condesa dió un grito.

En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí
violentamente y desperté.


V

En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado
caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.

--¡Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado
mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus
rodillas.

--Señora... es verdad... me dormí--contesté turbado al ver que todos los
viajeros se reían de aquella escena.

--¡Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted
molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--añadió la inglesa
en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su
cama _for usted_... _to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante
amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre
agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes
poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me
quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi
paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.
Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa
cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada,
al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme
de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como
ahora.

Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención
y escuché con toda mi alma.

--¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro.

--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la
mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como
siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la
peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos
que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué
imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las
teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un
puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al
instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel
miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte;
creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago;
fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin
sentido.

--Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó
el otro.

--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno
estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque
sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?

Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras
pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.

--¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.

¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.

--Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.

El joven se detuvo y me miró.

--¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán.

Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose
también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que
conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa,
que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros
diciendo:

--_¡Oooh! A lunatic fellow_.


VI

El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había
sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de
las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,
como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar
de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil
celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos
por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno.
¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de
la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven
en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer
que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que
había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma
lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La
suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo
resistir la curiosidad, le pregunté:

--¿Es de usted ese perro tan bonito?

--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?

Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia;
pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto
y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a
enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:

--¡Ooooh! usted... _unsupportable_.

--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la
nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber?

--Era de mi señorita.

--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.

--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, _¿verdá
usté?_

--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?

--De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...

--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te...
pues. Y diga usted, ¿murió la señora?

--¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.

--¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.

--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no
está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y
le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.

--Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del
veneno, o no quiere darse por entendida.

Después dije en alta voz:

--¿Con que fué de indigestión?

--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted
esos mariscos»; pero no me hizo caso.

--Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha
ocurrido.

--¿No lo cree usted?

--Sí... sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que
sacó el puñal cuando tocaba el piano?

La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias
barbas.

--¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente
enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente
son. Ya se ve: como habrá causa criminal...

--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo
Mudarra...

La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté,
diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y,
naturalmente, ocultará todo lo que pueda.

--Usted está loco--añadió la desconocida.

--_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _¡Oooh! ¡my Godi!_

--Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la
señora Condesa.

--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer,
riendo con más fuerza.

--¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La
Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.

En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje.
Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo
por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a
la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su
casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme
solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa
donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los
había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso,
esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de
Madrid.

No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez
me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé
había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.

Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a
partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa
sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su
lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como
la grana, exclamando:

--_¡Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi
fort it_.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de
lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le
contesté:

--Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros.
Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.
Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y
un hablar campanudo que imponía respeto.

No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a
los otros dos y dijo:

--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró
por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.

--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió
de una puñalada?

Los tres se miraron con sorpresa.

--De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y
huesoso.

--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije,
interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué?

--¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.

--Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No
es verdad que parece cosa de novela?

--¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de
nosotros.

--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.

--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado
varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa
murió de un pistoletazo.

--¡Válgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra,
a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere
bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.

--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad--manifesté,
juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,
convirtiendo en perra a la desdichada señora.

Ya preparaba el otro su contestación, sin duda más enérgica de lo que el
caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para
indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no
dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la
Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar
mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada
cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la
pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes
que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera
a explicar el enigma. Sentía yo una sobrexcitación cerebral espantosa, y
sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos
me miraban como se mira lo que no se ve todos los días.


VII

Aun faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel
viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su
señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de
fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el
pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda
corrían bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su
mujer:

Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir
don Mateo. ¡Desdichada mujer!

--¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. De
tales cafres ¿qué se podía esperar?

--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:

--Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta.

--¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?--dijo vivamente el de
las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.

--Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que
quieran hacernos creer que fué indigestión.

--Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?

--Lo sé, lo sé--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
loco.

--Luego usted irá a declarar al Juzgado; porque ya se está formando la
sumaria.

--Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a
declarar, sí, señor.

A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de
aquel suceso, mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que
es pluma esto con que escribo.

--Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a
los autores del crimen. Yo declararé. Fué envenenada con una taza de te,
lo mismo que el joven.

--Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza
de te.

--Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron a
inventar esos malditos!

-Sí, señor; con una taza de te.

--La Condesa tocaba el piano.

--¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre, interrumpiéndome.

--La Condesa, la envenenada.

--Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.

--Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.

--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.

--¿Lavandera, eh?--dije en tono de picardía.--¡Si también me querrá
usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se
dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la
señora comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que
yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé,
contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes
almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la
Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado
a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera
elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas
visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó
mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir
con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi
entendimiento, empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que
frente a mí tenía, miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa
luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y
exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal
de tantas infamias.--Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a
la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a
la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, a ese, al
asesino!

Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico
barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la
tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el
veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba
loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la
prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No
recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El
recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance fué el de haber
despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral,
producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de
enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de
la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el
antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado
comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.
Pero aun por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía
exclamar:--«Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en
mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a mano de tu
iracundo esposo...»

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad
a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda
la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico
ahora, ¿a quién creeréis? A mi compañera de viaje en aquella angustiosa
expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el
momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto
mayordomo.




El criado de Don Juan.

(J. BENAVENTE)




EL CRIADO DE DON JUAN

DRAMA EN UN ACTO


PERSONAJES

LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN

TENORIO--LEONELO--FABIO

EN ITALIA--SIGLO XV


ACTO UNICO

Calle. A un lado la fachada de un palacio señorial.


ESCENA PRIMERA

FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta
los ojos en una capa roja_.)

LEONELO (_saliendo_.)

¡Señor! ¡Don Juan!

FABIO

No es Don Juan.

LEONELO

¡Fabio!

FABIO

A tiempo llegas. Desde esta mañana sin probar bocado... ¿Cómo tardaste
tanto?

LEONELO

Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas... ¿Pero Don Juan?...

FABIO

La ciudad, toda, que no media, correrá de seguro llevando y trayendo su
persona. ¡En mal hora entramos a su servicio!

LEONELO

¿Y qué haces aquí disfrazado de esa suerte?

FABIO

Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las
rejas de la duquesa Isabel.

LEONELO

Nuestro Don Juan está loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama
virtuosa y no cederá por más que él se obstine.

FABIO

Ha jurado no apartarse ni de día ni de noche de este sitio, hasta que
ella consienta en oirle... y ya ves cómo cumple su juramento.

LEONELO

¡Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de
la duquesa no te han echado a palos de la calle.

FABIO

No tardarán en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha
ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto... el suyo quiero
decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el
palacio, y tomarás la capa y demás señales, que han de presentarte hasta
la hora de la paliza prometida... como al propio Don Juan.

LEONELO

¡Dura servidumbre!

FABIO

¡Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.)


CUADRO SEGUNDO

ESCENA II

Sala en el palacio de la duquesa Isabela.

LA DUQUESA Y CELIA

CELIA (_Mirando por una ventana_.)

¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero
delante de nuestras ventanas.

DUQUESA

¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de
mujeres bien fáciles habrá sido lograda... ¿Y ese es Don Juan, el que
cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra,
en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de
sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones
supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como
demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de
la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces
sonetos a lo Petrarca.

CELIA

Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte.

DUQUESA

Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva
recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi
estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola... La duquesa
Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don
Juan.

CELIA

Señora, ved...

DUQUESA

Conduce a Don Juan hasta aquí. No tardes. (_Sale Celia_.)


ESCENA III

LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.

(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.)

LEONELO

¡Señora!

DUQUESA

¿Quién? ¿No es Don Juan?... ¿No érais vos el que rondaba mi palacio?

LEONELO

Sí, yo era.

DUQUESA

Dos días con dos noches.

LEONELO

Algunas horas del día y algunas de noche.

DUQUESA

¡Ah! ¡Extremada burla! ¿Sois uno de los rufianes que acompañan a Don
Juan?

LEONELO

Soy criado suyo, señora. Le sirvo a mi pesar.

DUQUESA

Mal empleáis vuestra juventud.

LEONELO

¡Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueños!

DUQUESA

Camino muy bajo habéis emprendido. Salid.

LEONELO

¿Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?

DUQUESA

¡Insolente!

LEONELO

Supuesto que le habéis llamado...

DUQUESA

Sí, le llamé para que por vez primera en su vida se hallare frente a
frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama
como yo no tuvo más defensa contra él que evitar su vista.

LEONELO

Así, como a vos ahora, oí a muchas mujeres responder a Don Juan, y
muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron
altivas...

DUQUESA

¿Y Don Juan no escarmienta?

DUQUESA

¡Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la
desolación son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un
mensajero seductor, hermoso, juvenil... el peligro, eterno enamorador de
las mujeres... Evitad el peligro, creedme; no oigáis a Don Juan...

DUQUESA

Me confundís con el vulgo de las mujeres. No en vano andáis al servicio
de ese caballero de fortuna.

LEONELO

No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles
criaturas amantes de Don Juan. ¡Cuánto lloré por ellas! Mi corazón fué
recogiendo los amores destrozados en su locura por mi señor y en mis
sueños terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto... ¡Un
solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!...
¡Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus
enamoradas!... ¡Riquísimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto
a mí, pobre mendigo de amor!...

DUQUESA

¿Sois poeta? Sólo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el
pensamiento y la conciencia en desacuerdo.

LEONELO

Sabéis de los poetas, señora; no sabéis de los necesitados...

DUQUESA

Sé... que no me pesa del engaño de Don Juan... al oíros... Ya me
interesa saber de vuestra vida... Decidme qué os trajo a tan dura
necesidad... No habrá peligro en escucharos como en escuchar a Don
Juan... aunque seáis mensajero suyo, como vos decís que el peligro es
mensajero de la muerte... Hablad sin temor.

LEONELO

¡Señora!


ESCENA IV

DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.)

DUQUESA

¿Cómo llegáis hasta mí de esa manera? ¿Y mi gente?... ¡Hola!

DON JUAN

Perdonad. Pero comprenderéis que no he de permitir que mi criado me
sustituya tanto tiempo.

DUQUESA

¡Con ventaja!

DON JUAN

No podéis apreciarlo todavía.

DUQUESA

¡Oh! ¡Basta ya!... (_A Leonelo_.) ¿No dices que la necesidad te llevó al
indigno oficio de servir a este hombre? ¿Te pesa la servidumbre? ¿Ves
cómo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres
libre... y rico...

DON JUAN

¿Le tomáis a vuestro servicio?

DUQUESA

Quiero humillaros cuanto pueda... (_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para
Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo...

LEONELO

¡Vuestro amor!

DON JUAN

A mí te iguala. Eres noble por él.

LEONELO

¡Señora!

DUQUESA

¡Fuera la espada! Mi amor es tuyo... Lucha sin miedo. (_Don Juan y
Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.)

LEONELO

¡Ay de mí!

DUQUESA

¡Dios mío!

DON JUAN

¡Noble señora! Ved lo que cuesta una porfía...

DUQUESA

¡Muerto! Por mí... ¡Favor!... ¡Dejadme salir! Tengo miedo, mucho
miedo...

DON JUAN

Estáis conmigo...

DUQUESA

Se agolpa la gente ante las ventanas... ¡Una muerte en mi casa!

DON JUAN

¡No tembléis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron... A mi cargo corre
sacar de aquí el cadáver sin que nadie sospeche...

DUQUESA

¡Oh! Sí, salvad mi honor... ¡Si supieran!

DON JUAN

No saldré de aquí sin dejaros tranquila...

DUQUESA

¡Oh! No puedo miraros, me dáis espanto. ¡Dejadme salir!

DON JUAN

No, aquí a mi lado... Yo también tengo miedo... de no veros... Por vos
he dado muerte a un desdichado... No me dejéis o saldré de aquí para
siempre y suceda lo que suceda... vos explicaréis como podáis el
lance...

DUQUESA

¡Oh, no me dejéis! Pero lejos de mí, no habléis, no os acerquéis a mí...
(_Queda en el mayor abatimiento_.)

DON JUAN (_contemplándola aparte_.)

¡Es mía! ¡Una más!... (_Contemplando el cadáver de Leonelo_.) ¡Pobre
Leonelo!




Viernes Santo.

(LA CONDESA DE PARDO BAZÁN)




VIERNES SANTO


Fué el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entrañas
excelentes, quien me refirió el atroz sucedido, o, por mejor decir, la
cadena de sucedidos atroces, que apenas creería yo a no coincidir y
explicarse perfectamente por el relato del párroco las veladas
indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el país. Respetaré
la forma de la narración, sintiendo no poder reproducir la expresión de
la fisonomía ingenua y jovial del que narraba.

«Ya sabe usted--dijo--que, así como en Andalucía crece la flor de la
canela, en este rincón de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor
de los caciques. No sé cómo serán los de otras partes; pero vamos, que
los de por acá son de patente. Bien se acordará usted de aquel
_Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traían a Cebre convertido en un
infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes,
porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que está
que no puede con los calzones, como se la tenían jurada unos cuantos y
salvó milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado
irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, según
conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como él. ¡Ja,
ja...!

Faltando o poco menos esos dos pejes, quedó el país en manos de otro,
que usted bien habrá oído de él: Lobeiro, que en confianza le llamábamos
_Lobo_, y ¡a fe que le caía! Yo, si usted me pregunta cómo consiguió
Lobeiro apoderarse de esta región y tenerla así, en un puño, que ni la
hierba crecía sin su permiso, le contestaré que no lo entiendo; porque
me parece increíble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad,
se pueda vivir más sujeto a un señor que en tiempos del conde Pedro
Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que
agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun
más que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.

A veces me ponía a discurrir, y decía para mi sotana: este rayo de
hombre, ¿en qué consiste que se nos ha montado a todos encima, y por
fuerza hemos de vivir súbditos de él, haciendo cuanto se le antoja,
pidiéndole permiso hasta para respirar? ¿Quién le instituyó dueño de
nuestras vidas y haciendas? ¿No hay leyes? ¿No hay Tribunales de
justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada más que
conversación. Los magistrados están lejos y el cacique cerca. El
Gobierno necesita tener asegurada la mecánica de las elecciones, y al
que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A
los señores que se pasean allá por el Prado y por la Castellana, sin
cuidado les tiene que aquí nos am... ¡Ay! Tente, lengua, que ya iba a
soltar un disparate.

Pues volviendo al caso, Lobeiro, así para el trato de la conversación,
ya era un hombre antipático, de pocas palabras, que cuando se veía
comprometido, se reía regañando los dientes, muy callado, mirando de
través. No se fíe usted nunca del que no ríe franco ni mira derecho: muy
mala señal. La cara suya parecía el Pico Medelo, que siempre anda
embozado en _brétemas_. Lo único a que ponía un semblante como las demás
personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha
visto cosa más linda en todo este país. La madre fué en tiempos una
buena moza; pero la rapaza... ¡qué comparación! Un pelo como el oro, un
cutis que parecía raso, un par de ojos azules como dos estrellas...
¡Micaeliña! ¡Lo que corrí con ella el día del patrón de Boán! Porque a
la criatura la rebosaba la alegría, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba
de aspecto: se volvía otro hombre.

Sólo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en
que tenía cerca a la criatura. El resto del año, Lobeiro se dedicaba a
perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaño a éste y echar a
presidio a aquél. ¿Usted no ha leído el _Catecismo del labriego_,
compuesto por el tío Marcos da Portela, doctor en teología campestre?
Pues el tipo del secretario que allí pinta, el de Lobeiro clavadito:
criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de
vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor,
único alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo
que sucedía con Lobeiro; hoy hace una picardía, y le obedecen como uno;
mañana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro día un
millón, y como un millón se impone. Empezara por chanchullos pequeñitos,
de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas,
recargos de contribución, repartos _ad líbitum_, y lo demás de rúbrica.
Poco a poco, la gente aguantando y él apretando más, llega el caso de
que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando
de la cuerda su mejor ternero.--Andrés, ¿adónde vas con el cuxo? Feria
hoy no la hay.--¿Qué feria, ni feria, señor abad?--¿Pues entónces--señor
abad, por el alma de quien le parió no diga nada. Es para ese condenado
de Lobeiro, que me lo mandó a pedir, y si no lo entrego me arruina,
acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cárcel.--Y el pobre
hombre, cuando me lo decía, tenía los ojos como dos tomates,
encarnizados de llorar. ¡Ya comprende usted lo que es para el labriego
su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazón.

Sólo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no
por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satélites,
en cambio, bien se desquitaban. ¿Que si tenía satélites? ¡Madre querida!
Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejará de recordar que
cuando apareció en un monte el mayordomo del marqués de Ulloa, hace ya
algunos años, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo había mandado
matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido
llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo más del tiempo se lo pasaba en
Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredó Lobeiro, sólo
que mejoró el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo,
reclutó una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seña, sus
consignas, su secreto, sus estratagemas y su táctica, para verificar sus
sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros teníamos esperanzas
de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles,
mejoraría el estado del país y se afianzaría la seguridad personal.
¡Busca seguridad! ¡Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas
desde la restauración de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia
vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _¡Viva esto!_ los otros:
_¡Viva aquéllo!_ que república, que don Carlos... Eran ideas generales,
y parece que se tomaban con menos saña entre unos y otros. Hoy estamos a
quién gana las elecciones, a quién se hace árbitro de esta tierra... y
todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos
aquí: salgo de un soto y métome en otro... pero más obscuro.

Como íbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezó a ser el terror del
país. Tan pronto veíamos llamas... ¿qué ocurre? Pues que le queman el
pajar, y el alpendre, y el hórreo, y la casa misma al Antón de Morlás o
al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a
palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de más
allá... y cuando le preguntan quién le puso así, responde una mentira:
que rodó de un vallado o se cayó de una higuera cogiendo higos... señal
de que si revela la verdad, sentenciado está a pena más grave. Por
último, un día se nota la desaparición de cierto sujeto, un tal
Castañeda, alguacil; ni visto ni oído, como si se evaporase. La voz
pública (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se
le había opuesto en un amaño muy gordo. Se espera una semana, dos, tres,
que parezca el cadáver, o el vivo, si vivo está aún; nada. La viuda hace
registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los
puentes, recorre los montes... Ni rastro. Igual que si se lo hubiese
tragado la tierra. Y probablemente así sería. ¡Un hoyo es tan fácil de
abrir!

Este Castañeda tenía un sobrino, muchacho templado, como que allá en sus
mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no
separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita,
prefirió quedarse en el país y vivir cuidando unos bienecillos que le
correspondían de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era
un medio señor y medio labrador, y en el país, como todo el mundo tiene
su apodo, le conocían por el de _Cristo_. ¿Dice usted que un novelista
de Francia llama así a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo
inventará: yo no; tan cierto es, como que usted está ahí sentada y yo
refiriéndole este caso. En el apodo--atienda usted bien--está mucha
parte del intríngulis de mi historia. ¿Que por qué le pusieron ese
alias? No lo sé a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy
grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boán.

De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparición de su tío
Castañeda, no se calló como los demás, como la misma infeliz viuda, que
temblaba que después de suprimirle al marido le pegasen fuego a la
casita y la echasen en sus últimos años a pedir limosna. En las ferias y
en las romerías, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el
muchacho alzó la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranía de Lobeiro
y diciendo que el país tenía que hacer un ejemplo con él; cazarlo lo
mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban
criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decía que estas cosas
no suceden sino en el país que las sufre; que donde los hombres tienen
bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragón o Castilla ya le
habrían ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si
el cacique se le ponía delante, él, aunque se perdiese y dejase
desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la
fiera. Al pronto le oían asustados; pero como todo se pega, y el valor y
el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cólera, iba
formándose alrededor de Cristo un núcleo de gente que le daba la razón,
diciendo que por todos los medios había que descartarse de Lobeiro y
conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, ¡quiá! Lo que
nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que
empiece, y ¡zás! allá seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades,
y conforme pasaba tiempo y veían que de hablar así no se le originaba
perjuicio alguno, la algarada crecía, y el cacique, intimidado, en
nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la
cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron más de tres meses sin
sabérsele ninguna fechoría mayor.

El día de la feria grande de Arnedo, que es allá por el mes de Abril, en
Pascua, volvía yo a mi parroquia, después de pasar el rato bebiendo un
poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del
pueblo empareja con mi mula la yegüecilla de Ramón Limioso (usted le
conoce); el señorito del Pazo, un caballero cumplidísimo, y me pregunta
lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, ¿le ha visto usted en
la feria?--¿Cristo? No. No lo encontré... por ninguna parte.--¿Tampoco
en el mesón?--Tampoco.--¿A qué horas vino usted?--Tempranito: a las
siete ya andaba yo en Arnedo.--¿Sabe que me choca?--¿Y por qué ha de
chocarle?--Porque estábamos citados: él quería deshacerse de su jaco, y
yo le vendía mi toro, o se lo cambalachaba; según.--¡Bah! Cristo es un
rapaz todavía; aún no cumplió los treinta... ¡sabe Dios por dónde anda a
estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me
escama.--Aun vendrá, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de
la tarde no se deshace la feria.

Ramón Limioso meneó la cabeza, y volvió grupas hacia Arnedo. Ni me
acordé más del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegó el
primer rum rum de la desaparición de Cristo. El mismo misterio que en lo
de su tío Castañeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre
andaba como loca, pregunta que te preguntarás, de casa en casa; la
hermana salía de un ataque nervioso para caer en un síncope; la justicia
local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que así
y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de
una semana, lo que es aparecer, apareció... ¿Pero dónde? Metido en un
hórreo, hecho una lástima, en descomposición... Son pormenores
horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cómo la cosa
ocurriera. Yo vi el cadáver y me convencí de que no había exageración
ninguna en lo que se refirió después. Debían de haberle atormentado
mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mí se me
figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las
señales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron
un corte así en la garganta. El rostro, desfiguradísimo; sólo una
madre--¡pobre señora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante.

Sí, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que
usted guste... Pero usted también va a convenir conmigo. También va a
decir que todo ello es moco de pavo en comparación del último
refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar,
atormentar, se llama así, atormentar y matar y se acabó; ¿cómo se llama
el escarnio, la befa más inconcebible, el reto a Dios, que consiste en
lo siguiente: elegir, para dar tal género de muerte a ese hombre que la
gente apodaba Cristo... elegir... ¿qué día del año piensa usted?

_¡El Viernes Santo!_

       *       *       *       *       *

--Pecador soy como el que más--prosiguió el párroco de Naya con la voz y
el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno
de que Dios baje a estas manos; no tengo vocación de santo como el cura
de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de
Xabreñes; pero en semejante ocasión, al enterarme de la monstruosidad,
no sé qué hormigueo me entró por el cuerpo, no sé qué vuelta me dió la
sangre ni qué luminarias me danzaron delante de los ojos... que, vamos,
al pino más alto del pinar de Morlán me subiría para gritar: ¡maldición
y anatema sobre Lobeiro!--¡La plática que les encajé a mis feligreses el
domingo! Ni Isaías... fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me
asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego,
pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningún crimen
queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me
creyesen a mí, que a fe de Eugenio, nadie se quedaría sin su merecido, y
por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese más descuidado.
«Quien fosa cava, en ella caerá», me acuerdo que grité como un
energúmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabía yo
del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestí: sólo que en
aquel entonces de veras me parecía que así iba a suceder, que Lobeiro
estaba emplazado, y que la inspiración hablaba por mi boca. _Spiritus
ejus in ore meo_.

Poco a poco se fué acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La
madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso
luto, fueron el único recuerdo que quedó de la tragedia. En la gente
siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimía el
temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y
necesariamente el maldito, no teniendo la sartén por el mango, se
reportó en sus exacciones y sus iniquidades. El país respiró unas
miajas. El bando de Trampeta aleteó. Lobeiro, en el interregno, se
dedicó a una ocupación pacífica: reconstruir su casa, que era muy vieja,
y ya mezquina para las exigencias de su nueva posición; porque la
fortuna del cacique había crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de
comilonas y de tirar de largo, le metió en la cabeza hacer vivienda
nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra
sillar, magnífica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la
de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina
hermosísima... ¡Una casa para Orense! En el país se hablaba mucho de tal
edificio, y de la seguridad que ofrecía, y de las precauciones que
revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos
enemigos que tenía el cacique.

Enemigos, a miles se le podían contar; y sin embargo, como el hombre se
mantenía agachado, nadie se metía con él, temeroso de despertarle. El
gran alboroto fué el que se armó cuando de repente, sin que lo
barruntásemos ni poco ni mucho, se volcó la tortilla y subió nuevamente
al poder el partido de Lobeiro.

¡Madre mía! el terror que cayó sobre nosotros! Lobeiro otra vez
mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposición la
hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadáveres en
los hórreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allá por
las asperezas de algún pinar! ¿Quién respirar? ¿Quién dormiría
tranquilo? ¿Quién estaba seguro de no perecer martirizado?

Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirá: al contrario:
se hará cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar
estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a
veces, es el mejor agente del valor. Sí: por miedo se verifican actos
de heroísmo: por desesperación se realizan acciones que en estado normal
nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o
teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitación
y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para
arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto
quiero decir cómo, a las gentes de Cebre y sus cercanías, el propio
terror de caer en las uñas de Lobeiro les infundió una determinación
tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo
silencio y unión que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos.
Verá, verá cómo ocurrió la cosa.

Llegado el día de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boán, fuí yo
allá convidado por el cura, que es amigo. Se reunió una muchedumbre, que
era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus
calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca
falta en tales romerías. También andaban algunas señoritas muy
emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la más
bonita de todas, Micaeliña, que paseaba con la madre por debajo de los
robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece años: se
conoce que estrenaba vestido, y no cabía en sí de contenta: el vestido
era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquísima, un
disparate para una chiquilla así. La madre: «Micaeliña, no te
arrugues»--por aquí--y «Micaeliña, no te manches», por allá; y la
criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego
se cansó de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a
tirarme del balandrán. «Eugenio, ¿corremos?» Al principio fué a
remolque; pero al fin... este pícaro genio gaitero que tengo yo... me
hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo
como locos. Y cuidado que me daba no sé qué por el cuerpo ver a Lobeiro
allí, a dos pasos, con sus manos donde yo sabía que había manchas de
sangre fresca.

El diantre del cacique, cuando me vió tan divertido con la hija, me
llamó aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio,
hágame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar
muy bien Micaela en el colegio de Orense.»

--¿Y usted se separa de ella?--pregunté con asombro.

--Sí, hombre... Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contestó
él muy encapotado y a media habla.

Así que la familia de Lobeiro y los adláteres que siempre le escoltaban
se retiraron de la romería, le pregunté al cura de Boán, extrañándome
de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el
encanto de su padre. Boán me dió una explicación plausible:--«Eso lo
hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de
muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y
aunque él dice que conforme la construyó no es tan fácil pegarle fuego,
no quiere tener aquí a Micaeliña, porque recela alguna barbaridad.»--Ya
verá usted, señora, cómo efectivamente, no ardió la casa de Lobeiro.

       *       *       *       *       *

Yo dormí en la rectoral de Boán aquella noche. Se había empinado y
manducado muy regular, de modo que el primer sueño fué de piedra. Estaba
como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos
oídos, no doy a pie ni a mano. Con que figúrese lo que sería la
explosión, para que me incorporase en la cama de un brinco.

¡Puummm! ¡Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas,
buscando las cerillas y gritando por el criado:--¡Eh! ¡Ave María
Purísima! ¡Rosendo! Condenado, ¿duermes o qué haces? ¿Se cae la casa?
¡Jesús, Dios y Señor, misericordia!

Por fin encendí el fósforo, y cuando entró Rosendo todo aturdido, en
ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantó.

--Sí, ríase, que es para reir. Señor, no ría, que es pecado. Estoy que
se me _arrepian_ las carnes.

--Pero, ¿qué hay? ¿qué demonios pasa?

--¿Y quién lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido
mismamente el mundo todo de la tierra.

Escuché. Nada, silencio. Salí a la ventana. Ni señal de cosa alguna. Me
senté: estaba sano y bueno. El cura de Boán andaba por allí aturdido,
dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a
la cama. Cada uno decía su cosa, cuando ¡tras, tras! a la puerta... Al
señor cura de Boán, que vaya a dar los santos óleos y a confesar a
Lobeiro, que se muere... Boán está a medio cuarto de legua de la casa de
Lobeiro. El que traía el recado nos enteró de todo.

Mientras Lobeiro y su hija y sus satélites estaban de parranda, con
mucho tiento, al pie del balcón mayor, _habían_ depositado veintiséis
cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha
correspondiente. Hecho esto, retiráronse con tranquilidad, pie ante pie.
A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogió el cabo de mecha, le
prendió fuego y se apartó con mucha calma. De los veintiséis cartuchos,
sólo diez o doce se inflamaron. Pero fué todo lo preciso.

No salvó alma viviente. Entre los escombros de la casa yacían el cadáver
de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de
Micaeliña, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al
lado de su padre. El lobo aún vivía; fué el único que no pereció en el
acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja
difunta... Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo...
¡Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni
piedra... Con dinamita; corriente. ¡Con lo que sale!




El sencillo Don Rafael

CAZADOR Y TRESILLISTA

(UNAMUNO)




EL SENCILLO DON RAFAEL

CAZADOR Y TRESILLISTA


Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el
recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos
ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se
rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del
corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él sólo,
enteramente sólo. Sólo con su vida.

Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso
vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la
tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a
buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay
cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era
providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez
por creer en algo y no tener la mente vacía.

--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca
chica su ama de llaves.

--¿Y por qué me he de casar?

--Acaso no vaya usted descaminado.

--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas
solas.

--¡Y cuando menos se piensa!

--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en
ello...

--¿Cuál?

--La de poder morir tranquilo _ab intestato_.

--¡Vaya una razón!--exclamó el ama, alarmada.

--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen
las razones, sino el valor que se las da.

Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer
el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor
percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas.
El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una
criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya
el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que
me ha deparado el destino!, pensó.

Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera,
subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó
quedamente varias veces.

--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.

--Y eso, ¿qué es?

--Parece un niño.

--¿Parece sólo?

--Lo dejaron a la puerta de la calle.

--¿Y qué hacemos con ello?

--Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo!

--¿Quién?

--Los dos.

--¿Yo? ¡Yo, no!

--Buscaremos ama.

--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar
parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!

--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!

--En fin, usted manda.

Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto
el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera
que acababa de dar a luz un niño muerto.

--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves,
un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.

--A mí no--contestó con su sencillez característica Don Rafael.

--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a
criarlo.

--No--replicó Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la
madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle
disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del
niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un
dolor de tripas.

Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa
perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo
que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo,
entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a
que el gallo ronda.

--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora
Rogelia.

--Como hijo mío.

--Pero, ¿está usted loco?

--¡Qué más da!

--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen
sus verdaderos padres?...

--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no
busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar
es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que
haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la
Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así
podré morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede
forzosamente.

La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo
bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y
a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente
ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que
avenirse y concordar con el ama de leche.

Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo;
ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva,
luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso
paseando al nene para callarlo.

--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala
suerte con el ama, me parece.

--Como no vuelva a las andadas.

--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al
niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un
bausán de marca mayor a quien ya aborrece...

--No se fíe usted..., no se fíe usted...

--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una
pobrecilla...

--Hasta que vuelva a tener ocasión.

--¡Digo que lo evitaré!

--Pues como ella quiera...

--¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad,
la verdad es que...

--Sí, me la supongo.

--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!

Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde
un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo
y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna,
contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que
mamaba.

--¡Lo que es el hombre!--decía Don Rafael.

Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos,
iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca
rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban
la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los
dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el
serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre
los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él
un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al
hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.

--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol
mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le
entendiera.

Callábase a esto Don Rafael.

Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria
paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres,
cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía,
siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael
como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y
mecíasele aquel canto...

    que viene el cocóóóóó...

con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...

    a llevarse los niños...

que iba también durmiéndose...

    que duermen pocóóóóó...

entre las blandas nieblas de su pasado...

    ¡ah, ah, ah, aaaaah!

--¡Qué buena madre hace!--pensaba.

Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don
Rafael:

--Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?

--¡Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el
rostro.

--¡Sí, tienes razón, ya lo veo!

Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras
duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su
mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo
duerma allí...» «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez
acostumbrada--, ¡durmiendo!»

Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.

Por fin el médico dió por salvado al niño.

--¡Salvado!--exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a
abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.

--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al
niño que sonreía en floración de convalecencia.

--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.

--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo
que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a
Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del
mismo hijo, nos casemos y asunto concluído.

--¡Pero, D. Rafael!--y se puso en grana.

--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...

El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían
juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más
da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después
se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.

Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y
tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir
tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le
heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de
dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen
de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo!




¡Solo!

(PALACIO VALDÉS)




¡SOLO!


Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván
estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un
platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las
personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque
nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y
en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido
de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los
pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la
siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de
un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían
cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La
fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo
producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
enorme y maciza humanidad.

Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su
escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran
establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos
hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a
Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e
inteligencia; fué su primer dependiente; después, su asociado; por
último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo
matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer
sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas
madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la
Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a
menos poner los pies en Campizos.

Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué
dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el
mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo
permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda,
rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que
cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un
propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra
donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía
desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le
anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta «a sepultarse en
Campizos», decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso
coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año
siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico.--«O a Campizos, o a
ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?» Y los bigotes se le
erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras,
que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra,
rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el
frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:

--¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La
culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
delicada.

Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos
un caudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:

--¡Nunca lo creyera de Ramón!

Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo
honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían
a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo
fuése a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de
tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre
durmiendo la siesta donde acabamos de verle.

Despertóle de ella una voz bien conocida:

--Papá, papá.

Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído
en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que
hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días
que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
instrucciones de su médico.

--Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no
querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no
era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
los cuernos, y me pegó en la mano.

El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la
indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció
que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso,
y después de hacer una pausa cerró su perorata con una interjección de
carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole
con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le
regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y
alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender
que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.
Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que,
según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de
gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública,
¡¡¡se había dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!!

--¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los
cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!

Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las
mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber
recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido
darle pan.

--Hace poco tiempo que hemos comido.

--Hace mucho--dijo el niño con despecho.

--Bueno, ya te lo daré yo.

Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una
manecita.

--¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero
rasguño.--¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después.

Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres
en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata
triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole
perdón de haber sido causa de su disgusto.

--Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.--Ahora
nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres,
Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que
corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le
dijo con encantadora sonrisa:

--No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.

Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de
paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se
trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre
el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran
sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto
especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces
en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a
las vacas les tenía un «potito de miedo». A los carneros ya era otra
cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había
sentido por ellos más que amor y veneración.

--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.

Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo
en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó
que estaba cansadísimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercóle su padre a
un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la
mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por
último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía
«un potito miedo». Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba
con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo
recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y
hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al
menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al
gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una
valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos
ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de
casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle
por el rabo, como había formalmente prometido, pero el grave sultán del
gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando
feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de
Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su
padre.

--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó
éste riendo.

--Tú, tú...; cógelo tú, papá.

--Yo tengo miedo.

--No, tú no tienes miedo.

--Y tú, ¿lo tienes?

Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les
tenía «un potito de miedo».

Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios
sustos y vacilaciones logró que pusiera su manecita en el hocico de un
becerro. Mas ocurriéndole al animal sacar la lengua y pasársela por la
mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya
arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al
pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con
los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre
contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad
que nadie esperara de él. Mas a lo mejor de la operación, su papá daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito, tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él,
no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a
gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por
las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos
apasionados.

Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura
que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la
única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su
corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su
mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había
matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábalo con arrebato
y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos,
murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado.

--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu
papá? Di, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te
quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que
por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti,
trabajo y trabajaré hasta morir! ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me
haces, criatura!

El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía,
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que
pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara de su
padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un
soplo:

--Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo
digas, ¿eh?

Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.

Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el
reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al
río.

--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?

¡Cielo santo, qué felicidad!

Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre
le causaba algunas lágrimas porque no podía llevarle consigo a causa de
la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir
por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la
sombrilla.

El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo
término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este
manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.

Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a
todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de
los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropezóse nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una
influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y
lo volcó. ¡Cristo Padre, qué grito! Allá acudió Fresnedo corriendo, y lo
levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al
mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así
que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros,
porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la
cara.

Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó
en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que
saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó
contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunció a aquella caza difícil y se dedicó
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles:
_Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que la había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de
conocimientos.

Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para
bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que aún lucía vivo y ardiente. Allí gozaba
Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y
felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño
con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer
sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los
recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la
Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres,
deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped «reposando el
calor», y al fin se decidió aquel a ir despojándose poco a poco de la
ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela de las que
llegaban a sus oídos de Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:

--¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo:

¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo
cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando
se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la
cara de su «Chipilín», le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la
sábana. Pero Chucho no estaba conforme y empezó a gorjear, mientras
tiraba de la sábana con sus manecitas, «que su papá tenía pelo en el
cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...»

--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se
habla de eso. Los niños no hablan de eso.

--¿Y por qué no hablan los niños de eso? Fresnedo no contestó.

--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.

El comerciante quiso distraerle hablándole de otras cosas, pero Chucho
no acudió al engaño.

--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de
curiosidad.

--Porque no está bien--respondió.

--¿Y por qué no está bien?

--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.

Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.

--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta
que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las
tres!

Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había
colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió
un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

--¡Mira, Chucho! ¡Mira!

Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.

--Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.

--Verás ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niñez!

Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía
uno solo de sus movimientos.

--¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producían.

El niño guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.

--Vamos, di, Chipilín, ¿quién te quiere?

--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.

Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que
mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país
confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
dárselo a sí mismo.

--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?

¡Ya lo creo que quería!

¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los
animales acuáticos que a los terrestres!

Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo
maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subió a respirar.

--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.

--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.

--Quiero decir que ya la cogeré.

Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos
momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a
la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al
animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto,
y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente
asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía
súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un
tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplándole.

--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola,
tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?

--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.

El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y
con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes
había visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Metió el brazo
en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La
sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la
postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió
la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el
infeliz.

Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:

--¡Papá, sal!

El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más
energía:

--¡Papá, sal!

Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:

--¡Sal, papá, sal!

Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.

Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su
manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.
Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.
La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no
tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita
indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la
cola y suspenderla. Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría.
Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta
sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su
alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a
gritar, llorando:

--¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!

El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.

--Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lágrimas.

Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del
ganado o algún mujido lejano. El río seguía murmurando suavemente su
eterna queja.

Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se
durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al
poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de
dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:

--Tata, quero agua.

Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró
alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la
obscuridad que reinaba.

--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces...

La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella,
Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido
en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho
y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:

--¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!

La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.
¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento,
destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron
los que habían salido en su busca.




El Rey Burgués.

(RUBÉN DARÍO)




EL REY BURGUES


¡Amigo!, el cielo está opaco; el aire, frío; el día, triste. Un cuento
alegre..., así como para distraer las brumosas y grises melancolías,
helo aquí.

       *       *       *       *       *

Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras;
caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

       *       *       *       *       *

Era muy aficionado a las artes el soberano y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento,
hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los
criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres
batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en
su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el
bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.
Los perros, de patas elásticas, iban rompiendo la maleza en la carrera,
y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían
ondear los mantos purpúreos, y llevaban las caras encendidas y las
cabelleras al viento.

       *       *       *       *       *

El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos
antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera
llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados
leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A
más de los cisnes tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu
leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la
corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
amante de la lija y de la ortografía.

       *       *       *       *       *

¡Japonerías! ¡Chinerías!, por lujo, y nada más.

Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de
Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros
con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

       *       *       *       *       *

Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
y de baile.

--¿Qué es eso?--preguntó.

--Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.

--Dejadle aquí.

Y el poeta:

--Señor, no he comido.

Y el rey:

--Habla, y comerás.

Comenzó:

       *       *       *       *       *

--Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis
alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza
escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano,
la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad
malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma
de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de
las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde
espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que
me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado
vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
yambo dando al olvido el madrigal.

He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
de amor.

¡Señor!, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no
viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
íes. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
de ala como las águilas, o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un
Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.

¡Oh, la poesía!

¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el
ideal...

El rey interrumpió:

--Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso:

--Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
paseéis.

--Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un
manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza
de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al
poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín...,
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?
¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a
beber rocío en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le
picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas..., ¡lágrimas
amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y
su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un
pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín!

Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial, que le mordía
las carnes y le azotaba el rostro.

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía
alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los
brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de
anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
Champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría,
haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las
galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol
del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría
pantalones, sino manto de llamas de oro... Hasta que al día siguiente lo
hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
todavía con la mano en el manubrio.

       *       *       *       *       *

¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco; el aire frío; el día, triste.
Flotan brumosas y grises melancolías...

Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Hasta la vista!




Elizabide el Vagabundo.

(BAROJA)




ELIZABIDE EL VAGABUNDO


      ¿Cer zala usté cenuben
    enamoratzia?
    Sillau is hira eta
    guitarra jotzia.

      (CANTO POPULAR)

Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide
el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia:

--¿Qué pensará?--¿Vivirá satisfecha? ¡La vida de Maintoni le parecía tan
extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la
buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de
la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel
rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas, a
diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como
Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía
removiendo la tierra con su azadón filosóficamente.

--Es una mujer fuerte--pensaba después;--su alma es tan serena, tan
clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo
científica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la
seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte
en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su
casa.

Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las
cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irónico,
perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su
temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había
gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de
periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado,
allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna,
lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan
llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la
comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que
si nadie los recoge se pierden al fin en el mar.

Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma
huía de él muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar
una nube o una estrella para olvidar el proyecto más importante de su
vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier
otra cosa, sin saber por qué muchas veces.

Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como
Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto,
aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le
ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en
amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida
salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió
la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje
brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las
explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de
su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; montó a
caballo, luego en el tren; llegó a la capital, se embarcó en un
transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra
hospitalaria de América, se volvió a España.

Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a
su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fué a ver a su
nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló
en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había
hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo
recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de
insubstancial y de vagabundo.

El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su
huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para
andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba.

Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los
hijos de éste le desdeñaban, y por eso no iba a visitarles más que de
cuando en cuando; pero pronto vió que su hermano y su cuñada le
estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide
comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia.

La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente
aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de
una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde
obscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el
jardín estaba la botica.

La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la
pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas
estaban tapiadas.

Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no
habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia?
Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia
dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi
monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de
nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila,
sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta
caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.

La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos,
heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura
de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían
como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en
vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frívolas que son y por lo
pronto que se marchitan y se caen.

Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más
confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le
enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la
huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni,
que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo
guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron
fríamente.

--Vamos hacia el río--le dijo a su hermana la mujer del
boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.

Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel
largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las
varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río,
entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El
sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían
las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente
brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad
admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.

Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario
vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los
chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el
Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos
de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse
gran cosa con aquellas narraciones.

--Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?--le decían los chicos.

--Sí, vendré.

Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó
con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta,
con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le
abrazaban y le besuqueaban.

Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del
bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a
estas lecciones se agregó Maintoni.

Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado,
tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de
niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo
lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El
vagabundo la solía mirar absorto.--¿Qué pensará?--se preguntaba. Una vez
se sintió atrevido, y la dijo:

--¿Y usted no piensa casarse, Maintoni?

--¡Yo! ¡casarme!

--¿Por qué no?

--¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy
_nesca-zarra_ (solterona)--contestó ella riéndose.

--¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y
ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud.

Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir.

Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba
Maintoni.

--¿Qué clase de mujer es ésta?--se decía.--De orgullosa no tiene nada,
de romántica tampoco, y sin embargo...

En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una
fuente que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de
cristal por lo inmóvil. Así era quizás el alma de Maintoni--se decía
Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones,
la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor.

Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníanse toda la
familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fué éste tan exacto
como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al
anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de
Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más
íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se
mostraba más expansiva, más locuaz.

A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la
diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota
del pescante, se disolvía la reunión y Elizabide se marchaba a su casa
haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor
de Maintoni.

A veces, desalentado, se preguntaba:--¿No es imbécil haber recorrido el
mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita
de aldea? ¡Y quién se atrevía a decirle nada a aquella mujer, tan
serena, tan impasible!

Fué pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y
su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazabal como todos
los años.

--¿Tú también vendrás con nosotros?--le preguntó el boticario a su
hermano.

--Yo no.

--¿Por qué no?

--No tengo ganas.

--Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta
las muchachas vendrán con nosotros.

--¿Y usted también?--dijo Elizabide a Maintoni.

--Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías.

--No hagas caso, que no es por eso--replicó el boticario.--Va a ver al
médico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el año pasado le hizo
el amor.

--¿Y por qué no?--exclamó Maintoni sonriendo.

Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada.

La víspera de la romería el boticario le volvió a preguntar a su
hermano:

--¿Conque vienes o no?

--Bueno, iré--murmuró el vagabundo.

Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron
la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos
de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La
mañana estaba húmeda, templada; el campo mojado por el rocío; el cielo
azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en
estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazabal, un pueblo
en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres
calles formadas por caseríos.

Entraron en el caserío, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a
la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de
la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de
mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba
sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los
chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la
cabeza; tenía la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara
llena de arrugas y el pelo blanco.

--¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--preguntó la vieja a
Elizabide, encarándose con él.

--Sí; yo era el que estaba allá.

Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no
quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.

Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos,
disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y
después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la
mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni,
y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de
oficiosidades.

Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento,
que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida,
Maintoni le miraba mucho a Elizabide.

--Es para burlarse de mí--pensaba éste.--Ha sospechado que la quiero, y
coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez
conmigo.

Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile.
El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella
seguía mirando a Elizabide.

Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el
_aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a
la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se
destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las
boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina
del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que
sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba
fúnebre.

--Anda, no seas tonta--le dijo su hermana.

Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de
una edad primitiva y heroica. Concluído el _aurrescu_, el boticario sacó
a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni.

Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué
pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la
familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.

A lo lejos, entre los montes, se oían los _irrintzis_ de los que volvían
de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras
brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos
lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.

De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que
se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:

_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_.

A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba
indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al
formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia.
De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y
empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra
los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella
reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre.

--Y usted, ¿por qué está tan triste?--le preguntó Maintoni con voz
maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.

--¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las
alegrías de los demás.

--Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con
sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que
pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación.

--No, no soy malo--murmuró Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre
inútil, como dice todo el pueblo.

--¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?

--Sí, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse
otra vez a América, ese es un temor grave.

--¡Marcharse! ¿Se va usted a marchar?--murmuró Maintoni con voz triste.

--Sí.

--¿Pero por qué?

--¡Oh! A usted no se lo puedo decir.

--¿Y si yo lo adivinara?

--Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy
viejo...

--¡Oh, no!

--Que soy pobre.

--No importa.

--¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted?

--No; al revés.

--Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?--murmuró Elizabide el
Vagabundo en vascuence.

--Siempre, siempre...--Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de
Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña.

--¡Maintoni! ¡Aquí!--le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se
volvió a mirarle una vez, y muchas.

Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En
derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los
astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones
inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una
estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...




La epopeya de una zíngara.

(DICENTA)




LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA


El sol caía a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos
oficiales de Castilla en cuyas lindes busca inútilmente el viajero un
árbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos
agostados, planicies incultas, áridos y desiguales montículos, mucha luz
en el cielo y poca alegría en la tierra: he aquí el espectáculo ofrecido
por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de
frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por
alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzándose de entre los
rastrojos, cruzábanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de
gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo,
que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del
sol.

Tarde calurosa de Agosto, que convertía en inhospitalario desierto el
camino y los campos que lo circundaban, era aquélla; y perdida en este
desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmósfera, asfixiándose
con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, veíase una
pequeña y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y
amargura en el corazón de quien la mirase atentamente; pero los hombres
suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni
otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces.

Constituían la caravana una mujer, un burro y tres niños.

La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y
de polvo, moviéndose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para
respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus
brazos a un niño de pocos meses, envuelto en un jirón de lienzo
remendado y sucio; el niño estrujaba con sus manecitas el pecho de la
madre, y tiraba de él, sujetándolo con sus labios, para extraer el jugo
que generosamente le ofrecía. La mujer era joven, y hubiera sido también
hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios
rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo
entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y
envejecido, curtiendo su cutis, arrugándolo prematuramente,
enflaqueciendo sus carnes y enmarañando su cabellera, que se pegaba
entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser
bella; pero de su belleza no queda más rastro que el de sus pupilas,
expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de
su hijo.

Detrás de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de
vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo caído y
las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga única dos anchos
alforjones que caían a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos,
sobre un montón de trapos y papeles, iban dos niños, que se servían
mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues
mientras el más joven dormía con la cara echada hacia atrás, la sonrisa
en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco años,
retorciéndose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos
muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraía sus labios a
impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella
atmósfera de plomo.

¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Por qué atravesaban el estéril camino
con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los
individuos de aquella caravana?

¿Quiénes eran? Una familia de zíngaros huérfana de padre, que recorría
Europa implorando la pública caridad. ¿De dónde venían? Del inmediato
pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para
llenar su cántaro vacío, porque los aldeanos la habían amenazado con
golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la
gitana, si no partía inmediatamente de allí, sin alimento, sin agua, sin
reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho
exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz
mujer, amedrentada, sola, sin sostén, sin ayuda, abandonó la aldea y
prosiguió su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en
cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavándolos
después, con expresión amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del
que sólo podía distinguirse la torre de la iglesia destacando en el
espacio su contorno gris.

       *       *       *       *       *

El niño enfermo, incorporándose trabajosamente sobre la alforja que le
servía de cama, extendió sus brazos en dirección de la joven, y dijo con
voz débil:

--¡Madre!

La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al
sitio que ocupaba el muchacho.

--¿Qué quieres, hijo mío?--murmuró, dejando al niño de pecho junto a su
hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.

--Agua--respondió éste.--Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema
aquí!

Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.

--¡Agua!--gritó la madre con espanto.--¡Agua!... ¿Dónde encontrarla,
hijo?

--¡Agua!--repuso el niño.--¡Me muero de sed!...

Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con
miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida
y rompió en sollozos.

Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que
dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en
vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no
quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el
cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los
campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en
fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a
la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu
hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y
la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera
y ademán de loca:

--¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua,
hijo mío?...

¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto.

De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro
pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta
cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso
estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven
golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles;
nadie vino en su auxilio tampoco.

Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y
cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro,
recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela
llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la
cegaban la sorpresa y el júbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido
por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con
el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos
y brillantes.

Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó
la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso;
uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un
instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el
brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se
puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los
dientes.

No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno
de agua.

--¡Ah, tú también!--gritó la zíngara contemplando a su adversario con
rabia.--¡Pues no lo tendrás!

Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín.

Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas
delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La
zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse,
frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su
enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal
arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados
colmillos.

La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos
combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y
procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en
los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa
garganta del mastín...

De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de
espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado.

Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones,
dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres
heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban
tres hilos de sangre.

Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo;
cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin
cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos,
ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos
del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con
sonrisa alegre y voz cariñosa:

--Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío!




Los tres Reyes de Oriente.

(RICARDO LEÓN)




LOS TRES REYES DE ORIENTE


Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin
villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni
albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde
en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga
pesadumbre en el aire gélido y sonoro.

Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana.
Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se
adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de
robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las
tinieblas.

Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana
vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el
aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir
del corazón en las entrañas.

Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como
una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas
sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas
semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la
tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.

Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...

       *       *       *       *       *

Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se
tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la
guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la
Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con
el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames
hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios
en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...»

Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los
rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las
muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones
innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media
luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el
casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de
nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal.

Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se
conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean
los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la
hoz.

       *       *       *       *       *

La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico.
Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en
la noche.

A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres
peregrinos viajeros.

Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos,
la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y
de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la
túnica un rico manto de armiño.

El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios
gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos,
en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores;
rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de
rubíes; el manto, azul.

Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante
el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy
rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los
dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un
vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la _xema_ o
toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta
de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño
de oro y esmeraldas.

Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán.
Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno
de pródigos caudales.

       *       *       *       *       *

Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas
y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire,
obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un
haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto,
una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega
por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes
peregrinos.

Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un
ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad,
cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.

El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y
envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su
habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados
de banderitas y alfileres.

--¿Quiénes sois vosotros--dice arrogante el general--que así os atrevéis
a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no
puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois
vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con
armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué
razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a
los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde
venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo
sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo
inexorable de nuestra ley marcial...

       *       *       *       *       *

--¿No me conocéis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy
del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos
de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de
los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan
a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y
desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas
crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo
inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los
jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave,
sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de
Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de
Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del
Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...

--Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris,
de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de
las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los
osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun
fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y
Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi
tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de
Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de
reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje
también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos
cargados de riquezas...

--Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las
aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes,
al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los
cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras
bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a
la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el
camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la
de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano;
bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y
marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos,
mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños
cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de
Jesús...

       *       *       *       *       *

Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones
de los Reyes Magos.

--Por fuerza sois--dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al
general--unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño
en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y
de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego.
La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que
destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y
de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño
de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal
de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra
la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados
que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo
reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús,
abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el
fusil, un fusil de _veras_ que acierte a dar en un corazón. Ya todos
saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos
misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de
ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y
reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El
acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a
los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas...
Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y
desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun
recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a
vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo,
entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras
tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se
oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres
francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que
se matan por la justicia y el derecho.

--Idos, sí--confirma el general,--pues a lo que veo sois hombres de
bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y
tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras
tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar
vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...

Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén,
se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a
este mundo por todos los siglos de los siglos.




Las tres cosas del tío Juan.

(JOSÉ NOGALES)




LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN


Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía,
y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las
solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y,
de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre,
medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos.
No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación,
y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el _Plantao_, padre y
señor natural de la dama requerida.

El ilustre linaje de los _Plantaos_ distinguióse desde muy antiguo
tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y,
de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un
clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar sentíase
cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan
saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba
de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos.

No hubo más remedio que pasar el Rubicón... y tirarse de cabeza en
aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había
dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el
genio, era bastante.

--Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios
quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que
lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaños del
alma.

--Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres
decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque
yo también soy _plantá_.

Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminóse Apolinar a
la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus
sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado
de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la
bodega enredósele un manojo de telarañas en el _bombín_, y tragando
saliva entró en la obscura pieza.

--¡Tío Juan; eh, tío Juan...!

--¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.

Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado,
con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más
que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba,
parecía un oso polar.

--¿No se figura usted a lo que vengo?

--A tomar un jarrillo.

--No, señor; a tomar un parecer.

--Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin
hombre.

--Con esa licencia... no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un
pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí
que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué
le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho
camino.

Dióse tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las
espaldas, fué a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en
las manos, como quien echa el _Dominus vobiscum_, se abrió de brazos,
diciendo:

--Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de
soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de
alumbradores y que Dios sea con todos.

Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel
escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en
terreno firme.

--Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para
el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del
otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han
de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la
simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este
negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer
tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir
con viento fresco y levantar la parva.

--Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo.
Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me
mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero,
según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero
que ya le he dicho.

--No soy tan bárbaro para mandar lo que está fuera de las fuerzas del
hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son éstas: que me
traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al
romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me
quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer,
véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los
corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la
palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con
sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.

--¿Nada más?

--En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.

--Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa,
porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.

Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en
una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel
jirón de telarañas que se pegó en el sombrero.

--¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas
preparando, que tenemos que abrir un surco.

--Qué tonto eres. ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced
algo repuntado y que el jarro habló más que las personas.

--Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas
humanas. Verás qué labor más dulce.

--¡Pero qué borrico te has vuelto!

       *       *       *       *       *

«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin
quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de
ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una
preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no
sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia,
fuése con los cavadores a su majuelo, _a matar el tiempo_ hasta que el
estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:

--Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar
los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.

--¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!

Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y
enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los
palomos cogen pajitas para hacer el nido.

--A ver yo...

¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón.
Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de
cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de
risa.

--Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas
no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos
remojones de sudor.

--¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro...

Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:

--Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcáis de mí
si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez
tronco de olivo y vara de mimbre.

Aquella fué una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán
gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron
coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al
ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa,
con que apareció entre las brumas de la mañana, sino otra muy grave,
casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que
riega el terrón y fecundiza el mundo.

Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:

--¿No has visto la sementera?

--No.

Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en
pleno campo.

--Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo
Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera
temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.

Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella
sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde
y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo; regocíjate, o no eres hombre!

Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa
fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas.

--¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y
quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo
y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los
campos!

Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra
era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad
la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el
caso.

--Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la
tierra: un trabajador. Según le eches, así produce.

Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el
amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que
posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina,
brota, crece y se reproduce.

--¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy
a echarme al campo como una fiera.

--¡Al campo, al campo! Esa es la ubre... ¡Si vieras a cuánto gandul
mantiene el campo!

--Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fuí. Ya soy otro. Me duelen los
pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tiraré este apestoso
_bombín_ y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de
cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo,
y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba
sin doblar los corvejones.

       *       *       *       *       *

No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las
manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le
engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba
conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el
jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos
roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida,
y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y
compromiso, volvió a ver la claridad del naciente día, y otra vez
cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó
como lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y
agradecimiento.

Y un día tras otro se fué curtiendo al sol y al aire, y mientras más se
endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.--Como
la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la
capitana. ¡Qué suerte de hombre!--Este era el tema de conversación entre
la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había
formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para
la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de
empuje, estimulados con su ejemplo.

Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los
habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos
azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento;
las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas,
tendían al sol una espléndida gasa de oro verde... y los viñedos
extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor
tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante.

Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía
puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de
los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de
alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo
y de la tierra.

No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera
pasarlo con la chaqueta puesta.--Me ajogaría.--Y por parecerle esta
razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría
su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual
se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró
Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su
dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos
por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la
gula.

--Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.

--Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.

--Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.

Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas,
que tiró al suelo.

--Tío Juan, eche usted cuenta.

Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor
que le caía sobre el pecho como una llama.

--Si usted quiere, me la como.

--No tienes que comerla. El toque está en trincarla.

--Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya
está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí
no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como
que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!

--Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a
este bruto.

El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.

--Tío Juan, ¿de veras que es para mí?

--Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo
tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.

--¿Entonces?...

--No seas borrico--dijo Lucía.--Padre quería que madrugases; si no
madrugas, no me abrazas.

Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor,
de fortaleza y de ventura.

--¿Sabéis lo que soñé esta noche?--dijo el tío Juan.--Pues que yo era el
Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una
gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos
relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro....

Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella
serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro
sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban
bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas
parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la
raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana.




La enamorada indiscreta

(PEDRO DE RÉPIDE)




DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS TORRES

_Al Autor._


              SONETO

      Saludo a ti, señor, en el Parnaso,
    como a un divino hermano de las Nueve.
    La brisa suave que tu plectro mueve
    agita con sus alas el Pegaso.
      El más sabio varón de Halicarnaso
    no fuera nunca en tus elogios breve.
    Hay una diosa que en tu frente llueve
    celeste luz a su celeste paso.
      De la Helicona la preclara linfa,
    te dió a beber con plácido secreto
    en áureo vaso extraordinaria ninfa.
      Bienhayan tus decires y cantares,
    por ti miran laureles del Himeto
    las riberas del grato Manzanares.


DEL AUTOR

_Al licenciado Alonso de las Torres._

              SONETO

      Dolor de los amores que se mueren
    y son en nuestras almas enterrados.
    Dolor de los puñales bienamados
    que ya más no nos buscan ni nos hieren.
      No en estos melancólicos narrares,
    el fausto busques de la pompa loca.
    Yo cambio ese laurel de los cantares
    por la rosa del beso de una boca.
      Es el dolor mayor de los dolores
    el deshojar la flor de unos amores
    en el jardín do fuimos sus cautivos.
      Añoranza de fuente en el desierto.
    Dolor de los amores que no han muerto,
    y Dios nos manda que se entierren vivos.




PRIMERA PARTE

CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ
LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.


En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento
de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara
historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los
designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así
saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no
pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.

Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al
delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir
a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué
el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su
pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos,
como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux
de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más
codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese
poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en
este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa
donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a
las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que
en ella moraba.

Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes
de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino,
hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de
Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija
Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca
que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el
hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las
mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata
parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su
padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y
otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y
siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en
cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija;
las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los
guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que
llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros
del oro.

De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la
seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella
joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni
cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para
esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra
que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y
hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy
obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de
nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy
asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y
siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas
tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo
príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro
Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de
hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que
tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César.

Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de
San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia
y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía
alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si
la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del
italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después
nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado
su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna
Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como
Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus
bodas.

Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento
de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el
arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han
hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la
mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en
ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes
franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella
a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio,
donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo
del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con
liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y
tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un
congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida
sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y
su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos.

Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una
tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de
gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas
talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra
del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro
andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto
desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra
de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula
un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba
allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de
humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego
como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque
costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de
cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero.
Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el
joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un
príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que
asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su
continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de
viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego
la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la
carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras
hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba
escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso
continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca
experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de
caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo
el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y
el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto
subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la
suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse
ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en
plática y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Zúñiga--dijo el del
caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no
tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de
Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los
negocios ni los placeres, sino un gran pesar.

--Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmán.
Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi
peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os
descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.

--Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me
obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo--contestóle don
Diego.

Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que
hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos
al siguiente día para visitar la ciudad.

No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse
los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa
aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con
unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una
finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho.
Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como
devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera
dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la
misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias
y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de
venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media
mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar
ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero
admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo
lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por
su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios
corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y
blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor
en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el
aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos
señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.--Son--les
contestaron--el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano
Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois
forasteros al no conocer a tan visibles personas!

Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando
ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven,
prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a
petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el
reposo de la siesta.

Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a
solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a
llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.--Malhaya mil
veces, Marcos amigo--le decía--, malhaya mil veces la hora en que nos
partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me
pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres
y sin el asilo de mi tía la priora.

--Sosegáos, señora mía--respondió el escudero--que aína os turbáis y me
dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si
ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil
disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí,
pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os
espera la paz del monasterio.

--¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como
esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo
cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y
en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el
novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me
valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de
nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la
salvación de mi alma.

--Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal
pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?

--Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más
que cien doctores.

--Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el
tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.

--Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo
para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra
historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has
parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en
la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado
a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del
corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.

Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas.
Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y
sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama
cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa
ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso
cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:

               SONETO

      Sabio lunar que colocarse supo
    tan sabiamente en el redondo seno.
    De orgullo le supongo y gozo lleno
    por la preciosa suerte que le cupo.

      Es flor de tal jardín, él es el astro,
    astrolabio, astro mago, guía y norte
    de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte!
    Planeta de ese cielo de alabastro.

      Atrae por quemar. Fuego de Neso.
    Imán de la mirada. Imán del beso.
    Para encender los labios con su llama,

      y que la apague al recibirlos luego,
    lago que apaga de la antorcha el fuego,
    los verdes ojos de la rubia dama.

No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don
Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que
él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que
caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos
y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de
Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero
cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo
turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba:

          CANCION
    Amor de yo no sé dónde.
    Pasión de yo no sé cuándo.
    ¡Qué necio es lo que se esconde,
    si el alma lo está buscando!
    No el severo pensamiento
    me distraiga de mis cosas.
    ¿Acaso medita el viento,
    y acaso piensan las rosas?
    Viva la bella locura
    que habla al sol en la pradera,
    y corre por la llanura
    cabalgando en la quimera.
    El sol que en la tarde muere
    vuelve a nacer otro día.
    Quien de nosotros muriere
    a nacer no volvería;
    día en que no hemos amado,
    día es que habremos perdido.
    ¡Oh, amores que ya han pasado,
    y amores que aun no han venido!
    Llegue a leer tu mirada
    mi dulce libro secreto.
    Sin ti la vida no es nada.
    ¿Qué sería el Paracleto
    sin Heloísa? ¿Qué fuera
    Valchiuso sin el Petrarca?
    ¿Por qué la encantada barca
    en vano en el lago espera?
    ¿Para quiénes la ribera
    tiene su sombra y su flor?
    Jardines de primavera,
    ¿qué seréis sin el amor?

Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la
relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el
de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción.
Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la
abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos
tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de
la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las
vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula
para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que
por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su
desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias
del amor.

Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía
siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la
ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad
extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando
departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su
interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que
le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan
certísima historia.




SEGUNDA PARTE

SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE
TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.


--Quiero, amigo don Diego--empezó diciendo el de Guzmán--, ya que sois
el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito
de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que
he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por
natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado
nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la
condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente.

--¿Ya la habéis visto?--preguntó casi temblando don Diego.

--Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que
vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo
Aldobrandino, primate de este ducado.

Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y
declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió,
refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el
rostro demudado y casi balbuciente el habla.

--Murió mi padre hace tres años--concluyó don Miguel--y he venido yo
solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el
lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de
vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una
gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de
Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién
soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su
esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero
si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la
inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga
conmigo a mi palacio de Sevilla.

De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la
misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo,
que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos
músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz
el siguiente:

              SONETO

      Amor es, Filis, brisa perfumada.
    Ola de un mar de encanto. Golondrina.
    Es algo que va y viene. Peregrina
    canción que en la espesura canta un hada.
      Ha tenido el jardín fulgores raros
    como luz de un espíritu que pasa,
    y ese fuego he sentido que me abrasa
    al resplandor de vuestros ojos claros.
      La luz y vuestra sombra se perdieron.
    Amargura y dolor permanecieron.
    Al bosque y a las almas vuelve el frío.
      La fuente gime con gemir sonoro.
    Llorando está el jardín sus hojas de oro
    porque han muerto las flores y el estío.

Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y
asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los
amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo
inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy
discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la
calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por
vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había
salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de
tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les
enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable
contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata,
habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy
celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser
la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y
músicos.

Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan
grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al
otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar
con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:--Garrido es el
soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera más mozo
pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y
sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme
de balde con mi señora. Válame Dios.

--Miren el orejoncillo con faldas--contestóla Marcos--que en mi tierra
la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y
con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con
una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San
Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué
llamada por Renata.

--¿Sabes--preguntóla ésta--quién puede ser uno de los galanes de la
música de anoche?

--Yo tengo, hija mía--repuso la dueña--tan poca vista para la malicia,
que no acierto en esas cosas.

--Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la
hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme
aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte
quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias,
que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador
de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene
mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no
me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de
sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.

Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que,
sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un
amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó
a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción;
pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las
artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso
Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar
acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué
concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió
libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con
ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman.
Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un
caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la
dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla.
Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre
principal.

Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y
billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al
tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la
pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo
el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por
los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar,
lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación
unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de
Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del
caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera
fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y
cristiana como ella era.

Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de
noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república
de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los
sucesores de Alfonso de Este, _divi Hércules filius_. Como era natural,
tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y
Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno,
invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que
allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a
poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los
jardines ducales la noche de la fiesta.

Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles
señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de
músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de
caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el
tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.

Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con
profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras
preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines
de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores
cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera.

Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse
sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla,
tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del
Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de
Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de
Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán,
y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de
caballeros leales a sus reyes.

Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de
álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles
estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde
terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos
anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés
que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que
llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un
brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su
mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de
poesía y donosura, que decía así: _Galeote soy de amor_.

Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado
de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han
salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino
al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en
la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la
presenciaba.

Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa
vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse
luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles
amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban
sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la
espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia
lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre
parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus
cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran
concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se
siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos
con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con
el duque Lionel de Inglaterra.

Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función.
Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como
líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos
años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que
presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da
tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy
luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el
tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo
aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que
unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas.
No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba
representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su
ánima cuitada.

Comenzóse la representación por una loa que se titulaba _El triunfo de
la prudencia_. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del
país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era
sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto
tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: _Gran
caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula
verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por
Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en
letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción:
Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita,
dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz,
sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia,
escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal
recibido.

Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada
contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los
consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de
armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia
con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor
general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego
sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas
haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron
rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo
sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no
cediera en elegancia al mismo Fracastor.

Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el
senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan.
Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe
de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así
decían sus decires:

RICARDO

¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de
todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere
gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.

LUCRECIA

Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una.
Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os
llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León.

RICARDO

¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro
de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que
adornan el turbante del señor soldán de Babilonia.

LUCRECIA

¿Vos no sabéis la historia de la Tabla Redonda?

RICARDO

El rey Artús era mi abuelo.

LUCRECIA

Aún me parece a mí poco linaje el vuestro. No vayáis a Tierra Santa,
pero traedme la copa donde bebió Nuestro Señor en su última cena. Está
tallada en una piedra que saltó de la diadema del demonio. Guardóla el
rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro caído en
liviandades la perdió. Rescatóla el príncipe Parcival, padre del
caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas,
quiero que bebamos licor de la vida en ese cáliz. Ricardo, id al
Monsalvato y traedme al Santo Grial.

RICARDO

Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de
Chipre. Inerme acudiré. Rendiros he mi espada.

(Aquí desceñíase la espada del tahalí, la cual era recibida por
Lucrecia, que besaba su pomo.)

LUCRECIA

Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.

(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)

¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era
dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo,
todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os
aparte la rosa de la rama.

RICARDO

¡Ay, el viento de la muerte!...

LUCRECIA

No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores.
Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa.
Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la
arrastren deshojada los vendavales.

(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz
sobre el estrado.)

Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron
sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena,
juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para
aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se
le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que
si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta
secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad
llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego
no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido;
pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su
verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de
manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande
algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines
mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el
brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia,
retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos
jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.


TERCERA PARTE

DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA


Habló D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y éste
aconsejóle que pusiese cuanto antes término a tan enojosa aventura. Pero
no bien habían andado algunos pasos, cuando Lisarda entregó a D. Diego
un billete en que Renata pedía el hablarle sin falta aquella misma
noche y con grande urgencia. Determinóse don Diego a acudir al
llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero,
siguió a la dueña, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vióse de
pronto en una estancia suntuosísima con tapices de tan raro gusto y lujo
por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que más llevaban
a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y
ámbar, hacía oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente.
Levantóse uno de los tapices y apareció Renata ataviada con el mismo
vestido carmesí y la gorguera de batista finísima, y las mismas preseas
que en la fiesta, pues tocábase con la _lenza_, que es como llaman en
Toscana a la diadema que llevan las damas próceres, y traía sobre su
pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto
el pavimento con una pérsica alcatifa de tal modo, que los perlados
chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no
advirtió su presencia hasta tenerla junto a sí. Y fué notable su
maravilla cuando la vió caer de rodillas ante él y con mil protestas y
juramentos solicitarle que sin pérdida de tiempo mostrara a su padre la
calidad de su persona y cómo podía ser digno esposo de su hija, para que
la pidiera en matrimonio. Llegó la desventurada en su desvarío a
pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se
siguiera el escándalo, el mismo padre acudiría con el clérigo para los
desposorios. Y esto decía aquella niña criada con tal cuidado y esmero
en el santo temor de Dios por el más severo y amante de los padres. Que
a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego
amor, ministro del infierno y arma de Satanás.

--Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que
las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella
cuando se acercan demasiado.

Arrojóse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Zúñiga
no la mostrara la gravedad de su disparate; pero conteniéndose y dejando
el fin de todo para el siguiente día, desprendiéndose de ella y con la
promesa de volver a la otra noche ganó la secreta escalera y se puso en
salvo.

Apenas tornóse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirióle punto
por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a él
como Renata, pues la dama española consideraba todo aquello como una
prueba a que el Señor Rey de cielos y de tierra había sido servido de
someterla en su alta sabiduría. Pero fué grande su espanto cuando supo
que D. Miguel había recibido también un billete de Renata para verla a
la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--¡Ah,
pérfida y malvada mujer--decía el de Guzmán--que así haces aprecio de
las canas de ese noble varón, que es tu padre, y crees que el amor de
los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego
continuó más sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y
que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doña Oliva
Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, así tengas más memoria
que Mitrídates y Scalígero, y en seguida concertóse con D. Diego para ir
juntos a la siguiente noche y confundirla con la lición de la presencia
de ambos a la vez.

Marchóse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no sólo no
pudo conciliar el sueño, sino que ni lo intentó siquiera. Tenía una
grande turbación, que era ese inmenso desasosiego de la mujer
fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase
de su labio no traicionen a su alma.

¡Grande cosa es el amor, decía el escudero Marcos, que él vuelve agudos
a los tontos y torna necios a los discretos! Doña Mencía en tanto
deshacíase querellando sus cuitas. Salíase a un muy apacible retiro
formado de olmos muy añosos, y allí se lamentaba:--Que así hemos de ser
las mujeres--, decía--que así cambiamos amores con desdenes, y nos
perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos
quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolías en su sombra
nocturna, y servíala de consuelo. ¡Oh noche, divina noche, hermana del
misterio y madre de la bendita poesía, tú eres la puerta encantada de
los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los
amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alcázar
universal del amor.

Ya pensaba la piadosa Mencía en el exorcismo, creyéndose posesa,
malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal
demonio. Buscó después el halago en la piedad, y cogiendo un libro
eucológico que D. Miguel habíala emprestado, y se llamaba _Ruta de la
montaña de Sión_, hubo de toparse entre sus páginas con unos versos
manuscritos, que sin duda alguien habíalos dado traslado a aquel papel,
habiéndole placido el donaire de un poeta que debía de ser, a no dudar,
algún preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aquí se
copian para mayor deleite:

      LETRILLA A DOÑA BELISA

      Amor, que es niño y travieso,
    me mata con sus mercedes.
    Hame tendido sus redes,
        y hame preso.
    Pedisme dueña y amiga,
        que os diga
    mis bienandanzas de bella,
    y la cuitada cantiga
    sólo oiréis de mi querella.

    Ya no rúo, ya no canto,
    del arca en el fondo están
    basquiña de veludillo,
    pañizuelos y tontillo,
    y la prenda de mi encanto,
    aquel primoroso manto
    de bordado tafetán.

    Que amor que es niño y travieso
    me mata con sus mercedes,
    hame tendido sus redes,
        y hame preso.

    Y sabréis Doña Belisa,
    que sólo salgo a la misa
    de las madres Recoletas,
    y ya no me regodeo,
    ni bullo, ni me paseo
    por San Blas, ni por el Prado,
    que amo pláticas secretas
    tenidas en el estrado,
    y triste cilicio ciño
    por la culpa de un doncel.
    Que amor me llevó al cariño
    de uno que es travieso y niño
        como él.

    Como él gracioso y avieso,
    con perfil de Ganimedes.
    Hame tendido sus redes
        y hame preso,
    el que sin mal ni dolor
    el seso roba al discreto,
    y enturbia el sabio conceto
    al letrado y al dotor.

        El amor,
    que no obliga con premáticas,
    ni otras leyes mayestáticas,
    el señor corregidor.
    Y a quien no rinden los reyes,
    ni con él hay valimiento,
    ni rigen con él las leyes
    que llenan el aposento
    de mi tío el oidor.

    Se trata, doña Belisa,
    de un rapaz más que donoso
    que en los diez y siete frisa.

        ¡Quién me viera!
    Yo, aquella dama que fuera
    la del gesto desdeñoso,
    castigo de los galanes
    que desprecié los afanes
    postreramente de tres.
    Don Gil que ahora en Indias loco
    padece por sus desmanes.
    Un mayorazgo por poco,
    y por harto un ginovés.

    No juguéis con el cariño.
    Mirad quien así os lo avisa.
    No sabéis, Doña Belisa
    cómo me tiene ese niño.

    Dejadme, dueña y amiga,
        que no siga
    con tan plañidero son.
    A vos os digo el secreto
    a que me obliga el afeto
    de nuestra vieja afición.
    Pero no es bien que mi lengua
    al viento diga mi mengua,
    que no es bien que la publique
    y mi escándalo predique
        mi canción.
    Y pues mi mal conoscedes,
    si halláis afrenta en mi exceso
    no preguntéis por mi seso,
    que la deidad que sabedes,
    hame tendido sus redes
        y hame preso.

Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese
aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en
su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba.

Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a
las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran
sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un
tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua,
por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del
camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya
no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento
del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan
gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso
ante la inesperada aparición.

--No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel--comenzó diciendo
la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego.
Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en
Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más
cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu,
dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada
valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que
es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de
gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y
pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me
habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué
compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio
padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la
que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es
en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero
quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don
Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un
momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará
del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y
noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para
daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma.

El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de
tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la
honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en
el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima.

--No acierto--prosiguió la dama--a deciros lo que deciros no quisiera,
pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer
caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve
tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una
rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia,
porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi
osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que
soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel,
que perdonéis como discreto a la que os ama como loca.

Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de
sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa.

Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje
viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el
mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se
arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase
con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo
en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus
manos por el misterioso lugar:

--¿Qué os abulta aquí, caballero?

--Esto es lo único que me abulta, señora--respondióla don Diego con modo
socarrón.

Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo
su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su
blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos,
cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los
varones.

--Me gustan más los míos--dijo Renata, que al comprender la situación
había tomado una gran seriedad.

Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la
estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de
punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía:

--Venid, mi esposa.

Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y
sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.

Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su
hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como
quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de
Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres,
quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua
la misma celda que esperaba a la dama española.

No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía,
quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su
ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la
que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las
gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente,
y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo
de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin
duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los
ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.

Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña
Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la
infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el
afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada.
Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y
venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su
palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo.

Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que
la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene
para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o
escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de
Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide
también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de
algunos y regalo de todos. Vale.




Cosas de hombre.

(A. REYES)




COSAS DE HOMBRE


Cuando el tío _Pizarroso_ llegó a su casa, las sombras empezaban a
invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo
blanqueaba el edificio, al borde de una cañada llena de piedras enormes
y espesos macizos de adelfas.

--Pos di tú que te has dormío en un _cajorro_--exclamó la tía Tomasa al
ver llegar al legítimo dueño de su orondísima persona.

--Pos no me he dormío, ni tan siquier he estao a dormivela.

--Pos entonces habrás estao de picos pardos en algún abrevaero del
monte.

--¡No ha sío malo el abrevaero!

--Pos entonces, ¿aónde te has metió, alma condená?

--Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucijá del
_Tomillo_ con Juan el _Rumboso_ y _Toñico_ el _Pastañeta_, y... ¡arza pa
entro, _Pimentona_, arza pa entro!

Y esto lo dijo asestando una cariñosa palmada en una de las poderosas
ancas a la mula, a la cual habíale quitado el aparejo mientras hablaba.

La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de
la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentábase sobre un capacho, junto a
su hermano el _Totovías_, un viejo enjuto y grave que entreteníase en
hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz
greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la
puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en
la chimenea.

--Y ¿qué es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastañeta_? ¿Tantas cosas
teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más
volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías?

--Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por
decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de
voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya
si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera!

--Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_?

--No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el _Rumboso_ ha
puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte.

--No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han
traío!--exclamó con voz gutural el _Totovías_--pero, a la fin y a la
postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te
gruñe.

--Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía,
la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que tié un
cuerpo que es una parma...

--¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!--dijo con tono desdeñoso
la tía Tomasa.

--¡Eso ya sus lo dirá el _Pastañeta_ cuando se case con ella!

--¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el
_Pastañeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es
una prenda.

--A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el _Rumboso_ se le cruzó
en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que
nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un
agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que
como gorviera a mirar a _Toñico_ les iban a caer cataratas en los ojos a
dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una
sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha
no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le
echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una
picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que
pa su _Toño_; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro
andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había
de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o
el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago.

--Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos
quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de
cuerpo entero y _Toño_ es un probetico desmamparao.

--Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa
verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide
estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo
que pasó fué que el _Rumboso_, que jacía ya cinco años que no veía a la
muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le
reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y
la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos;
y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la
_Embocaura_, y ya el _Pastañeta_ andaba de atajo en atajo aconsejándole
que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.

--¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla!

--Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el
_Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegrí_ montao en su
_Ceniciento_, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta
al olivar del _Tardío_, se topó manos a boca con el _Toño_, que estaba
acechándolo entre las pitas de la linde.

--Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la
partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás
del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera
chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino,
con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de
la Rosalía.

--Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento
desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo
sé yo por boca del _Rumboso_.

--Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe.

--Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si
encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme
llegar, me gritó riéndose:

--No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la
corría.

Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba
en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al
_Ceniciento_, le dijo a _Toño_ al mesmo tiempo que se iba pa él:

--A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo
la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía.

--Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo
con osté, u osté se quea conmigo.

Y esto se lo decía el _Pastañeta_ reculando, jaciéndole puntería, con la
cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos.

--¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones.

--No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que
hoy le jago yo a osté yesca el pecho.

Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y
¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína!

--¿Y qué, encarnó?

--Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no
he visto hombre más vivo ni más bravo que el _Rumboso_; entoavía no se
había arrematao el estampío, cuando la escopeta de _Toño_ y el cuchillo
que éste había sacao estaban en la cuneta, y _Toño_ en el suelo, sin
poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento
enfureció:

--Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios
manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces?

--Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha
faltao la puntería otro día me pué no faltar...

--Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique
con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro.

Y diciendo esto, él mesmito alevantó al _Toño_, y le volvió las
espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la
benemérita.

--¿Y el _Pastañeta_?

--Pos el _Pastañeta_ se queó mirándolo y mirándome como atontao;
endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el
_Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja
los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo:

--Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto;
yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y
quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme
garrote vil, y es...

Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren
ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es
que aquello lo dijo el mozo de un móo... Ya ven ostedes cómo lo diría,
que el _Rumboso_ le tendió la mano y le dijo:

--Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No
comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera
a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme
probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique
yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que
quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías
eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías?

Y ná, que se dieron las manos, y que se fué _Toño_ y que yo acompañé un
ratico al _Rumboso_ y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con
ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío
diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.

Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme
barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos
alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil
suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero
brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos
peroles.




Fuerte como la muerte.

(PEDRO MATA)




FUERTE COMO LA MUERTE


De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate,
estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de
decidirse. Se decidió por fin.

--A ver, ese collar... ¿Me hace usted el favor?

Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador
sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y
minuciosamente.

--Sí, está bien... es bonito. Me gusta; ¿qué vale?

--Para usted 1.200 pesetas.

--¿Precio fijo?

El dueño de la tienda intervino.

--A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más
que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de
hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y
con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.

--Es que, además, no las llevo encima.

--Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.

Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la
misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir:

--¿Cómo está la señorita?

--Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.

Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse
bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre
la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.

--Creí que dormías.

--No.

--¿Cómo estás?

--Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.

--Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo
ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas
aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito
de buena voluntad.

--¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!

--Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.--Dió luz al globo de
cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la
cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te
gusta?

--Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!

--Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.--Sacó el estuche
del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de
contento y lo cogió con sus manos febriles.--¡Ay, qué lindo! ¡Qué
bonito!... ¡Qué cosa más preciosa!--Mas en seguida, con una brusca
transición, cambió de tono:--Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te
gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!

--¿Que no? En cuantito que te pongas buena.

Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó
vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no
creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a
poner. Verás qué lindo.--Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el
broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.--¡Eh! ¿Qué tal?

--Muy lindo.

Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo
contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles
desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios
exangües y descoloridos.

--¡Qué pálida estoy!

--Es la luz, nena.

--Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.--Dió un gran
suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.--Estoy muy
mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo
estoy muy mala.

El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto:

--Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra
un momento el balcón?

--Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?

--No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí
este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para
fumar un cigarro.

Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le
llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la
barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de
enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva
de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar,
unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la
distancia, sonaba la canción melancólica y triste:

    --¿Dónde vas, Alfonso doce,
    dónde vas, triste de ti?
    --Voy en busca de Mercedes,
    que ayer tarde no la vi.

La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido.
También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!...
¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la
vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada,
tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la
serenidad del crepúsculo.--¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que
nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué
te complaces en segar las vidas en flor?

Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en
sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía.
El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y
dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en
cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y
consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un
corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita
de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es
inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.

Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a
fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos
ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón
del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en
llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de
mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para
hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la
tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y
sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día
tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella
se negaba a aceptar.--No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho
más mala de lo que creéis.

Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la
realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a
besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el
pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba.
Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.

--¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?

--Sí, ángel mío.

--¿Y a mí no me ha traído ninguno?

Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los
cabellos dorados de la niña.

--No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú
le llevarás cuando yo me muera.

--Bueno; pero como tú no te vas a morir...

Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le
llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso
dulcemente en el pasillo.

--Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.

Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:

--Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No
comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga
y...

Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con
caricias de inefable ternura.

--Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo
sabía yo!

Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él
acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la
serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la
digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó;
aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas
crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la
garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada,
destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al
cabo de un rato:

--¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?

Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre.
Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una
hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se
movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el
papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.

«Mi alma:

Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.

Los volvió a abrir.

«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me
dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es
la única pena que tengo: morirme sin...»

No decía más.

Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque
todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego,
lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se
le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de
presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se
estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella
no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.

De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del
globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles
desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas
y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas
cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil
resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.

Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso
silencio:

--¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido.

       *       *       *       *       *


Errores corregidos por el etext transcriptor:

gritando:--«No;=> gritando:--«¡No; {pág 30}

sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pág 21}

»Oh, Dios mío!=> »¡Oh, Dios mío! {pág 28}

limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pág 35}

la senda de sus sueños.=> la senda de sus sueños! {pág 67}

ESCENA IX=> ESCENA IV {pág 71}

en tus presencia=> en tu presencia {pág 72}

La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pág 91}

Ah, en cuanto a eso sí.=> Ah, en cuanto a eso sí! {pág 105}

yo padre y tu madre=> yo padre y tú madre {pág 108}

quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el
cuidado {pág 128}

encueros vivos=> en cueros vivos {pág 128}

brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pág 162}

La epopeya de una zíngraa=> La epopeya de una zíngara {pág 165}

fué lllamada=> fué llamada {pág 224}






End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I,
compiled by Emilio Carrère

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I ***

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and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


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