El castigo sin venganza : Tragedia

By Lope de Vega

The Project Gutenberg eBook of El castigo sin venganza
    
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: El castigo sin venganza
        Tragedia

Author: Lope de Vega


        
Release date: March 10, 2026 [eBook #78160]

Language: Spanish

Original publication: Barcelona: Pedro Lacavalleria, 1634

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/78160

Credits: Ramón Pajares Box. (Imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASTIGO SIN VENGANZA ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
    convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos tras consultar otras
    ediciones modernas y el manuscrito Ticknor conservado en Boston.

  * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
    las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, siempre
    que no resultara afectada la métrica o la rima del verso.

  * Las abreviaturas en los nombres de los personajes han sido
    expandidas para mayor facilidad de lectura.

  * El comienzo de las estrofas se señala por un breve sangrado.

  * Se destacan los versos relevantes de la _glosa_ «En fin, señora, me
    veo» del final del segundo acto, pág. 37, como hacen las ediciones
    modernas.




  EL CASTIGO
  SIN VENGANZA,
  TRAGEDIA
  DE FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO
  del hábito de San Juan, Procurador Fiscal de la Cámara
  Apostólica del Arzobispado de Toledo.

  AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON LUIS FERNÁNDEZ de Córdova, Cardona y
  Aragón; Duque de Sessa, de Baena, y de Soma; Conde de Cabra, Palamós,
  y Olivito; Vizconde de Hinajar; Señor de las Baronías de Belpuche,
  Liñola, y Calonge; Gran Almirante de Nápoles, y Capitán General del
  mar de aquel reino, y Comendador de Bedmar y Albanchez, de la Orden y
  Caballería de Santiago, etc.

  [Ilustración]

  Año 1634.
  Con licencia, En Barcelona, por PEDRO LACAVALLERÍA, junto la Librería.




  APROBACIÓN DEL MUY
  REVERENDO PADRE MAESTRO
  fray Francisco Palau del Orden de
  Predicadores.


He leído con sumo gusto y debido aplauso la famosa tragedia del Castigo
sin Venganza, la cual me ha mandado leer el muy ilustre señor don Ramón
de Santmenat y de Lanuza, canónigo y arcediano y vicario general en la
santa iglesia de Barcelona, para que, con mi aprobación y censura, se
pueda comunicar por la impresión a todo el mundo, y satisfacer a tantos
que con particulares y debidas ansias desean verla. Con decir que es
de frey Lope Félix de Vega Carpio, y que la confiesa por hija de su
ingenio, queda aprobada por muy conforme a la fe y buenas costumbres,
y adornada y compuesta de suma erudición, doctrina, elegancia y
agudeza acostumbrada; y de hecho es tal esta tragedia que solo podía
ser de Lope, y solo la podía hacer su caudaloso ingenio. Pero ¿qué
hay que admirarse de esta?, pues quien hubiere leído sus obras (que
son muchísimas) y advertido aquel su natural corriente y propiedad de
términos, que parece le obedecen todas las ciencias e historias y la
frasis castellana, le ha de tener por la octava maravilla del mundo,
pues dicen ellas mismas que todo lo sabe, y con eminencia; y que es
la preciosa piedra Acates, la cual (como cuenta Plinio, y refiere
Bartolomé Cassaneo) tenía esculpidas las nueve musas (que son las
ciencias) con sus cetros y demás insignias e instrumentos, y al dios
Apolo en medio tocando su cítara. Y así si se glorió y tuvo por muy
dichoso Pirro, rey de los epirotas, de tener tan inestimable piedra,
con mayores ventajas debe estar muy ufana la coronada villa de Madrid,
y aun España toda, de tener a Lope, y por muy felices y dichosos los
presentes siglos que gocen de su resplandor, y quedan enriquecidos con
sus quilates, pues tienen en un sujeto todas las musas, que es tener
todas las ciencias; y así merece le pongan como a aquellas los dorados
cetros en las manos, y coronen sus sienes con vistosas y gallardas
guirnaldas de plumas, como las que se pusieron las mismas musas,
compuestas de las que tomaron de las alas de sus vencidas sirenas,
porque atrevidamente quisieron competir con ellas, como lo refieren
Alciato, Lilio Giraldo, Séneca, Pitágoras, san Clemente Alejandrino,
san Teodoreto, Del Río y otros para que prosiga con su veloz vuelo la
parlera fama de este nuestro ave Fénix, no de España, y por España sola
(que para nuestro héroe es corto espacio), sino del mundo y por el
mundo todo. Este es mi sentimiento, que para elogio es muy corto. De
Santa Catalina Mártir de Barcelona, julio 23 de 1634.

  _Fray Francisco Palau._

Santmenat Vic. Gen. & Offic.

_Don Franciscus de Erill, Cancell._




  AL
  EXCELENTÍSIMO
  SEÑOR DUQUE DE
  SESSA, MI SEÑOR, etc.


Desigual atrevimiento parece dedicar a Vuestra Excelencia esta
tragedia, cuando fuera más justo poemas heroicos, de quien fuera
argumento las gloriosas hazañas de sus progenitores invictísimos,
que dieron a la Corona de España tantos reinos, a las plumas tantas
historias, a la fama tantos triunfos, y a las armas insignes de su
apellido tantas banderas, de que son fieles testigos reyes infieles,
y alguno que, preso, ocupa (con honra suya) un cuartel de ellas entre
los Córdovas, Cardonas y Aragones, ilustrísimos por inmortal memoria
en tantos siglos, y por sangre generosa en tantos reinos. Mas, como
suele el que cultiva flores enviar al dueño del jardín algunas como
en reconocimiento de que son suyas las que quedan, así yo me atrevo
a enviar a Vuestra Excelencia las de este asunto, indicio de que
reconocen las demás que de todas es señor, como del que las cultiva.
En los amigos, los presentes son amor; en los amantes, cuidado; en
los pretendientes, cohecho; en los obligados, agradecimiento; en los
señores, favor, en los criados, servicio. Este no va a solicitar
mercedes, sino a reconocer obligaciones, de tantas como he recibido de
sus liberales manos en tantos años que ha que vivo escrito en el número
de los criados de su casa. Guarde nuestro Señor a Vuestra Excelencia
como deseo.

  Frey Lope Félix de Vega Carpio.




EL PRÓLOGO.


Señor lector, esta tragedia se hizo en la corte solo un día, por
causas que a vuestra merced le importan poco. Dejó entonces tantos
deseosos de verla que los he querido satisfacer con imprimirla. Su
historia estuvo escrita en lengua latina, francesa, alemana, toscana, y
castellana: esto fue prosa, ahora sale en verso. Vuestra merced la lea
por mía, porque no es impresa en Sevilla, cuyos libreros, atendiendo a
la ganancia, barajan los nombres de los poetas, y a unos dan sietes y
a otros sotas, que hay hombres que por dinero no reparan en el honor
ajeno, que a vueltas de sus mal impresos libros venden y compran.
Advirtiendo que está escrita al estilo español, no por la antigüedad
griega y severidad latina, huyendo de las sombras, nuncios y coros;
porque el gusto puede mudar los preceptos, como el uso los trajes, y el
tiempo las costumbres.




  PERSONAS DEL
  PRIMER ACTO.


  El Duque de Ferrara.  Autor.     Casandra.                Autora.
  El Conde Federico.    Arias.     Aurora.                Bernarda.
  Albano.                          Lucrecia.              Gerónima.
  Rutilio.                         Batín.                  Salinas.
  Floro.                           Cintia.          María Zavallos.
  Lucindo.                         Febo y Ricardo.
  El Marqués Gonzaga.   Salas.


ACTO PRIMERO.


(_El Duque de Ferrara, de noche; Febo y Ricardo, criados_).

RICARDO.

    ¡Linda burla!

FEBO.

                    Por extremo;
    pero ¿quién imaginara,
    que era el Duque de Ferrara?

DUQUE.

    Que no me conozcan temo.

RICARDO.

      Debajo de ser disfraz,
    hay licencia para todo,
    que aun el cielo en algún modo
    es de disfraces capaz.
      ¿Qué piensas tú que es el velo
    con que la noche le tapa?
    Una guarnecida capa
    con que se disfraza el cielo.
      Y para dar luz alguna
    las estrellas que dilata
    son pasamanos de plata
    y una encomienda la luna.

DUQUE.

    ¿Ya comienzas desatinos?

FEBO.

    No, lo ha pensado poeta
    de estos de la nueva seta,
    que se imaginan divinos.

RICARDO.

      Si a sus licencias apelo,
    no me darás culpa alguna,
    que yo sé quien a la luna
    llamó requesón del cielo.

DUQUE.

      Pues no te parezca error,
    que la poesía ha llegado
    a tan miserable estado
    que es ya como jugador
      de aquellos transformadores,
    muchas manos, ciencia poca,
    que echan cintas por la boca
    de diferentes colores.
      Pero dejando a otro fin
    esta materia cansada,
    no es mala aquella casada.

RICARDO.

    ¿Cómo mala? ¡Un serafín!
      Pero tiene un bravo azar
    que es imposible sufrillo.

DUQUE.

    ¿Cómo?

RICARDO.

           Un cierto maridillo,
    que toma, y no da lugar.

FEBO.

      ¡Guarda la cara!

DUQUE.

                       Ese ha sido
    siempre el más crüel linaje
    de gente de este paraje.

FEBO.

    El que la gala, el vestido
      y el oro deja traer,
    tenga (pues él no lo ha dado)
    lástima al que lo ha comprado,
    pues si muere su mujer,
      ha de gozar la mitad,
    como bienes gananciales.

RICARDO.

    Cierto que personas tales
    poca tienen caridad,
      hablando cultidiablesco,
    por no juntar las dicciones.

DUQUE.

    Tienen esos socarrones
    con el diablo parentesco,
      que, obligando a consentir,
    después estorba el obrar.

RICARDO.

    Aquí pudiera llamar;
    pero hay mucho que decir.

DUQUE.

      ¿Cómo?

RICARDO.

             Una madre beata,
    que reza, y riñe a dos niñas
    entre majuelos y viñas,
    una perla, y otra plata.

DUQUE.

      Nunca de exteriores fío.

RICARDO.

    No lejos vive una dama
    como azúcar de retama,
    dulce y morena.

DUQUE.

                    ¿Qué brío?

RICARDO.

      El que pide la color;
    mas el que con ella habita,
    es de cualquiera visita
    cabizbajo rumiador.

FEBO.

      Rumiar siempre fue de bueyes.

RICARDO.

    Cerca he visto una mujer
    que diera buen parecer
    si hubiera estudiado leyes.

DUQUE.

      Vamos allá.

RICARDO.

                  No querrá
    abrir a estas horas.

DUQUE.

                         ¿No?
    ¿Y si digo quién soy yo?

RICARDO.

    Si lo dices, claro está.

DUQUE.

      Llama pues.

RICARDO.

                  Algo esperaba,
    que a dos patadas salió.


(_Cintia en lo alto_).

CINTIA.

    ¿Quién es?

RICARDO.

               Yo soy.

CINTIA.

                       ¿Quién es yo?

RICARDO.

    Amigos, Cintia. ¡Abre, acaba,
      que viene el Duque conmigo!
    ¡Tanto mi alabanza pudo!

CINTIA.

    ¿El Duque?

RICARDO.

               ¿Eso dudas?

CINTIA.

                           Dudo,
    no digo el venir contigo,
      mas el visitarme a mí
    tan gran señor, y a tal hora.

RICARDO.

    Por hacerte gran señora
    viene disfrazado así.

CINTIA.

      Ricardo, si el mes pasado
    lo que ahora me dijeras
    del Duque, me persuadieras
    que a mis puertas ha llegado;
      pues toda su mocedad
    ha vivido indignamente,
    fábula siendo a la gente
    su viciosa libertad.
      Y como no se ha casado
    por vivir más a su gusto,
    sin mirar que fuera injusto
    ser de un bastardo heredado,
      —aunque es mozo de valor
    Federico—, yo creyera
    que el Duque a verme viniera;
    mas ya que como señor
      se ha venido a recoger,
    y de casar concertado
    su hijo a Mantua ha enviado
    por Casandra, su mujer,
      no es posible que ande haciendo
    locuras de noche ya,
    cuando esperándola está
    y su entrada previniendo;
      que si en Federico fuera
    libertad, ¿qué fuera en él?
    Y si tu fueras fiel,
    aunque él ocasión te diera,
      no anduvieras atrevido
    deslustrando su valor,
    que ya el Duque, tu señor,
    está acostado y dormido.
      Y así cierro la ventana,
    que ya sé que fue invención
    para hallar conversación.
    ¡Adiós, y vuelve mañana!

DUQUE.

      ¡A buena casa de gusto
    me has traído!

RICARDO.

                   Yo, señor,
    ¿qué culpa tengo?

DUQUE.

                      Fue error
    fiarle tanto disgusto
      para la noche que viene.

FEBO.

    Si quieres, yo romperé
    la puerta.

DUQUE.

               ¡Que esto escuché!

FEBO.

    Ricardo la culpa tiene.
      Pero, señor, quien gobierna,
    si quiere saber su estado,
    cómo es temido o amado,
    deja la lisonja tierna
      del crïado adulador
    y disfrazado, de noche,
    en traje humilde o en coche,
    salga a saber su valor;
      que algunos emperadores
    se valieron de este engaño.

DUQUE.

    Quien escucha, oye su daño,
    y fueron, aunque doctores,
      filósofos majaderos,
    porque el vulgo no es censor
    de la verdad, y es error
    de entendimientos groseros
      fiar la buena opinión
    de quien, inconstante y vario,
    todo lo juzga al contrario
    de la ley de la razón.
      Un quejoso, un descontento
    echa, por vengar su ira,
    en el vulgo una mentira,
    a la novedad atento.
      Y como por su bajeza
    no la puede averiguar,
    ni en los palacios entrar,
    murmura de la grandeza.
      Yo confieso que he vivido
    libremente y sin casarme,
    por no querer sujetarme,
    y que también parte ha sido
      pensar que me heredaría
    Federico, aunque bastardo:
    mas ya que a Casandra aguardo,
    que Mantua con él me envía,
      todo lo pondré en olvido.

FEBO.

    Será remedio casarte.

RICARDO.

    Si quieres desenfadarte,
    pon a esta puerta el oído.

DUQUE.

      ¿Cantan?

RICARDO.

               ¿No lo ves?

DUQUE.

                           ¿Pues quién
    vive aquí?

RICARDO.

               Vive un autor
    de comedias.

FEBO.

                 Y el mejor
    de Italia.

DUQUE.

             Ellos cantan bien.
      ¿Tiénelas buenas?

RICARDO.

                        Están
    entre amigos y enemigos:
    buenas las hacen amigos
    con los aplausos que dan,
      y los enemigos, malas.

FEBO.

    No pueden ser buenas todas.

DUQUE.

    Febo, para nuestras bodas
    prevén las mejores salas,
      y las comedias mejores,
    que no quiero que repares
    en las que fueren vulgares.

FEBO.

    Las que ingenios y señores
      aprobaren llevaremos.

DUQUE.

    ¿Ensayan?

RICARDO.

              Y habla una dama.

DUQUE.

    Si es Andrelina, es de fama.
    ¡Qué acción! ¡Qué afectos! ¡Qué extremos!

(_Dentro_).

      «Déjame pensamiento,
    no más, no más, memoria,
    que mi pasada gloria
    conviertes en tormento,
    y de este sentimiento
    ya no quiero memoria sino olvido,
    que son de un bien perdido,
    aunque presumes que mi mal mejoras,
    discursos tristes para alegres horas».

DUQUE.

      ¡Valiente acción!

FEBO.

                        ¡Extremada!

DUQUE.

    Más oyera: pero estoy
    sin gusto, a acostarme voy.

RICARDO.

    ¿A las diez?

DUQUE.

                 Todo me enfada.

RICARDO.

      Mira que es esta mujer
    única.

DUQUE.

           Temo que hable
    alguna cosa notable.

RICARDO.

    De ti ¿cómo puede ser?

DUQUE.

      ¿Ahora sabes, Ricardo,
    que es la comedia un espejo
    en que el necio, el sabio, el viejo,
    el mozo, el fuerte, el gallardo,
      el rey, el gobernador,
    la doncella, la casada,
    siendo al ejemplo escuchada
    de la vida y del honor,
      retrata nuestras costumbres,
    o livianas o severas,
    mezclando burlas y veras,
    donaires y pesadumbres?
      Basta, que oí del papel
    de aquella primera dama
    el estado de mi fama;
    bien claro me hablaba en él.
      ¿Que escuche, me persüades,
    la segunda? Pues no ignores
    que no quieren los señores
    oír tan claras verdades.


(_Federico de camino muy galán, y Batín, criado_).

BATÍN.

      Desconozco el estilo de tu gusto.
    ¿Ahora en cuatro sauces te detienes,
    cuando a negocio, Federico, vienes
    de tan grande importancia?

FEDERICO.

                               Mi disgusto
    no me permite, como fuera justo,
    más prisa y más cuidado,
    antes la gente dejo, fatigado
    de varios pensamientos,
    y al dosel de estos árboles que, atentos
    a las dormidas ondas de este río,
    en su puro cristal, sonoro y frío,
    mirando están sus copas,
    después que los vistió de verdes ropas.
    De mí mismo quisiera retirarme,
    que me cansa el hablarme
    del casamiento de mi padre, cuando
    pensé heredarle, que si voy mostrando
    a nuestra gente gusto, como es justo,
    el alma llena de mortal disgusto,
    camino a Mantua, de sentido ajeno,
    que voy por mi veneno,
    en ir por mi madrastra, aunque es forzoso.

BATÍN.

    Ya de tu padre el proceder vicioso,
    de propios y de extraños reprendido,
    quedó a los pies de la virtud vencido;
    ya quiere sosegarse,
    que no hay freno, señor, como casarse.
    Presentole un vasallo
    al rey francés un bárbaro caballo
    de notable hermosura,
    Cisne en el nombre, y por la nieve pura
    de la piel que cubrían
    las rizas canas que a los pies caían
    de la cumbre del cuello, en levantando
    la pequeña cabeza.
    Finalmente le dio naturaleza,
    que alguna dama estaba imaginando
    hermosura y desdén, porque su furia
    tenía por injuria
    sufrir el picador más fuerte y diestro.
    Viendo tal hermosura y tal siniestro,
    mandole el rey echar en una cava,
    a un soberbio león, que en ella estaba;
    y en viéndole feroz, apenas viva
    el alma sensitiva,
    hizo que el cuerpo alrededor se entolde
    de las crines, que ya crespas sin molde,
    si el miedo no lo era,
    formaron como lanzas blanca esfera,
    y en espín erizado
    de orgulloso caballo transformado;
    sudó por cada pelo
    una gota de hielo,
    y quedó tan pacífico y humilde
    que fue un enano en sus arzones tilde,
    y el que a los picadores no sufría,
    los pícaros sufrió desde aquel día.

FEDERICO.

    Batín, ya sé que a mi vicioso padre
    no pudo haber remedio que le cuadre
    como es el casamiento;
    pero ¿no ha de sentir mi pensamiento
    haber vivido con tan loco engaño?
    Ya sé que al más altivo, al más extraño,
    le doma una mujer, y que, delante
    de este león, el bravo, el arrogante
    se deja sujetar del primer niño
    que con dulce cariño
    y media lengua, o muda o balbuciente,
    teniéndole en los brazos le consiente
    que le tome la barba.
    Ni rudo labrador la roja parva,
    como un casado la familia mira,
    y de todos los vicios se retira.
    Mas ¿qué me importa a mí que se sosiegue
    mi padre, y que se niegue
    a los vicios pasados,
    si han de heredar sus hijos sus estados,
    y yo, escudero vil, traer en brazos
    algún león, que me ha de hacer pedazos?

BATÍN.

    Señor, los hombres cuerdos y discretos,
    cuando se ven sujetos
    a males sin remedio,
    poniendo la paciencia de por medio
    fingen contento, gusto y confianza
    por no mostrar envidia y dar venganza.

FEDERICO.

    ¿Yo sufriré madrastra?

BATÍN.

                           ¿No sufrías
    las muchas que tenías
    con los vicios del Duque? Pues ahora
    sufre una sola, que es tan gran señora.

FEDERICO.

    ¿Qué voces son aquellas?

BATÍN.

    En el vado del río suena gente.

FEDERICO.

    Mujeres son, a verlas voy.

BATÍN.

                               ¡Detente!

FEDERICO.

    ¡Cobarde! ¿No es razón favorecellas?

(_Vase_).

BATÍN.

    Excusar el peligro es ser valiente.
    ¡Lucindo, Albano, Floro!


(_Estos salen_).

LUCINDO.

                             El Conde llama.

ALBANO.

    ¿Dónde está Federico?

FLORO.

                          ¿Pide acaso
    los caballos?

BATÍN.

                  Las voces de una dama
    con poco seso y con valiente paso
    le llevaron de aquí; mientras le sigo,
    llamad la gente.

(_Vase_).

LUCINDO.

                     ¿Dónde vas? Espera.

ALBANO.

    Pienso que es burla.

FLORO.

                         Y yo lo mismo digo;
    aunque suena rumor en la ribera
    de gente que camina.

LUCINDO.

    Mal Federico a obedecer se inclina
    el nuevo dueño, aunque por ella viene.

ALBANO.

    Sale a los ojos el pesar que tiene.


(_Federico sale con Casandra en los brazos_).

FEDERICO.

    Hasta poneros aquí
    los brazos me dan licencia.

CASANDRA.

    Agradezco, caballero,
    vuestra mucha gentileza.

FEDERICO.

    Y yo a mi buena fortuna
    traerme por esta selva,
    casi fuera de camino.

CASANDRA.

    ¿Qué gente, señor, es esta?

FEDERICO.

    Crïados que me acompañan.
    No tengáis, señora, pena,
    todos vienen a serviros.


(_Batín sale con Lucrecia, criada, en los brazos_).

BATÍN.

    Mujer, dime, ¿cómo pesas,
    si dicen que sois livianas?

LUCRECIA.

    Hidalgo, ¿dónde me llevas?

BATÍN.

    A sacarte por lo menos
    de tanta enfadosa arena
    como la falta del río
    en estas orillas deja.
    Pienso que fue treta suya
    por tener ninfas tan bellas
    volverse el coche al salir,
    que si no fuera tan cerca,
    corriérades gran peligro.

FEDERICO.

    Señora, porque yo pueda
    hablaros con el respeto
    que vuestra persona muestra,
    decidme quién sois.

CASANDRA.

                        Señor,
    no hay causa por que no deba
    decirlo. Yo soy Casandra,
    ya de Ferrara Duquesa,
    hija del Duque de Mantua.

FEDERICO.

    ¿Cómo puede ser que sea
    Vuestra Alteza, y venir sola?

CASANDRA.

    No vengo sola, que fuera
    cosa imposible. No lejos
    el Marqués Gonzaga queda,
    a quien pedí me dejase,
    atravesando una senda,
    pasar sola en este río,
    parte de esta ardiente siesta,
    y por llegar a la orilla,
    que me pareció cubierta
    de más árboles y sombras,
    había más agua en ella,
    tanto, que pude correr,
    sin ser mar, fortuna adversa;
    mas no pudo ser Fortuna,
    pues se pararon las ruedas.
    Decidme, señor, quién sois,
    aunque ya vuestra presencia
    lo generoso asegura
    y lo valeroso muestra;
    que es razón que este favor
    no solo yo le agradezca,
    pero el Marqués y mi padre
    que tan obligados quedan.

FEDERICO.

    Después que me dé la mano,
    sabrá quién soy Vuestra Alteza.

CASANDRA.

    ¿De rodillas? ¡Es exceso!
    No es justo que lo consienta
    la mayor obligación.

FEDERICO.

    Señora, es justo, y es fuerza;
    mirad que soy vuestro hijo.

CASANDRA.

    Confieso que he sido necia
    en no haberos conocido.
    ¿Quién sino quien sois pudiera
    valerme en tanto peligro?
    Dadme los brazos.

FEDERICO.
                      Merezca
    vuestra mano.

CASANDRA.
                  No es razón.
    Dejadles pagar la deuda,
    señor Conde Federico.

FEDERICO.

    El alma os dé la respuesta.

(_Hablen quedo, y diga Batín_).

BATÍN.

    Ya que ha sido nuestra dicha
    que esta gran señora sea
    por quien íbamos a Mantua,
    solo resta que yo sepa
    si eres tú Vuestra Merced,
    Señoría o Excelencia,
    para que pueda medir
    lo razonado a las prendas.

LUCRECIA.

    Desde mis primeros años
    sirvo, amigo, a la Duquesa,
    soy domestica criada;
    visto y desnudo a Su Alteza.

BATÍN.

    ¿Eres camarera?

LUCRECIA.

                    No.

BATÍN.
    Serás haciacamarera,
    como que lo fuiste a ser
    y te quedaste a la puerta.
    Tal ves tienen los señores
    como lo que tú me cuentas
    unas criadas malillas,
    entre doncellas y dueñas,
    que son todo y no son nada.
    ¿Cómo te llamas?

LUCRECIA.

                     Lucrecia.

BATÍN.

    ¿La de Roma?

LUCRECIA.

                 Más acá.

BATÍN.

    ¡Gracias a Dios, que con ella
    topé! Que desde su historia,
    traigo llena la cabeza
    de castidades forzadas
    y de diligencias necias.
    ¿Tú viste a Tarquinio?

LUCRECIA.

                           ¿Yo?

BATÍN.

    ¿Y qué hicieras si le vieras?

LUCRECIA.

    ¿Tienes mujer?

BATÍN.

                   ¿Por qué causa
    lo preguntas?

LUCRECIA.

                  Porque pueda
    ir a tomar su consejo.

BATÍN.

    Herísteme por la treta.
    ¿Tú sabes quien soy?

LUCRECIA.

                         ¿De qué?

BATÍN.

    ¿Es posible que no llega
    aun hasta Mantua la fama
    de Batín?

LUCRECIA.

              ¿Por qué excelencias?
    Pero tú debes de ser
    como unos necios que piensan
    que en todo el mundo su nombre
    por único se celebra,
    y apenas le sabe nadie.

BATÍN.

    No quiera Dios que tal sea,
    ni que murmure envidioso
    de las virtudes ajenas;
    esto dije por donaire,
    que no porque piense o tenga
    satisfacción y arrogancia.
    Verdad es que yo quisiera
    tener fama entre hombres sabios
    que ciencia y letras profesan,
    que en la ignorancia común
    no es fama sino cosecha,
    que sembrando disparates
    coge lo mismo que siembra.

CASANDRA.

      Aún no acierto a encarecer
    el haberos conocido,
    poco es lo que había oído
    para lo que vengo a ver,
    el hablar, el proceder
    a la persona conforma,
    hijo y mi señor, de forma
    que muestra en lo que habéis hecho
    cuál es el alma del pecho
    que tan gran sujeto informa.
      Dicha ha sido haber errado
    el camino que seguí,
    pues más presto os conocí
    por yerro tan acertado;
    cual suele en el mar airado
    la tempestad, después de ella
    ver aquella lumbre bella,
    así fue mi error la noche,
    mar el río, nave el coche,
    yo el piloto, y vos mi estrella.
      Madre os seré desde hoy,
    señor Conde Federico,
    y de este nombre os suplico
    que me honréis, pues ya lo soy.
    De vos tan contenta estoy,
    y tanto el alma repara
    en prenda tan dulce y cara,
    que me da más regocijo
    teneros a vos por hijo
    que ser Duquesa en Ferrara.

FEDERICO.

      Basta que me dé temor,
    hermosa señora, el veros;
    no me impida el responderos,
    turbarme tanto favor:
    hoy el Duque, mi señor,
    en dos divide mi ser,
    que del cuerpo pudo hacer
    que mi ser primero fuese,
    para que el alma debiese
    a mi segundo nacer.
      De estos nacimientos dos
    lleváis, señora, la palma,
    que para nacer con alma
    hoy quiero nacer de vos,
    que, aunque quien la infunde es Dios,
    hasta que os vi, no sentía
    en qué parte la tenía,
    pues si conocerla os debo
    vos me habéis hecho de nuevo,
    que yo sin alma vivía.
      Y de esto se considera,
    pues que de vos nacer quiero,
    que soy el hijo primero,
    que el Duque de vos espera.
    Y de que tan hombre quiera
    nacer, no son fantasías,
    que, para disculpas mías,
    aquel divino crisol
    ha seis mil años que es sol,
    y nace todos los días.


(_El Marqués Gonzaga, Rutilio y criados_).

RUTILIO.

      Aquí, señor, los dejé.

MARQUÉS.

    Extraña desdicha fuera,
    si el caballero que dices
    no llegara a socorrerla.

RUTILIO.

    Mandome alejar, pensando
    dar nieve al agua risueña,
    bañando en ella los pies
    para que corriese perlas,
    Y así no pudo llegar
    tan presto mi diligencia,
    y en brazos de aquel hidalgo
    salió, señor, la Duquesa,
    pero como vi que estaban
    seguras en la ribera,
    corrí a llamarte.

MARQUÉS.

                      Allí está,
    entre el agua y el arena
    el coche solo.

RUTILIO.

                   Estos sauces
    nos estorbaron el verla.
    Allí está con los criados
    del caballero.

CASANDRA.

                   Ya llega
    mi gente.

MARQUÉS.

              ¡Señora mía!

CASANDRA.

    ¡Marqués!

MARQUÉS.

              Con notable pena
    a todos nos ha tenido
    hasta ahora Vuestra Alteza;
    gracias a Dios que os hallamos
    sin peligro.

CASANDRA.

                 Después de ellas
    Las dad a este caballero.
    Su piadosa gentileza
    me sacó libre en los brazos.

MARQUÉS.

    Señor Conde, ¿quién pudiera
    sino vos favorecer
    a quien ya es justo que tenga
    el nombre de vuestra madre?

FEDERICO.

    Señor Marqués, yo quisiera
    ser un Júpiter entonces,
    que transformándome cerca
    en aquel ave imperial,
    aunque las plumas pusiera
    a la luz de tanto sol,
    ya de Faetonte soberbia,
    entre las doradas uñas,
    tusón del pecho la hiciera,
    y por el aire en los brazos
    por mi cuidado la vieran
    los del Duque, mi señor.

MARQUÉS.

    El cielo, señor, ordena
    estos sucesos que veis,
    para que Casandra os deba
    un beneficio tan grande
    que desde este punto pueda
    confirmar las voluntades,
    y en toda Italia se vea
    amarse tales contrarios,
    y que en un sujeto quepan.

(_Hablen los dos, y aparte Casandra y Lucrecia_).

CASANDRA.

    Mientras los dos hablan, dime
    qué te parece, Lucrecia,
    de Federico.

LUCRECIA.

                 Señora,
    si tu me dieses licencia,
    mi parecer te diría.

CASANDRA.

    Aunque ya no sin sospecha,
    yo te la doy.

LUCRECIA.

                  Pues yo digo...

CASANDRA.

    Di.

LUCRECIA.

        ... que más dichosa fueras
    si se trocara la suerte.

CASANDRA.

    Aciertas, Lucrecia, y yerra
    mi fortuna; mas ya es hecho,
    porque cuando yo quisiera,
    fingiendo alguna invención,
    volver a Mantua, estoy cierta
    que me matara mi padre,
    y por toda Italia fuera
    fábula mi desatino;
    fuera de que no pudiera
    casarme con Federico,
    y así no es justo que vuelva
    a Mantua, sino que vaya
    a Ferrara, en que me espera
    el Duque, de cuya libre
    vida y condición me llevan
    las nuevas con gran cuidado.

MARQUÉS.

    ¡Ea! ¡Nuestra gente venga,
    y alegremente salgamos
    del peligro de esta selva!
    Parte delante a Ferrara,
    Rutilio, y lleva las nuevas
    al Duque del buen suceso,
    si por ventura no llega
    anticipada la fama,
    que se detiene en las buenas
    cuanto corre en siendo malas.
    Vamos, señora, y prevengan
    caballo al Conde.

FLORO.

                      ¡El caballo
    del Conde!

CASANDRA.

               Vuestra Excelencia
    irá mejor en mi coche.

FEDERICO.

    Como mande Vuestra Alteza
    que vaya, la iré sirviendo.


(_El Marqués lleve de la mano a Casandra, y quédense Federico y Batín_).

BATÍN.

    ¡Que bizarra es la Duquesa!

FEDERICO.

    ¿Parécete bien, Batín?

BATÍN.

    Paréceme una azucena
    que está pidiendo a la aurora,
    en cuatro cándidas lenguas,
    que le trueque en cortesía
    los granos de oro a sus perlas.
    No he visto mujer tan linda,
    por Dios, señor, que si hubiera
    lugar —porque suben ya,
    y no es bien que la detengas—
    que te dijera...

FEDERICO.

                     No digas
    nada, que con tu agudeza
    me has visto el alma en los ojos,
    y el gusto me lisonjeas.

BATÍN.

    ¿No era mejor para ti
    esta clavellina fresca,
    esta naranja en azahar,
    toda de pimpollos hecha,
    esta alcorza de ámbar y oro,
    esta Venus, esta Elena?
    ¡Pesia las leyes del mundo!

FEDERICO.

    Ven, no les demos sospecha,
    y seré el primer alnado
    a quien hermosa parezca
    su madrastra.

BATÍN.

                 Pues, señor,
    no hay más de tener paciencia,
    que a fe que a dos pesadumbres
    ella te parezca fea.


(_Salgan el Duque de Ferrara, y Aurora su sobrina_).

DUQUE.

      Hallarala en el camino
    Federico, si partió
    cuando dicen.

AURORA.

                  Mucho erró,
    pues cuando el aviso vino
      era forzoso el partir
    a acompañar a Su Alteza.

DUQUE.

    Pienso que alguna tristeza
    pudo el partir diferir;
      que, en fin, Federico estaba
    seguro en su pensamiento
    de heredarme, cuyo intento,
    que con mi amor consultaba,
      fundaba bien su intención,
    porque es Federico, Aurora,
    lo que más mi alma adora,
    y fue casarme, traición
      que hago a mi propio gusto;
    que mis vasallos han sido
    quien me ha forzado y vencido
    a darle tanto disgusto,
      si bien dicen que esperaban
    tenerle por su señor,
    o por conocer mi amor,
    o porque también le amaban;
      mas que los deudos que tienen
    derecho a mi sucesión,
    pondrán pleito con razón;
    o que, si a las armas vienen,
      no pudiendo concertallos,
    abrasarán estas tierras,
    porque siempre son las guerras
    a costa de los vasallos.
      Con esto determiné
    casarme, no pude más.

AURORA.

    Señor, disculpado estás,
    yerro de fortuna fue:
      pero la grave prudencia
    del Conde, hallará templanza,
    para que su confianza
    tenga consuelo y paciencia;
      aunque, en esta confusión
    un consejo quiero darte,
    que será remedio, en parte,
    de su engaño y tu afición.
      Perdona el atrevimiento
    que, fiado en el amor
    que me muestras, con valor
    te diré mi pensamiento.
      Yo soy, invicto Duque, tu sobrina;
    hija soy de tu hermano,
    que en su primera edad, como temprano
    almendro que la flor al cierzo inclina,
    cinco lustros (¡ay, suerte
    crüel!) rindió la inexorable muerte.
      Criásteme en tu casa, porque luego
    quedé también sin madre;
    tú solo fuiste mi querido padre,
    y en el confuso laberinto ciego
    de mis fortunas tristes,
    el hilo de oro que de luz me vistes.
      Dísteme por hermano a Federico,
    mi primo en la crianza,
    a cuya siempre honesta confianza,
    con dulce trato honesto amor aplico,
    no menos de él querida,
    viviendo entrambos una misma vida,
      una ley, un amor, un albedrío,
    una fe nos gobierna,
    que con el matrimonio será eterna,
    siendo yo suya, y Federico mío,
    que aun apenas la muerte
    osará dividir lazo tan fuerte.
      Desde la muerte de mi padre amado
    tiene mi hacienda aumento;
    no hay en Italia ahora casamiento
    más igual a sus prendas y a su estado;
    que yo entre muchos grandes,
    ni miro a España, ni me aplico a Flandes.
      Si le casas conmigo estás seguro
    de que no se entristezca
    de que Casandra sucesión te ofrezca,
    sirviendo yo de su defensa y muro.
    Mira si en este medio
    promete mi consejo tu remedio.

DUQUE.

      Dame tus brazos, Aurora,
    que en mi sospecha y recelo
    eres la misma del cielo
    que mi noche ilustra y dora.
      Hoy mi remedio amaneces,
    y en el sol de tu consejo
    miro, como en claro espejo,
    el que a mi sospecha ofreces.
      Mi vida y honra aseguras,
    y así te prometo al Conde,
    si a tu honesto amor responde
    la fe con que le procuras,
      que bien creo que estarás
    cierta de su justo amor,
    como yo, que tu valor,
    Aurora, merece más.
      Y así, pues vuestros intentos
    conformes vienen a ser,
    palabra te doy de hacer
    juntos los dos casamientos.
      Venga el Conde, y tú verás,
    qué día a Ferrara doy.

AURORA.

    Tu hija y tu esclava soy,
    no puedo decirte más.


(_Entre Batín_).

BATÍN.

      Vuestra Alteza, gran señor,
    reparta entre mí y el viento
    las albricias, porque a entrambos
    se las debe de derecho;
    que no sé cuál de los dos
    vino en el otro corriendo,
    yo en el viento, o él en mí,
    él en mis pies, yo en su vuelo.
    La Duquesa mi señora
    viene buena, y si primero
    dijo la fama que el río,
    con atrevimiento necio,
    volvió el coche, no fue nada,
    porque el Conde al mismo tiempo
    llegó, y la sacó en sus brazos,
    con que las paces se han hecho
    de aquella opinión vulgar
    que nunca bien se quisieron
    los alnados y madrastras;
    porque con tanto contento
    vienen juntos, que parecen
    hijo y madre verdaderos.

DUQUE.

    Esa paz, Batín amigo,
    es la nueva que agradezco,
    y que traiga gusto el Conde,
    fuera de ser nueva, es nuevo.
    ¿Querrá Dios que Federico,
    con su buen encendimiento,
    se lleve bien con Casandra?
    En fin ya los dos se vieron,
    y en tiempo que pudo hacerle
    ese servicio.

BATÍN.

                  Prometo
    a Vuestra Alteza que fue
    dicha de los dos.

AURORA.

                      Yo quiero
    que me des nuevas también.

BATÍN.

    ¡Oh Aurora, que a la del cielo
    das ocasión con el nombre
    para decirte conceptos!
    ¿Qué me quieres preguntar?

AURORA.

    Deseo de saber tengo
    si es muy hermosa Casandra.

BATÍN.

    Esa pregunta y deseo
    no era de Vuestra Excelencia,
    sino del Duque, mas pienso,
    que entrambos sabéis por fama
    lo que repetir no puedo,
    porque ya llegan.

DUQUE.

                      Batín,
    ponte esta cadena al cuello.


(_Entren con grande acompañamiento y bizarría Rutilio, Floro, Albano,
Lucindo, el Marqués Gonzaga, Federico, Casandra y Lucrecia_).

FEDERICO.

    En esta huerta, señora,
    os tienen hecho aposento
    para que el Duque os reciba,
    en tanto que disponiendo
    queda Ferrara la entrada,
    que a vuestros merecimientos
    será corta, aunque será
    la mayor que en estos tiempos
    en Italia se haya visto.

CASANDRA.

    Ya, Federico, el silencio
    me provocaba a tristeza.

FEDERICO.

    Fue de aquesta causa efecto.

FLORO.

    Ya salen a recibiros
    el Duque y Aurora.

DUQUE.

                       El cielo,
    hermosa Casandra, a quien
    con toda el alma os ofrezco
    estos estados, os guarde
    para su señora y dueño,
    para su aumento y su honor,
    los años de mi deseo.

CASANDRA.

    Para ser de Vuestra Alteza
    esclava, gran señor, vengo,
    que de este título solo
    recibe mi casa aumento,
    mi padre honor y mi patria
    gloria, en cuya fe poseo
    los méritos de llegar
    a ser digna de los vuestros.

DUQUE.

    Dadme vos, señor Marqués,
    los brazos, a quien hoy debo
    prenda de tanto valor.

MARQUÉS.

    En su nombre los merezco,
    y por la parte que tuve
    en este alegre himeneo,
    pues hasta la ejecución
    me sois deudor del concierto.

AURORA.

    Conoced, Casandra, a Aurora.

CASANDRA.

    Entre los bienes que espero
    de tanta ventura mía,
    es ver, Aurora, que os tengo
    por amiga y por señora.

AURORA.

    Con serviros, con quereros
    por dueño de cuanto soy,
    solo responder os puedo.
    ¡Dichosa Ferrara ha sido,
    oh Casandra, en mereceros
    para gloria de su nombre!

CASANDRA.

    Con tales favores entro,
    que ya en todas mis acciones
    próspero fin me prometo.

DUQUE.

    Sentaos porque os reconozcan
    con debido amor mis deudos
    y mi casa.

CASANDRA.

               No replico;
    cuanto mandáis obedezco.

(_Siéntense debajo de dosel el Duque y Casandra, y el Marqués y
Aurora_).

CASANDRA.
    ¿No se sienta el Conde?

DUQUE.

                            No,
    porque ha de ser el primero,
    que os ha de besar la mano.

CASANDRA.

    Perdonad, que no consiento
    esa humildad.

FEDERICO.

                  Es agravio
    de mi amor; fuera de serlo,
    es ir contra mi obediencia.

CASANDRA.

    Eso no.

FEDERICO.
            ¡Temblando llego!

CASANDRA.

    Teneos.

FEDERICO.

            No lo mandéis.
    Tres veces, señora, beso
    vuestra mano: una por vos,
    con que humilde me sujeto
    a ser vuestro mientras viva,
    de estos vasallos ejemplo;
    la segunda por el Duque
    mi señor, a quien respeto
    obediente; y la tercera
    por mí, porque no teniendo
    más por vuestra obligación,
    ni menos por su precepto,
    sea de mi voluntad,
    señora, reconoceros,
    que la que sale del alma
    sin fuerza de gusto ajeno
    es verdadera obediencia.

CASANDRA.

    De tan obediente cuello
    sean cadena mis brazos.

DUQUE.

    Es Federico discreto.

MARQUÉS.

    Días ha, gallarda Aurora,
    que los deseos de veros
    nacieron de vuestra fama,
    y a mi fortuna le debo
    que tan cerca me pusiese
    de vos, aunque no sin miedo,
    para que sepáis de mí
    que, puesto que se cumplieron,
    son mayores de serviros
    cuando tan hermosa os veo.

AURORA.

    Yo, señor Marqués, estimo
    ese favor como vuestro,
    porque ya de vuestro nombre,
    que por las armas eterno
    será en Italia, tenía
    noticia por tantos hechos.
    Lo de galán ignoraba,
    y fue ignorancia, os confieso,
    porque soldado y galán
    es fuerza, y más en sujeto
    de tal sangre y tal valor.

MARQUÉS.

    Pues haciendo fundamento
    de ese favor, desde hoy
    me nombro vuestro, y prometo
    mantener en estas fiestas
    a todos los caballeros
    de Ferrara, que ninguno
    tiene tan hermoso dueño.

DUQUE.

    Que descanséis es razón,
    que pienso que entreteneros
    es hacer la necedad
    que otros casados dijeron.
    No diga el largo camino
    que he sido dos veces necio,
    y amor que no estimo el bien,
    pues no le agradezco el tiempo.

(_Todos se entran con grandes cumplimientos, y quédanse Federico y
Batín_).


FEDERICO.

    ¡Qué necia imaginación!

BATÍN.

    ¿Cómo necia? ¿Qué tenemos?

FEDERICO.

    Bien dicen que nuestra vida
    es sueño, y que toda es sueño,
    pues que no solo dormidos,
    pero aun estando despiertos,
    cosas imagina un hombre
    que al más abrasado enfermo
    con frenesí no pudieran
    llegar a su entendimiento.

BATÍN.

    Dices bien, que alguna vez
    entre muchos caballeros
    suelo estar, y sin querer
    se me viene al pensamiento
    dar un bofetón a uno
    y morderle del pescuezo.
    Si estoy en algún balcón,
    estoy pensando y temiendo
    echarme de él y matarme.
    Si estoy en la iglesia oyendo
    algún sermón, imagino
    que le digo que está impreso.
    Dame gana de reír
    si voy en algún entierro,
    y si dos están jugando,
    que les tiro el candelero.
    Si cantan, quiero cantar;
    y si alguna dama veo,
    en mi necia fantasía
    asirla del moño intento,
    y me salen mil colores
    como si lo hubiera hecho.

FEDERICO.

    ¡Jesús! ¡Dios me valga! ¡Afuera,
    desatinados conceptos
    de sueños despiertos! Yo
    ¿tal imagino, tal pienso,
    tal me prometo, tal digo,
    tal fabrico, tal emprendo?
    ¡No más, extraña locura!

BATÍN.

    ¿Pues tú para mí secreto?

FEDERICO.

    Batín, no es cosa que hice,
    y así nada te reservo,
    que las imaginaciones
    son espíritus sin cuerpo.
    Lo que no es, ni ha de ser,
    no es esconderte mi pecho.

BATÍN.

    Y si te lo digo yo,
    ¿negarásmelo?

FEDERICO.
                  Primero
    que puedas adivinarlo,
    habrá flores en el cielo,
    y en este jardín estrellas.

BATÍN.

    Pues mira cómo lo acierto:
    que te agrada tu madrastra,
    y estás entre ti diciendo...

FEDERICO.

    ¡No lo digas! Es verdad.
    Pero yo ¿qué culpa tengo,
    pues el pensamiento es libre?

BATÍN.

    Y tanto, que por su vuelo
    la inmortalidad del alma
    se mira como en espejo.

FEDERICO.

    Dichoso es el Duque.

BATÍN.

                         Y mucho.

FEDERICO.

    Con ser imposible, llego
    a estar envidioso de él.

BATÍN.

    Bien puedes, con presupuesto,
    de que era mejor Casandra
    para ti.

FEDERICO.

             Con eso puedo
    morir de imposible amor,
    y tener posibles celos.




ACTO SEGUNDO.


(_Salen Casandra y Lucrecia_).

LUCRECIA.

      Con notable admiración
    me ha dejado Vuestra Alteza.

CASANDRA.

    No hay altezas con tristeza,
    y más si bajezas son;
    más quisiera, y con razón,
    ser una ruda villana,
    que me hallara la mañana
    al lado de un labrador,
    que desprecio de un señor
    en oro, púrpura y grana.
      Pluguiera a Dios que naciera
    bajamente, pues hallara
    quien lo que soy estimara,
    y a mi amor correspondiera.
    En aquella humilde esfera,
    como en las camas reales,
    se gozan contentos tales
    que no los crece el valor,
    si los efectos de amor
    son en las noches iguales.
      No los halla a dos casados
    el sol, por las vidrieras
    de cristal a las primeras
    luces del alba, abrazados
    con más gusto, ni en dorados
    techos más descanso halló;
    que tal vez su rayo entró
    del aurora a los principios
    por mal ajustados ripios,
    y un alma en dos cuerpos vio.
      Dichosa la que no siente
    un desprecio autorizado,
    y se levanta del lado
    de su esposo alegremente;
    la que en la primera fuente
    mira o lava, ¡oh cosa rara!,
    con las dos manos la cara,
    y no en llanto, cuando fue
    mujer de un hombre sin fe,
    con ser Duque de Ferrara.
      Sola una noche le vi
    en mis brazos en un mes,
    y muchas le vi después
    que no quiso verme a mí.
    Pero de que viva así
    ¿cómo me puedo quejar,
    pues que me pudo enseñar
    la fama que quien vivía
    tan mal no se enmendaría,
    aunque mudase lugar?
      Que venga un hombre a su casa,
    cuando viene al mundo el día,
    que viva a su fantasía,
    por libertad de hombre pasa.
    ¿Quién puede ponerle tasa?
    Pero que con tal desprecio
    trate una mujer de precio
    de que es casado olvidado,
    o quiere ser desdichado
    o tiene mucho de necio.
      El Duque debe de ser
    de aquellos cuya opinión,
    en tomando posesión,
    quieren en casa tener
    como alhaja la mujer
    para adorno, lustre y gala,
    silla o escritorio en sala.
    Y es término que condeno,
    porque con marido bueno
    ¿cuándo se vio mujer mala?
      La mujer de honesto trato
    viene para ser mujer
    a su casa, que no a ser
    silla, escritorio o retrato.
    Basta ser un hombre ingrato,
    sin que sea descortés,
    y es mejor, si causa es
    de algún pensamiento extraño,
    no dar ocasión al daño,
    que remediarle después.

LUCRECIA.

      Tu discurso me ha causado
    lástima y admiración,
    que tan grande sinrazón
    puede ponerte en cuidado.
    ¿Quién pensara que, casado,
    fuera el Duque tan vicioso,
    o que no siendo amoroso,
    cortés, como dices, fuera,
    con que tu pecho estuviera
    para el agravio animoso?
      En materia de galán
    puédese picar con celos
    y dar algunos desvelos
    cuando dormidos están:
    el desdén, el ademán,
    la risa con quien pasó,
    alabar al que la habló,
    con que despierta el dormido.
    Pero celos a marido
    ¿quién en el mundo los dio?
      ¿Hale escrito Vuestra Alteza
    a su padre estos enojos?

CASANDRA.

    No, Lucrecia, que mis ojos
    solo saben mi tristeza.

LUCRECIA.

    Conforme a naturaleza,
    y a la razón, mejor fuera
    que el Conde te mereciera,
    y que, contigo casado,
    asegurando su estado
    su nieto le sucediera.
      Que aquestas melancolías
    que trae el Conde no son,
    señora, sin ocasión.

CASANDRA.

    No serán sus fantasías,
    Lucrecia, de envidias mías,
    ni yo hermanos le daré;
    con que Federico esté
    seguro que no soy yo
    la que la causa le dio;
    desdicha de entrambos fue.


(_Salen el Duque, Federico, y Batín_).

DUQUE.

      Si yo pensara, Conde, que te diera
    tanta tristeza el casamiento mío,
    antes de imaginarlo me muriera.

FEDERICO.

      Señor, fuera notable desvarío
    entristecerme a mí tu casamiento,
    ni de tu amor por eso desconfío.
      Advierta, pues, tu claro entendimiento,
    que si del casamiento me pesara,
    disimular supiera el descontento.
      La falta de salud se ve en mi cara,
    pero no la ocasión.

DUQUE.

                        Mucho presumen
    los médicos de Mantua y de Ferrara,
      y todos finalmente se resumen
    en que casarte es el mejor remedio
    en que tales tristezas se consumen.

FEDERICO.

      Para doncellas era mejor medio,
    señor, que para un hombre de mi estado,
    que no por esos medios me remedio.

CASANDRA.

      Aun apenas el Duque me ha mirado.
    ¡Desprecio extraño y vil descortesía!

LUCRECIA.

    Si no te ha visto, no será culpado.

CASANDRA.

      Fingir descuido es brava tiranía.
    Vamos, Lucrecia, que si no me engaño,
    de este desdén le pesará algún día.

(_Vanse las dos_).

DUQUE.

      Si bien de la verdad me desengaño,
    yo quiero proponerte un casamiento
    no lejos de tu amor, ni en reino extraño.

FEDERICO.

    ¿Es por ventura Aurora?

DUQUE.

                              El pensamiento
    me hurtaste, al producirle por los labios
    como quien tuvo el mismo sentimiento.
      Yo consulté los más ancianos sabios
    del magistrado nuestro, y todos vienen
    en que esto sobredora tus agravios.

FEDERICO.

      Poca experiencia de mi pecho tienen;
    neciamente me juzgan agraviado,
    pues sin causa ofendido me previenen.
      Ellos saben que nunca reprobado
    tu casamiento de mi voto ha sido,
    antes por tu sosiego deseado.

DUQUE.

      Así lo creo y siempre lo he creído,
    y esa obediencia, Federico, pago
    con estar de casarme arrepentido.

FEDERICO.

      Señor, porque no entiendas que yo hago
    sentimiento de cosa que es tan justa,
    y el amor que me muestras satisfago,
      sabré primero si mi prima gusta,
    y luego, disponiendo mi obediencia,
    pues lo contrario fuera cosa injusta,
      haré lo que me mandas.

DUQUE.

                             Su licencia
    tengo firmada de su misma boca.

FEDERICO.

    Yo sé que hay novedad de cierta ciencia,
      y que, porque a servirla le provoca,
    el Marqués en Ferrara se ha quedado.

DUQUE.

    Pues eso, Federico, ¿qué te toca?

FEDERICO.

      Al que se ha de casar le da cuidado
    el galán que ha servido, y aun enojos,
    que es escribir sobre papel borrado.

DUQUE.

      Si andan los hombres a mirar antojos,
    encierren en castillos las mujeres
    desde que nacen, contra tantos ojos;
      que el más puro cristal, si verte quieres,
    se mancha del aliento; mas ¿qué importa
    si del mirar escrupuloso eres?,
      pues luego que se limpia y se reporta,
    tan claro queda como estaba de antes.

FEDERICO.

    ¡Muy bien tu ingenio y tu valor me exorta!
      Señor, cuando centellas rutilantes
    escupe alguna fragua, y el que fragua
    quiere apagar las llamas resonantes,
      moja las brasas de la ardiente fragua,
    pero, rebeldes ellas, crecen luego,
    y arde el fuego voraz lamiendo el agua.
      Así un marido, del amante ciego,
    templa el deseo y la primera llama,
    pero puede volver más vivo el fuego;
      y así debo temerme de quien ama,
    que no quiero ser agua que le aumente
    dando fuego a mi honor y humo a mi fama.

DUQUE.

      Muy necio, Conde, estás, e impertinente:
    hablas de Aurora cual si noche fuera,
    con bárbaro lenguaje, e indecente.

FEDERICO.

      Espera.

DUQUE.

              ¿Para qué?

FEDERICO.

                         Señor, espera.

(_Vase_).


BATÍN.

      ¡Oh, qué bien has negociado
    la gracia del Duque!

FEDERICO.

                         Espero
    su desgracia, porque quiero
    ser en todo desdichado;
      que mi desesperación
    ha llegado a ser de suerte
    que solo para la muerte
    me permite apelación.
      Y si muriera, quisiera
    poder volver a vivir
    mil veces, para morir
    cuantas a vivir volviera.
      Tal estoy que no me atrevo
    ni a vivir ni a morir ya,
    por ver que el vivir será
    volver a morir de nuevo.
      Y si no soy mi homicida,
    es por ser mi mal tan fuerte,
    que, porque es menos la muerte,
    me dejo estar con la vida.

BATÍN.

      Según esto, ni tu quieres
    vivir, Conde, ni morir,
    que entre morir y vivir
    como hermafrodita eres,
      que como aquel se compone
    de hombre y mujer, tú de muerte
    y vida, que de tal suerte
    la tristeza te dispone,
      que ni eres muerte ni vida.
    Pero, ¡por Dios!, que, mirado
    tu desesperado estado,
    me obligas a que te pida
      o la razón de tu mal,
    o la licencia de irme
    adonde que fui confirme
    desdichado por leal.
      Dame tu mano.

FEDERICO.

                    Batín,
    si yo decirte pudiera
    mi mal, mal posible fuera,
    y mal que tuviera fin;
      pero la desdicha ha sido,
    que es mi mal de condición
    que no cabe en mi razón,
    sino solo en mi sentido;
      que cuando por mi consuelo
    voy a hablar, me pone en calma
    ver que de la lengua al alma
    hay más que del suelo al cielo.
      Vete si quieres también,
    y déjame solo aquí,
    porque no haya cosa en mí
    que aun tenga sombra de bien.


(_Entren Casandra y Aurora_).

CASANDRA.

    ¿De eso lloras?

AURORA.

                      ¿Le parece
    a Vuestra Alteza, señora,
    sin razón, si el Conde ahora
    me desprecia y aborrece?
      Dice que quiero al Marqués
    Gonzaga. ¿Yo a Carlos? ¿Yo?
    ¿Cuándo? ¿Cómo? Pero no,
    que ya sé lo que esto es.
      Él tiene en su pensamiento
    irse a España, despechado
    de ver su padre casado;
    que antes de su casamiento
      la misma luz de sus ojos
    era yo, pero ya soy
    quien en los ojos le doy,
    y mis ojos sus enojos.
      ¿Qué aurora nuevas del día
    trujo al mundo, sin hallar
    al Conde, donde a buscar
    la de sus ojos venía?
      ¿En qué jardín, en qué fuente
    no me dijo el Conde amores?
    ¿Qué jazmines o qué flores
    no fueron mi boca y frente?
      ¿Cuándo de mí se apartó?
    ¿Qué instante vivió sin mí?
    ¿O cómo viviera en sí,
    si no le animara yo?
      Que tanto el trato acrisola
    la fe de amor, que de dos
    almas que nos puso Dios
    hicimos un alma sola.
      Esto desde tiernos años,
    porque con los dos nació
    este amor que hoy acabó
    a manos de sus engaños.
      ¡Tanto pudo la ambición
    del estado que ha perdido!

CASANDRA.

    Pésame de que haya sido,
    Aurora, por mi ocasión.
      Pero templa tus desvelos
    mientras voy a hablar con él,
    si bien es cosa crüel
    poner en razón los celos.

AURORA.

      ¿Yo, celos?

CASANDRA.

                  Con el Marqués,
    dice el Duque.

AURORA.

                   Vuestra Alteza
    crea que aquella tristeza
    ni es amor, ni celos es.

(_Vase Aurora_).


CASANDRA.

      Federico.

FEDERICO.

                Mi señora,
    dé Vuestra Alteza la mano
    a su esclavo.

CASANDRA.

                  ¿Tú en el suelo?
    Conde, no te humilles tanto,
    que te llamaré Excelencia.

FEDERICO.

    Será de mi amor agravio;
    ni me pienso levantar
    sin ella.

CASANDRA.

              Aquí están mis brazos.
    ¿Qué tienes? ¿Qué has visto en mí?
    Parece que estás temblando.
    ¿Sabes ya lo que te quiero?

FEDERICO.

    El haberlo adivinado
    el alma lo dijo al pecho,
    el pecho al rostro, causando
    el sentimiento que miras.

CASANDRA.

    Déjanos solos un rato,
    Batín, que tengo que hablar
    al Conde.

BATÍN.

              ¡El Conde turbado,
    y hablarle Casandra a solas!
    No lo entiendo.

(_Vase_).


FEDERICO.

                    ¡Ay, cielo! En tanto
    que muero fénix, poned
    a tanta llama descanso,
    pues otra vida me espera.

CASANDRA.

    Federico, aunque reparo
    en lo que me ha dicho Aurora
    de tus celosos cuidados,
    después que vino conmigo
    a Ferrara el Marqués Carlos,
    por quien de casarte dejas,
    apenas me persuado
    que tus méritos desprecies
    siendo, como dicen sabios,
    desconfianza y envidia;
    que más tiene de soldado,
    aunque es gallardo el Marqués,
    que de galán cortesano.
    De suerte que lo que pienso
    de tu tristeza y recato
    es porque el Duque tu padre
    se casó conmigo, dando
    por ya perdida tu acción,
    a la luz del primer parto,
    que a sus estados tenías;
    y siendo así que yo causo
    tu desasosiego y pena,
    desde aquí te desengaño;
    que puedes estar seguro
    de que no tendrás hermanos,
    porque el Duque solamente
    por cumplir con sus vasallos
    este casamiento ha hecho;
    que sus viciosos regalos,
    por no les dar otro nombre,
    apenas el breve espacio
    de una noche, que a su cuenta
    fue cifra de muchos años,
    mis brazos le permitieron;
    que a los deleites pasados
    ha vuelto con mayor furia,
    roto el freno de mis brazos.
    Como se suelta al estruendo
    un arrogante caballo
    del atambor (porque quiero
    usar de término casto),
    que del bordado jaez
    va sembrando los pedazos:
    allí las piezas del freno
    vertiendo espumosos rayos,
    allí la barba y la rienda,
    allí las cintas y lazos;
    así el Duque, la obediencia
    rota al matrimonio santo,
    va por mujercillas viles
    pedazos de honor sembrando:
    allí se deja la fama,
    allí los laureles y arcos,
    los títulos y los nombres
    de sus ascendientes claros;
    allí el valor, la salud,
    y el tiempo tan mal gastado,
    haciendo las noches días
    en estos indignos pasos,
    con que sabrás cuán seguro
    estás de heredar su estado;
    o escribiendo yo a mi padre
    que es más que esposo, tirano,
    para que me saque libre
    del Argel de su palacio,
    si no anticipa la muerte
    breve fin a tantos daños.


FEDERICO.

    Comenzando Vuestra Alteza
    riñéndome, acaba en llanto
    su discurso, que pudiera
    en el más duro peñasco
    imprimir dolor. ¿Qué es esto?
    Sin duda que me ha mirado
    por hijo de quien la ofende;
    pero yo la desengaño
    que no parezca hijo suyo
    para tan injustos casos.
    Esto persuadido así,
    de mi tristeza me espanto
    que la atribuyas, señora,
    a pensamientos tan bajos.
    ¿Ha menester Federico
    para ser quien es, estados?
    ¿No lo son los de mi prima
    si yo con ella me caso,
    o si la espada, por dicha,
    contra algún príncipe saco
    de estos confinantes nuestros,
    los que le quitan restauro?
    No procede mi tristeza
    de interés, y aunque me alargo
    a más de lo que es razón,
    sabe, señora, que paso
    una vida la más triste
    que se cuenta de hombre humano,
    desde que Amor en el mundo
    puso las flechas al arco.
    Yo me muero sin remedio,
    mi vida se va acabando
    como vela, poco a poco,
    y ruego a la muerte en vano
    que no aguarde a que la cera
    llegue al último desmayo,
    sino que con breve soplo
    cubra de noche mis años.

CASANDRA.

    Detén, Federico ilustre,
    las lágrimas, que no ha dado
    el cielo el llanto a los hombres
    sino el ánimo gallardo.
    Naturaleza el llorar
    vinculó por mayorazgo
    en las mujeres, a quien,
    aunque hay valor faltan manos.
    No en los hombres, que una vez
    sola pueden, y es en caso
    de haber perdido el honor
    mientras vengan el agravio.
    ¡Mal haya Aurora y sus celos,
    que un caballero bizarro,
    discreto, dulce, y tan digno
    de ser querido, a un estado
    ha reducido tan triste!

FEDERICO.

    No es Aurora, que es engaño.

CASANDRA.

    ¿Pues quién es?

FEDERICO.

                    El mismo Sol,
    que de esas auroras hallo
    muchas siempre que amanece.

CASANDRA.

    ¿Que no es Aurora?

FEDERICO.

                       Más alto
    vuela el pensamiento mío.

CASANDRA.

    ¿Mujer te ha visto y hablado,
    y tú le has dicho tu amor,
    que puede con pecho ingrato
    corresponderte? ¿No miras
    que son efectos contrarios,
    y proceder de una causa
    parece imposible?

FEDERICO.

                      Cuando
    supieras tú el imposible,
    dijeras que soy de mármol,
    pues no me matan mis penas,
    o que vivo de milagro.
    ¿Qué Faetonte se atrevió
    del sol al dorado carro,
    o aquel que juntó con cera
    débiles plumas, infausto,
    que, sembradas por los vientos,
    pájaros que van volando,
    las creyó el mar, hasta verlas
    en sus cristales salados?
    ¿Qué Belerofonte vio
    en el caballo Pegaso
    parecer el mundo un punto
    del círculo de los astros?
    ¿Qué griego Sinón metió
    aquel caballo preñado
    de armados hombres en Troya,
    fatal de su incendio parto?
    ¿Qué Jasón tentó primero
    pasar el mar temerario
    poniendo yugo a su cuello
    los pinos y lienzos de Argos,
    que se iguale a mi locura?

CASANDRA.

    ¿Estás, Conde, enamorado
    de alguna imagen de bronce,
    ninfa o diosa de alabastro?
    Las almas de las mujeres
    no las viste jaspe helado,
    ligera cortina cubre
    todo pensamiento humano.
    Jamás Amor llamó al pecho
    siendo con méritos tantos,
    que no respondiese el alma:
    «Aquí estoy, pero entrad paso».
    Dile tu amor, sea quien fuere,
    que no sin causa pintaron
    a Venus tal vez los griegos
    rendida a un sátiro o fauno.
    Más alta se ve la luna,
    y de su cerco argentado
    bajó por Endimión
    mil veces al monte Latmo.
    Toma mi consejo, Conde,
    que el edificio más casto
    tiene la puerta de cera.
    Habla, y no mueras callando.

FEDERICO.

    El cazador con industria
    pone al pelícano indiano
    fuego alrededor del nido,
    y él, descendiendo de un árbol
    para librar a sus hijos,
    bate las alas turbado,
    con que más enciende el fuego
    que piensa que está matando;
    finalmente se le queman,
    y sin alas en el campo
    se deja coger, no viendo
    que era imposible volando.
    Mis pensamientos, que son
    hijos de mi amor que guardo
    en el nido del silencio,
    se están, señora, abrasando;
    bate las alas amor,
    y enciéndelos por librarlos.
    Crece el fuego, y él se quema;
    tú me engañas, yo me abraso;
    tú me incitas, yo me pierdo;
    tú me animas, yo me espanto;
    tú me esfuerzas, yo me turbo;
    tú me libras, yo me enlazo;
    tú me llevas, yo me quedo;
    tú me enseñas, yo me atajo;
    porque es tanto mi peligro
    que juzgo por menos daño,
    pues todo ha de ser morir,
    morir sufriendo y callando.

(_Vase Federico_).


CASANDRA.

      No ha hecho en la tierra el cielo
    cosa de más confusión,
    que fue la imaginación
    para el humano desvelo;
    ella vuelve el fuego en hielo,
    y en el color se transforma
    del deseo, donde forma
    guerra, paz, tormenta y calma;
    y es una manera de alma
    que más engaña que informa.
      Estos oscuros intentos,
    estas claras confusiones
    más que me han dicho razones
    me han dejado pensamientos.
    ¿Qué tempestades los vientos
    mueven de más variedades
    que estas confusas verdades
    en una imaginación?,
    porque las del alma son
    las mayores tempestades.
      Cuando a imaginar me inclino
    que soy lo que quiere el Conde,
    el mismo engaño responde
    que lo imposible imagino;
    luego mi fatal destino
    me ofrece mi casamiento,
    y en lo que siento consiento;
    que no hay tan grande imposible
    que no le juzguen visible
    los ojos del pensamiento.
      Tantas cosas se me ofrecen
    juntas, como esto ha caído
    sobre un bárbaro marido,
    que pienso que me enloquecen.
    Los imposibles parecen
    fáciles, y yo, engañada,
    ya pienso que estoy vengada;
    mas siendo error tan injusto,
    a la sombra de mi gusto
    estoy mirando su espada.
      Las partes del Conde son
    grandes, pero mayor fuera
    mi desatino si diera
    puerta a tan loca pasión.
    No más, necia confusión,
    salid, cielo, a la defensa,
    aunque no yerra quien piensa,
    porque en el mundo no hubiera
    hombre con honra si fuera
    ofensa pensar la ofensa.
      Hasta ahora no han errado
    ni mi honor, ni mi sentido,
    porque lo que he consentido
    ha sido un error pintado
    consentir lo imaginado
    para con Dios error,
    mas no para el deshonor,
    que diferencian intentos
    el ver Dios los pensamientos
    y no los ver el honor.


(_Aurora entra_).

AURORA.

      Larga plática ha tenido
    Vuestra Alteza con el Conde.
    ¿Qué responde?

CASANDRA.

                   Que responde
    a tu amor agradecido.
      Sosiega, Aurora, sus celos,
    que esto pretende no más.

(_Vase Casandra_).


AURORA.

    ¡Qué tibio consuelo das
    a mis ardientes desvelos!
      ¡Que pueda tanto en un hombre
    que adoró mis pensamientos
    ver burlados los intentos
    de aquel ambicioso nombre
      con que heredaba a Ferrara!
    Tú eres poderoso, Amor,
    por ti ni en vida, ni honor,
    ni aun en alma se repara.
      Y Federico se muere,
    que me solía querer,
    con la tristeza de ver
    lo que de Casandra infiere.
      Pero, pues él ha fingido
    celos por disimular
    la ocasión, y despertar
    suelen el amor dormido,
      quiero dárselos de veras
    favoreciendo al Marqués.


(_Rutilio y el Marqués_).

RUTILIO.

    Con el contrario que ves,
    en vano remedio esperas
      de tus locas esperanzas.

MARQUÉS.

    Calla, Rutilio, que aquí
    está Aurora.

RUTILIO.

                 Y tú sin ti,
    firme entre tantas mudanzas.

MARQUÉS.

      Aurora del claro día
    en que te dieron mis ojos
    con toda el alma en despojos
    la libertad que tenía;
    Aurora que el sol envía
    cuando en mi pena anochece,
    por quien ya cuanto florece
    viste colores hermosas,
    pues entre perlas y rosas
    de tus labios amanece.
      Desde que de Mantua vine
    hice con poca ventura
    elección de tu hermosura,
    que no hay alma que no incline.
    ¡Qué mal mi engaño previne,
    puesto que el alma te adora,
    pues solo sirve, señora,
    de que te canses de mí,
    hallando mi noche en ti
    cuando te suspiro, Aurora!
      No el verte desdicha ha sido,
    que ver luz nunca lo fue,
    sino que mi amor te dé
    causa para tanto olvido.
    Mi partida he prevenido,
    que es el remedio mejor;
    fugitivo a tu rigor,
    voy a buscar resistencia
    en los milagros de ausencia
    y en las venganzas de amor.
      Dame licencia, y la mano.

AURORA.

    No se morirá de triste
    el que tan poco resiste
    ni galán ni cortesano,
      Marqués, el primer desdén;
    que no están hechos favores
    para primeros amores
    antes que se quiera bien.
      Poco amáis, poco sufrís;
    pero en tal desigualdad,
    con la misma libertad
    que licencia me pedís,
      os mando que no os partáis.

MARQUÉS.

    Señora, a tan gran favor,
    aunque parece rigor
    con que esperar me mandáis,
      no los diez años que a Troya
    cercó el griego, ni los siete
    del pastor a quien promete
    Labán su divina joya,
      pero siglos inmortales
    como Tántalo estaré,
    entre la duda y la fe
    de vuestros bienes y males.
      Albricias quiero pedir
    a mi amor de mi esperanza.

AURORA.

    Mientras el bien no se alcanza,
    méritos tiene el sufrir.


(_El Duque, Federico y Batín_).

DUQUE.

      Escríbeme el Pontífice por esta,
    que luego a Roma parta.

FEDERICO.

    ¿Y no dice la causa en esa carta?

DUQUE.

    Que sea la respuesta,
    Conde, partirme al punto.

FEDERICO.

    Si lo encubres, señor, no lo pregunto.

DUQUE.

    ¿Cuándo te encubro yo, Conde, mi pecho?
    Solo puedo decirte que sospecho
    que, con las guerras que en Italia tiene,
    si numeroso ejército previene,
    podemos presumir que hacer me intenta
    general de la Iglesia; que a mi cuenta
    también querrá que con dinero ayude,
    si no es que en la elección de intento mude.

FEDERICO.

    No en vano lo que piensas me encubrías
    si solo te partías,
    que ya será conmigo, que a tu lado
    no pienso que tendrás mejor soldado.

DUQUE.

    Eso no podrá ser, porque no es justo,
    Conde, que sin los dos mi casa quede.
    Ninguno como tú regirla puede:
    esto es razón, y basta ser mi gusto.

FEDERICO.

    No quiero darte, gran señor, disgusto,
    pero en Italia ¿qué dirán si quedo?

DUQUE.

    Que esto es gobierno, y que sufrir no puedo,
    aun de mi propio hijo, compañía.

FEDERICO.

    Notable prueba en la obediencia mía.

(_Váyase el Duque_).


BATÍN.

    Mientras con el Duque hablaste,
    he reparado en que Aurora,
    sin hacer caso de ti,
    con el Marqués habla a solas.

FEDERICO.

    ¿Con el Marqués?

BATÍN.

                     Sí, señor.

FEDERICO.

    ¿Y qué piensas tú que importa?

AURORA.

    Esta banda prenda sea
    del primer favor.

MARQUÉS.

                      Señora,
    Será cadena en mi cuello,
    será de mi mano esposa,
    para no darla en mi vida;
    si queréis que me la ponga,
    será doblado el favor.

AURORA.

    Aunque es venganza amorosa,
    parece a mi amor agravio.
    Porque de dueño mejora,
    os ruego que os la pongáis.

BATÍN.

    Ser las mujeres traidoras
    fue de la naturaleza
    invención maravillosa,
    porque si no fueran falsas,
    (algunas, digo, no todas),
    idolatraran en ellas
    los hombres que las adoran.
    ¿No ves la banda?

FEDERICO.

                      ¿Qué banda?

BATÍN.

    ¿Qué banda? ¡Graciosa cosa!
    Una que lo fue del sol,
    cuando lo fue de una sola
    en la gracia y la hermosura,
    planetas con que la adorna;
    y ahora, como en eclipse,
    del dragón lo extremo toca.
    Yo me acuerdo cuando fuera
    la banda de la discordia,
    como la manzana de oro
    de Paris y las tres diosas.

FEDERICO.

    Eso fue entonces, Batín,
    pero es otro tiempo ahora.

AURORA.

    Venid al jardín conmigo.

(_Vanse los dos_).


BATÍN.

    ¡Con qué libertad la toma
    de la mano, y se van juntos!

FEDERICO.

    ¿Qué quieres, si se conforman
    las almas?

BATÍN.

               ¿Eso respondes?

FEDERICO.

    ¿Qué quieres que te responda?

BATÍN.

    Si un cisne no sufre al lado
    otro cisne, y se remonta
    con su prenda muchas veces
    a las extranjeras ondas,
    y un gallo, si al de otra casa
    con sus gallinas le topa,
    con el suyo le deshace
    los picos de la corona,
    y encrespando su turbante,
    turco por la barba roja,
    celoso vencerle intenta
    hasta en la nocturna solfa,
    ¿cómo sufres que el Marqués
    a quitarte se disponga
    prenda que tanto quisiste?

FEDERICO.

    Porque la venganza propia,
    para castigar las damas
    que a los hombres ocasionan,
    es dejarlas con su gusto,
    porque aventura la honra
    quien la pone en sus mudanzas.

BATÍN.

    Dame, por Dios, una copia
    de ese arancel de galanes,
    tomarele de memoria.
    No, Conde; misterio tiene
    tu sufrimiento. Perdona,
    que pensamientos de amor
    son arcaduces de noria:
    ya deja el agua primera
    el que la segunda toma.
    Por nuevo cuidado dejas
    el de Aurora, que si sobra
    el agua, ¿cómo es posible
    que pueda ocuparse de otra?

FEDERICO.

    Bachiller estás, Batín,
    pues con fuerza cautelosa
    lo que no entiendo de mí
    a presumir te provocas.
    Entra y mira qué hace el Duque,
    y de partida te informa
    porque vaya a acompañarle.

BATÍN.

    Sin causa necio me nombras,
    porque abonar tus tristezas
    fuera más necia lisonja.

(_Vase_).


FEDERICO.

      ¿Qué buscas, imposible pensamiento?
    Bárbaro, ¿qué me quieres, qué me incitas?
    ¿Por qué la vida sin razón me quitas,
    donde volando aun no te quiere el viento?
      Detén el vagaroso movimiento,
    que la muerte de entrambos solicitas;
    déjame descansar, y no permitas
    tan triste fin a tan glorioso intento.
      No hay pensamiento, si rindió despojos,
    que sin determinado fin se aumente,
    pues dándole esperanzas sufre enojos.
      Todo es posible a quien amando intente,
    y solo tú naciste de mis ojos
    para ser imposible eternamente.


(_Casandra entre_).

CASANDRA.

      Entre agravios y venganzas,
    anda solícito Amor,
    después de tantas mudanzas,
    sembrando contra mi honor
    mal nacidas esperanzas.
      En cosas inaccesibles
    quiere poner fundamento
    como si fuesen visibles,
    que no puede haber contentos
    fundados en imposibles.
      En el ánimo que inclino
    al mal, por tantos disgustos
    del Duque, loca imagino
    hallar venganzas y gustos
    en el mayor desatino.
      Al galán Conde y discreto,
    y su hijo, ya permito
    para mi venganza efeto,
    pues para tanto delito
    conviene tanto secreto.
      Vile turbado, llegando
    a decir su pensamiento,
    y desmayarse temblando,
    aunque ¿es más atrevimiento
    hablar un hombre callando?
      Pues de aquella turbación,
    tanto el alma satisfice,
    dándome el Duque ocasión,
    que hay dentro de mí quien dice
    que, si es amor, no es traición,
      y que cuando ser pudiera
    rendirme desesperada
    a tanto valor, no fuera
    la postrera enamorada,
    ni la traidora primera.
      A sus padres han querido
    sus hijas, y sus hermanos
    algunas; luego no han sido
    mis sucesos inhumanos,
    ni mi propia sangre olvido.
      Pero no es disculpa igual
    que haya otros males de quien
    me valga en peligro tal,
    que para pecar no es bien
    tomar ejemplo del mal.
      Este es el Conde, ¡ay de mí!
    Pero ya determinada,
    ¿qué temo?

FEDERICO.

               Ya viene aquí
    desnuda la dulce espada
    por quien la vida perdí.
      ¡Oh hermosura celestial!

CASANDRA.

    ¿Cómo te va de tristeza,
    Federico?

FEDERICO.

              En tanto mal
    responderé a Vuestra Alteza
    que es mi tristeza inmortal.

CASANDRA.

      Destemplan melancolías
    la salud; enfermo estás.

FEDERICO.

    Traigo unas necias porfías,
    sin que pueda decir más,
    señora, de que son mías.

CASANDRA.

      Si es cosa que yo la puedo
    remediar, fía de mí,
    que en amor tu amor excedo.

FEDERICO.

    Mucho fiara de ti,
    pero no me deja el miedo.

CASANDRA.

      Dijísteme que era amor
    tu mal.

FEDERICO.

            Mi pena y mi gloria
    nacieron de su rigor.

CASANDRA.

    Pues oye una antigua historia,
    que el amor quiere valor.
      Antíoco, enamorado
    de su madrastra, enfermó
    de tristeza y de cuidado.

FEDERICO.

    Bien hizo si se murió,
    que yo soy más desdichado.

CASANDRA.

      El Rey, su padre, afligido,
    cuantos médicos tenía
    juntó, y fue tiempo perdido,
    que la causa no sufría
    que fuese amor conocido.
      Mas Eróstrato, más sabio
    en su ciencia que Galeno,
    conoció luego su agravio;
    pero que estaba el veneno
    entre el corazón y el labio.
      Tomole el pulso, y mandó
    que cuantas damas había
    en palacio entrasen.

FEDERICO.

                         Yo
    presumo, señora mía,
    que algún espíritu habló.

CASANDRA.

      Cuando su madrastra entraba,
    conoció, en la alteración
    del pulso, que ella causaba
    su mal.

FEDERICO.

            ¡Extraña invención!

CASANDRA.

    Tal en el mundo se alaba.

FEDERICO.

    ¿Y tuvo remedio así?

CASANDRA.

    No niegues, Conde, que yo
    he visto lo mismo en ti.

FEDERICO.

    ¿Pues enojáraste?

CASANDRA.

                      No.

FEDERICO.

    ¿Y tendrás lástima?

CASANDRA.

                        Sí.

FEDERICO.

      Pues, señora, yo he llegado,
    perdido a Dios el temor,
    y al Duque, a tan triste estado,
    que este mi imposible amor
    me tiene desesperado.
      _En fin, señora, me veo_
    _sin mí, sin vos y sin Dios;_
    _sin Dios, por lo que os deseo;_
    _sin mí, porque estoy sin vos;_
    _sin vos, porque no os poseo._
      Y por si no lo entendéis,
    haré sobre estas razones
    un discurso en que podréis
    conocer de mis pasiones
    la culpa que vos tenéis:
      «Aunque dicen, que el no ser
    es, señora, el mayor mal,
    tal por vos me vengo a ver
    que, para no verme tal,
    quisiera dejar de ser.
    En tantos males me empleo
    después que mi ser perdí,
    que, aunque no verme deseo,
    para ver si soy quien fui,
    _en fin, señora, me veo._
      A decir que soy quien soy,
    tal estoy que no me atrevo,
    y por tales pasos voy
    que aun no me acuerdo que debo
    a Dios la vida que os doy.
    Culpa tenemos los dos
    del no ser que soy ahora,
    pues, olvidado por vos,
    de mí mismo estoy, señora,
    _sin mí, sin vos y sin Dios._
      Sin mí no es mucho, pues ya
    no hay vida sin vos, que pida
    al mismo que me la da;
    pero sin Dios, con ser vida,
    ¿quién, sino mi amor, está?
    Si en desearos me empleo,
    y él manda no desear
    la hermosura que en vos veo,
    claro está que vengo a estar
    _sin Dios, por lo que os deseo._
      ¡Oh, qué loco barbarismo
    es presumir conservar
    la vida en tan ciego abismo,
    hombre que no puede estar
    ni en vos, ni en Dios, ni en sí mismo!
    ¿Qué habemos de hacer los dos,
    pues a Dios por vos perdí,
    después que os tengo por dios,
    sin Dios, porque estáis en mí,
    _sin mí, porque estoy sin vos?_
      Por haceros solo bien
    mil males vengo a sufrir;
    yo tengo amor, vos desdén,
    tanto, que puedo decir:
    ¡mirad con quién, y sin quién!
    Sin vos y sin mí peleo
    con tanta desconfianza:
    sin mí, porque en vos ya veo
    imposible mi esperanza;
    _sin vos, porque no os poseo»._

CASANDRA.

      Conde, cuando yo imagino
    a Dios y al Duque, confieso
    que tiemblo, porque adivino
    juntos para tanto exceso
    poder humano y divino.
      Pero viendo que el amor
    halló en el mundo disculpa,
    hallo mi culpa menor,
    porque hace menor la culpa
    ser la disculpa mayor.
      Muchas ejemplos me dieron,
    que a errar se determinaron,
    porque los que errar quisieron
    siempre miran los que erraron,
    no los que se arrepintieron.
      Si remedio puede haber,
    es huir de ver y hablar;
    porque con no hablar ni ver,
    o el vivir se ha de acabar
    o el amor se ha de vencer.
      Huye de mí, que de ti
    yo no sé si huir podré,
    o me daré muerte a mí.

FEDERICO.

    Yo, señora, moriré,
    que es lo más que haré por mí.
      No quiero vida; ya soy
    cuerpo sin alma, y de suerte
    a buscar mi muerte voy,
    que aun no pienso hallar mi muerte
    por el placer que me doy.
      Sola una mano suplico
    que me des; dame el veneno
    que me ha muerto.

CASANDRA.

                      Federico
    todo principio condeno
    si pólvora al fuego aplico.
      Vete con Dios.

FEDERICO.

                     ¡Que traición!

CASANDRA.

    Ya determinada estuve;
    pero advertir es razón
    que por una mano sube
    el veneno al corazón.

FEDERICO.

      Sirena, Casandra, fuiste;
    cantaste para meterme
    en el mar, donde me diste
    la muerte.

CASANDRA.

               Yo he de perderme;
    tente, honor; fama, resiste.

FEDERICO.

      Apenas a andar acierto.

CASANDRA.

    Alma y sentidos perdí.

FEDERICO.

    ¡Oh, qué extraño desconcierto!

CASANDRA.

    Yo voy muriendo por ti.

FEDERICO.

    Yo no, porque ya voy muerto.




ACTO TERCERO.


(_Aurora y el Marqués_).

AURORA.

      Yo te he dicho la verdad.

MARQUÉS.

    No es posible persuadirme.
    Mira si nos oye alguno,
    y mira bien lo que dices.

AURORA.

    Para pedirte consejo
    quise, Marqués, descubrirte
    esta maldad.

MARQUÉS.

                 ¿De qué suerte
    ver a Casandra pudiste
    con Federico?

AURORA.

                  Está atento.
    Yo te confieso que quise
    al Conde, de quien lo fui,
    más traidor que el griego Ulises.
    Creció nuestro amor el tiempo,
    mi casamiento previne
    cuando fueron por Casandra,
    en fe de palabras firmes,
    si lo son las de los hombres
    cuando sus iguales sirven.
    Fue Federico por ella,
    de donde vino tan triste
    que, en proponiéndole el Duque
    lo que de los dos le dije,
    se disculpó con tus celos.
    Y como el amor permite
    que cuando camina poco
    fingidos celos le piquen,
    díselos contigo, Carlos,
    pero el mismo efecto hice
    que en un diamante, que celos,
    donde no hay amor, no imprimen.
    Pues viéndome despreciada
    y a Federico tan libre,
    di en inquirir la ocasión;
    y como celos son linces
    que las paredes penetran,
    a saber la causa vine.
    En correspondencia tiene,
    sirviéndole de tapices,
    retratos, vidrios y espejos,
    dos iguales camarines
    el tocador de Casandra;
    y como sospechas pisen
    tan quedo, dos cuadras antes
    miré y vi, ¡caso terrible!,
    en el cristal de un espejo,
    que el Conde las rosas mide
    de Casandra con los labios.
    Con esto, y sin alma, fuime
    donde lloré mi desdicha
    y la de los dos que viven,
    ausente el Duque, tan ciegos
    que parece que compiten
    en el amor y el desprecio,
    y gustan que se publique
    el mayor atrevimiento
    que pasara entre gentiles
    o entre los desnudos cafres
    que lobos marinos visten.
    Pareciome que el espejo
    que los abrazos repite,
    por no ver tan gran fealdad,
    oscureció los alindes;
    pero, más curioso, amor
    la infame empresa prosigue,
    donde no ha quedado agravio
    de que no me certifique.
    El Duque dicen que viene
    victorioso, y que le ciñen
    sacros laureles la frente
    por las hazañas felices
    con que del pastor de Roma
    los enemigos reprime.
    Dime, ¿qué tengo de hacer
    en tanto mal? Que me afligen
    sospechas de mayor daño,
    si es verdad que me dijiste
    tantos amores con alma;
    aunque soy tan infelice
    que parecerás al Conde
    en engañarme o en irte.

MARQUÉS.

    Aurora la muerte sola
    es sin remedio invencible,
    y aun a muchos hace el tiempo
    en el túmulo fenices,
    porque dicen que no mueren
    los que por su fama viven.
    Dile que te case al Duque;
    que, como el sí me confirmes,
    con irnos los dos a Mantua
    no hayas miedo que peligres;
    que si se arroja en el mar
    con el dolor insufrible,
    de los hijos que le quitan
    los cazadores, el tigre,
    cuando no puede alcanzarlos,
    ¿qué hará el ferrarés Aquiles
    por el honor y la fama?
    ¿Cómo quieres que se limpie
    tan fea mancha sin sangre
    para que jamás se olvide,
    si no es que primero el cielo
    sus libertades castigue,
    y por gigantes de infamia
    con vivos rayos fulmine?
    Este consejo te doy.

AURORA.

    Y de tu mano le admite
    mi turbado pensamiento.

MARQUÉS.

    Será de la nueva Circe
    el espejo de Medusa,
    el cristal en que la viste.


(_Federico y Batín_).

FEDERICO.

    ¿Que no ha querido esperar
    que salgan a recibirle?

BATÍN.

    Apenas el Duque vio
    los deseados confines,
    cuando, dejando la gente
    y aun sin querer que te avisen,
    tomó caballos y parte;
    tan mal el amor resiste
    y los deseos de verte,
    que, aunque es justo que le obligue
    la Duquesa, no hay amor
    a quien el tuyo no prive.
    Eres el sol de sus ojos,
    y cuatro meses de eclipse
    le han tenido sin paciencia.
    Tú, Conde, el triunfo apercibe
    para cuando todos vengan,
    que las escuadras que rige
    han de entrar con mil trofeos
    llenos de dorados timbres.

FEDERICO.

      Aurora, ¿siempre a mis ojos
    con el Marqués?

AURORA.

                    ¡Qué donaire!

FEDERICO.

    ¿Con este tibio desaire
    respondes a mis enojos?

AURORA.

      Pues ¿qué maravilla ha sido
    el darte el Marqués cuidado?
    Parece que has despertado
    de cuatro meses dormido.

MARQUÉS.

      Yo, señor Conde, no sé,
    ni he sabido que sentís
    lo que ahora me decís,
    que a Aurora he servido en fe
      de no haber competidor,
    y más como vos lo fuera
    a quien humilde rindiera
    cuanto no fuera mi amor.
      Bien sabéis que nunca os vi
    servirla, mas siendo gusto
    vuestro, que la deje es justo,
    que mucho mejor que en mí
      se emplea en vos su valor.

(_Vase el Marqués_).


AURORA.

    ¿Qué es esto que has intentado?
    O ¿qué frenesí te ha dado
    sin pensamiento de amor?
      ¿Cuántas veces al Marqués
    hablando conmigo viste,
    desde que diste en ser triste
    y mucho tiempo después?
      Y aun no volviste a mirarme,
    cuanto más a divertirme.
    ¿Ahora celoso y firme,
    cuando pretendo casarme?
      Conde, ya estás entendido.
    Déjame casar, y advierte
    que antes me daré la muerte
    que ayudar lo que has fingido.
      Vuélvete, Conde, a estar triste,
    vuelve a tu suspensa calma,
    que tengo muy en el alma
    los desprecios que me hiciste.
      Ya no me acuerdo de ti.
    ¿Invenciones? ¡Dios me guarde!
    Por tu vida, que es muy tarde
    para valerte de mí.

(_Vase Aurora_).


BATÍN.

    ¿Qué has hecho?

FEDERICO.

                    No sé, por Dios.

BATÍN.

    Al emperador Tiberio
    pareces, si no hay misterio
    en dividir a los dos.
      Hizo matar su mujer,
    y habiéndose ejecutado,
    mandó, a la mesa sentado,
    llamarla para comer.
      Y Mesala fue un romano
    que se le olvidó su nombre.

FEDERICO.

    Yo me olvido de ser hombre.

BATÍN.

    O eres como aquel villano
      que dijo a su labradora,
    después que de estar casados
    eran dos años pasados:
    «Ojinegra es la señora».

FEDERICO.

      ¡Ay, Batín, que estoy turbado
    y, olvidado, desatino!

BATÍN.

    Eres como el vizcaíno
    que dejó el macho enfrenado,
      y, viendo que no comía,
    regalándole las crines,
    un galeno de rocines
    trujo a ver lo que tenía;
      el cual, viéndole con freno,
    fuera al vizcaíno echó;
    quitole, y cuando volvió,
    de todo el pesebre lleno
      apenas un grano había,
    porque con gentil despacho,
    después de la paja, el macho
    hasta el pesebre comía.
      «Albéitar, juras a Dios»,
    dijo, «es mejor que doctora,
    y yo y macho desde ahora
    queremos curar con vos».
      ¿Qué freno es este que tienes
    que no te deja comer,
    si médico puedo ser?
    ¿Qué aguardas? ¿Qué te detienes?

FEDERICO.

      ¡Ay, Batín, no sé de mí!

BATÍN.

    Pues estese la cebada
    queda, y no me digas nada.


(_Entren Casandra y Lucrecia_).

CASANDRA.

    ¿Ya viene?

LUCRECIA.

               Señora, sí.

CASANDRA.

      ¿Tan brevemente?

LUCRECIA.


                       Por verte
    toda la gente dejó.

CASANDRA.

    No lo creas; pero yo
    más quisiera ver mi muerte.
      En fin, señor Conde, ¿viene
    el Duque, mi señor?

FEDERICO.

                        Ya
    dicen que muy cerca está;
    bien muestra el amor que os tiene.


(_Aparte_).

CASANDRA.

      Muriendo estoy de pesar
    de que ya no podré verte
    como solía.

FEDERICO.

                ¿Qué muerte
    pudo mi amor esperar,
      como su cierta venida?

CASANDRA.

    Yo pierdo, Conde, el sentido.

FEDERICO.

    Yo no, porque le he perdido.

CASANDRA.

    Sin alma estoy.

FEDERICO.

                    Yo, sin vida.

CASANDRA.

      ¿Qué habemos de hacer?

FEDERICO.

                             Morir.

CASANDRA.

    ¿No hay otro remedio?

FEDERICO.

                          No,
    porque en perdiéndote yo,
    ¿para qué quiero vivir?

CASANDRA.

      ¿Por eso me has de perder?

FEDERICO.

    Quiero fingir desde ahora
    que sirvo y que quiero a Aurora,
    y aun pedirla por mujer
      al Duque, para desvelos
    de él y de palacio, en quien
    yo sé que no se habla bien.

CASANDRA.

    ¿Agravios? ¿No bastan celos?
      ¿Casarte? ¿Estás, Conde, en ti?

FEDERICO.

    El peligro de los dos
    me obliga.

CASANDRA.

               ¿Qué? ¡Vive Dios!,
    que si te burlas de mí,
      después que has sido ocasión
    de esta desdicha, que a voces
    diga —¡oh, qué mal me conoces!—
    tu maldad y mi traición.

FEDERICO.

      ¡Señora!

CASANDRA.

               No hay que tratar.

FEDERICO.

    Que te oirán.

CASANDRA.

                  Que no me impidas.
    Quíteme el Duque mil vidas,
    pero no te has de casar.


(_Floro, Febo, Ricardo, Albano, Lucindo, el Duque detrás, galán, de
soldado_).

RICARDO.

      Ya estaban disponiendo recibirte.

DUQUE.

    Mejor sabe mi amor adelantarse.

CASANDRA.

    ¿Es posible, señor, que persuadirte
      pudiste a tal agravio?

FEDERICO.

                             Y de agraviarse,
    quejosa mi señora la Duquesa,
    parece que mi amor puede culparse.

DUQUE.

      Hijo, el paterno amor, que nunca cesa
    de amar su propia sangre y semejanza,
    para venir facilitó la empresa,
      que ni cansancio ni trabajo alcanza
    a quien de ver a sus queridas prendas
    más hiciera en sufrir larga esperanza.
      Y tú, señora, así es razón que entiendas
    el mismo amor, y en igualarte al Conde
    por encarecimiento no te ofendas.

CASANDRA.

      Tu sangre y su virtud, señor, responde
    que merece el favor; yo le agradezco,
    pues tu valor al suyo corresponde.

DUQUE.

      Bien sé que a entrambos ese amor merezco,
    y que estoy de los dos tan obligado
    cuanto mostrar en la ocasión me ofrezco,
      que Federico gobernó mi estado
    en mi ausencia, he sabido, tan discreto
    que vasallo ninguno se ha quejado.
      En medio de las armas, os prometo
    que imaginaba yo con la prudencia
    que se mostraba senador perfeto.
      ¡Gracias a Dios que con infame ausencia
    los enemigos del Pastor romano
    respetan en mi espada su presencia!
      Ceñido de laurel besé su mano,
    después que me miró Roma triunfante
    como si fuera el español Trajano.
      Y así pienso trocar de aquí adelante
    la inquietud en virtud, porque mi nombre,
    como le aplaude aquí, después le cante;
      que cuando llega a tal estado un hombre,
    no es bien que, ya que de valor mejora,
    el vicio más que la virtud le nombre.

RICARDO.

      Aquí vienen, señor, Carlos y Aurora.


(_Carlos y Aurora_).

AURORA.

    Tan bien venido Vuestra Alteza sea,
    como le está esperando quien le adora.

MARQUÉS.

      Dad las manos a Carlos, que desea
    que conozcáis su amor.

DUQUE.

                           Paguen los brazos
    deudas del alma en que tan bien se emplea.
      Aunque siente el amor los largos plazos,
    todo lo goza el venturoso día
    que llega a merecer tan dulces lazos.
      Con esto, amadas prendas, yo querría
    descansar del camino, y porque es tarde
    después celebraréis tanta alegría.

FEDERICO.

    Un siglo el cielo, gran señor, te guarde.


(_Todos se van con el Duque, y quedan Batín y Ricardo_).

BATÍN.

      ¡Ricardo amigo!

RICARDO.

                      ¡Batín!

BATÍN.

    ¿Cómo fue por esas guerras?

RICARDO.

    Como quiso la justicia,
    siendo el cielo su defensa.
    Llana queda Lombardía,
    y los enemigos quedan
    puestos en fuga afrentosa,
    porque el león de la Iglesia
    pudo, con solo un bramido,
    dar con sus armas en tierra.
    El Duque ha ganado un nombre
    que por toda Italia suena;
    que si mil mató Saúl
    cantan por él las doncellas
    que David mató cien mil;
    conque ha sido tal la enmienda
    que traemos otro Duque.
    Ya no hay damas, ya no hay cenas,
    ya no hay broqueles ni espadas,
    ya solamente se acuerda
    de Casandra, ni hay amor
    más que el Conde y la Duquesa.
    El Duque es un santo ya.

BATÍN.

    ¡Qué me dices! ¡Qué me cuentas!

RICARDO.

    Que como otros con las dichas
    dan en vicios y en soberbias,
    tienen a todos en poco,
    tan inmortales se sueñan,
    el Duque se ha vuelto humilde
    y parece que desprecia
    los laureles de su triunfo;
    que el aire de las banderas
    no le ha dado vanagloria.

BATÍN.

    Plegue al cielo que no sea,
    después de estas humildades,
    como aquel hombre de Atenas
    que pidió a Venus le hiciese
    mujer, con ruegos y ofrendas,
    una gata dominica,
    quiero decir, blanca y negra.
    Y estando en su estrado un día,
    con moño y enaguas de tela,
    vio pasar un animal
    de aquestos, como poetas,
    que andan royendo papeles,
    y dando un salto ligera
    de la tarima al ratón,
    mostró que, en naturaleza,
    la que es gata será gata,
    la que es perra será perra,
    _in secula seculorum_.

RICARDO.

    No hayas miedo tú que vuelva
    el Duque a sus mocedades,
    y más si a los hijos llega,
    que con las manillas blandas
    las barbas más graves peinan
    de los más fieros leones.

BATÍN.

    Yo me holgaré de que sea
    verdad.

RICARDO.

            Pues, Batín, adiós.

BATÍN.

    ¿Dónde vas?

RICARDO.

                Fabia me espera.

(_Vase_).


(_Entre el Duque con algunos memoriales_).

DUQUE.

    ¿Está algún crïado aquí?

BATÍN.

    Aquí tiene Vuestra Alteza
    el más humilde.

DUQUE.

                    Batín.

BATÍN.

    Dios te guarde, bueno llegas.
    Dame la mano.

DUQUE.

                  ¿Qué hacías?

BATÍN.

    Estaba escuchando nuevas
    de tu valor a Ricardo,
    que es gran coronista de ellas.
    Héctor de Italia te hacía.

DUQUE.

    ¿Cómo ha pasado en mi ausencia
    el gobierno con el Conde?

BATÍN.

    Cierto, señor, que pudiera
    decir que igualó en la paz
    tus hazañas en la guerra.

DUQUE.

    ¿Llevose bien con Casandra?

BATÍN.

    No se ha visto, que yo sepa,
    tan pacífica madrastra
    con su alnado; es muy discreta,
    y muy virtuosa y santa.

DUQUE.

    No hay cosa que le agradezca
    como estar bien con el Conde,
    que como el Conde es la prenda
    que más quiero y más estimo,
    y conocí su tristeza
    cuando a la guerra partí,
    notablemente me alegra
    que Casandra se portase
    con él con tanta prudencia;
    que estén en paz y amistad,
    que es la cosa que desea
    mi alma con más afecto
    de cuantas pedir pudiera
    al cielo; y así, en mi casa
    hoy, dos victorias se cuentan:
    la que de la guerra traigo,
    y la de Casandra bella
    conquistando a Federico.
    Yo pienso de hoy más quererla
    sola en el mundo, obligado
    de esta discreta fineza
    y cansado juntamente
    de mis mocedades necias.

BATÍN.

    Milagro ha sido del Papa
    llevar, señor, a la guerra
    al Duque Luis de Ferrara,
    y que un ermitaño vuelva.
    ¡Por Dios, que puedes fundar
    otra Camáldula!

DUQUE.

                    Sepan
    mis vasallos que otro soy.

BATÍN.

    Mas dígame Vuestra Alteza,
    ¿cómo descansó tan poco?

DUQUE.

    Porque al subir la escalera
    de palacio, algunos hombres
    que aguardaban mi presencia
    me dieron estos papeles,
    y temiendo que son quejas
    quise descansar en verlos,
    y no descansar con ellas.
    Vete, y déjame aquí solo,
    que deben los que gobiernan
    esta atención a su oficio.

BATÍN.

    El cielo que remunera
    el cuidado de quien mira
    el bien público, prevenga
    laureles a tus victorias,
    siglos a tu fama eterna.

(_Vase_).


DUQUE.

    Este dice:

(_lea_).

                 «Señor, yo soy Estacio,
    que estoy en los jardines de palacio,
    y, enseñado a plantar hierbas y flores,
    planté seis hijos, a los dos mayores
    suplico que les deis...».

                              Basta, ya entiendo,
    con más cuidado ya premiar pretendo.

    «Lucinda dice que quedó viuda
    del capitán Arnaldo...».

                             También pide.

    «Albano, que ha seis años que reside».

    Este pide también.

                       «Julio Camilo,
    preso, porque sacó...».

                            Del mismo estilo.

    «Paula de san Germán, doncella honrada...».

    Pues si es honrada, no le falta nada,
    si no quiere que yo le dé marido.
    Este viene cerrado, y mal vestido
    un hombre me le dio, todo turbado,
    que quise detenerle con cuidado.

    «Señor, mirad por vuestra casa atento,
    que el Conde y la Duquesa en vuestra ausencia...».

    No me ha sido traidor el pensamiento.
    Habrán regido mal, tendré paciencia.

    «... ofenden con infame atrevimiento
    vuestra cama y honor».

                           ¿Qué resistencia
    harán a tal desdicha mis enojos?

    «Si sois discreto, os lo dirán los ojos».

      ¿Qué es esto que estoy mirando?
    Letras, ¿decís esto, o no?
    ¿Sabéis que soy padre yo
    de quien me estáis informando
    que el honor me está quitando?
    ¡Mentís, que no puede ser!
    ¿Casandra me ha de ofender?
    ¿No veis que es mi hijo el Conde?
    Pero ya el papel responde
    que es hombre, y ella mujer.
      ¡Oh, fieras letras, villanas!
    Pero direisme que sepa
    que no hay maldad que no quepa
    en las flaquezas humanas.
    De las iras soberanas
    debe de ser permisión.
    Esta fue la maldición
    que a David le dio Natán;
    la misma pena me dan,
    y es Federico Absalón.
      Pero mayor viene a ser,
    cielo, si así me castigas,
    que aquellas eran amigas
    y Casandra es mi mujer.
    El vicioso proceder
    de las mocedades mías
    trujo el castigo, y los días
    de mi tormento, aunque fue
    sin gozar a Bersabé,
    ni quitar la vida a Urías.
      ¡Oh, traidor hijo!, si ha sido
    verdad, porque yo no creo
    que emprenda caso tan feo
    hombre de otro hombre nacido.
    Pero si me has ofendido...,
    ¡oh, si el cielo me otorgara
    que después que te matara,
    de nuevo a hacer te volviera,
    pues tantas muertes te diera
    cuantas veces te engendrara!
      ¡Qué deslealtad! ¡Qué violencia!
    ¡Oh, ausencia! ¡Qué bien se dijo
    que aun un padre de su hijo
    no tiene segura ausencia!
    ¿Cómo sabré con prudencia
    verdad que no me disfame
    con los testigos que llame?
    Ni así la podré saber,
    porque ¿quién ha de querer
    decir verdad tan infame?
      Mas ¿de qué sirve informarme,
    pues esto no se dijera
    de un hijo, cuando no fuera
    verdad que pudo infamarme?
    Castigarle no es vengarme,
    ni se venga el que castiga,
    ni esto a información me obliga;
    que mal que el honor estraga
    no es menester que se haga,
    porque basta que se diga.


(_Entre Federico_).

FEDERICO.

      Sabiendo que no descansas,
    vengo a verte.

DUQUE.

                   Dios te guarde.

FEDERICO.

    Y a pedirte una merced.

DUQUE.

    Antes que la pidas, sabes
    que mi amor te la concede.

FEDERICO.

    Señor, cuando me mandaste
    que con Aurora mi prima
    por tu gusto me casase,
    lo fuera notable mío;
    pero fueron más notables
    los celos de Carlos, y ellos
    entonces causa bastante
    para no darte obediencia.
    Mas después que te ausentaste
    supe que mi grande amor
    hizo que ilusiones tales
    me trujesen divertido.
    En efecto, hicimos paces,
    y le prometí, señor,
    en satisfacción casarme,
    como me dieses licencia
    luego que el bastón dejases.
    Esta te pido y suplico.

DUQUE.

    No pudieras, Conde, darme
    mayor gusto. Vete ahora
    porque trate con tu madre,
    pues es justo darle cuenta;
    que no es razón que te cases
    sin que lo sepa y le pidas
    licencia, como a tu padre.

FEDERICO.

    No siendo su sangre yo,
    ¿para qué quiere dar parte
    Vuestra Alteza a mi señora?

DUQUE.

    ¿Qué importa no ser su sangre
    siendo tu madre Casandra?

FEDERICO.

    Mi madre Laurencia yace
    muchos años ha difunta.

DUQUE.

    ¿Sientes que madre la llame?
    Pues dícenme que en mi ausencia,
    de que tengo gusto grande,
    estuvisteis muy conformes.

FEDERICO.

    Eso, señor, Dios lo sabe;
    que prometo a Vuestra Alteza,
    aunque no acierto en quejarme,
    pues la adora, y es razón
    que, aunque es para todos ángel,
    que no lo ha sido conmigo.

DUQUE.

    Pésame de que me engañen,
    que me dicen que no hay cosa
    que más Casandra regale.

FEDERICO.

    A veces me favorece,
    y a veces quiere mostrarme
    que no es posible ser hijos
    los que otras mujeres paren.

DUQUE.

    Dices bien y yo lo creo,
    y ella pudiera obligarme
    más que en quererme en quererte,
    pues con estas amistades
    aseguraba la paz.
    Vete con Dios.

FEDERICO.

                   Él te guarde.

(_Vase_).


DUQUE.

      No sé cómo he podido
    mirar, Conde traidor, tu infame cara.
    ¡Qué libre, qué fingido,
    con la invención de Aurora se repara
    para que yo no entienda
    que puede ser posible que me ofenda!
      Lo que más me asegura
    es ver con el cuidado y diligencia,
    que a Casandra murmura
    que le ha tratado mal en esta ausencia,
    que piensan los delitos
    que callan cuando están hablando a gritos.
      De que la llame madre
    se corre, y dice bien, pues es su amiga
    la mujer de su padre,
    y no es justo que ya madre se diga.
    Pero yo, ¿cómo creo
    con tal facilidad caso tan feo?
      ¿No puede un enemigo
    del Conde haber tan gran traición forjado,
    porque con su castigo,
    sabiendo mi valor, quede vengado?
    Ya de haberlo creído,
    si no estoy castigado, estoy corrido.


(_Entren Casandra y Aurora_).

AURORA.

      De vos espero, señora,
    mi vida en esta ocasión.

CASANDRA.

    Ha sido digna elección
    de tu entendimiento, Aurora.

AURORA.

      Aquí está el Duque.

CASANDRA.

                          Señor,
    ¿tanto desvelo?

DUQUE.

                    A mi estado
    debo, por lo que he faltado,
    estos indicios de amor.
      Si bien del Conde y de vos
    ha sido tan bien regido,
    como muestra agradecido
    este papel de los dos.
      Todos alaban aquí
    lo que los dos merecéis.

CASANDRA.

    Al Conde, señor, debéis
    ese cuidado, no a mí,
      que, sin lisonja, os prometo
    que tiene heroico valor,
    en toda acción superior,
    gallardo como discreto:
      un retrato vuestro ha sido.

DUQUE.

    Ya sé que me ha retratado
    tan igual en todo estado,
    que por mí le habéis tenido,
      de que os prometo, señora,
    debida satisfacción.

CASANDRA.

    Una nueva petición
    os traigo, señor, de Aurora.
      Carlos la pide, ella quiere,
    y yo os lo suplico.

DUQUE.

                        Creo,
    que le ha ganado el deseo,
    quien en todo le prefiere.
      El Conde se va de aquí,
    y me la ha pedido ahora.

CASANDRA.

    ¿El Conde ha pedido a Aurora?

DUQUE.

    Sí, Casandra.

CASANDRA.

                  ¿El Conde?

DUQUE.

                             Sí.

CASANDRA.

      Solo de vos lo creyera.

DUQUE.

    Y así se la pienso dar.
    Mañana se han de casar.

CASANDRA.

    Será como Aurora quiera.

AURORA.

      Perdóneme Vuestra Alteza,
    que el Conde no será mío.

DUQUE.

    ¿Qué espero más? ¿Qué porfío?
    Pues, Aurora, en gentileza,
      entendimiento y valor,
    ¿no vence al Marqués?

AURORA.

                          No sé.
    Cuando quise y le rogué,
    él me despreció, señor,
      y ahora que él quiere, es justo
    que yo le desprecie a él.

DUQUE.

    Hazlo por mí, no por él.

AURORA.

    El casarse ha de ser gusto,
      yo no le tengo del Conde.

DUQUE.

    Extraña resolución.

CASANDRA.

    Aurora tiene razón,
    aunque atrevida responde.

DUQUE.

      No tiene, y ha de casarse,
    aunque le pese.

CASANDRA.

                    Señor,
    no uséis del poder, que amor
    es gusto y no ha de forzarse.

(_Vanse Aurora y el Duque_).

    Ay de mí, que se ha cansado
    el traidor Conde de mí.


(_Entre el Conde_).

FEDERICO.

    ¿No estaba mi padre aquí?

CASANDRA.

    ¿Con qué infame desenfado,
      traidor Federico, vienes,
    habiendo pedido a Aurora
    al Duque?

FEDERICO.

              Paso, señora,
    mira el peligro que tienes.

CASANDRA.

      ¡Qué peligro, cuando estoy,
    villano, fuera de mí!

FEDERICO.

    ¿Pues tú das voces así?


(_Entre el Duque acechando_).

DUQUE.

    Buscando testigos voy.
      Desde aquí quiero escuchar,
    que, aunque mal, tengo de oír,
    Lo que no puedo sufrir
    es lo que vengo a buscar.

FEDERICO.

      Oye, señora, y repara
    en tu grandeza siquiera.

CASANDRA.

    ¿Cuál hombre en el mundo hubiera
    que cobarde me dejara,
      después de haber obligado
    con tantas ansias de amor
    a su gusto mi valor?

FEDERICO.

    Señora, aún no estoy casado.
      Asegurar pretendí
    al Duque, y asegurar
    nuestra vida, que durar
    no puede, Casandra, así;
      que no es el Duque algún hombre
    de tan baja condición
    que a sus ojos, ni es razón,
    se infame su ilustre nombre.
      Basta el tiempo que tan ciegos
    el amor nos na tenido.

CASANDRA.

    ¡Oh, cobarde, mal nacido!
    Las lágrimas y los ruegos
      hasta hacernos volver locas
    robando las honras nuestras,
    que de las traiciones vuestras
    cuerdas se libraron pocas,
      ¿ahora son cobardías?
    ¡Pues, perro, sin alma estoy!

DUQUE.

    Si aguardo, de mármol soy.
    ¿Qué esperáis desdichas mías?
      Sin tormento han confesado,
    pero sin tormento no,
    que claro está que soy yo
    a quien el tormento han dado.
      No es menester más testigo,
    confesaron de una vez;
    prevenid pues sois jüez,
    honra, sentencia y castigo.
      Pero de tal suerte sea,
    que no se infame mi nombre,
    que en público siempre a un hombre
    queda alguna cosa fea.
      Y no es bien que hombre nacido
    sepa que yo estoy sin honra,
    siendo enterrar la deshonra
    como no haberla tenido.
      Que aunque parece defensa
    de la honra el desagravio,
    no deja de ser agravio
    cuando se sabe la ofensa.

(_Vase_).


CASANDRA.

      ¡Ay, desdichadas mujeres!
    ¡Ay, hombres falsos sin fe!

FEDERICO.

    Digo, señora, que haré
    todo lo que tú quisieres,
      y esta palabra te doy.

CASANDRA.

    ¿Será verdad?

FEDERICO.

                  Infalible.

CASANDRA.

    Pues no hay a Amor imposible.
    Tuya he sido, y tuya soy;
      No ha de faltar invención
    para vernos cada día.

FEDERICO.

    Pues vete, señora mía,
    y pues tienes discreción,
      finge gusto, pues es justo,
    con el Duque.

CASANDRA.

                  Así lo haré
    sin tu ofensa; que yo sé
    que el que es fingido no es gusto.

(_Vanse los dos_).


(_Entren Aurora y Batín_).

BATÍN.

      Yo he sabido, hermosa Aurora,
    que ha de ser, o ya lo es,
    tu dueño el señor Marqués,
    y que a Mantua os vais, señora.
      Y así vengo a suplicar,
    que allá me llevéis.

AURORA.

                         Batín,
    mucho me admiro. ¿A que fin
    al Conde quieres dejar?

BATÍN.

      Servir mucho y medrar poco
    es un linaje de agravio
    que al más cuerdo, que al más sabio,
    o le mata o vuelve loco.
      «Hoy te doy, mañana no;
    quizá te daré después».
    Yo no sé «quizá» quién es,
    mas sé que nunca «quizó».
     Fuera de esto, está endiablado
    el Conde; no sé qué tiene:
    ya triste, ya alegre viene,
    ya cuerdo, ya destemplado.
      La Duquesa, pues, también
    insufrible y desigual.
    Pues donde va a todos mal,
    ¿quieres que me vaya bien?
      El Duque, santo fingido,
    consigo a solas hablando,
    como hombre que anda buscando
    algo que se le ha perdido.
      Toda la casa lo está;
    contigo a Mantua me voy.

AURORA.

    Si yo tan dichosa soy
    que el Duque a Carlos me da,
      yo te llevaré conmigo.

BATÍN.

    ¡Beso mil veces tus pies,
    y voy a hablar al Marqués!


(_Vase, y entra el Duque_).

DUQUE.

    ¡Ay, honor, fiero enemigo!
      ¿Quién fue el primero que dio
    tu ley al mundo? ¡Y que fuese
    mujer quien en sí tuviese
    tu valor, y el hombre no!
      Pues sin culpa el más honrado
    te puede perder, honor,
    bárbaro legislador
    fue tu inventor, no letrado.
      Mas dejarla entre nosotros
    muestra que fuiste ofendido,
    pues esta invención ha sido
    para que lo fuesen otros.
      ¡Aurora!

AURORA.

               Señor.

DUQUE.

                     Ya creo
    que con el Marqués te casa
    la Duquesa, y yo a su ruego;
    que más quiero contentarla
    que dar este gusto al Conde.

AURORA.

    Eternamente obligada
    quedo a servirte.

DUQUE.

                      Bien puedes
    decir a Carlos que a Mantua
    escriba al Duque, su tío.

AURORA.

    Voy donde el Marqués aguarda
    tan dichosa nueva.

(_Vase Aurora_).


DUQUE.

                       Cielos,
    hoy se ha de ver en mi casa,
    no más de vuestro castigo:
    alzad la divina vara.
    No es venganza de mi agravio,
    que yo no quiero tomarla
    en vuestra ofensa, y de un hijo
    ya fuera bárbara hazaña.
    Este ha de ser un castigo
    vuestro no más, porque valga
    para que perdone el cielo
    el rigor por la templanza.
    Seré padre y no marido
    dando la justicia santa
    a un pecado sin vergüenza
    un castigo sin venganza.
    Esto disponen las leyes
    del honor, y que no haya
    publicidad en mi afrenta
    con que se doble mi infamia.
    Quien en público castiga
    dos veces su honor infama;
    pues, después que le ha perdido
    por el mundo le dilata.
    La infame Casandra dejo
    de pies y manos atada,
    con un tafetán cubierta,
    y, por no escuchar sus ansias,
    con una liga en la boca,
    porque, al decirle la causa,
    para cuanto quise hacer
    medio lugar, desmayada.
    Esto aun pudiera, ofendida,
    sufrir la piedad humana;
    pero dar la muerte a un hijo,
    ¿qué corazón no desmaya?
    Solo de pensarlo, ¡ay, triste!,
    tiembla el cuerpo, espira el alma,
    lloran los ojos, la sangre
    muere en las venas heladas,
    el pecho se desalienta,
    el entendimiento falta,
    la memoria está corrida
    y la voluntad turbada.
    Como arroyo que detiene
    el hielo de noche larga,
    del corazón a la boca
    prende el dolor las palabras.
    ¿Qué quieres, amor? ¿No ves
    que Dios a los hijos manda
    honrar los padres, y el Conde
    su mandamiento quebranta?
    Déjame, amor, que castigue
    a quien las leyes sagradas
    contra su padre desprecia,
    pues tengo por cosa clara
    que si hoy me quita la honra,
    la vida podrá mañana.
    Cincuenta mató Artajerjes
    con menos causa, y la espada
    de Darío, Torcuato y Bruto
    ejecutó sin venganza,
    las leyes de la justicia.
    Perdona, Amor, no deshagas
    el derecho del castigo,
    cuando el Honor, en la sala
    de la Razón presidiendo,
    quiere sentenciar la causa.
    El fiscal Verdad le ha puesto
    la acusación, y está clara
    la culpa, que Ojos y Oídos
    juraron en la probanza;
    Amor y Sangre, abogados,
    le defienden, mas no basta,
    que la Infamia y la Vergüenza
    son de la parte contraria.
    La Ley de Dios, cuando menos,
    es quien la culpa relata;
    su Conciencia quien la escribe.
    ¿Pues para qué me acobardas?
    Él viene. ¡Ay, cielos, favor!


(_Entre el Conde_).

FEDERICO.

    Basta que en palacio anda
    pública fama, señor,
    que con el Marqués Gonzaga
    casas a Aurora, y que luego
    se parta con ella a Mantua.
    ¿Mándasme que yo lo crea?

DUQUE.

    Conde, ni sé lo que tratan
    ni he dado al Marqués licencia,
    que traigo en cosas más altas
    puesta la imaginación.

FEDERICO.

    Quien gobierna, mal descansa.
    ¿Qué es lo que te da cuidado?

DUQUE.

    Hijo, un noble de Ferrara
    se conjura contra mí
    con otros que le acompañan.
    Fiose de una mujer
    que el secreto me declara:
    necio quien de ellas se fía,
    discreto quien las alaba.
    Llamé al traidor finalmente,
    que un negocio de importancia
    dije que con él tenía,
    y cerrado en esta cuadra
    le dije el caso, y apenas
    le oyó, cuando se desmaya,
    con que pude fácilmente,
    en la silla donde estaba,
    atarle y cubrir el cuerpo,
    porque no viese la cara
    quien a matarle viniese,
    por no alborotar a Italia.
    Tú has venido, y es más justo
    hacer de ti confianza
    para que nadie lo sepa.
    Saca animoso la espada,
    Conde, y la vida le quita,
    que a la puerta de la cuadra
    quiero mirar el valor
    con que mi enemigo matas.

FEDERICO.

    ¿Pruébasme acaso, o es cierto
    que conspirar intentaban
    contra ti los dos que dices?

DUQUE.

    Cuando un padre a un hijo manda
    una cosa injusta o justa,
    ¿con él se pone a palabras?
    ¡Vete, cobarde, que yo...!

FEDERICO.

    Ten la espada, y aquí aguarda,
    que no es temor, pues que dices
    que es una persona atada;
    pero no sé qué me ha dado
    que me está temblando el alma.

DUQUE.

    ¡Quédate, infame!

FEDERICO.

                      Ya voy,
    que, pues tú lo mandas, basta.
    Pero ¡vive Dios...!

DUQUE.

                        ¡Oh, perro!

FEDERICO.

    Ya voy, detente, y si hallara
    el mismo César, le diera
    por ti, ¡ay, Dios!, mil estocadas.

DUQUE.

    Aquí lo veré. Ya llega,
    ya con la punta la pasa:
    ejecute mi justicia
    quien ejecutó mi infamia.
    ¡Capitanes! ¡Hola, gente!
    ¡Venid los que estáis de guarda!
    ¡Ah, caballeros, criados!
    ¡Presto!


(_Entren el Marqués, Aurora, Batín, Ricardo y todos los demás que se
han introducido_).

MARQUÉS.

             ¿Para qué nos llamas,
    señor, con tan altas voces?

DUQUE.

    ¿Hay tal maldad? A Casandra
    ha muerto el Conde, no más
    de porque fue su madrastra
    y le dijo que tenía
    mejor hijo en sus entrañas
    para heredarme. ¡Matadle,
    matadle! ¡El Duque lo manda!

MARQUÉS.

    ¿A Casandra?

DUQUE.

                 Sí, Marqués.

MARQUÉS.

    Pues no volveré yo a Mantua
    sin que la vida le quite.

DUQUE.

    Ya con la sangrienta espada
    sale el traidor.


(_Salga el Conde_).

FEDERICO.

                     ¿Qué es aquesto?
    Voy a descubrir la cara
    del traidor que me decías,
    y hallo...

DUQUE.

               ¡No prosigas! ¡Calla!
    ¡Matadle, matadle!

MARQUÉS.

                       ¡Muera!

FEDERICO.

    ¡Oh, padre! ¿Por qué me matan?

DUQUE.

    En el tribunal de Dios,
    traidor, te dirán la causa.
    Tú, Aurora, con este ejemplo
    parte con Carlos a Mantua,
    que él te merece, y yo gusto.

AURORA.

    Estoy, señor, tan turbada
    que no sé lo que responda.

BATÍN.

    Di que sí, que no es sin causa
    todo lo que ves, Aurora.

AURORA.

    Señor, desde aquí a mañana
    te daré respuesta.


(_Salga el Marqués_).

MARQUÉS.

                        Ya
    queda muerto el Conde.

DUQUE.

                           En tanta
    desdicha, aun quieren los ojos
    verle muerto con Casandra.

(_Descúbralos_).

MARQUÉS.

    Vuelve a mirar un castigo
    sin venganza.

DUQUE.

                  No es tomarla
    el castigar la justicia.
    Valor sobra y llanto falta:
    pagó la maldad que hizo
    por heredarme.

BATÍN.

                   Aquí acaba,
    senado, aquella tragedia
    del castigo sin venganza,
    que, siendo en Italia asombro,
    hoy es ejemplo en España.


_Laus Deo, & M. V._



*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASTIGO SIN VENGANZA ***


    

Updated editions will replace the previous one—the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for an eBook, except by following
the terms of the trademark license, including paying royalties for use
of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
copies of this eBook, complying with the trademark license is very
easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
of derivative works, reports, performances and research. Project
Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away—you may
do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
license, especially commercial redistribution.


START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG™ LICENSE

PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase “Project
Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg
electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person
or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (“the
Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country other than the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg work (any work
on which the phrase “Project Gutenberg” appears, or with which the
phrase “Project Gutenberg” is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

    This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
    other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
    whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
    of the Project Gutenberg™ License included with this eBook or online
    at www.gutenberg.org. If you
    are not located in the United States, you will have to check the laws
    of the country where you are located before using this eBook.
  
1.E.2. If an individual Project Gutenberg electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase “Project
Gutenberg” associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg work in a format
other than “Plain Vanilla ASCII” or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg website
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original “Plain
Vanilla ASCII” or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg electronic works
provided that:

    • You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
        the use of Project Gutenberg works calculated using the method
        you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
        to the owner of the Project Gutenberg trademark, but he has
        agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
        within 60 days following each date on which you prepare (or are
        legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
        payments should be clearly marked as such and sent to the Project
        Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
        Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg
        Literary Archive Foundation.”
    
    • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
        you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
        does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™
        License. You must require such a user to return or destroy all
        copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
        all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™
        works.
    
    • You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
        any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
        electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
        receipt of the work.
    
    • You comply with all other terms of this agreement for free
        distribution of Project Gutenberg™ works.
    

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set
forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg™ collection. Despite these efforts, Project Gutenberg™
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right
of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg™
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg

Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza #516,
Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our website which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org.

This website includes information about Project Gutenberg,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.