The Project Gutenberg eBook of La estafeta romántica
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Title: La estafeta romántica
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: June 27, 2026 [eBook #78963]
Language: Spanish
Original publication: Madrid: Librería de los Sucesores de Hernando, 1924
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/78963
Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by The Internet Archive/University of North Carolina at Chapel Hill.)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESTAFETA ROMÁNTICA ***
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
modernización, así como la toponimia.
EPISODIOS NACIONALES
LA ESTAFETA ROMÁNTICA
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.—MADRID
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
(Tercera serie)
LA ESTAFETA ROMÁNTICA
23.000
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11
1924
LA ESTAFETA ROMÁNTICA
I
De doña María Tirgo a doña Juana Teresa.
_En Laguardia a 20 de febrero de 837._
Amiga y señora: Por la tuya del 7, que me trajo el seminarista de
Tarazona, he comprendido que la mía del día de la Candelaria no llegó
a tus manos, o que anda por esos caminos atontada y perezosa; que esto
suele acontecer a todo papel que al correo se fía, a quien ahora damos
un nombre que le cae muy bien: _la mala_. Repito en esta, asegurada por
la mano de unos ribereños que llevan trigo, lo que te dije en la que se
atascó en esos baches, y le añado novedades que de causarte admiración,
como a mí, sin que aún podamos afirmar si serán adversas o favorables a
nuestro asunto.
Salvo los alifafes con que nos obsequia la edad a José María y a mí,
todos acá disfrutamos de salud corporal, gracias a Dios; pero a
los dos viejos no deja de visitarnos la tristeza, ni hallamos fácil
consuelo al término desairado de aquellos planes que eran nuestra
ilusión. Las niñas están que da gozo verlas, sanas y alegres, como si
nada hubiera pasado; Demetria, inalterable en sus hábitos de mayorazga
y gobernadora a de hacienda; Gracia, juguetona y risueña los más de los
días; los menos, caída y quejumbrosa.
No he podido sacarle a Demetria razones claras de su negativa. Otro
amor, dices tú. Yo digo que otra inclinación, mas no otro novio... Te
aseguro que el sujeto a quien desde el principio tuve por causante de
nuestro fracaso, lo ha sido sin intención suya, buena ni mala. Entre el
tal sujeto y _la perla de la familia_ no se ha cruzado declaración, ni
_síes_ ni _noes_, ni frase alguna que haya traído o llevado melindres
de amor. De los demás pretendientes coterráneos que han presentado
con gran encogimiento sus memoriales, hace la niña tanto caso como
del canto de los grillos. No la pierdo de vista en casi todo el día y
parte de la noche, y sé que para ella no hay _más sujeto que el sujeto_
de quien tienes noticia. No hay otro; no puede haberlo. No solo es
Demetria la misma honestidad, sino la discreción y comedimiento en
todo. No digo liviandades, pero ni siquiera coquetismo se ha conocido
jamás en ella, ni las presunciones y vanidades de otras. Su carácter
grave le induce a permanecer metida en sí guardando sus devociones y
querencias sin manifestarlas, engañando su soledad con los quehaceres
continuos. A veces, observándola a bien, como lo hago yo, se ve que
asoma por entre el tráfago de sus ocupaciones una puntita de tristeza;
pero la pícara se da prisa a meterla para adentro, temerosa de que se
la descubran. Esta es Demetria. Yo, que la conozco, la creo capaz de
estar así toda la vida, al menos toda su juventud, si Dios omnipotente
no produce en ella una feliz mudanza.
También te digo que en las dos cartas que aquí se recibieron del
sujeto, escritas en Medina y Villarcayo, no hay nada en que se pueda
vislumbrar oposición al plan que creímos realizable con las dichosas
vistas; leí de las tales cartas, como las contestaciones de acá, y te
aseguro que no contenían más que las finezas propias de una amistad
respetuosísima, expresadas por él con gallarda pluma, por ella con
frialdad cortesana y muy decorosa, como de joven soltera que tiene
cabal idea de los comedimientos de palabra y de escritura que le
impone su estado. Y dicho esto, querida Juana, paso a comunicarte la
novedad que motiva principalmente estos renglones, y que no es otra
que las tremendas calabazas que ha dado al sujeto su novia, una tal
Aura, que dicen es mestiza de italiana e inglesa. Ya sabes que el
caballerito tenía con ella compromiso, y aun creo que mediaba palabra
de matrimonio. Ello es que al llegar a Bilbao donde residía la niña
con unos tutores o no sé qué, resultó un gracioso paso de final de
comedia. Entró don Fernando, con no poca prisa, acompañando a las
tropas vencedoras de la facción, y la primera noticia que tuvo de su
ídolo fue que el día anterior se había casado con un primo, miliciano
nacional y comerciante de quincalla. ¿Qué te parece? No sé si al caer
el telón, después de este final, cogió a don Fernando dentro o fuera
del escenario. Creo que se quedó fuera, y ya me figuro su desairada
y ridícula situación. ¡Vaya con la niña! Yo te aseguro que él no
merece tan feo desaire, pues no hay otro más caballero y delicado. Por
juicioso no le tengo; es de estos que, con tanta lectura y la facilidad
para discurrir, se llenan la cabeza de viento, y piensan y obran a la
romántica, según ahora se dice. Pero con todo, no merecía ser plantado
en forma tan villana... Y ahora pensaras tú, como yo al enterarme de
las calabazas de nuestro amigo, que el rechazo de este golpe ha de
sernos desfavorable, porque, naturalmente, desairado el hombre y sin
novia, libre ya de su compromiso, buscará en Laguardia el remedio de
su tristeza y la sustitución de aquel amor perdido. Piensas eso y lo
temes, ¿verdad? Yo también lo temí; pero recordando el carácter de
don Fernando se me ha quitado esta zozobra. Tanto José María como yo
creemos que no es hombre el señor de Calpena que da fácilmente su brazo
a torcer. No es pretendiente de oficio ni buscador de dotes, ni de
estos que presentan ante una mujer como Demetria la cara enrojecida
por el bofetón de otra mujer. No; el desairado amante no aportará
más por aquí; se irá a su natural centro, que es Madrid, donde pocas
personas tendrán conocimiento de su descalabro, y podrá dorarlo y
desfigurarlo con una mano de romanticismo. Por todo lo cual, querida
Juana, estimamos más favorable que adversa la livianísima conducta de
esa inglesa-italiana que de un modo tan odioso ha burlado al buen
caballero. ¿Nos dejará el campo libre? Así lo creo. Falta que nuestra
adorada _perla_ y mayorazga entre en razón, y nos rinda su arisca
voluntad. Así lo pedimos a Dios en nuestra oraciones mi hermano y yo,
confiando en que Su Divina Majestad no nos llevará de esta vida sin que
veamos unidas las gloriosas casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.
José María me encarga te exprese todos los rendimientos de su fineza y
buena memoria, anunciándote que en cuanto le desaparezca el achaquillo
de la mano derecha, escribirá largo al señor don Rodrigo. A este darás
de mi parte el abrazo más apretado que puedas... Se me olvidaba decirte
que sentiré mucho se confirmen tus temores respecto a tu desquiciado
suegro, el pobre don Beltrán. ¿Pero es cierto que su desatino ha
llegado al extremo caso de abandonaros, escapándose como un colegial, y
corriendo a tierra de Teruel en busca de dineros?... Ya dije yo, cuando
vino acá con vosotros, que el pobre señor no rige ya de la cabeza...
Que Dios le conserve y le guíe y le enriquezca, cosa esta última bien
distante de lo posible... ¡Siempre el mismo don Beltrán, a quien
viene bien llamar ahora _el Grande_ por la enormidad de su desvarío!
Os supongo disgustadísimos con esta chiquillada del viejo. Llevadlo
con paciencia, y estad a las resultas, que bien podrían ser fatales. A
Dios, amiga, que te me guarde cuanto deseo, — _María._
P. D. — Abro esta para incluir otra novedad, calentita, de esta noche,
y aquí la meto juntamente con la sospecha de que pueda tener alguna
relación con nuestro asunto. En la tertulia de las niñas han hablado de
un caso doloroso, en Madrid ocurrido días ha, y que no sé si ha venido
en el descaro de los papeles o en la reserva de cartas particulares.
Ello es que se ha suicidado, pegándose un tiro en la sien, un joven de
talento y fama, por despecho amoroso, de la rabia que le dieron los
desdenes de su amante, la cual es casada. Digo yo si será... El nombre
del criminal ninguno de nuestros tertulianos acertó a decirlo: solo
aseguraron que era hombre de pluma y firmaba sus escritos con nombre
supuesto; que figuraba entre los llamados románticos, y qué sé yo qué.
No estoy bien segura de saber lo que significa esto del romanticismo,
que ahora nos viene de _extranjis_, como han venido otras cosas que
nos traen revueltos; pero entiendo que en ello hay violencia, acciones
arrebatadas y palabras retorcidas. Ya vemos que es romántico el que
se mata porque le deja la novia, o se le casa. El mundo está perdido,
y España acabará de volverse loca si Dios no ataja estas guerras,
que también me van pareciendo a mí algo románticas. Pues bueno: al
oír la noticia, observé que Demetria palidecía, y en seguida me puse
a atar cabitos. Nuestro _sujeto_ es romántico, y sus ideas no van por
lo corriente y natural, como nuestras ideas; nuestro _sujeto_ debió
de parar en Madrid de la carrera que tomó al recibir las calabazas;
nuestro _sujeto_ ha sido plantado por su novia, que le amó de soltera
y le despreció casada; nuestro _sujeto_ usaba también remoquete, pues
nadie me quita de la cabeza que Calpena no es su verdadero nombre...,
y, en fin, corazonada, hija, corazonada. Veremos si acierto. También,
te aseguro que mientras ataba cabitos, mi sentimiento era muy vivo...,
pues el _sujeto_, romanticismos aparte, es digno del mayor aprecio.
No he podido dormir en toda la noche pensando en aquella hermosa vida
cortada por sí propia en un arrebato. Si es, porque es, y si no, por
quien sea, perdónele Dios, y ojalá entre el disparo y la muerte tuviera
el pobrecito espacio para un soplo de arrepentimiento... Vuelvo a
cerrar esta, que ya vienen a por ella los que han de llevármela bien
segurita. Vive y manda.
II
De la señora marquesa de Sariñán a doña María Tirgo.
_Cintruénigo, 1.º de marzo._
Amada Mariquita: Por desgracia nuestra, de cosas muy diferentes de
las que contiene tu carta tengo que hablarte en esta mía, que escribo
en la mayor desolación. Si no ha llegado a vuestra noticia la grande
novedad de acá, sabe que nuestro pobre don Beltrán, arrastrado lejos
de su casa por el desatino de su imaginación, ha tenido el triste fin
que Dios reserva a los cortos de juicio y anchos de ambiciones. El
infeliz anciano que a nadie quería someterse, ha perecido en el primer
tropiezo de sus descarriadas aventuras. Llegó sin novedad a Caspe donde
fue alojado por el amigo don Blas; de allí se traslado a la villa
de Alcañiz, partió después en dirección desconocida, a pie, sin más
compañía que la de uno de los chicos que llevó de aquí, y antes de que
supiéramos el objeto que en tal correría le guiaba, hemos sabido que,
cogido por los carlistas en las inmediaciones de un pueblo que llaman
La Codoñera, fue llevado a Valderrobres, donde recibió bárbara muerte.
Ya puedes figurarte nuestra consternación al tener conocimiento de esta
tragedia, castigo superior a los yerros del _primer noble de Aragón_.
Purificado por su martirio, Dios le habrá acogido en su santo seno.
Era don Beltrán quisquilloso y díscolo, y además el primer manirroto
que se ha conocido desde Moncayo al Pirineo; mas no se le podían echar
en cara bajas acciones. Teníamos nuestras disidencias, eso sí, por ser
mi carácter totalmente distinto del suyo; reñíamos con más acritud que
saña por la cosa más ligera; mas nuestras reyertas no tenían hiel:
eran como un bromear algo vivo, y nada más. Él me llamaba a mí _doña
Urraca_, zahiriendo con este nombre mis hábitos de arreglo; yo le
llamaba a él _don Gastón_... Pues me pesa, sí, pésame haberle dado este
mote, que expresa nobleza y vicio de prodigalidad. ¡Pobre señor, pobre
viejo..., y cómo se acordaría de la paz y el regalo de su casa; cómo
nos echaría de menos en el desamparo, en las agonías de aquella muerte
inicua! ¡Que mis lágrimas le hayan suavizado el camino para subir
hasta la bienaventuranza eterna; que Dios haya tenido en cuenta sus
cualidades generosas, su hidalguía y demás prendas de caballero!
Pasados los primeros instantes de nuestro duelo angustioso, determinó
Rodrigo que las exequias fueran solemnísimas y de nunca vista
suntuosidad, como a tan esclarecido difunto correspondía. Ayudados por
nuestro buen amigo y capellán el párroco le esta villa, que deploraba
no tener a su disposición todo el golpe de clerecía que para el caso
era menester, expedimos propios a Tarazona y Calahorra, solicitando
la asistencia de los excelentes amigos de la casa en aquellas insignes
diócesis, y gracias a esto hemos tenido la satisfacción de ver en
nuestra parroquial de San Juan veintitantos señores canónigos, abades
y racioneros, sin contar con los cantores y músicos que reunimos,
agregando a los de aquí los de la colegial del Santo Sepulcro de
Tarazona. Con tal concurso de señores sacerdotes, ya puedes figurarte
la magnificencia de las honras, y la edificación y devoción con que a
ellas asistió todo el pueblo. Ofició el señor arcediano de Tarazona,
don Froilán Calixto, a quien conoces, asistido del doctor don Juan
Crisóstomo de Montestrueque, canónigo entero de la colegial de Borja,
y don Francisco Viruete, racionero medio de Calahorra. Entre los que
concurrieron, citaré los más granados: el doctor don Pedro de Clavería,
abad del Burgo de Alfaro y canónigo entero patrimonial; el arcediano
de Berberiego, don Roque Tricio; don Miguel de Paternina, vicario y
teniente foráneo; don Alonso de Herce, prior y canónigo medio de la
colegial de Albelda; don Ventura de Armañón, canónigo cuarto de frutos
en la colegial de Nájera; el chantre de Tarazona, don Juan Clúa, el
provisor y vicario general, don Francisco Tris; el prior del Santo
Sepulcro de Jerusalén de Tarazona, y alguno más que se me olvida, de
fijo, pues mi cabeza, como puedes suponer, con el barullo de estos
días, no anda tan firme como yo quisiera. Tenemos la satisfacción
de que no se han visto por acá funerales más lucidos; no los llevara
mejores ni con más decoro de personal un infante de España, y si
nuestro pobre _don Gastón_ los viese, él, tan amigo de la pompa en
los actos públicos, habría quedado muy satisfecho. Por causa de sus
achaques no pudo asistir el prelado de Tarazona; pero nos escribió una
dulce y consoladora carta, que nos fue de grandísimo consuelo, por su
ausencia. Nada quiero decirte de la hermosura y alteza del túmulo, ni
de la prodigiosa cantidad de cera que en torno de él ardía, dándole
apariencias de monte de plata y oro refulgente: en ello puso sus cinco
sentidos nuestro buen párroco don Mateo Palomar, que mandó construir
la carpintería del catafalco, y colgó en ella los paños más ricos, con
bordados y flecos, que facilitan las monjas de la Trinidad de esta
villa. En fin, Mariquita mía, que todo se ha hecho noblemente, como
nos correspondía, y Rodrigo y yo estamos muy aliviados de nuestra
tristeza con la satisfacción de haber cumplido este deber, sin que nos
duela el excesivo dispendio ante tan sagradas obligaciones. Rodrigo,
que lleva cuenta minuciosa de todo, me ha dicho que solo la traída
de los cantores de Tarazona y el emolumento de los de aquí monta mil
trescientos veintisiete reales... A este respecto, figúrate lo demás.
Bien comprendes que no habré estado ociosa estos días, pues he
tenido que poner mesa para todos los señores dignidades, canónigos
y racioneros que han tenido la dignación de asistir a las honras.
La víspera del ceremonial no pude sentarme en diez horas seguidas, y
a mi servidumbre tuve que agregar tres mujeres de las más amañadas
del pueblo. Ello había de ser de lo más opíparo, conforme al lustre y
nombre de la casa, y más valía pecar por carta de más que por carta
de menos. Ayer, al salir el sol, ya llevaban mis pobres huesos hora
y media de trajín, y la función religiosa no pude gozarla entera,
pues antes de que sonaran los piporrazos finales, tuve que venirme a
casa con mi gente a dar los últimos toques a la mesa, puesta con la
friolera de veintiséis cubiertos. Nada te digo de la mantelería, pues
ya sabes que esta es mi pasión, y que gracias a Dios poseo y conservo
piezas que no tienen que envidiar a las del palacio de un rey. De plata
repujada, ostenté lo que Rodrigo y yo hemos logrado salvar de los
derroches del pobrecito _don Gastón_, a quien Dios perdone. Conservamos
algunas piezas del riquísimo tesoro de la casa de Urdaneta, y todo lo
mío, que no es poco. Grandes apuros pasé para presentar comida digna
de tales personajes, y me vi y me deseé para reunir diecisiete pavos,
adquiriendo todo lo que en estos contornos había. Pollos tuve bastantes
con los de casa, pues de las echaduras del año pasado guardaba más de
cincuenta; liebres y palomas encargué a Veruela, y de Borja me trajeron
las riquísimas truchas. De bizcochadas y dulcería no me ha faltado lo
mejor que hacen estas monjitas y los confiteros del pueblo. En fin,
que creo no hemos quedado mal con estos reverendos señores, y a mi
parecer, no se han ido pesarosos de haber tributado este homenaje a
nuestra casa. Grandes elogios hicieron de mi mesa y cocina, así como
de los ricos vinos blancos y del rancio de nuestras bodegas. A todos
les probó muy bien, menos al licenciado Viruete, racionero medio de
Calahorra, el cual, quizás por algún exceso en la comida, se sintió
por la tarde sofocadísimo, y hubieron de llevarle a la botica, donde
le aplicaron, para destupirle, los remedios del caso. El señor prior
de Albelda, con quien hablamos de ti, me encargó mucho que te mandase
memorias en mi primera carta: allá te van. Piensa ir a Laguardia antes
de quince días: él te dirá si les tratamos como se merecían.
Y vamos a lo nuestro, aunque no me extenderé mucho, porque me llaman
mis ocupaciones: el funeral y el convite me han dejado la casa muy
revuelta, y primero que vuelva todo a su sitio han de pasar algunos
días. Lo de las calabazas, por un lado me complace; por otro me
apena. En ese descalabro de nuestro maldecido _sujeto_, veo la mano
de la Providencia, que ha querido castigar con cruel desengaño al
que a nosotros nos ocasionó turbación tristísima, que no merecíamos.
La desavenencia que nosotros lloramos, págala él con creces, y con
vergüenza y amarguras mayores que las nuestras. Que se fastidie, que
se le lleven los demonios. Pero no participo de la candidez con que
estimas favorables las calabazas. No, Mariquita, no: ese vendrá ahora
contra la _perla_, haciéndose el inconsolable y buscando que ella
le consuele; y la niña, con toda su bondad y dulzura, se os volverá
romántica, o loca, que viene a ser lo mismo. Créelo: así será. Tú y don
José María sois muy angelicales, y todo lo veis por el lado risueño
y feliz. Enteramente angelical es esa idea tuya de que don Fernando
nos va a dar el _rasgo_ de ausentarse para siempre, extremando su
delicadeza. No, hija, no: basta que sea romántico, para que proceda de
un modo contrario a lo que piensas. Verás como trata de aplicar a su
descalabradura el ungüento prodigioso de Castro-Amézaga, sabedor de que
la niña lo administra bien y lo aumenta cada año.
Y a propósito de romanticismo, Mariquita mía, ¿estás en Babia? El que
se ha suicidado en Madrid es Larra, un escritor satírico de tanto
talento como mala intención, según dicen, que yo no lo he leído ni
pienso leerlo. Las señoras, a sus quehaceres de casa, y si hay algún
ratito libre, a buscar buenos ejemplos en el _Año Cristiano_. Déjame
a mí de sátiras que no entiendo, y de literaturas, que siempre traen
algún venenillo entre la hojarasca. Pues sí: ese desdichado firmaba
sus escritos, que no sé si eran en prosa o en verso, con el apodo
de _Fígaro_, nombre de un barbero que hubo en Sevilla, según me
dice Rodrigo. Se mató por contrariados amores con una casada, ¡qué
abominación!... Mira: al leer esto, que no va con buena gramática,
cuida de no confundirte: el que se pegó el tiro no fue el barbero, sino
el satírico. Dios le haya perdonado... Déjate de atar cabitos, que nada
tiene que ver el muerto de allá con el calabaceado de Vizcaya.
Está de Dios que yo no acabe esta carta, pues al querer ponerle fin,
se me ocurre decirte otra cosa, y ella es tal, que no la dejo, no,
para otro día. Hoy hemos entrado Rodrigo y yo en el cerrado cuarto de
don Beltrán para hacer inventario de lo que allí guardaba el pobre
viejo y poner mano en sus papeles. ¡Ay, Mariquita, qué cosas hemos
encontrado en la caverna del primer noble de Aragón! Mi primer impulso
fue entregar al Santo Oficio su colección de retratos de mujeres; pero
hay entre ellos algunas miniaturas preciosas, y eso los ha salvado del
auto que merecen. Siempre fue el arte abogado del maleficio. No pude
resistir a la tentación de examinar algunos. La mayor parte representan
hermosuras francesas o españolas afrancesadas del tiempo del imperio,
con aquellos trajes ceñidos, enseñando las carnazas del cuello, de
los hombros y algo más... ¡Hija, qué indecentes! Dice Rodrigo que son
damas; pero yo digo que son otra cosa, porque en mi tiempo y en Aragón
se vestían las señoras con cierto desavío parecido a la desnudez; pero
la que era verdaderamente honesta se tapaba, sin estar por eso menos a
la moda. Examinados los retratos, sacamos de las papeleras paquetes
de cartas. Entre diversos legajos que no contienen nada de interés,
hallamos el archivo de Satanás: cartas de enamoradas, de seducidas,
de amigas confianzudas; de bribonas que se titulaban amigas. ¡Qué
horror! Muchos de estos documentos históricos están en francés. Propuse
quemarlo todo; pero Rodrigo defendió la conservación del archivo
con argumentos tan juiciosos, que logró convencerme. Dice que entre
aquellos papeles los hay de gran interés para los que coleccionan
autógrafos, o para los que allegan datos personales con que escribir
la historia. Total: que en París o Londres, y en Madrid mismo, hay
quien paga en buena moneda las cartas de celebridades, ya sean de
_monsiures_, ya de madamas notadas por su belleza. ¡Sabe Dios lo que
podrá valer el archivo del pobre _don Gastón_, que además de lo que te
digo, contiene esquelas y aun largas epístolas de hombres que han dado
mucho que hablar! ¡Figúrate que hay un billetito de convite firmado
_Bonaparte_! Del Vizconde de Chateaubriand vi algunos pliegos, y de una
que llamaban _Madama Recamier_, o cosa así, de Talleyrand, del príncipe
de..., ea, no sé escribirlo... En fin, hasta de cardenales tenía cartas
mi suegro; dos de ese Lamartine; tres de un cómico a quien llamaban
Talma, y una de _lord Vellinton_.
Por último, la emprendimos con los libros, en grandísimo número,
algunos muy buenos, superiores, de historia y letras profanas, otros
endemoniados, novelas, artes de amor, aventuras galantes, escenas
picarescas, broza, hija, materia infernal que yo habría condenado a
la hoguera; pero Rodrigo no está por quemar nada, pues, según dice,
el libro que no es valioso por su contenido, lo es quizás por el lujo
y la rareza de su edición. Consérvese, pues, todito, y archívese y
catalóguese.
¡Y ahora resulta que quien no deja a sus herederos ni especie metálica
ni bienes raíces, les beneficia con el propio matalotaje de sus hábitos
viciosos! ¡Hija, la Providencia...! Libros devotos de los mejores
poseía también; pero de poco le sirvieron para mejorar de costumbres,
porque nunca los leía ni por el forro. Dios le haya perdonado. Sin duda
le habrá valido su buen corazón, que en verdad lo tenía excelente,
excelentísimo, y debemos creer que sus frivolidades y falta de celo
no serán parte a privarle de la eterna gloria que con alma y vida le
deseo. Que tú y José María me le encomendéis y recéis por él. De todos
los que nos honran con su amistad esperamos el mismo favor.
A mis niñas les dirás que sigo enfadada, muy enfadada; pero que no
las quiero mal. Deseo vivir mucho para ver por mis propios ojos la
felicidad que encontrará Demetria fuera de la que nosotras le hemos
propuesto y ha menospreciado. Que me escribas pronto todo lo que
ocurra. Dios te me guarde y prospere como ha menester tu amante amiga,
— _Juana Teresa._
III
De don José María de Navarridas al excelentísimo señor marqués de
Sariñán.
_Laguardia, 16 de marzo._
Ilustre amigo y dueño mío: ¡Que no fuera este papel ave ligerísima,
que de un vuelo llegase a las nobles manos de usted, y con ella mi
alegría, mi felicitación, mis gritos de júbilo! Pero no, no seré yo
el primero que a Cintruénigo comunique la fausta nueva, pues ya por
diferentes conductos sabrán ustedes que nuestro don Beltrán vive, que
fue mentirosa la noticia de su fusilamiento. Acábese el duelo; huya la
tristeza de la ilustre morada, y las campanas, que días ha sonaron con
fúnebre clamor, repiquen ahora con toque de triunfo y alborozo. ¡Ay,
qué alegría tan grande, mi señor don Rodrigo! ¡Mi señora doña Juana
Teresa, yo estoy loco de contento!... Abrácenme ustedes, abracémonos
todos en espíritu, ya que a tan larga distancia no podemos hacerlo
corpóreamente, y juntemos y confundamos nuestro gozo en una sola
exclamación: «¡Ay, qué felicidad!». Ha deshecho la impostura mi amigo
y ahijado Nicasio Pulpis, de quien acabo de recibir carta en que me
notifica el falso rumor de la muerte de don Beltrán en La Codoñera,
agregando que fue equivocación o trastrueque de nombres. Bueno y sano
estaba el prócer en Utiel y muy considerado de Cabrera, que le sentaba
todos los días a su mesa y no hacía nada sin consultarle. Incluyo la
carta de Pulpis para que ustedes gocen en su lectura y lloren sobre
ella de alegría, como he llorado yo. Esta resurrección de nuestro
anciano viene a confirmar la idea que con tanta gracia como tesón solía
manifestar, y era que él tenía hecha la contrata o asiento de un siglo
de vida, y que, por tanto, lleva forrado el cuerpo con una costra de
confianza que no traspasan balas ni epidemias. El cólera le mira con
miedo, y la muerte vuelve la vista cuando a su lado pasa. ¡Viva, pues,
don Beltrán, y viva con su pepita, con los defectillos y púas de su
carácter, los cuales no empecen para que le admiremos y le queramos
todos! Bien sé que ustedes le adoran. ¿Cómo no, si es tan bueno, aunque
pródigo? Y mi señor don Rodrigo, penetrándose bien de la lección que
nos dio nuestro divino maestro en su admirable parábola, dirá: «Traed
un ternero cebado, y matadlo y comamos, porque este mi abuelo era
muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado».
Ya sabrán ustedes que el día 6 le hice mi funeral, todo lo que aquí
puede hacerse, y entre los coadjutores y yo le hemos aplicado como unas
nueve misas. Nada de esto vale. Mejor. Dios quiere que el señor don
Beltrán _el Grande_ nos entierre a todos... Cedo pluma y papel a mi
señora hermana, que me da prisa para tomar su vez en la demostración
de nuestro júbilo por el feliz suceso. Vivan todos mil años, repite,
besando las manos de usted, su muy obligado servidor y capellán, —
_José M. de Navarridas._
IV
De doña María Tirgo a su amiga doña Juana Teresa. — (Incluida en la
anterior).
_Hoy, lunes 16._
Ya decía yo, mi amante amiga, que os habíais corrido con harta
precipitación a celebrar el funeral, dando por verdaderas las primeras
noticias que recibisteis. Os movió a ello sin duda vuestra gran piedad
y el deseo de ayudar al buen viejo, con vuestro sufragio, en la
reparación de su alma. No necesito decirte cuánto nos hemos alegrado
de que viva el noble señor, y de que aún tengáis que sufrir alguna
de sus impertinencias, propias de la edad. Mil y mil felicitaciones,
amados Juana y Rodrigo, por la vuelta del pródigo _don Gastón_. Pero se
me ocurre que si continúa tu suegro en lo que llaman _el teatro de la
guerra_..., que teatro había de ser para mayor perversión..., no esté
su vida muy segura, pues allí fusilan a cada triquitraque, y a muerte
natural le exponen además sus años cansados y las penalidades, ajetreos
y hambres que ha de sufrir. Manda, pues, que se conserve todo lo que
se preparó para las frustradas honras, catafalco, blandones y demás,
y si por desgracia viniese con veras lo que antes vino con engaño,
cumples disponiendo un ceremonial decoroso y modestito, evitando
esa traída de señores eclesiásticos, buena cosa para una vez, como
demostración de la nobleza y poderío de tu ilustre casa.
Las niñas me encargan os exprese su alegría por esta felicidad de
la resurrección del caballero. Las pobrecitas lloraron por su falsa
muerte, y ahora no caben en sí de satisfacción: le querían, le quieren;
se encantaban oyéndole cuando aquí estuvo con vosotros, y celebraban
el recreo y finura de su conversación y su especialísimo donaire para
obsequiar a las damas, cualidad en que nadie le iguala debajo del sol.
«¡Viva don Beltrán! —clamaban Demetria y Gracia batiendo palmas—.
Quisiéramos tenerle aquí para darle las dos a un tiempo, cada una por
su lado, un abrazo apretadísimo».
Y paso a nuestro asunto. Sabrás, mi buena Juanita, que el pájaro, o
llámese sujeto, ha parecido. No es que esté aquí, ¡Jesús! Por acá
no ha venido, ni creo que venga; pero sabemos dónde está. Después
de muchas vueltas de un punto a otro de Vizcaya, buscando en quién
descargar su cólera por el chasco sufrido, ha ido a parar, ¿a dónde
creerás?, a Villarcayo. Allí le tienes hospedado tranquilamente en la
casa de tu cuñada Valvanera. No es mal sitio para reposar de tantas
fatigas y digerir las enormísimas calabazas. Pues de su presencia y
descanso en tierra de Mena tenemos noticia por Sabas, un criado de
casa que se llevó de escudero; y aunque todavía sigue a su servicio,
ha venido a ver a su madre enferma y sacramentada. Una cosa rarísima,
querida Juana: Sabas no ha traído carta del sujeto para las niñas
ni para nadie de esta familia. Cuenta que tan solo le encargó dar a
todos las más finas expresiones. Mi hermano, muy contento de saber
que vive y está bueno don Fernando, ha dado en la tecla de escribirle
pidiéndole noticias de su vida y milagros en de todo este tiempo. Ya
he dicho a José María que persistiendo en nuestra buena memoria el
señor de Calpena, por el servicio que prestó a las niñas sacándolas
de Oñate, debemos abstenernos de entrar ahora con él en relación de
cartitas y bobadas, pues ya cumplimos con lo que nos mandaba nuestro
agradecimiento. Que en esto del daca y toma de cartas, se sabe dónde se
empieza y no dónde se concluye; y hasta podría ser que se nos plantara
aquí y no tuviéramos más remedio que alojarle en casa de las niñas o
en la nuestra. No, no: bien se está san Pedro... en Villarcayo. Te
pasmarás si te digo que tratando ayer en la mesa de este punto grave,
de si convenía o no escribirle, y manifestándonos José María y yo de
contrapuestos pareceres, Demetria apoyó mi opinión. A esta niña no la
entiende nadie.
Tienes razón: he sido una simple al querer atar el cabo de la muerte
del satírico madrileño con este otro cabo suelto de acá. Creía yo
que las mismas causas podían dar los mismos efectos; pero mirándolo
bien, hay menos semejanza entre los dos de lo que y a mí me parecía.
El de Madrid usaba, en efecto, nombre de un barbero para firmar sus
romanticismos prosaicos. Demetria, que conserva todos los libros
de la biblioteca de su pobre padre, a quien en otra forma mató el
romanticismo, ¡Dios le tenga en su santa gloria!, está muy enterada
de todo esto, y dice que el difunto suicida era un hombre que con su
propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida.
A este propósito mostró Demetria un libro ya por ella leído, y que
pensaba leer de nuevo, en que otro romántico de los más gordos pone el
ejemplo del enamorado que se mata por tener la novia casada. Llámase
_Las cuitas del joven Uberte_, o cosa así, y ello es una historia muy
sentimental y triste, porque el hombre no se conforma con su suerte,
y está siempre buscándole tres pies al gato, hasta que le da la idea
negra de pegarse un tiro, lo cual debo condenar por garrafal tontería,
a más de condenarlo por pecado execrable. ¡Vaya unas abominaciones
que se escriben! Tu suegro debió de conocer al autor de este libro,
un tudesco de nombre muy atravesado, que parece vizcaíno, así como
_Goiti_ o _Goitia_. Entiendo yo que Demetria ve más emparentado al don
Fernando con el personaje de esta historia, fingida o real, que con el
melancólico y desesperado muerto de Madrid. Ella no dice nada; pero se
lo conozco, y me da mala espina esta afición que ha sacado ahora por
la literatura, prefiriendo la sentimental y de lloriqueos, tristezas
y desastres, pues no solo anda resobando al tal _Uberte_ o _Güerter_,
sino también a otros libros y novelas de amores contrariados, siendo
más extraña esta afición, cuanto que siempre fue perezosa para toda
frivolidad. Ahora la ves agrandando cada día los ratitos perdidos,
o sea los que consagra a este entretenimiento de los libros, que me
parecen son prohibidos, si bien entiendo que por dañosos que sean no
han de causar malicia en entendimiento tan claro y voluntad tan sana
como la suya. Las de Álava le han traído una historia escrita por ese
que se mató, y que se titula _El doncel de no sé qué rey_, y otra de
un autor escocés que tú conocerás: yo no acierto a escribir su nombre.
Estaré con cien ojos, a ver en qué paran estas lecturas. A Dios, que te
me guarde muchos años. — _María._
V
De Fernando Calpena a don Pedro Hillo, presbítero.
_Villarcayo, 28 de febrero._
Aquí me tienes, ¡oh insigne mentor y capellán mío!, aquí está tu
Fernandito, que determinado ya, por el rigor de sus desdichas, a
no tener voluntad propia, abraza la orden de la obediencia y se
convierte en materia pasiva a quien gobiernan superiores, indiscutibles
voluntades. Quien manda manda. Mi supremo tirano (cuyas manos mil
veces beso) dice: «Que vaya el niño a Villarcayo». Pues ya tienes
al niño camino de la villa menesa. «Que se aloje el chiquitín en
casa de Maltrana, donde será bien recibido y agasajado». Pues aquí
está gustando las delicias de una hospitalidad amorosa. Hoy no tiene
tu discípulo más goce que renunciar a todos los que de su propia
iniciativa pudiera esperar, ni más orgullo que la humildad, ni más
albedrío que el no tenerlo, ni más independencia que la absoluta
sumisión al gusto y ordenanzas de los que quieren y, por lo visto,
deben mandar en él. Cuando un hombre se equivoca en el grado de mis
equivocaciones; cuando las propias iniciativas salen de tal modo
frustradas, justo es que imponga a su torpe voluntad esta penitencia de
la radical anulación.
Sí, sí, mi amado sacerdote; esta bribona de mi voluntad ha de pagarme
la que me ha hecho: condenada la tengo a desempeñar por ahora en mi
vida un papel semejante al de los diputados que no dicen más que sí y
no, según las órdenes del gobierno. Y que no me va mal, gracias a Dios,
en el nuevo régimen de mi pasividad o vida boba, pues en este limbo en
donde la autoridad me confina, estoy a qué quieres boca, tan mimadito y
agasajado, que sería yo la misma ingratitud si me quejara.
¿Y ahora sales, ¡oh amigo maleante!, con la gaita de que te cuente
los pormenores de mi atroz caída y de la catástrofe de mis ilusiones?
Francamente, me encuentro muy tranquilo en este descanso, y no me hace
maldita la gracia volver sobre sucesos que más son para olvidados que
para referidos. Aún no se ha disipado la turbación que en mi alma
produjeron, ni el despecho rencoroso, ni la vergüenza, que vergüenza
he sentido y siento de tan inaudito desaire. ¿Pero tú qué entiendes
de estas cosas, hombre solitario, apartado por tu ministerio de la
mala compañía de las pasiones? Si en ello insistes, y a todo trance
quieres que yo mismo te pinte mi caricatura, lo haré; mas deja que mi
espíritu se sosiegue, y que mi amor propio se cure sus heridas, ya que
va mejorando de las magulladuras y cardenales. Conténtate en estos
días con lo que desde Valmaseda te escribí, dándote la triste síntesis
del desenlace de mi drama, el cual habrás silbado, porque lo merece,
como final sin lucha, sin solución ni catástrofe, terminado en las
tablas por un monólogo de desesperación, mientras dentro suenan voces
y cantorrios de epitalamio... Ya habrás comprendido que no me pegué
el tiro mortal ni tuve intención de ello... Y a propósito, hombre:
cuéntame lo del pobre Larra. Algo más habrá de lo que se dice por aquí.
¿Fue por la de C...? Y en el entierro, ¿qué? ¿Fuiste tú? Mándame los
versos de ese nuevo poeta.
Quedamos en que mi tristísimo y pedestre desenlace se guarda, por
ahora, inédito. Ya me lo he silbado yo. Guarda tus pitos para mejor
ocasión. Y porque no te quejes de mí, satisfaré tu curiosidad, más de
monja que de clérigo, dándote noticias de la hidalga familia en cuyo
seno he rendido mi voluntad, obediente al supremo mandato.
Al ir hacia Bilbao..., y más me hubiera valido meterme en el mismo
Averno, hice conocimiento con esta noble familia. Llevome a su casa de
Medina de Pomar el papá de la señora, don Beltrán de Urdaneta, cuya
interesantísima figura histórica y social te describí ligeramente en
mi primera carta de Valmaseda. Obsequiado fui entonces por el señor
Maltrana y su esposa, moviéndoles a ello el cariño que me tomó el
primer caballero de Aragón, a quien entré por el ojo derecho; pero
mayores han sido ahora los agasajos, sin que pueda de tales extremos
darme explicación: para encontrar alguna, tengo que recurrir al
misterio que me rodea desde que entré en ese Madrid de mis pecados. Me
han tomado por su cuenta las hadas, y pienso que las de Madrid tienen
buenos compinches en las de Villarcayo. Mientras llega la ocasión de
confirmar mi sospecha, _soñemos, alma, soñemos_.
Bueno. Sabrás que el señor don Juan Antonio de Maltrana es un buen
caballero, no del cuño histórico de don Beltrán, sino de esta nueva
caballería que se va creando ante nuestros ojos, transacción del
rancio españolismo con las novedades del pensamiento francés. Liberal
templado, adora el justo medio; detesta por igual el absolutismo y
las revoluciones; cree que por componendas se obtendrá la paz de
los espíritus y el bienestar de los pueblos; que debemos buscar
el compadrazgo de la religión y la filosofía, de la libertad y la
autoridad; y para que todo sea bienandanza, la reconciliación del
romanticismo con el clasicismo dará los mejores frutos del arte. Hombre
rico, espera que salgan a la venta los grandes predios que fueron
de monacales para comprarlos. Entrevé el desarrollo de riqueza, la
asociación industrial, las máquinas agrícolas, el papel moneda, y otras
muchas cosas que aguardan el último tiro de la guerra para pasar el
Pirineo. Sus ideas no son luminosas, son propiamente sensatas, producto
de la fácil asimilación, que no es lo mismo que el estudio. Su palabra
es fácil, gramatical, opaca, comedida en las disputas; su elocuencia
propiamente ilustrada, muy propia para unos tiempos en que la política
es el arte de un conversar ameno sobre todas las cuestiones. Desea
el hombre ser diputado, y lo será; y si no se planta en los primeros
puestos, tampoco se quedará en los últimos. Para dártele a conocer
físicamente, te diré que se parece bastante a Salustiano Olózaga, pero
con más años: la misma hermosura de ojos; talla y aire majestuosos,
cierta presunción o contento de sí mismo, don de gentes, cortesía
exquisita.
De su mujer te diré que sin ser muy hermosa que digamos, cautiva
más que si lo fuera, por su gracia, su afabilidad, su señorío,
maravillosamente fundido con la llaneza. Como no la conoces, amado
clérigo, no has visto la encarnación del buen gusto: eso es Valvanera,
el buen gusto convertido en mujer, digo, en señora, pues no hay otra
que mejor merezca tal nombre. Hasta en los actos más insignificantes
se revela su cualidad suprema, el don de la forma. Me encanta verla
dar de comer a sus hijos pequeños; si la oyes reñir a su criado,
quisieras ser tú el reñido; y si por algo te reprende, no tienes más
remedio que darle las gracias. Creerás que es una señora de pueblo,
de esas que a la ranciedad de la nobleza y de las costumbres unen la
tosquedad que da el vivir constante en villas de corto vecindario. Pues
te equivocas: nacida en noble cuna, educada en los mejores colegios
de Francia, Valvanera es verdadera _castellana_ en el sentido feudal
de este término; verás en ella el aire campesino y la singular
majestad que dan la cuna y la educación esmeradísima. Doce años hace
que vive aquí. No echa de menos el bullicio de Madrid ni la elegancia
parisiense; adora la residencia oscura donde ha criado a sus hijos, y
comparte con su marido el gobierno de una inmensa propiedad. Suelen
bajar a Burgos por temporadas, y a Bilbao algún verano. Viven como
príncipes; se sienten superiores a los que gastan su existencia y sus
riquezas en las grandes ciudades, con escaso provecho del espíritu y
fugaces placeres. Esta nobleza campesina se va concluyendo, mi querido
Hillo, por la concentración de las principales familias en las llamadas
cortes. Permanecen desperdigados en las villas algunos hidalgos
adheridos al terruño, tan ordinarios ellos como sus esposas, atacados
ya de la nostalgia de los centros populosos. El día en que se queden
solos en el campo los pobres colonos y cultivadores de la tierra,
vendrá la consunción nacional. Por esto admiro a Valvanera, que notando
en su esposo cierta tendencia centrípeta, trata de retenerle; ella es
centrífuga, un tanto melancólica por la influencia de las soledades
agrestes. Te aseguro que yo también me voy volviendo centrífugo. Por de
pronto me hallo muy bien aquí, y bendigo la mano que me ha confinado en
este dulce presidio.
Bueno, bueno, mi querido Hillo..., ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah!,
ya me acuerdo: de que me gusta el sosiego campestre, esta vida de
_château_, esta aristocracia labradora, _a la extranjera_, porque,
pásmate, el vivir un noble en sus propiedades rurales ha venido a ser
rareza exótica y hurañía extravagante... Paréceme que al llegar aquí
dirás que me estoy poniendo enfadoso con esta novísima _postura_, que
creerás afectada, como entusiasmo caprichoso semejante al _furor_ de
las modas. Piensas que distraigo mi hastío aficionándome a lo que en
elegancias se llama _la última_. No, hijo, no: es viejo en mí el gusto
de la nobleza campesina, una de las hermosuras que vamos perdiendo,
para convertirnos todos en desabridos señoretes de la corte. Pero no
sigo, no. Te veo haciendo guiños, deseoso de que te hable de cosas
más gratas, y a ello voy, clérigo; aguarda un momento. Conociendo tus
aficiones, te pongo delante a las dos niñas de Maltrana, Nicolasa y
Pepita, tiernas y lánguidas como a ti te gustan; desaplicadas, para
que sus encantos sean mayores; rebeldes a la educación clásica; la una
de dieciséis años, de catorce la otra; inflamadas ambas en el santo
horror de la gramática y de la aritmética; delirantes por el baile, por
las comedias, que apenas han visto; por la sociedad, que desconocen,
pues sus iguales no existen por acá; inocentes aún y cerradas a
toda malicia, ¡Dios así las conserve!; obedientes a sus padres y de
correctísima crianza moral; bonitas, algo traviesas y juguetonas, y no
las llamo ángeles porque desconfío de los ángeles terrestres, y cuando
veo alguna niña con alas, digo como el loco: «Guarda, que es podenco».
Han hecho los Maltranas cuanto en lo humano cabe para dar a sus niñas,
en la estrechez de esta vida rústica, la educación que a su clase
corresponde. Un aya francesa las acompaña constantemente y les enseña
idiomas y el código de las etiquetas sociales; un preceptor les llena
la cabeza de principios científicos y de conocimientos históricos; un
maestro de música traído de Zaragoza, y otro de baile que de Bilbao
viene por temporadas, las instruyen en las artes llamadas de adorno;
y con esto y el cuidado de su buena madre, serán dos mujercitas bien
dispuestas para la vida en altas esferas. ¿Cuál será su suerte?
Presumo que no ha de ser buena, y me contrista verlas tan gozosas de
la vida presente, desconociendo la verdad de la humana desdicha. Las
casarán con mayorazgos de campo, con militaritos bien apadrinados que
lleguen pronto a generales, quizás con algún _título_ de Madrid, y
en cualquiera de estas posiciones serán desgraciadas, contribuyendo
a ello su educación misma, que les abre los ojos a toda la miseria y
podredumbre del cuerpo social. ¡Venturosos los ignorantes, los que se
mantienen del fruto que arrancan de la tierra o que extraen del mar!
Sí, sí: estoy pesimista, mejor dicho, lo soy, y todo lo veo negro, no
porque finjan caprichosamente la negrura mis ojos turbados, sino porque
lo es. Sí, querido capellán, todo es del color de tu sotana, y lo
poquito que colorea y fulgura imita el viso de ala de mosca que tienes
en ella.
Mayor tristeza me dan las niñas de Maltrana cuando considero lo endeble
de su salud. Azarosa es la vida de sus padres, que si las oyen toser
se echan a temblar, y a cada instante les mandan sacar la lengua.
Probablemente morirán en el paso peligroso de los dieciocho a los
veinte años. Sí, hombre, se mueren: no lo dudes, ni alardees de una
confianza basada en ñoñerías religiosas. Y si quieres que te diga una
barbaridad, te la digo. Si se van, como creo, se libran del sufrimiento
humano, y eso van ganando. Habrán vivido tan solo en la época feliz, o
que lo sería sin el martirio de las lecciones y del odiado estudio, que
no ha de servirles para nada. Figúrate el jugo que sacarán en la otra
vida de sus conocimientos gramaticales de acá. ¡Tanto mortificarse por
conjugar, por construir las oraciones, por escribir correctamente la
_ge_ y la _jota_! ¿Pues y las nociones geográficas? ¡Que les importará
de nuestras pobres penínsulas, de nuestros ríos y continentes, de
si Prusia linda con la Polonia o con las Batuecas! No, no creo que
nuestras sabidurías permanezcan allá, pues la muerte no sería, como
dicen, dulce amiga, si al caer en sus brazos no saliera de nuestros
cerebros todo este serrín que nos metéis a la fuerza los profesores,
amenazándonos con el infierno de la ignorancia, el cual tengo yo por un
bonito y cómodo infierno.
Vuelvo a mi asunto para decirte que mi temor de la desgracia de estas
niñas no es infundado. El hijo mayor de Maltrana murió tísico en
Madrid hace tres años, contando diecisiete, y aquí tienes explicado
el aborrecimiento de Valvanera a esa Villa y Corte. Los otros hijos
son tres, varones y pequeñuelos, el mayor de diez años, el chiquitín
de cinco. Su raquitismo, malamente combatido con la vida del campo,
con los continuos paseos, el estudio y cuidado que en alimentarles
se emplea, es el tormento de sus padres. Son inteligentes, muy
desarrollados de cerebro, zanquilargos, flacuchos, y tan propensos a
los enfriamientos, que es gran felicidad que no estén constipados.
Siento una pena indecible ante estas tres criaturas: en sus rostros,
como en el de sus hermanitas, veo la fúnebre sentencia que les condena
a seguir los pasos precoces del primogénito hacia un mundo que llamamos
mejor antes de conocerlo. Yo tengo mis dudas; solo afirmo que peor
que este no puede ser... Pues para mí no hay mayor confusión que esta
descendencia menguada y enfermiza, siendo Maltrana un hombrachón
vigoroso, que se precia de no haber padecido en su vida ni un dolor
de cabeza, y Valvanera una mujer saludable y fuerte, aunque algo
seca de carnes. Será una manifestación aislada, como otras mil que
vemos, del cansancio y pesimismo de la raza española que, indómita en
su decadencia, dice: «Antes que me conquiste el extranjero, quiero
morirme. Me acabaré, en parte por consunción, en parte suicidándome
con la espada siniestra de las guerras civiles». Si tuviéramos buenas
estadísticas, se vería que ahora muere más juventud que antes. ¿Y qué
me dices de la facilidad con que los chicos y chicas que han sufrido
algún desengaño siguen las huellas del joven Werther? ¿Pues y la guerra
civil, esta sangría continua, esta prisa que se dan unos y otros a
fusilar rehenes y prisioneros, como si cobraran de la tierra o del
negro abismo un tanto por cadáver? ¿No es esto, en la vida española,
una instintiva querencia del aniquilamiento? No te rías... Yo aplico mi
oreja a la raza, y la oigo decir: «Puesto que ya no sirvo para nada,
quiero darme a la tierra». Si no piensas como yo, no me importa, ignaro
capellán.
Pues sabrás que las niñas de Maltrana, a quienes sus padres no niegan
ningún esparcimiento de buen gusto, han dado ahora en la flor de
representar en casa una comedia o drama, distribuyéndonos los papeles
entre todos, según las aptitudes escénicas de cada uno. Se me ha
encargado de dirigir la construcción del teatro en la más grande pieza
de la casa, y asistido de un carpintero y pintor de brocha gorda,
daré hoy comienzo a mi tarea de armar bastidores y el tablado, y la
batería de luces, y todo lo demás que constituye una perfecta escena.
La obra elegida por las niñas es _El Trovador_, ¡ay de mí! Están locas
con ese drama. Lo han leído no sé cuántas veces, y se lo saben de
memoria. De Nicolasa, me ha dicho su madre que se despierta a media
noche declamando con sonora entonación los famosos versos del ensueño.
Lo terrible es que se empeñan en que yo he de hacer el _Manrique_,
creyendo que en este papel dejaré tamañito a Carlos Latorre. No sé cómo
salir del paso. Trato de quitarles de la cabeza la idea de estrenarnos
con obra tan difícil; no me llega la camisa al cuerpo pensando que
tengo yo que salir vestido de trovadorcito, con mi laúd y todo, y
soltar la andanada:
En una noche plácida y tranquila
que recuerdo, Leonor: nunca se aparta
de aquí, del corazón: la luna hería
con moribunda luz tu frente hermosa,
y de la noche el aura silenciosa
nuestros suspiros tiernos confundía.
No, no me llama Dios por ese camino; lo haré muy mal. Ya les he dicho
que debemos elegir _El sí de las niñas_, y Maltrana y Valvanera me
apoyan en este juicioso consejo. Pero las chiquillas no conocen la
obra, y por más que les explico el argumento, no se dan a partido.
No sienten la sencillez ni la prosa en el teatro, que para ellas, o
es verso patético o no es tal teatro. Desgraciadamente no he podido
encontrar ningún ejemplar de la comedia, aunque para ello hemos
revuelto todo Villarcayo. Se pidió a Bilbao, y contestaron que ningún
despacho de libros lo tiene. Espero que nos lo facilitará un amigo
de Medina de Pomar, moratinista furibundo. Si lo encuentro, haré los
imposibles por convencer a las niñas, enseñando a la más pequeña el
papel de _Paquita_, y a la mayor el de _doña Irene_. Yo seré el _don
Diego_; es mi papel... Pues te aseguro que lo haré con gusto, y aun que
lo haré bien. Hay dentro de mí mucho que ha envejecido. Me siento _don
Diego_... Pero en este instante, ¡oh mi dulce Mentor!, lo que prevalece
en mí, ahogando todo sentimiento y toda idea, es un sueño intensísimo.
Obediente a la naturaleza, pongo fin a esta carta deseándote lo que no
tiene tu triste — _Telémaco._
VI
Del mismo al mismo.
_Sin fecha._
Hoy, cuando más contentos estábamos armando bastidores, y vigilando
las copias de _El sí de las niñas_, que al fin he impuesto a mis
discípulas del arte escénico, llamaron con recio golpe al portalón de
esta casa palacio. Era un huésped fúnebre, la nueva tristísima de la
muerte de don Beltrán de Urdaneta en el Maestrazgo. ¡Y qué desastroso
fin el del noble y simpático viejo! No te quiero decir la que se
armó aquí. Valvanera cayó con un síncope, y las niñas, afectadas de
súbita pena y de cierto terror, sufrieron desmayos de menor cuantía,
que afortunadamente fueron de corta duración. Todo lo tienes ya
revuelto en la casa, suspendidos los trabajos de arquitectura teatral
y de estudio de papeles, la vida de todos amargada y descompuesta,
los pequeños recaídos en sus enfermedades, un trasiego continuo de
medicinas de la botica a la casa, alteradas las horas de comida y
cena, y sobre esto el chaparrón de visitas de pésame. Maltrana y yo
hemos tenido que vernos enfrente de innumerables caras compungidas, de
levitones negros y de manos que se llevaban el pañuelo a los ojos. Me
ha causado inmensa pena el fin desgraciado del gran prócer y libertino,
que no se decidía, no, a una jubilación honrosa. Ha sido preciso que
le fusilen para hacerle soltar el papel de caballero pródigo, de
viejo galán incorregible. Le quería yo de veras, y él a mí mucho más
de lo que merezco. Me tomó un afecto semejante al tuyo; fue también
mi Mentor, y me dio consejos sapientísimos que no seguí. ¡Pobre don
Beltrán! Gozó setenta y ocho años de vida. Lástima que no haya dejado
Memorias escritas, que serían el más ameno libro del mundo: infinitos
ejemplos que no te digo sean ejemplares, pero sí divertidísimos,
rebosantes de humanidad, de gracia, de aroma de flores, de incienso
citereo... no sigo, por no enfadarte...
Hoy estoy de malas. La murria, que había conseguido disipar dejándome
querer de esta noble familia, ha vuelto a meterse en mí, negra,
sofocante. La noble familia, más atenta a su dolor que al mío, me deja
solo, y caigo otra vez en la cavilación tétrica que me caldea los
sesos. ¿Querrás creer, mi buen amigo, que a la hora presente no he
podido dilucidar el punto más oscuro de aquel desenlace funestísimo?
Todavía ignoro si la traición fue consumada por la propia voluntad de
la persona en quien creía yo como en Dios, o si debo ver en ello una
tenebrosa conjura doméstica seguida de catástrofe, en la cual hay dos
víctimas: ella y yo. No es la primera vez que ocurren estas coacciones
monstruosas, confabulándose diversas personas para someter el albedrío
de un ser débil, sin escatimar ningún medio: la mentira, el terror,
las promesas falaces... Esta idea me hace llevadera mi desdicha.
Pensando constantemente en ello, reconstruyo con segura lógica el plan
y conducta de los Arratias: les veo desarrollando su odiosa maquinación
con astucia mercantil, tan parecida a la diplomática. Maestros en el
engaño, ávidos de absorber el patrimonio de Aura para restaurar su
decaído crédito comercial, basan su horrible intriga en la impostura
de mi muerte, que ellos propalan y atestiguan no sé por qué procederes
indignos. Conseguido el objeto capital de mandarme al otro mundo,
prosiguen en este su designio, ejerciendo sobre la desgraciada niña una
sugestión infame. Imagino mil modos y estilos de engañarla, a cuál más
extravagante y malicioso. No te los refiero, porque te horripilaría
la fecundidad de mi entendimiento para estas hipótesis de la humana
perfidia. Prefieres, sin duda, que me atenga a los hechos, a lo que
me ha pasado, a lo que he visto, a lo que me han dicho, y así lo haré,
aprovechando este anhelo de confidencia que ahora siento en mí. Desde
aquel tremendo día me ha repugnado hablar de mi caída sin dignidad,
de mi tragedia sorda, desairada, enteramente circunscrita a la escena
del alma, sin ruido, sin armas, sin gloria. Ni el placer muscular de
la lucha, ni el goce amarguísimo de manifestar con violencia la ira,
ni el desahogo de la venganza; nada, mi querido Hillo. Ha sido una
originalidad artística que jamás pude soñar: la terminación de un drama
por el vacío, introduciendo la humana pasión en la máquina neumática y
asfixiándola inicua y estúpidamente.
¡Mi entrada en Bilbao, mi aparición en la casa fatal! ¿Quieres saberla?
En Portugalete, un anónimo me anticipó la verdad terrible. Alguien
debió de prevenir a los Arratias de mi llegada, porque huyeron, y
cuando llamé a la casa no había en ella más que una criada anciana que
me saludó por mi nombre antes de que yo se lo dijera. A mis preguntas
respondió empujándome suavemente hacia la puerta de la tienda: «Los
señores se han ido... Casaron ayer... Si quiere saber más, avístese
con don Apolinar». Y me dio las señas. Salí furioso del local oscuro,
lleno de clavazón y rollos de cabos, apestando a brea, y en medio del
delirio con que aclamaba el pueblo mártir a su libertador, emprendí
mi _Via crucis_ por calles jamás por mí pisadas, buscando al clérigo
que debía darme la clave de aquel nuevo misterio de mi existencia. No
podría lanzarme en peor ocasión a la cacería de un sujeto desconocido,
en un pueblo que yo veía por primera vez, entre aquel remolino de
entusiasmo, forcejeando con el oleaje de un vecindario loco que invadía
las calles. Las canciones patrióticas retumbaban en mi cerebro como
un eco de las tempestades de la noche de Luchana. Gracias a Pedro
Pascual Uhagón, cuyo auxilio solicité y obtuve, di con el dichoso don
Apolinar a la caída de la tarde, en su propia casa, cuando volvía de la
calle, ronco de perorar en los _cuarteles_ y en los grupos callejeros.
Demostrándome, sin faltar a la cortesía, que mi visita le era enojosa,
me notificó, como autoridad eclesiástica, que el día anterior, previa
manifestación de la libérrima voluntad de la niña de Negretti, y
comprobada por diferentes testimonios la noticia de mi fallecimiento,
había casado a la expresada señorita con Zoilo Arratia. Los cónyuges
se habían ido, después de la boda, a un pueblo de la costa, donde se
embarcarían para Francia. «¡Pero ya estoy vivo!», exclamé sin poder
refrenar mi enojo, perdido todo respeto y olvidada toda urbanidad.
A esto repuso el clérigo que él se lavaba las manos, que habiéndole
pedido casamiento, lo había dado con sumo gusto, como amigo cariñoso
de ambas familias, Arratia y Negretti. Uhagón no vio mejor manera de
calmarme que abreviar la visita, y sacándome de allí, díjome, al
bajar la escalera, que Ildefonso Negretti, paralítico, desquiciado de
la voluntad y el entendimiento, era hombre al agua. Con esta noticia
empecé a recibir luz, confirmándome en la existencia del complot
doméstico. Aquella misma noche supe que la muñidora del precipitado
casorio había sido la esposa de Negretti, marimacho arriscado y astuto
que lleva el nombre de Prudencia.
No me satisfacían estas claridades, harto tenues, que arrojando iba
el trato de diferentes personas sobre el oscurísimo problema, y al
siguiente día, después de una noche de horrible insomnio y tensión de
nervios, volví al maldecido almacén de Arratia, donde encontré a un
joven llamado Martín, que me saludó tímidamente, y con voz temblorosa
repitió que él también se lavaba las manos, que allá lo habían
compuesto los mayores de la familia, y que los recién casados, con
el padre de Zoilo y los tíos Ildefonso y Prudencia, no se hallaban
en Bilbao. Repitió sus cortesanías, dictadas por el azoramiento y
turbación que embargaban su ánimo, y me despidió entre paquetes de
clavos y hediondas breas, incitándome a tener paciencia, a lavarme
también las manos, como se las había lavado él..., y ofreciéndome su
inutilidad para cuanto en Bilbao se me ocurriese. Secamente le di las
gracias, y salí de la horrenda casa, tan semejante por su ahogada
estrechez a la bodega de un buque, que me faltó poco para sentir
los efectos del mareo. Puse el pie en tierra, o sea en la calle,
arrancándome del corazón con vigoroso esfuerzo la raíz doliente. ¡Ay,
cuánto dolía! Uhagón, que en aquel trance me demostró leal amistad,
aconsejome que diese por terminado aquel asunto, y lo enterrara antes
que sobreviniese la descomposición, echándole encima la mayor capa
posible de olvido. Esto no era fácil; mas lo intenté, y empecé a
arrojar sobre mi fosa puñados de tierra. El cadáver no se cubría, y
pasados dos días de estos esfuerzos por taparlo, asomaba todo entero
y aun parecía que resucitaba. Decíame constantemente Uhagón, deseoso
de mi alivio, que no pensase en más averiguaciones, y abandonara mi
loco propósito de perseguir a los recién casados para obtener una
explicación de su traidora y desleal conducta. Hízome ver la fuerza que
al complot de los Negrettis debió dar mi prolongada ausencia, la falta
sistemática de noticias de mi persona. De la indudable virtud de estos
argumentos, obtuve más y más tierra con que llenar el fúnebre hoyo. Al
propio tiempo, no dejaba de comprender que mi situación iba entrando en
el periodo de ridiculez; que la monotonía de mi desesperación lúgubre
comenzaba a ser enfadosa en los círculos que yo frecuentaba. Disimulé
por el pronto. El carácter de Werther sin suicidio no me convenía
en modo alguno, ni era papel airoso para ningún cristiano. Nunca he
gustado de los llorones: yo lo fui tan poco tiempo, que no llegué a
excitar la conmiseración burlesca de mis amigos. Pero mi terquedad,
debajo de los disimulos y de las composturas de mi rostro, continuaba
induciéndome a la investigación solapada, al descubrimiento de la trama
traidora, a la querencia de más viva luz. Decidí seguir a Espartero en
las operaciones que emprendió en el interior de Vizcaya, pues me daba
el corazón que podría encontrar algún rastro de mi res secuestrada o
perdida; pero entre Uhagón y Fernando Cotoner me quitaron de la cabeza
este audaz pensamiento, cuya realización me habría ocasionado quizás
nuevos reveses y mayores desdichas. Pasé a Valmaseda, donde me puse
al habla contigo y con el mundo. Venía yo de otro planeta. Tu primera
carta, mi buen clérigo, fue para mí nueva revelación de mi destino,
gran consuelo de mis penas. Volví a Bilbao solicitado de amistades
generosas. No parecí por la tienda de efectos navales ni por sus
cercanías. Sentíame bastante aliviado: el hoyo había disminuido, y el
cadáver apenas se veía ya de tanta tierra como sobre él eché.
Recibida en aquellos días la orden dictatorial inexcusable de venir
aquí, me apresuré a cumplirla, observando que toda presión de otra
voluntad sobre la mía desmayada y caduca me hace gran provecho.
«Bendito sea el despotismo —dije entonces—. Soy como un pueblo
desgarrado por las revoluciones, hecho trizas por el jacobinismo y
la anarquía, y que antes de perecer se entrega al dulce dominio de
sus reyes históricos». La dictadura me ha traído la paz, y aunque
me entristece el pisar mis iniciativas, caídas de mí como coronas
marchitas y deshojadas, me consuelo con la conservación de mi
existencia dentro de una plácida esclavitud. Confinado en este castillo
de Villarcayo, donde me guardan los más bondadosos carceleros que es
posible imaginar, se han recrudecido los dolores de mi caída, vuelven
las dudas a inquietarme, y a encenderme el magín las cavilaciones
acerca de las causas, todavía oscuras, de la traición no perdonada.
Es que, mientras la acción del tiempo no labra las gruesas capas de
olvido, el silencio y la paz favorecen el reverdecimiento de las penas,
cuando estas no son muy próximas ni están aún muy distantes. Hay un
periodo medio entre lo reciente y lo remoto, que es el más abonado
para las recaídas. Yo he recaído a intervalos, sin saber por qué. Los
motivos de gozo, la tranquilidad misma, son a veces causa misteriosa
de reincidencia. Una palabra insignificante despierta los dormidos
dolores; una escena, un paso cualquiera, sin congruencia con nuestra
cuita, hácenla revivir, como otro pasaje o sucedido la adormece.
Explícame esto. La tristeza que reina en esta casa por la desastrada
muerte de don Beltrán, a quien no puedo apartar de mi pensamiento,
ha sido parte a que mi hoyo se vacíe de la tierra que había logrado
echarle... No sigo; no quiero entristecerte.
Allá te van, pues, los pormenores que me pedías. No te quejarás ahora:
bien explícito he sido, y bastante carne y hueso, despojo de mi
disección lastimosa, te mando en estos renglones. Entierra toda esa
miseria. Que solo la vea quien verla debe y apropiarse los dolores que
llevan esos pedazos de mí mismo. Vive y triunfa. Otro día espera ser
menos tétrico tu infeliz amigo — _Fernando._
VII
Del mismo al mismo.
_Marzo._
Desocupado sacerdote: Sabrás que anoche se me apareció Larra, quiero
decir que soñé con él o que se me apareció en sueños, que es lo mismo.
Era el Larra que conocí y traté hace año y medio, antes de su viaje a
París. Vino a mí en un bosquecito próximo a esta casa, en el cual suelo
pasar algunos ratos divagando, y se mantuvo a distancia de cuatro o
cinco pasos, mirándome con la fijeza que a sus amargas bromas precedía
comúnmente. No le veía yo más que medio cuerpo, de la cintura para
arriba; en su cara no había más alteración que el crecimiento de la
barba. Ignoro si al morir era más barbudo que cuando le conocí. Su boca
entreabierta dejaba ver los dientes ennegrecidos, y lo blanco de sus
ojos amarilleaba más de lo habitual; tenía los lagrimales muy rojos,
con irritación que le hacía pestañear de continuo. Aunque nunca nos
habíamos tuteado, yo le dije: «Hola, Mariano, dichosos los ojos que
te ven». Y él a mí: «Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin
oír hablar mal de mí... Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala,
porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por
qué lloras? ¿Por mí acaso?». Respondile que yo no lloraba por él ni
por nadie, y la visión entonces, dando un gran suspiro, me dijo que
había yo hecho mal en matarme tan joven. «Paréceme —le contesté— que
aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives; vienes a
desmentir la noticia de tu suicidio...». Pasó un rato, en que tanto
él como yo nos desvanecimos, nos apagamos, y luego volvimos a vernos
en el comedor de la casa, junto a la chimenea, más cerca uno de otro;
pero ni él ni yo teníamos piernas, por lo que no puedo asegurar si
estábamos en pie o sentados. «Debemos matarlas a ellas —díjome Larra
con triste sonrisa—, y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de
sus traiciones?... No pensemos en eso, que aquí no hemos venido más
que a leer nuestras obras. Lo que a mí me trastorna es que se me han
olvidado casi todas las mías, harto famosas, y solo recuerdo _El día de
difuntos_ y _Nadie pase sin hablar al portero_. Por más esfuerzos que
hace mi memoria, no consigo apoderarme de los otros títulos. ¿Verdad
que era yo un gran escritor?». «Has sido único, Mariano —le dije—.
¿Y no te acuerdas del _Castellano viejo_, ni de la _Junta de Castello
Branco_? ¿Has olvidado las críticas de _Antony_, del _Trovador_, de
_Catalina Howard_...?». «Sí, sí: tienes razón; todo eso fue mío...
Pero si los títulos van viniendo a mi memoria, no recuerdo nada de lo
que escribí debajo de ellos. La pólvora mata la memoria... ¿no crees
tú? ¿Qué medicina hay para esto?». Al decirlo tocó mi mano, y el frío
intensísimo de la suya, que más que mano de hombre era un témpano de
hielo, me comunicó un temblor convulsivo, agónico.
Ya puedes comprender que desperté con aquel frío glacial. Así terminó
la _idolopeya_, que fue seguida de un desvelo enojoso, porque
habiéndoseme caído, con las vueltas que di, la colcha que me abrigaba,
tuve que salir del lecho para buscarla a tientas y ponerla en su sitio,
y creyéndome, aun despierto, en presencia del tan infeliz como glorioso
escritor, continué angustiado, febril y tembloroso toda la noche... A
cada instante temía ser sorprendido por la _idolopeya_ de mi de grande
y simpático amigo don Beltrán; pero no vino el buen señor, a quien sin
duda ha dado Dios por premio de su trabajosa vida un hondo, inalterable
descanso.
_Lunes._ — Hice propósito esta mañana de romper lo que ayer te escribí
de mis sabrosas pláticas nocturnas con las ánimas del purgatorio;
mas luego he pensado que no merecen estas aberraciones de nuestra
mente, mientras dormimos, absoluto menosprecio, por disparatadas
o ridículas que al despertar nos parezcan. Ejemplos mil hallaremos
del misterioso sentido con que suelen estos delirios anunciarnos
sucesos felices o desgraciados de la vida real, y vas a verlo, mi buen
Mentor, en lo que hoy te escribo. Pon mucha atención en esto, y no te
rías. La _idolopeya_ del satírico sin ventura fue como un vaticinio
simbólico de otra visita que hoy tuve, no de fingida, sino de real
persona; no de espectro hablador, sino de individuo callado. En el
mismo bosquete donde me paseo meditabundo, se me apareció, serían las
tres de la tarde, un personaje llamado _Churi_, a quien no vacilo en
colocar entre las figuras poemáticas de segundo orden, comúnmente
enviadas por las deidades que rigen los destinos de los héroes para
comunicarles revelaciones o mensajes. Veo tu asombro, motivado por el
desconocimiento de tal figura, y satisfago tu curiosidad diciéndote
que _Churi_ es un sordo que habla. Aquí tienes la primera relación
entre el sueño y la realidad, pues recordarás que Larra me dijo: «heme
quedado enteramente sordo». _Churi_, primo carnal del ladrón de mi
ventura, fue quien me anunció, camino de Bilbao, con signos expresivos
y enigmáticas escrituras, la traición que se me preparaba. En aquellos
días, y no hace mucho, cuando se me apareció en Valmaseda saliendo de
entre las matas de un monte, cuyo pie baña el poético Cadagua, vi en
él una figura mitológica, de las que llamáis _ex machina_, emisarios
del enojo o de la protección de algún dios que no quiere dar la cara.
Tiene algo de Fauno o de Silvano, por la ligereza con que corre, o de
las personificaciones de los vientos portadores de divinos mensajes, y
se llamaban Cecias, Bóreas, Euronoto y que sé yo qué. Pues verás: otra
relación de _Churi_ con la _idolopeya_ es que cuando puso su mano en
la mía con ademán cariñoso, sentí un frío glacial que me corrió por
todo el espinazo. No quiero entrar en explicaciones de este mi sordo
_ex machina_, y voy a la sustancia del coloquio de hoy. En Valmaseda me
había contado su fuga de la casa paterna sin explicarme las razones de
ella, añadiendo que no volvería más a Bilbao. Hoy me ha dicho que por
servirme y ayudarme al castigo de los traidores irá nuevamente al seno
de su familia. Mi primera impresión ha sido de repugnancia y miedo;
luego me he dejado tentar de aquel diablete o correveidile fabuloso,
y nos hemos metido en un coloquio de extremada dificultad, pues su
sordera es desesperante, y tienes que valerte de signos y modulaciones
labiales muy acentuadas para hacerte comprender. Se expresa en un
lenguaje híbrido, rudo, atropellando los términos castellanos con los
vascuences. Al decirme «no te mates», su fisonomía, su mirada, su boca,
eran las mismas de Larra al pronunciar en correcto castellano la misma
frase. Poco a poco fueron interesándome sus revelaciones. Lo culminante
de ellas es que mi traidora no lo fue realmente por dictado de su
libre voluntad, sino por el maleficio con que la trastornó ese pillo de
Zoilo, bigardón dotado de una formidable terquedad vizcaína, y con esa
fuerza de terquedad, que es como el poder que gozan los magnetizadores
y taumaturgos, reduce a esclavitud a cuantas personas caen bajo su
dominio. Añadió que si yo quiero, puedo fácilmente romper ese poder de
encantamento con que el primo tiene aprisionada en sus redes maléficas
la voluntad de Aura, y volverla a su ser propio. No pude sustraerme
al efecto que hicieron en mi espíritu las ideas con rudeza y profunda
convicción expresadas por el maldito sordo, y como yo, mostrándome
conforme y dispuesto a todo, preguntara qué medios emplear debíamos
para quebrantar el encanto, díjome que empezáramos escribiendo yo a
la Negretti una carta, que él se encargaría de poner en sus manos
sin que Zoilo ni la tía Prudencia se enteraran de ello. ¡Tentación
irresistible! Díjele que lo pensaría, y que volviese. No te pido tu
parecer, porque desde luego lo tengo por contrario a la reincidencia
que me propone este endiablado sátiro, que tal me parece, o geniecillo
maléfico de los bosques. Déjame a mí que lo resuelva. Estoy loco. Las
brasas que quedaban entre las cenizas se han avivado, y ya son llamas
otra vez. Quiero apagar y no puedo...
_Martes._ — He dicho a _Churi_ que no vuelva. Es posible que no quiera
obedecerme...
Apenas me puse a escribir esta, sentí gran ruido y movimiento en toda
la casa, voces de alegría. «Fernando, Fernando —gritaba Valvanera—,
hijo mío, ven, ven...». ¿Qué había de ser, mi querido Hillo, sino la
estupenda, felicísima nueva de que don Beltrán de Urdaneta, el gran
aragonés, ha resucitado? Falsa era la noticia de su muerte, llorada
por toda esta familia; inútiles los funerales y misas que se aplicaron
por su alma. Ya lo decía yo. ¡Si a ese no le parte un rayo! ¡Si es
el siglo, si es la época, si es un periodo histórico que no puede
terminar hasta que la propia ley histórica lo dé por fenecido! Figúrate
el júbilo de estos señores, y el mío también, pues a ese buen viejo
le quiero, como le querrías tú si le trataras. ¡Con cuánto gusto
iría yo a su encuentro si, como dicen, viene hacia acá triunfante y
vendiendo vidas! Pero estoy preso y no puedo salir de mi dulce cárcel;
en cuanto se lo indiqué a Valvanera, arrugó el divino entrecejo, al
de Juno semejante, y me notificó que no piense en obtener la libertad
mientras ella, mi tirana por delegación, no rompa los hierros que me
oprimen. Su grave sonrisa, su maternal dulzura, convierten en rosas los
eslabones de mi cadena. No me muevo por no ajarlas. Mi carcelera varía
de conversación con gracia, incitándome a continuar las interrumpidas
obras del teatro; aplauden las niñas; corro en busca de mis papeles del
_El sí_; quiero atender a todo: al ensayo de obra y a la preparación
de los trebejos teatrales. Paso toda la tarde ocupadísimo. _Churi_ no
parece, y como el tal es entrometido y pegajoso, y se cuela burlando la
vigilancia de la servidumbre, doy órdenes terminantes para que no le
dejen llegarse a mí.
Se me ocurre cambiar de obra, sustituyendo la magistral comedia de
Moratín por _Bertrand et Raton_, que aquí llamamos _Arte de conspirar_.
Tradujo esta obra el pobre Larra, y es de vivísimo interés. Recuerdo
bien a Luna en el papel de Rantzau, y me parece que yo le imitaría muy
bien. Pero no, no quiero lucirme: que se luzcan ellas, las simpáticas
y enfermizas niñas de esta casa. También he pensado en _Marcela_,
que desecho porque solo hay en ella un papel importante de mujer...
Nada, nada: a Moratín me atengo y a mi don Diego... Perdóname; viene
el pintor a enseñarme un boceto de telón de boca, el cual se compone
de un pórtico griego albergando la estatua de la Libertad en paños
menores; un pavo real con la cola abierta se posa en el frontón, y
en el pico sostiene un letrero que dice: _Coliseo doméstico de los
excelentísimos señores de Maltrana_. Enmiendo el pórtico, cuyos pilares
me sabían a gótico; convierto el pavo en águila; borro el letrero,
sustituyéndolo por el _castigat ridendo mores_; le quito al cielo unas
nubes que parecían morcillas; indico una bandada de pajarillos que van
volando para romper la monotonía del azul sin nubes; propongo algunas
modificaciones en la estatua para que se parezca más a la Comedia
que a la Libertad, la proveo de ropa, le quito las Tablas de la Ley
que lleva en la mano izquierda, poniéndole un libro que diga _Plauto,
Calderón, Moratín_..., y doy instrucciones para la decoración de posada
que necesitamos. Con tantos quehaceres, no serán largas las epístolas
que ahora te mande. Dícenme que ni hoy ni mañana sale correo por causa
del temporal de agua. Detengo esta, y si mi esclavitud me ofrece
alguna peripecia, lo que no es creíble, tendrás el honor de que te la
comunique tu príncipe y señor. — _Fernando._
_Jueves._ — Estoy contento; reboso de satisfacción y orgullo; me
siento Mecenas; quiero proteger a todo el mundo. Como el primero
de los humildes que miro debajo de mí, y el más atrasadito en su
carrera eres tú, por ti empiezo el derroche de mercedes con que quiero
manifestar mi alegría. No me satisfago con hacerte canónigo. Hágote
cardenal, que eso y mucho más te mereces tú. Eres desde hoy príncipe
de la Iglesia romana, y te firmarás _Pedro, cardenal de Hillo_. Te
vestirás como los cangrejos, de colorado. Allá te mandaré la birreta
con el ordinario, y la estrenas en la primera corrida de toros a que
asistas. Ahora proponme las demás mercedes que repartir quiero entre
mis fieles súbditos. A propósito: ¿anda por ahí el bonísimo don José
del Milagro? Me le figuro pereciendo de necesidad, en los horrores de
su cesantía famélica, y recurriendo al caso extremo de comerse a sus
hijos, como Ugolino. Lo sentiré por toda la familia, y mayormente por
la niña mayor, o la segunda, no recuerdo bien, que tocaba el arpa con
tanta maestría y gusto. Pues le dirás, no a la niña, sino al infeliz
padre, que de golpe y porrazo le nombro ministro de Hacienda, previa
decapitación del señor don Pío Pita Pizarro, que por la cacofonía de
su nombre, amén de otros delitos, merece la última pena. A Nicomedes
Iglesias, si le ves, puedes anunciarle que se le expedirá dentro de
pocos días su nombramiento de Comisario General de Cruzada, para que se
redondee y no conspire más...
Bromas aparte, te diré que la causa de mi contento es para mí
desconocida. Heme levantado con el propósito de reintegrarme en la
dignidad de mi persona, para lo cual es indispensable que no queden
impunes los que me han burlado inicuamente. Pensando esto, se apodera
de mí la convicción de que debo escribir la carta propuesta por
_Churi_, trámite inicial de esta obra de justicia... Entro, pues, en
lo que los retóricos llamáis _catástasis_, la complicación del asunto,
precursora de la _catástrofe_, que es a mi espíritu necesaria, pues
no me conformo, no, no, con el desabrido desenlace que conoces, el
cual cada día pesa más sobre mi alma y la enturbia y ennegrece. Yo
era un hombre honrado y bueno; dejaré de serlo si no consigo dar un
fin decoroso a mi sin igual aventura. Tú, clérigo, ¿qué entiendes por
amor propio, dignidad social? La resignación que me recomiendas no
es virtud caballeresca. Suprime la ley de honor en estas sociedades
complejas, ¿y qué queda? Nada... Te digo que no puede ser. Hace poco
creía yo que estaba de más en el mundo. Hoy pienso que el que está de
más es otro. Si uno de los dos sobra, urge que se vaya, que despeje.
Próximo está el abismo, y uno de los dos forzosamente caerá en él.
¡Ay, mi querido Hillo, no estoy contento! Interpreta al revés todo
lo que te digo, y lee: «Estoy rabiando, estoy dado a los demonios».
Quiero engañarme con las bromas o con las pedanterías que escribo.
Pero mi risa, volviéndose uñas, se clava en lo más sensible de mi
alma... En verdad, de ayer a hoy soy digno de compasión. Tal es el
estado nervioso en que me encuentro, que vivo en perpetuo sobresalto,
presagiando mayores desdichas, recelando de todo el mundo, temiendo las
horas que vienen tanto como abomino de las que han pasado. Esta mañana
me entregaron una carta que ha traído el correo para mí, y aún no he
querido abrirla: veo, presiento en ella una nueva desdicha. Por más que
examino la letra del sobrescrito, no puedo adivinar a quien pertenece.
No es la primera vez que veo esa escritura; pero todas mis cavilaciones
no bastan a descifrar la enigmática persona que se esconde detrás de
aquellos rasgos. Y que se esconde, divirtiéndose con mi curiosidad y
mi turbación, no tiene duda. Es un espíritu burlón, que traza sus
pensamientos con letra firme y correctísima. Pero adivíname quién es...
Ya te veo reír, diciéndome que fácilmente saldré de esta horrible duda
abriendo la carta. Te contesto: «Gran señor, no quiero».
Entran iracundos y dando voces doña Irene y Calamocha... Hace media
hora que les tengo a todos de plantón aguardándome para el ensayo. La
verdad, no me acordaba. Tiene la culpa este maldito clérigo, que me
entretiene preguntándome cosas. ¡Allá voy!... Ya ves, me riñen por
causa tuya... Algo me queda por decir... Aquí, en la negra cavidad del
tintero, lo dejo bien guardadito para otro día. Duerme, come y vive
mejor que tu amicísimo — _Fernando._
VIII
De don José M. de Navarridas a Fernando Calpena.
_Laguardia y marzo._
Ilustre señor y dueño: Si no me prohibiera mi religión los juramentos,
juraría, para que usted a pie juntillas me creyese, que hilvano esta
carta a escondidas de toda la familia, pues ni mi señora hermana ni mis
sobrinas aprobaron la idea que días ha, de sobremesa, les propuse de
escribir a usted. Pero como a terco y voluntarioso no me gana nadie, he
aquí que burlando el severo dictamen de la señora y señoritas, tomo
la pluma, como el escolar que, amenazado de castigos por escribir a la
novia, más se enciende en su vicio de emborronar papeles de amor. Allá
va esta, y perdónenme las tiranas de acá mi desobediencia, motivada del
gran afecto que usted me inspira; y lo primero que tengo que decirle,
para evitar interpretaciones erradas, es que la antedicha oposición
de las damas no es ocasionada por el desvío, sino por sentimientos de
contraria índole. Fue que se enojaron porque usted no nos dio noticias
de su persona, viaje y accidentes más que con un recado verbal, por
Sabas, desconociendo u olvidando lo mucho que le apreciamos todos.
Creen ellas, sobrinas y tía, que bien merecíamos enterarnos de las
felicidades o desdichas del señor don Fernando, por una carta de su
puño y letra. Para su tranquilidad, le diré que el enojo de esta
familia mujeril ha sido y es muy leve: Gracia lo expresó con su
natural vehemencia; Demetria, más comedida, y poniéndose siempre en lo
razonable, alegó, en disculpa del caballero libertador, la magnitud
de las ocupaciones de este y la necesidad en que se veía de consagrar
toda su atención a personajes y asuntos de Madrid. Del mismo parecer
fue mi señora hermana, agregando a las razones de _la perla_ otras
de gran peso; y dividida la familia en dos bandos, la pequeñuela y
yo, mantenedores inflexibles de la acusación, gastamos no poca saliva
en acumular sobre la pobrecita cabeza del señor don Fernando los
terribles cargos de ingrato y olvidadizo. No se pudo obtener definitiva
sentencia por totalidad de votos, ni hubimos de concertar nuestros
pareceres más que en el dictamen de que ninguno de la familia debía
escribir a usted. Así lo acordamos, y ya ve usted con qué fidelidad lo
cumplo.
Gracia entró ayer en mi cuarto un poquito llorona, y de buenas a
primeras salió con esta: «Querido tío, digan lo que quieran mi hermana
y mi tía, debemos perdonarle a don Fernando su olvido. Con el gran
disgusto que sufre el pobrecito, y las angustias y desconsuelos que
estará pasando, buenas ganas tendrá de ponerse a escribir a nadie.
Sin que mi hermana lo sepa, porque se enfadaría, voy a enjaretar una
esquelita diciéndole que sentimos sus aflicciones, y que deseamos
que se le conviertan en alegrías». Esto, palabra más, palabra menos,
me dijo la chiquilla, y el disuadirla de escribir tal carta y el
resolverme a endilgarla yo, fue todo una misma idea. He aquí, mi señor
ilustre, el por qué de estos desaliñados renglones.
Y si no me tachara usted de entrometido, me permitiría decirle que esas
penas o accidentes de la vida no son de los irremediables, pues tales
muertes traen aparejada su resurrección, o lo que es lo mismo, que
si un afecto perdió, otros que más valgan hallará en la corte, donde
pienso yo que habrá pocos que le igualen en el lucimiento y partes de
la persona, así por lo tocante a prendas del corazón, como por lo que
atañe a los adornos de la inteligencia, saber, memoria, conversación
amena y sustanciosa. Anímese, pues, el señor don Fernando, y no se
deje vencer de tristezas impropias de un varón fuerte, de quien las
pasiones, creo yo, no deben ser amos, sino esclavos..., y no sigo
tratando de este delicado punto, no sea que la pluma se me corra de la
sinceridad afectuosa, a la oficiosidad impertinente... Cepos quedos:
José María, no te metas... Déjalo, déjalo, y pasa a informar al señor
don Fernando de las novedades de esta casa. Ya sabrá usted que aquel
magnífico plan mío, que tuve el honor de comunicarle en la sacristía
de mi iglesia, ha quedado en _veremos_; mejor será decir que tanto
mi hermana como yo nos llevamos un solemne chasco, al ver que lo que
creíamos tan lógico, natural y sencillo, no le pareció del mismo modo a
la persona cuyo albedrío había de resolverlo. De todo ello se deduce,
señor mío, que en achaque de proyectos matrimoniales, el que más cree
saber sabe menos. No es esto decir que nos demos por vencidos. Con más
fe mi hermana que yo en la compostura de este negocio, perseveramos en
llevar a buen término la unión de las dos familias. Pero la voluntad
de Dios sobre todo, digo yo, y esta no la veo, no puedo verla nunca
contraria a la voluntad de los que han de casarse.
Deseando, además, que no ignore usted un rasgo sublime de la sin par
Demetria, hago traición a su modestia poniendo en conocimiento de
usted, y de todo el mundo si pudiera, que al tratar de la repartición
de los bienes de Castro-Amézaga entre las dos únicas herederas del
difunto Alonso, Demetria ha hecho renuncia formal de su derecho
a la mitad de los bienes amayorazgados; de modo que según esta
declaración, que ratificará al llegar a la mayor edad, el cuantioso
patrimonio se repartirá por igual entre las dos hermanas. ¿Verdad
que es hermoso rasgo? Lo que ella dice: «¿No hemos nacido las dos de
los mismos padres? ¿Qué razón hay para desigualdad tan contraria a
la ley de naturaleza? Ya puede usted decir a su amigo Mendizábal que
hay mayorazgos que van más allá que el legislador, distribuyendo las
riquezas con espíritu cristiano y amor de familia».
De Gracia diré a usted que va ganando día en día en gravedad y
perdiendo en travesura perezosa. Ayuda a su hermana en cuanto se lo
permite su endeble complexión; es ya menos inclinada a las melancolías,
y se fortifica de cuerpo y espíritu que es un primor. Ambas se arreglan
de modo que les sobren ratitos que consagrarán a la lectura de libros
de entretenimiento. En esto tengo que andar con cien ojos, pues como
en la biblioteca del pobre Alonso no escasean obras prohibidas, me
constituyo en censor, viéndome obligado a darme atracones de novelas
y poesías, cosa en mí desusada y fatigosa. Con Demetria, teniendo
en cuenta su elevada inteligencia y criterio superior, uso de gran
tolerancia; le permito que apechugue con las _Cuitas del joven
Werther_, y hasta con _La nueva Eloísa_; pero a la pequeña he de
medirla con más corta vara. Aduanero soy implacable, y le quito de las
manos lo que estimo nocivo para su juvenil corazón y avispada fantasía,
dejándola en el pleno goce del _Bertoldo_, del _Robinsón_ y del _Viaje
al país de las monas_. Y nada más tengo que contarle referente a las
adorables niñas, sino que no pasa día sin que Gracia le nombre a usted,
recordando algún caso de su residencia en esta villa, o dichos y actos
suyos, grabados profundamente en su memoria.
Y antes de terminar, debo manifestarle que hace dos días recibí carta
de un carísimo amigo de Madrid, frey don Higinio de Socobio y Zuazo,
de la Orden de Calatrava, del Consejo de S. M., auditor decano de la
Rota y capellán mayor del Real Convento de la Madre de Dios de la
Consolación, _vulgo_ Descalzas Reales, el cual es hermano del don Félix
de Socobio, vicario foráneo de este pueblo, y del doctor don Vicente
de Socobio, canónigo patrimonial de media ración en la Insigne Iglesia
Colegial de Vitoria... déjeme tomar resuello para decirle que Higinio
me escribe recomendándome a un amigo suyo a quien profesa particular
estimación, el doctor don Pedro Hillo, ejemplarísimo sacerdote y gran
humanista, secretario de la Vicaría General de los Ejércitos, el
cual viene a este país por asuntos del servicio vicarial castrense y
expresamente a esta villa de Laguardia para particulares negocios.
Los encomios que del señor Hillo leo en la carta, y el encarecimiento
de que le trate y obsequie como lo haría con la propia persona del
recomendante, han movido mi curiosidad, despertando en mí recuerdos
de ese nombre, que más de una vez oí en boca del señor don Fernando.
Este señor Hillo, a quien diputo por eminencia en las letras divinas
y profanas, ¿es el mismo que a usted escribía en agosto último,
refiriéndole las trapisondas de La Granja y Madrid? No olvidará usted
que me leyó párrafos de aquella docta, amenísima correspondencia, y
si no estoy equivocado, díjome además que el tal era su capellán y
había sido su preceptor en humanas letras. Porque si resultara que
el recomendado de Socobio es al propio tiempo el grande amigo de don
Fernando, ya me parecerían pocos todos los agasajos de que yo pudiera
disponer. Le aposentaré en mi propia casa, y mi hermana y yo nos
multiplicaremos para servirle y hacerle grata la vida en este lugarón.
Espero que satisfará usted mi justa curiosidad, y ahora sí que no tiene
más remedio que coger la pluma y echar para acá una buena parrafada.
¿Ve usted cómo le he cogido? ¡Si conmigo no vale huir el bulto y
hacerse el mortecino, no señor! Soy un posma terrible. Ya le cayó que
hacer al señor don Fernando. Y por de pronto, aguante el apretado
abrazo que en estas letras le envío. El Espíritu Santo nos conceda sus
dones, y a usted larga vida y salud robusta. Su afectuoso capellán. —
_J. M. de Navarridas._
IX
De Valvanera a su fraternal amiga Pilar.
_Villarcayo, marzo._
Amiga del alma: La carta de Juan Antonio a Felipe te habrá informado
de la horrible desazón que por acá hemos tenido con la falsa noticia
de la muerte de papá. El contento de verla desmentida no ha borrado
los efectos de la consternación y amargura de aquel trance, y aquí
me tienes sin levantar cabeza desde que nos fue comunicada la falsa
tragedia. Espero que disculpes, por este motivo, mi tardanza en
contestarte, y confío en que ahora y siempre la falta de carta mía no
te inducirá a creer que descuido tus encargos, ni que dejo de cumplir
la santa misión que en mis manos has puesto. Practico al pie de la
letra tus teorías acerca de la sustitución del cariño legítimo por el
prestado. ¿No puedes manifestarle tu amor públicamente? Pues yo le
quiero como a mis hijos y se lo manifiesto a todas horas del día. ¿No
puedes verle? Pues yo hago por traer a mis ojos los tuyos, a fin de que
con los míos le veas. Si esto en la realidad no pasa de un vano deseo,
entiende, amiga querida, que te sustituyo en la vigilancia amorosa, y
que no haría más por Fernando si fuese su madre.
No creas: algún trabajillo me ha costado convencer a Juan Antonio de
que ningún daño puede ocasionarnos esta buena obra, y sí el beneficio
de salvar una vida preciosa. He logrado catequizar a mi marido, y ya
conviene conmigo en que Fernando se lo merece todo. ¡Excelente corazón
el de este chico, y qué hermosura de inteligencia! Se resiente de
haberse criado solo, consumiendo su propia sustancia, sin un cariño
verdaderamente tutelar que le dirija. El brutal desengaño que acaba
de sufrir le ha herido en la cabeza y en el corazón. No creas que las
huellas de tal golpe se borrarán pronto. Tú cuentas poco con el tiempo,
querida Pilar; es tu flaco. En el colegio eras lo mismo: te ponías
furiosa, te golpeabas la cabeza cuando no dominabas en un día lecciones
en que las demás empleábamos semanas enteras; entre el pensamiento y
su realización pones siempre menos espacio del que pide la realidad.
Tu inquietud loca es espuela de tu existencia, haciéndote vivir con
demasiada prisa, ávida del mañana. Yo te llevo dos años, y según me ha
dicho Carlota Cisneros, representas diez más que yo.
Pues sí: no esperes que a Fernando se le pase pronto el malestar
causado por la conmoción reciente. A cualquiera le doy yo un trance
de esta naturaleza. El pobrecito ha soportado su desairada situación
con verdadero heroísmo; pero aún no le tenemos en los días de
convalecencia, como tú crees..., ¡tú siempre viviendo y sintiendo a
escape!... Aún se ve atormentado por renovaciones de la ira, de la
amargura y despecho que esas caídas suelen producir. Pero no temas
nada; yo velo, yo no me descuido un instante; soy como el médico que
consagra toda su ciencia a un solo enfermo y no le quita los ojos de
encima a ninguna hora. Tu temor de que la desesperación le venza, de
que imite al joven Werther en la manera de dar solución a sus penas, no
tiene fundamento. Desecha esa idea; duerme tranquila. Él mismo me ha
dicho que jamás atentará contra su vida, que ama su sufrimiento y no
quiere desprenderse de él..., ya ves... Por las noches, después que las
niñas y los pequeños se acuestan, se queda un ratito con nosotros en
el comedor: nos acompañan dos venerables amigos del pueblo, furibundos
tresillistas y lectores de papeles públicos. A ratos se aparta Fernando
conmigo y me cuenta su triste historia: el conocimiento de esa buena
pieza en la casa de una diamantista; Los amores, como incendio
repentino o estallido de un volcán; las mil peripecias y contrariedades
que sobrevinieron; sus estudios de raptos y lances amatorios, que no
sirvieron para nada; la poesía de sus entrevistas secretas con la niña,
y la prosa de su encierro en la cárcel por intriga tuya. En todo lo que
me refiere se revela el mal gravísimo que tiempo ha viene padeciendo, y
no es otro que la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente
o sueña, y lo que le sucede. ¡Tanta poesía en su espíritu, y prosa tan
baja en la realidad! La última expresión de este desequilibrio ha sido
la catástrofe de Bilbao; ya puedes figurarte: caer desde la poesía
más alta a una prosa rastrera y tristísima. Tienes razón, hay que
equilibrarle, querida Pilar; pero persuádete de que esto no se consigue
en dos días ni en cuatro. Déjanos a mí y al tiempo. No te metas a
empujar y a dar prisa. Tus arranques comprometen el éxito de tus ideas,
las cuales son siempre más felices que oportunas tus acciones. ¿Me
explico?
Convencida de que al anhelado equilibrio no podemos llegar sino pasito
a paso, te digo formalmente que me parece un desatino abordar tan
pronto el asunto de Laguardia. Créelo: no está el horno todavía para
esos pasteles. Mis informes acerca de las niñas de Castro concuerdan
con los tuyos: papá, la última vez que estuvo aquí, se hacía lenguas de
la mayor de ellas y hablaba con donaire de la adoración y entusiasmo
que ambas sienten por nuestro enfermito. Pero no nos precipitemos,
amiga de mi alma; la idea es admirable, como tuya; déjame a mí la
ejecución lenta, gradual, que no es la cosa tan fácil como tu viva
imaginación te la representa, pues las pretensiones de mi sobrino
complican terriblemente el asunto. ¡Buena se va a poner tu hermana
si descubre que ando yo en estos tratos! Y no quiero, no, no quiero
cuestiones con Juana Teresa; ya sabes quién es y el genio que gasta.
Lastimado su amor propio por la esquivez de la niña de Castro, que no
quiso ver en Rodriguito el mejor de los esposos, no ha renunciado a
convencer a la que tuvo por la mejor de las nueras. Me consta que tanto
ella como los Navarridas trabajan a la desesperada por enderezar este
negocio, llevándolo a la solución que desean. Si de acá echamos nuestro
memorial y ellos fracasan nuevamente, verán en nosotros la causa del
desastre, y no quiero decirte los disgustos que a Juan Antonio y a
mí nos traerían las iras de Juana Teresa. ¡Pues si ellos ganan la
partida y nosotros nos llevamos el sofión, figúrate...! Un segundo
desengaño de esta naturaleza, tan reciente y doloroso aún el primero,
no lo soportaría tu Fernando. Además, la situación moral en que ahora
se halla no es la más propia, no, para a improvisar matrimonios, ni
siquiera noviazgos formales. Pues qué, ¿tienes a Fernando por un
cazador de dotes? ¿Es airoso para tal caballero el quitar tan pronto la
mancha de la mora madura con la verde? Ni él está en tal disposición,
ni yo, que tanto le quiero, le aconsejaré nunca esas prisas para mudar
de amor como se cambia de ropa. Calma, y que los sucesos lleven su
marcha natural y lógica. Déjalo de mi cuenta, que estoy con un ojo en
Cintruénigo y otro en Laguardia.
Ya que tanto interés manifiestas en este asunto, infórmame lo más
pronto que puedas del estado presente de tus relaciones con Juana
Teresa. ¿Son estas cordiales; son frías y de pura etiqueta como las
mías? No desconocerás la importancia de esto, Pilar de mi corazón. Sé
que después de algunos años de completo desvío y quejas por una parte
y otra, os reconciliasteis, cruzando correspondencia fraternal, en
la que hacíais gala una y otra de haber arrojado al viento antiguas
querellas, y concertadas las paces prometíais amaros, como hijas que
sois de un mismo padre. Pero me ha dicho Carlota Cisneros que hará dos
años volvisteis a torceros por no sé qué groserías de Juana Teresa, y
lo creí, porque esta no puede desmentir la sangre de los Almontes de
Tarazona. Es envidiosa, egoísta, y cuando le tocan a su amor propio o a
sus intereses, salta la fierecilla, y no hay medio de que con ella nos
entendamos. No me maravillará saber que habéis vuelto a los antiguos
antagonismos. De vuestro común padre tenéis poco; cada cual es trasunto
de su madre; la tuya, mi benditísima madrina, la mayorazga de Loaysa,
era una gran señora, mientras que la de Juana Teresa... En fin, no
sigo. Sois el día y la noche. Esto lo repite Carlota Cisneros siempre
que habla de vosotras, y la última vez que hizo mención de tu media
hermana la calificó de _noche de truenos_, según está de atrabiliaria,
mandona y desapacible. ¡Ay!, si oyeses a papá referir dichos y hechos
de su nuera, te morirías de risa.
Bueno, querida mía: quedamos en que yo estoy a la mira de lo de
Laguardia, y por ahora no hace falta más. Tu confianza en mí es
absoluta, ¿verdad? En nuestra infancia, en los primeros años de nuestra
juventud, éramos como dos cuerpos con una sola alma. Pues ahora
también. Te sustituyo en el cuidado de esta querida criatura, soy
tú misma. Convengamos, Pilarica de mi corazón, en que tú discurres,
pero no ejecutas; juntémonos para ser la idea y la acción combinadas.
Prométeme decirme todo lo que pienses y hacer todo lo que yo te mande.
Lo primero, que no te olvides del estado de tus relaciones con Juana
Teresa: si hay discordia y mutuo desvío, quiero saber las causas. Lo
segundo, que utilices tus conocimientos para lograr que los amigos
que tiene Fernando en Madrid le escriban de cosas literarias, y que
le manden versos, o prosas el que las haga, y libros, y referencia
de teatros o de autores noveles. Me hacen suma falta elementos de
distracción, recreos del espíritu, que son gran medicina, por desgracia
escasísima en las farmacias de acá. No sabiendo qué inventar para
distraerle, pues las cacerías le aburren y los paseos por el campo y el
monte le entristecen más, hemos consentido que las niñas organicen una
representación dramática, con otras señoritas y muchachos del pueblo.
La obra elegida es _El sí de las niñas_. ¿Te acuerdas de cuando la
vimos juntas en Zaragoza veinte años ha? ¡Tristes memorias! Aquella
noche, de vuelta del teatro, encerraditas las dos en el gabinete de
las estampas y cornucopias, en casa tu tía Leonor, me confiaste tu
secreto...
Pues se me olvidaba lo principal: al decirme cómo estás de relaciones
con Juana Teresa, añadirás si sabe lo que yo sé. ¡Pues apenas tiene
importancia!... No más por hoy. Juan Antonio te besa las manos;
Fernando y mis hijos el rostro, y te lo llenan de babas. No te olvida
tu amante amiga, — _Valvanera._
X
De don Fernando a doña Aura.
Ni sé dónde estás, ni si conservas memoria de mí. Avivando tus
recuerdos; volviendo con insistencia y fe tus miradas a lo pasado,
quizás logres, hermosa Aura, reconocer al que esta te escribe. No te
asustes creyendo que recibes carta de un muerto. Vivo estoy, aunque
no tanto como parece. Vivo estaba cuando llegué a Bilbao y llamé a la
puerta de tu casa, y una mujer de aspecto desapacible me dijo que tú no
vivías ya para mí.
Menos tiempo del que suele durar la memoria de un muerto, duró en ti la
memoria de un vivo que te amaba, y a quien juraste fidelidad eterna,
entendiendo por eternidad el espacio de un sueño, o la duración de
nuestras alegrías más fugaces.
Dime que estamos soñando, que dormimos lejos el uno del otro, y ello
me parecerá menos increíble que la noticia de tu casamiento: ¿Tan
persuadida estabas de mi muerte que ni siquiera la pusiste en duda,
esperando la certificación y seguridades de que yo no existía? Las
personas que verdaderamente aman, suelen resistirse a creer que han
perdido su bien. Aun ante la evidencia dudan. Fáciles en dar crédito
a los anuncios de muerte son los que la desean o no la temen. Y si
engañada la creíste, ¿no merecía yo que pusieses entre el muerto
y el vivo mayor espacio, para que uno y otro no se junten en tus
sentimientos? No es bien que anden mezclados en tu corazón la lástima
del que se va con el respeto del que llega. ¿No te confunde, no te
entristece que no sepas distinguir las pisadas del que sale de las
pisadas del que entra?
Pero al acusarte sin conocimiento de los hechos, me expongo a ser
injusto. Perdóname; que tiempo tengo de acusarte cuando sepa qué
móviles han determinado este caso inaudito. ¿Eres más débil que
culpable? ¿Has cedido a sugestiones cuya gravedad y fuerza no puedo
yo apreciar desconociendo los caracteres que te rodean y el ambiente
que respiras? ¿Te convencieron de mi muerte, con lo cual, adormecida
tu voluntad, fácilmente la hicieron esclava? ¿A qué artificios del
infierno debo esta sustracción infame de lo que me pertenecía? Porque
aún están deslumbrados mis ojos con los destellos vivísimos de tu
entendimiento; aún veo los hermosos arranques de tu corazón, el poder
afectivo que parecía desafiar cielo y tierra, y no se me alcanza
cómo tales fenómenos, que yo juzgué energías indomables, han podido
trocarse en el fenómeno contrario: la endeblez, la impotencia y la
pasividad. Sospecho que eres, más que criminal, víctima, no menos digna
de lástima que yo. Presumo que no me burlaste, sino que los dos hemos
sido burlados. Dímelo así, si es verdad; y si mi desgracia es obra
tuya, dímelo también sin rebozo, que no he de volver contra ti el daño
que me has hecho. Creeré que te has muerto, y conservaré el recuerdo
de la pasada Aura, pensando que la existente es otra, una mujer
insignificante, disfrazada con el nombre y las facciones de aquella.
Pero si confirmas mi sospecha; si por declaración tuya me convenzo
de que me han robado a mi Aura, aunque hayan sabido cohonestar el
secuestro con la formalidad sacramental consumada por sorpresa, y con
perfidia y traición, engañando a Dios, o queriendo engañarle, aquí
estoy dispuesto a dar a los impostores su merecido. Contéstame pronto:
te lo suplico, apelando a tu compasión, ya que no puedo invocar otro
sentimiento. Más quiero la desesperación que la duda; más quiero un
golpe mortífero de la verdad que el consuelo de esperanzas mentirosas.
Pido a Dios que si no me respondes claramente, nunca tengas paz. —
_Fernando Calpena._
XI
De don Pedro Hillo a Telémaco.
_Madrid, abril._
Mira, niño maleante y ocioso, hazme el favor de no gastar esas bromas
públicas de ponerme en el sobrescrito de tu carta los títulos y
remoquetes de _Cardenal_. La que recibí ayer movió gran escándalo en
la casa. Asustado venía el cartero, y la criada se asustó más cuando
se enteró de que moraba en la casa un príncipe de la Iglesia sin que
ella lo supiese. Debía de ser un _Monseñor_ disfrazado. Méndez creyó
al pronto que en Correos confundían su casa con la Nunciatura. Huésped
hubo que se tragó la bola, creyendo que en el próximo consistorio me
concedería el capelo la Santidad de Gregorio XVI; y algunos, no sé si
por chunga o por inocencia, me daban la enhorabuena. Luego empezaron
las bromitas, algunas muy enfadosas...
Antes que se me olvide: Milagro está colocado en Gobernación, él dice
que _por intrigas_, y lo creo. Vive temblando, porque Joaquín María
López no cesa de hacer cesantías para colocar gente de las logias.
Iglesias va a la Habana con un buen destino, creo que en Aduanas o
en Rentas, de lo que me alegro infinito, a ver si levanta cabeza y
puede socorrer a sus padres, que están en la miseria por sostenerle
aquí. Debe la plaza, según me han dicho, a influencias moderadas.
¡Qué vueltas das, oh mundo! El pobrecito, no sabiendo ya a qué santo
encomendarse, se dedicó a besar peanas que antes había escupido. Ya
está haciendo las visitas de despedida, con sombrero nuevo y la ropa
flamante que pregona su nuevo estado.
De Serrano no sé más sino que estaba en las últimas; mas no por eso
menos desollador del prójimo. Desde el día del entierro de Larra,
en que cogió un enfriamiento, no ha vuelto a salir a la calle. De
tus amigos, el que más veo por ahí es Miguel de los Santos, a quien
prometí una docena de botellas de Jerez, un jamón de Trevélez y una
caja de mantequillas de Soria si te escribía una carta contándote los
sucesos literarios. Me prometió mandármela hoy para incluirla en esta;
pero dudo que cumpla su compromiso aquel ingenioso y sutil holgazán.
A Ventura le he prometido nada menos que una capa nueva, con embozos
de terciopelo, si te escribía. ¡Peste de literatos! No hay quien haga
carrera de ellos. Quéjanse de que las letras no dan para vivir, y se
pasan la vida limpiando con los codos las mesas del Parnasillo, y
ensuciando con sus lenguas las reputaciones... clásicas. Pero dejemos a
los poetas que vivan y rabien, y vamos a nuestro asunto.
La carta que acabo de recibir te me presenta volviendo tus ojos a lo
pasado, y yo que tal veo échome a temblar. Mientras no consideres ese
pasado triste como cosa muerta y sepultada, tu vida no tendrá sosiego.
¿Qué hablas ahí de venganzas? Tu desaire y el mal comportamiento
de otras personas, ¿qué tienen que ver con tu dignidad? Esta nace
de nuestra buena conducta, no de los villanos hechos de los demás.
¿Entiendes por dignidad la del señor Hernani, que, sin más razón que
un puntillo de honra, se mata cuando don Ruy Gómez le toca el cuerno?
¿Es dignidad la obcecación del bruto de Otelo (¡negro había de ser!),
que por los falsos indicios de un pañuelo y carta, y por el soplo
del indecente de Yago, mata a su mujer, sin averiguar si es culpable
o no? Y buscando mejores ejemplos en el clasicismo, ¿crees que es
digno Orestes matando a Clitemnestra, su mamá, por culpas que solo
debía castigar Júpiter? ¿Estimas que Medea obró con dignidad vengando
en sus hijitos las ofensas del sinvergüenza de Jasón? Y a Edipo, a
Menelao, a Eneas y a todos esos mal llamados héroes, ensalzados por los
poetas, ¿les tienes también por hombres dignos? Será tu perdición el
querer proyectar en la vida real una sombra de las figuras poéticas,
reduciendo a hechos los sentimientos hinchados y artificiosos que son
la armadura de tragedias y dramas. Esas cosas se leen, se admiran,
pero no se imitan, porque acabaríamos por volvernos locos. Es como si
ahora salieras tú en la vida real con la tecla de hablar en verso.
Desde la gran señora a la cocinera, todos y todas se reirían de ti.
Una cosa es declamar, querido Fernando, y otra es vivir. Examinemos
tu asunto: quisiste a una mujer; se ausentó de ti; por circunstancias
independientes de tu voluntad, por entorpecimientos de fuerza mayor,
obra de la guerra y de contratiempos naturales, no pudiste llegar
al lado de la que amabas. Pasó tiempo..., que ese es su oficio,
pasar, pasar siempre, trastornando los planes mejor combinados de
las criaturas. La niña, que por las trazas no es de esas que están
constituidas para largas esperas, se cansó, cosa muy natural, pues cada
uno se cansa cuando su temperamento lo dispone. Entre paréntesis, desde
que yo la vi en casa de aquella condenada Zahón, que Dios confunda, la
tuve por demasiado viva de genio, carácter impaciente, voluntarioso,
atropellado. Bueno: pues se cansó de esperar: eso de tener paciencia o
no tenerla, lo da Dios, hijo. Y como tú no llegabas ni de ti se tenían
noticias, otro sujeto, que no debía de ser rana, siguió la doctrina de
uno de los de siete sabios de Grecia, a quien debemos el gran aforismo:
_aprovecha la ocasión_. Y aprovechando, aprovechando, ya con ardientes
galanteos, ya por otros medios que le suministró la fatalidad, tal vez
por sugestiones de una familia egoísta, y resortes de embaucación y
engaño, o sin engaño, no lo sabemos, triunfó, y suyo fue lo que por
tuyo tenías. Bueno, ¿y qué? Esto lo vemos un día y otro. Por tonto y
vulgar, el caso ni aun merece que se le ponga en verso y en escenas
parladas para salir al teatro.
Llegaste al fin, pero llegaste tarde, cosa también vulgarísima y de
clavo pasado, pues desde que el mundo es mundo, la humanidad incurre en
esa fatalidad vulgarísima de llegar tarde... Pues, amigo, aprende para
otra vez, y da el negocio por concluido. ¿No es ridículo que quieras
salir ahora haciendo la fantasma que se presenta entre las alegrías
del festín de boda, y ahoga con lúgubres apóstrofes los cantos del
epitalamio? ¡Niño, por Dios! Quítate el caperuzo de espectro, y vete a
tu casa. ¿O es que representas el galán desesperado, melenudo y ojeroso
que, cuando las cosas ya no tienen remedio, pues están echadas las
bendiciones, se aparece espada en mano, queriendo atravesar a la dama
infiel, al segundo galán solapado, al primer barba, que es el padre,
al segundo, que hace de sacerdote, y a la característica, zurcidora
de aquel enredo? ¡Niño, por Dios! Hasta en el teatro apestan ya esas
cosas. En la vida real, casos de esa naturaleza se solucionan dando
media vuelta el galán, el cual deja tras de sí, para que los culpables
lo recojan, si quieren, un desprecio de buen tono; y aquí paz y después
gloria. Para tu tranquilidad, urge que mandes echar el telón sobre
ese final tonto, y te metas en tu casa, donde, si te dejas querer,
no tardarás en recibir memoriales de innúmeras novias de más mérito,
y de tanta hermosura, por lo menos, como la que ha demostrado no ser
digna de ti. Hijo mío, las tendrás a pares, a docenas: si te gustan
pobres, pobres; si las quieres ricas, ricas hasta dejárselo de sobra,
y honestas, de resistencia por todo el tiempo que se las mande esperar;
discretas y amorosas, de excelente educación moral y profana. Y no te
digo más.
Tanto me ha enojado tu carta, que no me atrevo a dar cuenta de ella
a _Su Majestad_; he tenido que soltarle el venial embuste de que no
habías escrito, prefiriendo para ella el disgustillo de no tener
noticias, al disgustazo de leer esas bobadas de venganza, dignidad y
dramáticos desplantes, que traen pegados el polvillo y las telarañas de
guardarropía.
Otra cosa: se había determinado que este indigno capellán se pusiera en
camino hacia esas regiones; pero su éxodo ha sufrido aplazamiento. El
mejor día, no sé cuándo, tendrás el disgusto de ver aparecer mi jeta en
esos horizontes, y yo la inmerecida satisfacción de darte un abrazo.
Sabrás, ¡oh Telémaco!, que tu Mentor ha ingresado en la Secretaría
del Vicariato General Castrense, con jerarquía eclesiástica que le
da derecho a usar medias moradas. ¿Qué te creías? Por donde menos se
piensa, se va a Roma. Dame bromitas con el cardenalato. Monaguillo
te vean mis ojos, y de hombres se hacen los obispos, dicen viejos
refranes. Conque no más chirigotas.
Llega en este instante la carta de Miguel de los Santos, que te
incluyo. Tuyo de corazón, — _Hillo._
De Miguel de los Santos a Fernando Calpena (incluida en la anterior).
Queridísimo y nunca olvidado Fernando: Dijo el grande Hipócrates, y si
otra cosa no hubiera dicho, esta bastaba para acreditarle de grande en
genio, entendimiento y ciencia; dijo Hipócrates, en griego para mayor
claridad, lo que alguien tradujo al latín: _Ars longa, vita brevis,
judicium difficile, experimentum periculosum_. Con tal sentencia por
delante nada tenemos que añadir los doctos para recomendarnos a la
benevolencia del blando lector. En verdad te digo que me tiemblan las
carnes en cuanto agarro la pluma, pues nada tengo por más difícil
que referir lo que hemos visto y comentarlo, o exponer opiniones
sustanciosas, que no apesten de viejas y sobadas, sobre cualquier
asunto. Y añado que no es menos espinosa la descripción de lo real
que la de lo fingido, pues en esto tenemos campo libre para elegir o
desechar lo que nos diere la gana, mientras que en la narración real,
que los sabios llamamos Historia, el respeto de la verdad nos embaraza
y confunde, y el miedo de mentir corta los vuelos de la fantasía.
Ahora veremos si sirvo yo para este negocio de contar lo sucedido, con
la añadidura de reciente, de quien son testigos, no uno, sino mil de
nuestros semejantes, que pueden desmentirme y abochornarme si en la
descripción yerro, o en los juicios desbarro. Voy medroso al asunto,
pues aunque escribo al parecer para ti solo, en familiar estilo, no
puedo tomar la pluma sin pensar que ha de leerme la posteridad, y en
las cartas de mayor confianza pongo todo mi estudio clásico y mis
profundos conocimientos del lenguaje, para enseñanza y admiración de
las generaciones futuras. Guardarás, pues, esta epístola como oro en
paño, para que andando los tiempos (y ellos andan, ¡ay!, más de lo que
quisiéramos), figure en el abultado mamotreto de mis _Obras completas_,
o en el de las _Póstumas_ si me malogro tempranamente, lo que no quiera
Dios. Y basta de prólogo con morrión.
Gran dicha es, mi querido Fernando, que todas estas cosas que voy a
contarte hayan pasado en tu ausencia; dicha grande, sí, pues si tú las
presenciaras, yo no escribiría esta carta, y ya veo lo que se perderían
las letras castellanas, tan pobres y deslucidas en el género epistolar.
Gracias a tu ausencia y a mi solicitud en informarte de lo que no
has visto, se encuentra la patria literatura con esta joya, que no
esperaba... Y basta: ahora sí que entro en materia.
Supe yo la muerte de Larra al día siguiente del suceso, o sea el 14
de febrero. Fui a verle con otros amigos a la bóveda de Santiago,
donde habían puesto el cadáver; allí me encontré a Ventura y a Roca
Togores, tan afligidos como yo y Hartzenbusch, que me acompañaba, «¿Y
por qué...? —decíamos todos, que es lo que se dice en estos casos—.
¿Cuál ha sido el móvil...?». Quién hablaba de un arrebato de locura;
quién atribuía tal muerte al estallido final de un carácter, verdadera
bomba cargada de amargura explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir
a parar en aquella siniestra caída al abismo. ¿Y ella? Si alguien la
culpaba en momentos de duelo y emoción, no había razón para ello. No
era ya culpable. Por querer huir del pecado, había surgido la espantosa
tragedia. En fin, querido Fernando, suspiramos fuerte y salimos,
después de bien mirado y remirado el rostro frío del gran _Fígaro_,
de color y pasta de cera, no de la más blanca; la boca ligeramente
entreabierta, el cabello en desorden; junto a la derecha el agujero
de entrada de la bala mortífera. Era una lástima ver aquel ingenio
prodigioso caído para siempre, reposando ya en la actitud de las
cosas inertes. ¡Veintiocho años de vida, una gloria inmensa alcanzada
en corto tiempo con admirables, no igualados escritos, rebosando
de hermosa ironía, de picante gracejo, divina burla de las humanas
ridiculeces!... No podía vivir, no. Demasiado había vivido; moría de
viejo, a los veintiocho años, caduco ya de la voluntad, decrépito,
agotado. Eso pensaba yo, y salí, como te digo, suspirando, y me fui
a ver a Pepe Espronceda, que estaba en cama con reúma articular, que
le tenía en un grito. ¡Pobre Pepe! Entré en su alcoba, y le hallé
casi desvanecido en la butaca, acompañado de Villalta y Enrique Gil,
que acababan de darle la noticia. El estado de ánimo del gran poeta
no era el más a propósito para emociones muy vivas, pues a más de la
dolencia que le postraba, había sufrido el cruel desengaño que acibaró
lo restante de su vida. Ignoro si sabes que Teresa le abandonó hace
dos meses. Sí, hombre, y... En fin, que esto no hace al caso. Gran
fortuna ha sido para las letras patrias que Pepe no haya incurrido
en la desesperación y demencia del pobre Larra. Gracias a Dios,
Espronceda sanará de su reúma y de su pasión, y veremos concluido
_El diablo mundo_, que es el primer poema del _idem_... Senteme a su
lado, y hablamos del pobre muerto. En un arranque de suprema tristeza
vi llorar a Espronceda; luego se rehizo, trayendo a su memoria y a
la de los tres allí presentes los donaires amargos del _Pobrecito
hablador_, el romanticismo caballeresco del _Doncel_, y el conceptismo
lúgubre de _El día de difuntos_. También hablaron de ella, y tal y
qué sé yo, diciendo cosas que no reproduzco por creerlas impropias de
la gravedad de la Historia. Villalta y Enrique Gil se fueron, porque
tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de _Fígaro_
con el mayor lucimiento posible, y me quedé solo con el poeta, el cual,
de improviso, dio un fuerte golpe en el brazo del sillón, diciendo:
«¡Qué demonio! Ha hecho bien». Yo rebatí esta insana idea como pude,
y para distraerle recité versos, de los cuales ningún caso hacía. A
media tarde entró de nuevo Villalta con Ferrer del Río y Pepe Díaz.
Espronceda sintió frío y se metió en la cama. Yo, caviloso y cejijunto,
hacía mis cálculos para ver de dónde sacaría la ropa de luto que
necesitaba para el entierro...
¿Qué te parece mi estilo histórico? Ya ves que Jenofonte, Tito Livio
y el propio Tácito, se quedan tamañitos. Aquí doy un salto, dejado
inéditas mis fatigas y diligencias para encontrar un amigo de mi
talla y carnes que para el entierro me vistiese, y paso a contarte
la escena solemnísima del cementerio, que no olvidaremos jamás los
que la presenciamos... Atacado de esa comezón o prurito de maliciosa
crítica que suele posesionarse de nuestro espíritu en las ocasiones
más luctuosas, no pude menos de reparar en la ropa de cada cual,
dividiendo por clases de primera, segunda y tercera a los que la
llevaban superior, media o mala. Vi levitas de intachable corte y
hechura, llevadas por cuerpos para los que no era novedad el cubrirse
con ellas; vi otras que pedían con sus dobleces volver al arca de donde
las sacó la etiqueta; las había que se estiraban para, corresponder
al crecimiento de su dueño; había no pocas de las vinculadas: levitas
madres, levitas abuelas, transmitidas de generación en generación...
Pero todo este observar indiscreto, irreverente, fue ahogado por la
emoción que nos embargó al descubrir el ataúd y ver las ya macilentas
facciones del gran satírico, próximas a desaparecer para siempre en
la tierra. Aun nos parecía mentira que del primer ingenio de muestra
época no quedase más que aquel despojo miserable.¡Veintiocho años,
Señor, la edad de vivir!... ¡Y verle allí mudo, inerte; su arte y su
pluma enterrados con él!... El primer discurso fue de Roca de Togores,
que a todos nos conmovió profundamente: no pude contener mis lágrimas.
Algo dijo después en prosa el conde de las Navas, y en verso Pepe Díaz.
Cuando ya se daba por terminado el acto, rompió el cerco aquel Massard
¿te acuerdas?, Joaquín Massard, más conocido en Madrid que la ruda,
empleado en la Secretaría del infante don Sebastián. Pues traía de la
mano a Pepe Zorrilla, lo que nos sorprendió mucho, pues si sabíamos que
este había hecho unos versos a la muerte de Larra, pensábamos que eran
para _El Mundo_, no para leerlos en el cementerio.
A Pepe Zorrilla no le conoces. Vino escapado de Valladolid después que
escapaste tú de la Corte. Es de la estatura de Hartzenbusch, y con
menos carnes; todo espíritu y melenas; un chico que se trae un universo
de poesía en la cabeza. Verás: temblando empezó a leer; pero al segundo
verso su voz no era ya humana, sino divina... Yo le había oído recitar
mil veces; admiraba su voz bien timbrada y dulce; pero aun conocido
el órgano, me maravilló la sublime ejecución de aquella tarde. Hace
las cadencias de un modo nuevo, con ritmo musical, melódico. Necesitas
oírlo para poder apreciarlo... Los versos ya los conocerás; se han
divulgado por toda España. Al tercer verso,
vano remedo del postrer lamento,
sentí una emoción tan honda, que tuve que agarrarme al más próximo
para no caerme. Yo era un mar de lágrimas. No hacía más que mirar al
muerto, que me pareció que pestañeaba. Todos los vivos se llevaban el
pañuelo a los ojos. El poeta se fue serenando, se fue creciendo; cada
vez leía mejor, y cuando concluía nos pareció que llegaba al cielo. El
estupor y la admiración se confundían con la extremada tristeza del
acto para formar un conjunto grandioso en que andaban la muerte y la
vida, la podredumbre y la inmortalidad, la realidad y el arte, tomando
y dejando nuestras almas como olas que van y vienen. Corrí a dar un
abrazo a Zorrilla, de quien soy amigo del alma... Juntos estudiábamos
en Valladolid la ciencia del Derecho... por los textos de Víctor Hugo,
Walter Scott y Byron. Pero no pude llegarme a él, porque un tropel
de gente le rodeaba. En esto, vi que metían en el nicho el ataúd de
Larra. El creador de páginas inmortales se iba para siempre: la puerta
negra se cerraba tras él. No era más que un nombre. No lejos de allí,
Zorrilla, vestido como yo de prestada ropa, pálido de la emoción y del
frío, temblaba recibiendo plácemes: era un nombre nuevo que allí había
salido de la tierra, a punto que el pobre cuerpo del otro entraba. Yo
vi en mi mente poemas y dramas que aún no se habían escrito, que yo no
escribiría seguramente, que serían la obra, la fama, la gloria de aquel
querido amigo de mi infancia, con quien había correteado en la capital
de Castilla la Vieja. Hasta entonces le quería; desde aquel momento le
admiré y le tuve por un oráculo, sin asomos de envidia, porque yo me
siento autor de las obras más bellas, de las obras de otros; sé muy
bien que no he de escribirlas nunca, así me conceda Dios mil años de
vida, y admiro el numen, que me figuro mío, transmitido a los demás
para que no se pierdan mis inspiraciones.
Ya tapaban con ladrillos el nicho, cuando pude estrechar en mis brazos
a Pepe. Harto sabía él que mi felicitación era sincera. Dos hermanos
no se quieren más. No pude gozar de su compañía en aquella hora triste
y feliz, de entusiasmo y lágrimas, porque vino Luis Bravo rompiendo
por entre la multitud, con aquellos modos ejecutivos y perentorios que
gastar suele, y cogiéndole de la mano le arrastró tras sí. Dijéronme
luego que se le habían llevado en coche dos señores de los que
ostentaban mejores levitas en el entierro. A la salida hube de reparar
nuevamente en las prendas de vestir, de variedad suma, complaciéndome
en ver no pocas de peor calidad y ajuste que la mía. Comparado con
algunos que no quiero nombrar, yo estaba deslumbrador. Los mejor
trajeados eran Roca de Togores, Mesonero Romanos, Villalta, Julián y
Florencio Romea, Carlos Latorre, Donoso, Villahermosa, los Madrazos...
Ventura y Bretón no iban mal apañados. Plebe endomingada éramos Ferrer
del Río, Pepe Díaz, García Gutiérrez, Juan Eugenio, Gil y Zárate y el
eximio autor de _La protección de un sastre_.
El cual, a la mañana siguiente, hallándose, no diré que en el primer
sueño, pero sí en el segundo, sabrosísimo, fue despertado por
Zorrillita, que entró, como siempre, metiendo ruido. Despertar yo y
él abrazarme, sentado al borde del mullido lecho patronil, fue todo
uno. Ni Pepe ni yo sabíamos qué hora era, ni nos importaba, hechos
ya a mirar el tiempo con menosprecio, por lo cual habíamos resuelto
alejar de nosotros a esos impertinentes marcadores de la oportunidad
que llamamos relojes. Para nada los necesitábamos. Desperezábame yo, y
Pepe me contaba sus triunfos de aquella noche, en que no había dormido,
ni siquiera entrado en su casa. Presentado por Luis Bravo al señor
del coche, un alemán muy rico que se llama Buschental, a quien tú no
conoces ni yo tampoco, porque no nos tratamos con gente de dinero, ni
maldita la falta que nos hacen tales compañías, pues ya sabes cuán
difícil es que entre un rico en el reino de los cielos; presentado al
banquero, digo, este y otro cuyo nombre ignoro, y por eso se queda sin
pasar a la posteridad, le llevaron a comer a Genieys, y le obsequiaron
y le colmaron de lisonjas. Corrieron el Jerez y el Champagne. ¡Manes
del gran _Fígaro_, escribid el artículo de ultratumba: _Del cementerio
a la fonda_! Concluido el comistraje, le llevó Bravo a nuestro café
del Príncipe, donde hizo amistad con Ventura, Hartzenbusch, Bretón y
García Gutiérrez, y de allí cargaron con él a casa de Donoso Cortés,
do se hallaban Pastor Díaz y Pacheco, los cuales, después de hacerle
desembuchar estrofas, ofreciéronle una plaza en _El Porvenir_ con
treinta duros de sueldo. Su obligación era llenar de poesía dos o
tres columnas todos los domingos y fiestas de guardar, y traducir
novelas para el folletín. Tanta felicidad le tenía embobado, y también
a mí, que con sus triunfos gozaba lo que no puedes figurarte. Era el
hombre del día. La suerte iba en su busca con el laurel en una mano y
treinta duros en la otra. Tan desusado y peregrino nos pareció esto,
que resolvimos celebrarlo con toda pompa, dedicando a la Providencia
una solemne fiesta _eucharistica_ o de acción de gracias, la cual
debía de consistir en alegres festines y en gozar de cuanto Dios crio.
Yo bailaba vistiéndome, y Zorrilla se tomó mi chocolate. Sentía él
no disponer ya de los primeros seiscientos reales de _El Porvenir_;
pero como yo poseía algunos, resolvimos consagrarlos a las indicadas
expansiones _eucharisticas_, en las doradas puertas de la inmortalidad
que para mi amigo se abrían. Embolsado el dinero, nos echamos a la
calle, creyendo que el mundo y la naturaleza se engalanaban en nuestro
obsequio; que los transeúntes bailaban o debían bailar de regocijo
como nosotros; que el sol alumbraba más que otros días; que las calles
reían a carcajadas; y más ricos que Fúcares, más ufanos que Napoleón
al día siguiente de Austerlitz, reventando de salud y de júbilo,
nos lanzamos en busca de cháchara festiva, de comidas sabrosas, de
ardientes emociones y estimulantes placeres.
¿Sabes cómo escribió este condenado Pepillo los versos que en un abrir
y cerrar de ojos le han dado fama y una plaza de treinta durazos? Pues
con un mimbre, porque no tenía pluma; y mojado en pintura, no sé si
azul o verde, por no haber tinta en la casa. Hasta el 14 de febrero la
morada del caballeresco poeta fue una suntuosa cestería; mas hoy por
hoy, tanto él como yo, príncipes de las letras, hemos ordenado que se
nos prepare la Alhambra de Granada o el Alcázar de Toledo.
Dícenme, mi buen Fernando, que no ha sido venturoso el fin de tu
aventura en esas tierras frígidas. Lo creo y me congratulo. Alégrate
conmigo de que te haya salido mal lo que, de salir bien, habría sido
para ti la primera piedra de la pirámide de tus infortunios. No hay
cosa más feliz que el que a uno le planten, con lo que se libra del
enfadoso problema de plantar, más difícil de lo que a primera vista
parece. Todo hombre que recobra su libertad, todo emancipado de la
tiranía de amor, es héroe que vuelve ileso de las batallas de la vida.
En mi calidad de profeta y oráculo te administro un consejo, al cual,
para que más fácilmente se grabe en tu memoria, doy forma métrica, sin
lima, pues he proscrito el uso de esa herramienta:
¡No ames a nadie nunca: allá en tu mente
Goza con tu amoroso pensamiento;
Nunca tu corazón crea imprudente
Hallar en otro amor y sentimiento!
Vuelve al mundo, hijo mío, y no desgastes tu noble espíritu en
melancolías, que son causa de malas digestiones. Contempla las bellezas
de la creación, y extasíate en lo que Dios ha fabricado para nuestro
recreo; admíralo todo. El mundo es bueno, superior, y en él se acreditó
de maestro el Supremo Artífice.
¿Qué hay que pedir? ¡Tenéis cielo y estrellas
Y sol y luna y otras cien mil cosas
Que, a más de ser a vuestra vista bellas,
Son acabadas máquinas grandiosas!
¡Rayos, truenos, relámpagos, centellas
Tenéis, que os dan mil fiestas luminosas!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Qué me decís del mar? ¿Y los volcanes?...
¿Y las minas? ¿Y el reino vegetal?
¿Pues dónde dejaremos los afanes
Que habrá costado hacer un animal?
Miserable mortal, no te me ufanes
Creyéndote animal excepcional,
Que el mismo tiempo malgastó en ti Dios
Que en hacer un ratón, o a lo más, dos.
Admira el Universo, abominando solo de dos cosas: de la mujer, que fue
criada para echar a perder todo lo demás, y de la filosofía, que solo
sirve para envolver en importunas gasas la verdad y no permitirnos
gozar de ella. Oye estos sublimes pensamientos míos acerca de la
filosofía:
A cada paso se oye un _no_ y un _sí_...
Algunas veces se oye un _ya se ve_;
Se habla de Dios: definirele así,
Diciendo que Dios es un _ente a se_.
El alma no es _a se_, ni vive _en sí_,
Que vive en Dios, por quien creada fue...
Quien me entienda, me entienda, porque yo
Ni entiendo al que me entienda, ni al que no.
Y por fin, querido Fernando, aunque dicen que lo bueno nunca es largo,
doy fin a esta carta, repitiendo las advertencias que al principio te
hice para que a documento tan precioso no se le entorpezca el pase
a la posteridad. Guárdala en el más seguro estuche de tu relicario;
rotúlala con mi nombre para que extraños y propios aprecien sin leerla
su inmenso valor literario, y date con un canto en los pechos por haber
merecido el honor de que _Nos_ (uso el plural, como el papa) hayamos
vencido nuestra sublime pereza para escribírtela. No esperabas tú esta
diligencia mía, tan contraria a las preciosas virtudes de no hacer
nada y de pensarlo todo, que son mis virtudes favoritas. Por ellas la
_Divina Comedia_, que debió ser mía, es del Dante; mi _Vida es sueño_
pasó a Calderón; mi _Sí de las niñas_ se lo cedí a Moratín, y todo lo
bueno y hermoso de estos tiempos, por generosa renuncia de mi ingenio
soberano, ha pasado a reflejarse del sol de mi caletre a la luna de
los autores que andan por ahí, resultando que son espejos que, sin
quererlo yo, reproducen mis ocultos esplendores. Yo me envanezco de
ser autor de todas las grandes obras del humano saber. Soy feliz, y
deseo que mi clásica epístola te colme a ti de felicidades, despejando
tu cabeza de nubes enojosas, tornándote a la salud y al contento, a la
conciencia de tu porvenir, y determinándote a salir de esas soledades
para volver acá, donde te esperan abiertos en cruz, en olímpico
desperezo, los brazos de tu amante amigo, — Nos _Miguel de los Santos
Álvarez_.
XII
De Pilar a su amiga Valvanera.
_Madrid y abril._
Querida mía: Te escribo de prisa y corriendo porque tengo que salir
a una visita fastidiosa, inevitable, y no quiero perder el correo de
hoy. Sin perjuicio de consagrarte otro día todo el espacio que piden
mi cariño y mi gratitud de una parte, de otra el amor a Fernando, y
las mil cosillas que a mis dos amores tengo que decirles, atiendo a la
urgencia de tus preguntas.
Mis relaciones con Juana Teresa son las de dos personas que no se aman,
pero que no quieren dar al mundo el espectáculo de la desavenencia,
desamor mejor dicho, entre dos hijas de un mismo padre. Si nuestras
madres se hubieran conocido, se habrían detestado cordialmente. La mía
y la suya eran dos madres de índole, sangre y gustos muy distintos:
como ellas salimos nosotros; fuimos nuestras madres redivivas, sin que
el padre común nos diera nada que igualase la desigualdad ni conciliara
lo inconciliable. Hace algunos años, la herencia del tío Sobremonte
fue causa de que nos pusiéramos al habla mi media hermana y yo para
evitar litigios dispendiosos: no hubo más remedio que entrar con ella
en correspondencia, la cual dio aspecto de paces duraderas a lo que
no fue más que negociaciones transitorias, mirando cada cual por sus
intereses. Concluimos, y al final diome Juana Teresa nuevo testimonio
de su malicia y desconsideración. No hemos vuelto a escribirnos. Ya
te contaré cosas de ella, y cosas mías, que ambas las tenemos, cada
una según su natural, y comprenderás cuán difícil es que seamos amigas
enteras, siendo, por ley de naturaleza, hermanas partidas. Yo no me
ocupo de ella jamás, ni la nombro para nada; ella no procede del mismo
modo con respecto a mí, y la distancia que nos separa no impide que
lleguen a mi oído (por desgracia, sutil) las ironías de Cintruénigo.
Por hoy no te digo más.
¡Ah!, sí: te digo que mi secretico de dos caras, por una suplicio, gozo
inefable por otra, no lo sabe Juana Teresa. Si lo supiera, creo que ya
sería del dominio público, y me cantarían los ciegos por las calles.
Hoy por hoy, amada mía, solo hay cuatro personas vivas que lo conozcan,
y una de ellas eres tú, mi consuelo, mi esperanza...
He llorado un poquito. Valor, y adelante, que es forzoso concluir esta.
¿Y ese adorado tontín ha recibido y gozado la carta de Miguel de los
Santos? ¿Ves? Hace poco lloraba, y ya me río. ¿Y está su cabeza tan
trastornadita que no ha caído en mi gracioso enredo? ¿Se ha tragado la
carta como del propio estilo y mano de Álvarez? ¿No ha visto que es
de mi cosecha, y que la forma, ya que no lo que allí se relata, salió
de mi magín? Conste que me he reído con gana mientras tramaba esta
superchería, como se reirá él cuando la descubra. ¡Pobrecito mío! Por
estas bromitas, que salen de mi corazón, pienso yo que ha de quererme
más. No le digas nada; déjale en su error, a ver por dónde sale. ¡Cuál
no habrá sido su asombro al ver epístola tan larga firmada por aquel
supremo holgazán! Él conoce a Miguelito, y sabe que es un sonámbulo
de mucho ingenio, que sueña y anda, pero no escribe. Ya le contaré
más adelante a mi sonámbulo (pues también Fernando lo es) cómo he
podido adquirir conocimiento de todo lo que pasó antes, en y después
del entierro. Para mayor burla, le diré que Miguel no asistió al acto
porque no pudo encontrar quien le prestara ropa de luto... como que
en aquel día y con el consumo de todos, _se agotaron las levitas_...
¡Pobre niño mío! Que juegue yo con él un poco. Esto me endulza el
alma. Me parece que me quitan veinte años, y que le tengo sobre mis
rodillas contándole el cuento del ratoncito Pérez. ¡Adiós! No puedo más
hoy. Te idolatra tu — _Pilar._
XIII
De Fernando Calpena a don José María de Navarridas.
_Villarcayo, abril._
Mi respetable amigo: No a desatención ni olvido, sino a la indolencia
que el estado de mi ánimo me imponía, debe atribuirse el hecho de
no escribir a usted y su noble familia cuando Sabas partió para
Laguardia. Espero que me perdonará esta falta antes que yo mismo me la
perdone, y fiado en ello me tranquilizo de la turbación que su carta
ha levantado en mi conciencia. No quiero dar a usted más disculpas que
la de mi desgana de toda ocupación en aquellos días, y es bastante;
que el guerrero que vuelve derrotado y maltrecho en horrendos lances y
peripecias abrumadoras, tiene derecho al descanso, llamémosle pereza.
Ha sido precisa la intervención de una deidad providente para que yo me
decida a no aplazar por más tiempo la contestación a su cariñosa carta.
Sí; la señora de este castillo, me ha cogido hoy por una oreja, y
llevándome al despacho de su digno esposo, me ha conminado con penas
de supresión de almuerzos y comidas si no escribía hoy mismo al buen
párroco de Laguardia. La ilustre señora me ha hecho ver la fealdad de
mi conducta, demostrándome además cuánto conviene a mis males íntimos
el apartar de ellos la atención. A esto añado, por cuenta propia,
que nada es más grato para mí que platicar de lejos, ya que de cerca
es imposible, con usted y con su dignísima hermana y encantadoras
sobrinitas, a quienes manos y pies beso con todo el rendimiento de la
más leal amistad.
Grande satisfacción me causan sus noticias acerca de la excelente salud
de las niñas de Castro, de su alegría y buena disposición. Veo con
gusto que la juguetona Gracia se hace poquito a poco persona formal,
ayudando a su hermana, y que esta multiplica sus dotes y aptitudes,
como si no quisiera dejar mérito alguno para los demás. Al propio
tiempo, he de manifestar a usted mi sentimiento porque su nobilísimo
plan no haya tenido realización a la hora presente. Tanto Valvanera
como yo hacemos votos porque los deseos de usted y de su hermana se
realicen lo más pronto posible, y no dudamos que la negativa de la
mayorazga ilustre de Castro será un incidente pasajero. He dicho
mayorazga sin acordarme de la abnegación con que Demetria ha partido
sus bienes con la hermana menor. Sin duda su alma, ambiciosa de
perfecciones, ha querido añadir a sus coronas la de esa generosidad
hermosísima. No digo a usted que la felicite en nuestro nombre, porque
quizás al echar el incensario a su magnanimidad daríamos, sin quererlo,
un golpe a su modestia. Persistan usted y su hermana en su buen
propósito, y al fin la voluntad de Dios y la de la sin par Demetria
aparecerán en perfecta armonía.
En efecto: el señor don Pedro Hillo, cuya visita le anuncian de Madrid,
es mi amigo más amado, y el discreto corresponsal de cuyos relatos
interesantes di a usted conocimiento; persona por diversos títulos
digna de su estimación y de los agasajos que le prepara, pues une a su
saber de cosas sagradas y profanas, el trato amenísimo y la gravedad
del carácter.
No me parece mal que las niñas consagren a la lectura sus ratos de
ocio, que en esa vida laboriosa no pueden ser muchos. Demetria no
necesita andadores para correr con paso firme por los altibajos de toda
la literatura habida y por haber, pues su criterio superior le permite
discernir claramente lo bueno de lo malo y lo sano de lo enfermo.
Déjela usted, que ya sabe ella por dónde anda, y ni la _Nueva Eloísa_,
ni el _Joven Werther_, ni los fogosos atrevimientos del modernísimo
Víctor Hugo, si este ha llegado a Laguardia, turbarán su espíritu
reposado. A Gracia sí conviene atarla un poquito corto en sus tareas
de lectura, porque no posee todavía el seguro discernimiento de su
hermana. ¿Pero qué he de decir yo sobre esto que usted no sepa, mi
bondadoso y respetable Navarridas, maestro y capellán de esas nobles
criaturas?
Concluyo, amigo mío, con un encargo que mi castellana se permite
hacer a Demetria, por conducto mío. Venimos a ser usted y yo no más
que dos torres telegráficas por donde el pensamiento de Valvanera se
transmite a la incomparable gobernadora de los estados de Castro.
Ponga usted atención, tome nota de las señales que enarbolo, y llénese
de paciencia, porque ahora sale mi señora con que no es un encargo,
sino dos, y quizá tres. Allá van: sabedora Valvanera que en Laguardia
se cosechan los mejores tirabeques de la Rioja alavesa, y quizás del
mundo, desea que Demetria le suministre la semilla suficiente para
sembrar, en la huerta de esta casa, un tablero como de ocho varas
de largo por dos de ancho. Los tirabeques que aquí conocemos son
estrechos, según dice, mal granados y con hebra excesiva y gruesa:
desea de los grandes, torcidos a lo cuerno de carnero, jugosos y
mantecosos, como los que le mandaron de regalo las de Álava, allá en
la _ominosa década_, si no recuerda mal. ¿Se ha enterado usted bien,
señor don José María? Mire que si se equivoca no me echen luego la
culpa a mí, pobre vigía de esta torre primera... Adelante. ¡Ah!, dice
Valvanera que, si puede ser, disponga el envío lo más pronto posible,
para sembrarlos en el menguante de este mes. Otrosí, que añada
instrucciones sobre el sistema de cultivo y tutores que ahí se emplean
para esa planta, comúnmente viciosa y de altísimas guías. ¿Enterado?
Pues allá va otro encargo: receta para hacer dulce de tomate, que es
una de las más sabrosas especialidades de mi señora doña María Tirgo:
riquísimo lo hacía una monja de Medina de Pomar; pero ya se ha muerto,
llevándose el secreto de su arte. Que añada si se mezcla o no con
ciruela, pues entiende mi castellana que el tomate dulce de doña María
tiene algo de trampa. Las ciruelas de aquí son excelentes, y si hay
mezcla no se duda del buen resultado. De paso... (y aguante usted el
nublado, mi señor don José María), que a la receta antedicha agregue
Demetria la que usan en esa noble casa para hacer el incomparable
mostillo que han podido gustar, mas no imitar, los amigos que de regalo
lo han recibido. La señora de Castro-Amézaga, madre de las niñas
reinantes, elevó el crédito de los mostillos de esa casa a colosal
altura. Si no hay receta escrita, habrá en la familia tradiciones, que
Demetria conservará religiosamente. Y si a la dignación de mandar las
semillas y las recetas añaden las señoritas la prontitud, el favor será
doblemente agradecido.
¿Quiere usted más, mi buen don José María? Pues no hay más, sino que
deseamos a usted y a su hermana y las niñas toda la felicidad que se
merecen; y por mi cuenta digo que las expresiones usuales de cortesía
me parecen pálidas para manifestar a todos mi cordial respeto. Besa las
manos de ustedes su afectísimo — _Fernando Calpena._
XIV
De Pedro Pascual Uhagón a Fernando Calpena.
_Elorrio, marzo._ (_Recibida en abril_).
Aquí me tienes, querido Calpena, disfrutando de todas las dichas que
trae consigo la vida militar: hambres, golpes, cansancio hasta morir,
fríos y calenturas, que de todo hay, sin contar las heridas, de las
cuales, en el reparto diario, me han tocado tres como tres soles, que
me han hecho ver las estrellas. A quien no he visto es a la señora
gloria, que a todos nos engatusa con su coquetismo, llevándonos tras
sí como carneros. Según te decía en mi anterior, salimos de Bilbao
a cooperar en el plan del general inglés Lacy Evans. Consistía en
atacar al faccioso por tres puntos distintos: Sarsfield por Navarra;
nosotros por aquí, amenazando el interior de Guipúzcoa, y el inglés por
Hernani y toda la zona fronteriza. Según Espartero, este disparatado
plan es de los que se proyectan todos los días en las mesas de los
cafés de Madrid. Lo sacó de su cabeza el jefe de la división inglesa,
y aceptado por el gobierno, no hemos tenido más remedio que ponerlo
en ejecución: así ha salido. Nosotros llegamos hasta esta villa de
Elorrio, y de aquí nos volvimos a Bilbao, no diré que con las manos en
la cabeza, pero sí desalentados y con la rabia de ver la inutilidad de
nuestros esfuerzos. A Lacy Evans le zurraron en Hernani, y Sarsfield se
volvió a Pamplona sin llegar al punto designado. Con muchos planes de
estos no dudo del triunfo de la _ojalata_ en plazo próximo. El tiempo
lluvioso y frío, digno hermano del de aquella noche memorable, nos ha
entorpecido las operaciones, resultándonos un sin fin de enfermos, y
haciéndonos pasar mil trabajos. Quiera Dios que esto acabe pronto y nos
retiremos a nuestro Bilbao, donde al menos comerá el que lo tenga.
De tu asunto no puedo decirte nada en concreto, pues en Durango no
vi a la persona que pensé podría informarme. Un amigo mío de Bilbao,
ayudante de Ceballos Escalera, me ha dicho que no hubo tal coacción
ni cosa que lo valga; que desde los comienzos del sitio vio a la niña
sola por las calles con Zoilo Arratia, como dos tórtolos que en medio
del fuego se arrullaban. Te lo cuento a título de dato verosímil, sin
darlo como verdadero, pues no me inspira plena confianza el informante.
Mi opinión es que te propines buenas tomas de olvido, y a otra, chico.
Échate a la espalda el amor propio, y búscate algo en que pensar que no
sea esto, que no te faltará algún quebradero de cabeza por otro lado.
Distráete aunque sea con disgustos nuevos, y el tiempo, con nuevos
afanes, de los viejos te curará. Y buenas noches, que me caigo de sueño.
Amanece, y oigo que salimos. ¿Y cómo te mando esta? Si vamos a mi
pueblo, de allí te la enviaré con la relación de lo que nos pase por el
camino, que me figuro no ha de ser cosa buena, y noticias de tu pleito,
si en alguna parte las hallo.
_Bilbao_, 26. — Chico, aquí me tienes cubierto de gloria. ¡Al fin...!
En Galdácano dimos una batalla, después de otra honrosísima en Zornoza,
ambas protegiendo nuestra retirada. Los _ojalateros_ que hemos dejado
tendidos en el campo, en una y otra parte, no te los puedo contar:
su número es infinito. Espartero ha sido el hombre de siempre, el
primer soldado, el caudillo sin par, creciéndose en los malos pasos,
más valiente cuanto más enfermo. De mí puedo decirte que también he
sido esforzadísimo guerrero, digno de que Marte me prohíje y Belona me
quiera. Bromas a un lado, estoy satisfecho, y en conciencia creo haber
cumplido con mi deber. No me ha tocado ninguna bala: Dios ha querido
sacarme ileso, para que pueda contarte lo que leerás ahora mismo, todo
el misterio de tu novela descifrado, y el caso oscuro puesto en un foco
de luz que nos permite verlo en su realidad. Las noticias son de buen
origen. Queda retirado lo que en Elorrio te escribí; no hagas ningún
caso de mis recomendaciones de olvido. Desconocedor de la enfermedad,
te receté un disparate.
Confirmado está plenamente que hubo coacción horrible y un complot
pérfido, fundado en la falsa noticia de tu muerte, que supieron
presentar como hecho indubitable. Quien esto me ha dicho, y de ello da
fe, sospecha que también hubo amenazas, imposición por el miedo. La
extremada sensibilidad de la pobre niña, y la viveza de su imaginación,
dan verosimilitud a esta sospecha. Tenemos aquí, pues, un caso
sumamente grave, y yo desafío a los inventores de dramas románticos a
que saquen de su cabeza uno como este. Escucha sin temblar: todos los
artificios de los secuestradores de la Negretti no lograron impedir
que el mes pasado se enterase del monstruoso engaño, por confidencias
de una criada joven, de una criada vieja..., no estoy bien seguro de
la edad de la confidente. Ello es que Aura se volvió loca, es decir,
loca enteramente no: llamémoslo trastorno, rabia, furor insano contra
sus embaucadores. Apelaron a todos los medios para tranquilizarla:
medicinas, recreos, pláticas de clérigos más o menos elocuentes, sin
obtener más que la exasperación de su mal, y, por último, no tuvieron
más remedio que llevársela a la ferrería de Lupardo, y encerrarla
allí, bajo la vigilancia de su tía Prudencia y de José María Arratia,
el mayor de los tres hermanos, que casó hace poco con la chica de
Busturia. Pero más que la vigilancia y el cuidado de los carceleros,
pudo la energía expansiva de la dama y su furia de libertad, porque
bonitamente se les escapó una noche, saliéndose por el tejado, y
esta es la hora en que no han podido recobrarla. Todos los Arratias
se lanzaron por diferentes puntos en busca de ella, sin dar con su
persona: solo hallaron un rastro, que es para ti dato interesantísimo,
y por eso te lo transmito sin pérdida de tiempo. Lo único que pudieron
averiguar los _chimbos_ es que Aura pasó por Llodio un domingo muy de
mañana. Preguntó en varios puntos por el camino de Laguardia, mostrando
propósito firmísimo de ir a esta villa. La vieron internarse en la Peña
de Orduña. Ni con buenos ojeadores ni con perros han podido cazarla.
En esta resolución de la joven, que ya no me parece locura, sino todo
lo contrario, veo yo un carácter, el rechazo o reacción formidable de
su timidez anterior, el renacimiento súbito de una voluntad oprimida
y sojuzgada por los engaños. Esto he sabido de labios que me merecen
crédito, y te lo comunico para que estés al corriente... ¡En Laguardia,
chico!... Puede que ya esté allí. Me da el corazón que está. ¡Alerta,
Fernando!
Yo, que no creía en el romanticismo práctico, ya me rindo, caro amigo,
y declaro que todo lo que imaginan los poetas, de Víctor Hugo para
abajo, se queda tamañito junto a lo que la propia vida nos muestra.
Esta captación de la voluntad de una mujer hermosa; el artificio de
hacerte pasar por muerto para persuadirla más fácilmente; la caída
de ella en el terrible lazo, por timidez, por terror, quizás por
sortilegios desconocidos, ¿no son una primera parte de drama que supera
a cuantos vemos en el teatro? Dime una cosa: ¿estás bien seguro de que
en la segunda visita que hiciste al almacén de Arratia, en los primeros
días de enero, no te cogieron, no te convidaron a beber, no te dieron
algún narcótico hasta que quedaras como muerto, poniéndote en el ataúd
y encendiéndote velas, para que ella te viese y no tuviera duda de tu
viaje al otro mundo? Porque yo todo lo creo ya y todo lo temo, y las
cosas que antes me parecían novelescas, ya las tengo por naturales y
comunes. No puedo desechar la idea de que todas esas gentes de apellido
italiano se traen un surtido de venenos o filtros adormecedores, para
con ellos ayudarse en sus trágicas intrigas.
Bueno: pues ahora viene la segunda parte del drama. La casan a la
fuerza, quizás previo el empleo de algún otro bebedizo que convierta
a las personas en máquina, y les permita moverse y hablar sin darse
cuenta de lo que hacen y dicen. Me la casan; parece que han triunfado,
y de repente sobreviene la confidencia, la revelación de un parte de
por medio, criado desleal, o traidorzuelo mal pagado. Y aquí todo
varía: surge la locura de la dama, la resurrección repentina de su
albedrío; tras esto, tenemos nuevos embrollos de la familia para echar
tierra al asunto y no dejar que tales infamias se hagan públicas;
la niña se les escapa; corre sola por esos caminos buscando el de
Laguardia, donde cree encontrar su bien, su solución... ¿Llegará? ¿La
cazarán antes sus perseguidores? He aquí el misterio del acto último,
aún no descifrado. ¡Alerta, Fernando! ¡A Laguardia! ¡Ahí va!
No sigo, que es tarde y se va el correo. Última noticia: no es cierto,
como te dije, que haya muerto Ildefonso Negretti. Vive, aunque en un
estado muy semejante a la imbecilidad. Me lo ha dicho Vildósola, que
ignora o afecta ignorar todo lo demás de esta historia lúgubre. Pero no
desmayo en mis averiguaciones, y todo lo que yo sepa, lo sabrás en el
tiempo que tarden en llevarte mis cartas nuestros detestables correos.
Consérvate sereno, y no tomes resoluciones precipitadas. Para todo
cuenta con tu fiel amigo — _Uhagón._
XV
De Pilar a Valvanera.
_Madrid, abril._
Amada mía: A mis penas crónicas ha querido Dios añadir una de las más
agudas que podría enviarme. Estoy afligidísima; grandes satisfacciones
tendría que concederme Dios para consolarme de esta pena. Se me ha
muerto hace dos días Justina, mi criada de toda la vida, la que me
ha servido con increíble abnegación, cariño y fidelidad desde que me
casé, desde antes, pues ya la conociste sirviendo a mi madre, que no
podía pasarse sin ella. Lo mismo me ocurre a mí: el vacío de Justina
es horrible; no era ya mi criada, sino algo que no puedo expresar con
las palabras amiga y hermana: era la confidente de todos mis secretos,
así de los que amargan como de los que endulzan mis horas; no puedo
acostumbrarme a vivir sin ella, pues era como parte de mi pensamiento;
había llegado a pensar por mí; su voluntad era parte de la mía, parte
cada día mayor, llegando a suplírmela por entero. Últimamente casi
me gobernaba; su criterio fue siempre justo; sus determinaciones,
acertadas. ¡Pobre mujer, cuánto me amó! Era tal su adhesión a mí, que
mil veces habría perdido la vida por evitarme un disgusto. Consagrada
en cuerpo y alma a mi servicio inmediato, el más íntimo, el más
familiar, creo que hasta parte de mi conciencia estaba en ella, y
al perderla siento que se me va también allá lo mejor de mí. Por no
abandonarme rechazó proposiciones de boda; ha muerto soltera, con seis
años más que yo; expiró consagrándome sus últimos pensamientos. ¡Qué
ejemplo de abnegación, de sacrificio! ¡Y luego dicen que ya no hay
santas! Voy entendiendo que Justina lo era.
Desde que cayó enferma no me separé de su lado. Ni por mi madre habría
hecho más que por ella. Murió santamente, recordándome alegrías y
penas pasadas que las dos sentimos sin dar a nadie participación,
y sus últimas palabras, agarraditas sus manos a las mías, fueron
consagradas al ser a quien amaba tanto como yo. ¡Ah, Valvanera mía, no
tengo consuelo! Te dije en mi anterior que cuatro personas poseían mi
secreto: ya no lo poseen más que tres.
No sé si decirte que le leas esta carta al prisionero. Él no sospecha
que le han amado corazones ausentes, desconocidos. El de Justina
gustaba de recrearse en el amor a Fernando, y siempre le veía niño.
Los primeros cuidados que se prodigan a los recién nacidos, de ella
los recibió Fernando. Le vio después, teniendo él cuatro años, pues
con el fin de que inspeccionara su crianza, la mandé a Vera, y siempre
le recordaba en aquella edad. Me ponderaba su belleza, su parecido a
mí; me pintaba con graciosas imágenes el color de sus cabellos, de sus
ojos. El día en que murió, le describía chiquitín, como si le hubiera
visto la semana pasada. Díjome que su pena mayor era morirse sin verle
caballero formado; recomendome que cuando yo le tuviese a mi lado le
expresase su cariño, y le diese en nombre suyo muchos besos. De tal
modo me impresionó con estas demostraciones, que las dos parecíamos
moribundas, yo quizás más que ella. Díjome que no llorase ni me
afligiese; que Dios, con lo mucho que había yo sufrido, me perdonaba
todas mis culpas, y que si aún faltaba algo por perdonar, ella se
encargaría de obtener en el cielo la total absolución... Sí, sí, es
preciso que le leas esta: quiero que sepa que se ha muerto Justina; que
Justina le amaba, que Justina es para mí una pérdida irreparable...
Ayer ha sido el entierro; mañana iré al camposanto a llevarle las
flores más bonitas que pueda procurarme. Le gustaban tanto como a mí, y
siempre que salía traíame las mejores que encontraba. Ahora todas me
parecen indignas de ella. Las de mi corazón, que son las más bellas, no
se ven, y en estos homenajes, ¡ay!, no nos satisfacemos sino con lo que
entra por los ojos. ¡Dios mío, qué sola estoy!... ¡Pero qué sola! Lo
dicho: léele esta carta, o dásela para que se entere, y dime el efecto
que le causa.
No está de más que en esta repita mis exhortaciones para la custodia
del bien que he puesto en tus manos. Ordeno y mando que el prisionero
renuncie por ahora incondicionalmente al uso de su voluntad,
sometiéndose a la tuya, que por delegación es la mía. Te transmito toda
mi alma, me encarno en ti. Ya le devolveré al señorito su voluntad,
cuando yo entienda que está en disposición de usar de ella dignamente.
Toda cautela me parece poca mientras dure el horrendo trastorno de una
ilusión arrancada de cuajo. Yo sé lo que es eso. Que no tome resolución
alguna, ni aun aquellas que parecen más insignificantes, sin previa
consulta contigo, que eres _migo_. Que no se aleje de tu casa, a no
ser con Juan Antonio o personas de gran confianza. No puedo echar de
mí la imagen del _Joven Werther_, que es desde hace tiempo mi fantasma
perseguidor. Por la impresión que hizo en mí esta obra al leerla por
vez primera, juzgo la que hará en un espíritu admirablemente preparado
para la imitación del caso que en ella se presenta... Dios le perdone
al señor de Goethe el mal que ha hecho.
Paréceme acertadísima la campaña teatral que han iniciado tus niñas. Es
un entretenimiento de buen gusto y honestísimo, si hay buena elección
en las obras que representen, y la del _Sí de las niñas_ no puede ser
más acertada. ¡Cuánto daría yo ahora por ver tu teatro y aplaudir a
mis queridos cómicos! Pero no puede ser, ¡paciencia!... Aquí te pongo
veinte mil suspiros de los más hondos. Guárdamelos por allá, pues en
cada uno de ellos va un poquito de mi alma.
Y no te escribo más hoy: lo que aún tengo que decirte no es nada grato,
y no quiere amontonar tristezas sobre tristezas tu amantísima — _Pilar._
XVI
De la misma a la misma.
_Madrid, abril._
Gracias a Dios, amiga de mi vida, que hoy puedo escribir todo lo
que quiera. Hoy me siento discípula del Tostado, y me será fácil
hacer honor a tan gran maestro. Felipe se ha ido a la Encomienda con
Gravelinas, Castro Terreño, Jenaro Villamil, el pintor, y un chico que
ahora despunta en la política y los periódicos, Luis Sartorius. Creo
que Fernando le conoce. Allá se estarán unos días cazando y hablando
mal del gobierno. Después van a Segovia, donde Villamil se propone
pintar la Fuencisla, el Parral, y qué sé yo qué, y mi marido ver y
tasar una colección de clavos de puertas, bisagras y aldabones que a la
venta sale. Por allá se estén luengos días, y si fueran meses, mejor,
para que yo respire. ¡Preciosa libertad, cuánto vales! Así podré llorar
a mis anchas a mi amada Justina, y llevarle flores, y hablar contigo,
emborronando todo el papel que me dé la gana. ¡Benditas cacerías de la
Encomienda y benditos clavos de Segovia! Claro que mi libertad solo es
relativa, porque siempre quedan aquí personas que al volver Felipe le
cuentan todo lo que hago; pero esta de clase de esclavitud la sorteo yo
perfectamente. Hoy me siento mía, hoy respiro, y los suspiros que te
mando llevan alegrías de mi corazón y esperanzas.
En estos veinte años largos de ansiedad y lucha, de persecuciones,
de estudio sutil para sortear el carácter receloso, inquisitorial de
Felipe, Dios me ha favorecido, no puedo negarlo. Concediome primero la
compañía y ayuda leal de Justina; después, que a Felipe no le fuera
antipática mi fiel sirviente, pues si se le ocurre tomarla entre ojos
y privarme de ella, ¡pobre de mí! Verdad que Justina poseía un arte
supremo para el disimulo, para hacerse agradable y necesaria a las
personas con quienes estoy obligada a vivir en paz, y se ha muerto
la pobrecita sin que nadie sospeche que entre ella y yo había tan
entrañable inteligencia en puntos muy delicados. Felipe ha sentido su
muerte, y el día que la sacramentaron estaba muy afligido. Le agradecí
mucho su pena, y ganó terreno grande en mi estimación. A los veintiocho
años de casados, es triste, tristísimo, que mi marido tenga que hacer
méritos para conquistar sentimientos míos, que debió poseer desde el
primer día. Entre Felipe y yo hay un gran espacio vacío, glacial, que
en tanto tiempo no ha podido llenarse ni encenderse con afectos. La
vida común no ha hecho más que poner en pugna constante sus asperezas
con las mías, sin limarlas. ¿Tengo yo la culpa? ¿La tiene él? ¿Es
culpa de los dos? Averígüelo quien quiera, pues ni _Vargas_ creo yo
que domine tan difícil averiguación. Por centésima vez te lo digo,
querida Valvanera: yo no he tenido la suerte tuya; tu marido te resultó
ajustado a tu ser espiritual. Hicisteis pareja feliz, con unidad de
pensar, unidad de sentir. Las pequeñísimas diferencias pronto fueron
destruidas por el roce. A mí no me resultó ese bien tan grande. Y lo
de hacer o no hacer pareja es cuestión de suerte, créelo. Porque ni
una piensa, ni los padres tampoco, y aunque en ello pensaran rara
vez acertarían. Los caracteres se conocen bien cuando envejecemos,
y siempre la casan a una cuando es niña o casi niña, fundándose en
sentimientos superficiales que luego se convierten en humo.
Tengo que fastidiarte con estas confidencias, que en parte no son
nuevas para ti, pues en otras ocasiones me has oído decir lo mismo;
mas ahora es preciso que yo extreme mi sinceridad a fin de que puedas
hacerte cargo de la relación entre mis cuitas matrimoniales y este
magno asunto secreto. Fácilmente comprenderás cuánto he tenido y tengo
que discurrir para que entre estas dos mitades de mi vida no haya
ningún contacto. Semejante trabajo de incomunicación es una obra maciza
de disimulo, de ocultaciones, de supercherías más o menos inocentes,
y representa una energía mental tan extraordinaria que, aplicada a
otros órdenes, podría bastar a la formación de un perfecto hombre de
Estado. Que la incomunicación entre las dos esferas era necesaria, bien
lo comprendes tú que conoces a Felipe. No podía yo hacer otra cosa:
Felipe y Fernando eran y son incompatibles, irreconciliables; el uno
es la ley, el otro su transgresión. En la noche aquella de Zaragoza,
después de ver juntas _El sí de las niñas_, supiste que yo había
cometido una falta muy grave. Sobre esto no hay que volver: convinimos
en que yo había sido criminal, faltando a la más sagrada de las
obligaciones; yo me acusé y tú me sentenciaste. Yo no merecía perdón;
tú me compadecías y procurabas consolarme; yo me declaraba perdida para
siempre en el terreno matrimonial. Me aconsejaste el silencio absoluto,
el arrepentimiento y propósito de enmienda ante Dios, y que procurara
echar un velo... Esto del velo no se me olvida... Bueno: pues aquí
tienes mi falta muy bien tapada y en condiciones de no ser por nadie
descubierta. No me costó poco trabajo; pero ello es que conseguí lo que
me proponía... Pasa el tiempo, y continuamos Felipe y yo desavenidos,
inarmonizados, como dos notas discordantes que desgarran el oído
cuando suenan juntas. Dios no quiere poner ningún remedio al desajuste
de nuestras almas: no nos da hijos. Él es él y yo soy yo, sin que en
ningún momento nos encontremos en perfecta unión. Mis esfuerzos por
sonar acordes son cada día más infructuosos. Carece él de inteligencia,
yo la tengo de sobra; pero ni puedo darle a él, de lo mío, lo que
le falta, ni él sabe apoderarse del fuego sagrado. Pasa más tiempo,
querida Valvanera, y seguimos lo mismo, quiero decir peor, pues el
tiempo parece que se complace en desafinar más a Felipe siempre que se
empeña en sonar junto a mí. No nos entendemos: soy para él un libro en
lengua chinesca; él es para mí un libro en blanco. No me dice nada.
Bueno: pues en esta situación me acuerdo de mi falta; cada día pienso
más en las consecuencias de ella. Allá, donde Dios quiso, dejó un ser
muy envueltito en ropas blancas. Me le figuro dando los primeros
pasos, me le figuro queriendo hablar..., le siento después grandecito.
Dícenme que es muy guapo, de buena índole, y tan inteligente que causa
miedo a los que se encargan de educarle. Luego le siento hombre, y
me informo de que posee las prendas todas del perfecto caballero: su
corazón es generoso, sus procederes nobles, su lenguaje discreto... Me
vuelvo loca de alegría... Allá se me va toda el alma; y cuando procuro
convencerme de que estoy libre, de que puedo hacer manifestación de mis
sentimientos y ser dichosa, me encuentro paralizada por el deber, por
una obligación contraída legalmente y santificada por la religión. Ya
me tienes fuera de mi centro natural, y atada a otro centro que no sé
lo que es: ¿legal, artificial? No me atrevo a definir estas cosas... Ni
un solo instante me ha pasado por la cabeza concordar aquello con esto:
conozco a Felipe, y sé que no perdona lo que en su criterio, reflejo
exacto del criterio general, es imperdonable. La magnanimidad es una
virtud que le viene muy ancha, como la armadura de un coloso. Mi marido
es de los que celebran culto en los altares de la rutina social y de
todo el artificio que nos rodea. A tal extremo llega el fanatismo, que
si hubiera inquisición de esos dogmas, él sería familiar primero de
ella y un implacable quemador de herejes. Resulta, pues, que para poder
yo vivir y amar lo que la ley de naturaleza me manda que ame, no veo
más camino que la incomunicación que antes te dije, levantando un muro
muy alto entre Fernando y Felipe.
Y ahora necesito referirte otras cosas, y hacer comentarios tan
sinceros como dolorosos de mi carácter y del de Felipe, para que
comprendas cuánto me ha costado levantar ese muro, y la vida de
ansiedades que he llevado y llevo para impedir que se me derrumbe y nos
aplaste a todos. Concédeme otro poquito de atención.
A la falta mía, desconocida de todo el mundo (con tres excepciones no
más), falta efectiva y real que yo reconozco y confieso a quien me da
la gana, siguen otras, las faltas supuestas, fantásticas y mentirosas
que la malicia me atribuye. Por la verdad nadie me acusa, por la
mentira me denigran. Bien comprenderás que a ti no te oculto nada, que
hablo contigo como con Dios. Pues yo te juro que cuantos milagros me
cuelga la fama son absolutamente apócrifos. Años ha que te lo he dicho;
pero podrías creer que en el tiempo transcurrido desde que no nos vemos
he hecho algún milagro. No, amiga querida: ni antes, ni después, ni
nunca. Ten la firme convicción de mi inocencia en todo ese tiempo, que
bien puedo llamar _periodo fabuloso_. Harás quizás la observación de
que la fama persistente, aunque se equivoque, no siempre es injusta, y
a eso contesto que alguna explicación debo dar a la constancia de las
lenguas en hablar de mí con engaño y error. Puesta a declarar en el
banquillo, expongo toda la verdad, no sin esfuerzo, pero con franqueza
suma. Eres tú mi espejo: me miro en ti, y te doy mi exacta imagen. Pues
sí, querida de mi alma, aunque lo sabes, bueno es que yo lo manifieste:
he sido una coqueta formidable. Aquí tienes la explicación de mi fama,
sin hipocresías ni atenuaciones. El coquetismo, pues todo hay que
decirlo, ya nos perjudique, ya nos favorezca, ha sido en mi defensa
contra la soledad del alma, un medio de producir alegría, movimiento,
bullicio de cosas y personas, un arte de guerra para devolver al mundo
mis sufrimientos, que en gran parte, de él y de sus leyes recibía
yo. Me dirás que esta disculpa no vale. Bueno, pues coqueteaba por
aburrimiento. ¿Tampoco vale esta? Pues coqueteaba... porque sí.
La verdad es que a una existencia frustrada que ha perdido su órbita,
no se le puede pedir que vaya muy derecha. Sé que hay ejemplos de otras
existencias también frustradas o sin órbita que se han mantenido en
la rigidez absoluta de los principios y de las formas. Yo las admiro:
no he tenido virtud para imitarlas. Han buscado su alivio en el
adormecimiento místico, religioso, o como quieras llamarlo. También a
mí me dio por ser beata; pero solo me duró cuatro días la ventolera.
No podía ser... Pues sigo: si mi coquetismo me produjo diversión,
encanto, vanagloria, el placer maligno de _hacer rabiar_, trájome por
otro lado males acerbos. Ya lo sabes. Mi ligereza exacerbó el carácter
receloso, trapacero y mortificante de Felipe. No tardamos en llegar
a una situación de continua suspicacia, de celos y reconvenciones
enojosas, de desconfianzas recíprocas. Él fue siempre duro, altanero,
fiscalizador de las acciones más inocentes. Sin quererlo, cultivé en
él otras cualidades muy malas: la grosería, la falta de delicadeza.
Gustaba yo de atormentarle, y él a mí lo mismo: llegamos a tener
discordias muy agrias por cualquier tontería, extremando nuestra
desavenencia en las cuestiones de intereses. Quiso reducir mis gastos;
yo me opuse a sus derroches de coleccionista. Nos hacíamos una
guerra implacable. Hasta en política disentíamos, pues yo, solo por
llevarle la contraria, alardeaba de patriotería liberalesca y hasta de
jacobinismo. Empezaron las prohibiciones por parte de él, las rebeldías
por mi parte. Ya ni asomos de concordia había entre los dos, pues
hasta en las comidas fueron nuestros gustos diferentes. Sus sospechas
le llevaban a indagaciones indecorosas para mí. Espiaba mis pasos;
vigilaba todas mis acciones; intervenía mis cartas; veía fantasmas en
torno mío; mi gusto excesivo de los placeres sociales, mi cháchara, mis
alardes de libertad le irritaban más, y ya no fue solo grosero, sino
brutal, y el más fastidioso tirano que imaginarse puede... Ea, querida
mía, que viendo la cosa mal parada, hube de recoger vela. Capaz era
Felipe de un desatino, y yo también. ¡Figúrate si descubre...! Pero
no, daba todos sus golpes en la herradura y ninguno en el clavo. Era
ciego: no veía la verdad; corría disparado tras multitud de mentiras.
Amainé, como te he dicho, en mi coquetismo: tuve que recogerme y entrar
en mí. La edad hizo lo demás: me aproximaba yo a los cuarenta años,
aunque..., ya me viste..., los llevaba muy bien. Después, querida
Valvanera, desde la última vez que te vi, he dado un bajón tremendo.
Ya no me conocerías... Pues verás: reflexioné, me di a pensar en que
si mi existencia había sido hasta allí frustrada, podía ya no serlo
en lo sucesivo. Dios quizás me deparaba una segunda existencia. Había
encontrado mi órbita, la verdadera, la única, y en ella podía correr a
mis anchas sin desviarme. Pero, ¡ay de mí!, que para seguir mi órbita
me estorbaba enormemente Felipe..., aquel Felipe continuo, pegado a
mí como mi sombra, y de quien no podía en modo alguno desprenderme.
Y para mayor desdicha, era cada día más fastidioso y fiscalizador
más impertinente. ¿De qué me valía tener órbita, amiga de mi alma?
Comprende mi padecer, mis estudios maliciosos, que algo tenían de la
diplomacia, algo del arte de los prestidigitadores, para que mi tirano
no penetrara en aquel vedado terreno donde yo quería vivir sola, y
si no sola, sin él. ¡Qué martirio! En esta campaña, que precisamente
coincide con la época en que tú y yo no nos hemos visto, he
desplegado las dotes de astucia más extraordinarias, he inventado las
combinaciones más sutiles, me he batido a la defensiva, en la sombra,
con una habilidad de que no puedes tener idea. Y he triunfado, al menos
hasta hoy. En medio de mis grandes amarguras, tengo la satisfacción
de que Felipe _no lo sabe_. Viéndole a mi lado en efigie, en espíritu
siempre lejos, le digo con el pensamiento: «No lo sabes, no te doy el
gusto de que tengas razón contra mí. Porque eso es lo que tú quieres,
tener razón contra tu mujer, y eso no lo tendrás. Soy aragonesa».
En este periodo, Valvanera mía, ha sido mi único consuelo la lectura y
el trato de personas inteligentes, la lectura sobre todo. Mi marido dio
en llamarme romántica; es su manera personalísima de repudiar lo que se
sale de lo vulgar y corriente. Yo acepto el mote, si romántico quiere
decir revolucionario, porque..., no te asustes..., te advierto que yo
lo soy. Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males
de la libertad a los del orden... Esto es una broma, querida; no hagas
caso.
Motivo de burla y chacota son para Felipe mis aficiones a la lectura,
que en los últimos seis años han sido un verdadero vicio. Ya sabes que
su inteligencia es muy limitada: lo que yo arrojo de mi mente (perdona
la inmodestia) como hojarasca inútil, ya lo quisiera él para los días
de fiesta. Es de esos que llevan dentro del cerebro una barajita de
ideas, adquiridas y coleccionadas en el trato de los hombres más
vulgares, porque de los eminentes, haya miedo que se le pegue nada. La
tiene en forma y distribución de papeletas clasificadas. Para cada tema
que surge, su papeleta correspondiente. ¿Se habla de teatros? Papeleta.
¿De moral, de matrimonio, de religión, de política, de viajes, de
ornato público? Pues allá va la cédula. A mí no me des entendimientos
de esta condición. Ya comprenderás que quien piensa por papeletas, en
las acciones procede de un modo semejante, y ha de ser formulista,
esclavo de la letra de ordenanzas y reglamentos. En esto nadie le gana
a mi Felipe, naturaleza de tal modo conformada, que halla su felicidad
en el fastidio. El fastidio, hablando por papeleta, _es su elemento_...
¡Si al menos hubiera yo podido lograr una separación decorosa! ¡Que
si quieres! ¡Para separaciones está el tiempo! Felipe no puede vivir
solo; le soy necesaria. No se halla sin mí: soy el agua salada para ese
pobre pez. No viéndome aburrida, no ejercitando en mí su vigilancia,
no interviniéndome en todo y por todo, se muere de asfixia. Ya ves qué
sino el mío... Pues mira tú: por ley de costumbre, y no insensible a
la obra del tiempo, he adquirido resignación; sé ya lo que no sabía:
aceptar mi pesada cruz y subir con ella. Lo haría fácilmente quizás
si estuviera libre, quiero decir, si no me llamara mi órbita como me
llama, la íntima, la que es a un tiempo ilegal y sagrada, la mía.
En justicia, debo añadir que de algún tiempo acá Felipe me mortifica
menos, y que ya sea porque he ganado fuerzas, ya porque la cruz ha
perdido algo de su enorme peso, ello es que la llevo mejor, y aun
me siento menos medrosa de que mi secreto se descubra. El tiempo
también fortifica, y la próxima vejez parece que derrama tesoros de
indulgencia, y que protege las grandes reconciliaciones. ¿No crees tú
lo mismo? Sí, sí: mi temor de la luz va disminuyendo, me creo capaz de
afrontar las responsabilidades que antes me aterraban, de dar un salto
decisivo. ¿Qué te parece? Anímame, amiga del alma; dime que sí, que
sí...
En el tiempo este que nos ha hecho la gracia de tenernos separadas, no
he visto decrecer la pasión de Felipe por el coleccionismo de armas
y de hierros viejos. Sería el primer caballero del mundo si ello
dependiera de la adoración y conocimiento de los signos de caballería.
Otro que más entienda de espadas y que mejor clasifique las de cada
siglo, y las de Milán o Toledo, no lo hallarás. En lo que ha decaído es
en la esgrima, pues con los años su destreza va quedando reducida _al
compás_, y gracias. Aún se recrea en su sala de armas tirando un rato
con los amigos, y aún vienen en busca de sus lecciones espadachines
muy afamados. También acuden a casa los que se ven en el trance de
aceptar o promover un duelo, porque la primera autoridad de Madrid en
lances de honor, y en sus complejas y delicadas reglas, es mi marido.
Todos respetan y siguen ciegamente su opinión, y el hombre está en
sus glorias ejerciendo de definidor y pontífice: se humaniza, se
vuelve menos áspero, y su amabilidad relativa indica su satisfacción y
vanagloria. Yo, siempre en guardia, aprovecho para mis combinaciones
los preciosos momentos en que funciona el oráculo de los lances de
honor. Cosas a que no me atrevería en días normales, las acometo
valerosa cuando se trata de la elección de armas, de los pasos que ha
de dar adelante o atrás, en el terreno, cada uno de los duelistas. Y
ya puedes suponer con cuánto fervor pido a Dios, en momentos para mí
críticos, que haya desafío, que se peleen dos caballeros por cualquier
futesa de política, de amores o de juego, para que vengan a mi casa en
busca del oráculo, y este se entusiasme y yo respire.
Y ya no escribo más hoy, que estoy cansadita, aunque no tanto como lo
estarás tú cuando me leas. Cree que no son ociosas estas explicaciones,
para que te hagas cargo de mis sufrimientos y del servicio impagable
que prestas a tu amiga. Tu cooperación me la tengo bien ganada... Vaya,
no te canso más. Soy como esos visitantes fastidiosos, que después de
despedirse vuelven a pegar la hebra, repitiendo lo que ya dijeron; y en
pie, y en la puerta ya, todavía vuelven sobre lo mismo. No más, no más:
quédense para mañana otros secreticos que aún guarda para ti tu amante
amiga — _Pilar._
XVII
De la misma a la misma.
_Abril._
Ya sé, ya sé, picarona, el mote que vas a ponerme. Vas a llamarme la
_Tostada_. Pero no me ofendo, y casi, casi me gusta el apodo, porque me
estimula más al horroroso gasto de tinta, y a marearte con mis largas
escrituras. Lo que siento es distraerte de tus ocupaciones todo el
tiempo que exige la tarea de leerme. Pero lo llevarás con paciencia,
¿verdad? Y que no puedo ser concisa. Tras de una idea se me ocurre
otra, y cuando quiero recordar, ya tengo bien llenitos de garabatos
cuatro pliegos de papel.
Tienes razón en decir que soy una pura pólvora, y le la impaciencia me
pierde. Por mi gusto, cosa pensada, cosa realizada. No puedes figurarte
el cariño que le he tomado a esa mayorazga de Castro-Amézaga desde
que me contaste sus extraordinarios y nunca vistos méritos. ¿Y tal
joya no será para mí, para mi Fernando? ¡Ay, si Dios me concediese
esto, daría por bien empleados todos los martirios de mi vida!... No
pienso más que en Demetria, la estoy viendo, hablo con ella. ¡Qué
hermosura y qué talento, qué aplomo y dominio de sí misma! No me
digas que el fantasmón de mi sobrino puede quitárnosla. ¿Pues qué?
¿No ha manifestado bien claramente la niña discreta que le repugna el
candidato propuesto por la familia? ¡Y ha tenido entereza para negarse
a ser su esposa, sin reparar en el semicompromiso que suponían las
vistas, resistiéndose a la presión que sobre ella ejercían sus tíos y
Juana Teresa! ¡Eso es una mujer! Solo este rasgo basta para que yo la
ponga cien codos más alta que todas las de nuestro sexo. ¡Cualquier día
la coge a esa un tonto! Ya puedes figurarte lo que yo gozo considerando
el despecho, la rabia de Juana Teresa, que en su vida se ha llevado un
sofión tan merecido. La veo echando fuego por los ojos y masticando
fuerte... Pero se me caen las alas del corazón al pensar que aún tiene
esperanzas de arreglo. No, no puede ser: no es delicado insistir
después de una repulsa tan categórica... ¡Ay!, mi falta de libertad
me requema la sangre. Pues si yo pudiera meter mi cucharada en ese
negocio, ¡con qué gracia habría de llevarlo a término feliz, abatiendo
para siempre los hocicos de mi media hermana!... Déjame, déjame
que desahogue el ardor de mi alma. Luego me dicen revolucionaria,
romántica. Sí, lo soy: quiero imitar a esa sin par niña, que odia, como
yo, los raciocinios por papeleta, y cuando le han presentado la de su
casamiento, la ha deshecho con garra de leona. ¡Esa, esa es la mujer
que quiero para compañera de Fernando!
Pero nada adelantaremos, tienes razón, mientras el alma de nuestro
querido hijo no salga del insano estupor en que la tiene una pasión
frustrada, una tan grave herida del amor propio. No le riño; conste
que no le riño; considero la delicadísima situación de su espíritu, y
confío como tú en el tiempo... Pero, ¡ay!, el tiempo tiene dos caras:
es amigo que infunde esperanza, y enemigo que amedrenta. ¿Quién me
asegura que, andando días, no lograrán los de Cintruénigo rendir por
cansancio la fortaleza de Castro? Juana Teresa es muy lista, maestra
en gramática parda, en marrullerías plebeyas. Rodriguito, según mis
noticias, suple con su tenacidad la pobreza de su entendimiento. Temo
a los tercos, a los pleiteantes temerarios, a los que ponen toda su
intención y sus fines todos en una sola papeleta... No, no me entrego
yo al tiempo: eso es de perezosos. Confío en ti, que aunque me dices
que espere y no me precipite, seguramente pondrás tus cinco sentidos en
esta obra magna para que no se nos malogre, y allanarás a Fernando el
caminito de Laguardia. Demetria es su paz de toda la vida, el perfecto
equilibrio de sus facultades. ¿No lo ves así? ¿No ves en ese matrimonio
la maravilla de la Providencia?... Impedir que se unan es un divorcio,
amiga mía, es obstruir los caminos de Dios.
No te asustes de mi exaltación. Soy así: ver yo el bien y no lanzarme
tras él al instante, es imposible. Déjame que te diga una cosa, y si
la tienes por delirio, no me importa. Pues la hazaña de Fernando al
sacar a la niña del cautiverio de Oñate, con riesgo a de su vida, bien
merece el desenlace, el divino coronamiento de esta unión. Dime que
sí. Aquella página hermosa, aquel viaje por los montes infestados de
facciosos, la muerte del desgraciado padre, la herida de Fernando, que
se nos quedó cojito, prisionero de sus protegidas, ¿qué son más que
trámites de la grande obra de la Providencia? ¿Y la abnegación con que
el caballero, abandonando sus amores (buenos o malos, que eso no hace
al caso), se convierte en paladín de dos muchachas desconocidas, no
significa nada? ¿Pues y la nobleza de su proceder en todo el camino, su
delicadeza y solicitud, la gratitud de las niñas, la entrañable amistad
que entre ellos se establece, no nos dan a conocer el arte sublime con
que Dios elabora sus obras maestras? ¡Ay!, quisiera ser poeta para
poner en versos magníficos aquella peligrosa y al cabo feliz aventura,
composición que les entregaría, diciéndoles: «Héroe y heroína, Dios os
ha juntado en este hermoso poema, porque quiere haceros fundamento de
una generación que reúna la voluntad y la inteligencia. No falta más
que una estrofa, que vais a escribir ahora mismo».
A todo trance, mi amada Valvanera, es preciso que el _Caballero de
Aránzazu_ (mira qué título se me ocurre) no se acuerde más de la
catástrofe de Bilbao, ni de la condenada diamantista, que noramala
vaya. Tráemele pronto, por tus hijos te lo pido, al terreno en que
hallará el reposo y la felicidad, y yo también. Sería yo capaz, si
viera terminado el poema con lógica belleza; sería capaz, digo,
de romper la insoportable ficción en que vivo, y arrostrar las
humillaciones y las amarguras que suponen las papeletas de Felipe,
arrojadas en terrible avalancha sobre mí... ¡Vaya si lo haré! ¿No es
estúpido que vivan las almas aterrorizadas por un vano fantasma, la
opinión, la cual, mirada de cerca y por dentro, se compone de cuatro
trapos no muy limpios sobre cuatro torcidas cañas?
Pero tengamos calma. A medida que escribo me voy exaltando más... Por
obedecerte en todo, he detenido el viaje del benditísimo sacerdote,
nuestro amigo, a Laguardia; pero no acabo de conformarme con este
aplazamiento. Se me ha metido en la cabeza que haciéndose don Pedro
amigo del señor de Navarridas, se nos vendría todo a la mano. Pienso
también que Demetria... En fin, pienso tantas cosas, que vale más
que me las guarde y las madure bien antes de comunicártelas. En la
confianza de tu pericia me adormezco yo. Sé que sacarás triunfante mi
bandera, la bandera del bien, que tiene por escudo un corazón de madre,
y por leyenda esta sola palabra: _Naturaleza_.
Vamos, que estoy desatinada: no me digas que no. Y otra cosa. ¿No
puedo aún escribir a Fernando? ¿No debo decirle...? ¿Te decides a
descorrer el velo, o no es tiempo todavía? Ya que no me contestes a
esto, dime pronto si va recobrando la serenidad; si su corazón se
restaura en los sentimientos dulces, o es aún presa del vértigo de
rabia, y se ahoga en las olas de amargura. Porque no puedo arrojar de
mí una zozobra cruelísima. ¿No está convencido aún de que la maldita
Negretti es esposa de otro? ¿O es que sobre eso hay dudas todavía?
No lo veo yo claro. Las referencias del suceso son vagas, como de un
caso problemático, alterado al pasar de boca en boca. Que sepamos la
verdad. Entérate bien; interrógale, aunque esto sea poner el dedo
sobre las heridas aún no cerradas. Estaría bueno que ahora saliéramos
con que Fernando abriga todavía esperanzas... Por Dios, vigila, no
te descuides..., entérate de si aún sostiene alguna comunicación con
Bilbao, aunque sea indirecta, por vía de espionaje o información. Hay
que ver esto, Valvanera de mis pecados; hay que estar en todo... Adiós;
ya no puedo más. Toda mi alma está contigo y con él... Una palabra para
concluir: «¡Muera Cintruénigo!».
¡Qué disparates pienso y escribo!... Voy a decirte el que se me ocurre
en este momento. ¡Jesús me valga! Admitida la idea de que el motivo
del desaire sufrido por mi antipático sobrino es que el corazón de
la mayorazga pertenece a otro, me asalta la idea de que ese otro no
es Fernando. ¿No se te ha ocurrido averiguar si hay algún factor
desconocido? Lo que ahora sospecho, ¿es acaso inverosímil? Fíjate
en que no tenemos ninguna prueba de que la repulsa de la niña sea
por amor a Fernando. Todo se reduce a suposiciones, conjeturas,
fingimientos quizás de nuestro deseo. Hay un punto oscuro, muy oscuro,
querida Valvanera, y es urgente aclararlo. Acláralo por Dios. Tengamos,
¡ay!, un hecho fijo y seguro en que fundarnos, para que este plan mío
y tuyo no sea un alcázar aéreo. ¡Pues bonito papel haríamos si ahora
resultara que...! Me vuelvo loca... Compadece a tu pobre amiga...
No escribo más; quiero serenarme; la pluma se me vuelve un pedacito de
rayo. Siento en mí las sacudidas de los nervios, que me dicen que no
escriba más. _La Tostada_ se rinde.
Te mando millones de besos para que los repartas como quieras. Los que
le toquen a Fernando, como no puedes dárselos tú directamente, se los
aplicas a tus nenes para que estos se los pasen a él. Adiós otra vez.
Os adora vuestra — _Pilarica._
XVIII
De don José M. de Navarridas (incluyendo esquelas de las niñas de
Castro) a Fernando Calpena.
_De Laguardia, a 6 de mayo._
Ilustre señor y dueño: Dios le premie a usted el regocijo que ha dado
a este viejo dignándose comunicarnos noticias directas de su persona;
y que no ha sido menor el alegrón de toda la familia por este feliz
suceso, lo comprenderá usted sin necesidad de que yo se lo diga. Mi
gozo subió de punto al notar que el tono y conceptos de su carta no
indican una grande turbación del ánimo. Si por algún renglón de la
misma veo asomar la melancolía, la cual más en lo que calla que en
lo que dice se manifiesta, me tranquiliza el pensar que no es mal de
cuidado cuando recae en jóvenes a quienes la inteligencia ofrece mil
recursos contra el fastidio y las tristes memorias. Un hombre como
usted, mi señor don Fernando, tiene en su lozana imaginación, en su
variado saber de todas las cosas, el remedio contra los desmayos
del ánimo. Denos pronto la noticia, que aquí recibiremos repicando
muy recio, de que se le han pasado esas murrias. Y si me permite
darle un consejo, le diré que solo con medir la distancia entre su
mérito altísimo por los cuatro costados y la bajeza de los que le han
ofendido, ha de sentir gran consuelo. Esto y el perdonarles de todo
corazón serán medicinas de notoria virtud. Viva mi señor don Fernando,
y dele Dios toda la felicidad que se merece.
También agradezco infinito a mi señora doña Valvanera que haya
contribuido a vencer la pereza de usted para escribirnos; y si por mil
respectos no mereciera esa noble dama mis homenajes, por esta sola
fineza quedaríamos obligados eternamente. Hágame el favor de decirle
que en esta carta van cumplidos sus encargos con toda la eficacia que
nos permite nuestra inutilidad. Incluyo las respuestas de puño y letra
de mi sobrina mayor, la cual ha manifestado un deseo muy vivo de servir
a la señora de Maltrana.
Mi hermana María agradece a usted sus finos recuerdos, y se los
devuelve con sinceros votos porque conserve usted su salud, así del
cuerpo como del alma, deseando que encuentre su tranquilidad en la
esfera del mundo que por su nobleza le corresponde. Tanto mi señora
hermana como yo hemos leído con especial satisfacción el parrafito de
su carta en que se muestra deseoso del buen giro de nuestros planes
con respecto y a la unión de las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.
Conociendo lo que aprecia usted a esta familia, esperábamos esa
manifestación, a la que tenemos el gusto de contestar dándole
esperanzas de que nuestro proyecto se realice, pues reanudadas las
negociaciones, hemos visto que presentan un excelente cariz. Quiera
Dios que pronto pueda dar a usted la buena noticia de que es un hecho
el enlace de los escudos de Castro y Sariñán. Y si se dignara usted
asistiendo a la boda, no tendríamos palabras con que mostrarle nuestro
reconocimiento.
Concluyo, pues las chiquillas quieren escribir a usted en este mismo
pliego. Ya les he dicho que escriban aparte, y aquí meteré los
papelejos que me den. De todos modos, no quiero cansar más a usted:
solo le digo que no se ha armado floja revolución en la casa con sus
dulces encargos. No sintiéndose bastante fuerte en sus conocimientos
la señora Demetria, reunió concilio de autoridades, que bien puedo
llamar ecuménico por la muchedumbre de eminencias que concurrieron.
Las de Álava fueron las primeras en penetrar en aquellas salas
vastísimas, y al instante trabaron una tan fuerte de controversia
escolástica con mi hermana sobre el punto del punto que se debe dar al
dulce de tomate, que hube de retirarme medio loco. Acudieron también
al cónclave, llamadas por Demetria, dos monjas exclaustradas de esta
localidad y de Vitoria, maestras en toda suerte de _dulzuras_, y si
le digo a usted que tres tardes con sus respectivas primas-noches
gastaron en dilucidar los problemas, invocando estas las tradiciones
conventuales, aquellas la experiencia de unas y otras casas, no me
tenga por hiperbólico. De los estados de Páganos y Samaniego, y aun de
la remota Bastida, vinieron labradores viejos, cuyo dictamen y luces se
estiman indispensables para determinar las mejores tierras y el abono
más adecuado a los tirabeques, así como para la elección de simiente,
_etcétera, etcétera_...
He aquí, señor mío, que entran las dos estrellas matutinas de la casa
trayendo cada cual el papelito que debo incluir en esta. El de Demetria
viene abierto para que yo lo lea y le dé mi _exequatur_ antes de
enviarlo a su destino. El de Gracia llega cerrado con tales cerrojos
de obleas y candados de lacre, que no hay curiosidad bastante aguda
para penetrar en las entrañas de este mamotreto. La chiquilla se ríe al
entregármelo, y presumo que habrá metido sinnúmero de cuchufletas para
embromar y divertir al amigo melancólico. Esto me parece de perlas, y
accedo a no intervenir el manuscrito. Allá van uno y otro, y celebraré
infinito que los informes de Demetria satisfagan por entero a la señora
de Maltrana, y que los inocentes donaires de la pequeñuela recreen el
ánimo del noble caballero a quien van dirigidos. Aquí termino, pidiendo
a Dios que me le guarde cuanto he menester. Su atento amigo y capellán
— _José M. de Navarridas._
Esquela de Demetria.
Señor don Fernando: Mi buen tío le informará de cuán festejada ha sido
su carta, por la cual vinieron al fin las nuevas de su existencia y
de la buena memoria que conserva de estas pobres campesinas. Si su
salud no es tan buena como usted merece y todos deseamos, cuídese,
distráigase y lleve con paciencia su mal, que este no es de los
incurables, y casi estoy por decir que quizás sea de los benéficos, o
que, pareciendo que matan, lo que hacen es dar a la larga mejor vida.
Usted me entiende.
Por dos trajineros de toda confianza que llevan trigo de casa a
Valmaseda y Bilbao, mando a la señora de Maltrana los mejores
tirabeques que por acá se han podido encontrar, cosechados en nuestras
tierras de Páganos. Hemos escogido la clase llamada aquí de cuerno
de carnero, que es la más tierna y se cuece de un hervor. Plántenlos
inmediatamente que lleguen, poniendo diez o doce en cada surco, sin
echarlos en remojo, pues no quieren extremada humedad. La tierra que
sea bien suelta, con abono muy hecho, mezclado de ceniza. Basta con
la primera cava por toda labor, arropándolos bien y disponiendo los
tutores antes que tomen direcciones viciosas. En esto han de mirar
mucho, pues siendo su crecimiento de más de seis palmos, conviene
guiarlos desde el principio con dos varas para cada pie, o tres si
ellos mismos indicasen la necesidad de más apoyo. En las cruces pongan
palos de mayor robustez, tirando cuerdas desde estos a las varas
laterales, conforme la extensión de las guías altas lo vaya pidiendo.
El toque está en acomodar la planta para que suba bien derecha y no se
tuerza, pues si caen y se doblan, se malogra, por falta de aire, parte
del fruto. Si a pesar de estas precauciones se doblan, por causa de
fuertes vientos, vale más dejarlos jorobaditos, que en este caso la
enmienda es tardía y empeora su situación. Se les deja como están, y se
aprende para otra vez. ¿Entendido? Lo demás lo hace Dios. Celebraré que
cuando el señor don Fernando los coma se encuentre ya bien derecho y
con propósito firme de no volver a torcerse.
El dulce de tomate lo hacía mi madre sin ciruelas. Pero no faltan
aquí autoridades que recomiendan el empleo de esta fruta, mezclada
en proporción de una libra por tres de tomate. Mi madre, como digo a
usted, lo hacía sin mezcla. Recuerdo muy bien la operación, pues en
ella le ayudé miles de veces; recomiendo que se fijen principalmente en
la elección de tomates, siempre de mediano tamaño, rechazando todos los
que tengan daño o picadura por pequeña que sea, pues estos, aun los de
apariencia más bonita, la pegan. Es condición precisa cogerlos cuando
empiezan a pintar. Se les extrae la semilla por un corte en redondo
hecho en el pezón, de modo que resulten huecos y enteros, conservando
la pulpa menos blanda. Ponía mi madre libra de azúcar por libra de
tomate, teniéndolos veinticuatro horas en almíbar. Luego los hervía
tres veces a un punto no extremado, pues desmerece si se deshacen y
reblandecen demasiado. Tenía las orzas al aire, sin cubrirlas, otras
veinticuatro horas. Con esto concluye mi ciencia, pues no sé más, y
sentiré mucho que no quede satisfecha con tan escasos conocimientos esa
digna señora. Su arte suplirá mi insuficiencia, y espero que usted,
que es tan goloso, se chupará los dedos cuando le sirvan el tomate en
dulce. Mi madre decía que mientras más desabridas son las frutas, más
apropiadas resultan al buen dulce: el mejor de todos, que es el llamado
_de cabello_, se hace de calabaza.
Y vamos ahora al mostillo. Suponiendo que el arrope de Villarcayo
es excelente y muy azucarado, el mostillo que de él se saque no será
inferior al de mi tierra. Mi madre ponía el arrope a cocer en un
gran perol, a fuego lento, echando en él nueces peladas y cortezas
de naranja y limón. Después de bien hervido lo apartaba del fuego, y
entonces empezaba la operación más delicada, consistente en echarle
harina, dando vuelta al caldo con cuchara de madera, sin cesar, y de
la cantidad de polvo que se echara dependía el poco o mucho cuerpo
del mostillo, y su mayor o menor mérito. Tenía mi madre para esto
tan buena mano, que rara vez le salía mal, y cuando no quedaba a su
gusto por demasiado espeso y pegajoso, o por muy fluido y clarucho, lo
desechaba, haciéndolo de nuevo, sin acordarse más de la inutilidad de
su tarea ni lamentarse de ello. Su sistema era empezar de nuevo lo que
una vez salía mal, sin tratar de enmendarlo. Y tenía razón, porque las
equivocaciones rara vez pueden corregirse, y lo mejor es aprovecharlas
como enseñanza... y a otra. El punto del buen mostillo es como el de
natillas claras, ni más ni menos. Luego se pone en orzas vidriadas,
fíjense en que han de ser vidriadas por dentro, y se tapa con un
pergamino bien sujeto a la boca para que la cerradura sea perfecta. Y
ya no falta más que comerlo. Yo estoy preparando una tarea, de la cual
mandaré a la señora de Maltrana unas orcitas, si me sale bien, lo cual
es dudoso, porque con tantos cuidados voy perdiendo un poquito los
papeles. Pero he de esmerarme en la obra, recordando a mi madre y su
arte consumado para estas cosas.
Creo haber respondido a las consultas con que usted me honra por
encargo de la señora de Maltrana, a quien con este motivo tengo
el gusto de ofrecer, juntamente con mi hermana, mis respetos más
afectuosos. Tanto ella como yo deseamos que nos franquee ocasión de
poner a su servicio nuestra inutilidad. Y usted, señor de Calpena,
disponga de su amiga — _Demetria._
Papelito de Gracia.
Fernandito: Eres un pillo y no mereces que te escribamos, pues tú no
nos as escrito a nosotras, sino al tío, y eso lo iciste porque esa
señora en cuyo palacio vives te cogió de una oreja y te puso la pluma
en la mano; que si no, maldito lo que te acordabas tú de nosotras, ni
de Laguardia, ni de las cortinas de damasco, ni de los mimos que yo te
acía para que comieras y recobraras el apetito y el buen umor. ¡Vaya
con la ingratitud del señorito! ¿Qué te abíamos echo nosotras para que
así nos trataras? Pues aora, como vuelvas acá, que no volverás, ni
falta; pues como vuelvas, ni te doy golosinas, ni te cuento cuentos,
ni te ago vendas para tu patita coja, ni nada. Me tienes furiosa,
deseando que rabies, que te desesperes y lo pases muy mal, que así las
pagarás todas juntas. Cada cual lleva su merecido según sus acciones,
y las tuyas son de lo más perverso que emos visto. No puedes figurarte
mi satisfacción al saber que tuviste un desengaño muy tremendo. Eso
les pasa a los casquivanos y desagradecidos, que se van por el mundo
en busca de aventuras... Mira, niño, entre paréntesis te digo que no
agas caso de mi ortografía, no porque sea muy mala, sino porque como
me equivoco siempre en las _haches_, he determinado suprimirlas, y
así no tengo que devanarme los sesos por saber dónde caen y dónde no.
El montón de _haches_ que me sobran lo pongo al final, por si quieres
enmendarme con ellas la plana.
Bueno: pues si cuando te dieron ese sofoco te ubieras venido a casa,
aquí lo abrías pasado bien, y tú contándonos el lance, y nosotras
riéndonos de ti, te abrías curado, que más pronto se cura un corazón
flechado que una pata erida de bala. ¿No te acuerdas ya de cuando te
pegaron el tirito los cafres del _Jabalí_? Pues yo sí me acuerdo.
Sabrás que an venido aquí dos pobrecitos de los de Aránzazu a traer
carbón. Allí ya no ay miseria, porque emos señalado a cada familia
un diario, que todos los meses van a cobrar a Salvatierra. Nos an
preguntado por ti, por el buen caballero, y yo les dije que tú ya no
eras caballero, sino un pillo muy grande... Sabrás también que vinieron
a esta villa dos ombres de mala traza preguntando por ti... Parecían
quincalleros o titiriteros: traían una carta que no quisieron dejar.
En la casa donde se aposentaron, que era la de la Bonifacia, calle de
Enmedio, dijeron que tú eras príncipe, y que una princesa muy ermosa,
vestida de zagala, te andaba buscando por los pueblos del llano de
Vitoria. Conque ya ves cuánta noticia te doy. La más gorda la dejo para
lo último, y antes te diré que todos los conocidos nos tienen mareados
preguntándonos por ti. Unos dicen que te as casado, y otros que todavía
no. Las de Crispijana y las de Paternina andan en averiguaciones de
quién podrá ser esa princesa disfrazada que te busca.
Más noticias: uno de los lebreles pequeños se nos a muerto de moquillo.
La _Leona_ no te olvida, y todos los días viene a echarse en la
alfombrita que está a los pies de tu cama. Tu cuarto está lo mismo
que lo dejaste, y en el jarrón aquel que tiene la pintura de Juanita
de Arco vestida con armadura, no pongo ya flores, como cuando estabas
aquí, sino cardos borriqueros. Este año emos tenido tanta cereza,
que después de regalar a todo el mundo, y de acer mucho dulce, aún a
sobrado para los de la vista baja, con perdón. ¡Lo que te as perdido!
¿Y qué me dices de lo sabia y leída que estoy? De ver leer a Demetria
me entró la afición; solo que el tío me quita de las manos lo que según
él es lectura mala para niñas. Yo afano todo lo que puedo, y a más del
_País de las monas_, e leído _El doncel de don Enrique el Doliente_,
escrito por ese que se mató. ¡Cuánto me a gustado! Me parece que te
estoy viendo a ti con armadura toda negra, calada la visera, entrar
en el palacio, castillo, o lo que sea... ¿Pues y la dama, aquella doña
Elvira? ¡Qué simpática...! ¿Y el tunante del marqués de Villena...?
Todo es precioso. También me an dejado leer la _Atala_, que es muy
triste, y la _Serafina_, que ace llorar a las piedras. A Demetria,
que tiene licencia del tío para leer todo, le an traído una obra que
se llama _Nuestra Señora de París_, que dicen es la más romántica de
todas cuantas se an escrito. Del autor no me acuerdo: es _don Víctor_
de no sé qué. Las de Crispijana dicen que es el acabose de lo bonito, y
que vuelve locos a los que la leen, de tanto romanticismo y tanto amor
estrepitoso. Una tarde pude quitársela a mi hermana, y leí un poquitín,
que me enamoró. Es una muchacha bonita que tenía una cabra, a la que
abía enseñado a leer. Por las láminas e visto que el más enamorado que
allí pone el autor es un corcovilla que toca las campanas de la iglesia
mayor de París. El tío me a prometido darme _Los mártires_, que dice
son cosa bonita y muy de religión, y los versos de Quintana, que serán
muy buenos, pero a mí me aburren, porque no lo entiendo. Yo quiero
relaciones de galanes y damas, amores con lances muchos, y trapisondas
y contratiempos, que acaban en casarse, pues cuando se matan o no les
casan me entristezco tanto, que lloro como si los ubiera conocido y
fuesen de mi familia. Que aya mucho interés y sorpresas, me gusta; que
se pase miedo y zozobra, siempre que al fin se casen. Yo compongo
también mis novelas, y todas las acabo casando a los que se aman, y
aora estoy pensando en que conozco a dos que se quieren, pero no se
lo an dicho, porque ninguno quiere ser el primero. Les da vergüenza:
el galán calla y ace muchos melindres por aquello de ser galán; la
dama, por el aquel de ser dama, no debe tampoco declararse..., y
con estas tonterías puede que suceda una cosa muy mala, y es que el
segundo galán, uno que está en acecho y no para de echar memoriales, se
aproveche de la poca resolución del galán primero, y logre lo que no
merece ni le corresponde.
Mira, Fernandito: lo que voy a decirte aora es secreto. Por Dios, no
me comprometas. Cuidadito, cuidadito como me vendes; que no seas malo,
Fernando; que no me agas la trastada de ablar de esto al tío cuando
le escribas. Y si cayeres en la tentación de ablarle, no me nombres a
mí para nada... Vaya, que no me atrevo a decírtelo, por miedo a que
me vendas. Ea, sí te lo digo. Pues sabrás que eres el mayor tonto del
mundo en apurarte tanto y ponerte melancólico y medio tísico porque tu
novia se a casado con otro. ¿Sabes lo que pienso? Que Dios te favorece,
pues ay otra que vale mil millones de veces más que la que as perdido,
y te quiere más. ¿Quién es? Pues si no lo adivinas eres más tonto
todavía. El nombre no lo pongo aquí: no debo, no quiero. Me da mucha
vergüenza. Creo que la misma tinta se pondrá colorada. Solo te digo que
si tú le propones amores con buen fin, te contestará con un sí tan
grande como esta casa.
¡Ay, qué vergüenza! Pero, en fin..., no puedo retirar lo escrito. No te
descuides... Vosotros los sabios no servís para estas cosas. Por eso un
tonto cualquiera os quita las novias.
Y punto final. ¡_Hadiós_!, con _hache_ y todo para que no digas.
Que lo pases muy mal; que te mueras muy pronto, y que te vayas a los
infiernos, desea tu enemiga, que te aborrece de corazón, — _Gracia._
XIX
De Valvanera a Pilar.
_Villarcayo, mayo._
No creas, mi querida _Tostada_, que las dimensiones de tus cartas
puedan serme enfadosas. Al contrario, las leo de punta a cabo
con indecible placer, y siempre me saben a poco; suelo quedarme
desconsolada de que aún no vengan un par de pliegos más. Y ello es
así, porque en tu escritura y estilo te veo tan viva como si delante
te tuviera. No hay persona que tan claramente se muestre en lo que
escribe. En tus cartas estás como eres: traviesa, sutil, amante,
nerviosa, voluble. A veces tu sinceridad me asusta tanto como me
admira; tus juicios tan pronto son acertadísimos como desatinados. Da
gracias a Dios por tenerme a mí de reguladora de tu carácter en este
negocio, pues si yo no moderara tus arrebatos y te alentara en tus
decaimientos, no sé lo que pasaría. Lo mismo piensa Juan Antonio, a
quien leo mis cartas y las tuyas. Recordarás que esto fue lo convenido
por nosotras, pues no quiero poseer secretos que no conozca mi marido,
ni traer entre manos enredillos cuyo principal hilo no esté en las de
él. Se interesa por el buen giro de tu asunto tanto como yo, y sus
consejos y observaciones son la luz que en estos laberintos me guía. Y
basta de preámbulos, que tenemos mucho que hablar.
Disparatada me parece, como chispazo de las hogueras de tu
romanticismo, la idea de que la niña de Castro pueda tener otro novio,
otro amor. La existencia de un desconocido, cuarto factor, es un
supuesto absurdo. Según mis noticias, corroboradas por las que hace
pocos días dieron a Juan Antonio personas de gran crédito, Demetria
viene a ser como un santito puesto en el altar del respeto y estimación
que le tributan sus convecinos, y ni con palabra ni mirada se digna
responder a ninguna manifestación amorosa, venga de quien viniere.
Desecha esa superstición, pues no merece otro nombre. No hay más
figuras sobre el tablero, no hay más actores que los tres que conocemos.
Y allá va otro hecho notable que no debes ignorar. Demetria renuncia
al mayorazgo, quedando las dos hermanas, por virtud de este arranque
generoso, igualmente partícipes del gran patrimonio de Castro-Amézaga.
¿No te parece que esta novedad permite vislumbrar una solución
equitativa? A otra cosa: enterada de la tirantez de tus relaciones con
Juana Teresa, he resuelto escribir a mi ladinísima y cuquísima cuñada,
poniendo en ello tal diplomacia y cautela, que hemos tardado Juan
Antonio y yo como unas tres noches en enjaretar nuestra epístola. Ello
va bien hilado, con las necesarias marrullerías para conseguir que se
claree. Le hablamos de ti, sin mezclarte para nada en la intriga que
traemos. Esperando estoy su respuesta, que nos dará pie para otros
avances y manifestaciones.
Lo que ha de sorprenderte y alegrarte es la noticia de que he logrado
tender un hilo a Laguardia, y ponerme en comunicación con las niñas
de Castro. ¿Cómo?, dirás. Hija, no solo tú tienes talento para estas
cosas: concédenos algo de tu diplomacia y delicada trastienda. Pues
verás: en la contestación que dio Fernando a una carta del cura
Navarridas, ingerí unos encarguitos o consultas hechas a las niñas
requiriendo la contestación inmediata. Cayeron en la trampa, y a los
pocos días vi gozosa que el balijero me traía la deseada respuesta.
Te incluyo las cartas de Laguardia, para que las leas, medites sobre
ellas, y me des tu opinión... Pero dejemos esto, que quiero hablarte
de lo más importante, y por Dios que no es muy lisonjero lo que ahora
leerás. No te asustes antes de tiempo, y fíjate bien en lo que escribo.
Hace días que notábamos en Fernando un recrudecimiento grande de sus
tristezas, agravado con estados nerviosos que me ponían en cuidado.
Poco atento al ensayo de la comedia, pretextaba dolores de cabeza
para encerrarse en su cuarto, o pasear solo por las inmediaciones de
la casa. El lunes, interrogado por Juan Antonio, dijo que necesitaba
forzosamente ausentarse por pocos días; que nos prometía volver;
que nos lo juraba con palabra de caballero. Fingimos acceder a su
pretensión, proponiendo yo que mi marido le acompañase, y en eso
quedamos. El miércoles por la noche, viéndole sombrío y taciturno,
preparando la maleta pequeña que usa para viajes cortos, le llamé al
cuarto de los niños, que ya dormían, y empleando la severidad combinada
con las expresiones más dulces del cariño materno, logró que me
confesara el motivo del trastorno que no podía disimular. ¡Pobrecillo!
Es tan bueno, tan noble, que no se llama, no, a su corazón sin que este
al punto responda. Con hidalga franqueza díjome que había recibido
una carta de su amigo Pedro Pascual Uhagón, en la cual le manifestaba
sucesos de indudable gravedad; dócil a mis instancias, me dio la
carta para que la leyese, y enterado de lo sustancial, se la devolví.
Saqué un extracto, que te incluyo. Entérate y juzga. Los documentos
que con esta recibes son de un interés palpitante: nos manifiestan
sentimientos efectivos de las personas a que se refieren, estados de
las almas..., y debemos meditar sobre ellos.
Naturalmente, traté de arrojar la mayor cantidad posible de agua
fría sobre la hoguera que el pobre chico llevaba en sí; pero bien
comprenderás que no me habrá sido fácil apagarla. A las razones que
le di encareciendo el desprecio y olvido, me respondió con otras que,
expresadas por él, eran de una elocuencia y fuerza incontestables, por
supuesto, echando siempre por delante el honor; y cuando los hombres
sacan este Cristo, nos quedamos las pobres mujeres muy desguarnecidas
de razones. En efecto: si ahora resulta que esa hembra loca, después
de dejarse secuestrar tan torpemente, rompe con su nueva familia,
atropella toda conveniencia, y se lanza decidida en busca del hombre
a quien había jurado fe, para que este la ampare, deshaciendo la
odiosa trama de su forzado casamiento, pueden sobrevenir incidentes de
la mayor gravedad. Yo insistí en que no hiciera caso, y que pues el
matrimonio religioso era efectivo, no procedía ninguna clase de acción
protectora en favor de la infeliz Aura. Pero no he podido convencerle.
Sobre todas las leyes sociales y religiosas está la caballería. Un
hombre, un galán, un caballero no puede desamparar en trance aflictivo
a la que fue su dama, aun teniéndola por culpable. La caballería, tal
como Fernando la ve, es la suprema justicia, superior a todas las
justicias de nuestras leyes divinas y humanas; la idea de castigar una
traición, y de restablecer las cosas en el estado anterior a la intriga
villana. Y aquí nos tienes, mi amada Pilar, en pleno drama o novela.
Pocas novelas he leído yo desde que me casé; pero por lo que recuerdo
de libros y teatros, en tales asuntos, inventados y compuestos con
arte, domina la idea de justicia caballeresca, y de tal modo subyugan
a los lectores y espectadores, que estos enloquecen de entusiasmo
cuando ven atropellada la ley y aun la misma religión. Los desafíos,
los raptos de monjas, la burla de padres o esposos, son admitidos
con aplauso, sobre todo si el galán que tales atrocidades acomete es
atrevido, insolente, y guapo por añadidura.
Discutía yo con Fernando sobre estas materias, y no quiero decirte que
con su ingenio y gracia me arrollaba lindamente. Yo, al fin, no sabía
por dónde salir. Nuestro asunto, pues, toma ya el carácter de obra
dramática o novelesca, y o mucho me engaño, o se trae un chisporroteo
romántico que pone los pelos de punta. ¿Qué me dices a esto? La dama
escapadita de la casa conyugal, los burladores burlados, el galán con
ganas de salir al encuentro de la dama y ampararla contra los viles que
la engañaron, el traidor acechando en las tinieblas y preparando alguna
nueva trapisonda... No, querida, no te asustes; te digo esto para que
veas cuán malo es el romanticismo. Inmenso servicio se haría a la
sociedad suprimiendo tales invenciones, que no sirven más que para dar
malos ejemplos a la juventud. Cierto que Fernando me arrojó a puñados
los rayos y centellas de su exaltación caballeresca y dramática; pero
yo no me dejé cegar, ¡buena soy yo!, y con fría calma, razonando con
el juicio que Dios me ha dado, le solté todas las andanadas del buen
sentido, del respeto que debemos a las leyes y prácticas sociales. Como
esto no era bastante, saqué también mi Cristo: díjele que te morirías
de pena si él, por meterse en lances de poesía teatral, comprometía su
existencia, su opinión, aquel honor mismo que invocaba; añadí que todo
escándalo que por tales violencias sobreviniera, además de herirle a
él y menoscabarle, a ti principalmente habría de lastimar..., y ante
esto vi que flaqueaba su tenacidad quijotesca. Si no era ya mío, era
tuyo, y esto me bastaba. En fin, para no cansarte, me prometió no
salir de aquí sin darnos de ello conocimiento, y que no buscaría el
drama, concretándose a proceder como caballero si el drama lo buscaba
a él. Así hemos quedado: está más tranquilo, y yo también. ¿Vendrá
el drama? Pues si viene, algo se me ocurrirá para espantarlo. Por de
pronto nos recreamos con la dulce comedia de Moratín. Hoy han vuelto a
ensayar, y Fernando, recobrando su aplomo, nos ha hecho pasar un rato
agradabilísimo.
Es tarde, mi buena _Tostada_. Mañana continuaré.
_Martes_. — Nada ocurre hoy digno de contarse, como no sea que el drama
no ha parecido. Por si viene, me dispongo a esperarle detrás de la
puerta, pertrechada con el palo de una escoba. Si ahora resultara que
no hay tal drama, que el que nos asusta es pura invención o engaño del
corresponsal bilbaíno, este merecería el escobazo por ponernos en tal
zozobra. No afirmaré que sea inverosímil: los buenos dramas tampoco
lo son; pero algo hay en este que me parece extraño a la realidad.
La dichosa carta de Uhagón me huele a verso. Con todo, no nos fiemos
mucho, engañadas por la atmósfera desabrida de la vida corriente. En
esta, cuando menos se piensa, salimos todos hablando en verso sin
saberlo, y a lo mejor suceden cosas que convierten en cuentos de niños
las invenciones novelescas y teatrales. No estoy tranquila, no, y a
cada ruido extraño que siento fuera de la casa tiemblo y me digo: «Es
el drama, que llega».
Se me había olvidado decirte que la carta de ese Miguel de los Santos
no engañó a nuestro caballero, pues antes de llegar a la mitad de la
lectura reconoció por tuyo el salado escrito. Lo ha leído veinte veces,
celebrando tu ingenio; el legítimo orgullo se le sale por los ojos en
llamaradas. Me ha dicho que ese Miguel es un talento perezoso, y un
corazón de amigo como pocos se encuentran, y se pasma de que te hayas
asimilado tan graciosamente su original socarronería en el pensar y en
el escribir. Espera que le mandes nuevos engaños como ese.
Y hablando de otra cosa, que por cierto no es nada grata, tengo a la
niña mayor malita. Se nos constipó ayer en el ensayo, porque teníamos
todo abierto por causa del calor, y debió de sofocarse interpretando
con demasiado brío la escena de doña Irene con don Diego. Me faltó
tiempo para meterla en cama: la tos me la ahoga. Ya nos tienes a todos
con el alma en un hilo... En fin, dice el médico que no es nada; pero
yo no me fío, conociendo la propensión de estos chicos a las afecciones
pulmonares. Desde que perdí a mi Ángel, tiemblo cuando les oigo toser.
A estos dramas de la salud de mis hijos les temo más que a los otros,
pues no puedo ahuyentarlos a escobazos. Empiezan con la tos; luego
la calentura, que ni sube ni baja; siempre lo mismo días y días,
consumiéndose, perdiendo las carnes. Cada catarro de mis hijos es una
ansiedad mortal de cuatro o cinco semanas. Toda la fortaleza quiso Dios
que fuera para los padres, que somos dos robles; fortaleza que sin duda
nos es necesaria para soportar las dolencias de la familia menuda. Y el
pequeñín no anda bueno tampoco. Toda la noche se la pasa en un sudor;
está triste; no tiene apetito; se le ve desmejorar por días. Gracias
a la riquísima leche que aquí tenemos y a los sanísimos aires de este
país, les voy defendiendo. Por su salud ofrezco al Señor la mía; pero a
Dios no le conviene el trato, y sigue quitándoles porciones de vida que
a mí me da. Él se sabe lo que hace.
Con el cuidado de la niña no vivo, amiga del alma, y como nuestro
asunto no nos traiga alguna sorpresa, no te escribiré ni mañana ni
pasado. Pídele a Dios que no me quite a mi hija, y yo espantaré los
dramas que vengan por acá..., no te dé cuidado. Tu amantísima —
_Valvanera_.
XX
De doña Juana Teresa, marquesa de Sariñán, a la señora de Maltrana.
_Cintruénigo, junio._
Hermana y amiga: He tardado en contestarte, esperando a tener noticias
claras, fehacientes de tu padre, las cuales ayer llegaron por un propio
que nos envió nuestro buen amigo don Blas de la Codoñera. Resulta que
no solo vive, sino que goza de envidiable salud. Allá le tienes, en el
campo de Cabrera, hecho un brazo de mar, agasajado por el cabecilla,
bien quisto de todos, desempeñando no sé qué papeles de consejero o
de asesor en negocios políticos. Es mucho don Beltrán. No hay otro
en el mundo de más suerte: allí donde matan, él vive y triunfa; allí
donde reinan la desolación y la estrechez, él se las arregla para
figurar en primera línea, y darse vida y tono de príncipe de sangre
real. Sería curioso conocer los prodigios de labia y finura con que
ha logrado catequizar a tales verdugos. ¡Qué cosas les habrá dicho!
¡Qué invenciones habrán salido de aquella cabeza fecunda en lindos
enredos! Voy creyendo que tu padre tiene siete vidas como los gatos.
Por conducto de don Blas a todos saluda y bendice, añadiendo las
carantoñas que sabes son muy de su carácter, y con las cuales se hace
perdonar sus graves defectos: nos pide dinero y ropa. Hemos acordado
Rodrigo y yo enviarle una cantidad no muy crecida, ocho onzas, que me
parecen suficientes para mantener su decoro entre aquellos salvajes o
para regresar si lo desea. Dime si estás dispuesta a contribuir con
la mitad del dicho emolumento, o sea cuatro onzas, pues si a ello te
negaras y tuviéramos que acudir solos al remedio del noble señor, nos
concretaríamos a seis onzas. Justa es la mitad de esta carga tuya, y
aun no sería malo que por entero la llevaras tú, pues nosotros harto
hemos hecho por él teniéndole en casa y aguantándole el genio. También
te digo que si cansado de aquellas glorias y de los papelones que
allí hace, vuelve al arrimo de la familia, sería para nosotros un
gran alivio que le tomaras tú por una temporada. Hija, no hemos de
estar los de acá siempre a las agrias y tú a las maduras. Para que se
reparta equitativamente la persona del _primer noble de Aragón_, es
preciso que tú le tengas y le aguantes un año por lo menos. Así lo
propondrá Rodrigo a su abuelo en la carta que le escriba mañana por
el propio de don Blas; habla tú de esto con Juan Antonio y dime lo
que resolváis, sin olvidarte de mandar las cuatro onzas consabidas.
Puedes entregárselas a Capistrana, a quien di el encargo de comprarme y
remitirme un buen carnero merino y doce ovejas.
Mejor informada de lo que yo creía estás en el asunto de la proyectada
boda de Rodrigo con la niña de Castro-Amézaga. De lo sucedido el otoño
último, cuando fuimos a vistas, te enteraría tu padre, de seguro
pintando las cosas con exageración y un poco de mala fe. ¡Dichoso don
Beltrán! Dios me le perdone; no puedo menos de atribuirle alguna parte
de culpa en el desgraciado giro de aquel proyecto. No hubo tal desaire,
ni manifestación de desagrado por parte de la entonces mayorazga: al
contrario, bien nos demostró que apreciaba en todo su valor las prendas
morales de mi hijo, su nobleza y virtud, y que las físicas le causaban
impresión favorable, fundamento de un honesto cariño. Todo habría
concluido felizmente si no mediara la envidia oculta, que por medio de
cábalas y manejos viles procuró el deprecio de la moneda legítima para
poder pasar la falsa. El proyecto se malogró por entonces, perdiendo
más en ello Demetria que Rodrigo. Pero tengo el gusto de participarte,
para que hagas correr la noticia, que reanudadas las negociaciones
hace dos semanas, presentan un semblante lisonjero. Escribió mi hijo
a la señorita de Castro reiterándole su anhelo de hacerla marquesa de
Sariñán, y ella contestó casi a vuelta de correo. A la vista tengo su
carta, que es una monadita de humildad y discreción. Se cree indigna de
honor tan grande..., su negativa no fue desprecio, _etcétera_..., ni
desconocimiento de las cualidades, _etcétera_..., fue que en aquellos
días sentía vocación de soltera, _etcétera_. Si el _sí_ de las niñas
tiene mucho que estudiar, no son menos intrincados y misteriosos
los _noes_ de estas muchachas trabajadorcitas y que no quieren ser
marquesas... El tono de la carta revela que aquellas ganitas de
consagrarse a vestir imágenes pasaron ya: eran sin duda uno de tantos
trastornos ocasionados por el cambio de edad, por el despertar de la
imaginación, de los nervios, _etcétera_..., en fin, tonterías, y algo
del _no quiero, no quiero, échamelo en el sombrero_. Dice la niña que
le demos un par de meses para determinarse... Esto es para no aparecer
que lo desea con vehemencia, o una manera garbosa de volver sobre su
acuerdo. Tantos melindres y gazmoñerías no tienen otro objeto que dar
más valor a la aceptación. Yo traduzco la carta al lenguaje de la
sinceridad, y leo así: «Señor marqués, estoy rabiando por casarme con
usted..., pero quiero darme todavía otro poquito de tono, y pongo la
boca chiquita y arqueo las cejas para expresar la vergüenza que siento
cuando me hablan de boda».
De veras te agradezco el interés que muestras por mí en este asunto;
mas esto no me quita los agravios que de ti tengo, causa de que no
te escribiera más pronto. Y como me estorban los enojos muy guardados
en el alma, allá van los míos, Valvanera, y ojalá queden desvanecidos
con tus explicaciones. Aquí estoy aguardando a que me digas la razón
de albergar en tu casa, un mes y otro mes, a un sujeto con quien ni
tú ni tu marido tenéis parentesco conocido. Verdad que para saber
si hay parentesco falta el dato principal: quiénes son los padres
de ese mozalbete y su verdadero apellido. No acabo de entender que
Juan Antonio, hombre tan mirado, tan atento al decoro de su casa,
consienta estos huéspedes fijos, que parece forman parte de la familia.
Dime: ¿habéis puesto fonda? Y que le tratáis a cuerpo de rey, según
mis noticias, con unos mimos y un regalo que solo se prodigan a las
personas muy amadas. Podrá en esto no haber ninguna malicia; desde
luego declaro que tu reconocida virtud no desmerece por esto a mis
ojos; pero no debes creer que sea tan benévola como yo la opinión. No
habrá malicia, repito, pero sí hay un acertijo que no entiende nadie,
y Juan Antonio debe apresurarse a darnos la clave. Del misterio al
escándalo poca distancia hay que recorrer, y como el escándalo habría
de afectar a toda la familia, Rodrigo y yo tenemos derecho a que se
nos diga quién es ese sujeto, y por qué ha echado raíces en tu casa.
Del tal, a quien no puedo llamar caballero mientras no conozca su
procedencia, su familia, su nombre, solo sabemos que con pretexto
de una herida leve se pasó en la casa de Castro-Amézaga tres meses y
medio, a mesa y mantel, cobrándose en vida regalona los servicios que
prestó a las niñas en su escapatoria de Oñate; sabemos también que
es de la cáscara amarga, es decir, romántico, y el romanticismo no
significa otra cosa que el disimulo de la holgazanería y los vicios:
todo ello cuadra muy bien a un personaje que no se sabe de dónde ha
salido, ni de quién recibe el dinero que gasta. No me saques a mí
el cuento de que ignoras quién es. Esa no pasa, Valvanera: tú lo
sabes, y vas a decírmelo; de lo contrario, tendría yo que imaginarlo,
exponiéndome a errores. No he de suponer tampoco que tu huésped es un
gorrón de oficio que reparte el año comiendo tres meses en cada casa.
Como a la mía no ha de venir, porque aquí no se mantienen vagos, nada
de esto me importa; pero la protección que das a ese sujeto podría
ocasionarnos peor gravamen que el comernos un codo, y así te suplico me
digas para qué tienes ahí a ese hombre, y qué hace y en qué se ocupa,
y por qué no se va a Madrid, que es el terreno del romanticismo y del
libertinaje.
Y vamos a otro asunto que con este no tiene, supongo, ninguna relación.
La carta que contesto es la primera tuya en que me hablas de mi
hermana Pilar, cosa que me sorprende, pues siendo mis relaciones con
ella tibias, casi nulas, no parece lógico que me pidas a mi noticias
de su salud, mayormente cuando con ella te carteas tan a menudo. Yo
soy quien debo pedirte a ti noticias de mi desgraciada hermana, pues
siempre fuiste tú su amiga y confidente. ¿A qué sales ahora con la
falsa tecla de que no sabes de ella y temes por su salud? Sea lo que
fuere, te diré que directamente nada sé de Pilar; pero por referencias
me consta que está buena, mas con la grandísima pesadumbre de haber
perdido a su criada Justina, su mujer de confianza; la que poseía todos
sus secretos, que no debían ser pocos, según mi cuenta. Yo también
he sentido a la pobre Justina, mujer de una lealtad a toda prueba,
reservada y discretísima, como correspondía a quien consagra su vida
al servicio reservado de una señora como Pilar. Pues bien: cuando cayó
enferma Justina, fue a verla Jerónima, su hermana, que, como sabes,
reside en Cintruénigo, y al volver me dijo que Pilar menudea cartas
contigo, y que cada semana te emborrona cuatro pliegos. Conque... ten
cuidado, Valvanera, ten cuidado: ya ves qué pronto te he cogido en una
mentirilla... Es que sois tontas de remate; yo soy lista, muy lista,
aunque me esté mal el decirlo, y ninguna simplona como Pilar y como
tú, cada cual por su estilo dañadas de romanticismo, ha conseguido
engañarme nunca. Nadie me iguala, puedes creerlo, en descubrir en la
menor palabra, en cualquier frasecilla insignificante, la punta de un
hilito. No puedes figurarte hasta qué punto son sutiles mis dedos para
coger la hebra casi invisible y tirar de ella. Claro es que algunas
veces me equivoco, y no saco nada; pero otras ¡suelen venir a mis manos
ovillos tan gordos!... Conque... ándate con cuidado conmigo, Valvanera,
y no me busques el genio, que lo tengo muy malo, quiero decir, sagaz,
investigador, calculista. _Hame dado en la nariz_... Y no más por hoy.
Pues dejando esto aparte, hazme el favor de decir a Pilar, en tu
primera contestación a sus largas epístolas, que no la quiero mal;
que me duelen nuestras discordias, motivadas por mil pequeñeces que
no debieran enemistar a dos hijas de un mismo padre; que debemos
perdonarnos recíprocamente nuestros agravios y picardihuelas, y esperar
la muerte tratándonos como hermanas. Queda convidada a la boda de mi
hijo con la niña de Castro, si, como creo, se realiza en el otoño
próximo, y tendré una gran satisfacción en alojarla en mi casa, siempre
que venga sola, pues con Felipe no espero hacer nunca buenas migas...
Y aquí pongo punto final, guardándome todavía no pocas cosillas y
reconcomios que ya irán saliendo. Un abrazo mío muy apretado mando a
Juan Antonio, a tus hijos muchos besos, y a ti todo el afecto de tu
cariñosa hermana — _Juana Teresa._
XXI
De Fernando Calpena a don Pedro Hillo.
_Villarcayo, junio._
Querido capellán: Hemos pasado unos días crueles con la enfermedad de
los niños. Cayó Nicolasa con calenturas el 15 del pasado, reponiéndose
al séptimo día; mas antes de que esto sucediera, el segundo de
los varones, Federico, fue atacado del mismo mal, que degeneró en
tabardillo. Veinte días hemos tenido a la pobre criatura entre la
vida y la muerte. Figúrate la ansiedad de los padres, que ha tiempo
vienen siendo enfermeros de su prole, dañada de no sé qué mal profundo,
insidioso. Tengo la satisfacción, en medio de mis tristezas, de haberme
asociado a los afanes de esta noble familia, y por fin, al gozo de
verles vencedores del terrible mal. A fuerza de cuidados y desvelos
_hemos_ rechazado a la muerte, y lo digo así porque no he sido yo menos
padre que ellos, en el sentido de la solicitud vigilante. Cuando el
cansancio les rendía, yo he ocupado su puesto, poniendo toda mi alma
en aquel servicio humanitario. La gratitud de estos nobles amigos me
envanece más que si hubiera yo ganado laureles de los que vivamente
halagan el amor propio.
Y no es esta la única conquista que he realizado en estos días de
prueba. Ya sé lo que es calor de familia; en mí anidaron y criaron
sentimientos dulcísimos que ya llevaré conmigo en lo que de vida me
reste; me va muy bien con ellos; me espanta la soledad en que yo
quedaría si estos sentimientos me faltasen, y me compadezco de mí,
acordándome del tiempo en que no los conocía. Tengo que razonar para
convencerme de que no es mi hermano el pobre niño que hemos salvado de
la muerte; sus padres no sé qué son míos: solo afirmo que les quiero
y que me quieren. En los días de ansiedad y de lucha con la muerte,
respirábamos los tres con un solo aliento; ellos me daban su temor; yo
les daba mi esperanza.
La mañana feliz en que consideramos salvado a Federico, Valvanera selló
nuestro espiritual parentesco con una confianza sublime. Incapaz de
contener su efusión maternal, me llamó a su cuarto, y en presencia de
Juan Antonio me descifró el enigma de mi vida. Ya sabía yo que ella y
mi madre son amigas íntimas, que desde la infancia se adoran. Ahora sé
el nombre que ignoraba, la condición social y otras particularidades
de mi nacimiento y de mi niñez... El desgarrón del velo que envolvía
mi origen me hizo caer en un estupor parecido al idiotismo: he pasado
un día sin darme cuenta de cosa alguna, mirando con embargada atención
la fórmula resolutiva de mi problema, y los nuevos problemas que de
aquella solución se derivan... Por la noche, solo en mi aposento,
lloré largo rato, sintiendo dentro de mí un desconsuelo inexplicable,
no sé qué, sin duda reflejo de las aflicciones que por mí ha pasado la
persona que me dio la vida. Pensaba que si yo hubiera muerto al nacer,
habría evitado sus acerbas penas, y luego las mías. Ya no puedo evitar
nada; soy impotente para todo, y la idea de que mi amor y mi gratitud a
ese noble ser han de esconderse en la oscuridad y en el disimulo como
si fueran delitos, me vuelve loco.
En tanto, mi drama se ha empequeñecido. Dentro de mi espíritu lo veo
cada día perdiendo volumen y claridad. Síntomas de olvido empiezan
a manifestarse: he notado que pasaban largas horas sin que de su
terrible argumento y de sus personas me acordase. Pero ayer y hoy he
advertido que me ronda, que viene en mi busca. Una nueva carta de Pedro
Pascual me informó ayer de que los Arratias están furiosos contra mí.
No ha podido averiguar mi amigo si Aura había regresado al domicilio
conyugal: sospechaba que no. Como puedes comprender, estas noticias me
inquietan, me trastornan, impidiéndome condensar las ideas y fijar mi
voluntad en una sola dirección. Tengo que dividir mi espíritu, como un
caudillo militar que dispersa sus tropas para la ofensiva necesaria
en un punto y la defensiva en otro. Me halaga la esperanza, querido
clérigo, de que se den órdenes para que no se aplace más tiempo tu
viaje. Aunque Valvanera y Juan Antonio colman mis anhelos de sociedad
y de amistad y todo, parece que me falta algo. ¡Que vengas, hombre!
Quiero marearte un poco y hacerte rabiar. Por esta noche no escribo más.
_Sábado_. — He pasado el día haciendo muñecos de papel al niño
convaleciente. Te asombrarías como yo de mi habilidad en este arte.
He construido una docena de clérigos graciosísimos con sus tejas
descomunales, y otras tantas monjitas con blancas tocas; sobre la cama
los iba poniendo en correcta formación el pequeño. En la sección de
animales he sido menos afortunado; pero aun así, mis gatos, mis burros
y mis elefantes han cumplido el objeto para que fueron creados. Por
cada cucharada de alimento o de medicina que toma el chiquillo, cobra
anticipadamente una figura, y en ocasiones un cuarto. Por la noche,
cuando le rinde el sueño, y después que el contacto de su frente y
muñecas nos dice la frescura de su sangre, recogemos en una cestita
todas las colecciones clericales y zoológicas, para hacer en ellas
las reparaciones convenientes. Pero dudo que mañana obtengan el mismo
éxito; ya se me ha indicado para mañana un nuevo mundo que debe salir
de mis manos hacedoras: torres, puentes, barcos de guerra y fortalezas
con cañones.
Te dije ayer que el drama me acecha: hoy te digo que ha venido _Churi_;
pero no le han permitido entrar en la casa, ni yo he de salir a
verle: le tengo miedo. Desde mi ventana le he visto rondar por estas
inmediaciones, con cara famélica y ansiosa. ¿Qué querrá decirme? ¿Me
traerá alguna carta? Mejor es que no lo sepa. Juan Antonio ha encargado
a uno de los mozos que le despabile, amenazándole con dar parte a la
justicia y meterle en la cárcel si no se larga de estos contornos.
¡Pobre _Churi_! ¿Qué me querrá?
Valvanera y su marido me han predicado un cariñoso sermón sobre la
obediencia, y yo he reconocido que a ella me obligan todos los respetos
y las nuevas afecciones que siento en mí. No haré más que lo que ellos
dispongan. Forzosamente vuelvo a la niñez. La querida persona que se ha
pasado lo mejor de su vida sin poder acariciarme y gobernarme, quiere
hacerlo ahora, y yo me apresuro a ofrecerle mi sumisión incondicional.
Es difícil, no obstante, que pueda darle gusto en una cuestión que,
según me ha declarado Valvanera, es su sueño dorado. Bien comprenderá
que no puedo disputar al marqués de Sariñán la excelsa niña de Castro,
cuyos méritos son tales que hoy me avergonzaría yo de dirigir hacia
ella mis aspiraciones. ¿Que piensas de esto? Sería imponerme una
ridiculez; sería lanzarme quizás a un nuevo desastre. Me siento sin
fuerza moral para tal empresa; necesito un largo reposo, y restaurar mi
espíritu desquiciado y en ruinas.
Y sobre todo, ¿quién soy yo, ¡triste de mí!, para pretender honor tan
grande como la posesión de esa maravilla de la humanidad? ¿En qué
sentimientos he de fundar mi campaña? ¿En la admiración que hacia ella
siento? Eso no basta. Mi conciencia, hoy por hoy, no me permitiría
expresar otros sentimientos... Me ha revelado Valvanera la situación
social dolorosísima en que mi existencia pone a mi madre, y esto acaba
de hundirme. Me achico cada día más; me siento enano, microscópico; me
pierdo entre las multitudes plebeyas, y deseo que nadie se fije en mí,
ni me pregunte quién soy ni de dónde he venido.
La tristeza se me va aposentando en el alma, no como huésped, sino como
propietario que se decide a ocupar por siempre su domicilio heredado:
no podré arrojarla nunca; la siento que se acomoda y agasaja, que
enciende el hogar, que coloca sus muebles, que imprime aquí y allá su
huella, y va calentando este y el otro rincón. ¿Pero qué me importa no
ser nadie, si soy todo para una sola persona, y esa persona es todo
para mí? Te aseguro que si no existiera mi madre y la cadena que a ella
me une, para mí no habría un bien como la muerte. Me halaga la idea de
no sentir nada; de sentir, si acaso, la vaga impresión de la quietud,
de la carencia de todo estímulo. Es dulce notar vacíos de interés los
dramas y dormidas en nuestro regazo las pasiones. Ayer fui con el
párroco a visitar el cementerio: no puedes figurarte la envidia que me
daba de los que duermen bajo aquellas lápidas, protegidos por una cruz.
Los hay sin lápida; los hay anónimos, de olvidada filiación; los hay
sin cruces ni signo alguno. Toda la noche he visto en mi mente las
cruces solitarias, algunas no muy derechas, y me ha sido grato pensar
en la placidez de los que duermen en la tierra, soñando quizás que han
desaparecido del mundo el mal y la ridiculez. Mándame las _Noches_ de
Young, que encontrarás en la librería de Boix, Carrera de San Jerónimo,
o en la de Pérez, calle de las Carretas, frente al Correo. Mándame
también las _Noches lúgubres_ de Cadalso. Adiós: me acuesto sin sueño.
_Domingo_. — Hoy, oyendo misa con Juan Antonio en la parroquia, no he
cesado de pensar que podrías interpretar torcidamente lo que anoche
te escribí acerca de mis nuevas amistades con la muerte. El recelo
de que supongas en mí intentos de suicidio me inquieta, querido
capellán, pues nada más lejos de mi ánimo que el propósito de poner
fin a mi pobre existencia. La convicción de que si a mí mismo _no me
necesito_ para nada, a otras personas queridísimas soy necesario, me
obliga a rectificar aquellas ideas. El vivir no me gusta; pero es un
deber; como tal acepto la vida, y procuraré su conservación. No quiero
hacer más víctimas. Que las personas que aman mi vida la tengan,
aunque a mí me pese. ¿Sabes lo que discurría anoche, desvelado, dando
vueltas en mi cama? Pues que Dios debiera pasar a mi naturaleza la
enfermedad, raquitismo, o lo que sea, que destruye a los hijos de
Maltrana, transmitiendo a estos mi salud vigorosa. ¡Qué contentos se
pondrían sus padres con este cambio! Pues aunque a mí me lloraran, me
llorarían una vez, y sus hijos son cinco, cinco duelos en perspectiva.
Hoy me rectifico, amado clérigo, y no pido a Dios semejante cambio
de naturaleza; es mucho mejor que los chicos y yo vivamos. Por
consiguiente, verás que tacho el párrafo en que te pedía me mandases
las _Noches_ de Young y de Cadalso. Déjame a mí de _Noches_, hombre,
y mándame _días_ si los hay. En vez de esos librotes que inducen a la
melancolía, haz un paquete con el nuevo drama de Víctor Hugo, _Angelo,
tirano de Padua_, con la _Gabriela de Belle Isle_, de Dumas, y todo lo
demás que de este género encuentres en casa de Boix, y me lo echas para
acá con el primer ordinario que salga. Que sean en francés: no quiero
traducciones.
Última hora: a mí llega un run-run que, si se confirma, me librará
de la falsísima, indelicada posición a que quiere llevarme mi buena
madre, haciéndome pretendiente de secano de la sin par Demetria.
Susurran de Laguardia que al fin hay arreglo, y que en el frontispicio
de Castro-Amézaga se pondrá la corona de Sariñán y de Villarroya
de la Sierra. Tú lo verás si vas por allí, que yo no pienso verlo.
Paréceme muy lógica tal unión, y no siento más que no tener aquí a mi
don Beltrán para pasarle la noticia por los morros. ¿Serán felices?
Averígualo tú, que yo no puedo. Vuelvo a creer que solo los muertos son
dichosos.
Ahora que me acuerdo: mándame también el tomo de poesías de Víctor
Hugo, _Hojas de otoño_. Este poeta me enloquece. De Walter Scott
quiero _La Fiancée de Lamermoor_, que conozco y quiero leer de nuevo,
y la _Hermosa de Perth_, que no conozco. Me siento ávido de poesía y
literatura; mas no me mandes nada clásico, que me apesta. Tu don Javier
de Burgos y tu don Félix Reinoso, que me esperen allá hasta el día
del Juicio, con sus versos acartonados, que ya deben saber de memoria
sus lectores fervientes, los ratones. Al buen Horacio déjale dormir
en mi baúl, junto al somnífero Despreaux. En cambio, me harás feliz
si me empaquetas para acá los volúmenes que me quedaban de Lope, ya
que no sea posible recuperar los que le presté a Pepe Díaz y a García
Gutiérrez, y añades los dos tomos que tenía de Schiller. Relamiéndome
estoy pensando en el drama _Los bandidos_, que leeré hasta aprendérmelo
de memoria. Vaya, no te da más jaqueca tu férvido amigo y discípulo —
_Fernando._
P. S. — Me enseña Juan Antonio un periódico de Madrid que anuncia
la reciente publicación de un nuevo tomo de Víctor Hugo, _Les voix
interieures_. Por lo que más quieras, Hillo de mis pecados, vete
corriendo a casa de Boix y cómprame ese libro, si lo tiene, y si no lo
tiene dile que lo pida al momento. Aquí no hay medio de encargar ningún
libro a París, como no mandes un propio con el dinero. Ya me muero de
ansiedad por leer esas _Voces_... Ya me parece que las oigo antes de
leerlas. ¿Quién no tiene voces dentro? Sospecho que las que ha escrito
Hugo no son las suyas, sino las mías. — _Vale._
XXII
Del señor de Maltrana a su hermana política la señora marquesa de
Sariñán.
_Villarcayo, 1.º de julio._
Hermana mía y amiga: La grave enfermedad de nuestro hijo Federico ha
privado a Valvanera del gusto de contestar a tu carta. Aun hoy, ya
mejorado el niño y contentos nosotros de que nos le conserve Dios, mi
mujer no se decide a tomar la pluma: su cansancio, después de tantas
noches de ansiedad y desvelo, ya puedes figurártelo. Yo me encargo de
cumplir aquel deber, empezando por manifestarte que accedo gustoso
a contribuir, en la parte que me corresponde, para el auxilio del
pobre don Beltrán: quedan entregadas las cuatro onzas, y no tendré
inconveniente en aprontar mayor suma, si necesario fuese para sacar
definitivamente de aquel infierno al _primer noble de Aragón_. Haced
porque venga, y le tendré en mi casa todo el tiempo que guste, si él se
aviene a esta soledad desabrida, donde halla tan pocos atractivos su
exquisita sociabilidad. Voy creyendo que ni los años ni el desdichado
sesgo de sus últimas aventuras han sido parte a quebrantar su genio de
señor prepotente, ni a domar sus ambiciones de grandeza y rumbo. Pero
venga como viniere, aquí será bien recibido, y tendrá la consideración,
el respeto y cariño de todos.
Por encargo especial de Valvanera, y por cuenta propia, tengo el
gusto de manifestarte que el señor don Fernando Calpena es persona
dignísima, y ya debiste comprenderlo así, solo con saber que hace meses
le tenemos en nuestra casa. Pertenece a una noble familia con quien
tuvo mi padre relaciones de íntima amistad, y que actualmente reside
en el mediodía de Francia. A su hidalguía, a su intachable conducta,
une el señor de Calpena una ilustración extraordinaria, pocas veces
vista entre nosotros, que hace de él una de las personas más gratas
y amenas que es posible tratar. Creo que bastará esta manifestación
mía para que levantes la injusta sentencia que habías lanzado contra
nuestro caballero, y rectifiques juicios temerarios, originados quizás
de vulgares hablillas.
En la primera carta que a Pilar escriba, tendrá mi mujer la
satisfacción de expresar a esta tus disposiciones de concordia, y le
transmitirá tus frases de piedad y cariño. Cree que celebraremos muy de
veras la reconciliación, y ver terminadas vuestras desavenencias con un
tierno abrazo fraternal. También será para nosotros motivo de júbilo
que se realicen tus proyectos de unión con la casa de Castro-Amézaga,
suceso que consideramos felicísimo para una y otra familia. ¡Dios nos
dé a todos salud, y paz y reposo a nuestra querida patria, que vemos
desangrada y empobrecida por crueles guerras interminables! Que miren
por el procomún los hombres de arraigo y buena voluntad como Rodrigo,
tratando de llevar sus buenas ideas a la vida política, es lo que
conviene, para imposibilitar las maquinaciones de los malos patriotas y
holgazanes, causa de tantas desdichas. Unámonos los hombres de posición
y de ideas juiciosas, y España se levantará del suelo ensangrentado en
que yace, recobrando su dignidad y poderío. Digo esto porque ha llegado
a mi noticia que aspira Rodrigo a la diputación a Cortes en la vacante
de Tudela, y si es verdad, le felicito y felicito al país. Que disponga
de mí y de mis buenas relaciones en la Ribera, así como de mi amistad
con Olózaga, con Luzuriaga, Arrazola y Carramolino.
Recibe los cariños de Valvanera y de mis hijos, y la constante amistad
de tu afectísimo hermano — _Juan Antonio._
XXIII
De Gracia a Calpena.
_Laguardia, julio._
Si sigues así, tan descuidado, tan triste y estúpido, la que te ama
caerá en la desesperación, y la desesperación es mal remedio de amor.
Declárate pronto, y no te pongas baboso y pesado. No agas lo que
Ernesto de Melville en la _Eponina_, que por su cortedad de genio dejó
morir de pena a su amada, y él, no sabiendo cómo desenlazar la novela,
se tiró a un estanque. Me figuro yo a Ernesto de Melville melenudo,
de mal color, los ojos en blanco, y el dedo metido en la boca, como
los niños mal criados. Así estás tú también, y yo, si no te quisiera,
te pegaría una buena mano de cachetes. Como te descuides, como sigas
aciendo el figurín de la delicadeza, lo pierdes todo; la que te ama se
morirá de aburrida, y tú al fin no tendrás más remedio que tomarte un
veneno. Ya ves: podían los dos ser felices, y serán muy desgraciados,
por estarse mi niño con la boca abierta, mirando a la iguera, a ver si
le cae la breva en la boca.
Otra cosa tengo que decirte, para que estés sobre aviso. El sábado
pasado llegó a casa una mujer preguntando por ti. Salí yo a la puerta
y puse en su conocimiento que no estabas aquí, sino en Villarcayo.
Te daré las señas a ver si sacas por ellas quién puede ser la que
te buscaba. Era de buena estatura, delgadita, bien echa de cuerpo.
Venía mal trajeada, descalza, rendida de cansancio, sucia y cubierta
de polvo. Tenía la piel de la cara desollada, del sol caliente y del
aire frío, y por esto y por el polvo no pudimos saber si era bonita o
fea. Si e de decirte la verdad, me pareció gitana. La Rosenda y yo le
icimos preguntas, y no contestó más sino que tenía que entregarte una
carta; díjele que me la diera y yo te la mandaría, y no quiso la muy
perra. Tomó el pan y unos cuartos que le di, y se bajó al camino. Desde
mi ventana vi que se le unían dos ombres de mala traza, también algo
agitanados, y despacito se alejaron y se perdieron de vista.
Cuando Demetria se enteró de esto, mandó a Bernardo en seguimiento
de la cuadrilla; mas no pudo dar con ella asta un día después, en La
Bastida, donde vio a los hombres, pero no a la mujer. Esta, según los
tales le contaron, abía caído mala de una fuertísima pataleta, motivada
de cansancio y penas. Dijéronle también que ellos no la conocían, ni
sabían su nombre; que encontrándose en el camino, abían andado juntos
algunos días. Averiguó después Bernardo en el parador que la mujer,
enferma de gravedad, abía sido recogida por unos vecinos piadosos, que
la llevaron al ospital de Miranda, y _colorín colorao_: no sé más.
Valdría más que no me dejaran leer novelas, porque aora, si no leo las
invento, y se me a metido en la cabeza que esa que parece gitana es tu
novia, la que fue tu novia. Pero quizás sea un disparate muy gordo lo
que se me ocurre. No agas caso. Demetria es de opinión que no debemos
decirte nada de esto; yo creo que conviene que lo sepas, por si son
gente perdida que se lleva alguna idea mala contra ti. Yo me figuro que
si la gitana es _ella_, uno de los ombres es el marido, y que van todos
disfrazados con las caras pintadas, para robarte y matarte después.
Yo que tú, si parecen por aí, daría parte a la justicia, para que les
metieran a los tres en la cárcel. Yo veo un complot como el de _Valeria
y Beaumanoir_, cuando la novia que izo la gran traición se une a los
úngaros... en fin, ya no me acuerdo.
¡No me a costado pocas fatigas escribir esta carta sin que se
enteren mi ermana y mis tíos! Te la mando con Sabas, que oy vuelve a
Villarcayo, para que tú dispongas si sigue o no sigue a tu servicio.
Con él mandamos a doña Valvanera cuatro orzas de mostillo, orejones y
tres pares de palomas de la nueva raza que nos an traído, blanquitas,
chiquitas, con la cola como un abanico. Cuando las veas acuérdate de lo
que te digo. Que te decidas y no agas más el Ernesto de Melville, que
se tiró al estanque de puro loco. Mira que ya la que te ama se cansa
de esperar, y el amor que te tiene se convertirá en aborrecimiento, en
menosprecio de tu necedad. Abur, amigo. Esta carta no la firmo, para
que no te des tono con ella. Solo pongo — _La misma._
XXIV
De Pilar a Valvanera.
_Madrid, julio._
Amada mía: Hoy esta Felipe de malas, quiero decir, _de peores_,
suspicaz y fiscalizador como nunca, queriendo meter en todo sus
robustas narices. Aprovecho su ausencia, que no puede ser larga: ha
ido al ministerio de Estado y volverá pronto, para que su víctima no
descanse ni respire...
Bueno: me corre por el cuerpo toda la electricidad de una mediana
tormenta. Trueno y relampagueo. Debo decirlo al revés: primero el
relámpago... Creo que mi excitación sube de punto con el júbilo de
saber que tu niño está ya fuera de peligro. ¡Qué días he pasado!
Bendito mil veces sea el Señor que te le conserva, y a mí me da
este gran consuelo. Mi alma, que ha tiempo mora en Villarcayo,
vuelve acá de un vuelo cuando la necesito, y ha estado trayéndome
y llevándome recaditos con las alas de mi ansiedad. Ahora la mando
otra vez para allá, con las alas de mi amor, para decirte que ese
plan de transacción decorosa, asignando a cada galán una de sus
niñas, me parece de perlas. Pero conste que en todo caso, la mayor,
la buena, ha de ser para mí. Mi sobrino, que solo busca una dote,
puede apencar con la pequeña, en quien veo una nerviosilla sin juicio,
quizás malhumorada y enferma. No me conviene. He leído las cartas
de entrambas. La gravedad con que Demetria se sostiene en su papel,
permitiéndose tan solo alusiones muy finas e ingeniosas a la situación
de Fernando, me encanta. En la de Gracia no veo clara su intención.
¿Aboga por su hermana o por sí misma? Digas lo que quieras, por el
texto de la carta no podemos colegir si es una pobrecita inocentona,
o si se vale de la inocencia para declararse. Esta duda me inquieta.
¿Es ella la enamorada, o es la otra? No sé qué novela he leído, de las
más románticas, en que esta duda y confusión llenan las páginas de un
voluminoso libro, para salir con la patochada de que las dos aman, y
cada una resuelve sacrificarse, de lo que resulta que una y otra se
envenenan. ¡Qué horror! Y lo más chusco es que el galán se casa luego
con una tercera, con la que las indujo al sacrificio. ¡Qué simpleza! El
romanticismo me tiene cogida, llenando mi cabeza de ideas tétricas, de
complicaciones diabólicas. Ese Dumas trae loca a la humanidad.
Quiero espantar de mi mente todo ese mundo imaginativo. Bastante tengo
con mi drama, de cuya realidad no puedo dudar por los torozones y
horribles sacudidas que me causa pataleando dentro de mí. Este sí que
es drama, y por Dios que ya deseo un desenlace, aunque sea de los más
violentos. No puedo ya con tanto disimulo y ficciones tantas. Mi arte
se agota; cada día tengo que inventar resortes nuevos, y mi potente
iniciativa para el enredo envejece y se apaga. Quiero una solución,
cualquiera que sea. Desde hace dos días me absorbe completamente la
idea de consultar el caso legal con un buen abogado, que al propio
tiempo sea hombre de honor y delicadeza. He pensado en Cortina, y no
pasará el día de mañana sin que le escriba pidiéndole hora para una
consulta, con la advertencia de que se trata de cosa muy secreta, que
ha de quedar entre los dos. Sí, sí: no vacilo más; tendré que revelarle
el caso de pe a pa, sin omitir nada, absolutamente nada. Si para el
fin que persigo no hubiere más remedio que romper por todo, romperé,
estallaré como una bomba; que ya toda esta pólvora, toda esta metralla
que llevo dentro de mí años y más años, quieren salir a que les de el
aire.
Me apresuro a concluir, temerosa de que vuelva Felipe, que hoy está
tremendo, hija, un Júpiter tonante, jaquecoso, que por rayos tiene
los interrogatorios impertinentes. ¡Ay, comprendo el suicidio ante
un fiscal semejante! Se ha empeñado en saber qué empleo doy a los
dineros que recibo para mis gastos particulares. Los extraordinarios
cuantiosos para vestidos que aún no se han hecho; los que pedí para
embellecer y amueblar el palacito de Valsaín, ¿dónde han ido a parar?
Ya no compro cuadros ni abanicos; más bien vendo. Mi marido se asombra
de mis aptitudes mercantiles; todo lo parece bien menos que él ignore
en qué empleo mi dinero. Poco antes de salir, sintiéndome ya colérica
y a punto de dispararme, le dije que bien puedo dar a las rentas de
mi patrimonio la aplicación que mejor me acomoda. Naturalmente, no
se conformó con esta teoría. Es el esposo; no me priva de lo mío,
pero tiene derecho a saber... Ya viene, siento el coche. Adiós, mi
amadísima. Mañana, si me deja este monstruo de curiosidad, repetiré...
Mil y mil besos. — _Pilar._
_Miércoles_. — No tengo tiempo más que para cerrar esta, después de
añadir cuatro palabritas. Mi pariente, en todo el esplendor de su
impertinencia. Ha faltado poco para que le tire a la cabeza una tetera
de porcelana. No puedo más, no puedo más. Mañana hablaré con Cortina.
Dios me fortalezca y a él le ilumine.
Con la prisa no te dije que mi alegría fue grande al leer en tu carta
que habías revelado a Fernando mi nombre y demás... ¡Lo que lloré
aquella noche!... ¡Ay, bien lavaditos tengo ya mis pecados! No son
flojos ríos de lágrimas los que he derramado sobre ellos.
Hoy, escribiendo corto, también soy _tostada_... Me _achicharra_ este
hombre.
XXV
De Sabas a don Fernando.
_Miranda de Ebro, 20 de julio._
Respetable señor y amo mío: Para comunicar a usted con la brevedad
que desea el cumplimiento del encargo que se sirvió hacerme, me valgo
de la pluma de mi primo Bonifacio Cebrián, coadjutor de la parroquial
de este pueblo, pues ya sabe que soy muy torpe de escritura, y sobre
que tardaría en poner la carta más tiempo del regular, la llenaría de
disparates, con perjuicio de la buena explicación de las cosas. Si
descansado llegué a Villarcayo, donde el señor me ordenó volver para
acá con esta misión de que voy a darle cuenta, no llegué lo mismo a
Miranda, pues como las órdenes eran de apretar el paso, tan a la letra
lo hice, que la yegua no pudo pasar de Leciñana, y allá me habría
quedado yo también si Gay no me proporcionara un jamelgo. Sobre él
entré en esta ciudad a las nueve de la mañana, y al momento, ganando
minutos, me personé en el Hospital, y pedí razón de la mujer enferma
que en dicha santa casa debió ingresar la semana pasada. Manifiestas
las señas que en el papel apuntamos para que no se me olvidasen,
ya que no podía dar el nombre, por ignorarlo, díjome el capellán de
aquel establecimiento que la desgraciada señora o mujer, cuyas señas
con las de nuestro papel concordaban, había muerto anoche, después de
siete días de enfermedad, con pérdida de todo conocimiento y de toda
sensación. De su nombre sabían en la santa casa tanto como yo, pues
no se le había encontrado papel ni prenda alguna por donde su estado
y circunstancias pudieran conocerse. Descorazonado yo de no hallarla
viva, pedí que me la mostraran difunta, lo que no pudo ser porque media
hora antes se la habían llevado al cementerio. Allá corrí sin detenerme
en parte alguna; mas también llegué tarde, pues acababan de darle
sepultura, y no alcancé más que a ver cómo colmaban el hoyo, apisonando
después la tierra. Bien habría querido yo que esta fuera cristal para
poder ver la fisonomía del rostro mortuorio de la difunta, y sacar de
sus facciones macilentas algún dato, alguna luz que al señor sirviera
para salir de su confusión; pero no vi más que la tierra, la cual era
como la demás tierra que vemos. Ni me dijeron nada tampoco las caras de
los sepultureros, a quienes miré largo rato, porque como el señor me
dijo: «Mira bien, observa...», ¿yo qué hacía? Mirar y observar hasta
secarme los ojos.
Pienso yo, señor, que con el cuerpo de la fenecida señora o mujer
enterraron la carta, que debía de tener cosida en las ropas de dentro,
a no ser que antes se la quitaran, lo que también pudo acontecer. Yo
miraba, miraba a la tierra, calculando a qué profundidad estaría, y me
figuraba que estaba muy honda, muy honda. Desconsolado, convidé a los
sepultureros a unas copas, lo que ellos agradecieron y aceptaron, y les
llevé a la taberna más cercana, con la esperanza de que algo podían
decirme de lo que yo no había visto y ellos sí. Uno de ellos, el que
menos bebía y me miraba mucho, díjome que la enterrada era mujer en
quien por encima de lo cadavérico se traslucía una gran hermosura; sí,
señor, así me lo dijo. Y el otro afirmaba con la cabeza. Por la fe de
los enterradores, puedo dar solo este dato.
He cumplido, señor, el encargo que me confió, y mi conciencia está
tranquila respecto a la rapidez de mi marcha, pues ni volando por los
aires habría llegado más pronto de lo que llegué. En ninguna parte me
entretuve: todo lo hice aceleradamente; pero más que mi buen deseo pudo
la casualidad, o que así lo dispuso Dios. Mi amo me mandó en busca de
conocimiento de una persona viva; mas no quiso que yo tomara razones
de la eternidad, porque a esta yo no la entiendo ni mi amo tampoco. He
cumplido, aunque sin ningún fruto, o con el solo fruto de saber que era
bella, si no me engañó el sepulturero; que también pudo ser que a él le
pareciera hermosura la fealdad, cosa muy natural en los que andan entre
muertos.
Y no teniendo nada que hacer aquí, después de escribir al señor, como
me encargó, tomo un buen caballo, y sigo para Laguardia con las cartas
y regalos que allí tengo que entregar a las que fueron mis señoras.
Mi primo Bonifacio, a quien debo el favor de relatar en buena escritura
lo que yo le iba diciendo, aprovecha esta ocasión para ofrecer, al
señor don Fernando sus respetos y su inutilidad, como presbítero y
primo del infrascrito, y detrás de él echo yo todos los afectos del
corazón de este su fiel y humildísimo criado, _que lo es_ — _Sabas de
San Pedro._
XXVI
De Pilar a Valvanera.
_Madrid, julio._
Amada mía: Dame la enhorabuena, dámela pronto por esta paz, por esta
confianza que desde ayer entraron en mi alma, novedad grande para la
pobrecita, pues tiempo ha que no conocía más que zozobras, ansiedad,
terror y anhelos no satisfechos. Debo este grande alivio al mejor de
los hombres y al más sabio de los jurisconsultos, Manuel Cortina, ante
quien descorrí ayer la que encubría mis secretos, mostrándole mi vida
toda, mi corazón, mi voluntad. No habría hecho tanto con mi confesor,
pues a este solo se le muestra la falta, y en el caso presente,
reuniéndose en una sola persona el sacerdote, el amigo y el letrado,
he tenido que volcar la sagrada arqueta hasta dejarla vacía, echando
fuera todo, todo, lo bueno y lo malo, no reservando ni nombres de
personas, nada absolutamente de lo que he sentido, de lo que he pecado,
mis artificios y sutilezas para ocultar mi falta, así como mi firme
resolución de unirme a quien tiene derecho a mi amor y mi vigilancia.
Todo lo sabe: sabe algo que tú ignoras, porque aún no ha sido ocasión
de decírtelo; pero te lo diré.
Entré temblando en el despacho de Cortina: yo le había prevenido que
tenía que hablarle de un asunto en extremo delicado, contando con su
caballerosidad, y reclamando una audiencia larga, de un par de horas
lo menos. Mas estas ideas que mandé por delante, como batidores que
me despejaran el camino, no me salvaron del grande apuro de romper en
mi declaración. Los primeros minutos, querida mía, fueron horribles.
Un acceso de llanto y la exquisita bondad de mi letrado confesor
sirviéronme como de puente para salvar la parte más escabrosa. Después
me sentí en terreno llano, y pude continuar con desahogo, adquiriendo
poco a poco el dominio de las ideas y de la palabra, el cual en la
última parte fue ya tan grande, que te habrías maravillado de oírme.
Ayudábame don Manuel anticipándose con gran perspicacia a mis juicios
y aun a la referencia de los hechos... Es también adivino, y me trazó
el cuadro de mis tormentos antes de que yo se los manifestara. ¡Qué
alivio, amiga mía! Ahora podré fortalecerme con los sentimientos
de madre, y prepararme una vejez dichosa y tranquila. Para llegar a
esto, dije a Cortina que aceptaré los procedimientos que él determine,
imponiéndome cuantos sacrificios sean necesarios, los cuales estimo
como una operación quirúrgica, con dolores transitorios. Venga todo lo
que quiera. Hago en mí una revolución; destruyo lo pasado y fundo un
régimen nuevo.
Cuatro largas horas duró la conferencia, pues en la segunda parte,
cuando ya me había serenado y abordamos la cuestión legal, hízome una
exposición clarísima de las diversas soluciones que podían darse al
asunto, según la cantidad o extensión de escándalo que yo afrontar
quisiera. Sin ningún ruido, y guardando el secreto, es imposible que
mis deseos tengan satisfacción. Si consiguiéramos (y él hablaba en
plural como haciendo suyo el asunto) conquistar a Felipe, tendríamos
andada la mayor parte del camino. ¿Pero quién es el guapo que conquista
a mi señor? Examinando esta dificultad mostró Cortina más confianza
que yo. Según él, los hechos consumados, irremediables dentro de
la naturaleza, tienen fuerza colosal para domar las voluntades más
rebeldes: de seguro hará Felipe demostraciones imponentes, de gran
aparato, más escénico que real, y acabará por rendirse, prestándose a
un arreglo que evite el escándalo.
A mis aspiraciones, demasiado ambiciosas, de que Fernando posea todo
mi bienestar material o gran parte de él, llevando además mi nombre
y un título de Castilla, opuso Cortina razones que me convencieron.
No es posible que lleguemos al deseado fin sino por caminos sesgados;
tenemos que resignarnos a que la personalidad de Fernando sea modesta y
oscura, no exenta del misterio original; aspiramos a que el esplendor
de su nombre se funde en los méritos y ventajas personales, no en el
abolengo y tradiciones de familia. Debemos darnos por satisfechos con
crearle una posición mediocre bien guarnecida de provechos materiales;
pero nada más por hoy. Él ilustrará su vulgar apellido, si quiere y se
aplica.
Para llegar a esto, lo primero es abrir un hueco en la gruesa muralla
que nos cierra el paso para todos los caminos, y esta muralla es
Felipe. No quiero cansarte refiriéndolo todo lo que hablamos don
Manuel y yo, ni podría tampoco trasladar fielmente la parte suya, tan
elocuente en algunos pasajes, serena y dulce siempre, a veces graciosa.
Díjome al concluir que puesto el asunto en sus manos, debía serenarme,
descansando en la seguridad de que sabría corresponder a mi confianza.
Estudiado concienzudamente el asunto, para lo cual se tomaba cuatro
días, me propondrá lo que crea de más fácil y conveniente realización.
Como caballero, como amigo y como letrado, me prometió poner en este
asunto su inteligencia toda y algo de su corazón; yo debía prometerle
sumisión incondicional al plan que me trace, en el cual habrá dos
órdenes de actos: los actos sociales y morales que yo debo efectuar
conforme a su consejo, y los actos de ley, de cuya dirección él se
encarga. Con alma y vida le expresé la abdicación de mi voluntad en la
suya para todo lo que quisiera disponer y ordenarme, y tratamos al fin
de los documentos y papeles que debo poner inmediatamente en sus manos:
la partida de bautismo de Fernando, toda mi correspondencia con el cura
de Vera, señor Vidaurre, y algo más. De la documentación referente a mi
propiedad hereditaria, a mi dote, gananciales y demás, nada necesita,
pues para conocerlo le bastan las copias del pleito con Osuna que tiene
en su archivo. En fin, mi amadísima compañera, que estoy contenta.
¡Siento un alivio...! Mi cruz sigue siendo pesada; pero acabo de
encontrar un robusto cirineo que a llevarla me ayuda.
Para que no haya nunca dicha completa, ahora que mi drama parece entrar
en vías de solución... clásica, ¡gracias a Dios!, me inquieta más el
de allá. Esa mujer errante; ese peligro de que resucite la funesta
pasión que nos ha traído tantas desdichas; las complicaciones que
pueden sobrevenir; las represalias posibles, las probables escenas
de venganza, no se apartan de mi mente. Agravo yo las situaciones
con mi pesimismo, y estoy por decir con mi inventiva, que a veces me
parece poética; y de sucesos comunes, inocentes tal vez, hago escenas
terroríficas, de estupendo asombro, de interés palpitante; escenas que
no vacilo en llamar bellas, aunque me causen pavor. ¿Para qué me daría
Dios esta imaginación tan viva? Con ellas en otro tiempo me rodeaba de
bienandanzas, cuando en realidad estaba rodeada de peligros; mas con
ellas también, en días no tan lejanos y en los presentes, levanto en
derredor mío aparatos de consternación, con materiales que quizás sean
más para mover a risa que a terror. No ceso de pensar en las sorpresas,
y para que no lo sean ni me cojan desprevenida, estoy siempre
imaginando cosas malas probables, con la idea de que previéndolas no
sucedan. ¿Has visto? Lo mejor es poner freno a la previsión pesimista,
y decir aquello tan sencillote, y al parecer tonto, que nos enseñaron
nuestras madres: _Sea lo que Dios quiera_.
Noto a mi Felipe un poquito moderado en sus hábitos de mortificación.
No sé lo que le pasa. Tiene conmigo atenciones desusadas, y se cuida
menos de contrariarme y contradecirme. No obstante, desconfío de
estas apariencias, y sigo empleando mis inveteradas precauciones. He
perfeccionado el escritorio que en mi cuarto de baño tengo (ya te hablé
de este ingenioso aparato), y puedo consagrarme con toda libertad a mi
correspondencia secreta, guardando todo de un modo segurísimo cuando
concluyo, o por cualquier causa tengo que interrumpir el trabajo...
Siglos se me hacen los cuatro días que me ha señalado Cortina para
proponerme la solución que ha de ser término de mis afanes, llevándome
de una vida de artificios a otra moldeada en la realidad. ¿Será
posible, amiga querida, que en esa vida me vea yo? Ese día no me voy a
conocer. Creeré que me he muerto y he resucitado, que soy otra, que no
soy yo, sino la señora tal, o tal mujer, lo mismo me da... Y desde mi
nuevo ser veré el pasado triste, y tendré lástima de lo que fui...
Me canso un poquito. Seguiré mañana.
_Martes_. — No sé por qué, pienso que Felipe barrunta la tempestad que
le tengo armada. Algo noto en su cara, en sus ojos, que me pone en este
cuidado. ¿La suma suspicacia no puede llegar a ser el sumo adivinar?...
Para mí es una desdicha esta penetración que el histrionismo social en
su desarrollo más perfecto me ha dado. Como yo leo el pensamiento de
los que me rodean, pienso que los demás leen el mío.
Y hay más, cara Valvanera. Hoy encontró Felipe a Cortina en el
ministerio de Gracia y Justicia y le convidó a comer. El hecho no tiene
nada de particular y ha ocurrido más de una vez. Pero se me ha metido
en la cabeza que este convite no es un caso natural, inocente quiero
decir, sino que encierra la cruel intención de ponernos frente a frente
al letrado y a mí para observarnos las caras... Veo que te ríes. Sí,
la mal intencionada soy yo. Es que el cerebro se me ha convertido en
un nidal de dramas... Me paso la mano por la frente, y afirmo, todavía
con un poquito de recelo, que la invitación de Cortina, como la de
Narváez, como la de Salamanca y otros, también para esta noche, es
absolutamente ajena a toda idea dramática.
Se me había olvidado decirte que no me fío de los cariños de Juana
Teresa. Su agudeza corre parejas con su maldad. Esto no es suspicacia:
es experiencia. En la historia de estas dos medias hermanas, todos los
capítulos que empiezan con sus carantoñas acaban con mis rabietas. Si
no estuviese yo decidida plenamente al abandono de toda ficción, sus
sospechas me harían temblar. Pero ya no temo nada. El paso de mentirosa
a verdadera me ha de costar algunas amarguras; pero una vez en terreno
firme, ¿qué me importa lo que _doña Urraca_ piense, averigüe y conozca?
Me compensará de mis pasados berrinches el placer de birlarle la niña
de Castro... Y a propósito: nada sé del señor Hillo. Espero con afán su
primera carta.
_Miércoles_. — Mis temores respecto a la invitación de Cortina resultan
infundados. Bien decía yo que soy harto maliciosa; pero por más que
me reprendo este defectillo, no hay forma de corregirme. La comida
agradabilísima, con pocos, pero buenos comensales. A Narváez le conoce
tu marido; de Salamanca, que ahora principia a figurar, no tenéis
noticias. Es un granadino muy despierto, de gallarda figura y finísimo
trato, y en la amenidad de la conversación se lleva el primer premio
entre todos los que conozco. Despunta en la política, y más aún en los
negocios. Cortina no me habló nada de mi asunto, naturalmente, y solo
en un ratito que estuvimos sin testigos repitió su promesa de darme la
solución en el día fijado, recomendándome la serenidad y paciencia...
Mis comensales y las señoras que vinieron después picotearon de
política, ya puedes suponer; algo de teatros y ópera, de bailarinas y
cantantes, engolosinándose al fin con un poco de chismografía social.
Todo esto me aburría, pues no hay tema que no me parezca desabrido,
insignificante, si le aplico las ideas revolucionarias que alborotan
mi espíritu. ¡Oh, cuándo llegará eso que llamo mi tránsito, paso
inevitable de una vida a otra! ¿Será como una muerte; será como una
resurrección?
¿Imaginas tú algo más enojoso y abrumador que una vida en que tenemos
que figurarnos y representarnos de otra manera que como somos? En esta
existencia, amasada y recompuesta por la general simpleza, no solo nos
es forzoso disimular nuestras faltas, sino también nuestro talento...,
la que lo tenga. No, no te rías. No habiendo recibido de Dios el don de
tontería, es forzoso proporcionarse una tontería artificial. Yo he sido
y soy una tonta _de trapo_; y aunque sé muchas cosas que he aprendido
en mis lecturas (y otras que he cursado en mis desgracias), me revisto
de una ignorancia deliciosa, que es el encanto de mis amigas. No soy
la única que adopta este sistema; pero sí la más aprovechada, la que
sabe esconder con su disimulo un mundo más grande de conocimientos
y un mayor tesoro de agudezas. Rara es la que no se ha creado una
representación falaz de su persona para poder vivir; pero en mí el
histrionismo es más meritorio que en ninguna, por la enorme distancia
entre lo que soy y lo que represento, entre mi ingenio secreto y mi
estolidez pública.
Pues bien, amada mía: yo quiero romper este capullo, que con mis
palabras y pensamientos _de representación_ he tejido, quedándome
encerrada en él. Ya tengo mi pico bien afilado para taladrarlo y
echarme fuera...; quiero volar, pues me han salido aquí dentro unas
alas grandísimas.
Amiga de mi alma, siento una efusión divina, un inmenso anhelo de volar
hacia ti, por ti y los tuyos, y por el _mío_ que entre los tuyos y en
tu amante compañía tienes. Dile a Fernando todo lo que se te ocurra. Tú
eres la maestra, la doctora, la que dispone lo que ya debe saber y lo
que todavía conviene que ignore. Todo ello, lo sabido y lo ignorado, ha
de ser para que me quiera más. Creo que me amará mucho, como yo a él.
Adiós, mi bien. Hasta que pueda contarte lo que me propondrá mi gran
letrado para romper el capullo. Reparte mil abrazos y besos por cuenta
de tu amantísima — _Pilar._
XXVII
De don Pedro Hillo a Fernando Calpena.
_Laguardia, agosto._
Distraído Fernando: ¿Pero no reparas que ya estoy aquí? ¿No me has
visto? Echa para Laguardia tu catalejo, y alcanzarás a ver a este
clérigo insigne, a esta lumbrera esplendorosa del Vicariato General
Castrense, esparciendo su claridad por los ámbitos de... No acabo la
figura, porque ignoro qué ámbitos debe iluminar la inspección que me
encomendaron... ni sé qué inspecciono, ni por qué me han mandado, ni a
qué he venido. Presumo que me traen a esta tierra todos los intereses
posibles, menos los del instituto religioso-militar a que pertenezco.
Por de pronto, aquí me tienes aposentado en la parroquial vivienda
del gran Navarridas, que es como decir que habito en el reino de la
cortesía y de la abundancia. Tanto el bondadosísimo don José como su
bendita hermana se desviven por agasajarme, y te aseguro que ni probé
jamás tan mullido y albo lecho como el que aquí disfruto, ni entraron
por esta boca pecadora condimentos tan sustanciosos, ricos y variados
como los que en obsequio mío presentan diariamente en su mesa. Hijo
mío, ¿qué tierra es esta, tan fecunda en galanos amigos y en frutos
regalados? Aquí quiero pasar mis días, entre la sencillez amable de
los hombres y las amorosas caricias de la prolífica tierra. Aunque te
enfades, _prorrumpo_ en versos clásicos:
¡Oh tú, del Arlas vagoroso, humilde
orilla, rica de la mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría...
En esta región de delicias he visto al fin la deidad que en ella
preside las funciones de la naturaleza, la que a todo imprime hermosura
y majestad con su divina presencia, la escogida entre las escogidas;
y de tal modo me prendaron su gracia y su nobleza, que a no hallarme
imposibilitado por mis votos, de que son emblema las negras ropas
que visto, entre el primer saludo que le dirigí y una respetuosa
declaración de amor, habrían mediado pocos alientos. ¡Pues si yo fuera
seglar y joven, cualquiera me quitaba a mí esa sin par hembra!... Nada
quiero decirte de su discreción, que conoces mejor que nadie. Sabrás
que hablamos largamente de _omni re scibile_, quedándome pasmado de la
solidez de su juicio y de su dulce serenidad. En fin, amado discípulo,
que aquí me tienes enamorado (no retiro la palabra), enamorado de ese
portento, y alabando al Supremo Artífice por esta nueva maravilla que
ha puesto ante mis ojos... Aquí me venía bien otra clásica estrofa
para expresarte mi entusiasmo:
¿A quién primero ensalzaré cantando
Sino al gran padre que la estirpe humana
Y la celeste rige...?
Él es primero y solo; igual no tiene
Su esencia soberana;
Si bien segunda en el honor divino
Inmediato lugar Palas obtiene.
Pienso, querido Fernando, que aquel condenado Rapella, a quien echamos
tantas maldiciones, merece ahora nuestra gratitud por haberte llevado
a Oñate, donde encontraste a la _celeste Palas_. No me retracto de
nada de lo que acabo de escribir. Todo lo sostengo, y lo hago cuestión
personal. Es Demetria el cielo en la tierra, y la divinidad humana. Así
lo firma y signa con el emblema de nuestra redención tu amigo — ✠_Pedro
Hillo._
XXVIII
De Fernando Calpena a don Pedro Hillo.
_Villarcayo, agosto._
¿Que yo vaya a Laguardia, querido clérigo? ¿Con qué fin, con qué razón
o apariencias de ella? ¿Por verte y abrazarte? Para eso, más natural
es que tú vengas aquí; si así lo hicieres, en ello me darías mucho
gusto, y me evitarías el decirte por escrito lo que con más prontitud
y claridad se dice de palabra.
Por de pronto, sabrás que recibí los libros: desde que a mis manos
llegaron, he vivido en ellos, ya reanudando antiguas amistades, ya
entablándolas nuevas. Grandes y leales amigos son los libros, ¿verdad,
mi caro capellán? Gracias a ellos, ningún vacío de nuestra existencia
deja de amenguarse un poco. Leemos, y lentamente caen sobre nuestra
alma gotitas de un bálsamo consolador. Lo que siento infinito es que no
encontraras las _Voces interiores_ del gran Hugo, que anhelo conocer,
y ojalá suenen tanto que apaguen la vibración de las mías. Confío en
que Boix no dejará de pedir y enviarme ese libro, y lo espero porque sé
que no falta en Madrid quien le apremie para complacerme. Gracias mil a
todos.
Mi drama ya no es drama: la última escena conocida se me presenta en
forma de leyenda de un color harto lúgubre, sobria en sus líneas,
altamente patética. Como todas las leyendas que ha puesto en
circulación el romanticismo, reviste forma enigmática, o así me lo
parece a mí, sin duda porque no conozco más que un fragmento de ella.
Verás: una mujer desconocida, de mísero aspecto, aparece en Laguardia
portadora de un mensaje para cierto caballero residente a la sazón en
Villarcayo. No encontrando al caballero en ese pueblo donde tú estás,
dirígese a este donde estoy yo; pero al llegar a Miranda muere... En
las leyendas, como en la vida, la muerte viene siempre a tiempo, es
decir, cuando según nuestro criterio no debe venir. La oportunidad
del morir es siempre contraria a todos nuestros deseos y previsiones.
Sin esta lógica artística del morir no habría leyendas, ni tampoco
vida, la cual también es una gran obra de arte. Falta en la leyenda lo
más interesante, que yo me atrevo a planear del modo siguiente: lee:
Muerta la señora, es enterrada. Sabedor de ello el caballero, corre
a Miranda, y obtenido permiso de la autoridad, exhuma a la señora:
quiere reconocerla, recoger la carta... ¡Oh, gran Hillo!, vieras allí
la tristísima escena: abrirse la tierra, entregando su secreto; vieras
la duda curiosa penetrando con atrevida mano en el seno de una tumba,
para sacar lo que al olvido y a la descomposición pertenecía ya. Todo
eso verías tú, si lo vieras. Sale el cadáver, después de tres días de
descanso y corrupción, y el caballero le dice: «¿Quién eres? Dame la
carta».
Ya te oigo preguntándome: «¿Quién era? ¿Qué decía la carta?». No
contesto, porque esta segunda parte no es más que una idea, es lo que
yo debí haber hecho y no hice, ni haré. Desde que he renunciado a la
voluntad, no sé dar fin a las leyendas, ni aun siendo tan reales como
la que te cuento. Me quedo en mis horribles dudas tejiendo con ellas
nuevas historias, terminadas siempre en ignorancias que desgarran el
corazón, en enigmas que trastornan la mente. Con los libros platico, en
ellos busco soluciones, les pido consejo, les doy mis ideas a cambio
de las suyas; pero la ardiente amistad que con ellos trabo no me da la
serenidad que apetezco, no me despeja el cerebro de sombras. Los libros
me compadecen; pero no pueden, y bien claro me lo dicen, no pueden
remediar mi mal. Ellos imitan la vida, pero no son la vida; son obra de
un artista, no de Dios.
¿Y en tal situación quieres que yo vaya a Laguardia? No puede ser.
Quien ha venido a ser mi dueño absoluto y mi gobernante no me ha
mandado eso, ni me lo mandará, porque me ama y me estima, y no me
pondrá jamás en una situación desairada. Así me lo ha dicho Valvanera,
que es como ella misma, y además la propia discreción. Yo no puedo
pretender los favores de la divina Palas, porque pretendiéndolos,
tendría que fingir una disposición de espíritu que estoy muy lejos de
tener, desgraciadamente. ¿Soy un aventurero? No. Ni ella ni tú podéis
suponerlo. La situación moral y psicológica en que me encuentro aumenta
de un modo increíble mi respeto a la sin par mayorazga. Creo que si
ante ella me viese de improviso, me turbaría como pobre chicuelo sin
sociedad, educado en convento o seminario, que tiembla y se ruboriza
ante una mujer. Observo qué sentimientos nacen en mí al pensar en
Demetria, y por más que me estudio, solo encuentro vergüenza, cortedad,
una infinita modestia ante criatura tan fuerte y grande. No dudes que
soy una nulidad social y moral. Mi amor propio en ruinas me señala
como el último de los seres. Si alguien lograra restaurar en mí la
arrogancia perdida, me sentiría yo menos pequeño, y al paladearme,
empleando en mi propio examen el sentido del gusto, me encontraría
menos desabrido.
Además, oh prudente amigo y maestro, la descomposición de mi voluntad
ha dejado en mi alma un residuo amargo, la duda, que se ha extendido
por todo mi ser, y no puedo ya pensar en cosa ni persona sin que al
punto la vea desvirtuada y deslucida. Dudo de cuanto existe. Cierto
que no puedo negar la virtud, los méritos notorios de la niña de
Castro; pero si a ella me aproximara con las intenciones que tú quieres
sugerirme, cree que a mis ojos desmerecería. No podría ser ya la
Demetria en quien vi tantas perfecciones... Contémplala en su altura,
en su apartamiento, que ella, como todo lo sagrado, más ha de valer y
representar cuanto más distante se encuentre de la acción de nuestros
sentidos, y déjame a mí en esta miseria tristísima. Estoy recogiendo
uno a uno los huesos dispersos de mi esqueleto, hecho pedazos en el
espantoso choque de la caída. Poco a poco iré armando mi personalidad,
que con tantas soldaduras y pegotes no podrá ser nunca lo que fue.
Gracias que pueda sacar de mí mismo la resignación, o sea la cola con
que me voy pegando, y uniendo mis propios fragmentos. Luego que el vaso
esté bien sujeto con lañaduras, recogeré, si puedo, las varias esencias
del alma que salieron volando en la catástrofe, y andan por ahí como
vapores que trae y lleva el viento. Procuraré condensarlo todo. Algo
he recogido ya, pero es poco; no sé por qué espacio andarán esencias
mías muy sutiles, de las cuales no me ha quedado más que el olor... Ya,
ya sé lo que vas a decirme..., que algo mío anda por ahí y que debo
ir a buscarlo. No: lo único mío que en la explosión pudo volar hacia
Laguardia es el respeto, y ese vale más que se quede por allá, para que
lo unas a tu admiración y hagas un lindo ramillete con que obsequiar a
la celeste Palas. Otra clase de flores no me pidas. Ya sabes, Mentor
mío, que las rosas
no nacen entre el hielo; y si nacieran,
solo al tocarlas yo se marchitaran.
Por hoy no te marea más tu fiel amigo — _Fernando._
XXIX
De Pilar a Valvanera.
_Madrid, agosto._
Amada mía: Llegó por fin el supremo instante. El oráculo, Manuel
Cortina, me ha presentado la cuestión social y jurídica con pasmosa
claridad, procurando atenuar las amarguras que la solución del problema
traerá forzosamente. Con grande ansiedad le oí; con sumisión he
prometido aceptar y seguir el plan que me trace. Imposible transmitir
a Fernando un título de nobleza de los muchos que tengo (y que no me
sirven para nada), sin obtener un rescripto del Papa. Sospechando que
ello no habría de ser grato a mi querido hijo, renuncio por ahora a
satisfacer este anhelo de mi corazón. Para transmitirle aquella parte
de mi patrimonio de que puedo disponer libremente, es forzoso que me
valga de un fideicomiso. De este modo entraría en posesión de mis
bienes a mi muerte. Para asignarle desde ahora, sin más dilaciones,
una renta decorosa, necesitamos emplear artificios legales, cuya forma
me ha explicado detenidamente el gran jurisconsulto. No acabaré nunca
de alabar la claridad con que este hombre expone las ideas, realizando
el milagro de hacer comprender a una mujer, como yo ignorante de estas
cosas, las más áridas cuestiones de Derecho. Jamás, en los enmarañados
pleitos de mi casa con Osuna y con Gravelinas, pudo entrar en mi
cabeza una idea jurídica. Hoy mis ansiedades maternas me han aclarado
considerablemente el sentido, y aquí me tienes hecha una estudianta de
Leyes, capaz de obtener buenas notas si de ello me examinara.
Ha insistido Cortina en que no podré evitar el escándalo, es decir,
la publicidad del _hecho de autos_, y añade la terrible afirmación de
que en este _via crucis_ el primer paso es el más doloroso: informar
a Felipe, aspirando a obtener su benignidad en el caso moral, su
colaboración en el jurídico. ¡Inmenso conflicto, trámite inmenso!...
Preguntome el letrado si me encontraba yo con fuerzas para esta
terrible confesión, y le respondí resueltamente que no. No tengo eso
valor, que es valor de suicida. Propúsome diluir mi revelación en una
carta; discutimos; casi accedí al procedimiento escrito, en el cual
puedo desplegar recursos mil; hablamos también de una tercera persona,
de mi tía Consolación Armada, de mi confesor padre Acosta... Herida
por un rayo de inspiración, le dije: «¿Y usted?». Meditó un rato, y
por fin manifestó su asentimiento con palabra lacónica: «Bueno: yo
me encargo... Quiero atenuarle a usted la amargura del cáliz... Para
esto conviene mutación de escena; que el matrimonio se traslade a
regiones frescas. El calor excesivo no es favorable a las operaciones
quirúrgicas».
Sabrás que Felipe y yo andamos desde julio en desacuerdo por si salimos
o no de Madrid. No solo porque el calor me molesta poco de algunos
años acá, y la experiencia me ha demostrado que en este mi palaciote
vetusto lo paso mejor que en ninguna parte, sino porque veraneando en
la Corte entreveo más probabilidades de quedarme sola, heme resistido
este año a la temporadita de Valsaín. Felipe, por no darme el gusto
de la soledad, apechuga con el calor. Aquí nos tienes haciendo vida
monástica, sin salir al Prado ni una sola vez. Nuestros jardines nos
dan por la noche esparcimiento y frescura. Un reducido contingente de
amigos, que no llegan a media docena, nos acompaña en nuestros recreos
nocturnos; comemos al aire libre, a la graciosa luz de farolillos de
papel colgados de los árboles; charlamos hasta muy alta la noche en
lugares placenteros, defendidos del sol durante el día; las ranas de
los estanques nos dan música, que a mí me encanta... En fin, no es tan
despreciable el verano en estas condiciones, ¿verdad? Yo lo defiendo y
Felipe lo ataca: me acusa de extravagancia, de mal gusto. Yo me obstino
en no salir, esperando que él se canse y huya del calor; él reniega y
persiste en estar a mi lado. La disparidad de voluntades nos junta con
una cadena de presidio.
La opinión expresada por Cortina de que la cirugía no es eficaz en las
altas temperaturas, me hace cambiar bruscamente de gustos veraniegos,
y propongo a Felipe que nos vayamos a Valsaín. Me descuidé en la forma
del cambiazo, haciéndolo con sospechosa precipitación, y el resultado
ha sido contraproducente. Ahora Felipe no quiere salir; pretexta
ocupaciones, temor al reúma en las humedades serranas. ¡Qué torpeza
la mía! ¡No haber visto la necesidad de las gradaciones para mudar de
gustos en cuestiones de residencia estival! Bien dicen que el mejor
escribano... Es que el largo uso de mis facultades diplomáticas, y esta
crisis que ahora se plantea me han trastornado. Me vuelvo chicuela
sin juicio, una pobre aprendiz de arte social... La suma experiencia
y el cansancio me tornan inexperta y descuidada. Afortunadamente, mi
director me manifiesta, _sotto voce_, que podremos conservar la misma
escena. La mutación no es necesaria. Viene en mi ayuda una tormenta que
refresca la atmósfera, y nuevamente me declaro entusiasta del clima de
Madrid en la canícula. Felipe reniega y medita: habla poco.
_Miércoles_. — La proximidad del día, digamos momento, designado para
el tremendo paso quirúrgico, me causa un terror indecible. Mi pánico
es tal que se me ocurre huir a la calladita. Cortina me recomienda
la serenidad, desaprobando toda idea de fuga. Debo permanecer en
casa, confinándome en mis habitaciones, mientras él, armado de fieros
instrumentos de disección, se encierra con Felipe. Debo disponer mi
alma para el sacrificio y la penitencia, realizando un acto religioso
en mi capilla. Confesaré, comulgaré... Después mi estado nervioso me
impondrá un reposo absoluto; el médico me prescribirá la permanencia en
el lecho, apartada de todo lo que pudiera ser causa de viva emoción.
Se me dejará en aislamiento riguroso, sin más compañía que la de mi
doncella, y esto durará uno, dos, tres días, lo que fuere menester...
Amiga de mi alma, ya me duelen las heridas que don Manuel, actuando de
cirujano, ha de hacer a Felipe. Creo que a los dos nos descuartizará
juntamente. No puedo más hoy. Desfallezco y parece que me acabo.
_Jueves_. — El letrado ha decidido un nuevo aplazamiento, dándome
para ello razones cuya sensatez reconozco. Verás: aun en el caso de
que Felipe entre en razón y se preste a facilitarme la transmisión de
parte de mis bienes a Fernando, ello ha de ser penoso y lento. Como
he manifestado mil veces la urgencia de construir (no encuentro otra
palabra) la personalidad de Fernando, sacándole de esa denigrante
situación de inclusero; como todo mi afán es rodearle de dignidad,
levantar su espíritu, poniéndole en posesión de los medios sociales
que le corresponden, el gran jurisconsulto acude a esta necesidad por
medio de un expediente ingenioso, que exige la colaboración de otra
persona, y, por tanto, nueva violación del delicado secreto. No me
importa. Momentos he tenido estos días de verdadero delirio, en que
me ha faltado poco para revelar todo a la primera persona que entre
en mi casa. La necesidad de expansión y confidencia es hoy en mí casi
orgánica. Me sorprendo a ratos hablando como una cotorra, sin saber lo
que digo; pero ello es algo como una lección aprendida, que me figuro
ha de embelesar a los que me oyen.
No me hicieron temblar, antes bien causáronme regocijo, estas palabras
del buen sevillano: «Nadie como Salamanca podría prestar a usted este
servicio. Respondo de su discreción y caballerosidad. Es necesario que
usted le hable. Yo prepararé el terreno poniéndole al corriente del
caso fundamental...». Algo te he dicho ya de este simpático granadino,
uno de los hombres más admirablemente dotados para la vida social, y
para obtener de ella lo que él llama _los frutos de la civilización_,
pues posee todas las cualidades o virtudes que inducen a la amistad, a
la confianza, a las relaciones útiles. Es inteligente, sagaz, amenísimo
en su lenguaje, extremado en la cortesía sin llegar a empalagoso;
tresillista de primer orden, de los que no pierden la dignidad en las
peripecias desgraciadas del juego; comensal delicioso por su gracia
tanto como por su apetito de buen tono, y su mucho saber de arte
culinario; hombre, en fin, que despunta gallardamente en la política,
aplicándola a sus negocios con una habilidad nada común. Su buena
figura es la mejor ayuda de su talento en estas campañas. Salamanca
será una gran personalidad del siglo, salga por donde saliere, ya se
aplique a sumar voluntades, ya a multiplicar dinero.
¿Creerás que cuando vino a verme, instruido y aleccionado ya por
nuestro buen amigo, le recibí con serenidad, sin que me turbara la
idea de considerarle poseedor de mi secreto? Sus primeras expresiones,
delicadas y de cierta ternura, me dieron más ánimos. Me sentí valerosa,
y abordando el asunto, le dije: «La bondad de Cortina me libra del
trance duro de contarle a usted historias viejas que no sé hasta qué
punto podrían interesarle. Hoy necesito del auxilio de usted. Es la
satisfacción de un deseo, de un capricho... no debo entrar en más
explicaciones. Amigo Salamanca, es preciso, indispensable, que usted
me proporcione una cantidad... No se asuste...». Respondiome con
gracejo que no se asustaba de que una dama le mandase buscar dinero.
Para complacerme, lo sacaría de las entrañas de la tierra. Cambiados
conceptos ingeniosos por una y otra parte, expresé la cuantía de mi
necesidad metálica con frase cortante y seca: «Va usted a traerme,
amigo Salamanca, cincuenta mil duros». Vi que su sonrisa se trocó en
severo asombro. La cifra le asustaba, y me la devolvió descompuesta
en reales. «¡Un millón, señora!...». «Un millón —repetí yo muy
tranquila—. ¿Cree usted que no puedo yo responder, con mis bienes, de
esa cantidad?». «No se trata de eso. La garantía es más que sobrada, lo
sé... En fin, yo estudiaré la forma de realizar el préstamo que desea,
el cual, según me ha dicho Cortina, tiene por objeto constituir por
medio de tercera persona, una renta en favor de... La cosa es clara.
No sé si podré obtener los cincuenta mil duros tan pronto como usted
desea. Si yo los tuviese, ahora mismo lo arreglábamos». Añadí que si
la diligencia no era fácil para él, me lo dijese francamente, y yo
buscaría otro amigo que de ella se encargara, con lo que di tan fuerte
pinchazo a su amor propio, que el hombre rebotó, diciéndome que se
creería indigno de mi amistad si no me dejaba servida y satisfecha en
el improrrogable plazo de tres días. Así terminó nuestra conferencia.
Confío ciegamente en la eficacia de este hombre tan activo, inteligente
y bondadoso, y ya puedo anunciarte que antes de que termine la semana
quedará instituido en cabeza de Fernando el capital inmueble que le
proporcionará una renta decorosa, sin perjuicio de mayor propiedad y
beneficios. Con lo que disfrutará pronto, no dudo que ha de reconocerse
con personalidad bastante para pretender sin desdoro la mano de la niña
de Castro-Amézaga.
Y ahora, mi amada compañera, esperemos el giro de la gran crisis, la
revelación magna y decisiva, que es para mí como llegar a la cumbre de
mi destino. ¿Qué habrá del lado allá de este monte inmenso, por cuyas
asperezas subo, ya fatigada y sin respiración? ¿Veré un valle risueño,
o un negro y espantable abismo? Ya poco me falta para dominar la
cúspide. No sé qué me pasa. Este peñón áspero es Felipe. Detrás de él
está la paz, él sosiego, la vida. ¿Llegaré?
XXX
De la misma a la misma.
_Madrid, septiembre._
Amada mía: Estoy en la noche que precede a día crítico. Te daré cuenta
del romanticismo que se apodera de mí como una enfermedad del cuerpo
y del alma, con fiebre y terrores, en los cuales no puedo menos de
ver algo de belleza, a ratos una belleza extremada, sin que ello me
cause vanagloria, por no ser mi dolencia muy original que digamos. Los
sentimientos y visiones que me turban paréceme que no son míos; no han
nacido en mi ser; son algo que he leído; son el arte ajeno, que se
convierte en ansiedades propias, en dramáticos lances. La ignorancia,
¡ay!, es una bendición; el saber un suplicio. Me creo espejo de la vida
artística, y sus imágenes en mí se vuelven reales. Vas a creer que
estoy loca. Más lo creerás cuando te cuente que esta noche he tenido
por real y efectiva la escena que voy a referirte. No sé a qué hora,
Valvanera de mi corazón, mas era sin duda la hora del miedo, Felipe me
mandó llamar. El pobre Pantoja, nuestro anciano mayordomo, me trajo el
recado con una solemnidad teatral, inclinando su venerable cabeza calva
al manifestarme el deseo del señor duque. Allá me fui, de sala en
sala, arrastrando por los pavimentos esterados de fino junco la cola de
mi vestido, sin que entonces ni después supiese yo la causa de aquella
prolongación de mi ropa, ni entendiese lo que me decía el extraño ruido
que tras de mí iba dejando al andar. Pasé por oscuras estancias, por
estancias iluminadas. En algunas conocía mis cuadros y tapices; en
otras vi objetos y adornos que no eran de mi casa. Llegué por fin a
la sala de armas, donde encontré a Felipe y a Fernando platicando de
cosas de guerra, armas y ciencia militar, y si no me causó sorpresa
verles juntos, tampoco me asombró que mi esposo y mi hijo hablasen de
asaltos de castillos, de combates encarnizados, con espadas, lanzas
y mosquetes. Todo me parecía natural, y el cariño y confianza que
uno y otro se mostraban éranme tan gratos que permanecí silenciosa y
embelesada el tiempo que tardaron en advertir mi presencia. Por fin,
el señor duque me presentó a Fernando, y este y yo nos saludamos con
pausadas inclinaciones de cabeza, sin decirnos una palabra. Sin duda
no era conveniente que aparentáramos conocernos de muy antiguo, desde
que él vino al mundo y yo inauguré la era de mis desgracias. El duque
me dijo que Fernando era un famoso capitán que entraba a su servicio,
y que por tal servidor valiente de nuestra causa le reconociese yo.
Manifesté mi benevolencia con una sonrisa, ignorando todavía qué causa
era aquella en que nos había salido tan esforzado paladín. A una señal
del duque, trajo Pantoja ánforas de plata y copas de oro. Debíamos
beber los tres a la salud de la familia y de su nuevo defensor. Mandome
el duque que escanciara yo el vino; llené las tres copas; a la mitad de
esta operación me temblaba la mano; miré a Felipe, cuya cara parecía
de cartón; miré a Fernando, que aguardaba con grave compostura. Mi
marido cogió una de las copas, y al dármela para que yo la ofreciese a
Fernando, lancé un grito... Esto que te cuento, Valvanera mía, me pasó
estando despierta, te lo aseguro..., lo vi como estoy viendo ahora el
papel en que te escribo... No sé lo que pasó después de aquel instante
en que rompí a chillar... ¿Bebió Fernando? Creo que no... Felipe se me
apareció entonces con armadura, en una facha altamente caballeresca,
que nada se parecía a su común vestir y actitud usual. Su talla
crecía, su ademán era noble y fiero. Yo di vueltas y me pisé la cola,
enredándome en ella... Te aseguro que todo esto acaeció hallándome
sentada en la misma silla en que estoy ahora. Entendiendo que mi mente
exigía disciplina, cogí la _Imitación de Cristo_, y su lectura me
produjo gran consuelo. No tardé en reírme de aquel delirio, y prepareme
para los actos religiosos con que debo inaugurar, dentro de algunas
horas, el día de la tremenda prueba. No ceso de pensar en don Manuel,
y de figurarme las expresiones que emplear debe para la exposición de
mi deshonra ante Felipe... ¿Permitirá Dios que al fin salga yo de este
infierno? Tremenda es la boca de salida, y el dragón que la guarda
quiere devorarme; pero le arrojo mi reputación, mi dignidad si es
menester, y mientras su glotonería se satisface, me escapo, agarradita
a la mano del gran Cortina.
Al fin siento algo de sueño, más bien atonía cerebral. Me acostaré,
figurándome que voy a dormir; mas con mi engaño no engañaré las horas.
Hasta mañana.
_Martes_. — Pásmate: he dormido; he despertado con la impresión de un
sueño muy bonito. Fernando y yo visitábamos la Alhambra, paseándonos
solos por sus patios y estancias, agarraditos del brazo... Serían
las ocho cuando comulgué en mi capilla, después de confesarme. Gran
consuelo han sido para mí los actos de religión, y a ellos debo
la serenidad con que aguardo mi sentencia. Humillándome ante Dios
y sometiéndome a su soberana voluntad, he fortalecido mi alma, he
serenado mi conciencia. Y pues mis faltas no pueden desaparecer del
tiempo, venga la nueva, la real situación que la propia falta impone.
¿Qué ganamos con vivir en el engaño social, desempeñando mentidos
papeles, decorándonos con una opinión ficticia, y haciendo creer que
somos lo que no somos? Cada uno es lo que es: bueno o malo, tuerto o
derecho, cada ser represente su propio carácter. Apartémonos de la
comparsa social, renunciemos a la fastidiosa obligación de marchar a
compás, haciendo figuras más o menos airosas. Lo que cada uno es ante
Dios, séalo ante los hombres. Impere la verdad, siempre superior a
los embustes mejor compuestos y con más arte pintorreados. Arrojemos
las pelucas, los postizos, los afeites, las ballenas que oprimen, los
mil artificios que son deformación y tormento de nuestro ser. Dios
abomina de los cosméticos, de las máscaras y de toda farsa. Nos quiere
sinceros, puros, con nuestra conciencia bien diáfana, manifiestos
nuestros delitos si los tenemos, así como nuestras virtudes, que
algunas hay siempre. Así he de ser yo, y el valor que ahora siento no
ha de faltarme.
Me encierro en mis habitaciones, conforme a la voluntad de Cortina. El
calor es hoy extremado, arde la atmósfera, y el cielo parece que está
preparando rayos y centellas, quizás un pedrisco asolador. Oigo truenos
lejanos.
_A prima noche_. — Esta tarde, mientras estallaba una de las
tempestades de verano más ruidosas o imponentes que he visto en mi
vida, he sentido un pánico horroroso. La idea de que entrase Felipe en
mi cuarto a recriminarme, pronunciando el trueno gordo, me ha causado
un sobresalto indecible. La tempestad casera que he temido y temo, me
asustaba más que la que rodar sentía por los espacios, con sus nubes
negras preñadas de electricidad. A las cinco, próximamente, mi susto
era tan vivo, que determiné huir. Vestime en un instante; mi doncella
recogió alguna ropa en una maletita. Concertamos que ella traería un
buen coche de alquiler, situándolo en la Ronda, y que nos escaparíamos
lindamente por la puerta del jardín sin que nadie nos viese. Luego me
pareció algo ridícula esta manera de ausentarme, y determiné salir
rápidamente por la escalera y puertas principales sin decir nada. Fuera
de mi cuarto ya, retrocedí, acordándome de que había prometido a don
Manuel no tomar resolución alguna sin su dictamen, y he vuelto a mi
encierro, donde estoy como en capilla. Heme acogido al Kempis, que
por donde quiera que se abra nos muestra un admirable pensamiento, de
pasmosa concordancia con lo que sentimos o padecemos. He leído: _Cuando
el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los
demás, y sin dificultad satisface a los que le odian_.
_A media noche_. — A las nueve y media, cuando yo acababa de mal comer
en mi habitación, entró Cortina. Antes que me hablase, conocí en su
rostro grave que el paso había sido tremendo, y que el servicio que
me ha prestado merece eterna gratitud. Llorando quise besarle las
manos, lo que él no permitió. La revelación, según me dijo, lenta,
dificultosa, impresionó a Felipe de un modo tal que nuestro amigo llegó
a temer un acceso de locura. Vino después un abatimiento hondísimo,
postración de todas las energías físicas y espirituales, y el hombre
se reconcentraba en su dolor con cristiana paciencia. Había cogido el
Kempis y leía: _El humilde, recibida la afrenta, está en paz, porque
descansa en Dios, no en el mundo_.
Habíase encerrado en su aposento con rigurosa consigna, como yo.
Cortina le acompañaría hasta media noche, procurando conservar en su
ánimo la serenidad, y prepararle para los actos razonables. Lo que
no tiene remedio debe afrontarse con valor y espíritu de concordia.
Terminó diciéndome que continuase yo prisionera de mí misma, alejando
de mí todo temor de escenas ruidosas y de manifestaciones imponentes.
Sus últimas palabras me hirieron en el corazón: «Felipe la ama a usted
con locura... Esta es la verdad..., quizás sea forzoso reconocer que no
ha sabido amarla, porque el amor, dígase lo que se quiera, no solo es
un sentimiento, sino también un arte. Adiós, amiga mía. Ya estamos del
otro lado».
_Miércoles por la mañana_. — No ceso de repetir la última frase de mi
salvador: «Ya estamos de la otra parte». Me parece mentira. Ya Fernando
es mío, y yo soy suya. Ya podré vivir para él a cara descubierta.
¡Cuánto me ha costado llegar a esto! Pero al fin he llegado, estoy en
mi terreno, donde pisaremos él y yo libremente. Dale, dale la feliz
noticia, con las discreciones y atenuantes que tu buen juicio te
sugiera. Que participe de mis esperanzas. En medio de mi triunfo, que
triunfo es, estoy triste: no se aparta de mi mente la imagen de Felipe
abrumado de dolor por mi causa. ¡Cuántos años de mentira y disimulo! ¡Y
cómo pesarán sobre él!... Si queriéndole yo nos aliviáramos ambos de
este horrible peso, mi corazón se halla dispuesto al amor de todos, a
la concordia, a la reconciliación. No sé si esto será posible, dado su
orgullo, su dignidad puntillosa, llena de asperezas... Pero por mí no
quede. Quiero amar a todos, y que todos me amen, merézcalo o no. Abro
el Kempis y leo: _Espera un poquito y verás cuán presto se pasan los
males_.
_Por la tarde_. — El silencio y la quietud reinan en mi casa. Parece
esto un panteón, y a mi sepulcro no llega ningún rumor. ¿Qué pasará en
el de Felipe? A ratos me entran vivos deseos de correr de mi cripta a
la suya y decirle... No, no me atrevo. Espero que el muerto de allá me
visite. Lo deseo y lo temo. Me inquieta que hoy no haya venido Cortina;
mas por mi doncella sé que pasó toda la mañana en las habitaciones de
Felipe.
Ha roto esta monotonía un billetito de Salamanca, diciéndome en
estilo de negocios: «Hecho. Mañana otorgaremos la escritura. Espero
instrucciones». Le contesto que se entienda con Cortina. Ya ves: vamos
bien. El programa se cumple, y mis deseos se van condensando en la
realidad. Pronto será Fernando poseedor de un millón de reales; ya
no podrán decirle que se ignora de quién recibe el dinero que gasta.
Afirmar puede ya que es rico porque lo es su madre, y su madre soy yo,
que aún tengo otros milloncitos guardados para él. Ya no es humillante
su actitud ante la incomparable niña de Castro-Amézaga. Con valer ella
tanto, mi hijo no desmerece, y aun sostengo que vale más, por su gran
cultura, por su talento y finísima educación. Dile a Juana Teresa, si
le escribes, que se vaya a paseo, que busque la marquesa de Sariñán
entre los Almontes de Tarazona, enriquecidos por la usura, o entre los
Sopuertas de Alagón, que a fines del siglo pasado fabricaban albardas,
y ahora las llevan ellos, rellenas de vales reales. La niña de Castro
es para mí, para nosotros, y en todo caso, les cedo la pequeña, siempre
que no repugne unir sus floridos años a la seca y utilitaria juventud
del mayorazgo de Idiáquez.
Rabio de ganas de escribir a Fernando directamente diciéndole todo lo
que se me ocurra, y firmando con mi nombre entero, según la usanza y
fuero de mi mayorazgo, que me manda poner en primer término el apellido
materno. Recibid el corazón y el alma de — _Pilar de Loaysa._
XXXI
De Valvanera a Pilar.
_Villarcayo, agosto._
Amada mía: La ansiedad que revelas en tu carta se me comunica, y
no vivo hasta saber el término y solución de la gran crisis de tu
destino. Bendigo a esos buenos señores, amigos fieles, Cortina y
Salamanca, que te ayudan en tu magna empresa. Inspíreles Dios, y a
ti te dé fortaleza y serenidad. No ceso de pedirte que encierres con
cien llaves tu romanticismo, todo ese imaginar insano que debes a
las lecturas continuas, al hábito de vivir dentro del misterio, a
esa fatalidad de tener drama oculto, vida de novela por dentro. ¿Me
explico? Aguardo impaciente la carta en que me digas el resultado de lo
que llamas operación quirúrgica. Encomiéndate a Dios, que no dejara de
mostrársete benigno, viendo atenuada tu enorme falta por el sentimiento
purísimo que es consecuencia de ella. El pecado y la virtud, ¡qué cosa
más rara!, se ven enlazados en la vida humana, y donde menos lo piensas
encuentras un eslabón de oro entre los de hierro de tu cadena. Te
reirás de las figuras que se me ocurren. Algo se me pega de tu florido
ingenio.
Delicadísima es tu situación frente a Felipe, y todo el tacto que
empleares para sortearla me parecerá poco. Considera, Pilar, que las
espinas de su carácter están en la superficie; su corazón es bueno.
Desgracia grande ha sido que no supiera conquistar el tuyo, aun después
del tropiezo. Ya es tarde para la concordia. Si el cariño no puede
existir, sálvense la estimación y el mutuo respeto. Te digo todo lo
que se me ocurre, sin reparar en que mis exhortaciones lleguen tarde.
Pongámonos en manos de Dios, que ha de resolver este magno problema.
Él decidirá de tu vida futura, poniendo fin a tus sufrimientos, o
dándote otros en vez de los actuales. Si así fuere, acéptalo con
resignación recordando estas dulces palabras del Kempis: _Tanto se
acerca el hombre a Dios, cuanto se desvía de todo consuelo terreno. Y
tanto más alto sube hacia Dios, cuanto más bajo desciende en sí y se
tiene por más vil_.
Quiero endulzar tus penas contándote cosas de acá, placenteras:
teníamos a Fernando alicaído y triste; hoy está muy gozoso con la
visita de su amigo don Pedro, que se nos entró por las puertas ayer
tarde, sin previo aviso. Figúrate la alegría del pobre Telémaco. En el
tiempo que aquí lleva, nunca le he visto tan animado, tan expansivo y
bien dispuesto. Juan Antonio y yo hemos recibido en palmitas al señor
de Hillo y le agasajamos todo lo que se merece. En cuanto habla, se
manifiesta el cariño que tiene a Fernando, y el afán de verle dichoso.
Lástima que solo esté en nuestra compañía hasta mañana, pues tiene que
partir para Vitoria, con no sé qué graves comisiones de su ministerio
castrense. Creo que Fernando le acompañaría de buena gana; pero no nos
resolvemos a concederle autorización para este viaje. Tanto él como
nosotros nos hacemos cargo de que en estas difíciles circunstancias, y
en la expectativa de la gran crisis tuya, no debe alejarse. Podría ser
necesaria en un momento dado su presencia aquí, tal vez en Madrid. Dice
don Pedro que volverá, y esto me alegra, porque su compañía, su afecto
y su festivo temple son el mejor antídoto de las melancolías de nuestro
amado caballero.
Y allá van otras noticias, que aunque parezcan extrañas a nuestro
asunto, quizás tengan con este indirecta relación. He recibido carta
de mi padre, desde Albarracín, donde se hallaba muy obsequiado por los
figurones de la facción. ¡Que hombre, qué carácter flexible y ameno! No
hay quien le iguale en el don de ganar amigos y de hacerse simpático
a todo el mundo. Me dice que su salud es excelente; que tras las
penalidades sufridas con cristiana conformidad, ha recobrado su vigor,
el apetito de sus mejores tiempos, la fácil labia y el prurito social.
No hay otro don Beltrán de Urdaneta. Es el prodigio de la naturaleza
y la unión del siglo pasado con el presente. Me dice que quieren
agregarle a la expedición de don Carlos, el cual parece no ha de parar
hasta Madrid. En la presunción de que mi padre recale por la Villa y
Corte, y de que vaya a parar a tu casa, como otras veces, he pensado
que no debes vacilar en informarle del asunto, ganando su voluntad
antes que los Idiáquez. Creo que teniéndole preparado y conquistándole
hábilmente, como tú sabrás hacerlo, le tendremos a nuestra absoluta
devoción en el delicado negocio de Laguardia. ¿Estás enterada?
Ayer hemos expedido un propio para llevarle nuestra carta y el dinero
que nos pide, necesario para que pueda incorporarse decorosamente
a esa ambulante corte del llamado rey, que quizás lo sea pronto de
verdad, por convenio entre las dos ramas borbónicas. Le hablo de
Fernando, a quien profesa paternal cariño, diciéndole que le albergo
en mi casa desde principios de año, y añado algunas explicaciones de
los motivos de este hospedaje, que entiendo han de ser para él una
revelación. Le encargo que si a Madrid va, hable contigo de mi huésped,
y con esto me parece que ayudo bastante a su penetración y agudeza.
Estoy bien segura de que a un hombre como mi don Beltrán, de tanto
conocimiento en cosas y aventuras pasadas, le bastarán las medias
palabritas que le escribo para posesionarle de tu secreto. Cualquiera
que sea el resultado de esta crisis, creo que el saberlo mi padre no
puede ocasionarte ningún perjuicio, y sí ventajas grandes. Agasájale,
sé sincera y cariñosa con él, y tendrás un excelente apoyo, un leal
consejero y auxiliar.
Y punto final por hoy. Te anuncio el milagro de que mis cinco hijos
están buenos, sin ninguna molestia ni alifafe. Dios me les guarde así
mucho tiempo. Fernando se ocupa en reanudar los ensayos del _Sí_. En
buen hora sea. Adiós, querida: que tu carta próxima me traiga felices
nuevas, el término de tus afanes, el alivio de tu conciencia, y vea
yo sobre tu cabeza la bendición divina y la piedad humana. Concluyo
recomendándote que mires a Felipe con respeto y cariño. El amarle
será para ti un inmenso consuelo. No te canso más. Tuya siempre —
_Valvanera._
XXXII
De Pilar a Valvanera.
_Septiembre._
Amiga de mi alma: Pensaba escribirte hoy cosas gratas, y mi destino
dispone que no lo sean. Sobre mí pesa sin duda una maldición. No creo
en maldiciones: creo en castigos, y el mío es grande, más doloroso y
largo de lo que a mi parecer me corresponde, sin duda por la magnitud
de mis faltas. En los dos días que han pasado desde el memorable de
la espantosa revelación, mi alma se consume en una ansiedad monótona
y sin accidentes. Felipe no sale de su cuarto. La noticia de que está
enfermo, a mis oídos llegada por referencias de servidores más o menos
discretos, me causó ayer inquietud, hoy pena indecible. He llamado a
Pantoja, el cual me asegura que el señor duque no padece más que una
indisposición nerviosa. En distintos aposentos de una misma casa,
mi marido y yo vivimos tan distantes como si fuéramos antípodas uno
de otro. Esto es horrible, y de una tristeza que anonada. Hoy, por
dos veces, no pudiendo refrenar mi ardiente afán de hablar con él,
he salido de mi habitación con ánimo de entrar resueltamente en la
suya. A la mitad del camino heme vuelto para mi hemisferio, temblando
de pavor. Llegué a mi alcoba rendida y sin aliento, como quien ha
corrido largo trecho por senderos pedregosos. Anoche pasé horas de
terrible miedo, creyendo que a mi cuarto venía: sentía sus pasos, era
él... Componía yo mi rostro, preparaba las frases compungidas que
debía dirigirle al entrar... Pero no era, no: mi espíritu, no sé si
deseándole o temiéndole, fingía la proximidad de su persona, sus pasos,
su acento, su cara... Hoy puedo decirte que sin dejar de temerle, deseo
ardientemente que venga y me diga lo que, según la gravedad del caso,
debe decirme. Su silencio me duele tanto como mi culpa. Imagino en él
padecimientos crueles, que agravan los míos. Por primera vez en mi
vida, creo que siento con él, que su corazón y el mío laten a la par.
No puedo seguir. De estas cosas no hables nada a Fernando. Que
sepa cuanto a mí se refiere; pero esto no, aunque seguramente lo
comprendería. Dile tan solo que le amo mucho, y que Dios quiere sin
duda que mi amor arda en nuevos crisoles para purificarse. Tarda en
llegar el bien; aún está lejos la paz dulce y hermosa... No le hables
de esto, no; que podría descorazonarse, como yo, y caer en hondísima
tristeza. Basta con que sepa que vivo y viviré para él.
_Viernes por la noche_. — Otros dos días han pasado, querida mía, en
la misma lúgubre calma, sin que Felipe me vea, sin que pronuncie una
palabra delante de mí. Ni me habla, ni me mira, ni me injuria, ni me
mata, ni me perdona. Esto es horrible. El buen letrado me ha dicho
que espere. Hoy no vino a verme, y su ausencia pone el remate a mi
tribulación. Mañana rompo esta cárcel de silencio y soledad en que
estoy metida: necesito una palabra de mi esposo, cualquiera que sea;
necesito mi libertad, cueste lo que costare.
Dícenme que Felipe no está en cama; que no recibe ninguna visita, ni
aun la del médico; que pasa los días sentado en un sillón, o paseándose
en su cuarto; que no prueba la comida; que escribe cartas larguísimas y
las rompe... No sé qué daría yo por saber si pregunta por mí. Recados
suyos a mi calabozo no llegan. Yo repito los míos esperando respuestas
que no vienen, que no quieren venir por más que las llamo. Lo único
que me dice Pantoja es que el señor asegura que no está enfermo, que
apetece la soledad, que despide a sus servidores con expresiones de
bondad flemática. Me asombra saber que no riñe, que no se impacienta
por cualquier motivo baladí, que no alza la voz para dar sus órdenes;
esto me inquieta más, porque un cambio tan radical en su carácter
indica trastorno profundo. La magnitud de la impresión, la sorpresa y
dolor han desquiciado su naturaleza revolviéndola y agitándola desde lo
más hondo a lo más superficial. Lo peor será que tras esta crisis venga
una enfermedad grave, la muerte quizás. ¡Y ello sería por mi culpa!
Amada mía, no le digas esto a Fernando: confidencias tan delicadas, tan
íntimas, son exclusivamente para ti. Solo las mujeres entendemos esto.
_Sábado_. — Llega Cortina y me dice que la situación moral de Felipe es
la misma; que debemos esperar a que la benéfica acción del tiempo le
restituya a su ser normal. Me recomienda, dando a entender que obra por
inspiración propia, pasar unos días en la quinta de mi tía Consolación
en Carabanchel. Al pronto, acepto con regocijo la idea que abre un
paréntesis en mi ansiedad, y me saca de esta atmósfera de panteón o
presidio; pero luego me nacen en el alma energías de protesta contra
tal viaje, que se me figura una forma delicada de expulsión. Cierto que
mí salud exige descanso, cambio de aires, y en ello insiste don Manuel,
añadiendo que intentará convencer al duque de la conveniencia de buscar
distracción y recreo en el campo. Es probable que pase un par de
semanas en la Encomienda, y el mismo tiempo debo yo permanecer junto a
mi tía. Accedo a todo: me invade la obediencia, sobreponiéndose a todas
las fuerzas de mi espíritu. Me siento máquina...
Dentro de una hora saldré para Carabanchel, donde espero recobrar mis
facultades dispersas. Aguardad un día, dos, y recibiréis la verdadera
expresión personal de vuestra amantísima — _Pilar._
XXXIII
De la misma a la misma.
_Carabanchel, septiembre._
Aquí respiro, amada mía; todas mis penas conmigo me las traigo; pero
las atenúa, las suaviza la libertad, el alejamiento de mi martirio. La
tía Consolación es un calmante enérgico de mi estado espasmódico, por
su bendita indiferencia de todos los asuntos que no sean sus devociones
y la paz de su casa, por carecer en absoluto del defecto esencialmente
femenino, la malditísima curiosidad. No he visto pasta de ángel como
la suya. Si ello es un profundo egoísmo, celebremos la razón de la
sinrazón que en determinadas circunstancias reviste los vicios de las
apariencias de excelsas virtudes, ofreciéndonos los provechos de estos.
A mi tía Consolación no le importa nada de nada: vive siempre en, por
y alrededor de sí misma, contenta del medio social, como los pececitos
que se hallan bien en su redoma de agua limpia; hablando mucho de
las excelencias de la otra vida, y procurando por todos los medios
permanecer en esta el mayor tiempo posible; rodeada de curas y de
médicos, a quienes oye y atiende como a sibilas de la salud espiritual
y física; disfrutando de sus riquezas con parsimonia y régimen
intachables; practicando la caridad con medida; exacta en todo, fría en
sus afectos, cuidadosa de sus pelucas y de sus huéspedes...
A propósito de huéspedes: ¿a quién creerás que me encuentro aquí? A
nuestro don Juan Nicasio Gallego, que veranea en la quinta inmediata
de Montecastro. Compite en corpulencia con mi tía Consolación, y la
supera indudablemente en ingenio y en ese desahogo frailuno que nos
hace tanta gracia. Su conversación me ha distraído un tanto de mis
amarguras: ya me notarás semejante a mí misma, aunque todavía no puedo
reconocerme _todo lo yo_ que ordinariamente soy. Paso ratos agradables
sentadita en el jardín en compañía de don Juan Nicasio, que se ha
dignado recitarme, con la entonación y compás clásicos, su oda a _La
influencia del entusiasmo en las bellas artes_, que yo no recordaba.
Se muestra lastimado de que le excluyeran de la dirección de Estudios,
después de haber hecho el plan de enseñanza general. La jubilación le
duele como un castigo injurioso, y habla pestes del régimen traído por
la _sargentada_, y de la nueva Constitución, que, según él, dará ópimos
frutos dentro de _quinientos años_... Si tuviera mi espíritu sereno,
a Fernando escribirla yo de mil cosillas referentes a gente de pluma,
pues también andan por aquí Bretón y Gil y Zárate: Ventura Vega viene
algunas tardes a la Quinta de Vistabella. Todos me visitan, y aunque
procuro huir de la sociedad, no puedo eximirme. Me acosan, me asaltan,
y he de oírles, por lo menos.
Diariamente recibo noticias de Felipe, que no ha ido a la Encomienda:
continúa en nuestro palacio de Madrid, sin alteración en su tristeza y
aislamiento. Las noticias de hoy me hacen recaer en el abismo de mis
penas, y esta tarde no he querido recibir a nadie, ni al mismo Gallego,
que vino acompañado de Eulalia Montecastro y de Pilar Selva Fría. La
tía Consolación les dio chocolate de Astorga, y don Juan Nicasio contó
chascarrillos de confesiones de baturros. Desde mi cuarto, en el piso
principal, oía la voz gruesa del clérigo y las francas risas da su
auditorio.
_Hoy domingo_. — Llegó don José Moya, el socio del librero Boix, y he
hallado un consuelito a mi pena tratando con él de un envío de libros
que pienso hacer a Fernando. No puedes figurarte cuánto he gozado
viendo el catálogo de obras francesas, enterándome de los precios, y
oyendo apreciaciones no muy autorizadas sobre el mérito literario de
estos o los otros autores. Eligiendo y desechando libros he pasado un
buen rato, figurándome que Fernando estaba presente y que aprobaba
mi escrutinio, enteramente acorde con mi gusto. La caja contendrá
la nueva edición del _Ossian_ con grabados magníficos, y la última
_Vida de Napoleón_, también con láminas muy hermosas. Por cierto que
hay entre estas una de la cual no quiero hablar ahora; pero ya te
diré algo en ocasión oportuna. Es muy triste, Valvanera mía... A su
tiempo hablaremos... También le mando la traducción francesa del _Don
Juan_ y del _Giaour_ de Byron, y la _Corina_ de la señora Staël. De
latinos recibirá bastante historia: Tito Livio y Suetonio, que son
muy buenos, y no lo afirmo porque yo los haya leído; de españoles van
Solís y Masdeu, acompañados de Quintana. Las _Vidas_ me gustan, aunque
son un poquito pesadas; pero no hay que hacer caso de mi juicio. Y
para colmar la caja, he añadido todo el romanticismo que encuentro
en los catálogos: dramas de acá y de allá, algunos que, sin leerlos,
estimo de baja literatura, por un cierto tufillo que se desprende de
sus cubiertas; otros medianos, friotes, con rimbombancia de frase y
pobreza de ideas... Pero, en fin, allá va todo. Son juguetes que pronto
estarán rotos en manos del niño. Este señor Moya me promete enviar la
caja mañana mismo por un ordinario de confianza. ¡Si pudiera meterme en
ella, como un mal drama, qué feliz sería yo! Mi felicidad me consolaría
de la pena de ser drama malo.
_Martes_. — Ayer me trajo Salamanca, que vino acompañado de un
escribano y su acólito, un rimero de papeles que firmé. Esto y una
carta de Cortina me aseguran que es un hecho la situación provisional
de Fernando. Ya no puede decir nadie que solo tiene de caballero la
figura, la ilustración y los modales. Cuéntame qué impresión le causa
esto; y si es grata, como supongo, me consolaré de no haberlo hecho
antes. Pienso yo que las riquezas deben ser siempre para la juventud,
bajo la tutela y dirección de los viejos. Lo que Fernando disfrute con
la discreción y buena medida propias de su honrado carácter, será mi
gloria, mi orgullo. Que tú y Maltrana le habléis de esto, demostrándole
que le pertenece lo que hoy está en mis manos. Soy su arca, su hucha;
no tiene que agradecerme nada, y yo mucho a él por poner en mí su
confianza. Que me le aleccionéis bien, queridos Valvanera y Juan
Antonio. Adiós por hoy.
_Viernes_. — En los dos días que he pasado sin escribirte me han
ocurrido cosas que no puedo contarte sin emoción muy viva. Aún me
dura el grandísimo dolor que he sentido ayer; encontrarás mi carta
como anegada en un mar de amarguras, turbio el estilo y sin ninguna
gracia. Buscaré compensación en la claridad y el fiel traslado de los
hechos, huyendo de las impresiones de romanticismo, que, a pesar mío,
me asaltan el magín. Con un esfuerzo supremo de mi voluntad las echo
de mí, presentándote en forma descarnada lo que he visto, y lo que he
padecido al verlo... Pues desde el miércoles sentía yo una viva comezón
de volverme a Madrid, de entrar en mi casa y adquirir por mi misma
noción clara de lo que allí ocurre. Sospechando que me ocultan algo,
que no es posible la continuidad de la monotonía fúnebre que dejé allí,
ayer preparé con mi doncella una escapadita, que realizamos felizmente,
No tuve dificultad para entrar en casa, no diré en secreto, porque
esto era dificilísimo, pero sí precavida contra las indiscreciones de
los criados que me vieron. No me dirigí a mi habitación, pues para
esto habría tenido que atravesar los sitios _de más peligro_: metime
en aquel cuarto oscuro, ¿sabes?, entre el billar y la sala de armas, y
allí permanecimos Rafaela y yo muy agazapaditas, acechando una ocasión
de aproximarme al encierro de Felipe, que es el gabinete de la esquina,
entre su alcoba y el salón rojo. Caía la tarde. Pasó tiempo, y sobre
la casa vino la oscuridad, entristeciendo todo y poniéndome a mí más
triste que las mismas tinieblas. Ya era noche cerrada cuando el duque
mandó que le llevasen luz. De puntillas acerqueme a la puerta de la
habitación, que había quedado entornada al salir Mariano, después de
preguntar este a su señor (así me lo figuré) si deseaba comer. Creí
entender, adiviné más bien, que la respuesta había sido negativa, y lo
confirmó el que pasara mucho tiempo sin que Mariano volviese con el
servicio... Nadie me vio, ni yo pude tampoco ver a Felipe, sentado sin
duda en el diván que hay en el mismo testero de la puerta. Esperaba
yo que se pasease o que cambiara de asiento, poniéndose en el sillón
de enfrente, debajo de la gran panoplia colgada entre el Ribera y el
Juan de Juanes. No puedo decirte cuánto tiempo estuve en acecho sin
oír ruido alguno. «¡Si yo me atreviera a entrar bruscamente!», pensé,
fatigada del largo plantón... Pero lo pensaba no más, hija, y la idea
de hacerlo me estremecía. Cautelosa me retiraba ya, buscando las partes
más oscuras del salón rojo, cuando le sentí ponerse en pie. ¡Ay, se
paseaba!... ¡No, no: salía! Tuve tiempo de esconderme detrás del piano
a punto que aparecía su figura en el cuadro de la puerta, iluminado
por la lámpara del gabinete, y pasó, pasó muy cerca de mí, le vi
perfectamente a la tenue claridad del salón. ¡Dios mío, qué impresión,
qué inmensa pena! Aquel hombre no era Felipe, no era el esposo mío...
o más bien era él mismo tal como pienso yo que será dentro de veinte
años. ¿Pero han pasado veinte años sin que yo lo advierta?... ¿Estaré
yo en ese grado de vejez? ¿La crisis que atravieso me hace avanzar de
golpe casi un cuarto de siglo? Tanta era mi confusión como mi terror
por lo que veía, y no daba crédito a mis ojos. La cabeza de Felipe,
que apenas blanqueaba hace quince días, es ya enteramente blanca; su
cuerpo, antes arrogante y derecho, se encorva hacia la tierra; su
paso es vacilante; se agarra a las sillas que encuentra próximas. A
la escasa luz, el rostro demacrado, cadavérico, me causó tan viva
aflicción, que a punto estuve de perder el conocimiento. ¡Dios de mi
vida, qué lastimosa ruina, qué desmoronamiento fugaz! Desapareció
hacia la sala de armas; le seguí, apoyándome también en los muebles
para no dar con mi cuerpo en tierra... Pasó por habitaciones oscuras,
por habitaciones mal alumbradas. Iba hacia la mía, hacia donde yo
vivo, donde duermo, donde sufro y medito y tramo mis combinaciones
mentirosas. Allí está mi pensamiento, que permanece en aquel ambiente
cuando yo salgo, y allá va Felipe a buscarme... No encuentra de mí más
que una idea, y esto le basta. ¡Y yo tan cerca en cuerpo y alma, sin
que él lo sospeche! ¡Pobre de mí! ¿Es tan grande mi culpa que merezco
el suplicio de anoche? Sin ver a Felipe, porque la oscuridad me lo
impedía, me le figuraba postrado en mi sillón favorito, los codos
en las rodillas, el rostro en las palmas de las manos, evocándome
con su pensamiento, quizás para reñirme, para mortificarme, quizás
para pronunciar palabras dulces de perdón. Hablaría con la idea
de mí, reconstruyendo el pasado, nuestra larga vida matrimonial,
y condoliéndose de que haya sido tan árida, tan triste... ¡Que no
pudiéramos hacerla nueva, perdonándonos el uno al otro, desprendiéndose
cada cual de sus asperezas!... Me faltó valor para esperarle y verle
de nuevo a su regreso, que quizás sería muy tarde. ¡Sabe Dios el
tiempo que durarán aquellos actos de contemplación o éxtasis!... Sentí
vergüenza, y la conciencia de mi inferioridad ante aquel sentimiento
intensísimo me precipitó en una fuga loca. Corrí en busca de Rafaela, y
nos lanzamos fuera del palacio por la escalera de servicio, metiéndonos
en el coche que nos aguardaba en la calle. Por primera vez en mi
vida me he tenido por idiota: tal era la fuerza de mi estupor. Se me
revelaba un mundo nuevo, ¡y cuándo, Dios mío!, cuando apenas hay
tiempo ya para poder apreciarlo y disfrutar de sus hermosuras. Felipe y
yo hemos vivido sin duda en el seno sombrío de una fatal equivocación.
¡Tan cerca uno de otro, y no nos hemos conocido, no nos hemos visto, no
sabíamos ni que existiéramos!
Al llegar a Carabanchel me arrojé en mi lecho sin querer ver a nadie,
y lloré no sé cuánto tiempo lágrimas muy amargas. ¡Cuánto habría dado
porque él las hubiera visto! Su figura claudicante, agobiada por el
dolor, los blancos cabellos, el rostro extenuado, la respiración
ansiosa, se representaban no solo ante mi imaginación, sino ante
mis ojos. Toda la noche me tuvo la visión en un estado de angustia
contemplativa, y aun hoy, en pleno día, no ha cesado de acosarme. ¿Será
esto romanticismo? Solo sé que es verdad. Y la verdad romántica es la
revolución desencadenada en nuestras almas, el pueblo que se encrespa,
los tronos que caen, la pequeñez volviéndose grandeza... No sé lo que
digo. Comienzo a desvariar, y suspendo mi escritura. Me tengo miedo.
Mis penas, en vez de disminuir, aumentan. Mi paz no aparece. ¿Volveré a
Madrid? ¿Me arrojaré a los pies de Felipe? ¡Cuánto daría por tenerte a
mi lado para que inmediatamente me respondieras a esta consulta! Yo me
consulto, y no sé qué aconsejarme. Estoy loca. Solo sé sentir; pensar
no puedo. Llamo a Cortina, que es mi pensamiento.
No puedo más. Cariños sin fin de vuestra — _Pilar_.
XXXIV
De don Beltrán de Urdaneta a don Juan Antonio de Maltrana.
_Herrera de los Navarros, 26 de agosto._
Amado hijo: Gracias mil por la prontitud, en estos tiempos milagrosa,
con que contestasteis a la que desde Albarracín escribí a Valvanera.
Me han sido entregados por el primo de Pulpis los sacros dineros,
que vienen a remediar las escaseces de este vetusto prócer, y a
devolverle la perdida dignidad en presencia de los señores y príncipes
en cuya compañía me encuentro. Si en todas las ocasiones la carencia
del precioso metal ocasiona a los humanos infinidad de males, en
este mi crítico estado la desdicha del no tener llega a proporciones
increíbles, amados hijos míos. Sois mis ángeles consoladores, sois
la alegría de mi ancianidad, pues a más de haber contribuido con los
tacaños de Cintruénigo, en la parte correspondiente, al alivio del
viejo loco, añadís por vuestra cuenta mayor y más generoso alivio. Dios
os lo pague en salud de vuestros pequeñuelos, mis nietos adorados.
No es flojo gusto el que me da la carta que incluís de Fernandito
Calpena, mi simpático amigo, de quien conservo tan grata memoria.
El saber que lleva luengos meses en vuestra compañía me colma de
gozo, y si no he podido descifrar aún la charada en que Valvanera,
para ejercitar mi caletre, me da como una explicación enigmática de
las causas de ese hospedaje, tengan por cierto que en cuanto a ello
me ponga la descifraré, que bien sabéis que soy un águila para los
acertijos. Ya escribiré despacio a mi amiguito cuando tenga algún
descanso, que ahora me falta. Decidle que no olvide mi parábola del
árbol, y que no desperdicie ninguna coyuntura que para llevarla a la
realidad se le presente. Decidle, y sabed vosotros también, que esta
situación favorable en que ahora me encuentro la debo al industrioso
italiano con quien fue a Oñate, y que ahora se ha trabado conmigo en
grande amistad. Nos encontramos cerca de Alcañiz, cuando yo, vencido
de la pesadumbre de mis años, no menos que de las horribles hambres,
fatigas y sustos que he padecido, intentaba salir de este peligroso
terreno tomando a pie las vereditas de mi tierra, y me brindó con su
apoyo, y sustentome con sus vituallas, y me fortaleció el espíritu con
su donosa conversación, como el cuerpo con sus vinos; y habiéndole yo
caído en gracia por mi entender social y político, como él a mí por
su fino trato, intimamos y nos unimos en los alojamientos y en las
caminatas, para las cuales hubo de franquearme un hermoso caballo,
aunque no iguala, no, al que gané a Fernando. De esta amistad vino
la del infante don Sebastián, mandarín en jefe de estas tropas reales
(que así me veo forzado a llamarlas), el cual se ha dignado ver en mí
no sé qué superioridad de maneras, de juicio y de conocimiento que me
llena de confusión. En todo el tiempo que le deja libre el militar
servicio, quiere tenerme a su lado. Nuestras pláticas, así literarias
como políticas, no acaban nunca, y suelen ser de gran sustancia por mi
experiencia del mundo y esta larga vida mía, que con la virtud de mi
feliz memoria me ha hecho histórico archivo de cosas y hombres. Conozco
a medio mundo; sé juzgar lo que he visto y describir con exactas líneas
los caracteres en lo privado y en lo público.
De todo ello ha resultado que el infante quiere llevarme en su Cuartel
Real hasta Madrid, hacia donde marchan resueltamente. Parece que ahora
va de veras, y que están las cosas bien amasadas para que la discordia
de las dos ramas tenga un término dichoso, y se ataje este río de
sangre que en todas las partes de la madre patria brota por las crueles
heridas de la guerra. No puedo deciros más sobre este punto, sino que,
habiendo recapacitado en la conveniencia de llevar a Madrid estos
pobres huesos, acepto la invitación del excelso infante, y mediante
el beneplácito de su señor tío, a quien a boca llena llamamos rey, me
agrego a la corte, y con ella voy, como el famoso loro, _a onde me
leven_, siempre con el sano propósito de desviarme si el punto de
parada definitiva no es la Villa del Oso. En esta me aguardan innúmeros
amigos, y algunos intereses desperdigados a los que no vendrá mal mi
presencia para entrar en vereda. De Madrid, si llegan allá mis nobles
pedazos, os escribiré.
En un lugar cercano, Villar de los Navarros, se dio ayer una batalla
en la cual quedaron vencidos los que aquí llaman facciosos, mandados
por Buerens. Perdieron mucha gente; corrió sin tasa la sangre. ¡Oh
desdicha, oh tiempos! El brazo derecho y el brazo izquierdo de la
nación, contra el pecho de esta descargan a compás furibundos golpes.
¡Cuánto he visto, Dios mío, y cuántas abominaciones me permitirás ver
todavía!
Vaya, no más. Mi bendición a todos, mis amantes besos a los niños, y a
ese gallardo mancebo, el de la charada, un cariñoso abrazo de vuestro
padre — _Beltrán._
XXXV
De don Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena.
_Madrid, septiembre._
Feliz mortal: Díceme una linda boca, a quien ni los años ni las penas
han privado de su nativa gracia, que te recreas en los estudios
históricos. Yo voy a contarte sucesos recientes, presenciados por
mí, y que mañana, si hoy mismo no, han de entrar en los dominios de
Clío; que no es bien que yo me muera sin transmitirte conocimientos
que mi vejez ya no puede utilizar. Tú, joven inteligente y lleno de
vida, archivarás este como otros sucesos que te he contado, para que
los perpetúes si quieres, dedicándote a la enseñanza de gentes y a la
extirpación de la ignorancia, el más grande mal que hay sobre la tierra.
Ya sabes que tu amigo Rapella, el siciliano astuto que anduvo
en esos fregados de concertar las dos ramas borbónicas, obrando
mancomunadamente con un francés que responde por Neuillet, y con otros
pájaros que revolotean en la corte trashumante, fue quien me puso en
candelero entre la caterva militar y civil de don Carlos. A él debo
los honores y atenciones que he merecido de don Sebastián; por él he
llegado sano y salvo a Madrid, y esto bastará para que yo le esté muy
agradecido los pocos años que me quedan. Débole asimismo algunas ideas
referentes al embrollo que traía, las cuales, con el auxilio de mi
natural perspicacia, me han servido para descubrir todo este pastelón
que ofrezco a tu paladar de historiador curioso.
Y antes de continuar, doy gracias a Dios por verme libre de la
pejiguera de llamar rey a don Carlos, reales a las tropas, y
generalísimo al señor infante, mi amigo. La justicia oblígame a
declarar que debo también gratitud al titulado rey, por haberme
permitido agregarme a la expedición desde Albarracín hasta Arganda;
algunas atenciones le merecí, pocas y frías, de esas que no llegan
al corazón. Tuvo mi respeto, pero nada que a cariño se pareciese, y
me atrevo a decir que la mayor parte de los que le siguen se hallan
en la propia situación de ánimo. El hombre no sabe ser guerrero ni
político, ni posee el arte de tratar a las personas cuyo concurso
anhela. Distingue a los clérigos de los seglares; pero ni a estos ni a
los otros sabe distinguirlos entre sí. Entiendo que me ha mirado con
benevolencia desdeñosa, no considerándome _buena presa_, es decir,
no creyéndome útil para su partido, por causa de mi decaimiento y
pobreza, que han cuidado de revelarle los aragoneses que me conocen.
En la misma moneda de compasivo respeto le he pagado yo. Declaro en
conciencia, sin asomos de pasión, que la única vez que he tenido el
gusto de escucharle, comiendo en la casa de los Muñoces, en Tarancón,
oí de sus augustos labios soberanas vulgaridades. No tenía yo ideas
muy optimistas de su inteligencia; mas aquel día formé opinión cabal y
definitiva de los puntos que calza esta pobre majestad, y no vacilo en
afirmar que no calentará el trono, si en él llega a sentarse.
Trataré de poner método en mi relato, Fernandito mío, para que te
enteres bien. Lo primero que te digo es que no creas que esta carta
es falsificada, como la que recibiste con la firma de un Miguel de
los Santos Álvarez, y luego resultó escrita por blanca mano; que
no fue mal bromazo el que te dieron. Esta es mía, obra de mi feliz
memoria y de mi cacumen, sin que tenga con aquella otra semejanza que
el ser también escrita para distraerte y aventar tus penas, de las
cuales, ¡ah!, me río yo después de sabido lo que sé. Fernando de mi
corazón, eres el niño mimado de la fortuna, y han sido tus amas de
cría y tus niñeras todas las hadas de los cuentos infantiles. Entras
en el mundo con pie derecho; tú lo tendrás todo: la naturaleza te dotó
generosamente, y las diosas y ninfas de la tierra te abren sus amantes
brazos... Yo te bendigo, yo te auguro un esplendoroso porvenir, porque
tú... Pero dejemos esto, y vuelvo a mi asunto.
Con el pegote de mi asendereada persona, salió la real expedición de
tierra de Teruel, pasando a la de Burgos, donde se nos unió Zaratiegui.
Huyendo de la persecución de Espartero, nos volvimos hacia el este,
corriéndonos hacia Cuenca. No quiero hablarte de las batallas, más
bien encuentros y escaramuzas, que he presenciado. Ellas son de una
monotonía desesperante. No sé si a ti te pasará lo que a mí, que
jamás he podido leer ningún libro que relate exclusivamente batallas
y contradanzas de campeones. Y lo que no me gusta leer, no me agrada
escribirlo. Te ahorro los malos ratos que he pasado yo, contemplando
de cerca la estupidez de estas guerras. Es una demencia sin ningún
brillo, y un pugilato salvaje con mecánica bravura y poco o ningún
arte polémico. Compadezco al que tenga que escribir esta parte de la
historia patria. Me figuro que andando el tiempo, si nos civilizamos,
nadie leerá las páginas que de esto se emborronen, o más bien
determinaremos que se envuelva el aciago periodo en una espesa capa
de silencio, y las generaciones echarán capa sobre capa, hasta erigir
en honor de la guerra civil, de sucesión o como quiera llamársela, el
grandioso monumento del olvido.
Quedamos, pues, en que le escamoteo a la señora Clío las idas y
venidas de estos llamados ejércitos, que más bien son bandas; la
sorpresa de aquí, la derrota de más allá, el inmolar de prisioneros,
las rápidas marchas y contramarchas. Si mal dirigido anda el brazo del
pretendiente, no lo está mejor el de acá. Uno y otro brazo no dan más
que palos de ciego. Francamente, en la campaña contra la expedición
real no he reconocido el militar arranque de mi amigo Baldomero. Es
hombre de rasgos, de momentos, de inspiración; pero se las arregla mal
sobre el mapa. Verdad que la desorganización del gobierno es causa
de que ninguno de nuestros generales tenga en su mano los elementos
precisos para combatir con éxito. Córdova con su talento macho, Oraa
con su pericia, Espartero con su bizarría, no han podido realizar más
que hazañas aisladas: no vemos resultados de conjunto, y ello consiste
en que no hay cabeza que administre y gobierne. Todo se vuelve aquí
intrigas y discursos, miedos grandes de mujeres y ambiciones pequeñas
de hombres. Falta un noble carácter de rey, juicioso, valiente y
honrado. Los liberales no tienen cabeza, y la de los facciosos es una
cabeza de cartón. Te reirás de mi filosofía histórica; pero lo dicho
dicho está, y pruébame tú lo contrario.
Desde la fácil victoria de Villar de los Navarros hasta que se nos unió
Cabrera en Buenache de Alarcón, en mi memoria se marcan principalmente
los días por los _Te Deum_ que cantaban algunos pueblos al ver entrar
al rey, por las misas que este mandaba celebrar, por la continua
matanza de prisioneros. Las fragosidades de Albarracín por la parte
de Teruel y por la de Cuenca nos vieron correr de misa en misa, de
ración en ración, de susto en susto. ¡Qué horribles pueblos! Me resisto
a inscribir en las lápidas de la historia los nombres de Villar del
Humo, Tramacastilla, Calomarde, Salvacañete, Campillo de Altobuey...
No puedo asociar a tales nombres más que la miseria y la barbarie.
La incorporación de Cabrera me fue muy grata, porque en él he visto
siempre un caudillo de verdad, y en aquella ocasión hallé un amigo que
me consideraba más de lo que yo merezco. Verías allí cómo todo se animó
en el ejército real, donde se codeaban los admiradores del tortosino
con los envidiosos de su gloria. Con tal hombre en su mano, otro rey
habría intentado un golpe decisivo: pero aquel buen señor es incapaz
de golpe alguno, como no sean los golpes de pecho. Ni sabe lo que
posee, ni distingue los hombres extraordinarios por su mérito efectivo
de los que lo parecen por su destreza en la lisonja. Les mide por la
adhesión idolátrica que le manifiestan; ha venido haciendo el ídolo de
pueblo en pueblo, fiado en que Madrid le tendría dispuesto el altarito.
En confianza te diré que tuve una conversación a solas con el
_leopardo_, y las medias palabras que pronunció me revelaron su
pensamiento, conforme con el mío, de que con este buen señor no se va
a ninguna parte. Recelaba el fiero cabecilla que la aproximación a
Madrid era un movimiento político antes que militar, y que corríamos
a un desenlace de comedia de figurón. Preguntome si sabía yo algo de
enjuagues proyectados: respondile que no, en lo cual me permití ser
más diplomático que verdadero, pues así me lo exigía mi delicadeza. Lo
que yo sabía, no podía decírselo a Cabrera ni a nadie, y si a ti te
lo cuento ahora es porque el fracaso del laborioso arreglo me libra
del compromiso de la discreción. Si aún conviene guardar el secreto
en las conversaciones frívolas, no pequemos de remilgados frente a la
historia, y la historia eres tú, el hombre del porvenir, ante quien
este viejo del pasado vacía el saco de sus conocimientos.
Los personajes de mi comedia son la reina doña María Cristina; su
hermano el rey de las Dos Sicilias; la infanta doña Luisa Carlota;
Luis Felipe, rey de los franceses; don Carlos V, pretendiente al trono
de España; y por bajo de estas cabezas más o menos coronadas, y no
muy provistas de seso, figuran embajadores y mensajeros con nombres
efectivos o figurados: el príncipe de La Tour Maubourg, emisario del
francés; el barón de Milanges, enviado del de Nápoles, y otros como
tu amigo Rapella, de quien he sabido que anduvo en Francia ostentando
un título de marqués. Figura también entre los actores el banquero
Rothschild, que habla poco, pero con sustancia. Los ministros de la
reina, o no se han enterado, o hacen como que no se enteran; pero hay
algún general y más de cuatro próceres que están en el secreto, aunque
no dan la cara, por lo cual me abstengo de escribir sus nombres, que
no conozco con absoluta certeza. No apunto más que lo que sé, y dejo
dentro del saco las sospechas y presunciones.
_Sale_ Cristina maldiciendo, en férvido monólogo, la llamada revolución
de la Granja, que ha mancillado su real dignidad. He aquí la corona
de España manoseada por cuatro sargentos, y la suprema autoridad
traída y llevada del cuartel a la cámara regia. La reina no se cree
tal reina, sino un juguetillo masónico, y la situación liberal nacida
de aquella rebeldía grotesca, cáusale pavor y repugnancia. Desde su
palacio ve a los liberales enjaretando con infantil candor una nueva
Constitución, que se ve obligada a reconocer y jurar como el mejor de
los entretenimientos posibles. Ha vuelto los ojos a los moderados, que
no calman sus ansias, pues también se hallan dañados de liberalismo, y
ve sombrío y dudoso el porvenir de sus tiernas niñas. Los remedios y
soluciones que le propone su esposo morganático, don Fernando Muñoz, no
tranquilizan su turbado ánimo, pues entre los moderados no se alcanzan
a ver fuerzas y caracteres que repriman la patriotería, acabando al
propio tiempo la lucha civil. Sale la infanta Carlota, mujer de pesquis
y entereza, y afirma que el mal grande, comprensivo de todos los males,
es la guerra, y que mientras no se dispare el último tiro, ya sea con
bala, ya con pólvora seca, no puede esperarse que las cosas de la real
familia vayan por el camino derecho. Retírase Muñoz por el foro, y las
dos hermanas continúan hablando en italiano con familiar viveza, ambas
avispadas, nerviosas. Sostiene Carlota que urge terminar la guerra como
se pueda, sacrificando algo si es menester, no parándose en pelillos,
pues no están los tiempos, ni las cosas de los tiempos, para escrúpulos
y fililíes. Sálvese una parte, si no todo, de lo que se posee, y no se
haga puntillo de honor de los llamados derechos, pues estos, en toda
ocasión histórica, no son tales derechos si no les acompaña y robustece
la fuerza. Donde no hay más que una fuerza limitada, intercadente,
quebradiza, los derechos se debilitan y acaban por ser _torcidos_:
nadie les hace caso. Llegan, por fin, las dos señoras italianas a
la conclusión de que la realidad impone una franca inteligencia con
don Carlos, el cual, a su vez, por no disponer tampoco de toda la
fuerza que ha menester, no ha de llevar a punta de lanza la cuestión
de derechos. Cediendo cada parte un poco de su divinidad legal, se
celebrará un acto de concordia, quedando todos contentos y disfrutando
por igual de sus provechosos puestos en las cabeceras de la mesa
nacional.
_Salen_ en esta parte de la escena multitud de partes de por medio,
italianos y franceses, que llegan de Nápoles o reciben instrucciones
para partir hacia allá. Cambia la escena. Aparece Fernando II, rey de
las Dos Sicilias, trayendo a su lado por confidente a Rapella, y le
dice que ha meditado en el caso gravísimo de la sucesión de España,
sacando en limpio de sus cavilaciones que María Cristina es prisionera
de la revolución y un instrumento de la anarquía española. Desea,
pues, el soberano de Parténope que su querida hermana se aleje del
foco revolucionario, cortando relaciones con la caterva masónica que
ha convertido el suelo ibérico en una morada infernal. Por usurpadora
tiene la llamada _Causa de la angélica Isabel_, y reconoce y declara
como legítimo sucesor de Fernando VII a don Carlos María Isidro, en
quien ve el escudo de la fe y la salvaguardia de los buenos principios
de gobierno. Acuerda, pues, proponer a su hermana doña Cristina que
busque medio de evadirse del cautiverio en que la tienen liberales
y democratistas, trasladándose a un punto donde pueda reconocer
la legitimidad de su egregio cuñado. Corren emisarios con estas
determinaciones hacia el Cuartel Real de Guipúzcoa y hacia Madrid,
los cuales regresan trayendo misivas en que se acepta el plan de
reconocimiento de don Carlos como única majestad católica, a condición
de que las hijas de Fernando VII obtengan la posición más próxima al
trono, y si es posible, en el borde del trono mismo. Se propone un
casamiento, y para la reina madre se piden preeminencias y jerarquía
de soberana exenta, sin que sea parte a menoscabar su dignidad el
casamiento equívoco con don Fernando Muñoz.
De todo esto se trata por embajadas que van y vienen, hasta que
_sale_ Luis Felipe, también echando pestes contra la revolución y el
jacobinismo, pues aunque él debe su trono a un alzamiento popular,
no fue este denigrante y rastrero como nuestra sargentil algarada.
Ha meditado en ello, acariciándose con la gruesa mano su cabezota
en forma de pera, y saca de su magín la clara idea de que el decoro
monárquico exige a la pobrecita reina Cristina burlar, con una bien
dispuesta escapatoria, el cautiverio en que la tienen los masones y
carbonarios disfrazados de hombres de gobierno. Da instrucciones a
su embajador La Tour Maubourg para que no se separe de la reina de
España, induciéndola a emprender con sus niñas el viaje de Madrid a
Santander, donde embarcaría para Francia. No le parece bien al rey
de los franceses que nuestra soberana ponga su realeza en manos de
don Carlos. Opina que las paces deben hacerse en Francia, despacito,
por medio de apoderados de una y otra rama, procurando conciliar los
derechos de todos. En cuanto al proyectado casamiento de Isabel con
el hijo de don Carlos, Luis Felipe no se halla plenamente convencido
de su conveniencia bajo el punto de vista europeo. Quizás fuera más
conforme con el interés general pensar en otros enlaces y combinaciones
matrimoñescas; pero se abstiene por el momento de pronunciarse en tal
sentido, y solo desea que si Cristina rompe con los liberales, sea
tratada por las tropas y agentes de don Carlos con todo el miramiento
que por su rango merece, como viuda de un rey y gobernadora del reino,
_quand même_... Su matrimonio, que considera un grande error político
y una increíble debilidad, no debe ser tenido en cuenta para lo que
se determine respecto a la suerte de España. No se retira Luis Felipe
de la escena sin informarse de la opinión de Metternich sobre los
asuntos españoles, y de paso inquiere si Rothschild está dispuesto a
prestar dinero a don Carlos en caso de que sea reconocido rey efectivo
por la madre de Isabel II. En brevísimas expresiones, apareciendo y
ocultándose rápidamente, dice el señor Rothschild que cuando se vea
claro cómo termina el grave pleito entre la revolución y la monarquía
en España, verá si le conviene o no abrir su caja al rey, reina o
dictador que flote en la riada. Cierto que la cara de la revolución
le asusta a él, _don Dinero_: pero la de Carlos V, que también trae
mueca revolucionaria, y de las más feas, no es muy tranquilizadora.
Sépase quién logra condensar una fuerza eficaz, potente. Ese tendrá el
dinero a espuertas, por la sencilla razón de que las fuerzas efectivas
se juntan naturalmente, por ley de atracción... ¿Sabes, Fernandito
de mi alma, que este hombre es muy práctico y discurre con admirable
sentido? Siempre lo dije: cuanto más rico es un hombre, mejor razona
y sentencia. El sofisma, la falsa dialéctica, la palabrería ociosa,
insustancial, ¿qué son más que el natural producto de la pobreza?
Cuando veas que se pierde en el mundo la razón, no la busques en la
guarida polvorienta del filósofo: búscala en la tienda del guerrero,
dominador de pueblos, o en el palacio del allegador de caudales.
Y perdóname, Fernando amigo, que emplee un estilo que calificarás
de zumbón, y formas de planear comedias, en este histórico relato.
Pesimista quizás, convienes conmigo en que no merece el asunto mejor
empaque y vestidura; quizás compasivo con la ancianidad, le permites
imitar en sus manifestaciones la ligereza de la infancia. De estos dos
criterios estimo por más justo el primero, pues aunque muy entrado
en años, tu amigo don Beltrán no chochea todavía. Como viejo, he
juzgado con tonos de broma la intriga, induciéndome a ello lo cómico
del desenlace. Estas combinaciones de príncipes para transigir sus
discordias, o repartirse el goce de sus derechos, resultan serias o
festivas según el término que les dan sus autores. Rematada felizmente
conforme a programa la tramoya, que llamaré napolitana por darle algún
nombre, habría merecido los honores de una narración grave; concluida
por un fracaso, entra en los dominios sainetescos.
Y aquí he de tomarme un respiro, pues aunque me encanta platicar con
los jóvenes y contarles cositas que ellos, pobres inexpertos, no han
visto, cree que me canso de este largo escribir. Suspendo por hoy,
prometiéndote continuar mañana mi epístola. Mi bendición te mando, y
con ella votos sinceros por tu felicidad, la cual quiero que sea tan
grande como tú te mereces. Me incita al descanso una gentil persona que
se ha empeñado en tenerme de huésped, y en ello he consentido, gozoso
del honor que me hace y de su dulce compañía. Encárgame que te exprese
los afectos de su corazón. ¡Cuan fácilmente pago su hospitalidad! ¡Si
la hubieses visto llorar cuando le dije que yo te amo también, que
desde que te conocí te hice un hueco en mi corazón...! En fin, no sigo.
Repito que eres el hombre de la suerte, y que me convido a tus bodas,
resuelto a ser padrino si queréis, aunque ruja Cintruénigo. Te abraza
tu veterano amigo — _B. de U._
XXXVI
Del mismo al mismo.
_Madrid, septiembre._
Aquí me tienes otra vez, Fernandito mío, pluma en mano, dispuesto a
concluir mi cuento, que no lo es, aunque lo parezca. Sabrás que la
marcha desde Buenache de Alarcón a la villa de Arganda fue alegre y
al modo triunfal, pues no he visto pueblos más regocijados con la
presencia del rey, ni campanas más vocingleras en el repicar. Arcos
de ramaje vi en algunos puntos; en otros hubo toros, cañas y berridos
de entusiasmo. Como toda esta región central es la menos castigada
por la guerra y están los pueblos vírgenes de exacciones, encontramos
abundantes víveres, con lo cual remediaron su hambre atrasada los
expedicionarios y el sinnúmero de clérigos y covachuelistas que
siguen al rey. Tal séquito era una horrorosa carga que estorbaba las
marchas y ofrecía dificultades mil para los alojamientos. Venía toda
la administración de don Carlos, sus juntas y consejos, un verdadero
ejército de caracoles o tortugas, con la casa a cuestas, es decir, con
todo el papelorio de las oficinas. Entre la turbamulta de parásitos
había cundido la idea de que entrarían en Madrid sin disparar un tiro,
por estar el pastel bien amasado y dispuesto para comerlo por mitad.
Lo creían como el evangelio, y no anhelaban más que llegar a la Villa
y Corte para ocupar cada cual su blando puesto en las secretarías y
ministerios, o en la intendencia palatina.
De este optimismo participaba el rey, a quien los italianos que le
rodeaban habían hecho creer que entraría pacíficamente, acatado por
tropa y pueblo, dirigiéndose a Palacio, donde reunida toda la real
familia, se daría solemne sanción legal al concierto dinástico. Mal
defendido Madrid por escasa guarnición y por la Milicia Nacional,
no había que temer seria resistencia, en caso de que el masonismo
la intentara. Se contaba con la connivencia de varios generales,
incondicionalmente afectos a Palacio. Otros habían recibido
instrucciones para hacerse los desentendidos. En las líneas del este y
del sur, puertas de Atocha y de Toledo, mandaban _jefes de confianza_.
No había, pues, nada que temer. Madrid era del rey, y Madrid es la
llave de España y sus Indias. Con tales ideas, los últimos días de
marcha fueron alegres, sin que turbaran el contento batallas ni ningún
militar compromiso. Pasado el Júcar, más acá de Alarcón, entramos en
un camino triunfal. No me acuerdo del lugar donde salió a recibir al
rey el escuadrón de Terpsícore, un grupo de muchachas muy lindas,
con panderetas y canastillas de flores, bailando y cantando. Las
coplas no eran de lo más clásico; pero resultaba un bonito efecto.
El comistraje ofrecido al rey no fue malo, según dicen, pues yo no lo
caté. En Tarancón alojaron a Su Majestad Católica en la propia vivienda
del padre de don Fernando Muñoz, donde no halló desahogo de aposentos
ni un trato muy fino, y mi humilde persona se arregló con Cabrera en
casa de unos hidalgos labradores, que nos trataron guapamente. La
recua clerical y covachuela lo pasó tal cual ese día, pues no hubo
para ella buen acomodo, quedándose algunos en cuadras pestíferas y en
bodegas oscuras. Pero no faltó vino para todo el parasitismo, con lo
que los duelos fueron menos y el quebranto tolerable. En Fuentidueña
salió el clero con palio, el ayuntamiento con estandarte, y la Sacra
Majestad se dirigió solemnemente a la iglesia, donde la obsequiaron
con religiosos cánticos. Igual demostración de gratitud al Omnipotente
tuvimos en Villarejo de Salvanés, con merienda suntuosa y pellejos de
vino a discreción. La alegría de la _ojalata_ llegó a manifestarse
con estruendo impropio de gente tan sesuda y de la gravedad de un
monarca que hacía su regio papel imitando a los ídolos. Llegamos por
fin a la villa de Arganda, famosa hasta hoy por sus caldos, y que lo
será en lo sucesivo por la solemnidad del _Te Deum_ que nos endilgó
con desusada fiesta de pólvora, colgaduras y demás manifestaciones de
pública inocencia. Divisadas desde allí las torres y chapiteles de la
metrópoli de las Españas, prorrumpieron tropas y clérigos en alaridos
de monárquico frenesí. ¡Cuán cerca estaba el triunfo! Un día no más les
separaba del descanso. Concluiría la guerra; se inauguraría el reinado
de la justicia y la legitimidad, quedando encadenada para siempre la
infame hidra de la revolución.
El impetuoso Cabrera se aproximó el 12 a Vallecas, tiroteándose con
unos desdichados milicianos que salieron por la puerta de Atocha.
Ello fue poca cosa, más bien nada. Al mediodía recalaron en el real
alojamiento de Arganda tres pajarracos de la Junta carlista de Madrid.
Dijéronme, pues yo no veo bien, que no traían caras de Pascua, sino
de tristeza y desaliento. Por la tarde, aun con mi corta vista,
pude apreciar la consternación que se pintaba en los rostros de los
expedicionarios del brazo eclesiástico, así como del militar y civil; y
lo apagado y cavernoso de sus voces, oyéndoles cuchichear, me demostró
que las risueñas ilusiones de aquellos infelices eran juguete del
viento. En la bodega donde Rapella y otro italiano y dos franceses se
alojaban, supe que la reina Cristina _se había vuelto atrás_. No había
nada de lo dicho, y lo convenido y tratado entre las dos ramas enemigas
no debía mirarse más que como una broma.
Creí yo que este no era el desenlace, pues don Carlos tenía bastante
fuerza para demostrar que con él no se juega. Esperábamos todos que al
día siguiente 13 se daría un ataque formal a la coronada Villa. Cabrera
no deseaba otra cosa: quería ser el primero en asaltar la guarida de
la revolución y el masonismo. Mal guarnecida la corte, el pretendiente
tenía frente a sí la ocasión suprema, la hora crítica de su destino. Se
jugaba la corona, eso sí; mas no le faltaban probabilidades de ganarla,
y ganarla en tal momento era ser rey de carne y hueso, no de cartón.
Cualquier hombre de juicio claro y de corazón grande no habría vacilado
en acometer la empresa, arriesgando el todo por el todo. El sino de don
Carlos María Isidro era no hacer nada a tiempo, y ver silencioso y lelo
el paso de las ocasiones.
A eso de las diez se nos dijo que Su Majestad, celebrado Consejo, había
decidido retirarse. Saldría la expedición a las dos de la madrugada
en dirección de Alcalá. ¡Oh desencanto, oh infinita tristeza! Vi
movimientos de desesperación, manos que iracundas asían mechones de
cabellos, resoplidos de angustia y rabia. ¡Vaya, que tocar a Madrid
con las puntas de los dedos, y no agarrarlo! A Cabrera no le vi. Supe
que trinaba; que el matiz de su cara era verde; que sus ojos echaban
fuego; que rechinaba los dientes. Dicen que dijo: _Mentras este abad
de Poblet nos mani, no farem cosa bona_. Por mi parte, no pensé más
que en preparar también mi retirada, o sea mi separación de la causa,
lo que no me fue difícil, ocultándome, de acuerdo con don Aníbal, en
la bodega de mi alojamiento. Al rayar la aurora del 13, cuando ya no
se veían ni rastros de carlistas en las inmediaciones de Arganda,
agregueme a unos trajinantes que venían a Madrid, y oprimiendo los
lomos de una poderosa mula, hice mi entrada triunfal por la puerta de
Atocha, sin que salieran a recibirme muchachas con panderetas, ni el
fastuoso clero con alzada cruz. Una corazonada felicísima, que más bien
me ha parecido después secretico del Espíritu Santo, me llevó a pedir
hospitalidad a cierto palacio tan viejo como suntuoso, que extiende
sus amenos jardines no lejos de las Vistillas y de Nuestra Señora de
la Almudena. Y vieras tú cómo allí me recibieron con palio, y me cantó
el _Te Deum_ una dulcísima y fiel amiga, a quien he diputado siempre
como la hembra de más sutil ingenio que mecieron doradas cunas. Gala
es de ambas aristocracias, castellana y aragonesa, y digna de que se
estampe con letras de oro en el libro de la fama su bonito nombre:
Pilar de Loaysa, por nacimiento condesa de Arista, amén de otros
sonoros títulos; por enlace, condesa-duquesa de Cárdena y Ruy-Díaz. En
su corona se juntan los ilustres timbres de los Bustos de Lara y de los
Idiáquez y Loaysa... Mas tantas preeminencias históricas no igualan a
la grandeza de su talento, a la supina aristocracia de su amabilidad y
cortesanía. Hame recibido como a un rey, agasajándome y proveyéndome de
cuanto necesitaba mi caduca salud. Hemos hablado largamente a solas,
querido Fernando, concluyendo por ponernos los dos muy alegres, y con
esto te digo más que si te escribiera seis pliegos.
Se me olvidaba una cosa: Pilar y yo tenemos parentesco, no muy lejano,
por los Sobremontes, por los Pignatellis y Javierres, y otras ramas
que se cruzan e injertan en nuestros respectivos árboles nobiliarios.
Pero esto ni quita ni pone. Lo importante es que te estimé cuando te
conocí, y ahora te conceptúo el primero de mis amiguitos, hallándome
dispuesto a guiar tus pasos en la vida social con mis consejos, con la
inagotable ciencia que me han dado mis años y el continuo vivir entre
gente de viso... Pronto hemos de vernos, pues en cuanto yo dé a mi
pobre osamenta algún reposo y me recobre del quebranto de estos siete
meses de increíbles aventuras, tomaré el caminito de Mena, y juntos
en esa dulce casa, en compañía de mis hijos y nietos, os contaré los
lances, ora trágicos, ora festivos, interesantísimos todos, de mi larga
permanencia en el campo de la facción. Sucesos oiréis que os pondrán
los pelos de punta, otros que os moverán a risa, y algunos que debieran
perpetuarse en letras para enseñanza de las generaciones futuras. Y
entreverando mis historias de viejo con la tuya juvenil, te diré cosas
que han de serte de gran provecho en la brillante vida que te aguarda.
Y ahora solo me falta rematar el cuento pasado con la explicación
del porqué y cómo de haber doña Cristina dado al pretendiente el
solemnísimo chasco de Arganda. No acertaba ya con la clave de este
político enigma, ni pudo mi mente salir de confusiones, hasta que
Pilar de Loaysa me refirió lo que te transmito, sintiendo que al pasar
de sus labios a mi pluma no conserve el encanto y la gracia que ella
sabe dar a cuanto dice. Fue que a mediados de agosto se sublevaron los
oficiales del ejército de Espartero, acantonado en Pozuelo, Aravaca
y El Pardo, pidiendo la caída del ministerio Calatrava, el cambio de
gobierno y de política, o sea la anulación de todo lo creado en la
trifulca de La Granja por los atrevidos sargentos Gómez y García.
Acudió a sofocar el movimiento el conde de Luchana, asistido de sus
buenos amigos Seoane y Van Halen, y de primera intención fueron
separados del servicio los oficiales revoltosos, y ascendidos los
sargentos para cubrir las vacantes. Pero como el nubarrón venía de lo
alto, sin más objeto que destruir todo lo hecho desde la infausta noche
de San Ildefonso, y volver las cosas al estado que tenían antes de
aquel suceso, intervinieron voluntades palatinas para que los oficiales
fueran reintegrados en sus empleos y honores. Armose tumulto en las
Cortes; tu amigo Mendizábal señaló al propio Baldomero como autor de
este inesperado cisco; defendiole Seoane; los ministros increparon
el pronunciamiento, invocando las sacras libertades, la disciplina y
demás cosas bellas que nadie ha sabido respetar, y al fin resultó lo
que se deseaba, que era el _menoscabo y vuelco_ de la situación liberal
y masonil. Los oficialitos, en suma, han quedado triunfantes, y se
vanaglorian de haber destruido la obra de sus subordinados, el audaz
Alejandro y el astuto Higinio. La buena lógica pide que la revolución
de sargentos sea enmendada por oficiales, y la de estos por generales,
hasta que las hagan los mismísimos reyes, sublevándose contra su propia
majestad y prerrogativas. Henos aquí, mi buen Fernando, en presencia
del fenómeno histórico que singulariza a la España de nuestros días;
y perdona que tome este tonillo cargante y este amanerado estilo de
discurso para señalarte el dicho fenómeno. Tantas frases sonoras y
campanudas se me ocurren para maldecir esta endiablada máquina de las
sublevaciones militares, que prefiero no transcribir ninguna, seguro de
que otras voces y plumas lo expresarán más campanuda y gravemente que
yo en el curso infinito de nuestras políticas trapisondas. Es un hecho,
es un vicio de la sangre, del cual participamos todos, y con él hemos
de vivir hasta que Dios quiera curarnos. Yo no he de verlo, y se me
figura que tú tampoco lo verás.
Dicho esto, voy a la miga del cuento, y aquí recobro mis mañas de
vejete maleante, diciéndote que _salen_ doña María Cristina y doña
Luisa Carlota batiendo palmas de gozo. Dan por fenecido el vergonzoso
estado político que instituyeron con brutal grosería Higinio y
Alejandro. El liberalismo y las logias cayeron. Su Majestad y Alteza
han convencido a Espartero de que se deje nombrar Presidente del
Consejo de ministros, poniéndole de compinches al indispensable don Pío
Pita Pizarro, a Bardají, Vadillo, Salvato y general San Miguel. El aura
popular del de Luchana, su autoridad ante el ejército, y el grande amor
que le tienen jefes y tropa, devuelven a la reina la confianza perdida
desde la sargentada. Ya no cree su causa en peligro, ya respira,
se crece, se sacude el miedo; ya se atreve a mirar cara a cara al
_obcecado_ pretendiente. Y restablecidas en su travieso carácter ambas
hermanas, dan por nulos y sin ningún valor los tratos para reconciliar
los dos brazos de la familia, y adiós soberanía de don Carlos, adiós
casamiento, adiós ilusiones del absolutismo, adiós paz del reino...
Sabedoras las napolitanas de que el figurón anda con sus tropas por
Vallecas, desde Palacio dirigen hacia allá sonrisas de burla y desdén,
y una de ellas da a San Miguel la orden de que sea trasladado al centro
el general que mandaba en las líneas de Atocha, pretextando que por
tenerle en gran aprecio se le quería apartar del punto de más peligro.
El tal (me callo su nombre) estaba en el ajo: su misión, de prevalecer
el convenio, era franquear la entrada a la facción, y su recompensa ser
nombrado ministro de la Guerra por el rey absolutísimo.
Se me ocurre presentarte aquí un lindo ejemplar de sombras chinescas.
Imaginemos, caro Fernando, un blanco muro, que es el fondo de la
historia patria. Sobre él aparecen dos lindos bustos negros. En las
graciosas cabezas, de perfil, reconoces al punto a las dos napolitanas,
señalándose por más bello y picante el contorno de la reina, colocado
delante del de su hermana. Ambas aplican el dedo pulgar a la punta de
la nariz, extendiendo la mano y dando a los otros dedos un temblorcito
gracioso. Vuélvense las caras y manos hacia la parte aquella de
Abroñigal, donde se supone que está el pretendiente recomendando a los
suyos la confianza absoluta en la protección de la Santísima Virgen de
los Dolores.
De fijo llevarás a mal que trate yo una grave cuestión histórica por
arte bufonesca. Pero, hijo, considera que los años me hacen infantil:
quiero ser serio, y no lo consigo. Mi experiencia, madre de mi
descreimiento en estas materias, es abuela de mi humor festivo. Añade
a esto que el descanso, la paz y las comodidades que disfruto en este
palacio, después de tantas desdichas, despiertan en mí una alegría
retozona. Te presento el lado gracioso de esta Real intriga, porque
es el que más a mis ojos se destaca. Tú, niño ilustrado, a quien
las probabilidades de tomar un buen papel en la política imponen la
seriedad, podrás darle la vuelta (todas las cosas tienen dos caras)
y presentarlo por el lado grave, para gobierno y enseñanza de esta
generación más estudiosa en los libros que en los hechos. Por mi edad
y mi ciencia del mundo, estoy autorizado a ser extravagante, a tener
_cosas_, a reírme de lo que vosotros miráis con ojos de carnero y
expresáis con retóricas almidonadas. Mi relato histórico pecará de
burlesco... A mi modo, soy también romántico, de la cepa maleante. El
romanticismo es la juventud y también la vejez. El mundo antiguo y
el presente en él se enlazan. Por un lado llora, por otro ríe. Risa
y llanto constituyen la vida, y yo no estoy ahora en disposición de
llorar. En todo caso, imagínate que me he muerto ya, y que tienes
delante de ti, contándote historias verídicas, no a un hombre, sino a
un esqueleto. Mi calavera, asaz expresiva en sus ojos huecos y en su
rasgada boca, te cuenta con gracejo lúgubre los errores de nuestros
primates y el inocente abandono de nuestro pueblo.
Y sigo. El pobre don Carlos es víctima de su ineptitud. Las traviesas
napolitanas, que iban de capa caída, llevan ahora la mejor parte.
Han derribado a Calatrava y su partido inepto, que no gobierna ni
administra; se han congraciado con Luis Felipe, que juega con dos
cartas, halagando por un lado al _absoluto_, por otro a la reina, y
solicita de esta que sofoque el incendio revolucionario y masónico; se
han agarrado al brazo fuerte de Espartero; han dado a la oficialidad el
gusto de anular la obra de los sargentos. Pondrán freno a la libertad
de imprenta, convertirán en un papel mojado la reciente Constitución,
y este no es más que el primer paso para ir a un régimen de fuerza y
autoridad. ¿Qué sucederá después? Si quieres que sea también profeta,
te diré que seguirá funcionando la máquina de los pronunciamientos;
que no habrá revoluciones temibles, porque el pueblo es un buenazo,
a quien se engaña con colorines y palabras vacías; que tendremos
disturbios, cambiazos y trapisondas, todo sin grandeza, pues no hay
elementos de grandeza, y las ambiciones son de corto vuelo. Redúcense
a obtener el mando, y a que los triunfadores imiten a los vencidos en
sus desaciertos y mezquindades. No late en la raza la ambición suprema
de un Cromwell o un Napoleón. Todo es rivalidad de comadres y envidias
de caciques. ¿Qué, te ríes? Pues tú lo verás, tú, que has de ser actor
en esta comedia, y te contentarás con hacer tu papelito modesta y
gravemente, creyendo que haces algo. Cuando llegues al término de la
vida, nuestras dos calaveras tendrán un careo gracioso en las honduras
de la tierra... y nos reiremos.
Entre tanto, vive y goza. Es preciso que lo que ha padecido por ti esta
noble dama, mi excelsa castellana, se trueque ahora en goces de los
dos, en alegrías y confortamientos recíprocos. Hora es ya de que ella
te tenga, y de que tú le entregues tu corazón y tu voluntad. Lo dicho:
me iré pronto allá, llevándote mi sabrosa compañía, mi conversación
amena, mis consejos sapientísimos, mis reglas de vida. Te anticipo la
severa amonestación de abordar sin recelo tu enlace con la niña de
Castro. No hagas tonterías, Fernando; déjate de melindres y repulgos,
que no servirían más que para dar la victoria a _doña Urraca_. Esto me
produciría la muerte instantánea, del berrinche tan grande que cogería.
De modo que si no lo haces por ti mismo, hazlo por tu madre, que te
adora, y por mí, que te bendigo. Apresuraré mi viaje todo lo que pueda,
pues para esos arreglos me pinto solo, y de concierto el señor Hillo y
yo, abordaremos al buen Navarridas; y a doña María Tirgo, si no se pone
de nuestra parte, la encerraremos en un armario de la sacristía, y todo
quedará solventado en horas veinticuatro. Hazme el favor de anticipar a
mis hijos los tiernos abrazos, y a mis nietos los besos, que pronto les
dará el antes desgraciado y ahora feliz viejo — _Beltrán de Urdaneta._
XXXVII
De Pilar a Valvanera.
_Madrid, septiembre._
Dame mil abrazos y besos, mi amiga del alma, y recibe con mis ternuras
la feliz noticia de que mi problema está resuelto. Felipe me perdona, y
consiente en facilitar todos los arbitrios legales que proponga Cortina
para transmitir a Fernando una parte de mis bienes, por donación _inter
vivos_, por... en fin, no sé cómo, pero ello será. Felipe decreta
mi libertad, permitiéndome que dentro de algún tiempo, previas las
gradaciones y habilidades convenientes, viva con Fernando fuera de
Madrid. ¡Ay, qué felicidad, qué descanso tan dulce al término de este
fatigoso viaje de mi vida!
Has de saber ante todo que Felipe ha mostrado una grandeza de alma
que nunca creí pudiera existir en él. ¡Vaya, que preciarme de tan
lista, serlo efectivamente, haber cultivado en secreto las dotes de
mi inteligencia, la observación y estudio de caracteres, y no haber
comprendido la grandeza de este hombre! Pero no es culpa mía que dicha
virtud no se haya revelado hasta que se planteó la magna crisis. Las
almas desvirtuadas por el artificio social no se descubren en su íntimo
ser sino cuando las agitan graves problemas emanados de la naturaleza.
Sin las sacudidas del cataclismo, no es fácil que se descuajen los
caracteres de formación apelmazada y dura. ¡Cómo nos eternizamos en
nuestros errores, mayormente cuando no seguimos el camino de la verdad
y vivimos en un mundo de mentiras y disimulo! Comprenderás que mi dolor
ha sido inmenso al ver el de Felipe en los primeros días, y después su
resignación y calma sublimes. Todo lo he visto de lejos y en acecho,
querida mía, pues desde la operación quirúrgica no ha mediado una sola
palabra entre él y yo. Quebrantada su salud gravemente; envejecido
en pocos días, cual si sobre su cabeza recayera en un día el peso de
quince años, su primo San Quintín le catequizó para llevársele a la
Encomienda, y allí está. Yo me vine de Carabanchel al día siguiente de
su partida, y dos después se me presentó aquí tu padre, a quien recibí
como puedes suponer, no vacilando en seguir tu consejo de informarle
de todo. Me ha dado ánimos, y asegura batiendo palmas que me prestará
su eficaz ayuda con alma y vida. ¡Pobre don Beltrán! Viene cansado,
muy mal de la vista; pero con el espíritu más despierto que nunca, el
corazón henchido de benevolencia, y en todo el esplendor de su ingenio
chispeante, peregrino. En cuanto se reponga, te le mando allá.
Volviendo a Felipe, te diré que su profundo abatimiento, su inmensa
turbación con formas de cristiana humildad, me han trastornado a mí
de un modo que no puedo expresar. Cree que a esto debo los días más
tristes y angustiosos que he pasado en mi vida. Lo que me atormentó
mi conciencia culpándome de tan terribles males, no es fácil decirlo
con palabras. Me creía mujer perversa, indigna de perdón, justamente
condenada a crueles martirios en esta vida y en la otra. Por fin, mi
alma ha recibido consuelo; me lo trajo el buen Cortina, que vino ayer
de la Encomienda con la definitiva sentencia del dueño de mi destino.
Felipe me perdona, deplorando que en tantos años haya escondido este
terrible secreto por miedo a sus rigores. Sin dejar de comprender
cuán difícil era mi revelación, siente que yo, con mi silencio, haya
malogrado toda nuestra vida matrimonial, poniendo entre los dos el
espesor y frialdad de una muralla de recelo, y confinándonos una y otro
en triste soledad.
Tratándose de un hecho irremediable, y sin atenuar mi enorme falta,
no hay más remedio que bajar ante él la cabeza, pues nada se adelanta
con las soluciones violentas y trágicas a nuestra edad, que ya reclama
sosiego y volver los ojos a mejor vida. Él no aspira más que a una
vejez oscura, preparándose a un buen morir. Desea que yo procure
ponerme en paz con Dios, limpiar mi conciencia, y no traer más
desventuras sobre las que ya deploramos.
Autoriza cuanto Cortina crea pertinente para los fines que anhelo
y cuya justicia reconoce, y al concederme la libertad me impone
la obligación de seguir residiendo en nuestro palacio de Madrid,
hasta la fecha que él determine, a fin de evitar en lo posible los
inconvenientes de una separación brusca y escandalosa.
Aunque espera que al fin se extinguirá en su alma el resentimiento,
por hoy rechaza toda reconciliación formal, y proscribe las escenas
de abrazos, lágrimas, protestas y demás manifestaciones de un gusto
teatral. En un largo plazo, que él fijará, no nos veremos, ¡ay!, Felipe
y yo. Seguirá en la Encomienda hasta muy entrado el invierno. Accede a
la proposición que le han hecho de enajenar el palacio en la primavera
próxima para demolerlo y construir en él casas de vecindad. Cuando
vuelva a Madrid, habitará en un palacito moderno que le proporcionará
Salamanca, y yo donde quiera. Prefiere que me establezca lejos de
Madrid.
¿Qué te parece, querida mía? Las papeletas de que te hablé perecieron
todas en este terremoto seguido de incendio, y en su lugar veo surgir
el espíritu de un grande hombre, de un santo más bien. No solo me
inspira ya veneración, sino un amor puro y acendrado. Mi mayor gloria
sería infundir en el alma de Fernando este nuevo cariño... Pero el
duque y Fernando no se verán nunca. En su santidad, ahora descubierta,
conserva Felipe el tesón y la intransigencia de raza.
Explicado lo más esencial, y sin perjuicio de contarte más cosas, vamos
a lo nuestro. Ya estará Fernando enterado de lo que más directamente le
interesa, pues Juan Antonio, al darle cuenta de la donación, le habrá
informado de los motivos de hacerla en esta forma, la única posible.
Escribo también a Hillo, para que regrese a Villarcayo, y entre todos
incitéis al caballero a pedir la mano de Demetria. Si estimáis más
pertinente y delicado preparar antes el terreno, partiendo Fernando a
Vitoria y Laguardia, como un hábil medio de reanudar amistad con las
niñas, no me opongo: al contrario, me parece muy bien. Luego se unirá
tu padre a la conjuración, y él se encarga de poner en conocimiento de
los Navarridas quién es Fernando, y los bienes que posee y poseerá.
No creo que surjan escrúpulos por parte del buen párroco y su señora
hermana. Y en último caso, la _divina Palas_ es quien ha de decidirlo.
Cuento con la vehemencia de su afición y la firmeza de su carácter.
Tenedme al corriente de lo que resolváis. Allá se va toda el alma de
vuestra amantísima — _Pilar._
XXXVIII
De Fernando Calpena a Pilar de Loaysa.
_Villarcayo, octubre._
Amada madre mía: La mejor satisfacción que puedo dar a quien por mí
ha padecido tantas amarguras es consagrarle lo que de estas ha sido
causa, mi existencia, mi pobre existencia, martirio ayer de quien me
dio el ser, hoy consuelo y esperanza. Allá va, pues, con mis cariños
más ardientes, la protesta de ofrecer a usted toda mi voluntad, de
ponerla bajo su amparo y gobierno, para que en el dominio constante
de ella reciba mi madre las alegrías que apetece, fruto tardío de su
grande amor, y compensación de sus acerbas penas. Juntas y confundidas
nuestras voluntades, la mía se complacerá en la obediencia, sabiendo
como sé que el clarísimo entendimiento de mi señora madre ha de
imponerme actos y resoluciones de innegable sensatez. La oscuridad de
mi nombre, al que no puedo añadir el más grato a mi corazón, no me
exime de ser caballero. Leal y honrado nací; aspiro a que mi conducta
intachable y noble me dé la consideración, el aprecio de las gentes,
y aun el brillo social a que no puedo aspirar por mi nacimiento. Con
orgullo puedo decir que algún rayo de la pasmosa inteligencia de mi
madre ha venido de su ser al mío, y esta riqueza que mi alma posee no
la cambiara yo por las más gloriosas vanidades de los nombres. La luz
de mi madre arde en mí, y con esto y su amor me basta; no quiero nada
más, ni otros bienes apetezco.
Deseo vivir y tener salud para gloria y felicidad de la que ha vivido
padeciendo por mí; deseo agradarla en todo, amoldar absolutamente
mis acciones a sus deseos. Acepto la explicación que se sirve darme
de su plan referente a mi matrimonio con la niña de Castro-Amézaga,
y le agradezco infinito que haya tenido en cuenta las razones que
por conducto de Valvanera le expuse para no precipitar este asunto
y someterlo a los trámites que me imponen la dignidad de todos y
mi delicadeza. No haré, pues, manifestación alguna de propósitos
matrimoniales, concretándome a pasar por Laguardia de regreso de
Vitoria, en compañía del buen Hillo. En esta visita veré cómo soy
recibido, formaré juicio de los sentimientos de aquella ilustre familia
con respecto a mí, y de las direcciones que haya tomado o tome la
voluntad de la _diosa_, como dice nuestro capellán. No haré papeles
de pretendiente ni de rival del marqués de Sariñán, concretándome a
reanudar mis buenas amistades con ambas señoritas, ¿Estamos conformes
en esto, madre querida? ¿Soy razonable, discreto, noble, y al propio
tiempo sumiso y obediente hijo? Creo que sí; y seguro de que mis
sentimientos están en perfecta concordancia con los de usted, no recelo
en emprender mi viaje. Prontos a partir, estas letras de despedida
llevan a usted los respetos del gran Hillo, el cariño de los Maltranas,
chicos y grandes, y el corazón y el alma toda de su amante hijo —
_Fernando._
XXXIX
De Valvanera a don Pedro Hillo.
_Villarcayo, octubre._
Amigo mío: Mando la presente por un propio que expedimos en seguimiento
de ustedes, encargándole que pique espuelas para alcanzarles pronto.
Lleva la carta que hoy se ha recibido de Pilar para su hijo, la cual
nada contiene de particular, y la envío para que sirva de pretexto al
viaje del propio: el verdadero fin de este es informar a usted de un
hecho que me ha producido alguna inquietud. Se lo cuento en esta carta,
que el mozo le entregará, según mis órdenes, sin que Fernando se entere.
Esta mañana presentose en casa un sujeto, a caballo, con trazas de
caminante afanado y presuroso, y habiendo preguntado por Fernando con
vivo interés, renegó de sí mismo y de su suerte cuando le aseguramos
que había partido. Resistiose a creerlo; y como Juan Antonio, en vista
de la insistencia y disgusto que mostraba, le dijese que bien podía
manifestarnos a nosotros el motivo de su viaje, nos contestó lo que
fielmente le transmito, mi señor don Pedro: «Pues sepan, señora y
caballero, que yo soy Zoilo Arratia, para servir a ustedes. El objeto
que aquí me trae solo al señor don Fernando puedo manifestarlo, por
ser cosa de la incumbencia suya y mía particularmente, y así díganme
pronto a qué punto de España se encamina, para correr tras él hasta
que le encuentre». Ya tenía Juan Antonio la palabra en la boca para
responder la verdad, pues es hombre a quien mucho trabajo cuesta
ocultarla, cuando yo, que vi al instante un peligro en dicha verdad,
anticipé la mentira de que Fernando iba camino de Burgos para seguir
luego hasta Madrid, a donde le llaman sus intereses. En el rostro vivo
del tal Arratia conocí que no me creía. El hombre es rudo, fuerte, bien
plantado, de hermoso rostro moreno y ojos como centellas. Debió de ver
en los míos el temor y la curiosidad, y quiso explicarse mejor con
estas otras palabras, que, grabadas en mi memoria, copio con la posible
fidelidad: «Señora y caballero, sepan que le busco para proponerle que
seamos amigos, y si no lo quieren creer, no lo crean. Como digo también
que si don Fernando no quisiera las paces, en la guerra me encontrará,
y ya verá quién es Zoilo Arratia. Dispénsenme los señores, y manden
lo que gusten e su servidor». Se fue a la posada, donde le aguardaban
otros dos del mismo pelaje, que en su compañía vinieron y siguen. Al
mediodía supimos que, después de dar un pienso y corto descanso a sus
caballos, trotaban hacia Miranda. ¡Qué mal hice en indicar la vuelta
de Burgos, sin acordarme de que forzosamente la tomarán por Miranda de
Ebro! No me perdono esta torpeza mía.
En fin, mi señor don Pedro, ello podrá ser un hecho insignificante,
sin malas consecuencias; pero nos hallamos inquietos, y hemos acordado
avisar a usted para que esté con cuidado, y evite, si es posible, el
encuentro con ese maldito bilbaíno, cuya presencia inesperada viene
a turbar mi gozo por el buen giro que tomaban los asuntos de Pilar y
Fernando. Puesto el caso en su conocimiento, nos tranquilizamos, en la
seguridad de que sabrá usted evitar nuevos disgustos. Quedamos pidiendo
a Dios que les guíe, y que a todos nos dé la paz que merecemos. De
usted atenta servidora y amiga — _Valvanera._
XL
De doña Juana Teresa a la señora de Maltrana.
_Cintruénigo, octubre._
Amiga y hermana: No tengo sosiego hasta no desahogar mis agravios
contra ti, y hoy me decido a manifestártelos, que si en ello tardo más,
de seguro reviento. Ya sé que tu casa es, como si dijéramos, el cuartel
general de las intrigas fraguadas contra mi hijo y contra mí, lo que
no entiendo, a menos que me demuestres la razón de querer más a tu
sentimental y misterioso huésped que a tu sobrino, hijo de tu hermano,
mi esposo, que santa gloria haya. Descíframe este acertijo, o de lo
contrario creeré que te has vuelto romántica y que mereces salir al
teatro con velo negro por la cara y puñal en la mano. Si no estás loca
rematada, haciendo pareja con la pobre Pilar, explícame la protección
que das a ese trovadorcillo, y la celada que intentáis armarle a la
niña de Castro-Amézaga.
¡Si creerá Pilar que a mí me engaña! Sus enredos vienen a mi
conocimiento sin que yo los busque, y a poquito que yo extienda mi
tela de araña, cojo a la pobre mosca y la devoro. ¡Qué lejos está
ella de que le he tendido la red! Pero no: más bien ha sido obra de
Dios, que vela por los inocentes y estorba las maquinaciones de los
envidiosos. La casualidad, o hablando cristianamente, la Providencia,
ha puesto en mis manos un testimonio de los devaneos antiguos de mi
media hermana, los cuales fácilmente se enlazan por ley de naturaleza
con sus embrollos presentes y con la existencia del mancebo romántico,
que ostenta en su escudo todos los emblemas nobiliarios de la Santísima
Inclusa... Dos días hace que me ocupo en atar cabitos, y no quiero que
ignores el resultado de mis trabajos. Yo también me doy a la historia
menuda, lo que puedo hacer con grandísimas ventajas, porque ha puesto
Dios en mis manos el archivo mundano del más glorioso perdido del siglo
pasado y de parte del presente, don Beltrán de Urdaneta.
Estoy recopilando mis apuntes, que pondré a disposición de las personas
a quienes incumbe el llamar al orden a Pilar, o pararle un poco los
pies, reduciéndola al papel de penitente que le corresponde. Y para que
no creáis que obro con alevosía, a ti, que es como confiarlas a ella,
confío mis investigaciones, empezando por la más grave y delicada. ¿Qué
dirás que me saltó a los ojos una tarde que me entretuve, sin malicia,
puedes creerlo, en revolverle el papelorio a mi libertinísimo suegro?
Pues una carta que con fecha de julio de 1811 le dirige a París una tal
_Lea Delisle_ (¡buena pieza sería!) desde Ax de las Termas. Traducida
en su parte más interesante por Rodrigo, que, para que lo sepas, posee
muy bien el francés, dice así: «Ya te conté que la duquesa tu amiga
se dejaba hacer la corte por Su Alteza el príncipe José Poniatowsky
(pongo mucho cuidado en copiar este nombre diabólico letra por letra),
general del imperio, gran figura, caballero insigne, sobrino del rey de
Polonia. Hoy puedo asegurarte que el príncipe guerrero, a quien llaman
el _Bayard polonais_ (esto lo dejo en francés), y la dama española,
están unidos en apasionada _liaison_ (en francés lo dejo también para
mayor decoro de nuestro idioma). Anoche, al volver de una excursión
a la cascada de Orlu, se perdieron en el bosque de Ascou. Aún no han
vuelto».
Yo no lo he buscado: a la mano se me vino por designio de la
Providencia, como vinieron luego otras cartas de la misma pendanga,
en que decía que el príncipe y la duquesa habían parecido. Lo que no
parece, digo yo, es el decoro de Pilar. Buscando, buscando, por si Dios
me deparaba nueva luz, encontré una esquela de Engracia Pignatelli,
tía de Pilar, en la que consta que esta fue a pasar una temporadilla
en Zaragoza, de donde pasó a Lumbier, residencia de su amiga Serafina
Palafox... En fin, no quiero hacer cuenta del tiempo, ni ajustar meses,
compaginando fechas con fechas... No vayas a decir que soy cruel con la
que merece lástima, y a tanta lejanía de tiempo, algo de indulgencia.
Ya sé que ha llorado mucho. Ignoraba yo la causa: ahora no diré lo
mismo.
Al pronto se me ocurrió felicitarte, Valvanera de mi corazón, pues no
cae todos los días el honor de hospedar en nuestra casa a un príncipe
polaco, descendiente de reyes, que aunque destronados y errantes por
esos mundos, siempre han de conservar algún aire o tufillo de testas
coronadas; pero hablando de esto con Rodrigo, que sabe muy bien
historias de todos los países, agarró una enciclopedia que le saca de
todas sus dudas, y en ella vimos que el tal señor de Poniatowsky, el
_Bayardo polonés_, como le llaman, después de diversos hechos heroicos
en las campañas de Rusia, Varsovia y no sé qué otros puntos, murió el
año 13, al pasar a caballo un río de nombre muy enrevesado. Y luego de
leídas estas referencias, hojeó Rodrigo la _Historia de Napoleón_, con
láminas, y me mostró una que representa al príncipe luchando con la
corriente del río en que se anegaron y perecieron tantas glorias. Si
no miente la estampa, era un guapo mozo, y debía de ser hombre de gran
coraje.
Cuéntale todo esto a tu amiga, y adviértele que _doña Urraca_, a
pesar de todas estas cosillas que andan en libros extranjeros, no la
quiere mal; que se halla dispuesta a la indulgencia, al olvido de
las historias de 1811 y 1812, y a reconocerla y diputarla como una
mujer ejemplar, siempre y cuando ella sea comedida; que obligadas al
comedimiento están las que no se hallan libres de ciertas máculas. ¿A
qué se empeña esa loca en cosa tan absurda y desleal como cerrarnos el
caminito de Laguardia cuando a punto estábamos ya de verlo franqueado
y mis deseos satisfechos? ¿A qué se mete ella en este negocio, que por
mal que vaya para mí no ha de ir bien para ella, pues la mercancía
adulterada que pretende introducir no puede ser admitida, no, allí
donde todo es nobleza y virtud, y se ha de mirar mucho al honor y
limpieza de los nombres? Que su necedad no me ponga en el caso de
emplear la malicia por derecho de defensa. Ella me conoce: soy muy
buena, muy tolerante, amantísima de la familia; en todo caso, estoy
dispuesta al perdón, y soy la primera en arrojar velos y más velos
sobre las faltas de las personas que me son caras; pero que no me pise,
por Dios, que no me pise, porque al sentir el ultraje y el pisotón, me
revuelvo y clavo el diente..., no lo puedo remediar... Y basta por hoy.
Muy enfadada me tienes, como encubridora y auxiliar de esa pérfida;
pero nada temas de mi enojo. Soy tu amiga, te quiero, reconozco tus
virtudes, y en mis oraciones, siempre que pido a Dios que conserve la
salud de mi hijo, nunca se me olvida echar una palabrita por ti y los
tuyos. Mil afectos a todos de tu cariñosa hermana — _Juana Teresa._
FIN DE «LA ESTAFETA ROMÁNTICA»
Santander (San Quintín), julio-agosto de 1899.
ÍNDICE
Páginas
I. — _De doña María Tirgo a doña Juana Teresa_. En Laguardia
a 20 de febrero de 837. 5
II. — _De la señora marquesa de Sariñán a doña María Tirgo_.
Cintruénigo, 1.º de marzo. 12
III. — _De don José María de Navarridas al excelentísimo señor
marqués de Sariñán_. Laguardia, 16 de marzo. 22
IV. — _De doña María Tirgo a su amiga doña Juana Teresa_
(incluida en la anterior). Hoy, lunes 16. 24
V. — _De Fernando Calpena a don Pedro Hillo, presbítero_.
Villarcayo, 28 de febrero. 29
VI. — _Del mismo al mismo_. Sin fecha. 41
VII. — _Del mismo al mismo_. Marzo. 50
VIII. — _De don José M. de Navarridas a Fernando Calpena_.
Laguardia y marzo. 61
IX. — _De Valvanera a su fraternal amiga Pilar_. Villarcayo,
marzo. 68
X. — _De don Fernando a doña Aura_. 75
XI. — _De don Pedro Hillo a Telémaco_. Madrid, abril. 78
_De Miguel de los Santos a Fernando Calpena_ (incluida en la
anterior). 84
XII. — _De Pilar a su amiga Valvanera_. Madrid y abril. 97
XIII. — _De Fernando Calpena a don José María de Navarridas_.
Villarcayo, abril. 100
XIV. — _De Pedro Pascual Uhagón a Fernando Calpena_. Elorrio,
marzo. (Recibida en abril). 105
XV. — _De Pilar a Valvanera_. Madrid, abril. 111
XVI. — _De la misma a la misma_. Madrid, abril. 115
XVII. —_De la misma a la misma_. Abril. 129
XVIII. — _De don José M. de Navarridas_ (incluyendo esquelas
de las niñas de Castro) _a Fernando Calpena_. De Laguardia,
a 6 de mayo. 135
XIX. — _De Valvanera a Pilar_. Villarcayo, mayo. 148
XX. — _De doña Juana Teresa, marquesa de Sariñán, a la señora
de Maltrana_. Cintruénigo, junio. 157
XXI. — _De Fernando Calpena a don Pedro Hillo_. Villarcayo,
junio. 165
XXII. — _Del señor de Maltrana a su hermana política la señora
marquesa de Sariñán_. Villarcayo, 1.º de julio. 174
XXIII. — _De Gracia a Calpena_. Laguardia, julio. 177
XXIV. — _De Pilar a Valvanera_. Madrid, julio. 180
XXV. — _De Sabas a don Fernando_. Miranda de Ebro, 20 de julio. 184
XXVI. — _De Pilar a Valvanera_. Madrid, julio. 187
XXVII. — _De don Pedro Hillo a Fernando Calpena_. Laguardia,
agosto. 197
XXVIII. — _De Fernando Calpena a don Pedro Hillo_. Villarcayo,
agosto. 199
XXIX. — _De Pilar a Valvanera_. Madrid, agosto. 204
XXX. — _De la misma a la misma_. Madrid, septiembre. 213
XXXI. — _De Valvanera a Pilar_. Villarcayo, agosto. 221
XXXII. — _De Pilar a Valvanera_. Septiembre. 226
XXXIII. — _De la misma a la misma_. Carabanchel, septiembre. 230
XXXIV. — _De don Beltrán de Urdaneta a Juan Antonio de Maltrana_.
Herrera de los Navarros, 26 de agosto. 239
XXXV. — _De don Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena_. Madrid,
septiembre. 242
XXXVI. — _Del mismo al mismo_. Madrid, septiembre. 256
XXXVII. — _De Pilar a Valvanera_. Madrid, septiembre. 269
XXXVIII. — _De Fernando Calpena a Pilar de Loaysa_. Villarcayo,
octubre. 274
XXXIX. — _De Valvanera a don Pedro Hillo_. Villarcayo, octubre. 276
XL. — _De doña Juana Teresa a la señora de Maltrana_. Cintruénigo,
octubre. 279
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESTAFETA ROMÁNTICA ***
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