Vergara

By Benito Pérez Galdós

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Title: Vergara

Author: Benito Pérez Galdós


        
Release date: August 12, 2026 [eBook #79346]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Librería de los Sucesores de Hernando, 1922

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/79346

Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by The Internet Archive/University of North Carolina at Chapel Hill.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VERGARA ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
    convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos.

  * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
    las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

  * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
    modernización, así como la toponimia.




EPISODIOS NACIONALES

VERGARA




  Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
  furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68. — MADRID




  B. PÉREZ GALDÓS
  EPISODIOS NACIONALES
  Tercera serie.

  VERGARA

  22.000

  [Ilustración]

  MADRID
  LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
  Calle del Arenal, núm. 11
  1922




VERGARA

I

De don Pedro Hillo a los señores de Maltrana.

_Miranda de Ebro, octubre de 1837._


Señora y señor de todo mi respeto: Con felicidad, mas no sin estorbos,
por causa del sinnúmero de tropas que nos han acompañado en todo el
camino, marchando en la propia dirección, llegamos a esta noble villa
realenga ayer por la mañana. Soldados a pie y a caballo descendían
por las cañadas, o aparecían por atajos y vericuetos, y engrosando
la multitud guerrera en el llano por donde el Ebro corre, nos vimos
al fin envueltos en el torbellino de un grande ejército, o al menos
a mi me lo parecía, pues nunca vi tanta tropa reunida. Generales y
convoyes pasaban sin cesar a nuestro lado tomándonos la delantera,
y ya próximos a Miranda vimos al propio caudillo, conde de Luchana,
seguido de brillante escolta, y a otros afamados jefes y oficiales,
que al punto conocieron a Fernando y le saludaron gozosos. Nuestra
entrada y acomodamiento en la antigua _Deóbriga_ fue, como pueden
ustedes suponer, asaz dificultosa. Éramos un brazo que se empeñaba en
introducirse en una manga ya ocupada con otro brazo robusto. En ningún
albergue público ni privado de los que en toda población existen para
personas y caballerías hallamos hueco, ni aun pidiéndolo del tamaño
preciso para alfileres; y ya nos resignábamos a la pobreza de acampar
en mitad del camino, como mendigos o gitanos, cuando nos deparó Dios
a un sujeto, que no sé si llamar enemigo o amigo, aunque en tal
ocasión y circunstancias bien merece este último nombre, el cual, con
demostraciones oficiosas y todo lo urbanas que su rudeza le permitía,
nos colocó bajo techo, entre cabos y sargentos de artillería montada,
con los correspondientes arreos, armones, sacos, cajas y regular número
de cuadrúpedos.

Era el tal don Víctor Ibraim, capellán castrense, antaño en la Guardia
Real, hogaño en un regimiento de artillería, y tengo que calificarle,
con perdón, como uno de los más soberbios animales que han comido pan
en el mundo, si bien yo creo que a este sujeto todo lo que come le sabe
a cebada y paja, y como tal alimento lo saborea. Cuando yo tenga el
gusto de volver a esa noble casa contaré a ustedes los motivos de la
santa inquina que profeso a mi colega, el marcial presbítero, andaluz
por más señas, y tengo por seguro que se han de reír de tan donosa
historia. Por hoy conste que perdono al señor Ibraim sus agravios de
otros días, y reconozco que nos ha dado a Fernando y a mí una prueba de
cordialidad, procurándonos este alojamiento, que si detestable y con
enfadosas apreturas, nos permite comer algo caliente y guardar nuestras
personas al abrigo de la intemperie. Nuestras bestias campesinas han
entrado en gran confianza con los guerreros caballos del regimiento;
Sabas y Rufino hacen buenas migas con la tropa, y nosotros anudamos
cada hora nuevas y más alegres amistades con oficiales muy simpáticos
y con capellanes menos brutos que el desdichado Ibraim. No nos va mal,
y Fernando ha tenido el gusto de encontrar amigos queridísimos entre
estos campeones de Isabel II: don Juan Zabala, don Antonio Ros de Olano
y otros cuyos nombres y títulos se me escapan de la memoria.

Antes que se me olvide, señora y caballero: recibí de manos del propio,
en Leciñana del Camino, el mensaje reservado, y puedo asegurarles que
el pobre chico lo hizo con la discreción que le fue prescrita. No se
enteró Fernando, a quien di la carta de su mamá, dejándole que se
entregara con avidez al gozo de leerla; y en cuanto yo tuve coyuntura
de soledad leí la de ustedes, que me ha causado sorpresa, ira y recelo.
¿Pero qué pretende ese badulaque? ¡Habrá insolencia igual! ¡Atreverse
a medir su barbarie con la finura de Fernando, y brindar a este una
concordia que para nada le hace falta, o amenazarle con una hostilidad
que no puede infundirle ningún temor! En fin, sea lo que quiera, y
venga con estas o las otras intenciones, yo estaré con muchísimo
cuidado, a fin de cortarle el paso si a nuestro caballero quiere
aproximarse, o inutilizar su malicia y audacia, aunque para ello tenga
que valerme de nuestras relaciones en el Cuartel general..., ¡y qué
relaciones, señora y señor míos!

Ya comprenderán que teniendo Fernando tantos amigos en la liberal
milicia, y gozando como nadie del don de simpatía, en pocas horas se ha
visto obsequiado y traído de una parte a otra. De boca en boca llegó
su nombre a oídos del gran Espartero, el cual anoche le mandó llamar
por uno de sus ayudantes. Allá se fue; departieron un ratito, casi
todo consagrado a comentar el increíble viaje de don Beltrán al campo
del Maestrazgo, y su prisión y nunca vistas desventuras en aquella
tierra facciosa. Hoy repitió la visita, regresando al poco rato con
la embajada de que fuese yo también a la presencia del de Luchana,
pues este deseaba verme, y tenía que hablarme, ¡ay!, de mi incumbencia
eclesiástico-castrense. Creí que eran bromas del señorito, o que con mi
timidez y cortedad quería divertirse, pues ya sabe él y saben todos que
no soy hombre para codearme con señorones y celebridades de tal fuste;
pero tanto insistió mi discípulo que allá nos fuimos, después de dar
restregones a mi balandrán para limpiarlo de barros y otras materias,
y tuve la satisfacción de ver de cerca al gran héroe y de platicar
mano a mano con él durante unos diez minutos, que me parecieron diez
horas; tan sofocado y descompuesto estaba yo por el honor inmenso de
aquella entrevista. Díjome que había separado del servicio a tres
capellanes, por sospechas de espionaje, y que celebraba y agradecía
que el Vicariato pusiese mano en purificar el personal, desechando
a todos los individuos del _cuerpo_ que por sus antecedentes o su
mala conducta no eran dignos de seguir bajo las banderas gloriosas.
Contestele con trémula voz manifestando un asentimiento incondicional
a todo lo que de sus autorizados labios salía... Añadí la oferta de
mi inutilidad para mejorar el importantísimo servicio castrense...
Indiqué, divagando, que en el _cuerpo_ hay dignísimos sacerdotes; mas
otros, aunque en el servicio se muestran puntuales, fuera de él, y
en los ratos de ocio, emulan con los oficiales en la desvergüenza de
palabras y en la liviandad de la conducta... Que se intentaba purgar el
cuerpo y limpiarlo de todo maleficio para que respondiese a los fines
del ministerio militar y religioso... _etcétera_. Serenándome al fin,
solté cuatro generalidades pomposas, para disimular mi indiferencia de
todo lo que al dichoso _cuerpo_ se refiere...

Ya ven los señores que mi conferencia con el insigne caudillo fue
luminosa por todo extremo, inspirada en el _bien público_ y en el
_espíritu del siglo_. No me asombrará que de ella den cuenta los
papeles, pues mis palabras fueron gratas al general, que las apoyó con
cabezadas enérgicas. Espero que el día del juicio dará opimos frutos
la inspección que el Vicariato ha encomendado a mi ardoroso celo
castrense, a mi...

Obligado me veo a interrumpir esta, porque del Estado Mayor me llaman
para un asunto muy grave... No asustarse, señora y caballero, pues no
es cosa nuestra, ni hay en ello relación derecha o torcida con el señor
don Fernando. Solo a un servidor de ustedes afectan las tristezas del
desagradable negocio que me encomienda el Estado Mayor, y en cuanto
me desocupe de esta obligación dolorosa tendrá el gusto de referirla
puntualmente su obligado servidor, amigo y capellán — _Pedro Hillo._




II

Del mismo a los mismos. Terminada por don Fernando.

_Miranda 30 de octubre._


Señores míos muy amados: Si no lo sabían, esta carta les informará de
que soy el hombre más pusilánime y para poco que ha echado Dios al
mundo. ¡Ay de mí! Jamás pensé verme en trance tan aflictivo como el
que hoy ha llenado mi espíritu de turbación y congoja. Ni en pesadilla
sentí jamás angustias como estas: tales fueron, que durante largo rato
las tuve por hechura de mi mente febril. Figúrense mi terror cuando el
brigadier señor Aristizábal me comunica que tengo que auxiliar a no
sé cuántos reos de muerte, por no haber en este ejército suficiente
personal de capellanes para tan triste servicio. Yo que tal oigo,
échome a temblar; los cabellos se me ponen de punta, y no me queda gota
de sangre en el mísero cuerpo. Nunca había visto yo la muerte violenta
más que en la plaza de toros, donde, por tratarse de animales, rarísima
vez de personas, nuestra emoción no pasa del grado inferior, y va
compensada del entusiasmo y alegría que a los aficionados a ese arte
nos comunica el calor del fiero espectáculo. Pero, ¡ay, Jesús mío!, en
ningún tiempo vi matar a mis semejantes, y menos con la fría serenidad
aterradora de los actos de justicia. No, no: yo no sirvo para eso, y
abomino del ministerio castrense, que somete al mayor de los suplicios
mi alma generosa y cristiana. «¿Pero qué reos son esos a quienes tengo
yo que auxiliar? —me decía yo, vagando como un demente de una parte a
otra con las manos en la cabeza—. ¿Qué delito han cometido para que se
les sacrifique inhumanamente? Antes que conducirles al matadero, iré a
ver a mi amigo el de Luchana, y de rodillas le pediré la vida de esos
infelices, probablemente condenados por alguna falta de disciplina, la
cual, digan lo que quieran los espadones, no es ley moral ni cosa que
lo valga».

Y cuando esto decía, me vi cogido del brazo por Fernando, el cual me
hizo notar que toda la tropa se ponía en movimiento hacia el camino
de Vitoria, con vivo estrépito de cajas y clarines. Hermoso era el
espectáculo, según él, a mis ojos tristísimo, porque la formación, y
los toques militares, y el paso guerrero, y la vista de los gallardos
jefes a caballo, y todo aquel tumulto de vocerío y colorines, traía con
más vigor a mi mente la idea de la cruel Ordenanza. Llevome consigo
Fernando a los alcances de la tropa, y por el camino me dijo que se
preparaba un acto de reparación con toda la pompa y rimbombancia que
la justicia militar exige. Espartero quería castigar con mano severa
los actos sediciosos de Miranda, Hernani, Vitoria y Pamplona, y a
los infames asesinos de Ceballos Escalera y don Liborio González,
de Sarsfield y Mendívil, pues si no se contenía la indisciplina,
el ejército se convertiría en horda salvaje; el arma creada por la
nación para su gloria y defensa sería una herramienta de ignominia...
y entre facciosos y jacobinos harían mangas y capirotes de la pobre
España, resultando al fin que las naciones extranjeras vendrían a
ponernos grilletes y bozales. Declaro que Fernando me convencía y no
me convencía; no sé cómo expresarlo. Sus razonamientos eran juiciosos;
pero a mí no me entraba en la cabeza que por achaque de marcial
honrilla tuviese yo que añadir mi autoridad religiosa al acto fúnebre
de castigar a los que por matar _sin reglas_ deshonraron su oficio de
matar. Esta idea me volvía loco. En el principio se dijo: «no matarás».
Cristo Nuestro Señor nos ordenó perdonar las ofensas y hacer bien a
nuestros enemigos. Al que me compagine esto con las guerras y con la
ordenanza militar, le regalo mi jerarquía vicarial castrense, con el
uso de collarín y botones morados, y de añadidura mi encomienda de
Isabel la Católica, última gracia que merecí de los superiores, sin que
sepa nunca por qué.

De nada me valía mi sarda indignación, y allá me fui casi arrastrado
por Fernando, que presenciar quería la hecatombe. Y por Cristo que
don Baldomero había dispuesto con arte la escena, formando toda su
hueste en un grandísimo cuadro. Detrás de la infantería del Provincial
de Segovia, que era el cuerpo delincuente, vi masas de caballería
formidable; a esta otra parte, la artillería, cargada con metralla,
según me dijeron; enfrente, los _Guías del general_, la tropa de más
confianza; en medio, recorriendo las filas, el de Luchana, en un
fogoso caballo que pintado parecía. El gallardo mover de sus remos, la
arrogancia de su enarcado cuello, como su espumante boca, mostraban
el hervor de su sangre guerrera. Con militar grito, que hacía poner
los pelos de punta, Espartero mandó armar bayoneta. El chirrido que
a esta operación acompaña recorrió las filas de un cabo a otro,
produciendo en mi pobre piel el mismo efecto que si todas las puntas de
aquellos hierros quisieran acariciarla. Siguió un silencio angustioso,
en el cual se precipitó de improviso, como los truenos en el seno de
la noche, el ruido de todos los tambores redoblando juntos. Cuando
callaron, el silencio era más imponente. En mis oídos zumbaba la sangre
de mi cerebro, repitiendo la palpitación de los pulsos de todos los
hombres que estaban allí. Mirando a las caras más próximas, en ellas
veía reflejada mi pavura.

Mandó Espartero a su escolta y ayudantes que se alejasen, y se quedó
solo en medio del cuadro... Accionando con la espada, rompió en voces
que parecían truenos... Nunca, ni en el púlpito, ni en los clubs, ni
en las Cortes, oí una voz que más hondo penetrara en el oído de los
que escuchan. Apliqué mi oreja, haciendo con la mano pabellón, y sin
entender bien los conceptos, ello es que me conmovían, no sé por qué.
El tono elocuente me llegaba al alma, y si el sentido se quedaba en
el aire, yo adivinaba en él no sé qué grande, sublime lección. Al
principio apenas cogía palabras sueltas; luego, como si el silencio, a
cada instante más profundo, destacase las ideas, llegué a pescar trozos
oratorios. Oí este: «Sangre preciosa tantas veces prodigada en los
campos de batalla...». El orador hizo luego una interrogación, a la que
contestó todo el ejército con un sí, que me sonaba como el silbido de
un huracán.

Después oí algo más, esta frase: «Era la noche..., un fúnebre ensueño
ocupaba, mis sentidos... La feroz discordia que peina serpientes
por cabellos...». Por Dios que fue de mi agrado la figura; mas no
comprendí a qué venía. Pareciome después que el general se lanzaba
a la _idolopeya_... Describía la aparición de un espectro, que no
podía ser otro que el de Ceballos Escalera... «Sombra ensangrentada,
despeluznada, yerto el rostro y despedazado su cuerpo...». Pensé yo que
en el estilo militar podían perdonarse tantas asonancias... La sombra
habla al orador, y le dice: «Mira cómo me dejaste, mira cómo me ves.
Repara mi agravio, salva a la patria...». En aquel momento, la voz de
Espartero no parecía voz humana. Sin poder fijarme en la retórica, yo
lloraba. Quería ser crítico, y era un pobre ignorante, fascinado por
la ocasión, por el aparato escénico, y, sobre todo, por el acento, por
el arranque, por el gesto del orador. Vuelto hacia el paraje donde yo
me agazapaba tras de la tropa para oírle, señaló con la espada a la
villa, y pude oír claramente estas expresiones: «Allí..., allí, unos
cuantos asesinos, pagados por los agentes de don Carlos, clavaron el
alevoso puñal en el corazón de un hijo predilecto de la patria... Allí
el trono de la inocente Isabel se conmovió al faltarle una de sus
más fuertes columnas... allí os arrebataron un amigo, digno de serlo
vuestro, porque lo era mío; allí el príncipe rebelde consiguió una
brillante victoria con la muerte de un poderoso enemigo, y allí, por
último, los manes humeantes de la ilustre víctima claman venganza...».
Vuelto hacia el otro lado, soltó un hermoso _epifonema_, después
una _vituperación_, inmediatamente una _histerología_ o _locución
prepóstera_, y luego, señalando al Provincial de Segovia, en cuyas
filas se ocultaban los asesinos, gritó: «Que les delaten inmediatamente
sus compañeros, o el regimiento será diezmado en el acto». La voz y la
espada eran rayos... Me retiré con las manos en la cabeza. No podía oír
más. ¡Horrible susto!... creí que ya estaban contándolos para matar uno
de cada diez.

Después supe que, aterrados y confusos, algunos delataron a los
culpables. Eran estos treinta y tantos... Yo corrí; pero con mala
suerte, porque me cogió Fernando, señalándome el camino que había
de seguir, el cual a una venta próxima conducía. «¿Y qué tengo yo
que hacer en la venta?», le dije... No pude escabullirme, y allá me
llevaron, teniendo la desdicha de encontrar por el camino al maldito
Ibraim, que me daba prisa, como si fuéramos a una fiesta, o a apagar un
fuego. La tropa se puso en marcha... Vi a los delincuentes escoltados
por los Guías... Metiéronles en la venta... Un consejo de guerra,
que actuar y sentenciar debía sumariamente, les aguardaba... Cinco
capellanes éramos; pocos a mi entender para tantas víctimas. Luego supe
que los condenados a morir, o sea los más criminales, eran solo diez.
Los demás irían a presidio. ¡Diez! También me parecía mucho.

No tuvimos que esperar largo tiempo los ministros espirituales, porque
los de la ley humana despacharon en un periquete, dándonos el ejemplo
de la brevedad, tan recomendada en cosas militares. Ibraim me pareció
satisfecho de contribuir con su capacidad eclesiástico-castrense a
la purificación del ejército. Encontraba muy natural la pena, y se
condolía de que hubiera tardado tanto su aplicación. Mejores entrañas
revelaban los otros tres compañeros, y uno de ellos allá se iba
conmigo en aflicción y pusilanimidad. Al entrar y ver el tristísimo
grupo de los diez pobres condenados, no pude contener mis lágrimas, y
mentalmente les dije: «Pero, hijos míos, ¿a qué habéis hecho esa gran
tontería de matar a vuestro general? ¿No sabíais que esas locuras se
pagan con la vida...? ¡Vaya, que si vuestras madres os vieran en este
trance...! ¿Por qué no os acordasteis de ellas antes de hacer fuego
contra el superior...? Sin que me lo digáis, sé yo que todo fue obra de
un arrebato, una funesta obcecación. No fuisteis a él, no, con intento
de matarle; pero la enredó el demonio, y os perdisteis en un momento.
Sin duda habíais bebido más de la cuenta... Ya os veo arrepentidos;
lo estabais antes de ser condenados, ¿verdad? No sois vosotros tan
malos como el general os cree. ¡Vaya, que os ha dicho unas cosas...!
Perdonadle también, y preparaos a gozar de Dios, que os espera...».
Casi las mismas expresiones empleé después con los dos que me tocaron,
guapos chicos, ¡ay dolor! Y que estaban de veras arrepentidos. Mataron
como por juego, sin mala idea. La guerra les enseña a segar vidas, a
hendir con la bayoneta vientres y espaldas, a disparar el fusil contra
cráneos y pechos, y acaban por apreciar en poco las vidas de nuestros
semejantes. Cierto que su general era su general. ¡Pues estaría bueno
que las honrosas armas empuñadas para defender a la reina, contra
un corifeo de la misma augusta señora se volviesen! Hay que matar
con reglas, ya que el matar dicen que es necesario. ¡Maldita guerra,
escuela de pecados, salvoconducto de los impíos, precipicio a que
ruedan las almas, simulacro del infierno!

El segundo que confesé era un chiquillo, que para interesarme y
conmoverme más, demostraba un valor sereno, enteramente a la romana.
Creía merecer su castigo, lo aceptaba con estoica fiereza y una torva
conformidad con tan cruel justicia. La confesión fue breve y me llenó
el alma de angustia. Con la ternura más viva le prometí el cielo, le
pinté en breves rasgos las miserias de este mundo, ponderé las delicias
de la bienaventuranza con que galardona Dios a los pecadores que llegan
a Él purificados por el martirio, limpia la conciencia de todo mal...
El pobrecillo me creía... Vi en su rostro un no sé qué de confianza y
placidez... Díjome que era vizcaíno, y que por intimar demasiado con
camaradas de mala conducta se veía en aquel trance; que si era cierto
que podía entrar en la gloria, moriría pensando que Dios le franqueaba
las puertas de ella, y pediría misericordia con toda su alma. Repetile
mis consuelos, las seguridades de que pasaba a un mundo de perdón
y felicidad. Le di un abrazo apretadísimo... Habría prolongado mis
exhortaciones, mis cariños; pero no podía ser: ya todos concluían; las
ejecuciones debían seguir al acto religioso con la prontitud que es
norma del procedimiento militar. Breve es la misa, breve la confesión,
todo rápido y a paso de carga, para tener contento al tiempo, el gran
amigo de Marte.

Sacáronles a unas eras cercanas, y les colocaron de rodillas junto a
una tapia, nosotros junto a ellos, hasta que con una seña nos mandaran
retirar. Ibraim daba fuertes voces a los dos que asistía. Yo, a los
míos, no sabía ya qué decirles. Creyérase que me fusilaban también
a mí, según estaba de macilento y lívido. Por fin... Yo no había
presenciado nunca cosa tan horrible. Sentí un pánico superior a toda
mi entereza de varón y de sacerdote; quise huir; tropecé..., recogiome
en sus forzudos brazos el bruto de Ibraim. Por un instante perdí el
conocimiento, y al abrir los ojos vi los diez cuerpos en el suelo entre
charcos de sangre. Sonaban los tambores como mil truenos.

Vi al capitán y a dos capellanes que se inclinaban sobre el fúnebre
montón, reconociendo entre las víctimas a una que se incorporaba,
pataleando. Era el mío, que había quedado vivo, sin ninguna herida
mortal. ¡Jesús, qué susto, qué congoja! Alguien habló de rematarle.
Sintiendo como si un rayo me traspasara, me arrodillé ante el capitán
de Guías y le dije: «Si a este, que se ha salvado milagrosamente, no
se le perdona la vida, que me fusilen también a mí. Así se lo diré a
mi amigo el general en jefe». En tanto, el pobre chico se ponía en
pie, ensangrentado, más por la sangre de los demás que por la suya.
Le cogí en mis brazos, gritando como un loco: «¡Perdón, perdón!». Los
oficiales, para gloria suya lo digo, se pusieron de mi parte, y el
capitán corrió a ver a Espartero. Minutos después venía el indulto...
Dispénsenme mis buenos amigos: al llegar a este punto me siento tan mal
por causa de la extenuación, de las terribles angustias de este crítico
día, que me veo precisado a suspender la carta. Mi temblor y debilidad
exigen que me recoja. La pluma dejo a Fernando, que rabiando está por
quitármela, no solo por su afán de que yo descanse, sino por el gustazo
de escribir a ustedes. Él lo hará con menos turbación que este su
atribulado amigo y capellán — _Pedro Hillo._

_Termina don Fernando._ — ¡Qué pena, amigos de mi alma, ver a nuestro
pobre clérigo en funciones tan impropias de su alma candorosa, de su
condición pacífica y dulce! El pobre ha sufrido lo indecible, sacando
fuerzas de su flaqueza, y alientos de su cristiana ternura. He quitado
de su mano la pluma, pues su estado nervioso y febril me inspiraba
inquietud, y obligándole a tomar algún alimento, le mando a la cama,
entendiendo por esto un abrigado espacio entre albardones, mullido con
buenas mantas.

Leída su relación, la encuentro tan ajustada a la verdad, que en ella
no tengo que añadir ni una tilde. Contará la historia el terrible
escarmiento tal y como nuestro capellán lo ha referido, con la
añadidura del milagro del pobre chico ileso, que más bien parecía
resucitado. Le corresponde cadena perpetua; pero su juventud puede
confiar en los indultos que traiga la política, o en los sucesivos
actos de regia clemencia. Se llama Buenaventura Iturbide, y es natural
de Bilbao. Le han metido en la cárcel, donde apenas pueden revolverse
los infelices presos por espionaje, deserción y otros delitos. Mis
amigos y yo les hemos socorrido para que no perezcan de hambre. Las
tristezas del desgobierno de la nación, el espectáculo de los infinitos
males y desórdenes que ocasiona la guerra abruman nuestro espíritu,
incitándonos a buscar en un oscuro retiro el olvido y aislamiento.
Deseo con toda mi alma salir de este pueblo, reponerme del fúnebre
espectáculo de la justicia militar. Terminada esta carta, escribiré a
mi madre con la extensión que ella desea y que es para mí el más grato
empleo del tiempo; le contaré todo, le daré razón detallada de mis
pensamientos más íntimos, y cumplido este deber, buscaré algún descanso
entre albardas, para continuar nuestro viaje mañana tempranito.

En mi cerebro traje y conservo con amor vuestra casa y vuestras
personas. Vivís todos en mí: la casa con su placidez, con su blancura;
vosotros con la bondad y el cariño que en mí habéis puesto, y a que
correspondo queriéndoos como a hermanos. ¿Qué me dicen mis discípulas,
qué mis queridos chicuelos? Me considero estampado en su memoria, como
ellos están en la mía, donde les veo y les oigo. Nos hemos quedado
muy tristes con esta ausencia, ¿verdad? Yo les juro que de buena
gana picaría espuelas hacia Villarcayo, si no tuviera el compromiso
de acompañar a mi capellán hasta Vitoria. No se conoce la intensidad
de los afectos, y la dureza de sus ligaduras, hasta que nos damos un
tirón como este que me ha separado de vosotros. En fin, no digáis que
me pongo romántico y sentimental. Más sencillo es deciros llanamente
que os quiero con el alma. No os he perdido, no, porque deje de veros.
Feliz como ninguno será el día en que os recobre vuestro hermano —
_Fernando._




III

De Pepe Iturbide a su padre Casiano Iturbide, residente en Bilbao.

_Miranda de Ebro, 1.º de noviembre._


Señor padre: Sabrá que mi querido hermano Ventura es salvo, no por
misericordia del superior, sino por milagro que hizo el Altísimo, no
permitiendo que le dieran muerte las balas disparadas sobre él; con lo
que queda dicho que le fusilaron, sin que pudiéramos mis compañeros
y yo hacer nada para librarle de la pena, por lo que le diré ahora o
después; que tantas cosas desgraciadas nos ocurren, juntamente con la
felicidad de ver vivo a Ventura, que no sé por cuál empezar. Trajéronle
a la cárcel, donde le están curando las heridas, que no son graves; su
condena, por conmutación, es de presidio para toda la vida, y aquí le
tenemos, con lo que dicho queda que en esta malditísima cárcel moramos
todos, el que suscribe, y Zoilo Arratia, y también el amigo Pertusa, a
quien damos la encomienda de escribir por todos, pues ya sabe usted lo
torpes que somos Zoilo y yo para la escritura corrida, y lo bien que
menea la pluma don Eustaquio.

La parada que por cosas de Zoilo tuvimos que hacer en Villarcayo nos
retrasó, y llegamos aquí más tarde de lo que creíamos. Era mi propósito
entregar al general Van Halen la carta del señor de Gaminde, y empezar
mis diligencias al objeto de sacar a Ventura del Provincial de Segovia
(señalado por indisciplina para un severo castigo), y pasarle a otro
cuerpo. Pero la mala suerte o nuestra tardanza, ¡ay de mí!, quisieron
que aquellos cálculos tan juiciosos salieran fallidos, pues apenas
entramos en el pueblo, y cuando nos hallábamos reparando el cuerpo
con unas sopas, fuimos detenidos y apaleados, se nos registró de la
coronilla a los calcañales, quitándonos cuanto llevábamos, dinero,
armas, cartas y papeles, y para remate de tanta picardía nos encerraron
a los tres en el más pestilente calabozo de esta cárcel, donde pedimos
a Dios y a la Virgen Santísima que los gruesos muros se vuelvan de
cartón para escaparnos, o que a traernos la preciosa libertad venga una
mano bienhechora.

Pero han pasado dos días, y no viene a salvarnos mano de hombre ni
providencia de Dios, y estamos ya en el colmo de la desesperación,
maldiciendo al cielo y a la tierra. Zoilo es el más inconsolable: se
da golpes en la cabeza, se arrastra por el suelo, echa de su boca
horrores, muerde los barrotes de la reja, como un ratón cogido entre
alambres. Pertusa es el que lleva con más calma nuestra prisión,
pues su acendrada fe le da confianza en Dios misericordioso y en el
triunfo de la inocencia. Mientras Zoilo blasfema y se da golpes,
Eustaquio reza; su religiosidad se me va pegando, aunque no tanto
como yo quisiera. Yo lloro; pienso en mi casa y mi familia, y aguardo
el instante de la libertad preciosa que nos han robado estos cafres.
Desde el calabozo, diré más bien sepulcro, oímos ayer el ruido de la
tropa que salió a formar cuadro hacia la parte del camino de Vitoria.
Al estruendo de los tiros, temblamos de pavor, redoblando cada cual
sus demostraciones: yo mis llantos, Zoilo sus blasfemias, Eustaquio
sus padrenuestros y avemarías. A poco de esto vimos por la reja
que traían a Ventura vivo, aunque manchadito de sangre; me puse a
chillar con fuertes alaridos, y los carceleros se apiadaron de mí,
permitiéndole entrar en nuestra mazmorra, para que yo pudiera abrazarle
y él contarnos el caso feliz de su fusilamiento milagroso. Dice
Eustaquio que ya en esto se ve claramente la mano de Dios, la cual no
ha de tardar en venir hacia nosotros, pobrecitos inocentes perseguidos
de infame justicia. Luego se llevaron a mi hermano a la enfermería,
para curarle sus leves heridas con salmuera y vinagre, y no he vuelto
a verle, aunque sé por el calabocero que está bien, comiendo como un
descosido y deseando que le destinen a donde ha de cumplir su condena.

Por la declaración que hoy nos han tomado caigo en la cuenta de que nos
acusan de espías del faccioso, y a mí, por añadidura, de desertor, lo
que si es verdad por un lado, por otro no lo es. Cierto que me escapé
del Provincial de Toro; pero yo y otros doce muchachos bilbaínos que
fuimos agregados al batallón, no servíamos como tales soldados de
la reina, sino como milicianos auxiliares, y no teníamos obligación
de estar en filas más que dentro del terreno de Vizcaya, conforme
a fuero, y así consta en papeles que firmaron don José Arana y el
general San Miguel... De los trece, cinco abandonamos el batallón en
Guardamino, después de batirnos heroicamente, aunque me esté mal el
decirlo. Bilbaínos somos, y pertenecemos a la sacra Milicia Urbana,
que obligada está, ¡vive Dios!, a defendernos contra esta picardía de
meter en la cárcel a tres hombres de bien, que han derramado su sangre
preciosa por la patria, bajo estas o las otras banderas.

Haga por librarnos de tan horrendo suplicio, amado padre, poniendo
en conocimiento del señor Araca, del señor Gaminde y de todos los
pudientes de esa, la desgracia que nos aflige, para que manifiesten
al señor Van Halen y al invicto general Espartero nuestra honradez y
circunstancias.

Cedo la vez a Zoilo, que ahora sale con la tecla de no querer escribir,
porque su rabia le corta el dictado y no sabe poner sus ideas en orden,
como es conveniente en todo buen discurso. Reniega del género humano,
y hasta de las potencias celestiales, llegando a la gran abominación
de decir de Dios cosas muy feas por haber consentido este vituperio.
Tanto yo como don Eustaquio, con su bendita mansedumbre, tratamos de
traerle a conformidad, y le hablamos de su cara familia para despertar
en él sentimientos que no sean la ira loca. Pero no cede a nuestras
razones blandas, ¡pobre amigo!, y me temo que su furor de independencia
y el ver su voluntad entre hierros le lleven a convertirse de hombre
sesudo en bestia feroz. ¡Dios tenga piedad de él y de nosotros, ay! Por
su cuenta notifico que no hemos encontrado a _Churi_, y que en ningún
punto de los recorridos nos han dado razón del desdichado sordo. Dice
don Eustaquio, y por su cuenta lo pone, que cuando le conoció en el
Bocal iba pegadito a las faldas de una que llaman _Saloma la baturra_,
de quien estaba locamente enamorado, en tal extremo de pasión que
era un puro volcán que reventaba con gestos furiosos y expresiones
desatinadas. Le tuvo entonces por hombre perdido, abocado a un fin
desastroso, el cual teme sea ya un hecho, o lo que es lo mismo, que ya
no se encuentre el pobre _Churi_ en el mundo de los vivos. Con todo,
si nos devuelven la libertad y Zoilo recobra su ser, indagaremos hasta
encontrarle, empezando por tomar lenguas de esa señora baturra, que
pertenece a la cuadrilla del llamado _Uva_, cantinero.

Concluyo, mi señor padre, pidiendo a usted la bendición, y mandando
los cariños más acendrados a mi amadísima hermana Mercedes, y a mis
hermanitos Deogracias y Lucas, a quien repartirá usted cuantos besos
sean menester para contentarles a todos, así como buenas memorias a la
Encarnación y a Camilo, y a los demás de casa. ¡Cuánto han de llorar,
señor padre, usted el primero, cuando sepan la infausta prisión mía!
Señor, desde este infierno, lanza un ¡ay! dolorido en demanda de
socorro, y con las alas del corazón hacia Bilbao gimiendo vuela su
cautivo amante hijo — _José Iturbide._

_P. D._ — Como hasta hoy martes, día de los fieles difuntos, no
puede salir la carta, le añadimos este parrafito para que sepan que
seguimos en la propia miseria y desesperación, ignorantes de cuál
será nuestro fin. A mi hermano le oímos cantar anoche en el calabozo
donde está con sus compañeros, condenados a pasarse la vida en Ceuta.
¿Qué harán con nosotros? Espartero se ha ido; Van Halen con él, y
estos tres míseros mortales sepultados aquí, esperando que la caridad
y la justicia nos abran la puerta, ¿Por dónde andan estas señoras...?
¿Y entre los tantísimos santos de ayer, ¡solemne fiesta!, no hay uno,
uno siquiera, que nos salve? ¡Oh injuria del cielo, oh negación de la
omnipotencia!... Señor, estamos locos. Don Eustaquio le escribe al
obispo, a la reina gobernadora, a don Pío Pita Pizarro, y creo que
también al papa. Me ha dicho que esta mañana, mientras yo dormía,
Zoilo dictó y firmó una carta para el caballero de Villarcayo. Ha
trocado el furor por la risa, una risa enferma que da escalofríos. A
sus carcajadas acompañan temblores de todo el cuerpo, y cuando don
Eustaquio le habla de Dios, ríe mordiéndose las manos. ¡Señor, Señor,
piedad de estos pobres!...




IV

De don Pedro Hillo a los señores de Maltrana.

_La Puebla de Arganzón, noviembre._


Aprovecho, mis caros amigos, un corto descanso en esta villa para
darles referencia de nuestra feliz salida de Miranda, ambos con la
triste impresión de la tragedia que muy a pesar nuestro presenciamos.
Si Fernando goza de perfecta salud, no puedo decir lo propio de su
acompañante, el cual, por el canino, ha sentido que le rondan achaques
antiguos. Hállase el tal, es decir, yo, un tanto febril, y no veo las
santas horas de llegar a Vitoria para descansar a mis anchas. Creo que
el susto de Miranda, que considero el más terrorífico de mi vida, me
ha revuelto toda la naturaleza, sacando de los últimos fondos de esta
males viejos, que yo creí dormidos o arrumbados para siempre. No se
asusten, porque ello no será nada, y con reponerme de aquel terror, y
con alimentarme y coger un largo sueño, pienso que he de tornar a mi
habitual temple.

El tal Zoilo Arratia y sus dos compañeros entraron en Miranda, según
mis noticias, el mismo día que nosotros, habiendo hallado alojamiento
con rara prontitud, aunque la vivienda que se les dispuso no fuera
muy de su agrado. A poco de llegar, se abrieron para los tres las
puertas de la cárcel, donde gimen por los graves delitos de deserción y
espionaje. De esto se les acusa; falta que sea verdad su delincuencia,
y me guardo muy mucho de sentenciar a nadie sin conocimiento, que yo
también, ¡ay!, he sido enchiquerado por conspirador, hallándome tan
inocente y puro como los ángeles del cielo. Sean o no criminales los
antedichos sujetos, tienen mi compasión por la pérdida de su libertad,
y les deseo un buen juez, _rara avis_, que les redima o les condene
según su merecido.

Creí yo que el bilbaíno, tan oportunamente puesto a la sombra, no nos
molestaría; pero no ha sido así. Poco antes de partirnos de Miranda,
y cuando nuestro caballero se despedía de sus amigos en el parador
cercano, llegó al nuestro una esquela escrita en la prisión por el
Arratia, y a Fernando dirigida, en la cual manifiesta sentimientos
contradictorios, extraña confusión de arrogancia y miedo, de amenaza
y súplica, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda
desesperación y delirio tienen su asiento. No viendo que por ahí nos
pueda venir peligro, y atento a evitar a Fernando hasta el más leve
motivo de disgusto, guardé la carta y nada le dije. Informo a ustedes
del suceso, porque es mi deber procurar que nada ignoren; mas no
vean en él motivo alguno de intranquilidad, pues para mí no lo hay.
Solo me inquieta mi endeble salud y el deseo de llegar pronto a la
gran Vitoria, donde nos alojará mi amigo el canónigo patrimonial don
Vicente de Socobio y Zuazo, a quien daríamos el gran berrinche si nos
fuéramos a la posada. Cualquiera que sea nuestro albergue, el señor
de Socobio recibirá las cartas que de Villarcayo, de Madrid o de otra
parte del globo terráqueo se nos dirijan... Ya viene Fernando; ya nos
avisan que todo está dispuesto. Oigo el piafar de los briosos corceles.
Partamos... Dios nos acompañe. Reciban los vivos afectos del caballero
y los dos mozos, así como de este humilde capellán — _Pedro Hillo._




V

De don Fernando Calpena a Pilar de Loaysa.

_Vitoria, noviembre._


Querida madre: Ya no puedo ocultar a usted por más tiempo el verdadero
motivo de nuestra larga detención en esta ciudad. No había querido
hablarle de la penosa dolencia de nuestro buen don Pedro, esperando a
que su estado me permitiese juntar en una sola noticia la enfermedad y
su alivio. Por desgracia, no puedo hacerlo así, ni sabe ya contenerse
mi aflicción, la cual ha de ser mayor si no la manifiesto a la persona
que más quiero en el mundo. Sí, madre querida; nuestro excelente y leal
amigo, el que a entrambos nos dio consuelo y ayuda en los tristes días
de nuestra separación, se halla gravemente enfermo desde que a Vitoria
llegamos, y hasta hoy vanos han sido los cuidados y la solicitud con
que le asistimos tanto yo como el señor de Socobio y sus angelicales
sobrinitas. El mal que le aqueja es de los peores y más dolorosos:
una antigua afección a la vejiga, exacerbada en este viaje. Gran
quebranto sufrió la flaca naturaleza de nuestro amado presbítero con
el espanto de las terribles escenas de Miranda de Ebro; mas aunque le
vi profundamente afectado, pensé que con la distracción del viaje y mi
compañía, para él siempre la más grata, no quedarían rastros de aquel
trastorno. Ello es que no volví a ver en mi amigo la jovial sonrisa
y el temple festivo que constituyen su personalidad. En La Puebla
empezaron a molestarle los síntomas primeros de su mal: su tristeza
en todo el camino me reveló su padecimiento, aunque se esforzaba
en ocultarlo. En cuanto nos apeamos, fue preciso llamar al médico,
y el ataque tomó en los días siguientes alarmantes proporciones.
Mantúvose una semana en situación estacionaria, sin alivio notorio
del sufrimiento ni crisis de mayor gravedad. Pero en la siguiente,
esta se ha manifestado con caracteres inflamatorios que me hacen temer
un desenlace funesto. Nada he de decir a usted de la conformidad y
paciencia con que este santo varón lleva su terrible mal: ahoga sus
quejidos para no causarme pena, y en los trances más dolorosos intenta
enmascarar su inmenso padecer con una sonrisa que me destroza el alma.
Habla de la muerte sin temor y hasta con regocijo; asegura que no le
importa morirse después de ver arreglados nuestros asuntos, y a usted
y a mí en libertad y disposición de amarnos. Esta era su aspiración,
este su anhelo. Viéndolo cumplido, no tiene nada que hacer en el mundo.
¡Cuánta abnegación, qué alma tan hermosa!

La asistencia facultativa es excelente, pues el señor Busturia, hombre
de no común saber, grave y estudioso, pone sus cinco sentidos en mi
enfermo. De mi cuidado y vigilancia, velando a su lado noche y día,
nada tengo que decir a usted, pues ya comprenderá que no haría más por
el hermano más querido... Si ocasiono a usted una gran pena contándole
el malestar de nuestro pobre amigo, me consuela el dar a mi madre una
parte de mi tribulación, seguro de que la tomará generosa, por ser mía,
y por ser objeto de ella el hombre nobilísimo y desinteresado que con
tanta lealtad nos na servido.

En estas ansiedades que sufro, siento a mi madre conmigo; ella me da
aliento; ella redobla mi abnegación; su gran le espíritu me conforta.
Quiera Dios que en mi próxima carta pueda enviarle mejores noticias su
amante hijo — _Fernando._




VI

Del mismo a la misma.

_Vitoria, diciembre._


Madre querida: Si en mis tres últimas vengo transmitiendo a usted
esperanzas con gradación muy lenta, en esta, que es la cuarta de
diciembre, creo poder darlas con menos miedo de equivocarme. Me dice
el médico que cree sorteado el gran peligro, y que el enfermo entra
en un período de reparación, si bien es tal su debilidad, que aquella
no puede ser rápida. Ya su estómago admite alimento, y estas noches
últimas ha dormido con sosiego algunos ratos. El grave riesgo de la
reabsorción parece conjurado totalmente. No obstante, me abstengo
de entregarme aún a la alegría del triunfo, pues este es dudoso.
Aprovechando los momentos en que le tenemos despejado, le he leído
algunos trozos de las últimas cartas de Madrid, y aquel en que me
expresaba usted su anhelo de vernos juntos los tres festejando el
restablecimiento de nuestro capellán le afectó de tal modo que hube de
suspender la lectura porque el llanto le ahogaba.

Por cierto que no sé cómo hemos de pagar a este señor de Socobio y a su
familia abnegación tan extremada. Llevamos aquí cuarenta días, con las
increíbles molestias que ocasiona un enfermo grave, y ni un instante he
visto desmentida la bondadosa paciencia de estos señores, ni en ninguna
cara muestras de contrariedad o cansancio. ¿Proceden así por efusión
caritativa o por un exceso de sociabilidad, en la cual prevalece el
culto de los cumplimientos? Creo que de todo hay en un grado superior.

Mucho me complace que ya esté en Villarcayo nuestro ínclito don
Beltrán. Aguardo impaciente su primera carta. Ojalá sea histórica, y
que siga el hombre con la vena de comunicarme los sucesos políticos
y militares con su gracioso pesimismo. La última que me escribió de
Madrid con la reseña biográfica del nuevo ministerio es deliciosa.
¡Cuánto más dignas de los honores de la letra de molde son esas
donosas pinturas que las infinitas insulseces que _fatigan las prensas_
uno y otro día, y que solo servirán, como dice Bretón, _para envolver
los dátiles y el queso_! Y ya que hablamos de notas biográficas, algo
tengo que decir a usted de las mías, pues mi pobre historia, aunque
parece dormida, no lo está, y cuando menos lo pienso se remueve,
causándome tristezas y zozobra. Cuando esté más tranquilo y vea libre
de todo peligro a mi caro capellán, le contaré a usted... Pero no, no:
se lo contaré ahora mismo, para que no caiga en cavilaciones que la
mortificarán más de lo justo.

Vamos a ello, que tengo toda la noche por mía para darle a la pluma.
Hillo duerme y yo velo, platicando con mi adorada madre, que se me
figura está detrás de mí, mirando por encima de mi hombro lo que
escribo. Esta mañana, hallándose el enfermo muy animado, y, según
decía, con ganas de vivir, hablome así: «Fernando, se librará mi alma
de un gran peso si te revelo un secretico». Total: que Zoilo Arratia
se presentó en Villarcayo preguntando por mí el día siguiente al de
nuestra salida. No es esto solo. En Miranda, a donde se cree que
fue en mi seguimiento, acompañado de otros dos individuos que Hillo
desconoce, me libré de tan enojosa visita por la circunstancia de
haber sido presos los tres caminantes a poco de su llegada, ingresando
en la cárcel. ¡Qué raro es todo esto!, ¿verdad, madre mía? Entiende
don Pedro, por algo que oyó en Miranda, que les detuvieron por espías
y desertores. Casi estoy por salir a la defensa de Zoilo Arratia,
no creyéndole capaz de tan feos delitos, si bien por otras infames
violaciones de la ley moral le juzgue merecedor de condenación eterna.
Bueno: sigamos, que aún falta lo mejor del secretico. En su calabozo
escribiome el bilbaíno una carta, que recibió don Pedro mientras
estaba yo en la calle despidiéndome de mis amigos. Naturalmente, por
no disgustarme, se abstuvo de dármela, y la guardó en la cartera donde
lleva sus testimoniales y otros papeles de importancia. «Busca, hijo,
busca ese documento y descífralo si puedes, que para mí el que tales
desatinos ha escrito, más que en el calabozo de una cárcel, debiera ser
aposentado en la jaula de una casa de locos». No tardé en encontrar la
carta, y a la vista la tengo. Escrita con excelente letra española de
pendolista, lleva en torcidos garabatos la firma del esposo de Aura.
Extracto en forma breve sus conceptos delirantes y su nervioso estilo:
«Estoy preso. Juro a usted que soy inocente. Bien puede creerme esto,
como creerá que le odio con todo mi corazón. He venido en busca del
señor don Fernando para que celebremos pacto de amistad, matándonos
como dos hombres bravos... Sálveme, señor... Usted me aborrece, yo le
aborrezco... Decidamos noblemente cuál debe vivir. Si usted estuviera
preso, yo le salvaría. Yo carezco de libertad: démela usted; sálveme,
que bien puede hacerlo con sus influencias. Seamos uno y otro libres,
y al punto se verá cuál de los dos debe vivir y cuál no...».

Vea usted, señora madre, una verdad romántica, salida de la vida real,
y rectifique lo que no hace mucho me escribía, asegurando que el
romanticismo no tiene existencia más que en los libros y en el irritado
numen de los poetas. La tranquilidad espiritual que ahora goza usted le
inspira estos juicios. Según vivimos, así pensamos. Las ideas audaces,
las antítesis violentas, son el centelleo de las pasiones que nos
agitan. La sensatez y el razonar frío nacen de la regularidad, de la
satisfacción de los deseos... La intensidad dramática de un conflicto
personal, de uno de esos nudos fatales que ofrece la vida, hacen de
cualquier hombre vulgar un personaje de Víctor Hugo o Dumas. Andan por
el mundo más Hernanis y más Antonys de lo que ordinariamente se cree...
Sea usted benévola con mi pedantería, y no se inquiete por el repentino
hallazgo de la carta romántica, que a mí no me ha causado el efecto
que su autor, en este caso poeta sin saberlo, ha querido producir en
mi. La guardo y espero. Me va muy bien con este clasicismo a que hemos
llegado, después de tantas turbaciones y angustias, y no quiero salir
de un estado en que gozo la inefable dicha de vivir en comunidad de
ideas y sentimientos con mi querida madre. Pongo fin a estas cosillas
con un aforismo que acabo de descubrir, y del cual doy a usted
traslado para que se ría o nos riamos juntos: _La felicidad es clásica_.

_Domingo._ — No tuve prisa en terminar mi carta, porque el furioso
temporal de nieve nos priva de correo, según dicen, en dos o tres días.
El de Villarcayo me trajo ayer carta de Valvanera, con la noticia de
estar Pepita afectada de calenturas, aunque leves, alarmantes por
la deplorable propensión de esas criaturas a los males de pecho.
Afortunadamente había remitido la fiebre, y esperaban una pronta
mejoría. Trájome también una donosa epístola de don Beltrán, de letra
de Nicolasita, pues la menguada vista del ilustre señor difícilmente
le permite ya, ni aun con cristales de gran fuerza, largas tareas de
escritura. Pero su inteligencia y gracia no merman al compás de la
vista. Había de leer usted, para gozar de ella como yo, la pintura de
las fatigas que está pasando el pobre conde de Ofalia en la presidencia
de ministros. Según don Beltrán, las napolitanas han llevado al
ministerio al noble prócer y diplomático don Narciso de Heredia, porque
en él ven al único arreglador de la intervención extranjera que nos
libre de la guerra civil. Créese que esta vez, como las anteriores,
Luis Felipe, a pesar de su amistad personal con Ofalia y de lo mucho
que le considera, dirá como el pastor: «Con tu pan hago las migas,
que con el viento no se oye». En cambio, el bondadoso conde anda
como atontado entre el barullo de las Cortes, elegidas antes de su
nombramiento, compuestas de oradores fogosos que a todo trance quieren
_ministrar_, aunque sea solo por un par de semanas, para repartir
docena y media de destinitos entre los hambrones de la familia. Las
disensiones del general en jefe con el gobierno le traen loco; el
militarismo crece y todo lo avasalla. ¿Dónde está el hombre de Estado
por quien la nación suspira? El festivo historiador Urdaneta cree que
el Mesías político que esperamos no es otro que su nieto, el marqués
de Sariñán, hace días electo diputado por Tudela, y ya camino de la
corte, _apretándole a ello_ la falta que hace en España su presencia,
según los agravios que piensa desfacer y entuertos que enderezar. Con
estas burlas de su propia estirpe mezcla don Beltrán gallardamente
juicios muy acertados sobre las diversas cuestiones pendientes, como
esa zaragata que ahora se traen por restablecer los diezmos en el ser
y estado que tenían antes del corte que les dio Mendizábal. La lucha
entre el _progreso_ y el _retroceso_, como ahora dicen, se parece a
la controversia que entablaron los conejos acerca de si era pachón o
podenco el can que les perseguía. Confía don Beltrán que _Higinio_ y
_Alejandro_, los héroes de la Granja, habrían de encontrar arbitrios
de gobierno más eficaces que los de estos señores, si les pusieran en
las poltronas, y les dejaran proceder conforme a su elemental criterio,
sin nada de lo mal aprendido en libros o peor cursado en las aulas
parlamentarias. No le oculto a usted que el donaire de nuestro anciano
me hace dichoso, y que no puedo menos de ver en el fondo de él una
observación sagaz y un sentido justo. Es el siglo pasado, filósofo y
analizador, que se ríe del barullo en que nos hemos metido los del
presente, queriendo cambiar de mogollón ideas, formas y costumbres. Si
digo un disparate, no me haga usted caso.

_Martes._ — Continúa el mal tiempo, y los correos empantanados,
contratiempos que tengo por insignificantes, junto a la felicidad de
ver a mi querido clérigo en franca mejoría. Lo que siento es no poder
transmitir a usted por los aires la expresión de mi gozo. Hoy quería
don Pedro escribir a usted un parrafito; pero no se lo he permitido,
porque aún está muy débil. Ya lo hará otro día, cuando los buenos
caldos de gallina que le administran estas señoras vayan dando a sus
sentidos corporales la energía de que hoy carecen. Leo al enfermo lo
que escribo, y con esto se entretiene y es feliz. De esta familia de
Socobio contaré a usted muchas cosas: aún no es tiempo. Son tocos
ellos, varones y hembras, un poco arrimados al _retroceso_, lo cual
no quita un ápice a la bondad de sus corazones y a la excelencia de
su conducta social. Parientes cercanos tienen en la facción, y alguno
va y viene que les trae noticias frescas de lo que en ella pasa. Me
abstengo por delicadeza de hacer indagaciones sobre estos particulares,
y nada les pregunto. Hoy hablaré a usted con preferencia de un
conocimiento que hice anoche mismo, a poco de cenar, por mediación
de nuestro bondadoso don Vicente de Socobio. Hablome de un joven que
ardientemente deseaba conocerme, y abriendo yo al instante las puertas
de mi confianza al desconocido sujeto, no tardé en verle llegar a mí.
En el comedor trabamos un largo coloquio, del cual vino algo parecido a
la amistad, con las naturales reservas, pues el individuo de autos me
ha parecido sumamente agudo, de estos que, revelando extenso saber de
cosas, aún dan la impresión de que ocultan mucho más de lo que revelan.
Es pájaro de cuenta, según las primeras sensaciones de mi olfato, y no
rehúyo las nuevas visitas que me anuncia, pues la de hoy, para hacer
boca, ha sido sustanciosa y de gran interés para mí, como verá usted
por lo que voy a contarle.

Don Eustaquio de la Pertusa, que así se llama, o dice llamarse, este
despabilado mozo, empezó revelándose como uno de los tres individuos
presos en la cárcel de Miranda el día mismo de nuestra llegada: sus
compañeros de viaje y de infortunio eran Zoilo Arratia y otro bilbaíno
nombrado Iturbide. ¿Qué tal? Esto no lo esperaba usted, ni tampoco
que mi visitante se declaró autor de la carta de Zoilo en su parte
caligráfica y en algunos toques de su extravagante estilo. Vamos de
sorpresa en sorpresa, mi querida madre, y no es la menor que el señor
de la Pertusa está libre, como atestigua su presencia corporal, y
los otros infelices continúan presos, ¿Por qué esta diferencia de
suerte? ¿Será porque se ha demostrado que Iturbide y Arratia son
criminales, y don Eustaquio inocente? No, señora; precisamente ocurre
todo lo contrario, y vea usted el giro paradójico de este singular
caso, que entra de lleno en la esfera de las creaciones románticas.
En un arranque de sinceridad y de confianza, que no sé si me asombra
o me asusta, el señor de la Pertusa me ha revelado que sus compañeros
se hallan tan limpios del crimen que se les imputa como los ángeles
del cielo; él, mi romántico personaje, no podía decir lo mismo. Sin
dar tiempo a que yo expresara las observaciones que sobre tan extraña
confesión se me hacían, me agració con preciosos datos de su historia.
En su agitada vida militar y política había desertado dos veces: la
primera, de las filas de los urbanos de Huesca, donde defendió la causa
de Isabel; la segunda, de las filas de Cabrera (división de Forcadell),
donde combatió por la causa de don Carlos. La realidad y la experiencia
persuadiéronle de que ambos ejércitos eran cuadrillas de locos,
igualmente ominosas ambas banderas, funestos sus caudillos, infernales
sus armas; y por estas y otras razones que no podía revelar, hase
afiliado en las banderas de la paz, o sea en el salvador, en el honrado
y noble partido que trabaja por la terminación de la guerra, no con
pólvora y balas, sino con perdones y abrazos. Siguió a esto un ardiente
encomio de los elementos de inteligencia y fuerza que constituyen el
tal partido, al cual pintó como un gran cuerpo invisible dentro y
debajo de las multitudes combatientes y en toda la extensión de la
masa social española. Clero y milicia, nobleza y estado llano, forman
la inmensa hueste de la concordia, y ha de alcanzar esta provocando lo
contrario, o sea la discordia, en el seno de cada uno de los partidos
guerreros. No me parecía mal este plan de campaña de los pacíficos,
y al punto lo relacioné con los últimos disturbios en el ejército de
la reina y los síntomas de indisciplina en el de don Carlos. En buen
hora viniese la descomposición si con ella venía la paz; pero esta no
me parecía, y así se lo dije, muy firme y sólida, fundada sobre el
cimiento de las energías corruptas.

Oyendo al exaltado joven, que se me iba representando como un pez muy
largo y de muchísima trastienda, me asaltó una idea, después otra...
Pensé primero en la monstruosidad inconcebible de que siendo culpable
don Eustaquio e inocentes sus compañeros, hubiera recobrado el malo
la libertad y los buenos no. Interrogado por mí con vehemencia acerca
de este punto, díjome calmoso, clavando en mí sus ojos penetrantes:
«Ellos están presos porque no tienen quien les ampare. Yo estoy libre
porque cuento con relaciones, y por muy hondo que caiga, no me falta
nunca un clavo sólido a que agarrarme. Escribí a un amigo, este habló
con un personaje que no puedo nombrar, y héteme en la calle, sin que
se nos dijera por que salía yo y mis compañeros se quedaban». Tanta
iniquidad, injusticia tan cínica y desvergonzada, me sublevaron. ¿Pero
España es así y ha de ser siempre así? ¿Es en ella mentira la verdad,
farsa la justicia, y únicos resortes el favor o el cohecho? ¿Y sobre
ese terreno, más bien charca cenagosa, se quiere fundar cosa tan grande
como la paz?

Voy a la otra idea, que sin atormentadme como esta, también embargaba
mi espíritu. «¿Por qué viene don Eustaquio a contarme a mí todas
estas cosas? —me decía yo, observándole sin dejar de oírle—. ¿Qué
ha visto en mí que pueda inducirle a tales confidencias? ¿Es un
conspirador, un temible espía, o un farsante insustancial? Si su
oficio es el espionaje, ¿por cuenta de quién lo practica?». De pronto
surgió rápidamente de estas ideas otra, y sin preparación alguna se
la solté en esta forma ruda: «Señor de la Pertusa, usted es agente de
don Eugenio Aviraneta. No le pregunto por qué o por quién conspira,
ni me importa saberlo. Solo le digo que pierde usted el tiempo si
ha intentado tantearme para que le ayude en sus maquinaciones». Y
él replicó al instante, gozoso, estrechándome la mano: «Señor don
Fernando, no puedo revelar a usted quién es mi jefe inmediato. Solo
le digo que soy soldado de la paz, algo más que soldado, aunque no es
bien que declare por ahora mi graduación. Por la paz trabajo, por la
paz sufro persecuciones. He querido conocer y tratar a usted, porque el
señor Socobio, a quien reverencio como a uno de los más calificados de
la _Causa pacífica_, le designó entre los que creen que para terminar
la guerra debemos meter cizaña en ambos ejércitos, desacreditar a
sus caudillos, fomentar el cansancio de la tropa, el hastío de los
pueblos». Yo no había sostenido que esto se hiciera y trabajara
como se amasa y cuece un pan, sino que era un hecho, un caso real,
engendrado por hechos y casos precedentes. Pertusa, que, como todos los
conspiradores, declaraba obra suya los fenómenos históricos, producto
de la vida colectiva, afirmó que lo que yo llamaba hechos era resultado
de la campaña de los _pacíficos_. Despedíle al fin, fatigado de tan
larga conferencia; pero él me anunció nueva monserga para el siguiente
día, ansioso de comunicarme cosas que a su parecer me interesaban, y a
cambio de este servicio me pediría mi cooperación en una forma que no
había de comprometerme. Más que mi recelo ha podido mi curiosidad, y
aquí me tiene usted con más deseo que temor de que vuelva.

He vacilado, querida madre, en expresar aquí una idea que me asaltó;
pero dejando pasar la noche sobre ella, mi voluntad se ha decidido a
manifestar a usted todo lo que pienso. He dormido mal, atormentado por
esta idea, más bien propósito, que va usted a conocer ahora mismo. La
injusticia me irrita, me subleva. No sea el favor instrumento del mal;
séalo alguna vez del bien. Tengo amistades valiosas; dispongo de algún
favor. No soy digno de mí si no voy a Miranda y pongo en libertad a
los dos inocentes Zoilo Arratia y José Iturbide.




VII

Del mismo a la misma.

_Vitoria, diciembre._


Madre amadísima: Doy y usted me da los parabienes por la mejoría de
nuestro capellán, ya bien manifiesta, y la informo de la segunda
aparición del tal Pertusa, en el cual veo ya claramente un pájaro muy
sutil. Añado que es agradable, de rostro moreno, con vivísimos ojos
de ratón, sonrisa de pícaro redomado, mediano de cuerpo, de palabra
fácil y graciosa. Un detallito para concluir de pintarle: estudió para
cura, hasta recibir las primeras órdenes. Dejando la Iglesia por las
armas, recibió en las filas de los urbanos primero, en las de Cabrera
después, la última mano de la educación social con borla de doctor en
toda humana picardía. En filas le dieron el mote de _El Epístola_, que
ostenta como recuerdo glorioso de sus campañas.

Voy a mi asunto. En la de hoy interesante visita (transposición
tenemos), empezó por suplicarme el suministro de cuatro onzas para
proseguir su viaje, de que han de resultar notorios beneficios a la
_Causa pacífica_, y antes de saber mi conformidad con este audaz
expolio, me doró la píldora, notificándome que en Vitoria se hallaba
la cuadrilla de _Uva_, en la cual hay personas que podrán darme
informes preciosos de lo que más vivamente me interesa. ¿He dicho
algo a usted de la cuadrilla de _Uva_? Creo que sí. En efecto, la
banda de cantineras ha entrado en Vitoria con la división de Buerens.
Y puedo decirlo por propio conocimiento, pues cuando escribo esta ya
estoy de vuelta de la posada de San Blas, donde, guiado por el amigo
Pertusa, he podido ponerme al habla con los apreciables vagabundos que
surten de aguardiente a nuestros soldados. El primero que me saltó a
la vista, por conocerle de antiguo, fue _Churi_, el endiablado sordo,
que se manifestó descontento de verme, y no empleaba, como otras
veces, el lenguaje de sus garatusas expresivas. Su estado de ropa
y carnes es lastimoso. Me causó mucha pena; díjele como pude que a
Bilbao volviese con su familia, y el señor _Uva_, un sujeto que afecta
gravedad impropia de su condición y oficio, respondiome por él que eso
mismo le recomendaba la cuadrilla toda, sin conseguir quitársele de
encima. Una mujer a quien llaman _Seda_, huesuda, larguirucha y muy
charlatana, pegó la hebra; y como notase en mí no poco agrado de oírla,
me llevó aparte, y entre sacos de paja y dornajos, me largó esta página
biográfica, que extracto para no cansar a usted.

El tal _Churi_, que padece la enfermedad o monomanía del amor, con
la contrariedad de que su sordera le imposibilita para satisfacer su
espiritual anhelo, se prendó locamente de una hermosa mujer llamada
_Saloma la navarra_; rechazado por esta, y brutalmente apaleado por
un tal Galán, al parecer marido, recayó el infeliz en su dolencia,
eligiendo para dama de sus pensamientos a otra graciosa mujer, también
llamada Saloma, con el aditamento diferencial de _la baturra_, y tanto
la persiguió el pobre bilbaíno con sus galantes obsequios, tales
muestras le dio de la fineza de su inclinación, que hubo la moza de
sentir, si no amor, compasión, accediendo a concederle su cariño.
Si este satisfizo en los primeros días al desgraciado joven, pronto
hubo de encontrar que el forzado afecto de _la baturra_ no colmaba
la ilusión de su alma enamorada, ávida de inefables consuelos. Se
advierte que las aspiraciones amorosas de _Churi_ son elevadísimas, no
contentándose con la fácil conquista de la mujer, sino pretendiendo la
suprema comunión, el himeneo ideal...

Ya comprenderá usted, querida madre, que con los datos que me da
la señora _Seda_, en su rudo y deslavazado estilo, compongo yo mi
historia, procurando la mayor fidelidad en lo sustancial. Sigo, con
el recelo de que usted verá en lo que escribo antes la novela que la
historia. Lo mismo da: adelante... Pues a las dos semanas, Saloma no
podía resistir ni la persona ni las extremadas demostraciones patéticas
del pobre _Churi_. No pocos anduvieron en compañía de dos individuos
de la cuadrilla de _Galvana_, trayendo y llevando recados a una señora
que se apareció medio loca en Orduña, y anduvo desatinada por los
caminos, hasta que su familia la recogió en Salinas de Oñoro. Con los
enredos que de dicha señora se traían, fueron Saloma, _Churi_ y sus
dos compañeros a Laguardia; siguieron hacia Labastida, y como _la
baturra_ no se recatase en manifestar su preferencia por uno de los de
_Galvana_, guapo mozo, cabal en todos sus sentidos, trabáronse el tal y
_Churi_ en grande pelea, primero a puño limpio, luego con navajas, de
la cual porfía resultó la dama más estropeada que los galanes; volvió
el sordo lleno de achuchones y puntazos al corral pacífico de _Uva_,
y de Saloma no se supo más sino que en Miranda terminó su turbada
existencia, recibiendo cristiana sepultura en el camposanto de aquella
villa.

Madre mía, oigo a usted exclamar: «Novela, novela», y yo digo:
«Historia, historia». Pulimentando la forma del texto, por el maldito
vicio de corrección a que nos induce la llamada cultura, sé que echo
a perder el pintoresco relato de la señora _Seda_. Pero ya no tiene
remedio. ¿Cuándo inventarán un daguerrotipo de los sonidos que nos
permita sorprender la palabra humana en toda su espontánea belleza...?
Pues sigo...

No, no sigo, que estoy cansado. Hasta mañana.

_Viernes._ — ¿Se fijó usted en la muerte de _la baturra_? He aquí
un enigma descifrado. Yo mismo empiezo a dudar, y digo con usted:
«¿Novela...?». Adelante. Agregado _Churi_ otra vez a esta cuadrilla, no
pasó mucho tiempo sin que aparecieran nuevas erupciones del volcán de
su pecho. No habiendo por allí hembras del buen ver de las dos Salomas,
_navarra_ y _baturra_, ofreció su alma a una viuda que vendía tabaco,
la cual le doblaba la edad, conservando restos apenas perceptibles
de una destruida hermosura, contemporánea de Talavera y Arapiles.
Díjome _Seda_ con discreción que si no había logrado el sordo poner
digno remate a su conquista, no debía de andar muy lejos de ello,
a juzgar por ciertas blanduras que notaba en el arisco carácter de
la _Pringosa_, que así llamaban al nuevo ídolo. Lleváronme a verles
en un corral donde el galán y la dama, con otros de la partida, se
ocupaban en los poéticos menesteres de limpiar él los borricos, y ella
de remendar los aparejos. Hallé en la dama notoria semejanza con una
característica que hemos visto en Madrid mil veces haciendo papeles
de patrona o de Celestina en piececillas y sainetes; pero no puedo
recordar cómo se llama. Traté de interrogar a _Churi_ para que me
aclarase el punto (convengamos en que la verdad se tuerce y descompone
en mis pobres manos, convirtiéndose en novela), el punto oscuro, digo,
de la señora trastornada, de la señora que vagaba por la Peña de
Orduña, de la señora... en suma, de la que habría tenido un dramático
fin, si no la recogiera su familia en Salinas de Oñoro; mas nada pude
obtener del desgraciado mozo, que parece ya tan corto de inteligencia
como de oído, y es un arca cerrada con las llaves de la imbecilidad.
Sus ojos, antes tan vivaces, ya se cuajan atónitos y mortecinos; su
boca ha perdido los mohínes que sustituían la palabra; su cuerpo
languidece. No hay manera de entenderse con él ni de que pronuncie dos
conceptos acordes. Parece que solo le entiende la _Pringosa_, y que
su alma, aislada de todo el universo, solo para ella tiene lenguaje y
expresión de alma humana. Dejele al fin, cansado de sacudir golpes en
aquella puerta para que se abriese. Está enmohecida, y las ideas que
guarda también son roña y podredumbre. ¡Infeliz _Churi_!

Antes que se me olvide: el gran presbítero entra en convalecencia
franca. Come y bebe con mediano apetito. Le permito el uso de lápiz y
papel para que satisfaga el deseo de escribir a usted participándole su
resurrección. Pues sigo: me ha parecido que el servicio del _Epístola_,
dándome a conocer la sociedad de los aguardenteros, a quienes debo tan
útiles informes, bien merece una recompensa. He puesto en su mano tres
onzas, asegurándole que disfrutará de otras tres si cuando regrese de
Vizcaya, para donde parte sin dilación, me trae noticias auténticas de
todos los individuos de la familia de Arratia.

_Sábado._ — Me ha turbado toda la noche, quitándome el sueño,
el recelo de que usted no apruebe el encargo que di al condenado
_Epístola_. Lo primero que hoy hice, al levantarme, fue mandarle venir
a mi presencia para retirar mis órdenes y deseos de nuevas noticias.
Con otra pelucona completo lo que me pidió, y le advierto que no quiero
saber nada, que no se acuerde más del santo de mi nombre. Pero mientras
corto comunicación con un pasado triste, veo que se adhiere más y más a
mi espíritu la idea que ya manifesté. Quiero libertar a Zoilo Arratia,
quiero emplear en aquel desgraciado enemigo mío los sentimientos de
justicia que llenan mi corazón. Nada haré sin el consentimiento de
usted. ¿Cree que me conviene guardar para otra ocasión mi sed de
justicia, y que mi cristiana idea no debe tener aplicación por ahora?
Dígamelo: que no hay para mí mayor gozo que someter mi criterio al de
mi buena madre, y expresar con mi subordinación mi grande amor. ¡Oh,
que no fuera mañana mismo el venturoso suceso que usted me anuncia,
reunirnos en una casa que comprará en Burgos, Briviesca, o Medina de
Pomar! ¿Dónde? Si usted no me lo dice, me encariñaré con el sitio antes
de conocerlo. Puesto que usted aguarda solo a que calmen los fríos
para venir cerca de mí, a mi lado quizás, yo al lado suyo, contaré
los días que restan de diciembre, los del próximo enero, calculando
que al término de ellos comenzará la mayor dicha de mi vida. Y cierro
esta: ya es bastante. El tiempo mejora; la nieve se derrite; el frío
es tolerable. Que pase, que pase pronto. Días asoleados y placenteros,
venid, venid. Abrazos mil de su amante hijo — _Fernando._




VIII

De Pilar de Loaysa a don Fernando.

_Madrid, enero de 1838._


Hijo mío, niño, sí, sí, cuando pasen los fríos... Pero estos fríos
¿qué hacen que no pasan? Por mí no los temo, a pesar de mi delicada
salud; pero me han fijado ese plazo, y es forzoso que yo me someta a la
voluntad de quien puede y debe dirigirme... Ya han pasado los Santos
Reyes, tan guapos con sus trajes de púrpura, su lucido séquito, sus
camellos arrogantes... Ahora estoy esperando al venerable san Antón,
con la barba hasta la cintura, su tosco sayal, y el cerdito tan mono;
le oigo ya los pasos... Tras él, muy cerquita, viene san Sebastián, y
poco falta ya para estar a las puertas de febrerillo loco. Pronto, niño
mío, sí, prontito... ¡qué gusto!

¡Ay, ay, cuánto he llorado con tu última carta! Tu anhelo de justicia,
tu sublime rasgo de caridad, salvando al enemigo injustamente
condenado, te enaltece a mis ojos; me siento orgullosa de ti. Ríanse
otros de la caballería, de ese ideal del bien y la justicia tan
arraigado en almas españolas; yo no me río, no puedo reírme de eso.
Lo llevo en la masa de la sangre. Caballeros mil tengo entre mis
antepasados. En ti se reproduce mi raza generosa, cristiana, grande por
el valor, por la abnegación y el heroísmo. Tienes a quien salir.

Te diré con entera franqueza lo que pienso sobre el particular. La
catástrofe de tus amores en Bilbao me obligó a imponerte una sumisión
absoluta, y con ella te salvé de mayores desastres; pero no he querido,
no, decapitar tu voluntad ni matar tu iniciativa. No puedo menos de
considerar, al propio tiempo, que al revelarme a ti y descorrer el
velo de tu origen, si te he dado el consuelo dulcísimo de poseer una
madre, he quitado a tu personalidad en el mundo aquel brillo, aquella
dignidad, ¿por qué no decirlo?, que ostentan personas nacidas de padres
menos ilustres, pero en condiciones normales y regulares. Esto es tan
delicado que no sé cómo decirlo. Pero tú lo entiendes, mi bien, y me
basta. Bueno: pues el conocimiento de tu origen nos trajo, creo yo,
la abdicación de tu voluntad. Mi amado hijo me resulta un muñequito,
¡ay, sí!, un lindo juguete sin vida para recrear la mía. No, no: esta
condición muñequil no puede satisfacerte, ni a mí tampoco me satisface.
El vacío de que antes hablé, producido por la irregularidad del origen,
no se llena sino con la rehabilitación de la voluntad, para que con
ella emprendas altas y nobles acciones. Lo que te falta: aprecio de ti
mismo, conciencia robusta de tu valer, créalo tú con potente audacia,
fundando un hombre nuevo sobre las ruinas del pobrecito chasqueado en
la villa heroica; lo que de menos tienes en dignidad por tu origen,
búscalo ahora y agrégatelo y complétate... ¿Me entiendes? Creo que
sí... Pues bien: tus impulsos de caballería me saben a gloria... Soy
muy caballeresca. Te reconozco. Apruebo plenamente que quieras ganar
lo perdido. Tus ideas cristianas de suprema hidalguía y virtud son la
grandeza que yo quiero para mi hijo. Sí, da libertad a ese hombre.

Pero, ¡ay!..., aguarda..., no... Me dejo arrastrar de mi imaginación...
¿Y si te pasa algo? Ya sale aquí la madre. ¡Oh, sí!, la madre tiene
que mirar por tu vida, por tu felicidad. ¿Y si todas esas grandezas
morales y caballerescas me privan de tu felicidad, de tu vida...? No,
Fernando, no hagas caso de ajenas desdichas. Deja a ese hombre que
se arregle como pueda... Retiro lo que habrás leído. Habló antes la
ricahembra; ahora habla la madre. Súbitamente me vuelvo muy ñoña. No me
resigno a que el amor de mi vida afronte los peligros de la ingratitud,
de la brutalidad de un hombre que es quizás un malvado... No, no:
consérvateme muñequito; desechemos las aventuras, el quijotismo, las
sublimidades peligrosas... Ya soy vieja, y quiero mi paz, tu felicidad.
Seamos clásicos, muy clásicos...

Permíteme que suspenda esto y que aguarde algunas horas para pensarlo
mejor...

He pensado, y me decido al fin porque no tomes ninguna resolución,
al menos hasta que yo vaya y hablemos. El otro podrá aguardar en la
cárcel. ¿Qué le importa un mes más o menos? Seamos egoístas..., digo
clásicos.

No estoy conforme, no. Me tomaré un plazo más largo, toda esta tarde y
toda la noche. Mañana, con mi cabeza despejadita y fresca, pronunciaré
sentencia definitiva. En tanto, no habiendo para mí otra alegría que
escribirte (pues mientras vacío en el papel mis pensamientos, me
figuro, como tú, que por encima de mi hombro miras lo que escribo),
déjame que garabatee un poco más, hablándote de otros asuntos. Pues
sí: le cuento los pasos al buen san Antón, y preparo mis bártulos
minuciosamente, apuntando todo lo que he de llevar para que no se me
olvide nada. A mi muñequito le llevo mil juguetes. Otros muñequitos
como él, que se llaman Víctor Hugo, Dumas, Byron, Walter Scott, a
los que he provisto de elegantísima ropa, encuadernación lujosa, con
cantos dorados. Esto de los cantos dorados es objeto de mis mayores
ansias, y a propósito del brillo y pureza del oro, he tenido terribles
agarradas con el sastre de libros, _vulgo_ encuadernador. Para tu
romántica persona llevo también tapas lujosas, abrigos de pieles, pues
me temo que aun después de mi llegada persistan los fríos enojosos.
Y para nuestro buen capellán no faltará provisión de magnífica ropa
de invierno. Vigilo el arreglo de mi silla de postas y la proveo de
todas las comodidades. Y no quiero ocultarte que iré bien preparada
también de recursos morales, de hábiles defensas contra las intrigas
de Juana Teresa. Por Valvanera he sabido que fue a Laguardia con
el único objeto de denigrarme, revelando a los Navarridas secretos
que descubrió revolviendo los papeles de don Beltrán. La impresión
producida en aquella gente sencilla y timorata, ha sido de recelo y
disgusto, pues _doña Urraca_ supo presentar las cosas por el lado
que le favorecía, y llenar de escrúpulos el cerebro de las muchachas
y de sus apreciables tíos. La situación, hoy por hoy, es la que a
renglón seguido te expreso: doña María Tirgo, resueltamente en contra
nuestra, con terquedad irreductible; don José María, vacilante, sufre
grandes angustias y bascas, pues queriéndote de veras y admirándote,
se siente bajo la presión y horrible dominio de los de Cintruénigo.
Su mansedumbre y debilidad son un gran peligro, pues me temo que al
fin su hermana le arrastre, y le veamos en una actitud marcadamente
hostil. Fíjate bien en que don José María es tutor de las niñas, y
que Demetria se halla bajo la autoridad tutelar hasta los veintitrés
años, que cumplirá en mayo del 39. ¿Te vas enterando? Demetria no
podrá contraer matrimonio sin licencia de su tutor, y este, según la
ley, no está obligado a dar ninguna explicación de su negativa. Por
todo lo expuesto, mi querido hijo, en conciencia debo aconsejarte
que suspendas por ahora tu viaje a Laguardia. Conviene que nos demos
un poquito de tono. Nuestra dignidad nos exige no mostrar un interés
excesivo, ni las prisas del solicitante importuno. Ello ha de venir por
su propia madurez: no nos precipitemos. ¿Estás conforme? Aseguro que sí.

Y va de noticias. Ha llegado a Madrid mi excelso sobrino el marqués
de Sariñán, con la investidura de diputado por Tudela. Pásmate: no
ha ido a buscar alojamiento apropiado a su categoría en Genieys ni
en las otras dos medianas fondas que aquí tenemos, y se ha metido en
casa del amigo Mendizábal, sujetándose a un modesto pupilaje. Viste
regularmente; pero sus camisas, obra de la tijera y aguja de _doña
Urraca_, ofrecen un corte de cuellos de extraordinaria novedad. A poco
de jurar su cargo, se ha lanzado a la oratoria, haciendo su estreno
en la marimorena de los diezmos con un discursito pálido, aprendido
de memoria, que ha pasado como un rumor, sin dejar eco más que en el
_Diario de Sesiones_. Forma en las filas del más furioso _retroceso_,
con Alejandro Mon, y Castro y Orozco. Dícenme que gestiona la compra le
bienes monacales a bajo precio, entendiéndose con los que liquidan y
tasan. De esto no respondo. Lo verosímil no siempre es verdadero.

_Domingo._ — He pensado, he meditado anoche... Vuelvo de misa: en
mi espíritu se confirma esta resolución, que sin duda me inspira
Dios. Hijo mío, haz lo que te dicte tu gran corazón. No me determino
a limitar tu libertad, la preciosa iniciativa de quien lleva en sus
venas sangre de tantos héroes antiguos y modernos. Sé lo que digo, y lo
escrito, escrito está. Llena mi alma la convicción de que Dios ha de
protegerte, y a mí no me negará el consuelo de verte triunfante. Ansío
que tu alma se fortalezca de dignidad, que tu conciencia se recree
contemplando la nobleza de tus acciones. Dios está contigo. ¿Cómo no,
si ya soy buena, si te idolatro, si eres mi vida? No temo nada. Que
a ti y a mí nos gobierne tu magnánimo corazón. Mil besos de tu madre
amorosa — _Pilar._




IX

De don Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena.

_Villarcayo, enero._


Joven ilustre: En estos regalados ocios, mi ancianidad se repara de
sus quebrantos, y heme aquí menos vejestorio, no te rías, de lo que
a primera vista represento. Hasta la facultad de ver, que era entre
todas las mías la más averiada, parece recobrarse, y aquí me tienes
escribiéndote sin auxilio de Nicolasita. Esta y su hermana me encargan
que no deje para lo último el ponerte sus memorias; insisten en que
las eche por delante, en los comienzos de la carta. Así lo hago, y
relámete, ingratuelo, con los dulces afectos que te envían mis nietas.
Toda la descendencia de mis queridos hijos está vendiendo vidas, lo que
me regocija en extremo, porque dice Valvanera que yo he traído la salud
a su casa. ¡Qué orgullo para mí...! Entre paréntesis, me hiciste mucha
falta para las magnas obras del nacimiento que armé a los chiquillos, y
para la venida de los Reyes, que representamos en el salón con desusada
solemnidad, sin que faltaran camellos corpóreos, negros _de carne_, y
la estrella refulgente. ¡Y tú en Vitoria, detenido por la enfermedad
del eximio capellán! Gracias sean dadas a Dios por la mejoría de tu
amigo. Solo falta que decrete pronto el restablecimiento y os traiga a
los dos para acá.

Ya sé que presenciaste en Miranda un suceso histórico. Fea y
horripilante página te tocó, joven ilustre. Pero así se aprende. En
mi campaña del Maestrazgo hube de familiarizarme de tal modo con
los fusilamientos y el continuo sacrificio de seres humanos, que
ya ni un ligero temblor me producían espectáculos tan terribles.
¡Bonita Historia de España están escribiendo unos y otros, mi querido
Fernando! En parangón con esos trágicos anales, debemos presentar
nosotros los del género festivo, de que te mandé algunos capítulos
matritenses, que guardarás como oro en paño. La Providencia se encarga
de encariñarme con esta para mí fácil tarea, proporcionándome activos
corresponsales, que me envían, sin yo pedirlos, preciosos datos. Dime
tú: ¿tienes noticia de la toma de Morella por los carlistas? ¿Sabes
cómo fue? ¿A que no? Pues yo he recibido hoy mismo carta de un amigo
que dejé por allá, Nicasio Pulpis, el cual, como autor principalísimo
en aquel lance, me lo describe puntualmente. Antes de referírtelo,
déjame filosofar un poco, déjame que sea también algo profeta, que
el profetizar es propio de ancianos alumbrados por la experiencia.
Pues digo que ahora, con la posesión de aquella plaza en el riñón del
Maestrazgo, centro de una imponente masa de baluartes construidos
por la naturaleza, Cabrera, cuyo militar instinto y ciega bravura
conozco _de visu_, será dueño de toda la región española que derrama
sus aguas en el Mediterráneo. Pronto le verás dominando la plaza de
Castellón. Ambas riberas del Ebro, desde Caspe a los Alfaques, serán
suyas, y, por fin, Valencia prolífica, con sus codiciados frutos y
sus lindas muchachas, caerá en la garra del fiero _leopardo_. Este se
ha de crecer, no solo por la importancia colosal de las posiciones
que posee, sino porque su ejército y territorio se mantienen libres
de la discordia y corrupción que reinan en el Norte. Lo que creó
Zumalacárregui en Navarra y Guipúzcoa se desmorona por la imbecilidad
del partido eclesiástico; en cambio, lo creado por Cabrera en oriente
adquiere cada día más vigor, porque allí no hay partidos, allí no hay
más que la voluntad férrea de un gran soldado. El dualismo destruye
la facción en el Norte; la unidad la fortifica en el este. Verás muy
pronto a Cabrera emancipándose de la autoridad de su menguado rey y
combatiendo por un absolutismo acéfalo, que llamaremos protectorado,
dictadura. He aquí, Fernandito, que lo que no han podido las realezas
con el apoyo clerical y las defecciones del ejército, lo puede un
pelanduscas con algunos puñados de barro popular. Apunta todo esto
que te digo, para que si cierro el ojo antes de lo que deseo, veas
confirmada en los hechos la profecía del humorístico don Beltrán.
Cuando la realeza falla, cuando la milicia es impotente, inepto el
cleriguicio, incapaz la aristocracia, veamos, hombre, veamos si aparece
algo grande y fuerte en medio del surco abierto en la tierra, allí por
donde anda la reja del arado. ¿En dónde crees tú que está la energía?
¿En los señoritos, en la nube de palaciegos y empleados, en los de
pluma en la oreja, en los de espada al cinto, en los asentistas y
contratantes, en los que comen de fonda, en los que andan muy huecos
porque han bebido algunas gotas de lo que llaman el _espíritu del
siglo_? No sabes contestarme. Miras en derredor tuyo, y no ves la
energía. Yo tampoco la veo; pero sé donde está y me lo callo, porque no
crean que chocheo, que desvarío. Y como te veo arrugar el ceño, corto
aquí mi vena profética y te contaré cómo ganaron los carlistas la plaza
de Morella, y el ingente castillo enclavado en risco inexpugnable.
Pues salió de la plaza un aprovechado artillero cristino, más traidor
que Judas, y propuso a Cabrera construir una escalerita, cuyas medidas
bien tomadas dio, con la cual podían subir al castillo veinte hombres,
favorecidos de la oscura y tempestuosa noche. Ello fue un asalto
de teatro; vieras allí trepar a los baluartes, franqueando ásperas
rocas talladas a pico, a la vil comparsa con el traidor a la cabeza.
Sorprenden al centinela y le dejan seco. Apodéranse del depósito de
granadas de mano, y la emprenden contra la guarnición, que acude a una
defensa tardía. El gobernador trata de forzar la puerta del castillo,
ya en poder del audaz asaltante, y resbala y cae, y se disloca ambos
tobillos. La guarnición desmaya, recoge del suelo a su jefe, y adiós
Morella. Se largan de la plaza, viendo la imposibilidad de defenderla,
una vez perdida la cúspide del fortísimo mogote, que es como un gigante
con cabeza de hierro, manos de fuego y patas de granito.

¿Qué te parece de este hecho de armas? Dirás que es vulgar, villano.
No, hijo: es la guerra elemental y primitiva. Ahí tienes cómo sin
paralelas, ni planos, ni artillería, ni minas, ni nada de ciencia
militar, se toma una formidable plaza. ¿Pero qué digo? Fundamento de la
militar ciencia es la astucia. Añádele el arrojo, y tienes el perfecto
soldado. Ahora irán los sabios a recobrar a Morella, y verás lo que
sacan... Te lo repito, sé dónde está la energía; pero me lo callo.
Quiero llevarme a la tumba ese supremo conocimiento.

Y hablemos de otra cosa, ea. Al pobre don José M. de Navarridas le
tenemos loco, de la grande perplejidad en que le ha puesto _doña
Urraca_, pintándote como un monstruo de vilipendio. ¡Horror de los
horrores! ¡Vaya, que tú monstruo! Y yo, ¿qué seré...? Lo menos
el Anticristo. Nuestra generala Pilar, que ya se dispone a venir
a regocijarnos con su presencia divina, nos manda suspender las
hostilidades, y a mí me recomienda la prudencia, pues opina, con muy
buen juicio, que si tomo partido por vosotros con demasiado coraje, el
furor de la _hidra de Cintruénigo_ puede precipitar las cosas de un
modo desfavorable para ti. No hay duda que el benditísimo Navarridas,
a quien tiene trincado por los cabezones la implacable Tirgo, negaría
el consentimiento si fuésemos tan simples que pidiéramos a deshora la
mano de la niña. No haremos tal. Nos consta que las últimas embestidas
para que apechugue con Rodriguito han sido tan infructuosas como las de
marras. Se mantiene en sus trece, ¡vaya una hembra!, guardando en su
alma, con piadoso recogimiento, la devoción del monstruo.

Adiós, hijo mío. Recibe los dulces afectos de esta familia y la
bendición de tu anciano amigo y maestro — _Don Beltrán._




X

Del mismo al mismo.

_Lanestosa, febrero._


_Chiquío_: Allá te va más historia, y de la palpitante, de la que
duele. Henos aquí refugiados en la villa de Lanestosa, donde hemos
tenido que replegarnos todos con la familia menuda, batería de cocina
y regular impedimenta de provisiones, huyendo del dios Marte, que se
metió inopinadamente en nuestro valle de Mena, mandando primero por
delante gavillas de facciosos, trayéndonos después dos divisiones
del ejército del Norte, que iban al socorro de Valmaseda. Tan feo
mohín vimos en la cara y entrecejo del citado dios de la guerra,
que acordamos retirarnos por el foro, trasladándonos a la casa de
Juan Antonio en Lanestosa, donde hemos esperado el resultado de
los brillantes hechos de armas que han despejado aquel territorio,
arrancando a Valmaseda _de las garras del retroceso_ (así dice el
alcalde de esta villa, el cual goza de merecida fama por la finura de
su estilo).

A la salida de Villarcayo me encontré a Baldomero, con quien charlé
como una media hora, de la cual consagramos algunos minutos a tu
persona, pues él me preguntó por ti, y yo le informé de tu feliz
situación presente, agregando los vituperios que me parecieron del
caso. También vi al general Fermín Iriarte, a Latre y a Castañeda.
Conociendo mi repugnancia de referir hechos militares, que comúnmente
son cortados por un patrón casi invariable, no me exigirás puntual
noticia de los achuchones que en aquellos riscos y barranqueras se
dieron unos y otros. Ello es que el caudillo faccioso Cástor Andéchaga
recibió un tremendo palizón, y que serán inscritos en el libro de la
historia los nombres de Viérgol, Orrantia y Gordejuela, donde corrieron
torrentes de sangre, según dicen, que yo no lo he visto. Uno y otro
día, desde el 29 de enero, escaramuzas y combates se sucedían, llevando
la mejor parte los de acá. Pero tanta y tanta fuerza acumularon esos
indinos en los montes circundantes de Valmaseda, que el de Luchana tuvo
que echar el resto, embistiendo con el brío que suele gastar, y al fin
las _huestes del progreso_ (sigue hablando mi alcalde) forzaron el paso
de Orrantia, con lo que quedó sellada la victoria, y el _servilismo_
en desordenada fuga. Veremos lo que duran estas ventajas, pues según
observo, en la presente guerra no hay más que un tejer y destejer
continuo, y un tomar y dejar territorios. Cruel sangría derrama la
vida de la patria en el suelo de esta, y si no se la cierra pronto,
las venas no contendrán más que miseria y podredumbre. Ya me parece
un bromazo demasiado cruel la contienda entre el _don Isidro_ y la
_angélica_, y hay que pedir a Dios y al rey de Francia otros cien mil
tataranietos de san Luis, o de san Felipe, que vengan a poner orden y
concierto en esta casa de orates, donde no hay ningún loquero que sepa
su obligación.

En fin, hijo mío, que tú has de ver muchas cosas que ojalá no
sean tan tristes como las presentes. Aunque todo ha terminado, y
Valmaseda y su comarca son de Isabel, y ningún riesgo correríamos
en Villarcayo, seguiremos disfrutando del buen tiempo y del sosiego
de este lindo valle, y aquí estaremos hasta que recale tu madre en
Medina, acontecimiento dichoso que nos anuncia para el próximo marzo.
Valvanera y Juan Antonio te escribirán. Hoy me toca a mí, con el
auxilio de Nicolasa (pues la condenada vista se me ha resentido de la
jarana de estos días), ponerte al corriente de nuestra fuga, sin que
grandes ni chicos hayan sufrido la menor alteración en su salud. Ni
una tos infantil hemos oído en el tiempo que aquí llevamos, y fuera
de la ansiedad por lo que pudiera ocurrir en la casa de Mena, todo
ha sido bienandanzas. Que te veamos pronto, niño, y que tu capellán
se recobre, y que tu mamá nos visite, y que nos reunamos todos para
general satisfacción, presididos por la venerable persona del viejo —
_Urdaneta._




XI


Agotada la preciosa colección de cartas que un hado feliz puso en manos
del narrador de estas historias (lo que no ha sido flojo alivio de
tan rudo trabajo), su afán de proseguirlas, revistiendo de verdad la
invención y engalanando lo verdadero, oblígale a lanzarse otra vez por
valles y montes, ojeando los acontecimientos y las personas, que de
unas y otros da pingüe cosecha la España de aquellos días. Favorecido
de otro hado benéfico, de los muchos que andan entre gente de pluma,
tuvo la suerte de adquirir en su primera salida conocimientos muy
útiles, y allá van del magín al papel, comenzando por la noticia bien
comprobada de que hasta principios de marzo no pudo abandonar Calpena
la hospitalaria esclavitud de los señores de Socobio en Vitoria, por no
permitir salida más temprana la convalecencia del capellán, que solo en
aquella fecha se presentó segura. En un buen coche, con escolta de los
dos criados, bajaron a Miranda, donde solo se detuvieron algunas horas.
Después de celebrar breve plática con don Leopoldo O’Donnell, que
mandaba la fuerza, de repararse de alimentos y dejar en la cárcel un
recado verbal, por mediación del presbítero Bonifacio Cebrián, primo de
Sabas, partieron para Briviesca, donde estaba concertado el encuentro
con la señora condesa de Arista, que venía de Madrid. No consta la
fecha exacta de la extremada felicidad de la madre y el hijo al verse
juntos de hecho, aunque ya por el pensamiento y el amor lo estaban
muy estrechamente; pero ello fue algunos días antes de la festividad
del glorioso patriarca san José. Y como el más lerdo puede imaginar,
cual si las viera, las ternuras, la hermosa efusión del encuentro de
aquellas almas, se omite la descripción prolija del suceso. Fernando
reconoció en su madre la dama ilustre, amorosa, inteligente, tal como
su viva imaginación la construyera; Pilar le había visto como al
escondite, en teatros y sitios públicos, el año de Mendizábal; mas
viéndole ya sin miedo, y teniéndole tan seguro en sus brazos, por
larguísimo rato le apretó en ellos con rígida fuerza, como si temiera
que se le quitaran. En el agraciado rostro de Pilar de Loaysa, la
huella de las penas y ansiedades largo tiempo sufridas concordaba las
facciones con la edad; pero en el cuerpo y talle salían burlados los
años, pues por mucho que se quisiera estirar los cálculos no podían
pasar de los treinta. De la dignidad, nobleza y elegancia de su porte,
cuanto se diga sería pálido. Voz y modales declaraban la mujer de alto
nacimiento.

—¿Recuerdas haberme visto alguna vez? —preguntó a Fernando.

—Sí; una vez, una noche, en el teatro del Príncipe.

—Es verdad. Hacían _Los hijos de Eduardo_. ¿Y tú...?

—No sospeché, no... Recuerdo haber dicho: «¡Qué elegante señora!...»
Usted me miró un momento con los gemelos, nada más que un momento... Yo
la miré con los míos largo rato. Entró en el palco mi entonces jefe, el
gran don Juan Álvarez...

—¿Por qué no me tuteas?

—Porque, con su permiso, el tutear a las personas mayores me parece
irrespetuoso. No todas las modas novísimas me convencen.

Este breve diálogo y el decir don Pedro, elevando al cielo las palmas
de las manos, que aquel era el día más feliz de su vida, fue una suave
transición desde la escena de ternura a la espléndida comida que se les
sirvió en el parador de Briviesca. Traía la condesa cuatro individuos
de servidumbre, de los cuales tres pertenecían al sexo fuerte, y un
mediano cargamento de baúles y cajas. En lo restante de aquel día y
parte de la noche, no dieron don Fernando y Pilar paz a las lenguas,
ávidos de la comunicación verbal, que por primera vez gustaban y que
les resarcía de las reservas y discreciones que impone la escrita. El
gesto, el signo, la sonrisa, la expresión de ojos y boca, eran para
entrambos nuevo lenguaje que estrenaban con delicia. No se saciaban, no
veían el fin de su charla seria, festiva, grave, infantil. Durmieron
tranquilamente, y al siguiente día tempranito partieron, por Oña, a
Medina de Pomar, con la buena compañía de un tiempo primaveral que
estimulaba el regocijo de sus corazones. Entraron en la ilustre villa
al caer de la tarde, ocupando una de las mejores casas del condestable
duque de Frías, arrendada por Pilar desde principio de año, y ya con
todo esmero provista de cómodos muebles y de cuanto han menester las
personas hechas a la vida regalada. Con los criados que desde febrero
estaban allí y los que acompañaron a la condesa, el caserón tomó
prontamente aspecto de señoril morada, sin que nada faltase en ella.
Las primeras visitas fueron las de Maltrana y don Beltrán, que no cabía
en su pellejo de alborozado y vanaglorioso. Poco tardó en presentarse
Valvanera con sus niñas, y no hay para qué decir que el besuqueo
y las ternezas no tenían fin. Quince o más días duraron aquellas
satisfacciones, y tan del gusto de Pilar era la compañía del viejo
Urdaneta, que al despedirse los Maltranas, le retuvo en su palaciote,
con mucho gusto de él y de don Fernando. Forzoso era que este partiese
al cumplimiento de obligaciones que se había impuesto, y en las cuales
hubo de confirmarse, previo el asentimiento de su buena madre, que una
y otra vez le repitió estas memorables expresiones:

—Hijo mío, yo te privé de la voluntad en una época de revolución; pero
te la he devuelto. En ti resigno toda autoridad; tu corazón grande a ti
y a mi nos gobierna. Confío en Dios, que apartará de tu cabeza todo mal.

Convinieron en que don Pedro no le acompañaría, por el quebranto, no
bien reparado aún, de su salud endeble, y se agregó a la servidumbre
de don Fernando un criado antiguo de la casa de Cardeña, al cual Pilar
trajo consigo; hombre muy para el caso, honrado y valiente como buen
guipuzcoano, del propio Éibar, fuerte como un oso, leal como un perro,
muy corriente en lengua éuskara, y conocedor de la topografía del país,
así como de toda Navarra y alta Rioja. Llamábase Juan Urrea, que quiere
decir _el oro_, y había servido en los estados aragoneses de Arista y
Javierre antes de pasar a la guardería de la Encomienda, famoso coto
de la casa ducal cerca de Madrid. Pilar fiaba en sus cualidades, que
realmente eran oro puro, y en su poder muscular, semejante a la virtud
del acero. Retirose a Villarcayo el criado de Maltrana, y don Fernando
salió con Urrea y Sabas, dejando en Medina el coche, que más bien les
servía de estorbo en los caminos que habían de emprender. Triste se
quedó la de Arista en su caserón; pero confiada en la buena estrella de
su amado hijo, sobre cuya cabeza veía y sentía la bendición del cielo,
juntándose para fortificar esta confianza el amor y la fe. Don Beltrán
y don Pedro extremaban los recursos sociales para distraerla, y a los
pocos días le mandó Valvanera, en compañía del mayordomo de la casa y
del cura de Medina, a su hija Nicolasita, para mejor asistencia en la
soledad de la noble señora.

Llegado que hubo el caballero a Miranda, se personó en el alojamiento
de O’Donnell y allí se estuvo dos largas horas; salieron juntos,
regresaron con otro señor que parecía como anfibio, entre paisano y
militar; la siguiente mañana se la pasó don Fernando midiendo repetidas
veces con sus pasos la distancia entre la cárcel y el ayuntamiento,
y entre este y la comandancia militar, acompañado en estas correrías
por el diligente padrito Cebrián, pariente de Sabas. Durillo estaba
el empeño en que puso toda su energía el señor de Calpena; mas tanto
pudo al fin su constancia, su abnegación, y en algunos puntos del
_via crucis_ su largueza, que al fin, a las seis de la tarde del 4 de
abril entró en la cárcel de Miranda, con la orden _a rajatabla_ para
que el alcaide pusiera en libertad a los presos Zoilo Arratia y José
Iturbide. Era un caso, no nuevo, de las corruptelas de la justicia en
tiempo y país de guerra; mas el caso suele acontecer aquí en tiempos
y territorios de paz. Achaque es este del favor, forma del _milagro
administrativo_, sustituto de la razón así para el mal como para el
bien.

La entrada de don Fernando en el calabozo donde materialmente se
pudrían en mísera inanición dos seres humanos, fue por demás patética.

—¡Eh!..., Iturbide, Arratia —dijo al franquear la puerta, seguido del
calabocero y del curita—, están ustedes libres. ¡Al fin!... Más vale
tarde que nunca.

Iturbide saltó del suelo, en que yacía como un ovillo, y exclamó
abriendo los brazos:

—¡Jesús, Jesús mío!

Zoilo, tumbado como un tigre moribundo, rugió palabras ininteligibles.
No se enteró de lo que oía: su actitud era de estupor soñoliento,
casi de idiotismo. Por la reja entraba bastante luz solar para que
Calpena pudiera ver la frente y mejillas del bilbaíno despellejadas
por sus propias uñas, el desvarío de su mirada, la demacración de sus
facciones. Hubo de atender a Iturbide, que atacado de loca alegría se
hincó a sus pies besándole las manos.

—¿Es usted... ese don Fernando? Le esperábamos... Nos dijo el padrico
que usted nos sacaría... Zoilo juraba que no... Yo confiaba en Dios...
y en usted, don Fernando de mi alma.

—Fuerte bromazo, ¿verdad? ¡Cinco meses!

—¡Cinco siglos, señor!...

—¿Y qué ha dicho la ley?

—¡La ley...! Esa puerca indecente, ¿qué ha de decir? Aquí han entrado
los ministriles a preguntarnos cosas que no sabíamos, y a enredarnos
en mil trampantojos... Tan pronto éramos desertores como ladrones
en cuadrilla. Y papeles van, papeles vienen. Preguntar a Bilbao,
preguntar a Burgos... Ya ni sabíamos qué declarar; y si mentíamos,
malo; si decíamos la verdad, peor. Hemos estado en el infierno antes de
morirnos, y bendito sea el ángel de Dios que nos ha sacado, bendito mil
veces.

—Díganme... ¿qué ángel sacó al compañero de ustedes, el _Epístola_?

—Un señor militar que no conocemos. Entró y dijo: «Pertusa, ven», y
nada más. Nos quedamos solos Arratia y yo.

—¿Y nadie ha mirado por estos dos pobres mártires?

—Por estar padre baldadito, vino un amigo de casa; pero nada pudo
conseguir. Llegó luego don Sabino, el padre de Zoilo, con un rimero de
cartas para generales, clerigones de acá y de allá, y después de andar
de Herodes a Pilatos, como un loco, se fue en busca de Van Halen, que
está no sé dónde, y de don Santos San Miguel, a quien se habrá tragado
la tierra. Un mes hace que don Sabino se despidió de nosotros, hecho un
mar de lágrimas, diciendo: «Volveré pronto», y esta es la hora que no
le hemos visto. Si usted no nos salva, creo yo que aquí nos habríamos
muerto de rabia y miseria.

Zoilo, en esto, se había puesto en pie con no poca dificultad,
arrimándose a la pared, y miraba con espantados ojos a los tres sujetos
allí presentes. No creyó don Fernando que era ocasión de mayores
explicaciones dentro de aquel insalubre, odioso recinto, y cogiendo a
Zoilo por un brazo, dijo:

—Aquí no hacemos nada. Vámonos fuera.

Dejose llevar el bilbaíno sin proferir palabra. La impresión del aire,
la viva luz de la calle, abatiéronle de tal modo, que no pudo tenerse
en pie y cayó como cuerpo muerto. Urrea y Sabas, que en la puerta
aguardaban, cogiéronle en brazos y le llevaron al alojamiento de su
señor, en una da las mejores casas de la calle principal. Iturbide,
ansioso de vivir, animalizado por el hambre, devoró los primeros
alimentos que se le presentaron. Zoilo fue colocado en el propio lecho
de Calpena, donde no hacía más que dar vueltas, morderse los puños y
proferir expresiones oscuras, que ya parecían rencorosas, ya de piedad
o desconsuelo. Gran parte de la noche, su aspecto y actitud fueron
de un animal herido. Cayó por fin en profundo sopor. Durmiose don
Fernando en la propia estancia, sobre un duro canapé, y a la madrugada,
despertado súbitamente por la torcedura de cuello y los dolores que su
angosto lecho le producía, sintió rebullir a Zoilo y creyó que lloraba.

Así era, en efecto. Le observó, acercando a su rostro el candil que
había quedado encendido, y en tono campechano, de amistosa reprensión,
le dijo:

—Señor Arratia, paréceme que las tres de la madrugada no es la hora más
propia para llorar. Más cuenta le tendría comer algo, pues desde que
salió de la cárcel no ha entrado en su cuerpo ni un buche de agua...
Qué, ¿no me contesta...? Bueno: pues yo me voy a dormir a otro cuarto,
y llore usted todo lo que quiera... Mire: sobre aquella mesa hay un
buen trozo de cordero asado que, aunque frío, está muy sabroso, y pan
y vino superior. Elija entre vaciar de lágrimas el cuerpo o echarle el
sustento que ha menester. Yo no he de ponerme más gordo ni más flaco
por lo que usted coma... Qué, ¿no contesta y vuelve la cara...? Pues
le aseguro que no tengo ningún interés en que usted viva... Cada uno
hace de su vida lo que le place... Bueno: ahí se queda. Yo me voy...

Ya salía, cuando Zoilo le cogió por el faldón, deteniéndole suavemente,
sin mirarle. De pronto se incorporó, diciendo con voz opaca:

—Señor, yo lloro de rabia..., de rabia contra mí mismo... Sepa usted
que soy hombre de un querer muy fuerte, y cuando quiero una cosa, la
quiero tanto... que por la fuerza de mi querer, sucede. ¿Me entiende?

—Explíquese mejor, amigo.

—Pues libre estoy rabioso, como rabioso estuve preso, porque no me ha
salido la cuenta. Yo quería la libertad; pero quería que me la diese
otro, no usted..., y quería que no hiciera caso de la carta que le
escribí... Este era mi querer fuerte, fuerte, como todo querer mío... Y
luego resultó lo contrario: que no me sacó otro, que me sacó usted, que
hizo caso de mi carta, que se olvidó de nuestras ofensas... y por eso
estoy furioso, señor, porque no me gusta equivocarme, porque no me he
equivocado nunca..., y porque ahora me encuentro que, siendo usted mi
salvador, tengo que quererle, y no quiero, no quiero...

—¡Oh!, eso es mortificarse vanamente, pues a mí me importa poco que
usted me quiera o no. Si le agrada el tenerme rencor, porque así lo
siente, téngalo en buen hora; si piensa que busco el agradecimiento, se
equivoca. A nada está usted obligado conmigo. Y libre queda el hombre
para querer quererme, o para querer lo que más le acomode. Ea, que yo
necesito descansar. Ahí se queda usted con sus quereres y sus rabias, y
puede elegir, a su libérrimo querer, entre la comida que allí tiene, y
el comerse sus propios puños. Abur, amigo, y hasta mañana.

Sin añadir una palabra ni esperar respuesta, se retiró don Fernando a
otra estancia, donde pudo dar algún descanso a sus molidos huesos.




XII


Trajo el siguiente día la novedad de que la expedición del conde de
Negri había entrado en tierra de Burgos, lo que puso en inquietud a
Calpena, por si la guerra turbaba el sosiego de su madre en el apacible
retiro de Medina. Mas O’Donnell le tranquilizó, asegurándole que las
operaciones contra Negri eran hacia la parte de Belorado y límite de
Soria. Desayunándose con su gente en una estancia baja, que solo porque
comían en ella tenía derecho al nombre de comedor, le dijo Iturbide:

—A ese bruto de Zoilo hay que dejarle con sus manías, y no pretender
meter una razón dentro de aquella cabeza, que es un sillar redondo,
señor, un verdadero sillar que no tendría precio para rueda de
molino... Ahora está con la tema de que el agradecer es carga muy
pesada. Para mí no es carga, señor, sino más bien alas con que uno
vuela.

—¿Y qué tal? ¿Ha comido?

—Todo el cordero que allí había, y otro tanto que le llevé yo después.
Come que come, pues una vez en ello no sabe acabar, me decía: «Veré
si con el alimento voy entrando en caja y me sale la gratitud. Es un
compromiso, Pepe, deberle uno la libertad a ese don Fernando... Nunca
creí que yo pudiera ser esclavo de nadie, y ahora lo soy, pues para
mayor pena, hasta nos da de comer. Tengo que ser su amigo, y él podrá
despreciarme si quiere, y hacerme más infeliz de lo que soy».

Creyendo ver Fernando en la franqueza de Iturbide buena ocasión para
adquirir los anhelados informes de la familia de Arratia, se le llevó
de paseo, y no fue necesario ningún estímulo para que el bilbaíno,
siempre locuaz, en aquel caso agradecido, desembuchase cuanto sabía.

—Puedo asegurarle, señor, que Zoilo casó el mismo día o noche de
Luchana, y que sin esperar a la entrada de Espartero, se largó a Bermeo
toda la familia, con los recién casados... ¿Qué dice? ¿Que ya esto
lo sabe? ¿Sabe también que Aura, por soplos de gentuza, se enteró de
que usted vivía y de que fue a Bilbao, trastornándose con la noticia
y poniéndose tan perdida de la cabeza que tuvieron que encerrarla?
¿Sabe también que se escapó, y que más de un mes estuvieron sin poder
encontrarla, y la dieron por muerta, y hasta le cantaron el funeral?

—Lo del funeral no lo sabía. Sigue.

—¿Sabe que una vez encontrada, y conducida en coche a Bilbao, ha
sufrido unos rarísimos cambios de humor, un quita y pon de razón y
locura, pues semanas tenía de querer a su marido y hacerle fiestas,
semanas de odiarle y recibirle con las uñas cuando a ella se acercaba?

—De ese tejemaneje de sinrazón y cordura no tenía noticia. Adelante.

—Todas las mujeres son de muy extraña condición; pero esa más que
ninguna. ¿Sabe usted que Zoilo estaba dado a los demonios y no vivía
y se tiraba de los pelos, y que no quedó médico en Bilbao que a la
niña no visitara? ¿Sabe que Zoilo encontró una carta escrita por usted
a doña Aura, y llevada por _Churi_..., y que cuando la leyó se puso
más loco que su mujer, y quiso pegar a su padre y a su tío y a todo
el género humano? Pues fue un paso terrible, del cual se enteró todo
Bilbao. El motivo de venir _Luchu_ a estas tierras fue como le voy a
contar. Quería buscarle a usted y proponerle, por buena composición,
que se hiciera otra vez el muerto, para que, con el convencimiento de
que el don Fernando no existía, entrase en razón doña Aura y pudiese
el matrimonio vivir en paz. Si usted a esta figuración de muerte se
prestaba, de acuerdo con la familia, serían los dos amigos, Arratia
y don Fernando; si a la farsa saludable no se avenía, no quedaba más
remedio que quitarse de en medio uno de los dos, desafiándose a
muerte. Esta era su idea; pero la familia no quería verle en tales
trapisondas, y le estorbaba la salida. Muy terco es él, como usted
sabe, y cuando se le mete una idea en la cabeza, antes muere que
dejársela quitar. Su tío Valentín era el único en la familia que
apoyaba el viaje de Zoilo a Castilla, para que recogiese a _Churi_
y le llevase atado codo con codo. Esto y el aquel de acompañarme a
mí, cuando mi padre me mandó a sacar a mi hermano del Provincial
de Segovia, sirvieron de pretexto al amigo Arratia para ponerse en
camino... Y solo me falta decirle que más allá de Valmaseda nos
encontramos a Eustaquio de la Pertusa, con quien habíamos hecho
amistad en Bilbao, estimándole por su agudeza y buena conformidad.
Juntos los tres, el _Epístola_, nos sirvió de mucho para franquear los
pasos ocupados por facciosos, pues con ellos hace buenas migas. Entre
paréntesis, diré a usted que Pertusa reparte papeles impresos con la
cantinela de _Paz y fueros netos_, que es la bandera que sacan ahora
los que ya están hartos de guerra y de pretendiente absoluto... Pues
sigo: andando los tres, cada cual con su objeto, llegamos a Miranda,
donde nos pasó lo que usted sabe; que, a mi cuenta, nuestra prisión
y desgracia no tuvieron otro motivo que el haber venido con Pertusa,
hombre muy travieso y fino, que se mete por el ojo de una aguja, por
lo que le anda siempre buscando las vueltas la policía del general
Espartero... Ya conoce el señor el milagro a que debió mi hermanillo
la vida en el fusilamiento del 30 de octubre, y la conmutación de
su pena... De los cinco meses de martirio en la cárcel nada tengo
que decirle, pues anoche le conté cuánto padecimos hasta que se nos
apareció el ángel en forma de don Fernando, que nos dio la libertad y
la vida. Bendito sea mil veces, y Dios le prospere y haga dichoso en
premio de su grande caridad.

—Ignoraba yo —le dijo Calpena gozoso— mucho de lo que me has contado,
y con ello se disipan las dudas que me atormentaban. Ya empiezo a
cobrar tu parte de deuda conmigo por la libertad que te di. Si quieres
completar el pago, habla con ese bruto, persuádele a que sea explícito
y franco conmigo, declarándome sin ningún rebozo todo lo que piense y
cuantos propósitos respecto a mí le inspire su terquedad. Los tercos en
ese grado me hacen gracia; digo mal, me cautivan, me entusiasman; creo
que de los tercos indómitos es el reino de la tierra.

Toda aquella tarde estuvo Iturbide trasteando a su amigo y amansándole
el genio, para lo cual, en vista del reparador apetito que se
le había despertado, empleó argumentos de comida exquisita y de
vinos superiores, y la cabeza de _Luchu_ recobraba lentamente su
facultad pensante, sin perder nada de su dureza de pedernal. Toda
la mañana siguiente estuvo Calpena en la comandancia recogiendo
noticias de la guerra, sin desechar las que de política corrían, las
unas verosímiles, absurdas las otras. Véase la muestra: se había
descubierto una conspiración civil y militar para quitar la Regencia
a doña María Cristina y darla..., ¿a quién, Señor?, al infante don
Francisco de Paula. Por lo disparatado y extravagante, encontró este
notición fácil acceso en la mayoría de las cabezas. Ello debía de ser,
en opinión de muchos, un nuevo delirio masónico. Por otra parte, el
moderantismo triunfante, o _retroceso_, desataba vientos de discordia.
En casi toda la Península se había declarado el estado de sitio, sin
más objeto que perseguir y encarcelar a los _libres_; la imprenta
era toda mordazas; el ministerio marchaba francamente por la senda
del absolutismo, emulando al príncipe rebelde en la estolidez de sus
disposiciones tiránicas, y, para colmo de locura, se arrastraba a
los pies de Luis Felipe, pidiéndole una intervención humillante para
terminar la guerra, sin obtener más que los _desdenes de las Tullerías_
(así hablaban los que querían distinguirse por un fino lenguaje). Y en
tanto, las dos hermanitas napolitanas habían reñido, y la gobernadora,
que hasta entonces fiara en la espada de Espartero como garantía de
su causa, comenzaba a recelar del de Luchana, volviendo sus ojos a
Ramón Narváez como amparador más seguro y arriscado. Para darle la
fuerza material de que carecía, se le mandó organizar un ejército
llamado de reserva, con cifra de cuarenta mil hombres, y el aparente
objeto de perseguir bandidos y facciosos en las provincias manchegas
y andaluzas. De todo esto, que a Miranda llegaba desfigurado y con
más bulto del que realmente tenía, sacaban los oficiales comidilla y
distracción en la tediosa vida del campamento.

De vuelta Fernando en la casona que habitaba, hallose a Iturbide de
gran parola con Arratia en el comedor, frente a un jarro de vino, y
con el pasatiempo de una barajilla sebosa. Soltó Zoilo con desdén las
cartas al ver a su libertador, y brindándole el asiento más próximo,
se arrancó al instante con lo que tenía que decirle, ya muy pensado y
medido desde por la mañana:

—Señor, dice Pepe que sea yo franco con usted, y yo digo a Pepe que
más claro he de ser que el agua, pues la claridad está en mi natural.
Con lo que he comido se me ha vuelto a meter la razón en esta parte de
la cabeza donde tiene su hueco, y con la razón y la claridad en mí,
por muy bruto que yo sea no puedo desconocer que al señor le debo la
libertad y la vida, contra lo que yo deseaba. Pero ante lo que es, no
valen suposiciones ni falsos quereres... Hasta hace poco tiempo era mi
voluntad que usted se muriera, y créame que la noticia de su verídica
muerte habría sido mi mayor alegría. Hoy, ya que no puedo desearle
la muerte de verdad, si quiero que lo sea de figuración, para que mi
esposa se cure de su mal de recuerdo, y perdida la esperanza, se acaben
en ella los arrechuchos lunáticos que son mi desesperación, mi rabia y
la mayor desdicha que puede padecer un marido enamorado.

—Pero, hombre —le dijo Calpena con jovialidad—, ¿cómo quieres que yo me
haga el muerto? Dile a tu mujer que no existo, a ver si te cree. Corres
el peligro de que habiéndola engañado la primera vez, no te crea en la
segunda... Pero, en fin, ¿cómo hemos de componer esa falsa opinión de
mi muerte? Explícalo tú.

—Pues, señor..., o muriéndose de verdad... o fingiéndolo, como en
una comedia que vi yo en Bilbao, en la cual uno, que no me acuerdo
cómo se llamaba, salía en el ataúd, y en el propio panteón le metían,
resultando que no estaba sino dormido por la virtud de un brebaje...

—¿Y esas paparruchas de comedia quieres tú que las llevemos a la vida
real? La curación de tu mujer podría costarme cara, y no estoy yo en
disposición de prestarme a esos fingimientos ridículos y peligrosos,
después de lo que padecí con su deslealtad y tu atrevimiento, pues tú
no ignorabas que Aura era mía, y con tu obstinación, ayudada de malas
artes, la engañaste y la hiciste tuya. Ya no te la disputo: puedes
estar tranquilo; pero no he de ayudarte a devolverle la razón, pues no
fui yo quien se la quitó, sino tú.

—Señor —dijo Zoilo levantándose con movimientos difíciles, como quien
sufre desazón y mal gobierno de todos los músculos de un lado—, si me
riñe lo aguanto, porque es mi deber aguantarlo... Pero yo no callo nada
de lo que siento, y con toda la verdad de mi corazón declaro que no
hay más que dos caminos para mí: o que usted se muera o que yo me mate,
pues así, créamelo, Zoilo Arratia no puede vivir.

—Yo he cumplido contigo un deber de conciencia, y nada más tengo que
hacer. No quiero yo la vida para jugar con ella imitando lances de
teatro, y mientras estés en mi compañía no he de consentir que te mates.

—Señor, si mi mujer no cura, yo no vivo.

—Tu mujer curará.

—¿Cuándo? Veinte médicos han dicho que no curará mientras sepa que vive
el que me escucha.

—Pues hay otro médico que dirá lo contrario, si le consultas.

—¿Cuál? ¿Dónde está?

—Es el tiempo, bruto.

—¡El tiempo...! Eso dice mi padre. Claro, si viviéramos quinientos
años, puede que para entonces...

—El tiempo corre y pasa, y por tanto, cura, más pronto de lo que tú
crees... ¿Qué dices, qué piensas?

—Señor —replicó Zoilo tras larga pausa, en la cual parecía querer
horadar su frente con el dedo índice—, estoy pensando una cosa... Se
me ha ocurrido una idea, una gran idea... ¿Quiere que se la diga? Pues
pienso que para el caso nuestro, ya que usted no se muera, al menos, al
menos..., debía casarse. Todo es matar la esperanza.

—¡Casarme! ¿Y es esa la defunción fingida que me propones?... No te
digo que no me case algún día... ¿Qué estás remusgando ahí? ¿Que ha de
ser pronto? ¡Pues, hombre, no pretendes poco!... Todo se ha de arreglar
a tu satisfacción.

—Siempre quiero las cosas con fuerza, con toda mi alma, y por eso lo
que yo quiero es.

—También yo he querido con fuerza, y... nada.

—Porque no quiere como es debido... Porque usted duda, y sabe cosas que
le hacen dudar más; porque usted no es un bruto del querer.

—Pues ahora quiero una cosa... Verdad que es fácil. Pero aunque fuera
difícil se haría. Mañana nos vamos. ¡Oído! Que todo el mundo se
prepare. Os llevaré a Vitoria, donde me has dicho que está tu padre.

Aseguró Iturbide que, por unos alaveses llegados aquella mañana, se
sabía que el señor don Sabino había salido de Vitoria en busca de
su grande amigo el general carlista Guergué. Mandó don Fernando a
Sabas a la comandancia para que se informase del paradero del tal
cabecilla, pues el bien montado espionaje daba diariamente noticia de
los movimientos del enemigo, y la respuesta no tardó en venir: Guergué
estaba en Peñacerrada. Al pronto no se hizo cargo don Fernando de
la situación de esta villa, cuyo nombre hirió sus oídos como lugar
conocido; pero Sabas le sacó de dudas diciendo:

—Está entre Laguardia y el condado de Treviño.

—Pues por esa parte —dijo don Fernando con nervioso susto, más bien
desgana, que no pudo disimular— irán ustedes, yo no.

—¿Lo ve, lo ve? —gritó prontamente Zoilo, gesticulando con ardor—. No
sabe querer... ¡A Laguardia, señor!... lo quiero con toda mi alma. Lo
quiero, lo quiero, y como no vayamos todos allí, me estrello la cabeza
contra la pared.

—Eres un bárbaro... ¿Y qué fundamento, dímelo, qué razón tienes para
ese querer tan vivo...?

—¡A Peñacerrada y Laguardia!

—¿Crees que encontrarás a tu padre...? ¿Y si antes de dar con él, dan
con nosotros los carlistas, y nos prenden o nos matan?

—Usted teme, usted no sabe querer.

—Hombre, es que...

—El que quiere con fuerza no teme.

—Está bien. Pero supongamos...

—El que quiere con fuerza no supone nada: va derecho a su fin... A
Laguardia, señor...

—¿Por qué ese empeño en que vayamos a Laguardia?

—Señor, porque allí está su novia.




XIII


Festivo y locuaz estuvo Calpena el resto de la tarde, tirando de la
lengua al bruto de Zoilo para gozar con sus extravagantes teorías
del querer fuerte, y reunidos en el llamado comedor, bebieron y
jugaron con discreta fraternidad amo y criados y amigos, guardando
cada cual su puesto en las alegrías de aquella igualdad temporal.
Como llegaran nuevas referencias del paradero de Guergué, dándole
por internado en el condado de Treviño, resurgieron las dudas acerca
del punto a donde se dirigirían. Iturbide se mostraba temeroso,
Zoilo aferrado a su violento querer, y al fin propuso Fernando que
decidiera la suerte, comprometiéndose todos a la obediencia de lo que
el misterio de la fatalidad les señalara. El arduo caso fue sometido
al fallo de _cara o cruz_, encargándose Zoilo, como el más inocente
de la cuadrilla, de arrojar al aire la moneda, previa designación de
Laguardia por la figura y Treviño por la cruz. Salió esta, y nadie se
atrevió a manifestar oposición a tan grave sentencia. Los medrosos
y los arrojados ocupáronse con igual ardor en los preparativos para
la caminata del siguiente día, que emprendida fue sin tropiezo al
despuntar de la aurora, por el camino real de la Puebla.

Buenos caballos adquirió Fernando para los dos bilbaínos; pero
Iturbide, que se había pasado la vida primero en su oficio de fabricar
poleas, después en el servicio militar de infantería, no era un
prodigio en la equitación, y su impericia daba lugar a cada instante
a lances muy graciosos. A Zoilo, regular jinete, no le permitía su
debilidad mantenerse en la silla con todo el garbo que él deseara. No
habían andado dos leguas, cuando encontraron un destacamento de tropas
que salió de Miranda la noche anterior. El capitán que lo mandaba les
dijo:

—¿Pero están ustedes locos? ¿A dónde demonios van?

De los informes resultó que todo el condado hervía de facciosos,
que las comunicaciones con Vitoria estaban interrumpidas, que en
Peñacerrada habían acumulado mucha fuerza, fortificando todas las
alturas. Lo mejor que podían hacer los caminantes era volverse a
Miranda, o tirar para Salinas, aunque por este punto también había
peligro.

Pasados les primeros minutes de perplejidad, manifestáronse dos
opiniones: en la boca de don Fernando, valeroso y prudente, la de
seguir el juicioso consejo del capitán; en la de Zoilo, que era la
temeridad irreflexiva, la de marchar hacia adelante, obedientes al
oráculo de la moneda arrojada al aire. Seguramente prevalecería la
voluntad del que era señor y amparo de todos, en quien el sentimiento
del deber y la responsabilidad de las ajenas vidas se aunaban.
Apartándose del camino, echaron pie a tierra para descansar y tomar
alimento, al pie de unos álamos que ya se vestían de su hoja nueva, y
eran como apacible tienda de sombra y frescura. Allí se repusieron, y
no habían concluido de matar el hambre cuando vieron venir una partida
de aldeanos de ambos sexos, en borricos y a pie, como gente presurosa o
fugitiva.

—Paisanos, ¿qué ocurre...? —les preguntó Sabas saliéndoles al
encuentro—. ¿Hay olor de facciosos por esta parte?

—Olor no, sino peste de ellos —replicó un viejo ladino que montaba
el burro delantero—. Somos de Berganzo, y de allí nos ha echado el
_asoluto_, después de quemarnos el pueblo. _Asolación_ mayor no se ha
visto.

—Hacia la parte de Samaniego, ¿ocurre algo?

—En Samaniego —chilló una mujer, que con dos niños en brazos montaba
el segundo borrico—, no han dejado esos perros ni cántara de vino, ni
doncella, ni nada.

—¿Qué sabéis de Laguardia?

—Que anoche, _dende_ Toloño, se veían las llamas de la villa, ardiendo
por los cuatro costados... En Peñacerrada han metido los _carlinos_
sin fin de tropa, y han puesto cañones en el castillo, cañones en
Larrea... No es mal hueso el que arman allí. Díganme, señores: ¿vendrá
don Espartero a roerlo? Porque si no viene, y pronto, ¡pobre Rioja
alavesa!... Dios nos tenga de su mano. Ea, caballeros, que tenemos
prisa para llegar a Miranda, pues de atrás no vendrá cosa buena.
Hace un cuarto de hora, al rebasar de Berantevilla, oímos ruido de
zalagarda... ¡Hala, que es tarde!... Abran calle... Agur, y viva _la
Isabel_...

Apenas se alejó, buscando el camino real, la medrosa caravana, miraron
todos el rostro de don Fernando, que poniendo corto espacio entre la
duda y la afirmación, resolvió de plano con firmeza y aplomo.

—Amigos —dijo—, avancemos por el rastro de esa pobre gente, y tal vez
hallaremos otros fugitivos a quienes podamos prestar socorro.

Con gallarda confianza respondieron los cuatro a tan airosa
determinación, y Zoilo se lanzó delante, gritando:

—¿Ve usted, señor, cómo sale lo que yo quería? Mi querer fuerte apuntó
para Laguardia, y a Laguardia vamos. ¡Marchen! No puede pasarnos cosa
mala.

Media legua más allá encontraron nuevos grupos que confirmaban las
alarmantes noticias del primero, con alguna variación, pues el pueblo
que desde Toloño se había visto arder no era Laguardia, sino Páganos.
Cada cual agregaba nuevos horrores dictados por el miedo. Halló Sabas
gente conocida; le daba en la nariz el tufo de su tierra, oliendo a
quemado, y el hombre no vivía; habría querido ir de un vuelo, y ver
y apreciar la extensión del desastre. Las últimas noticias recogidas
a media tarde eran que los _absolutos_ habían pasado la sierra de
Toloño; que casi todos los habitantes de Laguardia habían huido,
pasando el Ebro por el vado de Cenicero, no sin peligro, pues también
rondaban partidas por aquella parte; que Peñacerrada era un infierno
de fortificaciones; que..., en fin, que se acababa el mundo, y que nos
encontraríamos todos en el valle de Josafat.

Sin perder sus bríos ante tales demostraciones de pánico, siguieron
su marcha, y a la caída de la tarde Sabas descubrió dos aldeanos de
Samaniego, el uno pariente suyo, por quien tuvieron más claros informes
de lo que vivamente les interesaba. Aterradas por el incendio de
Páganos, escaparon de Laguardia todas las familias pudientes que no
pertenecían a la opinión _servil_. Las niñas de Castro y doña María
Tirgo, formando caravana con las de Álava, no fueron de las últimas
en la escapatoria; mas ignoraba el informante si corrían hacia el
Ebro, pues algunos que tomaron aquella dirección, habían regresado
desde Elciego, huyendo de una partida. Era lo más probable que
hubieran tratado de escabullirse hacia San Vicente de la Sonsierra,
para buscar el vado y pasar a Briones... Mientras más embarulladas y
contradictorias eran las noticias que recibían, más se confirmaban
los cinco expedicionarios en la resolución de ir adelante, movidos
simultáneamente de un generoso impulso que no sabían definir. Era la
voz del destino que aquella dirección les marcaba, impeliéndoles hacia
un fin favorable o adverso, hacia el cual corrían como las mariposas
hacia la luz.

Anduvieron hasta el anochecer en medio de una gran desolación. La
tarde estaba serena, el cielo transparente y limpio, como un rostro
que quisiera expresar la absoluta indiferencia de toda cosa humana...
Hablaban poco; tan pronto iba Zoilo delante, tan pronto a retaguardia,
canturriando entre dientes, erguido sobre el caballo, y olfateaba el
horizonte, curado ya como por ensalmo de aquel torcedor doloroso de
su cuerpo. A sus espaldas se puso el sol, y ellos, picando siempre
hacia levante, que con los reflejos del sol poniente se tiñó de
resplandores opalinos, luego de un gris violáceo muy puro y uniforme en
suave gradación. Sobre esta densa cortina se fue destacando un astro
rojo: Marte. La noche entró tenebrosa, sin otra claridad que la de las
estrellas. Víspera de luna nueva, el disco de la luna había precedido
al sol en el ocaso. De pronto, al descender de una loma, vieron los
jinetes frente a sí siniestra claridad rojiza que se difundía en el
morado intenso del cielo. Era la cabellera de un incendio. Detenidos
por un solo impulso, los cinco dijeron a una voz:

—Un pueblo que arde.

Conocedor del terreno, Sabas examinó con experta vista el horizonte.

—No puedo calcular la distancia del fuego —dijo—; pero si está a
dos leguas, no puede ser más que Berganzo; si está más lejos, será
Peñacerrada.

Y don Fernando:

—Sea lo que fuere, adelante. El que tenga miedo que se vuelva.

Nadie pronunció palabra, y Zoilo se puso nuevamente en vanguardia,
alejándose buen trecho del grupo principal. El fuego parecía crecer:
ráfagas de viento sur desmelenaban el resplandor hacia el norte. De
pronto vieron los caminantes que Zoilo se detenía: picando para llegar
pronto a donde él estaba, oyéronle decir:

—Viene gente armada.

Aguzaron todos el oído, imponiendo silencio; pero no percibieron ningún
rumor; mas Zoilo insistía en que había sentido algazara de tropa.
Afirmó que nadie le ganaba en fineza de tímpano así como en alcance de
vista, teniendo además la cualidad de ver en las tinieblas, como los
gatos. Adelantose otra vez, y volvió asegurando que estaban próximos a
un pueblo, que él veía paredes negras y una torre, y que oía runrún de
gente. No supo Sabas determinar qué aldea o villorrio caía por aquellas
soledades, y habló de una gran casa de labor o alquería del marquesado
de Zambrana. Fuera lo que fuese, a los pocos pasos confirmaron todos
lo anunciado por Arratia, pues ya se hallaban a medio tiro de fusil de
unas tapias altísimas, y no tardaron en oír claramente voces humanas.

—La Santísima Virgen nos ampare —murmuro Iturbide—. Como esta es noche,
hemos caído en una trampa facciosa.

Detuviéronse los cinco por cesación súbita, pavorosa, del impulso
interno que hasta allí les había llevado. Transcurridos algunos
segundos, que horas parecieron, dijo don Fernando:

—Si estamos cogidos, sepamos por quién; que no hay suplicio como la
incertidumbre.

Y aún no había concluido de decirlo, cuando una robusta voz estalló en
la oscuridad, gritando:

—¿Quién vive?

Y en el mismo instante se oyeron las voces:

—¡Alto, alto!

A la repetición estentórea del «¿Quién vive?» respondió don Fernando
con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡España!

De las tinieblas surgieron varios hombres con los fusiles preparados.
Su aspecto no era de tropas regulares, pues vestían con desiguales
prendas y arreos, y llevaban gorra de piel los unos, los otros boina
blanca o roja. Adelantose uno diciendo:

—Alto, y se les reconocerá. ¡Viva Isabel II!

A este grito, que ponía fin a la ansiedad de aquel encuentro, los
caminantes, gozosos, libres ya de su mortal sobresalto, respondieron
con otro «¡Viva!» en que echaron toda el alma... Breve y satisfactorio
fue el primer reconocimiento; pero les mandaron no dar un paso más
hasta que llegase al capitán. Salió por fin este, repitiendo las
preguntas de ordenanza; cumplidamente las satisfizo Calpena, que a su
vez se permitió interrogar:

—¿Qué fuerza es esta, mi capitán?

—Es la columna que mando yo, Santiago Ibero. Pertenecemos a la división
de don Martín Zurbano.

Y cuando esto decía, fue reconocido por Sabas, que prorrumpió en
exclamaciones de gozo:

—¡Don Santiago..., Santiago Ibero!

—¿Eres de Laguardia?

—De Páganos, para servirle, y usted también. ¿Pero no conoce a Sabas de
Pedro?

—¡Otra! ¿Eres tú...? Adelante, señores... ¿Traen comida? Apéense en
este corralón. Entremos y hablemos y comamos...

El júbilo de los expedicionarios por verse entre amigos era tan grande,
que no podían expresarlo sino con risas, gritos y exclamaciones
patrióticas. Enterados de que la partida andaba mal de víveres, mandó
don Fernando a Urrea que franquease todo el repuesto que llevaban, y
la alegría se hizo general. Entraron en un lagar desmantelado, al que
seguían cuadras espaciosas, reconociendo Sabas la casa labrantía de
Zambrana. Mientras acomodaba las bestias y les daba pienso, Urrea iba
distribuyendo pan, queso y vino a la tropa en el corralón. Ibero y don
Fernando, antes de ponerse a comer, departieron largamente, diciendo el
primero:

—También a usted le reconozco. Es usted don Fernando, el caballero que
trajo de Oñate a las niñas de Castro, y que luego, herido en un pie,
pasó una larga temporada en la casa.

Nombrada la familia, no se hartaba Calpena de pedir informes acerca de
ella, y el otro los dio con mil amores. Laguardia no había caído en
poder de los carlistas; pero se temía que la ocupasen por ser muy débil
la guarnición. Las familias ricas habían salido, siendo de las primeras
las niñas de Castro con doña María Tirgo y las de Álava. Bien podía
el informante dar fe de la feliz escapatoria, pues él con su gente
habíalas acompañado hasta el paso del Ebro, y pudo enterarse de que
sin novedad llegaron a Fuenmayor. Doña María Tirgo, muerta de miedo,
proponía que no parasen hasta Cintruénigo; pero Demetria opinaba que no
debían pasar de Logroño, donde estarían bien seguras.

Era Santiago Ibero un mozo gallardísimo, franco, con toda el alma en
los ojos y el corazón en los labios, cetrino, de mirada ardiente.
Nacido en Páganos de una familia de labradores acomodados, su genio
impetuoso, su ansia de gloria, más potentes que toda razón de
conveniencia, habíanle lanzado a la campaña, antes que por querencia
de la profesión militar, por su amor ardentísimo a las ideas
representadas en la bandera de Isabel. Quería dar su sangre, su vida
por la libertad y el progreso, en los cuales veía fuente inagotable
de dichas para la nación. Con tales beneficios, España saldría de su
apocamiento y pobreza, mejorarían las costumbres, nos veríamos tan
civilizados como los ingleses y tudescos, y seríamos fuertes, grandes,
sabios y ricos. Odiaba el oscurantismo, y veía en la hipocresía
farisaica de los partidarios de don Carlos la causa de todos los
males que nos afligen y del atraso en que vivimos. Al exterminio de
esta secta nefanda quería consagrar su existencia, todas las energías
de su alma honrada y valerosa. Habiendo visto en Martín Zurbano, a
quien conoció en Logroño, la más feliz encarnación de aquellas ideas,
y admirando en él, además, el coraje, la perseverancia, la militar
pericia, se afilió con entusiasmo en su bandera. Con él peleaba, y con
él moriría, si necesario fuese, por la santa causa de _los libres_, que
era el porvenir glorioso de la monarquía y de España.

A la media hora de charla, ya eran amigos Ibero y don Fernando, y
este tuvo conocimiento de la situación de la columna. Los carlistas
se habían apoderado de Peñacerrada, que por su posición topográfica
en terreno montuoso era una fortaleza natural. Fortificados también
otros puntos de la sierra, ocupados pueblos importantes del condado,
quedaba interrumpida la comunicacíón de Vitoria con las líneas del
Ebro. La situación era, pues, gravísima, y si no venía Espartero con
fuerza grande a desatar el nudo, sabe Dios lo que sucedería. Según las
noticias del capitán, don Baldomero se preparaba, y en tanto había
mandado al general Ribero a la parte de Nanclares, mientras don Martín,
en la Rioja alavesa, molestaba al enemigo todo lo que podía, quitándole
raciones y amparando a los pueblos. Con este fin, ordenó a Ibero que
con su columna limpiase de facciosos los caseríos de la sierra de
Toloño, y en ello se vio el capitán muy comprometido, pues atacado
por fuerzas superiores, había tenido que batirse a la desesperada.
Intentaba retroceder hacia la Rioja alavesa, para reunirse con su
jefe; mas no tenía seguridades de poder conseguirlo. Hallando a su
paso en la tarde de aquel día la casa de labor de Zambrana, en ella se
hizo fuerte, con el propósito de defenderse bien si alguna partida le
atacaba. En caso de gran apuro, y si veía dificultades para retroceder
hacia Labastida, trataría de pasar el Ebro por el vado de Ircio.

En tanto que Ibero y don Fernando se comunicaban sus planes y
pensamientos, Iturbide y Zoilo no se apartaban de los de tropa,
comiendo con ellos, contándoles peripecias del sitio de Bilbao, a
cambio de las recientes hazañas de los _zurbanistas_, referidas, la
verdad sea dicha, con disculpable uso de la hipérbole. Aquella tarde se
habían peleado heroicamente con doble número de _serviles_, matándoles
al jefe y cogiéndoles quince prisioneros. Luego tuvieron la desgracia
de que en otro encuentro, en la misma tarde, perdieran ellos tres
hombres, lo que no sintieron tanto como el que se les escaparan los
quince cautivos cuando se disponían a fusilarles, en castigo de su
amor al _retroceso_. Aquel segundo combate había quedado indeciso, sin
grandes ventajas de una parte y otra, perdiendo el contrario dos burros
cargados de cebada, y ellos los prisioneros, que _fue un gran dolor_.
Si se les hubiera quitado de en medio en cuanto fueron cogidos, no se
habrían ido riendo... Pero, en fin, como hay Providencia, no debía
desesperarse de volver a cogerles.

A media noche, unos dormían en grupos tendidos en el suelo, otros
hacían guardias en los ángulos exteriores del caserón, y los mejores
escuchas de la partida aplicaban la oreja al suelo, en observación de
los ruidos lejanos. Ibero y don Fernando se tumbaron en el sitio que
mejor les pareció de la anchurosa cuadra primera; pero el capitán no
tenía sosiego, y de rato en rato se levantaba para dar vueltas por
el corralón y asomarse a las bardas de este, sin poder desechar el
presentimiento de que antes de amanecer le atacarían, con refuerzos,
los que en la funcioncilla última de la tarde habían quedado a media
paliza y con ganas de llevársela entera.

Durmiose en las alternativas de estos temores don Fernando, teniendo
junto a sí a Urrea y a Sabas, y aún era muy incierta la claridad
del nuevo día, cuando le despertó un rumor vivo, compuesto de voces
corajudas y guerreras. Los facciosos venían, se aproximaban...
Silencio, calma, y prepararse todo el mundo.




XIV


Brincando entró Zoilo en la cuadra, y dijo al capitán:

—Denos fusiles, jinojo, si los tiene, y si no los tiene, déjenos ir a
quitárselos a esos danzantes.

Fusiles había, los quince de los prisioneros fugados, y al punto
dispuso Ibero armar a los dos bilbaínos.

—A mí también —dijo don Fernando—, y a mis dos escuderos, que no vamos
a estar aquí con las manos cruzadas.

Para todos hubo armas y cartuchos.

—Calma, no atropellarse —repetía el valiente Ibero—. Aunque sean más de
mil, no nos copan, y aun permitirá Dios que se dejen aquí los dientes.
Cerrar todo, amontonando en el portalón del camino las piedras que
mandé preparar esta noche, para que no puedan abrirlo. Cerrar también,
dejándola sin parapetar, en disposición de ser abierta, la portalada
del corralón de la noria, que da al campo por nuestra derecha... Ya
saben los de la buena puntería que su puesto es arriba, en las ventanas
del pajar que dominan el campo. Fuego sostenido, y mucho ojo, amigos...
Ya saben los ligeros donde han de situarse: en el corralón de la
noria. Si en la entrada por el camino ponemos piedras, en la otra parte
pondremos carne, para que esta carne me haga una salidita cuando yo lo
ordene. Calma, y fijarse bien en lo que mando... Ahora todo el mundo
a su puesto, y apagar luces: hagámonos los dormidos para que vengan
confiados y se dejen abrasar como borregos.

—Yo me voy con los ligeros —dijo Zoilo—, si el capitán no me manda otra
cosa.

—Y yo con los tiradores —añadió don Fernando—, pues no es del todo mala
mi puntería. Amigo Ibero, ponga usted en el mejor sitio a mi criado
Urrea, que es gran cazador: al enemigo a quien este eche el ojo, pronto
le verá usted patas arriba. Sabas, ¿tú qué tal tiras? Vente conmigo.

Antes de que don Fernando y los suyos llegaran al ventanucho en que les
colocó Ibero, ya empezaban los sitiadores a tirar coces a la puerta.
Desde el pajar se les contestó con vivo fuego. Los ligeros, trepando
a la noria, disparaban también sin abandonar el cuidado del portalón.
Ibero recorría los puestos, y tan pronto estaba en el segundo corral
animando a los chicos, como subía para cuidar de que el servicio de
cartuchos se hiciera con prontitud. Sereno en medio del combate, a
todos infundía su valor y confianza. Arreció el fuego desde fuera
contra los huecos del pajar, y el capitán ordenó a los suyos que
aprovechasen bien los tiros, afinando la puntería. Los estragos de la
de Urrea se apreciaban fácilmente viendo cómo se clareaban los grupos
enemigos y oyendo sus vociferaciones; don Fernando afinaba también, y
Sabas, que no se creía con bastantes ánimos para afrontar el tiroteo,
fue destinado prudentemente al servicio auxiliar de los dos diestros
cazadores. Con doble juego de fusiles, Sabas y un viejo de la partida
cargaban mientras aquellos, el fusil en la cara, aseguraban con ojo
certero la pieza.

Fiados en su número, los sitiadores, que ninguna ventaja adquirían con
el ataque de fusilería, intentaron el asalto, trepando por la parte
más accesible de la tapia. Ibero, que les había calado la intención,
bajó presuroso, después de dar órdenes arriba para arreciar el fuego,
abrasando a los asaltantes todo lo que se pudiera; y sin cuidarse de
que diez o quince penetraran en el patio, dispuso la salida por la
portalada del corral de la noria. Ello se hizo con rapidez y bravura.
Como unos treinta hombres se lanzaron fuera, y la emprendieron a
bayonetazos o a navaja limpia con los sitiadores, sorprendiéndoles
y aterrorizándoles de tal modo en su impetuoso arranque, que con la
sola pérdida de tres de los suyos escabecharon cuádruple número de los
contrarios, y a los demás les impelieron a la fuga. Obedeciendo como
máquinas la orden de Ibero, volviéronse adentro, después de causar el
efecto que se proponían, y atrancaron la puerta con piedras y troncos
y cuanto hubieron a mano. De los que habían saltado, algunos quedaron
dentro sin vida, otros lograron salvarse, y a poco se oyó una voz
ronca y frenética que gritaba:

—Ibero, volveremos...

Levantado el sitio, los de arriba vieron al enemigo retirarse,
llevándose sus heridos. Como a cien pasos, dispararon de nuevo en
descarga cerrada; mas Ibero mandó que no se les contestase, gritando a
los fugitivos:

—Animales, gastad cartuchos, gastadlos, que yo reservo los míos para
cuando volváis.

Gozosos celebraban su victoria, y Zoilo parecía demente, del júbilo que
le embargaba, no vacilando en relatar él mismo sus hazañas con infantil
orgullo. Sin la obligación de acatar al jefe, que había mándalo a
los ligeros volverse después de la primera embestida, él se habría
traído la cabeza de un faccioso, a quien ya tenía cogido en excelente
disposición para decapitarlo. Reconocido el campo, encontraron dos
heridos graves, que recogieron, y tres muertos propios. Los enemigos
eran catorce, que abandonaron sin cuidarse de darles sepultura.
Descansando de la refriega, elogió Ibero la destreza inaudita de
Urrea y la de don Fernando. Iturbide se había portado bien entre los
ligeros, y Zoilo, al decir de todos, con extraordinaria bizarría y
temeridad. Pronto surgió en la mente del jefe de la columna el grave
problema de la resolución que debía tomar. ¿Se fortificaban en aquella
excelente posición, aguardando tranquilos las embestidas del faccioso,
que de seguro no tardaría en recalar con mayor fuerza? La solidez
del edificio y la bravura de su gente, reforzada con cinco números,
de los cuales tres por lo menos eran de gran precio, le garantizaban
una defensa gloriosa; pero si la situación se prolongaba, como era de
temer, ¿de dónde sacaría municiones y víveres?

Dificultosa era la salida; pero con todos sus riesgos les ofrecía
menos probabilidades de una perdición segura. Marchando hacia Miranda,
era menos probable el encuentro de una considerable fuerza facciosa;
marchando hacia el este, este peligro acrecía, mas lo compensaba la
contingencia ventajosa de encontrar el grueso de la división de don
Martín. Encaminarse al Ebro para vadearlo y pasar a la Rioja, le
parecía desairado: era el recurso último; era imitar a las mujeres y
a los pobres viejos aldeanos que huían de sus hogares. Oír quiso la
opinión de don Fernando, en quien reconocía un juicio claro y sereno
de todas las cosas, y el caballero, que tan gallardamente había sabido
conquistar su amistad, no titubeó en darle este terminante voto:

—Yo que usted, iría en busca de la peor y de la mejor contingencia, que
las dos se le ofrecen por el lado de oriente: batirme a la desesperada
con fuerzas superiores, o encontrar el amparo de la división de mi
jefe. ¿Quién le dice a usted que don Martín, sabedor o sospechoso del
conflicto en que usted se halla, no viene en su socorro?

Esta última razón llevó tal luz a la mente de Ibero, que ya no hubo más
dudas.

—Nos vamos ahora mismo —dijo—, apartándonos del llano, y metiéndonos
en las fragosidades de la sierra de Toloño. Por allí no nos buscarán.
Salgamos sin ruido, en secciones, que no han de perderse de vista.

A la media hora ya estaban en marcha, confiados en su buena estrella,
Ibero fortalecido por su fe ciega en el ideal de _los libres_, que
creía obra de Dios. Aunque odiaba el fanatismo, era creyente y buen
cristiano; y lejos de ver incompatibilidad entre la libertad y el
dogma, teníalos por amigos excelentes, y por amparadores de la causa
a todos los santos de la corte celestial. Grandes fatigas y trabajos
sufrieron en su larga caminata por la falda de la sierra, describiendo
curvas extravagantes para huir de los puntos que suponían ocupados
por destacamentos carlistas. El tiempo se les torció al segundo día,
metiéndose en agua, encharcando la tierra, y convirtiendo en torrentes
las cañadas que descendían de los montes; mas no conceptuaron por
muy desfavorable el temporal, fuera de las molestias que ocasionaba,
porque el continuo llover era como una cortina del cielo que les
ocultaba en su marcha sigilosa, y la humedad del suelo, si a ellos les
estorbaba, quizás en mayor grado entorpecería los pasos del enemigo.
En cuatro días de marcha penosa no tuvieron ningún mal encuentro;
al quinto toparon con una partida inferior en número, que batieron
sin dificultad, y el peligro de que tras ella vendría mayor fuerza,
lo sortearon escabulléndose en dirección contraria a la que habían
seguido los derrotados.

Consumidos los escasos víveres que sacado habían de su fortaleza,
empezaron a sufrir terribles hambres. Merodeaban en los abandonados
plantíos; algunos cazaban; mas los conejos parecían huir también de la
guerra, como su enemigo el hombre. Erizos y otras alimañas encontraron
en la espesura del monte; en una aldehuela miserable, solo habitada
por cuatro mujeres y dos vejetes, entraron a saco, arramblando por
todo lo que en aquellas pobres viviendas había, algunos panes, cecina
y alubias. Dos cabras fueron después gran hallazgo, y mejor aún unas
alforjas perdidas, con el tesoro de cuatro quesos y algunas cebollas.
Con tales apuros iban viviendo, marchando de noche, ocultos y dispersos
de día, hasta que, sabedores por sus avanzadas de que en una paridera
próxima a Peciña descansaban veinte facciosos, cayeron sobre ellos de
madrugada, y sorprendiéndoles dormidos, a unos mataron, dispersaron a
otros, quitándoles todo lo que tenían. El único que entre ellos quedó
prisionero, con un brazo roto, les dijo que don Martín, después de
dar un achuchón a los carlistas cerca de Ábalos, se había corrido a
Leza, internándose después en la Sonsierra. Arrimados a las asperezas
del monte, siguieron su camino en busca de Zurbano; y por el afán
de avanzar todo lo posible, anduvieron largo trecho en una noche
tempestuosa, con horrísono tronar y golpes de granizo, viendo caer
rayos y alumbrarse toda la tierra con siniestros resplandores. Pero sus
templados corazones, insensibles al miedo, querían ampararse de los
accidentes espantables de la naturaleza, para recorrer mayor espacio,
prefiriendo los senderos escabrosos o inaccesibles. Por último,
más arriba de Leza, les deparó Dios una columna cristina de tropas
regulares, perteneciente a la división del general Buerens. Estaban
salvados.

Provistos de municiones, pues las pocas que llevaban se les habían
inutilizado con la humedad; reparados sus míseros cuerpos con alimento
sano, aunque no muy abundante, y adquirido informe verdadero de la
situación de don Martín, siguieron en su busca, y al caer de una
plácida tarde le hallaron en un desfiladero por donde pasa el camino
de herradura entre Laguardia y Pipaón. ¡Feliz encuentro, a los doce
días de haber salido de Zambrana, realizando una prodigiosa marcha
por país enemigo! Aunque el mérito de esta no se le ocultaba, Zurbano
recibió a Ibero con una fuerte chillería, pues era su condición mostrar
rigor y displicencia en todo asunto del servicio, sin duda por hacerse
respetar y temer de sus subordinados. Según decía, si hubiera seguido
Ibero puntualmente sus instrucciones, no alejándose de Labastida más
que lo preciso para picar la retaguardia a la partida del _Zurdo_, no
le habrían pasado tantas desventuras. ¡De buena había escapado! En fin,
a olvidar los desastres, y a repararlos sacudiendo al enemigo todo lo
que se pudiera.

Era Martín Zurbano (a quien se le despegaba el don postizo) un hombre
tosco y desapacible, de rostro aclerigado, ceño adusto, boca fruncida,
de regular estatura y lentitud parsimoniosa en sus movimientos. Usaba
boina blanca y chaquetón forrado de pieles sin ninguna insignia;
sable y pistolas al cinto. Hablaba incorrectamente y con acento duro
erizado de interjecciones, lenguaje del valor de aquel tiempo en la
milicia montaraz. A pesar de estas asperezas, y quizás porque en ellas
veía la perfecta imagen del Marte español, Ibero sentía por él amor
y entusiasmo; y aunque sirviendo a sus órdenes quería imitarle en la
rudeza de los modales y en las groseras voces, no siempre lograba
el objeto, pues más que su proselitismo podían su nativa delicadeza
y buena educación. El felicísimo encuentro con don Martín no les
proporcionó ningún descanso, pues lo mismo fue llegar y juntarse y
recibir Ibero la peluca de su jefe, que se pusieron todos en marcha. No
era muy satisfactoria la situación de los cinco caminantes agregados a
la partida, pues Iturbide iba en estado febril, tendido en un carro;
a Sabas le había salido un grano en el muslo; Zoilo tenía el pescuezo
torcido de una fuerte tortícolis. Los mejor librados eran Calpena, que
padecía extenuación nerviosa por la falta de sueño, y Urrea, que solo
se quejaba de ganas de comer no satisfechas.

La tremenda contrariedad de no poder comunicarse con su madre puso a
don Fernando en gran tristeza. Cogido en la trampa de un ejército en
operaciones, tenía que permanecer entre las fuerzas cristinas, pues
por una parte y otra el enemigo ocupaba montes, villas y lugares.
Arriesgadísimo, por no decir imposible, era volver a Miranda con sus
cuatro compañeros, o pasar el Ebro para refugiarse en Logroño, y no
había más remedio que esperar el despejo de la situación y el término
feliz o adverso de aquella campaña. Por todo el camino, en la marcha
fatigosa, no cesaba de pensar que Dios no le había sido hasta entonces
propicio en su expedición, quizás por haber emprendido esta sin lógica
ni criterio, dejándose llevar de las corazonadas del insensato Zoilo,
o quizás de inexplicables querencias suyas, que él mismo no sabía
definir. Y llegado a tal punto de confusión, como el que se pierde en
un laberinto sin encontrar salida, no hacía más que interrogarse de
este modo:

«¿Y yo a dónde voy? ¿Por qué he venido aquí? ¿Volveré a ver a mi madre,
a mi querido capellán, a mis entrañables amigos de Villarcayo? ¿Habrá
dispuesto Dios que deje yo aquí mis pobres huesos? ¿Tendré que hacer
el héroe por fuerza para llegar a serlo de verdad? ¿Es ley constante
que las acciones muy estudiadas y previstas resultan siempre bien? ¿Es
seguro que los actos de impremeditación y de temeridad, comúnmente
tenidos por locuras o necedades, enderezan siempre al mal? ¿Qué
caminos llevan a la vida, qué veredas llevan a la muerte? ¿Toda senda
tenebrosa conduce al infierno? ¿Toda senda iluminada y florida conduce
al cielo?... Si yo tuviese aquí a mi madre para que me ilustrara en
estas dudas, mi tristeza no sería tan honda. Ya que no la tengo, traeré
su pensamiento al mío, y con esta luz veré lo que solo no veo: la
esperanza. Adelante, y sea lo que Dios quiera».




XV


Llegados, entrada la noche, a media legua de Pipaón, pueblo
perteneciente a la hermandad de Peñacerrada (que _hermandades_ y
_cuadrillas_ son allí las divisiones territoriales), hizo alto la
columna al amparo de unas casas destruidas, y don Fernando descansó
junto a su amigo Ibero, el cual le dijo que don Martín tenía órdenes de
destruir, o molestar por lo menos, a todas las columnas carlistas que
llevaran provisiones a Peñacerrada, y por último, de hacer un esfuerzo
para ocupar a Baroja, lugar al norte de dicha plaza, y perteneciente a
su hermandad. La tradición designaba aquel territorio con el histórico
título de _Tierras del Conde_, por haber pertenecido en tiempos muy
antiguos a un don Gómez Sarmiento, repostero del rey de Castilla don
Enrique II. Como país montuoso, en los habitantes de la hermandad
dominaban las ideas de _retroceso_, así como en las tierras bajas
crecía lozana la planta de la libertad. Trabajillo había de costarle
a Espartero la destrucción de aquel baluarte que últimamente habían
armado entre peñas los soldados del absolutismo, con la intención bien
clara de dominar los pasos del Ebro y amenazar las puertas de Castilla.

En tanto, don Martín hizo saber a los cinco individuos de la cuadrilla
de don Fernando que si querían continuar agregados a la división,
y participar de sus víveres y ampararse de ella, era forzoso que
estuviesen a las agrias y a las maduras, afiliándose resueltamente
como soldados de Isabel II, a lo que accedió el caballero en nombre de
todos, enorgulleciéndose de combatir a las órdenes de Zurbano por la
gloriosa causa de la reina. En los tiradores de caballería encajaron
admirablemente don Fernando y Urrea, buenos jinetes y excelentes
escopeteros. Iturbide y Zoilo prefirieron servir como infantes, y
Sabas, que aunque valiente no manejaba el fusil con la necesaria
destreza, pidió que le agregaran a la ambulancia. He aquí, pues, a los
cinco expedicionarios metidos en militar danza por ley de la fatalidad
o de la Providencia, que el nombre no altera el sentido o filosofía
del hecho. Ninguno de ellos sospechaba, al salir de Miranda, que iban
a pelear por Isabel agregándose a su ejército. Pero Dios lo había
dispuesto así, sin duda porque, deseando terminar la guerra, quería que
a esto se llegara echando toda la carne en los respectivos asadores.
La incorporación en las filas fue acogida por don Fernando sin
repugnancia ni entusiasmo, como un deber impuesto por circunstancias
ineludibles, y lo mismo puede decirse de Urrea, que en todo reflejaba
los sentimientos de su amo. Sabas se resignaba; Iturbide parecía
contento, y Zoilo estaba como demente, poseído de un frenesí de militar
gloria.

Quince o más días duraron las operaciones de la brigada y sus veloces
marchas en el quebrado país que separa las _Tierras del Conde_ del
territorio de Campezu, los montes de Isquiz, el valle del Ega,
los pueblos de Marquínez y Apellániz. El objeto era interceptar
los convoyes que el carlista traía de Estella, y embarazar toda
comunicación de Álava con Navarra. Brillante fue aquella página
militar, y los prodigios de valor y agilidad que la formaron apenas
caben en la historia, que por hallarse bien repleta de tales hazañas
ya no tiene hueco para más. Firme en su puesto, y atento a su deber,
Calpena no se propuso nunca hacer el héroe, ni señalarse por el
desmedido ardor guerrero: cumplía con su deber, y nada más. En cambio,
Zoilo era el propio espíritu de Marte; su ambición de brillar y
distinguirse nunca se saciaba; hallábase poseído de una loca temeridad;
sus hazañas eran, no ya extraordinarias, sino inverosímiles. La envidia
hubo de trocarse al fin en general admiración.

Había don Martín tomado afecto a Calpena, con quien echaba párrafos
entretenidos en los cortos ratos de descanso, y hablando de Zoilo le
dijo:

—¿Pero de dónde ha sacado usted ese diablete? Nunca he visto mejor
madera de militar, ni creo que haya en el mundo quien se le iguale.
¡_Maño_!, en cuanto vea al general he de proponerle para alférez, y aún
me parece poco.

Esto era muy grato a don Fernando, que sin saber por qué sentía que el
bilbaíno ganaba terreno en su corazón. Verdad que Zoilo le mostraba un
afecto sincero; contábale con infantil sencillez sus actos de heroísmo,
y parecía olvidado de todos los asuntos que les hicieron rivales. Si no
hablaba nunca de lo pasado, Calpena hubo de recordárselo en una ocasión
que es forzoso referir.

—Ven acá, chiquillo —le dijo haciéndole sentar a su lado la noche antes
de incorporarse la brigada al ejército de Espartero—. Quiero darte la
buena noticia de que serás pronto teniente, quizás capitán. Pero pues
has lucido bastante tus dotes guerreras, en las cuales ya hemos visto
que no tienes semejante, debo decirte que no expongas tu vida con tan
desmedida bravura... Tiemblo por ti, hijo. Obligado estoy a devolverte
a tu familia, por compromiso que contraje con mi conciencia. No me
haría ninguna gracia verte espanzurrado el mejor día en el campo de
batalla... ¿Y tú no temes morir? ¿No piensas en la pena de los tuyos
cuando sepan que has perecido? ¿No te acuerdas ya de tu mujer?

Nublose el rostro de Zoilo al oír esto, y la contestación se hizo
esperar.

—Sí que me acuerdo —dijo al fin—. ¡Pues no he de acordarme, si Aura es
mi vida, la vida que he dejado allá...!

—Pues tienes que volver a su lado y hacerte dueño de su afecto en
absoluto, sin alternativas lunáticas, ¿sabes? Yo haré cuanto deseas,
morirme o casarme... Todo es cortar la esperanza y hacer liquidación de
lo pasado.

—Ya ve —declaró Zoilo— cómo hemos venido a ser amigos usted y yo.
Desde que nos metimos en la guerra se me fue del alma el rencor contra
usted... Porque yo tengo dos vidas, dos amores: mi mujer y la guerra.
Guerreando la quiero más, si más es posible, y se me quitan todos los
resquemores. Valgo yo más que nadie, y no se ofenda... Y también le
digo que no tenga cuidado por mí, porque no hay bala que me mate, ni
enemigo que me venza... Si me hacen capitán de ejército, ya no hay
quien me separe de la vida militar. Y si consigo curar a mi mujer y
quitarle los malos recuerdos, ¿qué más puedo desear?... Como esas dos
cosas quiero, las he de conseguir.

—En cuanto sea posible —dijo Calpena— hemos de procurar comunicarnos
con nuestras respectivas familias. Tú anunciarás a la tuya mi muerte o
acabamiento, y yo a la mía la conquista de tu amistad. Son dos buenas
noticias, y cada una hará su efecto. Voy pensando, como tú, que querer
es poder. Queramos y podremos.

Poco más hablaron, porque Zoilo, rendido de cansancio, se caía de
sueño. Don Fernando durmió también tranquilamente, y gozoso fue el
despertar, porque recibieron orden de marchar a reunirse con Espartero.

El primer amigo que Calpena encontró en el ejército del conde de
Luchana fue Juanito Zabala, ya coronel, que mandaba cuatro escuadrones
de una brillantísima caballería, dos de húsares tiradores y dos de
lanceros. Mucho se alegraron uno y otro de verse, y no esperó don
Fernando a que Zabala le interrogase para contarle el cómo y cuándo de
andar en aquellos trotes. Previo consentimiento de Zurbano, pasaron
Fernando y Urrea al cuerpo adventicio que se había formado con paisanos
de Rioja y con desertores de la expedición de Negri; pero a Zoilo no
quiso don Martín soltarle, aunque le dieran en oro molido, o sin moler,
lo que aquel endiablado chico pesaba.

Y comenzaron, ¡vive Dios!, vigorosas operaciones contra Peñacerrada.
Una de las divisiones, compuesta de tropas de la Guardia Real, la
mandaba el general Ribero; la otra, que era la tercera del Norte, el
general Buerens. Entre ambos reunían dieciocho batallones distribuidos
en tres brigadas por cada división. Mandaba la artillería el brigadier
don Joaquín de Pont, y la caballería el que ya conocemos. Zurbano
se apoderó de Baroja, y Espartero se posesionó de las alturas de
Larrea, que al punto fueron atrincheradas. Desde allí podía batir el
castillo de Peñacerrada a tiro corto de cañón. Tres días de furiosos
combates precedieron al asalto. Los carlistas, mandados por Guergué,
se batían con indomable valor, intentando destruir las líneas que
Espartero iba formando para emplazar su artillería. Ventajas obtenían
los unos, ventajas los otros, disputándose el terreno palmo a palmo.
Los batallones alaveses hicieron gallarda salida con un empuje que la
caballería de Zabala pudo contener. Y tras aquellos terribles días,
otros tres se emplearon en escalar con vigor de gigantes los muros del
castillo, ganando ahora un montón de piedras, para después perderlo y
volverlo a ganar con horrendo sacrificio de vidas. Incansable, buscando
siempre el primer puesto en el peligro, Espartero era el gran soldado,
el caudillo que de su magnánimo corazón sacaba la increíble fuerza que
a su gente infundía. Creciéndose con las dificultades, cada tropiezo
era escalón donde afianzaba el pie para seguir adelante. Quedó por
fin bajo la enseña de Isabel el formidable castillo, con sus murallas
hechas polvo y sus piedras salpicadas de sangre.

En tan terrible cuanto gloriosa ocasión, don Fernando, que asistido
había con ardor y curiosidad a todas las peripecias del combate,
peleando también siempre que funcionaba la caballería contra los
alaveses, fue herido en la cabeza y hubo de retirarse. Urrea le llevó
a Baroja, donde pasó un día con las facultades turbadas a causa del
golpe, y tres o cuatro en completa inutilidad para la guerra. Su
herida no era grave; mas no le permitía volver a las andadas en algún
tiempo. Pasó dos días devorado de impaciencia y de sed, asistido
del capellán Ibraim y de un físico muy experto, sin formar cabal
idea de las sucesivas peripecias militares, pues tomado el castillo,
obstináronse los carlistas en defender la plaza a estilo zaragozano,
disputando muro por muro y casa por casa, y fue menester echar contra
ellos todo el coraje de acá y la inagotable energía del jefe y de su
tropa. Oía Calpena el continuo cañoneo, y ansiaba conocer el resultado
de tan fiero batallar. Por fin, una noche entró Urrea en el establo
donde yacía, y le dijo:

—Peñacerrada es nuestra, señor. Hemos cogido el hueso, y allá van
corriendo hacia Toloño los perros que lo tenían.

No tardó Zabala en darle las albricias. Todo era júbilo en Baroja, y la
línea desde este pueblo a la plaza ganada ardía en entusiasmo.

La inquietud mayor del caballero al abandonar su mísero alojamiento,
era no saber de Zoilo ni de Sabas, pues Zurbano había salido en
persecución de los fugitivos. Zabala, que también les fue a los
alcances, volvió sin satisfacer las dudas de don Fernando respecto
a sus amigos. Si poco temía del arrojo de Sabas, no podía desechar
la idea de que el bilbaíno pagaba a la muerte el tributo que su
desmedida ambición de gloria le debía. En estas ansiedades le
cogió don Baldomero, que de Larrea, después de la entrada oficial
en Peñacerrada, trasladó su cuartel a Baroja. Mandole llamar, y
mientras tomaba en el ayuntamiento un frugal tentempié, del cual no
participó Calpena por la radical inapetencia que sufría, hablaron de
lo humano y lo divino. Enterado el de Luchana de diversos particulares
interesantísimos, y hasta cierto punto novelescos (por revelaciones que
le hizo don Beltrán no lejos de Medina, en febrero último), se arrancó
a felicitar al caballero con la confianza militar que gastar solía, y
díjole después:

—Pero, amigo mío, ¿en qué estaba usted pensando cuando consintió que su
madre se estableciera en Medina de Pomar? Si todo aquel país no ha sido
hasta hoy de los más castigados, pronto le veremos arder... No, no;
allí no está bien. Debió usted llevarla a Logroño, donde ella y Jacinta
se habrían acompañado lindamente. Allá la seguridad es completa.
Nuestra casa es grandísima: buenos alimentos, buenas aguas. A Logroño
han ido a parar muchas familias de estas hermandades, entre ellas las
niñas de Castro, que creo son amigas de usted.

Diole el caballero las gracias con efusión, añadiendo que procuraría
trasladar a su madre a Logroño, si la guerra duraba...

—¡Que si dura...! Esto no se acaba nunca..., esto es un bromazo
terrible... —clamó Espartero dando rienda suelta a la franqueza militar
y española, que iguala en la indiscreción a pequeños y grandes—. ¿Y
qué quiere usted que pase con el desbarajuste de ese gobierno?...
Yo pregunto: ¿quién aconseja a esa buena señora...? Cada día más
_retroceso_, más errores, más desconfianza de la libertad y del pueblo,
cuando el pueblo, la masa..., en fin, no quiero hablar de esto...
Usted fíjese... ¿Ha visto el país una situación más desatinada? Les
he dicho cuanto hay que decir... No hacen caso: ellos se lo saben
todo... y ahora nos quieren traer mayores enredos y conflictos con esa
contrarrevolución que han inventado, la bandera de _Paz y fueros_...
¡Otro disparate, Señor! ¡En qué cabeza cabe...! Créame usted: si el
patriotismo no me amarrara a este puesto, si no creyera yo que me debo
a mi patria, al pueblo sano y liberal, ya me habría ido a mi casa...
¡Ah, sí...!

Asintiendo a todo, don Fernando aprovechó las franquezas del general
para pedirle que le facilitara medios de enviar una carta a Medina
de Pomar, y tuvo la dicha de que Espartero colmara sin tardanza sus
deseos, pues al siguiente día pensaba enviar una comunicación a
Castañeda que operaba por allá. Pidió permiso Calpena para retirarse a
escribir, y lo hizo con calma y amor. Desde aquella hora todo fue bien,
pues a poco de soltar la pluma, en el rincón del establo donde había
hecho su vivienda, tuvo razón de _Luchu_, y al siguiente día le vio
llegar tan famoso, radiante de orgullo, en toda la gallardía teatral
de su heroísmo auténtico, contando sus hazañas sin atenuarlas con
modestias anodinas.

—Sepa usted, señor don Fernando, que don Martín me ha dicho: «Animal,
eres capitán».




XVI


Contó luego Zoilo el caso inaudito de Iturbide, que habiéndose portado,
el primer día de ataque al castillo, con toda la decencia militar de un
buen bilbaíno, había ensuciado su reputación y su carrera, pasándose a
un batallón alavés. Creyó que los carlistas ganaban; se le aflojaron
los calzones... Allá se fue... Siempre le había tirado el servilismo.

—El infeliz —dijo don Fernando— ha creído que por los caminos de la
facción volvería más pronto a Bilbao.

—Sabe Dios a dónde irá... ¡Otra! Ya me río de pensar que habrá visto
a mi padrino Guergué, tal vez a mi padre, y les habrá dicho que estoy
aquí, en el ejército de Espartero, y que soy capitán, y que...

—Y que eres mi amigo. No serán pocos motivos de confusión para tu padre.

—Pues hay más. ¡Si parece que esto lo hace Dios, conforme a mi querer,
más fuerte que todas las cosas!... Pues la última vez que estuvimos
juntos Pepe y yo, el jueves por la mañana, nos dieron la noticia de
que usted habla caído, en la segunda carga, con una herida mortal en
la cabeza. ¡Jinojo, qué sentimiento! Pasa media hora, y viene Segundo
Corral, y nos larga en seco la noticia: «¡El pobrecito don Fernando
acaba de expirar!». ¡Jesús!

—¿Lo creíste?

—Yo no. No creo en la muerte de los que, según mi querer, deber vivir.

—Pero Iturbide se tragó la bola, y a estas horas se lo habrá contado a
don Sabino, si es que anda todavía con ellos.

—¡Otra! A mi padre le tiene usted ahora más contento que unas pascuas,
dando gracias a Dios...

—¿Por mi muerte?

—Cabal... A no ser que crea que yo le maté a usted... Todo es creíble
allá... Y en este caso, alegrándose, rezará mucho porque Dios me
perdone.

—¡Y tú y yo tan amigos!

—¿Esto qué es?

—Romanticismo, Zoilo. La lógica de las cosas absurdas, la risa del
dolor, la tristeza del placer...

—¿Y eso qué quiere decir?... ¿Poesía?

—Tal vez... Misterios de las almas. Tú dices que querer es poder.
Yo digo que mereces ser dichoso y lo serás... Vaya, chico, a tu
obligación, que es tarde. Separémonos. Hasta mañana.

Aquella noche, hecho un ovillo en su pesebre, sintiéndose febril, con
honda ansiedad en su espíritu, agobiado el cuerpo por la debilidad,
rebelde al sueño, el señor de Calpena con esta idea se atormentaba:
«¡Si al fin dispondrá Dios que este loco se salga con la suya!».
Efecto de la fatiga y de la pérdida de sangre, complicadas con
añoranzas muy tristes, se le insubordinó el estómago, rechazando todo
alimento, y los pícaros nervios se declararon en audaz anarquía. En
Baroja habría tenido que quedarse, si no le llevaran en un carro, muy
bien asistido por Urrea y Sabas, que dejó gustoso las armas por el
servicio de su querido amo. Ibero y Zabala le acompañaban todo lo que
podían, y Zoilo más de lo que debiera, descuidándose del servicio,
sin miedo a las reprimendas de don Martín. En tal estado, y siempre
en seguimiento del Cuartel general, pasó el puerto de Población. Dos
días de descanso en Eripán, donde le deparó Zabala un buen alojamiento,
fueron el comienzo de su reparación, que había de ser completa dos
semanas más tarde en la histórica y por tantos títulos famosa ciudad de
Viana.

Resolvió Espartero quitar al enemigo el único punto fortificado que
aún conservaba en la región alavesa, la villa de Labraza, cabecera
de la hermandad de su nombre en la cuadrilla de Vitoria, guarnecida
de viejos muros y de robustas torres, de las cuales hizo el carlista
punto de apoyo para remediar en lo posible la pérdida de Peñacerrada,
y asegurar sus comunicaciones con Estella. Mientras se disponían los
elementos necesarios para la expugnación de Labraza, pasó Espartero
a Viana, donde estuvo dos días, y de allí a Logroño, ávido de un
breve descanso en su casa. No le vio Calpena al partir; pero tuvo
conocimiento de que el ilustre caudillo no le olvidaba por un recado
amistoso que Zabala le transmitió con estas palabras que de confusión
le llenaron: «El general, además, te ruega que le esperes aquí, a su
regreso de Logroño, pues tiene que hablarte». Por más que se devanaba
los sesos, no acertaba don Fernando en el descubrimiento del negocio
que con él quería tratar el conde de Luchana. «¡Hablarme a mí! ¿De
qué...?». Y en esta incertidumbre vivió una semana, aguardando la
solución del acertijo, con el gozo de ver restablecida gradualmente
su salud, pues las aguas y los alimentos de Viana hicieron entrar en
razón a su estómago. A los pocos días de descanso y vida regalona en
pueblo tan interesante, pudo montar a caballo y dar buenos paseos con
sus amigos por el camino de Logroño, hasta llegar a los cerros de donde
se descubre el curso del Ebro caudaloso, la mole de la _Redonda_ y el
caserío y torres de la capital riojana.

Grata fue la residencia del caballero en aquel pueblo de tanta
nombradía en los anales de Navarra y de Castilla; disfrutó lo indecible
examinando las señales y vestigios de nobleza en calles viejas y
palacios desmantelados, en las antiquísimas iglesias de San Pedro y
Santa María. Mucho había que leer en aquellas piedras. Los curas del
arciprestazgo y los regidores de la ciudad franqueábanle códices y
papeles interesantísimos, donde vio y gozó históricas hazañas, como
la defensa que hizo el esforzado mosén Pierres de Peralta contra las
tropas del rey don Enrique II, y los horrores de aquel memorable
sitio en que las mujeres, así casadas como doncellas, manejaban las
«bombardas, trabucos, cortantes y otras diversas artillerías». Y fue
tal el hambre que pasaron los vianeses, que viéronse obligados a comer
«caballos e otras fieras inusitadas», según reza un viejo pergamino.
En la guerra de los Beaumonteses, que arrancó a Viana de la corona de
Navarra para pasarla a la de Castilla, también había mucho digno de
perpetuarse para ejemplo de los presentes. Vio don Fernando el sepulcro
de César Borja, duque de Valentinois, que allí murió, y los de otros
ilustres varones de aquella tierra.

En estos entretenimientos le interrumpió Sabas, manifestándole que
pues las queridísimas niñas de Castro-Amézaga se hallaban refugiadas
en Logroño, distante solo dos leguas cortas, él iría, si su amo le
daba permiso, a visitarlas por su propia cuenta, como Sabas de Pedro,
y a enterarse de si estaban saludables y contentas. Pareciole a don
Fernando muy atinada la idea de su escudero, y le despachó al instante
con la misión que se expresa, y la añadidura de un recado muy afectuoso
de su parte. Pero, ¡ay!, al día siguiente volvió Sabas cariacontecido
con la triste novedad de que no había encontrado a las niñas, pues la
señora doña María Tirgo, después de una temporadita de residencia feliz
en la capital de la Rioja, había logrado arrastrar a sus sobrinas
hasta Cintruénigo, donde a la sazón pagaban a los señores de Idiáquez
la visita que estos hicieron a Laguardia. ¡Ojo al Cristo!

Muy mal le supo al caballero esta desairada vuelta de Sabas; mas
cuidó de disimular la nueva tristeza que a las suyas y a su nostalgia
se añadía. Pasaba las noches entretenido con sus amigos, entre los
cuales _la fiera inusitada_ de Ibraim hacía el gasto de los chistes
burdos y sainetescos. Rodaba el tiempo, y todo el afán de Fernando era
que volviese pronto Espartero, que allí le había mandado esperar...
¿Esperar qué? ¡Oh incertidumbre!... Para mayor aburrimiento, pasó
el caudillo una noche por Viana, sin detenerse más que media hora,
y Calpena recibió por el ayudante Serrano Bedoya nueva edición del
recadito de marras: «Que no se mueva de aquí hasta que yo regrese, o le
avise dónde debe ir a encontrarme».

—Pues, señor, la broma es ya más que pesada —decía Calpena, buscando
medio de entretenerse con nuevos estudios de las antigüedades
vianesas—. Cuanto más libre me creo y más empeño pongo en disponer de
mi persona, más esclavo me encuentro. Mi sino es este, la esclavitud
constante, el arrastrar cadenas... de rosas si se quiere, pero cadenas
al fin. ¿Qué habrá en mí para que chicos y grandes me honren con sus
afectos más vivos...? Siento no tener a mano al gran Zoilo, el filósofo
del querer potente, para que me dé su opinión sobre esto.

En tanto que don Baldomero iba contra Labraza, en Viana corrían
voces de que la tal operación sería de las más sangrientas. Para
sustituir a Guergué, que perdió su valimiento con el desastre de
Peñacerrada, don Carlos había nombrado general de su ejército del
Norte a don Rafael Maroto. Este, cogido el bastón, se metió en
Estella, ocupándose en reorganizar los batallones y en proveerlos de
lo necesario para una activa campaña. Desde allí mandó recadito a los
de Labraza, encargándoles que se defendieran hasta morir, que él iría
en su socorro, provocando a Espartero a singular batalla en aquellos
campos. Todo anunciaba una brillantísima página histórica; alguien
creía próximo el último acto y quizá la escena final del drama de la
guerra. Pero así como los dramas suelen flaquear en su desenlace por
inhabilidad del poeta que los compone, los lances guerreros también
salen fallidos por torpeza o desidia de estos poetas de la espada. En
resumidas cuentas: que el de Luchana apretó el asedio; que Labraza se
defendió bien, hasta que no tuvo más remedio que rendirse, sin que de
Estella viniese Maroto con todo aquel aparato de fuerzas que anunció.
La esperada lucha decisiva quedose para mejor ocasión, y Espartero,
que había ido con terribles ganas de romperse el bautismo de una vez y
para siempre con su rival de hoy, ayer compañero de fatigas americanas,
volvió grupas, un tanto descorazonado como militar, como político no
descontento de la prudencia de Maroto y de su pereza en sostener el
reto.

Llegó por fin la ocasión que tan vivamente deseaba Calpena, y viendo
entrar a don Baldomero en Viana al caer de la tarde de un caluroso día
de julio, no tuvo sosiego para esperar a que el general le llamase,
y se fue a la casa de los Tidones, donde se alojaba, y solicitó
audiencia, que al instante le fue concedida. Sentábase a la mesa don
Baldomero para cenar con el arcipreste don Alonso de Aimar, con el
alguacil mayor o merino, don Lázaro Tidón, tres señoras de la familia
de Tidón y Asúa, el general Van Halen y otros; y convidado Fernando,
aceptó gustoso la grata compañía. Hablando de la guerra, dijo el de
Luchana con su franca llaneza:

—No me la dio Maroto... Ya me había tragado yo que no vendría. Le
conozco, es muy ladino, y no quiere comprometer el mando, que deseaba y
que no le conviene soltar...

Sin saber cómo, la conversación recayó en cosas muy distintas de los
sucesos militares, como la calidad de las judías verdes de Viana
comparadas con las de Logroño. Sostenía el vencedor de Peñacerrada,
conciliando la justicia con la galantería, que si al carnero de la
merindad de Viana _había que quitarle el sombrero_, en judías _de
riñón_ y en pimientos morrones, _donde estaba_ Logroño y su ribera,
no había que mentar hortaliza. ¡Y para que se vean los misteriosos
engranajes de la palabra humana! ¿Cómo pudo ser que del tratado de las
alubias pasasen aquellos señores a la personalidad de César Borja?
Ello fue así, como también lo es que ninguno de los comensales, incluso
el héroe, poseía nociones exactas de la vida y muerte de aquel afamado
cardenal y guerrero, teniendo Calpena que desenvainar modestamente su
corta erudición para ilustrar al esclarecido senado. No prestó gran
atención Espartero a estas historias añejas, que otras más vivas le
solicitaban, y aferrado a su idea, no cesaba de repetir:

—Es muy ladino, muy ladino...

No pasó mucho tiempo después de la cena, sin que la expectación de don
Fernando quedase... a medio satisfacer, pues Espartero, al conferenciar
con él en su despacho, no hizo más que mostrarle los bordes, digámoslo
así, del asunto que tratar quería, reservándose el cuerpo del mismo.
Con su consabida franqueza ruda, que en muchos casos le resultaba bien,
le dijo:

—¿Pero a qué tiene usted esa prisa por volverse a Medina? Un hombre
como usted, de sus circunstancias, no puede estar cosido a las faldas
de la mamá.

—Mi general, he conocido a mi madre hace poco tiempo.

—Ya, ya sé... Vamos al caso. Usted vale mucho, yo sé lo que usted
vale. No vengamos ahora con modestias ridículas. ¡Entre nosotros...!
En fin, usted es hombre de grandísimo mérito. Lo sé, lo afirmo, y no
hay que desmentirme, ¿estamos? Usted quiere que yo le regale el oído
repitiéndole que es un modelo de caballerosidad, una inteligencia de
primer orden, un joven ilustradísimo... Ea, lo digo yo y basta.

—Pues basta, mi general. ¿Y qué más?

—De sus modales y finura de trato, nada hay que decir, pues bien a la
vista están...

—Cuando usted acabe de echarme incienso, respiraré.

—No es incienso, es justicia... Me habló Urdaneta y otros, otros amigos
que le conocen a usted bien... Y para que el hombre resulte completo,
también somos valientes, ¿eh? Me ha dicho Martín... Pero no trato yo
ahora de valentías militares; estimo, sí, que sea usted hombre de
corazón, de voluntad bien templada...

No exageraba don Baldomero al manifestarse convencido de los méritos
del joven, pues en efecto, don Beltrán le había ponderado, quizás
con lujo de hipérbole, la inteligencia, cultura y dotes sociales del
hijo _extranjero_ de Pilar de Loaysa. Quizás estas cualidades eran
agrandadas por el de Luchana en su viva imaginación, que ciertamente la
tenía, como soldado de arranques, de momentos heroicos.

—Bueno, señor mío —añadió poniendo punto final a los elogios—.
Convencido de que usted vale y de que puede prestarme, a mí
precisamente no, a la patria, a España, a la libertad, servicios
grandes, no dudo en... Decláreme usted ante todo una adhesión
incondicional a los principios que represento, digo, que representamos
todos los leales, que representa la causa legítima de Isabel II, la
causa de la libertad.

Confirmada por Calpena su profesión de fe política, el de Luchana
prosiguió así:

—No cuento con usted para cosas de milicia; le quiero para una
comisión, misión mejor dicho, misión... que le comunicaré cuando
estemos perfectamente de acuerdo en las cuestiones preliminares. Ea,
señor don Fernando, yo no le suelto ya. Si se aflige usted por la
ausencia de su mamá, la traeremos a la Rioja...

—Mi general, tenga la bondad de explicarme...

—No explico más, ¡caramba! Lo dicho, dicho. Le tengo a usted trincado
por los cabezones. Escribiremos a la condesa si es necesario... Yo me
voy mañana a Logroño. No le diré que venga conmigo; pero váyase usted
pasado mañana, cuando guste, y allí seguiremos hablando. Por hoy, ¿eh?,
fijarse bien, como si no nos hubiéramos visto... Esto es reservado. Doy
de barato que sobre las buenas cualidades que usted tiene domina la que
de todas es maestra, la discreción, fijarse, la discreción. Y no digo
más. Retírese usted ya... Buenas noches. Descansar. Hasta luego.

Y se fue el caballero a su hospedaje, sabiendo... que no sabía nada,
sospechando, queriendo adivinar... Toda la noche estuvo viendo ante sí,
en la oscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de
trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla,
labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la
mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelos cortos para una sola
cara. La mirada del guerrero le decía más que sus palabras, y a fuerza
de leer en aquella, creyó descifrar el pensamiento que estas no querían
manifestar.

«Una misión —se decía—. ¿Acaso...? ¿Qué entiendo yo de misiones y
tratos y enredos...? ¿Qué quiere hacer de mí? ¿Un diplomático, un
polizonte? Me ha escogido porque cree que la discreción está en mi
naturaleza... como hijo del secreto que soy..., el secreto mismo. No
acepto. Me voy con mi madre».




XVII


Dormido con la resolución de no aceptar, despertó con la contraria
idea; que estas mudanzas suele traer el sueño a nuestro espíritu; y
ya no se ocupó más que en disponer su traslación a Logroño, buscando
antes a Zoilo para saber si pensaba continuar en la columna, o
solicitar licencia y volver al lado de su familia. Este era el
anhelo de Fernando, y esto le dijo, al encontrarle de regreso de un
reconocimiento practicado por Zurbano en el pueblo de Aras. Alegrándose
de verle, expresó el bilbaíno que desde su regreso de Labraza, donde
había cumplido como bueno, sentía que se le iba enfriando el entusiasmo
militar. Harto de gloria y satisfecha su ambición, renacían en él
las querencias de la familia. Dos días y dos noches llevaba ya con
el pensamiento empapado en la memoria de su mujer, a quien dormido y
despierto veía en su mente, anhelando verla con los ojos de la cara,
para recrearse en su belleza y entregarle el alma y la vida. Si su
mujer le quería, y se curaba de aquella maldita enfermedad de recordar
a otro y esperarle, él sería más feliz que los ángeles del cielo, y
ninguna falta le hacía la gloria militar; que esta, sabíalo Dios, la
buscó por dar a su querer una compensación de aquellas amarguras, y por
llenar los vacíos de su corazón. No cesaba de pensar que su mujer le
echaba de menos, que indagaba su paradero, que padecía por la ausencia
de él soledad y tristeza...

—Y de tal modo —proseguía— se me han clavado en el magín estas ideas,
que ya no puedo menos de tenerlas por cosa cierta y fundada; que lo que
yo pienso con gana, sucede, sí señor, siempre sucede.

—También yo —dijo Calpena—, de algunos días acá, tengo la corazonada de
que tu mujer se ha curado de esa locura de recordar lo muerto y esperar
lo imposible. Sin ningún dato en que fundarme, lo siento, lo creo, y
en ello me voy afirmando cada día más. Es para ti contrariedad grande
el verte ya cogido en las redes de la Ordenanza y no disponer de tu
persona para largarte a tu casa cuando te diere la gana.

Quedose Zoilo al oír esto muy pensativo, acariciándose la cabeza, sin
que en esta brotase la idea que sin duda buscaba, y al fin, suspirando
fuerte, se consoló de la oscuridad de su entendimiento con estas
expresiones:

—En fin, con un querer firme todo se arregla... Volveré a mi casa.

—Pero ándate con mucho tiento, chico, y no se te pase por las mientes
la idea de la deserción, que podría salirte cara. No juegues con
las leyes militares. ¿Gloria quisiste? Tus triunfos te obligan a la
obediencia. ¿Quieres ir a tu casa, ver a tu mujer? Pues aquí me tienes
a mí para proporcionarte esa satisfacción, a mí, que te saqué de la
cárcel y que adquirí con mi conciencia el compromiso de devolverte a
los tuyos sano y salvo. Prométeme no hacer ninguna locura, pues al
ponerte a mi lado, entraste para siempre en el terreno de la razón.
¿Estamos conformes?

—Conformes, mi general. Así le llamo porque usted manda. Y váyase,
váyase pronto a Logroño, y si está allí su novia, como dicen, cásese
con ella, antes hoy que mañana, aunque para ello tenga que robarla...
Si hace falta un amigo de coraje, avise. A casarse, y así estaremos
todos contentos.

—Ni mi novia está en Logroño, ni yo he de robarla, ni ese es el camino,
_Zoiluchu_.

—¿Pues cuál es el camino, señor?...

—Esperar obedeciendo.

—Pues obedezco esperando, como soldado de filas.

No hablaron más, y con apretones de manos se despidieron, trasladándose
don Fernando con sus dos criados a Logroño, a donde llegó muy entrada
la noche. Los oficiales de _Gerona_ que iban con él encamináronle
al parador del _Camerano_, en la calle del Mercado, no lejos de la
_Redonda_, iglesia mayor del pueblo, y halló regular acomodo para
sí y su gente; cenó y durmió tranquilo; y como no se le cocía el
pan mientras celebrar no pudiera nueva conferencia con el héroe, al
siguiente día, en cuanto llegó la hora oportuna para visitas, se
personó en el palacio de Su Excelencia, una casona grande y severa,
con fachada de sillería y ornamento barroco en balcones y ventanas. En
la puerta se encontró a varios oficiales que conocía, y en el primer
tramo de la escalera a su amigo Pepe Concha, quien muy contento de
verle le introdujo en el billar, espaciosa sala del entresuelo. A la
sazón el general despachaba con su secretario: era forzoso que Calpena
esperase un rato, el cual resultó breve por la compañía de aquel
simpático oficial, jefe de la escolta, y del ayudante Allende Salazar.
A la media hora subió Fernando al primer piso, y Espartero le salió
al encuentro muy afectuoso. Vestía de paisano, en traje muy ligero
por causa del excesivo calor; y aún no habían concluido los saludos,
cuando volviéndose hacia una puerta entreabierta, gritó: «¡Jacinta,
Jacinta!». Al conjuro de aquella voz, que era la voz del trueno en
los campos de batalla, y que allí sonaba tan apacible, apareció una
dama de excelsa hermosura, majestuosa en su familiar porte, sin el
menor asomo de presunción en la sencillez casera con que vestía. Al
saludo ceremonioso de Calpena contestaron los dos, marido y mujer, con
esa confianza de buen gusto, propia de personas de viso que gustan de
disimular su superioridad. La dama, más aún que su esposo, poseía un
arte magistral para combinar la llaneza con lo que modernamente se
llama distinción, la gracia con la autoridad. En pie los tres, doña
Jacinta (la etiqueta de la época obliga a conservarle el _doña_) dijo
festivamente al caballero:

—¿Me acierta usted de quién es esta carta? —y al decirlo mostraba una
que tenía en su mano muy dobladita—. A ver, a ver..., ¿conoce la letra?

—Es de mi madre —dijo Calpena mirando el papel que la condesa de
Luchana puso ante sus ojos.

—Ya hablaremos, ya hablaremos. Tengo que reñirle a usted... Así me
lo encargan. Por cierto que es usted el hombre de la mala suerte en
sus viajes. Ayer, ayer mismo pasaron por aquí las niñas de Castro, de
vuelta de Cintruénigo... Pero siéntese, don Fernando. Si tienen ustedes
que hablar, me voy.

—No, no; tiempo hay —dijo el héroe sonriendo—. ¿Y qué me cuenta usted
de ese desastre de Morella?

—¿De Morella? No sé una palabra.

—El pobrecito Oraa se ha visto precisado a levantar el sitio.

—¡Qué dolor! —exclamó la dama suspirando, ya sentados los tres—. Lo he
sentido por todos: por la reina, por el gobierno, por los liberales, y
principalmente por don Marcelino... Es un nombre muy bueno, un militar
que sabe su obligación, y le quiero de veras.

—Yo también —afirmó el de Luchana—. La empresa no era un grano de
anís. ¡Sabe Dios los entorpecimientos con que habrá tenido que luchar
el pobre Oraa, la falta de recursos!... Es la mía: el gobierno quiere
acabar la guerra, y nos tiene sin raciones, las tropas descalzas. Crea
usted, Calpena, que esos malditos moderados nos llevarán al abismo, si
no se les ataja... En fin, este mal paso de Morella, esta retirada ante
Cabrera ensoberbecido... nos parte... ¡Qué contratiempo, qué desdicha!
Por acá íbamos muy bien; ya usted lo ha visto.

—Crea usted, mi general —indicó Calpena—, que este inmenso litigio de
la guerra civil no se ha de sentenciar en el Centro.

—Se sentenciará en el Norte, convenido..., pero los sucesos de allá
ayudan o entorpecen, y este resbalón del pobre don Marcelino... Cuidado
que yo le quiero... Este resbalón ha de traemos consecuencias funestas.
¡Qué lástima, Señor...!

—Pero, Baldomero —dijo la condesa con esa familiar lisonja que tan bien
cae en labios españoles cuando son de mujeres buenas y amantes—, tú no
puedes estar en todas partes.

—¡Yo...! —exclamó el caudillo con modestia, que sin duda no sentía—.
¡Sabe Dios si me hubiera pasado lo mismo, o quizás algo peor!... La
guerra es un azar, un compromiso, y por más que uno ponga de su parte
todo lo que tiene dentro, siempre hay algo que no depende más que del
acaso, de...

—Y usted, mi general, ha sabido entenderse con el acaso.

—¡Oh!, no crea usted... También me ha jugado algunas... Pero, la
verdad, no hay queja...

—No tenemos queja —repitió doña Jacinta—. Dios no nos abandona... ¡Ay,
qué pena! No puedo apartar de mi pensamiento al pobre don Marcelino...
Pero, en fin, dejemos por ahora las cosas tristes... que a don Fernando
tengo yo que decírselas muy gratas, pero muy gratas.

—Todo lo que usted me diga, señora, me será siempre agradabilísimo.

—¿Está bien seguro de eso?... Bueno; luego hablaremos. Váyase usted
preparando.

—Ya lo estoy.

—Y por ahora, dispénseme —dijo levantándose—. Tengo que hacer. No crea
usted: todavía no he acabado de leer la carta...

En pie los dos, el visitante y la señora, cambiaron frases de donosa
cortesía:

—¡Vaya si hablaremos!... Esta noche hará usted penitencia con
nosotros... No, no se admiten excusas. ¡Si usted lo desea!... Está
usted rabiando porque le hable yo de cierta persona...

—No digo que no.

—Pues para su tranquilidad, le diré que ayer estuvieron aquí las niñas
a despedirse. ¡Si viera usted qué guapa está Demetria!

—Lo creo.

—Y Gracia, no digamos...

—También lo creo.

—Pero no creerá que por el lado de Cintruénigo hay nubes...

—¿Y truenos?

—Truenos todavía no... Vaya, no más por ahora. A las siete, don
Fernando.

Solo con el conde, manifestó verdadero ardor porque este acabara de dar
solución al acertijo de Viana.

—¿Pero qué prisa tiene usted? —le dijo Espartero sonriente—. ¡Si ahora
le vamos a tener secuestrado aquí por mucho tiempo! Ya le dirá Jacinta
esta noche su plan de traernos aquí a la condesa...

La entrada del general Ribero, al que siguió, con minutos de
diferencia, la del brigadier Linaje, cortó la visita, y Calpena creyó
discreto retirarse. Acudió al anochecer a la invitación para la cena,
que fue gratísima, con asistencia del general Van Halen, del coronel
Zabala, del ayudante Gurrea, y de la lindísima Vicenta Fernández de
Luco, hermana de madre de la condesa, y bastante más joven que esta.
Doña Jacinta apenas pasaba de los treinta, y Vicenta no llegaba a los
veintidós. Casó el 41 con Pepe Concha.

Llevó el peso de la conversación el bravo militar, comentando y
discutiendo el desastre de Morella. No obstante disponer Oraa de
veintitrés batallones, doce escuadrones y veinticinco piezas de
artillería, y de contar con los expertos generales de división
Borso, San Miguel y Pardiñas, no pudo contrarrestar el empuje de
Cabrera, amparado de las fragosidades y quebraduras de aquellos
montes inaccesibles. Según Van Halen, que conocía bien el Centro y la
clase de guerra que allí se hacía, la culpa del descalabro del buen
Oraa era del gobierno, que en punible abandono tenía los servicios
de administración, en atraso las pagas, descuidado el vestuario, así
como el suministro de municiones. Debía Cabrera su renombre, más
que a sus cualidades de astucia y arrojo, a la incuria de nuestros
gobernantes, que no habían sabido poner en manos de los defensores de
la reina armas eficaces para combatirle. De sobremesa, mientras por un
lado despotricaban los caudillos sobre este para ellos sabroso tema,
por otro doña Jacinta y su hermana platicaban con don Fernando de la
admirable resistencia de la niña mayor de Castro, en el asedio que
nuevamente le ponían los Idiáquez con ayuda de su fuerte aliada doña
María Tirgo. De buena tinta sabía la condesa que, desesperados los
sitiadores de la constancia de la señorita mayor, habían tratado de
entenderse con la menor, creyendo encontrar en ella ambiciones de ceñir
corona de marquesa. Pero la vivaracha niña quería imitar a su hermana
en la vocación de quedarse para vestir imágenes. De todo ello resultaba
que don Fernando no tenía perdón de Dios si no cambiaba su actitud
circunspecta por otra más decidida. Sin mostrarse el galán abiertamente
contraria a estas ideas, pues la galantería se lo vedaba, halló medio
de rebatirlas aceptándolas y de hacerlas suyas agregándoles cantidad
de ingeniosos _peros_, todo con gran derroche de ingenio y picardía
graciosa. Así entretuvieron la primer noche, retirándose Calpena muy
agradecido a tanta bondad, y ligado ya por cordialísima simpatía a la
familia del héroe.

Ningún día dejó de acudir al palacio da la plazoleta de San Agustín. No
siempre pasaba al despacho de Espartero, que a menudo tenía visitas, o
tareas urgentes con Linaje u otro secretario, a las cuales consagraba
largas horas, fumando constantemente puros habanos de los mejores. En
doña Jacinta observó Calpena el prototipo de la dama casera, pues no
había otra que la igualase en dirigir y conservar en orden perfecto su
casa y servidumbre, sin olvidar por esto las obligaciones sociales.
Inflexible para exigir a todos cumplimiento, era tan ordenancista en
su hogar como don Baldomero en los campos de batalla. Las comidas se
anunciaban a toque de campana, y ¡ay del que dejara de acudir a su
puesto! El general mismo no se desdeñaba de dar a conocer su miedo a
las severidades de la digna esposa. Era muy sobrio en las comidas, y
para él no había mayor suplicio que estar largo tiempo en la mesa.
En días de convite o de extraordinario, se deshacía en impaciencia,
anhelando que llegase pronto el momento del café y los puros. Ensalzaba
las comidas breves; solía decir que debíamos buscar un medio de
ingerir de golpe los alimentos en el estómago, _como se carga un fusil_.

Cuidábase Jacinta de poner coto a la excesiva largueza del héroe
en socorrer pobres y dar auxilio a necesitados, pues aunque era
caritativa, no gustaba del despilfarro, que aun por generosidad es
cosa mala. Espartero fue hombre que no reclamó nunca del gobierno las
pagas atrasadas, ni se cuidó de que la nación le reintegrara las sumas
que anticipó de su bolsillo para dar de comer a los soldados, y así lo
hizo más de una vez, porque era fuerte cosa pretender llevarles a la
victoria con los estómagos vacíos. Los parientes pobres de Granátula
y Almagro habían encontrado en el general una mina inagotable, y los
desvalidos de Logroño no padecían hambre. Si le adoraban los soldados
por valiente, pródigo de su sangre, no le querían menos los pedigüeños
por el arrojo con que vaciaba sus bolsillos. Estos y su corazón estaban
siempre abiertos al heroísmo y a la limosna.

Sin contrariarle abiertamente, procuraba doña Jacinta reducir su
magnanimidad a limites razonables; mas no alcanzaba en este terreno, la
verdad sea dicha, tantas victorias como él combatiendo a los sectarios
del _retroceso_. Gozaba la excelente señora la simpatía y admiración
de todo el pueblo, por lo bien que sabía manifestar su superioridad
social sin ofender a nadie, porque guardando las etiquetas era cariñosa
y accesible. Adoraba el orden, creía en la eficacia de los puestos
personales, y deseaba que cada cual ocupase el suyo y respetase los
ajenos. Con los humildes sabía ser cariñosa, con los grandes un poquito
encopetada, con todos afable y digna. Su amistad con Pilar de Loaysa
databa de cuando esta se casó y Jacinta era una niña que aún vestía de
corto. En Zaragoza se conocieron, ligándose con entrañable ternura, a
la que siguió más tarde relación continua por correspondencia cariñosa.
Juntáronse años adelante, por muy pocos días, en Pamplona, cuando
Jacinta, soltera todavía, galanteada por Espartero, estaba en todo el
esplendor de su hermosura, y ya la duquesa de Cardeña peinaba canas;
después no se vieron más. El secreto de su amiga lo supo la condesa
de Luchana por la revelación que a Espartero hizo don Beltrán; y si
antes de conocer a Fernando le estimó, conocido le miraba con afecto
fraternal, como de hermana mayor; y cuando la informó doña María Tirgo
de que era hijo de un príncipe, le tuvo en mayor aprecio, y vio más
claras sus altas dotes de inteligencia, nobleza y elegancia.




XVIII


No se habría conformado don Fernando con la ociosidad en aquella
tierra hospitalaria, si la frecuente correspondencia con su madre no
vigorizara su espíritu. No cesaba la noble señora de recomendarle
que prolongase su permanencia en Logroño, que fuese agradecido a las
bondades de Espartero y su familia, pues le convenía ciertamente estar
al arrimo de quien, por su autoridad militar, y la política que iba
adquiriendo, parecía llamado a ser en breve tiempo el árbitro de los
destinos de la nación. «Doloroso es para mí —le decía— el verme privada
de tu presencia; pero me consuela de mi soledad el saber dónde y con
quien estás, el considerar reconocido y apreciado tu mérito, principio
quizás de las grandezas que deseo para ti». Y contestando a la carta en
que se le manifestaba el deseo de doña Jacinta de traerla a Logroño,
decía: «La impresión primera ha sido de regocijo; pero después la
reflexión me ha hecho conocer que mi presencia podría perjudicarte. Tú
no lo creerás así; yo veo las cosas con frialdad, y no puedo desechar
la idea de que por algún tiempo debes permanecer sin mí al lado de
esos señores. Bien sabe Jacinta cuánto le agradezco sus afectos
cariñosos. Pero en su buen juicio comprenderá que a todos nos conviene
mi oscuridad, y que esta es necesaria para que tú brilles». Contestaba
don Fernando a estas razones que él no quería brillar; que ningún bien
social podía compensarle de la ausencia de su querida madre, y que, por
tanto, persistía en ir en su busca en cuanto los caminos se hallasen
despejados, para mayor seguridad del regreso.

Notó el caballero que constantemente llegaban a Logroño y
conferenciaban con el general personas diversas, venidas unas de
Madrid, otras de Pamplona, como emisarias del virrey, general Alaix;
otras, de pinta muy extraña, parecían procedentes del cuartel de don
Carlos. Entre las caras madrileñas, algunas reconoció Fernando como
significadas en la patriotería más ardiente. Creyó ver también a don
Antonio González, a Ferraz, a Sancho y a otros partidarios juiciosos
del _progreso_. Indudablemente el general apoyaba con decisión la
idea que empezó a llamarse _progresista_, declarándose enemigo del
bando moderado y disparando contra él bala rasa, sin reparar en las
manifiestas concomitancias de este partido con la gobernadora. Le
traía muy inquieto la protección que esta y su camarilla daban a Ramón
Narváez, permitiéndole organizar el ejército de reserva, como un
medio indirecto de hacer sombra a Espartero y de levantar frente a él
un nuevo ídolo militar. No le gustaban a don Baldomero estos ídolos
secundarios, que podrían ser dioses mayores el día menos pensado, y
la influencia política que alcanzado había con su victoria, no se la
dejaría arrancar, ¡vive Dios!, a dos tirones. Un día y otro mandaba a
Madrid quejas del abandono del gobierno; hacía responsables a ciertos
y determinados ministros de las privaciones del ejército; amenazó con
su dimisión si no dejaban sus puestos Mon y Castro, y al fin, con este
_modo de señalar_, dio cuenta del ministerio del conde de Ofalia.
Nombrado Presidente el duque de Frías, poeta y diplomático, Espartero
le exigió que desmembrase el ejército de reserva formado por Narváez,
agregando dos divisiones al de Castilla la Vieja, para contener las
facciones de Merino y Balmaseda; pidiole que, en reemplazo de Oraa,
fuese nombrado Van Halen general del Centro. A regañadientes, cediendo
a la presión del que dueño se hacía de todos los resortes, _quia
nominor leo_, el buen don Bernardino, excelente hombre, prócer ilustre,
y ante todo poeta insigne, se doblegaba y sucumbía por su propio miedo
y por los altos miedos palatinos.

Nunca habló de estas cosas Calpena con el general, quien, en sucesivos
coloquios, fue menos reservado respecto a la índole de la comisión que
confiarle pensaba. Uno de los primeros días de septiembre, a punto
que el Cuartel general se movía para emprender operaciones de que
nadie tenía conocimiento, dijo Espartero a su amigo, en forma que no
admitía réplica ni excusa, que a seguirle se preparase. Llevado de la
fascinación que el héroe sobre él ejercía, y cediendo además a una
extraña querencia del misterio y a ideas de elevada ambición que le
rondaban la mente, no vaciló en obedecer. Despidiole la condesa con
afecto maternal, asegurándole que en compañía de su marido no podía
correr ningún riesgo; afirmó él gozoso que nada lo importaba exponer
su vida, con tal de ser grato a su ilustre amigo, y partió entre la
comitiva del Cuartel general, llevando a uno solo de sus criados, Urrea.

Por toda la orilla derecha siguieron, sin parar hasta Lodosa, y era
general la persuasión de que se preparaba un ataque a Estella. Al
anochecer de aquel día, 3 de septiembre, las avanzadas de Espartero
se tirotearon con guerrillas carlistas; pero estas desaparecieron
durante la noche, y el ejército liberal siguió hasta Artajona. Nueva
detención, que en este punto fue más larga, porque recibió el general
noticia de un descalabro de las tropas de Alaix, virrey de Navarra,
el cual, empeñado en duro combate con los carlistas en el Perdón, fue
rechazado con bastantes pérdidas, resultando heridos el mismo virrey y
su segundo, Espeleta. Esto y la noticia de que Cabrera, ensoberbecido
con el triunfo de Morella, mandaba una división a engrosar las fuerzas
de Navarra, detuvieron a Espartero en su marcha, si es que esta tenía
por objeto atacar a Estella, lo que no se sabe, pues a nadie comunicó
su pensamiento. Humor endiablado tenía el general en aquellos días, y
su indecisión revelaba la crisis de su ánimo. Dio instrucciones para
que don Diego de León, que operaba en la Solana, ocupase determinados
puntos, y para que la división de Hoyos hiciese un reconocimiento
hacia los Arcos, y otras disposiciones tomó, cuyo alcance nadie podía
penetrar. Al quinto día llamó a Calpena, y sin encerrarse con él,
paseándose juntos en un abandonado huertecillo de la casa donde el
general se alojaba, hablaron. La conversación, oída de lejos, habría
podido pasar por insignificante, pues carecía de toda solemnidad y de
tonos graves y misteriosos.

—Yo me vuelvo a Logroño a darme otra descansadita —dijo don Baldomero
con jovialidad—; pero usted, amigo don Fernando, aquí se queda, y por
de pronto, se incorpora a las fuerzas de Diego León. Luego hará usted
lo que le mandaré ahora mismo en pocas palabras. Oído: dentro de un
rato se va usted a su alojamiento, y no se mueve de allí hasta que
reciba un recado mío.

—Bien, mi general.

—Mi recado es lo que menos puede usted figurarse. Consiste en un mazo
de puros habanos, y se lo llevará un arriero... No sé si usted le ha
visto... Le encontramos en Lodosa con su recua... Todo el ejército le
conoce.

—En efecto, le vi, y me dijeron su nombre; pero no me acuerdo.

—Se llama Martín Echaide. Es popular y muy querido en estas tierras.
Tanto nosotros como el enemigo le permitimos franquear las líneas, y
recorrer libremente el país, porque se ha declarado neutral, y sostiene
su neutralidad como un caballero.

—Pero no lo será realmente.

—Me figuro que no —dijo Espartero con acento de marrullería fina—. El
objeto de llevarle los cigarros es para que le conozca a usted y se
fije en su rostro... ¡Ah!, no haya miedo de que se le despinte. Nada
le dirá a usted, ni usted a él tampoco, como no sea el mandarme las
gracias por los cigarros.

—Hasta ahora, mi general, la misión que usted quiere encargarme es
facilísima.

—Después no lo será tanto. Se queda usted, como digo, con Diego León, y
en el momento en que Echaide se le presente y le diga: «Don Fernando,
vámonos», le obedece usted como si yo se lo mandara.

—¿Y para esto, mi general, tendré que disfrazarme de arriero?

—Justo; procurando, naturalmente, la mayor perfección en cara y ropa.
Disfrazará usted también a su criado, que me ha parecido de un tipo muy
para el caso. Con Echaide va usted a donde él le lleve, que le llevará
bien seguro a donde debe ir.

—Faltan ahora las instrucciones fundamentales, mi general, pues presumo
que mi misión no es tan solo arrear las caballerías del señor Echaide.

—Ciertamente que no. Ya no es un secreto para usted que este bueno de
Echaide me pone en comunicación con una persona del campo enemigo; pero
las cosas graves que entre una y otra parte se han de tratar no son
para expresadas por Echaide, ni es prudente darlas al papel. En estas
embajadas, amigo, no se cruzará ningún papel escrito.

—Ya entiendo, mi general: el papel soy yo, mi buena memoria, y mi
palabra la escritura.

—Justamente. Con su comprensión rápida de todas las cosas me ahorra
usted largas explicaciones. Echaide no es más que el..., el...

—El vehículo; la idea soy yo.

—Exacto. Como nada se escribe, como todo ha de ser verbal, he tenido
que escoger una persona muy inteligente, instruida, que se penetre bien
de mis condiciones, que reciba las del contrario, que las discuta si es
preciso, que transmita fielmente lo que uno y otro digan... También he
tenido en cuenta su caballerosidad, su conocimiento de la historia y de
la política. Para decirlo todo, su falta de ambición me agrada, y su
independencia es para mí una garantía de fidelidad. Conque...

—Comprendido todo, mi general. Ahora falta que escriba usted en mi
mente su pensamiento con signos bien claros, de modo que yo me penetre
bien y no padezca ningún error al transmitirlo.

—Tengo la seguridad de que ni escrito iría con más claridad. Esta noche
se viene usted por aquí, y le diré mis condiciones para la paz. Son
tan sencillas y tan breves, que caben en un papel de cigarro. Procure
el hombre fijarse bien. Mañana vuelve usted. Paseamos un rato en este
jardinillo y repetiré las condiciones para que se graben en su memoria.
No me escriba usted ni una letra, por los clavos de Cristo... Y por
último, nada he de decirle de la reserva, de la absoluta reserva...

—¡Por Dios, mi general...!

—No, no; si estoy bien seguro.

—Pero falta una cosa. Al llegar yo donde está esa persona, ¿cómo
acredito mi calidad de embajador?

—Todo está previsto, Las credenciales que usted ha de presentar son
una sola palabra. Ya lo hemos convenido él y yo: desde Burdeos me lo
propuso.

—¿Una sola palabra?

—El nombre de un pueblo del Perú donde él y yo nos conocimos.
Fácilmente lo grabará usted en su memoria. Mañana se lo diré. Cuando
llegue usted al punto donde ha de celebrar su primera conferencia,
Echaide será su introductor de embajadores. Conque...

—¿Me retiro?

—Sí. Hasta la noche.

Retirose Calpena en un grado de excitación indescriptible, la mente
pictórica del sin fin de ideas que en ella despertaba el grave asunto
en que iba a ser actor, y actor histórico con visos de novelesco.
Era un mundo que se le metía en el pensamiento, con imágenes mil
fabulosas, con representaciones de actos en que probaría su valor y su
inteligencia, con ideas elevadas, con fin nobilísimo como era el de
la paz. Adelante: no se avenía con las seguridades que el general le
dio de que en su misión no correría peligro. Sí, sí, que los hubiera,
pues los peligros y la gloria de vencerlos satisfacían los anhelos de
su alma generosa más que una campaña fácil y sin accidentes. Ningún
fin alto y grande se alcanza sin sacrificio, y es forzoso ver en las
penalidades la consagración de toda labor benéfica.

Recibió puntualmente los cigarros; repitió las visitas al general por
la noche y mañana siguiente. Oyó dos veces las instrucciones, mejor
dicho, las condiciones, que estampadas con letras de fuego quedaron en
su memoria; tomó el santo y seña, o mejor, signo de inteligencia; vio
partir al caudillo para Logroño; incorporose al ejército de León, y ya
no hizo más que esperar, clavados los ojos en la imagen borrosa de su
destino.

El diálogo que se transcribe es exacto en sus ideas y sentido; el
arriero Echaide, rigurosamente histórico.




XIX


Muy a gusto se agregó el caballero al ejército de León, y no poco
orgullo sentía de hallarse tan cerca del héroe, cuyas fabulosas hazañas
parecíanle dignas de un romancero. El creciente influjo político
del de Luchana impuso el nombramiento de Alaix para ministro de la
Guerra, no obstante su reciente descalabro; y vacante el virreinato
de Navarra, fue designado León para este puesto, que tan bien ganado
tenía. Siguiole Fernando a Pamplona, donde hizo nuevas amistades,
muy gratas: Manuel de la Concha, ya coronel, hermano de Pepe, y que
si en la gallarda figura se le asemejaba, no así en el carácter, que
era vivísimo, tirando a violento, poseído de la pasión militar en sumo
grado, y del anhelo de saber mucho y de practicar lo que aprendía;
Domingo Dulce, distinguidísimo oficial de caballería, muy intrépido;
Federico Roncali y otros. Con ellos pasó buenos ratos en los ocios de
Pamplona, que no fueron largos, porque León, nunca harto de combatir,
ni saciado de gloria, salió en busca del enemigo con ansias dementes.
Era un hombre febril, hercúleo, que empezaba en un inmenso corazón
y acababa en una lanza. Se le podrían aplicar los cuatro enérgicos
calificativos de Aquiles: _impiger, iracundus, inexorabilis, acer_.

Encaminose el héroe a Tafalla, buscando camorra a los carlistas. No
era de estos que aguardan las ocasiones más favorables para trabar
batalla. Según él, todas las ocasiones eran buenas. Provisto de víveres
para tres días, se lanzó por aquellos campos como andante caballero,
en busca de lo que saliere, y en Obanos, Legarda y Muruzábal encontró
carne enemiga en que cebar las picas poderosas de sus terribles
lanceros. Admiraba Calpena su gallardía, su varonil rostro, en que
relampagueaban los grandes ojos calenturientos. Los bigotes rizosos del
general eran los mayores y más bellos que en aquel tiempo se conocían.
El chacó, con cimera de plumas ondeando al viento, agrandaba su figura
y hacíala fantástica; su apostura sobre el caballo no tenía semejante.
Fascinaba a la tropa, comunicando a todos, hombres y caballos, su
ardor y fiereza. No le vio Calpena manejar la lanza. La primera hazaña
de Belascoáin, había sido algunos meses antes; la segunda, que debía
ilustrar su nombre, fue meses después, en abril del 39. Cuando se
dieron las reñidas acciones de Sesma y los Arcos en diciembre del
38, ya don Fernando no estaba en el ejército de León, pues un día de
octubre, hallándose meditabundo en Artajona, rumiando su impaciencia y
amargado por las añoranzas, presentose Martín Echaide y pronunció el
conjuro sibilítico:

—Don Fernando, vámonos.

Como asimismo le dijese que uno de sus hombres marchaba a Logroño con
dos acémilas de vacío, no quiso desperdiciar Calpena tan buena ocasión
de escribir a su madre, y lo hizo despacio y amorosamente, enviando a
doña Jacinta la carta, con súplica de que por el conducto más rápido la
remitiese.

Ya en marcha, en una aldea próxima a Mendigorría, emplearon gran parte
de la noche en la operación de vestirse de máscara don Fernando y
Urrea, con las ropas que Echaide traía para el caso, agregando a ellas
la posible alteración de los rostros, en lo que pusieron todo su esmero
y exquisitos primores de arte. Ya don Fernando había descuidado sus
barbas y cabellos, y en estos aplicó tales refregones de tierra, que
pronto quedaron incultos y enmarañados a usanza salvaje. Lavándose
ambos la cara, si así puede decirse, con polvo del camino, obtuvieron
el tono y pátina de una epidermis horriblemente áspera. Cortose
Fernando el bigote, igualándolo con las barbas, para que todo el rostro
quedase como no afeitado en dos semanas. Cuidaron asimismo de las
manos y uñas, procurando en aquellas la endurecida costra de suciedad,
en estas el luto riguroso, y con un poco de hollín, diestramente
aplicado a las orejas, sienes y carrillos, quedó Calpena hecho un
mostrenco tan zafio y bestial que no había más que pedir. En Urrea
no fue tan necesaria la transformación, porque su aspecto proceroso
y su cara vulgar le asemejaban a lo que quería ser. Había hecho don
Fernando estudios de lenguaje, asimilándose un castellano burgalés
de los más rudos con dejos de baturrismo. Bastábale a Urrea con su
sonsonete éuskaro, en lo que poco o nada tenía que fingir. Quedaron,
por añadidura, convenidos los nombres que habían de sustituir a los
verdaderos, llamándose don Fernando, Aquilino Orcha, y más brevemente
_Quilino_, natural de Briviesca, y el otro Francisco Muno, de la parte
de Aramayona. Suponíase, por lo que pudiera suceder, que Muno había
servido cuatro años en la partida de Lucus, y _Quilino_ otros tantos en
la de Merino, retirándose del servicio por la derrengadura que se le
produjo al caer del techo de una ermita en el ataque de Lodosa. Habíale
quedado un impedimento del costado derecho, y la natural torpeza
para mover los remos de aquel lado. Fingía muy bien el caballero la
imperfecta andadura, con ligerísima cojera en que no podía verse la
menor afectación.

Componíase la cuadrilla de cuatro sujetos: Echaide, los dos noveles,
y un cuarto arriero, como de sesenta años, a quien de apodo llamaban
_Santo Barato_. Era el arriero jefe cincuentón, de mediana estatura,
tan chupado de rostro que los carrillos se le juntaban por dentro de la
boca, formando al exterior dos cavernas velludas; los ojos se le metían
hasta el cogote, sin que de ello resultara aspecto de fiereza, sino más
bien como de anacoreta, o como las malas imágenes que representan a los
benditísimos padres del yermo. Su sonrisa de beatitud convidaba a la
confianza. En el cinto de cuero llevaba el rosario de cuentas negras y
pringosas, y un puñal. Era el vestido de los cuatro calzón corto con
peales, chaqueta parda y pañizuelo a la cabeza, las camisas del más
tosco hilo campesino. En suma: a Urrea le faltaba poco para ladrar;
Fernando resplandecía, si así puede decirse, de oscuro idiotismo y
de tosquedad y barbarie. Llevaban cuatro bestias, dos mulos y dos
borricos, mejor apañados que las personas, con sus aparejos en buena
conformidad, y la carga era de pellejos de aceite, algunos garbanzos,
pimentón molido, vinagre y otros artículos de menor cuantía.

Con sus cuerpos y los de sus animales llegaron a Estella al caer de una
tarde de octubre, metiéndose en una posada próxima al castillo y al
paseo de los Llanos. Gran aparato de fortificaciones observó Fernando
en todo el contorno de la ciudad. En la escarpa de los picachos de
Santo Domingo y en los altos de Santa Bárbara, todo era baluartes y
trincheras formidables. Hacia la otra parte, en Porfía y sobre el
Puy, vio también cortaduras y reductos. Las puertas de la ciudad por
el camino de Puente la Reina, y en la entrada del paseo, y en las
cabeceras de los puentes, donde arranca el camino de Viana, eran
verdaderas fortalezas. En el centro de la ciudad vio bastante tropa,
bandadas de clérigos, corrillos de oficiales en la plaza frente a San
Juan, y en la calle Mayor; observó el descuido de policía como signo
de bárbara guerra, los pisos desempedrados, formando charcos fétidos;
cerrados los comercios, los establecimientos de pelaires, los talleres
de carda de lanas, los batanes y tintes, en completa paralización y
abandono. Recomendole Echaide que anduviese lo menos posible por la
ciudad, manteniéndose en el parador al cuidado de las bestias, lo
que le pareció muy bien, y pronto hubo de advertir la sabiduría de
este consejo, pues en el parador, y en una próxima tienda de bebidas
con algo de comistraje, pudo observar a sus anchas, sin despertar la
menor sospecha, el estado de la opinión; solo con poner su oído en
las disputas, vio claros los dos partidos que agitaban el cotarro
pretendentil.

En esta parte decían que era de necesidad fusilar a Maroto; en aquella,
que no había decencia si don Carlos no se limpiaba de las alimañas que
se le comían vivo, el cura Echevarría, el capuchino Lárraga, el obispo
de León, Arias Teijeiro y otros tales. Pedían aquí que viniese Cabrera
a enderezar el torcido altarejo de la causa, pues era el único hombre
de empuje y circunstancias, y allá que la perdición del rey estaba en
los generales de anteojo y compás, y que los propiamente facciosos que
no sabían leer ni escribir le darían la victoria. En ciertos círculos
del bodegón no se recataban paisanos y militares de hablar pestes de
don Carlos, que todo lo fiaba de la Virgen, y consultaba sus planes de
guerra con las monjas flatulentas, hartas de bazofia. Los más devotos
de Su Majestad llevaban muy a mal que cuando iban las cosas de la
guerra tan torcidas, y hallándose el país esquilmado y en la miseria,
saliese don Carlos con la gaita de casarse. ¡Vaya, que tener que
aguantar también reina, sobre tantas cargas como abrumaban a los pobres
pueblos! ¡Y que no vendría poco finchada la de Beira, ni traerían poca
fachenda sus damas y gentiles-caballeros, todos con atrasadas ganitas
de trono y de parambombas reales, en medio de los desastres y de la
inseguridad de la guerra!

Metían su cucharada en los coloquios _Quilino_ y Muno, expresando las
opiniones más contrarias a todo buen criterio, como seres nacidos
para discurrir al tenor de los animales; y así pasaron tres días en
tranquila sociedad y distracciones de bodegón, dando tiempo a que
entregara o colocara Echaide la carga que llevó, y que tomase otra,
consistente en piezas de paño del cuento 24, casimiros y bayetones
estrechos, barriles de vino y algunos trebejos de calderería. Nada
tenían ya que hacer allí. Dos días antes de la llegada de Echaide había
salido Maroto para Alsasua, de donde seguiría hacia Cegama y Oñate.
La misma dirección, por caminos y atajos endemoniados, tomó Echaide
con su cuadrilla, escalando los desfiladeros de Andía, y en todas las
ventas y encrucijadas, así como en los puntos guarnecidos, encontraba
el arriero amigotes, con quienes departía del cisco que tan revueltos
traía a castellanos y navarros. Ningún entorpecimiento hallaban en su
marcha por aquellos vericuetos, porque la solicitud con que Echaide
desempeñaba los encargos, y la forma escrupulosa que sabía dar a su
neutralidad, le garantizaban contra todo recelo. Por la noche, ya le
cogiera esta en alguna venta, desmantelada choza o tejavana, echaba
mano a su rosario, obligando a los suyos a secundarle en sus extremadas
devociones. A los clientes atendía con solicitud, cobrándoles a
conciencia, y en el servicio de todos desplegaba tanta honradez como
puntualidad. Jamás trajo ni llevó soplos referentes a movimientos
de uno y otro ejército, y en ambos tenía protectores y amigos que
apreciaban sus raras cualidades de ermitaño trajinero.

Bajando de los puestos de Aralar hacia Cegama, les cogió un temporal de
nieve y ventisca que por algunos días les tuvo prisioneros sin poder
ir adelante ni atrás, defendiéndose contra el frío en unas cabañas
de pastores. Hasta las soledades inhospitalarias en que se guarecían
llegaba el rumor de la ola revolucionaria que por abajo corría. También
allí, viejos que parecían salvajes pedían que descuartizaran a Maroto
y lo echaran a los perros, y soldados errantes que iban a unirse con
sus cuerpos abogaban porque se ahorcase a Guergué con las tripas de
Arias Teijeiro. Con hogueras se defendían los trajinantes del horroroso
frío, que recrudeció la cojera de _Quilino_, obligándole a unos andares
enteramente grotescos. Aprovechando una clara, avanzaron por la
vertiente abajo en busca de mejor abrigo: en una casa en ruinas, donde
se agazapaban media docena de soldados que venían de Ormáiztegui y unos
leñadores míseros, se trabó disputa tan brava sobre quién o quiénes
habían traído el reino a tanta perdición, que no se pudieron contener
en la pendiente de las palabras a los hechos, y algunos palos tocaron a
Calpena, que hubo de aguantarlos con cristiana mansedumbre, porque el
coraje no delatara su condición, tan bien disfrazada. Entre el tumulto,
y mientras se frotaba la parte dolorida, se oyó su voz protestando en
esta forma:

—Ridiós, si vus digo que razón tenís más que serafines. Que afusilen
a Maroto, si vedis que no cumple; pero que si cumple, escabecen a los
empostólicos que le suerben el seso al soberano rey... Eso vus digo, y
tamién que afusilando, afusilando, al que no ande aderecho, veredes la
faición como una balsica de aceite.

—Mía tú, _Patarrastrando_; pues que te afusilen, que aderecho no andas.

—¡Otra!, que me arrimatis con gana. ¡No paicís amigos, ridiós!...

—Desapártate, bruto, y no rebuznes de pulítica.

Un tanto repuestos y desentumecidos en Cegama, arrearon para la
noble Oñate, y en ella dieron fondo en un día de lluvia torrencial,
chapoteando en el lodo, caladitos, y con parte del cargamento averiado.
Albergados en un parador de la calle _Zarra_, advirtieron inquietud
grave en el vecindario y en la gente de tropa. La noticia de que habían
sido presos y sometidos a un consejo de guerra los generales Zaratiegui
y Simón de la Torre, a paisanos y tropa les traía muy alborotados. En
las cuadras del parador vieron a no pocos individuos que se recataban
para leer papeles impresos repartidos por los agentes de Muñagorri,
el escribano de Berástegui, que alzado había la bandera de _Paz y
fueros_. Al siguiente día, despejado ya el cielo y seco el fango de
las calles por un furioso viento, vieron escenas interesantes que
revelaban el gran rebullicio de la opinión y el descontento de unos y
otros. Casi a las puertas de la iglesia mayor, un grupo de soldados
insultó a dos clérigos que salían de sus devociones, y a la entrada
de la calle de Santa María, un grupo alborotaba con amenazas a la
Intendencia, por la detestable calidad de los víveres. Corrían voces
de que se habían interceptado cartas de Maroto a generales de Isabel,
proponiendo condiciones para dar el pasaporte a don Carlos; mas alguien
sostenía con visos de autoridad que la tal correspondencia era falsa,
obra pérfida de los fueristas de Muñagorri y de otros intrigantes que
hormigueaban en la frontera, protegidos por el gobierno de Madrid y el
comodoro inglés lord John Hay, vulgarmente llamado _Lorchón_.

Y como en Oñate nada tenían que hacer, sabedor Martín de que en un
punto no lejano podrían realizar el fin oculto de su viaje, partieron
hacia Vergara, y a esta renombrada villa llegaron en ocasión que no se
cabía en ella de tanta tropa como entraba por el camino de Durango. Era
el ejército de Maroto.




XX


Lo primero que hizo Echaide, después de albergar sus caballerías,
rompiendo como pudo por entre la militar turbamulta, fue dirigirse
a cumplir sus devociones de costumbre ante el célebre _Cristo_ de
Montañés que se venera en la iglesia parroquial de San Pedro de
Ariznoa. Largo rato estuvo allí en compañía de _Quilino_ (a quien ya
más comúnmente llamaban _Patarrastrando_), y cuando acabaron de rezar
ante la imagen con extraordinaria edificación, en la misma nave oscura
del templo le dio las instrucciones que creía pertinentes.

—_Patarrastrando_, hijo mío, tú te vas al parador, y allí te estás como
un santico hasta la hora de la cena. Échate a dormir si te parece;
no hables con nadie, que aquí, motivado a estar el rey, hay soplones
y mequetrefes de la policía. No te fíes de nadie, ni aunque sea
sacerdote, o pongo por caso, canónigo. Te duermes; después que cenemos
te diré a dónde tienes que ir, con respeto, hijo, con muchísimo respeto.

Puntual le obedeció don Fernando, y por la noche, después de cenar,
entregole cuatro botellitas de aguardiente, con encargo de que las
llevase a una señora muy principal del pueblo, llamada doña Tiburcia
Esnaola, habitante detrás de la iglesia donde habían venerado al
_Cristo_. No tenía pérdida: era un caserón de sillería, con gran escudo
cubierto de negros paños, y en el portal había una imagen de Nuestra
Señora, alumbrada con dos farolitos. Fue _Patarrastrando_ con las
botellas, cogidas con muchísimo cuidado para que no se le cayeran en el
camino, y hallada fácilmente la casa, entró, y una moza lozana le llevó
por la bruñida escalera hasta la estancia donde salió a su encuentro
una señora bien vestida, no joven, aunque de buen ver, la cual le
mandó poner las botellas sobre la mesa; y no había acabado de hacerlo,
cuando se abrió una puerta, y en el marco de ella apareció gallarda
figura de militar cincuentón, con bigotes, rostro pálido, rugoso y
grave, puro en la boca, el ceño ligeramente fruncido. El mensajero
se acercó pronunciando una singularísima palabra: _Inquisivi_. Dijo
el militar: «Pase usted», y tras él y _Quilino_ se cerró la puerta,
quedando todo en silencio, pues la señora se retiró por otro lado. La
casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño.

Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del
parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando
le tiraron de una pata. Revolviose y dijo:

—_Quilino_, ¿eres tú? Túmbate, hijo y duerme; o echaremos antes un
tercio de rosario si te parece.

Así lo hicieron, y entre los murmullos del rezo perezoso, metían las
cláusulas de un coloquio breve:

—¿Despachasteis?

—Sí, padre.

—¿Tenemos algo más que hacer aquí?... _ahora y en la hora de nuestra
muerte_...

—No, padre.

—Temprano cargamos y salimos, _amén_.

Y temprano cargaron y salieron, _amén_; que a Echaide no le hizo
mucha gracia la marejada que en la villa advirtió, entre _ojalateros_
y marotistas, entre la camarilla _impostólica_ y los que llamaban
moderados. Hablábase de nuevas prisiones de jefes, de fuerte agarradas
entre la reina y el obispo Abarca. Don Carlos se había casado en
Azcoitia y llevaba consigo a la reina con séquito palatino muy vistoso,
dentro de la modestia que la guerra imponía. Pero el infante don
Sebastián, hijo de la de Beira, se peleaba con Echevarría; y Arias
Teijeiro con Maroto; y este con toda la turba palaciega; y la reina se
volvía _moderada_, y el rey quería contentar a todos, y a nadie daba
gusto; y con el nombre de su hijo, el llamado príncipe de Asturias,
apuntaba un nuevo cisma fundado en la abdicación; y Villarreal y Elío,
famosos caudillos, ponían el grito en el cielo, renegando de los
apostólicos; y Su Majestad frecuentaba los locutorios de las monjas
para pedirles consejo y oír sus inspirados vaticinios, haciéndose digno
de que se le aplicaran, con más razón que a su hermano, los ridículos
versos de Rabadán:

      Las pobrecitas vírgenes claustrales
    de tratar a su rey están ansiosas:
    don Carlos, con entrañas paternales,
    ¡ha dado en visitar las religiosas!

Hablando de todo lo observado en Vergara, que era mucho y bueno,
partieron hacia Beasáin, para tomar la vuelta de Navarra, siguiendo
itinerario distinto del que habían traído. Nada les ocurrió digno
de ser contado, sino que uno de los burros enfermó en el paso de
Lecumberri para bajar a Irurzun, y resultando ineficaces los remedios
que le aplicó Martín, maestro en artes veterinarias, el pobre animal
entregó su vida a la inmensidad y su carne a los buitres. Inútiles
fueron también las diligencias para sustituirlo, y, al fin, no hubo
más remedio que malvender parte de la carga del difunto asno, y llevar
a cuestas, repartida entre todos, la restante. Trabajosa fue la
expedición en aquellos días de riguroso invierno, y hasta Puente la
Reina, donde llegaron a primeros de diciembre, no tuvieron descanso ni
abrigo. Pero la salud no les faltaba, si bien _Patarrastrando_ empezó
a sentir verdadero el impedimento muscular que había sido fingido,
lo que felizmente tuvo compostura con los veterinarios remedios que
le aplicó Echaide. En esto, encontraron a León con su ejército, que
victorioso volvía de las acciones de Sesma y los Arcos. Contaban los
soldados maravillas de audacia del general y heroísmos de su tropa.
Animados por tan feliz suceso, apresuraron los arrieros el paso, para
llegar pronto a la tierra baja, pensando que el palizón recibido por
Maroto era parte a precipitar la solución que todos deseaban. En dos
jornadas se pusieron en Sesma, y al siguiente día pasaron el Ebro por
Lodosa, picando hacia Logroño. A media legua de la ciudad, dijo Echaide
a _Quilino_ y Urrea que se quedasen a dormir en una venta que allí hay,
mientras él avisaba al general del feliz arribo de la embajada: creía
complacer a Su Excelencia dándole ocasión de escoger sitio y hora para
recibir a don Fernando antes de que este entrara en la ciudad. No
iba descaminado el ladino arriero, pues su precaución agradó mucho al
de Luchana, y a la mañana siguiente mandó recado con el mismo Echaide
para que _Quilino_ le esperase en la Fombera, preciosa finca propiedad
de doña Jacinta, a corta distancia de la venta que antes se menciona.
Allí pasó el día don Fernando, y se entretuvo recorriendo las huertas
de frutales y los variados recreos de tan hermosa posesión, que aun
en pleno invierno tenía mucho que admirar. El arbolado de sombra no
desmerecía de la rica colección de peros y manzanos; espléndido era
el corral, bien poblado de aves; y por fin, un brazo de la Iregua
penetraba en la finca, formando en ella como una ría o lago delicioso,
donde su república tenían ánades y patos. Sirvió el guarda a don
Fernando la comida que al objeto mandaron los señores, y por la tarde
llegaron Espartero y doña Jacinta, sin compañía de ayudantes ni de
ninguna otra persona, y lo primero fue reír ambos de la pintoresca
transfiguración del caballero, jurando que no le habrían conocido si le
encontraran fuera de aquel sitio. Diéronle luego noticias muy buenas
de Pilar, y con las noticias las cartas que le aguardaban, dejándole
que a su gusto se entregase al deleite de leerlas, o al menos de
repasarlas rápidamente. El rostro del caballero mientras leía revelaba
su regocijo y satisfacción. Su madre gozaba de excelente salud, y
aunque desconsolada por la ausencia de su querido hijo, se alegraba de
verle campeón de noble empresa, propia de un gran caballero cristiano
y español. Enterado de lo que más vivamente le interesaba, se puso el
caballero a la disposición del general, que ya impaciente aguardaba una
pausa en los afectos filiales. Apartose la condesa con la mujer del
guarda para pasar revista al ejército de gallinas, y en tanto Espartero
y don Fernando, paseando despacito, hablaron todo lo que quisieron.
Desde lejos se podía ver el rostro del héroe expresando ya el asombro,
ya la ira; oía muy atento, pronunciando algún monosílabo con vigoroso
apretón de quijadas o arqueo de sus negras cejas.

Imposible transmitir la conversación, que hubo de quedar en vaguedad
incierta, como nebulosa de un suceso histórico. Otras conversaciones se
relatarán; esta no. El oído indiscreto, procurando apoderarse de las
ideas allí manifiestas, solo pudo coger algún concepto deshilvanado.

—¡Pero ese hombre está loco! —dijo Espartero pisando fuerte—.
¡Pretender que se conserven en la persona de don Carlos los honores de
rey... y que a la de Beira también la declaremos reina! Pero, dígame
usted, joven: ¿cuántas reinas vamos a tener aquí? La pobre España será
el país de las innumerables reinas... Esto no puede ser.

Y después se oyó también este cabo suelto:

—No puedo conceder más que el reconocimiento de la mitad de los
grados adquiridos en el ejército carlista. De Madrid me han venido
indicaciones para que reconozcamos la totalidad..., pero no puede ser.
¿A dónde vamos a parar? ¿Qué presupuesto resistirá un Estado Mayor
semejante? La guerra nos ha hecho pobres y la paz nos hará mendigos...
No puede ser...

Y por último, cuando ya terminaba la conferencia:

—De aquí a mañana rectificaré algunas de mis condiciones, a ver si
recortando yo y recortando él llegamos a una inteligencia. ¡Qué demonio
de hombre! Me había hecho creer que se hallaba en mejor disposición...
Pero ¿qué espera? ¿No teme que los apostólicos, sanguinarios, sedientos
de venganza, llenos de ira y de veneno, le fusilen el mejor día?

Refirió Fernando lo que en su viaje había observado, la sorda
revolución que a modo de volcán mugía en las entrañas del partido
carlista, poco antes formidable en su potente unidad guerrera y
religiosa; mas nada de lo que dijo fue novedad para el conde, que por
su bien organizado espionaje no ignoraba nada de lo que ocurría entre
el Ebro y el Pirineo. Concluyó el general diciéndole que se preparase
a volver con nueva embajada, pues una vez iniciado su servicio, no
había de renunciar a la gloria que le reportase. Replicó el caballero
que no ambicionaba gloria, si por esto se entienden los honores y
exterioridades que acompañan a los grandes hechos. Se contentaba con
la satisfacción de su conciencia, y si lograba coadyuvar a obra tan
hermosa, de su parte en el triunfo gozaría en la oscuridad en que
pensaba encerrar para siempre su vida.

—¡Qué pena, don Fernando —le dijo la condesa—, dejarle a usted aquí
tan solito! Pero ya que se ha impuesto, por amor de la patria, tantos
trabajos y privaciones, habrá hecho buen acopio de paciencia. Ya
cuidaremos de que nada le falte aquí.

—Con paciencia dicen que se gana el cielo, y con ella he ganado yo el
afecto de ustedes, para mí tan caro.

Despidiéronse muy afectuosos, y Calpena se quedó solito, dueño de aquel
vergel, en cuyas amenas anchuras daba expansión a su espíritu, libertad
a sus pensamientos, para que vagasen de la mente a la naturaleza y de
la naturaleza otra vez a casa. Exploraba el porvenir, tratando de ver
la probable salida de aquel arduo negocio, y ponía en orden todos los
datos y conocimientos adquiridos para deducir de ellos la histórica
resultante. Recordaba la tenacidad de Maroto en el sostenimiento de
sus proposiciones, y no veía fácil que tal dureza se ablandara sin el
castigo de la guerra. Al propio tiempo, si sufría una cruel derrota,
quedaría imposibilitado para negociar, porque los apostólicos le
quitarían el mando y quizás la vida. Veía la situación del general
faccioso erizada de peligros y dificultades, y le admiraba por el
tesón con que afrontarla sabía. No estaba Maroto, no, exento de moral
grandeza, y miraba al interés patrio, tratando de conciliarlo con los
restos, que restos eran ya, del Estado carlista. Con agrado recordó
Calpena el trato franco y ameno del caudillo de las campañas chilenas,
del vencido en Chacabuco. Su despejo manifestábase desde las primeras
expresiones, y su conocimiento del personal del absolutismo revelaba un
observador sagaz. Poco afortunado en los campos de batalla, lo era en
la organización, en adiestrar hombres y componer muchedumbres para la
guerra. Hubiera sido quizás mejor político que militar. Su destino hizo
de él uno de esos hombres que, dotados de amplia fuerza intelectual, no
aciertan jamás con los caminos derechos, y llegan siempre a donde no
querían ir.

Dos días no más permaneció don Fernando en la deliciosa Fombera,
trabando amistad con patos y gallinas, dando migajas a pájaros y peces,
hasta que, recibidas del general las nuevas instrucciones que se hizo
repetir para grabarlas bien en su memoria, partió con la cuadrilla
al alba de un día de diciembre. Con carga de vino, siguieron todo el
curso del Ebro, aguas abajo, para vadearlo por Tronconegro, y tomar
allí la dirección de Salvatierra por Laguardia y Peñacerrada. Lo que
menos pensaba Calpena era pasar por la patria de las niñas de Castro
en tan extraña disposición, y fue para él un rato triste y al propio
tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra
del caserón de Castro Amézaga, cerrado a piedra y barro; reconocer
también la casa de Navarridas, la iglesia parroquial y demás sitios
que renovaban en su alma memorias dulces. Contempló largo rato, a la
claridad de la luna creciente, el palacio donde había vivido tres
meses, cuidado por los ángeles, y miraba una tras otra las ventanas,
señalando por ellas las piezas y el interior grandioso, el cuarto donde
él dormía, el de las niñas, el comedor, y hasta se fijó en las tejas,
por donde pensaba que andarían los mismos gatos de su tiempo. Ningún
rumor se sentía, fuera del cantar de gallos en el corral de la casa.
Esta dormía con el sueño del justo...

¡Oh, cuánto le embelesó aquella paz, aquel solemne descanso de la vida
laboriosa, de las conciencias puras! ¡La paz! Él la quería, la deseaba
con toda su alma. Por la paz del reino trabajaba, y si Dios le concedía
también la suya, procuraría, sí, agasajarla dentro de la envoltura
más propia de aquel bien supremo, que era la oscuridad junto a seres
queridos.




XXI


De su arrobamiento le sacó el amigo Echaide, y salieron arreando para
Peñacerrada. Llevaban, en sentido contrario, el mismo camino que había
recorrido con las niñas en el éxodo de Oñate. ¡Cómo recordaba su
travesía en el carro, y las escenas de Salvatierra, el encuentro con
Serrano, la batalla con el _Jabalí_, la herida, y por fin Aránzazu con
sus habitaciones de mendigos y el humilde sepelio del pobre don Alonso!
La vieja historia se le presentaba página por página, como un libro
repasado al revés.

En Aránzazu les cogió la Nochebuena, y allí la celebraron entre
amigos, que de Echaide lo eran algunos de los leñadores en las ruinas
aposentados. Pudo enterarse Calpena del bienestar que todos debían a
las generosas niñas, y aunque algo habló de esto con sus huéspedes,
no quiso darse a conocer ni repetir la triste historia. Cenaron y
bebieron alegremente arrieros y leñadores, y _Santo Barato_, hombre
sin semejante para toda fiesta y bullanga, cantó villancicos en
castellano y en vascuence, y bailó la jota y el aurresku con mozos
y mozas de Aránzazu, en medio de grande algazara. Aun en aquellas
alturas apartadas del trajín social, se oía el resoplido de la profunda
revolución de la causa, signo indudable del cansancio del país, y de
las ganas que tenía de sacudirse tanto parásito militar, frailesco y
político.

La primera parada después de Aránzazu fue en Mondragón, donde Echaide
tenía parientes, una prima hermana casada con el sacristán de la
parroquia, otro primo albéitar, y muchos y buenos conocimientos. Era
el sacristán hombre muy leído, se sabía de memoria las _Gacetas_
carlistas, y estaba al tanto de cuanto pasaba en las regias cortes,
empezando por la del _legítimo_. Apostólico furibundo, abominaba,
como el obispo de León, de los generales de anteojo y compás, y en
ellos veía el trastorno y ruina del reino. Hablaba campanudamente buen
castellano, con ínfulas y tonillo de orador, y creía que la única
imperfección del régimen absoluto era _no tener Cámaras_. Con buenas
y sabias Cámaras, que debían ser presididas por un obispo, y sujetas
al rigor dogmático, podrían los hombres de estudios ilustrar las
cuestiones; y el rey desde su real tribuna lo oiría todo, conservando
la libertad de hacer lo que le diere la real gana, que para eso era
ungido de Dios.

Bueno: pues mientras cenaban Echaide y los suyos en casa de los primos
con cierto aparato de limpieza y mejor comida que de costumbre,
disfrutando de tenedores y hasta de mantel, se lanzó Videchigorra, que
tal era el nombre del sacristán, a unas pomposas peroratas que, con
ser enteramente hueras, no cuadraban a la rusticidad de su auditorio.
Calpena le oía con afectada admiración, y el orador observaba en el
rostro de él, como en un espejo, los efectos de su elocuencia. Entre
tanta hojarasca, algo hubo de encontrar _Quilino_ que no le estorbaba
para su conocimiento total de las cosas públicas y de la guerra. Era en
verdad peregrino que habiendo estado en Logroño tan cerca del hombre
que en aquel tiempo movía los hilos del retablo político, no se hubiese
enterado de la representación dirigida por él a la reina, documento
que alborotó a España toda. Pero en la soledad de la Fombera, ¿quién
había de informarle de cosas tan graves, como el mismo general no lo
hiciese? Sofocado ya del derroche oratorio, mas sin perder su hinchada
serenidad, Videchigorra decía:

—Si hay revolución en nuestro reino, no es floja zaragata la que han
armado los corifeos de allá. Ahí tenéis al espadón de _los libres_
echando a la titulada gobernadora un memorial sedicioso, irreverente,
que no es más que la voz de su enojo contra Narváez, por si le dan o le
quitan el mando de cuarenta mil _pistolos_, los cuales no han cogido
el titulado fusil con otro objeto que desbaratar la preponderancia del
_rotulado_ conde de Luchana... ¿Qué es esto? Celos y envidias, señores;
verdadero furor masónico por la dominación. ¿Qué vemos ahí? El nefando
_progreso_, negación de Dios; el execrable culto de la Libertad,
negación de la Virgen... ¿Qué quiere el apócrifo general y conde de
engañifa? Pues quiere la dictadura militar; quiere ser Atila, señores,
el azote del género humano, y venirse luego acá con la guillotina,
la Convención, el culto de los dioses paganos y la libertad de la
imprenta. Espartero, bien lo veis, impone su autoridad a doña Cristina,
y le disputa el gobierno de las facciones de Madrid, las tituladas
Cortes, ministros, oficinas y arbitrios. El masonismo quiere tener en
una mano las arcas reales, y en otra los soldados que con engaño y
violencia defienden el falso trono..., quiere por medios infernales
derribar el trono verdadero, que se apoya en el lábaro, y traernos el
imperio del error y del materialismo... Pues si por el lado político no
es floja la revoltura de los idólatras de la Constitución, por el lado
militar van de capa caída, y no tardarán en recibir el golpe de gracia.
No negaré que hemos tenido algún tropiezo, como el de los Arcos, que
debió ser gran victoria y no lo fue por la ineptitud de un Maroto;
pero nosotros al gran triunfo de Morella podemos añadir orgullosos
el que ha logrado, no lejos de Caspe, el invicto entre los invictos,
el Macabeo de España, don Ramón Cabrera, neto conde del Maestrazgo.
Supisteis, y si no, ahora lo sabéis, que en los campos de Maella
protegió de tal modo el Señor las armas de nuestros leales, que, a este
quiero, a este no quiero, hasta que se hartaron de matar no dieron paz
a los sacros fusiles y a las cortantes bayonetas. En la refriega cayó
muerto el corifeo que les mandaba, un titulado general Pardiñas, que
gozaba fama de temerario, y los prisioneros fueron mil y cuatrocientos.
Quedó el campo de Maella empapado en sangre de cristinos y cubierto de
cadáveres, en lo que se vio clara la mano del Altísimo y su protección
a la divina bandera de don Carlos. Nuestra Generalísima merece mayores
homenajes y devociones más pías que las que le tributamos. Adorémosla,
reverenciémosla; no apartemos su imagen de nuestro pensamiento, ni
su amor de nuestros corazones. Seamos macabeos, seamos valerosos y
píos, hasta dar cuenta de la hidra, señores, de la bestia masónica y
atea. Y pues hemos cenado en paz y gracia de Dios, juntándonos en esta
honrada casa, vosotros, humildes y sencillos como los apóstoles, yo,
más ilustrado que vosotros, yo, que os supero en conocimientos, mas no
en fidelidad al rey ni en entereza para defenderle; pues hemos cenado
con bendición y hasta con cierto regalo, recemos ahora el Rosario
santísimo, para que Dios nos mantenga en su gracia y en la pureza de
nuestra fe.

—_Amén_ —dijo Echaide sacando el rosario, y _amén_ repitieron _Quilino_
y los demás, preparándose al acto religioso, tan favorable a una buena
digestión.

No se vieron libres los pobres trajinantes, a la hora del descanso,
de un nuevo chaparrón oratorio del señor Videchigorra, que furioso
les siguió a la cuadra para contarles picardías mil descubiertas por
los agentes de la Superintendencia de Policía. Astutos emisarios del
masonismo se habían introducido en el campo carlista, sembrando la
discordia con escritos infames, con falsificadas epístolas, en que se
suponían tratos y contubernios de los leales con la rebeldía de Madrid.
El diablo andaba suelto y con máscara de paz, que le servía para
engañar a muchos incautos. Enmascarados de fueristas venían también
los prosélitos de Muñagorri, titulándose _nuncios_ de paz. ¡Buena paz
nos dé Dios! En su delirio habían concebido el diabólico plan de robar
la persona augusta de don Carlos en Azcoitia, sorprendiéndole con un
centenar de hombres osados que de Fuenterrabía se embarcarían para
Guetaria, y de este puerto se precipitarían sobre la residencia real
en la oscuridad y silencio de la noche. ¿Pero qué había de hacer Dios
más que desbaratar proyecto tan sacrílego? Bastole al Señor producir
entre los infames regicidas una confusión semejante a la de Babel, de
modo que cuando se congregaban en Fuenterrabía para poner en práctica
la villana idea, viéronse de súbito imposibilitados de comunicarse
sus pensamientos, porque querían decir una cosa y decían otra, y las
palabras no salían nunca conforme a la voluntad, sino expresando lo
contrario de lo que esta disponía. Y hombre hubo además que, creyendo
hablar vascuence, resultaba expresándose en lengua tudesca o polaca,
cosa en verdad inaudita, prodigio sublime con que el Señor justiciero
anonadó a los enemigos de su causa.

—_Amén_ —murmuró Echaide, casi dormido.

Roncaban ya estrepitosamente los demás, con excepción de _Quilino_, que
le paró los golpes con una tirada de bostezos, sobre los cuales trazaba
la señal de la cruz. Con esto, Videchigorra se retiró, según dijo, a
escribir una carta urgente, y allá dentro se le sentía charlando con
su mujer. Durmiose el fingido arriero hasta media noche, en que se
levantó para dar agua a las bestias y aparejarlas, pues quedan salir de
madrugada; y hallándose en este trajín, vio que por el patio adelante,
bien iluminado por la luna, avanzaba como fantasma la flexible figura
del parlero sacristán. Tembló el pobre mozo.

—Pues eres tú —le dijo la fantasma— el único que está despierto, a
ti confío mi encargo. Es una carta, hijo; una carta de grandísimo
interés, que entregarás en Durango, en la propia mano del señor a quien
va dirigida. ¿Sabes leer? ¿Sí? Pues entérate bien del sobrescrito, y
que se te grabe en la memoria el nombre de uno de los más entusiastas
defensores de la religión y del rey, _don Eustaquio de la Pertusa_. No
será malo que añada para tu gobierno las señas del tal sujeto: talla
mediana, color moreno, edad próximamente como la tuya, ojos pequeños
y sagaces. Y para satisfacción tuya y mía, agrego que en ese señor
verás a uno de los que con más ahínco se consagran a la persecución
de intrigantes y al descubrimiento de las perfidias que nos consumen;
hombre tan piadoso como valiente y leal, que daría su vida por el rey,
como la daríamos tú y yo si necesario fuese..., porque..., te diré...,
óyeme.

Por quitarse de encima la nube dio _Quilino_ su palabra de entregar
la carta en propia mano, y apartose todo lo que pudo, prefiriendo
la sociedad de los burros a la de los oradores. Mas no le valió su
esquivez, porque el otro se le fue encima, brincando por sobre dornajos
y montones de escombros, y le acometió ferozmente con este metrallazo:

—Los que no tengan fe, váyanse con Maroto; los que duden, pónganse
faldas y dedíquense a las faenas mujeriles...

En esto llegó Echaide, que fue pararrayos de Calpena, porque sobre él
descargó la nube, sin que pudiera defenderse con el rosario, por no ser
ocasión de ello. Partieron al fin de madrugada, y a la salida, por el
camino de Elorrio, fue con ellos el hablador, arreándoles con el látigo
de su palabra. Recomendoles que mirasen bien con quién hablaban, y que
no se dejasen tentar de ningún intrigante; que no acogiesen papeles
impresos, y que si a sus orejas llegaban las _chinchirrimáncharras_
de algún _pacífico fuerista neto_, lo pusiesen en conocimiento de la
autoridad. No tuvo Echaide más remedio que desenvainar el rosario, y
_Santo Barato_, hombre poco sufrido y de malas pulgas, empezó a recoger
pedruscos con la idea de abrirle el camino del cielo, por un martirio
semejante al de san Esteban.

Dejándole atrás, le vieron hablando con un árbol, hasta que pasaron
dos mujeres, y de parola con ellas se volvió a Moodragón. Ya muy
adelantados en el camino, Echaide, quedándose atrás con _Quilino_, le
dijo:

—Nos guardaremos de dar esa carta del primo Videchi, que, como has
visto, tiene en la cabeza un molinillo, y no piensa ni dice más que
disparates. Conozco a ese Pertusa, que es uno que anda en enredos de
los _fueristas netos pacíficos_; otro más agudo y metidillo no lo hay
acá. Ha engañado al pobre Videchi haciéndole creer que trabaja por lo
_impostólico_. Todos esos tunantes hacen juego doble, y se fingen
lo que no son para trabajar por lo suyo, que es hacer tabla rasa de
estos pequeños reinos y mandar a don Carlos a tomar aires. La carta de
Videchi no es más que una lista de los _netos_ de Mondragón, y otra de
los _ojalateros_, que allí son pocos, y explicaciones de lo que tiene
cada uno y de lo que vale. Debemos, pienso yo, no dar el papel, que
nos pondría en el compromiso de hablar con ese Pertusa, mequetrefe muy
entrometido que querrá entrar en confianzas para curiosear. Andémonos
con tiento, hijo. Nosotros a nuestro trajín, a nuestros burros, a la
buena con todos, sin que nadie pueda decir que quitamos o ponemos. Dame
la carta, y yo me encargo de echarla en el buzón de la eternidad.

Pareciole muy juicioso a Calpena el acuerdo de su amigo y jefe; mas
desprendiéndose del encargo no pudo apartar de su mente en todo aquel
día y la siguiente noche la imagen del condenado _Epístola_.




XXII


Como recuerdo espectral, de esos que pintan y entonan la figura y voz
de personas ausentes, perseguía don Eustaquio al caballero, quien no
podía menos de admirar la travesura del astuto aragonés. Habríale
gustado penetrar el secreto de sus artimañas, sorprender entre sus
ágiles dedos los hilos que manejaba; observar la sutil hipocresía con
que se infiltraba en la sociedad que quería corromper. La llegada al
arrabal de Pinondo, en Durango, donde se albergaron, borró aquellas
impresiones, que no revivieron hasta el día siguiente por la tarde,
en ocasión de hallarse el caballero rendido de cansancio y un poco
febril. Grande había sido el ajetreo de entregar y recoger mercancía;
como unas quince veces recorrió cada uno la distancia entre el parador
y el centro de la villa, sin que nada de particular les ocurriese.
En retirada iban hacia su vivienda _Quilino_ y Muno, atravesando por
frente a los arcos de la parroquial de Santa María, cuando vieron
salir de esta una luenga procesión con estandartes y cruces, seguidas
de imágenes, y un concurso inmenso de fieles de ambos sexos, sin que
faltaran cantores y un lucido cleriguicio. Movidos de la curiosidad,
aproximáronse los dos arrieros, y confundidos entre la multitud
pudieron admirar la devoción que en los rostros y actitudes de todo
el gentío se manifestaba, y aun hubieron de sentirse influidos por la
masa, que les atraía y les arrastraba sin que de ello se dieran cabal
cuenta. En dos filas larguísimas iban con lento paso, a un lado y otro
del palio, personas de clases diferentes: señores y pueblo, paisanos y
militares, todos con vela encendida, agregando su voz a la salmodia de
los curas. Sin fin de mujeres se agolpaban fluctuando, onda de paño
negro y caras compungidas, y metían también sus desentonadas voces
chillonas en el coro litúrgico. El acto tenía por objeto impetrar
del Altísimo el remedio del mal humano, pidiéndole expresamente que
pusiese fin a las discordias que hacían de su elegido reino un campo de
Agramante. Cada cual agregaría quizás de su cuenta las peticiones que
creyera más prácticas, como la extinción del _marotismo_, o la ruina de
Muñagorri y su canalla.

Observaba el arriero las caras que iban pasando, graves, mirando al
suelo con beata compostura, y de pronto le dejó suspenso la presencia
de don Eustaquio de la Pertusa, que marchaba en la devota fila con vela
y escapulario, emulando con los más celosos en devoción y recogimiento.
Mas no podía sostener su papel de clavar en tierra las miradas, y
las esparcía de rato en rato por la muchedumbre, sin quitar de ellas
la expresión santurrona. Viole don Fernando pasar cerca de sí, y
Pertusa le vio al propio tiempo, clavando en él sorprendidos sus ojos
ratoniles... Pasó, y _Quilino_, cogiendo del brazo a Muno, apartose
de la procesión, abriéndose paso a fuerza de codazos, pues ya todo lo
había visto y no le quedaba nada que ver.

Antes de llegar a Pinondo, la fiebrecilla que se le había presentado
tomó más fuerza, intenso escalofrío le corría por todo el cuerpo, y
apenas podía tenerse en pie. Arreglado el mejor lecho que fue posible,
en la cuadra donde todos dormían, se acostó el hombre, perseguido
por el espectro de Pertusa con escapulario y vela, andando al compás
de la procesión con devoto paso y actitud, y echando de soslayo sobre
el gentío el rayo de sus sagaces ojuelos. Y si por el órgano de la
vista se hallaba el buen caballero bajo la sugestión del _Epístola_,
por el oído se le entraban los campanudos discursos de Videchigorra.
No podía su voluntad librarse de ambas visitas espectrales: a Pertusa
le tuvo en su retina toda la noche, y no cesaba de oír el insufrible
moscardón, repitiendo su oratorio zumbido: «¿Qué pretende el corifeo de
los _libres_? La dictadura, tras de la cual vendrá el satánico reinado
de la diosa Razón... Pueblos engañados por el masonismo, despertad,
venid... Carlos os abre sus brazos amantes; Carlos pío, Carlos
soberano, a todos perdona. Su reino es la paz, el dogma, la obediencia».

Pasó la noche intranquilo, apeteciendo bebidas frescas y azucaradas.
Urrea le arropó cuidadoso, dándole de beber a menudo, y se mantuvo a
su lado vigilante. Sin descabezar un sueño hallose al siguiente día
más despejado, y durmió algunos ratos, descansando así de la visión
de Pertusa como de las retóricas de Videchigorra. Pero al caer de la
tarde, hallándose solo en la cuadra, ya invadida por la penumbra, se
creyó nuevamente víctima de su delirio... ¿Cómo podía ser esto si los
sentidos del enfermo gozaban de suficiente despejo para no confundir
las impresiones mentirosas con las reales? El individuo que vio
acercarse a su lecho humilde no era una engañosa imagen, sino el propio
_Epístola_, en su natural ser, todo vivacidad, agudeza y travesura.

—No se me esconda, señor don Fernando —le dijo cauteloso, bien seguro
de que nadie le veía—. Le conocí en la procesión, a pesar del bien
dispuesto disfraz. Un poco difícil me ha sido después dar con usted;
pero guiado por mi olfato finísimo, ya lo ve..., he descubierto a mi
hombre.

Creyó Fernando de malísimo augurio semejante encuentro, y habría dado
cualquier cosa de valor porque el _Epístola_ que veía fuese creación
de la fiebre. Sintió impulsos de agarrar el palo que próximo al
lecho tenía, y ahuyentar a garrotazo seco la importuna imagen, por
desgracia muy real; pero luego estimó peligroso este procedimiento,
por el escándalo que ocasionar podría. Dejó pasar un rato; y mientras
el entrometido aragonés se despachaba a su gusto con demostraciones
de cordial amistad y respeto, discurrió qué resortes emplearía para
librarse de él, o por lo menos para alejarle sin comprometer el
incógnito riguroso que quería guardar.

—Mire, don Eustaquio —le dijo—, si cree usted que yo vengo en esta
traza con algún fin de intriga política, se equivoca grandemente;
y como me contraríe y me salga con alguna necedad que estorbe mis
planes, sepa que no lo sufro, pues no soy hombre que se deja burlar
por el primero que llega. Yo le aseguro que si no me guarda las
consideraciones que debe a mi persona y al disfraz que he tomado,
por motivos y razones que nada tienen que ver con el carlismo, yo
le aseguro, repito, que si no se conduce usted, con respecto a mí,
como si no me hubiera visto, le haré entender lo que es discreción y
delicadeza, en caso de que me convenza de que no lo sabe.

—Pero, don Fernando, ¡si yo...! No se sulfure, óigame...

—No tengo que oír nada. Usted es quien tiene que andar con tiento, pues
al menor descuido le meto una bala en el cráneo y me quedo tan fresco.

—Pero, señor, ilustre señor..., ¡si no me ha dejado explicarme! ¿Cómo
puede suponer que yo me acerco a usted con intenciones que no sean
leales, y con todo el respeto que usted se merece? Por Dios, devuélvame
su estimación, que en un momento de desvarío parece negarme. Créame,
señor: no me ha pasado por el magín que se haya usted puesto en esa
facha para fines y enredos políticos; eso se deja para los desdichados
que no tienen que comer, como un servidor... En cuanto le vi a usted,
mi finísimo olfato y mi penetración, que nunca fallan, me dijeron que
el señor don Fernando anda en estas comedias por cuestión de amores.
Con esta idea, créalo, hallé fácil explicación a su presencia en
Durango... ¡Como que esperaba verle a usted por acá, cambiado de rostro
y vestimenta! He aquí la razón de haberle reconocido al primer golpe
de vista.

—Pues ya que su penetración por esta vez ha dado en el clavo, pues de
amores se trata y por amores vengo, suspendamos aquí la conversación, y
váyase por donde ha venido, que yo en mis soledades vivo, y con ellas
me basta para lo que me propongo. Sea usted discreto y déjeme.

—¿Está bien seguro, señor, de que no me necesita?

—Segurísimo.

—Piénselo, piénselo, y si en ello se confirma, me retiraré con la
promesa y palabra que doy de respetar fielmente su secreto. Pero yo
confío en que un poco de reflexión le convencerá de que puedo serle de
grande utilidad en su empresa, por no decir aventura.

—Paréceme que no, señor don Eustaquio. Nada puede usted hacer en
obsequio mío.

—¿Ni aun allanarle algún camino... decirle lo que ignora, señalarle el
punto donde encontrará el cazador la res en cuyo seguimiento viene?

Los ojuelos penetrantes del _Epístola_ turbaron a don Fernando, que
no supo ya en qué actitud ponerse, ni si tomar o no en serio el orden
de ideas a que el astuto aragonés quería llevarle. Picado de la
curiosidad, y no queriendo ser menos agudo que su interlocutor, le dijo:

—Agradeciéndole sus buenos deseos de servirme, debo manifestarle que
sus informaciones llegan tarde, pues ya sé todo lo que me conviene
saber.

—En ese caso, señor mío, nada tengo que añadir, sino que me perdone
lo que creerá oficiosidad. Si usted sabe dónde ha de encontrar a la
dama, el cómo y cuándo de poder verla y hablarla, resulto, en efecto,
inútil... No obstante...

—¿Qué?...

En el colmo de la confusión, y viéndose en un terreno desconocido, don
Fernando no sabía qué postura tomar. Pertusa, atravesándole con su
mirar fino, prosiguió así:

—Permítame que le haga una pregunta: ¿la vio usted ayer tarde en la
procesión?

Afirmándose en el nuevo terreno, que aún no conocía, Calpena respondió
con intención capciosa:

—Sí, señor, la vi.

—Iba con doña Prudencia. Don Sabino formaba en la fila, dos cuerpos
delante de mí.

—Todo lo observé, sí señor —aseguró don Fernando haciéndose cargo
del nuevo terreno a que su destino le traía, por mediación de aquel
diabólico sujeto—. ¿Para qué tengo yo los ojos en la cara, señor don
Eustaquio?

—Naturalmente: lo que no ven los ojos de un enamorado, no lo ve el
mismo sol. ¿Y sabe usted también la residencia de la hermosísima doña
Aura?

—Sí, hombre, sí... ¿Cree usted que yo he venido aquí a perder el tiempo?

—Pues si todo lo sabe, no soy un amigo útil, sino un visitante
fastidioso, y con la venia del señor don Fernando me retiro.

Miráronse un rato en silencio, rivalizando los ojos de uno y otro
en penetración y picardía; y como Pertusa repitiese su ademán de
retirarse, le agarró Calpena por el faldón, diciéndole:

—Aguárdese usted un rato... Deje que me levante... Estoy un poco
enfermo; pero no es nada..., puedo salir... Hablaremos en la calle...
Aquí no conviene.

Vistiose presuroso el caballero; dio algunas vueltas por la estancia
y las cuadras próximas para cerciorarse de que no le observaban sus
compañeros de arriería, y echose a la calle precedido del aragonés. Ya
era de noche.

—Vámonos por estos callejones —dijo el caballero guiando—, que no nos
conviene encontrar gente conocida, y hablaremos... Pues, sí, señor
de la Pertusa, si usted me descubre el nido de ese lindo pájaro,
practicará una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe.

—¿No decía yo que podría serle de gran utilidad? Al fin me salí con la
mía. Por lo que veo, usted supo que la familia reside en Durango.

—Eso sí..., pero ignoraba...

—Su casa... Ahora mismo vamos allá; pero tomémoslo con calma, que es
lejos, al otro lado de la población, en el barrio de Curuciaga.

—Aunque sea en el fin del mundo, vamos allá.

—Pues, sí, don Fernando: cuando le vi a usted, mi primera idea fue
suponer que venía con algún intríngulis político. Hoy por hoy,
conspiran aquí hasta las piedras... Después me acordé de haber visto
a doña Aura, y dije: «No, no: este viene a la querencia antigua... Es
natural».

—Y ¿qué sabe usted de Zoilo?

—Que desde lo de Peñacerrada no se tienen de él noticias buenas ni
malas. Está loco. ¡Miren que meterse a guerrear en la partida o
división de Zurbano!... No me sorprenderá que venga el mejor día el
relato de su muerte.

—¿Se supo por Iturbide que Zoilo se batió en Peñacerrada?

—Sí, señor, por Pepe Iturbide, que se pasó a los alaveses, y con ellos
estuvo hasta que su padre y los amigos le cogieron y se le llevaron a
Bilbao.

—Muy bien. Dígame otra cosa: ¿trata usted a don Sabino Arratia?

—¡Anda!... Somos amigos. Y pues no debo escatimar a usted mi confianza
para merecer la suya, le diré... Sé que hablo con un caballero, y que
mis informaciones quedarán entre los dos.

—Hágase usted cuenta de que habla con esa pared.

—Pues don Sabino es de los que he logrado traer a la devoción de mi
causa...

—_Paz y fueros_...

—Bajito, que aquí cada pedrusco es una oreja. Don Sabino es mío, y no
quiere más que el acabamiento de esta estúpida guerra, y que se vaya
_Isidro_ a que le mantenga el rey de Francia.

—¿Entra usted en casa de don Sabino?

—No, señor: nos hemos visto y hablado en casa de un amigo común,
también de los de acá.

—¿Qué otras personas de la familia de Arratia, a más de Aura y
Prudencia, están aquí?

—Ninguna más. El venirse a Durango es por averiguar el paradero de
Zoilo, pues se dijo que había caído prisionero en una acción que se dio
el mes pasado en la parte de Campezu o de Contrasta, no estoy seguro.

—¿Y trajeron acá los prisioneros?

—Algunos... Pero entre ellos no ha parecido Zoilo.

Interrogado acerca de Ildefonso Negretti, si era difunto o había sanado
de sus trastornos de cabeza, nada pudo contestar don Eustaquio. En
esto, atravesaron todo el pueblo, y pasado un camino campestre entre
paredes de piedra seca, franqueando después un llano pantanoso, en el
cual vieron dos lóbregos edificios y una iglesia negra, cuya espadaña
se recortaba sobre el cielo azul estrellado, llegaron a Curuciaga,
barrio compuesto de dos decenas de casas esparcidas entre huertas,
prados y arroyos. La noche era serena y fría, y sobre todos los
objetos extendía el relente una humedad glacial. Embozado en su manta,
don Fernando sentía calor, y el corazón le palpitaba furiosamente.
Parándose, Pertusa le dijo:

—¿Ve usted esta tapia con portalón? ¿Ve usted más allá, dentro del
espacio cerrado, el cuerpo alto de una casa grandona? Pues aquí viven,
y ahora están cenando. Por esta otra parte se ve la luz del comedor...
Allí, allí están... Pero que no se le pase a usted por las mientes
llamar ahora, ni... En fin, como ignoro sus intenciones, no sé qué
debo aconsejarle... No hemos venido, pienso yo, más que a explorar el
terreno, a conocer las posiciones del enemigo, el grado de resistencia
de la plaza... ¿No es eso?

Completamente abstraído, cual si no viviera ya su espíritu en este
mundo, don Fernando no decía nada, y por los dos hablaba el otro.
La viveza y locuacidad del aragonés se anticipaban a las ideas del
que parecía privado del don de la palabra. Las miradas, el alma toda
del caballero, se anegaban en aquel iluminado espacio cuadrangular,
ventana de un aposento donde había personas vivientes, pues había luz.
Y aquellas personas, que él a una sola redujo, la soberana persona
fundamental, ¿qué haría, qué diría, qué pensaría?




XXIII


—Ya voy entendiéndole, señor —dijo Pertusa, cuya grande agudeza
sorprendía los pensamientos del caballero—. Lo que usted quiere saber
ahora es si podremos hacer un reconocimiento del interior de la casa,
de sus entradas y salidas, de los espacios y rincones de la huerta
delantera y del corral; todo ello desde alguna de las casas próximas.
Si tal es su deseo, le diré que dejando pasar la noche, podremos
observar cuanto nos diere la gana por esta parte de acá... Véngase...,
deme la mano..., saltemos este pedazo de pared destruido..., por esta
otra parte hay una casita, que también tiene huerta. ¿La ve? Un tejado
con abolladuras, y bajo el alero un balcón jorobado y un ventanico
tuerto. Pues aquí se albergan dos señoras petisecas que hace treinta
años eran poderosas y ahora viven de la caridad... Son amigas mías,
furibundas apostólicas, que adoran a don Carlos y le ponen velas...
¿Pero esto que importa? Mañana vendremos, y mediante una limosna,
nos franquearán su vivienda para hacer de ella la garita o atalaya
más cómoda que se pudiera imaginar... Y ahora, vámonos, señor don
Fernando, que el rondar es peligroso en estos tiempos y en estos
barrios extraviados. Los espías hormiguean. Todo el suelo que pisamos
dentro y fuera de Durango, mejor dicho, todo el territorio de Vizcaya
y Guipúzcoa, está minado..., hablo figuradamente..., y las minas
cargadas, no con pólvora, sino con ideas y sentimientos, reventarán
pronto. Ya no es fácil encontrar dos carlistas que piensen del mismo
modo en las innúmeras cuestiones que agitan la causa. Quizás, quizás
exista la unanimidad en la idea de que _Isidro_ no sirve para el caso.
Las ilusiones de esta buena gente caen por el suelo. Vámonos de aquí
poquito a poco, y por el camino seguiremos hablando, ya digo, con
cautela, que ahora no hay palabra segura, ni sílaba que no comprometa.

Como se había dejado llevar, dejose traer Calpena, sin oponer réplica
ni comentario a los dichos de su compañero. Andando, miraba a las
estrellas, lo que no dejó de ocasionarle algún tropezón, cuyas
consecuencias evitaba cuidadosamente el _Epístola_ echándole una mano.
Llegados al centro, rompió el silencio don Fernando con estas palabras:

—Quedemos, amigo Pertusa, en reunirnos mañana temprano, y fijemos para
el caso la hora y sitio más convenientes.

—¿Sitio? El pórtico de Santa María. ¿Hora? La que usted quiera,
pues para mí todas son iguales... Ya que entre los dos se establece
la confianza, le diré que desde esta tarde ha empezado a faltarme
la seguridad que aquí disfrutaba yo, que si antes no inspiraba
sospechas, ahora me tienen entre ojos, no por descuido mío, sino
por soplos indecentes... Me ha entrado un grandísimo miedo de estos
infames polizontes, y no me encuentro con ánimos para volver esta
noche a mi casa. Antes de salir en busca de usted di fuego a todos
los papeles cuya conservación no creía de importancia, y los que no
debo destruirlos he dado a guardar a un amigo de toda confianza,
veterinario, el cual se avino a prestarme este favor, a condición de
que albergaría mis papeles, mas no mi persona... en fin, que no puedo
contar con que me deje pasar la noche en su casa. Seamos claros como
buenos amigos, y confiémonos el uno al otro sin reparo alguno. Yo
pensaba que usted, a cambio del servicio precioso de ojearle a doña
Aura, me concedería el amparo de admitirme en la cuadrilla de arrieros,
al menos hasta salir a cuatro leguas de Durango por una parte u otra,
mejor por la parte de Elorrio, Mondragón y Vergara... ¿Qué dice?... ¿Es
atrevimiento lo que pido?

No dio contestación don Fernando a la propuesta del _Epístola_, porque
al punto de oírla vio los gravísimos inconvenientes de acceder a ella.
Sin duda Echaide no permitiría que semejante pájaro se les agregara,
ni el caballero tampoco habría de consentirlo. Detestable compañía
era la de don Eustaquio, pues si por nada del mundo se le debía dar
conocimiento del contrabando que los arrieros llevaban, tampoco
a estos convenía correr la suerte del conspirador _fuerista_, ni
exponerse a participar de los palos y encierros con que le amenazaba
la Superintendencia. Visto así por don Fernando con toda claridad,
se apresuró a cortarle los vuelos, sin meterse en explicaciones, que
verdaderas serían indiscretas, y mentirosas le repugnaban.

—Con nosotros no puede usted venir, amigo Pertusa —le dijo—, ni en la
posada donde estamos, y cuyo dueño es furibundo apostólico, debo yo
albergarle. Lo más prudente es que nos separemos esta noche. Yo me voy
a mi casa, y usted se guarecerá donde pueda hasta el amanecer... ¿Qué
dice? ¿Por qué suspira? ¿Es que no halla sitio seguro donde pasar la
noche? ¿Tiene usted miedo?...

—Sí señor, un miedo horroroso; no puedo ocultarlo.

—En ese caso, no es hidalgo que yo le abandone, siendo su deudor por
el servicio de esta noche y por el que me prestará mañana. Pasaremos
juntos las horas que faltan para la salida del sol, y tempranito
buscaremos medio de introducirnos en la casa de las señoras vecinas de
don Sabino Arratia.

—Eso haremos, sí señor... ¡Ay!, me tranquiliza el verle a usted junto a
mí toda la noche. Dígame, señor: ¿lleva por casualidad armas?

—Hombre, no: en el parador dejé las pistolas.

—¿Por ventura lleva dinero?

—Eso sí..., alguno llevo.

—¡Ay, qué alivio! —exclamó el _Epístola_ recobrándose de su pavura—.
Arma formidable es el dinero, y en ocasiones más eficaz para la
defensiva que las piezas de a veinticuatro. Puesto que usted posee
proyectiles del precioso metal, ya me vuelve el alma al cuerpo: ha de
saber que entre mantenerme con miseria y atender a los gastos de mi
comisión, se me han ido hace dos días los últimos maravedises. Ahora
nos volvemos hacia Curuciaga, y pediremos albergue en un bodegón de
las últimas casas de la villa, en el cual suelo comer algunas noches.
Los dueños de él son buena gente, y tienen trato con la policía; pero
los pajarracos que van por allí son de esos que venderían a _Isidro_
por un pedazo de pan: tal es el hambre a que les tiene reducidos el
titulado ministro de Hacienda. En cuanto vean ellos el _in utroque
felix_, caen atontados. Bastará con media onza para cada uno en el caso
de que se nos presenten... Vámonos por este callejón a salir al campo,
que los caminos solitarios son los menos peligrosos.

Siguiole don Fernando, y ya en descampado, franqueando cercas y
cruzando prados, se le soltó más la lengua al _Epístola_, ya repuesto
de sus angustias por la compañía de un señor benévolo y rico, aunque no
lo pareciese por el artificio de su plebeya facha.

—Somos felices, señor don Fernando —decía, ayudándole a saltar zanjas y
a romper zarzales—, y podrá usted, en todo el día de mañana, dar fin a
su aventura, que entiendo es de las más bonitas que pueden presentarse
a un hombre de su calidad. En la tienda de Zubiri nos recogeremos para
pasar la noche, y en cuanto aclare el día nos colamos en la casa que
ha de ser atalaya nuestra, vivienda de dos señoras que se alegrará
usted de conocer, la una un tanto poetisa y con su poco de latín, la
otra muy pagada de su finura y cháchara social, ambas sesentonas, y
aún me quedo corto, muy gustosas de recordar sus tiempos de grandeza,
que deben de ser los de Maricastaña. Le bastará a usted correrse con
media onza, que será para ellas como si en la casa se les metiera
el Espíritu Santo. No son vizcaínas, sino navarras, de la parte de
Cintruénigo, huérfanas de un general de la guerra del Rosellón, y en
su tiempo tuvieron aquí mucha propiedad, que perdieron por mala cabeza
del marido de una de ellas, don Gaspar de Oñabeitia. Aquí se las conoce
por _las niñas de Morentín_, nombre que les daban el siglo pagado, y
que viene perpetuándose de generación en generación. Hemos de inventar
un bonito ardid para darles la media onza, pues como limosna de un
desconocido no han de aceptarla, y ello será preciso fingir una carta
del propio _Isidro_, o de Arias Teijeiro, lo que yo puedo hacer muy
lindamente, porque _domino_ la letra de casi todos los señores de la
cámara y camarilla, en la cual carta se les dirá que por premio de su
devoción al Soberano y de su lealtad bien probada, se les manda aquel
recuerdito, que también podrá ser un _pequeño óbolo_ de Su Majestad la
reina...

Replicó a esto don Fernando que pues las señoras niñas eran naturales
de Cintruénigo, y en esta villa navarra tendrían lejana parentela y
quizás relaciones, no era preciso que don Eustaquio se molestara en
fingir cartas del rey ni de sus adláteres: más eficaz sería, para el
objeto de cohonestar la limosna, un artificio que al caballero le
pasaba por las mientes. En ello se convino, y llegados al lugar donde
debían pasar la noche, llamó Pertusa, les abrió una mujer gorda,
soñolienta, y entraron a ocupar dos camastros en la trastienda,
entre pellejos de aceite y de vino, sacos de maíz y haces de hierba.
Descansaron sin que nadie les molestase, y por allí no recaló ningún
polizonte ni persona alguna que intimidarles pudiera. Durmió Percusa,
veló el caballero, recalentándose el pensamiento con ideas resucitadas
que se peleaban con las novísimas, y al amanecer, el _Epístola_,
después de platicar en la tienda con el patrón, fuese a don Fernando y
le dijo gozoso:

—Por milagro de Dios nos hemos librado de la canalla, señor mío, y
para mayor seguridad, si hemos de pasar el día en estos arrabales, no
será malo que demos al bueno de Zubiri una de las medias onzas que
destinábamos a los podencos del absolutismo. Untándole así los hocicos
a este buen hombre, que, entre paréntesis, me estima, le tendremos a
nuestra devoción para negar que hemos pasado aquí la noche, si preciso
fuere, y despistar y confundir a la maldita Superintendencia.

A todo se prestó Calpena, pues aunque comprendía que las sutilezas
de don Eustaquio no tenían más objeto que tomarle por proveedor de
sus necesidades y alivio de sus deudas, quería recompensarle con
favores positivos su ayuda en aquella campaña. Además, los ingeniosos
arbitrios del aragonés le hacían mucha gracia; daba con gusto la media
onza, y bastante más, por verle desplegar tanto donaire y travesura.
Acertados anduvieron los que de él habían hecho un instrumento de
conspiración, que otro más cortado para el caso no se encontrara en
toda la redondez de la tierra. Serían las ocho de la mañana cuando,
previos los informes y advertencias que Pertusa creyó titiles para
entenderse fácilmente con las _niñas de Morentín_, a la casa de estas
fueron en derechura, tramando por el camino la fingida historia que
debía justificar el soborno y darle apariencias delicadas. Llamó don
Eustaquio al portalón, y abierto este por la niña mayor, viéronse en un
corral poblado de hermosas gallinas. Ambas _niñas_ se ocupaban en aquel
menester, y mientras la una reconocía con hábil dedo a las aves que
debían poner aquel día, la otra les daba la pitanza de berzas cocidas
con salvado, y les renovaba el agua, y les arreglaba los nidos.

Eran muy parecidas las dos damas: pequeñas, vivarachas, limpias, con
sus pañuelos a la cabeza a estilo bilbaíno, dejando ver sobre las
orejas mechones de purísimas canas; vestidas humildemente, chapoteando
en el fango del corral, con almadreñas, que hacían un _clo-cló_ muy
campesino, eco celtíbero sin duda que nos trae los rumores de antaño al
través de cientos de siglos. Doña Marta y doña Rita acogieron a los dos
mozos con recelo, sobre todo a Calpena, cuya traza no era en verdad muy
tranquilizadora. Mandáronles subir, y soltando las almadreñas fueron
ellas por delante, venciendo con ligereza impropia de su edad los
gastados peldaños de una escalera que marcaba los pasos con gemidos Lo
primero que vio don Fernando al entrar en la estancia principal, que
bien merecía el nombre de sala, fue un primoroso altar con multitud
de imágenes vestidas y angelitos desnudos, estampas varias, todo ello
resguardado de las moscas por tules verdosos, y profusión de flores de
trapo con infantil arte dispuestas, y papeles que imitaban el brillo
de la plata y el oro, y rizadas velas sin encender. En el centro de la
mesa, cubierta de blanco paño con encaje, había un gran vaso lleno de
agua en sus dos tercios inferiores, lo demás de aceite. En este flotaba
una cruz de lata con puntas de corcho, y en el centro de la cruz ardía
una lucecita modesta, familiar, diminuta, que difundía en torno de sí,
con su débil claridad, cierta confianza dulce y plácida, como un ángel
doméstico representado en la forma más humilde.

En cuanto abocó en la estancia, dándose de hocicos con el altarito,
cayó de hinojos don Eustaquio, y sus expresivas demostraciones de
piedad maravillaron y entontecieron a las dos señoras. Calpena, con
menos prisa y devoción no tan ferviente, se arrodilló también, y
mientras rezaba entre dientes, observó que en lo más bajo del altar,
cubriendo la peana que sostenía la imagen de Cristo, campaba el retrajo
de Carlos V, mediana estampa de colorines. La graciosa lucecita
iluminaba el rostro antipático del rey, (que si algo expresaba era lo
contrario de la inteligencia) y su busto exornado de cruces y bandas.
Rezaron también las dos _niñas_, y una de ellas no quitaba los ojos de
don Fernando, como si las facciones de este no le fueran desconocidas,
o si algo quisiese deletrear en ellas. Y al verle persignarse y ponerse
en pie, se apresuró a decir:

—Si no me engaño, el señor es de Cintruénigo.




XXIV


—No soy de Cintruénigo, sino de Ablitas —replicó don Fernando muy
cortés, olvidado del lenguaje baturro que en aquella tierra fingía, y
adoptando su natural dicción—, y traigo para las señoras un encargo del
señor don Beltrán de Urdaneta, mi amo.

Mudas de asombro, las dos damas hicieron intención de santiguarse, y
después cruzaron las manos. Entretanto, Calpena pensaba que era muy
conveniente abordar sin circunloquios el asunto, para ganar tiempo,
para inspirar confianza.

—¡Jesús mío..., Beltrán...! ¿Pero es cierto? ¡Acordarse de nosotras
Beltrán! —exclamó la una mirando a la otra.

—¡Beltrán, ay!... ¡Si no le hemos visto desde el año 5, cuando...! ¡Qué
confusión en mi cabeza!

—Sí, mujer: ¿no te acuerdas? En noviembre del año 5. Estando nosotras
en Tudela, fue a comunicarnos, por encargo de padre, la triste noticia
de la muerte de nuestro hermano don Luis en Trafalgar.

—¡Oh, Beltrán, Beltrán!... Hace cinco años, a la muerte de Fernando
llamado VII, supimos que vivía el primer noble de Aragón, y que andaba
un tanto decaído de intereses.

—Pues aún vive y está bueno —dijo Pertusa, conforme a la lección que su
amigo y él llevaban bien aprendida.

—Y su decaimiento de fortuna —añadió Calpena aceptando el asiento que
las señoras le señalaron— se ha trocado ahora en grandeza y abundancia,
porque, verán ustedes..., ¡qué suerte de hombre!, un tal Francisco
Luco, que en la guerra del Maestrazgo perdió a sus hijos, dejó a don
Beltrán por heredero de todas sus riquezas, consistentes en cincuenta
o sesenta ollas de dinero..., no recuerdo el número..., sepultadas en
diferentes puntos. Desenterradas lleva ya como unas cuarenta y pico, y
el dinero lo vamos transportando a Cintruénigo, donde hay una estancia
no más chica que esta, llena de sacos de onzas y medias onzas...

Las dos niñas se miraban absortas, y luego se pasaban la mano por
la cara como dos gatitos que se relamen limpiándose los hocicos. No
acababan de creer lo que oían, maravillas de cuentos infantiles.

—Y como es don Beltrán caballero muy hidalgo y generoso, hecho a mirar
por las desgracias ajenas antes que por las propias, decidió repartir
la mitad de aquellos caudales entre familias de su conocimiento que se
hallan faltas de recursos. Cuatro criados del señor don Beltrán andamos
en este trajín del reparto, y a mí me ha tocado la tierra de Vizcaya,
y todo el señorío pobre que traigo en esta lista...

Diciendo esto, sacó el papel en que trazado habían una luenga cáfila
de nombres y pueblos, y después de mostrarlo a las señoras, que en
su aturdimiento y estupor apenas pudieron enterarse de lo que veían,
echó mano al cinto y dio a luz una onza. Momentos antes había pensado,
generoso, duplicar la cantidad presupuesta, por la profundísima lástima
con algo de respeto que la digna pobreza de las _nenas de Morentín_ le
infundía.

—Esto es lo que corresponde a las señoras, según mi lista. Pero podrá
tocarles mayor cantidad, pues el amo me encargó que lo resultante de
las partidas fallidas lo repartiese a la vuelta entre los existentes.
A muchos no les hallo; otros han muerto, dejando algún acomodo a sus
familias...

Cogió doña Marta la onza no sin cierto recelo; pasó después la hermosa
pelucona a las manos de la doña Rita; la miraron y remiraron por un
lado y otro. De una mano que la sobaba, pasaba a otra que la movía para
ver el reflejo. ¿Creyeron las señoras la burda historia tramada por los
dos hombres? Si estos no la inventaron mejor y más fina, fue porque no
lo creían necesario. Una de las _niñas_, la que, según los informes de
Pertusa, hipaba por la poesía y el latinismo, se tragó sin esfuerzo
el voluminoso embuste; la otra, más práctica y reflexiva, debió de
ponerlo en cuarentena; pero esta divergencia de impresiones no impidió
la unanimidad de aceptar y guardar la onza, expresando gratitud al
mensajero y pidiéndole noticias de la familia de Idiáquez. Diolas
cumplidísimas don Fernando, y agregaron las señoras que habían tenido
cuatro años antes carta de doña Juana Teresa, mandándoles regalitos y
un delicado socorro en metálico, que agradecieron con toda su alma;
escribieron ellas, y hasta la fecha no habían vuelto a tener noticia.
Amplió Calpena sus informes con pormenores mil de las familias de
Cintruénigo y Villarcayo, edad y referencias de los nietos; y después
de oírle atentas y gustosas las dos _nenas_, dijéronle que observaban
cierta discordancia entre su traje y su manera de producirse, la cual
más bien parecía de caballero bien educado. A esto acudió Pertusa con
la manifestación de que el mensajero de don Beltrán había cursado
estudios mayores en Tarazona, continuando, no obstante su mediana
ilustración, al servicio de casa y familia tan alcurniada.

Tomó luego la palabra don Fernando para contar cómo el señor de
Urdaneta, que había recorrido media España con la expedición real,
al absolutismo pertenecía en cuerpo y alma, y ya se le indicaba
para ministro universal de Carlos V el día no lejano del triunfo y
salvación del reino. Profesando él las mismas ideas que su amo, podía
correr libremente por el señorío de Vizcaya, sin más precaución que
la de alterar un poco su facha, y hacerla más grosera y tosca, con el
fin de que nadie le supusiera portador de cantidades relativamente
cuantiosas. Al llegar a este punto, parecieron ambas más tocadas de
credulidad: a Pertusa le conocían por sectario furibundo de la realeza
carlista; el otro, que entonces veían por primera vez, parecioles más
fino y apersonado que su compañero, a pesar del pelaje humilde. Recayó
suavemente la conversación en los negocios de la facción, mostrándose
Calpena tan entusiasta, que su fanatismo daba quince y raya al de los
más feroces. Tronó contra Maroto, viendo en su doblez el origen de las
desdichas del reino; ensalzó hasta las nubes a don Pedro Abarca, obispo
de León, que debía ser canonizado por valiente apóstol de la causa de
Dios; igualmente encareció los sublimes talentos de Echevarría, padre
Lárraga y Arias Teijeiro, y terminó sosteniendo que san Fernando, san
Luis y san _qué sé yo qué_ eran soberanos de alfeñique en parangón de
la extraordinaria majestad y grandeza de Caídos V.

Por fin, viendo a las dos _nenas_ tan complacidas, amansadas ya y
bien dispuestas para la última suerte, acometieron esta, tomando
la iniciativa el ladino Pertusa. Uno y otro amigo se hallaban
fatigadísimos de la caminata que habían hecho a pie desde Elorrio, y
pedían a las señoras hospitalidad solo por el día, ofreciendo marcharse
a la noche, pues les era forzoso continuar su viaje hacia Bilbao,
llevado el uno por comisiones graves de la real Superintendencia, el
otro por los encargos que de Cintruénigo traía. Al pronto, las dos
_nenas_ se mostraron recelosas, balbuciendo excusas; pero tan expresivo
lenguaje usó el _Epístola_ para convencerlas, y con tanta nobleza y
franca cordialidad apoyó el otro las demostraciones de su compañero,
que hubieron de ceder, siempre con un poquito de escama. Agregada por
Pertusa la indicación de que pagarían con largueza el gasto de una
modesta comida, dijeron doña Marta y doña Rita que muy frugal tenía
que ser, pues en su despensa no había más que huevos, algo de pan y
alubias. ¡Magnífico! Pedir más era gollería.

—Mi compañero Blas —dijo don Eustaquio, percatándose de la necesidad de
bautizar o su amigo— está más cansado que yo, y agradecería mucho a las
señoras que le permitieran tumbarse en cualquier aposento de los que en
la casa tienen para guardar trastos inútiles.

Tanta labia y metimiento desplegó en ello el astuto aragonés, que
pasado un rato se hallaba don Fernando en un cuarto próximo a la
sala, con ventanucho que dominaba la huerta de la cercana finca. Era
una pieza de techo bajo, atestada de rotos muebles y cachivaches,
vestigios luctuosos del antiguo esplendor de las de Morentín, y no fue
difícil improvisar en ella sobre un arcón vacío, al que se agregó una
silla, cubriéndolo todo con mantas, un camastro de relativa comodidad.
Encerrado el caballero en aquel cuchitril, pudo disfrutar a sus anchas
del beneficio de la ventana, principal objeto de aquella improvisada
comedia. El hueco de piedra, como de una vara en cuadro, se dividía en
cuatro vanos por gruesos barrotes en cruz. Excelente era el miradero,
segura el atalaya, pues desde allí no solo se veía todo el huerto
vecino, sino algo del interior de la casa por las abiertas ventanas de
esta. Ávido se asomó el caballero, y un rato permaneció sin ver a nadie.

Siglos le parecieron los minutos: apoyado su pecho en el muro, su
corazón rebotaba contra este, marcando las ansias que transcurrían
antes que la curiosidad fuese satisfecha. Por fin vio una criada, que
al parecer se ocupaba en la limpieza de habitaciones. Un anciano con
almadreñas atravesó la descuidada huerta, en cuyo suelo crecían hierbas
lozanas. Entretuvo el caballero su angustiosa expectativa examinando
los frutales sin hoja, los añosos perales de rugosos troncos arrimados
a la tapia en forma de espaldera, los manzanos escuetos, las higueras
derrengadas, la vieja parra de torcida y áspera cepa, agarrándose a la
pared de la casa, y enganchando en el balcón sus sarmientos más altos.
Junto al muro medianero, entre el corral de Morentín y la huerta de
Arratia, debía de existir un pozo que don Fernando desde su atalaya no
podía ver; y junto al pozo había sin duda pila de lavar, porque a los
oídos del vigía llegaba rumor de chapoteos en el agua, el golpetazo
de la ropa sobre la piedra, y una voz de mujer canturreando bajito.
En estas observaciones le cogió una súbita sorpresa, que fue como un
rayo... En la ventana de la izquierda apareció Aura... Don Fernando,
¡caso inaudito!, tardó algunos segundos en conocerla, en cerciorarse
de que era ella, y más que por el rostro y figura, la reconoció por la
voz, cuando dijo a la mujer que lavaba:

—María, por Dios, ¡qué calma!... Ven pronto.

Desapareció de la ventana, mientras la mujer hacia la casa corría.

Dudó el caballero si lo que había visto era realidad o visión engañosa.
Y de tal modo quedó estampada en su mente la imagen, que continuaba
fijando los ojos en la ventana, no convencido aún de que estaba el
marco vacío. ¿Había ganado o perdido en hermosura la romántica moza?
Imposible discernirlo. Solo era indudable para él que había engrosado
sin perder su esbeltez y gallardía. El color había cambiado: era más
morena; hasta llegó a parecerle negra. La impresión recibida fue como
una serie de impresiones muy rápidas, de centésimas de segundo; la
luz vibrante cambiaba el color y las líneas. ¿Había visto una imagen
temblorosa en ráfagas del aire?... Pasó algún tiempo, durante el cual
introducía el caballero su mirada por las ventanas, como el ladrón que
prueba las ganzúas en ojos de llaves. Creyó sentir la incomparable
voz; mas no pudo entender si reñía o lanzaba notas de júbilo... El
sol despejó las neblinas, y se presentaba un hermoso día de invierno.
Abrigada por sus altas tapias, la huerta debía de tener un temple muy
grato, y la faja meridional, bien asoleada, ofrecía en las callejuelas
que separaban los bancales un piso firme y seco. Apareció un gallo
pintado con dos gallinas, y escarbaba descubriendo bichos que entre
sus damas repartía. Un gato vino después que se paseó con parsimonia
inglesa entre las coles respigadas, buscando ratoncillos campestres;
un perro de cuatro ojos, negro y con las patas amarillas, se dirigió
hacia el pozo, después hacia la casa, grave y meditabundo, y se tendió
al sol junto a la cepa. Pensó Calpena que todas aquellas apariciones
de animales anunciaban nueva sorpresa. La primera que sobrevino no
fue muy agradable, pues consistió en una mujerona alta y bigotuda,
que no podía ser otra que Prudencia, la cual surgió por la derecha
dando voces a otra mujer, en tono displicente. Era cosa de tendederos
de ropa, de cuerdas quitadas de su sitio para amarrar un burro en la
pradera, de palitroques caídos y que debían ser repuestos. Retirose
por el forillo derecho encargando que no faltase leña para la tarde.
Su voz desentonada continuó largo rato sonando a la otra parte de la
casa, donde sin duda estaban la cocina, el corral y leñera. A poco de
esto abriose la puerta central de la fachada que observaba Calpena, la
que a un lado tenía la parra y encima el balcón. Abriola una mujer que
barrió las baldosas del umbral y el empedradillo delantero. El corazón
del galán, golpeando furioso contra la piedra del ventanucho en que
se apoyaba, le decía que por aquella puerta saldría pronto la mayor
belleza del mundo...

Pasó un siglo... En las medias horas veía el caballero piezas enormes,
tiras sin fin de una eternidad que se desarrollaba ante su espíritu.
Oyó rumor de cháchara, risas que indudablemente eran de ella. Ningún
reír humano podía confundirse con el reír de Aura, y pensándolo así,
el caballero apretaba con ira el barrote cruzado de su atalaya, porque
era en verdad muy inconveniente que ella estuviese tan regocijada,
mientras él se estremecía de dolor, amargado por los recuerdos. ¿Qué
motivos tenía para tales esparcimientos del ánimo gozoso? ¿No estaba
su marido ausente?... ¿Acaso habían llegado noticias de él? Era muy
probable que nada se supiese, y que continuaran en la familia los
temores y sobresaltos por la suerte del atrevido mozo. No estaba de
más que la esposa, que bien podía ser viuda ya, mostrase un poquito de
gravedad y compostura. En estas ideas le cogió un estupor, una emoción
inexplicable. No veía nada, y veía un mundo salir por aquella puerta.
Más bien temía, sospechaba, por misterioso aviso de su corazón, la
presencia de un caso, de un hecho monstruoso y al propio tiempo bello,
sublime quizás. «Ya viene», se dijo; y diciéndolo vio que Aura salía
con un niño en brazos.




XXV


Salió con un niño en brazos...

Salió con un niño en brazos. Solo diciéndolo más de una vez se expresa
la tardanza del observador en darse cuenta de aquel caso natural,
tan natural que ya en los últimos nimbos de su pensamiento lo había
previsto. Pero tardaba en creerlo, y mirándolo, viendo a la madre,
como nunca hermosa; viendo al chiquillo, que parecía robusto, alegre,
deseoso de vivir, hubo de añadir a la evidencia la confirmación de la
palabra, y dijo:

—Es ella con su niño, con su niño..., porque suyo es... Se le ve que es
suyo.

Venía doña Aura mal vestida, y un tanto despechugada, señal de haber
dado la teta poco antes. No hacía más que saltar al chiquillo, que al
sentirse bañado del aire y del sol, empezó a echar unas carcajadas
graciosísimas, elevando sus manos rojas. Saltaba en los brazos, y ella
le decía mil ternuras, y a estas seguían tantos, tantos besos, que el
chico protestaba, prefiriendo los saltitos al refregón pegajoso de
los labios de su madre. Avanzó esta hacia el lavadero; pudo verla don
Fernando a una distancia como de seis varas, y reconocer su hermosura,
no disminuida, sino antes bien realzada por nuevas bellezas... El color
era más moreno; pero en su tez resplandecía la salud; su seno, más
abultado, hacía resaltar la flexibilidad de su talle. El chiquitín
parecía de cinco o seis meses, de notable desarrollo y viveza... Por un
momento se vio don Fernando sorprendido por la idea de que el niño se
le parecía... ¡Qué disparate! Era su pena, que al desgajarse en aquella
inmensa emoción, fluctuaba entre lo inconsolable y los consuelos
comunes, impropios de un criterio sano. Observándole bien, vio que el
niño era el retrato de Zoilo; tenía los ojos de su padre, y en ellos la
chispa del querer fuerte.

Dio Aura la vuelta por entre las coles, y mostraba a su hijo el gallo
y las gallinas, queriendo que entrara en conversación con ellas por el
lenguaje de _pipis_...

«¡Y esta es la mujer que hace un año andaba loca por los caminos —pensó
don Fernando—, corriendo tras el problema de su vida! ¡Y al fin la
naturaleza se lo ha resuelto de un modo muy contrario a sus deseos de
entonces! ¡Oh Dios, oh grandeza del tiempo y de la realidad! Pensé
encontrar una lunática, y me encuentro la razón misma. Creí encontrar
una enferma, y me encuentro una madre. Se ha curado dando vida a otro
ser. Este caballero de meses, este nuevo Arratia, nos ha conquistado a
todos, nos ha devuelto a todos la vida, la calma, la salud, quitándonos
de los puestos que habíamos tomado en el terreno antiguo, para ponernos
en nuevo terreno. ¡Oh vida, oh naturaleza!... ¡Y nosotros, enfatuados
con la idea de buscar la solución en nuestras pasiones, en el juicio
nuestro, cuando nuestro juicio no es más que un pobre ciego sin
lazarillo!... Debo hacerme justicia, diciendo que yo había previsto
este caso; sí, lo había previsto...».

Fuera por lo que fuese, ello es que don Fernando, lastimado por lo
mismo que admiraba, apartose del ventanucho y se sentó, sosteniéndose
en las manos la cabeza, que por la gran pesadumbre de sus ideas
difícilmente se conservaba erguida. Largo rato permaneció en aquella
postura, viendo pasar por la oscuridad de su pensamiento una triste
procesión de imágenes, el maravilloso hallazgo de Aurora Negretti en
casa de la diamantista; el rostro de esta, trasunto de María Antonieta
guillotinada; las figuras burlescas de Milagro y Maturana, y por fin la
persona de Aura en distintos aspectos, siempre hermosa, interesante,
espiritual, resplandeciente de ingenio y hechicera gracia... Vio
la escena de Bilbao, la horrible decepción, que parecía desenlace
trágico-tonto y no lo era, pues el verdadero desenlace lo había traído
aquel lindo mocoso, que acababa de tomar el pecho y pronto a tomarlo
volvería. Las rebeldías de ella, sus dudas horrorosas causantes de
locura, ya no eran más que el recuerdo de una dolencia curada, sin
dejar ningún rastro. Nada de aquel trastorno podía volver. El chiquillo
era el médico, era también el amo, y su existencia a todos imponía vida
nueva y nueva conducta.

Al asomarse de nuevo, Aura estaba sentadita en un banco de piedra
frente a la casa, dando de mamar a la criatura. Veíala de espaldas,
frente a Prudencia, que en pie exhibía su figura procerosa a la
admiración del observador. Este la encontró vulgar, antipática. No
podía menos de odiarla; a todos perdonaba don Fernando menos a la
tarasca intrigante, autora de tantas desdichas. Y al fin no había
manera de negarle el triunfo... ¿Habría sido aquella mujer instrumento
de la Providencia?... También se hizo el caballero esta pregunta, y
por cierto que no supo qué contestarse. ¡Estaría bueno que la obra de
Prudencia fuera la mejor, la más lógica, y que los equivocados fuesen
los demás y no ella! ¡Oh tiempo, juez y maestro, definidor augusto,
eternamente sabio!...

Ocurrió después que asomadas a su balcón las _niñas_ de Morentín, Aura
las vio, y ya tapado el pecho y el chico harto, se vino hacia esta
parte saludándolas con mucho afecto.

—¡Rey!... Mira, mira las _nenas_...

Y las _nenas_ le decían mil ternezas, y a ella otras tantas.

—¡Qué guapa está usted!... ¡Ay!, cada día más hermosa, rebosando
salud... Y el cachorro como una bola de manteca... ¡Hija, qué bien
lo cría usted..., da gusto verle, qué guapín!... Vaya unos ojos
asustadicos. Parece que quiere decirnos algo...

Y Aura repetía:

—Es un pillo: no saben ustedes lo tunante que es... Pero malo, malo de
verdad.

Luego los besos restallaban como cohetes. Fernando se retiró otra vez
con el corazón traspasado. Tanto besuqueo le lastimaba.

No tardaron en entrar en el aposento don Eustaquio y doña Marta.

—¿Pero qué le pasa a usted? —le dijo esta—. Parece que ha llorado.

—Si, señora. Padezco una enfermedad muy rara: ello es cosa antigua en
mí. Empiezo con dolor de corazón, y acabo echando un poco de agua por
los ojos. Agua, nada más que agua.

Le compadeció la señora, asegurando que para males de tal naturaleza
no había mejor remedio que el comer. Pronta estaba ya la comida, que
era de las más elementales: tortilla, y un plato hecho al horno por
Pertusa, con pan, huevos, tocino, alubias, queso y castañas. Era don
Eustaquio un gran cocinero, que sabía improvisar manjares exquisitos
con las provisiones de la despensa más pobre. A comer, y a dejarse de
penas y de echar agua por los ojos.

Comiendo en modestísima mesa, con pobre y muy blanco mantel, vajilla
desportillada y cubiertos desiguales, pero todo limpio como el oro,
charlaron de diferentes cosas. La conversación se inició con el tema
de la familia de Arratia, diciendo las señoras que trataban a doña
Prudencia y su sobrina sin otro motivo que el de la vecindad. De
Aura sabían que a poco de casarse padeció una endiablada enfermedad
nerviosa, _a consecuencia de un susto_; se le trastornó el sentido
tan gravemente que no podían sujetarla, y se lanzó a los caminos,
buscando a un príncipe imaginario, héroe de los cuentos infantiles.
Recogida por la familia, siguió a su locura una temporada de sosiego
y de armonía matrimonial; y al fin, ya estaba la guapa moza curada del
modo más feliz, solo por la virtud de su alumbramiento, _que le hizo
revolución en la naturaleza_, y por el gozo que le daba el verse madre
de tan precioso niño. Mas como nunca hay dicha completa, la familia
lloraba la ausencia del hijo, sobrino, esposo y padre, el cual era un
valentón a lo don Quijote y una cabeza desclavijada. Quince meses o
más iban transcurridos desde que se lanzó con otro loco bilbaíno en
busca de aventuras, y a la fecha no se tenían de él noticias directas.
Sabían que estuvo preso en la cárcel de Miranda; que luego le cogieron
y embaucaron los cristinos, afiliándolo en sus infames ejércitos,
infortunio grande, ¡ay!, pues más vale la muerte que el pecado y
desdoro de pelear contra Dios. Añadieron que las últimas noticias,
recogidas de la misma Aura la tarde anterior, eran que el Zoilo vivía y
andaba _con ese Zurbano_, luciendo su bravura, y que don Sabino había
salido nuevamente en su busca, para rescatarle del cautiverio cristino
y traerle a su familia y a las dulzuras de su hogar. La tal Aurora
era una madraza, sin más demencia que el amor de la criatura, y como
esta viviera, no había que temer nuevos arrechuchos. Así lo aseguraba
la sabia Prudencia, cuya cabeza reunía la ciencia de veinte doctores.
Todo su afán era recobrar a Zoilo, quitándole de la cabeza las locuras
guerreras, y cuidándole para padre, pues convenía traer al mundo
tres o cuatro criaturas más, con lo que se aseguraba la conformidad
y curación de la mujer. El matrimonio viviría pacífico y dichoso, y
mientras más fecunda fuese doña Aura, más y más felicidades vendrían
sobre la familia.

Oyó estas cosas Calpena cuidando de ocultar el interés que en él
despertaban. Por no infundir sospechas no preguntó nada referente a
Ildefonso Negretti, y siguió a las _niñas_ en el sesgo político que
dieron a la conversación.

—No puedo creer —dijo doña Marta— lo que ayer oímos: ese fantasmón de
Maroto ha separado a trescientos oficiales, solo porque pertenecen a la
_divina intransigencia_, que es el partido de Su Majestad.

—Pues créanlo —dijo el _Epístola_—, que del don Rafael no hay que
esperar cosa buena.

—Y mientras no le quiten de en medio —añadió don Fernando—, no se
enderezará la causa, que está bastante torcida, como una torre que se
quiere caer.

—¡Caer no, Jesús! —exclamó doña Rita echando lumbre por los ojos—,
que aún tiene el rey a su lado muy firmes puntales. El señor Arias
Teijeiro, que en cuanto habla parece inspirado por el Espíritu Santo,
ha dicho: «Señor, los _brutos_ llevarán a Vuestra Majestad a Madrid».

—Y los brutos —agregó doña Marta— son los limpios de corazón y al
propio tiempo valientes y arrojados; que el arte de las armas es por
naturaleza rudo y se da de cachetes con las letras; y el heroísmo no
casa con esas matemáticas que traen acá los militronches de planitos y
anteojo.

—Ello es que la causa, señoras —dijo Calpena suspirando—, anda
revuelta, y los que adoramos al rey vivimos con el alma en un hilo. Y
ahora, para afligirnos más, nos salen con que la sacra y católica reina
también se tuerce, queriendo transacción, que es decir ¡_Viva Maroto_!

—Eso sí que no lo creo aunque me lo aseguren frailes capuchinos —dijo
doña Marta palideciendo—. ¡La reina, la señora reina..., transacción...!

—Es que anda por ahí una nube de pillos —afirmó Pertusa—, pagados
por Muñagorri o por Espartero, que sirven al demonio echando a volar
mentiras. A mí me han dicho ayer que Maroto aseguró a Su Majestad que
le aceptarán los liberales, si les concede una chispita de Constitución
y unas miajas de libertad de la imprenta.

—Sí, sí: con eso y con que se declarara que no hay Dios, ya estábamos
todos iguales. Una de dos: o Maroto dimite, o le arrancarán de las
manos el bastón. Para esto se necesita un hombre.

—Un faccioso de ley.

—¿Qué hombre hay aquí capaz de colgarle el cascabel al gato?

—Hay uno, sí: Guergué.

—Pues Guergué —dijo Pertusa dándose mucha importancia— y otros dos
espadones de mucho brío que no quiero nombrar..., en fin, los nombro;
pero bueno es que guardemos reserva..., pues Guergué y los generales
don Francisco García y don Pablo Sanz le tienen armado el cepo a don
Rafael, y ustedes han de verle pronto cogido por una pata, ya que no
por la cabeza...

Como el que despierta de un sueño, don Fernando recayó de súbito en la
realidad de sus obligaciones, diciendo:

—El tiempo vuela... ¿Qué tenemos que hacer aquí?

Miráronle con asombro las _niñas_, pues más le creían perezoso que
impaciente, y una de las dos (no consta cuál) le preguntó si había
de distribuir en el propio Durango más partijas del donativo de su
señor. Con el tumulto que en su mente habían levantado las recientes
emociones, se le fue de la memoria el embuste urdido para justificar
su entrada en la casa; y al caer en la cuenta de la torpeza con que
contestó a la _niña_, no se cuidó de enmendarla.

—Muy agradecidos estamos a la hospitalidad de las señoras —dijo—; pero
tenemos mucho que hacer, y nos retiramos.

Mirábale Pertusa, queriendo penetrar el motivo de aquella súbita
retirada; y por no aparecer desacorde con su compañero, repitió:

—Tenemos, sí, mucho que hacer. Es mediodía.

Y las _niñas_ desconfiadas, alzando manteles y recogiendo loza, dijeron:

—Entendimos que en casa permanecerían hasta la noche... La verdad,
pensábamos que querían ocultarse, y ni sabíamos ni pretendemos saber el
motivo... Pero pues no hay ocultación, más vale así.

—Bien podemos —dijo don Eustaquio— andar por todo el pueblo con
nuestras frentes muy altas, pues aquí, que yo sepa, no ha tendido
sus redes el _marotismo_... Y si las señoras no lo llevan a mal,
volveremos, y nos darán la satisfacción de leernos algunas de las
composiciones poéticas, producto del ingenio de mi señora doña Marta.

—¡Ay, no, no, don Eustaquio, por Jesús vivo! —exclamó ruborizada la
señora, en la puerta de la cocina, secando un plato que acababa de
fregar—. El pobre ingenio mío no merece tales honores. Si me entretengo
a ratos perdidos en jugar con las musas, hágolo para mí misma, para
nosotras, o para personas sencillas, no para que se rían de mí los
ilustrados, porque usted, Pertusa, tiene estudios, y el señor, por bien
que lo disimule, no es lo que parece.

—Sea yo lo que fuere —declaró don Fernando sonriendo—, tendré mucho
gusto en oír los versos de la señora. Se me ocurre que si quiere usted
dar las gracias a don Beltrán, lo haga en una linda décima, como es uso
y costumbre en las personas agradecidas que saben metrificar.

—¡Oh!... ¡Qué compromiso! ¡Por Dios, Blas!... Pues no es floja
encomienda la que usted me da.

—Y ello, la verdad, no puede ser más razonable —agregó la otra,
ruborizándose también por cuenta de las dotes poéticas de su hermana—.
Sí, Marta: compón la decimita, que ha de ser muy grata al señor de
Urdaneta.

—Y esta tarde —afirmó don Fernando— volveremos nosotros a recogerla.
Ea, que no perdono la décima. No valen modestias aquí. Y si quiere
usted componer otra a la majestad del augusto monarca, será miel sobre
hojuelas.

—Toma —dijo Pertusa—: Carlos el Grande corta las cabezas de la hidra
marotista para fundar sobre ellas su trono.

—¡Ay, ay, ay, qué magno asunto!... Eso no es para mí. Señores, no,
no... Mi lira es un guitarrillo humilde... Para eso se necesita
trompa..., y lo que es trompa... no, eso no me ha dado Dios.

—Pues con trompa o con guitarra —dijo Fernando, ansioso de salir—, las
décimas estarán listas para cuando volvamos. Señoras, dispénsennos...
Hacemos falta en otra parte.

Aún quiso don Eustaquio, bromeando, entretener algunos minutos; pero a
Calpena se le caía la casa encima; quería salir pronto, huir, ponerse
lejos. Cogió por un brazo a su compañero, y repitiendo las cortesanías
se despidió de las señoras, que hasta la salida les acompañaron,
insistiendo doña Marta en empequeñecer sus facultades poéticas, y en
ponderar la magnitud del literario compromiso en que sus huéspedes la
ponían. Cuando se cerró el portalón dejando dentro las dos caras de
gatitas blancas y relamidas, don Eustaquio preguntó a su compañero si
volverían, y la respuesta fue:

—Como el humo. Cumplido el objeto que aquí nos trajo, doblemos esta
hoja; y adiós para siempre las _niñas_ de Morentín, adiós su casa... y
su vecindad. Historia pasada..., mundo concluido.




XXVI


No menos entrometido que curioso, ardía el aragonés en impaciencia
por conocer las intenciones de su amigo y el estado de la que juzgó
aventura de amor.

—¿Pero qué, señor don Fernando, no entramos en la casa de Arratia? ¿No
hemos venido a sorprender y llevarnos a la hermosa mujer con niño y
todo?

—Cállate la boca, simple. Da por terminada la aventura, y no hagas
preguntas a que no he de responder. Alejémonos pronto de este barrio,
al cual no he de volver en todos los días de mi vida.

—¿De modo que...?

—Chitón.

—¿Y ahora?

—Ahora, yo haré lo que me acomode, y tú callarás. ¿Cómo quieres que te
tape la boca: con dos onzas para que acabes de pagar tus deudas, o con
una morrada de las mejores?

—Prefiero la primera de las dos mordazas presupuestas; y aunque en todo
caso mi silencio ha de ser profundísimo, mi felicidad será mayor si a
las dos onzas agrega vuestra señoría una media más.

—Bueno... Ya sabes que ahora nos separamos, que no has de pensar en
seguirme, ni en buscarme, ni menos en hablar a nadie de mí.

—Conforme. No necesita encargarme la discreción, pues soy agradecido,
y aunque a veces no lo parezca, _caballero también soy_, como dijo el
otro... Si estas razones no bastaran para garantizar mi fidelidad, hay
otra, señor, y es que los dos trabajamos por la misma causa.

—¿Tú qué sabes? Mi causa nada tiene que ver con la cosa pública.

—Es deber de usted afirmarlo así, y nada contesto; pero si don Fernando
cumple reservándose, yo cumplo callando lo que mi finísimo olfato me
enseña.

—¿Qué?

—Que andamos en hociqueos con Maroto.

—¿Quién, tú?

—Usted... Mis papeles son inferiores; pero a un mismo fin vamos todos.
Conque...

—Estás en un error grave.

—Separándonos ahora, yo apostaría... que nos encontraremos en Vergara.

—¿A que no? Yo me voy en busca de Zoilo Arratia, y hasta el fin del
mundo no pararé mientras no le encuentre.

—Pues no irá usted al fin del mundo, sino a Campezu, que por allí anda
Zurbano.

—Abreviemos, que tengo prisa. ¿En dónde te entrego las dos onzas y
media?

—Lleguémonos a la tienda de Zubiri, cuatro pasos de aquí.

Pasado un rato, alejándose de la tienda, repitió don Fernando sus
amonestaciones acompañadas de una despedida terminante:

—Si quieres ser mi amigo, demuéstrame con hechos que mereces serlo. No
me sigas; no me busques; no hables de mí.

—Ni sigo, ni hablo, ni busco; pero sí veo... y callo.

—Es que si no callaras, no habría de faltar quien te cerrara la boca
para siembre.

—Comprendido.

—Y vete a donde quieras.

—No hago misterio de ello. Voy a Vergara, donde encontraré no pocos
amigos, oficiales de Maroto.

—Ándate con tiento.

—Cuide usted de su pelleja.

Y con un adiós afectuoso y apretones de manos se despidieron, corriendo
don Fernando hacia el parador de Pinondo, en cuya puerta le aguardaba
Urrea, loco ya de impaciencia y zozobra, después de pasarse la noche
y el día recorriendo las calles del pueblo y todos sus arrabales.
No tenía por qué darle el caballero explicaciones de su ausencia, y
entrando en busca de Echaide, que también estaba con el alma en un
hilo, hubo de soportar resignado la reprimenda que el digno jefe de la
cuadrilla se permitió echarle, valido de la confianza y llaneza que
con él gastar solía en la dura vida de caminantes. El estupor del buen
arriero subió de punto cuando _Quilino_ le manifestó severamente su
propósito de trasladarse al territorio donde operaba Martín Zurbano.
Halló por fin el otro fácil modo de conciliar todas las obligaciones,
pues despachado primero el asunto capital en Vergara o Tolosa,
tomarían la vuelta de Salvatierra, para franquear los montes de Andía
y bajar a Campezu, que no era mal camino para Logroño. De acuerdo en
esta transacción, preparáronse para la madrugada siguiente. Pasó don
Fernando muy mala noche, con ardores de fiebre, atormentado por la
persistencia de las emociones de aquel día. Con más intenso colorido y
acentuación más viva que en la realidad, se le reprodujeron las escenas
y figuras observadas desde la atalaya; de tal modo se poseían de ello
su espíritu y su naturaleza toda, que le dolía la mano derecha de tanto
apretar el barrote que partía en cuatro la luz del ventanucho. Y ya de
camino, al romper el día, sacando fuerzas de flaqueza para seguir a sus
compañeros, continuaba el horroroso dolor de la mano... empuñando la
cruz de hierro.

Vergara, donde entraron a media tarde, rebosaba de gente, así militar
como paisana. No solo había llegado Maroto con su ejército, sino don
Carlos con todo el matalotaje de su corte vagabunda. Clérigos y frailes
discurrían en grupos, reforzados con señorones administrativos que
vivían sobre el país, justificando su existencia con el consumo de
tinta y papel en inútiles escritos. Corrillos de oficiales obstruían
los lugares de mayor tránsito: en unos se advertía la intranquilidad,
en otros la tristeza. Cualquier observador que conociese el personal
habría podido advertir que los amigos de toda la vida no se hablaban
ya, y se dirigían miradas recelosas. _Quilino_ y _Santo Barato_
anduvieron por calles y plazas, respirando los aires de discordia
que por todas partes corrían. Gran tumulto de gente les atrajo hacia
la iglesia de San Pedro. El rey con su rebaño apostólico salía de
palacio para ofrecer al Cristo sus soberanos respetos, y la multitud
a su paso se agolpaba. Bien pudo apreciar Calpena la diferencia entre
los entusiasmos cariñosos que había visto en Oñate y la frialdad de
Vergara. Aún le respetaban: ya no le querían; y por entre la doble
fila de sus vasallos, a quienes congregaba la curiosidad antes que
el amor, pasó Carlos V saludando más severo que amable; que así
creía representar mejor la majestad del derecho divino. Su rostro no
ofrecía ninguna alteración: era un rostro de efigie inexpresiva, de
esas que no dicen nada al devoto que las adora. Su mirada resbalaba
en la superficie de las cosas, y los vasallos no veían en ella más
que un convencimiento tenaz y un fatalismo irreductible. Ni alegría
ni tristeza pusieron nunca sus resplandores en aquel rostro apagado,
semejante a los rayos de luz fingidos con madera y estofa en los
retablos churriguerescos. No iba con él la reina, que se había quedado
en Azpeitia, un tanto aburrida y descorazonada por el mal giro que
tomaban las cosas. Arias Teijeiro miraba al suelo, Valdespina parecía
distraído, y el padre Echevarría desafiaba a la multitud con miradas
altaneras. Mediano rato duró el acto piadoso del _pretendiente_ en la
capilla del Cristo, y de allí se fue a visitar a las monjas clarisas,
cuya priora le fascinaba por el optimismo de sus juicios y por la
gravedad de sus sentencias. Esta ilustre señora fue la que le dijo que
confiara en los _brutos_, que así como los Apóstoles, sin saber leer ni
escribir, habían _sacado triunfante_ la Iglesia de Cristo, don Basilio
y Balmaseda y todos los _lerdos_ de la causa pondrían en el trono de
Madrid al legítimo rey.

De vuelta a palacio, ya cerrada la noche, fue a visitarle Maroto, que
entró con su Estado Mayor, apretando los dientes y atusándose los
bigotes, movimientos en él habituales. Algunos días después fue del
dominio público lo que hablaron don Carlos y el caudillo. Pretendía
este que el rey separase de su lado a los más rabiosos intransigentes;
que cambiara sus ministros por otros menos furibundos y destemplados;
que llamase al orden a los militares y altos funcionarios que
abiertamente conspiraban contra el general jefe de Estado Mayor (que
este era el título de Maroto), y amenazó con sentar la mano a los
rebeldes si el rey no lo hacía. Como siempre, don Carlos contestó lo
que le inspiraban su indecisión y pusilanimidad, que sí y que no, y que
_ya se proveería_. Odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar,
que no lo era, ni por desafecto a su causa, sino porque en cierta
ocasión de apuro, atravesando la frontera de Portugal, había soltado
don Rafael en los regios oídos la ínterjección más común en bocas
españolas, desacato que el meticuloso rey no perdonó nunca; pero como
le temía tanto como le detestaba, ni tuvo corazón para quitarle el
mando, ni agallas para entregarle su camarilla.

Esperó Echaide la hora que le pareció más conveniente para mandar a
_Quilino_ con el encargo de un barrilito de aceitunas consignado a la
señora doña Tiburcia Esnaola, Las nueve y media serían cuando partió el
mozo al desempeño de su comisión; como la primera vez, se le franqueó
la puerta, y una criada le introdujo en la estancia donde encontró a
la misma señora, sentadita en el propio canapé. No había puesto aún
el hombre sobre la mesa, al pie del velón, lo que llevaba, cuando la
señora le mostró un papel no más grande que el de un cigarrillo. Con
tinta vio escrita la palabra que servía de contraseña: _Inquisivi_; y
debajo, con lápiz: _Aquí no puede ser. Váyase a Estella_.

—¿Se ha enterado usted? —dijo la señora; y ante la respuesta afirmativa
del mozo, rompió el papel en pedazos muy chiquitos.

Con lo dicho queda explicada la salida presurosa de la expedición
arrieril camino de Oñate, para pasar a Salvatierra. Daba prisa don
Fernando, a pesar de sentir muy quebrantada su salud, y era el más
diligente en arrear por aquellos caminos, pues se le había metido en la
cabeza que siguiendo la ruta de Campezu o de Contrasta, le sería fácil
encontrar la brigada de Zurbano, objeto por entonces de su más ansioso
interés. El tiempo se les puso frío y seco, y en Salvatierra hallaron
las aguas cubiertas de hielo durísimo, y los caminos pulimentados por
la humedad cristalizada. Con esto se le agravó al pobre Calpena el
quebranto de huesos que desde Durango traía, viéndose obligado a pedir
fuerzas a su animoso espíritu para continuar el viaje. Faldeando la
sierra de Andía, en dirección de Rióstegui, Urrea le llevó a cuestas
por un empinado sendero, y al fin determinó Echaide desocupar de carga
a uno de los mulos, para transportar al enfermo con relativa comodidad
de todos. Renegaba don Fernando de su naturaleza, que había creído más
resistente y a prueba de trabajos, y a Dios pedía las ágiles patas del
lobo, o el vuelo de las águilas, para franquear sin cansancio aquellos
vericuetos. En los descansos nocturnos, la fiebre le acometía con
furia, y a fuerza de abrigo, verdaderos montes de lana que acumulaban
sobre él sus compañeros, se iba defendiendo. Por fin, en Ulibarri se
sintió mejorado, y la blandura que sobrevino, derritiendo los hielos,
fue un bien para todos, hombres y animales.

Al bajar a Orbizo tuvieron las primeras noticias de Zurbano: días
antes, la helada crudísima le obligó a retirarse a la Solana, y por
allí andaba, entre los Arcos y Dicastillo, aguardando que abonanzara
el tiempo para reanudar las operaciones. Siguieron los cuatro en
el rumbo indicado, y al llegar a Espronceda encontraron una columna
de la brigada de don Martín, que salió poco después de entrar ellos
en el pueblo, sin que pudieran adquirir las noticias que deseaban.
Para dar reposo a don Fernando y evacuar con la debida prontitud la
diligencia que les desviaba de su itinerario, determinó Echaide dejar
al caballero en Espronceda con Urrea, bien acomodados en casa de un
amigo, y adelantarse él con _Santo Barato_ hasta Muez o los Arcos, para
indagar si Arratia continuaba en la división o se le habían llevado los
demonios. Poco afortunado el primer día, tropezó al segundo con Ibero,
por quien supo que en una acción cerca de Nazar, había caído prisionero
el capitán bilbaíno con otros diez. Conducidos a Estella, Zurbano
había propuesto un canje, sin resultado. Se ignoraba la suerte de los
once cautivos, héroes y mártires. Cuando volvió Echaide con nuevas
tan tristes, la pesadumbre del caballero fue extremada. Creyó a Zoilo
perdido para siempre; vio frustrado el soberbio plan moral que era su
ilusión más risueña: devolver a _Luchu_ a su familia, y reconstruir
esta sobre bases inconmovibles. La pasmosa suerte del bilbaíno le había
hecho al fin traición, y sus teorías del querer firme fallaban por
primera vez. Algún dato más, recogido de los labios de Ibero, añadió
Echaide, a saber: que dos días antes se presentó el padre de Arratia en
la brigada, con salvoconducto en regla y cartas de recomendación de
Van Halen y Buerens, y que sabedor del desgraciado caso, había partido
para Estella en busca de su amigo Guergué, por cuya mediación esperaba
libertar al pobre chico si no le habían quitado la vida. Desorientado
en sus ideas, lleno de acerbas dudas, mandó don Fernando picar hacia
Estella sin dilación. Tres nombres giraban en su mente describiendo
círculos de fuego: Maroto, Zoilo, don Sabino.




XXVII


Al pasar por Irache, ya próximos a la ciudad, supieron que Maroto había
entrado algunas horas antes, y que alborotados pueblo y milicia, se
esperaba una colisión sangrienta entre los dos bandos que se disputaban
la opinión y el imperio. Llegados al puente que da ingreso a la ciudad
frente a San Pedro, vieron mucha tropa en las inmediaciones del
castillo. Hallando cortado el paso para el parador, hubieron de dar
un gran rodeo por la ciudad para dirigirse a Los Llanos, y al pasar
por la plaza vieron muchedumbre de soldados que a paso de carga traían
a un clérigo amarrado codo con codo, entre vociferaciones brutales y
despiadadas. No tardaron en saber que el tal no era sacerdote, sino
el general don Francisco García, que se había disfrazado con sotana y
manteo para escapar. Minutos después vieron conducido entre bayonetas
a un hombre pequeño y rechoncho, de fiera catadura, cabello hirsuto,
ojos sanguinolentos, la boca espumante.

—Es Guergué —dijo Echaide en voz baja—. ¡Mal día para los
_impostólicos_!...

Con no poca dificultad, por causa del gentío que azorado corría de
una parte a otra, lograron ganar el parador, y allí supieron que
los cabecillas apostólicos, ayudados de paisanos y clérigos, tenían
preparada una sublevación contra Maroto, habiendo seducido previamente
a dos batallones navarros que al aproximarse aquel salieron a tomar
posiciones. En la entrada de Estella por Los Llanos y por el camino
de Puente la Reina, habían comenzado a levantar barricadas; pero don
Rafael anduvo más listo, presentose como llovido del cielo, y tomó
medidas perentorias y radicales en el momento mismo de poner el pie en
la ciudad.

¿En qué se fundaron los netos para proceder así contra el general? Se
habían interceptado papeles en que Maroto y Espartero concertaban la
paz, transigiendo el uno en el reconocimiento de grados, el otro en
aceptar un poquito de Constitución con algo de libertad de conciencia.
Estos papeles existían y se mostraban de mano en mano; mas eran
falsos, obra de los calígrafos del absolutismo, o de los fueristas de
Muñagorri. Ello es que Maroto puso corto espacio entre su llegada y
el acto audacísimo de meter mano a sus enemigos, cogiéndoles en sus
domicilios, en la calle, o donde quiera que se les encontraba. No les
dio tiempo a nada, y en un instante se les cambió la festiva tramoya
en trágico desenlace, las burlas en veras. Pasando el general por la
calle Mayor para dirigirse a la Merced, desde un balcón fue saludado
con risas y chacota. Media hora después, en aquella misma casa era
preso el intendente don Javier de Uriz, rabioso apostólico. A las
cuatro horas de la entrada de don Rafael, ya estaban en el castillo los
generales Guergué, García y Sanz, el brigadier Carmona, el intendente
Uriz y el oficial de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez. Cogidas
las seis cabezas del motín, no se entretuvo Maroto en futesas de
procedimientos jurídicos y militares. Sin consejo de guerra, sin
auxilio religioso, sin otro trámite que cargar los fusiles y formar el
cuadro, fueron pasados por las armas de dos en dos. Allí quedaron las
seis cabezas de la hidra hechas pedazos. El estupor no les dio tiempo
ni aun para protestar del bárbaro suplicio. Se enteraron cuando se
les mandó ponerse de rodillas. Nadie se cuidó de vendarles los ojos.
Guergué gritó: «¡Viva el rey, viva la religión!»; en el rostro del
intendente se mezclaron las lágrimas con la sangre. Los demás gritaron:
«¡Canallas, traidores!», y todo acabó.

Retenes de tropa recorrían las calles, y aquí y allí continuaron
haciendo pasioneros. Mudo, paralizado de terror, el vecindario
se refugiaba en sus casas atrancando las puertas. Cerráronse los
comercios; no se veía un clérigo en las calles, y algunas iglesias se
incomunicaron con los fieles devotos. Ordenó Echaide a los suyos que no
saliesen, y en las cuadras del parador, en el despacho de bebidas y en
los comedores próximos, los parroquianos habituales no volvían aún del
susto, ni osaban expresarse con la libertad de otros días. Llegada la
noche, la ciudad ofrecía un aspecto terrorífico: con sus tinieblas y su
silencio parecería una ciudad muerta si los ruidos de tropa no dieran
señales de vida, semejantes a una palpitación febril.

Mientras llegaba la ocasión de acudir a la cita que se le había dado
en Vergara, don Fernando no perdía ripio para buscar el rastro al
padre de Zoilo, suponiéndole en Estella, y a cuantos guipuzcoanos o
vizcaínos vio en el parador interrogaba, añadiendo que traía un encargo
para dicho sujeto. Por fin, después de mil indagaciones inútiles, dio
con un vizcainote inválido, buen bebedor y atrozmente sedentario,
por obligarle a ello su obesidad y su pierna izquierda, que era de
acebuche. Resultó que el tal había visto el día anterior al don Sabino
Arratia, con quien tuvo algún conocimiento en Bermeo y Elorrio, y
hablaron un rato breve, lo bastante para enterarse de que venía en
seguimiento de uno de sus hijos, prisionero.

—Mas ahora caigo —añadió el cojo— en que no será fácil que le
encuentres. Era, según me dijo, amigo y compadre de Guergué, de quien
esperaba la salvación del mozo, y muerto el general de este modo
_trígico_, el pobre señor se habrá metido siete estados bajo tierra,
o habrá echado a correr huyendo de la chamusquina. Yo me le encontré
saliendo de la parroquia de San Miguel, a punto que él entraba.
¿Sabes? Es la iglesia que está en un alto, en el centro del pueblo.
Nos conocimos; el hombre se echó a llorar, porque es muy _lagrimero_.
Me dijo que si el hijo, que si Guergué, que si tal, y nos despedimos:
él entró a rezar... Es aquella la iglesia que más le gusta, por ser
la más recogida... Allí se pasa todo el tiempo que le dejan libre sus
diligencias. Como no le cojas en San Miguel, en Estella no le busques.

Tempranito se fue Calpena a la mencionada iglesia, y el toque de
misa que oía, cuando a ella se aproximó, alegraba su corazón. Entró,
admirando la severa puerta románica y el interior sombrío, que
impresionaban por su riqueza arqueológica y por su ambiente sepulcral,
con olor de tierra húmeda y de ataúdes podridos. Solo dos ancianas
oían misa: no había más varones que el cura y monaguillo... Salió
don Fernando, y por aprovechar la mañana dirigiose al santuario del
Puy, al que por larga cuesta se asciende desde el hospital próximo
a San Miguel. También en el Puy tocaban a misa; vio que algunas
viejas y un mendigo entraban delante de él. Cobró esperanzas, deseó
con viveza encontrar lo que buscaba, imitando el querer ardiente de
Zoilo, y por aquella vez no fue ineficaz la efusión grande de su
espíritu, porque a poco de entrar en la iglesia, y cuando sus ojos se
habituaron a la oscuridad que en ella reinaba, distinguió un bulto,
un hombre de rodillas, al cual sin mayor examen tuvo por el propio
don Sabino Arratia. No se movía el pobre señor, que más bien parecía
fúnebre estatua, y a ratos se llevaba el pañuelo a los ojos como para
limpiarlos de la humedad luctuosa que de ellos afluía. Oyó la misa con
suma devoción; oyéronla Calpena y los demás en corto número asistentes
al acto, y cuando este terminó y hubo visitado tres altares el señor
desconocido, se le acercó don Fernando, y a boca de jarro le dijo:

—¿Es usted don Sabino Arratia?

—Yo no... no, señor —replicó muy asustado el tal—. ¿Qué quiere
usted?... ¿Qué se le ocurre?

—No se me ocurre más sino que es usted don Sabino Arratia —añadió
Calpena, que en el parecido con _Luchu_ le reconocía— y hace usted mal
en negármelo, porque soy su amigo y no le causaré daño alguno.

—Pues sí..., yo soy... Ya ve usted... Con estas cosas... ¡Ay de mí!
—dijo el bilbaíno sollozando y acudiendo a sus ojos con el pañuelo—.
¿Puedo saber quién eres?..., ¿quién es usted?... Porque aquí estamos
todos con el alma en un hilo... y aún dudamos si somos vivos o muertos.

—Estamos vivos. ¿Y Zoilo...?

—Vivo también.

—¿Dónde?

—Aquí, en el Santo Hospital... ¿Es usted su amigo?... ¿Conoces a
_Luchu_?... Salgamos si le parece.

—Salgamos, sí, señor. Somos amigos. Ya comprendo la terrible situación
de usted. Vino aquí fiado en la amistad de Guergué, que era su
compadre, padrino de Zoilo, y allí donde creía encontrar usted un
protector... encuentra un cadáver...

—¡Pero has visto qué crueldad, qué salvajismo! ¡Ay!, no comentemos.
¿Puedo saber quien es usted?

—Un amigo de Zoilo, que le sacará del hospital, de la prisión, o de
donde quiera que se halle.

—¡Oh, señor...! —exclamó don Sabino, que con sus ojos llorantes se
quería comer el rostro del caballero—. Prisionero y enfermo está, ¡qué
dolor de hijo! Todo por su temeridad... ¡Qué cabeza, Señor!

—¿Le ha visto usted?

—¡Si no me ha dado tiempo ese condenado Maroto fusilándome...! A mí
no..., a Guergué, el mejor de los hombres, el amigo más cariñoso...
Pero dime tú, diga usted, ¿es este el mundo criado por Dios, o es otro
que nos han traído del infierno? Yo digo que están condenados cuantos
sostienen esta guerra, reyes y reinas, archipámpanos y ministriles...
¡Qué dolor! Y todo por un papelito, la Pragmática Sanción... ¿Estamos
todos locos, o somos tontos de remate? En ello pensaba yo, mientras
oía la santa misa... ¿Acaso sabes tú, sabe usted en qué vendrá a parar
esto? Aquí tienes a un hombre que se aguantó todo el sitio de Bilbao a
pie firme, padeciendo aquellas terribles hambres, hijo, y el continuo
caer de bombas. Pues terminado el sitio, y cuando en el pueblo entró la
felicidad, para mí y para mi familia empezaron las mayores desdichas
que es posible imaginar. No puedo recordarlo sin que se me llenen los
ojos de lágrimas.

—Volvamos a lo presente. ¿Desde cuándo no ve usted a Zoilo?

—Desde que sin mi permiso, y contra la voluntad de toda la familia,
se lanzó a _quijotear_, en octubre del 37, siendo en sus aventuras
tan desgraciado, que al intentar la primera, se ganó cinco mesecitos
de cárcel... Después se me mete con los cristinos. Siempre fue el
chico muy guerrerro, con grandísima disposición para las armas, y una
valentía y una terquedad que más parecen divinas que humanas... Pues,
como digo, me le cogen los cristinos, y ya está loco el hombre... Tan
pronto acudo a consolar a la familia, como a perseguir y a rescatar a
mi caballero, y en este trajín se me van meses y meses... Parezco yo
también un Tío Quijote, buscando lo que no hallo, y recibiendo en todas
partes sofiones y descalabraduras... Si a usted le parece, sentémonos
en esta piedra, que estoy desfallecido. Pues verás, verá usted... Hasta
julio del año pasado no supimos que estuvo mi hijo en la acción de
Peñacerrada. Yo me hallaba entonces en Vitoria aguardando una ocasión
de abocarme con el pobre Guergué... También le digo que si mi Zoilo
es más guerrero que el propio Marte, a mí no me ha llamado Dios por
ese camino, y nada me turba y descompone tanto como los espectáculos
de lucha y muertes. Tiemblo al oír tiros, y si me aproximo a un campo
de batalla, éntrame sudor de agonía... Ni con cien salvoconductos me
atrevía yo a penetrar entre las _hordas_ de Zurbano... Me acercaba,
y retrocedía... Mejor me acomodaba entre carlistas, porque siempre
me tiró de ese lado mi fervor religioso..., la verdad, te digo la
verdad... Si mi Zoilo se hubiera metido a guerrear por la fe, fácil me
habría sido cogerle y retirarle de la milicia; pero entre cristinos
no me hallo..., no respiro... El aire que anda entre ellos me huele a
libertad de cultos, libertad de la imprenta y pueblo soberano... No,
no... Mil veces pensé abandonar al chico, dándole por perdido para
siempre; mil veces me llamó el amor que le tengo, y volví a rondarle,
siempre medroso, siempre desconfiado... Dios me decía: «Ve por él y
sácale de la sentina»... y yo iba a la sentina y me acercaba, y tenía
miedo..., y... Por fin, desesperado, me aboqué con el general Van
Halen, el cual me agregó a un convoy que llevaba socorros a Zurbano. Vi
a este en Dicastillo; me echó muchos _ajos_, me trató con desprecio,
ensalzando a mi hijo, y llamándome oscurantista y retro... no sé
qué. Pero, en fin, diome las noticias que deseaba, y a Estella me
vine. Por llegar, mira tú qué suerte, me entero de que Zoilo está en
el hospital... «Esta es la mía», dije para mí; y me fui en busca de
Antonio Guergué... de chicos jugábamos en los Cantones de Bilbao...
Encontrele muy inquieto... ¡Toma, como que estaba urdiendo el golpe
para hundir a Maroto! Con mal cariz me dijo: «Mañana»... ¡Mañana! Aquel
mañana de Guergué fue ayer, hijo, y ¡pum!, fusilado..., y yo muerto
de ansiedad, de miedo..., lo diré todo, muerto también de hambre, ¡ay
dolor!... Si eres caritativo, como parece, y no temes andar por la
ciudad, llévame a donde yo tome algún alimento, pues desde ayer por la
mañana no ha entrado en mi cuerpo cosa caliente ni fría.

Compadecido del infortunio, así como de la flojedad de ánimo del pobre
señor, don Fernando le agarró el brazo para llevársele a su posada.
Por el camino, a pesar del tranquilo continente del que ya se había
constituido en su protector, no se recobraba de su horrible susto el
buen Arratia, receloso de cuanto veía, temiendo engaños y traiciones.

—Bien comprendo —decía— que eres, que es usted marotista, y no me pesa.
Si me apuran, no creo lo que ayer se decía de tratos nefandos para que
don Carlos nos dé la libertad de conciencia. Y pues Maroto ha venido a
ser el amo, tráiganos una paz decente, con la religión sobre todo, y
debajo de la religión el rey o reina que nos quieran poner... ¿A dónde
me llevas? ¿A tu casa? Si eres militar, ¿por qué vistes de carbonero,
y si eres carbonero, dónde demonios has conocido a Zoilo, y por qué
te interesas por él?... Párate un poco, que me canso horriblemente...
Ya estamos en la plaza... Por aquí llevaron al pobre Guergué como se
lleva un cerdo a la matanza, ¡ay!, y al general García vestido de
sacerdote... Al verles, creí que de terror me moría... Otra cosa: ¿cómo
te llamas?... ¿Cuál es la gracia de usted?... Perdona: con el hambre
que tengo, hasta se me olvida la buena educación... Sigamos otro poco.
¿Falta mucho todavía? Ya no puedo tenerme... Pues, sí, hijo mío: venga
pronto la paz, sea como quiera, con tal que no toquen a la religión
sacratísima, ni al clero, ni a sus bienes raíces, ni nos metan en casa
la libertad de pensar... ¡Ay, qué ganas de llorar! Deja que me seque
los ojos... Pues tan extenuado me encuentro, que ahora daría yo todos
los dogmas por unas sopas de ajo bien calientes, con chorizo... ¿Falta
mucho?

Pronto llegaron, y lo primero que hizo don Fernando fue ponerle delante
cuanta comida encontró, y bebida sin tasa. Gozaba viéndole comer, y el
hombre se mostró muy agradecido, y con mayor luz en la mollera para dar
a sus pensamientos claridad y fácil expresión...

—¡Oh, qué bueno es Dios —exclamaba mirando al techo, por no haber
allí cielo que mirar—, y qué excelente cordero es este!... Cuando más
desconsolados vivimos, se nos aparecen las buenas almas. Es usted un
ángel, Aquilino, un ángel sin alas. Repito que no me asusta Maroto, y
que bendeciré la paz que nos traiga, si no vienen con ella libertades
de pensar... El dogma sobre todo... Vino de ley es este, ¿verdad?

Satisfecha el hambre, se caía de sueño, como quien pasara la noche
anterior al raso, sin atreverse a entrar en su vivienda, que era la
misma donde el pobre general García se había disfrazado de cura.
Llevole Calpena a un camastro, donde le dejó bien arropadito, sin
cuidarse más de él, porque otras graves obligaciones le llamaban.
Echaide y el mozo se miraron, añadiendo pocas palabras a lo que con
los ojos se decían. Había llegado la hora. Fuéronse los dos a la
residencia de Maroto sin rodeos ni precauciones, que en tal ocasión no
se necesitaban; quedose a la puerta Echaide, y entró _Quilino_ con una
caja de puros, abierta, dentro de la cual había puesto un papel que en
gordos caracteres decía: _Inquisivi_.




XXVIII


Recibió el general a don Fernando familiarmente en una gran pieza donde
tenía su lecho y una mesa de escribir. Habíase levantado poco antes,
y aún estaba la cama revuelta. Junto a una de las ventanas veíanse,
sobre derrengada mesilla, la navaja y trapos de barba, llenos de jabón,
señal de que Su Excelencia acababa de afeitarse. En la cómoda cercana
estaba el servicio de chocolate, el cangilón rebañado, migas de bollos
y la servilleta sucia. Vestía don Rafael levita vieja militar con el
cuello desabrochado, dejando ver la camisa de dormir, pantalón azul y
unas enormes pantuflas de abrigo que cuadruplicaban las dimensiones
de sus pies. A poco de entrar Calpena, y despedido el asistente, se
echó un capote por los hombros, y sentose a la mesa de despacho, donde
tenía papeles a medio escribir, picadura esparcida y cigarrillos recién
hechos. Sentados frente a frente, el emisario de Espartero expuso
las condiciones de este, que oyó el carlista con atención y sonrisa
marrullera, y al terminar se produjo un silencio que a Calpena le
pareció larguísimo: el general, recogiendo aquí y allí la picadura,
y aprovechándola minuciosamente, tardó en formular la respuesta, que
había de ser solemne por tratarse en ella de los destinos de la infeliz
España.

—Ya no estamos en la situación de hace dos meses —dijo al fin, mirando
al mensajero en las pausas—. Entonces no tenía yo fuerza..., me refiero
a la fuerza moral..., y ahora la tengo. Ya se habrá usted enterado de
la justiciada que hice ayer. No había más remedio. Me importa poco que
don Carlos refunfuñe. Al fin me dará la razón, cuando yo consiga, y lo
conseguiré, librarle del cautiverio en que le tienen cuatro clerigones
y cuatro buscavidas. No descansaré hasta no hacer la limpia total...
Pero vamos al caso: decía que ahora tengo fuerza, y procuraré mejorar
todo lo posible, si hacemos la paz, la situación ulterior de ese rey
que tan ingrato es para mí. Puesto que todo puedo decirlo, y lo que a
usted diga es como si lo hablara con el propio Baldomero, sepa que la
reina y su hijo don Sebastián ven las cosas de un modo más razonable
que don Carlos... naturalmente, poseen luces, criterio, que Dios no
ha concedido a Su Majestad... y hoy por hoy se contentarían con el
reconocimiento de los derechos de don Carlos, abdicando este en su hijo
y en Isabel juntamente... ¿Conoce usted la historia de Inglaterra?

—Un poco. El caso es como el de Guillermo y María.

—Justo: solo que lo que allí hizo el Parlamento, aquí lo haría don
Carlos en nombre de Dios. Pues bien: sepa Espartero que en este punto
no cede ni un ápice, ¡porra!, pues así lo he concertado con la de
Beira... Claro que el pobre don Carlos es ajeno a todo; pero ¡qué ha de
hacer el buen señor más que conformarse!

—Mi general, desde luego aseguro a usted que esa combinación no
ha de aceptarla mi poderdante. De ella resultará una familia real
gravosísima, con toda esa plaga de reyes padres y reyes madres... Y
luego, ¿en qué condiciones ejercerían el poder real Isabel y Carlitos?

—Como los Reyes Católicos, mancomunadamente, firmando juntos, pues si
en aquel matrimonio se casó Aragón con Castilla, en este se casan y
conciertan dos ramas igualmente legítimas, para bien de la nación, y
para establecer una paz duradera. Creo yo que esto es muy patriótico.

—Será muy patriótico; pero imposible en la práctica. Delo usted por
rechazado.

—Muy pronto lo asegura —dijo Maroto dándole un cigarrillo que acababa
de liar—. Si Espartero me acepta esto, admito yo sin más discusión
lo referente al reconocimiento de grados tal como él lo propone... y
hemos concluido... Fíjese usted en que tengo fuerza, y ahora no hemos
de estar arma al brazo. Mis soldados anhelan batirse; yo también. Aquí
faltaba unidad; yo acabo de hacerla, ¡porra!, y sin necesidad de que
venga en mi ayuda ese loco de Cabrera, que para nada me hace falta,
intentaré bajarle el tupé al amigo Espartero. Él vale mucho; hace
tiempo le conozco... Pero nuestras discordias le han ensoberbecido;
los laureles de Peñacerrada los debió a la ineptitud de Guergué y a lo
desordenado que estaba aquel ejército. Batallones hubo allí enteramente
a mi devoción; otros padecían la rabia apostólica. Yo he curado esa
rabia, ¡porra!, y mi ejército es mío; todo él respira con mi aliento...
De modo que... En fin, dígame usted algo.

—¿Sobre qué, mi general?

—Sobre estos propósitos míos de aplacarle un poco los humos a su amigo
de usted, ¡porra!

—Pues mientras no se llegue a la paz, ninguna contingencia de la
guerra podría causarme asombro, ni sobre ellas tengo por qué anticipar
opiniones. Buen militar es usted, y del arrojo de sus soldados nada
he de decir, pues reconocido está por todo el mundo. Podrá suceder
que alcance usted una victoria con que se olvide el desastre de
Peñacerrada; podrá suceder lo contrario... ¿Quién lo sabe? Si se me
permite una opinión radical, diré que ya han demostrado unos y otros
su valor; que España no desea mayores pruebas de pericia militar y
de personal bravura. Hemos llegado a ese punto del duelo en que se
impone la cesación de los golpes y el abrazo de los combatientes.
Los jueces del terrible lance han visto maravillados la entereza
heroica de los dos caballeros; estiman como de igual importancia las
terribles heridas que uno y otro se han hecho; el juicio de Dios está
cumplido, y la sentencia no puede ser otra que la conservación de las
vidas de entrambos. No hay más remedio que envainar los aceros. La
paz se impone. ¿Qué quiere usted? ¿Convertir a España en sepulcro de
dos inmensos cadáveres? Pues España no quiere eso: anhela vivir, y el
obstinarse en que muera, en que muramos todos, paréceme una terquedad
salvaje... Formule usted de un modo más práctico el artículo referente
a la familia real y a la situación de cada príncipe después del
Convenio, y la paz, tal creo yo, tardará lo que tardemos en concertar
la entrevista final de Maroto y Espartero. Se ha de mirar antes por
los fueros de España y de la humanidad que por los intereses de tanto y
tanto príncipe, que con sus pretendidos derechos están desangrando a la
raza, y nos la dejarán anémica.

—Pues si en los derechos de príncipes, ¡porra!, hay que quitar
_jierro_, ¡porra!, empiecen ustedes por dar carpetazo a los de Isabel.

—Eso no puede ser.

—¡Ah!... ¿Conque no puede ser? Pues lo mismo digo yo de los de don
Carlos... Ya lo ve usted: volvemos al principio, y nos encontramos
en septiembre del 33, ante el cadáver de Fernando VII, que, entre
paréntesis, era una mala persona.

—No divaguemos, mi general.

—No divaguemos. Conste que no puedo ceder en la combinación propuesta
por mí. Reinarán Isabel y Carlos, o Carlos e Isabel, _tanto monta_, con
iguales derechos, con iguales prerrogativas...

—Anticipo a usted que Espartero rechazará la combinación.

—Pues antes que ceder en ello, cedería yo en lo del reconocimiento de
grados, aunque sé que daría un disgusto a muchos personajes de acá, que
esperan las paces para saber la paga que han de cobrar...

—No divaguemos. Me voy descorazonado, temeroso de que el de Luchana
me acuse de no haber sabido expresar su pensamiento. En nombre suyo
rechazo la organización estrambótica y complicada del poder real, que
sería lanzarnos a la mayor confusión y desconcierto. Piénselo usted,
mi general, y aguardaré hasta mañana.

—Lo he pensado bien —dijo el caudillo dando un puñetazo en la mesa—. No
puedo yo, Rafael Maroto, tirar a los pies del caballo de Espartero los
derechos de don Carlos.

—Pues ya verá usted..., ya verá, permítame que se lo diga, el pago que
le dará don Carlos por esa transacción a la inglesa, a la protestante.
Todo lo que no sea reinar él solo, con poder absoluto, brutal, le
parecerá el triunfo de la revolución y de la herejía...

—¡Ah, lo sé!... Pero yo cumplo con mi conciencia, ¡porra!, y hay otras
personas en la familia de Su Majestad que no se han puesto en esa
actitud intransigente, por no estar dominadas por un cleriguicio loco,
ni por la cáfila de parásitos... En fin, no puedo ceder en esto. Si él
no cede tampoco, sea lo que Dios quiera...

—¿De modo que es cosa cerrada? ¿Puedo retirarme?

—Cerrada es..., pero no se vaya usted tan pronto. Quiero obsequiarle
con una copita...

Levantose Maroto; de una próxima alacena sacó botella y copas, y al
dejarlas en la mesa, requiriendo después su capote, que se le caía,
dijo:

—Ya sé que no pierde usted ripio, y que aprovecha estas embajadas para
distraerse con alguna conquistilla... Cosa muy natural... Crea usted
que no se mueve la hoja en el árbol en todo este país sin que yo lo
sepa.

—Ya, ya veo que hay más polizontes que criminales, señal cierta de
un Estado moribundo. Pero si todo lo que su policía le cuenta es tan
verdadero como mis conquistas, está usted muy mal servido, mi general.

—¿De veras? Por eso les digo yo: _et surtout, point de zèle_,
¡porra!... Va usted a probar un vinito que me ha regalado nuestra
excelsa soberana.

—¿Cuál? Porque, según la cuenta de usted, el arreglo de reinas nos ha
de resultar muy parecido a las monteras de Sancho: una reina para cada
dedo.

—Ya veremos eso... Convinimos en no discutir más ese punto... Este vino
me lo regaló la princesa de Beira, hoy reina de Castilla.

—Pues si usted no me riñe, bebo a la salud de Isabel II.

—Yo también, que una cosa es la galantería, y otra la convicción
política.

En el momento en que el general bebía, le vio Calpena tan claro como
si todo su interior gráficamente en signos externos se mostrara. El
mirar vivo del carlista y su rostro inteligente se iluminaron, si así
puede decirse, con la bebida, y se le transparentó al alma. Recordó
don Fernando la frase que oyó a Espartero en Viana: «Es muy ladino,
muy ladino», y como tal se le manifestaba en la entrevista de Estella.
Estrenando los puros de la caja traída por Echaide, y divagando los
dos, entre humo, sobre asuntos familiares y sin importancia, formuló
Calpena de este modo la situación psicológica de don Rafael Maroto en
aquel instante de la historia.

«Ya te veo, ya te veo claro. Hace dos días te hallabas en lastimoso
estado moral, y te habrías entregado a Espartero sin condiciones. No
tenías fuerza; ahora, por virtud del golpe de mano de ayer, la tienes
y grande; te has crecido, te sientes capaz de imponerte a don Carlos
y de manejarle como a un títere. Naturalmente, ahora no te conformas
con aceptar las condiciones de paz que el otro quiere poner, sino que
aspiras a que él acepte las tuyas. El orgullo de tu éxito reciente te
trastorna la cabeza; sueñas con obtener una victoria, que te pondría
en condiciones excelentes para dictar luego los artículos del Convenio
de paz. Todo eso que propones referente a las ramas dinásticas y al
modo de organizar el poder real, no es más que un expediente dilatorio.
Conoces, como yo, lo disparatado de semejante idea; pero tu cálculo
revela tu agudeza: mientras voy con tu mensaje y vuelvo con la
negativa, te preparas, eliges una posición ventajosa, das una batalla,
la ganas, destrozas el ejército de la reina, y ya eres el hombre
culminante, único, que tiene en su mano la clave de los destinos de la
nación. Eso piensas, ese es el ensueño forjado por tu travesura, por tu
marrullería, que no le va en zaga a la de tu rival...».

De esta meditación le sacó bruscamente don Rafael, diciéndole con
picardía:

—Caviloso estáis... No se devane los sesos por adivinarme, ¡porra!...
Cuando vea usted a Espartero le dice que, aunque enemigos políticos,
le quiero bien, y deseo darle un abrazo. Bueno. Hablemos de otra
cosa. Ándese usted con cuidado con las mujeres navarras, que todo lo
que tienen de bonitas lo tienen de fanáticas. Rara es la que no está
afiliada en la policía, mejor dicho, en la masonería apostólica. Le
venden a uno con toda la gracia del mundo.

—Descuide usted, mi general..., ya he previsto ese peligro... Y si le
parece, me retiraré ya.

—Hijo, sí: yo tengo que hacer. ¿Lleva usted bien aprendida la lección?

—Tan bien aprendida que no se me olvidará ni una coma... Y por último,
mi general, tengo que abusar de su bondad pidiéndole un favor en asunto
completamente extraño a estas embajadas.

—Venga pronto.

—Es cosa sencillísima.

—Aunque fuese oro molido. Venga... ¿De qué se trata? Ya..., de poner
en libertad a un prisionero. Y yo, si usted no se enfada, le pregunto:
«¿Quién es ella?».

—Aquí no hay _ella_... En fin, cuento con su benevolencia para una obra
de caridad.

—Bien, hombre, bien; me gustan a mí los caballeros caritativos. Pero
le advierto que yo lo he sido demasiado, y por ello no estoy donde me
corresponde, ¡porra! Pero, en fin, venga.

Expuso don Fernando su pretensión, a la que accedió gustoso el general,
extendiendo de su puño y letra una orden _a rajatabla_, de esas que,
en nuestro sistema de gobierno, enteramente personal, tienen más
fuerza que la ley. Diole el caballero las gracias; despidiéronse con
vivos afectos, expresando los dos la esperanza de llegar en la próxima
entrevista a una concordia lisonjera, y Calpena salió, si pesaroso por
no haber obtenido ventaja en el asunto de interés público, contentísimo
de su feliz éxito en el privado.

En la calle le esperaba Echaide, que le preguntó:

—¿Tienes que volver?... ¿_Acabatis_?... ¿Nos vamos?

—Todavía no: tengo que hacer algo aquí.

—¿Cosa de...? Vamos, por el aquel de la paz.

—Sí, hombre, por el aquel de las paces, de las benditas paces.




XXIX


Profundamente dormido halló a don Sabino en el parador, tumbado boca
arriba, rígido, cruzadas las manos, el rostro ceñudo y cadavérico.
Creyó por un instante que había pasado a mejor vida el infeliz; pero
un suspiro y una voz gutural le convencieron de que vivía y soñaba. Un
rato aguardó, por no turbar su descanso; pero al fin, obligado por
la urgencia del asunto, determinose a despertarle, dándole fuertes
sacudidas y voces.

—No, no, Antonio Guergué —murmuraba con torpe voz el bilbaíno—. No te
conozco ni te he visto en mi vida... Me estás comprometiendo... Yo no
me meto en nada.

Fijando los ojos en don Fernando, le observó con asombro primero, con
alegría después, viniendo por esta gradación a la realidad. Y estirando
brazos y piernas en largo desperezo, dijo claramente:

—¡Oh, tú!... Señor... Bien... Muchas gracias... Yo bueno... ¿Y en casa?

Díjole el caballero que era un hecho la liberación de su hijo, y
que se levantara y fuera al hospital para sacarle; mas tan torpe de
entendederas se hallaba el desdichado señor, que no se hizo cargo de la
feliz nueva, o por demasiado feliz no le daba crédito.

—No habrá paz, no volveremos a ver paz... —decía—. Moriremos todos...
El amigo nos engaña, y el enemigo se disfraza de amigo para vendernos.
Tú, _marotista_, ¿qué nos traes? La libertad de cultos, y el que
cada uno piense lo que quiera, haciendo mangas y capirotes del dogma
sacratísimo. Esto no lo podemos admitir los creyentes. Mi amigo, llame
usted a otra puerta... Con libertad de la conciencia no queremos paz...
¿Qué paz ni qué porquería? Es una paz pringada... No, no. Lo primero es
el dogma, después los fueros, y luego, arréglense los reyes y príncipes
como gusten para ver quién calienta el trono... ¿Cuál es mi soberano?
Dios... Dios mi _pretendiente_ y mi _absoluto_... Esto digo.

Y volviéndose del otro lado, cogió nueva postura para seguir durmiendo:
su quebranto de huesos era enorme; su sueño atrasado, de muchos días.
No viendo la posibilidad de hacer comprender al desdichado bilbaíno lo
perentorio del caso ni la solución tan fácilmente conseguida, decidió
abandonarle a su descanso y proceder por sí mismo. Antes de dar paso
alguno hubo de consultar con Echaide, el cual le aconsejó que no diese
la cara en asuntos de presos liberados, ni presentase por sí mismo
la orden del general. Convinieron en que Urrea desempeñaría muy bien
la diligencia, y así se dispuso, personándose el guipuzcoano en el
hospital, donde ninguna dificultad encontró; y al caer de la tarde,
entre dos luces, viéronle entrar en el parador, trayendo a Zoilo del
brazo, tan extenuado que daba dolor verle, lívido el rostro, la cabeza
liada en un sucio pañuelo; flojo de piernas, trémulo de palabra; los
labios de color sanguinolento; el pelo caído en algunas partes de
su cráneo como si le arrancaran o se arrancara mechones; un brazo
inválido, con magulladuras lastimosas; y en tan mísero estado de ropa,
que las enjutas carnes se le veían por distintas claraboyas de la
chaqueta y del pantalón.

Metiéronle en un cuarto alto que les proporcionó el posadero, y allí
le rodearon Echaide y don Fernando, a quien al punto y sin vacilar
reconoció, diciéndole:

—No se me despinta, no, el caballero, aunque se ponga en esa facha...
Y no he de meterme en averiguar por qué viste como viste, que eso es
cosa suya y no mía...

—¿Tienes hambre, Zoilo?

—Estoy como cuando salí de la cárcel de Miranda, desganado de rabia, y
enfermo de mala suerte. Ya me creí difunto, y cuando me sacó este buen
hombre creí que me llevaban a enterrar.

—Dinos una cosa. ¿Cómo te dejaste coger prisionero? ¿No te valió en
aquel caso tu querer fuerte?

—Es la primera vez que me ha fallado... Pero algún día había de ser...
Tanto va el cántaro...

—Eso te decía yo, y no querías creerme. No hay que fiar tanto de
la suerte y del arrojo... Aprenderás ahora, y vivirás dentro de la
razón... ¿No me preguntas por tu familia?

Fijó Zoilo una mirada estúpida en don Fernando, y tan solo dijo:

—¡Mi familia!... ¡Qué lejos se han quedado! ¿Cuántos años hace que no
sé de ellos ni ellos de mí?... ¿Se han muerto?

—Hombre, no: todos viven y están buenos. Sosiégate, descansa, y no te
descuides en tomar alimento. ¿Que quieres?

—Agua... No, no: vino.

—Aquí lo tienes. Entona ese cuerpo.

—¿Y mi padre vive también?

—Como tú y como yo.

—¿Mi mujer...?

Al decirlo se le llenaron de lágrimas los ojos, y se dio un fuerte
puñetazo en la rodilla, cual si quisiera rompérsela.

—Tu mujer..., tan famosa..., esperándote... Recuerda los meses que han
pasado desde que no te ha visto.

—Ya no se acordará de mí...

—¿Tú qué sabes? Dime otra cosa: ¿se te ha pasado la borrachera de la
gloria militar?

—Sí, señor... Estuve loco... De tanto querer cosas grandes, parece que
se me ha gastado el alma, y en estos días ¿sabe usted lo que quería?
Morirme.

—¿Y esperabas ver a tu mujer en el cielo?

—En el cielo, sí; ¿pues dónde había de verla si yo me moría?... Digo la
verdad, señor: no me cabe en la cabeza que mi mujer esté en la tierra.

—Pues en la tierra está. Procura reponerte, y la verás pronto, y de
ella no te separarás en lo que te reste de vida.

Rompió de nuevo en llanto, y Calpena, para curarle la aflicción, que
parecía un achaque hereditario, le administró comida, un par de huevos,
un pedazo de carne. No recibió con repugnancia la medicina el bruto
de _Luchu_, y a la media hora de este tratamiento ya era otro. La
locuacidad se despertó en él, y cuando su amigo le hablaba de Aura, el
contento daba rosados tintes a su rostro demacrado, luz a sus ojos.
Queriendo activar la reparación psicológica, ya que la física iba por
buen camino, llevole don Fernando a otros asuntos muy apartados del
familiar y doméstico que tan hondamente le conmovía. Pedido informe
de las operaciones de Zurbano en el tiempo que no se habían visto,
refirió Zoilo, no sin trabajo, en cláusulas entrecortadas, la campaña
laboriosa en los montes de Bedaya, la arriesgada correría por Treviño
y valle de Cuartango, la defensa gloriosa de Subijana, la acción
indecisa, sangrienta cual ninguna, de Abechuco, en la que tuvo la
desgracia de caer prisionero; agregó sus desdichas en el largo _via
crucis_ hasta Estella, donde le tuvieron trabajando más de un mes en
las fortificaciones de Santo Domingo, con hambre y palos, hasta que,
acometido de unas terribles calenturas, se vio luengos días entre
la vida y la muerte. Concluido su relato, comió con más gana, y le
mandaron acostarse. En los aposentos de abajo continuaba don Sabino en
su reparador sueño, empalmando una noche con otra.

En tanto, preparaban los arrieros su salida, señalada para el día
siguiente; al amanecer subió don Fernando al cuarto de Zoilo, y
hallándole despierto, bastante aliviado de su postración, y con los
espíritus en buena conformidad, no quiso dilatar el darle conocimiento
de lo que creía más interesante.

—Hola, _Zoiluchu_, parece que vamos bien. Con un par de días en tu
casa, al lado de tu mujer, te pondrás como un roble. En tu familia, te
lo aseguro, encontrarás una novedad, una estupenda novedad.

—¿Mala o buena? No me encoja el corazón más de lo que lo tengo.

—Hombre, no: si quiero ensanchártelo. Necesitas ahora querer más de lo
que querías, amar más de lo que amabas.

—¿Más? Imposible. Si mi mujer está buena y no me recibe con despego,
soy feliz.

—Está totalmente buena, curada para siempre con una medicina que
le ha dado Dios. ¿No caes en ello, bárbaro? ¿A qué pones esa cara
estúpida?... ¿No se te ha ocurrido que en los dieciséis meses que
has faltado de tu casa, ya por tus borracheras de gloria, ya por el
castigo que Dios ha dado a tu orgullo; no se te ha ocurrido, pedazo
de alcornoque, que en tan largo tiempo podían ocurrir novedades en tu
familia?

—Sí, señor..., pensaba yo..., lo vengo pensando desde que estábamos
frente a Peñacerrada.

—¿Qué?

—Que mi mujer...

—Sí, hombre; tienes un hijo... Has vivido dieciséis meses soñando, y en
tanto tu mujer, buena parroquiana de la naturaleza y de la realidad, ha
sabido cumplir sus deberes de esposa. En Durango la tienes hecha una
madraza...

—¡Don Fernando! —exclamó Zoilo cerrando los puños—. No gaste conmigo
esas bromas... ¡Mire que...!

—¡Broma que tú seas padre! ¿Pues para qué te has casado, animal?

—Para eso. Justamente, para eso.

—Pues allí tienes, en Durango, a tu cara mitad loca con su hijo, digo,
loca no, cuerda, enteramente cuerda y bien curada de sus arrechuchos, y
esperándote, esperándote, hombre, para que seas feliz con ella y con el
crío...

—¡Don Fernando, mire que...!

—La edad del chiquillo no la sé seguramente; solo me consta que es
rollizo, guapote, y como tú, querencioso de vivir. ¿Qué? ¿No lo crees?
Pues en Estella está tu padre, que no me dejará mentir. ¿Tampoco crees
que está aquí tu padre? ¿Y si te le presento antes de diez minutos?
Aguárdame.

Salió don Fernando, dejándole en tal confusión, que no sabía el hombre
si tirarse al suelo o coger el techo con las manos. No tardó en volver
el caballero con don Sabino, al cual agarraba por un brazo para tirar
de él, ayudándole a vencer los empinados peldaños. Al entrar en el
cuarto, el viejo Arratia decía:

—¿Cómo cinco meses? Siete meses y seis días, si usted no manda otra
cosa, pues nació mi nieto el 13 de julio, día de san Anacleto, papa, y
de san Salutario, mártir.

El encuentro de hijo y padre fue tan solemne y patético como si cada
cual viese al otro resucitado. Se abrazaron, y don Sabino inundó a
Zoilo con el raudal de su llanto salido de madre. Al hijo le faltó
poco para perder el conocimiento, de la fuerza de la emoción, y viendo
confirmada la noticia de su paternidad y de la mental reparación de
Aurora, entregose a una alegría delirante y como fantástica: primero
se colgó de una viga del techo, al cual alcanzaba puesto de pie en
la cama; hizo allí varias suertes acrobáticas de singular mérito, y
después se lanzó a gran distancia, andando un trecho con las manos, las
patas en el aire.

—Nada tengo que hacer aquí —dijo don Fernando—, y me voy. Pueden
descansar hijo y padre en este mesón el tiempo que les convenga.

—¡Descansar! —exclamó don Sabino aleteando con los brazos, como
si le contagiara el frenesí gimnástico de su hijo—. Nos iremos a
escape, si el _marotismo_, que es ahora es el amo, nos proporciona un
salvoconducto.

Recibiendo de manos de Calpena el pasaporte en toda regla, hijo y
padre se abrazaron de nuevo. Don Sabino, que creía en los milagros
pasados, pero no en los presentes, amplió su fe milagrera, declarando
prodigiosas y sobrehumanas las felicidades que llovían sobre él. Mayor
fue su asombro, que hubo de traducirse en religioso entusiasmo, cuando
el posadero le notificó que podía disponer de un mulo y un borrico, sin
ningún estipendio, con la sola obligación de entregarlos en Durango en
el punto que se les designaba. Dinero para el viaje también les fue
suministrado, lo que les vino de perillas, pues Zoilo no tenía blanca,
y la bolsa de don Sabino había venido a una flaqueza casi equivalente
al vacío. Prorrumpió el vizcaíno en exclamaciones bíblicas con solemne
acento, que fue de gran edificación en la posada.

—Señor, no hay lengua que entone tus alabanzas... Tu mano desciende a
nuestro muladar, y henos aquí vestidos de luz... En tu misericordia
con estos tristes, veo la señal de que envías la paz al mundo.
Glorifiquemos a Jehová paternal, a Jehová pacífico... ¡Hosanna!...
¡Bendita sea tu paz, Señor, que ha de venir sin libertad de cultos ni
libertad de la imprenta!... ¡Hosanna!

En la exaltación de su júbilo, llegó a creer Sabino que el misterioso
arriero bienhechor no era persona de este mundo, sino un ángel tiznado,
un ordinario celestial que traía encargos del cielo para repartir entre
los mortales, preparando el reinado de la paz. Aparte hizo don Fernando
a Zoilo advertencias muy oportunas, dictadas por un prudente recelo.

—Chico, no hagas la tontería de decir a tu padre quién soy.

—Comprendido... No debe saberlo... ¿De modo que el señor don Fernando
se ha muerto?

—O se ha casado, que es lo mismo.

—Bien, hombre, bien... Deme usted otro abrazo... ¡Qué gusto! ¿Y cuántos
hijos tiene ya?

—¡Hombre, todavía...!

—Es verdad... Todavía es pronto. Pero tendrá muchos... como yo.

—Sí..., muchísimos. Procura tú largar uno cada año... Vaya, adiós. Yo
tengo prisa.

Y al partir, dejándoles en disposición de hacer lo propio, sintió la
tristeza que acompaña al acto de enterrar un muerto querido. Sobre una
parte principalísima de su existencia ponía la losa con epitafio harto
breve: _Aquí yace_... Las letras borrosas, ilegibles, que decían y no
decían un nombre, parecían sepultar más lo sepultado, y ponerlo más
hondo, y hacerlo más muerto.




XXX


Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados
hombres a Logroño, y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al
general para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o
en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse
ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de
San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana
siguiente empleó don Fernando en la tarea de volver de aquel estado
rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada
barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas
y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy
satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera
en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a doña Jacinta, que
le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con
aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le
aguardaban, y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró
para que leyera. Así lo hizo, primero repasando les plieguecillos con
avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía
dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia
Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas
junto a la persona que más amaba en el mundo.

Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea
larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al
jefe político interino de Logroño, don Joaquín Berrueta, a quien debía
el general su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel
señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los
convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y don
Leopoldo O’Donnell. Nunca estuvo don Baldomero tan impaciente porque la
comida acabase pronto: saltaba en su asiento; miraba con inquietud el
traer y llevar de platos. Por fin, escaldándose vivo con el café, que
tomó muy caliente, se levantó y dijo:

—¡Qué calor nace aquí! Venga usted, don Fernando.

En el próximo billar, donde se cruzaron con el criado que traía el
braserillo para encender los cigarros, dieron lumbre a los suyos, y
por una escalerilla de piedra que en dicha pieza existía, bajaron al
jardín, como de treinta varas en cuadro, poblado de corpulentos árboles
con una fuente en el centro. Paseándose en la parte más asoleada, dio
cuenta Calpena de su segunda entrevista con Maroto, y ello fue motivo
para que el de Luchana montara en cólera y dijese:

—Toda esa componenda de reyes y príncipes es una farsa. Lo mismo le
importan a él las ventajas que pueda obtener la familia de don Carlos
que la carabina de Ambrosio... Lo que quiere es confundirme, acabarme
la paciencia... Pero ya, ya verá quién es Baldomero Espartero.

Pedida venia por don Fernando para exponer el juicio que había formado
de la situación psicológica del caudillo faccioso en el momento de la
entrevista, trazó la figura moral e intelectual completa, tal y como
él la había visto. La cara de Espartero revelaba su conformidad con el
retrato, en que veía una obra maestra de observación penetrante.

—Es usted —le dijo cariñoso— un gran conocedor del corazón humano, y
podía dedicarse a escribir historia. Me trae usted un Maroto vivo con
el pensamiento pintado en la cara. Es cierto, sí..., ese es el hombre.
Se ha ensoberbecido con el golpe de Estella; pretende ahora tener un
chiripón a mi costa, y si lo consiguiera podría dictar a su gusto la
paz, esa paz con fueros de un lado, y de otro la caterva de príncipes
consortes y de reinas viudas... Dejémosle en esa ilusión, para que el
trastazo que le voy a dar le coja en el limbo... ¡Pobre Maroto!...
En fin, vámonos arriba. Esta noche venga usted a cenar, y seguiremos
charlando.

De lo que hablaron en la cena, pudo colegir don Fernando que el
ejército del Norte se ponía en marcha. Dadas las órdenes aquella
noche, oyose de madrugada el trompeteo de la caballería. Los jefes que
mandaban tropas acantonadas en los pueblos a lo largo del Ebro, entre
Logroño y Miranda, salieron también. Hablando con Espartero, Calpena se
aventuro a decirle:

—Mi general, por la dirección de las tropas, el trastazo será en el ala
izquierda y líneas de Valmaseda, plan felicísimo para mí si me permite
acompañarle.

—No le permito, sino que le mando venir conmigo. Falta la mejor parte
de la misión, caballero don Fernando, la más delicada y difícil. En
premio de sus buenos servicios, le llevo a ver a su madre. No crea
usted que la sorprenderá... Ya lo sabe..., ya le espera. Tienen las
mujeres una policía y un espionaje que vale un mundo. Si quiere usted
adelantarse, váyase con Ribero, que llegará antes que yo.

Gozoso replicó el caballero que a pesar de su vivísimo afán de llegar
pronto, prefería seguir al Cuartel general. Despidiose de doña Jacinta
y de Vicentita con vivos afectos, así como de todas las personas con
quienes había hecho amistad en la casa. Sentía un inmenso regocijo, y
se creyó compensado de tantos afanes y sufrimientos con las alegrías de
aquella marcha en dirección de sus amores. Medina de Pomar, Villarcayo,
se le presentaban luminosos, como estrellas refulgentes marcando la
meta de su destino, y hacia la derecha del sendero distinguía también
un resplandor lejano sobre las lomas de la Rioja alavesa. Alguna luz
brillaba constante, inextinguible, del lado de Laguardia.

No habían llegado aún a Fuenmayor, cuando topó con su amigo Ibero, que
de la brigada de Zurbano había pasado a la división de Alcalá, con
adelanto considerable en su carrera, pues era ya primer comandante con
grado de teniente coronel, y mandaba el segundo batallón de Luchana.

En cuanto se vieron, concertaron el ir juntos en las marchas. Ibero se
manifestó a don Fernando muy orgulloso de sus éxitos recientes, y al
compás de los adelantos de jerarquía iba creciendo su entusiasmo por la
libertad y el progreso, ideales hermosos, que exigían el sacrificio de
cuanto existe en el hombre, menos el honor. Tan penetrado se hallaba el
valiente Ibero de estas ideas, que no vaciló en confiar a su amigo la
repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los
facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían
derramado su sangre por Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso,
inmoral. Con el absolutismo no cabían arreglos; hacer concesiones
al _retroceso_ era reconocerle como un Estado. Transigir con él era
una declaración de impotencia. No, no mil veces: los soldados de la
libertad debían perecer antes que terminar la campaña por otro medio
que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era
forzoso descuajar el carlismo, y abrasar toda semilla, para que en
ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos
que a la sazón poseía la libertad, debía emprenderse la extinción
completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el
despotismo asiático, la superstición y la barbarie.

—Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar
más de pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo,
ni de estas antiguallas odiosas. Como así no se acabe, como solo nos
contentemos con cortar al monstruo una de sus cabezas, y luego le demos
de comer por las bocas que le queden, no conseguiremos nada, y la
libertad morirá con vilipendio, amigo mío. Esto pienso, esto aseguro, y
mientras viva pensaré lo propio, a fe de Santiago Ibero.

No dejaron de producir efecto en el ánimo y en la inteligencia de
don Fernando las razones de su amigo. Pero se apresuró a rebatirlas
con suavidad, haciéndole ver que el carlismo era una fuerza social
difícil de destruir. La fatalidad había traído a esta pobre nación a
un dualismo que sería manantial inagotable de desdichas por larguísimo
tiempo. La idea absolutista, la intransigencia religiosa hallábanse
tan hondamente incrustadas en los cerebros y en los corazones de una
gran parte de los hijos de España, que era ceguedad creer que podrían
ser extirpadas _de un tirón_. Dios había sido poco benigno con España,
poniéndola en manos del mayor monstruo de la historia, Fernando VII,
que sobre ser déspota sin talento, no supo establecer con firme base
la sucesión a la corona. La herencia de este hombre funesto había de
ser insufrible carga para la nación; su testamento ponía los pelos
de punta. Dejaba a su país un semillero de guerras, discordancias
irreductibles entre los españoles, un Estado siempre débil, una
monarquía fundada en la conveniencia antes que en el amor de los
pueblos, una religión formulista, una paz armada, métodos de gobierno
con carácter provisional, como si nunca se supieran las necesidades que
había de traer el día de mañana. ¿Era conveniente la transacción, aun
siendo mala cosa? Sí, porque con ella, si España no mejoraba, al menos
viviría, y los pueblos rehúsan la muerte aún más que las personas.
Si no fueron estas las razones que a las de su amigo opuso Calpena,
debieron de ser muy parecidas. Una y otra vez, en el curso de la
marcha, hablaron del mismo asunto, abominando el uno de los arreglos,
y defendiéndolos el otro como el médico que aplica los calmantes en un
incurable mal.

A los cuatro días de la salida de Logroño, llegaban a las tierras
altas de Burgos, y Calpena, con permiso del general, se dirigió a
Medina, donde tuvo la inefable dicha de abrazar a su madre y a los
Maltranas, que en aquella villa y en el palacio de la condesa habían
buscado refugio. Todo habría sido venturas para el caballero sin la
pena de ver a la niña mayor atacada de la pícara dolencia pulmonar
constitutiva en los hijos de Valvanera, y a uno de los pequeños
enflaquecido y transparentado como si la tierra le reclamase. Para
colmo de infortunio, el insigne don Beltrán, perdido de la vista, había
caído en gran tristeza y abatimiento, que agriaba su carácter y le
despojaba de las amenidades que embellecían su trato. No se conformaba
el buen aristócrata con aquel bajón impuesto por su naturaleza ya
gastada y caduca; protestaba, quería suplir las fuerzas corporales con
energías de concepto y alardes de temeridad, y don Fernando agotaba su
ingenio para producir en él una dulce componenda entre la esperanza
y la resignación. En cambio, encontró a don Pedro bastante fuerte,
sin nuevas amenazas de la dolencia que le postró en Vitoria, muy bien
adaptado a la cómoda existencia de capellán palatino. La condesa
gozaba, según dijo, de una salud perfecta, como nunca la disfrutó,
y se animaba grandemente viendo su casa tan bien poblada de amigos
cariñosos. Todo lo regía y gobernaba con actividad casera, cuidando
de que sus numerosos huéspedes estuviesen contentos y los enfermos
atendidos como en su propia casa. Con ella se franqueó el hijo en
secretas conversaciones, refiriéndole sus embajadas, y comentando
los dos el probable giro de aquel negocio, según lo que resultara de
la campaña emprendida. El último esfuerzo de Marte traería la paz,
dando este nombre a un armisticio de algunos años o lustros. Los que
vivieran mucho verían extrañas cosas. Y como ante todo, ansiaba ver don
Fernando la grande empresa de Espartero y su gente ante las líneas de
Ramales, una vez consagrados tres días a las más puras satisfacciones
de su espíritu, abandonó las ociosas alegrías junto a su madre, para
meterse en el fiero trajín de la guerra.




XXXI


Cerca de Agüera encontró don Fernando al coronel inglés Wilde, a
quien había conocido en Logroño. Comisionado por el gobierno de su
país para estudiar la guerra, habíala seguido en todos sus accidentes
desde Peñacerrada, compartiendo las fatigas y aun los peligros de
nuestros soldados. Era persona muy simpática, instruida, de finísimo
trato, y habiéndose propuesto con tenacidad sajona dominar la lengua
de Castilla, andaba ya muy cerca de conseguirlo sin perder su nativo
acento. Con él iba un capitán de la misma nación, que no había podido
vencer aún, por el corto tiempo que llevaba en España, las dificultades
elementales de nuestro idioma, y lo destrozaba graciosamente sin miedo
al disparate, ávido de aprender, como se aprenden todas las cosas:
errando. Ingleses y españoles celebraban la ocasión que les unía, y
se concertaron para presenciar juntos las peripecias de la _campaña de
Occidente_ como decía Wilde. Formando un cuerpecillo militar de siete
hombres (con el criado de Calpena y los ordenanzas que el general había
puesto al servicio de los extranjeros), se colaron en el teatro de la
guerra, y su primer paso fue aproximarse a don Leopoldo O’Donnell,
que había sucedido a Van Halen en el cargo de jefe de Estado Mayor.
Causaba espanto ver las posiciones ocupadas por los carlistas en los
montes que rodean a Ramales y Guardamino; imposible parecía que de
tales alturas pudiera ser desalojado un enemigo intrépido, que con
tiempo supo plantarse allí, al amparo de rocas ingentes. Allí el arte
militar semejaba al instinto guerrero de las bestias feroces. Hablando
los ingleses con O’Donnell, que por la pinta y la serenidad flemática
parecía más inglés que ellos, dijéronle:

—Pero ¿están ustedes seguros de poder ganar esos picachos, si en ellos
los lobos tendrán que mirar dónde ponen la pata?

—No estamos seguros de llegar arriba, coronel —replicó don Leopoldo con
la sonrisita que ponía en sus labios, así para los dichos triviales
como para los que precedían a los grandes hechos—; pero subiremos hasta
donde humanamente se pueda. Mis soldados no miden los caminos con la
vista, sino con los pies, y no se hacen cargo de los peligros sino
después de estar en ellos.

—Los que hemos visto la subida de Banderas —indicó don Fernando—
estamos curados de asombro.

—Lloverán piedras seguramente —quiso decir el capitán inglés mezclando
de un modo pintoresco las hablas española y británica—. La ventaja del
enemigo es que no necesita gastar pólvora ni proyectiles.

—Eso lo veremos —dijo don Leopoldo—. Señores, con Dios. No puedo
entretenerme.

—General, a sus órdenes. ¡Gloria a Dios en las alturas!

—Y paz en la tierra, _etcétera_... ¿La paz dónde está?

—Donde menos se piensa..., aquí.

Siguieron faldeando el cerro, y a cada paso encontraban fuerzas
acantonadas. Se había dispuesto que la división del general Castañeda
con las tropas de O’Donnell, disputara a los carlistas las alturas
del Moro y el Mazo, empresa que parecía fabulosa. Toda la tarde de
aquel día la empleó la partidilla hispano-inglesa en enterarse de
las posiciones del ejército constitucional: Ribero, con la Guardia,
hallábase en la loma de Ubal, en observación de Maroto, que ocupaba el
valle de Carranza. A Espartero no pudieron verle; pero se aproximaron
a sus avanzadas en el camino de Ramales a Lanestosa. Pasaron la noche
en la falda de Ubal, entre oficiales del 3.º de la Guardia, y al
amanecer del día siguiente, 27 de abril, salieron en la dirección
que se les indicó como más conveniente para encontrar a O’Donnell;
pero no lograron su propósito, pues el que Wilde llamaba _el gran
irlandés_ habíase remontado en la vertiente de la peña del Moro hasta
una altura en que era muy difícil alcanzarle ya. El tiroteo que
desde las ocho empezó por diferentes puntos obligoles a buscar algún
abrigo: procuraron guarecerse de las balas, ya que no podían hacerlo
de la lluvia de piedras. En una y otra eminencia, el Moro y el Mazo,
el vigoroso ataque subiendo era un prodigio de agilidad y serena
bravura. La roca erizada de picos, ofreciendo a cada paso accidentes
difíciles de franquear, cortaduras, grietas, cresterías inabordables,
centuplicaba las fuerzas absolutistas y disminuía las liberales.
Pero lo inverosímil se hizo verdadero poco después del mediodía.
Cástor Andéchaga y Simón de la Torre no supieron sacar partido de sus
admirables posiciones, y se las dejaron quitar, cumpliendo con una
resistencia formal de dos horas. ¿Qué fue? ¿Cansancio, escepticismo,
deseos de acelerar el desenlace que preveían y deseaban? Aun admitida
esta causa del desfallecimiento de los facciosos, siempre era grande el
mérito de los soldados de Isabel, que treparon por aquella escalera de
piedras cortantes, con un precipicio en cada peldaño.

Faltaba un hueso muy duro que roer, pues los demonios de la facción
habían fortificado una cueva que dominaba el camino entre Lanestosa y
Ramales. Una pieza de a cuatro, que disparaban con metralla, era el
monstruo de aquella caverna, apostado en su boca.

Allí no escapaban hombres ni ratas. Alentado don Baldomero por la toma
de las alturas del Moro y el Mazo, decidió apoderarse de la cueva, y
embocando hacia ella ocho piezas de artillería, que fueron como otros
tantos perros que atacaron al monstruo, y soltándole además lo más
granado de la tercera división, hizo polvo al guardián formidable. Día
bien aprovechado fue aquel: Espartero debió marcarlo con piedra blanca,
pues entre sol y sol, peleándose con las montañas más que con los
hombres, disputó y obtuvo los baluartes que convertían en gigantes a
sus poseedores. Con esto les hizo pigmeos, y él adquiría una talla que
le igualó a la que había sido enemiga y era ya su aliada, la naturaleza.

No pudieron los ingleses, con su agregado español, presenciar el ataque
a la cueva, porque cuando llegaron al Cuartel general ya estaba todo
concluido; pero lo oyeron relatar a Echagüe, capitán de Guías del
general, y a un oficial de artillería, Osma, ambos partícipes de la
gloria de aquella jornada. Al anochecer acompañaron a los vencedores
a la cima de Ubal, donde Espartero mandó construir un reducto, cuyos
trabajos se emprendieron sin dilación, alardeando todos de incansable
actividad. Favorecíales una noche espléndida, que en aquellas alturas,
dominando valles y montes, era de una majestad y belleza incomparables.
En amenas pláticas la pasó don Fernando con sus amigos Echagüe y Dulce,
pronosticando glorias y venturas, brillantes acciones de guerra,
precursoras de una dichosa paz. Al día siguiente bajó con los ingleses
a Bolaiz, visitaron la famosa cueva, hicieron alto en todos los puntos
donde encontraban oficiales conocidos, aquí Gándara, allí Linaje y
Urbina. En Los Valles ofrecieron sus respetos al general en jefe, a
quien hallaron contento, en estado de excelente salud, disponiéndose a
embestir y ganar los fuertes de Ramales y Guardamino, con lo cual _les
aventaría_ (era su expresión habitual), obligándoles a replegarse a las
guaridas de Vizcaya y Guipúzcoa.

A su amigo Ibero le encontró Calpena un tanto melancólico por no
haber entrado en fuego en los combates del 27. Era de los que cuando
no pelean, viendo pelear a sus compañeros, se juzgan ofendidos y
hasta cierto punto despojados de lo que les pertenece. Hablando de
esto y de las próximas luchas, las conversaciones venían a parar en
cálculos diversos sobre lo que haría Maroto con sus veinticuatro
batallones apostados en el valle de Carranza. ¿Aceptaría el reto de
su grande enemigo? En la previsión de que se presentase por Gibaja,
reforzó Espartero el extremo de su ala izquierda, tomando posiciones y
fortificándolas bajo el fuego de las guerrillas enemigas.

En los primeros días de marzo rompieron fuego las baterías contra
Ramales, y avanzaron los batallones. No fue todo a pedir de boca, que
algunos cuerpos retrocedieron, aunque sin desorden, y lo que se ganaba
en una hora en otra se perdía. Pero a media tarde, los defensores del
fuerte, viéndose amenazados por diferentes puntos y desmontada la
artillería, se retiraron precipitadamente a Guardamino, situación más
áspera, más defendida de la naturaleza, y allí se encastillaron con la
seguridad de que el hueso era de los que no podían roer los liberales
sin dejarse en ellos los dientes. Ya se vería esto.

En efecto: no era blando el hueso, y dos días estuvo Espartero
bregando con él sin obtener glandes ventajas. Pero el día 11, cargado
el hombre de perder soldados, y movido de su valor impaciente, que
no admitía largas dilaciones para satisfacer su anhelo, dispuso un
ataque simultáneo contra todos los puntos en que presentaba el enemigo
mayor resistencia, y con sus intrépidos Guías, el 2.º de Luchana y
la escolta, dio una de esas cargas que hacen memoria en los fastos
militares. El mismo peligro corría don Baldomero que el último de sus
soldados, pues el avance fue a la desfilada, bajo el fuego mortífero de
los fuertes y de las trincheras abiertas por los carlistas en montes
altísimos, que en algunos pasos ofrecían una verticalidad aterradora.
Electrizados por la presencia y la actitud arrogante del caudillo, los
soldados avanzaban husmeando la victoria, gozándola antes de obtenerla.
Algunos caían, es verdad; pero los más andaban bien derechos. En
lo mejor de la marcha, vio Espartero que una compañía bajaba en
retirada; pero con unas cuantas voces, que si en otra ocasión podían
ser innobles, en aquella eran la más gallarda de las imprecaciones
poéticas, les obligó a _volver caras_. Adelante todo el mundo, sin
miedo a la muerte; que allí no había que pensar en cosas tristes,
sino en la grande alegría de arrojar al enemigo al otro lado de los
montes, a la corriente del Cadagua... Adelante, pues, y vengan balas.
Llegaron a un punto en que la desigualdad del terreno no permitía
funcionar a la caballería. Los individuos de la escolta pidieron
permiso para desmontarse y acometer a pie los parapetos desde donde
los facciosos les abrasaban a tiros. Fue concedido el permiso, que
Espartero no negaba nunca para los actos de temeridad loca. Los jinetes
sin caballos no pudieron tomar a la primera embestida los parapetos;
pero su ejemplo enardeció a los menos decididos, su locura se comunicó
a los más sensatos, y a la secunda embestida, los carlistas abandonaron
la indomable almena natural en que peleaban. En tanto, Linaje les
daba un fuerte achuchón por la parte de Gibaja, y viéndose amenazados
por el flanco, se retiraron de todo el monte, quedando Guardamino
entregado a su propia fuerza. Mas era por naturaleza tan robusto, que
a la intimación de Espartero para que se rindiese, contestó con un no
redondo y procaz.

Era ya cuestión de tiempo y paciencia el someter a tan fiero gigante,
emplazando en las alturas toda la artillería de que Espartero podía
disponer, y haciendo polvo con cañoneo constante la armadura de
roca que el coloso vestía. Incansables, comenzaron por la noche la
operación de subir las piezas; pero al amanecer del 12, hallándose
el general en una ermita desmantelada donde pasó la noche, sin
otro alimento que un pedazo de pan y un chorizo que llevaba en sus
pistoleras, por cama la dura peña, por descanso la impaciencia
ansiosa, recibió un parlamentario de Maroto con las condiciones para
rendir el fuerte. Proponía que la brava guarnición de Guardamino,
prisionera de guerra, fuese canjeada por igual número de liberales que
los carlistas tenían en sus depósitos. Invocaba Maroto la humanidad,
y por humanidad accedió don Baldomero a lo que su rival le pedía.
Todo el día duró el ir y venir de parlamentarios desde Carranza a la
ermita, porque el gobernador del fuerte no quiso rendirse sin que su
general se lo ordenase directamente; pero al fin ello se arregló, y
las comunicaciones mediadas entre ambos caudillos fueron afectuosas
por todo extremo. Entregose, pues, Guardamino con su artillería,
municiones, pertrechos y víveres. Los rendidos fueron inmediatamente
enviados al cuartel de Maroto, que no tardó en pagar la carne facciosa
con igual peso y medida de carne liberal. Alardearon uno y otro de
hidalguía y generosidad. La victoria de Espartero fue de las más
grandes que obtuvo en su gloriosa vida. En la elocuente orden del
día que dio a las tropas les dijo: «El enemigo no quiso aceptar
vuestro reto para una batalla general. Encastillado en sus formidables
posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os
conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia».




XXXII


La brillante hazaña de Espartero sobre Guardamino fue presenciada por
los caballeros de la trinca angloespañola. Marcharon en la retaguardia
de la escolta de tal modo fascinados, que no advirtieron el peligro
hasta que no se hallaron en la imposibilidad de evitarlo. Tuvieron la
suerte de salir ilesos, con excepción de Urrea, que recibió un balazo
en el muslo, sin que le tocara el hueso. Perdió alguna sangre, continuó
a caballo, y al fin de la jornada le curó veterinariamente un práctico
del escuadrón. Hasta el día 13 no tuvo Calpena noticias de Ibero, que
había sabido hartarse del manjar de su gusto: peligro, temeridad,
gloria. Entre él con los de Luchana, y Echagüe con los Guías, habían
tomado los parapetos que decidieron la victoria... El hombre no cabía
en su pellejo. No quería grados, no buscaba recompensas. Bastábale el
gozo de haber empujado a la libertad hacia las altas cimas donde debía
tener su asiento, de haber arrojado hacia los valles cenagosos al
_monstruo del oscurantismo_.

Maroto se internó en Vizcaya; Espartero, fijando en Ramales su Cuartel
general, dio descanso a sus tropas antes de emprender la ocupación
del país vasco navarro, contando con el desaliento del enemigo y
con la descomposición y ruina de su antes poderosa unidad. Pasado
el temporal de agua que en lo restante de abril y principios de
mayo entorpeció los movimientos, avanzó el ejército cristino hacia
Orduña, que fue ocupada sin disparar un tiro. Con pretexto de tratar
de un nuevo canje de prisioneros, envió el de Luchana a su rival un
parlamentario, al cual acompañaban el coronel Wilde, encargado por su
gobierno de hacer cumplir el convenio Elliot, y dos o tres personas
más, afectas al servicio del militar extranjero. Recibioles Maroto un
tanto displicente. Expuso el parlamentario, brigadier Campillo, lo
referente al canje; el inglés hizo presente su propósito de trasladarse
a Tolosa para someter al _elevado criterio_ del rey los deseos del
gabinete británico, inspirados en sentimientos de humanidad y justicia;
disuadioles Maroto de esta idea, brindándose a dar cumplimiento
por sí mismo al convenio Elliot, pues poder y autoridad tenía para
ello; y una vez retirados de su presencia los mensajeros con sus
respectivos secretarios, mandó recadito al caballero español que en
calidad de intérprete al coronel Wilde acompañaba. Encerrándose con
él a media noche en la destartalada estancia del caserón donde tenía
su alojamiento, solos, sin más luz que la del candil que alumbraba un
cuadro negro de las Ánimas del purgatorio, hablaron lo que a renglón
seguido con la posible fidelidad se reproduce:

—He leído la carta de Espartero que usted me trajo —dijo Maroto,
paseándose, las manos en los bolsillos—, y empiezo por decirle que no
me parece bien el abandono del disfraz, ¡porra!..., aunque me sea muy
grato verle a usted en su porte de caballero distinguido y llamarle por
su verdadero nombre... Pero no es prudente, no. Estamos, estoy rodeado
de espías infames... Tome usted asiento.

—No tema usted por mí, general —dijo Calpena, siguiendo a Maroto en su
paseo—: yo sabré guardarme... y vamos al asunto.

—Pues al asunto. Veo que su jefe de usted está tan bien enterado como
yo de las intrigas de los apostólicos contra mí.

—Europa entera conoce la rabia vengativa y el furor venenoso de ese
bando que, aun después de vencido, se revuelve contra el hombre fuerte
que le apartó del rey...

—Todos los que don Carlos desterró por exigencia mía..., naturalmente,
tuve que cuadrarme..., plantear la cuestión en el terreno de la
dignidad: O ellos o yo, ¡porra!..., pues todos aquellos que eran la
perdición y el descrédito de la causa, en la frontera trabajan contra
mí, con mil enredos y calumnias... Lo que yo digo: no necesitan volver
a ganar el corazón del rey, porque lo tienen bien ganado. Carlos V les
ama y a mí me detesta. Eso lo sé, lo he visto muy claro. Su Majestad
cedió a mi exigencia, porque no tenía corazón para resistirme. Yo
apelaba a su dignidad, a su conveniencia, y a falta de estas, encontré
su miedo... Pero el miedo aplaza, no resuelve. Estamos lo mismo: el
rey no se apea ni se apeará del burro de su intransigencia apostólica
y absolutista... ¿Y sabe usted que ese danzante de Arias Teijeiro, en
vez de largarse a Francia como el rey le ordenó, se fue al Maestrazgo?
Allá le tiene usted reconciliado con Cala, a quien acusó de venal, y
partiendo un piñón con Cabrera, Entre todos arman grandes tramoyas
contra mí. Nada conseguirán mientras yo tenga junto al rey a mi gran
aliado, el miedo; pero el día en que Su Majestad se recobre del susto
que le di, y apoyado se vea por los _brutos_, que así califican a la
fidelidad, perderé mi mando, y creo que la vida con él...

—La situación de usted, mi general, es harto difícil. Las
circunstancias, los hechos, con su lógica incontrastable, imponen a
todos la paz...

—La paz... Venga pronto, si ha de ser honrosa, como yo puedo admitirla
y proponerla... Sentémonos, señor mío... Y ahora que me acuerdo.
Felicite usted en mi nombre a Espartero por el nuevo título que
le ha concedido su reina: _Duque de la Victoria_... Es hermoso, y
hasta cierto punto me lo debe a mí. No debe olvidar que le abandoné
voluntariamente las posiciones de Ramales y Guardamino, por evitar el
derramamiento de sangre...

—Me permitirá usted, mi general, que no exprese ninguna opinión sobre
los hechos militares del pasado mes... Y no es porque no los conozca;
que observé al ejército en todos sus movimientos, y seguí al duque en
su prodigiosa marcha sobre Guardamino.

—El fuerte hubiera resistido mucho tiempo. Se rindió porque yo se lo
ordené.

—Cierto; pero...

—Pero... No discutamos. Solo digo que el título de duque de la
Victoria, en gran parte me lo debe a mí don Baldomero, ¡porra!...
Reconozco que es un militar valiente y un hombre honrado, que desea
el bien de su patria... Yo también, ¡porra!, yo, sin llamarme duque,
quiero la felicidad de España.

Nervioso y exaltado, Maroto se levantó a poco de sentarse, diciendo con
fuertes voces:

—Y me hará el favor de advertir a su jefe que no me mande parlamentario
militar, so color de canje de prisioneros. Esto me compromete, ¡porra!
No tardan mis enemigos en llevar el soplo a Tolosa..., que si andamos
en arreglos, que si vendo al rey... No, no quiero parlamentarios.
Siempre que llega uno, tengo que dar a mi ejército una orden del
día echando sapos y culebras..., ¡porra!..., para disimular el mal
efecto... Y vamos al asunto.

—La ingratitud del rey es tan manifiesta, lo mismo que su tenacidad
en sostener el retroceso y la barbarie, que no insistirá usted, así lo
creo, en las condiciones que me manifestó en Estella, referentes a la
familia real.

—No, no insisto en ello; renuncio a mi propósito del enlace de los
hijos; renuncio a conservar a don Carlos las preeminencias de rey
padre... Que se vaya al extranjero, con título y calidad de infante
aburrido y de pretendiente chasqueado, a comerse la pensioncilla que
se le dará para que viva con decoro... No merece otra cosa; no ha
nacido para más; aún saca más de lo que le corresponde por su menguada
inteligencia...

—Espartero contaba con esta rectificación de las antiguas ideas de
usted, y una vez de acuerdo en cosa tan importante, espera que la
conformidad en los demás puntos no se hará esperar.

—Poco a poco —dijo el carlista, súbitamente acometido de una gran
agitación—. Si cedo en lo de las personas reales, no puedo ceder en los
principios, pues no pretenderá Espartero que yo le entregue todo, la
fuerza y las ideas... Eso no sería transigir; sería por mi parte una
debilidad vergonzosa... ¿Qué quiere ese hombre? ¿Dejarme mí un papel
ridículo, y conservar él la gloria de la pacificación? Dígame usted;
¿qué papel hago yo, entregando mi ejército al masonismo y a la impiedad
revolucionaria? Eso no puede ser, y no será... Antes moriremos todos...
Asegure usted a su general que no suscribiré nunca una paz que no vaya
fundada en un régimen político mucho más restringido que el existente.

—Pues el general Espartero —declaró Calpena con solemnidad— pone por
condición primera que se ha de conservar el régimen político existente,
la Constitución del 37, con todas sus consecuencias... ¿Le parece
a usted justo que después de la sangre derramada por la libertad,
ofendamos la memoria de los hombres heroicos que por ella han perecido?
¿Qué quiere usted? ¿Que el representante de las ideas liberales, acepte
y patrocine el absolutismo? Eso no será transacción. Será entregar
nuestra bandera al enemigo vencido para que la pisotee.

—Pues quédese cada cual con su bandera, y perezcamos todos —gritó don
Rafael, no ya agitado, sino furibundo—. Sepa Espartero que trata con un
general que manda fuerza considerable, no con un monigote sin decoro
ni vergüenza. Corra la sangre; no haya humanidad ni compasión. Lo que
no se hace por un rey inepto, lo haremos por la defensa de los grandes
principios.

—Veo, señor mío, que obedeciendo a un destino fatal, será usted el
instrumento del obispo de León, de Arias Teijeiro y del clérigo
Echevarría. Usted les detesta, y al propio tiempo les ampara. Ellos
pregonan la cabeza de Maroto, ignorando que al matarle, matarían a su
mejor amigo.

—No, no defiendo yo el absolutismo —grito Maroto fuera de sí, con
fuertes voces— ni las ideas de esa canalla. Defiendo un régimen
templado, en que el rey gobierne inspirándose en las necesidades
positivas de los pueblos; un régimen sin tiranía del soberano ni
alborotos de los súbditos, con la unidad católica bien garantizada,
y los clérigos levantiscos bien sujetos; un régimen en que puedan
hacerse oír los hombres ilustrados y callen los ignorantes y díscolos;
un régimen de justicia, de gobierno paternal, con el consejo de un
escogido número de personas graves que ilustren al rey y enfrenen
a la plebe... Eso quiero, eso propongo, y sin eso no habrá paz, no
puede haberla, porque... denme todo lo que quieran, mi destitución, mi
muerte; pero no pidan a Rafael Maroto que firme una paz a gusto de los
masones y comuneros. Eso no puede ser... Yo le suplico a usted que no
me contradiga, ¡porra!

—Bueno, mi general... Realmente, yo no contradigo a usted: no hago
más que exponer las que creo ideas y propósitos de la persona en cuyo
nombre hablo. Siento infinito volver allá con la triste obligación de
comunicar el fracaso definitivo de las negociaciones.

—Pues comuníquelo usted... No hay paz, no puede haberla —dijo Maroto
desplomándose en la silla, por una cesación súbita de aquel frenesí
nervioso—. ¿Qué me importa? Si todo se hunde y se lo lleva el diablo,
no es por culpa mía. Es culpa del señor duque _nuevo_, que quiere
arreglar todo a su gusto, para su sola gloria y provecho, dejándonos
los demás como trapos...

—No es eso: perdone usted...

—Es eso... y no me contradiga. Como trapos... ¡Bonito papel quiere
asignarme!... ¡Y él, ¡porra!, el héroe, el pacificador, el niño bonito,
el niño mimado!... Pretende el mangoneo universal, y ser el amo, y
traernos a todos cogidos de la nariz... ¡Ay!

Este ¡ay! fue una exclamación dolorosa, como punzada en el corazón, el
lamento de una naturaleza profundamente herida.

—¡Ay! —repitió oprimiéndose el costado—. Puede usted creerme: deseo una
muerte repentina que ponga fin a mis sufrimientos. No era esto lo que
yo presentía, lo que yo soñaba al venir al carlismo. No era esto, no,
lo que me impulsó al abandono de las posiciones de Ramales. Pensé yo
que Espartero me comprendería, que sería generoso... Pero su egoísmo
está bien manifiesto: quiere una paz que sea para él un triunfo, y un
oprobio para mí... Lo peor es que... Siéntese usted: aún tenemos algo
que hablar.

Con acento quejumbroso, de hombre enfermo, de un alma sumida en acerba
pena, prosiguió así:

—Y a pesar de todo, créame usted, deseo la paz..., sí, señor, la deseo
como soldado y como español... porque yo amo a mi patria... Bien sabe
Dios que el absolutismo mío no es el régimen absurdo y tenebroso que
predican los clérigos de Oñate. Espartero me conoce... No quiera hacer
de mí un monigote... Si en ello se empeña, no habrá paz, y España se
acabará... Más quiero verla muerta que en brazos del masonismo y de la
revolución.

—Espartero —dijo Calpena compadecido del general carlista, por el
lastimoso estado a que le habían traído sus errores— no pretende
humillar a usted, ni apropiarse la gloria de este bien tan grande: la
gloria será de los dos, para los dos la inmensa gratitud de España.

—Así debiera ser... —murmuró el carlista con emoción, que afeminó por
un instante su voz varonil y guerrera—. Nadie me gana en el amor a este
terruño donde hemos nacido... En mi larga vida militar y política no
he tenido otro móvil que el bien de los españoles... Pero los buenos
deseos son una cosa, y los buenos caminos otra... Cuestión de suerte,
amigo mío; cuestión de acertar o no en los primeros pasos... ¡Oh, pues
si yo lograra que España dijese: «A Maroto debo la paz»!... Pero no me
caerá esa breva, ¡porra!, la fatalidad dice que no..., que no..., la
fatalidad me ha tomado entre ojos...

En la pausa que siguió a estas palabras, don Fernando vio al general
agobiado en el sillón, los codos en las rodillas, el rostro en las
palmas de las manos, y respetó su dolor guardando silencio. Después
sacó don Rafael del bolsillo del capote un pañuelo grandísimo, y se
sonó con estrépito. Tenía los ojos encendidos y húmedos.

—Mi general —le dijo Calpena, aprovechando con delicadeza la emoción
que observaba—, me detendré aquí todo el tiempo que sea menester, si
de la espera resulta que puedo llevar una proposición de concordia.
Piense usted en ello un día, dos; considere su situación, la ansiedad
del país, el deseo de todos los partidos...

—¡Pero si estoy ya loco de tanto pensarlo!... No, no pienso más. Ya es
cuestión de decidirse, de escoger la primera carta que salga.

Suspirando, volvió a su inquieto pasear por la estancia. De pronto se
paró ante Calpena, diciéndole:

—Puesto que no tiene usted prisa de volver a Orduña, ayúdeme a buscar
una solución decorosa para mí. Verá usted lo que se me ocurre... Tenga
paciencia, y hablaremos algo más.




XXXIII


Dirigiose a la cómoda en que estaba el candilón, el cual, dicho sea
por respeto a la puntualidad histórica, había dejado extinguir una de
sus dos mechas, manteniendo encendida la otra por puro compromiso,
al parecer, pues bien se le conocían las ganas de dormirse en la
oscuridad. Don Fernando miró al general, que revolvía papeles en el
cajón primero de la cómoda, y tras él veía, también mal alumbradas por
la luz dormilona, las pobrecitas Ánimas del purgatorio, sus cuerpos
desnudos entre llamas rojizas. ¡Con qué gusto las habría sacado de
aquel martirio, extrayendo al propio tiempo al pobre general, que en
las llamas de su ansiedad o irresolución ardía!

—Verá usted —dijo don Rafael, hallando lo que buscaba, y volviendo
el rostro hacia el mensajero de su rival—: aquí tengo una carta
interesantísima. No haré con usted misterio de su contenido ni de la
persona que la firma: es un amigo íntimo de Simón de la Torre y mío.
En ella se me propone una entrevista con el comodoro lord John Hay, el
cual tiene instrucciones de su gobierno para proponer a Espartero y a
mí fórmulas de paz.

—Debo decir a usted que a mi jefe no le gusta que los extranjeros
medien en este asunto. Notaría usted que el coronel Wilde no pronunció
una palabra de condiciones de arreglo. También debo decirle, general,
que a Espartero no le supo bien que usted cambiara comunicaciones con
el mariscal Soult sobre este negocio. Es muy delicada la intervención
extranjera, así en la guerra como en la paz, porque casi siempre los
poderosos que nos prestan servicio tan eminente, lo cobran después con
una pesada injerencia política y diplomática.

—Es verdad; pero yo no puedo negar al comodoro la entrevista que me
propone. Solo que no sé dónde ni cómo celebrarla. Bien podría servirme
de pretexto la orden que a León ha dado Espartero de quemar las mieses
de Navarra. Esto es una violación del tratado de Elliot.

—¿Ha contestado usted a La Torre que acepta la entrevista?

—No, porque de nadie me fío ya. No me determino a enviar una carta de
tanta gravedad por mano de carlista: la traición y el espionaje tienden
aquí sus redes que es un primor.

—¿Y no hay un hombre leal que establezca la comunicación verbalmente?

—No le hay, o al menos yo no le veo junto a mí —replicó Maroto con la
desconfianza pintada en su inquieto mirar.

—Permítame usted que le diga, mi general, que en el recelo y suspicacia
que me manifiesta veo una enfermedad del ánimo, efecto de su
singularísima situación entre la guerra apostólica y la paz nacional;
veo el delirio persecutorio, que usted logrará vencer, mirando con más
serenidad cosas y personas.

—Puede que tenga usted razón... Déjeme seguir: Simón de la Torre y yo
estamos de acuerdo; el amigo que nos comunica es un joven bilbaíno muy
simpático, que ha servido con Córdova y con Espartero...

—¡Oh, qué luz, mi general!... ¿Es acaso Pedro Pascual Uhagón?

—¿Amigo de usted, por ventura?

—Sí, señor... Yo sabía que andaba por aquí; me constaba su amistad con
Simón de la Torre... En fin, ¿quiere usted que yo me vea con Uhagón?...
¿Dónde está?

—Muy cerca de aquí: en Amurrio.

—Pues allá me voy. ¿Debo decirle que está usted dispuesto a celebrar
la entrevista con el comodoro?

—Justo; ¿pero dónde nos encontramos, Señor?... ¿Debemos reunimos por
casualidad, o por reclamo del inglés, para tratar de la cuestión de las
mieses incendiadas?

—Deje usted a mi cuidado el determinar la entrevista de una manera
lógica, en forma que le ponga a usted a cubierto de toda sospecha.

—Si así lo hiciere, me prestaría un servicio inmenso en las actuales
circunstancias...

—¿Conque en Amurrio? Cuente usted con que mañana comemos juntos Pedro
Pascual y yo; cuente con que un día de estos se verá usted sorprendido
por lord John, y obligado aparentemente a conferenciar con él... Y
cuente con que las proposiciones del inglés diferirán poco de las de
Espartero...

—Pero la sanción de una potencia extranjera, amigo mío, es alivio
grande de la responsabilidad...

—Convenido. Luego veremos el grado de desinterés de la gestión
inglesa... En fin, mi general, viva la paz, _aunque viva con su
pepita_...

—Eso, eso —dijo Maroto, riendo por primera vez en la conferencia de
aquella lúgubre noche—, _que viva con su pepita_. Y ahora...

—Sí; debo retirarme.

—Que no se le olvide felicitar a Espartero por su ducado.

—Lo agradecerá mucho.

—Sí, sí; los dichosos agradecen los plácemes de los tristes —dijo don
Rafael sin ocultar su pena inmensa—. Conque, buenas noches. No tengo
vino superior con que obsequiarle.

—Ya beberemos pronto a la salud de España pacificada. No me detengo.
Querrá usted dormir: yo también.

—Yo no duermo.

—Descansar, por lo menos.

—Tampoco.

—Ya vendrán para todos el descanso y la tranquilidad.

—Dios lo quiera.

—¡Ánimo, sinceridad, patriotismo! Adiós, mi general.

—Adiós. Le deseo lo que yo no he tenido nunca: buena suerte.

—La tendremos... ¿Qué hace falta? El corazón siempre por delante.

—¡Ay!... Eso se dice, eso se intenta..., pero no siempre el corazón se
pone donde quiere, donde debe... Adiós.

Salió Calpena de la triste casona; palpando paredes se encaminó a
su alojamiento, y lo primero que hizo fue dar órdenes para partir
de madrugada. El coronel Wilde y el brigadier Campillo dormían
profundamente; procuró hacer lo propio, y al romper el día trotaban los
seis desandando el camino que habían traído. Las diez serían cuando las
avanzadas del ejército liberal les indicaban la proximidad de Amurrio.
Dijo don Fernando a sus compañeros que si no querían esperarle en
aquel pueblo, donde una diligencia importante le detendría, siguieran
a Orduña. Divididas las voluntades, el brigadier determinó encaminarse
sin demora al Cuartel real, y Wilde se quedó, pues no había para él
compañía más grata que la del caballero español. No vaciló este en
ponerle en autos del asunto que motivaba su detención en Amurrio:
uno y otro, cada cual en su esfera, trabajaban por la paz, y solían
comunicarse una parte de sus secretos. La primera diligencia fue tomar
lenguas del paradero de Uhagón, también del inglés amigo, y sin grandes
molestias dieron con él en la casa de Zárate, donde estaba en gran
parola, _inter pocula_, con Ibero y otros oficiales, entreteniendo
los ocios con historias picantes y libaciones de chacolí. En el mismo
hospedaje se metieron Calpena y Wilde, formando alegre compañía, y
al poco tiempo de sociedad, ya se habían trazado los conspiradores
de la paz el plan más acertado para llevar adelante las vistas entre
el comodoro y el general de don Carlos. Por desgracia, lord John
se hallaba por aquellos días en Bayona; Pedro Pascual tenía que
trasladarse a Bilbao, buscar embarcación que le llevase a Francia, y
volver luego con el comodoro. Convinieron en que Wilde le acompañaría
en la expedición marítima, mientras a Orduña pasaba don Fernando para
dar cuenta al general. Algunos días retuvo el duque de la Victoria a su
amigo, no solo porque descansase, sino por creer que en el estado de
las negociaciones convenía dar largas a Maroto, para que su turbado
ánimo, con la tremenda crisis del carlismo, viniese a mayor decaimiento
y desorden más grande. La primera comisión que don Baldomero dio a su
fiel servidor después de aquel descanso fue llevar a Maroto las cartas
de los emigrados apostólicos, que interceptadas por el gobierno fueron
impresas en la _Gaceta de Madrid_. Por ellas se veía que el partido
intransigente, a quien el rey con fingida corrección había separado
de su gracia, se mantenía con este en inteligencia clandestina. Por
miedo a Maroto, había decretado don Carlos el destierro de los clérigos
Echevarría y Lárraga, de Marco del Pont y Arias Teijeiro; pero no
tardaron estos en ponerse de nuevo al habla con su señor, tendiéndose
desde la frontera a la corte un hilo de conspiración que no fue el paso
menos interesante de aquella tragicomedia.

Volvió pues, don Fernando al Cuartel de Maroto, acompañado de Ibero
en calidad de parlamentario militar para un nuevo canje, y halló muy
desconcertado del entendimiento al general sin ventura, variando de
opiniones y actitudes a cada instante, pasando bruscamente del ardiente
furor al desmayo mujeril. Ya tenía conocimiento, cuando el mensajero
le mostró la _Gaceta_, de los tratos que sostenían los emigrados
con el rey absoluto, y a este propósito le hizo Calpena, con seguro
conocimiento de la humanidad, estas profundas observaciones:

—Vea usted, mi general, cómo se reproducen en la historia los mismos
efectos cuando las causas no varían, y cómo se repiten los hechos
cuando las personas no cambian. En don Carlos tiene usted la imagen
viva de su hermano Fernando VII: son los mismos perros con el mismo
Toisón de Oro al cuello, y perdóneseme la comparación. Diferentes
parecían uno y otro hermano, y son el mismo sujeto repetido en
el tiempo, desmintiendo a la muerte. Si discrepan en cualidades
secundarias, en lo principal son idénticos, y proceden de igual manera.
La situación en que el estadillo carlista se encuentra, es la misma del
Estado español en aquellos famosos años del 20 al 23. La pesadumbre
y la barbarie del absolutismo han traído una revolución, y esa
revolución, esa protesta contra el régimen tiránico y clerical, Maroto
a pesar suyo la representa. Por una serie de circunstancias, la fuerza
ha venido a estar en manos de usted. El rey no supo serlo absolutista,
no sabe serlo tampoco liberal, y doy este nombre al partido _marotista_
o _de transacción_, para establecer un término relativo que facilite
mi argumento. Liberal es usted, aunque no quiera confesarlo; liberales
son Simón de la Torre, Zaratiegui y aun el mismo Elío, por extraño que
parezca. Digamos que han admitido un átomo de la idea liberal: en ese
átomo está todo lo sustancial del principio. Pues bien: don Carlos ha
venido a ser prisionero de usted; tiembla de miedo viéndose sometido
a la fuerza que odia; aparenta ceder; aun dice «_Marchemos y yo el
primero_»... Por intimación de usted, separa de su lado a su camarilla;
destierra muy contra su voluntad a los que cree sostenedores de su
soberanía absoluta; pero continúa entendiéndose con ellos, dándoles
ánimos para que conspiren, adquieran fuerza y vengan a libertarle.
¿Duda usted esto? ¿Cree la pintura recargada y violenta? Su silencio
y su mirada me dicen que no. Pero si aún duda, pronto ha de ver cuán
fundado es este juicio mío. ¿Recuerda usted la sublevación de los
voluntarios realistas? ¿Recuerda las partidas levantadas por clérigos y
frailes salteadores? Pues pronto hemos de verlas reproducidas. El bando
apostólico, apoderándose de los soldados que usted manda, levantará la
bandera del absolutismo neto y rabioso contra la transacción que este
ejército representa. Harán creer a los pueblos que usted secuestra al
rey, que tiene embargado su real ánimo... Y por fin, y esto es lo más
triste, esa bandería furibunda vencerá por lógica ley al partido de la
moderación, y Maroto será tratado, no como un hombre que mira por el
bien de su patria, no como un general que sirve intereses superiores a
los de una persona, sino como un vulgar ambicioso, y le impondrán pena
infamante. Por muy extraño que parezca, será usted en su papel político
y en su fin desastroso muy semejante al infortunado Riego. Le llevarán
a la horca en un serón arrastrado por un burro... y...

—Cállese usted... —dijo Maroto apretando los puños y despidiendo
lumbre por los ojos—, que si algo hay de verdad en el paralelo que
hace, no puedo admitir mi semejanza con Riego.

—Ya lo veremos.

—Yo sabré morir con dignidad.

—No lo dudo. Pero es lástima que usted muera, pudiendo vivir con honor
y hasta con gloria, facilitando la obra de la paz.

Poco más hablaron; Maroto se volvió muy taciturno, sumergiéndose en
sus melancolías. Luchaba fieramente, ¡infeliz hombre!, con el turbio,
revuelto oleaje de su destino, más embravecido cuanto más en él
pataleaba.




XXXIV


Fue un hecho, al fin, a fines de julio, en Miravalles, la entrevista
de Maroto con lord John Hay. No se halló presente Calpena; pero por su
amigo Uhagón supo después que no habían llegado a un acuerdo. Quizás
Maroto, harto ya de guerra, y deseando ponerle fin a todo trance
para salvar su honor militar y su vida, habría dado asentimiento
a las condiciones presentadas por el inglés, muy semejantes a las
de Espartero; mas no podía por sí solo cerrar trato sin el asenso
de los demás jefes, encariñados con la paz, pero más exigentes
en punto a condiciones. Necesitaba tomarse tiempo para traer las
demás voluntades al punto de cansancio y desesperación en que ya
estaba la suya, y propuso a Espartero, por conducto del comodoro, la
suspensión de hostilidades. De la respuesta del duque de la Victoria
a esta martingala de su rival sí fue testigo don Fernando, el cual
vio con gusto que el criterio del duque no difería del suyo. Nada de
armisticio. Maroto, juzgándose impotente ya para presentar batalla,
no quería más que ganar tiempo, esperando del acaso una solución
menos terrible para él que la que anunciaba la realidad. Volvió,
pues, el inglés al Cuartel carlista, en Arrancudiaga, y expresó a
Maroto la negativa de Espartero, y su propósito de reanudar sin demora
las operaciones. He aquí la razón de la marcha del ejército liberal
desde Amurrio a Vitoria por el desfiladero de Altuve. Ocasión tuvo el
carlista, en aquel paso peligroso, de contener a su rival y aun de
batirlo; mas no quiso o no supo aprovecharla. Solo algunas guerrillas
molestaron a Espartero en Altuve; y cuando entraba en Vitoria, casi
sin disparar un tiro, los facciosos abandonaron el puente fortificado
de Arroyabe, corriéndose hacia las líneas atrincheradas de Arlabán y
Villarreal.

Decidido siempre y con sus ideas bien claras, como turbias eran las del
otro, atacó Espartero resueltamente, no dándole tiempo a prepararse.
Maroto aceptó aquel combate, como el suicida que ve en la segura
muerte la única solución del conflicto que le agobia. La proclama que
dio a su ejército era el lenguaje de la impotencia y el orgullo, y
estos sentimientos se comunicaron a la tropa carlista, que en aquella
jornada, como en otras muchas, desplegó un valor heroico, una grandiosa
entereza. Porfiado cual ninguno fue el combate: de una parte y otra se
desarrolló toda la fuerza espiritual y física que siempre fue don de
soldados españoles en las grandes apreturas de la guerra. Perecieron
aquí y allá valientes en gran número. Venció al fin el que tenía
razón: Espartero fue dueño de Villarreal. De las alturas de Arlabán
desaparecieron los carlistas como una nube empujada por el viento, y
escabulléndose por las tristes hoces de Aránzazu, caían sobre Oñate y
los valles guipuzcoanos, cuna y sepulcro de la causa.

Antes de la gloriosa ocupación de Villarreal por Espartero, supo este
que en el campo enemigo, por la banda de Navarra, ocurrían sucesos
graves, que confirmando la rápida gangrena del cuerpo lacerado del
absolutismo, venían a favorecer los planes de pacificación. Algunas
compañías de los batallones 5.º y 12.º de Navarra se sublevaron
en Irurzun al grito de «¡Viva el rey, mueran los traidores, abajo
Maroto!». Era la enfermedad histórica de la nación, la protesta armada,
manifestándose en la monarquía absoluta de Oñate como en el régimen
constitucional de Madrid. La ineptitud y doblez de los hijos de Carlos
IV, tan semejantes en su soberbia como en su incapacidad para el
gobierno, eran quizás la causa determinante de aquella dolencia que con
el tiempo había de corromper la sangre nacional. El rey tenía una cara
para los transaccionistas y otra para los apostólicos. Creyérase que
Fernando y Carlos eran el mismo hombre. Pues bien: los sublevados de
Irurzun encamináronse a Vera, soliviantando a los pueblos del tránsito;
diéronse allí la mano con los emigrados, que dejaron de serlo, pasando
la frontera. El obispo Abarca, Gómez Pardo, el cabecilla o general don
Basilio y el famoso canónigo y confesor Echevarría constituyéronse en
autoridad revolucionaria, en nombre de Carlos V. Era como una sombra de
la regencia de Urgell. ¡Tristes amaneramientos de la historia!

Lo primerito que se les ocurrió a los sediciosos, demostrando en
ello buen tino, fue nombrar su comandante general; y aunque entre
ellos estaba don Basilio, hombre de guerra, recayó la elección en
el canónigo, quien de confesor de Su Majestad pasó a jefe de Estado
Mayor de la Generalísima. Empuñó el hombre su bastón, y pasada revista
a las tropas con una felicísima mezcolanza de unción y marcialidad,
largó su correspondiente proclama, poniendo a Maroto a los pies de
los caballos, y procurando levantar el decaído espíritu de aquellos
pueblos infelices, honrados, inocentes, que habían hecho por la realeza
de Carlos Isidro el sacrificio de su sangre y su hacienda. Pero los
pueblos, la verdad sea dicha, no respondieron con el calor que se
esperaba a la invocación del clérigo metido a Macabeo. La fe en un
rey que no sabía gobernar ni combatir se debilitaba rápidamente. Paces
querían ya, aunque no se les hablara tanto de religión, que bien segura
veían por todas partes... porque, verdaderamente, si tan _partidario_
de don Carlos era Dios, ¿a qué consentía los avances de Espartero y los
palizones que este venía dando a los caballeros del altar y el trono?

Y no se paraba en barras el conde-duque, seguro ya de ganar la partida.
Desde Villarreal de Álava avanzó hacia el fuerte de Urquiola, donde fue
muy débil la resistencia. Sabedor de que su rival ocupaba a Durango con
fuerzas considerables, allá corrió dispuesto a batirle; pero Maroto,
ya en el grado último de turbación y azoramiento, le abandonó la
villa, marchándose a Elorrio. Hizo, pues, Espartero entrada triunfal
en Durango, y la animación y el orgullo de sus tropas, vencedoras
sin disparar un tiro, contrastaban con el desmayo y tristeza de los
batallones guipuzcoanos.

No estará de más decir que no fue para el señor de Calpena motivo de
gozo la entrada en Durango. Temía que el encuentro de los Arratias
le produjese una situación penosa, y que los recuerdos apagados se
avivasen con la presencia de personas que no quería ver más en lo
que le restara de vida. Por fortuna suya, en el retraimiento que se
impuso, encarcelándose y entreteniendo sus ocios con lecturas, le
descubrió el sabueso de más fino olfato que por aquellos reinos
andaba: el sagacísimo don Eustaquio de la Pertusa, que una mañana
se le apareció como por escotillón, sirviéndole el chocolate, según
testimonio del propio don Fernando en sus memorias escritas y no
publicadas. Adivinando el motivo de la encerrona de su noble amigo, el
astuto conspirador se apresuró a tranquilizarle refiriéndole que todos
los Arratias de ambos sexos habían levantado el vuelo hacia Bilbao,
en cuanto se agregaron a la familia Zoilo y su padre. ¡Memorable día
de abrazos y besos, reconciliaciones y extremos de cariño! Felices
parecían todos al emprender la marcha hacia sus lares, y tan embobada
con la criatura iba la juvenil pareja, que era lógico esperar se
cumplieran los deseos de doña Prudencia, la cual no se contentaba
con menos de una criatura por año. La fecundidad de la guapa moza
garantizaría su dicha y la paz del matrimonio. Para don Fernando fueron
estas referencias como si la sepulcral losa, que en el cementerio de
su corazón guardaba sus primeros amores, se levantase y se volviera a
cerrar. Trató de asegurarla bien, soldándola o claveteándola con buenas
razones, y trazó sobre ella con escoplo más firme las tres fúnebres
letras R. I. P.

Luego entró don Eustaquio en informaciones muy interesantes de la
trapatiesta apostólica. Por un lado, don Carlos no quería indisponerse
con Maroto, a quien creía capaz de un regicidio; por otro, alentaba a
los que en rigor de ley eran rebeldes. Para negros y blancos tenía
una palabra benévola. Él lo había visto, él, don Eustaquio de la
Pertusa; nadie se lo contaba. Desde Lesaca mandó don Carlos un recadito
secreto al canónigo general, y este, bien disfrazado, fue a verle, y
toda una media noche pasaron conferenciando. Suponía el _Epístola_
que el objeto del conciliábulo no era otro que ver el modo y ocasión
de armar una ratonera en que coger descuidado a Maroto, y hacer con
él luego el mayor y más ruidoso escarmiento de traidores. Al propio
tiempo, Zaratiegui, encargado por Maroto de sofocar la insurrección de
los batallones navarros, se situaba en Etuláin, decidido a liarse con
ellos. Y el general Elío, que también quería paces, mandaba al campo
insurrecto a un frailazo llamado Guillermo, marotista por excepción,
para que arengase a los navarros y les trajese a la disciplina, todo
ello invocando siempre el altar y el trono, que ya casi no tenían
forma, de tanto como los manoseaban, de tanta saliva como ponían en
ellos los labios de los oradores. Pero el buen fraile no sacó de sus
prediques más fruto que una ronquera penosa y el desaliento con que
volvió y dijo a Elío que fuera él a convencerles. En tanto, ¿qué hacía
don Carlos? Inalterable en su doblez medrosa, largaba otra proclamita,
diciendo horrores de los rebeldes, llamándoles _puñado de extraviados_,
y amenazándoles con destruir por sí mismo aquel germen de _cobarde
y vil traición_. En las cartas que se cruzaron entre Maroto y el
canónigo Echevarría, este le llamaba con todo desenfado _traidor_ y
_asesino_.

Informado el duque de estos hechos, mandó a Calpena que fuese
al Cuartel general de Maroto y allí se instalara, valiéndose de
cualquier arbitrio, con objeto de vigilar sus actos e influir en sus
resoluciones, pues del estado de trastorno en que se hallaba, todo
podía temerse. Al propio tiempo llevaba el encargo de anunciarle la
proposición de entrevista, que muy pronto se haría oficialmente por
conducto de un parlamentario. Si no la aceptaba, se le atacaría con
esfuerzo combinado en toda la línea, obligándole a una capitulación
en que no le sería fácil obtener las ventajas que él y sus compañeros
obtendrían del Convenio proyectado.

Con estas instrucciones partió don Fernando a Salinas acompañado de
Urrea y de Pertusa, que se agregó muy contento a la embajada, estimando
que su concurso había de ser eficaz para el caballero, por su gran
metimiento y sus amistosas relaciones en el campo marotista. Poco antes
de que los tres llegaran a Salinas, había salido Maroto para Mondragón;
siguiéronle, agregándose a la retaguardia sin ningún cuidado, pues
el _Epístola_ era en aquel ejército como de casa, y el día próximo
alcanzaron al general no lejos de Vergara, por donde pasaron sin
detenerse. Iba Maroto decidido a refrenar en Lesaca la insurrección
apostólica, y a colgar de un alcornoque al canónigo Echevarría,
enracimado con otros clérigos y bárbaros caciques. Pero al llegar a
Villarreal se encontró don Rafael con una novedad que hubo de causarle
tanta sorpresa como disgusto. Entraba su vanguardia en el pueblo por el
lado de Anzuola, y por el de Zumárraga comparecía la guardia de honor
de don Carlos. Detrás venía la brigada del Cuartel real, con el propio
Rey, procedente de Villafranca. A regañadientes, y con el cuerpo lleno
de bilis, Maroto no tuvo más remedio que afrontar la presencia de su
señor, y se llegó con su Estado Mayor a recibirle, creyendo que allí
permanecería. Pero don Carlos no hizo más que una parada momentánea,
sin apearse del caballo; y al recibir los homenajes de su general,
pálidos ambos como difuntos, recelando el uno del otro, le dijo:

—Sígueme: voy a Anzuola...

Automáticamente, sin darse cuenta de lo que hacía, se agregó a la
escolta, y siguieron rey y vasallo silenciosos hasta cerca de Descarga.
Allí paró un instante don Carlos, y llamando a su lado a Maroto,
repitió:

—Sígueme hasta Anzuola. Tenemos que hablar.

Maroto, que había dejado en Villarreal su escolta y ayudantes,
presintió que se le quería llevar a una encerrona. Se vio fusilado
ejecutiva y cruelmente, en el estilo sencillísimo que él empleara con
Guergué, y evocando su entereza contestó al hijo de Carlos IV:

—Señor, los cuerpos están formados y tengo que darles una orden muy
precisa.

Y sin añadir otras razones, ni aguardar las que el rey pudiera darle,
volvió grupas, caminito de Villarreal. De lejos, alzando la voz,
queriendo ser enérgico, y sin dejar de ser tímido, el pretendiente le
dijo:

—Cuidado..., que te espero en Anzuola.

Con un movimiento de cabeza respondió Maroto que sí, y se alejó al
trote, difiriendo la entrevista para la vuelta, que sería _la del humo_.




XXXV


Hasta el día siguiente muy temprano no pudo ver don Fernando al
general, porque se encerró en su alojamiento con órdenes de no dar
paso a radie. ¿Qué hacía? ¿Qué pensaba? Le atormentaba el cruel dilema
de obedecer a su señor o volverle la espalda para siempre. Antes de
ser recibido, supo Calpena que había pasado la noche en cama con alta
calentura, privado a ratos de conocimiento. Al entrar el caballero en
la alcoba de Maroto, tardó un instante en conocerle: tan desfigurado
estaba por los sufrimientos. Además, acababa de afeitarse quitándose el
bigote. Su cara parecía otra, por efecto de esta mutilación, del color
cárdeno de sus ojeras, de las arrugas que surcaban su piel amarilla,
del desordenado cabello. Había envejecido diez años, perdiendo su
gallardía militar. Al ver a don Fernando, le dijo:

—Hola, _Inquisivi_... ¿Otra vez por acá?

—Sí, mi general: otra vez aquí con la esperanza de ser a usted útil, y
de servir, no a mi partido, sino a mi patria.

Abordando el asunto, notó Fernando un grave desorden en las facultades
del caudillo, que tan pronto expresaba sus anhelos de paz, como
su repugnancia del dictado de traidor que en el Cuartel real se
le aplicaba. La proposición de entrevista le puso en un estado de
inquietud epiléptica. Llevándose las manos a la cabeza, con voces
roncas, destempladas, replicó:

—No puede ser... Me comprometen... ¡El rey...! Soy general de Carlos
V, soberano legítimo... ¿Usted qué opina? ¿Debo ir a la entrevista?...
¿Acaso irá Simón de la Torre?

—Creo que sí —dijo Calpena, juzgando de gran efecto la afirmativa.

—Pues que sea suya la responsabilidad. ¿Y asistirán también los
ingleses? ¡Malditos ingleses!... Yo no, yo no puedo ir... Lo consultaré
con don Carlos. A nadie conviene más la transacción que a nuestro pobre
rey, ese bendito, ese bendito... Pero no, no: antes tengo que colgar
de un alcornoque al canónigo... Sin eso, no hacemos nada... Y de otro
alcornoque a don Basilio, y empalar al malvado Teijeiro...

No había manera de sacarle de este círculo de ideas. Descompuesto y
contradiciéndose a cada instante, ordenó que se preparara su escolta,
reforzada con la mejor caballería de su ejército, y sin tomar ningún
alimento, montó a caballo y se fue al Cuartel real. Regresó al
anochecer; en Villarreal se aseguraba que Maroto había presentado su
dimisión al rey; que este, poco menos que llorando, le había dicho:

—¿Conque ahora me vas a abandonar?...

Algo enternecido también, don Rafael se deshizo en demostraciones
de lealtad, manifestándose dispuesto a sacrificarse por la causa...
Esto se decía, y sobre ello endilgaron comentos mil don Fernando y
Pertusa, con los oficiales que les hacían coro en la cantinela de
la paz. Convenían todos en que no era fácil entender a don Rafael
Maroto, monstruoso enigma en que se reunían todas las complejidades
psicológicas. Decía el _Epístola_ con sutil ingenio:

—Esta mañana, después de una horrible noche de insomnio y fiebre, el
general debió de saltar del lecho con una idea salvadora..., así me
lo figuro yo, y así tiene que ser... Pues saltando del lecho cogió
la navaja de afeitar... Por un momento pensó en degollarse, la mejor
solución de sus horribles dudas... Después pensó otra cosa quizás más
práctica..., escapar a la calladita, vestido de cura... Por esto se
quitó el bigote. No tiene otra explicación.

No pareció mal a los amigos presentes la versión del _Epístola_, y
convinieron con Calpena en que todos, rey, general y canónigo, habían
perdido el juicio. El carlismo había venido a ser un campo de orates.
Al día siguiente dio un súbito cambiazo la voluntad indecisa del
desdichado caudillo, y en vez de dirigirse a Lesaca, según lo convenido
con el rey, se encaminó a Elgueta. No bien entraron en este pueblo,
supo don Fernando la llegada de su amigo Zabala, ya brigadier, que con
el carácter de parlamentario venía de parte del duque de la Victoria.
Negose Maroto a recibirle; trabajó Calpena por lo contrario, empleando
más de una hora en argüirle con cuantos resortes lógicos creía propios
del caso, y al fin accedió el general gruñendo:

—Pues sea, y acabemos de una vez, ¡porra!...

El día 25, a las seis de la mañana, se reunían en la venta de Abadiano,
entre Durango y Elorrio, don Baldomero Espartero con el brigadier
Linaje y el coronel inglés Wilde, representando la idea constitucional,
y por la idea absolutista don Rafael Maroto y el general Urbistondo,
jefe de los batallones castellanos. La magna cuestión de los fueros
trajo el desacuerdo de los conferenciantes, porque los carlistas pedían
que se reconociese el régimen foral en toda su pureza, y Espartero no
quería comprometerse a tanto, dejando el grave asunto a la resolución
de las Cortes. Manifestose Linaje contrario a los fueros, sosteniendo
que el fanatismo había sido el único móvil del levantamiento carlista;
cruzáronse agrias contestaciones entre Linaje y Urbistondo, y entre el
jefe de los castellanos y Maroto, pues este, al llevar a su compañero
a la conferencia, le había manifestado que, en las negociaciones
preliminares, ambas partes estaban conformes en el reconocimiento
incondicional de los fueros. Negolo Espartero, atribuyendo la idea de
su rival a mala inteligencia. Al cabo de tanto discutir, se separaron
en desacuerdo. No había paz, no podía España disfrutar de este inmenso
bien.

Cuando se retiraban, cada cual por su lado, llegó don Simón de la
Torre, que fue en seguimiento de Espartero, y alcanzándole cerca de
Durango, se declaró dispuesto, con los ocho batallones de su mando,
a transigir resueltamente sin regatear ninguna condición. En tanto,
volvió Maroto a Guipúzcoa dando tumbos, que no de otra manera puede
expresarse la inseguridad de sus movimientos, reflejo de la horrible
lucha de su espíritu, y en la villa de Elgueta se encontró nueva
sorpresa y emociones tan vivas, que ellas bastarían a quitarle el seso
si alguno en aquella ocasión le quedara. De improviso se presentó el
rey con su escolta en el Cuartel general, y antes de que Maroto pudiese
tomar resolución alguna, mandó formar los catorce batallones para
pasarles revista y arengarles. Así se acordó en una junta celebrada
por Carlos V el día anterior, al tener conocimiento de la entrevista
de Abadiano. Había llegado el instante en que el rey lo era de hecho,
y como tal procedería con soberana entereza y celeridad. Pronto vería
el mundo si merecía la corona. Revistar a las tropas que formaban el
núcleo de su ejército; presentarse a ellas, no solo como rey, sino
como generalísimo, asumiendo el mando directo; destituir en el acto
al desleal caudillo, y aplicarle sin consideración, sumariamente, la
pena que le correspondía, era un acto propio de monarca guerrero. Si
el programa se cumplía, ¡qué hermosa solución de los enmarañados
problemas pendientes, qué gallarda manera de cortar el nudo que en vano
con su estira y afloja había querido desatar!

Ante el aparato que en torno al soberano se desplegaba, Maroto, se vio
perdido, se sintió fusilado... De su cráneo a su olfato descendía el
olor de pólvora. Para mayor solemnidad del acto, presentábase el rey
de gran uniforme, con todas sus cruces, bandas y collares, radiante
de inepta vanidad, y le acompañaban su hijo Carlitos, príncipe de
Asturias; el infante don Sebastián y los generales Eguía, Valdespina,
Villarreal y Negri... Formaron las tropas. La expectación era para
algunos como si esperaran el fin del mundo... Rompió al fin el rey en
una perorata que llevaba bien aprendida; pero su voz no vibraba, no
sabía llegar a los oídos lejanos, no era instrumento para conmover
y entusiasmar a las muchedumbres. Se observaban en su rostro y en
su actitud los inútiles esfuerzos para ponerse en la situación que
el grave caso exigía, para desempeñar airosa y noblemente el papel
de rey, para imitar la marcial fiereza, la grandiosa altivez de los
más célebres capitanes en circunstancias como las de aquel momento.
Oyeron los más próximos algunos conceptos en que el hijo de Carlos IV
evocaba las sombras de César y Aníbal; algo dijo luego de los cántabros
indomables, de Roma, señora del mundo... No dejó de causar sorpresa
que omitiese la rutinaria invocación a la Generalísima, Nuestra
Señora de los Dolores. No estaba sin duda la causa absolutista para
tafetanes... Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto
que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían
a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del
preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final.

—Hijos míos —exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo—, ¿me reconocéis
por vuestro rey?

La contestación fue un «¡Sí, sí... Viva el rey!», que corrió,
extinguiéndose en las filas lejanas.

—¿Y estáis dispuestos —añadió— a seguirme a todas partes, a derramar
vuestra sangre en defensa de mi causa y de la religión?

Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El
general Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del
esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados
fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después
exclamaciones más claras, por fin estas voces:

—¡Viva la paz, viva nuestro general, viva Maroto!

—¡Voluntarios! —gritó entonces don Carlos, y en ocasión tan crítica
la dignidad brilló en su rostro... ¡Al fin descendía de cien reyes!—.
Voluntarios, donde está vuestro rey, no hay general alguno... Os
repito: ¿queréis seguirme?

Silencio sepulcral. El brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos,
acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa
situación del monarca.

—Señor —le dijo—, es que no entienden el castellano.

Y don Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en
vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política
marotista, formuló la pregunta con una alteración grave:

—¿_Paquia naidezute, mutillac_? (¿Queréis la paz, muchachos?).

Y con gran estruendo respondió toda la tropa:

—¡_Bai jauna_! (Sí, señor).

Debió don Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier
guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla.
Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra
se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica
grandeza. Don Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo
a los de su escolta:

—Estamos vendidos.

Y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas
y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con
la reata de príncipes y generales, y la menguada escolta. Corrieron,
corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran
en su seguimiento.




XXXVI


Testarudo como él solo, don Carlos no se daba ni en tales extremidades
por vencido, y apenas llegó a Villafranca, jadeante, llamó a consejo a
sus adictos, los generales que le acompañaron en la fracasada escena
de Elgueta, el padre Cirilo de Alameda, el barón de Juras Reales,
Erro y Ramírez de la Piscina, algunos de los cuales aún se llamaban
ministros. Opinaron casi unánimemente que Su Majestad debía situarse
en punto cercano a la frontera, para poner a salvo su sagrada persona
en el desecho temporal que la causa corría. Trabajillo le costaba al
buen señor determinarse a partir arrojando en las puertas de Francia su
corona, y acariciaba el ensueño de reunir algunos batallones navarros y
alaveses que le llevaran en procesión al Maestrazgo, donde aún tenía un
ejército y un general incorrupto y valiente: Cabrera. Estimaron todos
peligrosa la marcha al Centro; pero le dejaban consolarse con esta
ilusión. Aferrado a su realeza, don Carlos enderezó nueva proclama a
sus míseras tropas, en la cual les hablaba _de la traición más infame
que habían visto los nacidos_, y concluía llamándoles _héroes_, y dando
vivas a la sacra religión. ¡Bueno estaba el país para estos suspirillos!

En tanto, Maroto, después del triunfo de Elgueta, caía en gran
postración, atormentado por su conciencia, y procurando en vano salir
limpio y airoso de la charca en que se había metido. Calpena y Uhagón,
que acudieron a su lado el 26, un día después de la famosa revista, se
maravillaron de verle en un grado increíble de turbación y apocamiento.
Poco le faltaba para llorar; sus conceptos habían quedado reducidos o
una exclamación maníaca; no decía más que:

—No soy traidor... Maroto no pasará a la historia con un dictado
infamante... Convencido estoy de que el absolutismo es imposible...,
pero no cedo, no cedo si no me dan los fueros íntegros, la gloria de
este país. Maroto no es traidor. Maroto es un hombre honrado, un buen
español... ¡Ay del que lo ponga en duda!

Toda la tarde y parte de la noche permanecieron a su lado los dos
amigos, arguyéndole con habilidad, sin lastimar su amor propio, antes
bien, fundando en este todo el trabajo sugestivo con que querían
llevarle a la aceptación incondicional del Convenio. ¿Qué otra
solución podía soñar? ¿Qué esperaba, qué temía? Retiráronse en la
creencia de que le dejaban convencido, pues esperanzas de ello daban
sus expresiones conciliadoras; pero don Fernando, que ya conocía su
indecisión y el confuso laberinto a que había llegado su voluntad,
no las tenía todas consigo... Repetida por la mañana la visita, le
encontraron escribiendo una carta. Despidioles el general con acritud.
La carta que escribía era la famosa retractación dirigida a don Carlos,
en la cual le decía: «Nunca es más grande un monarca que cuando perdona
las faltas de sus vasallos... Don Eustaquio Laso presentará a Vuestra
Majestad los sentimientos de mi corazón para que se digne dirigirme las
órdenes que fuesen de su agrado».

Ignoraban Calpena y su amigo esta humillación increíble; mas del
trastorno de Maroto tuvieron prueba clara cuando se llegó a ellos
un ayudante con el recado conminatorio de que si los caballeros y el
llamado _Epístola_ no se largaban pronto del Cuartel general, se les
mandaría fusilar. No eran cobardes: no perdieron la serenidad con esta
brutal amenaza; mas la prudencia les aconsejaba ponerse en salvo, y a
ello se disponían, cuando llegó don Simón de la Torre, que, informado
de los desvaríos de Maroto, les tranquilizó con respecto a sus vidas.
Conferenciaron los dos jefes, y por la noche salieron con sus fuerzas
reunidas en dirección de Azpeitia. Los tres paisanos ignoraban a qué
razón militar o política obedecía tal movimiento, y no se ocuparon más
que de seguir a las tropas, acogidos a la caballerosidad o hidalguía
del simpático La Torre. En Azpeitia se les dijo que Espartero avanzaba
triunfalmente por el interior de Guipúzcoa; que había entrado en
Vergara, donde le acogieron con ardientes demostraciones en favor suyo
y de la paz. De Vergara pasó a Oñate, y la vieja Corte le recibió
con palmas. Dirigiose Maroto a Villarreal, donde como llovido se le
presentó el conde de Negri con una orden del rey para que le entregase
el mando. Al recibir don Carlos la carta palinodia, habíala estimado
como la mayor prueba de traición y perfidia. Los de la camarilla
vieron en aquel paso un ardid diabólico para aproximarse al vencido
monarca, apoderarse de su persona, y entregarla en trofeo a los
constitucionales para un sacrificio que fuera digno epílogo de guerra
tan sangrienta. Rompió el soberano la carta del vasallo infiel, y mandó
a Negri a desposeerle del mando, determinación ridícula en situación
tan extremada. Como era natural, tanto Maroto como La Torre acogieron
al conde de Negri con escarnio de su persona y de quien tal comisión
le daba. Salió de estampía el buen conde, que al volver al lado de su
triste rey le dio, con la respuesta de los que fueron sus generales,
franco pasaporte para Francia.

Ante la irresistible presión de este suceso, Maroto confió
decididamente, al parecer, a sus compañeros La Torre y Urbistondo la
misión de llevar a Oñate su conformidad con el Convenio, tal como se
le había presentado en Abadiano. ¡_Alleluia_! La paz era un hecho. Al
despedirse para tan grato mensaje, don Simón reconcilió a sus amigos
con el jefe, que, sin acordarse ya de que había pensado fusilarles, les
convidó a comer muy afectuoso. Durante el día, observáronle más sereno
y en vías de recobrar su equilibrio; mas por la noche advirtieron de
nuevo en él cierta intranquilidad, y una insistencia monomaníaca en
hablar de fueros _netos_, intangibles. Temerosos de un nuevo cambiazo
del veleidoso general, trataron de explorar su pensamiento.

—Por mi parte —les dijo—, a todo estoy dispuesto, y cuando me traigan
de Oñate el Convenio cuyas bases he admitido, lo firmaré... Pero dudo
que algunos cuerpos de mi ejército, principalmente los guipuzcoanos,
lo acepten... De modo que no hemos hecho nada, y la guerra continuará.

A esto arguyó Calpena que antes de proceder a la solemne ratificación
de lo tratado, debía el general conferenciar con los jefes y oficiales,
uno por uno, y darles cuenta de las condiciones de paz a que todos
debían someterse.

—Háganlo ustedes —dijo Maroto, revelando en su tono y en su actitud una
indolencia que llenó de asombro a los dos amigos.

—Pero, general —le contestaron—, ¿qué autoridad tenemos nosotros
para convencer a las tropas vizcaínas y guipuzcoanas de que, ante el
bien inmenso de la paz, deben contentarse con la fórmula vaga del
reconocimiento de fueros?

—No es tan vaga. Se estipula que Espartero propondrá a las Cortes...

—Pero eso, sea poco, sea mucho, es lo que el duque les concede, y deben
saberlo. Usted, su jefe, que ha de firmar por todos el pacto, está en
el caso de instruirles...

—Mi cansancio es tal, amigos míos, que ya no sé cómo valerme, ni halla
mi pensamiento voces con que producirse... Hay momentos en que me creo
sin vida...

—Pero el trabajo restante para llegar a un fin glorioso es breve y
fácil, mi general.

—Fácil no, ¡porra!

¡Cualquiera le convencía! Llegaron de Oñate los comisionados La Torre
y Urbistondo con Zabala y Linaje, portadores del Convenio, que Maroto
firmó sin ninguna dificultad. Al propio tiempo traían la comisión
de proponerle que al día siguiente, 30 de agosto, se reunirían en
Vergara los dos ejércitos, con sus caudillos a la cabeza, para dar
forma solemne a la grande obra de la reconciliación. A todo asintió don
Rafael, que aliviado parecía de un peso abrumador.

Uhagón y Calpena pasaron el día recorriendo los cuerpos, en que tenían
no pocos amigos, y hablando con unos y otros campechanamente. Si en
todos reconocían la satisfacción y júbilo por ver terminada la odiosa
discordia, causoles no poca inquietud el observar que los soldados
y oficialidad carlistas descansaban en el engaño de que el pacto
reconocía los fueros en toda su integridad, y que así se declaraba de
una manera explícita. Maroto les tenía en esta persuasión, pues nada
en contrario les había dicho desde la ineficaz entrevista de Abadiano.
Era, pues, indudable que surgirían en el momento que se creía final
nuevas complicaciones, quizás un gravísimo conflicto, por la indolencia
del general, por su falta de carácter y de resolución para presentar
los hechos como realmente eran. ¡Torpeza insigne, abandono de autoridad!

Sobresaltado, temeroso de ver perdido en un instante el ímprobo trabajo
de tantos meses, creyó don Fernando que debía prevenir a Espartero de
lo que ocurría, evitándole un triste desengaño al llegar a Vergara,
donde contaba con la presencia y conformidad del ejército carlista.
Pensado y hecho: de madrugada montó a caballo, y seguido de Urrea y
Pertusa se fue al encuentro de su general, a quien halló a media hora
de Vergara. No daba crédito don Baldomero a la triste realidad que le
comunicó su amigo, y ante la insistencia de este, más de un cuarto
de hora estuvo echando ternos, y maldiciendo la hora en que entabló
negociaciones con hombre tan inseguro y tornadizo. En efecto: poco
antes de entrar el duque en Vergara, llegó Maroto, sin más compañía
que la del general La Torre y algunos oficiales de su Estado Mayor. ¿Y
los veintiún batallones y los tres escuadrones que debían figurar como
convenidos, dónde estaban? Sin pérdida de tiempo avistose Espartero
con su antagonista, el cual hubo de contestar a la anterior pregunta,
con turbado acento, que las tropas se negaban al cumplimiento de lo
pactado mientras no se reconociesen los fueros provincianos en toda su
integridad. Según esto, Maroto declaraba a su ejército en rebeldía,
y se presentaba él solo, _con cuatro gatos_; y él solo reconocía los
derechos de Isabel, dejando en el aire la obra de la paz, y a las
tropas apartadas de toda reconciliación.

—A este hombre hay que dejarle —dijo don Baldomero, luego que Maroto,
afectado de gran postración, se retiró a descansar—. Imposible hacer
carrera de él... ¡Qué hombre, santo Dios! Verdad que su situación y los
contratiempos que ha sufrido son para trastornar la cabeza más firme.

En esto, La Torre se apresuró a manifestar a Espartero con gallardo
arranque que él se comprometía, en el término de veinticuatro horas, a
convencer a los vizcaínos o morir en la demanda. No descansó Maroto,
pues su conciencia y sus embrollados pensamientos no se lo permitían, y
llamando a Calpena, como se llama a un confesor en la última hora, le
dijo:

—Hágame el favor de comunicar al coronel Wilde, que no creyéndome
seguro al lado de Espartero por haber venido aquí sin tropas, me acojo
al pabellón inglés.

A esto respondió el caballero que no necesitaba añadir a sus errores
la mengua de ampararse a una nación extranjera; bien seguro estaba en
el Cuartel general del duque de la Victoria, toda vez que reconocía
la legalidad por este representada. En tanto, los bravos generales
carlistas La Torre, Urbistondo y el brigadier Iturbe, con riesgo de sus
vidas, tratarían de reducir a las tropas a la aceptación de lo tratado,
después de darles conocimiento del art. 1.º del Convenio...

—¿Y cómo queda redactado al fin? —dijo Maroto vivamente—. Ya no me
acuerdo.

—Poco más o menos dice: «Artículo 1.º El general Espartero recomendará
con interés al gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse
formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los
fueros».

—¿Y las Cortes...? Claro, las Cortes... Me parece bien... Buenos tontos
serán esos pobres muchachos si no aceptan, si no fían resueltamente en
la promesa del duque, de cuya caballerosidad nadie puede dudar... Por
mi parte no escatimaré ningún sacrificio. Hágame el favor de llamar
a mi ayudante, don Enrique O’Donnell, para dictarle algunas órdenes.
Aún soy general en jefe de mi ejército, del ejército real, desde hoy
incorporado al de la nación.




XXXVII


Mientras La Torre trabajaba por reducir a los vizcaínos, Urbistondo
hacía lo mismo con los castellanos. No tuvo igual fortuna Iturbe con
los de Guipúzcoa, que, enterados de la vaga promesa consignada en el
artículo 1.º, se negaron a suscribir el Convenio, gritando «¡Traición,
traición!»; y declarados en franca rebeldía, manifestáronse dispuestos
a unirse con don Carlos. Al fin pudo Iturbe contenerles en Descarga.
Urbistondo situó fuerzas castellanas en la carretera, con objeto de
observar a los guipuzcoanos, y corrió en busca de Maroto para que
saliese al frente de ellos y con su autoridad les redujera. Era la
noche del 30, y don Rafael, que estaba en cama, dolorido, incapaz
para toda acción, dijo a Urbistondo que se entendiese con Espartero.
Así lo hizo. Se convino en no contar para nada con don Rafael, que se
había echado en el surco, como hombre históricamente concluido, y no
hubo más remedio que intentar la pacificación de los guipuzcoanos,
comprometiendo entre ellos la vida, catequizando uno por uno a
jefes y oficiales, sin reparar en la clase de argumentación con tal
de llegar al fin deseado. En esto se empleó toda la noche del 30;
al fin, el 31 de madrugada desfilaban hacia Vergara los batallones
reacios, precedidos de cuerpos castellanos, para que la moral de estos
fuese para todos ejemplo provechoso, y así, con más maña que fuerza,
empleando sin cesar la palabra convincente, cariñosa, paternal, que
igualaba al jefe con el soldado, fueron aproximándose al redil.

Era este un extenso campo a la salida de la villa, entre el río Deva
y el camino de Plasencia. Allí formó muy de mañana el ejército de
Espartero, y ante él fue desfilando la división castellana, con su jefe
el general Urbistondo. Maroto, que parecía resucitado, a juzgar por la
repentina transformación de su continente, que recobró su gallardía,
así como el rostro la expresión confiada y el color sano, ocupó su
puesto; al punto apareció con su brillante Estado Mayor el duque de la
Victoria, y recorridas las líneas, cautivando a todos con su marcial
apostura y la serenidad y contento que en su rostro se reflejaban,
mandó a sus soldados armar bayonetas; igual orden dio Maroto a los
suyos. Espartero, con aquella voz incomparable que poseía la virtud
de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un
noble espíritu de disciplina, pronunció una corta arenga perfectamente
oída de un lado a otro de la formación, y terminó con estas memorables
palabras:

—_Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al general de los que fueron
contrarios nuestros_.

Juntáronse los dos caballos; los dos jinetes, inclinando el cuerpo
uno contra otro, se enlazaron en cordial apretón de brazos. Maroto no
fue de los dos el menos expresivo en la efusión de aquella concordia
sublime. En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía
explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento, el ¡ay!
del hijo pródigo al ser recibido en el paterno hogar, el ¡ay! de los
hermanos que se encuentran y reconocen, después de larga ausencia. Era
un despertar a la vida, a la razón. La guerra parecía un sueño, una
estúpida pesadilla.

Se había dispuesto que las divisiones vizcaína y guipuzcoana entrasen
en el campo del Convenio después de comenzado el acto, para que la
solemnidad de este y su ternura influyesen en el ánimo de los reacios,
y el efecto correspondió a lo que Espartero y Urbistondo con tanta
habilidad y conocimiento del humano corazón habían dispuesto. Las
tropas guiadas por La Torre como las conducidas por Iturbe se vieron
envueltas en la inmensa atmósfera de fraternidad que ya se había
formado. Los corazones respondieron con unánime sentimiento. No podía
ser de otro modo. La idea de unidad, de nacional grandeza, de moral
parentesco entre todas las razas de la Península, ganó súbitamente
los entendimientos de castellanos y éuskaros, y ya no hubo allí más
que abrazos, lágrimas de emoción, gritos de alegría, aclamaciones a
Espartero, a la Constitución, a Isabel II, a Maroto, a la Religión y
a la Libertad juntamente, que también estas dos matronas se dieron de
pechugones en aquel solemne día.




XXXVIII


En los mismos 30 y 31 de agosto, don Carlos continuaba emitiendo
proclamas desde Andoáin y desde Lecumberri, en las cuales hablaba _del
rebelde Espartero_ como de un enemigo insignificante; echaba la culpa
de sus desgracias a la intriga, a las malas artes de los pérfidos;
delataba _planes maquiavélicos_ de los dos generales _compañeros en
las revoluciones de América_; atribuía la defección de Maroto al _oro
que había recibido de los constitucionales_, y por fin, hacía postrer
llamamiento a sus fieles súbditos para que se acogieran a su _paternal
benevolencia_, ofreciendo olvido de lo pasado si volvían a la defensa
del trono y la religión. A los leales les llamaba _la más preciosa joya
de su corona_. ¡Y con estas retóricas sermonarias, con este lamentar
de pastores, pretendía el pobre hombre congregar de nuevo su disperso
rebaño! La desbandada se inició al tener conocimiento del abrazo de
los generales, que fue tiernísima reconciliación de los dos ejércitos.
El _sálvese el que pueda_ resonó en los valles que había ensordecido
el estruendo guerrero de seis años de lucha fratricida. Cada cual
pensó en salvar lo que poseía, y en último caso la pelleja, que es
_la más preciosa joya_ de cada mortal. Los restos de los sublevados
de Irurzun y Vera, de aquel flamante ejército apostólico y neto, que,
levantando bandera por la integridad de los derechos de Carlos, puso
a su frente al canónigo Echevarría, se desbordó en la más horrible
desmoralización, convirtiéndose los valientes navarros en vulgares
ladrones y desalmados homicidas. So color de castigar traidores,
acosaban a los infelices _ojalateros_, que iban buscando su salvación
por los caminos de Francia, y les arrebataban cuanto tenían. El pillaje
y el asesinato, la persecución de hombres y el atropello de infelices
mujeres, fueron la campaña postrera de aquellos degenerados vestigios
de un grande ejército. El mismo Echevarría estuvo a punto de perecer
a manos de sus soldados ebrios; don Basilio y Guibelalde, puestos
en capilla, escaparon de milagro. Menos dichoso el general González
Moreno, de lúgubre memoria, el _verdugo de Málaga_, caudillo inepto
en Mendigorría, hombre de quien puede decirse que fue una de las más
negras fatalidades del bando carlista, pereció cerca de Urdax, de
un modo desastroso y vil, digno término de una ruin vida. Dieron en
creer los foragidos que iban llenas de dinero las cajas que el general
llevaba en su presurosa fuga, y _como a un cerdo_ (así lo cuenta un
testigo presencial) le mataron en medio de las calles.

La que aún se llamaba corte, el fracasado rey y los fieles que le
seguían, continuaban en Elizondo sin saber dónde meterse ni por qué
resquicios escurrir el bulto. Incansable, corrió allá Espartero; don
Carlos oyó el galopar de su caballo, y acercose más a la frontera. Allí
quemó el absolutismo su postrer cartucho. El batallón cántabro, último
en la fidelidad, primero en el valor, defendió con estoica bravura
las posiciones de Urdax contra las fuerzas triplicadas que allí mandó
el duque de la Victoria. Batiéndose con desesperación, mártires de la
fe, del deber, los cántabros pudieron decir a su expugnador: _morituri
te salutant_. Una columna de cazadores y una sección de tiradores de
la Princesa, mandados por Zabala, dominaron el terreno, dando por
terminada la acción, y con ella la guerra del Norte. Antes de que
sonaran los últimos tiros, montaron a caballo el rey, la reina y demás
personas de la familia y servidumbre, y a todo correr emprendían la
fuga sin parar hasta Francia. Había entrado Carlos seis años antes por
el mismo boquete de la frontera, siendo recibido por Zumalacárregui; se
retiraba escoltado por algunos números de su guardia, solo, triste, más
abatido que desengañado, sin ninguna gloria personal. La corona de la
dignidad con que supo sobrellevar su destierro, fue la única que poseyó
en su vida.

Don Fernando Calpena y don Santiago Ibero, testigos de la última
refriega con los valientes cántabros, admiraron el tesón de estos y
les colmaron de alabanzas. De regreso al Cuartel general de Elizondo,
expresaron los dos amigos su alegría por la terminación feliz de
tan dura, enconada campaña, y cada cual dijo lo que le sugería su
conocimiento de hombres y cosas.

—Hemos acabado una guerra —declaró Ibero con melancolía—, y yo me
felicito de este descanso que pronto disfrutaremos. Un descanso, por
corto que resulte, siempre es de agradecer. Pero le diré a mi amigo con
franqueza que no creo en la paz... Soy ateo de esta religión que ahora
fanatiza a mis compatriotas... No creo, no creo...

—Yo tampoco. La grande obra de nuestro general es una tregua que
debemos alargar todo lo que podamos. Las treguas son necesarias. Así
nos prepararemos para dar al problema, en otro día, solución más segura
y radical.

—Yo estoy triste..., no sé por qué... Lo diré sin rebozo... Me gustaba
el delirio, la barbarie, la guerra, en fin.

—Es realmente un estado muy vital, y además interesante y pintoresco.

—Si vivimos, no envejeceremos en la paz.

—Seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros.

—El Convenio, el abrazo, no son más que la fórmula del cansancio.

—Del descanso, querrá usted decir.

—Eso. Se nos permite echar una siesta en día caluroso, el día del siglo.

—Durmamos un poquito.

—Y descansemos, que buena falta nos hace.

* * *

En la opinión del carlismo, quedó Maroto como el prototipo de la
traición y la perfidia. No era justo. A sus defectos, con ser grandes,
toca menos responsabilidad que a su destino cruel, y a la disparidad
entre su carácter y el personal absolutista, entre sus ideas y la
causa que defendió. El brazo eclesiástico, firme apoyo de la facción
(descoyuntado en Vergara, recompuesto después), no perdonó a Maroto
su cooperación en la obra de la paz, como se verá por este hecho
rigurosamente histórico. Recompensado por el gobierno de Isabel con
un alto cargo militar, residió don Rafael algún tiempo en España. Su
hija Margarita, joven de acrisoladas virtudes, que no se descuidaba
en sus prácticas religiosas, fue a confesar una mañana, una tarde (no
importa la hora), en una iglesia que no hace al caso. Cumplió serena
y contrita, declarando sus pecados, que no debían de ser graves, y
cuando terminaba, le preguntó el sacerdote su nombre. La pobre niña,
tímida y pura, ¿qué había de hacer? Se lo dijo... Lo mismo fue oírlo el
cura que de un bote se levantó iracundo, y con destempladas voces la
despidió, negándose a darle la absolución. Atribulada, llorosa, salió
la penitente de la iglesia y no paró hasta su casa. ¿Se pone en duda
este hecho? Pues de él puede dar testimonio doña Margarita Maroto,
viuda de Borgoño, anciana respetabilísima que aún vive. Reside en
Valparaíso.


FIN DE «VERGARA»


Santander-Madrid, octubre-noviembre de 1899.





*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VERGARA ***


    

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