El Gíbaro : Cuadro de costumbres de la isla de Puerto Rico

By Manuel A. Alonso

The Project Gutenberg eBook of El Gibaro, by Manuel Antonio Alonso

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Title: El Gibaro
       Cuadro de costumbres de la isla de Puerto Rico

Author: Manuel Antonio Alonso

Release Date: July 6, 2023 [eBook #71131]

Language: Spanish

Credits: Richard Tonsing and the Online Distributed Proofreading Team at
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GIBARO ***





                      [Illustration: EL GÍBARO.]




                                   EL

                                GIBARO.

                          CUADRO DE COSTUMBRES

                                 DE LA

                          ISLA DE PUERTO-RICO.

                                  por

                          D. Manuel A. Alonso.

                             [Illustración]


                               Barcelona.
                POR D. JUAN OLIVERES, IMPRESOR DE S. M.,
                      CALLE DE MONSERRATE, N. 10.

                                 1849.




                             Dedicatoria.

                            [Illustración]


 Al Sr. D. Juan Alonso, Caballero de la Orden de S. Hermenegildo,
 condecorado con otras varias cruces de distincion, 2.º comandante del
 6.º batallon de milicias disciplinadas de Puerto-rico, etc. etc.

_Dedica esta obrita como una muestra de gratitud por sus muchas
bondades su apasionado hijo_

                                                       Manuel A. Alonso.




                            [Illustración]




                               PRÓLOGO.

                            [Illustración]


Algunos años hace que deseaba publicar en obsequio de mi país una
memoria, en la cual se viera claramente la falta de armonía que reina
entre los estudios hechos en aquella isla y los de la Península, para
evitar á los padres de familia y á la juventud estudiosa tropiezos y
sinsabores que una triste esperiencia me habia hecho conocer; mas el
temor de una crítica severa ahogó los sentimientos de mi corazon, y un
silencio estéril, y acaso reprensible, encubrió verdades, dolorosas sí,
pero que siento haber callado tanto tiempo.

Cada Puerto-riqueño que venia á seguir una carrera literaria, se
encontraba aterrado por obstáculos imprevistos y muchas veces
insuperables: apareció la reforma del Plan de estudios, y con ésta
crecieron aquellos hasta tal punto, que creí un deber lo que antes era
un deseo. Resuelto ya, era preciso elegir formas que diesen un esterior
no muy desagradable al desengaño; y entonces me ocurrió la idea de
escribir una coleccion de artículos de costumbres, entre los cuales
pudiera figurar uno relativo á la enseñanza. He aquí la historia del
GIBARO.

Conforme á lo dicho en el prospecto, he reunido aquellas escenas que
juzgo mas á propósito para dar una idea de las costumbres de nuestra
Antilla, procurando ser exacto como narrador, indulgente ó severo
segun las circunstancias, y teniendo siempre la mira de _corregir las
costumbres deleitando_. ¿Habré logrado mi propósito?

Aparte de las grandes dificultades del estilo medio, que me ha sido
forzoso adoptar, y, mas que todo, aparte del ingenio que estoy muy
lejos de reconocer en mí, se oponen al logro de mis deseos dos barreras
formidables: el tiempo y la distancia. Hace cerca de siete años
que media el Océano entre mi patria y el lugar en que describo sus
costumbres: así es que mi libro no lleva la pretension de una obra
acabada, pero sí la de ser el intérprete fiel de mis sentimientos;
quizá será un estímulo para los escritores de Puerto-rico y un aviso
saludable á las personas influyentes en la Isla. Recíbanlo mis
paisanos como el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso
de los estudios de mi profesion, y no podrán menos que juzgarlo con
benevolencia.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                               ESCENA I.

                      ESPÍRITU DE PROVINCIALISMO.

                            [Illustración]


                                  I.

El lector puede que conozca hace tiempo á mi compadre Pepe, á quien
conté la _fiesta del Utuao_ en el año cuarenta y cuatro; y por si no
le tiene presente, ó nunca oyó hablar de él, sepa que es uno de los
Cubanos mas juiciosos que en mi vida estudiantil he tratado: sério,
reflexivo y sentencioso algunas veces, decidor y muy chistoso otras,
oportuno siempre, y molesto nunca; cautiva con la amenidad de su trato,
y se hace desear hasta en sus ratos de mal humor, que tampoco le
faltan, y no es entonces cuando está menos célebre.

La casualidad nos reunió poco despues de mi llegada á Europa, una
emigración á la isla de Mallorca estrechó nuestras relaciones, y la
conformidad en ideas y gustos, con la igualdad de vida y estudios, las
han mantenido siempre sin que nada haya bastado á relajarlas.

Paseábamos en una tarde de junio por la muralla de Mar, hermoso paseo
de Barcelona, disfrutando del rico y variado conjunto de trajes, y de
la infinita diversidad de fisonomías que pasaban sin cesar á nuestra
vista; mi amigo hacia las mas graciosas aplicaciones del sistema de
_Gall_, á que es algo aficionado, mezclándolas con ocurrencias menos
científicas, pero quizá mas exactas, sobre ciertas caritas, de las que
decia que eran como la manzana de la Fábula.

Ocupados en esto, no vimos, hasta que llegó á saludarnos, á un
jovencito, de quien el Saint-Remy de Sue pudiera tomar lecciones: su
vestido era rico en su calidad, elegante en el corte, y llevado con
un garbo muy difícil de pintar: este jóven hacia apenas un año que
habia llegado de las Antillas, y ya conocia y saludaba á muchas de las
señoras que encontrábamos; referia una anécdota escandalosa de cada
una, y en no pocas era él el protagonista; nos encajó una relacion
corregida y aumentada de sus conquistas amorosas, y destruyó á su modo
algunas reputaciones sin mancha.

Compadecíame yo de tanta necedad, y miraba de reojo al amigo Pepe, que
se le hinchaban los carrillos, y tragaba por no soltar las enormes
bocanadas de risa. Quise sacarle del apuro, y dirigiéndome á nuestro
compatricio, le dije:--Muy dichoso es V., paisano, hay criollito que
lleva ya media docena de años de estar en este viejo mundo, y no puede
contar una centésima parte de las aventuras que á V. se le vienen tan á
la mano. Dichoso, repito, el que ocupado tan deliciosamente, vé correr
con velocidad los dias, que á otros parecen eternos, porque estan
ausentes de su país, sin que tengan esos ratos que V. nos cuenta.

--Verdad es (contestó con mucha petulancia), que no puedo quejarme
de mi suerte, porque otros muchos mas bien parecidos (y aquí se miró
cuanto pudo de su cuerpo) no han logrado lo que yo; pero á pesar de
esto me veo fastidiado: este es un país en que hay tan poco trato, ese
maldito dialecto ó jerga que me horripila, estas costumbres, estas
comidas, todo en fin me aburre tanto, que he escrito á mi padre para
que me permita ir á Madrid á continuar mis estudios.--No entiendo,
pues, como se queja del trato, un hombre tan bien tratado; ¿y está V.
seguro de llenar en Madrid ese vacío que halla en Barcelona.

--Seguro á mas no poder... ¡Vaya! ¿en la Corte quiere V. que no le
llene? Allí que todo es lujo, todo diversiones, con una finura que no
tiene límites, y con una variedad de espectáculos que nunca me dejará
fastidiar, ¿qué mas puedo pedir?

--Menos diversiones, menos espectáculos, y puede ser que menos finura,
para que quede mas tiempo que emplear en la Universidad y en los
libros. Viéndose nuestro hombre atacado de veras, y recordando que
se las habia con uno, que, como se dice vulgarmente, podia meterle
el susto en el cuerpo, varió de conversacion, y se marchó á poco,
incorporándose con una familia de las que peor habia tratado algunos
momentos antes.

--No tenia á este (dije yo) por una cabeza tan infelíz; le habia
hablado pocas veces, y como tiene un esterior tan agradable, confieso
que me engañó.

--Como á otros, repuso Pepe, le hace falta quien le trate con
severidad, y no le adule por su dinero, ó por su buena presencia.
Este muchacho es hijo de un asturiano honradísimo, su padre fué á mi
pueblo hace treinta años, y entró á servir en casa de un comerciante
muy rico, allí á fuerza de trabajo y de virtuosa probidad llegó desde
simple criado á socio del que antes servia, se casó despues con su hija
única, y hoy es uno de los hombres mas justamente venerados en el país.
Tiene dos hijos que él hubiera dedicado al comercio; pero su mujer,
que carece de la dulzura de nuestras paisanas y á quien sobra mucha
vanidad, ha querido educarlos á su modo, y á lo último ha gastado cada
uno en estudios, que no ha hecho, y para los cuales no era á propósito,
cien veces mas de lo que suelen gastar otros, instruyéndose bien.

A este le dió por ser abogado; los mejores profesores de Cuba enseñaron
al niño que, aunque no era el mas aprovechado en el colegio, casi
siempre sacaba algun premio que volvia loca de contento á la mamá:
concluidos los estudios preparatorios en aquella Isla, vino á emprender
el de la Jurisprudencia; hace un año que se pasea por aquí, y un año
tambien debiera tener de carrera, pero por _fas_, ó por _nefas_, él no
se ha matriculado y ya tiene un curso perdido.

                            [Illustración]

Al principio manifestaba tener buenas inclinaciones, atendia cuando
se le aconsejaba sobre sus deberes, y acaso hubiera llegado á ser
útil para algo; pero aquello duró muy poco, dió en acompañarse con
cierta clase de pájaros, que le ayudaban á gastar bonitamente sus muy
buenas asistencias, y que, como él dice, no le dejaban un momento
para fastidiarse. Estos le han hecho adquirir infinidad de relaciones
perjudiciales que le han engreido de suerte, que ahora solo habla
de estudios cuando le sirven de pretesto para alguna peticion loca,
tal como la de ir á Madrid á hacer el papel de Duque; y con estos
conocimientos y esta aplicacion censura las costumbres del país, que
cree conocer, porque tiene en la memoria una lista de tontuelas que le
desvanecen, y de personas de juicio que le desprecian.

--Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo;
¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!

--Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho á
su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba
cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las
ciencias ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de
cultura, buenas costumbres, etc., etc.? su tono es decisivo y su juicio
no tiene apelacion: mas de una vez me he sonrojado, porque delante de
personas respetables por su edad y erudicion ensarta tales disparates
que es capaz de trastornar al cerebro mejor sentado.

En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y
nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me
facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.


                                  II.

Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque
en distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza
que parecia ser de _Caracolillo_ segun la fragancia que despedia,
recordando aquellas Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando
vimos entrar al señorito conocido nuestro, del fastidio, y de las
conquistas, el mismo que algunos dias antes nos habia dejado en la
muralla, acompañado de otros no sé si maestros ó discípulos suyos, pero
que se le parecian bastante. Saludámonos, y sentáronse en nuestra mesa.
De repente se me ocurrió una idea, dí una ligera pisada al amigo Pepe,
la cual acompañé con un signo de inteligencia, y dije:

--¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato
oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds.
un hombre como un castillo, con una cara redonda como una _jigüera_,
que á pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un
destierro, que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha
llegado aun, que se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo
el mundo estan ya olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz....
¡Infelices de nosotros, y qué tunda llevamos!

--¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.

--¿Qué hubiera V. respondido?

--¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que
hablaba con un Puerto-riqueño.

--No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é
insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él,
(esta vez fuí yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia
un pequeño inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á
puñetazos con un gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no
le habian educado mejor.

--Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.

--Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que
concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá,
caballero?

--Mas de quince años.

--Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.

--Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he
ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.

[Illustración]

--¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo
filantrópico de sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á
Sierra-Leona?

--Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros;
me embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de
San Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía
de otro una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando
siempre para poder retirarme, como lo haré, á mi país, despues de
viajar un poco por Europa.

--Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro
semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar
despues á propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel
país que se las ha pagado en libras esterlinas?

Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia
y revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.

--Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita
tierra; porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo
perder mi salud.... sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi
salud; porque aquí donde VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás
tengo el estómago bueno; he gastado un dineral, y siempre lo mismo;
los avestruces médicos de su Isla de V. (dijo mirándome) no saben
curar nada, sino privándole á uno el tomar su copita de rom, que tan
necesaria es para que se siente bien la comida.

--Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener
una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los
Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.

Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á
otra contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir
que un hombre que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas
iba á disfrutar en otra parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba,
y no podia comprender como entre tantos que van pregonando la bondad
del clima, la sencillez de costumbres, la dulzura de carácter y la
hospitalidad de sus moradores, con otras muchas gracias que derramó
allí el Criador á manos llenas, hubiese uno que llegara al estremo de
desconocerlas.

En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que
hago por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas
reflecsiones que en vano procuro traer á la imaginacion.

--Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo
del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso
ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las
faltas del suyo.

El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en
estos términos:--No puede darse un país tan malo que no tenga algo que
alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra
suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres
entre sí: ¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma
hermosura parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es
que no: desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo
que á estos es odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser
la mejor, en una provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada
casa. Todos tienen sus buenas y malas cualidades, y del conjunto de
ellas resulta un sello particular que distingue á unos de otros, y que
sirve al hombre de talento, no para ajar á sus semejantes, sino para
utilizar en provecho de la humanidad y en el suyo propio las virtudes,
y aun los vicios, que todos tenemos.

Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos
que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un
momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha
incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con
uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son
personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá
una casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal,
etc.; abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto
no es un crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres,
sus amigos y allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la
casa y los muebles cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está
ausente? ¿quién es el que no suspira por oir aquella campana que le
llenaba de tristeza á la hora de ir á la escuela, y de placer la
víspera de un dia festivo?

Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social,
que la hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es
que el propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se
mueve de la Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle,
débesele estar muy agradecido.

Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede
llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien
afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto
y prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de
poblacion y riqueza.

Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes
conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran
manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia;
que siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto
los buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los
demás con benevolencia.

Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me pregunté
á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé: y
puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un
sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en
mi país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.




                            [Illustración]




                              ESCENA II.

                         El Bando de S. Pedro.

                            [Illustración]


El bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en
un cuadro de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su
originalidad, viene á hacer precisa su aparicion en un libro el olvido
en que comienza á caer este regocijo popular, que yo, á fuer de hombre
amante de su país, quisiera se perpetuase en él para siempre. Para
cumplir pues con mi propósito, y dar una idea de lo que comprende el
título de esta escena, es necesario retroceder algunos años, pues de
otra suerte no podria pintar el Bando de San Pedro sino en el período
de su _civilizada_ decadencia; y así supongo que nos quitamos doce ó
catorce años de encima, lo cual harian de veras y con mucho gusto
algunos de mis lectores.

Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que
debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en
aquel clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto
de una ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en
ella en tan corto espacio de tiempo.

Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el
dia; una recua de caballerías mayores y menores que recogian sus
inmundicias, iba dejando por todas ellas señales no muy limpias de su
paso; y gracias al empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de
canto, gastados unos, elevados otros, arrancados muchos y desiguales
todos, el transeunte no podia dar un paso sin llevar, como suele
decirse, los ojos en los pies; las plazas, hoy hermosas, estaban
cubiertas de yerba que daba pasto al caballo del carbonero, al macho
del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que iban de puerta en
puerta, y sin que nadie las molestase, buscando los desperdicios que
espresamente y para ellas estaban guardados.

Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias
ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones
de poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es
anuncio seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas,
que por su traje y maneras mostraban ser de los campos de la Isla,
discurrian acá y allá admirando la maravilla de una tienda de
quincalla, de una confitería, ó de una de aquellas barracas de madera
llamadas _casillas_, que llenas de juguetes y otras chucherías, estaban
en la plaza de armas arrimadas á la negra y muy sucia pared del
presidio, hoy bonita fachada del cuartel de Artillería. Los balcones,
ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente de todas clases, la
plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los muchachos corrian
por todas partes produciendo con sus gritos las notas mas agudas de
aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser desacorde
tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas
máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar
un escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el
escuadron de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha,
seguida en el órden siguiente:

                            [Illustración]

1.º _Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos_; éstos sin disfraz,
aunque disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros
montados en los caballos que por sus buenas mañas no habian podido
alquilar, pero que con su _garroneo_ y su _fuete de á cuatro reales_
hacian ir mas ligeros que el viento; los segundos eran amigos de éstos
de la capital, ó jornaleros que gastaban en aquella broma el salario de
una semana; distinguíanse por los movimientos descompasados de todos
sus miembros que hacian flotar su camisa como una bandera, y de aquí
su denominacion; las otras dos clases eran los que habiendo despachado
su mercadería, se solazaban en pasear por las calles al galope de sus
encanijados é inseparables compañeros. Esta era la vanguardia, formada,
como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto que rota y rasgada
llevaban no pocos la vestimenta.

                            [Illustración]

2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen
comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el
permiso de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras,
inclusos los que en todo el año no tenian otra ocupacion que correr
aquel dia, y de las _cumarrachas_ que muchos de estos llevaban á la
grupa: los caballos que montaban, si bien no del todo buenos, podian
sin embargo seguir á la vanguardia, y los trajes eran sino de grande
invencion, caprichosos y variados desde el cuotidiano hasta el de
arlequin, ó de negro, con la cara y brazos bien tiznados ó cubiertos de
seda.

                            [Illustración]

3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos
muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos:
sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la
inutilidad de sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con
mas faltas que sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que
hacia de notario, el pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.

De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan
General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las
ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y
con el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y
poniéndose el primero unos anteojos de _jigüera_, comenzó á dictar, y
el pregonero á repetir en alta voz, el siguiente


                                BANDO.

Don Tintinábulo Caralampio de los Lepidópteros nocturnos, Señor de las
carambímbolas del Peñon de Rio Grande, Pachá de las Islas Baleares
mayores y menores, que se hallan en tierra firme entre el Peloponeso
y la Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China, y primer
Cónsul de la República cochinchiniana, Conde del Manglar de Martin
Peña, de las tembladeras de Loiza y de la cuesta del Cercadillo,
Emperador de los Godos, Visogodos, Alanos, Puritanos y Samaritanos,
Duque del Golfo de las Damas, y Cabo 2.º de la Compañía de Morenos de
Cangrejos, etc. Hallándose el dia de San Pedro encima de nosotros, como
nosotros encima de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho dia
se celebre con toda clase de celebraciones, y con la pompa, algazara
y estrategia que son de costumbre, segun consta de los archivos del
Agua-buena. Deseando además, que ningun bicho viviente ni por vivir
altere en lo mas mínimo el buen órden y compostura, que debe reinar en
estos dias en que corren por esas calles toda clase de animales, y
con el fin de evitar contumelias y otros accidentes desagradables que
pudieran ocurrir: Ordeno y mando.

Artículo 1.º Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta
pasados ocho dias de la publicacion de este bando.

2.º Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que
se dirán en caso preciso, está obligado á montar, como montan los
hombres si fuere del género masculino, y á que le monten, á las ancas ó
como mejor le pareciere, si es del femenino.

3.º Se previene á los tenderos de toda clase de comestibles, inclusos
los de ropa, que enciendan hogueras (vulgo _candeladas_) en los dias de
carreras; teniendo cuidado de apagarlas al toque de la oracion, para no
iluminar lo que debe pasar á oscuras.

4.º Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que
adelantamos, aunque siempre corremos por el mismo lugar, deben ser así
mismo un modelo de cortesía; queda pues privada toda accion sospechosa,
como toser, estornudar, etc.

5.º Queda igualmente prohibido el llevar las manos á las narices,
orejas ni á ninguna otra parte de las que estan vedadas por la buena
educacion; debiendo al contrario tenerlas siempre de manifiesto para
evitar malas interpretaciones.

6.º El gobierno de las bestias queda á cargo del bello secso, por haber
demostrado la esperiencia que el otro que no es bello, no contiene
muchas veces la fogosidad de los potros que quieren salir de las calles
en direccion al campo del Morro.

7.º Para impedir en dicho lugar caidas que pudieran causar rasguños,
cardenales y chichones mas ó menos pronunciados, se pondrá al rededor
de la cantera que hay en el mismo un guardian que avisará con un tiro
de fusil la aparicion de todo ser animado.

8.º En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese
tiempo de cargar el arma, se duplicará, triplicará, y centuplicará el
número de guardianes, hasta que entre todos hagan un contínuo fuego
graneado.

9.º No pudiendo usarse el agua, sino licores mas ligeros y menos
dañosos, como el _cañete_, _anisao_, etc. quedan cerrados todos los
algibes, pozos, y las cataratas del cielo, hasta pasados ocho dias
contados desde la fecha.

10. Será declarado reo de _lesa carátula_ todo el que contraviniere en
lo mas mínimo las disposiciones adoptadas en este bando; siendo además
juzgado con arreglo al código de _Tio Luna_.

11. Encargo á los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y
hagan guardar el presente bando, á todo _siniquitate_ que se halle bajo
su férula, y que agarrochen á los que no quieran entrar por el surco.
¡Vivan las fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor! ¡viva
todo el mundo!

Dado en las Cuevas del _Sumidero_ á 4 del mes de los gatos, y del año
de las cornucopias.--Firmado--Tintinábulo Emperador de los Alanos,
Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.º de la Compañía de morenos de
cangrejos.

Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines,
trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado
la lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo
órden que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los
parajes mas públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las
carreras hasta las dos ó las tres de la tarde.

                            [Illustración]

Tal era el bando de San Pedro en la época á que me he referido; desde
unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas,
y que tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que
todos deseaban leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un
_jamelgo_ indefinible por sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas
que ocupaban á personas de todas las clase de la sociedad: los mas
entonados iban á caza de _alimañas_ que despreciaria el jitano mas
hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en hilvanar, prender, y atar
ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus allegados, amigos y aun
á ellas mismas.

Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el
bando de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como
he dicho al principio, temo que los progresos de la civilizacion,
arrebatándonos nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo
todas aquellas diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto
de la originalidad; diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que
influyen no poco en el carácter de los habitantes de nuestras Antillas.

Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto
ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña
se aparta cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del
buen tono y de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en
mi humilde sentir debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio
económico é infalible de divertir al pueblo, y de procurar salida á
muchas cosas que no la tienen sino en tiempo de tales fiestas.

Aquel regocijo, á que eran llamadas todas las clases, y del que
disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda
mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los
campos, aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia
ese deseo innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los
habitantes de Puerto-Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada
gratuita; y esto que de pronto parece una carga muy penosa, tiene allí
indemnizacion segura; si una familia aloja y obsequia á otra que viene
á divertirse con las máscaras de San Pedro, puede ir á su vez y por el
tiempo que guste, á disfrutar de los encantos de la campiña, sin mas
trabajo que un aviso dado algunos dias antes.

Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento
de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á
una capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos
no suele estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve
sin llevar un regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó
el cuidado de su casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no
tienen precision de ataviarse como ellos, para acompañarles á todas
partes? ¿el consumo de la despensa es igual entonces al de los dias
ordinarios? respondan á esto el bolsillo de algunos, y las balanzas y
la vara de medir de otros.

Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan
tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran
las buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde
y al dia siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen
todas de manifiesto; y Dios sabe los tratos, ventas, y _cambalaches_
á que esto da lugar; de manera que no sé como empieza á olvidarse una
costumbre tan útilmente graciosa, y tan graciosamente útil; mil veces
he pensado remitir á mis paisanos una cartita que tengo borroneada,
pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la transmito en reserva á
los suscritores del _Gíbaro_, y dice lo que sigue: «Queridos paisanos,
los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo: gozoso estoy á
mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra tierra, porque
segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles; por allá
puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la _pelona_ por
sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa
que lo valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo
civilizado, y sino que lo digan los Parisienses que hace poco han
tenido el inocente desahogo de mandar á la eternidad á mas de diez mil
de sus hermanos, con su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos,
y otras lindezas que no hay mas que pedir.

                            [Illustración]

Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios
de comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos _para los
pájaros_, ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha
convertido en una tazita de plata, y todos los demás pueblos la van
siguiendo; de suerte que cuando yo vuelva, que no está muy lejos,
tendré que tomar un _cicerone_, que me esplique cada una de las muchas
novedades que se me ofrezcan á la vista.

No puedo menos de daros el parabien por tanta dicha, y lo haria, si es
posible, de mejor gana, si no hubiera llegado á entender que comenzais
á olvidar, junto con ciertas preocupaciones ridículas, algunas de
nuestras sencillas y buenas costumbres: me han dicho, entre varias
otras cosas, que apenas os acordais del bando de S. Pedro, que tanto
nos divertia, y juro por la cuesta del _Guaraguao_, que no hemos de
tener la fiesta en paz hasta que sepa que os habeis corregido. ¿Cómo
se entiende, señores reformistas, quereis que no quede rastro bueno ni
malo de los usos de nuestros padres? ¿teneis acaso la vanidad de pensar
que nada es bueno mas que lo que hagamos nosotros? Si os molesta el sol
porque os habeis vuelto mas delicados, mudad la hora, pero no toqueis á
la costumbre; si algunas palabras que antes pasaban no pueden tolerarse
en el dia, porque el buen gusto se ha desarrollado, ingenios hay en la
Isla que os darán cada año un bando mejor que el Código Romano, y que
las Tablas de Solon.

Cuidado, señores mios, no nos suceda lo que al loco que dió en tener
asco á sus propias uñas, y para impedir que crecieran queria cortarse
los dedos; vayamos con tiento, no afinar tanto la guitarra que se le
rompan las cuerdas, y tengamos presente que hay un adagio que dice, que
no por mucho madrugar, amanece mas temprano.

Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneracion bien entendida
que se desarrolla entre nosotros, quisiera poder contribuir á nuestro
adelanto; pero ya que no otra cosa, admiro vuestra cordura y sensatez,
y quedo vuestro paisano y afectísimo S. S.--_El Gíbaro de Caguas._

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA III.

                REFLECSIONES SOBRE INSTRUCCION PÚBLICA.

                       A los padres de Familia.

                            [Illustración]


Arduo es el asunto de esta escena de mi cuadro de costumbres
puerto-riqueñas, y muy difícil el trazarlo de suerte que ciertas tintas
no hieran demasiado la vista de algun amante de la sombra; porque esta
hace grandes y á veces monstruosos los objetos que á la claridad son
pequeños, y que no imponen, sino dan lástima.

Difícil será tambien que pueda mi pluma, harto por mi desgracia mal
cortada, trasladar al papel cuanto pienso y cuanto quiero decir, porqué
de sentir una cosa á espresarla tal como se siente hay la misma
distancia que de comprenderla á ponerla en ejecucion. Mi audacia por lo
tanto no está en haber emprendido una obra que hace tiempo bullia en mi
cerebro, sino en querer encerrar en los límites de un solo artículo un
pensamiento de cinco años.

No pretendo ser aplaudido por cuantos leyeren esta escena, antes
creo que no faltará quien me trate de visionario; pero en este caso,
comparen los padres de familia, á quienes la dedico, el interés que
tengo yo en poner en claro la verdad, con el que acaso tengan otros en
ocultarla: mediten sobre el resultado de despreciar este aviso, fruto
de repetidas esperiencias, y piensen mucho que una buena educacion es
el mejor legado que pueden hacer á sus hijos.

Con esta ligera advertencia paso á tratar de los estudios que hacen los
jóvenes Puerto-riqueños. Para proceder con órden, me ocuparé primero de
la instruccion que se recibe en la Isla; despues, de la que se da en la
Península, concluyendo con la del estranjero.

Cinco son las carreras á que con preferencia se dedican los hijos de
Puerto-Rico: el Sacerdocio, el Comercio, la Jurisprudencia, la Medicina
y la Farmacia; sin incluir los Militares y los Ingenieros civiles.

El estudio de la Teología se debe hacer segun el plan de estudios del
modo siguiente:

1.º año: Fundamentos de la Religion.--Lugares teológicos.

2.º año. Teología dogmática (parte especulativa).

3.º año. Teología dogmática (parte práctica). Lengua griega.

4.º año. Teología moral.--Lengua hebrea.

5.º año. Historia y elementos del Derecho canónico.--Oratoria sagrada.

6.º año. Sagrada Escritura.--Lengua griega (2.º curso).

7.º año. Historia y disciplina general de la Iglesia y particular de
España.--Lengua hebrea (2.º curso).

Se necesitan por consiguiente siete profesores distintos, y que el
alumno curse siete años para ser teólogo, y en Puerto-Rico todo se
hace en tres con un solo profesor: á mis lectores dejo el deducir la
consecuencia.

El Comercio es á mi entender la carrera que mejor puede seguirse en
la Isla; no obstante, para perfeccionarse en los idiomas es casi
indispensable la permanencia en el estranjero por dos años á lo
menos. Esto tiene grandes ventajas, de las cuales, así como de los
inconvenientes que ofrece, me ocuparé á su debido tiempo.

Llegamos á la Jurisprudencia, y á la Medicina: estas dos no pueden
estudiarse en Puerto-Rico, pero sí la Filosofía como introduccion á
dichas facultades. Veamos si esto se hace como es debido, y como lo
reclama la ilustracion de la época; y aquí advierto de nuevo que al
poner de manifiesto el estado de atraso de nuestra enseñanza es mi
único objeto el despertar, si es posible, á mi patria de ese sueño que
la hace marchar á tan larga distancia de la metrópoli.

El plan de estudios previene que se curse la Filosofía en cinco años de
esta manera:

1.º año. Latin y Castellano.--Geografía.--Religion y Moral.

2.º año. Latin y Castellano.--Geografía.--Historia, Religion y Moral.

3.º año. Latin y Castellano.--Historia.--Religion y Moral.--Curso
preparatorio de Matemáticas (Aritmética y algunas nociones de
Geometría). Repaso de Geografía.

4.º año. Retórica y poética.--Historia.--Religion y Moral.--Matemáticas
(Álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado inclusive). Geometría,
Trigonometría plana y nociones de Topografía.

5.º año. Psicología y Lógica.--Elementos de Física y nociones de
Química.--Nociones de Historia natural.--Ejercicios prácticos de
Retórica y poética.--Religion y Moral.

En Puerto-Rico se emplean dos, tres, ó mas años en la Latinidad;
concluida esta, empieza la Lógica, que dura otro año; sigue la
Física[1], y en el tercero la Ética y Metafísica. Las Matemáticas,
nociones de Química y la Geografía se estudian tambien en algunos de
estos años, y sin ser obligatorio.

[1] Gracias á los desvelos y sumo desinterés del Dr. D. Rufo M.
Fernandez, hay un gabinete de Física esperimental, y un laboratorio de
Química que regaló dicho Sr. á la Sociedad económica de Amigos del país.

Faltan por consiguiente la Historia, Retórica y poética, Historia
natural y ejercicios prácticos de Retórica y poética; muchísimo mayor
es el defecto en cuanto á los profesores.

Para desempeñar las cátedras de Filosofía se necesitan doce profesores
por lo menos, cuando en el colegio de Puerto-Rico, sino fuera por las
clases que sostiene la Sociedad económica de Amigos del país, solo
habria dos de Latinidad y otro para el resto de la Filosofía. ¿Cómo es
posible que uno solo pueda cargar con peso tan enorme? No es estraño
que, al presentarnos en las universidades de la Península, se rian de
nosotros y de nuestros certificados los que con mucha razon ven en la
Filosofía el fundamento de todas las carreras literarias.

No pueden un médico ni un farmacéutico serlo completos sin algunas
nociones de Historia natural; así como tampoco un abogado ni un teólogo
pueden ser buenos oradores sin el conocimiento de la Literatura. Toda
mi vida recordaré con pesar lo que sufrí al graduarme de bachiller en
Filosofía. El catedrático llamado entonces de Literatura me dirigió una
pregunta que no entendí, y tuve que confesar ruborizado que en mi país
no se enseñaba....

Acabaré los estudios de la Isla hablando de la Farmacia, que se cursa
tambien en ella (ignoro el como) y puede ejercerse en todo el país
mediante un certificado que da la Subdelegacion de dicha facultad. Este
certificado, título ó como quiera llamarse, puede igualar á jóvenes que
en su vida han visto un gabinete de Mineralogía, ni un jardin botánico,
ni otras muchas cosas, con hombres que en Europa han asistido siete
años á estos sitios, y que, como suele decirse, «han gastado los bancos
de las universidades.»

Pasemos á los estudios de la Península. Despues de haber invertido un
padre sumas considerables durante cuatro ó cinco años, y cuando su hijo
ha concluido la Filosofía, es preciso, si se dedica á la Jurisprudencia
ó á la Medicina, que continue sus estudios en la Península; sobrevienen
nuevos y grandes gastos para la familia, pero el cariño paternal todo
lo allana, y al cabo de un par de meses se halla en Madrid, Barcelona
ó Cádiz el aspirante al Bachillerato en Filosofía. Preséntase en
la Universidad provisto de todos sus documentos; el Secretario los
examina, y á cada párrafo, á cada punto, á cada frase menea la cabeza
de un modo harto significativo para el pretendiente; porque en él
puede comprenderse la respuesta que á mí me dieron el dia de aquel
primer fallo. «_No hay americano que traiga sus papeles en regla, y que
haya estudiado todo lo que previene el plan de estudios. V. no puede
graduarse._»

Cualquiera comprenderá la posicion nada agradable en que estas palabras
colocan á un jóven sin edad ni esperiencia para oirlas con calma.
Empiezan entonces las súplicas tanto de palabra como por escrito; quien
recurre al Rector, quien al Gobierno de la nacion, y entre unos y otros
pasa un jóven los peores dias de su carrera, hasta que por quitárselo
de encima ó por compasion, le admiten al primer año de la facultad que
quiere cursar.

Hasta aquí los trabajos; ahora empieza otra vida, que, si bien necesita
laboriosidad, es metódica y mas descansada; cércanla empero graves
escollos que pueden hacer naufragar al talento mas privilegiado.

                            [Illustración]

Los padres de familia, por indiscreta confianza en sus hijos, los dejan
á veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de
tales atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones
de todo género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los
parajes mas públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles
el camino de su perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus
caprichos; son los elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del
cielo para poder resistir siempre á tanta seduccion?

Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades
amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales
contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un
absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.

La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe
tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas
estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que
tenga buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven
se estravie por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que
despues no pueda cumplir, por carecer de lo preciso para sostenerse con
decencia y adquirir lo necesario á su carrera.

Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un
jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase
elevada, no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos
sujetos, si no tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y
quizás aunque las tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar
al recomendado con su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer,
presentándole en tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles,
pero que cada uno de ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase
de recomendaciones son buenas para despues de pasado algun tiempo, mas
no al principio, cuando es necesario todo el dia para empezar bien el
estudio; por otra parte, creer que el que tiene escelente posicion
social haya de ir acompañando á un jóven á suplicar y á cuestionar con
los empleados de la Universidad, es creer un despropósito.

Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para
un estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas,
que, como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben
economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas
partes, y le sobran siempre buenas relaciones.

Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil,
ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto
á los padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de
Madrid, el único de España, solo se admite un número determinado de
alumnos, que para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse
en Puerto-Rico, y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen
rigoroso, no es seguro el conseguir una plaza solicitada por muchos
otros con igual mérito, con favor y con grandes recomendaciones,
porque del colegio salen ya con un sueldo pagado por el Gobierno.
Hablemos de los estudios del estranjero.

Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un
jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece
nos convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.

Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España
á un grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que
desde niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente
de la civilizacion, al volver á Puerto-Rico siente en su alma un vacío
inmenso: aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres
en que ha sido criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo
idioma, pero esto es no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido
jóvenes de instruccion brillante, que á los aficionados llamaban
_jugadores por amor_, á la gorra de cuartel _bonete de policía_, que
en lugar de _V. me adula_ decian _V. me flatea_, y otras por el mismo
estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?

Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del
país se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los
cubra el barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la
patria. En una palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse
en cualquier carrera; pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.

Habiendo hablado de los estudios que se hacen en Puerto-Rico, en la
Península, y en el estranjero, parece que debiera decir algo de los de
la Isla de Cuba; pero como quiera que son ya muy contados los que van á
seguir su carrera en aquella Isla, por ser los gastos mucho mayores en
igualdad de circunstancias, me creo dispensado de hacerlo, en obsequio
de la brevedad. Concluiré pues indicando algunos de los medios de
mejorar en mi país la instruccion que en él se recibe, para que no haya
obstáculos en las carreras cuando quieran continuarse fuera de él.

Es ante todo indispensable que la enseñanza siga una marcha uniforme,
que haya un colegio en la Capital que forme el centro, y que todas
las escuelas de la Isla sean ramificaciones suyas; porque mientras
pueda cualquiera titularse Maestro y abrir un establecimiento que
nadie se cuida de clasificar; mientras pueda seguir en él el método
que le dicte su capricho; mientras, en una palabra, no haya para los
padres de familia mas garantía que la buena ó mala fe de los maestros;
mientras suceda todo esto (y lo digo muy alto), en Puerto-Rico se
enseñará mal, y el que quiera ser sólidamente instruido en cualquier
profesion, tendrá despues que estudiar gran parte de lo que debió saber
al concluir la instruccion preparatoria.

No quiero decir que no haya algunos profesores muy dignos de serlo,
pero estos serán los primeros en reconocer que hay tambien otros á
quienes no vendrian mal unos cuantos años de escuela; si para llamarse
maestros hubieran tenido que pasar todos por un ecsámen rigoroso sobre
materias cuyo nombre ignoran quizá algunos de ellos, y las cuales son
indispensables al que ha de conducir á los niños en los primeros pasos
que dan por la senda del saber, entonces podrian los padres estar
tranquilos, y no tendrian que separarse de ellos desde su mas tierna
edad, como ahora sucede, para ponerlos en escuelas que les merecen mas
confianza.

En cuanto al colegio centro de estas escuelas, en mi concepto deberia
ser un establecimiento en el cual se enseñara la Filosofía tal como
previene el plan de estudios que rige en España, adoptando en él los
mismos métodos y obras, para que nada nuevo encontrara un estudiante al
llegar á la Península, y que se diera grande extension é importancia
á la agricultura, como primera fuente de la riqueza de la Isla, y
al estudio de idiomas, como tan necesario á los que se dedican al
Comercio, que es el que puede hacer valer los productos de ella.

Todo lo que sea pensar en las carreras facultativas, sin tener antes
buenos medios de instruir á los jóvenes en los ramos arriba espresados,
es querer llenar el país de medianías, que siempre son el descrédito de
las ciencias y las artes.

A primera vista parece irrealizable el establecimiento de un colegio,
y el hacer que todas las escuelas dependan de él; pero no hay cosa
mas fácil mientras se desee de todas veras; y no se piense que al
decir esto me refiero al Gobierno; no él, sino los padres de familia
deben tomar la iniciativa; el pedir que el Gobierno haya de pensar en
todo, sin que nada se le indique, saben muy bien todos los hombres de
medianas luces que es pedir un imposible.

No es por otra parte un milagro lo que yo ecsijo que hagan los padres
pudientes en mi país, porque es del todo igual á lo que pasa en España.
En esta los colegios mejor montados no son propiedad del Gobierno, sino
de particulares que adquieren con ellos gloria y bienes de fortuna,
proporcionando á muchos hombres de talento una subsistencia decorosa.
Toda la dificultad está en la buena administracion, y en que para
Director se elija un hombre de Genio, y al corriente de la marcha que
con el nuevo plan de estudios se sigue en dichos establecimientos.

En cuanto á la reunion de fondos suficientes no me seria difícil
proponer un medio de hacerlo si estuviese en mi país, teniendo datos
de que carezco á tan larga distancia; diré solamente que el Colegio
Seminario, y las clases de la Sociedad Económica son elementos muy
útiles para la reforma, que es indispensable se verifique si se quiere
que no estemos un siglo atrasados en la enseñanza.

Sin instruccion no puede haber adelantos en las artes y la industria
que tanto necesita el país; los estranjeros nos comprarán siempre
nuestros productos para elaborarlos, y hacer despues que los paguemos á
peso de oro; desvelémonos pues; y cuando todo esté allanado, reclamemos
la proteccion del Gobierno, que nunca se la niega á un pueblo que pide
medios de instruirse; venzamos todos los obstáculos, y digamos entonces
al Soberano: «Somos religiosos, somos leales, somos honrados, somos
hospitalarios; solo nos falta que nos permitais ser sabios.»

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA IV.

                         UN CASAMIENTO GÍBARO.

                            [Illustración]


                                  I.

    Cantando estaba ey pitirre
    En la copa de una seyba,
    Cuando salen de una casa,
    O mejoy, de ebajo de eya,
    Jasta unas treinta presonas
    A cuay mas toas compuestas.
    Diban tóos á cabayo,
    (Ey que menos diba en yegua)
    Los hombres ensapataos
    Y casi toos con chaqueta,
    Yeban aygunos pañuelo
    Amarrao en la cabesa,
    Y sombrero e pelo negro,
    Tejío entero, ó de empleyta,
    Camisas aymionáas,
    Y carsones e tapeta.
    Las mujeres yeban gorras
    De pelo con plumas negras,
    Guantes de algoón tejíos.
    Y argunas, sayas e séa;
    Sapatos e marroquin
    Y tumbagas muy sobelbias,
    De aqueyas de pocos riales
    Que briyan como las pieiras;
    Pañuelos y pañuelones
    De too grandol y manera,
    Y argoyitas y sarsiyos,
    Y junquiyos y caënas.
    Toiticos á cuay mas
    Muy bien ensiyáa su bestia;
    Unos con bocao e plata,
    Y e colores las riendas,
    Otros con jáquimas, y otros
    Con sus frenos e correa.
    Las tajarrias, asericos,
    Aparejos y aguaeras
    Eran tóos nobesitos
    Y jechos pa aqueya fiesta,
    Que era la boa de Peiro
    Hijo der Guajon Iglesias,
    Con Gilia, la muy pulía,
    Hija de Toño Ribera,
    Y aquey dia se casaban
    Con grandísima querensia.
      La mosa e cuando en cuando
    Bia ar nobio e manera,
    Que bien clarito le isia:
    Peiro, tuya es esta prenda.
    Y er sortaba caa bufío
    De gusto ar miral su jembra,
    Que ni con er susuncoyda
    Se cambiara aunque er quisiera.
    Ey soy estaba una vara
    Mas arriba de la tierra,
    Cuando pol medio ey Barrero
    Caminaban pa la Iglesia;
    Habiéndose ya apeao
    En caje de una parienta.
    Yegan, y er cura, que estaba
    Asperándose á la pueita,
    Los espachó, y dijo misa
    Toyto en un requimeternan;
    Mas ar salil encontraron
    Abieytas ya toas las tiendas
    De pulpería y de ropa,
    Bentorriyos y rancheras;
    Y los mosos, jumaseros;
    Los muchachos y las viejas.
    Ey pueblo entero asperando
    A que los novios salieran.
    ¡Bárgame Dios que sanfransia,
    Luego que estuvieron fuera,
    De matracas y fotutos,
    Y con palos y con pieyras
    Pegando en los mostraores
    Y gorpeando las pueytas!
    Er uno gritaba: _juse,
    Carabuco bira y seja_;
    Er otro: _mira; atarraya
    Esa nobiya berrenda_.
    Y así bastante ajoraos
    Fueron á cojel las bestias,
    Y salieron dey Barrero
    Camino dey Aguabuena.

                            [Illustración]


                                  II.

      Ayí habia combiaos
    Que pasaban e sesenta,
    Y los músicos, que ay punto
    Que yegó la gente nueba,
    Sin aguayday que pasaran
    Los cumplíos y etiquetas;
    Cojiendo los estrumentos
    Tocaron unas caenas,
    Y er baile jasta er comey
    Duró en caliente y e veras.
    Los suegros y los pairinos
    Con los nobios á la mesa
    Se asentaron; los emas
    Caa uno e su manera,
    Ñangotaos, en las jamacas,
    Paraos y en la escalera.
    No faytó er arros con carne,
    Con coco y con leche buena,
    Ni los biñuelos de ñame,
    Ni la naranja en conseyba,
    Ni ey romo, ni ey anisao,
    Ni ey vino, ni la giniebra.
    Despues de yenal ey buche
    Boybieron á andal las pieynas
    Jasta la hora de senal;
    Y así que pasó la sena
    Con mas gana que ay prensipio
    Too er mundo se menea.
    Ey sor los jayó bailando
    Sin que nayden se rindiera:
    Entonces se espidieron,
    Y aquí se acabó la fiesta.
    De lo que pasó espues
    Los nobios darán la cuenta.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                               ESCENA V.

                                BAILES

                            DE PUERTO-RICO.

                            [Illustración]


Antes de llegar al objeto principal de este artículo, diré cuatro
palabras sobre el orígen é historia del baile, tomadas de dos
publicaciones recientes, de Madrid la una, y la otra de Barcelona.

                            [Illustración]

El baile es tan antiguo como el hombre; puesto que en sí no es otra
cosa, que _un modo de espresar sensaciones por medio de variadas
actitudes y movimientos_: este es el baile en su orígen, que,
generalizándose despues, llegó hasta formar parte del culto religioso;
conociéndose con el nombre de danza sagrada la que en sus ceremonias
usaban los Judios, Egipcios, Griegos y Romanos; continuó siempre en
los regocijos públicos y de familia, de suerte que, por la suntuosidad
de ellos era fácil conocer el poderío y grandeza de una nacion, y la
opulencia de los particulares.

Los Atenienses introdujeron el baile en el teatro, apenas nacido este;
siendo en él, primero alegórico, despues histórico, y últimamente
tan variado como la trajedia y la comedia. En varias naciones, sobre
todo entre los Romanos, llegó á un grado tal de perfeccion que
parece fabuloso, no desdeñándose de bailar las personas mas graves y
de mas talento. A Socrates gustaba mucho bailar un baile llamado el
_Menfilico_; Platon fué agriamente censurado porque rehusó tomar parte
en uno que daba Dionisio de Siracusa, y Arístipo fué muy aplaudido
porque, hallándose presente, dejó su manto y danzó muy bien delante del
Rey. Caton el censor tomó un maestro á la edad de cincuenta y nueve
años para repasar los bailes que habia aprendido cuando jóven.

La invasion de los bárbaros destruyó el baile junto con las artes y
las ciencias, que reducidas á la nada hasta pasados algunos siglos,
renacieron otra vez, y con ellas el baile, para irse elevando hasta el
punto en que se halla hoy en los Teatros de las primeras capitales del
mundo civilizado.

Los bailes nacionales españoles se deben, segun el parecer de
Jovellanos, á los Sarracenos, y de algunos de ellos toman orígen una
parte de los de Puerto-Rico, como verémos mas adelante.

Todos los pueblos tienen bailes acomodados á su gusto, clima,
civilizacion y costumbres; distínguense los de los negros de Africa por
sus evoluciones guerreras, por su lubricidad, ó por sus movimientos
de dejadez y abandono; los de los Chinos por sus grupos difíciles,
de equilibrio y vistosos, y los de los salvajes de América por la
voluptuosidad, y por su variada espresion, que era tal, segun los
viajeros é historiadores, que cualquiera podia conocer fácilmente por
ella la pasion que la danza queria espresar.

Conquistada y poblada gran parte del Nuevo-Mundo por los Españoles, era
forzoso que adquiriese sus costumbres, y con ellas muchos de sus bailes
nacionales; guardando estos toda su pureza, ó adulterándose segun el
sitio en que habian de ser aclimatados.

En Puerto-Rico hay dos clases de bailes: unos de sociedad, que no son
otra cosa que el eco repetido allí de los de Europa; y otros, llamados
de _garabato_, que son propios del país, aunque dimanan á mi entender
de los nacionales españoles mezclados con los de los primitivos
habitantes; conócense además algunos de los de Africa, introducidos por
los negros de aquellas regiones, pero que nunca se han generalizado,
llamándoseles _bailes de bomba_, por el instrumento que sirve en ellos
de música.

Entre los bailes de sociedad son los mas usados la contradanza y
el walz; la primera es la contradanza española, conservada mucho
mejor que en España; sus figuras tienen la misma variedad que en su
orígen tuvo dicho baile, y sus pasos adquieren mayor encanto con la
gracia de las hijas del Trópico: es imposible seguir con la vista los
movimientos de una de aquellas morenitas de mirar lánguido, cintura
delgada y pie pequeño, sin que el corazon se dilate queriendo salir del
pecho. La contradanza americana es el baile mas espresivo que pueda
imaginarse, es un verdadero poema de fuego y de imágenes seductoras,
es en una palabra, la historia de un amor afortunado. Empieza la
danza.... La bella es solicitada por un amante, que, cualesquiera que
sean los obstáculos, halla siempre el medio de encontrarse con el
objeto de su cariño; las diferentes figuras representan muy al vivo
los inconvenientes de parte de unos, y la proteccion de otros: en el
principio, apenas se acercan, vuelven á separarse, cada vez se detienen
algo mas; las manos del jóven toman las de su querida, toca sus brazos,
su cintura, y por fin, unidos estrechamente, se entregan al placer en
medio de todos sus compañeros, que celebran con igual regocijo la union
de dos seres que se adoran. ¡Oh hijas de mi patria! nadie os iguala en
el baile, nadie derrama como vosotras ese raudal de fuego puro como
vuestras frentes, ni esa voluptuosidad encantadora que solo nace en
nuestro clima.

La música, que no contribuye poco á la ilusion, es un conjunto de
ecos, tan pronto melancólicos, plañideros y sentimentales, como
alegres, agudos y estrepitosos; es creacion del país, y á veces eligen
los compositores temas de una cancion popular, sirviendo no pocas
de pretesto algun suceso mas ó menos ruidoso para la composicion
de una danza que despues lleva su nombre. He oido á profesores
bastante acreditados de Europa, que no les gustaba dicha música; uno
de ellos tocó al piano delante de mí una contradanza muy bonita, y
no pude menos que pensar, que tal como él la tocaba era imposible
que gustase; ejecutóla despues una señorita de Cuba, que no poseia
mas que medianamente aquel instrumento; y apenas la hubimos oido,
cuando díjome el profesor: ¿Sabe V. porque he escuchado con placer á
esa señorita? Figúrese V. un estranjero que posea perfectamente el
castellano, y que estando en Madrid, por ejemplo, le diesen á leer una
de esas composiciones chistosísimas escritas en lenguaje andaluz por
Rubí ú otro de nuestros buenas poetas; seguro estoy de que le gustaria
muy poco el cambio, supresion y y adicion de letras, la novedad de
palabras, y otras cosas que en ella encontraria; pues bien, el mismo
estranjero, si le llevasen por la noche al teatro y viese representada
por buenos actores la misma pieza, se destornillaria de risa y
aplaudiria como un loco; á mí me ha sucedido otro tanto, era preciso
que oyera una contradanza tocada por uno de las Antillas para poder
apreciar ese género de composicion.

--¿Y ahora la tocaria V.?

--Si lo intentase, por mas reglas que yo sepa, y por mas ejecucion que
tenga, me hallaria en el caso del estranjero que he citado antes, si
pretendiera al otro dia imitar la ejecucion de la pieza andaluza.

El walz, igual al de todas partes, es en Puerto-Rico el compañero
inseparable de la contradanza, y se mira como su consecuencia
necesaria; la jóven que promete una contradanza sabe que tiene que
bailar el walz con el mismo sujeto.

El rigodon es tambien muy general: frio, pausado y aristocrático,
conserva las mismas cualidades bajo el sol de las Antillas que bajo los
hielos del polo.

Todos los demás bailes que recorren la Europa con alguna aceptacion,
llegan tambien á la Isla, y duran poco ó mucho segun el gusto con
que son recibidos; así hemos visto en unos cuantos años la Galop, la
Mazurka, el Britano, el Cotillon, la Polka, etc.

Los bailes de Sociedad son en Puerto-Rico casi iguales, en cuanto á
las reglas que en ellos se observan, á los que yo he visto en España,
aparte algunas modificaciones que no bastan á darles un carácter
particular. Hay entre ellas la que he dicho de tenerse el walz como
un apéndice de la contradanza, la cual ejerce sobre él el derecho de
señalarle las parejas. Esto tengo para mí que debió en otro tiempo ser
una prueba que mutuamente se daban los danzantes del placer que habian
tenido en la contradanza, que despues á fuerza de repetirse ha venido á
ser una ley sancionada por el uso, y como otras muchas leyes, no deja
de causar algunos sinsabores: y sino, figúrese el lector una jóven
hermosa y bien educada, á quien se le descuelga con la pretension de
bailar con ella un coreógrafo bisoño, sin pelo en el labio superior,
que se pone como una grana al dirigirle la palabra, y que al contacto
de su mano, y al observar las agitadas palpitaciones de su seno,
siente que le zumban los oidos, y no puede seguir el compás; preciso
es que la niña no le desaire, porque la ley de urbanidad es en este
punto inflecsible; y haria una ofensa que nunca perdona el que está en
la edad de las sensaciones nuevas y desconocidas. Suena la música, y
empieza entre los dos un movimiento igual al de dos manos de pilon que
dan alternativamente en el grano, subiendo la una cuando baja la otra y
vice-versa; de este modo, tropiezo aquí, pisada allá, apreton acullá, y
fastidio en todas partes, llegan al final, y cuando la señorita empieza
á reponerse de tanto percance, óyense de nuevo los instrumentos, y es
preciso volver al martirio.

No digo nada si es un jóven al que le toca por compañera una prima de
su adorado tormento, amiga de su hermanita, ó recomendada por su mamá ó
la señora de la casa, y que yo pudiera pintar muy bien; pero no quiero,
porque tengo en mucho el aprecio del bello secso (sin escluir aquella
parte de él á quien no cuadra el adjetivo), no me detengo mas en esto,
y vamos á otra cosa.

La colocación es tambien en lo que mas se repara: ninguno permite que
otro se le ponga primero en la contradanza, despues de haber ocupado
su lugar, sin que medien razones muy poderosas, lo cual me parece muy
en el órden, y es un modo de espresar que entre personas distinguidas
deben ser iguales y recíprocas las atenciones. Uno solo empieza á
bailar, que es el primero, y á medida que desciende hasta el otro
estremo de la sala, le siguen por órden rigoroso los que vienen despues
de él; al revés de lo que he visto en otras partes, donde, con motivo
de empezar todos á la vez, ningun lugar es preferente; mas resulta
una confusion que dura tanto como dura la música. Entre la variedad
de figuras que se usan, nadie puede variar tampoco la que puso el que
empezó, y solo puede hacerlo él mismo cuando vuelve á llegar á su lugar
primitivo.

He aquí lo único en que varian en aquella Isla los bailes de sociedad
ó de la clase mas acomodada; en cuanto á lo demás nada tienen que
envidiar á los mejores que se dan (no siendo en una corte) en cualquier
otro lugar, pues reunen las condiciones de cortesanía y elegancia en
los concurrentes, y riqueza y buen gusto en los adornos de trajes y
edificios: son notables los que dan las corporaciones, siempre que hay
un motivo digno de las grandes sumas que invierten en ellos, y muchas
veces hasta los particulares rivalizan en ofrecer con todo lujo esta
diversion, que es la primera en el país.

                            [Illustración]

Los bailes de _garabato_ son, como he dicho, varios, y traen su orígen
de los nacionales españoles y de los indígenas, de cuya mezcla ha
resultado un conjunto que revela claramente el gusto de unos y otros;
así en las _cadenas_ y en el _fandanguillo_ cualquiera reconoce una
degeneracion de las seguidillas y del fandango; al paso que en el
_sonduro_ tambien se ve algo del zapateado, junto con mucho de aquel
furioso vértigo, que parecia transformar en otros á los que pasaban
dias enteros sentados sobre sus tobillos.

Además del _fandanguillo_, _cadenas_ y _sonduro_ ó _matatoros_ hay el
_seis_ y el _caballo_, que completan el repertorio de los bailes de
_garabato_. El primero es el fandango español, aunque en obsequio de la
verdad tengo que confesar, que así como la contradanza ha ganado mucho,
este ha perdido y no poco; los pasos son ejecutados con mucha menos
soltura y gracia, los pies de los bailarines no se deslizan sobre el
suelo con la suavidad que fuera de desear, sus cuerpos conservan una
rigidez, que sobre parecer afectada, se aviene muy mal con el aire y
tono de la música y los brazos, que tanta gracia añaden á cualesquiera
posicion del cuerpo, son en algunos molestísimos apéndices que no
saben donde colocar; en una palabra, el fandanguillo es una planta mal
aclimatada.

Las _cadenas_, derivado de las seguidillas, pero no un engendro
contrahecho y raquítico, sino un renuevo vigoroso y lozano, que yo
comparo á una hermosa mestiza, son el baile mas animado y vistoso de
cuantos pertenecen á esta clase; toman parte en él uno ó varios grupos
de á cuatro parejas, las cuales hacen un número convenido de figuras
hermosísimas, y ejecutadas con tal precision y soltura que nadie
conoceria allí á los envarados y frios danzantes del fandanguillo;
crúzanse velozmente en variadas y opuestas direcciones, enlázanse
formando grupos siempre agradables, y mudan en un instante infinitas
veces de lugar, viniendo siempre al mismo de donde partieron. Nada
hay que pueda pintar el alegre regocijo de los campesinos como las
_cadenas_. La música es muy animada á la par que sencilla, el canto con
que la acompañan sumamente espresivo, y su letra, no puede hacerse
de ella mejor elogio que el decir que son seguidillas, muchas de las
cuales he oido en España; y que los _gíbaros_, sin saberlo, cantan á
veces versos de Iglesias, y de otros no menos célebres ingenios.

El _sonduro_ es una especie de zapateado, pero con tales arranques de
entusiasmo, que no solo baila la pareja única que está en el centro de
la sala, sino que hace mover á cuantos hay en ella; cruje la tablazon
del piso; y aquel estrepitoso repique de pies descalzos con un dedo de
suela natural, ó bien calzados con suelas llenas de clavos, se hace
oir en el silencio de la noche mas lejos que los instrumentos, que por
cierto no alborotan poco. Todo este ruido lo hacen un par de pies, que
son los del varon, pues que la hembra no tiene en él ninguna parte;
vanse relevando á medida que se cansan, y así no es estraño oir por
mucho tiempo un rumor que parece imposible que lo cause un solo hombre.

El seis, aunque en rigor deben bailarle seis parejas, yo he visto
muchas mas: colocánse las mujeres frente á los hombres en hilera, se
cruzan varias veces, zapatean un poco en ciertos compases marcados
por la música, y terminan valzando, lo mismo que en la contradanza.
Despues de las _cadenas_, el seis es de los bailes de garabato el que
mas gusta, porque no es atronador como el _sonduro_, ni frio como el
_fandanguillo_ y el _caballo_.

En este se colocan dos parejas de modo que estando la mujer frente á su
compañero, tenga á la izquierda al de la otra que esta delante de él:
toda la dificultad está en unos pasos muy sencillos y poco variados, y
en cruzarse y cambiar de pareja sin tocarse nunca las manos; para un
estraño es baile que tiene poca gracia.

Los instrumentos músicos son tambien dignos de que se hable de ellos:
forman una orquesta completa una _bordonúa_, un _tiple_, un _cuatro_,
un _carracho_ y una _maraca_. _La bordonúa_ es una gitarra de grandes
dimensiones, hecha toscamente, y á veces sin mas herramienta que un
cuchillo ó una daga; la madera es de varias calidades, escepto en su
tapa que siempre es de _yagruno_, una de las mas blancas y ligeras que
se conocen. El _tiple_ es en un todo igual á esta, sino en su tamaño,
que es mucho menor. El _cuatro_ es un término medio entre los dos, y
se distingue porque remata en dos ángulos su mitad cercana al brazo,
á diferencia de la otra que es redonda como en la _bordonúa_. El
_carracho_, _güiro_ ó _calabazo_, es una calabaza larga, bien madura
y seca, con surcos transversales algo profundos, sobre los cuales se
hace pasar con mas ó menos fuerza un palillo de madera muy fuerte; para
que el sonido sea mas intenso, tiene una abertura en la parte opuesta
á la de los surcos, y se toca sosteniéndole con la mano izquierda y
manejando con la derecha el palillo de que ya he hablado. La _maraca_
es una _jigüera_ atravesada con un palo, y que contiene en su interior
una porcion de granos duros y pequeños; agitándola con la mano derecha,
con la cual se tiene por el palo que la atraviesa y sirve de mango,
produce un sonido con que acompañan al de los demás instrumentos.

Los bailes de _garabato_ tienen sus reglas, que se observan con todo
rigor, y que nadie que toma parte en ellos está dispensado de guardar
estrictamente. Aunque, como he dicho, son propios de la gente de la
clase inferior y del campo, algunas veces he visto bailar en ellos á
personas muy distinguidas. Una pisada, un empujon, los zelos de un
enamorado, la sonrisa de un espectador, y otras cosas semejantes dan
lugar no pocas veces á que se concluyan á cuchilladas; al paso que
todos cuando no hay alguno de estos motivos se complacen y obsequian
mutuamente con la mayor franqueza, teniendo siempre la preferencia
los forasteros sobre los del lugar en que se da el baile; en una
palabra, aquellas buenas gentes guardan todas las atenciones y finura
compatibles con su clase, sus hábitos y educacion.

Tales son los bailes de garabato: los de los negros de Africa y los de
los criollos de Curazao no merecen incluirse bajo el título de esta
escena; pues aunque se ven en Puerto-Rico, nunca se han generalizado:
con todo, hago mencion de ellos porque siendo muchos, aumentan la
grande variedad de danzas que un estranjero puede ver en sola una Isla,
y hasta sin moverse de una poblacion.

Inútil seria entretenerme en probar que esta variedad depende de la
posicion geográfica que acumula allí individuos de tantas naciones,
cada una de las cuales introduce usos que se arraigan mas ó menos,
segun el influjo que ellas tienen en el país, y así concluyo
manifestando que, fuera de los bailes públicos y de grande espectáculo
de los teatros europeos, que no puede haberlos porque el teatro está
cerrado la mayor parte del año, y porque en la Isla no creo que haya
quien quiera arruinarse contratando compañías que hacen quebrar á los
mejores empresarios; en cuanto á bailes nada tenemos que envidiar á
ningun pueblo del mundo.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA VI.

                         EL BAILE DE GARABATO.

                            [Illustración]


    Arreyánense á mi lao
    Toiticos los que aquí estan,
    Y jagamos una ruea,
    Paque puean escuchal:
    Ey suseso acontesió
    En la semana pasaa,
    Que es de aqueyos que encocoran
    Y achongan jasta rabiay.
    Muaba á canto e talao
    A mi baca coloraa
    Ey jueves á eso e la una,
    Poquito menos ó mas;
    Cuando yegó primo Sico,
    Que me diba á combial
    Pa un baile, que aqueya noche
    Jasian en la besindá,
    En caje de una comae
    Que ey quería festejay,
    Casaa con un primo suyo
    Jasia tres meses no mas,
    Y que era, asigun la fama
    Y si bale isil veydá,
    De chupe y dejeme ey cabo:
    Y no repito lo emas
    Que sus muchos amaores
    De eya cuentan sin paral,
    Polque ey cuento seria laygo
    Y no hay quien no sepa ya
    Que á enamoraos y á locos
    Nayden les debe escuchay.
    Espaché en un paire nuestro,
    Luego me juy á refrescal
    Ar rio, despues me puse
    Los trapos e cristianay
    Y, ey malambo ebajo er braso,
    Dejando mi estansia atrás,
    Apenas anochesio
    Vide ey baile prensipial.
    Era la casa e la fiesta
    De yagua e sierra techaa,
    Los setos y soberaos
    De tablas solo aserraas,
    Con bentanas correisas
    Y soleras sin labral.
    La sala onde se bailaba
    La tenian alumbraa
    Con cuatro belas e sebo
    A los estantes pegaas,
    Y otra sobre una tabliya
    En que se via un San Blas,
    Un ramo e parma bendita,
    Tres mochos sin espigay,
    Un tigüero, una baraja
    Y una atarraya emplomaa.
    A la erecha, junto ar seto,
    Habia mujeres sentaas
    Sobre una canoa grande,
    Que ayi tenian arrimaa.
    A mano suida lo mesmo,
    Las habia arreyanaas
    Ensima una costanera
    Con dos trosos lebantaa.
    Un ture, aygunas banquetas
    Y un banco sin resparday,
    Seybian de asiento á los músicos,
    Cantores y á pocos mas.
    Rompió ey baile primo Sico
    Con su comae Treniá,
    Con un sonduro que daba
    Imbidia veyo bailal.
    Requintaba la bigüela,
    Ey güiro diba á jablay,
    Y los tiples y maracas
    No les diban muy atrás.
    Los garrones e mi primo
    Repicaban sin paral,
    Y atajaba la pareja
    Tan á tiempo y á compas,
    Que hubo biejo que la baba
    Le bino ay suelo á paray.
    Bailóse espues un cabayo,
    Unas caënas etrás,
    Un fandanguiyo bombeao,
    Y un seis se diba á tocay;
    Cuando dentró esbanesío
    En er baile un camaraa,
    Con ey sombrero en la oreja
    Y la daga esembainaa.
    Parao en mitá e la sala
    Dijo:--¿Quién es capatás
    En este baile, señores,
    Que habemos de platical?
    --Yo soy, repuso mi primo,
    Pa lo que guste manday.
    --No mas queria, que un rato
    Aquí me ejaran bailal,
    Polque se lo he prometío
    A una jembra que aquí está.
    --Mucho jiso en prometeyo
    Poyque puee que quede mal,
    Manque benga acompañao
    Con ey mesmo Barrabás.
    --Jise bien; y si aigun guapo
    Me lo quisiere pribay,
    Le pelsinare la cara,
    Y naide baylará mas.
    --Eso agora lo beremos.
    --Pues asina lo berá.
    Dió un rempujon á mi primo,
    Que ay punto se jiso atrás,
    Y metió mano ay moruno
    Rabiando pol peleay.
    Toitos jisimos lo propio,
    Y se puso caa cuar
    En ey bando de uno ó de otro,
    Confolme á su boluntá.
    Las belas fueron ar suelo;
    Queándonos por un iguar
    Toos prietos, pues ni las manos
    Nos podiamos miray.
    ¿Quién aqueya masamorra
    Sera capás e contal?
    Las jembras esperesías
    Gritaban á no poel mas;
    Unas en ey aposento
    Se fueron á refugiay,
    Otras ayá en la cosina,
    Aygunas arrinconaas
    En la sala, y jasta una
    Se fué de mieo á sumbal
    Poy la bentana mas arta,
    Con su bojote cargaa.
    En poquísimos menutos
    Se dieron mas cuchiyaas,
    Y repartieron mas palos,
    Que letras tiene un misar:
    Y no hubieran acabao
    Ni con ey juicio finay,
    Si no se mete pol medio
    La mosa mas aqueyaa,
    Que tiene ey barrio e Culebras
    En toa su besindá;
    La cuar en cuenta e correy,
    Al iguar de las emás,
    Agarró un cabo de bela
    Y en un tison de capá,
    Que sacó de los fogones,
    Lo prendió á fuelsa é soplay.
    Yegó á la sala y gritando:
    ¡Señores! que jaya pas,
    Nos dijo: Atórense un poco
    No se bayan á matal:
    Yo que soy causa e la riña
    Se lo bengo é suplicay.
    Escúcheme, que ay momento
    La buya se acabará.
    En broma le ije á Cilirio
    Que no seria capás
    De esbaratal este baile,
    Y er lo ha jecho de beydá.
    Su intencion no era ofendel
    A unas gentes tan honraas,
    Sino dal á conocey
    Que pol mí no teme á naa.
    No queamos muy satisfechos;
    Pero nos jiso queal
    La risa de aygunos cuantos,
    Que cada ves diba á mas.
    Era ey caso que un mosito
    Benío de la Suidá,
    Muy agentao y muy tieso,
    Asin que oyó ey juracan,
    Se metió ebajo una mesa
    A aprendel á gateay;
    Y entonces me lo sacaban
    Sin poel tabía jablal.
    Cilirio le dió á mi primo
    La mano, voivió á embaynay
    La daga; y toos en un veibo
    Se ofresieron su amistá;
    Se acuairiyaron los músicos
    Y mujeres, y á baylay
    Otra bes, cuar si tay cosa,
    Acabara é presensial
    Se puso toita la jente
    Con mucha tranquiliá;
    Menos sinco ú seis jerios
    Que se fueron á curay.

                            [Illustración]

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA VII.

                              LA GALLERA.

                            [Illustración]


Puede pasar un pueblo de la Isla de Puerto-rico sin espectáculos
públicos de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni
nadie que gobernase en él; pero jamás pasaria sin un _ranchon_ grande,
cubierto de _teja yagua ó paja_, en cuyo centro hay un círculo de
ocho á diez pasos de diámetro formado de tablas, con una gradería
al rededor, hecha de lo mismo: cuando se trata de fundar una nueva
poblacion no es estraño ver que aparece este edificio mucho antes que
la Iglesia, y en no pocos parajes en que el número de casas de campo es
crecido, estando á alguna distancia de los pueblos, se ve tambien que
le hay, si bien falta una ermita ó capilla. Esta entidad que preside
en todas partes, esta avanzada de la creacion de nuevas sociedades en
sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto
idólatra, es la _Gallera_. Examinarémos en esta escena su objeto é
influencia moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los
gallos, los _galleros_ y los jugadores, como actores principales, y
despues de las _peleas_, _desafíos_, etc.

El gallo, animal célebre desde la mas remota antigüedad, ídolo de
algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para
recordar á uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan
querido como en las Antillas; hay una clase sobre todo, llamada gallo
inglés, que es el compañero inseparable del _gíbaro_.

Antes de salir del cascaron, ya se ha cuidado de legitimar su orígen,
poniendo á la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal,
un bosque ú otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores
del sultan, que despues de haber muerto en el combate á su terrible
adversario, viene cubierto de honrosas cicatrices á reinar en medio de
sus favoritas. De allí es trasladada la clueca, y su nido se coloca
en la casa en el sitio mas á propósito, cúidasela con mucho esmero, y
el dia en que sale rodeada de sus polluelos es un dia de gozo para
la familia. Empiezan entonces las discusiones sobre el secso, color
y demás cualidades; los amigos y conocidos averiguan los grados de
parentesco que tienen los recien nacidos con los gallos de mas nombre
de todos los pueblos cercanos, recorriendo las líneas colaterales,
con mas afan, que un hidalgo pobre que desea acercarse á un título de
Castilla.

Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en
su mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la
madre; entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en
casa y poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca
importancia como pudiera parecer; los _gíbaros_ saben muy bien que
un terreno en que los animalitos puedan escarbar, fortalece mucho
sus patas y su pico; así como el criarse en el bosque les hace mas
vigorosos en el vuelo; circunstancias no despreciables, puesto que de
ellas depende mas adelante la probabilidad de la victoria.

Es tambien de notar el cuidado que tiene todo _criador_ inteligente
en impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos,
alguna gallina; porque reñirian hasta matarse; y si por una casualidad
no sucediera así, perderian mucha pujanza, siendo mas débiles en el
combate; cada dia les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el
_criadero_, y se asegura muy á menudo del estado de la salud de los
futuros gladiadores.

Estos cuidados duran año y medio ó dos, hasta que entran en la escuela
práctica, bajo la direccion del _gallero_; este es un hombre blanco,
negro, ó mulato, gordo ó flaco, alto ó pequeño, por lo regular de
alguna edad, que es capaz, por su mucho conocimiento en la materia
y por su acrisolada paciencia, de instruir á un gallo, sacando todo
el partido posible de las disposiciones que presenta, desconocidas á
los profanos en el arte; mas que para él son el objeto de un estudio
continuo. Debe además ser _vir probus_ en toda la estension de la
palabra, pues á su rectitud se fian grandes sumas, como verémos despues.

Hacerse cargo de la completa filiacion de su pupilo es la primera
diligencia del _gallero_, que en dos minutos sabe si aquel es _rubio_,
_giro_, _pinto_, _cenizo_, _canaguey_, _gallina_, _ala de mosca_,
_jabao_, _blanco_, ó _negro_, si es _pava_, _roson_ ó _guineo_; si es
_pati-negro_, _pati-amarillo_ ó _pati-blanco_ si es _cinqueño_, _bajo ó
alto_ de espuelas, si tiene la _canilla_ larga ó corta, si es _largo_ ó
_ancho_ de cuerpo, si _aletea_ con fuerza, si tiene la pluma _madura_,
etc. no olvidándose nunca de oirlo cantar, para conocerlo despues por
la madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre
centenares de gallos que cuidan y _acondicionan_, conocen á cada uno
por el canto, sin que se engañen jamás.

Desde este dia, hasta aquel en que está en disposicion de _jugarse_,
pasa el gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto
siempre á un régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se
llama darle _condicion_; ó, lo que es lo mismo, ponerle en disposicion
de reñir con las mayores ventajas posibles de su parte. Córtale el
_gallero_ la cresta y las barbas, le pela con unas tijeras el pescuezo
y la parte posterior del cuerpo, le recorta la cola á unos cuatro
traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la punta de las
plumas del ala; le pone una _cabulla_ por sobre la espuela para que no
pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de
una á otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande,
alquilada espresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo
que no puedan alcanzarse, á un clavo fijo en las tablas del piso, ó
encerrados en jaulas grandes de madera, con su division para cada uno.

Al salir el sol los sacan al corral ó frente de la casa, atando á cada
uno en su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes
de esto los _rosian_ con buches de agua y aguardiente, y los tienen
allí hasta las diez ó las once de la mañana. Por la tarde vuelven á
sacarlos, y al ponerse el sol les dan el maíz y el agua graduados segun
su peso, y el resultado de la última prueba.

Estas pruebas son las _botas_ y los _coleos_; las primeras consisten en
echar á reñir dos gallos de igual peso, con las espuelas _embotadas_, ó
envueltas en trapo ó papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse:
el _gallero_ observa atentamente á cada uno, si _pelea alto_ ó _bajo_,
si _pica á la cabeza_, _al pescuezo al buche_, _á la cabeza del ala_
ó debajo de ella, si es de _carrera_, si _juega la cabeza_, si pelea
_de afuera_ ó _apechuga_, si _engrilla_ ó _voltea_, etc.; y segun lo
que nota, coge á uno de ellos en la mano y le maneja delante del otro
con tal habilidad, que, siguiendo este sus movimientos, se acostumbra
á pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama _coleo_.
Si el gallo se cansa en estos ensayos por esceso de gordura, se le
rebaja la racion diaria, y si está débil, se le aumenta; habiendo tal
variedad, que unos pelean mejor estando gordos, y otros estando flacos;
de lo cual resulta su division en gallos _á la vista_, y gallos _de
saco_.

El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho
de cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe _jugarse
á la vista_; esto es, comparándole al descubierto con su adversario:
cuando el que pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo
de cuerpo y tiene la cabeza alta, debe _jugarse al saco_; esto es,
equilibrándole en una balanza con su competidor dentro de dos sacos que
pesen lo mismo.

Cuando el gallo está _acondicionado_, lo cual se conoce por las _botas_
y _coleos_ y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte
posterior del cuerpo, se lleva á la _gallera_ para _jugarlo_ con mas ó
menos dinero, segun las cualidades que ha manifestado: y aquí es muy
interesante el papel del _gallero_, que, durante la riña, se llama
_coleador_; _casa la pelea_ conforme á las reglas establecidas, salvas
algunas ligeras modificaciones, como el enseñar la cabeza del gallo,
para conocer por la cicatríz de la cresta si los dos son de una edad,
el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media onza de ventaja,
etc.; y hecho esto,

      _Los agusan los rusian
    Y si ey dia es abansao
    Les dan tres ó cuatro granos
    De maís medio mascao._

Recortan además las alas, segun la estatura del contrario y el pelear
de su gallo, entrando ufanos en la valla ó _talanquera_: retírase la
gente que hay en ella, y puestos en el centro los acercan, teniéndolos
en las manos hasta que se pican, y separándolos despues los sueltan;
dejando á cada uno sobre una de las dos rayas paralelas hechas en
tierra con algunos palmos de intermedio. Empieza entonces la riña,
durante la cual los _coleadores_ estan fuera de la talanquera, ó
_ñangotaos_ junto á ella.

No hay palabras para pintar la fiereza de aquellos animales: al
principio no llegan á picarse, sino que se hieren al vuelo: á estos
primeros golpes es á los que llaman _tiros bolaos_; pero no tardan
en comenzar, y cada _picotazo_ va seguido de una _puñalada_, que el
contrario evita con destreza, ó recibe con heroico valor; sus cuerpos
se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y apenas pueden tenerse;
llegando muchas veces á quedar despues de algunas horas rendidos de
fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: á esto se llama
_entablar la pelea_: otras huye uno, muere ó queda fuera de combate,
siendo el otro vencedor.

Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar _á la
cabeza del ala_, clavando la espuela debajo de ella, dar en el
_yunque_, que así llaman á la nuca, etc. La carrera es tambien
un grandísimo recurso; los hay que corren al rededor de la valla
delante del contrario, que si no tiene tambien esta cualidad se cansa
persiguiéndolos, y entonces es vencido fácilmente; llegando algunos á
tanto, que, si conocen desventaja por su parte, se detienen sin correr,
hasta que el otro vuelve á seguir riñendo.

El ojo de lince del _coleador_ sigue todos los movimientos de su
gallo, mientras que los espectadores de las gradas publican en alta
voz la cantidad que quieren apostar á su favor, y le animan con las
esclamaciones mas originales:

    _Pica gayo y engriya jiro,
    Mueide al ala renegao,
    Juy que puñalon de baca, etc._

que se repiten á cada nuevo encuentro.

Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un
_careo_, los cogen los _coleadores_, los limpian chupando la sangre
de todo el pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados les
vuelven á veces la vista y los reaniman para volver á la reyerta.
Un número determinado de careos sin que ninguno de los combatientes
embista al otro _entabla_ la pelea.

Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no seria
muy completa, sin añadir algo que venga á confirmarlo establecido al
comenzar este artículo: bastará decir, que muy raro es el _gíbaro_ que
no cria gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la
gallera, y que algunos vuelven á su casa por la noche, sin llevar la
carne que habian ido á comprar al pueblo para toda la semana siguiente,
porque les tentó algun _pati-amarillo_ ó _coli-blanco_; mas ¿á qué
detenernos en otras cosas, cuando una simple relacion de un _desafío_
basta y sobra á nuestro propósito?

Los desafíos, que no son mas que la reunion en un pueblo de los gallos
mas famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande
anticipacion, y se verifican en dias señalados. Algunos antes empiezan
á llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre
lleva una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis ú ocho gallos,
en su saco cada uno; así son trasladados hasta á ocho y diez leguas de
distancia. Llega por fin el dia deseado: toda la poblacion se inunda de
gente, una gran parte de la cual no tiene otro objeto que ver _jugar_
un gallo conocido, y para esto ha hecho á pie muchas horas de camino.
En la _pelea_ se sigue las mismas reglas que en los casos ordinarios,
con la única diferencia que se atraviesan mayores cantidades, y que el
concurso es mucho mas numeroso.

Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo
de pensar acerca de la _gallera_: yo reconozco la oportunidad de su
deseo; pero no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestion
mas difícil de resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué
puede contestarse á la pregunta de si el juego de gallos es útil ó no?
Dirémos, que como causa de la comunicacion de unos pueblos con otros,
como medio de que circule el dinero, y como mero pasatiempo en los
dias festivos, no hay duda que lo es; mas como ocupacion, como camino
que puede conducir á otros vicios, y como ocasion de perder el dinero
destinado al sustento de una familia, es altamente perjudicial. El
tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo á esperar que cuando haya
otras diversiones públicas y á medida que adelantemos, se irá perdiendo
esta costumbre hasta desaparecer completamente.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                             ESCENA VIII.

                                  UNA

                           PELEA DE GALLOS.

                            [Illustración]


    Tribusio Lopes ey manco
    Y Chano Peres ey tueyto,
    Dambos á dos señalaos,
    Y nenguno pol sey bueno;
    Platicando diban juntos,
    Y de siguro mintiendo.
    Cuando e repente toparon
    Con un compae dey primero,
    Que, montao en una yegua,
    A escape benia dey pueblo.
    --Compae, le grito Tribusio,
    Aonde se ba tan ligero
    --Sujetó ey otro la bestia,
    Y le ijo: --Boy ar infierno
    A entregalme á Barrabás,
    Que de rabial ya me quemo.
    --Asosiéguese, compae;
    Y si es que aygun majaero
    Le ha jecho mala paltía,
    O le ha tocao ni en un pelo,
    En cuanto me iga quien es,
    Con er naranjo que yebo,
    Berá como boy ayá
    Y le machuco los güesos.
    --Grasias poy la boluntá,
    Su mucho aquey le agraesco;
    Pero ya too se acabó,
    Y lo jecho ya está jecho.
    --Pero ¿qué es lo que ha pasao?
    Si es que aquí poamos sabeyo.
    --Si siñol: lo contaré
    A los dos toito en un creo.
    Salí yo esta mardugaa
    De mi casa muy contento,
    Montao en mi yegua gacha,
    Que se aguaytaba ey lusero.
    Era espesa la ñublina,
    Ey bientesito muy fresco,
    Y menudeaban los gayos
    Caa uno en su duymiero.
    Mi poyo giro gayina,
    Con su cantío, respondiendo
    Les diba dende mi farda
    Ar pasay á caa uno de eyos.
    Yo traia en mi fardiquera,
    Pa jugayo, cuatro pesos;
    Y si la biera tenío,
    A sus patas biera puesto
    Cuarenta biajes mas plata
    Que la que tiene un platero.
    Yegué á este pueblo e Gurabo,
    (Que mar rayo palta ey pueblo);
    Ejé mi gayo y mi yegua,
    Y me fuy á misa corriendo.
    Salí que serian las once,
    Menutos de mas ó menos,
    Y ajilé pa la gayera
    Pol bey como diba aqueyo.
    Sinco ú seis peleas casaas
    Tenian barios gayeros;
    Que como era desafío
    Los habia de muchos pueblos.
    Me dieron en la primera,
    Y gané, un beinte á dos pesos;
    Y no quise apostay mas
    Pa gualday suelte y dinero
    Jasta que echara mi poyo:
    Y ya me diba aburriendo,
    Cuando jayé un tres y dos
    Que en pata, cabesa y peso
    Igualaba con er mio;
    Er negocio queó jecho,
    Y casamos la pelea
    Con cuatro pesos y medio.
    Ay fin yegó la ocasion
    Que asperamos mucho tiempo:
    Cojimos los dos los gayos,
    Y metiéndonos con eyos
    A entro de la talanquera
    Los sortamos en ey medio.
    Ey coleaol mi contrario
    Era mas arto que un ceiro,
    Carireondo, jipato,
    Y bisco der ojo isquieydo.
    Su gayo era canaguey,
    Coliblanco y patinegro,
    Y mas trabao que er mio;
    Manque no era tan ligero.
    Too ey mundo apostaba á ey
    Polque era gayo dey pueblo;
    Daban cresías gabelas
    Gritando:--Bente á dos pesos.
    --Sinco á cuatro.--Tres á dos.
    Y asin diban repitiendo.
    Yo aposté á mi poyo giro
    Jasta er cobre mas secreto,
    Sin reseybay ni los cuaytos
    Que pa casne truje ay pueblo.
    Pasaon los tiros bolaos,
    Y los gritos antes que eyos,
    Polque ey gayo canaguey
    Peldió un ojo á los primeros.
    Dambos á dos se moydian
    Y barajaban tan resio,
    Que mas de un biaje pensé
    Que se abrian de medio á medio.
    Ey mio, que era e carrera,
    A poco salió corriendo;
    Pero ey otro condenao
    Se supo jasel ey sueco:
    Aleteó, hechó un cantío,
    Y á escalbay se puso luego;
    Jasta que ey giro boybió,
    Y se pegaron de nuebo:
    Lo prebó dos ó tres beses,
    Y siempre jiso lo mesmo.
    Mi poyo le dió ay contrario
    Cuatro ú sinco tiros buenos,
    Otros tantos resebió
    De aquey á cuenta de aqueyos,
    Y no se pasó gran rato
    Sin que los dos quearan siegos.
    Entonses fue menestey
    Que diéramos un careo;
    Y bí que ar sortay los gayos,
    En lugay de ejayo quieto,
    Arrempujó contra er mio
    Ar suyo ey bisco peybeyso.
    --Camaráa, le ije ajorao,
    Juégueme de bueno á bueno,
    Y no me arrempuje ey gayo,
    Que esa no es la ley dey juego.
    --A osté lo arrempujaré
    Si me bueybe á disil eso.
    --Pues ni oste ni toa su casta
    Son capases de jaseyo.
    --Buélbame á isil lo de enantes
    Y en siguía le prometo
    Poneye la mano aonde
    Su mae le puso los pechos.
    Ar sentil mental mi mae
    Peldí ey juisio poy completo,
    Y oyviándome dey sitio,
    De la gente y de mí mesmo,
    Cogí ey gayo pol las patas
    Y se lo espeté en los besos;
    Nos agarramos, y muchos
    Que se metieron pol medio
    Nos lograron separay
    Despues de luchal buen tiempo.
    Ey siñol Tiniente á guerra
    Nos queria metel presos;
    Pero ay fin nos dejó libres,
    Jasiéndome que primero
    Pagara toitas las puestas
    Que con barios habia jecho.
    Las pagué, y me boy pa casa
    Sin mi gayo, sin un medio,
    Sin casne y sin mascaúra
    De tabaco malo ó bueno.
    Aquí arremató ey compae,
    Se espidió, y se fué corriendo;
    Y los otros dos dentraron
    Cuar si tay cosa en ey pueblo.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA IX.

                      ESCRITORES PUERTO-RIQUEÑOS.

                        _D. Santiago Vidarte_.

                            [Illustración]


La literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la
espresion, el termómetro verdadero del estado de la civilizacion
de un pueblo: verdad innegable, que se ve confirmada en nuestra
Antilla. Pocos años hace que vió la luz en ella la primera publicacion
literaria, y pocos tambien que se nota un verdadero progreso: aquella
fué la señal de este, y los hijos de Puerto-Rico no aplaudimos entonces
desde Europa la aparicion de un libro nuevo, tanto como el felíz cambio
que simbolizaba.

Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento;
los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la
literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias
del país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas
bien camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra
de la misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos
pretenden, una region en que volar, luce ya los vivísimos colores
en sus alas, el sol las dora, y no tardará en lanzarse al espacio,
posándose veleidosa sobre las flores que bordan la campiña.

Los escritores de Puerto-Rico, la mayor parte poetas, son casi
desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio
y revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido
y saliendo apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto,
cuando el tender la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas
para deslumbrar á los que miren despues el cuadro? Sin ofender á
talentos que reconozco muy superiores al mio, creo que es debido á que
ni el terreno está preparado, ni el grano bastante maduro. Cuba ha
dado un Heredia, un Valdés, un Caballero, un Saco y otros; pero no los
dió hasta llegar á un grado de adelanto que todavía no hemos alcanzado
nosotros.

Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la
industria sean mas generalmente conocidas; cuando nuestra agricultura
acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos
compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el
terreno preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera
en las escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido
número de privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones
que en el dia se miran con desprecio, porque son casi ignoradas,
entonces estará el grano en sazon y brotará dando despues abundantísima
cosecha. Sembrar en un campo cubierto de malezas es perder el tiempo y
la semilla.

Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una
instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y
arrostrar si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad
del ignorante; deben..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos
estudiar, meditar y discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para
servir despues de ejemplo á los que nieguen el benéfico influjo del
saber. ¡Cuán dichoso el que llegue á ser citado por modelo! Vístase el
pensamiento con las formas que se quiera, pero que sea siempre uno;
siga cada cual su rumbo, pero vayamos todos al mismo término, evitando
que una enseñanza viciosa por lo incompleta reuna combustibles, que
puedan servir para la hoguera en que nos quemaria la barbarie. ¡Cuán
lamentable es la historia de Santo Domingo! Cuán arriesgado el crear
una universidad que llene de médicos y abogados un país en que las
artes y la industria no bastan á mantenerlos! Pero dejemos esto
para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos con que las
anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa hasta
lo sumo, y pasemos á ocuparnos del primero de nuestros jóvenes poetas.

Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia
el título de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle
este dictado incurrir en la nota de parciales, que supondria no muy
sobrada instruccion, y mas que poca generosidad en los ingenios que
pudieran disputárselo; reconocemos la altura á que llegan otros, y
hubiéramos estudiado con mucho gusto sus producciones para dar sobre
ellas con toda cordialidad nuestro humilde voto; pero por una parte
la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto
fundado de que la espresion de nuestro pensamiento se interpretase como
ínfulas de preceptista nos han desanimado, haciéndonos pasar ligera y
superficialmente por la primera parte de esta escena. Además, todos los
escritores de Puerto-rico viven por fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe
adonde llegarán con el tiempo y el estudio? al paso que Vidarte murió
ya; y aunque mucho hizo, rompióse la rueda, y volcó su carro apenas
comenzada la senda gloriosa de su triunfo.

En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no
media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta
diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra!
Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir
al lector una pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el
recuerdo de ese lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que
pudiera admirarse su hermosura.

En el año 1844 apareció el _Album Puerto-riqueño_, obrita cuyo fin
y orígen es inútil recordar, y en ella vieron la luz pública las
primeras composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado
en una reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses
antes. En todas las producciones de esta época se revela el genio del
autor; pero estraviado por la lectura de algunos de nuestros poetas
modernos, siguiendo un camino árido y que no era el suyo, sin fe y
sin creencias, imitando á otros, que á su vez eran imitadores; en una
palabra, queriendo parecer vieja y gastada una alma vírgen y llena de
esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una imaginacion ardiente
y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de estar en oposicion
consigo misma al pintar la duda terrible que no podia comprender, y
al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un corazon de quince
años?

De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de
la mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el
poeta es ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles,
las imágenes vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando
el poeta quiere aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su
lugar una razon débil y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y
amanerada. En la composicion titulada _La vida_, despues de pintar la
juventud con la siguiente octava:

      Es el alma entonces vírgen
    dulce asilo de ilusiones,
    ajena de las pasiones
    que estravian nuestro ser;
    y comienza nuestra vida
    á descubrir sus primores,
    cual en un jardin las flores
    al tiempo de amanecer,

retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo
autor:

      Y seguimos ofuscados
    hollando impuros despojos;
    tan solo vemos abrojos
    y esqueletos estraviados,
    donde clavamos los ojos.
    Aquí... negra tumba vemos
    con un epitafio inscrito...
    Allí... ¡¡¡un feretro!!!... allá... escrito
    sobre una lápida lemos
    el nombre de algun proscrito.

¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar
nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El
poeta puede ecsagerar, pero nunca mentir.

Hemos dicho que cuando Vidarte seguia los impulsos de su corazon,
apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos
años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada
_El sereno_ es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que
encantadora sencillez pinta el amor inocente de su edad cuando dice:

      Las once y media ha tocado
    y el barrio tranquilo está;
    duerme, hermosa, sin cuidado,
    que un sereno enamorado
    á tu puerta velará.

      Duerme, sí, linda Belisa,
    y en tus ensueños de amores
    me consagra una sonrisa,
    dulce y pura cual la brisa
    que mece blanda las flores!

Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el
amor que retratan: compárese esta composicion con las demás en que
el poeta llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo
manifiesta cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando,
dirigiéndose á su caro amigo Don Pablo Saez, dice:

      Cantemos, cantor, cantemos
    las ilusiones que vimos.
    No mas ¡vive Dios! soñemos;
    ya es tiempo que despertemos
    del letargo en que dormimos.

Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en
el _Canc. de Borinq_. las seis hermosas composiciones tituladas:
_Insomnio_, _La nube_, _Dolora_, _Ante una cruz_, _Las dos flores_,
_y Memorias_. Estas pertenecen á la segunda época, y son otras
tantas guirnaldas que forman la corona inmortal de nuestro vate. Las
ecsaminarémos en particular, sujetándonos á los estrechos límites que
marca el carácter de esta obra; pero antes permítanos el lector cuatro
palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio, y que espliquen la
grande diferencia que hay entre esta y la primera época del autor.

Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en
discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la
instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas
de un jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una
dulzura de carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato
apetecido y siempre agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y
que lejos de procurarle envidiosos émulos, aumentaban por su modestia
el número de sus admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un
mortal y encubierto enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo
parece por causas que no emanan de él. La luz de una Religion divina,
que enseña al hombre á amar al hombre, completó el triunfo de la
razon, y el genio rompió la cadena de dudas que le ahogaba con su peso,
manifestándose bello, puro y confiado en su grandeza.

Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares,
vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el
estudio hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero
fortalecido su ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con
fé en el porvenir, y solo se conoce esta lucha en la dulce tinta
melancólica que vemos esparcida en sus producciones. Pasemos á analizar
estas.

La primera que aparece en la coleccion es el _Insomnio_, y nosotros
quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella
diria mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al
comenzar la poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad
que preceden al ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su
amada, la invita á partir con él á un país delicioso y una barca les
conduce durante la noche; á la primera luz de la aurora despiértala
impaciente anunciándola la prócsima salida del sol y cuenta las
bellezas de una tierra que verán con su luz; aparece el astro luminoso,
y á medida que se acercan va mostrándole los encantos de aquel suelo
de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense las montañas, los
prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder de Dios,
si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer que
siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, le arrebata un sueño
tan seductor.

La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y variadas,
la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la pureza en
el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en toda la
composicion; de suerte que citarémos algunos trozos de ella, no como
mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que
siguen de la primera parte.

      Mira, del céfiro en alas
    volará nuestra barquilla,
    dividiendo con su quilla
    las olas del vasto mar;
    y unidos en tierno abrazo
    yo iré mil trovas cantando,
    mientras tú vayas jugando
    del agua con el cristal.

      Ven, palomita, y marchemos
    de otro nido á disfrutar,
    no tengas miedo del mar:
    Tú eres sirena de amor,
    y el mar ama las sirenas.

           *       *       *       *       *


No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del
primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran
los dos primeros versos del segundo.

Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer mencion
de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.

      Voguemos, voguemos
    al son de los remos,
    la noche convida,
    ¡qué bella es la vida
    que corre en el mar!

      El aura ligera,
    veloz, placentera
    nos va susurrando,
    meciendo, empujando
    la barca fugaz.

      Auras de amor, que pacíficas
    del mar las olas besais,
    venid con livianas ráfagas
    nuestra esperanza á arrullar.
    Venid, amorosos céfiros,
    que la flor enamorais,
    y con vuestras alas plácidas
    nuestra piragua empujad
                 ¡Soplad!

La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente,
natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último
verso de esta cuarteta?

      Despierta ya, alma mia, el tiempo avanza,
    y al asomar su disco el sol dorado,
    verás cual se dibuja en lontananza
    verde gigante de metal preñado.

¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico
vista á la luz de la aurora!

    Una peña blancuzca y altanera,
    que está del mar en brazos dormitando.

Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra
hasta el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:

    ......¡Qué hermosa es la alborada!
    ¡Que bello ¿no es verdad? el Oceano
    con su limpio azul! Oh! canta inspirada
    una cancion al mundo americano.

      Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos
    una luz amarilla, un globo ardiente
    que brota de la mar en mil reflejos?
    Pues... es él, que se anuncia por oriente.

      El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;
    es el sol ¿No distingues con su brillo
    aquel gigante que en el agua asoma?
    Pues se llama el gigante aquel--Luquillo:

      ¿Y ves allí cabe su planta umbría
    fantástico un jardin de flores rico,
    donde vive el Abril, sirena mia?
    Pues el jardin se llama--Puerto-rico.

           *       *       *       *       *

    Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella
    que está del mar en brazos dormitando,
    vestida de castillos, rica, bella...?
    Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!

Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y tememos cometer
una profanación queriendo analizarla.

Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que están
sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la
anterior, para probar que Vidarte merece justamente el título de primer
poeta Puerto-riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la
siguiente cuarteta de las _Memorias_:

    Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,
    perla de oro en el piélago embutida,
    que de la mar sobre el crespado lomo
    tu sien levantas de altivez henchida.

y esta otra de las dos flores:

    Del campo ameno la feraz llanura
    en risueña estension se prolongaba,
    por límites teniendo una cintura
    de verdes cerros dó la luz trepaba.

En esta composicion pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto
moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como
el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta
parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su
_plegaria_ cuanto confia en la de un Dios omnipotente.

      Lanzado en este mar ronco y profundo
    sin otra luz que una esperanza bella...
    las olas cruzo del revuelto mundo;
    mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...

      ¡Negra es la noche! el huracan insano
    en torno ruje con furor sombrio;
    y... ¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
    no desvanece ese huracan bravío!

      Yo he delinquido, y tu divino nombre
    en mi delirio á veces he olvidado...
    pero si tengo un corazon de hombre,
    ¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?

¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud
en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no
abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan
bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay
creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno
á uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la
serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo
libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus
amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor,
despues de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares
desfalleció mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta
al recordar aquella escena. No habia allí mas que uno tranquilo y
resignado, y este era Vidarte. ¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz
entera y muy segura: con todo, no me dejen Vds. morir sin que venga á
verme el Doctor S., pero antes, que venga el confesor.

A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un
delirio en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y
hermanos, los de sus bienhechores y el de su patria, añadiendo
siempre: _es preciso estudiar ... estudiar; es menester que yo trabaje
mucho_. A su modesto coche fúnebre seguian mas de veinte, que apenas
bastaban para conducir las personas que espontaneamente fueron á su
entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas composiciones en prosa
y verso; mas nosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque
ahora como entonces nada podemos, mas que verter amargas lágrimas.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                               ESCENA X.

                 LOS SABIOS Y LOS LOCOS EN MI CUARTO.

                            [Illustración]


Soy yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la
costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele
ser de aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion,
pues creo que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse
del mundo real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha
pasado el dia sin penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces,
antes de ser el gefe de una familia, ó mientras no tiene que gobernar
por sí mismo la nave de su porvenir.

En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de
enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un
tratado de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con
cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede
llegar por su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien,
por un misterio insondable hasta el presente, carecer hasta de los
instintos que la Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me
condujeron á bendecir á los que, con sus talentos é inagotable amor á
la humanidad, han hallado el camino de volver á la especie humana á
algunos seres que de ella no conservaban mas que la figura. Quedéme
dormido, y á poco empecé á soñar lo que sabrá el lector, si tiene
paciencia para leer toda esta escena.

Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto
cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con
la misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á
pedirme original para el cajista.

--Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento
estranjero.

--Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una
inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros
tres. Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme
corriendo para ponerme á sus órdenes.

--Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.

--Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es
de ningun modo molesta la visita de Vds.

--Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy
Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.

--¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores
son los directores no menos célebres de la _S_.. _C_.. y _B_..? Vamos:
no se burle V. de mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos
resucitan, y que ciertos vivos vengan á mi pobre casa?

--No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como
he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar
á la casa de V.

--Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.

--Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar
de los tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de
locos de esos que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo
Diablo no podia subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo
cual, vengo á recorrer todo el mundo en busca de un medio de hacerlo,
que quizá encontraré en estos países.

Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa y
desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre
la cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los
mas estraños; la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi
susto el rostro de mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una
sonrisa de placer.

                            [Illustración]

--Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.

--Ciertamente, contestó Calmeill.

--¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.

Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió
de par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por
ella gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con
aquella numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas
túnicas, otros con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una
persona cuerda, aseados y compuestos. El anciano, á quien al punto tuve
por Pinel al ver el ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les
dirigió la palabra en estos términos:

--Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis
compañeros y yo?

--Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza,
somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que
venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho
que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el
sistema que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que
han perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos
con él; pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el
dia á sostener que la locura es siempre incurable.

--Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de
que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y
por el traje no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera
por _enfermos_: tal es la cortesía con que os habeis conducido en mi
presencia; sobre todo me ha parecido escelente la arenga de este buen
señor.

--Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del
valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi
elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo
que soy, y voto á...

--Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis
como un alférez de dragones.

Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo
el anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió,
dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:

--Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os
falta para estar á gusto.

--Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en
la _Salpetriere_ mi compañero de la izquierda; en _Charenton_ el de
mi derecha y yo en _Bicetre_; tenemos allí buenas habitaciones buenas
camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes,
un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada se le olvida
cuando se trata de nuestra comodidad y pronta curacion, es nuestro
padre, no sale de la casa, sabe premiarnos y corregirnos á tiempo, nos
acompaña á la mesa, en nuestras horas de estudio, de trabajo y de
recreo, aprovecha el menor destello de nuestra razon, y muchas veces
nuestros caprichos, para volvernos á la sociedad sanos y laboriosos;
en una palabra, no vive sino para nosotros; pero esto no quita, y
perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez nos mortifiquen,
ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los
chorros de agua fria para que hagamos lo que no es nuestro gusto el
hacer.

                            [Illustración]

--¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?

--Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no
paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre
varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias
veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para
lograr que tocase su instrumento[2].

[2] Caso citado en la obra titulada: _Tratamiento moral de la locura_,
por Mr. Leuret.

--¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.

--Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo
salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras
canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso
rogarle mucho para que repitiese al dia siguiente todos los aires
que sabia de memoria, pasó á la sala de música, y al cabo de algunas
semanas salió bueno del todo para volver á tocar en su teatro.

--¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan
perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se
os moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso
es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con
sus _enfermos_, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para
enfadarse con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos
pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose
á estos últimos, que sois en número tan crecido?

--Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V.
contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.

                            [Illustración]

--Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado
de los bienes de mi sistema?

--Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada importa
que no nos alcance á nosotros.

--Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he
aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de
este país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon
son los que ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco?
continuó en alto y dirigiéndose al maníaco.

--¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo
siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en
su tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en
unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de
paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos
como las fieras cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos
tratamientos acaban de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una
jaula, ó nos atan como á perros con un collar y una cadena.

--¿Y lo permite el médico director de la casa?

--Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen;
pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de
nosotros.

--¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una
casa de _enfermos_ de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor
celoso, que dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los
que han de ir á ella por necesidad?

--Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira
y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de
encierro, todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy
pacífico, salgo de cuando en cuando á la calle, unas veces con el
comprador, y otras burlando la vigilancia de los cancerberos. Habia
estudiado antes de que me encerraran como loco el medio de mejorar las
casas de beneficencia; porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria
promover en España una reforma digna de la época; y aquí tiene V.
el porque sufro con resignacion y dignidad el mal trato que recibo;
sintiéndolo solamente por mis desgraciados compañeros.

                            [Illustración]

Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al cabo
de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba,
dijo Pinel:

--No, no, ni en el infierno quiero que se trate á ningun infeliz de
semejante modo.

Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro,
y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por
último, una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose
de la silla les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.

--Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano
el amo de la casa, se me debe permitir que hable.

--Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenian la
manía de querer ser diputados.

--Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de
trueno un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la
palabra. Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la
cintura y lo puso de pies sobre mi mesa.

--Que baje, gritaron unos.

--Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse
con tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no
hablaba.

                            [Illustración]

Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella
jente, y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin
sabios ni locos; pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera
durado hasta ver lo que decia el de Puerto-rico sobre la casa de
beneficencia; pues, aunque por conducto tan poco usado, me gustaria
saber á que altura se halla en mi país ese importante ramo de la
ciencia administrativa en la escala cuyos dos estremos habian marcado
los dos cuerdos locos.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XI.

                        LA FIESTA DEL UTUAO.[3]

                       DEDICADA A MI MEJOR AMIGO

                         D. José A. Balmañya.

                            [Illustración]

               [3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.


    Escuche, compaire Pepe,
    Ya que haseyo me ha obligao,
    Lo que le boy á contal,
    Que es caso que me ha pasao.
    Manque no soy de la Bana,
    Tengo mi aquey muy fundao,
    Polque soy de Puelto-rico
    Er chenche mas afamao.
    A mi nengun endebido
    En la via me ha cucao,
    Sin que le dé un sopeton
    Que lo deje ñangotao;
    Y por eso los Alcaldes
    Dey pueblo del Utuao
    Tuvieron que vey conmigo
    Este mesmo año pasao.
    Es el caso, compae Pepe,
    Que mi primo Tanislao,
    Que á aqueya maidita fiesta
    Habia sio combiao,
    Me jiso dir: ¡malos rayos
    Antes lo hubieran quemao
    De que tal cosa me ijera,
    Que mejol me hubiera estao!
    Mardugamos aquel dia,
    Y á mi cabayo manchao
    Le puse jáquima nueva,
    El aparejo forrao,
    Las aguaeras mejores,
    El aserico rosao,
    La tajarria de algoón,
    Y la sincha de jilao.
    Yo me puse mi sombrero
    De beinte riales, y al lao
    Su escarapela de grana;
    La camisa de alistao,
    Con los carsones de crea
    Pol supuesto aymionaos,
    Y mi buen pal de sapatos
    Con los tacones jerraos.
    Metíme una mascaura,
    Montamos yo y Tanislao,
    Y comensamos á andal
    Ar canto del Lorigao.
    Pero por mas juan caliente
    Que le arrimaba ar manchao,
    No puimos alcansal
    La misa en el Utuao.
    Yegamos serian las dos,
    Y yo que no habia almolsao,
    El estógamo tenia
    Al espinaso pegao.
    La comae de mi primo
    Nos tenia preparao
    Un plato de arros con carne,
    Otro plato de guisao,
    Que con agi cabayero
    Ar punto estubo tragao,
    Y además nos dió á la postre
    Otro de queso y melao.
    Al escureser nos fuimos
    A casa é Peiro Tirao,
    Que disen que es la que tiene
    Ayí er mejoy soberao.
    Bailaron unas caenas,
    Después un seis balseao,
    Un cabayo y un sonduro,
    Sin que yo hubiese bailao.
    Los mositos de aquey pueblo
    Ya me tenian ajorao,
    Polque sin bailay me estaba
    En un rincon agachao.
    Al fin me detelminé,
    Y arrimándome pun lao,
    Combié par un sonduro
    A la hija de Tirao,
    Jembra de cara pulía,
    Y cuelpo muy aqueyao.
    Apenas al son del güiro
    Comensó el sapateao,
    Cuando al jaser el rastriyo
    Le pisé á su enamorao
    Er deo goldo dey pié;
    Y como era renegao,
    Hechó un _mal rayo te palta_.
    Yo, que estaba incomoao
    De enantes, lo arrempujé;
    Y tambien arrempujao
    En seguía yo me vide
    Por aquel escamisao.
    Metimos mano á la daga,
    Y en un bendito alabao
    Nos tiramos ar batey.
    Jisimos un sambumbiao
    En menos de dos menutos,
    Que el Alcalde aturruyao
    No sabia que jaser;
    Pero el cura, hombre abisao,
    Le aconsejó que á la cársel
    Nos yebara de contao.
    Ayí nos tuvo tres dias,
    Y yo salí escarmentao
    Para nunca mas bolvey
    A fiestas al Utuao.

                            [Illustración]

                            [Illustración]

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XII.

                              AGUINALDOS.

                            [Illustración]


Te equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de
la palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que
ella significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias
derecho á pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas,
si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me
argüirás que no ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes
quitarme tú, cierto es; pero así como un médico hiere en el brazo para
disminuir la sangre del pulmón; así yo te doy de menos en este artículo
lo que tú deseas saber, en cambio de lo que hallarás de mas en otros, y
que maldito lo que te importa, si no es que te fastidia. Tengo además
otras dos razones para portarme como ves: la primera, que así logro
hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte; y
la segunda, que de este modo he escrito una introduccion que puede
adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de mucha monta, pero
que no me servirá mas, puesto que, como diria un orador parlamentario,
entro de lleno en la cuestion.

Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen
que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es
grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que
pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse
cuando no encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta
la facilidad y demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la
parte flaca, y demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre
y convirtiendo la pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible
hacer esto por mas que uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter
de _Domine_ ante un país entero que se regala, danza y pasea sin
acordarse mas que de los _Santos Reyes_; pretesto seguro para pasar dos
dias en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues el carácter
serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y á buscar una trulla
de gente conocida.

Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube
andado una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó
cuarenta caballos reunidos marchando en la misma direccion que el mio,
y montados por personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche,
la luna muy clara y las masas de neblina parecian á lo lejos grandes
lienzos que cubrian la falda de las montañas. Por todo lo dicho habrá
comprendido el lector que estaba en el campo, lo que hasta ahora no
habia tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de
pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por el de la capital y
pueblos principales de la Isla.

La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos,
con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las
chicas algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada
una; agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor
que nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas,
y otras tantas dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las
casas que pensaban ir, y á medias palabras y con signos sagazmente
disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores, que no convenia
que comprendiese la parte _reposada_ de la trulla; caminamos un poco
sin que nada nuevo sucediese, hasta que llegamos á una casa de madera,
construida sobre gruesos estantes, como son todas las de las personas
acomodadas, donde se entabló la conversacion siguiente:

Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?

--Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas
que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se
encojó esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.

--Pero, muchacha, ¿y las otras dos?

--Se han ido en ellas mis hermanos.

--Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la
yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.

La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á
pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia,
que no mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así
es que, dirigiéndome á esta última, dije:

--Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha
de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir
conmigo.

Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban
mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á
las ancas de mi caballo.

--No, no, mil gracias, decia la una.

--No podemos consentir que lleve V. esa molestia.

--Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan
sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.

Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos
cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme
gracias por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por
compañera para toda la noche á la mas hermosa de la _trulla_. Si no
pocos guerreros deben una parte de su gloria á la fogosidad de un
caballo, que les condujo á su pesar al encuentro del enemigo, yo debo
unas cuantas horas de placer á la mansedumbre del que montaba aquella
noche. ¿Quién espresaria con toda su intensidad lo que siente un jóven
de diez y ocho años durante una conversacion tenida por lo bajo, y en
que á cada paso choca con él un cuerpo que su imaginacion le pinta con
los mas voluptuosos atractivos, que á cada palabra tiene que volver la
cabeza, percibiendo entonces en su rostro el hálito de una respiracion
agitada por el movimiento y las emociones mas vivas, y aspirando
al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa cabellera negra
prendida con olorosas flores de los trópicos?

No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos
colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre
acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de
uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los
amos de la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban
dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto,
apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de
la casa y nos invitó á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos
de muy buen grado. La mesa estaba colocada á un lado de la gran sala
para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusion:
en ella no faltaban el manjar blanco, _almojábanas_, buñuelos de muchas
clases, ojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en
almíbar, y varias clases de licores: parecia que solo para nosotros se
habian hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no habia de
desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la noche.

Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos
pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos
hecho media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que
subiera á ocupar nuestro lugar otra _trulla_, que esperaba ya nuestra
salida. Así pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á
poca diferencia, se repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que
la venida del sol nos alegrase, porque terminaba una noche de placer.

Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por
anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban
paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de
todo el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras;
yo sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y
mas ardiente la _Rosa_, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.

Tal es una _trulla_ á caballo; son muchas las que recorren los campos,
y fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo
desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen
del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse
en ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas,
amistades y cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier
pretesto, se reunen muchas personas; con todo, es forzoso consignar
aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muy
buenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serian como
son tan humana y generosamente hospitalarios.

Las _trullas_ de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se
divierte menos; _maraca_ en mano y _tiple_ y _carracho_ bajo del brazo,
caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando
cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de
sus casas; pero esto no les importa: continuan su camino durante todo
el dia y la noche de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el
que sigue á este último; esto es, á los tres de haber abandonado sus
Penates.

Dada la diferencia de educacion, es sabida la que puede haber entre las
escenas de estas trullas y las de á caballo: varian en los modales,
las espresiones, etc.; pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en
otras. Los versos, que cantan en aquellas con música variada y que son
á veces buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se
trasmiten de padres á hijos sin alteracion en las palabras. Tal es el
antiguo y muy sabido estribillo.

      _Naranjas y limas
    Limas y limones,
    Mas vale la Virgen
    Que todas las flores._

Los aguinaldos en la Capital estan muy lejos de tener el carácter
original que los del campo: hay tambien _trullas_ que van á algunas
casas; pero son, como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de
aquellas agradables caravanas. Un determinado número de personas sale
por las calles pidiendo aguinaldo; mas ¿acáso puede el eco de muchas
voces reunidas producir el mismo efecto en una calle ó dentro de una
habitacion, que en el campo? Unos cuantos amigos toman dulces, cerveza
y otros licores, bailando despues ó antes una ó dos contradanzas en una
sala en que habian sido recibidos aquel mismo y otros muchos dias; al
salir se encuentran en la calle por donde van á la oficina algunos de
ellos, el canto del sereno les recuerda la hora en que acostumbran irse
á la cama, y si algunos pueden hablar con libertad yendo de brazo con
su cuya, otros hay que rabian porque tienen que remolcar esa necesidad
de nuestras reuniones, la mamá.

No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnicion
á las autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que
nombrarlos fuera nunca acabar, á todo el que puede darles, no dulces
ni cerveza; sino, algunos realejos para celebrar los _Santos Reyes_,
porque esto con distintos motivos y en diversos dias del año pasa en
muchos otros parajes, y no merece llamarse costumbre de Puerto-Rico.

Vamos pues á cuentas, querido lector; ya tienes un artículo bueno ó
malo sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo
que escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen
chasco; si peor, me alegro mucho desde ahora, y sí ni lo uno ni lo
otro, recíbelo tal cual es, sin ecsigir que me devane los sesos dando
vueltas á un asunto acerca del que pienso lo que te dije al principio y
repito ahora: los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó
nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                             ESCENA XIII.

                         A MI RESPETABLE AMIGO

                    _El Sr. D. Francisco Vasallo_,

                _En contestacion á una carta suya_[4].

             [4] Publicada en el Cancionero de Borinquen.

                            [Illustración]


    Mi muy Senoy D. Francisco
    Vassallo, ey buen capitan
    Dey finao regimiento
    Que mentaban de Granáa:
    Le contesto á lo divino,
    Que es ey mejol contestay,
    Á la cayta que á lo humano
    Me escrebió usté dende ayá;
    Y cuando la resebí
    Jecho estaba un Barrabas,
    Tendío patas arriba
    Con una grande enfelmeá;
    Que no era punta ë pasmo,
    La peste, ni cosa tay,
    Sino, asigun ijo ey Fístico,
    Toita la sangre inflamáa.
    Me ïrá que buen resueyo
    Tengo pa busio, es beydá;
    Usté peidone, buen biejo,
    Que no sé que escusa day,
    Sino que estube en la sierra
    De Monseñ jasta poco ha.
    En cuanto á aquey papelito
    De sosio corresponsay,
    Jarémos pol mereseyo
    Á fueysa é trabajal,
    Y onde no yegue ey sentío,
    Yegará la boluntá.
    Agora le jablo claro,
    No se me baya á incomoal:
    Jágame menos favoy,
    Y jágase usté aygo mas,
    Que de regañon pa bajo
    Se trata sin cariá;
    Y luego me saca aqueyo
    De: _Homo sum et nihil_, y á mas,
    _Á me humani alienum puto_.
    Dejémonos de puteay,
    Y de la cabesa ay rabo
    Aprebéngase á miral
    Cuanto baya con mi filma
    Pol ese mundo á roday;
    Polque uste tiene esperencia,
    Que enseña mejoy que ná;
    Y yo tabia soy muy nuebo
    Y á la fuelsa he de jerray.
    Y acá par entre los dos,
    Se me asienta mucho mas
    Que usté, que sabe mi aquey,
    Me ïga: jisiste mal,
    Que benga un siniquitate,
    Y se ponga á beriguay
    Si soy Cristiano, Judio,
    Tuico, Mandinga, ó Cangá;
    Polque esto quita la gana,
    Y es capas de encocoray
    Jasta ay mesmo susuncoyda
    Que su pusiera á trobal;
    Y aunque siempre es mi intension,
    Á fe de gíbaro, honráa,
    Esto los que me conocen
    Lo saben, y nayde mas.
    Sin lástima, boto á nayde,
    No se me ponga á pensay
    Que dambos á dos nos bimos
    En un tiempo pol ayá;
    Sino que soy como un potro
    Que se comiensa á montal,
    Que anque sea de buena casta
    Lo que jase es tranguleay,
    Jasta que un buen domaol
    Lo saca de caliá.
    Memorias á Doña Rosa,
    Y á Rosita, y aemás
    Un pelisquito á los nenes,
    Y mande á su voluntá
    Á este Gíbaro de Caguas
    Que le apresia á no poel mas.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XIV.

                             UN DESENGAÑO.

                            [Illustración]


                                  I.

En un lugar de mi patria, de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero
decir, vivian dos compadres, entre los cuales mediaban, además del
parentesco espiritual, las mas íntimas relaciones de amistad: mercader
el uno, y labrador el otro, habian logrado con su trabajo llegar á la
clase de personas notables de la poblacion; en la tienda del primero se
reunia el Juez, el Sr. Cura, el Comandante, el Médico; en una palabra,
lo principal del pueblo, y hablaban cada noche un par de horas, cuando
no venian á impedirlo algun espediente, administracion de sacramentos,
asuntos del servicio, enfermo, ó cosa de este jaez, ó cuando la
inteligencia cordial de las potencias no estaba interrumpida; cosa no
muy difícil, y en ciertas ocasiones muy frecuente.

Casados hacia algunos años con dos hermanas, tenian los compadres su
traviesa y robusta prole, que no era numerosa, pues que no pasaban
de dos los hijos de cada uno. Acercábanse estos á la edad en que era
preciso comenzara su enseñanza, y los padres habian discutido mas
de una vez sobre este punto, el unico quizá en que nunca pudieron
convenir. Decia el mercader que á los muchachos era preciso hacerles
estudiar, y darles una carrera que les pusiera al abrigo de los reveses
de la fortuna, tal como la Jurisprudencia ó la Medicina: y pretendia
el labrador, que un padre no debia enseñar á su hijo mas de lo que
él mismo sabia, porque si con aquellos conocimientos pudo el primero
reunir un capital, bastaban al segundo para conservarlo.

En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaban cada
uno por su parte infinidad de razones, y no siempre lo hicieron
con la calma necesaria para no llegar á punto de agriarse y romper
una intimidad útil á entrambos. Una noche, en que se reunieron las
personas de costumbre en la tienda del mercader, recayó la conversacion
sobre una escuela nuevamente abierta en el pueblo; y de aquí tomaron
hincapié los compadres para atacarse mutuamente con la esperanza de
convencerse. Eligieron por juez al Sr. Cura, por testigos á los demás,
y comenzó el mercader de este modo.

--Yo, Señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que
fueran un modelo de honradez y saber, y quisiera además que vivieran
siempre felices: para lograr esto no perdonaré sacrificio, por costoso
que me sea; y como pienso que de ningun modo llegaré á alcanzarlo sino
dándoles toda la instruccion necesaria para hacer de ellos unos hombres
de carrera, quiero empezar por enviarlos á la escuela, con la firme
resolucion de no parar desde ahora hasta que el mayorcito sea abogado y
el otro médico. Tal es mi intencion, que creo muy recta y no dudo que
merecerá el voto de Vds.

Entre las muchas razones que me han decidido á seguir este camino,
es la principal la seguridad que tengo de que dando á mis hijos una
carrera, les pongo á cubierto de las desgracias que pueden ocurrir
á todo el que vive con la renta de un patrimonio espuesto siempre á
perderse. Satisface tambien mi orgullo de padre la idea de que mis
hijos lleguen un dia á ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta
instruccion de sus antepasados no les permitia ambicionar: en efecto,
¿qué hay mas grato para un pobre anciano que oir por todas partes
elogios del saber de sus hijos, ver que se les cuenta en el número
de las personas ilustradas, y encontrar una madre que debe á uno de
ellos la vida de su hijo ó á un inocente á quien salvó el otro de un
severo é inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo de nuestro
vecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le caia la
baba el dia que le vió llegar de la Península, despues de diez años de
ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su ciencia y sus barbas tan
cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que esperimentó
el dia que fuimos juntos á la Audiencia á oir como se esplicaba el
nuevo abogado: me parece que lo estoy viendo amarillo como la cera y
saliéndosele el corazon por la boca, hasta que el fuego del orador y
la admiracion del público y de los mismos jueces le convencieron de
que su hijo estaba haciendo una brillante defensa. Que diga, que diga
por cuanto no hubiera cambiado los momentos en que desde su rincon oia
las felicitaciones dirigidas á su hijo, y sobre todo aquel en que pudo
estrecharle contra su pecho vertiendo lágrimas de puro gozo. ¡Ah! por
un momento como aquel sacrificaria yo la mitad de mi vida; inútil es
querer disuadirme de mi propósito, cuanto se me diga no hará mas que
afirmarme mas y mas en él: no comprendo como mi compadre no se hace
cargo de estas reflecsiones, y encuentra salidas que apreciarán Vds. en
lo poquísimo que valen.

--Cualquiera que oiga á mi compadre, dijo el labrador, creerá que solo
por espíritu de oposicion, ó por falta de cariño á mis hijos, me opongo
á su modo de pensar; pero no es así, como verán Vds. por lo que voy á
decirles.

Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo
le pedia que me enviase á la escuela con los hijos de sus amigos:
_Zapatero, á tus zapatos_, queriendo darnos á entender que los
labradores debíamos aprender á trabajar la tierra, y no otras cosas que
nos distrajesen de aquel ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fuí á la
escuela, aprendí á leer y firmar con un vecino nuestro los domingos
despues de volver de misa, y los dias no festivos los pasaba en el
campo con los _peones_: mis juegos, despues de concluido el trabajo,
eran siempre inocentes y sin otra compañía que la de los muchachos que
se criaban en casa; el _tayta_ se divertia mirándonos retozar en el
_batey_, y gozaba al verme crecer tan robusto y trabajador.

                            [Illustración]

De esta suerte llegué á hombre, teniendo gran cariño á mi pueblo,
porque ni sabia, ni me importaba saber lo que pasaba en los demás;
siendo muy obediente á mi padre, porque nunca conocí otra ley que su
voluntad, y sabiendo despues conservar un capital, que un señorito
educado de otra suerte hubiera malbaratado en poco tiempo; sin haber
impedido mi falta de instruccion el que haya cumplido con varios
cargos, como el de regidor, que ahora desempeño á satisfaccion de todo
el pueblo.

¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para médico
ó abogado? Que si no hubiera tenido pleitos ó enfermos, lo que muchas
veces sucede, por mas que se sepa, me hubiera ido comiendo mi _caudal_,
y sabe Dios como me encontraria ahora. Verdad es que no sé poner bien
un escrito, que si tuviera que hablar al General ó al Obispo, lo haria
muy mal, porque en mi vida las he visto mas gordas; pero en cambio sé
trabajar, y entiendo lo bastante para gobernar mi casa.

No me vengan con muchachos que á los doce años saben mas que su padre
á los cincuenta, que esplican en un momento como está toda la tierra,
y que hablan tan bien como un predicador; pregúntenles Vds. si saben
de que clase es el terreno de su _estancia_; qué hay que hacer para
sembrar y cosechar una _tala_, y miren si sus manos de mujer podrán
nunca manejar la reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores
fueran de esa clase de señores; no hay duda que ayunaríamos todo el
año. Nada, nada, yo quiero que mis hijos sigan el mismo camino que yo,
que aprendan á trabajar, que el oficio de caballero es mucho mas fácil,
y que no se rian de mí porque sepan mas de lo que yo alcanzo.

Díganme Vds. si despues de haberme escuchado se ha desvanecido toda
aquella tramolla de mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues
que le veo sonreir. Vamos, Señor cura, ¿cuál de los dos tiene razon?
Aguardo con impaciencia el que V. hable para ver como convence á ese
hombre, que tiene la cabeza mas dura que un _granadillo_.

--Señores, dijo el Sacerdote, á mi entender los dos estan animados
del mejor deseo, en los dos se conoce el cuidado de un buen padre por
el porvenir de sus hijos, y no puedo menos que felicitar á entrambos
por ese anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, espero
aprovecharán algunas observaciones que les haré en obsequio de esos
mismos hijos que tanto aman, y en cumplimiento de un deber que me
impone mi carácter de guia y pastor de mis feligreses: observaciones
que son el fruto de la esperiencia de no pocos años empleados en
predicar el Evangelio en diversas regiones de la tierra y de algunos
estudios hechos con el fin de ser útil á mi rebaño.

Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decia el uno que
consistia en el mayor grado de instruccion, y el otro en no tener
mas de la que recibieron nuestros padres; esto no es ecsacto en
ninguna manera, pues todos los dias vemos en las dos clases hombres
muy desgraciados, al lado de otros que se creen muy dichosos. La
tranquilidad de la conciencia es la única dicha de esta vida, el hombre
que puede acostarse por la noche diciendo: «en todo el dia no he hecho
nada de que deba avergonzarme ante los ojos de Dios, que estan ahora
fijos sobre mí,» aquel es el hombre feliz, y como esto nos lo enseña
el Evangelio, es preciso ante todo conocer sus preceptos, siempre
sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con nuestro ser: de aquí
la necesidad de una buena educacion moral que sirva de base á todas
las demás; mientras se olvide esta, puede un hombre ser rico, sabio,
poderoso; pero nunca feliz.

                            [Illustración]

Debe no descuidarse tampoco la educacion física, que dá á nuestro
cuerpo el vigor necesario á la practica de las virtudes, y que
alargando nuestra ecsistencia, alarga tambien el tiempo que podemos
emplear en honra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un alma grande
no puede á veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo
podria la Religion estenderse desde los hielos del polo hasta el fuego
de los trópicos sin hombres llenos de fé y al mismo tiempo capaces
de resistir al rigor de tan opuestos climas? Pero dejemos estas dos
clases de educacion, de que nada han dicho los Sres., y pasemos á la
intelectual, que parece ser su caballo de batalla, y tampoco han sido
mis amigos muy ecsactos al apreciarla, pues que el uno la rechaza
completamente, y el otro la reduce á los estrechos límites de las
carreras científicas; examinemos las razones de uno y otro por el mismo
órden en que las han espuesto.

Resalta en lo dicho por el primero el error trascendental de querer
imponer á dos niños que apenas tienen uso de razon la pesadísima carga
de una profesion elegida por su padre antes de la época en que pudieran
ellos inclinarse á alguna que fuese de su gusto; error muy grave, que
inutilizaria las mejores disposiciones que quizá tengan para otros
ramos del saber, y que haria un médico ó un abogado medianos cuando
mas, del que debió ser un gran agricultor ó ingeniero. Dése á un
niño la enseñanza primaria, y mientras la recibe obsérvense atenta y
cuidadosamente sus acciones, márquense bien los rasgos de su carácter,
y no tardará en conocerse su inclinacion. A esto puede argüirse, que no
todos los padres tienen la penetracion y conocimientos necesarios para
hacer este delicado ecsámen: enhorabuena; pero ¿acáso falta á quien
consultar en este caso? ¿No hay un cura en la poblacion que repita
las palabras del Redentor, _dejad que los niños se acerquen á mi_?
Y ¿acercándose estos para oir de la boca del pastor la doctrina del
divino Maestro, podrán ocultar por mucho tiempo sus nacientes virtudes
ó flaquezas al que emplea su vida en alentar las primeras y corregir
perdonando las segundas? Consúltese á un amigo en quien se reconozca
superioridad, mas nunca se imponga, á costa de penosos sacrificios, un
deber á aquel que no pudo aceptarlo. La celebridad no se adquiere por
el rango de la profesion, sino por la altura á que llega el hombre en
cualquiera de ellas: el nombre de algunos modestos artesanos á pasado á
la posteridad, mientras ha perecido, ó mejor nunca vivió, el de muchos
Doctores y Licenciados.

                            [Illustración]

Envidiable es la dicha de un padre que ve honradas sus canas con la
buena reputacion de su hijo, y hasta cierto punto seria disculpable
en él el sentimiento de orgullo de que se halla poseido, sino hubiera
espuesto á un estravío los talentos de ese mismo hijo que tanto le
complace ver brillar: en una palabra; el hijo debe elegir y el padre
guiar, y nada mas que guiar.

La idea de que la instruccion no debe adelantar en una familia, sino
trasmitirse igual de unos en otros descendientes, es fatal para los
mismos, y aun mas para el país; hace algunos años que bastaba saber muy
poco para vivir y hacerse rico; ¿sucederá lo mismo en adelante? No por
cierto, y voy á demostrarlo.

Hace treinta ó cuarenta años que las necesidades eran infinitamente
menores que en el dia: bastaban á un propietario una chaqueta y unos
zapatos para ir completamente equipado; un vestido de _sarasa_ era
un vestido de baile, unos pendientes se heredaban, y una mantilla
duraba toda la vida: aumentóse la poblacion, se repartió mas la
propiedad, abriéronse caminos, y todo cambió de aspecto; el hacendado
que ganaba treinta y gastaba diez, se vió obligado á gastar cuarenta,
y necesariamente se arruinó, ó tuvo que recurrir á nuevos medios de
cultivar y elaborar los frutos de su hacienda; y aquí tienen Vds.
porque antes era una gran cosa el tener un _trapiche de tambor_ movido
por bueyes, y ahora vemos en la Isla emplearse hasta el vapor en los
_ingenios_ de azúcar. Los adelantos de este ramo de la agricultura
alcanzarán en breve á todos los demás, y llegarémos á ver que se
emplean para la cosecha del café, algodon, etc. medios que se comienzan
ya á ensayar con buen écsito: el que conozca y sepa utilizar estos
medios tendrá sobre el que ignore su ecsistencia ó los crea inútiles,
la ventaja de obtener mejores resultados en menos tiempo y con
menor trabajo; de lo cual resulta que la agricultura, en vez de ser
rutinaria, será, como debe ser, un ejercicio noble y que requiera su
instruccion particular.

Ocúrrense desde luego las preguntas siguientes, que puede hacer un
labrador: ¿Y dónde recibirán los jóvenes esa instruccion sin apartarlos
de nuestro lado? ¿Todos los labradores debemos desterrar á nuestros
hijos por cierto número de años, para que vuelvan despues llenos de
teorías y sin la costumbre del trabajo? La contestacion es siguiente:
si los labradores supieran leer tendrian aficion á la lectura, y
leyendo hubieran hallado el modo de salvar esos inconvenientes. No
hay escuelas de agricultura en el país, es cierto: y ¿porqué no las
hay? porque los labradores, contentándose con _saber gobernar_ á su
manera _su casa y_ reduciéndose á _su pueblo sin cuidarse de lo que
pasa en los demás_, han fomentado el egoismo, que es la muerte de todo
progreso; porque, encerrados en tan estrechos límites, no han pensado
en reunirse á los comerciantes y á los industriales y artesanos para
pedir al Gobierno la creacion de establecimientos de esta clase de
enseñanzas, muy mas útiles al país que la rutina, que con algunas
escepciones, es la pauta que en él se sigue todavía.

No teman los padres que sus hijos les tengan en menos siendo mas
instruidos; no se descuide la educacion moral, y los conocimientos
adquiridos despues y fundados en ella formarán hombres útiles á su
patria, y que siempre bendigan al autor de sus dias. En resúmen no
olvidar jamás un padre cuando piense en sus hijos estas palabras:

Educacion moral.

                            [Illustración]

Educacion física.

Educacion intelectual.

Libertad en la eleccion de carrera.

Igualdad de las profesiones respecto de su utilidad.

Vigilancia continua, sobre todo en los primeros pasos de la juventud.

Firmeza y abnegacion.

--Señor Cura, dijo el Mercader, ¡cuánto me alegro de haber oido á V.!
desde ahora me pongo en sus manos y le confio el porvenir de mis hijos.

--Pues yo, añadió el labrador, me mantengo en mis trece sin que sea
ofender á nadie.

--Nada de eso; otro dia veré si logro convencer á V. que por hoy harto
he logrado, y cuando no, no será culpa de mi voluntad, sino de mi poco
saber.

Despidiéronse, y cada uno se retiró á su casa, pensando en lo que habia
dicho el prudente sacerdote.


                                  II.

Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda
del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y
mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos
compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda
clase de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y
azúcar: cinco dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo
diario, y muchas veces no salian del escritorio hasta entrada la noche;
un jóven de veinte y seis años, vestido con camisa de fina tela,
pantalon blanco y chaqueta del mismo color, estaba repasando á la
luz de un velon puesto sobre su pupitre la factura de un cargamento,
que habia llegado aquel dia en un buque de la casa, y un anciano lo
miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una espresion de cariño y
complacencia imposibles de pintar; paseábase procurando hacer el menor
ruido posible á fin de no distraer al jóven, y deteníase á veces cerca
de él como aguardando á que concluyera para decirle alguna cosa. Por
último llegó este al término de su lectura, tomó algunas notas, guardó
los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon, y se dirigió al
anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:

--Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana,
y concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de
comer: eso es demasiado.

--Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el
negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?

--¡Que sé yo, hijo mio! ya no me atrevo á echar cálculos de esta clase,
desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos
valdria el negocio de la casa de Hamburgo.

--Efectivamente, no se equivocó V. mucho.

--No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos
seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once
mil; pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada
dia, y hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he
pasado toda la tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que
tú me has impuesto.

--No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V.,
señor desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer
se me fué V. al desembarcadero?

--Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que
descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con
que cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.

--Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia
las piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.

--Eso no me hace nada.

--Pues á mí mucho, porque es faltar á nuestros tratados, y ya sabe V.
lo inflecsible que soy en este punto. ¿No tiene V. bastante trabajo en
cuidar de su jardin?

--Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban
mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que
tienes en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas;
viene luego tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y
cerrar de ojos convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres
horas cada mañana tronchando flores, porque no hay ni una yerba que
arrancar, tal es el cuidado del jardinero.

En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston,
adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los
cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos
compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época,
y no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dos niños de entonces
eran el comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que
habia dirigido la obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres
los cumplimientos de estilo, llegó el labrador á quien no pudieron
convencer las razones del buen Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro
espresaba un acerbo dolor.

--¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara!
¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!

--Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este
pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.

--No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto
para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es
mas que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro
del Altísimo ¡Qué desgraciado soy!

¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano,
lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil,
me reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su
inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos
son la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que
acabarán pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas
decentes, porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan
en el campo, alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso
que nuestro vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos
sin motivo, gana cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra
de un modo que ellos ignoran; se entregan al juego y á otros vicios,
que les enseñan sus malas compañías; cuando pretendo reprenderles, me
contestan que yo tengo la culpa, porque no les enseñé á trabajar de un
modo que no tuvieran que matarse; y si les digo que imiten la conducta
de mi ahijado y de su hermano, me responden que eso será cuando yo
imite la de mi compadre y no crie hijos tan rústicos como ellos.

                            [Illustración]

Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al
menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa,
con una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia,
cuando yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi
hermano muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país
donde me maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es
insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo,
que me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su
hermano, me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?

--A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote
con acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de
V. ¿Encontraré allí á su hijo mayor?

--Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se
desespera tanto como yo.

--Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra direccion á las
inclinaciones de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.

--¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó
desmayado en una silla!

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XV.

                              Á MI AMIGO

                         D. Miguel Delgado.[5]

             [5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.

                            [Illustración]

                            [Illustración]

    Te juro mano Miguey
    Que me tiene espiritao
    Ey vel que en un veyvo en gracia
    De sopeton te has casao.
    Y asigun me ise Pablo
    Ey goldo de Jumacao,
    La jembra es mosa de gaybo
    Y de aquey arrematao.
    Dios te la eje gosay
    Arrimaito á su lao
    Jasta que ay ñeto mas nuebo
    Yegues á beyo casao.
    ¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo
    De aquey queso esmoronao
    En ey café con apoyo
    Que en Caguas bemos tomao,
    Dey majarete, toytiyas,
    Jayacas, lichon asao,
    Y de otras mil burundangas,
    Que pa reyes je prebao,
    Cuando eras mi camará,
    En ey Barrero mentao!
    Aqueyo era divelsion
    Cuando yo y tú á lo cayao
    Ca uno diba en su chongo,
    Ey jumaso encandilao,
    Pasando los matoyales
    Poy baylal un sapateao.
    (No te jablo de las mosas
    Que bemos enamorao,
    Polque no sé tu mugey
    Como tiene ey aqueyao
    De los selos, y es mejoy
    Que en esto sea arreseybao).
    Pues, ¿aqueya boldonúa
    De Gaytan el afamao,
    Los trobos dey Caraqueño
    Y ey güiro dey Colorao?
    No sabe lo que se pielde
    Ey que no los ja escuchao.
    ¿Y lo de vey la pelea
    De un gayo bien coleao,
    Pinto, giro, canagüey,
    Gayina ó rubio quemao,
    Que son los sinco colores
    Que siempre mas me han gustao?
    Cuando ya dambos á dos
    En ey peso han igualao,
    Se da, ó no, pata y cabesa
    Confoyme hubieren tratao,
    Los agusan, los rusian
    Y si ey dia es abansao
    Les dan tres ó cuatro granos
    De maís medio mascao.
    Luego que la talanquera
    La gente ha esocupao
    Jasen dos rayas iguales,
    Y uno y otro ñangotao,
    En su raya cáa uno
    _Á pical_ ó _separao_
    Sueytan los gayos, y empiesa
    Pol ensima ey apostao.
    --¡Yo doy un beinte á dos pesos!
    --Pagole ay rubio quemao.
    --¡Pica gayo!--¡Engriya giro!
    --¡Mueyde al ala renegao!
    --¡Juy! que puñalon de baca!
    --¡Caniyera y espicao!
    --Si ey giro pica la pluma,
    Se juye ey rubio quemao.
    --_¡Caréo!_ se dan aygunos,
    Y ey gayero, que ha chupao
    La sangre, tiene los besos
    Que paece un condenao.
    Ey uno juye, ó lo tumban,
    Ó muere, ó es levantao,
    Y se acabó la pelea,
    ¡Con qué aquey dey que ha ganao!
    Aqueyo es gusto, Miguey;
    Y no que aquí me han mandao
    Á que me jaga un Dotol,
    Ó ay menos un Lisensiao:
    Y estoy ¡juro á los Demoños!
    Jarto de estal separao
    Dey plátano y de la piña,
    Y esto me tiene.......ajorao.




                            [Illustración]




                              ESCENA XVI.

                               CARRERAS

                       DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].

[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.

Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con
una animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.

                            [Illustración]


Si la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad,
difícilmente se hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que
el primero que corrió fue el primero que tuvo piernas, y las piernas
son tan antiguas, que ningun buen cristiano puede negar que datan desde
nuestro padre Adam; aunque se veria muy apurado

el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido mas ó menos útiles.

Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre
de dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de
las delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos
sucede á sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos
alegría, desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que
ganar el pan con el sudor de su rostro.

Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien
de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos
al paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos;
y aunque de distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos
siempre al mismo término.

Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de
llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que
me guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende
el título de este artículo, y todo lo que no sea «Carreras de S. Juan y
San Pedro en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.

A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio,
porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con
circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que
disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos
años salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya
bosquejar.

Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las
ciudades mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas
pobres, parece que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen
en salir de las reglas que guardan durante todo el año; dias de
bullicio y confusion, que cada país, y aun cada pueblo, tiene segun su
índole y el grado de civilizacion en que se encuentra; dias en que el
magistrado no es magistrado, porque no ejerce sus funciones; en que el
mercader cierra su tienda, y el artesano su taller; dias fecundos en
aventuras amorosas, y en que las bellezas mas altivas suelen sonreir
al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de esperanza para los
jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias finalmente en que las
mayores estravagancias son admitidas, con tal que vayan autorizadas con
el sello de la costumbre.

Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número
de estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los
amenizan son las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D.
Iñigo Abad en su historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el
año 1788.

«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de
caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta
diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las
lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada
pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En
la Capital son los de S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S.
Juan al amanecer entra gran multitud de corredores, que vienen de los
pueblos de la Isla á lucir sus caballos cuando dan las doce del dia;
salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases, montados
en sus caballos enjaezados con la mayor ostentacion á que puede arribar
cada uno. Son muchos los que llevan sillas, mantillas y tapafundas de
terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos,
estribos y espuelas de plata; algunos añaden pretales cubiertos de
cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto, cubren
sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces
de este género, adornándoles con todo el primor y gusto que pueden,
sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la
corrida.

«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de
la víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos,
que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones,
que por lo comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan
vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche,
hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros, y continuan su
corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético
etc.....»

                            [Illustración]

Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el
mismo escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha
convertido en uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo
lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á
decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar
lo mejor de su casa para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria
repetir una de aquellas célebres cuanto vergonzosas _Cantaletas_, que
recordamos hasta los mas jóvenes, y en las cuales no se respetaba el
honor, ni los secretos de las familias? La civilizacion y el buen
juicio han desterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto
que no hay ya que corregirlo.

Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta,
grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de
ellas todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar
al otro estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada
dia mas insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes,
y las señoras abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera
que si no procura remediarse, llegará dia en que solo se conserve un
recuerdo de lo que ha sido y es aun una de las mejores fiestas del país.

A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues
de las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias
y hermosas calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente
vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo
garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como
el rayo, y se detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza
á abrazar las riendas. Los balcones ostentan cuanto hay en la Capital
de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo, esparcido por las
calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversion
tan de su gusto.

Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas,
de caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces
y pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados
menos ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la
noche, mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece
poco al que desea llevar una _cumarracha_.

Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve
á presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien
enjaezado; por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y
económicas _banastas_ reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de
lienzo al rico dorman de paño, que es el vestido que mas usan los que
corren á aquella hora. Poco importa que el animal sea de _primera_
casta, ó un descarnado _platanero_, que no por esto queda sin correr,
sino que lleva su ginete, y quizás por añadidura una de aquellas
morenitas capaces de hacer bailar la _jurga_ á un magistrado del tiempo
de Cárlos tercero.

En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que
presta el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir
perfectamente las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una
hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos,
á veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila á todo
correr, y con los de la acera opuesta; pero el centro comun de estas
agudezas, el teatro de escenas mas animadas, el punto de reunion de la
gente de broma, es el atrio de la Catedral, llamado en aquellos dias
_Balcon de los arrancados_.

El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por
los corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar
espacioso, de poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este
sitio la preferencia; reuniéndose en él una especie de tribunal, que
juzga la bondad de los caballos, y se encarga de aplaudir á los
bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente á los flacos y pesados;
llamándoles _chalungos_, _chongos_, _chacuecos_, _sancochaos_, y otros
mil adjetivos que tienen los inteligentes, uniéndolos á las frases mas
chistosas y oportunas.

Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S.
Juan B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de
S. Juan y S. Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música
militar ejecuta varias piezas en la plaza de armas, rodeada de todos
los corredores, que de allí van á descansar sus doloridas y magulladas
humanidades.

Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no
sucede donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas,
de noche y en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas
esto que á primera vista no tiene réplica, es un reparo que causaria
risa á mas de un corredor; porque la claridad del alumbrado, la
anchura, rectitud, limpieza y hermoso empedrado de las calles, la
bondad de los caballos, y sobre todo la suma destreza de los naturales,
hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian inevitables.

No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas
que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis
paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun
se me tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya
en toda la Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á
caballo es para aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en
los campos, donde apenas puede hacerse una diligencia ó visita, y en
algunas épocas ni salir de casa á pié, por el agua de las lluvias y por
otras causas que juiciosa y oportunamente cita el mismo autor.

Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he
calificado antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos
aquellos que se tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que
menos ofenda á la moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra
de ella, no es culpa de la costumbre, sino abandono de parte de los que
estando al frente de una familia, debieran impedirlo, cuidando de ella
como es su deber. En cuanto á las espresiones que se oyen alguna vez,
¿qué sucede en las plazas de toros, en el entierro del Carnaval, y en
todas las fiestas á que concurren y en que se mezclan todas las clases
de la sociedad?

La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo
dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el
bien que de ello sacaria el país.

Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de
grande utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país
donde por el estado de los caminos son tan necesarios estos animales;
en un país de donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que
la cria es casi nula, ya que tenemos tan escelente raza de caballos,
¿porqué no estimular á los labradores? ¿porqué no ensayar algun medio
para introducir este nuevo ramo de comercio?

Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las
principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo
que pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el
premiar el caballo que corra mas en media hora, no es, como nota
muy bien nuestro festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza:
además, aquello de que el mismo dueño no monte su caballo, sino que
sea un _Yokey_, aunque muy bueno para las capitales de Europa, lo
juzgo inoportuno y hasta ridículo en mi país; y así otras muchas cosas
que, atendida la diversidad de costumbres, fuera errado el querer
trasplantar.

Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y
aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos
deseos, y que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.

Que esta junta, presidida por la autoridad superior, ú otra que esta
nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos
para señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de
darse:

    1.º A la mejor yegua de vientre.
    2.º Al caballo mas ligero.
    3.º Al mas bien domado y enseñado.
    4.º Al mas corpulento y de mas fuerza.
    5.º Al de mejor estampa.

Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo
verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios,
en cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.

Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo
premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para
dichas en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.

Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas,
y utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que
todo empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á
perfeccionarlo todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar
este medio, en estremo económico, de premiar al hacendado laborioso, y
distraer al pobre jornalero.

No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi
idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos
del país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza
caballar; habrá muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos
me aventajen en acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien
y la prosperidad de Puerto-Rico.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                             ESCENA XVII.

                            EL PÁJARO MALO.

                            [Illustración]


Si el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de
Puerto-rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de
_Quebrada-arenas_, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy
fértil, regado por el rio Cañas y la _Quebrada-arenas_, y sembrado de
infinidad de árboles, algunos de los cuales, situados á la orilla del
camino, sirven de dia para guarecerse el viajero de los ardores del
sol, y mienten de noche fantásticas apariciones que asustan á mas de un
supersticioso.

Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos
de la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy
negros y relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan
general en los criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra
raza, montaba un hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles
seguian de continuo la direccion del menor ruido causado por el aire,
ó de cualquier objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna
menguante que acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas
atléticas, y vestido con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela
blanca, iba sobre un alazan, que sino igualaba en la casta al caballo
de su jóven amo, llevaba no poca carga sin dar la menor señal de
flaqueza.

--Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas
cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.

--Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el
piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.

--Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.

--¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque pasara
quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte
años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.

--Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de
mofa: ¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias
enredadas?

--Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi
mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque
ella me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.

--Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo
nací, tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido
antes de estar autorizados para ello.

--Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera
dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de
llorar, que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del
prójimo?

--¿Con que entonces no te echaba pullas?...

--_La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de
leguas mas arriba de las estrellas_, gritó el mulato, interrumpiendo á
su amo.

En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado
algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera,
que hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se
habia quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.

¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado
¿Á qué vienen esos gritos?

--Niño, no son majaderías; he oido cantar al _pájaro malo_.

--Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?

--_La cruz de Nazareno te caiga debajo_, repitió de nuevo el esclavo;
añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?

En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron
á los oidos de los viajeros.

--Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si
ha cantado, contéstale tú con una copla de _cadenas_, de aquellas que
sabes improvisar.

--Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me dan
tanto miedo.

--Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por
los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no
conocia, y que ha reñido con tres negros _cimarrones_ á la vez, tenga
temor por esos cuentos de viejas.

--No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que
hemos pasado ahora.

--¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?

--Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en
donde está, no me haria esa pregunta.

--Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es
costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios
por su alma.

--Pues hay mas que eso.

--Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de
verdadero.

--Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez,
que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.

--Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y
entretendremos un rato el camino.

--Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la _Jagua_ un
mozo de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio
Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente
de Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba
encaramado sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado
cuando lo volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á
proporcion, y tenia mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia
aguantar su genio; á los doce años hirió á un hermano suyo, y á los
diez y ocho levantó la mano á su padre, que aunque hubiera sido para él
un extraño, no merecia semejante injuria, porque todos le teníamos por
el hombre mejor del mundo. El pobre viejo sufrió con mucha paciencia
los golpes de su hijo, y cuando se vió libre de él, arrodillándose en
medio del soberado levantó las manos al cielo diciendo: ¡Dios mio!
perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de hacer conmigo.

Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados
de lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de
cumplirse, éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para
ir á bailar á _Furabo_: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron
hasta las tres de la madrugada sin que nada les sucediese. Al salir
se juntaron con otro conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino
conversando alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas,
que habian de atravesar, oyeron cantar al _pájaro malo_. El endiablado
de Goyo se echó á reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa
por cuatro granos de sal; y no faltes, que te espero.» En este momento
la sombra del pájaro se pintó en el suelo delante de él; y á pesar de
que queria hacerse el guapo, le dió un temblor tan fuerte, que apenas
podia dar un paso. Los otros dos, que tenian tanto miedo como él, le
echaron en cara su locura en desafiar al poder del _malo_; mas él,
recobrando su malvado valor, echó por aquella boca mil pestes sobre
todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.

Al siguiente dia, al _mudar_ una res que nunca habia topado, recibió
de ella una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una
pierna. Su pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los
muchos dias que estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole
en vano que se confesase y comulgase.

Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia
de su casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se
le acababa el dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino
ó á su mismo padre lo que podia, para seguir en tan perjudicial
entretenimiento. Llegó por fin un dia en que nada quedaba al viejo, y
entonces le abandonó, dejándole solo, pues que su hermano habia muerto
poco antes; se fue á vivir con uno que no tenia otro oficio que el
robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que la justicia le echó
mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.

Cumplida la condena, volvió, mas holgazan y mas pícaro que antes, á
unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche
asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la
Ciudad, donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó
sin castigo porque nadie supo quien lo cometió.

A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no
pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana
en el _Barrio de Culebras_ el cadáver del compañero de Goyo cosido á
puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito
de la _Jagua_, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que
ninguno supiera su oficio.

Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió
una noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual
habia perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador
que habia ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar
donde ahora está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas,
hasta que el paso de un caballo le advirtió la proximidad de su nueva
víctima. Ya el otro subia la cuestecita.... no le faltaba mucho......
Goyo tenia el machete empuñado con la mano derecha, y con la zurda
aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que llevava á la pretina, iba á
adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo cantó sobre su cabeza.

--La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y
de repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y
añadió:--Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que
quiere.

--Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus
trampas.

--Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo
tirarlo.

--Allá voy, y despachemos pronto.

Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le
aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y
ya iba á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de
una pistola disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el
canto del pájaro malo respondió desde lejos al grito que dió este al
caer en medio del camino bañado en sangre.

Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvia de una administracion,
acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se
acercó á él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á
un lado, si otra causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante
postura. Se apeó de su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo
le halló todo mojado, latia muy poco el corazon y la respiracion apenas
se sentia. Con mucho trabajo logró incorporarle, ayudado por el hombre
que le acompañaba; mas no pasó un minuto despues de esto cuando el
herido, volviendo en sí, despues de un profundo gemido dijo:

--¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?

--Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno
de sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y
ausiliarle con el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es
posible la salud al cuerpo.

--¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y
conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda; y
lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es
un tejido de crímenes.

--Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser
infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas,
que Dios las perdonará.

--¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco arder
en el infierno?

El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último
se decidió, é iba á comenzar el _Yo pecador_; pero el canto del pájaro
malo le anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.

--Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.

--Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?

--Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?

--Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.

--¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa
preocupacion?

--El moribundo, vencido de nuevo por la persuasion del ministro del
altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los
brazos del confesor.

[Illustración]

Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en
el cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.

--Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que
sea verdad que existe ese pájaro malo?

Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo,
ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal
guiado por el mismo; yo al menos así lo veo.

--Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es
uno cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes
está muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y
malos de la tierra.

Aquí terminó la conversacion de los viajeros, que siguieron callados su
camino.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                             ESCENA XVIII.

                            A MI BUEN AMIGO

                            D. PABLO SAEZ.

                            [Illustración]


                             Seguidillas.

    Verás que seguidillas,
    Amigo Pablo,
    Que peor no las canta
    Ni el mismo Diablo.

      Vaya pues una,
    Como esta serán todas,
    Buena ninguna.

      Cuando miro los ojos
    De mi morena,
    De tanto que me gustan
    Me causan pena;

      Porque quisiera
    Tan de cerca mirarlos
    Que no los viera.

           *       *       *       *       *

      Me gustan las morenas
    Por el salero,
    Y tambien por las blancas,
    De amor me muero.

      Si son bonitas,
    Lo mismo me da rubias
    Que morenitas.

           *       *       *       *       *

      Porque un beso la pido
    Se irrita Clara,
    Y en un mes no me mira
    Con buena cara.

      Será preciso
    Besarla cuando pueda
    Sin su permiso.

           *       *       *       *       *

      Si quieres que te engorden
    Las pantorrillas,
    Baila chica á menudo
    Las seguidillas.

      Y aun mas subiera;
    Pero temo que alguno
    Me grite: ¡Fuera!

           *       *       *       *       *

      Tiene Paca unos dientes
    De tal blancura,
    Que á su lado la nieve
    Parece oscura.

      ¡Jesus que hechizo!
    Dios bendiga al dentista
    Que se los hizo.

           *       *       *       *       *

      Un médico y un cura
    Pasean juntos
    Repasando la lista
    De sus difuntos.

      Y el boticario
    Les sigue de bracete
    Con el notario.

           *       *       *       *       *

      Me dijo un guapo mozo
    De Andalucía
    Que en Cádiz las estrellas
    Salen de dia.

      Y no me admira,
    Que quien dijo andaluces,
    Dijo mentira.

           *       *       *       *       *

      Basta de seguidillas,
    Pablo querido;
    Tú siempre sigues gordo,
    Yo consumido.

      Y ande la danza,
    Yo seré Don Quijote,
    Tú Sancho Panza.

                            [Illustración]




                              ESCENA XIX.

                             REFLESSIONES

                               SOBRE EL

                       ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,

                             CELEBRADA POR

                         LA SOCIEDAD ECONÓMICA

                                  DE

                   Amigos del País de Puerto-Rico[7]

                                  en

                    El dia 21 de diciembre de 1845.

                            [Illustración]

[7] En 1846 escribimos para el _Cancionero de Borinquen_ este artículo,
persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos
los estudios comprendidos en el proyectado _Colegio Central_; mas hoy
que un estudio mas detenido acerca del estado de nuestra patria nos
ha convencido que viviamos en el error, pensamos de muy diverso modo,
conforme se habrá visto en varias de las precedentes escenas de nuestra
obra.


Fué grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta
pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que
sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una
corporacion que no

cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que
la buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de
Puerto-rico y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un
noble orgullo en pertenecer á un cuerpo que se desvela por ella, y que
está destinado á elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias,
las artes y la industria, cuando se introducen en un país, se protegen
y se estimulan.

Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles,
que fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que
no hay ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas
parecen fabulosas, si se comparan con los medios de que puede
disponer. Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual
mas importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que
hará inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la
paternal y generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han
tenido tal pensamiento: esta obra es el Colegio Central.

Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia
hecho una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr.
Director, en su discurso pronunciado en la que se celebró el 21
de diciembre de 1845, manifestaba ya haber reunido una cantidad
respetable, producto de una suscripcion abierta en los pueblos de
la Isla y encabezada por la misma autoridad superior: la comision
nombrada por el Gobierno para dirigir este asunto ha salido del seno
de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es obra de uno de sus
individuos.

Pero no es esto todo lo que ha hecho tan ilustre corporacion;
conociendo la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado
á Europa á su costa dos jóvenes del país sobresalientes y de
conducta irreprehensible, para que, en union de otros dos, no menos
recomendables y cuyos gastos corren á cargo de un Sr. socio de mérito,
estudien las ciencias naturales y métodos de enseñanza para escuelas
normal é industrial y salas de párvulos[8].

[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el
canónigo Dr. don Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido
á Europa estos y los enviados por la Sociedad.

Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la
importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos
de riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al
ocuparse principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias
naturales, que debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de
la inteligencia y buenos deseos que la animan.

La química, la mineralogía, la agricultura y la botánica son
indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de
minerales, y cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la
cria del ganado constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que
es preciso confesar que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la
diferencia que habrá en el cultivo de las tierras, cuando el estudio de
las ciencias naturales pueda aplicarse á la labranza

y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria,
desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al
estudio de dichas ciencias!

Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas
se disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos
propietarios emplearán en aquel grandes caudales, que ahora
invierten en otros países! ¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias,
se emprenderán, que estan olvidadas por la falta de medios de
comunicacion! Son incalculables los beneficios que reportará el país
si llega á establecerse el Colegio central: la unidad en el método de
enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con trage de maestros
engañen á los padres de familia entorpeciendo á los jóvenes, y las
salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases pobres
toda la instruccion que puedan apetecer.

Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno,
como es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del
País en su noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden,
como hasta aquí, con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres
dignos de la obra que han emprendido y de la gratitud de todos los
puerto-riqueños.

Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las
facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas
aun sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de
hacerlo, porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento
del Colegio central se compone de personas cuya ilustracion es bien
conocida, y cuyo voto es para nosotros muy respetable y de mas valor
que el nuestro mismo; además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito
sobre el particular el Dr. D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de
Carpegna? Solo suscribirémos con el mayor placer á cuanto determinen,
para dar un público, aunque muy pequeño, testimonio de gratitud á la
Junta, á la Sociedad Económica y á la autoridad que, conociendo los
intereses del país, protege esa tendencia á la civilizacion que en él
se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.

Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios
incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde
hasta ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros
estudios no estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza
el decirlo, porque ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla.
La civilizacion es obra del tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado
antes de llegar á la época conveniente.

Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la
hora dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del
ingenio, elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros
bienhechores. No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de
ver colmados sus deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su
obra, y por el tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.

Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos;
y cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus
nobles corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros
hijos: «Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar
el peso de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el
edificio de la felicidad y gloria de Puerto-rico.»

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XX.

                                SONETO

                    Dedicado á mi apreciable amigo

                            DON PABLO SAEZ.

                            [Illustración]


                          El Puerto-Riqueño.

    Color moreno, frente despejada,
    Mirar lánguido, altivo y penetrante,
    La barba negra, pálido el semblante,
    Rostro enjuto, naríz proporcionada,
      Mediana talla, marcha compasada;
    El alma de ilusiones anhelante,
    Agudo ingenio, libre y arrogante,
    Pensar inquieto, mente acalorada,
      Humano, afable, justo, dadivoso,
    En empresas de amor siempre variable,
    Tras la gloria y placer siempre afanoso,
      Y en amor á su patria insuperable:
    Este es, á no dudarlo, fiel diseño
    Para copiar un buen Puerto-riqueño.

                            [Illustración]




                            [Illustración]




                              ESCENA XXI.

                          LA LINTERNA MÁGICA.

                            [Illustración]


Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de
contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con
que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar
objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos
de llamar su atencion; así no es estraño hallarme con tamaña boca
abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa
contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís
XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con
una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle,
estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de
disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon
de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros
mandados por don Juan de Áustria.

                            [Illustración]

Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy
concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas
apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado
sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el
frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada
uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos
á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras
un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio
como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:

--Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de
la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede
proporcionarles.

                            [Illustración]

--Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad
de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de
morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la
isla del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la
luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del
Preste Juan de las Indias.

Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el
cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba
mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo
rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros
despropósitos:

--Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al
año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos,
y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion
de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera
habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que
ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los
demás de él.

Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que
en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y
mentiras.

--Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de
cierta obrita en cierto país que yo sé.

--Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula _El Gíbaro_
y V. es el autor.

Quedéme pasmado, y él añadió:

--No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone
V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir
esta noche á mi casa.

En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca
de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi
pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de
pito y tamboril.

--Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.

Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás
del cual se metió el asqueroso muchacho.

--¿Estás ya listo?

--Sí señor, ya estoy dentro.

--Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de
magnetizador.

--Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro:
los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que
malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde
está el mérito y donde las faltas.

--Bueno, muchacho; y ¿qué mas?

--Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que
negro.

--Muchacho, sigue, esos son unos tontos.

--Señor, hay una vieja que dice que es hereje.

--Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice,
la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.

--Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una
persona que conocen.

--Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que
aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y
no crean tan bajo al autor.

--Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el
uno dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.

--Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.

Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de
servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos
que ¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el
perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian;
finalmente dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que
discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.

--Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito
contra esos señores, que deben ser hombres de talento.

Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando
en lo que habia oido.

Al dia siguiente fuí á buscar al charlatan para que me dijera como
habia sabido todo aquello de ser yo el autor del _Gíbaro_.

--Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde imprimen
la obrita, allí le ví á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió uno
de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella
formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma
la misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.

¡Dichoso yo! esclamé cuando me ví lejos de aquella buena pieza, dichoso
yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en
Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris,
ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren
capaz de copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus
defectos, ni majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas
instruidas y juiciosas que me tienen por templado, cual conviene al
escritor de costumbres, y ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas
ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque
carezco tambien del mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que
estoy cierto de que al concluir de leer este libro dirán mis paisanos
lo que yo dije al comenzarle: _Es el fruto de muchas horas robadas al
sueño y al descanso de una profesion noble y santa á que se dedica._

                            [Illustración]




                                INDICE

                DE LAS ESCENAS CONTENIDAS EN ESTA OBRA.


                                                                  _Pág._

PROLOGO                                                                7

ESCENA I. Espíritu de provincialismo                                   9

  --  II. El Bando de S. Pedro                                        21

  --  III. Reflecsiones sobre instruccion pública                     34

  --  IV. Un casamiento gíbaro                                        49

  --  V. Bailes de Puerto-rico                                        55

  --  VI. El Baile de garabato                                        69

  --  VII. La Gallera                                                 77

  --  VIII. Una pelea de gallos                                       87

  --  IX. Escritores Puerto-riqueños.--D. Santiago Vidarte            94

  --  X. Los sabios y los locos en mi cuarto                         109

  --  XI. La fiesta del Utuao                                        122

  --  XII. Aguinaldos                                                128

  --  XIII. A mi respetable amigo el Sr. D. Francisco Vasallo; en
contestación á una carta suya                                        137

  --  XIV. Un desengaño                                              141

  --  XV. A mi amigo D. Miguel Delgado                               160

  --  XVI. Carreras de S. Juan y S. Pedro                            164

  --  XVII. El pájaro malo                                           175

  --  XVIII. A mi buen amigo D. Pablo Saez                           185

  --  XIX. Reflecsiones sobre el acta de la Junta pública            190

  --  XX. Soneto dedicado á mi apreciable amigo D. Pablo Saez        196

  --  XXI. La linterna mágica                                        198


                                 FIN.

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GIBARO ***

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