Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823)

By Callcott

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Title: Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823)

Author: Lady Maria Callcott

Translator: José Valenzuela D.


        
Release date: September 12, 2026 [eBook #79559]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Editorial-América, 1916

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DIARIO DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822) Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823) ***




                           EDITORIAL-AMÉRICA

                      Director: R. BLANCO-FOMBONA


                             PUBLICACIONES:

                                    I
                  Biblioteca Andrés Bello (literatura).

                                   II
                     Biblioteca Ayacucho (historia).

                                   III
              Biblioteca de Ciencias políticas y sociales.

                                   IV
              Biblioteca de la Juventud hispano-americana.

      _De venta en todas las buenas librerías de España y América._


Imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29, teléf. 14-30. Madrid.




                                 DIARIO
     DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822) Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823)
                   SAN MARTÍN.--COCHRANE.--O’HIGGINS.




                          BIBLIOTECA AYACUCHO

             BAJO LA DIRECCIÓN DE DON RUFINO BLANCO-FOMBONA

                            OBRAS PUBLICADAS


I-II.--MEMORIAS DEL GENERAL O’LEARY:

               _Bolívar y la emancipación de Sur-América._

  Dos lujosos volúmenes de 700 á 800 páginas en 4.º Se venden
  separadamente al precio de 7,50 pesetas cada uno.


III.--MEMORIAS DE O’CONNOR.

                                sobre la
                       _Independencia Americana_.

  La obra en 4.º, en papel pluma. Precio: 5 pesetas.


V.--MEMORIAS DEL GENERAL JOSÉ ANTONIO PÁEZ.

  Un volumen muy bien impreso, en 4.º Precio: 7,50 pesetas.


V.--MEMORIAS DE UN OFICIAL DEL EJÉRCITO ESPAÑOL.

                     Por el Capitán Rafael Sevilla.

  Un volumen en 4.º, 5 pesetas.


VI-VII.--MEMORIAS DEL GENERAL GARCÍA CAMBA.

          _Para la historia de las armas españolas en el Perú._

  Dos magníficos y gruesos volúmenes en 4.º, á todo lujo. Precio: 7,50
  pesetas cada uno.


VIII.--MEMORIAS DE UN OFICIAL DE LA LEGIÓN BRITÁNICA.

         _Campañas y Cruceros durante la guerra de emancipación
                           Hispano-americana._

  Un volumen en 4.º, 4 pesetas.


IX.--MEMORIAS DEL GENERAL O’LEARY.

              _Últimos años de la vida pública de Bolívar._

  Este libro, desconocido hasta ahora, complementa los dos volúmenes
  sobre _Bolívar y la emancipación_; es una joya de historia americana
  por sus revelaciones, á las cuales debió el que se le hubiera
  ocultado por tantos años.

  En 4.º á todo lujo. Precio: 7,50 pesetas.


X.--DIARIO DE MARÍA GRAHAM.

  _San Martín._--_Cochrane._--_O’Higgins._




                           BIBLIOTECA AYACUCHO

             BAJO LA DIRECCIÓN DE DON RUFINO BLANCO-FOMBONA

                              MARÍA GRAHAM


                                 DIARIO
                    DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822)
                     Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823)

                    SAN MARTÍN.--COCHRANE.--O’HIGGINS

                       PRÓLOGO DE DON JUAN CONCHA


                            EDITORIAL-AMÉRICA
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                         PRÓLOGO DE JUAN CONCHA

                     GLOSAS AL DIARIO DE UN VIAJERO

                           Santiago en 1822.


Un viajero ha desembarcado en el puerto y se dirige á la capital,
Santiago del Nuevo Extremo. Estamos en Agosto. La primavera se anuncia
espléndida; el cielo, de un azul intenso; la brisa, fresca, cálida,
remece las ramitas nuevas de los árboles. Hay una suave quietud en
el ambiente. Nuestro viajero se dirige á la capital; dista varias
decenas de leguas del lugar de su arribo; el trayecto hay que hacerlo
á lomo de mula, por entre lomas escarpadas y áridos breñales. Son sus
acompañantes un peón y una esclava. Lleva sus bártulos en tres mulas.
Estamos en 1822; primavera...

Nuestro viajero ha tomado el camino viejo, camino «sumamente
escabroso», pero frecuentado por leñadores y recuas de carga. A
medida que avanza, va extasiándose en la contemplación del paisaje:
«las boscosas hondonadas, las nevadas montañas en el horizonte». A
lo largo del camino, serpenteando por entre valles y lomas, siguen
recuas de mulas cargadas que van á la capital. Llega á la cumbre de
un cerro que atraviesa el camino: aparecen «los Andes, en su nevada
majestad, dominando los numerosos cordones de los cerros más bajos».
Va nuestro viajero parando en pueblos y villorrios, en casas de postas
y haciendas, que le brindan un hogar hospitalario. Descansa, duerme,
observa y sigue su viaje. Lleva tres días de fatigosa caminata. En
la tarde del tercer día vienen por nuestro viajero unas amigas, á
encontrarlo, en dos coches. Rehusa el ofrecimiento de entrar á un
vehículo «por no penetrar cubierto de polvo»; siguió, pues, á caballo.
Llega María Graham nuestro aporreado viajero--el veinticuatro de Agosto
de mil ochocientos veintidós años á Santiago del Nuevo Extremo.

       *       *       *       *       *

Nuestro viajero es huésped de una linajuda familia de Santiago. Después
de disfrutar de algún descanso y vestirse, es llamado á comer. «La
comida fué más copiosa de lo que en nuestros hábitos permitiría el
buen gusto...» Más adelante observa: «se considera como una muestra de
la más delicada atención sacarle á alguien una porción de su plato y
ponerla en el de su amigo, y á nadie se le hace escrúpulo servirle á
uno con el cuchillo ó cuchara con que ha estado comiendo». «A juzgar
por lo que hoy he visto, podría decir que los chilenos comen mucho...»
Después de la comida, la mayor parte de la familia se ha retirado á
practicar sus devociones. Pronto llegan algunas familias amigas; las
personas mayores conversan alrededor de un brasero; los jóvenes bailan
un minué «incorrecto y descuidado».

En el silencio de la noche ha sonado á lo lejos una campanita y se ha
extendido por las calles desiertas la voz del sereno, que monótona
cantaba: ¡Ave María Purísima, las once de la noche han dado, y
nublado!...

       *       *       *       *       *

Examina nuestra viajera la casa en la cual se hospeda. Sobre la
muralla, «baja y blanqueada», «se proyecta un enorme alero de tejas».
En el centro, un zaguán empedrado de menudos guijos; cerca de la puerta
de calle, «la habitación del portero». Detalla la disposición de las
habitaciones y dependencias de la casa: los amplios corredores, las
confortables alhanías, los grandes patios solados de menudos cantos, la
abastecida despensa...

Recorre María Graham la ciudad y anota: «El aspecto de las calles es
feo á causa de la desnudez y monotonía de los frentes de las casas
particulares...» «La disposición de las casas es fea exteriormente y
comunica á las calles un aspecto triste y plebeyo.» Santiago conserva
durante esos años todo el carácter del Santiago del siglo XVIII, del
Santiago colonial de Frezier, Juan y Ulloa, de Vancouver... Dominando
el lado Norte de la plaza, se alza el palacio de residencia del
director O’Higgins, el antiguo palacio de los capitanes generales; la
Audiencia; la cárcel. Al Poniente, la catedral levanta sus torres,
y los palacios de las dignidades eclesiásticas yerguen sus muros
fríos; al frente de éstos, en el lado opuesto, «sólo hay unos cuantos
edificios vulgares»; cierran la plaza las arquerías del costado Sur,
donde tienen sus tiendas los vendedores de telas, zapatos, quincalla,
comestibles y algunas chucherías más. En las noches de luna, estos
portales y tenduchos «presentan un aspecto muy alegre y animado».
Los amplios aleros proyectan sombras discretas; los murallones son
propicios á secretos encantos: «las damas acostumbran recorrer entonces
las tiendas y puestos á pie, y, como todos están iluminados, la escena
es bellísima». «Todos los pequeños puestos están iluminados; las
mejores mercancías salen á relucir, y las señoras, que para este paseo
nocturno se visten con elegancia, se ven muy bien.» «El sitio, bello de
por sí--agrega--, lo es mucho más en las noches de luna; disimúlanse
entonces los defectos y se observan mejor las bellezas.» El agua de
la pila central de la plaza cae discretamente y canta sus melodías
rumorosas; tañen, distantes, las campanas; las sombras de las casas
se proyectan uniformes; la luna simula en las sombras de los árboles
figuras fantasmales; en el cielo, unas nubecitas blancas van huyendo
veloces; reverbera la luz lunar en las blanqueadas paredes; corre una
brisa fresca, ligera... A lo lejos se oye la voz monótona de un sereno,
que canta indiferente una hora...

Sigue nuestro curioso forastero huroneando por la ciudad. Recorre La
Cañada, la Climba, los Tajamares... Sube al peñón del Santa Lucía,
rastrea por callejuelas, atraviesa el puente de cal y canto, visita sus
jardines...

Ha visitado la Casa de Moneda. No será para ella como para aquel
capitán general, una «absurda ridiculera», sino que un «soberbio
edificio». Ha curioseado por sus diversas dependencias; nos habla
con detenimiento de la «tosquedad, superior á cuanto podría haberme
imaginado, de la maquinaria»; observa la calidad «imperfecta y grosera»
de la moneda, «lo más grosero que hasta ahora he visto en materia de
monedas», y anota algunas disquisiciones eruditas sobre cuestiones
monetarias.

También ha visitado María Graham la Biblioteca Nacional, cuyo director
en un instruido y culto caballero»--don Manuel de Salas--; observa
que «los libros de leyes ocupan la mitad de los estantes», y que hay
«un buen número de obras francesas, pero pocas inglesas»; hojea un
incunable; hace algunos comentarios pertinentes á libros, y se va «con
pesar».

María Graham frecuenta salones y pasa las noches en continuos y alegres
saraos. Los jóvenes danzan; los minués, los bailes populares españoles,
son los más socorridos. Hay música y charla. El canto tampoco falta.
Las jóvenes «son, por lo común, de mediana altura, bien conformadas,
de andar airoso, con abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y
negros». Pero estas «lindas criaturas», cuyo «sonrosado color nunca
lo puso más bello la pura y diestra mano de la Naturaleza», «tienen,
generalmente, una voz desapacible y áspera».

Antes ya había anotado: «pude observar que en Chile la belleza y el
traje de una joven son criticados por los demás, lo mismo que entre
nosotros»...

       *       *       *       *       *

Domingo. Hoy, nuestra viajera ha salido á los alrededores á ver los
entretenimientos del pueblo, del «bajo pueblo». Las señoras mayores
van en calesas, las demás gentes á pie. El lugar se llena de peatones,
perros, gente á caballo, en calesas y carretas.

En los puestos se venden frituras, carne asada, pescado, licores,
buñuelos fritos en aceite, chicha... «El pueblo parece gozar
extraordinariamente en haraganear y beber diversas clases de licores».
Suena el arpa, el tamboril, el triángulo, el rabel, la guitarra... «Los
músicos se instalan en carros»; los mozalbetes compran licores, flores,
frutas, «para su propio consumo ó para las mozas á quienes desean
agradar».

Llenan el aire la música de los instrumentos, la gritería de los
chiquillos, los requiebros de los mozos. Hinche los corazones una
fuerte, pura, sana alegría...

       *       *       *       *       *

Chocan á nuestra viajera los prejuicios, la rutina, la intolerancia
de las gentes. «Es sensible--anota en su «Diario»--que las antiguas
rutinas de la colonia dirijan todavía estas cosas en Chile...» «Este
país--escribe más adelante--ha sido el más reacio de todos los de este
Continente á los adelantos.» El atraso de los campos, el desorden en
la administración, la pasividad de los campesinos, la rutina en todo
orden de cosas, sugiere á María Graham sesudas reflexiones y severos
reparos.

Una campana suena, después otra, después otra, y otra... Nuestro
forastero mira del lado del plácido repiqueteo y ve «una pequeña
iglesia, de cuyas puertas salía una larga y solemne procesión de
sacerdotes, que comenzaban una rogativa de nueve días á San Isidro para
pedirle lluvia». Agrega en seguida algunas consideraciones acerca de la
superstición, á guisa de comentario...

       *       *       *       *       *

El 28 de Septiembre parte María Graham de Santiago del Nuevo Extremo.
Estuvo en la ciudad de D. Pedro de Valdivia treinta y seis días. Murió
veinte años más tarde, en 1842, en su residencia de Kensington Pits, á
la edad de cincuenta y siete años. Nos dejó un fuerte--admirable en la
precisión y penetración de las observaciones--, hermoso, imperecedero
«Diario.»

                                                            Juan Concha.

  Santiago. (Chile).




                         PRÓLOGO DEL TRADUCTOR


A fines de Abril del año 1822 llegaba á Valparaíso la fragata _Doris_,
de la armada de S. M. B., trayendo á su bordo los restos de su
comandante, el capitán Thomas Graham, fallecido en brazos de María
Graham, su esposa, al doblar el Cabo de Hornos.

La piedad y el amor de su mujer habían preservado los restos del
malogrado marino de ser sepultados en las ondas, hasta que la fragata
arribó á Valparaíso, donde fueron depositados en tierra hospitalaria,
con los honores debidos á su rango y las preces de su culto.

La triste viuda desechó las proposiciones que le hacían los oficiales
de la _Doris_ para que siguiera viaje á bordo de la fragata hasta que
encontraran otro buque que pudiera trasladarla directamente á Europa, y
prefirió quedarse en Valparaíso para recobrar sus fuerzas quebrantadas
por el sufrimiento.

El romántico interés que inspiraba la soledad en que su viudez la
dejaba en tierra extraña, la distinción social que suponía el rango
de su marido, y sobre todo su exquisita cultura y lo agradable de su
trato, eran motivos más que sobrados para que la sencilla y reducida
sociedad de aquella época la acogiera con la más afectuosa hospitalidad.

Relacionada desde un principio con el elemento oficial, que en aquellos
años era el de más valía en Chile, tuvo pronto oportunidad de tratar
con una de las personalidades más sobresalientes de la revolución: nos
referimos á lord Cochrane. Lord Cochrane, á más de ser su compatriota,
tenia para distinguirla con su amistad otro motivo: cuando él figuraba
entre los guardias marinas más antiguos de la marina inglesa,
llegó á bordo de la _Thetis_, en que él estaba embarcado, un joven
guardia-marina que se iniciaba en la carrera naval y que más tarde
llegó á ser el capitán Thomas Graham.

Atendió, pues, lord Cochrane con toda solicitud á la viuda de su
antiguo camarada, que era una dama de esclarecida inteligencia y fino
trato, y la presentó en Santiago á las familias de la mejor sociedad.

Dotada de una clara inteligencia, enriquecida por los conocimientos
adquiridos en largos viajes y por una variadísima lectura, era
natural que sus ideas y sentimientos afinaran estrechamente con las
ideas y sentimientos de lord Cochrane, que tanto aventajaban á las
preocupaciones y añejeces que formaban el ambiente intelectual en que
había dejado la dominación española á sus antiguos súbditos.

De aquí que apreciaran de idéntica manera los hombres y las cosas de
la revolución, á tal punto, que hay en este «Diario» muchas páginas
que uno se sentiría inclinado á suponerlas directamente sugeridas por
lord Cochrane, si María Graham no hubiese dado á conocer sus agudas
facultades analíticas, su profundo espíritu de observación en las
diversas obras que formaban su bagaje literario mucho antes de su
arribo á Chile.

La simpatía por el héroe injustamente proscrito de su patria, el
recuerdo de sus gloriosas hazañas en las guerras napoleónicas, la
admiración por su denuedo y abnegación para hacer triunfar la causa
de la independencia de los lejanos estados americanos, todo concurría
á desarrollar en ella un culto vehemente por lord Cochrane, lo que
Carlyle llama _heroworship_, que hace que tanto en las páginas del
«Diario» como en las del Bosquejo de la Historia de Chile que á la
Revolución se refieren, la personalidad del ilustre marino se destaque
en medio de una gigantesca aureola. En torno de ella se agitan,
pálidas, animadas por mezquinas pasiones, las figuras de sus enemigos
políticos, especialmente la del más formidable y maquiavélico, San
Martín.

Pero, fuera del escenario político, donde la ignorancia, el temor y la
ambición se exhiben en cuadros disgustantes, la vida doméstica, los
afectos de familia, el alma entera de la naciente sociedad chilena,
proporcionan á María Graham precioso material para trazar con galana y
apacible pluma diversos cuadros, ricos de colorido y de frescura.

Como á casi todos los viajeros, la belleza de las mujeres chilenas
la entusiasma, y dice así en una ocasión: «que una linda chilena se
ve diez veces más linda cuando se pone la mantilla para ir á misa», y
cuando cuenta que ha asistido á una tertulia en casa de D. José Antonio
de Cotapos, dice: «estoy segura de no haber visto jamás reunidas en un
solo día tantas mujeres bonitas, como en esa ocasión; no estoy segura
de que fuesen todas de trascendental belleza; pero sí de que no había
una sola fea».

Ahora, su abnegación incomparable, que la hace arrostrar junto con el
hombre que ella ama, esposo, padre ó hermano, todos los rigores de
las adversidades políticas; sus hospitalarios sentimientos; hasta su
misma pasmosa ignorancia, «que las hace recurrir con mayor gracia á los
medios de seducción que la Naturaleza ha dado á la mujer, la amabilidad
y la ternura», son temas que vuelven muchas veces á los puntos de su
pluma para dar á estas páginas un encanto que no empañan jamás ni el
adulo ni la sátira.

Su temperamento artístico, su ilimitado amor á las plantas y á las
flores le hacen admirar entusiasmada los variados paisajes que ofrecen
á su vista los campos de la región central, que ella ha recorrido;
detiénese en sus excursiones campestres y recoge las plantas indígenas,
cuyas virtudes indaga, cuyos hábitos describe con toda prolijidad, sin
someterse á las arideces de la terminología botánica. Interésase por
la suerte de los pobres, conversa con ellos y se sienta á su lado para
aprender sus industrias rudimentarias: la alfarería, el hilado.

Conversa con O’Higgins, con San Martín, con Centeno, y desde el primer
momento los penetra, hace su psicología, y descubre al hombre bajo las
deslumbrantes exterioridades que imponen al vulgo.

Hay un retrato de San Martín, hecho _d’après nature_, puede decirse,
que es una obra maestra de observación y de factura: el prócer va á
hacerle una visita, invitado por Centeno, y habla, habla de todo,
para lucirse, mientras los de su comitiva le escuchan asombrados de
tanto saber. María Graham le escucha, avanza algunas ideas; pero la
locuacidad inagotable de aquel espíritu versátil se las lleva por
delante; entonces, lo mira con atención, critica _in mente_ la vaciedad
de esa charla incontenible, y piensa que ese hombre locuaz y amanerado
estaría mejor en un sarao que no al frente de los Estados incipientes,
que tiene la ambición de dominar como jefe absoluto. Son dos páginas
realmente soberbias las que dedica á esta visita.

A O’Higgins también lo vemos vivir en estas páginas; comprendemos
cómo ha latido siempre acompasado su sano corazón en medio de la
tormenta revolucionaria: su valor es frío y resuelto, su palabra
sobria y precisa, tiene todas las virtudes de un gran soldado; pero
carece de las cualidades que imponen al hombre de estado: no sabe
sobreponerse á las intrigas palaciegas ni acierta al debelar las
cábalas de sus adversarios políticos. Los Carreras, Freire, Monteagudo,
el ministro Rodríguez, le sugieren juicios que nos parecen ser los de
un contemporáneo nuestro, que quedan en el fiel de la balanza, entre
la acendrada adhesión de sus parciales y las acerbas invectivas de sus
adversarios políticos.

Es sensible que la ruptura de una arteria, que sufrió mientras
regresaba á Santiago de una excursión á Melipilla y que puso en peligro
su existencia, no permitiera á María Graham realizar el proyecto que
abrigaba de recorrer el territorio de la República hasta Concepción.
Tenía listas varias cartas de introducción para diversas personas, y
entre ellas una de lord Cochrane para el general Freire que estaba al
mando de las tropas de la frontera.

Con estas condiciones, el libro tiene todo el mérito de un documento
histórico, y con los Recuerdos de Zapiola, los de Pérez Rosales y las
pocas Memorias y correspondencias privadas que nos han quedado del
período revolucionario, habrá de servir para estudiar la historia bajo
un aspecto que no ofrecen los documentos y comunicaciones de carácter
oficial, que han sido la fuente de los estudios históricos hechos hasta
ahora.

Otro título tiene además para darlo á conocer al pueblo chileno, que
habrá de leerlo con agrado y reconocimiento, y es la sincera simpatía
que revelan todas sus páginas para nuestro país; sus ardientes deseos
por la prosperidad de Chile, cuyo engrandecimiento político y cuya
prosperidad comercial predijo hace ochenta años, al observar la energía
y homogeneidad de su raza y las riquezas de su suelo.

Esto, en cuanto á la obra.

En cuanto á su autora, es sensible que no se encuentren en nuestra
literatura nacional datos que nos permitan reconstituir su fisonomía
moral ni su vida entre nosotros. Vicente Pérez Rosales, á quien ella
recogió en Río Janeiro donde lo había abandonado lord Spencer, y á
quien repatrió á bordo de la _Doris_, no ha dejado, por desgracia,
más que unas cuantas líneas en sus _Recuerdos del Pasado_, que nos
dan á conocer las bondadosas disposiciones de carácter de la ilustre
viajera. Así, pues, habremos de contentarnos con dar á conocer su
intelectualidad por medio de los escasos datos biográficos que hemos
podido obtener en la _National Biography_ de Leslie Stephen y algunas
otras fuentes de información no menos compendiosas.

María, hija de Jorge Dundas, contraalmirante de la _escuadra azul_ y
miembro del Almirantazgo, nació el año de 1785 en Papcastle, cerca de
Cockersmouth.

Desde sus primeros años manifestó una decidida afición á la lectura y
al estudio de las plantas y las flores. La _governess_ que dirigió su
educación era mujer muy ilustrada y que cultivaba relaciones de amistad
con las más esclarecidas inteligencias de la época: Burney, Johnson,
Reynolds, á quienes dio á conocer las brillantes disposiciones de su
discipula. María Dundas, por su parte, frecuentaba la casa de su tío,
Sir David Dundas, donde se reunían Campbell, Lawrence y otros.

En 1808, impulsada por su vivaz imaginación y por su amor á lo nuevo y
á lo bello, acompañó á su padre en un viaje á la India; á su regreso
contrajo matrimonio, en 1809, con el capitán Thomas Graham, de la
Marina real, de quien no se hace mayor mención en las obras de consulta
que hemos podido procurarnos. Luego emprendió con su marido otro viaje
á la India, de donde regresó en 1811, estableciéndose en Londres. Por
razones de servicio, el capitán Graham hubo de permanecer varios años
ausente de su patria, durante los cuales su esposa se dedicó por entero
á los trabajos literarios. En 1812 publicó su _Diario de Residencia
en la India_, que años mas tarde fué traducido al francés; en 1814,
unas _Cartas de la India_; en 1815, una traducción del francés de
las Memorias de Rocca sobre las guerras de los franceses en España,
reimpresa al año siguiente. En 1819 regresó el capitán Graham á
Inglaterra y, en compañía de su esposa, emprendió un viaje de recreo á
Italia, que proporcionó á María Graham los materiales para una de sus
obras más apreciadas en Europa, _Tres meses en las Montañas de Roma_,
publicada en 1820. El mismo año publicó un _Ensayo sobre el Poussin_,
que la crítica francesa considera como un libro de primer orden. En
1821 el capitán Graham, al mando de la fragata británica _Doris_,
zarpó en comisión para la América del Sur, y después de tocar en Río
Janeiro siguió viaje con destino al Pacífico.

Como en otras ocasiones, acompañábalo su esposa, interesada en conocer
estos países, que comenzaban á llamar la atención europea con motivo
de su levantamiento contra el dominio de España. Desgraciadamente, el
capitán Graham enfermó durante la navegación, y al llegar á la altura
del Cabo de Hornos exhaló el último suspiro en brazos de su abnegada
compañera.

La fragata prosiguió viaje hasta Valparaíso, adonde arribó el 28 de
Abril de 1822, fecha en que comienza el _Diario de Residencia en
Chile_. María Graham permaneció entre nosotros hasta Febrero de 1823,
en cuya fecha se embarcó en el bergantín _Colonel Allen_ con destino
al Brasil; en Río Janeiro permaneció hasta fines de ese año, sirviendo
de institutriz á la princesa doña María, que más tarde fué reina de
Portugal.

Vuelta por fin á su patria, continuó dedicándose á sus trabajos
literarios, y en 1824 publicaba su _Diario de viaje al Brasil_ y de
residencia en este país durante los años 1821 á 1823, y su _Diario de
Residencia en Chile_, que ahora se traduce al castellano por primera
vez. Los dibujos, que representan paisajes, tipos y costumbres del
país, que ilustran ambos libros, revelan en ella una artista de felices
disposiciones, que sabe poner de relieve los rasgos más característicos
de las cosas.

En 1827 contrajo segundas nupcias con uno de los más célebres pintores
ingleses de la primera mitad del siglo XIX, Augusto Wall Callcott, que
frisaba entonces la cincuentena. Artista por temperamento, sus primeras
inclinaciones lo llevaron al estudio de la música, y desde niño fué una
de las voces más apreciadas de la capilla de la Abadía de Westminster.

Leyendo en una ocasión el _Robinson Crusoe_, ilustrado por Stothard,
los grabados del célebre dibujante despertaron en él la afición al
dibujo, que le abrió la senda en que tantos laureles había de cosechar
más tarde. Entró entonces á estudiar pintura con Hoppner, que, como
él, era además un músico muy apreciable, y bajo cuya dirección llegó
pronto á ser uno de los más brillantes paisajistas ingleses. En 1806,
el mérito de sus cuadros lo hizo ser admitido como socio de la Royal
Academy, de la cual llegó á ser miembro académico en 1810. Los paisajes
que exhibió entre 1810 y 1835, que se reputan las mejores de sus obras,
le valieron que sus contemporáneos lo llamaran el _Claude_ inglés, por
tenerlos en tanta estima como los mejores de Claude Lorrain. En 1837,
con motivo de la ascensión de la reina Victoria, fué hecho caballero,
y desde entonces se dedicó á la figura, género que había abandonado
desde sus primeros trabajos. Entre los cuadros de este género que más
han popularizado los grabadores ingleses se cuentan _Milton dictando
su poema á sus hijas_ y _Rafael y la Fornarina_. Con todo, la crítica
moderna, que lo considera un talento serio y lo coloca entre Constable
y Turner, lo encuentra frío, sin pasión ni poesía; pero le reconoce
una factura amplia, fácil, una tonalidad justa y una luz franca y
agradable, que constituyen el gran mérito de sus paisajes. Por otra
parte, Callcott era hombre muy estimado por sus amables disposiciones
de carácter, por su generosidad y falta de prejuicios en su arte y por
la liberal protección que dispensaba á los artistas jóvenes.

Unida á un hombre de estas condiciones, lady Callcott tuvo un feliz
compañero de sentimientos y de gustos artísticos, en cuyo consorcio su
inteligencia se inclinó decididamente á los estudios críticos, á la
historia y á la literatura de ficción. En 1822 publicó una _Historia
de España_. En 1831, cuando regresaba de un viaje de estudio que había
hecho por Italia en compañía de su marido, sufrió lady Callcott la
ruptura de una arteria, que la dejó inválida por el resto de sus días.
No por eso abandonó la pluma. En 1835 publicó la _Little Arthur’s
History of England_, en dos volúmenes, que alcanzó una gran popularidad
y fué reimpresa varias veces, y además una _Descripción de la capilla
de Giotto en Padua_, con motivo de una serie de dibujos de Sir A. W.
Callcott; en 1836, un _Ensayo sobre la Historia de la Pintura_; en
1840, un prefacio á otra colección de dibujos de su marido, titulada
_Los Siete Estados del Hombre_, y en sus últimos años, los libros para
los niños que se titulan _Little Blackeburner_, _Little Mary’s ten
days_ y _A Scripture Herbal_.

Por fin, el 28 de Noviembre de 1842, en su residencia de Kensington
Pits, la muerte puso fin á sus sufrimientos y apagó para siempre los
destellos de su privilegiada inteligencia. Sepultada en el cementerio
de Kensal Green, fué pronto á reunírsele su compañero de afección y de
trabajo, á cuyo ilustre nombre quedó asociado el suyo en la historia de
la intelectualidad inglesa.

                                                    =José Valenzuela D.=




                                PREFACIO


El “Diario” de mi residencia en Chile debiera haber ocupado lógicamente
su lugar entre el de las dos visitas al Brasil, que son materia de mi
primer libro; mas ya he dado en el prefacio del de mi residencia en el
Brasil las razones que me indujeron á dividir los diarios.

La introducción del presente volumen es quizás su parte más importante.
Pocos son los informes que pueden procurarse de los seis primeros años
de la revolución de Chile, sea que se les busque en los archivos de las
secretarías de Estado, sea entre los papeles de los actores del drama.
Durante los pocos días calamitosos que transcurrieron entre la derrota
de los patriotas en Rancagua y el paso de los Andes, fueron quemados
todos los papeles y documentos públicos que se halló á mano, para
evitar que cayeran en poder de los españoles, que habrían perseguido
á las familias que quedaron en el país, y cuyos nombres se hubiesen
encontrado entre los de los patriotas. Desde entonces, hasta el año
de 1817, no se encuentran ni en los archivos de gobierno documentos
que rastrear, y hasta mediados de 1818, nada de lo impreso en Chile;
de manera que dentro de pocos años más podría haberse perdido todo
recuerdo del primer período de la revolución de este país.

Fué una gran fortuna para mí el haber conocido durante mi residencia
en Chile á muchas personas que tuvieron participación en el gran
acontecimiento, sea como actores, sea como espectadores, y las cuales
tuvieron la amabilidad de permitirme escribir, sobre sus relaciones
verbales, los puntos capitales que he detallado. Los relatos de los
realistas concordaban en todos los hechos con los de los patriotas,
y todos ellos con las claras y entretenidas narraciones del Supremo
Director O’Higgins, cuya liberalidad y cortesía para conmigo, en este
como en todos respectos, merecen mis más calurosas expresiones de
reconocimiento.

Desde 1818 hasta 1821 se daba en las gacetas amplios pormenores de todo
acontecimiento público y se imponía al pueblo de todo documento. Pero
ya, desde 1821, las especulaciones políticas del Protector del Perú
y los planes comerciales de los hombres de gobierno de Chile no eran
evidentemente de una naturaleza tan desembozada, y, en consecuencia,
las publicaciones comenzaron á hacerse muy defectuosas. No podré
jactarme de ser capaz de llenar esas deficiencias, pero confío que los
puntos capitales que me ha sido dado establecer, serán suficientes para
inducir á otros más capaces á acabar el bosquejo que yo dejo apenas
indicado.

Como la lucha de la América española fué solamente de las colonias con
la madre patria, no he tenido para qué referirme á las transacciones de
aquéllas con las naciones neutrales, cuyos buques, tanto de guerra como
mercantes, han surcado los mares de Chile, salvo cuando un caso como el
de la intervención del capitán Hillier en el tratado del Sur de Chile,
lo hace necesario.

El _post-scriptum_ del diario contiene algunas publicaciones que
permitirán apreciar la actual situación política de Chile. Hay tanto
de bueno en ese país, tanto en el carácter de su pueblo como en la
excelencia de su suelo y de su clima, que no cabe duda sobre el futuro
éxito de su esfuerzo en pro de una situación libre y floreciente; pero,
hay dificultades extraordinarias que salvar, necesidades nada comunes
que llenar, y si las siguientes páginas, directa ó indirectamente
contribuyeran en lo más mínimo á proveer esas necesidades, á suavizar
esas dificultades, llamando la atención hacia ese país, por su especial
preparación para los intercambios comerciales ó por los recursos y
energías naturales que hay todavía en él por cultivar, sería para mí la
más verdadera satisfacción.




                    BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE CHILE


El descubrimiento de Chile por los españoles y la relación de sus
primeras fundaciones en él, forman uno de los más romancescos capítulos
de la historia de la conquista de Sur-América por los europeos.

Después de la muerte del inca Atahualpa, en 1535, Pizarro, receloso de
la influencia y de la ambición de su compañero Almagro, representóle la
conquista de Chile como empresa digna de su talento, y lo comprometió
á ella, no obstante lo avanzado de su edad, que frisaba en los setenta
años.

El desierto de Atacama separa el Perú de Chile, y de los dos caminos
practicables entre ambas provincias, la ávida impaciencia de Almagro
escogió el de la cordillera, por más corto, aunque difícil, en vez
de tomar el camino de la costa. Parecen increíbles los sufrimientos
y las pérdidas que el hambre y el frío impusieron á las tropas de
Almagro durante su marcha, y probablemente el mayor número hubiera
sucumbido, si unos pocos soldados, de los mejor montados, no se
hubieran adelantado hasta el valle de Copiapó y obtenido recursos de
los hospitalarios indígenas, á quienes mandaron que fueran á encontrar
á sus asendereados compañeros.

Los españoles fueron tratados bondadosamente, y recibidos en un
principio por los chilenos con una veneración que rayaba en idolatría;
pero la sed de oro y de plata que los había lanzado en busca de este
país á través de los ardores del desierto y de las nieves de la
cordillera, promovió luego las disputas entre los indígenas y los
soldados, que Almagro castigó severamente entre aquéllos, y formó
así la base de esa tenaz oposición de parte de los indígenas que
mantiene todavía desoladas algunas de las mejores provincias del país.
Cuando el ejército español llegó á la ribera Sur del río Cachapoal,
encontróse con varias de las tribus indígenas, y particularmente la
de los promaucaes, preparados para oponerse á sus avances, y aunque
Almagro salió siempre victorioso, juzgó por último que era insuficiente
el provecho de la conquista en proporción á los trabajos de los
conquistadores, y regresó con su ejército al Perú, en el año 1538.

Allí, después de haber dominado el Cuzco por un corto tiempo, fué
ajusticiado de orden de Francisco Pizarro, á los setenta y cinco años
de edad.

Pedro de Valdivia fué el otro capitán español que, en seguida,
designó Pizarro para llevar un ejército á Chile; así lo hizo, con 200
españoles y un numeroso cuerpo de peruanos, siguiendo el mismo camino
de Almagro; pero, como la marcha se hizo en verano, los soldados no
tuvieron que soportar el frío que tantos estragos causó á Almagro.
La recepción de Valdivia fué enteramente distinta de la que se le
dispensó á su predecesor. Los chilenos habían aprendido á odiar á la
vez que temer á los invasores. Cada paso se ganaba por la fuerza de las
armas, y las posesiones ó colonias establecidas por Valdivia fueron
destruídas repetidas veces. Ni el mismo Santiago, fundado en 1541,
encontró suficiente defensa con su ciudadela del Santa Lucía, porque
fué incendiada por los indios del valle de Mapocho mientras Valdivia se
hallaba en marcha hacia las orillas del Cachapoal para repeler á los
promaucaes.

A su regreso de esta expedición, envió á Alonso Monroy y á Pedro
Miranda, con seis compañeros más, á las fronteras del Perú en demanda
de socorros, habiéndoles dado frenos, estribos y espuelas de oro macizo
á fin de que pudieran tentar más fácilmente á los soldados europeos
á agregárseles. La pequeña compañía fué asaltada sin embargo por los
indios de Copiapó y sólo escaparon Monroy y Miranda. Conducidos ante el
jefe del valle, fueron condenados á muerte; pero la intercesión de la
mujer de éste los salvó. Este beneficio lo retribuyeron con la más baja
ingratitud. Como la hubieran traído varios de los caballos tomados á
los españoles, ella rogó á los prisioneros que le enseñaran á su hijo á
cabalgar; oportunidad que aprovecharon para escapar, apuñalando antes,
sin necesidad alguna, al hijo de la india y huyendo en seguida hacia el
Cuzco.

Esta ciudad estaba entonces gobernada por Castro, sucesor de Pizarro,
que otorgó el auxilio solicitado por Valdivia, y Monroy condujo por
tierra hasta Copiapó un corto número de reclutas, al mismo tiempo
que se despachaba por mar una fuerza considerable, bajo el mando
de Juan Bautista Pastene, noble genovés. Entretanto, Valdivia se
había apoderado de las ricas minas de oro del valle de Quillota, y,
penetrado de que no se podía hacer nada de eficacia sin comunicarse
por mar con el Perú, había comenzado á construir una embarcación en
la desembocadura del río Aconcagua, que nace cerca de las cumbres de
los Andes, atraviesa todo el valle de Quillota y se precipita en la
peligrosa bahía de Concon, entre las de Valparaíso y de Quinteros, que
no reciben ningún río de consideración.

En cuanto recibió los refuerzos de Castro, Valdivia ordenó
inmediatamente á Pastene que explorara la costa de Chile hasta el
estrecho de Magallanes; en seguida lo despachó al Perú en busca de
nuevos socorros, porque los indígenas iban poniéndose cada vez más
atrevidos, habiendo, recientemente, dado muerte á toda la compañía
de soldados que estaba de guarnición en las minas de oro cerca de
Quillota, quemado la embarcación recién construída, y destruído los
almacenes situados en la boca del río. Al recibir la noticia de tal
desastre, Valdivia dejó á Santiago, vengó la muerte de sus gentes
ejecutando cuanta crueldad fué posible sobre los infelices quillotanos
y levantó un fuerte para proteger las minas. En seguida, se adelantó á
encontrar los nuevos refuerzos que venían á las órdenes de Villagrán y
de Escobar, quienes le traían 300 hombres del Perú; y deseando tener
una base en la parte Norte de Chile, se fijó en la hermosa llanura que
se extiende á la desembocadura del Coquimbo, donde fundó, en 1543, la
colonia de La Serena, comúnmente llamada Coquimbo[1].

       *       *       *       *       *

El año siguiente se señaló por haberse ganado la adhesión de los
promaucaes á la causa de los españoles, á los cuales fueron fieles
desde entonces, impelidos probablemente por recelo á sus inmediatos
vecinos los araucanos. Valdivia prosiguió entonces sus conquistas en
el Sur; pero, después de haber atravesado el Maule, fué derrotado en
Itata y se vió obligado á ir en persona al Perú en busca de refuerzos.
Durante su ausencia, los indios de Copiapó, que no habían olvidado el
alevoso asesinato de su joven jefe por Monroy y Miranda, cayeron sobre
un destacamento de cuarenta españoles, á los cuales dieron muerte, y
los de Coquimbo ultimaron á todos los habitantes y arrasaron hasta las
murallas de la nueva colonia. Inmediatamente se mandó á ese punto á
Francisco Aguirre, quien reconstruyó la ciudad en una situación más
conveniente, en 1549. Por fin, habiendo regresado Valdivia con un
considerable número de aventureros, fué reducida á la tranquilidad la
parte Norte de Chile, después de nueve años de incesantes y pesadas
fatigas de parte del jefe, quien distribuyó las tierras entre sus
más antiguos adictos, siguiendo las costumbres feudales que entonces
prevalecían en Europa.

Al año siguiente, Valdivia avanzó hacia el Sur hasta las márgenes del
Bio-Bio, cerca de cuya desembocadura, en la hermosa bahía de Penco,
fundó la ciudad de Concepción, en una de las más ricas y fértiles
provincias de Chile. Pero allí fueron contrastados sus progresos por
el cacique ó toqui Ailavilla, jefe de los araucanos, que cruzó el río
para socorrer á los indios de Penco y resistir hasta la muerte á los
invasores de su territorio.

Arauco es una provincia fértil y rica, que se extiende desde el Bio-Bio
hasta el Calle-Calle, muy boscosa por lo general, llena de cerros y
bien regada. Los naturales son fuertes, valerosos y amantes de su
libertad; hasta ahora no han sido nunca domados, y han resistido con
igual éxito los ejércitos de los Incas y los de los españoles. Ha sido
una fortuna para ellos el tener, entre sus enemigos, un poeta como
Ercilla que supo hacer justicia á su valor y preservó el recuerdo de
sus peculiares costumbres y de su constitución política, que le cupo
presenciar como testigo ocular, por haber tomado parte distinguidísima
en varias de las batallas que describe.

Entre la primera fundación de Concepción, en 1550, y su destrucción,
en 1554, la actividad de Valdivia había fundado la ciudad de Imperial
sobre el río, que forma un puerto en sus mismas murallas, la cual fué
durante el corto período de su existencia la más rica ciudad de Chile;
Villarrica, en las márgenes del lago de Lauquen; Valdivia, sobre el
Calle-Calle, que domina la bahía más cómoda y hermosa del Pacífico;
Angol, ó ciudad de la Frontera, y había levantado los fortines de
Puren, Tucapel y Arauco. Estos dos últimos fueron luego destruídos por
el cacique Caupolican, quien, auxiliado por Lautaro, jóven héroe de su
raza, venció á los españoles en una gran batalla, en la cual Valdivia
cayó prisionero y fué condenado á muerte.

Lautaro había sido tomado prisionero por Valdivia, quien lo educó y
destinó á su servicio. Parecía muy adicto á su señor y nunca había
manifestado deseos de unirse á sus connacionales hasta que, al verlos
derrotados en una batalla y que huían delante de la artillería
española, se sintió avergonzado, desgarró sus vestidos europeos, corrió
hacia sus compatriotas, y exhortándolos á seguirle, en nombre de su
país, los condujo á la victoria, que fué confirmada por la muerte de
Valdivia.

Desde ese día, pasó á ser su jefe principal. Villagrán, sucesor de
Valdivia, evacuó inmediatamente á Concepción, que fué incendiada por
Lautaro; pero, habiendo aparecido la viruela entre los araucanos, los
españoles se aprovecharon de la confusión que la mortífera enfermedad
introdujo entre aquéllos para reconstruir á Concepción, en 1555.
Lautaro atacó inmediatamente á los nuevos colonos, les destruyó una vez
más su ciudad y marchó directamente hacia Santiago. En el camino, sin
embargo, fué sorprendido por Villagrán á quien un espía había conducido
por un paso secreto hasta la playa, donde los araucanos habían acampado
en un paso entre un alto cerro y el océano. Cayó sobre ellos al
rayar el alba, en el momento mismo en que Lautaro se había recogido
á descansar, después de haber velado durante la noche. Lautaro, que
corrió á ponerse al frente de su ejército en cuanto oyó que se acercaba
el enemigo, fué herido de muerte en el corazón, antes de que pudiera
dar sus órdenes para el combate; su gente pereció toda, dejando á sus
enemigos el recuerdo de su valor incontrastable y la admiración de las
virtudes del joven héroe, que al morir á los diez y nueve años de edad,
dejó un nombre culminante en la historia del patriotismo.

       *       *       *       *       *

Después de la muerte de Lautaro, los españoles reconstruyeron á
Concepción, fundaron á Cañete y descubrieron el archipiélago de Chiloé.
Ercilla, que acompañaba á los descubridores, inscribió en un árbol unos
versos que recordaban su nombre y la fecha del descubrimiento, 31 de
Enero de 1558. La ciudad de Osorno fué fundada al regreso de Chiloé.

Con este período acaba la _Araucana_ de Ercilla, poema que comprende
los sucesos ocurridos en los nueve años que el poeta sirvió en el
ejército de Sur-América. A su regreso á España, Ercilla continuó
figurando en las guerras europeas, bajo Felipe II. La continuación
del poema, por Santisteban Osorio, dista mucho de poseer el mérito
del de Ercilla, no abarca más allá de la muerte del segundo cacique
Caupolican, el dominio temporal de Arauco y la desaparición de sus
jefes.

Pero mientras los españoles se ocupaban de la invasión de Tucumán y de
levantar las ciudades de San Juan y Mendoza, allende los Andes, los
araucanos se preparaban en silencio para nuevas guerras, y antes de que
se les afrontara, abandonaron sus selvas y destruyeron la ciudad de
Cañete, que fué reconstruída, sin embargo, en 1665, por Villagrán el
joven, que había sucedido á su padre en el gobierno. Al año siguiente,
Ruiz Gamboa fué enviado á tomar posesión de Chiloé y fundó la ciudad de
Castro y el puerto de Chacao.

Durante este tiempo, la prolongación de la guerra en una provincia tan
importante como Chiloé y la consideración de los grandes inconvenientes
para apelar al Perú en todas las causas de jurisdicción civil ó
criminal, indujeron á Felipe II á establecer un Tribunal de Audiencia
en Concepción; pero, habiéndose arrogado la Audiencia tanto la
autoridad civil como militar, empeoró muy luego la situación y fué, en
consecuencia, suprimida el año 1575. Hubo entonces una suspensión de
hostilidades entre españoles y chilenos, que duró cerca de cuatro años,
debido en gran parte á los efectos de un terremoto, que desoló una
grande extensión del territorio.

Los araucanos emplearon diligentemente este intervalo en buscarse
aliados entre los indios vecinos, y consiguieron que los pehuenches,
tribu de la montaña, y los chequillanes, los más salvajes de los
indios, los ayudaran á resistir á los españoles, y continuó así la
incesante lucha que ha señalado el gobierno de todos los capitanes
generales desde el tiempo de Valdivia.

A pesar de estos continuos disturbios en el Sur, la cantidad de metales
preciosos extraídos de Chile, la fertilidad de sus tierras y la bondad
de su clima, comenzaron á atraerle la atención de otras naciones. Los
ingleses, bajo sir Thomas Cavendish, que arribó con tres buques en
1586, intentaron establecer una posesión en la bahía de Quinteros; pero
fueron inmediatamente atacados y desalojados por los españoles, que
no sufrían que nación alguna se entrometiera en sus nuevos dominios.
Más desgraciada fué todavía la segunda expedición, á las órdenes de
sir John Narborough, durante el reinado de Carlos II, porque la flota
entera zozobró en el estrecho de Magallanes.

Los holandeses intentaron también, en 1600, establecerse en la isla de
Chiloé, adonde arribaron con cinco buques, y comenzaron por saquear la
posesión y por asesinar á los moradores; pero, en una ocasión en que la
tripulación del comodoro desembarcó cerca de Talca, los indios cayeron
sobre ella y la destruyeron, lo que indujo á los demás á abandonar la
empresa. Durante este tiempo, los araucanos, dirigidos por Paillamachu,
habíanse coaligado con las demás tribus de indios, hasta los del
archipiélago de Chiloé.

Todo español que se aventuraba fuera de los fuertes caía asesinado, y
las ciudades de Osorno, Valdivia, Villarrica, Imperial, Cañete, Angol,
Goya y los fortines de menor importancia, fueron sitiados. Concepción y
Chillan fueron incendiados, y en poco más de tres años desaparecieron
todas las poblaciones establecidas por Valdivia y sus sucesores,
entre el Bio-Bio y Chiloé. Sus habitantes, extenuados por el hambre,
cayeron prisioneros, siendo repartidos entre los indígenas los solteros
de ambos sexos; á los casados se les permitía conservar sus mujeres
y sus familias. Los descendiente de estos prisioneros, han figurado
después entre los más acérrimos enemigos de los españoles, habiendo
mejorado con su trato las relaciones de la vida civil de los indígenas.
El afortunado cacique murió el año 1603, un año después de la toma de
Osorno, que fué la última plaza que redujo.

Para prevenir la frecuencia de estos desastres se estableció en la
frontera, el año 1608, un cuerpo de 2.000 hombres de tropas regulares,
que sirvió para prevenir toda intentona seria de parte de los indios
para invadir los distritos del Norte; pero no pudo reprimir sus
incursiones de rapiña, y Arauco continuó libre.

En 1609, la Audiencia, que había sido suprimida en Concepción, fué
restablecida en Santiago, ciudad que, si bien se hallaba lo bastante
lejos de la frontera para no temer las incursiones de los indios,
quedaba, en cambio, muy distante del mar, á noventa millas de
Valparaíso, su puerto más vecino.

Esta situación tuvo, sin embargo, sus ventajas en aquella época, porque
dejaba á la capital lejos del alcance de los aventureros franceses,
holandeses é ingleses que entonces turbaban la tranquilidad y amagaban
las posesiones de los españoles en las playas del Pacífico.

En 1638, los holandeses trataron de celebrar una alianza con los
araucanos para obtener así posesión de Chiloé; pero éstos rehusaron
todo trato con los europeos y destruyeron las guarniciones que los
holandeses habían desembarcado en las islas de la Mocha y en Talca. Sin
descorazonarse por este descalabro, aquella raza emprendedora volvió en
1643 con una numerosa flota, tropas y artillería; tomó posesión de la
abandonada Valdivia y comenzó á construir tres formidables fortalezas
á la entrada de la bahía. Pero los indios no sólo les rehusaron
el concurso de sus brazos, sino que les negaron las provisiones,
obligándolos á abandonar la plaza tres meses después de haber arribado
á ella.

Los españoles se aprovecharon de la labor de los holandeses, acabaron
sus fuertes y fortificaron la isla de Mancera. Desde entonces no fué
turbada esa colonia, hasta la última revolución.

Mientras que esta continua lucha desolaba y despoblaba las provincias
del Sur de Chile, se hacían también sentir en este pequeño Estado
las mismas causas que amenazaban á las demás provincias españolas.
El desproporcionado engrandecimiento de España durante el reinado de
Carlos V la envolvió en todas las guerras del continente europeo;
y como había perdido las ventajas que sacaba de las artes y la
agricultura de los moros, que no fueron sustituídas por ninguna
industria equivalente, aquel príncipe sólo contaba para sus largas y
dispendiosas campañas con la cantidad de metales preciosos importados
del Nuevo Mundo.

De aquí la poco perspicaz política de sofocar en las colonias toda
industria que no estuviese directamente aplicada á la extracción
del oro y de la plata; la recelosa exclusión del comercio y las
prohibiciones impuestas á las manufacturas, exceptuando, apenas,
las más indispensables para las necesidades domésticas. Los reveses
sufridos por los sucesores de Carlos V se hicieron sentir también, en
cierto grado, en sus posesiones del extranjero, y á medida que las
exigencias del tesoro iban haciéndose más premiosas, más difíciles
se hacían las circunstancias de Sur-América para proveerlos de los
recursos necesarios. Las guerras y las crueldades de los españoles
habían destruído tantos indios, que apenas si quedaban los necesarios
para el trabajo de las minas; y aunque se celebró un tratado con
Holanda para suplirlos con negros, el número de éstos nunca llegó en
Chile á ser crecido.

Los primeros virreyes y gobernadores habían sido hombres de empresa
y de talento; y si bien el carácter de Valdivia no está libre del
cargo de crueldad, la construcción de ciudades, el establecimiento de
corporaciones que hacían de Tribunales de Justicia y la disposición á
granjearse, si era posible, la voluntad de los naturales, que forman el
principal objeto de su gobierno y del de sus inmediatos sucesores, eran
sumamente benéficos.

Pero, ya antes de la ascensión de Felipe V, las escaseces de una corte
menesterosa aconsejaron la necesidad de poner en venta los altos
puestos de las Indias. Los virreyes no pensaron más en distinguirse por
las armas ni por su política, y en su afán de conservar ellos solos el
monopolio, sustraían el comercio á toda intrusión de los extranjeros.
Las instrucciones enviadas en 1701 por la corte de Versalles á Marsin,
su embajador en Madrid, contienen las siguientes observaciones:--“Los
derechos de la corona en las Indias Occidentales, han sido sacrificados
á la avaricia de los virreyes, de los gobernadores y de los empleados
subalternos”.--Y todavía:--“Los diferentes consejos de Madrid están
llenos de abusos, y particularmente el de Indias, porque en él, en vez
de castigar las malversaciones, se tolera á los malvados en proporción
al cohecho que emplean. Los excesos de los virreyes y demás empleados,
quedan impunes. Esta impunidad y los cuantiosos valores con que
regresan, alientan á sus sucesores á seguir el mismo ejemplo. Por el
contrario, si alguno, siguiendo las prescripciones del honor, toma un
camino diferente, ve castigado su desinterés con las más vergonzoza
pobreza. Si es un subalterno, los reproches que su conducta puede
acarrear sobre sus superiores, ó la atención que emplee para hacer
luz sobre la de ellos, lo expone á ser aborrecido. Luego siente sus
efectos con la pérdida de su empleo; la verdad nunca llega hasta el
rey de España: la distancia da facilidades para disfrazarla, y algunos
obsequios de tiempo en tiempo, logran siempre obscurecerla.”

Por esta época, la ambiciosa y emprendedora corte de Luis XIV dirigía
la vista á las ventajas que se podrían sacar de la posesión de una
colonia en la costa occidental de Sur-América, ó por lo menos, de un
exclusivo privilegio de comercio. Consecuente con estas expectativas,
después de haber obtenido el privilegio de proveer de esclavos al Perú
y Méjico, en lugar de los holandeses, los buques franceses comenzaron
á traficar con aquellos países, y en cuanto se presentaba una
oportunidad, se despachaban hombres distinguidos en los diversos ramos
de la ciencia á observar é informar sobre el estado de esas regiones.
Uno de ellos fué el padre Feuillé, á quien se le debe el mejor estudio
botánico sobre Chile, donde residió tres años, y otro fué Frèzier, cuyo
_Viaje en el Mar del Sur_, nunca será lo bastante recomendado por su
exactitud. Pero las consecuencias del comercio francés, tan exclusivo
como el de los españoles mismos, distaron mucho de ser provechosas para
España ó las colonias.

Los mercaderes franceses se organizaron en dos compañías, que se
abrogaron los derechos de los comerciantes españoles y excluyeron á
todos los demás, y en 1709 hallamos el siguiente notable pasaje en un
memorial sobre el estado de España, transmitido por Amelot, ministro
francés en Madrid: “Las riquezas del Perú y Méjico, esas inagotables
fuentes de fortuna, están casi perdidas para España. No sólo hay
las quejas que se formulan contra los mercaderes franceses de estar
arruinando el comercio de Cádiz y de Sevilla, á pesar de las medidas
tomadas por la corte de Francia contra los que infringen las reglas
establecidas, sino que continúan con toda fuerza los enormes abusos
de la administración de los virreyes. La avaricia y el pillaje quedan
impunes; las fortalezas y las guarniciones pasan desatendidas, y todas
las cosas parecen tender hacia una fatal revolución.” En este período,
algunos virreyes fueron separados, y se hizo una tentativa para reducir
los enormes beneficios que sacaban de su empleo. Chile quedó bajo
el virreinato de Perú, cuyos virreyes nombraron casi siempre á los
capitanes generales; de manera que el mismo sistema de extorsión y el
consiguiente empleo del soborno y del cohecho que había corrompido el
Consejo de las Indias en Madrid, se desarrolló en inferior escala en la
corte de Lima.

Los débiles monarcas de la casa de Borbón que reinaron en España,
pasaban demasiado afanados en las luchas domésticas con su pueblo,
que nunca amó ni respetó cordialmente á la dinastía francesa, y en la
participación que tomaron en todas las guerras europeas, para tener
tiempo ni poder para mejorar lo condición de los reinados de Occidente.
En realidad, después de los edictos provinciales de 1818, hábilmente
confeccionados y perfectamente adoptados á las circunstancias del país,
no aparece otro esfuerzo de consideración hecho en Europa en beneficio
de los colonos.

Algunos virreyes y capitanes generales merecieron, con todo, el dictado
de padres del pueblo que presidían: Chile, en particular, tiene razón
para estar agradecido á don Ambrosio O’Higgins, militar irlandés,
al servicio de España, quien, después de comandar las tropas en la
frontera de Chile y de rechazar á los araucanos que de nuevo habían
comenzado á amargar la tranquilidad del Estado, puso varias de las
ciudades y fortificaciones de la frontera en estado de conveniente
defensa, descubrió las ruinas de Osorno, que reconstruyó, y practicó
un excelente camino entre Valdivia y esa ciudad, facilitando así la
comunicación con Chiloé.

Estos servicios le merecieron el título de marqués de Osorno y el
empleo de capitán general de Chile. Promovido á la capital, continuó
sus provechosos y espléndidos trabajos. Construyó puentes, practicó el
camino de Santiago á Mendoza, que atraviesa la cumbre de los Andes,
dotándolo de casuchas de descanso para comodidad de los viajeros, ideó
de tal manera la construcción del camino carretero entre Valparaíso y
la capital, que á pesar de los frecuentes temblores y temporales que
tantos estragos hacen en Chile, no ha necesitado todavía reparación
alguna.

Trasladado á Lima, como virrey del Perú, continuaron distinguiendo
su carácter el mismo desinterés por su fortuna privada, la misma
preocupación del bien público. A él deben los limeños el hermoso camino
que une su ciudad con el puerto del Callao y varias otras obras de
utilidad y de ornato. Todavía se recuerdan con gratitud, tanto en Chile
como el Perú, la justicia y la beneficencia de su administración, y al
morir, en 1799 ó 1800, dejando á su familia muy lejos de la riqueza,
fué sinceramente sentido.

       *       *       *       *       *

Estos antecedentes prepararon en pocos años el período en que las
colonias españolas del Sur-América comenzaron á abogar, en un
principio, por tener iguales privilegios que la madre patria, y
finalmente, por reclamar como un _derecho_ su independencia, cuya
posesión estaban resueltos á sostener como un _hecho_ que los ejércitos
y la armada española no se hallaban en condición de disputar. La
emancipación de la América del Norte había producido cierto efecto,
tanto en las colonias españolas como en las portuguesas, desapercibido
al principio, pero que de tiempo en tiempo se fué haciendo sentir
en impotentes y prematuras luchas. A medida que las cortes europeas
se hacían más débiles, ó se comprometían más estrechamente en las
importantes contingencias de la larga guerra revolucionaria, sus
posesiones occidentales comenzaban á sentir que no sólo eran bastante
fuertes para protegerse por sí solas, sino que podían verse impelidas á
hacerlo si quisieran sacudir el yugo de una potencia cuyas costumbres,
índole é idioma les eran extraños y, por consiguiente, odiosos para
ellas.

El período durante el cual se les dejó entregadas á sí mismas,
enseñóles á conocer sus propios recursos y á valerse de ellos; y las
continuas exigencias de dinero de un gobierno lejano, que sólo podía
retribuirles con escasísima ayuda ó protección, disgustaron á los
naturales con una monarquía tan distante y tan costosa.

Por otra parte, la influencia de la Iglesia, que hasta entonces había
sido casi omnipotente, en favor del antiguo orden de cosas, comenzó
á hacerse valer en pro de la causa de la independencia, casi sin
tal intención. Preocupaba seriamente al clero la manera de evitar
que la América del Sur cayese en manos de los franceses, pueblo sin
inquisición y que toleraba sin distinción á judíos, herejes é infieles,
por cuyo motivo figuró siempre el clero al lado de los patriotas,
mientras éstos procedían cautelosamente en sus principios, bajo el
pretexto de que trataban de preservar á su país de la usurpación
francesa y de conservarlo para su legítimo soberano.

Los clérigos comenzaron á descubrir la necesidad de mejorar su propia
instrucción, y, en consecuencia, muchos libros que hasta entonces
habían sido proscritos y que figuraban en las listas de libros
prohibidos, comenzaron á ser buscados con avidez. Llegóse hasta mandar
algunas personas á buscarlos á Inglaterra, y si bien en el calor de
los primeros momentos se tomó junto lo bueno y lo malo y se mezcló y
confundió toda clase de sistemas, todo tendía, sin embargo, á producir
una ansiosa aspiración de independencia, una seria resolución para
zafarse del yugo de la madre patria.

Este propósito fué secundado en pequeño grado por los emisarios
mandados por la Junta Central de la vieja España, que venían en parte
á buscar recursos para la guerra peninsular, y en parte á incitar á
las colonias á desconocer la soberanía de José Bonaparte para que
se reservaran á su legítimo soberano D. Fernando. Traían consigo la
opinión que D. Gaspar de Jovellanos presentó á la Junta Central en la
sesión de 7 de Octubre de 1808, diciendo: “Cuando un pueblo descubre
el inminente peligro en que se halla la sociedad de que forma parte,
y sabe que los encargados de la autoridad, que deben gobernarlo y
defenderlo, se hallan subordinados y avasallados, siente naturalmente
la necesidad de defenderse por sí mismo, y en consecuencia, adquiere un
extraordinario y legítimo derecho de insurrección.”

Los sur-americanos estaban demasiado penetrados de sus aspiraciones de
independencia para dejar que se escapara un pretexto tan favorable,
y los que todavía no se habían embarcado en la obra revolucionaria,
avanzaron hacia ella con más ó menos cautela, como su situación se lo
permitía.

Pero no cabe comparación entre las circunstancias bajo las cuales
afirmaron su independencia las colonias británicas de la América del
Norte, y aquellas en que se encuentran todavía luchando por la suya
las colonias españolas de la América del Sur. Las colonias españolas
habían producido desde un principio tal abundancia de oro y plata,
que llamaron desde el primer momento la atención y la vigilancia del
gobierno en Europa, que trasladó á ellas todo el pesado andamiaje
eclesiástico, militar y civil de una vieja monarquía.

El derecho de mayorazgo, estrecho vínculo que hace conservar en manos
de unos cuantos individuos inmensas extensiones de tierras sin cultivo,
perjudicó á la población, impidiendo la división de la propiedad, que
tanto favorece su cultivo y la consiguiente prosperidad del trabajo
individual[2]. Finalmente, todo acto de gobierno emanaba directamente
de Madrid, y para todo empleo de importancia, se mandaba de Europa
un español, de manera que á los naturales del país no se les dejaba
ocasión alguna para manifestar sus talentos ni para ejercitar sus
facultades.

Las instituciones políticas de las colonias británicas, eran más
favorables que cualesquiera otras al adelanto de los estados y al
cultivo de la tierra. Muchos de los primitivos colonos eran hombres
que habían ido allí guiados por su amor á la libertad de conciencia,
que habían llevado consigo aquel indómito é independiente espíritu que
rechaza toda vigilancia como una opresión, y que, formando sus propios
consejos provinciales, legislaban y gobernaban para sí y transmitían
esos privilegios á sus hijos.

Por otra parte, no se favorecía el acaparamiento de las tierras;
se facilitaba su enajenación, y como cada persona que obtenía una
nueva concesión quedaba obligada á cultivar cierta proporción de sus
terrenos, la población aumentaba con tanta rapidez como los medios
de subsistencia. Además, como los gobernadores eran en su mayor
parte elegidos entre los mismos miembros de las colonias, había
siempre cierto número de hombres preparados para el desempeño de tan
importantes funciones.

De aquí que los Estados de Norte-América, firmes y unidos en su
propósito, y preparados con la mejor educación (porque, como para
los hombres, hay una educación para los Estados) pudieron levantarse
después de una costosa guerra, desde el estado de una colonia desunida
al rango de una gran nación; mientras que muchos años transcurrirán
quizás antes de que las asoladas provincias de la América Española
puedan asumir carácter nacional, por más que esté virtualmente roto el
yugo de España, por la falta de material doméstico, por decirlo así,
para formar un gobierno.

       *       *       *       *       *

Todo el sistema de España respecto á las colonias, mientras las tuvo
bajo su dominio, fué comercial y no político. Los virreyes, después
de terminadas las primeras guerras con los indígenas, no fueron en
realidad otra cosa que presidentes de una compañía de monopolistas,
sus propósitos estaban limitados por sus sórdidos y mezquinos
intereses y el gobierno y ocupación de Méjico y del Perú no fueron
nunca contemplados de otra manera que como medios para hacer fortuna,
descuidándose en consecuencia la libertad, la felicidad ó el interés de
los habitantes.

La pereza y la ignorancia fueron las consecuencias necesarias,
y cuando el pueblo se levantó, como de un sueño, y proclamó su
independencia, estaban tan amoldados al antiguo régimen de cosas las
costumbres é ideas de la clase donde por necesidad escogió á sus jefes
y gobernadores, que éstos siguieron por la misma senda. Considerando
la posesión del poder simplemente como la posesión del capital de una
compañía mercantil, especularon con él, y con su mezquino tráfico, con
los monopolios públicos y privados, y con sus ardides mercantiles,
perjudicaron al pueblo que gobernaban, excitaron la desconfianza entre
los extranjeros y, en muchos casos, se arruinaron ellos mismos.

Tal ha sido últimamente el caso en Chile y lo mismo creo que ha
sucedido en el Perú y en las provincias del Plata. Pocos informes
tengo de los acontecimientos de Colombia y Méjico; pero, por lo que
he llegado á saber, sospecho que aquello no ha sido mejor. Pero ya es
tiempo que vuelva á la historia de Chile, que es la única de que puedo
hablar con alguna certidumbre.

El 22 de Junio de 1810 fué el día en que ocurrió el primer tumulto
popular, con motivo de una reunión en la plaza de Palacio á que el
capitán general Carrasco había citado á los habitantes de Santiago,
para promulgarles las órdenes impartidas por la espatriada corte de
España para que prestaran obediencia á la regencia francesa. Antes,
habíanse celebrado algunas reuniones privadas.

Los agentes de la Junta Central no habían pasado en la inacción;
pero no se había presentado ninguna ocasión pública para manifestar
el sentimiento popular. Ese día, sin embargo, fué dado á conocer muy
claramente, y aunque se toleró á Carrasco que continuase en su puesto,
todos los demás miembros de su gobierno, con excepción del secretario
Reyes, fueron depuestos, aprehendidos ó desterrados. Pocos días
después, el mismo Carrasco fué encarcelado y por aclamación del pueblo
fué elegido capitán general de Chile el brigadier general Toro, conde
de la Conquista.

Por ese tiempo, las tropas realistas que había en Chile consistían
únicamente en los 2000 hombres que protegían la frontera, aparte de
unos 50 dragones destacados en la capital, de los cuales había ya
ganados unos cuantos á la causa de la independencia por don Bernardo
O’Higgins, que desempeñaba entonces el cargo de coronel en Chillan, su
ciudad.

Este oficial era hijo de don Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno,
quien lo mandó en edad temprana á Europa, donde residió algunos años,
cinco de los cuales pasó en Inglaterra en la Academia de Mr. Hill, en
Richmond, Suney, donde no sólo aprendió á perfección el idioma, sino
que también se asimiló el espíritu libre é independiente de la nación.

Toro fué elegido capitán general de Chile con la condición de que no
reconociese la regencia francesa, sino que reservase la provincia
de Chile para el rey don Fernando, adhiriéndose entre tanto á los
principios y constitución de la Junta. Pero algunos patriotas más
exaltados reclamaron una independencia más completa; el conde, con su
timidez natural, trató en un principio de acallar esos susurros, hasta
que por fin mandó presos á Lima á sus principales promotores, entre los
cuales figuraba un poeta, el doctor Vera.

Durante este tiempo, los principales personajes del país habían
resuelto un completo cambio de gobierno, y el 18 de Septiembre del
mismo año se celebró una asamblea, que acordó la supresión del empleo
de capitán general y creó una Junta que, reconociendo los derechos de
Fernando VII, habría de resistir contra toda autoridad extranjera. El
ex-capitán general Toro fué nombrado presidente, y fueron sus colegas
Márquez de la Plata, el hombre más rico de Chile; don Francisco Reina,
don Juan Enrique Rosales, don Juan Martínez de Rozas y don Ignacio
Carrera, secretario de la Junta.

       *       *       *       *       *

El primer acto de la Junta fué levantar un ejército, si tal nombre
puede darse á dos pequeños cuerpos de bisoños reclutas. El primero, de
infantería, fué confiado al mando de don José Santiago Luco, agente de
la Junta de la vieja España, y á don Juan José Carrera, segundo hijo de
don Ignacio Carrera, y el mando del segundo, que era un cuerpo montado,
fué encomendado á Toro, hijo del presidente.

El otro objeto á que la Junta dedicó inmediatamente su atención, fué la
convocatoria de un Congreso Nacional, que se compondría de los miembros
de todos los cabildos de Chile, y mientras se arbitraban los medios
para llevar á efecto este plausible propósito, falleció el conde de la
Conquista, á mediados de Noviembre, y el activo Martínez de Rozas fué
elegido en su lugar.

Sólo el 11 de Abril del año siguiente (1811) se reunieron los
habitantes de las diversas ciudades para elegir sus representantes, y
en esta ocasión fué cuando se derramó la primera sangre por la causa
revolucionaria.

La causa de estos sucesos se produjo así: El partido realista de
Buenos Aires había pedido auxilio á Chile, por cuyo motivo se habían
desprendido 400 hombres del ejército de la frontera Sur, mandados
por don Tomás de Figueroa, trasladándose por mar de Talcahuano á
Valparaíso, desde donde debían dirigirse á Mendoza, atravesando la
cumbre de los Andes.

Habían llegado ya á Casablanca, cuando los 50 dragones de la capital
salieron á encontrar á Figueroa, alarmados por las reuniones
electorales, instándolo á apresurar su marcha, y á tomar bajo su mando
no sólo á ellos mismos, sino también á los reclutas que se estaba
instruyendo para el ejército patriota, á quienes se comprometían á
asegurar. Figueroa avanzó hacia Santiago y poniéndose á la cabeza de
los dragones, que cumplieron su promesa de asegurar á los reclutas
obligándoles espada en mano á agregárseles, entró á la plaza con el
imprudente propósito de dispersar al pueblo, reunido para elegir sus
representantes. Pero el pueblo, que no estaba dispuesto á dejarse
perturbar en sus propósitos, se volvió contra los realistas, los
derrotó completamente y los obligó á retirarse, quedando unas cuarenta
personas por cada bando muertas en la plaza. Figueroa se refugió en el
convento de Santo Domingo; descubierto al día siguiente, fué conducido
á la plaza, donde se le fusiló.[3]

Verificada la elección, el congreso se reunió en Junio. El primer acto
del cuerpo representativo, fué deponer la Junta, constituyéndose en
asamblea legislativa y cometiendo el Poder Ejecutivo á tres hombres:
Rozas, presidente de la primitiva Junta, don Martín de Encalada y
Mackenna.

Pero Rozas por este tiempo se hallaba ausente en Concepción, adonde
había sido llamado por una especie de discordia civil que casi
arruinó la causa patriota. Concepción, que antes había tenido ciertas
pretensiones á que se la considerara como capital de Chile, por
hallarse en realidad en el centro de sus provincias y estar situada
á inmediaciones de una bahía de las más ventajosas para el comercio,
había sido también la que más había impulsado desde un principio la
causa revolucionaria. Sus habitantes insistían, en consecuencia, que el
gobierno se radicara allí y que también funcionase allí el Congreso.

Los habitantes de Santiago, que habían disfrutado largo tiempo de las
ventajas consiguientes al establecimiento de la metrópoli en su ciudad,
no estaban por su parte dispuestos á ceder, alegando la seguridad de
su situación, igualmente alejada de los indios y del mar; mientras
que Concepción, por hallarse tan inmediata de los indios araucanos,
que podían fácilmente animarse á invadirla y desolar sus tierras,
era demasiado expuesta para que en ella pudiera reunirse el Cuerpo
legislativo. La prudencia de Rozas acalló el clamor de los habitantes
de Concepción, y mientras él permanecía en dicha ciudad, se le dió por
sustituto en el triunvirato ejecutivo á don Juan Miguel Benavente.

El primer acto de la asamblea legislativa fué abolir la esclavitud.
Todos los hijos de los esclavos nacían libres desde aquel momento;
todos los esclavos introducidos á Chile debían ser libres á los seis
meses de residencia en el país. Pero el congreso, como sucede á todas
las nuevas corporaciones políticas, trató de abarcar más de lo que
estaba á su alcance, en una época tan prematura.

No contento con tratar de establecer la independencia, adoptando á las
circunstancias las antiguas instituciones, sustituyéndolas por nuevas
donde fuese necesario, levantando tropas y sobre todo resguardando
la frontera, proyectó la creación de un colegio, de un museo, de una
imprenta, que no alcanzaron á llegar á ningún grado de perfección antes
de que se produjera una nueva revuelta, encabezada por un joven que
desempeñó durante varios años un papel importantísimo tanto en Chile
como en Bueno Aires.

Don José Miguel Carrera era el segundo hijo de don Ignacio Carrera,
de una rica familia criolla, que, siendo originariamente rica, se
enriqueció más todavía durante el período de la revolución, gracias á
las concesiones y fáciles compras que obtuvo don Ignacio de algunas
propiedades confiscadas á los españoles ó á algunas congregaciones
religiosas que habían sido suprimidas. Este joven, dotado de relevantes
prendas personales, de natural inteligencia y de muchas cualidades de
clase superior, era turbulento y sin educación.

En su edad temprana, como los héroes de las comedias de Molière,
había apelado á toda suerte de mezquinas y originales picardías para
procurarse el dinero que necesitaba para sus gastos privados, que no
siempre eran muy inocentes, hasta que por fin uno de estos expedientes
hizo tanta mella en la fortuna de un tío suyo que era comerciante
en Lima, que don Ignacio, para separarlo de los malos compañeros á
quienes miraba como los seductores de su hijo, lo mandó á España, donde
ingresó al ejército. Hay cierta historia de un indio asesinado en
defensa de su mujer ó de su hija que sus enemigos repiten en alta voz,
y que sus amigos no están lejos de considerarla verdadera y que guarda
consonancia con sus actos.

Pero en ese tiempo España, ocupada por ejércitos de todos los países
de Europa, llena de todos los crímenes y miserias consiguientes á las
luchas intestinas y extranjeras, era el país que menos servía para
corregir los hábitos y cualidades morales de un joven de la índole de
José Miguel Carrera.

Saturóse allí de un entusiasta espíritu y aprendió el manejo de la
guerrilla que tanto daño ocasionó á los franceses, contribuyendo á
arrojarlos de España, más que las victorias de Wellington, y regresó
á Chile sin otro provecho que el deseo de adherirse á la lucha por la
independencia y sin otra aspiración que la de imitar á Napoleón en
lo de aprovecharse de la labor de los demás para dominar el país y
levantar á su familia á un rango hasta entonces ahí desconocido.

Su familia tenía una gran influencia. Don Ignacio, aunque no era
miembro del actual gobierno, conservaba todavía gran influjo; Juan José
era segundo comandante del principal cuerpo de ejército; su hermana,
doña Javiera, dama de gran belleza é inteligencia, estaba emparentada
con las mejores familias de Chile por su primero y segundo matrimonio,
y el hermano menor, un joven singularmente hermoso, era universalmente
estimado por las dulzuras de sus maneras y su trato siempre amable. Con
estas ventajas, no encontró José Miguel dificultades para provocar la
dimisión de Luco del mando del ejército y obtener que se se le nombrara
en su lugar.

Sus desenvueltas y nobles maneras le conquistaron el afecto de los
soldados, cuya adhesión confirmó con su liberalidad, al mismo tiempo
que su entusiasmo y elocuencia le asignaban bastantes partidarios entre
la clase más elevada.

Pero el mando del ejército, sometido al congreso y compartido con el
coronel de artillería y otros oficiales que no eran de su familia ó
camarilla, no satisfacía su ambición. Así, pues, comenzó á sondear las
opiniones de los diversos partidos que siempre se producen en época de
revolución.

A los patriotas les manifestaba un celo acendrado por su causa mezclado
con temores por los lentos progresos del congreso; á los realistas
prometíales restablecer el antiguo orden de cosas, mientras que entre
los de su partido se trataba de establecer una Junta encabezada por
don Ignacio y de entregar á los tres hijos el mando de las tropas de
infantería, caballería y artillería de la nación.

A pesar del sigilo con que se agitaban estos planes, salieron á luz
algunas revelaciones y rumores acerca de ello; pero don José Miguel se
condujo con tanta franqueza, con tanta impavidez negó ó se rió de los
que se aventuraban á nombrarle, que toda sospecha pareció disiparse.

En la noche del 14 de Noviembre, cuando Mackenna, que era comandante
de artillería, pasó á ver á Juan José á su cuartel, encontró reunida
á la familia entera: los tres hermanos, doña Javiera y el padre; pero
como don Juan José parecía estar postrado por la enfermedad, no le
sorprendió ni la inusitada presencia de don Ignacio en la ciudad. José
Miguel acompañó á Mackenna hasta su casa, diciéndole entre risas:
“Lo que falta es que digan que mi padre ha venido á la ciudad para
ponerse al frente del movimiento.” A la mañana siguiente, al romper el
día, alarmaba la ciudad el llamamiento á las armas. Los principales
oficiales de artillería y granaderos fueron arrestados. Juan José
quedaba en la enfermería mientras Luis se ponía al frente de la
artillería y mandaba dos cañones en auxilio de su hermano.

José Miguel dispersó el senado y estableció una nueva Junta que lo
declaró su presidente, y todas las oficinas de gobierno fueron ocupadas
por los Carreras y sus relaciones. Semejante gobierno disgustó á las
provincias, que no estaban en inmediato contacto con la capital, porque
si bien el poder estaba en manos de un hombre de talento, era éste de
un carácter tan imprudente que nadie podía confiar en él; tan variable
de voluntad, que ni él mismo sabía muchas veces cuáles eran sus propias
intenciones, y tan amigo del placer, que la más ligera tentación lo
hacía olvidarse de los más graves negocios de Estado en medio de la
música y el baile[4].

Las Juntas de Valdivia y Concepción, en particular, formularon serias
quejas; renovóse la antigua pretensión de esta última ciudad á ser
considerada como la metrópoli y la guerra civil pareció inevitable. El
descontento del Sur subió á tal grado, que Carrera se puso al frente de
las tropas y avanzó hasta el Maule á fin de reducir á Concepción; pero
Rozas, que se encontraba todavía allí, al tener noticias de la marcha
del ejército se adelantó á encontrarlo.

       *       *       *       *       *

Una vez en el cuartel general de Carrera, que estaba á orillas del
río, con sus prudentes reflexiones indujo al joven general á retirarse
y á evitar por entonces la efusión de sangre. El 12 de Marzo de 1813
regresó á la capital y volvió á tomar las riendas del gobierno. Los
diez y seis meses de su poder no fueron de ningún provecho para el
país. Su prodigalidad con los soldados aumentó su número; pero era
este un gasto que un Estado tan nuevo no estaba en situación de
soportar, y de muchos útiles proyectos que formó no llegó á realizarse
cumplidamente ninguno, parte debido á su volubilidad y parte á la falta
de dinero[5].

Durante este tiempo el virrey del Perú, Abascal, observaba, no sin
interés, los asuntos de Chile, y viendo que la discordia prevalecía,
dió orden al general Pareja, de guarnición en Chiloé, que observara
cuidadosamente á ambos partidos para aprovechar la primera ocasión
favorable que se presentara para restablecer el gobierno realista. A
consecuencia de esta orden, Pareja desembarcó en Chile á mediados del
mismo mes en que Carrera había hecho su excursión al Maule. Parece que
los realistas de Concepción y Valdivia habían creído que Carrera obraba
en conformidad á las promesas de adhesión á su partido al apoderarse
por primera vez del gobierno y que se uniría con Pareja en cuanto se
presentara la oportunidad. En consecuencia, se declararon abiertamente
por la causa realista. No había unión en el bando opuesto, y luego todo
el Sur de Chile estuvo en manos del invasor.

Pero aun cuando con su imprudencia favorecieron muchas veces la causa
de los realistas, ó perjudicaron la de los patriotas, los Carreras no
eran traidores, por lo menos en este sentido, inmediatamente marcharon
hacia el Sur, y á principios de Abril los cuarteles generales del
ejército estaban en Talca.

Todos los oficiales que en sus disensiones habían encarcelado ó
desterrado fueron llamados de nuevo al servicio. Mackenna tuvo el
servicio de Intendencia; O’Higgins mandaba todas las tropas del Sur y
la milicia nacional--cuerpo utilísimo en este país formado de expertos
jinetes armados con lanzas de quince pies de largo.

Formaba la línea de defensa el caudaloso y rápido Maule, cuyos vados,
no siempre practicables para la caballería, lo son mucho menos para la
infantería.

Acompañaba á los Carreras un sujeto llamado Poinsett, que desempeñaba
el cargo de cónsul americano y que parece haber tomado parte muy activa
en todos los asuntos de la época, interviniendo hasta en los asuntos
militares; pero parece que su ignorancia, si no su cobardía, fué
singularmente perjudicial para esos infortunados jóvenes que, siguiendo
sus consejos, se retiraron más de una vez á cuartel seguro mientras
sus oficiales subalternos estaban ganándole ventaja al enemigo; y se
atribuye enteramente á él el desastroso resultado de la acción de
Yerbas Buenas, que al principio se había presentado favorable á los
patriotas.

José Miguel quedó con sus cuarteles en Talca, á cinco leguas del río,
mientras que don Luis acampaba con el grueso del ejército á orillas
del Maule. Afortunadamente para los chilenos, parece que Pareja era
hombre de tan poca capacidad como sus jefes para los asuntos militares.
Se empeñaron numerosas escaramuzas, en las cuales los patriotas iban
ganando generalmente terreno, hasta que al principio de Octubre la
acción del Roble, donde la fortuna favoreció O’Higgins, arrojo al
enemigo á Chillan y dejo á los chilenos dueños del terreno entre el
Maule y el Itata.

La irregular y anómala conducta de los Carreras había disgustado á
muchos chilenos. Su ausencia de la capital dióles tiempo para conspirar
en contra de ellos, y su deposición se llevó á cabo tranquila y
decorosamente. Se cree que la familia de los la Reina fué el centro
de la conspiración; pero éstos, prudentemente, no tomaron parte en el
gobierno nombrando Supremo Director del Estado á don Enrique Lastra[6],
hombre de indiscutible probidad y de muy buen sentido, aunque tardío
para proceder, que desempeñaba entonces el cargo de gobernador de
Valparaíso y comandante de marina, y se intimó á don José Miguel
Carrera la orden de entregar el mando del ejército á don Bernardo
O’Higgins.

Esta orden fué eludida por algún tiempo; pero por fin se llevó á
efecto cuando los hermanos don José Miguel y Luis cayeron prisioneros
de los realistas y se les confinó en Chillan. Por este tiempo los
patriotas habían recobrado la mayor parte del territorio del Bio-Bio y
particularmente la ciudad de Concepción. O’Higgins encontró el ejército
en un estado desastroso: las municiones agotadas, las deserciones
haciéndose día á días más numerosas[7]; así, no vaciló en entrar en
negociaciones con el nuevo general español Gainza, á quien el virrey
del Perú había enviado en reemplazo de Pareja, á la muerte de éste.

El capitán Hillier, de la _Phoebe_, buque de la armada de Su Majestad
Británica, se constituyó en fiador del cumplimiento de las condiciones
de la paz, cuyos artículos se firmaron en Lircai, cerca de Talca, el 3
de Mayo de 1814. Se estipulaba que Chile reconocería la soberanía de
Fernando VII, á la época de su restauración; y que, mientras tanto, se
gobernaría con un congreso propio y gozaría de comercio libre. Gainza
se comprometía á poner en libertad á los Carreras y á evacuar á Chile
con su ejército. Pero mientras los comisionados se encaminaban á Lima
para someter estos artículos á la consideración del virrey, un nuevo
cambio de las cosas volvía á poner á los Carreras á la cabeza del
gobierno.

Se dice que la escapada de los hermanos de Chillan se debe á una dama
realista que los libertó de la prisión, dándoles caballos y dinero para
que se fuesen á Santiago. Disfrazados de campesinos llegaron á Santiago
á principios de Agosto, y allí fueron de casa en casa, de cuartel en
cuartel donde tenían conocidos; una vez preparado su partido y ganados
la mayor parte de los soldados, depusieron á Lastra y José Miguel
volvió á ser el jefe del Estado[8].

El primer objetivo de los hermanos fué apoderarse del tesoro, que
contenía cerca de $800.000 y en seguida dieron curso á toda la
imprudencia de su carácter, haciendo un gobierno opresor é insufrible.

Mientras estas cosas ocurrían en Chile, habían llegado á Lima las bases
del convenio de Lircai, y cuando Abascal estaba á punto de firmarla,
llegó de España, con Marcó, el regimiento de Talaveras, que se
ofreció para ir á Chile y reconquistarlo. Con esto, el virrey cambió
de parecer, y despachó un fuerte cuerpo de ejército[9] á las órdenes
del general Osorio, que zarpó del Callao el 18 de Julio, desembarcó el
12 de Agosto en Talcahuano y marchó inmediatamente hacia Santiago. “La
incapacidad de un gobierno débil y atolondrado, dice Gibbons, asume
muchas veces la apariencia de una traidora complicidad con el enemigo y
produce los efectos consiguientes.”

Y esta coyuntura ofrece una prueba fatal de la exactitud de tal
observación, porque mientras el general O’Higgins, que se había
mostrado infatigable en la formación de nuevas tropas y en reducir
al orden las antiguas, obstruía y entorpecía la marcha de Osorio y
estaba á punto de presentarle batalla á inmediaciones de San Fernando,
recibió una diputación de todas las autoridades de Santiago y de las
provincias vecinas que iba á pedirle que se pusiera inmediatamente en
marcha á la capital, para combatir á un enemigo peor que los mismos
españoles, en la persona de los Carrera, cuyo yugo era ya intolerable.
En consecuencia, dejó el principal cuerpo de ejército, que consistía en
unos 2.000 hombres, para observar al enemigo, y se puso en marcha á la
ciudad con unos 900 hombres.

En el llano de Maipú, en un punto llamado lo Espejo, se encontró con
Carrera, que mandaba una fuerza superior y le infligió una seria
derrota. Después de esto, apeló á la vez al versátil Carrera y á los
que habían tratado á inducirlo á licenciar el ejército, haciéndoles
ver si no sería mejor unirse para destruir al enemigo común y arreglar
después sus disputas internas, manifestando también á sus propios
partidarios que sería fácil acabar con la tiranía de los Carrera, que
era nueva; pero que por ningún motivo debían permitir que los españoles
recobraran su antiguo dominio. Aprobada la proposición, José Miguel
Carrera volvió á la ciudad, O’Higgins marchó sobre Rancagua, donde
había llegado el enemigo, y Juan José, á la cabeza de un numeroso
cuerpo de ejército, quedó de seguirlo y juntarse con él.

Pero O’Higgins sufrió una decepción: nunca llegaron las tropas de
Carrera. Acorralado en Rancagua, sostuvo durante cuarenta y ocho horas
una lucha incesante, resistiendo calle por calle, casa por casa, á los
españoles, que no daban cuartel. Al caer la tarde del segundo día,
Osorio mandó una comisión donde O’Higgins á ofrecerle, á más de las
seguridades personales, el favor del rey si se rendía. Rechazó con
indignación la oferta, diciendo que ni el cielo le aceptaría al rey y
que, aunque él daba cuartel, no lo pedía. Una hora después la ciudad
ardía en diferentes puntos[10]. “Nos rodearon--dice el general[11]--con
la muerte y el incendio, todo se veía rojo y negro á nuestro alrededor.
En esta emergencia, tomé mi bandera, que el enemigo atravesó de un
balazo, y habiendo llegado el fuego a la casa donde sosteníamos la
lucha, y agotadas ya las municiones, nos abrimos paso, espada en mano,
en medio de los enemigos que rodeaban la casa y seguimos viaje á la
capital.”

       *       *       *       *       *

En cuanto se juntó con Carrera, O’Higgins le manifestó que, si se
uniesen todas las tropas tendrían bastante para derrotar á Osorio,
que había perdido mucha gente, y salvar la capital. Pero parece que
el pánico se había apoderado de todo el gobierno. Carrera dió orden
apresuradamente de destruir varios edificios públicos, principalmente
el polvorín; se quemaron todos los papeles públicos y actas del nuevo
gobierno, y tomando consigo los restos del tesoro público, emprendió
una desordenada fuga hacia Mendoza el 1.º de Octubre de 1814.

El 5 del mismo mes, entró Osorio á la ciudad, restableciendo la sala
de la real Audiencia, nombrándose capitán general é iniciando sus
funciones con el severo castigo de los patriotas más distinguidos, á
muchos de los cuales mandó desterrados á Juan Fernández.

Por este mismo tiempo, algunos de los que habían sido más hostiles á la
causa realista buscaron su salvación en la fuga y se agregaron á los
600 hombres que seguían á Carrera á través de los Andes. La estación
estaba muy atrasada, las nieves no se habían derretido todavía, y
muchas de las 2000 personas que dejaron la ciudad, especialmente las
mujeres y los niños, perecieron en la cumbre de hambre y de frío.

No era tiempo todavía para que pudiesen atravesarla los caballos y
bestias de carga; de manera que los desdichados fugitivos tuvieron
que hacer á pie el largo y penoso viaje, cargados con las provisiones
necesarias para la travesía.

Al llegar á Mendoza pretendieron reivindicar para sí al derecho
al gobierno de la ciudad, pretensión que guardaba una evidente
inconsistencia con su situación de prófugos, y que San Martín[12], que
entonces gobernaba la ciudad bajo la dependencia de la Junta de Buenos
Aires, no había de atender; pero que tuvo el efecto de dar comienzo á
aquella arraigada malquerencia contra ellos, que al cabo originó la
muerte de los tres hermanos.

Tales fueron los sucesos que caracterizaron la primera revolución de
Chile, en la cual se hizo mucho, porque se rompieron los moldes de
los viejos sistemas, y el pueblo aprendió en cierto modo á conocer su
poder; habíase dado cuenta también de que no podría sentirse á salvo de
invasiones de las tropas de Lima y aun de las de España, si no dirigía
su atención á la marina y formaba una fuerza naval.

Hasta entonces sólo había contado con dos ó tres miserables cañoneras y
lanchas, que habían servido únicamente para transmitir las noticias é
instrucciones por la costa y para mantener la correspondencia con los
patriotas del Perú.

El gobierno de Osorio duró dos años, durante los cuales los Carreras,
con su hermana doña Javiera y sus mujeres, habían vivido ocasionalmente
en Buenos Aires, Montevideo, etc. José Miguel habíase dirigido á Norte
América para tratar de conseguir recursos y adquirir algunos buques:
O’Higgins servía en el ejército patriota en Buenos Aires y Mackenna
había sido muerto en duelo por Luis Carrera.

Pero no bastaba ya la mera posesión del gobierno por un general
español para someter á Chile al yugo de España. Aparte de los deseos
de independencia y de libertarse de su doble esclavitud, porque á
eso equivalía estar sometidos á la vez al rey de España y al virrey
del Perú, había muchas personas que habían llegado á un grado de
importancia tal que nunca se lo habían sospechado y que no querrían
abandonar así no más, una vez logrado. “De tenderos, mercaderes
y leguleyos que eran, se han convertido en hombres de estado y
legisladores”, y como no hay hombre que no aspire á poseer cierta
influencia é importancia, por lo menos en su propio país, no había
esperanza razonable para llegar á vencer fácilmente un móvil semejante.

Así, pues, el reinado de Osorio, ó de Marcó, su delegado, no fué muy
tranquilo en Santiago; y como el aflictivo estado de España le impedía
socorrer á sus generales de las colonias, aquél se encontró de lo más
mal preparado para afrontar los sucesos de la primera época del año
1817, que importó para la corona de España la pérdida definitiva de
Chile. El estado del país era, por lo demás, miserable.

En toda época han sido terribles para la humanidad los efectos de la
guerra civil. Y ésta era, á la vez, una guerra civil y extranjera.
En uno y otro bando han combatido hijos del mismo país, con soldados
y generales extranjeros. Muchos de los soldados licenciados habían
formado bandas de ladrones y asesinos que infestaban los montes por
doquiera entre Santiago y Concepción, sin que estuviese exento tampoco
el camino á Valparaíso.

Los regimientos Chillan y Talaveras fueron fraccionados en
destacamentos que debían recorrer por turno el país, y si era posible,
prender y conducir á la ciudad á los ladrones, ocupación demasiado
fatigosa para ellos y que respondía muy mal á su destino. En cualquier
otro país, con otro clima, el hambre habría sido la consecuencia
natural de estas revueltas; pero, entretanto, Chile continuaba
produciendo sus grandes cosechas de trigo, como si fuera cosa
espontánea, y abasteciendo al Perú.

Buenos Aires, bajo sus diversos gobernadores y formas de gobierno,
había mirado siempre á Chile como vinculado á sus propios intereses.
Los que ideaban la fundación de un gran imperio, lo miraban como la
provincia que había de dominar el comercio de la costa del Pacífico
y asegurar probablemente las riquezas de las Filipinas y las islas
Molucas; mientras que los que contemplaban la formación de un estado
federal lo miraban bajo un aspecto no menos halagüeño, como uno de
sus miembros, y todos contaban como cosa corriente con su unión á las
provincias al oriente de los Andes. De aquí que, cuando llegaron á
Buenos Aires los fugitivos chilenos después de la batalla de Rancagua,
no sólo fueron favorablemente acogidos, sino que se hizo un gran
esfuerzo para restaurarlos á su país y para ayudarlos á sacudir una vez
más el yugo de España.

Había además un poderoso motivo para tal esfuerzo. Los pasos á través
de los Andes chilenos son fáciles y cortos, mientras que los del Perú
son distantes y difíciles; de modo que mientras las tropas realistas
dominaran á Chile, el virrey del Perú podría siempre socorrer á los
españoles de allende los Andes y comunicarse con ellos por medio del
puerto de Valparaíso. Por consiguiente, era de la mayor importancia
para Buenos Aires cortar esta comunicación.

Con este propósito, los últimos días del año 1816 se emplearon en
reclutar un ejército en Mendoza bajo las órdenes del general D. José de
San Martín. A más de los chilenos que habían huído después de la acción
de Rancagua y de muchos otros de ese lado de los Andes, había algunas
tropas de Buenos Aires, especialmente dos regimientos de negros que
fueron colocados bajo las inmediatas órdenes del general D. Bernardo de
O’Higgins.


El general Las Heras mandaba también un considerable cuerpo de
ejército; y el total del ejército de los Andes llegaba á unos 4.000
hombres más ó menos.

Mientras San Martín se consagraba á preparar en Mendoza la invasión de
Chile, dió ocasión varias veces á que algunos prisioneros de guerra
españoles que estaban por regresar junto á Osorio lo sorprendieran
examinando mapas y planos del camino para Chile, conocido por el
Planchón y que va por el Sur, y escribió además despachos falsos que
los españoles secuestraban, y en los cuales manifestaba que, á fin de
evitar las dificultades de la cumbre, intentaba hacer la travesía del
Planchón.

       *       *       *       *       *

Con tales datos, se acuarteló en ese punto á la mayor parte de
las tropas realistas para que estuviesen listas para recibirlo.
Efectivamente, una pequeña división, á las órdenes del general D.
Ramón Freire, emprendió la marcha por ese lado y otra pequeña división
siguió por el acostumbrado camino de la cumbre, mientras el grueso del
ejército se internaba por el paso de San Juan de los Patos guardando
un sigilo tan absoluto, que su totalidad logró atravesar la cordillera
y llegar á los llanos de Chacabuco antes de que el enemigo supiese
que habían partido de Mendoza. El 14 de Febrero de 1814, cuando todo
el mundo esperaba oir hablar de la invasión por el Sur, se recibió en
Santiago la inesperada noticia de que una partida de patriotas había
sorprendido á la guarnición de los Andes, á unas quince leguas de la
villa de Santa Rosa y que sólo habían librado unos 30 hombres para
traer las noticias.

La guarnición de los Patos dió aviso también de que el enemigo había
sido avistado en aquel paso. La capital fué presa al instante de la
mayor agitación: el gobernador Marcó, junto con el cabildo, daba
órdenes y contra órdenes, nombraba oficiales y los cambiaba, y todo
parecía que eran preparativos para la fuga. El día 5 se despachó
al coronel Quintanilla para que fuese á reforzar las tropas que se
hallaban estacionadas en Aconcagua, Santa Rosa y los caminos. El día
6 se encontró con que la mayor parte de las tropas, á las órdenes del
mayor Atero, se habían retirado á las alturas de Chacabuco, dejando
abandonadas sus municiones y bagajes; tan precipitada había sido su
fuga. El 7 hubo una escaramuza entre las avanzadas, cerca de Curimón,
en la que resultaron vencidos los realistas; pero, sólo el día 12 tuvo
lugar la gran acción de Chacabuco, acción de infinita importancia, no
sólo para Chile sino para toda la América del Sur. Bolívar acababa de
ser arrojado de Tierra Firme y había buscado refugio en Jamaica; los
de Buenos Aires habían sufrido recientemente una memorable derrota
en Tucumán, y si hubiesen obtenido la victoria las tropas de Marcó,
habría quedado franqueada la comunicación entre los ejércitos realistas
y se hubiesen originado las más desastrosas consecuencias.

En la madrugada del 12, el general O’Higgins logró ver el llano desde
la cumbre de un cerro, y distinguió al enemigo, cuyo número apreció muy
aproximadamente en 3.000 hombres[13]. San Martín no podía creer que
fuesen tan numerosos; pero, O’Higgins, seguro de lo que había visto,
persuadió á Soler á que lo acompañara á pedirle permiso para hacer en
seguida frente al enemigo en favorables condiciones, aun cuando no
era su división la señalada para el ataque: repetidos rechazos no lo
hicieron desistir de su propósito, hasta que el cabo logró más bien
arrancar el permiso que ganar el asentimiento de San Martín, y como á
las tres de la tarde emprendió el ataque.

Los patriotas se vieron en un principio tan acosados, que como eran
apenas el puñado que formaban la división particular de O’Higgins,
tuvieron que mandar en busca de refuerzos; pero no los esperaron, y
antes de que les llegaran se les habían hecho innecesarios. O’Higgins
se lanzó á la carga y rompió la primera línea, todos huyeron y los
patriotas quedaron dueños, no sólo del campo sino de los bagajes,
municipales, etc., desbandándose los realistas en todas direcciones
encabezados por sus jefes Maroto y Elorriaga.

Cuando se supo en Santiago la pérdida de la batalla, la confusión pasó
los límites de toda ponderación: todo el mundo trataba arrancar cargado
con cuanto podía acarrear, y entre los primeros arrancó el jefe. Unos
se marchaban por la Cuesta de Prado, otros por los desfiladeros de
Espejo y varios por el camino de Melipilla, todos afluían hacia el mar.
En la tarde del 13 la confusión se propagó á Valparaíso, donde apenas
si encontraron cabida en los buques atestados de gente los oficiales
de graduación cuando allí llegaron. Todos los magistrados se hallaban
embarcados, el puerto estaba abandonado; en varios puntos el populacho
saqueaba las casas y la playa estaba cubierta de gente que pugnaba en
vano por embarcarse en los buques.

Dos mil onzas de oro y plata que pertenecían al tesoro se perdieron
ó se las robaron; los presos se habían escapado y apuntaban los
cañones de las baterías sobre los realistas. Nueve buques llenos de
fugitivos zarparon para el Perú; pero como salieran escasos de agua,
entraron á Coquimbo, donde los patriotas les hicieron fuego contra los
botes; entonces continuaron para Huasco, y allí descubrieron que en
la precipitación de la partida habían dejado atrás á su jefe, Marco,
creyendo los de cada buque que iría en el de más atrás. Con motivo
de este descubrimiento, tomó el comando D. Manuel Olaguer Zelin y la
flotilla prosiguió en salvo hasta el Callao.

Los patriotas marcharon en seguida sobre Santiago, donde se les
juntaron todos sus amigos y los que creyeron conveniente pasar por
tales. Se ofreció al general San Martín que se hiciera cargo del puesto
de supremo director; pero él se excusó y recomendó la elección del
general O’Higgins, que era hijo del país y uno de sus más valerosos y
esclarecidos defensores.

San Martín continuó á la cabeza del ejército. Mientras tanto, los
realistas poseían todavía las provincias del Sur, y mantenían con
el Perú una constante comunicación, gracias á su superioridad en el
mar, superioridad que amenazaba hacer inútiles todos los esfuerzos
de los patriotas[14]. La atención del nuevo gobierno se dirigió, por
consiguiente, á la creación de una fuerza naval. Desde hacía tiempo
hallábase establecido en Chile un francés, el capitán Tortel, que antes
había sido corsario y contrabandista en grande escala, y comandado de
un navío de guerra.

Era natural de Tolón, y tenía los sentimientos y principios de los
mejores y más primitivos republicanos franceses. Suyas eran las dos
lanchas que, durante el primer gobierno patriota, habían prestado tan
buenos servicios transmitiendo las instrucciones por la costa, y ahora,
que lo habían nombrado capitán de puerto, empeñábase en formar una
pequeña escuadra afrontando increíbles dificultades. Se mandó á algunas
personas con poderes para comprar dos fragatas en Norte América, y los
agentes de los patriotas en Inglaterra recibieron orden de contratar
oficiales y comprar buques allí.

Pero el principal objetivo, incuestionablemente, era reconquistar la
parte Sur de Chile, y en consecuencia, en el mes de Mayo de 1817, ó
sea dos meses después de la acción de Chacabuco, O’Higgins asumió el
mando del ejército del Sur, poniendo el gobierno en manos de tres
comisionados. Habiéndose suscitado entre ellos algunas divergencias y
dificultades, se nombró diputado-director á D. Luis Cruz[15]. Al cabo
de poco tiempo gran parte de la provincia y la ciudad de Concepción
estaban reducidas; pero á principios de 1818 llegó á Talcahuano un
considerable refuerzo procedente de Lima, á las órdenes de Osorio,
quien inmediatamente marchó sobre Santiago con 5.000 hombres.

       *       *       *       *       *

El 19 de Marzo, en un lugar llamado Cancha Rayada, le salió al
encuentro San Martín al frente de las tropas patriotas, sobre las
cuales obtuvo la más completa victoria, dispersando á los chilenos é
hiriendo á O’Higgins, que inmediatamente regresó á la capital, donde
todo era alarma. Mujeres y niños volvieron á arrancar, atravesando la
cordillera para llegar á Mendoza, lo mismo que después de la batalla de
Rancagua[16].

Pero el director se dedicó con todo empeño á reparar el mal;
inmediatamente se despacharon vestidos, provisiones y dinero para el
ejército. Muchas familias donaron su vajilla para que fuera acuñada;
los comerciantes extranjeros contribuyeron con sus mercaderías, su
dinero y su crédito, de modo que el 5 de Abril el ejército chileno,
mandado por los generales San Martín y Balcarce y los coroneles Las
Heras, Freire y otros, volvió á interceptarle á Osorio su avance á
Santiago. A un día de camino de esta ciudad, en los llanos del Sur,
llamados de Espejo, se peleó la batalla de Maipú, y jamás se ha visto
una acción más decisiva.

Del ejército de Osorio, 2.000 hombres quedaron muertos en el campo
de batalla; 2.500 cayeron prisioneros, á más de 190 oficiales; la
artillería, la ambulancia y el parque, todo cayó en manos de los
chilenos; sólo escapó Osorio con 200 jinetes.

Esta victoria fué celebrada con justicia como la mayor y la más
completa que se había ganado durante el dilatado transcurso de la
guerra revolucionaria, y asimismo como la más importante por sus
consecuencias.

Este fué, en realidad, el último esfuerzo que hicieron los españoles
para reconquistar á Chile, si bien Talcahuano, Valdivia y Chiloé,
resistían todavía á los patriotas, y permitió á los chilenos llevar
la guerra fuera de su propio territorio, lo que era una ventaja más
importante todavía.

Pero mientras las hojas y proclamas públicas aclamaban al general San
Martín como el héroe de Chacabuco y de Maipú, los que tomaron parte en
esas batallas y que, por consiguiente, fueron testigos oculares de su
conducta, se permitían dudar de su valor personal. En Chacabuco apenas
se le vio en el campo de acción.

En Maipú el general Balcarce, los coroneles Las Heras y Freire y
otros fueron los que llamaron la atención de los soldados que sólo
vinieron á recordar á San Martín cuando apareció al mando de las
tropas victoriosas después de la acción. Sin embargo, se le decretaron
pirámides y cintas y medallas, y la gloria del general era demasiado
grande para consentir en fastidiosas averiguaciones.

Las fuerzas de ambos bandos no eran numerosas; como ya lo hemos dicho,
las de Osorio subían á poco más de 5.000 hombres, pero consistían
principalmente de tropas aguerridas y disciplinadas, mientras que
el ejército chileno estaba totalmente formado de bisoños reclutas
y de milicianos armados únicamente con lanzas de indios; su número
era de 4.500 infantes y 2.500 hombres de á caballo, con 20 piezas de
artillería.

Después de la relación de victoria semejante, da pena anotar el trágico
suceso que tuvo lugar en Mendoza casi en ese mismo tiempo. La tentativa
de los Carreras para apoderarse de esa ciudad, cuando su retirada de
Chile, en 1814, no la había olvidado ni la perdonaba San Martín, que
estaba entonces de gobernador; por otra parte, el inquieto y ambicioso
espíritu de José Miguel había comprometido muy estrechamente en sus
proyectos á sus dos hermanos para que éstos pudiesen cruzar en salvo el
camino de su común enemigo.

A pesar de todo, Juan José y Luis, después de varias aventuras
derivadas de la condición de los partidos dirigentes de Buenos Aires,
y guiados por el deseo de reunirse con sus familias, se pusieron en
viaje para Chile por diferentes caminos y en distintas épocas. Fueron
cogidos y reconocidos, sin embargo, cerca de Mendoza y estrictamente
encarcelados. Sabedores de que bien poca gracia podían esperar del
gobernador militar, intentaron escaparse más de una vez.

La joven y amable esposa de Juan José acompañaba á su marido y vendió
cuanta prenda de valor tenía para poderle procurar las cosas más
indispensables en su prisión: se tendrá una idea de sus sufrimientos
cuando se sepa que habiéndola mandado de regalo un amigo una fanega
de trigo, ella se fué inmediatamente á la plaza del mercado público á
venderla para obtener con qué comprar algunas cosas para su marido;
un zapatero á quien antes había ocupado, la vió en la plaza, é
impresionado por su infortunio la llevó á descansar á su casa, mientras
él colocaba el trigo de la manera más ventajosa que se podía, y con
el precio que se obtuvo subsistieron ella y su marido casi hasta
que acaeció la prematura muerte de éste. Entretanto, una comisión
había estado funcionando con el objeto de tomar conocimiento de los
_crímenes_ de los Carreras.

He leído atentamente el informe que dio á luz; el principal capítulo
consiste en su tentativa para escapar de la prisión; que en cuanto á
lo de haber sido miembros del gobierno de Chile y de haber tratado
de recobrar su anterior influencia, los tiempos de guerra civil
dejan abierto un campo tan vasto á todos los aventureros, que ningún
cabecilla afortunado deja traslucir sus recelos al castigar tan
severamente tales tentativas, cuando puede la cuchilla darse vuelta
y caer sobre su propio cuello. Después de haber funcionado algún
tiempo la comisión en Mendoza, llegó á esta ciudad el secretario
privado de San Martín, Monteagudo, según se dijo á causa únicamente
del desastre de Cancha Rayada. Pero, el 8 de Abril, no muchas horas
después de haber llegado á aquella plaza, su nombre apareció firmando
la sentencia de muerte pronunciada contra los infortunados jóvenes,
cuya sentencia se ejecutó ese mismo día, á las seis de la tarde. Los
sentaron en un banquillo en la plaza pública, y cuando los soldados les
hicieron fuego, se abrazaron estrechamente, y así murieron. Su muerte
excitó la compasión para ellos y el temor para con el partido que tan
pérfidamente abusaba del poder, temor que después se ha convertido en
un profundo horror para alguno de sus individuos. Hay que confesar que
tanta severidad fué _inútil_; y en los gobiernos la severidad inútil es
siempre criminal.

La autoridad se les confiere para que puedan aumentar y resguardar
la felicidad de la comunidad con la menor restricción posible de
la libertad ó de la felicidad de los individuos. Pero mientras se
desarrollaba la lucha por la independencia, los nuevos gobernadores
sintiéronse tan embriagados por el poder, que con el nombre de libertad
en los labios oprimían y asesinaban, y cuando satisfacían así sus bajas
pasiones personales llamaban á eso sus deberes públicos.

No eran los Carreras buenos ni útiles ciudadanos; pero los dos que
acababan de ser ajusticiados eran, por lo menos, inofensivos, y se les
podía haber dejado respirar con sus familias, en otro clima donde no
hubiesen podido tratar ni con los soldados ni con los gobernadores de
Chile.

Mientras tanto, los españoles habían bloqueado el puerto de Valparaíso
con la fragata _Esmeralda_, de 40 cañones, y el bergantín _Potrillo_;
pero como el gobierno había comprado una gran fragata, denominada la
_Lautaro_, armada y tripulada en guerra, y cuyo mando había confiado
á Mr. George O’Brien, teniente de la armada británica, éste resolvió
salir á atacar al enemigo el 27 de Abril de 1818. Así lo hizo, en
efecto, yéndose al abordaje de la nave enemiga; pero el capitán
O’Brien, que encabezaba á los que saltaron al abordaje y que había
tomado posesión del alcázar, fué herido por un hombre de la batería,
cuya vida acababa él de perdonar.

       *       *       *       *       *

Este triste suceso, que importó para Chile la pérdida de un oficial
inteligente y activo, junto con la confusión ocasionada por haber
comenzado á incendiarse la _Esmeralda_, obligaron á la _Lautaro_ á
retirarse sin sus presas, que escaparon; pero el puerto quedó libre del
bloqueo. Esta corta, pero brillante acción, levantó el espíritu de los
chilenos al más alto grado, por lo cual redoblaron sus esfuerzos para
conseguir dinero con que comprar y equipar una escuadra.

Impuestos, empréstitos voluntarios, suscripciones, á todo se recurrió,
y todos fueron cubiertos gustosamente para lograr el gran objetivo.
Alistáronse con el mismo fin varios corsarios, que sirvieron por
lo menos para transmitir noticias de los movimientos del enemigo.
Pero como se notara que el estímulo de los corsarios dificultaba la
tripulación de los buques de guerra regulares, se publicó una orden
para que licenciaran su marinería y volvieran al comercio en Agosto. De
este mes datan también las primeras disposiciones sobre el rango de los
oficiales y los primeros nombramientos navales, siendo almirante don
Manuel Blanco Encalada, oficial de artillería, que muchos años antes
había servido de guardia-marina en la armada española; y así, con pocas
excepciones, fueron calificados los demás oficiales, sin tomar gran
cosa en cuenta su preparación anterior para el servicio.

En el curso del mismo mes llegó á Valparaíso un gran buque llamado el
_Cumberland_, cargado de carbón y mandado por Mr. Wilkinson, que antes
había sido piloto de un buque de la Compañía de Indias; inmediatamente
fué comprado y se decidió á su capitán á continuar á su cargo. El 30 de
Agosto ya estaba transformado en buque de guerra, bautizado de nuevo
con el nombre de _San Martín_, é izaba la bandera chilena.

En este estado de las cosas, la fortuna mostróseles singularmente
propicia á los chilenos. El gobierno español había despachado nueve
transportes, convoyados por la _María Isabel_, fragata de 50 cañones,
en los cuales iban 2.000 hombres, á las órdenes de don Francisco
del Hoyo, destinadas á reforzar al virrey del Perú. La tripulación,
ó más bien dicho, los soldados que iban á bordo del _Trinidad_, uno
de los transportes, se amotinaron contra sus oficiales, apoderáronse
del buque, y lo condujeron á Buenos Aires, donde se juntaron á los
patriotas, y les dieron informes sobre las fuerzas de los restantes y
su destino al Sur de Chile.

Inmediatamente se despachó un correo por los Andes; el gobierno tomó
sus medidas en consonancia, y redoblados los esfuerzos para que
la escuadra se hiciera á la mar, el 9 de Octubre zarpaba en busca
del enemigo. La fuerza consistía del _San Martín_, con 64 cañones,
comandado por el capitán Wilkinson, y que llevaba la insignia del
almirante Blanco, el _Lautaro_, con 54 cañones, comandado por el
capitán Worcester, que fué dueño de un corsario americano durante la
última guerra, y que vino á Chile por especulaciones mercantiles; la
corbeta _Chacabuco_, de 20 cañones, al mando de don Francisco Díaz,
oficial de artillería; el bergantín _Araucano_, de 18 cañones, capitán
Morris; y el _Pueyrredon_, capitán Vázquez. El 28 del mismo mes la
escuadra avistó á la _María Isabel_ y los transportes en la bahía de
Talcahuano, bajo el abrigo del fuerte, que contenía cuatro piezas de
campaña, cuatro de á una libra y otros tres cañones del mismo calibre.
Pero con esto, poco ó nada podía hacer para molestar á los buques. La
_María Isabel_ y los transportes estaban en un estado lastimoso--una
tercera parte de la tripulación y de los soldados había muerto durante
el viaje, en parte, á causa de haberse embarcado á bordo demasiada
gente en proporción al tonelaje de los buques, y en parte, á causa de
la falta de ventilación y de aseo durante tan largo viaje; de modo que,
después de desembarcados sus enfermos, la tripulación de la fragata
española quedó reducida á unos doscientos hombres, á lo más.

Tal era la situación de los buques contrarios cuando los patriotas
llegaron á la bahía con cerca de 1.000 hombres. Los españoles hicieron
una defensa honrosa para ellos, y cuando la _María Isabel_ fué obligada
á arriar, corrió á ponerse bajo las baterías de las costa, que trataron
de protegerla, pero que eran demasiado débiles para el efecto, y al
siguiente día fué apresada. Este fué un verdadero triunfo para el
pueblo de Chile. No sólo habían reducido el poder del enemigo, sino
que habían ganado para su escuadra un buque, inferior á ninguno de
los de su clase, admirable velero, ampliamente provisto de toda clase
de pertrechos. Por esta misma época había doblado el Cabo de Hornos
el bergantín _Intrépido_, de Buenos Aires, que venía á auxiliar á la
escuadra de los chilenos; pero que no llegó hasta el 11 de Noviembre,
el mismo día en que era apresado uno de los transportes que iba en
viaje á Lima, y antes de que los buques llegaran á Valparaíso fué
capturado el _Helena_, otro de los transportes del mismo convoy.

De los nueve transportes que zarparon de Cádiz, uno, el _Trinidad_,
se quedó en Buenos Aires, siete fueron capturados por los chilenos y
del otro no se volvió á saber más. Nunca fué flota alguna más bien
venida á las costas de Chile como lo fuera á su regreso la escuadra
del Sur el 17 de Noviembre; con ella se resolvió apresurar los planes
tanto tiempo meditados para llevar la guerra fuera del país. Pero, si
bien el gobierno se sentía satisfecho por este primer triunfo y se
enorgullecía con el número de buques que había alistado en siete meses,
no dejaba de lamentar amargamente la escasez de oficiales competentes.
Sus esperanzas se dirigían ansiosamente á Inglaterra, de donde acababa
de llegar, por lo demás, el _Galvarino_[17], que había ingresado al
servicio.

Además de su comandante, el capitán Spry, había traído á bordo al
capitán Guise, de la armada inglesa, que abrigaba la esperanza de
obtener el comando de las fuerzas navales del país; y junto con él
había cierto número de allegados, que estaban tan interesados que así
fuera, que parecían considerar que le correspondía de derecho, y en
parte habían logrado persuadirlo á pensar la misma cosa.

El capitán Forster, de la armada británica, había llegado á Chile con
iguales esperanzas y las mismas fantásticas pretensiones; á esto se
juntaba que con el resultado de la última expedición, ni el capitán
Wilkinson ni el capitán Worcester se sintieran dispuestos á someterse
á ningún oficial de menor graduación en el servicio de Chile. Ocioso
sería inquirir adonde habrían ido á parar estas disputas si no hubiesen
sido acalladas, á lo menos por el momento, con la llegada de uno de
los más hábiles oficiales que hasta entonces hubiera producido la
Inglaterra.

       *       *       *       *       *

Por una de aquellas singulares coincidencias que no podían haber
anticipado ni las más favorables expectativas para Chile, los agentes
del gobierno, que tenían instrucciones de conseguir el concurso de
algún experto comandante (entre los cuales se había mencionado á
sir H. Popham), tuvieron la fortuna de encontrar á lord Cochrane en
libertad para dedicarse enteramente á la causa de la independencia de
Sur-América, causa á la cual podía honrosamente consagrar su tiempo y
sus talentos sin violar los principios de libertad y de justicia, de
que nunca se había separado.

El estado de la marina de Chile requería la presencia de un hombre
de tanta prudencia como valor, de tanta templanza como firmeza, y en
hombre alguno se hallaban como en él reunidas en tan alto grado estas
cualidades. Su inteligencia, naturalmente poderosa, había recibido
todas las sólidas ventajas y los atractivos de la educación, y su
trato, singularmente caballeresco y cortés, que velaba á la par
que adornaba la resolución de su carácter, parecían admirablemente
calculados para conciliar todas las opiniones[18].

Llegó con su familia el 29 de Noviembre á bordo de una pequeña
embarcación llamada la _Rosa_, y fué recibido con la mayor alegría por
el Director, que vino de Santiago á Valparaíso para darle la bienvenida.

El 9 de Diciembre se le dio á la _María Isabel_ el nombre de
_O’Higgins_, y quedó acordado que le sería ofrecida á lord Cochrane;
pero éste no izó su insignia á bordo de la nave hasta el día 22.

En el entretanto, habíanse desarrollado diversas tretas é intriguillas
entre los oficiales que había ya establecidos en Chile, que antes
que tener á la cabeza á un hombre tan superior á todos ellos, ó
atemorizados quizás de que no fuese á ponerlos en un disparadero,
trataron de concertar una especie de comando dividido, deseando, según
decían, de tener dos comodoros y no á Cochrane solo.

Este no era sólo el clamor de los oficiales ingleses, sino que estaban
ganados también algunos de los gobernantes inferiores, en quienes
no era difícil excitar la envidia contra un noble extranjero; pero
el almirante Blanco, que era el único oficial cuyo rango é interés
podía afectarse realmente con el arribo de lord Cochrane, lo apoyó
cordialmente, convencido de que era el hombre aparente para la
situación.

Tal era el estado de los asuntos navales en Chile á fines del año
1818, el año más lleno de episodios en la historia del país desde el
descubrimiento. Pero á fin de dar á conocer el estado del gobierno
civil, será necesario volver unos cuantos meses atrás.

Al ser nombrado por primera vez el Director, todos los poderes, tanto
el Legislativo como el Ejecutivo, se concentraron necesariamente en él.
Jamás monarca alguno es, por el momento, tan absoluto como un caudillo
militar recientemente victorioso, especialmente en la causa de la
independencia, porque dispone á la vez del poder de la opinión y del
poder de su espada.

_Le premier qui fut Roi, fut un Soldat heureux._

Pero se hizo necesario pensar en dar al país una especie de
Constitución. En consecuencia, el Director nombró una comisión
encargada de formular un proyecto de gobierno provisional que serviría
hasta que las circunstancias permitieran convocar un Congreso
representativo. En cuanto quedó formulado, en cada parroquia se abrió
un libro donde todo jefe de familia ó todo hombre que tuviese medios
para vivir con su trabajo y que no se hallase acusado por ningún
delito ante las Cortes de Justicia, tenía derecho para estampar su
asentimiento ó disentimiento, en presencia del cura, del juez y
del escribano; la mayoría de los votos decidió la aprobación de la
Constitución provisora, que fué jurada solemnemente el 23 de Octubre.

En conformidad á uno de sus artículos, el mismo día el director nombró
un senado, que debía asesorarlo y asistirlo, cuyas funciones eran hacer
y modificar las leyes y cuidar los negocios del Estado; pero quedaba
todo el poder ejecutivo en manos del Director y no tenía admisión en el
senado ningún secretario ni ministro. Sus miembros eran cinco, á saber:

Don José Ignacio Cienfuegos, gobernador de la provincia de Santiago;

Don Francisco de Borja Fontecilla, gobernador de la ciudad;

Don Francisco Antonio Pérez, decano del tribunal de apelaciones;

Don Juan Agustín, alcalde, y

Don José María Rozas.

Cada uno de ellos tenía un suplente para los casos de enfermedad ó
ausencia.

Los primeros trabajos del senado, se dirigieron naturalmente al
mejoramiento de las finanzas, que, á pesar de la carencia total de
los conocimientos y principios de la economía política, adelantaron
considerablemente. Entonces se dirigió su atención al establecimiento
de escuelas, á la reparación de las obras públicas y á la construcción
de otras nuevas, principalmente el canal de Maipó, que conduce las
aguas de este río á un alto nivel con el objeto de irrigar una inmensa
llanura, antes estéril, y que sólo servía de campamento á los ladrones,
y para dar agua á toda clase de mejoras[19].

Estas obras tenían la ventaja de dar ocupación á los numerosos
prisioneros de guerra, cuya subsistencia habría sido de otro modo una
pesada carga para el Estado, y cuyo tratamiento era tal, cuando así no
se les ocupaba, que la humanidad habría preferido correr un velo sobre
él. Pero como los españoles habían dado terribles ejemplos, no es de
maravillarse que las naciones que ellos habían oprimido les aplicaran á
veces la pena del talión.

El general San Martín, entretanto, había visitado á Buenos Aires, pero
residía la mayor parte del tiempo en Mendoza; se dedicaba á aumentar el
ejército con el propósito de invadir el Perú por medio de la escuadra
chilena en cuanto estuviesen listas las tropas y el dinero, y era
tenido, no sin razón, por el verdadero director de todos los negocios
de Chile.

Es singular el ascendiente que este hombre había adquirido; su valor
es más que dudoso y sus talentos no sobresalen de la mediocridad. Pero
tiene una hermosa figura, un aire imponente, un trato versátil, que se
acomoda á todos los gustos, así á los de un refinado cortesano como
á los de un payaso vulgar, y un gran poder de fingimiento. Es uno de
aquellos de quienes Bacon dice: “Hay quienes saben empandillar los
naipes y no pueden jugar bien; así también hay quienes sobresalen en
las intrigas y divisiones, pero que fuera de ahí no valen nada.” Su
secretario, Monteagudo, tiene de común con él muchas cualidades; pero
los defectos del jefe los tiene más exagerados, y, sin duda alguna, es
superior al mismo San Martín en su insensible crueldad.

Pero su perspicacia es asombrosa: es “perfecto en conocer el carácter
de los hombres”, á quienes maneja por su lado flaco; su elocuencia
sirvió bastante á la buena causa, por más que en varias ocasiones sus
proclamas y documentos de Estado estén saturados de ese giro bombástico
que en general se reprocha á los españoles, y que, en realidad, es muy
notable en la ribera occidental del Atlántico.

La llaneza, el sencillo buen sentido, la honradez y rectos sentimientos
de O’Higgins, no siempre podían parearse con los talentos más variados
de San Martín; además, era O’Higgins muy propenso á descansar en la
honradez de los demás, que él juzgaba por la rectitud de sus propias
intenciones.

Es de extrañar que, con aquella natural honradez y rectitud que lo
guiaban, haya podido ser inducido á admirar ó practicar los actos de
una política torcida; pero le hacían consentir en que aquello era un
mal necesario en el gobierno civil, y de aquí que siempre prefiriese el
campo de batalla al palacio, porque allí, por lo menos, la decepción
podía no ser indispensable. Su secretario, Zenteno, que después fué
ministro de Marina y gobernador de Valparaíso, comenzaba por entonces
á adquirir cierta importancia. Era escribano en Concepción cuando
se enroló en el ejército patriota, á principios de la revolución, y
habiendo salido entre los fugitivos de 1814, se había visto reducido á
servir de mozo en una pulpería de Mendoza para poder vivir; pero en
1817 volvió á acompañar al ejército de los Andes y reapareció en su
propia posición.

Zenteno ha leído un poco más que lo que es de uso entre sus
conciudadanos, y piensa ese poco más; como San Martín, dignifica con
el nombre de filosofía el escepticismo en religión, el relajamiento en
moral y la frialdad, si no crueldad, de corazón; y si bien no dejaría
de mostrar cierta ostensible sensibilidad por la suerte de un gusano,
sería capaz de juzgar la muerte ó la tortura de un adversario político
como un motivo de congratulación.

Su trato es frío; pero como siempre se manifiesta grave y sentencioso
y tiene mucho de la argucia y sagacidad atribuídas comúnmente á su
primera profesión, pasa por hombre muy capaz.

Tales eran los personajes principales con quienes tuvo que entenderse
lord Cochrane á su llegada á Chile. O’Higgins era sincero, y de San
Martín puede decirse que, como lord Angelo, una conveniente sinceridad
regía sus actos hasta que divisaba... la posibilidad de ejercer el
poder absoluto en el rico país del Perú. Pero los sucesos hablarán por
sí solos. Por ahora, de lo que se trata, es de la historia de Chile
durante la primera parte del año 1819.

La escuadra de Chile consistía entónces de la _O’Higgins_, buque
insignia de lord Cochrane, comandado por el capitán Forster; el
_Lautaro_, capitán Guise; la _San Martin_, capitán Wilkinson, y la
_Chacabuco_, capitán Carter[20]. Estos buques zarparon de Valparaíso el
15 de Enero á las órdenes de lord Cochrane.

El pueblo de Chile contemplaba ansiosamente la expedición. Era la
primera vez que se atrevía á atacar al enemigo en su propio baluarte.
Siempre había parecido inexpugnable el Callao, y los buques de España
estaban acostumbrados á considerarlo como un santuario inviolable.

Ahora los chilenos veían á sus buques que salían á atacarlo, y un
sentimiento de temor de su propia osadía se mezclaba á sus esperanzas.
Pocos meses antes, cuando había estado bloqueado el puerto, todos sus
deseos se limitaban á verse libres de los buques enemigos; pero las
situaciones habían cambiado, su puerto era ahora el inviolable, y sus
buques los que iban á atacar la ciudadela del enemigo.

No es de extrañarse, pues, que se prestara oídos ávidamente á todo
rumor y que toda vela extranjera que trajera buenas nuevas de la
escuadra fuese recibida con ansia; al cabo llegaron, sin embargo,
despachos verdaderos, que se publicaron en una serie de gacetas
extraordinarias como los más importantes documentos que hubiesen
jamás llegado á Chile. La flota había sido tripulada principalmente
con nacionales, muchos de los cuales eran huasos de las montañas; á
bordo de toda la escuadra había unos trescientos marinos extranjeros,
inclusos los oficiales, de modo que era natural que hubiese ansiedad
por más de un motivo respecto á la expedición. Pero la primera
tentativa era suficiente para probar que la marina de Chile tendría
dentro de poco tiempo el dominio del Pacífico.

       *       *       *       *       *

La escuadra se había encontrado en su camino con varios buques, y en
vista de las informaciones obtenidas, el almirante había determinado
quedarse voltejeando no lejos del Callao hasta el 21 de Febrero, para
interceptar el paso al _San Antonio_ que iba destinado á Cádiz con un
tesoro considerable á bordo, y en seguida, el 23, que era el último día
de Carnaval, entrar en la bahía con el _Lautaro_ y atacar los buques y
las fortalezas durante la confusión que, como de costumbre, ocasiona
esa fiesta[21]. El _San Martín_ debía permanecer oculto detrás de la
isla de San Lorenzo, para proceder en conformidad á las circunstancias.

Pero el 21 cayó una neblina tan espesa que los buques se perdieron
de vista: así continuaron cuatro días, de modo que el plan del 23
quedó frustrado. El 26 aclaró un poco, y el _San Martín_ capturó á
la _Victoria_, cargado de provisiones de Chiloé para Lima; pero las
nieblas, que son tan comunes en la costa del Perú, hicieron imposible
á la escuadra toda acción hasta el día 29, en que se dejó oir un vivo
cañoneo. El almirante se imaginó que sería uno de sus buques que
afrontaba al enemigo, y en consecuencia puso proa hacia la bahía del
Callao.

El _San Martín_, el _Lautaro_ y la _Chacabuco_, que creyeron cada
cual por su lado que el almirante había entrado en acción, hicieron
el mismo rumbo, y en un momento en que la neblina se disipó un poco,
pudieron reconocerse. Ese instante de luz descubrió entre ellos una
vela extraña; el _O’Higgins_ la siguió y le dio caza; era una cañonera
que tenía á bordo un teniente y 20 hombres, un cañón de 24 libras y dos
morteros.

El almirante supo por la cañonera que el cañoneo que se había oído en
la mañana era en honor del virrey, que andaba revistando los buques y
las fortalezas. Seguro lord Cochrane de que alguno de sus buques había
sido visto, resolvió entrar al Callao, á la vez que para probar á sus
compañeros, para tratar de capturar algún buque de guerra, ó por lo
menos, una de las cañoneras: el _Lautaro_ le seguía de cerca.

Encontráronse con los buques del enemigo dispuestos en una media luna
de dos líneas; la línea de retaguardia ordenada de manera que cubría
los intervalos que dejaban los buques de la línea del frente; los
buques mercantes estaban estacionados en la línea de retaguardia, y
á la derecha estaban anclados los neutrales. El _O’Higgins_ llevaba
bandera neutral[22]; pero sin resultado, porque á las cuatro de la
tarde la _Esmeralda_ comenzó á hacer fuego sobre los dos buques, fuego
que inmediatamente fué seguido por el de toda la línea de buques
españoles y el de los fuertes. Por desgracia, el capitán Guise cayó
gravemente herido y su buque se retiró de la acción.

Ni el _San Martin_ ni la _Chacabuco_ vinieron á reforzar al
_O’Higgins_, sin que jamás se haya sabido si porque les pareciera
dudoso el resultado, ó por mala inteligencia de las órdenes; y, en
consecuencia, el almirante se vió obligado, á su pesar, á retirarse,
después de haber afrontado por dos horas el fuego de 300 cañones de
los buques y los fuertes[23]. El puerto del Callao fué declarado en
bloqueo, y la escuadra, cuando no andaba voltejeando, se retiraba á la
isla de San Lorenzo, fuera del alcance de los fuertes del Callao, á una
distancia de dos y media millas próximamente.

El 2 de Marzo, los botes de la escuadra, á las órdenes del capitán
Forster, atacaron la estación de señales de la isla de San Lorenzo,
la destruyeron, libertaron á 29 chilenos, parte de la tripulación del
_Maipú_, que estaban con cadenas ocupados en los trabajos públicos é
hicieron prisioneros á unos cuantos peruanos.

En cuanto se presentó la escuadra patriota en la bahía del Callao,
discutióse en el consejo del virrey si se podía legalmente emplear
contra ella la bala roja, y la opinión del arzobispo se pronunció
en ese sentido; pero, por más que algunas cayeron cerca de la
_O’Higgins_, mientras cruzaba la bahía para detener, á pesar de los
fuegos de los fuertes y de los buques, una embarcación que llegaba en
esos momentos, parece que ninguna le hizo daño.

Entre el 4 y el 17 de Marzo se cambió entre lord Cochrane y el
virrey del Perú una correspondencia de naturaleza tan singular y
característica, que al fin de este volumen la daré á conocer por
algunos extractos.

El objeto de ella era el canje de prisioneros, hombre por hombre,
grado por grado. Las cartas de lord Cochrane están llenas de humanidad
é hidalguía; todas tienden á introducir en la lucha un sistema más
humano que el que había mancillado hasta entonces las contiendas de la
América del Sur, y contienen, respecto de su patria, de sí mismo y de
los hombres de su rango en su país, la más digna justificación de su
conducta en la guerra de la independencia.

En la noche del 22 de Marzo se trató de poner en ejecución un proyecto
ideado para la noche del 19, pero que entonces fué abandonado por
haberse apercibido de él el enemigo; se ordenó que los botes se
internaran en la bahía con un brulote, y que los buques los siguieran,
apoyaran y protegieran; pero, por una inexplicable fatalidad, no estuvo
allí más que el _O’Higgins_, y el plan quedó frustrado.

Por este tiempo comenzaron á escasearle á la escuadra el agua y otras
provisiones, y, en consecuencia, el 25 zarpó con dirección á Huara
para procurárselas allí. En dicho punto, después de dos días de
amigables relaciones con los naturales, los oficiales se encontraron
con que de repente se les negaba el agua y que le estaba prohibido
á los pobladores el llevarles provisiones; entonces se desembarcó
una patrulla de los buques, que se puso en marcha hacia las pequeñas
ciudades de Huara y Huacho, de las que tomaron posesión el día 30
sin ninguna dificultad, asegurando así una buena aguada y centro de
abastecimientos. Mientras estaba la escuadra en Huara llegó allí el
almirante Blanco en el _Galvarino_.

Este oficial izó su insignia en el _San Martín_ como segundo, y poco
después se hizo á la vela para reunirse con la escuadra y mantener el
bloqueo del Callao.

Por informaciones recibidas de la costa, supo lord Cochrane que unos
buques neutrales estaban embarcando cargamentos españoles en varios
de los puertos menores, por lo cual se puso á recorrer la costa
con algunas naves, desembarcando varias patrullas en las pequeñas
poblaciones, cuyos habitantes no se resistían á entregarse.

En Patabilco se hizo una presa considerable de dinero (como 67.000
pesos) y provisiones, azúcares y alcoholes. En Guambacho se sacaron
60.000 pesos de un bergantín, que los llevaba á bordo de contrabando.
En Supe, su señoría hizo desembarcar á los marineros, que interceptaron
unos 120.000 pesos que iba custodiando una escolta de infantería
española. Un tal Mr. Smith, americano, reclamó el dinero como propiedad
particular suya; pero como venía bajo la custodia de una escolta del
gobierno, fué mandado á bordo del _O’Higgins_. Más tarde se supo que
este dinero iba á ser embarcado en Guarmey en la goleta americana
_Macedonia_, á nombre de Abadie y Blanco, agentes de la Compañía de
Filipinas.

El americano Smith se encolerizó tanto con la captura del dinero, que
en la cámara del _O’Higgins_ sacó su pistola y se la puso en la frente
á lord Cochrane, quien la apartó con la mano diciendo: “Guárdese su
pistola mister Smith, y haga de ella un uso más prudente”, y prosiguió
fríamente en su trabajo, sin prestar la menor atención al encolerizado
comerciante[24].

A mediados de Abril, parte de la escuadra se presentó en Paita, cuya
rendición intimó el almirante; pero el gobernador español, á pesar de
hallarse convencido de su falta de medios para resistir, desafió á los
patriotas. Lord Cochrane, en su deseo de evitar un derramamiento de
sangre, despachó un segundo parlamentario, sobre el cual los españoles
hicieron fuego.

Entonces su señoría hizo desembarcar unos cuantos soldados y marineros
de su nave, los cuales se apoderaron casi al instante de la ciudad,
apresando al mismo tiempo la goleta _Sacramento_, tres cañones de
bronce de á 18, dos piezas de campaña y una cantidad de municiones,
azúcar, algodón, cacao, resina, etc.

Habiéndose robado unos marineros algunos ornamentos de la iglesia, el
almirante los obligó á devolverlos y castigó á los delincuentes, aparte
de mandar al vicario un mil pesos para reparar el agravio hecho al
sagrado recinto[25]. Por esos días se escapó una rica presa, la flota
de Guayaquil, advertida á tiempo por un buque americano.

Mientras lord Cochrane estaba empeñado en esta expedición al Norte, el
almirante Blanco sostenía el bloqueo del Callao con el _San Martín_,
el _Lautaro_, la _Chacabuco_ y el _Pueyrredon_, que se prolongó hasta
comienzos de Mayo, en que la escuadra regresó á Chile entre las
congratulaciones de todas las clases del pueblo[26]. Y en verdad había
motivo para tales transportes de júbilo. Durante el primer mes la
escuadra de Chile se componía únicamente de los siguientes buques:

Fragata          _O’Higgins_      48 cañones
   ”             _Lautaro_        38    ”
Navío            _San Martin_     60 cañones.
Corbeta          _Chacabuco_      24    ”


Esta reducida fuerza había bloqueado enteramente el puerto del Callao,
cuyas baterías son formidables, y donde estaban estacionados los
siguientes:

Frag. de guerra  _Venganza_       42 cañones.
  ”        ”     _Esmeralda_      44    ”
Goleta           _Sebastiana_     28    ”
  ”              _Resolución_     36    ”
  ”              _Cleopatra_      28    ”
  ”              _La Tocha_       20    ”
Bergantín        _Maipú_          18    ”
Berg. de guerra  _Pezuela_        22    ”
  ”        ”     _Potrillo_       18    ”
Nombre desconocido                18    ”

Goleta con un cañón de 24 y 20 culebrinas.

_Guarney_        18 cañones.
_San Fernando_   26    ”
_San Antonio_    18    ”

aparte de 28 cañoneras. Se había hecho presa de doscientos mil pesos
pertenecientes á la Compañía de Filipinas, fuera de otras presas
menores, y se había libertado del yugo español á varias ciudades de la
costa.

Así, pues, el virrey se veía en la más humillante situación, privado de
las provisiones que eran absolutamente indispensables para el país, y
encerrado en su capital por una fuerza que no llegaba á la cuarta parte
de las suyas, pero que, con una actividad nunca vista en esos mares,
iba de puerto en puerto, vencía todos los obstáculos, apresaba sus
convoyes en mar y en tierra y atacaba sus fortalezas y navíos hasta en
su más poderosa ciudadela.

Entre otros homenajes rendidos á lord Cochrane al volver la escuadra
á Chile, se pronunció un elogio de su señoría en el Instituto Nacional
de Santiago, del cual sólo he podido procurarme el siguiente extracto:
“Llega al Callao: el puerto está defendido por las fortificaciones más
poderosas del Pacífico y coronado de baterías. Diez buques de guerra y
un gran número de cañoneras forman una formidable barrera.

“El bizarro almirante se apodera de la Isla de San Lorenzo, ancla allí
su escuadra, intenta hacer una entrada al puerto y se adelanta con el
_O’Higgins_ y el _Lautaro_; 300 piezas de artillería vomitan la muerte
alrededor de él. De tres lados parten los proyectiles á destruirle sus
buques; pero, en medio de esos torrentes de fuego, él sigue avanzando,
inalterable, con toda resolución; infunde el terror en el enemigo,
siembra por doquiera el horror y la muerte, le cañonea sus buques, y
el pánico del enemigo llega á tal grado que emplea medios vedados,
disparando proyectiles incendiarios de todos los castillos.

Después de haberlos acosado rudamente, vuelve, serenamente, victorioso
á reunirse con el resto de su escuadra, etc.”

Mientras tanto había llegado á Chile una de las fragatas contratadas
en Nueva York, después de recalar en Buenos Aires. Parece que,
conforme á las estipulaciones de un tratado con España, la América
del Norte se obligaba á no suministrar á los patriotas de Sud-América
ningún buque armado; así es que, al encargar al gobierno de Buenos
Aires dos fragatas para Chile, alistáronse dos buques, el _Horacio_
y el _Curiacio_, con toda clase de pertrechos, exceptuando armas y
municiones, las que, sin embargo, seguían á las fragatas en el buque
_Sanchem_, y llegaron pocos días después que ellas á Buenos Aires.

La escasez de recursos en esa ciudad impidió que fuera pagado
totalmente el precio de venta de las dos naves, por cuyo motivo sólo
el _Horacio_ izó el pabellón chileno después de recibir sus cañones y
de completar su marinería, y el _Curiacio_ zarpó para Río de Janeiro,
donde fué comprado por el gobierno, quedando Chile defraudado del
dinero que había anticipado á cuenta.

Al regreso de la división Blanco de la escuadra, el Supremo Director se
fué á Valparaíso para recibirla y también para inspeccionar la fragata
últimamente adquirida, cuyo mando se le había ofrecido en particular al
capitán Guise.

Sin embargo, cuando llegó el _O’Higgins_ se nombró en su lugar al
capitán Foster, como oficial más antiguo, cambiándole el nombre de
_Curiacio_ por el de _Independencia_ ó _Nuestra Señora del Carmen_. Se
hicieron en la escuadra otros cambios de importancia y se puso todo
empeño para recorrerla y abastecerla, á fin de renovar el bloqueo del
Callao.

Mientras la armada acosaba así las costas enemigas, el ejército del
Sur, á las órdenes del general Balcarce, seguía ganando terreno
gradualmente. La guerra, sin embargo, se desarrollaba allí de la manera
más desoladora.

El realista Benavides, en particular, había hecho odioso su nombre
por sus muchas atrocidades, y especialmente por el asesinato á sangre
fría de un oficial que le mandara el general Freire con bandera de
parlamento, y de todo el pelotón que lo acompañaba, fuera de otros
prisioneros; todos fueron ultimados á sablazos para ahorrar el gasto de
pólvora. El general Sánchez no le iba en zaga en crueldad. Este último
había evacuado á Talcahuano. Freire se había tomado á Chillan y el
éxito favorecía en todas partes á los patriotas. (Véase la _Gaceta_,
Marzo 13 de 1819.)

Se les dirigió á los indios las proclamas más conciliatorias,
invitándoles como hermanos á unirse á la causa de la independencia, y
se abrigaban esperanzas de que se aliarían á los patriotas contra los
españoles. El gobierno interior parecía también haber consolidado su
estabilidad.

Los adictos de los Carreras guardaban silencio, por entonces, á lo
menos. Ninguna nación extranjera intervenía entre la madre patria
y sus colonias, y todos, por el contrario, parecían mirar con
complacencia un cambio que prometía el libre comercio del Pacífico.

Es singular que la experiencia de siglos no haya podido enseñar á
ninguna nación que es imposible retener el oro y la plata dentro de un
estado determinado más allá de cierta cantidad, ni que cuando se les
confina de ese modo no hacen más rico al país; porque cuando el oro y
la plata son más que lo que se necesita para la adquisición de otros
artículos, pierde totalmente su valor.

Esto se aplica especialmente á los países donde los metales preciosos
constituyen la producción principal. Y así, los gobiernos reformistas
de la América del Sur imponen todavía al oro y la plata un derecho de
exportación tan subido, que equivaldría á una prohibición si todas
las naciones no se concertaran para hacer su contrabando. En países
como éste, donde no hay manufacturas y donde no hay otros productos
naturales que los metales preciosos, es más aparente todavía el
cambio de éstos por artículos de cualquier otra clase. Pero, como
prevalece todavía la manera de pensar de los españoles, resulta que el
contrabando, que en cualquier otro país sería motivo de escándalo, se
practica aquí abiertamente, hasta por los buques de guerra ingleses,
porque el comerciante no puede obtener por otro medio un retorno para
sus mercaderías. ¿No sería este un artículo digno de ser considerado
en alguno de los tratados que se lleguen á celebrar para reconocer la
independencia de la América del Sur?

Los comerciantes ingleses habían prestado servicios materiales á la
causa de la independencia con las grandes importaciones de armas
y pertrechos, tanto navales como militares, que, á pesar de toda
prohibición, continuaba proporcionándoles.

Es verdad que á veces surtían también á los realistas; pero, en
general, los cargamentos de esta especie los destinaban para los
patriotas, con quienes cultivaban relaciones más cordiales que las
que habían tenido con los españoles. En Chile era consentido el
culto protestante en casas privadas, y se les había permitido á los
protestantes que compraran un terreno para cementerio, tanto en la
capital como en el puerto; algo también se había intentado para
facilitar los matrimonios entre protestantes y católicos, pero, por
entonces, era todavía demasiado prematuro pensar en una tolerancia
pública y perfecta. Tampoco eran incomodados los oficiales que entraban
al servicio respecto á sus creencias religiosas ni se les inducía á que
las cambiaran.

La estación lluviosa, con fuertes temporales de viento Norte, se había
afirmado; no obstante, seguíase atendiendo con todo celo al equipo de
los buques, de manera que el 11 de Septiembre la escuadra estaba lista
para hacerse á la mar; se había solicitado un empréstito de 2.000 pesos
de los comerciantes de Valparaíso, que lo rehusaron por considerarlo
como una contribución forzada; pero, en cambio, suscribieron en un
instante la suma de 4.393 pesos como donativo espontáneo para impulsar
la expedición, que debía ahora adoptar medidas más activas que en la
primera ocasión.

La cuarta parte de esa suma fué erogada por comerciantes ingleses.
Lord Cochrane ofreció en préstamo, por tiempo ilimitado, las presas de
dinero que había hecho durante la expedición.

La escuadra, compuesta del _O’Higgins_, con la insignia de lord
Cochrane; el _San Martín_, capitán Wilkinson; el _Lautaro_, capitán
Guise; la _Independencia_, capitán Forster; el _Galvarino_, capitán
Spry; el _Araucano_, capitán Crosbie, y el _Pueyrredon_, capitán
Prinier, se reunió en Coquimbo para completar su provisión de agua y
demás pertrechos. Iban además dos transportes ocupados en la conducción
de los morteros y cohetes explosivos con que se intentaba molestar
al enemigo. El 28 de Septiembre llegó la escuadra á la altura del
Callao y comenzó inmediatamente á construir bases para los morteros
y cohetes explosivos y á preparar los buques para la acción. El
almirante comenzó por varios falsos ataques para fatigar al enemigo;
pero, en la noche del 1.º de Octubre, el _Galvarino_, el _Araucano_
y el _Pueyrredon_ entraron á la bahía del Callao, llevando cada uno
á remolque una balsa, dos con los cohetes y una con los morteros; la
_Independencia_ recibió orden también de seguir en protección de los
bergantines; pero por cierta mala inteligencia ancló á ocho millas de
la costa.

Desdichadamente, hizo explosión una de las balsas de cohetes, hiriendo
gravemente al capitán Hind, que la mandaba, y á los hombres que en
ella estaban ocupados. Los cohetes tampoco respondieron á su objeto,
sea por mala calidad de los materiales, sea por falta de competencia
en su preparación; en cambio, las bombas produjeron cierto efecto y se
dispararon constantemente. Mientras tanto, los fuertes y los buques
hacían fuego incesantemente sobre los bergantines y las balsas y
empleaban la bala roja; pero el daño que causaban era insignificante
para las circunstancias, pues no pasó de la pérdida del palo de
trinquete del _Araucano_ y del destrozo de una de sus anclas; el
_Galvarino_ perdió al teniente Bealy y algunos hombres.

En las tres noches siguientes efectuáronse algunos ataques simulados
que fatigaron al enemigo, según pudo verse particularmente por una
tentativa que la tercera noche hicieron sus buques para escapar de la
bahía; á la quinta noche todo estaba listo para otro ataque en serio.
Los bergantines, como antes, remolcaban las balsas á su lugar. Mr.
Morgell tenía el mando del burlote _Victoria_, y la escuadra se dispuso
de manera de impedir que los buques se escaparan de la bahía; en el
momento en que los bergantines se pusieron á tiro de cañón, los buques
y los fuertes rompieron el fuego sobre ellos.

En cuanto el burlote estuvo á tiro de metralla y junto á la línea
que defendían los buques, Mr. Morgell le prendió fuego, y á los diez
minutos hizo explosión; si hubiese soplado entonces la más ligera
brisa, habrían sido destruídos la mayor parte, si no todos los buques
del enemigo. Pero, desgraciadamente, el tiempo estaba en calma y
produjo poco efecto; los cohetes volvieron á fallar, por más que se les
manejara con mayor cuidado que antes, por lo cual lord Cochrane adoptó
otro procedimiento[27].

Habiéndose hecho fuera de la bahía la fragata española _Prueba_, la
escuadra salió inmediatamente á darle caza; pero logró escapar, y
entonces la mayor parte de los buques zarpó para Pisco á fin de obtener
víveres, y particularmente aguardiente para la dotación de los buques,
dejando encargada al _Araucano_ la vigilancia del puerto. En Pisco
desembarcaron los soldados de la escuadra, á las órdenes del coronel
Charles, de infantería de marina, valeroso y excelente oficial, que
merecía mejor suerte que la de caer muerto en el asalto de una plaza
tan insignificante[28]. También cayó herido el mayor Miller y los
patriotas sufrieron la pérdida de diez hombres. Pero se consiguió el
resultado que se buscaba con los víveres que se tomaron.

       *       *       *       *       *

De vuelta al Callao, lord Cochrane tuvo noticias de que la _Prueba_
se había dirigido á Guayaquil en busca de refugio con otros
buques españoles. Inmediatamente se lanzó en su persecución con
el _Galvarino_, la _Lautaro_ y el _Pueyrredon_, y al llegar el
25 de Noviembre á la altura de la isla de Puna, á la entrada del
río Guayaquil, resolvió hacer que su escuadra remontara la rápida
y peligrosa corriente, no obstante las indicaciones contrarias
estampadas ingeniosamente por las cartas españolas.

La noche era el único momento propicio para la atrevida tentativa, y,
en consecuencia, en la noche del 26 se internó en el río, pero la falta
de viento lo obligó á salir otra vez, y sólo en la noche del 27 logró
seguir su marcha. Mientras tanto supo que la _Prueba_ se había corrido
hacia Puna sin desmontar siquiera sus cañones, precaución acostumbrada
usualmente á causa de los bajos del río, y se hallaba ahora bajo la
protección de la batería, que él se inclinaba á suponer muy poderosa;
pero que el _Águila_, de 30 cañones, y la _Begoña_ de 20 cañones, que
eran de los mejores buques alquilados y armados en guerra, estaban
fondeados donde él había esperado encontrar á la Prueba. Inmediatamente
largó velas en esa dirección, y al romper el día los dos buques vieron
con espanto que la _O’Higgins_ estaba anclada en su propio fondeadero,
á 40 millas río arriba. Cada uno de los buques tenía cien hombres á
bordo y sostuvieron un nutrido fuego durante veinte minutos. Pero las
andanadas de la _O’Higgins_ eran demasiado formidables para ellos, de
modo que sus tripulantes arriaron los botes y se escaparon, dejando
abandonados los buques en poder del almirante.

Durante esta acción la _Lautaro_ y los bergantines, que se habían
quedado cerca de la Puna, sintiéndose alarmados con el cañoneo, que
atribuían á la _Prueba_, se habían preparado para hacerse á la vela en
caso de que la acción hubiese sido desfavorable para el almirante; pero
luego se tranquilizaron á la vista de las presas[29].

Lord Cochrane se quedó tres semanas cerca de la isla de la Puna,
después de haber ocupado la ciudad de ese nombre, con el objeto de
hacer agua y de procurarse provisiones para los buques, como también
con el de cortar maderas para cargar las presas.

Habiendo tenido noticia de que una de las fragatas españolas se había
refugiado en Valdivia, el almirante decidió zarpar inmediatamente en su
busca dejando á Guayaquil, y en efecto, el 17 de Diciembre hizo rumbo
con dirección á ese puerto. En su viaje se encontró con un pequeño
buque español denominado el _Potrillo_, que conducía provisiones,
pertrechos y 20.000 pesos en dinero para la guarnición de Valdivia. Lo
capturó, y después de despacharlo para Valparaíso siguió viaje á la
bahía de Talcahuano, donde llegó el 22 de Enero de 1820.

Ahí encontró á la goleta chilena _Moctezuma_ y el bergantín de guerra
_Intrépido_, que pertenecía á Buenos Aires, y deseando reconocer el
puerto de Valdivia dejó la _O’Higgins_ en Talcahuano y continuó en la
goleta, con pabellón español, para hacer sus observaciones en la bahía.

Siempre se había considerado á Valdivia como inexpugnable. Su bahía la
forma el río Calle-Calle, que frente á la ciudad se abre en un estuario
de cuatro leguas de ancho y vuelve á estrecharse á media legua en su
desembocadura. Defienden la angosta entrada cuatro fuertes poderosos,
fuera de una batería situada en el Morro González, en los cuales hay
por junto más de 100 cañones, cuyos fuegos se cruzan de un punto á otro.

Sin embargo, lord Cochrane, bajo la bandera española, navegó hasta tan
cerca de la plaza, que lo abordó el bote del práctico, por cuyo oficial
se impuso del estado del puerto y de la guarnición, devolviéndose
inmediatamente á Talcahuano para tomar las medidas convenientes para el
ataque que proyectaba.

En cuanto se impuso de los planes de su señoría, el general Freire
puso á su entera disposición unos 250 hombres, á las órdenes del mayor
Beauchef, sobreponiéndose así á las pequeñas rivalidades y envidias que
tan á menudo malogran las operaciones de la guerra cuando las fuerzas
de mar y tierra tienen que proceder juntas. El 29 se embarcaban todos
en la _O’Higgins_, el _Intrépido_ y el _Moctezuma_, que se hicieron á
la vela el día 30. Desgraciadamente, la fragata encalló en las rocas
de la isla de Quiriquina al hacerse mar afuera; pero como parecía
entonces que sus averías no eran de mucha consideración, la flotilla
siguió su viaje, y el 2 de Febrero de 1820 llegó á las alturas de
Valdivia, á unas 10 leguas al Sur. Allí se hizo pasar los soldados á
los pequeños buques, ordenándose á la _O’Higgins_ que permaneciera
fuera de vista hasta el día siguiente.

A la puesta del sol se desembarcó la tropa en la aguada del Inglés;
lord Cochrane los acompañaba, y mientras iban marchando él dirigía
la marcha desde una chalupa tripulada con seis remeros, exponiéndose
al fuego del enemigo. El primer fuerte que debía atacarse era el del
Inglés, situado en un promontorio y defendido por una recia empalizada,
coronado por seis cañones que dominaban la orilla. Los soldados, de
á dos en fondo, continuaban marchando arrimados á la empalizada, que
parecía impracticable, hasta que un guardia marina chileno notó que uno
de los palos estaba podrido en el pie; lo agarró fuertemente, tratando
de abrirse paso, pero como encontrara que todavía no le era posible
el paso, por impedírselo su gran sombrero, se lo sacó, y tirándolo
por encima de la palizada se introdujo, ensanchando rápidamente la
abertura, el resto le siguió y atacó al fuerte tan vigorosamente, que
en pocos minutos se apoderaron de él.

En cuanto estuvo asegurada esta posición, la tropa se dirigió al fuerte
de Corral, que era el más poderoso é importante de todos, sin prestar
la menor atención á algunas pequeñas baterías situadas atrás. Luego fué
también reducido, y por consiguiente cayeron todas las baterías del
Sur, de Avanzada, de Barros, de Amargos y de Chorocomoyo.

El coronel don Fausto del Hoyo fué hecho prisionero con los restos de
su regimiento (el Cantábrico). Las pérdidas del enemigo, entre muertos
y heridos, fueron numerosas; la de los patriotas fué sólo de seis
muertos y 18 heridos.

A la mañana siguiente, cuando arribó la _O’Higgins_, sufrieron los de
abordo las más vivas alarmas por una circunstancia insignificante.
Conociendo el estremado peligro del ataque que se proyectaba, habían
obtenido del almirante la promesa de que, si todo iba bien, izaría dos
banderas de cualquiera especie en el palo de bandera de la entrada.
Al acercarse sólo divisaron una, que era la insignia del bote de lord
Cochrane con los colores chilenos.

Su señoría no tenía sino esa consigo y no había podido procurarse otra.
Esto les hizo temer por la suerte de sus compañeros y que la bandera
estuviese izada sólo para engañarlos. Al mismo tiempo las tropas que
estaban en los fuertes del Norte, al divisar á la fragata creyeron que
fuera un buque español, por lo cual le hicieron la señal convenida, que
la _O’Higgins_ contestó, siguiendo su camino hasta que un bote le salió
al encuentro.

Todo estaba asegurado y el almirante muy bien. Inmediatamente se
arrió la bandera española y se izó en su lugar la bandera patriota.
Los soldados de los fuertes, que no esperaban ya ningún auxilio,
abandonaron precipitadamente los fuertes restantes, huyendo en todas
direcciones. Los estandartes, los pertrechos, el parque militar, etc.,
etc., todo cayó en manos del almirante.

Esta acción es quizá una de las más atrevidas y afortunadas de que haya
recuerdo y, como todas las cosas en que lord Cochrane ha tomado parte,
fué hecha en exclusivo provecho de la causa y no para dar á conocer su
propio talento ó su valor[30]; á consecuencia de ella se vió privado el
enemigo de su último punto de resistencia en Chile, y, lo que es de más
importancia todavía, los chilenos aprendieron á tener confianza en sí
mismos y en sus oficiales y á poner en juego tanto el valor físico como
el valor moral, necesarios para todas las grandes hazañas.

Cuando llegaron á Valparaíso las noticias de la toma de Valdivia,
despertáronse todas las mezquinas y bajas pasiones de algunos hombres
apocados.

El pueblo se entregó á tan vivas manifestaciones de alegría que los
envidiosos se sintieron quizá exasperados; lo cierto es que hubo
muchas personas en el poder, con Zenteno á la cabeza, y hasta algunos
de sus propios compatriotas, que no tuvieron escrúpulo para decir que
lord Cochrane merecía perder la cabeza por la temeridad de atacar por
su cuenta y riesgo aquella plaza y por haber expuesto á los soldados
patriotas á los peligros de semejante aventura.

Pero no había llegado todavía la oportunidad para intentar un ataque
eficaz contra lord Cochrane. El gobierno reconoció su valor, ó más
bien la absoluta necesidad que el Estado tenía de sus servicios, y por
una vez más fueron acallados los clamores de los envidiosos y de los
ingratos[31].

Ignorante de estas intrigas y alentado por sus triunfos en Valdivia,
lord Cochrane dirigió, naturalmente, su atención á Chiloé, donde los
españoles conservaban todavía una fuerte posición bajo las órdenes del
coronel Quintanilla, oficial experto y valeroso. El relato de aquella
expedición está muy bien dado en una carta que su señoría dirigió al
ministro de Marina, fechada en Chiloé el 19 de Febrero de 1820.

A su regreso á Valdivia, lord Cochrane proveyó de las armas que pudo á
los habitantes de la vecindad para llevarlos á arrojar al enemigo, y
despachó á Beauchef para Osorno con 100 hombres para apoderarse de esa
ciudad, que es el centro de una de las fuentes de provisiones de Chiloé.

Beauchef y su reducida tropa fueron recibidos por los indios con el más
vivo regocijo, tanto en los campos como en Osorno. “Creo, dice aquel
jefe en carta oficial dirigida á lord Cochrane, haber abrazado á más de
1.000 caciques y sus mocetones. Todos me han ofrecido á su gente para
que sirva en la causa patriota; pero como las circunstancias no lo hace
necesario, los he invitado á regresar á su tierra y he recibido sus
promesas á estar listos si el país llegara á reclamar sus servicios. Al
despedirme he distribuído entre ellos un poco de añil, algún tabaco,
cintas y otras bagatelas.”

El 26 de Febrero se izó la bandera de Chile en el castillo de Osorno,
donde se tomaron algunos cañones, 40 fusiles y municiones sin ninguna
resistencia por haber escapado los españoles hacia Chiloé.

       *       *       *       *       *

Mientras tanto, á consecuencias de las averías sufridas cuando encalló
en las Quiriquinas, la _O’Higgins_ estaba inhabilitada para navegar,
por cuyo motivo fué conducida á remolque á Valdivia para ser reparada,
regresando el almirante á Valparaíso á bordo del _Moctezuma_. Después
de su partida, los españoles dispersados hicieron algunos débiles
esfuerzos para poder apoderarse de Valdivia é inducir á los indios á
caer sobre Beauchef; pero este valeroso oficial puso fin rápidamente
á la lucha, y después de dejar suficientes guarniciones en Osorno y
otros puntos, estableció su cuartel general en Valdivia.

En cuanto lord Cochrane arribó á Valparaíso, despachó á la
_Independencia_ y al _Araucano_ con todo lo necesario para las
reparaciones de la _O’Higgins_ y con órdenes de regresar con ella á ese
puerto lo más luego que fuera posible. Era ya tiempo de emprender la
gran expedición á la costa del Perú, tanto tiempo proyectada.

El temperamento político de los peruanos, y especialmente del
pueblo de Lima, eran favorables á la empresa. Se había reunido un
considerable cuerpo de ejército, y la toma de Valdivia había arrojado
al enemigo de su último baluarte en Chile; quedaba sólo la preparación
y aprovisionamiento de la escuadra para llevar el ataque á la misma
ciudad de los virreyes, por lo cual se resolvió que en cuanto pasara la
próxima estación lluviosa zarpara inmediatamente[32].

Mientras tanto los buques se ocupaban, bajo la dirección personal de
lord Cochrane, en vigilar la costa en las vecindades de Valparaíso,
particularmente las bahías de Concon y de Quinteros.

La primera está situada en la desembocadura de un río muy ancho y puede
ser de importancia como puerto para embarcar los productos traídos
del interior por el río; y la segunda es una excelente rada, mejor
protegida de los vientos que la de Valparaíso, y que si bien está á mas
distancia de la capital, se halla mejor situada por lo que respecta á
las facilidades para procurarse agua y provisiones.

Parte de la tripulación de los buques trabajaba en la formación de
puentes para el embarque de las tropas, en el alistamiento de los
medios de trasporte y otros preparativos para la expedición.

Pero la escuadra estaba casi sin tripulación y le faltaba la mitad de
sus oficiales, á causa de que las estrechas miras de los financistas
de estos gobiernos nuevos no les permite ver que es más conveniente
asegurarse la fidelidad y el buen servicio del ejército y de la marina
pagándolos puntualmente, que no retener en sus manos el dinero para
negociar con él ó prestarlo con usura.

El descontento estalló en el _San Martín_ y el _Araucano_ á principios
de Mayo, y sólo á principios de Julio vino á aplicarse el único remedio
justo y adecuado, pagando á los jefes y oficiales, que inmediatamente
restablecieron la tranquilidad, sin que nada de importancia volviera á
ocurrir hasta que las tropas emprendieron viaje al Perú.[33]

Al propio tiempo que las armas de Chile seguían cosechando nuevos
triunfos, el gobierno civil mejoraba tambien poco á poco. Se había
puesto cierto orden en el ramo de Hacienda, y si bien los reglamentos
de aduanas estaban todavía vaciados en su mayor parte en el estrecho
molde del antiguo sistema español, se había introducido en ellos
algunas reformas de consideración.

En Santiago se había establecido un colegio y llevado á efecto varias
obras de utilidad. Fundóse una biblioteca pública, se construyó un
teatro, y el Supremo Director llegó á pensar hasta en establecer
un telégrafo; pero los prejuicios del pueblo y de los sacerdotes,
en especial, eran demasiado fuertes contra tan milagroso modo de
comunicación, y por esta razón tendrá el telégrafo que esperar todavía
unos veinte años para que se le admita en Chile.

Por entonces hallábase ya reunido en Valparaíso el ejército destinado
al Perú, y el nombre del Ejército Libertador se oía en todas partes.

El Director había venido á Valparaíso á presenciar la partida de la
escuadra, y él y el general San Martín, nombrado capitán general de la
expedición libertadora, renovaron solemnemente las protestas en favor
de la libertad del Perú que habían consignado en las proclamas lanzadas
anteriormente por ellos y distribuídas entre los habitantes del Perú
durante los diez y ocho meses precedentes. En una de ellas, fechada
en Febrero de 1819, decía O’Higgins, después de anunciarles que la
expedición estaba casi lista:

“No penséis que pretendamos trataros como á pueblo conquistado; tal
intento sólo puede caber en la cabeza de los enemigos de nuestra común
felicidad. Nosotros aspiramos solamente á veros libres y felices:
_vosotros organizaréis vuestro gobierno_, escogiendo la forma que
guarde más armonía con vuestros hábitos, vuestra situación y vuestros
anhelos; _Vosotros seréis vuestros propios legisladores_, y por
consiguiente instituiréis una nación tan libre é independiente como la
nuestra.”

En otra, de fecha posterior, dice:

“Peruanos: he aquí los pactos y condiciones con que Chile, delante del
Sur Supremo y poniendo á todas las naciones por testigos y vengadores
de su violación, arrostra la muerte y las fatigas para salvaros. Seréis
libres é independientes, constituiréis vuestro gobierno y vuestras
leyes por la única y espontánea voluntad de vuestros representantes;
ninguna influencia militar ó civil, directa ó indirecta, tendrán estos
hermanos en vuestras disposiciones sociales: despediréis la fuerza
armada que pasa á protegeros en el momento que dispongáis; sin que
vuestro peligro ó vuestra seguridad sirva de pretexto, si no lo halláis
por conveniente, jamás una división militar ocupará un pueblo libre si
no es llamada por sus legítimos magistrados; ni por nosotros ni con
nuestro auxilio se castigarán las opiniones ó partidos peninsulares que
hayan precedido á vuestra libertad.”

Una larga proclama de San Martín, fechada en Marzo de 1819, emplea
el mismo lenguaje. Después de declarar que ha recibido amplia
autorización de los Estados Independientes de las Provincias Unidas de
Sud América y de Chile para invadir el Perú con el objeto de defender
la causa de la libertad, entra en extensas consideraciones sobre la
esclavitud de ese reino y se regocija de que se haya encomendado á sus
manos su liberación.--“No es mi propósito--dice--el de un conquistador
que trata de sistematizar una nueva esclavitud. La fuerza de las cosas
ha preparado el gran día de vuestra emancipación política, y yo sólo
soy el instrumento accidental de la justicia, el agente del destino.”

Continúa después proclamando la seguridad de la victoria sobre los
opresores, y dice: “La victoria tendrá por resultado que la capital
del Perú vea por primera vez unidos á sus hijos, eligiendo libremente
su gobierno y presentándose á la faz del mundo en la categoría de
las naciones.” Tales eran las miras que preconizaban los jefes de la
expedición, miras de que sinceramente participaba lord Cochrane; sus
sentimientos respecto á dejar á los peruanos gobernarse por sí solos,
eran tan bien entendidos que, temeroso San Martín de que no fueran á
cruzarle los proyectos que en reserva acariciaba, obtuvo inmediatamente
del gobierno chileno instrucciones secretas que le permitían obrar como
contrapeso en la conducta del almirante; pero supo dejar pasar algún
tiempo antes de encontrar por conveniente dar á conocer que tenía tales
instrucciones.

Los oficiales del ejército y armada, tanto chilenos como extranjeros,
confiaban en la sinceridad de sus jefes y se imaginaban que,
preparado como se hallaba el Perú para recibirlos, se les conduciría
inmediatamente al ataque de la capital para poner cuanto antes término
á la guerra.

El mayor entusiasmo reinaba en todos los ánimos, y el 21 de Agosto de
1820 izó San Martín la insignia de capitán general á bordo del buque de
su nombre y zarpó con los buques de la escuadra y los transportes en
medio de las congratulaciones de todas las clases del pueblo. Con San
Martín iban los soldados de Chacabuco y de Maipú, y lord Cochrane tenía
el mando de la escuadra. La victoria se consideraba asegurada, y la
partida del ejército tenía el aspecto de un triunfo[34].

Marineros y soldados iban animados por la esperanza de grandes
recompensas, por haberles ofrecido San Martín que, después de la toma
de Lima, se les gratificaría con la paga de un año, fuera de sus
sueldos.

La escuadra se detuvo en Coquimbo para hacer más provisiones y embarcar
las tropas reunidas en esa ciudad, y en seguida siguió rumbo al Perú.

Al propio tiempo el Director declaraba en estado de bloqueo todos los
puertos situados entre los 2.° 12′ y 21° 48′ de latitud Sur, ó sea,
desde Iquique á Guayaquil, á no ser que cayesen en poder de los jefes
chilenos; pero á fin de no oprimir á los neutrales más de lo necesario,
se le dieron al almirante plenos poderes para concederles permisos
para el desembarque y el trasbordo de sus mercaderías, bajo ciertas
condiciones[35].

Inmediatamente después de publicado este documento, el Director entregó
á la circulación un manifiesto fechado en 31 de Agosto de 1820. Se
titula “Manifiesto del capitán general del Ejército, don Bernardo
O’Higgins, al pueblo que gobierna”.

Comienza por felicitar á sus conciudadanos por la partida de la
expedición libertadora y pasa en seguida á dar una corta pero clara
reseña de su vida política y de los sucesos civiles y militares en que
ha tenido parte. Dice: “Educado en el libre país de Inglaterra, se ha
fortalecido en mí ese innato deseo de independencia que alienta en todo
hombre nacido en tierra araucana. Amante de la libertad, por principios
y por sentimientos, juro ayudar á obtener la de mi patria ó sepultarme
entre sus ruinas”.

El documento está bien escrito y los sentimientos expresados hacen
honor á la cabeza y al corazón del Supremo Director, cuyo carácter
personal ha sido siempre estimado, habiéndose atribuído uniformemente á
la influencia de sus ministros aquellos actos suyos que le han alienado
la voluntad del pueblo.

       *       *       *       *       *

Mientras tanto, la expedición había llegado á Pisco. El 7 de Septiembre
la escuadra pasó por San Galbán y ancló á la altura de ese puerto á las
seis de la tarde.

Lord Cochrane propuso inmediatamente el desembarco de un pequeño
destacamento para sorprender la ciudad antes de que el enemigo tuviese
tiempo para mandar fuera los esclavos, el ganado y las provisiones.
El ejército carecía de reemplazos y de caballos y como los buques
estaban escasos de víveres, era conveniente asegurar los aguardientes
y provisiones que se sabía haber en Pisco; pero al capitán general
parecióle muy aventurada la proposición de su señoría, y el ataque de
la plaza quedó postergado para la mañana siguiente.

Así, pues, el día 8 desembarcó la primera división del ejército, á
las órdenes del general Las Heras, con dos piezas de artillería, y
formó en dos cuadros de á 1.000 hombres cada uno, en la ardiente playa
de Paracas, donde permanecieron hasta la puesta del sol. En cierto
momento, avistóse una patrulla como de sesenta jinetes enemigos en lo
alto de una colina, que venían aparentemente á hacer un reconocimiento;
pero fueron dispersados por unos cuantos disparos de la _Moctezuma_;
y cuando, después de una marcha de seis horas, las tropas llegaron á
Pisco, se hallaron con que los españoles habían mandado sus esclavos,
su ganado y provisiones al interior, retirándose ellos mismos á Ica,
sin dejar tras de sí más que unos jarros de aguardiente del país,
llamado pisco, que fueron repartidos entre el ejército y la marina, con
vivo contento de los marineros, que tenían gran necesidad de alcohol ó
de vino.

Al día siguiente desembarcó el resto del ejército y se estableció el
cuartel general en Pisco, donde se publicaron boletines periódicos
que contenían pomposos detalles de los fastos de la expedición y
diversas proclamas relativas al buen orden y disciplina de la tropa.
En esos boletines aparecían disimulados á los ojos del público los
errores y deficiencias en la marcha, el orden y el mando del ejército.
Las patrullas de requisición traían caballos y ganado en cantidad
suficiente para el ejército; pero la armada continuaba escasa de
víveres.

Durante los cincuenta días que el ejército tuvo sus cuarteles en Pisco,
el coronel Arenales ocupaba á Ica, Palque, Nazca y Acari, apoderándose
de una cantidad de pertrechos militares y revolucionando el país á su
paso, mientras el capitán general se quedaba en completa inacción. En
realidad, desde el 26 de Septiembre al 4 de Octubre, estaba llevando á
cabo una negociación con el virrey, para lo cual se había celebrado un
armisticio en Miraflores. Cuáles han podido ser las expectativas que
cada parte contemplaba en la negociación, es cosa que no se explica
claramente.

La base sobre que discurría el virrey era, no obstante, la constitución
que el rey de España había jurado reconocer en el mes de Marzo
precedente. La misma constitución había sido promulgada en Lima el día
9 y jurada el 15 del mes en curso. ¿Sería de propia inspiración y con
motivo de la llegada de las fuerzas libertadoras que Pezuela había
dado instrucciones para que á todos los Estados que de hecho estaban
separados de la madre patria, se les invitara á adherirse á ella, bajo
el amparo de la constitución, asegurándoles á sus primeros magistrados
todos los honores y consideraciones compatibles con la dignidad de la
corona española.

Pero Pezuela debe de haber estado profundamente engañado respecto á la
índole de los sur-americanos si ha podido imaginarse que por tan vagas
invitaciones iban á renunciar su independencia, que tanto les costaba,
ó que un ejército como el que acampaba en Pisco, iba á retirarse
tranquilamente del territorio enemigo ante una simple petición de su
gobierno. Sin embargo, como no podía desecharse ninguna oportunidad
para asegurar pacíficamente la libertad, por la cual todo hombre había
jurado morir si España no la concedía, fueron oídas las proposiciones
del virrey, nombrándose al efecto plenipotenciarios al coronel Tomás
Guido y al secretario García del Río[36].

Pero, como el virrey insistía en la sumisión de todas las provincias
sud-americanas á la corona y cortes de España, la negociación fué
abandonada. El siguiente es el párrafo más conciliador que se encuentra
en las cartas del virrey, después de manifestarle á San Martín que
el mejor camino que puede seguir es someterse al rey y jurar la
constitución: “Si bien los americanos pueden tener ciertas objeciones,
ciertas quejas que formular respecto á algunos asuntos en que ellos se
creen perjudicados, ello es cosa de poco momento, porque puedo asegurar
á vuecencia que toda queja fundada será atendida con justicia por las
cortes y el rey.”

Además, el virrey rehusaba tratar sobre otros puntos si antes no se
prestaba el juramento de la constitución aprobada por las cortes,
mientras los emisarios de San Martín insistían en el reconocimiento de
la completa autoridad de Chile como país independiente regido por un
gobierno representativo. Así, pues, pronto se dió fin al armisticio, y
se declararon abiertas las hostilidades el 4 de Octubre, al reabrirse
las noticias de la revolución de Guayaquil.

El comandante en jefe, después de haber reforzado suficientemente sus
tropas durante los cincuenta días que pasó en Pisco, se embarcó de
nuevo el 28 de Octubre[37] y emprendió viaje hacia el Norte, pero no
directamente á Lima, como oficiales y soldados se lo figuraban en el
ejército.

Su primera intención era dirigirse á Trujillo, ciudad situada á
no menos de cuatro grados del Callao, donde el ejército no habría
reportado ventaja alguna, como no fuera el hallarse á salvo de un
ataque de Lima, ya que no era accesible por tierra, y que por mar
habría estado protegido por la escuadra; con alguna dificultad se
consiguió que el general San Martín abandonara su plan y se acercara un
poco más al principal punto de ataque. Si hubiera procedido así desde
un principio, hubiera asegurado el éxito; porque en todo el país estaba
la gente muy bien dispuesta para recibir al ejército libertador con los
brazos abiertos; pero él dejó correr el tiempo.

Algunos se declararon muy temprano en su favor, y fueron desterrados
ó aprisionados ó castigados corporalmente por el virrey; otros,
al acercarse las tropas de San Martín, pusieron dificultades para
proveerlas, y fueron tratadas por éste con todo el rigor militar, de
aquí que la gente se fastidiara y se sintiera tan hostilizada que
llegara á mirar como opresores á ambos bandos y perdiera el amor á la
independencia nacional, cuya introducción desvirtuaba la violación de
la libertad civil.

La conducta del general parece guiada por la idea de que con sólo
presentarse en la costa atemorizaría al virrey hasta la sumisión, y
que hostilizando á las pequeñas poblaciones de la costa llegaría á
apoderarse de las fortalezas del Callao. No obstante, como se ha visto,
se embarcó el 28, y el 29 la flota ancló en la bahía del Callao, y
habiendo satisfecho su curiosidad con un vistazo á los castillos y á
las fuerzas navales, el capitán general siguió viaje el 30 para Ancon,
donde permaneció con las tropas á bordo de los transportes durante diez
días.

Mientras tanto, el regimiento Numancia desertaba del campamento español
el día 2 de Noviembre y se juntaba á los patriotas. Mientras el
ejército permanecía así inactivo, lord Cochrane se había ocupado con
toda diligencia en el reconocimiento del Callao, habiéndose formado
el propósito de apoderarse de la fragata _Esmeralda_, de 40 cañones,
que estaba anclada entonces en la bahía bajo la protección de los
castillos. Aparte de las 300 piezas de artillería que había en la
playa, estaba defendida por fuertes cadenas y amarras; varias filas
de buques viejos armados como pontones la resguardaban, rodeábanla
27 cañones de distintos tamaños, y el enemigo, temeroso que pudieran
atacarla, había reforzado su tripulación y la de los pontones, de modo
que tenía á bordo 370 marineros é infantería de marina, los mejores
que se podían conseguir, los cuales dormían al pie de sus cañones y en
alcázar hacían seis semanas.

El 5 de Noviembre se hizo saber á los oficiales y tripulación de los
buques el objeto á que obedecían los preparativos hechos para esta
empresa y se les leyó la siguiente proclama:

“Soldados de marina y marineros:

“Esta noche vamos á dar un golpe mortal al enemigo y mañana os
presentaréis con orgullo delante del Callao. Todos nuestros camaradas
envidiarán nuestra buena suerte. Una hora de coraje y de resolución
es cuanto se requiere de vosotros para triunfar. Acordaos de que sois
vencedores de Valdivia y no os atemoricéis de aquéllos que un día
huyeron de nuestra presencia.

“El valor de todos los bajeles que se capturen en el Callao os
pertenecerá, y se os dará la misma recompensa que ofrecieron los
españoles en Lima á aquellos que se apoderasen de cualquiera de los
buques de la escuadra chilena[38].

“El momento de la gloria se acerca, y yo espero que los chilenos se
batirán como tienen de costumbre, y que los ingleses obrarán como
siempre lo han hecho en su patria y fuera de ella.--A bordo de la
_O’Higgins_, 5 de Noviembre de 1820.”

Todos los marineros y soldados de marina de la _O’Higgins_, la
_Lautaro_ y la _Independencia_ se ofrecieron voluntariamente para el
servicio; pero sólo fueron aceptados 240, y á las ocho de la noche
todos los botes, en número de 14, se reunieron al costado de la
_O’Higgins_ con sus tripulaciones vestidas de blanco, yendo cada hombre
armado de un cuchillo y una pistola. La primera división de botes fué
confiada al capitán Crosbie, y la segunda al capitán Guise, y á las
diez de la noche lord Cochrane, después de haber dado algunas órdenes
para guardar estricto silencio y para usar exclusivamente el arma
blanca, saltó á su bote y gobernó directamente hacia el Callao.

Una de las cañoneras, situada á popa de la _Esmeralda_, alerteó á los
botes, y entonces lord Cochrane se puso de pie en el suyo, y desnudando
la espada dijo en voz baja: “Silencio ó muerte” y fué obedecido.
Preguntó por el santo y seña de la noche, que era “Victoria, Gloria”,
lo que auguraba un buen presagio, y pasó en seguida sin ser molestado.
En pocos minutos los botes estuvieron al costado de la fragata,
abordándola á un mismo tiempo por babor y estribor. Lord Cochrane fué
el primero que saltó á bordo, é inmediatamente recibió un balazo en el
muslo derecho, poco más arriba de la rodilla; pero habiendo cogido por
las piernas al centinela que le hizo fuego, lo tiró al mar y se sentó
tranquilamente en un cañón y continuó dando sus órdenes; mientras tanto
los españoles se habían reconcentrado en el castillo de proa y parecían
resueltos á defender sus puestos. Dos veces los capitanes Guise y
Crosbie cargaron á la cabeza de sus divisiones y fueron rechazados.
Sólo al tercer ataque lograron vencer.

Los soldados de marina habían caído como un solo hombre; se habían
lanzado á ocupar el puesto que les correspondía. La lucha se renovó
en el castillo de popa; en comparación fué débilmente sostenida por
haberse refugiado la mayor parte de la tripulación en la bodega,
rindiéndose por fin el buque.

Lord Cochrane ordenó en seguida que se tripularan los botes, á fin de
seguir su plan de apoderarse del _Maipú_ y de algunos otros buques;
pero los hombres se habían entregado al saqueo, y la obscuridad y la
confusión hicieron imposible llevar á cabo sus órdenes. Además los
castillos habían comenzado un sostenido fuego sobre la fragata y aunque
había izado las mismas luces que los buques neutrales _Hyperion_,
fragata inglesa[39] y _Macedonia_, fragata de los Estados Unidos, el
fuego continuó.

De manera que para evitar que sufriera averías, se le cortaron las
amarras y fué trasladada fuera de tiro de cañón con dos cañoneras de
las más grandes, de que lord Cochrane se había apoderado.

Las pérdidas del enemigo fueron numerosas entre muertos, heridos y
ahogados. Todos los oficiales, de los cuales tres estaban heridos,
cayeron, y el capitán Coig, comandante, recibió una seria contusión de
una bala de las baterías; ciento cincuenta hombres de la tripulación
fueron también apresados, y á más de la insignia del comandante en jefe
una considerable cantidad de pertrechos navales y algún tesoro. La
pérdida por parte de los chilenos fué de 15 muertos y 50 heridos.

Si bien lord Cochrane no quedó en aptitud de proseguir su plan, el
resultado que había obtenido sobrepujaba á cuanto se había hecho ó
proyectado en aquellos mares, y en realidad, si se exceptúan sus
propias hazañas en servicio de su patria, no hay época ni nación que
haya presenciado un plan más atrevido, más hábilmente ejecutado.

Pero nadie como él poseyó una vista más certera para percibir todas
las ventajas, ni espíritu más resuelto para la empresa, y sobre todo
una más perfecta posesión de sí mismo en los momentos de las grandes
acciones.

El sigilo con que fué proyectado el golpe y lo súbito de su ejecución,
le aseguraron á lord Cochrane á la vez la reputación de político y
de guerrero. Por el yelmo de Plutón, dice lord Bacon, lo que hace
invisible al político en su marcha es el secreto en el consejo y la
celeridad en la ejecución; no hay secreto comparable á la celeridad; se
parece al movimiento de la bala en el aire, tan veloz en su trayecto
que la vista no la puede seguir.

Coroliano, cuando su país se portó ingrato con él, fué á ponerse al
frente del ejército enemigo, y así se vengó. Alcibíades huyó á la corte
de un tirano y asoló con sus excesos la tierra que había renegado, y
así muchos han seguido, sea el ejemplo del uno, sea el del otro. Lord
Cochrane, cuando salió de su amada patria, rehusó las espléndidas
ofertas de una corte extranjera, por no luchar contra los principios de
su pueblo, sino que se dirigió á una remota y débil nación á poner sus
talentos al servicio de la sagrada causa de la independencia nacional.
Y si bien Chile está lejos todavía de gozar de todas las ventajas que
debían derivarse del ideal por que luchó, él cumplió su parte; fueron
arrojadas de las costas del Pacífico las flotas de los opresores;
quedaron establecidos algunos principios y sembradas algunas semillas
de futuros beneficios que lo inmortalizarán como un benefactor de la
humanidad á la par que como un héroe, cosas ¡ay! que suelen ser tan
completamente diferentes. Pero volvamos á nuestro relato.

       *       *       *       *       *

En la mañana del día 6, las mujeres del Callao cometieron una horrible
matanza entre los tripulantes de algunos botes de la _Macedonia_. No
se daba crédito á que lord Cochrane, sólo con los botes hubiera podido
zafar con la _Esmeralda_ sin el concurso de los buques ingleses, y como
el populacho no distinguía entre ingleses y americanos, cayó sobre los
tripulantes de los botes, que, como de costumbre, habían ido al mercado
en busca de carne fresca y de legumbres, y pasó á cuchillo á la mayor
parte de ellos.

En cuanto se tuvo noticia del suceso en el castillo, el gobernador
despachó tropas en protección de los extranjeros, y gracias á esta
precaución escaparon algunos con vida. En esta ocasión el almirante
propuso un canje de prisioneros.

En la misma tarde, el _Araucano_ llevó á Ancon las noticias del
triunfo, que fué recibido con el mayor entusiasmo por el ejército. El
8 llegaron también á Ancon la _O’Higgins_ y la _Esmeralda_ donde el
ejército volvió á aclamar al almirante, acariciando las más fundadas
esperanzas de que pronto se emprendería el ataque de la ciudad.
Guayaquil se había declarado independiente y el regimiento Numancia se
había incorporado al ejército libertador.

El mejor buque del enemigo había sido apresado, y los efectos morales
de estos acontecimientos, para no hacer mención de las diarias aunque
menos importantes ventajas que ganaban diversos oficiales, parecían
calculadas, no sólo para llevar el prestigio de los patriotas y
estimular á declararse á sus secretos amigos, sino más bien para
desalentar al enemigo. Sin embargo, á pesar de que todas las cosas
parecían invitarlo á la acción, no se conseguía inducir por medio
alguno á San Martín á que abandonara sus recelosos planes, y en
consecuencia, el 9 siguió viaje para Huacho, más lejos de Lima todavía,
y con todo su ejército desembarcó y fijó su cuartel general en Supe,
donde propuso despachar la mitad de su ejército para Guayaquil,
probablemente con el intento de asegurar esa provincia como una porción
de su futuro imperio.

Este imprudente proyecto fué, sin embargo, dejado de mano y el general
se contentó con hacer que el ejército se replegara á Huaura, en el
mismo momento en que se agregaba á las felices circunstancias ya
mencionadas la emancipación de Trujillo y la que el general Arenales
obtenía en Pasco, el 6 de Diciembre, con una victoria decisiva sobre
los realistas mandados por O’Reilly[40]. Pronto comenzaron las tropas
á sentir los malos efectos de la insalubre posición de Huaura, y cerca
de la tercera parte murió de fiebre durante los largos meses que acampó
allí.

Mientras tanto don Tomás Guido y el coronel Luzurriaga habían
salido para Guayaquil, comisionados para retornar los cumplimientos
presentados á la fuerza _libertadora_ por Escobedo, jefe de aquella
ciudad, al logro de cuyos propósitos había ofrecido todos los recursos
de la rica provincia de que Guayaquil es capital. Otras eran, en tanto,
las miras que contemplaba San Martín: los éxitos extraordinarios
de Bolívar en el Norte habían hecho nacer la idea de que su celo
infatigable habría de conducirlo á las provincias del Perú.

Pero no entraba por manera alguna en los planes de San Martín que una
expedición parecida llegase á tener la fortuna de privarlo de una
parte del imperio que comenzaba á ambicionar para sí. En consecuencia,
sus emisarios propalaron que, con la caída de Lima, Guayaquil sería
el puerto principal de un gran imperio, que el establecimiento de los
arsenales y diques que requería la armada de San Martín enriquecería,
no sólo á los individuos empleados en ellas, si no á la ciudad entera;
mientras que si Guayaquil quedaba sometido á Bolívar sería considerada
únicamente como provincia conquistada y de muy escasa importancia
para el inmenso estado de Colombia. Con este razonamiento se indujo al
gobierno existente á formar un cuerpo de milicia y á tomar todo género
de medidas para tener á raya á cualquier invasor colombiano.

No fué esta la única negociación que se condujo desde el cuartel
general de Supe; entre San Martín y el virrey tuvo lugar un cambio
de correspondencia voluminosísima, referente, á veces, al canje de
prisioneros, otras á los títulos honoríficos, y de vez en cuando
algunas quejas del Libertador sobre los triviales desacatos de los
diarios de Lima, quejas que el virrey replicaba.

Por su parte, la prensa de Supe no se estaba ociosa; fuera de los
boletines del ejército libertador se publicaban edictos llamando á los
esclavos á incorporarse al ejército, prometiéndoles que serían pagados
sus amos, y proclamas halagadoras dirigidas á los “Españoles Europeos”.

Desde que la expedición partió de Chile, el Director y el Senado habían
dedicado sus esfuerzos al aumento de las entradas públicas; pero su
ignorancia de los principios de la economía política no les permitió
nunca levantar sino recursos temporales.

En los ramos del gobierno anduvieron más afortunados; revisáronse las
leyes relativas al matrimonio, dándoles una base más liberal que antes,
se mejoró la policía de la capital y, generalmente hablando, se procuró
una más estricta ejecución de las leyes.

Sin embargo, las provincias del Sur sufrían las perturbaciones que
ocasionaba la actividad de Benavides, hombre de carácter feroz, que se
había hecho odioso, no sólo por su rigurosa obediencia á las órdenes
que tenía recibidas de España para no dar cuartel á los europeos que
fueren cogidos en armas en favor de los patriotas, sino por haber
extendido la crueldad de sus prácticas á los mismos hijos del país.
Las atrocidades que ambos bandos cometían afrentaban á la humanidad,
y no era de las menos odiosas señales del tiempo la manera escandalosa
con que los sacerdotes prostituían la religión cristiana ante las
conveniencias bélicas y políticas[41]; en una palabra, las postrimerías
del año 1820 distaban mucho de ser satisfactorias en la frontera del
Sur.

Por ese entonces ocurrieron dos incidentes que, si bien no tuvieron
importancia, eran característicos de la época. Habiendo recalado en San
Carlos de Chiloé un buque inglés para reparar las averías sufridas en
el viaje y renovar sus víveres, el gobernador apresó á la tripulación,
alegando que lord Cochrane y la mayor parte de los tripulantes de la
escuadra chilena eran ingleses, y que á no ser por ellos nunca habrían
triunfado los enemigos del rey su señor.

El otro incidente parece dar consistencia á la idea de que en cierta
época un partido había ofrecido á un príncipe de la casa de Borbón una
corona imperial en Sur-América. Los periódicos de Río Janeiro habían
dado cuenta del arribo á los mares del Sur de cierto número de buques
de guerra franceses que venían convoyando á un gran personaje, cuyas
expectativas habíanse visto desvanecidas por el estado actual de Buenos
Aires. Poco tiempo después de la llegada de estas noticias, doblaron
el cabo de Hornos varios buques de guerra franceses, que recalaron en
diferentes bahías de Chile, con cuyo motivo el ministro de Marina se
dirigió al comodoro francés para saber por qué motivo habían pasado al
Pacífico.

La respuesta acalló todos los temores. En una carta muy cortés, M.
Jurien aseguró al gobierno de Chile que el único objeto que había
tenido en vista S. M. C. Majestad al enviar aquí sus buques era la
preparación de los jóvenes oficiales de su armada y el reconocimiento
de estos mares.

Mientras tanto, lord Cochrane sostenía vigorosamente el bloqueo del
Callao; el 2 de Diciembre, 16 cañoneros salieron de la bahía á atacar
á la _O’Higgins_ y la _Esmeralda_, pero, después de una acción que
duró poco más de una hora, se vieron obligadas á retirarse, con serias
pérdidas. El día 26 se repitió una tentativa parecida, con el mismo
resultado, sin que hasta comienzos de 1821 ocurriera otra cosa de
importancia que el apresamiento de varias embarcaciones cargadas de
víveres.

El mes de Enero se empleó de la misma manera: la escuadra conservaba
estrechamente el bloqueo, y algunos destacamentos del ejército, á
las órdenes de Arenales y otros, ganaban pequeñas ventajas en las
inmediaciones, mientras el grueso del ejército continuaba en la más
completa inacción.

El mes de Febrero fué más notable, por varios motivos. En primer lugar,
el general La Serna sucedió al virrey Pezuela en el cargo de virrey
del Perú, por voluntad de la tropa; en seguida, San Martín publicó,
el día 12, un “Reglamento provisional para establecer los límites del
territorio actualmente ocupado por el ejército libertador y la forma
de administración que debe observarse hasta que pueda constituirse una
autoridad central por la voluntad de las ciudades libres”.

Merecen ser reproducidas algunas frases de esta pieza, para dar á
conocer el estilo y espíritu de las publicaciones del capitán general.
“Encargado de restituir á esta vasta porción del continente americano
su existencia y sus derechos, es deber mío consultar sin restricción
alguna todos los medios que puedan contribuir á esa grande obra. Por
más que la victoria conservara una estricta alianza con mis armas,
quedaría un peligroso vacío en los compromisos que he contraído si
no preparara con anticipación los elementos de la reforma universal,
que no es posible perfeccionar en un solo día ni es justo postergar
indefinidamente.

Los más brillantes resultados de la guerra y las más gloriosas
empresas del genio del hombre sólo pueden excitar en el pueblo un
sentimiento de admiración mezclado de ansiedad, si no descubre á su
terminación el mejoramiento de sus instituciones y una indemnización de
sus actuales sacrificios. Entre la confusión de una reforma prematura
y el peligro de dejar abusos sin corregir, hay un término medio, cuya
amplitud señalan las circunstancias del momento y la gran ley de la
necesidad.” Después de una cantidad de frases de la misma especie
siguen veinte reglamentos, sin que ninguno de ellos remueva ningún
mal, sino que todos se refieren al nombramiento de gobernadores y
recaudadores de impuestos y á los plenos poderes que él se arrogaba
para gobernar, y especialmente para _castigar_ á aquellas personas cuya
conducta política pudiera ser ofensiva para él ó contraria á sus miras.

Pero la envidia, que había comenzado á intrigar contra lord Cochrane
aun antes de su llegada, estuvo á punto de estallar por entonces
de una manera grandemente bochornosa para muchos de los oficiales
de la escuadra chilena y extremadamente perjudicial para la causa
que servían. Todos habían llegado más ó menos como aventureros
independientes, y no obstante haber adoptado Chile formalmente las
ordenanzas y reglamentos del servicio británico, se imaginaban
que el buque cuyo mando se les había confiado era cosa propia y
que su obediencia al almirante era en cierto modo facultativa,
particularmente, los asuntos concernientes á los oficiales de los
buques.

Tales ideas perturbaban necesariamente la disciplina y el buen
orden del servicio; además las provisiones de la escuadra eran
desgraciadamente tan escasas, tanto de pertrechos navales y de guerra
como de vestuario y hasta de víveres para la tripulación, que siempre
se presentaba algún motivo de queja y siempre había buenas razones para
poner de relieve algunos defectos que en otras circunstancias habrían
sido fáciles de evitar sin que degeneraran en serios conflictos.

El 28 de Enero el gobierno resolvió cambiar el nombre de la fragata
_Esmeralda_ con el propósito de halagar á lord Cochrane. Había ya entre
los buques de la escuadra un _Lautaro_, una _O’Higgins_ y un _San
Martín_, y se quiso que hubiera un _Cochrane_; pero su señoría prefirió
que se le diera el nombre de _Valdivia_, en conmemoración de la toma de
aquella plaza.

Con este motivo el cirujano, el contador y dos tenientes le escribieron
á lord Cochrane una carta de lo más insolente, manifestándole que no
tenían objección que hacer por que el buque se llamara _Cochrane_,
pero que pensaban que el nuevo nombre de la fragata debía tener alguna
referencia con sus captores y no llevar el del hombre que había sido el
primer tirano que había habido en Chile. A estas cartas se siguieron
otras igualmente impropias, de manera que para desvanecer lo que ya era
en realidad una pequeña conspiración, el almirante trasbordó á otros
buques á esos señores, renovando la oficialidad de la _Valdivia_.

A pesar de estas molestias, lord Cochrane había ideado un plan que
habría coronado el éxito á no haber mediado estas intrigas.

Habiendo reconocido personalmente la bahía del Callao, quiso internarse
en ella con la _San Martín_ y todos los botes de la escuadra para
apoderarse de los buques y cañoneras y volver los propios cañones del
enemigo contra los fuertes de la plaza.

Los oficiales y la tripulación de la _San Martín_ se ofrecieron
voluntariamente para el servicio, lanzando tres vivas, y todo estaba
listo para la ejecución de este audaz proyecto cuando en el mismo
momento en que debía llevarse á efecto, el capitán Guise declaró que
él no serviría si no tenía á sus órdenes á sus propios oficiales,
el capitán Spry declaró que él apoyaba al capitán Guise, y toda la
escuadra se sintió conmovida.

El día 23 ambos oficiales renunciaron sus empleos en la armada de
Chile, y el 1.º y 2 de Marzo se celebró una corte marcial por los
oficiales de la _Valdivia_, que separó del servicio al cirujano
Michael, al contador Frery; los tenientes Bell y Freeman con el segundo
cirujano Kenyon fueron separados del buque en que servían por sentencia
de una corte marcial[42].

Estas personas, junto con el capitán Guise, se dirigieron donde San
Martín para inducirlo á que los hiciera reponer en sus puestos, y éste,
en consecuencia, los mandó donde lord Cochrane con una recomendación al
efecto. Su señoría le ofreció al capitán Guise su propio buque y á los
tenientes ocuparlos en otras de las naves; pero éstos rehusaron todo
servicio si no quedaban juntos con su capitán y bajo sus órdenes, y en
consecuencia retiráronse juntos del servicio.

No sólo lastimó al almirante esta ocurrencia, que parecía amenazar
con peores resultados á la escuadra, sino también la intervención
directa del comandante en jefe en favor de estas personas. El proceder
del capitán Guise parece que no era más que una nueva manifestación
de aquel espíritu de hostilidad que en Valparaíso había inspirado la
pretenciosa é insolente conducta que observó con el almirante y que lo
había hecho caer en desprecio antes de que zarpara la expedición, pero
que los sucesos posteriores parecían haber hecho desaparecer de entre
ambos.

El capitán Spry era un hombre de cortos alcances, y probablemente
meditaba ya por entonces la traición por la cual fué poco mas tarde tan
liberalmente recompensado. Con sus argucias había alcanzado un gran
ascendiente sobre el capitán Guise, por cuyo principal instigador se le
tiene.

El otro suceso digno de mención es la ocupación de Pisco por segunda
vez. Esta infortunada población, después de haberse visto obligada á
mantener durante cincuenta días al ejército patriota, había vuelto á
caer en manos de los españoles, que castigaron con toda severidad la
defección de sus habitantes.

El 22 de Marzo fué recobrado por 500 patriotas, á las órdenes del
coronel Miller, que se apoderaron el primer día de 300 caballos para
el uso del ejército y de otros tantos bueyes, corderos y mulas. Lord
Cochrane que había acompañado á la pequeña expedición, izó su insignia
el día 18 á bordo de la _San Martín_, y dejando á la _O’Higgins_ y la
_Valdivia_ para proteger las tropas en Pisco, regresó al Callao, donde
volvió á atacar con éxito las cañoneras.

Por esos mismos días el coronel Arenales había alcanzado otra decidida
ventaja sobre un cuerpo de ejército de 2.000 hombres que mandaba el
general Ricafort.

A principios de Mayo se empeñó un vigoroso ataque sobre Arica[43];
pero como el desembarcadero estaba muy bien fortificado, las tropas
tuvieron que desembarcar un poco más al Norte. Después de un bombardeo
de cinco días, los españoles abandonaron la ciudad, dejando un botín
considerable, fuera de 120.000 pesos en dinero, que fué capturado.

Estos triunfos de los patriotas indujeron al virrey á proponer un
armisticio de tres semanas al general San Martín, que lo aceptó
alborozadamente, como signo precursor de la pacífica terminación de
una campaña fatigosa para los invasores y cruelmente opresiva para los
habitantes del país.

Sin embargo, como el general Laserna no tenía más poderes que su
predecesor para reconocer la absoluta independencia de los colonos de
la América del Sur, la negociación sólo sirvió para proporcionar un
corto descanso á los dos bandos.

Pero la escuadra había seguido manteniendo el bloqueo en tanta
vigilancia y resolución, que el virrey tuvo que convencerse de que la
ciudad no podía resistir mucho tiempo por falta de provisiones. Los
clamores del pueblo se acentuaban, y se había abandonado toda esperanza
de refuerzos de España; en consecuencia, el día 6 de Julio el general
Laserna evacuó la ciudad de Lima. Los habitantes esperaban ansiosamente
que de un momento á otro llegara á ocuparla el ejército libertador;
pero con gran asombro, tanto de peruanos y chilenos como de los
neutrales anclados en la bahía, el ejército de San Martín no hizo el
menor movimiento hacia la ciudad hasta el día 9, en que se mandó allá
un reducido destacamento[44].

Durante este intervalo se temió que, con motivo de la retirada de las
tropas y la desorganización del gobierno, ocurrieran en la ciudad los
más serios desórdenes, por cuyo motivo el capitán Basil Hall, del
_Conway_ y buque de la armada de su majestad británica, mandó á ofrecer
al cabildo los servicios de sus marineros y sus soldados de marina, á
fin de resguardar el orden y proteger la propiedad pública y privada.

El general llegó al Callao en la goleta _Sacramento_, el día 6 ó
7, y después de esperar que una división de su ejército se hallara
seguramente acuartelada en Lima y que se le enviara una solemne
diputación de la ciudad para invitarle á tomar posesión de ella,
desembarcó y prosiguió su marcha con toda seguridad en la noche del 10.

El primer día fué empleado en la publicación de proclamas halagadoras
y en aquellas manifestaciones de jactancia y de congratulación á que
tan propensos son los generales y los ejércitos cuando ocupan un nuevo
territorio, y en lo que San Martín ha sobrepujado á cuanto jefe cuyos
manifiestos he podido ver.

A pesar de haber permanecido en la más completa inacción todo el
tiempo desde que llegó á las costas del Perú, y de haberse rendido la
capital á las exigencias del hambre, causada por las maniobras de la
escuadra y excitada por las discusiones civiles consiguientes á las
grandes calamidades privadas, él se da la importancia y el renombre de
conquistador, y á atenerse á lo que se lee en sus _Boletines Oficiales_
era de creer que se había tomado la ciudad después de una porfiada
lucha. Sin embargo, el Callao resistía, á pesar de hallarse reducido á
los últimos extremos con motivo de la ocupación de Lima.

La escuadra continuaba atacando á los fuertes y cañoneras cada vez que
se presentaba la oportunidad, y el día 24, como notara lord Cochrane
una abertura en la cadena que resguardaba á los buques, mandó en la
noche al capitán Crosbie á dar un asalto con las embarcaciones menores
de la escuadra, lo que dió por resultado la captura de los buques de
guerra _San Fernando_, _Milagro_ y _Resolución_, fuera de varios botes
y lanchas, y el incendio de dos naves más. Pocos días antes la escuadra
había sufrido una pérdida de consideración con el naufragio del _San
Martín_, que ocurrió el 15 de Julio en la bahía de Chorrillos, adonde
había ido con un cargamento de trigo para venderlo á bajo precio á los
pobres, perdiéndose totalmente el 16.

Pero por entonces el pueblo sólo tenía ojos y lengua para celebrar
el logro de la gran victoria á que Chile había consagrado todos sus
esfuerzos. El día 25 fué jurada solemnemente la independencia del Perú;
pero en la misma noche ocurrió un accidente que envenenó el regocijo
de San Martín, como la presencia del judío Mardoqueo en la puerta del
rey. Habiendo ido al teatro con lord Cochrane, el público los recibió
con las más ruidosas aclamaciones: dábanle á San Martín todos los
calificativos y epítetos que podían halagarlo, menos el de _valiente_,
que constantemente asociaban al nombre de lord Cochrane, envidiosa
distinción de que él se quejó á su señoría al salir del teatro. Lord
Cochrane se desentendió generosamente de ella, y parodiando las
palabras de Cromwell á Lambert, que Lambert recordaba después como una
profecía, le dijo: “General, si son españoles viejos, que gritarían del
mismo modo si nos vieran á usted y á mí en camino de la horca.” A lo
cual San Martín replicó, repitiendo con vehemencia las palabras varias
veces: ¡Ah, los trataré de la manera más feroz![45].

Desde ese momento quedaron acordadas sus medidas contra los españoles,
si bien no era llegado todavía el tiempo para completar su venganza.
Y no fueron ellos solos los únicos objetos de su cólera. Para el
envidioso, las bagatelas más livianas que el aire son confirmaciones
tan sólidas como el testimonio de las Sagradas Escrituras, y no dudo
que á causa de esta circunstancia aumentó la envidia que á lord
Cochrane le tenía, hasta llegar al grado con que después se manifestó.

El día 29 se cantaron las misas más solemnes en acción de gracias
por la liberación de Lima de los españoles, y San Martín, que era un
incrédulo reconocido, no sólo no se contentó con prestar decorosa
aquiescencia á los ritos á que debía estar presente por necesidad,
sino que se hizo notar por su celo por todas las cosas religiosas,
su acendrada devoción y sobre todo por su excesiva veneración á la
tutelar Santa Rosa[46], cosas que, á mi juicio, más perjudicaron que
favorecieron su causa, aun entre el clero mismo.

Pero en aquella coyuntura había que tocar todos los resortes para
conciliar á todos los hombres; el clero fué particularmente adulado.
Se le escribió una carta al arzobispo, exhortándolo á emplear sus
buenos oficios para mantener tranquilo al pueblo y darle á conocer los
beneficios del nuevo orden de cosas.

A los españoles se les halagó y se les aseguró la protección de sus
personas, y á los que quisieran quedarse se les ofreció el goce de
todas sus propiedades con sólo que solicitaran cartas de ciudadanía.
A los oficiales de la escuadra se les agasajó, halagando á varios de
ellos con promesas de honores y recompensas y con la amistad personal
del general.

Por fin, el 4 de Agosto se llevó á efecto la gran medida que todos
estos preparativos anunciaban: San Martín lanzó una proclama
declarándose Protector del Perú con una autoridad absoluta é
indivisible. Violando abiertamente sus promesas anteriores, se dirige á
los peruanos para decirles que los diez años de experiencia que tiene
de las revoluciones le han hecho conocer los peligros que resultan de
convocar congresos mientras el enemigo no ha salido todavía del país,
y que, á pesar de que su aspiración sería retirarse á la vida privada,
dirigirá los negocios del Perú hasta que las fuerzas españolas no
sean totalmente arrojadas del país. Nombró á García del Río ministro
de Relaciones Exteriores, á Bernardo Monteagudo, ministro de Guerra y
Marina y á Torre Tagle, de Hacienda.

El despotismo fué absoluto; todas las antiguas leyes fueron derogadas,
sin que en su lugar se establecieran otras que la sola voluntad del
Protector, y no pasó mucho tiempo antes de que éste se dejara llevar á
esos actos que sólo pueden explicarse por la embriaguez que produce la
posesión del poder absoluto.

Sin pérdida de tiempo se le transmitieron al Director de Chile las
nuevas de estas incidencias, y parece que San Martín creyó que,
con mandarle las cuatro banderas que cayeron en poder de Osorio
en Rancagua y que fueron halladas en la catedral de Lima, quedaría
excusada su falta á los juramentos de fidelidad que había prestado
á Chile y á su gobierno y que acababa naturalmente de violar al
declararse jefe independiente[47].

Y no fué ésta la única ofensa que meditó contra el país de que así
se separaba. La escuadra había pasado un año entero en constante
actividad; escasamente dotada desde un principio de velas y aparejos,
y aprovisionada sólo para unas cuantas semanas, no habría podido
conservarse á no haber sido por la buena conducta de los oficiales en
general y la actividad y vigilancia de su comandante.

Haciendo uso á veces de las facultades que se le habían otorgado
para trocar los derechos de aduana en provisiones para la flota,
ó concediendo permisos á los neutrales para comerciar en la costa
bloqueada, á virtud de esas mismas facultades; otras, comprando los
artículos de más apremiante necesidad con su propio peculio y el de los
oficiales de la escuadra, ó apoderándose de los depósitos y bodegas
de los enemigos para aprovecharlos en uso de los patriotas, así había
podido conservar hasta entonces la escuadra á flote. Pero, habiendo
expirado el plazo por el cual se había contratado la mayor parte de los
marineros, comenzaron éstos á clamar por su pago, y con mayor motivo
cuanto que la gratificación de un año de sueldo que se les había
ofrecido para la caída de Lima, parecía haber sido echada al olvido.

Lord Cochrane llamó la atención de San Martín sobre este asunto el
mismo día en que éste se declaraba Protector; diéronsele excusas,
primeramente, alegando falta de fondos, á pesar de que la Casa de
Moneda de Lima se hallaba en sus manos; por fin, declaró que jamás
pagaría á la escuadra de Chile, á no ser que el almirante se la diera
en venta, y que aún entonces la paga se consideraría parte del precio
de su compra. La indignación que manifestó lord Cochrane con este
motivo exasperó violentamente al flamante Protector; pero, como el
Callao no había caído aún, disimuló sus pasiones, si bien se fortaleció
más en él la determinación de adueñarse de la escuadra.

Con el propósito de impedir que los buques se alejaran de la costa y
con la esperanza de forzar á oficiales y marineros á irse con él, esta
determinación lo llevó hasta negar á los buques toda especie de víveres
y de provisiones, tanto que la tripulación de la _Lautaro_ se vio
obligada á abandonar el buque para no perecer de hambre.

Al siguiente día lord Cochrane escribió una carta al Protector, en la
cual le pregunta: “¿Qué diría el mundo si el primer acto del Protector
fuera violar los compromisos de San Martín, por más que la gratitud
no sea una virtud pública si no privada? ¿Qué dirá si el Protector se
niega á pagarle los gastos de la expedición que lo ha elevado á la alta
posición que ocupa, y qué, si rehusa recompensar á los marinos que
tanto han contribuído materialmente á su fortuna?”

A pesar de estas cartas y de otras más apremiantes sobre el mismo
asunto, no se hizo nada.

Los buques estaban tan destituídos de velas, aparejos y pertrechos,
que corría peligro su seguridad; las provisiones eran escasas y sólo
consistían en charqui apolillado; la marinería no tenía aguardiente, y
sus vestidos estaban en la más desastrosa condición. El almirante hizo
presente más de una vez que la marinería estaba á punto de amotinarse
y para apaciguarla tenía él que quedarse á bordo; en realidad, la
gente comenzaba á darse cuenta de que nunca había habido la intención
de pagarla, y amenazaba apoderarse de los buques para capturar cuanta
embarcación pudieran en las costas y así pagarse por sí misma.

El 15 de Agosto, sin embargo, alarmado el Protector por las
reclamaciones de lord Cochrane, renovó sus promesas de pagar á la
escuadra en cuanto pudiera procurarse el dinero necesario, habiendo
destinado á este objeto una quinta parte de los derechos de Aduana.
Esta quinta parte debía, sin embargo, dividirse con el ejército; y los
marinos conocían demasiado la naturaleza de estas divisiones con el
ejército para no sentirse más exasperados con una promesa que parecía
más bien una burla á sus sufrimientos.

Pero antes de proseguir con los asuntos de la escuadra, será necesario
volver la vista á los del ejército durante este último tiempo, porque,
habiéndose San Martín declarado independiente y convertido el ejército
de Chile en ejército protector del Perú, no es mi proposito seguir con
su historia más allá de aquello que á Chile y á su escuadra se refiere.

Cuando Laserna dejó á Lima, retiróse á Jauja, donde se unió al general
Canterac, resolviendo entre ambos socorrer, si era posible, el Callao
y salvar por lo menos el tesoro, que en gran cantidad estaba allí
depositado. Este plan habría resultado irrealizable á haber San Martín
continuado por tierra el bloqueo de la plaza, especialmente entonces
que la escuadra continuaba maniobrando activamente en la bahía y que
el 15 de Agosto no más se había apoderado de otros dos buques y un
bergantín; en vez de esto, replegóse con su ejército á las murallas de
Lima, y Canterac, aprovechando la oportunidad, se dirigió á marchas
forzadas hacia el Callao, á cuyas inmediaciones llegó el 10 de
Septiembre.

El ejército de San Martín se formó en batalla. El valiente general Las
Heras y lord Cochrane estaban á caballo con gran número de oficiales
y de particulares ansiosos de entrar en acción. La fuerza del enemigo
era reducida en comparación con el ejército del Protector, y el general
mismo, cuando llamó á los dos jefes antes nombrados, parecía realmente
animado por un sincero deseo de empeñar resueltamente el ataque; pero,
gradualmente fué enfriándose, perdió la mañana en inútiles palabreos,
fuese á dormir la siesta de costumbre y después ordenó á la tropa que
se fuera á comer.

Los soldados, que estaban dispuestos á esgrimir sus sables, dieron
una carga sobre un piño de ganado que divisaron, y después de matar
las reses obedecieron las últimas órdenes del general; mientras
tanto, el enemigo prosiguió su marcha y entró al Callao sin sufrir
molestia alguna. Fué en esta ocasión cuando Las Heras, después de haber
insistido en la ventaja de atacar á Canterac, rompió su espada y juró
no volver á llevar más el uniforme de aquel bochornoso día[48].

El almirante también lo exhortó al ataque hasta el último momento y
ésta fué la última entrevista que tuvo con San Martín, y le señaló el
camino que le quedaba abierto para preservar su propio honor y el del
ejército; entonces San Martín le contestó: “Yo soy el único responsable
de la libertad del Perú”, y se retiró. Este paso fué seguido el día 15
por otro igualmente bochornoso para el general.

El ejército de Canterac se retiró del Callao llevándose el tesoro y
todos los pertrechos militares, sin que se hiciera la menor tentativa
para detenerlo.

En este intervalo, tanto lord Cochrane como San Martín, habían estado
en negociaciones con el gobernador Lamar para obtener la rendición
del Callao. Lord Cochrane, que pensaba en el cumplimiento de sus
compromisos, ofreció salvoconducto y protección personal para todos,
á condición de que los fuertes le fueran entregados á la escuadra, la
cesión de una tercera parte de los bienes españoles y el pago de fletes
y pasajes á bordo de los buques que él designaría para el transporte
de los que emigraran del país. San Martín, que no tenía intención de
cumplir su palabra, ofreció una protección ilimitada é incondicional,
tanto á las personas como á los bienes, con sólo que los individuos
adquirieran carta de ciudadanía[49].

Por este motivo no fueron aceptadas las promesas de lord Cochrane,
frustrándose así sus esperanzas de obtener por este medio una suma
suficiente para la reparación y alistamiento de los buques[50].
Entonces resolvió adoptar un medio atrevido, pero que, contempladas las
circunstancias del caso, me parece de lo más perfectamente justo. Se
recordará que, como antes lo he manifestado, la escuadra había pasado
doce meses en constante actividad; los marineros no habían recibido
ni sueldos ni vestidos; no habían contado con otras provisiones de
repuesto que las que habían capturado en la costa ó en el mar; algunos
de los buques estaban llenos de aberturas, y todos escasos de toda
clase de aparejos, y, sobre todo, la marinería, que en su mitad por lo
menos se componía de ingleses, se quejaba de falta de pago.

El ejército, por el contrario, había sido abastecido con toda
prodigalidad, y parecía que todos los honores y todas las ventajas
de la campaña habían sido para los soldados; su general había violado
la fidelidad que debía al país á que el ejército y la armada habían
jurado ser fieles, y deseaba ahora comprar los buques á sus oficiales,
que, en primer lugar, no tenían título para disponer de ellos, y que,
en seguida, tenían la obligación de conservarlos para el gobierno
de Chile. San Martín había ofrecido, no sólo pagar, sino que hasta
recompensar á la escuadra; pero, no sólo no había hecho ni lo uno ni
lo otro, sino que negaba haberse comprometido á ello. Además, había
reclamado para su dominio particular varias de las presas hechas por la
escuadra.

Alarmado por el avance de las tropas de Canterac, San Martín había
mandado á Ancon todo el dinero y pastas metálicas de la moneda y la
tesorería de Lima, y embarcándolos á bordo de los transportes por
vía de seguridad. A más de este tesoro, iban otros dineros públicos
y gruesas sumas pertenecientes á particulares y también, á bordo del
_Sacramento_, el oro y plata de propiedad particular del Protector, la
plata en tal cantidad, que hubo que arrojar parte del lastre para darle
lugar; el oro amonedado lo había mandado en cuatro mulas, esto es, sin
hablar del oro en barras[51].

En cuanto lord Cochrane supo que los transportes conducían á bordo
una cantidad tan considerable de fondos públicos, zarpó para Ancon,
donde la _Lautaro_ estaba con los transportes, y se apoderó de todo
el dinero, excepto de aquel que se probaba fehacientemente que era
propiedad privada[52] y excepto también el cargamento del bergantín
_Sacramento_, que no se tocó.

Al momento que se oyó hablar de la captura, San Martín empleó todos
los medios, la amenaza y el halago, para inducir á lord Cochrane
á devolver los fondos públicos y depositarlos en manos de sus
comisionados, que, á fin de dejar á salvo su dignidad, pagarían en su
nombre á las tripulaciones de los buques; naturalmente, lord Cochrane
no consintió en ello, si bien en espera de que el Protector mandara
un comisario para que lo asistiera, retardó el pago hasta que los
marineros comenzaron á desertarse, descontentos por la falta de pago
de sus haberes, lo que le hizo comprender que no debía retardar más la
operación.

En el entretanto, los fuertes del Callao habíanse rendido á las
banderas republicanas de Chile y el Perú, y para alejar todo peligro
ulterior, ya que los buques se preparaban para abandonar la costa, San
Martín consintió forzosamente en que se pagara á la escuadra con el
dinero secuestrado en Ancon. Inmediatamente se le pagó á la marinería y
á los oficiales todos sus haberes atrasados, excepto lord Cochrane, que
no recibió nada.

       *       *       *       *       *

No se consiguió esto, sin embargo, sin nuevos esfuerzos de San Martín
para recobrar el dinero ó por lo menos para vengarse de su captura.
Para lograr el primero de estos fines, había mandado á Monteagudo á
ponerse al habla con lord Cochrane, conociendo lo hábil que era “para
presentar como buena la peor causa”; entonces, lord Cochrane convino
en que sería devuelta una parte de las pastas metálicas, á condición
de que se proporcionara á los buques los repuestos que necesitaban,
especialmente algunas anclas[53]; pero, como se negaran los repuestos,
se retuvo el dinero, que sumaba unos 285.000 pesos, que fué distribuído
como ya se ha dicho, llevándose cuenta y razón de todo y cargándola al
crédito del gobierno chileno. La treta que se urdió para la venganza
surtió mejor efecto.

En la media noche del mismo día 26 de Septiembre, en que el Protector
había significado al almirante que podía hacer el uso que quisiese del
dinero, dos edecanes de San Martín, el capitán Spry[54] y el coronel
Paroissien, abordaron varios buques de la escuadra, y por primera vez
dieron á conocer las instrucciones secretas y los plenos poderes que el
gobierno de Chile había dado al Protector respecto á la escuadra.

A más de esto, ofrecieron á los que se desertaran para servir á las
órdenes del Perú empleos, honores, títulos y regalías. Cuando supo
Paroissien que el almirante había descubierto sus visitas nocturnas,
fué insolentemente donde él y le habló en un lenguaje parecido,
insistiéndole en que era preferible ser almirante de un país rico como
el Perú y no vicealmirante de una provincia tan pobre como Chile,
tratando así de cohecharlo. De aquellos oficiales que desertaron
vergonzosamente su bandera halagados con estas sugestiones, la mayor
parte han sufrido el castigo de ver defraudadas sus esperanzas, y todos
el desprecio de amigos y enemigos.

A los marineros se les inducía por todos los medios posibles á entrar
al servicio del Perú, aprovechándose la oportunidad para sobornarlos ó
someterlos por fuerza cuando iban á divertirse, recién pagados. A los
oficiales fieles que trataban de hacerlos volver á sus buques se les
metía á la cárcel. De esta manera iba quedándose sin tripulación la
escuadra, que ya estaba en malas condiciones y escasa de víveres.

Esto no obstante, ahora que el Callao se había rendido, San Martín dió
orden terminante á lord Cochrane de salir de la costa del Perú con
todos los buques de su mando.[55] Con motivo de esta orden, que fué
transmitida por Monteagudo, lord Cochrane escribió á este ministro la
siguiente carta, que inserto porque corrobora ciertos hechos, que de
otra manera parecerían increíbles[56]:

                     “A bordo de la _O’Higgins_, bahía del Callao, 28 de
                     Septiembre de 1821.

  Señor:

  Muy molesto me hubiera sentido si la carta que usted me ha dirigido
  por orden de S. E. el Protector del Perú, hubiese contenido solamente
  la orden del Jefe Supremo para partir de los puertos que se hallan
  bajo el dominio sin consignar sus motivos; y me había sentido
  confundido, en verdad, si estos motivos hubiesen estado fundados en
  la razón ó en hechos concretos; pero, cuando me he impuesto de que la
  orden se origina de la infundada imputación de que he rehusado hacer
  lo que no tengo medios de efectuar, me ha consolado la idea de que
  S. E. el Protector tendrá la satisfacción de convencerse de que no
  hay motivo de censura para mí; de todos modos, tengo la satisfacción
  de que no afecta á mi conciencia ninguna intención torcida, y me
  congratulo con la convicción de que por más que los hechos aparezcan
  desfigurados á través de una atmósfera de chismes y calumnias, las
  personas que viven en un medio más sereno verán las cosas con sus
  propios colores y me harán la justicia que merezco.

  Dirígeme usted sus cartas llenas de argumentos, como si yo necesitara
  que me convenciesen de sus buenas intenciones. No, señor; es á los
  marineros á quienes hay que convencer; son ellos los que no dan
  crédito á las promesas después de haber sido engañados una vez.

  No se preocupan de si los víveres de la escuadra proceden de los
  españoles, como los que se han procurado con el ganado y el pisco
  capturados, ó si proceden del tesoro de sus superiores; son hombres
  de pocas palabras, pero resueltos en sus actos; dicen que por su
  trabajo tienen derecho á ser pagados y alimentados, y que sólo
  trabajarán mientras se les pague y alimente. Este es, señor, un
  lenguaje nada cortés y malsonante á los oídos de la suprema autoridad.

  Además observan que no se les paga á ellos, mientras sus compañeros
  de trabajo, los soldados, han recibido las dos terceras partes de su
  sueldo; que están pereciendo de hambre ó sustentándose con charqui
  apolillado, mientras las tropas de tierra se regalan con carne de
  buey y de cordero en abundancia; que no tienen aguardiente, mientras
  los otros tienen dinero y oportunidad para obtener esa codiciada
  bebida y todo lo demás que apetezcan.

  Tales son, señor, los sólidos fundamentos en que un marino inglés
  apoya su opinión y sostiene su ruda argumentación. El espera un
  equivalente al cumplimiento de su contrato, y cuando, por su parte,
  lo ha cumplido con fidelidad y se deja pasar el día del pago y se
  le desconocen sus derechos, se pone turbulento como el elemento en
  que vive. De nada servirá á usted, en consecuencia, entrar en más
  pormenores relativos á un asunto sobre cuya corrección no puedo hacer
  observación alguna.

  En el último párrafo de su carta, parece que usted manifiesta cierta
  sorpresa de que, cuando apenas han transcurrido veinte días, volvamos
  á pedir más provisiones; pero toda extrañeza se disipará si usted
  consulta sus cartas y sus propias órdenes para entregarnos hace
  treinta días provisiones para veinte.

  Respecto á la aserción que usted hace sobre la provisión gratuita
  de pisco, debo informarle de que se pagó por ella la suma de 1.900
  pesos, según consta de mi relación, justificada por los recibos y
  resguardos otorgados en Pisco y que nos fueron entregados por el
  capitán Cobbett, de la _Valdivia_, cuya veracidad é integridad puedo
  sostener contra las de cualquiera de los más honorables de vuestros
  informantes. Mientras tanto, me abstendré de insistir sobre lo
  delicado de la contradicción que hace usted de lo que yo asevero, y
  abriré una investigación para que quienquiera que haya falseado los
  hechos, sea expuesto al merecido desprecio del público.

  Me dice usted, señor, que es en vano que me refiera á mis cartas en
  las cuales he manifestado la situación de la escuadra para salvar mi
  responsabilidad, porque esas cartas han sido contestadas (y podía
  usted haber agregado que con muy buenas palabras); pero, ¿no le he
  advertido ya que las buenas palabras no sirven de nada contra la
  fuerza bruta de hombres despechados que claman por sus derechos?
  ¿No le he pedido á usted mismo en persona que les hablara á los
  marineros, diciéndole que yo lo ayudaría en la medida de mis fuerzas,
  y no ha olvidado usted este deber? ¿Cómo puede usted entonces afirmar
  que yo he rehusado mi concurso á los planes del Gobierno?

  ¿En qué comunicación, señor, he insistido sobre el desembolso de
  200.000 pesos? Es verdad que le remití una cuenta del dinero que
  se debía[57]; pero en mi carta le decía que eran los marineros
  amotinados los que pedían esos desembolsos, pero que yo había hecho
  cuanto estaba en mi poder para reprimir sus violencias y aquietar sus
  temores.

  Usted agrega que es imposible pagar á las tripulaciones clamorosas.
  ¿Cómo es entonces (y el hecho es indiscutible) que hayan sido
  pagadas ahora con el mismo dinero que en ese entonces estaba ocioso
  en poder de usted? Debo agregar aquí que la promesa de repartirse con
  los soldados el 20 por 100 de las entradas de aduana no ha satisfecho
  las esperanzas de los marineros, que saben ya por experiencia lo que
  son esas reparticiones. La advertencia que á usted le hice de que no
  podía entretenérseles por más tiempo con ese halago, estaba basada en
  mi largo conocimiento de sus caracteres y disposiciones, y los hechos
  han comprobado la necesidad de lo que le he dicho á usted, y pueden
  comprobarla más plenamente todavía.

  ¿Por qué, señor, ha puesto usted la palabra “inmediatamente” en su
  orden para que salgamos del puerto? ¿No habría sido más decoroso
  haber sido menos perentorio, sabiendo, como usted lo sabe, que la
  demora en el pago ha dejado sin tripulación á los buques? ¿Que la
  absoluta desatención á todos mis reclamos ha dejado á la escuadra
  destituída de provisiones y que los marineros han sido cohechados por
  personas que proceden bajo la autoridad del gobierno del Perú?

  ¿Por qué no me ha dado usted una respuesta á la carta oficial
  de fecha 23 que le dirigí invitándole á poner término á tan
  injustificables procedimientos? No me fué bastante desembarcar
  los víveres que la _Moctezuma_ traía para la escuadra, mientras
  ésta tenía absoluta necesidad de ellos, fuera del insulto de
  poner guardias á bordo y en tierra, como si usted sintiese el
  convencimiento de que la necesidad á que tenía reducida la escuadra
  podía autorizar el empleo de la fuerza para recobrar los alimentos. Y
  si era así, ¿por qué lleva el gobierno del Perú las cosas hasta este
  extremo?

  Mucho le agradezco los elogios que usted me dedica por los servicios
  que he prestado desde el 20 de Agosto de 1820, y que deben ser
  dedicados al país que sirvo. Le aseguro á usted que mi celo por
  el servicio de S. E. el Protector del Perú no había experimentado
  decaimiento alguno hasta el día 5 de Agosto en que tuve conocimiento
  de la instalación de S. E., cuando en presencia de usted mismo
  reveló sentimientos que me produjeron escalofríos y que ningún acto
  posterior, ninguna protesta de intenciones, ha podido disimular más
  tarde.

  Demasiado bien recuerdo las palabras que profirió, inspiradas por
  pensamientos que era de haberle rogado á Dios no se los hubiera nunca
  permitido. ¡Ah! ¿no dijo, no lo oí yo mismo declarar que no pagaría
  la deuda á Chile, ni los sueldos atrasados de la escuadra, si Chile
  no le vendía su escuadra al Perú? ¿Qué habría pensado usted de mí, de
  un oficial que ha jurado serle fiel al Estado de Chile, si yo hubiese
  prestado oídos á semejante lenguaje con el frío silencio del cálculo,
  pesando mi decisión en la balanza del interés personal? No, señor; la
  promesa de que “mi fortuna sería igual á la de San Martín”, nunca me
  hará apartarme del camino del honor.

                                        Su obediente y humilde servidor,
                                        COCHRANE.”

Después de esta carta, poca fué la correspondencia que se cruzó entre
lord Cochrane y San Martín, y ninguna de carácter amistoso. Su señoría
continuó el pago de los oficiales y marineros, y como después de la
caída del Callao el principal objetivo de Chile consistía en apoderarse
ó destruir las dos fragatas _Prueba_ y _Venganza_, que eran los últimos
buques españoles que quedaban en el Pacífico, se aprestó para hacer
rumbo al Norte en su persecución, zarpando por fin el 6 de Octubre con
ese objeto[58].

       *       *       *       *       *

Tiempo es ya de volver á los asuntos domésticos de Chile. Benavides
mantenía todavía una activa y cruenta lucha en el Sur de Chile, y José
Miguel Carrera, fogueado por la experiencia de ocho años y sediento de
venganza contra los exterminadores de sus hermanos, estaba á la cabeza
de un ejército reducido pero animoso, y se había abierto paso con las
armas por el continente de la América del Sur, haciendo alianzas con
los indios y comunicándose por medio de ellos con Benavides y con los
muchos descontentos que había en Chile.

Benavides había tenido varios encuentros afortunados; pero, en general,
iba perdiendo terreno. Los jefes patriotas, de los cuales Freire era
sin duda el más distinguido, habían ido estrechándolo gradualmente, y á
pesar de que incitaba á los indios á cometer las mayores depredaciones,
incendiar las haciendas y saquear las cosechas de las provincias del
Sur, no recibía de ellos la ayuda necesaria para eludir su destrucción
final, y menos podía recibir auxilios del exterior, por haberlo hecho
imposible la superioridad de la escuadra chilena.

El ejército de Carrera, que sus propias victorias tenían diezmado, y
que ahora apenas contaba unos 500 hombres, cuya marcha entorpecían gran
número de mujeres y otros allegados, era completamente derrotado el 31
de Agosto.

Carrera, su segundo, don José María Benavente, con 23 oficiales más,
cayeron prisioneros en la Punta del Médano y fueron llevados á Mendoza,
donde aquél y varios de sus oficiales principales fueron fusilados
en la plaza pública, empleándose para ello los recursos de la más
injustificable crueldad y de la más falsa política.

Por lo que hace á la causa de la salvación de Benavente y á los
detalles de la muerte de don José Miguel, me refiero á la publicación
de Mr. Yates que figura en el Apéndice; las gacetas en que se
anunciaron al público estos sucesos respiran tanta ferocidad, tanto
espíritu de venganza, que son una vergüenza para los jefes de la Nación
y para la época.

Don José Miguel Carrera tenía solamente treinta y cinco años de edad.
Era su persona notablemente hermosa y su bella fisonomía predisponía
á su favor. He oído decir que sus ojos parecían poseer cierto poder de
fascinación sobre las personas á quienes se dirigía.

De todos los individuos que se han hecho notar en la lucha por la
independencia de Sur-América, era, indudablemente, el más amable:
de carácter muy versátil, tenía una imaginación muy vivaz y grandes
facultades que revelaba en cualquier cosa á que se contrajera. He
oído contar que mientras residía en Montevideo quiso imprimir algunas
proclamas para distribuirlas, y como no encontrara elementos para ello,
se encerró semanas enteras en su casa y construyó una prensa é imprimió
él solo su manifiesto.

Era de espíritu alegre y cariñoso, y su cuerpo no conocía la fatiga;
pero tenía muy poca prudencia y ninguna reserva; de manera que tan
poco podía confiársele los planes ajenos como descansar en los suyos
propios, que, sin embargo, eran siempre concebidos con precisión y
energía y encaminados rectamente al objeto que se tenía en vista, pero
que él luego daba á conocer abiertamente.

Carecía de educación, porque no tenía ni principios ni ilustración que
lo guiaran, y creo que su carácter no puede compararse á ningún otro
con más semejanza que al del duque de Buckíngham que figuró durante
el reinado de Carlos II. No es de extrañarse, pues, que no lograra
colocarse, ó más bien dicho, mantenerse á la cabeza de ninguno de los
estados recientemente independizados de la América del Sur.

Su afición á los placeres lo metió en gastos que le absorbían los
medios que debía haber empleado en gratificar ó pagar á sus parciales,
y su natural despreocupado y llano no le permitió asegurar á aquellos
que podían serle peligrosos.

Después de su muerte, sus principales partidarios y algunos de sus
parientes más cercanos fueron estrictamente encarcelados, otros
desterrados, y varios huyeron á los bosques y las montañas, donde
vivieron precariamente hasta que pudieron hallar un refugio amistoso,
ó hasta que la “ley de olvido”, de Septiembre de 1822, les permitió
volver á sus hogares.

La suerte de Chile se vió, pues, libre de los peligros que le suscitaba
aquella activa y poderosa familia. El padre había muerto poco después
de la ejecución de sus otros dos hijos, y ahora se iba el último y el
más grande de los de su casa. De los que llevaban el mismo apellido,
don Carlos era un ciudadano pacífico que vivía en su hacienda en
Viña del Mar, cerca de Valparaíso, sin mezclarse en política; de sus
tres hijos sólo uno vivía, á quien sus rústicas costumbres y corta
inteligencia parecían preservar tanto de hacer como de recibir daño
alguno.

De los otros dos, uno había perecido en los primeros tiempos de la
revolución y el otro había sido asesinado en una insurrección, en Juan
Fernández, donde se hallaba desterrado.

La seguridad del Estado parecía todavía más asegurada con el
aniquilamiento total de Benavides, en el mes de Diciembre. Este hombre
era hijo del alcaide de la cárcel de Quirihue, Concepción, y había sido
soldado de infantería en el primer ejército patriota; hecho prisionero
por los realistas, ingresó á su ejército, pero luego fué capturado
por Mackenna, que lo mandó á su cuartel, á orillas del Maule, para
que fuera juzgado como traidor. De allí logró escaparse, prendiéndole
fuego al rancho donde lo tenían prisionero, y volvió á reunirse con los
realistas, entre los cuales se distinguió por sus talentos, llegando á
tener un puesto importante en el ejército de Osorio.

En la batalla de Maipú fué hecho prisionero otra vez, siendo condenado
á muerte por desertor, con muchos otros: cayó entre los muertos, pero
no murió como se creía; poco después mandó pedirle una entrevista á San
Martin, que consintió en verlo solo en la plaza, debiendo ser la señal
para darse á conocer que sacara tres chispas del _mechero_. Benavides
hizo la señal, y San Martín, á su vez, le presentó su pistola.
Benavides la hizo á un lado, y notándolo sobresaltado le aseguró que
no pensaba asesinarlo, sino servirlo, cosa que podía hacer eficazmente
por el conocimiento local que tenía de las provincias del Sur y de las
tropas que allí se encontraban. San Martín aceptó sus servicios, pero
conservaba el temor que le había producido su repentina y fantástica
aparición, y de aquí que, sin que hubiera el menor fundamento para
suponer que intentara engañarle, comenzó á sospechar de él y trató de
meterlo preso una vez más.

El espíritu de Benavides se sublevó ante este proceder; acusado de
traición, hízose traidor, si es que así puede llamársele, y se pasó
resueltamente al ejército de Osorio, animado por un feroz deseo de
venganza, que una vez despierto no se adormeció jamás en su pecho.
De aquí se originaron todas las crueldades, y son monstruosas, en
que incurrió. Asesinaba á sus prisioneros con toda sangre fría, y su
mayor deleite era invitar á los oficiales prisioneros á un suntuoso
festín, y después que habían comido y bebido, los hacía conducir á un
patio para ser fusilados allí mismo, presenciando él desde una ventana
la ejecución. A algunos á quienes les había prometido la libertad,
entregábalos á los indios, cuya cruel conducta con los prisioneros de
guerra es bien conocida.

Cuando el general Prieto le escribió para informarle de la caída de
Lima y de que era inútil que perserverara en su campaña, él le contestó
que “mientras le quedara un soldado vivo lucharía contra Chile, por más
que el rey y la nación reconocieran su independencia”.

Alistó un corsario para piratear contra toda bandera, á fin de
proporcionarse víveres y municiones. Por fin, el 1.º de Febrero de
1822, convencido de que no podía sostenerse por más tiempo, trató de
escaparse hacia alguno de los puertos españoles en una chalupa; pero
habiéndose visto obligado á recalar en Topocalma en busca de agua,
fué reconocido, apresado y enviado á Santiago, donde fué juzgado y
sentenciado á muerte el 21 del mismo mes.

El 23 fué sacado de la prisión, amarrado á la cola de una mula y
ahorcado luego en la plaza del palacio; en seguida se le cortaron la
cabeza y las manos para ser expuestas en las ciudades del Sur, que
había asolado, y tales fueron las indignidades que se hicieron con sus
restos que más parecen obra de la venganza de salvajes que castigo
impuesto por un gobierno justo del siglo XIX.

Sin embargo, el Director, al consentir en esta ejecución, prohibió que
se condenara á muerte á ninguno de los secuaces de Benavides, porque
ya podía considerarse libre de enemigos la parte continental de Chile.
Sólo quedaban las tropas que mandaba Quintanilla, que se hacían fuerte
todavía en Chiloé.

Es difícil inquirir de dónde salió, por entonces, el rumor de que al
dirigirse lord Cochrane á los puertos del Norte, en persecución de las
fragatas enemigas, nunca había de regresar á Chile[59]. Es posible
que tuviera su origen en el conocimiento del lastimoso estado de sus
buques, en los cuales, probablemente, ningún otro marino hubiera osado
hacerse á la mar, y que algunos esperaban que nunca se volviera á oir
hablar de él, como muchos lo temían.

Sea como sea, San Martín aprovechó el período de su ausencia para
tratar de arruinarle en la opinión del gobierno de Chile, y envió á
Chile á sus dignos emisarios, el coronel Paroissen (que todo lo debía á
lord Cochrane) y García del Río, con un sartal de acusaciones, algunas
de lo más ridículas, y otras, aunque más sombrías de apariencia,
igualmente falsas é imposibles tratándose de su señoría. San Martín,
que no se atrevía á achacarle los vicios de su propio carácter, que
eran la cobardía, la crueldad y la perfidia, le atribuyó la avaricia
y la falta de honradez, aduciendo como pruebas los reclamos que su
señoría había hecho en interés de los marineros de la escuadra y de
víveres para los buques[60].

Si bien el gobierno no parecía creer los cargos, mantúvose en calma por
temor de entrar en hostilidades con San Martín, no obstante que en las
oficinas públicas de Santiago existían documentos que desautorizaban
totalmente los cargos formulados contra el almirante. La última parte
del memorial presentado por García del Río y Paroissien, pidiendo al
Director que aplicara á lord Cochrane el condigno castigo por faltas
contra el honor y la dignidad del Protector del Perú, nos revelan todo
el secreto de los motivos que tenía su excelencia para atacar á aquel
que el pueblo llamaba _generoso y valiente_, mientras llamaba sólo
_afortunado_ á San Martín.

Entretanto, la escuadra se había dirigido á Guayaquil; y á pesar de la
opinión corriente de que el río era peligroso, ó más bien innavegable
para buques de gran calado, á no ser que desembarcaran sus cañones á la
entrada, el almirante mismo piloteó la _O’Higgins_ hasta la ciudad y
dejó asombrados á los habitantes al presentarse delante de sus fuertes
el 28 de Octubre, con el _Independencia_, el _Valdivia_, el _Araucano_,
el _San Fernando_ y el _Mercedes_. Fueron sumamente bien recibidos y
cambiaron saludos con los fuertes.

Lord Cochrane se consagró en seguida á reparar y abastecer sus buques,
para cuyo efecto no podía darse un sitio más aparente que aquél;
había allí maderas de construcción de todas clases y muchos operarios
excelentes; el gobierno patrocinaba y estimulaba todos sus trabajos, y
de ambas partes ofreciéronse diversiones públicas, que contribuyeron á
mantener las más amistosas relaciones.

Los gastos originados por las reparaciones y por el abastecimiento
de los buques fueron cubiertos por su señoría con el dinero que
tenía á bordo, perteneciente á él mismo y á la escuadra, cosa que se
hizo voluntariamente en la confianza de que el gobierno de Chile les
reembolsaría esas sumas, y con el deseo de cumplir cuanto antes su
objeto de arriar hasta las últimas banderas españolas que flotaban en
el Pacífico.

Los operarios se expidieron con tanta diligencia, que el 20 de
Noviembre estuvieron los buques listos para hacerse á la mar. Cuando
llegó el momento de la partida de lord Cochrane, el pueblo de Guayaquil
lo saludó con un poema en su honor, iluminado con letras doradas y
colocado bajo un cristal en un marco de ébano tallado. Su señoría
correspondió á esta atención con una proclama al pueblo de Guayaquil,
que comienza así:

  “Á LOS DIGNOS É INDEPENDIENTES HABITANTES DE GUAYAQUIL

  “La acogida que habéis dispensado á la escuadra de Chile no sólo
  revela los generosos sentimientos de vuestros corazones, sino que
  prueba, si tal prueba fuere necesaria, que un pueblo capaz de afirmar
  su independencia á despecho de todo poder arbitrario, tendrá siempre
  nobles y superiores sentimientos. Creédmelo, el Estado de Chile
  os quedará reconocido para siempre de vuestro concurso, y muy en
  particular el Supremo Director, gracias á cuyos esfuerzos se creó la
  escuadra, y á quien en el hecho la América del Sur debe todos los
  beneficios que de ella se han derivado.

  “Ojalá seais tan libres como sois independientes, y que vuestra
  independencia sea tanta como la libertad que merecéis. Con la
  libertad de la prensa, que ampara ahora vuestro ilustrado gobierno,
  Guayaquil no será jamás esclavizado.

  “Observad la diferencia que en la opinión pública ha producido un
  año de independencia. En aquellos á quienes mirábais como vuestros
  enemigos, habéis descubierto á vuestros verdaderos amigos; y os
  habéis dado cuenta de que aquellos que juzgabais amigos eran vuestros
  enemigos.

  “Recordad las ideas que hasta hace poco tiempo se acataban
  respecto al comercio y á los manufactureros, y comparadlos con las
  justas y liberales nociones que ahora tenéis sobre esas materias.
  Acostumbrados como estabais á las estrechas miras del monopolio
  español, ¿no creiais una verdadera defraudación para Guayaquil el que
  su comercio no estuviese limitado á su propios comerciantes? ¿No se
  les impedía á todos los extranjeros, por medio de leyes prohibitivas,
  la atención de sus negocios ó intereses particulares, como si sólo
  hubiesen venido aquí para vuestro exclusivo provecho? Y teniais
  oficiales, marineros y buques para vuestro comercio, excluyendo á los
  de las demás naciones.

  “Ahora os dais cuenta de la verdad y tenéis un gobierno ilustrado,
  dispuesto, no sólo á seguir á la opinión pública en la promoción
  de vuestra riqueza, de vuestra felicidad y de vuestra fuerza, sino
  para apoyarla con el glorioso privilegio de esparcir por medio de
  la prensa las justas opiniones de grandes y sabios hombres sobre
  los asuntos políticos, sin temor á la Inquisición, al látigo ó al
  garrote.”

  Sigue lord Cochrane ponderando los grandes beneficios del comercio
  libre, comparados con las desventajas del monopolio, que hace á la
  comunidad tributaria de unos cuantos privilegiados, y después de
  trazar con gran amplitud de miras el brillante porvenir que le espera
  á un pueblo de ideas liberales que abre sus puertas al comercio y al
  capital extranjero y cuyos destinos están regidos por un gobierno
  ilustrado y guiados por una prensa independiente, concluye:

  “Dad al Nuevo Mundo un ejemplo con la amplitud de vuestras miras, y
  así como por su situación es Guayaquil la _República Central_, así
  también llegará á ser el centro de la agricultura, del comercio y de
  las riquezas de esta porción del globo.

  “¡Quayaquileños! la libertad de vuestros sentimientos y la justicia
  de vuestros actos y opiniones son un baluarte para vuestra
  independencia y libertad, mucho más seguro que el que puedan
  ofrecerle ejércitos y escuadras.

  “Que prosigáis por el camino que ha de haceros tan libres y dichosos
  cuanto es fértil y ha de ser productivo el territorio que poseéis,
  tal es el sincero deseo de vuestro reconocido amigo y servidor,
  COCHRANE.”

He traducido este documento para dar á conocer el espíritu que animaba
á lord Cochrane en sus relaciones con los pueblos de la América del
Sur. Nada de mezquinas intrigas ni de componendas para obtener ventajas
personales ó poderío, que en la situación en que él se hallaba podía
haber ensanchado á su antojo, sino que contentándose con las ventajas
que se derivaban simplemente del servicio á que se había consagrado,
dedicó todo su empeño á ilustrar á los pueblos que protegía y á
enseñarles los principios de una libertad racional.

Paso ahora á relatar su expedición á Acapulco, lo que me hará ocuparme
de los asuntos de Chile y de su escuadra hasta la fecha de mi arribo á
Valparaíso.

Aunque la escuadra dejó á Guayaquil el 20 de Noviembre, llegó el día
3 de Diciembre antes de que pudiera salir del río. La necesidad de
hacerse cuanto antes á la mar en busca de las fragatas enemigas no
había permitido, naturalmente, más que algunas reparaciones pasajeras
de los buques, y en el libro de navegación de la _O’Higgins_ he leído
que el buque tenía una vía de agua que hacía tres pulgadas por hora.

El 5, el almirante prosiguió su viaje, sin embargo, cerca de la costa
y examinando todos los puertos y bahías por si encontraba los buques
que perseguía. El 19, los buques fondearon en la bahía de Fonseca para
tomar agua y reparar las bombas de la _O’Higgins_, que por entonces se
hallaban inservibles á causa de su constante trabajo.

Como fuera muy salobre el agua que se descubrió primero, despachóse á
los botes en busca de otras aguadas, que se descubrieron el día 21, á
ocho millas del primer fondeadero; el 25, los buques se trasladaron
á ese punto, que fué denominado bahía de Pascua. Hubo que comenzar
por rozar los bosques para abrirse camino hasta la aguada, que era
abundante y agradable.

En el entretanto, la _O’Higgins_ había logrado habilitar dos nuevas
bombas, pero el agua había subido á tal altura en la bodega, que toda
la gente tenía que estar echándola á baldadas por las escotillas, y
aunque el 26 tenía ya compuestas todas sus bombas, hubo que aclarar la
bodega de popa y el pañol del pase para librar las provisiones. Durante
todo ese tiempo de dificultades y penurias el almirante fué el primero
en todos los trabajos para librar el buque y sostener á la gente, y el
último en acordarse comodidad alguna.

En cierta ocasión en que cada uno lo daba todo por perdido y el
carpintero declaraba por fin, con lágrimas en los ojos, que ya no podía
hacer más, lord Cochrane ocupó su lugar, trabajó en persona hasta que
las bombas pudieron funcionar é infundió en todos el valor y la energía
que permitieron asegurar la salvación del buque.

Pero la tripulación estaba tan gastada con el incesante trabajo de las
bombas y del baldeo, que hubo que pedir 30 hombres de la _Valdivia_
y 20 de la _Independencia_ para el servicio de las bombas; por fin,
habiendo vaciado el buque, la escuadra surgió el 28 de la bahía de
Fonseca.

El 6 de Enero de 1822 lord Cochrane entró á la bahía de Tehuantepec en
demanda de agua, donde observó cinco volcanes no lejos de tierra; se
dice que el distrito vecino es fértil; la ciudad del mismo nombre tiene
una bahía muy regular que, sin embargo, presenta el inconveniente de
estar atravesada por una barra á la entrada.

El 15 viraron de nuevo en dirección á una isla donde encontraron agua
fresca en abundancia; y después de haber refrescado y hecho agua
prosiguieron el viaje el 19 y anclaron el 29 en Acapulco. Esta ciudad,
que debe toda su antigua celebridad á las ricas flotas de Manila y de
España que acostumbraban anclar en su bahía, espaciosa y segura, apenas
si tiene ahora la importancia de una aldea. Tiene, sin embargo, una
fortaleza, una iglesia parroquial y dos conventos.

Su población permanente es de unas 4.000 almas, cuyo número se dobla
cuando llega el único buque que viene actualmente de Manila. Entonces
se celebra una gran feria, á la cual concurren todos los habitantes
del país, que permanecen algunas semanas en Acapulco para realizar sus
negocios, regresando lo más pronto posible á sus hogares para escapar á
la fiebre endémica de esos lugares.

A pesar del aire fresco que se hace pasar á través de la famosa _abra
de San Nicolás_, el clima es cálido, húmedo y malsano. Disgustado con
las miserias é insolencias del gobernador y avisado de que las dos
fragatas habían pasado para Guayaquil, lord Cochrane abandonó el puerto
el día 3 de Febrero para proseguir viaje al Sur.

Fué éste mucho más penoso que el viaje al Norte. A más de los
frecuentes y repentinos temporales de viento, había que sufrir la
escasez de agua, que era tal, que había que estar alertas á cada
chubasco para recoger en las velas el agua de la lluvia; y esta era
toda el agua con que se contaba para las tripulaciones en muchos casos.

El capitán Crosbie me ha referido que muchas veces se sentaba en uno
de los botes, con el sombrero extendido para recoger un buen trago de
agua, que en esos momentos, de un calor horrible, era la mayor delicia.
Durante todo este tiempo, la vía de agua de la _O’Higgins_ había
seguido agrandándose, y para colmo de desdichas, el 10 se descubrió en
la _Valdivia_ una vía de agua más peligrosa, que comenzó á hacer tres
pies de agua por hora.

La _Independencia_, que se hallaba bien recorrida, recibió orden de
permanecer en sus costas para su vigilancia y también para acechar á
los buques españoles que pudieran ir á rondar por allí.

Recaló en la bahía de San José para hacer agua, salar carne y
procurarse alumbrado, después de lo cual prosiguió en su inspección
y no llegó á Valparaíso sino el 29 de Junio. Durante este viaje, un
teniente, dos soldados y dos marineros de su dotación fueron asesinados
en tierra.

Lord Cochrane se detuvo en la bahía de Tacames cerca del río Esmeralda,
para tomar provisiones, y en compañía de la _Esmeralda_ prosiguió viaje
á Guayaquil, donde se había producido una decidida mudanza en el ánimo
del gobierno. Los agentes de San Martín habían estado allí, y en parte
con halagos y en parte con amenazas, habían inclinado al gobernador al
partido de su jefe, haciendo nacer en él recelos contra lord Cochrane,
que si podían tener algún justificativo, dadas su energía y actividad,
habríalos desvanecido en absoluto el conocimiento de su carácter y de
su conducta. Como se hicieran algunas intentonas para incomodarlo y aun
para intimidarlo, su señoría llegó con sus naves hasta la altura misma
de los fuertes, anclando delante de ellos, y los llamó al orden, ya que
no á la deferencia.

En Guayaquil encontró á la _Venganza_, á la cual tenía derecho para
considerar legítima presa, ya que la había hecho arrancar de todas
partes, forzándola á refugiarse en aquel puerto en estado de rendirse,
estado en que también había llegado la _Prueba_ al Callao. Pero los
agentes del Perú habían entrado en tratos con los comandantes de la
_Venganza_ y de la _Prueba_ y les habían prometido tierras y pensiones
si consentían en entregar sus buques al gobierno del Perú, á lo que
accedieron.

De esta manera le escamoteaba San Martín á Chile las presas que
pertenecían á su escuadra, é inducía á los jefes españoles á vender
los buques cuyo mando les había confiado su gobierno. Resuelto, sin
embargo, lord Cochrane á no meter al país que servía en dificultades
de ningún género con sus vecinos, mandó al capitán Crosbie á tomar
el mando de la _Verganza_ para Chile y el Perú unidos, y ante las
representaciones del gobierno de Guayaquil, dejó la fragata bajo
los colores de dicho Estado, obteniendo la promesa de que no sería
entregada á ningún otro gobierno sin el expreso consentimiento de
Chile, bajo una multa de 8.000 pesos.

Pero, para estos gobiernos de Sur-América, los compromisos son cosa
de risa. Al poco tiempo se rompió lo pactado, sin que jamás se pagara
la multa estipulada; de manera que los oficiales y tripulantes de
la Armada que los habían perseguido por su cuenta y habían pagado
las reparaciones, aparejos y provisiones necesarios, no sólo no han
recibido la recompensa debida por la captura de esos buques, sino que
han sido literalmente defraudados de las sumas que habían gastado en la
persecución. Las causas y las consecuencias de esta falta de probidad
pública quedarán de manifiesto con algunos datos que más adelante se
darán á conocer.

La escuadra recaló en Guambacho, pequeña bahía al Sur de Guayaquil,
para permitir que la _Valdivia_ pudiera carenarse. Reparósele la vía de
agua de babor, que era la más seria, manejándose con las bombas para
vaciar el agua que hacía la vía de estribor. Los buques prosiguieron
su viaje y el 25 de Abril llegaban al Callao[61], donde permanecieron
hasta el 8 de Mayo. A su arribo, San Martín hizo todos los esfuerzos
posibles para atraerse á lord Cochrane, pero sin resultado.

Monteagudo fué á bordo á visitar á su señoría. Le aseguró que San
Martín le profesaba la más alta estima y lo invitó á bajar á tierra,
donde el ministro Torre Tagle tenía dispuesta su propia casa para
recibirle. Propúsole que tomara el título de almirante de las escuadras
unidas del Perú y Chile, lo cual sólo era una treta para llegar á
entrar en posesión de los buques chilenos.

Desarrollóle el plan que ideaba San Martín para apoderarse de las
islas Filipinas, con lo cual podría adquirir una inmensa fortuna, y,
entre otros halagos que cuadraban muy bien en realidad con los gustos
semi-bárbaros de su amo, habló á lord Cochrane de una estrella de
diamantes de la Orden del Mérito que le tenían dedicada y que, junto
con una amable carta de San Martín, le habían reservado al recibo de
la carta que el día anterior había dirigido al ministro de la Guerra
anunciándole su arribo.

A todo esto respondió lord Cochrane que él no podía ni quería
aceptar título, empleo ni honores de un gobierno fundado en el
desconocimiento de la fidelidad, que había prometido la libre elección
de su constitución al pueblo del Perú y que sustentaba la tiranía, la
opresión y la violación de toda ley: que no se izaría á bordo de sus
naves otra bandera que la bandera de Chile, ni izaría su insignia á
bordo de la _Prueba_, porque no quería engañar al gobierno del Perú;
que agradecía á Torre Tagle el ofrecimiento de su casa, pero estaba
resuelto á no poner pie en una tierra gobernada no sólo sin ley, sino
contra toda ley, y que en cuanto á fortuna, eran modestos sus hábitos y
suficientes sus recursos.

He referido detalladamente esta conferencia, porque tuvo lugar el 26 de
Abril, seis semanas después de que García del Río y Paroissien habían
presentado al gobierno de Chile una serie de acusaciones contra lord
Cochrane, reclamando contra él una venganza especial en nombre de su
superior. Esto presenta el carácter y la conducta de San Martín bajo
un aspecto tan odioso, que permite dar entero crédito á la idea de
que haya sido él el instigador de dos tentativas que por entonces se
hicieron para asesinar al almirante por unos individuos que trataron de
introducirse furtivamente á bordo del buque. Uno de ellos era un inglés
que había estado preso durante algún tiempo en el Callao por un crimen
odioso, y que fué puesto repentinamente en libertad, sin que nadie
supiera cómo ni por qué.

Este facineroso, al ser descubierto en acecho junto al buque, no pudo
dar cuenta de quién era ni de cuáles eran sus propósitos, y sólo se
supo que estaba protegido por San Martín. Nadie que conozca el carácter
de Monteagudo podrá dudar de que sea él el agente oficioso de un plan
para ultimar á lord Cochrane con el propósito de hacerlo desaparecer,
y que, tanto él como San Martín usaran los más cortesanos halagos
para atraerlo á tierra para el mejor y más seguro cumplimiento de su
venganza.

No habrá de parecer esto extraño á los que recuerden la suerte de los
prisioneros de guerra que llevaban cartas para el gobernador de San
Luis, en las cuales se les deseaba fueran tratados con toda cortesía
y distinción y festejados tres ó cuatro días; pero había que tener
cuidado con que no pasaran por cierto bosque, en el cual muchos, y
entre ellos el coronel Rodríguez, habían desaparecido, sin que se
hubiese oído hablar más de ellos desde entonces.

Lord Cochrane permaneció delante del Callao hasta el 9 de Mayo; pero
en vano reclamó el pago de los sueldos y las presas que el gobierno
del Perú adeudaba á la flota chilena y los víveres y pertrechos
necesarios. El miedo que se apoderó de San Martín durante el tiempo que
el almirante permaneció allí era de lo más ridículo.

Hizo rodear á la _Prueba_ con amarras y cadenas y que se embarcara en
ella tanta gente, que de noche apenas si podía contenerla, haciéndose
todo lo posible para impedir que algo parecido ocurriera en la
_Esmeralda_; pero se ha dicho que su señoría había dado palabra de que
no intentaría apoderarse de ella, cosa que de otra manera hubiera
hecho en pleno día, á pesar de todas las precauciones.

El 2 de Junio, lord Cochrane llegó con la _O’Higgins_ y la _Valdivia_
á Valparaíso. El 4, el supremo gobierno le dirigió desde Santiago las
siguientes cartas de congratulación y de agradecimiento para él y sus
oficiales, presentándose todas las cosas lo más favorablemente que
podía desearse para el interés de la escuadra.

                                “MINISTERIO DE MARINA

                                _Santiago de Chile 19 de Julio de 1822._

  Excmo. señor:

  El arribo de su excelencia á la ciudad de Valparaíso con la escuadra
  de su mando ha sido para el Supremo Director motivo de la más viva
  satisfacción, y en los sentimientos de gratitud que ha despertado la
  gloria adquirida por V. E. durante la última y prolongada campaña,
  encontrará V. E. la prueba de la alta consideración que sus heroicos
  servicios tan justamente merecen.

  Cabe también una señalada distinción á los jefes y oficiales que,
  fieles á su deber, han permanecido á bordo de los buques de esta
  nación, y cuya nómina se ha servido V. E. hacerme el honor de
  remitirme. Pueden estos señores tener la seguridad de que recibirán
  la recompensa debida á su laudable constancia.

  Sírvese V. E. aceptar las expresiones de mi mayor estimación.

                     JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

                     A S. E. el honorable lord Cochrane,
                     vicealmirante y comandante en jefe de la escuadra.”

                               “MINISTERIO DE MARINA.

                               _Santiago de Chile, 19 de Junio de 1822._

  Excmo. señor:

  Su Excelencia, el Supremo Director, deseoso de hacer pública
  demostración de los altos servicios que la escuadra ha prestado á la
  nación, ha resuelto la acuñación de una medalla para los oficiales y
  tripulantes de la escuadra, que llevará una inscripción que exprese
  la gratitud de la nación para con los dignos sostenedores de su poder
  marítimo.

  De orden suprema, tengo el agrado de comunicar lo anterior á V. E., y
  ofreciéndole mi respetuosa consideración.

                     _Firmado_:
                     JOAQUÍN DE ECHEVERRÍA.

                     A S. E. el honorable lord Cochrane,
                     vicealmirante y comandante en jefe de la escuadra.”

Lord Cochrane había pasado dos años y medio á la cabeza de las
fuerzas navales de Chile, habiendo capturado, destruído ó forzado
á rendirse á todos los buques españoles que surcaban el Pacífico y
limpiado de piratas la costa occidental de Sur-América. Bloqueándolas
ó asaltándolas á viva fuerza, había reducido las más importantes
fortalezas del común enemigo de los patriotas; había protegido el
comercio con las potencias neutrales y había añadido mayor lustre á la
causa de la independencia con hazañas dignas de su gran renombre y una
firmeza y humanidad hasta entonces muy raras en la noble lucha por la
libertad.


FOOTNOTES:

[1] Eso es error: se llama Coquimbo el puerto de mar que está á media
hora de camino del pueblo de Serena, por ferrocarril.--(_El editor._)

[2] Temo que se lleve la subdivisión de la propiedad á un extremo
perjudicial, como sucede ó está por suceder en Francia por la nueva ley
agraria. Sólo que en Chile las grandes haciendas son perjudiciales,
porque es imposible que un propietario, en el estado actual del país,
y quizás en cualquiera otra situación, pueda dedicarse á mejorar ni la
vigésima parte de su tierra.

[3] 5 de Mayo de 1810.--El virrey Cisneros, se siente incapaz de
resistir á la opinión pública de Buenos Aires y convoca á la primera
junta de gobierno con el objeto de rechazar las pretensiones francesas
y de establecer un gobierno provisional.--Desde 1811 comienza á
distinguirse Artigas--puede decirse que desde entonces no ha cesado ni
tres meses la guerra civil en esta extensa provincia.

[4] La relación que he hecho anteriormente de la primera época de
la vida de José Miguel Carrera y de la manera cómo se apoderó del
gobierno me fué comunicado por un caballero que ha residido durante
todo ese tiempo en Santiago, que profesaba una afectuosa adhesión á
Luis Carrera, su compañero de colegio, y que evidentemente suavizaba su
relación en lo posible respecto á varias cosas. Con todo, me refiero
al interesante folleto de Mr. Yates, que publicó como apéndice,
enteramente satisfecha de la verdad de todo lo que Mr. Yates ha
presenciado personalmente y sabiendo que lo demás es el eco de lo que
le ha referido la familia, que amaba á José Miguel con el más caluroso
afecto, á pesar de que hasta sus propios amigos confiesan que carecía
de cordura y que sus principios dejaban que desear hasta en su vida
privada.

[5] Los medios que se idearon para procurar caballos y otros recursos
para el ejército parecían más bien las acciones de un forajido que las
del jefe de un gobierno regular, porque la propiedad privada no era
respetada en ningún caso.

[6] D. Juan José Carrera era casado con doña Ana María de Cotapos,
mujer hermosísima, sobrina de D. Enrique Lastra. Debido á una disputa
de familia, Juan José se había ido á Mendoza, quedando don José Miguel
y D. Luis en el ejército.

[7] El ejército estaba tan desprovisto de armas, que se usaban como
mazas los yugos de los bueyes. O’Higgins ideó la fabricación de un
cañón de madera, rodeado de alambre, que hizo explosión al primer
disparo.

[8] Fueron sus colegas D. F. Muñoz y D. José Uribe.

[9] El solo regimiento de Talaveras constaba de 700 plazas.

[10] En Junio de 1818, Santa Cruz de Triana ó Rancagua, recibió en
memoria de lo que había sufrido, el título de muy leal ciudad de la
nación; también el permiso de tener por armas un escudo rojo rodeado de
laureles, con un fénix levantándose de sus cenizas y llevando el árbol
de la libertad en la garra derecha, y esta divisa: “Rancagua se levanta
de sus cenizas; el patriotismo la hizo inmortal.”

[11] Una vez oí á don Bernardo O’Higgins relatar con la mayor sencillez
la historia de esta acción, y estoy segura de que empleó en inglés las
mismas palabras que he citado. En esta ocasión fué cuando los patriotas
cargaron sus cañones con pesos fuertes.

[12] Nunca he podido averiguar con exactitud ni el lugar de su
nacimiento ni su verdadero parentesco. Estuvo en España, agregado á la
policía militar, y es una persona distinta del valiente general San
Martín, con quien muchas personas lo han confundido.

[13] 1.000 infantes, 1.000 de caballería, 360 húsares, cuatro piezas
de artillería de campaña con su dotación completa de artilleros,
sirvientes, etc.

La mayor parte de esta relación de la batalla de Chacabuco está sacada
de un interesante folleto escrito por un español con el título de
_Relación de los acontecimientos de la pérdida del Reino de Chile_;
el resto, lo he tomado de la relación verbal del director D. Bernardo
O’Higgins.

[14] Los comerciantes ingleses habían auxiliado eficazmente á los
patriotas proporcionándoles armas y bagajes. Un documento oficial del
gobierno realista de 1816 alega como razón para no permitir á los
extranjeros la entrada á los puertos, ni aun para traficar en cobre, el
que D. Juan Diego Bernad había proporcionado á los patriotas noventa y
ocho pares de pistolas.

[15] Después gobernador del Callao.

[16] En esta ocasión se echó al fuego todos los papeles públicos,
órdenes, documentos, informes, etc., á fin de que las familias no
quedaran expuestas á la venganza de París.

[17] Bergantín de guerra inglés, de 18 cañones, llamado antes _Hécate_,
que había sido comprado y conducido á Chile por los capitanes Guise
y Spry para negociarlo. El gobierno de Chile se lo compró después de
haber sido rehusado por el de Buenos Aires.

[18] Si yo tuviese menos motivos de gratitud para lord Cochrane, podría
hacerle probablemente más justicia; pero para hablar de él como se debe
se necesitarían no sólo una pluma más preparada, si no también juicios
más libres de esa sensibilidad que hace que un amigo al hablar de otro
amigo lo haga con la misma modestia que si se tratara de su propia
persona.

[19] Las ventas de terrenos y de agua en este llano han cubierto con
exceso el gasto y comienzan á ser una fuente de utilidades para el
gobierno.

[20] Se contaban también el _Galvarino_, el _Araucano_ y el
_Pueyrredon_.

[21] La razón (por tal la dan algunos) que se tuvo para entrar con dos
buques solamente, con los colores ingleses, fué que se tuvo noticias de
que debían arribar pronto dos buques que se esperaban de Inglaterra.

[22] La _O’Higgins_ y la _Lautaro_ estaban pintados como los buques de
guerra norte-americanos.

[23] El hijo menor de lord Cochrane pasó andando en cubierta durante
todo el tiempo, tomado de la mano de su padre. Como viera caer muerto
á un hombre de los que servían los cañones del alcázar, se dirigió á
su padre diciéndole: “Todavía no han hecho la bala que ha de tocarle á
Tomasito, papá!”

[24] Véase la _Gaceta_ extraordinaria del 2 de Agosto de 1819, en
la cual aparece que Mr. Smith había perdido todo título á que se le
considerara neutral, porque se había consagrado calurosamente al
servicio del virrey, conduciendo sus despachos y trasladando de un
puerto á otro á sus oficiales, servicios que el virrey reconoce en
documentos públicos.

[25] Véase la _Gaceta_ extraordinaria del 9 de Agosto de 1819.

[26] En cuanto llegó el almirante Blanco á Valparaíso, el 26 de Mayo,
se le puso arrestado por haber suspendido el bloqueo del Callao, sin
tomarse en cuenta que los buques carecían de provisiones. Juzgado por
una Corte marcial, que presidía lord Cochrane, sirviendo Jonte de
fiscal, fué absuelto honrosamente el 22 de Julio.

[27] Las personas que lord Cochrane encomia especialmente en su parte
son los capitanes Spry, Croslie, Prunier y Morgell; tiene también una
honrosa recomendación el almirante Blanco.

[28] Al regreso de la escuadra, fué sepultado en Valparaíso con todos
los honores militares.

[29] Los hermosos cañones de bronce de la _Begoña_ (de á 15 libras) se
le dieron á la _Lautaro_ para completar su artillería.

[30] 350 hombres, alentados por la presencia y el renombre de su jefe,
habían vencido á una división de 2.000 hombres, que contaba además con
100 cañones.

[31] El 2 de Marzo, el pueblo de Coquimbo envió una nota de
felicitación al Director y al almirante con motivo de la toma de
Valdivia.

El 14 de Agosto, el gobierno decretó una medalla con una cinta tricolor
para los captores de Valdivia. Las de lord Cochrane, del capitán
Carter, del mayor Miller, del mayor Beauchef y mayor Vicente, eran de
oro; había además 23 medallas de plata para otras personas. El decreto,
al referirse á la toma de Valdivia, dice que fué el feliz resultado
de un plan admirablemente ideado y de la más atrevida y valiente
ejecución. Concluye haciendo donación á lord Cochrane de una hacienda
de más de 4.000 cuadras de superficie en las tierras confiscadas en
Concepción.

Lord Cochrane solicitó que se le permitiera devolver esta hacienda para
que fuera vendida y atender con su valor al pago de la marinería de la
escuadra. Esta oferta no fué aceptada.

[32] En las instrucciones del virrey Pezuela al gobernador de Valdivia,
que se hallaron en las oficinas públicas, le encarecía aquél que se
mantuviera firme en su puesto, no sólo para conservar un lugar de
desembarco en Chile, sino también para distraer una parte considerable
de las fuerzas del gobierno é impedirle así llevar á cabo el anunciado
ataque al Perú. (Véase la _Gaceta_ del 22 y 29 de Abril de 1822).

[33] Fué en esta ocasión cuando lord Cochrane ofreció su hacienda para
pagar á la gente.

[34] Entre las poesías que se publicaron con esta oportunidad, merecen
la atención la despedida de las damas de Chile y su respuesta.

[35] El comandante en jefe de la división británica protestó con cierta
intemperancia, observándole á Chile que era una nación pequeña que
carecía de elementos para llevar adelante el bloqueo, contra el cual
protestaba, invocando la ley de las naciones, como si ésta no fuera la
misma para todos, grandes ó pequeños. Zenteno le contestó diciéndole
que había sido capturada la _Esmeralda_, y que con el aumento de fuerza
que esto le representaba, Chile tenía buques suficientes para mantener
el bloqueo. (Véase la _Gaceta_ del 24 de Febrero de 1821.)

[36] El mismo que más tarde estuvo empleado, en unión con Paroissien,
en difamar á lord Cochrane, no sólo en Chile, sino también en el Brasil
y en Inglaterra.

[37] El único suceso de importancia que ocurrió durante este intervalo
fué la muerte del auditor de guerra, Alvarez Jonte, acaecida el 22; el
ejército guardó luto por él durante tres días. Este hombre había sido
uno de los agentes que Chile mandó á Inglaterra. Era de aquellos que
toman por habilidad las malas artes, y no tenía escrúpulo para emplear
los medios más reprochables con el fin de obtener los informes que
necesitaba, usando de ellos en su beneficio y en el de sus superiores,
conforme solía convenirle. Estos hombres que comienzan por los bajos
ardides del espionaje, llegan á apasionarse por el espionaje mismo. A
consecuencia de esto, no sólo se violan las comunicaciones oficiales,
sino también la correspondencia privada. En cuanto á Alvarez Jonte,
su curiosidad se había transformado en una pasión casi insaciable, y
bajezas que él no habría excusado á nadie, practicábalas diariamente
para su propia satisfacción. Se dice que tuvo la comisión de ir á
ofrecer la soberanía de Chile, el Perú y creo que la de las provincias
de Buenos Aires, á un príncipe de la familia real de Inglaterra
y después á un príncipe de la casa de Borbón. Si fuese cierto,
habría sido solamente con el objeto de inducir á esas potencias á
mantenerse neutrales mientras las colonias españolas luchaban por su
independencia. La estratagema era digna de sus autores, que nunca
pensaron seguramente en cumplir tales planes, sino únicamente halagar á
Inglaterra y á Francia para que se abstuvieran de auxiliar á España; la
treta era pueril é ineficaz, y revela la flaqueza de los jefes de Jonte.

[38] Como los españoles habían ofrecido $50.000 de prima por la
captura de una de las fragatas chilenas, cuando la caída de Lima se les
impuso un cupo de guerra por la misma suma, diciendo que era para los
captores de la _Esmeralda_; pero San Martín se apropió del dinero y
nunca se pagó ni ese valor ni el del buque.

[39] La _Hyperion_ y la _Macedonia_ habían izado luces para
distinguirse como neutrales. Un guardia-marina de la _Hyperion_ que
estaba en el portalón observando lo que pasaba, al notar la noble
presencia de lord Cochrane, palmoteó las manos en señal de aplauso y
exclamó; “¡qué bien y qué á la inglesa!”

El capitán S. lo reprendió por esto, ordenándole que bajara al instante
y amenazándolo con ponerlo arrestado. Si lord Cochrane hubiera sido un
enemigo, el guardia-marina habría merecido los reproches de cualquier
hombre, por generoso que fuera; ¡pero siendo neutral y compatriota!

La _Macedonia_ se condujo de muy distinta manera.

[40] Las pérdidas del enemigo fueron 58 muertos, 18 heridos, 343
prisioneros, incluso 28 oficiales, dos piezas de artillería, 300
fusiles, las banderas, municiones, etc.; la derrota fué tan completa
que O’Reilly huyó solamente con tres lanceros, habiendo durado la
batalla apenas cuarenta minutos. Arenales tuvo un oficial y cinco
soldados muertos y doce heridos.

[41] En cierta ocasión se colocó una imagen de la Virgen en un sitio
espectable y se le presentó la bandera de los patriotas: la imagen
movió la cabeza. Presentósele después la bandera española, y al
instante los brazos de la imagen la estrecharon. Naturalmente, la
multitud acató tal homenaje.

[42] El capitán Spry desertó después.

[43] Arica, capital de la provincia del mismo nombre, es el puerto
situado más al Sur que tiene el Perú. Las minas de oro y cobre que
allí existen son extremadamente ricas; pero la falta de agua en ese
distrito y en toda la provincia es un obstáculo para trabajarlas
convenientemente. El valle que hay detrás de la ciudad es muy fértil
y produce una inmensa cantidad de ají colorado. La ciudad ha sufrido
mucho á causa de los terremotos, y en 1680 fué saqueada por el famoso
capitán Sharpe, calamidad de que ha podido reponerse enteramente. En la
parte oriental de la provincia hay un gran volcán, en cuyas faldas se
encuentran vertientes de agua caliente y fétida.

[44] Entre las publicaciones patrióticas de la época hay una especie de
comedia, en que los hombres y las mujeres de Lima van al camino real á
la espera del _ejército libertador_, lamentando lo que éste tarda, para
alentarlos con su presencia.

[45] “Je les traiterai de la manière la plus feroce.” Hablaban en
francés.

[46] En la Iglesia de Santa Rosa se muestran los dados con que la Santa
acostumbrada á jugar cuando Cristo venía en persona á distraerla. Es
una de las leyendas menos inofensivas y decentes de las que corren
acerca de sus relaciones con el Salvador.

[47] Esto parece que produjo gran efecto en el ánimo del Director,
porque en su circular, publicada en la _Gaceta_ del 25 de Agosto de
1821, en la cual felicita al país por los triunfos del ejército y de
la armada y por la adquisición de una república hermana, se explaya
detenidamente sobre la restauración de las banderas en cuestión. El 30
de Septiembre fueron enviadas á Rancagua en solemne procesión y con
escolta y entregadas á la municipalidad con una proclama del Director.
El 2 de Octubre, aniversario de la infortunada derrota de Rancagua, se
mandaron las banderas al altar de N. S. del Carmen, protectora de las
armas de Chile, á quien se las consagraron. Con este motivo, la ciudad
presentó un aspecto de fiesta durante varios días.

[48] Mantuvo su palabra y se dirigió á Chile, en donde vivió retirado
hasta que San Martín volvió escapado, en Octubre de 1823; entonces Las
Heras se retiró á Buenos Aires.

[49] En cuanto San Martín tuvo en su poder á los españoles realistas,
los despojó de la mitad de sus bienes, so pretexto de asegurar así la
tranquilidad pública; cuando ellos trataban de mudarse ó trasportar
el resto, les eran confiscados sus bienes y, salvo raras excepciones,
encarceladas ó asesinadas sus personas.

[50] A un gran número de españoles fugitivos que se habían refugiado en
los buques _Lord Lynedoch_ y _St. Patrick_, que fueron detenidos por
este motivo, les permitió lord Cochrane su rescate, dedicando el dinero
al abastecimiento de la escuadra. Uno ó dos que prefirieron confiarse á
San Martín, se vieron después cruelmente tratados y privados de cuanto
tenían.

[51] El edecán del general que atendió al embarque de su propiedad
particular cargó las mulas de regreso con mercaderías de contrabando de
un buque inglés, la _Rebeca_.

[52] Hasta después de tener á bordo el tesoro, se le restituyó su
dinero á todo aquel que pudo justificar su derecho por escrito ó con
testigos; esta restitución alcanzó á 40.000 pesos.

[53] Dos que le fueron cortadas á la _Esmeralda_ cuando su captura y
una que había perdido la _O’Higgins_ en un ataque al Callao, estaban en
poder de San Martín, que las negó.

[54] El mismo que fué separado de su buque por una corte marcial y que
después desertó.

[55] San Martín, que conocía el estado de los buques, impartió órdenes
á todos los puertos donde podían tocar para que se les negara toda
clase de recursos, hasta el agua y el fuego.

[56] Esta carta me fué dada á conocer en una época en que yo no podía
preguntarle al almirante si era enteramente exacta; pero tengo razones
para creerla así, salvo los errores de palabras en que pueda haber
incurrido yo al traducirla del castellano.

[57] La cuenta del dinero adeudado á la escuadra chilena contenía ítems
por salarios, recompensas ofrecidas, presas, pagos por buques tomados
y usados por el gobierno peruano y flete de naves pertenecientes á la
escuadra y usados como transportes, sin contar el precio de la lona,
de los cordeles y de los equipajes para marineros. San Martín estaba
comprometido á pagarlo todo al gobierno de Chile, que había alistado
toda la expedición.

[58] La escuadra se componía entonces de la _O’Higgins_, capitán
Crosbie; _Valdivia_, capitán Cobbet; _Independencia_, capitán
Vilkinson; _Lautaro_, capitán Worcester, y _San Fernando_.

[59] Juzgando las cosas por sí propios, los divulgadores de la especie
pretendían dar á entender que el almirante, que había enviado su
familia á Europa para atender á la educación de sus hijos, intentaba
adueñarse en la costa de todas las propiedades de españoles que
pudiera, á fin de enriquecerse, y entonces no preocuparse más del país
que se había comprometido á servir. Esos tales lo conocían bien poco.

[60] Estas acusaciones las hicieron circular habilidosamente en
Valparaíso, variando sólo la forma en algunas copias, según las
personas á quienes iban dirigidas. Yo he visto dos variedades.

[61] Se cuenta que cuando el honorable capitán F. Spencer, del
_Alacrity_, de la armada de su majestad británica, saludó á la insignia
de lord Cochrane, su señoría se vió imposibilitado para devolver la
atención hasta el día siguiente, por tener cargados sus cañones, ya que
no había seguridad para estar en el Callao sin tomar precauciones.




                                 DIARIO

                   28 DE ABRIL.--17 DE AGOSTO DE 1822

                        Valparaíso.--Quinteros.


_A bordo de la fragata de S. M. Doris, en la bahía de Valparaíso, el
domingo 28 de Abril de 1822 por la noche._--Han transcurrido ya varios
días, y todavía me siento sin fuerzas ni voluntad para reanudar mi
diario. Hoy, la novedad del puerto y los demás incidentes de nuestro
arribo han logrado que mis pensamientos tomen cierto interés por las
cosas que nos rodean. No puedo concebir espectáculo más glorioso que la
vista de los Andes, que divisamos esta mañana al rayar el alba, cuando
íbamos acercándonos á tierra; como si surgieran del seno mismo del
océano, sus cumbres eternamente nevadas brillaban con toda la majestad
de la luz, mucho tiempo antes que se iluminara la tierra; súbitamente
apareció el sol de detrás de ellos, y antes de divisar la costa
navegamos todavía algunas horas.

Al largar hoy el ancla, lo primero que vi fué el bergantín chileno
_Galvarino_, que antes fué el bergantín de guerra británico _Hecate_,
primer buque que tuvo á su mando mi marido y en el cual hice con él
la navegación de los mares de las Indias Orientales. ¡Doce años han
transcurrido desde entonces!

Hemos encontrado al _Blossom_, de la armada de su majestad. Creo que
su comandante, capitán Vernon, se hará cargo mañana del mando de este
buque.

Se hallan también aquí los buques de los Estados Unidos _Franklin_ y
_Constellation_.

En cuanto el comodoro Stewart avistó al Doris, que se acercaba con su
bandera izada á media asta, se apresuró á ofrecer todos los auxilios
y servicios que el buque pudiera necesitar, y cuando supo que yo me
encontraba á bordo, volvió con Mrs. Stewart á hacerme una visita y á
ofrecerme un camarote en el _Franklin_, si yo prefería quedarme aquí
hasta que encontrara una habitación en tierra.

_Lunes 29._--Hoy ha sido un día de prueba. Muy de mañana llegaron á
bordo los sirvientes del capitán para preparar el camarote para el
recibimiento de su jefe. Que lo que ha de suceder, suceda cuanto antes,
tal es mi pensamiento.

Poco después del almuerzo, el capitán Ridgely, de la fragata de los
Estados Unidos _Constellation_, estuvo á hacerme una visita con la
señora y la señorita Hogan, que son la esposa y la hija del cónsul
americano, para ofrecerme todos los auxilios que estuviesen en sus
manos, y me dijo que el comodoro había retardado el viaje de su
fragata, la _Constellation_, que iba á doblar el cabo de Hornos, á fin
de que pudiera llevar cartas de la _Doris_ y que lo retardaría más
todavía si yo deseaba aprovechar la oportunidad para regresar á mi
hogar inmediatamente. Le agradecí mucho la oferta, pero no la acepté.
Siento que no tengo salud ni ánimo para hacer un viaje tan luego.

Inmediatamente después vino á bordo el gobernador del puerto, don José
Ignacio Zenteno, con dos oficiales, á hacerme una visita de condolencia
y de respeto. Me dijo que había reservado un sitio en la fortaleza,
donde yo podría sepultar los restos de mi esposo, lejos de mi vista,
y con todas las ceremonias y honores que nuestra iglesia y nuestro
servicio prescriben, y prometió el concurso de su tropa, etc. Todo
esto es muy bondadoso y es muy liberal.

A las cuatro de la tarde me trajeron la noticia de que la señora
Campbell, una dama española casada con un comerciante inglés, me
recibiría en su casa hasta que pudiera encontrar una habitación, y
momentos después desembarqué.

Difícilmente puedo darme cuenta cómo dejé el buque, ni cómo atravesé
el puente donde apenas un año antes había sido tan bienvenida con
sentimientos y esperanzas bien diversas.

Hace ya dos horas que estoy en tierra. La señora Campbell tiene la
bondad de dejarme en libertad para estar sola, atención que estimo como
la más delicada que puede ofrecerme.

_Abril, 30._--Esta tarde la he pasado en mi ventana mirando hacia la
bahía. La falúa del capitán de la _Doris_ trajo á tierra los restos de
mi indulgente amigo, compañero y esposo. Acompañábanlos toda su gente
y las tripulaciones del _Blossom_ y de los buques americanos, con sus
banderas unidas y entrelazadas con las de Inglaterra y Chile; sus
músicos tocaban juntos los himnos adecuados al sepelio del hombre puro
de corazón; la comitiva era numerosa y se habían agregado á ella muchos
que pensaban en los que ya no existen, y muchos otros que deseaban
manifestar su respeto á nuestro país; todo, en verdad, me hace creer, y
así lo creo, que se hizo cuanto pueden desear los sentimientos piadosos
de nuestra naturaleza para los que se van, y si tales cosas pueden
aliviar un pesar como el mío, ellas no han escaseado.

Pero mi inteligencia se ha prosternado delante de aquel en cuyas manos
están las fuentes de la vida y de la muerte. Sé que no podré quedarme
atrás por mucho tiempo, por más que se prolongue mi vida hasta los
últimos extremos de la existencia humana.

Y confío que, cuando se me llame á otra existencia, podré decir: “¿Oh,
muerte, dónde está tu arma? ¿Oh, tumba, dónde está tu victoria?”

_Mayo, 6._--He pasado muy mal; mientras tanto mis amigos me han buscado
una casita á alguna distancia del puerto, y me preparo para mudarme.

_9 de Mayo de 1822._--Tomo posesión de mi casita de Valparaíso y siento
un indescriptible placer al encontrarme sola y en medio de un gran
silencio.

Teniendo que ir y volver dos veces de mi casa á la de la señora
Campbell, he visto todo lo que hay que verle por fuera á la ciudad de
Valparaíso. Es un lugar que se extiende á lo largo, construído al pie
de áridos cerros que dominan el mar y se avanzan tanto hacia él en
algunas partes que apenas dejan trecho para una angosta callejuela,
y se abren en otras hasta permitir dos plazas regulares, una de las
cuales sirve de mercado, y tiene á un costado la casa del gobernador,
que se halla espaldeada por una pequeña fortaleza que corona una
colina. La otra plaza se ve honrada por la iglesia matriz, que como
aquí no hay obispado, hace las veces de catedral.

De estas plazas arrancan varias quebradas, llenas de casas, que
albergan á la mayor parte de la población, la cual se me ha dicho
que llega á 15.000 almas. Un poco más lejos se halla el arsenal,
que contiene algunos elementos para la construcción de botes y la
reparación de buques, y que ofrece una pobrísima apariencia, y más
lejos todavía, el fuerte, que termina el puerto por ese lado.

Al oriente de la casa del gobernador la ciudad se extiende medio cuarto
de milla ó poco más, y entonces se juntan sus suburbios con el barrio
del Almendral, situado en una extensa llanura arenosa, pero fértil, que
dejan los cerros más apartados entre su pie y el mar.

El Almendral se extiende como más de tres millas á lo largo, pero es
muy angosto; las casas, como casi todas las de la ciudad, son de un
piso. Su construcción es de ladrillos sin cocer, que llaman adobes, y
están blanqueadas y techadas con tejas coloradas.

Hay en el barrio dos iglesias; la de la Merced tiene muy regular
aspecto, y dos conventos, fuera del hospital, que es una fundación
religiosa.

El Almendral está lleno de planteles de olivos y de huertos de
almendros, de donde le ha venido su nombre; pero, si bien es el barrio
más agradable de la ciudad, no lo consideran muy seguro para vivir en
él sin peligro de ser robado y asesinado, por lo cual causó más asombro
que aprobación mi propósito de alquilar una casa casi al fin del barrio.

Por mi parte, me siento muy tranquila, porque creo que nadie roba ó
mata sin tentación y sin provocación; y como no tengo nada para tentar
á los ladrones, no he de provocar tampoco á los asesinos.

Mi casa es una de los más acabados tipos de las viviendas chilenas.
Consiste en un pequeño zaguán á la entrada y una espaciosa antesala de
16 pies cuadrados, á un extremo del cual se abre una puerta que da á un
obscuro dormitorio; en el zaguán hay una puerta que da acceso á otra
pieza más pequeña.

Este es el cuerpo principal de la casa, que tiene al frente un
espacioso balcón con vista al Sur-Oeste. Casi inmediata está la pieza
de sirvientes, y á corta distancia la cocina. El propietario, que
negocia en caballos, tiene en los alrededores algunos establos y
cuadras para ellos y para los bueyes, y varias casas para su familia y
sus peones, y además un despacho.

Al frente de la casa hay un jardín que desciende hasta el estero que
me separa del Almendral, plantado de manzanos, perales, almendros,
parras, duraznos, naranjos, olivos y membrillos, y además de calabazas,
melones, repollos, papas, habas y maíz y unas cuantas flores; detrás
de la casa se alza abruptamente un cerro rojizo y pelado. Crecen en él
algunos arbustos muy hermosos, y por su falda transitan constantemente
las recuas de mulas que traen la leña, el carbón y las legumbres al
mercado de Valparaíso.

El interior de la casa es aseado, las murallas son blanqueadas y
el techo entablado, porque los cielos de estuco no soportarían los
frecuentes temblores, de los cuales hemos tenido en la noche uno
bastante recio.

Ninguna casa de Valparaíso de la clase media ostenta más de una
ventana, sin vidrios, resguardada por lo general con barrotes de madera
tallados ó con rejas de hierro. Por lo demás, esta ventana le toca á la
antesala, de manera que el dormitorio está perfectamente á obscuras.

Me considero muy afortunada con que el mío tenga puertas, pero como no
hay ninguna entre el zaguán y la antesala, me he permitido colgar una
cortina, con gran asombro de mi patrona, que no puede comprender cómo
no encuentre entretenido observar los movimientos de los sirvientes y
de las visitas que pueden estar en las piezas de afuera.

_Mayo 10._--Gracias á mis amigos de tierra y de la fragata, estoy ahora
muy confortablemente instalada en mi reducido _home_. Todo el mundo
se ha portado muy atento conmigo; un vecino me presta caballo, otro,
tal utensilio que necesito; ni la nacionalidad ni las costumbres hacen
diferencias. He llegado aquí habiendo menester de bondad y de ternura y
las he recibido de todos.

Me agrada mucho vagar por el cerro que está detrás de la casa, desde
el cual se domina el hermoso panorama del puerto y de los cerros
vecinos. Carece totalmente de cultivo, y en la mejor estación apenas
crece algún pasto para las mulas y caballos. En la actualidad, casi
todos los arbustos están sin hojas y no crece ninguna hierba. Pero las
variedades de plantas y arbustos vivaces están todavía bastante verdes
para recrear la vista.

Algunos de ellos, como la lobelia, conservan todavía algunas flores
anaranjadas ó escarlata, y hay varias plantas parásitas cuyas flores,
exquisitamente hermosas, adornan las desnudas ramas de los arbustos
deshojados, y cuyas vivaces hojas verdes, con sus flores rojas y
amarillas, avergüenzan el severo color gris de los olivos, cuyos frutos
comienzan á madurar.

La rojiza cumbre del cerro se presenta surcada aquí y allá por largas
vetas de mármol y espato, y en sus faldas están señaladas las profundas
huellas de los torrentes invernales; en el lecho de éstos he encontrado
unas piedras verdes de apariencia muy pulida y pedazos de cuarzos y
granitos. Una de estas quebradas la trabajaron cierta vez por oro, pero
la cantidad encontrada fué tan poco apreciable que el propietario no
vaciló en abandonar la aventura y dedicarse á cultivar la chacra que
está junta á la mía y que le rinde mejor producto para atender á su
familia.

Suelo ir á dar un paseo por esa chacra, donde encuentro, á más de las
frutas que hay en la viña, higos, limones y granados y los cercos
llenos de rosas blancas. La señora de la casa es pariente cercana de mi
patrona, y se ocupa en lavar, lo que de ningún modo significa que ni
su rango ni sus pretensiones sean tan bajas como las de una lavandera
europea. Su madre era dueña de no menos de ocho chacras; pero como ella
tiene por lo menos noventa años, aquello debe haber sido unos cien
años atrás, cuando Valparaíso no tenía la extensión que ahora, y por
consiguiente cuando las chacras eran menos valiosas.

Sin embargo, la señora era una gran propietaria de tierras; pero,
conforme á la costumbre de aquí, la mayor parte de éstas sirvió para
dotar á una numerosa familia de mujeres, y se me ocurre que alguna
parte sirvió también para pagar el oro que se encontró en quebrada de
la hacienda.

Al verme en su jardín, la anciana señora me invitó cortésmente á
entrar. El corredor del frente de la casa es igual al que hay en la
mía, pavimentado con ladrillo de nueve pulgadas y sostenido con macizos
pilares de madera, que la fantasía de los arquitectos chilenos ha
tallado con cierto gusto. Allí encontré dos niños de los más hermosos
que he visto y una jovencita muy donosa, que son nietos de la vieja
señora.

Todos se levantaron del banco en que estaban sentados y corrieron
á recibirme, manifestándome la mayor amabilidad. Uno de los niños
corrió en busca de su madre, el otro fué á coger un manojo de flores
para mí, y Juanita me condujo á la casa, obsequiándome unos hermosos
claveles. Del jardín pasamos inmediatamente á la sala, donde conforme
á la costumbre, una estrecha ventana enrejada dejaba pasar una luz muy
escasa.

Al lado de la ventana, un largo banco cubierto con una especie de
grosero tapiz de Turquía, hecho aquí, ocupa casi todo el largo de la
pieza, y adelante hay una plataforma de madera, que llaman _estrado_,
que se levanta unas seis pulgadas del suelo y tiene cerca de cinco pies
de ancho, cubierto con un tapiz de la misma clase; el resto del piso es
de ladrillos pelados.

Una hilera de sillas de respaldo alto ocupa el costado opuesto de la
pieza. En una mesa que hay en un rincón veo una curiosidad religiosa,
como para niños, cubierto bajo un fanal de vidrio, es un pequeño
Jesús, de cera, de una pulgada, que retoza en las faldas de una Virgen
de cera, rodeados por José, los bueyes y los asnos, todo del mismo
material, y decorado con musgo y conchillas!

Al lado observo un jarrón con flores muy hermosas, dos utensilios de
plata, de formas muy bonitas, que tomo al principio por accesorios
religiosos, después por tinteros y que, finalmente, descubro que uno es
el cenicero en que las jóvenes queman pastillas olorosas para perfumar
sus pañuelos y sus mantos, y el otro es la taza que sirve para contener
la infusión de hierba del Paraguay, que llaman _mate_ comúnmente, y que
todo el mundo bebe, ó más bien dicho, chupa aquí.

La hierba tiene el aspecto de hojas secas de sen; se pone una corta
cantidad en la tacita, con un poco de azúcar, y á veces con una
cascarita de limón, se le echa el agua hirviendo, y al instante se
chupa por medio de un tubo de unas seis pulgadas de largo. Este es el
gran lujo de los chilenos, tanto hombres como mujeres.

Lo primero, en la mañana, es un mate; lo primero, después de la siesta
de la tarde, es también un mate. Todavía no le he probado, y me halaga
muy poco la idea de usar el mismo tubo de que se ha servido una docena
de personas.

Me impresionó mucho la presencia de mi venerable vecina, que aunque
encorvada por los años no presenta otras señales de enfermedad; su
paso es rápido y ligero, y en sus grises ojos chispea la inteligencia.
Siguiendo la costumbre del país, lleva descubiertos sus cabellos
plateados, que le cuelgan por la espalda en una gruesa trenza; usa
una camisa de hilo, recogida muy arriba del pecho y cuyas mangas le
llegan hasta las muñecas; la enagua es de un género de lana blanca, y
el vestido, de lana de color, es una especie de chaqueta cerrada, á la
cual va unida una pollera llena de plegados y adornada con una doble
corrida de botones al frente.

Un rosario le cuelga sobre las faldas, y lleva siempre puesto el
manto ó el pañuelo, que las demás se ponen solamente cuando tienen
que salir á la calle ó hace mal tiempo. El vestido de la nieta no se
diferencia mucho del de una francesa, sólo que el manto hace inútiles
los sombreros, cofias y capotas.

Las jóvenes, sea que se arreglen el pelo con peinetas ó que lo dejen
colgando en trenzas, son muy amigas de adornarse con flores naturales,
y es muy común verlas con una rosa ó un junquillo prendido detrás de la
oreja ó en los aretes.

Después de estar algún rato en la casa acepté la invitación de Juanita
para ir á pasear por la huerta; parte estaba ya plantada de papas y
parte estaba arándose para cebada, que la cortan en hierba para forraje.

El arado es una herramienta de lo más rudo, tal como los españoles lo
trajeron aquí hace trescientos años: un codo de madera reforzado en una
punta por una plancha de fierro, forma el arado, en el cual se fija,
por medio de cuñas, una pértiga ó palo largo; amarrada la pértiga al
yugo de los bueyes, comienzan éstos á arrastrar el arado por el suelo,
escarbando apenas la superficie.

Lo que es un rastrillo, no lo he visto ni oído hablar de él. Con lo que
se le reemplaza ordinariamente es con un atado de ramas, que arrastra
un buey ó un caballo, y si no tiene bastante peso, se le agregan
piedras ó el peso de uno ó dos hombres.

Las calabazas, lechugas y repollos se cultivan con más cuidado; se
forman surcos para su cultivo con las azadas de madera originales del
país ó con palas de hierro de mango largo y forma parecida. El trabajo
más considerable, sin embargo, es el que se consagra á la irrigación de
las fincas, cosa indispensable con ocho meses de sequía. Una multitud
de pequeños canales cruzan el campo en todas direcciones, y las horas
para darles el agua se regulan de acuerdo con sus necesidades entre los
vecinos por cuyos terrenos pasa la corriente común.

En todas las chacras hay un huerto ó arboleda, pequeño sin embargo,
y pocas son las que no tienen su pequeño jardín, donde se cultiva
la mayor parte de las plantas de flores conocidas en Inglaterra. El
altramuz perenne y el anual son aquí plantas rústicas. Las plantas
bulbosas originarias del país sobrepasan en belleza á muchas de las
nuestras; sin embargo, las extranjeras son tratadas con injusta
preferencia.

Las rosas, claveles y jazmines son justamente apreciadas: la clavelina
y el escaramujo olorosos son escasos, y la madreselva no se consigue; á
la escabiosa la llaman aquí flor de la viuda, y los niños me la traen á
manos llenas.

Desde el jardín pasamos al lavadero, donde encontré una gran fogata de
carbón encendido á la orilla de un lindo arroyuelo. En el fuego había
un gran tiesto de cobre lleno de agua hirviendo, en la que flotaba una
hoja de _tuna_ (_cactus ficus Indians_), planta á que se atribuye la
propiedad de aclarar y suavizar el agua. Al lado había una ancha tinaja
de greda, que me pareció que estaba llena de burbujas de jabón, pero
que luego vi que no tenía nada de jabón común.

El árbol llamado quillai, que es muy común en esta parte de Chile, da
una corteza dura y rugosa, tan llena de materia jabonosa, que si se
pone un pedazo envuelto en un trapo, se le humedece y después se le
golpea entre dos piedras, produce lavaza, como el mejor jabón, de una
calidad superior para desmanchar.

Con ella se lavan todos los vestidos de lana, y tanto la seda como la
lana adquieren con su uso un tinte tan fresco como si fueran nuevos.
Pedí un pedazo de la corteza seca; la parte interna está salpicada de
cristales muy menudos, y el gusto es muy parecido al de la soda.

Durante mi regreso á casa desde el lavadero tuve ocasión de ver algunos
ejemplares de los vehículos que se usan en Chile. Las ruedas, el eje,
la cama, todo está ajustado sin un clavo ni ningún pedazo de hierro.
Las ruedas se componen de un doble círculo de madera, dispuestos de
modo que las junturas del uno quedan cubiertas por el otro, y las de
éste están ajustadas con fuertes clavijas; el resto es de una sólida
armazón de madera amarrada con tiras de cuero, que, puestas frescas, al
secarse se contraen y endurecen y forman la más segura de las ligaduras.

Tanto el piso de los coches como el de las carretas es de cuero; las
carretas tienen un toldo de coligües y de paja muy bien trenzado; el
del coche es comúnmente de lona pintada, cosida en una ligera armazón,
con asientos á los lados y la entrada por detrás.

El coche es tirado generalmente por una mula, si bien con frecuencia se
emplean bueyes para el objeto; para las carretas se emplean siempre los
bueyes, enyugados como para el arado. Estos animales hacen el viaje de
aquí á Santiago, ó sea unas noventa millas, con una carreta cargada, en
tres días.

Los bueyes son aquí tan hermosos como no los he visto en parte alguna
del mundo; las mulas también son particularmente buenas. Excusado
es decir cosa alguna de los caballos, que por su belleza, fuerza é
inteligencia no tienen rival, no obstante su pequeño porte.

_11 de Mayo._--Tentada por la sorprendente belleza del tiempo y la
suave frescura del aire, he salido esta mañana á seguir el curso del
pequeño estero que riega mi jardín, en busca de su fuente. Después de
faldear el cerro un buen trecho, siempre mirando hacia un fértil valle
y de vez en cuando echando una ojeada á la bahía y metiéndome entre los
árboles frutales, sentí el sonido de una caída de agua, y al dar vuelta
rápidamente el ángulo de una roca me encontré en una quebrada llena
de grandes peñascos de granito, que el hermoso torrente, al saltar de
peña en peña, había despojado de su arcilla, yendo después á caer en un
pequeño lecho de arena en que relucían algunas partículas de mica con
el fantástico brillo del oro.

En este mismo punto, que los arrayanes hacían casi inaccesible, una
espesura boscosa detenía parte del estero en su caída y lo echaba al
canal trabajado en el cerro para el servicio de las tierras de cultivo
de ese lado; el resto del estero corre hacia el camino de Santiago,
donde, encontrándose con varios otros pequeños riachuelos, baña el otro
lado del valle y encuentra su curso hacia la playa donde se vacía en el
mar, formando una barra de arena, junto á una caleta llena de casas de
pescadores.

Subiendo un poco más por la quebrada, encontré en la cumbre de la
caída de agua un lecho de mármol blanco en medio del opaco gris de la
roca, y á cierta distancia de él, medio oculta por los arbustos, el
agua formaba mil caídas entre los tupidos helechos y las campestres
flores; de los argentinos manantiales se esparce grata frescura, y sus
caprichosos chorros surgen de las fuentes de granito para llevar la
vida y ofrecerse chispeantes á nuestra sed.

Pero en este valle, como en todos los que están inmediatos á
Valparaíso, los árboles escasean. Los arbustos, sin embargo, son muy
hermosos y se presentan aquí y allí mezclados con el áloe chileno
(_Pourretia coarctata_) y los cardos silvestres, que alcanzan una
altura considerable. Entre las humildes flores noté algunas variedades
de las hierbas comunes de nuestros jardines: alcaravea, hinojo, salvia,
tomillo, menta, ruda, zanahoria silvestre y varias clases de acederas.
Pero no estamos en la estación de las flores; en una que otra parte
se divisa una fucsia solitaria y una andromeda. No me hacen falta las
flores; la sola sensación del aire libre, la verdura, la luz viva
del sol me bastan para gozar intensamente con este mi primer paseo
campestre después de tanto tiempo que he pasado en el mar.

_Viernes 17 de Mayo._--Tres días de neblina y de lluvia nos previenen
de la partida del tiempo seco y, en consecuencia, el dueño de la casa
ha mandado trabajadores para arreglar el techo para el tiempo húmedo
que va á llegar. Esto me ha dado oportunidad para iniciarme en todos
los misterios de la albañilería y arquitectura chilena, ó sea de la
manera de edificar que hay aquí, sea cual sea la denominación que se le
dé. Los pobres campesinos viven en chozas semejantes á las viviendas
primitivas de todos los países; pero, construídas con menos cuidado
aquí, donde el clima es tan suave y la temperatura tan igual, que con
tal que el techo resista bien las lluvias no importan gran cosa las
murallas. Estas chozas se hacen con estacas enterradas en el suelo y
unidas entre sí por medio de palos transversales, amarrados con _soga_
ó cordel, hecho con cáñamo del país, ó con correas. Algunos sólo
tienen una espesa muralla de ramas de arrayán ó de hinojo, que algunos
rellenan con arcilla en sus aberturas, blanqueando las paredes unas
veces con cal, que los habitantes saben preparar en los yacimientos
de conchas descubiertas en el país desde antes de la invasión de los
españoles, sea con una especie de ocre blanco, que es muy fino y se
encuentra en grandes mantos en diversas partes del país. Los techos son
de construcción más solida y tienen, generalmente, sobre las vigas de
soporte un techo de ramas revocado con barro y cubierto con hojas de
palma tejera, que es muy común en los valles de Chile. Empléase también
para los techos el hinojo, la caña y cierto pasto bastante largo y
bonito. Por pobre que sea la casa, siempre tiene, sin embargo, una
construcción separada para la cocina.

Las casas mejores, la mía, por ejemplo, tiene murallas muy sólidas,
muchas veces de cuatro pies de espesor, construídas de adobes de diez y
seis pulgadas de largo, diez de ancho y cuatro de grueso.

Tanto los adobes como la argamasa ó barro que sirve para asentarlos, se
hacen de tierra común, que se prepara con este objeto en la vecindad.

Cuando una persona desea edificar, hace una excavación en el cerro
vecino y humedece la tierra suelta hasta que adquiere la consistencia y
suavidad requeridas; entonces se le agrega una cantidad de paja picada
y se le vuelve á pisar hasta que la paja queda igualmente distribuída
en la masa, que queda muy sólida. A los adobes se les da forma en unos
moldes de madera, y en seguida se les pone á secar á la sombra, y por
fin se les hace endurecer á todo sol.

Después que están construídas las murallas, se las deja asentarse algún
tiempo antes de colocar las vigas, porque el techo es, en realidad, un
peso formidable.

Una espesa cubierta de ramas, con hojas y todo, se amarra primero
con cordeles á las vigas, llenándose cuidadosamente los huecos con
coligües; sobre todo esto se extiende una capa de mezcla, ó más bien
de barro, de cuatro pulgadas de grueso por lo menos; en el barro se
colocan tejas redondas, con una mezcla de cal para pegarlas en hileras;
de esta mezcla se da una mano más delgada sobre el revoque de barro,
tanto por dentro como por fuera de las casas.

Los edificios de adobes y las habitaciones rústicas que tienen tejado
y cuyos muros están revocados por dentro y fuera se denominan casas;
las demás se llaman ranchos, generalmente. La palabra rancho suele
aplicarse también al grupo de habitaciones que sirven de residencia al
campesino chileno.

Todo está aquí tan atrasado con respecto á las conveniencias y mejoras
de la vida civilizada, que si no recordásemos el estado de los
_high-lands_ de Escocia hace setenta años, sería de no creer que este
país haya estado por más de tres siglos en poder de un pueblo tan culto
y tan brillante como era el pueblo español en el siglo XVI, cuando tomó
por primera vez posesión de Chile.

Las únicas prendas de vestir que se venden públicamente en Chile son
zapatos, ó más bien zapatillas, y sombreros. Esto no quiere decir
que no se puedan comprar también géneros de Europa ó vestidos para
las clases superiores, puesto que desde la apertura del puerto son
tan comunes en Valparaíso las tiendas para la venta al detalle de
toda clase de artículos europeos como en cualquier ciudad del mismo
porte en Inglaterra. Es que las gentes del país conservan todavía la
costumbre de hilar, tejer, teñir y hacerse todas las cosas para su
uso en su misma casa, excepto los zapatos y sombreros. La rueca y el
huso, la devanadera, el telar, especialmente este último, son de la
más simple y grosera construcción; y el mismo telar, construído con
unos cuantos palos cruzados, sirve para tejer la camisa ó los calzones
de lienzo, la chaqueta de lana y la manta, lo mismo que la alfombra
ó tapiz que se extiende en el estrado, en la cama, en la silla, y se
lleva á la iglesia como lleva el musulmán su estera á la mezquita para
arrodillarse en ella á recitar sus oraciones.

Las hierbas y raíces del país proporcionan abundantes y variadas
tinturas, y pocas son las familias que no tengan una mujer entendida
en las propiedades de las plantas, sean medicinales ó para teñir. La
corteza de quillai se usa constantemente para limpiar y restaurar los
colores.

El traje de los hombres de Chile se parece al de los campesinos del
Sur de Europa: camisa y calzoncillos de lienzo, chaqueta, chaleco y
calzones cortos de paño con franjas de color en las costuras, abiertos
y desabotonados en la rodilla para dejar ver los calzoncillos. En la
vecindad de Valparaíso, sin embargo, está prevaleciendo el uso de los
pantalones largos.

La clase decente entre los hombres usa medias blancas de algodón ó
de lana y zapatos de cuero negro; los hombres de condición inferior
rara vez usan medias, y en vez de zapatos se ponen suecos de palos ó
bien _ojotas_, pedazos de cuero cuadrados y ajustados al pie, y á los
cuales se les da forma amarrándolos á una horma mientras están frescos
todavía. El pelo se usa dispuesto en una gruesa trenza que cuelga por
detrás, con un pañuelo de colores amarrado á la cabeza y encima un
sombrero de paja afianzado con un lazo negro. En algunos departamentos
se usas sombreros de fieltro negro; en otros, unos altos bonetes.

Cuando el chileno monta á caballo, cosa que hace cada vez que la
ocasión se le presenta, usa como abrigo el poncho, que es una prenda de
vestir exclusiva de la América del Sur: es un pedazo de paño cuadrado
con una abertura en el centro, lo bastante ancho para dejar que pase la
cabeza, y en particular es muy conveniente para andar á caballo, porque
deja los brazos libres y proteje completamente el cuerpo.

Un par de toscas polainas de paño, muy sueltas, que llegan hasta más
arriba de la rodilla, amarradas con tiras de colores, defienden las
piernas, y un enorme par de espuelas con rodajas de tres pulgadas de
ancho completa el equipo de un jinete. Estas espuelas son á veces
de cobre, pero el mayor orgullo de un chileno es tener de plata
los estribos y los adornos de las riendas. Las riendas se hacen
ordinariamente de correas trenzadas, muy bien trabajadas, y terminan en
un ramal de cuerdas, también de correas trenzadas, que sirve de látigo.
El freno es sencillo, pero muy severo.

La silla consiste en una armazón de madera colocada sobre ocho ó nueve
pedazos de paño, de alfombra y de pellejos, y sobre esta armazón van
todavía unos cuantos cueros, peinados y teñidos de azul, de castaño
ó de negro; sobre todo esto, los más acomodados usan una especie de
cubierta de silla de cuero muy suave y bien armada; el todo va ajustado
con una faja de cuero estampado amarrada con correas en lugar de
hebillas. Algunos hacen grandes gastos en los paños, tapices y pellejos
que requiere la silla, pero el material es en casi todos el mismo, de
modo que un caballo ensillado parece que llevara una carga de pisos y
alfombras.

Usualmente va amarrado á la silla el _lazo_ ó cuerda de cuero trenzado
que los colonos de la América española de ambos lados de los Andes
manejan con singular destreza, sea para pillar el ganado ó para tomar
prisioneros en la guerra. Los estribos, que completan estas monturas
de tan peculiar apariencia, son á veces estribos sencillos de plata,
que tienen presillas de plata en las acciones; pero cuando se trata de
largos viajes por las montañas, son una especie de cajas talladas, muy
pesadas, sumamente anchas, con el objeto de defender el pie contra las
espinas y las ramas.

De vuelta de un corto paseo, tuve hoy oportunidad de ver un grupo de
jinetes, jóvenes y viejos, que venían de los alrededores de Rancagua,
ciudad situada casi al pie de los Andes, al Sur de Santiago, con un
cargamento de vino y aguardiente. El licor es traído en cueros y á lomo
de mulas.

No es raro ver unos 150 de estos animales arreados por 10 ó 12 peones
á las órdenes del huaso ó hacendado, acampando á campo raso junto á
las casas de un fundo inmediato á la ciudad. Varias de estas casas
tienen un edificio separado, en el cual los amigos transeuntes dejan
depositado el licor mientras van á los fundos vecinos ó á la ciudad
misma en busca de clientes, á fin de no pagar peaje sin la seguridad de
vender el vino.

Compré cierta cantidad para el consumo diario; es un vino rico, de
fuerza y algo dulce, capaz de mucha mejoría con una buena manipulación,
é infinitamente preferible á todos los vinos del Cabo que he bebido,
excepto el Constancia.

Lo pagué á razón de seis pesos por dos arrobas, lo que hace 3¹⁄₂
peniques por botella. El aguardiente sería bastante bueno si no
estuviera tan mal destilado y echado á perder ordinariamente con una
infusión de anís. El licor que bebe comúnmente la clase baja es la
chicha, descendiente en línea recta de aquella embriagadora chicha que
los españoles encontraron que los salvajes poseían el arte de hacer,
mascando varias clases de bayas y de granos y escupiéndolos en una gran
tinaja, donde los dejaban fermentar.

Pero la demanda siempre creciente de la chicha ha introducido un método
más limpio de prepararla, de modo que en la actualidad es algo como una
cidra agria, elaborada en su mayor parte con manzanas y aromatizada
con las diversas bayas que primitivamente componían por sí solas las
chichas de los indios.

_18._--Uno de los jóvenes amigos de la _Doris_ que vienen todos los
días á visitarme, me ha traído unas excelentes perdices cazadas por
él mismo. Son algo más grandes que las de Inglaterra, y tan buenas
como ellas cuando están bien guisadas, ó asadas, mejores todavía;
pero las cocineras tienen aquí la costumbre de pelar las aves con
agua caliente, con detrimento de la fragancia de la carne. Hay aquí
varias especies de aves buenas para la comida, pero no hay faisanes
ni codornices; pero tienen una multitud de enemigos, desde el cóndor
y las diversas variedades de aves de rapiña, buitres, halcones y
lechuzas, hasta el horroroso y pesado loro verde de Chile, que nunca
se puede ver bien, excepto en la cuerda donde muestra la parte
inferior, de plumas purpurinas y amarillas. Su cara es peculiarmente
fea, porque tiene el pico de loro, muy achatado. Son grandes enemigos
de los pajaritos cantores, cuyas notas y plumajes recuerdan los del
pardillo, y que son muy abundantes en estos alrededores. Hay también
una especie de mirlo, cuyas notas son suaves, dulces, pero muy bajas,
y un pajarillo descarado que repite solamente dos notas, algo parecido
al sinsonte, que no se aparta nunca de los caminos; las golondrinas y
los guainambies son muy abundantes, y los niños me dicen que han visto
en los pantanos cigüeñas y grullas maravillosas, que no perderé la
ocasión de ir á ver después de las lluvias. No sé si debo creer que
los aborígenes chilenos poseyeran aves domésticas. Al presente son
abundantes y excelentes, entre otras, los patos del país y extranjeros
y los gansos. Los pichones no son muy comunes, pero se reproducen y
domestican muy bien; este delicioso clima parece favorable para la
producción de todo lo que se necesita para el uso y alimento del hombre.

_Lunes 20 de Mayo._--El día de hoy es un triste día. La _Doris_ zarpó
esta mañana temprano y vuelvo á sentirme sola en el mundo; en ella
se van las únicas relaciones, las únicas amistades que tenía en este
extenso país. Cuando los amigos se separan, los que se van tienen menos
que sentir que los que se quedan. Los primeros tienen el ejercicio del
movimiento, los encantos de la novedad ó del cambio de situación por lo
menos, y la ventaja de que los nuevos objetos que se le presentan á la
vista no despertarán recuerdos ligados á las personas que echamos de
menos; mientras tanto, el que se queda ve en cada objeto un recuerdo
de los que se han ido: la voz tan conocida se echa de menos á la hora
acostumbrada, y el paseo solitario trae una serie de pensamientos
que nos produce la pena de sentir que estamos solos. En el curso del
día, sin embargo, las caritativas obras y expresiones de mis nuevos
vecinos y las amistosas atenciones del comodoro Stewart, del buque de
guerra americano _Franklin_, y de su señora; del barón Macau, del buque
de S. M. C. _Clorinda_ y de otros, tanto ingleses como extranjeros,
me persuaden de que siempre quedan alrededor mío muchos corazones
generosos y mitigan la tristeza á que me dejaría llevar de otra
manera. Sin embargo, no puedo olvidar que estoy viuda, desamparada, en
un país extraño separada de todos mis amigos naturales por distantes y
peligrosos trayectos, sea que regrese por mar ó por tierra.

_22._--Por primera vez, según creo, tenemos noticias del Perú, desde
mi llegada. Un cuerpo de ejército del general San Martín ha sido
sorprendido y destrozado por los realistas. La escuadra chilena, á las
órdenes de lord Cochrane, ha vuelto al Callao, después de su difícil
y peligroso viaje á Acapulco, habiendo echado los dos últimos buques
españoles á los puertos patriotas, donde fueron obligados á rendirse; y
se dice que San Martín ha ofrecido á lord Cochrane los más halagadores
términos de reconciliación. Si comprende bien las cosas, puede que su
señoría le preste oídos en pro de la causa; pero, personalmente, no
depositará seguramente la menor confianza en él.

_23._--Hoy, por primera vez desde que estoy establecida aquí, he salido
á caballo á ver el puerto, y he tenido oportunidad de observar las
tiendas, los mercados y el muelle, si este nombre puede dársele á la
plataforma que hay delante de la aduana.

Las tiendas nacionales, si bien pequeñas, las encuentro generalmente
más aseadas que las de la América portuguesa. En ellas se encuentran
generalmente las sederías de China, Francia é Italia, los algodones
de colores de la Gran Bretaña, los rosarios, amuletos y vidrios de
Alemania. Los artículos del país rara vez se compran en las tiendas,
porque los pocos que se fabrican son sólo para el consumo doméstico.

Las tiendas francesas contienen una rica variedad de la misma clase de
artículos, y hay una modista francesa muy pasable, que con sus modales
y sonrisas tan artificiales, en comparación con la graciosa sencillez
de las jóvenes chilenas, no haría mala pareja con el maestro de baile
francés de Hogarth. Las tiendas inglesas son las más numerosas. La
mercería, la loza y los géneros de lana y algodón, son, naturalmente,
los artículos principales.

Es divertido observar la ingenuidad con que los artistas de Birminghan
se han amoldado á los rudimentarios gustos trasatlánticos. Los santos
de bulto, las vistosas tabaqueras de oropel, los adornos de lujo,
lo hacen á uno sonreír cuando los compara con la decente y elegante
sencillez que tienen estas cosas en Europa.

Los alemanes proporcionan la mayor parte de cristalería de uso
corriente, que es de mala calidad; pero lo mismo que los espejitos
alemanes, que se compran principalmente como ofrendas votivas en las
capillas, responden suficientemente á las necesidades del consumo
chileno; los abalorios, peines, juguetes y perfumes ordinarios se
encuentran también en las tiendas alemanas. Hay establecidos aquí
algunos artesanos alemanes, y se hace notar principalmente un herrero
mariscal, un tal Freit, cuya casita, hermosa y aseada, con su taller y
su jardín, es un excelente modelo para los chilenos que se levantan.

En todas las calles se ven colgando las muestras de sastres, zapateros,
talabarteros y posaderos ingleses; y la preponderancia del idioma
inglés sobre todas las demás lenguas que se hablan en la calle, lo
harían á uno creerse en una ciudad de la costa inglesa.

Los norte-americanos contribuyen en gran parte á esto: sus artículos,
que consisten en materiales corrientes, harina, galletas y provisiones
navales, los hacen necesariamente pasar ocupados más que cualquiera
otra gente. Los artículos más elegantes de París y Londres se despachan
generalmente sin abrirlos para Santiago, donde es naturalmente mayor la
demanda de artículos de puro lujo.

Es asombroso el número de pianos importados de Inglaterra. Casi no hay
casa en que no haya uno, y el gusto por la música es excesivo: muchas
jóvenes tocan con destreza y gusto, aunque pocas se dan el trabajo de
aprender por método, confiando enteramente en el oído.

En cuanto al mercado, no se ve en él la carne muy á menudo, por estar
el matadero fuera de la ciudad, en el Almendral, desde donde se
conducen las reses beneficiadas á las carnicerías, á lomo de caballo
ó en carreta. Las carnes de buey, de cordero y de chancho son todas
excelentes, pero el burdo método de cortarlas ofende la vista y el
gusto de un inglés.

Unos cuantos ingleses, sin embargo, han establecido carnicerías,
donde también se prepara carne salada, y uno de ellos ha hecho fundir
últimamente bujías tan finas como las de Inglaterra, lo que es un
positivo beneficio para el país. Las bujías comunes son verdaderamente
desagradables y costosas, hechas con sebo sin refinar ni blanquear y
con mechas groseras.

El mercado de pescado se surte con mucha deficiencia, por desidia, se
me ocurre, porque el pescado es abundante y de excelente calidad. Hay
algunos muy delicados, y uno de ellos, el congrio, es tan agradable
como la mejor trucha-salmón, á cuyo gusto se asemeja; pero la carne es
blanca, el pescado es largo, muy achatado hacia la cola y cubierto con
una piel amarmolada de bellos colores blanco y rojo.

Hay varias clases de excelentes pescados que los habitantes secan lo
mismo que los pescadores del Devonshire, siéndome desconocidos sus
nombres, tanto indígenas como ingleses. Hay uno que, comido fresco, es
tan bueno como el pez-gallo, al que se parece mucho exteriormente, pero
que pasadas unas cuantas horas ya no se puede comer. En Frezier puede
consultarse un buen catálogo de pescados.

Los mariscos son variados y muy buenos, particularmente una variedad
muy abundante, llamada loco, y unas jaivas admirables, de forma redonda.

De las provincias del Sur se trae con frecuencia una abundante variedad
de ostras, y las rocas de Quinteros proporcionan el pico, que es el
marisco más delicado, sin excepción, que he probado.

Las legumbres y frutas del mercado de Valparaíso son excelentes en su
clase, pero el estado de atraso en que se halla aquí la horticultura,
como tantas otras cosas, hace que dejen mucho que desear. Aquí las
frutas se dan, á pesar del descuido con que se las trata, y aun cuando
no estamos en la estación de las frutas frescas ó verdes, las manzanas,
las peras y las uvas, los duraznos y las cerezas secas, los higos y la
abundancia de naranjas, limones y membrillos, prueban que sólo hace
falta el cultivo para mejorar todas las frutas á perfección.

En cuanto á los vegetales de cocina, los primeros y mejores son las
papas, que son originarias de este suelo y de primera calidad. Hay
coles de toda especie, lechugas, inferiores sólo á las de Lambeth; unos
cuantos nabos y zanahorias, que recién comienzan á cultivarse aquí;
toda clase de calabazas y melones; cebollas que son una perfección,
y sus variedades de cebolletas, ajos y chalotas; para la estación me
han prometido coliflores, porotitos verdes, habas francesas, apio y
espárragos. Las habas francesas son, naturalmente, de lo mejor; granos
secos, hay los fréjoles, los faggioli de Italia y los haricots de
Francia.

En cuanto á las aves de corral son bastante buenas de por sí; pero un
pollero de Londres se sorprendería no poco ante el estado en que se
presentan al mercado. Todo se trae á mula ó á caballo á la ciudad.
Las frutas, en árguenas cuadradas, hechas de mimbre, ingeniosamente
trenzadas y tejidas, y las legumbres en una especie de cambuchos,
hechos también de mimbre, que en realidad sirve para casi todos los
objetos: canastos, cestas, cambuchos, puertas, pisos, bateas para
acarrear mezclas, en una palabra, todo se hace ocasionalmente con él.

Fuera de estos artículos de consumo ordinario, la gente del pueblo
expone en venta ponchos, sombreros, zapatos, tejidos groseros, útiles
de greda y algunas veces jarros de greda fina de Melipilla ó de Penco y
tacitas del mismo material para tomar _mate_.

El pueblo rodea los puestos con un aire de verdadera importancia,
fumando y retirándose algunas veces un poco al interior, donde el
sabroso olor que se exhala y el chisporroteo de la grasa hirviendo
hace saber á los transeuntes que allí pueden encontrar frituras dulces
y sabrosas; además no escasean las copas de vino ó aguardiente para
mejorar la merienda.

Pero el mayor regalo para la gente del mercado consiste en un surtidor
de excelente agua que cae á una tosca fuente de granito desde la boca
de un león horroroso empotrado en la muralla de la casa de gobierno,
más bien dicho, de la pequeña fortaleza que habita el gobernador. El
agua no escasea en los alrededores de Valparaíso, pero está muy mal
distribuida para servir á las necesidades domésticas y para la aguada
de los buques de la bahía. La fuente más ventajosa es un bonito y
abundante estero que va á desembocar en una punta de la bahía, pero
corre inmediato al hospital y hay, por lo tanto, cierta prevención
contra él. Además, he oído decir que este estero no tiene agua
constantemente. Hay además otro que no tiene este defecto, en el cual
se paga una pequeña suma por cada vasija, grande ó chica, que se llena,
y me parece que los buques de guerra ingleses llenan usualmente sus
estanques aquí.

De vuelta de mi excursión por las tiendas, pasé donde el boticario
(porque no hay aquí más que uno) para comprar un poco de azul, que con
gran sorpresa mía supe que sólo ahí podía procurarse. Su vista me hacía
pensar en un boticario del siglo XIV, porque es de un aspecto mucho más
anticuado que los que he visto en Francia y en Italia.

El hombre tiene cierto gusto por la historia natural, de manera que á
más de sus tarros de medicinas pasadas de moda, rotulados con signos
cabalísticos, confusamente revueltos con paquetes de medicinas de
patente de Londres, hierbas secas y sucias vasijas de greda, hay
cabezas de pescado y cueros de serpiente.

En un rincón se ve un gran cóndor arrancando la carne de los huesos de
un cordero; en otro, un monstruoso carnero que tiene una pata de más,
que le nace en la frente; y hay gatos, papagallos, pollos, etc.; todo
junto produce una combinación de antiguo polvo y de reciente mugre
que excede por mucho á cuanto he visto. “Inglaterra, con todas tus
faltas, siempre te quiero”, decía Cowper en su casa, y lord Byron en
Calais. Por mi parte, creo que si cualquiera de ellos hubiera estado en
Valparaíso, habría olvidado que hubiera faltas en Inglaterra.

Es muy lindo, muy encantador leer relaciones de deliciosos climas
y de arboledas de mirto y de habitantes inocentes y sencillos que
tienen pocas necesidades; pero como el hombre es un animal nacido con
disposiciones sociales y de adelanto, es realmente muy desagradable
tener que dar sus pasos retrogradando á un estado que hace menospreciar
las bendiciones del clima y que se encuentre menos bienestar en un
palacio de Chile que en la choza de un labrador en Escocia. Bien dice
el Espíritu: “No es bueno para el hombre vivir solo. Mientras yo tenía
otro ser con quien comunicarme, yo siempre veía el lado más hermoso de
toda escena; pero ahora sospecho que va creciendo en mí esa presunción
que mira con frialdad ó disgusto todas las cosas que no se conforman á
mis propios gustos ó ideas y que sólo ve las tristes realidades de las
cosas.” La poesía de la vida no está en todo, y comienzo á sentir que
las pinturas de Crabbe son más verídicas que las de lord Byron.

_Domingo 27 de Mayo._--Tentada por la belleza del día y por el deseo
de ver nuevamente algunos árboles rústicos, porque á las inmediaciones
de Valparaíso no hay más que árboles frutales, resolví dar un paseo á
caballo é invitar á mi criada á lo mismo. La dificultad consistía en
obtener montura para ella, porque yo tenía solamente una silla. Sin
embargo, ella se acomodó en una albarda de las que usan las mujeres del
país para cabalgar en lo que llamaríamos el anca del caballo, y nos
metimos resueltamente por la Zorra ó Sierra que espaldea la ciudad.
Seguimos unas cuantas millas en el camino de Santiago, y entonces nos
internamos en un delicioso valle llamado el “Cajón de las Palmas”, que
es parte de la hacienda del mismo nombre que depende de la Merced.

Durante la primera media milla bajamos una escarpada colina, que no
ofrecía otras hierbas y arbustos que los que habíamos dejado en el
camino real; pero cuando llegamos á un hermoso esterito que salta de
piedra en piedra, ora formando cascadas de miniatura, ora pequeños
lagos entre el espeso pastito, nos encontramos con arbustos de mayor
crecimiento; y mientras nos emboscábamos en medio de ellos, la
fragancia que exhalaban sus hojas me traían al pensamiento el recuerdo
de las enramadas que describe Milton en el _Paraíso perdido_.

Las variedades de laurel y arrayán son de las más notables, y hay gran
abundancia de otros árboles y arbustos, cuyas hojas, en su mayor parte,
despiden un delicado aroma al restregarlas.

Uno de los más grandes y más hermosos es el canelo, ó falso cinamomo,
que se usa en medicina, tanto por los españoles como por los indios, y
cuyas propiedades son muy parecidas á las del verdadero cinamomo del
Oriente.

Es además un árbol de interés en lo que se relaciona con la historia y
las supersticiones de los indígenas. A su sombra los indios de Chile
ofrecían los sacrificios á sus divinidades é invocaban á Pillan, el
supremo juez; creo que todavía lo veneran algunas tribus indígenas.
Mojan las ramas de este árbol en la sangre de los sacrificios y con
ellas rocian y consagran los sitios de reunión; además se usan las
mismas ramas como señales de paz y, en consecuencia, les son dadas
á los embajadores para la celebración de los tratados. Hace aquí el
canelo el papel que entre los druídas hacía la encina, y su belleza, su
fragancia y su extendida sombra le compensan en agrado lo que le falta
de la grandeza del rey de los árboles.

Después de andar á caballo algún tiempo, parte por el lecho del
río, parte por sus suaves márgenes, llenas de verdura y en medio de
fragantes arboledas, llegamos á un claro donde unas tres ó cuatro
pintorescas viviendas, con jardines y algunos sembrados ocupaban un
plancito rodeado de montañas escarpadas y boscosas, donde por primera
vez se nos presentan las palmas que dan el nombre al valle.

Las huertas son bastante extensas, pero están casi enteramente
plantadas de frutillas. Actualmente se están arando los campos, y el
ganado pasta en los cerros vecinos; dos ó tres palmas se levantan en
medio de las huertas de árboles frutales que rodean los jardincitos.
Son diferentes de todas las demás variedades que he visto, y producen
una nuez de la forma de la avellana, pero mucho más grande, la almendra
se parece á la del coco y como ésta es lechosa cuando nueva, la hoja
es más ancha, más gruesa y más rica que la palma cocotera y además es
más aparente para techar con ellas, á cuyo uso la destina comúnmente
aquí, recibiendo el nombre de “palma tejera”; las hojas inferiores
se cortan todos los años y no se dejan más de unas dos ó tres de las
superiores. Por este medio el derecho y elevado tronco se ve coronado
por un capitel muy singular antes de que se ramifiquen las hojas, tan
parecido á algunos de los capiteles de las ruinas del antiguo Egipto,
que no podía dejar de imaginarme que contemplaba el modelo de su sólida
y elegante arquitectura.

Esta palma difiere considerablemente de todas las que he visto en el
mundo.

La altura de las que he visto más crecidas es de cincuenta á sesenta
pies, y como á los dos tercios de esa altura el tronco se angosta
considerablemente. La corteza se compone de anillos circulares nudosos
y castaños; el tronco es siempre muy derecho y excede en circunferencia
á todas las palmas que he conocido, excepto el “drago”; la envoltura
que contiene la flor es tan grande que los campesinos la usan para
guardar varios artículos domésticos, y tiene una forma tan exactamente
igual á las canoas de la costa que me parece que ha servido de modelo
para su construcción.

No he visto la flor; pero como casi todas las de la especie, las flores
hembras y machos se producen en diferentes plantas; los indígenas
respetan más los árboles con cocos, cuyas hojas no cortan, ó por lo
menos no pelan tanto como lo hacen con las plantas estériles.

Cuando el árbol llega á viejo, esto es, cuando se calcula que ha
visto pasar unos ciento cincuenta años, los habitantes lo cortan y,
aplicándole fuego, se le hace destilar un rico jugo que llaman aquí
miel, que tiene un gusto entre el de la miel de abejas y el de la más
fina almíbar. La cantidad que produce cada árbol se vende en 200 pesos.
Algunas otras variedades de palmas que conozco producen una especie de
azúcar.

El dátil es uno de ellos, pero recuerdo que en las Indias Orientales
se acostumbraba barrenarlos. Intento insinuarle á algunos de mis
amigos que prueben con este árbol si, como el verdadero cocotero y el
“palmetto” de Adamson, y las cycas ó toddapana, soporta el barrenaje
por medio del cual se destila el excelente arrack de las Indias
Orientales. Pedro Ordóñez de Ceballos dice que los indios lo llaman
maguey y hacen de él miel, vino, vinagre, tejidos, cuerdas y techos.

Después de detenernos algún tiempo, junto al primer grupo de palmeras,
continuamos á caballo por el cajón, siguiendo el curso del estero,
que á veces se desliza por un suave valle y otras entre montañas tan
escarpadas que el sol á medio día no da en sus profundidades, donde los
arbustos brillan todavía á esa hora con el rocío.

Cuando volvíamos, encontramos el primer piño de ovejas que he visto
aquí. Son más bien chicas, la lana es delgada y fina, su valor actual
es de dos á tres y hasta cuatro reales por las más finas, no excediendo
el precio de siete reales; me es grato decir que durante mi excursión á
caballo vi varios campos que estaban en preparación para dedicarlos al
cultivo; da pena ver tanta tierra fértil perdida aquí por la escasez de
brazos.

Creo que toda la población de las provincias de Chile no alcanza á
igualar á la de Londres. Pero sería todavía muy prematuro un juicio
sobre estas cosas. Tales como son, me inclino á tener una alta idea del
carácter y disposición de los chilenos. Son francos, alegres, dóciles y
valientes, y con seguridad estas cualidades les servirán para formar un
hermoso pueblo, una nación que será algo.

_Mayo 30._--Hoy comí en el puerto con mis buenos amigos, el cónsul
americano, Mr. Hogan, su esposa é hija, el capitán Guise, que
perteneció hasta hace poco á la armada chilena, junto con sus
acompañantes el doctor... y Mr... El capitán Guise estuvo sumamente
cortés conmigo y parece ser un hombre muy caballeroso. No dudo que en
el servicio los conocimientos técnicos y profesionales del doctor...
y de Mr... han sido de infinita utilidad, y que hasta cierto grado
tienen derecho á la gratitud de todos los que aman la causa de la
independencia; pero ni poseen la altura de miras necesaria para
dirigir á los hombres y tener influencia en los consejos, ni tino para
dejarse guiar por otros. En una palabra, sólo puedo considerarlos como
aventureros que han tenido por único objetivo acumular fortuna en estas
ricas provincias, sin tener ni la filantropía ni las caballerosas
miras que han acompañado á las esperanzas de ventajas personales en
la mente de muchos de sus compañeros de labor en la gran lucha por la
independencia.

Es natural que el despecho sea consiguiente á los que han tenido miras
tan limitadas. El oro y la plata por sí solos no sirven para hacer
ricos á los individuos, y las naciones que no tienen otra cosa pueden
considerarse pobres. De aquí es que Chile y el Perú, que sólo tienen
dinero y no cosas de valor, están muy distantes de poder recompensar
convenientemente á sus servidores extranjeros, y que todo lo que podía
racionalmente anticipárseles eran las precarias probabilidades de las
presas españolas.

Tengo la convicción de que las divisiones que, según he oído, se han
producido en la escuadra, han tenido su origen en el despecho de
expectativas demasiado exageradas; salvo el caso, y me avergüenzo de
pensarlo, de que algunos oficiales ingleses esperasen que sus servicios
en Chile fueran únicamente una especie de piratería autorizada, en que
cada uno sería dueño de su buque y de sus acciones sin someterse á
reglamento ni subordinación alguna.

Pero el gobierno previó sabiamente el peligro, y adoptó el Código Naval
inglés y estableció una rígida subordinación. Confió el supremo comando
en manos expertas, firmes y honorables, y me es grato confiar en que
los beneficios de esta sensata medida se harán sentir permanentemente.

Por cartas recibidas hoy de Lima, parece que lord Cochrane no ha bajado
á la playa peruana, que permanece en la bahía del Callao con sus
cañones cargados, y que habremos de esperarlo aquí por algún tiempo
todavía.

Hoy tuve oportunidad de observar con qué poco cuidado hacen algunos
hombres cultos sus observaciones en países extranjeros sobre materias
que son de su diario conocimiento.

Durante la comida un médico mencionaba las cualidades medicinales del
culen (_Cytisus arboreus_), agregando que valía la pena introducirlo
en Chile y hacer, por lo menos, algunas plantaciones en las vecindades
de Valparaíso, á fin de cultivarlo para la exportación. Como recién
llegada, tuve cierto temor de adelantar que la gente del pueblo me
había mostrado una planta que llamaba culen; y cuando me aventuré á
decírselo, este señor me contestó que no podía ser, porque nunca había
oído hablar aquí de tal planta.

Cuando volví á casa, me dirigí á la quebrada, donde encontré las rocas
de ambos lados cubiertas del mejor culen, no siendo escasa la especie
inferior que crece á más altura.

Y sin embargo, este es un hombre culto y que ha residido algunos años
en el país. El mismo culen es muy agradable como té y se dice que posee
cualidades anti-escorbúticas y anti-febriles; el olor de sus hojas
es muy agradable, y de los pedúnculos sale una goma dulce que los
zapateros emplean en lugar de cera; las hojas frescas hechas emplasto
con un poco de manteca de chancho se aplican con buen resultado en las
heridas recientes.

Los errores respecto del culen me ha traído á la memoria el admirable
cuento de las _Tardes del Hogar_, de Mrs. Barbauld, _Los ojos que
no ven_. Cuánto debemos á esta excelente mujer, qué tanto talento y
gusto tenía para dar agrado á los primeros pasos de los jóvenes en
la literatura, y que desdeñaba la fama con tal de hacerles un bien
encaminándolos por la senda de la verdadera investigación.

Siento orgullo de pertenecer al sexo y á la nación que ha de producir
nombres acreedores al respeto y al afecto de nuestros semejantes
mientras sigan cultivándose la virtud y las letras.

Mientras haya padres que enseñen é hijos que enseñar, ningún padre,
ninguna madre oirá con indiferencia los nombres de Barbauld, Trimmer ó
Edgeworth. Hasta en este lejano país serán admirados. Está asentada la
primera piedra: se han establecido escuelas, y sus obras están prontas
para formar é ilustrar á los hijos de otro hemisferio y otro idioma.

_Viernes 31 de Mayo._--Hoy me he dado un paseo, que proyectaba
desde varios días, por una obscura porción del Almendral llamada la
Rinconada, supongo que á causa de encontrarse en un ángulo que forman
dos cerros. Mi objeto al ir allí era ver la manufactura de alfarería
que suponía que existiera en ese punto, porque me habían dicho que ahí
era donde se fabricaban las ollas para la cocina y los cántaros para
acarrear agua, las lámparas y los braseros de greda.

Pasada la calle derecha del Almendral, un poco más allá del estero que
la separa de mi cerro, entré en una callejuela por el medio de la cual
corre un estero que baja de los cerros de detrás de la Rinconada y que
después de ser subdividido é internado en diversos jardines y chacras
llega muy mermado á su cauce de los arenales del Almendral, donde se
pierde.

Siguiendo por esa dirección, encontré la Rinconada, que está á alguna
distancia de unas murallas ruinosas que se extienden desde el pie de
los cerros hasta el mar y que en otro tiempo estuvieron destinadas
á la defensa del puerto por ese lado: ahora no sirven para nada. En
vano miré á mi alrededor tratando de descubrir alguna construcción
bastante grande que sirviera de fábrica ó bien que contuviera los
hornos necesarios para cocer loza; con todo, pasé por delante de varias
chozas en cuyas puertas había en venta fuentes y cántaros, por lo que
deduje que serían las viviendas de los trabajadores de clase inferior.
Sin embargo, adelantándome un poco más lejos, me convencí que no había
esperanzas de encontrar ninguna manufactura regular, nada de división
del trabajo ni de maquinaria, ni siquiera la rueda del alfarero;
nada, en fin, de los auxilios de la industria que me parecían casi
indispensables para un trabajo tan artificial como la preparación de la
loza de barro.

A la puerta de uno de los ranchos más pobres, hecho únicamente de ramas
y cubierto con totora, y que tenía un cuero á guisa de puerta, estaba
sentada una familia de loceros. Trabajaban sentados en unos cueros
de carnero, extendidos bajo la sombra de una pequeña enramada verde.
Delante tenían una masa de arcilla recién compuesta, y cada cual, según
sus años y su capacidad, iba haciendo cántaros, platos y fuentes. Sólo
las mujeres hacen estos trabajos pequeños, y, según me parece, ningún
hombre consentiría en hacerlos; ellos hacen las grandes tinajas de
Melipilla para el vino, etc.

Como el medio más corto para aprender algo es mezclarse desde luego
con las personas cuyo oficio deseamos aprender, me senté en uno de
los cueros y comencé á trabajar con empeño, imitando como podía á una
muchacha que estaba haciendo una fuentecita sencilla.

La vieja que parecía hacer de directora me contempló con gravedad, y
en seguida tomó mi trabajo y me enseñó á hacerlo de nuevo y á trabajar
con esmero en darle forma. Lo que es esto, seguramente, no me habría
costado gran cosa; pero el secreto que yo necesitaba conocer era el
arte de pulir la greda, porque el brillo que tiene no se lo dan por
ninguno de los procedimientos para vidriar que yo he visto; así, pues,
esperé con paciencia y trabajé en mi fuente hasta que estuvo concluída.

Entonces la vieja metió la mano en un saco de cuero que llevaba delante
y sacó una conchuela pulida, con la cual le formó de nuevo los bordes
y en seguida comenzó á rasparlo, primero suavemente y con más fuerza á
medida que la arcilla iba endureciéndose, humedeciendo de vez en cuando
la concha de agua, hasta que se produjo un pulido perfecto; después se
puso á secar el tiesto á la sombra.

A veces se cuece la loza así preparada en grandes hornos construídos
para el objeto; pero la mayor parte de las veces sirven para este fin
los hoyos que quedan en los cerros donde se ha excavado la arcilla, ó
más bien donde se la ha escarbado á mano.

La leña que se usa principalmente para estos sencillos hornos es la
espinela, arbusto distinto del espino, que es la leña común del país,
y cuyas flores son sumamente aromáticas. La espinela tiene más bien la
apariencia de una coronilla espinosa, y se dice que de las maderas del
país es la que da el fuego más ardiente.

La alfarería de aquí produce sólo utensilios muy ordinarios; pero he
visto algunos jarros de Melipilla y de Penco, que por su forma y su
acabado trabajo podrían pasar por etruscos, que se venden á veces á
precios tan elevados como el de 50 pesos y que se usan para guardar
agua. Los adornan con listas y varios dibujos blancos y rojos donde
el terreno es negro, y donde la tierra es roja ó café los adornan con
blanco y negro.

Los adornos de algunos jarros rojos son de una substancia brillante que
tiene el aspecto de un polvo de oro, y que creo es greda que contiene
piritas de hierro; muchos tienen cabezas grotescas, con imitaciones de
brazos humanos á modo de asas; pero no he encontrado ninguna vasija
chilena con otras decoraciones en relieve fuera de las imitaciones de
brazos y cabezas.

Es imposible imaginarse un grado mayor de pobreza que el que se exhibe
en las viviendas de los loceros de la Rinconada. Algunos, sin embargo,
tienen un lecho decente: unas cuantas estacas enterradas en el suelo
y entrelazadas por correas forman el catre, un colchón de lana, y
donde hay mujeres industriosas, unas sábanas de algodón ordinario y
una gruesa sobre-cama tejida proporcionan un sitio de descanso nada
despreciable para el marido y la mujer, ó más bien dicho, para la
mujer, porque, según creo, los hombres pasan la mayor parte de la noche
durmiendo al aire libre, envueltos en sus ponchos, como es costumbre en
el país.

A los niños se les cuelga en pequeñas hamacas de cuero, amarradas á las
vigas del techo, y los demás niños y parientes duermen como pueden,
tendidos en el suelo sobre unos cueros y envueltos en sus ponchos. En
uno de los ranchos no había una cama; todo el mobiliario consistía
en dos baúles de cuero, y ahí dormían once habitantes, incluso dos
mellizos de corta edad, sin padre ni hombre alguno que los protegiera.

La natural bondad y sencillez de carácter de la gente de Chile
la preserva de los vicios y, por lo menos á las mujeres, de la
desvergüenza que habría exhibido en Europa una familia semejante á la
que yo he visto aquí.

Mi instructora era casada, y su casa era más decente; tenía una cama,
había un banco de barro y además tenía algunos útiles de industria
femenina: la rueca y el huso y agujas de tejer, hechas con espinas
de los grandes quiscos de Coquimbo, donde crecen hasta de nueve
pulgadas de largo. Jamás he visto un caserío más miserable que el de la
Rinconada.

Sus habitantes, sin embargo, me hacían notar la hermosa vista de que
gozan entre el Océano y los Andes cubiertos de nieve, y ponderaban el
placer de dar un paseo por los cerros en la tarde de un día de fiesta;
mostrábanme su estero, de suave y tranquila corriente, y sus viejas
higueras, invitándome á volver “cuando los higos estuviesen maduros
y las flores se miraran en el estero”. Me avergoncé de las frases de
compasión que se me habían escapado. Si no puedo mejorar su condición,
¿á qué despertar en ellos el sentimiento de su miseria?

Me retiré de la Rinconada, y en vez de seguir directamente por el
Almendral, me fuí por el cerro hasta el caserío llamado Pocuro, donde
encontré viviendas de mejores condiciones, muchas de las cuales tenían
su huertecito con cerezos y manzanos y algunas hortalizas y flores. En
el corredor de una de ellas, una mujer tejía un paño azul, muy basto.
La operación es fastidiosa, porque no se conocen el telar fijo ni la
lanzadera, y fuera del tejido de las esterillas de cerda entre los
árabes, no concibo que en parte alguna del mundo se practique esta
operación de una manera más primitiva é inconveniente. A un extremo de
Pocuro, un carnicero inglés ha edificado una casa, que aquí hace el
efecto de un palacio, con gran admiración de los vecinos.

Algo más arriba, en una meseta que está á unos 80 ó 100 pies sobre
la ciudad, está el nuevo cementerio ó panteón; el gobierno ha tomado
algunas medidas muy prudentes para evitar que se continúen haciendo
inhumaciones en la ciudad ó en sus alrededores. Sin embargo, las
preocupaciones que se aferran al antiguo cementerio, no permiten que
se ocupe el nuevo conforme á la intención de sus fundadores. Separado
de él solamente por una muralla se halla el sitio que la superstición
católico-romana ha asignado por fin á los herejes para sus sepulturas,
más bien dicho, que se ha permitido que compren los herejes.

Hasta hace poco, todo aquel que no tenía permiso para ser sepultado en
los fuertes, donde podía quedar resguardado, prefería ser conducido
al mar y ser sepultado allí en las aguas; muchos casos ocurrieron de
herejes sepultados en la playa, que los fanáticos del pueblo exhumaron
después, dejando expuestos los restos á las aves y animales de rapiña.

Este sitio de reposo se halla en medio de una hermosa situación; algo
elevado sobre plan, rodeado de cerros, mira hacia el Océano á través
de huertos y olivares; si es verdad que los espíritus rondan sobre sus
despojos mortales, aquí, por lo menos, se verán rodeados de “formas y
vistas deliciosas”.

Era ya la hora del crepúsculo antes de que yo llegara á mi casa, y
la tarde se había puesto fría y el cielo encapotado; en mi solitaria
vivienda, me senté y me puse á pensar en las esperanzas y deseos que
había abrigado cuando salí de Inglaterra, y casi llegué á dudar si no
había pasado ya los límites de la vida; felizmente, tales reflexiones
no pueden durar nunca largo rato.

El curso ordinario de la existencia no pasa tan suavemente que á
cada vuelta no nos despierte á la conciencia de las cosas alguna
interrupción; y así, me desperté para dedicarme á mi diaria tarea de
estudio y de escribir las ocurrencias del día.

Muchas veces he pensado que una colección de memorias fidedignas darían
mejor material á un filósofo para sus especulaciones que todas las
disquisiciones de aparato que se han escrito hasta ahora. Hay días en
que nos vemos felices y llenos de actividad, que apenas si permiten
también á la inteligencia preocupada unas cuantas anotaciones breves
y concisas; otros hay en que la vanidad y el amor propio que todos
sentimos más ó menos cuando escribimos un Diario, llenan las páginas de
necedades artificiosas, y otros hay todavía en que unas cuantas frases
breves dejan transparentar un estado de ánimo que se necesita valor
para exhibirlo á los ojos de un extraño.

La copia de un Diario tiene menos carácter: puede ser igualmente
verídico y dar una relación mejor de los países recorridos, por lo
mismo que es más razonado y más cuidado; pero al copiarlo, pueden
despertarse en el escritor asociaciones que lo lleven á contemplar
otras miras, á discurrir con otros sentimientos sobre los mismos
sucesos.

Y aunque no haya variaciones de intento, cierto temor hará que se
disimulen algunos rasgos del carácter, y que otros se supriman, aunque
sea por modestia; y hay sentimientos respecto de otras personas que no
podemos menos que borrarlos del manuscrito: sin embargo, el Diario es
verídico; verídico en cuanto á la naturaleza de las cosas y en cuanto á
los hechos, y más verdadero por fin en cuanto á los buenos sentimientos
que los que dictaron en algunas ocasiones las líneas de tedio y de
sufrimiento. Esta veracidad es la que me comprometo á observar en las
páginas de mi Diario.

No puedo dar más y así confío en que no me pedirán más.

_Junio 2._--La mañana está lluviosa y hace frío, á pesar de que el
termómetro no baja de los 50 grados Fahrenheit. Mientras estaba
almorzando entró uno de mis vecinitos, á toda carrera, gritando:
“¡Señora, ya llegó, ya llegó!--¿Quién llegó, hijo?--El almirante,
nuestro grande y querido almirante, y si usted se acerca al balcón verá
las banderas en el Almendrado.”

Con esta noticia me asomé y vi la bandera izada en todas las puertas:
en la bahía había también dos buques más que el día antes. La
_O’Higgins_ y la _Valdivia_ habían arribado durante la noche y todos
los habitantes del puerto y de los alrededores se habían dado prisa á
desplegar sus banderas y celebrar el feliz regreso de lord Cochrane.

Su arribo me complace, no sólo porque necesito verle, considerándole
aquí mi natural amigo, sino porque creo que él tendrá influencia
bastante para enmendar algunas cosas y prevenir otras; que, mucho me
temo que influyan perjudicialmente sobre el naciente Estado de Chile
y quizás sobre la causa general de la independencia sur-americana, si
no se cuenta con una influencia parecida. Durante algún tiempo después
de mi llegada no me he sentido con la inteligencia bastante libre para
prestar ningún grado de interés al estado político del país, á pesar de
estar pendiente de una medida de tal importancia.

En el nuevo orden de cosas después de la batalla de Chacabuco habíase
elegido á don Bernardo O’Higgins para presidir la nación, con el título
de Supremo Director de Chile, designándole un Senado compuesto de
respetables ciudadanos para asesorarlo, y adoptándose una constitución
provisoria.

Las leyes del país continuaron siendo las mismas que dejaron los
españoles. La constitución, sin embargo, daba á todos los mismos
derechos, abolía la esclavitud, limitaba los derechos de los
mayorazgos, disminuía el poder y la renta de la Iglesia, y adoptaba la
ordenanza naval inglesa para el régimen del servicio marítimo.

Pero tres años y medio de paz interna y de triunfos en lejanas
expediciones habían permitido á las provincias del Norte de Chile,
y particularmente á la capital, ver y sentir los inconvenientes de
la actual forma de gobierno, que en un principio fué en el hecho
una oligarquía despótica, cuyo poder, por la ausencia y división de
los miembros del Senado, que estaban disgustados por la oposición
que encontraron á un proyecto para declarar sus cargos perpetuos y
hereditarios, había venido á parar por entero en manos del Supremo
Director, que si hubiera tenido un destello de ambición vulgar, podía
haberse hecho señor absoluto.

Es raro que un soldado afortunado como O’Higgins tenga la sensatez de
ver el peligro del poder absoluto y el buen sentido de evitarlo; él,
sin embargo, posee ambas cualidades, y disuelto el Senado, ha convocado
una asamblea deliberante con el objeto de formar una constitución
permanente. Sus miembros serán designados por él y por consejo privado
de entre los habitantes más respetables de cada municipalidad.
Esta asamblea debe proponer los medios para formar y asegurar la
representación nacional, y mientras tal representación pueda reunirse y
se constituya en cuerpo legislativo, el poder ejecutivo continuará en
manos del Director por unos tres meses á lo menos.

Si semejante asamblea cumpliera honradamente su deber, nada habría más
sabio que esta medida. Pero escogida por el ejecutivo, y por lo tanto
naturalmente inclinada á su favor, me parece que toda la dificultad
estriba en obtener por medio de tal asamblea un gobierno efectivamente
representativo; más atinado hubiera sido, y dada la constitución del
gobierno, por cierto más legal, haber dictado un decreto para que desde
luego cada ciudad eligiera sus representantes.

El número de éstos iría naturalmente aumentando á medida que se
incrementara la población del país y mejorara su cultura, de modo que
el gobierno fuera desarrollándose conforme á las necesidades de la
población.

Tengo bastante experiencia para no sentirme recelosa de las
constituciones que se hacen á la carrera y especialmente de ver
súbitamente aplicada á una nación incipiente como ésta una constitución
adecuada á los hábitos de otros pueblos de una civilización superior.

Cuanto más simple sea una cosa así, tanto mejor; es probable que el
Director y un Senado ó el Director y un alcalde por cada ciudad, que
serían removidos anualmente, y que equivaldrían á los consejos de los
primitivos reyes ó patriarcas, se adaptaría por muchos años á ese
estado social más bien que ninguna otra complicada forma de legislatura.

A este consejo habría de llamarse, naturalmente, á los jefes del
ejército y de la armada. Con una población tan limitada serían no
sólo inútiles sino perjudiciales otras corporaciones encargadas de
regular los diferentes ramos del gobierno. Ni los hombres ni el dinero
pueden economizarse para un objeto semejante, y respondería á todas las
necesidades un solo jefe competente para cada departamento.

Aquí donde tan pocos han recibido una educación aparente para servir
de legisladores, los abogados y el clero tienen que actuar en una
proporción desmedida respecto de los demás.

Por la ciudad marítima de Valparaíso se ha elegido un sacerdote, y
los comerciantes que ocupan los demás lugares, con unos tres ó cuatro
militares, sin que haya un solo representante de la armada, son hombres
cuyas miras se hallan limitadas por sus mezquinas especulaciones, y de
quienes en vano se esperaría ningún procedimiento ilustrado, por mejor
intención que tengan.

Tengo interés por el carácter de este pueblo y abrigo los mejores
deseos por la noble causa de la independencia: que las colonias
sur-americanas logren asegurarla de una vez, y la libertad civil con
todas las bondades que de ellas se derivan irán llegando á su tiempo.

Pero he pasado escribiendo toda la mañana y me he dejado llevar
por pensamientos semejantes á los de los singulares habitantes del
Pandemonium de Milton. ¿Qué me importan estados y gobiernos á mí que
el sufrimiento me hace vivir en tierra extraña y que puedo decir con
experiencia cuán poco influyen en los sufrimientos del corazón humano
los reyes y las leyes?

_Junio 6._--Hoy día se celebró la fiesta del _Corpus_ y fuí á la
iglesia matriz con mi amiga la señora Campbell á oír predicar á su
hermano don Mariano de Escalada. Salimos á las nueve de la mañana; ella
se había quitado su traje á la francesa y adoptó el traje español;
yo tuve que hacer lo mismo y hube de ponerme mantilla en lugar de
sombrero, porque ese es el traje que se usa para ir á la iglesia.
Un niño nos seguía llevando un libro de misa y una alfombra para
arrodillarnos. La iglesia, como todos los demás edificios de aquí,
presenta por fuera un aspecto miserable, pero en el interior está
suntuosamente decorada; naturalmente, la Virgen estaba vestida de
blanco, con una aureola y con guarniciones de plata, rodeada de espejos
y sostenida de las manos por San Pedro y San Pablo; el primero con una
casaca de encajes y el segundo con un vestido tallado en el mismo trozo
de madera que compone su graciosa persona.

Como iba á haber una procesión en que el gobernador debía ir á la
cabeza como la persona principal, hubimos de esperar su llegada hasta
las once del día para que comenzara el servicio; de este modo tuve
tiempo suficiente para examinar la iglesia, los santos y las señoras;
éstas, generalmente hablando, eran muy buenas mozas y estaban muy
graciosamente vestidas con sus mantillas y con el cabello dividido en
trenzas.

Por fin llegó el grande hombre que, según se susurraba, había estado
en conferencia con el almirante para transmitirle á él, á los
capitanes y demás oficiales los agradecimientos del gobierno por sus
servicios. Pero los murmullos se acallaron y comenzó su plática el
joven predicador. El sermón, como era natural, era de ocasión; habló
con muy buen lenguaje de la libertad moral que confería la dispensación
cristiana, de la cual no había mucha distancia á la libertad política;
pero el argumento fué manejado con tanto decoro que nadie podía
ofenderse, y aun también recomendado con tanta fuerza que debe haber
convencido á muchos.

El sermón me agradó bastante, y me disgustó ver que lo sucedía la
ceremonia de besar un relicario, que pareció no ser muy del gusto
de Zenteno, á juzgar por el gesto de inefable desdén que le hizo al
pobre sacerdote que se lo presentó. La procesión estaba ya formada, y
entonces, para no vernos envueltos en ella, salimos apresuradamente
de la iglesia y fuimos á buscar un sitio desde donde observarla á la
distancia.

Cuando vi aparecer la diminuta procesión, porque era bien poco
numerosa, á pesar de formarla todos los dignatarios municipales
y militares que pudieron reunirse, no pude dejar de recordar el
espléndido espectáculo que presencié tres años ha en el día de _Corpus
Domini_, en Roma, y de pensar cómo, en ambos casos, las formas del
culto hacen desmerecer la idea del poder de la divinidad, y cuánta
distancia hay de esto á la fe que adora á Dios en espíritu y en verdad.

En el mar se desarrolla, sin embargo, una parte interesante del
espectáculo: unos 150 botes y canoas, adornadas con los colores
nacionales, van remando por la bahía, quemando cohetes y deteniéndose
delante de cada iglesia y de cada caleta de pescadores para entonar un
himno.

Después de acompañarlos cierto tiempo me fui á casa de Mr. Hoseason,
donde encontré á lord Cochrane. Noté que tenía mejor aspecto que cuando
lo vi la última vez en Inglaterra, por más que su vida de trabajos y
penurias no haya sido de lo más propicia para mejorar su aspecto.

He sentido entristecido mi corazón al pensar que mi país, al perder sus
servicios, ha procedido como el miserable etíope que arroja al fango
una perla que vale más que toda su especie junta.

Pero él hace cumplido honor á su patria sosteniendo la causa por la
cual ella siempre ha abogado, y espero que en el porvenir su nombre
habrá de figurar entre los de los genios tutelares de los chilenos.

Cuando llegó lord Cochrane de Lima, todo el mundo tenía ansiedad,
naturalmente, por saber qué pensaban él y los oficiales de la escuadra
acerca del Protectorado del Perú. Su señoría no ha dicho ni una palabra
respecto á la conducta de San Martín; los oficiales, sin embargo, no
son tan discretos: unánimemente presentan al actual gobierno del Perú
como lo más despótico y tiránico; que repetidas veces se mancha con
crueldades que hacen recordar no sólo las arbitrariedades de los más
grandes tiranos militares, sino más bien los frenéticos actos del czar
Pablo.

Tengo una carta de un oficial de la _Doris_, en la cual se refiere que
una respetable y anciana señora de Lima que se permitió hablar con
demasiada libertad de San Martín fué condenada á ser expuesta durante
tres horas en la calle pública con un traje infamante, y que como sus
palabras eran las que habían ofendido, amordazáronla, empleando como
mordaza un hueso humano. Conducida á su casa cayó aniquilada por el
asco y murió.

Se halla actualmente en el puerto un buque, el _Milagro_, lleno de
prisioneros españoles á quienes San Martín había ofrecido seguridad y
protección para sus personas y propiedades. Después de haber adquirido
cartas de ciudadanía mediante el pago de la mitad de su fortuna, á fin
de obtener permiso para conservar el resto y poder retirarse de Lima,
fueron apresados, despojados de todo en el camino al Callao y arrojados
al fondo del buque-presidio; ahora se hallan en la bahía para ser
enviados con los demás prisioneros á Santiago. Su cautividad durará
probablemente toda la vida, porque sólo serán puestos en libertad
cuando España reconozca la independencia de sus colonias. Esta pobre
gente ha llegado careciendo hasta de lo más indispensable y se les ha
negado permiso para suplir á algunas de sus más premiosas necesidades;
pero lord Cochrane ha atendido á ello sin preocuparse de permiso
alguno. Ojalá pudiera inculcar en este puesto algunas de las prácticas
humanitarias que en Europa se acostumbran en la guerra.

Según se dice, en el _Milagro_ han venido dos agentes del gobierno
del Perú con el propósito de espiar el estado de las naves de lord
Cochrane, y probablemente para entrar en tratos con los oficiales y
hasta con el mismo gobierno para adquirirlos para el Perú. Se corre,
sin embargo, que sólo vienen como encargados de los prisioneros; puede
que sea así, pero ya la opinión está formada respecto á la honradez
del Protectorado del Perú.

El almirante se dispone para ir á Santiago á visitar al Director.
Espero que el gobierno querrá hacerle la justicia de atender á la
reparación de sus buques; le queda todavía mucho por hacer. Mientras
los realistas continúen haciéndose fuertes en Chiloé bajo las órdenes
de Quintanilla, siempre habrá allí un refugio y un centro para recibir
refuerzos de España; y si bien me parece imposible que estas provincias
vuelvan á verse unidas á la madre patria, los reveses y las miserias de
la guerra civil pueden prolongarse quién sabe cuánto. Por otra parte,
¿qué mejor defensa puede tener Chile para sus dilatadas costas que su
escuadra?

_8._--Fuí á hacerle una visita á la esposa de mi arrendador, que me
tenía muy convidada á ir á tomar mate con ella; pero hasta hoy me lo
impedía el temor de tener que usar la _bombilla_ ó tubo que sirve para
chupar el mate y que pasa por boca de toda la concurrencia. Me resolví,
sin embargo, á desechar esta preocupación y así dispuesta me dirigí esa
tarde á su casa.

El edificio tiene más ó menos la disposición de las casas semi-moriscas
que los españoles introdujeron en el país. Después de pasar un zaguán,
á cuyos lados hay varias tiendas con vista á la calle, que pertenecen á
distintos comerciantes, me encontré en un patio espacioso, al cual dan
las ventanas de la casa.

A continuación del costado de la entrada, hay una bodega que ocupa otro
costado; en los otros dos están las habitaciones, á juzgar por las
ventanas medio entornadas y con celosías.

En la antesala, los sirvientes estaban sentados, de ociosos, por
haber pasado ya el trabajo del día, y se entretenían en mirar hacia
el departamento de la familia, donde las mujeres, reclinadas en unos
cojines, dormitaban en el estrado, plataforma cubierta por un tapiz
(alfombra) que se levanta en uno de los costados de la pieza; al otro
lado estaban los hombres, con sombrero puesto, sentados en altas
sillas, fumando y escupiendo. A todo el largo de la muralla del estrado
se apoyaba un banco tapizado; invitáronme á sentarme allí y se pidió el
mate en seguida.

Una de las amigas de las señoras bajó entonces del estrado y se sentó
en el borde de la plataforma, delante de un ancho brasero lleno de
carbón encendido, en el cual había una tetera de cobre llena de agua
hirviendo. Pasáronsele á la que iba á preparar el mate los útiles
necesarios, y ella, después de cebar la taza con los ingredientes
acostumbrados, vertió sobre ellos el agua hirviendo, se llevó la
bombilla á los labios y después de chupar el mate me lo pasó á mí;
pasó largo rato antes de que pudiese atreverme á probar el hirviente
brebaje, que si bien más áspero que el té, es muy agradable.

En cuanto concluí mi taza, rellenáronla al instante y se la pasaron
á otra persona, y de esta manera se siguió hasta que todos se
hubieron servido; dos tazas con sus bombillas circularon entre toda
la concurrencia. Poco después del mate, se nos sirvieron bizcochos
azucarados, y por último un trago de agua fresca, con lo cual concluyó
la visita.

La gente que fui á visitar son tenderos de la mejor clase, dignificados
con el nombre de comerciantes, que tienen el mayorazgo de un pequeño
fundo cerca de la chacra donde resido.

Tienen maneras muy decentes y hay en su mujeres cierta gracia y
amabilidad que lucirían en los salones más correctos y que hacen
que la falta de educación no sea tan insoportable como en nuestro
país, donde va siempre acompañada de la vulgaridad. Aquí la falta
de cultura hace que las mujeres tengan que recurrir á sus medios
naturales de persuasión, la gracia y las caricias, y si en esto entra
algo de astucia, es que ésta es la protección que la Naturaleza ha
dado al débil contra el fuerte. En Inglaterra una mujer ignorante es
una grosera, á excepción de una entre diez, y como tal se conduce y
como tal trata á los demás. Aquí, la simplicidad de la naturaleza se
aproxima á la más refinada educación, y una jovencita inglesa, bien
nacida y educada, no se diferencia mucho en las maneras de una niña
chilena.

_Junio 12._--Después de tres días de lluvia, la mañana de hoy es tan
hermosa “como aquella en que fué creado el paraíso”; así, pues, pasé
la primera mitad de ella en el jardín y la otra mitad vagando por las
quebradas en busca de flores silvestres. Desde luego, en el arenoso
sendero vecino encontré una variedad de la amapola amarilla, algunas
malvas de las que son comunes en Inglaterra y otras de cultivo,
rojizas; verbenas, dos ó tres clases de trébol, hinojo y una pequeña
malva escarlata de diminutas flores. Estas, y tres ó cuatro geranios,
las acederas, los llantenes, la alfalfa, que es el forraje usual aquí,
y varias flores más me hicieron imaginarme en un camino inglés. Una
de las plantas desconocidas que primero llamaron mi atención fué el
rojo y hermoso quintral, que algunos llaman la madreselva chilena por
su caprichosa semejanza con aquella enredadera, aunque es una planta
parásita y sin perfume. Hay otra florecita muy hermosa, parásita
también, que se llama aquí cabello de ángel (_cuscuta_), desprovista
de hojas, tiene en lugar de ellas largos tallos semitransparentes, que
al mecerse en el aire, colgando de los árboles á que se han adherido,
parecen copos de dorados cabellos, de lo que ha nacido el nombre de
la planta. La flor se da en gruesos y apretados racimos y tiene la
apariencia de la cera blanca, con un ligero tinte rosado en el centro;
es de seis pétalos, más ó menos del porte de las flores sencillas del
lirio del valle, y muy fragante. La gente del país considera estos
parásitos como emolientes y los aplican en las heridas. Pronto me
encontré con mi conocimiento de las plantas agotado, y entonces cogí
un gran puñado de toda clase de hojas y de flores para llevarlas donde
un vecino que tiene reputación de ser muy buen conocedor; mientras
caminaba, iba recordando el apóstrofe de Clorinda á las hierbas que ha
cogido, y que es uno de los más bellos pasajes del acto segundo de la
_Pastora Fiel_.

Luego supe que el _culen_, cuyas virtudes he mencionado ya, es también
un encanto contra los maleficios. El _litre_, cuyas hojas levantan
ampollas en las manos, es tan acre que las personas que pasan á su lado
quedan con la cara hinchada, y es muy peligroso dormir bajo su sombra.
Sin embargo, con sus bayas se hace una bebida muy saludable; la madera
es dura como hierro y se usa para los arados.

La _algarrobilla_ es una pequeña y bonita acacia, que produce una
tintura negra, de la cual se hace la tinta ordinaria para escribir.
El _quilo_ es un arbustito rampante que da unas flores verduscas, á
las cuales suceden unas bayas, ó semillas encerradas en una envoltura
carnosa, que se divide en cinco segmentos y deja á la vista la semilla;
la baya es del porte de una grosella y tiene un sabor un poco ácido,
muy agradable: las raíces, hervidas, úsanse para restaurar al cabello
su primitivo color.

El _floripondio_ (_Datura arborea_) da una hermosa flor en forma de
embudo de diez pulgadas de largo por cuatro de ancho y de un color
blanco lechoso, cuyo suave perfume se hace sentir á la puesta del sol.
El _romerillo_ ó romero bastardo, se emplea en infusión para fortalecer
el estómago.

_Palqui_, hay de dos clases: una amarilla y otra de flores lilas; esta
última huele como el jazmín durante la noche; pero es muy desagradable
después de la salida del sol; la planta es útil para lociones en los
casos de hinchazones y erupciones cutáneas; pero muy dañina tomada para
el uso interno; su mayor consumo lo hacen los fabricantes de jabón,
porque da las cenizas más finas y en mayor cantidad que ninguna otra
planta.

La _hierba mora_ es una variedad de solanum, que se considera como un
específico para las afecciones de los ojos; hay una variedad muy bonita
de flores de un azul profundo, con hojas endentadas.

La _manzanilla_, llamada así porque su olor recuerda el de las
manzanas, es un amargo muy fuerte, semejante á la camomila, en cuyo
lugar se usa, y á la cual se parece por sus flores abiertas y listadas;
á la verdadera camomila se la llama aquí _manzanilla de Castilla_.

La _maravilla_ ó girasol crece abundantemente en los cerros vecinos,
donde proporciona un excelente alimento para el ganado. El _mayu_,
que pertenece al orden natural de las Lomentaceas, de Linneo, produce
unas vainas que contienen un polvo obscuro que sirve para hacer una
excelente tinta de escribir. La _pimentilla_ es una especie de salvia,
de espléndidas flores y de hojas de un gris ceniciento, que se usa para
los dolores reumáticos.

El _quillo quilloi_ ó lychnis blanco y la _tornatilla_, una malva, se
usan también en medicina; en la casa he visto atados de _cachanlagua_
seca ó centaurea ordinaria, que, según se me aseguró, es un remedio
soberano para los desgarros de sangre. Además de todas estas útiles
plantas he cogido la _flor del soldado_ (celsia escarlata), la _barba
de viejo_, arbusto que da unos pequeños racimos de flores apretadas, de
un olor parecido al de la reina del prado, la endromeda, y una fucsia
ordinaria; así es que, si se considera que no estamos en la estación de
las flores, no he podido andar más afortunada.

Me entristece saber tan poco de botánica, porque soy realmente
aficionada á las plantas. Me agrada ver su desarrollo y conocer su
procedencia y sus usos; pero me parece que la nomenclatura botánica ha
sido creada para mantener alejada á la gente de todo conocimiento real
de una de las más hermosas clases de objetos de la Naturaleza. ¿Qué es
lo que esos rudos vocablos tienen que hacer con cosas tan agradables
como las rosas, los jazmines y las violetas?

_Miércoles 19 de Junio._--Durante estos últimos días he pasado menos
sola. Mi amiga la señorita H. me acompaña y hemos hecho juntas varios
agradables paseos; además, he conocido á unos cuantos oficiales de
la escuadra chilena. El capitán Forster, que era el capitán más
antiguo, ha dejado el mando y, según se dice, ha presentado al Supremo
Gobierno la renuncia de su empleo; el otro día tuvo la amabilidad de
venir á dirigir la instalación de una estufa en mi saloncito. Hasta
ahora, había usado yo un brasero abierto; pero, como á pesar de ser
muy confortable, deja circular la humareda del carbón, que puede ser
dañino, he preferido colocar una estufa, que le da salida por la
chimenea. Son varias las casas que en la actualidad tienen estufas y
fogones ingleses; pero el consumo del carbón no es todavía muy general.
El carbón inglés es muy caro, y el que se extrae de la provincia de
Concepción, más ó menos de la calidad del carbón de Escocia, no se
explota todavía en cantidad suficiente para abastecer al mercado.

De los oficiales que en la actualidad pertenecen á la escuadra he visto
al capitán Crosbie, capitán de la insignia de lord Cochrane: es un
joven irlandés, cumplido caballero, inteligente y valeroso, como debe
serlo todo capitán de lord Cochrane.

Otro, es el capitán Cobbet, sobrino de _Cobbet_, que tiene mucho
del espíritu batallador de su tío y dotado también, si las señales
fisionómicas no son falsas, de no pequeña dosis de su mismo
engreimiento; todo se lo debe á lord Cochrane: educación y rango, tanto
en la armada inglesa como en la chilena, y goza de la reputación de ser
un excelente marino; lo encuentro correcto, inteligente y comunicativo.

Con todo, la persona que parece poseer particularmente los
conocimientos relativos á todas las cosas que me interesan, es el Dr.
Craig, cirujano de la _O’Higgins_. Hábil en su profesión, de buen
sentido, dotado de una racional curiosidad y de un entusiasta carácter
que cierta fría apariencia disimula, es una de las personas más
atrayentes que pueda encontrarse á este lado del cabo de Hornos, y por
eso me complace particularmente su amistad.

No deja de ofrecer cierto agrado que vengan á interrumpir de vez en
cuando nuestra soledad algunas personas que, como éstas, tienen un
carácter propio, ya que entre la sociedad inglesa que aquí se encuentra
existe una sensible proporción de ordinariez. Sin embargo, como la
vulgaridad, la ignorancia y la rudeza ocultan á menudo la bondad de
algunos corazones, y como es esta última la que he experimentado en
todos aquí, poco me acontece tener que lamentarme de lo grosero de la
corteza de la piña mientras saboreo las delicias de la fruta.

Ayer zarpó de aquí para Lima Mr. Thompson, uno de aquellos hombres
á quienes la verdadera filantropía cristiana ha traído á través del
Océano y de los Andes para difundir los beneficios de la educación
entre sus semejantes. Ha pasado algún tiempo en Santiago, donde, bajo
el patrocinio del Supremo Director, ha establecido una escuela de
instrucción mutua según el sistema de Lancaster.

En Valparaíso ha pasado también cierto tiempo dirigiendo la formación
de una escuela parecida, á cuyo sostenimiento se ha destinado la renta
de un monasterio clausurado.

El gobernador, con el cabildo y los oficiales militares en procesión,
acompañó á Mr. Thompson en la apertura de la escuela, á fin de darle
al acto toda la importancia posible, y me es grato decir que se tuvo
un buen resultado. Ahora es muy concurrida, y he encontrado á mucha
gente del pueblo que, de mañana, lleva allí á sus hijos. El gobierno
ha declarado solemnemente á Mr. Thompson ciudadano libre de Chile. Las
necesidades más apremiantes son para Chile la educación de las clases
media y superior y un gran número de manos de obra. Debiera decir
trabajadores productivos; pero la verdad es que escasean las manos
directa ó indirectamente productivas. No se cultiva ni la centésima
parte del suelo, que rinde de 16 por 1 en la costa, á 100 por 1 de
trigo en los terrenos más elevados; el rendimiento ordinario es de 60
en todas partes y en algunos puntos de 90 para la cebada y otro tanto
para el maíz; por otra parte, los frutos trasplantados aquí parecen
haber adoptado el suelo y aun mejorado en calidad y en cantidad en este
favorecido clima.

_20._--Hoy, con el deseo de procurarle un nuevo espectáculo á mi
joven amiga, hemos ido á pasear á lo que se llama aquí comúnmente _el
jardín_, y he pasado muy feliz todo el día. Cuando llegamos á la casa
de la dueña del jardín, encontramos á ésta sentada en el banco de
ladrillo que está delante de la puerta. Parece ser muy vieja; tiene
el pelo, que le cae en una sola trenza por la espalda, completamente
gris. Es alta y de muy buen aspecto de salud, y pronto llamó á tres
de sus cinco hijas para que fueran á recibirnos. La más joven de
ellas parece tener por lo menos cincuenta años: es alta, musculosa,
bien hecha, con restos de una decidida belleza, el paso ágil y la voz
agradable; adelantóse trayendo unas alfombras para que nos sentáramos y
naranjas para refrescarnos. Las otras dos, cuya apariencia es no menos
atrayente, se nos juntaron y nos invitaron á pasear por el jardín. No
hay en él ninguna de las flores de cultivo; pero el gusto de estas
mujeres ha adornado la arboleda de duraznos, cerezos y manzanos, con
todas las flores rústicas de la vecindad, algunas de las cuales crecen
cerca del pequeño arroyo que surca el terreno y otras se enredan en los
troncos de los árboles frutales que recién comienzan á florecer.

Yo desearía, sin embargo, ver todo esto cuidado con más aseo. Hasta Eva
escardaba su jardín y Adán tenía la obligación de adornar el terreno
que cultivaba. Nos mostraron un hermoso rincón de verdura situado en
el ángulo que forman dos colinas, donde la joven y bella lady Cochrane
acostumbraba á invitar á sus amigos á comer y á gozar del agreste
paisaje.

Parece que su alegría y vivacidad han producido una fuerte impresión
en la gente de aquí, que habla de ella con admiración y sentimiento.
De vuelta á la casa, pasamos por el jardín particular, donde vi por
primera vez el lúcumo (_Achraes lúcumo_) fruta rara aquí, pero que
abunda bastante en Coquimbo y florece muy bien en Quillota.

La simiente parece una castaña, está envuelta en una pulpa como el
níspero en la sustancia y de un sabor agradable y dulce. Hay también
el chirimoyo (una _anonna_, de las coadunatas del método natural de
Linneo), tan famoso en el Perú, cuyos árboles se parecen exactamente
uno á otro.

Encontramos á la anciana señora sentada donde mismo la habíamos dejado,
repartiendo consejos y plantas de varias clases á dos ó tres mujeres y
algunos niños que se habían reunido á su alrededor mientras nosotros
andábamos en el jardín.

Entre las muchachas había dos hijas de pescadores que iban á vender una
clase de algas y varios mariscos; como yo dijera que no había visto
antes varios de esos mariscos, las señoras nos invitaron á mí y á mi
compañera para que viniésemos un día á comerlos guisados á la manera
del país.

Hoy era ya tarde para su preparación; pero nos encarecieron tanto que
volviésemos después del paseo que pensábamos hacer á la quebrada y que
participásemos de la comida de la familia, que yo, que gusto de ver
todas las cosas, consentí luego en ello; y, en efecto, á las dos de la
tarde volví á la casa del jardín.

Encontramos á la madre, que estaba sola en el estrado reclinada en unos
cojines; delante de ella tenía una mesita baja y redonda, en la cual
se había extendido un mantel de algodón muy poco limpio. Las hijas
entraban sólo para servir á su madre, pues comían en la cocina junto al
fuego; á nosotras nos dispusieron asiento junto á la mesa de la señora.

El primer guiso que apareció fué una pequeña fuente de barro que
contenía médula cocida, invitándosenos á untar en él el pan que á cada
cual se le había dado; la anciana señora dió el ejemplo y aun llegó
á pasarle con sus dedos unos pedacitos bien sopeados á miss H., que
trató de pasárselos á un perrillo que estaba detrás de ella.

Yo que no estaba tan cerca, escapé mejor; por lo demás, como no me
disgusta realmente la médula, unté mi pan diligentemente y lo comí
con gusto, si bien echando de menos un poco de sal y de pimienta. En
Chile el pan no es bueno después del primer día. Los panaderos del país
acostumbran ponerle sebo ó grasa, de modo que tiene gusto á bollo; hay,
sin embargo, unos pocos panaderos franceses que hacen excelente pan; lo
que es el que tuvimos hoy, era pan del país y cuadraba muy bien con la
médula derretida.

Después de este _aperitivo_, como lo llamarían mis compatriotas, se
nos puso delante una gran fuente de charquican. Consiste el charquican
en carne fresca de buey muy hervida, pedazos de charqui ó carne seca
de buey, rebanadas de lengua seca y tomates, calabazas, papas y otras
legumbres cocidas en la misma fuente.

La dueña de casa comenzó inmediatamente á comer en la fuente con los
dedos, invitándonos á que hiciéramos lo mismo; pero una de sus hijas
nos trajo á cada una un plato y un tenedor, diciendo que ella sabía esa
era la costumbre nuestra.

Esto no obstante, la buena señora persistió en ponernos en el plato
los pedazos más delicados con su pulgar é índice. El guiso era bueno y
estaba bien cocinado. Siguióle una ave que ella partió con las manos;
otro guiso de ave despedazada, montada en torrejas, espolvoreada con
hierba picada, después unos menudillos de ave, sopas, y, por último, un
pocillo de leche y un plato de harina de yalle, ó sea harina hecha con
una variedad de maíz pequeña y delicada.

Habiéndonos servido cada una una copa de leche, echamos la harina
adentro y la revolvimos: la encontré excelente y muy parecida á lo
que llamamos _milk brose_. La bebida que tuvimos fué vino del país,
y cuando ibamos á la ventana después de comer, se nos ofrecieron
manzanas y naranjas. Como todavía no era hora para que la anciana se
fuera á dormir su _siesta_, aproveché la oportunidad para hacerle una
pregunta acerca de la creencia de la gente del pueblo sobre las brujas.

Hay algo en su aspecto cuando la rodean sus cinco altas hijas, que
irresistiblemente me hace pensar en las hermanas brujas y sentirme
medio inclinada á preguntarles quiénes son, “que no parecen habitantes
de la tierra, y están sin embargo en ella”.

Si tal cosa hubiera hecho, en vez de hacerle la sencilla pregunta
que le hice, no se hubiera mostrado más asombrada mi patrona:
santiguóse, sacó un escapulario de la Merced[62] para besarlo y dijo
en seguida: “ha habido brujas, pero sería pecado mortal creer en ellas
ó consultarlas: que Nuestra Señora nos defienda de ellas á mí y á los
míos”.

Poco más podía sacarse de ella sobre este asunto, á pesar de que
comenzó á explayarse en una larga historia de santos y milagros,
fabricada especialmente contra los herejes, especialmente contra los
rusos y en favor de los fieles españoles. Hallo, sin embargo, que las
brujas se dedican aquí á hacer las mismas cosas que en Europa: influyen
en el nacimiento de los animales y hasta en el de los niños; cortan la
leche, secan los árboles y dirigen á su antojo los vientos. No hace
treinta años todavía que fué metido á la cárcel de la Inquisición el
piloto de un buque mercante por haber hecho el viaje desde Lima en
treinta y cinco días, tiempo que entonces se consideraba demasiado
corto para haber hecho el viaje sin una ayuda sobrenatural.

La gente es aquí tan española en sus costumbres, que sería difícil
para una persona determinar qué parte de sus supersticiones, hábitos
é inclinaciones se derivan de los aborígenes chilenos, y mucho más
difícil lo es para mí que no he estado nunca en España; de modo que
donde las costumbres se diferencian de las de los campesinos de Italia,
quedo ignorando igualmente si la diferencia procede de los antecesores
hispano-moriscos ó de los chilenos.

Las supersticiones y la cocina de hoy día son decididamente españolas,
á pesar de que algunos de los materiales de ambos son de origen
netamente americanos; no es mal tipo, me parece, para caracterizar á la
nación.

_24, día de San Juan._--Parece que hubiera caído aquí la balsámica
_nucca_, el rocío celestial que cayó sobre el Egipto é hizo desaparecer
las plagas: todo está alegre y risueño en la ciudad y parece que las
gentes se hubiesen puesto sus vestidos domingueros.

Es sensible, sin embargo, oír hablar del tiempo de los españoles
echándoles de menos con cierto pesar. El gobierno actual, al suprimir
muchas de las prácticas religiosas, ha librado al pueblo de una pesada
carga, á no dudarlo; pero también le ha cercenado sus diversiones
acostumbradas. En un clima como éste, donde no es necesario el
constante trabajo para el sustento de la vida, debe prestarse cierta
consideración á la necesidad de divertirse que tienen las clases
populares, especialmente donde las diversiones puramente intelectuales
no existen. A mi juicio, no debiera haberse abolido la festividad de
San Pedro, que tan peculiarmente se adapta á un lugar marítimo.

En el día de San Pedro se acostumbraba sacar su estatua con toda
solemnidad de la iglesia matriz, donde se guarda, y colocarla en una
goleta adornada con cintas y guirnaldas, enteramente empavesada y con
otras imágenes á bordo. La goleta, tripulada por pescadores, daba
una vuelta por la bahía, seguida por todos los botes y canoas de
pescadores. En diversos puntos de la bahía se estacionaban algunas
bandas de música, y cuando la goleta iba acercándose, quemábanse
cohetes y petardos para saludarla.

Siempre he admirado la sabiduría de Venecia en lo que se refiere á
sus festividades. Casi no hay ninguna de las fiestas de la Iglesia
que no tenga relación con algún acontecimiento nacional. En la fiesta
de la Purificación celébrase la captura y el rescate de las novias
venecianas, conocidas bajo el nombre de las Marías, que ha servido
de tema á innumerables leyendas y poemas en todos los idiomas. Las
ceremonias del último día de carnaval conmemoraban el fin de una
división interna de la ciudad. Pero entre mil otras, la más importante
en todo sentido era la que se celebraba el día de la Asunción; el
dux se internaba en alta mar á bordo del _Busentauro_ y se desposaba
solemnemente con el Adriático, en conmemoración del triunfal regreso
del dux Urseolí el día de la Ascensión después de haber sometido todo
el Adriático al dominio de Venecia.

Puede objetarse que ingertar de esta manera los sagrados sentimientos
del patriotismo en el tronco de la superstición sólo aprovecha á esta
última, y que la ilustrada política de los tiempos actuales debe
sobreponerse al espíritu de contemporización que semejante unión exige.
Pero si las poblaciones tienen actualmente la ilustración suficiente
para ser insensibles á la ostentación, á los entretenimientos y á las
manifestaciones externas, ¿no sería cuerdo utilizar esas ostentaciones
y manifestaciones para ligarlas á los sentimientos patrióticos?

Chile es un país tan esencialmente marítimo, limitado como se halla su
territorio por los Andes, de los países orientales y por el desierto de
Atacama de los países del Norte, que si yo fuera legislador dirigiría
toda mi atención y todo mi interés hacia el mar. Haría del día de San
Pedro una festividad nacional esencialmente marítima; distribuiría
premios á los pescadores y á los lancheros; acordaría recompensas
honoríficas á los oficiales, recibiría y solucionaría todas las
peticiones y representaciones que tuvieran atingencia con el mar; en
una palabra, haría sentir en ese día que la protección del gobierno se
daba la mano con la de la religión para amparar á la más útil y, por
consiguiente, á la más favorecida clase de los ciudadanos chilenos.

_Junio 25._--He ido de paseo con una numerosa comparsa á la
“Lagunilla”, pequeña laguna de agua dulce que forman las aguas de
diversos esteros, separada del mar sólo por un banco de arena;
el camino por el valle de la laguna es bueno; pero es uno de los
más escarpados que he conocido para hacerlo á caballo. Al dejar á
Valparaíso, que queda á tres leguas de distancia de la laguna, nos
encontramos en una elevada planicie, de donde se goza de una magnífica
vista de los Andes centrales por un lado, y de la costa, con todas sus
bahías y caletas, por el otro. Se dice que la bahía de la “Lagunilla”
no es segura para los buques, que siempre recalan allí cuando vienen
del Sur.

En el fondo del valle encontramos un rancho que ofrece actualmente un
triste aspecto de pobreza y de miseria: esta es la estación más pobre
del año; las provisiones traídas para la temporada están casi agotadas;
sin embargo, el campesino espera sin impaciencia (porque los chilenos
son alegres y de buen humor) que vuelva la estación que ha de traerle
las manzanas para hacerle el pan más agradable y las verdes ramas para
dar más frescura á sus ramadas y sus cercos que, desde que se acabó
la cosecha de la chacra, han ido desapareciendo gradualmente para
alimentar el fuego.

Habíamos enviado una mula cargada de provisiones á este punto, y uno de
nuestros compañeros había cazado algunas perdices, que fueron guisadas
en el rancho. Se extendió el mantel en un agradable rincón de verdura,
donde comimos oyendo los murmullos del pequeño arroyuelo que surca
el valle dándole verdura y fertilidad. Unos cuantos árboles frutales
crecen entre los macizos trozos de piedra que una furiosa avalancha de
invierno ha traído rodando desde el cerro vecino.

Es esta la primera excursión en que he tomado parte desde mi llegada,
no sin cierta resistencia, porque no me encuentro todavía en
condiciones de hacer buena compañía á los jóvenes y á su alegría; pero
ahora no lo siento. El buen tiempo, el ejercicio, las agradables vistas
tienen que hacer bien, tanto al cuerpo como al alma; me siento ahora
mucho mejor que lo que jamás había esperado sentirme cuando recién
desembarqué en estas playas.

Cuando volvíamos, divisamos la fragata inglesa _Aurora_, que venía
llegando en ese momento á Valparaíso, procedente del Brasil y que al
entrar saludó á la insignia de lord Cochrane. Su Señoría se encuentra
actualmente en Santiago. Según dice la gente, está tratando de obtener
de la justicia del gobierno el pago de los sueldos y presas que se le
deben á la armada. Algunos de sus amigos le atribuyen, infundadamente
á mi juicio, estar interviniendo en la reorganización que se proyecta
hacer en el gobierno. Otros, tal vez mejor informados, dicen que se
ocupa de refutar los absurdos cargos que en su contra ha formulado San
Martín.

Estos cargos proceden de los más bajos motivos; envidia de su
reputación, despecho por sus acciones y miedo de sus resentimientos;
esto sin hablar de la descabellada cólera que le ha ocasionado la
opinión de su señoría de que es “más honroso revelar las muestras de
un franco disgusto que disimular secretos rencores”, como se expresó
al descubrir los infames designios que abrigaba San Martín contra el
Estado que había jurado servir.

Estos cargos son tan frívolos, tan mezquinos, tan despreciables como
los que un ladrón pudiera lanzarle desde las galeras á un hombre
inocente que lo ha ofendido, y siempre he pensado que en este caso
ponerse á vindicar la integridad é incorruptibilidad de un hombre como
lord Cochrane, sería hacerle una afrenta á sus virtudes.

_27._--Hoy fuí á pagarle una visita á la señora del gobernador
Zenteno, dama muy fina y agradable, que me recibió muy cortésmente y
mandó en busca de su marido. Este llegó inmediatamente, al parecer muy
regocijado de poder exhibir las comodidades á la inglesa que había en
el departamento en que fuí recibida.

En un día frío y lluvioso como éste es agradable encontrarse en una
habitación donde hay un tapiz inglés, una estufa inglesa y hasta carbón
inglés encendido. Zenteno me aseguraba que no había para él nada que
estimulara mejor la conversación que un fuego encendido así en una
estufa abierta, y que lamentaba haber pasado tantos años sin sospechar
siquiera que existiera tal comodidad. Puede decirse que todo su afán
es introducir el gusto por la elegancia de la vida civilizada; en
cualquiera otra circunstancia habría podido decir yo que en su gran
admiración por todo lo inglés había cierto fondo de afectación. El
pueblo de Valparaíso le debe, sin embargo, considerables mejoras en
calles y caminos, y, entre otros proyectos, tiene ahora en estudio
el de construir un nuevo mercado en cuanto los recursos lo permitan.
Estas cosas les parecen insignificantes á los extranjeros, que olvidan
que Valparaíso, uno de los más grandes puertos de este lado del vasto
continente Sur-Americano, es poco más, en la apariencia, que cualquiera
ciudad inglesa de pescadores. En comparación, Sidmouth es una ciudad
capital.

De la casa del gobernador me dirigí á la cárcel, macizo edificio de
pésimas condiciones, que ahora está vacío. Los prisioneros han sido
trasladados al hospital de San Juan de Dios; me da vergüenza decir
que los prisioneros españoles que San Martín ha mandado de Lima
estén también allí revueltos con los reos comunes. A su llegada, los
españoles se encontraban en una situación tan deplorable, que, para
evitar que pereciesen de hambre, los vecinos ingleses levantaron una
suscripción, encargándose uno de los comerciantes de vigilar todos los
días que se les distribuyan sus alimentos.

_29._--Hoy ha arribado la _Independencia_, uno de los buques de la
escuadra chilena. Lord Cochrane la había dejado vigilando las costas
del Norte para ayudar á la causa de la independencia y conseguir
provisiones[63] en compañía con el _Araucano_; pero en una ocasión en
que aquélla se separó para ir en servicio á la bahía de Lorero, el
piloto, el condestable y el contramaestre del _Araucano_ se amotinaron,
aprovechando la ausencia del capitán y de algunos oficiales que se
hallaban en tierra por razón de servicio, y se adueñaron del buque.

Habiendo desembarcado todos los chilenos y los ingleses que no
quisieron acompañarlos, los sublevados hiciéronse á la vela con 16
hombres, sin que hasta ahora se haya oído hablar más de ellos. Cuarenta
y siete tripulantes á las órdenes del capitán han quedado en situación
de volver al servicio, y es de notar que no hubo ningún chileno entre
los desertores.

La _Independencia_ ha traído algunos reconocimientos de importancia
y en varios casos ha prestado útiles servicios á la buena causa,
estimulando á las ciudades de la costa á declarar su adhesión á los
gobiernos independientes de los territorios en que están situadas.

Es de sentir, sin embargo, que la intemperante conducta de uno de sus
oficiales, que expió su culpa con la vida, haya ocasionado algunos
disturbios que mucho me temo tengan mal resultado.

_30._--Hoy se remitieron á Santiago 300 prisioneros de Lima, algunos
á pie y otros en carretas, por serles imposible caminar á causa de
su edad y de sus enfermedades. Entre estos últimos iba un anciano de
cabellos grises que apostrofaba al mar, cuyas playas dejaba, diciendo
que se separaba del único camino que podía llevarlo á su tierra
nativa; con débiles lamentos sentóse descuidadamente en una orilla del
vehículo; mas, al dar vuelta la primera cuesta, cayó al suelo y murió
ahí mismo, no á causa de la caída, sino por habérsele roto el corazón.
Dicen sus compañeros que murió en la misma carreta con la palabra
“España” en los labios, cayendo después al suelo.

Cosas son éstas que acongojan el corazón, y lo más sensible es que el
mal no viene del curso ordinario de los sucesos de la Naturaleza, donde
los sufrimientos y las pruebas le vienen al hombre en proporción á sus
fuerzas, ni de esa altísima mano que es tan poderosa como clemente,
sino que viene del hombre, que hace presa de sus semejantes, que agrega
la hipocresía á la crueldad y que comete sus crímenes bajo el sagrado
nombre de la virtud[64]. La historia de estos prisioneros resume todo
cuanto hay de bajo, de cruel y de cobarde; porque ¿cuándo ha sido
valiente un hombre cruel?

Hoy es la festividad de Nuestra Señora del Pilar, _la abogada de los
marineros_. ¿Cómo podía dejar yo de observarla? Me dirigí, pues, donde
mi vieja amiga del jardín, á quien llaman comúnmente la _Chabelita_, y
en cuanto supe que ella pensaba ir á la ceremonia que se celebra en la
iglesia de la Merced, obtuve permiso para acompañarla. La tarde no pudo
ser más provechosa, ya que sin tal compañera no hubiera podido tener yo
tanto entretenimiento é información. Desde luego no sé cómo me hubiera
atrevido yo de otra manera á entrar en una venta ó negocio de licores,
como hoy lo hice.

Llegamos á la iglesia muy temprano, y después de recorrer en todo
sentido el espacio por donde debía pasar la procesión, nos dirigimos á
la expresada venta, que se halla precisamente al frente de la iglesia.
Al principio me imaginé que fuera la casa particular de alguna amiga
de la _Chabelita_, pareciéndome que la mesa que había dispuesta en la
puerta con frutas y bollos para la venta, sería solamente un adorno
para la festividad.

Cuando entramos á una pieza muy grande, rodeada de bancos en tres de
sus costados y con un _brasero_ en el centro, vi que en el cuarto
costado del departamento había una mesa cubierta de jarros y botellas
que contenían licores de varias clases, rodeadas de vasos de diferentes
tamaños. Sentados en uno de los bancos hallábanse dos religiosos de la
orden de la Merced, vestidos de amplios y largos trajes blancos con
cruces negras, y que llevaban puestos unos enormes sombreros, fumando y
conversando de política.

Los principales temas de su conversación eran el destierro del obispo,
los probables resultados de un concilio que debía reunirse para tratar
asuntos eclesiásticos, y algunas murmuraciones acerca de la elección de
diputado por Valparaíso, recaída en don Celedonio Márquez, provincial
del convento de Santo Domingo, con olvido de los mucho más dignos
hermanos de la Merced. Nuestra entrada pareció interrumpir por un
momento su conversación; pero después de un cuchicheo de unos cuantos
minutos, durante los cuales oí una y otra vez las palabras _viuda
inglesa_, volvieron á su política, hasta que habiendo concluído sus
cigarros se levantaron y se fueron.

Mientras tanto había estado observando que unas cuantas viejas gordas
andaban ocupadas haciendo mezclas de distintos licores, que llevaban
á otro departamento interior. Probé algunos de esos licores. Muy poco
era el aguardiente ó el vino que se pedía; en cambio había un gran
consumo de diversas clases de sorbetes, de los cuales el mejor es la
_aloja_.[65] La aloja es una infusión de culen, canela ó cinamomo
silvestre, y un poco de almíbar, á la cual se le atribuyen condiciones
tan saludables como agradables. Muy luego comenzó á llenarse la casa.
Iban llegando grupo tras grupo de jóvenes, que eran conducidos á
diversas piezas, y sólo entonces vine á darme cuenta de dónde me
hallaba.

Algunos parroquianos comenzaron á pedir comida de variados guisos;
otros, vino; unos cuantos, refrescos y bizcochos, música también, y
todos pedían cigarros. Entonces aparecieron unas cuantas muchachas de
buen aspecto que llevaban guitarras y que entraron á las piezas donde
se pedía música.

Muy pronto oí el sonido de los cantos y del baile, y entonces, con la
satisfacción de ver á todos alegres y contentos, me retiré de aquel
sitio, persuadida de que el regocijo sería aún mayor en la tarde y de
que los bailes, que he visto á menudo entre la gente ordinaria de las
más ínfimas tabernas cuando he pasado de noche por el Almendral, se
acostumbran también, aunque más en privado, por la gente decente en
casas de la tranquila apariencia de ésta.

El juego es aquí tan común entre la clase baja como entre la mejor
sociedad. Toda nación rudimentaria juega; todo pueblo de una
civilización refinada hace lo mismo. El salvaje, en los intervalos que
le dejan la caza y la guerra, no tiene más que el ocio, y cuando su
vida se estagna, siente la necesidad de un estímulo: entonces juega.
El caballero de una sociedad civilizada no necesita de la caza para su
sustento, y si no se dedica á ella por ejercicio, necesita procurarse
ese mismo estímulo, que parece indispensable para la existencia, y
entonces también juega.

Las especulaciones comerciales y la guerra no son sino un juego en
grande escala.

Hay aquí varios juegos que se practican lo mismo que los de Europa y
los de Oriente, y que deben de haber sido importados por los españoles.
La especie de _golf_ que en Persia se juega á caballo, se juega aquí de
la misma manera[66].

De puertas adentro, se juega á las cartas, á los dados y al billar; al
aire libre se juega á las bolas y al volantín, juego este último á que
se dedican jóvenes y viejos.

Hay una especie de juego de bolas que es una novedad para mí. Debajo de
una ramada se arregla la cancha para el juego; en el suelo se dispone
un armazón de madera de unos 30 pies de largo por unos 15 de ancho;
dentro de cuyo espacio se aplana conveniente mente el piso con tierra
gredosa, de modo que la armazón sobresalga una seis pulgadas del suelo
por todo el contorno.

Como al tercio de la distancia de una de las extremidades se coloca
un anillo que está fijo de un arco y que gira al menor contacto; el
jugador se sienta en el costado opuesto de la armazón y trata de mandar
su bola de modo que atraviese el anillo sin tocarlo. Este es el juego
favorito, y tengo la seguridad de que no hay peón de la vecindad que no
haya perdido y ganado alternativamente, no sólo todo su dinero, sino
hasta la camisa, por lo menos media docena de veces al año en este
juego.

Era ya tiempo de volver á la iglesia. Ahí, de rodillas delante
del elevado altar, oímos la misa dedicada á Nuestra Señora, la de
relucientes cejas, y oramos por la salud de los marineros vivos y por
las almas de los que ya no existen.

No puedo ni quiero pensar en mezclar mis oraciones á las de otro culto;
pero la verdad es que jamás he orado con más fervor que ahora. Pero
cuando de pronto me vi obligada á interrumpir mis oraciones para seguir
la procesión, sentí que renacían todos mis prejuicios de protestante.
Vestida con un traje obscuro y adornada con joyas de valor, _Nuestra
Señora_ fué sacada en una anda, conducida hasta cerca del mar en medio
de un sendero de mirto y laurel; aquí y allí había altares, delante
de los cuales se detenía, y entonces la multitud entonaba un canto.
Una vez que hubo visitado de esta manera á San José, á N. S. de los
Dolores[67] y á Santa Gertrudis, fué conducida de nuevo á su altar á la
hora de la puesta del sol, cantándose el Ave María. A la luz del día
queda en descubierto la horrorosa superstición que realza la ridícula
decoración de los santos: los espejos y los chiches que les sirven de
adorno son groseros y sin elegancia.

Ahora que la noche ha caído y que todo queda oculto en la sombra, el
Ave María Stella me trae á la imaginación á la Italia y ese mágico
poder que, aun en su decrepitud, arroja cierto resplandor sobre ella.
¡Cuántas veces en las tardes embalsamadas he escuchado con delicia
las voces que cantaban el Ave María con las melodiosas entonaciones
italianas, mientras Roma parecía sumergirse en un religioso, en un
tétrico silencio!

_Julio 1.º_--Anoche llegó de Lima la fragata de S. M. B. _Alacrity_,
que me ha traído cartas de mis amigos de la _Doris_. Trae también
algunas noticias de Lima, que confirman todo lo que hemos oído del
odioso y amanerado San Martín.

Como se sabe, el comerciante don Pedro Abadía, á más de ser uno de los
comerciantes más ricos de la América del Sur, es también uno de los
hombres más ilustrados, más liberal y más digno de respeto. San Martín
había manifestado siempre la mayor amistad por esta excelente persona
y utilizado sus conocimientos y talentos para hacer la reglamentación
de sus aduanas y demás impuestos. Una vez que hubo logrado este objeto,
las riquezas de Abadía excitaron su codicia, y valiéndose de la más
baja traición ideó un medio que justificara su prisión. Sabedor de que
los realistas estaban en posesión de una inmensa propiedad que Abadía
poseía en Pasco, San Martín dió instrucciones á dos frailes para que
fueran donde él y le ofrecieran conducir algunas cartas suyas á los
jefes de las tropas españolas para ver si se podía evitar la absoluta
ruina de su propiedad, que consistía principalmente en minas y en
costosas maquinarias que había importado de Inglaterra con la idea de
hacer progresar el país con su introducción.

Fácilmente engañaron los frailes á Abadía, que con este pretexto fué
mandado á la cárcel y juzgado por un tribunal instituído por San
Martín. Sin embargo, como sus cartas se referían exclusivamente á los
negocios de su hacienda y de sus maquinarias, fué absuelto, no sin que
antes tratara de obtener del tribunal la revisión de la sentencia.

Con todo, antes de ser puesto en libertad obligósele á pagar una
inmensa multa, reteniéndole á su mujer é hijos como rehenes, para
mandarlo desterrado á Panamá ó á cualquiera otro punto no menos
distante. Abadía logró refugiarse en la _Alacrity_, de donde pasó á la
_Doris_, captándose á bordo de ambos buques la estima y simpatía de
toda la gente. Se dice generalmente que San Martín es aficionado á la
bebida; no creo que esto sea verdad; pero tiene el vicio del opio y le
acometen accesos de pasión tan frecuentes y violentos que nadie cuenta
segura su cabeza. Gracias á la liberalidad que gasta con sus soldados,
su gobierno es entre ellos muy popular; pero no por eso es menos
precario, porque no parece muy difícil que el general realista La Serna
vuelva á recobrar á Lima, en cuyo caso se espera que declararía al Perú
independiente y licenciaría de cualquier modo al ejército Libertador.
Es verdad que no hay para una nación una calamidad mayor que soportar
al despotismo militar; pero también es cierto que este despotismo jamás
dura mucho tiempo.

Cuando se ha realizado algún cambio queda la posibilidad de efectuar
otros más; los lazos de la tiranía están rotos y el pueblo crecerá, se
educará, con cierta rudeza, probablemente; pero los conocimientos irán
desarrollándose, y, como los conocimientos son una potencia, no está
muy distante la época en que el pueblo sea capaz de sacudir la tiranía,
tanto de los gobiernos extranjeros como de los déspotas domésticos, y
obligar á sus gobernantes á reconocer que están allí para el servicio
del pueblo y que no es el pueblo el que debe servirlos á ellos.

_Julio 2._--Hoy día, mientras estaba en el cerro que hay detrás de casa
admirando el hermoso paisaje que se extendía á mi vista y las sombras
que á su paso dejaban las nubes mientras se deslizaban por el mar,
ocultando á veces y otras descubriendo los peñascos de Valparaíso, vino
á hacer más imponente la escena el cañoneo con que la _Aurora_ saludaba
á lord Cochrane, que iba á visitarla; el humo de los cañones, después
de encresparse en blancos copos sobre el agua, dilatábase gradualmente
en nubes grises que iban á mezclarse con las brumas que se extendían
al pie de los cerros. En la noche estuvo su señoría en casa á tomar el
té. Me dijo que tenía permiso para ausentarse por cuatro meses, con el
bergantín _Moctezuma_ á su disposición, y que pensaba ir á visitar la
hacienda de Concepción, que hace tiempo le había decretado el gobierno,
y de la cual, hasta la fecha, no había sacado provecho alguno, á pesar
de ser una de las más fértiles de aquella fértil región. La verdad
es que por estar situada tan inmediata á la frontera de los indios
y tan expuesta á sus depredaciones, durante muchos años ha quedado
completamente abandonada, sin que se haya cosechado gran cosa en ella.
Habilitar de nuevo para el cultivo una hacienda como ésta representaría
más para el bien público que para el provecho particular. El solo
ejemplo de una empresa tan animosa tendría importantes consecuencias,
y antes de no mucho tiempo, esa deliciosa tierra, que ha sufrido más
que ninguna otra provincia, volvería á ser lo que antes fué, cuando
era Villa Rica su capital y cuando el autor del _Robinson Crusoe_,
recordando los relatos de los aventureros ingleses de su tiempo que
habían recorrido el Sur de Chile, describía esa región como el paraíso
terrestre y á sus habitantes como seres dignos de él.

_7._--Invitada por lord Cochrane, me dirigí ayer por la mañana al
puerto para reunirme á un grupo de amigos que debía embarcarse con él
á bordo del buque á vapor _Rising Star_, é ir de paseo á su hacienda
de Quinteros, situada á unas 20 millas al Norte de este puerto. La
distancia por tierra es de 30 millas, porque el camino va bordeando la
bahía de Concon.

Formaban la partida, don José Zenteno, gobernador de Valparaíso; su
hija, doña Dolores; el honorable capitán Frederick Spencer, comandante
de la _Alacrity_, fragata de S. M. B.; el capitán Crosbie, el capitán
Wilkinson, varios oficiales de la escuadra patriota á quienes no
conozco, y otros cuantos caballeros más. El almirante llegó conmigo á
bordo á las diez de la mañana.

Lo primero que hice fué visitar la maquinaria, que consiste en dos
máquinas de vapor, de 45 caballos cada una, y de las ruedas, que van
cubiertas. El buque es una gallarda polacra, cuya construcción se
activó bastante antes de la venida de lord Cochrane, pero que sólo
este año arribó á estos mares. Con no poco placer puse el pie en la
cubierta del primer buque á vapor que navega en el Pacífico, y me
entusiasmaba el pensar en los triunfos del hombre sobre los obstáculos
que la Naturaleza parece haberse complacido en colocar entre él y el
cumplimiento de sus deseos.

Qué transporte no hubiera sentido en su pecho Almagro si en el
encantado espejo del futuro un mago le hubiese mostrado el puerto
de Valparaíso, lleno de buques de Europa, del Asia y de países que
entonces no existían todavía, y en medio de ellos, este buque,
deslizándose suave y tranquilamente, sin una sola vela, contra viento
y marea, llevando en cubierta una artillería más fuerte que la que él
jamás mandó y conduciendo á bordo á un héroe cuyo nombre, tanto en
Chile como en el Perú, había de sobrepasar no sólo el suyo sino también
el de sus afamados compañeros los Pizarros.

La cruel política que España observó con estos países reprimió siempre
toda tentativa para establecer el tráfico de las costas, por más que
las de Chile abunden en bahías de lo más cómodas para el objeto. De
aquí que estas bahías no hayan sido nunca bien reconocidas ó que
aparezcan tan erróneamente ubicadas en las cartas dadas á luz, que los
buques de todas las naciones, incluso los de España, no se decidan á
recalar en ellas, y que todo el tráfico tenga que hacerse á lomo de
mula por los caminos más difíciles del mundo.

Por ejemplo, el cobre de Coquimbo, que se encuentra sólo á tres grados
y medio de Valparaíso, se trae á este puerto á lomo de mula á través de
un montañoso y escarpado camino, sin que se emplee jamás un bote para
su conducción.

Los enormes impuestos que pesan sobre el tráfico marítimo con el nombre
de derechos de puerto, etc., y que pesan sobre las embarcaciones
pequeñas más que sobre cualquiera otra, impiden, no sólo el cabotaje,
que sería el sustento de los marineros de Chile, sino también el
cultivo de las dilatadas extensiones de fértil terreno inmediatos á la
costa. La vecindad de los cerros con la costa y su abrupto descenso no
permite la existencia de ríos caudalosos que sirvan para la navegación;
en cambio, las bocas de los ríos de menor cauce forman bahías adonde se
puede mandar flotando para embarcarlos convenientemente los productos
de sus riberas de asombrosa fertilidad. Con todo, no sé que se preste
atención alguna á nada que se semeje al comercio de cabotaje, y de
aquí que el carbón de Concepción, á pesar de su abundancia y buena
calidad y de estar situada la mina á 300 millas de distancia, cueste en
Valparaíso más caro que el que se trae de Inglaterra.

De la misma manera, las extensiones de terreno de aluvión que han
formado las lluvias invernales que lavan la falda de los cerros, y
que fertilizan las lagunas formadas por la reunión de las aguas de
lluvias en los valles, permanecen sin cultivo, á pesar de ser de lo
más aparente para la producción de toda clase de legumbres; actualmente
esos terrenos sólo se aprovechan para el pastoreo de verano, cuando, si
se aplicara al cultivo de forrajes más nutritivos y productivos, podría
fomentarse eficazmente la crianza de ganado ovejuno, cuya alimentación
en el invierno es la mayor dificultad con que ahora se tropieza,
y entonces se tendría en la lana, que es de excelente calidad, un
valioso artículo de exportación. Pero ¿quién puede pensar en cultivar
la remolacha ó el nabo cuando tiene que pagar por derechos de puerto
para traerlo á la plaza casi tanto como el valor íntegro de la cosecha?
¿Y quién se dedicará á la crianza de ovejas si la lana teñida ó
manufacturada paga un derecho de exportación más elevado que el precio
de los géneros importados al país? Recuerdo particularmente que en
Coquimbo, la región de las minas de cobre, don Felipe del Solar ha
pagado por derechos de exportación de algunos cargamentos de cobre más
que el precio de cargamentos de igual tonelaje de artículos de primera
calidad importados de Bengala. Esto equivale á un impuesto directo y
opresivo sobre la industria, y el efecto que produce es retardar la
población del país, como también su civilización.

Estas reflexiones me eran naturalmente sugeridas por la vista de las
pequeñas bahías y caletas de la costa mientras navegábamos rápidamente
á bordo del primer buque que ha traído á estos mares el más completo
triunfo del genio del hombre sobre los obstáculos que le presentaba
la materia bruta. Confío en que no está distante el tiempo en que
la _Rising Star_ no sea el único buque á vapor que navegue en estas
costas, y que queden cumplidas las sabias y preciosas miras con que fué
traído.

Los vientos regulares que ahora obligan á los buques á alejarse hasta
Juan Fernández para hacer un viaje razonable entre Valparaíso y el
Callao no son nunca tan fuertes que impidan el trabajo de un buque á
vapor; además, la facilidad de comunicación entre estos puertos y sus
intermedios, no sólo desarrollaría sus intereses comerciales, sino que
sería un medio de seguridad contra los enemigos de afuera que pueden
temer estos países.

Es probable que la América del Sur esté libre de invasiones mientras la
Europa permanezca tranquila, y que España se reponga de las locuras de
la guerra civil; pero si alguna de las potencias que no han reconocido
la independencia de estos Estados llegara á entrar en guerra con
España, ¿quién podría asegurar que, aprovechándose de no haber hecho
ese reconocimiento, no quisieran apoderarse de una parte de ellos
como provincias que de _jure_ pertenecen á la madre patria? Confieso
que una invasión francesa (porque no puedo creer que Inglaterra fuera
tan malvada) sería para estos nacientes Estados una de las mayores
calamidades, de la que sólo puede defenderlos una fuerza naval.

Hoy he conversado con Zenteno como me lo ha permitido mi imperfecto
conocimiento del español. Parece verdaderamente deseoso del bien de
Chile; pero su ignorancia respecto de las cosas que más contribuirían
á ello es sorprendente. La mañana pasó agradablemente; nos sentamos á
una mesa provista de cuantas regalías pueden ofrecer Europa y América,
y nos divertimos quizás algo inconsideradamente con la glotonería del
cura de la Placilla, aldea situada cerca de la boca del río Ligua, que
corre hacia la bahía de Quinteros, y en cuyas márgenes se halla la
ciudad de la Ligua, famosa por sus pastos y sus crías de caballos.

El pobre cura, que había sido obsequiado en varias ocasiones con
cerveza inglesa por sus amigos, tomó el champagne por _cerveza blanca_
y se puso á beberlo como tal, declarando que incondicionalmente le
daría la absolución por cien años á todo el que se embriagara con tan
divino licor, é indudablemente se hubiera transformado en un segundo
Caliban y hubiese adorado al bodeguero si un accidente no hubiese
venido á llamar nuestra atención. Una pieza de la máquina se había
descompuesto por estar mal ajustada y ser esta la primera ocasión en
que se hacía una prueba á toda máquina en estos mares, de modo que el
viaje quedó interrumpido precisamente cuando enfrentábamos á Quinteros.
Teníamos el viento á proa; pero como estábamos tan cerca, se votó por
aclamación que siguiéramos adelante, y en consecuencia, nos confiamos
á la marea para que nos llevara al puerto. Pero no siempre ocurren las
cosas conforme á nuestro deseo, y así se nos vino encima la noche, una
noche pavorosa, fría y neblinosa. Los que no estaban acostumbrados al
mar, comenzaron á sentirse cansados y aburridos: el cura y los demás
partidarios de la _cerveza blanca_, comenzaron á sentir sus efectos,
junto con los de los vaivenes del buque, que zapateaba al empuje de las
olas, que comenzaban á agitarse impelidas por un viento contrario; de
suerte que todos resolvimos irnos á acostar.

Poco después que los pasajeros estuvieron acostados, se largaron las
velas, que hasta entonces se habían tenido recogidas, tan seguros
estábamos de nuestro viaje, y lo primero que aconteció fué que las
dos chimeneas de la máquina fueron á estrellarse contra el trinquete.
Después aumentó el viento y el mal tiempo y todo el aparejo comenzó á
correrse, hasta que por fin, en la mañana, nos encontramos más lejos
que nunca del lugar de nuestro destino.

El almuerzo, sin embargo, nos dió valor y se resolvió que nos
aguantaríamos unas cuantas horas más; pero el tiempo comenzó á empeorar
cada vez más y el cielo á ponerse cada vez más negro, de modo que, por
último, hicimos rumbo á Valparaíso, donde desembarcamos á las dos de la
tarde.

Un gran placer nos esperaba, que algo nos consoló del fracaso de la
expedición, si es que las noticias públicas pueden consolarnos de las
decepciones privadas. Mister Hogan me saludó en la playa con la buena
nueva de que el Congreso de los Estados Unidos había reconocido la
independencia de las colonias hispano-americanas de Méjico, Colombia,
Buenos Aires, Perú y Chile. Este es, en realidad, un paso adelante
que vale, naturalmente, por veinte: los Estados Unidos, que acaban de
emanciparse del yugo de la madre patria, son los naturales protectores
de la independencia de sus hermanas americanas; además, la moral de
la historia política de la época habría sido menos interesante si
cualquier otro Estado hubiese dado el ejemplo[68].

Comí en casa del señor..., donde estuvo lord Cochrane en la noche,
y pudimos presenciar una escena que nunca olvidaré. Mr. Bedett,
secretario de su señoría, llegaba de Santiago, donde había estado de
servicio, y venía acompañado del coronel don Fausto del Hoyo. Este
caballero había sido tomado prisionero por lord Cochrane en Valdivia, y
su señoría había obtenido del gobierno la promesa que el coronel sería
tratado con generosidad. Sin embargo, en cuanto el almirante abandonó
las costas, tuvo que sufrir el coronel del Hoyo las mismas injustas
y crueles restricciones que se les imponía á todos los prisioneros
de guerra, cualquiera que fuera su rango. Fué arrojado á una obscura
prisión, donde se le detuvo sin fuego, sin luz, sin libros, como si
el cruel tratamiento individual de los prisioneros hubiese de obligar
á España á reconocer la independencia de Chile. Ahora había salido en
libertad bajo palabra, gracias á la intervención de lord Cochrane, y
nunca, nunca olvidaré la ferviente expresión de reconocimiento, no
sólo de palabra, con que saludó á su generoso vencedor, ni la cumplida
y modesta manera con que su señoría las recibió y les puso término.
Después que hubo pasado esto, no me maravillé de que, á pesar del
contratiempo que habíamos experimentado á bordo del vapor, su señoría
tuviese el ánimo mejor que nunca.

_Julio 8._--Hoy día estuvo á visitarme un joven nacido en Cundinamarca,
pero educado en Quito, que desea que yo lo ponga en vías de
perfeccionar su gran talento natural para el dibujo. Ha estado antes
algún tiempo en el buque de lord Cochrane, en no sé qué puesto, y ha
manifestado poseer un notable gusto en algunos bocetos de costumbres,
etc. El pueblo de Quito se enorgullece de conservar esa excelencia
en la pintura que distinguió á sus predecesores del tiempo de los
Pizarros. Los sacerdotes cristianos han introducido los modelos y
la práctica europea; pero el talento para las artes imitativas es
inherente á todos ó casi todos los quiteños; la verdad es que los
pintores, sean de retratos ó de historia, que se encuentran en diversas
partes en la América del Sur, son casi todos quiteños. Mi alumno es
agradable y perseverante, si bien algo indolente; está dotado de
muy buen sentido y de un vivo sentimiento poético. Si yo lo tuviera
en Europa, donde pudiera hacerlo ver buenas pinturas, y sobre todo
buenos dibujos, no dudo de que llegaría á ser un buen pintor; pero
aquí, donde no tiene nada que ver que sea mejor que lo suyo, hay
pocas probabilidades de que progrese gran cosa. He oído extravagantes
alabanzas de los cuadros de varios pintores sur-americanos; pero
dábanlas personas que probablemente nunca han visto un cuadro europeo
de primer orden, porque muchas veces ponderaban al mismo tiempo las
esculturas de los propios pintores, poniéndolas en las nubes. Con
mayores datos he llegado á darme cuenta de que la escultura que se
practica aquí consiste en tallar la cabeza, las manos y los pies de los
santos que hay que vestir. Estos los pintan después, y no dudo de que
producen una fuerte impresión de realidad; pero esto no es escultura.
La escultura no es la imitación, si no el perfeccionamiento de la
Naturaleza; así es que, sólo con cierta desconfianza he oído hablar de
espléndidas novedades de cuadros y esculturas hechas por mano de los
naturales que, según dicen, adornan las iglesias de Lima y de Quito.
Las que yo he visto aquí en el templo de la Merced, por ejemplo, están
buenas para el local y son evidentemente de algunos de los frailes
españoles, que han decorado sus iglesias á la usanza europea, con todo
el esplendor que les han permitido sus circunstancias. Los retratos que
he visto son ciertamente un punto mejor que los retratos de la China,
pero son igualmente duros, y si bien las Vírgenes tienen cierto aire de
gracia que recuerda algo el de las antiguas Madonas, pintadas antes del
Renacimiento del Arte, están mal dibujadas, y sobre todo mal acabadas.
No creo que haya actualmente en todo Chile un solo pintor, nacional ó
extranjero, y me duele pensar que tiene todavía que atender á muchas
cosas de importancia más apremiante que las bellas artes.

_10 de Julio._--El capitán... estuvo á almorzar hoy conmigo y después
tuvo la amabilidad de acompañarme á hacer una jira de visitas, para
corresponder á las que he recibido aquí de las señoras inglesas. Es
curioso, á esta distancia de la patria, ver tipos como los que sólo se
encuentran entre los Brangtons, de la _Cecilia_, de madame D’Arblay, ó
como las Mrs. Elton, de las admirables novelas de miss Austin; y con
todo, éstas son las personas más aptas para vivir aquí.

El país es nuevo; el gobierno no está reconocido por el nuestro; los
comerciantes que aquí vienen son, por lo general, comisionistas ó
vendedores al detalle de casas al por mayor establecidas en países
más grandes y más viejos. Como á todos los ingleses, desde el más
encumbrado al más humilde, les agrada tener su _home_ consigo, no
hay dependiente que aquí llegue que no traiga á su mujer ó que no
la encuentre aquí de su misma condición, de donde resulta que esta
sociedad, por lo menos en lo que á los ingleses se refiere, es de muy
mal tono.

Las simpatías del corazón son tan vívidas entre ellos, sin embargo,
como entre las clases más cultas; de modo que si en un momento nos
apartamos disgustados del hombre que llama familiarmente á su mujer con
un apodo, luego podemos, con respeto, admirar en él al hombre que ha
acogido y consolado bondadosamente al enfermo y al moribundo, en cuya
casa ha encontrado un asilo y en cuya familia ha tenido los mejores
servidores más de uno de sus compatriotas, cuya existencia ha terminado
lejos de sus amigos y de su tierra natal.

_16._--Hoy hemos tenido dos ligeros remezones de tierra. Las
sensaciones que ocasionan son peculiarmente desagradables.

En todas la demás convulsiones de la tierra, siempre parece posible
hacer, ó por lo menos intentar, algo para evitar el peligro. En la
tempestad, gobernamos el buque en demanda de puerto seguro; los
pararrayos nos prometen apartar el rayo de nuestras cabezas; pero un
temblor parece que conmueve los cimientos mismos de la tierra, y se nos
ocurre que es tan difícil escapar como refugiarse bajo techo. El efecto
físico es igualmente desagradable: puede compararse al mareo.

No porque sean aquí frecuentes los temblores se han hecho insensibles á
ellos los habitantes. Recuerdo haber visto en las callas de Valparaíso
personas que salían corriendo, caían de rodillas y se encomendaban
á todos los santos. En el campo, los campesinos dejan de mano el
trabajo, se quitan el sombrero, golpeándose el pecho, y claman:
_¡Misericordia!_, abandonando las casas. Uno de los temblores de hoy
duró cerca de un minuto; fué acompañado por un recio ruido, como el de
un repentino escape de vapor de una caldera.

Se dice que los temblores son más frecuentes á principios de la
estación lluviosa. Algunos, sin embargo, han fijado los meses de
Octubre y Noviembre como más sujetos á ellos; pero no sé en qué datos
puedan fundarse para asegurarlo. Algunos escritores han dicho que las
provincias de Coquimbo y Copiapó está exentas de ellos; lo cierto
es que, durante los últimos cinco años, Coquimbo ha sido totalmente
destruído dos veces, y Copiapó seriamente damnificado y casi arruinado
otra vez. Hace como noventa años ocurrió un temblor en Valparaíso,
durante el cual el mar se desbordó sobre el Almendral; casi por el
mismo tiempo fué destruída por otro cerca de la tercera parte de
Santiago.

_18._--A los temblores han sucedido dos días de incesante lluvia, pero
el termómetro no ha bajado de 50°, á pesar de hallarnos á mediados del
invierno. El estero que corre entre el Almendral y mi quinta ha crecido
tanto, que durante estos dos días no ha habido comunicación posible con
la ciudad, y ayer se ahogó un hombre que trataba de pasarlo. Circula la
noticia de que el gobierno se unirá con el del Perú para dar un ataque
sobre Arica, donde se han hecho fuertes otra vez los españoles, y de
que el almirante mandará la expedición. Esto no es probable. En primer
lugar, su señoría se ha ido á su fundo, haciendo uso de una licencia
de cuatro meses; y después los buques de la escuadra chilena no se
encuentran en estado de hacerse á la mar; además, como hasta ahora no
han sido pagados los oficiales ni los marineros, no es posible que el
gobierno piense ocuparlos.

_22._--Continúa el mal tiempo, si bien en algunas ocasiones hay un
poco de sol. Me he deleitado leyendo los primeros libros nuevos que
he visto en Chile: los _Foscari_, el _Caín_ y el _Sardanápalo_, de
lord Byron. No puede escribir sin sacudir nuestros sentimientos. En
_Foscari_ hay páginas que, aparte de la magia que tienen para mí,
distante como me hallo de mi patria, habrán de impresionar hondamente
á muchos corazones. La lectura de estos dramas me ha proporcionado un
gran deleite, y es éste el primero que tengo desde hace días.

_Julio 24._--Hoy fuí al puerto á comer en casa de mis amigos los H...,
y mientras me hallaba ahí recibí la noticia de la primera reunión
que celebró ayer la asamblea constituyente, que, según parece, se ha
abrogado además las atribuciones de una asamblea legislativa; quizá es
difícil separar ambos caracteres. Asistieron treinta y tres miembros y
estuvieron ausentes siete.

El director asistió á la apertura de la convención, y su llegada fué
anunciada por una _salva_ de artillería, sin la cual nada se hace aquí.

Abrió la sesión con un corto discurso en que hizo referencia á los
errores y á la prematura disolución de la convención de 1810, augurando
para la presente un resaltado más feliz.

Los convencionales procedieron entonces á la elección de un presidente
y vicepresidente; en seguida, entre los gritos de “¡Viva la Patria!”
“¡Viva la convención!” el director presentó un mensaje, que hizo leer
rápidamente, y se retiró.

El documento contiene una alocución congratulatoria á la convención;
un rápida bosquejo de la vida política del director; algunos consejos
sobre las medidas que deben proseguirse; un estado de las necesidades
del país, y concluye con la renuncia de su autoridad.

Todo el mensaje hace mucho honor al director, excepto la renuncia.
Esta constituyente ó, como la llaman, convención preparatoria, no es
competente para aceptarla. Es verdad que parece que sus miembros lo
han comprendido así, porque han insistido en que reasuma su autoridad,
y después de un largo y estudiado discurso del vicepresidente sobre
los romanos, los cartagineses y los fenicios, una diputación fué á
saludar al Director y, confiriéndole de nuevo el cargo, le reiteró las
manifestaciones de agradecimiento debidas á los actos de su pasada
administración. Considero esta transacción como un engaño de ambas
partes; la convención preparatoria, elegida por el Director mismo, no
era la asamblea aparente en cuyas manos pudiera renunciar la autoridad
que se le había conferido al recobrar la libertar de Chile, después
de la jornada de Chacabuco, ni él tampoco podía recibir de manos de
semejante convención la renovación de su autoridad. En cambio si se
hubiese reunido una asamblea elegida por el pueblo, aunque fuese en
la forma, ambas cosas habríanse verificado correctamente; quizá yo
me equivoque, ya que él ha de conocer mejor á sus conciudadanos.
Naturalmente, la instalación de la convención ha ocasionado un gran
regocijo entre las mujeres y mucha especulación entre los hombres.
Algunos están calculando de antemano las nuevas tarifas de aduana;
otros el número de leyes antiguas que hay que derogar y de las nuevas
que hay que dictar. Muchos se asombran de que no se haga ninguna
provisión especial para la marina de Chile y para el pago de ella y de
su ejército, que se encuentran impagos, tanto que ni los soldados ni
los marineros se hallan en estado de ser llamados al servicio en caso
de necesidad. Pero Chile se considera seguro, y el ministro Rodríguez,
procediendo conforme al principio de que la riqueza individual hace la
prosperidad pública, está haciendo especulaciones privadas en compañía
de su amigo el comerciante Arcos, y comprando con el dinero del
gobierno todo el tabaco y los alcoholes que existen en el mercado para
aprovechar los pesados derechos con que trata de gravar esos artículos
el nuevo _reglamento_.

_30 de Julio._--Como aquí no existen sitios de público entretenimiento
para la juventud, los ingleses, cuando tienen que celebrar un día de
fiesta, organizan, con el nombre de _pic-nics_, sus excursiones á los
cerros y valles vecinos, adonde van en partidas de á caballo, y pasan
corriendo, comiendo, bebiendo y bailando alegremente. He tomado parte
en uno de los _pic-nics_ más serios de esta clase y he andado á caballo
la mayor parte del viaje en compañía de mis más jóvenes amigos, á veces
sobre rocas escarpadas, otras entre cañadas y boscosos barrancos, y
aquí y allí por pequeñas vegas donde crecen los hongos más hermosos
del mundo. Los duraznos y los cerezos están en flor, y todo tiene
un aspecto alegre y risueño. La mayor parte fuimos á caballo hasta
el sitio de _rendez-vous_, en el Valle de las Palmas; pero algunos
prefirieron el reposado transporte de una carreta chilena tirada por
cuatro nobles bueyes, que tenían que arrastrar el peso adicional de
una excelente comida.

El sitio se hallaba al pie de una escarpada colina cubierta de
arrayanes; de dosel teníamos, colgada como los cortinajes que Claude
introduce á veces en sus paisajes, la estrellada bandera de los Estados
Unidos, cuyo cónsul era el patrono de la fiesta, y cerca de nosotros
corría un esterito de limpias aguas. Las bondadosas mujeres de los
_ranchos_ vecinos vinieron á rodearnos y nos auxiliaron en nuestros
pequeños arreglos, trayéndonos flores y ayudándonos á cortar el arrayán
con que hicimos nuestros asientos. Algunos pasaron muy felices;
desgraciadamente, la felicidad no es lo que florece todos los días, y
no son muchas las manos destinadas á arrancar la rama de oro; por mi
parte he pasado tan bien el día como no me lo hubiera imaginada tres
meses atrás.

_2 Agosto._--Mr. Hogan me trajo de visita al juez Prevost, cónsul
general americano, que actúa también en cierto modo como ministro.
Pertenece á la familia Prevost, de Ginebra, que ha dado varios
ciudadanos respetables y algunos notables, tanto á los Estados Unidos
como á Inglaterra. Tiene un vivo interés por la suerte de Chile y mira
á esta naciente República con la simpatía que su propio país y el de su
padre le dan derecho á sentir. Pero estoy segura de que yerra al tratar
de inculcar en el gobierno la idea de que á Chile no le convendrá
mantener buques de guerra ni mercantes durante cien años por lo menos
y que debiera alquilar los primeros y emplear transportes extranjeros
en lugar de los segundos; es tan palpable el interés de la nación que
saldría gananciosa en caso semejante, que me asombra cómo el juez no
ha tenido para sostenerlo la menor vacilación. Es que la sencillez
de pensamiento de los chilenos no puede competir con la sagacidad
ginebrina, unida á la especulación norteamericana.

_4 de Agosto._--Las circunstancias que han obligado á suicidarse
al capitán de un buque mercante americano han despertado un gran
sentimiento de interés: hace dos años naufragó en las inmediaciones
del cabo de Hornos, de donde llegó á este puerto con uno ó dos
compañeros de penuria, después de haber recorrido la costa en un
bote ballenero, alimentándose de mariscos y de focas. De vuelta á
Norte-América, donde tenía mujer é hijos, empleó la mayor parte de
sus recursos en armar un ballenero, con el que esperaba resarcirse de
sus pasadas pérdidas, y á bordo del cual entró otra vez al Pacífico.
Al cabo de mucho voltejear, recaló en Valparaíso sin un solo pescado;
después de vagar en tierra dos ó tres días en lamentable estado de
desesperación, recogióse á su camarote, escribió unas cartas para su
familia, dejó instrucciones para que su cuerpo fuese entregado á las
olas, ¡y se descerrajó un tiro!

_5 de Agosto._--Las noticias que llegan del Sur no son de lo más
agradable: ha habido en Valdivia una conspiración que ha sido debelada
gracias á una estratagema. En cierta reunión, organizada no sé con
qué pretexto, todos los oficiales implicados quedaron colocados cada
cual al lado de la persona encargada de apresarlos, lo que se hizo,
en consecuencia, fácilmente. Todavía no se ha resuelto nada acerca de
ellos.

Con éste y otros motivos, y especialmente por la falta de provisiones,
la expedición que debía partir para Chiloé á las órdenes de Beauchef,
protegida por la _Lautaro_, ha sido aplazada, sin que haya esperanzas
de que salga en esta estación; de modo que Quintanilla dispondrá
todavía de un año más para desplegar su lealtad, comparable á la de los
antiguos caballeros de los romances. Encerrado en el pequeño puerto de
San Carlos, rodeado por una indiada enemiga, amagado por las tropas
regulares y la flota chilena, falto de toda comunicación directa ó
indirecta con la madre patria, no por eso ha flaqueado un solo instante.

_12 de Agosto._--Mr. D. estuvo á almorzar conmigo y después me acompañó
á caballo hasta Concon, parroquia situada á 15 millas de aquí, en
la ribera del río Aconcagua. Este río nace en el paso de los Andes
denominado la Cumbre y riega el fértil valle de Santa Rosa y la florida
región de Quillota. La jornada es agradable, no obstante lo malo del
camino, que en Inglaterra apenas si sería considerado transitable; sólo
en los Apeninos he visto caminos peores. En muchas partes va al borde
de precipicios.

Desde Valparaíso á Viña del Mar, sobre el estero de Marga-Marga, el
panorama es el mismo que en los alrededores del puerto. Escarpados
cerros y rocas completamente cubiertas de arbustos floridos; escaso
cultivo, salvo en los valles formados por los ríos y que se abren hacia
el mar, donde todo rancho se ve rodeado de huertos y de sembrados de
cebada. El océano está siempre á la vista: unas veces rompiendo al pie
de las escarpadas rocas que íbamos cruzando, otras bañando mansamente
las amarillentas arenas de la desembocadura de los ríos que riegan los
valles cultivados.

El panorama comienza á cambiar en Viña del Mar, hacienda que pertenece
á una rama de la familia de los Carreras. La llanura se abre y se
ensancha, las viñas y los _potreros_ tienen más extensión, los arbustos
toman casi la apariencia de árboles; en los cerros hay frecuentes
mantos de pasto fino, donde el ganado encuentra abundante forraje, y
aquí y allá palmas que adornan los costados del valle. La vista de
las inmediaciones hace recordar algunos de los más lindos sitios del
Devonshire; pero los cerros de Quillota, entre los cuales descuella el
volcán Aconcagua, que forma un punto culminante en el cordón central de
los Andes, no tienen nada que se les asemeje, no sólo en Inglaterra,
sino en la Europa entera.

Las altas montañas de Suiza se ven siempre desde un punto
extremadamente elevado; aquí, desde la playa se divisa toda la masa de
la cordillera, situada á noventa millas de distancia. Esto le da al
paisaje en Chile una peculiaridad que lo distingue hasta en sus cálidos
colores de todo cuanto he visto anteriormente.

El propietario de Viña del Mar está mejorando su hacienda en todo
sentido: se están levantando millas de cierros; va desapareciendo el
monte; en los valles se ve el trigo, y la mejor clase de ganado está
poblando los cerros. La excavación de los surcos y canales se hace
todavía con la pala de madera. Es verdad que he tenido oportunidad
de ver á un hombre que trabajaba en su huerto con una paletilla de
carnero amarrada á un palo á guisa de pala, y he leído que los antiguos
habitantes de Chile araban sus tierras con astas de cabras y huesos de
buey.

Después de Viña del Mar, aumenta la pintoresca belleza del paisaje,
hasta que por fin se abre el risueño valle que forma el río, sin otros
límites que el océano y la cordillera.

Encontré que mis amigas, la señora Miers y su hija, á quienes iba á
visitar, andaban en los cerros ocupadas en buscar raíces bulbosas, que
aquí abundan mucho. Inmediatamente fui á acompañarlas y nos volvimos
á pie á la casa, que está cerca del río, no muy cerca, sin embargo,
porque las creces del invierno amagan mucho los planes vecinos.

Mr. Miers llegó á Chile con una gran instalación para laminación de
cobre, cuños para sellar metales y otras maquinarias adaptables sólo
para un país de un estado de cultura mucho más adelantado. Así es que
ha tenido que convertir algunos de sus aparatos en excelentes molinos
harineros, y ha instalado asimismo unas sierras circulares para cortar
duelas, aprovechando la abundancia de madera aparente para este objeto
que hay en los alrededores.

La instalación de Mr. Miers puede considerarse adelantada en cien años
á la civilización de Chile.

Después de haber pasado un día muy entretenido viendo diversas cosas,
adecuadas unas é inadecuadas otras al actual estado de cosas del país,
y admirando la exposición y las costumbres de algunas plantas que jamás
había visto antes, nos dirigimos á Quintero con Mrs. Miers en la mañana
del

_13 de Agosto._--Después de vadear tres veces el río Aconcagua, el
camino sigue unas tres leguas á lo largo de una árida y desolada costa.
A un lado se ven grandes cerros de arena donde no arraiga la menor
vegetación, y que son tan altos que excluyen la vista de todo otro
objeto; al otro lado se agita incesantemente una tremenda resaca que no
permite que se acerque ni bote ni canoa alguna. A medio camino, entre
Concos y Quinteros, la gran laguna de Quinteros se comunica con el mar.
Durante el buen tiempo se vacia sólo á través de la arena; pero en
otra época rompe la barra y entonces el vado no es muy seguro. Cuando
íbamos pasándolo estaba cubierto de varias clases de aves acuáticas: el
flamenco, con el pico y las alas de color rosa; el cisne de Chile, que
tiene las patas blancas y el cuello negro azabache; un pájaro obscuro,
cuyas alas parecen de bronce bruñido y que tiene la cabeza, el pico y
las alas sumamente parecidas á las del ibis egipcio; gansos, taguas y
toda la innumerable tribus de las ánades.

Cuando dejamos la costa subimos á un cerrito é inmediatamente entramos
á un bosque en el cual había un ancho sendero tan plano que parecía
ser obra del arte; á muchos lados, entre nosotros y los corpulentos
árboles cuyas hojas perfumaban el aire, espesos matorrales daban nido á
multitud de pichones silvestres, torcazas y perdices, entre las cuales
_Don_, mi viejo perdiguero, parecía volverse loco de gusto; pero de vez
en cuando, después de señalar un nido, echaba hacia atrás una mirada de
reproche porque no había una sola escopeta en la partida.

El viento del Sur-Oeste hace doblarse aquí los árboles de la misma
manera que en el Devonshire, excepto en los puntos donde ofrecen un
refugio contra él las suaves ondulaciones de las colinas.

La casa que lord Cochrane está construyendo en Quinteros dista mucho de
estar en la más bonita situación de la hacienda. La bahía de Quinteros,
ó más bien dicho la Herradura, es muy bonita, mejor abrigada que
Valparaíso contra los vientos del Norte, más abastecida de agua y
de leña, y más inmediata á los campos de Quillota y del valle de
Santa Rosa para la provisión de víveres para los buques. Antes de la
embocadura de la bahía hay algunas rocas que son muy conocidas; pero
adentro, salvo en muy pocos lugares, el fondeadero es muy bueno.

El famoso navegante holandés Jorge Spilberg, después de haber tratado
en vano de hacer agua en Valparaíso con su flota formada por los buques
el _Sol Naciente_, la _Luna Nueva_, _Venus_, el _Cazador_, _Eolo_ y
_Lucifer_, recaló en Quinteros, donde mandó á su gente en busca de agua
y de leña, disponiendo para protegerla que se armara una batería en
media luna y que se destacara un pelotón de marineros en la playa.

Al hablar de Quinteros, dice que es un puerto que no puede considerarse
inferior á ninguno en cuanto á abrigo, seguridad, pesca y aguada.
Después de él, nuestro compatriota Cavendish y también algunos
filibusteros intentaron establecerse aquí; pero no se lo permitió el
recelo de los españoles.

Mirando desde la casa, precisamente donde la vista se fija en la
graciosa curva de la bahía, distínguese una hermosa laguna de agua
dulce, que parece reposar entre sus márgenes tupidas de verdura.
Pequeños cerros se levantan en todas direcciones, cubiertos en algunas
partes por espesos matorrales y en otras sembrados por bosques de
árboles rústicos; y mañana y tarde pueden verse los piños de ganado
haciendo su acostumbrada emigración de los bosques á la abierta llanura
y de la llanura á los bosques.

La casa de Quinteros no está habitable todavía, porque aún hay una gran
parte sin concluir. Como las demás casas de Chile, es de un solo piso.
Las piezas están distribuídas en grupos separados. ¿Pero quién piensa
en la casa, cuando el amo está presente?

Si bien no es hermoso, lord Cochrane tiene una expresión de
superioridad que, desde que por primera vez se le mira, induce á
mirarlo una y otra vez. Su expresión varía conforme á los sentimientos
que pasan por él, pero por lo general su aspecto es de benevolencia.
Cuando rompe su silencio habitual, su conversación es rica y variada;
clara y animada cuando trata de asuntos relacionados con su profesión.

Si alguna vez he conocido el genio, puedo decir que en lord Cochrane es
sobresaliente[69].

Después de comida fuimos á pasear á la chacra, que está situada en un
sitio pintoresco y abrigado, como á una legua de la casa. A la entrada
hay varias herramientas agrícolas que lord Cochrane ha traído con
el objeto de introducir los adelantos modernos en Chile, país de su
adopción.

El arado, el rastrillo, la pala de la Europa moderna, todo es nuevo
aquí, donde durante siglos no se ha conocido ningún adelanto. Dentro de
los cierros de la chacra hay un espacio dedicado á la multiplicación
del alerce, de la haya y de la encina; creo que el alerce se adapta
peculiarmente á este clima.

Desde que lord Cochrane llegó á Chile, se encuentran en las despensas
las zanahorias, los nabos y varias otras clases de legumbres que antes
eran desconocidas aquí. De vuelta á la casa, estuvimos viendo varios
diseños de buques de pequeño calado para hacer el cabotaje, y así se
pasó para mí la más agradable de las noches que he pasado en Chile.

_14._--Poco después de almuerzo todos montamos á caballo para
dirigirnos á la punta de más afuera de la Herradura, donde debía
reunirse el ganado de la hacienda para contarlo. Técnicamente, una
reunión de esta especie se llama _rodeo_, y tiene lugar ordinariamente
en el verano, ó más bien en el otoño. En tal ocasión reúnense todos
los inquilinos de la hacienda, y seguidos de las muchachas que se
han quedado atrás para engalanarse alegremente, aparecen después en
el _corral_. El día señalado para el rodeo, los hombres, que van
todos montados, se dividen en grupos; cada tropa tiene un jefe, á
cuyas órdenes avanza, se estrecha, se separa, ó se retira, conforme
á la naturaleza del terreno, y no hay terreno tan escabroso, ni
cerro tan encumbrado, ni bosque tan espeso que no lo franqueen. A
fin de defenderse los brazos y las piernas contra las ramas, usan
unas curiosas envolturas de cuero, amarradas á las caderas, que
les defienden enteramente las rodillas y la parte inferior de la
pierna; son por lo general de piel de foca, curiosamente laboreados y
amarrados fantásticamente por cordones. He visto algunos muy caros,
que han costado quince pesos. Los cueros para los brazos son más
sencillos. Estos hombres pasan á veces varias noches con sus perros
en los cerros para recoger el ganado; una vez reunido, se apartan los
animales que pertenecen á extraños y se marca todo el ganado de la
hacienda. Un _rodeo_ es una escena de regocijo: uno ve ahí al chileno
en sus glorias; corriendo á caballo, tirando el _lazo_, domando
animales chúcaros, sean caballos ó mulas, y á veces, por chancearse,
montándosele en los lomos al mismo grave buey. El rodeo de hoy no
es tan festivo: tiene por objeto únicamente contar el ganado de la
hacienda, que deben ser unas 2.000 cabezas; pero que desde la última
vez que lord Cochrane zarpó de aquí ha sufrido una merma considerable
por falta de cuidado. Hoy se han traído sólo unos cuantos cientos;
sin embargo, como esto es sólo el principio y la estación no es la
regular, probablemente se logrará reunir casi todo en unos pocos días
más. Los _vaqueros_ mayores deben, generalmente hablando, ser nacidos
en la misma hacienda donde trabajan. Las guaridas del ganado están
á tanta distancia y el campo está tan poco poblado y tiene tan poco
tráfico, que las huellas y las señales no sirven de nada, y sólo la
experiencia puede guiar al vaquero en las distintas estaciones para
dar con las diferentes guaridas de las bestias. Su ocupación, á más de
atender á los rodeos, es llevar á pastar el ganado, sea al llano, sea
á los cerros, según la estación; apartarlos de manera que tengan libre
acceso al agua y vigilar las nuevas crías, sean terneros, caballos ó
mulas. Rara es la vez que un vaquero no anda á caballo; es de dudar si
la parte humana y el bruto fueron en los centauros más inseparables
que en un vaquero y su cabalgadura. Cada uno de estos hombres tiene á
su cargo cierto número de animales vacunos, de los que debe responder
al mayordomo de la hacienda. Hay una parte de la ceremonia, muy
agradable para los hombres que en ella toman parte. Como á las doce del
día se le pide á uno de los peones que lacée un novillo para matarlo
inmediatamente y ofrecerlo asado á la concurrencia; el cuero, sin
embargo, pertenece á la hacienda, y en consecuencia, se procede al
momento á cortarlo en tiras, que sirven para hacer lazos, correas y una
multitud de cosas por el estilo.

Después de pasar la tarde á caballo viendo el ganado y de haber
plantado algunos árboles frutales y algunas fresas en el huerto, Mrs.
Miers y yo nos despedimos y regresamos á Concon por el camino de las
casas viejas de Quinteros, más pintorescamente situadas cerca del lago,
y que ya habíamos divisado cuando íbamos galopando por la costa. Parte
del paisaje es muy bonito, particularmente en los alrededores de la
casa; pero á medida que se sigue costeando la laguna hacia el mar la
vegetación comienza á ceder el campo á la arena, y luego tuvimos que
seguir por una orilla arenosa con tanto declive que á haber resbalado
habríamos ido á dar en las profundidades del lago; además, la arena era
tan suelta, que á cada instante el resbalón parecía inevitable.

Al cabo llegamos á la ribera del mar, y allí nos encontramos con que la
barra del lago se había roto á causa del fuerte viento y de la marea,
por lo cual nos costó algún tiempo dar con un vado. Después de mucho
conseguimos pasar en salvo; pero no vinimos á atravesar el río frente á
Concon hasta la noche.

El paso lo hicimos con toda seguridad, gracias á la sagacidad de los
caballos, que no sienten vacilación alguna para tomar el vado cuando
lo han pasado una vez; á pesar de todo, siempre infunde cierto temor
vadear de noche un río profundo y torrentoso. El empuje de las aguas,
la sensación de lucha debida la resistencia que oponen á las patas
de los caballos, el grito de una ave acuática que vuela asustada de
su nido, todo parece que va á despertar al espíritu de las aguas y á
hacerlo apoderarse del viajero.

La noche, la duda y el temor son magos poderosos que saben poblar como
nadie el mundo de la ficción.

_15._--De vuelta de un largo y agradable paseo, nos encontramos con
el capitán T. S. y otros dos caballeros que han tenido la amabilidad
de venir á caballo desde Valparaíso con el objeto de acompañarme para
volver á casa. Siento un verdadero pesar al despedirme de mis amables
huéspedes, que sobresalen por sus conocimientos y real distinción de
las demás familias que he conocido aquí desde hace tiempo. Empleamos
tres horas en llegar á mi casa, porque en muchos puntos el camino no
permite galopar; pero una linda puesta de sol, una deliciosa vista y la
agradable compañía hacen que no se sientan las dificultades del camino.

_Valparaíso, 17 de Agosto._--He ido al puerto para preparar mi viaje á
Santiago. Ahora que ha pasado la estación lluviosa, comienzo á sentirme
impaciente por conocer la capital; pero, aunque la distancia es sólo de
noventa millas, tengo que llevar cama y sábanas, porque las posadas,
excepción hecha de la de Casablanca, que es la primera, no cuentan con
esos artículos. Además, necesito mulas para mi equipaje; mi peón me
servirá de guía, y parece que emplearé tres días en el viaje.

En el puerto encontré al capitán Morgell, que tuvo últimamente el
mando del bergantín chileno _Aranzazú_, que se hundió mientras se
trataba de ponerle en descubierto la quilla para repararlo. Hace
veintiocho días que se vino de Guayaquil, en cuya época la plaza estaba
en poder de Bolívar, que hacía causa común con San Martín y le había
ofrecido mandarle 4.000 hombres de refuerzo para lograr la dominación
definitiva del Perú.

La población de Guayaquil, influenciada por los agentes de Lima, se
había estado conduciendo muy mal con los buques de guerra del Estado
de Chile, y hasta había amenazado hacer fuego sobre el _Aranzazú_ y
el _Mercedes_. Bolívar, sin embargo, los hizo entrar en orden, porque
si bien odia á los extranjeros y les tiene recelo, comprende que nada
puede hacerse sin ellos en el estado actual de la América del Sur[70].


FOOTNOTES:

[62] El escapulario es un pedazo de paño ó de seda, que en un lado
tiene bordada una cruz blanca en campo rojo, y en el otro las armas de
Aragón: se usa colgado del cuello, y me hace recordar el cordón de los
brahmanes. En el día de la Asunción, los que se han incorporado á la
_Hermandad_, ó sociedad, pagan dos reales, y un real todos los meses
siguientes, por derechos de sepultación en el panteón consagrado á la
Merced. El escapulario es el recibo que los santos hermanos dan por el
dinero que perciben.

[63] Todas las órdenes para obtener provisiones para la escuadra
chilena encarecen particularmente que sean pagadas cumplidamente, y
que, en caso de no poderlo hacer, que se emplee la fuerza sólo con
las propiedades que se amparen bajo la bandera española, respetando
cuidadosamente la propiedad privada. (Véanse las órdenes impartidas al
_Araucano_, etc.) Tal fué la práctica constante de la escuadra mientras
estuvo á las órdenes de lord Cochrane.

[64] Son de recordar las palabras de Mme. Stäel, frente á la estatua de
la Libertad: “Oh, Liberté! que de crimes on commet dans ton nom”.

[65] _Luca_ dice el original.--(_N. del T._)

[66] Según se dice, este juego es indígena; antes de la llegada de los
españoles se jugaba á pie; pero desde la introducción del caballo, todo
se hace aquí de á caballo.

[67] _Santa Dolores_ dice el original.--(_N. del T._)

[68] Sólo el 10 de Agosto se recibió la noticia directa del voto del
Congreso para el reconocimiento de la independencia de Chile, que fué
aprobada por una mayoría de 191 votos contra un solo voto disidente; en
el Senado hubo 37 votos por la afirmativa y 17 por la negativa.

[69] El capitán Graham era uno de los guardia-marinas más nuevos de
la _Thetis_ cuando lord Cochrane era ya de los más antiguos. Sir A.
Cochrane era el capitán del buque.

[70] Esta señora hubiera hecho mejor en sólo hablar de lo que vió,
oyó y pudo juzgar. Si todos sus informes tuvieran la validez de éste,
caería por tierra el libro.--(_El Editor._)




               22 DE AGOSTO DE 1822.-13 DE MARZO DE 1823


_22 de Agosto._--Comencé mi viaje á Santiago. Era mi compañero el
honorable Federico de Roos, guardia marina del navío de S. M. B.
_Alacrity_, y llevaba conmigo á mi criada y un peón con tres mulas para
el equipaje. Nos acompañaron hasta la primera casa de postas, á unas
doce millas de Valparaíso, varios amigos de ambos sexos que habían
almorzado con nosotros.

En vez de subir las alturas del puerto por el ancho camino carretero
que Chile debe al padre del actual Director, tomamos el antiguo, que,
por ser más corto que aquél, es todavía preferido, á pesar de su poca
comodidad, por los leñadores y, á veces, por las recuas de carga.

Este camino es sumamente escabroso y cortado en muchas partes por las
lluvias de invierno, que, acopiándose en las mesetas superiores, se
precipitan cerro abajo y abren profundos surcos en el blando suelo
rojizo.

Cuando llegamos á la cumbre vimos extenderse ante nosotros una inmensa
llanura llamada “los Llanos de Peñuelas”, limitada á lo lejos por
cerros sobre cuyas cimas se destacaba la nevada cordillera de los
Andes. Atraviesan esta llanura numerosos riachuelos y pacían en ella
algunos rebaños de ganado mayor; pero carece de árboles.

Hay al fin de ella otra casa de postas, pasada la cual entramos en un
camino que va serpenteando al través de una cadena de cerros que separa
los Llanos de Peñuelas de los de Casablanca. El pastoral y pintoresco
aspecto de este paso nos hizo recordar á Devonshire con sus verdes
colinas, sus arroyuelos y rebaños. Saliendo de él, un camino recto y
completamente plano, de unas doce millas de largo, conduce á Casablanca.

Los campos, á uno y otro lado, están casi enteramente cubiertos de
espinelas ó mimosas, cuyas fragantes flores perfuman la atmósfera, y el
suelo tapizado de césped, anémonas silvestres, onagras blancas, azules
y amarillas, ornitógalos, saxífragas y una gran variedad de malvas y
diminutos geranios. Pero la estación es aún demasiado temprana para la
mejor y más bella parte de Chile.

Casablanca es una pequeña villa con una iglesia, un gobernador y varios
administradores de justicia, y envía un representante á la convención.
Es célebre por su mantequilla y otros productos análogos; pero debe su
principal importancia á que es la única población que hay en el camino
entre el puerto y la capital, como también el punto en que se reúnen
los productos de varios distritos vecinos para ir de allí á Santiago y
á Valparaíso, ya para la exportación, ya para el consumo del país.

Redúcese el pueblo á una larga calle y una plaza, pero la mayor parte
de la población de la parroquia reside en las haciendas vecinas. En un
costado de la plaza levántase la pequeña iglesia; ocupan los otros tres
dos posadas y algunas quintas y huertos, y en el centro tiene lugar
una vez al año una corrida de toros, en tan pequeña escala, que los
santiaguinos han hecho de ella un tema de risas y, con no poco disgusto
de los habitantes del pueblo, han puesto en escena una comedia titulada
_La corrida de toros de Casablanca_. Ignoro si Casablanca tiene algún
otro título literario á la celebridad, á no ser quizás, el capítulo de
los Viajes de Vancouver en que éste equipara la construcción de sus
casas con la de las de Valparaíso.

Dice allí, si mal no recuerdo, que ellos enseñaron á la gente de Chile
el uso de escobas para el barrido de las casas, suposición que ha
herido mucho á los chilenos, que son notablemente aseados y barren sus
casas por lo menos dos veces al día.

El capitán Spencer ha tenido la amabilidad de acompañarnos hasta aquí.
El viaje á caballo, que sólo es de treinta millas, me fatigó poco, pero
mi pobre criada ha llegado tan rendida de cansancio, que me arrepentí
de haberla traído, pues aún no llevamos sino la tercera parte del viaje.

Sin embargo, una noche de descanso en camas tan buenas que no quise
sacar las nuestras del equipaje, una excelente comida y un almuerzo
mejor aún, restauraron de tal modo nuestras fuerzas, que ya no dudamos
que amaneceríamos con nuevos ánimos para proseguir el viaje.

El dueño de la posada es un negro británico que algo conoce de las
comodidades á que están acostumbrados los ingleses, y en realidad ella
ofrece al viajero un lugar de descanso bastante satisfactorio.

_23._--El capitán Spencer fué con nosotros hasta la Cuesta de Zapata,
cerro muy escarpado por el cual el camino sube serpenteando de tal
manera que forma diez y seis mesetas, una sobre otra, que presentan un
singularísimo aspecto vistas en perspectiva desde el largo camino recto
que va directamente de Casablanca hasta la Cuesta.

El campo de este lado de la ciudad parece mucho más fértil que el que
pasamos ayer; entre los grupos de espinelas veíanse espaciosos claros
pertenecientes á diversas propiedades rústicas. El camino corre entre
dos filas de hermosos árboles: maitenes, sauces del país, molles y
otros árboles de hoja perenne, que eran más y más numerosos á medida
que nos acercábamos á la Cuesta, y formaban matorrales y bosquecillos
en las profundas cañadas que interrumpen el camino.

Al pie del cerro nos dejó el capitán Spencer, con gran pesar mío,
pues si en cualquier parte es grato tener un compañero inteligente y
simpático, lo es mucho más á tan grande distancia de Europa.

Me asombra no haber oído nunca encarecer la belleza de este camino.
Quizás los comerciantes que lo frecuentan van preocupados durante sus
viajes de las ganancias y pérdidas mercantiles; y los oficiales de la
marina inglesa, que van á la capital en busca de diversiones, piensan
demasiado en los entretenimientos que les esperan para fijarse en las
bellezas del camino. Este me recuerda algunos de los más hermosos
paisajes de los Apeninos.

El onduloso valle llamado Cajón de Zapata, que se desplegó á nuestra
vista cuando llegamos á la cumbre, sus boscosas hondonadas y las
nevadas montañas en el horizonte, formaban un bellísimo paisaje. El
cielo estaba sereno, y la temperatura era deliciosa. En una palabra,
aquello habría sido un paraje de Italia á no faltar allí los edificios
y templos, signos de la presencia del hombre; pero aquí todo es aún
demasiado nuevo, tal que uno casi no se sorprendería de ver salir un
salvaje de entre los árboles más próximos ó de oir rugir una fiera
desde el cerro.

Cuando pudimos resignarnos á dejar el hermoso sitio desde donde
dominábamos el espléndido panorama, descendimos al valle y dimos
descanso á los caballos en la casa de postas. Mientras éstos
descansaban, la dueña de casa nos obligó á entrar y compartir su
comida. Es una casa de campo de decente aspecto, y no una posada, aun
que está instalado allí el servicio de postas.

Sirviéronnos el popular _charquican_, preparado con carne fresca y
seca y diversas legumbres y sazonado con _ají_, ó pimienta chilena,
en una gran fuente de plata; y á cada una de las ocho personas que
nos sentábamos á la mesa se le distribuyeron cubiertos de plata.
Leche, harina de maíz y aguardiente completaban la comida. Por fin,
descansados ya nosotros y las cabalgaduras, proseguimos el viaje,
habiendo tomado la delantera el peón y las mulas.

Saliendo del Cajón de Zapata, entramos al largo y profundo valle en
que se encuentran Curacaví y Bustamante. El primero de esos pueblos se
extiende graciosamente al pie de un cerro, entre huertos y jardines y á
las orillas de un ancho riachuelo llamado Estero de Curacaví, que nace
de una hondonada distante, y cuyo vado se encuentra precisamente en el
punto más pintoresco de esa comarca.

Bustamante es un villorrio, y debe su nombre al del mayorazgo á que
pertenece; está situado bajo una parte de la serranía que forma la
Cuesta de Prado, y poco hay en él que sea digno de mencionarse. La casa
de postas esta á cargo de una muy atenta y amable señora, de edad ya
avanzada, que nos proporcionó sabrosa carne de cordero con excelente
vino y un aseado dormitorio.

El piso de éste es de tierra, en que se hallan afianzadas varias
armazones de madera que sirven de lechos. Sobre ellas acomodamos
nuestras camas, y dormimos perfectamente.

Mi criada era, como antes, la más cansada de todas, lo que prueba que
la juventud y la salud no siempre son los más resistentes compañeros
de viaje. Acostóse ella mientras yo me ocupaba en escribir y hacer los
preparativos para la mañana siguiente.

_24._--A las siete nos pusimos de nuevo en marcha, acompañados del peón
Felipe, y como á una milla de Bustamante se nos agregó sencillamente y
sin ceremonias otro peón, que conducía carga, é hizo con nosotros el
resto de la jornada.

Como el nuevo camino de la Cuesta de Prado da una vuelta de varias
millas, Felipe tomó la acertada determinación de llevarnos por el
antiguo sendero, abierto en la sierra, que si no hubiéramos estado ya
algo acostumbrados á la vista de los precipicios, nos habría infundido
terror.

Más ó menos á media milla de Bustamante abandonamos el camino de
O’Higgins y entramos en lo que aquí llaman un _monte_[71], ó espesura
de bellos arbustos, con algunos grandes árboles de trecho en trecho.
Los gigantescos cardones, que aquí y allá sobresalen de entre los
arbustos, dan al paisaje un carácter especial muy pintoresco. Como en
el centro del monte, en un extenso espacio desprovisto de vegetación,
vimos un interesante espectáculo.

Tomaba allí descanso una recua de mulas destinada al transporte de
mercaderías por la cordillera. Estaban éstas dispuestas en círculo,
un fardo sobre otro, y en el centro del círculo los arrieros y los
acémilas descansaban ó comían; dos ó tres de los hombres preparaban la
comida en un pequeño fuego que ardía á poca distancia.

Comenzamos luego á trepar la abrupta y escabrosa montaña, y no podíamos
menos de detenernos de cuando en cuando á admirar el magnífico panorama
que dejábamos detrás de nosotros y asomarnos á los verdes y boscosos
abismos que se abrían á nuestros pies.

Aquí y allá seguían las sinuosidades del camino largas recuas de mulas
cargadas que se dirigían á la capital, y los prolongados gritos de
los muleteros, repercutidos por los cerros opuestos, se armonizaban
admirablemente con el paisaje.

Llegamos por fin á la cumbre, y aparecieron los Andes en su nevada
majestad, dominando los numerosos cordones de los cerros más bajos;
pero no habíamos llegado aún al sitio más bello, que dista como media
milla de la unión de los dos caminos, el antiguo y el nuevo, de la
cuesta de Prado.

A un lado, los largos valles que acabábamos de pasar, se extendían á lo
lejos, engrandecidos por la niebla de la mañana, al través de la cual
los cerros circunvecinos brillaban con gran variedad de tintes; al otro
encuéntrase el hermoso valle de Santiago, en que se distingue á trechos
el camino.

Los elevados cerros que rodean la ciudad y la cadena de montañas más
espléndida del mundo, la cordillera de los Andes, coronada de nieve,
con sus cimas que parecen llegar al cielo y sus obscuras quebradas en
que flotan densas masas de nubes, ofrecían á mi vista una escena como
jamás había contemplado antes. En el primer plano hay abundancia de
bellos árboles; con un río el paisaje habría sido perfecto.

A los pies de la Cuesta, hacia la parte de la ciudad, tuvimos la suerte
de encontrar un excelente almuerzo de cordero después de nuestra larga
jornada; y tanto nosotros como los caballos pudimos darnos un buen
descanso. Desde este punto hasta la parada siguiente, Pudahuel, el
camino va por un llano arenoso, salpicado de mimosas y calentado por el
reflejo del sol en la tersa y árida superficie. Pudahuel está situado
en las márgenes del lago del mismo nombre, que termina en este punto.

Créese vulgarmente que el Mapocho, á cuyas orillas se levanta la ciudad
de Santiago, corre hasta aquí y desaparece bajo el cascajo y las arenas
para reaparecer por siete bocas al otro lado del monte de San Miguel,
de donde se dirige al valle de Maipo, uniéndose á este río cerca de
Melipilla; pero el lago de Pudahuel no se comunica con el Mapocho, sino
que es alimentado por los riachuelos de Colina y Lampa.

El Mapocho, muy disminuído por los canales que de él se sacan para el
regadío, desaparece en cierto punto del llano de Maipo, y por ser las
aguas de la bella fuente de San Miguel semejantes en dulzura y otras
cualidades á las del Mapocho se le da este nombre hasta su confluencia
con el blanquizco y turbio Maipo.

Accidentes ó circunstancias de este género eran poetizados por los
griegos con esa rica y fabulosa fantasía que comunicaba especial
encanto á todos los objetos que creían dignos de su inspiración.

¡Cuánto más bello es el paisaje que rodea las orillas del Pudahuel que
el sucio lavadero que hoy marca el lugar de la en otro tiempo celebrada
fuente de Aretusa en Sicilia! Y, sin embargo, mientras estaba allí
oyendo y viendo _vulgares sicilianos_, rodeada de sórdidas y miserables
casas y sin otro objeto sagrado á la vista que una mutilada imagen de
yeso de la Virgen, mi imaginación, que desde mi juventud había anhelado
ver el sitio donde “el divino Alceo se deslizó bajo la tierra para ir
al encuentro de su Aretusa”, no tardó en revestir de mármol las rocas y
restaurar los palacios, las estatuas y la magnificencia de esa fuente
que en otro tiempo mereció la alabanza ó el reproche de ser el sitio
más voluptuoso de una voluptuosa ciudad. Aquí Pudahuel desaparece en su
belleza solitaria, sin que ningún poeta lo cante, sin que se le tribute
honor alguno.

El panorama que se divisa desde el paseo de Pudahuel es bellísimo.
Mirando á través del río, cuyas escarpadas orillas adornan grandes
árboles, el valle de Santiago se extiende hasta las montañas, á cuyos
pies se despliega la ciudad con sus blancas torres, y da á todo el
conjunto un carácter especial que lo distingue de los demás bellos
paisajes de Chile, en que la ausencia de habitaciones humanas imparte
cierto sello de melancolía sobre la Naturaleza.

Tres millas más allá de Pudahuel nos encontramos con don José Antonio
de Cotapos, cuya familia me había invitado bondadosamente á alojarme en
su casa mientras permaneciera en Santiago, y aunque no había aceptado
la invitación, creyendo que tendría más libertad en un hotel inglés,
no pude realizar tal propósito, pues algunas millas más adelante me
encontré con Mr. Prevost, quien me dijo que las señoras se darían por
ofendidas si no aceptaba su hospitalidad con preferencia á cualquiera
otra.

Apenas había dado mi asentimiento, llegaron dos coches con la señora
de Cotapos y tres de sus bellísimas hijas, que habían venido á mi
encuentro para llevarme á la ciudad. Rehusé este ofrecimiento por no
entrar al coche cubierta de polvo. Seguí, pues, á caballo, y fuí muy
amablemente recibida por doña Merceditas, otra hija de la señora, cuya
gracia y cortesanía igualan su hermosura.

Después de tomar algún descanso y vestirme me llamaron á comer; allí
encontré toda la familia reunida y algunos otros caballeros que
habían sido invitados para que me conocieran é hicieran honor á la
fiesta de recepción. La comida fué más copiosa de lo que en nuestros
hábitos permitiría el buen gusto; pero todos los manjares estaban bien
preparados, aunque demasiado cargados de ajos y aceite. Sirvióse el
pescado entre los últimos platos.

Todos los guisos fueron servidos en la misma mesa, y era difícil
resistir á las apremiantes y repetidas invitaciones á comer de cuanto
había. Se considera como una muestra de la más delicada atención
sacarle á alguien una porción de su plato y ponerla en el de su amigo,
y á nadie se le hace escrúpulo servirle á uno con el cuchillo ó cuchara
con que ha estado comiendo, ó tomar algo directamente de la fuente sin
intervención de platos. Entre los servicios ofrecíase pan, mantequilla
y aceitunas.

A juzgar por lo que hoy he visto, podría decir que los chilenos comen
mucho, especialmente dulces, pero son muy parcos en la bebida.

Después de la comida tomamos café, y, habiéndose ya hecho tarde, todo
pasó más ó menos como en una casa inglesa, salvo que la mayor parte de
la familia se retiró á practicar sus devociones. En la noche llegaron
algunos amigos y parientes de la familia, y los jóvenes de ambos sexos
se entretuvieron en danzar.

Las personas mayores conversaban alrededor de un brasero, resguardadas
por una gruesa cobertura, dispuesta de tal modo que á la vez que
conducía el calor á las rodillas impedía que subieran hasta la cabeza
los nocivos gases del carbón.

Hace muy poco tiempo que las damas chilenas han aprendido á sentarse
en sillas, en vez de hacerlo sobre el estrado. Ahora, en lugar del
estrado, hay generalmente largas alfombras á cada lado de la sala y dos
filas de sillas, con tan poca distancia entre una y otra fila, que los
pies de una persona quedan en contacto con los de la que está sentada
frente á ella.

Los más graves y de más edad se sientan con las espaldas hacia la
muralla, y frente á ellos las niñas; los jóvenes se colocan detrás de
éstas, y la conversación, general ó particular, se hace sin ceremoniosa
afectación y á media voz.

Cuando hay un número suficiente de personas comienza el baile, con
un minué, que poco se parece, en verdad, al grave y majestuoso minué
que hemos visto en Europa. Grave es, sin duda, pero incorrecto y
descuidado; no hay en él elegancia, finura, nada, en una palabra, en
que el famoso capitán Nash de Bath pudiera reconocer los graciosos
movimientos de las danzas que presidió durante tanto tiempo y con tanta
maestría.

Después del minué se bailan alemandas, cuadrillas y danzas españolas.
Estas últimas son muy graciosas, y tales como las he visto aquí me
recuerdan las poéticas danzas que suelen representar la antigua
escultura y la pintura moderna; pero en aquellos tiempos el arte
coreográfico no establecía tan íntimo contacto entre la juventud,
alegría y belleza femeninas y un compañero de baile. Sin embargo, aquí
parecen estar habituados á ello, y reconozco que fué una tontería mía
el haberme dejado alarmar por semejante espectáculo.

Luego que terminó el baile y se retiraron las visitas, cerróse la
puerta de la casa, y la familia pasó al comedor á tomar una cena
caliente, que aquí es la comida principal. Como yo no acostumbro comer
en la noche, me retiré á mi aposento, sumamente complacida de las
amables y finas atenciones y franca hospitalidad de mis nuevos amigos,
y demasiado cansada para pensar en otra cosa que en dormir.

Hacía tanto tiempo que no oía cantar á un guardián de ronda, que
experimenté una indecible sorpresa cuando llegó á mis oídos, mientras
me acostaba, el canto de _Ave María purísima; las once de la noche han
dado, y sereno_“, canto que despertó en mí muchos recuerdos, asociados
con

    _The bellman’s drowsy charm,
    To bless the doors from nightly harm._[72]

_25._--Los primero que hice después de levantarme fué examinar la
distribución de los diversos departamentos de la casa, y comencé mi
inspección por la puerta por donde había entrado ayer, buscando en
vano á uno y otro lado de ella alguna ventana que diera á la calle. La
casa, como todas las que desde aquí alcanzaba á descubrir, tenía por
todo frente una muralla baja y blanqueada, sobre la cual se proyectaba
un enorme alero de tejas; en el centro un gran portal ó zaguán, con
puertas de doblar, y una torrecilla llamada _el alto_, con ventanas y
balcón en la parte superior, donde se encuentra mi aposento; debajo
de ella, cerca de la puerta de calle, está la habitación del portero.
Este portal desemboca en un gran cuadrángulo empedrado, á que dan
numerosos departamentos. Los de la derecha é izquierda parecen ser
almacenes ó depósitos de provisiones; al frente se encuentran la sala,
el dormitorio principal, que hace también las veces de sala, y una ó
dos piezas más pequeñas.

A continuación de este cuadrángulo sigue otro, adornado con plantas en
macetas y árboles frutales, y circundado por una cómoda y agradable
galería, donde las hijas de la dueña de casa acostumbran recibir á sus
amigas ú ocuparse en sus labores domésticas.

Alrededor de este cuadrángulo ó _patio_ están dispuestos los aposentos
privados de la familia, y detrás de él hay otro más pequeño, donde
se encuentra la cocina, despensa y piezas de la servidumbre, y por
el cual, como en casi todas las casas de Santiago, corre una acequia
constantemente llena de agua.

La disposición de las casas, bastante cómoda y agradable para sus
moradores, es fea exteriormente y comunica á las calles un aspecto
triste y plebeyo. Estas son anchas y bien empedradas; tienen aceras
con pavimentos de granito, y por casi todas ellas corre siempre un
arroyuelo, que, con un poco de más atención de la policía, podría
hacer de esta ciudad la más limpia del mundo. Con todo, no es muy
sucia, y cuando recuerdo á Río Janeiro y Bahía estoy por declararla
absolutamente aseada.

La casa de Cotapos está amueblada con lujo, pero sin elegancia.
Sus ricos espejos, sus hermosas alfombras, un piano fabricado por
Broadwood, y una buena provisión de sillas, mesas y camas, no
precisamente de las que hoy se usan en París ó en Londres, pero sí de
las que estuvieron allá de moda hace un siglo ó poco más, hacen un
lucidísimo papel en esta apartada tierra del continente austral. Pero
con el comedor no puedo transigir. Es el aposento más obscuro, triste
y feo de la casa. La mesa está casi pegada á la muralla, en un rincón,
de suerte que una de las extremidades y un costado apenas dejan espacio
suficiente para las sillas; un regular servicio es así punto menos que
imposible.

Cualquiera creería que ha sido dispuesto de esta manera para comer en
secreto; y me hace pensar, especialmente cuando las grandes puertas
se cierran de noche antes de la principal comida, en los moros é
israelitas de la península española, ocultándose celosamente de la
vista de los godos, sus opresores.

Me sirvieron en mi aposento mi acostumbrado desayuno de té, huevos y
pan con mantequilla. La familia no come nada á esta hora; pero aquí
algunos se desayunan con una jícara de chocolate, otros con un poco de
caldo, y los más con mate.

Las señoras pasaron á saludarme antes de irse á misa, y en esta ocasión
habían cambiado sus vestidos de estilo francés por otros enteramente
negros, con la mantilla, que hace aparecer á una hermosa española ó
chilena diez veces más hermosa y agraciada.

Como á medio día, el señor de la Salle, uno de los ayudantes de campo
del Director Supremo, me trajo un atento saludo de bienvenida de
su excelencia. Por conducto de este caballero envié mis cartas de
introducción á doña Rosa O’Higgins, y se convino en que la visitaría
mañana por la noche, porque hoy va al teatro. Poco después de comer,
el señor de Roos y yo acompañamos á don Antonio de Cotapos y dos de
sus hermanas al llano, situado al Sur-Oeste de la ciudad, á ver las
_chinganas_; ó entretenimientos del bajo pueblo.

Reúnense en este lugar todos los días festivos, y parecen gozar
extraordinariamente en haraganear, comer buñuelos fritos en aceite y
beber diversas clases de licores, especialmente _chicha_, al son de una
música bastante agradable de arpa, guitarra, tamboril y triángulo, que
acompañan las mujeres con cantos amorosos y patrióticos. Los músicos
se instalan en carros, techados generalmente de caña ó de paja, en los
cuales tocan sus instrumentos para atraer parroquianos á las mesas
cubiertas de tortas, licores, flores, etc., que éstos compran para su
propio consumo ó para las mozas á quienes desean agradar.

Algunas de las flores, como los claveles y los ranúnculos, se venden á
precios exorbitantes: suelen pedir hasta medio peso por cada una, y un
peso por un ranúnculo amarillo con pétalos matizados de rojo y verde.
El pueblo, hombres, mujeres y niños, tiene verdadera pasión por las
chinganas. El llano se cubre enteramente de paseantes á pie, á caballo,
en calesas y carretas; y aunque la aristocracia prefiere la Alameda, no
deja de concurrir también á las chinganas, donde todos parecen sentirse
igualmente contentos en medio de una tranquila y ordenada alegría.

En Inglaterra estoy cierta de que en una concurrencia tan grande de
gente no dejaría de haber desórdenes y riñas; pero nada de esto ocurrió
aquí, á pesar de que se jugó mucho y se bebió no poco.

En la noche asistí á la tertulia de la familia Cotapos, en que hubo la
música, baile y charla de costumbre, y pude observar que en Chile la
belleza y el traje de una joven son criticados por las demás lo mismo
que entre nosotros. Y ya que hablo de cosas femeninas, agregaré que
jamás había visto tantas mujeres hermosas en un solo día como he visto
hoy aquí.

No me atrevo á asegurar que hubiera entre ellas alguna de
extraordinaria belleza; pero sí puedo afirmar que tampoco vi ninguna
fea. Son por lo común de mediana altura, bien conformadas, de andar
airoso, con abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y negros, y
en cuanto al sonrosado color de su tez, nunca lo puso más bello “la
pura y diestra mano de la Naturaleza”; pero ¡ay! “la cariñosa mano de
la Naturaleza es generosa, mas no pródiga”, y estas lindas criaturas,
dotadas de tantos atractivos, tienen generalmente una voz desapacible y
áspera, y en el cuello de algunas observé cierta tumefacción que indica
que la papera ó bocio es frecuente en Chile.

_26._--Esta mañana, al asomarse á la calle poco después de aclarar el
día, vi llegar las provisiones de los campos vecinos para el mercado.
Los cuartos de vaca y las mitades de cordero venían sobre el lomo de
los caballos delante de un hombre ó muchacho, envuelto en su _poncho_
y montado junto á la cola de la cabalgadura; las aves, en grandes
arcas de cuero con rejillas, sobre mulas. Huevos, mantequilla, leche,
queso, verduras, legumbres, todo era conducido por bestias de carga,
porque ningún chileno se allana á emprender á pie una larga caminata,
y mucho menos con una carga sobre los hombros, salvo que una imperiosa
necesidad se lo exija. Y mientras desfilaban en una dirección las
acémilas cargadas de comestibles, numerosas mujeres con manto, alfombra
y devocionario iban en otra al templo, á oir misa.

Los gritos de los vendedores en las calles son casi tan ininteligibles
como los de Londres, y, con excepción de _Sweep!_ y _Old
Clothes!_[73], se refieren á los mismos artículos.

El juez Prevost vino poco después del almuerzo y me hizo algunas
indicaciones acerca de mi vista de esta noche á doña Rosa O’Higgins.
Parece que ir á pie á una visita de etiqueta, aunque sea á la casa
vecina, es algo tan contrario al buen tono que no debo ni pensar en
tal cosa. Debo ir, por lo tanto, en un coche de la familia Cotapos,
acompañada por dos de las señoras. Confieso que este último punto me
alarmó.

Esta familia es una de las más respetables de Santiago; pero una de
las hijas fué casada con un Carrera; toda la familia fué partidaria de
Carrera, y más de uno de sus miembros ha tomado parte en conspiraciones
contra el gobierno actual, mas aún, contra la vida del Director según
se dice, y yo sé perfectamente que, á pesar de los generosos deseos del
señor Prevost, no se ha dado aún ningún paso hacia una reconciliación
amistosa entre el palacio directorial y la casa de Cotapos. Si yo he
de ser un instrumento de reconciliación y paz, en buena hora, pero me
agradaría más que se me dijera francamente qué se espera de mí.

Fuí á ver la plaza: uno de sus costados es ocupado por el palacio, que
comprende la residencia del director, los tribunales de justicia y la
cárcel pública. La construcción es de muy bella arquitectura, pero aun
está inconclusa, porque cuando se agregó el palacio directorial faltó
el dinero; sin embargo, todo el primer piso corresponde al orden dórico
del resto, y podrá ser terminado tan pronto como el gobierno tenga
fondos con que hacerlo.

En el costado Poniente de la plaza se encuentra la catedral, inconclusa
también y de orden dórico, el palacio del obispo y algunos edificios
inferiores. En el lado Sur hay una arquería frente á las casas
particulares, cuyos primeros pisos sirven de tiendas de comercio, y
debajo de la arquería se ve una serie de puestos por el estilo de los
bazares de Londres.

En las noches de luna la arquería y sus tiendas presentan un aspecto
muy alegre y animado. Las damas acostumbran recorrer entonces las
tiendas y puestos á pie, y como todos están iluminados, las escena es
bellísima.

En el cuarto costado sólo hay edificios vulgares, de los cuales el
hotel inglés es uno de los mejores. Pasamos por varios otros edificios
públicos, bellos en general y casi todos de orden dórico; sin embargo,
el aspecto de las calles es feo á causa de la desnudez y monotonía de
los frentes de las casas particulares.

Después de la comida el señor De Roos y yo fuimos á los Tajamares y á
la Alameda.

Los Tajamares son un sólido parapeto de albañilería construído para
defender la ciudad de las creces del Mapocho, que, aunque de ordinario
es un inofensivo riachuelo que corre por un angosto canal en medio
de un ancho lecho de piedras, se convierte dos veces al año en un
impetuoso torrente.

El invierno por las lluvias, y el verano, por la fusión de las nieves
andinas, son las estaciones en que suelen tener lugar sus formidables
creces, y si no fuera por los Tajamares inundaría la mayor parte de la
ciudad.

La Alameda está dentro del recinto de los Tajamares; un paseo
encantador, con largas filas de sauces y una vista espléndida.

Una angosta callejuela nos llevó de aquí al peñón de Santa Lucía, que
debería ser la ciudadela de Santiago. Se alza más ó menos en el centro
de la ciudad y la domina; en sus extremidades opuestas hay actualmente
dos pequeñas baterías de cañones.

Mientras lo subíamos no podíamos menos de admirar los inmensos bloques
de granito que la naturaleza parece haber amontonado aquí jugando,
que unas veces forman cavernas y otras quedan suspendidos sobre el
camino, y nos recordaban las enormes rocas que los antiguos caciques
precipitaban sobre sus invasores.

Desde el Santa Lucía veíamos todo el valle de Santiago hasta la cuesta
de Prado, el llano de Maipo, que iba á perderse en el horizonte, la
nevada cordillera, y á nuestros pies la ciudad, sus jardines, sus
templos y su magnífico puente, todo iluminado por los rayos del sol
poniente, que en la ciudad, el valle y las montañas producía esos
mágicos efectos que los poetas y pintores se complacen en describir.
Pero ¿qué pincel y qué pluma podrán darnos una pálida idea de los Andes
iluminados por los últimos rayos del sol? Yo los contemplaba.

    --“Till the place became
    Religion, and my heart ran o’er
    In secre worsip”[74].

La campana de San Isidro vino á sacarme de mi contemplación, haciéndome
volver los ojos hacia su pequeña iglesia, sobre la cual se cernía una
inmensa y negra nube y de cuyas puertas salía una larga y solemne
procesión de sacerdotes que comenzaban una rogativa de nueve días á
San Isidro y al apóstol Santiago, patrono de la ciudad, para pedirles
lluvia.

Yo quisiera que la superstición se hubiera limitado á poner cada país,
ciudad é individuo bajo la tutela de un santo patrono, ya que hay
algo tan consolador en la creencia de que un ser superior vela sobre
nosotros, pronto siempre á interceder por nosotros ante el Supremo
Juez. Los frívolos atenienses tenían á su Minerva, los poderosos
romanos á Júpiter, el señor de los dioses; Inglaterra reconoce todavía
la protección de San Jorge; ¿por qué, pues, no ha de tener Santiago
por patronos al santo de su nombre, el espejo y modelo de las órdenes
de caballería, y á San Isidro, el labrador? Una mujer con quien entré
en conversación en el cerro me dijo que aquí el tiempo seco es tenido
por muy malsano, y que cuando no llueve los cuerpos se resecan como
la tierra, y que por lo tanto había gran necesidad de recurrir á la
intercesión de los santos para alejar de la ciudad las epidemias y la
carestía. Me agregó que de la sequedad del tiempo provenían fiebres é
inflamaciones de la garganta. Si esto no es una preocupación infundada,
es bastante singular.

Volvimos á casa á vestirnos para la visita á palacio, á la que fuí
acompañada por el juez Prevost, la señora Cotapos y su hija segunda,
Mariquita, joven más cultivada de lo que aquí se acostumbra. Ambas me
pidieron excusas de presentarse con medias de algodón y toscos zapatos
negros, manifestándome que, á causa de un voto que habían hecho durante
una grave enfermedad del anciano don José Miguel Cotapos, estaban
obligadas á usar esas medias y zapatos durante un año, si sus oraciones
alcanzaban la salud del paciente.

Aunque no pude menos de sonreirme al oir tal cosa, comprendí que el
afecto que les había inspirado esta promesa era demasiado respetable
para reirme de ella; ni se me ocultó el extraordinario mérito de
semejante voto, pues en nada es más delicada una dama chilena que en la
elección de su calzado.

La señora Cotapos me hizo la confidencia de que los zapatos
le atormentaban de tal manera, que se había visto obligada á
ponerles algodón para que la mortificaran un poco menos los pies.
Afortunadamente no me comprendió cuando murmuré entre dientes las
palabras de Peter Pindar: _I took the liberty to boil my peas_[75].
Mariquita cumple su voto sin salvedades de ninguna especie.

Entramos al palacio con menos alboroto y ceremonias que en cualquier
casa particular. Las salas están bien amuebladas; pero con sencillez:
estufas inglesas de hierro fundido, alfombras escocesas, porcelanas y
relojes de mesa franceses, poco ó nada que pareciera español y mucho
menos chileno. La madre del Director, doña Isabel, y su hermana doña
Rosa nos recibieron, no sólo cortésmente, sino con exquisita amabilidad.

El recibimiento del Director fué de lo más halagador para mí y mi joven
amigo De Roos. Su excelencia había residido varios años en Inglaterra,
de los cuales pasó gran parte en una academia, en Richmond. Luego me
preguntó si había estado alguna vez allí; se informó con mucho interés
de mi tío, sir David Dundas, y de varios amigos y parientes míos, por
sus nombres y, muy especialmente, de sus viejos maestros de música y
otras artes.

Mucho me agradó la bondad de sentimientos que demostraban estos
recuerdos, y más aún cuando vi que algunas muchachitas de aspecto
salvaje entraron á la sala, corrieron hacia él y se abrazaron de
sus rodillas y supe que eran indiecitas huérfanas salvadas de morir
en los campos de batalla. En las invasiones que suelen hacer en los
territorios de que han sido despojados, los indios acostumbran llevar
consigo á sus mujeres é hijos.

Cuando se libra un combate y se hace encarnizado, las mujeres toman
generalmente parte en él. Si la suerte les es adversa, no es raro
que los hombres maten á sus mujeres é hijos para impedir que caigan
en poder del enemigo, y, en realidad, con esto no se conseguía hasta
ahora otra cosa que anticipar unos cuantos minutos la muerte de estas
infelices criaturas, pues ni por una ni por otra parte se da ni se
acepta cuartel, y tanto menos, cuanto que en las filas españolas
militan muchos indios, que, á despecho de su semicivilización,
conservan siempre sus feroces costumbres guerreras.

El Director da una recompensa por cada persona salvada en esas
ocasiones, especialmente por las mujeres y niños. A los niños se les
educa, y servirán más tarde de mediadores entre la raza indígena y
Chile, y, para este fin se procura que no olviden su lengua nativa.

El Director les dirigió la palabra en araucano para que yo oyese hablar
en este idioma, que me pareció armonioso y agradable, debido, quizá, en
parte, á la suavidad de las voces infantiles. Una de ellas me agradó
especialmente, la pequeña María, hija de un cacique que, con su mujer y
los hijos mayores, fué muerto hace poco en un combate. Doña Rosa cuida
á las pequeñas prisioneras con esmero y bondad maternales.

He quedado encantada del modo tan noble y humano con que les hablaba.
En cuanto á doña Isabel, parece vivir de la fama y grandeza de su hijo:
lo contempla con miradas que revelan el más tierno amor maternal y
escucha con singular satisfacción los cumplimientos que le dirigen.

El es modesto, abierto, de modales sencillos, sin pretensiones de
ninguna clase. Si ha realizado grandes hechos, los atribuye á la
influencia del amor patrio, que como él dice, puede inspirar á un
hombre vulgar los más nobles sentimientos.

Discurrió con mucha franqueza sobre la actual condición de Chile, y
me dijo que no dudaba que yo estaría sorprendida del atraso del país
en muchas cosas, haciendo especial mención de la falta de tolerancia
religiosa, ó más bien, la pequeñísima proporción en que, dado el estado
general de las cosas, ha podido hasta ahora concederla sin turbar
la tranquilidad pública, y se manifestó algo dispuesto á censurar
á ciertos protestantes que prematuramente pretendían exigirle la
construcción de un templo y el reconocimiento oficial de aquel culto,
olvidando que hace todavía muy poco tiempo que se les concedió la
libertad privada de conciencia y un cementerio exclusivo para ellos en
un país que apenas doce años ha estaba sometido á la Inquisición de
Lima.

Insistió mucho en la necesidad de la instrucción pública, y me habló
de las escuelas lancasterianas y otras recientemente establecidas en
Santiago y otras ciudades de Chile, que en proporción al número de
habitantes son, sin duda, numerosas.

Llegaron en este momento otras personas, entre ellas el coronel Cruz,
que me fué presentado por el Director como el futuro gobernador de
Talcahuano, y á quien recomendó que me atendiera en mi próximo viaje al
Sur.

Entre los militares presentes había algunos franceses que no me
parecieron tener mucha de esa distinción y finura que caracterizan á
sus compatriotas.

Permanecían en profundo silencio mientras algunos miembros del
_Cabildo_, esto es, de la corporación municipal de Santiago, discutían
diversos temas políticos relacionados con la proyectada constitución,
hasta que doña Rosa, viendo que la conversación llevaba visos de
hacerse exclusivamente política, pidió á doña Mariquita que tocara
alguna pieza de música francesa, lo que hizo al punto de memoria y con
notable perfección, dando pruebas de que posee un finísimo oído y manos
muy diestras.

Púseme á observar mientras tanto las personas que me rodeaban. El
Director vestía, como de costumbre, su uniforme de general; es bajo y
grueso, pero muy activo y ágil; sus ojos azules, sus cabellos rubios,
su tez encendida y sus algo toscas facciones no desmienten su origen
irlandés, al par que la pequeñez de sus pies y manos son signos de su
procedencia indígena. Doña Isabel representa mucha menos edad de la que
tiene, y, aunque de baja estatura, es muy hermosa.

En doña Rosa se reproducen en mayor escala los caracteres físicos del
Director. Vestía un sobretodo de raso carmesí y faldas blancas, traje
muy usado aquí. A juzgar por lo que hasta ahora he visto, en Chile el
tipo masculino es más feo y tosco que el femenino, que, en general, se
distingue por su belleza y distinción.

Las chilenas poseen una urbanidad natural y llana y maneras afectuosas
que me encantan; pero á la vez he notado en ellas algunas costumbres
desagradables. Por ejemplo, una rolliza y bella señora que vino hoy
á palacio vestida de raso azul, se hizo poner delante de ella una
escupidera, en que escupía sin cesar y con gran destreza, como para
demostrar que estaba habituada á semejante maniobra. Sin embargo, las
jóvenes aristocráticas y todas las que quieren ser tenidas por tales
están abandonando rápidamente estos feos hábitos.

Como á las diez nos retiramos del palacio, y encontramos á nuestros
jóvenes entretenidos todavía en danzar. Me quedé con ellos un rato, y
en seguida me fuí á mi aposento á escribir el diario de mi segundo día
en esta capital, con la que estoy muy complacida.

_27._--Visité á doña Mercedes del Solar, cuyo padre, don Juan Enrique
Rosales, fué uno de los miembros de la primera Junta del gobierno
revolucionario de 1810. Es una hermosa y distinguida señora; conoce
bastante bien la literatura francesa y habla esta lengua con perfección.

Me recibió en su dormitorio, que, como he dicho antes, es usado con
frecuencia como sala de recepciones. Rodeábanla graciosos niños y
algunas lindas sobrinas. Tenía junto á ella una pequeña mesa con libros
y útiles de costura, y delante un gran brasero lleno de carbones
encendidos, de plata maciza, artísticamente grabado en realce, dentro
de una armadura de madera curiosamente labrada, y con tenazas de plata
cincelada para atizar el fuego.

Ya había visto antes otros de la misma clase, pero aquí parecía guardar
armonía con el resto del mobiliario y con las personas. El majestuoso
lecho francés, el piano abierto, la guitarra, el ostentoso reloj de
bronce, las damas, los niños, los libros, los materiales de costura,
los jarrones de porcelana llenos de flores y el rico brasero chileno,
del que subía el humo fragante del sahumerio, formaban un encantador
conjunto, iluminado por la luz que entraba por una alta ventana y que
desearía ver reproducido por un hábil pintor.

No habría cambiado el amplio ropaje de pieles de la madre, que dejaba
descubierta su blanca y algo llena garganta, ni el pálido rostro del
pequeño Vicente[76], por todas las invenciones de los pintores que más
han sobresalido en la pintura de interiores. Tengo especial interés por
Vicente, inteligentísimo niño. Viajó conmigo en el _Doris_ desde Río
de Janeiro, adonde había llegado en el _Owen Glendower_. Se resfrió
al doblar el cabo de Hornos, y lo hacía pasar en mi camarote todo el
tiempo que permitían las circunstancias. Hablábamos un día de las islas
recientemente descubiertas, de New Shetland del Sur[77] y de los restos
de un navío español que allí se encontraron, navío que conducía tropas
á Chile y del cual nada se había sabido hasta entonces.

El niño, que estaba pendiente de la conversación, me dijo: “He ahí la
fortuna de Chile; cuando los tiranos envían buques para oprimirlo Dios
los hace naufragar en costas desiertas”. Espero que sus excelentes
disposiciones, que tanto prometen, no serán destruídas por su continuo
trato con los franceses que frecuentan la casa de su padre, don Felipe
del Solar, que es agente general de todos los buques franceses que
llegan á Chile.

Acaso será este un sentimiento poco noble, pero no puedo evitarlo; hay
ciertas cosas que, como la fe, no dependen de la voluntad, y ésta es
una de ellas. Quizás envidiaba á los autores franceses el lugar que
ocupan sobre la mesa de la señora Solar, y habría preferido ver allí el
_Rape of the lock_ en lugar del _Lutrin_[78].

En la tarde fuimos á caballo á la quinta del canónigo Herrera, cerca
de la Alameda, hacia el Noreste. La casa es espaciosa y cómoda, el
jardín delicioso. Pequeñas corrientes de agua, conducidas por canales
curiosamente dispuestos, lo recorren en todas direcciones y mantienen
una nunca interrumpida sucesión de las más bellas y raras flores:
violetas, alelíes, claveles, ranúnculos.

Hay exquisitas naranjas, de que comimos una buena cantidad, limoneros,
un extenso huerto, viña, lechería, todo lo que hace grata y provechosa
la vida del campo.

De la quinta del canónigo seguimos nuestro paseo entre un frondoso
olivar y extensos huertos de cerezos, duraznos, manzanos y perales,
cubiertos de flores, y cruzando dos ó tres cercados, en cada puerta de
los cuales estábamos seguros de encontrar alguien que nos la abriera
(y también alguien que nos pidiera dinero, práctica de que aquí nadie
parece avergonzarse), salimos á la _Cañada_, que hasta hace poco era un
suburbio pantanoso de la ciudad.

Actualmente O’Higgins la hace secar, despejar y plantar de árboles, de
modo que pronto superará á la Alameda en belleza, como la supera en
extensión. El agua, que antes corría libremente, va ahora por un canal
artificial, con árboles á uno y otro lado y cómodos senderos para el
tráfico á pie y caminos más anchos para los carruajes y caballos. Esto
se encuentra terminado ya en parte, y se sigue trabajando con actividad.

_28._--Día de San Agustín. No estoy en muy buenos términos con este
santo, porque no ha hecho otra cosa que contrariarme todo el día. Pero,
comencemos por el principio:

En las primeras horas de la mañana sentí una campanilla que me recordó
la que en las tardes de invierno hacen sonar los vendedores de
_muffins_[79].

Me asomé á la ventana, y vi en primer lugar un niño que agitaba la
mencionada campanilla, y en seguida otro con un lío de cirios. Todos
al verlos se detenían, con la cabeza descubierta, y en actitud como de
rendir homenaje. Detrás de los dos niños apareció una calesa de color
azul obscuro, con pinturas de glorias y espíritus santos. Dentro de
ella venía un hombre vestido de raso blanco con bordados de plata y
seda de varios colores.

Precedíala un hombre con un farol dorado; otros, con quitasoles, la
seguían. Pregunté qué significaba aquello, y me contestaron que era el
Padre Eterno, expresión chocante para nosotros, mas no para un español
católico, que reconoce la presencia de la Divinidad en la Hostia que se
le lleva á un moribundo, que no otra cosa era la procesión que acabo de
describir.

Esto fué lo único digno de mencionarse que ocurrió antes que comenzara
la serie de contratiempos ocasionados por San Agustín. Fué el
primero la visita que en compañía de Mr. De Roos hice á la escuela
lancasteriana, pues nos encontramos con que los alumnos estaban en la
misa de San Agustín y la escuela cerrada. Nos dirigimos á la imprenta
nacional, cerrada también, y los impresores en la fiesta del santo.

De allí seguimos al Consulado, deseosos de presenciar una sesión de
la convención, idéntica cosa, los señores convencionales estaban en
misa. Perdiendo entonces toda esperanza de ver ningún establecimiento
público, resolví batirme en retirada y me encaminé á la plaza con
intención de tomar algunos croquis desde un balcón que para este objeto
me habían ofrecido, nada tampoco, el dueño de la casa se había ido á la
misa de San Agustín con las llaves en el bolsillo.

No me quedó, pues, otro recurso que volverme á casa, esperando tener
mejor suerte en la tarde. Comencé á dibujar el patio interior; pero
numerosas visitas, aprovechando el día festivo, llegaron unas tras
otras y no pude hacer casi nada.

Después de comer cobré nuevos ánimos y me dispuse para ir, con la
señora Cotapos y sus hijas, á visitar el monasterio de las monjas de
San Agustín; pero como acababan de celebrar la fiesta de su santo, y
con ella y la vigilia y el tanto cantar durante todo el día y parte
de la noche la madre abadesa y su comunidad habían quedado sumamente
fatigadas, no pudieron recibirnos.

La esquela en que se nos comunicaba esta desagradable noticia nos llegó
cuando estábamos vestidas y listas para salir, y fuimos á visitar á las
señoras Godoy, en cuya casa vive el juez Prevost. Son parientes de la
señora Cotapos y muy joviales y agradables.

Pasamos un buen rato charlando en el patio ó jardín interior, que
se asemeja á los moriscos que describen los novelistas y viajeros.
Unas lindas indiecitas, graciosamente vestidas, nos sirvieron mate;
y en seguida pasamos á la casa, cuyas chimeneas, mobiliario y demás
comodidades le dan un perfecto aire europeo. Tuvimos un poco de música
y nos volvimos á pie; mis amigas, como de costumbre, sin sombreros ni
velos y con zapatos de raso.

Aproveché los intervalos entre los contratiempos ocasionados por
San Agustín para ir al grande y hermoso templo que perteneció á los
jesuítas, donde las músicas militares de las tropas durante la misa y
las solemnes melodías del órgano producían un soberbio efecto, y á la
catedral, cuyo interior es muy hermoso, aunque todavía inconcluso.

Hay allí valiosos artículos de plata, y particularmente un rico frontal
de altar[80]. Para estas visitas hube de ponerme manto, porque aquí no
se permite á las mujeres entrar á los templos con sombrero.

_29._--El juez Prevost, que siempre está pronto á satisfacer mis
deseos de ver todas las cosas interesantes de Chile, Mr. De Roos,
doña Mariquita y don José Antonio Cotapos, algunos jóvenes ingleses y
yo, fuimos á caballo al _Salto de Agua_, única obra de los antiguos
araucanos que queda en los alrededores de la capital. Atravesamos el
Mapocho por el magnífico puente de piedra construido por don Ambrosio
O’Higgins, y después de recorrer el barrio de la Chimba, famosa por su
bien montada cervecería y sus salazones de cerdo, nos dirigimos á la
fábrica de pólvora, actualmente ruinosa.

Los molinos de la pólvora eran movidos por el agua, y la maquinaria
tosca y muy peligrosa, pues los ingredientes se pulverizaban y unían
en morteros de piedra. Esta fábrica, que costó al antiguo gobierno
español una enorme suma de dinero, fué destruída por los Carreras en
su retirada ante el ejército de Osorio, en 1814, y, á pesar de la gran
falta que hace, no ha sido restaurada desde entonces.

Encontramos instalado en una parte de los terrenos que ocupan los
molinos á Mr. Goldsegg, inteligente artista, que después de trabajar
algún tiempo en los talleres de Woolwich se vino á Chile con su mujer
y familia á fabricar cohetes para la expedición contra el Callao.
Por no sé qué fatalidad sus cohetes dieron mal resultado, y el pobre
Goldsegg se ha quedado aquí esperando algún empleo. Por desgracia las
especulaciones mercantiles del ministro Rodríguez han distraído á
otros objetos los fondos que podrían haber servido para reparar obras
públicas y pagar especialistas en diversos ramos útiles al Estado, por
lo que mucho temo que Goldsegg, con todo su mérito, vaya á aumentar la
ya larga lista de las víctimas de frustradas esperanzas.

Desde los molinos de pólvora el camino sigue por una llanura baja y
fértil, regada por numerosos canales artificiales y rodeada de cerros.
Al pie de uno de los más escarpados contemplamos el agua del _Salto_,
que, conforme á su nombre, salta de roca en roca desde la cumbre,
ocultándose á veces detrás de tupidos matorrales, brillando otras al
sol de mediodía.

Los que han visto las _Cascatelle_ de Tívoli han visto lo único que yo
recuerdo comparable con esto; pero aquí no hay casa rústica de Mecenas
que corone la cima del monte, ni templo de la Sibila que dé á la escena
el encanto de la poesía clásica. Permanecí algunos minutos separada
de mis compañeros; y mientras una densa nube desprendida de los Andes
avanzaba lentamente por el cielo, podría haber imaginado, imitando las
fantasías de Ossián, que esa nube era el alma de algún antiguo cacique
que, al par que lamentaba el olvido de su nombre y las desventuras
de su pueblo, soberano un tiempo de estas tierras, se complacía en
contemplar los ruiseños campos cultivados que él contribuyó á hacer
fructíferos con su trabajo, mas no, quizás, en verme á mí, uno de los
blancos hijos del Oriente, de donde recibirían una vez más la libertad
los hijos de los primeros dueños de este suelo.

Sea como fuere, ello es que la nube pasó, y mi animoso caballo comenzó
á trepar por uno de los más escarpados caminos que jamás pensara
escalar cuadrúpedo alguno, á no ser una cabra montés, tal que luego
me asaltó el pensamiento de que, según todas las probabilidades,
no tardaría en ahogarme en alguna de esas corrientes, después de
haber cruzado el inmenso océano sana y salva. Sin embargo, caballo y
jinete encontrábanse poco después ilesos en la cima del peñón, á unos
doscientos cincuenta pies, antes más que menos, sobre la cumbre, de
donde divisamos por primera vez el _Salto_, y en la cual hay un pequeño
villorrio. Me bajé del caballo, y con la ayuda de dos de los compañeros
atravesé uno de los canales para dominar el conjunto de la obra y de
las caídas del agua.

No habíamos descendido, perceptiblemente al menos, desde que salimos de
Santiago; sin embargo, aunque habíamos trepado el escarpado peñón del
Salto, nos encontrábamos aún en el llano de la ciudad, con un elevado
cerro entre ella y nosotros, de bases desiguales, de modo que la falda
Norte descansa bajo las cascadas y la falda Sur sobre ellas. A uno y
otro lado la región parece á la simple vista perfectamente á nivel.

El Mapocho corre desde los Andes por la llanura superior; la inferior
no tiene otras aguas que las de los canales artificiales, y no obstante
la tierra baja es evidentemente mejor que la otra.

Los araucanos, bien conocedores de esta disposición de la comarca,
abrieron canales por las rocas de granito, desde el Mapocho hasta los
bordes del precipicio, y aprovecharon la pendiente natural del terreno
para arrojar una considerable masa de agua desde el río hasta el valle
de abajo, que cortan numerosos canales; y los campos regados de esta
manera son los más fértiles de los que rodean á Santiago.

Los indios, en lugar de abrir un gran canal han abierto tres más
pequeños, uno de los cuales va al centro del valle y los otros dos á
los costados de los cerros que se alzan á uno y otro lado, fertilizando
así toda la comarca, acertadísima disposición, tan interesante para el
que admira la pintoresca belleza del paisaje como ventajosa para el
agricultor.

A las bellas cascadas artificiales alabadas por los viajeros debe
agregarse ésta, que es tan rica en belleza natural como Tívoli, y no
menos notable, como obra de un arte primitivo, que el canal que lleva
al Nera las aguas del Velino[81].

Yo, que conozco la obra del cónsul romano, puedo apreciar la de los
indígenas de Chile; y sólo siento no ser poeta para inmortalizar estas
bellas cascadas que se precipitan en el valle para reaparecer en
graciosos arroyuelos que fertilizan el extenso llano. Con pesar nos
alejamos de aquel sitio para regresar á la ciudad.

Tomando otro camino, cruzamos una llanura enteramente cubierta de
piedrecillas, con grupos aislados de unos pequeños arbustos, á que son
muy aficionados los caballos. Este es el lecho de invierno del Mapocho,
que cubre todo este llano con sus aguas y deposita en él aquellas
piedrecillas.

A medio camino entre el Salto y la ciudad nos detuvimos en una quinta
perteneciente al hermano de la señora Cotapos, ó para llamarla con
más propiedad, doña Mercedes de Cotapos. Este caballero, don Enrique
Lastra, ex Director de Chile, está actualmente alejado de la vida
pública y se dedica al cultivo de su hacienda y á hacer experimentos
para mejorar los vinos del país.

Ha conseguido fabricar un vino apenas inferior al champaña, y una
imitación del vino de Madera, comparable con el mejor vino tinto de
Tenerife. Los vinos chilenos son en general dulces y gruesos. Sus
campos me parecieron muy bien cultivados, y su hacienda es la que más
se ajusta á los métodos europeos de todas las que he visto en este
país. Don Enrique no estaba en la casa cuando llegamos; pero fuimos
amablemente recibidos por su esposa, que pertenece á la familia
Izquierdo de Jara Quemada.

Estaba rodeada de sus ocho niños, enseñando á algunos y trabajando
para los otros. La casa es pequeña, pero se construye actualmente un
edificio anexo que duplicará su tamaño. En los principales aposentos
habrá chimeneas, que reemplazarán los tradicionales braseros. Comienzan
ya á darse grandes pasos en el sentido del progreso en este país, que
hasta ahora ha sido el más reacio de todos los de este continente á
los adelantos por causas de orden político, moral y físico que le son
peculiares.

Luego llegó el ex Director. Parece hombre llano y sensible, de modales
sencillos pero corteses; y no tardé en descubrir en su conversación
cierto pulimiento, que debe haber adquirido de los libros, y un vigor
de expresión, debido quizás á las circunstancias de una vida activa
puesta al servicio de la pasada revolución. Sin embargo, me inclino
á creerlo algo tardo y apocado, y falto quizás de esa prontitud y
presencia de ánimo para hacer frente á las situaciones extraordinarias
que son absolutamente necesarias para un hombre público en los actuales
tiempos.

Su gabinete de trabajo es muy pequeño y haría sonreir á un estadista
inglés ó francés habituado á trabajar en medio de toda clase de
comodidades; pero en la nueva casa se destina una sala para una
numerosa biblioteca, ordenada por el mismo buen sentido que hasta ahora
ha preferido los conocimientos útiles á los de mero adorno.

Sirviósenos un lunch compuesto exclusivamente de productos de la
hacienda: salchichones tan buenos como los de Bolonia, pan tan blanco
como el de trigo siciliano, mantequilla de que podrían enorgullecerse
las lecherías de Inglaterra; de los vinos he hablado ya.

Quedé complacidísima con la visita, con la cariñosa hospitalidad de la
familia y con los progresos que para bien del país está realizando.

Momentos después de llegar á casa recibí un magnífico obsequio de
frutas y flores de doña Rosa O’Higgins: sandías, lúcumas, naranjas,
limas y las más hermosas y raras flores, acomodadas en bandejas
cubiertas con servilletas bordadas, que traían sobre la cabeza varios
criados, vistosamente vestidos con la librea de palacio. Uno que venía
sin librea se adelantó á darme un saludo de la señora.

En la noche las señoritas Cotapos y su hermano don José Antonio me
agasajaron con el baile nacional del _cuándo_.

Lo ejecutan dos personas, y comienza lentamente como un minué; luego
los movimientos se aceleran en conformidad con la música y el canto,
que representa una especie de querella amorosa y la reconciliación
final. El arte del danzante consiste en mantener el cuerpo á plomo y
mover los pies con suma rapidez, que es lo que llaman _zapatear_.

Doña Mariquita tocaba el acompañamiento y cantaba unos versos que
ella misma ha adaptado á la música, porque los versos corrientes
son amorosos, que ella no quiso cantar, por corresponder al hombre
cantarlos á su compañera.

Hay varias letras para el _cuándo_, y en la tierra en que se habla el
lenguaje de Sancho Panza, algunas son burlescas[82].

_30._--Día de Santa Rosa, que aquí se celebra con grandes fiestas; en
primer lugar, porque es santa sur-americana, y en segundo lugar, porque
es el onomástico de la hermana de su excelencia. Por supuesto que todo
el mundo fué á palacio á dejar sus tarjetas de congratulación.

Mi ánimo no está para fiestas; pero el que viaja por un país nuevo
necesita observarlas, porque los entretenimientos públicos dan mucha
luz acerca del carácter é inclinaciones del pueblo. Por lo tanto,
determiné tomar un palco en el teatro para la función de la noche,
y allá me fuí con mis amigas después de tomar mate con las señoras
Izquierdo. Por una puerta que hay en un bajo muro entre el palacio del
Consulado y el templo de los jesuítas, entramos á un recinto cuadrado,
dentro del cual se encuentra el teatro, que me recordó los teatros
provisionales que suelen verse en Europa en las ciudades de provincia.

Por otra parte, la sencillez y poca elevación de los edificios tienen
satisfactoria explicación en un país de frecuentes terremotos.
El interior dista mucho de ser despreciable; en esta materia he
visto cosas peores en París. El escenario es bastante extenso, las
decoraciones muy buenas, pero el proscenio demasiado bajo. En el telón
de boca se lee en letras doradas:

    “Aquí está el espejo de la virtud y del vicio:
    Miraos en él, y pronunciad juicio.”

A la derecha del proscenio está el palco del Director, adornado con
sederías azules, rojas y blancas, los colores nacionales, con franjas
doradas. Al frente se encuentra el palco del cabildo, menos suntuoso,
pero decorado con los mismos colores. Aquí hay mucha afición al teatro,
y casi todos los palcos son tomados por el año, de modo que sólo por
especial favor conseguí uno esta noche.

El teatro estaba completamente lleno, y la belleza de las mujeres
daba un gran lucimiento al conjunto de la sala. Poco después que
nosotros llegaron el Director y su familia, las indiecitas inclusive.
Acostumbrada á ver tributar homenajes á los soberanos, me puse de pie
é hice una cortesía, y con no poca confusión observé que yo fuí la
única en toda la sala que tal hizo. En el palco directorial tomaron mi
cortesía como una manifestación individual mía, y me devolvieron el
saludo.

La concurrencia pidió el himno nacional, que fué tocado y cantado como
se acostumbra antes de comenzar la representación. Mientras se cantaba
el himno, un grupo de señoras permaneció sentada, volviendo la espalda
y hablando en alta voz, acto de imprudente y grosera impertinencia que
en ninguna parte habría sido tolerada sino por la bondad del Director
O’Higgins[83]. Los actores hablan con voz muy clara, una excelente
cualidad; pero sin expresión, y más bien que declamar parecen repetir
una lección de memoria, defecto que hizo desmerecer mucho la pieza.

Era ésta _El Rey Nino Segundo_, pero no recuerdo ningún rey de este
nombre que haya tenido la trágica historia que se le atribuye en este
drama; y como aquí no dispongo de libros ni de literatos á quienes
consultar, debo resignarme á no salir de mi ignorancia, aunque, si
mis recuerdos no me engañan, la intriga de la pieza tiene algo de la
historia de Zenobia. Por otra parte, hay en ella amoríos y asesinatos
por mayor.

Representóse en seguida una comedia titulada _Los locos de Sevilla_.
El gracioso de la pieza, un mendigo, ha ido ha parar al manicomio
de la ciudad, donde los locos, empeñados cada uno en granjearse su
amistad, le hacen mil jugadas.

No me fué posible compartir el regocijo con que la concurrencia
celebró esta farsa, y experimenté un sentimiento de alivio cuando hubo
concluído. Trajéronnos al palco algunos refrescos, que aceptamos de
buena gana, y noté que fuera de nosotros y algunas otras personas, los
asistentes consumieron dulces y vino, que parecen ser preferidos á
otras clases de refrescos. La galería se reserva á los soldados, que
tienen entrada gratis.

_Sábado 31._--Después de cerciorarnos de que ningún santo se nos
atravesaría en el camino, el señor De Roos y yo salimos nuevamente á
recorrer la ciudad; y habiéndonos encontrado con el señor Prevost,
aprovechamos su bondadoso ofrecimiento de mostrarnos la Casa de Moneda.
Es, en verdad, un soberbio edificio. Iba á decir, demasiado espléndido
para Chile, sin acordarme de que el gobierno español lo construyó
principalmente para el ensayo y amonedación de los productos de sus
ricas minas, que la metrópoli consideró durante largo tiempo como el
único objeto digno de atención en sus dominios americanos.

El edificio se compone de una serie de bellas columnas y pilastras
de orden dórico que cubren dos pisos: los talleres en el inferior y
los departamentos de los empleados arriba. Pasada una hermosa puerta,
preséntase otro edificio interior, semejante á un templo y del mismo
orden; allí están el tesoro, las prensas y los laboratorios de ensayos.
La maquinaria es de una tosquedad superior á cuanto podría haberme
imaginado.

Se proyecta instalar nuevas máquinas de modelo francés, que resultan
más costosas que las de Boulton, y que, comparadas con éstas son lo
que el antiguo martillo acuñador á los cuños de tornillo que se usan
aquí en la actualidad. La mayor parte de la moneda que circula en Chile
consiste en toscos trozos de plata, de pesos determinados y de formas
irregulares, sellados á martillo, y lo más imperfecto y grosero que
hasta ahora he visto en materia de monedas.

Ya han abandonado, sin embargo, este método de acuñación,
reemplazándolo por el no menos lento y pesado de punzonear primero el
metal y poner en seguida las piezas una por una bajo el tornillo. La
oficina de ensayos está montada más á la moderna, pero yo soy demasiado
incompetente en cosas de química para dar de ella una explicación
apropiada. He oído que el gobierno piensa acuñar moneda de poco valor,
que beneficiará mucho al pueblo. Más de una vez he tenido ocasión
de notar aquí los inconvenientes que resultan de la falta de moneda
divisionaria. No hay en circulación ninguna de menos valor que un
cuartillo ó cuarto de real que, estimando el dolar en cuatro chelines
seis peniques, vale más de penique y medio; y, además, no se acuñan
cuartillos, y son tan escasos que sólo he visto tres desde Abril.

Podemos, pues, considerar como la moneda corriente de menos valor el
medio, que equivale aproximadamente á tres y medio peniques, suma con
que, dado el bajo precio del pan y la carne, puede comer una familia.
¿Qué hará en tales circunstancias un jornalero sin familia? Este mal,
grande de suyo, ha ocasionado otro mayor.

A fin de suministrar á los clientes una cantidad inferior á un medio
ó á un cuartillo, los dueños de _pulperías_ dan en cambio de pesos ó
reales pagarés ó vales; pero, aun cuando el artículo comprado valga
medio peso, y otro tanto el vale, el dueño de la pulpería no lo paga
en dinero sino en mercaderías, de suerte que, en resumidas cuentas,
toda la moneda del pobre parroquiano queda en poder de aquél, á que se
agrega la posibilidad ó probabilidad de que un campesino, que no sabe
leer ni escribir, rompa el vale como un papel inútil.

Muchas y rápidas fortunas se han formado con estos vales, y la pérdida
que ellos representan para los pobres es superior á cualquiera de las
contribuciones directas impuestas por el gobierno. Algunos ricos
comerciantes, amigos ó parientes del ministro, han aprovechado este
estado de cosas y se han establecido un buen número de pulperías
costeadas por ellos, bajo el nombre de agentes subalternos. Y esta
es probablemente una de las razones de la demora en acuñar la
indispensable moneda divisionaria.

De la Casa de Moneda fuimos al Consulado, donde me habría gustado
hallarme desde el principio de la sesión. Había preguntado de antemano
al Director si era permitido á las mujeres ir allá. Me dijo que su
madre y su hermana habían asistido á la sesión inaugural, y que los
extranjeros tenían entrada libre; pero, como la inusitada presencia de
una señora podría sorprender á los convencionales, hablaría previamente
con el presidente de la corporación.

Nos dirigimos, pues, allá, el señor De Roos y yo, sin tener por
desgracia á nadie que nos diera á conocer los nombres de los diputados.
Empero, logramos saber que el presidente era Albano[84], diputado por
Talca, y el vicepresidente Camilo Henríquez, el editor del _Mercurio de
Chile_ y poeta de circunstancias.

Entramos á la sala en los momentos en que se votaba una indicación
sobre que en la discusión de todo proyecto de ley se necesitaría el
acuerdo de los dos tercios de los miembros para la aprobación de
cada artículo. Asistían unos veinte diputados y una media docena de
espectadores, fuera de nosotros.

La sala es bella y espaciosa. En uno de sus extremos se halla el
sillón del presidente, bajo un hermoso dosel tricolor, con adornos de
oro. Cuando asiste el Director, ocupa este sillón, y el presidente se
sienta á su derecha. Los diputados se acomodaban en bancos arrimados
á la pared, á uno y otro lado de la sala, los secretarios y el
vicepresidente en una mesa delante del presidente, y los espectadores
en bancas semejantes á las de los diputados, pero á mayor distancia del
presidente.

Pensaba que la asistencia de una señora inglesa y de un marino inglés
á las deliberaciones de una asamblea nacional en Chile es, después de
todo, un caso bastante curioso. Pero lo que en tiempo de Addison habría
parecido cosa de cuento, en el actual se realiza todos los días, sin
que nadie se sorprenda. Yo me encontré en la capital Mahratta, mientras
la defendían fuerzas inglesas; he asistido á un templo protestante en
la plaza Trajano en Roma; he concurrido á las sesiones de un tribunal
inglés de justicia en Malta, ¿qué tiene, pues, de extraño que ahora
escuchara las deliberaciones de un congreso nacional representativo de
una colonia española?

Quizás nunca ha experimentado el mundo tan grandes cambios como en los
últimos treinta y cinco años. Que _todo_ haya sido para bien, nadie que
reflexione sobre el imperfecto estado de la humanidad lo creerá; pero
abrigo la esperanza de que la mayor parte de estos cambios ha mejorado
la condición general de la naturaleza humana. No sé hasta dónde me
habrían llevado mis meditaciones si el vicepresidente y el secretario
no hubieran interrumpido el silencio que se siguió á la votación con la
lectura de un informe, leído el cual la sala procedió á deliberar.

Leyó en seguida el presidente un mensaje del Director, en que
sometía á la consideración de la asamblea la conveniencia de enviar
representantes á diversos estados extranjeros y de asignarles sueldos
adecuados. Esto dió lugar á una animada discusión, de una libertad é
independencia que no esperaba en una cámara tan joven y nombrada por
el poder ejecutivo. No hubo oposición al envío de representantes, pero
sobre el segundo punto se suscitaron varias cuestiones.

¿Podría la Convención autorizar tales sueldos antes de conocer las
entradas actuales del país? ¿Podría concederse dinero para nuevos
gastos, cuando se debía al ejército una fuerte suma? (Más de 18.000
pesos.) Y no se hizo mención de la escuadra, que se halla en el mismo
caso. El discurso del presidente al abrir la discusión y su réplica
á la indicación de que se examinaran previamente las cuentas de
las entradas y gastos del país, fueron habilísimos y dichos con la
facilidad y elocuencia de un hombre acostumbrado á hablar en público.
Es sacerdote. Se discutió con calor, pero á la vez con gran decoro.

Los convencionales se ponían de pie para hablar, y cuando se levantaban
dos al mismo tiempo, el presidente daba la palabra al que veía primero.

Quedé muy complacida con mi visita á la Convención, y me retiré con el
deseo de que pronto tuviera el país un gobierno regular cimentado sobre
bases más firmes y más fecundo en resultados prácticos que hasta el
presente.

A mi juicio, Chile ha dado grandes pasos en el camino del progreso;
creo, sin embargo, que los hombres, como todas las cosas, aparecen
cuando se les necesita. Hay aquí elementos para la formación de un
Estado; pero, antes de tenerse lo que constituye esencialmente un
Estado, es necesario formar hombres.

    “Men, high-minded men,
    Men who their duties know:
    But know their rights, and knowing dare maintain”[85].

Desde la revolución los impulsa un amargo sentimiento de rencor contra
la pasada tiranía de la metrópoli, pero sus ideas siguen siendo aún
esencialmente españolas, y la formación y desarrollo del carácter
nacional chileno serán la obra de la educación y del tiempo.

Doña Isabel y doña Rosa O’Higgins me esperaban en casa, aunque se
me había asegurado que era imposible que se resolvieran á venir.
Ahora, muertos los hermanos Carrera y extinguida ya, según se cree,
la facción que ellos presidieron, toca á los que están á la cabeza de
los negocios públicos de Chile conquistarse la estimación general del
país, y no dudo que ellos ven gustosos mi presencia en el hogar de esta
familia como un pretexto para visitarla sin las formalidades de una
reconciliación.

En la noche fuí al palacio y conversé largamente con el Director,
en especial sobre la primera época de la revolución, en que le cupo
desempeñar tan brillante papel. A propósito de la escasez de armas del
ejército patriota mientras ocupaba las riberas del Maule, me dijo que
los patriotas no tenían frecuentemente otras armas que los yugos de sus
bueyes, con los cuales combatían con los realistas cuerpo á cuerpo.

Él mismo, entre otros arbitrios inspirados por la desesperación, se
hizo fabricar un cañón de madera, que estalló al quinto disparo. Le
pedí que me dijera algo de su participación en los negocios públicos,
á lo que accedió con ingenua franqueza. Con la llegada de varios
caballeros la conversación se hizo general. Versó sobre el _Libertador_
Simón Bolívar y la recepción de los diputados españoles en Caracas; se
rechazó la idea de escuchar proposiciones que no estuvieran fundadas en
el reconocimiento de la independencia de la América española.

Me retiré temprano del palacio, y atravesé la plaza para ver la gente
que recorría las tiendas de las arquerías. La escena es tan bella como
me lo imaginaba. Todos los pequeños puestos están iluminados; las
mejores mercaderías salen á relucir; y las señoras, que para este paseo
nocturno se visten con elegancia, se ven muy bien.

El sitio, bello de por sí, lo es mucho más en las noches de luna;
disimúlanse entonces los defectos y se observan mejor las bellezas.
Las sombras proyectadas por los grandes aleros hacen menos sensible la
poca elevación de las casas. Las anchas calles y los hermosos edificios
públicos, y, sobre todo, las majestuosas montañas, que dominan todo
el paisaje y que á pesar de su lejanía parecen contiguas á la ciudad,
aparecen de noche mucho más ventajosamente que de día.

_Domingo 1.º de Septiembre de 1822._--Fuí esta noche con mis amigas
á casa de las señoras Godoy, donde encontramos al señor Prevost y
otras doce personas mas, que nos esperaban para hacer un paseo á los
alrededores. Partimos, en efecto, las señoras mayores en calesas y las
demás á pie, hacia el llano donde suelen tener lugar las chinganas.
Pero ¡ay! no había chinganas. Actualmente se hace una rogativa de nueve
días á San Isidro para alcanzar lluvia, y mientras tanto se suspenden
las diversiones populares.

Sin embargo, aunque se prohibe á los músicos la entrada al llano, en
los puestos se venden frituras, carne asada, pescado y licores como de
costumbre, y la gente del pueblo, haraganeando y observándolo todo,
parece preguntarse qué tienen que hacer San Isidro y la rogativa con
los músicos y las cantoras, que pierden hoy de ganar su acostumbrado
real y medio. Llévanlo, empero, con paciencia y dicen: “Indudablemente
los campos necesitan agua, y los padres saben pedirla.”

Llegados al llano, nos dirigimos á uno de sus sitios más pintorescos,
y allí encontramos que los criados de la casa de Godoy habían tendido
alfombras y puesto sillas y cojines para la comitiva, y en pequeñas
mesas preparaban te mate con leche, frutas y tortas. Doña Carmen Godoy
distribuyó ramos de flores entre las invitadas; para cada uno tenía la
galante y jovial señora alguna palabra amable.

Los caballeros sirvieron á las señoras, y después de una hora muy
agradable anduvimos un rato por entre la gente del pueblo, observando
sus trajes y juegos. Las costumbres del país no permiten que las
señoritas tomen el brazo de los caballeros, aunque valsan y danzan con
ellos. Algunos comienzan ya á quebrantar esta regla, pero nuestras
jóvenes amigas son sumamente delicadas á este respecto.

Los chilenos, con su afición á los entretenimientos campestres, me
recuerdan lo que cuentan los viajeros de los habitantes del feliz valle
de Cashmeer, quienes pasan los días y las noches de luna en su hermoso
lago ó en las floridas islas que lo adornan. Para una familia chilena
no hay placer mayor que un paseo á pie ó á caballo al campo, un mate
tomado en un jardín ó en las faldas de un cerro, bajo un frondoso
árbol, y todas las clases sociales parecen ser igualmente aficionadas á
estos rústicos goces.

Al ponerse el sol regresamos á la casa de Cotapos, donde los jóvenes
cantaron y bailaron hasta una hora avanzada de la noche.

Recibí la visita de don Camilo Henríquez, diputado por Valdivia y en
el año pasado secretario de la Convención. Es persona inteligente y de
agradable trato. Lo acompañaba el doctor Vera, literato y poeta. A ser
verdad lo que he oído, posee el don de improvisar en igual grado que
Metastasio; me dicen también que sus poesías escritas son tan limadas
como las del mismo poeta.

Es albino; sus cabellos, ojos y tez se asemejan á los de los albinos
que suelen verse en Europa, pero su inteligencia dista mucho de tener
la debilidad que generalmente acompaña los caracteres físicos de los
albinos; por el contrario, es superior á la inteligencia media de sus
compatriotas, y no temo afirmar que el doctor Vera podría figurar como
literato en Europa. Ultimamente ha mejorado de un enorme bocio, tan
enorme, que amenazaba ahogarlo, cuando un amigo le aconsejó que lo
bañara con agua de Colonia.

Hízolo así durante algún tiempo y varias veces al día, y ya la
hinchazón ha disminuído tanto, que puede usar corbata como cualquier
otro. Yo no me dí cuenta de que tenía bocio hasta que me lo dijeron.
Nadie acierta á explicarse esta curación, que refiero tal como me la
relató él mismo.

_2 de Septiembre._--Hoy á las diez, el señor Prevost, el señor de
Roos, doña Mariquita, don José Antonio y yo emprendimos viaje á los
baños de Colina, como á diez leguas ó un poco más de la ciudad. Hasta
las primeras tres leguas de Santiago se sigue el camino de Mendoza,
que atraviesa una llanura, en su mayor parte pedregosa, con excepción
de una pequeña altura, llamada el _Portezuelo_ por la cual pasamos
entre dos cerros á otra parte del llano; la parte próxima á la ciudad
está cubierta de huertos, regados por el agua del Salto. Pasado el
_Portezuelo_ llegamos á una vasta hacienda de uno de los Izquierdo,
donde se hacían los preparativos del rodeo anual.

Las haciendas ganaderas, parecidas á las tierras forestales de
Inglaterra, son mucho más pintorescas que las otras, pero al mismo
tiempo más incultas y con menos apariencias de civilización.

Seguimos por la falda de un elevado cerro que se desprende de los Andes
en una extensión como de cuatro leguas, y entramos á la _garganta_ de
la montaña en que están situados los baños. Anuncian la proximidad de
ellos anchos esteros, en parte secos actualmente, árboles más altos
y vigorosos y más variados á la vez que más encerrados paisajes.
Encontramos durante el camino varias casas de campo, en una de las
cuales nos detuvimos á descansar y tomar algún alimento.

El ir y venir de los criados de la hacienda impartía animación é
interés á la escena. Pero ahora no veíamos ni vestigios de habitación
humana, y pasamos la garganta por un angosto sendero de cinco á seis
millas, de no fácil ejecución y algo peligroso, hasta que llegamos
á los baños, que presentan un aspecto de la mayor desolucíón, á que
contribuye quizás la tristeza del día.

Aún no termina el invierno; la hierba no alegra las faldas rojizas
del cerro; sólo uno que otro arbusto de hojas perennes, con sus yemas
todavía cerradas, pende de la ladera de la montaña sobre el valle que
se extiende á sus pies. Un hermoso y cristalino arroyo se abre paso
por el valle; sus fuentes son los célebres baños. Varios abundantes
manantiales brotan de la roca viva á una temperatura que no baja de
100 grados Fahrenheit[86]. El agua es clarísima, sin ningún sabor ni
olor especial, cualidades que adquiere embotellada en unas pocas horas,
según dicen.

Dos series de construcciones de ladrillos, divididas en varios
departamentos (no recuerdo si tres en una y cuatro en la otra, ó
tres en cada una), protegen los manantiales de la lluvia y el polvo.
Cavidades abiertas en las rocas forman los baños, con un frente
de ladrillo, por el cual un pequeño conducto cuadrado deja salir
libremente el agua, de modo que una corriente constante pasa por cada
depósito, sin comunicarse entre sí.

La cantidad de agua caliente es tan grande que, al salir de los baños,
con el aumento de un pequeño manantial que se le une en su camino,
forma el río Colina, que va serpenteando por más de treinta leguas y
alimenta el lago Pudahuel. Anexas á los baños hay tres largas filas
de edificios, cada una de las cuales contiene diez á doce aposentos,
con un corredor común al frente. En ellos se instalan los bañistas que
acuden á Colina durante el verano, esto es, desde Noviembre hasta Junio.

Las aguas son recomendadas para el reumatismo, la ictericia, las
escrófulas y las enfermedades cutáneas. Para la gente pobre hay una
serie de habitaciones, cuyas piezas miden seis pies por siete. En cada
pieza se alberga una familia entera, que en algún sitio inmediato
construye una ramada para preparar la comida. De igual manera se
acomodan los ricos, con la sola diferencia que sus aposentos son
mayores, llegando algunos á tener quince pies por lado.

La gente vive principalmente fuera de las casas, pues en ese tiempo
los cerros están cubiertos de flores y los bosques umbrosos y sin
humedad. La pequeña capilla ocupa el sitio más pintoresco del valle,
pero ahora está cerrada, pues ni sacerdotes ni fieles se atreven á
invernar en este paraje desolado y cubierto de nieve.

En la primera semana de Junio, ó antes, los pacientes se retiran,
ciérranse las puertas de las casas, el capellán guarda las llaves de la
capilla, y todo queda en profunda soledad.

Nos sentamos en uno de los corredores y tomamos el lunch que habíamos
traído. Sentía tanto frío, que sumergí las manos en el manantial de
agua caliente y la mezclé con mi vino. Mientras preparaban los caballos
para el regreso doña Mariquita y yo tuvimos la curiosidad de entrar
á uno de los aposentos que encontramos abierto, curiosidad que nos
costó muy cara, pues nos invadieron millares de pulgas, que supongo
habían pasado varios meses sin alimento fresco, porque nos atacaron tan
despiadadamente que creí tener una fuerte erupción en todo el cuerpo.

Después que hubimos subido á nuestros caballos y llegado á la pequeña
altura detras de la capilla, me detuve un instante á mirar las casas
solitarias; la iglesia desierta; los tristes y desnudos campos, sobre
que se cernían en esos momentos negras nubes, todo tan diferente de la
animación y alegría que, según me dicen, reinan allí en los meses de
verano, cuando los ancianos y los enfermos vienen en busca de salud y
fuerzas y, en mayor proporción que aquéllos, los jóvenes y sanos en
busca de placeres ó para pedir á las aguas de Colina la belleza que
según una arraigada y general creencia comunican.

Pero, aunque doña Margarita y yo nos mojamos con ella el rostro,
no notamos cambio alguno, y nos quedamos como éramos y sin nada
de maravilloso que poder contar después de nuestro viaje. Apenas
salimos de la garganta, en vez de regresar á la ciudad por el mismo
camino torcimos á la derecha, y un galope de tres leguas nos puso
en el pueblo de Colina, primera parada de Santiago á Mendoza y casi
equidistante de la ciudad y del famoso campo de Chacabuco.

A una media milla de la iglesia de Colina está la hacienda de don Jorge
Godoy, con cuya esposa é hija tengo amistad. Encontramos al anciano
caballero descansando á la entrada de la casa de las fatigas del día,
con gorro, chinelas y poncho. Va muy rara vez á la ciudad, y reside
aquí con su sobrino, como un patriarca en medio de sus labradores.

Apenas habíamos entrado comenzó á llover con fuerza, gracias á la
intercesión de San Isidro, y nos alegramos no poco de hallarnos
protegidas contra la lluvia, con el regalo de un enorme brasero lleno
de carbones encendidos y pieles de carnero bajo los pies, mientras
tomábamos mate, que refresca más que el te después de un día de viaje.

Muy oportunamente hizo su aparición una abundante cena, que comenzaba
con huevos preparados de diversas maneras, seguía con estofados y
pucheros de vaca, cordero y aves, y terminaba con manzanas, y á la cual
se le hizo justicia en toda regla, desde los huevos hasta las manzanas,
sin perdonar tampoco los vinos de don Jorge.

_3 de Septiembre._--Esta mañana salió el sol claro y brillante,
sorprendiendo á los Andes y aun á los cerros más próximos completamente
cubiertos por la nieve, que cayó durante la noche mientras llovía en
los planos.

Antes de almuerzo recorrimos los almacenes de la hacienda, comenzando
por el granero, ahora casi vacío. Vimos allí tendido sobre el piso un
cuero seco y en él un rimero de carne fresca para el consumo inmediato,
según la costumbre del país, cortada en tiras de unas tres pulgadas de
ancho, y sin huesos. Pendían de los muros cuerdas de varias clases,
lazos, fajas, etc., para diversos usos rústicos.

Dentro del granero había otra despensa, toda rodeada de cuelgas de
velas de sebo; en el piso centenares de arrobas de sebo en cueros, para
la venta, y un gran montón de _skimmings_, esto es, de la gordura que
sobra después de derretir la grasa para extraer el sebo. Este residuo
lo usan los peones en lugar de manteca ó aceite para condimentar su
comida, y es tan necesario para ellos como el _ghee_[87] para los
indios del Oriente.

En otro departamento se guardan los yugos y aguijadas[88] para los
bueyes, las azadas para cavar canales de regadío, etc. Estas azadas son
de una madera durísima y provistas de un largo mango; las de hierro
se emplean sólo en la capital y alrededores y en algunas haciendas
cerca de Valparaíso, donde las han introducido los extranjeros. Estos
almacenes comunican con una puerta lateral con un patio cuadrado,
en un costado del cual está la _matanza_, donde, á fines de otoño,
se benefician los animales para obtener cueros, sebo y charqui.
Actualmente parece una barraca inconclusa, pero en tiempo de matanza la
cubren de ramas verdes para que la carne y demás productos se conserven
frescos. A un lado del patio se hallan los fondos para derretir el
sebo, hechos con greda de la misma hacienda y de dos pulgadas y media
de grueso. Junto á este departamento hay una barraca con hornos para
cocer las heces, que se agregan al mosto para acelerar su fermentación,
y más allá un alambique, de sencillísima factura, para destilar
aguardiente.

De diez y seis á veinte familias de inquilinos viven de la hacienda, y
dos ó tres veces ese número de peones á jornal se ocupan en las épocas
de mayor trabajo. Se les paga salarios subidos, no por el elevado
precio de los artículos de consumo, sino por la escasez de brazos.

La reducida población de Chile, á pesar de la natural fertilidad
del suelo y de la benignidad del clima, se explica fácilmente. Las
concesiones de tierras á los primeros pobladores españoles subsisten
aún en su mayor parte. Son tan extensas que entre Santiago y
Valparaíso tres mayorazgos poseen todo el suelo[89].

Los primeros propietarios, dedicados exclusivamente á la extracción de
metales preciosos, única cosa que se buscaba entonces en este país,
cultivaban sólo la tierra suficiente para proveerse de los artículos de
consumo más necesarios, y este cultivo, reducido á lo indispensable,
era ejecutado por _encomiendas_, esto es, por los indios que la corona
sometía al servicio del rico colono. Naturalmente, esta especie de
esclavitud impedía el acrecentamiento de la población. En el primer año
de la revolución de la independencia las encomiendas y la esclavitud
fueron abolidas.

Ahora los criados reciben salario y comienzan ya á tener casas propias
con pequeños huertos. Con todo, todavía subsiste de hecho el trabajo
forzoso de peones y mestizos en las haciendas, á pesar de las leyes
que lo prohiben. ¿Qué pueden hacer los infelices? Necesitan que algún
patrón les proporcione albergue y alimento, y en cambio el patrón les
exige servicios y trabajos que las leyes prohiben.

El actual gobierno proyecta facultar á los mayorazgos para vender
pequeñas porciones de sus tierras con hipotecas de largo plazo ó
perpetuas. De este modo el suelo pasará á dueños que tendrán interés
personal en él, y la población se aumentará juntamente con los medios
de subsistencia[90].

De vuelta de nuestra visita á los almacenes nos esperaba un excelente
almuerzo.

Pasé la tarde en mi aposento, donde además de las niñas de la casa,
me visitaron Mr. de Roos, don José Antonio y don Domingo Reyes. Don
Domingo es un grave, instruído y bondadoso caballero, á quien debo
buena parte de mis conocimientos históricos y físicos del país. Su
padre[91] fué secretario de don Ambrosio O’Higgins y de otros capitanes
generales, y aun de Osorio en el intervalo que medió entre las batallas
de Rancagua y de Chacabuco, después de la cual emigró. Su conducta,
siempre correcta y honorable, le mereció la confianza y el aprecio de
todos los partidos.

Llamado nuevamente al país, se le devolvieron sus bienes y se le
dió un empleo. El carácter de don Domingo ha sido formado por las
circunstancias y vicisitudes del tiempo en que le ha tocado vivir,
carácter cuyo rasgo dominante es el amor á su padre, á quien ha visto
sobrellevar tantas pruebas y mudanzas de fortuna. Es piadoso, y aun
diría fanáticamente piadoso, si no supiera de qué tristeza ha sido
testigo.

No obstante, siempre se le ve sereno y contento, pronto siempre á
servir á sus amigos y benévolamente dispuesto con todos. Mi amigo
don Antonio no posee ni los conocimientos, ni la inteligencia, ni
la cultura de Reyes, pero sí una excelente índole y bondadosos
sentimientos. Apenas se levanta se toma media docena de mates, fuma el
día entero, asiste con regularidad á su oficina, y en la noche baila
_cuandos_, canta y toca la guitarra, mejor afuera que en su casa. Nada
de esto es de extrañar ni desdice del carácter de un galán chileno.

Esta noche cantó y tocó muy agradablemente algunas canciones con
que los jóvenes de Santiago suelen dar serenatas á sus pretendidas,
costumbre tan general aquí como en Italia. Después de todo, en materia
de serenatas no hay nada más bello en el mundo que el _Hark, the
lark at heaven’s gate sings_[92] de nuestro Shakespeare, que hace
avergonzarse á todas las trovas de amor cantadas á bellas que mientras
tanto están durmiendo ó que por oirlas se mantienen despiertas.

_Jueves, 5 de Septiembre._--Toda la familia Cotapos y muchas otras
personas, entre las cuales los señores Prevost y De Roos y yo, treinta
por todo, hemos pasado el día en el campo. Las señoras que no quisieron
ir á caballo fueron en _carretones_, pequeños vehículos cubiertos del
país, provistos de alfombras y cojines.

Los criados y las provisiones iban en otro, techado con paja como
una choza rústica. Toda la comitiva se reunió en el patio de la casa
Cotapos, y se puso en marcha á las nueve de la mañana, con la alegría
que dan la juventud, la salud y la resolución de divertirse y gozar.
De _divertirnos_, debería decir, porque á lo menos, en cuanto á dicha
resolución, yo no me diferenciaba de los demás.

Después de una agradable cabalgata de unas cinco millas hacia el
Oriente de la ciudad llegamos á Ñuñoa, pintoresco pueblo en que reside
un obispo[93] y donde pasamos un día delicioso en una chacra que con
ese fin nos había sido ofrecida.

Es un lugar lindísimo, lleno de huertos y jardines y rodeado de
sementeras de trigo. El espléndido círculo de montañas que lo rodea,
especialmente los nevados Andes, hacen resaltar más aún la belleza de
los floridos campos de Ñuñoa.

Doña Mariquita y yo, con dos ó tres más, entre los cuales el padre de
doña Mariquita, el apuesto anciano don José Miguel de Cotapos, con
poncho de vicuña en su color natural, sombrero de anchas alas, riendas
enchapadas en plata, espuelas, etc., fuimos á una casita como á dos
leguas de allí.

Debería haber comenzado por describir la comitiva. Don José Miguel no
era el único de poncho, ó mejor dicho, muy pocos iban sin él, aunque
algunos de los jóvenes lo llevaban alrededor de la cintura en vez de
cubrir con él sus hombros. Casi todos usaban monturas chilenas, con un
gran número de alfombras y pieles, unas sobre otras.

Las señoras montaban sillas inglesas. La generalidad de ellas vestía
casacas de color, largos vestidos blancos y sombreros adornados con
flores; dos llevaban pequeños sombreros de teatro con plumas y ricos
vestidos de seda: sólo mi criada y yo teníamos sencillas y serias
amazonas.

Más parecíamos una vistosa cabalgata de cuentos de hadas que no una
partida de simples mortales que pasean á caballo juiciosamente sobre la
tierra. Siento no haber podido dibujar las figuras de los paseantes.
Acá Mariquita, vestida de blanco y escarlata y con un gorro negro
de castor que le sienta admirablemente; allá Rosario, con sobretodo
castaño, flotantes faldas blancas, sombrero de paja y rosas, que no
lucen tanto como sus mejillas; acullá Mercedes Godoy y otra Mercedes,
con plumas que ondean graciosamente al viento y trajes de seda que
brillan á los rayos del sol, reprimen sus briosos caballos; á ambos
lados de ellas la alegre Herrera, con su casaca verde, José Antonio,
con su poncho azul turquesa, tachonado de flores, y De Roos, con su
chaqueta de seda gris y su rubicundo rostro británico; y por fin,
acompañando los carretones, donde iban las señoras mayores en trajes de
gala, don Domingo Reyes y otros graves caballeros.

Tal era el aspecto que la caravana presentaba en Nnuñoa, cuando los
cuatro ó cinco que dije más arriba resolvimos ir á la casita de Egaña,
que ocupa el punto más elevado de esa comarca. Conduce á ella un
bellísimo camino, por entre campos de trigo y olivares y al través de
una linda aldehuela, desde donde nos llevó hasta la casita una calle de
sauces que comienzan á cubrirse de hojas.

Es una casa muy pequeña, adornada con papeles de diversos colores y
estampas, calculada para una breve residencia de verano. Se encuentra
á tanta altura en las faldas de la cordillera que su dueño dispone
siempre de nieve para refrescar su bebida. Dos manantiales perennes
atraviesan el huerto. Divísase desde aquí un bellísimo panorama: varios
pueblecillos y sementeras en el primer plano; en seguida la ciudad,
con su Santa Lucía y San Cristóbal y los cerros adyacentes, que en
otros países merecerían el nombre de montañas, más allá la llanura, que
termina en la Cuesta de Prado, actualmente coronada de nieve.

De vuelta á Ñuñoa encontramos á nuestros amigos entretenidos en danzar.
Habían conseguido un par de músicos, y bailaban minués y danzas
populares españolas, quizás las más graciosas del mundo. Las que más
me gustaron fueron el _cuándo_ y la _zamba_, bailados y cantados con
más expresión y entusiasmo que los que permiten las costumbres de la
ciudad, pero sin salir de los límites del decoro.

El baile no puede expresar sino dos pasiones: el odio y el amor. Aun
el grave minué de la corte, por sus acercamientos, alejamientos y
presentación de manos, como por las separaciones y encuentro final de
los danzantes, expresa el amor. ¡Cuánto más el minué popular y rústico,
que representa un rompimiento y su reconciliación! Esto es lo que eleva
la danza á la categoría de arte.

Las figuras de bailes en que toman parte más de dos personas, como la
generalidad de los bailes franceses ó ingleses, tienen tan poco que
hacer con la poesía del baile como los dibujos impresos á máquina en
las telas con la poesía de la pintura. Mis chilenos _sienten_ el baile,
y hasta cuando bailan una contradanza escocesa saben infundirle algo de
expresión poética.

El bailoteo fué interrumpido por la comida, que dió ocasión á que se
descubriera una nueva habilidad de mis amigos. Pidióse un brindis á
doña Mariquita, que declamó cuatro graciosas estrofas, adaptadas a las
circunstancias y á los comensales, con una facilidad que demostraba que
estaba habituada á improvisar.

Siguieron varios otros brindis de los caballeros, algunos
verdaderamente ingeniosos, y los jóvenes de ambos sexos que poseían
esta habilidad la ejercitaban cuando se les pedía, sin cortedad, á la
vez que sin ostentación.

Al caer la tarde preparé té para los danzantes, y luego regresó á la
ciudad la más alegre cabalgata que jamás haya entrado á ella. Una
tertulia en casa de Cotapos puso remate á los entretenimientos del día.

_5 de Septiembre._--Visité á varias personas inglesas y chilenas.
Nada diré de los ingleses residentes en Santiago, porque, con una ó
dos excepciones, Mr. B. y Mr. C., por ejemplo, son individuos muy
vulgares. Mr. B.[94] llamado comúnmente don Diego, ha vivido aquí
desde la revolución, y dice que nunca ha sido tratado con injusticia
ó malevolencia en el país, que conoce mejor que muchos nacionales.
Mr. C. ha viajado mucho; tuvo cierta participación en la guerra del
Sur, prestando dinero, caballos y buques á los patriotas y es, de las
personas que conozco, una de las que poseen más claras ideas acerca de
la actual condición de Chile.

Hay entre mis paisanos excelentes sujetos, algunos que se dan aires de
caballeros distinguidos y otros que se dedican á estafar al prójimo.
Así sucede en todas partes; pero desearía que aquí hubiera mayor número
de cumplidos ingleses, por el honor de nuestra nación y para bien de
Chile.

_7._--Fuí temprano á la imprenta nacional, bastante buena para un
país pequeño y nuevo, aunque algo escasa de tipos. Dudo que se pueda
imprimer un volumen en cuarto de cuatrocientas páginas. Compré las
gacetas desde 1818 hasta la fecha. Antes de ese año no se había impreso
nada[95]. Adquirí también algunas leyes, reglamentos y poesías. Bajo la
dominación española Chile no tuvo imprenta, así me parece, al menos,
porque no estoy segura de ello ni he podido saberlo á punto fijo. Todas
las impresiones necesarias, esto es, las que el virrey, el arzobispo y
la Inquisición permitían, se ejecutaban en Lima.

Después de medio día visita á las monjas de San Agustín. Es una
felicidad que por las nuevas disposiciones gubernativas todos los
conventos hayan quedado tan pobres, porque así hay esperanzas de que
pronto disminuyan. Estas monjas son viejas y feas, con excepción de
una sola, joven de bellos ojos y muy pálida, belleza peligrosa para un
enamorado caballero; me inspiró compasión.

Las ancianas señoras nos obsequiaron con mate, el mejor que he tomado
en Chile, preparado con leche y canela del país, servido en bandejas de
flores, de modo que el gusto y el olfato se deleitaban á la vez. Este
convento es uno de los más hermosos de Santiago. Desde el locutorio
divisábamos uno de sus siete patios, en el cual, en el centro de un
estanque, se levanta una estatua de piedra de la Virgen, la más fea que
jamás haya tallado la mano del hombre.

Ha sido dispuesta de modo que pueda arrojar agua por la boca y el
pecho; pero ahora no funciona, porque la fuente está en reparación,
en que se ocupaban en esos momentos varios albañiles, custodiados por
media docena de soldados, no sé si para hacer trabajar á los obreros ó
para proteger á las monjas.

En el breve rato que permanecí en el locutorio oí más charla que
antes en un mes, y noté que las enclaustradas siguen interesándose
por las cosas de este pícaro mundo. Cuando se me advirtió que ya era
tiempo de ir á otra parte no lo sentí, y, dejando un poco de dinero
de recuerdo á las buenas señoras, acompañé á los señores Prevost y De
Roos á la biblioteca pública. Comprende unos diez ó doce mil volúmenes,
provisoriamente instalados en el Colegio; pero habiendo ofrecido
el convento de Santo Domingo su biblioteca á la nación, aquellos
libros serán trasladados allá tan pronto como se disponga el local
conveniente, y la biblioteca se abrirá para el público. El director
es D. Manuel de Salas y Corvalán, instruído y culto caballero, que me
mostró un bello ejemplar de Cluverius[96] y me habló con orgullo de su
colección de obras da viajes y geografía.

Los libros de leyes ocupan la mitad de los estantes. Hay un buen
número de obras francesas, pero pocas inglesas, y de éstas pocas lo
más conocido es el pequeño _Viaje de Vancouver_. Aquí le guardan tanto
rencor por haber denigrado á Chile que, como por vía de desahogo, lo
muestran á todos los visitantes. Encontré en la biblioteca al diputado
Albano, á quien había visto presidir la Convención. Tuve con él una
grata hora de conversación.

Al pasar delante de los libros de leyes, me dijo: “He aquí nuestra gran
plaga. Treinta y siete mil de estas ordenanzas están todavía vigentes,
y los comentarios sobre ellas forman por lo menos el triple de ese
número. Los chilenos son excesivamente litigantes. Consideran un título
de honor tener un pleito, y, sin embargo, los pleitos suelen durar años
enteros y arruinan más familias que todas las demás causas de ruina
juntas, con excepción del juego.”

Abriga la esperanza de establecer una institución análoga á nuestros
jueces de paz para evitar las prisiones arbitrarias, tan frecuentes
aquí. Citó á este respecto una real cédula de 1718, que fija reglas á
los jueces de distrito de la América española, y expresó el deseo de
verla adoptada en Chile como base de la administración civil.

Oía con tanto agrado los razonamientos del señor Albano, que recibí
con pesar la insinuación de mis amigos de que estábamos abusando
de la bondad del bibliotecario y de que las señoras Godoy me
esperaban para tomar mate. Fuí, pues, á la casa de éstas, y allá
encontré á la hermosa, jovial y simpática señora Blanco, esposa del
ex contraalmirante de Chile, hoy comandante en jefe naval de San
Martín[97].

_8._--Compré mi caballo roano _Fritz_. Tiene patas blancas y ojos
azules; es alto y fuerte, y nunca ha sido montado por una mujer. Quería
dar á mi buen _Charles_ algún descanso, y el precio de veinte pesos no
me pareció excesivo.

Paguélos de buen grado, y montada en mi Fritz, fuí con De Roos á
hacer una visita al Director en su chacra, con intención de regresar
luego; pero no nos dejaron retirarnos antes de la comida. Las señoras
estaban en el jardín, y las indiecitas jugaban cerca de ellas. Este
lugar se llama el _Conventillo_. Perteneció antes á los franciscanos,
que comenzaron á construir en las inmediaciones una iglesia bajo la
advocación de Nuestra Señora, y para ese fin colectaban dinero de todos
los transeúntes.

La construcción del templo, sin embargo, no avanzaba, á pesar de las
cuantiosas sumas erogadas por los fieles. El Director, en vista de
esto, compró todo el terreno, y á los frailes su iglesia, poniendo así
término á esa exacción. Esta compra, como las construcciones y grandes
plantíos que allí está haciendo, inspiran al pueblo confianza en la
estabilidad del gobierno, y esta confianza contribuirá á su vez á darle
estabilidad.

Este es un día memorable en Chile. El obispo Rodríguez, desterrado
durante largo tiempo á causa de sus principios políticos, y de su
intromisión en los negocios de estado, ha sido por fin llamado.

No hace muchos días que llegó privadamente á su residencia de Ñuñoa;
hoy se presenta por primera vez en público en la catedral. Antes de
esa ceremonia visitó al Director, quien lo felicitó por su vuelta á su
diócesis, agregándole que esperaba que en lo sucesivo no olvidaría que
el progreso del país y de la opinión pública exigían en los negocios
eclesiásticos ideas y actos más liberales que los que pudieron
convenir á los tiempos pasados; que abrigaba la confianza de que el
buen sentido de su señoría lo haría ajustar su conducta á semejante
norma, y que mientras él fuera Director de Chile, ni el Papa ni
eclesiástico alguno tendría poder temporal ni derecho de exención de la
jurisdicción civil y criminal del país.

El obispo procedió en seguida á tomar posesión de la sede, y con ese
motivo pontificó solemnemente en la catedral. Su vuelta ha causado
satisfacción á muchos de los fieles que deseaban á su pastor; á
numerosas relaciones particulares, que estiman mucho al obispo, y sobre
todo, á las familias de los desterrados políticos, porque el regreso
del principal de ellos les da esperanzas de que pronto volverán los
otros[98].

Por suerte no había otros extraños presentes fuera de nosotros. El
Director llevó la conversación á los asuntos de Chile y á los sucesos
de su vida[99]. Se manifestó disgustado por los últimos acontecimientos
del Perú (deposición de Monteagudo, etc), estimando la conducta de ese
ministro y sus consecuencias como una mancha para la buena causa. No me
atreví á insinuarle que la conducta no menos mala que aquélla, aunque
en otro orden de cosas, de su ministro Rodríguez, estaba produciendo
aquí efectos igualmente lamentables.

Anduvimos un buen rato por los jardines y nos entretuvimos con un
telescopio, con el cual me mostró el Director varias haciendas del
llano de Maipo, regladas por el canal que ha abierto durante su
gobierno[100]. Todos esos campos eran antes estériles y sus jarales
servían de escondite á los asalteadores y asesinos, tal que no se
podía pasar por allí sin peligro. Los bandoleros han desaparecido ya,
y pacíficas haciendas ocupan las antes incultas tierras. Sirvióse
una sencilla y bien dispuesta comida en que la limpieza y corrección
inglesas daban á los platos chilenos lo que hasta entonces había echado
menos en ellos.

Fuera de nosotros sentáronse á la mesa doña Isabel, doña Rosa, la
joven y hermosa sobrina del Director, doña Javiera y un edecán. Las
indiecitas comían en una mesa baja, presididas por la hija del cacique
y servidas con tanto respeto como las señoras de la casa. La llegada
de algunas personas después de la comida, puso término á nuestra
conversación confidencial, y recorrí con doña Isabel los departamentos
de la casa. Los dormitorios de las señoras son muy aseados y
confortables.

El Director usa un lecho de campaña portátil, y á juzgar por su
aposento, no se preocupa mucho de la comodidad de su persona. Al
ponerse el sol regresamos á la ciudad juntamente con la familia de su
excelencia, que iba al teatro, á que doña Rosa nunca falta. Su carruaje
es inglés, sencillo y elegante.

_Lunes 9 de Septiembre._--Esta mañana doña Rosario, don José Antonio,
De Roos y yo, acompañados por mi peón Felipe, salimos de la ciudad
con rumbo á la hacienda de don Justo Salinas, yerno de mi huésped. El
camino va por el llano de Maipo, perfectamente á nivel entre la ciudad
y el río en una distancia de veinte á treinta millas. Esta es la parte
del llano fertilizada por el canal de O’Higgins, que riega la antes
estéril tierra entre el Mapocho y el Maipo.

El gobierno colonial se propuso realizar esta obra; pero después de
invertir una ingente suma en trabajos preparatorios, nada se hizo.
Después de la independencia se han gastado 25.000 pesos en el canal
principal, y vendiendo las tierras por anualidades que para las grandes
propiedades ascienden á 500 pesos, no sólo se ha reembolsado esa suma,
sino que, según mis informaciones, el producto de las ventas ha llegado
á cerca de 200.000 pesos. Cada propietario queda obligado á revestir de
piedra su parte de canal y á conservarlo en buen estado. Las sementeras
del llano prometen muy buenas cosechas; el terreno parece de tierra
vegetal delgada, mezclada con arena y abundante en piedrecillas, por
haber estado largo tiempo bajo el agua.

Estas piedrecillas son mayores y más irregulares en el llano que en los
lechos del Mapocho y del Maipo, excepto en los puntos donde éste, en el
centro de su canal, ha albergado ó descubierto rocas de considerable
tamaño. A medio camino, entre la ciudad y el río, uno de los pequeños
cordones de cerros que cruzan el llano en ángulo recto con los Andes
y parecen unir las cimas de la Cuesta de Prado y otras con la gran
cordillera, atraviesa el camino, disminuyendo gradualmente hasta
desaparecer del todo en el llano antes de llegar á la montaña.

El paso que queda entre el último pequeño cono de este cordón y la
masa principal, se llama Portezuelo de San Agustín de Tango. A su
entrada hay algunas chozas rodeadas de pequeños huertos, que riega
un antiguo canal del Maipo y cuya vista nos alegró después de quince
millas de monótono camino. Otras quince millas, tan monótonas como
las anteriores, nos llevaron al vado del rápido y turbio Maipo. Este
río nace de los Andes, cerca de un paso llamado _El Portillo_, poco
frecuentado, porque sus paredes verticales no ofrecen refugio alguno
contra los aludes que continuamente caen de arriba.

Es, no obstante, más corto que el próximo á la cumbre, y suele ser
transitable cuando éste se cierra. Me dicen que en ese profundo valle,
donde la rápida corriente se abre paso sobre un desigual y áspero
lecho, formando numerosas cataratas, es verdaderamente sublime. Si
la estación lo hubiera permitido, habría caído en la tentación de
viajar medio día por verlo. El paso del Maipo es sumamente peligroso
durante las creces, y á veces invadeable, á juzgar por la altura de
sus márgenes, que calculo en poco menos de cuarenta pies; el espacio
comprendido entre ellas tendrá aproximadamente un cuarto de milla.

Dentro de este ancho lecho el río se divide ahora en varios canales
fáciles de vadear; sobre el principal, profundo y correntoso, hay un
puente de construcción indígena que sirve para el tránsito cuando el
río no está vadeable. Consiste en palos verticales, fijos á uno y
otro lado de la corriente; fuertes cuerdas de cuero entre los postes,
entrelazadas con otras, forman un puente de cimbra, suspendido sobre el
río.

Este puente desaparece durante las grandes creces, y es reemplazado por
otro tan pronto como se normaliza la corriente. Al Norte del río no se
ve un solo árbol, y la vista domina un inmenso espacio absolutamente
plano. Por el lado Sur la tierra es más fértil y más cultivada,
particularmente en Viluco, en cuya vecindad se encuentran el pueblo y
la capilla de Maipo, iglesia parroquial de una vasta región.

La hacienda de Viluco pertenece al marqués de Larrain, uno de los
hombres más ricos de Chile[101]. Produce como 25.000 pesos al año y
está perfectamente cultivada. Sepárala del camino un muro de dos leguas
de largo, que me aburrió soberanamente. Los cercos ó muros divisorios
de propiedades rústicas se construyen aquí con tierra arcillosa batida
y comprimida en marcos de madera que, una vez bien apretado un bloque,
los sacan, los colocan encima y los llenan de nuevo, de modo que cuando
el muro está terminado parece una construcción de ladrillos gigantescos.

Llegamos por fin á un pésimo y fangoso camino á orillas del estero de
Paine, que desciende rápidamente de un contrafuerte de la cordillera
que avanza aquí casi hasta el cerro de Pangue y forma el estrecho paso
ó Angostura de Paine, comúnmente llamado la Angostura, por el cual va
el camino de Rancagua. Desde Paine, donde hay una casa de postas, el
camino sigue entre dos filas de magníficos árboles, principalmente
maitenes; y casas de campo y hermosas plantaciones, reemplazan la
extensa y desolada llanura que acabamos de pasar. Una de las más bellas
propiedades pertenece al hospital de San Juan de Dios y la arrienda un
Valdés.

Allí dejamos el camino principal para seguir el curso de un pintoresco
río que nace del mencionado paso, á lo que debe su nombre de río de
la Angostura. Pasadas algunas haciendas, como las de Herrera y de
Solar, llegamos á la de Salinas, donde nos recibieron amabilísimamente
don Justo y su esposa, la hija mayor de mis huéspedes y viuda del
infortunado don Juan José Carrera, que espero habrá encontrado en su
segundo matrimonio alguna compensación de los padecimientos que sufrió
durante el primero.

Tiene uno de los más bellos rostros que he visto, ojos que ruegan y
mandan, y una boca que jamás pudo igualar pintor alguno en sus Hebes ó
Gracias. Su edad no pasa de veinticinco años, aunque apenas representa
diez y siete. Mientras contemplaba extasiada su belleza, recordando
su historia, dudaba si todo esto era realidad ó un sueño de cosas que
hasta ahora sólo había encontrado en las novelas. Don Justo es un joven
de bella figura, dos años menor que su esposa. Mucho se alegraron
de ver á sus dos hermanos, y á De Roos y á mí nos recibieron con
amabilidad exquisita.

Soplaba un recio viento de la montaña y hacía mucho frío. Sentados
alrededor del brasero, en una linda sala, esperamos la comida, que
se sirvió como á las nueve. Nos felicitaron, como de una proeza, de
haber recorrido en nueve horas sin mudar caballos una distancia de
más de catorce leguas, incluyendo en esas nueve horas dos de descanso
que dimos á las bestias y un rato que se perdió en componer uno de mis
estribos, que se quebró en el camino.

En Chile acostumbran tomar algo tarde el desayuno, que consiste á veces
en caldo, ó carne y vino, pero todos toman mate ó chocolate junto á
la cama. Doña Ana María, sabiendo cuán diferentes son las costumbres
inglesas, envió á mi aposento té, pan y mantequilla, para De Roos y yo.
Describiré la casa.

La puerta exterior da al dormitorio principal, que sirve también de
salón. Á un lado hay una pieza de tocador y otra para los niños; al
otro la sala y más allá el comedor, bien iluminado y alegre; á lo largo
del frente de la casa, un corredor, á que dan varios departamentos,
como el de don Justo, y algunos dormitorios para huéspedes. Doña
Rosario y yo ocupamos uno de ellos, y don José Antonio y De Roos otro.
En Chile no se respeta la interioridad de los dormitorios como en
Inglaterra; felizmente tengo el hábito de madrugar, que entre otras
ventajas me procura la de librarme de intrusiones inoportunas.

La mayor parte del día se pasa en el corredor, lo que no es de extrañar
con tan agradable temperatura y tan hermosa vista. En el transcurso
del día recorrí casi toda la hacienda, comenzando por las viñas. La
principal ocupa dos cuadras cuadradas; las vides están apoyadas en
rodrigones y reducidas por la poda á una altura de cinco pies. Aquí no
se acostumbra remover anualmente la tierra entre las hileras como en
Italia, sino que cada veinte ó treinta años se descubren y mondan las
raíces.

Visitamos en seguida el huerto, en que hay nogales, duraznos, ciruelos,
albaricoques, perales y cerezos, que comienzan apenas á florecer,
porque, además de hallarse esta hacienda un grado más hacia el Sur,
está más cerca de la cordillera y más expuesta á los vientos fríos.
Del huerto pasamos á los corrales de vacas y terneros, de hermosa
raza. La lechería está mal administrada, pues de diez y seis bellas
vacas lecheras no se alcanzan á obtener doce libras de mantequilla por
semana, y algunas no más de seis; de queso se produce una cantidad
insignificante, aunque éste y aquélla de excelente calidad.

El ganado lanar es bellísimo, de muy buena y larga lana; cada vellón
vale por lo menos tres reales. La trasquila se hace en Octubre. Vi un
carnero pehuenche con cinco cuernos desiguales. Colgado delante de la
puerta hay un jaguar empajado, llamado comúnmente león chileno, animal
que habita en los cerros y hace estragos en el ganado lanar y los
terneros, pero que, según he oído, no ataca al hombre.

Don Justo me dió una garra de seis pulgadas de ancho, que debe haber
pertenecido á un enorme individuo de esta especie. En las bodegas las
grandes botijas de greda están medio enterradas en el suelo, como
refieren los autores jesuítas que practican los indios del interior con
sus tinajas de chicha. Cada bodega contiene unas sesenta tinajas de
veinticinco arrobas cada una. Son fabricadas con arcilla de los cerros
vecinos y cuestan tantas veces cuatro reales como arrobas contienen.
Cuando se quiere vinificar el mosto, se vierte jugo de uva caliente
en la proporción de una arroba por cuatro de mosto, para acelerar
la fermentación. Hay que tener cuidado de no dejar hervir el jugo,
retirándolo del fuego en el punto próximo á la ebullición, para que no
comunique al vino un sabor empireumático.

Las bocas de las botijas se tapan herméticamente con barro para la
maduración del vino, que, cuando está á punto, se encierra en cueros
para la venta. Probé varias clases de vino y mosto, muy buenos casi
todos, y mucho mejores aún los aguardientes, á pesar de la imperfecta
construcción de los alambiques. El trigo produce aquí el ciento por
uno; la cebada el setenta. Los cultivos se alternan: trigo ó cebada un
año, alfalfa al siguiente.

Algunos pastos de forraje crecen espontáneamente después de cosechado
el grano. De ellos el preferido por el ganado mayor es el alfilerillo,
así llamado por la forma de la semilla; es una planta de la familia
de las geraniáceas, indígena en Inglaterra como en Chile; créese que
comunica un sabor agradable á la carne de los animales que la comen
en ciertas épocas. Otra planta predilecta del ganado es el cardo
silvestre, apreciable sobre todo antes de la estación de las lluvias.

Tanto me gustan las cabezas de cardo, en ensalada ó guisadas de otras
maneras, que no me extraña oir quejarse á los hacendados de que los
animales destruyan los cercos por ir á buscarlas en otras heredades.
Críase aquí en los corrales de vacas cierto insecto que cogen y
conservan por la fragancia que despide.

En la noche un tal don Lucas, que vino de visita á casa de don Justo,
tocó la guitarra y cantó algunas tonadas populares, y bailó algunos
bailes del país, especialmente uno llamado _la campana_, desconocido
aún para mí, con animación y gracia.

Echándose el poncho sobre los hombros, tomó su guitarra, sacó á bailar
á una de las señoras, y danzó, hizo guiñadas, tocó y cantó, todo al
mismo tiempo y de la manera más grotesca. La _campana_ es propiamente
un _pas seul_[102] y la letra tan incoherente y falta de sentido como
nuestro _Hey diddle diddle, the cat and fiddle_, digna compañía de los
visajes de don Lucas, cuya cara es tan grotesca como la de Grimaldi, á
quien se parece algo.

He aquí la letra de _la campana_:

      «Al mar me arrojara por una rosa,
    pero le temo al agua, que es peligrosa.
    Repiquen las campanas con el esquilón,
    que si no hay badajo, con el corazón.
    Pescado salado desecho ya un lado,
    repiquen las campanas de la catedral.
    Por ver si te veo, hermosa deidad,
    un clavel que me diste por la ventana
    en una jarra de oro lo tengo en agua.
    Repiquen las campanas de la catedral.»

Creo que este canto, como el _Yankee Doodle_ es susceptible de ser
alargado _ad infinitum_ por el cantor.

Después del baile sentóse don Lucas en un rincón de la sala sobre un
escaño bajo y acompañó con su guitarra algunas baladas y _tristes_,
que más que por la voz del cantante se recomendaron por la letra y
ejecución. Reproduzco uno de los _tristes_ que, aunque demasiado
conceptuoso, me pareció bastante bello.


_Triste_

      Llorad, corazón, llorad,
    llorad si teneis por qué,
    Que no es delito en un hombre
    llorar por una mujer.

      Llora este cielo sereno,
    marchitando sus colores;
    la tierra llora en vapores
    l’agua que abriga en su seno;
    llora el arroyo más lleno,
    si espera esterilidad;
    y las flores con lealtad
    le lloran de varios modos,
    pues ahora que lloren todos.
        Llorad, corazón, llorad.

      Llora el prado, á quien destina
    el cielo una estéril suerte;
    el árbol más duro vierte
    sus lágrimas en resina,
    llora, pues, si se examina,
    todo insensible que ve
    una mal pagada fe;
    y si lo insensible llora,
    llorad, corazón, ahora,
        llorad, que tèneis por qué.

      Llora el ave su orfandad,
    mirando á su dueño ausente;
    el jilguerillo inocente
    llora su cautividad;
    el pez llora la impiedad
    del que le prende, y el hombre
    llora, porque más te asombre;
    pues en extremo tan raro
    no es culpa en ellos, es claro
        que no es delito en un hombre.

      Llora el bruto, y no es dudable
    que llora, pues es pasible,
    cuando siente lo insensible,
    y llora aun lo vegetable
    llora todo lo animable,
    porque puede padecer,
    y si el hombre ha de tener
    sentido más exquisito,
    ¿cómo será en él delito
        llorar por una mujer?

Don Justo tiene una memoria prodigiosa para los versos. Recitó más
de los que puedo recordar ó don Lucas cantar. Esta es una de las
cualidades que más se aprecian en un joven chileno; el que no puede
cantar alguna cosa en los paseos campestres, puede por lo menos recitar
poesías de memoria.

No hace mucho tiempo don Justo estuvo gravemente enfermo en la casa de
su suegro en Santiago, y todos los de la familia, especialmente sus
cuñadas, que lo aprecian mucho, hicieron mil votos y promesas para
alcanzar su salud. El día en que fué declarado fuera de peligro, don
José Antonio y sus hermanas le dieron una serenata. Doña Mariquita
cantó primero, con acompañamiento de guitarra, una felicitación
compuesta por ella, seguida de una estrofa cantada por cada una de las
hermanas y un coro final de los cuatro en nombre de la familia, todo
ello obra de doña Mariquita.

Esta cariñosa manifestación impresionó tanto al enfermo, que no
pudo contener las lágrimas. Entonces don José Antonio, con admirable
oportunidad, aceleró el compás de la música é hizo una parodia tan
graciosa de los versos, que las lágrimas se convirtieron en risas, y
desde ese momento don Justo comenzó á mejorar rápidamente. No hay duda
que los chilenos han heredado de España este talento para improvisar.
¿Quién no recuerda los lindos versos que cantan Clemente y Andrés
en alabanza de Preciosa, en la _Gitanilla_ de Cervantes? Todos nos
asombramos de lo avanzado de la hora cuando nos separamos; pero los
versos y cantos y la belleza y linda voz de Ana María fueron suficiente
disculpa, si alguna era menester, de haber robado al sueño algunas
horas.

_11 de Septiembre._--Las descripciones suelen ser completamente falsas.
¿Cómo se explica esto? A todos nos parece que describir lo que hemos
visto y examinado con atención es la cosa más fácil del mundo. Sin
embargo, apenas uno entre ciento logra dar á otros una idea exacta de
lo que ha visto. Hoy tuve una prueba de ello. Fuimos á ver la laguna de
Aculeo. Me la habían descrito como circular, rodeada de un cordón de
elevados cerros, y, cosa singular, salada como el mar. No hay en todo
esto una palabra de verdad.

El lago es de forma irregular y sinuosa, con hermosas islas. Domínanlo
algunos escarpados cerros; pero sus márgenes tienen por lo general un
suave declive y pacen en ellas numerosos ganados; su pequeño valle se
abre hacia el Este, en cuya dirección sale uno de sus brazos á unirse
con el río de la Angostura.

Desde la hacienda de don Justo hasta Aculeo, el camino va por bosques y
fértiles llanos, rodeados de cerros regados por numerosos riachuelos.
Hay algunas buenas casas de campo, alrededor de cada una de las cuales
se agrupa generalmente un pequeño caserío de labriegos, como en las
grandes granjas inglesas.

El golpe de vista que presenta el lago me recordó el _Lago Maggiore_
y sus contornos. La nevada cordillera, las fértiles márgenes,
las alegres islas, el clima mismo, se parecen á los del Norte de
Italia. Nos detuvimos un momento en una casita á orillas del lago,
con intención de usar un bote que allí se encuentra, pero estaba en
reparación. El lago y las tierras adyacentes pertenecen á uno de los
Larraines; la pesca constituye una de sus principales entradas.

Doña Ana María, doña Rosario y don José Antonio prefieren quedarse
en la casita, mientras De Roos y yo, acompañados de dos campesinos,
fuimos dos leguas más allá por la orilla derecha del lago, después de
probar el agua de éste, que es dulce y fresca. Sólo en Europa había
visto paisajes forestales comparables á los que iban apareciendo aquí
á nuestro paso. Los bosques de Chile tienen una fragancia especial,
debida en parte al olor del aromo, actualmente en flor, en parte al que
exhalaban las hojas caídas al ser magulladas por los cascos de nuestros
caballos.

Pero estos deliciosos paisajes son enteramente solitarios; sólo
una pequeña choza de pescadores, en una de las islas, atestigua la
presencia del hombre. Sobre la isla se ciernen las águilas, y en ella
hacen sus nidos los cisnes y otras aves acuáticas.

Por consideración á los caballos regresamos á la casita, después de
tomar una vista del lago. Nuestros amigos nos esperaban con comida,
después de la cual todos se fueron á dormir la siesta: las señoras
sobre el estrado; los caballeros á la sombra de los árboles, sobre sus
ponchos y monturas, y los dueños de casa en sus camas. Yo también dormí
unos pocos minutos.

Entre las personas de la casa merece especial mención una mujer de
unos cincuenta y cinco años, que tiene fama de ser la mejor domadora
de caballos de toda la comarca, tal que con frecuencia le traen potros
altivos para que los amanse. A las tres se levantaron todos para tomar
mate, y una hora después emprendimos viaje de regreso á la casa de don
Justo, de que nos separaban cuatro largas leguas. Las montañas habían
tomado bellísimos tintes, desde el violado casi negro hasta el más
delicado color de rosa.

Del Este llegaban de cuando en cuando á nuestros oídos ruidos sordos,
causados quizá por caídas de lejanos aludes ó por algunos de los medio
apagados volcanes de las cordilleras vecinas.

Don Justo nos salió al encuentro como á milla y media de la casa.
Aguardábannos en la puerta dos nuevos y extraños personajes. Uno de
ellos, E..., que en todas partes reciben con placer por su travieso
y alegre carácter, nos presentó al otro con el nombre de don Juan de
Buenaventura. Este sujeto, que vestía un tosco traje de campesino,
es hacendado propietario y un buen hombre, aunque desgraciadamente
_tonto_, esto es, un individuo falto de entendimiento y hazmerreir de
los demás.

Cuando entramos á la sala y pude observarlo bien á la luz, pensé en que
la Naturaleza suele hacer con la humanidad extrañas travesuras, como la
de dar tan bella figura á un hombre á quien ha negado la inteligencia.
Después de cambiar nuestras ropas de montar nos reunimos á tomar el te.

De Roos y doña Rosario se sentaron en un sofá y don Lucas los tuvo muy
entretenidos con su guitarra y sus cantos. Don José Antonio y don Justo
no estaban con nosotros, porque este último no se sentía bien. Doña
Ana María, con sus costuras; yo, con mis útiles de dibujo; E... y el
tonto, nos sentamos junto á la mesa. Conversamos sobre muchos asuntos,
y yo, de cuando en cuando, por urbanidad, dirigía la palabra al hermoso
mentecato, cuyas respuestas se parecían extraordinariamente á las del
Touchstone[103] de Shakespeare, y cada vez era mayor mi asombro de ver
un exterior tan bello en que “todos los dioses parecían haber puesto
su sello”, unido á tan escasa inteligencia. Esto me puso melancólica,
y vi llegar con gusto la hora de la cena, donde las bufonadas de don
Lucas provocaron risas muy diferentes de las forzadas y melancólicas
que nos había arrancado el pobre idiota. Me retiré á dormir tristemente
impresionada.

_12._--Hoy al levantarme me encontré con que don Lucas se había
marchado á Santiago, á pesar de la niebla y de la lluvia y sin
despedirse de nosotros. Ocupé la mañana en escribir mi diario, visitar
la lechería y hacer investigaciones sobre el tonto, de quien nadie supo
decirme nada. A las doce se despejó la niebla, y don Justo, doña Ana
María, Rosario, De Roos y yo fuimos á caballo á un cerro vecino, donde
gozamos con la espléndida vista del llano de Maipo, tomamos mate y
charlamos hasta la puesta del sol.

Declaro, y puedo repetirlo mil y mil veces, que este día es el más
bello que he visto, porque en las escenas de la naturaleza no tocadas
por la mano del hombre, la última es siempre más bella que la anterior.
Las flores estrelladas bajo mis pies; el precioso arbusto de follaje
purpúreo inclinado sobre la altísima roca, que don Justo trepaba como
un corzo silvestre para coger la espléndida planta; la cima en que se
habían tendido las pieles en que Ana María y Rosario, más hermosas
que las flores que las rodeaban, estaban graciosamente reclinadas
mientras se servía el mate en tazas de plata, todo, todo era bello; y
charlábamos, y se referían historias de personas reales y aun en vida,
que los autores de obras de imaginación se alegrarían de poseer.

El primer marido de doña Ana María fué, como ya de mucho antes lo
sabía, don Juan José Carrera. Después de su muerte, don José Antonio,
hermano de doña Ana María, hizo viaje á Mendoza por los Andes y la
trajo á la casa de sus padres, donde vivió algún tiempo en absoluto
retiro. A la edad de diez y nueve años había visto á su marido á la
cabeza del gobierno de su país, ó á lo menos, sin reconocer otro
superior que su propio hermano; dos veces había hecho con él,
fugitivo, la penosa travesía de los Andes; había compartido su prisión;
había intercedido por él; lo había visto morir en el cadalso, en los
brazos de su hermano menor.

¿Qué tiene, pues, de extraño que el sobreviviente de los Carrera
conservara por ella un tierno afecto y que le escribiera esas cartas
confidenciales en cifra que casi le costaron la vida? Algunas de esas
cartas fueron interceptadas, y ella encerrada en el convento de monjas
agustinas de Santiago. Quiero relatar esta parte de su historia en los
mismos términos de la carta en que no hace muchos días me la refirió su
madre.

“Cuando Ana María volvió de Mendoza la notamos tan decaída de salud
á causa de sus sufrimientos, que nos apresuramos á enviarla al
campo, adonde el pobre Miguel y yo la acompañamos. Una gran fiebre
de Mariquita me obligó á volver á la ciudad. El mismo día en que la
enfermedad hizo crisis se presentó en casa un oficial del senado,
requiriendo á nuestra hija mayor. Mi marido fué á ver al Director y
le expuso la angustiosa situación de la familia, y especialmente el
delicado estado de Ana María. Pero á esto se le replicó que graves
razones de Estado exigían su presencia. Hube, pues, de dejar á
Mariquita con sus hermanas, y partí con el oficial á traer á mi hija.

“La trajimos á la ciudad. Se le obligó á comparecer ante el senado,
mostrósele la carta de José Miguel[104] y se le exigió que la
leyera. Ella contestó que no conocía la cifra de la carta y que, por
consiguiente, no podía leerla. Uno de los miembros del tribunal le
recordó que varias veces había escrito en cifras á su marido mientras
estuvo preso en Mendoza. Ella, que hasta entonces nunca pudo oir el
nombre de su marido sin violentos ataques de nervios, pareció ahora
haber recibido del cielo un valor extraordinario.--Sí, replicó, le
escribí algunas veces cartas en cifra. ¿Podía acaso permitir que se
impusieran de nuestros más íntimos secretos los extraños, que, como
harto bien lo sabíamos, leían nuestras cartas antes que llegaran á
nuestras manos? ¿Podíamos soportar que en el cuarto de guardia, donde
eran leídas, se hiciera insultante y grosera mofa de las efusiones
de nuestro amor? Cuando vosotros me quitásteis las cartas y papeles
de mi esposo mártir, me quitásteis también la clave de esa cifra, y
no tengo otra--. Uno de los senadores, mirando con airado ceño á la
hermosa joven, le preguntó:--¿Quiere doña Ana María que las palabras
_esposo mártir_ se inserten en la minuta de su interrogatorio?--He
dicho _esposo mártir_, contestó ella, y lo mantengo. Observáronle
entonces los jueces que si no leía la carta al tribunal sería encerrada
en un convento. A lo que contestó una vez más.--No puedo, no conozco
la cifra. Y si esa carta fuera en realidad dirigida á mí, cosa de que
no tenéis prueba alguna, ¿por ventura el hecho de que otra persona me
escriba me constituye criminal? Hay otras mujeres y otras viudas de mi
nombre y familia á quienes bien podría la carta haber sido dirigida.
Además, si es un crimen escribir cartas, ¿tenéis pruebas de que yo
he escrito á don José Miguel, ó contestado ó siquiera reconocido sus
cartas? ¿O acaso os parece extraño que en la desolación de su casa haya
escrito algunas palabras de consuelo á la viuda de su hermano mártir?
Ese día no se le interrogó más, pero fué enviada al monasterio de las
monjas agustinas, de donde fué llevada dos veces ante el tribunal, que
no pudo obtener de ella otras respuestas. Como el estado de su salud
fuera cada día más delicado, se permitió á su madre y á su hermana
menor acompañarla en el convento, donde permanecieron cinco meses”.

Por fin, el Director la hizo poner en libertad, creo que á instancias
del señor Prevost. Algunas personas la creían realmente complicada en
una conspiración política. Su familia ve en ella un ángel, víctima de
crueles infortunios.

Durante su prisión en el convento trabó íntima amistad con una
interesantísima joven, cuyos infortunios, de distinta naturaleza de
los de nuestra amiga, la habían inducido á encerrarse para siempre
en el claustro. Su marido había desertado del ejército patriota para
servir bajo las banderas reales, á una edad en que de ordinario carecen
todavía de fijeza los principios.

Fué fiel á esta causa. Tomado en un combate, se le encarceló más
como desertor que como enemigo. Ella, que á la sazón se hallaba en
Talcahuano esperando su primer alumbramiento, resolvió juntarse con su
marido, y partió, sin más compañía que una fiel criada, á pie, y con
tan poco dinero, que durante la mayor parte del viaje, 500 millas, se
mantuvo de la generosidad de sus compatriotas, para quienes su nombre
no era, por cierto, indiferente.

Llegó á Santiago. Un pariente la hospedó en su casa.

Dio allí á luz á su niño, y diariamente enviaba á la prisión á saber
de su marido, de quien recibía siempre alguna palabra de esperanza
y de consuelo. Una mañana sintió una descarga de fusilería, y luego
otra. Temblando de terror, preguntó por su marido.--“Ha salido ya de la
cárcel--se le contestó--y no se le volverá á molestar”.

No preguntó más. Dejó el lecho tan pronto como pudo, y se retiró al
monasterio de las agustinas. Comprendió perfectamente el significado
de aquella respuesta; su marido había sido fusilado esa mañana. El
niño también había muerto. Algunos amigos la visitaban de cuando en
cuando en su soledad, y entre ellos su hermano Justo Salinas, que vió
varias veces con ella á Ana María, la viuda de Carrera. La juventud,
naturalmente, simpatiza con la juventud. Oyó relatar su historia,
¿quién la ignoraba en Chile? y la refirió á su madre, anciana ya, que
vivía en el campo, en la misma casa en que ahora estamos hospedados.

Cuando doña Ana María salió en libertad de su honrosa prisión encontró
á su hermano don Miguel gravemente enfermo, y cuando se la desterró
de Santiago y se le fijó como residencia la casa de campo que había
heredado de su marido, solicitó del enfermo que la acompañara en
ese lugar á fin de que pudiera tomar baños de agua corriente, que
consideran aquí como eficaz remedio de diversas dolencias.

Las tiernas atenciones prodigadas por Ana María á su hermano atrajeron
la observación de sus vecinos, especialmente de la señora de Salinas,
que insistió en llevar á los hermanos á su casa, donde las aguas eran
más puras y más fuerte la corriente. Doña Ana María y su hermano
aceptaron la invitación. Poco tiempo después llegó don Justo.

¿Necesito decir que la joven viuda fué invitada á considerar la casa
como propia? No estoy seguro si todo esto fué referido hoy; pero la
relación que precede forma parte de una historia que deseaba conocer
más por completo, y á cuyo encadenamiento faltan todavía algunos
eslabones.

Por fin el sol nos notificó que ya debíamos dejar nuestro elevado y
pintoresco sitio, y descendimos por un sinuoso sendero y al través de
un bosque, cuyas ramas amenazaban á veces cerrarnos el camino. En estos
casos Salinas, que como todos los chilenos lleva siempre consigo su
cuchillo montés, cortaba rápidamente las invasoras ramas. Llegamos á la
casa al mismo tiempo que E... y el tonto... Hallábanse, pues, presentes
casi las mismas personas que en la noche anterior.

Había esta noche en el aspecto del tonto algo que me movió á observarlo
más detenidamente que la primera vez. Dirigí la conversación á diversos
puntos relacionados con la agricultura, con el estado de los caminos
del país y con la posibilidad para una persona sola de ir á Concepción
en unas pocas semanas. Las respuestas que daba á mis preguntas eran
cada vez más razonables y cada vez más vehementes mis sospechas de
que se fingía tonto. De pronto E..., acercándose á nosotros, le dijo
algo en alta voz, llamándolo por su nombre, y la respuesta fué tan
absolutamente la de un idiota, que me volví hacia E... para cortar toda
conversación con la infeliz criatura.

Hablé de Santiago, del Director O’Higgins, tema que no había tocado
hasta entonces por consideración á doña Ana María, y del 18 de
Septiembre, aniversario de la independencia del país; y como le
preguntara si él, como capitán de milicias, no pensaba asistir á la
parada militar con los lanceros, ví otra vez fijos en mí los ojos del
tonto con una inteligencia y expresión que me interesaron nuevamente,
y me asaltó la idea de que su estado mental era quizás debido á
alguna desgracia ocasionada por la guerra civil. Continué hablando
é hice mención especialmente de la promesa del Director de apoyar
cualquiera solicitud que se presentara á la Convención para alcanzar la
amnistía de todas las personas procesadas por delitos políticos y la
repatriación de todos los desterrados.

Noté entonces en los rostros de todos los presentes algo que me movió
á repetir esto otra vez, continuando en seguida mi dibujo. E... se
retiró, y oí al tonto decir algo acerca de mí en voz baja á doña
Ana María, quien le contestó en el mismo tono, y después me dirigió
la palabra. El nuevo rumbo que tomó la conversación me indujo á
preguntar al misterioso personaje: “¿Y por qué usted, que vive en
el campo y en sus propias tierras, no sería feliz como cualquiera
de nosotros?”--“¡Yo feliz!”--me contestó en el acto, y esta vez su
voz y modo de expresarse correspondieron á la nobleza de su figura
y á sus bellas facciones--“¡yo feliz en medio de faenas rústicas y
labriegos y ganados! ¡No! Durante largos años he sido desdichado, y mi
primer instante de felicidad lo debo á usted”.--“¡A mí!”--exclamé--.
“¿Entonces no es usted lo que parece?”--Púsose entonces de pie, y
erguido y centelleando los ojos, me contestó: “¡No! No quiero seguir
haciendo este papel de idiota, indigno del hijo de doña Javiera
Carrera, del sobrino de don José Miguel Carrera. Yo soy el infeliz
desterrado Lastra, reducido á huir de desierto en desierto, á
guarecerme en cavernas, á alimentarme con las aves del aire, hasta ver
destruídas mis fuerzas y perdida mi juventud. ¡Y mi único crimen ha
sido haber amado demasiado bien á Chile! ¡Oh, Chile! ¡Oh, patria mía!
¡Qué no sufriría por ti!”

Yo, que había permanecido inmóvil en mi asiento durante este estallido
de sentimiento, me levanté ahora asombrada, como creo que todos los
presentes lo fueron, no por la revelación del secreto, que sólo De Roos
y yo ignorábamos, sino de oirla de la boca de Lastra. Me acerqué á él y
le tendí la mano, expresándole el deseo de que me visitara en Santiago
después del Dieciocho. Esto devolvió á nuestros ánimos la serenidad y
el contento. El resto de la noche se pasó en dar y recibir detalles
acerca de la vida del fugitivo. Fué reducido á prisión (y la prisión
en Chile es cruel) por el delito de prestar apoyo armado á la causa de
Carrera. Logró evadirse de la cárcel, y se le declaró fuera de la ley.

Vivió varios años en el desierto, yendo de cuando en cuando á la ciudad
disfrazado de campesino para saber de sus amigos ó procurarse de ellos
algunos medios de subsistencia. Residía á veces en pueblos donde era
desconocido, pero luego tenía que huir apresuradamente de los que
habían descubierto su lugar de refugio y se proponían traicionarlo. De
tarde en tarde, como en el presente caso, salía al caer la noche de sus
escondites de las selvas para cenar con sus amigos, pero se retiraba
sin dormir.

Una vez estuvo expuesto tanto tiempo á la humedad en la estación de las
lluvias, que un fuerte ataque de reumatismo lo tuvo postrado dos meses
en una caverna, y si no hubiera sido por la fidelidad de un niño que
le llevaba alimento todos los días, habría perecido. Tal fué durante
largo tiempo la vida del infeliz proscripto. ¡Y así pasó muchos años de
su vida uno de los más inteligentes y distinguidos jóvenes de Chile!
Cuando nos separamos, avanzada ya la noche, sentí tener que dejar la
casa de Salinas á la mañana siguiente sin saber más aún de la vida del
fingido idiota[105].

_11 de Septiembre._--Partimos de la hacienda de Salinas en medio de
una densa y húmeda neblina, en dirección de Melipilla, una de las
principales poblaciones de Chile, situada como á veinte leguas de la
Angostura de Paine. Cruzamos el río en un lugar muy pintoresco, donde
aquél recibe las aguas de otro brazo no menos profundo y cristalino,
probablemente el Paine. Se unen en un pequeño llano pastoso, en que hay
hermosos árboles irregularmente distribuídos y que limitan por el Norte
los vallados de los espléndidos campos de trigo de Viluco.

La niebla ocultaba enteramente las montañas y todo lo que caracteriza
á los paisajes de Chile, de modo que el reducido círculo que quedaba
visible en torno nuestro me recordaba los bellos y serenos paisajes del
centro de Inglaterra. Los carneros que aquí y allá pacían en las verdes
márgenes del río y algunas vacas manchadas como las de Lancanshire
hacían mayor aún la semejanza.

La súbita llegada á un sitio como éste produce en el viajero una
impresión semejante á la que experimentaron los marineros ingleses que
encontraron en Kamschatka un trozo de cuchara con la marca “Londres”;
me costaba trabajo convencerme de que este sitio no me era de antes
conocido y familiar.

Á cuatro leguas de la hacienda de Salinas se halla la hacienda de
Viluco, una de las más notables del país. Pertenece al marqués de
Larrain, y es una magnífica propiedad, mantenida en admirable orden. El
capellán preside en la casa, y siempre hay en ella un buen número de
criados, de suerte que los viajeros son perfectamente atendidos, esté ó
no el dueño. Aquí encuentran siempre buena mesa y cómodo hospedaje.

El que llega á Viluco, conocido ó desconocido, está en su casa. Esta
es buena, sólida y bien, aunque sencillamente, amueblada. El jardín
es una joya en su género: sus senderos y avenidas tienen pavimento
de mosaico; sus cuadros presentan gran variedad de formas. Cada uno
de ellos está rodeado de una pequeña corriente de agua y tiene en el
centro una pirámide, urna ó cesta, primorosamente formada, de romero,
cubierto ahora de flores, y alrededor alhelíes, claveles, ranúnculos,
anémonas.

Al fondo del jardín hay un bosquecillo de naranjos, limos, limoneros y
granados, y á lo largo de la casa toda clase de pájaros en espaciosas
jaulas con plantas en su interior. El jardín comunica con una ancha
calle de enrejado, cubierta de vides, y á uno y otro lado hay huertos
de árboles frutales y viñas. Del jardín pasamos á ver los graneros, los
galpones de matanza y los secadores de cueros y charqui, todo dispuesto
en mayor escala y más cuidadosamente conservado que cuanto había visto
hasta ahora.

El ganado mayor de la hacienda se calcula en 9.000 cabezas; el año
pasado se mataron 2.000 y sus cueros fueron vendidos en un lote
á un comerciante inglés á 22 reales cada uno. Laméntanse algunos
de que desde los comienzos de la guerra civil el ganado mayor ha
disminuido notablemente en Chile, y lo atribuyen á la guerra. Este
mal, concediendo que realmente lo sea, puede quizás imputarse con
razón á la guerra; pero hay todavía tanto desorden y despilfarro en
la administración de los ramos de lechería y matanza, que el número
de reses podría disminuir aún mucho más sin que los productos de la
carnicería llegaran á escasear de una manera alarmante. Más aún, creo
que esta disminución redundaría en bien del país.

En tiempo del padre Ovalle no se aprovechaban de las reses mayores
sino las lenguas y costillares; lo demás era arrojado al mar, en los
fundos de costa, ó abandonado á las aves de rapiña, en las haciendas
del interior. En algunas botan todavía las cabezas, y en todas los
huesos, después de despojarlos de su mejor carne, salvo en los lugares
en que hay extranjeros, que los aprovechan para la sopa. La misma
suerte corren los corazones é hígados, de modo que aquí se pierde casi
la cuarta parte del alimento que un buey daría en Europa, fuera de la
pérdida total de otros productos útiles, como cuernos, cascos y huesos.

Pero no sólo á la guerra debe imputarse la disminución del ganado
bovino. Hoy se destina al cultivo de granos una extensión de tierras
mucho mayor que antes; el pueblo consume más pan; hay gran demanda de
harina para el aprovisionamiento de los buques y flotas extranjeras del
Pacífico y se exporta mayor cantidad de grano. Hay, por consiguiente,
más tierras cerradas, y los que antes derivaban todas sus entradas de
la ganadería han descubierto que les conviene más sembrar trigo en una
parte considerable de sus campos.

Apenas habíamos dejado á Viluco cuando el día comenzó á despejarse.
Jamás he visto nada más hermoso que la gradual dispersión de las nubes,
que ya flotaban bajo las cimas de las montañas, descendiendo casi hasta
los valles, ya se rizaban sobre las altas cumbres y se dispersaban y
desvanecían en el aire. A poca distancia de la casa de Viluco llegamos
á un vado del Maipo, más difícil que el que habíamos pasado antes.

El cascajoso lecho del río se extiende aquí al pie de una montaña casi
una milla; pero el río mismo ocupa sólo una pequeña parte de este
espacio. Atravesamos seis grandes brazos, cuatro de los cuales llegaban
hasta las cinchas de los caballos, y uno de ellos tan correntoso que
algunos de los caballos se asustaron y comenzaron á perder terreno,
pero el ejemplo de los demás los animó á luchar con la corriente y
pasamos con toda felicidad.

Más arriba y más abajo del vado la corriente es tan compacta y
poderosa, que sería una locura pretender pasarla. En Chile no se puede
viajar sin un guía que conozca bien los ríos, porque éstos son por lo
común muy correntosos y sus vados cambian continuamente de lugar.

Como á cinco leguas del vado se encuentra el bonito pueblo de Lonquen,
donde el camino va entre una montaña y dos pequeñas colinas que de ella
se desprenden. Los cerros de uno y otro lado abundan en grandes rocas
que avanzan sobre el camino y forman mesetas, en cada una de las cuales
hay una casita con su pequeño jardín, palizadas, fosos, y algunas hasta
con sólidos y bien asentados portones que dan acceso á la propiedad.

Entramos por uno de éstos, y subimos á la más alta de las dos colinas
arriba mencionadas, en cuya cima se halla la casa de Tagle[106], el
primer presidente de la Convención. Es una pequeña casa de campo con
ciertas pretensiones de elegancia, pero deliciosa por su vista, pues
domina todo el fértil valle que riega el Maipo. A un lado se ve el
elevado cordón de los cerros de San Miguel, al otro la serranía cuyo
más alto monte es el de Chocalan, que nos parecería estupendo si no
tuviéramos los Andes á la vista. En esta comarca hay pocas pero bellas
sementeras de trigo, como también pocas viñas y olivares.

Este lugar y Melipilla producen principalmente mantequilla, quesos,
cueros, sebo y charqui; las orillas del Maipo se destinan enteramente
al pasturaje. Nos detuvimos cerca de una hora en Lonquen para dar
descanso á los caballos y tomar un lunch que habíamos traído. Desde
allí presenciamos un rodeo que tenía lugar en un corral bajo la casa,
el encierro y marcadura de los animales y la separación de los terneros
de sus madres.

Desde Lonquen hasta el Pueblo de San Francisco del Monte el camino
sigue por entre un monte de espinos ó mimosas de fragante flor
amarilla, que proporcionan no sólo el mejor combustible del país, sino
también un abrigo para el ganado, sin perjudicar en lo menor á la
hierba que crece debajo. Cerca de San Francisco atravesamos el Mapocho
después de su reaparición desde los cerros de San Miguel, en su camino
á unirse con el Maipo.

Es realmente un hermoso río, y no me admiro de la estimación en que
se le tiene por la dulzura, limpidez y ligereza de sus aguas. De
él se sacan aquí numerosas acequias ó tomas para los molinos, el
regadío y la bebida. Como á una legua de San Francisco pasamos por el
pueblo de indios de Talagante, que se distingue por sus magníficas
palmeras, árboles que hacía mucho tiempo que no veía. Aquí fundaron
los franciscanos una de sus primeras misiones, transferida más tarde á
los jesuítas. Por la expulsión de éstos los negocios espirituales del
cacique y sus indios volvieron á los franciscanos, y los temporales
quedaron á cargo del jefe civil del distrito. El edificio más notable
que se ve al entrar á San Francisco es la casa que perteneció á los
jesuítas y actualmente á los Carreras, que tienen en las inmediaciones
su principal hacienda. No nos detuvimos, aunque lo deseaba, en este
bonito pueblo, porque ya el día estaba avanzado y nos quedaban aún
varias leguas que recorrer.

Los poblados suburbios de San Francisco se extienden hasta una larga
distancia, y los campos eran cada vez más fértiles á medida que
avanzábamos. En Paico, á unas dos leguas de Melipilla, hay excelentes
lecherías, de las mejores del país, y vi también allí algunos
bellísimos árboles frutales á orillas de un arroyuelo que, atravesando
el camino, entra en una espesura casi impenetrable de molles, cuyo
suave aroma perfumaba el aire de la tarde.

Habíamos recorrido ya cincuenta y cuatro millas, y tanto nuestros
caballos como nosotros deseábamos llegar luego al término del viaje.
La tarde comenzaba á cerrar, y la obscuridad, una molesta llovizna y
la ausencia de la persona que debía darnos hospedaje se juntaron para
hacer desagradable nuestra llegada á Melipilla. Transidos de frío, con
hambre y cansados, tuvimos que buscar un albergue para la noche. No
tardamos en encontrarlo: una casa grande, fría y vacía. Por suerte, los
vecinos se manifestaron dispuestos á proporcionarnos lo más necesario,
y doña Rosario y yo acabábamos de improvisar un par de asientos
con nuestras capas de viaje cuando nos trajeron á la vez carbón y
esperanzas de comida.

Mientras tanto don José Antonio había conseguido una casa más
confortable, donde tuvimos el gusto de encontrar fuego y unas
apariencias de estrado con el lujo de una alfombra, sobre la cual nos
sentamos, invitados por una mujer de agradable aspecto, y tomamos mate
mientras se preparaba la comida. La buena mujer nos pidió mil excusas
por lo pobre de la comida, que había tenido que preparar con tanto
apuro. Nuestro hambre habría hallado deliciosa una comida mucho peor.
Tuvimos sabrosa carne asada, un estofado de ave, buen pan y una botella
de muy tolerable vino. La cuestión camas tenía muy perplejo á De Roos.

En cuanto á mí, los largos viajes me han enseñado á mirar con filosofía
estas cosas, y nuestros amigos chilenos están habituados á ellas.
No quedó, pues, á mi joven compatriota otro remedio que resignarse
á que todos pasáramos la noche dentro de los mismos cuatro muros.
Para doña Rosario y yo dispuso en un extremo del estrado un excelente
colchón con sus debidos aditamentos, y á los pies de nuestra cama se
arreglaron otras dos con los paños y cueros de las monturas para De
Roos y don José Antonio. Acordándome del _Viaje sentimental_[107],
puse entre nosotras y nuestros compañeros algunas sillas de respaldo
alto, sobre las cuales extendí las largas faldas de mi vestido de
montar, diligencia que bien pudo excusarse, si todos durmieron tan
profundamente como yo; y presumo que tal sucedió, porque al levantarme
en las primeras horas de la mañana los encontré á todos dormidos.

Entré á un pequeño cuarto, destinado á guardar papas y lana, en que
había improvisado un tocador, y recibí en seguida á dos visitantes, que
entraron al aposento antes que los demás despertaran y, sentándose sin
ceremonias, comenzaron á interrogarnos acerca de nuestras personas y
del viaje. No tardé en saber que uno de ellos era un inglés que había
pertenecido á la tripulación de un buque ballenero que naufragó cerca
de Juan Fernández. Administra ahora aquí una gran fábrica de velas y
jabón, de un caballero chileno.

La situación es muy buena para esta industria, por la facilidad de
proveerse de sebo, cenizas y carbón. En Lonquen, dicho sea de paso,
vi hacer carbón. Cortan la leña en trozos de unos dos pies de largo,
que ponen en capas dentro de un foso cubierto con tierra, y en seguida
queman, procedimiento que me parece algo primitivo y poco económico.
Si no estuviera tan decaído y descuidado el comercio de cabotaje,
Melipilla podría ser un lugar inmensamente rico.

Dista sólo diez leguas de la abrigada y pequeña bahía de San Agustín,
en la desembocadura del Maipo. El queso, la mantequilla, el charqui,
los cueros, el sebo, el jabón y la loza podrían ser embarcados allí
para todos los puertos de Chile, mientras que ahora todos esos
artículos salen, con gran recargo de precios y pérdida de tiempo, por
los caminos interiores de Santiago, Casablanca y Valparaíso. Es muy
sensible que las antiguas rutinas de la colonia dirijan todavía estas
cosas en Chile, con grave daño del comercio extranjero y total ruina
del tráfico interior.

Me imagino que los melipillanos no habían visto nunca una inglesa, pues
el patio de la casa se llenó completamente de hombres, mujeres y niños,
que al ver mi cofia y vestido negro me tomaron por monja de alguna
orden extranjera. Salí al patio y les hablé y expliqué quién era, y
luego nos vimos libres de ellos, con excepción de algunas personas que
no se cansaban de contemplar y admirar al _rubio_, como llamaban á De
Roos, cuyos cabellos rubios y fresca y rosada tez provocaban universal
admiración.

Rodean el primer patio pequeños cobertizos destinados á talleres de
oficios manuales, de suerte que cuando la familia necesita que se
haga algún trabajo, alquila al obrero y sus herramientas por un día ó
una semana, y aquél encuentra su taller listo. El patio interior da
á un huerto muy bien tenido, en que se encuentran la cocina y otras
dependencias.

Después de almorzar salimos á ver la ciudad, cuya delineación se
asemeja á la de Santiago: todas las calles y ángulos perfectamente
rectos. Casi en el centro del pueblo está la iglesia matriz, en un
costado de una extensa plaza; ocupan otro de los costados la casa del
gobernador, don T. Valdes, y el cuartel.

Ésta, como todas las demás casas de la ciudad, tiene triste aspecto,
porque todo lo que de ellas se ve exteriormente en las calles y plazas
se reduce á muros desnudos con una gran puerta; las casas están en
el interior. Y aumenta la tristeza de Melipilla la circunstancia de
que, con excepción de los edificios públicos, que están blanqueados,
todos tienen el color natural de la tierra gredosa con que hacen los
ladrillos de construcción. Fuera de la corrida de toros que todavía se
celebra anualmente en la gran plaza, no hay en Melipilla ningún lugar
de entretenimiento popular, ni siquiera un paseo público.

Hay sólo tres iglesias, las de San Agustín, y la Merced y la matriz, y
algunos oratorios privados pertenecientes á las principales familias
de la ciudad. Además de las industrias de velas, jabón y loza, merecen
mención las de ponchos y alfombras, que son de muy buena calidad,
porque los fundos vecinos suministran excelente lana y los campos
inmediatos las substancias vegetales para teñirla. Los tejedores
practican su arte con mucha destreza, en los telares más toscos y
ruines que jamás he visto; en casi todos se trabaja sin lanzadera.

En la tarde fuimos á la chacra de don José Fuenzalida con el objeto de
ver las minas de donde se extrae la arcilla roja con que se fabrica la
famosa loza de Melipilla. Mirando hacia el llano al Este de la ciudad
se divisa un largo y elevado promontorio perfectamente horizontal en
toda su vasta extensión.

Allí, bajo una capa de tierra vegetal negra, de unos dos pies de
espesor, se encuentra la arcilla roja, casi tan dura como piedra. Con
ella se fabrican las hermosas jarras rojas para agua y vino, como
también vasijas de diversas formas para la cocina y otros usos. El
llano contiguo al banco de arcilla está cubierto de grandes hornos para
cocer las vasijas y de alambiques para destilar. No pertenecen todos
ellos á una sola grande empresa; sino que los campesinos hacen la loza
por su cuenta, en proporción, naturalmente, con los recursos y destreza
de cada uno. De todos los hornos que vimos no pertenecían más de tres á
un mismo dueño.

No hay diferencia entre los procedimientos que aquí se emplean para la
fabricación de la loza ordinaria y los que se practican en Valparaíso,
salvo que aquí requiere mayor trabajo el amasijo de la arcilla. Visité
el taller de una de las más famosas alfareras, á quien hallé ocupada
con su nieta en pulir su obra del día con una bella ágata. Allí vi
la arcilla negra con que fabrican pequeños artículos, como mates,
azafates, platos y jarras, que suelen adornar con cabezas y brazos
grotescos y matizar con las tierras blancas y rojizas que abundan en
estos lugares.

Los hombres fabrican las grandes botijas para vino y los alambiques,
cuya factura demanda fuerzas varoniles, tanto más cuanto que el trabajo
se hace sin ruedas, que ni siquiera conocen. Los artículos pequeños se
cuecen ordinariamente en hoyos abiertos en la tierra; los grandes, en
los hornos. Los obreros los trabajan y modelan por lo común en el mismo
sitio donde deben ser cocidos.

Los hornos quedan en parte bajo tierra, pero de modo que no les falte
un buen tiraje de aire; ocupa cada uno como ocho pies cuadrados, con
una altura de 18 pies. Son de pintoresca forma, y el conjunto de ellos,
esparcidos en el llano, evoca la idea de una antigua necrópolis.

A un lado del río se deslizaba majestuosamente, no lejos de la ciudad,
y más allá se alzaba el monte de Chocalán, con ligeros festones de
nubes en sus faldas é incendios de bosques en diversos puntos cerca
de la cumbre. Al Este, los Andes, más ó menos á la misma distancia del
pueblo que el Monte Blanco de Ginebra, se ven al extremo de un largo
valle, circundado de cerros que parecen anonadarse en presencia del
“gigante de la estrella de Occidente”.

Poco después de nuestro regreso, algunas muchachas, aseadamente
vestidas, con sus largos cabellos trenzados y adornados con flores
naturales, se estacionaron bajo nuestra ventana, y acompañándose
con sus guitarras, nos cantaron algunos versos en que nos daban la
bienvenida á Melipilla.

Las invitamos á entrar y se quedaron con nosotros hasta tarde, cantando
baladas y tristes y ejecutando bailes populares, entre los cuales me
llamó la atención por su novedad y elegancia _La Patria_, con letra
nada mal adaptada á los actuales tiempos.

_15 de Septiembre._--Esta mañana doña Rosario y su hermano fueron á
misa, mientras De Roos y yo preparábamos las cosas para nuestro regreso
á Santiago. Dejamos á Melipilla convencidos de que, en su presente
condición, hay en ella poco que ver, al mismo tiempo de que podría ser
una de las ciudades más florecientes de Sur-América. Sus alfarerías,
actualmente considerables, podrían ser incomparablemente más
productivas, y mucho más numerosas y desarrolladas sus manufacturas de
ponchos y alfombras, por la abundancia inagotable y excelente calidad
de la lana y de los tintes. En los planos inmediatos á la ciudad se
produce cáñamo de la mejor clase; sus lecherías son las mejores de esta
región de Chile, y su charqui, cueros y demás productos del ganado
mayor podrían tener fácil y ventajosa salida por el puerto de San
Agustín, que sólo dista 30 millas y adonde todo iría por agua, aunque
la rapidez de la corriente no permitiría á los botes regresar de subida
por el Maipo.

Podría también sacar Melipilla un gran provecho, de especial
importancia en Chile, de las fuentes medicinales de sus inmediaciones,
en el punto donde el Pangue desemboca en el Maipo. Gran número de
enfermos acude allá en la estación de los baños y se alojan en
incómodas y miserables chozas, siendo facilísimo para la ciudad
mantener casas y baños cómodos y bien servidos.

He oído que estas aguas son calientes por la mañana y frías de noche,
cosa tan contraria á la experiencia y á la razón, que sospecho, ya que
no las he experimentado por mí misma, que hay en esto un error tan
grande como el de creer saladas las de Aculeo.

No teníamos intención de pasar hoy de San Francisco del Monte, donde
hay una decente casa para viajeros, mantenida por un antiguo criado de
un pariente de los Cotapos. Apenas llegamos allí, los caballeros fueron
á visitar á un pariente de nuestros compañeros, mientras doña Rosario y
yo nos hacíamos un _toilette_ más esmerada que la que habíamos podido
hacernos en Melipilla.

La casa en que nos hospedábamos era una verdadera pulpería, combinada
con negocio de abarrotes y cervecería. El dueño tiene sangre india y
africana y es hombre hábil é ingenioso. Ha instalado un telar para
tejer ponchos, en que produce más en una semana que los tejedores de
Melipilla en un mes. Su mujer hila y tiñe la lana, y con esta industria
y las ganancias de la pulpería obtienen una no despreciable renta. Me
puse otro vestido y salí á recorrer el pequeño pueblo, que me pareció
muy limpio, y admiré sus jardines y campos, aunque, á juzgar por la
gente que vi, me formé la idea de que San Francisco tuvo en otro tiempo
habitantes de más elevada categoría que los actuales.

Las mejores casas están cerradas, y ellas y sus vecindades revelan
decadencia y abandono. Pertenecieron á los Carreras. Su heredera,
doña Javiera, vive ahora desterrada en Montevideo. Fui á la plaza,
donde se encuentran la iglesia y el convento de los franciscanos y
algunas buenas casas. Me atrajo una gran multitud apiñada en la puerta
de una de ellas. Había un grupo de huasos á caballo, con la cabeza
descubierta, como si estuvieran ejecutando un acto de devoción. Cuando
llegué al centro de la multitud, que me abrió paso cortésmente, vi con
no poco asombro nueve personas que danzaban, como dicen los españoles,
_con mucho compás_.

Formaban una figura parecida á la de un juego de bolos, alrededor de
un muchacho vestido de una manera grotesca, que de cuando en cuando
cambiaba de lugar con otros dos, uno de los cuales tenía una guitarra y
el otro un rabel. Por su altura y conformación los danzantes parecían
hombres, mujeres por sus trajes y aderezos. Se me ocurrió que podían
ser mujeres patagonas, y pregunté á uno de los circunstantes de dónde
venían. Obtuve de él la siguiente explicación: “Cuando los franciscanos
emprendieron la conversión de los indios de estas comarcas centrales,
establecieron su convento en Talagante, el pueblo de las palmeras,
más arriba mencionado, contando entre sus primeros prosélitos á los
caciques de Talagante, Llupeo y Chenigué.

No tardaron los buenos padres en descubrir que era más fácil convertir
á los indios á una nueva fe que alejarlos de ciertas prácticas
supersticiosas de la antigua idolatría, y punto menos que imposible
hacerlos renunciar á la danza que en honor de un poder tutelar
ejecutaban anualmente bajo el follaje de los canelos. Hubieron, pues,
de tolerarles esta práctica, pero deberían ejecutar la danza dentro de
los muros del convento y en honor de Nuestra Señora de la Merced. Los
caciques tomarían á su cargo, por turnos, los costos de la fiesta.

Trasladado el convento á su sitio actual, se les permitió celebrarla
en la iglesia. Los danzantes, en vez de pintarse el cuerpo y adornarse
la cabeza con plumas y la tradicional cinta, que todavía consideran
sagrada, se presentan ahora con trajes y atavíos femeninos, los mejores
que pueden procurarse, y como los religiosos han reducido mucho el
tiempo de la solemnidad, la danza se prosigue y termina delante de la
iglesia, con tanto respeto de los circunstantes como en el templo
mismo. Los danzantes y todos los que quieren acompañarlos se dirigen en
seguida á la casa del cacique, donde comen lo que éste puede ofrecerles
y beben hasta agotar su provisión de chicha.

Quedé muy contenta de haber visto á estos danzantes, que me inclino á
tener por descendientes de los Promaucaes, que opusieron resistencia
á las tentativas de los incas de conquistar el país y que, después de
defenderlo intrépidamente contra los españoles, terminaron por celebrar
con ellos una alianza á que siempre se han mantenido fieles.

No fuí menos afortunada en la persona de quien solicité estos datos.
Es un hombre contrahecho, pero despierto y jovial, que desempeña el
doble oficio de maestro de escuela y de _gracioso_ del pueblo. Hoy,
mientras comíamos, entró á saludarnos y dirigió á cada uno de nosotros
un cumplimiento improvisado, en verso, con no menos facilidad y soltura
que los _improvisatori_ populares de Italia. Ofrecíle en pago de su
galantería un vaso de vino, y comenzó entonces á recitar versos, unos
tras otros, hasta que, entusiasmado probablemente por las copas que le
prodigaban nuestros jóvenes amigos, sus relatos empezaron á ponerse tan
escabrosos que nos vimos obligados á hacerlo callar y enviarlo á comer
con los criados.

De Roos y yo deseábamos hacer una visita al cacique de Chenigué para
presenciar, aunque fuera desde lejos, la fiesta trienal; pero vimos que
estaba demasiado lejos para ir á pie y no podíamos pensar en valernos
para esto de nuestros caballos, que á la mañana siguiente debían
llevarnos á Santiago. Nos contentamos, por consiguiente, con visitar
al cacique de Llupeo, pueblo vecino de San Francisco del Monte. Nos
encontramos con que Su Majestad (¿deberé darle este título?) estaba
ausente, quizás en la fiesta de Chenigué. Su esposa, inteligente y bien
parecida mujer, nos recibió muy afablemente. Cuando entramos estaba
sentada en el estrado con una amiga y una de sus hijas. Otra de ellas,
una bellísima muchacha, se ocupaba en amasar pan. La casa, aunque
grande y cómoda, es un simple rancho de paja.

Los huertos y campos anexos son bellos y perfectamente mantenidos,
gracias al trabajo personal del cacique, sus dos hijos y sus mocetones,
sobre quienes ejerce todavía una jurisdicción nominal y una autoridad
moral, no menos poderosa aquí que en las naciones más civilizadas. Como
se le supone dueño de derecho de la tierra, recibe por cada campo una
pequeña contribución voluntaria en productos, á modo de reconocimiento
de su dominio. Durante las dos últimas generaciones se le ha despojado
de las dos terceras partes del pueblo, de manera que ahora el cacique
no es más que una sombra.

Habla de ir, acompañado de una veintena de sus mejores mocetones, á la
capital, á hablar con el Director, para librarse de la intervención de
los comandantes de distritos, que lo vejan y hostilizan de mil maneras.
El lenguaje, hábitos y vestido de estos indios no se diferencian casi
de los de los demás chilenos, de que sólo unas pocas costumbres los
distinguen; hasta tal punto se han asimilado á sus conquistadores,
quienes, por su parte, han adoptado también muchos de sus usos.

A nuestro regreso de la casa del cacique, donde se nos agradeció
nuestra visita como un gran favor y se nos encareció cuánto sentiría
haber perdido esta oportunidad de atender personalmente á dos
visitantes ingleses y de mostrarles las mejoras que ha introducido en
su residencia[108] entramos á otra choza de indios á devolver un bastón
que habían tenido allí la amabilidad de prestarnos para pasar apoyados
en él un charco cenagoso del camino.

Encontramos en ella dos mujeres muy enfermas: una de fiebre, de
consunción la otra. Me dicen que estas enfermedades son muy comunes
aquí á causa de los pantanos inmediatos al pueblo.

Tengo por no menos nocivos los pisos de barro y las paredes de paja
de las chozas, al través de las cuales penetran los fuertes y fríos
vientos de la cordillera.

En la tarde vinieron á visitarnos doña Dolores Ureta y su simpática
hija, á cuya casa habían ido los jóvenes en la mañana. Me pidió que
disculpara la ausencia de su marido, retenido por una grave enfermedad.
Pocas señoras he conocido más agradables y distinguidas que ésta, y sus
hijas son dignas de ella. Tuve verdadero gusto de verla y de la nota de
distinción que traía á nuestro pobre albergue.

Por ser hoy domingo, el aposento principal de la casa, que yo creía
exclusivamente reservado para nosotros, se llenó en la noche de hombres
y mujeres de todas condiciones, y luego comenzaron los entretenimientos
de costumbre.

Primero el gracioso ejecutó en el centro de la pieza unas cuantas
payasadas y dedicó loas á cada una de las personas presentes.

Mandó en seguida por su arpa, con que acompañó toda clase de bailes.
Doña Rosario y yo, sentadas en nuestra cama, y en compañía de doña
Dolores y su hija, no nos preocupábamos gran cosa de atender á los
pasatiempos con que una pulpería de campo celebrada la noche del
domingo.

Estas escenas gustan más descritas que vistas. La posada de doña
Josefa podría haber dado tema á Le Sage ó á Smollet para un delicioso
capítulo; pero, como sucede con ciertos cuadros holandeses de
costumbres, el atractivo de estas escenas no está en las escenas
mismas, sino en el arte con que se les pinta ó describe. Mucho sentí
que nos dejara doña Dolores.

Parece que la alegre concurrencia tomó su partida como señal de
retirada, pues junto con irse ella se fueron todos.

Un momento después que acompañamos á las señoras hasta su carruaje, se
declaró un incendio en una gran casa de la vecindad, y allá acudimos
todos. Hacía un frío intenso. Habiéndoseme asegurado que en la casa
incendiada no había nadie en peligro, me volví luego con un ligero
dolor en un costado.

_16 de Septiembre._--Partimos de San Francisco, pasando por Talagante
con intención de ir costeando el cerro de San Miguel hasta la hacienda
donde el Mapocho sale de la tierra por varios abundantes manantiales.
Nos detuvimos á saludar al cacique y compramos algunas pequeñas jarras
y fuentes de arcilla roja, con adornos de una tierra mezclada con
piritas de hierro que le dan cierta apariencia de polvo de oro.

Talagante es una aldea muy poblada, y parece que en todas las chozas
las mujeres se dedican á la alfarería. Los hombres son soldados,
marineros, carreteros, labradores, fuertes y bien conformados, con
rostros de marcado tipo araucano. Apenas nos habíamos alejado una legua
del pueblo, un violento acceso de tos, que me produjo la ruptura de una
vena, me obligó á quedarme atrás de mis compañeros[109].

Sólo después de un largo rato pude alcanzar á mis amigos, á quienes
causó lo ocurrido gran consternación, pues nos hallábamos á diez
leguas por lo menos de la capital. Les propuse que siguieran adelante,
mientras yo continuaba lentamente el viaje con el criado. No
consintieron en ello, y como la hemorragia iba en aumento, me alegré
de que se quedaran conmigo. No tenía nada con qué detener la sangre, y
deseaba agua.

Como don José Antonio se acordara de que no lejos de allí había un
manantial, él y De Roos fueron por agua, con que llenaron las pequeñas
jarras que habíamos comprado en Talagante. Agregamos al agua algunas
cáscaras de naranja, y cada vez que me volvía la tos bebía un sorbo. Me
sentía incapaz de hablar y de caminar ligero. Hubimos, pues, de seguir
paso á paso hasta Santiago.

Antes de llegar á la ciudad tuve dos fuertes accesos, pero á pesar
de todo, no sufría gran cosa. Hacía un día espléndido y recreaban
nuestra vista bellísimos paisajes. Atravesamos el llano de Maipo, más
hacia el Poniente y más cerca que antes del sitio en que tuvo lugar
la gran batalla. La tierra estaba cubierta de flores, á que acudían
innumerables pajarillos. Pensaba en que si esta debía ser la última
jornada que me fuera dado hacer entre las obras de Dios, de ella se
derivaban para mí gratas impresiones y suaves consuelos. No me sentía
decaída de ánimo. Separada como estoy de todos los míos, puedo pensar
en mi fin más tranquilamente que muchos.

Algunas millas antes de llegar, De Roos se adelantó á comunicar lo
ocurrido á doña Carmen, quien ordenó á mi criada que me esperara
con fuego, agua caliente y cama. Encontró también De Roos al doctor
Craig, que vino á verme inmediatamente, y como casi no tenía fiebre y
sentía disposición para dormir, el accidente prometía no ser de graves
consecuencias.

_17._--Cartas de Valparaíso me anunciaban la llegada del _Doris_ y que
mi pobre primo Glennie ha tomado posesión de mi casa, en un estado
de salud que da muy pocas esperanzas. A consecuencia de un esfuerzo
demasiado grande prodújosele en el Callao la ruptura de una vena, que
lo deja inválido.

El médico opina que el viaje por el cabo de Hornos, adonde lleva
rumbo el buque, le sería fatal. Me aflije sobremanera no poder ir
inmediatamente á Valparaíso á recibirlo, pero yo también me encuentro
postrada en cama. Recibí también atentas cartas de lord Cochrane, en
que me incluye una de presentación para el general Freire, en caso
de que realice mi propósito de ir de aquí á Concepción á caballo. Me
propone como más conveniente y práctico que haga el viaje por mar en el
_Moctezuma_, en su compañía. Por desgracia ni una ni otra cosa puedo
hacer, y temo tener que renunciar á toda esperanza de conocer el Perú
y el Sur de Chile. Nada me importaría mi propia enfermedad; pero el
pobre inválido de Valparaíso reclama todo mi tiempo y atenciones.

_18._--Aniversario de la independencia de Chile. Lo primero que oí
después de una larga noche de insomnio fué el ruido de la caballería.
Me levanté de la cama y fui al balcón, desde donde ví á los milicianos
que iban al terreno en que les pasará revista el Director. Son unos
2.000 hombres, armados de lanzas de caña de veinte pies de largo y con
puntas de hierro. Visten su uniforme ordinario, con gorras militares y
capas rojas. Las diversas secciones se distinguen por ribetes ó cuellos
ó algún otro distintivo insignificante.

He oído á varias personas burlarse de la disciplina de los colorados;
pero B., que los conoce mucho, dice: “Es verdad, en las paradas suelen
confundir las voces de mando _á la derecha_ y _á la izquierda_, pero
en la batalla de Maipú supieron muy bien cuál era y dónde estaba
el enemigo.” Efectivamente, á ellos se atribuye la gloria de haber
decidido el triunfo ese día, cuando las tropas regulares habían
comenzado á perder terreno. Son admirables jinetes, como en general
todos los chilenos. Montan como centauros, pareciendo formar una sola
persona con el caballo, y los he visto ejecutar á caballo simulacros
de combate como si hubieran estado á pie. Me alegré de que la casa de
Cotapos estuviera en la calle por donde van las milicias al campo de
ejercicios. La única compensación que tengo de no poder presenciar las
fiestas nacionales, es ver desfilar las tropas.

Pensaba en el joven Lastra, y he tenido el gusto de saber que hoy se ha
firmado el decreto de amnistía que lo devolverá á él y á muchos otros
al seno de sus familias.

Hoy pontificó el obispo en la catedral por primera vez después de su
vuelta á la sede. Las señoras se han visitado y felicitado unas á
otras. En las noches de ayer y de hoy se iluminaron las calles. Me he
sentido mal y sin ánimos todo el día.

_21 de Septiembre._--Todos mis buenos amigos de Santiago, de una
manera ó de otra, me han demostrado el sentimiento que les inspira mi
enfermedad, desde el Director, que mandó al señor de La Salle con una
afectuosa carta en su nombre y el de las señoras, hasta las pobres
monjas que visité hace algunos días, quienes me enviaron un exquisito
flan, elaborado según una receta especial que posee el monasterio.
Reyes ha venido con frecuencia y me trajo un plano de la ciudad y una
nómina de los principales árboles indígenas, autorizándome para copiar
ambas cosas.

_24._--Después de haber experimentado alguna mejoría me siento mucho
peor. Mi amigo Mr. Dance, del _Doris_, llegó anteayer con cartas de
los amigos de á bordo y noticias favorables del pobre Glennie. Mr. B.
me busca una calesa cómoda para el viaje al puerto; deseo vivamente
regresar y no me encuentro capaz de hacer el viaje á caballo.

No acierto á encarecer la incomparable bondad con que me ha atendido
doña Carmen de Cotapos y todas sus hijas desde que me hospedé en su
casa, y especialmente durante mi enfermedad. El señor Prevost ha sido
también infatigable en sus amables atenciones, pero ¿qué podré decir
de mi bueno y hábil médico el doctor Craig que exprese suficientemente
mi gratitud por sus servicios? En cuanto á mis amigos marinos, todo lo
espero de sus solícitos cuidados.

Desde que volví de Melipilla me ha preocupado el triste estado en que
una piedad mal entendida ha puesto á una bella y amable niña. Antes de
mi viaje era alegre y jovial, el encanto de la casa de sus padres. Su
música, sus dotes poéticas, su lectura en alta voz mientras los demás
trabajaban, hacían grata y amable para los suyos la vida del hogar. Su
madre, mujer de clara inteligencia, es de exagerada piedad, y María,
joven de noble y elevado carácter, muy sensible á las impresiones
religiosas.

Bajo la influencia de éstas y llevada de su delicadeza de conciencia,
resolvió ir á pasar diez días en una casa de ejercicios para combatir
un amor que su familia desaprobaba y que ella aún sentía, aunque por
complacer á sus padres había renunciado ya al objeto de su cariño.
Allí, bajo la dirección de un sacerdote, las jóvenes pasan rezando día
y noche, con tan poco sueño y alimento, que se debilitan corporal y
mentalmente.

En los intervalos que median entre las misas, en que sólo se oyen
cantos lúgubres, se guarda un silencio absoluto, interrumpido á lo
más por algún leve susurro. Apenas se deja entrar á la casa un rayo
de sol. Una joven casada que entró junto con María salió más alegre
que antes; su corazón había estado, sin duda, durante el retiro con su
esposo y su hogar. Pero ¿qué podría ocupar los pensamientos y afectos
de una niña, cuyos mejores sentimientos se pretendía sofocar y matar?
¿Podía abrigar allí algún deseo que no fuera de la muerte, algún
sentimiento que no fuera desesperación? La vista de sus amigas le causa
ataques histéricos, de que sólo se alivia postrándose ante el altar y
repitiendo las misas (_sic_) de la lúgubre casa.

Tales son los efectos de las casas de ejercicios. Podría haber creído
que las predisposiciones de mi joven amiga fueron las verdaderas
causantes del mal; pero conozco un joven, orgullo un tiempo de sus
padres, ilustrado, cumplido, de honorables y generosos sentimientos,
hoy casi idiota. En este estado salió de una casa de ejercicios.
¡Oh! si tuviera poder ó influencia, aquí acabaría con estos funestos
establecimientos. Aun cuando no causan, como en este caso, un extravío
de la inteligencia, fomentan la beatería y el fanatismo.

Tiénese por un título de orgullo el haber estado alguna vez en ellos,
y por punto de conciencia el conformarse á los sentimientos que allí
se inculcan, y como cuesta menos ser santurrón que virtuoso de veras,
se permite una gran laxitud de conciencia, que estimula á los fieles á
trabajar en el sostenimiento de la religión y á perseguir, ó por lo
menos, humillar á los que no pertenecen á ella[110].

El 28 de Septiembre, dejé no sin pesar á Santiago, donde he sido
tan bondadosamente recibida y donde hay aún muchas cosas nuevas é
interesantes que ver. Espero volver en el verano y pasar entonces la
cordillera por el paso de la cumbre[111], visitar á Mendoza y volver
por el paso de San Juan de los Patos, por donde el ejército de San
Martín entró á Chile en 1816. Mientras tanto debo hacer acopio de salud
y fuerzas. Casi no me pesa haberme visto obligada á viajar en calesa.

Después de pasar por la oficina de portazgo y otros trámites, nos
reunimos todos en la casa de Loyola, dueño de la calesa, como á una
legua de Santiago, en el llano llamado de _las Lomas_. Enferma como
estaba, no pude menos de reirme al ver los arreos de viaje. La calesa
era un ligero carruaje cuadrilongo, montado sobre un tosco y pesado eje
y dos gruesas ruedas pintadas de rojo; la caja, cubierta exteriormente
de adornos de ramas y de flores, como los géneros con que se tapizan
muebles y, forrado el interior con vieja tela china de seda roja y
amarilla, con cortinas de olancillo listado en vez de vidrios.

Entre las varas, parecidas en forma y tamaño á las de un carretón
basurero, había una hermosa mula, cuyos jaeces lucían clavos de plata.
La montaba un apuesto muchacho con poncho, espuelas de grandes rodajas
y pequeño sombrero de paja á un lado de la cabeza. A uno y otro lado
de la mula había un caballo asegurado al eje de la rueda, cada uno
con su jinete vestido á la chilena. Servía de guía el hijo de Loyola,
pintorescamente vestido de huaso, y montada en un arrogante caballo,
Mr. Dance y Mr. Candler, del _Doris_, iban vestidos de la misma manera.
En cuanto á mi joven amigo De Roos, nos había dejado algunos días antes
por cumplirse el término de su licencia. Mencionaré, por último, aunque
no lo era en su propia estimación, á mi peón Felipe, encargado de tres
mulas y el equipaje, y á quien acompañaba otro peón con los caballos de
remuda para la calesa. Una vez en mi asiento, me entretuve en observar
cómo enjaezaban á los caballos.

Fijan primero á la silla un fuerte anillo de hierro, que unen al eje
por medio de cuerdas, que sirven de tiros, por medio de los cuales cada
caballo arrastra su parte de peso al lado que le corresponde. De cuando
en cuando los cambian de lado para aliviarlos. Al bajar una pequeña
pendiente los caballos se apartan un poco del carruaje para darle mayor
apoyo.

Para descender un cerro se les quita del frente y las cuerdas se llevan
desde los ejes á la parte trasera, asegurándolas en los anillos de la
parte delantera de las sillas, de modo que en este caso los caballos no
sólo sirven de obstáculo á la velocidad de las ruedas, sino que también
soportan una parte del peso del vehículo, que de otra suerte podría
vencer á la mula en el descenso.

La estación ha avanzado considerablemente después de nuestro viaje á
la capital; abundantes hierbas cubren los campos; los huertos se ven
verdes y floridos, y ha comenzado ya la poda de las vides. Los caballos
y demás animales son enviados una vez más á pacer en los potreros, y la
primavera llega para todos menos para mí.

La mía pasó para no volver, y la mano del infortunio arrasó y
esterilizó mi estío. Sin embargo, aún me queda la esperanza, la bendita
esperanza de que el otoño de mi vida será siquiera más tranquilo.
Sufrí mucho los dos primeros días de viaje; pero al tercero me sentí
notablemente mejor, hasta el punto de creerme restablecida del todo.
Ese día, en la primera casa de postas antes de Valparaíso, encontré
al capitán Spencer con media docena de mis jóvenes marinos, que tuvo
la delicada atención de traer á mi encuentro, y entre ellos al pobre
Glennie. Tomamos un alegre lunch, y seguimos viaje á Valparaíso. Mi
criada montó á caballo y Glennie ocupó su lugar en la calesa.

Encontré en casa á Mr. Hogan y otros amigos, que me esperaban para
darme la bienvenida. Muy rara vez he gozado con el descanso tanto
como esta noche; mi mente y mi cuerpo reposaron como no había logrado
hacerlo desde que supe la llegada de Glennie enfermo.

_1.º de Octubre._--Los asuntos de la escuadra están mucho peores
que cuando salí del puerto. Aún no se pagan los sueldos, y las
tripulaciones de los buques claman por dinero, ropa y demás cosas
necesarias. El descontento cunde más y más, y como de costumbre, va
contra todos, con ó sin razón.

El mismo lord Cochrane, á pesar de todos sus esfuerzos y sacrificios
por la nación y la escuadra, ha sido convertido en blanco de una
malévola calumnia, que, aunque confutada por él de una manera
convincente, es con todo mortificante, porque procede directamente
de individuos á quienes él y el país á quien sirven han beneficiado
y dispensado su confianza. Esta calumnia le imputa que ha hecho un
negocio privado ventajoso para él y recibido ya del gobierno la mayor
parte del dinero destinado al pago de la escuadra. Me ha llenado de
satisfacción una carta que acerca de esto le dirigieron los oficiales
de la escuadra, de fecha de ayer, y de la cual uno de los firmantes ha
tenido la amabilidad de proporcionarme una copia:

      “Con la venia de vuestra excelencia.

  “Nosotros, los abajo suscritos, oficiales de la escuadra de Chile,
  hemos oído con sorpresa é indignación las viles y escandalosas
  calumnias encaminadas á arrojar sombras sobre el elevado carácter de
  vuestra excelencia y á destruir la confianza y admiración que él nos
  ha inspirado siempre.

  “Hemos visto con satisfacción las medidas que ha tomado vuestra
  excelencia para confundir tan malévolos y absurdos planes, y
  confiamos en que no se omitirá medio alguno para exponer á sus
  autores á la vergüenza pública.

  “En un tiempo como el actual, en que los mejores intereses de la
  escuadra y nuestros más preciosos derechos como individuos están en
  juego, nos sentimos especialmente indignados de semejante tentativa
  de destruir la unión y confianza que al presente existen y que no
  dudamos existirá siempre, mientras tengamos la honra de servir bajo
  las órdenes de vuestra excelencia.

  “Con estos sentimientos nos suscribimos

  “De vuestra excelencia los más obsecuentes y humildes servidores.

  “P. O. GRENFELL.--_Teniente comandante_ MERCEDES

  “Y todos los oficiales de la escuadra.”

Las especies calumniosas á que se refiere la carta anterior, aunque
aparentemente ocasionadas por la ligereza de una persona imparcial,
tienden de un modo tan directo á la realización de los fines de cierto
partido político, que no se puede menos de ver una estrecha relación
entre ellos y dichos fines.

La envidia que tienen al almirante los que se ven eclipsados por él,
fortalecida por las sospechas á que en todas partes están expuestos
los extranjeros, goza ahora de más libertad para desahogar su rabia,
realizado ya el gran objeto de destruir el poder naval de España en
el Pacífico. Y esta envidia ha sido ingeniosamente fomentada por
personajes subalternos, interesados en acabar con la influencia de los
ingleses en Chile, especialmente por algunos agentes de los Estados
Unidos, que han hecho causa común con San Martín y sus agentes. Si
sus secuaces pudieran de alguna manera separar á lord Cochrane de la
escuadra, realizarían fácilmente el gran objeto que se proponen, y las
actuales circunstancias les son favorables.

Los sufrimientos y pobreza de las tripulaciones son difíciles de
soportar, y persuadir á los oficiales y hombres de mar de que el
almirante, sin tomarlos para nada en cuenta, ha hecho un arreglo
favorable para él sería un medio directo de destruir la confianza y
unión que han constituído hasta ahora la fuerza de la escuadra. Por
esta vez ha fracasado el plan; pero ¿quién puede decir cuánto durará
esta tranquilidad?

_2._--Como mi salud dista mucho de estar restablecida y mi pobre
inválido necesita una atención constante, no puedo salir á buscar
noticias. Debo, pues, recibirlas todas por junto como me las traen.
Hoy, por ejemplo, casi me han abrumado de detalles acerca de los
nuevos reglamentos de comercio, los impuestos que van á crearse y los
monopolios del ministro Rodríguez y su socio Arcos[112].

Además de los alcoholes y tabacos que compraron hace tiempo con el
dinero del gobierno, han monopolizado ahora las telas de algodón, los
paños y otros artículos de vestir, y sólo sus agentes ó pulperos pueden
suministrarlos á los parroquianos. Esto, agregado á la falta de moneda
divisionaria y al uso de vales por tres centavos, sólo pagaderos, ó más
bien cambiables por artículos de sus tiendas, causa graves é injustos
daños, y á la vez que retardará la civilización del país le robará sus
entradas, pues hará que el pueblo vuelva á su antiguo hábito de no usar
más telas que las de sus propios telares y quitará, por consiguiente,
brazos y tiempo á la agricultura, producirá la disminución de los
artículos de consumo y detendrá el acrecimiento de la población, al
mismo tiempo que, dificultando el uso de telas extranjeras, reducirá
notablemente los derechos de importación. ¿Son las naciones como los
individuos, que nunca sacan provecho de la experiencia ajena? ¿Debe
tener cada país su siglo de ignorancia y de tinieblas?

Hoy he recibido muchas visitas de felicitación por mi regreso, la mayor
parte y las más afectuosas de mis amigos marinos, y la muy honrosa para
mí de lord Cochrane, que vino con los capitanes Wilkinson y Crosbie y
míster H. E. á tomar té conmigo.

Antes de poder servírselos ocurrió un incidente muy característico;
tuvimos que esperar, para tener leche, que un hombre laceara una vaca
en el cerro. Después de lo que había visto en la administración de la
lechería de la hacienda de Salinas no podía admirarme de nada, y no me
quedaba otra cosa que hacer sino esperar con paciencia la llegada de la
leche. Mis visitantes, más antiguos en el país que yo, se resignaron
fácilmente, y pasamos el tiempo de espera en agradable charla.

Los exorbitantes derechos, aún no impuestos, pero anunciados, sobre
varias mercaderías inglesas han inducido al capitán Vernon, del navío
de S. M. B., _Doris_, á ir á Santiago á ver el modo de conseguir una
reducción de los derechos, ó, por lo menos, una regulación menos
gravosa con relación al manifiesto. Mucho deseo que nuestro gobierno
reconozca la independencia de los Estados sur-americanos y envíe
cónsules ó agentes que amparen nuestro comercio y lo rediman del
oprobio de ser una especie de contrabando en gran escala.

Nada habría sido más fácil que establecer, por ejemplo, que los
minerales del país fueran retornos legales de los artículos
manufacturados de Europa, India y China, en vez de exponerlos, como
ahora sucede, á los riesgos y pérdidas del comercio de contrabando;
pues siendo los minerales los únicos artículos que este país puede dar
á Europa, se abrirán necesariamente caminos á sus mercados. Pretender
impedir su salida es tan absurdo como aquella antigua ley de Atenas
que prohibía vender los higos del Atica para que los extranjeros no
compraran ni comieran un fruto demasiado delicioso para paladares que
no fueran atenienses.

Este nuevo reglamento no es el único punto que puede servir de pretexto
á movimientos subversivos. El Director había nombrado al general Cruz
gobernador de Talcahuano y jefe del ejército del Sur, en reemplazo del
general Freire; pero los soldados se niegan á recibirlo ni consienten
en la partida de Freire, á que se agrega que están clamando por sus
sueldos, como los marinos.

Algunos políticos no vacilan en atribuir á Freire pensamientos
ambiciosos y acusarlo de instigar el clamoreo de los soldados; pero la
verdadera causa debe buscarse en la mala fe del gobierno en negarse
á pagar los sueldos atrasados, en su demora en compensar de alguna
manera los sufrimientos y pérdidas del pueblo de Concepción, que
padeció más que el de cualquiera otra provincia durante la guerra de la
independencia, y en su tiránico empeño de arruinar todos los puertos
de Chile, menos el de Valparaíso, á fin de monopolizar el comercio del
país.

En cuanto á la escuadra, los marineros hablan de apoderarse de los
buques si no se les paga inmediatamente, y se dice que los oficiales
estarán con ellos. Pero creo que más que en declaraciones expresas de
ellos se fundan tales rumores en las provocaciones que se les hacen á
que se hagan justicia por sí mismos.

_8._--El gusto que me causaron hoy las visitas de varios amigos ha
sido amargado por el empeoramiento del pobre Glennie. Sus sufrimientos
han encontrado simpatía, pero no alivio, en una persona de quien no lo
esperaba, de la _Chavelita_, la vieja del jardín, que se me apareció
como á las cuatro con un muchachito que traía un atado de hierbas.

Entrando á la sala con paso majestuoso, engrandecida más aún su
elevada talla por un alto sombrero negro, se sentó al lado de la cama
y comenzó á interrogar al paciente sobre su enfermedad. Volviéndose
después á mí, me dijo que había traído algunas medicinas, una de las
cuales quería aplicar inmediatamente, y para ello me pidió que le
proporcionara un poco de aguardiente caliente. Hecho esto, sacó de su
alforja de cuero un trozo de grasa de coco, con el cual, después de
mojarlo en el aguardiente, comenzó á untar los hombros de Glennie,
disertando mientras tanto sobre la íntima relación que hay entre los
hombros y los pulmones, y aseverando que cualquiera que quiera curar
éstos debe principiar por refrescar aquéllos.

Después de emplear en esta operación un cuarto de hora, dejó acostarse
al enfermo, y tomando un manojo de cachanlagua (_hierba centáurea_), me
dijo que hiciera una infusión con la mitad del manojo en agua hirviente
y se la diera á beber de cuando en cuando. La otra mitad debería
ponerse en un vaso de aguardiente y azotarle con ella los hombros. Me
aseguró que con el uso continuado de esta hierba la fiebre bajaría y
cesaría la hemorragia poco á poco.

Me dió también un manojo de zanahoria silvestre para que con ella le
hiciera una tisana azucarada, que debería beber con frecuencia, y
en seguida, después de referir varios casos semejantes curados con
sus recetas, á que suele agregar una infusión de hojas de vinagrillo
(_oxalis_ amarilla de hojas carnosas), se despidió.

_9._--No puedo consagrarme á mis asuntos privados dos días seguidos.
Esta mañana supe que la escuadra se halla en tal estado de penuria que
ha enviado un delegado al Supremo Gobierno y que los capitanes que
sirven en las naves chilenas le han dirigido una seria representación
en que exponen sus reclamos, sus padecimientos y la injusticia con
que se les trata. En otros respectos las cosas están más tranquilas,
y parece que la paciencia estuviera dando tiempo á que las
representaciones surtan efecto.

Lord Cochrane y el capitán Crosbie vinieron en la tarde, y como nunca
hablamos de política mientras tomamos te con pan y miel, tuvimos
siquiera una hora de agradable charla, sin acordarnos de gobiernos,
motines, ni injusticias de ninguna especie, felicidad de que aquí se
disfruta muy rara vez cuando se juntan dos ó tres personas.

Hay tan poca gente y todos están tan directamente interesados en estos
asuntos, que no es de extrañar que no se hable de otra cosa; pero yo,
de paso por estos lugares, suelo apetecer lo que me fué dado disfrutar
esta tarde: un rato de conversación razonable sobre materias de interés
general.

El capitán Vernón volvió en la noche con un ejemplar del reglamento
en los bolsillos. Me dicen que es tan inconexo y tan ilógico, que
frustrará el fin que se propone.

_13._--Todo el mundo ha sido electrizado hoy por la súbita llegada
del general San Martín, Protector del Perú, á este puerto. Desde
la violenta expulsión de su ministro y favorito Monteagudo de su
oficio por el pueblo de Lima[113], mientras se hallaba en Guayaquil
con Bolívar, había abrigado algún temor por su propia seguridad y
depositado, según se cree, en diversas ocasiones considerables sumas de
dinero á bordo del _Puirredon_, para el peor de los casos.

Embarcóse por fin el 20 de Septiembre á media noche y ordenó al capitán
que levara anclas inmediatamente, á pesar de tener el navío apenas
la mitad de su tripulación y escasísima provisión de agua. Dirigiose
apresuradamente á Ancón, donde despachó un mensajero á Lima, cuya
vuelta aguardó con febril impaciencia.

Tan pronto como llegó, ordenó al capitán que se hiciera al punto á la
vela con rumbo á Valparaíso; y ahora hace correr la voz de que un dolor
reumático en un brazo le obliga á recurrir á los baños de Cauquenes. Si
es verdad, es extraño, bastante extraño.

_14._--Me llegan noticias esta mañana de que San Martín ha sido
arrestado, y que, habiendo pretendido introducir de contrabando cierta
cantidad de oro, éste ha caído en comiso.

_A mediodía._--Lejos de haber sido arrestado, dos de los edecanes del
Director han venido á saludarlo. Además, el fuerte saludó su insignia.

Muchas personas que saben cómo piensa lord Cochrane respecto del
general y que lo considera como un traidor á Chile y un mal hombre, se
inclinan á creer que lo arrestará.

Si lo hubiera hecho, me parece que habría contado con la aprobación
del gobierno. Pero la rectitud y delicadeza de sentimientos de lord
Cochrane lo han inducido á dejárselo al gobierno mismo.

_En la noche._--Ha llegado el carruaje del Director para conducir á San
Martín á la capital. Asístenlo el general Prieto y el mayor O’Carrol,
con cuatro ordenanzas que traen instrucciones de no perderlo de vista.
Esto, á juicio de algunos, significa un arresto honroso. Otros opinan,
y yo me inclino á contarme entre ellos, que esta constante compañía de
tan numerosa comitiva es ocasionada por el temor real ó fingido de que
se atente contra su vida durante su permanencia en el puerto.

El general insiste en decir que ha venido á Chile sólo por sus dolores
reumáticos, y á primera vista parece duro dudar de la palabra de un
hombre que debe conocer mejor que los extraños los motivos de sus
propios actos. Pero uno de los castigos de los que están en puestos
eminentes, es el ser severamente juzgados por los demás.

      “¡Oh, hard condition and twin-born of greatness,
    Subject to breath of ev’ry fool!”[114].

_15 de Octubre._--Después de ocupar todo el día en despedirnos de mis
amigos del _Doris_, que parten mañana, me sorprendió, cuando acababa
de despedirme del último, el anuncio de que llegaba una numerosa
partida de gente. Y junto con el anuncio entró Zenteno, gobernador
de Valparaíso, acompañado de un hombre muy alto y de buena figura,
sencillamente vestido de negro, á quien me presentó como el general San
Martín. Seguíanlos la señora de Zenteno y su hijastra doña Dolores,
el coronel D’Albe y su esposa y hermana, el general Prieto, el mayor
O’Carrol, el capitán Torres, capitán de puerto según creo, y otros
dos caballeros que no conozco. No fué fácil tarea disponer asientos
para tanta gente en una pieza de apenas diez y seis pies cuadrados y
atestada de libros y otras cosas necesarias para la comodidad de una
europea. Terminados por fin los arreglos, pude sentarme, observar y
escuchar.

Los ojos de San Martín tienen una peculiaridad que sólo había visto
antes una vez en una célebre dama. Son obscuros y bellos, pero
inquietos; nunca se fijan en un objeto más de un momento, pero en
ese momento expresan mil cosas. Su rostro es verdaderamente hermoso,
animado, inteligente; pero _no abierto_. Su modo de expresarse, rápido,
suele adolecer de obscuridad; sazona á veces su lenguaje con dichos
maliciosos y refranes. Tiene grande afluencia de palabras y facilidad
para discurrir sobre cualquier materia.

No me gusta repetir ni aun en globo, y en sus líneas generales las
conversaciones privadas que, á mi juicio, deben siempre mantenerse
reservadas. Pero San Martín no es un hombre privado, y además, los
asuntos de que se habló fueron generales y no personales. Hablamos del
gobierno, y sobre este punto creo que sus ideas distan no poco de ser
claras ó decididas.

Parece haber en él cierta timidez intelectual que le impide atreverse
á dar libertad á la vez que atreverse á ser un déspota. El deseo de
gozar de la reputación de libertador y la voluntad de ser un tirano,
forman en él un extraño contraste. No ha leído mucho, ni su genio es
de aquellos que pueden ir solos. Citó continuamente autores que sin
duda alguna sólo conoce á medias, y de la mitad que conoce paréceme
que no comprende el espíritu. Al girar la conversación sobre temas
religiosos, conversación en que también tomó parte Zenteno, habló mucho
de filosofía. Ambos caballeros parecen creer que la filosofía consiste
en dejar la religión á los sacerdotes y al vulgo, y que los sabios
deben reirse igualmente de frailes, protestantes y deístas.

Con razón dice Bacon: “Sólo niegan la existencia de Dios aquellos á
quienes conviene que no haya Dios”. Y á la verdad, cuando considero sus
actos me parece que si quisiera evitar la desesperación debería ser
ateo. Pero quizá juzgo á San Martín con demasiada severidad. La natural
sagacidad y penetración de su juicio debe haberle hecho ver lo absurdo
de las supersticiones romano-católicas, que ostentan aquí toda su
fealdad, sin el barniz que les dan la pompa y la elegancia de Italia,
y á las cuales ha solido asociarse por razones de Estado con todas las
demostraciones exteriores de respeto.

Alguien ha observado que “cuesta mucho más desprenderse de las
doctrinas católico-romanas que de las que se enseñan en las iglesias
reformadas; pero, una vez que pierden su dominio sobre el alma,
preparan de ordinario el camino al más absoluto escepticismo». Tal
es, á mi juicio, el estado de alma de San Martín. De la religión y de
los cambios que ha experimentado por obra de la corrupción y de las
reformas se pasó fácilmente á las revoluciones políticas. Casi todos
los reformadores sur-americanos se han inspirado en autores franceses.
Se habló del siglo de Luis XIV como de la causa directa y única de la
revolución francesa y, por consiguiente, de las de Sur-América.

Hicieron un obsequioso recuerdo del rey Guillermo antes que me
aventurara á observar que los pasados males y los bienes presentes de
estos países bien podrían atribuirse en parte á las guerras de Carlos
V y de su sucesor, que agotaron el oro de las colonias sin devolverles
nada en cambio. Siguióse discurriendo sobre éste y otros temas,
hasta terminar con una alusión al progreso intelectual de Europa,
que en un solo siglo había producido la invención de la imprenta, el
descubrimiento de América y los comienzos de la reforma, que mejoró las
prácticas mismas de Roma. Zenteno, contento de que se le presentara
una oportunidad para atacar á Roma y lucir sus conocimientos, exclamó:
«Y harto que necesitaban reforma sus prácticas, pues Roma, que quiso
coronar al Tasso y coronó á Petrarca, aprisionó á Galileo», volviendo
á la inversa la cierta y admirable doctrina de Foscólo, de que las
ciencias exactas pueden ser instrumentos de la tiranía, pero no la
poesía, la historia ni la oratoria.

Me alegraré de que el té viniera á interrumpir estas pedantescas
declamaciones, de que no habría tomado nota á no haber pertenecido
ellas también á San Martín. Les pedí excusas por no poder ofrecerles
mate; pero supe que el general y Zenteno acostumbraban tomar té puro,
después del cual fumaron sus cigarros. La interrupción del té no detuvo
la locuacidad de San Martín sino por un breve rato. Prosiguiendo su
discurso, habló sobre medicina, lenguas, climas, enfermedades, y sobre
este punto con poca delicadeza, y por último, sobre antigüedades,
principalmente del Perú.

Refirió á este respecto algunas maravillosas historias de familias de
los antiguos caciques é incas que se enterraron vivas en tiempo de la
invasión española y que habían sido encontradas en perfecto estado de
conservación. Esto nos llevó á la parte más interesante de su discurso,
su partida de Lima. Me dijo que, deseoso de saber si el pueblo era
realmente feliz, solía disfrazarse de hombre del pueblo, como el califa
Haroun Al Raschid, para visitar las fondas y mezclarse con los grupos
que charlaban en las puertas de las tiendas, donde muchas veces oyó
hablar de él.

Me dio á entender que se había cerciorado de que el pueblo era ahora
bastante feliz y no necesitaba ya su presencia, agregando que después
de haber llevado una vida tan activa apetecía descanso; que se había
retirado de la vida pública, con la satisfacción de haber cumplido su
misión, y que sólo había traído consigo el estandarte de Pizarro, el
glorioso estandarte bajo el cual conquistó el imperio de los incas y
que había sido desplegado en todas las guerras, no sólo en las que se
empeñaron entre españoles y peruanos, sino también en las de los jefes
españoles rivales. _Su posesión_--dijo--_ha sido considerada siempre
como el signo del poder y la autoridad_; YO LO TENGO AHORA; y al decir
esto se irguió cuan alto era y miró á su alrededor con un aire de
soberano.

Esto fué lo más característico que ocurrió en las cuatro horas que
duró la visita del Protector, y este el único momento en que se reveló
tal cual era. El resto fué en parte una charla superficial sobre toda
clase de asuntos para deslumbrar á los menos inteligentes, y en parte
una manifestación de la impaciencia de ser el primero, aun en la
conversación vulgar, que le ha dado su largo hábito del mando. Omito
los cumplidos que con algo excesiva profusión me hizo. De ellos podemos
decir, como Johnson de la afectación, que merecen excusas por cuanto
proceden del laudable deseo de agradar. Sus modales son, en verdad, muy
finos, y elegantes sus movimientos y persona, y no tengo inconveniente
para creer lo que he oído de que en un salón de baile pocos hay que le
aventajen.

De las demás personas presentes sólo el coronel d’Albe y las señoras
hablaron algunas palabras. Con dificultad, en mi empeño por ser
política con todos, pude arrancar una que otra sílaba á los demás
caballeros. Parecían temerosos de comprometerse. Déjelos, por fin, en
su mutismo, y el Protector se adueñó luego exclusivamente de la palabra.

En suma, esta visita no me ha dejado una impresión muy favorable de San
Martín. Sus miras son estrechas y aun, si no me equivoco, egoístas.
Lo que él llama su filosofía y su religión, corren parejas: de ambas
hace ostensiblemente uso como simples máscaras para engañar al mundo,
máscaras, á la verdad, tan gastadas, que no logran engañar á nadie,
sino á los que tienen la desgracia de estar bajo su férula.

No tiene genio, sin duda alguna, sino cierta dosis de talento, ninguna
instrucción y sólo un ligero barniz de conocimientos generales, que
luce con habilidad; nadie posee como él ese talento que llaman los
franceses _l’art de se faire valoir_. Su bella figura, sus aires de
superioridad y esa suavidad de modales á que debe principalmente
la autoridad que durante tanto tiempo ha ejercido, le procuran
muy positivas ventajas. Comprende el inglés y habla mediocremente
el francés, y no conozco otra persona con quien pueda pasarse
más agradablemente una media hora; pero su falta de corazón y de
sinceridad, que se revelan aun en un rato de conversación, cierran las
puertas á toda intimidad y mucho más á la amistad.

A las nueve se retiraron los visitantes, dejándome muy complacida de
haber visto á uno de los hombres más notables de Sur-América, y creo
haberlo conocido en esta ocasión tanto como es posible conocerlo.
Aspira á la universalidad, como Napoleón, que, según he oído, tuvo algo
de esa debilidad y de quien habla siempre como de su modelo ó, mejor
dicho, su rival[115].

Creo, asimismo, que se propuso manifestarse á mí en mi carácter de
extranjera, ó quizá Zenteno me sugirió que aun el pequeño aumento de
fama que mis comunicaciones acerca de él pudieran darle, valía la pena
de procurarlo. Sea como fuere, es un hecho que esta noche habló para
hacer ostentación de si mismo.

_16._--He perdido hoy á mis mejores amigos. El capitán Spencer ha
partido á Buenos Aires por la Cordillera; el _Doris_ se ha hecho á
la vela para Río Janeiro, y siento doblemente su partida por mi pobre
inválido. De todos los que hacían ese buque interesante para mí sólo
queda conmigo el pobre Glennie, y de los demás mucho temo no volver á
ver á la mayor parte de ellos.

_17._--Mr. Clarke vino de paso para la capital, trayéndome la despedida
de San Martín al Perú, que trascribo[116].

  “Peruanos:

  “Presencié la declaración de la independencia de los estados de
  Chile y el Perú. Existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro
  para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre
  público; he aquí recompensados con usura diez años de revolución y de
  guerra.

  “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están
  cumplidas: hacer su independencia y dejar á su voluntad le elección
  de sus gobiernos.

  “La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que
  tenga, es temible á los Estados que de nuevo se constituyen; por otra
  parte, ya estoy aburrido de oir decir que quiero hacerme soberano.
  Sin embargo, siempre estaré pronto á hacer el último sacrificio por
  la libertad del país; pero en clase de simple particular y nada más.

  “En cuanto á mi conducta pública, mis compatriotas (como en lo
  general de las cosas) dividirán sus opiniones; los hijos de éstos
  darán el verdadero fallo.

  “Peruanos: os dejo establecida la representación nacional; si
  depositáis en ella una entera confianza, cantad el triunfo; si no, la
  anarquía os va á devorar.

  “Que el acierto presida vuestros destinos y que éstos os colmen de
  felicidad y paz.

  “Pueblo libre y Septiembre, 20 de 1822.

                                                   “JOSÉ DE SAN MARTÍN.”

Si hay en esto algo de verdad, si realmente se retira y deja en paz al
mundo, merecerá por los menos la alabanza que se tributó á

      “The Roman, when his burning heart
    Was slaked with blood of Rome,
    Threw down his dagger, dared depart
    In savage grandeur home:
      He dared depart in utter scorn
    Of men that such a yoke had borne”[117].

No ha empleado, por cierto, modestamente sus facultades, pero algo ha
hecho por la buena causa. ¡Oh! si los medios hubieran sido tan buenos
como la causa, sería el primero de sus conciudadanos; pero hay sangre
en sus manos, la traición grava su conciencia.

Hoy ha partido á Cauquenes, dejando el puerto enteramente á obscuras
respecto de los verdaderos motivos de su alejamiento del Perú. Es
probablemente, como el de Monteagudo, un sacrificio de su existencia
política para salvar su existencia natural[118].

Creo que lord Cochrane fué hoy ó ayer á Quintero. Los porteños habrían
visto con regocijo algún encuentro, alguna escena entre él y San
Martín; pero su buen juicio y sus honorables sentimientos para con el
país á quien sirve lo han evitado. Si San Martín es infortunado y se
ve obligado á huir de sus dominios, la conducta de lord Cochrane es
magnánima; si el proceder de San Martín es una _ruse de guerre_ para
salvarse, es prudente y dejará al almirante en libertad para poner al
Protector en descubierto, como merece.

_Lunes 21._--Durante estos últimos días, Valparaíso ha recobrado casi
por completo su estado ordinario de monótona tranquilidad. Parece que
la Convención, á pesar del deseo expreso del Ejecutivo, rechazó _in
toto_ el reglamento; pero la revisión de su voto demorará todavía
algunos meses la conclusión definitiva de este negocio.

Mi pobre inválido sigue sufriendo, aunque la bondad de mis vecinos y lo
avanzado de la estación me permiten proporcionarle todas las pequeñas
comodidades que pueden distraerlo ó agradar todavía á su escaso y
delicado apetito. La leche abunda en este tiempo; hay ya guisantes; un
amigo me manda espárragos de la ciudad; las fresas están en sazón.

Aquí acostumbran cuando comienza á cosecharse esta deliciosa fruta,
disponerla en ataditos, con una rosa, un clavel ó una ramita de
toronjil, que colocan sobre hojas de maiten en pequeñas cestas de
mimbre, cubiertas también con maiten, que frescos niños traen á vender
al puerto de todos los jardines de los alrededores, de diez millas de
distancia. He visto dar un real por una sola fresa cuando comienzan á
salir; pero ahora con un real se pueden comprar más que las suficientes
para dos personas.

_26._--La _Lautaro_ llegó de Talcahuano en muy lamentables
circunstancias. Estalló á bordo un serio motín, ocasionado por la falta
de alimento y demás cosas necesarias mientras permaneció en el Sur.
Como los oficiales se encontraban en la misma penosa situación, no
pudieron contener á los marineros, cosa que no les habría sido difícil
en otras circunstancias. Tan pronto como el buque llegó á un puerto
donde pudo avituallarse, los amotinados volvieron á su deber.

El capitán y los oficiales habrían querido perdonarlos; pero el motín
había sido ya comunicado al gobierno, que, según dicen, está resuelto
á castigar á los cabecillas. Espero, sin embargo, que su justicia no
le impedirá recordar la misericordia, las crueles necesidades que
exasperaron á la tripulación y la buena conducta que observó después.

He sabido que lord Cochrane ha ido á la capital por asuntos
concernientes á la escuadra. Dicen que se halla hospedado en casa del
Director. Esto da esperanzas de que el gobierno haga por fin justicia
en su departamento naval.

_31 de Octubre._--Este mes ha sido importantísimo para Chile. El
gobierno ha promulgado la nueva Constitución y los nuevos reglamentos
de comercio. Ni éstos ni aquélla parecen corresponder á su objeto.

El reglamento comienza por un largo preámbulo, dirigido por el ministro
del Interior á la Convención al presentarle el reglamento que ha
formado una comisión de ministros y comerciantes. Poco entiendo de
estas cosas; pero hay allí disposiciones tan contrarias al sentido
común, que hasta un niño las notaría. Las tres primeras secciones
tratan de la creación y reglamentación de oficiales de aduana.

De éstos, unos son fijos, otros ambulantes. A los últimos se les
acatará y obedecerá dondequiera que se les encuentre, en los cerros, en
los caminos ó fuera de ellos, en buen ó mal tiempo. Tendrá cada uno de
ellos un distintivo de cobre como del tamaño de una corona[119], que
llevará oculto. Si detienen un cargamento en medio de la más dilatada
llanura ó durante un temporal furioso, será necesariamente abierto y no
podrá moverse mientras no vengan empleados especiales que lo trasladan
á la estación más próxima, donde se examinará si contiene mercaderías
de contrabando, ó si una pieza de tela de algodón tiene una vara más ó
menos que las indicadas en el manifiesto; pues ahora debe especificarse
el número de piezas de cada bulto y el de varas de cada pieza.

De tal reglamento resultará la destrucción ó deterioro de muchas
mercaderías. El azúcar, por ejemplo, bajada de las mulas y examinada al
cielo raso, durante un aguacero, si no se pierde del todo, quedará en
muy mala condición. Es indispensable y urgente que se renuncie de una
vez á tan torpe y grosero ensayo en materias mercantiles.

En la sexta sección se declara que Valparaíso es el único puerto
libre de Chile, con lo que se hace á todos los demás una injusticia
manifiesta, fuera de la enorme imprudencia de semejante declaración,
á causa de los antiguos celos de los puertos del Sur y los que en
diversas ocasiones han aparecido en Coquimbo.

Los puertos menores, como Concon, Quintero, etc., quedan absolutamente
cerrados para los buques extranjeros. A los buques nacionales se
imponen algunas duras restricciones, como, por ejemplo, la prohibición
de tocar en aquellos puertos á su vuelta de países extranjeros.

A los buques extranjeros se les permite tocar, además de Valparaíso, en
Coquimbo, Talcahuano y Valdivia; en San Carlos de Chiloé, cuando sea
dominado por las armas chilenas; y con especial licencia del gobierno,
en el Huasco y Copiapó, pero únicamente para tomar cobre.

Todo buque extranjero que toque en cualquiera de esos puertos debe
pagar cuatro reales por tonelada, con excepción de los balleneros, que
no pagan nada. Los nacionales que lleguen de afuera pagarán dos reales
por toneladas; pero si se dedican al cabotaje, nada. Por pilotaje,
anclaje y fondeo los buques de un mástil pagan cinco pesos; los de
dos, diez; los de tres, quince. Los buques nacionales y los balleneros
extranjeros que no comercian pagan la mitad de estos derechos.

En la séptima sección se declara como único paso legal y libre de los
Andes el del valle de Santa Rosa. Quedan, pues, cerrados los de San
Juan de los Patos, del Portillo y del Planchón. Me parece que esta no
es la manera de civilizar un país.

Además, toda carga debe pasar por Mendoza y recibir allí un
certificado, sin el cual no se le permite entrar á Chile. Siguen á todo
esto las más estrechas y vejatorias reglamentaciones de manifiestos,
trasbordos, conducciones por tierra, etc., que jamás haya ideado la
ingeniosidad humana, todas las cuales pesan indistintamente sobre
extranjeros y nacionales, comerciantes y agricultores.

Lo más curioso de este notable engendro es lo que se dice sobre
importaciones en la parte del preámbulo que se refiere á la duodécima
sección. Se gravan con derechos tan altos las mercaderías importadas,
que en muchos casos equivalen á derechos prohibitivos. Preténdese
proteger así las manufacturas nacionales, olvidando que, con excepción
de las de sombreros y cerveza, no hay en Chile manufactura alguna, pues
no merecen tal nombre las rudimentarias industrias de jabón y velas.

Por cuanto un hombre ha logrado hacer en Santiago un par de medias en
un día, no se introducirán ya más medias extranjeras, y las señoras
tendrán que aprender á tejer ó á andar descalzas, pues no parece
probable que á razón de un par de medias por día se alcance á proveer
de ese artículo ni siquiera la capital. Más valdría traer algunas
medias de Manchester hasta que el industrial santiaguino pueda ocupar
en su fábrica unos pocos obreros más. Como no hay mueblistas chilenos,
la prohibición de introducir sillas y mesas extranjeras obligará á
las damas á volver á la antigua costumbre de acuclillarse sobre el
estrado; y como pasarán algunos años, siglos quizás, antes que aquí se
produzca y teja la seda ó se manufacturen muselinas, seguirán usando
sus antiguas capas y vestidos de lana; y los futuros viajeros hablarán
de las chilenas como de lindas salvajes, en vez de deleitarse en la
sociedad de bien vestidas y bien educadas señoritas.

El pasaje á que me refiero es tan curioso, que quiero copiarlo para
utilidad de mis amigos que deseen formarse una idea exacta de la
sabiduría de la legislatura chilena en estas materias.

Después de observar que estos reglamentos deben producir ó bien
un aumento de los fondos públicos ó una supresión total de las
importaciones, que el ministro considera con mucha razón como el
resultado más probable, dice:

“¡Ojalá nuestras instituciones preparen el día en que los productos
de todas las aduanas, por importaciones del extranjero, les viésemos
reducidos á cero! Este mismo sería el día en que veríamos la verdadera
estrella naciente de nuestra prosperidad. Nuestro fértil suelo abunda
en producciones de todas clases y son muy pocas las que necesitamos
de las extrañas. A cualquiera parte que miremos se está brindando la
Naturaleza y pide sólo _fondos, talentos, actividad, industria_. Sí, lo
repito; llegue este día, auméntense nuestras exportaciones á medida que
se disminuya la importación; disminúyanse en hora buena con ella los
ingresos del Erario.” etc., etc., etc.[120].

Esto, para una nación que se halla todavía en su infancia, con un
millón apenas de habitantes y de éstos la mitad salvajes, y produce
metal suficiente para comprar las manufacturas del mundo, es quizás
la más exquisita muestra de perversión de principios y de su falsa
aplicación que puede concebirse. Los discursos de Mentor en el
_Telémaco_ serían igualmente aplicables á este caso.

Durante largo tiempo Chile no dispondrá de gente para manufacturar
artículos no absolutamente necesarios; necesita brazos para cultivar
la tierra, para trabajar las minas, para tripular los buques, que debe
poseer si quiere poseerlo todo. Su producción en bruto, su principal
comercio consiste en oro, ó en el no menos importante cobre; y da grima
ver que reglamentos buenos para un adelantado país europeo en que la
mezquina tierra no produce lo suficiente para las necesidades del
comercio y en que todo exige el trabajo y la industria del hombre y el
oro y la plata deban ser elaborados por sus manos, se adopten aquí,
donde todas las circunstancias son diametralmente opuestas á las de
Europa.

Y con lo dicho del tal reglamento me basta y sobra. Me falta paciencia
para ocuparme en registros aduaneros, manifiestos, facturas, etc.,
cosas de que no entiendo ni me agradan. Ni tengo nada que hacer con
ellas, sino en cuanto forman parte de un ensayo de gobernar un país
nuevo que no está absolutamente preparado para tales cosas.

Recuerdo un tiempo en que así habría pensado en leer el reglamento
comercial de Chile como en estudiar el informe de una comisión de
vecinos de cualquier país remoto sobre caminos y portazgos, y en que
mucho menos habría soñado en preocuparme de la _Constitución Política
del Estado de Chile_.

Pero el tiempo y las circunstancias suelen hacer extrañas invasiones
en nuestros modos habituales de ser y de pensar, y he aquí que me
he sorprendido infraganti leyendo, con bastante interés, dicha
Constitución política. Fué promulgada el 23 del presente y acaba de
imprimirse, para lo cual hubo necesidad de suspender las publicaciones
periódicas, por no haber suficientes tipos y tipógrafos (y éstos
escasean más que aquéllos) para imprimir gacetas y Constitución al
mismo tiempo.

Divídese la constitución en ocho secciones, y éstas en capítulos y
artículos, según las materias lo requieren. Comienza por declarar la
libertad é independencia de Chile como nación y fijar sus límites, á
saber: al Sur el Cabo de Hornos, al Norte el desierto de Atacama, al
Este y al Oeste los límites naturales de los Andes y del Pacífico.

Declara, además, pertenecientes al territorio chileno el archipiélago
de Chiloé y las islas de la Mocha, Juan Fernández y Santa María. El
capítulo segundo de la primera sección establece que pueden llamarse
chilenos: 1.º, los nacidos en el país; 2.º, los nacidos de padres
chilenos fuera del país; 3.º, los extranjeros casados con nacionales,
después de tres años de residencia; 4.º, los extranjeros que inviertan
en Chile un capital que no baje de 2.000 pesos y tengan cinco años de
residencia. Todos los chilenos son iguales ante la ley, tienen opción á
todos los empleos y deben contribuir al sostenimiento del Estado.

La segunda sección declara que la religión del Estado es la Católica,
Apostólica, Romana, con exclusión de todas las demás, y que todos
los habitantes del país deben respetarla, cualesquiera que sean sus
opiniones privadas.

La tercera sección establece que el gobierno es representativo y que el
poder legislativo reside en el Congreso, el ejecutivo en el Director y
el judicial en los tribunales. Gozan de la ciudadanía los chilenos que
tengan veinticinco años ó sean casados. Desde 1833 todos deberán saber
leer y escribir.

Pierden los derechos de ciudadanía: 1.º, los naturalizados en otros
países; 2.º, los que acepten empleos de cualquier otro gobierno; 3.º,
aquellos contra quienes recaiga una sentencia judicial no revocada;
4.º, los que permanezcan ausentes de Chile, sin permiso, por más de
cinco años. Suspéndense estos derechos: 1.º, en caso de interdicción
ó de incapacidad moral ó física; 2.º, á los insolventes; 3.º, á
los defraudadores de los fondos públicos; 4.º, á los sirvientes
asalariados; 5.º, á los que carezcan de medios conocidos para vivir;
6.º, durante un proceso criminal.

La cuarta sección contiene sesenta y dos artículos y trata de las
facultades y división del Congreso, que constará de dos Cuerpos: el
Senado y la Cámara de Diputados. El Senado, ó Corte de Representantes,
constará de siete miembros elegidos en votación por los diputados,
cuatro, por lo menos, de este Cuerpo; de los exdirectores, ministros
de Estado y obispos con jurisdicción en Chile, ó á falta de ellos el
depositario interino de la autoridad eclesiástica; un miembro del
Tribunal Supremo de Justicia; tres jefes militares, nombrados por el
Director; el delegado directorial del departamento en que celebre sus
sesiones el Congreso; un doctor de cada universidad; dos comerciantes y
dos dueños de tierras cuyo capital no bajará de 30.000 pesos, nombrados
por los diputados.

Los senadores, como se ve, no serán menos de veinte. La presidencia
corresponde al exdirector más antiguo. El Senado durará mientras no
expire el período fijado al Director, esto es, seis años; en caso de
reelección de éste, seguirá sesionando.

La Cámara de diputados se elige anualmente, por listas en la proporción
de un diputado por 15.000 almas. Pueden ser electores todos los
ciudadanos de más de doce años de edad y los militares que no manden
tropas de línea, y diputados los que, además de cumplir con las
condiciones anteriores, posean propiedades de valor de 2.000 pesos ó
hayan nacido en el departamento en que se les elige.

El Congreso funcionará durante tres meses cada año, desde el 18 de
Septiembre. Los diputados prestarán juramento ante el Director y el
Senado, en esta forma: “¿Juráis por Dios y por vuestro honor proceder
fielmente en el encargo de vuestras augustas funciones, dictando las
leyes que mejor convengan al bien de la nación, á las libertades
civil y política, á la seguridad individual y de las propiedades de
sus individuos, y á los demás fines para que os habéis congregado,
explicados en nuestra Constitución?--Sí, juro.--Si así lo hiciéreis,
Dios os alumbre y defienda, y si no, os lo demande.”

La quinta sección contiene sesenta y un artículos. Trata del
poder ejecutivo. El Director es electivo, y su oficio no podrá
ser hereditario. Gobernará por un período de seis años, pudiendo
reelegírsele por otros cuatro.

Debe ser nacido en Chile y haber residido en el país los cinco años
inmediatamente anteriores á su elección. Tendrá más de veinticinco años
y lo elegirán por votación ambas Cámaras, bastando para la elección los
dos tercios de los votos. La elección del actual Director hecha este
año por la Convención se considerará como la primera.

Para el caso de que fallezca el Director estando el Congreso en receso,
en los días 12 de Febrero, 5 de Abril y 18 de Septiembre, depositará
el Director en una urna con tres llaves, que guardarán otras tantas
personas, un papel sellado y firmado, en que se expresarán los nombres
de los regentes que se harán cargo del gobierno mientras el Congreso
nombre sucesor.

Siendo el Senado un cuerpo permanente, citará en unión con el gobierno
regente á los diputados á una sesión extraordinaria del Congreso, que
terminará tan pronto como se verifique la elección.

El Director es jefe del ejército y de la escuadra. Tiene plenas
facultades para celebrar tratados con las naciones extranjeras y para
firmar la paz y declarar la guerra. Presentará, en unión con el Senado,
para los obispados y demás dignidades y beneficios eclesiásticos.
Tiene la dirección del tesoro público. Nombra embajadores, ministros,
secretarios de Estado y jueces de distrito. Puede indultar ó conmutar
penas.

Siguen á la exposición de estas facultades y privilegios algunos
artículos que parecen restricciones; pero como no se me ocurre de qué
manera pueda exigirse su cumplimiento, creo que están destinados á
obrar como el temor de las penas de la otra vida sobre los pecadores
de ésta, más bien que como verdaderas limitaciones de la autoridad
absoluta.

Hay tres ministros de Estado de Negocios Extranjeros, del Interior y
de Guerra y Marina. El Director puede dar dos de estos oficios á una
misma persona. Estos ministros están sometidos á una responsabilidad
limitada, ó lo que es lo mismo, á ninguna.

La sexta sección se refiere al régimen interno del Estado. Las antiguas
intendencias quedan abolidas y el país se divide en departamentos
y distritos. En cada departamento habrá un delegado que tendrá la
dirección de los asuntos civiles y militares.

Nombrarán estos delegados el Director y el Congreso, y á ellos se
confía la superintendencia de los tribunales de justicia, de las
aduanas, contribuciones, etc. Presidirán los cabildos, que en lo demás
quedan como antes. Los miembros del cabildo no pueden ser arrestados
sin autorización expresa del Director.

La séptima sección trata de los poderes judiciales que residen en los
tribunales. Hay un tribunal supremo de cinco jueces, sin cuya sanción
ninguna ejecución puede tener lugar. Este tribunal sirve también de
corte de apelaciones.

Le corresponde examinar las leyes y recomendar su corrección al
ejecutivo. Sus miembros deben visitar las cárceles semanalmente por
turnos; asesorar al Director y Senado en materias legales, etc. Se les
prohibe recibir emolumento alguno fuera de su renta.

Hay también una Corte de apelaciones compuesta de cinco miembros.
Pero todas estas cosas son tan complicadas y fastidiosas en todas sus
partes, tan inadecuadas para el país por ser una mescolanza de leyes
españolas, moriscas, godas, latinas y costumbres locales, que suman
72,000 disposiciones para un país donde el doble de ese número no sabe
leer, que renuncio á seguir ocupándome en ellas.

El único párrafo sensato de esta parte de la Constitución es aquel
en que se declara que ninguna institución inquisitorial podrá jamás
establecerse en Chile.

Sigue á éste una breve sección sobre instrucción pública, que me parece
digna de aplauso, siquiera por la buena intención que manifiesta de
fundar numerosas escuelas y atender al establecimiento de un instituto
nacional.

La sección relativa al ejército y la marina se reduce á ponerlos á
disposición del Director. La última concierne á la observancia y
promulgación de la Constitución, que trae las firmas de la Convención y
del Director.

_1.º de Noviembre._--Mi inválido se siente tanto mejor, que hemos dado
un paseo á caballo por los cerros y conocido nuevos lugares y nuevas
flores. ¡Pobre Glennie! Parece gozar más de su recobrada libertad
que yo de la mía. El que ha experimentado muchas veces el placer de
recobrar la salud, se admira de volverlo á experimentar; pero

    “Sans doute que le Dieu qui nous rend l’existence,
            A l’heureuse convalescence
    Pour de nouveaux plaisirs donne de nouveaux sens;
            A ses regards impatiens
    Le chaos fuit; tout nait, la lumière commence;
            Tout brille des feux du printemps;
    Les plus simples objets, le chant d’une fauvette,
    Le matin d’un beau jour, la verdure du bois,
            La fraicheur d’une violette,
            Mille spectacles qu’autrefois,
            On voyait avec nonchalance
    Transportent aujourd’hui, présentent des apas
            Inconnus à l’indifférence
            Et que la foule ne voit pas”

No dudo de que Grey tuvo presente estos hermosos versos de Gresset
al escribir su oda sobre la salud recobrada. Los sentimientos, sin
embargo, son naturales y propios de cada corazón, y sólo necesitamos
el don de la expresión poética para darles la forma del verso.
Independientemente de todo esto, los alrededores de Valparaíso son
bellísimos en este tiempo.

Las lluvias han vivificado los arbustos; innumerables flores cubren la
tierra, las frutas comienzan á madurar, el clima, siempre agradable,
es ahora delicioso. Jamás poeta alguno imaginó para su Tempe[121] un
cielo más encantador que el de Chile. Tiene aquí el aire una dulzura
y suavidad que calma las agitaciones del ánimo y acrecienta todos los
demás gustos.

_2._--Hemos tenido muchas visitas, y naturalmente, algunas noticias,
la más interesante de las cuales es que el gobierno piensa seriamente
pagar los sueldos de la escuadra. Se dice que la mitad del pago se hará
en dinero y la otra mitad en giros contra la aduana. Lord Cochrane
llegó de la capital anoche y está armando tiendas de campaña en la
playa más allá del fuerte, para su uso, porque, en vista de la manera
como se entienden aquí las cosas, no quiere aceptar casa del gobierno.

Tiene derecho, sin duda, á que se le proporcione casa, y el gobernador
de Valparaíso recibió orden de suministrarle una. Eligió éste una de
las mejores del puerto y notificó á Mr. C., caballero inglés, que se
retirara de dicha casa con su familia y se la dejara amueblada al
almirante, según la antigua costumbre española. Pero lord Cochrane no
ha consentido en semejante despojo y ha armado tiendas en la playa.
Sus amigos se manifiestan algo alarmados con este motivo. Ningún
chileno levantaría la mano contra el almirante; pero hay ahora en Chile
personas que lo aborrecen y que ya se han hecho culpables de intentos y
de perpetración de asesinatos.

_Domingo 3 de Noviembre._--Esta noche, como á las nueve, llegó el
Director al puerto. Dicen que viene á presenciar el pago de la
escuadra; según otros, para demorar su encuentro con San Martín, que,
después de tomar algunos baños en Cauquenes, se dirige á Santiago
y se hospedará en el palacio directorial, pero sólo como individuo
privado[122]. Tendrá doble guardia; pero si es tan querido como él
dice, ¿por qué teme? Sospecho que, como todos los bebedores de opio, se
ha puesto nervioso.

Espero, por el honor de la naturaleza humana, que una opinión que he
oído acerca de la venida del Director resulte infundada: que ha venido
con el objeto de aprovechar una oportunidad de apoderarse de la persona
de lord Cochrane, esto es, de sacrificarlo á la venganza de San Martín,
accediendo á las instancias transmitidas del Perú por los agentes
Paroissien y Del Río.

_7 de Noviembre._--Hemos salido á pasear á caballo varios días y
trabado amistad con algunos hacendados de los alrededores. En todas
partes nos invitan á desmontar-nos y tomar leche, ó siquiera descansar
un rato y andar por los jardines y coger flores.

Después del bullicio del puerto y de las mezquinas intrigas de sus
habitantes, la amabilidad y sinceridad de los campesinos refrigera
y conforta. Hoy, sin embargo, he pasado un día muy agradable en el
puerto, principalmente en las tiendas del almirante, bastante lejos de
la ciudad para no sentir su ruido. Dejando á Glennie en las tiendas,
volví á la ciudad á visitar al Director, que vive en la casa del
gobernador; Zenteno y su familia se han ido á otra. Su Excelencia
está muy bien de salud y me recibió con exquisita cortesía; luego que
me senté me obsequió con una flor, según la costumbre del país. La
conversación rodó, no sé á propósito de qué, sobre los conventos de
monjas, y le hablé de las Filipinas de Roma.

Manifestó deseos de obtener datos acerca de ellas y su regla, con el
objeto de mejorar, si era posible, la condición de las religiosas de
Chile y especialmente de las que se dedican á la educación de las
niñas. Se los prometí; y apenas llegué á casa le envié todos los datos
que pude, con referencias á las historias eclesiásticas que supongo
se hallarán en la biblioteca pública. Nunca me habría imaginado,
cuando visité aquel convento, que fué en otro tiempo el palacio de
César Borgia, y al contemplar desde sus galerías, pintadas por el
Dominiquino, las ruinas de Roma, que esa visita podría influir algún
día en la condición de las pobres enclaustradas de Chile.

De vuelta á las tiendas del almirante, después de algunas visitas,
encontré que mi enfermo había dormido tranquilamente. Lord Cochrane,
que se interesa mucho por él, me pidió que lo llevara á Quintero para
que cambie de aire. Lo haré con el mayor gusto; y tan pronto como
recobre un poco sus fuerzas, pienso ir allá. El almirante no está del
todo bien. No es raro, pues aún no se paga á la escuadra. Los cargos
aducidos contra él por San Martín, aunque no creídos por el gobierno,
que posee numerosos documentos con que refutarlos, no han sido
contradichos por él, á solicitud del gobierno, para evitar excitaciones
del espíritu de partido ó una desavenencia ó quizás una guerra entre el
Perú y Chile.

Ha pasado ya todo el peligro de esa especie, y como se honra á San
Martín asignándosele por residencia el palacio directorial, donde,
como con el expreso objeto de insultar á lord Cochrane, recibe toda
clase de demostraciones públicas de obsequioso respeto, esos cargos
deben ser y serán contestados, y contestados con hechos y fechas que
confundirán enteramente todas las acusaciones directas é indirectas que
se han formulado ó insinuado contra él. Hay, además, otros motivos de
inquietud para los hombres dirigentes de Chile.

Del Norte y del Sur llegan noticias y rumores de descontentos de
diversas especies. Los hermanos y parientes de los muertos y de los
proscriptos no los han olvidado, y ven con dolor y cólera colmado
de honores al hombre á quien consideran autor de sus infortunios.
Respetando la persona del Director, ven en él al amigo y aliado de San
Martín y al sostenedor de Rodríguez y sus compañeros, y ya me parece
oir ese murmullo sordo y encubierto que precede á la guerra civil.

El gobierno de Santiago culpa de este descontento á la escuadra y ha
enviado tropas para intimidarla, según dicen. Pero su número es tan
reducido, que apenas bastaría para escoltar al Director ó para asegurar
á un prisionero político, objeto á que las creen destinadas los que
conocen mejor los propósitos del gobierno. El almirante es, sin duda,
la persona que tomarían, si los secuaces de San Martín se atrevieran á
cometer tamaño crimen.

Dado el primer paso, no se detendrían en él. Las víctimas de San Martín
no sobreviven al apretón de sus garras. Siento que el Director se
preste á semejantes planes. La gente del puerto, aparentemente temerosa
de hablar, en realidad lo dice todo. Mucho me alegré de verme libre, en
las tiendas del almirante, de oir cosas desagradables; alli siquiera
estamos seguros de no oir nada de la política de Chile.

Puedo decir con los norte-americanos que todo progresa. Glennie está
mucho mejor. Los descontentos cunden. La escuadra está en camino de que
se le pague, aunque quizás demasiado tarde. Cuando enviaron el dinero,
olvidaron enviar junto con él papel sellado para los vales, etc.

Los oficiales y marineros deberán, pues, esperar que sellen el papel y
lo manden de Santiago. Recibí una carta del Director en contestación
á la que le escribí sobre las monjas. El reglamento de comercio está
produciendo mil enredos y confusiones. Lord Cochrane sigue ocupado en
su refutación de San Martín. Lo he visto y acordado con él el día de
mi viaje á Quintero. Lo único que no progresa es la reparación de los
buques.

Entiendo que Mr. Olver, muy competente en estas cosas, ha hecho el
cálculo de los costos y ofrecido ejecutar las reparaciones; pero dudo
que el gobierno que, como algunos otros, suele ser mezquino para
los gastos pequeños y derrochador de grandes sumas, se resuelva á
desprenderse del dinero necesario para poner los buques en buen estado.
Si no lo hace, las costas quedarán indefensas ó habrá que comprar
buques nuevos á precios exorbitantes.

He echado una ojeada á mi _Diario_ de las últimas seis semanas y he
encontrado que se parece algo á una galería de pinturas, en que hay
cuadros históricos, retratos, paisajes, Naturaleza muerta, flores, uno
al lado del otro. Cada escrito pretende ser un todo, independiente y
completo de suyo, historia, paisaje, retrato, que el autor termina
generalmente para que pueda figurar por sí solo en una galería de
cuadros.

Pero mi pobre _Diario_, escrito en un país nuevo, en tiempo de
agitaciones políticas, no puede aspirar á tener unidad de plan,
pues ¿puedo acaso prever lo que acaecerá mañana? Y como mis héroes
y heroínas (más escasas éstas que aquéllos) son personajes
independientes, no puedo, como un novelista, obligarlos á figurar en
mis páginas á mi satisfacción y gusto, sino que se gobiernan por sí
solos; lo cual, después de todo, en un lugar donde llevar un diario es
sólo un modo de suplir la lectura de los libros nuevos del día (lectura
de que ciertamente gozaría en mi casa) vale quizá tanto como lo otro:
en uno y otro caso la incertidumbre del desenlace mantiene el interés.

_14 de Noviembre. Concon._--Esta mañana temprano partimos de Valparaíso
y á las once llegamos á Viña del Mar, la hacienda de los Carrera. La
familia, cuyo jefe es primo hermano de don José Miguel Carrera, ha
sufrido mucho durante la revolución. Algunos de los hijos murieron
prematuramente; uno de ellos está desterrado, al servicio de Artigas;
de nueve hijas sólo hay tres casadas; las demás viven con sus padres
en Viña del Mar. Es una bella propiedad; la cruza el riachuelo de
Margamarga, formando un valle extraordinariamente fértil; en el pueblo,
que da su nombre al riachuelo, se encuentran las mejores lecherías de
la comarca.

Las casas de la hacienda están situadas en el centro de un pequeño
llano formado por las tierras de aluvión arrastradas por las aguas
de las montañas circunvecinas, que se alzan detrás de él como un
anfiteatro. Unos pocos sembrados y un hermoso huerto cultivado por un
francés, Mr. Pharoux, ocupan el espacio entre el llano y el mar. Al
otro lado de aquél se halla la extensa viña de la hacienda, que poco á
poco está cediendo su lugar al trigo, que aquí prospera más y deja más
provecho que la vid.

Nos recibió muy amablemente la señora de Carrera, á quien encontramos
sentada en un sofá á un extremo del estrado, sobre el cual jugaban
algunos de sus nietos. Las hijas, sentadas en sillas y taburetes,
rodeaban á su madre. Ofreciéronnos luego refrescos y leche caliente con
azúcar y canela y rebanadas de pan.

Llevaron en seguida al inválido á un alegre y fresco aposento para que
descansara. Mientras dormía, las niñas mostraron á Mr. Davidson, que
nos había acompañado desde el puerto, y á mí el jardin, el huerto y las
oficinas de la hacienda, poco diferentes de las que antes había visto,
salvo que se hallan en muy mal estado. Como en la hacienda se están
reemplazando las viñas por siembras de trigo, las cubas y alambiques
van quedando fuera de servicio y cederán su lugar á los graneros. En la
comida observé que manjares y costumbres fueron en parte chilenos y en
parte ingleses, debido á que entre los nietos predomina la nacionalidad
chilena (que es también la de la abuela) y entre las hijas la inglesa.

Transcurrido algún tiempo después de la comida, proseguimos viaje á
Concon. Como á medio camino nos salieron al encuentro el señor Miers y
su esposa é hija. La tarde fué una de las más deliciosas que he visto
en este clima privilegiado y me sentía más alegre y dispuesta á gozar
que de costumbre. No había hecho ningún viaje á caballo tan largo desde
el desastroso de San Francisco del Monte á Santiago.

_15._--Fuimos á la desembocadura del río, de cuyas aguas una parte se
pierde en las arenas aquí acumuladas, otra, deteniéndose en la tierra,
forma un lago cenagoso; otra, por fin, bastante considerable, llega
al mar. Me sorprendió desagradablemente ver en la playa, donde Mr.
Miers ha construído un pequeño muelle, una gran cantidad de excelentes
maquinarias para laminar cobre.

Algunos miembros del gobierno han visto con ojos envidiosos estas
maquinarias, porque parte de ellas podria servir para amonedar cobre;
pero no creo que esta envidia induzca al gobierno á comprarlas á fin de
mejorar los groseros procedimientos actuales de amonedación.

Mientras tanto las ruedas, tornillos y palancas yacen en la playa,
esperando que circunstancias más favorables permitan á Mr. Miers
realizar sus proyectos. Pero el tiempo, su ciudadanía chilena, su
calidad de propietario de tierras y la circunstancia de haber nacido
sus hijos en el país, espero que obrarán en su favor.

Los cerros de Concón presentan caracteres muy diversos de los que
rodean á Valparaíso. Allá una arcilla rojiza, con venas de granito y
de cuarzo blanco, forma toda ó casi toda la masa de los cerros; los de
esta región son de una arena gris ó negruzca, con capas de piedrecillas
y conchas visibles á diferentes alturas frente á la playa. A ambos
lados del río la tierra del llano es excelente y profunda, cubierta de
toda esa variedad de cosas que deposita un río que dos veces al año
crece y traspasa sus límites.

La primera crece, casi una verdadera inundación, tiene lugar en la
estación lluviosa; la segunda cuando se derriten las nieves de los
Andes. Dicen que también crece en tiempo nebuloso. Probablemente por
la proximidad de este lugar á las montañas, el río es sensible á los
cambios diarios de tiempo que ocurren en la cordillera; y en efecto,
creo que trae menos agua en la mañana que en la tarde, debido, sin
duda, á la fusión de la nieve durante el día.

_17._--Nos dirigimos á Quintero, deteniéndonos á descansar en la vieja
casa á orillas de la laguna. Por ser hacienda principalmente ganadera,
su población no guarda proporción con su superficie. Cada valle tiene,
sin embargo, una ó dos habitaciones, alrededor de las cuales, después
de la época lluviosa y mientras los ganados pacen en las montañas,
forman los campesinos sus pequeñas _chacras_ como llaman los terrenos
en que cultivan habas, calabazas, melones, cebollas, patatas, judías
(ó _fréjoles_ que constituyen uno de los principales artículos de su
alimentación) y otros vegetales. Deben cosechar estos productos antes
que el ganado vuelva al llano, porque el patrón tiene derecho de echar
los animales á todos los campos de cultivo, con mucho gravamen á veces
de los campesinos, obligados á trabajar seis, ocho, diez, doce ó más
días al año, á voluntad del patrón y según la época.

Ahora bien; suele suceder que los ocupa en cosechar su propia chacra
precisamente cuando las de ellos están listas para la cosecha, y el
tiempo pasa y el alimento del pobre labriego es pisoteado por los
bueyes. En esta propiedad no sucederá tal cosa mientras su actual dueño
permanezca en el país; pero el derecho legal existe y un patrón ó
administrador de duras entrañas puede ejercerlo. Lord Cochrane ha dado
á los campesinos una libertad tan completamente insólita para ellos,
que la han tomado por negligencia y han abusado de ella. Es preferible
que abusen á que se les oprima.

Cada colono paga unos pocos reales por alquiler del suelo; dos pesos
(en algunas haciendas más) por el talaje de cada caballo, mula, buey
ó vaca y el doble por cada cien carneros. Los inquilinos de Quintero,
aprovechando la larga ausencia del dueño y la negligencia ó falta de
honradez del administrador, han aumentado sus rebaños y ganados más
de lo que la propiedad puede soportar, sin abonar los pagos debidos y
causándole un grave daño material.

Recibiéronnos Mr. Bennet, secretario de lord Cochrane para las
comunicaciones en castellano, y mi amigo el pintor Carrillo. Su larga
residencia y extrañas aventuras en América del Sur han hecho del
primero un interesante personaje. _Il narre bien_, y sospecho que
mejor en castellano que en inglés. Hay un no sé qué de agradable en su
dialecto de Lincolnshire que comunica cierto aire de originalidad á sus
expresiones y relatos.

Le gusta vestirse de una manera estrafalaria. Constituyen unas veces su
indumentaria una camisa suelta, pantalones anchos, chinelas de mahón,
un gorro negro de piel y un cinturón; otras, anchos pantalones cosacos,
chaqueta azul, botones de oro, pequeñas charreteras, gorro militar y
cinturón bien ceñido á la cintura. Aunque se vista según las costumbres
del país, rara vez consiente en ponerse corbata.

En traje de parada, su flacura y palidez y la extraña expresión de sus
ojos se armonizan muy bien con su ropa negra, sus brillantes calzones
de seda que parecen de _calamaco constitucional_, sus enormes rosas de
cintas en las rodillas y sus zapatos con hebillas.

Yo no podía contener la risa cada vez que lo veía en este traje que
formaba tan absoluto contraste con la descripción que él mismo hace del
que llevó cuando fué gobernador de Esmeralda, durante el primer período
de la revolución, cargo que, como bien puede creerse, se le obligó á
aceptar. Andaba entonces con el cuerpo pintarrajeado, con adornos de
plumas en la cabeza y tan ligeramente vestido como cualquier salvaje.

Púsose ahora un traje término medio para hacer los honores de Quintero,
honores que hizo muy cortésmente á la señora Miers y á mí y muy
afectuosamente á Glennie. Después de comer le pedimos que nos refiriera
algunas de sus aventuras, y especialmente las que le ocurrieron en
Barranca durante el terremoto, cuando los aterrorizados habitantes
huyeron á los cerros, temiendo á cada instante ver desaparecer la
arruinada ciudad como el Callao en 1747[123].

Terminada la relación del terremoto, nos refirió sus expediciones á
varios formidables volcanes y nos dijo que había descendido al cráter
del Pichincha más abajo que el punto donde Humboldt dejó su señal. Le
pregunté si en alguno de los países en que había vivido se creía que
los terremotos pudieran repetirse periódicamente y si los casos en que
habían ocurrido dos con intervalos regulares, eran considerados como
presunciones de que el fenómeno volvería á repetirse en un período más
ó menos igual, en cuyo caso sólo faltaría un año ó á lo más dos para
que ocurriera un terremoto en esta región de Chile.

Pero no pude saber si hay alguna creencia ó tradición indígena á este
respecto, ni lo que sobre el particular opinan los sabios europeos. Y,
en efecto, dentro de los últimos cinco años, Coquimbo y Copiapó, no
visitados hasta entonces por estas calamidades, han sido completamente
destruídos, contradiciendo así algunas teorías basadas en la naturaleza
del suelo, situación geográfica, etcétera[124].

Tratamos de persuadir á la señora Miers á que se quedara con nosotros,
mas no pudimos conseguirlo. Estaba con cuidado por sus niños, y
partió, calculando llegar á su casa antes de oscurecer. Hice un
pequeño bosquejo de la casa; y habiendo encontrado en ella una prensa
litográfica, pienso reproducirlo en piedra. Será el primer grabado
hecho en Chile, y probablemente en este lado de América del Sur.

_20 de Noviembre._--Ayer, después de la comida, habiéndose quedado
Glennie profundamente dormido en su sillón frente á la chimenea, Mr.
Bennet y yo, atraídos por la belleza de la tarde, llevamos nuestros
asientos al corredor que mira al mar, y, por primera vez desde mi
llegada á Chile, vi relampaguear. Los relámpagos continuaron sin
interrupción sobre los Andes hasta después de oscurecer. A un día
sereno y algo caluroso siguióse una deliciosa y tranquila noche de
luna. De mala gana volvimos á la casa, por acompañar al inválido, y
estábamos conversando tranquilamente cuando, á las diez y cuarto, la
casa se sacudió violentamente, con un ruido semejante á una explosión
de pólvora. Mr. Bennet, salió de la casa corriendo y exclamando: “¡Un
terremoto, un terremoto! salgan, síganme, por Dios!”

Yo, más solícita por Glennie que por cualquier otra cosa, y temerosa
de que el aire de la noche le hiciera mal, permanecí sentada; él,
mirándome para ver qué determinación tomaba, tampoco se movió, hasta
que, continuando con mayor fuerza el sacudimiento, cayó el cañón de
la chimenea y los muros se abrieron. Mr. Bennet volvió á gritar desde
afuera: “¡Por amor de Dios, salgan de la casa!”

Resolvimos entonces salir al corredor, con intención, naturalmente,
de valernos de las gradas; pero el movimiento cobró en ese instante
tal violencia que, mientras se derrumbaba un muro detrás de nosotros,
saltamos de la pequeña plataforma al suelo; y en ese mismo instante la
rápida trepidación de la tierra se cambió en un movimiento ondulatorio
semejante al de un buque en alta mar, de suerte, que apenas y con gran
dificultad podíamos sostener á Glennie.

El sacudimiento duró tres minutos. Cuando cesó, todas las personas de
la casa y sus alrededores se hallaban reunidas en el prado que hay
delante de ella, con excepción de dos personas: la mujer de un albañil,
que se quedó encerrada en un aposento que no pudo abrir, y el pintor
Carrillo, que al querer salir de su cuarto por el hueco que dejó la
pared al derrumbarse fué sepultado por los escombros, debiendo su
salvación á que el dintel de la puerta quedó suspendido sobre él.

Jamás olvidaré las horribles emociones de esa noche. En los demás
trastornos de la Naturaleza, creemos ó nos imaginamos que un pequeño
esfuerzo de nuestra parte puede alejar ó aminorar el peligro; pero
en un terremoto no hay refugio seguro ni medio de escapar. La “loca
angustia” que agita entonces los corazones y se revela en todas las
miradas, me parece comparable en horror á la que se apoderará de las
almas en el juicio final.

Como la inquietud que sentía por mi enfermo dominaba en mí sobre
cualquier otro sentimiento, no participé de ese sublime terror, pero
miré en torno mío y lo vi en todos. Entre el fragor de la destrucción
sentí durante toda la noche los mugidos del ganado y el graznar de las
aves marinas, que no cesó hasta el amanecer.

No había el más leve soplo de viento, y sin embargo, tal era la
agitación de los árboles, que sus copas parecían tocar la tierra.

Pasó algún tiempo antes que recobráramos nuestra sangre fría para
deliberar sobre lo que debíamos hacer. Lo primero fué poner á Glennie,
á quien sobrevino una fuerte hemorragia de los pulmones, en un sillón
bajo un árbol. Me quedé á su lado mientras Mr. Bennet iba á la casa en
busca de aguardiente y agua, de que todos bebimos un poco.

Armamos en seguida una tienda para el enfermo y le tragimos de la
casa un sofá y frazadas. Precedida de un hombre con una luz, entré á
los cuartos interiores, donde esperaba hallar algunos remedios. Por
este tiempo habían tenido lugar dos remezones más, pero mucho menos
violentos que el primero, lo que parecía significar que ya lo peor
había pasado. Seguimos por los departamentos en ruinas hasta el patio
donde se derrumbó la muralla y allí un nuevo y rápido sacudimiento
pareció hacer ondular las ruinas bajo nuestros pies.

Llegamos, por fin, á la primera puerta de los dormitorios, y al
entrar vi los muebles separados de los muros, cosa á que de pronto
no dí importancia. En el segundo aposento el desorden ó mejor dicho,
el cambio de lugar de los muebles, era más notable, y me pareció
observar cierta regularidad en la distribución de todos los objetos,
especialmente en mi dormitorio.

Después de tomar las medicinas y abrigos que necesitaba, examiné la
posición de los muebles en los diversos aposentos y me cercioré de que
todos se habían movido en la misma dirección. Determinéla esta mañana
por medio de la brújula, y resultó ser Noroeste y Sureste.

La noche continuaba serena, y aunque la luna se puso temprano, había
luz en el cielo y una débil aurora austral. Luego de hacer acostarse á
Glennie en la tienda, extendí mi colchón en el suelo cerca de él. Mr.
Bennet, el administrador y demás empleados instalaron sus camas con
la ropa que pudieron encontrar alrededor de la tienda. Eran las doce:
la tierra estaba todavía inquieta, y cada dos minutos se sentía una
conmoción acompañada de ruidos semejantes á explosiones de pólvora, ó
más bien, á los que acompañan las erupciones volcánicas.

Los conté, reloj en mano, durante cuarenta y cinco minutos, hasta
que, cansada, me quedé dormida. Un poco antes de las dos una fuerte
explosión y un tremendo sacudimiento nos despertó á todos. Un caballo y
un cerdo se escaparon y vinieron á refugiarse entre nosotros.

A las cuatro hubo otro violento remezón. En el intervalo entre éste y
el anterior había temblado sin interrupción, á veces con movimíentos
contrarios, en direcciones por lo común Norte y Sur. A la seis y cuarto
otro que á otra hora habría sido sentido con mayor violencia. Desde esa
hora, aunque la agitación de la tierra ha continuado con suficiente
fuerza para mover y aun derramar parcialmente un vaso de agua, y aunque
el suelo tiembla todavía bajo mis pies, no hemos tenido ningún motivo
especial de alarma. Escribo á las cuatro P. M.

Al rayar el día salí de la tienda á inspeccionar la tierra. La hierba
estaba cubierta de rocío y todo tan bello como si nada hubiera sucedido
durante la noche. Sólo en el cerro se veian aquí y allá grietas de
varios tamaños, y en las raíces de los árboles y en las bases de los
pilares del corredor removida la tierra, como por el almocafre del
hortelano.

A las siete llegaron personas de diversos puntos á informarse de
nuestra situación ó á darnos noticias de otras partes. Supimos que de
las casas de Valle Alegre, aldea situada dentro de los términos de la
hacienda, hay muchas deterioradas y algunas totalmente destruidas. En
varios huertos de los alrededores la fuerza de los sacudimientos abrió
la tierra é hizo subir por las grietas agua y arena. En varias partes
se han producido grandes derrumbes de tierra, y los canales de regadío
han sufrido mucho.

Mr. Cruikshank ha venido á caballo de Quintero viejo. Nos dice que hay
grandes hendiduras en las orillas del lago; la casa quedó inhabitable;
algunas de las personas que en ella vivían fueron derribadas por el
terremoto, otras por muebles que cayeron sobre ellas. En Concon la casa
quedó destechada, los muros abiertos, los pilares de hierro tronchados,
el molino en ruinas, y destruído su canal.

El terreno de aluvión á ambos lados del río está en tal grado agrietado
y removido que parece una esponja. A lo largo de la playa hay
grandes hendiduras, y parece que durante la noche el mar se retiró á
considerable distancia, especialmente en la bahía de Quintero. Desde
el cerro alcanzo á divisar rocas que antes cubría enteramente el mar,
y los restos del _Aguila_ parecen desde aquí accesibles á pie enjuto,
cosa que hasta ahora jamás había sucedido ni aun en las más bajas
mareas.

_Ocho y media P. M._--Nos llegan noticias de que la grande y poblada
ciudad de Quillota es un montón de ruinas, y Valparaíso poco menos. En
tal caso la catástrofe debe haber comprendido á los habitantes junto
con las casas. ¡Dios quiera que no sea así!

A las seis menos un cuarto otro fuerte remezón, y otro en el momento
en que escribo. Tiembla ligeramente cada quince ó veinte minutos. La
noche está bellísima; la luna se refleja en el lago y el mar; brillan
las estrellas y la aurora austral; una suave brisa del Sur ha soplado
desde el amanecer. Hemos construído un espacioso rancho con cañas de
Guayaquil y del lago, de modo que podemos comer y dormir bajo techo.
Glennie y yo dormimos en la tienda; los demás en el rancho.

_Jueves 21 de Noviembre._--A las dos y media A. M. me despertó un
recio temblor. Diez minutos antes de las tres hubo otro muy recio que
nos hizo sentir de nuevo esa absoluta impotencia del hombre que tanto
consterna y aterroriza.

Un cuarto antes de las ocho, otro menos fuerte; á las nueve y cuarto,
diez y media y una y cuarto, otros sacudimientos; veinte minutos antes
de las dos hubo uno acompañado de un fuerte ruido, que duró minuto y
medio, y á las diez y cuarto otro más, el último algo considerable de
hoy. Fuera de estos temblores más ó menos alarmantes, hubo ligeros
movimientos cada veinte ó treinta minutos.

Mr. M. ha vuelto del puerto. Lord Cochrane se encontraba á bordo
de la _O’Higgins_ cuando sobrevino el primer terrible temblor, é
inmediatamente bajó á tierra y se dirigió á casa del Director, para
quien hizo armar una tienda en el cerro, detrás de la ciudad[125]. El
almirante me escribe que mi casita de campo subsiste en pie, en medio
de ruinas. Dice Mr. M. que en el Almendral no ha quedado servible
ninguna casa. La iglesia de la Merced está enteramente destruída. En el
puerto no hay ninguna casa habitable, aunque muchas conservan aún sus
formas.

No se ve á nadie en las calles. Los cerros están cubiertos de
infelices sin hogar, presas del terror que mutuamente se transmiten
y acrecientan. Los buques atestados de gente; faltan provisiones;
los hornos de pan destruídos, y los panaderos sin poder trabajar. Han
muerto cinco ingleses. Están saccando cadáveres de los escombros; pero
las pérdidas de vidas no han sido tantas como pudo temerse. Si la
catástrofe hubiera sobrevenido más tarde, cuando la gente se hubiera
retirado á dormir, el número de víctimas habría sido espantoso.
Casablanca, según dicen, está totalmente arruinada.

_Viernes 22 de Noviembre._--Tres recios temblores á las cuatro
y cuarto, siete y media y nueve. Después de esto, tres fuertes
explosiones, alternando con ligeras trepidaciones de la tierra; á
las once, violento remezón; dos ó tres suaves antes de la una y
tranquilidad hasta las siete P. M., hora en que tembló ligeramente.

Como estamos á treinta millas del puerto y á noventa de la capital, las
noticias se demoran en llegarnos. Hoy hemos sabido que Santiago sufrió
menos de lo que temíamos. La casa de moneda, seriamente deteriorada;
una parte del palacio directorial derrumbada; algunas casas é iglesias
con las murallas abiertas; pero fuera de la destrucción, en varios
puntos de los canales de regadío, no hay que lamentar daños muy graves.
Un caballero de Valparaíso dice que la sensación que se experimentó á
bordo de los buques fué como si hubieran levado anclas y partido con
súbita velocidad, chocando con rocas á medida que avanzaban. Anoche
predijeron los sacerdotes un temblor más violento que el primero. Nadie
se acostó; la gente se agolpó en los buques; los cerros se cubrieron
de infelices que alrededor de fuegos pasaron la noche esperando un
horrendo cataclismo.

En la noche del 19, en los momentos del terremoto, el mar subió
repentinamente en la bahía de Valparaíso, y luego se retiró á gran
distancia. Al cabo de un cuarto de hora pareció recobrar su equilibrio;
pero la playa ha quedado más descubierta en toda su extensión y las
rocas sobresalen del agua cuatro pies más que antes.

Tales son las noticias que nos llegan de lejos. También tuvimos aquí
una profecía de un gran cataclismo y salida del mar, y los crédulos
campesinos abandonaron sus chozas y huyeron á los cerros. La catástrofe
no se realizó y lo atribuyen á la intercesión de Nuestra Señora de
Quintero, que tiene una capilla en las antiguas casas, donde su imagen
ha sido objeto de largo tiempo atrás de una especial veneración.

Allí acudieron, en aquella espantosa noche, todas las mujeres de la
vecindad, y con clamores y sollozos imploraron su protección, mesándose
los cabellos y prodigándole los más tiernos nombres.

No acudió á socorrerles, sin embargo, y á la mañana siguiente, cuando
los sacerdotes consiguieron abrir las puertas obstruídas por los
escombros, encontraron la imagen en tierra, con algunos dedos quebrados
y sin cabeza. No tardaron, empero, en restituirla á su anterior estado,
y vistiéndola con ropas nuevas, la colocaron en actitud de bendecir
delante de su destruído santuario.

Hoy tuvimos una densa niebla y fría llovizna toda la mañana. Desde
medio día se despejó el cielo é hizo calor. En varios de los temblores
observé que en la mesa el vino ó el agua no se agitaban con un
movimiento vibratorio regular, sino que parecían como proyectados hacia
arriba por porciones.

En una botella de agua vi formarse en la superficie tres de estos
agregados ó porciones, que luego parecieron lanzarse contra las paredes
de la botella y se deshicieron. Lo mismo noté en un vaso de mercurio.
No tenemos barómetros, y no sé si se han hecho observaciones sobre este
fenómeno.

_Sábado 23._--Los temblores disminuyeron en fuerza y frecuencia durante
la noche y las primeras horas del día. Sólo se sintió uno antes de las
cuatro P. M.; entre esta hora y las diez hubo cuatro. Tiempo nublado,
pero agradable.

Más noticias de los lugares vecinos. Los pescadores de ésta y las
playas inmediatas afirman que en la noche del 19 vieron una luz á gran
distancia en el mar. Permaneció un rato inmóvil; avanzó en seguida
hacia la costa y dividiéndose en dos desapareció. La credulidad de la
gente la ha convertido en la Virgen, que vino á salvar al país.

Una beata reputada por santa predijo en Santiago la catástrofe el día
anterior. La gente oró, y la ciudad escapó casi ilesa. Despacharon
un propio á Valparaíso á dar al pueblo la voz de alarma; pero llegó
demasiado tarde, á pesar de haber muerto dos caballos en el viaje.

Desde el 19 las jóvenes de Santiago, vestidas de blanco, descalzas, con
la cabeza descubierta, sueltos los cabellos y con crucifijos negros,
han recorrido las calles cantando himnos y letanías, en procesión y
precedidas por las órdenes religiosas.

Al principio las iglesias pasaban atestadas de gente y las campanas
doblaban sin cesar, hasta que el gobierno, en vista de que las torres
de varias iglesias amenazaban derrumbarse, las mandó cerrar por temor
de que cayeran sobre la gente, que ahora practica sus actos de devoción
en las calles. Todas las familias dedican á sus hijas á esta piadosa
ocupación.

Por fin hemos tenido noticias auténticas de la ruina de Quillota por
medio de don Fausto del Hoyo, prisionero de lord Cochrane. Desde
que goza de libertad de residencia, vive generalmente en Quillota,
y de cuando en cuando en Quintero. Llama á lord Cochrane _el tío_,
tratamiento cariñoso que suelen dar los soldados á su jefe y los niños
á los ancianos.

Es hombre malicioso, pero de mediocre inteligencia, muy amante de
España, su patria, y resuelto á no meterse más en guerras. Estuvo
con Romana en el Norte de Alemania y Dinamarca; se embarcó con él en
el _Victoria_, síguió sus fortunas y por fin llegó á Chile con la
expedición en la _María Isabel_, hoy la _O’Higgins_, y cayó prisionero
en Valdivia.

Refiere don Fausto que se encontraba con algunos amigos en la plaza de
Quillota, tomando parte con el pueblo en las fiestas que celebran en la
víspera de la octava de San Martín, patrono de la ciudad[126]. La plaza
estaba llena de puestos y enramadas de arrayán y rosas, en que había
jaranas, borracheras, bailes, músicas, máscaras, en suma, una escena de
disipación, ó mejor dicho, de libertinaje. Sobrevino el terremoto, y
todo cambió como por encanto.

En lugar de los cantos y de los sonidos del rabel, aizóse un grito
de ¡misericordia! ¡misericordia! Todos se golpeaban el pecho y se
postraban en la tierra. Tejiendo coronas de espinas, las ponían sobre
sus cabezas y las oprimían hasta que la sangre les corría por el
rostro. Las flores de la fiesta yacían pisoteadas sobre la tierra.
Algunos corrieron á sus casas destruídas á salvar á sus hijos,
olvidados en las horas de regocijo, amorosamente recordados en los
momentos de peligro. Los sacerdotes oraban, retorciendo angustiosamente
sus manos, ante los destrozados altares, y el pueblo y las familias
huían á los cerros. Tal fué la noche del 19 en Quillota.

El día 20 amaneció sobre una escena de espantosa desolación. De la
gran ciudad sólo quedaban en pie veinte casas y una iglesia. Todos los
hornos yacían en ruinas y no había pan. El gobernador había huído.

Sus pecados atrajeron sobre la ciudad el castigo del cielo. Así lo
proclamaba el pueblo á gritos, y algunos llegaron hasta acusar al
gobierno de Santiago, cuya tiranía había excitado á Dios á la venganza.
Mientras tanto, el teniente gobernador, Mr. Fawkner, inglés de
nacimiento, reunió á los principales de la ciudad para tomar algunas
medidas en alivio de los damnificados.

Acudió entre ellos un señor Dueñas, caballero de distinguida familia,
casado con una de las Carreras de Viña del Mar y dueño de la hacienda
de San Pedro[127]. En el momento del terremoto hallábase en su casa
con su esposa y su hijo. En la imposibilidad de salvar á los dos al
mismo tiempo, optó por salvar primero á su mujer. Mientras la sacaba
de la casa, cayó el techo y aplastó á su hijo. Sufrió grandes pérdidas
materiales. Agobiado bajo el peso del dolor, acudió al llamado de
Fawkner.

Le dijo que ya había dado orden de que mataran cuatro bueyes y los
distribuyeran entre los pobres, expresándole además el deseo de que
él como gobernador recordara que él, Dueñas, á pesar de sus fuertes
pérdidas, era relativamente rico y estaba dispuesto á compartir sus
bienes con sus vecinos y compañeros de infortunio.

_Domingo 24._--Mi registro de temblores me da hoy cinco: á las ocho
A. M., á la una, tres, cinco y once P. M. El primero me sorprendió á
caballo y no lo sentí.

Pensé ir al puerto el día 20; pero por la gran crece del río y lo
peligroso de su vado demoré el viaje hasta hoy. Partí á las seis.
Los terraplenes y bordes de los canales están en general agrietados
ó derrumbados. En toda la playa, entre la Herradura y Concon, hay
hendiduras, casi rellenas ya por la arena; algunas rocas y piedras que
las más bajas mareas nunca dejaban en seco, distan ahora de la orilla
del agua en la baja mar un espacio suficiente para pasar á caballo. A
medida que me aproximaba al río, las grietas y aberturas del suelo de
aluvión asumían mayores proporciones.

En las orillas del río la tierra parece haberse hundido. En algunas
partes, como en Valle Alegre, ha subido agua y arena por las
hendiduras. A pesar de la grande altura del agua en el vado lo pasamos
sin peligro, aunque una mula que llevaba mi equipaje perdió pie y
alcanzó á ser arrastrada un buen trecho por la corriente antes que
pudiera reponerse lo bastante para llegar nadando á la orilla opuesta.
Mis amigos de Concon han sufrido mucho.

De la mitad del techo de la casa cayeron todas las tejas; de la otra
una gran parte. Las murallas del molino se derrumbaron, pero los
sólidos pilares de las esquinas sostuvieron el techo, y la maquinaria
sufrió poco. Las paredes del canal del molino, destruídas. Este ha
ganado con la modificación del lecho del río, pues ahora el agua tiene
algunas pulgadas más de caída que antes.

La noche del 19 fué tremenda en Concon. Los dos niños de Mr. Miers
dormían en piezas separadas y no comunicadas entre sí, y una de
ellas comunicaba solamente por el corredor con el resto de la casa.
Después de sacar á su esposa, que clamaba por sus niños, Mr. Miers
corrió á salvar al menor de ellos, porque la lluvia de tejas le
impedía acercarse al aposento del mayor. Aprovechando un momento de
tranquilidad, entró de nuevo; encontró al niño dormido y lo sacó sano y
salvo. La familia pasó toda la noche sin dormir, frente á las ruinas de
su hogar.

En la mañana armaron una carpa, y á mi llegada tenían ya una ramada
ó choza de ramas de árboles. Durante el remezón principal la tierra
se rasgó bajo sus mismos pies. Dicen que el fragor que se sentía en
el valle fué de lo más espantoso que puede imaginarse. La iglesia se
derrumbó. Las casas de la hacienda, casi destruídas.

En Viña del Mar encontré á toda la familia instalada en una ramada en
el zaguán; de la casa no queda en pie sino una parte del muro exterior;
la ruina fué completa; no hay allí un sitio donde pueda refugiarse un
ser viviente. El pequeño llano está cubierto de conos de uno á cuatro
pies de altura, que surgieron en la noche del 19 y arrojaron agua y
arena.

Traté de aproximarme á uno de ellos; pero el caballo comenzó á hundirse
como si pisara sobre arena movediza, por lo cual desistí de mi intento,
no queriendo exponerme á pagar demasiado caro la satisfacción de mi
curiosidad.

El camino entre Viña del Mar y el puerto ha sufrido mucho por los
derrumbes de rocas de los cerros. Hay una parte muy peligrosa; pero los
caballos chilenos son tan seguros, que la pasé sin otro temor que el de
que en ese instante sobreviniera un fuerte temblor.

Llegué por fin á las alturas del puerto, desde las cuales no presenta
la ciudad alteraciones notables, salvo la ausencia de las torres y de
los edificios mayores; vistas desde lejos, las ruinas en las líneas de
las calles hacen la ilusión de que poco ó nada falta. Cuando estuve
más cerca, las carpas y ramadas de los infelices fugitivos reclamaron
toda mi atención, pues allí se me presentó la horrible catástrofe en un
aspecto enteramente nuevo para mí. Ricos y pobres, jóvenes y ancianos,
amos y criados, todos estaban confundidos y apiñados en una intimidad
que, aun aquí donde las diferencias de clases no son tan marcadas y
hondas como en Europa, me pareció verdaderamente pavorosa.

Ahora comprendo el poder desmoralizador y relajador de los respetos
sociales de las grandes calamidades. Los historiadores de la Edad Media
nos describen epidemias en que la gente huía de las ciudades y se
refugiaba en los campos por escapar al contagio, volviendo después con
el contagio mil veces peor de la corrupción de las costumbres.

La famosa peste de Londres tuvo también su parte de calamidad moral.
Muy útil es la adversidad para los individuos y para los hombres
educados; pero lo que hace desgraciadas á grandes masas de hombres, las
daña también moralmente y las pervierte.

Me dirigí entristecida á mi casa, donde se han refugiado algunas
personas. Ha sufrido tan poco con el terremoto, que, á lo que creo, su
deterioro se reduce á la pérdida de catorce tejas y el desprendimiento
de algunos trozos de blanqueo, que atestiguan la violencia de los
remezones. Abrigaba la esperanza, al ver el estado de los ranchos
inmediatos, de que mis vecinos hubieran librado con vida.

Pero la pobre María se me acercó con evidentes demostraciones de un
gran sufrimiento. Le pregunté por su hijo Pablito, un bello chico de
cinco años, y prorrumpió en llanto. Me refirió en medio de sollozos
que salió á la casa de un vecino dejando al niño dormido en su camita.
Vino el terremoto; corrió á salvar á su hijo; entró á la choza y lo
encontró en la cama; pero una viga desprendida del techo le había caído
sobre la cabeza... Sin saber que era su hijo, no le habría sido posible
reconocerlo por su rostro.

Añadióse á éste otro dolor. Vinieron á sacar el pequeño cadáver para
darle sepultura. Ella no alcanzaba á tener cuatro pesos para pagar los
derechos. Negáronse, por tanto, á sepultarlo en lugar sagrado. “¡Han
arrojado á mi hijo á un hoyo como á un perro, donde lo pisotearán
los caballos y las mulas y no tendrá una sola oración cristiana!”
Esto no necesita comentarios, que serían tan inútiles como lo fueron
las palabras de consuelo que dirigí á la desdichada madre. “¡Ah,
señora--exclamó en contestación á ellas--; si al menos hubiera estado
usted aquí!”

Viendo que mi casa había escapado casi ilesa, el clero lo atribuyó
á milagro. El día 20 amaneció junto á mi estufa Nuestra Señora del
Pilar, vestida de raso, á la que se ofrecieron numerosas dádivas en
agradecimiento de la protección dispensada á mi casa. Supongo que los
donantes se llevaron una brújula de plata de bolsillo y un frasco de
esencias, únicos objetos que eché de menos.

Como esta tarde no tenía ocupaciones que me retuvieran en la casa,
monté á caballo y fuí al puerto, después de tomar algún alimento.
El Almendral presenta un aspecto tristísimo. No queda una sola casa
habitable. Hacia la parte de los cerros los techos y las murallas en
ruinas; hacia el lado del mar, muy deteriorados. La torre de la iglesia
es un montón de arena, pedazos de ladrillos, trozos de estuco con
restos de decoración y pintura; en una palabra, un hacinamiento de todo
lo que tienen de feo y triste las ruinas recientes.

Aún subsiste una parte del techo, suspendida entre algunos de los
estribos ó contrafuertes laterales; y los informes restos de santos y
demonios acrecientan el horror de aquel espectáculo de desolación. El
puerto, totalmente destruído en algunas partes; en otras, casi ileso.
Hay fuertes en que no ha quedado piedra sobre piedra, y almacenes en
que apenas se aflojaron las tejas.

Las filas de edificios destruídos alternan con las de edificios no
destruídos. Parece que en los lugares donde los fundamentos descansan
sobre vetas de granito los edificios resistieron bastante bien; no así
aquellos cuyos fundamentos descansan sobre arena.

La ciudad estaba desierta. Me dirigí á bordo del buque mercante inglés
_Medway_, donde el capitán White dió hospitalidad á mis amigos Hogans
y muchos otros. Me invitó á quedarme á dormir. Las noticias que oí á
bordo despertaron de nuevo mi interés por los negocios de Chile, que el
terremoto y las emociones por él producidas me habían hecho olvidar.

Por fin el gobierno ha resuelto pagar á los marinos. El primer
proyecto, sugerido, según se cree, por San Martín, era pagar á los
marineros y oficiales subalternos antes que á los de mayor graduación,
y pagarles en tierra, en la oficina de pago, que les proporcionaría
boletas de licencia absoluta ó por cuatro meses, á elección de los
interesados, dejando así á los buques, almirante y oficiales en la
bahía, sin un solo marinero. El almirante, naturalmente, no aceptó
semejante plan, y los pagos están haciéndose á bordo.

El primero tuvo lugar el día del terremoto, y me dicen que los
marineros que bajaron á tierra con licencia y con dinero, para
divertirse en compañía de sus amigos, aumentaron la confusión y
el trastorno de aquella desastrosa noche. Se les dan pagarés por
veinticinco pesos, de que sólo reciben cuatro en dinero; el resto
se les obliga á invertirlo en los almacenes que con este fin ha
establecido Arcos en el puerto.

La _Independencia_, el mejor buque de la escuadra, fué despachado
hoy sin autorización del almirante, sin siquiera la formalidad de
transmitir la orden por su conducto. Zenteno, como ministro de Marina,
decretó que el buque partiera á desempeñar una comisión. Se cree que va
en persecución de uno ó más buques que conducen dinero y provisiones á
San Carlos de Chiloé.

_Lunes 25._--A las ocho y cuarto de la mañana hubo un fuerte temblor
que derribó gran parte de lo que quedó en pie en la noche del 19.
Me he ocupado todo el día en empaquetar mis libros, vestidos, etc.,
para mudarme, porque mi casa ha sido arrendada á algunos sujetos
que, viéndola en tan buen estado, cohecharon al dueño para que me la
quitara. _¡Son ingleses!_

Sorprendiéronme en esta tarea lord Cochrane y el capitán Crosbie. El
almirante insistió bondadosa y nobilísimamente en que me quedara en
Quintero con mi pobre inválido y no pensara en salir de allí hasta
mejores tiempos y circunstancias más favorables. Me agregó que él iría
muy luego allá á preparar el albergue que deberemos ocupar hasta que
Glennie esté capaz de resistir un viaje.

_Martes 26._--Hoy hubo cinco temblores. De muchos no tomo nota, porque,
salvo que sean muy violentos, ya no me despiertan de noche. Mientras me
ocupaba en empaquetar, me sorprendió ver llegar á caballo á mi amigo
Mr. C. Acababa de llegar de Concepción: 170 leguas, que ha recorrido
por caminos desviados en cinco días. Pasó por Talca y San Fernando;
en estos lugares y en Concepción se sintió el terremoto, pero con
poca violencia. Mr. H., que acababa de regresar de Santiago, me dice
que Casablanca y Melipilla son montones de ruinas, Illapel, también
destruída; sus iglesias, ruinosas. Sólo los ranchos resistieron,
gracias á la elasticidad de su construcción y materiales; y aunque el
barro ha saltado de los intersticios, no ofrecen peligro.

Mr. C. trae noticias más importantes que las referentes al terremoto.
El pueblo de Concepción, irritado por las injustas disposiciones del
reglamento de comercio y otras medidas opresivas, lo quemó junto
con la Constitución en la plaza del mercado; convocó una Convención
de oposición, é insistió en que Freire se pusiera en marcha con el
objeto (de que no hacen misterio) de derrocar á Rodríguez y la inicua
administración de que forma parte. Freire se ha puesto ya en marcha;
pero aún no es tiempo de que sus movimientos se sepan en Santiago. Yo,
por supuesto, no puedo decir nada mientras la noticia no venga de una
fuente menos privada; pero sí conjeturar; y se me ocurre que el plan
ha sido asegurar á Freire el apoyo de la escuadra. Pero no, no puede
ser; el honor lo prohibe, y la escuadra de Chile no olvidará el honor
mientras lord Cochrane sea, siquiera nominalmente, su Almirante.

_Viernes 27._--Hoy, varios temblores suaves, dos muy recios á las 10
A. M. y á las 6 P. M. Vino mi simpático amigo Mr. B., cuyo próximo
matrimonio y las circunstancias con él relacionadas constituyen un
interesante capítulo en la historia del progreso de la tolerancia
en Chile. En otros matrimonios de esta especie los extranjeros han
abrazado casi siempre la religión de sus novias, pero mi amigo
participa de los sentimientos de los héroes de Richardson; con lo cual
no quiero significar que, como Sir Charles Grandison, se presenta á las
seis de la mañana de gran parada y con redecilla y peluca, ni comparar
á la novia con la incomparable Clementina, sino que ha observado en
este negocio una conducta firme y recta por lo que toca á su conciencia
y sagaz y prudente por lo que atañe á su patria de adopción, conducta
en que ha tenido el apoyo del Director, á despecho de la intolerancia
y del espíritu de partido. No queriendo que su novia abjurara su fe,
ni cambiar él la suya, solicitó del obispo la licencia y dispensa
necesarias para casarse. El prelado se negó á dárselas mientras no
entrara al seno de la Iglesia. El gobierno intervino, representando
al obispo que los actuales tiempos exigían menos fanatismo y el bien
del país mayor liberalidad respecto de los extranjeros. El obispo
persistió en su resolución, hasta que se le notificó que si no cedía
no se devolverían á la Iglesia ciertos diezmos y emolumentos que
había perdido en las últimas conmociones civiles. Y ahora, después de
conceder de mala gana la licencia, todo lo que ha ganado se reduce á la
propuesta por el gobierno de un concordato que cercena sus entradas y
disminuye su poder.

Es un hombre ambicioso y fanático, aparentemente vinculado al actual
gobierno por varios lazos, de los cuales es, sin duda, el más fuerte
la sociedad de Arcos, casado con una sobrina suya, con Rodríguez.
Tiene, empero, más fuertes vinculaciones con los que hacen oposición
á O’Higgins, ya como partidarios de los desdichados Carreras, ya como
descontentos. Este matrimonio ha dado lugar á violentas discusiones que
la firmeza y prudencia de M. B. han llevado á buen término.

Propusiéronsele transacciones y componendas poco correctas para salvar
las apariencias de parte de la Iglesia; pero él quería que el asunto
tuviera una solución legal y pública, no sólo por sus principios, sino
también para establecer un precedente importante para lo sucesivo.

Hoy pensé volver á Quintero en la lancha de la _Lautaro_, que
me ofrecieron amablemente para ese objeto. Pero, contra lo que
generalmente ocurre en esta época del año, se levantó un recio viento
Norte que frustró mis planes. En la noche se descargó una fuerte
lluvia que causó grandes perjuicios en los objetos que quedaron á la
intemperie después del terremoto y que puso en un estado miserable los
infelices campamentos de los cerros. El pueblo la celebra, sin embargo,
porque cree que la lluvia extinguirá el fuego que causa los terremotos,
que, por tanto, no volverán á repetirse.

_28._--A pesar de la lluvia, que duró hasta la media noche, hoy tembló
no menos de cinco veces. El fanatismo se ha puesto en campaña durante
este calamitoso período, creyendo, sin duda, favorable la ocasión
para recuperar una parte del terreno que de algún tiempo atrás venía
perdiendo. Hoy era el día fijado para la ejecución de un francés y tres
chilenos que se introdujeron durante la noche en un buque anclado en la
bahía, hirieron gravemente al capitán y al piloto y robaron una fuerte
suma.

El clero ha estado excitando al pueblo á levantarse en favor de los
reos, anunciando nuevas y grandes calamidades si se permite que buenos
católicos sean ejecutados á causa de los herejes.

El gobierno, sabedor de estas intrigas, hizo rodear de numerosos
soldados el lugar de la ejecución, que se verificó tranquilamente. Y no
es éste un caso aislado.

El clero ha tratado de excitar al pueblo á atacar á los herejes,
pero sin resultado; ya sea porque éste oye tales insinuaciones
con indiferencia, ya porque no reconoce en los cultos y benéficos
extranjeros residentes en el país los execrables rasgos y costumbres
que el clero atribuye á los pobres herejes en sus imaginarias pinturas.

Fuí después de almorzar á bordo del buque del almirante á visitar
á algunos amigos que en la noche del 19 se refugiaron allí con sus
familias y á quienes ha cedido su cámara, instalándose él mismo en una
carpa sobre cubierta. Los oficiales con quienes hablé sobre los efectos
del terremoto á bordo, me dijeron que al sentir el sacudimiento y el
pavoroso ruido, en que al fragor de la tierra convulsa segregaba el
estrépito de la ciudad que se derrumbaba, miraron hacia el puerto y
sólo vieron una inmensa nube de polvo, de que se alzó un terrible grito
de horror y de angustia.

Lord Cochrane y otros marinos se arrojaron inmediatamente á un bote
para acudir en auxilio, si había aún posibilidad de auxilio, de las
víctimas de la catástrofe. Arrebatados por una impetuosa ola, tocaron
tierra en un punto á que jamás había llegado antes bote alguno.
Viéronla en seguida retirarse enhiesta y terrible, dejando en seco
numerosas lanchas y otras pequeñas embarcaciones. No dudaron por un
instante que volvería é inundaría la arruinada ciudad. No volvió, y el
fondo de la bahía se ha levantado como tres pies. Cada uno tenía algún
extraordinario episodio que referir.

La señora D. se encontraba sola con sus dos niños en su casa; su padre
y su marido habían salido. Los criados huyeron al primer remezón. Ella
estaba con los niños en un aposento del segundo piso; daba el pecho
al menor mientras el mayor dormía en su cuna. En la imposibilidad de
sacar á los dos á la vez, llegóse á la cuna y apoyada en ella, con la
criatura en los brazos, resolvió aguardar, presa de mortal angustia, lo
que sucediera. Allí la encontró alguien que acudió en su auxilio y la
llevó á bordo de un buque.

Después de pasar la mañana á bordo de la _O’Higgins_, escuchando con
vivo interés estos emocionantes relatos, volví á Quintero en la lancha
de la _Lautaro_, que hizo el viaje en tres horas; y podría haberlo
hecho en menos tiempo á no impedírselo el fuerte oleaje causado por el
viento Norte de ayer.

_29._--Hoy sólo un temblor, bastante recio.

_30._--Antes de las diez y á las dos, temblores acompañados de fuertes
ruidos. Rara vez tiembla sin ningún ruido. Algunas veces precede al
temblor un sonido semejante á una explosión; otras lo acompaña una
especie de ruido sordo y prolongado; otras, por fin, se siente éste
sin movimiento perceptible, aunque prueba que lo hay la agitación del
mercurio en el vaso.

_1.º de Diciembre._--Temblores suaves, pero frecuentes. Fuimos hoy á
caballo al pueblecito de La Placilla, pasando por la hacienda de los
Maitenes y por la laguna de Campiche, que deslinda con la hacienda de
Quintero. Paisajes bellísimos. El valle de la laguna es muy fértil y
productivo. La Placilla es un bonito lugar, que me recuerda algunos de
Inglaterra.

Está situada á orillas del riachuelo de la Ligua[128]. Sus ranchos,
rodeados de huertos y jardines, son excelentes en su género. Circundan
el pueblo campos de pasturaje y trigo, y las montañas le forman
un bello horizonte. A nuestra llegada la gente venía saliendo de
misa, que se celebró en una ramada, dentro del cementerio, pues la
iglesia y casa parroquial, los únicos edificios de cal y ladrillo del
pueblo, cayeron en tierra el 19, totalmente la primera, en parte la
segunda. Encontramos al cura en un pequeño y sucio cuarto, su oficina
probablemente, en que había unos veinte libros viejos con grasientas
cubiertas de cuero negro y un lío de lana en un rincón.

Después de ofrecernos un poco de ron nos condujo sobre montones de
escombros á otro aposento poco deteriorado, en que nos presentó pan,
queso, mantequilla, leche y aguardiente, invitándonos á merendar con
él, á que accedimos de buena gana. Fuí en seguida á arreglar cuentas
con la hija del juez del pueblo, mi lavandera, nada menos. En los
antiguos tiempos las reinas y las princesas lavaban para sus padres y
hermanos, y no dudo que la princesa Nausica, como las damas de por acá,
llevaba á lavar la ropa sucia al río[129].

Fuerza es confesar que en figura y elegancia una joven lavandera
chilena aventaja con mucho á las nuestras; pero si redunda ó no en bien
de la comunidad que las hijas de los administradores de justicia se
dediquen á este oficio, es punto que dejo á la consideración y dictamen
de personas más competentes que yo, aunque, si no me equivoco, hay algo
contra ello en un estatuto del primer año del reinado de Jorge III en
que se declara que la independencia de los jueces debe considerarse
necesaria para su rectitud. Pero estamos muy lejos de Inglaterra.

_2 de Diciembre._--Hoy, un solo temblor, en las primeras horas de la
mañana. Recuerdo haber oído comentar con extrañeza la flema de los
habitantes de Caracas, que después de transcurrir algunos meses sin
ninguna violenta convulsión terrestre y cuando sólo temblaba una vez
cada cinco ó seis horas, volvieron á reedificar sus casas. El hombre se
acostumbra á todo.

Aunque apenas han trascurrido quince días desde que en torno nuestro
“cayeron por tierra templos y torres”, y aunque vivimos en carpas y
chozas levantadas alrededor de nuestros arruinados hogares, seguimos
ocupándonos en nuestros negocios y hasta en nuestras diversiones
como si nada hubiera acontecido, y nos entregamos al sueño con tanta
tranquilidad como si poco ha no hubiéramos visto á la tierra que nos
sustenta bambolearse y perder su equilibrio. Y hasta nos queda tiempo
para ocuparnos en lecturas de historia y poesía, á fin de comparar
con los sucesos que hemos presenciado las descripciones de hombres
que no fueron testigos de los luctuosos acontecimientos que nos
refieren. Entre ellas se distingue por su belleza y verdad la que nos
da Childe Harold de la batalla de Trasimeno, en que tal fué el furor
y encarnizamiento de la pelea, que los combatientes no sintieron un
terremoto que durante ella sobrevino.

      “The earth to them was as a rolling bark
    Which bore them to eternity; they saw
    The ocean round, but had no time to mark
    The motions of their vessel: Nature’s law
    In them suspended, reck’d not of the awe
    Which reigns when mountains tremble, and the birds
    Plunge in the clouds for refuge, and withdraw
    From their downstoppling nests, and bellowing herds
    Stumble o’er heaving plains, and man’s dread hath no words”[130].

El viento Sur ha llegado ya con sus densas nubes de polvo que no nos
permiten escribir. Para defender de ellas nuestros alimentos nos
refugiamos en una pequeña glorieta al abrigo de un cerro, donde en un
comedor dispuesto por la Naturaleza y cuya puerta y ventanas dan al
mar, comemos y permanecemos hasta la caída de la tarde, y entonces nos
reunimos alrededor de un gran fuego que encendemos frente á nuestras
carpas[131] y charlamos hasta la hora de dormir. Difícilmente podríamos
tener un compañero mejor que don Benito[132]. Ha visto tantas cosas
que nosotros jamás hemos visto ni oído, que nunca le falta algo nuevo
que contarnos. En cuanto á memoria, creo que ni la misma sultana
Scheherezada le aventaja, motivo por el cual hemos bautizado sus
relatos con el nombre de “Mil y una noches peruanas”.

Refiérenos historias de los estudiantes de Quito, que prueban que
profesores y estudiantes son allá lo que son y siempre han sido en
todos los tiempos y países; historias de amor que demuestran que los
corazones juveniles pueden sentir, confiar, sufrir, en los valles de
los Andes como en los de Europa; episodios de la revolución, en que se
ve de cuánto son capaces las pasiones y afectos humanos. Estos son con
mucho los más interesantes y de ellos podrían sacarse argumentos de
tragedias y novelas. He aquí, por ejemplo, dos que nos refirió anoche:

Juana María Pola, de Santa Fe de Bogotá, era una mujer cuyo marido,
hermanos é hijos estaban profundamente comprometidos en la causa
de la revolución. Cuando los patriotas se apoderaron de Santa Fe,
después de tomar los cuarteles de la infantería y caballería realista,
interrumpieron las hostilidades para reunir fuerzas suficientes
con que atacar la artillería enemiga. Hubo entonces un intervalo
en que “los más intrépidos contuvieron su aliento”. Juana María
encontró á su hijo entre las tropas que esperaban refuerzos.--“¿Qué
haces aquí”---le preguntó--. “Espero el momento de combatir por la
patria”.--“Arrodíllate entonces y recibe la bendición de tu madre.
Nosotras las mujeres iremos adelante á recibir los primeros fuegos,
y tú irás por sobre nuestros cuerpos á apoderarte de aquel cañón,
y salvarás á tu patria.” Dió la bendición á su hijo, se precipitó
delante de los soldados y obtuvieron el triunfo. Desde ese día tuvo
la intrépida mujer grado y paga de capitán. Pero los realistas
reconquistaron á Santa Fe, y Juana María fué una de sus primeras
víctimas. Lleváronla á la plaza del mercado y la fusilaron.

José María Melgado era un joven de distinguida familia y excelente
educación. Se recibió de abogado á la edad de veintidós años y estaba
al casarse con una joven que amaba. Cuando se levantó Pomacao, uniósele
al instante Melgado, á quien nombraron fiscal militar del ejército
patriota. Poco tiempo después el general Ramírez se apoderó del cuartel
general de Pomacao, y Melgado, entre otros, fué tomado prisionero y
condenado á muerte.

Su familia y amigos gozaban de tanta influencia, que podría haber
alcanzado su perdón sometiéndose á la real piedad y abrazando la causa
realista. Pero fué sordo á todas las instancias que se le hicieron
en este sentido y ni siquiera se le pudo arrancar una palabra de
respuesta. Lleváronlo, por fin, al lugar de la ejecución. Un sacerdote
vino á confeserlo, y en ese lugar y en esos solemnes momentos lo
exhortó á que devolviera la paz á su conciencia reconociendo libre y
plenamente su delito y sometiéndose al rey, prometiéndole alcanzar su
indulto si tal hacía.

Contestóle con fuego que menos que de nadie era propio de un sacerdote
perturbar los últimos momentos de un moribundo y recordarle intereses
mundanos á que ya había renunciado su alma; que era una insensatez
hablarle de indulto estando ya irrevocablemente sellado su destino,
como él mismo lo sabía perfectamente, sí, y aún desde el momento en que
se unió á Pomacao. “Un hombre--agregó--debe pensarlo muy bien antes
de cambiar de opiniones ó de partido; pero una vez que, después de
meditarlo seriamente, hace su elección, jamás debe apartarse de ella.

“Además, ya es tarde para hablarme de indulto ó de cambio de ideas. Lo
hecho, hecho está; no me arrepiento de ello. Creí de mi deber abrazar
la causa de la libertad de mi patria; lo mismo creo todavía, y estoy
dispuesto á morir por ella. Mal parece en un sacerdote, lo repito una
vez más, que perturbe la tranquilidad de mi última hora.” El sacerdote
se retiró. Melgado pidió permiso al ayudante para fumar un cigarro,
diciéndole que sentía los nervios excitados y deseaba tranquilizarse.
Obtenido el permiso, volvióse hacia los circunstantes y dijo: “¿Quiere
alguien darme un cigarro, por amor de Dios?”

Un soldado le pasó uno, que fumó hasta la mitad y arrojó, diciendo que
ya estaba pronto y tranquilo. Acercóse el oficial á vendarle los ojos.
Lo rechazó, y dijo: “Déjenme siquiera morir con mis ojos libres”. Se
le observó que era necesario. “Bien, bien--replicó--; yo mismo me los
cubriré”. Y cubriéndolos con su mano, manifestó que estaba pronto, y
recibió la descarga.

Los sur-americanos abrazan sus causas con verdadero entusiasmo. Son
ignorantes, oprimidos, indolentes y tímidos quizá. Pero lanzaron el
grito de independencia; apareció en su horizonte la estrella de la
libertad, y ni ésta volverá á eclipsarse por orden de España, ni á
aquél impondrá silencio el hasta ahora irresistible talismán de la
autoridad real. Las huestes han penetrado en las selvas vírgenes
del nuevo mundo, escalado montañas, atravesado lagos y pantanos,
para saludarse unos á otros como obreros de la misma causa, como
copartícipes de la recién conquistada libertad que están resueltos á
dejar á sus hijos.

Pasará largo tiempo quizá antes que estas naciones se arreglen y
consoliden; sus formas de gobierno fluctuarán muchos años, y correrá
todavía mucha sangre por la causa de la libertad, pues, ¡ay! ¿qué bien
hay en la tierra que no sea comprado al precio de algún mal? Pero el
cetro de hierro de la metrópoli no volverá á imperar sobre estos países.

_Martes 3 de Diciembre._--La tierra, que parecía haber recobrado su
tranquilidad, se sacudió hoy con violencia á las tres treinta A. M., á
las nueve, á medio día (largo y recio temblor con fuerte ruido), á las
dos, y á media noche el quinto y último, no inferior á los de los tres
primeros días, con excepción del grande del 19.

_Miércoles 4._--Cuatro fuertes remezones antes de las ocho de la mañana
parecieron amenazar con una repetición de los que se siguieron al día
19 de Noviembre. Tembló después dos veces más, pero suavemente.

Las noticias de la marcha de Freire se han hecho públicas, así como
las de la reunión de la Convención provincial y su censura de la de
Santiago por haberse declarado la primera asamblea representativa y
porque se atribuye la facultad de aceptar la renuncia del Director
y de reelegirlo, actos que consideran ilegales. Se susurra que el
Director piensa abdicar. Le ha herido profundamente lo que él llama
la ingratitud de Freire, á quien fué adicto como un valiente á otro
valiente y á quien siempre favoreció y patrocinó. Freire y sus soldados
han llevado adelante con feliz éxito una larga y penosa guerra. No se
les ha pagado, y se dice que Freire tiene otro motivo de resentimiento
contra la familia del Director, si no contra el Director mismo.

El general Freire amaba apasionadamente á una joven que la batalla
de Maipú dejó huérfana[133]. Su amor era correspondido, y esperaba
casarse con ella. En su calidad de huérfana la joven estaba bajo la
tutela del gobierno, que la dió por esposa á otro. Ella, con sus
cuantiosos bienes de fortuna, fué arrebatada al hombre que la amaba
para premiar, según dicen, á un meritorio oficial. ¿Quién más meritorio
que Freire? Este devoró la afrenta en silencio, pero ¿puede haberla
olvidado? Se le propuso otro matrimonio, que rechazó con indignación,
infiriéndose así un doble ultraje á sus sentimientos.

Provocaciones menores que éstas han armado en otros tiempos naciones
contra naciones, y en un país semi-civilizado como éste los
sentimientos privados tienen más parte en la suma total de las causas
de las guerras civiles que en naciones más adelantadas, en que la
cultura hace asemejarse tanto á los hombres unos á otros y les da tanto
dominio sobre las manifestaciones externas de sus sentimientos que las
emociones individuales rara vez tienen influencia fuera del círculo de
la familia.

El general Freire nació en Chile, de padre europeo, no sé si francés
ó inglés[134]. No ha estado en Europa ni ha leído nada. Posee en
cambio poderosas facultades naturales, sagacidad y un carácter recto
y generoso. Se ha consagrado completamente á las armas. Lo siento por
Chile. En el estado actual del país cada día de tranquilidad es un
gran beneficio para él, á pesar de su mal gobierno. Hay aquí buenos
elementos que para prosperar sólo necesitan tiempo y tranquilidad.

Es muy lamentable que el mal proceder de los ministros encienda la
guerra civil, la peor de las plagas, y retarde el progreso de la
nación, objeto de tantos esfuerzos y sacrificios. Podría dirigir á la
República las palabras de un antiguo poeta:

    “Ill-fated vessel! shall the waves again
    Tempestuous bear thee to the faithless main?
    What would thy madness, thus with storms to sport?
    Ah! yet with caution keep the friendly port

           *       *       *       *       *

        The guardian gods are lost,
    Whom you might call in future tempests tost”[135].

_Jueves 5 de Diciembre._--Hemos pasado un día más tranquilo. Sólo hubo
tres temblores suaves.

_Viernes 6._--Sólo dos temblores, pero el viento más fuerte de que
tengo memoria. Día espléndido. La bahía, bella como nunca, con las
blancas crestas de las olas sobre la superficie azul. Nos vimos
obligados á refugiarnos en el bosquecillo, porque la arena penetra en
el rancho por todas partes y casi nos ahoga.

Até las ramas de quintral que cuelgan de los maitenes á los arbustos
que crecen debajo de éstos, con lo que nuestro muro quedó más firme y
más elegante la ventana y con vista al mar y á los cerros. Con una de
las puertas que cayeron en el terremoto y cuatro postes enterrados en
el suelo fabricamos una magnífica mesa de comedor.

_7 de Diciembre._--Temblor suave á las seis A. M., seguido de uno más
fuerte. Otro en la tarde.

Lord Cochrane llegó en el _Moctezuma_ con el capitán Winter y los
señores Grenfell y Jackson. Glennie, que parecía haber ganado terreno
en los últimos quince días, tuvo hoy otro ataque.

_Domingo 8._--Temblor muy fuerte.

_Lunes 9._--Temblor suave; día nublado y obscuro; 65° Fahrenheit.
En la tarde, agradable paseo por la playa con lord Cochrane. Fuimos
principalmente con el objeto de ver los efectos causados por el
terremoto en las rocas. En Valparaíso la playa se levantó como tres
pies y algunas rocas quedaron descubiertas. En ellas han encontrado
los pescadores una especie de ostra que creen no existía antes allí.
Observamos grandes hendiduras en la tierra entre la casa y la playa. En
las rocas se ven numerosas quebraduras, evidentemente nuevas, y todas
en una misma dirección.

Parecíanos que penetrábamos en los secretos del laboratorio de la
Naturaleza. Al través de los lechos naturales de granito hay vetas de
una pulgada á una línea de espesor, llenas la mayor parte de partículas
blancas brillantes, probablemente cuarzo, y en algunas partes
sobresalen un poco de la superficie de la roca. En otras las vetas
tienen los bordes contorneados y las partículas blancas no las llenan,
sino que revisten parcialmente sus paredes. Las grietas producidas por
este terremoto se distinguen fácilmente por el filo de los bordes de
las antiguas.

Las que les corresponden en los cerros vecinos son mucho más anchas.
En algunas partes la tierra se ha partido y caído, dejando descubierta
la base rocosa de los cerros. En la playa, á pesar de la alta marea,
muchas rocas, cubiertas de moluscos muertos, quedan en seco, lo que
prueba que se ha levantado como cuatro pies en la Herradura. Sobre
estas conchas recientes encuéntranse otras más antiguas á diversas
alturas en toda la extensión de la costa, como también cerca de las
cimas de los cerros más altos de Chile, más aún, en los Andes mismos,
según he oído. ¿Provienen de levantamientos del fondo del mar,
producidos por convulsiones terrestres? De vuelta de nuestro paseo
recogí en la playa, en una pequeña caleta de pescadores, un poco de
arena ó más bien polvo de hierro, muy sensible al imán é idéntico al
que me trajeron no ha mucho de las islas de las Perlas[136]. Aquí las
rocas son de granito gris, y el suelo de arena mezclada con tierra
vegetal y capas de piedrecillas y conchas que suelen elevarse á más de
50 pies sobre el nivel de la playa.

Las tardes y las mañanas son en estos lugares de una belleza
incomparable. Esta tarde, cuando volvíamos á la casa, los nevados Andes
estaban vestidos de rosa y bermellón, y los cerros más próximos de
brillante púrpura, mientras el sol desaparecía en el mar, esplendoroso
y sin nubes.

_Martes 10._--Mientras comíamos con lord Cochrane y los señores
Jackson, Bennet y Orelle sobrevino un temblor que excedió en fuerza
y longitud á todos los ocurridos después del terremoto del 19 de
Noviembre. Algunos salieron de la casa[137], pues ahora habitamos en la
parte que de ella quedó en pie, y yo corrí al lecho del pobre Glennie,
á quien causó el temblor una fuerte hemorragia que detuve con láudano.

Poco después hubo un temblor suave y otro bastante recio á las tres y
media. Soplaba un fuerte viento y el termómetro marcaba 65° Fahrenheit.

_11._--A las 7,30 A. M. violento remezón, acompañado de fuerte
explosión; otros, á las diez, seguidos de dos muy suaves.

_12._--A mediodía fuerte temblor y poco después uno suave. A nuestro
regreso de una excursión á caballo por Valle Alegre y Campiche
encontramos una gran cantidad de algas marinas y otra de moluscos
muertos y fétidos, abandonados allí por el mar en la noche del 19 de
Noviembre. Uno de los días más bellos de que tengo recuerdo. “Sobre
la superficie del Océano todo dormía menos el viento”, que á su paso
por entre bosquecillos de aromáticos arbustos recogía y nos traía
perfumes casi embriagadores. No concibo un clima mejor que el de Chile
ni más delicioso para los que en él habitan, y ahora que ya estoy
acostumbrada á las convulsiones de la tierra me parecen un mal menor de
lo que antes podría haber imaginado. La curiosa descripción que hace de
Chile el antiguo Purchas[138] es tan exacta como singular y pintoresco
su estilo. “El pobre valle--dice, hablando de Chile--, es de tal modo
tiranizado por los meteoros y elementos, que á veces tiembla de miedo,
y en estos accesos de fiebre y calofríos pierde sus mejores adornos. De
esta suerte cayó por tierra Arequipa, una de sus más bellas ciudades,
en el desastre de 1582. Y algunas veces los cerros también se contagian
con esta fiebre pestilente y caen como muertos en el llano, asustando
de tal modo á los tímidos ríos que huyen de sus lechos y buscan otros
nuevos, ó bien se quedan paralizados de espanto, y faltándoles entonces
el calor motor, les sobreviene una extraña hinchazón del vientre, que
crece hasta formar extensos é inmóviles lagos. Las mareas, al ver
esto, detienen su curso y no se atreven á acercarse á sus amados ríos,
que quedan á millas de distancia, de suerte que los buques tienen que
naufragar necesariamente. Hallándose entonces la pobre tierra con la
boca obstruída y el estómago sobrecargado, se ve obligada á abrirse
otras bocas, por donde vomita torrentes de perjudiciales aguas. Nada
digo de las bestias y de los hombres, que en estas guerras civiles de
la Naturaleza tienen forzosamente que sufrir crueles miserias”.

_13, 14, 15 y 16 de Diciembre._--Cuatro temblores por día, acompañados
de fuertes ruidos, y varias explosiones sin movimiento perceptible,
semejantes á cañonazos disparados en el mar. Me he ocupado en leer las
acusaciones de San Martín contra lord Cochrane y la contestación del
almirante.

Las acusaciones son tan frívolas como despreciables, y precisamente
calculadas para excitar y fomentar la envidia que su talento y su
doble calidad de extranjero y de noble han despertado contra él.
Presentadas al gobierno de Santiago durante la ausencia del almirante
y por conducto de personas cuya malevolencia agravó los cargos con
pérfidas insinuaciones, han ofendido su honor á la vez que importan
un peligro para su seguridad personal. Felizmente ciertos íntimos
sentimientos impidieron al Director dar crédito á algunos de esos
cargos, y no ignoraba que existían documentos que refutaban otros. Por
esta causa rogó á lord Cochrane que no contestara inmediatamente á San
Martín, temeroso de que la contestación envolviera á los gobiernos de
Chile y del Perú en dificultades ó aun en una guerra.

Ahora, sin embargo, alejado San Martín del gobierno del Perú y no
pudiendo ya resultar ningún mal de la refutación de las atroces
calumnias que ha esparcido aquí y hecho llegar á las naciones
extranjeras, lord Cochrane le ha dirigido una carta en que no sólo se
justifica sino que también expone la bajeza, crueldad y cobardía de su
acusador.

Aunque esta carta nada tuviera que hacer con la vindicación de lord
Cochrane ó con las acusaciones de San Martín, el cuadro que presenta
de la dirección de la guerra en el Perú, haría de ella uno de los
documentos más interesantes que se hayan publicado sobre los asuntos
sur-americanos.

_17._--Mr. Grenfell llegó hoy del puerto con importantes noticias.
El general Freire está en Talca, y una división del ejército de
Santiago tiene orden de estar pronta para atacarlo. Los marinos de la
escuadra, á las órdenes del mayor Hyne, partieron anoche á Santiago,
por disposición del ministerio de Marina, á reforzar las tropas del
Director.

Varias órdenes arbitrarias dadas á la escuadra han inducido al
almirante á volver al puerto y reasumir el mando. Ordenóse á la
_Galvarino_ estar pronto para salir, se susurra que con el objeto de
tomar á bordo un personaje importante, probablemente San Martín,
y conducirlo á Buenos Aires ú otro lugar seguro, por temor de que
le corten la retirada por los Andes. Dióse anteriormente esta misma
orden, y con el mismo objeto, según se cree, aunque el buque debía
mantenerse cerca de la costa y tomar al pasajero ó pasajeros señalados
en la desembocadura del Maipo. Pero la escuadra no permitió entonces
su salida ni la permitirá ahora, pues tiene títulos sobre el buque,
destinado á ser vendido para pagar á los oficiales y marineros.

La _Lautaro_ ha cargado sus cañones para echar á pique á la _Galvarino_
si pretende moverse sin licencia expresa del almirante. El fuerte ha
cargado también los suyos, pero la escuadra se ríe del fuerte y sus
cañones. La vuelta de lord Cochrane al mando pondrá de nuevo, sin duda,
las cosas en orden.

El partido del Sur ha desplegado actividad en tierra y en el mar.
El capitán Casey, que lo fué de puerto en Talcahuano, manda un gran
buque que llegó anoche á Valparaíso pero no ancló. Envió un bote á
la _O’Higgins_, se supone con el designio de inducir á la escuadra á
abandonar la causa del Director y pronunciarse contra el gobierno, á
quien han jurado fidelidad los oficiales y tripulación. Si tal fué su
designio, ha fracasado.

El capitán Casey siguió viaje á Coquimbo, donde probablemente tendrá
mejor éxito. Ese puerto, como los del Sur, es gravemente perjudicado
por el reglamento de comercio; las tropas también están irritadas por
la demora en pagárseles sus sueldos, y si he de creer en las noticias
que traen los traficantes en ganados y otras personas, están á punto de
sublevarse. Las tropas de Quillota y Aconcagua se han negado á marchar
á la capital, y aunque se reclutan nuevos milicianos en todos los
lugares vecinos, el gobierno no puede contar con ellos con certeza.

Se comienza á sentir la inquietud que precede á una guerra civil.
Nuestras pistolas están limpias y tenemos provisión de balas. Estamos
muy inquietos por el almirante, que partió á caballo á la capital sin
más compañía que la de un criado.

_Miércoles 18 de Diciembre._--Tres temblores suaves.

_Jueves 19._--Largo temblor con ruido muy fuerte y varios suaves.

_Viernes 20._--Varios temblores suaves, que no sentí por estar á
caballo. Parece que los caballos y las mulas no sienten los temblores y
ruidos sino cuando son bastante fuertes.

Fuí á caballo á Valparaíso. La mañana estaba triste y brumosa. No
acierto á describir el efecto de un día como éste en el paisaje en las
nueve millas que median entre Quintero y Concon. A un lado las dunas,
desprovistas de toda vegetación, al otro una fuerte marejada, ambas al
parecer interminables y como perdidas en la niebla.

Abríala de cuando en cuando una ráfaga de viento, y entonces las
tierras distantes parecían suspendidas sobre el horizonte, y yo
avanzaba con una especie de impaciencia de ver cómo terminaba aquello.

Me sentía con disposiciones para filosofar un poco. Terremotos bajo mis
pies, pensaba; preludios de guerra civil en torno mío, mi pobre primo
enfermo y muriéndose y mi noble amigo, el único verdadero amigo que
aquí tengo, próximo á dejar el país, al menos por algún tiempo[139].

Todo esto me dejaba sin nada con que contar fuera del presente, y,
tal como el camino que en esos momentos recorría, el porvenir se me
presentaba envuelto en densas nubes ó á lo sumo me permitía entrever
apenas vagas vislumbres de lo que podría reservárseme.

En casos como éste se despierta en el hombre cierta propensión á ver
bajo un aspecto cómico sus infortunios. Más de una vez me sorprendí
durante el camino sonriéndome al descubrir no sé qué imaginarias
semejanzas entre la vida humana y las escenas que me rodeaban, ó la
pensar en la mala estrella que había traído á una inglesa; esto es, á
la más doméstica de las criaturas, casi á los antípodas, en medio de
las conmociones de la Naturaleza y de la sociedad.

Pero si jamás cae á la tierra un pajarillo sin que sea prevista su
caída, puedo estar cierta de que no seré olvidada. Muchas veces tengo
que recurrir á esta certidumbre para poder soportar males y molestias á
que nadie, ni aun el más abyecto, se sometería en mi dichoso país sin
quejarse de su suerte.

La aparición de Mr. Miers en la pequeña roca, cerca de la desembocadura
del río, disipó mis sombrías reflexiones. Había venido á mostrarme el
nuevo vado, porque el antiguo estaba peligroso, y seguimos juntos á
la casa, donde almorzamos. Empleé hora y cuarto en recorrer las doce
millas, incluyendo el paso del vado, que no es fácil de encontrar
y atravesar, pues el río, aunque de poca profundidad, es más ancho
y correntoso que el Támesis en el puente de Londres. Mr. Miers me
acompañó al puerto. Después de hacer algunas compras (pues algunos
comerciantes van durante el día á sus almacenes) y cambiar mis ropas de
montar, fui á comer á bordo de la _O’Higgins_.

Lord Cochrane ha presentado dos veces su renuncia al gobierno, que no
se la ha aceptado. Está firmemente resuelto á ausentarse por algún
tiempo. Después de la comida, mientras esperaba un bote para ir á bordo
de otro buque, apoyada en el coronamiento de popa de la fragata, me
puse á reflexionar sobre las dificultades de mi situación actual y
las que me aguardaban, especialmente si venían las lluvias antes que
Glennie estuviera capaz de emprender viaje á otro lugar donde pudiera
habitar en una casa seca y sana, y sentí un abatimiento de ánimo como
muy pocos lances adversos (y he sufrido muchos y harto dolorosos) me
habían ocasionado. No veía de dónde podría venirme algún auxilio, y
he aquí que me vino de repente de donde no lo esperaba ni me habría
atrevido á esperarlo.

Lord Cochrane llegóse á mí y, solicitando bondadosamente mi atención,
me dijo que estando próximo á alejarse del país, yo le quitaría un gran
peso del ánimo si consentía en irme con él. No podía conformarse--me
dijo--con dejar así á la viuda de un oficial inglés abandonada y
sin protección alguna, en un país sembrado de ruinas y asolado por
la guerra civil. Le repliqué que no podía dejar á mi primo enfermo
y que había prometido á su madre velar por él.--“No le exijo tal
cosa--contestó lord Cochrane--; él también partirá con nosotros, y
por cierto que no lo cuidaremos con menos solicitud y esmero que
usted”.--No pude contestar una palabra, ni siquiera dirigirle una
mirada de agradecimiento; pero cualquiera que haya tenida un peso sobre
su corazón, que le ha parecido imposible de soportar ó de aliviar, y ve
que una mano generosa se lo quita con delicada bondad y cuando menos
lo esperaba, comprenderá lo que sentí en aquel momento, adivinará una
pequeña parte de la gratitud que llenó mi corazón y que no acerté á
expresar.

_21._--Hoy un temblor fuerte y varios suaves. Mis amigos ingleses están
instalados con relativa comodidad en los buques anclados en la bahía,
por cuyas cámaras ó parte de ellas pagan alquiler. El gobernador de
Valparaíso y su familia viven en las barracas de los arsenales. Muchos
de los más ricos se han ido á Santiago; los pobres y los de la clase
media continúan acampados en los cerros vecinos.

Al extraer los escombros de la ciudad se han encontrado más muertos de
los que al principio se supuso que habría. Algunos comerciantes han
armado carpas y casuchas de madera en las calles más anchas y allí
duermen y custodian sus mercaderías. Nadie se atreve todavia á pasar
la noche en su casa, con excepción de madame Pharoux, la linda esposa
del dueño del hotel francés. Siempre sonriente detrás de su mostrador,
estas cosas _inouies_ à Paris apenas le merecen un ligero encogimiento
de hombros. Por lo demás, el terremoto, que apagó los fuegos de todas
las cocinas menos los de la suya, le ha dejado un buen provecho. Ha
tenido suerte, y la merece.

_22._--Sólo tres sacudimientos ligeros. Los preparativos de mi viaje
me retienen todavía en Valparaíso. Paso el día empaquetando en tierra
y comiendo con mis amigos á bordo. Duermo en un rincón de la cámara
en que se halla albergada la señora D. y su familia, á bordo de la
_O’Higgins_. Con razón dice Shakespeare: “los infortunios obligan al
hombre á familiarizarse con extraños compañeros”. Ingleses y chilenos,
hombres, mujeres y niños, nos encontramos reunidos en una familiar
promiscuidad sólo explicable por los sufrimientos por que, unos más
otros menos, todos hemos pasado.

_23._--Ligeros movimientos que fueron sentidos á bordo y en tierra.
Fuí á Quintero con mi equipaje en la lancha de la _Lautaro_. Empleamos
cuatro horas y media en el viaje. Mi llegada á Quintero no careció de
importancia. Había dicho chanceándome á mis amigos de ese lugar que
estaba resuelta á celebrar con un _plum-pudding_ la Pascua de Navidad y
que volvería con todos los materiales y á tiempo para hacerlo.

Efectivamente, antes de embarcarme en el puerto me procuré pasas,
azúcar, especias y frutas confitadas; pero no fuí yo la única en
recordar la promesa, pues fuí saludada al llegar por Mr. Jackson con
una chistosa poesía de circunstancias. Para mí, que nunca leo un libro
nuevo, ó sólo por casualidad cuando algún comerciante norte-americano
trae alguna reimpresión hecha en Filadelfia de una novela de Londres ó
Edimburgo (el _Pirata_[140] es la última que he visto), un nuevo poema,
siquiera sea de cien ó cincuenta versos, sobre cualquier asunto, es un
acontecimiento literario y como tal se le celebra. Sea lo que fuere,
estoy cierta de que ninguna oda de cumpleaños, con excepción quizá
de las famosas _odas probatorias_[141], causó jamás á sus lectores
ú oyentes mayor placer que nuestra _budinesca_ rapsodia; y así como
se levantaron las murallas de Tebas al son de la lira de Anfión, así
también aderecé mis ciruelas y fabriqué mi budín con el acompañamiento
de los versos de Mr. Jackson. Libre ya de mis inquietudes y alentada
por la esperanza de verme pronto en mi patria, mi ánimo está dispuesto
á gozar de todo.

_25 de Diciembre._--Después de la completa tranquilidad de ayer, nos
sorprendió desprevenidos á las ocho de la mañana un violentísimo
temblor, sólo inferior al del 19 de Noviembre. Siguiéronle otros menos
intensos, que no nos alarmaron como el primero.

Todos estamos ocupados en los preparativos para dejar esta deliciosa
tierra, pues lo es á despecho de sus terremotos. Sentiría menos dejarla
si la viera próspera y en paz; pero á cada momento nos llegan noticias
y rumores de guerra. El pueblo de Coquimbo se ha declarado abiertamente
en contra del Director, ha convocado un congreso provincial y se
manifiesta resuelto á resistir al gobierno de Santiago por todos los
medios posibles.

_26._--Hoy sólo dos temblores.

_27._--Cuatro temblores. Hoy supimos que en la capital reina la mayor
consternación. Dícese que los pagarés de Arcos tienen un descuento de
40 por 100. Él mismo los rechaza. Nos aseguran que un meritorio oficial
fué reducido á prisión á consecuencias de una disputa que se suscitó
sobre el particular y en que Arcos se condujo indignamente. Sea lo que
fuere, ello es que el gobierno demuestra sus alarmas recurriendo á tan
miserables expedientes.

A fin de parecer fuerte y rico, ha expedido decretos concernientes á
la reconstrucción de Valparaíso, y se habla de grandes proyectos. Pero
el golpe maestro es la orden dada al almirante de poner los buques
_O’Higgins_ y _Valdivia_ á disposición del comandante de Marina, so
pretexto de que necesitan reparación, y de convertir la _Lautaro_ en
transporte.

Esto corresponde á tres fines. Se hará creer al pueblo que el gobierno
tiene suficientes recursos para tomar sobre sí un gasto tan fuerte
como el que demandará la reparación de los dos buques en las presentes
circunstancias. Se despoja á lord Cochrane de toda su autoridad, y como
el gobierno no le ha aceptado todavía la renuncia, sus enemigos lo
consideran, con no poca satisfacción, como una especie de prisionero de
Estado, y no dudo que, si á tanto se atrevieran, sería sacrificado á
la misma malevolencia personal que inspiró las acusaciones que contra
él se formularon en Abril. Se quedará en el puerto hasta dejar á la
_Lautaro_ imposibilitada para navegar, ya sea quitándole los mástiles
ó de otra manera. Ha enarbolado su insignia en la goleta _Moctezuma_,
lo único servible que hay actualmente en la bahía, pues el _Galvarino_,
sin un solo inglés á bordo, se hizo por fin á la vela con su permiso, á
solicitud del Director, para ir á desempeñar una comisión reservada.

Los que concertaron este golpe se olvidaron probablemente de la goleta.
Pronto, á Dios gracias, estará fuera del alcance de los que así lo
tratan en pago del bien que les ha hecho. Los marineros han sido
pagados y despedidos. Quedan sólo los oficiales, y con sueldo íntegro.
No se deben sueldos atrasados sino á la tripulación de la _Moctezuma_ y
á una parte de la _Lautaro_.

Las tropas están descontentas y sospecho que el respeto á la persona
del Director es lo único que mantiene aún en pie su desgraciado
gobierno.

_28._--Hoy algunos ligeros temblores.

_Domingo 29._--La tierra ha estado muy tranquila durante las últimas
veinticuatro horas.

Lord Cochrane llegó con D. y su familia. Estaban refugiados á bordo de
la _O’Higgins_, y ahora que el buque ha sido desmantelado no tienen
dónde guarecerse. Aquí, al menos, encontrarán albergue entre las carpas
y los ranchos y tranquilidad y bondadosas atenciones.

Formamos una abigarrada compañía, congregada en un extraño sitio. La
parte principal de la casa yace en tierra delante de nosotros. Toda la
enmaderación ha sido removida, y las murallas blanqueadas yacen casi
enteras delante de las ventanas de la parte habitable del edificio.

Aún subsiste en pie un pequeño vestíbulo, que sirve de oficina al
secretario del almirante y en que duermen dos ó más personas; un
aposento, que por cortesía llaman mío, ocupado por Glennie, mi criada
y yo, además de lo que puede contener de mi ropa, libros y muebles,
quedando el resto delante del cuarto, al aire libre; el aposento del
almirante, donde duerme en un sofá y atiende á sus negocios y donde
comemos todos cuando el viento no nos permite hacerlo en el rancho,
sirviendo, además, de despensa; y por último, el cuarto que ocupan Mr.
y Mrs. D., sus dos niños y dos criadas. Mr. Bennet, llamado comúnmente
don Benito, ha armado una carpa en un bosquecillo á poca distancia de
la casa; el rancho sirve de albergue á nuestro prisionero don Fausto,
y una extraña colección de sirvientes y holgazanes se asila en las
semiarruinadas cocinas y bodega. ¡Tales son los habitantes y tal el
actual estado de la casa de Quintero!

La calamidad que cayó sobre el país ha reunido á personas que ninguna
otra combinación de circunstancias podría haber puesto en íntimo
contacto, personas tan diferentes unas de otras en educación, hábitos
y modales como en posición social y carácter, y sólo transitoriamente
unidas por una imperiosa necesidad común. ¡Y la casa, todavía
inconclusa y en cuya construcción se consultaba la comodidad y hasta la
elegancia, convertida en un montón de ruinas!

_Martes 31 de Diciembre de 1822._--La tierra ha estado sosegada estos
últimos días. Una ó dos veces durante el día y generalmente otras
tantas durante la noche, hay ligeros movimientos, y de cuando en cuando
fuertes ruidos, pero nada de alarmante.

Los preparativos de viaje nos dejan poco tiempo para preocuparnos de
otras cosas. Hemos sabido, sin embargo, que el descontento contra
el gobierno cunde día á día, especialmente en el Norte, y que la
Convención de Coquimbo hace lo posible por procurarse recursos con que
resistir á O’Higgins. Envió 20.000 pesos á Freire.

Después de comer vamos, generalmente, á la playa á gozar de la vista
y música del mar, que viene “como las dichas que pasaron, dulces
y melancólicas para el alma”. Hoy permanecimos largo tiempo en el
promontorio de la Herradura para ver ocultarse en el Pacífico el
último sol de 1822, y después que se perdió en el mar nos quedamos
contemplando las cimas de los Andes doradas por sus rayos. Las olas
rodeaban casi enteramente nuestra roca.

Hacia el lado de la tierra y hasta donde podían alcanzar nuestros
ojos, no se veía otra cosa que las ruinas de una habitación humana.
Las sombras de la tarde nos impedían distinguir los pequeños espacios
cultivados robados aquí y allá á los espesos jarales que se extienden
hasta los cerros. El ganado se había retirado á los bosques, y fuera
de las aves nocturnas que revoloteaban en torno nuestro, ningún ser
animado nos recordaba que aún pertenecemos al mundo de los vivos.

Mis pensamientos volaban á otros tiempos ya lejanos en que la vida y
sus goces eran jóvenes, en que tuve corazones que simpatizaban con
el mío y amigos que sentían conmigo. El último sol del año pasado se
ocultó dejándome esperanzas, confianza casi; pero ahora la generosidad
de un hombre, casi un extraño para mí, ofrece á mis penas sólo un
alivio pasajero. El dolor y la muerte han hecho de mí su presa; mis
mayores esperanzas se han desvanecido, y tendré que buscar algo que
llene mi vida para que no me sea insoportable.

Mi compañero me sacó de mis reflexiones recordándome lo avanzado de la
hora. Volví á la casa en silencio y entregada siempre á mis tristes,
pero no ingratos recuerdos. Así terminó este año, quizás el más
desgraciado de mi vida.

_1.º de Enero de 1823._--Razón tuvo Young para exclamar: «¡Dulce
restaurador de la fatigada Naturaleza, reparador sueño!» Esta bella y
fresca mañana me ha despertado á la vida, á la luz, á la esperanza, á
la certidumbre de que, suceda lo que suceda, este año no puede ser tan
calamitoso como el pasado. No tengo ya nada que perder, y sí algo que
ganar en cada pequeño goce que me depare la suerte.

Los inconvenientes de vivir con tanta gente se hacen mayores á medida
que avanzan nuestros preparativos de viaje. Lord Cochrane ha mandado
armar carpas en la playa, á las que se trasladará inmediatamente mi
equipaje y después una parte de los huéspedes.

He cumplido solícitamente mi misión y tengo la satisfacción de ver que
la salud de mi inválido va mejorando gradualmente.

_2._--Por fin, hemos dividido á los numerosos huéspedes de Quintero. El
comedor ha sido transportado cerca de las carpas. La familia D. queda
en tranquila posesión de la casa, con el administrador de la hacienda,
que ha establecido aquí un saladero en que ha preparado carne de buey
por valor de cerca de diez mil pesos, tan buena como la mejor de
Irlanda.

Nuestra nueva residencia forma una línea á lo largo de la playa, en el
orden siguiente: primero, el rancho que nos sirve de comedor, cerca del
cerro, con una choza de pescadores en que hemos instalado la cocina
y un manantial de agua dulce; segundo, una gran carpa, dividida por
un biombo en dos departamentos, uno para Glennie y el otro para mí;
tercero, la carpa que ocupa lord Cochrane; cuarto, otra, ocupada por
el equipaje y un cuidador; quinto, la de Mr. Jackson; sexto, la de don
Fausto, y por fin, la de Carrillo.

Don Benito ha armado la suya fuera de la línea y detrás de las
anteriores, de modo que cada uno dispone ahora de su departamento
independiente, y todos pueden reunirse en el rancho cuando les place.
Las olas llegan hasta unas pocas varas de nuestras carpas, rodando
suavemente frente á ellas y rompiéndose un poco hacia la izquierda
alrededor de las rocas y de los restos del _Aguila_, una de las presas
tomadas por el almirante en Guayaquil. Los moluscos los han invadido,
interior y exteriormente, y á esta circunstancia debemos uno de
nuestros más exquisitos manjares, el gran barnacle comestible, conocido
aquí con el nombre de _pico_. Mandé á mi criada á Concon á que se
encargara del cuidado de los niños de la señora Miers.

Aquí estaba de más, y no creo que la vida á lo Robín Hood que llevamos
sea muy conveniente para una muchacha de buena cara. Allá no correrá
peligro y lo pasará muy bien.

_3 de Enero._--Hoy armé la prensa litográfica en la carpa de lord
Cochrane para imprimir la siguiente proclama á los chilenos, que espero
tener lista mañana:


«¡CHILENOS, MIS COMPATRIOTAS!

                                            _Quintero, Enero 4 de 1823._

  “El enemigo común de América ha sucumbido en Chile. Vuestra bandera
  tricolor tremola en el Pacífico, afianzada con vuestros sacrificios.
  Algunas conmociones intestinas perturban á Chile; no me toca
  investigar sus causas ni acelerar ó retardar sus efectos; sólo me
  es permitido desear que el resultado sea favorable á los intereses
  nacionales.

  “¡Chilenos! Habéis expulsado de vuestro país los enemigos de vuestra
  independencia; no mancilléis acto tan glorioso alentando la discordia
  y promoviendo la anarquía, el mayor de todos los males. Consultad
  la dignidad á que os ha elevado vuestro heroísmo; y si os veis en la
  precisión de adoptar alguna medida para afianzar vuestra libertad
  nacional, juzgad por vosotros mismos, obrad con prudencia, y dejáos
  guiar por la justicia y la razón.

  “Cuatro años hace que la sagrada causa de vuestra independencia me
  llamó á Chile. Os ayudé á conquistarla. La he visto consumada. Sólo
  resta ahora conservarla.

  “Os dejo por algún tiempo, á fin de no mezclarme en asuntos ajenos de
  mi deber, y por otras razones que guardo por ahora en el silencio,
  para no fomentar el espíritu de partido.

  “¡Chilenos! Sabéis que la independencia se obtiene á la punta de la
  bayoneta. Sabed también que la libertad se funda en la buena fe y
  en las leyes del honor, y que aquellos que contravienen á ellas son
  vuestros únicos enemigos, entre los que nunca encontraréis á

                                                              COCHRANE.»

Nos proponemos también imprimir otra dirigida en la misma fecha á
los comerciantes ingleses y de otras nacionalidades establecidos en
Valparaíso. Dice así:


«A LOS COMERCIANTES DE VALPARAÍSO

                                    »_Quintero, Chile, Enero 4 de 1823._

                                    “Señores:

  “No me es posible dejar este país sin manifestaros la viva
  satisfacción que me causa el ver la extensión que se ha dado á
  vuestro comercio, abriendo á todos el tráfico de estas vastas
  provincias sobre las cuales alagaba España en otro tiempo un
  exclusivo derecho. La escuadra que mantenía ese monopolio ha
  desaparecido de la superficie del Océano, y la bandera de la
  independencia de la América del Sur tremola por todas partes
  triunfante, protegiendo aquellas comunicaciones que entre naciones
  son el manantial de riquezas, poder y prosperidad.

  “Si para el logro de este grande objeto se impusieron algunas
  restricciones, sólo fueron aquellas que sanciona la práctica de
  todos los Estados civilizados; y si bien ellas han herido los
  intereses inmediatos de un corto número _que deseaba aprovecharse
  de las circunstancias accidentales presentadas durante la lucha_,
  es satisfactorio saber que semejantes intereses sólo han sido
  pospuestos por el bien general. Si hubiese, sin embargo, algunos que
  se considerasen agraviados con mi conducta, les ruego que me hagan
  saber sus quejas, para tener la oportunidad de darles una respuesta
  particular.

  “Espero me haréis la justicia de creer que no me he determinado á
  alejarme de estos mares hasta ver que nada quedaba por hacer, según
  los medios de que podía disponer, en vuestra ventaja y seguridad.

  “Tengo el honor de ser, señores, su muy adicto y humilde
  servidor[142].

                                                              COCHRANE.”

Mr. C., que conoce el manejo de la prensa mejor que nosotros, se ha
ofrecido para ayudarnos á sacar las reproducciones.

Me agrada esta rústica vida al aire libre; el más insignificante suceso
nos interesa; y como nunca sabemos lo que vendrá ó acaecerá después,
el aguijón de la curiosidad nos mantiene en constante expectativa el
día entero. La única cosa de que estamos seguros es nuestro paseo de la
tarde.

Algunas veces nos entretenemos en examinar los efectos del terremoto y
creemos descubrir las huellas de otros incomparablemente más violentos,
ocurridos en épocas remotas. Además del placer que nos causa la
contemplación del mar, de la tierra y del cielo, no nos faltan otros
pequeños pasatiempos. Vamos, por ejemplo, al jardín, que prospera
admirablemente, y nos ocupamos en coleccionar semillas de las plantas
silvestres del país, aunque por lo temprano de la estación hay todavía
pocas maduras.

_5._--Hemos perdido otra vez al almirante por algunos días. Trasladamos
la prensa litográfica á mi carpa, donde podemos trabajar con más
libertad á cualquiera hora, sin interrumpir ocupaciones ajenas y sin
que tampoco nos interrumpan.

El trabajo habría marchado á las mil maravillas si no fuera que la
tinta enviada por los fabricantes de prensas para la exportación es tan
mala, que nos vemos obligados á renovar la escritura en la piedra con
mucha frecuencia, de modo que en igualdad de tiempo podríamos haber
hecho á pluma el mismo número de copias.

_9._--Hoy nos sorprendió la llegada á la bahía de un gran buque
que permaneció varias horas lejos de la costa. En las actuales
circunstancias todo despierta sospechas, y como el almirante ha estado
ausente más tiempo del que esperábamos y sin escribir, comenzamos á
tener un poco de alarma por él.

Según las noticias que corren, la actual contienda no tardará en
decidirse. Freire llegó al Maule, á seis días de Santiago. Aunque el
Director protestó al principio que jamás abandonaría á Rodríguez,
parece ahora que no sólo el ministro, sino también sus medidas y el
reglamento han sido sacrificados, probablemente demasiado tarde para
salvar el resto.

Es indudable que hubo voluntad para reprimir los abusos y debilidad
para tolerarlos, y que el respeto y el amor al gobierno han disminuído
en proporción á esa debilidad. Lo siento en el alma por el Director.
Estoy convencida de que sus intenciones fueron buenas y no puedo
olvidar su bondad para conmigo[143].

_10._--Lord Cochrane regresó en la _Moxtezuma_. Todo lo relativo á
nuestro viaje está ya acordado. Nos embarcamos en el bergantín _Colonel
Allen_, que vendrá con ese objeto á Quintero.

Esperamos que levará anclas antes de una semana. Todos trabajan ahora
activamente: los peones del administrador salan carne en el cerro, los
carpinteros clavan cajones, otros individuos cortan tiras de cuero para
cuerdas, los secretarios escriben, la prensa litográfica funciona,
los marineros ajustan maderos para construir balsas ó almadías en que
transportar la carga al buque[144]; y en medio de todo esto, personas
que van y vienen, ingleses y de otras nacionalidades, á despedirse del
almirante, ó, siento decirlo, para darse la triste satisfacción de
manifestar su ingratitud.

Hombres por quienes él lo ha hecho todo, mientras estuvo al servicio
de Chile y mucho antes, hombres que le deben todo lo que son y valen,
le echan en cara el fracaso de sus propias ambiciones y codicias,
como si hubiera podido repartir á manos llenas títulos ó distinciones
honoríficas ó disponer de los fondos públicos. A su regreso de Acapulco
hizo en este sentido por ellos lo que hizo por él mismo: obtener de los
ministros una promesa solemne de que se les pagarían y recompensarían
sus servicios[145]. Si algunos de los oficiales han celebrado contratos
privados en ventaja propia, ellos saben mejor que nadie con qué
condiciones los ajustaron.

Sin embargo, hay algunos en este país, y de sus mejores ciudadanos, que
respetan sinceramente al almirante; pero yo creo que en la amistad como
en el amor _ce n’est pas tout d’être aimé; il faut être apprécié_, y
apenas hay aquí uno, que yo sepa, que sea capaz de apreciarlo en lo que
vale; de suerte que hasta los homenajes que recibe son indignos de él.
¡Oh, si estuviera en su patria!

_17._--Por fin ya está todo á bordo y nosotros listos para partir.
Esta mañana lord Cochrane y yo subimos á las cumbres de casi todos los
cerros que hay entre la casa de la Herradura y el mar. Quizá será esta
la última vez que él recorra estos lugares por los cuales tanto ha
hecho, y yo, probablemente, no volveré á ver los sitios donde, á pesar
de tantos sufrimientos, he experimentado tantos y tan gratos goces.

Tenemos una numerosa colección de semillas y raíces que espero ver
brotar y florecer en mi tierra para que me recuerden ésta en que se me
dió una bondadosa hospitalidad que jamás olvidaré[146].

En cuanto al almirante, á pesar de no habérsele recompensado dignamente
sus servicios, recordará siempre con satisfacción que fué útil á la
gran causa de la independencia sur-americana y á los habitantes de
este país, que le deben las primeras ideas de muchos adelantos en la
agricultura, en las artes y hasta en el gobierno, ideas que algún día
darán fruto. A este respecto, sus recuerdos de Chile no pueden menos de
ser gratos.

De vuelta á las carpas encontramos á varios amigos que venían á darnos
la despedida, aunque, para decir verdad, las carpas ya no existían y
sólo quedaba el rancho, en el cual comimos muy alegremente, aunque con
poquísima comodidad, pues, fuera de unos pocos cuchillos y platos,
todo estaba ya en el buque. Nos improvisamos tenedores de madera y
los cuchillos pasaron de mano en mano. Un trozo de carne asada al aire
libre y algunas patatas al rescoldo, tal fué nuestra última comida en
la Herradura.

_18._--Anoche dormimos á bordo. La mañana se empleó en hacer provisión
de leña y agua. A las seis, el capitán Crosbie fué á bordo de la
_Moctezuma_ á arriar la insignia de lord Cochrane[147], dándose así
por terminada su autoridad naval en Chile. Dispárase un cañonazo y
la insignia fué llevada á bordo del _Colonel Allen_ y entregada á
su señoría, que la recibió de pie en la popa, sin revelar emoción,
y recomendó que la guardaran cuidadosamente. Algunos de los que lo
rodeaban dieron signos de estar vivamente impresionados[148]. Con esa
bandera les había mostrado muchas veces el camino de la victoria y
siempre el del honor.

Quintero va perdiéndose más y más en el horizonte; sólo Dios sabe si lo
volveremos á ver.

Lord Cochrane adoptó á Chile por patria. El gobierno lo trató mal, y
ahora, cuando le sería fácil, si lo quisiera, vengarse de los malos
tratamientos que ha sufrido, se retira. No ignoro que hay quienes creen
justo y conveniente que todos los hombres honrados tomen parte en las
conmociones civiles para que los mejores y más prudentes procuren la
reconciliación de los bandos. Esto puede convenir á los naturales de
un país, mas de ninguna manera á un extranjero, y mucho menos á un
extranjero de noble alcurnia y cubierto de glorias militares, en quien
podría suponerse que á los medios de imponer su autoridad se uniría el
deseo de ejecutarlo.

En este caso, después de haber librado al país de un enemigo extranjero
y afianzado su independencia nacional, es prudente, es noble, es
generoso mantenerse lejos de las discusiones internas y dejar que los
hijos del país sean los árbitros de las conveniencias del mismo. La
ley y la justicia mismas sólo pueden preservar á los ciudadanos de
males exteriores, más no entremeterse en sus asuntos de familia.

_22._--Del 18 al 21 tuvimos muy mal tiempo y mar agitado. Esta mañana
divisamos á proa y al través de la niebla la isla de Más Afuera, á
unas siete leguas de distancia. Un poco después pusimos proa hacia
Juan Fernández, donde completaremos nuestra provisión de agua. Mucho
habría sentido, en verdad, dejar el Pacífico sin conocer la isla de
Alejandro Selkirk, que con el nombre de Robinsón Crusoe es, después de
Don Quijote, el prototipo del más interesante de los héroes de novelas.

_24._--Ayer y hoy, Juan Fernández á la vista. Aunque navegábamos á
velas desplegadas no pudimos llegar sino en la tarde, poco antes de
ponerse el sol. Es la isla más pintoresca que he visto, toda formada
de grandes rocas perpendiculares y hermosos valles, en el mayor de
los cuales se ven las ruinas de una pequeña ciudad, que realzan lo
pintoresco del conjunto. Cuando anclamos era demasiado tarde para bajar
á tierra, pero permanecimos sobre cubierta hasta tarde, admirando la
extraordinaria belleza de aquella escena, iluminada por la luz de la
luna.

_25._--Antes de aclarar, lord Cochrane y demás caballeros bajaron á
tierra con el objeto de subir el elevado cerro que se alza detrás del
puerto y divisar desde la cumbre el otro lado de la isla, donde dicen
que hay llanos y tierras cultivables. Los ví escalar un altísimo pico,
y después desembarqué con Glennie y otros para recorrer un poco la
isla y comer. Su señoría y compañeros volvieron de su excursión muy
contrariados.

El contramaestre del bergantín, que algunos años antes pasó varios
días en la isla, se ofreció para guiarlos, pero en vez de llevarlos á
la cima más elevada los hizo escalar trabajosamente un áspero picacho
de 1.500 pies de altura, rodeado de otros más altos aún, de suerte que
desde su cumbre no se veía más que desde abajo. Lord Cochrane trajo
de allí un trozo de lava negra, pesada y porosa, y un poco de arcilla
dura y llena de celdillas, cuyo interior parece estar ligeramente
vitrificado. La isla se compone principalmente, á lo que parece, de
esta lava porosa, cuyas estratas, cruzadas en ángulos rectos por una
lava negra y compacta, descienden hasta el mar con una inclinación
de 22 grados en el lado este de la isla y de 16 en el opuesto,
convergiendo hacia el centro de ella. Los valles son fertilísimos y
surcados por numerosos arroyos, que de cuando en cuando forman pantanos
en que abunda el berro y otras plantas acuáticas.

El suelo es por lo común de color ocre rojizo; hay montículos y bancos
de arcilla roja, y encontré una especie de cenizas volcánicas parecidas
á la puzzolana y algunos fragmentos de piedra pómez. El pequeño valle
en que se halla la ciudad, ó mejor dicho, sus ruinas, es bellísimo,
cubierto de árboles frutales, flores y hierbas aromáticas, y en la
parte próxima á la costa de rábanos y avenas marítimas. Juan Fernández
sirvió en otro tiempo de presidio para prisioneros políticos, ignoro
desde cuándo, probablemente desde la revolución ó poco antes, pues
sobre la puerta de la destruída iglesia se lee esta inscripción:

      «La casa de Dios es la puerta del cielo, y
    se colocó el 24 de Septiembre de 1811.»

Había un pequeño fuerte en la playa, del cual no quedan sino los fosos
y parte de un muro, y otro, desproporcionadamente grande para el lugar,
en un punto elevado y estratégico. Este tenía un cuartel para la
guarnición, arruinado como la mayor parte del fuerte; sólo quedan en
pie el muro del frente, el asta de la bandera y una torrecilla.

Bajo el asta de bandera yace un hermoso cañón de bronce fundido en
España en 1614. Subsisten aún algunas casas y chozas en regular estado,
aunque la mayor parte de sus puertas, ventanas y techos han sido
llevados ó empleados como combustible por las tripulaciones de buques
balleneros ú otros que han tocado en la isla.

La condición de la colonia fué floreciente durante algunos años. Los
desterrados cultivaban legumbres y árboles frutales, que prosperan
aquí admirablemente, tanto que muchas especies se han hecho silvestres
y multiplicado hasta el punto de servir para el abastecimiento de los
buques, que procuraba á los reos algunos medios con que hacer menos
penoso su destierro.

Esto, sin embargo, no tardó en suscitar envidias y recelos, y las
autoridades lo prohibieron á los desterrados. Prohibióseles también el
cultivo de la vid, á que el terreno de la isla era extraordinariamente
favorable, y los rebaños fueron arrojados de los bosques por medio de
perros para que los colonos no se hicieran demasiado independientes.
No obstante, la colonia se mantuvo durante algún tiempo, y los buques
tocaban á menudo en la isla, especialmente para proveerse de agua, que
es mejor y más abundante que la de Valparaíso y se conserva más tiempo
en el mar; pero después que se prohibió á los prisioneros abastecerse
de provisiones, éstas eran enviadas por el gobierno.

A mediados de 1821 estalló un motín contra el gobernador, encabezado
por el norte-americano Brandt, y en que se creyó implicado á uno de
los desgraciados Carreras de Viña del Mar, que se hallaba desterrado
en la isla por motivos políticos y fué muerto en el primer disturbio,
de modo que fué imposible saber á punto fijo si tomó ó no parte en
la conspiración. He oído que uno de los confinados, que le guardaba
rencor por una antigua ofensa, aprovechó la oportunidad del motín para
vengarse de su enemigo.

Los insurgentes, después de encerrar al gobernador y vencer á
la guarnición, se apoderaron de los botes de un buque ballenero
norte-americano, que se hallaba allí anclado, con intención de
embarcarse en él y huir á algún país extranjero, pero el buque,
dejando sus botes en poder de los amotinados, se hizo á la vela para
Valparaíso, donde se supo por su conducto lo ocurrido en la isla[149].

A consecuencia de la insurrección de Brandt el gobierno de Chile
resolvió abandonar la colonia. La guarnición fué llevada de allí,
desmantelado el fuerte, y la isla privada en cuanto fué posible de
cuanto pudiera ofrecer medios de subsistir á los futuros habitantes.

El gobierno, sin embargo, publicó á principios de este año un
manifiesto en que expone sus títulos sobre la isla y prohibe á
cualesquiera personas establecerse en ella, matar el ganado ó sacar
madera de los bosques.

Después de andar largo tiempo por entre las arruinadas chozas y
jardines volví al lugar donde dejé á mis compañeros, que durante mi
ausencia habían dispuesto un comedor en un sitio delicioso. Bajo la
sombra de dos enormes higueras hay un pequeño espacio circular limitado
por un cristalino arroyuelo, que en su rápido descenso salta de piedra
en piedra, mezclando sus murmullos con los de la brisa y del mar.

Aquí encontré á lord Cochrane y demás sentados alrededor de un mantel
de hojas de higuera cubierto con provisiones traídas del buque y frutas
de la isla aún no enteramente maduras. Refrescamos nuestro vino en el
arroyo, y servían de decoraciones á nuestro rústico comedor el frondoso
follaje de los árboles, cargados de frutas, y las flores del cerro que
dominan las ruinas del fuerte, cuya imagen se reflejaba en la plateada
y murmurante superficie del arroyuelo.

Terminada la comida, fuí con lord Cochrane al valle que llaman Parque
de lord Anson. Encontramos en el camino numerosas plantas y hierbas
europeas, “allí donde en otro tiempo lució sus encantos el jardín y
donde sólo florecen hoy plantas silvestres”. En los medio destruídos
setos, deslindes de los antiguos campos, vimos manzanas, peras,
membrillos y cerezas casi maduras. Como el terreno sube rápidamente
desde la playa, aun en los valles, y la hierba estaba resbaladiza, el
paseo nos fatigó un poco.

Nos sentamos bajo un frondoso membrillo, sobre una alfombra de torongil
rodeada de rosales, á descansar y recrear los ojos con la hermosa vista
que teníamos delante de nosotros. Lord Anson no exageró la belleza
de ese lugar y lo delicioso del clima. A pesar de lo temprano de la
estación cogimos exquisitos higos, cerezas y peras, á que sólo faltaban
para su perfecta madurez unos pocos días de sol. Sentí dejar este
pintoresco sitio y tener que volver al desembarcadero para encerrarme
de nuevo en la estrechez y obscuridad del buque.

El desembarcadero es también el lugar en que los buques se aprovisionan
de agua dulce. Un pequeño dique, construído con las piedrecillas de
la playa, forma allí una caleta para los botes á inmediaciones de una
vertiente de agua que una canal conduce hasta la caleta, de modo que
los marineros, sin necesidad de bajar á tierra, pueden llenar las pipas
por medio de mangueras con el agua más pura y deliciosa.

Algunos viejos cañones medio enterrados en la playa sirven para amarrar
los buques, que están más seguros mientras más cerca de tierra fondean.
Soplan á veces de la montaña fuertes ráfagas de viento que sólo duran
unos pocos minutos. Durante nuestra ausencia Glennie se entretuvo en
calcular la mayor altura de la isla, que estima en unos 3.000 pies.

_26._--Bajé temprano á tierra con los marinos con intención de hacer
algunos croquis y de coleccionar plantas en los cerros. Mientras ellos
realizaban su plan de subir al punto más elevado para divisar el lado
opuesto de la isla, yo me quedé atras. Pronto los perdí de vista; el
buque estaba fuera del alcance de mi voz; en la playa no había ningún
bote, y yo me encontraba enteramente sola en medio de las ruinas de la
en otro tiempo floreciente colonia.

No permanecí allí largo tiempo. Arrastrándome más que corriendo, porque
lo abrupto del terreno me obligaba con frecuencia á valerme de la manos
para subir, me dirigí á un paraje en que ciertas señales de cultivo
me indujeron á buscar hierbas ó plantas exóticas y en que encontré
una considerable extensión de vides, en estado silvestre, abundantes
hierbas comestibles, especialmente perejil, y gran cantidad de menta á
orillas de los manantiales, que supongo indígena, como la fresca y el
alquequenje.

Hallábame en un sitio enteramente solitario, en que nada revelaba el
paso ó la presencia del hombre, y donde parecía estar excluida de toda
comunicación con ningún ser viviente. Sola en medio de este magnífico
desierto, mi primer impulso fué exclamar con el poeta:

    “_I am monarch of all I survey,
    My right there is none to dispute_”[150].

Luego sentí, sin embargo, que la soledad absoluta es tan desagradable
como contraria á la naturaleza, y una vez más acudieron á traducir mis
sentimientos los exquisitos versos de Cowper:

    “_Oh, solitude! where are the charms
    That sages have seen in thy face?
    Better dwell in the midst of alarms
    Than reign in this horrible place_”[151].

Y repetí una y otra vez todo el poema, hasta que viendo que dos de
mis compañeros venían bajando el cerro, corrí á su encuentro, como si
realmente hubiera estado “fuera del alcance de la humanidad”. Eran lord
Cochrane y Mr. Sheperd, que, después de llegar á la cima que comunica
los dos lados de la isla y divisar la parte opuesta, dejaron á los
demás proseguir su excursión por los bosques.

Dicen que no hay allá terrenos planos ni diferencia notable en la
vegetación. Vienen entusiasmados con la belleza de los paisajes, y me
trajeron espléndidas flores y plantas, fucsias, andrómedas, arrayanes,
etc., y sobre todo una bellísima planta de flores monopétalas, hojas
gruesas y brillantes, y flores y bayas de hermoso color purpúreo. No
conozco ninguna otra que se le parezca.

Mientras arreglábamos las plantas y flores en nuestro comedor bajo las
higueras, llegaron los demás excursionistas con la noticia de haber
descubierto vestigios de habitación humana, como restos de carbones
recientemente apagados y un caballo que presentaba signos indudables de
haber sido ensillado poco ha, de lo cual dedujimos que probablemente
había en la isla algunos vaqueros ocupados por cuenta del gobierno en
hacer charqui y preparar cueros para Valdivia, suposición que muy luego
vimos confirmada.

Después de comer fuimos á la parte occidental de las ruinas del pueblo,
y allí admiramos la extraordinaria regularidad de la estructura de las
rocas y algunas curiosas cavernas parecidas á las de _Monte Albano_.

En una de las mayores hallamos una cabra muerta, que naturalmente nos
hizo pensar en Robinsón Crusoe. Estos animales abundan en la isla,
pero, aunque en mi paseo de hoy ví varias de sus guaridas, no encontré
ninguna viva.

En los momentos en que nos dirigíamos á bordo presentóse un hombre
que nos dijo que él y otros cuatro estaban actualmente ocupados en
beneficiar el ganado de la isla y que acababan de embarcar para
Talcahuano un cargamento de charqui, sebo y cueros. Supongo que la
presencia de los excursionistas en la montaña esta mañana ocasionó esta
visita.

Lord Cochrane pagó unos cueros y sebo que el capitán del buque había
llevado á bordo, y partimos de Juan Fernández, quizá para siempre.

El buque estaba fondeado tan lejos de la costa que se demoró mucho en
recoger el ancla y la cadena. El ancoraje es casi tan escarpado como
el de Santa Elena. Mientras me ocupaba á bordo en dibujar las bahías,
los caballeros fueron á pescar y trajeron un bote lleno de magníficos
peces, conocidos y no conocidos. Distinguíanse entre los primeros
algunos bellos bacalaos y grandes cangrejos.

_28._--Tan pronto como el buque completó su provisión de agua nos
hicimos á la vela, muy satisfechos con nuestra visita á la isla. En
ella podrían producirse en gran cantidad ganados, vino y legumbres,
pero el país que tome posesión de ella tendrá que importar el trigo.
Puede mantener fácilmente 2.000 personas, canjeando el exceso de carne,
vinos y aguardientes por harina y ropa. Su abundancia de madera, agua
y otras producciones útiles podrían hacer de ella una de las más
importantes estaciones del Pacífico.

Actualmente los buques balleneros ingleses la visitan á menudo. Sus
tres radas, conocidas con los nombres de bahías del Este, del Oeste y
Central, están en la costa de sotavento, de suerte que en ellas el mar
es muy tranquilo; las tres tienen manantiales de agua dulce y son muy
hermosas.

_Lunes 10 de Febrero._--Desde que partimos de Juan Fernández hemos
navegado regularmente. El termómetro no ha bajado de 40° Fahrenheit, á
pesar de nuestra proximidad al Cabo de Hornos. Mi pobre inválido está
muy mal, postrado en cama.

_Martes 11._--Hoy amanecieron á la vista las tierras próximas al
Cabo de Hornos, que doblamos poco antes de ponerse el sol. Cubrían
la tierra nieblas y nubes, que de cuando en cuando dejaban pasar los
rayos del sol; casi continuamente soplaban brisas húmedas y frías.
La costa es bastante elevada, especialmente cerca del _Falso Cabo de
Hornos_, donde hay varios cerros cónicos que no alcanzamos á distinguir
claramente.

Lord Cochrane desembarcó aquí en el mes de Noviembre de paso para
Chile. Dice que anduvo algunas horas en un delicioso valle, lleno de
bellas plantas y flores. Elevadas montañas avanzan hacia el mar, y
aunque todavía estamos en otoño las más altas están coronadas de nieve.
Los cerros más inmediatos son escarpados y abruptos.

Las rocas del Cabo, blancas como tiza, se alzan en fantásticas puntas,
que á la distancia parecen ruinas de antiguos castillos; al ocultarse
el sol al través de la atmósfera nebulosa tomaron hermosos tintes de
oro y púrpura.

Antes de obscurecerse alcanzamos á divisar los desnudos é
inhospitalarios picos de las islas ó, mejor dicho, peñones de
Barneveldt, más allá de los cuales asoman las montañas sus elevadas
cimas por entre densas nubes. Los nombres de Horne y Barneveldt
atestiguan la prioridad de los holandeses en el descubrimiento de este
fácil paso del Atlántico al Pacífico.

En 1616 Le Maire, natural de Horne, en Holanda, dobló por primera vez
este cabo, al cual dió el nombre del lugar de su nacimiento, asociando
así á esa pequeña ciudad uno de los más conocidos lugares del mundo.

Mucho celebro haber conocido el Cabo, pero preferiría haber pasado por
el estrecho de Magallanes, á que las aventuras y sufrimientos de Drake,
Cavendish y otros antiguos navegantes comunican un interés que la
inmensa desolación de esas regiones no puede inspirar por sí sola. Por
la misma razón siento no haber visto á Chiloé, que la memoria de Byron
hace interesante para mí[152].

_12 de Febrero._--Hoy pasamos el estrecho de Le Maire. Las tierras
próximas al cabo Buensuceso parecen buenas y agradables, con cerros
cubiertos de hierbas y árboles. Más allá se ven altas montañas, y en la
costa rocas escarpadas y numerosas ensenadas y caletas. La tierra de
los Estados, en el lado Este del estrecho, es de tan triste y desolada
apariencia que creo que será uno de los últimos puntos del globo que
habitarán los hombres.

Tiempo muy frío y desagradable.

_14._--Hoy amaneció á la vista la isla Falkland occidental. Es de
regular altura y parece desprovista de árboles, pero cubierta de
hierba, con algunos grupos de pequeños arbustos verdes.

Las rocas parecen formadas de capas horizontales de arenisca; al Sur
de la isla las cubre completamente el agua. Circundan la costa peñas
quebradas, cuyas altas agujas semejan pináculos de iglesias. Aquí y
allá se ven puertas y ventanas naturales que me recordaron las de
_Holy Island_ en la costa de Inglaterra. Hay magníficas bahías, todas
desiertas.

Los españoles destruyeron bárbaramente nuestro establecimiento de _Port
Egmont_, y después tuvieron que abandonar el suyo á causa, según dicen,
de lo riguroso del clima y de la esterilidad de la tierra. Me inclino
á creer que el cultivo podría remediar esos dos males, y no hay islas
mejor situadas que éstas para abastecer los buques que van al Pacífico.
Hoy fluctuó el termómetro entre 43° y 50° y cayó una nevazón. El
barómetro marca de 29,15 á 29,20. La temperatura del mar es de 48°.

_1.º de Marzo._--Llegamos al cabo Santa Marta. En la noche hubo
espléndidos relámpagos. Mientras los observábamos sentimos caer en el
mar, á alguna distancia del buque, algo como un cuerpo pesado desde una
altura. Media hora después Mr. J. vió y otros oyeron caer un segundo
cuerpo en el agua. ¿Serían piedras meteóricas? Durante algunos días el
termómetro no ha bajado de 80°.

_4._--Vamos siguiendo la costa lentamente. El termómetro marcó 82° en
la mañana y en la noche y 89° á mediodía.

_9._--Navegamos á lo largo de la costa y por entre las islas de la
bahía de los Santos, de las cuales ni la mitad aparecen en los mapas.
Casi todas son elevadas, muchas de ellas rocosas y algunas cubiertas
de palmeras. El termómetro llegó hasta 94°, pero anoche una tempestad
eléctrica y algunas ráfagas de viento y mangas de lluvia refrescaron el
aire.

_13._--Anclamos en la bahía de Río de Janeiro.


FOOTNOTES:

[71] Esta aplicación de la palabra monte tuvo origen, según parece,
en las pampas argentinas, que son tan planas y desnudas que cualquier
bosquecillo ofrece desde lejos el aspecto de un pequeño cerro ó monte.

[72] «El soñoliento canto del rondador, que defiende las habitaciones
de los peligros de la noche.»

[73] El primero es el grito de los deshollinadores de chimeneas, el
segundo el de los ropavejeros.--(_N. del T._)

[74] “Hasta que aquel sitio se transformó en un templo de la Divinidad
y mi corazón se desbordó en secreta adoración.”

[75] Literalmente: _Me tomé la libertad de cocer mis guisantes._ Esta
frase encierra un sentido análogo al de nuestro refrán: “Cada uno es
dueño de hacer de su capa un sayo”.--(_N. del T._)

[76] Don Vicente Pérez Rosales, hijo del primer matrimonio de doña
Mercedes, fundador de la colonia alemana de Llanquihue y autor, entre
otras obras, de los _Recuerdos del pasado_.

[77] Propiamente, descubiertas por segunda vez. Walter Raleigh estuvo
en ellas é hizo ahorcar en la costa á algunos soldados amotinados.

[78] Célebres poemas satíricos, inglés y de Pope el primero, francés y
de Boileau el segundo.--(_N. del T._)

[79] Especie de panecillos, muy populares en Inglaterra, que se toman
generalmente con el te.--(_N. del T._)

[80] Probablemente el que fué de los jesuítas y se conserva todavía en
el altar mayor.--(_N. del T._)

[81] La célebre cascada _delle Marmore_, de 200 metros de altura, que
desagua el río Velino en el Nera.--(_N. del T._)

[82] He aquí algunas de las letras con que suele acompañarse este baile:


_Primer Cuándo._

      Anda, ingrato, que algún día
    con las mudanzas del tiempo,
    llorarás como yo lloro,
    sentirás como yo siento.

           *       *       *       *       *

      Cuándo, cuándo,
    cuándo, mi vida, cuándo,
    cuándo será ese día
    de aquella feliz mañana,
    que nos lleven á los dos
    el chocolate á la cama.

Hay otro del mismo género cuyo texto no conservo. En él pregunta el
galán á la dama cuándo llamará madre y hermana á la madre y hermana de
él. Los primeros versos son iguales.


_Segundo Cuándo._

      Cuándo, cuándo,
    cuando yo me muera,
    no me lloren los parientes,
    llórenme los alambiques
    donde sacan aguardiente.
    A la plata me remito,
    lo demás es bobería,
    andar con la boca seca
    y la barriga vacía.

Estas dos letras se cantan con frecuencia en las chinganas, y hasta
hace pocos años eran aceptadas por todas las clases sociales. Pero la
apertura de los puertos de Sur-América poniendo á los nacionales en más
íntimo contacto con los europeos, ha refinado el gusto de las clases
elevadas.

[83] El himno nacional, de que transcribimos la primera estrofa y
el coro, fué publicado por decreto del gobierno el 20 de Septiembre
de 1819, ordenándose que se cantara en el teatro antes de las
representaciones. Consta de diez estrofas; es obra de mérito, pero
demasiado larga.

      Ciudadanos, el amor sagrado
    de la patria os convoca á la lid:
    _Libertad_ es el eco de alarma,
    la divisa, _triunfar ó morir_.
    El cadalso ó la antigua cadena
    os presenta el soberbio español;
    arrancad el puñal al tirano,
    quebrantad ese cuello feroz.

                    _Coro._

      Dulce patria, recibe los votos
    con que Chile en tus aras juró
    que ó la tumba serás de los libres,
    ó el asilo contra la opresión.


[84] El presbítero don Casimiro Albano, canónigo, miembro del congreso
en varias ocasiones y autor de una Memoria sobre don Bernardo
O’Higgins.--(_N. del T._)

[85] “Hombres, hombres de mente superior, hombres que conozcan sus
deberes, pero que conozcan también sus derechos y sepan defenderlos.”

[86] Que equivalen á 37,78 centígrados. En los últimos años se ha
observado un descenso notable en la temperatura de estas aguas.--(_N.
del T._)

[87] Grasa de búfalo derretida, que forma parte de la alimentación de
los hindúes.--(_N. del T._)

[88] O _picanas_, como las llaman nuestros campesinos.--(_N. del T._)

[89] Los mayorazgos Prado, Aguirre y Balmaceda. Al primero perteneció
acaso más de la mitad de esa enorme extensión de tierras.--(_N. del T._)

[90] Recordaremos, á propósito de mayorazgos, que O’Higgins decretó su
abolición en 1818, decreto que quedó sin efecto.--(_N. del T._)

[91] Don Judas Tadeo Reyes.--(_N. del T._)

[92] _¡Escucha! la alondra canta en las puertas del cielo_
(_Cimbelina_, acto II, escena III.).--(_N. del T._)

[93] Don José Santiago Rodríguez Zorrilla, de cuyo destierro y vuelta á
Santiago habla la autora un poco más adelante.--(_N. del T._)

[94] Don Diego Bernard, que dejó familia en Chile. En cuanto á Mr. C.,
ignoramos quién es.--(_N. del T._)

[95] Error de la autora, pues la imprenta fué introducida en el país en
1812.--(_N. del T._)

[96] Felipe Cluver (ó en su forma latinizada, _Cluverius_), geógrafo y
anticuario del siglo XVII.--(_N. del T._)

[97] Don Manuel Blanco Encalada, casado con doña Carmen Gana.--(_N. del
T._)

[98] Pocos días antes de mi llegada á Santiago, se celebró la fiesta
de San Bernardo, patrono del director. Durante la dominación española
era costumbre que los capitanes generales concedieran alguna gracia
en el día de sus cumpleaños ó de sus onomásticos. Este año se rogó
al director en el día de su santo que llamara á los desterrados.
“No”--contestó--; “yo soy un simple ciudadano, y no me corresponde
solemnizar mi día de esta manera; pero si pedís á la Convención que
celebre el 18 de Septiembre, aniversario de vuestra independencia,
con este acto de gracia, yo apoyaré la solicitud con todo el poder é
influencia que poseo.”

[99] Con su autorización he hecho uso de esta conversación en mi
bosquejo de la historia de Chile.

[100] El canal de Maipo, comenzado en tiempo de la Colonia, fué
terminado por O’Higgins.--(_N. del T._)

[101] Don José Toribio Larrain.--(_N. del T._)

[102] Baile ejecutado por una sola persona.--(_N. del T._)

[103] Personaje grotesco de la comedia _Como gustéis_ (_As you like
it_). Es un curioso tipo de bobalicón con ribetes de filósofo.--(_N.
del T._)

[104] La carta le fué realmente dirigida, y trataba, no tanto de planes
y proyectos, como de esperanzas de derrocar el actual gobierno. Fué una
gran imprudencia, y acaso más que imprudencia.

[105] Antes de partir de Chile tuve el gusto de verlo y estrechar su
mano, devuelto ya á su familia y amigos.

[106] Don Francisco Ruiz Tagle.--(_N. del T._)

[107] Del célebre humorista inglés Lorenzo Sterne. La autora alude al
episodio que se refiere en el capítulo final de la obra.--(_N. del T._)

[108] Últimamente le ha puesto ventanas.

[109] Este accidente bastante molesto de por sí, me privó, además, de
ver el reaparecimiento del Mapocho, si ese río es realmente el Mapocho.

[110] La disparatada pintura que hace la autora de las casas de
ejercicios, de cuya maravillosa acción moral y social se manifiesta tan
absolutamente ignorante, como de las prácticas y modo de vida que en
ellas se observan, nos excusa de una refutación. Es sensible que una
persona tan inteligente, culta y observadora como la señora Graham se
haya dejado llevar de sus prejuicios de secta hasta el punto de lanzar
una diatriba contra una de las más benéficas y santas instituciones
del catolicismo, sin conocerla, y de olvidar que la religión católica,
que más adelante califica de superstición absurda, es la religión del
país en que se le dió cariñosa hospitalidad y se le prodigaron las más
delicadas atenciones.--(_N. del T._)

[111] El barómetro da 12.000 pies como la mayor altura del paso al pie
del volcán Aconcagua, donde el río de este nombre se dirige al Oeste y
el Mendoza al Este.

[112] Don Santiago Arcos.--(_N. del T._)

[113] El 25 de Julio de 1822.

[114] “¡Oh, dura condición, gemela de la grandeza expuesta al hábito
insolente de los necios,” (Shakespeare.) (_Enrique V._)--(_N. del T._)

[115] En su residencia de Mendoza tenía su retrato entre los de
Napoleón y del Duque de Wellington.

[116] Damos el texto original de este documento, prescindiendo de la
traducción inglesa de la señora Graham.--(_N. del T._)

[117] “El Romano, cuando su ardiente corazón se bañó en la sangre de
Roma arrojó su daga, y revestido de fiera majestad, osó retirarse á
su hogar, osó partir, lleno de desprecio por los hombres que habían
tolerado semejante yugo”.--(_N. del T._)

[118] Véase la carta de lord Cochrane y _Lima Justificada_.

[119] Moneda inglesa de cinco chelines.--(_N. del T._)

[120] Tomamos este pasaje del original.--(_N. del T._)

[121] Valle de Tesalia, muy celebrado por los antiguos poetas griegos
por su romántica belleza.--(_N. del T._)

[122] Si yo fuera primer magistrado de un país, no me gustaría
acostumbrar al pueblo á ver á otro en mi lugar.

[123] La destrucción del Callao fué la más completa y espantosa que
puede imaginarse. No escapó sino uno de los habitantes, que salvó
gracias á la más singular y extraordinaria Providencia. Hallábase este
hombre en el fuerte que domina la bahia, é iba á arriar la bandera
cuando vió que el mar se retiraba á gran distancia de la playa. Minutos
después, elevadas sus aguas como montañas, volvió impetuosamente. Los
habitantes salieron de las casas, enloquecidos de terror; el hombre oyó
subir de la ciudad un angustiado grito de ¡misericordia!, y todo quedó
en silencio. El mar habia cubierto enteramente la ciudad, sepultándola
para siempre en su seno; pero la misma inmensa ola que había destruído
la ciudad arrastró un bote cerca del sitio donde se hallaba el hombre,
quien, arrojándose á él, logró así salvar su vida.

_Burke_, _Account of the European Settlers in America_.

[124] Podrá creerse quizás que esta conversación ha sido supuesta
después del suceso, mas no lo fué. Tomaron parte en la conversación
Mr. Bennet, la señora Miers, Glennie y yo, y mucho tiempo después la
recordamos.

[125] El Director don Bernardo O’Higgins, que vino á Valparaíso con
fines evidentemente hostiles respecto de lord Cochrane, logró apenas
salvar con vida, gracias á su prontitud para salir de la casa de la
gobernación. Recibió en esa terrible noche protección y atenciones del
almirante, que, así al menos lo espero por el honor de la humanidad, lo
indujeron á suspender sus hostiles intenciones. Pero mucho temo que su
alejamiento temporal del gobierno al llegar á Santiago haya sido sólo
para dejar á otros en libertad de obrar como les plazca.

[126] Don Fausto lo llama San Martín de Tours. En tal caso, debió decir
la octava, no la víspera de la octava, pues San Martín de Tours se
celebra el 4 de Julio, el 13 de Diciembre y el 11 de Noviembre. Esta
última es su fiesta principal y su octava cae el 19. Si es realmente
la víspera de la octava, se trata, sin duda, del Papa San Martín, cuya
fiesta se celebra el 12 de Noviembre.

[127] Don Joaquín de Dueñas y Balbontin, casado con doña Juana Carrera
y Aguirre.--(_N. del T._)

[128] El pequeño pueblo de la Ligua, famoso por sus caballos, fué
destruído en la noche del 19.

[129] Hija del rey Antinoo, que figura en la Odisea de Homero.--(_N.
del T._)

[130] “La tierra era para ellos como un barco mecido por las ondas que
los llevaba á la eternidad. Veían el océano en torno de ellos; pero
no tenían tiempo que marcara el movimiento del bajel. Las leyes de
la Naturaleza, suspendidas para ellos, no hacían caso del terror que
reina cuando las montañas tiemblan y los pájaros se refugian en las
nubes, abandonando sus derribados nidos y los rebaños huyen mugiendo
y desatentados por el convulso llano y el espanto hace enmudecer los
labios del hombre.”--_Lord Byron_, _Childe Harold’s Pilgrimage_, Canto
IV, estrofa 64.--(_N. del T._)

[131] Supe después que este fuego que todas las noches veían desde
Valparaíso, dió ocasión á que se creyera que en Quintero había
estallado un volcán.

[132] Así llamaban en Quintero á Mr. Bennet, por corrupción de este
apellido.--(_N. del T._)

[133] Doña Nicolasa de Toro y Dumont, hija de don José Gregorio de
Toro y Valdés. No quedó huérfana por la batalla de Maipú, como dice la
señora Graham, pues don José Gregorio falleció en 1816. En Maipú murió
el otro hijo de éste, don Manuel, que combatía en el ejército realista.
Por la muerte de don Manuel entró su hermana doña Nicolasa en el goce
del majorazgo.--(_N. del T._)

[134] Ni francés, ni inglés, sino español.--(_N. del T._)

[135] “¡Desdichada nave! ¿De nuevo te llevarán las tempestuosas olas
á la pérfida costa? ¿Qué locura es la tuya que así juegas con las
tempestades? ¡Ah! sé prudente y quédate en el seguro puerto... Ya no
existen los dioses tutelares á quienes podrías invocar en las futuras
tormentas”.--_Horacio_, oda 14 del libro II, de la elegante paráfrasis
que de las poesías del lírico latino publicó en el siglo XVIII Felipe
Francis.--(_N. del T._)

[136] Grupo de islas del golfo de Panamá.--(_N. del T._)

[137] La parte construída de madera y enlucida resistió muy bien, pues
sólo cayó el enlucido.

[138] Samuel Purchas, sabio y erudito teólogo inglés que, después de
reunir más de mil doscientas relaciones de viajeros ingleses y de otros
países, las aprovechó para redactar sus curiosísimas _Peregrinaciones_,
que publicó en 1625, en cinco volúmenes en folio.--(_N. del T._)

[139] Véase la proclama de lord Cochrane á los chilenos, que
transcribimos más adelante.

[140] De Walter Scott. Su primera edición se publicó en Edimburg en
1822, es decir, unos pocos meses antes de la fecha en que escribía la
señora Graham.--(_N. del T._)

[141] Ignoro á qué odas se refiere la señora.--(_N. del T._)

[142] Damos el texto original de esta proclama y de la anterior.--(_N.
del T._)

[143] Recordaré aquí el capítulo primero del libro segundo de los
comentarios de Delolme sobre la Constitución de Inglaterra, desde el
párrafo que comienza: “Si volvemos los ojos á todos los países libres”,
hasta la conclusión de la cita de la _Historia de Florencia_, por
Maquiavello, pasaje en que se refieren los sucesos ocurridos en Chile
desde 1810, año en que los Carreras abrieron el camino á todos los
acontecimientos posteriores.

[144] La palabra castellana _balsa_ y la inglesa _raft_ significan
la misma cosa, pero aquélla sirve también para designar los grandes
troncos huecos de árboles, tan livianos como corcho, que se usan ahora
en lugar de los cueros inflados de focas que empleaban los indígenas
con el mismo objeto.

[145] Véanse las cartas de 4 y 19 de Junio de 1822, en la introducción
á este Diario.

[146] Mientras se imprimía este pliego un bulbo de la planta que en
Chile llaman _Mancaya_ floreció en el jardín de los señores Lee y
Kennedy, en Hammersmith. Ha recibido el nombre científico de _Cyrtanhia
Cochranea_.

[147] La bandera que usaba á bordo de la _O’Higgins_ había sido enviada
antes al gobierno.

[148] El capitán Crosbie, los tenientes Grenfell, Shepherd y Clewly, y
algunos caballeros de Valparaíso.

[149] El comodoro de S. M. B. lo comunicó al Brasil y á las colonias
españolas para que las naves mercantes inglesas se abstuvieran de tocar
en la isla, por temor de que los sublevados se apoderaran de ellas.

[150] “Soy monarca de todo cuanto se extiende ante mi vista; no hay
nadie que me dispute mi derecho”. Así comienza una bella poesía de
Cowper, que éste supone compuesta por Alejandro Selkirk en la isla de
Juan Fernández.--(_N. del T._)

[151] «¡Oh soledad! ¿dónde están los encantos que los sabios hallan en
ti? Es preferible vivir en medio de sobresaltos y peligros á reinar
en este horrible desierto.» Segunda estrofa de la citada poesía de
Cowper.--(_N. del T._)

[152] Excusado parece advertir que la señora Graham no se refiere
al poeta Byron, que jamás visitó ni celebró en sus versos estas
remotas tierras, sino al abuelo del poeta, el célebre comodoro y
navegante Juan Byron, que acompañó á lord Anson en sus viajes de
descubrimiento y circunnavegación y naufragó con varios compañeros en
las regiones australes de Chile, donde sobrellevaron largos y crueles
padecimientos.--(_N. del T._)




                                POSTDATA


La guerra civil que estalló antes de mi partida de Chile no fué de
larga duración ni muy sangrienta. Terminó con la elección de Freire
para el cargo de Director y la convocación de una nueva Convención,
que debemos esperar piadosamente que aprovechará los errores de la
anterior. El Director O’Higgins pocos días después de su regreso de
Valparaíso, donde el terremoto casi le costó la vida, se retiró á su
residencia campestre del Conventillo á descansar y reparar sus fuerzas.

A fin de que los negocios públicos no sufrieran durante su ausencia del
gobierno y probablemente para dar aún mayor prestigio á Rodríguez, que
era hechura de San Martín y á quien estaba en ese tiempo resuelto á
sostener, delegó su autoridad en él y otros tres, que, según entiendo,
la ejercieron sólo por unos pocos días.

Los asuntos del Sur se acercaban á una crisis. Los soldados y el dinero
que se esperaban de Coquimbo sirvieron para combatir al gobierno de
Santiago. Aconcagua siguió el ejemplo y envió diputados á la Convención
de Coquimbo. La tentativa de reclutar soldados para el ejército de
O’Higgins costó algunas vidas en Quillota. El Director se vió obligado
á abandonar á Rodríguez. Arcos huyó. San Martín se apresuró también á
abandonar al hombre á quien sus malos consejos arruinaron en parte.

No quedaba ya al Director otro recurso que la adhesión de las tropas.
Fué á los cuarteles. Pidió á los soldados en el nombre de la patria
que le prestaran su apoyo; les habló de la gloria que juntos habían
conquistado, del orgullo que cifraba en su adhesión. Unos pocos,
impresionados por este llamamiento, se declararon por el Director.
Muchos les replicaron que sus medidas habían arruinado la causa de la
patria y que Freire no era menos amado que él y también había sido
compañero y jefe de ellos; y, como para hacer más amarga aún esta
respuesta, los nombres de los Carreras fueron pronunciados entre
dientes en las filas. O’Higgins entonces, descubriendo su pecho, les
dijo que ya que no había logrado satisfacer á sus conciudadanos y
compañeros de armas, les ofrecía una vida que ya no tenía valor para
él; y después de un grito de “¡viva el Director O’Higgins!”, lanzado
por su guardia y no repetido por la tropa, se retiró, pidiéndoles que
se mantuvieran tranquilos, porque él no quería exponerse á tener que
derramar la sangre de sus compatriotas.

Creo que éste fué el último acto público de este hombre tan bueno como
débil.

Mediante la influencia de su madre y de su hermana, una compañía
mercantil hizo de él su instrumento. Esta fué una de las principales
causas de su caída. Deseó irse á Irlanda, patria de sus antepasados,
pero fué detenido en Chile con no sé qué pretexto de exigirle cuentas
de la inversión de los fondos públicos y puesto bajo la custodia de
Zenteno.

El ejército de Freire marchó directamente á Valparaíso, donde se le
juntó una pequeña fuerza que vino por mar de Talcahuano. Dirigióse de
aquí á la capital, pero no inmediatamente, por temor de que algún resto
de adhesión á O’Higgins ocasionara resistencia de parte de las tropas.

Mientras tanto los partidarios de Freire y los enemigos de O’Higgins
hacían causa común. La antigua Convención fué disuelta y reunióse la
nueva, en cuya elección tuvo más parte el pueblo, y á que pertenecieron
varios de los miembros de la anterior. Freire resistió largo tiempo á
las instancias de todos los partidos para que asumiera la dictadura,
alegando que en sus proclamas y de palabra siempre había declarado que
su venida del Sur tuvo por único objeto la destitución de ministros
perniciosos.

Pero era indudable que no se toleraría la continuación de O’Higgins en
el gobierno. El país reclamaba un magistrado supremo. Por fin, el 31 de
Marzo de 1823, presentóse á Freire un oficio de los plenipotenciarios
de Santiago, Concepción y Coquimbo, en que éstos solicitaban de él
que aceptara el cargo. Otro designaba á estos tres, á saber, don Juan
Egaña, plenipotenciario de Santiago; don Manuel Novoa, de Concepción,
y don Manuel Antonio González, de Coquimbo, para que con el nuevo
director y el secretario Alamos formaran un senado, acordaran una _acta
de unión_ y reunieran en una las convenciones de las tres divisiones
del Estado. El primero de Abril aceptó Freire el cargo de director, el
senado entró en funciones y se reunió, si no me equivoco, la Convención.

La revolución fué dirigida y llevada á cabo con inusitada moderación y
serenidad, que honran á los caudillos de ambos partidos y que espero
seguirán inspirando los procedimientos del nuevo gobierno.

Creo que nada completará mejor esta suscinta exposición de los cambios
políticos ocurridos en Chile después de mi partida que el siguiente
memorial, dirigido á la nueva Convención y firmado por los miembros
de la Junta de gobierno que ejerció la autoridad suprema desde la
abdicación del director O’Higgins hasta la reunión del congreso, ó más
bien hasta la elección del nuevo senado[153].

“Señores diputados:

“La reunión de los representantes del pueblo en esta augusta asamblea,
es el momento suspirado de la Patria para aplicar remedios á los
terribles males que la aflijen, y jamás gobierno alguno se vió en
circunstancias de desearla con tan ardiente empeño como la Junta
gubernativa en la crisis actual.

“Vosotros vais, señores, á restablecer la Nación, que, desgracias que
no era fácil prever, amagan reducir á la nada. Seis años de un gobierno
coronado en todas sus empresas con sucesos felices, respetado entre
los extraños y temido al menos en nuestro territorio, habían dado al
directorio pasado todo el poder de hacer bien.

“Al ímpetu de las armas y á la exaltación de pasiones que acompañan los
primeros momentos de toda revolución, había sucedido la calma de la paz.

“El pueblo conocía que sus derechos no consistían en el uso de un
poder ilimitado y ejercido aisladamente, que podía precipitarle
en la anarquía, y que su sólida felicidad estaba en el orden y en
establecerse instituciones garantes que bajo el imperio de las leyes le
defendiesen de la arbitrariedad.

“Pero, por una desventura que acompaña al hado de las naciones,
faltó tino para hacer el bien al gobierno que mejor pudo hacerlo.
El descontento público rompió la barrera de la opresión, y agitadas
las pasiones en este impetuoso choque contra el anterior gobierno,
amagan males que, si no se evitan antes del término en que lleguen
á ser irremediables, sumirían á la Patria en el sepulcro, llevando
tras sí el recuerdo de doce años de gloria y sacrificios perdidos. A
vosotros, pues, padres del pueblo, se encarga alejar la confusión, la
desorganización, el deshonor de la Patria. Este es el preciso y el
grande objeto con que sois llamados.

“La Junta no teme decirlo: Chile nunca se vió en crisis más peligrosa.
Nuestra revolución presenta vicisitudes en que casi se han cometido
todos los errores é inadvertencias de que es capaz el espíritu humano;
mas en un gobierno siempre concentrado y en la estrecha unión de todos
sus hijos, oponía la Patria un dique á las desgracias que iban á
inundarla.

“Hoy por la primera vez amenaza el grito de desunión, y esta voz, más
que á los oídos, debe herir el corazón de los patriotas.

“La prudencia, un generoso desprendimiento de intereses subalternos que
nada son delante del bien general del Estado, y los principios de la
más exacta igualdad y justicia, evitarán los desórdenes, las divisiones
que van á hacer á los pueblos maldecir la hora en que salieron de
tranquila esclavitud.

“Luego se cumplirán dos meses que el voto de nuestros conciudadanos
nos llamó á encargarnos de la administración pública, y no ha pasado
un día de este corto período que no haya sido señalado con alguna
circunstancia que agravase la amargura de nuestro corazón.

“Al haceros presente la situación política del Estado, vais á fijar
la vista en un cuadro de desgracias presentes y de temores para lo
futuro que avergüenza nuestros días, y que silenciaríamos para que
fuera de Chile no se supiesen nuestras miserias interiores si el mal no
necesitase de tan urgente remedio y si no estuviese en nuestras manos
mejorar nuestra suerte y ser respetables y felices en el momento que
queramos.

“Chile formaba una república indivisible en principios de Noviembre
último. Abrumados los pueblos del peso de la opresión, se sustrajeron
de la obediencia del Director del Estado, estableciendo Asambleas que
reuniesen respectivamente la representación de cada provincia.

“Este esfuerzo generoso, dirigido únicamente contra el ciudadano que
gobernaba con arbitrariedad, no ha podido ser una empresa contra
nosotros mismos; no ha podido tener por objeto atacar la unidad
de la Nación. El Director, en los últimas días de su mando, para
restituir al país la tranquilidad que no pudo conservar, ofreció á los
representantes de Concepción (que decían obrar de acuerdo con los de
Coquimbo) abdicar en la persona que ellos le propusiesen la Dirección
Suprema del Estado, cual la había ejercido, para que este trastorno no
ocasionase la disolución de la república.

“El pueblo de Santiago, que ignoraba tal propuesta y que además no
creía aceptasen las provincias ofrecimientos del jefe á quien combatían
y de cuyo influjo desconfiaban, se anticipó á verificar el trastorno
para reunirse á sus hermanos.

“Permitid, señores, á la Junta una clase de vanagloria que, aunque la
caractericéis de debilidad, es la que menos puede manchar la reputación
del hombre honrado. Sus vocales tuvieron la satisfacción de creer que,
ocupando provisoriamente el gobierno, podrían reunir la voluntad de la
nación.

“Enemigos constantes del despotismo, y, por consiguiente, de la
administración que acababa; defensores impertérritos de los derechos
de los pueblos, y habiendo dado pruebas de desprendimiento, se
persuadieron que, si las provincias habían tomado las armas contra
la persona únicamente del Director para reunirse en un Congreso,
destituída aquélla, y convocándose éste, se había llenado el deseo
universal.

“Por otra parte, ¿qué males podrían haber sufrido Concepción y Coquimbo
que no hubiese sentido más agravados Santiago? ¿Qué ventajas podrían
prometerse de una reforma que Santiago no las esperase también? Iguales
los males, iguales las necesidades, iguales las circunstancias y unos
mismos los remedios, no existía una provincia en que se presumiesen
aspiraciones ó intereses distintos.

“La Junta, sin embargo, no tuvo la ligereza de querer erigirse en
suprema sin el voto de los demás pueblos. Quiso, sí, que la República
permaneciese una, y avisó á as provincias que se iba á citar á
Congreso, y que, entretanto, para no aparecer en anarquía, debía
existir una autoridad central y suprema, que estaba en las facultades
de las mismas provincias proceder á nombrarla provisoriamente hasta la
reunión del Congreso, pero que, debiendo tardar tanto la elección de
diputados á Congreso general como la de diputados para nombramiento del
gobierno provisorio, parecía más acertado y más conforme á la brevedad
con que la nación deseaba reunir sus representantes, reconocer á la
Junta gubernativa como un gobierno provisional hasta la instalación de
dicho Congreso, para cuya convocatoria se consultó á las Asambleas de
Concepción y Coquimbo, á fin de que acordasen los términos en que debía
expedirse.

“Las provincias estuvieron disconformes en sus contestaciones. Ninguna
tuvo á bien reconocer la autoridad central en la Junta gubernativa, ni
convenir en la citación á Congreso sin que precediese un nuevo gobierno
provisorio.

“Conocimos entonces que ya estaba sobre nuestras cabezas el mal temido;
la separación, aunque momentánea, de diversos territorios del Estado.
Para formar ese gobierno general, centro de unión de una república
indivisible, avivó la Junta negociaciones con el general Freire y sus
diputados, de que dará pormenor cuenta el ministro de Estado; y que,
admitidas en gran parte, quedaron sin efecto por la consulta y poderes
bastantes que los diputados de Concepción anunciaron haber pedido á
aquella Asamblea.

“Subsisten hasta hoy independientes de hecho las provincias, y acaba
de congregarse en esta capital una diputación de las Asambleas de
Concepción y Coquimbo, con amplitud de poderes para acordar la reunión
de la Nación.

“La Junta no considera á aquellas provincias, como tampoco á Santiago,
en calidad de Estados soberanos é independientes. Les mira como una
fracción de la Nación, cuyos magnates y representantes, ocupando el
mando para conservar el orden en la disolución del anterior gobierno,
tratan ahora de restablecer la unión de la República.

“La provincia de Santiago, entretanto, reconoció tranquila y
espontáneamente á la Junta gubernativa hasta Cachapoal. Los partidos
de Colchagua y Maule se agregaron por sí mismos á la provincia de
Concepción, obligados, según expusieron sus Cabildos, de la fuerza de
las circunstancias.

“Excitados por la Junta á reunirse á la Intendencia de que siempre
habían formado parte, Colchagua volvió á su antigua posición, al
contrario de Maule, que, á consecuencia de un oficio de la Asamblea de
Concepción que resistía esta medida, ha continuado agregado á aquella
provincia.

“En esta parte el general Freire concurrió á secundar los deseos de la
Junta, manifestando á aquellos partidos su anuencia en que se reuniesen
á Santiago. Curicó ha protestado siempre su constante adhesión al
gobierno de esta provincia, que en el día no sufre otra desmembración
que la del territorio de Maule.

“El ejemplo de provincias separadas de la indivisibilidad del Estado,
de partidos segregados de sus provincias, de gobiernos municipales
elegidos bajo formas distintas, ha sido funesto para la tranquilidad
interior; lo es mucho más para nuestras relaciones exteriores y lo será
incomparablemente con el trascurso del tiempo, que dé más extensión á
las ideas desorganizadoras, y familiarizarse más con ellas.

“Nada es más cierto que el que los pueblos equivocan sus ideas de
libertad hasta abrazar en su lugar al monstruo precursor seguro de la
esclavitud.

“En varios partidos se han sentido síntomas de este desorden, último
término á que pueden llegar las desgracias públicas.

“En Casablanca una reunión de pueblo atacó con armas á su teniente
gobernador.

“En Quillota algunos vecinos descontentos dieron á Chile por la primera
vez el lamentable espectáculo de la sangre de los hijos de la Patria,
derramada en medio de las poblaciones por altercados sobre el gobierno.

“En otros puntos la Junta ha conseguido sofocar las disensiones
intestinas con medidas de suavidad y de prudencia.

“Salvadas una vez las barreras del orden, es preciso que el gobierno
se resienta de debilidad, puesto que, sin la obediencia y eficaz
cooperación de los súbditos, no puede hacer uso de los únicos resortes
con que ha de manejarse el cuerpo político.

“Los pueblos amenazan con separarse ó agregarse á su arbitrio.

“Los ciudadanos particulares creen que usan de la soberanía que reside
en el pueblo cada vez que, reuniéndose, intentan un trastorno.

“Los funcionarios públicos, vacilantes y fluctuando entre
incertidumbres y temores de una variación repentina, no usan del vigor
que convendría para contener la ruina del edificio social.

“El subalterno no obedece al superior, cuya autoridad reputa momentánea
y fácil de alejar de sí.

“En tales circunstancias, sin libertad, sin poder, ¿cuál será la
administración?

“Dividida de hecho la nación con tres autoridades soberanas que
gobiernan por sí mismas y aun sin consultarse y acordarse entre sí,
todos los negocios de interés general, todos los que dicen relación al
cuerpo de la República se hallan abandonados para mayor desgracia y
destrucción de la Patria.

“El Perú, señores, es el objeto más triste y urgente que se presenta á
nuestros ojos. El ejército libertador, compuesto de los vencedores de
Chacabuco y Maipo; este ejército, cuyo transporte á dar la libertad al
Imperio de los Incas había costado tan enormes sacrificios á Chile ha
sido batido por el general Canterac.

“El Perú debe volver á encorvarse bajo el yugo de la atroz é irritada
España, si Chile, adonde aquellos nuestros desgraciados hermanos
extienden los brazos, no les auxilia poderosa y oportunamente.

“No sólo el interés general, que nos empeña en sostener la causa de
la independencia; no sólo la humanidad y la fe de los tratados, sino
nuestra propia conservación, nos impelen al socorro, á la defensa de la
América, que debe hacerse en aquel último teatro de la guerra.

“Defendiendo al Perú, defendemos en su territorio á Chile, á todo el
continente. ¿Quién dudó jamás que el empeño más noble, el más útil, el
más necesario que alguna vez pudo la Patria consagrar á su libertad era
este auxilio? La Junta lo decretó después de acordarlo en consejo de
los oficiales generales del Estado; más la falta de un gobierno central
y supremo ha aparecido como un obstáculo para esta empresa: es decir,
para salvar nuestra existencia.

“No puede concebirse situación más deplorable que la que ofrece la
Hacienda pública. Más de un millón de deuda de urgente pago; más de
40.000 pesos de presupuesto para gastos inexcusables del momento, y una
lista mensual que excede en cuatro tantos á las entradas actuales del
Erario, ofrecen un cuadro casi desesperadamente desconsolador.

“El ministro encargado de este departamento instruirá á la Asamblea
de su pormenor. Establecer un nuevo sistema de Hacienda, reformar los
abusos, reducir los gastos á una justa proporción con las entradas, son
pasos que requieren la centralización de gobierno.

“Un empréstito ruinoso que esclaviza por muchos años la nación y
agota sus recursos llama, la atención del gobierno, ó para apartar de
nosotros, si es posible, este peso insoportable, ó para hacer menos
funestas sus consecuencias.

“En cada día que corre se aumenta la deuda y se agrava nuestra
responsabilidad. Si toda la Nación obligada ha de ser la que adopte el
remedio necesario, considerad, señores, qué menos motivo de urgencia es
éste para acelerar la centralización del gobierno.

“La escuadra nacional, esa escuadra á quien indisputablemente se debe
la destrucción de la tiranía, se halla surta en nuestros puertos, donde
los buques, ó ya se han inutilizado, ó por sus continuos deterioros
están muy cerca de este término.

“Sus oficiales, entretanto, que se cubrieron tantas veces de gloria en
el Pacífico, existen á medio sueldo, y en la mayor parte extranjeros,
se ausentan diariamente, siendo su pérdida irreparable en el momento
del peligro.

“Un gobierno general, aprovechando los recursos de todo el país,
volvería nuestra marina al pie brillante de 1820. Hoy, una sola
provincia, incapaz de ocurrir á tales gastos, sería triste espectadora
del aniquilamiento de la principal fuerza de una nación, cuya guerra es
ya ultramarina.

“Entre las empresas que el Director había combinado con acierto, lo
era singularmente la ocupación de Chiloé. No sólo es este archipiélago
una parte importante de Chile, que debe reunirse al resto libre de la
Nación, sino que su posesión por el enemigo es para Chile un continuo
objeto de alarma, y hace además interminable la guerra de Valdivia.

“Los gastos que sin intermisión exigía la fuerza de mar y tierra que
había de cubrir aquel punto adonde permanente llamaba la atención el
enemigo, bien valían el empeño por una vez de acabar con este último
atrincheramiento de la tiranía en Chile.

“Con nuevo sacrificio del pueblo se dirigió á Valdivia una expedición
que debía, por sus aprestos y bravura de nuestras tropas, terminar
la guerra continental. Nuestros últimos movimientos políticos han
inutilizado esta empresa. Considerable parte de la guarnición regresó
á Valparaíso, y aunque la Junta, de acuerdo con el general Freire,
ha hecho volver la fuerza necesaria para defender á Valdivia, Chiloé
queda siempre bajo la dominación española, y como un punto desde donde
la tiranía, en el último acceso de la desesperación, y con importantes
auxilios que ha recibido, puede renovar las escenas de 1813,
organizando y dirigiendo al continente ejércitos que nos subyuguen.

“Un gobierno general haría revivir la expedición de Chiloé, tan
necesaria para asegurar la libertad y lavar la afrenta que recibe la
Patria en que aún permanezcan enemigos en su territorio.

“Nuestras relaciones exteriores, subsistiendo en el mismo pie que en
Julio del año anterior, aunque no nos ofrecen motivos de aflicción,
nos recuerdan que nuestras desavenencias llevan consigo el deshonor de
Chile y nos hacen perder el crédito de doce años, adquirido á tanta
costa.

“En Europa no se dudaba de la suerte de América. La unión y la
consistencia de sus gobiernos se han mirado justamente como la mejor
garantía de nuestra independencia; y la España, para retraer á aquellas
potencias de su solemne reconocimiento, no ha usado de otras armas que
la de representarnos sumidos en la anarquía.

“En América, al reves del Perú, es reparable siempre que nos unamos; y
la Junta, después de haber procurado en este corto tiempo estrechar sus
relaciones con Colombia y con los Estados trasandinos, les ha excitado
á ocurrir en el peligro común á la defensa del Perú. El ministro de
Relaciones Exteriores os instruirá de los pasos dados á este fin.

“Nuestras instituciones y nuestra administración interior tampoco
ofrecen, señores, un cuadro con que nos podamos consolar. No hay una
que no necesite de reforma, y si el destino feliz de la Patria coloca á
su frente á un genio capaz de dirigirla, él deberá crearlo todo.

“La educación, esta base de la prosperidad nacional, se halla en
el estado más deplorable. Descuidada, por no decir abandonada, sin
fomento, sin un plan, sentimos las consecuencias de este mal en los
mismos movimientos actuales.

“La administración de justicia necesita reformas considerables, ó, por
mejor decir, exige un nuevo sistema adecuado á las luces del siglo
y á la posesión de los derechos que ha recobrado la humanidad, para
ponernos siquiera al nivel de una nación de quien dependíamos y cuyos
usos bárbaros y destructores hemos conservado, sin aprovechar las
mejoras saludables que ella misma hizo posteriormente.

“La policía, absolutamente abandonada en todos sus ramos, no existe,
así como tampoco hay un establecimiento de beneficencia pública ó que
fomente nuestro comercio, nuestra minería, nuestra industria y nuestra
agricultura.

“Nuestra fuerza militar se halla consignada en manos del general
Freire, de este oficial que, en catorce años de servicios no
interrumpidos y en acciones gloriosas que llenaron de gozo á la Patria,
acreditó su amor público y su moderación.

“Si el manejo de la Junta no hubiese sido tan franco y manifiesto; si
el testimonio de la conciencia no asegurase á sus vocales que han hecho
cuanto en bien del país pedían el honor, la justicia y la política;
si en las circunstancias eminentemente difíciles en que se ha visto
constituída encontrase otro camino que haber tomado, ella temería que
en este punto la cargáseis con una responsabilidad á que no pudiese
satisfacer.

“Cuando expiró el gobierno directorial, era el general Freire el
ciudadano que reunía la opinión universal; era también el único
que podía contener el ímpetu de pasiones exaltadas y los funestos
efectos de ilusiones políticas nacidas de principios mal entendidos y
aplicados; en suma, era el hombre que debía arrancar á la Nación de las
garras de la anarquía que amenazaba devorarla, y dar á su Patria una
suerte más gloriosa. Jamás mortal se vió en circunstancias de hacer
servicios más importantes al país en que vió la luz, teatro de sus
fatigas y de sus laureles.

“Su voz, escuchada con las íntimas efusiones del placer y del
reconocimiento desde un extremo á otro de la República, debía ser la
señal de reunión de todos pueblos bajo un gobierno tan respetable y
vigoroso como el que acababa, y tan liberal, justo y benéfico como
teníamos derecho á esperar. En semejante coyuntura, se presentó en
Valparaíso con un ejército y una expedición salida de Talcahuano,
después de haber recibido comunicaciones de la Junta donde le
manifestaba sus cordiales sentimientos, la separación del Director y
la conformidad de votos de la Nación. Este acto, que acaso fué mirado
por algunos como indicio de una conducta hostil ó solapada; como
indicante de pretensiones exhorbitantes que se quisiesen hacer valer
con las armas, como distante del respeto y consideración debidas al
gobierno, sin cuya anuencia y aún sin pretextos, se transportaba un
ejército al territorio de su mando, sorprendió á la Junta, pero no la
inquietó. ¿Por qué desconfiar del hombre cuya modestia y liberalidad
de principios eran tan notorios y tan generalmente proclamados? ¿Cómo
recelar del ciudadano en quien la Patria ponía sus esperanzas y á cuya
virtud se confiaban sus destinos? El fué invitado á pasar á Santiago,
él fué llamado á los acuerdos que tenían por objeto el bien general de
la Nación.

“Os aseguramos, señores, que no hemos omitido medio, temperamento,
fatiga para cortar con su influjo las diferencias públicas. Reclamó el
mando del ejército que existía en la provincia de Santiago, y le fué
concedido en prueba de nuestra ilimitada confianza, como garantía de
nuestra uniformidad de sentimiento y con la condición de reconocer la
autoridad de quien recibía este mando, para no faltar á los deberes
que nos impusieron los pueblos cuando, junto con el gobierno, nos
entregaron la fuerza destinada para su defensa y responsabilidad.

“Al observar que, sin establecerse el gobierno central, el jefe que se
titulaba general de una provincia independiente de hecho trasladaba
allí las tropas de Santiago, al notar que se removían comandantes, se
nombraban otros sin consulta de la Junta y aun contra su voluntad,
ésta hizo las reclamaciones que creyó convenir á su deber y á su
dignidad. Los ministros de Estado os pasarán la correspondencia seguida
entre la Junta y el general Freire por los diversos departamentos del
ministerio. En ella encontraréis que este general ha declarado solemne
y formalmente que ni él ni el ejército están sujetos á la Junta, y que
no reconoce en ella autoridad alguna sobre la fuerza militar, cuyo
mando independiente y exclusivo corresponde á él mismo.

“En ella observaréis igualmente que por este motivo se suspendieron las
providencias acordadas para el pronto envío de tropas en auxilio del
Perú, mal que, entre los actuales, no ha sido el que menos ha afligido
los días amargos de nuestra administración.

“Si la Junta no ha podido conservar una estrecha armonía con el general
Freire, os recomienda fuertemente, señores, que procuréis conseguir
este bien. No olvidéis que es el hombre único que puede salvar la
patria y contad seguramente con su desprendimiento.

“Llamadle á vuestro seno y sed más felices que nosotros en inspirarle
confianza y borrar impresiones que suenen á provincialismos ó
principios destructores.

“Que los genios maléficos, que los que aspiran á un interés personal,
que los irreflexivos é inexpertos no triunfen y arranquen los laureles
pacíficos reservados para los ciudadanos que restablecen su Patria
oprimida por males interiores.

“Si el general Freire al conservar independiente el mando de la tropa
ha querido evitar los estragos de la guerra civil, resultado preciso
de la anarquía; si ha tratado de impedir la disolución del ejército;
si con toda la fuerza de la República á sus órdenes ha querido
conservar su influjo y respeto, para hallarse en situación de hacer el
imponderable bien de terminar desavenencias; si aprovecha su crédito y
su opinión para restablecer inmediatamente la República á su anterior
indivisibilidad bajo un gobierno supremo y enérgico; si con su fuerza
no se constituye un espectador indiferente de las desgracias públicas,
ó deja abismarse á las provincias en eternas disputas sobre derechos y
teorías; si en el mejor modo que permitan las circunstancias, y con las
garantías posibles para asegurar provisoriamente la libertad, concurre
á establecer un gobierno provisional, ínterin se reúne el Congreso
general que en plena libertad dicte la constitución permanente del
Estado, él habrá usado de una política tan sublime como benéfica, y
será en todos sentidos el libertador de su Patria.

“Tal es el gran cuadro de los negocios públicos, y vuestros trabajos
van á ser tan arduos como importantes. Mil reformas, mil providencias
útiles habría dictado la Junta si su autoridad vacilante, la situación
política del Estado y sus atenciones dirigidas exclusivamente á la
unión de la Nación, no la hubiesen sido un obstáculo insuperable.

“Acaso nos hemos equivocado; tal vez el error ha precedido á muchas
de nuestras deliberaciones; él es inseparable de la condición humana;
pero dispensad, padres del pueblo, nuestras faltas, que ciertamente
se han cometido en medio de un desinterés y amor público de que nos
lisonjeamos.

“Entretanto, buscad al ciudadano que haya de subrogar nuestro cargo
provisorio. ¡Ojalá su mando sea momentáneo, porque consigáis tan pronto
como conviene el establecimiento del Gobierno Soberano! La razón, la
experiencia y la opinión pública están de acuerdo en que á uno solo
debe confiarse el Poder Ejecutivo. Ni los tres, ni alguno de nosotros
nos consideramos capaces de llevar al término el triunfo del orden.

“Descargadnos de un peso que nos abruma, y sea ésta la recompensa
de una administración en que las fatigas, las dificultades y los
sinsabores han excedido al tiempo y á nuestras fuerzas.--_Agustín de
Eyzaguirre.--José Miguel Infante.--Fernando Errázuriz.--Mariano de
Egaña_.”


FOOTNOTES:

[153] Damos el texto original de este documento.--(_N. del T._)




                                 INDICE


                                                              _Páginas._

  PRÓLOGO DE JUAN CONCHA: Glosas al diario de un viajero               7

  PRÓLOGO DEL TRADUCTOR                                               13

  PREFACIO                                                            21

  Bosquejo de la Historia de Chile                                    25

  DIARIO: 27 de Abril.-17 de Agosto de 1822                          153

  22 de Agosto de 1822.-13 de Marzo de 1823                          243




                         Nota del Transcriptor

Se han corregido los errores óbvios relacionados con la puntuación y la
órtografia.



*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DIARIO DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822) Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823) ***


    

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or any Project Gutenberg work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg

Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza #516,
Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg eBooks with only a loose network of
volunteer support.

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the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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