Locura y muerte de Nadie : Novela

By Benjamín Jarnés

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Title: Locura y muerte de Nadie
        Novela

Author: Benjamín Jarnés


        
Release date: May 7, 2026 [eBook #78630]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Ediciones Oriente, 1929

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/78630

Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by The Internet Archive.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOCURA Y MUERTE DE NADIE ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
    convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos.

  * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
    las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

  * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
    modernización.

  * Las páginas en blanco han sido eliminadas.

  * Se ha compilado y añadido un Índice al final del libro pese a que
    el original impreso no lo incluye.




Locura y muerte de Nadie




OBRAS DEL AUTOR


REVISTA DE OCCIDENTE

_El Profesor inútil._ («Nova Novorum».)

_El cantar de Roldán._ Traducción. («Musas Lejanas».)

_Vida de San Alejo._ (Núm. LXV de la «Revista».)

_Paula y Paulita._ Novela.

_Viviana y Merlín._ (Núm. LXXII de la «Revista».)


EDICIONES ORIENTE

_Locura y muerte de Nadie._ Novela.


ESPASA-CALPE

_Sor Patrocinio._ Biografía.

_Zumalacarregui._ Biografía. (En prensa.)

_Teoría del Zumbel._ Novela. (En breve.)


LA LECTURA

_Ejercicios._ («Cuadernos Literarios».)


LA GACETA LITERARIA

_Salón de Estío._ (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)


HISTORIA NUEVA

_El convidado de papel._ Novela.

_Amor bajo tres lunas._ Novela. (En preparación.)


C. I. A. P.

_Pauta y Arabesco._ Ensayos breves. (En preparación.)




  BENJAMÍN JARNÉS


  LOCURA Y MUERTE
  DE NADIE

  NOVELA

  Primera edición

  [Ilustración]

  EDICIONES ORIENTE
  MADRID




  ES PROPIEDAD
  Derechos reservados
  EDICIONES ORIENTE


Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.




  Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza.
  La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice
  de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia
  poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de
  que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en
  definitiva, favorable o adverso.

  ...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo
  humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario
  para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que
  todas las formas del arte toman su origen de la variación en las
  interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre
  sientes y decirte he qué arte cultivas.

  ...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión
  general de la intimidad humana entonces.

                                              JOSÉ ORTEGA Y GASSET.




                                Prólogo


A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a
quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en
ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe
que aparece en este mundo: el de su propia aparición.

Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando
—fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo
sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca
vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores
precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y
la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una
concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando
todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más
profundo los antiguos signos de interrogación.

La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines;
pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.

A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales,
que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles
alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable,
persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás
divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina,
mata.

Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo
perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de
la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El
espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.

Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios
de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría
crispado, convulso.

Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero
he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera
asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre
las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur
de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la
superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?

Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que
asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al
transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las
manos.




                                   1
                           El Banco Agrícola


Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el
vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán
gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente
a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos
circunvoluciones.

En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya
henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas
disparando cifras:

—¡El 331!

—¡El 332!

Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero
inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa
la presión.

Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes,
cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están
ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas
serpientes de sumandos que reptan por los atriles. Por una ventanilla
le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington».

Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del
campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas
son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del
terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de
gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo
de Administración.

Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la
cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos,
papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen,
se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete
la baraja entera.

—¡El 333!

—¡El 334!

—¡El 335!

—¡El 336!

Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno;
melocotón, uva, maíz, centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres
de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos
cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus
Tonante de la mitología bancaria: el trigo.

—A 57.

—No hay ofertas.

—¡El alza!

—Mañana, a 58.

—O a 58,50.

—Se está comprando muy de prisa.

Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero,
majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en
las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas.
Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve
ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes.

Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo
candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente
de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de
finas lanzas amarillas, ceñidas en hostiles escalones. Cada grano
destaca su centinela, en orden perfecto de batalla.

Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la
geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce
de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus
delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la
sustancia de los dioses.

Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región
de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy
la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de
cifras en las falsillas de los libros mayores.

Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo
sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales.
Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas
cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.

Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los
mismos umbrales de las formas puras. Rubio dios de los campos,
convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo,
sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo
almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios.

—¡El 344!

Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se
derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae,
que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de
su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo
largo de sus opulentos flancos...

Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el
mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa
cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se
crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La
cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.

Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre
el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se
desvanecen. Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca,
pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un
chillido metálico su bolso y se va.

La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco
las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos,
de papelitos morados.

—¡El 345!


                                 * * *


Un codazo del hombre de la izquierda.

Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el
número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a
ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina
que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante
al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en
perfecto equilibrio, inamovible.

El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:

—Perdone.

Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El
mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden.

El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer.
El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como
siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre
desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer
ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante,
le borra un campo inútil de atención.

Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que
se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar
estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de
tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los
clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja
pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante
equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta gabanes; igual
módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.

En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún
rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante
un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga
serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.

En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las
facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros,
banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo
verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un
comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un
chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.

La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno
por uno los temperamentos de los clientes.

—¡El 348!

—¡El 349!

Va bajando el termómetro. Estallan en la tina las últimas burbujas.
Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se
perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a
chocar con alguna huraña cuenta corriente.

En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el
telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes,
deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que
lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.

Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por
cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer
la operación y seguir su faena con la visión normal.

Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no
encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo
bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas
descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden
definitivamente en las baldosas.

Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos bocetos. Los
perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad
plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y,
al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal
brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de
alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a
ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante
de espacio necesario para crearse una atmósfera personal.

—¡El 350!

—¡El 351!

El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos
ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El
desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal.
Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El
empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos,
certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo,
que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto
proscenio, un carácter definitivo de personalidad. Pretende que aquel
hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el
mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.

La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho
y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que
imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A
cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente
borroso...

Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El
hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.

Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido.
Lo encuentra en una esquina, le pregunta:

—¿Cobró usted, por fin?

—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo
la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma,
me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.

—¿Un tatuaje?

—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí
me identifican en seguida. Venga conmigo.

En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a
contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de
pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.


                                 * * *


—¡Qué capricho!

—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo
terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi
vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted
que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir
o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad,
anterior al destino. Se trata de _ser_. Fíjese bien: ¡ni siquiera de
existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he
deducido que, aun suponiendo que exista, _no soy_.




                                   2
                            Campo magnético


En la terraza del bar, ante un _cocktail_ de ginebra, se plantea Juan
Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.

Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer
el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá
desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan
Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de
ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente
el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre
firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático
perseguidor de su propia esencia.

Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar
de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo,
de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un
defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de
un carácter. Nada logró.

—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna
enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que
me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el
nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.

—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.

—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por
mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un
médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el
estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar
inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno
que casi nunca me gustaría ser.

No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un _universal_,
un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo
su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del
_cocktail_, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de
espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo
continente.

Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer
a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que
la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este,
todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias
imprevistas.

Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza
del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es
decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo
interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo
es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el
gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente
dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como
un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza
a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.

El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones
sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia
cromática alguna.

Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras,
aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso.
Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y
abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la
religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado
incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en
las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca
intimidad de una mujer.

Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La
disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos
según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan
en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis;
los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas
van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales.
No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta
y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica
penetrando en un _Hispano_ a morder el «fruto prohibido».

Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle.
Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las
marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los
momentos finales de la jornada.

El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama
a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa
lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias
contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico
compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.

Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie
se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el
arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente
su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos
elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total
desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de
espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las
gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.

—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar
mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la
acera de seis a siete», «el que compra _La Crónica_ en el quiosco
de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por
«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra,
por «Martorell y Compañía»...

Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación,
que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar
batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte
de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—,
porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su
excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos
del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de
Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le
provee de ideas un genio...

—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los
escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y
desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo
a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo,
sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con
preferencia una razón social.

En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante
de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad
a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del
mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto,
sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.

—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón,
mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo
por los vagos recuerdos de cada transeúnte...

Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar
por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados.
Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que
ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es
masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo
de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte,
esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal;
el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo
al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier
cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la
pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de
entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a
someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de
pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan
las grandes.

—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme,
tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos
miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros
del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi
característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura
un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del
vocablo.

Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta
y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una
institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos
siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos
puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los
tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del
arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito
—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la
personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece
la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el
dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?

—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el
hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un
rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de
ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes.
Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!


                                 * * *


De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus
ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando
gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro
disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca
o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así
la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer,
según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas
entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al
ondulante panorama.

Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados,
cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la
fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.

—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La
tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente?
Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en
mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos
transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de
nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un
peligro para nuestra libertad de hoy.

—Consuela oírle. ¿Usted escribe?

—De ningún modo.

—Lo hubiera jurado.

—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo,
¿sabe?— inspeccionar siniestros.

—¿Cómo?

—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre
en regiones devastadas. Después del último bombero.

—¡Qué raro!

—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más
sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son
muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando
les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo
creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho.
Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda
la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un
montón de despojos acumulados.

—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su
existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los
artistas.

—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente
su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa
aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele
sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no
recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua
de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará
que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá
logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me
he extraviado.

—Siga, siga.

—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción
reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente:
le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la
expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no
ser. Eso está muy anticuado. Obre.

—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?

—Firmemente.

—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le
espero a cenar esta noche.

—Iré.


                                 * * *


Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que
suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la
menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La
amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril
irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada
hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito
admirador.

Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los
soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces
todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería,
como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos,
envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor
visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda
su juguetona fábrica.

Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro
en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión
decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada
aparición un poco más de seductora lejanía.

Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es
lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan
expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el
riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en
un rígido programa del que están excluidos todos los azares.

La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no
deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan
los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo
jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces
con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal,
con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia,
progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas,
cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse
en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro
favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y
refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.

Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos
fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los
ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de
adiós impronunciada.

Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el
luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red,
hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes.
Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más
sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética
descendente.

Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan
y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos
veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su
belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos
por la blanca desnudez de su amante.

Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan
el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su
otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión
encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de
uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en
torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda
irradiación.

—¡Las siete! ¡Las siete!

Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido
de una bocina de _Rolls_ que desde lejos reclama virilmente paso
libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes,
camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del
día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde,
atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.




                                   3
                             Amor disperso


La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser
reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del
placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la
escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que
principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un
caballero gran cruz.

Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto
desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada
donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de
la calle.

De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros
balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los
armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce
considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.

Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:

¡Incendiaria!

Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión
profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían
su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de
_radium_ de entre algunos quintales de mineral.

Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se
convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de
voz. Arturo era ya entonces inspector de _El Cisne_, Sociedad de
seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario
de _La Rosa Blanca_, almacén de tejidos, las verdaderas causas del
sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.

Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo.
¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave
pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en
un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de
percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con
el propietario de _La Rosa Blanca_, cierta sinuosa viuda de treinta
años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba
artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para
inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...

En la escaramuza brotó la palabra definitiva:

—¡Incendiaria!

Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el
mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre.
Allí perdió _El Cisne_ gran parte de su prestigio: todo por el matiz
poco claro de un insulto.

Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó
su requiebro en una desconocida...

Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama.
Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos,
difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la
Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.

Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe
entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a
todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de
reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los
poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.

Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar
escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año
de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía
entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en
lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de _Tristán e
Isolda_. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand,
y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros
de frenético amor.

Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo
que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al
desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para
acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte
dosis de deleite para seguir viviendo.

Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan
rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos
de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue
rozaría los nervios como un alfiler.

Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de
sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos
decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.

Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias
hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de
tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica
epidermis del mundo.

La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de
cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra,
empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De
casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.

Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos
y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se
contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan
enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas
existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia
encajada en los compartimientos del aire.

Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal
posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad,
blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas,
luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más
plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con
un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen
sangrar: la dureza.

Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero
esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no
saber nada de los hombres.

—¿No vienes?

—Se me ha extraviado un pendiente.

—¡Déjalo!

¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la
desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos
los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de
pureza hay siempre una larga fila de impotencias.

Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos
valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es
ahora un prodigio de claroscuro.

Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo
es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan
sabrosos.

¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la
hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo
misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el
suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.

En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por
fuera.

—¡Aquí está!

Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a
esconderse entre los brazos de Arturo.


                                 * * *


Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre
dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con
el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su
hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser
casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.

Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos
extraviados de Arturo.

El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas
palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.

—¡Alfredo!

Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad.
Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo
en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo
personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas
clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre
cualquiera.

Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja
a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza
lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin
tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin
futuro, con un fugaz y encantador presente.

Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso.
A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en
sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo,
lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo
uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto
a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben
de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida
por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta
a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las
corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.

Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en
Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo
advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos
de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo
que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el
Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la
sensación y del concepto.

Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca,
se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo
vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el
caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en
una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el
total y verdadero Arturo.

Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también
su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras
trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o
de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones
nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por
incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces
a climas inéditos.

Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del
hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos,
libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a
toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa
multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de
infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las
delicias de todo el orbe.

Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio
paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como
una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.

Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad
de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.

El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para
fines utilitarios.

—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.

—Bien.

Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—,
Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:

—Lanuza, 87.

El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer
bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.

Sale.

La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera
del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En
la calle, llama a un chófer:

—Lanuza, 87.




                                   4
                         Punto muerto y evasión


Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno
reposa la vista como en una vieja butaca familiar.

Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos
brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del
mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún
abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo
siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.

Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las
mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de
comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua
de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo
trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que
Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se
repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz
conyugal.

En las paredes se ven los mismos cuadros: la merienda campestre,
Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de
Millet... Y una lozana joven saliendo del baño.

No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento
decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace
desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida
en el claustro de las Huelgas.

Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían
esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja
perplejo a Arturo.

—¿Qué le parece?

Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a
Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.

—Bien.

La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con
el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar
de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la
bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.

—Es algo atrevido, ¿no?

A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de
Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se
advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo
puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.

—Es una «nota de color» un poco audaz.

Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la
esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma
que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del
poseedor.

El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas,
pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el
comedor.

Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la
encuentra y apela al balbuceo:

—Interesante.

—¿Sí?

Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos,
aniquilados bajo la mano impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa
común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia
arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de
lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.

De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los
tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de
estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el
gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de
Rebeca.

El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente
caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada
por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene
desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la
cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.

Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo
corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común
denominador del resto del voluptuoso organismo.

Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se
agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre
un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado
aquel gesto de cautela.

De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado
conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el
cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una
esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.

Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica
galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide.

—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables...

—¡No, no!

—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego
escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los
sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.

—Lástima de versos.

Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así
embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es
enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción
que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha
recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las
artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los
que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa
que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones
mutiladas.

Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es
posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino,
indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los
que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una
franca derrota.

El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de
un mozo robusto, impertinente, asoma por el pasillo. En el umbral del
comedor, Sánchez presenta a los dos:

—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.

Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe
ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia
de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en
primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el
verdadero nombre de Rebeca.

Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:

—Dijo usted...

—Matilde.

—¡Ah, sí! Matilde.

Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación
filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el
falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla.

Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de
nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado
amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas
esconden la hermosura de su gesto bajo el doble negro manto de la
noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes
dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente.

Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones—
gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que
—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada
no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta
anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad,
de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos
de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a
cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico
de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.

¿Y Alfredo?

Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal,
coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre
sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto,
vivida entre facturas, plazas de toros, mesas de café, vagones de
ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos
extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas
comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir,
prefiere el tanto por ciento.

El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único
deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación
de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso
impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el
amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y
lecho, para robustecer su complicidad.

—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta
estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.

Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras
repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de
Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de
joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.

Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño
truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza.


                                 * * *


Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo
queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro
miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un
punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color
diferente.

Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras
insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha,
amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más
vergonzosos de cada comensal. Es a saber:

El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha
recobrado su desenvoltura.

La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico.

La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas
irrisorias del evidente enemigo nuevo.

Y la flaqueza mental de Sánchez.

Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas;
apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común,
desliza frases opacas, mates.

Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el
más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud;
de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de
olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por
espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por
el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí
agrupado, inerte o vivo.

Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le
empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus
relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce
un vaho soñoliento, y él sabe que entre la nube algodonosa y la médula
del terruño hay siempre declives imprevistos.

Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance.
Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas
y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos
mohines apócrifos.

Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus
compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un
juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.

Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos
días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga
fórmula la extraña situación íntima del grupo:

—Sobre nosotros se cierne la tragedia.

Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro.
Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...

A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece
algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro
comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el examen de
las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las
consecuencias del cuerpo explosivo resultante.

Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen
rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas
metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total
ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí
mismo, persiguiendo fantasmas.

Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos
con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y
surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a
desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se
trata de disturbios domésticos.

La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en
que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social
puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador»,
pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la
dinamita que hace estallar los bloques más recios.

El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo
podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.

Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer
el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos.
Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena,
y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por
desgajarse de lo contemplado.

En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un
leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de
enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas
veces consiguen encontrar su autor.

Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.

El marido.

La mujer.

Amante primero.

Amante segundo.

El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de
atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de
fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se
reduce a la baja condición de amante subalterno.

Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.

En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se
llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a
ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura,
no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el
verso-ripio en una cuarteta pasional.

Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar
el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus
posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba
de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al
deleite.

Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del
espíritu.

La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre
y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las
manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para
simular una jaqueca.

Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni
una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.

Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de
Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.

Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una
mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en
una plazoleta oscura. Alfredo ordena :

—A La Perla.

Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.




                                   5
                            Noche de placer


Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados
que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el
repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa
geometría de las piernas.

A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad
ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia
importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.

Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus
confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias
por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende,
resignado.

Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las
ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y
timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de
apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra
felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse
en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al
de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.

Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan
Sánchez persiste en su sombría locura:

—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula
falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué
somos...

Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto
suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la
parte inferior, tan esquemática.

Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en
sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso
de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas
piernas en franco desnivel armonioso.

—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo
desvanece...

Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo
inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la
larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar
las tres.

Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se
agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo;
unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos,
le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...

—Pero, ¿no me conoces, Juanito?

Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe,
alborozada.

—¡Pero este Juanito!

—No recuerdo.

—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?

Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar
(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret
con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo
universo de sus imágenes fatigadas.

Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos
que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota
que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas
negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta,
arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.

Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se
arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores,
adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.

Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo
el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente
glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada
de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.

Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los
jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta
en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se
acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.

Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su
espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se
forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los
cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.

A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética
prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual
blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.

Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.

Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se
niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa
mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.

Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede
a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.

Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de
una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo
una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles
miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío
—diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.

Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van
repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza
va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los
espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de
un puñado barroco de hojas verdes.

La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené
hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del
espíritu en su propia intimidad.

—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo
cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos
ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa
blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.

Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando
Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear,
de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una
perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad
fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos
sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos
derrumbamientos.


                                 * * *


El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por
el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo:
«Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y
piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento,
parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje
provisional de aquella voluptuosa perspectiva.

Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha
sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados,
a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.

Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido
donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera
fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto
distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías:
una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele
asomarse el alma.

El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho
los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos
herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las
imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como
embobado. Salir y entrar libremente.

Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva
atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que
nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra
propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son
fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.

Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por
nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es
indiferente.

Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay
que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a
veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los
hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de
locura.

Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil
ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el
suyo, les hiera, les haga volver los ojos.

Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar
le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre
dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la
intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.

—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret.
Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los
hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios
instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad;
suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado.
Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos
hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de
humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo
sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos
deseos. Tú eres aquí nuevo.

—Cierto.

—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción,
mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace
despreciable. Me sorprende veros juntos.

—Nos ha juntado el azar.

—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.

—Se encuentran, efectivamente, en un punto.

—¿Dónde?

—En una mujer.

—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo
comprendo mejor.

—Dime.

—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.

—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.

—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de
Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo?
¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la
repulsión.

—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado
en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no
le temo.

—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que
Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.

—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.

—Eres excesivamente generoso.

—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.

—Eres incorregible. Adiós.


                                 * * *


En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección,
trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles,
los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio
lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—,
empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando
a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que
esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas,
una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez
alumbra con un encendedor...

Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca
ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo
redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una
manecita acaba de afirmarlo como ente personal: Juan sigue el rastro
de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia
él, señalándole, alborozada:

—¡Tú! ¡Eres tú!

Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta
alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo,
menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta
nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a
morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo
lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas
últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no
advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata,
su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que,
excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida
aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser
fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado.
Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con el descoco, y todos los
valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan
Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica
no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se
siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa.

Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón
superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva
sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación,
desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de
estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente,
sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en
su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa
arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último
resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva
fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra,
su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro
hacia el techo, esbozan un ademán de tortura las _Tres Hermanas
Argelinas, Tres_, que ahora recogen toda la atención dispersa del
cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las _Tres Hermanas
Argelinas, Tres_ parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas
en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse
en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por
rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la
boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si
las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la
misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido
instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos
comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo.
Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en
dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición
normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales
entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de
afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos
municipales, juntos los pies por los talones y las manos sobre las
cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se
adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan
un poco bajo la lluvia de miradas.


                                 * * *


Le despierta Juan Sánchez.

—¡Arturo!

Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.

—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!

—¿Cómo?

—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo
originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una
personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada!
Buscaba a un tal Juan Martínez.

—¿Cómo advirtió su error?

—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres
otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo
corriendo por la casa, medio desnuda. Quería llamar a la Policía...
Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me
hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal?

—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres
otro!».

—¿Va usted a hacer caso de una ramera?

—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre
soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!




                                   6
                                 Viraje


—Felicíteme, Arturo.

—¿Por qué?

—Mi salvación está aquí.

—¿Dónde?

—En esta carta. Léala.

Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar
una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta.

—No comprendo.

—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.

—Como todo.

—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la
juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí
entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte
Azul. Porque se llamaba don Juan.

—Como cualquiera.

—Es que importa, me importa mucho que se llamase así. Porque ese don
Juan... ¡era mi padre!

—¿Cómo?

—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo
clarísimo. Porque, verá usted...

El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el
relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es
un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una
afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada
alegría:

—¡Soy hijo de...!

Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha
acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una
vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa.

Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener
tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza,
cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por
ascendencia guerreros, poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas
de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los
flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades
del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir
en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar
magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis
humana original.

—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una
plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha
de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado,
germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya
comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado,
es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más
consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura!
Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética
violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a
enloquecer de amor... Porque el conde era un ladino, un experto
catador de bellezas.

—Pero de esa carta no se desprende...

—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones,
desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí
fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado
a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos
miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no
correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El
conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía
a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer
conde de Monte Azul. Que mi madre...

—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.

—¿Por qué?

—Es sagrada. Así lo dicen.

Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido
al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar en
él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite...
¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de
sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida
máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de
reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos
mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?

Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo
a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez;
historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan
Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber
encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal.
Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de
su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud.

—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas,
filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir
en proyectos, en gérmenes de aventuras.

—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro.

—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me
engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano
y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...

Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a
escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas.
Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son
comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida
fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que
solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas
experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.

Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había
deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes,
colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región
subterránea la misma admiración por la _Cena_, el mismo respeto a
Víctor Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un
poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el _Cardenal_
de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces
en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no
sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.

—Pero, hace unos días...

—¿Perdió usted la llave del sótano?

—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso.
Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor,
con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas
totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos
originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina
de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí
que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que
ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en
vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser _una broma_ de los poderes
cósmicos ese grano de sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por
una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta
de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa
de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si
existen, no pueden ser tan crueles.

—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe
en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.

—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi
nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el
tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo,
pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El
caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al
restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo?

—Iré.


                                 * * *


Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos
vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico.

Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas
redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de
color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la
siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas,
de cardos.

Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar,
rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por
donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.

Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha
rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su
esponjosa entraña.

Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan
las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los
colores inefables, de todas las curvas imprecisas. El horizonte.
Perfil último y borroso.

Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico,
de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus
relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor
de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.

Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que
va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil,
levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.

Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no
sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que
ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.

Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el
camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva
donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un
índice humano. Va escalonando —como en los retablos de gloria— todos
los hombres y mujeres que conoce.

Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz,
plano irreal, ilusorio.

En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta
cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una
arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los
entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde.
Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un
hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu.

Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en
derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad:
sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un
rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro
de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al
nuestro.

En la tercera zona los seres van apiñándose, un poco desdeñados,
borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los
confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer
en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor
nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para
nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta
zona es el país de la abstracción.

Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan
Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez
de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de
subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación
desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un
tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de
ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su
nebulosa cuna.

—Faltan seis kilómetros.

—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.

A Matilde la instalará en la región de la intimidad, donde la
reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo,
gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se
arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra
desnuda al otro espíritu.

La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a
capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en
la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando
resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la
resistimos—, la expulsión es definitiva.

Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se
ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad,
la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral,
unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.

Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego
es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella
confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo
desequilibrio, que solo persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su
propio relieve. Hombre a caza de su sombra.

—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por
carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha,
detrás de aquellos chopos.

—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.

Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los
condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con
engullirnos.

Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado,
apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus
ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada
pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.

Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una
tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino
que poda unos rosales.

—¿Y la condesa?

—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.

En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la
señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños
pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede
aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.

—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al
pueblo...

—Esperaremos.

Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en
los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le
mira fijamente un militar.

—¡Yo!

—¿Cómo?

—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la
empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía
arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina
su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.

—Cierto. Se le parece mucho.

—¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable.
Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito:

—¡Yo! ¡Soy yo!

—¿Quién?

Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón
de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo
alto del Parnaso.

Arturo lee en el lomo de algunos libros: _Cervantes, Dante, Milton_...
Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez
olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa
junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de
ardiente inspiración».

El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la
izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda.

—¡Es usted mismo!

—¡Yo, otro yo!

Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar,
cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra,
un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo
trazado en el papel.

—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas,
caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando
sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre
original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.

Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica;
el paralelepípedo.

—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis
años.

—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un
chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas
que usted ha terminado ayer.

—¿Se burla usted de mí?

—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para
nosotros es tomar parte en la burla.

Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen algunas espadas sin
gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y
aleluyas.

—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!

—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.

—Este. «A tu pelo»:

    _¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?_
    _¿Si eres de cera, por qué no te derrites?_
    _¿Si con el sol en abrasar compites..._


                                 * * *


—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que
interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les
suplica...

—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente.

—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la
releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo
podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy ya muy viejo. Lo conozco
todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele...

El mayordomo mira receloso a Arturo.

—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.

—En ese caso...

—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.

—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta
finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales
bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la
quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.

—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por
uno de sus parientes, señor.

—Entonces, ¿es cierto...?

—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí.
Venga a ver su cuna.

Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.

—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar
esto un poco, pero resultaba imposible...

—E inútil —añade Arturo.

—Seguramente —agrega el mayordomo.

—De modo es que aquí... Cuente.

Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:

—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa
imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.

—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del
arcediano de Sos, hermano del señor conde.

—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.

—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...

—Sí, de prostituta.

—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre era una tiple de
Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde.

—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por
su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.

Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases.
Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira,
sorprendido.

—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que
irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los
espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...

—¡Juan Sánchez!

—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas,
prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del
gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión
desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman
las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un
furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla
embelesado, le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino,
besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El
amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus
frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de
deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una
vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos.
Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!

—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa,
entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era,
efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las
baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita
del coro.

—¿Qué dice usted?

Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo,
le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.

—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?

—Señor mío...

—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?

—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.

Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la
butaca; se lleva las manos a los ojos.

—¡Del coro!

—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene
usted. La tercera, comenzando por la derecha.

—¿Del actor? —pregunta Arturo.

—Del espectador.

Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos
que le ofrece el mayordomo.

—Señor, ¡he aquí a su madre!

—Arturo, ¡he aquí a su hijo!

Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer
hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su
impotencia.

—¡Cálmese!

Intenta sonreír. Le brota una mueca.

—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!

Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco.
Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.

—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta
revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas
«fotos». Era el libro que prefería el señor conde.

—¡Del coro!

—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...

—¡Cállese ya!

—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde,
que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid
en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses.
Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía
aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador
se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París,
señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que
nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.

—¿Del espectador? —pregunta Arturo.

—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está?

—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez.
Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?

—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro
Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.

—¡Soy Nadie!

—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No
podéis pedir más.

—Bien, vámonos.

—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como
todos saben, derrochó una fortuna con...

—Sí, con señoritas del conjunto.

—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una
honrosísima excepción.

—Siga.

—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se
instituye a usted heredero de todo su pasado.

—¡Estúpida herencia!

—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos
le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de
Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un
usurero.

—He de cargar con un montón de trastos viejos.

—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese
ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...

—¡Todos del coro! ¡Nadie!

—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...

—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los
casos.

—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya.
Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día,
este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado
a una anciana... Un suceso triste. Lea...

Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.

—¡Un camión!

—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.


                                 * * *


Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con
la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje
espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre
se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el
antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.

Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la
velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre
sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela.
Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora,
a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce
epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una
diligencia, en un coche de tercera...

La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color
de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime
algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque
violento, la _panne_, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro
por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía
de la existencia humana.

—Haré un auto de fe con mi pasado.

Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había
olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y
los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el
puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.

—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.

—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán
definitivamente en la nada.

—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.

—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son
como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin que
nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la
tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi
árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante
más.

Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va
apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros,
agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres
llamaradas —tan fugaces— de aquel día.




                                   7
                         Auto, bodegón y celos


El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos
acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos
pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los
cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un
diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para
el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada
hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado
de algunas flores raquíticas.

La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita
que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El
enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la
ciudad.

Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba
en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió
convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un
apremiante deseo. El hombre y la cosa originales se producen
súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos
conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad
estalle, para volver a ella los ojos.

En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la
sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de
un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados
en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas
—marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas,
metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca,
retratos, rollos amarillos de papel.

—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.

Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo
prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo
muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:

—¿Verdad que tardan?

Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los
rizos de Matilde, frases mutiladas.

—...una hora..., tardanza...

—...siniestro difícil..., director..., urgente...

—...falso..., catástrofes de pega...

—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...

Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de
un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se
desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.

—Mi fortuna se fragua entre escombros.

—Se ve que te enamoran los conflictos.

—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto
enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos.

—Tienen fe.

—No tienen curiosidad.

—Tú no crees en nada.

Dulcemente, muy bajo:

—...ni siquiera en mí.

A Juan Sánchez solo le llega el _mí_, un _mí_ ardiente, afilado,
inconfundible.

—No es fe, es deseo. Creo que te basta.

Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír
la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil,
que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de
impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez
aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan
Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes.

Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.

—¡Ya está aquí mi pasado!

Salen todos a recibirlo.


                                 * * *


La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo
alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla
a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se
enrollan, se resisten al aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica
todo.

Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo
llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político
que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó
más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el
campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un
poeta, de los llamados _chirles_, cantor de frondas y arroyuelos,
constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un
farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.

Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le
dedica una sorda oración fúnebre.

—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida
buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un
coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones
cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes
que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos
de metáforas tradicionales, burdamente cosidas con alambre retórico
barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos,
porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las
cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar
desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como
tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano,
y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor
parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta
el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes,
y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente
ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos
eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por
eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades
de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el
público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo
escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso al
precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque
tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y
trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo
nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago
afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un
arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota
ilusionado!

La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña
irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.

—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace
tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en
las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que
nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!

Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la
anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca
más a Arturo como buscando refugio.

—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, Arturo. ¡Acción, acción!
Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos.

—Es su espuma, su perfume, nada más.

—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar
mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la
acción!

Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más
azorada, solo acierta a decir:

—Bien. Vamos a comer.

Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su
vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado,
la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.


                                 * * *


—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de
viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.

Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan
otras golosinas. Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.

Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se
entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo
cómplice.

—La señorita va a venir. Pase al comedor.

Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él
una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y
se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de
formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras
aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia
cristalina: una pirámide.

Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos
infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un
método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe
al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá
en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo,
conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.

Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, pero dejándolo
bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto.

—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña
frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.

De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De
pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda
cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece
callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.

Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la
pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede
ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los
visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas
inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el
resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo,
porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.

Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del
color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la
voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando
a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles
que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.

Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel,
abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al
sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se
sacia o naufraga definitivamente el deseo.

Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo
por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar
el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar.
Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para
siempre deliciosos instantes.

Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los
ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y
las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos
deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en
escorzo, donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.

En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que
parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de
aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo
cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos
ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos
fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.

Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría
superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la
escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es
el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel
metálica parece terminar la irradiación de su belleza.

Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura
geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de
cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer,
donde el espíritu fue desalojado por una estación telefónica de
innumerables, de opuestas intenciones.

Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue
contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen
del mundo en torno.

Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado
un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con
sus islotes rosas, carmesíes.

Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada,
aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate.
Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de
adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino
terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío
blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas
quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los
microscópicos abismos una leve espuma.

La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón,
se prende a cada brizna de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo,
risueñamente.

Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la
epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un
balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie,
chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que
solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo
deformador.

Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme
aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada,
ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste,
hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.

—Coma. ¿Le gustan?

Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de
enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.

Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa
encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con
todos sus zumos destilando en plena desnudez.

«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal
donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna
voluptuosidad».

Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel
insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con
la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.

Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó
timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que
acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría
acechando...

—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.

Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que
confiesa:

—Perdóneme. Iba a matarle a usted.

—¿A mí?

—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza
de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a
la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo.

Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.

—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida
es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen
todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento
obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo
es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus
ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre
millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos,
donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida
merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser
nunca nada, ni antes ni después de existir.

Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el
infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun
el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan
compartida.

Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea
esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las
bromas inflexibles de la cuarta dimensión.

Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca
puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura
en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide
cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco
de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin
hirsutos filos.

Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo
con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si
Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar
indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de
alguna caravana acabada de engullir.

Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan,
lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está
nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre
relajados.

La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad.
En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del
espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa
chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica.

En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son
casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada
ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su
excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.

Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una
sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró
plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su
pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como
armas arrojadizas.

Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran
sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de
sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los amantes, la extrema
temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.

Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares
de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos
hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en
este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de
hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.

Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen
según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato.




                                   8
                          Las dos muchedumbres


Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio
y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes
teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito,
ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones.
Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le
da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que
borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de
asegurarme la verdadera fecha».

—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos
ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la
obsesión del siniestro!

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :

«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación
de Los Olmos, con tres fardos de _Blas Pérez y Sobrino_ y una jaula.
Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo
soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay
coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa;
solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la
correspondencia...».

—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de
tercera clase no va a interesar al jefe.

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo
recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le
pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de _El
Canastillo_, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos
pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que
yo llamo _siniestrada_ en mi lamentable argot, y él balbucea unas
palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos.
Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de
semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».

—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por
el _argot_ de la casa.

Destruye la hoja de papel; en otra escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo
mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del
estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada
deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un
caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer
en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando,
una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me
hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su
sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes,
son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un
sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La
ceniza lo traspasa todo...».

—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a
reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.

Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un
disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.

Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida.
Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían,
vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto;
todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las
puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos,
protestan, alzan los brazos...

—¡Señorito, señorito!

—¿Qué ocurre?

—¡Dos hombres muertos!

—¿Dónde?

—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!

En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que
acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la
conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa,
irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza
está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños
que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los
vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes.
Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las
menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones,
llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente
foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge
en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo
recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes
representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les
alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han
vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias.
Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático
provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el
presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una
fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no
cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por
las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza
en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han
improvisado el espectáculo.

De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife
cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus
cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de
la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá
al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se
rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan
a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se
fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote.
Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La
muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es
espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan
miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se
prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.

Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que
irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de
un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se
adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar
y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel
extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.

Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le
enterarán del resto del suceso. _El Cisne_ aguarda el resultado de una
investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:

«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi
investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el
pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear
las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras
frescas de muchachas...».

Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar
nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas
las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a
encontrar a Juan Sánchez.


                                 * * *


Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de
ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.

—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue _siendo_
eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos
a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos
dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el
agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.

—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse
a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.

—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como
Augusta.

—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por
ella. Le erigirán una estatua.

—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.

—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil.
Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas
hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos
considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando
del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto.
Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente
de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa.
Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma,
ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo.
Aprovéchelo.

—Se burla usted de mí.

—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que
se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente
de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes;
es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes
«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del
mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben
profundas contracciones individuales.

—¿Va a extinguirse la personalidad?

—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una
estandarización del hombre.

—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...

—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad.
Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar,
lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre
cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular
coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que
no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.

—Quedan los grandes negocios...

—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de
Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con
millones.

—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.

—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a
nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una
gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia
terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo
patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.

—Quedan los escándalos.

—¿Cuáles?

—El gran robo, la gran estafa.

—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar.
Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno
de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de
complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más
cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida
de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que
se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de
olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el
héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la
operación de bolsa o el _match_. Se desvanecen después de una rápida
fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo
durará lo que dure su proceso.

—No comprendo bien.

—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la
tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe,
pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances
de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse,
grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles
o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias
no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar
una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero
toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos
de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va
borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere
seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando,
les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el
cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya
los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas.
A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está
cansado de monólogos.

—Queda el arte, ¡el gran arte!

—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas
multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil
cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en
toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar
con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen,
quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.

—Yo intenté...

—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan
Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un
poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el
individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una
profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan
nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo»,
«Gas»...

—-¡Es verdad!

—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos
de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y
los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates»
hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en
las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la
tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que
el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin
enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.

—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.

—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y
potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque
innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura.
Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela
red.

—¿Cómo?

—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.

—Aún no comprendo.

—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte
o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso—
enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista,
el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.

—¿Y el lírico?

—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia
zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres
si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque
yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso
va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la
misma fuente... Y con la misma cara.

—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!

—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido
entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la
gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía
está en el aparato.


                                 * * *


En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un
bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada.
Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de
Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha
asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las
curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a
conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de
su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el
recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad
presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en
los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo
cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa
—el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco,
corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo,
redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden
luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca
otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las
bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a
los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido
descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen
espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.

El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por
el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial
rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en
pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un
guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez.
Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de
aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión
tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería
lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira
malhumorado.

—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde.
Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le
hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :

—Está bien.

La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos
que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra
de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en
filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias
a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras
algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en
lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.

Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas
muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella,
la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una
multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho
jirones.

Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y
multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin
realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por
contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos
y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No
tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro
se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a
compás.

Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada
muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo.
Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los
nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—,
no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre
es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi
siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo
barítono.

—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en
vano por la tierra.

—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo.
Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como
a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.

—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.

—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo
que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos
originales.

—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras,
apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas
insinuaciones sin ningún éxito.

—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da
con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos.
La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su
seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos
que inencontrables en la mujer.

Entonces el pie no insinúa, tortura.

—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al
oído—: ¡Pedante!

—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un
espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales.
La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo,
para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El
espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del
brazo con otro podría resistirla.

Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los
insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la
cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la
sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.

—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en
seguida.

—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en
multitudes.

—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en
distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo
casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están
mirando.

De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco.
Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso
de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por
los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice
Arturo:

—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo.
Regocíjate.

—Son necios.

—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como
un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.

—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que
recomponerla esta tarde, ¿quieres?

—Tengo un incendio difícil.

—El inevitable incendio.

—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?

—Lo estoy.

—Está muy averiada.

Matilde se transfigura.

—¡Que lo esté!

Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras,
doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que
nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una
voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la
de Arturo se somete.

—Nos miran.

—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a
lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas
no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo,
porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal
novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora
estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el
teatro... ¡Qué divertido eres!

—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes
un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy
poco.

—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.

—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?

—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí
viene Juan.

—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—.
Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.

—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas
productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.

—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la
comisión.

—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.

La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen
a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del
suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde
el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador,
el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de
toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad
municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan
por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por
una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud.
Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas
caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas;
algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer.
Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy
diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma
intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde
se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la
tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.

La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los
espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que
se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos
desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá.
Suenan exclamaciones:

—¡Ese, ese eres tú!

—¡Ahora vengo yo!

—¡Aquella es Paulita!

—¡El general!

—¡El guardia 47, mi portero!

—¡Ella!

—¡Él!

Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez.
Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente
por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en
esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.

Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El
Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas
de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer
puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan
Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del
marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente,
la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás
de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada,
troneras hacia un paisaje ceniza.

Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados
ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se
asoman, siguen asomándose al implacable espejo.

Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le
empuja hacia el abismo.

Él forcejea, se defiende inútilmente.

De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.

Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.

Desaparece, entre unas risas burlonas.

En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.




                                   9
                                Anécdota


—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—.
Tafilete, broche de oro.

El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala
por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un
suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en
torno.

—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?

El librero le dice al oído, socarronamente:

—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo.

—Es el _Áncora de Salvación_ ¿Algún naufragio?

El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana,
junto a una botella, en uno de los reservados de _Villa Juanita_,
restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento
para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un
amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables.
Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros
fenómenos, al parecer repudiables, van perdiendo su empaque jurídico,
convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en
algo tan familiar como secreto.

El camarero halló el _Áncora_ sobre un diván. Acaso el librito fue el
indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de
su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio
del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de
un puesto de libros también náufragos. También el librero espera
obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado;
discreta, si el desinteresado.

Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida
enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un
amanecer huyendo hacia _Villa Juanita_ buscando algún amor más cálido,
pero también más turbio.

—Se lo doy barato, por ser usted.

En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su
personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las
huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, entre un
buen tasador y un individuo que lo sea plenamente.

—No lo necesito.

—Para un regalo.

Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre
los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un
sumario en que el delito es el amor.

Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas
intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el
perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.

—Es acacia.

—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...

El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se
ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de
recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de
serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen
sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse
una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la
mujer adúltera.

¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las
líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las
niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos
determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en
el espacio...

Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo
supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.

Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a
diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse
toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en
_Villa Juanita_, en esa región difusa donde el día y la noche se
relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales
de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras,
pero intensas, de otras vidas.

Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente
Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente
el matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.

—Bien. Me lo llevo.

Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una
investigación.

—Dice usted que un camarero...

—Sí, sí. En _Villa Juanita_.

—Es curioso.

—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.

—Ya.

Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña
en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho
costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel _Áncora_
del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras:

—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero
utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de
dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un
amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad.
No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es
confesarlo, pero así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior
de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de
superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este
breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa
que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor
en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un
frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se
tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte.
Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un
amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta _Villa Juanita_,
atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada
conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles
mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que
el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no
mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario.

Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo
aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por
cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya
entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente.
Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un
depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus
vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective
de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.

Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra
sentado en la terraza de _Villa Juanita_ ante un bien perfilado
camarero y una barroca minuta.

Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas
menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la
estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias
del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se
han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el
amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches van y vienen
conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a _Villa Juanita_
remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de
la noche.

Ha callado el _jazz-band_. Las caras van perfilando su gesto más
turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja
caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito
el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche
solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que
con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad;
las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan
abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.

Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación
entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y
reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las
piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la
cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última
atracción del programa.

Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito
de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza
sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo
arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes
esféricos levemente enfundados en seda granate.

Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con
ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser
el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le
esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra
verla, aparta los ojos horrorizado...

¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus
piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus
piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la
serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito,
las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve
voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los
senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.

Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia.
Una risa menuda le hace volver la cabeza.

Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver
consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de
crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.

Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano.
Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un
problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado
de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al
cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo
terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza
de Arturo.

—Perdona, creí que eras Pepe.

—Puedo serlo, si quieres.

—Antes, acaba de despertarte.

En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto
así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo
donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz
y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la
intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha
dejado Pepe.

Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su
zapatito de piel de serpiente.

—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?

—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho.

Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.

—Hablas como el _Áncora_.

—¿Qué?

—No puedes comprenderme.

—¿Misterio?

—Quizá no pasa de tontería.

—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El
baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo
muere.

—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, arranca un haz de curvas.
Como al final de un tallo se abre una estrella.

—¿Eres poeta?

—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.

—¿De vida?

—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo.
Yo no puedo asegurarme.

—¡Qué gracioso!

—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en
otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables
hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.

—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería.

—Me crees cursi.

—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de
cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el
comercio.

—El amor comercial.

—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.

—Puro deleite.

—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro
apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático.
Porque supongo que tu amor será un amor dramático.

—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.

—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se
desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.

—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.

—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco
de dureza le sientan muy bien.

Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona.

—¿Me convidas?

—Bien.

—¿De veras esperas a alguien?

—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga.

—Eres un modelo de paciencia.

—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche
tiene pocas sorpresas.

—Excepto yo.

—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que
decirme. Cuéntame tu vida.

—No tengo.

—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.

—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.

—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético,
incalculado...

—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras.
El negocio era entonces más serio.

—Me das frío.

—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos
el contrato?

—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco
asegurada.

—¿La conozco?

—No sé. Todo es posible.

—Lo que yo decía. Plan romántico.

—No es plan, es un problema. Bebe.

Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo.
Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos
«juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los
minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices
alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.

Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.

—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame
el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.

—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.

—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso
se ha llegado a complicar con la prehistoria.

—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de
contratos.

—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.

—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores
eternos. No soy responsable de que algún mozo no sea tu cliente.
Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta.

Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene
impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una
sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.

—¿Cuánto hace que trabajas?

—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios.
Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que
siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas
aficionadas. ¿No bebes?

—Bebe tú.

—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la
noche refresca mucho.

—Bien.

En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de
Arturo.

—Estás triste.

—Sí. Un poco.

—Voy a alegrarte.

—Prueba. No me opongo.

—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te
devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes.

—Los supongo.

—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.

—¡Vanidosa!

—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir
a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo
recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas
exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa.
Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente
alegre para un especialista en enfermedades del corazón.

—Podía haber estudiado el tuyo.

—No tengo.

Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de
Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer va
diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito.

—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este
delicioso entreacto. Toma.

—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo
entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor
friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los
momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu
propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una
corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas
inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale
la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de
orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca.
Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás _plenamente
asegurado_.

—Vete.

—Salud. ¿Lo oyes? ¡_Plenamente asegurado_!

Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en los ojos, arriada toda
su belleza. Se sume en un coche, desaparece.


                                 * * *


El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su
último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que
llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo.

El primer coche que anuncia el día vuelca en _Villa Juanita_ una
muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro
iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana
comienza inaugurando una mujer.

Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se
desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los
residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas
para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para
mejor escabullirse en las sombras.

El día —recién venido— va arrojando de su cuna los últimos
profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores
domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido,
aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de
las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición—
suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las
actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando
tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede
el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz
apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante,
mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico,
desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida
monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente
rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en _Villa
Juanita_.

La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo.
Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho
de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien bañado de
adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el
último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de
arrojar el _Áncora_ al río y renunciar el goce de una inútil escena
dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un
_taxi_ que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos
de inhibición. Porque del _taxi_, cauta, desfigurada por un velo, se
desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido
el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida
discretamente por el mozo.

Sola.

Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja
de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de
la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen.

Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta
Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado
amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; pero el
alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del día para
ejecutar —cálido, frenético— un razonable epílogo, un buen último acto
de drama.

Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas
queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a
borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí
una resurrección de energías.

Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea por
los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo recibe
el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se los
dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu para
que se los caliente.

Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor;
piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar
más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el
centinela del proscenio, y llama con los nudillos.

—Pasa, pasa, Alfredo.

No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama
acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con
una mirada de asombro al inesperado visitante. Arturo se adelanta
hacia ella y, tendiéndole el _Áncora_, dice sencillamente:

—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a devolvértelo.

Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.

—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un
caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a
sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una
pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin
duda, con el fin de separarnos.

—Perdóname, Arturo.

—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He alargado
un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin frases... Pero
no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me permitas salir.

—No.

—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro
crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes.
Yo lamento que en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la
hora de la tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un
poco la anterior.

—¡Arturo!

—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta
experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo
advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de
justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no
convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.

Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento alza
los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la
acaricia.

—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido
un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido
cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.

—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy
desesperada.

—¿Tanto le quieres?

—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una hermana. Yo sé que están
tramando no sé qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...

—¿Quiénes?

—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre
cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.

—Sí.

—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos de
llamar la atención.

—Modos de sentirse ser.

—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero.
Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas
suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce
nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a
mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?

—Por lo pronto, vámonos de aquí.

—Como quieras. Llévame.

—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.

Salen. _Villa Juanita_ queda vacía de sus últimos clientes. El coche va
recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo largo de
los campos se arrastran perezosamente las yuntas.

Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de
Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja
precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos
mendigas.

Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo
desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente,
náufrago de un día turbulento, inconcluso.




                                   10
                                El robo


Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez,
tembloroso, desencajado.

—¡Por fin!

—Por fin, ¿qué?

—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.

Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos,
preguntando:

—Diga.

A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una
estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles
de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos...
Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan
Sánchez.

—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la
catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo,
antes que pasar borrado por el mundo!

Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas.
Será el «blanco de las iras» de Augusta, acosado por la Prensa,
zarandeado vivamente por la popularidad.

—¿Qué ha hecho usted?

—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi
triunfo será definitivo.

—¡Huya usted!

—No.

—Hágalo por Matilde.

—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la
gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados.
¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso
espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que
recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de
cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor
mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con
igual número de espectadores.

—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos
los sucesos.

—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la
cárcel.

—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.

Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde
quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.

—Aquí esperaré la policía.

De pronto, un grito :

—¡_La Crónica_!

—¡Ahí está!

—¡_La Crónica_, con la estafa al Banco Agrícola!

La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de
periódicos.

—¡_La Crónica_, con el retrato del criminal!

—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!

Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz.
Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo
desgarra.

—¡Ah!

Allí está el retrato de Alfredo.

—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.

El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor de la estafa. Juan
Sánchez está a punto de caer desvanecido.

—¡Esto es un robo! —sigue gritando.

La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro:

—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien.
¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?

—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.

—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!

—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se
los come ahora cualquier truhan.

—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.

Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:

—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa,
justísima... Pero debemos evitar este escándalo.

—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.

—Nadie. Uno de los estafados.

Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. Las gentes van
pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias
intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.

—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa.

—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La
idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un
obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!

—-¡Pobre!

—Está loco.

—Habrá perdido mucho.

—Tiene cara de haber sido engañado.

—¿Quién es?

—Nadie. Un estafado.

—¡Le mataré!

—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo.

—Me han robado mi personalidad.

—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.

—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos.
Tendría que probarlo de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo
contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!

—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted
disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el
cómplice genial.

—La última ocasión... ¿La última?

—¿Qué?

Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos.

—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra!

—¿Cuál? Me asusta.

—¡Desaparecer bruscamente del mundo!

—¡Bah!

Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse.
Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a
escribir.

—Una para el juez. Otra para Matilde.

—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.

Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información
de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias
de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. El retrato de
Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos
indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una
fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.

—Se ve que es un truhan.

—Pero con talento.

—Claro, para dar esos golpes...

Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible.
Una huida, un rapto recíproco.

Una madre lo muestra a sus hijos.

—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!

Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos
guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y
asombro.


                                 * * *


Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra
breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un
buzón.

—¡No! Traiga esas cartas.

Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del
monstruo de piedra.

—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.

—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!

—No le dejo.

Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene
al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal.

—Vamos un rato al pretil.

—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.

—Bien, luego.

En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:

—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le
queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto
que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a
cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló,
va buscando las características de su hombre-tipo entre una porción
de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción
muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego
complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde
es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a
demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por
eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde!

—¡Ea! ¡Basta de bromas!

—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente.
Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya
reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!

—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la
estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo.
Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar
su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados,
donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra.
Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea usted un falso
personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero!

—¿Y mi firma, y mi rúbrica?

—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del
nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra
firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás,
en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está
repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada
llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan
nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de
todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de
nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser,
nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola
por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades,
con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan
Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son
los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz
discreto! ¡Adiós!

—Quizá... Claro...

—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo
que aún puede ser. ¡Huya!

Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de
solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el
canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil.

—No pierda tiempo.

El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua
irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le
cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él.

—¡No, no! ¡La huida!

Arturo repite su patético ademán.

Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir
viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.

A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la
avenida. Van a despedirse definitivamente.

Los dos están conmovidos. En el instante hay un hueco para un
latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco.

—¡Adiós, amigo mío!

—¡Adiós!

—Vele usted por Ma...

Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota
precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne
latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán,
elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.

Como una goma de borrar.




                                Epílogo


El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo
que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar,
apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de
un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta,
campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del
pisapapeles, preguntándole angustiado:

—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De
suspensión de pagos!

El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila
hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una
ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan,
le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente,
que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para
cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se
le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer,
arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre seguido de cerca
por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón,
volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin,
escamoteado por los diedros de cristal.

Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes
femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas
discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el
primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen
posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas
transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de
un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando
agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas,
empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles
—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los
números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones
de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se
lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de
hierro, sigue contando monedas.

El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los
bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto
unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible
mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la
techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya
la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres
ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca.
Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en
sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz
penosa e inservible para el uso común, de tan pura.

Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le
cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se
dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes
advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro
lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho
por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia
y de la juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las
noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en
un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan,
que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas
y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo
amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el
doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada,
de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel,
arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes
del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el
patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado,
una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de
Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas,
sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil
soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la
fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo
camarada. Matilde se asoma al paisaje esquemático, que ella va
poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría
ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona,
adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza
de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de
poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el
vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos,
sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco
Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde
estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya,
como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin
fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se
viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni
un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron
en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones,
de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió
efímeramente en la del otro. El azar dejó caer entre ellos un imán,
y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un
lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo
coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca
de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de
Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina
y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor
de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga.
Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales
solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca
a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo
prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se
extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando
del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de
la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven
sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos
invisibles que van dejando en ellas huecos. La quinta de la izquierda
desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a
las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus
ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del
vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las
señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una
acequia. El revisor le da a Arturo con el codo.

—¿Me hace el favor?

Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra
vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos.
Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo
familiarmente:

—He perdido el kilométrico.

—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey.

Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el
departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del
folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca,
la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto,
es agreste, es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán
tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin
conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el
hombre de los galones de plata le dicen a coro:

—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.

Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina
gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan
a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean,
la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva
el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus
zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el
mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén.

—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la
más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!

Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje.

—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.

Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas
alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y
saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:

«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada
entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus
piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como
apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como
buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es
ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas.
El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a
trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas,
el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta,
bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con
el pisapapeles.

—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?

—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado,
dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.

Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo
del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del
revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que
intenta en vano explicar su personalidad.

—Esta no es la misma firma.

—Es la misma, de hace cinco años.

—Dos testigos. Traiga dos testigos.

—¡Soy yo mismo!

—¡Otra firma que responda!

Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero
del pisapapeles que le recibe encolerizado.

—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?

—En nada.




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                                 Índice


                  Presentación de Ortega y Gasset    7

                  Prólogo                            9

                  1. El Banco Agrícola              15

                  2. Campo magnético                29

                  3. Amor disperso                  49

                  4. Punto muerto y evasión         63

                  5. Noche de placer                81

                  6. Viraje                        101

                  7. Auto, bodegon y celos         133

                  8. Las dos muchedumbres          155

                  9. Anécdota                      185

                  10. El robo                      213

                  Epílogo                          227



*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOCURA Y MUERTE DE NADIE ***


    

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or any Project Gutenberg work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg

Project Gutenberg is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg’s
goals and ensuring that the Project Gutenberg collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state’s laws.

The Foundation’s business office is located at 41 Watchung Plaza #516,
Montclair NJ 07042, USA, +1 (862) 621-9288. Email contact links and up
to date contact information can be found at the Foundation’s website
and official page at www.gutenberg.org/contact

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread
public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
visit www.gutenberg.org/donate.

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate.

Section 5. General Information About Project Gutenberg electronic works

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg eBooks with only a loose network of
volunteer support.

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the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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